primer tríptico sobre el año de la fe

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EL AÑO DE LA FE
Con la Carta apostólica Porta fidei del 11 de octubre de 2011, Benedicto XVI
convocó un Año de la fe. El comienzo del Año de la fe coincide con el recuerdo
agradecido de dos grandes eventos que han marcado el rostro de la Iglesia de nuestros
días: los cincuenta años pasados desde la apertura del concilio Vaticano II por voluntad
del beato Juan XXIII (11 de octubre de 1962) y los veinte años desde la promulgación
del Catecismo de la Iglesia Católica, legado a la Iglesia por el beato Juan Pablo II (11
de octubre de 1992). Y terminará el 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo
Rey del Universo.
1. LA FE
El cristiano es ante todo un creyente: “El justo vive de la fe” (Gal 3,11; Heb 10,38).
Toda la vida cristiana tiene su principio en la fe (Trento 1547: Dz 1532). “Sin fe es
imposible agradar a Dios” (Heb 11,5-6; Mc 16,16; Jn 3,18). La vida eterna está en conocer
a Dios y a Jesucristo (Cfr. Jn 17, 3; Cfr. CEC 161-162).
La fe es adhesión a la persona de Cristo y a su enseñanza, propia de quien todavía se considera
peregrino y espera la revelación del resucitado en la visión beatífica (1 Pe 4,13; 5,1; 2 Tim 1,7). “Ahora
vemos por medio de un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco
imperfectamente, entonces conoceré como Dios mismo me conoce” (1 Cor 13,12). Por eso la escritura
define la fe como “fundamento de las cosas que se esperan y prueba de aquellas que no se ven” (Heb
11,1).
Sostenidos por la fe, nosotros, los creyentes, estamos llamados a “renunciar a la impiedad y a los
deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y piedad, en espera
de nuestra bienaventurada esperanza: la manifestación de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tt
2,13), “el cual transformará nuestro mísero cuerpo en cuerpo glorioso como el suyo en virtud del poder
que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3,21), “cuando venga aquel día y se manifieste lleno de
gloria y esplendor a todos los suyos que han creído en El” (2 Tes 1,10) (Cfr. CEC 1130; 556; Agostino
FAVALE, El Ministerio Presbiteral, aspectos doctrinales, pastorales, espirituales, Ed. Sociedad de
educación Atenas, Madrid 1989, pp. 313-315).
El Santo Padre pone de relieve que la fe cristiana no es un puro sentimiento que podría aislarnos de
los demás y del mundo; antes al contrario, es el único camino para encontrar y comunicar la vida
verdadera y bella. Carta apostólica ‘Porta fide’ es una exhortación a Vivir la fe: conversión y
evangelización; Conocer la fe: el Catecismo de la Iglesia Católica; Comunicar la fe: el testimonio
cristiano del amor.
La fe es siempre y esencialmente un creer junto con los otros. Nadie puede creer por sí solo.
Recibimos la fe mediante la escucha, nos dice san Pablo. Y la escucha es un proceso de estar juntos de
manera física y espiritual. Únicamente puedo creer en la gran comunión de los fieles de todos los tiempos
que han encontrado a Cristo y que han sido encontrados por Él. El poder creer se lo debo ante todo a Dios
que se dirige a mí y, por decirlo así, “enciende” mi fe. Pero muy concretamente, debo mi fe a los que me
son cercanos y han creído antes que yo y creen conmigo. Este gran “con”, sin el cual no es posible una fe
personal, es la Iglesia.
2. EL OBJETIVO DEL AÑO DE LA FE
El Papa invita a una “auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del
mundo”. El objetivo principal de este año es que cada cristiano “pueda redescubrir el camino
de la fe para poner a la luz siempre con mayor claridad la alegría y el renovado entusiasmo
del encuentro con Cristo”. Con la promulgación de este Año el Santo Padre quiere poner en el centro de
la atención eclesial lo que, desde el inicio de su pontificado, más le interesa: el encuentro con Jesucristo y
la belleza de la fe en él. Por otra parte, la Iglesia es muy consciente de los problemas que debe afrontar
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hoy la fe y considera más actual que nunca la pregunta que Jesús mismo hizo: “Cuando venga el Hijo del
hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lc 18, 8). Por esto, “si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una
convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán
ineficaces” (Discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, 22 de diciembre de
2011).
El “Año de la fe desea contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de
la fe, de modo que todos los miembros de la Iglesia sean para el mundo actual testigos gozosos y
convincentes del Señor resucitado, capaces de señalar la “puerta de la fe” a tantos que están en búsqueda
de la verdad”.
Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha
revelado su rostro. Él es el cumplimiento de las Escrituras y su intérprete definitivo. Jesucristo no es
solamente el objeto de la fe, sino, como dice la carta a los Hebreos, «el que inició y completa nuestra fe.
Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización porque hay necesidad,
todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron
dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos.
Lamentablemente vemos cada día a nuestro alrededor, que se ha difundido el vacío. Pero
precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir
nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se
vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos
los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o
negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el
camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. Por tanto, hoy más que
nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el
camino.
3. EL 50 ANIVERSARIO DE LA APERTURA DEL CONCILIO
VATICANO II
Primero digamos qué es un concilio. La Iglesia en varias ocasiones, se ha visto
obligada a reunir a sus hijos más preclaros, ya fuere por su dignidad o sabiduría, y
enfrentarse a una oposición destructora en cuanto a la doctrina, a la moral o a la disciplina de la
Institución. Esas asambleas reciben el nombre de Concilios, algunos de los cuales abarcan solamente una
porción de la Iglesia como una Provincia Eclesiástica o bien la Iglesia de todo un país; y, los otros son los
Ecuménicos = Universales, porque ya deliberan sobre asuntos que interesan a toda la Iglesia y al que
asisten representantes de todas las latitudes. En estos casos el Sumo Pontífice asiste en persona y preside
las sesiones o bien se hace representar por Legados.
El ultimo Concilio fue el Concilio Vaticano II (Los concilios toman el nombre del lugar donde se
celebran, éste fue el II que celebró en el Vaticano). Y fue convocado por el Papa Juan XXIII en 1962 y
clausurado por el Papa Paulo VI en 1965. Ha sido el concilio más representativo de todos. Las
características del Concilio Vaticano II, son Renovación y Tradición. Del Concilio Vaticano II surgieron
16 documentos: cuatro Constituciones, nueve Decretos y tres Declaraciones.
La principal finalidad del Vaticano II quedó expresada en el primer documento aprobado por el
Concilio: La constitución de la sagrada Liturgia: “Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día
en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones
que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en
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Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia.”(Constitución
Sacrosanctum Concilium).
Se identifican así cuatro objetivos principales: el incremento de la vida cristiana, la reforma de las
instituciones mudables de la Iglesia, la reunificación de los cristianos (ecumenismo), y la puesta al día de
la Iglesia, con la finalidad de que nadie padeciera un desgarrón por pertenecer a la Iglesia y al mismo
tiempo al mundo moderno, de manera que la armonía de ser cristiano sólo sufra la tensión escrita en el
evangelio: “estar en el mundo y no ser del mundo” (Conferencia Episcopal Española, Concilio
Ecuménico Vaticano II, B.A.C. 526, Madrid MMIV, p. XVIII).
“El Concilio ha tenido vivo interés por el estudio del mundo contemporáneo. Tal vez nunca como
en esta ocasión ha sentido la Iglesia la necesidad de acercarse, de comprender, de penetrar, de servir, de
evangelizar a la sociedad que la rodea; de acogerla, casi de acompañarla en su rápido y continuo
cambio”(Discurso del Papa Pablo VI en AAS 58 (1966) 51-59)
El Papa Juan XXIII en el discurso de apertura manifestó: “[El concilio] quiere transmitir la doctrina
pura e íntegra, sin atenuaciones, que durante veinte siglos, a pesar de las dificultades y luchas, se ha
convertido en patrimonio común...Nuestro deber no es sólo custodiar este tesoro precioso, como si
únicamente nos ocupásemos de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin
temores, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que la Iglesia recorre desde hace
veinte siglos...Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra
venerada doctrina, y otra la manera como se expresa, y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia si
fuera necesario; ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter prevalentemente
pastoral”( Juan XXIII. Discurso durante la inauguración del Concilio Vaticano II)
4. 20 ANIVERSARIO DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
El Catecismo de la Iglesia Católica, como “auténtico fruto del concilio Vaticano II”
(Carta apostólica Porta fidei, 4), se sitúa en la línea de esa “renovación dentro de la
continuidad”. Comprende “cosas nuevas y cosas antiguas” (Mt 13, 52). Por una parte,
recoge el antiguo y tradicional orden de la catequesis, articulando su contenido en cuatro
partes: el Credo, la liturgia, la vida en Cristo y la oración. Pero, al mismo tiempo, expresa
todo ello de un modo nuevo para responder a los interrogantes de nuestra época.
El Catecismo de la Iglesia católica es la exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica,
atestiguadas o iluminadas por la Sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio eclesiástico. Es
uno de los dos catecismos de la Iglesia Universal que han sido redactados en toda la historia, por lo que es
considerado como la fuente más confiable sobre aspectos doctrinales básicos de la Iglesia católica. La
redacción de este catecismo, junto con la elaboración del nuevo Código de Derecho Canónico, el Código
de Derecho de las Iglesias Orientales católicas, el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia católica y
el Directorio Catequético General representan los documentos más importantes frutos de la renovación
iniciada en el Concilio Vaticano II y que se han convertido en textos referenciales sobre la Iglesia católica
y documentos trascendentales para la historia de la Iglesia contemporánea.
El Catecismo de la Iglesia católica es un texto de dominio público para la Iglesia Universal, es
decir, es un documento que puede ser consultado, citado y estudiado con plena libertad por todos los
integrantes de la Iglesia católica para aumentar el conocimiento con respecto a los aspectos
fundamentales de la fe. De la misma manera es el texto de referencia oficial para la redacción de los
catecismos católicos en todo el mundo.
5. QUÉ PODEMOS Y DEBEMOS HACER EN ESTE AÑO DE LA FE
El Año de la fe será una ocasión privilegiada para promover el conocimiento y la difusión de los
contenidos del concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica.
En el año de la fe “Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras
catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta
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con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este
Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y
nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo”, ha dicho el Papa
En este Año de la Fe, dice el Motu Proprio “Porta Fidei”, se ha de Intensificar la celebración de la
fe en la liturgia, especialmente en la Eucaristía; dar testimonio de la propia fe; y redescubrir los
contenidos de la propia fe, expuestos principalmente en el Catecismo.
La Nota de la congregación para la doctrina de la fe con indicaciones pastorales para el año de la
fe’, articula sus propuestas en cuatro niveles: 1) Iglesia universal. 2) Conferencias episcopales. 3)
Diócesis. 4) Parroquias, comunidades, asociaciones y movimientos. Se citan a continuación algunas de
estas sugerencias particulares.
Por ejemplo, junto a una solemne celebración para el inicio del Año de la fe y a otros varios
acontecimientos en los que participará el Santo Padre (Asamblea del Sínodo de los obispos, Jornada
mundial de la juventud de 2013), se recomiendan iniciativas ecuménicas para «invocar de Dios y
favorecer la restauración de la unidad entre todos los cristianos» y «tendrá lugar una solemne celebración
ecuménica para reafirmar la fe en Cristo de todos los bautizados».
A nivel de Conferencias episcopales, se estimula la calidad de la formación catequística eclesial y la
revisión de “los catecismos locales y los subsidios catequísticos en uso en las Iglesias particulares, para
asegurar su plena conformidad con el Catecismo de la Iglesia Católica”, y se desea un amplio uso de los
lenguajes de la comunicación y del arte, “transmisiones televisivas o radiofónicas, películas y
publicaciones, incluso a nivel popular, accesibles a un público amplio, sobre el tema de la fe, sus
principios y contenidos, así como la importancia eclesial del concilio Vaticano II”.
A nivel diocesano, el Año de la fe se considera, entre otras cosas, como ocasión renovada de
“diálogo renovado y creativo entre fe y razón, a través de simposios, congresos y jornadas de estudio,
especialmente en las universidades católicas” y como tiempo favorable para “celebraciones
penitenciales..., en las cuales se ponga un énfasis especial en pedir perdón a Dios por los pecados contra
la fe”.
A nivel de parroquias, la propuesta central es la celebración de la fe en la liturgia y, de modo
especial, en la Eucaristía, porque “en la Eucaristía, misterio de la fe y fuente de la nueva evangelización,
la fe de la Iglesia es proclamada, celebrada y fortalecida”. De esa iniciativa deberán nacer, crecer y
difundirse todas las demás propuestas, entre las cuales tendrán una importancia particular las iniciativas
emprendidas por los numerosos institutos, las nuevas comunidades y los movimientos eclesiales.
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