Descarga documento completo AQUÍ

Anuncio
El Arzobispo Emérito de Pamplona y Tudela, Mons. Fernando Sebastián Aguilar,
clausuraba el pasado 11 de septiembre en Madrid el XXI Curso de Doctrina Social de
la Iglesia Fundación Pablo VI. Lo hacía con una ponencia final con el título “El
compromiso de los católicos en la Vida Pública y en la regeneración ética”.
Por su interés y actualidad, reproducimos a continuación la exposición que elaboró
monseñor
Fernando
Sebasián.
En pocos lugares de España se puede hablar del compromiso de los católicos en la
vida pública, como en esta Casa. El Fundador, D. Angel Herrera Oria, dedicó su vida a
difundir este convencimiento en la Iglesia de España y trató de vivirlo activamente en
las diferentes etapas de su vida. Esta fue sin duda una de sus preocupaciones
dominantes tanto en su vida secular como en sus años de ministerio episcopal.
Resulta tentador entrar ahora en un recorrido histórico para recuperar la memoria de lo
que fueron las páginas de El Debate durante los años de la IIª República, o los
trabajos y actividades de la CEDA durante aquellos años. Todo ello representa un
ejemplo, no exclusivo pero sí significativo, de lo que pueden aportar los católicos a la
vida
pública.
Pero no es hora de recrearse en los recuerdos, sino más bien hora de clarificar
nuestras ideas y crear proyectos a la vez realistas e innovadores.
Clarificaciones
doctrinales
No se puede hablar claramente del compromiso político de los católicos sin aclarar
antes unas cuantas cuestiones doctrinales. En España se ha impuesto un laicismo
radical que excluye la influencia de las convicciones religiosas en la vida pública. La
abstención de cualquier referencia religiosa se considera indispensable para guardar
la pureza democrática de cualquier actuación política. Si esto fuera así no tendría
sentido hablar del compromiso específico de los católicos en la vida pública ni se
podría precisar ninguna aportación de los políticos católicos a la regeneración ética de
la vida política. Para poder decir sobre este asunto una palabra de provecho tenemos
que romper el cerco que nos tiene puesto el poder del laicismo dominante y
contaminante.
Porque cuando hablamos del compromiso de los católicos en la vida pública, nos
referimos a un compromiso específico, un compromiso que proviene de la condición
de católico, propio de los católicos y que supone además una influencia de la fe
católica en la actuación y en las aportaciones de los cristianos a la vida pública.
Podríamos apoyar nuestro punto de vista aduciendo testimonios del magisterio de la
Iglesia y de los últimos Papas. Los hay muy abundantes. Las enseñanzas del C.
Vaticano II, sobre la vocación cristiana, el apostolado seglar, los excelentes capítulos
de la Constitución Gaudium et Spes, sobre la cultura y la vida política. Podriamos
aducir las enseñanzas constantes de los Papas, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II,
Benedicto XVI, Papa Francisco en Lumen Dei. En algunos escritos importantes de los
Obispos
españoles,
como
Católicos
en
la
vida
pública.
No lo vamos a hacer así. Este procedimiento, en el mejor de los casos, podría valer al
interior de la Iglesia; pero si nos proponemos hablar con los no católicos y aun con
muchos que se consideran católicos, no vale de nada esgrimir las enseñanzas de los
Papas, pues su autoridad no es reconocida en estas materias y sí radicalmente
impugnada. Tenemos, pues, que aducir razones aceptables por todos y fácilmente
comprensibles.
En esta perspectiva podemos decir que el compromiso de los católicos en la vida
pública
es
posible,
legítimo,
obligatorio
y
necesario.
Posible. Porque la fe en Dios y en Jesucristo ilumina nuestra mente con
conocimientos decisivos sobre el ser del hombre que condicionan y enriquecen la
visión de la sociedad y de la convivencia humana. El valor absoluto de la persona
humana, la igualdad de todos los hombres, la condición espiritual de las personas, son
datos que la revelación de Dios en Jesucristo nos descubre o nos confirma y que
tienen repercusiones importantes en la comprensión y el ordenamiento de la vida
social
y
política.
Legítimo. Primero porque la luz de la fe no deforma la realidad ni nos saca de la
esfera humana, sino que nos la ilumina, nos la acerca, nos la descubre en su ser
completo y verdadero. Y en segundo lugar, Porque la atención a las luces de la fe y los
mandatos de la conciencia cristiana por parte de los políticos cristianos no supone la
injerencia de ninguna autoridad ni de ninguna institución ajena al puro ordenamiento
político. La influencia de la fe en la actuación pública de los cristianos se hace
presente a partir de la conciencia y de las determinaciones de los mismos
cristianos que intervienen en la vida pública, sin interferencias de las
autoridades ni de las instituciones eclesiásticas de ningún género.
Obligatorio. Por la unidad radical de la persona. El político cristiano no puede
prescindir de su conciencia ni de sus convicciones religiosas en el momento de valorar
una situación o de tomar unas decisiones, sin traicionarse a sí mismo y traicionar su
propia fe, que es lo mismo que traicionar a aquel en quien creemos. Para el creyente
no es posible la abstención religiosa, la suspensión de su fe en sus compromisos
sociales y políticos. Ser cristiano es creer en el amor como forma universal de vida, la
fidelidad a esta convicción nos obliga a todos a colaborar con el bien universal del
prójimo
en
general.
Necesario. La conciencia del hombre es irremediablemente limitada y débil a la hora
de descubrir y cumplir las exigencias de la justicia. Los hombres necesitamos una
sanación interior para aceptar de forma clara y eficaz los derechos de los demás
cuando suponen limitación o corrección de nuestras propias apetencias. En este
sentido, la presencia y la influencia de la vida teologal en quienes intervienen en la
vida pública de una sociedad es necesaria para el bien de todos, como garantía de la
verdad, la justicia y la diligencia de las mil relaciones e interdependencias que
constituyen la vida social. Sin el reconocimiento y la ayuda de Dios es hombre se
pervierte sin remedio, y las perversiones interiores del hombre repercuten
también en sus actuaciones públicas. La sociedad necesita la acción
purificadora y sanante, el estímulo y el impulso de la vida teologal de los
hombres justos. La presencia de los cristianos en la vida pública tendría que ser
iluminación y justicia, defensa contra los errores posibles y garantía contra las
inevitables corrupciones, a favor de todos. Una riqueza y un bien para la sociedad
entera.
Es evidente que cuando afirmamos la necesidad y el provecho de la presencia de los
católicos en la vida pública no pretendo atribuir a los cristianos unos valores
exclusivos que los demás no puedan tener, ni tampoco unos valores infalibles que los
cristianos no puedan traicionar. Los no cristianos pueden y deben buscar
sinceramente la justicia, pero la vida cristiana aporta al creyente un plus de
clarividencia y de fortaleza que no tendría sin la riqueza de su vida teologal. Como es
también evidente que el cristiano puede descuidar o traicionar su conciencia y
actuar en la práctica peor que un colega no creyente o no practicante. Pero
hablamos de conductas concretas sino de lo que las cosas son en sí mismas, no de lo
que son sino de lo que tendrían que ser nuestros comportamientos.
Como complemento y aclaración necesaria de esta primera parte quiero decir que
1º, No hay una política católica, homogénea, obligatoria, Porque en la elaboración
del juicio práctico que rige la vida política no entran solo los principios morales
comunes y obligatorios, sino la valoración de muchas realidades diferentes, mudables,
opinables, cuya mediación puede dar lugar a decisiones diferentes aunque reconozcan
la influencia de unos mismos principios. Con los mismos principios morales puede
haber formas diferentes de interpretar una situación determinada o de conseguir unos
mismos
objetivos.
2º, La inspiración cristiana de la política no se opone a ningún valor democrático
sino que fortalece el respeto y la tutela de todos los derechos humanos, La
norma suprema del obrar humano es el amor, amor gratuito, universal, efectivo; este
amor ejercitado en el ámbito de la vida política se concreta en la justicia, en el servicio
efectivo a la libertad y promoción de todas las personas en un contexto de
compatibilidad, integridad y gratuidad. El ejercicio de la autoridad, entendida como
servicio a la comunidad, no puede definirse por las ideas o las preferencias del
gobernante, sino por las necesidades de los gobernados, por el bien de las personas y
de las familias, en cada lugar, en cada momento, en cada circunstancia concreta.
En
la
sociedad
española
No es fácil explicar estos principios en el ambiente de la sociedad española. Somos
poco amigos de abstracciones y tendemos a entender las cosas a partir de la
experiencia. Tenemos que reconocer que nuestra experiencia en estas materias no ha
sido muy feliz. Pesan sobre nosotros no cuarenta años, sino muchos siglos de
“nacionalcatolicismo”, en los que la conciencia cristiana de los gobernantes ha
sido legitimación del autoritarismo y privación de la libertad de conciencia y de
actuación de los ciudadanos no cristianos. Y por el lado cristiano el liberalismo
y la modernidad se han confundido con un laicismo radical, impositivo, y en
algunos casos excluyente y hasta persecutorio. Los españoles, sin olvidar nuestra
historia, para corregirla y superarla tenemos que hacer el esfuerzo de pensar y
programar nuestro futuro en verdadera libertad, con un gran esfuerzo de objetividad,
sin
dejarnos
dominar
por
los
escarmientos
del
pasado.
Hoy no nos vale ni la uniformidad del viejo régimen, ni el sectarismo de la segunda
república, ni el odio destructivo de los movimientos revolucionarios, ni el neo
confesionalismo franquista, ni el laicismo condescendiente de la derecha liberal, ni el
laicismo excluyente y represivo de nuestra izquierda socialista y radical. Todas ellas
son posturas condicionadas por las experiencias pasadas, todas son actitudes
parciales, desmesuradas, incapaces de fundar una convivencia verdadera y por tanto
incapaces de fundamentar una sociedad sólida, justa y dinámica.
Aportaciones
actuales,
posibles
y
necesarias
Sin embargo, sí es posible imaginar una política orientada o fecundada por la fe
cristiana, sí es posible pensar en unas cuantas aportaciones importantes de la
mentalidad cristiana a nuestra vida política actual, sin caer en nostalgias, ni en
clericalismos,
ni
en
adulteraciones
de
ninguna
clase.
Veamos.
Una visión cristiana de la vida política tiene que comenzar por ser una visión
realista de nuestra sociedad, de nuestra historia, de nuestra convivencia. Una
visión cristiana de la realidad quiere decir unas visión objetiva, respetuosa,
comprensiva y comprehensiva, sin falsificaciones, sin omisiones ni exaltaciones, sin
particularismos ni menosprecios. Todos los miembros, todas las regiones, todos los
ciudadanos que formamos la sociedad española somos básicamente iguales, todos
dependemos de todos, tenemos una historia y un patrimonio cultural común, las
coincidencias son más que las diferencias, no hay razones objetivas para las
divisiones ni las exclusiones ni las exaltaciones de ninguna clase.
Hoy en España es importante que recuperemos el respeto a la primacía del
orden moral objetivo y de la recta conciencia también en la vida social y
política. La política, cualquier actuación en la vida pública, es un acto humano,
consciente y libre, que repercute, a veces gravemente, en el bien o en el mal del
prójimo. Cómo esta clase de actuaciones no va a estar sometida al imperativo moral
de “hacer el bien y evitar el mal”? Los políticos no pueden actuar en función de sus
propias conveniencias, ni de las conveniencias de su partido, ni de consideraciones
electoralistas, el ejercicio de la autoridad es siempre una actividad moral, regida por la
primacía de la verdad y de la justicia, que en el caso de la política se concreta en el
bien común, en la atención a los legítimos derechos de los ciudadanos, sin
preferencias ni exclusiones de ninguna clase. El respeto a las exigencias objetivas de
una actuación moral no es sólo una cuestión de responsabilidad social, sino que es
también una cuestión de responsabilidad moral y religiosa, de la cual cada hombre
tendrá que dar cuenta ante el juicio de Dios. También en política, también en lo
público.
El ejercicio moral y justo de la autoridad supondría la eliminación de la
corrupción, de la mentira, del robo, de las presiones sobre la justicia, de la
discriminación ni a favor ni en contra de nadie, a favor del respeto absoluto a la
verdad, la justicia, la generosidad y la seguridad de todos y para todos.
Un planteamiento cristiano de la política supondría también el respeto y la protección
de los valores morales inherentes al bien integral de la persona, la recuperación y el
respeto al bien del ser humano en su integridad material y espiritual, el respeto a lo
que se llamaba ley natural, o exigencias morales del bien integral de la persona, el
respeto y la protección de la vida humana desde su concepción hasta su muerte
natural, el respeto y protección a la familia fundada en un matrimonio estable entre
varón y mujer, el derecho a la sanidad, a la educación y a la cultura, a la libertad. No
sólo el fraude económico es malo para el hombre y para la sociedad, sino también las
carencias
o
las
deformaciones
morales
de
la
convivencia.
Y no vale esconderse en la nube del escepticismo o del relativismo,
refugiándose en la pretendida imposibilidad de conocer o de distinguir el bien
del mal. Es bueno lo que ayuda a ser, a vivir, a crecer en el orden de lo real; y es
malo lo que niega, destruye o reprime el ser de la persona, lo que la persona es y
lo que puede llegar a ser, en comunión de amor con todos los demás.
Visión y valoración de la persona, de todas las personas, en su integridad radical, sin
reducirlas a su condición de ciudadano, de consumidor, o de votante. Habría que
reconocer efectivamente el bien integral de las personas como fin verdadero de todo el
sistema político. Como justificación moral de las decisiones y actuaciones políticas. Sin
partidismos, sin oportunismos, sin imposiciones ideológicas de ninguna clase. La
atención preferencial a los más débiles y necesitados, el acceso de todos a los bienes
materiales y culturales, el apoyo al crecimiento y desarrollo de las personas en sus
aspiraciones legítimas, se ve fundamentado y urgido por la fe cristiana. No podemos
confundir una política cristiana con una política conservadora o de derechas.
Conservar
lo
que
no
es
justo
no
es
cristiano.
La fe cristiana tendría que dar lugar a una serie de actitudes personales directamente
derivadas de la justicia interior, tales como la sinceridad, la diligencia, la abnegación,
la generosidad, El hombre, en su vida pública, tiene que mantener también un
comportamiento virtuoso, justo, coherente con el amor al prójimo asumido como norma
fundamental de la vida en su integridad, en lo privado y en público, en lo personal y en
lo
comunitario.
La presencia coherente de los católicos en las diversas instituciones de la vida pública
tendría que favorecer el acercamiento y el diálogo leal entre ellas, la colaboración de
unas con otras a favor de objetivos comunes, el saneamiento de la opinión pública, el
respeto y la aceptación de todos dentro del marco de los intereses comunes, la
revisión y el perfeccionamiento constante de las instituciones y de los procedimientos
a favor del bien común. La fe desemboca en el amor, y el amor, la caridad política es
fuente de dinamismo, de mejoras constantes, de convergencias y sinergias que no se
pueden producir cuando las motivaciones de la política son el egoísmo personal o
partidista.
Un
corolario
arriesgado
Llegados aquí podríamos preguntarnos si hoy en España sería conveniente la
existencia
de
un
partido
confesional.
Un
partido
cristiano.
Para responder es preciso precisar antes el sentido de lo que preguntamos.
Si entendemos por “partido cristiano” un partido que pretenda presentarse como el
intérprete único y obligatorio de la posible política cristiana, o de la posible influencia
cristiana en la vida política, tenemos que decir clara y firmemente que no, no es
conveniente,
ni
sería
tampoco
legítimo.
Pero si decimos un partido o una asociación desde la cual puedan actuar los cristianos
en la vida política de acuerdo con las exigencias de una conciencia cristiana de
manera organizada y efectiva, es evidente que sí es posible. Tal institución sería
doctrinalmente correcta, políticamente legítima. Otra cosa es si sería políticamente
oportuna y viable. Quede como una cuestión abierta. Puede ser que en estos
momentos no lo fuese, pero tal situación no es un adelanto sino seguramente una
deficiencia
democrática.
Conclusión
Quiero terminar con unas hermosas palabras de la reciente encíclica sobre la fe del
Papa Francisco. En el cap. IV dedicado a la construcción de la ciudad terrestre, el
Papa
dice
51. Precisamente por su conexión con el amor (cf. Ga 5,6), la luz de la fe se pone al
servicio
concreto
de
la
justicia,
del
derecho
y
de
la
paz.
La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el
sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el
dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia
la
plenitud
del
amor.
La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de
mantenerse,
de
ser
fiables,
de
enriquecer
la
vida
común.
La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de
nuestro
tiempo.
Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres. La
unidad entre ellos se podría concebir sólo como fundada en la utilidad, en la suma de
intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola
presencia
del
otro
puede
suscitar.
La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su
fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de
la
edificación,
contribuyendo
al
bien
común.
Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la
Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda
a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza.
La Carta a los Hebreos pone un ejemplo de esto cuando nombra, junto a otros
hombres de fe, a Samuel y David, a los cuales su fe les permitió « administrar justicia
» (Hb 11,33). Esta expresión se refiere aquí a su justicia para gobernar, a esa
sabiduría que lleva paz al pueblo (cf. 1 S 12,3-5; 2 S 8,15).
Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad
construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios”.
La gran aportación de los católicos a la vida pública consiste en edificar poco a poco
una sociedad, desarrollar una convivencia que esté inspirada en un amor universal y
verdadero, ese amor que viene de Dios y hace al hombre justo, el amor que nos libera
del egoísmo y nos pone al servicio de la vida, del crecimiento y de la alegría de
nuestro prójimo.
Descargar