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El Islam vaya timo

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El islam
¡vaya timo!
Colección dirigida por Javier Armentia
y editada en colaboración con la
Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico
Gabriel Andrade
EL ISLAM
¡VAYA TIMO!
LAETOLI
1ª edición: mayo 2016
Diseño de portada: Serafín Senosiáin
Ilustración: XXXX
Maquetación: Carlos Álvarez, www.estudiooberon.com
© Gabriel Andrade Campo Redondo, 2011
© Editorial Laetoli, 2011
Paseo Anelier, 31, 4º D
31014 Pamplona
www.laetoli.es
ISBN: 978-8
Depósito legal: NA
Impreso por: Cas
Polígono Indu
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Printed in the Spain
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación
pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada
con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)
si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Introducción
¿Choque de civilizaciones?
Al final de la Guerra Fría, el politólogo Francis Fukuyama hizo
una declaración rimbombante: la historia había llegado a su fin.
Ese anuncio (realizado en un lenguaje un poco parecido al de los
posmodernos) postulaba básicamente que la democracia liberal
había vencido definitivamente al comunismo y que vendrían tiempos utópicos.
Pues bien, el siglo XXI empezó con mal pie. El 11 de septiembre
de 2001, varios terroristas de la red Al-Qaeda perpetraron unos
espectaculares atentados que terminaron por derrumbar el World
Trade Center de Nueva York matando a miles de personas. En
años sucesivos, hubo ataques similares en Balí, Madrid, Londres
y París. A medida que en Occidente se fue conociendo qué era AlQaeda y quién era Osama Bin Laden, se fue comprendiendo que
entrábamos en una nueva etapa geopolítica. Se había despertado
un gigante dormido: el islam.
En ese momento, en vez de seguir las ingenuidades de Fukuyama, se hizo popular una tesis que en realidad había sido formulada años antes por el politólogo Samuel Huntington: el choque
de civilizaciones. En el siglo XXI, según anunciaba Huntington,
ya no habría conflictos ideológicos o nacionales. Ahora serían confrontaciones entre civilizaciones. Huntington enumeraba varias
(China, Rusia, Europa oriental, India, el África subsahariana, América Latina...), pero, a su juicio, la principal confrontación sería
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entre el Occidente secularizado, pero de base cristiana, y el islam.
Este autor recordaba que el islam es mucho más que una religión:
desde sus inicios ha sido una civilización. Y esta civilización estuvo
en confrontación continua con Occidente: las cruzadas, la Reconquista en España hasta la toma de Granada, las batallas contra los
turcos (como Lepanto), los avances otomanos hasta llegar a las
puertas de Viena, etc. En los últimos dos siglos, el islam como civilización estaba echando una siesta, pero ahora ha despertado y
asistimos a un nuevo episodio de este enfrentamiento.
Muchas personas repudiaron la tesis de Huntington y no les
faltaba razón. Esta tesis pretendía una rígida separación cultural
entre el islam y Occidente, cuando en realidad ambas civilizaciones
vienen de una misma matriz y siempre hubo intercambios fructíferos. Muchas de las invenciones que potenciaron el poder occidental fueron de origen islámico. Además, con la inmigración a
Europa y América en los últimos 50 años, ha habido muchísimos
musulmanes que se han occidentalizado. De tal forma, dicen los
críticos, que la tesis del choque de civilizaciones es en realidad una
cizaña que quiere crear conflictos para distorsionar el islam, justificar guerras y sacar provecho de ellas (especialmente la extracción
de petróleo). Como contraparte al choque de civilizaciones, José
Luis Rodríguez Zapatero propuso una “alianza de civilizaciones”.
No debemos ser tan alarmistas como Huntington, pero tampoco tan ingenuos como Zapatero. Lo más deseable, desde luego,
sería formar esa alianza, pero es muy peligroso proponer alianzas
con quien en realidad tiene el objetivo de destruirnos. La abrumadora mayoría de los musulmanes quiere vivir en paz con nosotros occidentales. Pero el resentimiento está ahí. Muchos no logran concebir que las mujeres vayan en bikini, pero tampoco les
agrada la idea de que los Estados deben ser laicos. Por diversos
motivos históricos, una pequeña pero muy ruidosa e influyente
minoría en el mundo musulmán quiere explotar ese resentimiento
para enfrentarse a Occidente.
Esa minoría ruidosa no lo tiene tan difícil, pues además del resentimiento histórico por muchos desprecios y equívocos de Occidente hacia los países musulmanes hay en la religión islámica
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muchos elementos que se pueden catalizar para lanzar una nueva
confrontación contra Occidente.
El islam no necesariamente es una amenaza para nuestra civilización, pero tiene el potencial para serlo, y de hecho esta confrontación se ha dado muchas veces en siglos pasados. Por ello
urge conocer cuáles son las bases de esta religión, porque quizá al
conocerlas mejor podremos neutralizar la amenaza. Islam significa
en árabe “sumisión”. Tradicionalmente se entiende que es la sumisión a Dios y en ese sentido el islam es una religión estrictamente monoteísta. Pero esto se convierte pronto en algo problemático, pues para el islam (lo mismo que para las otras religiones
monoteístas) resulta demasiado fácil extender esa sumisión del fiel
a Dios a la sumisión de la mujer al hombre, del gobernado al gobernante y del esclavo al amo.
Así pues, en este pequeño libro trataré de llevar a cabo una crítica de muchas de las creencias y prácticas islámicas. En el capítulo
1 bosquejaré una breve biografía de Mahoma, reseñando varios
aspectos objetables de su vida. En el 2 someteré a escrutinio varias
de las creencias que los musulmanes tienen respecto del Corán.
En el 3 expondré algunas de las barbaridades que contempla el
derecho islámico. En el 4 haré una breve reseña histórica para comprender de dónde viene el fanatismo y la furia islámica que hemos
presenciado en los últimos años.
Tras este recorrido me haré una pregunta: ¿es posible ajustar el
islam a la modernidad? Como corolario: ¿es el islam una religión
de paz que ha sido secuestrada por fanáticos o hay en el propio
contenido de esa religión mucha inspiración real para gente como
Bin Laden? Anticipo la respuesta: el islam es ajustable a la modernidad, pero no debemos engañarnos y asumir que no hay nada en
él que propicie las salvajadas que se hacen en su nombre.
Aquí quisiera hacer una aclaración. El islam no es una religión
monolítica. No podemos meter en un mismo saco a más de 1000
millones de musulmanes. Hay numerosas sectas (la principal división es entre sunitas y chiitas, pero hay muchas otras divisiones).
Algunos creen en cosas que inspiran mucha violencia, otros creen
en otras que traen mucha paz. Hay un hecho crucial, y que nunca
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debemos perder de vista al discutir la posible relación del islam
con la barbarie: en el islam no hay una autoridad central equiparable al papa. En siglos pasados hubo un califa (y en algún momento más de uno), pero incluso él nunca tuvo la autoridad doctrinal para declarar qué era herético y qué ortodoxo. A diferencia
del cristianismo, no ha habido en el islam concilios para dictar
doctrinas.
Así pues, es muy difícil precisar si el “verdadero” islam es el de
los pacifistas o el de los terroristas, pues hay de todo y nadie tiene
verdadera autoridad para hablar en representación de todo el islam.
Tradicionalmente ha habido en el él mucho sustento doctrinal
para la violencia, la intolerancia, la misoginia y la esclavitud. Pero
aunque todo esto cuenta con un respaldo de firmes tradiciones,
no es inflexible. La ausencia de un papa y de concilios permite
que hoy los reformistas moderados y modernizadores puedan alegar que su versión del islam es la correcta.
Anticipo que algún lector me acusará de islamofobia, sobre todo
si es de izquierdas. Ante el colapso del comunismo, un sector de
la izquierda ha creído ver en el extremismo islámico a un aliado
en su lucha contra los abusos del capitalismo basado en Occidente.
Estos izquierdistas deberían apreciar que están cometiendo el mismo
error que cometió la derecha cuando, creyendo ver en los muyahidines a unos aliados en contra de los soviéticos en Afganistán, decidió
brindarles su apoyo. Sabemos que Bin Laden, en un inicio protegido
por la CIA, se volvió contra EE UU. La verdadera izquierda, siempre
defensora del Estado laico, no debería hacer alianzas con grupos que
buscan imponer el gobierno de Dios en la Tierra.
Pues bien, este nuevo romance entre un sector de la izquierda
y el extremismo islámico ha colocado de moda esta palabra: islamofobia. Ciertamente, la islamofobia existe. La fobia es un miedo
irracional, y en Occidente, efectivamente, hay mucha gente que
explota este miedo, ofreciendo una visión muy distorsionada del
islam para justificar toda clase de abusos contra los musulmanes.
Pero si hay motivos racionales para temer al islam, entonces eso
deja de ser islamofobia. No debemos ceder al chantaje que pretende que, por el mero hecho de que algunos autores se excedan
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en sus críticas al islam, debemos proteger a este frente a cualquier
examen crítico. Decir que el islam es en muchos sentidos un timo
no es islamofobia: es sencillamente, una descripción de la realidad.
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1
Un profeta muy mundano
Los musulmanes creen que el primer musulmán fue Adán. La religión originaria de la humanidad era, según dicen, el islam. Y casi
todos los profetas que se mencionan en la Biblia eran también musulmanes. Pero hubo una degeneración. Dios hizo revelaciones a
los judíos y cristianos enviándoles profetas, pero los judíos y cristianos modificaron esos mensajes y corrompieron las escrituras
que Dios les reveló. Así pues, la Biblia, aunque enseña algunas cosas aceptables, es un texto corrompido. Según la doctrina islámica,
ese fue el motivo por el cual Dios decidió enviar a Mahoma como
el último y más grande de los profetas. Los musulmanes admiten
que no saben bien cómo era el contenido original de esos libros
que hoy están corrompidos, pero suponen que debió ser muy parecido al mensaje musulmán actual.
De antemano, vemos que esto es una colosal tontería. En primer
lugar, Adán no existió. Asumir la existencia de un Adán histórico
es prácticamente irreconciliable con la teoría darwinista de la evolución, la cual cuenta con pruebas indiscutibles a su favor. Pero,
incluso si hubo un Adán histórico, estamos muy lejos de saber cuál
fue su religión, si tuvo alguna. Aunque ha habido algunos historiadores serios que han sostenido que la religión originaria de la
humanidad fue el monoteísmo (por ejemplo, Wilhelm Schmidt),
el consenso es que la creencia en un solo Dios es relativamente reciente, de no más de 3000 años de antigüedad.
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Más aún, los musulmanes nunca han precisado qué partes de la
Biblia han sido corrompidas. Sólo se limitan a señalar que hubo
una degeneración, pero no hacen una reconstrucción histórica y
textual de cuáles son los distintos estratos originales del texto bíblico
y cuáles las adiciones posteriores.
Con todo, a pesar de su creencia sobre Adán, la mayoría de los
musulmanes están dispuestos a aceptar que el fundador de su religión es Mahoma. Algunos tratan de resolver esta contradicción señalando que Adán fue el pionero de algo así como un proto-islam,
y que en el siglo VII Mahoma fue el pionero de la religión islámica
ya en pleno sentido. Inicialmente podemos aceptar este intento de
solución, pero sin perder de vista que la idea de que hubo un primer
ser humano llamado Adán, y que este practicó cierta forma de islam, es un disparate.
A diferencia de Adán, podemos afirmar que Mahoma existió,
aunque algunos historiadores tienen dudas al respecto. El problema
está en lo tardío e inconsistente de las fuentes que narran su vida.
Tradicionalmente se ha asumido que el Corán consta de las recitaciones del propio Mahoma. Pero, como veremos en el siguiente
capítulo, el proceso de compilación del Corán fue muy engorroso,
lo suficiente como para arrojar dudas sobre cuánto de ese libro fue
añadido tiempo después de que fuera supuestamente recitado y
cuánto procede realmente del propio Mahoma.
En el Corán hay muy escasas menciones al profeta, y si sólo tuviésemos como fuente ese libro, no podríamos ni siquiera hacer
una mínima reconstrucción de su vida. Como veremos, el Corán
consta de recitaciones bastante desordenadas. Desde luego, algunas
de ellas se hacen más comprensibles con los datos complementarios
sobre la biografía de Mahoma recopilados de otras fuentes. Pero
para un historiador es virtualmente imposible formarse una idea
de la biografía de Mahoma si sólo acude al Corán.
Los primeros documentos que ofrecen alguna semblanza biográfica del profeta datan realmente de al menos un siglo después
de su muerte. La fuente biográfica más importante de la vida de
Mahoma es la que ofrece Ibn Ishaq, un cronista musulmán del siglo
VIII. No obstante, no tenemos la biografía propiamente hablando,
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sino una recensión que hizo de ella otro autor, Ibn Hisham, en el
siglo IX. Aunque esta biografía ha permitido a los historiadores reconstruir bastante bien la vida de Mahoma, no está exenta de distorsiones, frente a las cuales el historiador debe tener cautela. Y a
la par de la obra de Ibn Ishaq, hubo otras de más o menos el mismo
período que también circularon. Pero una gran dificultad radica
en el hecho de que en ocasiones estas diversas biografías se contradicen en algunos detalles. Por ejemplo, Ibn Ishaq dice que Mahoma
era huérfano de padre desde su nacimiento, pero otras fuentes algo
más tardías dicen que cuando su padre murió el profeta tenía ya
27 años. Estas contradicciones hacen dudar un tanto respecto a la
historicidad del personaje.
De manera que la primera gran semblanza biográfica de Mahoma es en realidad un texto que hace referencia a otro texto escrito
más de un siglo después de su muerte. En el caso de Jesús, los evangelios se escribieron al menos 40 años después de su muerte, lo
cual ha hecho sospechar a los historiadores que muchas de las historias que se narran en ellos son legendarias. Pensemos entonces
cuánto más legendarias deben ser las crónicas sobre Mahoma.
No obstante, hay un aspecto que no deja de ser sorprendente.
Aunque en las crónicas biográficas de Ibn Ishaq y otros hay muchas
alabanzas a Mahoma, en esas mismas fuentes se narran aspectos
muy sombríos de su vida. Según la metodología de los historiadores,
esto es un indicio de que estamos frente a un personaje real y que
esos aspectos sombríos son con toda probabilidad históricos. Pues
si se hubiese querido inventar un héroe, ¿qué se habría ganado con
degradarlo con detalles vergonzosos? Precisamente la presencia de
esos detalles vergonzosos da mayor credibilidad a las fuentes. De
hecho, el mismo Ibn Ishaq nos informa que él dejó fuera muchos
detalles de la vida de Mahoma que resultaban demasiado escandalosos. Esto es suficiente para concluir que los detalles vergonzosos
que Ibn Ishaq incluyó son históricos (y bastante suaves, en comparación con los que dejó fuera).
Además de esas primeras biografías sobre Mahoma, los historiadores también usan como fuentes el hadiz (del árabe hadit, “relato”, “narración”), una enorme colección de dichos que supuesta15
mente proceden del propio Mahoma. Cada hadiz cuenta con un
enunciado de cadenas de informantes que, supuestamente, se remonta hasta Mahoma. No obstante, el problema es que la propia
tradición islámica reconoce que los dichos del hadiz tienen grados
diversos de fiabilidad. Se destacan tres niveles: los coherentes, los
buenos y los débiles.
De hecho, no hay un solo cuerpo de hadiz en la historia del islam pues han surgido cuerpos rivales, en ocasiones con claras intenciones políticas. El cuerpo de hadiz más importante, al menos
en la rama sunita, es el de Al Bujari, que murió en el siglo IX. De
nuevo nos enfrentamos al problema de lo tardío de la fuente. Si
bien Al Bujari fue aparentemente un hombre íntegro, e hizo un
tremendo esfuerzo por recopilar los dichos de Mahoma realizando
una investigación honrada, vivió dos siglos después de la vida de
Mahoma. La tradición oral, como saben muy bien los antropólogos,
no conserva muy bien la información.
Y aunque Al Bujari pareció ser honrado, no debemos perder de
vista que en su época la dinastía abasí o abasida había destronado
a la omeya en el califato (como veremos en el capítulo 4) y una
manera de intentar legitimar a los nuevos gobernantes consistió en
desprestigiar a la dinastía anterior. Para lograr ese objetivo, es posible
que se hayan colocado en boca de Mahoma nuevos hadiz cuyo
mensaje estuviera tácitamente dirigido contra algún rasgo que caracterizara a los omeya.
Además de las dudas respecto a estos tres cuerpos de fuentes documentales (el Corán, las biografías y el hadiz), algunos historiadores escépticos han apuntado otros argumentos en contra de la
existencia de Mahoma. Lo más destacado es que en las fuentes no
musulmanas de la época no hay menciones ni del personaje ni de
la religión que supuestamente había fundado. La clave del argumento está en que en varias circunstancias históricas era esperable
alguna mención, pero aun así no la hay.
Por ejemplo, cuando los árabes conquistaron Jerusalén en el año
637, el patriarca cristiano de esa ciudad, Sofronio, hizo mención
de aquellos acontecimientos, pero no hizo referencia ni a Mahoma
ni al islam. En algunos otros documentos cristianos que hacen re16
ferencia a la expansión árabe por Oriente Medio y el norte de África, se mencionan a esos pueblos como “sarracenos”, “árabes”, “ismaelitas” e incluso “agarenos”, pero nunca como “musulmanes” o
“mahometanos”. De hecho, no hay mención al profeta.
El historiador Robert Spencer ha destacado la importancia de
las monedas que los invasores árabes empezaron a utilizar en sus
territorios invadidos. En las primeras seis décadas de conquistas
los árabes no utilizaron monedas con el nombre de Mahoma, sin
ninguna referencia al Corán y el islam. Cuando finalmente aparecieron monedas con el nombre del profeta, aparecieron en esas mismas monedas figuras humanas acompañadas por una cruz. La representación pictórica está prohibida en el islam y los musulmanes
no aceptan la cruz como un símbolo sagrado. A juicio de Spencer,
esto hace pensar que esos primeros invasores no tenían religión
propia y que más bien empleaban símbolos cristianos.
También es extraño que el Corán sólo haga mención de la ciudad de Bakka (3,6), la cual tradicionalmente se ha asociado con La
Meca. Algunos historiadores sugieren que en realidad esa era otra
ciudad y que la atribución de los orígenes del islam a La Meca es
posterior. De hecho, añaden, las condiciones climáticas de La Meca,
bastante áridas y adversas, no coinciden con las imágenes agrícolas
y pastoriles que muchas veces aparecen en el Corán.
A partir de estas y otras omisiones, una escuela de historiadores
escépticos, con Patricia Crone a la cabeza, ha sostenido la tesis de
que el personaje de Mahoma, aunque pudo haber estado basado
en una persona real, es bastante legendario. Mahoma (cuyo nombre
originalmente quería decir “el alabado”, de forma que se trata de
un título y no de un nombre propio) fue, según esta escuela, un
personaje inventado por los invasores árabes que se enfrentaban a
los imperios bizantino y persa en sus conquistas. Estos imperios,
formados por múltiples grupos étnicos, mantenían su unidad mediante la religión (cristiana en el lado bizantino y zoroastriana en
el persa). Los árabes pronto comprendieron que, para poder sostener políticamente los nuevos territorios conquistados, debían inventar una nueva religión que los separase de los imperios a los que
se enfrentaban y les ofreciese unidad.
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Los árabes se consideraban descendientes de Ismael, hijo de
Abraham y Agar. Por eso en algunas fuentes antiguas a los musulmanes se les llama ismaelitas y agarenos. A juicio de Crone y otros
historiadores, los invasores árabes tomaron las bases de la religión
hebraica que conocían por algunas tribus judías, la adaptaron a sus
propias tribus y le añadieron el personaje inventado de Mahoma
como un nuevo profeta. Pudo haber habido un Mahoma original,
pero casi todo lo que se cuenta sobre él es legendario. Pues incluso,
afirma Crone, la propia existencia de La Meca como ciudad comercial (como veremos, la historia convencional dice que Mahoma
era parte de un clan de comerciantes) debe ser puesta en entredicho,
pues no hay ninguna referencia contemporánea a esta ciudad como
un centro comercial.
Estos argumentos son ingeniosos pero, a mi juicio, insuficientes.
La propia Patricia Crone se retractó de muchas de sus tesis, años
después de haberlas formulado en sus investigaciones originales.
Los argumentos que tratan de rechazar la existencia de Mahoma
están basados fundamentalmente en el silencio: puesto que no hay
mención de X en otras fuentes, entonces X no debió existir. Pero
este tipo de argumentos es muy peligroso. Marco Polo, por ejemplo,
nunca mencionó la gran muralla china o la práctica de encoger los
pies. Pero esas omisiones no implican que Marco Polo no haya estado en China. Del mismo modo, si Sofronio no mencionó a los
musulmanes y a Mahoma durante la conquista de Jerusalén, pudo
haberse debido a muchos otros factores, no necesariamente a que
Mahoma sea un invento posterior.
Actualmente, sólo los más hípercríticos (algunos de los cuales
rayan en la islamofobia, como Robert Spencer) pretenden negar la
existencia de Mahoma. Desde luego, hay lagunas en las fuentes y
eso debe suscitar dudas. Pero algo muy parecido sucede respecto a
Jesús. Fuera del Nuevo Testamento, en el siglo I, hay poquísimas
menciones a este personaje (y algunas pudieron haber sido interpolaciones, como las menciones en textos de Flavio Josefo y Tácito).
Pero, con todo, es segurísimo que Jesús existió por una razón muy
sencilla: nadie inventaría detalles vergonzosos sobre un personaje
venerado. Pues bien, lo mismo se aplica a Mahoma: si de verdad
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los árabes hubieran querido inventar un personaje para mantener
la unidad política de sus conquistas, lo habrían hecho sin tantos
detalles vergonzosos. En cambio, como veremos, la biografía de
Mahoma, reconstruida a partir de las propias fuentes musulmanas,
es un crisol de inmoralidades y otros aspectos sombríos.
El alabado
En la reconstrucción histórica de la vida de Mahoma hay una dificultad especial: es uno de los personajes más envilecidos de la historia. Como hemos visto, el choque de civilizaciones no es reciente.
Desde sus mismos inicios, la civilización islámica miró con recelo
a la Europa cristiana. Y resultó inevitable que esta viera también
con recelo a los musulmanes.
Así, desde muy pronto, en Europa empezaron a aparecer distorsiones sobre la vida de Mahoma. Al principio se creía que este
era un hereje del cristianismo (como tantos otros que aparecieron
en el imperio bizantino, apenas unas décadas antes del nacimiento
de Mahoma). Pero a medida que los musulmanes iban avanzando
en sus conquistas, las acusaciones contra Mahoma fueron subiendo
de tono. Desde el siglo IX, autores como Álvaro de Córdoba empezaron a decir que Mahoma era el Anticristo. En el siglo XII, Pedro
el Venerable modificó esta acusación diciendo que Mahoma no era
propiamente el Anticristo, sino su precursor, y que, además, era el
heredero de Arrio, el hereje del siglo IV que había negado la divinidad de Cristo (el islam, aunque considera a Cristo como un profeta, no lo considera divino).
Se empezó a decir que Mahoma no había muerto en 632 (como
señalan las fuentes convencionales), sino en 666, el número de la
bestia. Dante (quien, irónicamente, incorporó muchas imágenes
de la literatura islámica a la Divina comedia), ubica a Mahoma en
el infierno. Al profeta se le empezó a llamar Mahound en señal de
desprecio, y pronto se dio por hecho que Mahound era, en verdad,
un demonio adorado en Oriente.
A los templarios (la orden militar que surgió durante las cruza19
das) se les acusó de rendir culto al demonio Bafomet: la semejanza
de ese nombre con “Mahomet” (una versión afrancesada del nombre de Mahoma), y el hecho de que los templarios habrían estado
en contacto con los musulmanes durante las cruzadas, hace bastante
probable que ese demonio fuese identificado por los acusadores
con el propio Mahoma.
Los musulmanes son de por sí muy sensibles con su profeta. Y
naturalmente, frente a todos estos golpes bajos que venían desde
Occidente, se hicieron aún más sensibles frente a cualquier retrato
negativo de Mahoma. Esto ha complicado los intentos por hacer
una semblanza biográfica suya. Pues cuando un historiador examina
objetivamente la vida del profeta y destaca muchos de los aspectos
sombríos de su vida, inmediatamente saltan muchos musulmanes
(y, en fechas más recientes, también muchos occidentales, que se
sienten culpables por las distorsiones del imperialismo) a decir que
hay una larguísima historia de envilecimiento de Mahoma y que
cualquier retrato desfavorable forma parte de ese historial de distorsión e islamofobia.
Hay que poner las cosas en su sitio. Mahoma no fue ni el Anticristo ni un demonio, pero tampoco fue el mensajero que recibió
revelaciones de Dios. Los musulmanes le llaman el “hombre perfecto” (al-insan al-kamil) y un “modelo excelente de conducta” (uswa hasana). Esto es una desfachatez. Mahoma tuvo virtudes. Se
preocupó por los más desvalidos de su entorno y obviamente tuvo
un gran talento para la organización política y militar. Pero también
tuvo muchísimos defectos, hasta el punto de que, aunque en un
inicio él mismo pudo haber creído recibir revelaciones divinas,
luego las utilizó muy convenientemente para satisfacer sus placeres
mundanos.
Los musulmanes insisten en que ellos sólo adoran a Dios y que
Mahoma no es más que un profeta. Por ello no les gusta que se les
llame “mahometanos”. Pero, francamente, la forma en que tratan
de proteger a Mahoma frente a la menor crítica hace pensar que,
en realidad, Mahoma es casi un dios para ellos. Así como Mahoma
tumbó los ídolos de la Kaaba cuando volvió a La Meca, nosotros,
las personas a quienes nos importa la verdad histórica, deberíamos
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tumbar al ídolo de Mahoma y tratar de comprender su vida objetivamente, tal como fue. Tras hacerlo, una persona razonable llegará
a la conclusión de que este hombre no recibió ninguna comunicación divina y que no es ningún modelo para el siglo XXI.
Alá significa Dios
Mahoma nació en La Meca, una parada en las rutas comerciales
en dirección hacia Siria. En esa ciudad había un santuario, la Kaaba,
que albergaba a más de 300 ídolos de dioses. Uno de esos dioses
era Alá. La palabra Alá significa en árabe “Dios”, y los musulmanes
dicen frecuentemente que el Dios en el que creen es el mismo Dios
de judíos y cristianos. Tienen razón en el sentido de que la palabra
Alá significa “Dios” y es también la empleada por cristianos y judíos
en lengua árabe. Pero debe tenerse en cuenta que, en sus orígenes,
Alá era el nombre propio de un dios que compartía un lugar en el
panteón de otros dioses, cuyos ídolos estaban en la Kaaba.
Había también en aquel santuario una piedra negra que se conserva hasta el día de hoy. Los árabes preislámicos sentían reverencia
por ese objeto y parte del ritual de peregrinaje consistía en dar varias
vueltas alrededor del santuario. En el diseño de su nueva religión,
Mahoma retuvo varios elementos de la tradición preislámica. La
veneración de la piedra negra fue uno de ellos. Actualmente los
musulmanes tratan de desvincular sus orígenes politeístas, señalando
que era una piedra que había servido de guía a Adán para construir
un santuario. Lo más probable, no obstante, es que esa piedra fuera
un meteorito que, al caer del cielo, generó en los árabes preislámicos
la misma impresión que generaba el meteorito sobre los simios de
la película 2001: una odisea espacial, y desde ese momento se le rindió culto. Aunque Mahoma trató de reducir un poco la veneración,
no eliminó por completo ese vestigio politeísta y hoy, en su peregrinaje a La Meca, millones de musulmanes intentan desesperadamente tocar esa roca.
En época de Mahoma, los árabes eran en su mayoría politeístas
y hacían peregrinajes a La Meca. La actividad del peregrinaje era
21
muy rentable para los comerciantes de la ciudad, especialmente
para los Coraix, el clan en cuyo seno nació Mahoma, que sacaban
de ello buen provecho.
Los musulmanes llaman a la era preislámica de Arabia la jahiliya,
la “época de la ignorancia”. Por supuesto, los musulmanes hacen
algo muy parecido a lo que los cristianos hicieron con el pasado
pagano grecolatino de Occidente: trataron de degradarlo a toda
costa.
De forma tal que el calificativo de “época de la ignorancia” es
muy tendencioso y propagandístico. Pero allí donde Grecia y Roma
tuvieron su esplendor antes de que llegara el cristianismo, en realidad las tribus árabes preislámicas eran bárbaras y no se destacaron
por gran cosa. Hoy podemos criticar duramente al islam por el
trato que da a las mujeres, pero es un hecho indiscutible que en la
Arabia preislámica el trato era aún peor. El infanticidio de las niñas
era muy común, y desde muy temprano Mahoma se lo reprochó
a sus compatriotas, como queda registrado en el Corán: “No matéis
a vuestros hijos por temor a la miseria [...]. Su asesinato es una gran
falta” (17,31).
Además de la mayoría politeísta, había en Arabia algunas tribus
judías; en realidad, estas tribus eran de lengua árabe, pero judaizantes en tanto habían asimilado la religión hebraica, hasta el punto
de ser ya consideradas judías. También había algunos cristianos,
probablemente grupos heréticos (gnósticos, nestorianos y monofisitas) que escapaban de la persecución religiosa en el vecino imperio bizantino. Y al margen de los judíos y cristianos, había un
grupo de gente llamados los hanif. Estos eran monoteístas que, según ellos, basaban su religión en la religión original de Abraham.
Hasta ese momento, los árabes se sentían un pueblo excluido de
los grandes acontecimientos religiosos de la región, y entre algunos
hanif había la expectativa de que llegaría un profeta para cumplir
una misión entre los árabes. De manera que cuando Mahoma empezó a predicar, algunos ya estaban condicionados para recibir su
mensaje.
Mahoma nació en 570. Según la tradición, aquél fue el “año del
elefante”. Fue llamado así porque el rey abisinio Abrahah envió
22
una expedición a conquistar La Meca (Abrahah quería destruir el
santuario de la Kaaba pues hacía competencia a un santuario que
había construido en Sanaa, una ciudad yemení). La expedición,
que aparentemente contaba con elefantes de guerra, fracasó. Los
historiadores sospechan que esto se debió a un brote de viruela,
pero la piedad islámica atribuye su fracaso a una intervención divina
que hizo que unos pájaros arrojaran piedras a los ejércitos. El propio
Corán (un libro que, como veremos, los musulmanes creen que
está exento de error), da crédito a esta historia: “¿No has visto lo
que tu Señor hizo con los dueños del elefante? ¿Acaso no confundió
sus tretas y envió contra ellos pájaros de ababil? Les arrojaron piedras de arcilla y los dejaron como cereal verde comido” (105). Como aparece en el Corán, los musulmanes quieren hacernos creer
que semejante cuento ocurrió de verdad. Hacemos bien en desconfiar de esta historia y, por supuesto, al hacer esto inevitablemente
hemos de negar la doctrina islámica según la cual el Corán es infalible. Las fábulas de animales que realizan grandes hazañas pueden
ser muy entretenidas (¡viva Esopo!), pero no se nos pida que las
aceptemos literalmente.
Mahoma había nacido en el clan de los Coraix, la tribu dominante en La Meca, pero en la rama menos privilegiada del clan, la
de los Hashim. Cuando nació, su padre (Abdulá) ya había muerto.
Su madre Amina lo envió con nodrizas (como era la usanza árabe)
al desierto por un tiempo. Según la tradición, cuando estaba con
una de ellas aparecieron dos hombres vestidos de blanco, tomaron
al pequeño Mahoma, le abrieron el pecho y le sacaron algo. No se
sabe qué era tal cosa y se supone que esos dos hombres de blanco
eran ángeles. Por supuesto, hay que ser muy ingenuo para tragarse
esta historia. Ha sido común en las religiones inventar historias sobre
sucesos prodigiosos en la infancia de figuras religiosas como anticipo
de las grandes cosas que harán como adultos. En este caso se supone
que esos dos ángeles sacaron de Mahoma cosas malas de su corazón.
Prevalece en esta historia la mentalidad mágica que cree que la personalidad reside en algún órgano dentro del pecho.
Amina murió cuando Mahoma tenía seis años. El profeta se crió
entonces bajo el auspicio de su abuelo Al-Mutalib, y tras la muerte
23
de este bajo los auspicios de su tío Abu Talib. Las fuentes informan
que tanto el abuelo como el tío dieron una dedicación especial a
Mahoma que nunca habían dado a sus propios hijos y, según el
crítico contemporáneo del islam Alí Sina, esto pudo haber formado
en él una personalidad caprichosa que años más tarde se reflejaría
en acciones severas.
Abu Talib formó a su sobrino como comerciante y se lo llevó
consigo en caravana a Siria. Cuenta Ibn Ishaq que en uno de esos
viajes un monje cristiano, Bahira, conoció a Mahoma y le anunció
que sería un profeta. Según algunos hadiz, el modo en que Bahira
descubrió que Mahoma sería profeta fue tras examinar sus hombros.
Allí encontró una protuberancia que interpretó como una marca
de profeta. El islam, como las otras religiones monoteístas, suele
tener animadversión a la adivinación, pero eso no ha impedido que
los musulmanes asuman como verdadera la profecía de Bahira.
Las primeras biografías de Mahoma cuentan también que Bahira
invocó los nombres de las diosas Lat y Uzza (las cuales, como veremos, luego generaron muchos problemas a Mahoma), pero este
las repudió. Ello convenció al monje de que el muchacho sería un
auténtico profeta y advirtió a Abu Talib de que su sobrino sería
acosado por los judíos. Ya de antemano el monje estaba prediciendo
los enfrentamientos que Mahoma tendría en su vida como profeta.
Demás está decir que esta historia tiene todo el aspecto de ser
legendaria. En las religiones es común inventar historias en las cuales algún adulto, al contemplar a un héroe religioso en su infancia,
hace anuncios de que el niño será grandioso. Los historiadores llaman a esto “profecías ex post facto”, a saber, anuncios hechos después
de que ocurrieran los sucesos. Por supuesto, profecías así no tienen
ningún valor.
Las fuentes tradicionales tratan de elaborar un retrato de Mahoma como un joven piadoso conocido por su recta moral. Se
cuenta, por ejemplo, que una vez se movió de la Kaaba la piedra
negra que reposa en ese santuario para hacer algunas reparaciones.
No había acuerdo respecto a quién tendría el honor de colocar la
roca de nuevo en su lugar, y para encontrar a alguien digno de hacerlo decidieron que la próxima persona que atravesara la puerta
24
del santuario sería la elegida, pues esa sería una señal para encontrar
a la persona más justa, digna de ese honor: Mahoma. Este decidió
colocar la roca sobre un manto que fue levantado en sus cuatro esquinas por los líderes de cada clan y él se encargó de colocar de
nuevo la roca en el santuario y así se encontró un final feliz a la disputa. La historia pudo pudo haber ocurrido o no. Lo que sí queda
muy claro es que los árabes preislámicos eran muy supersticiosos,
pues sometían muchísimas decisiones a ordalías, y aunque Mahoma
no participó mucho en ellas, sí incorporó elementos de superstición
preislámica a su nueva religión.
El profeta atrajo la atención de Jadiya, una rica comerciante viuda, y se casó con ella. Desde ese momento empezó a disfrutar de
una vida más acomodada. A partir del año 610, Mahoma empezó
a retirarse a meditar en una cueva del monte Hira, a las afueras de
La Meca. Allí, según los relatos, empezó a recibir revelaciones divinas a través del ángel Gabriel. Al principio Mahoma sufrió mucho
con estas experiencias, que dejaron sobre él efectos nocivos que se
manifestaban en visiones, espasmos, ansiedad, temores, contracciones musculares, enrojecimiento de la cara y pálpitos. Mahoma
incluso pensó en el suicidio y se vio tentado a arrojarse desde un
precipicio. No estaba seguro de quién lo atormentaba en esos encuentros. En la propia tradición islámica ha quedado la duda respecto a quién visitaba realmente a Mahoma, pues la tradición de
los versos satánicos (sobre la cual volveré más adelante) deja abierta
la posibilidad de que parte del Corán no fuera revelada por Dios,
sino por el diablo.
Mahoma acudió a Jadiya para suplicarle que le ayudara a descifrar si esas revelaciones venían de un espíritu bueno o uno malo.
Jadiya lo arropó con un manto pues tras sus experiencias Mahoma
temblaba y sudaba. Las experiencias místicas también tenían un
efecto sobre la salud del profeta, pues al estar tan asustado abandonaba su higiene.
Jadiya acudió a un primo suyo, un cristiano nestoriano (o posiblemente un ebionita) llamado Waraqa, y este, tras examinar la
cuestión, determinó que a Mahoma lo visitaba un ángel. A pesar
de que Waraqa murió al poco tiempo, Mahoma se sentía más se25
guro de que las revelaciones procedían del ángel Gabriel. Desde
entonces siguió recibiendo revelaciones hasta el final de su vida.
Mahoma recitaba esas revelaciones, que hoy forman el Corán (aunque, como veremos en el siguiente capítulo, hay varias partes que
tal vez no fueron directamente recitadas por Mahoma).
¿Cómo explicar estas experiencias? En principio, una persona
razonable tiene dos alternativas. O Mahoma las inventó cínicamente para captar la atención y sacar algún provecho alegando comunicaciones divinas, o sufría algún desajuste mental que producía
en él alucinaciones que interpretaba como revelaciones. Como veremos, en una fase más tardía de su vida Mahoma inventó revelaciones muy convenientes que le permitieron salir de apuros y
satisfacer deseos mundanos. Pero yo no me atrevería a atribuirle
un llano intento por engañar. Las revelaciones de Mahoma que
le resultaron muy convenientes debieron haber surgido como una
especie de autoengaño: él quería creer que Dios lo favorecía con
esas revelaciones, y seguramente terminó por creer sus propias
mentiras.
Parece bastante obvio que las experiencias más tempranas eran
genuinas. ¿A qué desajuste mental se debían? Desde el siglo XIX se
ha manejado la hipótesis de que Mahoma pudo haber sido epiléptico, pues muchos de los síntomas que produce la epilepsia parecen
coincidir con las descripciones de las experiencias de Mahoma:
sudoración, alucinaciones, confusión, ansiedad, etc. Pudo suceder
también que en el interior de la cueva, bastante reducida de tamaño,
inhalara gases tóxicos sin darse cuenta, como las pitonisas en el oráculo de Delfos.
Aun así, debemos tener mucho cuidado en este asunto. No es
científicamente adecuado hacer diagnósticos de personajes separados de nosotros por muchos siglos, ni tampoco especular sobre una
posible ingestión de estupefacientes. Si, como hemos visto, no podemos tener muchas certezas sobre la vida de Mahoma, mucho
menos podemos hacer un diagnóstico de una hipotética enfermedad que pudo haber sufrido o de una intoxicación con gases.
Las alucinaciones tienen muchas causas y no son necesariamente
patológicas. Una persona puede llevar una vida sana y normal y,
26
aun así, alucinar ocasionalmente. Conviene suspender el juicio respecto a los orígenes de las revelaciones de Mahoma, pero, con todo,
debemos hacer dos salvedades.
La primera es que Mahoma no es el único personaje que, supuestamente, ha recibido revelaciones. Si estamos dispuestos a someter al escrutinio a Mahoma por sus visiones, debemos hacer lo
mismo con Jeremías, Pablo de Tarso, Joseph Smith y tantos otros.
La segunda salvedad es que, aun si conviene suspender el juicio
respecto de la causa de las visiones de Mahoma, podemos prescindir
de una explicación sobrenatural (a saber, que el ángel Gabriel se
apareció realmente al profeta). En este punto asumo la postura filosófica de David Hume respecto de los milagros. Ante un hecho
supuestamente milagroso, Hume se pregunta qué es lo más probable. Ciertamente, no podemos saber con certeza si Mahoma era
fraudulento, epiléptico, psicótico o cualquier otra cosa. Pero cualquiera de estas alternativas naturales siempre será más probable que
el milagro. Por definición, según Hume, un milagro es siempre improbable en tanto viola la expectativa. En cambio, por muy poco
probable que parezca, al menos en el pasado, sí ha habido gente
fraudulenta, epiléptica o psicótica. En tanto las probabilidades se
miden a partir de sucesos pasados, Hume considera que la explicación natural siempre será más probable que la sobrenatural. Debemos guiarnos por lo más probable, y en ese sentido no cabe la
hipótesis de que Mahoma recibiera revelaciones.
Estricto monoteísmo
El profeta empezó a predicar su mensaje basado en esas supuestas
revelaciones. El mensaje era sencillo: un monoteísmo bastante estricto pero sin demasiadas complicaciones, no muy distinto del
que profesaban los hanif. También incorporaba una dimensión
ética a su mensaje: era necesario ser misericordioso con el huérfano
y el desvalido. Mahoma logró algunas conversiones a la nueva religión: la primera conversa fue Jadiya y luego le siguieron su primo
Alí, su amigo Abu Bakr y su hijo adoptivo Zaid.
27
La predicación monoteísta no perjudicaba mucho, pero generaba
cierta incomodidad entre los Coraix, pues al atacar el culto politeísta
se ponía en peligro la principal actividad económica de La Meca,
a saber, el comercio estimulado por el peregrinaje a la Kaaba con
sus múltiples ídolos.
Algunos apologistas del islam han querido acentuar que la incomodidad de los Coraix también provenía del mensaje de justicia
social que predicaba Mahoma, pues los Coraix eran la oligarquía
comercial de La Meca y no querían escuchar a un predicador decir
que los ricos deben ayudar a los pobres. Algo de eso hubo, pero es
una exageración afirmar, como hacen algunos simpatizantes izquierdistas del islam, que Mahoma fue un progresista en el sentido
moderno.
La relación entre los Coraix y Mahoma se fue volviendo más
tensa cuando este, además de enseñar el monoteísmo y la justicia
social, empezó a predicar amenazas sobre el Juicio Final. Esto es típico de los populistas religiosos, y desde entonces en el islam ha
habido una enorme lista de predicadores que disfrutan describiendo
los enormes castigos infernales que espera a aquellos que no les hagan caso.
Los Coraix ya no veían con buenos ojos a Mahoma. Les molestaba, en particular, no sólo que amenazara con la futura llegada del
Juicio Final, sino también que sugiriera que muchos de los ancestros
ya fallecidos de los Coraix irían al infierno por haber sido politeístas.
Uno de los primeros en oponerse de forma destacada a la predicación de Mahoma fue su propio tío Abu Lahab. Mahoma, que ya
en su juventud no toleraba las críticas, lo maldijo, y así ha quedado
registrado en el Corán: “¡Perezcan las dos manos de Abu Lahab!
Perezca él mismo. De nada ha servido su riqueza y lo que ha adquirido: será tostado en un fuego llameante” (111,1-3). Nunca hubo en Mahoma la intención de argumentar detenidamente. Su retórica se basaba en apabullar con insultos y amenazas.
Al menos en este caso las amenazas no pasaron del mero castigo
infernal. Pues si bien Abu Lahab murió un poco después de esta
disputa, podemos estar bastante seguros de que tuvo una muerte
natural. No obstante, eso cambió algunos años después, como ve28
remos, pues Mahoma sí ordenó algunos asesinatos para silenciar a
ciertos críticos.
En aquella región llena de supersticiones, misticismos y autoproclamados profetas, la predicación de Mahoma no debió resultar
muy original a los Coraix. Para despejar dudas, le pedían milagros
como prueba de que en realidad era un profeta, pero Mahoma
siempre postergaba la solicitud. Aunque hay algunas tradiciones
sobre supuestos milagros realizados por él, en realidad nunca hizo
prodigios frente a sus opositores, algo que, por ejemplo, aparentemente Jesús sí hizo (por eso le acusaban de ser un endemoniado).
El verdadero milagro, decía Mahoma, era el propio Corán. Hasta
el día de hoy, muchos musulmanes ven en el Corán un texto de
carácter tan extraordinario que sólo puede explicarse su origen apelando a la divinidad. Como veremos en el siguiente capítulo, realmente es un texto bastante terrenal y sus orígenes no necesitan ninguna explicación sobrenatural.
Las tensiones con Mahoma fueron aumentando e inevitablemente se derramó sangre. Según las fuentes tradicionales, algunos
de los conversos a la nueva religión de Mahoma sufrieron vejámenes
a manos de los Coraix al mando de Abu Jahl, un personaje que
Mahoma llamó “el padre de la ignorancia”. Una esclava de Abu
Jahl, Sumayyah, sufrió el martirio por haber profesado la nueva religión de Mahoma. Otro esclavo, Bilal, fue también torturado por
su amo por haber profesado la nueva religión, pero finalmente fue
comprado por uno de los seguidores de Mahoma, y Bilal pasó a
ser un importante colaborador en la primera comunidad de musulmanes.
La tradición islámica ha enfatizado mucho estas tempranas persecuciones. Ciertamente ocurrieron, pero, como con casi todos los
movimientos religiosos que se han basado en el martirio (el cristianismo por encima de todos), las crónicas sobre estos sucesos tienen algo de victimismo y exageración. Mahoma se formó finalmente como líder político y militar en la ciudad de Medina, y tomó
estos primeros maltratos como una excusa para hacer la guerra a
los Coraix. Según esto, es razonable pensar que en las crónicas se
cargaron las tintas sobre la intensidad de la persecución.
29
Mahoma empezaba a frustrarse pues casi no ganaba conversos
y sufría persecuciones. En aquel contexto ocurrió uno de los sucesos
más extraños de los orígenes del islam. Probablemente los Coraix
propusieron a Mahoma hacer las paces si accedía a una solicitud:
elogiar a las diosas que en el panteón de La Meca se consideraban
hijas de Alá.
Para congraciarse con los Coraix, Mahoma recitó unos versos
que hoy están incluidos en el Corán: “¿Habéis visto a Lat, Uzza y
Mana, la otra tercera?” (53,19-20). Según múltiples tradiciones,
a esos versos Mahoma añadió esto: “son las doncellas exaltadas y
deseamos su intercesión”. Es decir, Mahoma estaba elogiando a
las diosas y aprobando el politeísmo. Los Coraix quedaron contentos.
Según estas mismas tradiciones, más tarde Mahoma recapacitó
y advirtió que había sido engañado por Satanás para recitar esos
versos. Quizá, como suele ocurrir a quienes sufren alucinaciones,
Mahoma quedaba confundido con sus visiones y no lograba ser
del todo coherente en los mensajes que decía recibir.
Posteriormente se dijo que el propio Dios había sometido a Mahoma a una prueba. Así, este añadió los versos que en el Corán siguen a los versos originales: “¿Tenéis el varón y él la hembra? Esto,
entonces, sería una partición injusta. Esos no son más que nombres
que vosotros, y vuestros padres, les habéis dado. Dios no ha hecho
descender poder ninguno en ellas” (53,23).
Los “versos satánicos” (en los cuales se basa la célebre novela de
Salman Rushdie que ocasionó su condena a muerte) son los que
elogian a las diosas. En su momento fueron oportunamente suplantados por el propio Mahoma, pero esto ha dado pie a que, en
la propia tradición islámica, algunos conserven dudas respecto a
cuánto del Corán viene de Dios y cuánto de Satanás. Recordemos
que en sus inicios Mahoma ni siquiera estaba seguro de quién era
el que se le apareció en las revelaciones en la cueva.
Naturalmente, este episodio ha escandalizado a muchos apologistas del islam. Y la forma de enfrentarse a él es, sencillamente,
alegar que no es histórico. Según su razonamiento, los profetas no
se equivocan y, por tanto, todo este episodio es legendario. Incluso
30
simpatizantes no musulmanes como Karen Armstrong niegan su
historicidad.
A mi juicio, estas son excusas inaceptables. Quienes niegan la
historicidad del episodio parten de la premisa de que Mahoma era
un profeta de Dios y que, en consecuencia, no pudo tener un desliz.
Pero eso es colocar el carro antes de los caballos. Debemos guiarnos
por las reglas de la investigación histórica e indagar qué es lo histórico y qué lo legendario, sin someternos a la premisa dogmática
de que este o aquel personaje es infalible.
De nuevo hay una razón muy poderosa para aceptar la historicidad de este hecho: su carácter vergonzoso. La historia de los versos
satánicos no es producto de fuentes hostiles. No aceptamos que
Mahoma muriera el año 666, pues sabemos que esa información
proviene de fuentes hostiles cristianas que querían hacer de Mahoma el Anticristo. Pero, del mismo modo, debemos aceptar la historia de los versos satánicos pues viene de las propias tradiciones
musulmanas. ¿Qué habría ganado el piadoso Ibn Ishaq (que, como
hemos visto, decidió omitir algunos pasajes aún más vergonzosos)
con inventar esta historia? Si la incluyó en su biografía de Mahoma,
tuvo que ser porque era verdadera.
Más aún, el propio Corán parece confirmar que la historia fue
real: “Antes de ti no hemos mandado a ningún enviado ni profeta
sin que el diablo echase el pecado en su deseo cuando lo deseaban,
pero Dios borra lo que echa el diablo y a continuación corrobora
sus versos; Dios es omnisciente y sabio” (22,52). La alusión a la
tentación de Mahoma, la intromisión del diablo y la posterior rectificación es clarísima.
Una esposa de nueve años
Mahoma logró convertir a más gente, pero las persecuciones seguían. Entonces, en el año 615, decidió enviar un contingente
de sus seguidores a Etiopía, donde fueron recibidos por el rey de
ese país. Algunos de esos enviados regresaron a La Meca y finalmente emigraron con Mahoma a Medina; otros emigraron di31
rectamente años más tarde a esa ciudad y se encontraron allí con
Mahoma.
Nunca ha quedado claro por qué parte de ese contingente regresó a La Meca. Si en esa ciudad sufrían persecuciones, y en Etiopía habían sido bien recibidos, ¿qué habrían ganado con abandonar
el exilio y regresar a La Meca para ser perseguidos nuevamente? Según alguna de las biografías más antiguas (pero no según Ibn Ishaq),
ese contingente regresó porque la persecución había cesado en La
Meca. ¿Y por qué cesó la persecución? Porque los Coraix ya toleraban a Mahoma y sus seguidores tras el episodio de los versos satánicos y todavía Mahoma no había corregido su elogio a las diosas.
Esto sería una prueba más de que el episodio de los versos satánicos
sí tuvo lugar.
En 619, Jadiya y Abu Talib murieron. Ambos se habían portado
excepcionalmente con Mahoma. Este siempre amó y respetó a Jadiya y, a pesar de que pudo haber tomado otras esposas, no lo hizo
mientras ella vivió. Pero su trato con Abu Talib no fue tan benevolente pues su tío, que fue un buen hombre y siempre cuidó del
sobrino, nunca se convirtió a la religión de Mahoma. En su lecho
de muerte, este le pidió que profesara su fe, pero Abu Talib se negó
a hacerlo, quizá por temor a que los Coraix se burlaran de él. Cuando Abu Talib murió, Mahoma se negó a rezar por él y dejó claro
que su tío estaría ardiendo en el infierno. Esto es típico de los fanáticos religiosos: están dispuestos a condenar incluso a aquellos
familiares que han tenido buena conducta y les han ofrecido protección por el mero hecho de que no se convierten a la religión que
ellos profesan.
Muerta Jadiya, Mahoma pronto buscó otra esposa. Se prometió
en matrimonio con Aisha, una niña de seis años, hija de Abu Bakr,
uno de sus más cercanos colaboradores (y futuro primer califa tras
la muerte de Mahoma). El matrimonio se consumó cuando ella
tenía nueve años, problemente tras su primera menstruación.
Este es un aspecto bastante espinoso para quienes intentan presentar una visión amable del islam. Algunos apologistas tratan de
evitar el asunto y, en sus discusiones sobre la vida de Mahoma, no
suelen mencionar la edad de Aisha. Pero lo cierto es que las propias
32
fuentes islámicas narran que la niña se llevó sus muñecas cuando
se fue a vivir a casa de Mahoma y que lo que más cautivaba al profeta era su manera de jugar. De hecho, fue siempre su esposa favorita.
Es un hecho ineludible que Mahoma fue un pedófilo. Algunos
otros apologistas, en vista de que no pueden ya negar lo innegable,
tratan de disimular el asunto apelando al relativismo cultural. Según
su argumento, el matrimonio de hombres pasaditos en años con
niñas era común en la Arabia del siglo VII y debemos juzgar cada
acción en su contexto cultural. No cuento aquí con espacio suficiente para tratar los problemas del relativismo cultural (ya he escrito sobre ello en El posmodernismo ¡vaya timo!). Baste admitir que,
en efecto, era una práctica común en la Arabia del siglo VII, pero
ello de ninguna manera es una excusa. Podemos ser relativistas en
cuanto a la descripción, pero no en cuanto a la prescripción. Si somos relativistas, habrá que admitir que las barbaridades de mucha
gente, desde Gengis Kan hasta Hernán Cortés, eran también excusables en su contexto cultural. Al final podemos incluso terminar
excusando a Hitler. No debemos ceder a este chantaje.
Más aún, si bien, como he señalado, el mundo islámico es muy
variado, la abrumadora mayoría de los musulmanes rechaza el relativismo cultural. En la doctrina islámica, Mahoma es el hombre
perfecto. Esto implica que es un modelo para todas las culturas y
en todas las épocas. Precisamente en función de esto, en aquellos
rincones del mundo musulmán en los cuales no hay mucha preocupación por lo que Occidente piense de ellos, el matrimonio de
niñitas con viejos verdes es trágicamente común. El ejemplo de
Mahoma ha condenado a la miseria a miles y miles de niñas que,
en vez de jugar con sus amiguitos, son penetradas por hombres
mayores con consecuencias psicológicas y fisiológicas graves.
El viaje nocturno
Los Coraix habían intentado boicotear el comercio a los familiares
y allegados de Mahoma a fin de que Abu Talib retirase la protección
33
a su sobrino, pero nunca lograron su cometido pues el tío siempre
permaneció fiel a Mahoma. El boicot duró apenas un par de años,
pero ahora, sin la presencia de Jadiya y Abu Talib, el profeta era
más vulnerable. Sin su protección, los Coraix ahora tenían el camino allanado para intensificar su persecución. Mahoma trató de
buscar otros lugares en los que pudiera predicar, con la esperanza
de conseguir más adeptos. Marchó a la ciudad de Taif, pero allí fue
recibido con el mismo rechazo y burla que en La Meca. Las crónicas
cuentan incluso que los niños, instigados por los adultos, le arrojaban piedras.
Mahoma seguía afirmando recibir revelaciones divinas, pero en
620 tuvo una experiencia mística excepcional que hoy los musulmanes llaman isra y miraj. Según su testimonio, una noche se encontraba en las cercanías del santuario de la Kaaba cuando se le
apareció el ángel Gabriel. El ángel montó a Mahoma en una misteriosa criatura, Buraq. Se trataba de un animal blanco, mitad mula
y mitad burro, con alas y cola de pavo real. Buraq lo llevó hasta Jerusalén, al lugar donde, según la tradición, Abraham había preparado el sacrificio de su hijo (en la Biblia este hijo es Isaac; en la tradición islámica es Ismael). El Corán celebra así este acontecimiento:
“Loado sea quien hizo viajar a su siervo, por la noche, desde la mezquita sagrada hasta la mezquita más remota, aquella a la que hemos
bendecido a su alrededor, para hacerle ver parte de nuestros versos”
(17,1).
Desde Jerusalén, Mahoma subió progresivamente a los siete cielos. En su trayecto se encontró con Abraham, Moisés, Juan el Bautista y Jesús. Llegado a un punto, Gabriel informó a Mahoma de
que no podía seguir acompañándolo, pues sólo él podía seguir su
ascenso hacia esferas celestiales más altas. Dios encomendó a Mahoma que los feligreses oraran 50 veces al día. Moisés le sugirió
que pidiera a Dios una rebaja y al final quedó en cinco. Son las cinco oraciones diarias que todo musulmán debe hacer.
Cuando Mahoma contó sobre su viaje a Jerusalén, los Coraix
no podían contener la risa. Una caravana hasta Siria tardaba al menos un mes, ¿cómo podía ir y regresar en apenas una noche? Mahoma explicaba que, montado en el lomo de Buraq, era posible.
34
Previsiblemente, los Coraix no creían semejante historia. Demás
está decir que nosotros tampoco debemos tragarnos ese cuento.
Mahoma no fue el primero, y tampoco será el último, de los videntes místicos que tienen experiencias que rayan en lo psicodélico.
Como bien decía el gran Carl Sagan, los alegatos extraordinarios
requieren pruebas extraordinarias. Si Mahoma quería que se le creyese respecto a su viaje nocturno, debía ofrecer pruebas. Su mero
testimonio no basta.
Mahoma trató de ofrecer alguna prueba y describió una caravana que se hallaba en el camino entre La Meca y Jerusalén y que
supuestamente vio desde las alturas. Pero, por supuesto, esto tampoco sirve de prueba. Nadie podría haber confirmado su relato.
No sólo los Coraix pensaron que la historia del viaje nocturno
era absurda. Incluso algunos de los propios seguidores de Mahoma
abandonaron la fe precisamente tras escuchar el cuento del viaje
nocturno. Está muy bien que esos seguidores aplicaran un sano escepticismo y abandonaran la religión de Mahoma, pero ¿por qué
no aplicaron ese mismo escepticismo cuando, desde un inicio, Mahoma afirmaba recibir revelaciones en la cueva? En fin, los seres
humanos siempre seremos incoherentes.
En vista de que la historia del viaje nocturno es absurda hasta
más no poder, algunos musulmanes han querido racionalizarla afirmando que se trató sólo de un viaje místico. Mahoma estuvo en
Jerusalén y subió al cielo, dicen, pero sólo su alma; su cuerpo permaneció en La Meca. Esta interpretación se basa en un testimonio
de Aisha (la esposa favorita de Mahoma, como hemos visto), quien
dijo que Mahoma sólo viajó en espíritu. Esto es dudoso. Si Mahoma hubiese afirmado haber tenido sólo una visión, no hubiese encontrado tanta burla entre los Coraix ni sus propios seguidores lo
habrían abandonado. Además, recordemos que el propio Mahoma
pretendió describir una caravana que había visto desde lo alto. Sea
como fuere, lo cierto es que el viaje nocturno de Mahoma se basó
en otra alucinación.
Las alucinaciones de unos galileos que vieron a su maestro resucitado dieron pie a la religión con más fieles hoy en el mundo.
Las alucinaciones de un comerciante árabe, junto a la aceptación
35
de sus afirmaciones por gente bastante simple, dieron pie a la segunda religión con más seguidores. No subestimemos el poder de
las alucinaciones en la historia de la humanidad.
La hégira, el año 1
La persecución seguía en La Meca y Mahoma buscaba alternativas.
Este estableció contacto con la ciudad de Medina (que originalmente se llamaba Yatrib), donde algunos guerreros oriundos de esa
ciudad le juraron lealtad. Y en vista de que en Medina algunas tribus árabes y judías estaban en disputa, invitaron a Mahoma a asentarse allí a fin de que sirviera como árbitro en las querellas, pues el
profeta tenía reputación de hombre justo. Mahoma debió haber
sido un hombre bastante carismático, tanto como para inspirar en
los residentes de Medina la idea de acudir a él como árbitro.
Mahoma aceptó la propuesta y empezó a enviar a algunos de
sus seguidores a Medina. Los musulmanes llaman a esta migración
la hijra o hégira y marca el inicio de su calendario, que según nuestra era fue en el año 622. Al principio los Coraix estaban sorprendidos por este éxodo. No obstante, cuando se dieron cuenta de lo
que se estaba organizando, intentaron asesinar a Mahoma, pero fallaron, pues Alí había ocupado el lugar del profeta en su cama a fin
de engañar a los Coraix y facilitar su huída.
Mahoma escapó apresuradamente con Abu Bakr. Una tradición
cuenta que se refugiaron en una cueva. Los Coraix, que estaban
persiguiéndolos, llegaron a la cueva, pero al ver que en la entrada
había una telaraña, concluyeron que no había nadie dentro, pues
para entrar deberían haberla roto. Milagrosamente, Dios había intervenido para que la araña tejiera a toda velocidad su tela a fin de
despistar a los perseguidores. Esta es otra de esas historias piadosas
que, obviamente, hacemos bien en no creerla.
Tras un recorrido de más de 400 kilómetros, montado sobre camellos, Mahoma y Abu Bakr llegaron finalmente a Medina. Al llegar a esta ciudad, Mahoma seleccionó el lugar donde construiría
una mezquita. Para ello, permitió deambular a su camello libre36
mente, y donde se detuviera se construiría la mezquita. Mahoma
no contemplaba consideraciones técnicas de eficiencia arquitectónica; prefería confiar en los dictámenes de Dios. Más ordalías procedentes de un hombre que, aunque fundó una religión monoteísta
que luego dio muchos filósofos importantes, nunca dejó de ser supersticioso.
En La Meca Mahoma era un predicador desprotegido. Los versos
del Corán que revelaba eran básicamente sobre el Juicio Final y alguna exhortación ética de sentido común. Más allá de las amenazas
sobre el infierno, no había mucha agresividad en sus predicaciones.
En cambio, en Medina, desde un principio Mahoma comprendió
que podía convertirse en un hombre de gran autoridad política.
Seguía sosteniendo que recibía revelaciones, pero estas trataban
menos sobre el Juicio Final y más sobre asuntos prácticos. De su
estancia en Medina proceden los versos más agresivos, aquellos que,
como veremos en el capítulo 4, han inspirado más fanatismo.
En Medina hubo muchas conversiones a la nueva religión de
Mahoma. Y en vista de que el número de seguidores crecía, decidió
reunir a las diversas tribus árabes y judías de la ciudad y formular
una constitución que garantizara lealtad política y militar entre las
distintas facciones. Así todas las tribus árabes convivirían bajo una
umma, una comunidad de creyentes.
Los musulmanes se sienten orgullosos de este documento, como
si se tratase del primero de su tipo en la historia de la humanidad.
Aunque no es original, sí es destacable por la intención de Mahoma
de promover la coexistencia de distintas facciones religiosas. Pero
el profeta empezaba ya a mostrar sus costuras autoritarias, pues la
constitución proclamaba a Mahoma como “mensajero de Dios”,
cuestión que los judíos pondrían finalmente en entredicho. Los judíos aparecían claramente en una posición inferior, como meros
súbditos en una alianza. Desde entonces ese ha sido el modelo en
los sistemas políticos dominados por el islam: los cristianos y judíos
son tolerados, pero siempre en condición inferior, como dimmis
(explicaré esto en el capítulo 3).
Como era previsible, el acuerdo empezaba a mostrar fisuras pues
los judíos, con una larga tradición religiosa, no estaban dispuestos
37
a aceptar que un árabe recién llegado, y aparentemente sin muchos
conocimientos profundos de sus tradiciones religiosas, fuese proclamado como un profeta. Hubo algunos judíos que se convirtieron
al islam cuando Mahoma llegó a Medina, pero la mayoría mantuvo
su religión original.
Mahoma se empeñaba en decir que él era un profeta en la tradición de Abraham y Moisés, pero los judíos se daban cuenta de
que, cuando recitaba versos del Corán, cometía errores sobre las
tradiciones bíblicas (algunos de los cuales veremos en el próximo
capítulo). Entonces comenzó a decir que él había venido a restaurar la revelación dada a los judíos pues estos la habían corrompido. Como he dicho, los musulmanes rara vez precisan qué partes de la Biblia están alteradas y cuál era el texto original.
Hasta ese momento, Mahoma había enseñado a los creyentes a
rezar en dirección a Jerusalén. Cuando las relaciones con los judíos
se empezaron a complicar, decidió que las oraciones fueran dirigidas
hacia La Meca. Para ello recitó una revelación que está incluida en
el Corán: “Los hombres insensatos dirán: ‘¿Qué les hizo abandonar
la dirección de la oración que tenían?’. Responde: ‘Oriente y Occidente pertenecen a Dios; Él guía a quien quiere hacer el buen camino’ [...]. Vuelve tu rostro hacia la mezquita sagrada. Dondequiera
que estéis, volved vuestros rostros en esa dirección” (2,142-144).
Mahoma empezaba a recibir revelaciones muy convenientes.
Cuando un grupo hería su narcisismo al no reconocerlo como profeta, de repente decía que Dios le ordenaba cambiar lo que había
instituido antes, y así el narcisismo del profeta salía nuevamente
reconfortado.
Además de este primer choque con los judíos, Mahoma también
empezó a encontrar oposición por parte de árabes de Medina que
se habían convertido al islam pero que, al parecer, conspiraban contra él supuestamente en alianza con los judíos. La tradición musulmana llama a estos conspiradores hipócritas, pues tenían signos
exteriores de ser devotos musulmanes, pero en su fuero interno
despreciaban al profeta.
El Corán se pronuncia así sobre ellos: “Cuando los hipócritas
se te acercan, dicen: ‘Atestiguamos que tú eres el enviado de Dios.
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Dios sabe que tú eres su enviado’. Dios atestigua que los hipócritas
son embusteros. Han tomado sus juramentos por salvaguardia y
se han apartado de la senda de Dios. ¡Cuán malo es lo que han hecho!” (63,1-2).
En el mundo musulmán ha sido constante la paranoia respecto
a quiénes son los verdaderos musulmanes y quiénes no lo son. Uno
de los padres del integrismo musulmán, en el siglo XIV, Ibn Taymiyya, exhortó a sus seguidores a desenmascarar a los falsos musulmanes. Hoy la exhortación de Ibn Taymiyya sigue muy viva,
pues en muchos rincones del mundo musulmán se tiene la idea de
que, antes de resistir a los infieles occidentales, es necesario hacer
frente a los falsos musulmanes.
Un profeta guerrero hace un Dios guerrero
Ya constituido como un líder político en Medina, Mahoma empezó
a organizar militarmente a su comunidad. En La Meca, casi todos
los seguidores de Mahoma habían logrado emigrar, pero algunos
se quedaron y fueron aún más maltratados por los Coraix. Además,
los emigrados no pudieron recuperar las propiedades que habían
dejado ya que los Coraix las habían confiscado.
En vista de esto y de que necesitaba fondos para financiar su comunidad, acudió a un viejo vicio tribal árabe: el pillaje. Atacó caravanas que salían o llegaban a La Meca, se quedó con parte del
botín y repartió el resto entre sus seguidores. El reparto no dejaba
a nadie descontento, pero en las sucesivas campañas Mahoma tomó
precauciones. Así, pronunció convenientemente una nueva revelación coránica en la cual Dios lo nombraba único administrador
del botín: “Te preguntan, Mahoma, por los botines. Responde:
‘Los botines son de Dios y del enviado. ¡Temed a Dios! ¡Arreglad
vuestras diferencias! ¡Obedeced a Dios y a su mensajero, si sois creyentes!’” (8,1).
Hasta ese momento, el mensaje de Mahoma era relativamente
pacífico. Pero al saber que sus campañas de pillaje llevarían finalmentea una confrontación armada con los Coraix, empezó a recitar
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versos más militaristas. Así pues, trató de dar aval divino a sus
campañas militares con este verso incluido en el Corán: “Se ha
concedido permiso para hacer la guerra a quienes combaten porque fueron vejados (ciertamente, Dios es todopoderoso para su
auxilio), a quienes fueron expulsados, sin derecho, de sus casas”
(22,39-40).
Cuando los Coraix se enteraron de los ataques de Mahoma, decidieron también organizarse militarmente. Y así prepararon una
emboscada. En el año 624 enviaron una caravana para que Mahoma mordiera el anzuelo y la atacara en la localidad de Badr. Pero,
a diferencia de las anteriores, esta caravana estaba protegida por un
ejército de cerca de 1000 combatientes. Las tropas de Mahoma
eran inferiores en número (poco más de 300 soldados), pero con
mucha habilidad militar salieron vencedores. En la batalla murió
Abu Jahl, el odiado jefe de los Coraix, y eso constituyó uno de los
mayores trofeos de aquella campaña.
Tras este primer triunfo, Mahoma se hizo aún más militarista.
Ya no sólo recitaba revelaciones que daban permiso para iniciar
campañas militares, sino que sostenía que la propia batalla fue un
éxito debido a que hubo una intervención divina en favor de los
musulmanes. Así consta en este verso del Corán: “Tuvisteis un verso
en los dos grupos que se encontraron: un grupo combatía en la
senda de Dios; el otro era infiel. A simple vista se veían iguales en
número, pero Dios auxilia con su ayuda a quien quiere. En eso hay
una lección para los clarividentes” (3,13).
En el siglo XIX, el filósofo Ludwig Feuerbach escribió que Dios
es una proyección de los hombres: construimos la divinidad a nuestra propia medida. Pues bien, Mahoma no fue la excepción. Él se
había convertido en jefe de unas expediciones de pillaje y pretendía
construir un Dios que también fuese un pillo. Así, según la interpretación de Mahoma, la batalla de Badr no fue sencillamente un
enfrentamiento entre unos bandoleros asaltadores y unos guerreros
que protegían una caravana. Fue más bien una guerra santa, una
lucha entre el bien y el mal: Dios contra los infieles.
Mahoma se fue convirtiendo en un guerrero e hizo también de
Dios un guerrero. A medida que crecía en poder, le fue tomando
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el gusto a tener varias mujeres y nuevamente trató de formar un
Dios a su medida. No recitaba revelaciones en las que Dios fuera
mujeriego, pero sí que dieran aval a algunas conductas sexuales reprochables de Mahoma.
El caso más llamativo fue el de su esposa Zaynab. Ella estaba casada con Zaid, un hombre que Mahoma había adoptado como hijo. Un día Mahoma fue a visitar a Zaid a su casa y lo recibió Zaynab
algo ligera de ropa. Mahoma quedó encantado con la mujer, pero
no se atrevió a hacer nada más. Pero empezó a correr el rumor de
que sentía atracción por su nuera. Zaid, fiel a Mahoma en extremo,
ofreció divorciarse de su esposa para que su padre la tomase y así
lo hizo. Mahoma tuvo dudas en tomarla pues sabía que, si lo hacía,
sería muy mal visto por la comunidad que el profeta se casara con
su propia nuera.
No obstante, poco tiempo después Mahoma recibió una revelación que se halla incluida en el Corán: “Dios no ha puesto en el
seno del hombre dos corazones. No os ha dado a vuestras esposas,
aquellas de las que os separáis, por madres. No ha puesto a vuestros
hijos adoptivos en pie de igualdad con vuestros hijos. Eso es lo que
dicen vuestras bocas, pero Dios dice la verdad y él guía por buena
senda” (3,4).
Este verso coránico daba aprobación a Mahoma para casarse
con Zaynab, pues Zaid no era realmente su hijo. Después de recitarlo, Mahoma dijo cínicamente: “¿Quién irá al encuentro de Zaynab para darle la buena noticia de que Dios la ha unido a mí en
matrimonio?”. Este ya no era un profeta que temblaba y se sentía
atormentado por las experiencias místicas en la cueva. Empezaba
a convertirse en un gozón, satisfecho de su poder y rodeado de mujeres, quien formulaba revelaciones para satisfacer sus deseos más
mundanos. La propia Aisha, comprensiblemente celosa e indignada
por el episodio, así se lo reprochó en un dicho muy famoso: “La
verdad es que Dios parece haberse dado mucha prisa para responder
a tus plegarias”.
Aisha fue protagonista de otro lío de faldas, el cual Mahoma resolvió también con una revelación muy conveniente. En cierta ocasión Aisha marchó a una expedición. En una de las paradas, aban41
donó la litera de su camello buscando un collar que se le había perdido. La caravana partió sin ella pues creían que estaba dentro de
la litera. Safwan, un apuesto nómada del desierto, la rescató y la
llevó de vuelta a Medina.
Empezaron a correr rumores de que Aisha y Safwan habían tenido un idilio en aquel ínterin. Especialmente Ali, el yerno de Mahoma, instigó la cizaña. Esto debió haber sido un duro golpe para
el profeta pues, como hemos visto, la jovencísima Aisha fue siempre
su esposa favorita. De nuevo todo se resolvió con un mensaje divino. Quizá por autoengaño o tal vez para no ser objeto de burlas,
Mahoma dijo haber recibido esta revelación que se encuentra en
el Corán: “¿Acaso no han traído, para dar fe de ello, cuatro testimonios? No han traído los testimonios; pues ellos, ante Dios, son
embusteros” (4,13).
Con esto se estableció que, para acusar de adulterio a una mujer,
serían necesarios cuatro testigos. En vista de que en el incidente de
Aisha no los hubo, se despejó la acusación. Como principio jurídico
no está mal, pero no perdamos de vista el trasfondo de esa revelación. Mahoma tenía un problema personal y para salir de él impuso
un principio jurídico. Hoy se exige a más de 1000 millones de personas seguir pautas jurídicas que satisfacieron los caprichos mundanos de un profeta de hace 14 siglos.
Mahoma tuvo en total 15 esposas. El Corán sólo permite tener
cuatro a la vez (4,3). Mahoma no estuvo casado con 15 a la vez,
pues algunas murieron y se divorció de otras. Pero, a pesar de que
la cronología no es muy clara, podemos estar seguros de que en algún momento tuvo más de cuatro. ¿Cómo explicar esto? Algunos
apologistas dicen que la revelación que limita el número de esposas
a cuatro vino después de que Mahoma tenía ya más de cuatro y no
podía abandonarlas. Está muy bien que no se aplique retroactividad
a este mandato pero, como veremos en el siguiente capítulo, los
musulmanes creen que el Corán es un texto eterno, de forma tal
que el momento de la revelación de ese verso debería resultar irrelevante, pues, según ellos, el Corán ha existido desde siempre. Otros
apologistas, un poco más honrados, dicen que Mahoma de algún
modo estaba por encima del resto de los mortales y que esa limi42
tación no aplicaba a él. Al final, el profeta se salió con la suya y
logró convencer a sus seguidores de que ellos tenían que cumplir
su ley, pero que, en algunas ocasiones, él mismo estaba exento de
ella.
Contra los judíos
y los poetas satíricos
Mahoma empezaba a entender que, para poder asegurar su éxito
militar, debía acabar con cualquier oposición interna. Esto es algo
que los dictadores hacen frecuentemente en tiempos de guerra. Naturalmente, el primer grupo al que dirigió su paranoia fue los judíos. Tras la batalla de Badr, temeroso de que la tribu judía de Banu
Qainuqa organizara un complot contra él, decidió atacar primero.
Recordemos que Mahoma tenía un pacto con esta tribu cuando se
formó la constitución de Medina. Pero, de nuevo, el profeta tuvo
otra revelación coránica muy conveniente y se basó en ella para hacer caso omiso al pacto previo: “[Dice Dios]. Si temes una traición
por parte de las gentes, denúnciales el pacto igualmente: Dios no
ama a los traidores” (8,58). Ya no era necesario que la traición se
materializara: bastaba sospecharla para justificar la agresión. George
W. Bush llamaría a esto guerra preventiva.
Mahoma se valió de una excusa barata para atacar. Hubo un incidente en el cual un judío ultrajó a una muchacha musulmana,
un musulmán mató a ese judío y luego una turba de la tribu judía
de los Banu Qainuqa mató al musulmán. Tras este alboroto, Mahoma decidió sitiar el territorio de la tribu en cuestión hasta que
los judíos se rindieron. El profeta quiso pasarlos a todos por el filo
de la espada, pero un tal Abdalá Ibn Ubayy intercedió por los judíos
y Mahoma, muy a regañadientes, aceptó perdonarles la vida y enviarlos al exilio.
Desde entonces las relaciones de Mahoma con los judíos se deterioraron cada vez más. Las revelaciones que pronunciaba eran
cada vez más duras contra ellos y eso ha llevado a que el Corán tenga un cierto aire antisemita. Crecido en poder, Mahoma ya no tenía
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que convencer a nadie de que él era un profeta en línea con los profetas anteriores, respetados por judíos y cristianos. Ahora ya mostraba su antipatía total hacia cristianos y judíos, tal como queda
reflejado en el Corán en versos como este: “¡Oh los que creéis! No
toméis a judíos y cristianos por amigos: los unos son amigos de los
otros. Quien de entre vosotros los tome por amigos, será uno de
ellos. Dios no conduce a la gente injusta” (5,51).
Con todo, Mahoma trató de mantener algún respeto por los judíos y cristianos llamándolos “gente del libro”. Para él eran pueblos
que habían recibido revelaciones divinas en formas de libro (la Biblia), pero pensaba, como hemos visto, que eran culpables de haber
distorsionado el mensaje original desviándolo del estricto monoteísmo, que ahora Mahoma venía a restaurar.
Seis meses después de la batalla de Badr, un poeta judío de la
tribu de los Banu Nadir, Kab ibn al-Ashraf, compuso unos versos
satíricos sobre las mujeres musulmanas y otros de elogio a los Coraix. Cuando sucedió la tragedia de Charlie Hebdo, muchos ingenuos saltaron a decir que el islam no tenía nada que ver con aquella
barbaridad. Pero, a decir verdad, el propio Mahoma estaba muy
dispuesto a quitar de en medio a quienes molestaran con sus sátiras,
como los caricaturistas de Charlie Hebdo.
Pues bien, Mahoma, al estilo de un gánster, quiso eliminar a Ibn
al-Ashraf, pero de una forma un poco más sutil. En vez de ordenar
directamente su muerte, preguntó a sus seguidores: “¿Quién está
dispuesto a librarme de este hombre?”. Un joven, Bin Maslama, se
ofreció. El problema, no obstante, es que Ibn al-Ashraf siempre estaba protegido por su gente y no era fácil aproximarse a él. Entonces
a Bin Maslama se le ocurrió un plan: mentir para hacerle creer a
Ibn al-Ashraf que Bin Maslama era enemigo de Mahoma y así poder acercarse a él. El profeta aprobó el plan.
Así ocurrió. Bin Maslama marchó al recinto de Ibn al-Ashraf y
vociferó contra Mahoma solicitando su colaboración. Este permitió
el acceso a Bin Maslama y sus acompañantes, y en cuanto estuvieron cerca le dieron muerte. Hay muchas otras tradiciones de hadiz
en las cuales Mahoma ordena la muerte de otros poetas satíricos.
Hemos visto que la propia tradición islámica reconoce que algunos
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hadiz no son fiables, y en el caso de los asesinatos de esos poetas
está en discusión si son fiables o no. Pero el caso de la muerte de
Ibn al-Ashraf está bastante aceptado como auténtico.
Hay otros dos casos de poetas asesinados que han suscitado mucha debate entre los historiadores. Y aunque no hay consenso respecto a la autenticidad de los sucesos, podemos mencionarlos aquí.
Abu Afak, un poeta de más de 100 años, se había burlado de Mahoma en versos satíricos. Al igual que en el caso de Kab Ibn al-Ashraf, Mahoma no ordenó directamente su asesinato, sino que sencillamente se limitó a lamentarse: “¿Quién se encargará de esta escoria por mí?”. Naturalmente, uno de sus aduladores, para congraciarse con el jefe, se ofreció como voluntario y satisfizo el deseo del
profeta.
Ante la muerte de Abu Afak, la poetisa Asman Bint Arwan quedó indignada por la postura amedrentadora de Mahoma y compuso
ella misma versos en su contra. El profeta respondió con el mismo
modus operandi: en vez de ordenar directamente su muerte, se limitó
a preguntar quién sería capaz de liberarlo de ella. Y al igual que en
los otros casos, surgió otro seguidor dispuesto a cumplir su deseo.
En el caso de Asman Bint Arwan, la tragedia fue aún más escalofriante, pues estaba embarazada.
Guerra, bandidaje y exterminio
Los Coraix no se rindieron y tras la derrota de Badr prepararon
una nueva batalla. Esta vez reunieron a 3000 combatientes, que se
enfrentaron a 1000 reunidos por Mahoma en una montaña cerca
de La Meca, Uhud, el año 625. La batalla fue una carnicería para
los musulmanes. Murió gente muy próxima a Mahoma, en particular su tío Hamza. El cuerpo de este fue mutilado y Hind Bint
Utba (la esposa de Abu Sufyan ibn Harb, uno de los jefes de los
Coraix) se comió su hígado. En aquella sociedad brutal, este tipo
de cosas era relativamente común. Hind quería vengarse del hecho
de que en la batalla de Badr había perdido a su padre, su hermano,
su tío y uno de sus hijos. Podemos reprochar a Mahoma muchas
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de sus conductas, pero al menos, a diferencia de sus enemigos, nunca incurrió en canibalismo.
Mahoma, que estaba muy confiado de tener a Dios de su lado
en las campañas militares (recordemos que atribuyó el triunfo en
Badr a una intervención divina), debía explicar ahora este revés.
Para ello hizo lo que hacen típicamente los líderes religiosos en situaciones como esta: se dejó llevar por la disonancia cognoscitiva.
En vez de admitir que Dios, si existe, no interviene para favorecer
a nadie en las campañas militares, Mahoma reinterpretó aquella
experiencia alegando que la derrota fue debida a la impiedad de
los propios musulmanes. Fue algo muy parecido a lo que hacían
los autores bíblicos cuando trataban de explicar las derrotas de los
israelitas en sus campañas.
Así pues, Mahoma no reconoció que él no era ningún mensajero
divino, sino que recitó revelaciones coránicas favorables para salir
triunfante. Pretendía salvar su pellejo diciendo que el fracaso era
culpa no de él mismo, sino de sus propios seguidores, que estaban
más preocupados en conseguir el botín que una victoria para Dios.
En el contexto de la batalla de Uhud dice el Corán: “Dios os ha sido infiel en su promesa cuando aniquilabais a los enemigos con su
permiso, hasta que flaqueasteis y discutisteis acerca de la orden recibida y desobedecisteis, después de que Dios os hizo entrever lo
que ansiabais: la victoria. Entre vosotros hay unos que desean los
bienes de este mundo y otros los que desean los de la última vida.
Dios os hizo retroceder delante de los infieles, para probaros”
(3,152). Si se quería volver a tener éxito militar, decía Mahoma,
había que reafirmar los principios del islam, lo cual incluye la declaración y convicción no solamente de que no hay otro dios más
que Dios, sino también que Mahoma es su profeta. Así pues, este
prometía nuevos triunfos, pero, a cambio, exigía la más absoluta
lealtad, maniobra típica de toda especie de manipuladores.
La desconfianza entre Mahoma y los judíos de Medina continuaba. Unos miembros de la tribu judía de los Banu Nadir organizaron un complot para matarlo y planificaron arrojar una roca
contra su cabeza cuando pasara cerca de una de sus casas. Mahoma
se enteró del plan, pudo haber intentado negociar con los jefes tri46
bales la entrega de los conspiradores, pero optó por el castigo colectivo: decidió exiliar a toda la tribu.
Algunos seguidores del profeta le intentaron hacer ver que eso
violaba el pacto inicial que habían firmado las tribus de Medina,
pero, como en el caso de la expulsión de los Banu Qainuqa, Mahoma alegaba que las cosas habían cambiado y que no era necesario
seguir respetando aquella constitución, pues incluso, como hemos
visto, una revelación coránica avalaba su decisión.
Así pues, dirigió sus soldados contra el territorio de los Banu
Nadir y los sometió a sitio. Durante la campaña ordenó quemar
los árboles de dátiles, el principal ingreso agrícola de esa tribu. Los
judíos desesperados clamaban clemencia, pero Mahoma recitó nuevamente otra revelación que se encuentra en el Corán para justificar
su acción: “Las palmeras que habéis cortado o las que habéis dejado
en pie sobre sus raíces están así por permiso de Dios y para confundir a los perversos” (59,5). Quienes creen que el islam es muy
amigo del ecologismo por el mero hecho de que ambos se oponen
al capitalismo occidental, deberían pensarlo dos veces antes de admirar a un líder religioso que incita a la deforestación como táctica
militar.
Los Banu Nadir finalmente se rindieron, Mahoma los envió al
exilio y sólo les permitió llevarse algunas propiedades sobre sus camellos. Lo que no se pudieron llevar pasó a ser propiedad de Mahoma. Así, el profeta ya no se enriquecía solamente atacando caravanas: su patrimonio aumentaba también con las propiedades de
las tribus que expulsaba de Medina. Y para despejar la duda de que
aquello no era una vulgar acción de bandidaje, recitó de nuevo revelaciones coránicas en las cuales Dios santificaba sus acciones en
contra de los Banu Nadir: “Él [Dios] es quien ha expulsado de sus
casas a quienes, entre la gente del libro [judíos y cristianos], no creen, como preludio de reunión del juicio final. No creíais que partiesen, pues ellos creían que sus castillos los defenderían delante de
Dios, pero Dios llegó a ellos por donde no esperaban y arrojó el
terror en sus corazones” (59,2-3).
En la batalla de Uhud, Mahoma resultó herido y los Coraix lo
dieron por muerto, de forma tal que regresaron a La Meca. Pero,
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cuando se enteraron de que estaba vivo, pensaron en organizar un
nuevo ataque. Esta vez la tribu judía de los Banu Qurayza de Medina envió emisarios para pactar con los Coraix un ataque contra
Mahoma. Estos se organizaron nuevamente y con 10 000 hombres
se dirigieron a asediar Medina.
Mahoma, que contaba con una fuerza militar muy inferior (apenas 3000 hombres), empleó una táctica militar que resultó decisiva.
Atendiendo el consejo de un converso persa al islam, Salman, decidió cavar una trinchera alrededor de Medina para interrumpir el
paso de los Coraix. Esta táctica era común entre los persas, pero
nunca había sido empleada por los árabes.
Los Coraix llegaron en 627 y mantuvieron en sitio a Medina
durante un mes. Pero ante su posición en desventaja a causa de la
trinchera (lo cual le generó un exceso de bajas) y ante condiciones
climáticas adversas, los Coraix decidieron retirarse. Fue otro triunfo
para Mahoma. Desde entonces se la conoce como la “batalla de la
trinchera”.
Durante ella, los Banu Qurayza trataron de orquestar su esfuerzo
militar con los Coraix. Pero los judíos temían que los Coraix los
abandonasen y para ello pidieron garantías de que no se retirarían.
Sin embargo, los Coraix se retiraron, y cuando Mahoma resultó
definitivamente vencedor, decidió tomar acciones contra los Banu
Qurayza.
Asedió su barrio durante varios días hasta que finalmente los
Banu Qurayza se rindieron. Anteriormente, Mahoma había exiliado
a las otras dos tribus judías, pero esta vez sería distinto. Mahoma
acudió a uno de sus generales, Saad Bin Muadh, para que tomara
la decisión de qué hacer con los judíos. Y Bin Mudah decidió que
era justo aniquilarlos.
Mahoma no se opuso. Las mujeres y niños de la tribu fueron
vendidos como esclavos y todos los hombres fueron ejecutados.
Ibn Ishaq dice que hubo 600 muertos. El mismo Mahoma se encargó de decapitar a algunos. Como era ya habitual, el profeta pronunció revelaciones para dar aval divino a sus acciones. Así pues,
se lee en el Corán: “[Dios] ha hecho descender de sus castillos a
quienes, entre las gentes del libro [cristianos y judíos], auxiliaron
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a los partidos. Ha echado el terror en sus corazones. Habéis matado
a una parte y habéis aprisionado a otra” (33,26).
Al igual que el matrimonio con Aisha, esta decisión de Mahoma
ha dado pie a muchos debates. Sin duda, los Banu Qurayza habían
conspirado con los Coraix contra Mahoma. Es comprensible que
los Banu Qurayza buscaran esa vía, en vista de lo que les había sucedido ya a las otras tribus judías de Medina. Pero es comprensible
también que Mahoma, ya que ellos representaban un peligro, estaba
obligado a neutralizarlos.
Lo objetable, no obstante, es la forma tan brutal en que lo hizo.
Está en contra de las leyes de la guerra ejecutar colectivamente fuera
de combate. Aun si los Banu Qurayza eran un peligro, Mahoma
estaba obligado a buscar otros métodos para resolver este problema.
Si criticamos al coronel Yagüe, responsable de la masacre de Badajoz
durante la guerra civil española, por haber dicho aquella conocida
barbaridad (“Por supuesto que los matamos. ¿Qué esperaba usted?
¿Que iba a llevar 4000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia
y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?”), debemos también criticar
a Mahoma. Si este conservaba como prisioneros a los Banu Qurayza, se exponía a un peligro. Pero el caudillo que está dispuesto
a hacer la guerra debe asumir esos riesgos, pues el cumplimiento
de las leyes de la guerra así lo exige.
Como con el caso de la pedofilia, algunos apologistas del islam
han tratado de excusar la atrocidad de Mahoma acudiendo al relativismo histórico y cultural. En la Arabia del siglo VII, nos dicen,
estas atrocidades eran comunes y Mahoma hizo lo que todos esperaban de él. Es cierto. Pero, insistamos, el propio islam repudia
el relativismo. Según los musulmanes, Mahoma no es un modelo
de conducta sólo para la Arabia del siglo VII: su conducta es ejemplar para toda la humanidad y en todas las épocas. Demás está decir que hoy algunos musulmanes se toman esto muy en serio: cada
vez más a menudo vemos en televisión a yijadistas que decapitan
a los prisioneros. Obviamente, estos psicópatas son una ínfima
minoría en el islam frente a la abrumadora mayoría de musulmanes que rechazan este tipo de ejecuciones. Pero tenemos que pre49
guntarnos: ¿quiénes son los que realmente toman a Mahoma como
ejemplo?
Hacia La Meca
En el año 628 Mahoma quiso hacer un peregrinaje a La Meca. Este
rito religioso era de origen preislámico, pero Mahoma no estaba
dispuesto a renunciar a él y de hecho lo incorporó a su religión.
Hoy millones de musulmanes de todo el mundo lo cumplen.
Mahoma reunió a 1400 musulmanes para viajar hasta La Meca,
pero los Coraix le salieron al encuentro con una fuerza de caballería.
Ya convertido en un caudillo con experiencia, Mahoma adquirió
una destreza muy importante: el pragmatismo. Tras tantas campañas militares, comprendió que obtendría mejores resultados con la
diplomacia. Así, en lugar de enfrentarse a los Coraix, propuso un
pacto: el tratado de Hudaybiya.
Sobre este pacto hay una curiosa anécdota. Cuando lo estaban
redactando, Mahoma dictó como encabezado, “Esto es lo que Mahoma, el apóstol de Dios, ha acordado con Suhayl Bin Amr” (uno
de los líderes de los Coraix). Bin Amr se opuso al encabezado diciendo que, si de verdad él creyese que Mahoma era el apóstol de
Dios, no le habría hecho la guerra todos esos años. ¡Brillante lógica!
No obstante, años después los Coraix, incluidos Bin Amr, se convirtieron al islam. Pero, como veremos en el capítulo 4, muchas de
esas conversiones fueron meramente pragmáticas, lo cual generó
problemas entre los sucesores de Mahoma.
Este aceptó que en el tratado no se le reconociera como apóstol.
El tratado estipulaba una tregua de diez años y que Mahoma no
podría entrar en La Meca ese año, pero que podría volver al año
siguiente a hacer el peregrinaje. También estipulaba que si un Coraix acudía a Mahoma, tenía que ser devuelto a su tribu; pero que
si un musulmán acudía a los Coraix, no tendría que ser devuelto.
Muchos seguidores de Mahoma (en especial, el aguerrido Omar,
quien más tarde sería el segundo califa) criticaron un pacto tan desventajoso. Pero Mahoma los convenció de que sería beneficioso a
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largo plazo. En todo caso, como hemos visto, él no era muy coherente en el cumplimiento de los pactos, y enseguida se presentó
una oportunidad para violar de nuevo lo acordado.
Una muchacha de los Coraix fue a Medina y se unió a la comunidad de musulmanes. Según los términos del tratado, Mahoma
debía devolverla, tal como exigieron sus hermanos. Pero, una vez
más, Mahoma recitó una revelación a fin de justificar hacer caso
omiso a lo previamente acordado: “¡Oh los que creéis! Cuando lleguen a vosotros las creyentes emigradas, examinadlas. Dios conoce
perfectamente su fe. Si las consideráis creyentes, no las devolváis a
los incrédulos: ellas no le son lícitas ni ellos les son lícitos” (Corán
60,10). El asunto no se complicó.
Mahoma mantenía su tregua con los Coraix, pero seguía dispuesto a guerrear con otras tribus. Esta vez dirigió su atención al
oasis de Khaybar. Allí se alojaban los judíos de la tribu de los Banu
Nadir, la misma que había sido expulsada de Medina. Según parece,
en 629 estos judíos estaban tramando con otras tribus un ataque,
y Mahoma, como ya lo había hecho antes, decidió atacar preventivamente. Los habitantes del oasis fueron exiliados y Mahoma se
quedó con sus propiedades. Otra vez se enriqueció con el botín de
sus expediciones de pillaje.
Aunque la tregua entre los Coraix y los musulmanes seguía en
pie, ambos partidos habían establecido alianzas con otras tribus. Y
cuando los Coraix acudieron en auxilio de una tribu que estaba
enfrentada a otra aliada a los musulmanes, Mahoma vio el momento adecuado para romper la tregua y atacar La Meca. Para esa
campaña logró reunir a 10 000 combatientes; los Coraix, en cambio, estaban demasiado debilitados.
Así, en 629 Mahoma y su ejército entró en La Meca. No hubo
resistencia. Los propios cabecillas de los Coraix, viendo la futilidad
de cualquier esfuerzo de resistencia, aceptaron convertirse al islam
(muy a regañadientes). Mahoma, que había comenzado a cultivar
las destrezas de la diplomacia, como hemos visto, dictó una amnistía
general.
Pero esta amnistía estaba sometida a la conversión a su religión.
El profeta no contemplaba libertades de culto; finalmente sólo se
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permitió libertad de culto a los judíos y cristianos (y luego a hindúes, budistas y zoroastrianos), pero siempre como ciudadanos de
segunda y obligados a pagar un impuesto adicional. En concordancia con el estricto monoteísmo que predicó siempre, Mahoma
hizo un gesto muy significativo: entró en la Kaaba y destruyó los
ídolos e imágenes que había. Según algunas tradiciones, sólo conservó allí las imágenes de Jesús y María.
A pesar de que este suceso no genera mucho escándalo entre los
biógrafos de Mahoma (ni siquiera entre los más críticos), aprecio
por mi parte cierta gravedad en el asunto. En fechas recientes, en
Occidente hemos quedado escandalizados por la forma en que los
combatientes del Estado Islámico del Levante e Irak han destruido
magníficas esculturas de las culturas preislámicas de Siria e Irak.
Naturalmente, estos actos de salvajismo han generado multitud de
críticas. Pero, podemos preguntarnos, ¿en quién se inspiran estos
iconoclastas si no es en el propio Mahoma? ¿Por qué reprochar al
Estado Islámico, pero no al propio profeta? Previsiblemente, el relativista dirá que, por alguna extraña razón, en la Arabia del siglo
VII aquello no era objetable, pero en la Siria y el Irak del siglo XXI
sí lo es. Pero volvemos a lo mismo: el islam repudia el relativismo
y, según la doctrina islámica, lo que hizo Mahoma estuvo bien en
la Arabia del siglo VII y estaría bien hoy. Como los musulmanes,
tampoco yo soy relativista, pero más bien opino lo contrario: destruir por la fuerza esculturas por el mero hecho de que no me agrada que alguien les rinda culto estuvo mal en la Arabia del siglo VII
y sigue estando mal también hoy.
Conversión al islam o muerte
Mahoma gobernaba desde Medina y había sometido ya a La Meca,
pero aún le faltaba dominar a otras tribus árabes que le ofrecieron
oposición. Así pues, las tribus de Taif (la ciudad que había rechazado
su predicación) le presentaron combate y Mahoma las derrotó.
Otras tribus de menor escala también le ofrecieron oposición, pero
Mahoma igualmente las derrotó. A medida que iba asentando su
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dominio sobre las tribus, Mahoma exigía la conversión al islam o
la muerte y, al igual que hizo en La Meca, destruía los ídolos adorados por cada una de esas tribus.
Mahoma sembró entonces los gérmenes de un imperio que cubría casi toda Arabia. El profeta tenía la expectativa de que sus conquistas no se limitaran a esos territorios. Según unas tradiciones islámicas, Mahoma incluso envió cartas a los emperadores de Bizancio y Persia, y a otros monarcas de menor rango, invitándoles a
convertirse al islam (no sabemos si esto ocurrió de verdad; los historiadores críticos occidentales opinan que no). Esas cartas no eran
amenazantes directamente, pero las que estaban dirigidas a gobernantes cristianos anunciaban que, si su invitación era rechazada,
su autor invocaría la ira divina. En todo caso, después de la muerte
de Mahoma, tanto en los territorios persas como en los bizantinos,
el islam se estableció por la fuerza.
En 632 Mahoma hizo un último peregrinaje a La Meca. Allí
pronunció un discurso que sigue siendo de mucha importancia
para los musulmanes. Mahoma pidió a sus seguidores abandonar
las prácticas idólatras preislámicas (aunque, insólitamente, nadie
pareció objetar que el propio peregrinaje en el que participaba era
en sí un ritual preislámico). También exhortó a sus seguidores a
abandonar las venganzas tribales y les pidió que formaran una comunidad basada en lazos religiosos por encima de los lazos de sangre. Pidió también buen trato para las mujeres (como veremos, esto
era mera retórica, pues la ley islámica, basada en las revelaciones
coránicas de Mahoma, es muy opresora con las mujeres). Y subrayó
que ante Dios no hay diferencias entre blancos y negros, árabes y
no árabes; esto ha sido un aspecto bastante positivo en el islam, pero, como veremos, no se le ha dado pleno cumplimiento pues, al
contrario de lo que muchas veces se cree, en el mundo musulmán
ha habido mucho racismo.
Unos meses después, en el mismo año 632, Mahoma murió en
Medina en brazos de la jovencísima Aisha (quien apenas tenía 18
años), su esposa favorita. Cuando Mahoma había atacado el oasis
de Khaybar y expulsado a los judíos de esa ciudad, una muchacha
judía le sirvió un cordero envenenado. Mahoma comió parte, pero
53
inmediatamente lo escupió y se dio cuenta del intento de envenenarlo. En su lecho de muerte, Mahoma se quejó de que aquel intento de envenenarlo algunos años atrás era el causante de su muerte. Desde entonces, ha habido alguna tradición en el islam que atribuye la muerte del profeta a los judíos. Si los cristianos acusaban
a los judíos de haber matado a Dios, los musulmanes no se quedaron atrás en acusar a los judíos de haber matado al enviado de
Dios.
En realidad, lo más probable es que Mahoma haya sufrido paludismo. Así murió aquel hombre que, al creer que le hablaba un
ángel, fundó la segunda religión con más fieles de la humanidad.
Fue valiente, astuto y en ocasiones justo. Pero fue también cruel,
manipulador y fanático. Seguramente, en lo moral no fue ni mejor
ni peor que Alejandro Magno, Julio César o Napoleón. Pero al menos hoy nadie rinde culto a estos personajes. En cambio, aunque
los musulmanes niegan idolatrar a Mahoma, sí lo consideran el
sello de los profetas enviados por Dios, un personaje por encima
del resto de los mortales. La fe nubla el entendimiento. La razón
exige levantar el velo protector que cubre a figuras como Mahoma.
Tras haber examinado objetivamente su vida, como he intentado
hacer en este capítulo, deberíamos concluir que fue un hombre con
virtudes y defectos, pero de ninguna manera un profeta enviado
por Dios.
54
2
Un libro no muy santo
y muchas creencias absurdas
Puesto que el cristianismo y el islam son las dos religiones que más
compiten en el mercado religioso, ha resultado muy tentador compararlas (en todo caso, en vista del choque de civilizaciones, comparar la civilización de orígenes cristianos con la orígenes islámicos,
sin disputar cuestiones religiosas). Habitualmente se compara a Jesús con Mahoma y a la Biblia con el Corán.
Pero estas comparaciones pueden confundir, pues Jesús no es
para los cristianos lo que Mahoma para los musulmanes. A pesar
de que, como hemos visto, este es para los musulmanes un modelo
a seguir (por encima de cualquier otro mortal), no lo consideran
divino. Abu Bakr, el primer califa, dijo en frase célebre: “Sabed que
Mahoma está muerto, pero Dios vive por siempre”. Los musulmanes admiten que Mahoma pudo haber cometido algún error en su
vida, como de hecho parece haber sucedido con el asunto de los
versos satánicos. En cambio, Jesús es para los cristianos la segunda
persona de la Trinidad: Dios hecho hombre. En Jesús no hay defectos.
La comparación entre la Biblia y el Corán también es problemática. Para los cristianos, la Biblia es la “palabra de Dios”. Pero,
esta “palabra de Dios” es inspirada, no dictada. Los cristianos creen
que Dios inspiró su mensaje a los autores bíblicos, pero estos utilizaron sus propias convenciones lingüísticas y circunstancias históricas para redactar sus textos. Algunos protestantes creen que la
Biblia está exenta de error en cualquier materia y se aferran a un
55
literalismo bíblico que los conduce a afirmar todo tipo de cosas absurdas, como que la serpiente realmente le habló a Eva. Pero ni siquiera estos fundamentalistas piensan que el texto bíblico fuese
dictado palabra por palabra por Dios (aunque admiten que la Biblia
sí es correcta palabra por palabra). Por otra parte, la mayoría de los
cristianos están dispuestos a alegorizar algunos pasajes y admiten
que, al menos en ciertas cosas (sobre todo en asuntos que no tienen
que ver con la moral o la teología), los autores bíblicos pudieron
equivocarse.
Las creencias de los musulmanes respecto al Corán son distintas.
Ellos no creen que Dios inspirara a Mahoma en la recitación del
Corán: ellos creen que Dios dictó el Corán, es decir, que Dios habló
a través de Mahoma. El Corán es en sí mismo el verbo divino. Cada palabra del Corán viene directamente de Dios, sin una verdadera mediación. El autor del Corán no es Mahoma: es Dios mismo. No hay nada humano en el Corán, y por eso los musulmanes
piensan que es inimitable por algún otro ser humano, como el
mismo Corán sugiere: “Este Corán no se forjaría prescindiendo
de Dios, pues es una confirmación de lo anterior, y una exposición
detallada del Libro; en él no hay duda de que procede del Señor
de los mundos. O dirán: ‘Mahoma lo forjó’. Responde: ‘Traed un
verso semejante e invocad a quien podáis, prescindiendo de Dios,
si sois verídicos’” (10,37-38). El Corán está redactado de forma
tal que siempre es Dios (en primera persona del plural) quien se
dirige a alguien.
Los musulmanes nunca lo expresan de este modo, pero, dado
lo que creen, podríamos decir que en el islam hay una doctrina de
la “enlibración” (de libro). En el evangelio de Juan se dice que Dios
se hizo carne: este es el dogma de la encarnación. En el islam Dios
no se ha encarnado en ningún personaje, pero sí ha manifestado
su esencia en un libro, el Corán. No es meramente que el Corán
esté libre de errores o que sea un texto revelado por Dios. Es más
bien que el mismo Corán es Dios hablando. Los musulmanes, a
diferencia de los cristianos, no decoran sus edificios con imágenes
de profetas; en cambio, inscriben sobre las paredes pasajes del Corán. Los cristianos no suelen hacer recitaciones artísticas de la Biblia;
56
en cambio, en el mundo musulmán las recitaciones artísticas del
Corán son muy comunes.
De hecho, los musulmanes creen que el Corán no fue creado:
es eterno, siempre ha existido. De ello se deriva que es divino en sí
mismo. Los musulmanes creen que una copia del Corán existe en
el cielo, el Umm al-Kitab, preservada en una tabla, tal como el propio Coránenseña: “Esto es una predicación gloriosa, en una tabla
conservada” (85,21-22).
En la historia del cristianismo hubo muchas disputas sobre la
naturaleza de Cristo. La más conocida fue la del concilio de Nicea
en el siglo IV, donde se discutió si Cristo era consustancial a Dios
(y por tanto eterno) o fue creado en algún momento (y por tanto
está subordinado a Dios). Al final prevaleció la primera postura.
Pues bien, en el siglo IX hubo una discusión similar respecto al Corán. Un grupo de teólogos, los mutazilíes, promulgaron la idea de
que el Corán no es eterno, a saber, que fue creado en el tiempo. El
califa de aquel momento, Abdalá Mamun, protegió a los mutazilíes
y persiguió a quienes se les oponían. Otros teólogos estuvieron dispuestos a ir al martirio en defensa de la eternidad del Corán (especialmente Ahmad ibn Hanbal), y esto propició que, cuando vino
un nuevo califa, se persiguió a los mutazilíes (hasta el punto de
desaparecer) y quedó definitivamente fijada la doctrina según la
cual el Corán no fue creado.
Esto conduce a conclusiones incómodas que los musulmanes
raras veces atienden. Si el Corán no fue creado y existe desde siempre, entonces todo lo que en él se narra ya estaba predestinado a
ocurrir. De hecho, como veremos, mucha gente fuera del islam ha
interpretado que esa religión no da espacio al libre albedrío. Los
mutazilíes, en cambio, defendían el libre albedrío precisamente
porque pensaban que el Corán comenzó a existir en algún momento de la historia, probablemente después de los sucesos que allí se
narran. Además, si Dios reveló a los judíos y cristianos un mensaje,
pero estos lo corrompieron y Mahoma vino a restituirlo, ¿implica
esto que la Biblia no corrompida era idéntica al Corán?
Recordemos que en la historia del islam no ha habido concilios
y no hay un papa que dicte qué es ortodoxo y qué no lo es. Pero
57
podemos estar seguros de que la doctrina del Corán no creado es
aceptada por la abrumadora mayoría de musulmanes. Hay algunas
voces que tratan de defender la idea de que el Corán fue creado
(por ejemplo, Abdolkarim Soroush), pero son muy minoritarias.
Por otra parte, nada impide que en un futuro surja un movimiento
de reformadores que empiece por sostener que el Corán fue creado
en el tiempo, y que por tanto puede contextualizarse, por lo cual
no es necesario tomarse todo al pie de la letra.
A mi juicio, la desaparición de los mutazilíes y el triunfo de los
asharitas (la escuela que defendía la no creación del Corán) ha sido
uno de los momentos más relevantes en la historia del islam, pues
así este abrió el camino para el fanatismo que tanto lo aqueja en la
actualidad. Al asumirse que el Corán no fue creado, quedó implícito que el libro en sí mismo es divino. Y esto prácticamente anuló
cualquier intento de interpretación alegórica del libro. Desde entonces, la religión islámica acude al Corán para resolver todo tipo
de cuestiones y enseña que deben seguirse al pie de la letra las cosas
que en él se dicen. Por supuesto, hay cosas que ni siquiera los más
literalistas aceptan. En tanto el concepto de Dios es tan trascendente
en el islam, cuando en el Corán hay algún antropomorfismo (como,
por ejemplo, “la mano de Dios”), los intérpretes suelen admitir que
se trata de una metáfora o, si no, que Dios tiene manos, pero no
en el sentido que solemos atribuir a los seres humanos. Pero, más
allá de eso, la interpretación suele ser rigurosamente literal.
Cuando leemos alguna barbaridad en el Corán, ciertos simpatizantes occidentales del islam afirman que un texto sin contexto
es un pretexto. Según ellos, podemos encontrar barbaridades en la
Ilíada, la Biblia o El capital, pero nos conducirán a hacer locuras
sólo si sacamos esos textos de su contexto. El problema, no obstante, es que, según la misma doctrina islámica, el Corán no tiene
contexto. El Corán no es un libro recitado en la Arabia del siglo
VII. Es, más bien, un libro que existe fuera del tiempo y del espacio,
eternamente. Si el Corán dice alguna desfachatez, no cabe interpretarla metafóricamente, pues una creencia central del islam es
que el Corán es la palabra literal de Dios.
Por supuesto, afortunadamente hay muchísimos musulmanes
58
que, ante el escándalo que muchas veces genera la lectura del Corán,
están dispuestos a contextualizar y alegorizar el texto. Pero ese proceder no es coherente con la doctrina de que el Corán es un libro
eterno y no creado, es decir, la palabra literal de Dios. Aceptar esa
doctrina implica renunciar a los malabarismos interpretativos para
contextualizar y alegorizar.
Esta doctrina es consistente con otra que tradicionalmente defienden los musulmanes: el Corán no es traducible. Si Dios se manifiesta en el Corán, y este está dictado en árabe, entonces una traducción de ese texto a otra lengua pierde el carácter divino que
tiene la versión original. Por supuesto, el Corán ha sido traducido
a muchísimas lenguas, pero los musulmanes insisten en que esas
traducciones no son el verdadero Corán.
Hasta cierto punto es comprensible la reticencia de los musulmanes a traducir el Corán, pues este libro consta en su mayor parte
de prosa rimada y su recitación conserva un ritmo que se pierde en
la traducción. Nosotros hispanos sabemos que Fuenteovejuna, al
leerse en inglés o francés, pierde mucho.
Por lo demás, quienes quieren tomar el islam como una ideología aliada en la lucha contra el imperialismo dejan de lado el hecho obvio de que la idea de que el Corán no es traducible es en sí
muy imperialista. Esto ha hecho que la mayoría de los musulmanes
tengan que recitar versos al menos cinco veces al día en una lengua
que no entienden. Pero ni siquiera quienes tienen al árabe como
lengua nativa recitan en su propia lengua, pues la diferencia entre
el árabe clásico, en el que está escrito el Corán, y el árabe coloquial
que se habla hoy es lo suficientemente amplia como para hacerlo
en ocasiones ininteligible.
Algún observador ha descrito la aproximación islámica al Corán
como bibliolatría (culto a un libro). A los musulmanes, naturalmente, no les agrada este término, pero en realidad es bastante coherente con sus creencias. Si creen que el Corán ha sido dictado
por el mismo Dios y ellos adoran a Dios, entonces lógicamente terminarán adorando ese libro. Y de hecho hay manifestaciones concretas de ello. Por ejemplo, los musulmanes exigen que quien toque
el Corán tenga las manos limpias, que los no musulmanes no lo
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toquen (salvo en circunstancias especiales), que jamás sea colocado
debajo de otros libros, etcétera.
En una época caracterizada por una juventud adicta a los videojuegos, no viene mal una tradición que tenga en alta estima a los
libros. Ciertamente, la civilización islámica ha dado grandes bibliófilos y gracias a ella se pudieron conservar muchos textos de la
filosofía griega (que en la Europa medieval cristiana peligraron).
Pero cuando la bibliofilia se convierte en bibliolatría tenemos un
problema, pues la mayoría de los musulmanes, partiendo de la idea
de que el Corán es la palabra dictada por Dios, inimitable por cualquier ser humano, colocan un velo protector frente a cualquier indagación racional sobre el Corán.
Esto ha traído mucho retraso al desarrollo del espíritu crítico en
el islam. En el judaísmo y el cristianismo, ya en el siglo XVII un autor como Spinoza llegó a la conclusión de que Moisés no podía ser
el autor del Pentateuco. Hoy hay una enorme cantidad de estudios
de crítica textual de la Biblia. Siempre hay fanáticos violentos en
el cristianismo, pero estos colocan bombas en clínicas de abortos
y lugares similares; muy rara vez a algún fanático se le ha ocurrido
matar a quien diga que el evangelio de Mateo no fue escrito por el
tal Mateo. No así en el mundo musulmán. Sugerir que el Corán
tiene falsa información, inconsistencias, préstamos de otros textos
y sinsentidos lleva siempre un riesgo, pues al hacerlo se está sugiriendo que lo que Dios dicta es imperfecto. Por tanto, es prácticamente una blasfemia y ya sabemos cómo han actuado los yihadistas
frente a las blasfemias. Pero la razón exige asumir riesgos. Veamos,
pues, lo perfecto que es el Corán.
Una recopilación con problemas
Como los musulmanes creen que el Corán fue dictado a Mahoma
por Dios, asumen que su libro sagrado conserva en su forma actual
la misma forma en que Mahoma lo recitó en el siglo VII. Pero hay
muchas razones para dudar de esto.
La tradición islámica sostiene que el Corán se compiló de la si60
guiente manera. Mahoma recibía revelaciones espontáneamente.
Cuando manifestaba signos de recibir revelaciones, quienes estaban
cerca se apresuraban a tomar hojas, cueros o huesos y escribían lo
que él dictaba. Naturalmente, no siempre había material disponible
para anotar esas revelaciones, lo cual hizo que muchas quedaran
registradas sólo en la memoria de sus seguidores y se trasmitieran
oralmente mediante recitaciones.
No obstante, tras la muerte de Mahoma hubo una serie de guerras entre sus sucesores, y en una de las batallas, la de Yamama, en
el año 632, murieron muchos de quienes habían memorizado las
recitaciones. El primer califa, Abu Bakr, preocupado por la situación, ordenó poner por escrito todas las revelaciones y recopilarlas.
Los apologistas no suelen mencionarlo, pero de esta situación cabe
deducir que, al morir gente que había memorizado partes del Corán, se quedaran fuera esas partes que sólo eran conocidas por quienes habían muerto.
De la compilación se encargó Zaid ibn Thabit, que había sido
secretario de Mahoma. Zaid dio el texto a Hafsa, una hija de Omar
(el segundo califa) y viuda del propio Mahoma. No obstante, durante el califato de Osmán (el tercer califa) se hizo patente que circulaban varias versiones del Corán. Osmán seleccionó la versión
de Zaid porque estaba escrita en el dialecto de los Coraix y ese dialecto era considerado el estándar entre todos los árabes. Osmán
distribuyó la versión de Zaid por todos los territorios conquistados
y ordenó destruir las otras versiones (unas 24). El Corán que tenemos, el que según se nos dice recitó el propio Mahoma, es el que
recopiló Zaid.
Pero hacemos bien en sospechar. Si varias personas escribían
apresuradamente lo que oían de Mahoma, ¿cómo podemos estar
seguros de que lo hacían fielmente? Sabemos que la tradición oral
es muy flexible y dinámica. ¿Cómo podemos estar seguros de que,
al pasar una recitación de boca en boca, no había modificaciones?
Osmán no decidió conservar el texto de Zaid porque fuese el más
fiel, sino sencillamente porque estaba escrito en un dialecto estándar. ¿Acaso no es posible entonces que entre las otras versiones destruidas del Corán hubiese una más fiel a las recitaciones de Maho61
ma? La selección del texto de Zaid obedeció a circunstancias arbitrarias. ¿No debería ser este motivo suficiente para dudar seriamente
de que el actual Corán sea el supuesto libro no creado dictado por
Dios?
Según parece (aunque esto es negado por algunos historiadores),
hubo algunos compañeros de Mahoma que objetaron la recopilación de Zaid, alegando que ellos habían escuchado más de cerca
las recitaciones del profeta y que no coincidían con lo que Zaid había recopilado. Por ejemplo, Abdalá ibn Masud sostenía haber recitado 70 versos del Corán incluso antes de que Zaid se hiciera musulmán, y le reprochaba haber recopilado una versión errónea del
Corán. En la versión de Ibn Masud, los capítulos 113 y 114 están
ausentes. ¿Habrían sido añadidos posteriores que Mahoma nunca
recitó? No lo sabemos, pero como mínimo hacemos bien en cuestionarlo. Según algunas fuentes, hay otras variaciones de menor
envergadura entre la versión de Ibn Masud y la de Zaid, que no
detallaré aquí por motivos de espacio. Baste con insistir en que no
todos aceptaron la recopilación de Zaid.
Algunas fuentes islámicas mencionan también otra protesta, la
de Ubay ibn Kab, otro de los secretarios de Mahoma, que memorizó muchas de las revelaciones. Allí donde Ibn Masud objetaba
que Zaid había añadido versos, Ibn Kab afirmaba que faltaban.
Aisha, la esposa favorita de Mahoma, también objetó una importante omisión. En el Corán se lee este verso: “A la adúltera y al
adúltero, a cada uno de ellos, dadles cien latigazos. En el cumplimiento de este precepto de la religión de Dios, si creéis en Dios y
en el último día, no os entre compasión de ellos. ¡Que un grupo
de creyentes dé fe de su tormento!” (24,2). El castigo para los adúlteros, por supuesto, es brutal. Pero es importante observar que no
se prescribe el apedreamiento, a diferencia de la Ley de Moisés en
la Biblia (Deuteronomio, 22,24). Con todo, en algunos países musulmanes se aplica este castigo, a pesar de que no hay ningún lugar
en el Corán que así lo ordene. Quizá la preferencia por el apedreamiento proceda de una tradición que sostiene que Aisha objetó
que en las revelaciones recitadas por Mahoma ese verso incluía originalmente el castigo por apedreamiento.
62
Por último, los jariyitas, una secta radical que surgió pocos años
después de la muerte de Mahoma, objetaban que la historia de José
(el mismo que aparece en el Génesis) no formaba parte del Corán
(12,1-99). A su juicio, esa historia era demasiado inmoral (hay seducciones adúlteras, como la de la esposa de Putifar) y no podía
formar parte de la revelación. No es una razón muy crítica o pertinente para dudar de que Mahoma la recitara, pero el hecho que
deseo destacar es que no todos estuvieron conformes con la recopilación de Zaid.
En 1972 se encontró en Yemen un manuscrito del Corán que
en algunos aspectos tiene notables diferencias con el Corán convencional. Sabemos por la aplicación de la técnica del carbono 14
que este manuscrito data del año 671, casi dos décadas después de
la muerte de Osmán. Esto prueba que la orden del califa de destruir
las versiones rivales del Corán no se cumplieron por completo.
Hay también otro dato importante que debe tomarse en consideración. El árabe es una lengua que tradicionalmente se escribe
sólo con vocales. Sólo tardíamente se incorporaron unos signos
diacríticos para hacer explícitas las vocales de las palabras, y entre
la gente culta hoy se utilizan poco. Pero incluso entre las consonantes se utilizan signos diacríticos para distinguir algunas letras
de otras. En las versiones más antiguas del Corán, estos signos no
estaban presentes. Ello deja abierta la posibilidad de que podamos
creer que el Corán utiliza una palabra cuando, en realidad, originalmente empleaba otra, hasta el punto de modificar todo el sentido
de una frase. Hasta ahora los especialistas no han detectado casos
concretos, pero en vista de que existe esa posibilidad, queda abierta
la puerta para investigar alguna de esas posibles alteraciones.
¿Dictado por Dios?
Aun suponiendo que el actual Corán sea el mismo que recitó Mahoma, caben también muchas dudas de que fuera dictado directamente por Dios. Hay una historia curiosísima que, aunque es negada por los apologistas y algunos historiadores, merece ser consi63
derada. Abdalá ibn Saad ibn Abi Sarh era un hermano de leche de
Osmán. Después de que Mahoma se estableció en Medina, Abdalá
emigró desde La Meca y se hizo musulmán. En Medina Abdalá se
convirtió en uno de los secretarios de Mahoma y apuntaba las revelaciones que recibía el profeta.
En una ocasión Mahoma recitó el verso que ahora se halla en el
pasaje 23,14: “Luego transformamos el esperma en un coágulo de
sangre, transformamos el coágulo en un bolo; transformamos el
bolo en huesos y revestimos los huesos de carne. A continuación,
instituimos otra creación”. Abdalá, cautivado por el verso, exclamó:
“¡Bendito sea Dios, el mejor de los creadores!”. Mahoma, a su vez
cautivado por lo que Abdalá había añadido, le indicó a su secretario
que también incluyera esa exclamación como continuación del verso y así consta en el Corán. Abdalá se dio cuenta de que Mahoma
no podía ser un verdadero profeta que oía las palabras de Dios si
permitía ingenuamente que sus secretarios añadieran versos que
no procedían de Dios. Entonces Abdalá decidió renunciar al islam
y regresó a La Meca.
Los apologistas reconocen que en algún momento Abdalá renunció al islam por motivos que no conocemos, pero añaden que
luego volvió a la religión. Es una cuestión abierta al debate. Pero,
sea legendaria o no, la historia invita a preguntarse: ¿podemos estar
absolutamente seguros de que Mahoma no era influenciable por
las sugerencias de su público y modificaba las recitaciones?
Hay, por lo demás, algo curioso en esa parte del verso posiblemente añadida por Abdalá. Se dice: “¡Bendito sea Dios, el mejor
de los creadores!”. Esto tiene una clarísima resonancia politeísta:
Dios es uno entre varios dioses creadores. Si Mahoma era realmente
tan estricto en su monoteísmo, ¿habría recitado él mismo ese verso?
Si aceptamos que el Corán proviene de la recitación de Mahoma
sin añadiduras posteriores, habría que aceptar que no era tan monoteísta como decía ser. Pues en el mismo Corán hay otros vestigios
politeístas de culto a la naturaleza. Por ejemplo, se jura por los planetas (81,15), por el crepúsculo, la noche y la Luna (84,16-18).
Hay además otra tradición sobre una historia similar. Mahoma
se encontraba recitando un verso sobre la guerra santa en el cual
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decía que los combatientes tienen más valor que los no combatientes. Pero un tal Abdalá ibn Umm Kamktum objetó que él era ciego
y que eso le impedía combatir. Entonces Mahoma, al escuchar esta
queja, recitó el verso de esta manera: “No son iguales, en los creyentes, los no combatientes (excepción hecha a los dañados) y los
combatientes en la senda de Dios con sus bienes y personas” (4,95).
Está muy bien hacer excepciones con los discapacitados y también
oír las quejas de los demás. Pero lo importante aquí es que, si esta
historia es verdadera, el Corán no consta meramente de las palabras
que Dios dictaba a Mahoma, sino que había también añadidos que
el profeta incorporaba tras determinadas contingencias.
Si el Corán es de verdad no creado y fue dictado directamente
a Mahoma por Dios, cabría esperar que no hubiera en él ninguna
influencia humana. El Corán no dependería de otras fuentes. Los
musulmanes suelen destacar el hecho de que Mahoma era analfabeto y que, por tanto, no pudo haber copiado nada.
Algunos historiadores consideran la posibilidad de que Mahoma
supiera leer. Pero, aun en el caso de que fuera efectivamente analfabeto, esto no impide que en sus recitaciones del Corán se basara
en otras fuentes. Perfectamente pudo haber escuchado lo que judíos, cristianos y zoroastrianos le contaban, y en sus recitaciones
pudo haber repetido lo que recordaba. Dado que la transmisión
oral es muy imperfecta, cabría esperar que Mahoma contara erróneamente alguna de las historias que oía.
De hecho, encontramos eso en el Corán. Por ejemplo, en la narración sobre la anunciación a María, la madre de Jesús, Mahoma
recita: “¡Hermana de Aarón! Tu padre no era hombre de mal ni tu
madre prostituta” (19,28). Mahoma confunde a Miriam, la hermana de Moisés y Aarón, con María, la madre de Jesús.
Las influencias cristianas en el Corán son muy evidentes. Mahoma estuvo en contacto con varios maestros cristianos a los que
respetaba (como hemos visto, el incidente de Bahira pudo ser legendario, pero es muy probable que recibiera influencia de Waraqa,
el primo de Jadiya). Curiosamente, tuvo también influencias de
grupos cristianos que en aquella época (y hoy también) eran ya
considerados heréticos. Arabia era una región limítrofe del imperio
65
bizantino, el cual era muy dado a la persecución religiosa de los herejes. Así pues, a Arabia iban a parar muchos grupos cristianos heréticos. Quizás esto llevó a la idea medieval cristiana de que Mahoma era un hereje.
Por ejemplo, en el Corán se narra que Jesús no murió en la cruz,
sino que sólo dio esa apariencia, pues Dios lo elevó al cielo (4,157).
Esta versión, muy distinta a la de los evangelios canónicos, no es
original del Corán. Procede de los docetistas, un grupo de cristianos gnósticos que opinaban que, en tanto la materia es mala, Cristo no estaba hecho de ella, sino que solamente daba esa apariencia:
en la crucifixión no murió Cristo realmente. Las leyes de la probabilidad nos obligan a inferir que Mahoma escuchó esta historia
de algunos docetistas, le gustó y la recitó como parte del Corán.
Al menos en este verso, la fuente no es Dios, sino unos cristianos
herejes.
El Corán narra también que Jesús prometía hacer pájaros de arcilla, insuflarlos y convertirlos en pájaros reales (3,49), cosa que
cumplió (5,110). Este pasaje no se encuentra en los evangelios canónicos, pero sí en el Evangelio de la infancia de Tomás, un evangelio apócrifo del siglo II: en ese texto, el niño Jesús (no adulto, a
diferencia de lo que deja entrever el Corán) hace ese milagro. Aunque no fue declarado propiamente herético, este evangelio siempre
estuvo en los márgenes del cristianismo. Muy probablemente circuló en Arabia y los grupos heréticos que había allí lo conocían.
Mahoma escuchó seguramente esta historia y la recitó.
En la última década, el estudioso Christoph Lexenberg ha planteado la tesis según la cual la lengua original del Corán no era en
realidad el árabe, sino una variante del sirio-arameo. Esto explicaría
cómo en el Corán aparecen muchas frases que hoy nadie sabe a
qué se refieren (Luxenberg calcula que una quinta parte del Corán
es ininteligible). El texto habría sido en realidad una variante de
textos cristianos siríacos, compuestos para evangelizar a los árabes.
Finalmente los árabes modificaron ese texto y le dieron la forma
actual creando una religión aparte, pero en un inicio era un texto
cristiano y así se manifiesta en los estratos textuales más antiguos.
La tesis de Luxenberg ha sido sometida a muchas críticas y no es
66
muy popular entre los estudiosos, pero al menos abre la puerta para
considerar las posibles influencias cristianas en el Corán.
Se ha hablado también de la posibilidad de influencias judías.
Obviamente, Mahoma estuvo en contacto con tribus judías. De
ellas escuchó historias de la Biblia, algunas de las cuales incorporó
al Corán. Pero se ha sostenido también que, probablemente, el Corán tiene influencia del Talmud y la Midrash, el conjunto de comentarios rabínicos compuesto entre los siglos III y VI. Por ejemplo,
el Corán narra que cuando Caín mató a Abel, Dios envió un cuervo
para mostrarle cómo debía enterrar a su hermano (5,31). Este detalle no aparece en la versión bíblica de esta historia, pero sí en un
texto de la Midrash, el Pirke del rabino Eliecer. En las historias coránicas sobre Abraham y Moisés (como el episodio del becerro de
oro) hay también detalles que no aparecen en la Biblia, pero sí en
la Midrash.
Algunos filólogos e historiadores han sugerido asimismo alguna
influencia de textos zoroastrianos en las descripciones coránicas del
paraíso. En la Biblia las descripciones de la ultratumba son muy
parcas y quizá haya más descripciones del infierno que del cielo.
En el Corán, en cambio, las descripciones son bastante elaboradas.
Cabe pensar que esas descripciones han sido influidas por textos
zoroastrianos, pues estos son también bastante elaborados respecto
a los del cielo.
Incoherente y con faltas gramaticales
Si el Corán fue dictado directamente por Dios, cabe esperar que
tenga un carácter extraordinario. Si Dios es perfecto, cabe esperar
que sus palabras también lo sean. En el mismo Corán se dice, con
gran pedantería, que ningún ser humano puede igualar lo que se
recita en él (10,37-38). Los musulmanes asumen esto con bastante
seriedad.
La verdad es que el Corán no es nada del otro mundo. Thomas
Carlyle, el célebre historiador inglés, lo describió como “una estupidez insoportable [...], nada sino un sentido del deber podría llevar
67
a un europeo hasta el Corán”. Como he dicho, ya que el Corán
tiene rítmica y rima, se pierde mucho cuando se lo traduce. Pero,
en general, la buena literatura es la que sale fortalecida en las traducciones. Lamentablemente, no es el caso del Corán.
La Biblia podrá decir muchas tonterías, y aunque tiene varios
libros aburridísimos, en general los autores bíblicos fueron muy
hábiles en contar historias. Si la Biblia, como la mitología griega,
ha dado pie a tantas películas, es en parte porque sus autores eran
buenos narradores. No así el Corán. Como hemos visto, el Corán
es un conjunto de recitaciones que Mahoma dio a lo largo de su
vida en muy distintos contextos. Y hemos visto también que la forma de recopilar esas recitaciones fue bastante desordenada.
El resultado es un libro sin cronología, tremendamente repetitivo, incoherente, compuesto en múltiples estilos exclamativos (muchas veces disímiles entre sí) difíciles de captar e inmerso en un
contexto que el texto no trata de explicar (por lo cual es sumamente
difícil entender a qué se refiere cada verso; para intentarlo es necesario acudir a las fuentes complementarias, como el hadiz y las biografías de Mahoma). Si hemos de utilizar alguna pieza literaria para
intentar probar que Dios existe, Cervantes o Shakespeare son mucho más oportunos que el Corán.
Algún relativista podrá decir que el Corán no es defectuoso, sino
que sencillamente no se ajusta a los gustos occidentales, acostumbrados a la coherencia, el orden narrativo, el crescendo en la trama,
etc. Este argumento no convence, pues Las mil y una noches es un
gran texto que los propios musulmanes saben apreciar y que tiene
muchísimo más valor literario que el Corán. Pero por ahora asumamos que en cuestiones estéticas es difícil juzgar, y aceptemos
que el hecho de que el Corán nos parezca aburridísimo no invalida
la pretensión musulmana de que se trata de una creación divina
perfecta sin mediación humana.
Con todo, en el Corán hay muchísimas imperfecciones que no
cabría esperar si de verdad fuese obra directa de Dios. Por ejemplo,
como se supone que el Corán viene directamente de Dios, la mayoría de sus versos están recitados como si fuese el mismo Dios
quien habla. Esto es coherente con la idea de que Mahoma es sólo
68
el mensajero que recita y que el verdadero locutor es el propio Dios.
Pero hay varios pasajes en los cuales claramente no es Dios quien
habla, lo cual hace el texto bastante imperfecto.
Veamos algunos de estos versos. El Corán empieza así: “En el
nombre de Dios, el clemente, el misericordioso. La alabanza a Dios,
señor de los mundos. El clemente, el misericordioso [¿no se había
dicho esto hace apenas un verso?]. Dueño del día del juicio. A ti
te adoramos y a ti te pedimos ayuda” (1,1-5). ¿Dios se autoadora
y se pide ayuda a sí mismo?
He aquí otro: “¿Desearé, prescindiendo de Dios, a otro juez, si
él es quien os hizo descender el libro en detalle? Aquellos a quienes
les dimos el libro saben que él ha descendido procedente de tu
señor con la verdad. ¡No estéis entre los escépticos!” (6,114). Claramente, quien recita habla sobre Dios; no es Dios mismo el que
habla. Por lo visto, Mahoma confundía las recitaciones en las cuales
él personalmente afirmaba algo y aquellas en las cuales asumía el
papel de Dios.
Además de estas incoherencias respecto a quién es el que dicta
los versos, muchos filólogos han detectado errores gramaticales en
el Corán. En un libro divulgativo como el presente, no viene al caso
ofrecer los detalles técnicos (de una lengua que no domino). Pero
podemos confiar en investigadores como Theodor Nöldeke, que
han ofrecido análisis de cómo el Corán no cumple las reglas gramaticales del árabe clásico: entre otros errores, incurre en incoherencias
sintácticas y numéricas y un uso erróneo de los acusativos.
¿Anticipo de teorías científicas?
No obstante, la mayor fuente de errores del Corán está en sus múltiples afirmaciones claramente incompatibles con la ciencia. Entre
algunos progresistas occidentales, hoy en día está de moda la idea
de que la ciencia no tiene que estar en conflicto con la religión.
Stephen Jay Gould, el máximo exponente de esta idea, sostenía que
la religión tiene su magisterio y la ciencia tiene el suyo, y que no
tienen por qué solaparse. Según él, la religión nos da lecciones de
69
moral y espiritualidad y la ciencia nos enseña los hechos objetivos
del mundo. En opinión de autores como Gould, un texto religioso
no debe ser juzgado en función de sus teorías sobre cómo funciona
el mundo, pues no pretende ser un texto científico.
Gould puede tener razón cuando se trata de muchas tradiciones
religiosas, pero no del islam. Los cristianos más progresistas reprochan a los fundamentalistas tomarse al pie de la letra el texto del
Génesis, y a partir de ello formular teorías disparatadas sobre la
creación del mundo en seis días, la coexistencia del hombre con
los dinosaurios, etcétera. Según estos cristianos progresistas, la intención del Génesis no es ofrecer una descripción científica sobre
los orígenes del universo, sino, más bien, utilizar una metáfora para
enseñar algo profundo.
Puede ser que esos cristianos progresistas tengan razón (tengo
mis dudas, pues me inclino a pensar que los autores del Génesis sí
trataban de dar una explicación literal de lo que ellos creían que
eran los orígenes del universo). Pero el caso del Corán es distinto.
Para que el judío o el cristiano acepte que el Génesis no es un texto
científico tiene que partir de la premisa de que el relato de la creación es metafórico y que Dios inspiró (pero no necesariamente
dictó) al autor bíblico. En cambio, como hemos visto, el musulmán
no cree eso del Corán. Para él, el Corán contiene la palabra literal
de Dios; para él, el Corán no está meramente inspirado, sino que
está dictado, palabra por palabra, por el mismo Dios.
Este literalismo hace que, allí donde sólo una minoría de los
cristianos son creacionistas y asumen la Biblia como un texto científico, la mayoría de los musulmanes asumen que el Corán está
libre de errores científicos. Si el Corán viene directamente de Dios,
y Dios es perfecto, entonces todo cuanto se dice en el Corán es verdadero, aún en un sentido literal.
De hecho, en el mundo musulmán es frecuente que se asuma
sin complejos que en el Corán se enuncian grandes teorías científicas. Y se afirma que eso es prueba de su origen divino, pues en la
Arabia del siglo VII no se contaba con conocimientos científicos
como para enunciar esos versos que anticipan las teorías científicas
más avanzadas.
70
Curiosamente, quien dio pie a esta tendencia no fue un musulmán. Fue Maurice Bucaille, un francés que trabajaba como médico
personal de la familia real saudí, quien publicó en 1976 un libro
que en Occidente no es tan conocido, pero que en los países musulmanes ha tenido amplísima difusión. En ese libro, La Biblia, el
Corán y la ciencia, Bucaille defiende la tesis de que la Biblia comete
muchos errores científicos, pero que el Corán no sólo está libre de
errores, sino que también presenta teorías científicas avanzadísimas
que hoy sabemos que son correctas.
Por ejemplo, según Bucaille, en el Corán ya se habla de la expansión del universo, una teoría bastante aceptada hoy por los físicos: “Hemos construido el cielo con solidez. Nosotros lo expandimos” (51,47). Y se predicen también los viajes de exploración
espacial, algo que la humanidad no logró sino hasta mediados del
siglo XX: “¡Comunidad de genios y hombres! Si podéis atravesar
los confines de los cielos y de la Tierra, ¡atravesadlos! No saldréis
si no es con poder” (55,33).
Bucaille dice que en un solo pasaje el Corán describe la teoría
del Big Bang y la de los orígenes acuáticos de la vida: “¿No ven,
aquellos que no creen, que los cielos y la Tierra formaban un todo
macizo? A ambos los hendimos y del agua sacamos toda cosa viviente. ¿No creerán?” (21,30).
Así continúa Bucaille con muchísimos otros versos del Corán,
en los cuales afirma encontrar referencias científicas acertadas. No
es muy difícil ver el truco de Bucaille. Se vale de pasajes coránicos
muy ambiguos y los interpreta a la luz de lo que ya conocemos a
finales del siglo XX o el XXI. Para proponer realmente una teoría
científica, las reglas del método exigen que los enunciados sean
muy precisos y libres de ambigüedades que dan pie a muy variadas
interpretaciones. Bucaille tiene la ventaja de la retrospectiva y abusa
de ella. Conociendo la teoría del Big Bang, busca en el Corán algo
que remotamente se le parezca, aun si está en lenguaje poético.
Queda, por supuesto, la gran pregunta: si el Corán contiene todos
esos conocimientos científicos, ¿por qué los musulmanes tuvieron
que esperar a que la ciencia hiciera sus descubrimientos para afirmar
que ya estaban en el Corán? ¿Por qué los musulmanes no se anti71
cipan y nos informan sobre los futuros conocimientos que la ciencia
aún no ha desarrollado, pero que están en el Corán?
Podemos emplear este truco con muchísimos otros textos antiguos. Bucaille afirma que sólo el Corán está libre de errores y contiene teorías científicas. A su juicio, la Biblia no tiene esa cualidad,
y esta afirmación de Bucaille deleita a los musulmanes, que ven en
el cristianismo una religión rival. Pero, en realidad, la misma estúpida maniobra que Bucaille hace con el Corán, muchos judíos y
cristianos la hacen con la Biblia. Por ejemplo, Hebreos, 11,3, adelanta una teoría sobre los átomos invisibles: “Por la fe sabemos que
el universo fue formado por la palabra de Dios; lo visible, de lo invisible”. Job, 26,7 propone que la Tierra es un planeta que flota en
el espacio: “Él tendió el Septentrión sobre el vacío, suspendió la
Tierra sobre la nada”.
En todo caso, ha habido autores de ciencia ficción que, de forma
mucho más precisa, han hecho predicciones tecnológicas que se
han cumplido. Si empleásemos el razonamiento de Bucaille y la
enorme legión de ingenuos musulmanes que lo siguen, el gran Julio
Verne habría escrito obras dictadas directamente por Dios.
Errores científicos
Bucaille se empeñó en destacar los supuestos conocimientos científicos del Corán, pero quiso poner debajo de la alfombra los errores
científicos e históricos que hay en ese libro. Bucaille trató de conciliar el islam con la ciencia, haciendo decir al Corán cosas que en
realidad no dice. Pero en el mundo musulmán hay otra corriente
que prefiere una lectura mucho más literal del Corán, y en vez de
buscar una conciliación con la ciencia prefiere estar del lado del
Corán. Si eso implica una confrontación con la ciencia, pues que
así sea.
La lista de errores científicos que encontramos en el Corán es
vastísima. Veamos algunos de los más sobresalientes. El Corán sostiene que el Sol gira alrededor de la Tierra: “¡Gloria a quien ha creado todas las especies que hace brotar de la Tierra, las que proceden
72
del trabajo de los mismos hombres, y las que no conocen; tienen
una aleya en la noche, de la que separamos el día, entonces los humanos están en las tinieblas. El sol corre hacia un domicilio que le
pertenece. Ése es el decreto del poderoso, del omnisciente” (36,3638). Como complemento se dice que la Tierra es extendida (lo cual
implica que es plana): “¿No ven los impíos a los camellos, cómo se
han creado; al cielo, cómo se ha levantado, a los montes, cómo se
han plantado, y a la Tierra, cómo se ha extendido?” (88,17-20).
De vez en cuando surgen en el mundo musulmán clérigos que
afirman la planicie de la Tierra, así como el modelo geocéntrico
del universo. Entre los cristianos también hay casos semejantes,
pues en la Biblia se pueden encontrar pasajes que sugieren estas teorías. Pero, insistamos, son mucho más comunes en el islam. Ningún defensor cristiano del geocentrismo tiene posiciones de poder.
En cambio, en los países musulmanes, logran acceso a altos cargos.
Por ejemplo, el clérigo saudí Ibn Baz ejerció muchísima influencia
en su país y a lo largo de su vida defendió la idea de la planicie de
la Tierra y su centralidad en el universo. En el cristianismo, el literalismo bíblico es minoritario. En el islam, el literalismo coránico
es habitual.
Sorprende saber que en EE UU la mitad de la población no
acepta la teoría darwinista de la evolución. Pero al menos en ese
país hay una disputa entre creacionistas y evolucionistas, y las autoridades han hecho un notable esfuerzo por neutralizar a los fundamentalistas que quieren impedir que se enseñe la teoría darwinista en los colegios. En cambio, en los países musulmanes no se
enseña el darwinismo. La creencia de la mayoría de la población,
asumida por los gobiernos (incluso aquellos que se proclaman laicos, como Turquía), es que el hombre fue creado directamente por
Dios, tal como lo enseña el Corán: “Hemos creado al hombre de
barro, de arcilla moldeable” (15,26).
Hay más errores básicos de biología. Sabemos que el esperma
es producido en los testículos, pero el Corán se los atribuye a otro
lugar: “Ha sido creado del agua eyaculada, que sale de entre los riñones y el mediastino” (86,6-7). Sabemos que en el desarrollo del
feto, los músculos y los huesos se forman simultáneamente, pero
73
el Corán postula otra cosa: “Luego transformamos la esperma en
un coágulo de sangre; transformamos el coágulo en un bolo; transformamos el bolo en huesos y revestimos los huesos de carne”
(23,14).
Una imagen estereotípica del pensamiento religioso arcaico es
la que atribuye los truenos a la acción de un dios. Esa era la función
de Zeus, Thor y tantos otros. Pues bien, en el Corán Dios hace lo
mismo a través de un ángel: “El trueno y los ángeles, por su temor,
cantan su alabanza. Envía sus rayos y alcanza con ellos a quien quiere, mientras los hombres discuten acerca de Dios. Él es terrible en
el poderío” (13,13).
En fin, históricamente podemos excusar a Mahoma por todos
estos errores en sus recitaciones, pues no pidamos a un analfabeto
árabe del siglo VII tener nociones básicas de astronomía, geología
y biología (pero, insisto, no perdamos de vista que, según los musulmanes, el autor del Corán no es Mahoma, sino el mismo Dios).
Pero en sus recitaciones Mahoma cometió también errores que, de
haber indagado un poco más, pudo haber evitado.
El Corán sostiene, por ejemplo, que los cristianos adoran a María
como parte de la Trinidad: “Acordaos de cuando Dios dijo: ‘Jesús,
hijo de María, ¿has dicho acaso a los hombres: Tomadme junto a
mi madre, como dos dioses, prescindiendo de Dios?’” (5,116). Esto
es falso. El dogma cristiano postula la existencia de un Dios en tres
personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. María no tiene nada que
ver. Algunos apologistas han querido disimular el asunto, alegando
que Mahoma en realidad se estaba refiriendo a los coliridianos, una
secta cristiana herética que rendía culto a María como una diosa.
Me parece un recurso demasiado tomado por los pelos, pues no
sabemos si esta secta llegó a Arabia ni tampoco si Mahoma estuvo
en contacto con ella.
En sus recitaciones sobre personajes bíblicos, Mahoma cometía
también errores básicos. Ya hemos visto la confusión de María, la
madre de Jesús, con Miriam, la hermana de Moisés. En Éxodo,
2,10, se narra que la hija del faraón adoptó a Moisés, pero en el
Corán se dice que fue más bien la esposa del faraón: “La mujer del
faraón dijo: ‘¡Oh consuelo de nuestros ojos! ¡No lo matéis! Es po74
sible que nos sea de utilidad o lo adoptemos por hijo’. Ellos no lo
sabían” (28,9). Asimismo, al contar la historia del becerro de oro,
dice el Corán que este ídolo fue construido por un samaritano
(20,85-97), pero la versión bíblica de esta historia no hace ninguna
mención a los samaritanos. En realidad, los samaritanos comenzaron a existir tras la deportación de las tribus israelitas del norte por
el imperio asirio más de tres siglos después de Moisés (si es que
existió).
Los apologistas musulmanes tratan de salir de estos aprietos recordando que la Biblia fue corrompida por los judíos y cristianos.
Así, según ellos, la Biblia contenía originalmente las historias tal
como se narran en el Corán, y si hay una divergencia entre la versión coránica y la actual versión bíblica se debe a la corrupción. De
nuevo, esta es una excusa tiradísima por los pelos. Los musulmanes
nunca han precisado cómo, cuándo y dónde ocurrió esa supuesta
corrupción. Pero, en todo caso, cabe preguntarse: ¿cuál de estas dos
opciones es más probable?: 1) que los judíos y cristianos corrompieran sus libros; o 2) que un comerciante árabe analfabeto del siglo
VII, al escuchar historias contadas por judíos y cristianos, quedase
confundido, y cuando él mismo las recitaba, cambiase inadvertidamente el contenido; y cuando los judíos le señalaran sus errores,
inventó que ellos habían corrompido sus escrituras para así excusarse.
Contradicciones y abrogaciones
Si el Corán tiene la perfección que los musulmanes le atribuyen,
no cabría esperar en él contradicciones. Lamentablemente, hay muchísimas. Por ejemplo, se dice que cuando a María se le anunció
que daría a luz a Jesús, se le apareció un ángel (19,16-19); pero, en
otro relato de esa misma historia (estas repeticiones son muy comunes en el Corán), son varios los ángeles que comunican a María
la noticia (3,42; 3,45).
Hemos visto que la creencia musulmana convencional es que
Adán fue el primer musulmán, pero el Corán dice que el primer
75
musulmán fue Moisés (7,143) e incluso en otro lugar se dice que
fue Mahoma (39,12). En la historia de Moisés se narra que el faraón
murió ahogado (17,102-103; 28,40), pero en otro lugar se dice
que se salvó por mediación divina (10,90-92).
Insólitamente, el mismo Mahoma pareció darse cuenta de algunas de esas contradicciones. Y entonces recitó el siguiente verso:
“¿No abrogamos un verso o lo hacemos olvidar sin dar otro mejor
o igual? ¿No sabes que Dios es todopoderoso sobre toda cosa?”
(2,106). Según este verso, Dios envía nuevos versos y con ellos
abroga aquellos que contradicen a los viejos. Probablemente ese
mismo verso abroga estos, que implican que los versos no pueden
ser abrogados pues las palabras de Dios son eternas e inmodificables
(¡para completar el enredo!): “¡Cúmplanse las palabras de tu señor
en verdad y en justicia! No hay quien altere sus palabras” (6,115);
“no hay quien cambie las palabras de Dios” (6,34); “las órdenes de
Dios no se alterarán” (10,64)...
La doctrina de la abrogación es muy importante en el islam.
Buena parte de la teología islámica y de los comentarios coránicos
consisten en especificar cuáles versos abrogan y cuáles son abrogados. Entre los comentaristas y teólogos existe el consenso de que,
naturalmente, los versos que vinieron después abrogan los que vinieron antes. No hay en el Corán una cronología clara de los versos,
pero se sabe, al menos, que algunos capítulos provienen del período
de Mahoma en La Meca y otros de su período en Medina. Puesto
que este último es posterior, la doctrina de la abrogación favorece
los versos de Medina.
Así, por ejemplo, algún lector se sorprenderá al enterarse de que
el Corán parece permitir la ingestión de bebidas alcohólicas: “Obtenéis bebidas fermentadas y un buen alimento de los frutos de la
palmera y de las vides. En eso hay un verso para unas gentes que
razonan” (16,67). Pero en otro lugar el Corán lo considera un pecado: “¡Oh los que creéis! Ciertamente el vino, el juego, los ídolos
y las flechas son abominaciones procedentes de la actividad de Satanás. ¡Evitadla! Tal vez seáis bienaventurados” (5,90). La prohibición procede de un período posterior y, por tanto, abroga el verso
que permite el vino.
76
Algunos comentaristas tratan de justificar esta contradicción y
sostienen que Dios necesitó revelar esta prohibición gradualmente
a los hombres, pues la humanidad aún no estaba preparada para
abandonar el vino de repente. Quizá. Pero en ese caso habría que
colocar en entredicho que el Corán sea la palabra eterna de Dios,
pues obviamente se estaría admitiendo que algunos de sus preceptos
sólo tienen aplicabilidad temporal.
La doctrina de la abrogación es conceptualmente muy problemática. ¿Cómo Dios, siendo perfecto y omnisciente, necesita corregirse a sí mismo? Un gran crítico del islam, Ibn Warraq, señala
con mucha contundencia: “La doctrina de las anulaciones también
pone en ridículo el dogma musulmán de que el Corán es una reproducción fidedigna e inalterada de las escrituras originales que
se conservan en los cielos. Si las palabras de Dios son eternas, es
decir, sin principio ni fin, y de significación universal, ¿cómo puede
hablarse de palabras de Dios anuladas y obsoletas? ¿Algunas palabras
de Dios son mejores que otras? Al parecer, sí”.
Algunos apologistas tratan de salir de este aprieto y alegan que
el verso que postula la doctrina de la abrogación (2,106) hace referencia en realidad a las revelaciones previas que Dios había hecho,
pero que fueron corrompidas por los hombres (probablemente las
de judíos y cristianos). El consenso entre los comentaristas musulmanes es que la abrogación incluye los propios versos del Corán,
pero aun en el caso de que aceptásemos que en realidad sólo hace
referencia a las revelaciones de otros libros (y esto podría tener consecuencias positivas cuando se trata del tema de la violencia), eso
no hace más que llevarnos nuevamente al problema: ¿cómo se pueden explicar entonces las obvias contradicciones del Corán?
En casos como el de la ingesta de alcohol, los comentaristas musulmanes precisan muy bien cuál verso abroga y cuál verso es abrogado. Pero hay algunos otros casos en los cuales se está muy lejos
de saber cuál es la doctrina a seguir. Y una de las más grandes contradicciones en el Corán es aquella que opone la predestinación al
libre albedrío.
El Corán parece afirmar nuestra libertad: “Di: ‘La verdad procede de vuestro señor, quien quiere, cree, y quien quiere, no cree’”
77
(18,29). Ya que una de las doctrinas centrales del islam es la del
Juicio Final, varios teólogos musulmanes han concluido que Dios
debe permitir nuestro libre albedrío, pues no sería justo castigar
con el infierno a alguien que no ha tenido la libertad de elegir el
pecado.
Así razonaron los mutazilíes, aquellos teólogos que, como hemos
visto, también defendían la idea de que el Corán había sido creado
y que muchos de sus pasajes debían interpretarse alegóricamente.
Pero hemos visto que finalmente los mutazilíes fueron suprimidos
y se impuso la doctrina de sus rivales los asharitas. Aunque en la
disputa entre estas dos escuelas teológicas, el tema central era la
eternidad del Corán, la cuestión de la predestinación también fue
importante.
Y así como los mutazilíes se valían de algún pasaje coránico para
afirmar nuestra libertad, los asharitas invocaban otros versos para
negarla, pues Dios ha decretado todo: “Dios guía a quien quiere,
y extravía a quien quiere” (14,4); “Creador de los cielos y la Tierra.
Cuando decreta algo, basta que diga ‘Sé’, y es” (2,117); “Di: No
nos acaecerá más que lo que Dios nos tenga prescrito. Él es nuestro
dueño” (9,51).
Entre los musulmanes aún no está claro si somos libres o no,
pero la balanza se inclina mucho más hacia la idea de que no lo somos. En siglos anteriores, los europeos acusaban con frecuencia al
islam de ser una religión marcadamente fatalista. Los musulmanes,
se decía, se creen presos de los designios divinos y asumen esa actitud fatalista que sostiene que, ante las adversidades, nada se puede
hacer, porque es sencillamente como Dios quiere que sucedan las
cosas. Cuando los musulmanes se refieren a eventos futuros, suelen
emplear la frase “si Dios quiere” (inshallah), y eso pone en evidencia
que no se sienten en control de sus vidas. Difícilmente un pueblo
puede progresar con semejante mentalidad.
Pero, a decir verdad, esta acusación es bastante injusta, pues la
oposición entre libre albedrío y predestinación no es exclusiva de
ningún modo del islam. Cualquier religión que postule la existencia
de un Dios omnisciente (como el judaísmo y el cristianismo) se
enfrenta a este problema. Si Dios en su omnisciencia tiene cono78
cimiento de los eventos futuros, entonces ya sabe lo que nosotros
haremos y nosotros no podemos hacer algo distinto de lo que él ya
conoce.
En el cristianismo, uno de los puntos centrales de la Reforma
protestante fue precisamente el del libre albedrío. Erasmo de Rotterdam empezó apoyando la labor reformista de Lutero, pero finalmente se enemistaron. El punto de la discordia estuvo precisamente en la cuestión del libre albedrío. Erasmo conservó su catolicismo y defendió el libre albedrío; Lutero rompió decididamente
con el catolicismo y negó nuestra libertad. A juicio de Lutero, Dios
es el amo y señor del universo y su soberanía es incompatible con
nuestra libertad.
Calvino, el otro gran reformador protestante, llevó esta doctrina
aún más lejos y en sus escritos hizo mucho énfasis en la predestinación divina de la condena o la salvación. No hay nada que nosotros podamos hacer para salvarnos. Dios está al mando de todo.
En unos célebres estudios sociológicos, Max Weber argumentó que
estas creencias calvinistas resultaron beneficiosas para el auge del
capitalismo en la sociedad moderna. Si eso se aplica a los calvinistas,
¿por qué no se ha de aplicar también a los musulmanes?
Incluso entre ateos y agnósticos, el tema del libre albedrío no
está decidido. En virtud de la universalidad de las leyes de la naturaleza y del hecho de que no tenemos alma (es decir, que somos seres completamente materiales), los ateos y agnósticos suelen admitir
que todos los eventos del mundo, incluidas nuestras acciones, obedecen a una determinación causal. De este modo, no podemos hacer algo distinto a lo que las causas previas han establecido que así
ocurra. En función de esto, algunos opinan que no tenemos libertad. Otros opinan que el determinismo causal es compatible con
la libertad, pues esta debe entenderse como la ausencia de coerción.
El filósofo Harry Frankfurt ha utilizado ejemplos muy ingeniosos
para argumentar que el mero hecho de que no podamos hacer algo
distinto a lo que está determinado a suceder no anula nuestra libertad.
Así pues, el islam es criticable por muchas cosas, pero la crítica
que enfatiza su fatalismo no es muy justa. Pues ni los judíos ni los
79
cristianos, ni siquiera los ateos y agnósticos, tienen resuelto el problema del libre albedrío. Con todo, a partir de esos versos coránicos
que subrayan la soberanía divina en todos los acontecimientos, el
islam desarrolló una idea bastante perjudicial, que está comúnmente
ausente en las otras religiones y sistemas de pensamiento: el ocasionalismo.
Los asharitas no se limitaban a negar nuestra libertad. Ellos también terminaron por negar la causalidad en el mundo. Si Dios está
en control de las cosas, razonaban, entonces las cosas suceden, no
porque sean causadas por eventos previos, sino porque Dios directamente hace que así sean. Según el conocimiento neurológico convencional, yo estoy escribiendo estas líneas porque mi cerebro envía
una señal que hace mover mis dedos sobre el teclado. No es así como lo habrían entendido los asharitas: según ellos, cada vez que yo
escribo una palabra en este libro, Dios interviene directamente para
propiciar que así ocurra. Esta doctrina, conocida como ocasionalismo, tuvo algún defensor en Occidente (como el filósofo Malebranche en el siglo XVIII), pero ha tenido muchísima más influencia
en el islam.
El principal defensor del ocasionalismo en el islam fue el asharita
Al-Ghazali, en el siglo XI. A mi juicio —y a juicio de muchos críticos del islam—, Al-Ghazali es uno de los principales responsables
del estancamiento civilizatorio que, a la larga, ha conducido al terrorismo y otros problemas del islam en el siglo XXI. Al-Ghazali no
destacó especialmente por promover la guerra santa (aunque no
era contrario a la idea), pero sí por una airada defensa del antiintelectualismo. El título de su obra principal, La incoherencia de los
filósofos, puede darnos ya una idea de su pensamiento. Al-Ghazali
habló peyorativamente del uso de la razón; para él, la fe ha de ser
nuestra principal guía. Y en su defensa del ocasionalismo terminó
por desestimular la curiosidad intelectual sobre la actividad científica: no tiene sentido investigar cómo operan las leyes causales
del universo si los acontecimientos no obedecen a causas, sino sólo
a la acción directa de Dios.
Hubo, por supuesto, una época dorada de la ciencia en la civilización islámica. ¿Cómo obviar a los grandes matemáticos, astró80
nomos y médicos musulmanes de Córdoba y Bagdad? Lamentablemente, todo aquel esplendor fue cediendo al antiintelectualismo,
que ya tiene bases en el Corán y que Al-Ghazali (aun siendo filósofo
y una persona bastante sofisticada) fue extendiendo. El resultado
es que en el mundo musulmán hoy queda muy poco del legado de
Avicena, Averroes y tantos otros pensadores. Tienen más influencia
los trogloditas saudíes que se empeñan en proclamar que la Tierra
es plana y los maestros que promueven abusivamente que los niños
en las madrasas hagan vaivenes con su cuerpo para memorizar un
libro que contiene disparates y contradicciones, desestimulando
en ellos el más elemental pensamiento crítico.
Una predicación apocalíptica
El islam, como toda religión monoteísta, está sujeto a las mismas
críticas de todo sistema de creencias que sostiene la existencia de
un Dios omnipotente, omnisciente y bueno. En tanto este es un
libro crítico con el islam en particular, no me detendré a considerar
cuáles son las críticas de esa creencia religiosa compartida por judíos,
cristianos y cualquier otra religión que afirme la existencia de Dios.
Baste con algunos detalles. A pesar de que ha habido algunos
intentos, en realidad nadie ha logrado demostrar la existencia de
Dios. La filosofía islámica hizo notables esfuerzos (lo mismo que
la cristiana) en este aspecto, pero sus argumentos no son del todo
convincentes. Al igual que con el Ratoncito Pérez o las hadas madrinas, si hemos de aceptar la existencia de un ente como Dios debe
ser con algún indicio empírico o racional que nos permita justificar
esa creencia. Pero, en todo caso, aun si decidiésemos afirmar la existencia de Dios sólo basándonos en la fe, queda todavía un enorme
problema: ¿por qué Dios, siendo omnipotente y bueno, permite
el mal en el mundo? Muchos filósofos musulmanes han tratado de
responder a esta objeción, pero, de nuevo, nunca de un modo completamente satisfactorio.
El islam comparte con el cristianismo y el judaísmo la doctrina
del Juicio Final. Aunque esta doctrina está presente en esas otras
81
dos religiones, el islam lo enfatiza muchísimo más, hasta el punto
de que tal vez sea el tema principal del Corán (aunque hay que admitir que en un libro tan desordenado es difícil precisar algún tema
principal).
Hemos visto que el principal motivo por el cual los Coraix se
volvieron contra Mahoma fueron sus recitaciones y prédicas amenazantes sobre la inminente llegada del Juicio Final. El Corán sostiene que nadie sabe cuándo llegará ese día, pero que será muy
pronto: “Se acerca el momento de rendir cuenta los hombres, pero
estos en descuido, están alejados” (21,1). Mahoma no fue el primer
predicador apocalíptico, ni tampoco será el último. Todos ellos se
han equivocado en sus anuncios de inminencia pues acá estamos,
esperando que ocurra lo que no termina de ocurrir.
A pesar de que, al menos en el caso musulmán, llevamos ya más
de 14 siglos en espera del momento que supuestamente se acerca,
los musulmanes siguen pretendiendo que estemos a la expectativa
pues, como señala el Corán, el fin puede llegar en cualquier momento: “A Dios pertenece lo desconocido de los cielos y de la tierra. La
orden de la hora del juicio final será como un guiño o más breve”
(16,77); “quienes traten de mentira el encuentro de Dios saldrán con
pérdida en cuanto les venga de imprevisto la hora del juicio” (6,31).
Cuando el momento llegue de repente, habrá anuncios: “El día
en que se sople el cuerno vendrán a bandadas; se abrirá el cielo y
será todo puertas; en ese día los montes se pondrán en marcha y
será espejismo” (78,18-20); “cuando el sol se oscurezca, cuando los
astros se empeñen, cuando los montes se pongan en marcha, cuando las camellas de diez meses sean abandonadas, cuando las fieras
sean reunidas, cuando los mares entren en ebullición” (81,1-6). Al
igual que en el cristianismo, en el islam hay diversos movimientos
que tienen gran expectativa respecto a estos acontecimientos y buscan diariamente en los noticiarios fenómenos que coincidan con
esos anuncios.
En el Corán no se hace mención de la aparición de personajes
que, con todo, tienen mucha relevancia en la imaginación islámica
respecto al final de los tiempos. La creencia musulmana convencional es que aparecerá el Dajjal, una suerte de Anticristo que traerá
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consigo grandes catástrofes, personaje que se menciona en el hadiz.
Este Anticristo será de piel rojiza, tuerto, con cabello rizado y piernas arqueadas. En fin, será una caricatura de un minusválido imaginada por los árabes del siglo VII.
Luego vendrá Cristo y se enfrentará al Anticristo. Esto no se
dice ni en el Corán ni en el hadiz, pero es una creencia musulmana
convencional. Y junto a Cristo vendrá una misteriosa figura, el
Mahdi. Este personaje, que no aparece en el Corán pero sí en el
hadiz, será descendiente de Mahoma y, a diferencia del Anticristo,
será alto, esbelto y de color de piel similar a la de los árabes.
La expectativa en torno al Mahdi tuvo grandes componentes
políticos en el islam. En las guerras intestinas tras la muerte de Mahoma, el partido de Alí (que dio origen a la rama que hoy constituyen los chiitas), tras sufrir varias derrotas militares empezó a proclamar que en un futuro no lejano vendría el Mahdi. Una de las
extrañas creencias de la mayor rama de los chiitas es que el último
de sus líderes desapareció misteriosamente y hasta el día de hoy sigue oculto. Ese imán oculto es en la doctrina chiita el Mahdi.
En vista de que los chiitas dieron mucha preponderancia a la
venida del Mahdi y trataron de vincularlo con su imán oculto, los
sunitas (la rama mayoritaria del islam) han tratado de restarle importancia. Pero aun entre los sunitas hay bastantes expectativas respecto a su llegada (aunque no lo identifican con el imán oculto).
En la historia de la rama sunita del islam no han faltado personajes
mentalmente desequilibrados que se han llegado a proclamar el
Mahdi y han lanzado rebeliones violentas con la expectativa de que
se anticipe el final de los tiempos y llegue el Juicio Final. La lista
de estos personajes es larga, pero podemos destacar a Muhammad
Ahmad, quien organizó una violenta revuelta contra los imperialistas británicos en Sudán en el siglo XIX, que al final fue suprimida.
En fechas más recientes, en 1979 unos fanáticos tomaron el control de la principal mezquita de La Meca y proclamaron como
Mahdi a uno de los suyos, Muhammad Bin Abdalá al-Qahtani. Al
igual que la revuelta del Mahdi sudanés del siglo anterior, el movimiento fracasó. En esta ocasión, las autoridades saudíes intervinieron para suprimir violentamente la revuelta.
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En el mundo chiita, la expectativa en torno al Mahdi y sus implicaciones políticas es aún mayor. El gobierno de Irán (el único
país abrumadoramente chiita) tiene una secretaría gubernamental
cuyo objetivo es la preparación para la llegada del Mahdi. Incluso
está estipulado jurídicamente que el líder supremo de la revolución
iraní gobierne como sustituto del imán oculto hasta que este regrese.
Esta expectativa siempre ha estado presente en el gobierno revolucionario que llegó al poder en 1979, pero Mahmoud Ahmadinejad
fue quien la proclamó con mayor ímpetu.
Irán tiene un doble enfrentamiento: contra los infieles de Occidente y EE UU y contra Arabia Saudí como líder de la rama sunita. Estos enfrentamientos obedecen a causas geopolíticas de diversa índole, pero en Irán hay una fuerte tendencia a presentarlos
en términos apocalípticos, como anticipación de la llegada del Mahdi y la posterior sucesión de acontecimientos escatológicos. Contrariamente a lo que algunos neoconservadores occidentales piensan,
me parece muy positivo que EE UU y las potencias occidentales
se acerquen a Irán y negocien un acuerdo que le permita desarrollar
energía nuclear. Pero no se debería perder de vista la fantasía apocalíptica de los líderes revolucionarios, pues siempre es posible que
algún desequilibrado fanatizado se cuele en el gobierno iraní y quiera acelerar la llegada del Mahdi lanzando una bomba nuclear.
Finalmente, después de todos estos acontecimientos, el islam
sostiene que tendrá lugar la resurrección de los muertos. Los musulmanes, lo mismo que los cristianos y judíos, rara vez se hacen
las preguntas conceptuales (que he formulado en La inmortalidad
¡vaya timo!) que hacen tan problemática esta doctrina: ¿cómo puede
mantenerse la identidad entre la persona que muere y la persona
que resucita?, ¿las personas resucitarán con sus defectos físicos?,
¿cómo pueden reconstituirse íntegramente cuerpos que comparten
átomos entre sí? En fin, en la historia de la filosofía islámica, algún
pensador ha podido enfrentarse a estas cuestiones, pero no pidamos
peras al olmo: en el Corán no se cuestiona ni se razona: sencillamente, se recita y se obedece.
Quienes se hayan portado bien, irán al cielo. La Biblia es muy
parca en detalles sobre ese lugar. Los pintores renacentistas lo
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imaginaron como el coro de una iglesia, en el cual continuamente
se cantan alabanzas a Dios. No hay mucho entretenimiento. Los
musulmanes, basándose en el Corán, son mucho más dados a la
diversión celestial. El vino está prohibido en la Tierra, pero quien
vaya al cielo puede desquitarse por toda la eternidad de haber
sido abstemio en vida: “Imagen de paraíso que se ha prometido
a los piadosos: en él habrá ríos de agua incorrupta, ríos de leche
cuyo sabor no se alterará, ríos de vino que serán delicia de los bebedores” (47,15).
El cielo musulmán descrito en el Corán es prácticamente un resort turístico apropiado para los habitantes del desierto, cansados
de las sequías y aficionados a los gustos árabes: “Dios ha prometido
a los creyentes y a las creyentes unos jardines por los que corren
ríos. En ellos vivirán eternamente: tendrán hermosas moradas en
el jardín del Edén y una mayor satisfacción de Dios. Eso es el éxito
enorme” (9,72); “estarán en un paraíso elevado, en el que no oirán
ningún vocerío, en él habrá una fuente de agua corriente, estrados
elevados y cráteras siempre preparadas, cojines alineados y tapices
extendidos” (88,10-16).
Desde posiciones cristianas se ha criticado siempre esta imaginería celestial como demasiado mundana. Yo en cambio la celebro.
El cristianismo ha tenido tradicionalmente cierto masoquismo y
odio al placer (como denunció oportunamente Nietzsche), que el
islam ha evitado algo más. ¿Dónde está lo malo en disfrutar de jardines, fuentes, hermosos cojines y tapices y, sobre todo, vino?
No obstante, el problema radica en que el islam hace promesas
ilusorias. Y mientras las hace exige a sus feligreses llevar unas vidas
bastante miserables (aunque, por supuesto, los poderosos jeques
saudíes siempre harán caso omiso de esas exigencias y se asegurarán
hipócritamente de gozar todos esos placeres no en el cielo, sino en
la Tierra). El islam promete vino para la eternidad, pero castiga a
los fieles prohibiéndoles beber vino en este mundo. Es un viejo cliché de Marx, pero no por ello deja de ser cierto: la religión es el
opio del pueblo. El islam, al cultivar fantasías, propicia que los feligreses aguanten con vanas esperanzas toda suerte de explotación
por parte de los poderosos.
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Uno de los grandes placeres que el Corán promete en la eternidad son las huríes. Según parece, se trata de vírgenes que esperan
a los buenos musulmanes en el paraíso: “Tendrán vírgenes de mirada recatada, con ojos como huevos de avestruz medio ocultos”
(37,48-49); “en ambos habrá mujeres de mirada recatada: antes
de ellos no las habrá tocado hombre ni genio” (55,56); “[tendrán]
mujeres de ojos rasgados, parecidos a la perla medio oculta”
(56,22-23).
En los evangelios a Jesús le preguntan con quién estará casada
una viuda de siete esposos tras la resurrección y él responde que no
habrá esposos ni esposas, sino que serán como ángeles en los cielos
(Marcos, 12,19-27). Parece que en la versión cristiana no hay sexo
celestial. Pero el islam no tiene esos complejos con los placeres mundanos, lo cual, como he dicho, me parece positivo. Pero nuevamente aparecen los problemas, pues nos hallamos ante una celebración del placer masculino. El Corán es un libro de fantasías para
hombres. La mujer, a la cocina, su satisfacción no cuenta.
El Corán no estipula cuántas mujeres están esperando. Pero algunos comentarios exegéticos y tradiciones posteriores estipulan
72 por cada hombre (lo cual generaría un tremendo desequilibrio
demográfico en el cielo). ¿Creará Dios nuevas mujeres para dotar
el premio a cada hombre que vaya llegando?
Christoph Luxenberg (el estudioso que, como hemos visto, sostiene que el Corán pudo haber sido originalmente un texto cristiano
de lengua siríaca-aramea dirigido a la evangelización de los árabes),
ha propuesto la tesis de que en realidad esas vírgenes no son tales
pues la palabra hurí en arameo significa “uva blanca”. Sólo la tradición posterior desvirtuó el sentido original del Corán.
Los especialistas no dan crédito a esta interpretación por complejas razones filológicas. Además de ellas, sobre las cuales no ahondaré, hay motivos más sencillos por los cuales debemos pensar que
estos versos sí hacen referencia a vírgenes. Como hemos visto en
el capítulo anterior, a medida que fue creciendo en poder Mahoma
se fue rodeando de mujeres y su apetito sexual creció. Si Mahoma
es el autor del Corán, ¿no cabría esperar que la promesa de las vírgenes fuese muy acorde con su personalidad?
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En el cristianismo ha habido más imaginación respecto al infierno que al cielo. Lo mismo sucede en el islam. Las descripciones
coránicas del infierno son aterradoras. “Realmente, a quienes no
creen en nuestros versos, les quemaremos en un fuego, y cada vez
que su piel se queme, le cambiaremos la piel por otra nueva, para
que paladeen el castigo” (4,56). Sadismo puro. Son recitaciones
propias de un resentido que tiene fantasías de vengarse de sus enemigos, si no en esta vida, al menos en la próxima.
Otras son igualmente espantosas, siempre alusivas al fuego: “El
fuego quemará su rostro, y en él permanecerán sombríos” (23,104);
“¡quia! Los infieles desmienten la hora. Para quienes desmienten
la hora, prepararemos un hogar. Cuando este desde un lugar lejano
lo vea, oirán su enfurecimiento y chisporroteo. Cuando se les eche
entrelazados en un lugar angosto, dentro de él, allí mismo, pedirán
la aniquilación” (25,11-13); “los culpables verán el fuego y creerán
que van a caer en él, pero no encontrarán escape” (18,53). La lista
de versos que describen los castigos infernales es muy extensa.
Al igual que en el cristianismo, algunos exegetas musulmanes
modernos insisten en que todo eso es una metáfora, que si bien el
infierno existe como lugar para el castigo de los pecadores, estas
imágenes en verdad describen la desesperación psicológica a la que
conduce el pecado. El problema es que la abrumadora mayoría de
musulmanes cree que el Corán es la palabra literal de Dios, y esas
descripciones infernales no son meramente metáforas para describir
la angustia y la desesperación psicológica (algo así habría hecho Jean-Paul Sartre en sus alusiones infernales), sino que se refieren a
un lugar real con fuego y otras torturas.
La doctrina del infierno, por lo demás, tiene muchos problemas
que ni la teología cristiana ni la musulmana han resuelto adecuadamente. Desde luego, en muchas situaciones los castigos son necesarios y tienen justificación moral. Pero, si no se ofrece una segunda oportunidad, ¿qué sentido tienen? Las descripciones coránicas del infierno son, además, brutalmente desproporcionadas respecto a las faltas que pretenden castigar.
La objeción fundamental a la doctrina del infierno es: ¿cómo
puede castigarse una falta temporal con un castigo eterno? Algunos
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musulmanes han expresado la opinión de que el castigo infernal
no será eterno basándose en el propio Corán: “El infierno estará
cruzado por caminos reales, será el refugio de los rebeldes, en él
permanecerán siglos” (78,21-23). Si bien el castigo por siglos es
desproporcionado, al menos se reconoce que no será eterno y se resuelve el problema (según esta doctrina, el infierno es en realidad
algo así como el purgatorio para los católicos dada su naturaleza
temporal). Pero la mayoría de los musulmanes piensa que el castigo
será eterno, también basándose en el Corán: “A quienes no creen y
son injustos, Dios no les perdona ni les conduce por buen camino,
sino que los conduce por el camino del infierno: eternamente vivirán
en él” (4,168-169). Como hemos visto, el Corán no es un libro que
se destaque por su coherencia y ausencia de contradicciones.
Según el islam, Dios mismo es quien administra los castigos infernales. Un Dios sádico, como muchas veces es el Dios del islam,
no delegaría en un ayudante el deleite de torturar a los malvados.
En el Corán el diablo es apenas un pelele que incita al pecado suspirando en hombres (114,4-6), tal como hizo con Adán (7,20-22).
Satanás era originalmente un ángel que se rebeló contra Dios; contrariamente a lo que muchas veces se cree, esta historia no está explícitamente contada en la Biblia (salvo en una ambigua referencia
en 2 Pedro, 2,4), pero sí en el apócrifo libro de Enoc. Quizá Mahoma escuchó estas historias de cristianos o judíos y las incorporó
a sus recitaciones.
En la versión coránica, Satanás se rebela contra Dios porque se
le exige postrarse ante Adán, pero se niega a hacerlo: “Entonces dijimos a los ángeles: ‘Postraos ante Adán’, y se postraron, excepto
Iblis [Satanás], que rehusó, se enorgulleció, y fue uno de los rebeldes” (2,34). Esta historia no tiene paralelismos en la Biblia, pero sí
se encuentra en otro texto apócrifo judío, La vida de Adán y Eva.
Así se hace más fácil comprender por qué las tribus judías de Medina no veían a Mahoma como un auténtico profeta pues, además
de confundir los detalles de las historias de los libros canónicos de
la Biblia, recitaba versos basándose en libros apócrifos.
En el islam la figura del diablo no ha tenido la preponderancia
que tiene en el cristianismo. Parte del peregrinaje a La Meca consiste
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simbólicamente en arrojarle piedras. Pero nunca hubo en el islam
la grotesca persecución de brujas que hubo en la Europa del siglo
XVII, bajo la delirante idea de que las brujas conseguían maleficios
haciendo pactos con el diablo. Es cierto que, mientras actualmente
ningún país occidental castiga a nadie por brujería, en Arabia Saudí,
Pakistán y otros países con una versión muy estricta del islam se
tipifica la brujería como delito (la creencia en el “mal de ojo” tiene
bastante respaldo en el hadiz) y se ejecuta a los acusados. No obstante, aunque en el islam hay varias supersticiones (algún hadiz recomienda beber orina de camello, usar alas de mosca como remedio, etcétera), la obsesión con el diablo no ha sido habitual.
Con todo, a medida que ha habido un avivamiento del integrismo musulmán en las últimas décadas, la figura de Satanás ha cobrado prominencia y, como cabría esperar, también se ha hecho
un uso político de ella. En la confrontación entre civilizaciones, los
integristas hacen lo que solían hacer los fanáticos cristianos de épocas pasadas (y algunos lo siguen haciendo hoy): satanizar al enemigo. Así, desde la revolución islámica de Irán en 1979, en un creciente sector del mundo musulmán se ha llamado Gran Satán a
EE UU y Occidente en general. Ojalá este evite caer en ese juego.
Si hay que criticar algo en el islam, hagámoslo, pero no identifiquemos a toda una civilización con una figura mitológica que representa el mal absoluto.
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3
Una ley muy injusta
Dicen los críticos del cristianismo que en los monasterios medievales la mayor parte del tiempo se consumía discutiendo cuántos
ángeles pueden bailar sobre la punta de un alfiler. Esto es, sin duda,
una exageración. Pero es cierto que el cristianismo ha dedicado
mucha atención a discusiones teológicas estériles, algunas de las
cuales reseño en mi libro La teología ¡vaya timo! Muchos ríos de
tinta y sangre corrieron para tratar de establecer cuántas naturalezas
tenía Cristo, si María era inmaculada o no o si el Espíritu Santo
procedía sólo del Padre.
En el islam la teología no es tan importante. Aparte de la discusión sobre la eternidad del Corán, no ha habido grandes disputas
teológicas entre los musulmanes (hay, por supuesto, algunos debates
teológicos, sobre todo entre sunitas y chiitas, pero no son de gran
envergadura). En cambio, el papel que la teología tiene en el cristianismo, la ley lo tiene en el islam.
Los musulmanes no aceptan que el islam es sencillamente una
religión. El islam, según dicen, es un modo de vida. Y eso implica
que no es meramente un sistema de creencias sobre Dios y el Juicio
Final: es también una regulación de muchísimos aspectos de la vida
diaria. Eso implica que para los musulmanes la forma de organizar
las leyes y la vida política ha de concordar con el islam.
En principio, el laicismo es incompatible con el islam. El laicismo pretende garantizar la libertad de culto, pero, al mismo tiempo,
busca impedir que el Estado se valga de su fuerza para imponer
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esta o aquella religión en la esfera pública. Al cristianismo le costó
aceptar esto, pero finalmente, gracias a la modernidad, el laicismo
ha terminado por imponerse en Occidente. Muchos grupos cristianos lo aceptan aún hoy a regañadientes, pero es un hecho que
en la mayoría de los países occidentales los Estados son aconfesionales y están desvinculados de la religión.
Desde un inicio, en la civilización cristiana hubo circunstancias
históricas que así lo propiciaron. El cristianismo no gozó de poder
político hasta la conversión de Constantino. Aunque los primeros
Padres de la Iglesia desarrollaron un cuerpo de doctrina moral,
comprendieron que no estaban en posición de exigir al Estado que
diera respaldo jurídico a sus doctrinas.
Y aunque cuando el cristianismo se fortaleció políticamente, se
formó una sociedad teocrática, siempre hubo en el seno de la civilización cristiana una disputa entre el poder espiritual del papa y
el poder terrenal de los reyes. Incluso en el imperio bizantino, con
su modelo cesaropapista, el jefe político y el religioso no eran la
misma persona. Cuando el ideal secularizador de la modernidad
llegó en el siglo XVIII, gracias a la Ilustración y las revoluciones americana y francesa, Occidente estaba ya preparado para abandonar
los modelos teocráticos, y por fortuna hoy no queda ya ningún país
cristiano que lo sea verdaderamente.
En el islam, en cambio, las circunstancias fueron distintas. Como
hemos visto, Mahoma logró convertirse en estadista y legislador.
Desde sus comienzos, los territorios convertidos al islam pasaron
a ser gobernados bajo modelos teocráticos. Nunca el islam quedó
relegado a la esfera privada. En el mundo musulmán, el Estado se
ha guiado siempre por los principios jurídicos del islam. Y en virtud
de la importancia que esto tiene, la discusión sobre las leyes ocupa
un lugar central que no existe en el cristianismo. Los católicos tienen el derecho canónico, pero este derecho es muy limitado, ya
que no tiene aplicabilidad en las autoridades civiles. En el islam
no hay autoridades civiles separadas de las religiosas.
Hasta el siglo XX el laicismo era ajeno al mundo musulmán. Gracias a la intrusión colonialista de Occidente (hay que reconocer
que no todo lo que llevó el colonialismo europeo fue malo), cuando
92
se formaron nuevos Estados, algunos asumieron un nacionalismo
laico y trataron de limitar la influencia política del islam.
Pero nunca ha habido un verdadero laicismo en los países musulmanes. Aún los Estados más aparentemente laicos proclamaban
leyes seculares que, con todo, alegaban tomar inspiración del islam.
En casi todos los casos se seguía declarando que el islam era la religión de Estado. Incluso Turquía, el país que más avanzó hacia el
laicismo gracias al gran reformador Mustafá Kemal, se quedó muy
corto en comparación con los modelos avanzados de laicismo existentes en Europa y América. Hoy los países musulmanes siguen
siendo los que más integran sus leyes y su organización política con
principios religiosos. Y aunque ha habido algunos países que han
dado algunos pasos significativos hacia el laicismo (como Turquía,
Líbano, Indonesia, etc.), ha habido otros que, tras experimentar
algunas décadas con el laicismo, han regresado al modelo teocrático
(como Irán, Somalia o Sudán) y otros que desde su independencia
nunca han asumido el laicismo (Arabia Saudí y los otros países de
la península arábiga).
Muy por encima de cualquier otra cosa, esta es la principal dificultad del islam y la crítica más grande que podemos hacer a esta
religión. Las creencias del cristianismo, el judaísmo, el hinduismo
o el budismo son más o menos igual de absurdas que las del islam.
Pero, al menos en nuestra época, ninguna de esas religiones pretende que se utilice la fuerza del Estado para proteger y mucho menos para imponer sus doctrinas religiosas. Los cristianos podrán
fastidiarnos con sus sermones, pero afortunadamente los Estados
de la mayoría de los países cristianos no están dispuestos a obligar
a la gente a cumplir lo que el cura predica desde el púlpito.
En cambio, en pleno siglo XXI esto sí ocurre en el islam. El derecho de los países musulmanes es de base religiosa. Podemos intentar convencer a un musulmán de que Mahoma basó su predicación en alucinaciones o autoengaños, de que el Corán contiene
errores y doctrinas absurdas, de que Dios no existe, etc., pero es
más conveniente empezar por algo muchísimo más elemental: hemos de tratar de convencer a ese musulmán de que, si él quiere
creer en esta o aquella doctrina, y practicar este o aquel ritual, lo ha93
ga; pero que no pretenda que las leyes y el Estado de un país se regulen de forma que las creencias y prácticas de su religión sean favorecidas por la fuerza coercitiva de las autoridades. Lo que más
urge hacer ver a un musulmán es que, para que todos podamos vivir
en paz y nos respetemos mutuamente, el Estado necesita ser laico.
Reza todo lo que quieras, pero mantén la religión en tu casa o en
tu mezquita: no la traigas al parlamento ni a la escuela pública.
Sharia, ijma, qiya...
Al derecho islámico se le llama sharia, que significa literalmente
“camino”, “sendero” hacia Dios. El islam sostiene que, para llegar
a Dios, no basta con rezar y creer: también hay que cumplir los extensos preceptos jurídicos que se establecen. En las discusiones
sobre el derecho islámico, hay que mantener siempre presente un
hecho que permea cualquier consideración sobre el mundo musulmán: en el islam no hay un papa o una autoridad centralizada
que dicte para todos los musulmanes qué es doctrina y qué no lo
es. Aunque los fieles pueden estar de acuerdo en muchas cosas, hay
también diversas escuelas que difieren en algunos puntos, sobre todo cuando se trata de asuntos jurídicos. Los musulmanes llaman
ijtihad a este proceso de deliberación sobre la configuración de la
ley islámica.
Así pues, en la rama sunita del islam hay cuatro grandes escuelas
jurídicas: la malikita, la hanbalita, la hanafita y la shafita. Los chiitas
desarrollaron su propia escuela. Cada una de ellas tiene una distribución geográfica en el control de la jurisprudencia en el mundo
musulmán. Las diferencias entre estas cuatro escuelas jurídicas no
son muy grandes, pero han dado pie a muchos debates entre ellas.
El principal punto de desacuerdo está en las fuentes de la ley, la determinación de la relevancia de cada fuente y cuál tiene más preponderancia.
En tanto se considera la palabra literal y eterna de Dios, el Corán
es la fuente principal del derecho islámico. Todo lo que se prescribe
explícitamente en el Corán (a no ser que, como hemos visto, sea
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abrogado por otro verso en la interpretación) forma parte del derecho islámico. Ninguna otra fuente de ley islámica puede estar
por encima del Corán. Por supuesto, el Corán no es propiamente
un texto jurídico, y en ese sentido los juristas (ulemas) han comprendido que solamente con el Corán no se puede legislar todo,
pues hay muchos aspectos de la vida cotidiana que el Corán no
contempla.
Como complemento, la mayoría de los juristas ha postulado como fuente las tradiciones del Profeta (sunna) contenidas en el hadiz,
los dichos de Mahoma. El problema es que, como hemos visto, los
propios musulmanes reconocen que el hadiz es muy variado respecto a su fiabilidad. Y ahí empiezan las disputas entre las escuelas
jurídicas, pues algunas están dispuestas a aceptar algunos dictámenes
basándose en los hadiz, pero otras no.
Además del Corán y la sunna, también se acude al consenso entre los juristas (ijma). Un hadiz sostiene que Mahoma decía que
sus seguidores nunca estarían de acuerdo en el error, y a partir de
ello se ha asumido que si los ulemas están de acuerdo en algún criterio jurídico, debe ser verdadero. Pero ni siquiera en esto hay acuerdo, pues hay disputas sobre quiénes son los que deben formar el
consenso. La escuela malikita dice que se trataba del consenso en
Medina, los hanbalitas dicen que se trata del consenso entre los colaboradores más cercanos de Mahoma, y la escuela shafita dice que
es el consenso de toda la comunidad.
Por último, el derecho islámico reposa sobre el razonamiento
por analogía (qiya), aunque los chiitas y hanbalitas no están de
acuerdo. El razonamiento por analogía ha sido muy fructífero en
el islam y ha resuelto algunas aparentes lagunas. Por ejemplo, el
Corán prohíbe el vino, pero no dice nada más sobre otras bebidas.
Cuando los musulmanes estuvieron en contacto con otras bebidas
alcohólicas, algunos quisieron excusarse diciendo que el Corán sólo
prohíbe el vino. Pero los ulemas interpretaron que la intención del
Corán no era prohibir el vino exclusivamente, sino cualquier bebida
alcohólica, y dictaron, por razonamiento analógico, que la prohibición del vino se extiende a la cerveza, el ron, etc.
Es apreciable el esfuerzo legislativo del islam. Los musulmanes,
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inmersos en un brutal contexto tribal en la Arabia del siglo VII, lograron civilizarse en los sucesivos siglos y desarrollaron un cuerpo
doctrinal muy sofisticado, con procedimientos racionales bastante
valiosos, como el de las analogías (de hecho, en los sistemas jurídicos
occidentales la analogía es también fuente de ley).
Pero aunque todo esto fue un paso muy importante, hoy los
musulmanes están estancados en su marcha civilizatoria. Podemos
debatir si las leyes han de estar basadas en el derecho natural (como
lo postula el iusnaturalismo), o en convenciones que emergen del
contrato social (como lo sostiene el iuspositivismo), pero intentar
basar el ordenamiento jurídico de una sociedad en un texto enormemente incoherente recitado por un líder religioso de la Arabia
del siglo VII, es una desfachatez. Los buenos legisladores deben basarse en principios racionales, no sencillamente en la obediencia
dogmática a un antiguo texto religioso.
En la concepción islámica, tanto la ley como la soberanía vienen
de Dios; según ella, no es lícito seguir una ley hecha por hombres.
Esto es básicamente una variante de la vieja doctrina del derecho
divino, que tanto costó erradicar en Occidente. Según ella, el gobernante adquiere su autoridad no de la soberanía que le concede
el pueblo, sino directamente de Dios. Fue necesaria una gran revolución, como la francesa (inspirada en proponentes del contrato
social como Rousseau), para poner fin a esta forma de pensar. En
el islam, esta doctrina es básica y sigue intacta. No hay contrato
social en el islam. Se pueden seguir modelos republicanos, redactar
constituciones (como la que Mahoma formuló en Medina) y someter a votación algunas cosas (como muy imperfectamente se
hace en Irán), pero en lo fundamental se sigue pensando que no
es la soberanía popular la que quita y pone gobernantes por medio
de acuerdos, sino el propio Dios.
La democracia, como en algún momento la definió Lincoln, es
el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Esto es ajeno
al islam. El gobierno es de Dios. Rebelarse en contra del régimen
es rebelarse contra Dios. Difícilmente puede modernizarse una civilización si se mantiene esta doctrina.
96
Rushdie y otros apóstatas
En tanto la ley y el Estado deben formarse según los principios islámicos, la sharia estipula que la religión oficial del Estado debe ser
el islam. Esto tiene varias implicaciones. La primera es que no hay
plena libertad religiosa. En la ley islámica no está permitido criticar
a Mahoma ni negar la doctrina del Juicio Final y mucho menos
negar la existencia de Dios. Donde más persecuciones sufren los
ateos y agnósticos es en los países musulmanes.
A los musulmanes que reniegan de su religión, bien sea en favor
del ateísmo, bien porque se convierten a otra religión, bien sea incluso porque abrace una doctrina herética considerada no musulmana por los demás, se les reserva un severo castigo. No hay nada
en el Corán que penalice la apostasía (el abandono del islam) con
la muerte (aunque sí con un terrible castigo infernal, véase 2,109
y 9,74). Pero sí hay algún hadiz en el cual Mahoma prescribe la pena capital al musulmán que deja de serlo. Esto ha hecho que, en
el dictamen tradicional de los ulemas, el castigo de la apostasía sea
la muerte. Es la ley existente actualmente en países como Arabia
Saudí, Irán, Pakistán, Afganistán (¡aun después de que los norteamericanos y sus aliados derrocaran a los talibanes y favorecieran un
gobierno supuestamente moderado!) y Qatar, entre otros. Para las
mujeres suele estipularse que se les perdone la vida, pero con un castigo severo.
Por ejemplo, cuando Salman Rushdie publicó su novela Los versos satánicos, el ayatolá Jomeini emitió un decreto condenandole a
muerte. Su razonamiento era que había nacido como musulmán
y al publicar su novela blasfematoria había dejado de serlo. Por tanto, merecía la muerte.
Rushdie era claramente un apóstata, pero en la historia del islam
ha habido gente que no ha sido apóstata, sino que sencillamente
ha defendido otras interpretaciones. Con todo, se ha entendido
que esas interpretaciones alternativas son una forma de abandonar
el islam y que por ello merecen morir. Por ejemplo, el fundador
del sufismo (un movimiento místico en el islam), Al-Hallaj, en el
siglo IX, decía alcanzar la identidad con Dios en sus ejercicios mís97
ticos, pero nunca renegó de su religión. A pesar de ello, fue ejecutado.
Estas ejecuciones requieren un procedimiento judicial y en esto
el derecho islámico tiene el mérito de ser más o menos riguroso.
El derecho islámico no autoriza linchamientos. Pero una ley puede
ser razonable en lo accesorio (el procedimiento), pero brutal en lo
sustancial (el contenido de la ley en sí). El castigo de la apostasía
con la muerte es sencillamente una barbaridad.
Hay reformadores musulmanes, como Tariq Ramadan, que sostienen que, como ese castigo no está estipulado en el Corán, puede
prescindirse de él, pues aunque hay un hadiz que postula la muerte
para los apóstatas, Ramadan recomienda contextualizarlo. Cuando
Mahoma pronunció esas palabras, según Ramadan, se encontraba
en un conflicto militar y había la sospecha de que los que dejaran
de ser musulmanes revelarían secretos militares a los enemigos de
Mahoma. Como ya no estamos en ese contexto, sostiene Ramadan,
no es necesario seguir ese hadiz. Recordemos que el Corán es la palabra eterna e increada de Dios (por tanto, no sujeta a contextos),
pero el hadiz sí se puede contextualizar.
Está muy bien la intención reformadora de Ramadan y su esfuerzo por mantener que el castigo capital de apostasía no está necesariamente sustentado en las fuentes de la ley islámica. Lamentablemente, su postura no es mayoritaria en el islam. La prestigiosa
encuestadora norteamericana Pew, por ejemplo, en reiteradas ocasiones ha documentado que un alto porcentaje de la población musulmana en el mundo (entre un 30% y un 50%), está a favor de
castigar la apostasía con la muerte. En todo caso, lo más deseable
sería que alguien como Tariq Ramadan entendiese que la decisión
de no ejecutar a un apóstata no debe basarse en lo que diga o deje
de decir un texto religioso arcaico, sino sencillamente en lo que
dicta la razón. Y la razón dicta que cambiar de religión no perjudica
a nadie y que, por ende, nadie debe ser castigado.
En el derecho musulmán se toleran algunas minorías religiosas,
pero no todas. No está aceptada la religión politeísta y la idolatría
se castiga con la muerte, tal como lo estipula el Corán: “Cuando
terminen los meses sagrados, matad a los idólatras donde los en98
contréis. ¡Colgadlos! ¡Sitiadlos! ¡Preparadles toda clase de emboscadas!” (9,5).
Sólo cristianos y judíos gozan de esa tolerancia, y es una tolerancia muy limitada, pues la actividad cultual de esos grupos debe
ser relativamente disimulada, de forma tal que nunca eclipse en la
esfera pública la prominencia del islam.
Respecto a judíos y cristianos dice el Corán: “Combatid a quienes no creen en Dios ni en el último día, ni prohíben lo que Dios
y su enviado prohíben, a quienes no practican la religión de la verdad entre aquellos a quienes fue dado el libro. Combatidlos hasta
que paguen la capacitación por su propia mano y ellos estén humillados” (9,29).
Esa capacitación que deben pagar “aquellos a quienes fue dado
el libro” (es decir, quienes recibieron las revelaciones previas, a saber,
judíos y cristianos), es un impuesto adicional, la jizya. El derecho
islámico contempla un pacto con judíos y cristianos: se les tolera
su religión, pero deben asumir una posición de ciudadanía inferior
(dimmi). Esto, no hace falta decirlo, no es ningún pacto: es una
llana imposición.
En épocas pasadas esta inferioridad implicaba la prohibición de
ir montado a caballo, así como la construcción de templos que fueran más altos que las mezquitas. También se les exigía a los dimmis
llevar una vestimenta distintiva, de forma tal que fuesen fácilmente
reconocidos. Pero lo más pesado de esta condición era el impuesto.
Esto mantuvo en una muy precaria condición económica a los judíos y cristianos en el mundo musulmán, y hasta el día de hoy
mantienen posiciones sociales relativamente bajas.
Con todo, en comparación con su suerte en Europa, los judíos
del mundo musulmán recibieron buen trato. En Europa eran recluidos en guetos y sometidos a pogromos habituales o, sencillamente, se les expulsaba, como ocurrió en España en 1492 (y quienes se convertían al cristianismo eran mantenidos bajo sospecha
como cristianos nuevos).
Nada de esto ocurrió en el islam. En parte debido a que el impuesto adicional se hizo muy rentable para las autoridades musulmanas, no hubo en aquel mucha insistencia en tratar de convertir
99
a los judíos y cristianos y, en términos generales, se les dejó vivir
en paz. Pero tampoco debemos exagerar. Por ejemplo, frecuentemente se ofrece una imagen idílica de Al-Andalus, de la convivencia
de las tres religiones en Toledo y otras ciudades. Sí, hubo convivencia, pero más o menos la misma que la hubo entre blancos y
negros en Sudáfrica: un grupo claramente dominante y otros dos
grupos claramente dominados. La situación de los judíos en AlAndalus y en el islam en general fue comparativamente mejor, pero
eso no implica que fuera la más deseable.
En un principio, cuando el islam se expandió por Persia y la India, se consideró a los zoroastrianos e hindúes como idólatras. Pero
finalmente estos grupos religiosos fueron incluidos también en el
“pacto” y se les aplicó las mismas condiciones que a judíos y cristianos. Algunas otras minorías, como los yezidíes, gozaron asimismo
de tolerancia, pero mucho más frágil.
En la actualidad, en los países más radicales, como Arabia Saudí,
ni siquiera hay pacto. Simplemente está prohibida toda religión
que no sea el islam. Mucho menos contempla libertades religiosas
el Estado Islámico de Irak y el Levante. Bien conocemos las imágenes de cristianos y yezidíes crucificados.
En la mayoría de los otros países musulmanes se garantiza la tolerancia religiosa a esas minorías protegidas. Ya no se les cobra el
impuesto adicional, pero siguen siendo ciudadanos de segunda,
pues los Estados siguen declarando al islam religión oficial. Por
ejemplo, en las constituciones de casi todos los países islámicos,
está estipulado que sólo un musulmán puede ocupar la jefatura del
gobierno.
Lo mismo se aplica a la administración de justicia: como casi
todos los países musulmanes tienen como base jurídica el derecho
islámico, un no musulmán no puede trabajar como juez. En esto
el imperio otomano trató de ofrecer algún beneficio a las minorías
con su sistema millet. Cada comunidad religiosa tenía su propio
sistema educativo y judicial. Esto fue, desde luego, una mejora respecto al avasallamiento por parte de la mayoría musulmana en el
derecho islámico, pero sigue siendo un sistema muy imperfecto.
Soluciones como el sistema millet (una versión de la cual hoy de100
fienden ciertos multiculturalistas de Occidente) tienden a mantener
desintegrada a la población de un país. Lo ideal, insisto, es un sistema laico que establezca un único sistema jurídico para todos,
pero que no tenga bases religiosas.
La mujer en el islam
El derecho islámico dedica mucha atención a los asuntos familiares.
Muchos conservadores ven con preocupación que en los países occidentales la estructura familiar esté muy debilitada debido a las
condiciones de la vida moderna. A mi juicio, muchas veces exageran
(la aceptación pública de la homosexualidad, por ejemplo, no incide
sobre la fortaleza de la familia). Pero sí podemos admitir que Occidente podría mejorar su estructura familiar. Algunos han señalado
que, si bien el islam es criticable en muchos sentidos, podemos tomarlo como modelo en asuntos familiares.
Esto es parcialmente cierto, pero si el islam protege la vida familiar lo hace a expensas del bienestar y la igualdad de las mujeres.
Es cierto que las condiciones de la mujer en la Arabia preislámica
eran muy duras y que el islam representó una leve mejora. Pero de
ahí a decir (como a veces se hace) que el islam es una religión que
tiene mucha estima por las mujeres hay un largo trecho. Hay mujeres que se proclaman “musulmanas feministas”, pero esto es la
cuadratura del círculo. En su forma actual, el islam es una de las
religiones más misóginas que hay. Eso no implica que no pueda
haber un cambio, pero si nos atenemos a lo que dicen los textos
fundacionales, las feministas musulmanas lo tienen muy difícil.
El Corán empieza recomendando cariño por las mujeres: “Entre
sus signos está el que creó, sacándolas de vosotros mismos, esposas
para que en ellas reposaseis. Entre vosotros ha establecido amor y
cariño. En eso hay signos para gente que reflexiona” (30,21). Pero,
como suele ocurrir con el Corán, los versos simpáticos son aplastados por los odiosos, pues también dice el Corán: “Los hombres
están por encima de las mujeres, porque Dios ha favorecido a unos
respecto a otros” (4,33). Las mujeres son prácticamente una pro101
piedad: “Vuestras mujeres son vuestra campiña. Id a vuestra campiña como queráis, pero haceros preceder” (2,223).
En el derecho islámico la mujer no tiene representación propia.
Siempre debe estar acompañada por un guardián, el wali, y este
debe autorizar sus actividades jurídicas y comerciales. La mujer en
el derecho islámico es, básicamente, el equivalente de un menor
de edad en nuestros sistemas jurídicos occidentales: necesita la autorización de un tutor, pues se piensa que no cuenta con la suficiente capacidad para tomar decisiones propias (en varios países
esto le impide viajar o estudiar sin permiso del marido, conducir
y otras actividades muy básicas).
Si la mujer desobedece al marido, este está autorizado a golpearla
y esto lo avala el Corán: “A aquellas [mujeres] de quienes temáis
desobediencia, amonestadlas, confinadlas en sus habitaciones, golpeadlas” (4,34). Países occidentales como España tienen un serio
problema de violencia doméstica, pero en el mundo musulmán
este es mucho más grave.
Eso también ha propiciado que en algunas escuelas jurídicas,
cuando una mujer comparece ante un juez, su testimonio sólo vale
la mitad del testimonio de un hombre. Esto también parece tener
una base en el Corán: “Pedid el testimonio de dos testigos elegidos
entre vuestros hombres. Si no encontráis dos hombres, requerid a
un hombre y dos mujeres de quienes estéis satisfechos en los testimonios” (2,282). Pero estas palabras están inscritas en un largo verso y el contexto parece indicar que sólo se refiere a asuntos de deudas. Con todo, esto no ha impedido que en muchas legislaciones
de países musulmanes, el testimonio de una mujer sólo valga efectivamente la mitad del de un hombre.
La ley islámica ofrece derechos de herencia a las mujeres, pero
les concede la mitad de lo que corresponde a los hombres cuando
se trata del reparto entre hijos. Así lo estipula el Corán: “Dejad al
varón una parte igual a la de dos hembras” (4,11). Ese mismo verso
es más condescendiente con las mujeres cuando se trata de viudas
y madres como herederas. Aun así, las mujeres en materia de herencia siguen teniendo una posición desventajosa en el derecho
musulmán y ello sigue vigente en varios países musulmanes.
102
Como hemos visto, Mahoma se casó con Aisha cuando ella tenía
seis años y consumó el matrimonio cuando la jovencita tenía nueve.
El Corán parece avalar el matrimonio con niñas, pues al establecer
procedimientos para el divorcio, estipula casos en los que las esposas
no menstruan: “Si tenéis duda de aquellas de vuestras mujeres que
desesperan de la menstruación, dadles un plazo de tres meses. Para
las que no menstruan idéntico plazo” (65,4). No queda claro, desde
luego, si estas que no menstruan son aquellas que ya pasaron la
menopausia o las jovencitas que aún no tienen menstruación. En
cualquier caso, en algunas jurisprudencias del derecho musulmán,
el matrimonio con niñas está permitido. El ayatolá Jomeini, por
ejemplo, tuvo una esposa de diez años cuando él tenía 28.
Los medios de comunicación occidentales a veces incurren en
sensacionalismo cuando informan sobre la extracción del clítoris
a las niñas en los países musulmanes. La muy valiente crítica y apóstata del islam Ayaan Hirsi Ali sufrió esta terrible vejación, y gracias
a ella conocemos mejor los detalles de esta práctica abominable.
Pero debemos reconocer que no hay nada en el derecho islámico
que avale semejante barbarie. La extracción del clítoris era una práctica tribal propia de algunos pueblos del África oriental, y cuando
el islam llegó a esa región la incorporó. Pero insisto en que no es
una práctica de origen islámico y no hay fundamentos doctrinales
que la respalden.
Tampoco tiene fundamento doctrinal una práctica relativamente
común en el mundo musulmán: los asesinatos de honor. Si los hombres de una familia consideran que una de sus familiares ha traído
deshonor al hogar por ser adúltera, fornicadora, víctima de violación
o llevar vestimentas inapropiadas, los hombres proceden a matarla.
Un método alternativo de castigo es arrojarle ácido en la cara para
desfigurarla. Lo mismo que sobre la extracción del clítoris, los medios
occidentales informan sobre esto a menudo con mucho sensacionalismo, pues estas cosas no sólo ocurren en lugares remotos del
mundo islámico. De vez en cuando también ocurren entre comunidades de inmigrantes en los propios países occidentales. Pero aunque el islam da un trato muy pobre a la mujer, y estas cosas ocurren
en el mundo musulmán, no tienen ningún fundamento doctrinal.
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En materia de divorcio la mujer tiene también desventajas en el
derecho musulmán. Ella sólo puede solicitar el divorcio al hombre
cuando este ha incurrido en infidelidad o cuando se declara que
ha perdido sus facultades mentales, sea impotente o sea un apóstata
del islam (la violencia doméstica no autoriza el divorcio). En las escuelas malikita y shafita, la ausencia de más de cuatro años también
puede autorizar el divorcio.
Es cierto que el islam busca la protección de la familia y desaconseja el divorcio. Pero los términos jurídicos hacen que para el
hombre (al contrario que para la mujer) el divorcio sea muy fácil.
Basta sólo con que él pronuncie la palabra talaq (“me divorcio”) y
se consuma la separación. El Corán estipula que el hombre puede
regresar con la mujer de la cual se divorció, pero puede divorciarse
de la misma mujer sólo tres veces (2,229). Esto ha propiciado que,
en la práctica, el divorcio se consume de una vez cuando el hombre
dice: talaq, talaq, talaq.
Aunque el derecho musulmán estipula una compensación monetaria para la mujer divorciada, es sólo temporal y en la mayoría
de los casos claramente insuficiente. Naturalmente, esto ha dejado
a las mujeres en una posición precaria en muchas regiones del mundo islámico, pues dada la dependencia económica del matrimonio
tradicional, de repente quedan desvalidas cuando el marido toma
la iniciativa del divorcio.
La mujer tiene aún otra desventaja en el matrimonio. La mujer
sólo puede casarse con un hombre, pero el hombre puede tener
más de un esposa, hasta cuatro. El Corán estipula que debe dárseles
el mismo trato (4,3). Es difícil comprender esta estipulación, teniendo en cuenta que en el imperio otomano, por ejemplo, había
harenes de decenas de mujeres. Esto se esclarece cuando se toma
en consideración que el Corán no impide que el hombre pueda tomar mujeres adicionales como concubinas si estas son esclavas que
no están casadas (4,24).
Desde Marx y Engels en el siglo XIX, en Occidente la monogamia ha sido denunciada como una institución hipócrita y opresiva.
En parte los críticos tienen razón. La monogamia impone represiones que muchas veces conducen a estados de infelicidad entre
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los esposos y el porcentaje de parejas que realmente respetan la monogamia es bajo.
Pero es un grave error suponer, como a veces se hace, que el modelo musulmán de poligamia es una alternativa más deseable. Los
críticos izquierdistas de la monogamia suelen favorecer el “amor libre”, el mutuo acuerdo entre los esposos de que se puede tener relaciones sexuales con otras personas. No hay tal cosa en el islam.
En el derecho islámico, el esposo no está tan restringido pues se le
está permitido buscar otras esposas y concubinas, pero la esposa
no tiene ese privilegio. En materia de poligamia, lo mismo que en
el divorcio, la mujer tiene una enorme desventaja en el derecho islámico.
Es cierto que, según los psicólogos evolucionistas, el hombre
tiene naturalmente más inclinación a la promiscuidad que la mujer.
Esto es debido a una razón biológica muy sencilla: la mujer no incrementa su fertilidad al aparearse con muchos hombres; una vez
fecundada, ya no puede tener más fecundaciones. En cambio, el
hombre incrementa su posibilidad de fecundación cuantas más
compañeras tenga. Con todo, se cometería una falacia naturalista
al asumir que, por el mero hecho de que el hombre tenga más inclinación a la promiscuidad, la legislación matrimonial debe conceder mayores privilegios a los hombres que a las mujeres.
Más aún, la evolución de la sexualidad humana es muy compleja
y en ella han intervenido muchos otros factores que mitigan la inclinación de los hombres hacia la promiscuidad. La vulnerabilidad
de las crías humanas ha exigido una inclinación a la monogamia
en nuestra especie, pues lo mismo que las aves, el cuidado de las
crías exige la presencia de ambos padres y esto se dificulta con la
monogamia. En las especies poligámicas hay un marcado dimorfismo sexual; en la nuestra, ese dimorfismo, aunque está presente,
es muy tenue. De forma tal que el hombre tiene naturalmente cierta
tendencia a la poligamia, pero somos una especie fundamentalmente monogámica, lo suficiente como para propiciar que las legislaciones poligámicas sean muy problemáticas.
De hecho, la poligamia es una institución que genera muchos
conflictos, sobre todo, naturalmente, entre las mujeres que deben
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compartir marido. En los harenes del imperio otomano había toda
clase de intrigas entre esposas y concubinas para buscar el favor del
sultán. Estos líos también ocurrían en la propia vida de Mahoma.
Hafsa, una de las esposas del profeta, tuvo un altercado con él porque lo encontró en la cama con una concubina cristiana, cuando
le correspondía pasar esa noche con Hafsa.
Pero es peor aún el conflicto entre hombres que buscan mujeres.
La poligamia es una institución que extiende las desigualdades sociales. Por cada mujer adicional que toma un hombre, otro hombre
se queda sin acceso sexual. Y para mantener a tantas mujeres, debe
haber hombres muy ricos que acumulan riquezas, mientras que los
hombres con menos recursos quedan sin posibilidades de reproducción. Esto genera una tremenda insatisfacción que suele manifestarse en violencia. Está ampliamente documentado que hay una
alta correlación entre sociedades poligámicas y sociedades violentas.
En el islam, los terroristas suicidas suelen ser jóvenes sin nexos conyugales. La promesa de las 72 vírgenes debe resultarles muy atractiva
a muchachos en edad de gran impulso sexual que, sin embargo, no
consiguen muchachas porque estas ya están controladas por hombres mayores con más dinero.
El derecho islámico permite que un musulmán se case con una
no musulmana (los hijos tendrán que ser musulmanes), pero una
musulmana no puede casarse con un no musulmán. Esto, de nuevo,
pone en evidencia la clara inferioridad de la mujer en la legislación
islámica, pues se asume que en el matrimonio el hombre siempre
es el dominante, y el derecho islámico no está dispuesto a admitir
que un no musulmán sea el dominante en una relación conyugal.
El castigo del adulterio es muy duro en el derecho islámico. Si
bien ha habido alguna discrepancia entre las escuelas, el consenso
ha sido tradicionalmente que el adulterio debe ser castigado con la
muerte por apedreamiento. Así está contemplado hoy en Arabia
Saudí, Afganistán, Irán y algunos otros países con legislaciones basadas en la sharia.
Aun así, el apedreamiento de los adúlteros no está contemplado
en el Corán. Recordemos que Aisha se quejaba de que originalmente el verso que contempla el castigo a los adúlteros incluía el
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apedreamiento, pero esto no fue finalmente incluido en el libro.
Algunos reformadores del islam pretenden humanizar el castigo
del adulterio diciendo que el Corán no prescribe la barbarie del
apedreamiento. No obstante, estos mismos reformadores dejan de
lado que el Corán estipula 100 azotes (24,2), ¡como si eso no fuese
un castigo brutal! Si estos supuestos reformadores no están dispuestos a negar que el Corán es la palabra eterna, increada y literal de
Dios, entonces no podrán avanzar mucho en la senda del progresismo.
De hecho, en el derecho islámico están estipulados todo tipo de
castigos brutales, que en árabe se llama hudud. Por ejemplo, para
los culpables de robo está estipulado cortar las manos al ladrón.
Para el que se haya embriagado o haya tomado vino, se prescriben
80 latigazos. Según los juristas musulmanes, estos castigos no vienen
dictados por jueces humanos, sino por el mismo Dios. Semejantes
barbaridades siguen ocurriendo en países como Pakistán y Arabia
Saudí. Si en un país caluroso como Arabia se ve a una persona llevar
un guante, es probable que se trate de alguien a quien le fue amputada la mano por haber robado.
Por supuesto, han surgido voces reformadoras en el islam y eso
ha propiciado que en varios países musulmanes se deroguen estos
castigos, y en otros, aún con fuerte inclinación a la sharia, se apliquen sólo muy esporádicamente. Pero preocupa ver que en las regiones controladas por el Estado Islámico de Irak y el Levante, estas
cosas empiezan a verse con frecuencia.
Y hay algo aún más preocupante: incluso algunos supuestos musulmanes moderados que desde Occidente quieren presentar al islam con una faceta más amable son ambiguos respecto a los castigos
hudud. Por ejemplo, en un debate con Nicolas Sarkozy en 2003,
Tariq Ramadan, principal reformador y defensor del islam en Occidente, exhortó a los musulmanes del mundo a abrir una moratoria
respecto a los castigos hudud para que los juristas debatan si estos
castigos son aceptables o no. En otras palabras, Ramadan deja la
puerta abierta para discutir un tema que, francamente, debería estar
ya superado. En vez de condenar contundentemente estos castigos
y aceptar que el Corán se equivoca al prescribir estas barbaridades,
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Ramadan prefiere jugar a la ambigüedad para intentar quedar bien
con todos, radicales y moderados. Me temo que Ramadan no es
un tipo en quien se pueda confiar.
En algunas escuelas de derecho islámico, el adulterio es mezclado
con la fornicación, pues en árabe se usa la misma palabra para designar a ambas conductas (zina). Según el sistema jurídico occidental, en el adulterio hay víctimas: las personas cuyos cónyuges
son infieles. En cambio, en el derecho islámico, si dos personas se
aman y son fieles mutuamente, pero tienen relación sexual sin
estar casados, cometen un crimen a pesar de que no hay ninguna
víctima.
Hemos visto que Mahoma, para salir de una situación personal
embarazosa respecto a Aisha, recitó este verso coránico: “¿Acaso no
han traído, para dar fe de ello, cuatro testimonios? No han traído
los testimonios; pues ellos, ante Dios, son embusteros” (24,13).
Con eso ha quedado establecido en el derecho islámico que, para
poder acusar a alguien de cometer adulterio, debe haber cuatro testigos que presencien el acto.
Esto tiene un aspecto positivo, pues propicia que el castigo sólo
ocurra en aquellas situaciones en las que hay pruebas contundentes.
Y si se acusa falsamente a una mujer de adulterio, el Corán estipula
una pena: “A los que calumnian a las mujeres honradas y no pueden
luego presentar cuatro testigos, dadles ochenta azotes y no volváis
jamás a aceptar su testimonio; esos son los perversos” (24,4). Está
muy bien castigar a quien acusa falsamente, pero ¡el castigo de azotes es una barbaridad!
Por otra parte, la mera confesión puede inculpar al acusado de
adulterio, y es de sobra conocido que muchos individuos, con un
poco de presión psicológica, pueden terminar confesando hechos
que no han realizado. Además, recordemos que, en algunas legislaciones islámicas el testimonio de una mujer vale la mitad. De forma que si cuatro hombres dan testimonio de que una persona estaba cometiendo adulterio a determinada hora del día, pero siete
mujeres dan testimonio de que esa misma persona estaba en otro
lugar a esa misma hora, el juez ha de fallar en contra de la persona
acusada de adulterio.
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Hay aún otro problema. En el derecho islámico, esto también
se aplica a la violación. Así, una acusación de violación tiene que
estar respaldada por cuatro testigos. De lo contrario, se estipula el
castigo de 80 azotes a la mujer que acuse de violación sin el respaldo
de testigos. Es cierto que, en nuestra sociedad occidental moderna,
en ocasiones se ha abusado de las acusaciones, y esto ha propiciado
que se acuse muy a la ligera a los hombres de ser violadores (la feminista Andrea Dworkin decía que toda relación sexual es violación). Pero la exigencia de cuatro testigos es también abusiva. En
todo caso, aun sin cuatro testigos, hay técnicas forenses para poder
sustentar una acusación de violación.
Lamentablemente, la ley islámica no contempla nada de esto ni
siquiera remotamente (es comprensible que en los primeros siglos
del islam no hubiese los conocimientos científicos forenses que hoy
tenemos, pero precisamente ha llegado el momento de avanzar y
dejar de lado leyes basadas en libros arcaicos). El resultado ha sido
que frecuentemente en el mundo musulmán las mujeres violadas
opten por no hacer ninguna denuncia, pues no solamente hay el
riesgo de recibir el castigo por falsa acusación, sino que ellas mismas
pueden ser también acusadas de adulterio, en tanto se interpreta
que han tenido una relación sexual consensuada con alguien distinto a su marido.
Los apologistas suelen vociferar que el islam ofrece una gran
protección a las mujeres frente a la violación: el velo (hijab). Dice
el Corán: “Di a las creyentes que bajen sus ojos, oculten sus partes
y no muestren sus adornos más que en lo que se ve. ¡Cubran su seno con el velo! No muestren sus adornos más que a sus esposos, o
a sus padres, o a los padres de sus esposos, o a sus hijos, o a los hijos
de sus esposos, o a sus hermanos, o a los hijos de sus hermanos, o
a los hijos de sus hermanas, o a las mujeres, o a los esclavos que posean, o a los varones, de entre los hombres, que carezcan de instinto,
o a las criaturas que desconocen las vergüenzas de las mujeres; estas
no meneen sus pies de manera que enseñen lo que, entre sus adornos, ocultan” (24,31).
Hoy en países como Arabia Saudí e Irán sigue siendo obligatorio
para las mujeres llevar el velo en lugares públicos. El burka, im109
puesto por los brutales talibanes en Afganistán, no tiene realmente
aval en el derecho islámico, que exige cubrir el cuerpo, pero no la
cara completa.
La razón del velo, según los apologistas, es que los hombres, al
ver a las mujeres tapadas, se contienen. Es una excusa muy burda
pues se da por hecho que el hombre, violador incontenible, reaccionará como una bestia cuando vea el cabello de una mujer. Esto
es manifiestamente falso, como queda demostrado en la enorme
cantidad de países en los que las mujeres no llevan velo y, aun así,
tienen menores índices de violación que aquellos países donde se
exige.
En cualquier caso, es tremendamente paternalista (y, por tanto,
objetable) imponer una protección a la fuerza. Una cosa es sugerir
a la mujer llevar velo para evitar la violación y otra muy distinta
imponerlo por la fuerza coercitiva del Estado, suprimiendo el derecho de la mujer a decidir por cuenta propia.
Algunos críticos de Occidente sostienen que el bikini es más
opresivo que el velo, pues el primero trata a la mujer como una
mercancía sexual, mientras que el segundo más bien la protege en
contra de esa degradación. Esto está abierto al debate, pues podría
argumentarse que la exhibición del atractivo sexual es un valioso
recurso de la mujer para crecer en poder (la feminista Camille Paglia
así lo ha sostenido), y en ese sentido el velo más bien suprime la
posibilidad femenina de empoderamiento.
Al margen de esto, hay una diferencia crucial entre el bikini y
el velo: el primero no es forzado, puede haber presiones de otro tipo, pero no hay un Estado occidental que imponga el bikini. En
cambio, los Estados que se rigen por la ley islámica sí imponen el
velo. Lo mismo debe decirse del velo de las monjas católicas, el cual
es frecuentemente comparado con el hijab: sí, es tremendamente
patriarcal y opresivo que los conventos impongan a las monjas sus
hábitos. Pero las monjas eligen esa vestimenta y nadie las obliga a
estar encerradas en un convento en el cual se exige ese velo, pues
pueden irse cuando quieran; en cambio, una mujer en Arabia Saudí
o Irán no tiene la posibilidad de elegir si ponerse o no el velo: su
presencia en el espacio público debe ir siempre con él.
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La cuestión de la libertad para elegir ponerse o no el velo es muy
importante. Pues así como merece toda nuestra crítica el derecho
islámico por imponer el velo a las mujeres que no lo quieren llevar,
en Occidente debemos tener mucho cuidado de no prohibir el velo
a aquellas mujeres que sí lo quieren llevar. Según parece, muchas
mujeres musulmanas se enorgullecen del velo.
Es razonable prohibir el velo por cuestiones de seguridad y por
unidad de criterios en la aplicación de la ley a los ciudadanos (en
aeropuertos, fotos de carnets de identidad, colegios públicos donde
no se permite exhibición de símbolos religiosos, etc.). Pero, más
allá de esos casos razonables, seríamos tan paternalistas como los
juristas islámicos si prohibiéramos el velo a personas que lo desean
llevar. El velo no hace daño a terceros, y en ese sentido debemos
permitir que sean las propias mujeres quienes elijan. Hay debate
acerca de si las mujeres realmente eligen llevarlo o si más bien los
maridos se lo imponen. Es un asunto complejo, pues hay casos de
todo tipo. Pero podemos guiarnos por este principio general: las
coerciones estatales no suelen funcionar bien. En aquellos países
musulmanes que han intentado reformas laicas, una de las primeras
medidas ha sido la prohibición del velo. Estas medidas no suelen
ser exitosas y más bien tienden a empeorar las cosas. En Irán, durante la época del sha, el velo estuvo prohibido. Esto alimentó la
furia de los integristas musulmanes, y cuando esos trogloditas hicieron su revolución en 1979, no solamente permitieron el velo de
nuevo, sino que también lo impusieron brutalmente a quien no
quería llevarlo.
La homosexualidad y otras prohibiciones
En Occidente, los grupos conservadores que ponen mucho énfasis
en la necesidad de preservar la familia, suelen atacar la homosexualidad. Esto se hace bajo la falsa premisa de que la homosexualidad
es una amenaza para la estabilidad familiar. El porcentaje de homosexuales en el mundo es muy reducido (entre 1% y 5% de la
población mundial), de forma tal que la tolerancia de la homose111
xualidad no representa ninguna amenaza a la fertilidad ni a la crianza de los hijos ni a la fortaleza de la familia en general.
Pues bien, esta animadversión hacia la homosexualidad está también muy presente en el islam. En la mayoría de las escuelas jurídicas islámicas, la homosexualidad está criminalizada y merece un
castigo severo (por lo general, los mismos azotes que se prescriben
para el adulterio). Y en buena parte del mundo musulmán, la homosexualidad es, efectivamente, un delito contemplado en los códigos penales.
Esto es un poco extraño porque, si bien en el hadiz hay condenas
de la homosexualidad (aunque, como suele ocurrir con el hadiz,
siempre se discuten cuáles son los auténticos), en el Corán no hay
una condena verdaderamente explícita de la homosexualidad. El
Corán sólo habla de las faltas de la gente que acosó a Lot (7,80;
27,54; 29,28; 33,30; 65,1), pero no especifica cuáles eran esas faltas.
Según se cuenta en la Biblia (Génesis, 19), Lot fue acosado sexualmente por los habitantes de Sodoma y Dios castigó su pecado destruyendo esa ciudad. Pero incluso el mismo texto bíblico usa eufemismos, y aunque entre los comentaristas bíblicos hay consenso
de que esto es una referencia a conductas homosexuales, queda
aún abierto al debate si los sodomitas eran realmente homosexuales
o no.
En todo caso, como ha solido ocurrir con cualquier legislación
que pretenda criminalizar algo tan común y natural como la homosexualidad, en la historia del islam muchas veces se hizo caso
omiso de eso. Hace algunos años, el iraní Mahmoud Ahmadinejad
pronunció otro de sus épicos disparates: en Irán no hay homosexuales, porque eso es un “vicio” típico de la decadencia occidental.
Lo cierto es que en la historia del islam ha habido homosexuales
de alto perfil (posiblemente el andalusí Abderramán III era uno
de ellos) y al menos bajo su influencia la homofobia ha sido moderada.
La criminalización de la homosexualidad es típica de sistemas
jurídicos no liberales que castigan acciones que no hacen daño a
nadie. En el derecho musulmán hay muchas otras acciones criminalizadas que, en países con una tradición liberal, ni por asomo es112
tarían ilegalizadas. El islam tiene, lamentablemente, una valoración
muy débil de la libertad y tiende a favorecer más bien concepciones
autoritarias de un Estado que prohíbe hasta las cosas más insignificantes.
Por ejemplo, la actitud del islam respecto a la danza y la música
es muy ambigua. Algunos juristas han estimado necesario prohibir
la danza y la música. En el Corán no hay una condena explícita de
estas actividades artísticas, pero sí se halla este verso: “No recorras
la Tierra con insolencia” (17,37), y a partir de esto algunos ulemas
interpretan que a Dios no le agradan los bailes. Dice también el
Corán: “¡Modera tu paso! ¡Baja tu voz!” (31,19), y basándose en
esto en algunas regiones del mundo musulmán con la interpretación más dura de la sharia se ha prohibido la música y la danza (en
Arabia Saudí está permitida, pero en las zonas de Afganistán controladas por los talibanes no lo está). Lo único permitido es la recitación melódica del Corán (la cual, dicho sea de paso, no deja de
ser muy bella), tal vez acompañada sólo por un tamborcillo.
Hay, por supuesto, grandes producciones musicales en los países
musulmanes (el propio Estado Islámico de Irak y el Levante recluta
jovencitos que realizan vídeos musicales). En el sufismo (el movimiento místico del islam) hay grandes derviches danzantes, así como hermosísimas interpretaciones musicales. Pero aunque no todas
las escuelas jurídicas coinciden en la necesidad de la prohibición,
al menos hay consenso en que tanto la música como la danza son
actividades arriesgadas que hay que asumir con mucha cautela. En
algunas escuelas, aunque no se prohíbe cantar y bailar, al menos se
desaconseja.
Otra prohibición en el derecho musulmán es el cobro de intereses en los préstamos. Esto tiene base en el Corán: “Quienes comen
de la usura no se incorporarán el día del juicio, sino como se incorpora aquel a quien le ha dañado, tocándole, Satanás” (2,275).
Esto, por supuesto, no ha sido exclusivo del islam. Durante muchos
siglos, en los países cristianos también estaba prohibida la usura.
Pero finalmente tanto católicos (escuela de Salamanca) como protestantes (especialmente los calvinistas) terminaron por entender
que el cobro de intereses es un mal necesario.
113
Naturalmente, hoy sentimos mucho coraje cuando vemos en
España a una desafortunada familia ser desahuciada de su vivienda
porque no pudo pagar las abusivas cuotas de interés en los préstamos de los bancos. Ciertamente, es necesario poner límites a los
abusos, pero no conviene caer en los extremos. La usura, como
bien argumentó el filósofo Jeremy Bentham en un texto clásico sobre el tema, cumple la función de estímulo para que el prestamista
ofrezca su dinero, lo coloque en circulación y así propicie la actividad económica que conduce al crecimiento.
En el mismo mundo musulmán mucha gente entiende esto. Pero en vez de admitir que el Corán está equivocado (o que, en todo
caso, las leyes para la Arabia del siglo VII pudieron tener su justificación, pero hoy están obsoletas), se hacen arreglos hipócritamente
para dar la apariencia de preservar el mandato coránico, pero cobrando disimuladamente el interés en los préstamos. Lo que se
suele hacer con frecuencia es que quien recibe el préstamo debe
también comprar una mercancía y luego venderla a un precio más
bajo. Así, con esa pérdida se compensa el interés que no se cobra.
Esto es ampliamente practicado en el mundo islámico (donde se
conoce como hiya), pero se tolera en tanto no viola estrictamente
una ley del derecho islámico.
Los juegos de azar están también prohibidos en el derecho musulmán. El Corán es muy claro: “Te preguntan sobre el vino y el
juego de azar. Responde: ‘En ambas cosas hay gran pecado y utilidad para los hombres, pero su pecado es mayor que su utilidad’”
(2,219). Las penas especificadas para este delito son variadas, pero
no suelen ser muy excesivas. Obviamente, la ludopatía es un problema social serio y conviene erradicarla.
En Occidente también tenemos el debate respecto a cuánto debemos tolerar los casinos y las máquinas tragaperras. En líneas generales, me inclino por la postura liberal. Sí, lo más conveniente
sería que no existiesen los juegos de azar, pero ¿tenemos la autoridad
moral para ser paternalistas e impedir la libertad de la gente a decidir como mejor le plazca en qué malgastar su propio dinero? En
todo caso, la evidencia respalda mucho más la tesis según la cual
la prohibición del juego trae más desventajas que ventajas. En aque114
llos países donde no hay casinos, por lo común surgen clandestinamente y esto se presta a una mayor actividad ilegal. En cambio,
donde se permiten y se regulan hay una enorme oportunidad de
ingresos fiscales para el Estado.
Lo mismo puede decirse respecto a la prohibición islámica del
alcohol (hemos visto que el Corán sólo prohíbe el vino, pero por
razonamiento analógico los juristas han extendido esta prohibición
a cualquier bebida alcohólica). Sí, la ingesta de alcohol produce
muchos problemas sociales. Pero, de nuevo, el paternalismo es objetable: ¿qué autoridad tenemos para dictar a la gente lo que debe
o no consumir? Además, la prohibición del alcohol castiga injustamente a aquellos que son capaces de beber una copita sin causar
problemas.
En todo caso, la prohibición del alcohol produce males aún más
graves. En Occidente, la experiencia ha demostrado que a aquellos
países (como EE UU) que impusieron la ley seca, les fue muy mal.
Pues la demanda de alcohol no bajó, y eso propició un enorme
mercado negro que se materializó en un aumento incontrolado del
crimen. En el mundo islámico no ha habido un Al Capone que
ponga en ridículo la ley seca. Pero hay mucha hipocresía. El pueblo
llano no tiene acceso a las botellas, pero los grandes jeques beben
gozosamente.
Así como el derecho musulmán busca regular la bebida, también
lo hace con la comida. No está mal regular la comida por asuntos
sanitarios. De hecho, algunas regulaciones alimentarias del islam
son razonables. El sacrificio del animal debe hacerse rápido, y la
carne comida debe estar recientemente sacrificada; esto, naturalmente, evita posibles infecciones y otros problemas en el consumo
de carne. Tampoco está permitido el consumo de sangre; en efecto,
consumir sangre tiene riesgos sanitarios.
Pero hay muchas otras normas musulmanas respecto a la comida
que no obedecen a motivos racionales, sino a meros caprichos religiosos. Por ejemplo, si un animal ha sido sacrificado en nombre
de un dios que no sea Dios, está prohibido comérselo (esto tiene
base en el Corán 6,121). El cerdo está igualmente prohibido (Corán
2,173; 5,3; 6,145; 16,115). Algunos apologistas sugieren que la
115
prohibición del cerdo es muy racional debido a su riesgo de transmitir varias enfermedades dados sus hábitos (especialmente la triquinosis). Esto pudo haber sido cierto en el pasado, pero hoy la industria porcina puede perfectamente solucionar estos problemas
de manera tal que las legislaciones islámicas están obsoletas. El motivo por el cual el islam prohíbe el cerdo es, sencillamente, porque
un texto arcaico así lo estipula por puros motivos religiosos (a imitación de las leyes judías del Levítico). Esto no es racional, y es además opresivo para aquellos que quieren deleitarse con el consumo
de jamón y no perjudican a nadie con ello, ni siquiera a ellos mismos.
En el mes de Ramadán existe la obligación para el musulmán
de ayunar (Corán 2,183-184) desde que sale el Sol hasta que se
oculta. En una sociedad aquejada por la obesidad, como la nuestra,
no estaría mal hacer esa dieta (no obstante, no deja de ser curioso
que Arabia Saudí sea uno de los países con más obesidad del mundo, cuestión que pone en relieve que el ayuno en realidad no sirve
de mucho). Pero, en todo caso, ayunar de esa manera tiene muchos
riesgos para la salud (de nuevo, la religión interfiere en la razón
médica).
Hay, además, otros problemas: si un musulmán se encuentra en
el Polo Norte, donde por algunos meses el Sol nunca se oculta, ¿significa eso que debe ayunar hasta morir? Algunos juristas han tratado
de hacer malabares para solucionar esto y ofrecen como solución
que el musulmán debe ayunar de acuerdo a las posiciones del Sol
en su país de origen. Pero, ¿y si nació en la zona ártica y ese es su
lugar habitual de residencia? En fin, el derecho islámico trata de
resolver situaciones absurdas, derivadas del hecho de que se trata
de seguir al pie de la letra un texto arcaico con una visión claramente precientífica del mundo, el cual no calcula el tiempo en
horas y minutos, sino de un modo muy provinciano: en función
de la salida y la puesta del Sol.
El islam, por supuesto, no es la única religión que estipula el
ayuno, pero al menos en la actualidad sí es la única que lo impone.
De nuevo, esto es debido a que sólo el islam se vale del Estado para
hacer cumplir sus leyes religiosas. Muchas leyes musulmanas sobre
116
la comida son derivadas de leyes judías estipuladas en la Biblia.
Pero en ninguna parte del mundo (insistamos: ni siquiera en Israel)
se imponen esas leyes judías a la población. Sólo se cumplen voluntariamente (un pequeño sector de la sociedad israelí quiere imponer una teocracia que haga cumplir esas leyes, pero son grupos
muy marginales). En cambio, en muchos países musulmanes, aunque no hay una policía que irrumpa en los hogares para asegurarse
de que se cumple el ayuno, sí se prohíbe comer y beber públicamente durante el Ramadán. Y, por supuesto, en ninguna época del
año está permitida la venta de cerdo o alcohol.
Vía libre a la esclavitud
Por último, quisiera destacar uno de los aspectos más escandalosos
del derecho musulmán, pero de los menos conocidos en Occidente:
la esclavitud. Antes de la inmigración musulmana a América y Europa en las últimas décadas, uno de los grandes promotores del islam en Occidente fue el negro norteamericano Malcolm X y su
grupo Nación del Islam. En realidad, este movimiento resultó ser
bastante distinto del islam convencional (aunque al final de su vida
Malcolm X se adhirió al islam tradicional). Pero en la época de la
segregación racial en EE UU, y durante el movimiento de los derechos civiles, Malcolm X quiso convencer a los negros norteamericanos de que el islam, a diferencia del cristianismo, sería una religión liberadora para ellos, pues en el islam, decía él, no hay espacio
para el racismo y nunca ha habido esclavitud.
Esto es doblemente falso. Mahoma dio buen trato a sus esclavos
y él y sus colaboradores liberaron a algunos, entre ellos Bilal, un
esclavo negro de origen etíope que se convirtió en una persona muy
cercana a Mahoma y terminó por ser el primer almuédano (el que
llama a la oración desde la mezquita). Pero Mahoma no pronunció
ni una sola frase en contra de la institución de la esclavitud y de
hecho mantuvo esclavos hasta el final de su vida.
Todas las escuelas jurídicas islámicas admiten la licitud de la esclavitud; en principio, sólo se puede esclavizar a no musulmanes,
117
pero en la práctica esto se incumplió frecuentemente y el número
de esclavos en la civilización islámica fue grande. Hubo un lucrativo
comercio de piratas magrebíes que azotaban las costas europeas y
capturaban a cristianos para esclavizarlos y luego pedir rescate por
ellos (una de esas víctimas fue Cervantes). También hubo esclavitud
militar: los mamelucos del califato abasida y los jenízaros del imperio otomano eran soldados esclavizados.
Los historiadores aún discuten acerca de si la trata de esclavos de
África hacia América por parte de negreros europeos fue mayor que
el comercio de esclavos africanos hacia distintas regiones del mundo
musulmán. No hay consenso al respecto. Pero es un hecho indiscutible que, hasta el propio siglo XX, desde la isla de Zanzíbar y zonas
vecinas hubo un comercio muy activo de esclavos negros destinados
al imperio otomano y otras zonas del mundo musulmán.
Al común de la gente le cuesta creer esto, pues ven mucha población negra en países como Brasil, Jamaica, Venezuela, EE UU
y Cuba (naciones que recibieron esclavos africanos), pero no se ve
lo mismo en países como Irak, Turquía o Jordania. En parte, esto
se debe a que, a diferencia de la esclavitud negra en América, en el
mundo musulmán los esclavos no se utilizaron para la producción
económica. Eran más bien empleados en labores domésticas: los
hombres como eunucos y las mujeres como compañeras sexuales
(recordemos que, en el derecho islámico, el sexo con esclavas no se
considera adulterio).
La castración generaba altísimas tasas de mortalidad (y por supuesto, no permitía reproducirse a los eunucos), de forma que los
esclavos negros casi no dejaron descendencia. Y la negritud de la
descendencia de las esclavas fue diluida con los genes de los amos
de piel más clara, de forma que no es tan habitual ver poblaciones
de piel muy oscura en los países musulmanes fuera de África. Con
todo, quedan algunas comunidades de descendientes de esclavos
negros en Irak, Irán y Jordania. Y tenemos muchas noticias de rebeliones de esclavos negros en países musulmanes, la más notoria
la de Zanj, en el califato abasida durante el siglo IX.
Hemos visto que, en su discurso de despedida, Mahoma enfatizó
mucho el igualitarismo entre blancos y negros. Y en las fuentes de
118
la doctrina islámica, no hay nada que avale el racismo. Pero la magnitud de la esclavitud negra fue tal en el mundo musulmán que en
la práctica en la civilización islámica persistieron muchas actitudes
racistas. Por ejemplo, la palabra árabe para esclavo, abd, también
terminó por significar negro. Y frecuentemente es empleada con
un sentido muy peyorativo (como negrata en castellano o nigger
en inglés).
Aunque las escuelas tradicionales de derecho islámico aceptan
la licitud de la esclavitud, al menos formalmente, hoy ningún país
musulmán tiene esclavos. Pero el fin de la esclavitud en el mundo
musulmán se debió casi por entero a la presión del colonialismo
europeo y no se produjo hasta entrado ya el siglo XX. Así pues, muy
a regañadientes, los países musulmanes derogaron la esclavitud.
Y si bien ninguna legislación contemporánea la contempla, en
varios países musulmanes sigue habiendo esclavos en gran número.
Mauritania, por ejemplo, tiene un grave problema con la erradicación de la esclavitud. Asimismo, muchas de las obras que se están
construyendo en Qatar para el mundial de fútbol de 2022 se hacen
con trabajadores en condiciones de semiesclavitud (suelen ser trabajadores extranjeros que han llegado a Qatar engañados: se les retiene su pasaporte, no se les permite regresar a sus países de origen
y deben trabajar en condiciones paupérrimas). No estaría mal plantear un boicot a ese mundial, pero lamentablemente Occidente
prefiere bailar al son qatarí en función de su petróleo.
El despertar del integrismo musulmán en las últimas dos décadas
ha traído consigo una nueva reconsideración de la esclavitud por
parte de los juristas más conservadores. No es un tema superado
en el islam, como lo es en Occidente. La reimposición formal de
algunos modos de esclavitud por parte del Estado Islámico de Irak
y el Levante debería servir como recordatorio de que las reformas
hacia la moderación en el mundo musulmán no suelen ser duraderas y de que continuamente es necesario fortalecerlas.
119
120
4
Fanatismo a lo bestia
Los Hermanos Musulmanes, una de las organizaciones integristas
musulmanas actualmente más activas, tienen un lema: El islam es
la solución. Según ellos, la religión islámica es la solución para todos
los problemas de la humanidad: ambientales, económicos, políticos,
militares, medicinales, etc. Demás está decir que esto es una colosal
tontería.
Pero si el islam no es la solución, ¿es el problema? En las últimas
tres décadas ha habido mucha violencia en el mundo. ¿Podemos
encontrar un factor común en buena parte de esa violencia? Pensemos en varios de los grandes conflictos de los últimos años: palestinos musulmanes contra judíos israelíes; chechenos musulmanes
contra cristianos rusos; musulmanes pakistaníes contra hindúes indios en Cachemira; norteños musulmanes contra sureños cristianos
y animistas en Sudán; norteños musulmanes contra sureños cristianos en Nigeria; bosnios musulmanes contra serbios cristianos.
El islam parece ser el problema.
Esto invita a pensar: ¿hay algo intrínseco en el islam que incite
a la violencia? ¿Era Osama Bin Laden un degenerado que desvirtuó
su religión o, sencillamente, estaba actuando según los parámetros
del islam? Evidentemente, la abrumadora mayoría de los musulmanes del mundo son personas pacíficas. Es cierto que en la opinión pública de los países musulmanes hay más apoyo a las acciones
terroristas. Pero es un despropósito suponer que los más de 1000
millones de musulmanes en el mundo están dispuestos a matar en
121
nombre de su religión. Con todo, vale preguntarse: independientemente de que sean o no pacíficos, ¿qué les dice su religión sobre
la violencia?
Como en casi todas las discusiones sobre el islam, el punto de
partida debe ser el Corán. Por supuesto, lo mismo que los videojuegos y los cómics, en principio ningún libro tiene el suficiente
poder para hechizar a sus lectores y conducirlos a cometer barbaridades. Pero hemos visto que la devoción que los musulmanes tienen al Corán no es como la que los cristianos pueden tener a la Biblia, los nazis a Mi lucha o los hindúes al Baghavad Gita. El Corán
es la palabra literal, eterna e increada de Dios. Lo que se diga en
ese libro sobre la violencia no será determinante, desde luego, pero
ejercerá una influencia considerable.
Es fácil ver cómo los musulmanes que hacen el bien y aborrecen
la violencia (y seguramente son la mayoría) pueden basarse en el
Corán, pues hay en él muchos pasajes que exhortan a la paz, la tolerancia y la convivencia. Veamos algunos.
En el sermón de la montaña, Jesús exhorta a un pacifismo incondicional: “No resistáis al mal; antes bien, al que abofetee en la
mejilla, ofrécele la otra” (Mateo, 5,39). En mi libro Jesucristo ¡vaya
timo! he sometido a crítica esta exhortación. Tenemos derecho a la
defensa propia y sería suicida entregar la otra mejilla a quien quiere
destruirnos. Supongo que los musulmanes opinarán que esa parte
del evangelio fue corrompida, pues el Corán no habla en ningún
momento de ofrecer la otra mejilla. El Corán admite la violencia
en defensa propia, pero haciendo énfasis en que no se debe ser el
agresor: “Combatid en el camino de Dios a quienes os combaten,
pero no seáis los agresores. Dios no ama a los agresores” (2,190).
A mi juicio, se trata de un mensaje bastante positivo.
Hay dos versos que son muy frecuentemente invocados por
quienes quieren defender el carácter pacífico del islam. “¡No hay
compulsión en la religión! Quien es infiel a Tagut y cree en Dios,
ha cogido el asa más fuerte, sin grieta. Dios es oyente, omnisciente”
(2,256). Contrariamente a lo que muchas veces se dice, este no es
un verso en favor del pluralismo religioso. Claramente muestra desprecio por el culto a Tagut, y en el próximo verso (2,257) se con122
dena al infierno a quien no crea en Dios. Pero, al menos, se está
diciendo que, en esta vida no debe haber obligación en la religión.
Cada cual es libre de creer lo que quiera.
El otro verso que se invoca a menudo es aún más abierto y tolerante: “Tenéis vuestra religión. Yo tengo mi religión” (109,6). La
implicación es que cada cual puede creer en lo que quiera y no hay
necesidad de estarnos matando unos a otros por eso. Ojalá la humanidad entendiera esto.
Así pues, si el Corán enseña estas cosas tan hermosas, ¿en qué
se basan los terroristas islámicos para justificar sus barbaridades?
Se basan, lamentablemente, en el mismo Corán. La cantidad de versos que incitan a matar infieles y a no tolerar otras religiones es
abrumadoramente superior a la cantidad de versos pacíficos. El
Corán, me temo, es algo así como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En
una página se pueden decir cosas que diría Gandhi y en otra se
pueden encontrar otras dignas de un psicópata. Pero en la clásica
novela de Robert Louis Stevenson había un balance entre la bondad
del Dr. Jekyll y la maldad de Mr. Hyde. En el Corán, por desgracia,
es más preponderante la violencia.
Veamos algunos de estos versos: “Los hipócritas querrían que
apostataseis como ellos han apostatado y que fueseis sus iguales.
No toméis jefes de entre ellos hasta que se alejen por la senda de
Dios que conduce al combate: si vuelven la espalda, cogedlos, matadlos dondequiera que los encontréis” (4,89).
Más violencia: “La recompensa de quienes combaten a Dios y
a su enviado y se esfuerzan por difundir por la Tierra la corrupción
consistirá en ser matados o crucificados, o en el corte de sus manos
y pies opuestos, o en la expulsión de la tierra que habitan. Esto será
su recompensa en este mundo” (4,118). “Dios ha comprado a los
creyentes sus almas y sus riquezas, porque les pertenece el paraíso:
combaten en la senda de Dios y matan y son matados” (9,111).
Seguramente el verso más escalofriante de todo el Corán, es uno
que ha venido a ser conocido como “el verso de la espada”, el que
con más frecuencia citan los terroristas islámicos para justificar sus
actos. Dice así: “Cuando terminen los meses sagrados, matad a los
idólatras donde los encontréis. ¡Cogedlos! ¡Sitiadlos! ¡Preparadles
123
toda clase de emboscadas! Si se arrepienten [es decir, si abandonan
su religión y se convierten al islam], cumplen la plegaria y dan limosna, dejad libre su senda: Dios es indulgente, misericordioso”
(9,5).
Frente a este y otros versos igualmente violentos, los apologistas
del islam que quieren presentar esta religión con una faceta pacífica
suelen decir que es necesario situar estos pasajes en su contexto.
Cuando Mahoma recitaba estos versos se encontraba en situaciones
defensivas (aunque, como hemos visto, no es del todo cierto que
el profeta hiciera campañas militares exclusivamente defensivas: en
muchas ocasiones él mismo fue el agresor), y de ello se deriva que
esas exhortaciones sólo atañen a esas situaciones en la Arabia del
siglo VII.
Es difícil comprender esto. Si, como creen la mayoría de los musulmanes, el Corán es la palabra literal e increada de Dios, ¿cómo
puede entonces ser sometido a las limitaciones de un contexto histórico temporal? Si el Corán es increado, ha existido desde siempre
y en este sentido está fuera del tiempo, entonces su mensaje no está
reservado a las situaciones de la Arabia del siglo VII, sino de todas
las épocas.
De hecho, tradicionalmente varios comentaristas del Corán, en
quienes los propios musulmanes se basan muchas veces para interpretar su libro sagrado, han sostenido que la exhortación del “verso
de la espada”, así como la de otros versos violentos, tienen validez
universal. Por ejemplo, en el siglo XIV el teólogo Ibn Kathir (posiblemente el comentarista del Corán más respetado por los musulmanes) sostenía que ese verso seguía teniendo validez en su época
y debía aplicarse como tal (a pesar de que Ibn Kathir vivió siete siglos después de Mahoma). Hay una obligación constante de asediar
a los infieles hasta que acepten el islam.
Todo esto, al final, parece ser algo así como un test de Rorschach:
se ve lo que se quiere ver. El que tenga predisposición a la violencia
se basará en los versos violentos e intolerantes. Y el que tenga predisposición a la paz se basará en los versos tolerantes. Al parecer,
sencillamente, es cuestión de seleccionar aquello que nos sirva para
vivir tranquilamente, y eso lo permite el islam. Según este argu124
mento, podríamos decir, sí, que los terroristas (una ínfima minoría)
se basan en el Corán. Pero también se basan en el Corán los pacíficos (la abrumadora mayoría), y eso es suficiente como para juzgar
que el islam no es el problema.
No obstante, este argumento tiene dificultades pues, como hemos visto en el capítulo 2, en el islam es muy importante la doctrina de la abrogación. El propio Mahoma pareció caer en cuenta
de que recitaba versos contradictorios y así recitó un verso en el
cual, aparentemente, se autorizaban nuevos versos contradictorios
con los anteriores. De modo que ha quedado estipulado que, si hay
una contradicción entre versos, los recitados posteriormente abrogan los recitados con anterioridad.
Aunque el estudio de la abrogación ha estado muy extendido
entre los teólogos musulmanes, no hay un catálogo definitivo de
versos abrogantes y abrogados que sea aceptado por todos los musulmanes. Con todo, en líneas generales, los versos más pacíficos
proceden del período durante el cual Mahoma se hallaba en La
Meca. Es natural, el profeta no tenía aún ejércitos como para hacer
recitaciones altaneras. En cambio, los versos recitados por Mahoma
en Medina suelen ser los versos más agresivos, pues ya Mahoma
estaba en una posición de caudillo militar. El capítulo 9 del Corán
es probablemente el último en orden cronológico y es uno de los
que contiene más exhortaciones violentas. De hecho, allí donde
todos los otros capítulos se inician con la proclama “En el nombre
de Dios, el clemente, el misericordioso”, en el capítulo 9 esa proclama está ausente. Quizá en la etapa más madura de su vida Mahoma no pensaba ya que Dios era misericordioso, pues autorizaba
acciones violentas contra los infieles.
Si seguimos el principio general de que los versos posteriores
abrogan los anteriores, entonces los versos violentos abrogan los
pacíficos. Así pues, aun si la interpretación de los terroristas es la
menos común, está más acorde con los principios del propio islam.
En este sentido, el islam es el problema.
Por supuesto, en tanto no hay un catálogo definitivo de las abrogaciones en la jurisprudencia del islam, siempre queda la posibilidad
para los reformistas de sugerir que, en realidad, tal verso no abroga
125
tal otro verso. Por ejemplo, muchos comentaristas tradicionales (de
nuevo, el principal es Ibn Kathir) han dicho que el “verso de la espada” abroga el verso que dice: “Tenéis vuestra religión. Yo tengo
mi religión”. Un reformista podría decir que esa abrogación no está
definitivamente establecida, y en ese sentido sigue vigente el verso
pacífico que dice que cada uno tenga su religión, en vista de lo cual
Dios no autoriza agredir a los infieles.
No obstante, dado que las reglas de la abrogación son relativamente sencillas (el verso posterior abroga el anterior), habría que
hacer muchos esfuerzos interpretativos para llegar a otra conclusión.
Con todo, algunos reformistas lo intentan y podemos apreciar este
hecho con optimismo.
Por ejemplo, he apuntado que, según una interpretación defendida por algunos comentaristas modernos, en el Corán no se abrogan textos recitados del propio Corán, sino las revelaciones entregadas previamente a judíos y cristianos. Esto permitiría que los versos pacíficos y tolerantes mantuvieran su vigencia. Por supuesto,
dejaría aún sin explicar por qué en la interpretación deben favorecerse los versos pacíficos por encima de los violentos, pero, al menos, permite a los reformistas sostener que sus exhortaciones pacíficas tienen tanta autoridad como las exhortaciones violentas de
los integristas. El problema, no obstante, es que esa interpretación
de la doctrina de la abrogación es muy heterodoxa en el islam, prácticamente herética.
Herética fue también considerada otra interpretación similar, la
del teólogo sudanés Mahmoud Mohammed Taha. Este defendía
lo que llamó el “segundo mensaje del islam”. A su juicio, los versos
recitados en Medina obedecen al contexto de la vida del profeta y
se refieren a situaciones derivadas de circunstancias muy puntuales.
En cambio, los versos recitados en La Meca esbozan un mensaje
ético universal. Los versos de Medina estaban dirigidos a la audiencia de aquel momento, en aquel contexto, y por eso tratan en su
mayoría sobre asuntos prácticos muy propios de la Arabia del siglo
VII. En cambio, los versos de La Meca están dirigidos a todas las
épocas, dada la amplitud de su mensaje. Este mensaje universalista
era, a juicio de Taha, el “segundo mensaje del islam”.
126
Según esta interpretación, los versos realmente relevantes son
aquellos que proceden de La Meca, los más pacíficos. Y así, cuando
un terrorista invoca el “verso de la espada” se equivoca, pues se está
guiando por versos que son ya irrelevantes. Taha trató de convencer
a los sudaneses de esta interpretación y exhortó al gobierno sudanés
a formar un gobierno islámico no basándose en los crueles principios derivados de los versos de Medina, sino en los amables versos
de La Meca. La iniciativa de reformadores como Taha es prueba
de que el islam no está condenado a la barbarie.
Pero del mismo modo en que podemos entusiasmarnos con gente como Taha, inmediatamente nos desilusionamos al saber que
este fue apresado por el gobierno sudanés (que había impuesto la
sharia, con muchas de las leyes que hemos visto en el capítulo anterior) y ejecutado en 1985. El motivo de su arresto fue, sencillamente, la distribución de panfletos que expresaban sus ideas. Las
autoridades interpretaron que Taha era un apóstata debido a sus
posturas y, como hemos visto, el castigo para la apostasía es la muerte. Parece que cada vez que hay un intento de reforma y moderación en el islam, siempre se imponen las voces más radicales. Probablemente los moderados son la mayoría; aunque algunas estadísticas de opinión pública en el mundo musulmán revelan que
en algunos temas (como el laicismo y el castigo a la apostasía) los
moderados no lo son. Pero, aun si lo fuesen, lamentablemente, son
la mayoría silenciosa y siempre terminan por hacer mucho más
ruido quienes cometen actos de barbarie en nombre del islam que
quienes lo condenan en su nombre.
Hay que insistir en que en el islam no hay un papa que dicta
doctrina. Hay discusiones entre juristas y teólogos y estos pueden
formar un consenso, pero no hay una autoridad centralizada que
selle las discusiones con su dictamen. Esto le proporciona al islam
una flexibilidad que no tiene, por ejemplo, el catolicismo. De
este modo, no es un hecho definitivo que el Corán deba inspirar
violencia. Pero mientras se siga creyendo que el Corán es la palabra literal e increada de Dios, y que los versos posteriores abrogan a los anteriores, entonces los integristas que quieren justificar
su barbarie estarán siendo más coherentes con su religión que los
127
musulmanes pacíficos que tratan de fundamentar su tolerancia
en el Corán.
La yihad
En el cuerpo doctrinal islámico hay algunos elementos adicionales
que hacen que el islam sea una religión propensa a la violencia.
Consideremos, por ejemplo, la yihad. En Occidente muchas veces
se traduce este concepto como “guerra santa”, pero esta es una traducción errónea. “Guerra” en árabe es harb. Yihad es, más bien,
“lucha”.
No obstante, esto no ha impedido que en el islam se le dé a la
yihad una interpretación marcadamente militarista. El islam tiene
cinco pilares: recitación de la fe, oración, ayuno, limosna y peregrinaje. Algunos musulmanes tienen la yihad como el sexto pilar,
en vista de lo cual luchar por el islam es una obligación. Aun entre
aquellos que no asumen la yihad como un pilar del islam, es un
concepto de suma importancia.
Originalmente, la yihad fue entendida exclusivamente en su
sentido más elemental: la lucha contra los enemigos del islam. En
ocasiones esto implicaba una lucha defensiva. Se asumía la obligación de proteger al islam frente a agresores externos que combatían
contra los ejércitos islámicos. Pero en otras ocasiones también implicaba una lucha ofensiva. Los musulmanes asumían que Dios les
había encomendado extender su religión por el mundo entero, por
la fuerza si era necesario, y así se estaba en la obligación de participar
en esa lucha santa.
Finalmente, a medida que el islam fue consolidando su poder,
la expansión del antiguo imperio árabe se detuvo, se consiguió mayor estabilidad y prolongados períodos de paz y se dio un giro a la
interpretación de la yihad. A partir del siglo XI se hizo una distinción entre dos tipos de yihad. La yihad menor, se decía, es la militarista; aquella que, defensiva u ofensivamente, implica tomar la
espada y luchar en nombre del islam. Pero la yihad mayor, la más
importante, es la lucha espiritual contra el pecado, la lucha que
128
todo musulmán debe emprender no con la espada, sino con su moral, para vivir rectamente.
Hoy frecuentemente etiquetamos a los terroristas como yihadistas, pero en realidad es una aplicación errónea del término pues,
en principio, todos los musulmanes deben ser yihadistas, en el sentido de que todos deben luchar contra el pecado y en favor de la
rectitud moral.
De nuevo, es muy positivo que haya reformadores y moderados
que sostengan que la yihad más importante no es militarista, y que
no es necesario ser un fanático y tomar la espada para ser un buen
musulmán. Pero tenemos la obligación moral de no falsificar la historia, y las fuentes históricas nos informan de que en sus orígenes
la yihad se entendía exclusivamente en un sentido militarista. Ciertamente, hubo momentos en los que surgieron voces reformistas
que quisieron espiritualizar la obligación de luchar por el islam,
pero los documentos de estos reformistas, bastante tardíos, tienen
una importancia secundaria frente al Corán y la sunna, y en estas
fuentes primarias la yihad es lucha armada.
En el derecho islámico hay también unos conceptos que sirven
de justificación para las acciones armadas de los integristas islámicos.
Hemos visto en el capítulo anterior algunas de las estipulaciones
jurídicas que contempla la sharia. Por muy objetables que resulten
muchos de los principios del derecho islámico, al menos los juristas
han reconocido que esos principios sólo tienen aplicación en Estados gobernados por el islam. Un musulmán que vive en países
no musulmanes no puede tomarse la ley por sus manos y matar a
un apóstata. En este sentido, los juristas entienden que el derecho
islámico no tiene jurisdicción universal.
Pero los juristas han dividido tradicionalmente el mundo en dos
grandes jurisdicciones: dar al-Islam (la “casa del islam”) y dar alHarb (la “casa de la guerra”). La implicación de esta división es que
se sostiene la aspiración de que, en algún momento, el resto del
mundo deje de ser la “casa de la guerra” y pase a formar parte de
la “casa del islam”. Según esta concepción, el islam siempre estará
en guerra con aquellas regiones del mundo que no estén bajo los
dominios de la ley islámica (incluso si tienen gobernantes nomi129
nalmente musulmanes, aunque que no sigan la sharia). Puede ser
que las hostilidades no sean continuas y que haya momentos de
paz en los que se siga una tregua temporal por pura estrategia. Los
juristas también conceptualizaron esto; lo llamaron hudna, algo así
como un cese el fuego para dar tiempo a los ejércitos musulmanes
a reorganizarse si están perdiendo la guerra. El objetivo a largo plazo
es siempre traer al resto del mundo al islam, por vía violenta si es
necesario, pues se concibe que se está en guerra con ellos aun si hay
una tregua temporal.
Hubo reformistas que moderaron esta visión dicotómica del
mundo. Como complemento a la “casa del islam” y la “casa de la
guerra”, algunos juristas (principalmente de la escuela shafita) formularon el concepto de dar as-Sulh, la “casa de la tregua”. Estos
son los territorios en los que el islam no gobierna, pero, aun así, se
mantiene una relación de paz con ellos y no se busca hacerles la
guerra para incorporarlos a la casa del islam. Si acaso, se estimula
la dawah, la predicación con misioneros en tierras no musulmanas,
como invitación al islam, pero no de manera forzosa. En sus inicios,
las conversiones fueron forzadas en su mayoría. Persia y el norte de
África fueron conquistadas y se impuso la nueva religión por vía
de la espada, pero no toda la expansión islámica fue de ese modo.
En Indonesia, por ejemplo, el islam llegó por vía de mercaderes y
misioneros que predicaban pacíficamente: casi nadie fue obligado
a convertirse. Esto ha hecho que en Indonesia (el país con mayor
número de musulmanes del mundo) se practique la versión más
tolerante y liberal del islam.
Este concepto jurídico de la “casa de la tregua” ha resultado beneficioso, pues se ha abierto la puerta a una relación más armoniosa
entre Occidente y el islam. Pero, nuevamente, no falsifiquemos la
historia: el concepto de la “casa de la tregua” es sólo un desarrollo
posterior de la escuela shafita. Las interpretaciones más originales
de la sharia se aferran a la división entre la “casa del islam” y la “casa
de la guerra”, y a estas fuentes originales se aferran los fundamentalistas para argumentar que el islam se encuentra en guerra con el
resto del mundo por el mero hecho de que este no acepta la verdadera religión.
130
De esta manera, en la jurisprudencia islámica hay bastantes puntos a los que se pueden aferrar los integristas musulmanes para justificar sus acciones. Repito que es muy positivo que haya reformadores y voces moderadas, pero debemos aceptar que los integristas
son quienes siguen realmente más de cerca los fundamentos doctrinales del islam.
No obstante, así como he advertido que no hay nada en la doctrina islámica que justifique la extracción del clítoris o los asesinatos
por honor, debo advertir ahora que, aunque el derecho musulmán
permite hacer la guerra por el simple motivo de convertir al resto
del mundo al islam, también la sharia contempla una serie de requisitos que los integristas musulmanes no suelen cumplir.
En la tradición cristiana se desarrolló la doctrina de la guerra
justa. Según ella, existe una justificación moral para hacer la guerra
siempre y cuando se cumplan algunos requisitos. En el islam no
ha habido la formalización de esta doctrina que hubo en el cristianismo, pero los historiadores reconocen perfectamente que los juristas musulmanes pensaron estos asuntos muy detenidamente e,
independientemente de los cristianos, delinearon los requisitos para
que una guerra sea justa, muchos de los cuales coinciden con la
versión cristiana de esta doctrina.
Seguramente el principal punto de desacuerdo entre ambas tradiciones sea el requisito de la causa justa. En la versión cristiana,
no es lícito hacer la guerra si no se tiene una justa causa, y hacer
una guerra para convertir a otro país a una religión no es una causa
justa. Según la concepción tradicional de la sharia, en cambio, esto
se considera una causa justa. No obstante, más allá de este desacuerdo inicial (el cual, por supuesto, no es trivial), las tradiciones
coinciden respecto a los requisitos de la guerra. Deben agotarse las
instancias diplomáticas antes de proceder a la acción armada. En
el caso de la yihad, eso implica invitar a los infieles al islam; sólo si
se rechaza esa invitación se procede a acciones armadas. Terroristas
como Bin Laden trataron de cumplir esto muy débilmente, exhortando a Occidente a convertirse al islam. Pero lo cierto es que la
sharia contempla que la invitación debe ser más seria y deben buscarse vías diplomáticas para que se cumplan esas invitaciones.
131
La guerra debe ser convocada por una autoridad legítima, lo
cual implica que un terrorista no puede tomar una iniciativa propia
y bombardear París porque es una ciudad de infieles. Un cuerpo
soberano debe ser el encargado de tomar esa decisión. El problema,
no obstante, insisto en ello, es que en el mundo musulmán no hay
un papa y la autoridad está bastante descentralizada. Como veremos, en algunas épocas hubo un califa, pero de ningún modo esa
figura ejerció la autoridad sobre todos los musulmanes del mundo.
De hecho, la última yihad convocada por una autoridad legítima
fue la del califa Mehmed V contra los aliados durante la Primera
Guerra Mundial, la cual fue mayormente desobedecida en el mundo musulmán. Esa ausencia de autoridad centralizada propicia que
sea muy fácil que cualquier terrorista interprete como un llamamiento lícito a la yihad la proclama de algún líder musulmán de
algún lugar recóndito. En términos generales, podemos aceptar
que los terroristas desoyen los propios fundamentos doctrinales islámicos cuando se disponen a perpetrar atentados sin que ningún
jefe de Estado autorice previamente la lucha armada.
Los juristas también exigen proporcionalidad en la lucha. A pesar
de la notoriedad que adquieren por la excesiva atención mediática
que se les concede, los terroristas islámicos no han cometido atrocidades como la de Hiroshima, de forma que sus acciones, aunque
objetables desde muchos frentes, no son totalmente desproporcionadas.
Ahora bien, hay un principio doctrinal islámico que los terroristas desobedecen por completo: la distinción entre civiles y combatientes. El terrorismo es, por definición, el ataque deliberado
contra civiles. Eso está prohibido en cualquier legislación vigente
que regula la guerra y desde muy pronto también estuvo prohibido
en la ley islámica. Saladino, el gran general musulmán que se enfrentó a los cruzados cristianos, se hizo un nombre en Europa por
la forma caballerosa en la que llevó a cabo sus campañas militares,
respetando siempre a los no combatientes. Su inspiración eran los
principios de la guerra justa esbozados en la ley islámica.
Osama Bin Laden trataba de excusar el ataque contra las Torres
Gemelas de Nueva York alegando que todos los ciudadanos esta132
dounidenses son blancos legítimos de las acciones militares pues
contribuyen con impuestos que financian a los ejércitos agresores
de EE UU. El derecho musulmán no acepta esta justificación. Los
civiles son aquellos que no participan en ejércitos; cualquier otra
definición es espuria y el derecho musulmán así lo contempla. Ni
siquiera Sayyed Qutb (sobre quien volveré más adelante) autorizó
el ataque a civiles, a pesar de que en muchos aspectos él ha sido un
inspirador de los terroristas islámicos contemporáneos.
Una historia de violencia
La relación del islam con la violencia se comprende mucho mejor
al tener en consideración su historia Pues su historia ha sido bastante sangrienta, y al hacer una breve reseña de los acontecimientos
que sucedieron en los siglos sucesivos a la muerte de Mahoma, estaremos en mejor posición de comprender de dónde viene el fanatismo en el mundo musulmán contemporáneo y cuánto es atribuible a los fundamentos de la propia religión.
Mahoma murió sin dejar claramente un sucesor. La primera comunidad (ya bien establecida) tuvo que decidir quién pasaría a ser
el jefe del naciente imperio. El yerno y primo de Mahoma, Alí,
consideraba que él debía convertirse en el jefe en virtud de su vínculo de sangre con el profeta. Pero en la comunidad dominaba un
criterio más democrático y se sostuvo que la sucesión no necesitaba
un vínculo de sangre. Así se postuló como primer califa a Abu Bakr,
uno de los viejos compañeros de Mahoma.
En vida del profeta, las tribus árabes se habían rendido ante su
autoridad y le habían jurado lealtad. Pero una vez muerto proclamaron que esa fidelidad era sólo para Mahoma, no para sus sucesores. Esto propició una guerra, la de los apóstatas, en la cual salieron nuevamente vencedores los musulmanes. Tras la muerte de
Abu Bakr, hubo que decidir otra vez quién sería el nuevo califa, y
una vez más Alí esperaba la distinción. Pero fue otra vez fue rechazado, esta vez en favor de Omar, quien fue proclamado segundo
califa.
133
Durante el califato de Omar, el islam entró en uno de sus grandes momentos expansivos. Omar fue el gran conquistador del Norte de África, Mesopotamia y Persia. Bajo su mandato cobró prominencia uno de los personajes más brutales de la historia del islam,
Amir ibn al-As. Dice una crónica que Omar envió una carta a Amir
diciéndole que, si al leerla, Alí aún no había conquistado Egipto,
se devolviera (pues Omar quería proceder con más cautela). Amir
sospechaba lo que decía la carta y decidió abrirla sólo después de
haber conquistado Egipto.
Dice otra crónica que este mismo Amir ordenó la quema de la
magnífica biblioteca de Alejandría diciendo una colosal barbaridad:
“Si esos libros coinciden con el Corán, no los necesitamos; si se
oponen al Corán, destruidlos”. Esta crónica procede de un cristiano
siríaco del siglo XIII y hay sospecha entre los historiadores de que
sea ficticia. Pero, al menos, deja constancia de que, desde un inicio,
el fanatismo era ya un rasgo acentuado en algunos sectores del islam, pues difícilmente se inventaría una historia como esta si no
hubiese elementos para hacerla más o menos creíble.
Omar fue asesinado el año 644 por un partidario de Alí, pero
de nuevo se nombró a otro como califa; esta vez a Osmán, un
miembro de la familia Omeya, una parte del clan Coraix que se
había opuesto a Mahoma. El tercer califa empezó con buen pie,
pero al final resultó ser muy impopular. Había descontento en las
provincias conquistadas así como una crisis de legitimidad. Osmán
terminó siendo asesinado en 656.
Finalmente fue elegido Alí como califa, el cuarto, aunque él
consideraba ilegítimos a los anteriores y se autoproclamó como el
primero. Entre algunos personajes destacados de la comunidad islámica había mucha presión para que Alí encontrase a los asesinos
de Osmán y los castigase. Pero Alí, un hombre muy indeciso y
con pocas habilidades políticas, no tomó cartas en el asunto. Esto
propició una rebelión dirigida por Aisha, esposa preferida de Mahoma, junto a Tallah y Zubayr, dos antiguos compañeros del profeta. Se generó así una nueva guerra, esta vez intestina, pues se enfrentaba la esposa favorita de Mahoma con el propio yerno del
profeta. La batalla decisiva de aquella guerra fue la batalla del Ca134
mello, así llamada porque Aisha estaba montada sobre un camello
mientras se desarrollaba la acción. En esa batalla vencieron las tropas de Alí y murieron Tallah y Zubayr. Aisha fue recluida bajo vigilancia.
Pero Alí no logró consolidar su poder. El gobernador de Siria
Muawiya (un pariente de Osmán) también se rebeló contra Alí. Y
así se formó una nueva guerra civil. Los ejércitos de Alí y Muawiya
se enfrentaron en la batalla de Siffin. Cuenta una crónica que los
ejércitos de Muawiya clavaron páginas del Corán en sus lanzas, de
forma que cuando los enemigos se aproximasen no se atreverían a
luchar al ver el libro sagrado. Esto parece una historia contada por
imperialistas occidentales que se burlan del fanatismo y la superstición islámica, pero no lo es. Desde un inicio, unos musulmanes
aprovecharon el fanatismo y la superstición de otros musulmanes
para vencerlos en el campo de batalla.
El resultado no fue decisivo y Alí y Muawiya accedieron a un
arbitraje. Un grupo de seguidores de Alí, los jariyitas, se sintieron
traicionados por él debido a su disposición a negociar y decidieron
asesinarlo en el año 661. Este hecho produjo el primer y más importante cisma del islam, que se mantiene hasta el día de hoy. Los
partidarios de Alí pensaban que la sucesión del califato debía seguir
por los descendientes de Mahoma, los hijos de Alí y Fátima (la hija
del profeta). Hoy se les llama chiitas, pues en árabe shia significa
“partidario”. El resto de musulmanes mantuvo el nombre de sunitas
en honor a la tradición, la sunna.
En la doctrina islámica sunita, a estos cuatro primeros califas se
les llama los rashidun, los califas rectamente guiados (los chiitas no
consideran legítimos a los tres primeros). Hoy cobra fuerza en el
islam el movimiento salafista: salaf en árabe significa “ancestro” y
este movimiento pretende un regreso a la forma de vivir de esos
cuatro califas, con la implicación de que debe rechazarse la modernidad.
En ocasiones en Occidente se dice que la época dorada del islam
fue cuando en Bagdad y Córdoba se construían grandes joyas arquitectónicas y proliferaban matemáticos, filósofos y científicos,
pero en el mundo musulmán esto se valora cada vez menos. Debido
135
a la influencia de los salafistas abunda mucho más la idea de que
la verdadera época dorada fue la de los rashidun.
He aquí otro problema grave del mundo islámico. Si cada vez
más se pretende volver a una supuesta época dorada en la cual hubo
intrigas, guerras civiles, y tres de los cuatro califas fueron asesinados,
y se pretende imponer una sociedad con instituciones propias del
siglo VII, hay que concluir que el futuro del mundo musulmán es
poco esperanzador. Por supuesto, el mundo musulmán es muy variado y es dudoso que los salafistas sean mayoría, pero estos no son
una fuerza marginal y debe reconocerse el peligro de sus posturas.
Los jariyitas asesinaron a Alí, pero no accedieron al poder. Con
todo, tuvieron una considerable influencia en la historia del antiguo
islam pues se constituyeron como una de las facciones más fanatizadas, y parte del integrismo islámico de las últimas décadas se basa
en su ideología. Según los jariyitas, quien haya cometido el menor
pecado deja de ser musulmán; no importa si tiene la apariencia de
ser musulmán, sus pecados automáticamente lo convierten en infiel.
Y en vista de que dejar de ser musulmán es apostasía, cualquier pecador merece morir. Frente a esto hubo algunas voces de moderación, como las de los murjiitas, que sostenían que sólo Dios es el
encargado de castigar los pecados en el más allá.
Tras la muerte de Alí, su rival Muawiya se consolidó en el poder
y estableció una dinastía de califas, los Omeya, que gobernaron
desde Damasco. A la muerte de Muawiya le sucedió su hijo Yazid.
Uno de los hijos de Alí, Hasán, había aceptado la autoridad de
Muawiya; pero el otro hijo de Alí, Husein, no estuvo dispuesto a
reconocer a Yazid y organizó una rebelión. Las tropas de Yazid vencieron definitivamente a las de Husein y este murió en la batalla
de Kerbala el año 680.
La derrota en Kerbala marcó la ruptura definitiva entre chiitas
y sunitas. La muerte de Husein es conmemorada por los chiitas en
ritos de pasión durante el mes de muharram. Grandes multitudes
de chiitas se autoflagelan recordando a su mártir. Las escenas guardan cierto parecido con los viacrucis del catolicismo. La estimulación de semejantes suplicios, sea en Occidente o en el islam, es moralmente objetable. Pero al menos en el catolicismo se está estimu136
lando una mortificación que celebra el martirio de alguien que no
quiso combatir. En cambio, en la celebración del martirio de Husein se conmemora a un mártir fanatizado que murió luchando en
una guerra santa.
Husein dejó descendencia y los chiitas siguen creyendo que esos
descendientes debieron ser los legítimos califas. Cada uno de estos
descendientes son llamados imanes. En torno a esto hay divisiones
entre los propios chiitas. Algunos (los zayditas) creen que sólo los
cinco primeros imanes son legítimos. Otros (los ismailitas) creen
que son siete. Y aún otros (los imamitas) creen que son doce. Los
imamitas creen que el duodécimo imán está oculto y, como hemos
visto, volverá como el Mahdi.
Omeyas, abasidas ...y wahabíes
La dinastía Omeya asentó su poder y logró más victorias militares,
se enfrentó a los bizantinos y conquistó la mayor parte de la Península Ibérica. Los Omeyas no fueron fanáticos. Ellos asumieron
muy superficialmente los deberes religiosos y mantuvieron a raya
a grupos fanatizados como los jariyitas. Pero empezaron a cultivar
un gusto por el lujo y la vida acomodada y por favorecer a las aristocracias árabes que gobernaban despóticamente sobre los no árabes. En la opinión pública se les empezó a percibir como gobernantes no suficientemente islamizados. Se organizó una conspiración, aprovechando el malestar de los chiitas y el descontento de
los no árabes, y en nombre de una renovación religiosa se derrocó
a los Omeyas para dar paso a los Abasidas, una nueva dinastía, descendientes de Abbas ibn Abd al-Muttalib, un tío de Mahoma. Los
Abasidas gobernaron el califato desde Bagdad. Uno de los Omeya,
Abderramán, logró escapar de aquella revuelta desde Siria y apareció
en Córdoba. Finalmente, el mundo musulmán quedó fragmentado
en dos grandes califatos: el Omeya de Córdoba y el Abasida de Bagdad. Ambos fueron esplendorosos. La gran ola expansiva del islam
había cesado y eso dio lugar un prolongado período de estabilidad
que permitió a ambos califatos cultivar las artes y las ciencias.
137
No obstante, hubo convulsiones. Hemos visto que en el califato
abasida o abasí se produjeron discusiones entre mutazilíes y asharitas, en las cuales terminaron por prevalecer los segundos, y esto
sentó las bases para el literalismo coránico que hoy estimula buena
parte del fundamentalismo islámico.
También en el califato abasida surgieron los sufíes, místicos que
buscan la unión con Dios. Hasta el día de hoy, los sufíes han servido
como un importante contrapeso a la violencia del integrismo islámico, pues el sufismo busca la contemplación mística y en esa aproximación religiosa no hay espacio para la violencia. Fueron los sufíes
quienes más popularizaron la noción de que la yihad más importante es la espiritual, pero los sufíes no fueron bien recibidos en el
califato abasida. El fundador del sufismo, Al-Hallaj, fue ejecutado
como apóstata en el siglo X, pues su idea de que es posible unirse
con Dios fue interpretada como idolatría. Desde entonces, casi todos los movimientos más radicalizados del islam han tratado de
suprimir violentamente a los sufíes.
El califato de Córdoba se desintegró en varios pequeños reinos
(taifas), y la civilización islámica de al-Ándalus empezó a decaer y
sufrir derrotas frente a los ejércitos cristianos. Frente a esta decadencia, en el siglo XI algunos gobernantes de las taifas creyeron poder mejorar su situación invitando a los almorávides, una facción
fanatizada procedente del norte de África. Los almorávides impusieron una versión bastante estricta del islam, pero al final relajaron
sus parámetros. Entonces hizo su entrada en la Península Ibérica
un nuevo grupo de fanáticos, los almohades, que desplazaron a los
almorávides y tomaron el poder.
Este modelo ha sido bastante recurrente en la civilización islámica. Cada vez que se atraviesa un período de crisis e inestabilidad,
prospera en el mundo musulmán la idea de que la solución para
todos los problemas es la rigurosidad en el islam. Esto ha hecho
que la incorporación a la modernidad haya sido muy tardía. Los
resultados, predeciblemente, no han sido muy satisfactorios. El fanatismo no logra resolver los problemas, pero después de 14 siglos,
muchos en el mundo musulmán siguen repitiendo el eslogan de
que “el islam es la solución”.
138
El califato abasida fue perdiendo también su poder sobre sus extensos territorios y se fue desintegrando, aunque logró sostenerse.
En Occidente se insiste mucho en la confrontación entre el islam
y los cruzados cristianos, pero en realidad esto no tuvo mayor trascendencia en el mundo musulmán. No obstante, hubo un acontecimiento tremendamente traumático en el siglo XIII: el asedio de
Bagdad por parte de las hordas mongolas. Este hecho constituyó
el fin del califato abasida.
Semejante catástrofe propició una nueva reflexión en el mundo
musulmán respecto a cómo pudo haberse evitado. Y en vez de plantearse cuestiones racionales (¿se debió haber fortificado mejor las
ciudades?, ¿se debió haber buscado alianzas con otros pueblos?,
etc.), la respuesta fue casi exclusivamente religiosa. En aquel contexto surgió una voz muy influyente: la de Ahmad ibn Taimiyya.
A juicio de este, el final del califato abasida se debió a la laxitud en
el cumplimiento de la sharia. Ibn Taimiyya proponía una interpretación muy rigurosa del islam. Se oponía al uso de la razón en cuestiones religiosas y aceptaba todo lo que el Corán dictara al pie de
la letra, incluso sus antropomorfismos sobre Dios.
Ya en la época de Ibn Taimiyya los invasores mongoles se habían
convertido al islam (es poco común que en la historia de la humanidad los invasores asuman la religión de los invadidos, pero así
ocurrió en este caso, señal de que el islam, aún con sus corrientes
fanáticas, siempre ha resultado atractivo para muchos). Naturalmente, estos recién convertidos no asumieron el islam con mucho
rigor. Basándose en ello, Ibn Taimiyya defendió arduamente la idea
de que, además de buscar la incorporación de la “casa de la guerra”
a la “casa del islam” mediante la lucha armada, es necesario hacer
la guerra a aquellos gobernantes aparentemente musulmanes, pero
que en realidad son infieles.
Ibn Taimiyya ha tenido una enorme influencia en el fundamentalismo islámico contemporáneo. Prospera entre los fundamentalistas la idea de que, así como hay que combatir a los infieles foráneos, también hay que luchar contra aquellos infieles que pretenden
ser musulmanes pero que en realidad no lo son. Para expurgar el
islam de esos infieles internos es necesaria una purificación de la
139
religión. Esto, a juicio de Ibn Taimiyya, implicaba el cumplimiento
riguroso de la ley islámica y la supresión de la veneración a santos,
reliquias, santuarios y la persecución de chiitas y sufíes.
El islam recuperó su fuerza política y su onda expansiva tras el
colapso del califato abasida. Unos nuevos conversos, los turcos, lograron un alto nivel de organización social y fueron conquistando
nuevos territorios, en especial aquellos que aún defendía el imperio
bizantino. De entre los turcos surgió un nuevo imperio, el otomano.
Como el abasida de Bagdad y el omeya de Córdoba, este nuevo
imperio proclamó ser la sede del califato, aunque algunos sectores
del mundo musulmán sunita siguieron pensando que el califato
había sido finalmente suprimido por los mongoles.
El imperio otomano alcanzó también una época de esplendor,
no tanto artístico y científico, como los califatos de los siglos anteriores, pero sí militar. Conquistó Constantinopla, la hizo su capital
y se apoderó de parte de los Balcanes. En su apogeo, el imperio
otomano controlaba desde el norte de África hasta regiones de Irán.
En un inicio, la ideología religiosa no fue tan prominente entre los
turcos. Pero finalmente, al formar el nuevo califato, hubo una nueva
inspiración religiosa para su expansión hacia Europa, territorio de
infieles.
No obstante, hacia finales del siglo XVII el imperio otomano empezó a decaer. Los turcos intentaron tomar Viena en 1683, la sitiaron pero no lograron su objetivo. Desde entonces, las naciones
occidentales empezaron a crecer en poderío militar y el imperio
otomano se fue debilitando, hasta el punto de que en el siglo XIX
era llamado “el hombre enfermo de Europa”.
En medio de esa decadencia se repitió un patrón de la historia
islámica. Surgieron renovadores fanáticos que sostenían que la mejor
forma de evitar aquella decadencia era purificar el islam, haciéndolo
mucho más riguroso, de forma que se volviese a la época de los
cuatro califas rectamente guiados. Fue así como apareció en el siglo
XVIII otro personaje muy influyente en el extremismo islámico contemporáneo: Muhammad ibn al-Wahhab. Era oriundo de Arabia
(que por aquella época formaba parte del imperio otomano, aunque
poseía mayor autonomía que otras regiones), y en sus viajes por
140
varias ciudades del mundo musulmán quedó horrorizado al ver
elementos que, a su juicio, eran antitéticos del islam. En especial,
lo mismo que Ibn Taimiyya, se opuso a la veneración de santos y
reliquias y promovió una activa persecución de sufíes y chiitas. Además, promovió una versión durísima del derecho islámico, con todas las barbaridades señaladas en el capítulo anterior.
Al-Wahhab encontró un apoyo político en Muhammad ibn
Saud, un jefe tribal cuyos descendientes pasaron a ser los gobernantes de la actual Arabia Saudí. Sus seguidores destruyeron santuarios de veneración y persiguieron duramente a los chiitas. El
imperio otomano logró suprimir el movimiento de Ibn Saud pero,
cuando el imperio otomano quedó desintegrado en el siglo XX y se
formó la actual nación de Arabia Saudí, se impuso la versión radical
del islam que había defendido Al-Wahhab. Finalmente, la riqueza
petrolera de Arabia Saudí permitió a este país exportar esta versión
del islam a todo el mundo.
Hoy se conoce este movimiento como wahabismo y es probablemente la versión más fanatizada del islam. Lamentablemente,
es la mejor financiada. Los wahabitas han construido majestuosas
mezquitas y centros islámicos en muchas ciudades (incluidas americanas y europeas), donde se enseña el literalismo coránico y el
cumplimiento de la sharia en todos sus detalles. Bat Ye’or dice en
su libro Eurabia que, a raíz de la crisis del petróleo de 1972, las naciones de Europa llegaron a un pacto con los saudíes: se aseguraban
el petróleo pero, a cambio, se permitiría un aumento de la influencia cultural saudí, lo cual serviría como plataforma para asentar el
wahabismo en el mundo entero.
La tesis de Bat Ye’or es demasiado conspiranoica, pero sí podemos
reconocer que, mientras tenga las mayores reservas de petróleo del
mundo, la casa real saudí seguirá financiando la versión más fanatizada del islam. De sobra es conocido que los grupos yihadistas,
como el propio Estado Islámico de Irak y el Levante, reciben financiación saudí, aunque no necesariamente de las propias autoridades. Algunos yihadistas se han vuelto en contra de la propia
casa real saudí pues, insólitamente, estos fanáticos saudíes hacen
buenos negocios con los norteamericanos (el mayor infiel, según
141
interpretan muchos musulmanes) y permiten bases militares de EE
UU en Arabia. Estos yihadistas asumen el dictamen de Ibn Taimiyya: debe combatirse también a aquellos infieles que pretenden
ser musulmanes. Pero la casa real saudí no ha hecho más que crear
su propio monstruo, pues han sido ellos mismos quienes se han
encargado de promover el fanatismo basado en el wahabismo.
De Mustafá Kemal al Estado Islámico
El imperio otomano se alió con los alemanes y los austrohúngaros
en la Primera Guerra Mundial y fue desmembrado por los vencedores de aquel conflicto. Como he dicho, el califa de aquel momento convocó una guerra santa contra los aliados, pero no tuvo
éxito en su convocatoria. Los imperialistas franceses e ingleses, que
en décadas anteriores habían ido penetrando en territorios otomanos, habían convencido a los árabes de que se rebelaran contra los
otomanos prometiéndoles la independencia. Los árabes accedieron
y cumplieron su parte, pero al final de la guerra los imperialistas
no cumplieron su palabra y más bien se repartieron entre ellos los
restantes territorios otomanos, imponiendo fronteras nacionales
ya inexistentes.
Los franceses e ingleses también ocuparon Anatolia (el núcleo
del imperio), pero los turcos lucharon una guerra de independencia
y lograron expulsarlos. Aquella guerra no se hizo en nombre de la
religión, sino del nacionalismo turco laico. El dirigente turco Mustafá Kemal promovió un acelerado proceso de secularización en la
construcción de la nueva nación. Ello incluyó la abolición del califato en 1924.
Estos sucesos tuvieron una notable influencia en el despertar de
un nuevo integrismo islámico varias décadas después. Por una parte,
el islam no estaba ya a la ofensiva en su intento de incorporar la
“casa de la guerra” a la “casa del islam”, sino a la defensiva, pues
quedaba claro que los imperios europeos, valiéndose del engaño y
la manipulación, atentaban gravemente contra la soberanía islámica.
Ahora, en opinión de los integristas, había muchísima más justifi142
cación para lanzar una guerra santa contra Occidente. No obstante,
las propias ideas occidentales de nacionalismo laico lograron penetrar en el mundo musulmán y los movimientos independentistas
rara vez apelaron a la religión. Con todo, tras el final de la Guerra
Fría la hostilidad imperialista occidental quedó en la memoria de
muchos musulmanes y ello activó un renovado integrismo.
La abolición del califato también tuvo un impacto considerable.
Aunque, como hemos visto, el califato no es lo mismo que el papado, y había habido una interrupción tras la conquista mongola
de Bagdad, el mundo musulmán (al menos el chiita) había estado
acostumbrado a tener un referente como unidad de la umma, la
comunidad islámica mundial. Fue un laicista turco, imbuido de
ideas occidentales, quien arremetió contra ese referente. Esto, en
opinión de muchos, era también una gravísima ofensa que merecía
la convocatoria de una nueva guerra santa. Era, de hecho, una referencia habitual en los discursos de Osama Bin Laden dirigidos a
Occidente.
La creación del Estado de Israel en 1948 tuvo también mucha
influencia en el resurgimiento del extremismo islámico. Las fronteras nacionales impuestas por los poderes imperiales europeos eran
apreciadas como un debilitamiento de un hipotético califato futuro.
Aunado a eso, la presencia de un Estado judío aliado a Occidente
en el corazón del mundo islámico era ya demasiado.
Desde los días de Mahoma ha habido en el islam cierto antisemitismo. Pero, como hemos visto, los judíos del islam fueron mejor
tratados que en Occidente, y si bien eran ciudadanos de segunda
clase, no eran particularmente odiados en tierras musulmanas. La
creación del Estado de Israel cambió esto. Hoy casi no quedan comunidades judías en los países musulmanes, pues la mayoría han
sido expulsados. El odio a los judíos en estos países es virulento.
Hay toda clase de teorías conspiranoicas propias sobre los judíos
(por ejemplo, que fueron los culpables de la ruptura entre sunitas
y chiitas) y también se reciclan viejas teorías antisemitas de Occidente (por ejemplo, en los países musulmanes se reeditan continuamente Los protocolos de los sabios de Sión). Entre extremistas islámicos, uno de los insultos antisemitas más comunes es llamar a
143
los judíos “simios y cerdos”, basándose en una extraña historia del
Corán en la cual Dios convierte en animales a unos judíos que habían violado el descanso del sábado (2,65).
Las nuevas naciones del mundo musulmán estaban ahora mayoritariamente gobernadas por líderes laicos, pero seguía el germen
integrista en muchos de esos países. Surgieron así en la segunda
mitad del siglo XX dos personajes que, junto a Ibn Taimiyya y AlWahhab, llegaron a ser enormemente influyentes en la formación
del renovado integrismo contemporáneo y en quienes hoy se basan
muchos yihadistas.
El primero fue Sayyid Maududi, oriundo de la India. Cuando
este país obtuvo la independencia y se partió en dos (India y Pakistán), el gobierno pakistaní trató de mantener un régimen laico.
Pero Maududi consideraba el laicismo un vicio occidental y publicó
muchos escritos en los cuales hacía un llamamiento a regresar a las
bases puritanas del islam, en la línea de Ibn Taimiyya y Al-Wahhab.
En especial, Maududi defendía la idea de que, además de luchar
contra el infiel, era necesario luchar contra el falso musulmán; él
pensaba en particular en los ahmadíes, una secta musulmana con
bastante presencia en Pakistán que tiene la creencia de que después
de Mahoma han venido otros profetas. Maududi no alcanzó a ver
materializadas sus propuestas, pero tras su muerte Pakistán se volvió
una feroz teocracia. Gracias a su influencia, Pakistán es hoy un fértil
terreno para los yihadistas (la mayoría de los talibanes de Afganistán
se formaron en Pakistán) y los ahmadíes sufren una tremenda persecución religiosa.
El otro fue el egipcio Sayyed Qutb. En su juventud aprendió de
memoria el Corán y fue asumiendo posturas radicales. Las autoridades egipcias se fijaron en él y, deseosas de mantener cierto laicismo, optaron por enviarlo como estudiante a EE UU con la esperanza de que encontrara moderación en un país liberal. El efecto
fue el contrario. Ya como hombre adulto, Qutb narró que durante
su estancia en EE UU fue a un baile escolar y quedó horrorizado
al ver que las muchachas adolescentes bailaban con muchachos
(hay que destacar que esto fue en la década de 1950: ¡cuánto más
habría quedado horrorizado hoy con el reggaetón!). Desde entonces,
144
en Qutb quedó sembrada la idea de que no había reconciliación
posible con Occidente, y cuando volvió a Egipto organizó junto a
otros el movimiento que se llamó de los Hermanos Musulmanes,
el cual busca el derrocamiento de las autoridades seculares en los
países musulmanes y la aplicación de la sharia en una versión bastante extremista.
Nasser, el dictador egipcio, persiguió ferozmente a los Hermanos
Musulmanes y bajo su régimen Qutb fue torturado y finalmente
ejecutado. Pero, como bien sabemos (debido a los acontecimientos
de la primavera árabe en Egipto), los Hermanos Musulmanes siguen siendo una fuerza política muy notable en el mundo islámico.
Finalmente, la influencia de Qutb se unió a la de los wahabitas y
dio pie al extremismo islámico que hoy sigue representando una
considerable amenaza.
Las ideas de Qutb fueron muy importantes porque reinterpretaban la agresión occidental al islam. En la mente de Qutb y sus
seguidores, la agresión occidental no era tanto la ocupación de los
antiguos territorios otomanos o la creación del Estado de Israel,
sino la influencia cultural corrosiva que se ejercía sobre el mundo
musulmán. Occidente agrede al islam no tanto con sus tanques y
soldados, sino con su materialismo, hedonismo y laicismo. Esto
dio un nuevo giro al proyecto yihadista. Pues los yihadistas interpretaban que sería necesario combatir a los países occidentales aun
si estos no presentaban una amenaza militar a su soberanía. El mero
hecho de que desde Occidente se exporte inmoralidad es suficiente
justificación para luchar. Los agresores ya no eran potencias como
EE UU o Francia, sino también paisitos agresores por sus valores
culturales, como Dinamarca, Suiza o Luxemburgo.
Todas estas ideas de extremistas islámicos circulaban en el mundo musulmán, pero nadie aún las tomaba muy en serio. Las cosas
empezaron a cambiar en 1979, cuando los iraníes hicieron su revolución. El ayatolá Jomeini emergió como el gran líder que pretendía exportar su revolución islámica a otros países musulmanes,
integrar a todos los musulmanes de nuevo y derrotar finalmente a
Occidente. El problema, no obstante, es que la revolución islámica
de Irán es chiita, y esto le impedía tener un fuerte poder de con145
vocatoria entre la mayoría sunita. En muchas regiones del mundo
musulmán, los chiitas son más odiados que los propios infieles.
Lo que realmente despertó al gigante dormido del extremismo
islámico fue el final de la Guerra Fría. También en 1979, la Unión
Soviética invadió Afganistán. Combatientes de todo el mundo musulmán acudieron como voluntarios a Afganistán para luchar contra
los invasores soviéticos. EE UU ofreció apoyo a los yihadistas y,
tras una cruenta guerra que duró una década, los soviéticos se retiraron derrotados. Casi inmediatamente, la Unión Soviética colapsó. Este colapso se debió a muchas causas, y seguramente el fracaso militar de Afganistán tuvo poco que ver. Pero los combatientes
islámicos asumieron que su yihad había sido la artífice de aquel
acontecimiento y aumentó su confianza. Si se había derrotado a
un imperio infiel, el soviético, también se podía derrotar a otro imperio infiel, el norteamericano (y sus aliados occidentales).
Tras el colapso soviético, Yugoslavia se desintegró, los musulmanes balcánicos resistieron el ataque militar serbio y, nuevamente,
los yihadistas acudieron como voluntarios. Algo similar ocurrió
con los chechenos frente a Rusia. Finalmente le tocó el turno a EE
UU. Los mismos yihadistas que este país había financiado se volvieron contra ellos en los ataques del 11 de septiembre de 2001 en
Nueva York. El resto es de sobra conocido: EE UU invadió Afganistán e Irak sin una estrategia clara y alborotó el avispero. Se derrocó a Gadafi en Libia y en su lugar ahora gobiernan extremistas
islámicos. Osama Bin Laden fue asesinado y su red terrorista fue
casi totalmente desmantelada, pero en su lugar ha surgido el Estado
Islámico de Irak y el Levante, una nueva organización extremista
que, como ninguna otra, ha logrado imponer una versión durísima
de la sharia en un territorio bastante extenso. Aún no sabemos cómo terminará esta tragedia.
146
Conclusión
¿Es reformable el islam?
El Medio Oriente es una zona sumamente conflictiva y estos conflictos empiezan a salpicarnos, con atentados en Madrid, París,
Londres, Buenos Aires y otras ciudades occidentales. ¿Es el islam
el problema? En parte, por supuesto que lo es. No logramos nada
con intentar tapar el Sol con un dedo y pretender que en esta religión todo es paz y amor. Las barbaridades de la sharia, la división
del mundo entre la “casa del islam” y la “casa de la guerra” y la proclamación de la yihad tienen un firme respaldo doctrinal en el islam. Algunas otras barbaridades no vienen propiamente de las doctrinas islámicas (por ejemplo, la ablación del clítoris o los asesinatos
por honor), pero no nos engañemos: casi todos los aspectos brutales
que tanto se denuncian en el islam no son inventados; efectivamente, tienen fundamento doctrinal.
Aun así, las doctrinas islámicas son condición necesaria para
toda esa barbarie, pero no condición suficiente. Sin las provocaciones y las agresiones occidentales, el mundo musulmán no sería
tan hostil. Esas ideas extremistas siempre están ahí, pero si no hay
nadie que las alborote, la mayoría de los musulmanes no las tomarían muy en serio. Si los franceses e ingleses no hubiesen roto su
promesa a los súbditos árabes del imperio otomano; si la partición
de Israel y Palestina hubiese sido más justa; si no se hubiese derrocado al progresista Mossadegh en Irán; si no se hubiese apoyado a
tantos dictadores árabes laicos; si no se hubiese invadido Irak; si
no se despreciase tanto a los inmigrantes magrebíes en Francia, seguramente el islam no mostraría su lado más violento.
147
Pero no nos engañemos. El propio contenido de la religión islámica influye mucho. Los cristianos palestinos sufren las mismas
vejaciones que los musulmanes palestinos en la ocupación israelí.
Pero en Cisjordania son los musulmanes, no los cristianos, quienes
se inmolan y en su martirio asesinan a civiles inocentes. Su inspiración no aparece de la nada. Tiene 14 siglos de respaldo.
Entonces, ¿está condenado el islam a ser siempre una religión
de fanáticos? No necesariamente. Siempre son posibles las reformas.
El estudio de la historia del judaísmo y el cristianismo da sustento
a este optimismo. En el siglo II antes de nuestra era surgió una variante de yihadistas en el seno del judaísmo: los macabeos. Proclamaron una guerra santa, vencieron a los ocupantes griegos e impusieron una feroz teocracia, con leyes muy parecidas a las que promulga la sharia. Inspirándose en ellos, algunas décadas después de
Jesús, otros fanáticos judíos, los celotas, organizaron una revuelta
religiosa contra los romanos, pero esta sí fracasó. ¿Está el judaísmo
condenado a ser la religión fanática de los macabeos y los celotas?
No. En el judaísmo hubo reformas importantes. Y por más que
podamos criticar al Estado de Israel en muchas cosas (incluida la
ocupación de los territorios palestinos), debemos al menos reconocer que es un Estado laico y el país más democrático de todo el
Medio Oriente. Si los judíos siguieron practicando su religión, pero
lograron mantener un Estado laico y neutralizaron a los fanáticos
religiosos, no hay motivos para pensar que no se pueda hacer lo
mismo en el islam.
Algo similar ocurrió en el cristianismo. Desde la conversión de
Constantino y hasta el siglo XVIII, la Iglesia y el Estado estuvieron
unidos en Occidente. Hubo esclavitud, cruzadas, inquisiciones,
guerras y fanatismo a lo bestia, todo ello en nombre de Cristo. Hoy
podemos ser muy críticos con nuestra propia civilización, pero podemos felicitarnos de que en Occidente el fanatismo religioso quedó
atrás y somos una civilización bastante secularizada. En nuestros
países, por fortuna, se acabaron las teocracias.
Es cierto que, al menos en el caso de la ijtihad (discusiones sobre
la sharia), tradicionalmente ha quedado establecido que hacia el
siglo X se completó la deliberación entre juristas y ya se dijo todo
148
lo que había que decir sobre asuntos jurídicos (“se cerraron las puertas de la ijtihad”, reza una proclama frecuentemente invocada). En
teoría, eso obstaculiza las reformas. Pero esto es meramente una
opinión entre juristas y no hay nada que verdaderamente las impida. A la par de toda esa alarmante y creciente corriente de fanatismo que he reseñado, en el islam hay también voces moderadas
que quieren hacer con esa religión lo que los modernizadores hicieron con el judaísmo y el cristianismo. Cada vez tienen menos
prominencia y demográficamente están perdiendo fuelle, pero están
ahí. Tarek Fatah, Hussein Jomeini (nieto del ayatolá), Irshad Manji
y muchos otros son musulmanes moderados que piden a gritos una
reforma modernista del islam.
Como hemos visto, en la historia del islam cada vez que ha habido una crisis, los reformadores que surgen proponen como alternativa más fanatismo, más rigor en la vuelta a los orígenes del
islam en el siglo VII. Pero, afortunadamente, están también esos reformadores modernistas que, aunque tienen respeto por lo que Mahoma pudo haber hecho en el siglo VII, son muy conscientes de
que pretender un regreso al islam más prístino es un anacronismo.
Estos musulmanes modernistas creen que se puede preservar el
mensaje de justicia social del islam así como conservar su riqueza
cultural. Pero, a la par, creen necesario separar la religión del Estado,
promueven una lectura crítica del Corán, los derechos humanos,
la liberación femenina, etc.
Por supuesto, para lograrlo esos musulmanes moderados deben
rechazar algunas creencias que en el islam tradicionalmente se han
considerado básicas. No es posible estudiar críticamente el Corán
ni cuestionar la sharia (que toma como principal fuente ese libro),
si se sigue creyendo que este es eterno e increado, la palabra literal
de Dios. No es posible oponerse al matrimonio de niñas si se sigue
pensando que Mahoma es el “modelo excelente de conducta”. No
es posible criticar la destrucción de esculturas babilónicas a manos
del Estado Islámico de Irak y el Levante si se sigue celebrando que
Mahoma destruyó los ídolos de la Kaaba.
Pero insisto por enésima vez: no hay un papa en el islam y eso
permite a estos modernistas tener más flexibilidad para abandonar,
149
o al menos relativizar, algunas posturas que clásicamente se han defendido en el islam. Durante el califato abasida, los mutazilíes fueron suprimidos. Pero nada impide que surjan modernistas que, como aquellos filósofos racionalistas, moderen el fanatismo de una
religión sobre cuya base se construyó una civilización muy esplendorosa.
Serafín Senosiáin, editor de Laetoli, me decía en una comunicación privada que debemos buscar una alianza con los ateos y agnósticos del mundo musulmán para hacer frente al fanatismo. Ciertamente, lo ideal sería que todos los musulmanes del mundo aplicaran el razonamiento de Hume y comprendieran que es más probable que Mahoma mentía o alucinaba y no que se le apareció el
ángel Gabriel.
Pero hay que poner los pies sobre tierra y aspirar a algo más real.
Por ello, mucho más que con los ateos y agnósticos del mundo musulmán, a Occidente le conviene estimular a los reformistas modernizadores y moderados que, aun vistiendo sus ropas tradicionales y
rezando cinco veces al día, defienden la democracia, el laicismo, la
igualdad de género, los derechos humanos y el pensamiento crítico.
Hay, con todo, un riesgo. Nunca podemos estar plenamente seguros de que los musulmanes que predican paz y amor y aparentan
ser moderados en realidad lo sean. Pues en el islam (sobre todo en
la rama chiita, pero no exclusivamente) existe la doctrina de la taqiyya, la ocultación. Según esta doctrina, si un musulmán siente
que su fe está en peligro, puede disimular haciendo creer que no
la profesa.
En Occidente mucha gente critica esto como una grave inmoralidad, pues invita a mentir. Yo, en cambio, no veo la gravedad.
En mi país, Venezuela, he estado en situaciones en las cuales debo
esconder mis simpatías políticas a fin de preservar mi seguridad laboral. Fue lo mismo que hicieron los criptojudíos y criptomusulmanes en España durante varios siglos para poder sobrevivir y, francamente, no los culpo. La mentira puede tener justificaciones morales.
El problema, no obstante, es que la taqiyya puede ser utilizada
por extremistas islámicos que, ante Occidente, quieren dar la im150
presión de que el islam es una religión pacífica a fin de que los musulmanes sean aceptados. Pero, una vez que su número haya crecido
en Occidente y hayan logrado penetrar en nuestra civilización, se
acabaría la pretensión y se intentaría la conquista. Algunos musulmanes aparentemente modernistas, como Tariq Ramadan, dicen
cosas muy progresistas cuando están frente a audiencias occidentales
y cosas muy retrógradas cuando están ante audiencias de países
musulmanes (esto ha sido ampliamente documentado por la periodista Caroline Fourest en su libro Hermano Tariq).
Ciertamente, ese riesgo está ahí, pero lo considero demasiado
alarmista. Esa preocupación, además, termina por castigar duramente a cualquier musulmán que quiera genuinamente modernizar
el islam. Si un musulmán predica barbaridades, diremos que el islam es una religión fanática; si predica cosas bonitas, diremos que
está practicando la taqiyya. No podemos proceder así. Efectivamente, hay un riesgo de que nos engañen, pero la paz exige riesgos.
Démosle una oportunidad, como bien cantó John Lennon.
151
152
Para leer más
Ali, Ayaan Hirsi, Reformemos el Islam, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015. La autora ha cobrado fama por sus denuncias de las
prácticas más brutales en el islam y por las amenazas de muerte
recibidas. Aunque abandonó la religión islámica, abre el camino
a la posibilidad de que los musulmanes reformen su religión y
la hagan compatible con los valores ilustrados.
Armstrong, Karen, El islam, Debate, Barcelona, 2013. Aunque presenta los hechos con algún grado de ingenuidad, la autora hace
un buen recorrido por la historia del mundo musulmán, lo suficiente para que el lector se forme una idea básica de la compleja
historia de esa civilización.
Bell, Richard, Introducción al Corán, Encuentro, Barcelona, 2006.
Libro frecuentemente empleado como introducción a los aspectos filológicos, doctrinales e históricos del Corán. Dada la centralidad del Corán en el islam, es un buen libro para comprender
de cerca el contenido de las doctrinas islámicas.
Bendriss, Ernest Yassine, Breve historia del Islam, Nowtilus, Barcelona, 2013. Ameno libro que hace un recorrido por la historia
de la civilización islámica.
153
Esparza, José Javier, Historia de la Yihad, La Esfera de los libros,
Madrid, 2015. Obra en ocasiones desproporcionadamente crítica hacia el islam, pero bastante informativa sobre el uso conceptual de la yihad para lanzar enfrentamientos contra Occidente.
Esposito, John, El Islam: 94 preguntas básicas, Alianza, Madrid,
2004. Libro sencillo pero muy útil para aprender en formato de
preguntas y respuestas los aspectos más básicos de la religión islámica.
Lewis, Bernard, ¿Qué ha fallado? El impacto de Occidente y la respuesta de Oriente Próximo, Siglo XXI, Madrid, 2002. Obra muy
aguda en la cual se reseña el declive de la civilización islámica y
su negativa a hacer los ajustes necesarios para poder volver a brillar.
Manji, Irshad, Mis dilemas con el Islam, Maeva, Madrid, 2004. La
autora es una musulmana reformista que aspira a acercar el islam
a la modernidad y el liberalismo. La obra, escrita en un tono
personal, ilustra cómo piensan algunos musulmanes que opinan
que el islam es reformable.
Rodison, Maxime, Mahoma, Península, Barcelona, 2002. Biografía
muy completa y erudita de Mahoma. El autor ofrece interpretaciones marxistas de varios aspectos de la vida de Mahoma y
reseña varios episodios sombríos.
Warraq, Ibn, Por qué no soy musulmán, Ediciones del Bronce, Barcelona, 2003. Si bien la obra es algo desordenada, es ya clásica
entre los críticos del islam. El autor tiene como credenciales conocer muy bien el islam desde dentro pues fue criado como musulmán. Escribe desde una fresca perspectiva racionalista e ilustrada.
154
Índice
ver si falta algo
Introducción. ¿Choque de civilizaciones? . . . . . . . . . . . . . . . .
7
1. Un profeta muy mundano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El alabado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Alá significa Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Estricto monoteísmo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una esposa de nueve años . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El viaje nocturno . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
La hégira, el año 1 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un profeta guerrero hace un Dios guerrero . . . . . . . . .
Contra los judíos y los poetas satíricos . . . . . . . . . . . .
Guerra, bandidaje y exterminio . . . . . . . . . . . . . . . . .
Hacia La Meca . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Conversión al islam o muerte . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
13
19
21
27
31
33
36
39
43
45
50
52
2. Un libro no muy santo y muchas creencias absurdas . . . .
Una recopilación con problemas . . . . . . . . . . . . . . . . .
¿Dictado por Dios? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Incoherente y con faltas gramaticales . . . . . . . . . . . . .
¿Anticipo de teorías científicas? . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Errores científicos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Contradicciones y abrogaciones . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una predicación apocalíptica . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
55
60
63
67
69
72
75
81
155
3. Una ley muy injusta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91
Sharia, ijma, qiya... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 94
Rushdie y otros apóstatas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 97
La mujer en el islam . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 101
La homosexualidad y otras prohibiciones . . . . . . . . . . 111
Vía libre a la esclavitud . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 117
4. Fanatismo a lo bestia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
La yihad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Una historia de violencia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Omeyas, abasidas ...y wahabíes . . . . . . . . . . . . . . . . . .
De Mustafá Kemal al Estado Islámico . . . . . . . . . . . .
121
128
133
137
142
Conclusión. ¿Es reformable el islam? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 147
Para leer más . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
156
Gabriel Andrade
La inmortalidad ¡vaya timo!
Colección ¡Vaya timo!, 16
«Una buena, breve y racional, ayuda para valorar las razones de los enemigos
del evolucionismo. Personalmente, me hubiera gustado que el autor hubiese
utilizado un lenguaje menos ‘cheli’ (creatas llama, por ejemplo, a los creacionistas), pero en cualquier caso lo importante es la información y los argumentos, y
los de Carmena son sólidos» (José Manuel Sánchez Ron, El País, Babelia)
«Como el resto de los títulos de esta sugerente colección, el libro de Carmena
—una delicia— apuesta por la divulgación científica jovial, directa y con un
punto arrogante» (Marcos Peña, El Heraldo de Aragón)
«Carmena concibe el libro como una carta dirigida a un amigo que está cayendo
en manos de los creacionistas. Utiliza, por tanto, un lenguaje directo, contundente y en ocasiones agresivo para arremeter contra los fundamentalistas. Pero,
pese a esta aparente ligereza y desenfado en el tono, el autor aporta un análisis
riguroso para desmontar cualquier superchería» (Raúl Romar, La Voz de Galicia)
«Magníficamente escrito [...]. Una muy buena exposición de lo que es el
evolucionismo» (Joaquín Leguina, Radio 1)
161
Gabriel Andrade
El posmodernismo ¡vaya timo!
Prólogo de Mario Bunge
Colección ¡Vaya timo!, 19
«Carlos J. Álvarez, psicólogo y experto en neurociencia, constata en La parapsicología ¡vaya timo! que, tras más de un siglo de investigaciones, las pruebas
científicas de los llamados poderes mentales son las mismas que antes: ninguna»
(Muy Interesante)
«Carlos J. Álvarez ha logrado escribir —y bien además— una introducción a
parte del espectro de las creencias paranormales muy clara y más que suficiente
para cualquier muchacho intrigado por lo que los medios de comunicación especializados difunden como los misterios de la mente. Será más difícil, si dedican un fin de semana a la lectura de este libro, que frikies de las psicofonías
y espiritistas con chaleco de arqueólogo les engañen desvergonzadamente, lo
que no es poco; y no sólo no es poco, sino que es uno de los motores principales
de la divulgación crítica de la subcultura paranormal» (Ricardo Campo, La
Opinión de Tenerife)
«Un libro tan interesante como fácil de leer» (Javier Cavanilles, El Mundo)
«Un magnífico y recomendable ensayo [...]. Un volumen muy recomendable
que hay que añadir a la magnífica colección ¡Vaya timo!» (Salvador López
Arnal, El Viejo Topo)
162
Gabriel Andrade
La teología ¡vaya timo!
Colección ¡Vaya timo!, 21
«Gonzalo Puente Ojea es uno de los pocos intelectuales españoles que nos quedan representantes de un pensamiento radical, impecable e implacablemente
racionalista, que desde hace ya unas tres décadas viene combatiendo, cual Quijote con los molinos de viento, contra los mitos, dogmas e ideologías que
impregnan los análisis de la realidad cotidiana» (Ricardo García Cárcel, ABC)
«Siguió a aquel primer díptico [Ideología e Historia] una obra que se cuenta
entre las más extensas y, en todo caso, más coherentes del pensamiento español
contemporáneo. Esa obra, que despliega su minuciosa reflexión acerca de las
grandes ideas sobre la religión, la mortalidad y los complejos mecanismos de
la mistificación humana, convierte a Gonzalo Puente Ojea en eso tan admirable y tan extraordinario: un clásico en vida [...]. Uno de los escasísimos
sabios en activo de nuestro país. Un lujo inmenso para la inteligencia» (Gabriel
Albiac, Leer)
«Puente Ojea no defrauda en la busca de ‘la clave de la falacia’. No hay muchos
antecedentes de ateos con semejante conocimiento del hecho religioso tratado
en este libro» (Juan G. Bedoya, El País, Babelia)
163
Gabriel Andrade
Las razas humanas ¡vaya timo!
Colección ¡Vaya timo!, 24
Edición de once ensayos de Mario Bunge sobre las pseudociencias, escritos
originalmente en inglés entre 1974 y 2009 y publicados en su mayor parte
en revistas especializadas. «El oscurantismo es, en el mejor de los casos, una
forma de escapismo; en el peor de ellos, una cortina de humo y un instrumento
de opresión. ¡Larga vida a la Ilustración!» (Mario Bunge)
«Frecuentemente oímos expresar preocupación por el demencial acopio de falsos
saberes y supersticiones revestidas de autoridad pseudocientífica que prosperan
sin cesar en nuestra sociedad, pese a que la información nunca ha sido tan
abundante y fácil de encontrar. En Las pseudociencias, ¡vaya timo! de Mario
Bunge se da un repaso a muchas de ellas, pero da la impresión de que cada día
aparecen otras nuevas. Es una paradoja que nunca deja de darse en la modernidad desde el Renacimiento: cuanto más avanza la ciencia más prolifera la
pseudociencia, como un remedo falsario o como el mono del Zaratustra nietzscheano parodiaba las elucubraciones del maestro» (Fernando Savater, El País)
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Gabriel Andrade
Jesucristo ¡vaya timo!
Colección ¡Vaya timo!, 25
Edición de once ensayos de Mario Bunge sobre las pseudociencias, escritos
originalmente en inglés entre 1974 y 2009 y publicados en su mayor parte
en revistas especializadas. «El oscurantismo es, en el mejor de los casos, una
forma de escapismo; en el peor de ellos, una cortina de humo y un instrumento
de opresión. ¡Larga vida a la Ilustración!» (Mario Bunge)
«Frecuentemente oímos expresar preocupación por el demencial acopio de falsos
saberes y supersticiones revestidas de autoridad pseudocientífica que prosperan
sin cesar en nuestra sociedad, pese a que la información nunca ha sido tan
abundante y fácil de encontrar. En Las pseudociencias, ¡vaya timo! de Mario
Bunge se da un repaso a muchas de ellas, pero da la impresión de que cada día
aparecen otras nuevas. Es una paradoja que nunca deja de darse en la modernidad desde el Renacimiento: cuanto más avanza la ciencia más prolifera la
pseudociencia, como un remedo falsario o como el mono del Zaratustra nietzscheano parodiaba las elucubraciones del maestro» (Fernando Savater, El País)
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