Subido por Fernando de los ÁNGELES

SEMINARIO-HISTORIA-URUGUAYA-APARICIO SARAVIA

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INSTITUTO DE PROFESORES “ARTIGAS”
SEMINARIO DE HISTORIA URUGUAYA 1830-1930
APARICIO SARAVIA -1897
“La patria es el poder que se hace respetar por el
prestigio de sus honradeces y por la religión de
instituciones no mancilladas; la patria es el conjunto
de todos los partidos en el amplio y pleno uso de sus
derechos; la patria es la dignidad arriba y el regocijo
abajo: la patria no es el grupo de mercaderes
políticos que han hecho de las prerrogativas del
ciudadano, nubes que el viento lleva, y que se
sienten hoy en donde se sentaban próceres y
adalides en los tiempos heroicos de nuestra historia”
El resurgimiento del
caudillismo: “Aparicio
Saravia un campesino
rebelde”
Fernando de los Ángeles
3ro B – Historia
Prof. Leonardo Guedes
INDICE
1. PRESENTACIÓN….………………………………………………..………………… 2
2. INTRODUCCIÓN……………………..…………………………….………………… 3
3. CONTEXTUALIZACIÓN:
-
La Revolución de 1897……………...................................................................... 4
-
¿Aparicio Saravia es realmente un Caudillo?.................................................... 6
-
¿Hubo Legalidad y legitimidad en los movimientos de 1904?.......................... 8
-
Las revoluciones y guerras civiles en la Historia uruguaya ............................. 9
-
¿Fue un proceso legitimo la Revolución y Guerra Civil de 1904? ................. 11
4. CONCLUSIÓN………………………………………………………………………. 13
5. BIBLIGRAFÍA………………………………………………………………………. 15
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PRESENTACIÓN:
E
xplicar el accionar de Aparicio Saravia en su totalidad es una tarea compleja e
inacabable, pero más complejo sería trabajar al caudillo blanco desconociendo
el contexto histórico en el que está inmerso.
Para trabajar este tema es necesario trabajar de forma panorámica el pensamiento de Aparicio
Saravia en el marco de la modernidad en Uruguay, haciendo hincapié en su participación en la
“Revolución Nacionalista de 1897 y 1904”, y destacar que este período de entre-guerra le sirvió a
Saravia, ya que se convirtió en el caudillo o figura más importante dentro del Partido Nacional.
Las intenciones para abordar el tema surgen en el marco del Seminario de Historia del Uruguay
1830-1930, en el Instituto de Profesores “Artigas”, a cargo del profesor Leonardo Guedes, en el año
2017, cuyo tema central fue orientado en el “CAUDILLISMO”. Por esa razón y sin desviarme de la
temática, decidí trabajar al Caudillo blanco Aparicio Saravia, en el marco de las revueltas de 1897 y
1904.
En el siguiente trabajo de análisis o síntesis pretendo dar alguna visión del caudillismo, teniendo
en cuenta que este es un fenómeno político y social surgido en América Latina a finales del siglo
XIX, cuyo centro de atención será la figura caudillesca de Don Aparicio Saravia, hombre blanco que
lucho constantemente por la causa de las libertades públicas y las garantías del sufragio.
Por esta razón, para comprender la figura del caudillo blanco, debemos preguntarnos e intentar
las siguientes interrogantes.
-
¿Es realmente Aparicio Saravia un caudillo?
-
¿Los movimientos Saravistas fueron procesos legítimos y legales, revoluciones o Guerras
Civiles?
Creo que es necesario destacar algunos conceptos que luego se irán mencionado a lo largo del
presente trabajo. Deteniéndome especialmente en los términos como caudillo y caudillismo.
Palabra clave: Caudillo, Caudillismo, Revolución, Guerra Civil, Libertad.
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INTRODUCIÓN:
El caudillismo es un fenómeno que se dio en toda Latinoamérica durante el siglo XIX
y principios del siglo XX, ocupando un lugar dentro de la historia, leyendas e imaginarios
políticos en cada rincón donde se desarrolló. Cada una de estas figuras caudillesca presenta sus
propias características, lo cual hace que no todos deban ser valorados de igual manera, por ejemplo,
a lo largo de la historia hubo caudillos dictadores, mientras que otros fueron fieles a los principios
democráticos y accedieron al poder mediante elección. Por esta razón, siguiendo los planteos de
Torcuato Di Tella podemos definir que “el caudillo es algo más que un jefe. Su autoridad
indiscutible se basa, por sobre cualquier cargo formal, militar o civil, en cierto ascendente o
influencia sobre una comunidad. El caudillo se hace seguir y obedecer por su prestigio o su
carisma. Ejerce entonces una forma directa y tradicional de poder personal, cuyos antecedentes,
(…) y recorren toda la historia de las sociedades, subsistiendo hasta nuestros días incluso en el
marco de las instituciones democráticas modernas” (Di Tella, et. al., 2006:76). El principal
vehículo, en la historia independentista de América Latina, se da a través de movimientos
revolucionarios y guerras civiles.
Desde 1830, el Estado Oriental vivió, de forma prolongada diferentes guerras civiles y
movimientos militares. La primera causa de rivalidad fue el debido a la ambición que poseían los
grandes caudillos de la época, quienes participaron en el proceso independentista. Otra de las causas
de rivalidad se centró constantemente en la lucha por el poder central del Estado, ya que
constantemente luchaban por quien se encargaría de gobernar República, y así neutralizar o limitar el
accionar del contrincante, por esa razón la única manera de vencerlo era empuñando las armas y
combatir. Quizás si hubiese existido un régimen de garantías y libertades electorales estas guerras
civiles no se hubiesen dado. Debido a estos desordenes internos, surgieron también movimientos
militares que se apoderaron del poder político e impusieron orden frente a estos movimientos
caudillesco que muchas veces generaban apatía en la población. Si bien se centraron en el desarrollo
de la hacienda pública, obras de movilidad y culturales, pusieron fin al libre desarrollo de los partidos
políticos y las libertades individuales. Pero hay que tener en cuenta que también existieron dictadores
que solo buscaron el beneficio propio y se enriquecieron con los dineros del Estado.
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CONTEXTUALIZACIÓN:
La revolución de 1897:
La revolución de 1897 traerá en escena y en primer plano a un personaje de arraigo personal:
Aparicio Saravia, el último de los grandes caudillos militares.
Según Pivel Devoto, en marzo de 1897 estalló la revolución, dirigida por un militar de escuela,
Diego Lamas, y por un caudillo de extraordinario arraigo: Aparicio Saravia. De acuerdo con los
planteos del historiador, la revolución era popular ya que surgía de un estado colectivo, todo un
partido reclamaba la participación el poder, a qué tenía derecho mediante, por ejemplo, la propaganda
periodística de Eduardo Acevedo mediante el diario: “El Nacional”.
La Revolución de 1897 tuvo aspectos característicos: 1- fue una revolución “fulminante” que
le dio la victoria de Diego Lamas sobre el general José Villar, conocida como victoria de Tres
Arboles; 2- A la victoria señalada, siguió la derrota sufrida en Arbolito, contra las fuerzas de Justino
Muñiz, caudillo rival de Saravia; 3- En 1897 se pactó en Aceguá una tregua de 20 días: las
negociaciones fracasaron pues el gobierno sólo estaba dispuesto a conceder cuatro jefaturas. También
se desataron desinteligencias entre el Comité de Guerra Revolucionario y los caudillos que llevaban
la revolución. Entre tanto, el país clamaba por la paz, el 5 de agosto de 1897 un mitin de 20.000
personas se movilizaba por las calles montevideanas reclamando paz.
“El análisis de esta revolución obedecerá en este ensayo a una lógica propia de la ciencia
política, en la medida en que el objetivo es entender la revolución en sus causas y consecuencias
institucionales y políticas… La revolución de Aparicio Saravia provocó de hecho la modificación
paulatina del sistema electoral nacional, volcándolo hacia la representación proporcional de las
diferentes fuerzas políticas en el parlamento, que se consagraría como integral a partir de la
reforma constitucional de 1917. También dejó sentadas las bases de un nacionalismo cívico que
promovió una definición del sentir nacional a partir de la formación de una comunidad de
ciudadanos, dejando de lado lógicas diametralmente opuestas como lo son, por ejemplo, una
concepción de la nación fundada sobre consideraciones étnicas o de “pureza de la sangre” de una
“raza” determinada. Es en esta perspectiva que la revolución de 1897 surge como el punto de
inflexión paradigmático donde el Uruguay del siglo XIX deja lugar al Uruguay moderno, EstadoNación del siglo XX.” (FRAIG, Juan Francisco, TOURREILLAS Ramiro. La Revolución de 1897,
Ediciones de La Plaza, 1999)
Afirma el autor Fraig que lejos de ser un movimiento arbitrario de “gauchos alzados” que
reivindicaban una participación corporativista en el poder, la revolución de 1897 plantea a finales del
siglo XIX, la necesidad de modificar el rumbo que estaba tomando el ejercicio del poder en manos
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del Partido Colorado, y se apoyó para eso en la mejor tradición artiguista: se propuso de
hecho otra forma de concebir el mejor gobierno de la República, de tipo inclusivista.
La Revolución de 1897 plantea la necesidad de abrir el juego electoral a los
ciudadanos, que, sobre todo, por analfabetos, no tenían la necesidad de expresar su posición en las
urnas. Como destaca Fraig, evidentemente la coparticipación planteada por los revolucionarios tiene
un carácter provisorio, a la espera de la reforma electoral que legalmente brindaba al país la
posibilidad de ver representados los diferentes sectores partidarios nacionales; se pone el acento en
las reformas electorales, pero, se guarda como garantía y al igual que en 1872, una cuota de poder
para el partido revolucionario. Señala Fraig, finalmente que los seis departamentos que entraron en
la órbita blanca en 1897 lo hicieron en forma provisoria dentro de la lógica de Saravia, que
consideraba a las elecciones como la única fuente de legitimación durante el poder político
constituido.
Cabe señalar que Juan Lindolfo Cuestas (presidente del Senado), le sucedió en el gobierno a
Iriarte Borda. Comprendió y desarrolló una política de paz, por ende, el 18 de setiembre se firmó en
Montevideo la paz concertada en el Paso de la Cruz, por el Dr. José Pedro Ramírez y Dr. Pedro
Echegaray. Se establecía que: el Partido Nacional renunciaba a la lucha armada y en consecuencia el
ejército revolucionario se ponía a las órdenes del Poder Ejecutivo, licenciándose cuando tomasen
posesión los nuevos Jefes Políticos y que el Poder Ejecutivo en su carácter de colegislador prestigiaría
y sostendría ante el “Cuerpo legislativo la reforma electoral. Además, se establecía que: el Poder
Ejecutivo en su carácter de colegislador prestigiaría y sostendría ante el “Cuerpo Legislativo” la
reforma electoral, a cuya sanción se había comprometido ante el país la mayoría de los miembros de
dicho poder. Se destacó que: el nombramiento de jefes políticos recaería en ciudadanos que, por su
significación y demás cualidades personales, ofreciesen eficaces garantías. Todos los ciudadanos
quedarían en la plenitud de los derechos cívicos y políticos y serían repuestos jefes y oficiales dados
de baja.
De la lectura del autor Fraig, es preciso establecer que en el contexto de influencias ideológicas
y de divulgación de técnicas electorales se procedió, luego de la revolución de 1897 y tal cual lo
proveía el Pacto de la Cruz, a la reforma electoral que permitía la representación de las minorías. La
nueva ley electoral de 1898 introdujo un principio de representación de las minorías en el parlamento,
que no fue proporcional en la adjudicación de los cargos. La representación de las minorías en el
parlamento, que no fue proporcional en la adjudicación de los cargos. En efecto, la representación de
las minorías consistió en brindarles una cierta representación de las minorías en el parlamento en el
caso que obtuvieran al menos 25 % de los sufragios: se trataba del sistema del voto incompleto que
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se aplicó a las elecciones de las Juntas Electorales, Juntas Económico Administrativas y
representantes del pueblo. La ley electoral para la cámara de diputados determinaba que dos
tercios de la representación correspondiera al partido mayoritario en la circunscripción
departamental, y que el otro tercio, fuera adjudicado al partido minoritario. La mayoría en la cámara
baja continuó siendo de esta forma colorada, y la representación blanca conservaba un carácter
minoritario. En cuanto al Senado, la elección conservó su carácter indirecto y mayoritario uninominal,
por lo que las modificaciones sustanciales se centraron en la forma en que se elegían los diputados.
Según el autor, parece innegable la resistencia de la inmensa mayoría de los miembros del
Partido Colorado, que no aceptaban la instauración de la representación proporcional, y no concebían
dentro de su lógica de la “influencia directriz”, que este método pudiera constituir la mejor traducción
de la noción de la “coparticipación en el poder” surgida en los años 1870.
Sostiene Fraig que lo que se demuestra con el libro: “La revolución de 1897” producto de su
autoría, es que lejos de ser una bandera innovadora y rupturista, la exigencia de procurar la
representación proporcional de las diferentes fuerzas políticas constituye una fiel adaptación en el
tiempo, del viejo principio artiguista de integrar a todos los ciudadanos en el gobierno de la República.
El término coparticipación engloba entonces esta concepción negociadora, pactista, que gobernó la
práctica política de la Banda Oriental desde el artigüismo a nuestros días. Otra era la postura del
Partido Colorado. El Partido Colorado mayoritariamente se muestra reticente ante este principio de
lo que él define una “división del poder” y le opone una práctica exclusivista, que implica, también,
la defensa de un sistema electoral que impide la representación proporcional de los partidos.
No debe dejarse de lado el Golpe de Estado de 1898 motivado por la fuerte oposición de J.
Herrera y Obes a dicho gobierno. Se verá que el Partido Blanco, el Colorado y el constitucional,
colaborarán con él y lo estimularán a dar dicho golpe, según expone Nahum. En este golpe de Estado,
disuelve las Cámaras y crea un Consejo de Estado compuesto por 88 miembros, dura 1 año y luego
va a ser electo presidente hasta 1903.
¿Aparicio Saravia es realmente un CAUDILLO?
Habitualmente la historiografía uruguaya no se ha centrado en la figura del caudillo blanco
Aparicio Saravia, sino que su tratamiento se da brevemente considerándolo como una pieza más de
las revueltas que protagonizó. Si tomamos en cuentas las miradas históricas que se han realizado
sobre Aparicio Saravia, podemos destacar a Pivel Devoto, quien considera que estos son exponentes
verdaderos prototipos del sentir popular, mientras que otros historiadores como Eduardo Acevedo,
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con una visión más crítica, considera que el caudillo blanco es el contraste entre civilizaciónbarbarie, instalándolo claramente en el segundo.
Lo que más llama la atención con lo que respecta al liderazgo del caudillo blanco,
Aparicio Saravia, es su rápida aceptación. En 1896, cuando éste se presenta a las masas, se produce
un fenómeno de reconocimiento, donde “el caudillo se ha convertido en el hombre-símbolo de la
causa que mueve a todos” (Mena, 2012:88). Gracias a su accionar en Brasil, no solo los paisanos
ponen su vida en manos de él, sino que también se suman militares que habían participado en la
Guerra Grande. Crónicas de la época sostienen que: “teniéndolo al lado todos se sentían (…)
confiados”, “contaban con la seguridad de la victoria” (Mena, 2012:88). Sabiendo que era un
movimiento que contaba con escasos recursos. Sin embargo, el caudillo blanco en aquellos momentos
duros, sabiendo de la superioridad enemiga, se hace presente y promueve inspiración en aquellas
tropas. Se debe destacar que el coraje, la astucia y sus experiencias marcaron la personalidad del
caudillo blanco. Frente a los múltiples inconvenientes, trataba de no desalentarse y dar confianza a
sus seguidores, debido a que las ideas del caudillo eran sencillas y directas. Si ben su accionar armado
provoca ruinas en el país, tanto a nivel público como privado, sostiene que es necesario el conflicto
que se da entre la libertad y el orden, ya que él está a favor de la libertad.
“(…) Saravia no podía priorizar sus intereses personales, ni aquellos de los estancieros, al
que pertenecía por el derecho que le otorgaban sus miles de hectáreas. Por eso su bandera de
principios (libertades electorales, autonomías regionales, convivencia democrática de los partidos)
habla del mundo político del siglo XIX, más vinculado a los ideales colectivos y a la construcción de
la nación (no casualmente “Por la patria” es su gran divisa). En el siglo XX, en cambio, girará
primordialmente en torno a reivindicaciones que tienen como horizonte los derechos de clase y el
éxito personal.” (RIBEIRO, Ana, “Aire libre y carne gorda. Aparicio Saravia 1897”, Ed. Planeta, p.
50)
Para el caudillo, según Enrique Mena, es necesario el desorden en la sociedad, si este promueve
la eliminación del fraude electoral de la época, del cual se benefició el Partido Colorado para acceder
al gobierno central. Por esta razón ve que es la única “barrera interpuesta a la libertad y la igualdad
de los ciudadanos” (Mena, 2012:93). Ya en 1904, nuevamente se asomarán dichos ideales, al creer
que las libertades públicas estaban nuevamente bajo peligro. Si bien Mena, sostiene que nunca lucho
bajo la ambición personal y que “al lanzarse a su última revolución sacrificó la posición que había
logrado (…), y su vida” (Mena, 2012:93). Ana Ribeiro nos dice que, durante el siglo XX, hay un
giro, ya que ahora guía su accionar bajo el predominio de la ambición personal.
Aparicio, quien bajo el lema “Por la patria”, se revelo ante el poder por la libertad electoral, en
diversos escritos que utilizo para alentar o entusiasmar a sus compañeros y seguidores, deja bien claro
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cuáles son sus intenciones, destacando que la lucha armada está presente, pero que la lucha
más importante debe ser pacífica y ante las urnas, futo de la libertad y la democracia. Frente
a estas nuevas oportunidades ofrecidas por la ley de comicios, donde los blancos debían
promover la inscripción cívica de sus seguidores, sin embargo, se les presenta un gran obstáculo
privativo establecido por la constitución de 1830, la cual prohibía la participación de analfabetos
(aproximadamente existía un 46% de la población, donde la mayor parte se concentraba en el campo).
La Legalidad y Legitimidad en los movimientos de Saravia
Durante todo el siglo XIX, los estudios realizados sobre el fenómeno del caudillismo,
predominó la idea de un jefe o líder que promueve un movimiento opositor al gobierno establecido y
la clase urbana, “(…) a esta idea se asoció otra según la cual los caudillos habrían impedido el
establecimiento de poderes legales e instituciones republicanas (…)” (Goldman, 1993:31), ósea que
al ascender el caudillo el ámbito rural reemplazó al urbano.
Es difícil comenzar un análisis de un tema, sin previamente hacer una distinción previa de
aquellos conceptos que serán centrales en dicho trabajo: legalidad y legitimidad. Cuando hablamos
de legalidad decimos que este es una condición o acto dentro del marco normativo del Estado. El
principio de legalidad es todo acto de los poderes públicos, los cuales deben estar regidos por el
ordenamiento jurídico del estado y no por la voluntad del individuo. Cuando se habla de legalidad,
debemos dejar bien en claro, que este no es un sinónimo de legitimidad, aunque exista la presunción
de que así lo sea, y se escuche que todo “(…) poder legal es un poder legítimo.” (Gros Espiell,
2004:233). La legalidad es el derecho positivo que conforma un Estado mientras que la legitimidad
se caracteriza por el conjunto de principios éticos apoyados por el pueblo. Por lo tanto, decimos que
el primero es la principal garantía de los derechos, mientras que la segunda es el fundamento de su
poder.
Lo que resulta evidente, es que no existe un órgano oficial capaz de explicar la incompatibilidad,
por lo tanto, nos hace pensar o concluir únicamente el pueblo puede evaluar y decir si se produjo una
brecha entre legalidad y legitimidad. Frente a esta carencia, surge la convicción de que la encargada
de juzgar esa acción será la Historia, donde tendrá en cuenta si la ruptura de esa legalidad, en función
de la legitimidad que desea establecerse, ha triunfado o no, o sea, “(…) si la legitimidad
circunstancial ha sido abatida no, y si otra legalidad -que espira a ser legitima- la ha sustituido.”
(Gros Espiell, 2004:234).
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Los regímenes pueden ser legítimos, cuando surgen del libre pronunciamiento
electoral, sin fraudes ni dolo, sin embargo, este puede volverse ilegitimo por su ejercicio.
No solo se toma ejercer de forma opuesta lo establecido por el sistema constitucional, los
principios y objetivos establecidos, sino que también transgrede los compromisos legales adquiridos
“(…) en función de la paz, de la tolerancia y de la concordia, el régimen en cuestión, (…),
devendría ilegítimo, con todas las consecuencias políticas que de ello pudieran resultar.” (Gros
Espiell, 2004:236). Ese carácter que determina la ilegitimidad de un gobierno, ya sea por su origen o
por su ejercicio, puede derivar en un movimiento revolucionario en oposición al régimen carente de
legitimidad. Este movimiento podría derivar en una guerra civil.
Guerras Civiles y Revoluciones en la Historia Uruguaya
Si bien muchas veces utilizamos los términos Revolución y Guerra Civil para referirnos a un
mismo acontecimiento, debemos dejar en claro que son dos conceptos que refieren a realidades
diferentes, a pesar que no son opuestos, debido a que estas pueden darse de forma simultánea. Frente
a estos dos acontecimientos, podemos decir que “(…) una guerra civil sea la expresión de una
revolución; puede ocurrir que una revolución genere una guerra civil, y es posible que durante
una guerra civil puedan producirse una o varias revoluciones (…)” (Gros Espiell, 2004:238). Sin
embargo, debemos aclarar que no siempre debe ser así, ya que se han dado muchas revoluciones sin
producirse una guerra civil y muchas guerras civiles sin revolución.
Luego de esta aclaración, es necesario centrarse en dicha diferenciación de términos. Cuando
hablamos de una guerra civil, hacemos mención a un conflicto bélico que enfrenta dos partes dentro
del marco de Estado, generalmente una de las partes es ocupada por el gobierno y la otra parte se
revela contra el primero. Si bien la esencia de este conflicto es interno, algunas veces está relacionada
con factores internacionales.
“(…) En el territorio de una Alta Parte Contratante entre sus fuerzas armadas y fuerzas
armadas disidentes o grupos armados organizados que, bajo la dirección de un mando
responsable, ejerzan una parte de dicho territorio un control tal que les permita realizar
operaciones sostenidas y concretadas (…)”1
Si bien el concepto presentado, en el Protocolo II de Ginebra de 1977, no se asemeja al concepto
de guerra civil planteado por la historia y la realidad política, señala aquellos componentes que forman
1
http://www.hchr.org.co/documentoseinformes/documentos/html/pactos/prot_II_adicional_convenios_ginebra.html
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parte de dicho acontecimiento, destacando que esta es una confrontación armada en el
interior de un Estado, donde se enfrentan las fuerzas gubernamentales con los grupos
rebeldes armados.
El concepto de revolución es mucho más amplio y complejo de precisar. Desde Aristóteles a
Tocqueville y Marx, se han producido numerosos ensayos cuyo enfoque, se centró en los motivos
que pueden producir una revolución, destacando que son productos de “crisis de legitimidad”,
depresión económica, por falta de respuestas de las autoridades a las demandas de cambio, entre otras
causas.
Más allá de su significado etimológico (revolución significa retorno, vuelta al pasado), la
revolución es la expresión de un cambio acelerado, de un movimiento que desea romper con lo
establecido. En el ámbito político-social, la idea de revolución no solo implica el deseo en el cambio
de estructuras, sino que está unida fuertemente a la idea de revuelta o rebelión, teniendo presente que
una rebelión o revuelta es totalmente opuesto a los Golpes de Estado.
Si debe quedar claro que “(…) toda revolución implica una aspiración de institucionalización
que no existe de manera preceptiva en una simple revuelta, insurrección o rebelión.” (Gros Espiell,
2003:240). La revolución puede generar una guerra civil y una guerra civil puede ser producto de una
revolución, sin olvidar como se dijo anteriormente, pueden darse revoluciones sin haber guerras
civiles, y guerras civiles sin revolución.
Las confrontaciones bélicas entre blancos y colorados desde 1896 a 1904 sintetizaron los
múltiples significados de la oposición, de dos concepciones en torno a la mejor manera de diseñar la
asociación política de los uruguayos. “Gobierno de partido como garantía de la coherencia de un
programa ‘civilizado’ y modernizador, frente a la coparticipación política como cimiento ineludible
de la democratización ciudadana y de la apertura compartida del poder; consolidación del
principio de autoridad y de un orden político de proyección nacionales, frente al saneamiento
general del régimen político y, en particular, la consolidación de garantías para el sufragio libre;
entre otras tantas dicotomías posibles.” (Caetano et al. 2015:49-50)
El drama de la guerra civil de 1904, hizo que se enfrentaran en el campo de batalla las fuerzas
armadas lideradas por el gobierno contra las fuerzas rebeldes comandadas por Aparicio Saravia, en
un enfrentamiento armado sangriento. Este conflicto civil fue la expresión revolucionaria del pobrerío
rural que luchaba por un cambio. Se plantea principalmente un sistema constitucional que, si bien
debe respetar lo establecido por la constitución de 1830, ésta debe aplicarse “(…) en base a leyes y a
políticas efectivas, que aseguraran el reconocimiento de los derechos de todos, la tolerancia, la
extirpación del exclusivismo partidario, de la política de partido negadora de la política nacional
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y a la eliminación de un Ejército con divisa partidaria, colorado y sectario” (Gros Espiell,
2004:241)
¿Fue un proceso legitimo la revolución y Guerra civil de 1904?
La Historia del Uruguay del siglo XIX, fue producto de las constantes guerras civiles y
revoluciones que se produjeron. Si bien ambos términos se utilizaron, indistintamente, para destacar
el aspecto de revolución, por la idea de cambio y de aspiración de justicia y legitimidad que implicaba.
La legitimación política de este proceso bélico, debe hallarse en el incumplimiento, por parte
del gobierno, del Pacto de la Cruz el cual dispuso el final de la Revolución de 1897, dicha violación
partió en un proceso que emergió con la elección de José Batlle y Ordóñez a la Presidencia, el 1° de
marzo de 1903.
El argumento político y la legitimidad política de la Guerra Civil de 1904, es algo inverosímil,
si estudiamos desde una perspectiva histórica el problema, tomando en cuenta que la lucha se orientó
o justifico en la reforma del procedimiento democrático, “(….) teniendo en cuenta la paz que puso
fin a la Guerra Civil y la evolución legislativa y política posterior, culminada con la victoria cívica
de 1916, y las garantías del sufragio consagradas en la Constitución de 1916” (Gros Espiell,
2004:244). Fue este proceso legal-administrativo posterior al enfrentamiento civil de 1904, que
garantizó la legitimidad de la revolución, a su vez legitimó el sistema republicano originado de la
constitución de 1830.
En el momento que se originó la revuelta civil, ya estaba claro que los deseos puestos en el
desenlace de la guerra de 1897 y la paz resultante eran un objetivo difícil de conseguir, debido a que
el sistema llevaba a un sistema excluyentemente partidista, centralizador y discriminatorio (sistema
de gobierno autoritario), que se mueve principalmente en ejercicio del poder establecido, y no la
coparticipación política, la libertad, el libre sufragio y principalmente el respeto que establecían las
normas constitucionales, recordando que el sistema electoral durante el siglo XIX era fraudulento, ya
que no existía competencia electoral y en donde votaba menos de un 5% de la ciudadanía en función
de las causales de suspensión de la constitución de 1830. Frente a esta situación, solo quedaba el
camino de la revolución. Para Ana Ribero, entrevistada para el programa “El Origen: José Batlle y
Ordóñez”, este movimiento “no fue, (…), un intento de los terratenientes como clase para frenar
el avance de los intereses urbanos (…)”. Saravia le da al pobrerío rural la sensación de que el mundo
está cambiando y el campo ha siendo dejado de lado, es decir que está a la espalda de un Montevideo
que crecía y se ha afincado como cabeza del Estado. Esta rebelión saravista tenía un objetivo muy
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claro que era protestar para lograr un espacio político para la minoría. Aparicio, al decir de
Caetano, era la coparticipación y sobre todo terminar la tradición de un partido, que fuera
el partido del Estado, “Batlle quería la democracia, pero construida desde el gobierno del
Partido Colorado, porque como colorado del siglo XIX, pensaba que era el partido de la
civilización” (El Origen: José Batlle y Ordóñez, 2015).
Podríamos afirmar que Gracias a los movimientos saravistas que culminan con la Guerra Civil
de 1904, el desarrollo político uruguayo, la democratización y su evolución, fundamentado en la
libertad y en un sistema pluripartidista real habrían sido imposibles de alcanzar. Gracias a los
argumentos políticos, basados en la coparticipación y negación del centralismo político, es que resulta
legitima la Guerra Civil de 1904. Una Guerra civil que contenía dentro un proceso revolucionario
cuya idea central se movía en el desarrollo pleno de la República, sin embargo estos preceptos, que
hoy no se consideran inaceptables, eran rechazados por los seguidores del gobierno batllista, ya que
caracterizaron de injusta la revolución “(…) y el levantamiento armado, como un atropello del
‘malón Saravia’.” (Gros Espiell, 2004:245).
Hoy solamente es Historia este proceso, frente a la presente democracia no presenta
fundamentos de ilegitimidad capaces de dar argumentos similares a lo que aconteció entre 1897 y
1904. Sin embargo, es un hecho remoto que no debe ser olvidado, ya que su instrucción cívica es
necesaria si desea “(…) enfrentar los desafíos y los cuestionamientos de la historia, (…), presenta
a cada generación”. (Gros Espiell, 2004:245)
Realmente si deseamos entender cuáles fueron los motivos que llevaron a la Guerra Civil
encabezada por Saravia en 1904, es necesario tener presente lo que fue el pacto de la Cruz, ya que
gracias a este acuerdo se dio el desenlace de la revolución de 1897 y los sucesos de 1903.
La Paz del 97, fue el primer acuerdo interno en Uruguay, donde no hubo intervención de
Argentina y del Brasil, dicho acuerdo fue la expresión más clara para que se restablezca una
reconciliación nacional, y así los revolucionarios, que integraban filas del Partido Nacional,
renunciaran a la lucha armada (art. 1); adoptar una legalidad electoral que garantice la libertad política
(art. 2); garantizar la designación “(…) de jefes políticos, (…), recaerá en ciudadanos que por su
significación y demás cualidades personales, ofrezcan a todos las más serias y eficaces garantías”,
(Ribeiro, 2010:177), (art. 3); además se declara que “(…) todos los Orientales quedan en la plenitud
de sus derechos civiles y políticos, cualesquiera que hayan sido sus actos políticos y opiniones
anteriores”, (Ribeiro, 2010:178), (art. 4). Frente a esta resolución, se sumaron otras medidas de
pacificación, establecidas en los restantes artículos del pacto.
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El acuerdo del Pacto de la Cruz, que marcó la paz de 1897, es un acuerdo político de
difícil caracterización jurídica, ya que no puede catalogarse como tratado internacional o
como ley, sino que debeos tener presente que es un pacto entre el Poder Ejecutivo de la
época y algunos conciliadores pertenecientes a las fuerzas revolucionarias, y así poner fin a guerra
civil. Sin embargo dicho pacto no fue respetado al finalizar el periodo de gobierno de Juan Lindolfo
Cuestas.
Al asumir José Batlle y Ordóñez a la Presidencia de la República, estallaron nuevamente los
conflictos entre ambos partidos, ya que este decidió de forma arbitraria nombrar en las Jefaturas de
Rivera y San José a nacionalistas disidentes, desconociendo la visión del directorio blanco. Este
acontecimiento tuvo una rápida respuesta del caudillo Blanco, quien dispuso una rápida movilización
revolucionaria. Esta medida tomo por sorpresa al Presidente de la República, quien se vio en la
obligación de realizar negociaciones.
En el presente trabajo no me centrare en analizar la violación del Pacto de 1897 y 1903, ya que
es el tema que se desea destacar, como tampoco enumerar otras medidas tomadas por el gobierno
para desarticular el movimiento revolucionario que buscara la libertad y el cumplimiento de los
tratados de paz de 1897 y 1903. Solo cabe destacar o afirmar, que las violaciones continuas del
gobierno a los acuerdos, en cierta forma motivo la Guerra Civil de 1904.
CONCLUSIÓN
Ya han pasado 113 años del asesinato del Caudillo Aparicio Saravia, en manos del gobierno de
José Batlle y Ordóñez, y aun sigue latente su nombre. Ya que han surgido pocos aportes bibliográficos
(historiográficos y periodísticos), que hacen mención al caudillo blanco y como su causa ha
contribuido en la construcción de la Democracia. Democracia que hasta ese momento no daba las
garantías suficientes, debido a las cláusulas establecidas en la Constitución de 1830, y a los procesos
fraudulentos que beneficiaban claramente al Partido Colorado. Los aportes que solo mencionan, a
Aparicio Saravia, como una pieza fundamental de las revueltas que protagonizó, encontrando visiones
de las más variadas, Pivel Devoto, por ejemplo considera que su causa fue un procedimiento justo,
mientras que otros aportes lo consideran como parte de la barbarie que caracteriza al pobrerío rural.
A lo largo del trabajo fui recogiendo conceptos y acontecimientos de diferentes fuentes
historiográficas, que me permitieron encaminar dicho trabajo y a su vez aclarar conceptos que muchas
veces son usados para hacer mención a los acontecimientos con características similares. Por ejemplo
cuando trate el concepto de Revolución/Guerra Civil, yo partí de una concepción errónea, ya que la
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premisa inicial del trabajo pretendía desmitificar que la Guerra de 1904, era una Revolución,
desconociendo que inicialmente fue un proceso revolucionario que derivó en una Guerra
Civil.
Las revueltas saravistas si bien fueron procesos violentos, trataron de darle un carácter legítimo,
ya que Saravia y sus seguidores pretendían construir un Uruguay basado en aquellos principios
artiguistas, donde existe un pueblo que participa en los asuntos del gobierno nacional. La legitimidad
de la revolución, es producto a mi entender cómo se expuso en el trabajo, de los incumplimientos del
Gobierno de José Batlle de Ordóñez a los tratados de Paz. Pactos que de alguna forma ponían sobre
la mesa la idea de coparticipación, que para los blancos revolucionarios no solo daría fin a los
conflictos internos, sino que también podrían terminar con la tradición de un partido centralista que
siempre se mueve en beneficio propio.
En síntesis, deberíamos destacar que los procesos históricos, siempre están en revisión, y en
muchas oportunidades es difícil escribir sobre actores o hechos históricos, que si bien marcaron en la
historia de nuestra nación, han sido olvidado por los historiadores.
Los historiadores se han centrado en el periodo Batllista, y se demuestra en la inmensa cantidad
de obras historiográficas, sin embargo la mención de la Guerra Civil de 1904 solo es mencionada
como una piedra en el proceso modernizador de Batlle y Ordóñez, presentada como una oposición
civilización-barbarie.
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