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Recuperar el saber humanista
(Artículo e La República. Domingo, 04 de mayo de 2014)
Salomón Lerner Febres
En las últimas décadas ha adquirido influencia el modelo de universidad de corte
empresarial que se promueve como productora de personas capaces de
conquistar el mundo: un mundo que, sobra decirlo, es concebido
fundamentalmente como un mercado. Tal modelo expresa una visión
deshumanizada del saber y de la vida profesional; desde ella la calidad educativa
es medida por su rentabilidad, no para la sociedad, sino para una persona o para
un grupo. Curiosamente la eficacia que esa óptica promete es ilusoria, pues tales
centros a la larga terminan formando profesionales con cualidades medianas,
incapacitados para solucionar creativamente desafíos inesperados y llegar así a
ser”ganadores”
Este fenómeno emergido en el dominio de la educación superior se corresponde
con una tendencia cultura más abarcadora: el reemplazo del ciudadano por el
consumidor-productor. El lugar de una persona se entiende a partir de estas
coordenadas tales como su capacidad de producción y sus hábitos de consumo.
No es difícil advertir las enormes limitaciones que tal visión impone a la existencia,
a la capacidad de imaginar qué vida consideramos digna para nosotros y nuestra
progenie y qué sociedad consideramos justa. La misma relación cotidiana con los
otros se encuentra cada vez más mediada por esa relación mercantil que nos
convierte a unos y otros en medios para alcanzar nuestras finalidades egoístas.
Junto a ese declive del saber que se hallaba en el núcleo del valor humanístico y
que le confería sentido a la actividad académica, se encuentra la crisis del
concepto de bien público, sustituido igualmente ahora por competitividad,
efectividad, por abundancia de resultados, por superávit de recursos. No es de
extrañar entonces que la universidad, en buena medida, haya dejado de ser un
centro de ebullición de ideas, de rebeldía juvenil, de cuestionamiento, de debate y
de búsqueda de la justicia. Se ha convertido en cambio en un lugar de mera
instrucción para el hacer, para el aquí y el ahora, en una entidad dedicada
principalmente a transmitir el saber que convierte a un individuo en una persona
útil. La idea de formar personas en la plenitud de sus facultades, capaces de
cuestionar la realidad en la que vive y de transformarla, en suma, la tarea de
alcanzar la condición de ser moral ha sido abandonada en este esquema
reduccionista.
Y la situación ahora se presenta en actitudes en las que cualquier idea o acción
que cuestione esta hiperbólica racionalidad instrumental sea descalificada como
anacrónica y estigmatizada como una enemiga de una modernidad que debe
marchar en un solo sentido. Corresponde a los órganos de pensamiento, de
reflexión y de crítica de una sociedad —es decir, justamente, al ámbito
universitario— contrarrestar una tendencia que, como se ha señalado, es, en sus
raíces, decididamente deshumanizadora.
La mejor manera de contribuir al presente, y preparar un mejor porvenir es, en
efecto, desobedecer a la tendencia homogeneizadora que no hace sino limitar las
posibilidades de quienes deben formarse. Las armas para lograrlo se encuentran
en el mismo contexto que nos desafía. En efecto, este mundo globalizado nos
enfrenta a un enorme reto. Pero es factible pensar que las mismas herramientas
que ofrece la globalización le pueden servir a la universidad para revitalizarse y
renacer como centro de pensamiento y de guía moral para la sociedad
contemporánea. Eso implica no cerrar los ojos a las corrientes mundiales, a la
incesante innovación tecnológica, a los imperativos de integración y superación de
fronteras e incluso a la poderosa, y potencialmente bienhechora, realidad del
mercado mundial. Pero reconocer y dialogar con esas realidades no quiere decir
asumir los lugares comunes y las ideologías inerciales que vienen adheridos a
ellas. La universidad, como centro de reflexión, puede y debe asumir la realidad
contemporánea más apremiante con sentido crítico, para así transformarla y
ponerla al servicio de valores superiores.
Y eso implica, entre muchas necesidades, la de restaurar el cultivo y el espíritu de
las humanidades en su antigua posición dentro de la universidad. No hay motivos
para sostener que la indagación humanista se ha vuelto anacrónica. Es todo lo
contrario. La ciencia y la tecnología nos ofrecen un mundo más comunicado, una
vida más prolongada y más saludable, un entorno ambiental más ajustado a las
necesidades humanas del presente y del futuro. Todo ello es fruto de la era global.
Pero tales conquistas no se pueden ni cumplir ni celebrar sin un norte moral, el
que solo puede nacer de la reflexión sobre nuestra condición, del examen de los
valores que debemos profesar, de la modelación superior de nuestros sueños.
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