Subido por Eduardo Díaz

la princesa Kaguya

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LA LEYENDA DE KAGUYA-HIME
Hace mucho tiempo vivía un anciano muy pobre que se dedicaba a cortar bambú para poder
subsistir. Un día, mientras estaba en el bosque cortando bambú, se encontró con un brote que
desprendía una brillante luz. Al acercarse para observarlo mejor descubrió que en el interior del
brote había una niña muy pequeñita de apenas diez centímetros. Con delicadeza la cogió y se la
llevó a casa y una vez allí, acordó con su mujer que la cuidarían como si fuera su propia hija. Al
día siguiente, el anciano se fue al bosque a cortar más bambú como siempre hacía, cuando le
sucedió algo extraordinario:
cada vez que cortaba las cañas con el hacha se encontraba con oro. De modo que, con el tiempo,
el pobre cortador de bambú se hizo muy rico. Tan sólo habían pasado unos meses desde que el
anciano se había encontrado a la diminuta niña, y en ese periodo de tiempo la pequeña fue
creciendo y creciendo hasta convertirse en una joven muy hermosa a la que decidió ponerle el
nombre de Kaguya, que significaba “hermoso bambú delicado en el campo otoñal”.
Los rumores de que la hija del cortador de bambú era la mujer más hermosa del reino no
tardaron en propagarse, y pronto la dama Kaguya se encontró con un gran número de
pretendientes que querían casarse con ella. Día tras día los aspirantes esperaban en vano
mientras ella los iba rechazando uno por uno, hasta que finalmente sólo quedaron cinco jóvenes
nobles lo suficientemente obstinados como para seguir luchando por la dama. Los cinco fueron
a hablar con el anciano para que escogiera a uno de ellos como futuro marido de la joven, pero
éste les confesó que en realidad no era su padre y que por tanto Kaguya era dueña de sus propias
decisiones.
Pero por otro lado el anciano deseaba que su hija se casara bien, ya que esos cinco jóvenes que
la pretendían eran muy buenos partidos. De modo que Kaguya, a insistencia de su padre,
finalmente acordó que aceptaría por marido a aquél que demostrara poseer un corazón puro. Y
para ello propuso a cada uno de los pretendientes unas pruebas muy difíciles: Al primero le
encomendó la misión de buscar el cuenco mendicante de piedra que una vez le perteneció a
Buda; al segundo le encargó que viajara hasta el monte Horai y le trajera la rama de un árbol
cuyas raíces eran de plata, el tronco de oro y los frutos de jade; al tercero le pidió un abrigo
hecho con la piel de la rata de fuego; al cuarto le mandó en busca de la preciosa joya irisada que
estaba incrustada en la cabeza de un dragón; y por último, al quinto pretendiente le ordenó que
le trajera una concha de caorí que llevaban las golondrinas en sus picos. Con estas misiones
terriblemente imposibles de llevar a cabo, los cinco pretendientes partieron desanimados.
Pasó el tiempo y poco a poco los pretendientes fueron volviendo de sus misiones. El primer
pretendiente regresó con el cuenco de piedra, pero Kaguya al ver que el objeto no emanaba
ninguna luz mística enseguida se percató de que ese cuenco era falso. Por lo que la prueba
fracasó y el primer pretendiente resultó ser un farsante. Al poco llegó el segundo con la hermosa
rama enjoyada del monte Horai, pero éste también resultó ser un farsante cuando de repente
aparecieron los orfebres reclamando el pago por haber creado la rama. El tercero se presentó
ante la dama con un espléndido abrigo de piel de rata de fuego. Para comprobar su autenticidad,
Kaguya lo arrojó al fuego. Pero la prenda resultó ser falsa, ya que enseguida las llamas lo
consumieron. El cuarto pretendiente fracasó estrepitosamente en la búsqueda de la piedra
irisada que llevaba el dragón. Viajó atravesando el mar, superó una fuerte tormenta e incluso
sufrió la ira del dios del Trueno. Regresó enfermo de su viaje lamentándose de su suerte y de la
crueldad de la dama Kaguya. Incluso el quinto pretendiente acabó por desistir y abandonar la
misión que le encomendó la dama.
Mientras, la fama de la belleza de la joven había llegado hasta el Emperador, que la invitó a la
corte para conocerla y ver con sus propios ojos su hermosura. Pero cuál fue la sorpresa de éste
que la dama rechazó su invitación alegando que moriría si pisaba un palacio tan espléndido.
Contrariado, el Emperador organizó una cacería real para así poder presentarse en la residencia
del cortador de bambú y poder ver el rostro de la joven. Al entrar en su cuarto el Emperador
pudo ver por un instante la belleza de la dama, que enseguida se ocultó el rostro. Eso fue más
que suficiente para que se enamorara perdidamente de ella. El emperador le ofrece
nuevamente su mano y ella lo rechaza otra vez. Ella le explica que no es de su país y por lo tanto
no se puede casar con él según la cultura de su tierra. El emperador le dice que entiende sus
aprehensiones, pero aun así le pide que le permitiera ser su amigo. Ella acepta y se mantienen
en contacto intentando el emperador avanzar y Kaguya no dándole espacios. “Respeta mi deseo
de no poder casarme y no me preguntes porque, en otras circunstancias quizás hubiese
aceptado” fue una de las frases que ella le había dicho al emperador la última vez que lo rechazó.
Pasaron tres años desde la cacería y la dama Kaguya empezó a actuar de un modo extraño.
Melancólica se quedaba contemplando la luna cada noche y sus padres, preocupados por el
cambio repentino en su hija, le preguntaron qué la afligía tanto. Ella les respondió con tristeza
que no era una simple mortal, sino que había nacido en la Luna y que pronto la vendrían a buscar
para abandonar este mundo y no volver nunca más. Los padres se preocuparon y dieron a
conocer este asunto al emperador. El Emperador, al enterarse de la terrible noticia, mandó a su
ejército a vigilar día y noche la residencia del cortador de bambú para proteger a la dama Kaguya
de la que aún seguía enamorado.
Entonces en una noche de luna llena, una nube que transportaba a las tropas celestiales
descendió lentamente del cielo. Los soldados imperiales, asustados ante semejante espectáculo,
poco pudieron hacer ante esos seres lunares que con sus intensos rayos resplandecientes
paralizaron de asombro y terror los cuerpos de los guerreros y detuvieron sus flechas. Con tal
demostración de poder, las tropas celestiales exigieron que se le entregara a la dama Kaguya.
La joven salió de la casa sin que nadie pusiera resistencia. Ella entonces se despide de sus padres
y les entrega un rollo de papel. En él la dama había escrito con tristeza cuánto se lamentaba de
su partida y les daba las gracias por todo. También les dejó su kimono de seda como recuerdo
suyo para que no la olvidaran nunca.
Los habitantes de la Luna le dieron a la dama un manto de plumas celestiales y unas gotas del
elixir de la vida para que todo recuerdo de su vida en la Tierra se borrara para siempre. Pero
antes de que eso sucediera, la joven escribió una carta para el Emperador explicándole los
motivos de su rechazo e impregnó una astilla con unas gotas del elixir de la vida. El emperador
avisado por sus soldados, llega a la escena, pero antes de poder acercarse a Kaguya, llega el
mensajero custodiado por los seres lunares armados. Le dicen que no se puede acercar ni
despedirse y que solo se remitiera a leer la carta que ella le había entregado. Kaguya, tras
vestirse con el manto y haberse bebido el elixir, todos los recuerdos de ella desaparecieron de
su memoria. Se subió a un palanquín y ascendió a los cielos junto a los seres lunares de regreso
a su hogar. El emperador mira desde lejos como se va ella tras la luna.
Pasó el tiempo y al Emperador seguía embargándole una profunda tristeza. Por eso ordenó ir al
monte más alto del reino para quemar la astilla impregnada con el elixir de la vida y unos versos
que el Emperador escribió en respuesta a la carta de la dama Kaguya:
¡Jamás la volveré a ver!
Lágrimas de desdicha me abruman.
Y yo, con el elixir de la vida,
¿qué he de hacer?
Y así se hizo. Unos hombres escalaron
hasta la cima del monte y quemaron la
astilla y los versos para que el humo y el
mensaje de amor del Emperador
ascendieran a los cielos y llegasen hasta su
amada Doncella Luna.
Desde entonces, a ese monte se le conoce con el nombre de monte Fuji (Fuji-yama, que significa
“que nunca muere”) y se dice que el humo de aquella hoguera aún puede verse en su cumbre,
ascendiendo hasta el cielo.
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