EL CHICO DEL TREN 7:30 de la mañana. El tren hacia Central Park llega a la estación. Cuando se detiene, todas las personas vestidas de elegantes trajes y costosos vestidos ingresan a los vagones. Ella entra en último lugar y se sujeta a una de las barras del techo. Ahí, apretada entre toda la demás gente que desea llegar a sus trabajos, empieza su día. Mira a su alrededor, a las caras dentro del vagón, las analiza, trata de imaginar una historia para todos ahí. Suele hacer eso en cada trayecto en ese tren, es su forma de hacer el largo camino menos aburrido. No es nada extremadamente interesante o creativo, probablemente la mitad de los pasajeros hace lo mismo, pero debe de encontrar una manera para pasar esos 40 minutos que el tren recorre la distancia entre su casa y su trabajo. Está preparada para pasar otro aburrido día en aquella tienda de joyería que apenas le deja suficiente dinero para pagar las cuentas, cuando algo sucede. Nadie aparte de ella parece darse cuenta, todos están absortos en sus propios asuntos, sin prestar atención a lo que ocurre a su al rededor. Todos los días del año tomaba ese tren a esa misma hora, y estaba segura de que nunca antes había visto que otro tren pasara al lado del suyo yendo a la dirección opuesta a excepción de ese día. No había nada interesante en el trozo de metal. Era exactamente igual al suyo, solo que el otro se dirigía a la estación que ella había abandonado. Y no sabía si era por la falta de café en su organismo, pero le parecía haber visto a un joven cuyos ojos hicieron contacto visual con los suyos los pocos segundos que pudieron apreciarse, antes de que cada tren siguiera su propio camino. No era un suceso muy relevante, ver a los ojos a un extraño durante un viaje de esos no era raro, pero tenía la sensación de que ese joven no iba a ser alguien de ver solo una vez en su vida. Al día siguiente siguió la misma rutina, ahora con un poco más de entusiasmo debido al ligero cambio que su día había dado la mañana anterior. Quería saber si que ese tren tomara esa ruta había sido cosa de un viaje o si iba a ser su recorrido diario a partir de ahora, y más que nada, quería ver si el mismo joven se encontraba ahí. Después de unos minutos concluyó que la respuesta a su interrogante probablemente fuera la segunda cuando los vagones en sentido contrario pasaron a toda velocidad en los rieles de al lado, y una sonrisa se formó en su cara cuando se dio cuenta de que efectivamente, el extraño del día anterior estaba dentro, y de nuevo, sus ojos se conectaron los 3 segundos en los cuales podían verse. La semana transcurrió así, con ella esperando esos viajes de 40 minutos dos veces al día, que aunque seguían siendo lo más aburrido de su jornada, también contenían los mejores segundos de esta. Dejó de tomar el tren de las 19:00 y empezó a tomar el de las 20:00 cuando casi por accidente, una noche que salió tarde del trabajo, se dio cuenta que era a esa hora cuando el castaño tomaba el suyo. Era todo lo que sabía de él, que su cabello era castaño. Se dedicaban sonrisas y miradas cada día y aún así solo sabía que su cabello era café oscuro, y por alguna razón eso le parecía suficiente. Azules. Sus ojos eran azules. Se había dado cuenta la mañana cuando se había cumplido el mes de que dos trenes se cruzaran, cuando en el viaje de la mañana un rayo de luz había dado contra la cara del castaño y el cielo en sus ojos se había estado reflejado. Ahora era en todo en lo que podía pensar. En la imagen del momento justo cuando su rostro se había llenado de luz, revelando a la par una serie de pecas doradas al rededor de la nariz. En cuan suave se veía su cabello o en lo blanca que era su piel. Y ella sabía. Se había dado cuenta de que sin conocerlo de nada, sin saber su nombre, y mirándolo 6 segundos al día se había enamorado de él, de su bonita sonrisa de perfectos blancos dientes. Una tarde del segundo mes, después de haber esperando durante las 12 horas de su agotante turno el momento de tomar el tren y llegar a casa, con una sonrisa de por medio para alegrarle la noche, se dio cuenta cuando sus vagones se encontraron de que él no estaba ahí. Durante 2 meses había estado en cada uno de los viajes, así que le pareció extraño que tan repentinamente no se apareciera. Pasaron los días y ella siguió sin encontrarlo, y tenía la esperanza de poderla encontrar algún día, sin embargo pasaron dos semanas y no se volvieron a encontrar, pero ninguno de ellos se rendía ya que saben que la esperanza es lo último que muere. Siguieron imaginando encontrarse algún día pero nada más no sucedía. Entonces la chica se empezó a preguntar ¿Será que fue todo un sueño?, ¿Será que todo simplemente fue un producto de mi imaginación?, la chica se frustró y dijo que ya lo tenía que superar, pero no podía, ese chico había sido la luz de sus días en mucho tiempo, y ahora simplemente no lo encuentra. Y, a pesar de que quería pensar que existía una explicación lógica para su ausencia, no podía evitar pensar si le habría ocurrido algo o preguntarse si estaba bien. Automáticamente, ante la idea de que el castaño podría estar mal, su sonrisa se borró y en cambio se formó una mueca preocupada en su cara. Estaba tan metida en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la presencia de alguien detrás de ella hasta que esa persona le habló con una voz suave que envió escalofríos a todo su cuerpo. -Hola... ¿Me estabas buscando?