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BREVE HISTORIA
DE LA SEDA EN EUROPA
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Sobre la seda en la historia de Europa: relevancia y centros
nacionales
La seda es un ejemplo único de patrimonio donde la memoria, la identidad, la
creatividad y el conocimiento se pueden encontrar en una sola pieza. Pocos
materiales han tenido un impacto tan notable en materia económica, técnica,
funcional, cultural y simbólica. Desde banderas hasta toldos, tapices, muebles,
vestidos de novia, trajes tradicionales... En el último milenio la seda se
encuentra en innumerables contextos. Pero también es un patrimonio vivo,
multifacético que implica más que la materia textil en sí misma: a su alrededor
hay diseñadores, tejedores, pintores, comerciantes y usuarios.
Nos tenemos que remontar a 1877 cuando surge el concepto de «Ruta de la
Seda», una denominación creada por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr
von Richthofen en su libro China, publicado en la ciudad de Berlín, en el que
define una red de caminos que servían para la exportación de sedas y otros
productos y que recorrían Euroasia desde oriente hasta occidente.
Aunque las primeras referencias de producción de tejidos de seda datan
entorno al 2750 a. C. en China, no es hasta el siglo I a. C. cuando llegan al
Imperio Romano las primeras importaciones de seda del lejano oriente. A partir
del siglo VI d. C. se establece la primera producción industrial autóctona de
seda en el Imperio bizantino, quien dominó la producción de la seda en Europa
hasta entrado el siglo XII.
La difusión del saber técnico hacia el Mediterráneo occidental se produjo
después de la conquista de Persia por parte de los musulmanes a mediados
del siglo VII. Con su llegada al norte de África y a la península ibérica portaron
con ellos sus conocimientos. Así Al-Andalus fue el primer territorio del
continente europeo en el que se identifica la cría del gusano de la seda de
forma intensiva. El desarrollo de su industria textil sedera estuvo ligado a una
compleja organización donde los procesos de su producción estaban
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estandarizados y regularizados: de ahí su prestigio en los mercados
occidentales y orientales. Su fama seguramente provenga de los artesanos de
origen sirio y libanés que vivían en la península ibérica. Desde entonces, la de
la seda fue una industria presente en varias partes de Europa.
Por un lado, tras la reconquista de los territorios musulmanes de la península
ibérica, los reyes cristianos se aprovecharon de la herencia recibida por parte
de musulmanes de las técnicas de producción de seda, y las clases nobles se
sirvieron de artesanos mudéjares y judíos para la confección de vestiduras para
los ámbitos palaciegos y cortesanos, y también con carácter litúrgico. Llegado
el momento, los usos de la seda se extendieron también entre las clases
burguesas.
Por otro lado, Bizancio dominó la producción de sedas hasta el siglo XII.
Durante los siglos XI y XII, como resultado del aumento de la demanda, el
cultivo de la morera y la producción de la seda se incrementaron. Sus
principales centros de producción estaban en el Peloponeso, Macedonia y en
algunas islas del Egeo. A través del comercio mediterráneo, durante este
periodo las sedas bizantinas llegan a Occidente cada vez en mayor proporción.
Las relaciones comerciales entre Oriente y Occidente se estrechan en el
momento en que Bizancio requiere de la protección de sus productos frente a
los turcos. Para ello, Bizancio otorgó concesiones comerciales a las potencias
marítimas de Venecia, Génova, Pisa y Amalfi, para asegurar, a cambio, la
ayuda militar y naval para sus territorios. Las potencias italianas desempeñaron
un papel importante en la transferencia de tecnología y diseños decorativos, lo
que se tradujo, con el tiempo, en el nacimiento de la industria textil italiana.
Es por ello por lo que, a partir del siglo XIII empiezan a surgir centros
importantes de la industria sedera en Italia como las ciudades de Lucca,
Florencia y, más tarde, Milán, Génova y Venecia. Estos tímidos inicios que
empiezan en ciudades italianas darán lugar a centros textiles de primera
magnitud en otros territorios, a partir de mediados del siglo XVII: es el caso de
Lyon.
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1. Detalle de las vestiduras en
seda en el retablo de la iglesia
de Santa María de Terrassa,
pintado por Jaume Huguet en
1458.
2. El recurso de la piña
es uno de los más
difundidos durante los
siglos XV y XVI. A
menudo se realiza sobre
terciopelo.
Tejido del siglo XV.
Metropolitan Museum of
Art.
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Lyon se caracterizaba predominantemente por la fabricación de tejidos. Su
industria nace hacia 1536 como consecuencia de su ventajoso emplazamiento
geográfico, en el eje comercial del Ródano, de la protección oficial del rey
Francisco I y del capital de numerosos banqueros italianos con experiencia en
el negocio de la seda. Además, contaba con una climatología que favorecía el
cultivo de la morera. A partir de la mitad del siglo XVII, Lyon se impone sobre
los demás centros sederos franceses y se constituye así como centro sedero
fundamental en Europa.
Una de las razones de su éxito fue también que sus fabricantes diversificaron
su producción sin ceñirse exclusivamente a productos de calidad, sino
realizando además una producción de calidad media, más asequible y
mezclando la seda con otras fibras textiles como lino, lana o algodón.
La profunda crisis sufrida en Lyon entre finales del siglo XVII y principios del
XVIII dio lugar al nacimiento de nuevos centros sederos en Suiza, Alemania,
Inglaterra y Países Bajos, favorecidos también por la emigración de muchos
artesanos fabricantes y banqueros de confesión protestante. Pero la situación
cambió pronto: de nuevo los fabricantes de Lyon supieron adaptarse y
potenciar los gustos de la nueva sociedad, realizando una simbiosis entre los
gustos pictóricos del momento y los diseños textiles orientada hacia el
naturalismo por un lado, y, por otro, hacia una desbordante fantasía y
exotismo.
La expansión europea del siglo XVI trae como consecuencia la expansión de
los mercados. Los centros sederos se multiplicaban y las sedas españolas
llegaron a exportarse a todo el continente. La proliferación de estos centros
demostró la importancia que la industria había cobrado en la España de los
primeros Austrias. Entre estos centros sobresalen los de origen musulmán,
como Granada, Córdoba, Almería o Málaga —que no siempre consiguieron
mantener el esplendor de otras épocas, y aquellos que contaban con una
tradición sedera anterior como Valencia, Murcia, Lorca, Sevilla y sobre todo
Toledo, donde la producción se incrementó gracias a la corte; además,
existieron una serie de centros de producción menores como Zaragoza,
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Valladolid, Monforte o Jaén. Toledo se convirtió en la principal ciudad
productora de tejidos de seda en Castilla cuando la sede de la corte española
se traslada a Madrid en 1561: la sedería toledana absorbía más de las tres
cuartas partes de la producción de seda cruda murciana y valenciana.
La llegada de la crisis económica del siglo XVII, el incremento de la presión
fiscal, la crisis del sistema gremial, la falta de competitividad y la expulsión de
los moriscos causaron efectos negativos en la producción sedera toledana: se
resiente la producción, lo cual afecta a la población. En Valencia, la crisis se
traduce en una fuerte caída de las exportaciones de seda cruda e hilada a
Castilla: se sustituyeron los hilados de buena calidad por otros de calidad
inferior y los talleres se ven desplazados de la ciudad a zonas rurales.
La seda era apreciada por sus cualidades de solidez y duración, pero también
por su notable versatilidad para la expresión artística, lo que le dio, desde la
antigüedad más remota, un relevante papel en la historia del vestido, como
signo externo de prestigio y riqueza. Fue un artículo de lujo, derivado de un
comercio inicialmente de larga distancia que contribuyó en buena parte a forjar
la fortuna de muchos mercaderes venecianos y genoveses, de los que acudían
a los puertos del Mar Mediterráneo desde las rutas asiáticas de la seda.
Con el cambio al siglo XVIII Toledo no se recuperó de la crisis y Valencia tomó
el relevo, viviendo a partir de ese momento una auténtica edad de oro en el
sector. La ciudad concentraba las tres cuartas partes de los talleres de seda de
España y su producción estaba destinada fundamentalmente a la exportación.
El cultivo de la seda, por su parte, se concentraba en Valencia y Murcia, que
aportaban las tres cuartas partes de la producción sedera española.
Con el final de las guerras napoleónicas son muchos los cambios que afectan a
la producción sedera europea. A principios del siglo XIX el telar Jacquard
(antecesor directo de los primeros ordenadores) revolucionó la manera de
producir los tejidos y la organización del trabajo de los artesanos. Este telar fue
una importante mejora técnica que supuso una semimecanización e la
confección del tejido y trajo consigo el malestar social entre un sector de los
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obreros de la seda incluidos actos de vandalismo contra las primeras
máquinas, y es que un telar Jacquad podía fabricar unos sesenta centímetros
de brocado en una semana.
La importancia del telar y su potencial fueron reconocidos inmediatamente.
El 12 de abril de 1805, el emperador Napoleón y la emperatriz Josephine
visitaron Lyon y lo pudieron apreciar. El 15 de abril del mismo año, el
emperador le concedió la patente del telar de Jacquard a la ciudad de Lyon. A
cambio, Jacquard iba a recibir una pensión vitalicia de 3000 francos, además
de una regalía de 50 francos por cada telar que se comprara.
El siglo XIX y el proceso de industrialización cambia la manera de producir:
nace la fabricación de tejidos en serie, menos exclusivos.
Como es sabido, la crisis del Antiguo Régimen tiene lugar durante estos años
(1790-1830). Esta crisis no solo significó la transformación del marco
institucional desde el que hasta entonces venía desarrollándose la sedería,
sino también el cambio de los fundamentos económicos y sociales sobre los
que se basaba. La sedería se resintió a nivel internacional, el inicio en
Inglaterra del proceso de industrialización no tardó en llegar al continente para
rápidamente extenderse por toda Europa. De este modo el avance irreversible
del liberalismo y de la nueva sociedad industrial capitalista, acabó imponiendo
un nuevo modo de entender y organizar la producción y el trabajo. Cambió la
manera de invertir el capital, de ganar mercados y se generalizó la necesidad
de servirse del proceso técnico.
Fue en este proceso renovador y de progreso de la mecanización, cuando la
producción estalló la crisis en la producción sedera. En la Europa de la década
de 1840-1870 la aparición de la pebrina (enfermedad que afecta al gusano de
seda y debilita la calidad de la fibra) marcó un punto de inflexión en la
producción sedera, llevándola hacia una profunda crisis de la que nunca saldría
la sericicultura europea y que resentiría la producción de tejido. Además, el
avance del algodón como fibra textil dominante y el desarrollo de la tecnología
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textil afectaron gravemente a la seda y a su mercado. Otras dos crisis de
pebrina, así como los cambios políticos, institucionales y socio-económicos
terminaron con el liderazgo de la producción sedera europea.
A partir de estos momentos, y gracias a la construcción del canal de Suez,
China facilita el comercio de la seda y después Japón, y se crea una nueva
geografía de los centros abastecedores de simiente, luego de capullos, de
hilado, y, por último, de tejidos.
La ruta de la seda también sirvió, además de para el intercambio de
mercancías y técnicas, como transporte de ideologías y religiones, en un ir y
venir de formas y estilos artísticos, modas y costumbres dejando huella e
influencias en las rutas y puertos comerciales, creando así una historia común.
El patrimonio europeo de la seda está vinculado a la historia, la sociología y la
producción cultural. Se pueden atribuir diferentes valores a la cultura material,
como colecciones históricas de telas, dibujos, dibujos, diseños, telares… En
general, la seda sirvió en Europa como conexión artística, con los motivos que
se transmitían de unos puntos productivos a otros y que competían entre ellos
por llegar al mercado de las Indias. Fue un intercambio fluido que marcó el
desarrollo de cada uno de los puntos de producción pero que también sirvió
como conexión comercial y cultural, como vínculo y enlace durante varios
siglos.
Podemos decir, por todo ello, que la historia europea está tejida en seda.
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Dalmática del siglo XVIII con diseño probablemente francés
o español.
Diseño español. Garín, 1820.
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Más información en:
http://imatex.cdmt.es/_cat/pubIndexPub.aspx
http://www.mecd.gob.es/mtraje/colecciones/indispensables.html;jsessionid=E5F
B8824910E04942DB4EFA8CEB9FB69
http://www.mtmad.fr/fr/pages/topnavigation/musees_et_collections/mt_les_colle
ctions/mt-oeuvres_en_vedette/mt-chefs-oeuvre.aspx
https://patternobserver.com/2015/03/31/history-surface-design-damask/
https://www.metmuseum.org/toah/keywords/silk/
https://www.metmuseum.org/toah/hd/velv/hd_velv.htm
https://www.metmuseum.org/toah/hd/txt_s/hd_txt_s.htm
https://www.metmuseum.org/toah/hd/txtn/hd_txtn.htm
https://www.vam.ac.uk/collections/textiles
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