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Año 2008
nº 11
15 de julio
SANTA GIANNA BERETTA MOLLA
El amor más grande. Médico, esposa, madre.
(Fuente: Diócesis de Córdoba)
«Mirad a las madres que verdaderamente aman a sus niños. ¡Cuántos
sacrificios hacen! Para todo están preparadas, incluso para dar la
propia sangre para que sus hijos crezcan buenos, sanos y robustos.
¿Acaso no ha muerto Jesús en la cruz por amor a nosotros? Y con la
sangre del sacrificio con la que se afirma y se confirma el amor».
«Era una mujer espléndida, pero absolutamente normal. Era guapa.
Inteligente. Buena. Le gustaba sonreír. Era además, una mujer moderna, elegante. Conducía su coche. Amaba la montaña y esquiaba muy
bien. Le gustaban las flores y la música. Le gustaba viajar. Yo tenía de
desplazarme frecuente-mente al extranjero a causa de mi trabajo, y
cuando me era posible, la llevaba conmigo. Fuimos a Holanda, a Alemania, a Suecia. Un poco por todas partes de Europa. Era, sin duda
alguna, una mujer normal. Una mujer como tantas otras. Pero tenía
algo singular, quizá: una gran religiosidad, una confianza absoluta en
la Providencia divina. Y no dejó de confiar nunca en ella, ni siquiera
en los últimos meses de vida... Gianna no era uno de esos tipos místicos que piensan sólo en el Cielo y que viven es esta tierra creyendo
que es sobre todo un valle de lágrimas. Gianna era una mujer que sabía disfrutar, en el buen sentido de la palabra, de las pequeñas y grandes cosas que Dios nos concede también en este mundo. Sin embargo,
cuando se dio cuenta de la terrible coincidencia de su embarazo y el
desarrollo de un grueso fibroma su primera reacción, razonada, fue la de pedir que el niño que llevaba en el seno se salvase. No fue un suicidio. Gianna confiaba en la Providencia. La decisión de mi mujer fue el resultado
coherente de toda una vida. Una decisión cuyas raíces se encuentran en los años de infancia. En su familia de
origen. En la atmósfera profundamente religiosa que le habían proporcionado siempre a ella y a sus hermanos.
No lo hizo porque esperase nada a cambio, ni ‘para irse al Cielo’. Lo hizo porque se sabía madre»
Pietro, su marido
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Año 2008
nº 11
15 de julio
Santa Gianna Beretta Molla
Gianna se matriculó en 1942 en la Facultad de Medicina de Milán. Fueron años los años difíciles del fascismo y de la guerra mundial. En 1945 se traslada a
la Universidad de Pavía. Sus compañeros la recuerdan como una chica estudiosa, alegre, serena, amante
de la naturaleza, con muchas aficiones: le gustaba
pintar, la música, tocaba el piano y disfrutaba subiendo a las montañas cantando a pleno pulmón. Durante
aquellos años no se dedicó sólo a estudiar.
SANTA GIANNA BERETTA
Gianna Beretta nació el 4 de octubre de 1922 en Magenta, en el norte de Italia, la décima de las hijas de
Alberto Beretta y María de Michelis. Era una de las
típicas familias burguesas acomodadas del norte de
Italia de esa época, con una característica importante:
era una familia profundamente cristiana.
A pesar de su posición económica cómoda, los hijos
fueron educados en un clima de sobriedad y desprendimiento. Alberto y María habían enseñado a sus
hijos a preocuparse por los más necesitados. Gianna
comenzó en 1929 sus estudios elementales, y en 1933
se matriculó en el Liceo Paolo Sarpi. Sus calificaciones escolares fueron normales, con abundancia de
suficientes y alguna convocatoria para septiembre de
italiano y latín. Tras la muerte de Amalia, la hermana
mayor, a los 26 años, la familia se trasladó a GénovaQuinto al Mare, en la Rivera italiana de Levante. Allí
se veía a la familia en Misa de ocho de la mañana,
acompañados de algunos de sus hijos. Unos marchaban luego a la Universidad; otros, como Gianna, al
colegio. Era buena deportista, amante de salidas al
campo. Alberto y María murieron en 1942, con 4 meses de diferencia. La familia se trasladó entonces a la
casa paterna de Magenta.
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En 1943 fue nombrada secretaria de un grupo estudiantil de Acción Católica. Ocupó varios cargos en la
Acción Católica hasta 1956. Daba charlas, asistía a
diversas reuniones de carácter apostólico. Participó
en las Conferencias de San Vicente, y muchos sábados iba a visitar con algunas amigas familias necesitadas. Organizó varias tandas de Ejercicios Espirituales para sus amigas. Les insistía en la necesidad de
fomentar las virtudes humanas (para ser personas «de
una pieza») y las espirituales (las animaba a la práctica de la oración diaria, las alentaba a acudir a la Santa Misa y a la Comunión, a ser posible todos los días,
y si no, al menos, cada semana). Decía: «Sólo si poseemos la riqueza de la gracia podremos darla a nuestro alrededor; porque el que no tiene, no pude dar nada». «Meditación, al menos diez minutos. Visita al
Santísimo, Santo Rosario, devoción a la Virgen. Y
sobre todo, vida de oración».
El 16 de junio de 1946 su hermano Giuseppe se ordenó sacerdote. El 30 de noviembre de 1949 Gianna
obtuvo la licenciatura en Medicina por la universidad
de Milán, y el 27 de enero de 1950 le dieron el certificado que la habilitaba para ejercer la Medicina en la
especialidad de Pediatría. Abrió un ambulatorio en
un pueblo de 2.000 habitantes, Mesero, junto con su
hermano Ferdinando. Mientras tanto, otro hermano
suyo, Enrico, se había ordenado también sacerdote y
había marchado a Brasil. Por aquellos años se planteó
su vocación. A ella le parecía que Dios le pedía ejercer su profesión de médico, pero ¿dónde? Se planteó
la posibilidad de marchar a Brasil, con su hermano
Enrico, a trabajar en su hospital. Pero nunca acababa
de tomar la decisión. En 1954 tomó la resolución de
ir a Lourdes a pedir luz a Dios. A la vuelta, en Magenta, se encontró la respuesta de Dios en la persona
de Pietro Molla, que sería su futuro marido. Pietro
era hijo de unos vecinos.
Tras varias coincidencias, Pietro la invitó a ir a la
Scala de Milán en Nochevieja. Gianna aceptó, y al
volver, estuvieron celebrando el año nuevo en casa
de Pietro. El 20 de febrero de 1955 le propuso que se
casara con él. Gianna aceptó. Durante su noviazgo,
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Santa Gianna Beretta Molla
Pietro tuvo que hacer varios viajes profesionales.
Su comunicación más frecuente fue por carta. En
ellas Gianna y Pietro se comunicaban sus sentimientos como cualquier pareja de enamorados. Los dos
eran personas profundamente religiosas, y prepararon
su matrimonio poniendo su futuro a los pies de la
Virgen. El 24 de septiembre de 1955 se casaron en la
basílica de san Martín de Magenta. Al poco iniciar su
vida matrimonial, volvió a trabajar como especialista
en Pediatría. En 1956 nació su primer hijo, Pierluigi,
y en 1957 Maria Zita. En
1959, después de un embarazo
un poco difícil, nació el tercer
hijo del matrimonio, Laura.
En 1961 esperaban el cuarto
hijo. En agosto le escribe a su
amiga Mariuccia, que cuidaba
a sus hijos en Courmayeur:
«Te voy a contar lo que me ha
sucedido. El martes, cuando
Nando me estaba reconociendo médicamente, advirtió que además del embarazo
había un tumor bastante voluminoso. Pensamos que
era un quiste ovárico. Fui al profesor Vitali, y aunque
él nos confirmó en nuestras sospechas, nos dijo que
era mejor esperar quince días (...) Aquel día por la
mañana comencé a notar hemorragias. Me acosté rápidamente, me pusieron inyecciones, bolsas de hielo
y cesó la hemorragia (...) Sin embargo, persistían los
vómitos, y aunque el profesor me dijo que podía
haber sido una amenaza de aborto, proseguí embarazada. Pero, más que esperar; es mejor que me operen
enseguida: lo han decidido para la semana que viene».
Aquello le preocupaba, más que por su vida, por la de
su futuro hijo. Y antes de la intervención le dijo a su
marido, al profesor Vitali y a su hermano Ferdinando,
su decisión: deseaba, antes que nada, que durante la
operación se protegiera la vida del niño; si era preciso,
por encima de la suya. Y le recordó al cirujano muy claramente este deseo suyo antes de la operación.
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Antes de entrar en el quirófano quiso confesar y comulgar. Durante la operación, el médico encontró
una masa de fibroma seroso uterino. Extirpó la masa
del fibroma, sin dañar la cavidad uterina, para hacer
posible el embarazo, en contra de la práctica normal,
que procede a la extirpación total, por los graves riesgos que reserva a la madre. Gianna sabía, como buen
médico, que una sutura practicada en los primeros
meses de embarazo, provoca con frecuencia una rotura del útero, con un peligro mortal inmediato para la
paciente en el cuarto y quinto mes de embarazo. Poco
después de la operación, el doctor le dijo a Gianna:
«Hemos salvado al niño».
Volvió a su casa, y reemprendió la vida habitual, perfectamente consciente de la gravedad de la situación
en que se encontraba. Sabía que esa operación podía
costarle la vida a medida que fuera avanzando el embarazo. Savina, la chica que le ayudaba en las tareas
de la casa, comentaba: «Era una gran persona. Siempre contenta. A pesar de la confianza que nos teníamos, no me quiso decir nada del drama que estaba
viviendo. Recuerdo que antes de entrar en la clínica
puso en orden, de forma meticulosa, todo lo que tenía. Ordenó los cajones de los armarios. Hizo conmigo una limpieza general que no estaba prevista. Y yo
me preguntaba qué estaría pensando». A mediados de
marzo, un día en el que Pietro se dirigía a la fábrica,
Gianna lo retuvo durante unos instantes antes de salir
de casa: «Parece que la estoy viendo ahora. Estaba
apoyada en el mueble del vestíbulo de nuestra casa.
Se me acercó y casi me susurró: Pedro... te ruego...
que si debes decidir entre
mí y el niño, que te decidas por el niño. No por mí
¡Te lo ruego! Así. Nada
más. Me sentí incapaz de
decirle nada. Conocía
muy bien a mi mujer; su
generosidad, su espíritu
de sacrificio. Me fui de
casa sin decir una palabra». El 21 de abril nació
su hija Gianna Emmanuela. «Cuando tuvo entre los
brazos a nuestra criaturita –recuerda Pietro-, la miró
cariñosamente, con una mirada que muestra su indecible sufrimiento por no poder gozar de ella, por no
poder abrazarla y verla más». Una religiosa del hospital la confortaba. Gianna le agradecía sus palabras,
pero le hacía ver la hondura de su sufrimiento: «Es
que usted, hermana, no sabe lo que supone ser madre...».
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Le diagnosticaron una peritonitis. Intentaron antibióticos, drenajes. Todo inútil. Gianna se encontraba cada vez peor, pero no se lamentaba.
Comenzaron los días largos de su agonía. Pietro
estaba siempre a su lado. «A mediodía del Viernes Santo –cuenta Pietro- comenzó su Calvario y
su martirio. El Sábado Santo tuvo, y todos nosotros con ella, la alegría de una nueva criatura. El
día de Pascua soportó unos sufrimientos terribles, al igual que el Lunes y el martes después de
Pascua. La noche del martes fue la de su primera
agonía, que superó milagrosamente gracias a los
cuidados de Nando y de Sor Virginia». Su unión
con Dios se iba haciendo más y más intensa. Su
gran dolor era dejar huérfanos a sus hijos. Sus
familiares decidieron que sus hijos no fueran a
verla en ese estado. Además Gianna reconoció:
«Me faltan fuerzas y ánimos para volver a verles». Los dolores abdominales se volvieron cada
vez más fuertes y terribles. Todos los remedios
fueron en vano. En un momento sufrió un colapso, que parecía definitivo. El capellán no pudo ir,
porque estaba llevando la Comunión a unos enfermos. Su hermana Virginia le dio a besar un
crucifijo. Gianna lo apretó entre sus manos y lo
besó. «Estoy seguro –dice Pietro- que desde ese
momento Gianna no interrumpió su coloquio con
el Señor. Pidió recibir al Señor en la Eucaristía,
al menos sobre los labios, incluso el jueves y el
viernes, cuando no podía tragar la Sagrada forma. Y repetía muchas veces: ¡Jesús te amo, Jesús
te amo!».
El viernes, después de una semana debatiéndose
entre la vida y la muerte, entró de nuevo en coma. Era el final. Decidieron llevarla a su casa el
sábado a las cuatro de la mañana. En las habitaciones contiguas dormían sus hijos: Pierluigi,
Mariolina y Laureta. La pequeña Gianna Emmanuela permanecía en la sala de Maternidad del
Hospital. Nunca sabremos si, a pesar de su situación, Gianna pudo oír las voces de sus hijos al
levantarse y el ruido del motor del coche en el
que se los llevaron hasta la casa de unos familiares. Mientras tanto, Pietro permanecía a su lado.
Falleció sin un gemido. Eran las ocho de la mañana del sábado 28 de abril de 1962.
El 24 de abril de 1994, el papa Juan Pablo
II la beatificó y fue canonizada el 16 de
mayo de 2004.
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