LA PROSTITUCIÓN, ORIGEN Y EVOLUCIÓN Carlos Varela Rendón Derechos reservados de autor Introducción Para hablar de la prostitución, actividad caracterizada por el comercio del cuerpo humano como objeto de consumo sexual, debemos remontarnos a sus orígenes y causas en las sociedades de la antigüedad; aquellas establecidas como incipientes conglomerados urbanos, donde diversas situaciones de relación social, al igual que con los entornos naturales, fueron gestando determinados comportamientos contradictorios con la esencialidad humana de los individuos: invasión y usurpación de territorios, esclavización, estratificación social, establecimiento de ideologías convencionales y formalistas, desarrollo del mercadeo y la usura, etc. Ya en esas circunstancias, características de las sociedades más avanzadas (babilonios, egipcios, griegos, romanos, aztecas, etc. Secuencialmente, incluso, herederos unos de otros), la mujer que había perdido su estatus de eje familiar de la transformada horda homínida, en torno al hogar, la huerta y las crías; que había logrado tener un consorte más estable, pasa a convertirse, paulatinamente, en una subalterna del hombre, poseedor, cada vez más, de objetos y entornos, adquiriendo ella misma, en cierto grado, la categoría de objeto poseído. La mujer desposeída de sus antiguas prerrogativas, conviviendo con el hombre de nuevo cuño, habría de pasar a compartir con él las más disímiles situaciones de su permanente cotidianidad, de acuerdo a los diversos momentos que han ido emergiendo en esas sociedades cambiantes y contradictorias. Unas veces subordinada a las iniciativas de aquel, como mujer hogareña y gestante, igualmente como subalterna; y en otras, con cierta reminiscencia del antiguo matriarcado, como partícipe a la vez que competidora (situación notoria en las sociedades modernas). Con el incremento de la esclavización y la propiedad privada, que satisfacía a los sectores más hedonistas, así como excesivamente egoístas (instinto animal exacerbado), hombres y mujeres entrarían a participar en ese juego compartido del consumo por placer, 2 aprovechando todos los medios para recrear un imaginario cada vez más desbordado; entre esos los cuerpos de quienes por una razón u otra (regularmente indefensión y carencias económicas) pasaban a ser objetos de uso para la satisfacción de sus apetencias, mujeres y hombres jóvenes, igualmente niños. En las sociedades de la multiplicidad de actividades, entre superfluas y básicas, como consecuencia del consumo progresivo, la prostitución, iniciada con las mujeres degradadas de la antigüedad, entra a involucrar a todos aquellos (entre jóvenes y niños), que las diversas circunstancias, como las necesidades, el abuso, el atraso, y el desempeño de los promotores del consumo, impelen a ser objetos eróticos para los consumidores compulsivos, así como sucedáneos recurrentes para los inhibidos y frustrados en su sexualidad, hombres y mujeres. Bogotá, Mayo 12 de 2014 3 Definiendo un punto de partida Se define la prostitución como una actividad a la que se dedica quien mantiene relaciones sexuales con otras personas, a cambio de dinero (diccionario de la R. A. E.). De acuerdo a la definición se infiere que la prostitución es una actividad eminentemente económica de carácter mercaderil, sui generis, en la que se vende el propio cuerpo, sus atributos y funcionalidades sexuales, durante un determinado lapso de tiempo por una cuantía acordada, representada regularmente en dinero o en elementos afines, concordantes con el conjunto de intereses y requerimientos de quien vende. Tales conceptos corresponden a una percepción simplista de algo que se entiende como un convenio entre iguales agentes contratantes, donde uno (hombre o mujer) desea consumir los beneficios eróticos que el cuerpo del otro le ha de proporcionar; el otro (hombre o mujer) le cederá su cuerpo, sus caricias y sus sensaciones (reales o ficticias) a cambio de la retribución acordada. Es el estado formal y convencional de las relaciones en las sociedades de consumo1, herederas de la antigua burguesía; ésta, a su vez, de la sociedad feudal, y esta de la esclavista2, y esta de las cuasi hordas bárbaras que arrasaban territorios, destruían hogares y esclavizaban a hombres y mujeres. Dicha dinámica en el gran colectivo humano, del entorno industrial y de mercadeo3, ha continuado, readaptada a las nuevas circunstancias producto de los avances tecno-científicos, con múltiples variantes, pero a la vez con vestigios de otras épocas (el individuo que secuestra a otro para disponer de su cuerpo, básicamente; la mujer o el hombre muchos aún tiernos - que se exponen, bajo determinadas circunstancias, regularmente por carencias materiales básicas y anímicas, para que otros dispongan de sus cuerpos en lo eróticosexual); épocas tales de las que los griegos y los romanos4 fueron grandes exponentes. 4 Si bien ese acontecer, producto del complejo desarrollo psíquico de los humanos, trashumantes5 emigrados en hordas de los bosques africanos, entre quienes los individuos enérgicos, preponderantemente egoístas y agresivos, afianzaron su proclividad conductual, imponiendo las directrices del comportamiento masificado del colectivo, de la tribu, de la nación, afectó la sexualidad humana, heredada de los homínidos6 africanos (en este sentido el papel del brujo, del consejero, del patriarca, del líder guerrero, y otros individuos dotados del fascinador carisma sobre colectivos en su mayoría ingenuos, fue determinante en la formación de jerarquías gestantes del subsecuente establecimiento de privilegios y clases sociales); como también fue ocurriendo, progresivamente, con la posesión de objetos y la disposición territorial, a través del establecimiento de individuos usurpadores, dueños y amos, de territorios, objetos, y personas. Todo ese proceso transformador de los colectivos humanos, de gran influencia en el devenir histórico, a través de los siglos, de las sociedades en conjunto, se ha reiterado permanentemente en las diferentes épocas, agregando peculiares improntas, llegando hasta los territorios invadidos y colonizados de África, América7 y Oceanía, al igual que diferentes zonas marginales de Asia; trastocando entornos y aniquilando culturas terrígenas, en una dinámica reiterada, a la vez que transformada y sintetizada en la era del industrialismo, la tecnología y el consumo, a la manera de las antiguas hordas bárbaras arrasadoras. Si antes se invadía a pie o a caballo, con legiones o similares, con lanzas y espadas, en busca del botín representado en territorios, objetos y personas, en la era de la industria nuclear, los misiles y las bombas8 desbrozan territorios y amilanan poblaciones en busca de los objetivos requeridos (posiciones estratégicas, materias primas, mano de obra y consumo), además de contar con un elemento agregado, igualmente heredado de tiempo atrás: la proclividad de individuos nativos altamente egoístas a la acción traidora por dádivas y privilegios, otorgados por el intruso, para beneficio propio. Comportamiento tan notorio en la antigua Judea, de la historia bíblica, como en diversas naciones latinoamericanas9, al igual que africanas. En ese marco referencial los valores fundamentales en la integración del ser humano como persona en sociedad (salud, educación, sexualidad, nutrición) se fueron diluyendo en un entorno de intereses y 5 objetivos egoístas10 direccionados dentro de determinadas ideologías por los grupos de poder (políticos, empresarios, religiosos, agentes del mercado). Siendo un prototipo relevante de ello la sociedad de consumo, que inicia su ascenso vertiginoso a partir de mediados del siglo XVIII11, con la arremetida del industrialismo mecanizado y la producción en masa de mercancías (todo, in crescendo, se fue transformando en mercancía: el trabajo humano, los objetos a la par con la naturaleza, las creencias; el cuerpo humano, sus órganos y su sexualidad) de la más variada gama, mediante innovaciones permanentes, donde el uso de los servicios (reedición sofisticada de la esclavitud y el servilismo de épocas pasadas) de personas, en determinadas actividades ha impulsado a la enajenación de su psiquismo y sus cuerpos. Entre estas la prostitución, como complacencia erótica de la sexualidad frustrada a la vez que exacerbada de manera permanente, ocupa un papel relevante. Mas para llegar a tal punto en la dinámica del consumo se habría de generar, de manera consustancial, el medio, o instrumento, que impeliera permanentemente a consumir, iniciado, en forma subsecuente, con la era de la producción masificada de mercancías: la propaganda o publicidad12, cada vez tan sofisticada como la misma producción. Dicha dinámica social dominante, producto de derechos y privilegios usurpados por el brujo, el sacerdote y el guerrero, en los inicios de las sociedades establecidas, en entornos beneficiosos, herederas de las creencias y temores13 de los primigenios ancestros africanos, mas reelaboradas y adaptadas a las variadas situaciones, gracias a la transformación evolutiva psicosomática de los individuos cada vez más inmersos en complejas relaciones interpersonales, así como con el entorno natural; dinámica social donde amplios sectores humanos, entre ellos hombres y mujeres jóvenes (esclavizados por diversas circunstancias), fueron perdiendo su condición esencial humana, como organismos en desarrollo signados por naturaleza hacia determinadas funciones esenciales, para convertirse en objetos eróticos consumibles de quienes pasaban a ser sus dominadores, amos y poseedores. En esta dinámica de conquistas y dominación los imperios griego y romano tienen un amplio historial, al igual que otros pueblos (babilonios, sumerios, egipcios, etc.) en los que sus líderes guerreros, monarcas y cortesanos, y demás individuos anclados en el poder podían disponer 6 masivamente, bien mediante el apresamiento, secuestro o compra, para su uso personal, de mujeres y hombres jóvenes (en muchos casos aún niños), que estarían disponibles en sus posesiones para atenderlos y colmar sus apetencias sexuales, cada vez más desbordadas por las mismas circunstancias ambientales que se iban dando: concentración de esclavas y esclavos para el uso erótico-antropófago14 de sus poseedores. Si bien este comportamiento de tales individuos tenía la apariencia de meros caprichos personales, en realidad hacía parte de acciones inerciales de características genéticas condicionadas, generativas de adicciones, a la manera de la propensión al consumo reiterativo del licor, o cualquier sustancia adictiva. En este sentido lo que atraía hacia los organismos provocativos, aún tiernos en su mayoría, de esclavas y esclavos, era la necesidad exacerbada de utilizarlos para saciar la antropofagia latente transferida a lo erótico que, en el caso de los hombres poseedores, terminaba en penetración regularmente por fuerza natural. En el caso de las mujeres que en sus intimidades hacían uso de las esclavas con tales fines, la antropofagia erótica sobre el cuerpo de la esclava, o de manera mutua, era lo más recurrente; mas cuando hacían uso de hombres esclavos, diferentes a los eunucos, regularmente de manera furtiva, la penetración era frecuente sin dejar de lado el chupeteo y la succión de sus genitales, igualmente compartidos. En esos eventos de la sexualidad trastocada, iniciada en los tiempos de la usurpación y el esclavismo, la función específica de la sexualidad reproductiva15 fue perdiendo su razón de ser entre las castas dominantes, quedando como una acción peculiar de acuerdo a determinados objetivos y conveniencias. Sólo le quedaba a la plebe alejada, aún no contaminada de las proclividades de aquellas castas, en su mayoría campesinos de bosque adentro, continuar con la práctica del sexo reproductivo, con abundante linaje, regulados las más de las veces por los períodos de fertilidad de las hembras. Al transcurrir el tiempo, entre aquellas prácticas y costumbres afianzadas en esas sociedades clasistas, como ocurre con toda mercancía y objeto de uso, de utilización permanente, el paso de los años, los accidentes y las enfermedades, daban lugar a que quienes en otrora fueran objeto de uso erótico-antropófago placentero fuesen desdeñados bajo diferentes circunstancias, entre ellas hasta la eliminación física. Los esclavos y esclavas sexuales que contaban con 7 mejor suerte, pasarían a ser parte de la servidumbre mientras sus reducidas fuerzas les alcanzasen; otros pasarían a manos de señores de menor estatus, quienes seguramente los comprarían o los recibirían en obsequio; y otros, con una libertad relativa conseguida de manera circunstancial, pasaban a engrosar la plebe urbana que día a día se acrecentaba, como preludio de la nueva clase burguesa por eclosionar. Entre esa plebe urbana, las antiguas esclavas lucharían por sobrevivir en actividades varias, por lo regular en condiciones infrahumanas, esforzándose por conseguir un compañero con quien sobrellevar su existencia; o, por lo contrario, conscientes de sus disminuidos encantos corporales, entregarse a los requerimientos sexuales de quienes les diesen algo a cambio de unos momentos de placer. Entre una situación y otra esa forma de vida entre aquellas mujeres se fue incrementando, a la vez que aumentaba el número de antiguas esclavas damnificadas. En este sentido la situación social se consustanciaba con el aspecto inercial genético, adquiriendo fuerza de costumbre. En cuanto a los antiguos esclavos varones, desdeñados y reemplazados por otros más frescos que satisficieren las apetencias de los amos, en parte seguían el rumbo de las mujeres, incrementando la masa urbana que luchaba por sobrevivir en diversa actividades, uniéndose, en muchas ocasiones, con antiguas compañeras de esclavitud para conformar hogares. Otros, de marcada rebeldía, se internaban en los bosques conformando grupos de asalto, como los que existieron durante la era del poderío romano. Estos eran duramente reprimidos, pero, a su vez, también lograban hacer considerable daño a los miembros de las castas privilegiadas. A la par con esos seres discontinuados de la utilización a que habían sido sometidos por quienes los esclavizaron, estaban las criaturas de las preñeces indeseadas, no pocas, que serían alejadas de las madres en el mismo instante del nacimiento, ya fuese para eliminarlas, abandonarlas o entregarlas en adopción a gente de otros lugares. Al fin de cuentas aquellas mujeres no estaban para procrear, sino satisfacer los requerimientos sexuales de sus poseedores. Es, entonces, bajo esa situación de desarraigo, utilización y ultraje, en el periodo esclavista, cuando se da inicio, en la incipiente sociedad urbana, a la actividad de la prostitución, relevantemente femenina, por esos seres arrojados de los palacios y viviendas señoriales. Era un paso 8 más en la degradación física y espiritual de la mujer, heredera del relativo matriarcado16 originado en los pueblos africanos, donde por razones funcionales se distribuyeron entre hombres y mujeres las actividades básicas de supervivencia de los colectivos. Mientras los hombres enfrentaban las tareas más pesadas, que implicaban, en muchos casos, alejamiento del incipiente entorno familiar (caza y recolección), las mujeres atendían el cuidado de las pequeñas crías, la preparación de los alimentos, además de intervenir en trabajos cercanos al hogar, entre ellos el desarrollo de pequeñas huertas al notar que los deshechos de ciertas plantas, arrojados junto a las viviendas, producían retoños. En este sentido se puede considerar a las mujeres como las iniciadoras de las huertas, que luego pasarían a ser cultivos de mayor envergadura atendidos por hombres y mujeres, dando inicio a un naciente sedentarismo de ellos, que iba limitando poco a poco el alejamiento prolongado del entorno familiar, agregando a este cambio de dinámica los logros en la domesticación de algunos animales y la ubicación de puntos estratégicos de ríos y lagunas para la pesca, próximos a los cuales preferían establecer las viviendas. En esas circunstancias las mujeres mantenían una autoridad destacable, en los alrededores de la vivienda, en el control de los descendientes tiernos y en el laboreo doméstico que delegaban a los jóvenes y ancianos. La relación estable con un parejo complementario (que se convertiría en el marido) se fue dando a medida que este fue teniendo más horas de permanencia en el hogar, principalmente al atardecer y en la noche. Antes de llegar a esa estructura familiar ambos géneros conservarían durante un período de tiempo, a pesar de los cambios logísticos de supervivencia, determinados caracteres psicosomáticos de la época de las hordas, como en el caso de la sexualidad indiscriminada entre machos y hembras, regulada por los períodos fértiles de estas, mientras no se daba todavía la estadía permanente de los hombres en los hogares donde las mujeres mayores, de capacidad gestante, eran la máxima autoridad. En ese sentido, consecuentemente, el acercamiento del hombre se daba cuando detectaba el estado fértil de la mujer jefe del hogar, o de las descendientes en su periodo fértil, dándose inicio a una serie de cortejos amorosos correspondientes a los condicionantes sexuales de la mujer fértil; si se daba la coincidencia de varias mujeres predispuestas 9 para el acoplamiento, eran varios los hombres que se allegaban a ellas dándose inicio a un cortejo amoroso colectivo; de no ser así, algo muy eventual, un solo individuo se acoplaba consecutivamente con las que estuviesen en condiciones de aparearse. Igualmente se daba la circunstancia de acoplamientos entre hermanos o entre hijos y padres, hasta que, por razones circunstanciales, algunas criaturas engendradas de esas relaciones indiscriminadas presentaron malformaciones17. Posiblemente, entre esos pretendientes, los más consuetudinarios fueron definiendo lazos de unión con las parejas, lo que los llevaría a establecer unidades permanentes durante largos periodos de convivencia. Sin embargo, todavía perdurarían vestigios psicosomáticos de los antepasados homínidos, como en el caso de la sexualidad que únicamente se activaba para el apareamiento reproductivo, siguiendo los lineamientos reguladores de la naturaleza en las diferentes especies. Tal condición se iría extinguiendo, a través de los siglos, a medida que las relaciones se hacían más complejas, a causa del alienante distanciamiento progresivo de los entornos naturales, y el desarrollo evolutivo cerebral permitía el incremento del factor imaginativo, en los especímenes que paulatinamente fueron adecuando sus vivencias cotidianas a esas nacientes aglomeraciones urbanas convencionales. Ya para estos períodos del desarrollo social, incrementado en primer lugar en la región asiática, las características morfológicas de hombres y mujeres habían cambiado sustancialmente debido a mutaciones y cambios adaptativos funcionales, que influirían a la vez en sus comportamientos, entre ellos en la sexualidad (la funcionalidad genética más dinámica de todo organismo, por la condición reproductiva y expansiva de la especie); acrecentando la esbeltez, más marcada en las mujeres que en los hombres, direccionada por la estructura genética (genoma) a incrementar el atractivo para los hombres de su entorno en la época de la fertilidad reproductiva. Mas debido a la doble condición racional instintiva de la especie, donde el factor imaginativo ha jugado un papel relevante, a la vez que transgresor, lo que anteriormente era sometido a una sincronía periódica, válida para todas las especies de vertebrados, en los humanos se fue convirtiendo en una acción inconsistente, determinada por un comportamiento psíquico compulsivo que se fue incrementando 10 en los conglomerados urbanos por diferentes causas; entre esas dos destacables: la necesidad de subsistir de aquellas mujeres desechadas por sus antiguos amos sexuales, reubicadas entre una plebe a la que seguramente nunca pertenecieron (muchas fueron niñas raptadas de familias nobles de otros pueblos, que al ser invadidos pasaban a ser parte del botín de los agresores), y luego acostumbradas de manera inercial (condicionamiento instintivo18) a entregar sus cuerpos reiteradamente al amo usufructuario en las prácticas sexuales de su ocurrencia; ya, desprotegidas y sin recursos, simplemente recurrían a lo que más sabían hacer, vender su sexualidad además de alguna que otra labor, muy a su pesar. Era el peso de un destino aciago sobre unos seres, que sólo deseaban seguir viviendo. Y, en segundo término las limitantes que se iban generando para los hombres con capacidad reproductiva, entre jóvenes y adultos, al afianzarse ciertos aspectos negativos de convivencia como la discriminación económica, entre otras, (en esas sociedades progresivamente mercantilistas los padres entregaban a sus hijas, aún niñas en muchos casos, al mejor postor, dejando de lado al mozo con el que la muchacha comenzaba a tener ciertos preámbulos amorosos direccionados al acoplamiento); a la par con la represión de la sexualidad que fue cogiendo fuerza al amparo de creencias religiosas como el judaísmo, subsecuentemente el cristianismo, y otras de percepción similar, mediante el establecimiento de una normativa bastante contradictoria con la condición natural de los humanos. Aspectos como la virginidad, el celibato, la fidelidad, la monogamia, contribuyeron en gran medida a confundir a hombres y mujeres, en esas épocas19, viviendo un conflicto constante entre naturaleza e ideologías, muchas veces impuestas a amplios colectivos. En ese marco referencial, en las incipientes sociedades de consumo, del incremento del laboreo y el servilismo, los hombres acicateados para el apareamiento (por razones naturales, al detectar instintivamente la disponibilidad de las mujeres fértiles en su entorno; o tácticas ficticias, provocados mediante el engaño erótico artificioso, en el que ya eran expertas las primeras profesionales del oficio), al no poder tener un normal acceso a las mujeres predispuestas por la naturaleza para el apareamiento, recurrían a esas mujeres que a cambio de paga les vendían sus oficios sexuales, las más de las veces fingidos. Esta sería una de las tantas situaciones donde la relación sexual hombre-mujer 11 comenzaba a presentar variantes diferentes a la regulada por naturaleza; dando inicio a la dispersión de una actividad que otras mujeres, aún niñas, iniciaban en medio de la pobreza y el atraso que padecía la plebe, mientras los poderosos se solazaban en sus placeres y la abundancia. A la par con ello, en una sociedad que paulatinamente avanzaba hacia el establecimiento de sectores económicos de fuerte incidencia social (artesanos, prestamistas, comerciantes), la actividad de las prostitutas comenzó a ser vista con interés por los avezados hombres y mujeres de negocios; así, para tales efectos se fueron adecuando establecimientos, viviendas y sectores de encuentro entre las prostitutas y sus clientes. Lo que había surgido espontáneamente, por fuerza de necesidad, ya convertido en negocio, se fue desarrollando, y continuó en ascenso con diversas variantes y categorías hasta los tiempos presentes. Conjuntamente también se iba incrementando la prostitución homosexual de hombres y mujeres, ya practicada con relativa cautela entre los representantes del poder, quienes hacían uso a su antojo de los esclavos y esclavas más apetecibles ante sus ojos. Tales prácticas para los negociantes e intermediarios, al representar fuentes de ingreso, eran permitidas de manera subrepticia, evitando posibles recriminaciones de las comunidades, que ya venían perdiendo su norte en uno de los aspectos de mayor trascendencia para todo ser vivo: la sexualidad. El acostumbrarse a convivir, o tolerar, con esas prácticas sociales fruto de la pobreza, la marginalidad y el abuso del poder, se fue expandiendo por todas las regiones con el transcurrir del tiempo, incluyendo los territorios invadidos de ultramar20. Ya afincada la prostitución, con todas sus variantes, contemporizando con los cambios surgidos de manera progresiva, resultado de los avances científicos, y los cambios socioeconómicos que iban incidiendo en la convivencia de los individuos, pasaría a formar parte de las diversas iniciativas de explotación y ganancia, cada vez más desarrolladas en las sociedades direccionadas al consumo. Sin embargo, entre cambios y transformaciones, en el ámbito de la prostitución aún continúa existiendo aquellos colectivos de mujeres marginadas que venden su sexualidad al comprador ocasional, a la manera que lo hicieron aquellas mujeres, antiguas esclavas, lanzadas a sobrevivir entre la plebe de los primeros tiempos de las sociedades urbanas. 12 Conclusión A partir de un determinado periodo, afectado por enfrentamientos entre colectivos ya establecidos en diversas regiones del planeta, en busca de apropiación de mejores entornos naturales, cuando hombres y mujeres ya practicaban cierta estabilidad de pareja; luego de un periodo matriarcal, desde su asentamiento en las fértiles tierras africanas de aquellas épocas, caracterizado por una relevante estabilidad, el nacimiento de la huerta y los cultivos, la artesanía y las manualidades, a la par con el desarrollo de conocimientos precientíficos, junto al imaginario fantástico en torno a lo misterioso y desconocido; a partir de ese periodo de enfrentamientos, invasiones y sometimiento de pueblos, con la subsecuente esclavización de hombres y mujeres, tomados en usufructo por los jefes guerreros, las mujeres y hombres jóvenes del gusto del apropiador pasarían a convertirse en cuasi objetos de uso y placer, como parte del proceso de una naciente anomalía social que marcaría los inicios de las relaciones anormales entre los humanos y la naturaleza, circunstancia que llegaría a destacarse en determinados ámbitos de relevantes culturas como la griega, la romana, la egipcia, etc. Muchas de esas mujeres desarraigadas, y ultrajadas en su esencialidad, al ser sustituidas por otras terminaron haciendo parte de la plebe en las incipientes urbes, donde las contradicciones, la discriminación y la marginalidad, en colectivos sociales sometidos a la usurpación, los intereses económicos y las ideologías convencionales, fueron afectando in crescendo las relaciones interpersonales. Tales, entonces, pasaron a ser las primeras incitadoras a la vez que consoladoras, las primeras sustitutas, para los machos inhibidos a la vez que frustrados. Dicha práctica, de hecho, como algo inercial, habría de continuar, entre variantes y contemporizaciones, en las sociedades que se desarrollarían bajo esos parámetros, como un componente más del consumo y el lucro. 13 Notas complementarias 1. Sociedad de consumo, es un término sociológico utilizado para hacer referencia a la etapa más avanzada de la sociedad capitalista de alta productividad, donde la producción masificada implica la existencia de dos componentes esenciales interdependientes: consumidores e incitadores. El primero corresponde al gran conglomerado social, permeable, a través de los medios disponibles, al consumo dirigido. Sus requerimientos de consumo, posesión, participación, sexualidad y nutrición, impulsados por la naturaleza intrínseca de cada organismo, confluyen en un vórtice confuso entre natural y artificioso. El segundo es el soporte, subsecuente y generador, de la producción masificada cuyo objetivo fundamental es el lucro monetario a la vez que la posesión. ^ 2. Las etapas, o períodos sociales históricos: Comunismo primitivo; Modo de producción esclavista; Modo de producción feudal; Modo de producción capitalista; son conceptos del campo metodológico marxista denominado Materialismo Histórico, con base en la percepción del modo de producción, distribución, consumo y apropiación en las diferentes sociedades históricas. Dado el desarrollo complejo de la sociedad humana, y de acuerdo a nuevos estudios, se ha introducido más conceptos definitorios de las diferentes etapas sociales, desde las antiguas y primigenias sociedades matriarcales, base del laboreo agrícola, la artesanía y el incipiente urbanismo, con modalidades diferenciadoras en todas las regiones del planeta donde fue plantando la especie, emigrada siglos atrás de los focos originarios de África ecuatorial. ^ 3. El mercadeo como iniciativa económica direccionada a la distribución y venta de altos volúmenes de productos, llevados a la categoría de mercancías, dinamizado a partir del siglo XVIII como 14 consecuencia de la mecanización fabril, rompe con la tradición localista y limitada de la producción artesanal para la satisfacción de necesidades básicas preferentemente, llegando, en forma progresiva, a modificar los patrones de consumo de la mayoría de la población. ^ 4. Entre los individuos establecidos en el poder de las antiguas sociedades griegas y romanas (gobernantes, propietarios terratenientes, militares de alto rango; igualmente pensadores, artistas y religiosos) el uso erótico-antropófago indiscriminado de mujeres y hombres jóvenes (aún niños, raptados de otros pueblos; así como tomados o comprados de la plebe y campesinos) convertidos en esclavos de uso personal, era una práctica frecuente. ^ 5. La trashumancia de los humanos, que partieron de la región ecuatorial de África, donde las condiciones de convivencia entre grupos se fueron haciendo más difíciles, para ir copando otros espacios favorables del mismo continente y de los restantes (Europa, América, Asia y Oceanía), fue menguando a medida que se establecían, inicialmente colectivos relativamente estables, en diversas regiones favorables para la subsistencia. Por los indicios, en América y Oceanía el proceso de estabilización territorial fue más lento: en la primera algunos colectivos, aún bastante terrígenos, fueron siendo desplazados hacia las regiones selváticas, quedando todavía exponentes de esos grupos en la Amazonia y zonas aledañas. La segunda, corresponde a grupos que desde la región suroriental de Asia fueron llegando a las diversas islas que conforman el continente. ^ 6. De los primitivos homínidos africanos surgen los especímenes que paulatinamente llegarían a constituirse en la especie más evolucionada: la especie humana. Sus parientes más cercanos (orangutanes, gorilas y chimpancés) no han evolucionado con esa intensidad. Probablemente una relevante mutación genética permitió a ciertos homínidos, y sus descendientes, acelerar el desarrollo programado por naturaleza; es el caso de los humanos. Actualmente entre los chimpancés, sus parientes más próximos, los chimpancés pigmeos (bonobos), guardan cierta 15 relación secuencial con los mismos en sus cambios adaptativos y funcionales: movilización erecta, convivencia matriarcal e igualitaria, sexualidad compleja; además de otras características psíquicas que parecieran exclusivas de los humanos: altruismo, compasión, empatía, amabilidad, paciencia y sensibilidad. ^ 7. América es un referente de la forma cómo el espíritu dominante irrumpió, llegado de Europa en el siglo XV, avasallando culturas y arrasando entornos, para imponer una dinámica conductual antropocéntrica y expoliadora de riquezas naturales. ^ 8. Desde el momento del surgimiento de los litigios entre los humanos (inicialmente por alimento y objetos, después por territorio), el factor agresivo tenía una incidencia de repercusiones limitadas a la especie, con algunos efectos tangenciales sobre el entorno natural: vidas humanas sacrificadas, por centenares y millares, prisioneros esclavizados; todo en un ámbito relevantemente humano. Mas cuando el desarrollo tecno-científico le ha permitido hacer uso de armas y técnicas más devastadoras, a la vez que ventajosas de unos colectivos contra otros, la capacidad de la agresividad humana se desborda atacando, indirectamente, a la misma naturaleza, lo que pone en jaque los referentes de equilibrio de toda la biosfera. Igualmente otras acciones también conllevan a tal situación, como el alto consumo de hidrocarburos, la deforestación de bosques y selvas, la contaminación de ríos y mares, etc. ^ 9. Uno de las condiciones que han aprovechado los invasores de territorios, a la vez que conquistadores de culturas, (regularmente por razones económicas, sometimiento político, obtención de reservas naturales, uso de personas con diversos fines, etc.) ha sido la tendencia de ciertos colectivos nacionales al entreguismo de los intereses de las sociedades a que pertenecen, en beneficio de su proclividad compulsivamente egoísta. En ese sentido hay reseñas del antiguo imperio romano contra otros pueblos en su época expansionista; de los invasores ingleses contra el pueblo indio, y otros pueblos; de los 16 españoles contra las culturas americanas; y muchos casos más a lo largo de la historia humana. En todos ellos la actuación de los traidores ha sido relevante y de gran incidencia en la convivencia social. ^ 10. El egoísmo, independientemente de la ética moral, es una condición inherente a la naturaleza humana, compartida con las otras especies animales. Esta condición, de carácter genético, al igual que todas las determinantes de su esencialidad, refuerza su unidad individual en la relación con el entorno y sus elementos, entre ellos los otros humanos. Dado el carácter dual racional-instintivo de los humanos, el egoísmo, que varía en intensidad de un organismo a otro, se convierte en un componente reelaborado, altamente complejo, de gran incidencia en los colectivos sociales. ^ 11. La revolución industrial, iniciada en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, como la modalidad más aventajada en la elaboración de altos volúmenes de productos (mercancías), al hacer uso de la tecnología a base de vapor generado inicialmente por combustión de madera sobre depósitos de agua, tanto en la producción como en los medios de transporte, produjo una afectación social y ambiental de grandes magnitudes, proyectada hasta las actuales circunstancias socioambientales. En primer término grandes colectivos de campesinos fueron desarraigados de los terrenos donde laboraban (muchos de ellos comunitarios o baldíos), impelidos a desplazarse a las urbes donde serían servidumbre o proletariado: niños y adultos trabajarían extenuantes jornadas, de acuerdo a los requerimientos de la incipiente producción en serie. Complementario a ello, los sectores de aristócratas y burgueses, promotores de esos desplazamientos, por razones lucrativas, daban inicio a la tala de bosques para obtener la madera que era el combustible indispensable en las factorías; a la vez que establecían cerramientos, masificando la cría de animales y el establecimiento de cultivos, de acuerdo a las posibilidades de un mercado transformado y en gran escala, dando con ello inicio a la agricultura intensiva. ^ 17 12. La publicidad, o propaganda publicitaria, es una forma de influir en las actitudes e inclinaciones de los individuos mediante técnicas persuasivas, generando deseos de consumir y poseer, con determinada intensidad, mediante un mecanismo de desequilibrio del componente racional-instintivo, donde este último entra a ser el dominante en las decisiones del individuo bajo influencia persuasiva. Los logros de dicha labor de tipo psicológico son comprobables, en sentido cuantitativo y cualitativo, si se logra que el mayor número de individuos manifiesten simpatía y adhesión a los referentes de consumo y posesión propuestos mediante la técnica publicitaria. ^ 13. A medida que los humanos comienzan a razonar, siendo la imaginación uno de sus componentes más destacados, su básica situación instintiva que los ponía al nivel de las demás especies, en forma progresiva va siendo matizada por la capacidad de razonar que poco a poco van desarrollando. En ese proceso evolutivo orgánico lo que antes les acontecía o realizaban, y poco o nada los impresionaba, pasa, en sus cerebros cada vez más transformados, al terreno de los recuerdos, la imaginación y la reflexión. Ello da pie a que comiencen a plantearse preguntas acerca de lo que los rodea y las situaciones vividas, elaborando un imaginario que les va dando las bases para tomar, poco a poco, una actitud intuitiva, entre aciertos y errores. Van apareciendo entonces, paulatinamente, todo un amplio cuerpo conceptual de creencias, mitos y tabúes. Ya para esta etapa aparece la figura del hechicero, ascendiente primigenio del patriarca, el religioso y el político. ^ 14. La antropofagia, o canibalismo, es una recurrencia alimentaria practicada por diversas especies, entre ellas la humana, desde épocas remotas. Esta práctica los humanos actuales, de costumbres preferentemente omnívoras, las reviven en circunstancias de hambre extrema (un ejemplo de estas: la situación vivida por prisioneros en los campos nazis de concentración); en diversos rituales practicados por aborígenes; en los estados de enajenación erótica donde es asesinado 18 uno de los comprometidos en el acto, para ser ingerido total o parcialmente. El ritual simbólico practicado por la iglesia católica durante la realización de la misa (beberás mi sangre y comerás mi carne), corresponde a la remembranza de antiquísimas prácticas muy afines a las que ejecutaban colectivos aborígenes americanos y africanos luego de enfrentamientos, o en actos de ofrendas (en este aspecto se infiere que las creencias, rituales, mitos y tabúes, que perviven universalmente, tienen raíces africanas, lo que afianza más la comprensión del origen africano de la especie). – Ya en las sociedades complejas (industrializadas y de consumo), en los individuos esa inclinación latente (manifiesta igualmente en el lenguaje: comer al otro, ser provocativo, etc.), inconsciente, se manifiesta en una de las acciones más vitales, a la vez que transgredida y perturbada, la sexualidad. En esta se transfiere, en el ritual erótico, desde las caricias y los besos, previos al apareamiento, la dinámica de una condición que permanece en el componente genético del organismo como sedimento de un remoto pasado. Se llega, entonces, en medio de la tensión emotiva y semiinconsciente, a la acción transferencial antropófagaerótica; que en un marco límite de exacerbación e inconsciencia (mencionado en renglones anteriores) puede incitar condiciones bestiales soterradas. Eso suele ocurrir en individuos enajenados, por condición natural o bajo el efecto de sustancias alucinógenas. ^ 15. La sexualidad como el componente vital básico direccionado a la expansión de los seres vivos (plantas y animales) es regulada por unos ciclos de fertilidad y disponibilidad (orgánica y del entorno). Esa regulación corresponde a unas constantes, o leyes naturales, dentro de la biosfera del planeta contenedor, como en el período actual de la Tierra. Cuando se afecta esa dinámica vital los organismos superiores, involucrados paulatinamente, hacen crisis de orden psicosomático lo que llega a reflejarse en todos los aspectos, tanto de relación como orgánicos. A medida que la sociedad humana se fue haciendo más compleja, o desarrollada, fue transgrediendo poco a poco esas leyes que rigen los ciclos vitales de todas las especies. En el caso particular de la sexualidad, esta se convirtió en una acción incoherente, referenciada como simple objeto de goce, dejando en un plano secundario lo que es su razón de ser: la reproducción. ^ 19 16. El matriarcado es el inicio de la transformación social subsiguiente a un periodo de la evolución biológica en los humanos. En la especie, al igual que en otras especies de vertebrados, la hembra quedaba a cargo de las crías, que frecuentemente eran varias a la vez, mientras el macho que la preñó y los otros permanecían distanciados de ella, sólo predispuestos para otras hembras cuyas estructuras genéticas (cromosomas) los atrajesen para continuar el ciclo reproductivo. Al superar la etapa homínida, cuando ya comenzaba a hacerse manifiesta la dualidad racional-instintiva como la diferenciación fundamental con las otras especies, además de los progresivos cambios morfológicos, continuaría como algo inercial la organización matriarcal pero más definida y racionalizada, con unas elementales jerarquías referenciadas básicamente por las actividades de subsistencia y cuidado de las crías. Con el paso del tiempo, seguramente aún en los bosques africanos, el descubrimiento por parte de las mujeres, que permanecían más estacionarias en las incipientes viviendas, del brote de nuevas plantas de los deshechos arrojados, brindó la posibilidad de iniciar las huertas caseras preludio de los cultivos mayores y el sedentarismo, determinante para que los hombres dejaran de alejarse de manera consuetudinaria en busca de alimentos. Esta circunstancia, el incremento reproductivo, las contiendas entre grupos, la emigración hacia otras regiones, etc., fueron generando el desarrollo de enérgicos y agresivos líderes machos, que entrarían a disponer de varias mujeres con capacidad de gestación. Progresivamente se fue generando un cambio profundo en las relaciones de convivencia, donde el factor racional-imaginativo sería cada vez más determinante en el desempeño de los individuos, dando pie al surgimiento de diversas expresiones afectivas e interpretativas de hechos, circunstancias y entornos, presentes en sus vivencias, como los mitos, los tabúes, las artes y los rituales. En esas circunstancias, ya la mujer, despojada de su relativa independencia respecto al hombre, pasaba a ser una parte esencial de sus pertenencias, disponible para diversas situaciones según el afianzamiento de peculiares creencias colectivas. Sin embargo todavía perviven vestigios de matriarcado en algunas zonas de África, en la selva Amazónica y otras partes de América, posiblemente en ciertas regiones asiáticas, así como de Oceanía; aún entre ciertos sectores de 20 los esquimales es posible hallar esos vestigios matriarcales. Es muy notorio encontrar en estos supervivientes del primer modelo de organización social la permanencia, mediante adaptación a las circunstancias del entorno, de los mitos, tabúes y rituales, iniciados por las primeras familias en los bosques africanos. ^ 17. La reproducción, como consecuencia del apareamiento entre familiares, fue una de las primeras acciones vitales generadoras de tabúes (del polinesio tabú, lo prohibido) entre los primitivos africanos, heredados por los colectivos trashumantes hasta su establecimiento en diversos lugares del planeta, y presente, aún, en las diversas sociedades actuales. Dicha acción de apareamiento en las familias donde las mujeres, eventualmente, parieron criaturas con malformaciones fue anatematizada por el hechicero que ya se erigía como el líder espiritual de los primeros colectivos humanos, dando inicio a una especie de normativa de prohibiciones y castigos, incluida la muerte, aplicable a todos los transgresores. En ese sentido las posibilidades de copulación entre parientes cercanos (hermanos, padres e hijos, primos, cuñados, y otros cercanos) infundía pánico, tanto por las criaturas que naciesen de tales relaciones, como por las consecuencias a que se exponían los implicados. ^ 18. El condicionamiento instintivo es una manifestación de accionar reiterativo ante determinados estímulos, en determinados entornos y bajo ciertas circunstancias, de la estructura genética comprometida. Esta estructura, o componente del genoma, adquiere un estado de acostumbramiento a estímulos, comportamientos, y consumo, que impele al organismo contenedor de dicho genoma a requerir de esos elementos que lo satisfacen y le producen placer. Si el nivel de incidencia es moderado en el individuo, el comportamiento de éste es normal, como en el caso de la ingesta de los alimentos básicos y el agua para calmar la sed. Si el nivel es alto, y llevado a la compulsión, aún con los mismos alimentos, se convierte en perjudicial para el propio organismo; caso típico el de los adictos al consumo de determinadas sustancias, o prácticas reiteradas de sexualidad, agresión, expresiones, 21 actitudes, y todo un sinnúmero de manifestaciones que surgen en las relaciones interpersonales, o en las relaciones con el entorno. ^ 19. En diversas sociedades, de fuerte influencia clerical, al igual que de otros grupos religiosos, el establecimiento de determinadas normas de comportamiento, para los integrantes de esas organizaciones, sobrepasaba los límites de su intrínseca condición natural, como ocurre con la prohibición del apareamiento. El objetivo básico de esa norma, que fue teniendo diversos grados de radicalidad al paso del tiempo, era una mayor entrega en el servicio permanente a la deidad suprema. En el caso del catolicismo, si bien en sus inicios la normativa fue laxa, con el paso del tiempo adquirió mayor radicalidad hasta llegar a un estado de alienación de sus integrantes con respecto a la funcionalidad básica de la sexualidad. Dicha situación, formalista y convencional, ha sido traumática para los individuos normales capacitados para el apareamiento, que deben reprimir, en sometimiento a la ideología, la pulsión normal de sus organismos. Esto ha posibilitado, en alto porcentaje, el incremento de la homosexualidad como una acción recurrente, y la infiltración de homosexuales definidos en un ámbito favorable para su accionar como tales. ^ 20. La prostitución en la América Precolombina era una práctica establecida en determinadas culturas de un progresivo desarrollo urbano (palacios, templos, plazas públicas, viviendas estratificadas, etc.), conjuntamente con el surgimiento de clases sociales definidas (monarcas, sacerdotes, propietarios, plebe), algo muy similar a lo ocurrido al otro lado del mar, como en Grecia, Roma, Egipto y otras tantas regiones. Caso típico lo representan los Aztecas (Mexicas), pueblo invasor venido del norte que asaltó la región donde estaban asentados los Chichimecas, desarrolladores estos de una cultura cuyos vestigios quedaron resguardados en los pueblos aledaños al epicentro del imperio que establecieron aquellos entre los siglos XIII y XV, avasallados, posteriormente, por los conquistadores españoles. Es notoria la semejanza conductual de esa sociedad estratificada en castas con las otras culturas referenciadas con respecto a las mujeres esclavizadas, en particular, donde los dueños del poder (descendientes 22 de los primeros líderes guerreros, y sus familias; los sacerdotes, antiguos hechiceros; sectores allegados por consanguinidad con unos y otros) comenzaron a hacer un uso antropófago-erótico de las mujeres jóvenes, aún niñas, tomadas en esclavitud de entre los Chichimecas y otros pueblos, que luego (a semejanza de sus pares al otro lado de la mar), por desgaste físico o enfermedades, desplazaban hacia actividades domésticas o arrojaban al espacio público donde buscarían sobrevivir como prostitutas, en la mayoría de los casos, o labriegas. Otras, que no contaban con igual suerte de pervivir, eran sacrificadas, así como las crías que en algún momento llegasen a parir. Mientras eso ocurría en dicha cultura de incipiente urbanismo y estratos sociales, en otras regiones de América las relaciones comunitarias de colectivos con arraigados vestigios del comunismo primitivo, de sus remotos antepasados africanos, no daban lugar al surgimiento de ese estatus degradador de la condición social de la mujer, preservando varios pueblos un matriarcado adaptado a las circunstancias y los entornos donde estaban asentados; situación notoria, todavía, en ciertas culturas terrígenas que perviven en el siglo XXI. ^ 23 Anexo La prostitución en las sociedades burguesas Sociedades industrialistas y de Consumo En las sociedades herederas de la cultura occidental (grecorromana a la vez que judeocristiana), por simple desarrollo social, o imposición de conquista, como lo ocurrido a diversos pueblos de América, Asia y África, la práctica de la prostitución se ha desarrollado en consonancia con las estrategias de los agentes del mercado. En este sentido los medios, la aculturación, el atraso socioeconómico, la compulsión psíquica, entre otras situaciones incidentes en el quehacer humano, han extralimitado en un sentido más complejo aquella vieja práctica que nació como producto de la necesidad y el desarraigo. Dentro de un marco referencial caracterizado por situaciones extremas de frustración, incitación y ostentación, donde componentes ideológicos retrógrados y económicos, acicatean el consumo compulsivo, de manera negociada o violatoria, del cuerpo y las funcionalidades del otro. Ante las múltiples variantes que la prostitución presenta en las sociedades complejas, industrializadas o dependientes, los gobiernos han tratado de establecer controles, desde lo educativo hasta medidas coercitivas, pero sus logros sólo se dan en correspondencia con las condiciones de convivencia de esas sociedades; comprendiendo que componentes esenciales de las mismas como la educación, la salud, las relaciones interpersonales, entre otros valores sociales, deben ser atendidos en gran medida, aún por encima del grado de desarrollo industrial y productivo. En medio de las diferencias, entre una sociedad y otra, existe sin embargo una media universal de la tendencia a prostituirse de la mujer, por diferentes causas, regularmente de orden económico, siendo una circunstancia de mayor incidencia dramática en aquellos medios donde los niveles de convivencia son muy bajos, afectados por pobreza extrema, violencia y corrupción administrativa. En estos medios, por lo 24 regular, la inclusión de niños de ambos sexos, así como adolescentes, en el comercio sexual es bastante notoria. Teniendo en cuenta los tres factores determinantes del comportamiento compulsivo, característica del promedio de los individuos en las sociedades industrializadas y de consumo, como son la posesión, la ingesta alimentaria y la sexualidad, la dinámica humana más relevante en esas sociedades se mueve en esa dirección, donde dos componentes, en cierto modo contradictorios, refuerzan dicho accionar conductual: el ideológico (religioso-político, y tradicional), y el consumo dirigido (motivador y psicológico). Siendo el primero de carácter coercitivo, convencional y formalista; mientras el segundo es innovador a la vez que contemporizador de acuerdo a diferentes patrones del desarrollo tecno-productivo, propio de las economías de mercado. Mas en ese terreno convencional de esas sociedades tipo las condiciones inherentes de la naturaleza humana, expresadas en sus manifestaciones instintivas en todos los aspectos, como la alegría, el hambre, la curiosidad, la sexualidad reproductiva, la ansiedad y el temor, entre otras, permanecen y continúan manifestándose como el legado genético de sus antepasados, sólo que afectadas, o alteradas, por las nuevas condiciones de vida en un entorno social tecnificado y desarrollista, transgresor en extremo de las fundamentales leyes naturales. En particular dos componentes del conjunto de instintos del organismo humano son afectados en gran medida en los entornos de las sociedades de consumo: la nutrición y la sexualidad. Estos, que son las manifestaciones más sentidas de la permanencia vital de las diversas especies, han sido dirigidos a extremos de compulsión alterando los ciclos básicos propios de todos los seres vivos. Tomando en particular la nutrición, o ingesta de alimentos, que instintivamente los humanos, mediante un accionar coordinado de los diferentes órganos, sienten como necesidad de consumir para nivelar sus energías básicas de acuerdo a sus funcionalidades de relación y al entorno en que viven, en las sociedades complejas presenta unas manifestaciones diferentes, además de adversas, afectando los requerimientos esenciales de los diferentes órganos constitutivos 25 (cerebro, páncreas, hígado, pulmones, etc.) de cada ser. Es notorio, entonces, que en dichos entornos sociales los individuos ingieren productos (alimentos, o referenciados como tales, naturales o artificiales) en medio de situaciones condicionantes diferentes a las demandas energéticas de sus organismos. Lo que permite las siguientes situaciones: ingieren productos por reacción compulsiva, o por la intervención de agentes externos que estimulan determinadas fijaciones emotivo-digestivas; categorizan como alimentos a un amplio rango de productos artificiales, sustituyendo incluso sustancias naturales en sus funciones básicas, como la sustitución del agua para la sed por cualquier otra bebida rica en azúcares o alcohol. Lo anterior, sólo para ejemplificar el trastrocamiento conductual de los individuos en las sociedades de consumo, situación que afecta toda su dinámica en conjunto, siendo la función instintiva sexual una de las más afectadas, a la vez con un alto grado de incidencia en el psiquismo individual y colectivo. Lo que en la antigüedad comenzó como un acto ingenuo, de supervivencia, de mujeres desplazadas por los poderosos (hombres y mujeres) que las utilizaron en sentido erótico-antropófago, enfrentadas a vivir entre la plebe urbana, donde encontraron hombres inhibidos, o frustrados, sexualmente, a quienes cederían sus encantos y atributos a cambio de unas monedas, o cubriesen sus necesidades; situación que de manera inercial continuaría desarrollándose, heredada inicialmente por las crías hembras de aquellas mujeres que no cambiaron el rumbo iniciado, a medida que esas sociedades se hacían más complejas, en medio del surgimiento de una burguesía especuladora y mercantilista, cuyo objetivo extremo era, y continúa siendo, aprovechar todos los recursos y medios disponibles que pueden ser objeto de lucro acumulativo, tales como la naturaleza en todos sus niveles, las ideas y las creencias, y el ser humano en sus instintos sexual y alimentario, en sus deseos y frustraciones. Esa circunstancia inicial, reproducida y transformada con el paso de los años, en sociedades que cada vez se hacían más complejas y contradictorias, presenta, obviamente, un cuadro dramático, mezcla de intereses, necesidades, compulsiones, atraso, desarraigo, donde aún el viejo modelo de la prostituta callejera o localizada, con algunas variantes anexas, comparte roles con otras formas más sofisticadas, inverosímiles e impactantes, que ponen al 26 descubierto la gama de intensidad del complejo componente instintivo de los humanos. Así, en esos referentes sociales complejos, donde la transmutación y la incoherencia de la conducta humana cada vez lleva más a situaciones límites, el comportamiento relacional manifiesto en la prostitución se ve enriquecido con un conjunto de variantes reforzadas y estimuladas, tanto por la compulsión inherente de los individuos inmersos en esas sociedades, como por los agentes promotores del consumo, como igual ocurre con los alimentos, los objetos, las ideas y las creencias. Lo que comenzó siendo un ingenuo recurso de supervivencia para muchas mujeres en la antigüedad, y aún continua siéndolo como vestigio de aquel pasado, ahora ya enriquecido y desvirtuado en su esencia supletoria, es practicado de una manera indiscriminada, compulsiva en extremo, confusa y reiterada hasta el enviciamiento, tomando de todo y de todos para saciar unos deseos neuróticos generados por los entornos anómalos propios de las urbes modernas, donde cada individuo, hombre o mujer, ha perdido la conexión propia con su esencialidad natural, que aunque latente permanece difuminada; manifiesta, dicha práctica, en un sinnúmero de acciones aparentemente inconexas: la moda y las tendencias, el consumo, la posesión de objetos, el individualismo y la egolatría, el narcisismo subsecuente, la frustración y la ansiedad, la pérdida de identidad, la incomprensión por desconocimiento, y demás situaciones afines generadas y propiciadas en entornos adversos a la naturaleza esencial de la especie humana (desde el ámbito social, más amplio, hasta determinados colectivos religiosos, educativos, carcelarios, militares, etc.). Surge, entonces, la prostitución moderna de múltiples facetas, comprometiendo a un amplio conjunto de individuos de ambos sexos y diversas edades; unos actuando directamente de manera voluntaria, o cuasi voluntaria; otros forzados a tal desempeño, por individuos o determinadas circunstancias; otros, en especial mujeres, como una acción complementaria a su actividad en el mundo del glamour, el modelaje, y otras actividades del mundo del divertimento. Mientras unos, hombres y mujeres, lo hacen bajo directrices de codicia y consumo exacerbado, otros lo hacen forzados por diversas situaciones adversas; mas todos en un vórtice cuyo fondo es el pauperismo y la degradación moral. 27 Dentro de esa dinámica de seres vendibles y vendidos para ser consumidos eróticamente, son hombres y mujeres, igualmente a la manera de los antiguos palaciegos, quienes usufructúan los atributos y las sensaciones que logran obtener de sus predispuestos acompañantes de intimidad. Si bien el hombre por su natural condición de reproductor, tiende a la penetración y eyaculación dentro del cuerpo de quien se aparea con él, la práctica común en las actuales circunstancias transgresoras de la sexualidad es de tipo erótico-antropófago, llegando a extremos inverosímiles de tipo sadomasoquista según el ansia contenida en su organismo y las características del individuo, hombre o mujer, consumido, que en un momento dado igual puede corresponder de la misma manera al accionar de su comprador. La mujer consumidora, por su parte, pretende degustar el cuerpo del otro, si es hombre, en un ascendente estado emotivo de consumir y ser consumida, buscando un éxtasis placentero con penetración alejada de toda preñez. Siendo la pareja de intimidad otra mujer de la que desea consumir sus atributos y sensaciones, las alternativas del consumo son en gran medida erótico-antropófagas a través de un recorrido bucal por las diversas partes del cuerpo de la otra, preferentemente los órgano genitales, en un estado de transferencia de sensaciones entre estos y la boca; la otra, por su parte hará lo mismo según las circunstancias y las características somáticas de su consumidora. Para llegar a tales niveles de complejidad y variantes en el comercio de la prostitución el entorno, como reforzador, es el más propicio dadas las características incitadoras y transgresoras que genera en el conjunto social; siendo el hombre, en primer lugar, el más afectado, por el acicateo permanente y fraudulento que recibe su instinto de macho reproductor, a través de múltiples imágenes del cuerpo de la hembra, insinuante o desnuda, generando una atmósfera artificiosa de aquel ritual propio de las hembras en celo llamando al macho para el apareamiento. Su respuesta, directa o recursiva, está supeditada a diversas variantes socioeconómicas para disponer de una u otra incitadora, de una pareja ocasional o permanente, con variantes de relación, las más de las veces frustrantes para el hombre, así como perturbadoras para la mujer que debe aceptar un requerimiento sexual, muchas veces contra su voluntad porque su esencialidad instintiva no está preparada para ello; como les acontece a las mujeres con un 28 cónyuge permanente. Situación reiterada de la vivida por aquellos hombres que en la antigüedad comenzaron a notar las dificultades impuestas por unas sociedades cada vez más complejas, discriminadoras y cargadas de ideologías perturbadoras, donde el sexo de las hembras fértiles a su alrededor incitaba sus sentidos, llamándolos a un apareamiento bloqueado por obstáculos convencionales, regularmente socioeconómicos. A ellos, si les era posible, les quedaba el recurso de negociar con aquellas incipientes prostitutas que ya sabían hacer bien el papel de amantes, luego de su paso como cortesanas, o consoladoras de señores allegados a la corte. Con el aumento de variantes en el consumo compulsivo, acicateado y dirigido, en todas las direcciones, en las sociedades complejas, tanto hombres como mujeres han ido perdiendo paulatinamente el sentido de sus esencialidades naturales instintivas, siendo los dos instintos básicos primarios, como son la sexualidad y la nutrición, los más afectados en primer orden. Así, en lo sexual, hombres y mujeres recurren a lo mismo, les apetece lo mismo, aún bajo un ropaje de diferencias: comer, degustar, al otro, a la otra. Y, en este sentido, la prostitución diversificada está en el orden del día. En esas circunstancias igual que un hombre, una mujer compra sexo; compra los atributos corpóreos y las sensaciones emotivas del otro o la otra, por encima de las funcionalidades orgánicas determinantes de cada uno. Lo compran de la modelo que exhibe sus encantos en la pasarela, lo compran de los audiovisuales de diversos objetivos y variadas escenas; lo compran en el sitio de encuentros o por catálogo, etc. Es un mercado amplio, que a la par con los alimentos y los objetos se exhibe y se derrocha en las sociedades de consumo; bien de una manera calculada, como hacen los promotores del consumo, entre ellos el proxeneta, desde la incitación masificada a través de los diversos recursos de que disponen las sociedades modernas, exponiendo los atributos acicalados de los individuos (hombres y mujeres) que pueden representar pingües ganancias, paralelamente al accionar puntual de la prostituta (o prostituto) callejera ofertante de sus atributos para el consumidor callejero, inconforme o frustrado en su sobreexcitada sexualidad cotidiana, de la misma forma que lo hicieron sus antepasadas, las primigenias prostitutas de la antigüedad. 29 En las sociedades de la cotidianidad transgresora, donde en igualdad de condiciones se encuentran los valores esenciales (educación, salud, nutrición, reproducción, territorialidad, entre otros), a la par con los básicos y los más inverosímiles objetos creados exponencialmente, muestra de un desarrollo desbocado, las costumbres y proclividades de los individuos, hombres y mujeres, tienden a reforzar determinadas situaciones viciadas (tendencia inercial instintiva de los organismos a reiterar y difundir lo que les causa placer, como ocurre con ciertas costumbres reiteradas y el consumo de estimulantes). En particular las mujeres, captadoras instintivas de la disponibilidad permanente del hombre para la cópula procreadora, a diferencia de su esencialidad natural (de ellas), periódica y programada por naturaleza, generan (regularmente de manera inconsciente) un ámbito ficticio que engaña el degradado instinto sexual del macho, inmerso como ellas en la alienante sociedad de consumo, mediante un ritual artificioso y permanente, manifiesto en la indumentaria, las poses, las actitudes, los desnudos, y demás artilugios que las satisfacen en el plano emocional, o económico a la vez, según el objetivo. Si el ritual enervante de las hembras naturales (por su comportamiento) de las otras especies, mediante movimientos y poses, acompañados del olor característico de su celo, logra que los machos a su alrededor se exciten para el apareamiento, en los humanos (salvo reducidos grupos selváticos, y, posiblemente, algunos colectivos tradicionales reacios a la aculturación) sus congéneres logran llegar más lejos, a situaciones muchas veces insospechadas por ellas mismas, donde los hombres, cuyo instinto reproductor es engañado permanentemente, actúan de manera desordenada y confusa, trastocando funcionalidades interdependientes en un proceso transmutativo, permanente, generador de la dicotomía eróticaantropófaga que lleva a comportamientos de la más variada gama de accionar sexual por parte del hombre, llegando en ciertos casos a acciones agresivas extremas, ya sea por la pérdida del control de sus instintos o bajo la influencia de sustancias estimulantes. Es, simplemente, la percepción que tiene el macho de la provocativa presa que se le entrega para ser devorada entre sus brazos, en un proceso equívoco sexual; eso espera ella, eso desea ella. Si ese acto 30 transmutativo, que por lo regular ocurre, no se da, su integridad física se puede ver afectada y hasta su vida peligra. Mas el medio social es dominante mediante procesos de difusión, reiteración, y acción imitadora, llevando al establecimiento de la denominada moda o costumbres propagadas, que refuerzan inclinaciones instintivas exacerbadas en las sociedades de consumo, en una combinación de intereses y presunción narcisista. Situación condicionante que afecta, en mayor o menor grado, al promedio de las mujeres desde la niñez en esas sociedades, creando las posibilidades de acciones de prostitución encubierta o manifiesta; entre situaciones confusas de deseos instintivos-amorosos y aspiraciones de promoción económica (es el caso de las jovencitas de capacidades limitadas para satisfacer sus anhelos de consumo, o ubicación social, que sus menguados recursos económicos no les permiten). En este sentido, la mujer joven promedio de las sociedades de consumo, vive en un mar de confusiones, como el resto de la sociedad, en lo que atañe, en particular, a la comprensión y manejo de sus instintos básicos, debido a deficiencias educativas principalmente. Su inclinación instintiva, natural, normal, de hembra (condición heredada y transmitida genéticamente, igual que en el hombre, de los primigenios antepasados de los bosques africanos) es captar al macho, atraer al macho, durante el periodo de su fertilidad para que la preñe, cumpliendo el compromiso compartido de continuar la especie; pero siendo las sociedades complejas transgresoras por excelencia tal constante (ley) es alterada, y dicha acción captadora, provocadora, se ha convertido en un consuetudinario acto artificioso de incitación permanente. Así ellas creen, presumen, con cierta recurrencia racional, que el mostrar o insinuar sus atributos corpóreos, acompañados de ciertas actitudes gestuales las hace más atractivas (instintivamente más provocativas), más admiradas, por los de su entorno, sean hombres o mujeres; queriendo, en particular, captar el interés del hombre seleccionado de acuerdo a sus inclinaciones, regularmente sexuales, o económicosexuales. Más hay un gran inconveniente perceptivo, respecto al entorno donde convive la provocadora mujer, al no comprender (en verdad lo intuye, pero no lo acepta) que los demás hombres a su alrededor, también se sienten atraídos y desean poseerla, le sienten ganas. Ella lo sabe, y en sus adentros siente placer de provocar 31 (sentimiento narcisista de querer consumirse y ser consumida), no sólo a los hombres, también a las otras mujeres cercanas a ella. Ese cuadro referencial de estímulo constante para el consumo, ya de sexo, ya de alimentos, ya de objetos, genera estados compulsivos, manifiestos en el deseo permanente de los individuos, hombres y mujeres, de consumir y poseer en forma reiterativa (esta circunstancia los agentes del mercado de las sociedades de consumo la comprenden, la manejan y la estimulan acertadamente). El Hombre exacerbado, no sólo en lo sexual (en lo que ya tiene bastante confusión), sino en el deseo de comer, de consumir, lo que ve en exhibición, recurre, entonces, a la prostituta, o prostituto, manifiesta o encubierta, que lo ha de satisfacer momentáneamente bajo determinadas condiciones. Igual hace la mujer excitada tomando una de su mismo género para degustarla, mordisquearla, succionarla, en un accionar antropófagoerótico de amplia magnitud, con relativa semejanza a lo que hace el hombre, ya que ambos comparten genéticamente la misma inclinación al consumo de la carne. Aunque igualmente lo pueden hacer recurriendo al uso de hombres prostitutos, o un allegado, donde el hecho de la cópula con el complementario natural le da un carácter de relación normal, queda latente (lo que es frustrante para muchas mujeres) el deseo de consumir los atributos de la otra que insinuante y expositiva le dice, instintivamente, a ti también te gusto, deséame, envídiame (proceso narcisista, a la vez que perverso, generador de complejos y deseos confusos). Dentro de ese ámbito trastocado de las sociedades complejas, sociedades de consumo, las recurrencias sexuales (igual sería decir las ocurrencias sexuales) de los individuos inmersos en ellas son muy vastas, principalmente en dos aspectos correlacionados e interdependientes (aunque a decir verdad, tanto lo sexual como lo nutricio, los dos instintos primarios básicos de todo espécimen, están presentes, en sentido latente o manifiesto, en toda la dinámica vital. – En esto no estaba del todo equivocado Sigmund Freud): el de ingerir y el de poseer. Estos dos aspectos relevantes en la instintiva humana, que son llevados a planos de una racionalidad altamente imaginativa, han permitido crear todo un entramado de múltiples acciones donde el mercado y el consumo conviven, atendiéndose el uno al otro por demandas y ofertas, satisfactorias para ambas partes, en los anómalos 32 terrenos del consumo compulsivo y la acumulación desbordada, sin límites. En las sociedades referenciadas, donde todo puede ser categorizado como mercancía, donde todo se puede llevar a la relación de venta y compra, oferta y demanda, nada escapa, según la permisión de esas sociedades, a la vez que la proclividad de sus individuos. Nada escapa de ser comprado como objeto de goce y placer, en una dinámica hedonista avasallante, producto de un progresivo comportamiento descontrolado, iniciado en las culturas complejas de la antigüedad, gestantes, a la vez, de la propiedad privada, el esclavismo, el clericalismo y los privilegios, que progresivamente fueron produciendo gran afectación al normal desarrollo psicosomático de los individuos inmersos en esos entornos convencionales, en uno u otro estatus social. Siendo, entonces, las sociedades contemporáneas herederas de esas tradiciones, son sintetizadoras, a la vez que renovadoras, de todo el acumulado histórico heredado, en todas las esferas de su convencionalismo formal, ideológico, político, económico y productivo. En el amplio mercado prostibulario de las sociedades complejas contemporáneas, hombres y mujeres se venden, para satisfacer los deseos erótico-antropófagos de compulsivos consumidores (incitados, frustrados, inhibidos), hombres y mujeres. Así lo realiza la modelo que atiende los requerimientos del admirador, o admiradora, que le ofrece un tentador estipendio por servicios prestados; igual que ella lo puede hacer la atractiva presentadora de un medio, la reina de belleza; y también la jovencita, igual que el muchacho, deseando obtener y poseer lo que no han podido por otros medios, de acuerdo a sus anhelos y necesidades. Y, en ese engranaje, de erotismo y consumo, el promotor y el proxeneta se las ingenian para que todo ser consumible sea aprovechable, igualmente rentable, aún desde la niñez. Siendo los más disímiles lugares, bajo las más variables circunstancias, los entornos adecuados para la ejecución del negocio de compra y venta, como una acción más entre tantas realizadas en las sociedades de consumo, entre la tolerancia y el rechazo. 33