Subido por Juan Martin

01.-Apuntes Cultura Europea en España (ernest1019) Corregidos-Escudero

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LECCIÓN 1ª: LA MONARQUÍA UNIVERSAL ESPAÑOLA
I. Panorama General del antiguo régimen: De la Monarquía Hispánica al
“Despotismo Ilustrado” de los Borbones
El 19 de octubre de 1469 contrajeron matrimonio Isabel, heredera de la corona Castilla, y Fernando,
heredero del reino de Aragón.
Pese a las dificultades de la boda, el enlace abrió el camino a la unidad política peninsular y al Estado
de los tiempos modernos. Tres siglos y medio más tarde, el 19 de marzo de 1812, la Constitución
promulgada en Cádiz liquidaba el Antiguo Régimen, al reconocer la soberanía en el pueblo, dando paso al
régimen liberal y al Estado constitucional. El período histórico comprendido entre ambas fechas tuvo al
absolutismo monárquico como denominador común. Se distinguen dos etapas fundamentales tras los
Reyes Católicos:
‐ La Monarquía de los Austrias (siglos XVI y XVII)
‐ Los primeros Borbones (siglo XVIII)
Estas etapas difieren entre ellas por los siguientes aspectos:
‐ El protagonismo mundial logado por España (y luego perdido a favor de Francia)
‐ La diversa estrategia política y económica
‐ La transformación ideológica
‐ A la heterogeneidad y pluralismo característico del gobierno de los Austria sucedió un rígido
proceso uniformizador de signo castellano en el s. XVIII
A) LA MONARQUIA DE LOS REYES CATOLICOS
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El reinado de los Reyes Católicos unió las dos Coronas, manteniendo cada una de ellas su
estructura política diferenciada. La unidad nacional permitió que Castilla y Aragón, y
posteriormente Navarra, se rigieran por sus propias leyes y mantuvieran sus Cortes y demás
instituciones de gobierno. Se llevó a cabo una unión de carácter “personal”, dado que territorios
jurídicamente heterogéneos estaban sujetos a los mismos reyes.
La unión de las dos Coronas no fue proporcionada ya que ambas presentaban diferente peso
específico y muy diversa naturaleza. Las diferencias principales entre las dos Coronas eran las
siguientes:
Castilla era territorialmente mucho más extensa que Aragón y estaba más densamente
poblada.
Castilla era una entidad homogénea, con un único gobierno, unas solas Cortes, un sistema
impositivo, un idioma y sin aduanas internas, frente al pluralismo de cuanto formaba parte de
la Corona de Aragón.
Castilla tenía un sistema comercial más poderoso que Aragón, fundado en los negocios
laneros.
Aragón arbitró un régimen pactista de gobierno que debilitaba el poder real, Castilla podía ser
regida sin excesivas trabas ni restricciones.
Las Indias fueron incorporadas a la Corona de Castilla, lo que llevó a la castellanización del
mundo americano
La unidad política peninsular se logró con la toma de Granada, en 1492, y con la incorporación
de Navarra en 1512.
En 1492 fue descubierta América y el fervor religioso llevó en ese mismo año a la expulsión de
los judíos de la Península. En ese mismo período, se consolidó la expansión en el Atlántico, con el
aseguramiento de las Islas Canarias, así como en el Mediterráneo, con la conquista de Nápoles y
ocupándose, asimismo, diversas plazas africanas.
Tiene lugar la gran expansión por las rutas americanas.
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B) LA MONARQUIA DE LOS AUSTRIAS
Tras las muerte de Fernando el Católico en 1516, las dos coronas fueron heredadas por Carlos
V (I de España), quien en 1519 recibe la de Alemania, convirtiéndose en emperador. Se inicia así
el gobierno de la Casa de Austria, con los reinados de:
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Carlos V (1516‐1556)
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Felipe II (1556‐1598)
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Felipe III (1598‐1621)
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Felipe IV (1621‐1665)
‐
Carlos II (1665‐1700)
En este período se da un doble apogeo político y cultural. La supremacía política se centra de
modo principal en el s. XVI, produciéndose a finales de siglo un declive provocado por el
agotamiento económico y las derrotas militares.
El reinado de Carlos V se caracterizó por la expansión territorial, por la crisis político‐religiosa
que trajo la Reforma, por las convulsiones internas y por la ordenación político‐administrativa del
Imperio. En esa primera mitad del s. XVI se descubren y conquistan territorios en América,
anexionándose otros territorios de Europa y algunos del norte de África.
Felipe II sucedió a Carlos V y culminó la expansión territorial al incorporar Portugal y sus
dominios, lo que supuso la unidad política de la Península. Su reinado aparece marcado por la
Contrarreforma, las revueltas internas en Aragón y en las Alpujarras, los graves conflictos
europeos y la consolidación de una política mundial donde cristalizaron intereses políticos y
religiosos al amparo de la plena hegemonía mundial.
El fracaso de la Armada y los desajustes económicos debidos a la disminución de riquezas
procedentes de América y a la convulsión financiera, impidieron la prolongación de la hegemonía
política.
El reinado de Felipe III estuvo marcado por las tensiones raciales y religiosas que determinaron
la expulsión de los moriscos, que agravó la depresión económica a la que los arbitristas intentaron
hacer frente con diversos remedios.
Durante el reinado de Felipe IV se produjeron diversos descalabros internacionales e internos.
Las paces de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) supusieron la pérdida del control de Europa
y la consiguiente desmembración de territorios. En la Península, la agitación anticentralista estalló
en los cuatro puntos cardinales: Aragón (norte), Cataluña (este), Andalucía (sur) y Portugal
(oeste). Especialmente graves fueron los levantamientos de Cataluña y, sobretodo, de Portugal,
que supuso su independencia junto a sus posesiones ultramarinas.
Este declive no pudo ser remontado por la España del s. XVII. Esta crisis no fue un fenómeno
exclusivo de España, ya que Francia e Inglaterra también tuvieron problemas financieros, pero sí
que hubo una circunstancia que hizo que la crisis fuese más honda en España, que fue la ineptitud
para hacer frente al reto de la modernidad. Mientras en el resto de Europa renovaron sus
explotaciones económicas e introdujeron la ciencia y la filosofía modernas, España siguió aferrada
a un tradicionalismo inerte e incapaz de responder a las exigencias de los tiempos nuevos, a lo
que se le sumó otras circunstancias como los aprietos financieros, las ruinosas campañas bélicas
y la mediocridad de la clase dirigente.
C) LA MONARQUIA DE LOS PRIMEROS BORBONES
La muerte sin descendencia de Carlos II trajo a España la dinastía de los Borbones, con Felipe
V, que reinó tras derrotar en la Guerra de Sucesión al pretendiente austríaco apoyado por la
Corona de Aragón. Los reyes de esta dinastía fueron:
‐ Felipe V (1700‐1746)
‐ Luis I (1724)
‐ Fernando VI (1746‐1759)
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‐ Carlos III (1759‐1788)
‐ Carlos IV (1788‐1808)
El siglo XVIII se caracterizó por una ambiciosa renovación ideológica, la Ilustración. Hasta el
reinado de Carlos III persistió un tradicionalismo poco innovador, superado en 1760 por la ruptura
de esa tradición y la aplicación de los esquemas difundidos en varios países de Europa. La
Ilustración representó una revolución hecha desde arriba, de corte absoluto en lo político
(despotismo ilustrado), muy centralista y deudora en lo cultural de los patrones renacentistas, de
la filosofía racionalista y de los progresos de las ciencias experimentales. Estas ideas no se
difundirán en las Universidades, sino a través de Academias y asociaciones.
En este siglo aparecen también las Reales Academias, fruto de la reacción a una enseñanza
universitaria anquilosada y teórica, de la inquietud por el conjunto de las ciencias y del ejemplo
de establecimientos semejantes en Europa.
La política exterior dio un gran giro. La paz de Utrecht, que puso fin a la Guerra de Sucesión,
redujo las posesiones españolas en Europa. En 1704, España ya había perdido Gibraltar. La política
exterior fue fundamentalmente pro‐francesa, reflejada en los Pactos de Familia.
El reverso de esta política fue el enfrentamiento con Inglaterra, cuya amenaza no se quedó
solo en la Península, con la conquista de Gibraltar y Menorca, sino que se expandió a las Indias.
En el interior, se produjo un alza demográfica y cierta recuperación económica. El
enfrentamiento de la Corona de Aragón con Felipe V originó la supresión de su organización
jurídico‐política y su sustitución por la de Castilla, mediante los Decretos de Nueva Planta. El
régimen de gobierno sufrió profundas transformaciones en las esferas local, territorial y central.
El regalismo borbónico simbolizó el intervencionismo abusivo del Estado en materias
eclesiásticas.
II. El proceso de integración territorial
A) ESPAÑA
1. Conquista de Granada e incorporación de Navarra
La toma de Granada puso fin a la larga presencia musulmana iniciada en el s. VIII. La campaña
concluyó en 1492 y supuso un alto coste económico, que exigió el establecimiento de impuestos
extraordinarios, la retención del producto de la bula de la Cruzada y empeñar parte del
patrimonio regio. La conquista reportó un incremento de población y de riqueza, y se respetó la
práctica del culto y de las leyes de los vencidos.
La incorporación de Navarra en 1512 se realizó mediante la conquista de Fernando el
Católico, con el apoyo jurídico de una bula papal de Julio II, que amenazaba con la excomunión
a quienes ayudaran al Rey de Francia. El Duque de Alba anexionó Navarra sin dificultades,
entregándose Pamplona en condiciones que permitieron a la ciudad mantener sus fueros y
costumbres, y a sus habitantes conservar oficios y bienes
2. Incorporación de las Canarias
Los intentos de ocupar las Canarias se legitimaron durante la Baja Edad Media considerando
a sus habitantes carentes de personalidad jurídica. Cualquiera con pretensiones evangelizadoras
podía someterlos a su autoridad. Ello dio lugar a diversos conatos de apropiación durante el s.
XIV.
El papa Clemente VI concedió a Luis de la Cerda el dominio de los territorios canarios para
construir en ellos el llamado Principado de la Fortuna. Al no realizarse esta empresa, las islas
fueron conquistadas por particulares a principios del s. XV.
Las pretensiones portuguesas chocaron con las castellanas en el Concilio de Basilea (1435),
donde el obispo Alonso de Cartagena presentó por encargo de Juan II unas alegaciones en favor
del derecho de los reyes de Castilla.
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El enfrentamiento luso‐castellano de Basilea fue resuelto el año siguiente en favor de Castilla
por la bula del papa Eugenio IV y su decisión fue asumida por el Tratado de Alcáçovas (1479),
que definió la proyección atlántica de Portugal y Castilla. Castilla retuvo las Canarias y reconoció
a Portugal el dominio de otras islas, como Madeira, las Azores y Cabo Verde, y el del espacio de
las Islas Canarias para bajo contra Guinea.
B) LA INCORPORACION DE LAS INDIAS
El hallazgo de América abrió el camino a una enorme incorporación de territorios, donde
Cristóbal Colón, a tenor de las Capitulaciones de Santa Fe, recibió los títulos de almirante, virrey
y gobernador, junto al diezmo de las riquezas que se obtuvieran.
1. La concesión pontificia: bulas de Alejandro VI
A mediados del s. XV Portugal es la gran potencia marítima del Atlántico, que comparte su
hegemonía con las expediciones castellanas. En estas circunstancias, los portugueses buscaban
de Roma unas bulas que le garanticen la exclusividad de la navegación y el control de las costas
de África.
El régimen jurídico de la expansión atlántica al iniciarse la expedición de Colón tenía dos
frentes. Por un lado, los derechos de Portugal derivados de las concesiones pontificias y, por
otro lado, los derechos y obligaciones de Portugal y Castilla procedentes del tratado de las
Alcáçovas, por lo que la expedición debía atenerse a dicho Tratado y no penetrar durante su ruta
en la zona reservada a los portugueses.
A la vuelta de Colón, éste visitó al rey de Portugal, Juan II, quién le felicitó y le dijo que aquella
conquista le pertenecía.
Tal pretensión llevó a los Reyes Católicos a solicitar del Papa otras bulas que clarificasen la
legitimidad de lo descubierto y de cuanto se descubriera. El resultado de esas gestiones fueron
cuatro bulas otorgadas por Alejandro VI:
‐ Inter cetera, del 3 de mayo
‐ Eximie devotionis, del 3 de mayo
‐ Inter cetera II, del 4 de mayo
‐ Dudum siquidem, del 26 de septiembre
Estos documentos han suscitado problemas debido a su importancia y a la coyuntura en los
que se produjeron.
Las bulas alejandrinas repartieron el mundo. Fueron solicitadas y obtenidas por los monarcas
españoles en un período muy breve de tiempo, ya que en 48 horas aparecieron fechadas tres
bulas distintas, en buena parte coincidentes y reiterativas.
El contenido de las bulas castellanas es paralelo al de las portuguesas:
‐ La Inter cetera, del 3 de mayo, era una bula de donación. Evoca el celo cristiano de los reyes
de España, recuerda que Colón, navegando por las partes occidentales, ha descubierto islas
y tierra firme, y concede a los Reyes Católicos lo descubierto y por descubrir navegando
hacia occidente, con la obligación de predicar el Evangelio.
‐ La Eximie devotionis, del 3 de mayo, era una bula de concesión de privilegios. Según ella,
cuantas gracias y exenciones se habían otorgado a los monarcas de Portugal en África y
Guinea, corresponden ahora a los de Castilla en las nuevas tierras.
‐ La Inter cetera II, del 4 de mayo, era una bula de demarcación y fijaba el reparto del mundo
mediante una raya imaginaria trazada del polo Ártico al antártico. Todo lo situado a
occidente de esa raya correspondería a Castilla, quedando la parte oriental para Portugal.
‐ La Dudum siquidem, del 26 de septiembre, concedió a los Reyes Católicos el dominio de las
tierras en zonas orientales, es decir, en la India o regiones próximas que se descubrieran
navegando hacia occidente y no estuvieran ocupadas por un príncipe cristiano.
La superposición de las fechas de las primeras bulas, la reiteración de textos, el
apresuramiento y otras circunstancias extrañas han producido que se hayan formulado diversas
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teorías sobre lo ocurrido con la concesión de las bulas, siendo las tesis más importantes las de
Vander Linden, Giménez Fernández, García‐Gallo y Manzano.
2. La integración de las Indias en la Corona de Castilla
Las Indias quedaron incorporadas a la Corona de Castilla, tal y como consta en el testamento
de la reina Isabel, conservándose luego el monopolio castellano en el panorama jurídico e
institucional de América. Sin embargo, algunos textos de la época mencionan a Fernando como
copropietario, lo que llevó a ciertos autores a discutir cuándo tuvo lugar la incorporación de las
Indias a Castilla y por qué quedó excluido Aragón.
Hay tres explicaciones principales:
‐ Según Manzano, los Reyes Católicos solicitaron del papa la concesión de las Indias a título
personal, decidiendo asimismo que luego se incorporaran a sus sucesores en Castilla,
corona cuya constitución política permitiría un gobierno del rey casi sin limitaciones, a
diferencia de Aragón, de régimen pactista y con una nobleza fuerte y privilegiada
‐ Según Pérez‐Embid, los Reyes Católicos reciben de Alejandro VI, como reyes de Castilla, el
derecho por partes iguales a las Indias que, sin embargo, sólo se incorporan a la corona
castellana con ocasión de las Cortes de Valladolid en 1518, muertos ya ambos monarcas.
Según este autor, tal incorporación debió quedar reflejada en algún texto de esas Cortes,
que no ha llegado hasta nosotros.
‐ Para García‐Gallo, las reclamaciones del rey portugués Juan II iban dirigidas a Castilla,
porque se basaban en la presunta transgresión del Tratado de las Alcáçovas, que Castilla
había firmado con Portugal. Por consiguiente, la réplica debía basarse en oponer otra
interpretación del texto del convenio, en esgrimir títulos distintos o presentar otros
documentos pontificios. En cualquier caso era Castilla la parte involucrada en la
reclamación, lo que explica que las Indias fueran incorporadas a esa Corona. García‐Gallo
hizo notar que las Indias no pertenecieron de la misma forma a los Reyes Católicos y a sus
sucesores. Para los Isabel y Fernando, las Indias eran territorio ganado, es decir, obtenidos
durante su reinado y de los que, en consecuencia, podían disponer. Para sus sucesores se
convirtieron en territorios heredados, por lo que pasaron a formar parte del patrimonio
real.
C) LA JUSTIFICACIÓN DE LA CONQUISTA Y EL PROBLEMA DE LOS “JUSTOS TÍTULOS”
Una vez resuelto el problema de la pertenencia de las tierras descubiertas, mientras los
españoles sometían a los indios, convirtiéndoles a veces en esclavos u obligándoles a trabajar
como mano de obra, surge entre los colonizadores y en la metrópoli la cuestión de la legitimidad
y la justificación de la conquista. Se abrió así una profunda reflexión nacional sobre este tema.
Los inicios de la polémica tienen que ver con la denuncia de los abusos de la conquista. Un
fraile dominico, Antonio de Montesinos, dirigió a sus fieles un sermón en el que denunciaba la
situación de los indígenas y los abusos de los conquistadores.
Los ecos de la denuncia produjeron un doble efecto. De un lado, se convocó en Burgos a una
junta de teólogos y juristas para discutir el problema. De otro lado, surgió la figura de Bartolomé
de las Casas, que se convirtió en el líder de los críticos.
La Junta de Burgos de 1512 reconoció que los indios eran hombres libres, pero también su
sometimiento a los reyes castellanos en virtud de las bulas. Teólogos y juristas convinieron que
los indios debían ser instruidos en la fe, poseer casa y haciendo propia y que trabajasen a cambio
de un salario. Y como los indios desconocían la concesión del papa a los reyes de Castilla, había
que explicárselo.
Surgió así el llamado requerimiento, que era una declaración que debía leerse a los indios
ilustrándoles de la existencia de Dios, de cómo Jesucristo concedió el primado al papa, que éste
concedió aquellas tierras a los reyes españoles y que, en consecuencia, éstos eran dueños de ellas.
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1. La polémica Sepúlveda – Las Casas
Bartolomé de las Casa era un fraile dominico que fue acérrimo defensor de los indios y
censuraba los métodos colonizadores, llegando a cuestionar la legitimidad de la colonización tal
y como se llevaba a cabo. Las Casas creía sólo en la evangelización pacífica y sostenía que solo la
sumisión voluntaria de los indios justificaba la incorporación de las tierras americanas.
Tales planteamientos chocaban con los expuestos por Ginés de Sepúlveda, defensor de los
encomenderos de México.
Para conciliar ambas posturas, se convocó una junta de teólogos y juristas en Valladolid, ante
la cual debatieron ambos personajes sobre la cuestión americana y, específicamente, sobre la
llamada guerra justa. Las razones de Las Casas eran la ilicitud de la violencia y la admisión de una
predicación evangélica. Por su parte, Sepúlveda justificaba la intervención española por la
idolatría, antropofagia y pecados contra natura de aquellas gentes.
El alcance de dicha polémica, según diversos autores, llegó al extremo que Carlos V
contempló la posibilidad de abandonar Perú y devolverlo a los incas, idea que desechó
posteriormente.
Entre las posturas radicales de unos y otros, el Padre Vitoria elaboró una propuesta matizada,
que al basarse en el derecho de gentes, aplicable a todos los pueblos, le convirtió en el fundador
del Derecho Internacional.
2. Los títulos legítimos según el Padre Vitoria
El Padre Vitoria, partiendo de la interpretación de Santo Tomás según la cual se legitimaban
los derechos de los indios por el derecho natural y se descartaba la validez de la donación
pontificia por cuanto los indios eran ya los legítimos propietarios, desarrolló ocho títulos que
podrían justificar la presencia española.
Los ocho títulos eran:
‐ El primer título se basaba en el derecho al libre tránsito y circulación por el orbe, que faculta
a los españoles a transitar y permanecer por aquellas provincias, siendo inválida cualquier
ley que impida esa libertad.
‐ El segundo título consistía en la obligación impuesta a los cristianos de predicar el
Evangelio. Si éstos pueden desplazarse a tierras de infieles y comerciar con ellos, nadie les
puede impedir evangelizar
‐ El tercer título consistían en la legitimación para hacer la guerra y deponer a los
gobernantes indígenas si éstos forzaban a sus súbditos a volver a la idolatría.
‐ El cuarto título especificaba que, aun no existiendo esa actitud violenta de los gobernantes
indígenas, el hecho que una buena parte de sus súbditos se hubiera convertido al
cristianismo, facultaba al papa a darles un gobernante cristiano y deponer a los infieles.
‐ El quinto título admitía una legítima intervención de los españoles en el caso de existir un
gobierno tiránico entre los indígenas o para evitar la antropofagia.
‐ El sexto título remitía a la elección voluntaria que los indígenas pudieran hacer del rey de
España como rey propio. Vitoria precisó que la elección no requería un consenso absoluto,
sino que era suficiente con la mayoría.
‐ El séptimo título contemplaba la posibilidad que en las guerras justas que hubiese entre
indios, una de las partes llamase a los españoles, quienes tendrían derecho a compartir con
ellos el premio de la victoria.
‐ El octavo título aducía de manera hipotética a que pudiera suceder que los indígenas no
tuvieran capacidad para gobernarse, siendo lícito en tal caso y en bien de ellos, deponer a
sus gobernantes y que los españoles gobiernen
3. La solución final
Ante las diversas interpretaciones, durante el reinado de Felipe II se logró un acuerdo.
Partiendo del reconocimiento de la libertad de los indios, se distinguió entonces entre los
territorios ya ocupados y aquellos otros todavía no descubiertos. En los ya ocupados, la
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legitimidad se basaba en la sumisión voluntaria de los indígenas al tiempo de la conquista o con
posterioridad a ella. En los no descubiertos, se interpretaba la bula alejandrina de concesión de
las Indias en el sentido de otorgar el dominio sobre las tierras, pero no sobre las gentes. Esto
quería decir que los indios podían ser independientes en un territorio independiente a España,
lo que avaló la tesis de Las Casas que sólo la sumisión voluntaria justificaba el sometimiento de
estos pueblos. Sólo la hostilidad podía autorizar una guerra defensiva, aunque sólo el
reconocimiento voluntaria constituiría título propio de soberanía.
Tal solución pudo haber sido considerada como la definitiva.
III. La unificación jurídica y religiosa
A) LA CASTELLANIZACION DE ESPAÑA
1. La situación bajo los Austrias
La unión de los diversos reinos que formaban España permitió que éstos mantuvieran su
organización política y jurídica propia. Por ello, los monarcas no se llamaban reyes de España,
sino reyes de los dominios que formaban parte de ambas Coronas y de los que se incorporaron
posteriormente.
La unidad de poder personal en la monarquía española de los siglos XVI y XVII y su pluralismo
interno ocasionaron un doble efecto. Por un lado, se desvaneció la entidad política de las
Coronas y cobró importancia la de los reinos. Por otro lado, el rey gobernaba esos reinos,
señoríos y demás territorios con distinto título jurídico y con diferente intensidad y poder. En
resumen, el monarca era la suprema autoridad en todos, pero mandaba más en unos sitios que
en otros, dependiendo del título que ostentase y de la resistencia de cada territorio al poder
real.
La incorporación de Navarra y Portugal a la monarquía hispánica, manteniendo sus
peculiaridades jurídicas, dio lugar a un Estado Compuesto.
Tal fragmentación y pluralismo fueron vistos por los artífices del Estado absoluto como un
obstáculo que había que eliminar. Ejemplo de ello fue el requerimiento que le hizo el Conde
Duque de Olivares al rey Felipe IV para que se hiciese rey de España de una vez por todas.
2. El uniformismo borbónico: los Decretos de Nueva Planta
Al vencer Felipe V en su enfrentamiento con la Corona de Aragón y convertirse en rey de esos
territorios por derecho de conquista, suprimió su organización política y la reemplazó por la
castellana mediante una serie de disposiciones, los Decretos de Nueva Planta, llamados así por
dotar de organización o planta nueva a los organismos y tribunales de esa Corona.
En plena de Guerra de Sucesión, Felipe V dicta un primer decreto (1707), que explica la
abolición de los fueros y la consiguiente introducción del derecho castellano.
La medida fue mal acogida en Valencia, desde dónde se elevó un memorial al rey negando
que hubiera habido rebelión. Todo quedó en una protesta inútil. El derecho valenciano, público
y privado, fue definitivamente derogado.
Aragón salió mejor parado de este decreto. Éste era excesivamente simple para la compleja
trama jurídica que pretendía abolir, por lo que sólo produjo efectos parciales, siendo
ampliamente ignorado o impugnado. Otro decreto de 1711 rehabilitó en parte el ordenamiento
jurídico suprimido, al disponer que siguiera aplicándose el derecho civil aragonés, mientras se
introducía la figura de un comandante general con plenos poderes políticos y quedaba
organizada la audiencia conforme al modelo castellano. Aragón recuperó así su derecho privado.
La Guerra de Sucesión finalizó en 1713, pero siguieron dictándose decretos, que tenían una
reglamentación más atenta a la reforma de la justicia y menos a las cuestiones militares,
apareciendo como textos elaborados y maduros.
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Tuvo especial significado el decreto de 1716, destinado a Cataluña, donde habían vuelto
partidarios de Felipe V para sumarse a la reforma. Ese decreto, la Nueva Planta de la Real
Audiencia del Principado de Cataluña, situó al capitán general como representante del rey y dio
paso al establecimiento de una Audiencia que había sido estructurada en el Consejo de Castilla.
Como en Aragón, se respetó el derecho privado catalán. La lengua surgió como tema conflictivo.
El Consejo de Castilla había recomendado al rey una serie de medidas para restringir el uso del
catalán, de las cuáles solo se sancionó en el decreto de 1716 que las causas ante la Audiencia se
sustanciaran exclusivamente en castellano. No obstante, algunas instrucciones dirigidas a las
autoridades fueron más allá y se advirtió a los corregidores que procuraran introducir la lengua
castellana. Tales medidas fomentaron un problema que ha llegado hasta nuestros días.
Con el mismo criterio de mantener el derecho privado propio y abolir la organización política,
administrativa y judicial, se introdujo un decreto de Nueva Planta en Mallorca en el año 1715,
que fue completado por otros en los años siguientes. Dicho decreto certificó legalmente la
defunción de unos organismos carentes de vida y eficacia.
Ese mismo decreto de 1715 fue adoptado en 1781 en Menorca al ser reconquistada la isla,
pero una real orden de 1782 permitió el mantenimiento de su antiguo derecho e instituciones.
En 1717 se dictó otro decreto para Cerdeña siguiendo el modelo catalán.
B) LA UNIFICACION RELIGIOSA
1. Expulsión de judíos y moriscos
La convivencia entre judíos, moros y cristianos de la España medieval se truncó al formarse
el Estado moderno. Esto se debió a diversos motivos. En primer lugar, el auge del antisemitismo,
cuyo punto culminante se alcanzó a finales del s. XIV con la matanza de judíos y la conversión
forzosa de muchos de ellos. En segundo lugar, la unidad de fe llegó a ser considerada
presupuesto básico de un Estado responsable de su tutela y vigilancia. El antisemitismo popular
coincidió con el celo real por fomentar las conversiones y por hacer frente al problema de los
falsos conversos.
El establecimiento a estos efectos de la Inquisición no resolvió el problema, con lo que la
expulsión de los judíos podía cumplir el doble fin de eliminar las fricciones entre ellos y los
cristianos, y acabar con el incremento de los falsos conversos.
Los Reyes Católicos firmaron el edicto de expulsión en marzo de 1492, conminando a los
judíos a abandonar España en cuatro meses. La salida masiva y repentina de la comunidad judía
ocasionó serios conflictos. Muchos se hicieron cristianos a última hora para poder quedarse, lo
que agudizó el problema de los falsos conversos. El éxodo de los judíos, dedicados al comercio
y a las actividades mercantiles, supuso un duro golpe para la vida económica, que trató de ser
remediado con la atracción de inmigrantes genoveses y del norte de Europa.
Un siglo más tarde, en enero de 1608, el Consejo de Estado votó por unanimidad la expulsión
de los moriscos, resolviendo así un problema de una minoría racial de difícil asimilación. En los
años siguientes, salieron del país más de trescientas mil personas, cuyo destino fue
principalmente África y, en menor medida, Francia. La medida afectó regularmente a Castilla,
bastante a Aragón y constituyó una verdadera catástrofe en Valencia, de donde emigró la
tercera parte de la población. El perjuicio económico de la expulsión fue valorado por los
arbitristas de la etapa siguiente como una de las causas de la ruina nacional.
2. La Inquisición española
Los problemas planteados por los falsos conversos llevaron a los Reyes Católicos a solicitar
del papa el establecimiento de la Inquisición. En 1478, Sixto IV otorgó una bula autorizando a los
monarcas a designar tres inquisidores, expertos en teología o derecho canónico. Así nació la
Inquisición, cuya extraordinaria importancia y duración (hasta 1834) marcó la vida nacional
durante los siguientes siglos.
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La Inquisición fue ante todo un tribunal (el Tribunal del Santo Oficio), o mejor dicho, una serie
de tribunales dependientes de un organismo central, el Consejo de la Inquisición o Suprema, a
los que competía la vigilancia de la ortodoxia y la persecución de la herejía. La Inquisición no se
dirigía contra judíos o moros, sino exclusivamente con los cristianos que deformasen el dogma.
Tuvo tres principales frentes:
‐ Los falsos conversos procedentes del judaísmo
‐ Los cristianos sospechosos de luteranismo
‐ Los falsos conversos moriscos
Todo se trataba de una cuestión religiosa. Pero al ser facultados los reyes para designar a los
inquisidores y depender toda esa estructura de la Suprema, que al tiempo era un órgano de la
Administración Central, la Inquisición acabó convirtiéndose en un instrumento político.
La Inquisición entró en temas que no tenían que ver con el dogma cristiano, como la
fornicación, la bigamia, etc…, por entender que podía entrañar una deformación de la doctrina
enseñada por la Iglesia.
Tal ampliación de competencias, con el refrendo estatal, convirtió a la Inquisición en una
institución omnipresente en la vida española de estos siglos.
El Santo Oficio se instituyó en Castilla y luego fue introducido en la Corona de Aragón,
pasando también a las Indias y a otros territorios. En la cúspide de la organización se encontraba
el Inquisidor General, presidente de la Suprema, y los distintos tribunales locales estaban
compuestos por inquisidores, fiscal, calificadores, notarios, médicos, carceleros, etc…, ayudados
por los llamados familiares, que era gente de la calle provista de armas y distinguida con
privilegios.
En los primeros años, los tribunales iniciaron su actuación haciendo público el edicto de
gracia, en el que exhortaba a la auto‐denuncia de los herejes, que sufrían un castigo benigno.
Desde el s. XVI, el edicto de gracia desapareció para dar paso al edicto de fe, el cual amenazaba
con la excomunión a quien no denunciase a cualquier hereje que conociese. Esto convirtió de
hecho a cualquier ciudadano en agente potencial de la Inquisición.
Con la denuncia tenía lugar el arresto del presunto hereje, a quién no se le comunicaba de
qué se le acusaba ni quién lo había acusado, con lo que el interrogatorio podía aflorar tanto la
confesión del objeto de la denuncia como cualquier otra irregularidad. La justicia inquisitorial
tenía sus propias reglas, diferenciándose de la ordinaria en la fase final, desde la declaración
hasta la sentencia. En el proceso hubo dos tipos de sentencias: las interlocutorias sobre
cuestiones diversas, o las definitivas, que fueron condenatorias o absolutorias, siendo las
condenas de diversa índole, como el destierro, el uso del sambenito, la confiscación de bienes,
cárcel, galeras o muerte en la hoguera.
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LECCIÓN 2ª: LA LLEGADA DE LAS NUEVAS DOCTRINAS ECONÓMICAS
EUROPEAS. MERCANTILISTAS E ILUSTRADOS
I. La recepción del mercantilismo europeo en los s. XVI y XVII
A) CARACTERES GENERALES: LOS PROBLEMAS Y SUS SOLUCIONES
1. Política económica y crisis
El proceso de formación de los Estados coincidió en Europa con el triunfo de una concepción
económica de carácter autárquico llamada mercantilismo. Este sistema se basaba en lograr la
prosperidad por el intervencionismo del Estado, en el papel principal de la moneda en metálico
y en la acumulación de oro, plata y metales preciosos. Era un sistema proteccionista que fue
seguido por varios países europeos y constituyó la clave de la política iniciada por los Reyes
Católicos. En España, diversos factores imposibilitaron la aplicación de este sistema hasta el final.
Dichos factores fueron:
‐ Los graves problemas derivados de la afluencia masiva de oro y plata.
‐ La abundancia de latifundios
‐ Gran número de población inactiva
‐ Desprecio por el trabajo
La política mercantilista de los Reyes Católicos estuvo determinada por cuatro medidas
principales:
‐ El monopolio del oro y de la plata, controlando la extracción en las minas y los puertos de
embarque para prohibir su exportación fuera de Castilla
‐ La protección de la ganadería lanar, lo que provocó el fortalecimiento de la Mesta
‐ El fomento de la industria textil, consolidando los gremios y prohibiendo la exportación de
determinados tejidos.
‐ Por el estímulo del comercio, debido a la mejora en la red de comunicaciones.
Por otra parte, esta política tuvo graves deficiencias. El florecimiento comercial dejó
desatendido el mundo agrícola, mientras el sistema económico tropezaba en la Península con
las aduanas internas existentes entre los reinos. No existió una política económica unificada y
acorde para toda la monarquía y se consolidaron instituciones privilegiadas como la Casa de
Contratación de Sevilla o el Consulado de Burgos, que potenciaron la exportación en detrimento
de la industria.
Con el descubrimiento de México, en 1521, los metales preciosos llegaron en abundancia a
la Península, lo que llevó a una emigración masiva de castellanos hacia las Indias. La política de
explotaciones mineras no se correspondió con planes sistemáticos que crearan en las Indias una
economía complementaria a la de la Península que facilitara su expansión, sino que
implementaron medidas contradictorias, como la protección de los intereses castellanos en la
prohibición de la vid y el olivo en Perú y, a la vez, se fomentó la industria textil mexicana, que
compitió con la peninsular. Además, la primacía del comercio exterior y el fomento de la
exportación de productos básicos desabastecieron el mercado nacional, lo que creó una gran
inflación que, junto a los numerosos gastos militares, provocó que la economía imperial se fuese
endeudando con préstamos.
El abandono de la agricultura y la insuficiente industria obligaron a la importación de grano y
de productos manufacturados. En 1548, las Cortes de Valladolid propusieron prohibir las
exportaciones y permitir la importación de mercancías extranjeras para impedir la inflación.
Los grandes latifundios pertenecientes a la Iglesia y a los grandes magnates eran
infrautilizados. Las crisis agrarias y las adversidades financieras y políticas de finales del s. XVI
aparecieron cuando empezó a disminuir el volumen de la plata procedente de América.
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En 1599, Felipe III puso en circulación la moneda de vellón, acuñada en cobre, para ahorrar
plata. Esta medida produjo una inflación enorme debido a que los impuestos se recaudaban en
moneda de vellón, muy devaluada, pero los gastos militares en el exterior se realizaban con
plata, por lo que el Estado quedó seriamente perjudicado.
En 1619, el Consejo de Castilla reconoció el lamentable estado del país, atribuyéndolo a la
excesiva presión fiscal sobre Castilla y la despoblación y abandono de las tierras.
Entre los años 1676 y 1686, el Estado tocó fondo económicamente, comenzando a finales de
siglo un proceso de recuperación económica.
II. Los arbitristas y sus proyectos de reforma
En el reinado de Felipe II, una serie de teóricos de la Escuela de Salamanca reflexionaron sobre la
situación y propusieron diversas medidas, entre las que destacaban la retención de materias primas, la
potenciación de la agricultura, la revalorización del trabajo manual y la retención de metales preciosos.
Con el agravamiento económico del s. XVII, surgieron varios teóricos conocidos como arbitristas, es
decir, formuladores de arbitrios o remedios de todo tipo. Propusieron soluciones de todo tipo, desde las
más serias y razonables hasta algunas utópicas y pintorescas.
El análisis realizado por los primeros arbitristas podría resumirse en cuatro puntos:
1. La llegada masiva de oro, plata y metales preciosos había elevado el precio de los productos
nacionales, que no podían competir con el mercado extranjero.
2. La importación de mercancías desplazaba a las españolas del mercado nacional,
empobreciendo a la agricultura, industria y comercio.
3. El gasto público había arruinado al Estado mientras el alza de impuestos ahogaba la producción.
4. La excesiva circulación monetaria favorecía el lujo y los gastos, propiciando el abandono del
trabajo.
Otros arbitristas incidieron en problemas muy concretos como el desajuste entre gastos e inversiones,
la necesidad de recuperar la riqueza ganadera o en que había que prohibir la exportación de materias
primas y la importación de productos manufacturados.
III. Las fuentes de riqueza
1. Economía agropecuaria
La agricultura y la ganadería fueron sectores económicos complementarios. No obstante, la
preocupación de los Reyes Católicos por fomentar el comercio lanero y asegurar su monopolio,
les llevó a dictar una serie de disposiciones en favor de la Mesta, que ocasionaron serios
perjuicios al sector agrícola. Entre estas disposiciones se encontraban:
‐ La Defensa de las Cañadas, que amplió los caminos del ganado y expulsó a los agricultores
instalados en ellos.
‐ La Ley de Arriendo del Suelo, según la cual los ganaderos podían permanecer
indefinidamente en las dehesas arrendadas y conservar las que se habían ocupado sin
autorización de los dueños.
Los cereales fueron el eje de la economía agraria y España se convirtió en la primera mitad
del s. XVI en uno de los imperios trigueros del Mediterráneo. En esa etapa, los productos
agrícolas fueron objeto de creciente cotización.
Desde 1502, los precios de los cereales fueron tasados oficialmente y se produjo un alza en
los precios que, junto a la presión fiscal y la falta de mano de obra, provocaron que el cultivo de
cereales dejase de ser productivo. El alza de los precios de los cereales restó posibilidades de
exportar lana, con lo que también se resintió la producción ganadera.
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2. Industria y comercio
La política proteccionista de los Reyes Católicos hizo posible un notable auge industrial, al
evitar la salida de las materias primas y cerrar el comercio interior a los productos europeos. El
fomento industrial se centró sobretodo en el mundo textil, donde la marcha de los conversos,
que eran los artesanos, trató de ser remediada con la llegada de obreros de Flandes e Italia.
La industria metalúrgica se centró principalmente en el País Vasco, donde la Fábrica Real de
Placencia concentraba la fabricación de armamento. Cuando empezó a decrecer la producción,
hubo que importar herramientas e incluso armamento.
La industria sedera alcanzó relieve en la zona este de Andalucía. Los distintos oficios se
agruparon en gremios, cuya prosperidad decreció cuando el negocio cayó en manos de los
banqueros genoveses. Se dictaron disposiciones para proteger la calidad de la seda. La industria
se extendió a todo el país, pero empezó a declinar en el s. XVII.
La industria de paños logró un gran crecimiento en la primera mitad del s. XVI. Burgos y Bilbao
entraron en conflicto para controlar la exportación. El próspero comercio de lana fue controlado
por grupos de mercaderes. También fue importante en Aragón y Cataluña.
El comercio exterior se proyectó en tres grandes áreas: la Europa noroccidental, el
Mediterráneo y las Indias. Los principales productos de exportación fueron la lana, el aceite, la
sal, el vino y el hierro. Y los de importación fueron las telas finas, el papel, las herramientas y el
grano.
Las remesas de oro y plata sirvieron para equilibrar el déficit de la balanza de pagos.
El comercio con Europa convirtió a Sevilla en el centro neurálgico de la Europa del s. XVI. El
monopolio con las Indias aseguraba a la Casa de Contratación de Sevilla el control de las flotas,
del tráfico de metales preciosos y del tráfico de personas. Durante el s. XVII, el monopolio
sevillano se transformó en un monopolio andaluz, con la rivalidad entre el puerto interior
sevillano y el exterior de Cádiz.
El comercio con las Indias tenía la característica de vender productos de consumo a alto
precio, ya que no había competencia. El control comercial se aseguraba con el tráfico exclusivo
de mercancías.
La exclusividad del comercio con las Indias se truncó con la aparición de los piratas, que
asolaron las costas americanas desde Inglaterra y Francia, lo que obligó a España a crear un
sistema de flotas que escoltasen a los barcos comerciales, dictándose numerosas disposiciones
para regular ese tráfico marítimo. A finales del s. XVII, la competencia de los barcos holandeses,
genoveses y nórdicos provoca que los españoles desempeñen la función de meros
intermediarios.
IV. La Economía de la Ilustración
A) EL NUEVO ESPÍRITU Y SUS INSTRUMENTOS: LAS SOCIEDADES ECONÓMICAS DE AMIGOS
DEL PAÍS
Entrado el s. XVIII, se afirma en Europa una explicación científica de la vida económica, la
fisiocracia, que reacciona contra los postulados mercantilistas. Ideada por el francés Quesnay, los
fisiócratas repudiaban el sistema proteccionista y de intervención característico del
mercantilismo y defienden el libre juego de las fuerzas económicas y la única protección de la
agricultura como fuente natural de riqueza. Esta interpretación coincidió con el despotismo
ilustrado, cuyas medidas de gobierno propugnaron el fomento, es decir, el desarrollo de la
administración, de la economía y de la libertad de comercio.
A mediados de siglo, Fernando VI encargó a un irlandés llamado Bernardo Ward el estudio de
posibles remedios que estimulen la economía española. Ward publicó el Proyecto económico,
donde se preocupa de la mejora de la agricultura a través de abonos, de la promoción de la
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industria textil, etc… También llama la atención sobre la existencia en Europa de una serie de
sociedades que promueven la prosperidad sus respectivas naciones. En 1762, el Conde de
Campomames invitó a las autoridades locales a que promoviesen sociedades económicas.
La Sociedad Vascongada de Amigos del País surgió en Azcoitia y fue formada por caballeros y
clérigos que conformaron una junta académica en la que se ilustraba a la gente con novedades
científicas. En 1765 se funda oficialmente la Sociedad Vascongada, que tenía por objeto promover
el estudio de los problemas económicos para introducir adelantos técnicos. Sus estudios se
centraron en cuatro campos: agricultura, industria, comercio e historia.
En 1775 apareció la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Madrid, que sirve de
modelo a muchas otras que surgieron posteriormente. Tuvieron como características comunes el
fomento de la laboriosidad, la lucha contra la mendicidad, la creación de riqueza, el incremento
de puestos de trabajo y la mejora de la agricultura. Muchas sociedades se aplicaron en mejorar la
agricultura, mientras que otras se centraron en la enseñanza profesional y en el mundo de la
industria.
B) LAS FUENTES DE RIQUEZA
1. Economía agropecuaria: legislación y Reforma Agraria
La economía agrícola del XVIII estuvo basada en los cereales, el vino, el aceite, los frutales y
la seda. El influjo de las concepciones fisiócratas hizo que el Estado asumiera la protección de la
agricultura y que aceptara una de sus tesis fundamentales: la de la libertad del comercio de
cereales. Una ley de 1765 abolió el sistema de tasas y decretó la libre compraventa de granos.
Durante la primera mitad del siglo, con el campo desatendido, la Mesta se fortaleció,
extendiendo su jurisdicción a la Corona de Aragón, mientras que algunas disposiciones de
Fernando VI reiteraban sus antiguos derechos.
A mediados de siglo, en cambio, el alza de los productos agrícolas y de la ganadería estante,
restringió el poder de la Mesta. Una cédula real de 1758 suprimió el impuesto de montazgo,
recaudado y pagado por la Mesta. Ya con Carlos III, el Consejo de Castilla se pronunció a favor
que los municipios dispusieran de sus tierras comunales, lo que supuso un grave conflicto con la
Mesta. El desenlace del conflicto se tradujo en una serie de medidas que menguaron
notablemente el poder de la Mesta. Las medidas fueron:
‐ La abolición del derecho de posesión y artificiosa fijación de precios de los pastos mediante
tasas
‐ El permiso para cercar las propiedades rústicas
‐ La supresión del cargo de alcalde entregador de la Mesta
El precario estado de la agricultura hacía necesario acometer su reforma. Los precios
agrícolas subieron, beneficiando a los terratenientes, que no elevaron los salarios al nivel de los
precios, lo que produjo que, junto al pago de un alto canon por el arrendamiento de tierras, se
produjesen graves disturbios, a los que Carlos III intentó hacer frente con medidas parciales,
como por ejemplo, una pragmática de 1766 que dispuso que los campos de los concejos
extremeños fuesen puestos a disposición de los más necesitados. Esto fue el prólogo de la
Reforma Agraria, cuestión urgente que ha llegado hasta nuestros días.
En 1795, Jovellanos redactó un texto que fue presentado por la Sociedad Económica de
Madrid en el Consejo de Castilla. Se trataba del Informe sobre la Ley Agraria, de corte liberal y
no intervencionista, en el que Jovellanos propugnaba la potenciación de la propiedad privada y
el acceso de los particulares a las tierras de baldíos y comunales, que era la causa del
estancamiento económico agrario, junto a los privilegios de los poderosos.
2. Industria y comercio
La Revolución Industrial del s. XVIII fue producto en Europa del desarrollo científico y técnico,
y en concreto, a la introducción y auge del maquinismo y su aplicación en la industria, sobretodo
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en la textil. En España, se retrasó la introducción de la Revolución Industrial debido a cuatro
obstáculos:
‐ El escaso impulso de las ciencias aplicadas
‐ La reducida dimensión del mercado nacional de maquinaria por la resistencia a la
industrialización de determinados sectores.
‐ La tardía toma de conciencia de las necesidades de mecanización
‐ La precariedad de una industria metalúrgica carente de un adecuado proteccionismo.
Desde el reinado de Felipe V, el Estado favoreció la fundación de centros de manufacturas,
que no tuvieron mucho éxito, en contraste con la producción textil catalana de carácter privado.
El renacimiento industrial de Cataluña, tras la Guerra de Sucesión, supuso un crecimiento de la
población artesanal que logró una importante producción, de la que la mayoría era exportada a
América.
Las explotaciones mineras no fueron reactivadas y se mantuvo el nivel de los siglos
anteriores. El impulso del rearme naval repercutió favorablemente en las industrias de hierro
colado, con el desarrollo de los arsenales de Cádiz, Cartagena y El Ferrol.
La reactivación del comercio interior tuvo dos causas fundamentales:
‐ La supresión de las aduanas internas. En 1714, una cédula real anuló los puertos secos
existentes entre la Corona de Aragón y Castilla y en 1717 se suprimieron las aduanas
interiores en todo el país. Al desaparecer las aduanas, el tráfico comercial se hizo más
fluido, lo que benefició a Cataluña
‐ La mejora y reforma de la red viaria. Se fomentó de la red de comunicaciones, articulada
conforme a un sistema radial con centro en Madrid. Las rutas y caminos españoles
recibieron otro impulso con otra ordenanza de Carlos III, que reguló la inversión en obras
públicas.
Desde mediados de siglo, la Junta de Comercio, Moneda y Minas entendió de las cuestiones
del comercio interior y exterior. El comercio exterior mantuvo la tradicional proyección hacia el
norte de Europa, el Mediterráneo y las Indias. La desaparición del monopolio andaluz reactivó
el tráfico de otros muchos puertos.
V. Las Ordenanzas de los Consulados
Hasta finales del s. XV, los Consulados habían sido una institución característica de la Corona de
Aragón. A partir de entonces, las corporaciones de comerciantes castellanos reciben esa organización y
surgen los Consulados de Burgos, Bilbao, Sevilla o Madrid en la Península y los de México y Lima en las
Indias. Tras la declaración de la libertad de comercio con las Indias en 1778, se crean otros en los puertos
habilitados de la Península. De esta forma, el despliegue comercial se encauzó en lo jurídico por el
desarrollo del derecho mercantil, cuya fuente principal eran las ordenanzas de esos Consulados.
Entre las ordenanzas de los consulados destacan:
‐ Las Ordenanzas del Consulado de Burgos, creadas en 1538, eran un conjunto de 90 capítulos
de los que casi la mitad regulan el seguro marítimo, que destacan por la originalidad de sus
preceptos.
‐ Las Ordenanzas del Consulado de Sevilla, creadas en 1556, constaban de diversos textos sobre
la organización del Consulado y el comercio con América, con la finalidad de sustanciar los
pleitos comerciales con ultramar.
‐ El Consulado de Bilbao dispuso de varios cuerpos de ordenanzas durante los siglos XVI y XVII.
En el XVIII, el tribunal decidió refundirlas e incorporar parcialmente las ordenanzas francesas,
teniendo en cuenta otras leyes mercantiles europeas. Fruto de esa tarea fueron las Ordenanzas
de la Casa de Contratación de Bilbao, de 1737, que se aplicaron al comercio terrestre y marítimo
y que lograron una gran difusión en la Península y América.
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LECCIÓN 3ª: ESTRUCTURA SOCIAL EN LA EDAD MODERNA
I. Evolución demográfica e inmigración europea
Desde el reinado de los Reyes Católicos, la población creció sin interrupción, alcanzando a inicios del
s. XVI entre seis y siete millones de habitantes. Al concluir el siglo, se habían sobrepasado los ocho
millones. Pese a la tasa de crecimiento, España era un país poco poblado. Del total de la población, más
del 80% correspondía a Castilla, lo que se sumaba a su mayor extensión territorial y una mayor densidad
demográfica.
Al alza de la población del s. XVI contribuyó la prosperidad económica de un país en expansión, que
atrajo a muchos inmigrantes extranjeros. Fue especialmente importante la emigración francesa a
Cataluña y la afluencia italiana a Castilla. Tal incremento demográfico se frenó a finales de siglo a
consecuencia de las epidemias y pestes. Con la primera epidemia murieron cerca de medio millón de
personas. Otra epidemia que asoló a Andalucía y a la España oriental mató a otro medio millón de
personas.
Junto a estas y otras epidemias, la expulsión de los moriscos y la emigración a América acentuaron el
descenso de población en el s. XVII. La pérdida de los moriscos afectó más a Aragón que a Castilla y,
sobretodo, a Valencia. La emigración a América se nutrió de emigrantes andaluces, extremeños, gallegos,
asturianos y vascos.
Durante el s. XVIII, en España creció la población. A ello contribuyó la disminución de la mortalidad por
epidemias y el descenso de la mortalidad ordinaria.
La sociedad del Antiguo Régimen fue esencialmente una sociedad orgánica y jerárquica, diferenciada
en estamentos de desigual rango y peso civil. Se distinguían unas clases privilegiadas, las medias, las
inferiores y varios grupos de marginados.
II. Las clases sociales
A) LAS CLASES PRIVILEGIADAS
1. La nobleza
En la cúspide social se encuentra la nobleza, que disfrutaba de múltiples y variados privilegios,
como por ejemplo la inmunidad tributaria o la exención de los servicios y prestaciones
personales. Los nobles no podían recibir tormento o ser castigados con penas infamantes, ni
eran encarcelados por deudas a menos que procedieran de rentas reales. En caso de prisión, la
cumplían en casa o en lugares separados del resto, manteniendo como inembargables su
caballo, la casa y el ajuar.
Los linajes fueron de dos tipos: de notoria nobleza, por su historial, o de nobleza de
ejecutoria, que se obtenía tras una serie de litigios y pruebas que concluían con la sanción oficial.
Mucha gente de clase media intentó lograr la hidalguía, utilizando un complejo sistema de
probanzas, donde se intentaba probar la nobleza mediante padrones y registros parroquiales
para justificar la ascendencia noble.
La nobleza, de sangre o privilegio, se articuló en tres grandes niveles:
‐ Grandes y títulos. En 1520, Carlos V reconoció a los grandes, que eran 20 familias con 25
títulos, quienes tenían el privilegio de cubrirse ante el rey, junto con los privilegios
tradicionales. Fueron incorporados a tareas bélicas y diplomáticas. En el s. XVII creció en
número y en poder, adueñándose del Estado durante el reinado de Carlos II.
‐ Los caballeros fueron una especie de clase media nobiliaria. Ejercieron un gran poder en el
ámbito local y fueron a menudo dueños de propiedades urbanas y rústicas. Muchos de ellos
se convirtieron en caballeros de hábito, es decir, en poseedores de un hábito de las antiguas
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Ordenes Militares, disfrutando a veces de señoríos territoriales llamados encomiendas,
cuya jurisdicción y renta les pertenecían como comendadores.
‐ Los hidalgos de la época de los Austria fueron nobles que, por no ostentar cargos públicos
y carecer de medios de fortuna, ocuparon el escalón más bajo de las clases privilegiadas.
Existieron hidalgos de sangre e hidalgos de privilegio o ejecutoria, disfrutando éstos últimos
de mejor situación económica.
En el s. XVIII la nobleza mantuvo sus privilegios. Las capas medias estuvieron presentes en los
puestos directivos de la Administración, la estructura eclesiástica y el ejército, mientras que las
más elevadas desempeñaron cargos palatinos. Surgió cierta concepción de la función social de
la nobleza, como justificativa de los privilegios de una sociedad estamental. Los títulos nobiliarios
eran concedidos por méritos o servicios. En la nobleza catalana se mantuvo la diferenciación
entre los sectores altos y la pequeña nobleza local.
2. El clero
El celibato sacerdotal hizo que el clero fuese una clase esencialmente abierta, a lo que había
que sumar su ambigüedad como estrato social diferenciado del mundo secular. Muchos clérigos
llevaban una vida corriente que en nada se diferenciaba de la de la gente de la calle.
El número de eclesiásticos fue muy elevado en el s. XVI y creció en el s. XVII. En el XVIII, sin
embargo, remitió bastante. El nivel intelectual y moral del clero era deficiente en muchas
ocasiones, ya que muchos carecían de una formación adecuada y de verdadera vocación.
El estrato superior de la Iglesia lo formaban los prelados y los cabildos. La mayor parte de los
arzobispos y obispos pertenecían al clero secular que, por lo general, procedían de familias
nobles y eran propuestos por el rey y nombrados en Roma. Solían ocupar al principio una
diócesis pobre, para ascender mediante frecuentes traslados a otras más ventajosas. Al alto
clero también pertenecían los componentes de los cabildos catedralicios y colegiatas.
El bajo clero daba cabida a curas párrocos, beneficiados y capellanes. La distinción entre los
dos niveles eclesiásticos debió ser más honorífica que económica.
Junto a su consideración social, el clero disfrutó de exención fiscal y tuvo jurisdicción propia.
B) LAS CLASES MEDIAS
El sector intermedio estuvo compuesto por agricultores acomodados y por la burguesía
urbana.
Los agricultores acomodados crecieron en el s. XVI, al generalizarse la inversión en el campo y
aprovecharse del alza de los precios agrícolas. En el mundo rural castellano surgió una
diferenciación entre dos categorías de campesinos: los labradores, gente que está al frente de
explotaciones grandes o pequeñas, y los trabajadores, que nada poseen y que viven de su trabajo.
Los labradores constituyeron un grupo social que se distingue por debajo de los trabajadores y
por arriba de los hidalgos.
Estos labradores fueron renteros o propietarios de tierras. Se hicieron con el gobierno de los
pequeños concejos y asumieron el papel dirigente que antes había correspondido a los hidalgos
de sangre.
La clase media urbana estaba representada por los comerciantes y mercaderes, por letrados y
funcionarios, y por quienes ejercían las profesiones liberales. Esta gente proyectó a menudo a sus
hijos hacia los puestos de una administración pública fundamentalmente formada por hombres
de clase media, o hacia el mundo cultural.
En el s. XVIII, la clase media la componían los comerciantes, los rentistas, funcionarios públicos
y aquellos que ejercían profesiones liberales.
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C) LAS CLASES INFERIORES
1. La población rural y urbana en la Península
El mundo artesanal y la gente dedicada a pequeños oficios formaban la base urbana de la
escala social. El desarrollo de los gremios llevó a la aparición de gremios mayores y gremios
menores, exponentes de una diferenciación económica que llevó a una jerarquía social.
Determinadas profesiones merecieron una consideración preferente; otras, ligadas al trabajo de
materiales nobles (joyeros, plateros), les siguieron en reconocimiento social. Otras, como la de
carnicero o curtidor fueron objeto de menosprecio. En Cataluña apareció una clara
diferenciación entre los tres gremios de mercaderes, artistas y menestrales. El corporativismo
gremial favoreció la asistencia y ayuda de los afiliados.
En el ámbito rural, la situación de los trabajadores fue agradable en la fase de despegue
agrario del XVI. Cuando se agravó la crisis, esos campesinos quedaron oprimidos por el pago de
intereses y rentas.
2. La población rural en Indias: el régimen de encomiendas
Las necesidades de explotación económica, de ordenar el trabajo de los indios y asegurar su
instrucción, llevaron al establecimiento de encomiendas en América. La encomienda consistió
en la atribución al colono español (encomendero) de un grupo de indígenas, con la obligación de
protegerles, educarles e instruirles en la religión cristiana, beneficiándose a cambio de su trabajo
o del tributo que esos indígenas habían de satisfacer, dada su condición de vasallos del rey. Hubo
dos tipos de encomienda, las encomiendas de servicio personal y encomiendas de tributo.
Los primeros repartos o repartimientos de indios tuvieron lugar poco después del
descubrimiento. Los indios asignados a los españoles trabajaban en el campo o en las minas de
oro. El sistema fue llevado por los conquistadores a América mientras estallaba en la Península
la controversia por conciliar el reconocimiento de la liberta de los indios, con la necesidad que
trabajaran y de satisfacer las exigencias de colonos y conquistadores. Con Las Casas como
valedor de las tesis contrarias a la encomienda, Carlos V emprendió desde 1518 una política
prohibitiva.
Las Leyes Nuevas de 1542 prohibieron nuevas encomiendas, declararon a extinguir las
existentes y obligaron a quienes maltrataban a los indios, a los eclesiásticos y funcionarios reales
a devolver las suyas. Estas disposiciones chocaron con el hecho de que ya se había reconocido
la condición hereditaria de la encomienda por dos vidas (la del encomendero y su descendiente).
Surgió así un conflicto que paralizó la aplicación de esas leyes en primer lugar y posibilitó
después el restablecimiento de la encomienda, que quedó consolidada. Sus titulares lograron la
ampliación del disfrute de la concesión hasta cuatro vidas.
En el s. XVIII fueron suprimidos los servicios forzosos de los indios, instaurándose un régimen
de servicios contratados. A final de siglo, diversas medidas restrictivas condujeron a la
desaparición del sistema de encomiendas, siendo las últimas suprimidas en Chile en 1789.
Su desaparición no llevó necesariamente consigo una mejora en la suerte de los indios. La
figura del encomendero ha quedado en todo caso como uno de los prototipos del español en
América.
D) LOS GRUPOS SOCIALES MARGINADOS
Al margen de las clases jerarquizadas y definidas, otras muchas gentes vivían en la España del
Antiguo Régimen. Entre ellos se encontraban los esclavos, los gitanos y los delincuentes de la
época.
Los esclavos procedieron de las guerras con los berberiscos y turcos, de la conquista de
Granada y de Canarias y de las expediciones coloniales. Se dedicaban a duros trabajos en minas y
obras públicas o también al servicio doméstico. En las Indias hubo esclavos negros y,
excepcionalmente, indios convertidos en esclavos.
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Los gitanos debían formar ya grupos considerables en tiempos de los Reyes Católicos, siendo
llamados egipcianos. Una pragmática de 1499 dispuso que los gitanos no andasen por el reino.
Esta disposición fue reiterada en el siglo XVI y en 1619, una real cédula ordenó su expulsión, que
apenas pudo llevarse a cabo debido a su vida errante. En 1783, una pragmática intentó integrar a
esta minoría, que debía abandonar sus hábitos para ser acogidos en los diversos oficios y gremios.
Esto no fue impedimento para establecer severas penas a los gitanos que no se acogiesen a la
medida, lo que provocó el éxito de la medida.
Más abundante fue la multitud de pícaros y vagabundos de toda calaña. En la Cataluña del XVII
alcanzó notoriedad el bandoler, depredador de los medios rurales desprotegidos. Más
significativa fue la figura del pícaro castellano, que merodeaba por los bajos fondos urbanos
dedicado a todo tipo de quehaceres.
En la etapa de los Austrias, los vagabundos fueron perseguidos por una serie de disposiciones
que les condenaban a azotes o a servir en galeras. Otras procuraron aplicarlos en trabajos útiles
o integrarles en el ejército. Diversas reales órdenes y bandos de finales del s. XVIII proveían la
forma de retirar a los mendigos y dar socorro a los pobres. La institución del abogado de los
pobres, existente en España, fue trasplantada en la Indias, tutelando a los desfavorecidos
mediante nuevas disposiciones.
La asistencia a las clases sociales más desfavorecidas tuvo además que ver con la atención
pública a los enfermos y a los problemas sanitarios de la población. A tal efecto fue constituido
en Castilla el Real Tribunal del Protomedicato, que apareció en el s. XV y que fue reformado en el
reinado de Felipe II y se estableció definitivamente con Felipe III. Durante esa época también se
consolidaron en Castilla y en Aragón importantes establecimientos sanitarios.
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LECCIÓN 4ª: LA EPOCA DE LAS RECOPILACIONES
Con la consolidación del Estado moderno, tiene lugar un proceso transformador de las fuentes
jurídicas. Ahora el Estado dicta las normas y posteriormente las lleva a la práctica, lo que facilita su propia
sujeción a ellas y la formalización del sistema jurídico. Se acentúa la proliferación del derecho escrito, y
en consecuencia, dada la abundancia de normas, resulta difícil saber en un determinado momento cual
es la que procede aplicar. Por todo ello, surge la necesidad de compilar el derecho escrito, eliminar los
textos superfluos, completar los insuficientes y unirlos todos como partes de un ordenamiento legal
armónico.
Se procede a reunir las normas jurídicas en una serie de recopilaciones, que de ordinario suelen
agrupar los textos en un orden convencional.
I. Recopilaciones castellanas: del Ordenamiento de Montalvo a la Novísima
Recopilación
A) EL ORDENAMIENTO DE MONTALVO Y EL LIBRO DE BULAS Y PRAGMÁTICAS DE JUAN
RAMÍREZ
Tras múltiples peticiones de las Cortes de Castilla, los Reyes Católicos ordenan en 1480 que se
compilen las leyes, ordenanzas y pragmáticas. El encargado de la tarea fue el jurista Alonso Díaz
de Montalvo, quien cuatro años más tarde publicó las Ordenanzas Reales de Castilla, también
conocidas como el Ordenamiento de Montalvo.
El Ordenamiento consta de ocho libros que contienen las leyes de Cortes, pragmáticas y
ordenanzas dictadas desde Alfonso XI, junto a algunas disposiciones del Fuero Real de Alfonso X.
La obra no tuvo explícitamente sanción real, pero los reyes ordenaron a todas las villas y lugares
que dispusieran del libro de Montalvo y que se fallasen los pleitos según lo dispuesto en él. El gran
número de ediciones no se correspondió con un adecuado rigor técnico, ya que Montalvo no hizo
una recopilación exhaustiva, incluyó disposiciones ya derogadas y resumió algunas leyes, a las que
dejó sin sentido.
Años más tarde, los Reyes Católicos ordenaron al Consejo de Castilla que compilara y corrigiese
las pragmáticas y provisiones de sus antecesores. La obra, realizada por el escribano Juan Ramírez,
fue editada en 1503 con el título de Libro de las Bulas y Pragmáticas, por contener tanto las
pragmáticas requeridas como una serie de bulas sobre la jurisdicción regia. Esta obra tenía un
carácter asistemático, ya que algunas veces ordenaba su contenido en función de las personas y
otras en razón de la materia.
B) LA NUEVA RECOPILACION
En 1505 se publican las Leyes de Toro, que son 83 en total, las cuáles ordenan el derecho civil
y reiteran el orden de prelación de fuentes establecido en el Ordenamiento de Alcalá.
En su testamento, Isabel la Católica expresó su deseo que se llevara a cabo una nueva
recopilación de leyes y pragmáticas.
Esta tarea fue llevada a cabo por diversos juristas hasta que, por fin, fue finalizada por
Bartolomé de Atienza en tiempos de Felipe II.
La Recopilación de las leyes destos reynos o la Nueva Recopilación, fue promulgada en 1567.
Escrita sobre la base del Ordenamiento de Montalvo, corregido y aumentado con las disposiciones
posteriores, consta de casi cuatro mil leyes dispuestas en nueve libros. En las ediciones
posteriores, la Nueva Recopilación recoge las leyes que se van promulgando, insertas según su
contenido en el libro y título correspondiente.
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La Nueva Recopilación es el gran cuerpo legal de los siglos XVII y XVIII y fue sucesivamente
enriquecida por las disposiciones que se iban dictando. Sin embargo, en el s. XVIII se vio que la
obra resultaba insuficiente, resultando tan evidente que hasta particulares ofrecieron sugerencias
y proyectos.
La tarea de completar la Nueva Recopilación resultó también promovida a finales del s. XVIII
desde instancias oficiales. En la época de Carlos III, el Consejo de Castilla comisionó al penalista
Lardizábal para que formara un suplemento con las disposiciones dictadas desde 1745.
C) LA NOVISIMA RECOPILACIÓN
La necesidad de disponer de un cuerpo legal actualizado llevó a Carlos IV a encargar a Reguera
Valdelomar, la realización de otro suplemento a la Nueva Recopilación. Reguera aprovechó los
materiales de Lardizábal y los de la Junta de Recopilación y presentó su suplemento en 1802, pero
como un proyecto distinto al encargado. Se trataba de un proyecto para la Novísima Recopilación
de las Leyes de España, que habría de constituir un cuerpo metódico de legislación, con cuyo fácil
estudio y el de las Siete Partidas, se adquiriese la ciencia necesaria para la administración de
justicia. El plan fue aprobado y una real cédula de 1805 promulgaba la Novísima Recopilación de
las Leyes de España.
La Novísima Recopilación consta de doce libros, divididos en títulos y leyes, con un amplio y
útil índice final por materias y disposiciones. La obra no dio cabida a ninguna cláusula derogatoria,
lo que significó que la Nueva Recopilación siguiera vigente, aplicándose en defecto de la Novísima.
El gran defecto de la Novísima Recopilación fue reiterar el tradicional sistema compilador
cuando ya se había publicado en Francia el Código Civil Napoleónico. Además, la Novísima abundó
en insuficiencias y contradicciones.
II. Las Recopilaciones en los restantes territorios
A) VASCONGADAS
Durante la Edad Moderna, se procede en Álava a recopilar las ordenanzas y textos relativos a
la Hermandad de ciudades y villas. Se forma así un Quaderno de las leyes y ordenanzas de la
Hermandad de Álava, que contiene las ordenanzas de 1463, el privilegio de contrato de 1332 y
otras varias cédulas y provisiones reales. La obra fue objeto de sucesivas ediciones, que recogen
nuevo material jurídico.
En 1697 aparece la Nueva Recopilación de los fueros, privilegios, buenos usos y costumbres,
leyes y ordenanzas de la muy leal provincia de Guipúzcoa, que contiene los preceptos reguladores
de la Hermandad y algunos otros relativos a temas económicos y a derecho procesal y penal. En
1758 fue completada con un Suplemento.
En Vizcaya, las insuficiencias del Fuero Viejo conducen a que la Junta General del Señorío
apruebe una nueva redacción del texto. Según el orden de prelación de fuentes del Fuero,
privilegios, franquezas y libertades del Señorío de Vizcaya, habrán de aplicarse en primer lugar sus
propias leyes y subsidiariamente las de Castilla.
B) ARAGÓN Y NAVARRA
La nota distintiva de las recopilaciones aragonesas fue la fidelidad a los textos, que suelen ser
recogidos por puro orden cronológico, sin fragmentación ni fusiones. El proceso se inicia con la
edición conjunta de las dos grandes fuentes de fueros y observancias. En 1547, las Cortes de
Monzón ordenan elaborar un texto sistemático, lo que da lugar a la aparición de los Fueros y
Observancias del reino de Aragón, catalogado en tres cuerpos distintos. El primero recoge los
fueros viejos y nuevos que se consideran vigentes. El segundo repite las Observancias de Díez de
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Aux y el tercero reúne los fueros en desuso. En ediciones posteriores se agregan los fueros
promulgados en Cortes.
En Navarra, las recopilaciones o bien son hechas a instancias de las Cortes, o surgen de otra
forma e incluyen disposiciones del rey. En 1528, las Cortes de Pamplona propusieron reducir en
un solo volumen el derecho local y territorial del reino, el Fuero Reducido, que sirve hoy para
interpretar el Fuero General.
A mediados del s. XVI se publicaron las Ordenanzas Viejas por encargo del Consejo, donde se
recopiló el derecho vigente.
En el s. XVII se forman en Navarra cuatro compilaciones que no logran carácter oficial, y una
quinta que sí lo obtiene. No tuvieron carácter oficial:
‐ Recopilación de Armendáriz (1614)
‐ Recopilación de los Síndicos (1614), que recogía la legislación del siglo transcurrido desde
la incorporación de Castilla
‐ Ordenanzas u Ordenanzas nuevas (1622), integradas por legislación real
‐ Repertorio (1666), que contiene los extractos de los cuadernos de Cortes
Carácter oficial tuvo la Nueva Recopilación de Chavier, que redujo a un cuerpo legal el Fuero
General, el amejoramiento de 1330 y la legislación de las Propias Cortes.
Al iniciarse el s. XVIII, las Cortes navarras comisionaron a Joaquín Elizondo para que reuniera
la legislación dictada por la asamblea con posterioridad a la Recopilación de los Síndicos. Ésta fue
conocida como Novísima Recopilación y estaba dividida en cinco libros y tenía casi dos mil leyes.
C) CATALUÑA, MALLORCA Y VALENCIA
La historia del derecho público catalán alcanza hasta 1716, fecha en que el decreto de Nueva
Planta suprime las Cortes e interrumpe el proceso jurídico autóctono. Desde entonces se aplica
en primer término ese texto, y en su defecto, el derecho castellano. Sólo en las cuestiones de
derecho privado, penal y mercantil entra en juego el ordenamiento catalán.
Hasta entonces se había producido un proceso de unificación de doble signo. Por un lado, la
extensión de los derechos locales de unos lugares a otros origina una cierta homogeneización en
los ordenamientos de villas y ciudades. Por otro lado, la influencia y peso del derecho general de
las Cortes lo aproxima a la vida práctica. Se llevan a cabo tres recopilaciones oficiales:
‐ La primera recopilación surge a instancias de una petición de las Cortes de Barcelona de
1413. Piden que los Usatges, constituciones y capítulos de Corte sean traducidos del latín
al catalán y que el texto quede ordenado de forma sistemática. Los distribuyen en diez
libros y los vierten a la lengua popular. En 1495 Fernando el Católico publica la obra con el
añadido de la legislación posterior de las Cortes, de las Costumbres Generales de Cataluña
y de las Commemoracions.
‐ La segunda recopilación aparece en el bienio 1588‐1589 con el título de Constitucions i
altres drets de Cathalunya. Una comisión de seis personas elaboran una obra en tres libros:
el primero incluye las constituciones y los Usatges, el segundo se consagra al derecho regio
y al municipal de Barcelona y el tercero contiene disposiciones y materiales caídos en
desuso
‐ La tercera recopilación es una actualización de la segunda. Las Cortes de Barcelona
ordenan que la segunda vuelva a editarse, completada con otros capítulos y constituciones
En Mallorca se llevan a cabo diversas compilaciones, entre las que destaca la Recopilació de
les Franqueses i Dret municipal de Mallorca. Esta obra consta de dos volúmenes: el primero
dividido en cinco libros y éstos en 85 títulos que dan cabida a 386 capítols, y el segundo del que
solo se llegó a elaborar el índice. Esta Recopilación no recoge todo el derecho de Mallorca.
La primera recopilación mallorquina autorizada fue Ordinacions y sumari dels privilegis,
consuetuts y bon usos del regne de Mallorca. Agrupa una serie de textos muy diversos, desde
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preceptos medievales sobre pleitos, notarios o tráfico mercantil hasta otros modernos relativos
a ordenanzas de la Audiencia, sistema de gobierno, etc.
En Valencia contamos con dos recopilaciones, de carácter cronológico y sistemático. La
primera aparece en 1482 como Furs e ordinacions fetes per los gloriosos reys de Aragó als
regnicols del regne de Valencia, y reunía los fueros desde 1283 hasta 1446. La segunda es Fori
regni Valentiae, que está ordenada por materias, con una distribución semejante a la del Código
de Jaime I. Añade los fueros posteriores a la compilación anterior e incluye un volumen de
disposiciones, como fueros, actos de corte y pragmáticas que encajaban en la anterior
recopilación.
III. Las Recopilaciones en Indias
A) DERECHO CASTELLANO, DERECHO INDIANO Y DERECHO INDIGENA
La decisión de trasplantar el derecho castellano a Indias se adopta con anterioridad al
Descubrimiento, al entenderse que las tierras por descubrir recibirán la organización de Castilla.
Los españoles que acuden allí son castellanos y se rigen por su propio derecho y una real cédula
califica a los indios de vasallos libres como los labradores de Castilla. El proceso colonizador
muestra que el derecho castellano resulta inadecuado o insuficiente para regular las nuevas
situaciones, con una población de cultura muy distinta y unos territorios de diferente naturaleza.
Surge así la necesidad de producir un derecho propio para las Indias, es decir, un derecho indiano,
el cual aparece como derecho especial.
El derecho indiano se dicta desde España o desde América. En el primer caso, mediante leyes
de las Cortes de Castilla, a través de pragmáticas o leyes dadas directamente por los reyes y, sobre
todo, haciendo uso de mandamientos de gobernación en textos como provisiones, cédulas,
instrucciones y cartas reales. En el segundo caso, el derecho indiano lo constituyen las
disposiciones de las autoridades españolas residentes en el Nuevo Mundo. El panorama jurídico
se completa con los derechos indígenas de estirpe prehispánica, de desigual entidad según
corresponda al desarrollo de los pueblos.
En la aplicación de las normas tuvo carácter prioritario el propio derecho indiano, utilizándose
en su defecto el derecho de Castilla. A partir de 1614, las leyes dirigidas a las Indias necesitan de
la aprobación del Consejo de Indias. Sin ese refrendo, las autoridades pueden acogerse a la
fórmula de obedecer pero no cumplir. En la práctica, había mucha diferencia entre lo que se
conocía en la metrópoli de los problemas y la realidad en si misma, lo que revalorizó el papel del
derecho indiano criollo frente al dictado desde España para América. Sucedió además que esos
problemas fueron muy distintos según los territorios y las circunstancias, contribuyendo ello
también a incrementar la actividad normativa de las autoridades de cada región y la misma
tolerancia del derecho consuetudinario. Por último, no todas las disposiciones dadas aquí para las
Indias fueron suficientemente conocidas ni posteriormente aplicadas y la multitud de
disposiciones dictadas por varias instancias provocaron la necesidad de recopilar las leyes y
restantes normas.
B) LOS PRIMEROS TRABAJOS RECOPILADORES
Mediado el s. XVI, el fiscal del Consejo de Indias aconseja a este organismo y al rey la
conveniencia de juntar e imprimir las distintas cédulas y provisiones. En 1563, aparece un libro,
el Cedulario, preparado por Vasco de Puga, donde se reúne las disposiciones referentes a Nueva
España desde 1525 hasta la fecha. El Cedulario de Vasco de Puga es una mera colección que
reproduce íntegros los textos por orden cronológico.
El gran número de disposiciones dictadas por el consejo de Indias había producido confusión
y es necesario que el Consejo conozca y ordene las disposiciones dictadas por o a través de él, por
lo que encarga a Juan López de Velasco que forme un índice o sumario a base de los registros. El
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texto, que no fue impreso, no fue propiamente una recopilación, sino un repertorio de extractos
de las disposiciones dictadas desde el Descubrimiento hasta la fecha de la conclusión de la obra.
C) JUAN DE OVANDO Y SU PROYECTO DE CÓDIGO
Juan de Ovando fue un intelectual cacereño familiarizado con los problemas indianos en los
años centrales del s. XVI. Por su conocimiento de las Indias, Ovando es designado para que visite
el Consejo de Indias y haga una indagación a fondo de la administración del mundo americano y
del funcionamiento del propio organismo, y proponga luego los remedios oportunos.
Las conclusiones de Ovando fueron desalentadoras, ya que descubrió que el Consejo no sabía
las cosas que pasaban en las Indias para poder legislar y que ni en el Consejo ni en las Indias se
conocían las leyes que habían de regir en aquellas tierras.
Parecía claro que la tarea fundamental debía consistir en ordenar la ingente cantidad de
normas existentes y sentar las bases de un gobierno coherente y eficaz.
Ovando se unió a López Velasco, que había realizado el primer registro, para el trabajo. López
de Velasco trabaja para ordenar por materias los extractos formados antes. Sin modificar su
redacción primitiva, distribuye los sumarios en siete libros sobre gobernación espiritual,
gobernación temporal, justicia, república de los españoles, república de los indios, hacienda y
navegación y contratación. La obra no se publicará hasta nuestro siglo y es conocida como la
Copulata de leyes de las Indias.
La Copulata no constituye una recopilación de leyes de las Indias, sino que es un índice
sistemático de ellas, dividido en libros y títulos. Fue redactada en 1568 y completada luego con
una reseña de las disposiciones de los dos años siguientes. La autoría es confusa. Según Schäfer,
la autoría de la obra corresponde a Ovando; según Peña, la autoría corresponde a López de
Velasco con la ayuda de Ovando y según Juan Manzano, quién concibió la idea fue Ovando y la
ejecución correspondió a López Velasco.
A partir de ese momento, Ovando elabora un proyecto de código a base de lo contenido en la
obra anterior y de la experiencia acumulada en la visita. El código constará de siete libros. Una
vez redactados el primero y el segundo, no obtuvo la aprobación papal ni la sanción regia, lo que
provocó que no se publicase la obra. Algunos títulos se separaron de la obra principal y fueron
promulgados como ordenanzas independientes. La muerte de Ovando supuso el fin del proyecto.
D) EL CEDULARIO DE ENCINAS
Con la muerte de Ovando, algunos intentaron recopilar los textos de distintos territorios, sin
éxito. En 1582, el Consejo volvió a insistir sobre el tema de la recopilación, comisionando a Diego
de Encinas.
Encinas trabajó durante 12 años y realizó una obra en cuatro volúmenes que se publicó en
1596. Su Cedulario contiene, en las dos terceras partes, reales cédulas y provisiones copiadas
íntegramente, y recoge una larga serie de textos heterogéneos. Esta obra resulta fundamental
para el conocimiento del derecho indiano del s. XVI.
E) LA RECOPILACION DE 1680
1. Antecedentes, elaboración y contenido
En los ochenta primeros años del s. XVII, se diferencian tres etapas desde la óptica
recopiladora:
‐ La primera registra el trabajo del abogado Diego de Zorrilla, los inicios de Rodrigo de Aguiar
y el proyecto de Juan de Solórzano.
‐ La segunda se centra en la labor de León Pinelo y en la publicación de la obra de Rodrigo
de Aguiar
‐ La tercera conduce a la Recopilación de las leyes de Indias, en 1680
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En 1603, el Consejo requiere a Diego de Zorrilla, con larga experiencia por los años vividos en
Quito, que recomponga la colección de textos del Cedulario y la transforme en una recopilación
rigurosa. Zorrilla elaboró en su obra nueve libros, pero el proyecto no fue aceptado.
Esto rebajó las aspiraciones del Consejo de Indias, que tal vez se contentaba con los sencillos
sumarios que se realizaran en vez de una gran recopilación. Un consejero, Aguiar, se aplica a la
tarea de recopilar en su tiempo libre, por lo que van pasando los años. Mientras tanto, Juan de
Solórzano elabora en Perú un nuevo plan y redacta su primer libro, que remite a España, y por
el que recibe una respuesta que le dice que el Consejo ya está haciendo lo mismo que él.
En 1632, llega a España procedente de Perú León Pinelo, que dirige al Consejo un Discurso
sobre la importancia, forma y disposición de la Recopilación de leyes de las Indias, texto que
puede ser considerado como el inicio del gran proceso recopilador que finalizará medio siglo
después. Pinelo propone un plan y da cuenta de los trabajos ya realizados por él en Lima. Aguiar
lo acoge como ayudante suyo y posibilita que Aguiar publique la primera parte de sus Sumarios
de las Recopilaciones, tras lo cual fallece.
El proyecto de Pinelo, que actúa como único recopilador oficial, es revisado y perfeccionado
por el consejero Solórzano. Se entrega al Consejo de Indias y éste lo aprueba en 1636. Pero esta
importante obra, compuesta por nueve libros, no obtiene la sanción real ni llega a ser impresa.
La muerte de Pinelo en 1660 impulsó al Consejo a solicitar del rey que se concluyese el
proceso recopilador. A raíz de esto, se constituye una junta en la que desempeña un papel
principal Jiménez Paniagua, quien asume el protagonismo de los trabajos y en 1680 se promulga,
al fin, la Recopilación de leyes de las Indias.
Tras diversas investigaciones, se ha constatado que la fuente principal de la Recopilación de
1680 es la obra de Pinelo.
La Recopilación de 1680 consta de nueve libros con más de cinco mil leyes, algunas
redactadas de nuevo. El número de leyes posteriores a 1660 recopiladas es muy escaso. La
Recopilación se promulgo con carácter general, quedando abolidas aquellas leyes que fueron
compiladas.
2. Los Comentarios
La Recopilación supuso contar con el cuerpo legal perseguido durante tanto tiempo. Pero
este tipo de obras envejecen con rapidez, debido al derecho nuevo que se sigue promulgando.
En el caso de las Indias, por la proliferación de normativas y disposiciones, el problema de la
insuficiencia de la Recopilación debía abordarse pronto.
Se planteó resolverlo por tres vías. De una parte, mediante comentarios y notas que
recogieran las adiciones y concordaran o glosaran los textos. De otra parte, intentando
simplemente compilar en un libro distinto las disposiciones posteriores. Finalmente, algunos
juristas realizan colecciones privadas.
Los comentarios y glosas a la Recopilación se iniciaron casi de inmediato, ya que el virrey de
Perú ordenó a dos juristas que ilustraran las leyes recopiladas. El primero de ellos, el Marqués
del Risco, realizó las Observaciones theopoliticas, de contenido muy variado. A su vez, en Chile,
Juan del Corral prepara bajo la protección del Consejo de Indias unos Comentarios.
F) EL PROYECTO DEL NUEVO CÓDIGO
La copiosa legislación posterior a 1680 dejó anticuada la Recopilación, lo que llevó al Consejo
de Indias a solicitar a Carlos III la adición a ese cuerpo legal de los nuevos textos. El rey ordena a
dos juristas, Serrador y Ansótegui, que formen un Nuevo Código de Leyes de Indias. Los trabajos
preparatorios debían pasar examen de una Junta de Leyes y el posterior dictamen del Consejo.
Marginado Serrador, Ansótegui elabora un primer volumen sobre materias eclesiásticas. La
Junta de Leyes reconstruye y prepara ese primer libro, que es promulgado por Carlos IV en 1792.
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Interrumpida la tarea en los años siguientes, Fernando VII vuelve sobre el proyecto y
constituye en 1818 una comisión para que prosiga el trabajo. La crisis política de 1820 y la
supresión del Consejo de Indias provocaron el abandono del proyecto.
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LECCIÓN 5ª: TEORÍA Y PRÁCTICA: MONARQUÍA Y CORTES EN LA EDAD
MODERNA
I. Monarca y Estado
A) EL ESTADO MODERNO
1. Naturaleza y fines del Estado
El Estado moderno es la estructura política que, a partir del Renacimiento, encarna la
organización del poder en los países occidentales europeos. Aparece como la institución que
ostenta la exclusiva legitimidad del poder público y surge cuando concurren en la práctica una
serie de factores:
‐ Administración centralizada
‐ Sistema burocrático
‐ Proyección exterior mediante diplomacia estable
‐ Ejército permanente
En su desarrollo histórico a lo largo del Antiguo régimen, el Estado absoluto ha pasado por
tres etapas sucesivas:
‐ La de génesis o formación, desde los orígenes hasta la mitad del s. XVI
‐ La del absolutismo, caracterizada por los problemas de controversias doctrinales,
movimientos sociales y guerras religiosas, que se extiende hasta mediados del s. XVII
‐ La del absolutismo maduro, que va desde la segunda mitad del s. XVII y todo el s. XVIII.
El Estado es una creación del monarca. Igual que la “majestad” define la preeminencia del
rey, la misma condición de supremacía caracteriza al Estado. Esta supremacía arranca de la
interpretación del origen divino del poder real. Los reyes son vicarios de Dios para ejercer en el
mundo su poder.
El rey no reconoce superior, por ello, está facultado para declarar la guerra y para impartir
justicia ente los súbditos sometidos a su autoridad. En esta supremacía estriba precisamente la
soberanía, siendo soberano aquel príncipe que después de Dios no reconoce superior.
El fin genérico del Estado es la consecución del bien común, lo que significa proteger la
religión y la fe, hacer cumplir el derecho y mantener la paz. La defensa de lo religioso no viene
dado sólo por el argumento que el poder y la comunidad proceden de Dios, sino por la convicción
que el orden social depende que se adecúe a la moral cristiana. En consecuencia, salvaguardar
la religión constituye un objetivo primordial del Estado, asegurando así su propia supervivencia.
En España, los intereses políticos se supeditan a la tutela y mantenimiento de la fe, y el
Estado, en función de eso, adopta decisiones y acomete empresas. Ejemplo de ello es la
controversia sobre la licitud de la presencia española en América, la política internacional de
Carlos V durante la Reforma o las inútiles guerras del s. XVII.
Al Estado le corresponde gobernar con justicia y que el derecho sea respetado, por lo que el
rey mismo jura acatar las leyes y observar el ordenamiento jurídico de los reinos. El rey debe
velar por la paz de la comunidad, tanto en la defensa ante posibles ataques, como declarando la
guerra para exigir reparación de injurias o daños.
A estos fines fundamentales, el Estado del s. XVIII abrirá otro fin más propio del espíritu de la
época, la felicidad de los súbditos.
2. La “razón de Estado”
Según Maquiavelo, la unidad, fortalecimiento y la imposición del Estado constituyen una
razón suprema, la razón de Estado, a la que se subordinan todas las demás. Se justifica por sí
misma y debe guiar el comportamiento del príncipe que quiera gobernar con fortuna.
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Esta tesis generó gran controversia entre el pensamiento político europeo.
Desprovista de connotaciones morales, la expresión razón de Estado, que resume el
pensamiento de Maquiavelo, penetró en los teóricos españoles para simbolizar la
racionalización de la conducta con fines políticos.
El maquiavelismo fue objeto de permanentes censuras durante los s. XVI y XVII.
B) EL PODER REAL Y EL ACCESO AL TRONO
1. Soberanía y absolutismo
La soberanía supone potestad absoluta y, por consiguiente, la inexistencia de cualquier poder
superior.
¿No está sujeto entonces el rey a las leyes de la comunidad que él dirige? La respuesta
afirmativa conduce a la figura del “príncipe desvinculado de las leyes”, característica del
absolutismo estricto.
De toda formas, la Escuela Jurídica española del s. XVI arbitró una solución conciliadora entre
absolutismo monárquico y el propio imperio de la ley, defendiendo la necesidad que el príncipe
se sujete a la ley para que el poder no degenere en tiranía. Las razones que justifican esta
interpretación fueron dos:
‐ Pese a su supremacía, el rey forma parte de la comunidad, por lo que la ley que rige a la
comunidad le vincula también a él.
‐ La ley es a su vez concreción de un orden superior que tiene a Dios como punto de
referencia, y el rey sí depende de ese poder divino.
La concepción rigurosa de la soberanía en Europa lleva consigo la admisión de ese principio
del rey desvinculado de las leyes. Sánchez Agesta destaca la diferenciación entre la potestad
absoluta, que desvincularía al rey de las leyes en los casos graves y excepcionales, y soberanía
propiamente dicha, que supone esa desvinculación con carácter normal y permanente.
La soberanía entraña la potestad de gobernar, el poder de declarar la guerra o firmar la paz,
la potestad legislativa, la administración de la justicia y la facultad de dispensar el cumplimiento
de las normas, siempre y cuando medie justa causa y la excepción tenga lugar a favor del bien
común.
2. La sucesión en la Corona: la Ley Sálica y la Pragmática Sanción
Hasta el s. XVIII, la sucesión de la Corona se rigió por las normas de derecho castellano fijadas
en las Partidas. Según estas normas, la corona se transmite a los descendientes legítimos del
monarca del rey difunto, prefiriéndose los varones a las mujeres y los de mayor a menor edad.
En caso que no haya descendientes, heredan los padres, y si éstos no viven, entran en juego por
línea colateral los hermanos del rey que ha fallecido. Se admite el derecho de representación,
es decir, la transmisión a los descendientes del derecho al trono del heredero que muere sin
reinar.
En 1713, las Cortes promulgan a instancias de Felipe V una ley, llamada Ley Sálica, que deroga
el anterior régimen sucesorio y otorga preferencia absoluta a la rama masculina, estableciendo
un minucioso sistema sobre las base de los derechos de primogenitura y representación.
Tal sistema no sirvió de nada y Felipe V fue el primero en incumplirlo. En 1789, las Cortes
solicitaron la derogación y el restablecimiento de la ley de Partidas que había regido con
anterioridad. La Pragmática Sanción, que fue la ley que derogó la Ley Sálica, no fue promulgada
por orden de Carlos IV y se guardó sobre ella un absoluto secreto. Finalmente, se publicó en
1830.
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II. El poder y su ejercicio
A) LAS LIMITACIONES TEÓRICAS: TIRANÍA Y DERECHO DE RESISTENCIA
Los excesos y abusos pueden convertir al rey en un tirano, justificando así el derecho de
resistencia a la opresión e incluso la posibilidad de dar muerte al tirano.
Como sucedió en tiempos pasados, tirano puede ser quién se hace con el poder sin justo título
y logra imponerse por la fuerza. En el Estado moderno, es tirano quien ejerce el poder
abusivamente, y en consecuencia, domina a los súbditos. Los atropellos no sólo consisten en actos
físicos vejatorios, sino en conculcar las leyes en primera instancia.
El padre Mariana distingue dos tipos de leyes:
‐ Las que corresponden a la competencia del rey, quien en consecuencia puede alterarlas o
revocarlas
‐ Las que son fruto de la comunidad, las cuales no pueden ser cambiadas sin el
consentimiento de los súbditos
Si el rey vulnera estas últimas, queda convertido en tirano.
Ante la opresión real sobre la religión o los derechos fundamentales, los autores manifiestan
que los súbditos tenían tres tipos de soluciones, según su grado de beligerancia:
‐ Algunos consideran que el déspota es un castigo de Dios a los pecados del pueblo,
procediendo a la resignación.
‐ Otros consideran que hay que incumplir lo que por torpe no debe ser cumplido y, si es
posible apelar a otra instancia, como el Papa.
‐ Algunos autores defienden, si la opresión es irremediable, la legitimidad de la rebelión e,
incluso, dar muerte al tirano.
B) LA OPOSICIÓN EN LA PRÁCTICA: MOVIMIENTOS POLÍTICOS Y SOCIALES
1. Comunidades y Germanías
El movimiento de las Comunidades de Castilla de 1520 fue el resultado de muy diversas
causas políticas y sociales. El agravio castellano por la prepotencia de los personajes flamencos
traídos por Carlos V llegó al extremo con la designación de uno de ellos como regente cuando el
rey salió del país ese año. Carlos V había sido elegido emperador del Sacro Imperio Romano
Germánico, con lo que los intereses imperiales se antepusieron a los castellanos y se exigió que
Castilla financiara los numerosos gastos de esa política.
La oposición toma cuerpo y, tras la partida de Carlos V, se organiza la llamada Junta Santa,
compuesta por delegados de ciudades y villas, que defiende las pretensiones comuneras. La
Junta se instala en Tordesillas, radicaliza sus posiciones y estalla la guerra.
En diciembre de 1520, la Junta es expulsada de Tordesillas por el ejército imperial y en abril
de 1521 las tropas comuneras son derrotadas. Al regresar Carlos V, ejecuta a algunos comuneros
pero concluye con un perdón casi general.
Esta revuelta se ha interpretado de manera distinta por la historiografía moderna. Existen
diversas interpretaciones y éstas son las principales:
‐ Lo que sucedió en Castilla fue una auténtica revolución política y, tal vez, la primera
revolución moderna. Resultó prematura porque intentó hacerse con el poder una
burguesía que aún era débil, ya que sólo pudo formar un ejército de infantería.
‐ Las Comunidades agruparon a la burguesía industrial donde existía, frente a la burguesía
mercantil y la nobleza, cuyos intereses eran mutuos por aprovecharse del comercio lanar.
Un sector campesino aprovechó la oportunidad para unirse y defender su liberación de las
servidumbres señoriales.
‐ La revolución representó el descontento del centro castellano frente a los territorios
periféricos.
28
‐
Políticamente, las Comunidades pretendieron limitar los poderes del monarca y de la
aristocracia, en beneficio de las ciudades y de su representación en Cortes, organizando un
gobierno de las clases medias burguesas
‐ La revolución se inicia desde una plataforma urbana, con motivaciones fiscales y
nacionalistas, pero desemboca luego en un gran movimiento antiseñorial
En Valencia y Mallorca, las contiendas de las Germanías, o hermandades de menestrales,
aparecen como un movimiento estrictamente contemporáneo al comunero. En Valencia, la
lucha se plantea, por un lado, entre los artesanos agermanados y las élites gremiales, luchando
por el monopolio del mercado y por el proteccionismo municipal. Por otro lado, entre los
campesinos oprimidos y la aristocracia terrateniente. Los agermanados reivindicaron y
consiguieron un cierto poder municipal, creando luego un poder paralelo. El líder de la
Germanía, Juan Llorens, pretendía instaurar una constitución republicana, como las de Venecia
y Génova. Tras adueñarse de Valencia, los agermanats fueron derrotados, concluyendo la
revuelta con una verdadera masacre humana.
Las Germanías, como las Comunidades, han tenido un tratamiento historiográfico variables
según el tiempo y los autores. Dada la coincidencia en el tiempo, puede pensarse que ambos
movimientos estaban relacionados o que, como parece más cierto, se trataba de movimientos
inconexos e independientes. Lo cierto es que, en uno y otro caso, las clases urbanas provocaron
la insurrección, pero los objetivos fueron bastante distintos: más políticos los comuneros y más
sociales en los agermanats.
2. Las rebeliones andaluzas
Las dos rebeliones andaluzas de las Alpujarras tuvieron un carácter fundamentalmente racial
y religioso. La primera se produjo a finales del s. XV y fue consecuencia del giro de agresividad
que el cardenal Cisneros dio a la política religiosa con los moros, quebrando así la etapa de
tolerancia anterior. El desasosiego por las conversiones en masa fue acallado, pero ni la
pragmática de expulsión de 1502 ni el consentimiento a que se incumplieran ciertas normas que
prohibían a los moriscos a usar sus ropas y practicar sus costumbres, consiguieron impedir un
creciente resentimiento en los conversos. Medio siglo más tarde, estalló la segunda rebelión,
motivada por factores económicos, la acritud de la Inquisición y un decreto que impuso a los
moriscos el aprendizaje del castellano, prohibiéndoles hablar, leer o escribir en árabe, y
obligándoles a abandonar sus ropas y costumbres. La rebelión tardó dos años en ser sofocada,
que acabó con la expulsión de los moriscos
3. La insurrección de Aragón
El alzamiento de Aragón se produjo durante el reinado de Felipe II. Tuvo dos claves
principales: la pretensión del rey de nombrar un virrey extranjero y las maniobras del secretario
Antonio Pérez. En el primer caso, si bien los Fueros parecían exigir que el representante real
fuera natural del reino, Felipe II designó a una persona que no era aragonesa. Esto provocó el
rechazo de las clases dirigentes, que temían ver rota la autonomía del reino. Después del
nombramiento, aparece en Zaragoza el antiguo secretario del rey, Antonio Pérez, que estaba
enfrentado con el rey y que consiguió huir de prisión en Madrid y acogerse al derecho aragonés
de manifestación. El Justicia Mayor amparaba al secretario, por lo que se declaró hereje a
Antonio Pérez para que pudiera ser hecho prisionero por la Inquisición.
El traslado de Pérez originó que la muchedumbre atacase el palacio de Almenara, invadiese
la cárcel de la Inquisición y rescatase al secretario. El ejército real entró en Aragón y puso fin al
levantamiento.
4. La rebelión de Cataluña
A principios del s. XVII crecieron las necesidades económicas y militares del reino,
imposibilitando que Castilla pudiese afrontar todas las cargas. La atención de los gobernantes se
dirigió entonces a Catalunya, que tenía el problema del bandolerismo.
29
Siguiendo su política centralizadora, Olivares propone crear una Unión de Armas, reserva
militar de 140.000 hombres, con la que Cataluña debería contribuir con 16.000 hombres, así
como obtener una mayor aportación financiera. Aragón y Valencia se negaron a prestar
hombres, pero acordaron aportar dinero. Cataluña se negó a cualquier colaboración, lo que
provocó el enfrentamiento directo entre Cataluña y el rey.
La guerra contra Francia llevó a Olivares a instalar el ejército en Cataluña, lo que provocó aún
más tensiones con la población civil, que tenían que alojar a las tropas. Las revueltas campesinas
fueron al principio de naturaleza antiseñorial, pero la nobleza catalana supo desviar los objetivos
y centrarlos en la política que se realizada desde Madrid. La entrada en Barcelona de medio
millar de segadores, en la festividad del Corpus Christi, dio pie a graves incidentes que le
costaron la vida al virrey. Los amotinados dieron pie a una guerra separatista, la “guerra dels
segadors”, que se extendió hasta 1652. En un principio, Cataluña intentó convertirse en
república independiente, pero la presión castellana obligó a Cataluña a buscar la protección de
Francia. Pero esto empeoró el problema, ya que Cataluña fue explotada por el ejército y
comerciantes galos y recibió poca ayuda, lo que facilitó la recuperación de Cataluña por Felipe
IV, quien concedió una amnistía general y prometió respetar sus fueros y constituciones.
5. Disturbios en la España ilustrada: el Motín de Esquilache
La principal revuelta del s. XVIII tuvo como causa el rechazo a una real orden que prohibía
usar capa larga, sombrero redondo y embozo a los empleados de los servicios y oficinas
palaciegas. La algarada se inició en las calles de Madrid y los manifestantes exigían la destitución
del ministro Esquilache, a quien se le atribuía esas decisiones. Los disturbios se extendieron a
otras ciudades españolas. Carlos III cesó al ministro, que pudo escapar del tumulto y embarcó
hacia Italia.
Parece que el motín de Esquilache no fue causado realmente por la decisión sobre la
vestimenta, sino que se dieron cita múltiples factores:
‐ El descontento por la crisis económica.
‐ El apego tradicional a formas de indumentaria
‐ La reacción ante Esquilache y otros ministros extranjeros
‐ La repulsa en las provincias hacia los excesos del poder municipal y la oposición de los
estamentos sociales privilegiados.
El motín de Esquilache desbordó las características de una mera algarada y adoptó cierto
tono revolucionario.
C) LA LUCHA POR EL PODER DENTRO DEL ESTADO: LOS GRUPOS POLÍTICOS Y SUS
INTERESES
En la monarquía absoluta, el rey es la fuente única del poder, del que participan los súbditos
en función de su proximidad e influencia. Así, tuvieron un enorme poder e influencia personas
como los secretarios privados del monarca, o sus confesores y médicos.
1. Siglos XVI y XVII
El Estado absoluto no fue una construcción estática e imperturbable, con un rey
monopolizador de la autoridad y un conjunto de súbditos espectadores. Individuos y grupos
intentan participar del poder, tratan de lograr el favor del rey y se enfrentan intentando hacer
prevalecer sus puntos de vista sobre la vida pública.
En la España de Carlos V, la lucha se planteó en principio entre el grupo flamenco y sus
protegidos, y los españoles que lograron encumbrarse. Apartados los flamencos, las luchas
fueron frecuentes entre los propios sectores españoles. Por otra parte, las secuelas de la Guerra
de las Comunidades, los desajustes financieros, la presencia de los flamencos y el afianzamiento
de la Inquisición desencadenaron un sentimiento de malestar político que llevó a una oposición
a la política económica.
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En el reinado de Felipe II se enfrentan dos principales grupos políticos, liderados por el Duque
de Alba y por el Príncipe de Éboli. Ambos tratan de acaparar el favor regio y de colocar a los
suyos en los múltiples cargos de la administración. Se enfrentan también por una concepción
diferente de la estrategia política nacional. Los de Alba son belicistas, mientras el partido de
Éboli opta por soluciones pacíficas y negociadas. Ambos sectores chocan en el problema
aragonés y sobre todo en la espinosa cuestión de Flandes. Esta pugna desemboca en el asesinato
de Juan de Escobedo y la caída en desgracia de Antonio Pérez, sucesor del Príncipe de Éboli.
Al margen de la rivalidad de estos grupos, se percibe entonces la pugna de los secretarios de
Estado y los secretarios privados del rey.
En la España del XVII, la lucha por el poder es la lucha por convertirse en privado o valido del
monarca de turno. Lerma y Uceda comandan bandos en discordia en el reinado de Felipe III. La
pugna política, una vez logrado el poder, se traduce en la estrategia de defenderlo ante los
sectores que lo ambicionan.
En los años de Carlos II, don Juan José de Austria se enfrenta con el valido Nithard. Juan José
de Austria se presenta como líder del pueblo y como representante de la Cataluña postergada.
Inicia una expedición desde Cataluña hacia Madrid que representa el primer intento en la España
moderna de apoderarse desde la periferia del gobierno de la nación. Desemboca en lo que ha
sido calificado de auténtico golpe de Estado y a que la manifestación popular se utilice como
medio de presión política, ya que Nithard fue destituido por la reina madre para salvaguardar el
orden público.
2. Siglo XVIII
En la etapa inicial de Felipe V, la confrontación política se plantea entre el sector oficialista
francés y el encabezado por la princesa de los Ursinos, que pretende organizar el gobierno sobre
una base autónoma. Al consolidarse el sistema, surgirá la opción de la política internacional
como factor diferencial de los partidos de la Corte.
Con Fernando VI, la lucha por el poder se ciñe a la que protagonizan dos poderosos ministros,
Ensenada y Carvajal, y sus respectivos partidarios. Ambos cuentan con similar poder dentro del
gobierno. A la muerte de Carvajal, su lugar es codiciado por los grupos francés, inglés y austríaco,
ocupándolo finalmente el grupo inglés, lo que supone la caída de Ensenada.
La procedencia de Carlos III facilitó en la primera parte de su reinado la formación de un
influyente núcleo italiano, que contará con sus partidarios españoles. Durante la década 1766‐
1776, la lucha política se centra entre los golillas o togados y el partido aragonés, es decir, entre
los partidos “filosófico” y “militar”. El triunfo de los primeros convirtió a Floridablanca en la
figura central del Estado, mientras el líder de los segundos, Aranda, dirigía la oposición desde la
embajada española en París.
En los últimos años del siglo, las fuerzas en liza tienen un signo u otro en función de su actitud
respecto a los revolucionarios franceses. Floridablanca manifiesta hostilidad hacia ellos, en
contraste con la actitud dialogante de Aranda. Tras ser cesado Floridablanca, Aranda alcanza el
poder, aunque de manera efímera, ya que el rey otorga su confianza al último valido cortesano,
Manuel Godoy.
D) PODER REAL Y PODER SEÑORIAL
Cabría pensar que la consolidación del Estado absoluto llevó consigo el final del poder señorial.
Y esto parece refrendado por el hecho que los Reyes Católicos no toleraron el establecimiento de
nuevos señoríos. Pero la realidad muestra que los señoríos sobrevivieron, lo que plantea el
problema de las relaciones entre el poder real y el señorial, cuyo mantenimiento pudo llegar a
cuestionar la existencia de un Estado propiamente absoluto. En la monarquía de los Austrias,
persistió por motivos fiscales el proceso desintegrador del realengo. Las prácticas enajenadoras
reportaban un alivio al agobio económico de los reyes, que alegaban la necesidad del sustento
del Estado ante las quejas de las Cortes. Los monarcas obtuvieron permiso del papa para vender
pueblos pertenecientes a Órdenes Militares y a la Iglesia, a cambio de una indemnización
31
mediante juros. Ello dio origen a nuevos señoríos. En algunas circunscripciones, el señor era un
mero propietario sin facultades jurisdiccionales. En otras, las que más, el titular era a la vez señor
jurisdiccional y propietario. El poder de los señores fue especialmente fuerte en Aragón y
Valencia.
En el s. XVIII se produjo el ocaso del régimen señorial. Salvo contadas excepciones, no se
crearon más señoríos y se inició la política de reducir los existentes a través de una Junta de
Incorporación, creada por Felipe V para rescatar las rentas y propiedades de la Corona.
Si el régimen señorial persistió bajo la monarquía del Antiguo Régimen, ¿cómo se concilió el
poder de los señores con el absolutismo del Estado moderno? Hay tres respuestas para esta
pregunta:
‐ La pujanza del poder señorial imposibilitó la existencia del Estado propiamente dicho.
Mientras existió el régimen señorial no hubo en rigor Estado
‐ La consolidación de la monarquía absoluta no fue incompatible con el auge del poder
nobiliario, sino perfectamente congruente con él, porque lo que la monarquía hizo fue
garantizar la hegemonía social y económica de la nobleza. Persistió así en la Edad Moderna
un régimen feudal, resultando una especie de feudalismo centralizado.
‐ Existió desde luego un Estado absoluto, sin que la perduración de los señoríos desvirtuara
su naturaleza, aunque contribuyese a dotarlo de peculiar fisonomía.
El Estado existe no tanto en razón de la menor o mayor fortaleza de otros poderes fácticos,
sino, sobre todo, por ostentar un poder de naturaleza distinta y rango supremo, la soberanía.
E) LA DELEGACIÓN DEL PODER REGIO: PRIVADOS Y VALIDOS
Felipe III, Felipe IV y Carlos II gobiernan sucesivamente a través de un personaje principal, que
aparece en principio como privado o valido y más tarde como una especie de primer ministro.
Según Tomas y Valiente, hay dos notas características en la existencia del valido: su amistad
íntima con el monarca y la intervención directa en el gobierno de la monarquía.
En el reinado de Felipe III, los duques de Lerma y Uceda gozaron de la confianza regia y se
aplicaron en los asuntos de gobierno. El rey cedió las riendas del Estado al Duque de Lerma, quien
gobernó en solitario durante veinte años, siendo tenidas sus órdenes como si lo fueran del rey.
Lerma pierde el valimiento en 1618 y es sustituido por su hijo, el Duque de Uceda. Ambos llegarán
a firmar órdenes y documentos en nombre del rey.
Al inicio del reinado de Felipe IV, Baltasar de Zúñiga se hace cargo de los negocios del Estado,
pero no tiene la confianza del rey, que se la otorga a su sobrino, el Conde‐Duque de Olivares, que
gobierna desde 1622.
Las dificultades de la política europea, las todavía más agudas de la española y la crítica interna
hicieron dimitir a Olivares, convirtiéndose Luis de Haro en nuevo valido. Haro desempeñó el cargo
hasta su muerte en 1661. Desde entonces Felipe IV gobernó por sí mismo.
En la minoría de edad de Carlos II, la reina nombra a Nithard, un jesuita extranjero, valido.
Superado por las maniobras de Juan José de Austria, Nithard perdió la privanza, que pasará a
Fernando de Valenzuela. La caída de éste en 1677 extinguió la serie de los validos.
La mayoría de autores consideraron la institución del valido necesaria o, al menos, tolerable.
Habría que decir que el valimiento anticipa una realidad posterior de las monarquías
constitucionales: el principio de que el rey reina, pero no gobierna. Reinan Felipe III, Felipe IV y
Carlos II, pero gobiernan casi siempre los validos y quienes luego dirigen la maquinaria del Estado.
32
III. Las Cortes
El despertar del absolutismo coincidió en Europa con un declive de las asambleas representativas. Los
monarcas gobiernan con asambleas cuyos poderes varían ostensiblemente de unos Estado a otros,
aunque todas ellas desempeñaran un papel de cierto contrapeso frente a las pretensiones autocráticas
de los príncipes. Mediado el s. XVI, esas asambleas fueron cámara de resonancia de un doble fenómeno:
la insatisfacción y quejas de la aristocracia, y la oposición religiosa.
En España, los estamentos privilegiados, nobles y clero, dejaron de acudir a las Cortes y su influencia
fue sustituida por la de las oligarquías urbanas, de donde procedían los procuradores de las ciudades.
A) LAS CORTES BAJO LOS AUSTRIAS
1. Castilla
En las Cortes castellanas celebradas en Toledo en 1480 aparece el embrión del sistema de
gobierno central que dará pie al régimen polisinodial o de Consejos.
Función primordial de las Cortes fue la concesión de ayudas económicas y tributos
demandados por el rey. Eso fue lo que provocó la ruptura de la asamblea, ya que los nobles se
negaron a conceder la sisa en los impuestos sobre el consumo. Desde entonces, ellos y los
eclesiásticos abandonaron la cámara parlamentaria, que contará sólo con los representantes de
las ciudades.
Sólo 18 ciudades privilegiadas disfrutaron, en principio, de voto en Cortes, considerándolo ya
como una especie de derecho adquirido. La representación fue desproporcionada en favor de la
zona central y en detrimento de la periferia. Tras el desinterés inicial, a principios del s. XVII
ciertas ciudades que nunca habían tenido voto en Cortes hacen lo posible para incorporarse. La
razón para este interés es la misma que originó la ruina parlamentaria. El cargo de procurador
se había vuelto lucrativo y apetecible, ya que los reyes propiciaban la voluntad de los
representantes ciudadanos otorgándoles ayudas de costas, mercedes, hábitos de Órdenes y,
sobre todo, un 1,5% de los servicios económicos que ellos mismos votaban.
La voluntad de los procuradores a someterse al soborno regio les dejó sin armas ante las
pretensiones de los monarcas y sin autoridad moral ante el pueblo. Los componentes de las
Cortes de Castilla conformaron una cámara reducida en número, débil en poder y sin ánimo de
representar al pueblo en cuyo nombre hablaban. No obstante, las Cortes de Castilla no dejaron
de enfrentarse en ocasiones a exigencias inmoderadas de los monarcas y salieron en defensa
del bien común. Resistieron también el intento de Felipe II de convertir el mandato imperativo
que tenían los procuradores de las ciudades que representaban en un mandato abierto. Pero el
declive era ya inexorable y con Carlos II, la corona dejó de convocar a las Cortes, por lo que dejó
de reunirse la asamblea.
2. Corona de Aragón
Las Cortes de la Corona de Aragón conservaron por lo general la presencia de la nobleza y el
clero, y fueron asambleas más nutridas debido a que contaban con la representación de muchas
pequeñas ciudades. Por eso resultaron menos manejables para el absolutismo regio e, incluso,
se opusieron a los designios del monarca. En las Cortes de Aragón se percibe una línea constante
de autonomía, insumisión y fortaleza, a pesar que en las Cortes de Tarazona de 1592 fue
suprimida la exigencia de unanimidad dentro de cada brazo para que pudieran adoptar
acuerdos, sustituyéndola por una simple mayoría que hubo de resultar más cómoda a los reyes.
La importancia de esta reforma fue grande, ya que, si bien antes se había permitido la mayoría
en las decisiones de cada brazo, había sido de manera excepcional, mientras que ahora venía
impuesta, como regla general, por un rey vencedor. A su vez, durante la Edad Moderna, se
generalizó en las Cortes catalanas el procedimiento de insaculación para elegir a los síndicos,
mientras fue novedad en las valencianas la desaparición de la nobleza en el año 1538.
33
Las asambleas de la Corona se reunieron de dos formas. O bien por separado las de Aragón,
Cataluña y Valencia, o en convocatoria general a las que concurrían los tres parlamentos.
3. Navarra
La anexión a Castilla en 1512 supuso que Navarra se quedara sin rey propio, pero fortaleció
en cambio la entidad de las Cortes.
Las asambleas navarras estuvieron compuestas por los tres brazos: eclesiástico, nobiliario y
el popular. En nombre del monarca, el virrey convoca a la cámara y disfruta de plenos poderes
para reparar toda clase de agravios.
El objetivo prioritario de las Cortes fue la reparación de agravios y contrafueros. El agobio
centralista del XVIII ahogó su autonomía y vigor, debiendo conformarse a menudo la asamblea
con alegar ante el rey sus derechos y protestar del absolutismo ministerial.
4. Los Congresos de Ciudades en Indias
En las Indias no hubo Cortes ni sus habitantes estuvieron representadas en las de Castilla. Sí
existieron diversas juntas de ciudades en Cuba, México y Perú, en algunas de las cuáles se solicitó
la celebración de las Cortes. A esas juntas de ciudades concurrían las más importantes de cada
región para analizar problemas de interés común.
B) LAS CORTES EN EL SIGLO XVIII
Al suprimir los Decretos de Nueva Planta la organización jurídico‐pública de la Corona de
Aragón, las Cortes de Cataluña, Aragón y Valencia quedaron extinguidas, y sus procuradores se
incorporaron a las de Castilla.
Las nuevas Cortes sólo se congregaron cinco veces en todo el siglo, todas ellas en Madrid. En
la primera asamblea, se puso de manifiesto que no se trataba de unas Cortes mixtas o de carácter
integrador, sino de las Cortes de Castilla con el añadido de algunos procuradores de la periferia
rebelde y vencida.
Las Cortes del s. XVIII no plantean reparación de agravios y su competencia se limita a las
cuestiones relativas a la designación del monarca y a una concesión de servicios que también
puede obtenerse al margen de ellas. La sumisión al poder regio es absoluta.
C) LA DIPUTACIONES DE CORTES: LAS NUEVAS DIPUTACIONES
En las Cortes de la Corona de Aragón persistieron las Diputaciones, sobre la base general de
las funciones y competencias que les caracterizaron en la Baja Edad Media. En cambio,
aparecieron en el s. XVI las Diputaciones de Cortes de Castilla y de Navarra.
1. Castilla
La Diputación de Castilla nace en 1525 y su historia atraviesa tres etapas principales:
‐ La primera, durante el s. XVI, en el que el organismo administra las rentas procedentes del
encabezamiento de tercias y alcabalas
‐ La segunda, a lo largo del s. XVII, en que a las funciones anteriores se le suma la gestión del
servicio de millones
‐ La tercera, desde 1694, queda absorbida por la Cámara de Millones, encargada de las
mismas cuestiones en el seno del Consejo de Hacienda.
La Diputación castellana tenía una naturaleza esencialmente financiera y administraba los
tributos, en detrimento de otras funciones de mayor peso político.
Tomás y Valiente señala los siguientes rasgos de la Diputación de Castilla:
‐ La Diputación castellana no sólo se ciñó en exclusiva a los temas fiscales, sino que sus
componentes actuaron con codicia y en provecho de unos pocos.
‐ Careció de libertad respecto a las Cortes, adoptando un papel ejecutor. Además, fue objeto
del control de los reyes
34
‐
Al no ser eficiente, perdió la oportunidad de consolidarse como institución fiscal.
2. Navarra
La Diputación de Navarra surge en 1576, compuesta por cinco miembros que luego se
convertirían en siete. Los componentes eran elegidos por cada uno de los tres brazos entre sus
propios componentes.
La Diputación navarra constituye un organismo muy importante en la vida del reino, con
importantes y variadas competencias:
‐ Defensa del derecho: la Diputación vela por la integridad del ordenamiento jurídico navarro
y solicita del monarca la reparación de los agravios, cuya formalización alcanza el rango de
ley. Dada la amplitud de lo que se entiende por contrafuero, las posibilidades de
intervención de la Diputación eran enormes. La facultad de la reparación del contrafuero
corresponde al virrey. Además, cualquier disposición regia debía obtener el visto bueno de
las autoridades navarras a través del pase foral. En 1651, se estableció el derecho de
sobrecarta, que implicaba un control obligado del Consejo Real de esas disposiciones, sin
el cual “serían obedecidas pero no cumplidas”.
‐ Cuestiones económicas: la Diputación actúa básicamente en la recaudación y reparto de
impuestos y servicios, pero también en otras cuestiones económicas.
‐ Defensa militar, relaciones exteriores y educación: en los problemas relativos a la guerra y
al reclutamiento del ejército, está presente la Diputación. También adquiere protagonismo
en las relaciones con Francia, Roma y los restantes territorios peninsulares. La Diputación
auspicia los centros docentes del reino y defiende los derechos de los colegiales navarros
en las universidades de Castilla.
35
LECCIÓN 6ª: LA ADMINISTRACIÓN CENTRAL DE LA MONARQUÍA
HISPÁNICA
I. Caracteres generales: el oficio público
A) OFICIO PÚBLICO Y BUROCRACIA
La organización de un aparato burocráticos especializado fue característica del Estado
moderno. La estructura administrativa se hizo más compleja al potenciar el Estado su propia
actividad y aplicarla a diversos campos.
Quienes están al frente de los oficios, los oficiales, lo son cuando han recibido un título que les
acredita como tales, cuando además aceptan y toman posesión del cargo y cuando, por último,
entran a desempeñarlo. La forma de provisión de los oficios varía según el territorio: en Castilla
predomina el nombramiento regio o la elección popular, mientras que en la Corona de Aragón es
frecuente la designación por sorteo.
El Estado moderno proyecta su actividad a otros frentes, aunque pueden resumirse en los de
gobierno y justicia, que se diferencian en que a una pluralidad de objetivos correspondía la
delimitación de competencias de los órganos que habían de atenderlos.
La concepción del oficio público como servicio en favor del Estado cede a menudo ante su
carácter de beneficio para quien lo recibe y que es codiciado. A ello contribuye la concesión a
perpetuidad de ciertos oficios y el hecho de la enajenación y venta de determinados cargos
públicos.
Tomás y Valiente ha distinguido tres tipos de oficios en relación con su venta:
‐ Los oficios de poder: aquellos apetecidos más en razón de la supremacía y autoridad que
conferían que por sus propias ventajas económicas, como por ejemplo, los regidores, los
jurados y procuradores municipales.
‐ Los oficios de pluma: aquellos representados por escribanos de toda clase, tanto el notario
público como los que trabajan en oficinas de chancillería, etc.
‐ Los oficios de dinero: aquellos cuyo ejercicio conlleva el manejo de fondos de particulares
o de la Administración, y entre los que cabe contar con los tesoreros, receptores de rentas,
etc.
Y de las tres posibilidades escalonadas de enajenación: venta al comprador de un cargo que a
su muerte revierte en la Corona, venta por dos vidas o enajenación perpetua, una cédula de 1606
sancionó ésta última, al determinar que todos los oficios sujetos a venta fueran considerados
perpetuamente renunciables.
La práctica de la venta de oficios, que reportaba a la hacienda real grandes beneficios, se hizo
presente en las Indias.
B) EL CONTROL DE LA GESTIÓN: PESQUISAS, VISITAS Y JUICIO DE RESIDENCIA
En el sistema jurídico de la Edad Moderna nos encontramos con una serie de penas privativas
de derecho, tales como la inhabilitación, suspensión y pérdida del oficio. También sigue vigente
el control de la gestión de los oficios públicos que existía en la Baja Edad Media, tanto durante su
desempeño, mediante pesquisas y visitas, como al término de ellos a través del juicio de
residencia. Las pesquisas y visitas eran procedimientos de inspección ocasionales, en función de
presuntas negligencias. El juicio de residencia seguía normalmente al cese en el cargo de los
funcionarios, que quedaban obligados a residir durante cierto tiempo en el lugar para responder
de cualquier imputación y someterse a un juicio global de su gestión.
El juicio por residencia de los oficiales reales tuvo carácter público y corrió a cargo, en las Indias,
de unos jueces seleccionados por el Consejo de Indias, mientras los funcionarios nombrados por
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las autoridades indianas eran juzgados por jueces elegidos por ellas. El período de sometimiento
a examen de los oficiales reales oscilaba entre los seis meses del virrey hasta los sesenta días para
funcionarios de menor importancia. De las sentencias correspondientes cabía apelar al Consejo
de Indias.
Tal procedimiento fue garantía en las Indias de un gobierno recto y honrado en aquel mundo
alejado de la metrópoli.
La visita era, por su propia naturaleza, imprevisible. Podía limitarse a un funcionario o a
cualquier organismo, o bien extenderse a todo un territorio. El visitador de funcionarios reales
fue designado por el Consejo y dispuso de amplios poderes para cualquier tipo de indagaciones.
Los juicios por residencia y las visitas presentan numerosas similitudes, diferenciándose ambas
instituciones en:
‐ El uso facultativo por parte de la Corona de uno u otro sistema
‐ El hecho que la visita tiene lugar mientras el funcionario está desempeñando sus tareas,
mientras que el juicio por residencia se produce una vez cesado en el cargo
‐ En el carácter cerrado y secreto de la visita, donde no existe posibilidad de suplicación,
mientras que el juicio por residencia es de carácter público y se puede apelar la decisión.
II. La Administración Central
A) SIGLOS XVI Y XVII: EL RÉGIMEN DE CONSEJOS
A principios del s. XVI surge el problema de institucionalizar la monarquía, es decir, que el
Estado disponga de órganos propios y generales de administración y gobierno. Es preciso que la
monarquía cobre entidad administrativa autónoma.
La institucionalización se plasma en el llamado régimen polisinodial, que articula la
administración central en una red de organismos colegiados, los Consejos, heredados algunos de
la etapa anterior y creados otros nuevos. Los Consejos están compuestos por un presidente,
varios consejeros, secretarios y personal subalterno. Asesoran al rey en los asuntos de su
competencia y disfrutan de atribuciones legislativas, administrativas y judiciales. Para agilizar el
régimen de despacho, los reyes constituyen desde el s. XVI numerosas Juntas, bien en razón de
necesidades puntuales o por la importancia de determinados asuntos.
A la ordenación del sistema de Consejos se llegó por las siguientes vías:
1) Por el mantenimiento de los Consejos de la Baja Edad Media de los reinos
2) Por la segregación, como entidades autónomas, de lo que antes habían sido meras
secciones de esos Consejos (del Consejo de Aragón se desprende el de Italia, del de Castilla
el de Indias, etc.)
3) Por la creación de organismos nuevos para hacer frente a la expansión territorial de la
monarquía, por la conveniencia de tratar de manera autónoma determinadas materias en
algún reino o en la totalidad del Estado.
En general, cabe advertir dos tipos de Consejos, según su competencia: material, en asuntos
precisos, o territorial, con atribuciones globales en su territorio.
Los Consejos se pueden clasificar en cinco categorías distintas:
1) Los competentes en toda la monarquía
2) Los de gobierno de distintos territorios
3) El de Navarra
4) Los de Cámara
5) Los aplicados primariamente a la administración de la Corona de Castilla
Todos estos Consejos, excepto el de Navarra, tuvieron sede en la Corte.
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1. Consejos con competencia sobre toda la Monarquía
Son los de Estado, Guerra e Inquisición. El Consejo de Estado es el organismo central de la
monarquía, representa su institucionalización y constituye el supremo órgano asesor del
monarca, que es su presidente. Estuvo compuesto principalmente por nobles y prelados de alto
rango. Su competencia se centró en los asuntos más graves de interés común, entre ellos la
política internacional y otras cuestiones de índole económica. Fue creado en 1521 y
reorganizado en 1526 para dar entrada y poder a los personajes castellanos.
El Consejo de Guerra fue paralelo al de Estado y tuvo también como presidente al rey. Al
Consejo de Guerra correspondió la propuesta de los mandos militares, construcción de
fortificaciones, fábrica de armas, etc., y, en general, los asuntos bélicos de la monarquía. Contaba
con dos Secretarías, de Mar y de Tierra y estuvo formado por los propios miembros del de Estado
y algunos militares de alta graduación.
El Consejo de la Inquisición, más conocido como la Suprema, es el órgano central del
gobierno del Santo Oficio y representa la estatalización de la actividad inquisitorial. La Suprema
surge en 1488. La importancia del Consejo fue inversamente proporcional a la de su presidente,
el Inquisidor general. La Suprema ejerció un severo control sobre la estructura de todos los
tribunales inquisitoriales inferiores.
En la historia inquisitorial, el Inquisidor General fue primero y el Consejo vino después. El
Inquisidor General era nombrado por el papa, mientras el Consejo era un órgano de gobierno
de la monarquía. El Inquisidor General era cabeza y representación de la Inquisición en su
conjunto, de manera que sin él, el tribunal dejaba de existir.
2. Consejos de gobierno de los diversos territorios
Son los de Castilla, Aragón, Indias, Italia, Portugal y Flandes.
El Consejo de Castilla aparece como el Consejo Real por excelencia, ocupando un primer
lugar en la escala jerárquica de los Consejos. Disfrutó de importantes funciones administrativas,
judiciales, como Tribunal Supremo, y legislativas, tanto por vía indirecta recogiendo las
peticiones de las Cortes y redactando leyes, como por vía directa de los autos acordados. Su
presidente fue una figura central en la vida del Estado.
El Consejo de Aragón estuvo compuesto por siete personas: un vicecanciller como
presidente, cinco consejeros llamados regentes y otro que era el tesorero general de la Corona.
El vicecanciller y los regentes debían ser letrados. Siguió en rango al Consejo de Castilla.
El Consejo de Indias fue establecido en 1524. Su excepcional importancia disminuyó en el
reinado de Felipe II o cuando la administración financiera de las Indias le fue arrebatada en favor
del Consejo de Hacienda. Formaron parte de él consejeros togados y de “capa y espada”. El
Consejo de Indias sufrió importantes reformas en los años finales del s. XVII.
De los asuntos italianos se hicieron cargo hasta mediados del s. XVI determinados miembros
del Consejo de Aragón, constituyéndose en 1555 un Consejo de Italia autónomo, con
jurisdicción sobre los reinos de Nápoles y Sicilia, y el ducado de Milán. Estaba compuesto por
seis regentes, tres de ellos españoles y tres italianos.
El Consejo de Portugal fue instituido en 1582. Formaban parte de él seis personas, entre las
que destacó el “veedor de hacienda”.
Para el gobierno de los Países Bajos se estableció en 1588 un Consejo de Flandes.
3. Un Consejo territorial atípico: el Consejo Real de Navarra
Todos los Consejos residieron en la Corte. La única excepción fue el Consejo Real de Navarra,
que tenía sede en Pamplona.
Fue reorganizado en 1525 y estaba compuesto por un presidente, seis consejeros y otro personal
diverso. El virrey participaba en el Consejo, pero no era su presidente. Los consejeros fueron,
generalmente, navarros.
El Consejo Real de Navarra disfrutó de amplias atribuciones:
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‐
‐
‐
Judiciales: actuaba como tribunal supremo
Gubernativas: dispuso de abundantes facultades de gobierno, en especial en temas
económicos
Legislativas: intervino en tareas legislativas, dictando autos acordados que representaban
la voluntad del Consejo al margen del virrey
4. Los Consejos de Cámara
De los Consejos de Castilla e Indias proceden los paralelos Consejos de Cámara, competentes
en la propuesta de nombramientos, gracias y mercedes.
El Consejo de Cámara de Castilla estuvo compuesto en los primeros años por el presidente
del Consejo Real y tres consejeros. En 1588, se reorganizó profundamente y se estructuró en
tres secretarías correspondientes a las tres actividades de gracia, patronato y justicia.
El Consejo de Cámara de Indias, fue fundado en 1680, suprimido ocho años después y
restablecido en 1644.
Estos organismos aparecen como comisiones separadas de los respectivos Consejos
territoriales. No obstante, el volumen y entidad de los nombramientos y mercedes los
convirtieron en corporaciones poderosas e influyentes, sobre todo el de Castilla.
5. Consejos de administración preferentemente castellana
En este último grupo se encuentras los Consejos de Órdenes y Cruzadas, que no tenían gran
entidad, y el Consejo de Hacienda, que era muy importante.
El Consejo de Órdenes entendió de la gobernación y justicia en los territorios de las tres
Órdenes Militares castellanas, la de Calatrava, la de Alcántara y la de Santiago. Proponía al rey
los oficios y beneficios, y controlaba la actividad de las autoridades.
El Consejo de Cruzada se ocupó en Castilla y Aragón de lo relativo a la concesión papal de la
bula de la Cruzada y a la recaudación y administración de sus ingresos.
El Consejo de Hacienda se crea en 1523 como órgano central de la hacienda castellana y va
adquiriendo paulatinamente importancia. Estaba compuesto por un presidente, tres consejeros
del de Castilla y los contadores mayores.
El Consejo de Hacienda controló las rentas y subsidios, proponiendo planes y arbitrios para
su incremento y mejor recaudación. El protagonismo de Castilla en el sostenimiento financiero
del Estado confirió a este organismo una proyección universal. También ejerció funciones
judiciales, conociendo como tribunal superior de los conflictos surgidos por el cobro de rentas.
B) LOS SECRETARIOS DEL REY
Los monarcas concedieron a muchas personas el título de secretario. Entre esos “secretarios
del rey” existen tres tipos diferentes:
‐ Los que ostentan el título como una simple distinción, retribuida u honorífica
‐ Los que, siendo secretarios del rey, lo son también de los Consejos y, muy especialmente,
del Consejo de Estado
‐ Los que se incorporan al entorno privado del rey y despachan con él como secretarios
privados o particulares.
1. Los Secretarios de Estado
Los Secretarios del Consejo de Estado son siempre secretarios del rey. En los primeros años
del Consejo, la secretaría fue única, pero Felipe II la dividió en dos, Norte‐Italia y los del
Mediterráneo e Italia. Las dos secretarías persistieron hasta el s. XVIII, aunque a veces fueron
confiadas a la misma persona. Los secretarios de Estado siempre entendieron de cualquier
asunto grave y de las más importantes cuestiones de interés general.
El protagonismo y poder de los Secretarios de Estado tuvo una causa muy concreta.
Correspondiendo al rey la presidencia del Consejo, él no solía asistir a las reuniones. Los
Secretarios de Estado, que mantenían un despacho privado con el rey, lo representaron en el
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Consejo, traspasando su función auxiliar de secretarios de un Consejo para convertirse en
personajes poderosos que controlan el centro neurálgico del Estado.
El cénit institucional de estos secretarios coincide en el s. XVI, cuando existe un único
secretario que monopoliza la confianza regia. Con Felipe II, decae el poder de los secretarios,
debido a que el reparto de competencias fracciona la secretaría y a que los secretarios de Estado
concurren con otros secretarios (personales o privados) a la hora de despachar con el rey.
El despacho de los secretarios de Estado con el rey fue durante el s. XVI un despacho a boca,
es decir, una reunión del secretario con el rey, en la que éste informaba verbalmente al
secretario de los diversos asuntos y consultas que necesitaban respuesta. La decisión del rey
debía ser plasmada por escrito para poder comunicarla a los organismos o personas afectadas
por estas decisiones. Por otra parte, el despacho a boca requería la elaboración de resúmenes
en los que el secretario resumía las consultas de los Consejos al rey. Por tanto, el secretario
también mantenía un despacho por escrito con el rey, a través de cartas y billetes.
Los validos desplazaron a los secretarios en la comunicación verbal con el monarca y en el
disfrute de su confianza, quedando los secretarios de Estado subordinados al valido.
2. Los secretarios privados y el Secretario del Despacho Universal
Eran secretarios privados que disfrutaban de la confianza del rey y despachaban
directamente con él. En ciertos casos, desempeñaban también las secretarías de los Consejos.
Su peso político fue grande antes que los secretarios de Estado acaparasen el favor regio, y
también cuando disminuyó su importancia.
En el s. XVII, con la presencia de los validos, los reyes dejan de tener un gabinete de
secretarios privados.
Con la desaparición de los secretarios privados, que controlaban la burocracia, se produce un
colapso en la administración central que se intenta remediar con la creación de la figura del
Secretario del Despacho. Fue escogido para que se ocupase del despacho central, recibiendo y
enviando papeles de todos los Consejos. Con el tiempo, el Secretario del Despacho se configura
como un oficio autónomo y su titular es llamado el Secretario del Despacho Universal.
Este secretario depende de los validos y de los primeros ministros y es una figura sin
significación política. Se encarga de gestionar la ingente cantidad de papeles que produce la
monarquía, y gracias a él, la lenta maquinaria del régimen polisinodial no llegó a pararse del
todo.
Por lo general, los secretarios, privados o de Estado, fueron gente de clase media. Ascendían
poco a poco en la escala jerárquica hasta llegar a ser secretario. Se trataba de un oficio que
adquirió tintes familiares, ya que los secretarios enseñaban el oficio a sus hijos y parientes.
D) EL REGIMEN MINISTERIAL BORBÓNICO
Felipe V inició su reinado con un sistema polisinodial de escasa eficacia y gran desprestigio. La
lenta y enorme maquinaria burocrática creada en la época de los Austrias resultaba inviable.
Felipe V y sus sucesores optaron por realizar una reforma paulatina. Consistió en dejar en un
segundo plano los Consejos y construir progresivamente una estructura paralela de individuos
con idénticas funciones. Se potenció el secretario de Despacho y se fue dividiendo el
departamento hasta formar un sistema de secretarios del Despacho que entendían de los
sectores de la Administración que antes llevaban los Consejos. Estos secretarios recibieron el
nombre de Secretarios de Estado y del Despacho.
1. Las Secretarías de Estado y del Despacho
La Secretaría del Despacho universal deja de serlo en 1705, cuando se divide en dos,
constituyendo un departamento de “Guerra y Hacienda” y otro de “todo lo demás”.
Esta es la cronología de la articulación del régimen ministerial:
40
‐
1714: Los dos departamentos se convierten en cuatro: Estado, Guerra, Marina‐Indias y
Justicia. Las cuestiones financieras se independizan
‐ 1720: Los cuatro departamentos tienen una nueva distribución, juntado el de Justicia con
el de Marina e Indias y creando el de Hacienda. La secretaría del Despacho de Justicia se
encarga de todo lo eclesiástico
‐ 1721: Se vuelve a separar el departamento de Justicia, quedando cinco departamentos.
‐ 1754: El departamento de Marina e Indias se divide, formando seis departamentos
‐ 1787: El enorme volumen de los asuntos de Indias provoca que se suprima el departamento
y se fraccione en razón de la materia. Se articula la estructura ministerial más amplia del
siglo
‐ 1790: Fracasa la reforma anterior y desaparece la autonomía de la gestión de los asuntos
de Indias, asumiendo cada departamento tradicional lo correspondiente de Indias.
Se dotó de atribuciones a las Secretarías de Estado y del Despacho mediante dos
procedimientos. Por un lado, reduciendo la estructura y capacidad de acción de los Consejos, o
suprimiendo de hecho algunos de ellos. Por otro lado, mediante el establecimiento de la llamada
vía reservada, consistente en ordenar que determinado tipo de asuntos pasasen a la
competencia directa de los ministros.
2. Los orígenes del Consejo de Ministros: La Junta Suprema de Estado
Los Secretarios de Estado y del Despacho de los distintos ramos tratan por separado de sus
asuntos con el rey.
A partir de 1787, se ordena una asamblea a la que asistirán todos los ministros y
exclusivamente ellos. Esta asamblea, llamada Junta Suprema de Estado, constituye el primer
Consejo de Ministros de la historia española.
La Junta Suprema fue erigida con carácter ordinario y perpetuo, debiendo reunirse una vez
por semana para entender de todos los asuntos de interés general. Careció de presidente,
función que desempeñó el Secretario del Despacho de Estado. La Junta recibió una instrucción,
de carácter reservado, con casi cuatrocientos capítulos, en los se trataron los grandes problemas
de la vida nacional. La instrucción fue un gran programa de gobierno, al que los ministros debían
adecuar sus decisiones y propuestas.
La Junta Suprema de Estado funcionó durante los cinco años siguientes y fue suprimida en
1792.
3. Persistencia y ocaso del régimen de Consejos
Durante la primera década del s. XVIII se fueron suprimiendo los Consejos. En 1702 se
suprimió el de Flandes. En 1707 desapareció el Consejo de Aragón a causa de los Decretos de
Nueva Planta. También el Consejo de Indias fue reducido drásticamente.
Posteriormente, el declive del resto de los Consejos fue irreversible, aunque en 1713 hubo
algún intento de revalorizar el Consejo de Castilla, en 1715 volvió a su precaria situación
El Consejo de Estado fue perdiendo importancia durante el s. XVIII, recuperando su actividad
en los últimos años tras la extinción de la Junta Suprema de Estado hasta la crisis del Antiguo
Régimen.
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LECCIÓN 7ª: LA ADMINISTRACIÓN TERRITORIAL Y LOCAL EN LA
ESPAÑA MODERNA
I. La Administración Territorial
A) EL SISTEMA BAJO LOS AUSTRIAS : VIRREINATOS Y “PROVINCIAS”
En Castilla apenas existió un régimen de administración territorial, a diferencia de Aragón y
Navarra, que fueron gobernados por virreyes. En Castilla había un gran vacío entre el poder
central y el local, atenuado por la existencia de ciertas provincias de naturaleza financiera y por
la consolidación de los corregidores municipales.
Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Navarra y Galicia, junto Nápoles y Sicilia, formaron
virreinatos. El cargo de virrey era de carácter temporal y representaba la figura del monarca en el
territorio. Representaba funciones generales de gobierno y fiscalizaba todo lo que ocurría en su
territorio.
No tenía atribuciones específicas y determinadas. Las competencias legislativas y de
gobernación las asumía cuando era nombrado también gobernador; las judiciales, con su
designación como presidente de la Audiencia, y las militares cuando al cargo de virrey se le añade
el de capitán general.
En la Corona de Aragón, el fracaso del antiguo sistema de gobernación general llevó al rey a
enviar delegados suyos o lugartenientes con diversos cometidos o funciones, en calidad de
virreyes, representando al monarca y con la misión de gobernar en cada uno de los territorios.
En Castilla, en el s. XVI, surgió una nueva división, de carácter fiscal, que comprendía un total
de cuarenta circunscripciones. Éstas fueron agrupadas en torno a las 18 ciudades con voto en
Cortes.
En el País Vasco, el gobierno de Álava y Guipúzcoa corrió a cargo de Juntas y Diputaciones. Las
Juntas fueron generales o particulares. Juntas y Diputaciones disfrutaron de múltiples
competencias y, entre ellas, la concesión foral.
En el señorío de Vizcaya, la organización de la tierra llana se articula en merindades y
anteiglesias.
B) LAS REFORMAS BORBÓNICAS: CAPITANÍAS GENERALES E INTENDENCIAS
Las reformas borbónicas significaron un aumento de provincias, donde figuraran nuevos
capitanes generales y Audiencias y, sobre todo, la aparición de los intendentes como magistratura
clave del nuevo sistema. Navarra y las provincias vascas mantuvieron su régimen tradicional.
Los antiguos virreinatos fueron convertidos en provincias, nombrándose en cada territorio un
capitán general como gobernador, el cuál asumió la suprema autoridad política y militar. Éste
debía actuar junto al órgano colegiado de la Audiencia, formando el gobierno de la provincia. Al
inicio del s. XVIII, España contaba con doce capitanías generales, que ahora se llaman de provincia.
Los capitanes generales fueron por lo común aristócratas dedicados a la milicia. Su poder fue
especialmente notable en la Corona de Aragón.
La segunda gran reforma de la política centralista consistió en la introducción de los
intendentes, figura de origen francés, con atribuciones militares, que fue creada con esos y otros
poderes (finanzas, policía y justicia) para convertirse finalmente en una autoridad territorial como
intendentes de provincia. Una Real Ordenanza de 1749 dispuso la constitución de 28 intendencias
o provincias, que formaron una red provincial que sirvió de base para la elección de diputados de
las Cortes de 1812.
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La presencia del intendente fue muy significativa en Cataluña. A su control de fortificaciones,
cuarteles, industria militar y naval se le sumó la función en la política de abastos y en el fomento
de la actividad comercial.
C) LA ADMINISTRACIÓN TERRITORIAL EN INDIAS
En las Capitulaciones de Santa Fe, cuanto se descubriera habría de quedar bajo la autoridad
de Colón como almirante y como virrey y gobernador en las islas y tierra firme. Ello equivalía a
constituir una circunscripción peculiar, afecta a su persona.
Desde el descubrimiento hasta mediados del s. XVI, la administración de los nuevos territorios
pasó por numerosos problemas porque la atribución de los títulos de virrey y gobernador se hizo
con expresa referencia al panorama institucional de Castilla, donde tales oficios carecían de
contenido preciso y del arraigo necesario, así como por los litigios surgidos con Colón y sus
descendientes, y por la magnitud de los territorios descubiertos. Se intentó establecer un nuevo
sistema en 4 sucesivas etapas:
1) En la primera década del XVI, en la que queda suspendida la autoridad del rey y trata de
establecerse un sistema plural de provincias y gobernadores
2) Posteriormente, entre los años 1511 y 1523, se retorna al sistema virreinal
3) Entre 1524 y 1535 se rehabilitan las gobernaciones, donde se organizan diversas provincias
en las que el gobernador recibe el título de capitán general
4) Entre 1535 y 1560 aparecen virreinatos y Audiencias gobernadoras, a modo de grandes
distritos, y distintas provincias dentro de ellos.
Posteriormente, se realiza una reorganización global de la administración indiana, que consiste
en diferenciar la actividad administrativa propiamente dicha de la correspondiente a cuestiones
de justicia, guerra o hacienda. Se fijan así los cinco distritos de gobierno superior, que
corresponden a Nueva España, Perú, Santo Domingo, Guatemala, Nueva Granada y Filipinas.
Nueva España y Perú son gobernadas por un virrey, mientras que las restantes son gobernadas
por el presidente de la Audiencia con título de gobernador. Unos y otros, virreyes y presidentes,
actúan en nombre del monarca. En sus respectivas circunscripciones existen otros distritos
menores, que son las provincias o gobernaciones.
Este sistema perdurará hasta mediados del s. XVIII, cuando repercuten en América las
reformas efectuadas en la administración territorial de la metrópoli. Los virreyes y presidentes
son capitanes generales, mientras los gobernadores de las provincias dependientes de ellos son
nombrados comandantes generales. Estas provincias son objeto de reforma, aplicándoles el
régimen de intendencias a las provincias reformadas. Por lo tanto, existe una doble organización
territorial, la de las provincias regidas por un comandante general y las que son gobernadas por
un intendente, que acapara toda la gestión de gobierno.
II. La Administración Local
A) EL MUNICIPIO EN LOS SIGLOS XVI Y XVII
La vida política cotidiana se desarrolla en la España de los Austrias en el marco de las ciudades
y villas que han impuesto su autoridad a las aldeas y territorio circundante. Prácticamente
desaparecido el régimen de concejo abierto y asentado el régimen cerrado, la dirección de los
municipios cae en manos de las oligarquías nobiliarias que se disputan el control de las ciudades
con voto en las Cortes. Las modestas villas y aldeas tratan de defender su autonomía y
permanecen agrupadas en comunidades que defienden los intereses mutuos.
A su vez, el poder real también trata de controlar el poder ciudadano mediante la concesión
de oficios a la gente adepta, atrayéndose a las minorías nobiliarias o a los procuradores
designados por ellas, o a través de una política centralizadora mediante los corregidores, pero
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también ensaya otras medidas de signo unificador. Así, en 1610 los municipios castellanos se
agruparán en 5 partidos, cuya inspección fue encomendada a la sala de gobierno del Consejo Real.
La base de la estructura jurídica de los municipios fueron sus ordenanzas, reguladoras de las
cuestiones fundamentales de la vida del concejo. Esas ordenanzas fijaban por escrito antiguas
costumbres y usos locales reguladores de la vida ciudadana en sus diversos aspectos. Las
ordenanzas formaron, junto al fuero de la localidad y a los privilegios reales, el derecho municipal.
Una cuestión clave del régimen local fue la financiación y sostenimiento del municipio, con un
presupuesto en el que se contabilizan ingresos y gastos.
1. Regimientos y jurados
El cabildo o ayuntamiento está compuesto de un número variable de regidores, elegidos o
designados mediante sorteo, aunque de ordinario fueron nombrados por el rey entre miembros
de la nobleza ciudadana.
El contrapeso a esta asamblea nobiliaria pudo haber sido otra paralela, la de los jurados,
elegidos por el pueblo para defender sus intereses y controlar la actuación de los regidores. Sin
embargo, en Castilla, los jurados se convirtieron en oficios vitalicios y hereditarios, perdiendo
esa función representativa de las clases medias y quedando asimilados a los regidores. Unos y
otros acaparan el poder ciudadano y concurren al consejo municipal, que es presidido por el
corregidor.
La venta de los oficios de regidores contribuyó en Castilla a que se quedaran en manos de los
poderosos capaces de adquirirlos. El fenómeno afectó principalmente a los grandes núcleos
urbanos, aunque en el siglo XVII llegaron a venderse cargos concejiles en localidades pequeñas
hasta que tal práctica fue suprimida. La autenticidad democrática de las asambleas municipales
resultó ser inversamente proporcional a la demografía de los lugares respectivos. En las
poblaciones de cierta entidad dominó la oligarquía de los propietarios de oficios. En las villas
medianas se los repartieron nobles y plebeyos. En las pequeñas aldeas, persistieron algunas
formas residuales de concejo abierto.
La aristocratización municipal fue un fenómeno principalmente castellano, que se dio de
manera muy limitada en la Corona de Aragón. Aquí existieron exclusivamente jurados, no
regidores, y los cargos concejiles no fueron objeto de venta ni se convirtieron en vitalicios.
Oficios municipales fueron los de alcalde, alférez mayor, procurador general o síndico,
alguacil mayor, etc. Correspondió su elección a los regidores y jurados.
El regimiento municipal celebró reuniones ordinarias y extraordinarias. Existían tres tipos de
asambleas:
‐ El concejo abierto o la llamada al pueblo general, heredados de la etapa bajomedieval
‐ El regimiento ordinario, que se reunía automáticamente determinados días sin previa
convocatoria
‐ El extraordinario, que era objeto de convocatoria expresa
2. Los corregidores
El control regio de la vida municipal tuvo como pieza clave a los corregidores, heredados de
la etapa bajomedieval. El corregidor es un personaje independiente del municipio donde actúa
pero dependiente del rey, que lo nombra y lo controla.
El corregidor es el representante y delegado político del rey, nombrado por cierto tiempo,
que preside el ayuntamiento, actúa con poderes gubernativos como una especie de gobernador
civil en el distrito de la ciudad, y disfruta de atribuciones judiciales y, a veces, militares. Es
también comisario regio e interlocutor del Consejo, autoridad castrense y máximo garante del
orden público, ostenta poderes de control en abastecimiento y precios e interviene en la
administración económica municipal. También es autoridad judicial en lo civil y en lo penal.
Convoca y dirige las reuniones del cabildo y ejecuta luego los acuerdos adoptados.
Estas competencias son ejercidas en el corregimiento o demarcación geográfica que cae bajo
su jurisdicción, con el municipio como centro.
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Los corregidores eran letrados o militares. Los militares contaban con la asistencia de los
alcaldes mayores, que le ayudaban en los juicios civiles y penales. El cargo fue retribuido y nunca
se sometió a venta.
B) EL MUNICIPIO BORBÓNICO
A) Generalización del municipio castellano: corregidores e intendentes
Los Decretos de Nueva Planta llevaron consigo la extensión a la Corona de Aragón del
régimen municipal castellano. Los corregidores aparecen en Aragón y Valencia en 1711, en
Cataluña en 1716, donde abarca uno o dos veguerías, y en Palma de Mallorca en 1718.
La aplicación del sistema castellano uniformizó el esquema municipal catalán. En las
localidades importantes, los regidores fueron nombrados por el rey entre gente de alta alcurnia,
si bien los pueblos pudieron proponer a la confirmación de la Audiencia sus propios regidores.
Desapareció el antiguo régimen de insaculación o sorteo. En la disyuntiva de nombrar
corregidores letrados o militares, se optó siempre por estos últimos. Todo ello condujo a una
administración municipal monocorde, autoritaria y elitista.
La figura del corregidor borbónico en Castilla o en los territorios de la corona de Aragón se
complicó con la presencia del intendente, cuyas atribuciones provocaron una confrontación
institucional que llevó a la desaparición de la figura del corregidor en las ciudades cabeza de
intendencia en 1749, pasando al intendente todas sus funciones. Surge así la figura del
intendente‐corregidor, que tenía gran número de competencias y que durará hasta las reformas
de Carlos III.
B) Las reformas de Carlos III
Carlos III separa los cargos de corregidor e intendente:
‐ El corregidor entiende de los asuntos de justicia y policía
‐ Los intendentes entienden de los de hacienda y guerra
En 1783 tiene lugar una profunda reforma de los corregimientos y de sus titulares. Son
ordenados en tres clases, de entrada, ascenso y término, convirtiéndose en funcionarios
acomodados.
Un segundo aspecto de la reformas afecta al propio regimiento. Tras los motines de 1766, se
establece que "todo el pueblo", dividido en parroquias o en barrios, elija a unos diputados del
común y a un síndico personero. El síndico personero sustituye al procurador general, siendo la
misión del síndico personero el pedir y proponer lo conveniente al público en general, pero
careció de voto en el ayuntamiento y de facultades resolutivas. Los historiadores han visto en él
a una especie de defensor del pueblo.
C) EL MUNICIPIO INDIANO
En América existieron pueblos o ciudades españolas y pueblos de indios. La ciudad colonial
procedió, a veces, de una primitiva misión, de un establecimiento minero o de una guarnición
militar, y otras veces fue creada de nuevo. Los pueblos de indios permanecían bajo la autoridad
de los caciques, una institución inmemorial que jamás fue puesta en duda. Existieron allí alcaldes
y regidores aborígenes.
En las ciudades hispánicas fue implantado el régimen municipal castellano. El poder central recayó
en el corregidor y el alcalde mayor, figuras que confluyeron en un solo cargo. El gobierno
municipal corresponde a los alcaldes ordinarios, uno en las pequeñas localidades y dos en las
grandes. El número de regidores también varió en función del tamaño de la ciudad. Los oficios
municipales fueron el alférez real, el alguacil mayor, el depositario general, el fiel ejecutor y el
receptor de penas. Estos cargos eran elegidos por los regidores y muchas veces desempeñados
por ellos mismos. Fuera del cabildo figuran también un síndico o procurador general, el
mayordomo, que estaba a cargo de las propiedades municipales, los alcaldes de hermandad, que
custodiaban los distritos rurales, y el escribano, que ejercía de secretario de la corporación.
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Excepcionalmente, los ciudadanos notables, civiles y eclesiásticos, se reunían con el ayuntamiento
en una especie de cabildo abierto. Estas asambleas tuvieron carácter deliberativo y sus
resoluciones no vincularon al cabildo normal.
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LECCIÓN 8ª: ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA Y RELACIONES CON LA
IGLESIA
I. La Administración de Justicia
A) LA JURISDICCIÓN ORDINARIA: LOS JUECES INFERIORES
La estructura judicial de la España moderna aparece integrada por:
‐ Los jueces inferiores, cuya figura más destacada es el corregidor
‐ Por los tribunales de las Chancillerías y Audiencias
‐ Por los Consejos que tienen atribuidas estas tipo de funciones
El corregidor castellano se convierte en juez único de sus distritos, tanto en lo civil como en lo
penal. En primera instancia imparte justicia por sí mismo o a través de sus tenientes. Es además
juez de apelación en territorios como Vizcaya o Guipúzcoa, de las sentencias dictadas por sus
jueces propios en algunas cuestiones mercantiles, o también en lo juzgado por los alcaldes de
sacas y por los de la hermandad.
Sus sentencias por causa civil se podían recurrir en ciertos casos a los regidores municipales.
En el ámbito penal, los casos de corte quedaban fuera de su competencia.
En la Corona de Aragón, la administración de justicia sigue a cargo del veguer real o bayle local,
con el concurso de las asambleas municipales.
Al extenderse en el s. XVIII el régimen de corregidores a la Corona de Aragón, desaparecen sus
antiguos jueces. Además, con la creación de los intendentes, los corregidores quedaron
subordinados a ellos o desaparecieron.
B) LA JURISDICCIÓN ORDINARIA: CHANCILLERÍAS Y AUDIENCIAS
1. Los tribunales con los Austrias
Al iniciarse el s. XVI existen en Castilla las dos Chancillerías y Audiencias de Valladolid y
Granada. Estaban compuestas de oidores y alcaldes del crimen, para lo civil y penal. Fueron
fundamentalmente tribunales de apelación, aunque también podían entender en primera
instancia de los casos de corte.
Debido a la extensión de sus territorios, los Reyes Católicos habían empezado a reformar este
simple sistema. Nombraron en Galicia a un gobernador y tres alcaldes mayores, embrión de la
Audiencia de Galicia, que es la primera de un sistema que García‐Gallo calificó como Audiencias
regionales. En este sistema hay que incluir a las Audiencias de Canarias y de Sevilla.
La Audiencia de Galicia nace por una pragmática de 1479, el gobernador y los alcaldes deben
recorrer el reino para ejercer justicia, tener audiencia todos los días no festivos y visitar las
cárceles. Durante el reinado de Felipe II el tribunal sufrió importantes reajustes. Fue trasladada
su sede de Santiago a La Coruña. Un regente sustituyó al gobernador al frente del tribunal,
después, como consecuencia del temor a ataques ingleses, reaparece el gobernador‐capitán
general como cabeza política del organismo, aunque el regente mantenga su competencia en
las cuestiones judiciales.
A principios del siglo XVIII el capitán general ostenta el título de presidente de la Audiencia.
La Audiencia de Sevilla fue creada en 1525. Tiene competencias judiciales, en lo civil y
criminal, pero no de gobierno. Actúa como tribunal de apelación y no conoce asuntos en primera
instancia.
La Audiencia de Canarias se desarrolla a partir de los 3 jueces de alzada, que entendían en
apelación de las sentencias dictadas por el gobernador de las islas y presidente del cabildo, con
conocimiento en primera instancia de los casos de corte. Las sentencias se pueden recurrir en
determinados casos ante la Chancillería de Granada y más tarde ante la Audiencia de Sevilla.
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En la Corona de Aragón, la Audiencia de Cataluña es reorganizada a fines del XV con 8 "juristas
solemnes", que entienden de asuntos civiles, y 2 jutges de cort para los criminales, quedan
distribuidos en 2 salas para lo civil, que indistintamente se aplican a lo penal, con el añadido de
los 2 jutges de cort. En Aragón, las cortes promulgaron diversas disposiciones "sobre reparo de
la Audiencia real", con sede en Zaragoza, no obstante, la más importante jurisdicción recayó en
el Justicia Mayor, quien juzga asistido de sus lugartenientes y con el concurso de un consejo
asesor de letrados. Desde las Cortes de Tarazona de 1592, quedan bajo la autoridad del monarca.
En Valencia, Femando el Católico estableció en 1507 un Consell e Audiencia real, presidida por
el portant veus del gobernador general y luego por el virrey. Tras algunas alternativas, la
Audiencia valenciana contó a principios del XVII con 2 salas civiles y otra criminal. La Audiencia
de Mallorca, fue creada en fecha más tardía (1571).
2. Las Audiencias borbónicas
En el s. XVIII se fundan en Castilla nuevas Audiencias. Durante el reinado de Felipe V, la sala
de alcaldes de casa y corte pasa a ser Audiencia de Madrid. En 1717, se establece la Audiencia
de Asturias, compuesta por un regente, cuatro alcaldes mayores y un fiscal. En 1790 se crea la
Audiencia de Extremadura.
La reorganización más importante afectó a los tribunales de la Corona de Aragón, que
debieron adaptarse al régimen castellano. El proceso transformó las Audiencias de Aragón y
Valencia en Chancillerías, según el modelo de las de Valladolid y Granada. Tras quedar en Aragón
prácticamente disuelta, un decreto de 1711 fijó una Audiencia con 2 salas, una civil y otra
criminal comenzando a aplicarse el derecho castellano tanto en lo material como en lo
procedimental.
En Valencia, la Chancillería fue reducida a la categoría de Audiencia, quedando subordinada
a la autoridad del capitán general.
En Cataluña, en 1716 surge una Audiencia presidida por el capitán general, y también en
Mallorca, Con todo ello se consumó la estructura uniformista de las Audiencias de la Corona
aragonesa, cuyos rasgos fueron la presidencia del capitán general, el segundo lugar, asignado al
regente como cabeza propiamente judicial del organismo, los oidores y alcaldes del crimen para
lo civil y penal, y la figura del fiscal, uno en las Audiencias más simples (Aragón y Mallorca) y dos,
para lo civil y criminal, en las más desarrolladas (Cataluña, Valencia).
3. La Audiencia en Indias
En Indias, el tribunal aparece con el mismo título de Audiencia y Chancillería Real, lo que no
implica que fuese similar al modelo peninsular. La Audiencia indiana fue ante todo un tribunal
de justicia, con competencias en lo judicial superiores a las Audiencias de la metrópoli y con una
organización distinta.
La primera diferencia estriba en que las Audiencias indianas tienen más atribuciones
judiciales y menos gubernativas que las peninsulares, que eran órganos simultáneos de justicia
y gobierno. En las Indias, la Audiencia no sólo falla pleitos, sino que también ejerce una actitud
preventiva tutelando el cumplimiento de las leyes. El aspecto gubernativo de las Audiencias es
subsidiario, primando la función judicial sobre la gubernativa.
La singularidad de su organización consiste en que la mayor parte de las Audiencias indianas
no tienen magistrados diferenciados para lo civil y lo penal, sino que los mismos oidores asumen
la doble jurisdicción. El cargo de presidente quedó configurado a imagen del castellano. En 1776
se creó el oficio de regente, que estaba subordinado al presidente. El regente pasó a ser la figura
principal de la administración de justicia de la mayor parte de las Audiencias de Indias.
Las audiencias indianas han sido clasificadas en:
‐ Virreinales, donde el virrey preside y gobierna
‐ Pretoriales, con un presidente “de capa y espada” con mando militar y facultades de gobierno
‐ Subordinadas, que eran dependientes de otras
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C) LAS JURISDICCIONES ESPECIALES
1. Jurisdicciones palatina, eclesiástica e inquisitorial
Desde el reinado de Carlos V, existen en la Corte la Real Junta del Bureo. Además de las
funciones de gobierno y administración, esta Junta se constituye como tribunal de justicia para
conocer los pleitos entre los criados del rey, soldados palatinos y proveedores de la Casa Real,
entendiendo también de los delitos cometidos en palacio.
En la Edad Moderna fueron frecuentes los conflictos entre la jurisdicción ordinaria o real, la
eclesiástica y la particular del Santo Oficio. En delitos como la bigamia, concurrían el tribunal
secular, en función principal del engaño y daños a la mujer, el episcopal, en lo relativo a la validez
o invalidez del matrimonio, y la Inquisición de cara a una posible herejía.
El abuso de la jurisdicción eclesiástica, muy frecuente en Indias, fue recortado mediante el
procedimiento de los recursos de fuerza. Consistían en el derecho reconocido a los eclesiásticos
de poder recurrir las sentencias dictadas por sus tribunales ante los del Estado. Con ello se
aseguraba la supremacía de la justicia secular.
Por encima de la jurisdicción episcopal, y para entender de las apelaciones dirigidas a Roma,
se crea un tribunal de la Nunciatura, dependiente del nuncio y compuesto por un auditor y seis
protonotarios. Los recelos de las autoridades españolas ante los excesos de este tribunal fueron
fuente de numerosos conflictos. A mediados del s. XVII se reorganizó su estructura y redujo sus
atribuciones en beneficio del Estado y de los propios obispos. En 1771 se transforma ese tribunal
de la Nunciatura en el tribunal de la Rota, presidido por el nuncio y compuesto por seis jueces
españoles nombrados por el papa.
La jurisdicción inquisitorial entró principalmente en conflicto con los tribunales ordinarios
seculares y eclesiásticos, y también con los de las Órdenes Militares y los del ejército, tanto por
el motivo de la materia como por pretender que los familiares o colaboradores se acogiesen al
fuero inquisitorial. Estos conflictos se resolvieron mediante las concordias, acuerdos que
delimitaban las esferas de jurisdicción.
La jurisdicción episcopal estuvo menos protegida y fueron frecuentes las intromisiones de los
inquisidores en materias sujetas a la autoridad de los obispos.
2. La jurisdicción mercantil
Los diversos Consulados que existen en España y América disfrutan de una jurisdicción propia
en base a sus ordenanzas respectivas.
La administración de justicia corresponde al prior y dos o tres cónsules, que juzgan en primera
instancia los conflictos mercantiles. Sus sentencias podían ser apeladas al corregidor, quien
resuelve el caso auxiliado por dos colegas mercaderes, existiendo en ciertos Consulados la
posibilidad de una tercera instancia, en la que el mismo corregidor, con el concurso esta vez de
dos nuevos mercaderes, vuelve a fallar el pleito. En el XVIII el juez de alzadas es el intendente.
Aquellos tribunales, sin embargo, no dan lugar a una judicatura profesional y estable.
La competencia consular queda definida tanto por criterios materiales u objetivos, en razón
de la naturaleza mercantil del acto, como subjetivos, al aplicarse a los pleitos entre mercaderes.
En el s. XVIII debieron ampliarse sus competencias en razón de las personas, al admitir la
jurisdicción consular a los dueños de fábricas y hacendados dedicado a la actividad agrícola.
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II. La Iglesia y el Estado
A) REFORMA Y CONTRARREFORMA
Los Reyes Católicos acometieron un programa renovador de la Iglesia española. Las diferencias
entre un alto clero, y el clero inferior o parroquial, eran exageradas. En el planteamiento del nuevo
Estado, donde los intereses religiosos quedan asumidos, los monarcas se proponen así tres
objetivos:
‐ La eliminación del paganismo.
‐ La erradicación de la herejía (lo que justifica el establecimiento de la Inquisición).
‐ La reforma de la vida eclesiástica.
Con respecto a los obispos y clero regular, los Reyes Católicos se aplicaron en excluir a
extranjeros en favor de los eclesiásticos de sus reinos y a velar por la observancia del celibato. En
la reforma conventual y de las Órdenes religiosas, el gran protagonista fue Cisneros. A raíz de la
bula autorizando en 1493 la reforma jerárquica de los religiosos, emprendió el reajuste disciplinar
de los franciscanos y el de otras Ordenes como carmelitas y agustinos. Especial resonancia tuvo
la obra de Cisneros en los monasterios femeninos
Como contrapunto a la Reforma luterana, prosigue en la España del XVI ese movimiento de
renovación eclesiástica. Su desigual éxito queda en todo caso en segundo plano ante la magnitud
y proyección universal de la Contrarreforma católica, centrada en el Concilio de Trento, donde los
teólogos españoles desempeñaron un importante papel.
El Concilio de Trento sancionó una serie de decretos dogmáticos en las cuestiones
controvertidas con el protestantismo y otros decretos de reforma, aplicados a la formación del
clero y la disciplina eclesiástica. Sus prescripciones fueron promulgadas como ley civil en España
en 1564.
B) RELACIONES ENTRE IGLESIA Y ESTADO
1. El regalismo de los Austrias
La defensa de la fe tuvo como contrapartida la constante injerencia del Estado en las
cuestiones propias de la Iglesia. Los reyes pretenden con frecuencia orientar las decisiones de
Roma y supeditarlas a su criterio.
Los monarcas intentan condicionar la elección del papa en favor de cardenales adictos,
someten a supervisión las disposiciones de los pontífices antes que puedan aplicarse, deciden
en la práctica el nombramiento de obispos y reúnen juntas de teólogos que dictaminan a favor
del rey y en contra del papa. Todas estas extralimitaciones del poder civil configuran el llamado
regalismo.
El regalismo comprende principalmente tres cosas:
‐ El derecho de presentación de los cargos eclesiásticos, que es la facultad de proponer a
quienes tienen que desempeñar esos cargos. Este derecho derivaba del patronato, es
decir, del derecho que se había reconocido a los patronos y fundadores de iglesias a la
hora de nombrar a los clérigos.
‐ El pase regio, que es el derecho que se atribuyen los reyes de otorgar el visto bueno a las
bulas y documentos pontificios antes de su publicación. Deben ser examinadas por el
Consejo de Castilla, quién las autoriza o retiene en función de su contenido.
‐ Los recursos de fuerza
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2. El regalismo borbónico y los Concordatos
El intervencionismo estatal arrecia con los Borbones tanto en España como en Indias, donde
los antiguos derechos de los monarcas derivados de los títulos del Descubrimiento, persisten
ahora mediatizados por nuevas opiniones y teorías.
Carlos V y sus sucesores se habrían extralimitado en la defensa de la religión, que constituía
el fin primordial del Estado. El regalismo borbónico de Felipe V y los restantes Borbones, sobre
todo Carlos III, instrumentalizaron lo religioso en beneficio de los intereses políticos.
Ambos tipos de regalismo fueron de signo distinto. El de los Austrias fue fruto de una
concepción, que deparaba a los monarcas la convicción de ser brazo armado de la Iglesia y,
además, mentores de ella. Mientras, el borbónico, sobre todo desde Carlos III, fue un regalismo
de aire laicista y secularizado. Este último provoca la expulsión de la Compañía de Jesús por su
fidelidad al papa. Antes los monarcas fundaban sus derechos en concesiones pontificias o
privilegios eclesiásticos, patronatos, vicariatos, etc. Ahora el rey reclama eso mismo como algo
inherente a su soberanía.
Las relaciones Iglesia‐Estado fueron en el XVIII dificultosas desde el principio. Por su posición
favorable al pretendiente austríaco en la Guerra de Sucesión, Felipe V expulsó al nuncio en 1709.
Tras un arreglo, tuvo lugar una nueva ruptura en 1736, que dio lugar al Concordato de 1737.
Cuanto allí quedó pendiente fue abordado por el importante Concordato suscrito entre
Benedicto XIV y Fernando VI en 1753. Este convenio radicó en reconocer a los reyes el derecho
universal de patronato, con lo que quedó en sus manos el nombramiento de obispos y el sistema
beneficial de dignidades. Tal reconocimiento fue a modo de concesión gratuita de la Santa Sede
que subrogaba al rey en unas atribuciones teóricamente suyas.
Con Carlos III hubo una alternativa de períodos de fricción y otros relativamente tranquilos.
Entre los conflictos hay que registrar la expulsión de los jesuitas, el Monitorio de Parma y la
condenación del Catecismo de Messenguy, que justificaron la vuelta al control del pase regio por
el Consejo de Castilla.
La etapa de Carlos IV estuvo marcada por las primeras medidas de desamortización de los
bienes eclesiásticos, así como el llamado cisma de Urquijo, relativo a un decreto dictado por
este ministro en 1799, de contenido terminantemente regalista.
51
LECCIÓN 9ª: LA ADMINISTRACIÓN DE LA HACIENDA Y EL EJÉRCITO
I. La Hacienda
A) CARACTERES GENERALES. LA ADMINISTRACIÓN FINANCIERA
Las características principales de la hacienda del Antiguo Régimen fueron tres:
‐ Su diversidad, ya que cada uno de los antiguos reinos mantuvo un régimen propio
‐ El reconocimiento, junto al sistema fiscal ordinario, de otro singular y más beneficioso para
las clases sociales privilegiadas
‐ La multitud de figuras impositivas, nuevas o heredadas, que coexisten y se multiplican para
hacer frente a las necesidades del Estado.
En el capítulo de los ingresos ordinarios se desdibuja la tradicional distinción entre impuestos
directos e indirectos, ya que la hacienda estatal se sustenta casi exclusivamente con los indirectos.
Según Artola, se pueden clasificar los ingresos en cinco grandes categorías tributarias:
‐ Los impuestos en general
‐ Las regalías o derechos financieros inherentes al poder soberano
‐ Las rentas procedentes de contribuciones eclesiásticas
‐ Los propios servicios
‐ Un conjunto de ingresos extraordinarios donde destacan los préstamos bancarios
Los gastos ordinarios corresponden a la edificación, reparación y mantenimiento de casas
reales, vida cortesana, salarios de funcionarios y oficiales, coste del cuerpo diplomático y los
gastos militares.
El órgano supremo de la Administración financiera fue en Castilla el Consejo de Hacienda,
donde se mantuvieron aquellas Contadurías Mayores de Hacienda y Cuentas aparecidas en la
etapa anterior.
En la Corona de Aragón, la gestión financiera siguió dependiendo del maestre racional,
mientras el bayle general actúo de recaudador de rentas en cada uno de los territorios.
En Navarra continua la Cámara de Comptos como órgano central de administración financiera.
El recaudo y control de los servicios votados en Cortes corresponde a las diputaciones de los
reinos. Desde que se aprobó en Castilla el primer servicio de millones, su administración corrió a
cargo de una pequeña junta de procuradores llamada la Comisión de Millones, la cual fue
incorporada al Consejo de Hacienda.
En la administración central borbónica, los asuntos de hacienda corrieron a cargo de un veedor
general y de un intendente universal. Desde 1715 existió una Secretaría de Estado y del Despacho
para estas cuestiones.
La administración financiera de las provincias quedó a cargo de los intendentes, y en los
municipios fue el corregidor quién se ocupó de ello.
B) LOS IMPUESTOS
1. Impuestos directos: lanzas y medias annatas
A principios del s. XVII se introdujeron los impuestos de lanzas y medias annatas. El impuesto
de lanzas sustituía a las lanzas con las que los grandes señores y títulos estaban obligados a servir
en la guerra. El importe de su recaudación fue destinado a pagar a las guarniciones de los
presidios.
El impuesto de la media annata gravaba todos los oficios, gracias, mercedes, honores y otras
cosas. En el caso de los oficios y los cargos públicos, la media annata supuso la mitad del sueldo
del primer año.
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2. Impuestos indirectos: las alcabalas
La alcabala fue el impuesto indirecto por excelencia y la figura contributiva más importante
del Antiguo Régimen. Reportaba al fisco un 10% del precio de las mercancías. Tuvo carácter
universal por razón del objeto, las transacciones de bienes muebles e inmuebles y, en principio,
por razón de las personas.
La alcabala fue recaudada en su origen mediante agentes públicos y arrendatarios, pero
posteriormente se abrió paso el sistema de los encabezamientos municipales, es decir, la fijación
de una cantidad global mediante acuerdo entre la Corona y los concejos. Al no imponerse tal
procedimiento en la totalidad del reino, durante el primer tercio del XVI existió un régimen
dualista, de municipios encabezados y de otros con exacción por arrendamiento.
La petrificación de las alcabalas favoreció a los poderosos traficantes, ya que, al ir subiendo
los precios, ellos seguían pagando en las compras y ventas la cantidad fijada antes. Pero como a
su vez la Corona necesitaba de nuevos recursos, lo que no se recibió por la subida de alcabalas
hubo que suplirlo aumentando los servicios, con lo que las clases inferiores, los pecheros,
sufrieron la sobrecarga que los más pudientes habían eludido.
Los diversos encabezamientos generales y prórrogas convirtieron a las alcabalas en rentas
fijas hasta el s. XVIII, si bien sufrieron durante el s. XVII el incremento de los llamados cientos, o
recargos sucesivos del 1% sobre la tasa del impuesto. El primero de los cientos fue exigido en
1626, y el cuarto y último en 1664. Desde entonces se habla de alcabalas y cientos como una
única contribución.
3. Impuestos indirectos: el servicio de millones
Los millones fueron el impuesto sobre el consumo de las cuatro especies (vino, carne, aceite
y vinagre). Consistió inicialmente en un octavo del valor de la venta de esas mercancías, cuyo
importe era pagado por el vendedor, que lo repercutía en el comprador mediante la sisa o
detracción del octavo del género. Con el tiempo, aumentó la cuantía del gravamen y se extendió
a otros géneros nuevos.
El servicio de millones era votado en Cortes y quedaba luego concertado en escritura pública,
con sus correspondientes cantidades y plazos. La recaudación del impuesto era muy dificultosa,
por los problemas de ajuste de las nuevas medidas y por la falta de colaboración de las
corporaciones locales. También fue objeto de animadversión, ya que gravaba artículos de
primera necesidad, lo que provocaba que fuesen afectadas las gentes más pobres. También
provocó el encarecimiento de los productos agrícolas
C) REGALÍAS: ESTANCOS Y ADUANAS
Las regalías o derechos de la Corona justifican el estanco de ciertos productos, es decir, el
monopolio de su producción y venta. El Estado, en consecuencia, trata de impedir la competencia
de los ciudadanos y la introducción ilegal de este tipo de mercancías.
Las minas fueron la regalía más lucrativa, especialmente por la riqueza de las minas
americanas. Pese a que cedió la explotación a particulares, el Estado ingresó una gran cantidad
de lo extraído. También fue importante el monopolio de la sal y el estanco de otros productos,
que configuró las llamadas siete rentillas.
En el s. XVI se formalizó el estanco de los esclavos, el de los naipes, el del tabaco y el del papel
sellado.
Una regalía singular fue la acuñación de moneda, cuya cesión había dado lugar desde antiguo
al tributo de la moneda forera en Castilla y monedaje en Aragón.
El tránsito de mercancías por los puestos aduaneros fue objeto de diversos gravámenes,
exigidos tanto en los puertos de mar como en los terrestres. Se estableció un arancel del 10% del
verdadero valor de todas las mercancías exportadas e importadas.
53
En los puertos de mar se llevó a cabo el control tributario del comercio exterior. En el sur, el
comercio con las Indias era sometido a los aranceles de los almojarifazgos de Sevilla y Cádiz. En
el norte se exigió el pago del diezmo de la mar.
D) CONTRIBUCIONES ECLESIÁSTICAS
Los bienes eclesiásticos estuvieron, en un principio, exentos de impuestos. No obstante, la
Iglesia cooperó al sostenimiento de la hacienda pública mediante diversas aportaciones, entre las
que destacaban las tercias reales y de las tres gracias, comprensivas de la bula de la Cruzada, y
de las rentas del subsidio y el excusado.
Las tercias reales consistían en dos novenas partes de los diezmos percibidos por las iglesias
del reino. Su recaudación se efectuó conjuntamente con las alcabalas. El cobro estuvo a cargo de
los cabildos catedralicios o de los señores en sus señoríos
La bula de la Cruzada correspondió al producto obtenido por limosnas para pagar a guerra
contra infieles, aportadas por los creyentes que a cambio se lucraban con indulgencias y otros
beneficios espirituales. Su administración estuvo en manos del Consejo de Cruzada, cuyo
presidente actuaba como comisario general.
El subsidio fue una contribución directa sobre las rentas del clero, que los monarcas percibían
por concesión papal para sufragar gastos de la guerra contra infieles. Se llamó también décima,
por evaluarse en esa parte de la renta, y subsidio de galeras, por aplicarse a la construcción y
mantenimiento de ellas.
El excusado consistió en el diezmo de la finca más rica de cada parroquia.
Junto a estas contribuciones el fisco percibió otros ingresos eclesiásticos, como los expolios y
vacantes, consistentes en los bienes dejados a su muerte por los obispos. También los donativos
o ayudas extraordinarias. En resumen la aportación de la iglesia representó un sustancioso
capítulo de la hacienda del Antiguo Régimen.
E) LOS “SERVICIOS”
El servicio fue la contribución extraordinaria que, a instancias del rey, conceden las Cortes en
representación del reino. Quedó establecido en 300 millones de maravedís, diferenciándose de
otro servicio extraordinario, de 150 millones, votado por la asamblea.
El servicio tuvo carácter personal. Gravó a los pecheros y quedaron exentos los nobles,
eclesiásticos y quienes disfrutaban de franquicia por cualquier privilegio. Su distribución tuvo
lugar mediante repartimiento.
El servicio desempeñó un papel importante en el panorama fiscal del s. XVI, decayendo en los
siguientes siglos por la devaluación monetaria y la aparición de nuevos impuestos.
F) ASIENTOS Y JUROS
Las grandes necesidades de la política imperial no pudieron ser atendidas con los ingresos
fiscales. El gasto militar en las guerras y su misma urgencia, exigían que los monarcas dispusieran
en un tiempo mínimo de grandes sumas de dinero. En estas circunstancias, ante la falta de liquidez
del tesoro público, tuvieron que acudir a préstamos de banqueros, aun pagando por ello intereses
desmesurados.
Estas operaciones de préstamo, llamadas asientos, consistían tanto en el anticipo de dinero
como en el abastecimiento de tropas o entrega de armas en un determinado lugar, a reintegrar o
pagar luego en el plazo fijado. Ahora bien, habida cuenta que el prestamista asume los riesgos a
una posible insolvencia, al trasiego de fondos y al cambio de moneda entre países distintos, grava
su anticipo con un interés muy alto (a veces de más de un 30%) y exige ciertas garantías. El crédito
queda entonces asegurado, comprometiendo algún otro ingreso o renta habitual de la Corona,
que adquiere así la condición de situado, es decir, sometido al derecho preferente del acreedor
particular. Estamos con ello ante los juros.
54
El juro es una especie de contrato entre la Corona y una persona física o jurídica, por el cual la
Corona, como contraprestación del dinero recibido, concede una pensión anual en especie o
metálico sobre determinada renta de la hacienda regia, bien sea de forma perpetua o temporal.
Los juros fueron pues perpetuos o redimibles (juros al quitar), diferenciándose entre estos últimos
los vitalicios (juros de por vida) de los transmisibles por herencia (juros de heredad).
Los juros alcanzaron con los Austrias un inusitado auge. Aun permaneciendo juros antiguos
pagados en especie, la mayor parte de ellos fueron ahora percibidos en metálico. Sucedió, sin
embargo, que a veces se depreciaba la renta gravada o que se acumulaban en ella excesivos juros,
resultando en consecuencia insuficiente su importe para responder al requerimiento de los
poseedores de títulos. En tal caso, éstos podían solicitar el traslado del juro a otra renta distinta.
No faltaron a su vez las operaciones especulativas de quienes compraban a particulares juros a
muy bajo precio, por estar desvalorizados en esa escala, consiguiendo luego mediante influencias
que el fisco les abonara la renta íntegra a su precio normal y superior.
El crecimiento masivo de los juros y su acumulación en manos de banqueros y asentistas tuvo
que ver con la incapacidad de la Corona para hacer frente a una devolución de los préstamos por
la vía normal. Ya había sucedido en la época de Carlos V, que el importe de los asientos llegó a
sobrepasar cuanto era posible recaudar por los servicios ordinarios y extraordinarios votados en
Cortes, lo que llevó al Estado a la suspensión de pagos.
Los juros representan una primera expresión de lo que serán luego los títulos de la deuda
pública, diferenciándose unos de otros en que la responsabilidad del fisco quedó limitada en los
juros a la renta afectada, mientras en los títulos de deuda pública reviste carácter general. En una
fase cronológicamente intermedia, encontramos el sistema de los vales reales, cuya primera
emisión tuvo lugar mediante Real Cédula de 20 de septiembre de 1780. Los vales fueron tanto
títulos de la deuda, amortizables en veinte años con un interés del 4% anual, como medios de
crédito, transmisibles por endoso; e incluso en cierta forma ‐para determinados pagos‐ moneda
efectiva.
Al iniciarse el siglo XIX, la coyuntura internacional favoreció el proceso de consolidación de la
deuda, cuyo hito principal fue la creación en 1800 de la llamada Caja de Consolidación. Juros y
vales persistirán así hasta las reformas financieras del Estado constitucional.
G) LAS REFORMAS DEL S. XVIII Y LA “ÚNICA CONTRIBUCIÓN”
1. Corona de Aragón: equivalente, contribución única, talla y catastro
La nueva planta fiscal en los territorios de la Corona de Aragón no supuso la importación del
sistema castellano, estableciéndose otro más moderno, de corte unitario.
En Valencia, se introdujo en el s. XVIII una nueva contribución llamada equivalente. En
principio gravaba a la persona, pero después se convirtió en un impuesto indirecto sobre el
consumo, ya que se recaudaba en las puertas de la ciudad. A su vez, en Aragón se implanta la
contribución única, también como impuesto parejo de las mismas rentas. Ambos impuestos
suscitaron un gran rechazo. En Mallorca, el único impuesto fue la talla.
La reforma en Cataluña supuso la fijación del catastro, la novedad más importante de la
historia tributaria del s. XVIII. El catastro consistió en la fijación de una suma anual a recaudar,
gravando por una parte las fincas rústicas y urbanas, y por otra el trabajo personal y los
beneficios comerciales y mercantiles. El carácter progresivo de la contribución radicó en que, si
bien del catastro personal estaban exentas las clases privilegiadas, el catastro real alcanzó a
todos y, en mayor medida, a los grandes propietarios y terratenientes.
2. Castilla: el Catastro de Ensenada
La cuestión que se plantea en la Castilla del siglo XVIII fue fundir las rentas provinciales en
una contribución única, a modo de panacea financiera que podía resolver todos los males. Esa
fue la meta ambicionada por el ministro de Hacienda, marqués de la Ensenada.
La reforma de Ensenada trató de lograr dos objetivos:
55
‐
Reducir a una sola contribución las de millones, alcabalas, cientos, servicio ordinario y sus
agregados.
‐ Transferir a la propiedad agraria la carga impositiva que venía gravando el consumo y las
transacciones.
Tres reales decretos promulgados en octubre de 1749, junto a una amplia instrucción, fueron
los instrumentos legales de esa empresa, relanzada con Carlos III en 1760. Dificultades de toda
índole hicieron que quedara en proyecto. El Catastro de Ensenada, como obra de información
técnica, constituye un documento de básica importancia para el conocimiento de la realidad
socio‐económica nacional en el ocaso del Antiguo Régimen.
II. El Ejército y su organización
La existencia de un ejército permanente como característica del Estado moderno no debe ser
entendida en sentido riguroso y actual, suponiendo un reclutamiento racionalizado y regular del conjunto
de las tropas desde que ese Estado aparece a fines del siglo XV.
La importancia del ejército en estos siglos es consecuencia de una Weltpolitik que mantuvo a España
durante largos períodos en guerras casi continuas. El ejercicio militar en el mundo moderno superó las
concepciones que lo caracterizaron en el medieval. No se trata ya de la tradición caballeresca. La guerra
es ahora otra cosa. Sin perjuicio del valor y adiestramiento personal, la guerra es sobre todo una compleja
técnica; muy costosa además y dependiente por tanto de adecuados medios de financiación. El nuevo
arte bélico arranca de la generalización y variado aprovechamiento de la pólvora y se aplica al uso en gran
escala de armas de fuego portátiles y al empleo de las tácticas que lo hacen posible, aspectos ambos en
que los españoles figuraron en vanguardia.
A) LA ADMINISTRACIÓN MILITAR
En la cúpula de la administración militar durante los siglos XVI y XVII figura el Consejo de
Guerra. Sus competencias, de preferente carácter técnico o de ordenación del personal castrense,
se vieron limitadas de una parte por las del Consejo de Estado, que asumía la declaración de
guerra y paz, y de otra, por las propias de algunos de los restantes Consejos como los de Hacienda
e Indias. El Consejo de Guerra estuvo especialmente a merced del de Hacienda, debido a la
necesaria financiación de cualquier empresa bélica y al correspondiente control de gastos.
La única secretaría del Consejo se desdobló en 1586 en dos, de Mar y Tierra, formalizándose
así la administración diferenciada de los negocios del ejército y la marina. Además, la conveniencia
de tratar por separado asuntos militares muy concretos, dio lugar a la creación de juntas con
jurisdicción determinada. Este fue el caso de la Junta de Galeras, responsable de su
administración y control, o de la Junta de Indias, para la defensa de los territorios de ultramar.
En la base, la administración militar contó con una serie de funcionarios que tenían a su
cargo la distribución de armas, pertrechos y dinero. Entre ellos al veedor, ocupado en altas
funciones inspectoras, al contador o interventor de cuentas, al pagador y al tenedor de
bastimentas. A veces existían también mayordomos, proveedores y contadores de artillería. Junto
a los capitanes generales de ejército encontramos la figura del capitán general de artillería.
En el s. XVIII, aun manteniéndose el Consejo, las competencias centrales fueron
progresivamente asumidas por la Secretaría del Despacho correspondiente. Con la bipartición del
organismo en 1705 aparece la Secretaría del Despacho de Guerra y Hacienda y ya en 1714 surge
una Secretaría del Despacho o Ministerio de Guerra independiente.
A nivel territorial, los capitanes generales asumen en sus provincias, con el poder civil, la
máxima autoridad castrense. En lo relativo a las jerarquías militares, Felipe V reformó el sistema,
fijando definitivamente cuatro clases de oficiales generales: capitán general, teniente general,
mariscal de campo y brigadier. Con la campaña de Portugal de 1801 aparece un jefe de Estado
Mayor al frente de cada uno de los tres ejércitos. Estos son los precedentes del Cuerpo de Estado
Mayor creado en 1810.
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B) LAS MILICIAS Y SU RECLUTAMIENTO
1. Régimen bajo los Austrias
La guerra de Granada y los conflictos de orden público interno crearon condiciones propicias
para que los Reyes Católicos hubieran formado en España, antes que en cualquier otro país de
Europa, un ejército genuinamente nacional. Sin embargo, la infantería que puso término a la
Reconquista estaba formada tanto por milicias reclutadas en Castilla y Andalucía, como por
mercenarios y voluntarios procedentes de toda Europa. Los desórdenes internos, a su vez, sí
dieron lugar a un cuerpo armado estable, la Santa Hermandad pero su función de salvaguardar
la paz pública la convirtió de hecho en una especie de policía rural que, con el transcurso del
tiempo, cayó en decadencia.
El Consejo de Guerra establecía los distritos de reclutamiento, coincidentes a menudo con un
corregimiento o con tierras señoriales, y designaba un capitán para cada uno de ellos. Este
comparecía ante el Consejo principal del distrito, instalaba la sede para el alistamiento y
procedía a “tocar cacha y enarbolar bandera”, esto es, a pregonar el llamamiento a filas. El
capitán era la figura clave del sistema. Al tener que alimentar, proveer armas y remunerar
soldados, sin contar muchas veces con la ayuda de la Corona, debía afrontar ocasionalmente
estos gastos a costa de su propio patrimonio.
La monarquía llegó a contar con la mayor fuerza armada de Europa: más de cien mil hombres
en el reinado de Felipe II. La mayor parte de esas tropas fueron organizadas en regimientos, los
españoles quedaron encuadrados en los famosos tercios, verdadero arquetipo de la milicia
hispánica.
Los tercios constaban de un número variable de compañías, compuesta cada una de 250
soldados agrupados en cuadras. Los oficiales superiores fueron el maestre de campo, jefe directo
de la compañía principal que precede a las demás en el combate, y el sargento mayor. A su vez
el capitán, el alférez o lugarteniente, los sargentos y los cabos, que están al frente de las
escuadra, forman la línea jerárquica de cada compañía. El éxito de los tercios radicó tanto en el
valor y adiestramiento de los soldados, como en su disposición sobre el terreno y en las
depuradas tácticas de que hicieron uso en el combate.
2. Régimen en el s. XVIII
La Guerra de Sucesión originó las primeras reformas militares borbónicas, creándose otros
tercios llamados ahora regimientos, cuyos jefes pasaron a denominarse coroneles. Una cédula
de 1704 señala la obligatoriedad del servicio militar para todos los ciudadanos. Queda así
previsto un sistema de quintas, mediante la incorporación de un mozo por sorteo entre cada
cinco, con numerosas y pintorescas exenciones: menores de veinte años y mayores de
cincuenta, gente noble que habría de ocupar directamente los puestos de mando, estudiantes,
ciertos miembros de la Inquisición, notarios, oficiales reales, sacristanes, padres de cuatro hijos,
algunos maestros, etc.
La implantación del servicio obligatorio tropezó con tres dificultades.
‐ Extender el criterio uniformista a los reinos de la Corona de Aragón. Debido a los obstáculos
en el reclutamiento provincial de las milicias, la mayor parte de las tropas tuvieran que ser
enroladas en Castilla.
‐ En segundo lugar hubo que vencer la anquilosada mentalidad de unos funcionarios que no
secundaban en la práctica las nuevas medidas.
‐ Finalmente fue ostensible la resistencia de los municipios, acostumbrados a proveer por sí
mismos el cupo que tradicionalmente tenían asignado, bien fuera por medios ortodoxos o
haciendo uso de cualquier ardid.
Carlos III llevó a cabo importantes reformas y mejoras. Junto a la creación de la Academia de
Artillería de Segovia y el fortalecimiento y reorganización de las milicias provinciales, implantó
un régimen de quintas anuales, verdadero preludio del servicio militar obligatorio del Estado
Constitucional. Sobre todo, Carlos III ha pasado a la historia castrense por las famosas
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Ordenanzas para el régimen, disciplina, subordinación y servicio de sus ejércitos, compuestas
por unas juntas de generales y que fueron aprobadas el 22 de octubre de 1768.
C) LA ARMADA
A principios del siglo XVI, la flota de galeras en el Mediterráneo era exigua. No obstante,
mediada la centuria, había cuatro escuadras para España, Nápoles, Sicilia y Génova, con un total
de 60 bajeles pertenecientes tanto al monarca como a particulares. Felipe II intentó acentuar el
control real. Según los casos, la administración de las naves corrió directamente a cargo de la
Corona o se estableció un régimen de asientos que habría de persistir durante el s. XVII. En las
galeras servía un mundo variopinto de gentes, la llamada chusma, compuesta por cautivos y
prisioneros de guerra, así como por los condenados a ellas en virtud de sentencia judicial. Todos
compartían unas condiciones de vida sumamente precarias.
En el Atlántico el problema no era el de las galeras, sino el de los galeones; es decir, la
necesidad de disponer de buques para la guerra directa, para asegurar el tráfico indiano de las
remesas de oro y plata o para atender la defensa de los territorios de ultramar. Partiendo casi de
cero, Felipe II hubo de programar una flota bélica estable, cuyo primer capítulo fue la construcción
de doce nuevos galeones, conocidos como los Doce Apóstoles. En el siglo XVII existió así una
Armada del Mar Océano, de pomposo nombre pero insuficientemente pertrechada, junto a la
Armada de Galeras que operaba en el Mediterráneo.
Con los Borbones tuvo lugar el verdadero fomento y reorganización de la marina de guerra.
Felipe V fundó en 1714 la Real Armada, que aglutinaba buena parte de las fuerzas dispersas y tres
años después fue creada la Compañía de Caballeros Guardias Marinas, cuerpo que incorporó al
oficio naval a la nobleza española. A partir de entonces, la historia de la armada del siglo XVIII
tuvo como hitos principales la gestión de los ministros Patiño y Ensenada y las reformas llevadas
a cabo los últimos años del siglo por Carlos III.
Bajo el impulso de Patiño fueron constituidos los departamentos marítimos y se estableció en
1737, siguiendo el ejemplo inglés, la institución del Almirantazgo. La política de Ensenada tuvo a
su vez como ejes el fomento de los astilleros, la ampliación de la flota y la mejora técnica de los
buques, así como la ordenación jurídica de esta nueva marina de guerra.
En el clima de la llamada "polémica de la espada y la pluma", es decir, de si el protagonismo
de las reformas navales debía corresponder a militares o a letrados, Ensenada patrocina la
formación de las Ordenanzas Generales de 1748 y suprime el Almirantazgo establecido por su
antecesor.
La madurez reformista se alcanza con Carlos III, en cuyo reinado la armada cuenta ya con un
respetable volumen. En 1770 es creado el cuerpo de Ingenieros de Marina. Todo lo relativo al
mantenimiento de las naves queda reglamentado por la Ordenanza de 1772. Finalmente, en 1776,
una importante Ordenanza de Arsenales liquida en favor de "la espada" la polémica.
Desde 1796, en el reinado de Carlos IV, se da la etapa última de desconcierto y decadencia. Al
compás de los desastres marítimos proliferan nuevas ordenanzas e instrucciones. En 1807
reaparece el Almirantazgo.
58
LECCIÓN 10ª: LA IMPLANTACIÓN DEL LIBERALISMO EN ESPAÑA
I. Triunfo del Liberalismo político
A) EL DERRUMBAMIENTO DEL ANTIGUO RÉGIMEN, 1808‐1814
La represión del Dos de Mayo dio lugar a un levantamiento general del país. Napoleón había
coronado rey de España a su hermano José, mientras un asamblea convocada por él se reúne en
Bayona, donde jura una Constitución que regirá en las zonas de dominio francés de España.
La inactividad de la Junta de Gobierno dejada por Fernando VII y sus proclamas pacifistas, de
espíritu pro francés, dan lugar a una sublevación que empieza por Asturias y se extiende por el
resto de la península. Al levantamiento sigue la constitución de unas Juntas Supremas
provinciales, las cuales recuperan la soberanía considerada vacante. Los representantes de esas
juntas establecen en Aranjuez una Junta central suprema y gubernativa de España e Indias, que
fue trasladada primero a Sevilla y, finalmente, a la isla de León, en Cádiz. La Junta central resultó
ser una asamblea débil y con dificultades para imponer su autoridad. Estaba compuesta por 35
miembros y presidida por Floridablanca. Tuvo que hacer frente a la desobediencia de las juntas
provinciales, sufrir el acoso francés e, incluso, las vejaciones de los patriotas gaditanos. Se disolvió
en 1810 y nació el Consejo de Regencia, que recibió el poder de la desaparecida Junta central. A
instancias de ambos organismos, se reúnen las Cortes de Cádiz que promulgan en 1812 la primera
Constitución nacional.
La guerra de Independencia enfrentó al ejército francés, superior en número y mejor
organizado, al ejército español, compuesto por cien mil hombres. Finalmente, el ejército español
derrotó al invasor francés gracias a la resistencia ofrecida por los pueblos y las ciudades, y por el
empleo de la guerra de guerrillas.
B) LAS CONVULSIONES LIBERALES Y ABSOLUTISTAS, 1814‐1833
1. La restauración absolutista (1814‐1820)
Fernando VII vuelve a España tras la expulsión de José I. Sin embrago, las Cortes surgidas en
Cádiz no representaban al monarca, sino al pueblo mismo, considerado como soberano. De ahí
que esas Cortes se atribuyan la soberanía nacional y dirijan una proclama al país donde vinculan
el reconocimiento al rey a que éste acate y jure la Constitución. Pero en 1814, con el regreso de
Fernando VII, un grupo de diputados presentan el Manifiesto de los Persas, un documento donde
impugnan la representatividad de las Cortes entonces existentes, sugieren formar otras y piden
la derogación de la Constitución. El general Eguía da un golpe de Estado, que deja sin efecto la
Constitución y las Cortes.
2. El Trienio liberal (1820‐1823)
La imposibilidad de recuperar la vía constitucional desde dentro del propio sistema lleva a los
liberales a reclamar el apoyo del ejército, que actúa mediante pronunciamientos. En 1820, el
teniente coronel Riego se subleva en Cabezas de San Juan (Sevilla), proclama la Constitución de
Cádiz y restablece las autoridades constitucionales de la localidad. El éxito del pronunciamiento
obliga a Fernando VII a jurar la Constitución y se restablece el orden constitucional. Estos
liberales de 1820 se dividieron en dos ramas: los moderados o doceañistas y los exaltados o
radicales. Ambos constituyen el embrión de los partidos políticos decimonónicos.
Buena parte de los revolucionarios más activos formaron Sociedades patrióticas, que
difundieron en cafés y tertulias el nuevo espíritu. Los excesos de los exaltados y anarquistas
provocaron la inquietud de los monárquicos europeos. La vida política de España y la
Constitución de 1812 se convirtieron en un problema que traspasó fronteras. Los emperadores
de Rusia y Austria, junto con los reyes de Prusia, Francia y el propio Fernando VII formaron la
Santa Alianza, que decidió la intervención militar para liberar a las monarquías del acoso
59
revolucionario. Un gran ejército, conocido como los Cien mil hijos de San Luis, entra en la
Península, pone sitio a Cádiz y hace rendirse al gobierno constitucional. Fernando VII declara
nulos los actos llevados a cabo por ese gobierno y declara una amnistía general, que no será
cumplida.
3. La “Década Ominosa” (1823‐1833)
Tras el Trienio Liberal, en 1823 se liquida la etapa anterior y abre una década de despotismo
absolutista. Lo más importante de este período es la cuestión sucesoria y la consumación del
proceso independentista colonial.
En 1830, coincidiendo con el embarazo de la reina, se hace pública la Pragmática Sanción de
1789, que derogaba la Ley Sálica, que hasta entonces se había mantenido en secreto. Al
restablecerse así el orden sucesorio establecido en las Partidas, con la consiguiente posibilidad
que reinaran las mujeres. Esto anuló todas las posibilidades del infante Carlos, hermano del rey,
de convertirse en rey de España. Esto provocó un enfrentamiento, radicalizado desde el
nacimiento de la hija del rey, donde se mezcló la cuestión sucesoria con el alineamiento político
(liberal o conservador).
En 1832, estando la Corte en La Granja, Fernando VII cae en peligro de muerte, teniendo lugar
los sucesos de la Granja, que dan lugar a un decreto derogador de la Pragmática Sanción, el cual
restablecía la Ley Sálica. Restablecido Fernando VII, hace pública en el mismo lugar una
declaración anulatoria del decreto anterior, arguyendo haber sido objeto de engaño, con lo que
queda revalidada la Pragmática sanción y el derecho de Isabel a heredar el trono. En 1833, con
la muerte de Fernando VII, Isabel se convierte en reina, recayendo la regencia en su madre María
Cristina debido la minoría de edad de la reina. Con la regencia se inicia una profunda división
entre los partidarios de Isabel y los partidarios de Carlos de Isidro, cuya pretensión se basó en
un presunto derecho adquirido a reinar en defecto de hijos varones del rey al haber nacido
mientras estaba vigente la Ley Sálica. El enfrentamiento entre isabelinos y carlistas desembocó
en una división de la sociedad española.
Por otro lado, en América se culmina el proceso independentista iniciado años atrás. Al
coincidir eses conflicto con la Guerra de Independencia, las autoridades españolas de ultramar
tuvieron que enfrentarse a los insurrectos sin ayuda de la metrópoli.
El Congreso de Tucumán (1816), fijó la ruptura con España de las provincias del Plata, surge
con O'Higgins la patria nueva en Chile en 1818, tiene lugar la proclamación de la Gran Colombia
(Venezuela, Nueva Granada y Ecuador) al año siguiente. Lograda la independencia de México,
en 1821, y consumada la liberación de los países de la América central, restaba el Perú como
gran reducto de la resistencia hispana. En apenas tres lustros, cayó deshecho el Imperio. Como
se había cedido Florida a Estados Unidos, España sólo poseía en América la zona insular del
Caribe, con Cuba y Puerto Rico.
C) LA GUERRA CARLISTA Y LOS LIBERALES, 1833‐1840
Con la muerte de Fernando VII surgen los primeros levantamientos de voluntarios realistas,
que tuvieron como contrapartida la coalición de la regente María Cristina con los liberales. La
guerra enfrentó a dos ideas políticas y fue una lucha entre el mundo urbano, predominantemente
liberal, y el mundo rural, donde arraigaron los principios carlistas.
En el ideario carlista, cuya idea principal era el absolutismo monárquico contrarrevolucionario,
concurren otros dos factores de suma importancia:
‐ La cuestión religiosa, sobre todo a raíz de la política desamortizadora. Frente a la amenaza
laicista, el carlismo defiende una concepción religiosa tradicional.
‐ El problema foral, debido a la localización del movimiento en el País Vasco y Navarra. Frente
al uniformismo liberal, el carlismo se muestra decididamente foralista.
60
La guerra carlista concluye en 1839 con el Convenio de Vergara, que significa el triunfo del
liberalismo sobre el Antiguo régimen. Su secuela jurídica fue la abolición del régimen foral vasco
mediante un decreto de 1841.
Con todo, la consecuencia jurídica más importante del Convenio de Vergara fue la Ley de
Modificación de Fueros, o ley paccionada, de 1841, que extendió a Navarra la organización política
y judicial vigente en resto de España. Por tanto, Navarra dejó de ser un reino y pasó a ser una
provincia, pero con competencias especiales en materia administrativa y fiscal.
Los liberales, por su parte, se habían movido dentro de un compromiso razonable, del que fue
reflejo el Estatuto Real de 1834. Sin embargo, cuando dos años más tarde del motín de la Granja,
otro pronunciamiento militar impuso por la fuerza un gobierno radical, el liberalismo se dividió
en dos corrientes, avanzada y conservadora, lo que se tradujo en dos partidos políticos, el
progresista y el moderado. El triunfo de liberalismo radical tendrá su reflejo en la Constitución de
1837. En el campo del reformismo económico‐social y de las relaciones con la Iglesia, la acción de
los progresistas se manifiesta a través de la campaña desamortizadora de Mendizábal.
II. De la consolidación liberal a la Revolución
A) LA REGENCIA DE ESPARTERO, 1841‐1843
Concluida la guerra carlista y asentado el régimen liberal, se produce una aproximación de los
políticos dirigentes a los militares de prestigio. En esas circunstancias, el general Espartero
aparece como árbitro de las dificultades políticas que atraviesa la regente María Cristina y se hace
con la regencia, sumándola a la presidencia del gabinete, que ya ostentaba. Espartero intentó
dirigir el país con el apoyo de los progresistas. A causa de ello, se enfrentó a una gran parte del
ejército, a los propios moderados, a la burguesía catalana e, incluso, a los sectores sociales más
extremistas. Cuando el general perdió el respaldo de su propio partido, la unión de todos le hizo
caer. Tras unas sublevaciones en Andalucía y Cataluña, Narváez entra victorioso en Madrid y
liquida el cesarismo liberal de Espartero. En ese mismo año, Isabel II alcanza la mayoría de edad
e inicia su reinado.
B) LA DECADA MODERADA (1844‐1854) Y EL PRIMER CENTRISMO POLITICO
En 1844, Narváez disuelve las Cortes y convoca elecciones. Su triunfo fue tan rotundo que solo
salió elegido un diputado liberal. Esta gran mayoría no tenía fácil ofrecer una alternativa de
gobierno homogénea y sólida. Hubo algunos focos de resistencia marginales, como los carlistas o
los primeros movimientos republicanos, pero frente a estas tensiones extremistas se llevó a cabo
el primer ensayo de centrismo político.
La síntesis moderada tuvo tres claves principales:
‐ El ordenamiento constitucional, reflejado en la Constitución de 1845
‐ El Concordato de 1851, que resolvió los problemas en las relaciones con Roma
‐ La posibilidad de solucionar el conflicto dinástico mediante el matrimonio de la reina Isabel
II con el conde de Montemolín, primogénito del pretendiente don Carlos, que hubiese
evitado una nueva guerra civil. Este matrimonio no se llevó a cabo.
El régimen de Narváez construyó, mediante numerosas reformas, la estructura centralista del
Estado contemporáneo. Se basaba constitucionalmente en la coexistencia de los dos grandes
partidos, moderado y progresista. La acusada marginación del partido progresista produjo la
ruptura del sector más a la izquierda y el nacimiento del partido demócrata.
El centrismo moderado se disolvió desde dentro a causa de las desavenencias internas entre
los pequeños grupos que integraban el partido moderado.
61
C) LA REVOLUCION Y EL BIENIO PROGRESISTAS, 1854‐1856
La Revolución de 1854 se inicia con un pronunciamiento de militares conservadores en
Vicálvaro, como protesta por el desgobierno y a corrupción, para derivar luego en la alianza con
las fuerzas progresistas. A este pronunciamiento le siguieron una serie de sublevaciones, cuyo
triunfo posibilitó el gobierno de Espartero y O’Donell y una coalición moderada‐progresista, que
estuvo dos años en el poder.
La coalición concurrió a unas elecciones constituyentes bajo el lema de Unión Liberal,
elaborando una Constitución en 1856, que no llegó a ser promulgada pese a ser aprobada en las
Cortes
Durante el bienio postrevolucionario se realizaron importantes reformas. Entre ellas, la ley de
desamortización de Madoz y la ley de ferrocarriles. Durante esa época surgieron los conflictos del
movimiento obrero y las agitaciones de los campesinos en Castilla. Tras la caída de Espartero, se
adoptaron numerosas medidas contra el revolucionismo obrero.
D) LA UNIÓN LIBERAL, 1856‐1863
En 1856, O’Donell asume el restablecimiento del régimen moderado, que él mismo había
ayudado a derrocar. El eje del nuevo sistema fue un segundo centrismo, la Unión Liberal, que
representó una aportación positiva a la estabilidad política.
Bajo esta coalición electoral, de la que formaron parte gentes de la izquierda moderada y
progresistas templados, tuvo lugar el gobierno largo de O’Donell. Entre sus realizaciones más
notables hay que destacar la recuperación de la imagen internacional de España, lo que despertó
el optimismo nacional y revalorizó la imagen del ejército. Fue sobre todo espectacular el progreso
económico en muy diversos aspectos: mejoras agrícolas, construcción de la red ferroviaria, etc.
A pesar de todos los éxitos, de la mayoría parlamentaria y del apoyo del ejército, esta segunda
experiencia centrista fracasó por similares motivos a los que destruyeron la primera. En 1863, la
reina Isabel II se negó a disolver las Cortes y O’Donell tuvo que dimitir.
E) EL PRELUDIO DE LA REVOLUCION, 1863‐1868
En los siguientes cinco años y medio posteriores a la caída de O’Donell se sucedieron siete
gobiernos. El problema de fondo es la marginación de los progresistas, el predominio de
camarillas moderadas, la acentuada radicalización de los excluidos y la creciente soledad de la
Corona.
Tuvo lugar una deriva de las fuerzas políticas hacia posiciones extremas. El partido demócrata
se orientó al republicanismo, mientras los progresistas excluidos se volvieron antidinásticos. Para
los demócratas sólo era posible alcanzar el poder por medio de la revolución, mientras los
progresistas, que confiaban en que algún pronunciamiento obligara a Isabel II a otorgarles el
poder, acabaron por desengañarse de tal posibilidad. El clima político era depresivo, a lo que se
sumó la crisis económica. Muchas personalidades progresistas y moderadas fueron arrastradas al
exilio. Todo apuntaba a un golpe de Estado. El general Prim lideró la conspiración que triunfó en
septiembre de 1868 e Isabel II se refugió en Francia.
F) EL SEXENIO REVOLUCIONARIO, 1868‐1874
Al gobierno provisional, presidido primero por Serrano y luego por Prim, correspondió
organizar el Estado salido de la Revolución. Antes de finalizar 1868, se convocaron las Cortes
Constituyentes con un régimen de sufragio universal para los hombres mayores de 25 años.
El gran problema político era la ordenación institucional del Estado surgido de la Revolución.
A ese problema se le sumaron los conflictos surgidos con los secesionistas de Cuba y la multitud
de dificultades de orden público interno por la persistencia de las Juntas revolucionarias.
Las Cortes Constituyentes debieron afrontar una cuestión capital, debiendo decidir entre
monarquía o república. Unionistas y progresistas constituían formalmente el bloque monárquico,
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mientras que en el partido demócrata existía un sector monárquico y otro sector de espíritu
federalista. La mayoría de partidarios de la monarquía resolvieron la cuestión a favor de esta
forma de gobierno, pero surgió la cuestión de quién debía ser el rey de España. La opción de Isabel
II estaba descartada, por lo que fue preciso buscar otra persona. Transcurrido un año, en 1869, y
tras diversos intentos, Amadeo de Saboya aceptó el trono.
Amadeo de Saboya vino a reinar a España en 1870. Su candidatura había sido aprobada por
las Cortes con casi un tercio de los votos en contra y bastantes abstenciones y, al llegar a España,
recibió la noticia del asesinato de Prim. No gozó del favor de sus súbditos y durante los dos años
de su reinado se sucedieron tres elecciones generales y seis gabinetes. La razón de su fracaso fue
doble:
‐ Sobre la base republicana de la Revolución de septiembre, se había diseñado una
monarquía ficticia
‐ La coalición triunfadora de la Revolución estaba prácticamente deshecha y el partido de
Prim había quedado dividido en radicales y conservadores.
En 1873, Amadeo I de España renunció al trono y se proclamó la primera República. En los
once meses que estuvo vigente, hubo cuatro presidentes.
Como sistema político, la República carecía de arraigo popular y de apoyos. En el exterior fue
vista con recelo. Dentro del país, sus únicos apoyos fueron el sector político de la burguesía de
izquierdas, algunos elementos obreros y un grupo heterogéneos de intelectuales. Todo esto era
minoritario y carecía de apoyo popular.
La nueva guerra carlista aprovechó el desconcierto existente y añadió otras dificultades a la
República. Surgieron las revueltas cantonales en Andalucía y Levante, cuya represión forzó a la
República a suspender las garantías constitucionales. Con la derrota parlamentaria del presidente
Castelar, en 1874 el general Pavía envió sus tropas al Congreso y disolvió a los diputados.
III. La Restauración y la convivencia canovista
Ni la Revolución de 1868, ni la monarquía de Amadeo, ni la República de 1873 habían mudado en lo
sustancial la estructura socioeconómica de la vieja España isabelina. La empresa restauradora contará con
el apoyo financiero de la alta burguesía y con un ejército que es monárquico y liberal. Se necesitará
además un artífice que deseche las formulas agotadas de convivencia política. Esa persona es Cánovas del
Castillo, consciente de tres cosas fundamentales:
‐ La Restauración no es posible en la persona de Isabel II y hay que buscarla en su hijo
Alfonso.
‐ El mosaico político debe ser reducido a un bipartidismo estable
‐ El poder civil debe primar y hay que apartar al ejército de los pronunciamientos.
La monarquía de Sagunto tuvo propiamente dos etapas:
1º Hasta 1898, en la que se inscribe el reinado de Alfonso XII, muerto en 1885, que es el gran
período de la Restauración
2º Ya en el XX, de signo revisionista y paulatina debilidad.
En la etapa inicial Cánovas consigue la neutralidad del Estado. Él, al frente de la derecha moderada, y
Sagasta, al frente de la izquierda liberal, se alzan como figuras garantes del pluralismo y la libertad. Mérito
de Cánovas fue idear el sistema. Mérito de Sagasta fue incorporar a la izquierda y rescatarla de los excesos
revolucionarios.
El régimen de convivencia canovista se plasmó en la Constitución de 1876. Vencidos los carlistas en
una última guerra, la ley de 21 de julio de 1876 extinguió definitivamente los fueros vascongados,
logrando la unificación general del derecho público en España, con la única excepción de los
particularismos que desde 1841 mantenía Navarra. Los antiguos organismos forales fueron sustituidos
por diputaciones provinciales, que firmaron con el poder central los primeros conciertos económicos.
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El turno pacífico de los partidos quedó canonizado cuando, al morir Alfonso XII, Cánovas aconsejó a la
regente María Cristina, en el llamado Pacto de El Pardo, que para fortalecer a la monarquía, llamara a los
liberales al poder. La Restauración tuvo algunas sombras: la desatención regional, el descuido de los
problemas sociales y la escasa solicitud por el quehacer intelectual, reivindicado entonces por la
Institución Libre de Enseñanza.
Su gran contrapartida fue en todo caso el desastre colonial. Tras la guerra hispano‐norteamericana,
España perdió lo que quedaba del Imperio: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Fue un desastre económico, pero
fue sobre todo un profundo desastre moral. La Restauración, no obstante, fue el sistema político más
completo, homogéneo y fecundo que ha edificado el liberalismo español.
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LECCIÓN 11ª: LAS REFORMAS ECONÓMICAS Y SOCIALES DE LA
IDEOLOGÍA LIBERAL
I. Estructura Económica
A) LA AGRICULTURA: DESARROLLO Y FUENTES DE RIQUEZA
El panorama agrícola del s. XIX comprende tres etapas principales:
1º Hasta 1837, es deudora de la situación y problemas del Antiguo Régimen, a los que se hace
frente con una serie de medidas que conducen a la llamada revolución agraria
2º De 1837 a 1860 tiene lugar una fase de expansión de los terrenos de cultivo
3º Los últimos 40 años del siglo son un periodo de reajuste, con mayores índices de
productividad y cierta disminución de las superficies cultivadas.
Al iniciarse el s. XIX, dos terceras partes de la población trabajaban en el campo. Por eso, la
revolución agraria fue requisito y punto de partida de la Revolución industrial que caracterizó a la
Europa del s. XIX y que alcanzó a España a finales de siglo.
La revolución agraria hizo posible que los excedentes agrarios facilitasen el sostenimiento de
las ciudades y su posterior industrialización, al procurar que la gente del campo emigrase a las
ciudades para trabajar en las fábricas.
La agricultura heredada del Antiguo Régimen arrastra una serie de problemas que se
solucionan en el s. XIX, mediante:
‐ Un decreto de 1813 eliminó la prohibición de cerrar las heredades, estableciendo libertad
de cercamiento y arrendamiento de tierras
‐ Se suprimió la prohibición de roturar baldíos y montes, mediante la abolición de las
correspondientes leyes y ordenanzas
‐ Se dictaron disposiciones para evitar que las tierras de cultivo estuviesen a disposición de
la ganadería, lo que causó el derrumbamiento de la organización de la Mesta en 1839.
‐ La abolición de tasas y la libre circulación de productos del campo
‐ La abolición de señoríos, desvinculación de mayorazgos y desamortización de bienes
raíces.
B) LA PROPIEDAD AGRARIA Y SUS REFORMAS
La nueva propiedad agraria, característica del Estado Liberal, descansa fundamentalmente en
tres grandes reformas:
1º La disolución del régimen señorial
2º La desvinculación de los mayorazgos
3º La desamortización de los grandes dominios pertenecientes a las llamadas manos muertas.
Esas tres reformas del derecho de propiedad privada servirán para destruir las bases de la
sociedad estamental.
1. Disolución del régimen señorial
Los legisladores de Cádiz se enfrentaron al enorme problema del régimen señorial que
configuraba el sistema de la propiedad agraria desde la Edad Media. Distinguieron entre los
señoríos jurisdiccionales y aquellos otros con una simple base territorial o solariega. Un
importante decreto de 1811 dispuso que los señoríos con jurisdicción se incorporasen al Estado,
permitiendo que los señoríos con base territorial quedasen en la clase de los demás derechos
de propiedad particular.
Esta solución fue revisada en los años siguientes. El punto clave fue el problema de la
presentación de títulos por parte de los señores, que tenían que diferenciar el tipo de señoríos,
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y justificar adecuadamente el fundamento jurídico de los amplios dominios territoriales. Una
consecuencia de esta política fue la necesidad de presentar estos títulos para garantizar que
cualquier señorío no fuese de los incorporables.
El término del proceso tuvo lugar en 1837. Respecto de la cuestión de los títulos se arbitró
una fórmula de compromiso, consistente en eximir a los dueños de los señoríos solariegos de la
obligación de presentarlos y exigir, en cambio, el título de los señoríos jurisdiccionales objeto de
incorporación. Las leyes abolicionistas cumplieron el triple propósito de suprimir lo
jurisdiccional, recortar lo tributario y respetar lo territorial.
2. Desvinculación de los mayorazgos
El mayorazgo es una forma de propiedad característica de la nobleza señorial, que impide la
enajenación de los bienes constitutivos del patrimonio o que su titular incorpora a él. Los bienes
quedan vinculados y, por tanto, sustraídos al libre comercio, pasando en bloque al heredero del
noble. Tal institución supuso el crecimiento incesante de las propiedades nobiliarias y, en
concreto, de la propiedad rústica que, a consecuencia de ello, se acumuló progresivamente en
un reducido número de personas.
Los perjuicios económicos de éste fenómeno ya llamaron la atención de los reformistas de la
segunda mitad del s. XVIII. En los últimos años de ese siglo y los primeros del s. XIX, se dictaron
una serie de medidas de carácter corrector, con el fin de hacer repercutir en la hacienda pública
el beneficio de las posibles enajenaciones.
El reformismo se convirtió en la abolición de los mayorazgos, consagrada por la Ley del 11 de
octubre de 1820, en la que se suprimían todos los mayorazgos.
Esta desvinculación del mayorazgo significa que los titulares de los bienes pueden disponer
de ellos libremente. La propiedad ha sido liberada. El dueño de fincas vinculadas puede
venderlas, si quiere, o puede vender la mitad y su sucesor el resto. El profesor Clavero llamó a
esto la transacción histórica entre la nobleza, propietaria de tierras, y la burguesía, que no podía
comprarlas.
Esta ley de 1820 fue abolida y restablecida luego, al compás de las convulsiones absolutistas
y liberales.
Al iniciarse la regencia de Espartero, se presenta en las Cortes un nuevo proyecto, que en
realidad resucita otro que había fracasado anteriormente. Este proyecto se convierte en ley en
1841, sobre vinculaciones y mayorazgos. Esta desvinculación fue irreversible, quedando
consagrada en el Código Civil una concepción amplia y sin trabas del derecho a la propiedad, así
como la nulidad de cualquier norma que prohibiese la alienación de bienes.
3. La Desamortización
La desamortización fue un vasto fenómeno jurídico, político y económico consistente en
sustraer la propiedad acumulada en manos muertas, es decir, en personas jurídicas como la
Iglesia o municipios, restituyendo esos bienes al tráfico jurídico normal. Esta tarea fue realizada
por el Estado mediante la incautación de bienes privados, sobre todo inmuebles, y su posterior
venta en subasta pública. A diferencia de la desvinculación, que libera a los bienes de sus
propietarios, la desamortización se los arrebata mediante una compensación y los nacionaliza,
para privatizarlos después y obtener con la venta unos beneficios. La desamortización respondió
tanto a la preocupación por reordenar el régimen de propiedad como al afán de obtener nuevos
y cuantiosos ingresos para el Estado.
La desamortización se realizó a través de un largo proceso, incoado a finales del s. XVIII y
concluido al término del s. XIX. Cabe señalar en ese proceso tres etapas principales:
‐ Primera etapa:
La preocupación ante la improductiva acumulación de bienes se tradujo en diferentes
soluciones. Si las tierras eran de los municipios, procedía hacerlas accesibles al usufructo de
los campesinos. Si pertenecían a la Iglesia, había que evitar que aumentasen. Rompiendo
este criterio, el Estado, en 1798, emprende con Godoy una desamortización eclesiástica y
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municipal. En 1813, las Cortes de Cádiz dictaron un decreto desamortizador, en virtud del
cual los bienes podían ser adquiridos, parte en metálico y parte en títulos de deuda pública
‐ Segunda etapa:
Consta de dos fases complementarias. La primera fue la desamortización de Mendizábal,
materializada en un decreto de 1836 y en una ley de 1837. Esta desamortización recayó en
los bienes de la Órdenes religiosas extinguidas en 1835. Las ventas de 1836 sirvieron para
financiar la guerra contra los carlistas y representaron el paradigma de la legislación
anticlerical.
Lo que Mendizábal hizo con los bienes de la Iglesia, lo volvió a hacer Espartero con los
bienes del clero secular. La venta de unos y otros representó las tres quintas partes de las
propiedades totales de la Iglesia española.
‐ Tercera etapa:
La desamortización decretada en 1855 mediante la Ley Madoz fue la más importante de
todas. El volumen de sus ventas superó con creces a la suma de lo desamortizado en 1798
y 1836.
La ley de 1855 mantuvo la desamortización eclesiástica iniciada anteriormente y la
amplió a una desamortización general de todas las propiedades y bienes amortizados,
pertenecientes tanto al Estado como a los municipios. La ley Madoz rigió durante toda la
mitad del s. XIX.
El balance de la desamortización se refleja principalmente en dos aspectos. En primer lugar,
las subastas al mejor postor exigieron que los adquirentes fuesen gente acomodada, con lo que
el sistema latifundista se incrementó o, al menos, no se redujo. Los latifundios cambiaron de
propietario, pero siguieron existiendo. En segundo lugar, la situación de los campesinos fue a
peor, ya que pasaron de cultivar las propiedades eclesiásticas o comunales a depender de los
señores latifundistas que querían obtener el máximo rendimiento de sus tierras. La
contrapartida positiva fue que mejoró el rendimiento de las tierras y se pusieron en explotación
muchas que hasta entonces habían permanecido abandonadas.
C) LA INDUSTRIA Y LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
Desde mediados del s. XVIII a la I Guerra Mundial se produce la Revolución industrial. Iniciada
en Inglaterra y extendida luego a la Europa continental y a los Estados Unidos, la Revolución
industrial consistió en una serie de innovaciones en la técnica y modos de producción, cuyas bases
fueron la invención de la máquina de vapor alimentada por carbón, el descubrimiento y utilización
de nuevos métodos de transformación de materias básicas, la organización racionalizada del
trabajo en el proceso productivo y el aprovechamiento de los avances tecnológicos en la
agricultura y el transporte.
1. Los sectores industriales
La abundancia de recursos mineros apenas fue aprovechada hasta los últimos años del siglo.
El intervencionismo y control estatal significaron un estacionamiento que fue roto por las
doctrinas librecambistas. La Ley sobre minas de 1868 inauguró una nueva etapa al simplificar las
adjudicaciones y conceder las minas a perpetuidad mediante el pago de un canon. Esa ley y otra
complementaria supusieron algo así como la desamortización del subsuelo, provocando una
presencia masiva de compañías extranjeras interesadas en su explotación.
La tecnología del acero inglés fue causa del auge del hierro español en la cuenca vasco‐
santanderina. España se convirtió en una de las grandes potencias productoras de hierro y llego
a ser el primer país en volumen de exportación. Las exportaciones masivas produjeron en el
norte grandes capitales y fueron un factor clave de la industria siderúrgica y del desarrollo del
País Vasco.
La industria siderúrgica tuvo notables limitaciones por la falta de una hulla adecuada. Se
ubicó en el norte de España, que era la zona más accesible para la importación del carbón
británico. A su vez, la industria textil algodonera de Cataluña tuvo que enfrentarse a dificultades,
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como la desaparición del mercado colonial y la baja calidad del carbón español. Pese a eso, se
concentró en Barcelona una industria algodonera que alcanzó un notable desarrollo.
Otros sectores industriales tuvieron menor importancia. El lanero se mantuvo en Castilla la
Vieja y en Valencia y Murcia la industria sedera fue a menos.
2. El fracaso de la Revolución Industrial
Pese a logros parciales, el saldo conjunto de la modernización española, que en el XIX pasaba
por fábricas, altos hornos, telares y vida fabril, no puede considerarse positivo. El historiador
catalán Nadal ha llegado a dos conclusiones, respecto a las causas del fracaso de la revolución
industrial en España:
‐ El éxito de la industria algodonera frente a la de los bienes de equipo.
‐ El despegue industrial, coincidente en el tiempo con el de otras naciones de la Europa
occidental, perdió luego ritmo y concluyó en el fracaso.
D) EL COMERCIO
1. Comercio exterior y política arancelaria
Durante la primera mitad del s. XIX, el comercio exterior sufre un colapso, producido por dos
causas:
‐ La contracción del mercado debido a las guerras napoleónicas
‐ La pérdida del imperio colonial americano.
Desde 1850, se suceden diversas fases de expansión, estabilidad y crisis.
La política económica se desenvolvió a través del régimen de aranceles. Dentro de la
dialéctica proteccionismo‐librecambismo, el arancel, que es un impuesto sobre el comercio
exterior, constituye un instrumento ordenador de la política comercial. Tras el arancel de 1825,
que gravó ostensiblemente a los buques extranjeros sobre los nacionales, los dictados en 1841
y 1849 fueron ya de corte moderado, anticipando el triunfo librecambista del arancel de 1869.
Con él quedaron suprimidas cualquier tipo de restricciones para importar o exportar,
desapareciendo también el derecho diferencial de bandera entre buques españoles y
extranjeros. Los avatares posteriores hicieron retornar al proteccionismo. Fruto de este proceso
fue el arancel de 1891, que suprimió las franquicias comerciales y posibilitó el desarrollo de la
industria textil y metalúrgica.
2. El Banco de España y la Bolsa
El antiguo Banco Nacional de San Carlos, fue transformado por López Ballesteros en 1829 en
el Banco Español de San Fernando. Surgió en 1844 una nueva entidad, el Banco de Isabel II, el
cual pasó en brevísimo tiempo del éxito al fracaso. Para remediar su crisis, en 1847 se decretó
la fusión de ambas corporaciones, apareciendo así un Nuevo Banco Español de San Fernando
que, abrumado por el pasivo del de Isabel II, llegó en seguida a una situación de virtual
suspensión de pagos. La Ley de Bancos de Emisión de 1856, rebautizó a esa última entidad y le
dio su definitivo nombre de Banco de España.
Durante estos años tuvo lugar un notable auge de la banca privada, se crea el Banco de
Barcelona, el Banco de Bilbao y el de Santander. Desde entonces coexisten los bancos de emisión
autorizados a producir billetes y las sociedades financieras de crédito. En 1874, una ley de
trascendental importancia concedió el monopolio de emisión de billetes al Banco de España, con
lo que la mayor parte de los bancos emisores surgidos hasta entonces, fueron anexionados por
él. Los pocos que resistieron representarán el germen de la futura banca privada.
Las Bolsas de Comercio surgen en la España del s. XIX al ser creada en 1831 la Bolsa de Madrid,
en función de la existencia de instituciones similares en París y Londres, pero también, por una
tradición nacional rica en organismos (lonjas, casas de contratación, consulados) que, aunque
no habían practicado la negociación de valores, sí encuadraron la actividad mercantil en un
preciso marco jurídico. Al finalizar el siglo, fue fundada la Bolsa de Bilbao, y al iniciarse el s. XX,
se estableció la de Barcelona.
68
II. Estructura Social
A) DEMOGRAFÍA Y CLASES SOCIALES
Durante el s. XIX, la población española creció en proporciones relativamente semejantes a las
del occidente europeo. Los once millones y medio de habitantes del año 1800 se convirtieron en
dieciocho y medio en 1900.
Las crisis demográficas coincidieron con las agrícolas, caracterizadas por el alza del precio de
los productos del campo, especialmente los cereales.
La estructura social sufrió hondas transformaciones. El viejo esquema estamental quebró con
el reconocimiento y proclamación de la igualdad de los súbditos ante la ley, por el empuje de la
burguesía y la aparición del proletariado industrial. El régimen de estamentos, con rangos
jurídicos diferenciados, desaparece definitivamente por el decreto de unificación de fueros de 6
de diciembre de 1868, que consagra la existencia de un único fuero o status legal de todos los
españoles. La sociedad estamental da paso así a una sociedad de clases, en función sólo de la
influencia, poder o fortuna de las personas. La sociedad se estructura en:
‐ Clases privilegiadas: destaca la aristocracia terrateniente
‐ Clases medias: destaca la burguesía agraria, que se hace fuerte en Castilla y la burguesía
industrial catalana, asturiana y vasca.
‐ Clases obreras: emerge el proletariado industrial, beligerante a través de asociaciones y
movimientos de diverso tipo.
‐ Clases rurales: formada por campesinos que, desfavorecidos por la política agraria y por la
recién nacida opción industrial, protagonizan numerosas agitaciones y revueltas.
B) LAS CLASES PRIVILEGIADAS
El derrumbamiento de los privilegios jurídicos de la aristocracia se inicia en las Cortes de Cádiz,
quedando abolidas las pruebas de sangre para el acceso a determinadas profesiones y cargos, son
suprimidos los derechos jurisdiccionales y se establece la igualdad civil y de fuero de todos los
españoles. El poder latifundista sufre, a su vez, el impacto de la desvinculación de los mayorazgos.
Sin embargo, es objeto de cierta rehabilitación política cuando el Estatuto Real de 1834 sanciona
la existencia de un estamento de próceres como cámara parlamentaria, de la que los grandes de
España son miembros natos, situación reconocida asimismo por la Constitución de 1845 y por ley
de 1857.
Las ventas de mayorazgos y de propiedades eclesiásticas desamortizadas favorecieron la
presencia de una alta nobleza latifundista. En la segunda mitad del s. XIX predomina la llamada
nobleza romántica, formada por políticos, militares y gentes de la banca, a los que la monarquía
distingue con numerosos títulos. Surge así el aristócrata de la Restauración, dueño de tierras,
próspero negociante o militar prestigioso, que es conservador en lo social pero frecuentemente
alineado en política con los liberales.
El clero disfrutó de cierta notoriedad en los primeros años del siglo, y eclesiásticos fueron
buena parte de los diputados reunidos en Cádiz. En 1835 es suprimida una vez más la Compañía
de Jesús, mientras que ese mismo año se dispone la clausura de todas las casas de religiosos que
no consten de un mínimo de 12 miembros profesos, nacionalizando todos sus bienes. En 1841 se
declaran bienes nacionales todos los del clero secular, iglesias y cofradías. Tras el Concordato de
1851, que limitó a 3 las congregaciones religiosas masculinas, se produjo una lenta pero ostensible
recuperación del sentimiento católico. Al amparo de la Ley de Asociaciones de 1887 pudieron
establecerse diversas comunidades religiosas. En el plano ideológico intentará abrirse camino el
catolicismo liberal, pero tal corriente tuvo un alcance muy limitado. A su vez, el clero secular,
debido al estímulo de un papa intelectual como León XIII y al reto de la pedagogía laica, se asoma
a las aulas, donde habrá de librarse la batalla de la enseñanza.
69
C) BURGUESÍA Y CLASES MEDIAS
La acumulación de propiedades rústicas facilitó en el centro de la Península la formación de
una burguesía terrateniente, mientras en la periferia aparece la burguesía industrial. Estos
propietarios, llamados burgueses por los obreros a partir de la Revolución de 1868, habían
evolucionado desde unas posiciones de alianza a otras de enfrentamiento con el Antiguo
Régimen. Convertidos al mediar el siglo en un sector progresista, los acontecimientos
revolucionarios y la presión obrera les obligaron a retornar a su primitiva actitud conservadora.
La crisis del 98 repercutió negativamente en los sectores burgueses, pero en menor medida en
los de Cataluña y el País Vasco.
Los dedicados a las profesiones liberales, pequeños comerciantes y artesanos, militares de
regular graduación, funcionarios públicos y propietarios menores formaron la burguesía baja,
identificada con las clases medias.
D) EL PROLETARIADO INDUSTRIAL
1. Situación social y primeras reivindicaciones
El desarrollo del maquinismo y la existencia de grandes fábricas propiciaron con gentes que,
procedentes del campo, se congregan en los núcleos fabriles. Consagrada la libertad de
establecer industrias, la de contratación y la competencia sin trabas en el mercado, quedan
abiertas unas diferencias cada vez mayores entre el fabricante o amo, y los operarios u obreros.
El intento de lograr un régimen productivo de bajos costes, con la consiguiente reducción de
salarios, enfrentó los intereses del capital y el trabajo.
Las primeras reivindicaciones obreras fueron estrictamente laborales y sin contenido político.
No obstante, patronos y obreros lucharon juntos en numerosas ocasiones, defendiendo
intereses comunes: el proteccionismo de la industria nacional, la política arancelaria, etc.
Sin embargo, la clase obrera se sintió instrumentalizada y desasistida en su alianza con los
patronos, politizando las reclamaciones y la defensa de un asociacionismo hasta entonces
perseguido. Las diferencias se tradujeron en una confrontación ideológica y política.
2. Movimientos obreros y sindicales: anarquismo y socialismo
Tras la Revolución de 1868 los dirigentes obreros españoles entran en contacto con los
movimientos del exterior. Las dos grandes orientaciones fruto de la escisión producida en la 1ª
lnternacional, el socialismo ortodoxo de Marx y el anarquismo de Bakunin, repercuten en la
Península.
La sección española de la 1ª Internacional tuvo en principio un sello bakunista. Poco después, el
yerno de Marx funda la Nueva Federación Madrileña, tratando de restar fuerza a la corriente
anarquista e imponer en cambio la socialista. Tal intento no llega a prosperar, asegurándose el
predominio anarquista en Cataluña y Andalucía. Tras la ruptura producida en la 1º Internacional,
en 1881 se crea en Barcelona la Federación Regional de Trabajadores Españoles, de dominante
signo anarquista.
El anarquismo español tuvo como fundamentos doctrinales el repudio a la sociedad capitalista,
el ateísmo, el rechazo a la Iglesia católica y la crítica a los nacionalismos y a la organización
militar.
Si su primer cimiento filosófico tuvo que ver con la creencia en la bondad natural del hombre,
su dialéctica real no fue otra que la violencia, mediante el terrorismo sistemático, cuyos hitos
principales fueron las bombas arrojadas en el Liceo y en la procesión del Corpus, y el asesinato
de Cánovas. Sus objetivos sindicales cuajaron en 1911 con el establecimiento de la
Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
Los socialistas, partiendo del antecedente de aquella Nueva Federación Madrileña, se
desarrollan de forma menos espectacular. Constituido el Partido Socialista, la implantación
sindical tiene lugar al fundarse en Barcelona en 1888 la Unión General de Trabajadores (UGT).
Con un sustrato ideológico común al partido y a la organización obrera. Sus efectivos principales
se encontraron en las regiones del norte y en Madrid.
70
LECCIÓN 12ª: PENSAMIENTO LIBERAL Y REFORMAS POLÍTICAS
I. Introducción: La Revolución Francesa y los orígenes del constitucionalismo
continental
Las expresiones Constitución y constitucionalismo remontan su origen al pensamiento político griego
y, en especial, a la obra de Aristóteles, quién clasificó las formas gobierno en buenas constituciones
(monarquía y república) y malas (tiranía, oligarquía y democracia), en la medida en que procuraban el
bien de todos o sólo el de una parte de la comunidad política.
Actualmente, el término Constitución se utiliza con dos acepciones principales:
‐ En sentido amplio, como la totalidad de normas que ordenan la vida de un país
‐ En sentido estricto, como las disposiciones fundamentales, de rango superior a la ley
ordinaria, articuladoras de los principios que rigen el Estado.
La aparición de las Constituciones en el mundo contemporáneo se explica por tres causas principales:
‐ Por el establecimiento de una comunidad política como Estado independiente, lo que lleva
a fijar las bases jurídicas de su autonomía y futuro
‐ Por la agregación de comunidades vecinas en un Estado único, lo que exige precisar el
marco normativo común
‐ Porque una nación rompa en cierto modo con las formas de gobierno de su pasado y pase
a regirse políticamente por nuevos principios.
La Revolución francesa y su primera Constitución (1791) significaron el derrocamiento del absolutismo
monárquico del Antiguo Régimen, sustituyéndolo por un Estado de Derecho donde los ciudadanos son
titulares de la soberanía nacional. La Constitución es la ley suprema que ellos mismos elaboran a través
de sus representantes, y esa ley fundamental da amparo a la división de poderes característica del Estado
de Derecho, donde existe un poder legislativo que dicta las leyes, un poder ejecutivo que las lleva a la
práctica y un poder judicial que dirime los conflictos y litigios.
El constitucionalismo español surgió al compás del proceso que derrocó a la monarquía absoluta e
introdujo en su lugar la monarquía liberal y parlamentaria. Fue un proceso convulso, con avances liberales
y retrocesos absolutistas. Debido a eso, contamos con una serie de Constituciones que responden a los
principios dominantes de cada etapa y que adolecen de inestabilidad y corto alcance.
II. El Estatuto de Bayona
Pretendiendo legitimar su poder sobre España, Napoleón convoca el 24 de mayo 1808 una Junta
Nacional, a fin de que conozca el proyecto de Constitución que él mismo presenta.
A la asamblea de Bayona debían acudir 150 miembros, representantes por partes iguales del orden
estamental de la nobleza, clero y ciudades. Sin embargo acudieron 65 personas, convertidas al final en
91 por la incorporación de ciertos españoles residentes en Francia. Tras recoger Napoleón algunas
sugerencias a su borrador inicial, presentó a esa junta un segundo proyecto en el que daba marcha atrás
de las propuestas más progresista:
‐ La abolición de la Inquisición
‐ El establecimiento de la unidad contributiva
‐ La supresión de privilegios con el consiguiente único fuero para todos los españoles
A partir de un retocado tercer proyecto, la asamblea aprobó la llamada entonces Constitución de
Bayona, que no puede considerarse como tal al no haber sido redactada y aprobada por representantes
de la nación española, sino impuesta, con matizaciones, por un soberano extranjero que no consolidó su
opción al trono.
El Estatuto de Bayona organizaba el país como una monarquía hereditaria, de la que es titular el rey
José I, y confesionalmente católica. Dotado de un aliento reformista, fue rechazada por su signo
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extranjerizante y no tuvo posibilidades de ser aplicada en un país en guerra. Fue, en suma, una especie
de carta otorgada.
III. La Constitución de Cádiz
1. Proceso constituyente y valoración del texto
Las Cortes de Cádiz, elegidas por un sistema de sufragio censitario indirecto, se reúnen en la
isla de León en 1810, cuando la práctica totalidad del territorio está ocupado por los franceses.
Los 104 diputados inicialmente presentes proceden a elaborar la que será la gran Constitución
del mundo hispanoamericano del s. XIX. El 19 de marzo de 1812, la Regencia del Reino publica
la Constitución política de la Monarquía española.
El número de los diputados gaditanos aumentó con el transcurso de las sesiones, firmando
la Constitución un total de 184 diputados, y sobrepasando los 200 que asisten a la disolución de
las Cortes en 1813. Debido a suplencias y retrasos en la incorporación, esos diputados no fueron
siempre los mismos. Predominaron los eclesiásticos, los abogados, funcionarios, militares,
catedráticos y otros miembros de la burguesía intelectual.
La gran novedad es la declaración del artículo 3, en la que expone que “la soberanía reside
esencialmente en la nación”, a la que le corresponde en exclusiva el poder de dictar las leyes.
Sin embargo, el discurso preliminar de la comisión redactora del proyecto reconoció solo
cambios en el método de ordenar y clasificar las materias.
La Constitución de 1812 no fue el producto revolucionario de una minoría radical, como
quisieron verla los más conservadores, pero rompió la línea de flotación del Antiguo Régimen.
Los diputados más liberales fueron los diputados andaluces y extremeños, y muchos de los
suplentes que representaban a América y a los territorios ocupados. El peso moderado fue
aumentando conforme se incorporaron a la asamblea los diputados procedentes de las zonas
que iban siendo liberadas. Entre unos y otros, enfrentados por la cuestión central de si la
soberanía era propia del rey o de las Cortes, surgió una posición intermedia e integradora, que
llegó a predominar a lo largo del s. XIX. Al decantarse por la soberanía nacional, la Constitución
de Cádiz representa el gran triunfo del liberalismo.
2. Principios y reformas. Proyección de la Constitución
La Constitución atribuye a las Cortes con el rey el ejercicio del poder legislativo, al monarca
el poder ejecutivo y los tribunales la potestad judicial de resolver causas civiles y criminales. En
ese Estado de Derecho quedan reconocidos de forma dispersa los derechos individuales de los
súbditos:
‐ La igualdad jurídica
‐ La inviolabilidad del domicilio
‐ La libertad de imprenta
‐ El derecho a la educación
‐ El derecho de sufragio
‐ Una serie de garantías penales y procesales
Por su peso ideológico y construcción técnica, la Constitución de Cádiz puede ser comparada
con la norteamericana de 1787 o la francesa de 1791. Salvo determinados preceptos utópicos o
imprecisos, los 384 artículos forman un conjunto bien trabado en orden a la pretensión de
racionalizar el poder. Su influencia fue notable, sobre todo a partir de la revolución española de
1820. La Constitución gaditana se convirtió en el texto programático del liberalismo continental,
teniendo especial incidencia en Portugal y en Italia. El eco de ella en América fue inmediato y
duradero. Informó en buena medida los estatutos y constituciones de algunos países.
72
IV. El Estatuto Real
En enero de 1834 fue destituido Cea Bermúdez de la presidencia del Consejo de Ministros,
produciéndose la caída del sistema neoabsolutista. Para sucederle se designó a Martínez de la Rosa, quien
ante las exigencias de una Constitución reclamada por la opinión pública liberal, consideró inadecuado
restablecer la de 1812, llevando a cabo, junto a Javier de Burgos, la redacción de un nuevo cuerpo político.
Ese texto fue el Estatuto Real, sancionado por la reina gobernadora el 10 de abril de 1834.
El Estatuto configuraba una Corona de poderes limitados. El rey estaba facultado para convocar las
Cortes, suspenderlas e incluso disolverlas. Sin embargo, la novedad más llamativa fue la introducción del
sistema bicameral, con un estamento de próceres, hereditarios o de nombramiento real, y otro estamento
de procuradores elegidos. Las leyes requieren la aprobación del monarca y de ambas cámaras, debiendo
estas reunirse para jurar al sucesor, cuando ocurra algún negocio arduo y sean consultadas por el rey, y
cada dos años para fijar los tributos y contribuciones. No pueden deliberar sobre ningún asunto que no
les haya sido expresamente sometido mediante real decreto.
Partiendo de la distinción entre Constitución, Constitución pactada y carta otorgada, la doctrina
tradicional lo ha valorado generalmente como carta otorgada. No obstante, en los últimos años, para el
profesor Villarroya, el Estatuto Real fue una Constitución otorgada, que cumplió los grandes objetivos de
liquidar el régimen absolutista, conciliar el orden con la libertad, e introducir los mecanismos políticos
existentes en las naciones más avanzadas.
V. La Constitución de 1837
El triunfo progresista tras el motín de La Granja llevó a la reina gobernadora a dictar el decreto de 13
de agosto de 1836, restaurando la Constitución de 1812. Las Cortes constituyentes afrontaron una
reforma que se propuso:
‐ Introducir el bicameralismo.
‐ Eliminar del texto aquellos preceptos propios de leyes de rango inferior.
‐ Fortalecer la Corona.
‐ Instituir un sistema de elección directa.
La tarea concluyó con la redacción de una Constitución distinta, término medio entre la de 1812 y el
Estatuto Real, integrando instituciones beneficiosas del constitucionalismo extranjero para “mantener la
libertad”.
La exageración de éste propósito contribuyo a desvincular la Constitución de 1837 de la tradición
nacional, por cuanto sus principios, estructura y terminología fueron sacados de otras Constituciones
europeas y americanas, así como del pensamiento de Bentham y de los doctrinarios franceses. La
declaración de soberanía nacional pasó del articulado al preámbulo.
La Constitución de 1837 fortaleció los poderes del rey, quién comparte con las Cortes la potestad de
hacer las leyes, y que tiene la facultada de un veto absoluto. Junto al Congreso, se introdujo el Senado
como cuerpo colegislador, pero los diputados prevalecieron sobre los senadores. Los derechos
individuales fueron objeto de un trato más sistemático, destacando el de libertad de imprenta, sin censura
previa, con la intervención del jurado como tribunal para juzgar los delitos correspondientes.
Técnicamente buena y de espíritu conciliador, la Constitución de 1837, fue constantemente infringida.
VI. La Constitución de 1845
El acceso al poder de los moderados planteó la modificación de la Constitución de 1837. El gobierno
de Narváez, al disolver las Cortes en 1844, decidió extender sus proyectos reformistas, acometiéndose así
una revisión de la Constitución de corte progresista. Con ese carácter, se sancionó la nueva Constitución
el 23 de mayo de 1845.
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El texto conserva la estructura externa del anterior, reiterando la división en trece títulos y
subsumiendo las mayor parte de sus 77 artículos en los 80 del nuevo texto. La Constitución de 1845
introdujo importantes reformas. En primer lugar, y sobre todo, desapareció el reconocimiento de la
soberanía nacional. Junto a ello, fueron innovaciones destacables:
‐ La nueva configuración del Senado
‐ El distinto sistema de elección de los diputados al Congreso
‐ Supresión de la afirmación de la unidad de fuero de los españoles
‐ Declaró de manera más explícita la confesionalidad religiosa del Estado
‐ Sustrajo del juicio de jurados la calificación de los delitos de imprenta.
El preámbulo del texto equiparó a la Corona con las Cortes, lo que produjo una desmesurada
ampliación de los poderes del rey. Ese exceso fue refrendado en el texto por la facultad reconocida al
monarca de designar libremente a todos los senadores, con lo que controlaba una de las dos cámaras,
pudiendo además reunir, suspender o disolver la otra con muy escasas limitaciones. Si a esto añadimos
una mayor "orientación" del sufragio y la restricción de la autonomía judicial, el balance de la Constitución
de 1845 resultó francamente negativo, desde la óptica del parlamentarismo. Su defecto político fue
consagrar a ultranza las pretensiones de los moderados, con lo que la ley fundamental lo fue de un partido
y hubo de ser derogada con el triunfo de los otros.
VII. La Constitución de 1869
Durante casi un cuarto de siglo, y con el paréntesis del bienio progresista, los gobiernos moderados
dirigieron la vida del país con el texto de 1845, hasta que la Revolución de 1868 dio paso a la Constitución
de 1869, de signo radicalmente contrario al de su predecesora.
Pese a la brevedad del paréntesis del bienio impuesto por el pronunciamiento de 1854, hubo tiempo
para convocar unas Cortes Constituyentes y que éstas aprobaran, dos años después, la Constitución de
1856, que no fue promulgada. Las turbulencias políticas, sociales y el afán de supervivencia de las Cortes
que la redactaron, malograron esta Constitución. O'Donnell restableció la de 1845, si bien no en su
totalidad.
Los revolucionarios de 1868 fijaron una nueva normativa para realizar las elecciones a Cortes
Constituyentes, con la concesión de voto a los varones mayores de 25 años. Formada la asamblea, la
comisión redactora del proyecto anunció su propósito de dar una Constitución que fuese de todos.
Partiendo de ese sufragio universal masculino, se hizo patente la transformación de los principios del
liberalismo doctrinario en otros de talante radical, reflejado en la intensidad y amplitud con que fueron
recogidos los más variados derechos individuales
Junto a los derechos ya presentes en constituciones anteriores, aparecen por vez primera:
‐ La inviolabilidad de la correspondencia
‐ Derechos de reunión y asociación
‐ La libertad de trabajo para los extranjeros
‐ La potenciación de todo lo relativo a la libertad de pensamiento
‐ La libertad de cultos, con la obligación por parte del Estado de subvenir el de la religión
católica
‐ El rey aparece como un verdadero monarca constitucional, que actúa a través de ministros
responsables.
La Constitución de 1869 fue suspendida y violada con idéntica o mayor frecuencia que lo habían sido
las anteriores. Con la I República, se preparó en 1873 un proyecto de Constitución federal, que las Cortes
discutieron y no llegaron a aprobar.
74
VIII. La Constitución de 1876
La clave de la consolidación de la monarquía proclamada en Sagunto debía ser un orden constitucional
que armonizara las exigencias de los moderados, partidarios de volver a la de 1845, con la Constitución
vigente de 1869.
Cánovas y una comisión de notables afrontaron la tarea. En 1876 se discute en las Cortes el proyecto
de una nueva Constitución, aprobada por las Cámaras y publicada el 2 de julio de 1876 en la Gaceta de
Madrid, que persiste hasta su supresión por Primo de Rivera en 1923, resultando ser la más duradera de
la España contemporánea.
La justificación del texto se busca en la denominada constitución interna, es decir, en los principios
jurídicos que constituyen la base del consenso social, cuestión relacionada con la de la soberanía nacional.
Cánovas pensaba que existía una legitimidad suprema de algunas cosas, que estaba por encima de los
ocasionales plebiscitos y consultas que la nación pudiera plantearse en uno u otro momento:
‐ La institución monárquica
‐ La representación del pueblo en Cortes.
Estos 2 principios son irrenunciables, y en lo demás cabe cualquier concesión. Y en este campo de lo
negociable, Cánovas transige en:
‐ El sufragio universal
‐ El régimen de libertades
‐ La cuestión religiosa
El sufragio universal se da por bueno, pese a la aversión de Cánovas, al tratarse del procedimiento de
elección al Congreso de los Diputados.
Los derechos individuales fueron reconocidos, pero el artículo 14 remitió a leyes posteriores el
procedimiento de su tutela, lo que facilitó luego el gobierno de los liberales sin alterar la Constitución
misma.
El tema religioso fue saldado con una declaración de confesionalidad del Estado y el respeto a cualquier
culto y opiniones, no permitiéndose sin embargo "otras ceremonias ni manifestaciones públicas" que las
católicas. Semejante precepto excluía que la unidad religiosa formara parte, con la monarquía y las Cortes,
de esa constitución interna de España.
La Constitución aseguró el predominio del monarca, mediante el nombramiento del gobierno y la
posibilidad de disolver las Cortes. El sufragio censitario y la corrupción electoral provocaron que la Corona
acumulase el poder y el régimen parlamentario tuvo mucho de ficción. Algunas leyes posteriores
completaron el ordenamiento constitucional.
75
LECCIÓN 13ª: TEORÍA Y PRÁCTICA DE GOBIERNO EN EL SISTEMA
LIBERAL
I. El Rey
El Estado liberal se articuló en forma de monarquía parlamentaria, con un rey cuyo peso institucional
y poderes políticos fueron variables según las épocas. El monarca encarna el poder ejecutivo, que aparece
limitado por las atribuciones de las Cortes y comparte con ellas la potestad legislativa.
El rey ostenta la máxima representación de la nación, declara la guerra y ratifica la paz, dando cuenta
a las Cortes, procura que se administre justicia en el reino, dirige las relaciones diplomáticas y comerciales
con otros países, expide los decretos que lleva a la ejecución de las leyes, dispone de la fuerza armada,
decreta la inversión de los fondos aplicables a los diversos ramos de la administración, acuña moneda y
designa y separa libremente a sus ministros. Le corresponde también la salvaguarda del orden público y
el nombramiento de todos los funcionarios. Antes de contraer matrimonio, debe comunicarlo a las Cortes
y necesita autorización especial para enajenar, ceder o permutar cualquier parte del territorio, para
admitir tropas extranjeras en el país, para ratificar los tratados y para abdicar la Corona.
La sucesión se rige por los principios del derecho castellano, tal como se restableció en la Pragmática
Sanción de 1789, que se hizo pública en 1830. El orden queda fijado por los derechos de primogenitura y
representación, prefiriéndose la línea anterior a la posterior, el grado más próximo al más lejano, los
varones a las hembras y la mayor a la menor edad. El reconocimiento de la mayoría de edad del rey para
gobernar oscila entre los dieciocho años exigidos por la Constitución de 1812 y los catorce de la
Constitución de 1837. El establecimiento de la regencia durante la minoría de edad del rey responde a
diversos criterios, en función de las Constituciones vigentes en cada momento.
II. Del unicameralismo al bicameralismo
Las Cortes fueron definidas en la Constitución de Cádiz como "la reunión de todos los diputados que
representan la nación, nombrados por los ciudadanos". Elegidos a través de juntas de parroquia, de
partido y de provincia, formaron una asamblea única, siguiendo un sistema que rompía con la tradición
del Antiguo Régimen, por cuanto se había pasado al mandato genérico que vincula a los diputados a la
nación. Pero no era acorde con la doctrina de la división de poderes formulada por Montesquieu, la cual
preconizaba un cuerpo legislativo compuesto de dos cámaras. En los años siguientes, la experiencia
aconseja superar el régimen unicameral, sustituyéndolo por el de dos asambleas: Congreso de los
Diputados y el Senado.
A) EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS
Al diferenciar el Estatuto Real el estamento de próceres del estamento de procuradores del
reino, el de procuradores quedó compuesto por los naturales del reino o hijos de padres
españoles, mayores de 30 años, que debían poseer una renta anual de 12.000 reales y haber
nacido, residido o ser titulares de algún predio o capital de censo en la provincia por la que fueren
designados. Tiene lugar así una separación de cámaras, pero las precarias facultades de ambas, y
en concreto de la popular, así como la nomenclatura añeja de procurador en lugar del diputado,
aparecido en Cádiz, restauran el clima del Antiguo Régimen.
El Congreso de los Diputados aparece en la Constitución de 1837 con la instauración de un
sistema bicameral, vigente todavía hoy. La Cámara baja fue configurada como un órgano
colegislador, con atribuciones financieras que le confirieron la preeminencia sobre el Senado, y
con capacidad para controlar al ejecutivo, mediante el examen del presupuesto, las
interpelaciones y el poder exigir responsabilidad a los ministros.
76
Para ser diputado se requirió ser español, mayor de edad o de 25 años, quedando
imposibilitados los eclesiásticos (excepto en 1869). Las mujeres no fueron elegibles durante el s.
XIX, discriminación rota por la Constitución de 1931. La duración del mandato parlamentario
osciló entre los 3 y los 5 años dependiendo de la Constitución, pero las frecuentes disoluciones
de las Cortes interrumpieron esos períodos.
La Constitución de Cádiz proclamó la inviolabilidad parlamentaria, instaurando un "tribunal de
Cortes" para juzgar las causas criminales contra diputados. La de 1837 estableció que diputados y
senadores sólo pudieran ser procesados y arrestados con autorización de la cámara
correspondiente. La Constitución de Cádiz había fijado un severo régimen de incapacitación,
declarando inelegibles a ministros, altos cargos y a los empleados públicos por la provincia donde
ejercieran su oficio, lo que fue modificado por la legislación electoral posterior y por la
Constitución de 1837, al admitir que los ministros pudieran ser parlamentarios.
El Congreso de los Diputados se consolidó definitivamente en 1845.
B) EL SENADO
Las Cortes de Cádiz abordaron el problema de la representación por separado de los
estamentos privilegiados, que antes habían constituido brazos distintos. Se discutió la posibilidad
de instaurar una segunda Cámara, pero finalmente se optó por el unicameralismo.
El Estatuto Real de 1834 estableció un estamento de próceres del reino. Formaban parte de él:
‐ Arzobispos y obispos
‐ Grandes de España, títulos nobiliarios y gentes ilustres que hubieran prestado servicios de
reconocida importancia
‐ Propietarios territoriales y dueños de fábricas, con una determinada renta, y que ya
hubiesen sido procuradores
‐ Los individuos destacados en la enseñanza, ciencias o letras, siempre que contaran con ese
mismo nivel de renta, fijado en 60.000 reales.
Fue una cámara aristocrática, carente de iniciativa legislativa y que sólo poseía el derecho de
elevar peticiones al rey.
Tras este precedente, el Senado aparece en la Constitución de 1837 con carácter de cámara
colegisladora. Los Senadores eran nombrados por el rey a propuesta de los electores de las
provincias, las cuales estarían representadas en función de su población. Para ser senador era
necesario ser español, mayor de 40 años y reunir los requisitos previstos en la ley electoral, que
básicamente exigía un cierto nivel de solvencia económica. Los hijos del rey y del heredero se
convertían en senadores a los 25 años.
Según Bertelsen, el establecimiento del Senado se justificó por las siguientes razones:
‐ Para recoger con mayor propiedad la opinión nacional y poder así legislar conforme a ella
‐ Para actuar a modo de poder moderador del Congreso
‐ Para efectuar una segunda tarea de revisión de la actividad legislativa del Congreso
‐ Para seguir un ejemplo que en el extranjero había dado buenos resultados.
A partir de 1837, los sucesivos textos constitucionales introdujeron modificaciones en el
procedimiento y requisitos para acceder al Senado.
El Senado tuvo siempre iniciativa legislativa y, en este terreno, resultó equiparada al Congreso.
Sus facultades judiciales variaron entre poder juzgar a los ministros acusados por el Congreso o
poder conocer causas criminales de especial significación política y juzgar en lo penal a sus propios
miembros. Tuvo también facultades fiscalizadoras.
C) CONVOCATORIA, REUNIÓN Y ATRIBUCIONES DE LAS CORTES
Las Cortes son convocadas por el rey cada año en Madrid. Tras el discurso de la Corona, el
Congreso y el Senado inician su vida parlamentaria independiente y paralela bajo el control de
sus respectivos presidentes. Las sesiones son públicas y la adopción de acuerdos tiene lugar por
77
pluralidad de votos. Las Cortes de Cádiz establecieron el requisito de un quorum mínimo de la
mitad más uno de diputados y senadores. El rey podía suspender las sesiones, aunque la
Constitución de 1869 limitó esa atribución a una sola vez por legislatura. El monarca disfruta del
derecho de disolver alguna de las cámaras o la totalidad de las Cortes.
Los poderes de las Cortes varían según los textos constitucionales, siendo máximos en Cádiz y
mínimos con el Estatuto Real. Sus competencias se centraron en las cuestiones concernientes a
la soberanía y al trono. Intervinieron en los problemas sucesorios, autorizando la abdicación del
monarca, matrimonio o ausencia del territorio nacional. Ante ellas debía prestar juramento el rey,
el príncipe heredero y el regente, cuya designación también correspondía a las cámaras.
De ordinario ejercieron la potestad legislativa de manera conjunta con el monarca, aunque
excepcionalmente la Constitución de 1869 remitió a las Cortes en exclusiva esa potestad. Los
proyectos podían ser presentados indistintamente ante cualquier cámara, pasando luego a la
otra. Existiendo desacuerdo entre ambas, quedaba a merced de la definitiva resolución del rey.
Las Cortes supervisaron el poder ejecutivo, mediante el control de los ministros, que debían gozar
de la confianza de la asamblea.
D) LA DIPUTACIÓN DE CORTES EN EL S. XIX
La Constitución de Cádiz estableció una Diputación Permanente, que habría de durar de unas
Cortes ordinarias a otras. Quedó compuesta por 7 diputados, con las siguientes funciones:
‐ Velar por la observancia de la Constitución y de las leyes
‐ Convocar a Cortes extraordinarias si procediere
‐ Recibir a los nuevos diputados y actuar como junta preparatoria de las Cortes siguientes
‐ Pasar aviso a los diputados suplentes que hubieren de concurrir en lugar de los propietarios
‐ En caso de fallecimiento o imposibilidad de unos u otros, dictar las oportunas órdenes para
que en la provincia se procediera nueva elección.
La naturaleza jurídica de la Diputación constitucional quedó configurada por los rasgos
siguientes:
‐ Se trata de una comisión de las Cortes que actúa en el período de vacancia, no en período
parlamentario
‐ Es un órgano delegado, con competencias del órgano o asamblea principal
‐ Es un instrumento que salvaguarda el principio de la división de poderes, evitando que el
ejecutivo, no existiendo las Cortes, asuma funciones propias del legislativo
‐ No es un Tribunal de Garantías Constitucionales
La Diputación Permanente de Cortes fue suprimida en la Constitución de 1837 y restablecida
por la de 1931.
III. Los Partidos Políticos
A) PRIMERA ETAPA: AFIANZAMIENTO DEL SISTEMA LIBERAL
1. Doceañistas y radicales
La crisis de 1808 dividió a las minorías políticas y, posteriormente, a la sociedad española en
dos bloques de ideología antagónica:
‐ Los absolutistas, aferrados al Antiguo Régimen, defensores del poder absoluto del monarca
y de la sociedad estamental.
‐ Los liberales, favorables a los principios de la soberanía nacional y partidarios de la división
de poderes.
Tras lo sucedido en Cádiz y el retorno del monarca, los absolutistas presentaron el Manifiesto
de los persas, texto que constituye la declaración programática, no de un partido político, pero
sí del grupo parlamentario por el que fue suscrito.
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En los años del Trienio se produce una división en el seno de los liberales, distinguiéndose
entre los doceañistas, o defensores moderados de la Constitución de Cádiz, y los radicales o
exaltados que propugnan un programa revolucionario. La división liberal no se tradujo en la
formulación de programas políticos rigurosos y precisos.
2. El Partido Moderado
Tras el Estatuto Real y los sucesos de La Granja, el liberalismo español cristalizó políticamente
en dos grandes sectores, moderado y progresista.
‐ Los moderados eran ideológicamente afines al liberalismo doctrinario y partidarios de
la teoría de la doble representación que encarnaba la soberanía tanto en la Corona como
en las Cortes.
‐ Los progresistas defendían un modelo radical, donde las Cortes asumían en exclusiva la
soberanía nacional y se negaba el poder decisorio y moderador de la Corona.
Desde la crisis de 1848 se llamó Partido Moderado al sector político conocido como
"monárquico‐constitucional" y "conservador", y que enlazaba con los doceañistas del trienio
constitucional.
El Partido Moderado fue una mezcla de elementos diversos, con un fondo común de respeto
al orden y a la institución monárquica, reconciliación con la Iglesia y sentido de arbitraje entre
el tradicionalismo y la revolución. En él cabe distinguir una corriente de centrismo rígido
(Narváez) y dos alas diferenciadas por su afinidad mayor a unos u otros: la llamada fracción
Viluma, proclive a un entendimiento con los carlistas, y los puritanos, que propugnan eso mismo
con los progresistas. El fracaso de los extremos dialogantes vertebró al partido moderado sobre
un centrismo, teóricamente liberal pero plasmado de hecho en la dictadura.
La constitución de la Unión Liberal en 1856 eclipsó por un tiempo al Partido Moderado, el
cual dejó de participar en las elecciones siguientes, para reaparecer en las de 1871 aliado con
republicanos y carlistas. Mantuvo la pretensión de restablecer la Constitución de 1845 y reponer
a Isabel II el trono, logrando una aceptable implantación. El espíritu del partido Moderado
recaerá en el partido de Cánovas durante la Restauración.
3. El Partido Progresista
El Partido Progresista fue la tendencia más radical del liberalismo de los años 30, encarnado
en la figura de Espartero. Herederos de los principios de Cádiz y de la ideología del Trienio, no
llegaron a definir un programa político homogéneo y consistente, lo que explica la división por
la izquierda en 1849 del sector que se convertirá en el Partido Demócrata. Durante la regencia
de María Cristina y el reinado de Isabel II, los progresistas fueron llamados al poder en breves y
contados períodos.
El partido defendió la igualdad jurídica de los ciudadanos, la extensión del derecho electoral,
el fortalecimiento de los poderes locales y provinciales, la libertad de imprenta y la libertad de
comercio.
El Partido Progresista quedó sin líder al ser asesinado Prim en 1870 y se dividió en dos
tendencias:
‐ El Partido radical de Ruiz Zorrilla, que obtuvo casi 3/4 partes de los diputados en las
elecciones de 1872, pero se inhibió en las de 1873, desapareciendo posteriormente.
‐ El Partido liberal de Sagasta, que formará el segundo gran pilar del bipartidismo de la
Restauración.
El Partido Progresistas como tal desapareció.
4. El Partido Demócrata Republicano
La preparación de la respuesta al discurso de la Corona en la legislatura iniciada en 1848, dio
lugar entre los progresistas a dos distintos textos, el segundo de los cuales se convertirá en la
carta programática del nuevo Partido Demócrata. Allí se señalan los objetivos del partido y lo
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que permite diferenciarle del Partido Progresista del que se separa. El documento trata 3 ejes
doctrinales:
1º La declaración de los derechos del hombre, donde se integran explícitamente ahora la
libertad de conciencia y los derechos de reunión, asociación e instrucción primaria gratuita.
2º La transformación del sistema en base a la soberanía popular, el sufragio universal,
representación en una cámara, carácter electivo de ayuntamientos y diputaciones, el juicio
por jurados, dejando a la Corona el poder de ordenar la vida parlamentaria y sancionar las
leyes.
3º Propugna un Estado intervencionista en cuestiones sociales y en el régimen fiscal.
El Partido Demócrata concurrió por separado a las elecciones de 1851. En su interior crecían
dos corrientes discrepantes sobre la forma de gobierno:
‐ La democrático‐monárquica
‐ La republicana, dividida a su vez entre:
 Los que optaban por una República unitaria
 Los que se inclinaban por el modelo federal que Pi y Margall patrocinó.
En 1869 el partido había sido organizado conforme a patrones federales. Las peripecias
electorales de los años siguientes mantuvieron la unidad bajo esa enseña del republicanismo
federal. Pero al alcanzar la victoria en 1873, volvieron a surgir discrepancias y se produjo la
disgregación del partido.
B) SEGUNDA ETAPA: EL BIPARTIDISMO DE LA RESTAURACIÓN
1. El Partido Conservador
En 1875 Cánovas se erige en líder del ambiguo partido llamado "liberal‐conservador".
Formado por antiguos moderados y unionistas, pronto fue conocido como Partido
Conservador.
El partido conservador surge bajo la tutela del poder. Prácticamente sin organización,
afiliados ni estructura, el apoyo gubernamental hace posible su triunfo rotundo en las elecciones
de 1876. En vísperas de ellas, se publica el manifiesto de los notables, que desarrolla lo que va a
ser la filosofía general del sistema de la Restauración. Se trata de asegurar la nueva legalidad
monárquica que garantice y actualice el libre juego de instituciones y partidos políticos, abriendo
el camino al bipartidismo.
El Partido Conservador reclutó a sus partidarios entre la burguesía, aristocracia y altos
funcionarios. Tuvo el apoyo fundamental de las clases oligárquicas del sur de España y el de las
clases medias de otras zonas de España. En los últimos 15 años del siglo, el partido atravesó
serias dificultades debidas al autoritarismo de su creador, al retorno del sufragio universal y a la
disidencia de Silvela. Tras el asesinato de Cánovas, Silvela es promovido a la jefatura del
gobierno. Tras esto, los conservadores propugnan un programa regeneracionista, basado en
promover los intereses económicos, eliminar el caciquismo, reformar la administración y
organizar la defensa y relaciones internacionales.
2. El Partido Liberal
En el reinado de Amadeo I, un grupo de personas dirigidas por el general Serrano y por
Sagasta, se agrupan en el llamado Partido Constitucional. Compuesto por progresistas de
derecha y unionistas de izquierda, defendieron la Constitución de 1869 y aceptaron desempeñar
un papel de oposición a la Constitución de 1876. Tiene entonces lugar la división de un sector,
liderado por el jurista Alonso Martínez, que forma con los constitucionalistas y los conservadores
el Partido Centralista. En 1878, el Partido Centralista vuelve a unirse al Partido Constitucional,
que integra a otras fuerzas que compartían un espíritu de oposición liberal y respetuosa con la
monarquía. En 1880 se forma un directorio presidido por Sagasta, el cual logra la fusión con
algunas personalidades y secciones parlamentarias de su derecha. Se forma así el núcleo del
Partido Liberal‐Fusionista, que inspira a Cánovas la suficiente confianza como para reconocerle
80
su condición de alternativa en el sistema bipartidista de la Restauración. Ese partido alcanza el
poder en 1881.
En 1885 tiene lugar la definitiva institucionalización del Partido Liberal, cuya acta de
nacimiento es la Ley de Garantías de 1885, sobre la base de la unión del Partido Fusionista y de
otra corriente, la Izquierda Dinástica, que defiende la revisión de la Constitución y la
democratización del sufragio. El programa de los liberales recoge que la soberanía recaiga en las
Cortes y el rey, junto a la pretensión de garantizar una serie de principios como son el sufragio
universal, los derechos individuales, la responsabilidad de los funcionarios o el juicio por jurados.
Al morir Alfonso XII en 1885, el Pacto del Pardo consagra el acuerdo que llevará al poder a
Sagasta a instancias de Cánovas. Tras un lustro de gobierno liberal y diversas alternancias liberal‐
conservadoras, el partido se consolida bajo el personalismo de su líder y la existencia, en la base,
de unos comités que entran en acción a la hora de las elecciones.
3. La aparición de los partidos políticos obreros: el PSOE
En el clima del asociacionismo obrero posterior a la Revolución de 1868 y a la proyección en
España de la Primera Internacional, el 2 de mayo de 1879 veinticinco personas se reúnen en una
fonda de la madrileña calle de Tetuán y fundan el primer partido específicamente clasista de
nuestra historia política: el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Obreros casi todos ellos,
aparecen dirigidos por Pablo Iglesias, tipógrafo de profesión. Iglesias fue, hasta su muerte en
1925, líder y presidente del partido, jefe frecuente de la central sindical UGT y director del
periódico El Socialista.
El programa del partido, junto a diversas reivindicaciones laborales, de neta inspiración
marxista, daba cabida a 3 pretensiones fundamentales:
‐ Abolición de clases
‐ Transformación de la propiedad individual en propiedad social o de la sociedad entera
‐ Posesión del poder político por la clase trabajadora.
El partido celebró un primer congreso en Barcelona, en 1888, donde se plantearon serios
problemas entre el sector catalán y el madrileño, y se ratificó y amplió la clave ideológica. El
manifiesto de los delegados sintetiza sus propuestas en “la abolición de todas las clases sociales
y su conversión en una sola de trabajadores, dueños del fruto de su trabajo, libre, iguales,
honrados e inteligentes”.
En cuanto a su organización, el número de agrupaciones del PSOE creció en el s. XIX hasta las
70 que debieron contarse a final del siglo. Por encima de esa base organizativa de las
agrupaciones locales, se constituyó un Comité Nacional elegido por los afiliados de la ciudad
donde radicaba su sede, es decir, por los de Madrid, lo que explica al tiempo una cierta tensión
centralista, y el predominio inicial de los obreros de la imprenta, captados por Iglesias y sus
correligionarios en la capital de España.
El Partido Socialista concurrió por vez primera a las elecciones en 1891, presentando 24
candidaturas. Ni en esas ni en las restantes elecciones generales celebradas hasta el término del
siglo, logró obtener el PSOE un solo escaño. Llevó a cabo, en cambio, una labor de implantación
y propaganda, obtuvo puestos en los ayuntamientos y colocó los cimientos del poderoso
despliegue que llevará a cabo en el s. XX.
81
LECCION 14ª: CIENCIA Y POSITIVISMO
I. Introducción
A) IDEA DE CÓDIGO Y CODIFICACIÓN EN EUROPA
Se denomina código a cualquier tipo manuscrito en forma de libro. Desde un punto de vista
jurídico y en razón del contenido, código es un libro de leyes. La primera acepción da cabida a
cualquier tipo de texto. La segunda limita el concepto de código a un cuerpo legal. Dentro de esta
acepción, cabe calificar de código a cualquier compilación de leyes procedentes de épocas
distintas, o bien, circunscribir el término al cuerpo legal extenso que se elabora de una vez
mediante la redacción ex novo del derecho y que resulta ordenado conforme a determinados
criterios.
Hasta el s. XVIII, el código recoge el derecho antiguo, ya sea compilándolo o redactándolo. A
partir de ese siglo desaparece esa concepción y, por influjo del racionalismo jurídico, aparece otra
distinta, estricta y técnica, que llega hasta nuestros días. El código pasa a ser la regulación
sistemática de una determinada rama del derecho, en un libro ordenado por capítulos y artículos,
relacionados entre sí.
Por codificación se entiende la tarea de realizar cualquier tipo de códigos y, como en el s. XIX
se llevó a cabo en Europa la elaboración a gran escala de estos cuerpos legales, se conoce a este
período de la historia jurídica como la Codificación
B) LA MOTIVACIÓN IDEOLÓGICA
La fuerza motriz de la Codificación fue el racionalismo jurídico y un espíritu ordenador de la
sociedad que se aplicó a vertebrar el mundo jurídico del nuevo Estado surgido tras el Antiguo
Régimen.
Los códigos que se redactan en esa época responden a una planificación de aquello que la
razón natural parece exigir y de lo que le conviene a la sociedad política. No procede recopilar el
derecho, sino construir un orden nuevo y justo, igual para todos.
El racionalismo jurídico tiene como punto de partida los avances logrados en las ciencias físico‐
naturales y se basa en la creencia de un Derecho natural objetivo e inmutable. Su médula es la
confianza en la razón. Si el hombre ha logrado progresos espectaculares, aplicando un método de
análisis científico y si existe, un orden jurídico supremo de principios inconmovibles, bastará
aplicar aquí la razón para deducir un sistema de leyes positivas que resulten tan seguras como las
que rigen esas ciencias experimentales recién descubiertas.
En la era moderna, el hombre cree poder organizar la vida jurídica sin trabas y mediante un
ejercicio reflexivo, utilizando la ley como instrumento. La concepción iusnaturalista despierta la
convicción en unos principios o normas abstractas y fijas. Ello conduce a la estrategia racionalista
de ordenar el Derecho como un sistema completo y cerrado.
El gran precursor de este método es Leibnitz, jurista e historiador, y quién lo divulga es su
discípulo Christian Wolff. Este personaje será capaz de explicar que hay que extraer de los grandes
principios una serie de preceptos cada vez más concretos, lo que le convierte en el mentor de la
jurisprudencia de conceptos.
Otro motivo de la Codificación fueron las razones políticas. La Codificación enlaza con el gran
dogma de los derechos del hombre y de la igualdad cívica. En consecuencia, los códigos
iusnaturalistas aparecen como obra de personas ilustradas pero, al mismo tiempo, los poderes
públicos animan al pueblo a que colabores en su elaboración.
La pretensión de superar la desigualdad conduce a un intento de eliminar cualquier tipo de
particularismos. Se entra, de esta manera, en la polémica entre el modelo uniforme de texto
82
codificado y el derecho consuetudinario, variable por las peculiaridades legales de unas u otras
regiones y con diferencias existentes en la normativa privada, penal o procesal.
Esta cuestión generó la polémica entre Thibaut y Savigny, que dio paso a la creación de la
Escuela Histórica del Derecho.
C) ARRANQUE DEL PROCESO CODIFICADOR EN EUROPA
El fenómeno de la Codificación, aplicado a cuatro sectores jurídicos (civil, penal, mercantil y
procesal), aparece en Europa en el s. XVIII, principalmente en Baviera, Prusia, Austria e Italia. Los
textos de estos territorios fueron elaborados en el seno del Antiguo Régimen. A inicios del s. XIX,
Francia se incorpora a este proceso.
La codificación francesa no tuvo nada que ver con el absolutismo ilustrado, sino con el triunfo de
la soberanía popular y con la figura de Napoleón. Su símbolo es el Código Civil de 1804, cuyo
núcleo inicial fue redactado por una comisión designada en 1801 y quedando posteriormente
sometido a las observaciones y sugerencias de los ciudadanos. El texto fue aprobado por la
Asamblea Nacional como Code civil des français, más conocido por el Code Napoleon.
El alto rango científico de este Código explica la rápida propagación de este movimiento
codificador en Francia y Europa. La promulgación en Francia de varios códigos, lo convirtieron en
el adalid de la nueva codificación en el mundo. Su Code civil fue el modelo principal de los
elaborados en otros países durante el s. XIX. Por su parte, los grandes códigos germánicos
ofrecieron una alternativa ideológica al texto francés. En un término intermedio encontraríamos
al Codice civile italiano.
II. El Derecho Penal
A) INTRODUCCIÓN
Las grandes líneas orientadoras de la codificación penal proceden de la renovación provocada
por la Ilustración europea. Los principios que informaron el derecho penal del Antiguo Régimen
fueron sustituidos por los principios arraigados en el utilitarismo, el humanitarismo y en la
proporcionalidad de las penas. El utilitarismo quiere decir que la acción punitiva debe
corresponderse con la utilidad social. El humanitarismo propugna una moderación y corrección
de excesos de cualquier tipo: los referidos al rigor de las penas, la tortura y los relativos a la penosa
situación de la vida en los establecimientos penitenciarios. La proporcionalidad dimana del
principio de que toda pena debe ser proporcional a la culpa, lo que obliga a sistematizar las
sanciones en diferentes grados.
Esta revisión ideológica, tuvo un doble punto de arranque, con dos personajes principales:
‐ Montesquieu, quien se ocupó de algunos de estos problemas, de forma incidental, en sus
vastas reflexiones sobre las normas ordenadoras de la sociedad política.
‐ Beccaria, figura de la que depende todo el movimiento posterior en pro de la reforma de
la legislación y de la humanización de la justicia. Ese movimiento se generalizó en la Europa
del XVIII.
Montesquieu cree que los Estados moderados que pretendan asegurar la libertad de sus
ciudadanos necesitan leyes fijas que impidan el poder arbitrario, pero conviene que las penas no
sean demasiado severas, debiendo ser rechazada la tortura. La aportación principal de
Montesquieu consiste en reclamar unas leyes penales que garanticen la seguridad, tribunales
independientes que aseguren la libertad del ciudadano y un sistema de proporcionalidad de penas
lleven a la práctica la equidad y la justicia.
Beccaria, que leyó la obra de Montesquieu, redacta De los delitos y las penas, cuyos 47
capítulos ven la luz tres años más tarde. Esta obra tuvo un gran éxito, debido a que Beccaria
expuso ideas que hoy parecen obvias, pero que entonces no lo eran:
83
‐
Las leyes deben fijar las penas y éstas no pueden quedar al arbitrio y voluntad del
juez.
‐ Debe haber proporción entre delitos y penas.
‐ Las penas deben ser las mismas para todos los ciudadanos.
‐ El fin de las penas es impedir al reo causar nuevos daños a sus ciudadanos y retraer a los
demás, de la comisión de otros iguales.
‐ Un hombre no es reo antes de la sentencia del juez, por lo que debe ser abolida la tortura.
‐ La pena de muerte no es un derecho de la sociedad.
En 1774 fue traducida al castellano, suscitando una gran polémica. Entre los defensores de
ellas figuró un tal Acevedo, abogado del Consejo de Castilla y académico. Entre los críticos
radicales, Pedro de Castro, canónigo de Sevilla. En un sector intermedio, Manuel de Lardizábal,
quien se ocupó con Campomanes de preparar un código penal que hubiera sido en Occidente la
vanguardia legislativa de las nuevas ideas pero que no llegó a publicarse.
B) LOS CÓDIGOS
1. El Código Penal de 1822
En 1820 fue constituida una comisión para redactar un código penal, destacando entre sus
miembros José María Calatrava, experto jurista. Calatrava y sus compañeros recabaron informes
de varios organismos y presentaron su proyecto de Código a las Cortes en 1821. El Código fue
promulgado en 1822.
Consta de un título preliminar sobre cuestiones generales y dos partes, dedicada la primera
a los delitos contra la sociedad y la segunda a los delitos contra los particulares.
El Código se inspiró en textos nacionales, en los tratadistas y en códigos extranjeros. La obra
recibió numerosas críticas y tuvo una vigencia muy corta, ya que fue derogado en 1823 y
sustituido por la legislación del Antiguo Régimen.
2. El Código Penal de 1848
El gobierno moderado‐progresista estableció en 1843 una Comisión de Codificación, a fin de
que preparara los textos relativos a derecho penal, civil y de enjuiciamiento. Dividida esa
Comisión en secciones, la codificación penal quedó en manos de un abogado, Manuel Seijas
Lozano, el cual redactó un anteproyecto que, discutido y modificado en la Comisión, fue enviado
al gobierno. Tras el debate en el Senado y el Congreso, se aprobó en 1848 y entró en vigor al año
siguiente.
El Código aparece dividido en tres libros sobre disposiciones generales, delitos y faltas.
El Código de 1848 se inspira principalmente en el brasileño de 1830 y en el Código penal
francés de 1810. Muy riguroso en el castigo de los delitos religiosos y en algunas otras
cuestiones, armonizó los principios de retribución e intimidación y estableció un riguroso
sistema de garantías penales. La severidad del texto resultó acentuada por varios decretos de
1850, y en especial por uno de 30 de junio que agravó las penas de los delitos políticos.
3. El Código Penal de 1870
El Código Penal de 1870 fue en realidad una profunda reforma del Código de 1848, motivada
por los insatisfactorios resultados de la corrección de 1850 y por la necesidad de adecuar el texto
a la Constitución de 1869.
En 1870, el ministro de Gracia y Justicia presentó el proyecto a las Cortes, que fue aprobado
con carácter provisional. El Código se publicó ese año y fue corregido luego unilateralmente por
el ministro mediante decreto.
El Código de 1870 se propuso fundamentalmente 3 cosas:
‐ Llevar a cabo una reforma consecuente con los nuevos principios políticos de la
Constitución
‐ Mitigar el rigor del texto anterior
84
‐
Corregir sus defectos técnicos
Entre las modificaciones más importantes, destaca la desaparición del título de delitos contra
la religión, fijando en su lugar una sección sobre los relativos al libre ejercicio de los cultos,
dentro del título de los delitos contra la Constitución. Se establecieron nuevas figuras penales
para prevenir atentados contra las Cortes y el Consejo de Ministros y para tutelar por vez
primera los derechos individuales reconocidos en la Constitución del 69. También se incluyeron
los delitos de imprenta y se limitó el castigo en los casos de conspiración y proposición, al regular
de forma más suave la acumulación de penas por concurso de delitos.
El Código recibió en principio elogios, pero no tardaron en llegar críticas. Pese a ello, los
autores actuales creen que supuso un considerable avance en política penal y calidad técnica.
El Código de 1870 permaneció vigente hasta 1928, para volver a estar vigente en 1931 hasta
desaparecer en 1932.
III. El Derecho Mercantil
A) INTRODUCCIÓN
El Código civil francés de 1804 no había unificado la legislación civil y mercantil. Por diversas
razones, el ordenamiento mercantil quedó al margen, con lo que su actualización en la Francia
del XIX, pudo haberse acometido mediante la reforma de los grandes textos del Antiguo Régimen,
o emprendiendo la tarea de una codificación independiente. Se optó por la segunda opción y
apareció el Código de Comercio de 1807. Con ello quedó abierta en Europa la codificación
separada del Derecho mercantil. Su carácter prematuro fue más ostensible en el caso español ya
que los Códigos de Comercio (1829 y 1885) aparecieron incluso antes que el propio Código civil
(1889).
El Derecho mercantil había sido en sus orígenes el derecho especial de los mercaderes, un
derecho gremial o de clase. Con el tiempo se abrió camino una concepción objetiva, que extendía
ese ordenamiento a los actos de comercio, cualesquiera que fueran los intervinientes. La filosofía
jurídico‐política derivada de la Revolución francesa, de temple igualitario, no podía acoger un
derecho privilegiado o clasista y, en consecuencia, se adhirió a esa segunda interpretación del
llamado acto objetivo de comercio, desligando al derecho mercantil del ejercicio profesional de
las actividades comerciales.
Ante la cuestión de diferenciar el derecho mercantil respecto del derecho civil, un
mercantilista alemán, Heck, señaló que el objeto del Derecho mercantil consistía en los actos
jurídicos realizados en masa y con espíritu profesional de ganancia duradera. Al realizarse dentro
de una empresa, el derecho mercantil resulta ser el derecho de la empresa y de su tráfico, o el
derecho de los negocios.
Ahora bien, los Códigos de comercio fueron hechos cuando no se había efectuado el desarrollo
de la moderna empresa, lo que provocó que cuando en España se promulga el Código de 1885, (y
con mayor razón cuando surge el primero en 1829), sus redactores no alcanzan a sistematizar el
derecho mercantil de la gran empresa industrial. De ahí que tenga que abrirse camino, al margen
de esos textos un derecho mercantil descodificado.
B) LOS CÓDIGOS
1. El Código de Comercio de 1829
La realización de un único Código de comercio para España e Indias había sido ya ordenada
por el Estatuto de Bayona y luego por la Constitución de Cádiz, pero hasta 1827 no se constituyó
la comisión para realizarlo, a propuesta de Pedro Sainz de Andino. Concluido su trabajo, la
comisión remitió el texto resultante, pero el jurista andaluz envía al tiempo otro anteproyecto
redactado por él solo. Fernando VII eligió este último, promulgándolo en 1829. Constaba de 5
85
libros sobre cuestiones generales, contratos, comercio marítimo, quiebras y administración de
justicia.
Heredero ideológico de su homólogo francés, el Código de 1829, arrinconó definitivamente
la concepción del derecho mercantil como sistema propio de un sector profesional comerciante,
para plasmar ese nuevo ordenamiento jurídico de los actos de comercio.
En la jurisdicción mantuvo el régimen de consulados como tribunales en primera instancia,
clasificándolos en dos clases, y atribuyó las instancias superiores a los tribunales ordinarios.
El régimen procesal quedó pendiente de una ley específica, publicada en 1830 como Ley de
Enjuiciamiento sobre los negocios y causas del Comercio, reguladora del juicio mercantil
ordinario y de los especiales, cuya principal preocupación fue aligerar las pruebas y los trámites.
El conjunto de la jurisdicción especial mercantil desapareció con el Decreto de unificación de
fueros de 1868, siendo desde entonces sustituida por la jurisdicción ordinaria.
2. El Código de Comercio de 1885
En 1834 se crea una comisión para redactar un Código de Comercio nuevo. Se abre así una
etapa revisionista que dura medio siglo. Al tiempo tiene lugar la producción del derecho
descodificado, es decir, la promulgación de leyes especiales sobre importantes materias, que
marginan el anterior Código de Comercio de 1829.
La Revolución de 1868, fue el preámbulo político al Código de 1885. Un decreto de 1869
anunciaba un nuevo Código, por lo que, en consecuencia, fue nombrada una comisión con la
tarea de elaborar un texto informado por los principios de:
‐ Libertad de comercio y carencia de requisitos especiales para ejercerlo
‐ Mínimas exigencias en cuanto a formalidades o métodos de trabajo mercantil
‐ Rechazo de colegios o agremiaciones forzosas
Sobre tales pautas fue presentado un anteproyecto en 1875 y se promulgó el Código en 1885.
El Código de 1885 repite la estructura y líneas fundamentales del de 1829. La única gran
diferencia formal es la desaparición del libro V, referente a la jurisdicción mercantil, por lo que
consta sólo de cuatro libros. Pretende dotar de autonomía al derecho mercantil como derecho
especial de obligaciones frente al derecho civil y proyectarlo sobre cualquier acto de comercio
que se practica, lo que da pie a la llamada comercialización del derecho civil, es decir, al
desplazamiento del antiguo derecho civil patrimonial por este difusivo derecho mercantil.
El Código de 1885 no ha suscitado grandes entusiasmos, porque su espíritu conservador le
impidió cualquier audaz reforma, debiendo cargar con insuficiencias técnicas. Los mercantilistas
han puesto de relieve sus defectos de sistemática y contenido. Su pecado de fondo fue el
anacronismo.
IV. Derecho Procesal
A) INTRODUCCIÓN
El derecho procesal es el conjunto de normas reguladoras del proceso, es decir, del litigio
jurídico que ambas partes sustancian ante los tribunales. La actividad jurisdiccional se desarrolla
con arreglo a unas prescripciones que no pueden ser modificadas ni impuestas por los sujetos
implicados en el procedimiento y ni siquiera por el titular del órgano jurisdiccional concreto.
Se diferencia entre proceso civil y penal, sin embargo, no está clara la diferencia esencial entre
ambos tipos de proceso. Los partidarios del dualismo ponen de relieve la heterogénea naturaleza
de los sujetos, objeto y actividad técnica, en el proceso civil y en el penal, observando que
mientras las partes concurren en el proceso civil en absoluto plano de igualdad, en el proceso
penal aparece el Estado como parte principal acusadora. Quienes defienden la tesis unitaria
destacan que el derecho procesal es fundamentalmente uno.
86
En todo caso, la elaboración sistemática de ambas normativas procesales se realizó por
separado, dando lugar a unos códigos de derecho procesal civil y derecho procesal penal, que sin
embargo no recibieron ese nombre, probablemente a causa de la existencia de los Códigos Civil y
Penal, lo que llevó a calificarlos de Ley de Enjuiciamiento Civil y Ley de Enjuiciamiento Criminal.
B) LA CODIFICACION PROCESAL CIVIL
1. La Ley de Enjuiciamiento Civil de 1855
En 1835, el marqués de Gerona, ministro de Gracia y Justicia, publica una Instrucción del
procedimiento civil con respecto a la real jurisdicción ordinaria, mediante la cual pretendía
reformar una práctica procesal que él había conocido como magistrado. La oposición de los
políticos, y sobre todo del Colegio de Abogados de Madrid, frustraron el éxito de la Instrucción.
Por entonces se constituye una comisión para que acometa la elaboración de una ley única
de Enjuiciamiento civil, aprobada como Ley de Bases en 1855. Fruto de su revisión por una nueva
junta fue la Ley de Enjuiciamiento Civil, promulgada el mismo año, con casi millar y medio de
artículos distribuidos en una primera parte, muy extensa, relativa a la jurisdicción contenciosa,
y otra segunda, mucho más breve, de la jurisdicción voluntaria. Figura destacada de todo este
proceso, fue el jurista y político liberal Gómez de la Serna. La Ley de 1855 ha sido objeto de
críticas, pero al menos ordenó algo el panorama existente y clarificó muchas oscuras situaciones.
2. La Ley de Enjuiciamiento Civil de 1881
La ley de 1855 estuvo vigente 25 años. En 1877 se intenta proceder a su reforma. Frustrado
ese intento, al año siguiente el ministro de Gracia y Justicia encarga a la sección primera de la
Comisión de Codificación que estudie las modificaciones a introducir en el texto antiguo. Se
redacta una Ley de Bases para que, sobre la estructura general de la ley de 1855, introduzca las
disposiciones dictadas posteriormente y un procedimiento más abreviado y simple. Sobre tales
presupuestos se promulga por Real decreto de 3 de febrero la Ley de Enjuiciamiento Civil de
1881.
El texto de 1881, con sus 2.181 artículos repartidos en tres libros, fue el más extenso de los
cuerpos legales de España y la más amplia ley de procedimiento civil de Europa, por incluir esa
jurisdicción voluntaria que no solía figurar en las leyes procesales de otros países. La Ley de 1881
responde en el fondo a lo dispuesto por su antecesora de 1855. Esta Ley ha sido criticada por su
espíritu "medieval", por su carencia de principios y por el hecho de que muchos de sus artículos
no contengan una sola norma sino varias.
C) LA CODIFICACIÓN PROCESAL PENAL
1. La Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1872
Pese a que la Constitución de Cádiz había ordenado arreglar la administración de la justicia
criminal, la codificación procesal hubo de esperar desde entonces nada menos que 60 años.
Durante este período surgen algunos proyectos que no llegan a buen puerto y rigen algunas
disposiciones aisladas contenidas en el Código Penal de 1848. Al fin la Ley Orgánica del Poder
Judicial de 1870 dispuso reformar los procedimientos criminales, dictando al efecto una serie de
reglas. Consecuencia directa de ello fue la Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1872. Consta de un
título preliminar, tres relativos al sumario, juicio oral y procedimiento sobre faltas, y un título
final sobre el procedimiento de extradición.
La Ley de 1872 introdujo el juicio oral y dio entrada a la institución del jurado. Su aplicación
resulto difícil, tanto por esas novedades como por la inadecuada estructura judicial existente
entonces.
2. La Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1882
En 1882 fue promulgada una Ley de Bases para reformar el procedimiento criminal con
arreglo a los principios de brevedad, publicidad, prisión reservada a los delitos graves, instancia
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única y creación de procesos especiales. El mismo año se publicó la nueva Ley de Enjuiciamiento
Criminal, con casi un millar de artículos repartidos en siete libros.
La Ley de 1882 fue en realidad un código procesal nuevo, de espíritu progresista y buena
factura técnica. Sus logros fueron la sustitución de los dos grados de jurisdicción por la instancia
única, la oralidad del juicio y el establecimiento de procesos especiales y sumarios para los
delitos in fraganti, injuria, calumnia y delitos de imprenta, así como la regulación de fianzas.
V. El Derecho Civil
A) LAS ETAPAS PREPARATORIAS: 1812‐1880
1. Introducción. Primeros intentos
El Código Civil constituyó el último capítulo del proceso codificador en España, dándose la
paradoja que se codificó antes el Derecho procesal civil que el propio Código Civil. Esto se debió
a la dificultad de unificar el derecho común, a causa de la diversidad de derechos forales privados
que persistieron tras los decretos de Nueva Planta.
El primer proyecto surge al iniciarse el Trienio Liberal, cuando las Cortes organizan una
comisión de siete diputados encargad de realizar el Código. Esta comisión realizó una obra
amplia, que comprendía sectores que en la propia Constitución de Cádiz no tenían asignada una
codificación autónoma. En este proyecto, se redactaron más de 500 artículos correspondientes
al título preliminar y a los dos primeros libros, donde se unieron preceptos civiles, procesales y
administrativos. Finalmente, el Proyecto de 1821 resultó inconcluso
2. El Proyecto de Código Civil de 1851
Con la creación de la Comisión General de Codificación una segunda etapa, conocida como
de oficialización de la Codificación, y que coincide con una etapa de moderantismo político.
La sección civil de la Comisión General de Codificación emprendió la tarea de codificar el
derecho civil, presentándose en 1851 un proyecto suscrito por cuatro juristas, entre los que
destaca García Goyena. Dicho proyecto constaba de casi dos mil artículos, agrupados en tres
libros.
El Proyecto de 1851 tuvo un marcado carácter centralizador y antiforal. El espíritu
uniformista empapaba el conjunto del articulado y se hacía especialmente patente en algunos
preceptos, como el que prohibía en la regulación económica del matrimonio que los esposos
pactasen un régimen de bienes conforme a fueros o costumbres. Incluso en el último artículo
del Proyecto se derogaba el conjunto del derecho foral y consuetudinario.
Este radicalismo y las posiciones tajantes en otras cuestiones que rozaron las posiciones de
la Iglesia, impidieron que el Proyecto llegase a buen término. El gobierno ordenó publicar el
Proyecto en la revista El Derecho moderno, para facilitar que fuese conocido por los juristas y
para que cualquiera pudiese exponer lo que estimase oportuno antes de su aprobación. Pese a
su indudable calidad técnica, el Proyecto de 1851 no fue aprobado, debido a su incapacidad para
eliminar el foralismo y por desconocer las pretensiones de la Iglesia.
3. Las leyes civiles especiales
Como era necesario regular de manera uniforme ciertas materias y vista la dificultad de
instaurar un Código Civil general, se procedió a elaborar una serie de leyes, especiales en cuanto
a la materia, pero de aplicación general en todo el país. Entre estas leyes nos encontramos la
Ley Hipotecaria de 1861, la Ley del Notariado, la de Aguas y las leyes de Matrimonio Civil y
Registro Civil.
‐ Ley Hipotecaria: Se publicó en 1861 con un prolijo reglamento y fue reformada en 1869.
Se ha admitido que el régimen hipotecario que arranca de esa ley fue construido sobre
los grandes principios de publicidad y especialidad, característicos del sistema
germánico.
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‐
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‐
‐
Ley del Notariado: Fue publicada en 1862 y definía al Notario como funcionario público
autorizado para dar fe, conforme a las leyes, de los contratos y demás actos
extrajudiciales. La Ley también sancionó la separación de la fe pública judicial y
extrajudicial, estableció la unidad notarial al hacer desaparecer las diversas clases
existentes de notarios y escribanos, y fijó el acceso mediante oposición ante las
Audiencias.
Leyes de Aguas: Se publicó en 1866 e intentó regular toda la materia y formar así una
especie de Código General de las Aguas, con lo que se ocupó de las marítimas, aunque
quedara fuera de su consideración el régimen de puertos. La Revolución de 1868 trajo
consigo la publicación de nuevas disposiciones sobre aguas, que discrepaban de la
normativa anterior, por lo que se procedió a redactar una nueva Ley de Aguas, que se
publicó en 1879. Dicha ley es básicamente la misma ley que la de 1866, excepto por la
supresión del título relativo al uso de las aguas del mar y sus playas, y por algunas
modificaciones y retoques menores.
Ley de Matrimonio Civil: Fue publicada en 1870 y establecía la obligatoriedad del
matrimonio civil, al negar a cualquier otro esos efectos civiles y someter a la jurisdicción
ordinaria el conocimiento de los conflictos. Tuvo escasa vigencia, siendo derogada en
1875. Pese a ello, tuvo una gran importancia, puesto que significó el primer intento de
establecer en España el matrimonio civil obligatorio, constituyó el antecedente de
muchos preceptos incorporados luego al Código y fue un elemento para negociar con la
Iglesia el régimen matrimonial del Código Civil.
Ley de Registro Civil: Fue publicada en 1870 y, mediante ella, se instauró un registro
donde se hicieran constar los actos concernientes al estado civil de las personas.
Mediante esta ley, los nacimientos, matrimonios y defunciones, antes inscritos en los
registros parroquiales, pasaron a ser objeto del control del Estado. La colocación del
registro bajo la salvaguardia de los tribunales prestó a la institución una rigidez excesiva.
Esta ley fue respetada por el Código Civil y se mantuvo en vigor hasta 1959.
B) EL CÓDIGO CIVIL DE 1889
1. El fin del largo proceso
La etapa final de la codificación civil arranca de la nueva constitución de la Comisión General
de Codificación en 1875. La empresa codificadora, en lugar de un texto radical y excluyente,
busca una solución armónica y flexible que respete el peculiarismo foral. En 1880, se dicta un
decreto que integraba en la Comisión de Codificación a importantes juristas de Cataluña,
Aragón, Baleares, Navarra, Galicia y País Vasco, los cuales debían redactar una memoria sobre
aquellas instituciones civiles de sus regiones que conviniera conservar.
El paso siguiente y más decisivo fue obra del ministro de Gracia y Justicia, Alonso Martínez,
quien en 1881 presentó a las Cortes un proyecto de Ley de Bases del Código Civil. En él se
autorizaba al Gobierno para publicar el Proyecto de 1851 con las variaciones oportunas,
disponiéndose que una ley especial mantuviera las instituciones sobre propiedad y familia de
singular arraigo en los territorios forales. El proyecto preveía la vigencia general del Código Civil
como supletorio en esas regiones. Se llegó a presentar los dos primeros libros del Código Civil,
pero entonces se sucedió un cambio político.
El nuevo ministro de Gracia y Justicia, Francisco Silvela, volvió sobre el mismo procedimiento,
presentando en 1885 un segundo Proyecto de Ley de Bases, de talante más concesivo. Aprobado
por las Cortes, se convirtió en la Ley de Bases de 11 de mayo de 1888, cuyos preceptos atendían
tanto a la forma de realización del Código, como a resolver el problema de la heterogeneidad
foral, y dispuso que la redacción tuviera como fundamento el Proyecto de 1851. En lo segundo
estableció un criterio transaccional, ordenando que el Código fuera complementado con unos
Apéndices que recogieran "las instituciones forales que conviene conservar", respecto a los
cuales, en su respectivo ámbito de vigencia, el propio Código sería derecho supletorio.
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Tras la Ley de Bases de 1888, la Comisión de Codificación preparó el texto y octubre de 1888,
un decreto firmado por Alonso Martínez, quien había vuelto a ser ministro, ordenaba publicar
el Código en la Gaceta de Madrid. Tal publicación se hizo de forma paulatina, mientras se
introducían modificaciones a lo previsto. Los desajustes consiguientes al procedimiento utilizado
llevaron a que una ley de 1889 ordenara realizar una segunda edición, corregida y completada.
Por real decreto de 24 de julio de 1889 fue promulgada esta segunda edición, que constituye el
texto definitivo.
2. Contenido y valoración
El Código Civil consta de un título preliminar y cuatro libros, con un total de 1976 artículos
seguidos de una serie de disposiciones transitorias y otras adicionales. Dos terceras partes del
articulado proceden directamente del Proyecto de 1851 y la base fundamental de inspiración es
el Código francés. Domina así una línea ideológica individualista, acorde al viejo dogma de la
autonomía de la voluntad.
El Código Civil de 1889 fue rechazado por la sociedad de la época, empezando por la negativa
valoración de la Comisión del Senado encargada de su defensa. Algunos civilistas de la época
criticaron el hecho que se aumentase la pluralidad legislativa en España, en vez de unificarla.
Por otra parte, el Código tuvo opiniones más benevolentes fuera de España que dentro,
aunque en los últimos años se ha establecido una corriente rehabilitadora que aporta un juicio
más equilibrado y justo.
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LECCIÓN 15ª: IDEOLOGÍA LIBERAL Y CENTRALISMO
I. La organización ministerial durante el s. XIX
A) EVOLUCIÓN Y REFORMAS
1. El Estatuto de Bayona y la administración de José Bonaparte
Al iniciarse el s. XIX, el sistema ministerial estaba compuesto por cinco departamentos:
Estado, Guerra, Marina, Justicia y Hacienda. Esa estructura no fue respetada por el Estatuto de
Bayona ni por la Constitución de Cádiz. El Estatuto de Bayona dispuso un régimen de 9
ministerios: Justicia, Negocios Eclesiásticos, Negocios Extranjeros, Hacienda, Guerra, Marina,
Indias, Interior y Policía General. Los ministros eran responsables de la ejecución de las leyes y
de las órdenes del monarca. Un Secretario de Estado con la calidad de ministro debía refrendar
todos los decretos. En esta regulación hay que destacar algunas novedades:
‐ El establecimiento de departamentos hasta entonces desconocidos (Interior y Policía
General)
‐ Cambios de la nomenclatura de otros (el de Estado se llama ahora de Negocios
Extranjeros)
‐ La sustitución del término de Secretario del Despacho por el de ministro.
José Bonaparte procedió a regular por un decreto de 1809 las atribuciones de cada
ministerio. Las propias características del gobierno de Bonaparte y la guerra impidieron que esta
reorganización tuviera continuidad y trascendencia.
2. El régimen ministerial de la Constitución de Cádiz
Manteniendo la denominación de Secretarios del Despacho, la Constitución de 1812 fijó un
sistema de 7 departamentos en el que, junto a los cinco conocidos, surgen como nuevos los de
Gobernación para la Península e islas adyacentes y Gobernación para Ultramar. Las Cortes
fueron autorizadas a variar este esquema y se dispuso que un reglamento posterior determinase
las materias de cada ministerio. Todos los Secretarios del Despacho deberían firmar las órdenes
reales de su ramo y formar el presupuesto.
La aparición de los dos nuevos departamentos trataba de resolver el problema de la
autonomía de los asuntos de Indias. Al quedar sin efecto la Constitución de Cádiz, en 1814
desaparecieron ambos ministerios. Las materias del de Gobernación para la Península fueron
redistribuidas entre los departamentos restantes. Con las materias de Ultramar lo que se hizo
fue crear un Ministerio Universal de Indias y suprimirlo el siguiente año, distribuyendo la gestión
americana entre los cinco departamentos españoles. Subsistieron desde entonces los de Estado,
Guerra, Marina, Justicia y Hacienda.
El retorno del régimen liberal en 1820 trajo la reposición de la estructura gaditana, pero la
vuelta de los absolutistas en 1823 volvió a anularla y el sistema de los cinco ministerios rigió
durante la década siguiente.
3. El período de reformas (1830‐1863)
La necesidad de crear un departamento destinado específicamente a la promoción y orden
interior, desarrollo y bienestar llevó a tres importantes políticos a transmitir a Fernando VII esa
propuesta. El primero fue Javier de Burgos en 1826, que trasladó la conveniencia de instituir un
ministerio que crease prosperidad en la nación. En 1829, Pedro Sainz de Andino redactó una
exposición en la que propone como remedio la creación de un Ministerio de la Administración
Civil o interior. Y en 1830, Luis López Ballesteros insiste en lo mismo, abogando por ese
departamento que ya tienen todas las naciones cultas de Europa.
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A finales de 1830, un decreto del Consejo de Estado dispone la creación de la Secretaría de
Estado y del Despacho del Fomento General del Reino, que cambiará su nombre por el de Interior
en 1834 y por el de Gobernación a partir del año siguiente.
Las competencias de este departamento llegaron a ser excesivamente numerosas:
estadística, pesos y medidas, obras públicas, navegación interior, agricultura, ganadería,
comercio, industria, universidades, escuelas, correos, ayuntamientos, sanidad, seguridad
pública, moneda, minas, teatros, etc.
Con ocasión de la gran reforma de los Consejos llevada a cabo en 1834, se crea la figura del
subsecretario en todos los departamentos. Este cargo surge para descargar a los ministros de los
asuntos menos importantes o trámites administrativos. Los ministerios quedan además
divididos en secciones generales, correspondiendo al subsecretario la presidencia de la junta de
secciones o reunión de todos sus titulares.
Las Constituciones de 1837 y 1845 se limitan a ordenar que los ministros firmen las
disposiciones reales y a permitirles ser diputados o senadores. Uno y otro texto hablan ya de
ministros y no de Secretarios del Despacho, aunque esta denominación siga manteniendo
carácter oficial.
En 1847 se crea la llamada Secretaría de Estado y del Despacho de Comercio, Instrucción y
Obras públicas. En 1851 pasa a denominarse de Fomento, nombre que corresponde al que en su
origen había tenido. De tal forma, a mediados del s. XIX existían los siguientes siete ministerios:
Estado, Guerra, Marina, Gracia y Justicia, Hacienda, Gobernación y Fomento.
En 1863 se volvió a instituir un Ministerio de Ultramar que ni siquiera dispuso de
competencias globales en los territorios subsistentes, habida cuenta de que Estado, Guerra y
Marina se reservaron las que hasta entonces tenían en ellos.
Tras el desastre del 98, un decreto de 1899 extinguió para siempre el departamento.
4. Reajustes de la Restauración Alfonsina
Dos fueron las reformas emprendidas durante la Restauración en los últimos años del XIX: la
supresión del departamento de Ultramar en 1899 y el desdoblamiento del Ministerio de
Fomento en 1866.
Un decreto de 1886 suprimió el Ministerio de Fomento y creó en su lugar el de Instrucción
Pública y de Ciencias, Letras y Bellas Artes y el de Obras Públicas, Agricultura, Industria y
Comercio. La falta de presupuesto retrasó la entrada en vigor de la reforma hasta el año 1900.
Cinco años más tarde, el segundo de esos dos departamentos pasó a llamarse de Fomento. En
1905, la estructura consolidada la formaban ocho departamentos: Estado, Guerra, Justicia,
Marina, Hacienda, Gobernación, Instrucción Pública y Fomento.
II. El Consejo de Ministros
A) CREACIÓN Y ANTECEDENTES
El Consejo de Ministros aparece en España por un decreto de 19 de noviembre de 1823,
dirigido al titular del departamento de Estado. En este decreto, Fernando VII ordena al
destinatario formar un Consejo con los demás Secretarios de Estado y del Despacho, que se
denominará Consejo de Ministros.
Este decreto es la partida de nacimiento del Consejo de Ministros tal y como el organismo es
conocido hoy, conteniendo 3 distintas prescripciones:
‐ Que los ministros despachen juntos los asuntos de utilidad general
‐ Que, sobreentendida la presidencia del rey, en su ausencia presida el ministro de Estado
‐ Que el ministro de Justicia haga funciones de secretario y lleve el libro de acuerdos.
El decreto reconocía que se pretendía hacer lo mismo que Felipe V con el Consejo de Despacho,
en el que se reunían ministros y los que no lo eran, y lo que posteriormente hizo Carlos III con la
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Junta Suprema, que sí era una reunión estrictamente ministerial y que se debe considerar como
el antecedente del Consejo de Ministros.
El Consejo debió reunirse con asiduidad. La primera de las actas hoy conocidas corresponde a
una sesión de 3 de enero de 1824.
B) LA PRESIDENCIA DEL CONSEJO
‐
‐
‐
Podemos distinguir 3 etapas diferenciadas:
En una 1ª etapa (1823‐1834), no existe presidencia del Consejo formalmente instituida. Al no
concurrir el rey, dirige las sesiones el ministro de mayor rango, que era el ministro de Estado. En
el nuevo Consejo de Ministros corresponde la presidencia al de Estado, quien desde 1824 queda
autorizado a hacer uso del título de Presidente del Consejo de Ministros.
En la 2ª etapa (1834‐1873), la presidencia del Consejo se configura como un cargo independiente.
En el Estatuto Real, el presidente aparece ya diferenciado del rey y con determinadas facultades
especiales que directamente le son atribuidas (refrendar los decretos de apertura, cierre,
suspensión y disolución de las Cortes). Se empieza a dibujar el perfil autónomo del cargo de
presidente, que si bien seguía adscrito al Secretario del Despacho de Estado, en diversas ocasiones
era desempeñado por otros ministros. Hasta que, en 1840, accede al cargo el general Espartero,
que ni siquiera es ministro. A partir de entonces, el Presidente del Consejo es una figura orgánica
distinta, representativa del partido político que ha alcanzado el poder, y a quien corresponde, tras
ser nombrado por el monarca, la propuesta de designación del gabinete.
En la 3ª etapa, desde 1873, la Presidencia es ya el órgano rector de la acción administrativa. El
Presidente del Consejo asume la iniciativa política, es centro de decisión, árbitro y última instancia
de los conflictos entre ministros, así como coordinador general de la actividad del gobierno y la
administración.
III. El derrumbe definitivo de los viejos Consejos
La marginación política de los Consejos se hace ahora definitiva. La Junta Central decreta el 25 de junio
de 1809 la constitución del Consejo de España e Indias, compuesto por miembros procedentes de los
Consejos de Castilla, Indias, Órdenes y Hacienda. Ese organismo fue efímero y desapareció por un decreto
de 1810, que restableció los anteriores Consejos.
Las Cortes de Cádiz crearon el Consejo de Estado en 1812 y fue reformado por la propia Constitución,
que ordenó un organismo de 40 individuos, nombrados por el rey a propuesta de las Cortes, que sería el
único Consejo del rey, oía su dictamen en los asuntos graves gubernativos y para dar o negar la sanción a
las leyes, declarar la guerra y hacer los tratados. El organismo vivió durante el Trienio Constitucional la
época de máximo esplendor.
Tras la muerte de Fernando VII, en 1834, Martínez de la Rosa remite a la reina gobernadora seis
importantes decretos. Esos decretos extinguen el Consejo de Estado y los Consejos de Castilla e Indias y
crean el Tribunal Supremo de España e Indias. Suprimen, asimismo, los Consejos de Guerra y Hacienda y
establecen, por un lado, el Tribunal Supremo de Guerra y Mar, y por otro, el Tribunal Supremo de
Hacienda. Reforman además el Consejo de Órdenes y proceden a fundar el Consejo Real de España e
Indias.
Todo ello condujo a un cambio radical en la estructura de la administración central.
El Consejo Real de España e Indias fue un supremo órgano consultivo, sin atribuciones ejecutivas ni
judiciales, compuesto por la presidencia, secretaría general y 7 secciones (Estado, Gracia y Justicia,
Guerra, Marina, Hacienda, Fomento e Indias). Cada uno de los ministros debía consultar con la respectiva
sección aquellos negocios graves e importantes de su ramo. Orgánicamente, el Consejo Real dependió del
presidente del Consejo de Ministros.
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El Consejo Real de España e Indias funcionó con regularidad y eficacia, y fue el supremo cuerpo
consultivo. Pero al desaparecer en 1836, se produjo una década de vacío hasta que en 1845 se crea un
nuevo Consejo Real que, por decreto de 1858, pasa a denominarse Consejo de Estado.
El hito decisorio en la historia del Consejo de Estado constitucional tiene lugar con la aprobación de la
Ley de 1860, que establece que el Consejo de Estado es el cuerpo consultivo supremo del gobierno en los
asuntos de gobernación y administración, y en lo contencioso administrativo de la Península y Ultramar.
Se ordena así un organismo tanto consultivo, en lo político y administrativo, como jurisdiccional en lo
contencioso. Con rango jerárquico máximo, tras el Consejo de Ministros, queda compuesto por un
presidente y 32 consejeros, que actúan en plenario o por secciones.
En el último cuarto de siglo, el Consejo sufrió numerosos cambios y reajustes, realizándose entonces
una reforma muy importante, la Ley de 1888, que redujo al Consejo a lo meramente consultivo,
atribuyendo lo contencioso a un tribunal independiente.
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LECCIÓN 16ª: VERTEBRACIÓN Y GESTIÓN DEL TERRITORIO
I. La Administración territorial
A) LA DIVISIÓN PROVINCIAL
1. El plan prefectural de José Bonaparte y sus consecuencias
España entró en el s. XIX con una división territorial arcaica, organizada en circunscripciones
de índole fiscal, sin significación en lo gubernativo y judicial. Por tanto, la tarea debía consistir
en reordenar el territorio y homogeneizar dentro de las mismas circunscripciones la acción del
Estado.
La primera reforma fue emprendida por José Bonaparte, mediante un real decreto de 17 de
abril de 1810, que articula el territorio nacional en 38 prefecturas y 111 subprefecturas. Cada
unidad mayor daba cabida a 3 de las menores, excepto en los casos de Ciudad Real, Cuenca,
Madrid y Teruel, cuyas prefecturas contenían 2 subprefecturas, y en Murcia donde había 4.
Tal división nada tenía que ver con el régimen de gobierno territorial conocido hasta
entonces, pero su implantación no fue posible, debido a la guerra en la que se encontraba
sumido el país.
Tras esa organización, las Cortes de Cádiz ordenaron en el texto constitucional que una ley
efectuase la división del territorio. El vuelco absolutista derogó la Constitución cuando esa ley
no había sido hecha y siguió rigiendo el viejo sistema. La cuestión fue replanteada con el retorno
liberal de 1820, mediante un proyecto aprobado en 1822. Con carácter provisional, España
quedó dividida entonces en 52 provincias. En este proyecto cabe destacar:
‐ Su carácter ajeno a la antigua división de reinos y la realizada en el s. XVIII.
‐ La supresión de algunos enclaves y el mantenimiento de otros
‐ La conservación de algunas capitales de provincia, como Huesca, Lérida, Vigo, Málaga y
otras.
‐ La creación de nuevas provincias que han persistido, como Badajoz y Logroño
‐ La creación de nuevas provincias, como Calatayud, Játiva y Villafranca del Bierzo
Esta reforma fue anulada al restaurarse el Absolutismo en 1823 y se volvió a la antigua
división del s. XVIII.
2. La división de Javier de Burgos
En 1833, Francisco Javier de Burgos accede al Ministerio de Fomento, donde recibe el encargo
de la reina de plantear la división civil del territorio español, como base para de la administración
interior. Burgos presentó el proyecto y en el mismo año aparece un decreto con la nueva división
provincial, vigente con algunos retoques hasta hoy en día.
La reforma de 1833 sigue las líneas básicas de la reforma de 1822, pero con algunas
diferencias y características propias:
‐ La desaparición de tres provincias (Calatayud, Játiva y Villafranca del Bierzo), con lo que
quedan establecidas 49 provincias
‐ Dos cambios de capitales (Albacete en lugar de Chinchilla y Pontevedra en lugar de Vigo)
‐ El abandono de la relación alfabética de provincias para agruparlas en conexión con los
antiguos reinos
‐ Que, en general, las provincias adopten el nombre de sus capitales, excepto las dos
provincias insulares, Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra.
‐ Se mantienen o surgen algunos enclaves, como el burgalés Condado de Treviño, situado
en Álava.
‐ Se ajustaron a la provincia las correspondientes demarcaciones militares, judiciales y
financieras.
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Desde entonces hasta finales de siglo hubo algunos reajustes, como la separación de una
parte de la provincia de Cuenca, adjudicada a Valencia. La novedad principal tendrá lugar mucho
más tarde, en 1927, al ser dividida en dos la provincia de Canarias.
B) LOS ÓRGANOS: GOBIERNOS CIVILES Y DIPUTACIONES
En el plan prefectural de 1810, cada circunscripción mayor quedó a cargo de un prefecto,
encargado del gobierno civil, administración de rentas y policía general, asistido por un secretario
general. En las circunscripciones inferiores, los subprefectos ejercieron idénticas funciones.
La Constitución de Cádiz dispuso que el gobierno de las provincias corriera a cargo de un jefe
superior o jefe político nombrado por el rey, constituyéndose una Diputación en cada provincia.
Esta Diputación estaba compuesta por el presidente, como jefe político, por un intendente y
siete individuos electos. Aparece como un organismo proyectado al gobierno económico y como
instancia jerárquica superior a los ayuntamientos, por lo que resultó ser una especie de
Ayuntamiento provincial.
Con la reforma provincial de Javier de Burgos de 1833, se atendió a la reestructuración de los
órganos de gobierno. Un real decreto de ese año había creado el subdelegado principal del
Ministerio de Fomento como autoridad superior administrativa de la provincia, pasando el
subdelegado a recibir el nombre de Gobernador civil por otro decreto de 1834.
Hubo 3 categorías de Subdelegados de Fomento, nombrados por la reina gobernadora a
propuesta del ministro del ramo, y sus funciones era cumplir y hacer cumplir lo dispuesto por el
poder central, estudiar las necesidades locales, promover la felicidad pública y favorecer los
intereses de todos.
La siguiente reforma tuvo lugar en el quinquenio 1845‐1849, con la Ley de 1845 sobre
Ayuntamientos y Diputaciones Provinciales. Según esta ley, al frente de cada provincia vuelve a
aparecer un jefe político, cuyas atribuciones pueden ser clasificadas en tres categorías en función
de que actúe como:
‐ Representante de los intereses generales
‐ Como administrador de los intereses peculiares de la provincia
‐ Como agente de la jurisdicción administrativa.
Los jefes políticos presiden las Diputaciones y adoptan acuerdos en los conflictos y problemas
electorales, pero, al existir también el intendente para la administración económica, se produce
un dualismo en el poder, por lo que unieron ambos cargos mediante un decreto de 1849, creando
la figura del Gobernador de provincias, que heredó las atribuciones del jefe político y las
económicas de los intendentes. Esta figura ejercía el poder supremo en la circunscripción y era el
interlocutor directo de los distintos ministerios.
La Constitución de 1869 estableció una serie de directrices sobre la organización y atribuciones
de las Diputaciones, cuando ya una ley de 1868 había suprimido los Consejos Provinciales,
privando a los gobernadores de funciones judiciales.
En 1870, la promulgación de la Ley provincial configurará al gobernador como la suprema
autoridad civil y política de la provincia y jefe de los funcionarios que trabajan en ella. Su
nombramiento tiene lugar por decreto acordado en Consejo de Ministros y preside, sin voto, la
Diputación Provincial.
Con la Restauración, el gobierno provincial quedó plasmado en una Ley de 1882, donde se
aprecia a la provincia como agrupación de partidos judiciales con fin electoral y con un acusado
sentido centralista. El Gobernador pasa presidir con voz y voto la Diputación y la Comisión
provincial, asegurando un rígido sistema de enlace entre el poder central con el municipal.
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II. La Administración Local
A) DE LAS REFORMAS DE JOSÉ BONAPARTE AL SISTEMA MUNICIPAL DE CÁDIZ
La obra municipal de José I se desarrolla durante el bienio 1809‐1810. Mediante un decreto de
1809, crea una municipalidad en Madrid, establece la composición del ayuntamiento y la
separación de las tareas municipales y judiciales del corregidor, y supedita la administración local
al poder del intendente de la provincia. Los regidores son elegidos por sufragio censitario,
mientras que el corregidor representa el control del poder real y centralista.
Se dictaron varios decretos, que establecieron la normativa general del sistema municipal. En
ellos, se estableció que los nuevos ayuntamientos debían estar constituidos por un número de
propietarios proporcionado a la población y se organizó el régimen de municipalidades como una
pieza del sistema administrativo general, situando los ayuntamientos bajo la dependencia de los
prefectos provinciales.
Se constituyó la junta municipal, que era nombrada en concejo abierto por los vecinos
contribuyentes. En los pueblos más pequeños, la junta podía designar al corregidor y a los
regidores. En los de tamaño intermedio (entre 2.000 y 5.000 habitantes) se limitaba a presentar
los nombres al prefecto, quien llevaba a cabo el nombramiento. En las poblaciones mayores de
5.000 habitantes, correspondía al rey, a propuesta del prefecto, designar esos cargos entre los
componentes de la junta.
El corregidor aparece en todo caso subordinado al prefecto, quien podía suspenderle
provisionalmente, y en última instancia al rey, quien podía sustituirle.
Esta reforma no tuvo una implantación efectiva y real a causa del conflicto bélico en el que se
encontraba el país.
Paralelamente, en el debate parlamentario de la Constitución de Cádiz, la cuestión municipal
adquirió una gran importancia, ya que estaba en juego el derecho de más de la mitad de los
pueblos españoles a elegir a sus magistrados y autoridades. Los legisladores debatieron entre
elegir un tipo de municipio autónomo o uno mediatizado y controlado por el poder central.
Finalmente, la Constitución de Cádiz configura un tipo de ayuntamiento uniforme y
políticamente mediatizado, compuesto por el alcalde, regidores y procurador síndico, bajo la
presidencia del jefe político. El ayuntamiento es así una corporación cuyos miembros son elegidos
por los vecinos en razón de la eficacia, pero bajo el control de una autoridad política legitimada
por la voluntad nacional.
El régimen municipal de la Constitución de 1812 construye un municipio sometido al poder
ejecutivo, con aspectos del municipio castellano, como la regulación de las competencias
municipales o la figura del alcalde, y con innovaciones propias del modelo francés, con la figura
del jefe político.
B) LA CONSOLIDACIÓN DEL MUNICIPIO CONSTITUCIONAL
La Instrucción para el gobierno de las provincias de 1823 consolida las bases de la estructura
del régimen municipal. Se precisan allí las competencias del ayuntamiento, su dependencia
respecto a la Diputación y las propias atribuciones de un alcalde subordinado al jefe político,
reafirmando la línea centralista, que se verá luego asegurada por un decreto de 1835, que
introduce el sufragio censitario y acentúa la intervención del poder central, dejando al alcalde
sujeto al gobernador civil.
En el período 1836‐1843, restablecido el sistema gaditano, los municipios logran recuperar una
cierta libertad y el centralismo resulta menos acusado.
Con la Ley de Ayuntamientos de 1840, promulgada y suspendida el mismo año y rehabilitada
en 1843, tiene lugar un nuevo giro conservador que reduce las atribuciones municipales, con la
prohibición de intervenir en negocios políticos, y la institucionalización de un alcalde, encargado
97
de la formación del censo electoral, que puede ser suspendido, como el ayuntamiento, por el jefe
político.
La Ley de Ayuntamientos de 1845, de corte autoritario, deja a los municipios en manos del
poder central y de las minorías oligárquicas locales. El alcalde es nombrado entre los concejales
por el rey o el jefe político. Subordinado el alcalde al jefe político, maneja el censo electoral, donde
el sufragio censitario permite que sólo sean electores los mayores contribuyentes y que sólo sean
elegibles la mitad de ellos.
Tras la Revolución de 1868, la Ley Municipal de 1870 pretende:
‐ Aumentar la presencia popular.
‐ Extender el derecho de sufragio
‐ Hacer intervenir a los electores en el estudio de los presupuestos.
Con la Restauración, la Ley Municipal de 1877 impone un nuevo modelo, que en lo
fundamental habrá de mantenerse hasta fin de siglo. Sus rasgos más característicos son los
siguientes:
‐ La restricción del sufragio, al poder ser únicamente electores los cabezas de familia con
dos años de residencia y que acrediten sólida posición económica, empleo civil o
capacidad profesional y académica.
‐ El diseño de la figura del alcalde como delegado del Gobierno, presidente del
ayuntamiento y jefe de la administración municipal. El rey nombra al alcalde en Madrid y
en las capitales de provincia y cabezas de partido con población superior a 6.000
habitantes.
En la cuestión de la autonomía municipal, la ley es sumamente restrictiva, pasando a ser el
Ministro de Gobernación el Jefe superior de los Ayuntamientos.
La Ley de 1877 se proyectó sobre una vida local dominada por el caciquismo. Hubo que sumar
a la intromisión del poder central, la pura y simple imposición de esos caciques, quienes no sólo
condicionaron la actividad de alcaldes y ayuntamientos, sino que rindieron además la voluntad
de los gobernadores de turno.
A la ley local de 1877 y a la provincial de 1882, sucedieron múltiples proyectos de reforma sin
resultado positivo.
98
LECCIÓN 17ª: CONTROL SOCIAL Y RELACIONES CON LA IGLESIA
CONTEMPORÁNEA
I. La Administración de Justicia
A) CARACTERES GENERALES
Dos rasgos principales caracterizan a la administración de justicia en el XIX:
‐ La diferenciación de la función judicial de la legislativa y ejecutiva, en conformidad con el
principio de separación de poderes establecido en la Constitución de Cádiz, y a que las
causas civiles y criminales correspondiesen exclusivamente a los tribunales, prohibiendo al
rey o a las Cortes cualquier intromisión en lo judicial
‐ La reducción de las jurisdicciones especiales conocidas antes
Al ser suprimida definitivamente la Inquisición en 1834, desapareció su jurisdicción específica.
La mercantil, hacienda y las correspondientes a tribunales especiales fueron extinguidas por el
Decreto de unificación de fueros de 1868. Se mantuvo exclusivamente la jurisdicción eclesiástica,
así como la de Guerra y Marina para los delitos y faltas contemplados en las ordenanzas militares.
En la organización y desarrollo de los tribunales ordinarios cabe apreciar diversas fases:
‐ La 1ª fase, con el conjunto de las disposiciones fijadas en Cádiz
‐ La 2ª fase, centrada en las reformas del bienio 1834‐1835
‐ La 3ª fase, relativa a los proyectos posteriores
‐ La 4º y última fase, en torno a la importante LOPJ de 1870
B) EL PLANTEAMIENTO REFORMISTA DE CÁDIZ
‐
‐
‐
‐
La Constitución de 1812 dedicó a la organización judicial su título V. En el texto de Cádiz, los
órganos judiciales quedaron jerárquicamente escalonados en:
El Supremo Tribunal de Justicia, a quien correspondía:
 Dirimir los conflictos entre las Audiencias y oír sus dudas sobre la inteligencia de las leyes
 Juzgar a los ministros
 Conocer de la separación y suspensión de los consejeros de Estado y de los magistrados
de las Audiencias
 Decidir los recursos de fuerza de los tribunales eclesiásticos y los de nulidad relativos a
las sentencias de las Audiencias.
Las Audiencias, que eran competentes en:
 Conocer en apelación de todas las causas civiles y criminales de los juzgados inferiores
 Resolver las cuestiones de competencia surgidas entre los jueces subalternos de su
circunscripción
 Resolver los recursos de fuerza promovidos en su circunscripción
Los Juzgados de Partido eran competentes en las atribuciones que les señalaran las leyes
Magistrados y jueces debían jurar la Constitución al tomar posesión de sus plazas, así como
observar las leyes y administrar imparcialmente justicia.
Las normas constitucionales fueron desarrolladas por dos decretos:
Un decreto de 1812, por el cual se aprobó el Reglamento de las Audiencias y Juzgados: este
decreto reorganizó la planta de tribunales, esbozó las normas aseguradoras de su
independencia, previó los criterios para llevar a cabo las demarcaciones territoriales y dejó
sentadas las competencias de los jueces. También dispuso la creación de una Audiencia más en
ultramar y de cuatro en la Península. Todas las Audiencias tuvieron idéntico rango, ordenándose
por su autonomía jurisdiccional. Se estableció también que las Diputaciones provinciales fijaran
una disposición provisional de los partidos judiciales.
99
‐
Un decreto de 1814, que sancionó el Reglamento del Supremo Tribunal de Justicia: este decreto
no llegó a entrar en vigor, debido a la restauración absolutista
C) ORGANIZACIÓN DE LOS TRIBUNALES
La reforma provincial de Javier de Burgos de 1833 había establecido que se ajustaran al nuevo
plan las demarcaciones judiciales. Siguiendo esta línea, se dictó un decreto en 1834, por el cual:
‐ Se uniformó la demarcación judicial con la administrativa
‐ Se facilitó el acceso de los pueblos a los tribunales superiores
‐ Se hizo posible una mejor vigilancia de los jueces por los altos magistrados
‐ Se aceleró el despacho de las causas criminales
El territorio nacional fue dividido en 15 Audiencias, cuya jurisdicción comprendía una o varias
provincias. Todas figuraban con el título de la capital designada como sede, excepto la de
Pamplona que mantuvo el nombre de Consejo Real de Navarra.
Otro decreto de ese mismo año procedió a la subdivisión de las provincias en partidos
judiciales, partidos que iban a servir de circunscripción para elegir a los procuradores del reino
previstos en el Estatuto Real.
En 1834 se suprimió el Consejo de Castilla y se creó el Tribunal Supremo de España e Indias,
que estaba compuesto de un presidente, 15 ministros y tres fiscales, distribuidos en tres salas.
Entre sus competencias figuraron:
‐ Conocer, como última instancia, de los recursos sobre procedimientos de los tribunales
superiores
‐ Conocer de los recursos de injusticia notoria y de los llamados de "mil y quinientas"
‐ Juzgar a los altos magistrados y a los empleados de elevada jerarquía
‐ Conocer de los contenciosos del Real Patronato
‐ Conocer de los recursos de fuerza de la Nunciatura.
A la supresión del Consejo de Guerra, siguió el establecimiento del Tribunal Supremo de Guerra
y Marina y de extranjería. Dirigido por un presidente, constó de dos salas, una llamada de
generales y otra de ministros togados.
El Consejo de Hacienda fue sustituido por un Tribunal Supremo de Hacienda, que debía
entender en apelación de todos los asuntos judiciales de su ramo, así como de los contenciosos
de la Real Caja de Amortización.
En 1835 se dictan 3 disposiciones organizando el régimen y funciones de los tribunales del
reino:
1º Reglamento para la Administración de Justicia en la jurisdicción ordinaria. Esta disposición
constituyó el precedente inmediato de la futura LOPJ de 1870. El Reglamento se ocupaba:
a) De una serie de principios y garantías procesales (libre acceso a tribunales,
gratuidad de la justicia penal, toma de declaración al reo en las 24 horas
siguientes a la detención, prohibición de tortura, etc.)
b) El mantenimiento de los 3 tipos de proceso: juicio verbal, de mayor cuantía y el
declarativo
c) De los jueces y juicios de paz
d) De los jueces letrados y de 1ª instancia, que entendían de los 3 tipos de procesos
e) Las Audiencias, que entendían de la 2ª y 3ª instancia y de los recursos de nulidad
f) Del Tribunal Supremo de España e Indias, que entendía de los recursos de nulidad
de sentencias de las Audiencias, los de injusticia notoria y 2ª suplicación
2º Reglamento del Supremo Tribunal de Justicia
3º Ordenanza para todas las Audiencias de la Península e islas adyacentes.
En 1836 se restableció la Constitución de Cádiz, lo que no supuso la recuperación de la
organización del Tribunal dispuesta en 1812. Se produjo la extinción del Tribunal Supremo de
España e Indias y la vuelta al Supremo Tribunal de Justicia, que apenas sufrió cambios en su
composición.
100
D) LA LEY ORGÁNICA DEL PODER JUDICIAL DE 1870
La Constitución de 1869 había declarado:
‐ La exclusiva competencia de los tribunales en los juicios civiles y criminales
‐ La unidad del fuero para todos los españoles
‐ El establecimiento del jurado para los delitos políticos y comunes que determinara la ley
‐ La inamovilidad de los jueces
‐ El ingreso en la carrera judicial por oposición, aunque reservando al rey la posibilidad de
nombrar, oído el Consejo de Estado, hasta una cuarta parte de los magistrados de las
Audiencias y del Tribunal Supremo.
La Constitución de 1869 también autorizaba al Gobierno a que dictase disposiciones para
aplicar algunas de las prescripciones de la Constitución, por lo que se forma la Comisión
Legislativa, en vez de la antigua Comisión de Codificación, que redacta un proyecto que es
presentado por el ministro de Gracia y Justicia. Sometido a discusión parlamentaria, este proyecto
se convierte en la Ley Orgánica del Poder Judicial, promulgada en 1870 y que ha regido hasta
nuestros días.
La LOPJ contiene, además del preliminar, 23 títulos, con 932 artículos y 18 disposiciones
transitorias. El territorio nacional es dividido en distritos, y éstos en partidos, que a su vez
comprenden circunscripciones que incluyen a los términos municipales. En cada término
municipal debe haber uno o varios jueces municipales, en cada circunscripción, un juez de
instrucción, en cada partido, un Tribunal de partido, en cada distrito, una Audiencia, y en la
capital de la nación, el Tribunal Supremo.
El Tribunal Supremo se compone de un presidente, 4 presidentes de sala y 28 magistrados,
organizados en una sala de gobierno y 4 de justicia.
Las Audiencias son quince, todas ellas de igual categoría, excepto Madrid, con una sala de
gobierno y dos o tres de justicia.
Los Tribunales de Partido constan de 3 jueces, uno de ellos designado presidente, y pueden
ser tribunales de ingreso o de ascenso.
Los jueces de instrucción ejercen su jurisdicción en cada una de las circunscripciones de cada
partido judicial, y en cada término municipal ejercen los jueces municipales, cuyo cargo es bienal
y obligatorio.
La Ley de 1870 sienta los principios básicos de la administración de justicia.
Para complementar la LOPJ de 1870, se publicó la Ley Adicional de 1882, que establecía:
‐ 95 tribunales colegiados para entender en única instancia, y en juicio oral y público, de las
causas por delitos
‐ En casi todas las Audiencias territoriales se constituye la sala de lo criminal, que forma, con
la de lo civil, un único tribunal
‐ Los jueces de primera instancia desempeñan la función de jueces de instrucción
‐ Reorganización las categorías de los fiscales, siendo equiparadas a las de los jueces
‐ Reforma de las condiciones de ingreso y ascenso, determinando un régimen discrecional
en el nombramiento de las autoridades judiciales.
E) LA LEY DEL JURADO
El tribunal del jurado había sido previsto para los delitos comunes por la Constitución de 1869,
reiterado por la Ley Orgánica del Poder Judicial, acogido por la Ley de Enjuiciamiento Criminal y
suspendido en 1875.
El tribunal del jurado se suspendió porque no hubo voluntad política de respaldarlo ni apoyo
social, debido a la escasa formación popular.
101
En 1886, se propone de nuevo restablecer el jurado popular, compuesto por doce miembros,
que se pronunciarían sobre la inocencia o culpabilidad del acusado, y tres magistrados, a los que
le competía la calificación jurídica de los hechos probados.
Este proyecto se aprueba en 1888, pero en la práctica, la institución del jurado no obtuvo el
resultado esperado, debido a las irregularidades en el pago de las dietas y, sobre todo, al bajísimo
nivel cultural de la población. También hubo un alto grado de politización en sus veredictos.
A causa de esto, la institución entró en crisis a finales del s. XIX y principios del s. XX, hasta que
fue suspendido definitivamente en la dictadura de Primo de Rivera en 1923.
La institución del jurado no fue recuperada hasta la vigente Constitución de 1978.
II. La Iglesia y el Estado
A) LA IGLESIA ANTE LA QUIEBRA DEL ANTIGUO RÉGIMEN: EL LIBERALISMO Y LA SUPRESIÓN
DE LA INQUISICIÓN
El Estatuto de Bayona declaró que la religión oficial era la católica, diseñó las Cortes con un
estamento eclesiástico y el propio José I fue aclamado por algunos como protector de la Iglesia,
pero la Guerra de la Independencia atrajo, sin embargo, a la mayor parte de la jerarquía y clero a
la causa popular, transformándose la contienda en una guerra justa o guerra santa, exhortando
aquellos a la lucha contra los franceses como una verdadera obligación religiosa.
La Constitución de 1812 reconoce a la religión católica como propia del Estado. No obstante,
impuso una serie de medidas con las que se enfrentó a la Iglesia. Se dio así en el reformismo
gaditano lo que se ha llamado "síntesis de tendencias opuestas", punto de partida del
enfrentamiento entre los liberales y los absolutistas.
Desde entonces, la cuestión religiosa se perfila como factor principal de diferenciación
política. Los liberales suprimen en las primeras Cortes del trienio la Compañía de Jesús y, tras ella,
disuelven por decreto las Órdenes monacales y reforman el régimen de las demás, obligando a
cerrar aquellos conventos que no cuenten con un número determinado de religiosos. Los
absolutistas, por su parte, proclaman que “el Trono y el Altar gravitan sobre unas mismas bases”.
Al ser abolido de nuevo el régimen constitucional en 1823, una serie de disposiciones anulan las
anteriores y restablecen el panorama eclesiástico tradicional. La jerarquía eclesiástica quedó
alineada con los restauradores del absolutismo.
José I abolió formalmente la Inquisición, aunque de hecho siguió existiendo. La cuestión del
Santo Oficio se convirtió en tema central de los debates de Cádiz. Sus detractores abogaron por
suprimirla en base a 3 razones principales:
a) No era una institución esencial para la Iglesia, sino algo accesorio surgido en fechas tardías
b) El juicio sobre las materias de fe y moral correspondía a los obispos
c) La Inquisición, tal como había quedado configurada, era contraria a la Constitución misma.
Quienes la defendían, hicieron hincapié en que su establecimiento había sido fruto de la
potestad pontificia. Tras ásperas discusiones, se decidió que el Santo Oficio era inconciliable con
la constitución, procediendo a su extinción en 1813.
Con el retorno absolutista, la Inquisición fue restaurada en 1814, siendo de nuevo suprimida
por los liberales en 1820. Tres años más tarde, presentes otra vez los absolutistas, el Santo Oficio
fue rehabilitado. Al iniciarse la regencia de María Cristina, un decreto de 1834 abolió
definitivamente la Inquisición.
102
B) IGLESIA Y ESTADO LIBERAL (1833‐1900)
Al desaparecer Fernando VII, las relaciones Iglesia‐Estado se vieron agravadas por el problema
de la división entre isabelinos y carlistas. La reina buscaba apoyo entre los liberales, mientras que
los religiosos, mediante la figura del cura guerrillero, presentan la causa de Don Carlos como la
misma causa de Dios.
A esas circunstancias va a sumarse la legislación anticlerical de mediados los años treinta. Tras
haber sido prohibidas en 1835 las juntas de fe, la Compañía de Jesús vuelve a ser suprimida,
siendo clausurados otra vez los conventos y monasterios con menos de 12 religiosos. El clima
anticlerical del gobierno, acompañado de quemas y saqueos de iglesias y conventos, se acentuó
con la desamortización de Mendizábal.
Un decreto de 1836 dispuso la supresión de todos los monasterios, conventos, colegios,
congregaciones, etc.
Ante esto, Roma no permaneció impasible y el papa Gregorio XVI denunció estos excesos, lo
que llevó a la ruptura de relaciones.
Tras el Convenio de Vergara y la llegada, en 1844, de los moderados al poder, la situación
mejora y un convenio restablece las relaciones diplomáticas entre España y Roma. La política
moderada había suspendido la venta de monasterios y conventos. La presencia en Roma de un
Papa de talante más conciliador y flexible, propicia una negociación que dará lugar al Concordato
de 1851. El texto decretó la unidad confesional del país, garantizando la enseñanza católica en
escuelas y universidades. El Estado asumió la protección de la Iglesia y admitió el ejercicio de la
jurisdicción de los obispos en sus diócesis. La Iglesia reconoció el régimen político de Isabel II e
hizo 2 concesiones principales:
1. La renovación del patronato regio en términos semejantes a los previstos en el Concordato
de 1753
2. La aceptación, como hechos consumados, de la política desamortizadora.
Las relaciones del Estado con la Iglesia se desarrollaron con abundantes problemas desde
1868, principalmente por las publicaciones del papa condenando cualquier tipo de regalismo y,
en concreto, el pase regio y los recursos de fuerza.
Durante la Revolución de 1868, Roma se había mostrado favorable hacia Isabel II y las juntas
revolucionarias cometieron toda clase de excesos, destruyendo templos. Mientras que el Estado,
proclamaba la catolicidad de España, parte del pueblo daba rienda suelta a manifestaciones
anticlericales.
El gobierno revolucionario de 1868 dictó una serie de medidas que violaban el Concordato de
1851, suprimiendo monasterios, casas religiosas, la enseñanza religiosa y reconociendo la libertad
de cultos en la Constitución de 1869 y el matrimonio civil con la Ley de 1870.
Las relaciones Iglesia‐Estado en este primer período de la Restauración aparecen presididas
por la normalidad. Cánovas del Castillo impuso su carácter tolerante en la Constitución de 1876,
que dispuso que la religión católica fuera la oficial del Estado y la única a la que se permitía culto
público, pero reconoció el respeto a otras creencias y el ejercicio de sus cultos respectivos, lo que
iba en consonancia con el vigente Concordato de 1851.
A finales del s. XIX resurge el anticlericalismo. Reaparece la cuestión religiosa por fenómenos
ideológicos de alto rango (positivismo, republicanismo), pero debido también a la concatenación
de otros sucesos de menor cuantía: la política excesivamente rígida en la implantación de la
enseñanza religiosa; los conflictos de orden público por las procesiones del jubileo; y hasta el
estreno por Galdós de su obra Electra. Sagasta echó mano del anticlericalismo como bandera
política. Entramos así en el siglo XX.
103
LECCIÓN 18ª: LA GESTIÓN DE LOS RECURSOS Y LAS PRESTACIONES
PERSONALES DE LOS CIUDADANOS
I. La Hacienda
A) CRISIS FINANCIERA TRAS LA GUERRA CON FRANCIA E INGLATERRA, E INTENTOS
REFORMISTAS
A la entrada del s. XIX, la situación financiera nacional era grave. Las guerras contra Francia e
Inglaterra habían debilitado los recursos y habían hecho crecer los gastos.
Para hacer frente a las dificultades económicas, se procedió a la emisión de vales reales, pero
el papel fue depreciándose y la solución quedó en entredicho. Se acudió entonces a las
desamortizaciones eclesiásticas para procurar una fuente de ingresos.
Ambos bandos de la Guerra de la Independencia eran conscientes de la grave situación
económica y coincidían en la urgencia de una reforma tributaria. Por su parte, José I mantuvo los
antiguos impuestos, pero introdujo importantes novedades, como por ejemplo, la contribución
de patentes industriales, que obligaba a quienes ejercían la industria o el comercio al pago de una
licencia. La Junta Central, a su vez, decretó la supresión de las rentas provinciales, que quedarían
abolidas cuando fuese establecido un sistema que reemplazara a aquel antiguo de las alcabalas,
cientos y millones.
Durante la Guerra, fue establecida una contribución extraordinaria de guerra sobre los
capitales y las rentas, que no pudo ser recaudada. Las Cortes de Cádiz promulgaron un decreto
en 1811 que disponía la formación de una lista o presupuesto general de los gastos de cada ramo,
para que el Ministerio de Hacienda pudiese establecer los límites de gasto.
El primer proyecto serio de reforma fue acometido por las Cortes de Cádiz en 1813. Ese año
se presenta un plan que pone fin a las rentas provinciales y estancadas, y establece una
contribución directa en razón de la fortuna de los contribuyentes. Esta contribución no llegó
nunca a cobrarse debido a la vuelta al absolutismo en 1814, que eliminó el sistema constitucional.
Abolida la contribución directa, se crea una Junta para prever los posibles gastos que se
derivasen de una invasión francesa, que consistía en la desamortización de los bienes comunales.
En 1817, el ministro de Hacienda, Martín de Garay, propone elegir entre dos sistemas
tributarios: sustituir las rentas provinciales de Castilla y sus equivalentes en la Corona de Aragón
por otro sistema, o recargando el sistema existente con una fuerte contribución extraordinaria.
El ministro se decide por una contribución general, que deben pagar los ciudadanos en
proporción a su riqueza y que en las capitales de provincia y puertos sería sustituida por el
derecho de puertas, o pago de un arancel por la introducción de mercancías.
La reforma redujo los gastos en los departamentos ministeriales, ordenando que cada uno de
ellos aprobara su presupuesto. No obstante, la contribución general tuvo una difícil aplicación
práctica, ya que no existía una base fiable para determinar la riqueza en los distintos pueblos.
Más tarde, durante el Trienio Liberal, se establecieron las Direcciones de Hacienda en cada
capital de provincia, dotadas de intendentes y subdelegados. También se redujo la plantilla de
empleados de la administración financiera.
El sistema tributario siguió igual que en la época absolutista, pero el pueblo entendió que debía
producirse un cambio de régimen fiscal y dejó de pagar la contribución general, se renunció al
derecho de puertas y se desestancó la venta de tabaco.
En 1821, las Cortes aprobaron un sistema mixto, de contribuciones directas e indirectas. Entre
las contribuciones directas estaban la territorial, rústica y urbana, y la de patentes. Entre las
indirectas, la renta de aduanas, el estanco del tabaco y de la sal.
104
Con la llegada de nuevo del absolutismo, se hizo cargo de la hacienda Luis López Ballesteros,
que dictó varios decretos con la intención de reordenar el aparato administrativo, concertar un
sistema de rentas y recomponer el régimen del crédito público.
En lo relativo a la organización financiera, separó la recaudación y administración de las rentas
de la distribución de los productos, lo que clarificó cuánto se obtenía y a qué podía dedicarse.
El sistema de rentas se reformó con el restablecimiento de las antiguas rentas provinciales de
Castilla y las propias de Aragón, instaurando de nuevo los derechos de puertas y la contribución
por los licores. Aparecieron otras figuras impositivas, como los frutos civiles y la paja y utensilios,
y surgieron como novedades el subsidio de comercio y la renta del bacalao. También se ordenó el
pago por Navarra del servicio voluntario y del donativo por el País Vasco.
En cuanto a la deuda, se suprimió el establecimiento del crédito público.
Estas disposiciones, cuyo objetivo era lograr un presupuesto equilibrado, fueron efectivas
hasta que en 1830 los gastos empezaron a dispararse y desajustaron ese presupuesto.
En 1835 llegó al poder Mendizábal, que desamortizó los bienes eclesiásticos con la intención
de reducir la deuda del Estado. Este objetivo no se alcanzó, por lo que Mendizábal estableció otros
impuestos, como el creado sobre el servicio militar, por el cual aquellas personas que no
combatían, debían pagar una cierta cantidad y contribuir con un caballo.
B) LA REFORMA TRIBUTARIA DE 1845
En 1844, Alejandro Mon se pone al frente del ministerio de Hacienda. En 1845 presenta un
proyecto de reforma tributaria llamado a ser la piedra angular de la renovación tributaria del s.
XIX.
Conocida como la reforma Mon, arranca en 1843 con una Comisión que estudió las bases de
una nueva ordenación de impuestos, con el objetivo de establecer:
‐ Una sola contribución territorial
‐ Una contribución industrial
‐ Una contribución general sobre el consumo de determinadas especies
‐ Instituir un sistema hipotecario para garantizar la propiedad inmobiliaria
‐ Conservar los demás impuestos
En 1845 se promulgó la Ley de Presupuestos de Mon, que mantuvo la mitad del sistema
tributario tradicional y renovó la otra mitad con el establecimiento de nuevas figuras impositivas:
‐ Contribución de inmuebles, cultivo y ganadería: Fue la clave del conjunto de la reforma y
sintetizó en una única contribución territorial los impuestos que existían entonces
‐ Subsidio industrial y de comercio: Mediante el que se pretendía establecer el pago de un
canon fijo, según el tipo de actividad y el volumen de la población donde se desarrollara, y
otro proporcional al alquiler del correspondiente local de negocios.
‐ Impuesto sobre el consumo de determinadas especies: Consistió en el mantenimiento de
los derechos de puertas, limitando la tributación sobre el consumo a nueve artículos.
‐ Contribución sobre los inquilinos: No llegó a ser aplicada
‐ Derecho de hipotecas: Gravaba los traslados de dominio de bienes inmuebles, así como la
creación, extinción, modificación o transmisión de derechos reales, y los contratos de
arriendo y subarriendo.
La reforma tuvo dos pilares, la contribución sobre la propiedad rústica e inmuebles, y la
aplicada al consumo. También aportó grandes novedades. La principal fue introducir el principio
de la realidad del gravamen, es decir, aplicarlo a las rentas reales y no a la genérica personal. Se
utilizó también el principio de capacidad de pago, en función del acceso a los bienes de consumo.
105
C) LOS REAJUSTES POSTERIORES: DE MON A VILLAVERDE
Durante la segunda mitad del s. XIX, se efectúan diversos reajustes en la estructura financiera
dispuesta en 1845, que tienen que ver con la situación de la deuda pública, con el cuadro de los
impuestos y con el régimen presupuestario.
El gran volumen de la deuda pública suponía un problema y era necesario consolidarla. En
1851, Bravo Murillo procede a crear una deuda perpetua diferida, llamada así porque el pago de
sus intereses se aplazaba en cuatro años. Se creó además una deuda amortizable, a la que se
aplicaban los bienes de la desamortización.
En lo relativo a impuestos, el antiguo derecho de hipotecas pasó a ser un impuesto sobre
derechos reales y transmisión de bienes, con un incremento de tarifas y extensivo a los bienes
muebles y herencias por línea directa. Tras la Revolución de 1868, se intentó sustituir el impuesto
sobre el consumo por otro, pero sin éxito.
Pese al incremento de los ingresos, las revueltas internas y los costosos planes de política
internacional, desequilibraron los presupuestos.
La guerra colonial también fue, desde el punto de vista financiero, una catástrofe.
II. El Ejército
A) DEL EJÉRCITO POPULAR AL EJÉRCITO PERMANENTE
El movimiento insurreccional de 1808 fue obra de un auténtico ejército popular, del pueblo en
armas. Ello constituyó un gran novedad en el panorama militar de la Europa del s. XIX. En este
proceso, que llevó a la milicia a colocarse del lado de la causa popular, fueron los soldados y
oficiales jóvenes los que protagonizaron el cambio de rumbo.
Una vez concluida la Guerra de la Independencia, había un doble problema. Por una parte,
había que organizar un ejército que defendiese la nueva soberanía popular. Este ejército podía
estar formado por tropas enroladas de manera estable, pero también por milicias populares, que
concurriesen a él en circunstancias especiales. La Constitución de Cádiz ordenó las fuerzas
militares en dos grandes clases:
‐ Las tropas de continuo servicio, o ejército permanente para la defensa exterior y la defensa
del orden
‐ Las milicias populares, reclutadas esporádicamente en provincias según su población y
circunstancia.
Otro problema era institucionalizar en la paz a las tropas que habían ganado la guerra, que
eran muy numerosas y de muy variada procedencia.
En período absolutista de 1814‐1820, Fernando VII redujo la tropa regular, en perjuicio de los
oficiales que no eran aristócratas o eran liberales, organizándose así un ejército reaccionario que
hizo comprensibles los posteriores pronunciamientos militares, encabezados por oficiales
marginados que pretenden restablecer la legalidad constitucional.
En la década de 1823‐1833, tras la depuración de nuevo del ejército constitucional, se intentó
reconstruir una especie de milicia conservadora, para proceder luego al sistema de las
purificaciones, consistentes en exigir determinadas pruebas de afecto y lealtad al rey a quienes
hubiesen servido durante el trienio y quisieran reincorporarse al ejército.
El conflicto dinástico que siguió a la muerte de Fernando VII convirtió al ejército en árbitro y
moderador de la situación política. Las reformas anteriores provocaron que la mayoría de los
oficiales fuesen leales a Isabel II, mientras que los oficiales depurados se alinearon con el infante
don Carlos. Se abrió entonces un período en el que el ejército, mediante sus generales, asume un
papel importante en la vida política, siendo protagonistas personajes como Espartero, Narváez,
Prim y O’Donell. A esta época se le ha llamado el régimen político de los generales.
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Dicho régimen, característico de la época isabelina, tuvo tres causas:
‐ La primera guerra carlista, que destacó a los jefes vencedores delante de la opinión
pública nacional.
‐ El clima de confrontación en el que vivía el país desde el inicio de la Guerra de la
Independencia, lo que generaba la convicción que el gobierno del país estaría mejor en
manos de un militar de prestigio
‐ El hecho que los generales partidarios de Isabel II no trataban de suplantar mediante las
armas el ordenamiento legal, sino que pretendían defenderlo.
La promulgación de la Constitución de 1869 culmina ese régimen político de los generales, con
las figuras de Serrano y Prim. El sistema militar se enfrenta a la prueba de la República, la cual
había manifestado su objetivo de licenciar a soldados y cabos de los distintos cuerpos, armar a la
milicia nacional, la creación de voluntarios federales y la ocupación por los consejos
revolucionarios de todos los efectos de guerra pertenecientes al Estado o a los particulares. Una
vez proclamada la República, el proyecto de constitución federal pretendió establecer un ejército
nacional, cuya organización tendría lugar por poderes federales.
La idea federalista puso en cuestión la integridad de España. Junto a la violencia del sur, en
Cataluña se produjeron brotes de independentismo, lo que llevó al golpe de Estado del general
Pavía en 1874.
Durante la Restauración, Cánovas intentó apartar al ejército de la política, lo que resultó tarea
fácil debido a la edad de los viejos generales militares. La nueva generación de generales se
convirtió en defensora del orden conservador.
Este ejército más profesional sufrió un duro revés con el desastre colonial, lo que dio pie a que
se exigiera la reforma del ejército.
B) ORGANIZACIÓN
Diversas leyes desarrollan los grandes principios sobre el ejército contenidos en las
Constituciones. Durante el s. XIX hubo tres importantes leyes constitutivas:
‐ Ley de 9 de junio de 1821:
La Constitución de Cádiz señaló como facultades de las Cortes las de dar ordenanzas al
ejército, armada y milicia. Las Cortes no pudieron acometer esa tarea hasta el Trienio Liberal,
promulgándose en 1821 la Ley Constitutiva del Ejército. Esta ley definió al ejército como el
conjunto de todos los españoles que arma la patria para su defensa, distinguiendo entre
tropas marítimas y terrestres, y entre estas últimas, entre tropas de continuo servicio y las
milicias nacionales, articuladas en milicia activa y milicia local. El texto se ocupa de los
problemas de reclutamiento, de la organización en comandancias o distritos militares, del
régimen de ascensos, de la fijeza en el empleo y del fuero militar
‐ Ley de 29 de noviembre de 1878:
La Constitución de 1876 había establecido la obligatoriedad de todos los españoles de
concurrir con las armas en defensa de la patria. En 1878 se promulga la nueva Ley
Constitutiva del Ejército, la cual reorganiza la estructura militar, derechos y deberes de los
militares, edades de retiro, etc.
‐ Ley de 19 de julio de 1889:
Este texto mantuvo en líneas generales la ley anterior. Introdujo el criterio innovador de la
antigüedad como único para regular los ascensos y condicionó el acceso a la oficialidad al
ingreso y aprobación de estudios en la Academia General Militar.
En el s. XIX, la organización castrense está comandada por el rey, a quién ya la Constitución de
Cádiz otorga el mando de los ejércitos. Por debajo de él se encuentra el Ministro de Guerra.
Dependiendo del titular del departamento, y para coordinar la política a seguir, existieron diversas
comisiones de generales, entre las que cabe destacar la Junta Consultiva de Guerra, la Junta
Consultiva Superior de Guerra y la Junta Superior para la Defensa del Reino.
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En lo territorial, la unidad básica fue la capitanía general. El número de capitanías llegó a ser
de catorce con la ley de 1878. Posteriormente, en 1893, España quedó divida en siete regiones
militares, dos capitanías generales y dos comandancias militares. En 1896 volvió a generalizarse
la denominación de capitanía general. En ultramar se mantuvieron las tres capitanías coloniales
de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Al frente de las capitanías figuraron capitanes generales, que de
ordinario tenían el grado de teniente general. Cada provincia de la capitanía era regida por un
gobernador militar.
Las Armas fueron generales, como la Infantería y la Caballería, o facultativas, como Artillería,
Ingenieros y Estado Mayor.
En 1882 se creó la Academia General Militar para unificar los grados de enseñanza de todas
las armas.
Junto al ejército profesional y estable, las milicias populares cobraron gran importancia en el
s. XIX. Surgidas en la Guerra de la Independencia, las antiguas milicias provinciales y urbanas
dieron paso durante el trienio liberal a la Milicia Nacional, ocupada preferentemente del orden y
seguridad interna.
En 1844 aparece la Guardia Civil, cuya organización fue encomendada al Duque de Ahumada.
Se confió a la Guardia Civil la protección de persones, proveer el buen orden y la seguridad
pública.
C) LA ARMADA
Tras la derrota de Trafalgar, la Armada española cayó en una profunda postración. En 1834,
sus efectivos alcanzaban solo 3 navíos, 5 fragatas y otros 27 barcos. En ese primer tercio de siglo,
los reformistas del trienio plantearon reactivar la marina de guerra, adoptando el modelo
británico de Armada. Se creó la institución del Almirantazgo a imagen del modelo inglés.
La situación de la Armada mejoró durante el reinado de Isabel II, en parte por la adquisición
de algunos buques de vapor y en parte por el condicionamiento de la política militar. Al concluir
el siglo, la guerra hispano‐norteamericana diezmó los viejos efectivos y liquidó la marina de guerra
española.
En cuanto a organización territorial, los tres departamentos de Cádiz, Ferrol y Cartagena dieron
cabida a treinta y dos comandancias marítimas, junto a las dos colonias de Cuba y Filipinas. Como
órgano consultivo y de especialización técnica, fue creado al final de siglo, el Estado Mayor de la
Armada. Sin embargo, todo se colapsó con el desastre del 98. La marina de guerra española no se
recobró hasta entrado el s. XX.
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