Crónica Ayúdenme, ayúdenme Elena Poniatows Ayúdenme, ayúdenme Después de diez o quince minutos oí a una persona que pedía ayuda: “Ayúdenme, ayúdenme”. Yo también empecé a gritar “ayúdenme, ayúdenme”; seguramente se trataba de alguien que vivía en el edificio y estaba atrapado, era inútil, ni yo le podía ayudar ni él a mí, le grité: “Tranquilo, nos van a venir a sacar, no se gaste el oxígeno”. Al rato oí voces, un hombre y una mujer preguntaban “¿Hay alguien ahí?” Les contesté que yo con mi hijo pero no me oyeron y es que, como se me había roto la mandíbula, la voz no me salía clara. Estábamos en un lugar muy pequeño, de largo no eran más de dos metros; de ancho serían cuando mucho sesenta centímetros y otros sesenta de alto. Quedé boca abajo pero con los pies podía detener la losa que teníamos encima. Era un espacio muy reducido. Cuando César mi sobrino me rescató, estuvo encima de mí tratando de zafarme el brazo porque no había lugar para que él trabajara, por eso creo que eran sesenta centímetros de ancho. Yo le decía a mi sobrino que cómo no tuvimos la suerte de quedar todos juntos, con vida, y él me contestó que en ese espacio nos hubiéramos acabado el aire entre todos. Después era una angustia pensar “Si yo hubiera abrazado también a mi hija”. Olía a gas. A lo mejor se habían apagado los pilotos de mi estufa, a lo mejor se había caído una pared de la sala y la cocina estaba en pie, fue por eso que le pedí al niño que se arrastrara a ver si podía llegar a la cocina, que se trajera del refrigerador un jugo, un refresco, una fruta, le dije que se asomara al balcón con mucho cuidado y le gritara a la gente que allí estábamos, pero Enrique no quiso ir, y qué bueno, no hubiera podido llegar. El olor a gas desapareció al rato, o a lo mejor me acostumbré. Hice el intento por zafar mi brazo. Había una tablas cerca de mí y me di con una tabla, me quería romper el brazo; “si lo restiro me lo puedo romper, lo puedo cortar y luego lo amarro con mi camisón para no desangrarme”, me di con el tacón de la zapatilla, con una piedra, pero nada. Me dije: “Si Dios quiso que quedara así atrapada, fue por algo, tal vez sí se derrumbó el edificio y si trato de salir, voy a perder la vida”. Quique no tenía ni un raspón y decía yo: “¡Ay, Dios mío, permíteme salir con vida, que me sienta bien, porque si llego a desfallecer mi hijo se va a quedar aquí solo, atrapado, y va a ser una muerte muy fea, tengo que aguantar”. Me quedé quieta junto a mi hijo. Sentí unas toallas en los pies, las jalé un poco pero no las alcanzaba, el niño sí se podía sentar, y le dije: “Mi amor, ve tocándome las piernas y cuando llegues a mis pies las vas a sentir”. Y me dio las toallas, acomodé una tapando el cuerpo de mi esposo para que le niño no lo tocara, otra se la puse a Quique para que se pudiera acostar y la otra me la traté de acomodar debajo de las piernas porque había muchas piedras y me lastimaba, pero no pude; tapé al niño que decía que tenía frío, aunque yo no creo que era frío; eran sus nervios. No me pidió de comer, ni agua ni nada, sólo preguntó que había pasado y le dije que había sido un temblor: “Pero van a venir a buscarnos, estate tranquilo, aquí vamos a estar los dos”. Y se quedó dormido. Dormía bastante. Horas más tarde oí cerca las máquinas, oí voces, taladros. Eso me dio serenidad, pero tuve miedo de que sin darse cuenta tiraran la protección que teníamos. Yo los oía pero ellos nunca me escucharon, yo les gritaba “estamos aquí, ayúdennos”. Fue una de las cosas que me mantuvo despierta casi todo el tiempo, la preocupación de que se acercaran mucho y taladraran en la losa que nos cubría. En la oscuridad no 1 Crónica Ayúdenme, ayúdenme Elena Poniatows sabía si era de día o de noche. Me imaginaba la noche cuando oía encima de mi cabeza menos actividad. “Debe ser de noche; no trabajan igual”. Al día y medio sentí mucha sed, tenía la cara muy inflamada, hambre no sentía, más bien era sed y la preocupación de que nos fueran a lastimar al tratar de rescatarnos, también tenía deseos de vivir, ganas de vivir, de salir de ahí. Sentí que cada vez estaban más cerca, los olía, los sentía cerca, gritaba “con cuidado, estamos vivos pero no me puedo zafar, con mucho cuidado por favor”. Yo pensaba que iban a quitar la losa de encima, a sacar a mi esposo, a Leslie mi hija y después a Enriquito y a mí. Cuando los sentí muy cerca tomé el brazo de mi esposo, toqué su mano y le dije: Ya vienen por nosotros y tú te vas”. Le acaricié la cara, lo abracé: “Nos vamos a separar físicamente, pero siempre vamos a seguir juntos”. Me despedía de él. Entonces sucedió el segundo temblor. Oí que las personas de afuera dijeron “está temblando, muchachos, tranquilos, que no haya pánico”, acosté al niño boca a bajo, le tapé la cara, subía los pies para detener la losa y le pedía Dios que no se fuera a derrumbar el pedacito donde estábamos. Ya no trataron de rescatarnos. Creo que me quedé dormida porque luego no supe si de verdad había temblado o había sido un sueño, no sabía si ellos habían estado cerca o me lo imaginé, pero sí, creo que les dio miedo y se fueron. Después supe que sólo mi sobrino seguía escarbando. El sábado, día en que nos rescataron, yo estaba perdiendo el sentido. Vi a mí mamá, a mis hermanas, en perfectas condiciones, me decían que no me preocupara, por ese lado me sentí tranquila, pero empecé a sufrir alucinaciones porque soñé que me habían sacado y llevado a mi departamento y le dije a Quique: “Vas a dormir tu recámara.” “Pero ¿en cuál, mamita?” “En tu recámara, la televisión está encendida.” Él sí estaba en la realidad de las cosas. — No mamá, eso no es cierto —me decía. Soñé que tenía mucho dinero y me compraba una casa con alberca, tenía hasta sirvienta. Alrededor de la alberca había muchas piedras que me lastimaban: “A ver, esas piedras, encérenlas, púlanlas, píntenlas, a ver qué les hacen porque ya no las aguanto”. Le preguntaba al niño qué quería comer. “Pero no hay comida, mamá”, “Sí, mi vida, ahí está la sirvienta y te va a preparar lo que se te antoje”, “Pues quiero mi espagueti con quesito y crema”, “¿Nada más? Ándele, mi amor, tú si puedes levantarte, allí está tu comida en la mesa, ve por ella”, “No mamita, yo creo que es un sueño porque yo no veo nada, mejor ya no como, no tengo hambre”. Ésa fue una de mis alucinaciones, por eso cuando Enriquito salió lo primero que pidió fue espagueti. Hubo un momento en que él me dijo: “Sabes, mamá, tengo una idea mejor para que podamos comer, por qué no sales tú a buscar”. No sabía que no podía moverme. En otro rato vi una luz, sentí la presencia de una persona aunque no la pude ver. Le dije: “Por favor ayúdeme, no le pido mucho, sólo que me desatore el brazo, mire, no lo voy a reportar con nadie, no voy a decir que usted no me quiso ayudar”, pero en lugar de zafarme taladró más y volví a voltear boca abajo a mi niño y subí los pies, en esa posición le decía a esta persona: “Mire, yo no estoy loca ni borracha, estoy atrapada, si usted me ayuda a salir no le voy a decir a nadie que en lugar de sacarme me dejó caer el plafón, a nadie se lo voy a decir, pero ayúdeme, ¿qué no tiene corazón, qué no tiene hermanas, por qué no se le mueve tantito el corazón?” 2 Crónica Ayúdenme, ayúdenme Elena Poniatows Me di cuenta que estaba yo muy mal, muy débil. ¿Qué iba a pasarle a Quique? — Hijo, dime, ¿cómo te llamas? — Ay, mamá, pues me llamo Quique. — A ver, hijo, repite, me llamo Enrique Cano Palacios. — Me llamo Enrique Cano Palacios. — Tengo tres años — Tengo tres años — Mi hermana se llama Leslie y tiene seis. Se lo estuve repasando y repasando. — Me llamo Enrique Cano Palacios. Tengo tres años. Mi hermana se llama Leslie. Tiene seis años. Mi papá se llama… Hasta que se lo aprendió quedé más tranquila. Lo primero que vieron fueron mis pies. Alguien dijo: “Tranquilos, paren las máquinas, aquí hay personas vivas”. Reconocí la voz a pesar de que momentos antes estaba yo alucinando. Era mi sobrino César. Dijo: “Madrecita, tranquila, ahorita la vamos a sacar, cuál es su nombre”. “Soy yo, hijo, tu tía Elia.” Su voz cambió, estaba superemocionado, y yo en ese momento volví a recuperar la tranquilidad de antes, volví a ser yo. “Gordita, ¿estás bien? ¿No te falta el aire?” En verdad estoy bien, el niño está bien, estate tranquilo y nos vas a poder sacar mejor.” Estuvo cortando varilla, echando agua para no levantar polvo: “Ya mero, ya te voy a sacar”. El niño vio a su primo: “Tú eres César, el que me dijo que me iba a regalar unos perritos, ¿verdad? Tú eres el que me va a sacar de aquí”. Hasta entonces empezó a llorar. Por ese hoyo que hizo mi sobrino cupo el niño. Luego entró César y empezó a tratar de zafarme el brazo. Vi el cuerpo de mi esposo. Habían pasado tres días y ya estaba descompuesto, olía mal, se puso negro, yo creía que era un muñeco, pregunté: “César, ¿estamos en un teatro?” “No sé dónde estamos pero ayúdame, relájate para que pueda sacar tu brazo.” Me arrimaron unas gasas con agua. “No las tomes, enjuágate la boca y arroja la sangre”. Ya que dejé de escupir sangre me dieron suero, tomé un litro. Después supe que César tardó tres horas en zafarme. Mientras platicábamos le pregunté cómo había pasado todo, que qué día era. El lugar era muy pequeño, se acostó arriba de mí porque no tenía espacio para trabajar, le pasaban herramienta. Le pregunté si tenía mis dedos, si él creía que fuera necesario cortarme el brazo, me dijo que él creía que no pero bien sabía que sí y no tuvo valor para cortarlo en ese momento. Me acostó en una camilla y la jalaron desde afuera. “Te voy a tapar la cara porque hay mucho polvo.” Llovía. Me cubrieron con un paraguas, había curiosos y me rodeó mi familia. Me subieron a una ambulancia. Al niño lo habían llevado a un puesto de socorro, estaba perfectamente bien. Me bañaron, llamaron a los doctores, se dieron cuenta 3 Crónica Ayúdenme, ayúdenme Elena Poniatows de que tenía fracturada la mandíbula, me pusieron suero. Llegó otro doctor y me dijo: “Señora, la noto a usted muy tranquila y le voy a ser franco, su brazo está muy mal, vamos a hacer lo posible por salvarlo, estuvo usted casi 60 horas atrapada con el brazo aplastado, vamos a ver hasta qué altura lo podemos salvar”. “Doctor, yo que más quisiera que salvara mi brazo pero si usted cree que no tiene remedio, que cortándolo me salve, pues córtelo.” Me llevaron al quirófano, me quedé dormida hasta el domingo a las 2 de la madrugada. Cuando desperté sentí calambres, fui levantando el brazo hasta el muñón. Lo di por hecho. Cuando estuve atrapada me di cuenta de que mi brazo quedó cerca de la carne descompuesta de mi esposo, que tal vez yo tenía una herida y que me cortaran el brazo era una manera de salvar mi vida. A la Cruz Roja me fue a ver mucha gente, parientes y amigos. Yo no quería que se pusieran a llorar y terminaran con mis fuerzas. * Nada, nadie. Las voces del temblor , Ediciones Era, 1988, México, pp. 72 - 76 4
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