Subido por Tinaorquestina Balut

doctrina chocobar

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UNLP- FAHCE
Hegemonía, Comunicación y Geopolítica
Una mirada desde la Sociología de la dominación
DOCTRINA CHOCOBAR:
Cuando el Estado asesina niños
María Paula Phielipp Balut
Legajo: 81425/4
LA DOCTRINA CHOCOBAR
“Cuando el Estado asesina niños”
INTRODUCCION
El propósito de la siguiente investigación es explorar las disputas que se articulan
en torno a la implementación de la “Doctrina Chocobar”. Tal es el nombre de una
pretendida modificación de las lógicas que rigen los procesos judiciales, centrada
en invertir la carga de la prueba, concediéndole la “presunción de inocencia” a las
Fuerzas de Seguridad en casos de “enfrentamiento” en el cumplimiento del deber.
Luis Chocobar, agente de la Policía Bonaerense, participó en uno de aquellos
“enfrentamientos” donde Juan Pablo Kukoc, de 17 años, resultó víctima de su
accionar. Aquí la síntesis del acontecimiento. 8 de diciembre de 2017: el joven,
junto a un amigo, había robado y apuñalado a un turista en el barrio de la Boca. El
agente, alertado por el bullicio, tomó intervención, disparándole por la espalda y
relatando que su accionar respondía a la “legítima defensa”. La foto: el turista
recuperado, el pibe chorro muerto.
Casos de gatillo fácil ocurrían ya entonces con más frecuencia de la que las
estadísticas oficiales estaban dispuestas a reconocer. Pero casos de gatillo fácil
donde el oficial involucrado fuera invitado por el Presidente y la ministra de
seguridad a la Casa Rosada, para recibir el agradecimiento por la labor cumplida
y el ofrecimiento de asesoría legal, eran inadmisibles hasta ese entonces. La
nueva foto: el policía procesado estrechando la mano de los funcionarios en el
salón presidencial.
Claramente, la injerencia de la nueva doctrina no se limita a la esfera de la
reglamentación judicial. Constituye un hecho social que nuclea múltiples
significaciones, contextualizándose en marcos de análisis cada vez más amplios:
el rol de los medios de comunicación, la línea de intervención de los diferentes
poderes de Estado, las ideas que logran imponerse y aquellas que permanecen
relegadas, sus efectos en el accionar de las Fuerzas de Seguridad, las posiciones
que asumen las organizaciones del campo popular y el arco opositor, son algunas
de las aristas que nos permiten localizar este hecho en el terreno más amplio de la
profundización por un lado, de un modelo de representación, centrado en la
atomización del sujeto colectivo y en el monopolio mediático como instrumento
hegemónico de construcción de consensos; e ineludiblemente por otro, de un
modelo económico de exclusión que se manifiesta con agudeza en todas las áreas
de la economía nacional.
Tal como indica Formento (2009) el monopolio mediático es una estructura de
poder que excede los medios de comunicación específicos y logra manifestarse
omnipresente a través de múltiples dispositivos. Es, en otras palabras, la
estructura que transforma lo real en artificio y oculta en su relato el espacio
práctico político concreto, cerrando para los sujetos históricos las posibilidades de
desarrollar capacidad teórica y práctica de crítica y transformación. El terreno de
“lo político” aparece reducido a la ficción mediática de la República Democrática, y
las estructuras partidarias de masas resultan sustituidas por un partido mediático
financiero que se estructura sobre un nuevo modelo de representación. Es, en
términos del autor “un partido que organiza la despolitización en el terreno
mediático”: estímulo del individualismo que apela a la auto identificación de sujetos
aislados con el discurso mediático, afirmación de la “no identificación política”
como instrumento organizador de los comportamientos sociales, candidatos
comercializables que pueden prescindir de trayectoria y referencia política, porque
la legitimidad descansa en el monopolio de debate de ideas fuerza que devienen
“ineludibles verdades”. En otras palabras, la sustitución de las masas (sujetos
históricos de las democracias participativas) por multitudes mediáticamente
conectadas (sujeto atomizado de una democracia de audiencias).
Lejos de constituir una crisis de representación, la democracia de audiencias
reconfigura
el vínculo político y le confiere nuevas características al sistema
político en general. Tanto la comunidad política como el régimen de normatividad y
las autoridades que detentan el poder, deberán ser interpretados en sus nuevos
contornos, distintos a los modelos representativos anteriores. Tal vez por ello las
múltiples
dimensiones
de
la
Doctrina
Chocobar
ofrezcan
posibilidades
interpretativas paradigmáticas respecto a una transformada naturaleza de lo
político: es precisamente el rol de los tres poderes como garantes del orden social
lo que se pone en juego en primera instancia, y lo que pretende desarticularse a lo
largo del proceso, como estrategia hegemónica de las minorías financieras que
detentan el monopolio mediático.
Observar y esbozar líneas que permitan interpretar las relaciones entre los
diversos actores quizás aporte elementos para caracterizar el modo en que se
construyen los consensos dentro de este esquema de representación, así como
también el modo en que se determinan las relaciones de fuerzas en el escenario
más amplio de un proyecto estratégico dominante a escala nacional.
Para tal fin, la información se relevó de las notas periodísticas publicadas en los
diarios La Nación y Página/12, desde el primero de febrero al 15 de marzo de
2018. La periodización establece como inicio el momento en el que Macri, recibe a
Chocobar y finaliza un mes y medio después, cuando la doctrina se manifiesta en
el terreno práctico como la cruel evidencia de un “Estado que mata niños”: los
casos de “enfrentamientos” donde se aplica el Modelo Chocobar se reproducen
exponencialmente en todos los rincones del país.
La elección de las fuentes se vincula al interés de considerar dos líneas editoriales
ideológicamente diferentes para explorar un mismo problema.
LA DOCTRINA
Tal como se indicara en la introducción, la nueva doctrina se articula como hecho
social en torno a múltiples disputas que van entretejiéndose, haciendo que los
actores se posicionen conforme a intereses diferenciados. Los desplazamientos
no son sucesivos, sino simultáneos en el tiempo. La intención de determinarlos
como tales refiere a la necesidad de interpretarlos como dinámicas que ganan o
pierden centralidad en las relaciones sociales de poder.
1. Intromisión del Poder Ejecutivo en
las decisiones del Poder Judicial
2. Reforma del Código Penal
3. Viraje en los mecanismos de construcción de consenso
4. Profundización del modelo de exclusión y de la consecuente política represiva
En la superficie, la intromisión del gobierno en una decisión que compete a la
Justicia. El primer mandatario y la ministra de seguridad asumen la iniciativa de la
provocación: invitan y reciben al policía en la Casa Rosada para manifestarle, no
sólo orgullo en torno a su accionar, sino asesoramiento legal y la promesa de
“revertir su situación procesal”, aun cuando conocen la evidencia que desmiente el
relato del agente y lo coloca en la clara posición de haber matado por la espalda.
Lo que a los ojos de gran parte de los magistrados y de las organizaciones
opositoras del campo popular constituye un claro gesto de interferencia del poder
Ejecutivo sobre el Judicial, es para la cúpula del gobierno un “simple aporte de una
visión alternativa”. Resulta pertinente observar que no es el primer acontecimiento
donde se practica este tipo de injerencia. De hecho, la independencia de poderes
no puede leerse por fuera de las alianzas de clase que los sostienen. No obstante,
sí es en uno de los pocos casos de “justicia ordinaria” donde se suscita un
conflicto de intereses que lleva a diferentes actores a tomar posición en nombre de
principios democráticos que asumen contenidos antagónicos de uno y otro lado de
la contienda.
Una primera explicación lleva a buscar un marco más amplio, y lo encontramos
en la Reforma del Código penal. Esta venía discutiéndose, a través de canales
constitucionales, en una comisión que ya tenía prácticamente definido un
anteproyecto. De dicha comisión participan diversos funcionarios, incluidos varios
de la alianza gobernante. La pretensión del Ejecutivo de institucionalizar la
“doctrina Chocobar” a partir de la sanción del nuevo código desencadena un
conjunto de tensiones hacia adentro de la alianza gobernante, atravesada a su vez
por estructuras partidarias e intereses sectoriales diversos. La interferencia no
delimita exclusivamente la voluntad de cuestionar el fallo ofreciéndole al policía
asesoría legal; involucra también la decisión de anteponer un sentido de la acción
como marco regulatorio, a las instancias constitucionales que debieran constituirlo.
Llegado este punto, podríamos preguntarnos por qué motivo el Ejecutivo tensaría
relaciones, hasta ese entonces amigables, con el poder judicial y con los bloques
partidarios alineados en la alianza de gobierno, cuando casos similares de
violencia institucional no habían requerido de una legitimidad institucionalizada en
el código: los asesinatos de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel ya habían
puesto en primera plana las irregularidades en el uso del monopolio de la fuerza y
la ficcionalización casi absurda de los argumentos legitimantes de la acción de los
agentes comprometidos. Será entonces necesario introducir un marco más amplio
que signifique esta dinámica novedosa. Sin dudas, el caso Chocobar responde a
intereses que poco tienen que ver con los requerimientos regulatorios del orden
judicial, sino fundamentalmente con necesidades políticas de construcción de
consenso en un contexto donde la imagen del gobierno sufre un gran deterioro en
la opinión pública. La reforma previsional, la aparición de cuentas Off Shore que
desdibujan los límites entre los “corruptos funcionarios K” y los “impolutos
gobernantes del Cambio”, la creciente conflictividad social producto de la crisis
económica cada vez más insoslayable, ponen a la gestión macrista en un
escenario donde los “golpes de efecto” son parte de la estrategia de gobierno.
¿Por qué sería esta nueva doctrina un golpe de efecto? Porque tiene la capacidad
de movilizar un conjunto de ideas fuerza que parte de un sentido común
extensamente instalado en sucesivas iniciativas oficiales y lo transforma en una
dirección fundamental para preservar la capacidad hegemónica de la fracción
dominante dentro del Gobierno, de cara a las multitudes pero también a la
fidelidad de las Fuerzas de Seguridad como actores inmediatos del monopolio de
la fuerza. Ambas variables devendrán indispensables en un futuro próximo: será
fundamental contar con marcos de consenso renovados y una mayor estructura
represiva para avanzar con el modelo de exclusión.
Deviene necesario analizar el contenido de las fuentes para comprender cómo se
articulan los actores y qué es lo que efectivamente disputan. Ese será el motivo de
los siguientes apartados.
LA INJERENCIA EN EL PODER JUDICIAL
Luego de recibir a Chocobar en la Casa Rosada, tanto Macri como Bullrich
establecieron en un mismo gesto el carácter injusto del procesamiento
recientemente comunicado por la Cámara del crimen1, los responsables directos e
indirectos de tal injusticia, el enfoque judicial que sirve de marco al “error” y la
1
De hecho, la elevación del procesamiento fue anunciada el 31 de enero, y la invitación del mandatario se
lee como una respuesta inmediata a tal decisión de la justicia.
necesidad de intervención. En sus declaraciones de los días 1 y 2 de febrero el
primer mandatario afirma la voluntad de su gestión de “revertir la interpretación
judicial sobre estos casos”, contra el garantismo que construye como víctimas a
los victimarios y que ha sabido ser regla en el gobierno anterior.
El responsable
directo, pero no único, es Velázquez, juez de menores que imputa a Chocobar por
el asesinato de Kukoc. Junto a él, una marcada operación de periodización lleva a
adjudicar una responsabilidad indirecta, pero central en términos ya no judiciales
sino políticos, al gobierno de Cristina Kirchner, que “irresponsablemente” habría
abusado de una perspectiva abolicionista, con la expresa intencionalidad política
de convertir la “ilegitimidad” en regla. Una nota de opinión publicada en el diario La
Nación pone en palabras el antes y el después: “hasta este momento los jueces
diluían la ley con el falaz e ideologizado argumento de no estigmatizar la pobreza
ni criminalizar la protesta”. Así lo cree Bullrich, y deriva de allí el carácter distintivo
de responsabilidad del oficialismo al tomar cartas en el asunto. La Ministra se
compromete a hacer todo lo posible para “dar vuelta la realidad” (refiriéndose a la
situación procesal del uniformado) e incluso, si fuera necesario para tal fin, a “tocar
contactos” en el sistema judicial a nivel provincial. Nobleza obliga, Vidal y
Rodríguez Larreta deben alinearse al relato oficial, en tanto dejar de hacerlo
pondría en evidencia una fisura en la “mesa chica” de la gestión. La línea de
intervención aparece reforzada en la nota editorial del diario La Nación del 4 de
Febrero, donde un enunciador que se pretende moderado concluye su
argumentación en contra del procesamiento con una pregunta retórica: ¿Deben
tener los victimarios más derechos que las víctimas? El carácter retórico asocia a
los victimarios con los jóvenes que ejercen algún acto delictivo y a las víctimas con
un arco lo suficientemente amplio como para contener al “ciudadano de a pie” y al
oficial imputado en una misma categoría. Y puede hacerlo porque la línea de
intervención desplaza la asociación hacia un nosotros-ellos que opone garantismo
a justicia y “corrupción” ideologizada del Kirchnerismo a “asepsia” responsable del
oficialismo.
Este será el terreno sobre el cual será anunciado, dos días más tarde, el cambio
de doctrina y el principio central del nuevo paradigma de intervención de las
fuerzas de seguridad: invertir la carga de la prueba y abolir la legítima defensa
para los uniformados, dado que su acción debe ser leída como unívocamente
legítima “en el cumplimiento del deber”. Tal inversión, escandalosa en términos de
garantías constitucionales, respondería a una demanda popular registrada por
encuestas de la consultora de Durán Barba que, sin ningún tapujo, sostiene que
“la inmensa mayoría quiere la pena de muerte”, mientras la ministra de seguridad
asegura que “los informes de CORREPI sobre casos de violencia institucional son
falsos”2.
Primer montaje del hecho social como ficción democrática: la misma intervención
funda su necesidad, su legitimidad y delimita su arraigo en la voluntad popular, sin
que ningún actor constitutivo de esa “voluntad” se manifestara en el terreno
político práctico, en la dirección que el gobierno le adjudica.
Las voces que se oponen a la iniciativa oficialista no tardan en aparecer.
Inmediatamente después de que se hiciera pública la visita de Chocobar a la Casa
Rosada,
organismos
de
derechos
humanos
(la
CORREPI,
el
CELS),
representantes del campo intelectual e incluso el presidente del Consejo de la
Magistratura hacen oír sus diferencias. Los argumentos centrales advierten sobre
el carácter antidemocrático de la nueva doctrina y de la injerencia del Ejecutivo en
el área del poder judicial. En la nota editorial del diario Página/12 del 3 de febrero,
el apoyo del gobierno a Chocobar es definido como apología al delito, en tanto
resulta inadmisible que el oficialismo haya convalidado un hecho que aún no había
sido esclarecido por la justicia y asumiera como verdad el “relato policial”, sin
mediación alguna. Aún más inadmisible resulta la amenaza de denuncia a
Velázquez por “mal desempeño” en tanto los fundamentos del procesamiento se
basan en los datos de la autopsia y los videos del acontecimiento, dispositivos de
evidencia claramente objetivados en el sistema judicial. Esa será la línea de
2
En función de tan grave acusación, la CORREPI convoca a la ministra a un debate público respecto al estado
de excepción, para contrastar con la evidencia cada uno de los 725 casos de gatillo fácil registrados en la
gestión macrista, pero la funcionaria del oficialismo desoye tal invitación y la información sólo circula en el
diario Página/12, pasando inadvertida para gran parte de las audiencias de masas.
intervención de Pedecasas3, que declara que “Los demás poderes del Estado
pueden opinar pero no interferir indebidamente en las decisiones de los miembros
de otros poderes” Las críticas van aún más lejos: advierten, en primer lugar, que
el Caso Chocobar devenido Doctrina es una estrategia de Marketing político para
dar respuesta a una crisis más general de la imagen del oficialismo 4 y en segundo
lugar, que esa estrategia se centra, no en la figura del uniformado, sino en el
cuestionamiento al garantismo como acto de demagogia punitiva. Ese será el eje
central de intervención del CELS, cuyos referentes declararon que “se busca
instalar la idea de un garantismo que conduce a la impunidad y que la alternativa
es soltarle la mano a la policía”.
Si observáramos qué ideas fuerza subyacen al relato monopólico, podría
destacarse que la construcción del binomio garantismo-justicia capitaliza el
“antikirchnerismo” en términos de sentido común, asociándolo al primer término,
para desplazar el concepto de justicia a un terreno que, además de oponerse a la
gestión anterior, erosiona los fundamentos mismos de los procesos judiciales
democráticos. La “justicia” será, a partir de la nueva doctrina, una entidad distinta
que movilizará principios anti garantistas en nombre de la defensa de la República.
Resulta claro el desplazamiento.
Aun así conviene observar algunas contradicciones que permanecen ocultas tras
la ficción del relato hegemónico: el cuestionamiento que hace la cúpula del
oficialismo al pedido de prisión preventiva que Velázquez vehiculiza contra
Chocobar, es el eje central de conflicto que esa misma cúpula evade en torno a la
misma medida cuando a presos políticos vinculados a la gestión anterior se
refiere. ¿Cómo es posible? A partir del desplazamiento de un imaginario por otro,
que tiene como destinatarios a individuos que asumen como propio el discurso
mediático. Si una medida avanza “contra la impunidad K” es legítima. Pero si esa
misma medida parece avanzar “contra los núcleos del buen sentido”, y encima
permite la sobrevida de “alguna forma de corrupción”, no merece consideración.
3
Presidente del Consejo de la Magistratura.
En esa dirección van las notas de opinión publicadas entre el 4 y el 6 de febrero en el diario Página/12, y
firmadas por diferentes profesionales de la UBA y la UNQUI.
4
Será precisamente en ese montaje de una racionalidad práctica popular, que en
realidad responde a una racionalidad estratégica de la línea dura de la fracción
gobernante, donde se funde la necesidad imperiosa de “cambiar la doctrina”,
contra la corrupción y la impunidad que impiden resolver la inseguridad. Allí los
ejes que determinan el hecho: las medidas de gobierno no se organizan como
acciones a favor o en contra del caso específico, sino como urgencias de otro
orden: Corrupción, impunidad e incluso inseguridad, son significantes que reponen
su sentido unívoco movilizando un imaginario antikirchnerista como estrategia de
despolitización.
La simplificación de ese relato oculta las advertencias de los actores opositores
que, inmediatamente, delimitan otras ideas fuerza para contextualizar el
acontecimiento: violencia institucional, Gatillo fácil, apología al delito, viraje
antidemocrático de la política de seguridad, son los ejes que nombran la iniciativa
oficialista a los ojos, centralmente, de las organizaciones de Derechos Humanos.
Los actores vinculados al Poder Judicial deberán echar a andar nuevos
posicionamientos, aunque no exista la pretensión de profundizar un conflicto que
los enfrente al Gobierno Nacional. De hecho, la corporación de magistrados no es
anti policial ni mucho menos. Su fallo establece tibiamente algunos aspectos que
serán señalados por las organizaciones del campo popular. No obstante, la actitud
oficialista pone en peligro su capacidad de acción y la voluntad de avanzar sobre
el desempeño de Velázquez es un claro indicador. Es en defensa de sus áreas de
injerencia en el terreno de las decisiones políticas que se posicionará como
opositora a la Doctrina, junto con otros actores que, independientemente de su
alineamiento con la alianza dominante, llevarán la contienda a un nuevo nivel de
confrontación.
LA REFORMA DEL CÓDIGO PENAL
El 7 de febrero, Alejandro Suárez Lynch efectiviza la denuncia a Velázquez por
“mal desempeño, inhabilidad ético-moral y prevaricato”. Su acto es ratificado por
los dichos de la ministra de Seguridad, que en una entrevista radial afirma que
“nosotros estamos cambiando la doctrina y hay jueces que no lo entienden”.
Bullrich define los objetivos de gobierno: “proteger a las Fuerzas de Seguridad que
están paralizadas porque cada vez que actúan se critica su accionar”. Tales
declaraciones
devendrán
particularmente
significativas
al
día
siguiente:
simultáneamente a las declaraciones de Garavano y Urtubey (que intervienen
junto con Gil Lavedra, en la comisión de reforma del Código Penal) sobre la
redacción del nuevo código, Bullrich anuncia la voluntad de involucrar a las
Fuerzas Armadas en la seguridad interior, y de contar con la cooperación de la
DEA en su formación, para abordar el flagelo del narcotráfico y el crimen
organizado en el país. La pregunta que subyace es quién constituye ese
“nosotros” que asume la ministra como sujeto de enunciación. De hecho, los
acuerdos referidos por el ministro de Justicia y el PJ sobre las modificaciones del
código no contemplan omitir la legítima defensa. El contenido de la reforma versa
en torno a la vehiculización de un nuevo sistema acusatorio, que (además del rol
central de los fiscales en el proceso de investigación) se centra en cuatro ejes:
eliminar la prohibición de revisar sentencias definitivas, regularizar la normativa
para normalizar las prisiones preventivas sin condena efectiva, autorizar medidas
fuera de la jurisdicción y desarrollar un sistema eficiente de protección de testigos.
Las tensiones que pretende resolver el nuevo código no están mirando a la
“justicia ordinaria” sino a la nueva función del espectáculo judicial en torno a los
presos políticos. Son, en algún sentido, un punto de equilibrio en la correlación de
fuerzas. Ese parece ser el límite de los funcionarios que llevan adelante el debate
y así lo expresa Garavano: “hay que equilibrar la doctrina anterior, pero eso no
significa dar carta libre para cometer excesos”. Si bien evita referirse a los dichos
de Bullrich, toma distancia y refuerza la necesidad de avanzar en la generación de
acuerdos a partir del trabajo conjunto en la Comisión de la reforma.
La Nueva Doctrina llega para “patear el tablero” del equilibrio de fuerzas y se suma
a los dichos del Presidente (unos meses atrás) que ponen a los trabajadores del
sistema judicial en la posición de “gozar de muchos beneficios y trabajar poco”. La
tensión que establece es ineludible: anunciar públicamente que el cambio de
doctrina está en curso y desplazar el “nosotros” hacia la “mesa chica” del
gobierno, las Fuerzas de Seguridad, las Fuerzas Armadas y la DEA, deja
claramente afuera del escenario los acuerdos que fueron generados entre las
fuerzas políticas que participan de la comisión y los intereses que éstos
representan. A esos márgenes son arrastrados incluso algunos de los funcionarios
de la gestión. Garavano es el caso emblemático, pero a él se suman un conjunto
de dirigentes y funcionarios de segundas líneas de PRO, que moderadamente
toman distancia de la política oficial. Pareciera ser que la nueva doctrina es
también un eje que delimita ciertas alianzas y deja caer otras dentro de la facción
dominante: conforme a la posición que se asuma respecto al caso policial será el
lugar que se ocupe en la distribución de espacios de decisión en las próximas
instancias de gestión.
Los acontecimientos aceleran la profundización de las tensiones: el 10 de febrero,
el fiscal Saenz y Melazo (defensor de Chocobar) presentan la solicitud de
sobreseimiento y sus alegatos son anulados por la Cámara del Crimen, por
considerarlos faltos de evidencia y argumentos. Como puede verse, el oficialismo
no renuncia a los canales judiciales que bien sabe echar contra la misma entidad
que cuestiona. Avanza por fuera en la promoción de la doctrina y erosiona por
dentro la legitimidad de los magistrados que se oponen. La Cámara del crimen
reacciona por primera vez y bloquea la pretensión del fiscal alineado con Bullrich.
Es este un contexto donde las tensiones entre el poder Ejecutivo y el Judicial se
amplifican a partir de críticas que llegan desde afuera y habilitan nuevos
desplazamientos: La organización Human Rights Watch elabora un informe
respecto a la situación de los derechos humanos en Argentina y denuncia un
grave retroceso. Su presidente afirma que “es imprescindible que la policía se
someta a derecho”. Su línea de intervención no deviene novedosa, en tanto se
apoya en el carácter antidemocrático de los fundamentos de la doctrina y su
posible efecto en términos de “naturalización de la violencia institucional”. Lo que
la articula como un acelerador es la respuesta de la Ministra de Seguridad que,
más allá de desacreditar a la CORREPI, no había reparado en responder a este
tipo de acusaciones. Dos afirmaciones redoblan la apuesta y generan un nuevo
desplazamiento. Bullrich sostiene que “nuestra doctrina es proteger a las Fuerzas
de Seguridad” y que “nuestra política de Derechos Humanos es defender la vida”.
Uno podría preguntarse en cuál de todas las acciones de gobierno se defendió la
vida del joven asesinado por Chocobar, pero sería mera retórica. La pregunta que
no deviene retórica es, nuevamente, la que observa la composición del nosotros.
Y la respuesta se organiza como un nuevo paso en la delimitación del Gobierno
kirchnerista como enemigo último, capaz de suscitar el rechazo suficiente para
contextualizar
lo
hechos
concretos
como
afirmaciones
del
imaginario
antikirchnerista. Definir en nuestro país a las Fuerzas de Seguridad como
destinatarias de las políticas de Estado, es una provocación que sólo puede
sostenerse si se lee en términos de oposición al “curro de los Derechos
Humanos”. Es una línea de intervención peligrosa y perversa, porque desmiente
las previas políticas de Derechos Humanos, reduciéndolas a ser un “curro”, pero
sobre todo porque desconoce los consensos respecto a la última dictadura militar,
habilitando relatos históricos caros a los intereses democráticos. Pino Solanas,
Fernandez Meijide y Carrió serán los primeros que adviertan a la Ministra sobre la
peligrosidad de sus dichos: “No se necesitan más gendarmes, la ministra tiene que
parar” dice Carrió cuando le preguntan sobre las declaraciones recientes. A ellos
se sumarán diversos intelectuales provenientes de las universidades nacionales,
que le aportan a la disputa un marco de análisis más amplio. En líneas generales,
sostienen que el viraje antidemocrático recupera la lógica amigo-enemigo como
paradigma de intervención de las Fuerzas de Seguridad, legitimando la teoría de
los dos demonios. Peña será el encargado de determinar el sentido específico que
tal viraje debe promover en la coyuntura inmediata: frente a cierta “presunción de
culpabilidad de las Fuerzas de seguridad, legado de la dictadura” y capital
simbólico de la “demagogia judicial” del gobierno anterior, es necesario jerarquizar
el rol que los agentes de todas las fuerzas tienen en la lucha contra la inseguridad.
El debate habilita un segundo desplazamiento que profundiza el primero: a la
reformulación del contenido del concepto de “justicia” se le agrega la articulación
del binomio seguridad democrática-seguridad ciudadana que se referencia de
igual modo, asociando el primer término con la ahora “demagogia judicial K”, y el
segundo con la novedosa “responsabilidad ciudadana del gobierno nacional”. Si
la crítica al garantismo avanzaba sobre las garantías constitucionales, la crítica a
la “demagogia judicial” tiene como objetivo naturalizar la lógica del enemigo
interno de la dictadura. Sustituir la seguridad nacional por la seguridad ciudadana
lleva a caracterizar el narcotráfico, el terrorismo y la delincuencia como enemigos
internos indiferenciados.
Sobre este trasfondo el 13 de febrero Tonelli, diputado por el PRO, anuncia que la
reforma del Código institucionalizaría la nueva doctrina. Y que por ello, “los jueces
pueden hacer lo que quieran” (refiriéndose al tribunal encargado de sobreseer o
inculpar a Chocobar) porque “ya dimos vuelta la realidad”. La respuesta llegará
dos días después con una intervención de Gil Lavedra que alineará a los
opositores detrás de su figura. El 15 de febrero el diario Página/12 publica las
declaraciones que el referente de la UCR hiciera en una entrevista radial. Allí se
manifiesta
contra
de
la
“demagogia
punitiva”
del
gobierno,
contra
el
condicionamiento del proyecto de reforma del código y contra la política general
del bloque dominante. Gil lavedra es parte de la alianza de gobierno y, como ya se
anticipara, participa de la comisión de reforma junto con Garavano, Urtubey y
otros. Además coordina el programa “Justicia 2020”, dependiente del ministerio
homónimo, y es ex camarista del Juicio a las Juntas. Frente a la definición oficial
del accionar de la Justicia en términos de “demagogia judicial”, él invierte la
valoración y responsabiliza al primer mandatario y a la ministra de justicia de
ejercer “demagogia punitiva”, siendo ésta la causa real de la inseguridad. Más
aún, nombra por primera vez la injerencia del ejecutivo como condicionamiento, ya
no de la decisión de un juez en particular sino del anteproyecto de reforma, y
cuestiona la política de seguridad del Estado. Para él, “La solución a la seguridad
no pude sostenerse con el viejo y demagógico argumento de que la mayor
punición de los delitos y el otorgamiento de más facultades a la policía mejoran la
seguridad. Es un problema integral que debe abordarse con políticas integrales”.
Por ello, refiere directamente a los dichos del diputado Tonelli y deja en claro que
“no hay intención de darle cauce a la iniciativa del ejecutivo de impulsar la
presunción absoluta de legitimidad de las Fuerzas de Seguridad”.
Las cartas están echadas. Al día siguiente la Cámara del crimen confirmará el
procesamiento de Chocobar por “homicidio agravado por el uso de arma de fuego,
cometido en exceso en el cumplimiento del deber”. La confirmación desmiente la
versión oficial: Chocobar no es un héroe, porque intervino con el delincuente en
fuga y por la espalda. Si bien su accionar en primera instancia fue adecuado, se
excedió provocando la muerte injustamente.
Las tensiones entre el poder Ejecutivo y el poder Judicial llegan a su punto más
álgido y dejan expuestas las primeras fisuras dentro de la alianza de gobierno: la
UCR parece no estar dispuesta a cruzar ciertos límites.
Por un lado, Macri, Bullrich, Peña y Durán Barba como núcleo duro de la Doctrina,
a quienes se suman circunstancialmente Vidal y Rodriguez Larreta. Algunos
actores del Poder Judicial y otros tantos del Poder legislativo también suscriben,
cumpliendo roles diferenciados en el desarrollo del conflicto. Tales son los casos
de Saenz y Tonelli. Aun así, resulta significativo que la interlocución se centrara
casi con exclusividad en la ministra. Macri se limitó a ratificar el apoyo a Bullrich,
Peña tuvo una intervención fundamental pero casi única en términos de
recurrencia, y Durán Barba se limitó a correr al infinito los límites de lo “decible”,
para luego desaparecer.
Por el otro lado, en contra de la iniciativa, se posicionan Gil Lavedra (con quien se
alinea gran parte del bloque de la UCR) y Garavano, como fisura central dentro de
la alianza de gobierno, a quienes se suman Carrió y un conjunto considerable de
funcionarios y dirigentes de las segundas líneas del PRO. El eje de este
alineamiento está dado, no tanto por el caso en sí, sino por la intención de la
“mesa chica” de redefinir los espacios de poder, relegando aquellos ámbitos
donde sus detractores tienen injerencia.
La oposición a la Doctrina no se limita a la dinámica de la interna de la Alianza
gobernante: se nutre de gran parte de los partidos de izquierda, organismos de
Derechos Humanos, organizaciones sociales y estudiantiles, diversos exponentes
del campo intelectual y referentes aislados del arco electoral, sin que ninguna
estructura partidaria se pronuncie a favor o en contra en términos orgánicos. Los
ejes de este alineamiento tienen la defensa de la institucionalidad democrática y
de las garantías las preservan por sobre cualquier otro fundamento, aun cuando
sus líneas de intervención permanezcan relegadas por la disputa interna en el
plano de la acción estatal.
LA CONFIRMACIÓN DEL FALLO
La noticia sorprende a la cúpula del PRO en medio de un retiro en Chapadmalal.
Sin dudas, constituye para la alianza gobernante un indicador negativo en cuanto
a la correlación de fuerzas se refiere. Las repercusiones no tardan en llegar. En un
mismo día el presidente y la ministra ratifican el apoyo a Chocobar y además,
instalan una nueva lógica de intervención. Bullrich interviene en dos direcciones.
Por un lado, dice sostener el objetivo del gobierno pero en realidad lo reformula:
ahora será “cuidar a la gente, y cuidar a los oficiales que cuidan a la gente” y no
más proteger a las fuerzas de seguridad. Por otro, desmiente fisuras dentro del
gobierno, y afirma que “tanto la mesa chica como todos los ministros y secretarios
estamos trabajando en esta dirección”. Macri sostiene en una conferencia de
prensa el 17 de febrero, que “como mandatario” respeta la decisión de la justicia,
pero “como ciudadano” no entiende cómo “lo acusan por haber detenido a un
asesino”. Es más, dice pensar lo mismo que “la mayoría de los argentinos” y
acusa a los jueces de no entender “que los ciudadanos queremos vivir en paz”
para rematar afirmando que “seguro ya fueron felicitados por Zaffaroni”. Sin dudas
las declaraciones del presidente constituyen un cúmulo de desaciertos si son
consideradas como las palabras de un primer mandatario. Pero no lo son. En esos
desaciertos se localizan los núcleos de un nuevo desplazamiento que va a
eliminar toda mediación institucional en la identificación entre el mandatario y “la
gente”, borrando del relato oficial, casi de un plumazo, la legitimidad de la división
de poderes y de la estructura del Estado como instrumentos de la organización
política. Aún más, lo hará en línea con los desplazamientos anteriores, asociando
(ya no el garantismo, ya no la justicia democrática sino) toda la estructura de
gobierno republicano a la impunidad/demagogia/corrupción kirchnerista, a través
de la contundente sinécdoque que lleva a identificar con Zaffaroni el todo
institucional.
¿Qué otro sentido tendría nombrarlo? Su referencia no tiene correlato con ningún
aspecto de la realidad judicial que se establece a partir de la confirmación. Los
camaristas que firmaron el fallo5 tienen un perfil tradicional, con una carrera
íntegramente judicial y participan de la Cámara nacional en lo criminal. No pueden
definirse como “Zaffaronianos” en ningún sentido. De hecho, la CORREPI y el
CELS no tardan en dar su opinión respecto al fallo: lo aprueban con reservas,
porque (si bien es mejor al sobreseimiento) sienta precedente para que el policía
no pueda ser condenado a prisión perpetua en el futuro proceso judicial.
La intervención del presidente se refuerza con una particular (y “alineada”) carta
de un lector del Diario La Nación, publicada el mismo día. En ella se sostiene que
el fallo responde a una línea claramente ultragarantista, que “abandona el sentido
común y desconoce una demanda popular argentina”. El considerado ciudadano
dice estar cansado de “que se romantice la figura del delincuente y se victimice al
violento”. Se presenta entonces el relato de un mandatario que, como ciudadano,
desacredita el fallo y se arroga el derecho de juzgar “asesino” a un joven
asesinado; y de un ciudadano que legitima la opinión del mandatario enmarcando
el fallo en el ultragarantismo que niega la demanda popular. Sin dudas, la lógica
de la representación política y los mecanismos de construcción de consenso de la
democracia de audiencias, se ven radicalmente exacerbados en la nueva
estrategia de gobierno y el Diario La Nación no escatima caracteres en su agencia
como actor estratégico del monopolio mediático.
5
Julio Marcelo Lucini, Rodolfo Pociello Argerich y Mariano Gonzalo Palazzo.
La Asociación de Magistrados expone públicamente los ejes conflictivos de la
nueva línea oficial. El 18 de febrero, el diario Página/12 da a conocer una
declaración donde dicha asociación afirma que “las repercusiones institucionales
de las palabras del presidente no pueden desconocerse. Es un acontecimiento
grave que escinda su rol como funcionario público de su rol como ciudadano y elija
dirigir los asuntos de Estado como si su intervención no involucrara una profunda
presión sobre el sistema judicial”. Remarca recurrentemente el peligro de invocar
“el sentir popular” en cuestiones jurídicas y de “sustituir la ley por encuestas”.
El primer mandatario redoblará la apuesta y responderá que él está “con los
ciudadanos que sufren la inseguridad y viven asediados por el crimen”. Según su
punto de vista, la inseguridad es un flagelo constante y por ello las posiciones
punitivistas borran las fronteras ideológicas y aúnan al electorado que ve como
prioridad una política estatal activa que prevenga tales males. Sin dudas, el viraje
a las ideas de seguridad ciudadana y enemigo interno constituyen un coherente
trasfondo para que estas declaraciones tengan cauce en el imaginario popular. En
los días subsiguientes, las declaraciones de Macri ratifican la Nueva Doctrina
como estrategia nacional de Seguridad y contra el narcotráfico, como “un sistema
que pone en el centro a las víctimas del delito”.
Cabe resaltar que ya no se define como central el cuidado y la jerarquización de
las fuerzas de seguridad, sino de la “gente” y “los oficiales”, profundizando el gesto
de diluir las mediaciones institucionales de la organización social. Aun así, las
mediaciones existen y comienzan a convocar nuevas voces en el arco opositor:
Tomada toma la palabra para indicar el carácter inconstitucional de la doctrina, y
expresa su preocupación por el profundo desconocimiento que ésta guarda
respecto a la Ley de seguridad pública, sancionada en 2016, cuyo objeto era
disolver el Estado Policial. Según el presidente del bloque del Frente para la
Victoria, es el resurgimiento “de hecho” de tal Estado. Y tiene razón: la ejecución
práctica de la Doctrina ya tiene sobre sus espaldas un “efecto Chocobar” que
acumula casos de gatillo fácil en la mayoría de las provincias y es denunciado por
todos los organismos de derechos humanos. En esa línea, Bonfatti6 se levanta
contra la militarización de los barrios pobres de Santa Fe. Denuncia públicamente
que el “escenario ficticio de los ataques entre bandas” esconde una política
represiva y selectiva, orientada a los sectores más pobres de la sociedad.
El anteproyecto de reforma queda relegado en el terreno de la política concreta
porque, más allá de no constituir una reglamentación institucional, la Nueva
Doctrina se impone en el sentido de su práctica. ¿Qué necesidad habría de
reglamentarla si ya cuenta con el aval del relato hegemónico que la encuadra en el
marco de la demanda popular y, si no fuera suficiente, la erige como reivindicación
tan evidente que no requiere mediación alguna? El primero de marzo, el
Presidente no duda: en el inicio de las sesiones legislativas anuncia su
institucionalización en el nuevo código, como logro de gestión.
No obstante, párrafos antes se formulaba que el fallo constituía un claro indicador
negativo en la correlación de fuerzas de la alianza de gobierno. Tal es así que por
primera vez en toda la contienda el oficialismo requiere generar instancias de
negociación con la UCR, para cerrar filas en torno a la política de seguridad. El 19
de febrero se suceden múltiples reuniones en la Casa Rosada entre Macri,
Cornejo y la mesa chica de la UCR. El resultado de aquellas es la ratificación de la
alianza, aunque el partido del Radicalismo espera, a cambio del apoyo, poder
modificar la dinámica de gobierno y tener más injerencias en las decisiones del
Ejecutivo. El viraje de la línea oficial pretende acelerar la dinámica de una disputa
donde la posición de los magistrados no le deja margen para arrogarse la
omnipresencia estatal. La reconfiguración semántica que sustituye los actores por
categorías universales como “gente”, “vecinos” o “la mayoría de los argentinos”
parece desplazar a la omnipresencia moral ciudadana la mediación política
fundamental: es en “representación” de estas abstracciones que la gestión avanza
en una perspectiva de militarización.
En ese sentido resulta pertinente observar que los interlocutores de la línea dura
oficialista se reducen a Bullrich y Macri en esta nueva etapa de la contienda, a
6
Gobernador de Santa Fe, por el Socialismo.
quienes se le suma la figura del “lector” que bien sabe aprovechar el diario La
Nación. La ministra, cuadro estatal que carga con la implementación de la política;
el presidente, artificio aparentemente despolitizado que no requiere erigirse como
autoridad, sino como simple catalizador del “sentido común”; el “lector”, puesta en
escena del respaldo intimista de la voluntad popular a las evidentes certezas de
“Mauricio”. Una tríada perfecta para movilizar el monopolio mediático y desarticular
la posibilidad de desarrollo de idea críticas que organicen la oposición en el
terreno de la praxis. En ese sentido, cabe destacar que las cartas de lectores del
diario mencionado devienen recurrentes en los días siguientes a la confirmación.
Sólo se citarán dos particularmente gráficas. El 25 de febrero, un lector vuelve a
apuntalar la relación entre garantismo, inseguridad y Kirchnerismo: “el garantismo
nunca entendió la diferencia entre la Seguridad, que es preventiva, y la Justicia,
que es reparadora. No queremos más justicia si no tenemos seguridad”. Dos días
después, otro lector defiende el accionar de un nuevo oficial que asesina por la
espalda a un menor, por presumirlo ladrón de un perfume, para constatarse días
después que lo había comprado en buena ley. Dice al respecto: “El joven desoyó
la voz de mando. Si te frenan y seguís, es porque algo hiciste. Pero no me
sorprendería que se culpe al oficial, porque la justicia es inquietantemente
subjetiva”
Si en el punto de inflexión previo a la confirmación del fallo se observara que la
composición de alianzas entre los actores estaba signada por la disputa en torno a
la reforma del Código, en esta nueva instancia podría sugerirse que el eje en
conflicto ya se localiza en la implementación de la Doctrina: a la interna de la
alianza de gestión y a la oposición de la izquierda, las organizaciones sociales y
de Derechos Humanos, comienzan a sumarse voces opositoras que reaccionan a
las consecuencias inmediatas de la avanzada oficialista: sea el caso de Tomada,
sea el caso de Bonfatti, ven la necesidad de intervenir en la contienda cuando los
efectos de la nueva Doctrina interfieren con sus ámbitos de gestión.
LA DOCTRINA DE LA VIOLENCIA INSTITUCIONAL
Los primeros 15 días de marzo dan cuenta de una escalada de casos de violencia
institucional y la Doctrina Chocobar es objeto de múltiples informes que la
denuncian. Lo cierto es que al Gobierno nacional no parece preocuparle: con la
alianza de gobierno restituida (aunque implicara ciertas concesiones y ciertas
consecuencias a largo plazo en sus vínculos con la UCR) y con la reafirmación de
un vínculo de representación reconfigurado en torno a los desplazamientos
indicados, la implementación de la Nueva Doctrina es un elemento angular en el
recrudecimiento de las políticas de exclusión y un gran catalizador de la opinión
pública hacia el eje de la Inseguridad como única variable de lo real.
Así parecen indicarlo las noticias: un oficial mata a un delincuente con un revolver
de juguete, otro le dispara a dos jóvenes que caminan rápido porque presupone
que “huyen”, otro embiste a un pibe de 17 años por el hipotético robo de un
perfume, como si la portación de rostro fuera motivo suficiente y otro tanto hace
una patrulla que balea el auto de un equipo de jóvenes obreros, porque los
“confunde” con una banda de delincuentes. Hay casos en Tucumán, Neuquén,
Mendoza, Quilmes, Salta, Córdoba y Florencio Varela y todos son abordados con
el mismo tratamiento mediático: estigmatización de la juventud a partir de la figura
del enemigo y legitimación de la violencia de las Fuerzas de Seguridad, por ser
consideradas “en el cumplimiento del deber”.
El relato siempre es de la policía y los disparos siempre son por la espalda. El
amarillismo de los medios hegemónicos (La Nación y Clarín) no escatima recursos
para ocultar la evidencia: En ese sentido, se multiplican en el diario Página/12 las
notas editoriales que denuncian incluso la difusión de falsas noticias para
estigmatizar a las víctimas del gatillo fácil. La más cruel: la que difunde un falso
sepelio, donde aparecen los dolientes intimidando “a los tiros” a la sociedad civil,
para demostrar que el niño muerto (en última instancia) no estaba exento de
pecado.
El niño tenía un nombre: Facundo. Dos hermanitos. Y los zapatos nuevos para
empezar el colegio secundario. El niño era tucumano y tenía 12 años. El niño iba
en moto con un amigo y murió de un balazo en la nuca porque un oficial creyó
observar una “actitud sospechosa”.
Este último caso no es una situación aislada, se enmarca en un contexto de
recrudecimiento de la violencia policial, que hace un ejercicio irracional,
desproporcionado, ilegal y selectivo de la fuerza. Tal como indica Florencia
Vallino7 “el Estado los excluye y solo los incluye para reprimirlos, criminalizarlos y
asesinarlos”, desde una retórica del nosotros-ellos que ubica del lado de la
exclusión a múltiples sectores sociales: criminalización de la protesta social,
detenciones arbitrarias y muertes en el contexto de reclamos sociales,
criminalización
y
discriminación
a
pueblos
indígenas,
retrocesos
en
el
reconocimiento de derechos de personas migrantes, dificultades de mujeres y
niñas para acceder al aborto legal, incumplimiento de la orden internacional de
liberar a Milagro Sala. Varios de estos puntos, de hecho, forman parte del capítulo
argentino del informe La situación de los derechos humanos en el mundo 2017,
que difundió ayer Amnistía Internacional (AI) en febrero de 2018.
Ese será el límite para el Juez Carlos Rozanski8. El 12 de marzo el diario
página/12 publica una extensa nota de su autoría donde, además de confirmar la
presentación del pedido formal de juicio político al presidente de la nación, esboza
una lectura de la Doctrina Chocobar y del perverso desenlace de Facundo:
Hace dos días, un policía de Tucumán ejecutó de un balazo en la nuca
a Facundo Ferreira, de 12 años. Su abuela y sus demás familiares lo
lloran. El mundo lo llora. Porque, cuando un niño es asesinado por el
Estado, se sacude el planeta. No importa en qué región de la Tierra
7
Abogada de Andhes. Diario Página/12. 11 de marzo de 2018
Juez Federal, reconocido por su trayectoria en el desempeño de sus tareas como Presidente del Tribunal
Oral en lo Criminal Federal N°1 de La Plata, frente al cual protagonizó los juicios por Crímenes de Lesa
Humanidad. Entre sus casos de mayo resonancia se destacan los que dieran condena a Etchecolatz y Von
Wernich.
8
suceda ese crimen, se afecta la humanidad. Y cuando ese asesinato
incalificable es producto de un mensaje explícito de un presidente de
una nación, aprobando la muerte por la espalda de un ciudadano, no
hay calificativo. Ya perdió vigencia la discusión acerca de la baja de
edad de imputabilidad de los jóvenes. Lo que va a marcar la agenda
oficial, a partir de ahora, en esta temática, es desde qué edad está
bien asesinar a un niño.
En pocos meses, no sólo se ha agudizado la pobreza de millones de
argentinos y endeudado el país por generaciones enteras. Se ha
puesto en marcha además, y en función del modelo económico que lo
sustenta, un plan de estigmatización, persecución, asesinato y
encarcelamiento de integrantes de sectores sociales vulnerables,
comenzando con los pueblos originarios y continuando con los
opositores políticos. De la reacción seria y oportuna de una ciudadanía
sensible, que supo condenar los crímenes cometidos hace décadas
por una dictadura genocida, dependerá la cantidad de niños que sean
ejecutados en el nombre de la nueva onda de globos de amor que el
ingeniero que gobierna el país inauguró hace poco más de dos años.
Eso, porque, cuando desde el Estado se asesina niños, no hay Estado,
hay régimen de exterminio planificado.
No resulta necesario decir nada más.
Referencias bibliográficas:

Formento, W. (2009). Nueva Forma de capital: cacerolazos y saqueos.
Buenos Aires. CIEPE, Centro de investigaciones en Política y Economía.

Formento, W. (1997) “Los partidos políticos, medios de formación de
opinión pública‟ y marketing político”, ponencia presentada en Congreso
ALAS-Asociación Latinoamericana de Sociología, en San Pablo, Brasil,
septiembre de 1997.

O' Donnell, G. (2010). El estado: definición, dimensiones y surgimiento
histórico, en “Democracia, agencia y estado”, Bs.As: Prometeo.

Portantiero, J.C. (1083) Los usos de Gramsci, México: Folios ediciones.
Fuentes periodísticas consultadas:

Diario Página/12: www.pagina12.com.ar

Diario La Nación: www.lanacion.com.ar
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