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Rafael Echeverria (Ed) - Incursiones Ontologicas II

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INCURSIONES
ONTOLÓGICAS II
Rafael Echeverría (editor)
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INCURSIONES ONTOLÓGICAS II
© Rafael Echeverría
© NewField Consulting
Diciembre, 2011
ISBN 978-956-8992-43-9
Producción editorial: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Prohibida la reproducción total o parcial de este libro electrónico, por cualquier medio, sin
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Referencia: 4830
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ÍNDICE
Portadilla
Créditos
Presentación
Rafael Echeverría
El abandono
Adela Romero Barboza
El miedo al abandono: ¿qué hago para que me elijas?
María Alejandra Cerda
El dolor del enojo
Alejandra Molina
El sentido de la vida
Ana Covarrubias
Ira. Un monstruo de mil cabezas que se convirtió en heroína
Anadine
Mi desconfianza: fruto de la traición, refugio de mis miedos
Anónimo
Aprender a danzar entre la soberbia y la humildad
Domingo Stroia
Latitud y longitud
Juana Merino
La inseguridad en las personas
Gonzalo Coto F.
Sobre la responsabilidad y la culpa: una aproximación ontológica
Gustavo Romero León
Me olvidé de mí
Humberto Acuña
Mi relacionamiento con mi sombra a través de la rabia
Janice Brieva
4
Show Time. El arte de fingir
Josefa Galván
¡Si soy buena, me quieren! El ser, actuar y los resultados de una “niña
buena”
Karla Croce
Transitar de la falta de autoconfianza a la paz y la armonía personal
Larraitz Urrestilla
El miedo me congeló
Lily Corvalán
El abandono a lo largo de mi vida
Lourdes Murrieta Cucurachi
El miedo
Luis Alberto Soto
La confianza en mí misma
Marcela Pastirik
La mujer que abandona por miedo a ser abandonada. Diseñando una
nueva mujer
Milagros Velásquez
El miedo
Mitzi Ortiz
El miedo y la confianza: un encuentro entre la luz y la sombra
Ninfa del bosque
Derrocando tiranías
Ciudadana del alma
Gestão do desenvolvimento: o ensaio de uma aprendizagem
Paulo André Argenta
La búsqueda de aceptación
Silvia Vales
La arrogancia, a-rrogancia, no-rogancia, no- rogar, no-pedir
Sybille von Riegen
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Reconociendo mi propia voz
Teresa Aranzibia Aguirrezabal
Una mirada al control, desde una interpretación de vida
Teresa Castillo Zamora
Info NewFied Consulting
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PRESENTACIÓN
Los trabajos reunidos en este segundo volumen de la serie “Incursiones
Ontológicas” fueron escritos por participantes de nuestro Programa de
Avanzado de Coaching Ontológico, en sus versiones de 2008 y 2010. Los
trabajos incluidos en las dos versiones iniciales (2005 y 2007) fueron
publicados en formato físico, en una edición que entonces realizara Luz María
Edwards. Hemos optado por presentar los que se incluyen en este volumen en
versión digital. Creemos que ello ayudará a una mayor difusión.
Nuestro Programa Avanzado es, sin duda, nuestro producto estelar y
del que nos sentimos particularmente orgullosos. A él acuden coaches
ontológicos con una formación de primer nivel, provenientes no solo de
nuestra propia escuela, sino también de otras escuelas hermanas. Este es un
programa que entrega una certificación como “Coach Ontológico Senior”. El
Programa, tal como está articulado actualmente, considera cinco módulos
diferentes.
El primero –y quizá más importante– es aquel que se concentra
propiamente en la disciplina del coaching ontológico. Su objetivo es convertir
a los coaches, que en él participan, en profesionales de excelencia en esta
nueva disciplina, capaces de generar procesos profundos de transformación
personal en sus coachees, procesos que sus niveles de formación previos les
impedían lograr. La promesa del Programa es la de producir un “cambio de
órbita” en sus niveles de desempeño. Los resultados obtenidos atestiguan que
se cumple a cabalidad dicha promesa.
El segundo módulo se orienta a un proceso de autoindagación y de
transformación personal de los propios participantes del Programa. Para lograr
convertirse en un buen coach es indispensable haber trabajado muy a fondo
consigo mismo y haber penetrado en aquellos niveles habitualmente ocultos de
nuestra propia alma. De lo contrario, difícilmente estaremos en condiciones de
profundizar en el alma de otros. Desde nuestra perspectiva, el alma humana,
aquella forma particular de ser de cada uno, es abismal, no tiene fondo.
Cuando entramos en sus zonas más oscuras no podemos sino asombrarnos con
lo que descubrimos. La práctica de coaching ontológico no solo es una
práctica de transformación personal, sino simultáneamente de
autoconocimiento. Ello implica cruzar los límites de la persona que creemos
ser y contactarnos con las turbulencias de nuestra sombra, de nuestros lados
más oscuros y escondidos. Solo una vez que hemos realizado este trayecto,
logramos alcanzar la mirada compasiva y expandimos nuestra humanidad,
condiciones fundamentales de la práctica del coaching ontológico.
El tercer módulo del Programa está dedicado a una profundización
teórico-conceptual. La robustez de nuestras raíces conceptuales es lo que
permite alcanzar las alturas que nos exige el coaching ontológico. Si nuestras
raíces son superficiales, así serán también nuestras prácticas y los resultados
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de estas. Esta profundización teórica la realizamos en dos planos diferentes.
Por un lado, en captar las distintas matrices de sentido que conforman la
cultura occidental. Somos seres históricos y el tipo de personas en las que nos
constituimos lleva el sello de los diferentes orígenes que convergen en nuestro
presente. Somos expresión de diversas capas originarias de sentido. Algunas
remiten a los antiguos egipcios, otras a nuestras raíces griegas, unas terceras a
nuestros antecedentes judeocristianos, etc. El Programa profundiza en cada
una de ellas procurando detectar lo que les es específico y diferente de las
demás. En un segundo plano esta profundización teórica se desarrolla
identificando algunas corrientes fundamentales del pensamiento filosófico,
humanista y científico que hoy confluyen en el presente que encaramos y que
es preciso conocer para proyectarnos hacia un futuro más pleno de sentido. De
esta segunda línea se deduce buena parte de la formación en filosofía,
psicología y biología que conforma nuestro Programa Avanzado.
Parte de la crisis de sentido que hoy enfrentamos los seres humanos y
que llevan a los individuos a pedir la ayuda de un coach ontológico, remite al
profundo desprecio que nuestra tradición ha manifestado tanto por los aspectos
relacionados con nuestra corporalidad, como, asimismo, con nuestra
emocionalidad. Cuerpo y emoción son dos dimensiones de nuestras formas de
ser con las que estamos obligados a reconciliarnos. De lo contrario, nos será
imposible resolver muchos de los problemas que hoy encaramos. Un coach
ontológico está obligado a disponer de la capacidad de hacer lectura corporal y
emocional, y de la capacidad de intervención en estos dos dominios. El cuarto
módulo del Programa busca precisamente hacerse cargo de este desafío y se
articula en este eje, para muchos sorprendentemente despreciado, que vincula
cuerpo y emociones.
Existe, sin embargo, un quinto módulo al cual, precisamente,
pertenecen los distintos trabajos que presentamos en este libro. En ellos el
lector encontrará algunos rasgos de los módulos descritos anteriormente. Sin
embargo, el objetivo de este quinto módulo es diferente. Para nosotros el
coach ontológico representa un tipo de profesional que podemos caracterizar
como “un practicante reflexivo”. Su oficio se sustenta no solo en la capacidad
de aplicar lo que se le ha enseñado, sino en ser capaz de generar, a partir de su
propia práctica, procesos autónomos de aprendizaje y de pensamiento.
Para llegar a ser un coach ontológico no basta con saber lo que plantea
el discurso de la ontología del lenguaje. No basta tampoco con la capacidad de
desenvolverse en el despliegue de competencias que se deducen de ese
discurso. No basta con estar en condiciones de hablar “de” la ontología del
lenguaje. Es necesario también aprender a pensar ontológicamente. Nuestro
oficio nos expone a un territorio tan sorprendente como muchas veces
desconocido: el misterio del alma humana. Sin pretender disolver ese misterio,
pues el alma nos será siempre misteriosa, es importante reconocer que este nos
convoca a la posibilidad de insólitos aprendizajes. La propia práctica del
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coaching ontológico es posiblemente el más fértil de todos los terrenos que
enfrenta el coach ontológico para participar del vuelo del pensamiento.
Pensar ontológicamente no es pensar de cualquier manera, aunque en
él participen múltiples formas de pensar. Es necesario aprender a ejercitar un
quehacer reflexivo que posee ciertas características que otras modalidades de
pensamiento no poseen necesariamente. Hay principios y criterios que
conforman un pensar diferente. No accedemos a ellos de manera espontánea.
Ello implica que es necesario aprender a pensar ontológicamente. Este es el
objetivo que propone este quinto módulo. Se trata de una forma de pensar que,
por lo general, arranca de nuestras experiencias personales y muchas veces de
nuestros dolores y desgarramientos. Nuestras heridas son, por lo general,
puertas de entrada a las profundidades de nuestra alma. Ellas no solo nos
proveen sufrimientos, sino posibilidades para conocernos mejor y para orientar
futuras transformaciones.
Cada una de nuestras heridas nos retratan, nos revelan, exhiben
dimensiones importantes de cómo somos. El pensar ontológico, por lo tanto,
nos desafía a entrar en las raíces de nuestras heridas y a no quedarnos solo en
las múltiples tonalidades del sufrimiento que aparece en la superficie. Nos
convoca a entrar y recorrer el oscuro laberinto de nuestra alma. No hay en ello,
sin embargo, un afán masoquista. Este trayecto tiene como propósito nuestra
propia transformación personal y la profundización de aprendizajes que en el
futuro nos permitirán comprender mejor a otros. Se trata, por lo tanto, de un
recorrido tras un sueño de liberación, de romper cadenas de cautiverio, de
culminar en transformación.
Los trabajos que presentamos, de alguna manera, llevan esta marca.
Son la expresión de un impulso valiente por mirarse más allá del sufrimiento,
a veces, incluso, más allá de la culpa o de la vergüenza. Ellos expresan,
muchas veces, un acto de gran generosidad al compartir con otros lo que
resultó de ese recorrido. En ese sentido, son una invitación a suspender el
miedo que nos tenemos frecuentemente a nosotros mismos y de participar de
una experiencia reflexiva que puede proporcionarnos, al final del camino,
grandes satisfacciones. El lector juzgará.
Entre estos trabajos hay algunos más logrados, otros quizá algo menos.
Pero los hemos seleccionado por cuanto creemos que todos ellos nos aportan
algo de valor.
Cada autor es el responsable de su propio texto. Sin embargo, es
importante advertir que todos ellos tuvieron durante el proceso el apoyo de un
coach ontológico que los acompañó, les hizo algunas preguntas, les sugirió
quizás abrir alguna puerta adicional o asomarse por otra ventana. Los trabajos
realizados en el Programa Avanzado del año 2008 fueron acompañados por
Luz María Edwards. Aquellos del Programa Avanzado del año 2010 fueron
acompañados por Soledad Valenzuela, Irma de la Torre, Nora Tassistro y
Celia Chávez. A todas ellas, nuestro inmenso agradecimiento.
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Rafael Echeverría, Ph.D.
Presidente de la Red de Newfield Consulting
Santiago, octubre de 2011
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EL ABANDONO
Adela Romero Barboza
Introducción
El abandono ha sido un tema recurrente en mi historia y me interesa
revisarlo en este momento especial de mi vida, a la luz del coaching
ontológico.
Por muchos años estuvo en mis narrativas, fue el relato que me conté
durante mucho tiempo, el cual determinó mi interpretación del mundo, sobre
todo durante mis primeros quince o veinte años de vida. Desde el lenguaje
provino una lista enorme de juicios que ahora no estoy tan segura que pudiera
fundar, y desde la emocionalidad tuvo la particularidad de conectarme con una
profunda tristeza, coloreando así mi infancia y buena parte de mi adolescencia.
La mirada desde el coaching me abrió la posibilidad de revisar una
gran incompetencia genérica: entender que vivimos en mundos interpretativos
y que lo que yo asumí como verdad pudo o no pudo ser, o acontecer, así tal
como yo lo creí, y tengo ahora a mi alcance dos grandes oportunidades: la
primera, tener en consideración que si mis interpretaciones eran coherentes
con las vivencias y experiencias familiares, debo aceptarlas en consecuencia
como hechos fácticos; fue eso lo que me tocó vivir, aun cuando
probablemente, tal como nos lo señala R. Echeverría, sería conveniente dudar
de mis interpretaciones, ya que algunos eventos podría haber sido obra de mi
memoria selectiva y esas interpretaciones limitarían la posibilidad de
comprender la distorsión de mi mirada; lo segundo, que hoy tengo la
posibilidad de hacer una interpretación diferente, de lograr una reconstrucción
ontológica de esa misma historia, lo que me permitiría conectarme con una
emocionalidad distinta a la tristeza y pintar mi infancia y adolescencia de
algún nuevo color.
La historia sucede cuando mis padres se separan, teniendo yo poco
menos de nueve años de edad, y ese evento hace que la dinámica familiar
cambie totalmente. A tal punto cambia para mí, que mi madre toma la decisión
de enviarme a estudiar interna a Maracaibo (ciudad distante a ocho horas de
Caracas), en el Colegio El Pilar, con las religiosas de la Congregación de
Santa Ana (españolas), donde una tía monja es la madre superiora.
En total estuve ahí cinco años interna, y en ese lapso regresaba a casa
solamente en vacaciones escolares de Navidad y fin de año escolar (julioagosto). Esos años siempre los interpreté como una etapa de abandono físico,
emocional y espiritual de mis padres para conmigo.
Ahora bien, respecto a la definición de abandono que ofrece el
Diccionario de la Real Academia Española, este señala lo siguiente: Dejar,
desamparar a alguien o algo. De entrada, esta definición me hace desconfiar
de mis relatos, ya que efectivamente en mi caso no hubo desamparo, vale
decir, que el juicio del abandono es imperativo revisarlo porque hay algo que
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ya no calza en mi rompecabezas de la misma manera como lo estuvo durante
más de cuarenta años….
La propuesta de este trabajo es la de indagar en mi propia vida, en mi
historia, rastrear de dónde surgieron esos juicios, para lograr que hoy no me
resuenen como propios y, al hacerlo, modificar esa historia, pudiendo
interpretarla cambiando el orden, los hechos y las narrativas para lograr una
reinterpretación que me conduzca a la nueva biografía de esa misma niña, para
quien en lo venidero tendrá también una nueva coherencia que le permitia
diseñar para ella un futuro diferente, ya que el abandono durante mucho
tiempo obró un juicio maestro y limitante.
I. Indagación fenomenológica
¿Cómo vive esa niña su abandono?
¿Por qué no continúa viviendo en la casa con su madre?
¿Por qué sus otros hermanos sí están con la madre?
¿Qué le impide decir que no quiere separarse de su madre?
¿Por qué tiene que estar interna?
¿Por qué mamá no la llama ni le escribe?
¿Por qué en lugar del internado no vivió en Maracaibo con otro
familiar que sí pudiese ocuparse de ella, como mamá sustituta, en el afecto y la
atención que esa niña necesitaba?
¿Por qué siente que su padre también la abandona?
¿Qué piensa esa niña de lo que le sucede?
¿Por qué esa niña insiste en ver a su padre?
¿Por qué esa niña es al padre a quien llama?
¿Por qué esa niña no se atreve a decir que no quiere estar interna?
¿Por qué esa niña pasa su cumpleaños y fines de semana sola?
¿Quién se ocupa de la ropa y de las necesidades de esa niña?
¿Quién le da afecto?
¿Cómo es la vida de esa niña?
¿Cómo se divierte?
¿Qué pasa con la madre?
¿Qué hace a esa madre separarse de su hija más pequeña?
¿Piensa la madre que es esa la decisión más conveniente para la niña o
para ella?
¿Cómo vive el sufrimiento esa madre?
¿Cómo logra seguir adelante sola con sus seis hijos?
¿Qué pasa con los demás hijos?
¿Cómo es la relación entre los hermanos?
¿Cómo eran los resultados de los estudios de esos niños?
¿Cómo eran los resultados de los estudios de esa niña que estaba sola
en el internado?
¿Qué pasa con el padre?
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¿Tampoco los demás hijos tienen contacto con el padre?
¿Qué pensaba la madre?
¿Eran decisiones propias de la madre o se dejaba influir por su
hermana monja?
¿Tenía la madre capacidad para entender las consecuencias de la
decisión de no estar con su hija?
¿Fue esta la mejor decisión que pudo conseguir la madre por su
situación?
¿Decidió la madre también abandonar sus responsabilidades ante su
propio sufrimiento?
¿A qué le temía esa madre?
¿Cuáles eran sus limitaciones?
¿Pensaba en ella o pensaba en los hijos?
¿Tenía esa madre recursos emocionales, espirituales, económicos, para
seguir adelante sola?
¿Se atrevió esa madre a pedir ayuda?
¿Entendió esa madre la soledad afectiva, espiritual y física que estaba
imponiendo a su hija?
¿De qué hablaban esa madre y esa hija?
De niña viví la experiencia de ser separada del hogar sin entender
exactamente el porqué de la decisión, sin atreverme a cuestionar ni a preguntar
nada. En esa época no era usual atreverse a cuestionar las decisiones de los
mayores. Iba a cursar el cuarto grado de primaria y cuando me di cuenta estaba
en otro lugar, viviendo con personas extrañas, sintiendo una sensación en el
estómago de vacio, al no tener a los míos conmigo: mi mamá, mi papá, mis
hermanos, mi cuarto, mis juguetes, mis amigas, en fin, estaba fuera de mi casa.
Tengo el juicio de que me faltó vivir muchas de las cosas que hacen los
niños con edades entre 9 y 13 años, donde se comparte entre ellos juegos,
fiestas, diversiones, se va de paseo o al cine. No recuerdo haber vivido esto,
salvo cuando regresaba de vacaciones a mi casa en Caracas donde estaba mi
hermana Lina, mi mejor compañera de juegos. En ocasiones, mis amigas me
invitaban y yo no consideraba ni siquiera la posibilidad de pedir permiso. El
hecho de estar interna era un limitación porque tenía otro ritmo de vida, ceñida
a horarios, a la misa de todos los días, a cantar en el coro, a horas de estudio
fijas durante la semana y los fines de semana, a visitar a mis tías mayores y
solteras, cuyos hábitos de vida consistían en ir a misa por la mañana, rezar el
rosario por la tarde después de la siesta y en las noches después de la cena, ir
caminando a la casa de otra hermana donde ellas acostumbraban reunirse todas
las noches con familiares y amigos adultos, quienes comentaban los eventos
del país.
Asumí que era normal que así fuese hasta que tuve 14 años, cuando ya
cansada de sentir la misma sensación de vacío en el estómago, y entendiendo
ahora que usando el poder del lenguaje y mis competencias lingüísticas, me
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atreví a plantear una excusa para no regresar al internado. Pedí ayuda a mi
hermana Neydda, la mayor de mis seis hermanos, para que en su condición de
médico le explicara a mamá que no era recomendable estar fuera de la casa,
porque debía cumplir un tratamiento médico relacionado con la hemoglobina
baja. Mamá accedió y finalmente me quedé viviendo en mi casa, a partir del 3º
año de bachillerato. ¡Qué felicidad! Desde de entonces, todo cambió para mí.
¿Qué juicios estuvieron presentes en esos años?
Que mamá no me quería igual que a mis demás hermanos.
Que me castigaban enviándome al internado por querer a papá.
Que queriendo a papá, él tampoco venía a verme tan frecuentemente
como hubiese deseado; ergo, si me abandonaba, era porque no me quería.
Que algo pasaba conmigo que me hacía diferente a mis hermanos.
Que de nada valía portarse bien y sacar buenas calificaciones.
¿Qué emociones están presentes en esa niña que era?
1. El miedo
Fue una constante en mí el miedo a preguntar, el miedo a rebelarme, el
miedo a que me vieran llamando por teléfono a mi padre, el miedo a que me
vieran llorando por las noches, el miedo a hablar, el miedo a volver al
internado año a año, el miedo a no vivir las cosas que pasaban en la casa, a no
ser parte de la vida familiar; el miedo a que descubrieran mis cartas de amor,
escritas esos años a Germán, un niño vecino en Caracas que fue mi primer
novio y de quien, estando yo estudiando en Trujillo el 2º año de bachillerato,
recibía cartas frecuentes con el nombre de mi hermana como remitente.
Recibía cajas de dulces y libros, con la sorpresa de una carta escondida entre el
forro y el libro para que no pudieran descubrirla y leerla las monjas y
decomisarla. Tenía miedo a que me sorprendieran escribiéndole, el miedo,
siempre el miedo…. y también la sensación en el estómago de vacío…
II. El juicio del abandono y el callar
La niña se fue haciendo mujer, seguía interna, pero ese año (1º de
bachillerato) estaba en el Colegio en Caracas. Mamá enfermó y había que
cuidarla y acompañarla los fines de semana. Recuerdo que durante su
hospitalización, en lugar de ir a la casa, me instruyeron que debía ir directo al
hospital. Mis conversaciones privadas eran que después de haber sido una hija
dedicada, seguramente me premiarían sacándome del internado, mas ese año
fue el peor porque ya estaba más grande, tenía más conciencia de lo que
pasaba y al terminar las vacaciones me indicó mamá que volvía al internado,
esta vez al Colegio Santa Ana en el estado de Trujillo. Me preguntaba ¿de qué
sirve ser buena hija, portarse bien, cuidar a mamá, hacer lo que mis hermanas
mayores no hacen, si igual me vuelven a castigar? Pero callaba, no hacía
públicas mis conversaciones privadas y me resignaba.
Sin embargo mi hermana Lina, por el contrario, además de tremenda,
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veía la vida de otra forma. Una o dos veces estando ella interna también en
Trujillo, un año antes que yo, inventaba que se había caído y fracturado un
brazo o una pierna, y le pedía a alguna amiga que avisara a la casa en Caracas.
Mamá enseguida la llamaba muy angustiada y ella tranquilamente le decía que
había hecho esa travesura para que la llamaran. Yo en cambio no me atrevía a
hacer algo así, sin embargo, Lina con sus acciones lograba el resultado
deseado: hablar con mamá. Yo por el contrario me resignaba, me conformaba,
no hacía nada y no lograba nada.
En la universidad cuando estudiaba Derecho, me ennovié con un
compañero doce años mayor que yo. Él me decía que no debía intervenir en
clases porque lo hacía solo para lucirme, que yo competía con él para sacar
mejores notas, que no debía usar faldas cortas y, ante estos juicios, me
quedaba callada. Una vez más me sentía incapaz de hacer públicas mis
conversaciones privadas para evitar pelear o por miedo a separarnos. Solía
callar mis incomodidades y las cosas que me disgustaban, hasta que el vaso se
colmó y me atreví a declararle un ¡¡¡basta!!! Me atreví a terminar la relación,
pero me sobrevino un dolor fuertísimo que se transformó en apendicitis,
aunque más tarde me enteré por mi hermana Neydda que nunca hubo un
diagnóstico claro y que habían decidido hacer la operación para evitar que los
glóbulos blancos siguieran subiendo…(¿?) El verdadero diagnóstico fue que
estaba somatizando situaciones no expresadas, y en efecto el diagnóstico del
doctor coincidía con el miedo que sentía de hablar sobre mis asuntos en casa,
excepto con mi hermana Lina, mi confidente, coincidía con mi costumbre de
callar y no comentar mis cosas a mamá por miedo no sé exactamente a qué y
prefería seguir con la sensación de vacío en el estómago.
Me casé al terminar el doctorado en Criminología que hice en París
con el novio que había dejado en Caracas un año antes de irme, sin haber
tenido conversaciones suficientes para aclarar si ambos buscábamos lo mismo
en el matrimonio. (No tenía las herramientas para hacerlo.) Mi juicio sobre
nuestra relación matrimonial que después se consagró es que la diferencia de
edades y las distintas etapas de vida en que nos encontrábamos cada uno, sin
haber establecido condiciones de satisfacción para planificar en conjunto un
proyecto de vida, contribuyeron a nuestras diferencias, lo que me hizo sentir
muchas veces abandonada afectiva y emocionalmente hasta que tomé la
decisión de divorciarme.
III. Una mirada desde el claro
Recorriendo el camino de mi historia, donde voy encontrando tantas
anécdotas, miro hoy día el tipo de interpretación que he hecho de mi vida,
buscando obtener amor, cuidados, afecto, dedicación, compañía, familia,
hogar, etc. Validando la mirada de ese observador que efectivamente sintió y
padeció lo que según esa mirada no tuvo en etapas de vida fundamentales, y
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también ante las emociones de miedo e inseguridad presentes en las relaciones
afectivas importantes, paso ahora a analizar el camino de la estructura. He ahí
que me encuentro con una mujer que ha sido exitosa en muchos dominios,
pero que en el plano afectivo surgen las mismas emociones de cuando niña,
(ya sabemos que las emociones no tienen edad), ligadas a eventos del pasado:
dificultad para atreverse a hablar o a actuar, sino preferencia por callar;
imposibilidad de pedir o a establecer condiciones de satisfacción, sino
tendencia a callar, surgiendo de ese modo nuevamente el miedo a quedarme
sola, validándose de esta forma la tesis del abandono, que se repite como un
círculo vicioso.
1. Construyendo nuevas opciones de vida
¿Qué opciones tengo para poder realizar nuevas acciones que me
permitan obtener nuevos y mejores resultados?
Construir nuevas narrativas a partir de mi historia, aceptando lo fáctico
y mirando el bien en cada acto, en cada decisión de mamá y de papá. Ellos no
podían y no sabían hacerlo diferente.
Quererme más y desarrollar una relación de amor incondicional
conmigo misma, aceptándome como soy y revisando si existe en mí la
adicción al sufrimiento.
Celebrar lo que soy y lo que tengo, alabando los logros obtenidos en
todos los demás dominios.
Construir un nuevo DEI desde la ambición, haciendo lo necesario para
poder vivir la vida que quiero.
Atreverme a escoger y no más a ser escogida.
Reconocer que me gusta la vida en pareja, pero que esta tiene que ser
construida y funcionar con bases diferentes, y que lo que busco es una pareja,
no más un papá.
Vivir desde la certeza de que todo va a estar bien, con seguridad y
confianza de que todas las situaciones pueden resolverse mediante
conversaciones.
Aceptar que el dinero me da seguridad y eso está bien.
Establecer límites.
Desestimar la rutina defensiva del callar.
Es cierto que el miedo es una emoción presente en mi vida, pero
también ha sido un gran aliado cuando he tenido dificultades, impulsándome a
la acción. Por ejemplo, el Programa ABC lo comencé estando desempleada,
por no compartir con el sistema político vigente en Venezuela. Fue entonces
que el coaching me brindó la opción de reinventarme, de recomenzar, de tener
más y mejores herramientas para diseñar un nuevo rol profesional y personal,
y doy gracias a Dios por eso.
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Conclusiones
Desde el lenguaje declaro que es un compromiso conmigo ser feliz y
solo depende de mí tomar la decisión y serlo.
Desde la emoción declaro que quiero sentirme plena y vivir la vida
desde la alegría, el amor, la seguridad, la paz, la felicidad.
Desde la corporalidad declaro que quiero sentirme fuerte, dispuesta a
dar y a recibir, henchida de energía, orgullosa de quien soy, parada desde mis
fortalezas, dispuesta a trascender, para dejar un legado a mi hijo Daniel y al
mundo.
Gracias a mi historia busqué muchos caminos que me permitieron
aprender y crecer.
Gracias a mi estructura busqué distintas opciones y llegué al coaching,
y gracias al coaching tengo la posibilidad de reinterpretar mi historia, de
honrar a mis padres y de entenderlos y agradecerles quien soy.
Hoy tengo nuevas narrativas con las que diseño mi vida.
Reconozco que el lastre del abandono ha sido mi principal obstáculo
para poder ser feliz y para manejar adecuadamente mis relaciones de pareja,
pero ya basta de repetir patrones que no han servido, puedo hacerlo distinto, es
mi opción.
El presente lo vivo con mayor conciencia, dándome cuenta de mis
aciertos y desaciertos, pero soy yo la única responsable.
El futuro, ese futuro que deseo en el espacio afectivo, lo he estado
trabajando con mi coach con las herramientas que ya he hecho mías.
Hoy no me callo, reclamo lo que no me gusta, hago públicas mis
conversaciones privadas, pongo condiciones de satisfacción y acepto sus
consecuencias; y si aparece el miedo, lo acepto como mi mejor aliado, su
alerta me da mucha información y la escucho.
Hoy estoy pendiente de no pasar del miedo a la rabia, de moderar el
fuego para no quemarme ni quemar a los demás.
Este es mi proceso.
¡¡¡Hoy me atrevo!!!!
mayo, 2009.
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El miedo al abandono:
¿qué hago para que me elijas?
María Alejandra Cerda
I. El viaje de la vida: echemos un vistazo al desgarro
1. ¿Cuál es mi miedo más profundo?
El camino que he emprendido a través del coaching ontológico, me ha
permitido conectarme con mi decir, lenguaje, con mi estar, corporalidad, y con
mi sentir, mis emociones. Cuando indagué en mi mundo emocional, en él
encontré que el miedo es una de las tanta emociones que habitan ahí. ¿Qué
quiero decir con esto? Que muchas de nuestras acciones o inacciones se ven
influenciadas por nuestras emociones.
Muchas veces he sentido y siento miedo. Esta ha sido a veces una
emoción paralizante y en otras una impulsora, es decir, que me ha llevado a la
acción de diversas maneras. Cuando ha actuado en forma paralizante, siento
que me bloqueo, las palabras no me salen, la angustia invade mi vida; en
cambio, cuando ha ejercido una influencia impulsora, he emprendido nuevos
aprendizajes; por ejemplo, creo que uno de los más claros para mí al respecto
ha sido el emprender el viaje en la incursión de la ontología del lenguaje a
través de las distintas formaciones de coaching ontológico, tanto en el
programa ABC como en el avanzado.
Retomando la pregunta: ¿cuál es mi miedo? Puedo decir que
mirándome con los ojos de una mujer adulta, he podido ver que uno de mis
grandes miedos ha sido “el miedo a que me abandonen”, puesto en otras
palabras, el miedo a quedar sola, a no ser elegida, a no ser vista.
2. El miedo como emoción
El miedo es una de las emociones primarias del ser humano. A veces
constituye una emoción paralizante, una que congela: nos quedamos sin poder
reacción, no podemos huir… y en otras oportunidades a partir de la emoción
del miedo realizamos una acción; como por ejemplo, la huida, el ataque.
Incluso a veces hacemos cosas que ni siquiera sabíamos o imaginábamos que
podíamos realizar. Poder reconocer nuestras emociones nos da un poder para
llevar adelante la vida que deseamos.
El miedo es una emoción que a veces se disfraza, que no se muestra tal
cual es, por ello fue para mí importante poder mirarme, poder observarme en
mi decir, en mi emoción y en la acción. Algunos comportamientos o acciones
que me di cuenta de que he realizado a partir de esta emoción han sido por
ejemplo:
manipular al otro
victimizarme, quedarme en el rol de pobre de mí, con la intención de
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ser mirada, elegida. Quizás algunas veces lo lograba, pero quizás en muchas
otras oportunidades esa actitud hacía que el otro no se acercara…
querer controlar: situaciones, personas, sentimientos, otras emociones a
partir del miedo….
proyectar imágenes distorsionadas, esconder la vulnerabilidad
no poder pedir, creerme autosuficiente
en este juego también aparece el complacer a otros para que estos no
me dejen
estas acciones a veces me han llevado a no valorarme lo suficiente, no
poder reconocer lo que tengo o tenía, a mostrarme con mi autoestima
desinflada. Y como consecuencia de todo ello, es fácil perder el centro, la
seguridad, la confianza en uno mismo.
3. ¿Cómo se originó el miedo?
Los seres humanos somos seres lingüísticos, actuamos desde el
lenguaje, necesitamos dar sentido a nuestra existencia. Nos pasamos la vida
haciendo interpretaciones de aquello que observamos como realidad. A partir
de este modo de relacionarnos con el mundo, las personas y la interpretación
que hacemos de los acontecimientos, nos constituimos en observadores. En mi
caso adopté la mirada del observador que veía la mitad del vaso vacio: no
podía ver lo que tenía, no lo podía capitalizar… La sensación de que siempre
algo más falta ha sido generada desde ese lugar de observación.
¿Dónde se ha constituido este observador? En los distintos sistemas en
que he transitado mi vida: la familia de origen, la escuela, la sociedad en la
que viví, el país. las amistades, los trabajos, los estudios, las facultades, la sopa
familiar, la sopa de los sistemas…
Puedo entender que a partir de una interpretación que he hecho ante
una determinada experiencia, se originó en mí este miedo. Una experiencia
que viví como un abandono. Al enterarme de que era hija adoptiva, de una
manera imprudente, en una conversación imprevista, en un contexto que no
era el apropiado, generé automáticamente el juicio: “mis padres me
abandonaron”, “no me quisieron”, “no me eligieron”.
Juicios que se vieron alimentados más adelante por conversaciones de
mis padres adoptivos, quienes a partir de sus propios miedos o ignorancia tal
vez, alimentaban aquel juicio.
Otra experiencia que recuerdo fue que siendo niña, un día regresé a
casa. La casa estaba vacía y mis padres y mi hermano no estaban. Me quedé
sentada esperando un rato, el tiempo pasaba y al ver que no regresaban mis
padres una angustia comenzó a invadirme. Fue ahí cuando me senté junto a la
puerta de la entrada de casa y comencé a llorar. Creía que ellos se habían ido.
Había construido una historia, una interpretación de que esta vez, esta familia
también me había abandonado. No recuerdo si esta experiencia fue antes de
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que yo supiera que era adoptada o fue posterior a ello, lo que sí creo que existe
es una memoria celular del cuerpo que nos lleva a registrar y a revivir
situaciones una y otra vez.
La aparición de este miedo al abandono me llevó a sentir la sensación
de tener que agradar, de tener que ser perfecta, de portarme bien, de hacer las
cosas adecuadamente, todo en pos para que el otro se quede conmigo, no me
abandone, sino que me elija. Se sufre mucho desde este lugar, porque en algún
punto no nos estamos permitiendo ser como realmente desearíamos o al menos
yo no me estaba permitiendo ser.
4. Dominios del miedo
El dominio de este miedo para mí se ha develado fundamentalmente en
los vínculos afectivos, y también en los vínculos laborales. Sobre todo cuando
el afecto está de por medio, ahí es donde más aparece.
5. La corporalidad de este miedo, su lenguaje
A lo largo de mi vida mi cuerpo ha ido mutando, tomando distintas
posturas. Hubo una época marcada por la desviación de mi columna y por mi
postura habitual de los hombros hacia adelante. Posteriormente y ya cercano a
este tiempo, mi postura es distinta: más erguida, como diciendo: ¡aquí estoy!
¡Mírenme!
Este cambio del cuerpo ha tenido que ver con el tránsito de mi camino
en la búsqueda del sentido, en la búsqueda de mi desarrollo personal. A partir
de mis miedos he buscado superarme, yendo por distintos espacios donde he
trabajado mucho en el desarrollo personal, en pos de buscar la satisfacción,
quizás dominada por el miedo al mismo miedo. Constato aquí que el miedo ha
sido impulsor. Por miedo a no agradar, a que el otro no se vaya, hago cosas,
busco aprendizajes, todo para tener la sensación de que me eligen, que me
quieren.
Y quizás sean distintas corporalidades y en ellas está detrás esa
emoción: la del miedo. Tal vez lo que cambia esas corporalidades tiene que
ver con lo que me digo: en la primera etapa tenía una postura más de
resignación, más de abatimiento; en cambio, en la segunda, aparece un
lenguaje nuevo: ¡acá estoy! ¡Mírenme! ¡Ven lo grande que soy!
Además, en esta mirada que he hecho de mi vida me di cuenta de que
detrás del miedo también estaba el enojo. Este ha sido también una emoción
que me ha acompañado, una emoción que no me había permitido expresar, no
lo había legitimado. ¿Por qué? Por el miedo a que si me enojaba me
abandonaran. Y así se conforma el juego.
II. La búsqueda de nuevos puertos: emprender el viaje
1. El miedo al abandono: aumentando el zoom en búsqueda de la
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fundamentación de ello
Cuando me conecté con el tema del miedo, empecé a indagar, a
hacerme preguntas. Este es un regalo fundamental del coaching ontológico, el
permitirnos hacernos las preguntas que necesitamos para llegar a nuevos
puertos, a veces solos, muchas veces con un coach, que desde un lugar
diferente nos ayuda a mirar nuevos horizontes.
Antes de incursionar en el coaching ontológico, vivía el abandono o el
miedo del abandono como una verdad absoluta. Internamente me decía: ¡A mí
me abandonaron!. Solo después de haber transitado el camino de la ontología
del lenguaje comprendí que cada uno de nosotros somos distintos
observadores que interpretamos nuestras experiencias, que a partir de esa
interpretación realizamos acciones y que estas acciones a veces nos llevan a
resultados satisfactorios y otras no.1
En este proceso me permití llegar a un cambio de observador, no solo a
un cambio de acciones. Ya que si solo hacemos cambio de acciones, esto
implica un aprendizaje de primer orden, en cambio la verdadera
transformación es cuando se logra el cambio del observador, cuando podemos
movernos del lugar en que mirábamos el mundo, cuando podemos de alguna
manera tocar nuestra alma para que un nuevo ser emerja.
2. Desmenucemos: ¿qué es el abandono? ¿Dónde reside?
El abandono en sí mismo, ¿cómo podemos observarlo en el mundo?
¿A partir de qué experiencias le doy sentido? ¿Dónde reside el abandono?
Dentro de la ontología del lenguaje, en los actos lingüísticos básicos,
distinguimos afirmaciones y declaraciones, y dentro de las declaraciones una
especial: “los juicios”.
Cuando estamos en el campo de las afirmaciones, el mundo está y el
lenguaje da cuenta de ello, es decir, hay algo que se observa y que puedo dar
fe, tener testigo de que ello es así; como por ejemplo, que soy mujer, que soy
argentina, al mirar mi partida de nacimiento corroboro estos datos.
En cambio, las declaraciones hacen que el mundo emerja después de
hecha la declaración. Así cuando el oficial del registro civil declara a una
pareja la unión en matrimonio, la realidad para esa pareja ha cambiado, porque
la autoridad así lo ha declarado, es decir, hay una autoridad que puede realizar,
hay un poder conferido al oficial para que realice tal declaración.
Dentro de las declaraciones están los juicios, que son opiniones que
emitimos de lo que observamos. En todo momento estamos emitiendo juicios,
decimos por ejemplo: es lindo, es feo, es alto, es bajo, es gordo, es flaco, etc.
Una afirmación sería: pesa 80 kilos;
Con los juicios nos vamos rotulando a nosotros y al mundo que nos
rodea. Y la consecuencia de ello es que vamos cerrando o abriendo nuevas
posibilidades. Vivimos en ese mundo, el mundo de los juicios, casi sin darnos
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cuenta hasta que aprendemos a distinguirlo.
Entonces al mirar el abandono desde este lugar, algunas de las
preguntas que me formulé fueron:
¿Qué es el abandono?
¿Cómo sé que es abandono?
¿Dónde puedo verlo?
¿Cómo lo distingo?
¿Cuándo fui abandonada?
¿Quiénes me abandonaron?
¿Con qué estoy comparando esta experiencia?
¿De dónde nace la idea de ser abandonada?
¿Qué pruebas tengo de ello?
Y aquí pueden surgir diversas respuestas según los observadores que
seamos, según nuestros sistemas sociales, nuestras costumbres. Pero siempre
van a ser interpretaciones de algo que observamos.
Si nos adentramos en mi historia personal, mi madre tomó la
determinación –a partir de una particular manera de observar el mundo y
observarse a sí misma– de que no podía hacerse cargo de mí. A raíz de esto
declaró: “Doy en adopción a esta hija”, y procedió a la acción, buscando una
familia que pudiera recibirme y darme lo que ella me hubiera dado si hubiera
podido hacerlo. Pero su mundo interpretativo, su modo de dar sentido al
acontecer, hizo que no viera otra posibilidad y fue así como me entregó.
Ahora bien, ¿es eso abandono? Seguro que no, es más bien un acto de
entrega, de valentía, porque hay que tener coraje para desprenderse de un hijo.
¿Qué me hizo vivir el abandono a mí? La interpretación que pude
hacer de ese hecho, la historia que me pude contar. Los seres humanos
necesitamos generar narrativas, nos constituimos a partir del lenguaje, damos
sentido a nuestra existencia sobre la base del lenguaje.
Cuando en mi investigación fui a buscar los hechos que dieran cuenta
de eso que yo observaba como “abandono”, no encontré los fundamentos, es
decir, no fui dejada en la puerta de una iglesia, no me encontraron en un
basural; eso no sucedió…
Ahora, ese observador que se gestó en mí, fue influenciado por el
mundo donde me crié, el sistema al que pertenecí, donde surgieron frases tales
como: “ellos no te quisieron”, “a ellos no les importo”, que generaron y
reforzaron esa sensación de abandono. Quizá mis padres desde la ignorancia,
desde sus propios miedos, de la torpeza, o la sobreprotección, decían esas
frases, sin saber lo que ellas implicaban para mí, cuánto calaban en mi ser.
Así se fue alimentando mi miedo, mis inseguridades y fui formando
una estructura, una forma de estar siendo en el mundo. Ahí aprendí a
protegerme, a cerrarme, a exigirme para hacer las cosas bien, a buscar la
perfección para que día a día se renovara el contrato de que ellos no me iban a
dejar.
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3. En búsqueda de la otra orilla, el opuesto
Cuando indagué en mí y me pregunté, ¿cuál es el opuesto al miedo del
abandono? Me apareció el AMOR, y hoy puedo decir que lo que más me hace
sentido es la valentía del amor, o la valentía del amar.
Cuando hacía referencia a que el miedo también me impulsó a tomar
acciones, entre ellas puedo contar que en este tiempo también estuve muy
cerca en búsqueda de mis orígenes, una misión con la que en realidad empecé
a conectarme desde chica. Allá por la adolescencia buscaba saber quién era, de
dónde venía. Me preguntaba si estos no son mis padres biológicos ¿quiénes
son?, ¿de dónde vienen?, ¿donde están mis antepasados?, ¿cuál es mi linaje?
Y en este momento de mi vida me he podido conectar a fondo con ello.
Hallé a mi madre biológica, hablé con ella, nos contamos algo de nuestras
vidas… Con mi padre fue imposible, porque ya no estaba en este mundo,
aunque de él alcancé a recabar información.
Siguiendo la línea de mi madre, fui un poco más allá. Tras la pregunta
ortogonal de Alicia: ¿qué hacía tu abuela?, me surgió la inquietud de ahondar
mi búsqueda. Esta inquietud me llevó a visitar el pueblo donde se radicó mi
bisabuelo: Juan Ivan Benigar. Un lugar situado en la provincia de Neuquén,
Aluminé, donde él vivió.
Visité ese lugar. Fue un momento tan hermoso, tan profundo, tan
conmovedor por lo que allí encontré. Vi su casa, las ruinas de lo que había
sido su hogar. Él, croata, hombre que dejó su país, que abandonó su tierra en
búsqueda quizá de su misión. Había escuchado a un sabio alemán que
presagiaba que los indígenas se extinguirían y fue ahí cuando partió de su
tierra natal allá por 1908.
Abandonó su familia, su tierra, solo llego a este lado del mundo con
sus estudios de ingeniero civil y con el objetivo de cumplir, quizá, con su
misión: el ¿para qué estoy en este mundo? Emprendió aquí una campaña, su
empresa, su misión… Se casó con una indígena de nombre Eufemia
Sheipukiñ. Con ella tuvo once hijos. Una de ellas fue mi abuela: Elena
Kallvuray. De ella nació mi madre y luego yo… El día que visité ese lugar,
buscando reconstruir parte de mi historia, pensé: “¡Que valiente que fue mi
bisabuelo!, ¡qué coraje!, ¡qué convicción! Dejó su tierra natal, dejó a sus
padres, hermanos, su Europa, para cumplir con su misión…. Esta reflexión me
llevó a conectarme con la “valentía del amor”. Solo un valiente puede hacer
este camino….
Y aquí vuelvo a unir a mi historia. Solo la valentía de una mujer de
entregar a su hija hizo que pudiera realizarlo. Solo la valentía de unos nuevos
padres de poder amar a una persona que no es hija propia, como si lo fuera,
eso es la valentía del amor. Solo la valentía del amor me permitió a mí
reconstruir mi historia, resignificarla, mirarla desde el otro lado del puente,
donde lo que se ve no es igual. El opuesto al miedo al abandono para mi
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observador es la “VALENTÍA DEL AMOR”.
Quiero compartir con ustedes un escrito que encontré cuando visité
Aluminé. Esto ocurrió unos días antes de finalizar el programa del avanzado.
Cuando leí lo que voy a compartir, una tremenda emoción me invadió. El texto
tiene que ver con las palabras que mí bisabuelo escribiera a su primera esposa,
mi bisabuela, cuando ella abandonó este mundo. Entiendo que lo que está
escrito, lo es desde el más profundo sentimiento que la pérdida, la sensación
del abandono, lo ha llevado a escribir:
Pero no importa, Sheipukin. La “vida es sufrimiento”, dijo el más
grande de los sabios de los últimos siglos. Si la vida es sufrimiento,
sufrimiento sagrado, sufrimiento purificador. El fuego que todo lo purifica. Si
así no fuese, no valdría la pena vivirla.
Ya pasará también este sufrimiento como pasa todo. Volveremos a
juntarnos, a unirnos en un abrazo interminable. Primero en el mundo de las
sombras, después aquí mismo, en esta Araucanía. Eso será cuando el pueblo
de la Araucanía sea uno de los más felices de la tierra. Tú contribuiste a su
felicidad ayudándome a mí, para ayudarle. Ambos sufrimos por él, porque por
bregar por su felicidad, no pude darte riquezas. Pero con poco te conformabas.
Por eso, en pago de nuestros sufrimientos, volveremos a nacer aquí. Y
yo te enamoraré de nuevo y seremos felices. Tú volverás a tender los pellejos
ovejunos sobre el seno benigno de nuestra madre tierra. Ahí dormiremos otra
vez juntos, abrazaditos en un amor sin fin. Al apuntar el día y a cualquier hora,
volverás tú a cantar tayil tras tayil. Y yo te escuchare con pía devoción porque
habré comprendido aún mejor la lengua de nuestros dioses, los dioses indios.
Sí, otra vez nos juntaremos aquí, en esta patria nuestra, patria –del
indio, santificada por tu presencia. ¡Qué felices seremos otra vez, Sheipukin,
india mía!
Juan I. Benigar
4. Volviendo a mi centro
He caminado en mi búsqueda interior, he escuchado a mi alma sedienta
de amor que ha vivido un acto de entrega como abandono. Me he conectado
con mis emociones más básicas, me he conectado con el miedo, la angustia, la
ansiedad, por vivenciar esa experiencia desde el lugar de inseguridad que vivía
mi vida. He compartido experiencias con otros, he podido ver que transitamos
caminos similares con otras historias, pero compartiendo desgarros. En otras
lecturas me he identificado, por ejemplo, con la soledad. Mi miedo al
abandono me ha llevado a habitar el espacio de la soledad. En muchos
momentos de mi vida he preferido estar sola para que nadie pudiera dejarme,
no elegirme…
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III. Otras miradas
1. Desde las constelaciones familiares
En mi biblioteca hallé un libro de constelaciones familiares
(Constelaciones Familiares para personas, familias y naciones de John L.
Payne),2 Algo de mi intuición me hizo tomarlo, hojearlo y allí encontré las
siguientes líneas que me parecieron interesantes tenerlas en cuenta para mi
trabajo: “…las parejas que adoptan niños lo hacen por sus propias razones y
no por las razones del niño” (Payne, 2007).
Yo no sería tan categórica en decir esto. Pareciera ser que desde una
mirada de enfoque único se justificara la adopción. Opino que a veces se
pueden dar otras situaciones, donde se pone el énfasis en el niño, en las
propias razones de ese ser y acá tengo como ejemplo mi propia familia, el
núcleo donde me crié.
Mi familia estaba constituida en aquel momento por cuatro miembros:
mi mamá, mi papá, mi hermano y yo. Esto que cuento sucedió un día cuando
yo tenía alrededor de los 12 años, mi madre había ido a visitar a unos
familiares de ella y cuando regresó me contó que una prima suya estaba dando
en adopción a una hija que tenía. Mi madre estaba preocupada por dónde
podría ir a llegar a parar esa criatura, a quién iba ser dada. En ese instante le
dije a mi madre: “Entonces traigámosla con nosotros, que venga a nuestra
familia”. Yo no sé si esa frase ayudó a inclinar la balanza para que mi hermana
luego llegara a nuestra familia, quizá sí, quizá mi madre encontró en mí una
aliada para traerla a nuestro hogar. Entonces, ¿vale decir en este caso que las
razones de la adopción están focalizadas en las razones de las parejas? Creo
que no, creo que este caso se centra en velar por la niña.
Otra frase que me llamó la atención en este libro fue la siguiente:
“Además, muchos padres adoptivos no honran y respetan como se debe a los
padres biológicos, y esto tiene un impacto negativo en el niño adoptado”
(Payne, 2007). En esta frase puedo acordar en el sentido de que yo no sentía
que mis padres adoptivos honraran a mis padres biológicos; al contrario, ellos
hablaban, de una manera despectiva cuando emitían alguna opinión, diciendo
frases tales como: “ellos no te quisieron”, “ellos te dejaron a vos, nunca se
acordaron de vos”, “a ellos no les importó…”, palabras que recuerdo y que
además en lo emocional afectaban seguramente mi crecimiento, mi desarrollo
de la personalidad.
También creo que esas frases me llevaron a lo largo de mi vida a saber
de dónde venía, me generaron quizá más inquietud en cuanto a saber sobre mi
familia de origen, probablemente en el anhelo de averiguar si aquello que me
contaban era así de cierto.
Y a la vez me pregunto, ¿se puede honrar cuando subyace el miedo?
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No quiero justificar a mis padres, solo me limito a poner signos de pregunta
desde una interpretación que hago de que mis padres decían aquellas frases a
partir de sus propios miedos, miedos quizás a que yo los dejara de querer, que
quisiera irme de ese hogar.
Otro párrafo del mismo libro:
Cuando un niño es ofrecido en adopción, es casi como si se matara una
parte del niño; algo se pierde en el proceso. Nuestra madre es el origen del
amor: ella nos lleva en su cuerpo, nos nutre, nos da sustento con sus pechos…
ella es, en esencia, nuestra primera experiencia del amor y de la intimidad, y
como hijos tenemos permiso para entrar en esos espacios íntimos. Cuando a un
niño se le niega esa experiencia al ser adoptado, no importa lo mucho que los
padres adoptivos puedan querer a su nuevo hijo, la intimidad ha muerto,
dificultando a los niños adoptivos encontrar su lugar, no solo dentro de sí
mismos, sino también en el mundo y con los demás. La esperanza del niño
sólo puede sobrevivir cuando los padres adoptivos son capaces de honrar
plenamente a los padres biológicos por el gran don que les han concedido.
(Payne, 2007)
De acá puedo decir que me ha costado tener el sentido de pertenencia.
En un tiempo no sentía que la casa de mis padres fuera mi casa, para mí era la
casa de ellos. Es raro, pero muchas veces hace ya veinte años que vivo fuera
de la casa de mis padres y muchas veces he soñado que tengo casa. Sueño que
pasan cosas que me hacen perder mi hogar, mi lugar en el mundo, sueño que
estoy en la calle sin hogar. Y esto ha sido interesante para mí: ver qué pasó
con el origen de mi llegada al mundo, con la sensación de no pertenencia y mi
hogar que sueño que lo pierdo.
Otra cita del libro:
En el trabajo con personas que han sido adoptadas, se suele observar
que aún conservan el sueño de que su madre vuelva algún día, lo cual puede
llevarles a buscar a la madre, o al padre, a través de otras relaciones. Es muy
importante que el niño adoptivo se sienta conectado con sus raíces y con su
cultura de origen, pero también es importante para ellos liberarse de este sueño
para que puedan vivir plenamente la vida. (Payne, 2007)
Desde mi adolescencia comencé mi investigación sobre mi origen.
Quería saber de dónde venía, cuáles eran mis raíces, cuál era mi sangre. Eso
me daba sensación de identidad, el saber de dónde venía. Esta inquietud me
llevó a interesarme en partes de mi vida, a la vez que también me di cuenta de
que en un momento de mi existencia me encontraba con una barrera que no
podía atravesar, y esa barrera era la del enojo. Detrás del miedo había mucha
rabia, mucho enojo. Solo cuando pude manifestar mi enojo y comenzar a
observar de un modo diferente, transformar mi observador, poder perdonar a
quienes me dejaron, perdonar a quienes me ocultaron la verdad de mi origen y
a perdóname a mí misma por no haberme aceptado durante tanto tiempo, por
haberme victimizado tanto tiempo, fue ahí cuando pude trascender y realizar el
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puente que me llevó desde el miedo al abandono hacia la valentía del amor. El
perdón ha sido uno de mis aliados que me ayudaron a realizar el camino. Todo
esto lo aprendí en la formación como coach ontológico y profundicé mi
aprendizaje, mi transformación en el programa del avanzado.
Pude salir de la resignación a la aceptación, de la víctima a la
protagonista, del miedo a la confianza, del odio al amor.
2. Desde la psicología
Avanzando en mi búsqueda de textos que se relacionaran con mi tema,
encontré el siguiente que habla de la entrega y de dos miedos fundamentales:
el miedo al abandono y a la invasión:
Llegar al bienestar de la intensa conexión que da la verdadera entrega
inaugura la posibilidad de la pérdida de ese bienestar y así aparece el miedo.
Este temor se representa en dos miedos básicos que aparecen en las relaciones
íntimas: el miedo al abandono y a la invasión. Son temores que traemos desde
nuestras primeras relaciones significativas y que la vida de pareja actualiza y
aviva.
La personalidad puede ser vista como un intento de defendernos del
dolor del abandono o del temor a la invasión. Es una construcción que crea
estrategias para ser queridos o para no ser invadidos según sea el caso. Pero
esa personalidad es una coraza defensiva que nos aleja de lo que sentimos, de
nuestras necesidades, en definitiva, de nuestro ser. (Salinas y Bucay)
Leyendo el texto puedo encontrar en mi vida esa sensación de no
entregarme por completo y que detrás de ello estaba escondido el miedo a que
luego el otro me dejara, me abandonara y yo me quedarae sola, llorando la
soledad.
Algunas personas me han dicho que marco límites, que soy un poco
distante, que genero una coraza de protección, y que cuando me conocen más
pueden cambiar ese juicio, esa sensación. Con la interpretación de las
experiencias y los aprendizajes que fui logrando, entre otras cosas profundicé
en ir creando mis propias corazas desde donde yo me podía proteger para no
sufrir, para no vivir otra vez esa experiencia de abandono. Hoy puedo vivir las
situaciones desde otro lugar, porque le he dado otro sentido, he elaborado otra
interpretación.
Otro párrafo del texto citado antes:
El miedo al abandono es tan profundo, genera tanta ansiedad, que a
veces puede elegirse la soledad antes que someterse a él. Cuando los sufrimos
no queremos separarnos del otro y solemos reclamar por su lejanía y su falta
de entrega demostrando lo entregados que estamos nosotros, sin embargo,
muchas veces no hay una verdadera entrega por parte de quien teme ser
abandonado. Los movimientos de acercamiento hacia el otro no siempre son
sinónimos de entrega. Cuando se intenta poseer, prevenir o directamente
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invadir no hay entrega verdadera al otro, hay entrega cuando se acepta lo que
hay. (Salinas y Bucay)
La ansiedad como emoción ha sido otra emoción que me ha
acompañado en mi vida. Tengo muchos recuerdos de vivir con ansiedad, y
ahora puedo comprender que ella estaba generada por esa interpretación de mi
miedo a que mi pareja no estuviese, a que nuevamente me dejara.
Cito aquí del mismo libro mencionado: “En cuanto al miedo al
abandono se hace necesario desarrollar la confianza y la capacidad de espera,
confiando que el otro estará allí. En el fondo del miedo al abandono está la
sensación de no ser querida como uno necesita, de no ser valorada.”
Está claro que cuando tengo miedo no tengo confianza porque no se
qué va a pasar, no sé si mi pareja se va a quedar a mi lado. Pero la confianza
no es más que otro juicio que hacemos los seres humanos, y desde el coaching
ontológico un juicio a su vez sustentado en otros tres: la responsabilidad, la
competencia, la sinceridad. Las posibilidades que se abren a partir de vivir en
un espacio de confianza son mayores que aquellas que podemos abrir viviendo
desde el miedo. Ha sido un trabajo que me ha llevado su tiempo y que su
resultado me permite ahora confiar en no experimenatr la sensación de
abandono, esa de me van a deja, porque todo depende de cómo interprete cada
situación, cada momento, cada llegada y partida de otro ser. La vida es
movimiento, hay aperturas y cierres. Antes sufría, ahora los celebro.
3. Desde la bioenergética
Cito a Alexander Lowen:
Casi todas las personas tienen algún temor al abandono que procede de
experiencias infantiles. En la mayoría de los casos, ese temor, equivalente a un
pánico, no se percibe conscientemente a causa de que está bloqueado por la
rigidez de la caja torácica. Restringiendo al mínimo la respiración uno puede
mantenerse por encima del sentimiento de pánico, pero este tipo de respiración
corta a la vez todo sentimiento y deja al individuo vacío e insatisfecho. […] el
motivo de la dificultad para respirar es que los músculos de la caja torácica se
han contraído por el temor al abandono. Se crea así un círculo vicioso:
Temor al rechazo o abandono → dificultad para respirar → respiración
superficial → pánico cuando se respira profundo.
El individuo se ve forzado a vivir en la superficie desde el punto de
vista emocional. En ese plano puede soterrar el sentimiento de pánico, pero
esa manera de vivir, en apariencia segura, es una especie de muerte. No
obstante, es este mecanismo el que mantienen vivo el temor al abandono. Si
uno atraviesa el temor respirando, llorará profundamente y se dará cuenta de
que dicho temor es un remanente del pasado. (Lowen: 104-105)
El observador que somos se conjuga en tres dominios básicos: la
emocionalidad, el lenguaje y el cuerpo; de la intersección de estos tres
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dominios surge una particular coherencia.
Si nos podemos observar cuando estamos relajados disfrutando,
nuestra respiración es más tranquila y relajada, podemos llevar más aire a
nuestro cuerpo, pero cuando vivimos una situación de miedo, pánico, la
respiración se acelera, es más corta. Y nuestro cuerpo da cuenta de ello, y el
poder darme cuenta nos abre la posibilidad de cambiar la respiración, llevando
más aire que oxigena el cuerpo.
Cuando comencé a trabajar con mi cuerpo, pude tener la vivencia,
darme cuenta de ello. Mi respiración era absolutamente superficial, tomaba
poco aire. El aire nos nutre, nos da vida. Darme cuenta de esto fue interesante
porque me permitió ir logrando un aprendizaje corporal, al realizar ejercicios
que me permitían expandir mi respiración, llevar más aire a mi cuerpo.
Cuando me entrego a la vida, cuando me entrego al vivir, puedo comenzar a
respirar y conectarme más aún. Me siento más presente, puedo enraizarme más
en este mundo, en el aquí y ahora.
El miedo al abandono muchas veces hizo que me abandonase a mí
misma. Hubo momentos en los que me desconectaba, me desconectaba del
sentir, me desconectaba de lo que estába pasando, y es así como todo se
relaciona, como he vivido el ciclo: la desconexión ayuda a que la entrega total
no se produzca, dado que si me entrego por completo una de las posibilidades
que puede ocurrir es que aparezca el miedo al abandono, lo cual me lleva a
marcar distancia corporales. He creado mis corazas que me protegen como las
murallas al castillo, afortunadamente puedo ir abriendo nuevos espacios a
partir de la confianza, puedo ir generando un nuevo mundo donde sea posible
vivir en completitud.
IV. El carácter unitario
El miedo al abandono ha sido la emoción y el juicio que han estado
detrás de otros juicios tales como “yo puedo sola”, “no necesito pedir ayuda”,
“soy fuerte”, todo ello en pos de no experimentar el abandono de mi pareja.
Entonces corría a satisfacer las necesidades del otro (de mi pareja), hacía cosas
para que él me aceptar y quisiera. Mi discurso era que si muestro lo buena que
soy, él me iría a querer aún mas. ¿Qué hacer para que él me elija?
V. El nuevo puerto
1. ¿Cuál es mi necesidad? ¿Qué necesito para dejar este miedo
atrás?
Como lo dije en unos párrafos antes, para dejar este miedo atrás
necesité reinterpretar la historia, cambiar mi observador, comenzar a mirar la
otra parte del vaso: la que está llena. Necesité aprender a confiar en mí misma,
en que podía estar sin ese miedo, o estar aún con ese miedo porque también
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somos a partir de nuestros miedos, podemos convivir con ellos, puedo tenerlo
de aliado. Saber que si alguien se va de mi lado, no es porque me abandone,
simplemente se va. Pensar, sentir que me abandonaban tenía que ver
simplemente con una interpretación que hacía. Hoy puedo hacer otras
interpretaciones; por ejemplo, que no importa cuán lejos esté ese otro que no
está ahora a mi lado, sé que está a mi lado.
Necesité conectarme con mi enojo y permitir que apareciera. Pude
expresar mis enojos en un ámbito adecuado con gente que podía ayudarme y
quererme a pesar de mis enojos.
Necesité conectarme con el perdón y aceptar el amor como lo más
grande que nos puede suceder. Si no nos amamos a nosotros mismos no
podemos amar a otros, ¿Cómo podré amar si antes no me amo? ¿Cómo podré
respetar si antes no me respeto? ¿Cómo podre estar con mi pareja si antes no
pude estar conmigo misma? ¿Cómo podré perdonar si antes no me perdono
?
2. Trascender la experiencia. Un nuevo cuento
Hoy puedo contarles que me siento una persona afortunada, afortunada
por el hecho de vivir, de poder construir mi vida junto a otros. En mi vida tuve
momentos muy fuertes que me ayudaron a ser quien soy hoy. Quiero contarles
además que tengo una familia de origen muy afortunada: ellos me eligieron,
me recibieron cuando llegué a este mundo, me cobijaron, dieron calor,
alimento, educación y, sobre todo, una gran dosis de amor.
De la experiencia de vivir con mi familia puedo decirles que fui
creando mi propio camino, un camino que me ha llevado a conocer gente,
lugares, escuchar historias de otros, compartir la experiencia que a veces nos
produce los mismos desgarros. Hoy puedo mirarme y mirar a los otros con una
mirada más compasiva, más contemplativa, más comprensiva, más amorosa,
porque en cada uno de los ojos que encuentro en el camino de mi vida puedo
ver que una parte mía se refleja en ellos.
En algunos veo mis luces y en otros veo mis sombras, en algunos veo
el amor, en otros el miedo, en otros la alegría, en otros la tristeza, en otros el
abandono, en otros la entrega, en unos la confianza, en otros la inseguridad y
así podría seguir con una larga lista de juicios que hago cuando veo a las
personas…. Casi les diría que cada uno de ellos me toca en el alma…. Con
cada uno me conecto desde algún punto.
Esto lo pude realizar a partir de conectarme con el otro lado del puente.
En una orilla está el miedo al abandono y cruzando el puente: la VALENTÍA
DEL AMOR. Los aliados necesarios para ello fueron expresar el enojo, el
perdón hacia otros y hacia mí misma.
3. Los ritos que necesito para desembarcar en la otra orilla
30
Los rituales han formado parte de la historia de la humanidad. En
muchas comunidades podemos observar cómo se han realizado ritos por
nacimientos, casamientos, muertes, por las estaciones del año, a la madre
tierra, la danza del fuego, etc. De alguna manera nos han servido para anclar
experiencias, por ello me pareció interesante también marcar un ritual donde
quede el ancla en mi ser de haber trascendido la experiencia.
Para ello he escogido una música, he marcado un círculo, dado que el
círculo es el símbolo del constante cierre y apertura, de los ciclos. Es más, este
círculo no es cualquiera, lo he representado con la serpiente que se come la
cola, y dentro de este círculo me he entregado a danzar una nueva danza de
celebración por lo que quedó atrás, y por la bienvenida a lo nuevo, a lo que
viene: la celebración de la vida en constante movimiento.
Para cerrar este trabajo quiero compartir un escrito que encontré sobre
el amor:
“La fuente del amor está en lo profundo de nosotros, y podemos
ayudar a otros a sentirse muy felices. Una palabra, una acción o un
pensamiento pueden reducir el sufrimiento de otra persona y traerle alegría.
Una palabra puede aportar comodidad y confianza, destruir la duda, ayudar a
alguien a evitar un error, reconciliar un conflicto o abrir la puerta de la
liberación. Una acción puede salvar la vida de la persona o ayudarle a
aprovechar una oportunidad única. Un pensamiento puede hacer lo mismo,
porque los pensamientos siempre conducen a palabras y acciones. Si el amor
está en nuestro corazón, cada pensamiento, palabra y hecho puede producir
un milagro. Como la comprensión es el fundamento mismo del amor, las
palabras y acciones que emergen de nuestro amor siempre son de ayuda”.
Thich Naht Hanh
Espacio de agradecimiento
Agradezco a mis maestros:
Dr. Rafael Echeverría, por su enseñanza y la pasión en su tarea, y por
invitarnos a filosofar sin ser filósofos.
A Alicia Pizarro por su inmenso amor.
A mis coaches del programa avanzado: Ana Murillo, coach del
proceso, y Soledad Valenzuela, quien estuvo acompañándome en este trabajo
de investigación.
A mi coach del programa ABC, Roberto Sanvido.
A mi comunidad que me sostuvo cuando me veían caer, generando esa
confianza que necesité.
A toda la gran comunidad que fue el avanzado 2010-2011.
A los coaches que estuvieron siendo partícipes de la experiencia en
general.
A Runa Terren por su biodanza.
A Alberto Wang y Silvina Henríquez por su invitación a explorar la
31
corporalidad a través de la bioenergética.
Bibliografía
Lowen, Alexander. El gozo. Editorial Era Naciente.
Payne, John. Constelaciones familiares para personas, familias y
naciones, Ediciones Obelisco, 2007.
Salinas, Silvia y Bucay, Jorge. Amarse con los ojos abiertos.
NOTAS
1. Modelo OSAR. Para profundizar, ver El observador y su mundo
Vol. I del Dr. Rafael Echeverría.
2. Constelaciones familiares para personas, familias y naciones, John
Payne, Ediciones Obelisco, 1º edición, 2007.
32
El dolor del enojo
Alejandra Molina
Haciendo el ejercicio reflexivo para el proyecto de investigación en la
Primer Conferencia en Chile, me costaba pensar en ponerle un título a mi
trabajo de investigación. Al verlo hoy, me doy cuenta de que puse ahí,
particularmente en la pregunta ¿cuáles son tus vicios más destacados?: “mis
momentos repentinos de mal humor, mis enojos. Es algo que no me gusta de
mí y que además sé que a mi entorno directo (esposo e hijos) les afecta…”
A partir de esta reflexión y volviendo al recorrido de mi historia,
empecé a asociar momentos de miedos grabados en mi memoria. Muchos eran
a raíz de las peleas de mis padres y los gritos que las acompñaban. Es algo que
hoy todavía cerrando los ojos escucho. Sentía miedo, las reacciones de mi
papá eran desmedidas: tiraba platos, gritaba, golpeaba cosas.
Las consecuencias que hoy veo de esto han sido muy variadas. Por un
lado, por mucho tiempo le tuve miedo a mi papá. Con él se podía hablar si
veíamos que estaba de buen humor. Le otorgábamos una autoridad basada en
el temor a que se enojara. Era un respeto absoluto y admiración en un montón
de cosas. Sin duda él fue un modelo importante en mi vida. Siempre me he
visto muy parecida a mi papá, desde el carácter fuerte, pero además en lo
decidida, mi empuje, mis ganas de hacer.
Ese mal humor que se vivía en lo familiar, creo que hizo que yo
aprendiera a no demostrar mis miedos y a casi no llorar. Y escribo esto de no
llorar porque cuando comencé el programa ABC, trabajando con mi coach
comentábamos lo sensibilizada que estaba: lloraba por todo. Y recordé que de
chica, cuando recién nací, me contaban que lloraba mucho y hasta los cuatro o
cinco años me cargaban y me decían “la llorona”. Pero algo pasó que no
recuerdo bien, pero dejé de llorar, o por lo menos no lloraba tanto. Sin
embargo, esto volvió a mi memoria. Ahora estoy muy sensibilizada: con lo
alegre y con lo triste lloro como creo que hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Desde que comencé a trabajar conmigo en autoexplorarme e indagar en
mi sistema familiar, cuando comencé el ABC, he estado buscando entender lo
que pasaba en mi casa de niña. Entender por qué podía haber momentos de
mucha felicidad y otros de miedo, y todo dependía del humor con el que
estuviera mi papá… Y siento que esta modalidad también hoy afecta mi
dinámica familiar y me afecta mucho a mí. Siento que no me puedo
desprender de ese mal humor que aprendí tan fácilmente. Siento que esto es
algo que me acompaña.
Me veo en mis momentos de mal humor cambiando la emocionalidad
de mi familia actual. Un humor sin violencia como la que yo experimentaba de
chica, pero que no me agrada porque muchas veces es un mal humor
injustificado. Es como estar enojada sin saber el porqué.
Y la peor de estas consecuencias, la que hoy evalúo como más
33
importante para mí, es que en cierta medida, con gritos y mal humor (muchas
veces sin saber por qué), replico ese modelo en mi vida… Tal vez aquí
muestro esa misma autoridad que mostraba mi padre y al sentirme en el rol de
educadora de mis hijos me muestro en el mismo lugar en el que yo veía a mi
padre. Pero cuando me veo así no me gusta, me duele. Pienso lo que esto
puede significar para mis hijos. Me duele la idea de pensar que ellos pueden
llegar a tener ese miedo que sentía yo y que además sea un modelo que
repliquen tal como yo lo estoy haciendo.
Me costó mucho empezar a escribir sobre esto, porque sentía que
estaba resaltando las cosas negativas de mi padre. Hoy siento que hay muchas
positivas en él, de las cuales también tengo algunas incorporadas en mí. Pero
asimismo siento que mi deseo más grande es cambiar las modalidades que me
afectan y, por sobre todo, no transmitir en mis hijos esto que a mi tanto me
dolió….
Si pienso en qué diferencia quiero que haga esta investigación, qué
aporte espero, sin duda es vivir en paz con los enojos aprendidos y no
replicarlos en vida presente ni futura. Amo a mis hijos y apuesto a que los
vínculos que genere con ellos sean espacios de disfrute y libres de temores.
es vivir en paz con el enojo de mi padre y quitarme ese modelo de
encima, cambiar para convertirme en la persona que yo quiero ser. Amo a mis
hijos y mi apuesta es a que los vínculos que genere con ellos sean espacios de
disfrute, de amor sin temores.
I. Desde la mirada metafísica
A partir de adherir fuertemente a la opción ontológica, me cuesta
reflexionar sobre esta opción metafísica. Aunque claramente está presente en
muchos de mis pensamientos, ya que forma parte de mi historia.
La reflexión que podría hacer desde la mirada metafísica sería aceptar
que somos de una forma determinada, que solo me queda convivir con ella y
que los demás la soporten, es decir, resignarme a mi enojo y ni siquiera me
preocuparía por averiguar de dónde viene y para qué me sirve.
Acceder tan solo a justificaciones que logren dar cuenta de cómo son
las cosas y seguir acentuando esas diferencias con los demás. Sin duda
creyendo que esta es la única forma, la verdadera. El resultado sería
resignarme a mi enojo, aceptar que “así soy” y que no hay posibilidad de
cambiarlo.
II. Desde la mirada ontológica
Esta reflexión es la que quiero hoy para mi vida, en lo personal y en lo
profesional.
Desde esta opción puedo ser:
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capaz de observar mis emociones en diferentes dominios y
circunstancias para poder cambiarlas e intervenir en el diseño de ellas.
capaz de tener interpretaciones nuevas más poderosas sobre mí y sobre
mi entorno. Entender mi historia y diseñar mi futuro.
buscar en mis experiencias las respuestas que necesito a las muchas
preguntas que me hago sobre mi tema de investigación.
descubrir maneras diferentes que me conduzcan a cumplir mis
aspiraciones.
·comprender a cada miembro de mi familia de origen como
observadores diferentes, con una historia y con sus interpretaciones sobre ella,
y cómo ese sistema me ha condicionado en mis comportamientos.
Esto será una clave muy poderosa en mi vida para entender lo que
siento y lo que hago y cómo intervenir en eso para ser feliz y también
contribuir al bienestar de los que me rodean. Todo esto siento que es lo que
más me moviliza a intervenir en este tema que me he propuesto trabajar.
Las preguntas que me gustaría responder a través de mi investigación
son:
¿Qué es el enojo?, ¿cuándo nació?, ¿para qué me sirve?, ¿es necesario
en mí?, ¿qué me genera ese enojo?, ¿cuándo y dónde lo aprendí?, ¿qué
esconde?, ¿qué más hay en mi enojo: miedo, tristeza, fuerza?, ¿es conmigo o
contra mí misma ese enojo?, ¿o es contra mi papá?, ¿se justifica el enojo en
alguna situación?, ¿cómo lo controlo?, ¿cómo lo evito?, ¿por qué me duele
sentir enojo?, ¿cuál es la contracara de del enojo: la paciencia, la tolerancia, tal
vez?, ¿es el enojo en mí un camino a la acción?, ¿me da fuerza en algún
sentido?, ¿qué haría si no lo tuviera, si no sintiera enojo?
III. Mis experiencias de vida
Reconozco EL ENOJO en mi cuerpo cuando me siento con una
respiración agitada, mi mandíbula está apretada. Muchas veces ese enojo solo
me tensa corporalmente, y algunas otras sale en forma de grito. Siento que mi
corazón late muy fuerte…
Recuerdo cuando era chica, tendría seis o siete años, que mi papá nos
retó a mis hermanas y a mí. Nos estábamos peleando entre nosotras y él se
puso furioso, desmedidamente furioso y nos pegó a las tres un cachetazo. Yo
estaba parada frente a la mesa de la cocina, y del impacto del cachetazo me
golpeé la ceja con la mesa y se me hizo un tajo. Siempre recuerdo ese
momento porque mi abuela se enojó mucho con mi papá. Yo también me
enojé con él, pero no fue un enojo demostrado, verbalizado, no podía decirlo,
era una niña. Y siento que mis enojos se vienen guardando desde entonces.
Lo que pasaba conmigo: claramente sentía miedo en este tipo de
situaciones. Por lo general, lloraba en silencio. Yo creo que en mi cuerpo
sentía como si las piernas me temblaran suavemente.
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Otra reacción de ira que recuerdo de mi papá es una vez que él estaba
durmiendo la siesta. Había trabajado de noche, yo tenía siete años y
jugábamos con mis hermanas con un colchón en el living. Nos reíamos y
hacíamos ruido. En un momento me fui al baño y cuando estaba ahí escucho
los gritos de mi papá que retaba a mis hermanas. Se había levantado furioso
porque no lo dejábamos dormir. De repente entra al baño y me pega. Tenía
tanto miedo que tardé un rato en salir esperando que se le pasara el enojo. No
podía dejar de llorar y a su vez me enojaba la situación. Solo éramos unas
niñas que jugaban.
Recuerdo a mi papá en muchas ocasiones peleando con mi mamá por
temas económicos: eran gritos descontrolados. Tiraba cosas. Si estábamos en
la mesa tiraba los platos en la pileta. Es algo que presencié en muchas
ocasiones. Mi mamá a veces lloraba, otras no decía nada, no lo enfrentaba.
Yo me quedaba callada sin moverme. Sentía miedo, tristeza, rabia, una
rabia que me hacia doler el estómago y llorar…
A los 15 años tuve una discusión fuerte con mi mamá. Ella no quería
que me juntara con una amiga. Y recuerdo que le grité mucho, le dije que no
quería que se metiera en mi vida, y ella me pegó un cachetazo. Sentí en mi
madre mucho enojo contra mí y el mío se parecía mucho al de mi papá…
Era un enojo desmedido el mío, hasta creo que mi mamá esperaba que
reaccionara de alguna manera. Tenía acelerado el ritmo cardíaco y el cuerpo
rígido y mi rostro mostraba ese enojo, esa rabia. Mi mamá es una persona que
admiro, pero siempre he visto que no podía con la autoridad de mi papá. En mi
adolescencia buscaba rebelarme, lo que me hacía perder la noción de autoridad
de parte de mi mamá. Cuando mi papá se enojaba con ella y le decía algo
delante de mío, no podía entender cómo no le contestaba. Y creo que esto me
llevaba a provocarla a ella, esperaba que reaccionara, que me mostrara que ella
también era una autoridad en esa casa. Nos cuidaba, se ocupaba del colegio, de
la comida, de nuestras enfermedades, tenía para mí una autoridad moral
indiscutible, pero claro, no la mostraba como papá….
Muchas veces me quedo callada ante algo que me enoja, salvo que
reciba de alguien alguna agresión que yo sienta que afecta mi dignidad. No
soy por lo general una persona de confrontarse con otros u otras. Tampoco
suelo enojarme con gente que no me importa, tiendo a evitar a gente que tiene
actitudes que yo evalúo como negativas. Suelo ponerme de muy mal humor y
no hablo. El no gritar ni hablar suele pasarme con gente ajena a mi entorno
familiar
Mis enojos claramente, y que son los que me duelen, son más como un
sentimiento de impotencia cuando mis hijos no me obedecen. Y lo veo ligado
a mí como un patrón aprendido durante mi infancia. Como he dicho, mi papá
fue bastante rígido, había que obedecerle, incluso mi mamá solía ponerlo en el
lugar de la máxima autoridad. Muchas veces nos decía: “Ya van a ver cuando
venga papá” o “de esto es mejor que no se entere papá”.
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Con mis hijos cuando no me hacen caso los reto, los mando en
penitencia, les prohíbo que vean televisión o que no jueguen con los jueguitos
electrónicos, o no les dejo ir a casa de sus amigos o les prohíbo invitar amigos
a la casa.. Muchas veces los mando al baño a los dos juntos a pensar cuando se
pelean y les digo que me llamen cuando ya pensaron cómo se van a comportar.
En otras ocasiones les grito desmedidamente, ahí es cuando siento que
no tengo más paciencia. Se me acelera el corazón y me contengo como si me
atara a mí misma para no pegarles. Me duele la garganta de tanto gritar. Y aquí
es donde menos me gusta como actúo y me pregunto cómo puedo irritarme
tanto. Por eso hoy percibo como si estuviera repitiendo ese modelo familiar
que viví.
Creo que poner límite no está mal con mis hijos, lo que me cuestiono
es la forma, porque la penitencia no me parece terrible al privarlo de cosas, el
tema es cómo se los digo. Me gustaría decirles lo mismo pero sin gritar, sin
agredirlos.
En los casos donde más irritable me siento es con mis hijos. Quizá
ellos puedan sentirse indignamente tratados cuando el reto es excesivo. Nunca
son insultos de mi parte, pero si quiero advertir que esto también puede afectar
la dignidad, la autoestima de una persona desde la infancia.
Experiencias en las que he me sentido digna:
Cuando soy respetada, reconocida. En mis trabajos me he sentido casi
siempre tratada con respeto. Me he sentido digna con mi profesión, he
trabajado durante muchos años en Recursos Humanos en empresas y me he
sentido digna en mi trato hacia las personas que trabajaban conmigo.
Hoy haciendo mi autobiografía recordé que a los doce años me dieron
un reconocimiento en el colegio por ser elegida la mejor compañera. Me sentí
digna. Me siento digna con mis amigos.
Mi marido es una persona que en lo cotidiano suele reconocerme, me
alienta a seguir. Me siento respetada por él. Y en los 18 años que estamos
juntos cuando he sentido que algo no es reconocido por él, también me enojo.
Muchos de esos enojos han sido con gritos, otros de no hablarle por un rato.
Pero ese enojo se resuelve luego conversando sobre lo que pasó, la mayoría de
las veces generalmente propiciado por él. Y luego de esa conversación, cuando
hay reflexión, me es más fácil salir de esa emoción del enojo.
Las experiencias en las que mis hijos me responden todo fluye mejor,
mi humor es bueno y claramente todo está tranquilo. Ahora que escribo esto,
me doy cuenta de una vez percibido yo que ellos me hacen caso, esperan que
yo me dé cuenta y les diga algo al respecto: un reconocimiento de lo bien que
se portan. Y en general. suelo decirles algo positivo…
Experiencias en que me he sentido tratada indignamente:
Son las experiencias que he relatado sobre el enojo de mi padre. Aquí
puedo ver que los retos de mi padre han podido atentar contra mi dignidad. En
el sentido de que han afectado mi autoestima. Claro que esto es algo que solo
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logro percibir ahora. Con mi papá, en particular, siempre esperaba que me
reconociera si hacía algo bien. Mi estándar de “perfección” era claramente él,
a pesar de sus enojos. Cuando era niña no podía mirarlo con una
incompetencia. Y aquí me veo nuevamente copiando su modelo, que no me
había permitido ver hasta hoy que ese enojo no está para mí en el estándar de
la “perfección”. Es una figura tan fuerte mi padre para mí, que he incorporado
comportamientos que hoy juzgo negativos como normales, inclusive como que
estaba bien ser así, sin darme cuenta del daño que nos causaba.
En cualquier situación donde me siento agredida, no reconocida por el
trabajo realizado y a su vez maltratada, me siento indignamente tratada.
Algunas veces me he sentido indignamente tratada sin que me digan
nada, y con esto me refiero a algo que tiene mucho que ver con mi autoestima
también. Me esforcé mucho de niña por ser la hija perfecta: ayudaba a mi
mamá, estudiaba, era la mejor alumna, elegida la mejor compañera. Pero
jamás llegaba el reconocimiento de parte de mis padres, sobre todo el que yo
esperaba que era el de mi papá.
Experiencias en las que he visto que a otros trataban indignamente:
Cuando mi papá retaba a mi hermana más chica porque le iba mal en
el colegio y la encerraba a estudiar.
En un trabajo que tuve, un gerente de la empresa que trataba muy mal
a los empleados de limpieza de la empresa.
Una persona con la que trabajé a los 20 años, que le gritaba e
insultaba mucho a sus empleados cuando algo no salía como ella quería.
IV. Mi mirada desde “el claro”
Mi tema empezó con el título de “La ira”. Sin embargo, hoy me suena
fuerte, porque he empezado a mirar a partir de la realización de mi proyecto de
investigación cómo esa ira se transforma en mí en un enojo que me duele
profundamente. Tal como comenta Lowen en su libro, el enojo es una
emoción importante en la vida de todo ser, porque es la emoción que surge
frente a algo para protegerte.
A partir de las experiencias que he vivido siento que ese enojo se
instaló en mí por la imposibilidad que tenía siendo niña de poder decir
“BASTA” a mis padres con sus peleas, con sus gritos, con sus golpes.
Imposibilidad que estaba dada por la edad y por el miedo que sme invadía y,
claramente, por la autoridad que siempre le he conferido a mi papá durante
toda su vida.
Me quiero quedar también con que el enojo es una emoción que
permite avanzar, con lo que empiezo a ver que ese enojo me fue necesario en
algunos momentos para llegar hasta el lugar en el que ahora estoy.
A los 18 años ese enojo me hizo salir de la casa de mis padres y
empezar a buscar una vida diferente. La manera de salir de ahí claramente fue
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desde el enojo. Estuve por mucho tiempo enojada sin decirlo, mostrándome
distante con mis padres afectivamente. Era yo ahora la que ponía una barrera
entre ellos y mi mundo. Ya no quería esperar que me reconocieran ninguno de
mis logros. Era yo quien ahora les decía que no los necesitaba. Y ese enojo me
dio fuerzas para seguir sola, evidentemente con el costo que ello implicó.
El pensar y actuar de manera de no necesitar del otro, el querer ser
autosuficiente fueron costos, pero quizás el costo más grande y hoy lo que más
me duele es la relación afectiva con mis padres. Pude sacar de alguna manera
mi enojo hacia ellos recién a pocos meses antes del fallecimiento de mi papá,
cuando coincidentemente estaba haciendo el programa ABC y aprendiendo
sobre mis emociones.
Hoy en los casos que más me veo enojada es cuando me siento
maltratada, me siento no respetada, o cuando mis hijos no me obedecen. En
estos casos me enfrento con un sentimiento de impotencia, el mismo que
sentía cuando escuchaba a mi papá enojado, o a mis padres peleando, con la
diferencia que hoy suelo expresar ese enojo de alguna manera y de niña solo
callaba.
Las maneras de expresar ese enojo comienzo a descubrir que son
variadas. Cuando me siento maltratada, simplemente no hablo más. Mi rostro
trasmite enojo, mal humor y he llegado a no querer tener más contacto con la
persona con la que he sentido mal trato. Ahora reflexiono que es posible que
les hubiera conferido a esas personas un poder o una autoridad que no tenían.
Este, creo, que es claro en mí el punto a trabajar. El enojo que me
surge ante la imposibilidad de que otro haga lo que yo le digo y además
también que me reconozcan si hago algo bien, lo cual está relacionado con mi
propia autoestima y la autoridad que quiero que me otorguen.
Cuando quiero que algo se haga, no puedo verlo como algo caprichoso
de mi parte, sino que en ese momento lo evalúo como necesario. Ahora soy
capaz de mirar si es importante y necesario, o puedo soltarlo, porque también
el punto es cómo pedir esto mismo sin llegar al enojo, sin sentir la impotencia
que me generaba el que no me hicieran caso.
Y en cuanto al reconocimiento, me ha costado mucho aprender a
conferirme a mí misma valor, porque siempre estaba esperando la aprobación
de alguien, de alguien a quien yo le diera autoridad como la que le daba a mi
padre, y al no recibir reconocimiento de alguien con autoridad me enojaba.
Ahora que he estado trabajando más en mi autoestima, en el valor que yo
misma me confiero. He notado que mis enojos van disminuyendo cuando me
siento satisfecha por lo que he realizado.
Mi hijo mayor trajo un cuento hace unos días del colegio, donde en un
espacio que llaman personal development, trabajan sobre las emociones. Sentí
que ese cuento era para mí, que llegaba en ese momento para ayudarme a
seguir mirándome. Me sirvió para hablar mucho con mi hijo sobre mi manera
de decirle a veces las cosas, y de cómo se sentía él… Aquí va:
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Había una vez un chico que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le
dio una bolsa con clavos y le dijo que, cada vez que perdiera la calma, debería
clavar un clavo en la puerta de la casa. El primer día, el niño clavó 37 clavos.
Al día siguiente, 35, otro día, 28. Poco a poco fue calmándose porque
descubrió que era muchísimo más fácil controlar su carácter que clavar los
clavos en la puerta.
Finalmente, llegó el día en que no perdió la calma para nada y se lo
dijo a su padre. Y entonces el padre le sugirió que por cada día que controlara
su carácter, debería sacar un clavo de la puerta. Los días pasaron y el joven
pudo finalmente decirle a su padre que ya había sacado todos los clavos.
Entonces el padre llevó de la mano al hijo frente a la puerta y le dijo:
Mira, hijo, has hecho bien, pero fíjate en todos los agujeros que
quedaron. La puerta nunca volverá a ser la misma de antes.
Creo estar a tiempo de cambiar esos enojo. Sé que no puede modificar
el pasado, es cierto, pero aspiro a entenderlo y vivirlo diferente para modificar
mi futuro.
Hoy quiero que mis hijos sean felices, quiero que me recuerden como
una buena madre, que se sientan orgullosos de su mamá, que les parezca
bueno lo que aprendieron de mí y que lo repliquen en sus hijos.
V. Perfil unitario
Este enojo que he identificado como mío, entiendo que puede tener
mucho en común con otros seres humanos.
Poniéndome en la mirada ontológica he querido descubrir otras caras
que me permitan construir un perfil unitario diferente, no convencional. Para
ello elaboré un cuestionario, en el que pregunté a varias personas respecto a la
ira, el enojo, la rabia. He aquí el cuestionario.
¿Sientes o has sentido ira, enojo o rabia alguna vez? (experiencias)
¿Cómo se manifiesta en ti esa ira?
¿Qué dices cuando estás enojado?
¿Qué piensas cuando estás enojado?
¿Qué otras emociones te acompañan?
¿Qué pasa con tu cuerpo?
¿Esa ira es un camino para algo? ¿Te da fuerza?
¿Dónde y cuándo crees que la aprendiste?
¿Controlas la ira? ¿Cómo?
¿Evitas la ira? ¿Cómo?
¿Cómo logras fluir con la ira y recuperar la paz?
Las respuestas a estas preguntas que me han regalado varias personas,
en algunos casos son diferentes a lo que me pasa a mí y en otros se asemejan,
por lo que considero que agregan valor, precisamente al mover mi mirada y
apreciar la diversidad de los seres humanos.
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Lo que he encontrado como perfil unitario es que parecería que
aprendimos “una cierta forma” de enojarnos desde muy pequeños, ya que
nuestros padres se comportaban en forma similar: eran violentos, y daban
gritos y repartían golpes. Aunque crecimos con miedo, esto se convirtió en
algo “normal” en nuestras vidas. Ahora de adultos estamos reproduciendo el
mismo comportamiento.
Todos les conferimos a nuestros padres poder y autoridad sobre lo que
dicen y sus comportamientos, y de una u otra manera se convierten en nuestros
modelos. Les concedemos tanto valor a ellos que tendemos a desvalorizarnos a
nosotros mismos por lo que cualquier cosa que no siga esa modelo, nos parece
que no podemos conferirle autoridad. Esto es algo que podemos sostener de
adultos. Necesitamos de una figura a la que le otorguemos autoridad para
validar nuestros comportamientos y esperamos el reconocimiento de su parte.
Sentimos enojo cuando:
Lo que sucede lo consideramos injusto: no poder tener hijos, nos
enojamos ante una pérdida como el fallecimiento de un hijo, la muerte de un
ser amado. Todo esto está relacionado con la NO aceptación de la facticidad
de la vida.
Frente a lo que consideramos un error, cuando no se cumplen nuestras
expectativas, cuando no sucede lo que queremos.
Cuando comprobamos que alguien nos ha mentido, también nos
enojamos.
Cuando nos sentimos no valorados/no reconocidos por otros, tanto a
nivel laboral como familiar.
Cuando nos sentimos “obligados” a hacer algo que no deseamos y se
nos impone por la autoridad formal de otra persona (padres, jefes, etc.), o por
el poder que le conferimos a esa persona, tal vez sin merecerlo.
En situaciones de ansiedad o de estrés, muchas veces asociados con la
prisa, las preocupaciones y la frustración.
Al vernos inmersos en situaciones que nos desagradan, que no
elegiríamos, que no nos gustan: trabajo, personas, “diversiones”.
Cuando sentimos que los temas legales nos exceden, nos genera bronca
el sistema y todo lo que lo rodea.
Nuestro cuerpo:
Se tensa: mandíbula, cuello, extremidades, contracturas en el cuello y
espalda alta, los puños apretados.
Proferimos gritos para sacar el enojo por la boca. Sube desde la
garganta, o sube desde el estómago, a veces es solo sonido, a veces son
palabras. Es una necesidad que no podemos controlar: ¡¡gritoooo!!
También suele haber consecuencias a nivel estomacal: acidez, dolor en
el vientre, gastritis, úlcera, colitis, inflamación, etc.
En algunos casos reportan que surgen erupciones en la piel.
Taquicardia, náuseas, sudoración abundante.
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Es posible que surjan contracturas, dolor en la espalda, lumbalgia.
Que desaparezca la fuerza, que nos paralicemos, que no podamos abrir
la boca o mover los brazos.
Acciones:
Se manifiesta desde el callar cuando sentimos miedo de las
consecuencias que puedan acontecer si decimos lo que pensamos, y surge que
empezamos a sentirnos impotentes.
No se habla, se traga lo que se piensa. Se evita, se controla, se
disimula, y se va produciendo una gran tristeza.
Se manifiesta con violencia cuando nos sentimos seguros/confiados de
nuestro propio poder.
Solemos ser agresivos, crueles, hirientes y ofensivos.
Proferimos gritos hiriendo con palabras cuando nos resulta socialmente
posible este comportamiento, en ocasiones también estalla el llanto.
Conversaciones violentas que no sirven para nada, no resuelven nada.
Decimos cosas horribles que hacen mucho daño a las otras personas,
cosas que le duelen al otro u otros, como si odiáramos el mundo en ese
momento.
Para descargar frustraciones, broncas y preocupaciones que nada tienen
que ver,- necesariamente,- con el episodio que solo sirve de excusa en ese
momento.
Resultado:
Suele suceder que después de enojarnos con otra persona, nos
enojamos con nosotros mismos.
En la mayoría de los casos juzgamos que el enojo no sirvió para nada y
nos arrepentimos de lo dicho y de lo hecho.
En ocasiones, lo asociamos con defender nuestra dignidad, o con
llenarnos de energía para lograr un objetivo.
Sentimos culpa, remordimiento por estar cometiendo una injusticia al
aprovechar la ocasión para descargar sentimientos negativos que no se
relacionan con el hecho que sirve de escape.
Nos llenamos de malestar al saber que hemos sido injustos y que
lastimamos a gente que amamos (quienes por su pretendida incondicionalidad
suelen ser el objeto de la descarga).
Nos sentimos abatidos, agotados, con una sensación de pérdida.
Producida la descarga, nos sentimos mal anímicamente, pero mejor
físicamente (con la sensación de “descarga”). Esto lo vemos patente cuando
descargamos la frustración ante una tarea manual y nos agarramos a pelar con
el objeto (una silla que no logramos abrir, una puerta, una planta, una pared),
intentando buscar otras vías de escape de tanta energía contenida en nuestro
enojo.
También controlamos esa energía negativ con anti-ansiolíticos, que
ayudan a reducir los niveles de ansiedad, permite fluir más relajadamente y
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evitar que las prisas nos afecten. Es como que todo nos jode menos al
importarnos menos.
Cambios deseados:
Existe el deseo de cambiar el comportamiento violento, de controlar la
reacción impulsiva para pasar por una reacción reflexiva.
Volver consciente la primera reacción para respirar, calmarnos antes de
empezar a hablar sobre el tema.
Decir lo que estamos sintiendo en forma no violenta, compartiendo
nuestro sentir y punto de vista sin hacer daño a la otra persona.
Concientizándonos de las consecuencias que está teniendo el enojo en
nuestra vida y en la de los que más amamos.
Nos cuidamos más de llegar a una situación en donde reviente de IRA,
midiendo la intensidad, recordando aprendizajes del pasado.
Aprender a aceptar algunas situaciones que tienen que ver con la
facticidad de la vida, que no dependen para nada de nosotros mismos.
Fluir hacia la paz:
Respirar profundamente.
Seguir un curso de posturas de yoga, meditar.
Rodearnos de personas con las que podemos conversar sobre lo que
sentimos, para poder sentirnos escuchados y aceptados.
Revisar con nosotros mismos los temas que nos están molestando.
Realizar una actividad física extenuante para soltar el enojo.
Tratar de mantenernos relajados; cantando algún mantra poco a poco
recuperamos la calma.
Salir a caminar, a dar una vuelta, para conectar con pensamientos
positivos; aunque nos cueste, cuando hacemos ejercicio resulta.
VI. Escuchando otras voces
He leído en los últimos años varios de los libros de Rafael Echeverría.
En particular para este trabajo he releído el capítulo de “Las emociones”,
donde él escribe: “Esto implica que si queremos entender determinada
emoción, es importante remitirla al acontecimiento desencadenante”. Y esto es
lo que he intentado hacer con este trabajo. Ir a las experiencias para entender
el fenómeno que explica tales emociones.
“El ser capaces de observar nuestras propias emociones en cuanto
tales, nos permite intervenir en su diseño”. Sin duda esto es clave, es el fin
último de mi trabajo: poder intervenir en aquellas emociones, el enojo en
particular, para poder fluir hacia la paz.
En este propósito ha sido un gran aporte leer el capitulo “El enojo: otra
emoción sanadora” del libro El gozo de Alexander Lowen. Con el descubrí
que podía revindicar el enojo como una emoción sanadora, que aparece como
validación de la propia dignidad. Como una reacción natural ante la pérdida
43
de la libertad. Otro gran aporte de esta lectura fue ir descubriendo distintas
formas de expresar mi enojo, muchas de las cuales eran inconcientes. “Una
persona enojada es una persona tensionada”. Si la tensión es crónica, dice
Lowen, “la persona muchas veces no es conciente de su enojo, aunque salga
como irritación o frustración o con rabias importantes”. Yo primero fui en
busca de mis enojos primarios, donde se constituyó mi enojo, y a partir de allí
pude identificar mis enojos actuales y descubrir cómo intervenir en ellos,
incluso en algunos casos ya ni siquiera enojarme.
El libro de Norberto Levy titulado La sabiduría de las emociones, me
aportó varias miradas sobre mi tema respecto de las formas de descarga del
enojo. Me ha sido de gran valor conocer el término autoafirmación que utiliza
Levy: “La autoafirmación es un tema clave para comprender mejor la función
resolutiva del enojo al expresar con claridad la propia necesidad o punto de
vista.” La autoafirmación está más allá del enojo, es una función básica para
realizar cualquier intercambio. La autoafirmación depende del poder y del
valor que yo me concedo a mí misma. En la situación del enojo, la capacidad
de autoafirmación es escasa. Cuando puedo aprender a autoafirmarme
(valorarme, reconocerme), puedo expresar lo que necesito sin la descarga del
enojo. Otra vez cito a Levy: “[…] cuando las personas aprenden a utilizar la
energía del enojo para darle más determinación al intento de resolver el
desacuerdo que enoja, eso se logra con el mínimo daño de todos los
protagonistas, en la vida de esa persona ha cesado la guerra inútil…..”
VII. Mis aprendizajes
A lo largo de este proyecto de investigación ontológica he aprendido
que el enojo es una emoción legítima, y que hay una diversidad de formas de
enojarme, que yo misma puedo decidir qué acciones tomar en cada momento.
Y es aquí donde quiero mostrar que a partir de revisar mis experiencias
de vida, las situaciones que me producen enojo, empecé a ver que hay distintos
niveles de enojos en mí, lo que me permitió diseñar maneras diferentes de
intervenir:
Surgen enojos cuando estoy cansada y mi nivel de tolerancia es menor.
Este es un enojo que puedo evitar, intentando, como dice mi hijo más grande,
“contando hasta diez y respirando profundamente”.
Hay otro enojo que hoy juzgo que no vale la pena que me produzcan
enojo, y es el dirigido hacia personas que me han tratado mal, injustamente
desde mi propio juicio. Aquí mi desafío es entender que son diferentes de mí y
que además puedo elegir si les concedo o no autoridad sobre mí misma.
Otro enojo que distingo claramente hoy, es aquel que tiene que ver con
mis expectativas. Y aquí pongo de ejemplos los enojos con mis hijos. Muchos
de ellos están relacionados con cosas que yo juzgo que deberían ser o hacerse
44
de determinada forma, pero que no están muchas veces conversadas con el
otro. Hoy puedo decir que estoy aprendiendo a conversarlo antes con mis hijos
y evitar que se produzcan esos enojos.
Los aprendizajes que hoy juzgo positivos: aquellos que me han
ayudado a construir. Ese enojo en el que hoy quiero intervenir, me posibilitó
en su momento tomar fuerzas para salir de un lugar que no me gustaba, pero
claramente ya no es necesario sostener ese enojo actualmente.
Las consecuencias que hoy juzgo negativas: ese enojo hoy puede dañar
a otros, como en su momento me dañó a mí, al decir cosas de las que después
me arrepiento porque he lastimado a alguien e inclusive puede llevarme a
terminar relaciones.
He escrito sobre el enojo mirando en lo más profundo de mi alma.
Siento que ha sido un gran aporte mirarme desde el claro. Desde el inicio, este
proyecto me ha permitido descubrir, legitimizar, perdonar y, por sobre todo,
intervenir en mi enojo para vivirlo de una forma totalmente diferente.
Agradezco profundamente los testimonios de las personas que
colaboraron con mi escrito. Son personas que quiero y admiro mucho. He
aprendido de ellos formas diferentes de registrar el enojo y, lo más importante,
me han enseñado a cómo empezar a fluir hacia la paz. Es mi deseo que este
trabajo sea un aporte importante también en sus vidas.
Me ha permitido observar que puedo aprender a fluir del enojo a la
paz. Hoy puedo pensar antes de actuar de manera enojada si es necesario,
puedo pedir perdón si lastimo, puedo decir que me siento mal. Puedo no
otorgarle poder/autoridad a otras personas para no enojarme por lo que digan o
hagan. Puedo entender por qué mi papá se enojaba, desde dónde él también
aprendió ese enojo y no pudo hacer cambios en su momento de vida, a la vez
que también hoy puedo reivindicar sus aspectos positivos, que son muchos.
Hoy quiero seguir interviniendo en mis propios enojos. Sé que me
queda mucho aún por trabajar y me siento muy bien de estar avanzando en
este propósito.
Al comienzo de mi escrito escribí esto:
Si pienso en qué diferencia quiero que haga esta investigación, qué
aporte espero, sin duda es vivir en paz con los enojos aprendidos y no
replicarlos en vida presente ni futura. Amo a mis hijos y apuesto a que los
vínculos que genere con ellos sean espacios de disfrute y libres de temores.
Mis hijos son el motor de mis cambios, de mi vida, me han hecho ver
que se puede ser mejor persona y me han movido a cambiar. Estoy orgullosa
de ellos y aprendo mucho de ambos. Gracias Nacho, gracias Agus.
45
El sentido de la vida
Ana Covarrubias
Desde hace algún tiempo me he cuestionado qué es el sentido de la
vida y lo que representa para los seres humanos. Generalmente, cuando
escucho hablar sobre el sentido de la vida, refiere a cuestionamientos que
pueden darse en diversas circunstancias y actitudes, desde una perspectiva
constructiva y que da dirección, hasta circunstancias muy particulares donde
aparecen la tristeza, la duda y los juicios de incapacidad para enfrentar con
éxito situaciones adversas y que, en situaciones extremas, pueden terminar en
un suicidio.
Puedo por ejemplo, escuchar para quien este cuestionamiento es una
práctica común y una posibilidad de construir y reflexionar sobre la propia
vida; o bien, puedo escuchar: “ha perdido el sentido de la vida”, haciendo
referencia con esto a alguien que no tiene dirección en su vida, que va por
caminos que no le satisfacen, que se enfrenta a momentos de dolor,
sufrimiento y desesperanza ante la pérdida de un ser querido o de actividades
importantes como el trabajo, por muerte o separación, o quien repetidamente
se enfrenta a resultados insatisfactorios y hace el juicio que no importa qué
haga, es incapaz de obtener resultados diferentes y satisfactorios.
Desde muy pequeña me cuestioné el sentido de mi vida. No recuerdo la
edad exacta que tenía la primera vez que lo hice, pero debí andar
aproximadamente por los cinco o seis años de edad. Soy la quinta de cinco
hijos que mis padres tuvieron. El segundo de ellos, Juan, murió al nacer.
Durante mi infancia, varias veces me pregunté: ¿por qué era yo la más
pequeña de todos y no alguno de mis hermanos?, ¿por qué yo no era la más
grande?, ¿qué habría sucedido si Juan no hubiese muerto?, ¿habría yo nacido?,
¿habrían mis papás tenido cinco hijos y nacido yo como la quinta hija?, ¿por
qué Juan murió y yo no?, ¿por qué estaba yo viva y en esa familia? Jamás
pude responder a estas preguntas, sólo pude responderme que Juan no había
tenido mi suerte de estar viva y ninguno de mis hermanos de ser la más
pequeña, posición muy valorada por mí.
Conforme iba creciendo, fui viviendo mi vida presente e imaginando
mi vida futura. Conceptualizaba con esperanza el futuro y la felicidad que
podría vivir y alcanzar. Fui armando un mundo de ilusiones y esperanzas
alrededor de lo que la sociedad y mi familia esperaban de mí y de lo que yo
pensaba que me haría feliz. Estudié y me gradué con honores de una carrera
profesional para ser una profesionista exitosa, realicé actividades que
enriquecían mi vida, construí relaciones con amigos y familiares y emprendí
grandes proyectos en mi vida. La vida me sonreía amablemente y, por muchos
años, olvidé hacerme las preguntas que a mis cinco años me hice. Daba por
seguro lo que la vida me otorgaba y yo tenía, hasta que la vida dejó de
sonreírme como lo había hecho. Viví una crisis que me llevaría al
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cuestionamiento más profundo del sentido de mi vida a mis 32 años: ¿para qué
estaba yo viva?, ¿qué diferencia había si vivía o no?, ¿cuál era el propósito de
vivir? Había yo llegado al mundo, ¿qué podía hacer en él? ¿Lo que hacía día a
día era lo que debería hacer?, ¿a dónde deseaba llegar?, ¿cómo podía
trascender?
Durante el tiempo de mis cuestionamientos hacia mi vida normal,
trabajaba y hacía actividades que me gustaban, dejaba lugar para mis
pasatiempos, veía frecuentemente a mis amigos y familia y, sin embargo, no
disfrutaba, sino que sentía una gran frustración por mi incapacidad para lograr
algunas metas en mi vida. Me sentía triste y desconsolada.
A medida que el tiempo pasaba sin lograr mis objetivos y estaba
permanentemente cuestionándome el sentido de mi vida sin encontrar una
respuesta, acepté que había dejado de tener claro cuál era el sentido de mi
vida. Este cuestionamiento lo vivía con un gran vacío en el pecho, con una
tristeza que constantemente me hacía un nudo en la garganta y que
frecuentemente me llevaba a las lágrimas. Al encontrarme en el programa y
con la posibilidad de una investigación, surgió en mí la inquietud del sentido
de la vida.
I. El sentido de la vida
Cuando hablamos de sentido de la vida nos preguntamos qué es o cuál
es el sentido de la vida. Las respuestas a estas preguntas son diferentes para
cada persona. Para algunas, el sentido de la vida lo da la familia, los hijos, el
trabajo, los deportes extremos, Dios, ciertos dominios, ciertas circunstancias, e
incluso existen algunas personas que consideran que la vida misma pudiera
tener un sentido intrínseco, es decir, que la vida tiene sentido por sí misma, y
es la vida o el destino quien ha definido el sentido.
Hace algunos años viví de cerca el divorcio de mi mejor amiga. Fue
una situación muy difícil para ella y para quienes la queremos. Después de tres
años de matrimonio experimentó una crisis que terminó en divorcio y la llevó
a perder el sentido de su vida.
Cuando se casó, se sentía muy feliz y tenía una gran ilusión y
seguridad de formar una familia; al divorciarse se encontró en una posición de
duda sobre la dirección de su vida y las posibilidades que se le presentaban.
Recuerdo sus palabras recurrentes sobre la incapacidad que sentía de tener una
pareja, de volverse a enamorar y sobre todo de formar una familia. Aunado a
esto, ella sentía una gran tristeza y desconsuelo. Conforme el tiempo pasaba,
no tuvo una relación de pareja. Sus cuestionamientos fueron cada vez mayores
y sus juicios de incapacidad cada vez más profundos y obsesivos, apuntando a
que no era capaz y estaba destinada estar sola. Solía estar embargada de
emociones de desesperanza y de un gran vacío. Juicios que muchas veces yo
no podía comprender, dadas las posibilidades que yo percibía para ella.
47
Para algunas personas el sentido de la vida corresponde a gozar de un
equilibrio en todos los dominios de la vida, y a veces basta con que un solo
dominio se salga de ese equilibrio para cuestionarse el sentido de la vida. Una
amiga muy querida me compartió alguna vez su cuestionamiento sobre el
sentido de su vida. Este se daba en una situación en la cual sentía que un
ámbito de su vida en pareja se había salido de equilibrio. Se sentía infeliz y
junto a esto aparecían sentimientos de insatisfacción, tristeza, soledad,
frustración e indecisión sobre cómo actuar, cosa que, debo admitir, me llamó
la atención profundamente. Fue sorpresivo para mí esperar que la vida tuviese
un equilibrio y, sin embargo, creo que es algo que los seres humanos
frecuentemente esperamos y buscamos y, cuando no sucede, nos sentimos
inseguros y comienzan nuestras dudas y algunos cuestionamientos.
Recuerdo una buena amiga, quien casada y con dos hermosos hijos, me
hablaba de lo mucho que se cuestionaba el sentido de su vida debido a
situaciones que estaban fuera de su control, como las enfermedades de sus
niños o cuando las cosas no sucedían como ella las esperaba y surgían en su
persona el miedo de actuar efectivamente. Ante esto me cuestiono ¿qué es ese
equilibrio que buscamos? ¿Es la ilusión del control? o ¿es acaso esperar que
las diferentes circunstancias de la vida se presenten de acuerdo a lo que
creemos predeterminado? Pocas situaciones en la vida se nos presentan como
las esperamos o hemos imaginado acorde a nuestra historia, al observador que
somos y a la sociedad a la que pertenecemos. Nuestras expectativas y juicios
previos están siempre presentes.
Algunas veces buscamos sin éxito encontrar el sentido de la vida
esperando que la misma vida nos lo indique, suponiendo que ella tiene sentido
por sí misma. Pareciera entonces que la vida es la que le da sentido a la
existencia de cada uno de nosotros, es decir, que alguien o algo determinó en
algún momento y en algún lugar lo que debería ser el sentido de la propia
existencia. Este supuesto implicaría que no habría algo que nosotros, como
seres humanos, pudiéramos hacer para cambiar ese sentido y que estamos
destinados a ser y vivir de una determinada forma. Esto me causa confusión si
pienso que en el día a día tomamos cada una de nuestras decisiones. Este
supuesto es un enfoque metafísico, es decir, postura en la cual el ser que soy
está predeterminado y está condicionado por algo previamente establecido en
mí mismo y que no puede ser de otra manera.
Por otro lado, para algunas personas el sentido de la vida puede
encontrarse en el día a día, aún en las circunstancias más adversas. Víctor
Frankl, reconocido neurólogo y psiquiatra austríaco, fue prisionero durante
varios años en campos de concentración y sobrevivió el holocausto, en el que
perdió a su esposa y a sus padres. Tras su liberación, Frankl regresó a Viena y
escribió un libro muy famoso llamado El hombre en busca de sentido. En este
libro, Frankl expone su experiencia y comparte que incluso en las condiciones
más extremas de deshumanización y sufrimiento, el hombre puede encontrar
48
un sentido y una razón para vivir. Esta reflexión lo llevó a desarrollar la
logoterapia, tipo de psicoterapia que se apoya en el análisis existencial y se
centra en la voluntad de sentido, en encontrar sentido a las situaciones que
obligan al hombre a enfrentarse consigo mismo. Frankl establece que si no se
encuentra un sentido a la vida, los seres humanos podemos caer en depresión o
en una experiencia de vacío existencial, ya que la búsqueda fundamental del
ser humano no se basa en la búsqueda de la felicidad, sino de la voluntad de
sentido y esta lleva a la felicidad.
II. Cuestionamiento sobre el sentido de la vida
Cuando la vida del ser humano es satisfactoria, la vida pareciera tener
sentido y generalmente no surgen cuestionamientos sobre él. Sí sobrevienen
cuando se presentan condiciones adversas, un estado de insatisfacción o
infelicidad. Hay quienes por ejemplo se cuestionan el sentido de la vida
cuando se perciben en desgaste, avanzando lento por lo que desean, sin
conectar con algo que valga la pena y les haga sentirse plenos. Asimismo, el
cuestionamiento puede surgir en situaciones excepcionalmente satisfactorias.
Hay quienes se cuestionan el sentido de la vida en momentos muy especiales,
poco comunes y muy felices. Un amigo me compartía que fue durante el
nacimiento de sus hijos que reflexionó sobre el sentido de su vida,
representando así un temor de perder la felicidad presente.
El cuestionamiento sobre el sentido de la vida en los seres humanos
puede aparecer en momentos de tristeza e insatisfacción, ante la pérdida de
seres queridos o en alguna parte importante de lo que conforma la vida propia;
es lo que yo llamo el recordatorio de estar vivos y de que la vida puede
presentarnos múltiples caminos y posibilidades, y muchos de ellos
inimaginables. El reconocimiento de que aquello que considerábamos como
nuestro no está presente ya, nos lleva cuestionarnos sobre cómo vivimos la
vida y si lo que hacemos corresponde a lo que nos satisface o hace feliz, o a la
manera en la que querríamos vivir la vida.
El cuestionamiento sobre el sentido de la propia vida generalmente es
temporal, sin embargo, en algunos casos puede tomar un carácter permanente.
El cuestionamiento sobre el sentido de la vida conlleva una serie de dudas e
inquietudes, juicios y miedos que muchas veces son pasajeros, dado que los
juicios de capacidad para actuar en esos contextos y las esperanzas de un
futuro feliz están presentes. Algunas veces, ante el cuestionamiento de la vida,
aparecen los juicios y declaraciones de miedo o incapacidad de lograr la
felicidad o las aspiraciones en el futuro, que son acompañados por tristeza,
duda, insatisfacción y pérdida. Si estos juicios y emociones se vuelven
frecuentes, pueden tomar un carácter permanente, por lo que el
cuestionamiento del sentido de la vida puede llevar a una pérdida de sentido,
una búsqueda permanente sin éxito que refuerza los juicios de incapacidad y
49
que pueden transferirse al futuro, eliminando toda esperanza de cambiar el
estado actual de tristeza e insatisfacción.
Es necesario establecer la diferencia entre el cuestionamiento del
sentido de la vida y la pérdida de sentido de la vida. El cuestionamiento del
sentido de la vida aparece como una inquietud, como un momento de
confusión que lleva a una mayor claridad. Hay quienes hacen de este
cuestionamiento un hábito frecuente que les lleva a una profunda reflexión y a
construir el camino de su vida, es decir, una reflexión diaria sobre si las
acciones del día hacen sentido o no a la vida que desean tener. Por el contrario,
la pérdida de sentido de la vida obedece a un juicio de incapacidad originado
en el estado de insatisfacción e infelicidad en que se vive y al cual se le otorga
un carácter permanente, es decir, juicios de incapacidad en el presente que se
trasladan al futuro. Es frecuente que esta pérdida de sentido ocurra cuando los
juicios de incapacidad se dan en un ámbito de la vida y el observador que
somos nos permite sobredimensionarlo a otros ámbitos en los que no existen
esos juicios de incapacidad o donde quizás existe satisfacción.
Considerando los casos descritos anteriormente de mis amigas, si
observamos bien, sus situaciones particulares obedecen a un dominio en su
vida como mujer (la pareja y el ser mamá). ¿Qué es lo que hace que le
otorguemos tanto valor a un solo dominio? ¿Cómo es un observador que
sobredimensiona un solo dominio? ¿Cómo es el sistema en el que está inmerso
el observador para que esto suceda?
Cuando decidí trabajar en el tema el sentido de la vida no me fue fácil.
Me era difícil reconocerlo como tema trascendental en mi vida, incluso
algunas personas pudieron haberse alarmado al escucharme. Sin embargo, al
tomar la decisión y hacer la declaración de mi investigación, algo muy
profundo cambió en mí. Al mirar el sentido de mi vida desde una mirada
ontológica y no desde la metafísica, apareció la posibilidad y dejé de
interpretar que algo me faltaba. Dejé de preocuparme por el sin sentido de mi
vida y vislumbré una posibilidad de aprender a ver el mundo de manera
diferente. Una vez iniciado el proyecto de investigación y con la identificación
de mi tema y la observación de las inquietudes que generaban mis
cuestionamientos, reconocí que estaban orientadas en un solo dominio de mi
vida y decidí emprender conscientemente planes y actividades que me dieran
seguridad y satisfacciones en otros dominios. Descubrí y me atreví a realizar
actividades que siempre deseé, pero nunca antes me había atrevido, y comencé
a explorar nuevas posibilidades que me permitieron dejar de pensar en el sin
sentido de mi vida para construir mi vida. Algo importante cambió en mí y
alrededor: mi desempeño en lo profesional, familiar y social fue muy
diferente. Comencé a sentirme plena y a disfrutar de una manera que hacía
mucho no hacía. Volví a escuchar “¡qué bien te ves!” o “¡me da gusto verte tan
feliz!”.
La vida de un ser humano abarca numerosos dominios, todos con una
50
importancia relativa. ¿De qué depende esto? De diversos factores; uno muy
importante es la etapa de vida que estamos viviendo, las circunstancias
externas, el medio ambiente y el sistema donde nos relacionamos, las
experiencias e historias que llevamos y las expectativas que tenemos en la
vida. Algunas veces basta con que los resultados sean insatisfactorios en un
dominio para comenzar a cuestionarnos el sentido de la vida o incluso
perderlo, como el caso de mi amiga al enfrentar su divorcio. Podemos otorgar
a uno de los dominios un valor supremo por sobre el resto, situación que
interpreto como una cuestión de expectativas o conceptualizaciones
predeterminadas socialmente que muestran una postura rígida.
Recientemente conversaba con una mujer que hacía tiempo perdió un
embarazo, sufrió mucho la pérdida y que le fue muy difícil sobreponerse a
ello. Entre sus experiencias narraba cómo después de haber perdido el
embarazo y con el miedo ante la posibilidad de volver a intentarlo sin éxito,
comenzó a cuestionarse el sentido de su vida, aunque esta en otros dominios
era muy satisfactoria. Hoy, cuando una parte importante del dolor de esa
pérdida se ha ido y después de un proceso de reflexión sobre quién es ella y lo
que representa su vida, su cuestionamiento no existe más, a pesar de que no ha
logrado ser madre.
El sentido de la vida es único e independiente y cada uno de los seres
humanos lo construimos de acuerdo con la persona que somos. Para algunas
personas el sentido de la vida es construir la vida, avanzar, caminar, vivir,
disfrutar el trayecto más que llegar a un fin, tomar las posibilidades que se
presentan y disfrutarlas o simplemente vivirlas. Para la inmensa mayoría de
los seres humanos el sentido de la vida es ser feliz y disfrutar, desde el
observador que cada uno es dentro de un particular contexto. Para otros, el
sentido de la vida es, como lo mencioné anteriormente, un equilibrio
permanente en los múltiples dominios que en ella se puede cultivar. Para
muchas personas el sentido de la vida está representado por los hijos y su
bienestar, y para otras el sentido de la vida es Dios, un ser supremo a quien se
debe servir y seguir su voluntad, con la confianza de que haciendo su
“mandato”, se será feliz hoy y por toda la eternidad.
Me cuestiono: ¿acaso la vida se nos presenta en equilibrio como si todo
lo pudiésemos controlar? o ¿representa una especie de ilusión el esperar vivir
la vida como la hemos imaginado o soñado? ¿Algún ser supremo ha definido
nuestro destino y felicidad? Frecuentemente, las circunstancias nos obligan a
perder el equilibrio alcanzado y es entonces cuando tenemos la posibilidad de
reflexionar sobre las acciones y sobre el observador que somos para
reinventarnos. Desde aquí el cuestionamiento sobre el propio sentido de la
vida se presenta como gran posibilidad de corregir el rumbo y enriquecer la
existencia a través de experiencias no imaginadas, ilusionadas o esperadas,
que nos hacen recorrer caminos para reconocernos e inventarnos a nosotros
mismos y devenir en quien descubramos queremos ser. Nietzche, en su obra,
51
declara que el hombre se descubre como aquel que valora y da sentido, y que
todo aquello que considera bello, bueno y sagrado, no lo es en sí mismo sino
porque el mismo hombre lo valora así. Para Nietzche, la grandeza del hombre
reside en la capacidad de dar a la vida el sentido que tiene. La vida tiene el
sentido que cada uno de nosotros le damos. Víctor Frankl también nos
recuerda nuestra capacidad de acción y poder en la vida: “No basta con
preguntarse por el sentido de la vida sino que hay que responder a él
respondiendo ante la vida misma”.
Los seres humanos generamos y encontramos sentido a nuestra vida al
dar sentido a cada enfrentamiento con nosotros mismos, al enfrentarnos, a su
vez, con la vida misma, al día a día y lo que vivimos en ella. Heidegger nos
habla del Dasein, del ser que posibilita que el ser esté presente y que pueda ser
interpretado, donde se manifiestan y se despliegan posibilidades condicionadas
por la facticidad. La propia existencia es una representación e interpretación
del mundo, resultado de juicios y expectativas, por aquellas narrativas que
construimos, dice Rafael Echeverría. Y la crisis del sentido de la vida ocurre
cuando el centro de esas narrativas se fractura por nuestras experiencias y nos
obliga a cuestionarnos y repensar la realidad, o lo que hemos interpretado
como realidad y el sentido que le hemos otorgado. Nuestra existencia es una
preocupación que tenemos los seres humanos que surge de la angustia de estar
en un mundo donde pareciera que venimos de la nada y nos dirigimos hacia un
fin: la muerte. Por eso la angustia de encontrar el sentido, o bien, tal vez
deberíamos decir, de construir sentido.
III. El sentido de la vida a través de las diferentes etapas de la vida
Los seres humanos hacemos juicios diferentes sobre el propio sentido
de la vida y la razón de por qué estamos vivos. Hay quienes enfocan su sentido
de vida a materias espirituales, a Dios o a cuestiones tales como el trabajo, los
estudios, las relaciones personales, la familia, y cada una de las personas
priorizan estos ámbitos de manera diferente, incluso en diferentes momentos
de su vida. Dicho esto, podemos pensar que el sentido que se tiene de la vida
puede o no ser permanente a lo largo de esta; es decir, los seres humanos
podemos tener varios sentidos de vida conforme el transcurrir de los años. Es
parte de nuestra vida como seres humanos valorar y dar importancia a los
diferentes aspectos que conforman nuestra existencia con base en la persona
que devenimos a lo largo del tiempo. Hoy, nueve meses después de haber
iniciado mi proyecto de investigación y trabajado en él, el sentido de mi vida
no es el mismo que cuando lo inicié.
El trabajo en este proyecto y otras experiencias de vida me han llevado
a trasladarme a un lugar diferente desde donde conceptualizo mi sentido de
vida. De esta forma hoy puedo reconocer otras experiencias que me hacen
sentir viva. ¿Qué experiencias me han hecho y hacen sentir con sentido de
52
vida? Tengo muy vívido un recuerdo del pasado. Durante mi adolescencia
decidí estudiar mi carrera profesional en una ciudad diferente a la que había
vivido hasta mis 16 años, en una universidad privada de gran prestigio
académico y social. Hoy puedo recordar mi sensación: el sentido de mi vida en
ese momento era ese proyecto tan ambicioso que me permitiría vivir nuevas
experiencias de grandes aprendizajes, de libertad, que me abriría en el futuro
grandes posibilidades de logro. Hoy, 13 años después de graduarme de mis
estudios profesionales, me encuentro en un momento donde el logro figura
nuevamente dentro de mi sentido de mi vida, con grandes ambiciones en mi
carrera profesional y en mi vida personal, vislumbrando posibilidades en el
presente y en el futuro. Cuando hago presentes esas distinciones, puedo
recordar diferentes experiencias deportivas, profesionales y personales, y veo
nuevamente cómo se presenta la satisfacción en el presente y la posibilidad en
el futuro. La sensación de libertad y la satisfacción que el logro me da, me
hacen sentir viva.
El sentido de la vida es algo que todos los seres humanos necesitamos
encontrar y construir durante nuestra vida, y que dé respuesta a las preguntas
de por qué o para qué estamos vivos, para qué levantarnos cada mañana. Cada
uno de los seres humanos otorgamos un sentido diferente a través del tiempo y
en las distintas etapas que vivimos: infancia, adolescencia, edad adulta,
madurez y vejez. Carl G. Jung define dos grandes etapas en la vida del ser
humano y el sentido de la vida en cada etapa. La primera mitad está
caracterizada por la búsqueda de nuestra identidad como persona: una familia,
una profesión, un trabajo, donde el sentido de la vida está marcado por una
continencia social y familiar, por el cumplimiento de las expectativas sociales
y con ello, la tranquilidad y paz de la conciencia. En la segunda mitad de la
vida, la persona cuestiona el sentido de los logros o conquistas de la primera
etapa para preguntarse “¿para qué hago lo que hago? ¿Tiene sentido seguir con
esto o puedo cambiar? Es una nueva crisis de sentido, llamada por los
psicólogos “crisis de la mitad de la vida”. Erik Erikson propuso una teoría del
desarrollo del ser humano en la que define ocho etapas por las que pasa el
hombre y la mujer humano a lo largo de sus vidas. Cada etapa tiene sus metas,
logros, intereses, retos y crisis, y en cada una de ellas el sentido de la vida se
conforma de manera diferente.
Identificar las diferentes etapas y los diferentes sentidos que puede
tener nuestra vida nos permiten reconocer nuestros cuestionamientos como
posibilidades de reflexión, de acción, de construcción y de invención de
nosotros mismos.
IV. La autoestima y el sentido de vida
Durante esta investigación me cuestioné la relación entre los juicios de
capacidad e incapacidad y el sentido de la vida: ¿qué relación existe entre el
53
sin sentido de la vida y la confianza y seguridad en uno mismo para lograr los
propios sueños, para construir nuevos sueños y posibilidades? ¿Qué relación
existe entre la seguridad en uno mismo y el sentido de vida? Infiero que hay
una relación directa entre ellos.
Desde el dolor, la inseguridad y la baja autoestima, los juicios de
incapacidad en el presente son fácilmente emitidos y trasladados al futuro con
una mirada metafísica, no ontológica. Ahora bien, desde otro estado de ánimo,
indiscutiblemente se generan juicios diferentes. Desde la ambición, la
seguridad y el amor hacia uno mismo, los juicios que se emiten naturalmente
corresponden a juicios de capacidad en el presente y el futuro.
Hoffer, escritor y filósofo estadounidense, fue uno de los primeros en
reconocer la importancia de la autoestima para el bienestar psicológico. Él se
concentra en las consecuencias de una baja autoestima y concluye que las
obsesiones derivadas de esto están originadas sencillamente en compensar los
sentimientos de vacío existencial.
¿Cuál es entonces el impacto de la autoestima en el sentido de vida? El
desarrollo personal permite fortalecer la seguridad en uno mismo para sentirse
capaz de vivir y disfrutar y enfrentar obstáculos o conflictos, donde los
cuestionamientos se ven desde una perspectiva diferente y las crisis son
oportunidades de construir. Y desde aquí aparece la autoestima como
generadora de sentido de la vida, creadora de múltiples sentidos a lo largo de
nuestras vidas; desde el amor y la compañía de uno mismo, los juicios de
capacidad son naturalmente emitidos, las situaciones de culpa y conflicto con
uno mismo se diluyen más fácilmente y sin la presencia de juicios de
incapacidad y de situaciones que refuerzan esos juicios: el presente y el futuro
pueden presentarse como prometedores, incluso si la vida no se muestra como
la hemos imaginado o ilusionado.
Una autoestima saludable nos otorga el poder necesario para vivir la
vida- Representa emociones y juicios de capacidad para vivir día a día, para
aprender, para disfrutar de lo que nos llena de alegría, y hacernos cargo de lo
que no nos hace feliz y nos causa sufrimiento. A lo largo de nuestra existencia
vivimos diferentes momentos y circunstancias con diversas intensidades que
van constituyendo nuestro andar. La oportunidad de construir nuestro sentido
de la vida está presente en cada momento, en cada circunstancia, en cada
situación que vivimos. Tomando nuestros sueños y nuestro ser vamos
construyendo día a día, etapa a etapa, momento a momento, nuestro sentido de
vida y el ser en el que buscamos devenir.
V. Mi sentido de vida
Esta investigación me ha permitido ampliar mi mirada sobre la vida,
sobre el sentido de vida en mí y en otros. Ha contribuido a cambiar muchos de
mis juicios y reconocer mis inquietudes, observar el sistema que me rodea y
54
sus implicaciones en mí. Me he enfrentado a mis incompetencias y a mis
miedos para reconocerme. Dejé de esperar que mi vida y yo misma fueran de
una determinada forma, de una forma correcta o particular. Desde mi propia
aceptación y la de los hechos de la vida, la mirada hacia el mundo comienza a
cambiar, las relaciones con las personas se dan desde el respeto y la dignidad,
y la compañía conmigo misma es parte fundamental de mí, al tiempo que
puedo sentir y vivir con gran alegría y disfrutar de una gran fortaleza interior.
He distinguido las voces de otros sobre lo que debería ser mi vida, para
abrir paso a mi propia voz. Estoy experimentando el poder de vivir y he
construido un nuevo sentido de vida para mí, donde su cuestionamiento es una
práctica recurrente y saludable que me permite caminar por el sendero que yo
elija para llegar más lejos. Una oportunidad muy valiosa de levantar la mirada
y ver más allá, de mirar el bosque desde lo alto. Es un alto en el camino para
reflexionar y tomar una mejor decisión.
Esta investigación ha representado en mí una nueva conceptualización
sobre el sentido de la vida y el reconocimiento y construcción de mi propio
sentido de vida. El texto descrito anteriormente denota el trabajo de desarrollo
personal realizado en los últimos nueve meses, el que evidentemente no solo
ha estadoorientado a escribir estas líneas. Durante los últimos nueve meses he
realizado un maravilloso proyecto de desarrollo personal que inicié desde la
confusión para llegar a donde estoy hoy: sentirme con un gran poder para vivir
la vida y no solo mirarla pasar, con una capacidad infinita para construir día a
día mi sentido de vida.
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Ira. Un monstruo de mil cabezas que se convirtió en heroína
Anadine
Tras la búsqueda de un tema que me hiciera sentido para ahondar en él
y mirarlo desde una perspectiva ontológica, apareció ese componente
estructurado, intelectual y lógico que me conforma, llevándome a temas ya
trabajados que aún cuando requieren seguir siendo profundizados, me hacían
más largo el camino a la caverna donde estaba lo desconocido, lo temido,
donde estaba el desgarramiento que marcó mi existencia y que me remitían a
una selección desde las vísceras.
La ira era un tema subestimado por mí por la frecuencia de su
aparición. Sin embargo, definitivamente fue el detonante de mis retornos a
terapia, motivada por el dolor, la desesperación resultante y por considerarla la
reacción más descontrolada y cercana a la locura que he tenido. Cuando escogí
el tema lo hice a partir de un episodio vivido con mi hija, que cambió mi foco
de interés y que me permitió observar la riqueza emocional que caracterizó a
este, las palabras que se repetían, la conexión con pedazos de mi historia que
me mostraron la única manera posible de otorgarle sentido: de hacerme cargo
de él, entrando en ese espacio, en esa caverna.
A partir de este incidente recordé situaciones, todas ellas vivenciadas
con personas significativas emocionalmente: mis padres, hermanos, esposo e
hijos; especialmente con mi hija, lo que me generó grandes inquietudes sobre
¿cómo podía hacer cosas que pudieran dañarme y dañar a quienes tanto amo?
¿Porqué seguía actuando así a pesar de la vergüenza, la culpa y el miedo que
me generaba? ¿Qué buscaba al mostrarme iracunda? Y definitivamente decidí
soltar el “soy así, así he actuado siempre y no creo que pueda hacerlo
distinto”, y me aferré a una mirada más allá de mí, sin perderme de vista. Una
mirada a partir de mis narrativas, mis sentires, mis historias, mi familia.
Para comenzar a mirar en mí fue necesario rescatar algunos eventos
significativos. Rememoré que con mi mamá siempre me acompañaron
sentimientos de frustración por no poder hacer lo que quería, por tener que
acatar órdenes con las que no estaba de acuerdo, por sentirme invalidada y
sometida a aceptar un no como respuesta. En esos momentos sentía que odiaba
a mi madre por no aceptarme como era. De mi papá contacté con la decepción
y tristeza por mantenerse pasivo ante lo que yo consideraba eran “injusticias”
o simplemente por preferirla a ella. El desenlace no se hacía esperar:
terminaba gritándole a mi madre, a lo cual ella reaccionaba haciendo uso del
poder que le daba ser mi madre; o mi papá acababa pidiéndome comprensión y
paz o haciendo silencio, silencio que me llevaba a descalificarlo por sentirlo
sumiso ante mi madre y por interpretarlo como desamor, menosprecio,
rechazo, por sentirme ignorada, por interpretarlo como un “no me importas”,
interpretación que cuestiono hoy día. También podía quedarme callada,
llorando, trayendo a mi mente imágenes en las que dañaba a mi madre o en las
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que yo me infringía daño. En la práctica terminaba siempre haciendo caso,
obedeciendo pero muy molesta, dándole poder a la voz de mi madre.
En relación a mis hijos puedo recordar que el amor desmedido y las
atenciones que mi esposo tenía hacia mi hija, era lo que más desataba mi ira.
Recuerdo que en ese momento quería ser el centro del mundo de mi esposo,
porque él era el centro del mío y aunque mi amor materno es profundo, no fue
fácil para mí compartir el amor que mi esposo me daba.
Con mi esposo la ira se mostraba algunas veces manifiesta y otras
encubierta. Recuerdo cuando a los 15 días de casados, mi suegra se fue una
temporada a la casa para apoyarnos en nuestra nueva vida, y el hecho de que
mi esposo solo estuviera atento a su mamá y le pidiera opiniones solo a ella,
me vulneraba, me generaba tristeza, me sentía invalidada, poco querida. Para
no decir nada, me fui de la casa y mi ira la canalicé fuera de ella. Pensé en
regresar a casa y divorciarme. Luego, recuerdo varias veces en las que
reaccionaba con golpes, gritos, insultos o autoagrediéndome ante la
indiferencia de mi esposo hacia mis necesidades emocionales y reclamos, los
que muchas veces se tradujeron en silencios, silencios que interpretaba igual
que en mi niñez: “no me importas”.
Todas estas acciones me mostraban insegura, temerosa de perder el
amor de la gente que amaba; inseguridad y miedo que aparece cuando no
obtengo lo que deseo de estas personas y que interpreto como rechazo o
desamor que culminará en abandono, asumiendo una postura de vida bajo la
cual doy mayor valor a otros que a mí misma. Siento que esta tendencia fue
algo aprendido.
Provengo de un hogar en el que soy la mayor de tres hermanos, única
mujer, por lo que fui muy estimulada y retada por mi madre para formarme
independiente. Fui también muy consentida por todas las personas que me
rodearon: era el centro de atención para mucha gente, situación que cambió
cuando me mudé a la casa de Maracaibo, donde empecé a confrontar una
realidad distinta, determinando, según mi observador, lo que estoy
encontrando en mi sombra. Desarrollé una manera de llamar la atención a
través del conflicto, que era la manera de lograr que mi padre dirigiera su
mirada hacia mí y mi mamá dejara de ser su centro, aun cuando siento que
para llegar allí tenía un comportamiento de una niña modelo: buena estudiante,
obediente, inteligente, atenta a las necesidades de él y viviendo para el deber
ser.
Los episodios descritos muestran la manera cómo se expresa en mí la
polaridad ira-amor. Es esta constante expectativa de ser amada, tomada en
cuenta, preferida, sentirme importante para el otro, ser el centro en la vida del
otro, es decir, ser prioridad sobre otras personas, situaciones o cosas; es darme
atención en el momento en que lo solicito, es que me expresen más amor que a
otros, es que me digan lo importante que soy, sentirme validada y
acompañada, como se manifiesta tal polaridad; pero cuando no acontece, me
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siento vulnerada, triste, muestro mi ira como una manera de ocultarla y
paradójicamente de lograr lo que inicialmente buscaba desde la amorosidad y
la entrega.
Con esto reflexiono que he sido reconocida, admirada, recompensada,
protegida, cuidada, he sido modelo. También he tenido que sacrificar
autenticidad cuando lo que quiero hacer no encaja con lo que esperan los
otros. Ahí decido accionar las críticas, cuyas sanciones han sido duras.
De lo que tomé conciencia es de cómo, ante la necesidad de satisfacer a
otros para obtener su amor y reconocimiento, he sacrificado mi esencia y el
amor por mí. Esta amorosidad, traducida en algunos casos en entrega, me
genera satisfacción, alegría, expansión a través de mi relación con otros,
llegando al punto máximo de satisfacción cuando siento reciprocidad en la
entrega. Es como si para estar bien conmigo requiero de estar bien con otros;
realidad que desde mi habitualidad está presente, pero que mi transformación
ya no le da el sentido que tenía antes. A lo que hoy aspiro es a equilibrar parte
de mi bienestar y con fluidez poder dárselo a otros, valorarme a mí misma y
así poder valorar a otros en la justa medida.
Por otro lado, cuando esta entrega no genera el resultado que espero, se
magnifica y es allí cuando agoto todo lo que tengo, pudiendo llegar a ese
punto de pérdida de mí, de mi dignidad, de mi centro, colocando limites a
partir de mi ira. Es una manera de protegerme, de decir cómo me siento, qué
quiero, y de cómo aflora mi molestia hacia mí y hacia quien sienta que me
trató injustamente. Esto me remite inevitablemente a una experiencia dura y
sanadora en la que me contacté nuevamente con mis sentimientos de infancia,
que surgieron al tomar conciencia de que me faltaba una extremidad, una
mano. Esta deficiencia me hacía sentir miedo, rabia, frustración, tristeza, que
hoy puedo relacionar cuando en mis momentos más críticos de ira o tristeza
termino preguntándome a gritos: ¿qué me falta?, ¿qué no tengo?, y que
completo con la frase: para merecer, merecer el amor, merecer la felicidad y
que tienen que ver con mi concepto de dignidad y con mi búsqueda siempre
centrada en la falta, albergando la esperanza de llenarla. Entonces, dirijo mi
mirada a cómo a través de la ira enmascaro la tristeza que me producen las
faltas, aun cuando haya hecho todo lo posible por compensarlas.
En primer lugar, siento que al igual que mis padres, yo realicé una
negación de la ausencia de mi mano. En algún periodo de la niñez tuve
conciencia de que era diferente, muy probablemente cuando mi maduración
cognitiva me permitió saber que quien estaba proyectada al espejo era mi
imagen. No tengo clara la situación, solo sé que pude revivir la emoción y el
juicio, y únicamente me vi como un monstruo deseando que desapareciera eso
diferente. No sé si a partir de allí, y con un juicio encubierto por la negación,
asumí que no había imposibles para mí: todo era tomado como reto y mi
familia me apoyaba en ello. Hoy puedo pensar que cada carencia me llevaba a
contactar con el profundo dolor de saberme distinta, trabajando siempre para
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ser igual, pero que mi mente procesaba como que debía ver a los demás
iguales a mí. Era menos doloroso mirar hacia afuera.
Muy probablemente por eso era tan insegura y temerosa al llegar a mi
casa en Maracaibo, porque allí empecé a sentir la diferencia, a sentir la
tristeza, a mostrarme vulnerable y llevada a aprender que debía ser fuerte,
emoción valorada por mi familia (a través de la ira) para que no fuera
lastimada por la falta de mi mano. Mi postura de vida se centraba en mostrar
lo que sí podía hacer para que no se notara lo que no tenía. Era hacer cosas
para formar parte de un colectivo en condiciones de igualdad; y cuando
escribo esto de la igualdad me remito a mis luchas cuando sentía o siento que
alguien tiene mayores beneficios que yo, o cuando en las relaciones con el otro
no son igualitarias en deberes, derechos, beneficios y afectos, y allí aparece la
dignidad a flote.
Termino respondiendo a las preguntas que me hago al final de cada
episodio de ikra: ¿qué me falta?, ¿qué no tengo? Y puedo responderme: me
falta una mano que me hace diferente al resto, que puede condicionar el amor,
que me conecta con la indefensión, que me inhibe realizar algunas tareas como
plancharme el cabello, ponerme algunos collares, entre otras cosas. Me falta
reconocer que soy un ser que no puede controlar su mundo a través de los
haceres que me hacen sentir digna, me falta reconocerme diferente, única,
irrepetible y adulta. Me falta reconocer mis auténticos sentires y
vulnerabilidades.
Todo este recorrido me lleva a explorar mi desgarramiento: la ira, y
descubro que la vivo de acuerdo al siguiente perfil:
Reacción descontrolada, parecida a la locura que se manifiesta a través
de conductas verbales o corporales con la intención de dañarse a mí misma y a
otros.
Conductas autoagresivas y autodestructivas.
Corporalmente se apodera un fuego que sube hasta mi cabeza y sale
por los ojos y por los oídos.
Enmascara la tristeza.
Se activa tras el sentimiento de vulnerabilidad, de indignación (entrega
de la voluntad), de no aceptación de la diferencia, de invalidación.
Inclinación a recibir validación como ser humano, aceptación,
atención, protección.
Proyecta resistencia en otros, fuerza de voluntad.
Produce culpa o remordimientos, vergüenza, temor de perder el amor
de los seres queridos y resentimiento.
Al buscar experiencias nuevas en mí y en otros para compararlas con el
perfil unitario, me encuentro con puntos comunes en todas las experiencias de
ira vividas a modo personal, no obstante, he hallado variaciones de algunos
aspectos en quienes indagué; por ejemplo, en dos adolescentes encontré
prácticamente los mismos criterios, aun cuando la intención de las conductas
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que caracterizan su ira son retar a figuras de autoridad más que dañarlas.
Por otro lado, me encuentro que personas contemporáneas a mí
introducen un aspecto nuevo: la ira es de intensidad variable, y esto es nuevo
tomando en cuenta que mi ira va en aumento y es descontrolada. Asimismo,
no existen conductas autoagresivas, y más que temerosos de perder el amor
hacia quienes desatan su ira, temen perder el respeto. Identifiqué además que
mi ira, me remite a la fase inicial de mi vida.
Ante la revisión bibliográfica, descubro ideas interesantes tales como
que la ira es vista desde una perspectiva religiosa como uno de los vicios que
aquejan al hombre y, según el catolicismo, lo invita a pecar. Según esta mirada
se manifiesta como negación, impaciencia y venganza que suele quedar
plasmada en homicidios y suicidios, conductas condenadas por la Iglesia.
También existe una tendencia en la sociedad moderna a juzgar la ira como una
conducta inmadura o no civilizada y que es admirada su inhibición a pesar de
que se puede traducir en enfermedades físicas y mentales. No obstante, se dice
que la ira puede movilizar recursos psicológicos y determinación para corregir
respuestas equivocadas, la comunicación de los sentimientos negativos y la
reparación de daños infringidos; asimismo, es una reacción que permite a los
seres humanos enfrentarse a las amenazas o para que otros detengan sus
comportamientos dañinos.
También hay autores que plantean que la ira es un mecanismo de
defensa psicológico que se origina en la primera infancia como una respuesta
al trauma sufrido cuando el entorno del niño no responde a sus necesidades.
De esta manera, se interpreta como un intento de pedir ayuda de parte del niño
que experimenta el terror y cuya supervivencia misma se siente en peligro.
Estas ideas me remiten a ese momento poco claro de mi mente en el
que me miro como un monstruo y me conecto con ese terror, y que para
mantenerme sana lo canalizo a través de la ira; ira reforzada por mi entorno,
ira que me protegió del estigma social y que eduqué y la traduje en
determinación, perseverancia, constancia, creatividad.
En este momento puedo ver un tránsito de mi ira en lo descrito que va
desde una fase primitiva, esa que hoy reconozco desde la valoración a mi
cuerpo tal cual es y que fue negado por mi familia y por mí durante tanto
tiempo, hasta esa otra manera, esa educada de vivir la ira que se traduce en
proteger mi identidad pública y que se convierte en fortaleza interna y
empoderamiento.
Y mientras escribo esto me pregunto: ¿dónde queda entonces la
tristeza, la gran emoción enmascarada? Queda en un gran atril por fin
expuesta, vivida y reconocida en el momento en el que no se pone en riesgo
mi espíritu, en el que ya no hay posibilidad de quebranto interior, pues, gracias
a ese empuje, esa fuerza, esa exigencia, esa negación, la vida me permitió
mostrarme en mis posibilidades más allá de lo triste; de saberme en
desventaja, indefensa, minusválida, según los parámetros sociales; parámetros
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que hoy día no comparto y para los que tengo afirmaciones de vida que me
permiten refutarlos. Atrás queda esa postura ante la vida sobre la cual valoraba
a los demás más que a mí misma, dando prioridad a sus voces; minimizando
mi propia voz.
Atrás quedó la niña frágil que no sabía cómo interpretar aquella
diferencia y que la manejaba como se la indicaban sus más cercanos. Hoy está
la mujer que reconoce la tristeza y el desconcierto surgidos en un momento, y
que se está rediseñando en la validación de sus emociones, de sus faltas, en la
valoración de sí misma sin cuestionar su dignidad de ser humano. Una mujer
que se reconoce luchando con la búsqueda de la perfección, como el modo de
convivir dentro de un todo armonioso y posible.
Ahora, queriendo filosofar me pregunto: ¿qué sentido tendría la vida si
no existieran las faltas? ¿De qué modo puedo interpretarlas desde la premisa
de que el lenguaje no es inocente?
Soltar la falta quitaría mi sentido de vida…
Doy sentido a mi vida a través de la falta…
Finalmente afirmo que el sentido de mi vida es transcender a la falta,
es vivir con amor propio en abundancia, agradecimiento, libertad de ser y
plenitud.
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Mi desconfianza: fruto de la traición, refugio de mis miedos
Anónimo
Estás frente a unas líneas que… en su apariencia recta, ordenada,
concreta, guardan fragilidad, la esconden hábilmente entre las comas que les
permiten hacer una pausa, o dos, o tres. Estás frente a líneas que hábilmente
podrían evadir “el tema” que origina el sentido de su existir con diversos
instrumentos poéticos, metafóricos o, incluso, con simples actos de
puntuación, como un punto y aparte que les permitiría comenzar de nuevo.
Estas líneas te piden cautela, te piden tomarlas despacio, de a poco y
tal vez incluso, no tomarlas tan en serio. (De tomarlas muy en serio, mis líneas
temen ser más reales de lo que pretenden ser, y entonces llevarnos juntos al
punto de partida… al estado que se generaba en mí cuando al encontrarme con
alguien que amenazantemente se asomaba a leerme completa, yo,
silenciosamente me dejaba invadir por una emoción en el cuerpo: un sentir
abrumador que duele… en mis ojos, con un dolor acuoso, anochecido,
profundo. Viajando espesamente después a las palmas de mis manos,
perforándolas con la esclavitud del resentimiento que terminaba por alojarse
en mi garganta… en un nudo que no me dejaba articular palabra). Así mejor,
sigamos en voz baja, con estas líneas que, precavidamente, te piden
acompañarlas en el transitar de MI DESCONFIANZA.
Mis líneas se permiten comenzar ausentes, con el silencio de una
imagen…
Yo me encontré con esta escultura, una tarde de mirada ensombrecida.
La miré primero y obtuve escalofríos. Escalofríos, desde el más interno miedo
que me habita, La imagen evidenciaba ante mis ojos el dolor de la traición
como origen de mi desconfianza. La traición espinada que penetra al fondo de
mi existencia, la traición temprana a la inocencia, desconcertando a una niña
pequeñita. Traición para ella de la promesa de estar segura y cuidada frente a
quienes debieran hacerlo. La traición de la violencia del abuso al candor, la
traición como herida en el cuerpo y desgarramiento en el alma. La traición
también de su garantía de ser cuidada, la traición vivida desde la niña en un
clóset sin respirar, para no ser encontrada, para no ser lastimada; traición que
vivió en mis pesadillas retorcidas. Esa era la traición más evidente. Pero no
venía sola… venía con la traición “pasiva” de haber sido despojada de mi
infancia, para rápidamente salvarme… y ya a los cinco o seis años aprender a
ser “adultita”. Un ser “adulto” desde una cicatriz inconsciente creada por la
inmensa sabiduría de una niña. Cicatriz que me permitió acorazar el dolor
dentro o fuera de mí, no lo sé, pero fue en un lugar tan inalcanzable que no fue
visible para nadie más, ni siquiera para mí durante tanto tiempo. La cicatriz del
“olvido”. De a poco, sin saberlo, esta niña creó alrededor una muralla
sostenida, firme, de madurez temprana, que forjó en ella la inmensa capacidad
de hacerse cargo primero de sí misma (de su seguridad), y así en pasos
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gigantes de niña, también aprendió a hacerse cargo de tanto y de tantos…
Mi desconfianza, entonces, amuralló mi miedo a depender del cuidado
de otros y, por tanto, ser vulnerable… Con ello apareció una de mis sentencias
del alma, un juicio maestro, regidor, dictador: “Mi madre no es capaz de
cuidarme”. Con esta sentencia aprendí a convertirme en algo así como la
madre de mi madre. Aprendí a cuidarla, aA escuchar y vivir su historia de
orfandad desde un amor tan grande, que desconocí el lugar de hija menor que
me pertenecía. Me formé una mirada tan deslumbrada por la fortaleza de mi
madre frente a su propia historia que me permitió no solo admirarla, sino
amarla profundamente y a la vez el disfrutar cuidarla, apoyarla, el convertirme
en su principal soporte, en su “orgullo”, en su compañera, en su refugio.
Y en esa historia, MI DESCONFIANZA nacía, pero desconfianza ¿a
quién?,. ¿a quienes? De pronto la respuesta parece simple y completa: mi
desconfianza al otro y a su capacidad de recibirme completa manteniéndome a
salvo.
Con el paso del tiempo,¿en qué se convirtió MI DESCONFIANZA?,
¿cómo me ha acompañado en estos 36 años?
Miremos algo de su luz… Los regalos que ahora puedo reconocer que
se sembraron como recursos para mantenerme a salvo, decididamente a salvo.
MI DESCONFIANZA me trajo regalos valiosos y muy útiles, de ahí la
“razón” para crearme una estructura medular que me fue bien justificada
durante mucho tiempo. Me refiero a regalos como mi autoconfianza, mi poder
personal de ser muy dueña de mis acciones, esa capacidad para lograr lo que
quiero, para alcanzar diversas metas con absoluta decisión, y ser capaz de
cuidarme y de cuidar a otros.
Otro rayo de luz presente es hasta hoy, aquella niña presente en mi
rostro, en mis sueños, en mis gustos, en mi afición por los helados o en mi
asombro por un cielo nocturno dibujado de colores centellantes por los fuegos
artificiales. También, la presencia danzante de esta niñita que sueña, que baila,
que ama. MI DESCONFIANZA, sin notarlo, me enseñó, calladamente, a traer
a esta niñita conmigo para cuidarla, para apapacharla. Para no abandonarla.
Para brindarle a cambio de su silencio, un mundo mágico, romántico, un lugar
donde la ingenuidad es bienvenida. Un mundo mágico, insisto. Un universo
seguro. Un mundo de ensueño, donde los poetas disfrutan helados entre
versos, donde las bailarinas danzan las emociones con pies descalzos, volando.
El lugar donde todo es más cierto que la realidad. El lugar que visito para
disfrutar, para ser libre, volando, sintiendo, soñando, creando, danzando,
escribiendo, callando, amando.
El lugar que por espacios comparto solo con algunos. Y de
compartirlo, jamás será un compartir completo, pues el lugar, hasta ahora no
me pertenecía. Era de esa niña, y yo le prometí cuidarlo para que ella pudiera
habitarlo. Así lo mantuve vivo, vibrante, intacto, impenetrable, oculto. Solo
para mí. Y ahí mis líneas de pies danzantes se regocijan.
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Dancemos.
Cuando la música termina, mis líneas me llevan a visitar la sombra de
mi desconfianza, lo que esta emocionalidad me ha robado, lo que no me ha
permitido. Los espacios vacíos de mi alma, de mi manera de NO-SER, de
aquello que no soy capaz de hacer cuando me disuelvo en la desconfianza.
Vayamos. de a poco. Con cuidado.
He dicho que mi desconfianza me ha impedido sentirme “a salvo” en
otras manos. Y de ahí, el costo más grande: no he aprendido a entregarme
completa, no he sabido ser completa para otros. Así, me convertí en una mujer
“que se fragmenta”, que se escapa, que se disuelve, que se va cuando crees
tenerla, que se evapora. Cuando me miro como mujer partida en trozos, en
cachitos polifónicos que ensordecen en contradicciones, ahora me conmuevo.
Me miro partida y me veo viviendo la vida a trozos. Con toda mi pasión por
vivir cada trozo, pero al final, una vida de identidades múltiples, una vida que
no ha sabido vivirse completa, que no me permite una entrega completa, a
nadie, a nadie fuera de mí. Y nadie, es mucha gente. Es mucha soledad. (Otro
juicio maestro, desgarrador.)
Me he presentado frente a la vida como una mujer tan fuerte, tan capaz,
tan poco “cuidable”, tan entera. Incapaz de abrir la vulnerabilidad de su alma,
con la negación absoluta de necesitar de alguien por miedo a ser herida o
abandonada. Una mujer que cierra los ojos para que nadie pueda conectar
profundamente y no pueda ofrecer las puertas al cuidado de alguien, de una
mirada. Me he negdo a la posibilidad de que alguien abra sus brazos para
contenerme. Me he mirado de pronto tan sola. Tan fragmentada. Mi
desconfianza duele, cala en los huesos. Tiembla. Atardece en desolación. Mi
desconfianza me ha mantenido con ojos muy abiertos, precavidos frente a una
posible traición que duela tanto, que haya que correr a esconderse a un armario
para que me mantenga a salvo. Sin hablar, sin sentir, sin respirar. Sin vivir.
Sola.
Aprendí e incorporé todas estas “maneras de ser” y las de “No-Ser”
durante muchos años, hasta hoy. Hasta ahora que puedo mirarlo. Darle vueltas.
Sentirlo en el cuerpo. Vibrar las emociones. Traerlo de vuelta al lenguaje. Sin
verdades. Sin absolutismos. Con miradas variadas.
Y para cerrar este viaje, mis líneas recurren a hacerse presentes en la
imagen que ahora grita eufórica: la nueva mirada. Mi corazón. Y de nuevo el
escalofrío. Ahora, desde el asombro. Desde el asombro al experimentarme
completa y con la capacidad de que mi corazón aparentemente inquebrantable,
por fin se integre en uno solo, y entonces, se abra latiendo la celebración de
permitir ahora expandirse para dejar salir a un pequeñito corazón herido que
permaneció durante más de treinta años oculto, sangrando solo hacia adentro.
Ahora, el corazón recobra vida y color, escucha su vida y su latir, reconoce su
herida y se permite sanarse, sin el olvido, con la conciencia de que aquel
pequeño corazón espinado lo conformó hasta ahora, como un sello particular
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de quien he sido, por quien fui. Como todo lo importante que sabemos que
permanece al irse. Y, también, con la oportunidad de un “ser” distinto, que es
capaz de mirar el desgarro, y mirarlo de frente, en paz, sanando, soltando,
dejándolo ir, porque ya es tiempo. Dejando hoy el espacio para nuevas
maneras, para aprender a reconfiar, desarticulando de a poco MI
DESCONFIANZA. Mirando mi propio mundo desde otro lugar, expandido.
Un mundo que, sinceramente aún no conozco, pero ahora veo posible crearlo.
Comenzando por comenzar, por permitirme aprender a sentir el vértigo de
escribir del alma estas líneas frente a tu mirada que se asoma a este cuento,
que antes era solo mío. Y con este hueco en el estómago, que ahora le puedo
dibujar una brisa refrescante de mariposas, desde una mujer completa que
comienza a caminar con las dulzuras de la niña. Una mujer que se atreve a
respirar profundamente, ahora, de tu mano. En paz.
Junio, 2011
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Aprender a danzar entre la soberbia y la humildad
Domingo Stroia
Este espacio para escribir con libertad sobre mi tema de investigación
me resulta muy agradable, porque desde que lo elegí, no he dejado de
preguntarme por qué este tema es tan importante para mí, ya que me resultó
sencillo elegirlo. Me salió así, casi sin pensarlo. Es un tema que ya rondaba
mis pensamientos, pero al que no podía asir.
Hoy cuando escribo estas líneas, luego de haber escrito sobre mi
estructura de coherencia, vislumbro algunos nexos que entiendo que debo
explorar. Todavía no sé muy bien por qué me resultan atractivas esas
conexiones que se hicieron presentes. No sé qué mensajes traen, qué
aprendizajes pueden aportar, hasta dónde llegan, hasta dónde estoy dispuesto a
llegar; lo que sí sé es que este es el momento de hacerlo, porque creo haber
descubierto una conexión y porque tengo el privilegio de tener un guía.
En mi estructura de coherencia surge que acepto los límites
naturalmente dentro de los cuales me desarrollo. Hasta ahí parece natural,
excepto de que no era consciente de dicha situación y que me consideraba que
en mi vida había transgredido varios.
La conexión que encuentro hoy es que el tema que he elegido para
desarrollar es precisamente el límite entre la soberbia y la humildad. Mi
estructura de coherencia explica la búsqueda del límite; para poder
desarrollarme necesariamente preciso conocer cuál es el límite, cuál es mi
campo de acción, hasta dónde me está permitido llegar.
Aparece una catarata de preguntas que no sé si se corresponden con el
proyecto de investigación, pero resultan importantes al momento de escribir
sobre él.
¿Existen los límites?
¿Deben existir?
¿Qué son?
¿Cómo se establecen?
¿Quién los establece?
¿Debo respetarlos?
¿Por qué?
¿Tiene consecuencias no hacerlo?
¿Qué hay detrás de ellos?
¿Por qué los necesito?
¿Me generan seguridad?
¿Me generan temor?
Debe existir un límite entre la soberbia y la humildad, o tan solo yo
necesito establecer ese límite.
No recuerdo desde cuándo este tema me intriga, pero sí tengo muy
presente un gran número de situaciones que me han quitado el sueño, y que me
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han llevado a una reflexión profunda y han influenciado mis acciones.
Tal vez su origen provenga de la formación en mi casa a temprana
edad,, en la catequesis de la escuela o en mi paso por la acción católica
ámbitos que fueron muy importantes en mi concepción de valores, creencias,
conductas; en pocas palabras, en construir mi personalidad. Desde mi mamá y
mi abuela paterna muy devotas, la escuela primaria católica y mi actividad en
la iglesia, fui recibiendo en todos estos espacios a la humildad como un valor a
abrazar, mientras que la soberbia debía ser aborrecida.
Hoy me cuesta poder establecer cuál es el equilibrio entre humildad y
soberbia. Esta inquietud tiene su fundamento en que en muchas oportunidades
no estoy satisfecho respecto de los resultados de mis acciones que las concibo
suscribiendo el valor de la humildad. En estas circunstancias suele sucederme
que las otras personas perciben mis acciones como un acto de soberbia.
Hay oportunidades en las que yo siento que mi actitud fue soberbia. Se
da mucho en las reuniones en las que el tema que se trata me apasiona y me
transformo en el centro de la reunión y por tanto acaparo el discurso. En otras
oportunidades, mi concepción de humildad me impide pedir, por considerar
que mis necesidades son menos importantes que las de otras personas, lo que
luego se traduce en un sufrimiento que se libera cuando logro superar esa
barrera y puedo pedir.
Me molestan las personas que actúan como seres superiores a los
demás, pero rápidamente me pregunto en algunas oportunidades si yo
realmente me comporto o no de igual manera. En mis reflexiones descubro
que he hecho acciones o he dicho cosas que cuando yo las evalúo en otros las
catalogaría como soberbias.
Esta confusión es mi compañera desde hace varios años. Siempre estoy
atento a no herir a otras personas con mis palabras o mis actos, pero a veces el
costo es muy alto para mi autoestima. Considero esta una excelente
oportunidad para poder navegar, con un guía, en este océano inmenso que me
cuesta tanto entender.
Este viaje que he emprendido, que se caracteriza por ser una
exploración y no una excursión, porque no conozco ni el camino ni el paisaje,
pero sí tengo la necesidad de explorarlo y obtener un recorrido que pueda ser
utilizado por otras personas en el abordaje de estos temas. Cada uno de ellos
seguramente podrá entregar su aporte desde sus experiencias, opiniones y
reflexiones, e ir así mejorándolo.
Este trabajo intenta lanzar a rodar el tema, dar una mirada sobre los
valores que los percibo en decadencia, en el marco de una sociedad orientada
hacia los objetivos y resultados materiales que genera personas con una
profunda crisis de identidad. Alcanzados o no los objetivos materiales
impuestos por la sociedad, el hombre en un momento de la vida. Por diferentes
circunstancias se plantea el sentido de su vida y es en ese momento donde
deviene la crisis, ante una sociedad inmersa en una competencia materialista,
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pero carente de una plataforma de valores que contribuyan al desarrollo
espiritual y emocional de las personas que la integran.
Creo que es necesario partir desde la duda de si los valores con los que
se construyó la sociedad actual son los vigentes. De hecho pareciera que han
fracasado o por lo menos están desactualizados, dado que han perdido su rol
de guía y contención. Sí estoy seguro que es necesario construir una
plataforma de valores sobre la cual cimentar este nuevo mundo.
Mi propuesta es iniciar ese camino de revisión intentando generar un
aporte a esta plataforma de valores que vislumbro absolutamente necesaria
para el sano desarrollo de las personas y, en consecuencia, de la sociedad que
integran.
I. Desde dos miradas: metafísica y ontológica
Si me paro desde la mirada metafísica, mi investigación estaría
centrada en la bibliografía, en el conocimiento escrito. Se situaría fuera de mí,
lejos de las experiencias propias y concretas; navegaría en un mundo abstracto
e inalcanzable.
Desde la ontología, trabajaría en la observación directa, en el análisis
de los hechos y acontecimientos experimentados desde mi propio cuerpo y/o
experiencias cercanas, que me permitirían acceder con mayor facilidad.
La principal diferencia es que en el pensar ontológico tendría un
resultado más cercano al mundo que vive la gente común, mientras que en el
pensar metafísico estaría acorde al mundo intelectual, el de los eruditos, un
“mundo superior”.
Los resultados del pensar metafísico son estáticos, descriptivos, están
orientados a explicar los hechos. En cambio, en el pensar ontológico son
dinámicos, nos permite intervenir, reflexionar sobre los hechos para poder
accionar sobre ellos y obtener resultados diferentes en el futuro. Resultados
ligados a las acciones que fui tomando y que me permiten una cuota de
control, de protagonismo, de transformación de mí mismo en el devenir. El
pensar metafísico nos pone en el rol de observador estático, sin posibilidades
de intervención.
El pensar metafísico presume un “Ser” definido, invariable, inalterable
y las acciones como resultado de este Ser. En contraposición, el pensar
ontológico presupone un mundo y un “Ser” en permanente cambio, que
constantemente es modificado por las acciones que uno realiza, por el entorno
con el que se convive, por las experiencias ganadas, por las alegrías, por los
sufrimientos, etc.
Las preguntas que me surgen desde la mirada ontológica son:
¿Cómo vivo la soberbia?
¿Cómo vivo la humildad?
¿Existe un litigio ente soberbia y humildad?
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¿Cuáles son las conductas observables que definen la soberbia?
¿Cuáles son las conductas observables que definen la humildad?
¿Cómo influencian los sistemas en la definición de soberbia?
¿Cómo influencian los sistemas en la definición de humildad?
¿Es posible definir una a partir de la otra?
¿Existe la dialéctica entre la soberbia y la humildad? Si existe, ¿cómo
es?
¿Qué sabor me produce la soberbia?
¿Qué sabor me produce la humildad?
¿Qué emociones registro ante la soberbia?
¿Qué emociones registro ante la humildad?
¿Qué cosas me permiten reflexionar sobre el tema?
¿Logro identificar en los otros la soberbia y la humildad?
¿Cómo reacciono ante una persona soberbia?
¿Cómo reacciono ante una persona humilde?
¿Qué me causa placer: la soberbia o la humildad? ¿Por qué?
¿Qué valores identifico con la soberbia?
¿Qué valores identifico con la humildad?
¿Cómo me defino: soberbio o humilde? ¿Por qué?
¿Cómo me ven las otras personas: soberbio o humilde? ¿Por qué?
II. Mis experiencias de vida
Me preocupa ser visto como una persona soberbia, y lo percibo en mí
cuando en las reuniones hablo de varios temas con conocimiento de ellos. Hay
una frase que me genera mucha angustia y me bloquea: “Vos que sabés de
todo”; la considero peyorativa, hiriente y la asocio a mi preocupación con la
soberbia. Mientras escribo esto intento encontrar en esta frase las causas por
las cuales me genera angustia, pero no puedo descubrirla.
Tengo necesidad de entender los límites de la soberbia, porque las
acciones que he tomado para no caer en ella, en muchas oportunidades fueron
asociadas con timidez o parquedad. Fundamentalmente, cuando me quedo
callado en las reuniones. Me gustaría superar ese prejuicio, no tenerlo presente
todo el tiempo. Liberarme, creo, es la palabra correcta. Pero a la vez me
pregunto liberarme de qué: ¿de los miedos?, ¿y cuales son esos miedos?
Miedo a no ser aceptado, al rechazo, a ser diferente.
Ser diferente me hace sentido. Muchas veces me he visto puesto en una
posición de diferente en la que no me sentí cómodo. Durante el colegio
secundario fui un muy buen alumno y por mis notas accedí a ser abanderado,
pero como no quería ser identificado como un “traga” (de tragalibros en
Argentina) o nerd (en inglés), presenté un aspecto físico de rebeldía (barba,
pelo largo, desaliñado). Me sentía orgulloso de ser el abanderado con ese
aspecto. Como todo adolecente, me encantaba desafiar las reglas, pero las
compensaba con mis calificaciones. Tal vez esto de la soberbia, asociado a la
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aceptación, habla de mi rechazo hacia las personas que yo defino como
soberbias. ¡Qué interesante este vínculo!
1. La soberbia
Me siento soberbio en las oportunidades que no escucho al otro, en que
me siento dueño de la verdad o menosprecio lo que el otro tiene para decir. Es
una conducta recurrente en mi comportamiento; siento ceguera, pierdo la
dimensión del tema, y en varias oportunidades entro en una escalada que
termina en una discusión, dañando la relación con el otro.
Cuando logro salir de ese círculo e ingreso en un espacio de reflexión,
siento un profundo dolor por el daño causado en la relación, enojo conmigo
mismo por no haber sabido controlarme y así evitar un enfrentamiento
innecesario. En estas situaciones asocio la soberbia con la incompetencia de
escucha efectiva.
Las experiencias en las cuales he podido observar soberbia en otras
personas están muy asociadas a las características de mi comportamiento en
circunstancias similares.
He presenciado en varias oportunidades cuando un jefe menosprecia la
labor de sus colaboradores, prejuzgando su comportamiento sin observar todo
el contexto en el cual se ha desarrollado. Es frecuente oír “son vagos”; en estas
situaciones no solo la soberbia se expresa con palabras, sino la misma se
acentúa con el tono y la gestualidad, que evidencian superioridad, ese expresar
juicios desde el pedestal respecto del pensamiento y/o conducta de otras
personas.
Primera experiencia
Explorando las experiencias en las que considero que hubo un trato
indigno, se me viene a la mente Jorge, con quien fuimos compañeros de
trabajo hace algún tiempo. Jorge accedió a una posición dentro de la empresa
para la cual no estaba preparado, pero su nombramiento le generaba beneficios
personales a mi jefe. Jorge, al que fui conociendo mejor al compartir las tareas
cotidianas, era consciente de que no estaba preparado para asumir el rol que
debía cumplir. Había aceptado esta propuesta porque se le hacía imposible
reubicarse laboralmente, dada su edad (55 años), y sus más de treinta años de
trayectoria como dirigente gremial.
Jorge se esforzaba mucho por aprender e intentaba cubrir sus falencias
con mucha dedicación y obediencia hacia el jefe quien, conociendo la difícil
situación de Jorge, se aprovechaba de ello; por ejemplo, le pedía que trabajara
extensas jornadas, le exigía resultados imposibles de alcanzar. Jorge estaba
resignado y siempre ponía en la balanza el hecho de que le habían dado
trabajo.
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Un buen día, el jefe le pidió a Jorge que realizara un diagnóstico. Jorge
lo hizo, condicionado por lo que quería escuchar el jefe, y en esta oportunidad
su apreciación estaba equivocada. En esa reunión participábamos varias
personas y transmitimos que el diagnóstico estaba equivocado, pero como al
jefe le convenía el diagnóstico de Jorge, lo tomó como válido y preparó una
estrategia basada en él. Como era de esperar, obtuvo un fracaso como
resultado. Este fracaso tuvo gran trascendencia y el jefe para preservarse
responsabilizó a Jorge del error y procedió a despedirlo.
Este caso contiene varios aspectos de la dignidad. Primero, la dignidad
de Jorge que por su necesidad de trabajar accedió a una propuesta que lo
superaba, que luego se transformó en una tortura por el maltrato recibido por
su jefe, quien abusó de la necesidad de Jorge y lo utilizó para su propio
beneficio.
Hoy cuando recuerdo esta situación afloran los mismos sentimientos de
entonces: rabia, injusticia, impotencia. Resulta difícil establecer un juicio para
Jorge porque si bien él estaba necesitado de trabajar, era consciente de que no
estaba preparado para ocupar la posición que le propusieron, pero igual
accedió. ¿Se justifica que por necesidad relegue uno su dignidad?, ¿cuál es el
límite? ¿Será la subsistencia?, y en ese caso, ¿cuál es el límite de la
subsistencia? Esta relación estaba basada en una asociación ilícita: ambas
personas sabían que actuaban injustamente, que tan solo tenían en cuenta su
beneficio personal.
Este hecho está teñido de manipulación. Ambas personas manipularon
la situación para beneficio propio; abuso de poder, el jefe se aprovechó de la
necesidad de Jorge y usufructuó dicha situación para, entre otras cosas, cubrir
sus errores; estafa, toda la situación fue un engaño para el resto de las
personas.
Segunda experiencia
En estos días me tocó compartir una reunión de amigos en la que
participábamos con nuestras familias. Todos aportamos algunos alimentos y
nos ocupamos de la preparación de los mismos y del lugar. Una de las familias
invitadas llegó sobre la hora, y no solo no hizo ninguna referencia a su falta de
participación en los preparativos, sino que la mamá de la familia dijo: “¡Qué
suerte que está todo listo porque yo no tengo tiempo para ocuparme de estas
cosas!”. Su comentario no fue bien recibido por el resto de las personas.
Durante la reunión se mantuvo en una actitud en la cual exigía que le
sirvieran tal o cual cosa. Digo exigía, porque ante cualquier pedido mostraba
signos de fastidio si no se cumplía en forma inmediata. Le pidió a la persona
que se ocupó de cocinar el lechón por cinco horas que le trajera una porción
sin huesos. Él recién se había sentado y comenzaba a comer su porción. Al ver
que no acudió inmediatamente, ella se levantó de la mesa, fue hasta la parrilla,
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observó, y sin servirse nada regresó a la mesa, pero no se sentó. Miraba
concentradamente al parrillero hasta que este, incómodo con la situación, se
levantó y se dirigió a la parrilla para servirle la porción solicitada. Ella lo
acompañó y, mientras él cortaba la carne, le indicaba qué parte quería. Sentí
indignación por el comportamiento de esta persona. No sé cómo hubiera
reaccionado si yo hubiese sido el parrillero.
Tercera experiencia
Puedo contar el hecho que sucedió cuando estaba trabajando en una
empresa que transitaba por una serie de cambios producto de la venta de la
misma y el ingreso de nuevos accionistas. En ese momento se generaron
bandos dentro de la organización que luchaban por adquirir o conservar poder
según la posición de cada uno. Un día, el gerente general, que respondía a uno
de los nuevos accionistas, me citó a su oficina y me planteó que debía despedir
al gerente de ventas, con la particularidad de que no debía comentarle a mi
jefe, quien respondía a otro accionista. Le solicité al gerente general si me
podía dar las razones por las que no debía comentarle a mi jefe, dado que yo
no podía encontrar ninguna. Prácticamente no tuvo argumentos, tan solo
esgrimió que mi jefe era quien había traído a la empresa al gerente de ventas y
consideraba que no era bueno que él conociera la decisión. Los argumentos
que manifestó no me resultaron sólidos, por lo que le contesté que no haría tal
cosa si no lo ponía en conocimiento a mi jefe.
Pensé que no era ético actuar a escondidas sin fundamento alguno.
Había trabajado con Luis (mi jefe) durante nueve años y su comportamiento
fue siempre muy correcto para conmigo; además, lo consideraba como un muy
buen profesional, lo cual hacía que tuviera menos sentido tomar la actitud
propuesta por el gerente general.
Sentí que la decisión que había tomado era la correcta. Tras el temor
experimentado al momento de tomar la decisión, me sentí fortalecido,
orgulloso de haber optado por la decisión correcta, con la frente alta y con la
libertad de poder mirar a los ojos. En esta oportunidad me vino una sensación
expansiva en mi pecho, me invadió la sensación de seguridad, de alegría de
haber hecho lo correcto.
2. La humildad
Ahora es necesario hablar de la “no soberbia”, la cual considero
conveniente denominarla humildad, Y con esto aludo a cuando mi actitud y/o
mis actos fueron humildes, es decir, no estuvieron teñidos de soberbia.
Puedo generalizarlo enunciando que considero actos o actitud de
humildad el reconocer los errores, pedir disculpas, ponerse al servicio del otro,
atender las inquietudes de otro sin pensar en el beneficio propio; es decir, con
un interés genuino por el bienestar del otro.
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Primera experiencia
Hace un tiempo, un operario de la empresa en la que trabajo me pidió
una entrevista. En ella me manifestó que quería llegar a un acuerdo económico
para retirarse de la empresa. En ese momento la empresa propiciaba los retiros
voluntarios porque estaba transitando por una baja en las ventas, pero dado
que teníamos un buen concepto de él como trabajador, decidí indagar en
cuáles eran las razones que lo llevaban a tomar tal determinación. Me
manifiestó que él estaba muy contento con su trabajo, pero que tenía
dificultades económicas, dado que por diferentes razones había tomado varios
créditos y ahora se le estaba haciendo imposible pagarlos.
Le ofrecí si él me permitía conocer las características de las deudas que
había asumido para evaluar alguna alternativa que aliviara la carga que hoy
representaba para él.
Aceptó y al día siguiente trajo todos los antecedentes, de los cuales
surgía que se había endeudado a una tasa muy alta por las características de las
entidades financieras a las que había solicitado el dinero y por el momento en
que tomó el crédito, que coincidió con la crisis financiera internacional.
Analizando esta circunstancia le propuse realizar una gestión ante un
banco a fin de tomar un crédito que le permita unificar toda la deuda en una
sola entidad a una tasa más conveniente y en un plazo que le permitiera
afrontar la deuda con mayor facilidad.
Pasadas un par de semanas pudimos alcanzar el objetivo.
Este tipo de acciones me generan gran satisfacción, al saber que
contribuí a la solución de un problema de una familia. Es gratificante sentir
que pude ayudar a otras personas.
Segunda experiencia
Cuando me pongo a pensar en un ejemplo de humildad como
experiencia que pude observar en otras personas, se me vienen variados
recuerdos, entre los que elijo uno que consolidó mi juicio sobre Juan,
vicepresidente de la empresa en la que trabajaba.
Un día teníamos que definir el valor de reintegro por almuerzo,
entonces me presenté en su oficina con el análisis estadístico que se utilizaba
para determinar dicho valor, el cual arrojaba un valor de $20. En esa reunión le
informé que en la oficina percibíamos que la expectativa del personal era
recibir un reintegro de $28, que coincidía con el valor del menú de un
restaurante de la zona, muy utilizado por todos en la empresa.
Juan escuchó mi comentario con atención y realizó un análisis de las
ventajas y desventajas de asignar un valor diferente al que arrojaba el análisis
estadístico, luego del cual definió aplicar el valor de $20. Yo coincidía con su
análisis, pero también le expresé que la expectativa de la gente estaba más
teñida de aspectos emocionales que analíticos.
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Pasados unos días recibí un llamado de Juan y mantuvimos la siguiente
conversación:
Juan: ¿Te acordás que definimos el valor de reintegro del almuerzo?
Domingo: Sí.
Juan: Estuve revisando el tema y reconozco que tu percepción de la
expectativa de la gente estaba acertada, por lo que quiero modificar mi
decisión y asignar los $28.
Domingo: Bueno, si le parece bien, diseñamos un comunicado
rectificando el valor.
Juan: Confío en que harán una buena comunicación, pero antes de eso
necesito que aceptes mis disculpas por no haber valorado suficientemente
vuestra percepción del tema.
Domingo: Muchas gracias por su consideración, acepto sus disculpas.
Esta actitud de Juan realmente me sorprendió y contribuyó a generar
una mejor relación en el futuro.
Analizando los diferentes aspectos en los que estuve buceando, puedo
encontrar algunos patrones en común que necesariamente se hallan vinculados
al juicio del observador, a los valores propios y los valores de la comunidad a
la que pertenece. Estos me permiten asociar la dignidad con la coherencia
entre los dichos y los hechos, la integridad, el respeto por la personas.
Primera experiencia
Buscando en el baúl de los recuerdos, me viene a la mente una
situación ocurrida durante mi colegio secundario, cuando cursaba cuarto año.
En ese entonces, la profesora de la materia Materiales para la Construcción se
había formado un muy buen concepto de mí como alumno, pues en un
examen, habiendo yo terminado, demoré la entrega para no salir del aula y
poder ayudar a mi compañero que se sentaba en el banco de adelante. A mi
compañero le faltaba mucho y nos quedamos hasta el final. En el apuro por
terminar su examen, olvidé entregar el mío. Como a su vez también terminaba
la jornada, guardé todo muy rápido y el examen quedó traspapelado entre mis
papeles. A la próxima clase cuando la profesora entregó los exámenes faltaba
el mío. Ella recordaba que yo había estado en la clase, por lo que dedujo que
ella lo tenía traspapelado. A la segunda clase me dijo que no lo había podido
encontrar y que al ser su responsabilidad, y por mi desempeño en la clase, me
pondría un 10. Yo ya había descubierto que no le había entregado el examen,
pero no le dije nada.
En esta oportunidad mi comportamiento no estuvo alineado con el
valor de la verdad, el cual intento sostener, y oculté lo sucedido para verme
beneficiado. Recuerdo que sentí mucho temor a ser descubierto y que mi acto
derrumbara el concepto que se había formado de mí la profesora. Para varios
de mis compañeros, que se enteraron del hecho, mi acto fue una hazaña que
era digna de ser festejada. Mi imagen exterior se alineaba con esa visión, pero
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en mi interior sentí una gran frustración: no era gratificante alcanzar buenos
resultados como producto de un engaño.
Cuando tuve la oportunidad de tener buenos resultados, sentía que mi
pecho se expandía y experimentaba gran plenitud y libertad; en esta ocasión,
por el contrario, mi pecho se contrajo, me sentí prisionero de mi mentira y de
mis temores.
Segunda experiencia
Un claro ejemplo que considero como experiencia en la que otras
personas han respondido con dignidad es el caso de Pedro, comerciante que
trabaja en la gestación de una ONG, cuyo objetivo es el desarrollo de la
comunidad a la cual él pertenece. Como líder de dicha organización, Pedro
siempre manifestó que esta era apolítica, que sus objetivos eran el crecimiento
de la comunidad y que por tal fin era necesario establecer vínculos con los
diferentes actores sociales, entre ellos, el poder político. Siempre definió a la
organización como oficialista, es decir, que trabajaría con el gobierno de turno
en pos del desarrollo de la comunidad. Esta actividad le ha generado un
importante reconocimiento social dentro de la comunidad.
En las elecciones de 2007, el intendente, conociendo su popularidad, le
propuso ser candidato a concejal, propuesta que él rechazó, manifestando que
no utilizaría de trampolín a la ONG para beneficio propio porque consideraba
que si aceptaba, estaba estafando a toda la gente que creyó en él y en el
proyecto de desarrollo social de la comunidad. Si aceptaba dicha proposición,
estaba traicionando su palabra. En todo momento, Pedro manifestó que su
proyecto no tenía intenciones políticas y que su popularidad venía asociada a
su coherencia entre el decir y el hacer, y la propuesta tenía implícito romper
esta coherencia. Valoro enormemente el valor ético que primó en su decisión,
el respetar la palabra, la coherencia en sus acciones.
III. Perfil unitario del tema
1. Concepto de la distinción
Si observo la soberbia desde la humildad, la identifico con la altanería,
con el creerse superior a los otros, el menospreciar al otro.. El considerar al
otro como un ser inferior, un ser subordinado a los deseos del soberbio.
Entiendo la soberbia como abuso de poder, como el considerarse dueño
del destino de los otros, en alzarse como superior a todos, como el que lo sabe
todo y desprecia a los demás, con ubicar la mirada por sobre el resto sin poder
percibir la presencia de un otro diferente, con ser ajeno a las necesidades del
otro y solo estar centrado en los propios deseos.
La soberbia es un sentimiento único bajo el cual somos incapaces de
asumir errores; en consecuencia, nos hace incapaces de reconocer el acierto de
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semejantes. La soberbia nos proporciona la visión de estar rodeados de un
mundo integrado por seres inferiores, subordinados al soberano.
Es necesario decir que para quien habita en la soberbia, le suele
resultar atractiva y apasionante, y el beber de su néctar puede hacerlo sentir un
Dios. Esto no deja de ser una trampa porque en algún momento la biología,
que nos constituye, se ocupa de mostrarnos nuestra fragilidad. En cuestión de
segundos, el reinado puede desaparecer.
La humildad se muestra cercana a sus semejantes, abierta a escuchar,
entender y recibir las necesidades del otro diferente. Navega por las aguas de
la comprensión y está siempre presente ante las necesidades ajenas sin
perseguir nada a cambio.
Su mirada esté enfocada en el mundo espiritual y emocional, y alejada
del mundo material. La humildad está pendiente del impacto que generan sus
acciones, trabajando en ser coherente entre sus acciones y su discurso. Tiene
absoluta conciencia de la fragilidad biológica del hombre, de sus semejantes y
de la suya propia.
Habitar en ella nos lleva a experimentar el sufrimiento y la grandeza.
Su recorrido suele ser silencioso, tiende a pasar desapercibido, sin
reconocimiento, hasta puede ser invisible. Pero cuando es descubierta, suele
ser elevada hasta el pedestal máximo de la gloria y suele trascender su
existencia.
Paradójicamente, podemos descubrir a la soberbia disfrazada de
humildad y recíprocamente la humildad disfrazada de soberbia, porque
naturalmente conviven y esta convivencia nos hace entrar en la confusión.
La dignidad se muestra como el espacio necesario para reconcer al otro
y a uno mismo. Este espacio de reconocimiento se da en ámbitos del ser como
el biológico, emocional y espiritual. Participa activamente en la escala de
valores con la que medimos nuestras acciones y las acciones de nuestros
semejantes. Trabaja activamente en nuestro interior estableciendo cierto orden
emocional. Acceder a sentirse digno, genera un volcán de emociones
positivas: el cuerpo se yergue, la mirada se vuelve segura.
Vivir en la indignidad afecta seriamente nuestras emociones y espíritu,
puede llevarnos a hundirnos en una profunda depresión, desvalorizando
nuestra condición de ser humano, o puede conectarnos con la ira en defensa de
esta condición.
Puedo identificar la dignidad como el límite natural entre la soberbia y
la humildad.
El límite de la soberbia está dado cuando sus acciones atentan contra la
dignidad del semejante. El límite de la humildad se delinea cuando sus
acciones atentan contra la propia dignidad de la persona que la abraza como un
valor a resaltar.
Entiendo que los extremos de la dialéctica “soberbia–humildad”
pueden dañar la dignidad del ser humano. Esto me lleva a entender que el
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límite extremo está dado por la dignidad biológica, espiritual y emocional del
hombre.
También creo conveniente mencionar el límite que se puede establecer
entre la soberbia y la humildad; lo percibo como un límite que no puedo
representar como una línea, sino como una franja. Esta franja en algún punto
de ella puede resultar confusa e indefinida. Para poder explicar este concepto
me surge la analogía con los aspectos culturales en las fronteras de los países.
En la triple frontera conformada por Argentina, Brazil y Paraguay es muy
difícil definir las características culturales de cada uno de ellos, porque
permanentemente se mezclan generando sus propios rasgos. A medida que me
alejo de dicha región, estos aspectos van adquiriendo mayor claridad en su
diferenciación, diferencias que también se ven reflejadas en el lenguaje.
Esta franja sinuosa que opera como límite entre la soberbia y la
humildad, será vivida y definida por cada individuo, influenciado por el
sistema del cual proviene y por el sistema en el cual se desarrolla.
IV. Mis aprendizajes
i) Este trabajo me brindó la oportunidad de desmenuzar, desde mi
propia experiencia, buceando en mi alma, un tema que resulta recurrente en
mis reflexiones, en la evaluación de mis acciones y advertir el impacto que
ellas producen en otras personas.
Aprendí a explorar, utilizando una metodología que contribuye a tener
presente los diferentes aspectos del tema a abordar.
Este proceso me indujo a desconfiar de las supuestas certezas y
generar, apalancado en ellas, muchas preguntas.
ii) Descubrí aspectos en los que no había reparado, que consideraba
naturales, que no me había cuestionado.
Incorporó a mi vida cuestionar las cosas que aparentemente son
naturales.
iii) Aportó a otras personas el abordaje desde la ontología, desde la
experiencia, de temas como la soberbia y la humildad, de cómo ellos se
presentan en nuestras acciones cotidianas y cómo influyen en las personas y en
la comunidad. Sirvió para esbozar una propuesta de revisar y relanzar la
plataforma de valores sobre la cual queremos construir nuestro futuro como
sociedad.
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Latitud y longitud
Juana Merino
1. La elección de mi tema desde el claro
“Mantenga la distancia de seguridad”…, así reza el mensaje que
anuncia la autopista que me lleva todos días de casa al trabajo. Tantos años a
mi lado, sin embargo juraría que lo he visto por primera vez este invierno.
Es obvio que necesitamos mantener una distancia, para mantener
nuestra seguridad…, hasta la Dirección General de Tráfico lo anuncia…
Es curioso darme cuenta de que antes de conocer el concepto de
sombra, ella fuera la que eligiera mi tema de investigación: la distancia.
Hasta hace poco tiempo tenía un juicio de mí misma de ser una persona
cercana, pero en el contexto de trabajo del ABC, cuando tuve que recoger
juicios de mi entorno, a la vez de recibir juicios que reforzaban mi auto
percepción, específicamente, recibí el juicio de ser una persona DISTANTE.
Ello me impactó tremendamente.
Poniendo el foco ahí, en mi trabajo personal me he ido encontrando
con diferentes situaciones que me han ido corroborando que ese eje de los
límites-distancia-entrega lo tengo “desajustado” y ello ha generado una fuerte
inquietud en mí.
Quien hoy es uno de mis más queridos amigos me confesó que cuando
me conoció, incluso antes de hablar ni presentarnos, tuvo la intuición sobre mí
de pensar que era “una rosa con espinas”. Me explicaba que percibía en mí una
necesidad de defensa-distancia para no ser herida, también me percibía como
“una pantera”, sentía que le enviaba un mensaje: “ni se te ocurra acercarte”.
De un modo u otro, todo ello ha sido un ir tomando conciencia poco a
poco de que existía un algo invisible para mí, pero no para los demás, que
también me constituía. Finalmente pude intuir que “sacaba las garras”, cuando
tuve que contestar frente a frente a la cuestión de cuáles eran mis mayores
heridas, ya que el cuerpo me reaccionó con tensión, poniéndose alerta y
disparándose unos mecanismos de defensa que probablemente son los que se
perciben tras ese juicio de distancia…
Curiosamente por otro lado, tengo una sensación, autopercepción de
mí de que me implico mucho en algunas situaciones, y me doy tanto que
no me queda nada o que me desgasta fuertemente…esta situación la puedo
tener más en el área laboral.
Respecto a mis hijos el darme por completo no me desgasta, sino
que me llena, pero en ese dominio la pregunta es: ¿por qué no tomo acciones
en el ámbito laboral para dedicar más tiempo a su crianza y educación?
Me contesto que es por la responsabilidad de mi puesto, que lo
impide…, pero ni he valorado alguna propuesta laboral de menor
cualificación, pero más flexible laboralmente. Honestamente, siento que les
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quiero profundamente, pero también a mí y sentirme en continuo aprendizaje a
través de retos continuos me carga de energía y me hace sentir viva.
Reconociendo esto, y respetándolo-respetándome, me siento más auténtica y
en consecuencia más completa para entregarme a ellos.
Inicialmente en la práctica del coaching evidencié problemas en este
eje. Me acercaba al coachee desde una inquietud sincera de ayuda, pero
cuando percibía el dolor y el desgarro del coachee, me dolía mucho y sentía la
necesidad de protegerme y aunque intentaba dar lo mejor de mí, solía tener un
deseo de huir de esa situación y coger distancia para no ver el sufrimiento.
Sorpresivamente he notado que el trabajo personal realizado ha ayudado a
conformarme una piel, de la que tengo la intuición que antes carecía, que me
permite sentir, sentirme, sentir al otro y sentir los límites entre ambos. Ello ha
sido básico para afrontar con madurez la responsabilidad de un
acompañamiento de coaching.
¿Qué aporte puedo hacer con mi trabajo?, pienso que el dar luz dónde
se encuentra el equilibrio en la entrega a uno mismo y la entrega a los
demás, dónde se ponen los límites en las relaciones con los demás, y cuál es la
clave para encontrar la modulación en la distancia en las relaciones
interpersonales.
2. Alcance y relevancia del tema
El trabajo realizado en torno al mapa de preguntas que guiara mi
reflexión ha sido complejo. Me acerqué al mismo, haciéndolo y deshaciéndolo
en varias ocasiones, y no estando cómoda con ninguno de los resultados.
Obtuve preguntas interesantes, pero intuía que me faltaba afrontar preguntas
esenciales y me asustaba que ni siquiera me las hubiera planteado.
No sé si entre mis idas y venidas se fueron cayendo, “como sin darme
cuenta”, y se fueron perdiendo aquellas preguntas de las que no era capaz de ir
haciéndome cargo. En cualquier caso, creo que el quid de este trabajo sigue
residiendo en las preguntas que faltan y sea capaz de generar y contestar, ¡el
camino no ha hecho más que empezar!
Me gustan las preguntas hechas, pero me asustan las preguntas que no
aparecen recogidas. Las preguntas que no aparecen me limitan, no me dejan
ver, pero creo que es porque no soy capaz de asumir el descaro de lo que dejan
abierto sin respuesta. Me siento un poco atrapada por el lenguaje, perdida en
su circularidad…
Mirándolas desde la metafísica veo mis preguntas con resignación, con
“sentido común”, que creo que es como me surgieron, y eso me generó cierta
tristeza. Siento como que hubiera ido generando las preguntas desde las
respuestas que hoy tengo. También desde la metafísica hemos aprendido que
toda pregunta tiene UNA respuesta correcta y las demás respuestas serían
incorrectas como era en la escuela y de ahí ha surgido nuestro miedo a
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preguntar y también a equivocarnos…
Desde el punto de vista ontológico falta una valentía para mirar las
preguntas desde las inquietudes y desde mis desgarramientos… no desde las
respuestas conocidas. Con todo, siento que también puedo hacer una mirada a
las preguntas distanciándome (como bien sé) de las respuestas conocidas hasta
ahora y mirándolas con ojos nuevos, en un ejercicio activo de soltar viejos
esquemas y moverme a “nuevas tierras”.
También reconozco que vistas las preguntas en forma de mapa gráfico,
me han ayudado a sentirme en el claro, porque nunca había hecho una parada
de este tipo y realmente me ha parecido interesante ver cómo la distancia es
algo que condiciona mi modo de estar en el mundo. Las respuestas a estas
preguntas desde el punto de vista ontológico me permiten ver un modo de
vivir mejor y de estar mejor en esta vida que para mí tiene unas connotaciones
diferentes en términos de distancia, un sentirme más serena con ese eje, ello
todo permitiéndome salirme fuera de ese enfoque de resignación metafísico.
3. Registro de mis experiencias de vida
Para mi sorpresa, se cumplió la intuición que tuve. Una de las
preguntas más potentes acerca de mi tema quedó inicialmente fuera de mi
esquema de indagación. Dando vueltas y vueltas a varios borradores de mi
texto, basándome en mis indagaciones, la gran carencia es la pregunta: ¿se
puede dar amor y cariño en la distancia? y sus réplicas: ¿se puede recibir
amor y cariño en la distancia?, ¿se puede entregar a una persona en la
distancia?, la respuesta a la que he llegado es que yo no he aprendido a
hacerlo y tengo ese aprendizaje pendiente.
Es un aprendizaje, no obstante que ya ha comenzado, gracias a la
misma coach de este proyecto de investigación, que desde 10.000 km de
distancia y con un océano entre las dos me está mostrando cómo es posible.
Hasta ahora había sentido que el amor, el cariño es necesario entregarlo
cerca, sin distancias, mirando a los ojos, sintiendo y vibrando. Haciéndome
presente y mostrándome.
Elaborando de dónde se compone mi distancia y el desequilibrio en el
eje de los límites que mantengo con las personas, intuyo que todo ello tiene
sus raíces en los aprendizajes que hice con las figuras más cercanas a cualquier
persona por excelencia: los padres. Una constante en mi vida ha sido la
distancia que he tenido respecto a mis padres desde muy pequeña.
Mi deseo natural era estar cerca de mis padres, pero ello no fue posible
en la dimensión que yo quería, no desarrollé una capacidad de pedir su
cercanía (aun habiéndolo hecho quizá tampoco lo hubiera conseguido), pero
mi cuerpo grabo la carencia. Es más, grabó la respuesta de reaccionar con
distancia ante determinadas situaciones sociales.
El trabajo de mi padre tenía unas dedicaciones especiales que
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condicionaron nuestra vida familiar. Asistí durante muchos años desde que
nací y hasta los 20 años a un proceso que consistía en que mi padre se
marchaba de viaje entorno a mayo, le despedíamos con pena, no podíamos
pedirle que no se marchara, dado que era por el sacro-santo valor del trabajo y
en beneficio de la mejora familiar, y con gran espíritu de sacrificio…Cuando
estaba fuera y hablábamos por teléfono, no podíamos preguntarle directamente
cuándo volvía, ya que le incomodaba hablar de ello, no podíamos hablar de
ello con él,…, como si vivir en la distancia fuera vivir algo normal.
Aprendíamos a vivir sin él durante unos meses, tras los cuales se incorporaba a
la dinámica familiar, lo que suponía una nueva adaptación de todos, y del
sistema. Todo esto, año tras año, intuyo que generó una cierta indefensión ante
esa puerta giratoria y ese reacomodarse a estar y no estar con esa figura de
referencia.
Por otro lado mi madre trabajaba en un horario que no le permitía estar
presente cuando nos levantábamos por la mañana. Con ella compartíamos una
comida acelerada por las premuras del horario, y no volvía a ver hasta las 8 de
la noche cuando ella llegaba ya cansada y todavía con muchas cosas para
hacer en casa y muchas personas (hijos y padres) a los que atender.
En ese sistema se protegían los aspectos básicos y se respiraba cariño,
pero había suficientes “excusas” para no dedicar un tiempo suficiente a estar
con los niños de cara, frente a frente, jugando con ellos de manera infantil y
despreocupada, para preguntar por ellos o preguntarles directamente.
No tengo recuerdos de que preguntaran qué tal en el colegio o qué tal
esto o aquello, parece que en mi casa se atendían los asuntos por excepción
negativa: tenía que surgir el problema o la inquietud, para que se dedicara
atención. La atención de los padres era un valor muy preciado…
De mi madre no tengo recuerdos de indagaciones al respecto, de mi
padre tampoco, quizá más bien formales. Mi madre nunca estaba en casa
cuando volvía del colegio, y no podía depositar en ella mis preguntas, temores,
alegrías, los contenía yo misma y me auto-contenía. A última hora de la tarde,
ya cansada ella nos preguntaba qué tal el día. Yo percibía una pregunta de
cortesía, y aprendí a responder cortésmente. Mientras tanto las impresiones se
agolpaban en el silencio de mi corazón Se iba produciendo una distancia, un
no mostrarse la una a la otra. El cariño ahí estaba pero enlatado,
aprisionado, relegado…
En ese sistema aprendí a hacerme oír cuando necesitaba algo urgente,
algo importante…, pero aprendí a identificar mi espacio, mis límites. Aprendí
a no permitir que los demás accedieran a mi espacio cuando quisieran: “¿a qué
viene ahora que te intereses por esto o lo otro si no lo has hecho hasta
ahora…?” y el sistema se sigue retroalimentando…
Este mecanismo me protege, me salvaguarda, pero me deja sin
herramientas para jugar en algunas distancias cortas. Desde luego en cierta
medida me anula el interés por el otro: “tampoco se han acercado mucho a
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mi…, no sé por qué tendría yo que acercarme al otro…”
Estimo que ahí nace que mi vivencia de la distancia es radicalmente
diferente si soy yo la que me acerco o si son los demás los que lo hacen. Ahí
radica la diferencia de los juicios que he recibido del entono y los que tengo de
mí misma. Puedo elegir ser una persona cercana y así me perciben las
personas a las que me acerco voluntariamente y tomando la iniciativa, pero
también una persona distante, si son los demás los que inician el acercamiento
a mí.
No es indiferente que nuestro juego preferido de niños fuera el de
escondernos, cuando mis padres llegaban a casa, coger distancia de ellos,
como ellos la habían cogido de nosotros. ¡Qué inteligencia la de los niños!,
reaccionan en su justa medida, con total sabiduría!. Hoy lo recuerdo todo ello
con la serenidad que me da la aceptación: todos hicimos lo mejor que pudimos
y supimos.
Hoy veo toda esta vivencia con ojos nuevos, sin los viejos juicios
explicativos, e intuyo que hice aprendizajes curiosos: necesitaba cercanía, pero
no estaba en mi mano el conseguirla, pero sí estaba el retirarme cuando se me
imponía una cercanía no pedida à marcar distancia. También ahí creo que
subyace algo de mi cierta tendencia a la ambivalencia y en cierto modo a mi
(siempre valorada por los demás) capacidad de adaptación.
Me explico, la relación con mi padre estaba marcada por los polos: él
no estaba presente en largas temporadas, con poca conexión en el día a día (ya
que las tecnologías no lo permitían), pero una conexión excesivamente alta en
otros momentos, jugando en ocasiones un rol de confidente impropio de mi
edad en algunos momentos de la infancia y adolescencia. Por otro lado, de él
también aprendí a que poder estar presente y cerca pero totalmente
incomunicados es posible. No tanto por la relación conmigo directamente, sino
por algunos otros comportamientos dentro del núcleo familiar.
También es claro que la relación con mi abuelo materno, se componía
de mucha distancia, si bien convivíamos en la mima casa. Creo que de alguna
manera reproducía el patrón de comportamiento que mi abuela tenía con él.
Me identificaba con ella, en consecuencia me distanciaba de él.
Algo que se evidencia es una constante de nadar entre dos mundos:
como en este caso: papá-mamá, presencia-ausencia, “ni contigo ni sin ti”,
distancia-entrega…Ello lo asocio con mis limitaciones para la toma de
decisión, lo asocio con mi facilidad para la adaptación, con los altos costes en
dedicación energética que ello también tiene para mí. Este patrón de
ambivalencia es necesario dejarlo atrás, potenciar mi toma de decisiones, mi
establecimiento de límites y el hacerme cargo de mí desde la adultez.
Mi modo habitual de relacionarme es desde la precaución, el observar
en la sombra, cuanto menos se me vea, mejor. Ello conlleva distancia, pero
también intuyo que esa distancia tiene que ver con la alta sensibilidad que
tengo. En algunos momentos diría que hipersensibilidad. Los límites en mis
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relaciones los marcan la percepción de amenaza que sienta. Ello creo que es
una constante en todas mis relaciones. Entiendo que es algo global, puedo
ocurrir que con mi sensibilidad intuya antes que la media de las personas de
mi entorno las amenazas a mi vulnerabilidad.
Quienes están en debilidad no son una amenaza para mí, por ello soy
capaz de acercarme más y volcarme más, eso sí, siempre atenta a que su
debilidad no tenga matices de dolor importantes que me estrangulen, en cuyos
casos nuevamente la distancia es el recuso defensivo.
Analizando mis vivencias desde el foco de la dignidad, me llama la
atención la reproducción que he hecho yo misma, de la prioridad que mis
padres dieron al ámbito laboral, precisamente aquello que les forzó a
mantenernos en cierta distancia de ellos.
Tristemente en el ámbito laboral he conectando con más situaciones de
falta de dignidad de las que estaba dispuesta a aceptar inicialmente. Realmente
este ha sido un ámbito de dedicación de tiempo impresionante durante muchos
años. Me olvidé de mí, de mis amigas, de mi salud, de mi pareja y de mi
familia durante años, hasta el nacimiento de mis hijos. Este hito supuso un
trauma, y tuve que reaccionar. Para mí la dignidad suponía volcarse totalmente
en la empresa, y no hacerlo suponía ser indigno, no digna de la confianza que
habían depositado en mí.
Durante años hubo “excusas” para hacer unas dedicaciones de horas
desorbitadas, y con el nacimiento de mis hijos tuve que comenzar a luchar por
mi dignidad y hacerme entender a mí misma que no debía nada a nadie por
ocupar mi puesto. Hacerme entender que era legítimo que no quisiera perder el
tiempo en reuniones vacías. Acortar la dinámica en la que me convocaban a
reuniones en la última hora de la tarde, porque “siempre estaba ahí”. Todo ello
lo hice con una fortísima lucha interna, de la que hoy todavía hay resquicios
importantes. Sentía dolor, mucho dolor por la elección, sentía culpabilidad.
Lloraba amargamente y sentía desgarro. Siento que este desgarro se produce
porque he venido reproduciendo el patrón de mi madre (padres), priorizando al
trabajo, sobre mi sentimiento y vivencia de pérdida de su cariño y presencia en
la infancia. A la vez, es valioso ver y sentir, que al tomar conciencia y aceptar
ese patrón presente, se deshace el nudo limitante que me imposibilitaba otras
acciones, y hoy es el día que cierro mi jornada laboral sin culpa y en tiempo
prudente para acompañar a mis hijos en su crecimiento. Entiendo a mis padres
en sus opciones vitales (¿tuvieron posibilidad real de elegir?), pero las suyas
no son mis opciones.
Con 21 años me fui a estudiar al extranjero. Fue una experiencia
increíble en muchos sentidos. Mi sistema familiar tuvo que aprender algo
nuevo para él: el que se marchaba no era mi padre sino la “niña” pequeña.
Además del sistema, también lo tuvo que aprender mi padre…y experimenté
algo que intuyo que también sentía él: se puede disfrutar estando lejos de los
que quieres, aunque lo hagas por una excusa de “mejora”, (trabajo en su caso,
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estudios en el mío…).
De esta experiencia rescato lo cerca que sentí a mi familia. Durante
todo un año, todos ellos (mis padres y hermanos) me escribían una carta cada
domingo, que luego me enviaban todos juntos. Esas cartas son un tesoro,
todavía hoy las releo y lloro (serenamente), porque desbordan amor por los
cuatro costados. Probablemente uno de los grandes aprendizajes de ese año,
fue ser consciente de todo lo que me querían. Por mi parte, no me quedaba
corta y fui muy activa mandando cartas para todos, que leían todos juntos,
pero también individuales, manteniendo conexiones más personales con cada
uno de ellos.
En este año también sentí muy cerca a mis amigas, y me sentí muy
querida. Es cierto que esta experiencia también me sirvió para conocer mejor a
la gente que me rodeaba, y me llevé importantes decepciones.
Mi experiencia viviendo en el extranjero me llevo a animarle a un
amigo a que lo probara. El lleva ya años viviendo en Europa. Cuando viene
conectamos muy bien, pero no siento la necesidad de comunicarme
continuamente con él. En este caso ocurre que no sé hablar con él en la
distancia, aquí aparece una incompetencia mía muy importante (con sus
posibilidades de aprendizaje abiertas…): no se hablar en la distancia…,
prefiero mantenerme callada.
Me comunicaba muy bien por carta, en mi época, pero no me siento
natural utilizando las nuevas tecnologías para comunicarme en la
distancia…Intuyo que porque mi aprendizaje de cómo se vive una relación en
la distancia es en silencio…
Mis amigas de la infancia siempre han estado ahí, yo las siento como
compañeras vitales, incondicionales. Jugando con ellas siempre en una
relación de cierto amor-odio, de proximidad, pero de necesidad de mi
espacio…En mi adolescencia me revolvía contra algunas situaciones que en
absoluto me gustaban como planes y optaba por la autoexclusión, imitando
mucho el rol de mi padre en casa, cuando tras volver de sus viajes, en
ocasiones notaba que no se “readecuaba al sistema”, solía optar
voluntariamente por permanecer al margen, y yo intuía celos de la relación que
manteníamos mis hermanos y yo con mi madre.
Mi respuesta en esas situaciones era la de compensar y “conciliar”,
ofreciéndole mi atención.
Es interesante pensar cómo en las relaciones de pareja la distancia ha
estado absolutamente presente. Mi primer amor fue un chico que se marchó al
extranjero a estudiar, cuando sólo éramos adolescente, lo resumo rápidamente
y se entenderá bien: todo un trauma.
Recuerdo también que conocí a un chico absolutamente brillante,
teníamos conversaciones muy vivas y estimulantes para mí, que además
hacían despertar mi lado más ingenioso de una manera muy natural. Yo
busqué el acercamiento a él, pero en un momento nuestros ritmos personales
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no coincidieron y lo planteaba en un escenario de todo o nada. Era un
“conmigo o sin mí”, cercanía o distancia total. Elegí distancia, pero para mi
sorpresa no aceptaba mi decisión, mis límites: eso fue muy nuevo para mí, que
había aprendido a manejar “mis distancias” y a que los demás “me
obedecieran”. No me sentía respetada ni escuchada y mucho menos querida,
como era su discurso. Me sentía invadida. Me sorprendió oír cómo salían de
mi boca unas palabras que le pedían que se marchara de mi lado. Estaba
sorprendida, pero liberada también, auténtica y poderosa. Me sentí sincera y
esa fue la clave para salvar mi dignidad. Efectivamente puse unos límites
claros, pero fue un proceso que duró años y lo hice en un momento en el que
físicamente estaba en mis límites. En realidad el límite lo puso mi cuerpo.
Pensando acerca de la persona que he elegido para que me acompañe
en la vida, me surgen varias reflexiones. El no es de mi ciudad, tuve que
buscarlo en la distancia e intuyo que este punto nos une mucho, porque yo
siempre le he percibido a su vez huyendo de su entorno…Intuyo que, de
alguna manera, compartimos desgarro (necesitaré explicarle esto delante de
una par de copas de buen vino…).
Siento que el juego de las distancias nos ha constituido como pareja, ya
que cuando mi marido me vio en dudas antes de casarnos, decidió dejarme
porque pensaba que era lo que yo quería realmente, pero que no podía tomar
esa decisión. El tomaba distancia de mí, pensando que yo la quería tomar de él
y no podía… Me quería tanto, que no quería ser una carga para mí, y se
marchaba para que yo fuera libre. A mí me pareció un acto de amor
incondicional, de grandeza y de dignidad. Supe reaccionar a tiempo. Ahí le vi
el hombre más poderoso del mundo, el más generoso y sencillo.
¿Cómo puedo entender lo saludable y sanador de los límites sin poner
una distancia limitante para la relación?
Este programa avanzado lo hago desde mi propia inquietud. Soy
consciente de que los beneficios de mi crecimiento personal revertirán en mi
vida laboral también. Pero he rechazado que mi empresa me financie el
programa, porque he sentido que mi dignidad podría verse comprometida y no
quiero mercadear conmigo. Me costó afrontar la conversación en la que tuve
que manifestar mi posición. Hubiera sido sencillo “dejarme llevar”, pero ahora
me siento sobre todo más libre, también más grande y poderosa.
Y entorno a la distancia… ¿cómo se distancia uno?… ¡pregúnteselo a
mis pies!…Efectivamente está la distancia que se palpa incluso teniendo a una
persona a nuestro lado, pero quiero hacer una parada en la distancia física…,
la distancia en el espacio…Como decía mis pies son especialistas en
escapismo (Si Judini levantara la cabeza…), en encontrar vías de
“desaparición”. Por ello uno de los grandes descubrimientos para mí en
biodanza fue el caminar de la dignidad.
Recuerdo todavía las palabras de Alicia diciéndonos, “caminen como
el reyes”…, cómo me conecto con esas palabras. Mi caminar habitual solía ser
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rápido y algo nervioso y desde hace algún tiempo intento caminar con
propiedad, poniendo los pies en esta tierra que también es mía, imprimiendo
mi huella, con todo su poder, recargándome de la energía de cada paso, y
sobre todo eligiendo activamente y con dignidad la dirección que quiero:
cercanía o distancia, pero no más escapismo.
Siguiendo con este concepto de distancia en el espacio, entendemos la
distancia en términos de coordenadas geográficas: latitud y longitud. He
realizado aprendizajes que me han permitido mantener distancias en ambas
coordenadas. En concreto, me llamó poderosamente la atención encontrar
cómo mi sombra se compone de una altura muy inferior a la mía, mi sombra y
yo también mantenemos unas distancias. Uno de los retos está en levantarla
del suelo (del sur, el siempre olvidado sur) y ponerla a mi altura, en esa labor
de integración de ambas.
Efectivamente si la longitud y la latitud son importantes y ahí me he
movido, debo resituar el centro, mi centro, reconociéndolo dejan de existir las
distancias, porque conseguiré estar en mí, aun en movimiento.
El nuevo sitio a conquistar es el CENTRO, mi centro, mi conexión
conmigo misma y desde ahí mi conexión con los demás sin abandonar mi
centro. Ese centro y esa conexión conmigo, también la puedo llamar “creer en
mí” Por ello el nuevo concepto a incorporar y vivir es
FLEXIBILIDAD…cómo puedo estar en mí y conectarme con el otro, resuelve
la ecuación de la distancia, porque sencillamente desaparece.
Relacionado con ello, el punto de avance de esa flexibilidad reside en
mi cuerpo, haciéndome cargo de la necesidad de resolver las corazas hoy
presentes en mí que me encorsetan y me impiden moldearme en la nueva
mujer a ser.
También aquí quiero parar para entender que esa conexión con los
demás parte de una decisión previa de estar dispuesta a ver lo mejor de los
demás, sea lo que fuere, pero trabajando activamente esa actitud. Formulado
de una manera ontológica diría, la disposición activa a escuchar el bien en el
otro, como condición previa a la conexión con los demás.
Y también la distancia en el tiempo…¿Qué ocurre cuando no hay
distancia en el tiempo? parece que será necesario completar estas notas tras
lecturas especializadas en el mundo de la física…Sólo quiero llamar la
atención sobre el hecho de que en ocasiones nos podemos sentir más cercanos
de otras etapas de nuestra vida, es más parecer que estamos viviendo en unos
años que no nos corresponden…, me explico: a lo largo del trabajo personal
realizado en ocasiones me he podido sentir mucho más cercana de la JUANA
de 5 años, que de la de 2011…,ello es lo que llamo ahora distancia en el
tiempo, que viene a ser lo mismo que desconexión con uno mismo y que más
adelante comentaré.
De alguna manera mis aprendizajes en el eje de la distancia me han
acompañado desde mi concepción. Desde la adultez, debo incorporar las
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conductas para hacerme cargo de mí y mis relaciones, de tal manera que debo
explorar y marcar mis elecciones y mis límites: qué quiero y qué no, quién
quiero que se acerque y quién no, a quién quiero acercarme y a quién no.
Sintiendo la legitimidad de mi elección y en consecuencia de mis selecciones.
Es un aprendizaje a hacer de manera consciente y a incorporarlo en mi
habitualidad, reduciendo el peso de mi automatismo de “todo o nada”, para
saberme mover en el mundo de los grises y de las graduaciones, siempre desde
mi centro, mi serenidad y mi responsabilidad de hacer de mi vida una obra de
arte, como nos invita Nietzsche.
Mi distancia desde la mirada de otros
Las entrevistas a varias personas de mi entono corroboran mis
hipótesis iniciales, en algunos casos con una radicalidad un tanto insultante
para mí. También aportan matices interesantes. Las personas que he
entrevistado han sido: mi madre, mi marido, una vieja amiga, un nuevo amigo
y un compañero de trabajo.
Mi madre habla de que siempre he tenido carácter y de que había y hay
que saber cómo acercarse a mí porque no sabe cómo me va a coger. En este
sentido es llamativo el que ella sea la que hable de “acercarse”,
intrínsecamente está el hecho de que yo no me acerco…Ella me habla de que
marco unos límites en los que ella sabe que no puede preguntarme. Su
argumentación es que no sabe por dónde voy a salir, y que prefiere no
“meterse” (nuevamente).
Mi marido identifica muy bien a la JUANA seria, que siente fría y en
otra dimensión. Pudiendo estar cerca, se encuentra “inaccesible”, según sus
palabras. El es más comunicativo y dicharachero que yo, le gusta hablar más
de temas mundanos, que normalmente no llaman mi atención. El se siente solo
en ese tipo de conversaciones, siente que me escapo (yo marco las distancias)
y que la distancia entre ambos es mucha, no consigue tocarme con su palabra.
También es cierto que ha empezado a ver a una mujer bien plantada, hecha y
haciéndose, algo que le gusta, pero que también le compromete e inquieta
porque no es la misma.
Mi vieja amiga me corrobora que siempre he andado “a mi aire”, me
costaba atarme y comprometerme, me cansaba de ella y del resto de la
cuadrilla en ocasiones, y decidía ir por libre…, me sentía diferente y llevaba
otros ritmos.
Un nuevo amigo me relata lo que le costó acercarse a mí, veía mis
barreras y califica que soy selectiva respecto a quién le permito “acceso” y a
quién no.
Un compañero de trabajo me relata que me no me gusta ser vista, y que
me escapo del contacto físico, pero muy a la contra, me dice que soy una
persona muy confiable siendo muy cercana para él y un importante apoyo.
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Todos ellos me dan abundante fenomenología que hace que sienta que
sus juicios son fundados.
Creo que mi cuerpo registra todavía mucha rabia por no poder retener a
un padre viajero, y su único margen de expresión libre y aceptado por el
entorno era mostrar un cierto enfado que tomaba la expresión: “déjame en paz
ahora” cuando se producía el regreso a casa. Ese “déjame en paz” ha sido el
juicio grabado a fuego, que yace debajo del marcar distancia. Mis relaciones
de cercanía, amistad, pareja, nacen con la impronta de este juicio que las
acompañará por ser su sombra.
Los matices de las ausencias de mis padres eran diferentes, pero en
cualquier caso, poniéndome desde ahora observando la situación vivida,
supongo que tuvo que tener una importante sensación de mareo y de
indefinición, como bebé y en la infancia: “ahora están, ahora no están”, intuyo
que para un niño eso despista mucho y cansa, consume una energía innecesaria
y opta por: “puesto que no pueden estar, ¿no será mejor que no estén?”, de tal
manera que se tome distancia de esa situación de ambivalencia, tomé distancia
de ellos, en consecuencia tomé distancia de las relaciones, y tomé distancia de
mí…
La serenidad aprendida se componía de soledad y de poder apañármela
sola. Cuando me sentía más vulnerable recibí distancia, por ello vulnerabilidad
y distancia van de la mano en mis aprendizajes. La distancia amortigua mi
exposición al dolor, protege mi vulnerabilidad. También estimo que todo
aquello generó enfado en una niña, y el modo de salir de esa emoción era en la
soledad: el trabajo era lo prioritario, y contra eso no tenía fuerza para ganar,
así que ya que me quedaba sola con mi enojo, también tenía que salir sola de
él…, aprendí muy bien la autocontención. Una de las consecuencias obvias de
la distancia que se marca es dónde te deja: en la soledad: ese es el resultado,
todo un mundo en sí.
La soledad es desconexión, de uno y de los demás, ya que nos
constituimos uno en función de nuestra conexión con el otro. Ello es algo que
me hace pensar que en algunos aspectos de mi vida, he venido teniendo
reacciones infantiles, ver ello me está permitiendo renacer, conectarme,
reconocerme y constituirme como una mujer adulta, ello a través de mi propia
elección de hacerlo así, asumiendo mi responsabilidad de vivir mi vida.
Las consecuencias de las soledad, a su vez, son evidentes en términos
de incompetencias en aprendizajes conversaciones…:el escuchar, el emitir
juicios, el ofrecer, ¿cómo se pide en la distancia?
Me impusieron la distancia y yo me la he seguido ¿imponiendo? Hoy
me niego a reproducir un patrón que no es mío. ¿Qué hay detrás de la
distancia?, tengo que rendirme a ello, ver qué hay detrás, abrirme a lo qué me
estoy perdiendo.
Como en otros aspectos, probablemente el asumir mi parte débil y
vulnerable, susceptible de ser herida y dañada, sabiendo que se puede
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recomponer, será la vía para poder conectarme con los demás y no
relacionarme en clave de distancia. Dicho de otros modos: aceptar mi centro,
quererme, tratarme con cariño, reconocerme íntegra y vulnerable, aceptarme:
desde ahí desaparecen las distancias porque ocupo mi centro.
4. Perfil Unitario del Tema
La distancia acompaña a las relaciones. A la relación que mantenemos
con nosotros mismos y a la relación que mantenemos con los demás. La
matiza, la califica y la ayuda a definirse.
Entender las relaciones como conexiones de personas: coraje de
relacionarse, de ser imperfectos y mostrarse, asumir su vulnerabilidad. Asumo
la vulnerabilidad como parte de mí, me conecto con ella con coraje y desde ahí
me muestro y me acerco al otro. Cuando nos sentimos vulnerables,
necesitamos mantenernos solos. Cuando asumimos nuestra vulnerabilidad y
nos hacemos cargo de ella, somos capaces de querernos, de confiar y de
entregarnos o dejarnos acompañar por los demás à nos conectamos y en
consecuencia desaparecen las distancias.
Por ello la importancia de la conexión con uno mismo y de asumir
nuestra vulnerabilidad, para poder acercarnos al otro con serenidad y apertura.
Si en la relación con uno mismo la persona tiende a tomar distancia de
sí, podemos hablar de desconexión de una persona consigo misma:
desconexión con sus emociones, con sus sentimientos, con su cuerpo.
Hablamos de esas situaciones en las que las personas viven sus vidas como si
fueran películas que pasan por delante suyo, en las que representan un papel,
pero no se viven como protagonistas de lo que les está sucediendo.
La relación entre dos personas es un baile y se baila en clave de las
distancias que se mantienen y se definen entre las personas: se acortan, se
agrandan, desaparecen y se generan de nuevo, al ritmo de una música
inaudible, pero presente…
¿Cuál es el ritmo de la música que bailan las relaciones? Es el ritmo
del corazón. El corazón, el amor, el cariño, el afecto necesitan fluir en los
espacios cortos, no pueden hacer grandes florituras en las distancias grandes.
El roce hace el cariño, pero en la distancia no se roza, solo se recuerda, se
idealiza, se quiere una imagen cargada de emoción, pero no se quiere de
verdad, no se desarrolla el día a día, no se comparte, no se vive la relación, no
se toca suelo.
Una relación vivida en la distancia tiende a sublimarse y a idealizarse.
Ello es conceptualmente: válido, vivencialmente: vacío.
El amor es pedestre, es popular, roza el suelo y se toca, no es un ideal,
ni un intangible, algo etéreo…la distancia alimenta ese amor novelado, ese
vacío, pero no es nada, no existe, porque no se comparte nada: no hay un
espacio común donde desgastar el día a día. La distancia no nos permite
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amasar la relación, mecerla, zarandearla, besarla…
Después del compartir debe venir el separarse y volverse cada uno a
sus “huestes” para hacer balance, pero después del compartir… ¿Qué ocurre si
no ha habido el paso previo del compartir en la cercanía?…, ¿dónde vuelve la
persona que vive sus relaciones en la distancia? Vuelve al mismo sitio de
partida, se encuentra tan sola como al principio, sin el fruto de lo que es una
relación vivida en la cercanía, sin el fruto de compartir…
En la distancia como en otras muchas cosas en la vida, la clave se
encuentra en el equilibrio, en este caso en la graduación de la distancia.
¿Cuál es la distancia adecuada para cada una de nuestras relaciones?
Hay acercamientos que se pueden vivir como un requerimiento, no
vivir el acercamiento como un modo natural de contacto de mostrar y entregar
cariño, como un modo de compartir, sino como un modo de requerir, de ser
requerido. Ante eso surge la necesidad de defenderse de las amenazas, de los
requerimientos del exterior que me van a despojar de algo mío…, son
requerimientos utilitaristas, no es un acercamiento amoroso desde el punto de
vista ontológico a la persona. Entonces surge la necesidad de protegerse en
cierta medida, de aislarse… Ello fomenta una disonancia entre la persona y el
personaje: se han acercado al personaje que hace trabajo: no se han acercado a
la persona que necesita cariño…
Definir la distancia para cada relación es también un arte, porque esa
distancia la definen las partes, y nunca es fija, se va modificando con el
tiempo, con el baile…
Eso sí, es una fórmula que lleva mucho de afecto, respeto, sinceridad y
confiabilidad. El gran elemento a evitar en ella es la percepción de invasión.
Si una de las partes percibe amenaza, posibilidades de perderse a sí mismo en
la relación, el resultado indefectiblemente pasa por incrementar el nivel de
distancia entre las partes.
Distancia es prevención
En la distancia la relación se vive menos, porque es menos, se quiere
menos y también duele menos. En la distancia la relación ES menos relación.
5. Mis aprendizajes
Este proyecto me ha ido acompañando a un lugar diferente, ¿cómo
explicar que se siente que estás de otra manera sobre el mismo suelo?, la
palabra que mejor lo recoge es desplazamiento y un desplazamiento al centro,
a mi CENTRO. Mi modo de estar hoy conmigo ha cambiado, acepto los
aprendizajes que realicé en un momento, los honro pero los dejo atrás, para
abrirme a estos otros nuevos, más poderosos que me abren más posibilidades
de acción y me permiten vivir mejor, con más calidad y en consecuencia hacer
más placentera la vida de las personas que están a mi lado.
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He tomado conciencia de mi sombra y me he reconocido en los ojos y
en los juicios de otras personas, en mi modo de relación. Mi experiencia de la
práctica del coaching ha evolucionado de manera sorpresiva para mí, siendo
capaz de establecer una conexión diferente, y siendo capaz a su vez de
dotarme de una piel que me permite sentir, sentir dolor sin alarma, de una
manera serena. Una piel que es mi límite, un límite sano.
El trabajar sobre la distancia me ha llevado a la conexión conmigo
misma y ver que es el eje donde desaparece en sí la distancia, al estar en mi
centro y ser FLEXIBLE para muchos tipos de movimiento.
Así mismo he visto que el reconocerme vulnerable es la clave para la
conexión con uno mismo.
He reconocido una incompetencia importante y está en relación a mi
capacidad de comunicarme en la distancia y por ende a entregar amor en la
distancia, el camino de aprendizaje se ha insinuado, queda mucho por hacer…
Definitivamente el aprendizaje de fondo radica en mirar de frente al
desgarro, sea cual fuere y tener el valor de ver lo que hay detrás. La magia de
este nuevo modo de mirar nuestros desgarros disuelve el efecto que antes
producía de manera casi instantánea. Conectarnos con esta valentía nos da la
llave maestra para hacer de nuestra vida una experiencia excitante, asumiendo
la responsabilidad de vivirla plenamente. Este ha sido mi mayor aprendizaje y
a través de estas líneas quisiera que tomara forma de sincera invitación.
Bibliografía
“Vínculos afectivos” formación, desarrollo y pérdida. J.Bowlby
Ediciones Morata,S.L. 2006 Madrid
“La separación afectiva” J.Bowlby
Paidós, 1993
Límites Sanadores, Anselm Grün
Ed. Bonum, Buenos Aires, 2005
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La inseguridad en las personas
Gonzalo Coto F.
Introducción
Quién no ha estado inseguro en algún momento de su vida o ha vivido
con la inseguridad en algunos o muchos aspectos a cuestas. Quién no ha tenido
a alguien cercano afectiva o laboralmente, cuya inseguridad es manifiesta y
muchas veces muy condicionante. Si se ubica en alguna de las categorías
citadas, este recorrido exploratorio y reflexivo le podrá resultar de utilidad
para ayudarse a sí mismo o ayudar a otro a dar un salto significativo en su
vida, o sencillamente, a entender al otro desde una mirada más compasiva,
menos enjuiciadora, menos descalificadora o, paradójicamente, operando
menos desde la certeza, que le podrá proporcionar una mejor calidad en sus
relaciones con otros.
El escribir sobre este tema tuvo su origen en explorar sobre la sombra,
esa parte de mí que me acompaña siempre y que según cómo la vea y la trate,
será mi amiga o enemiga. Así, al ver qué era aquello que me seguía, que al no
aceptarla me fastidiaba, pero además yo no hacía nada por quitarle poder,
seguí explorando y fui encontrando algunos hilos que, al integrarlos, logré
reconocer una figura, la figura de esa sombra, compañera de tensiones y de
contradicciones.
¿Y qué encontré? Encontré hilos con olor a arrogancia y a certeza, con
sabor amargo, a no reconocimiento, a descalificación, hilos con sabor
agridulce de inseguridad y de duda. Así que, amiga y amigo lector, reciban mi
invitación a acompañarme por este telar y juntos podremos ir desatando hilos
y sus nudos, al tiempo que iremos construyendo una nueva pieza, pieza única,
pues usted y yo iremos tejiendo cada una la suya propia a partir de lo que
vamos observando, a partir de nuestra propia necesidad, quizás de nuestro
propio desgarro y de la creatividad misma que nos surja.
I. Fenomenología de la inseguridad
Al iniciar mi reflexión sobre la inseguridad de las personas, surgen
algunas preguntas que nos dan luz para explorar el tema y explorarme en
relación con él.
¿Qué es la inseguridad?
¿Qué acciones fui realizando para alimentar la inseguridad que me
sigue o que llevo conmigo?
¿Qué acciones realizaba y realizo para ocultar mi inseguridad?
¿Realmente las ocultaba o creía ocultarlas?
¿Si son visibles, cómo se manifiestan?
¿En qué ser me he constituido por la inseguridad que me sigue?
¿Qué beneficios me ha aportado la inseguridad?
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¿Existe otra forma diferente de cargarla? ¿Irremediablemente debo
cargarla?
¿Qué cosas he dejado de hacer por mi inseguridad?
¿Qué dolores me ha generado?
¿A qué recursos he echado mano para ocultar mi inseguridad?
¿El conocer mi inseguridad y sus orígenes me ayudará en mi devenir?
¿Qué interpretación puedo realizar de mi inseguridad que me ayude a
generar nuevos espacios expansivos en mi vida?
1. Algunas miradas posibles al tema de la inseguridad
Podemos abordar el tema ubicándonos en diversos lugares. Por
elección personal, solo me ubico en dos: uno tiene relación con la metafísica y
el otro con la ontología.
Al ubicarme en la metafísica, la reflexión podría estar orientada a la
concepción de que la inseguridad es parte mía y las posibilidades de cambio
estarán condicionadas a ese ser que soy. Si ese ser que soy me permite generar
cambios, los podría generar, de lo contrario la reflexión sería: acéptalo y vive
con ello. En este caso, igual podría escoger entre dos caminos: el de la
resignación, donde cargaría con ese peso; o el de la paz, donde acepto, pero no
cargo con el peso.
Otro camino es ubicarme desde la ontología. Allí, una reflexión posible
es que la inseguridad es un juicio que hago y que al observar que el ser que
soy, podría cambiar si genero acciones diferentes a partir de la interpretación
que puedo realizar. Acá también podrá surgir un nuevo desafío: identificar si
el resultado de esas acciones me va a gustar, si realmente me va a convertir en
un ser más pleno, más seguro y en paz; esto claramente no lo sabré si no actúo.
El actuar tampoco me da garantía de ello, sin embargo, me mostrará la
capacidad de modificar comportamientos y juicios y de crear nuevas narrativas
y nuevos escenarios. Desarrollada esa competencia, tendré la capacidad de
generar acciones distintas, podré rediseñarme cuando mi diseño no me
satisfaga.
2. ¿Cómo se hace visible la inseguridad?
Al observar a personas en las más diversas ocupaciones, profesiones,
condiciones sociales y económicas, la inseguridad parece no tener preferencia;
no tiene fobia por nadie, fácilmente acompaña a cualquiera, aun a importantes
líderes, pues la inseguridad es intrínseca a los seres humanos. Por lo anterior,
una buena aproximación a ella es con el fin de aprovecharla para convertirla
en una fuerza positiva. Al comprender mis inseguridades y hacerme cargo de
ellas, podrán surgir grandes fortalezas.
¿Qué es la inseguridad? Es una emoción que percibo cuando hago el
juicio de que lo que voy a hacer no sé si está bien, o si lo podré hacer bien, o
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hago el juicio de que no puedo; cuando dudo de mis propias capacidades,
cuando le otorgo un poder superior a los juicios de otros sobre mis
actuaciones. Esta es solo una definición parcial que puede complementarse
con muchos otros conceptos, pero que más que una definición, me interesa ver
sus manifestaciones, así que no me detendré acá.
En mi caso, la inseguridad ha sido la sombra que me ha acompañado
desde niño, que se ha manifestado en el temor a pedir y a recibir un no por
respuesta; temor a hablar, a participar en una determinada actividad si no me
siento en un ambiente de confianza, a no saber que es “lo correcto” y por lo
tanto a no accionar.
Otras situaciones en que la reconozco son en el temor a ser evaluado.
El sentirme observado con fines evaluativos me genera una gran carga
emocional. También me da vergüenza y temor hacer el ridículo, por ejemplo,
al actuar en una obra. Otra situación detonante de inseguridad es develar mi
origen campesino por el temor a ser descalificado por ello, así como el
provenir de una familia numerosa, pues esa condición se asociaba con poco o
ningún nivel educativo. No obstante, todos los logros obtenidos por mi propio
esfuerzo y mi valoración de lo positivo de mi origen, mi particular observador
me hace conferir autoridad al ¿cómo me verán los otros?
La inseguridad crece cuando escucho la voz: “¿Y si no puedes hacer lo
que quieres?”. Como emoción negativa, la inseguridad genera en la persona
misma una sensación de malestar, que puede ser visible ante los ojos de otros
o no, pero que en la mayoría de los casos genera otras molestias.
La inseguridad también está presente cuando se es descalificado por
hablar, por ejemplo, cuando mi madre me decía: “Deje de hablar tanto, este
chiquito parece periodista”. Ese comentario que operaba desde la certeza
podría haber resultado gratificante y retador, sin embargo, al escucharlo como
descalificativo o crítica, me generaba inseguridad al hablar. Aquí tenemos un
origen: las voces de los padres pueden marcar significativamente por el poder
que les concedemos. Luego viene la burla de mis hermanos. Ello, tiempo
después, al compartir en otros espacios de familia, me generaba el rechazo a
hablar, a preguntar, lo que se traducía, por ejemplo, en no pedir comida
cuando tenía hambre. Recuerdo que había algunas comidas en la mesa pero si
no me decían que podía comer, no comía. Y luego venía la crítica de los
demás por no haber comido o no ser capaz de preguntar. Como vemos, la
inseguridad es solo el inicio de una cadena de emociones y acciones que
conducen a un sufrimiento constante, que puede, como en este caso, originarse
desde temprana edad.
Así avanzo en la escuela y por ser buen estudiante soy un candidato a
participar como orador en los actos cívicos, pero la voz de: “¿y si lo haces y te
equivocas?”, me conduce a no aceptar, y a responder con un simple “no me
gusta”, sabiendo que en el fondo realmente sí me gustaría estar allí al frente.
Mi miedo no me lo permitía, me paralizaba, estaba condicionando mi actuar.
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Ahora bien, veamos dónde surge este fenómeno. Por lo indicado, el
mismo tiene su origen en la autoridad que le concedo a los juicios negativos
que otros me entregan, en este caso, mi madre. También en los juicios
negativos que hacen mis hermanos, a los cuales otorgo un poder muy alto, que
de no haberlo hecho, simplemente no hubiesen tenido el impacto que han
tenido en mi actuar. Todos estos juicios negativos luchan con los juicios
positivos que yo tengo de mí. Con esto voy construyendo mi propia estructura
que en diversos momentos condiciona mi bienestar y mi actuar. Escuché,
muchas veces, a mi madre decir que las personas hacían el ridículo al bailar y
cantar y que los deportes eran vagabundería. Escuché esos juicios y les conferí
autoridad y los llevé a mi propia vida. Un juicio ajeno, de otra persona que
impacta y condiciona mi vida, que poco a poco me va constituyendo en el ser
que llegaría a ser. Pero también escuché que había que ser honesto, trabajador,
responsable, juicios a los cuales también les concedí valor y me permitieron
avanzar en el camino deseado, no obstante los otros juicios negativos.
La inseguridad podríamos describirla como aquella sensación de
caminar por una cuerda floja, pero que solo me caeré si pierdo el equilibrio y,
paradójicamente, perderé el equilibrio cuando mire al abismo y no al frente, al
lugar donde quiero llegar, cuando me concentro en el lugar donde no quiero
estar: el abismo.
La inseguridad es también la falta de soporte, de apoyo para
mantenerme en pie, para avanzar, por tanto cabe preguntarse, ¿de dónde debe
venir ese apoyo?, ¿desde afuera o de mi propio ser?
La inseguridad también podríamos describirla como la falta de tierra
que tiene una planta o un árbol que lo hace tambalearse, al no tener la
suficiente fortaleza en sus raíces para permanecer firme.
Y todo esto qué tiene que ver con una persona adulta, exitosa en lo
profesional y personalmente, que no obstante su éxito, carece de la seguridad
que se espera en el medio social y profesional. Ello puede explorarse
utilizando algunos caminos posibles, sin que esto implique que no haya otros
igualmente válidos.
Un camino de exploración sería adentrarse en la historia personal,
revisar el impacto, las consecuencias o la forma y el momento en que se vivió
determinados hechos que han marcado a una persona, los que se van
incorporando como sensaciones corporales y emocionales. Otro camino a
analizar es qué tanto amor y cariño recibió esa persona en su infancia, porque
finalmente estos elementos son los que dan fuerza para crecer firme,
imponente, con dignidad.
La inseguridad se manifiesta cuando dudo de lo que estoy haciendo –
aunque no gane nada con dudar– y me pregunto: ¿cumple con las expectativas
de los demás?, ¿será bien visto?, o cuando aparece el recuerdo de ver a otros
no hacer bien las cosas o cuando surge aquella voz que alerta: “¡Cuidado,
podrías caer, podrías no hacerlo bien, ten cuidado!” Claramente estas son
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voces, son juicios que no me aportan valor, por el contrario, consumen energía
importante que compromete la acción.
Vale la pena entonces explorar por qué no creo, no confío en mí, si
muchos otros creen y confían en mí. Como señalaba antes, ello tendrá relación
con experiencias traumáticas de niño o joven que podrían requerir
intervenciones terapéuticas. También podríamos generar otras interpretaciones
que traduzco en interrogantes: ¿qué ventajas le he encontrado en el presente a
ese comportamiento que puede hacer que los demás me ayuden, me
consideren? Si puedo soportarlo con historias del pasado que lo justifican,
entonces podría tener la combinación perfecta: inseguridad y necesidad de
ayuda constante para seguir “de pie”.
Observando a otros, la inseguridad se hace visible cuando al hablar su
voz se quiebra, es temblorosa, cuando se tambalea al caminar, cuando consulta
decisiones que podría tomar por sí mismo, cuando habiendo decidido vuelve a
la revisión, a la consulta, cuando pospone. Se observa en otros también cuando
hay un marcado énfasis por la perfección, por la exigencia, cuando no acciona
porque no sabe si las cosas saldrán bien. Corporalmente se observa en la
timidez, en los hombros caídos, en pasos muy suaves, pero también se observa
en forma disfrazada en aquellas personas que con frecuencia gritan,
descalifican a otros y que pareciera que es el único repertorio que tienen.
Cuando una persona es insegura y tiene duda, se muestra angustiada. Se
observa también cuando posterga tareas en diversos proyectos porque no está
seguro del resultado que puede obtener.
La inseguridad, para lograr pasar desapercibida, también puede
disfrazarse de soberbia, de perfeccionismo, de “miradas altivas”, de carácter
fuerte, de estilos de dirección impositivos, logrando muchas veces su
cometido.
II. La seguridad
Lo opuesto a la inseguridad es la seguridad. La seguridad aparece
cuando hay experiencias pasadas exitosas, donde todo resultó bien, donde si se
está en relación con otros, los demás quedaron satisfechos, que otorgn la
tranquilidad para hacer el juicio de que hay razones justificadas para pensar
que saldrá bien cuando lo intente de nuevo. Cuando confío en lo que hago,
cuando no le concedo un valor significativo a los errores, cuando los juicios
que hacen otros sobre mi desempeño puedo recibirlos con tranquilidad y tomar
lo que es útil.
Si consideramos la historia descrita sobre los comportamientos y
juicios que me condicionaban, usted lector que me ha acompañado hasta aquí,
podría pensar que me quedé allí, lamentando no haber nacido en otro sitio,
paralizado, buscando no hablar, no estudiar, no figurar, buscando justificación
y responsabilizando a otros de mis temores. Si ello fuese así, claramente
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aparecerían otras emociones altamente restrictivas. La realidad es que el
camino elegido fue otro.
Con mucha determinación definí mis metas: primeramente, completar
mis estudios secundarios, en los que destaqué por las buenas calificaciones y
por la participación en diversas actividades extracurriculares. Paradójicamente
quedó resonando en mí el juicio a este niño que cuando habla “parece
periodista”, que me llevó a interesarme en el tema y fui el director fundador de
un boletín informativo en mi colegio, el que 34 años más tarde aún se
mantiene. Ingresé a la universidad y concluí la carrera en el tiempo
establecido, y así ha ido transcurriendo mi vida, logrando en general las metas
propuestas. Esto me lleva a pensar que la seguridad está relacionada con la
determinación, la confianza en sí mismo, la disciplina, la alta autoestima,
concederle un valor importante a los juicios propios de sí puedo, sí lo lograré y
no concederle autoridad a los juicios de otros.
1. Elementos visibles de la seguridad
La seguridad se muestra en otros por su determinación, por la fluidez,
por la propiedad con que expresa un sí y un no, cuando uno toma una decisión
y la ejecuta con propiedad. Cuando si no sale bien algo, uno asume, explica y
genera nuevas acciones proactivamente. Por la propiedad con que se pide y
también se rechaza algo. Por la forma fluida, pero determinante cuando se
habla y también por la tranquilidad y aplomo con que se manifiesta aquello de
lo que se tiene duda.
2. Elementos asociados con la inseguridad
La inseguridad está asociada con el miedo. El miedo a fracasar, a no
sentirse bien, a no quedar bien, a ser rechazado, a caer. También está asociada
con la propia desconfianza del individuo, qué tanto confía en sí mismo; y a un
exceso de análisis y de consideración que lo puede conducir a la inactividad.
Otros elementos asociados con la inseguridad tienen que ver con la
timidez y la autoestima, ¿qué tanto me estimo?, ¿qué tanto me valoro a mí
mismo? Si yo me valoro lo suficiente estaré confiado en lo que hago, tendré
confianza en lo que estoy haciendo y el impacto de mis acciones. La
valoración será por tanto un acto propio que no está dependiendo en forma
exclusiva del juicio de otros, sino de mis propios juicios. Por el contrario, si no
me estimo lo suficiente, dudaré de mis capacidades y por tanto de los
resultados que obtendré; aquí entonces dependeré del juicio que hagan otros de
mí por sobre mis propios juicios. Paradójicamente, cuando no me estimo lo
suficiente, daré mayor autoridad a los juicios negativos que a los juicios
positivos que me entreguen.
Desde un observador con estima elevada, los juicios negativos, las
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críticas, las observaciones, son vistas como oportunidades de mejora, como un
regalo para crecer, para desarrollarse, y los juicios positivos como el refuerzo a
la labor realizada, a la visión positiva de uno mismo.
Desde un observador con autoestima baja, los juicios negativos son la
confirmación de lo mal de su desempeño, de cómo todos observan que esa
persona no está bien y los juicios positivos tienen poco valor en comparación
con “lo negativo”, con “lo malo” que tienen, y muchas veces duda de la
autenticidad de esos aspectos positivos, pues son considerados como un
caramelo para no sentirse mal.
En uno u otro caso se reafirma el postulado de que el lenguaje es
acción y la acción genera ser. Veamos. Cuando tengo una baja autoestima, mi
lenguaje está orientado al no se puede, no puedo, no merezco, no es lo mejor.
Lo dicho desde el lenguaje se comienza a alinear con la emocionalidad que me
va llevando a la resignación y, peor aún, al resentimiento. Mi cuerpo comienza
a asumir la posición de derrota que es observada por otros, que poco a poco
me tratan con esa emocionalidad y corporalidad que observan en mí: “Si no
confía en él, cómo confiaré en él”.
Por el contrario, con autoestima alta (no excesiva, pues caería en
soberbia) mi lenguaje, mi corporalidad y emocionalidad se ubicarán en la
ambición y en la paz, y desde allí observaré, hablaré y actuaré, y quienes me
escuchen y observen lo harán con confianza, con seguridad y me brindarán
oportunidades, me respetarán y confiarán en mí, porque primero que todo he
confiado en mí mismo. La seguridad profunda en uno mismo no tiene por qué
andarse mostrando todo el tiempo, lo más importante es cómo realmente uno
se sienta.
III. Miradas de algunos autores
Al revisar puntos de vista de personas que han escrito sobre el tema,
encontramos elementos comunes: damos más autoridad a las opiniones de
otros que a las propias; el temor a fallar; la autoexigencia; la baja confianza en
uno mismo que nos lleva a dudar de si lo que hacemos es lo suficientemente
bueno, lo cual conduce precisamente a fallar porque no cumplimos a tiempo o
en la forma solicitada. Esto nos guía también a la incompetencia para afrontar
un error. Las personas que ven los errores de frente aprenden de la
experiencia, corrigen y accionan, aunque no les guste fallar; no se paralizan.
Por el contrario, las personas inseguras, ante su incompetencia para reaccionar
ante un error, prefieren no accionar para no cometer errores; en este caso, su
proceso de aprendizaje está claramente comprometido, como lo está su
realización, su propia felicidad.
Algunos autores, sin mencionarlo directamente, hablan de la
inseguridad relacionada con el merecimiento. Cuando no estoy seguro de si
merecer esto o aquello, recurro a sabotearme no aceptando los estados de
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plenitud, de satisfacción, de felicidad; por lo que estando en una situación de
plenitud de felicidad, hago cosas que me trasladan de ese estado a una
emoción negativa y con frecuencia culpo a otros de esa situación.
Nietzche en Más allá del bien y el mal nos advierte: “[…] toda persona
es una cárcel y un rincón”. Cabría preguntarse, entonces, ¿qué modalidad de
gobierno impera en mi ser? La inseguridad, al estar en continua lucha con mi
ser, se apodera en forma tiránica y asume el control de mi estado, y yo, al no
ver otro camino, me rindo ante ella en una compleja combinación de
sometimiento y resignación terriblemente dañina, permaneciendo en su
sistema carcelario, cual reo que ha recibido la sentencia de “eres culpable”, o
quizás en un rincón oscuro, que se hace más cómodo que salir y enfrentar al
mundo.
IV. Influencia del sistema
Un día en que revisaba lo escrito por algunos autores sobre la
seguridad de las personas, con música suave instrumental y haciendo el
esfuerzo por colocarme en el claro, me pregunté, ¿qué otras cosas aparte de
experiencias traumáticas nos lleva a convivir con la inseguridad?, ¿por qué
buscamos un soporte externo? Al reflexionar, mirando a través de la ventana,
sucedió algo inesperado: cambió la música y se activó una pieza vocalizada.
Se oía cantar en ella: “Mi vida no tiene sentido sin ti”. Esto me colocó en
estado de alerta, pues me conectó con el tema de conceder poder a otros. Ello
me invitó a buscar música que hablase de “mi poder”, de “mi felicidad”, de
“mi futuro” y otros temas afines. Lo que encontré, salvo pocas excepciones, es
que parece que las musas mayoritariamente han inspirado a compositores y
cantantes a ver el mundo, su vida, subordinada a la permanencia de otro. Sin
negar que el amor, la convivencia, la necesidad de compañía, nos lleve a
cantar al amor hacia el otro, me sorprendí de ver cuán pocas canciones hay que
hablan de la felicidad como una propia elección individual, como una decisión
autónoma. Hallé aquí un hilo que me llevó a pensar que el entorno, el sistema,
nos dice a través de la música que pareciera que la felicidad, la paz, la
realización, no son posibles si no me apoyo en otro. Resulta condicionante y
quizás alarmante cómo estamos diciéndoles a los niños y, sobre todo a los
adolescentes, que su felicidad no depende de sí mismos, sino de otros.
Encuentro una influencia que considero muy significativa y que valdría la
pena no obviar, no dejar de observarla, pues si mi felicidad depende de otro,
cuando ese otro no esté, ¿qué soporte tendré? Y si ese soporte era “mi
seguridad”, ¿cómo quedo en ese momento y en qué me puedo convertir? Se
hace necesario, entonces, una combinación de los elementos internos y del
entorno; cuando solo dependo de lo externo, podría no encontrar nunca mi
propia paz.
Otra mirada que surge es cómo los expertos en mercadeo y publicidad
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han aprovechado esa influencia y nos ofrecen productos que nos dan “poder”,
“felicidad”, “estatus”, “seguridad”. Al respecto, Alexander Lowen en su libro
Miedo a la vida expresa: “Las cosas que poseemos nos poseen. Estamos
poseídos por nuestras posesiones en el sentido de que debemos pensar en ellas,
preocuparnos por ellas y cuidarlas. No tenemos libertad de apartarnos y
dejarlas, porque para muchos de nosotros esas cosas representan nuestra
identidad, nuestra seguridad e incluso nuestra salud mental”. Y si mi seguridad
depende de cosas materiales externas, qué terrible fragilidad la de mi ser, que
busco afuera la seguridad que no he logrado construir con mis propios
recursos.
V. Construyendo mi seguridad
Rafael Echeverría dice que “el acontecer es neutro, el juicio es
nuestro…”. Por otra parte apunta a que cada persona es un observador
distinto. Nos habla en varios de sus escritos del modelo del observador que en
forma simple se expresa de la siguiente manera: los resultados que obtengo en
mi vida, dependen de mis acciones, y estas acciones dependerán de mi
particular observador, todo ello dentro del sistema del cual formo parte. En
otra obra formula el principio del observador que dice: “No sabemos cómo las
cosas son. Solo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos.
Vivimos en mundos interpretativos”. Esto nos conduce a una plataforma
extraordinaria, exquisita, poderosísima, firme, que nos puede dar sustento a
construir una mirada distinta sobre si aquello a lo que le temo, aquello que veo
como riesgoso, en realidad lo es, o solo es mi mirada.
Recuerdo en una interacción de coaching que le indiqué a mi coach:
“Eres desafiante” y ella con mucha dulzura, pero con determinación me
respondió: “¿Soy desafiante o me ves desafiante?” (claramente podrían ser
ambas opciones), no obstante conocer el principio mencionado, esa frase me
condujo a reflexionar y comprender que no necesariamente es el mundo, no
necesariamente son los otros los que me hacen tal o cual cosa; puedo ser yo el
que con mi mirada formulo el juicio que ese mundo o esos otros me dañarán.
Por tanto, la inseguridad no es otra cosa que mi particular forma de darle
sentido al acontecer. Si le doy otro sentido, como en el diario vivir otros en mi
misma situación lo hacen, puedo sentirme seguro en las mismas circunstancias
o lugares en que antes sentía inseguridad.
Si todo nos remite a que la inseguridad se origina en el juicio –en
nuestra creencia– y si consideramos que los juicios son actos declarativos que
al ejecutarlos creamos un mundo que no existe, tenemos el poder de hacer un
juicio nuevo, un acto declarativo que tendrá el extraordinario poder de cambiar
y crear el mundo que aspiramos y dejar atrás aquel mundo que nos ha
condicionado en algunos momentos, que nos ha paralizado en otros y que nos
ha hecho sufrir en diversos pasajes de nuestra vida. Desde la inseguridad
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podríamos decir: no puedo y, efectivamente, por el poder declarativo que
emitimos al decir “no podré”.
La seguridad implica que aprenda a quitarme las máscaras con las que
me manipulo y que podría también manipular a los demás. Sin embargo,
también hay otro camino: cuestionarme yo mismo si puedo cambiar la forma
particular de observarme y observar al mundo, qué fundamento tiene mi
creencia de que no puedo ser lo suficientemente seguro, en comparación con el
juicio de otros que me consideran seguro o capaz y que me entregan
afirmaciones que sustentan esos juicios positivos. Desde allí puedo darme
cuenta, desde la razón, que no merece la pena vivir con esa creencia, y si a ello
le adiciono que y me dispongo emocionalmente a sentirlo y a registrarlo en mi
cuerpo, el espacio de posibilidades de accionar se vuelve casi ilimitado,
saltando al espacio donde quiero estar.
VI. Comentarios finales
Según lo he expuesto hasta aquí, la inseguridad no convierte a una
persona en un ser inseguro en todos los dominios de su vida. Sentir
inseguridad también contribuye a desarrollar fortalezas en otros aspectos de la
vida, a afrontar con más determinación retos y a ir tras metas que
potencialmente generarán bienestar y satisfacción para equilibrar las
insatisfacciones. Si miramos desde otro ángulo, también podemos hacer el
juicio de que si tengo determinación y creo en el logro de una meta, también
puedo confiar cada vez más en mí mismo a tal punto que mi inseguridad no
me genere malestar; por el contrario, sea el catalizador de algunas decisiones y
la voz del cuidado, de la prudencia, del actuar responsable.
¿Qué sigue? Un camino posible podría ser el tomando como punto de
partida el modelo del observador antes citado: si cambiamos el observador –
ahora me doy cuenta de que la inseguridad es producto de mi mirada o de mi
particular interpretación de un determinado fenómeno– paso a la acción,
incorporando a mi lenguaje el nuevo juicio, generando una emoción de
optimismo y paz, y sintiendo esa paz y esa seguridad en mi cuerpo obtendré
los resultados que aspiro. Es condición indispensable creer en ese acto
declarativo, no dar espacio a las emociones negativas y apropiarme de una
nueva corporalidad.
Si queremos ir para adelante, hay que avanzar sin miedo, mas ¿cómo
afronto el miedo o la inseguridad? Posibles opciones son –tal como lo muestra
una caricatura de Peanuts– el adoptar la corporalidad de la seguridad, pues si
de seguridad se trata, la postura es importante. Lo peor que puedo hacer es
cambiar mi corporalidad a la del miedo o adoptar posturas que denoten
inseguridad, porque enseguida me sentiré peor. Los seres humanos tenemos la
posibilidad de recrearnos a cada instante y desde allí podemos ir construyendo
el ser que aspiramos ser. Pero esto, querido lector, quizá no sea del todo válido
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para usted. Reflexione qué es útil y posible en su caso, y póngalo en práctica,
de forma tal que logre lo que desea.
Respecto a qué hacer, le invito a usted lector que me ha acompañado
hasta aquí, a leer esta cita de Humberto Maturana: “ […] aprendamos a
hacernos responsables de nuestros actos siendo en cada instante responsables
de ellos. La responsabilidad se da cuando nos hacemos cargo de si queremos o
no queremos las consecuencias de nuestras acciones y actuamos de acuerdo
con ese querer o no querer”. ¿Quieres vivir una vida más segura? Hazte cargo
entonces de ella. Declara, siente y coloca a tu cuerpo en esa corporalidad.
De momento, querido lector, te dejo para que alinees tu declaración, tu
emoción y tu cuerpo. Para ello no requieres seguir leyendo. Espero vernos
pronto en tu nuevo y seguro estado.
Bibliografía
Bloch, Susana. Surfeando la ola emocional. Santiago: Uqbar Editores,
2011.
Echeverría, Rafael. Por la senda del pensar ontológico. J. C. Sáez
Editor, 2007.
——. El observador y su mundo, Vol. I. Granica-J. C. Sáez Editor,
2009.
——. El observador y su mundo, Vol. II. Granica-J. C. Sáez Editor,
2009.
——. Mi Nietzsche. Por la senda del pensar ontológico. J. C. Sáez
Editor, 2009.
Hendricks, Gay. Atrévase a dar el gran salto. Editorial Norma, 2010.
Lowen, Alexander. Miedo a la vida. Papel de Liar, 2009.
Maturana, Humberto. El sentido de lo humano. Granica: J. C. Sáez
Editor, 2008.
Newfield Consulting. Incursiones ontológicas. J. C. Sáez Editor. 2008.
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Sobre la responsabilidad y la culpa: una aproximación ontológica
Gustavo Romero León
Este breve trabajo tiene como objetivo abordar los juicios de
responsabilidad y la culpa desde la ontología del lenguaje. Esta exploración
fenomenológica la hago desde mi propia experiencia de vida, reconociendo
cómo estos juicios me han influido y afectado a lo largo de mi existencia. Me
motiva también en esta reflexión mi indispensable comprensión de estos
juicios, muy presentes en las historias de vida de mis coachees, a quienes
busco ayudar a encontrar una existencia de mayor aceptación y paz, al poder
manejar emocionalidades que comprometen su desplazamiento hacia la
superación de situaciones de sufrimiento o estancamiento.
Hecha toda una exploración de casos y experiencias de vida personal y
social, en los cuales he creído encontrar la presencia del juicio de la
responsabilidad y el sentimiento de culpa, quisiera abordar la tarea nada fácil
de encontrar rasgos comunes, perfiles congruentes que me permitan establecer
las características de estas distinciones, y, prosiguiendo en mi inquietud
inicial, la relación que puede haber entre las dos.
Cuando vuelvo mis pasos sobre las experiencias en las cuales el juicio
de la responsabilidad está presente, el mismo no se corresponde
necesariamente a experiencias más generales en las que aparece la distinción
para definirlas, como son, por ejemplo:
Que me considero más o menos responsable en función de la atención
que pongo o debo poner en algo que tengo que hacer o decidir.
Que soy responsable de una actividad o función que se ha puesto a mi
cargo.
O que estoy obligado a responder por una tarea específica.
En todas estas experiencias, el factor deber u obligación se hace
presente. ¿De dónde proviene ese deber u obligación? ¿Qué los hace míos?
Provienen de mis sistemas, de los múltiples sistemas a los que pertenezco:
familiar, social, religioso, nacional, organizacional, por solo nombrar algunos.
En todo evento asociado a la responsabilidad, encuentro un juicio que hago
mío.
Las experiencias examinadas apuntan en casi todos los casos a un
“cargo” o a una obligación moral frente a una omisión o un yerro real o
potencial. Cuando reflexiono sobre este juicio, emerge una asociación
indisoluble entre responsabilidad y sentimiento de culpa. Esta ahora se hace
presente, registrada en todos los niveles de mi estructura de coherencia:
cuerpo, emocionalidad y lenguaje, ante una acción o una inacción que crea un
sentimiento, transformado en juicio de responsabilidad frente a una actuación
esperada o por un daño causado o por causarse.
Quienes han trabajado este tema en profundidad, hablan de diferentes
tipos de responsabilidad: la responsabilidad política, la responsabilidad social
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y la responsabilidad moral, concepto este último más cercano al fenómeno que
he estado analizando. Kelinis (1990), la define como “la imputación o
calificación que recibe una persona por sus acciones desde el punto de vista de
una teoría ética o de valores morales. Es a mi entender un juicio sobre el valor
moral de las acciones, y dicho valor depende de las consecuencias de tales
acciones. Consecuencias reales, tangibles, enjuiciables por otros, o juicios
propios sobre las consecuencias potenciales de mis acciones. Muchas de las
acciones concretas que son las respuestas a mi juicio de responsabilidad, las
tomo justamente para evitar consecuencias que no deseo que se materialicen.
En este dominio, al igual que en el político o social, aparece el
fenómeno atado al juicio social. Y aquí me surge una interrogante: ¿por qué yo
me siento responsable sobre una conducta, sobre una acción o una omisión, sin
necesidad de recibir un juicio expreso de un tercero? Me atrevo a concluir que
al sentirme responsable, el juicio social es mi juicio, pertenece a mi cuerpo de
supuestos básicos de acción. No necesito recibir el juicio de otro, porque
conscientemente me considero la causa directa o indirecta de un hecho y que,
por lo tanto, soy “imputable” por las consecuencias de ese hecho (es decir, una
acumulación de juicios previos de responsabilidad). Estos juicios los he hecho
míos, son parte de mi conciencia moral, desarrollada en mi proceso de
individuación. Ya no necesito muchas veces el señalamiento externo, expreso
o tácito. Hacemos nuestros estos estándares, muchas veces pesados,
agobiantes, a veces sin cuestionarlos, suprimiendo a nivel de nuestra
conciencia el peso emocional que nos causa su cumplimiento.
I. Responsabilidad y ¿libertad?
Otra reflexión que me llega al contrastar mi propio ejercicio
fenomenológico con los aportes de otros, es que no me puedo sentir
responsable de algo si no actúo en libertad, si no está frente a mí la posibilidad
de actuar de una u otra manera. Traigo aquí la reflexión de Kant: “la
responsabilidad es la virtud por excelencia de los hombres libres”. La virtud
individual de concebir libre y conscientemente las máximas universalizables
de nuestra conducta. Se conecta también este pensamiento con la visión de
Hans Jonas (1947), quien concibe la responsabilidad como una virtud social
que se configura bajo la forma de un imperativo categórico, el principio
kantiano de la responsabilidad. Para uno es una virtud individual, para otro es
una virtud social, una virtud reconocida por nuestros sistemas y por nosotros
mismos como parte de ellos. Emergen aquí preguntas inevitables: ¿el ejercicio
de la responsabilidad es un ejercicio desde la libertad?, ¿se puede ser
responsable sin ser libre para elegir?, ¿al escoger asumir una responsabilidad
escojo a su vez una opción de no libertad en mi actuar? A mi parecer, no se
puede ser responsable si no partimos del juicio de que somos libres para
escoger. Actuar de otra forma sería quizás actuar desde el juicio de que no
104
tenemos otra opción que “ser responsables”.
II. Responsabilidad y culpa: ¿causa y efecto?
Aquí hay una circularidad difícil de desentrañar. En todos los casos se
hace común un estándar personal o impuesto por los sistemas frente al cual
cada uno se siente responsable, que compromete una actuación específica que,
de no darse, desemboca en el sentimiento de culpa y sus juicios asociados.
Circularmente hablando, la culpa, o mejor dicho, la acción comprometida ante
este sentimiento, dispara en muchos casos el juicio de responsabilidad, la
necesidad de hacerse cargo con acciones y compromisos remediales. Nuestra
historia y nuestra cotidianidad están llenas de actos heroicos o simplemente de
acciones inesperadas y relevantes por parte de quienes se han sentido
culpables y buscan claramente poner remedio a comportamientos por los que
se consideran culpables.
He señalado que el sentimiento de culpa puede devenir en un juicio de
responsabilidad. Si eso es así, siempre nos estaríamos remitiendo, por decirlo
de este modo, a un proceso consciente. Ahora tengo mis dudas. Para empezar,
me estoy refiriendo a la culpa como un “sentimiento” de manera consistente.
Al hablar de sentimientos, estoy hablando de estados emocionales.
Examinando superficialmente la teoría psicoanalítica, encuentro el postulado
de que el sentimiento de culpa emerge de un “castigo” del súperyo, severo,
exigente, autocrítico y por ende castigador, al yo, más conectado con las
respuestas emocionales básicas. De nuevo, el estándar aparece como personaje
fundamental. Me he llenado de ellos en mi proceso de individuación. Si los
violo, mi más alto nivel de conciencia pareciera ordenar sufrimiento, por un
acto que mi estándar me hace ver como reprochable. ¿Es acaso posible sentir
culpa sin una asociación más o menos consciente? Me parece que no, aunque
alguna vez leí que la mentalidad criminal no siente culpa consciente y que
busca el crimen para justamente conseguir un objeto consciente de culpa.
Freud, sin embargo, postulaba que el criminal ya tiene un sentimiento de culpa
enquistado que necesita del delito para recibir castigo.
La teoría psicoanalítica de Laplanche y Pontalis define la culpa como
“un estado afectivo consecutivo a un acto que el sujeto siente como
autoreprochable. Advierto que esta definición está muy conectada con mi
reflexión.
III. Desde el primer pecado, de la mano metafísica
Si el sentimiento de culpa tiene un componente ético, religioso o
moral, ¿es entonces inculcado o forma parte del desarrollo del ser humano?
Intuyo que puede desarrollarse de las dos maneras y me viene a la mente la
influencia que la religiosidad puede tener en el desarrollo de sentimientos de
105
culpa, especialmente cuando nos alineamos con la tradición cristiana. Desde
niños se nos ha dicho que nacimos en pecado (la transgresión a una
responsabilidad moral que debería hacernos sentir culpables). Dios hecho
hombre sufrió para liberarnos de ese pecado. Nuestros nuevos pecados de
acción u omisión nos deben hacer sentirnos culpables, no solamente de los
efectos en otros de esa conducta llamada pecado, sino también de no ser
merecedores del sacrificio de Dios hijo para librarnos del primer pecado.
Siento que el concepto de arrepentimiento viene de esa postura. El
arrepentimiento en la concepción cristiana clásica está ligado a la culpa; hoy lo
vería desde el prisma de la ontología del lenguaje, como una declaración (a
Dios, a nuestro confesor, al mundo) que “reconstruye lingüísticamente”
nuestro sentimiento, nuestro estado emocional, para que se dé a conocer y
lleve al compromiso con acciones de reparación. Es el primer paso a nuestra
reconciliación con nuestro juez interno, que normalmente lleva a la acción
(penitencia, seguida de reparación). Es interesante sentir cómo la figura de la
penitencia se asocia al castigo que el culpable más comprometido
psicológicamente. El castigo superyoico equivale aquí al castigo que me
impongo para poder ser nuevamente merecedor de la gracia de Dios.
En estas reflexiones hay sin duda una herencia metafísica que nos llega
a través de la escolástica cristiana y otros desarrollos filosóficos occidentales.
La autonomía moral del hombre moderno, señala David Konstan (2006) se ha
construido, especialmente en el mundo occidental y cristiano, sobre el
sentimiento de culpa por sobre el de vergüenza, como expresión de
“sensibilidad interna”. La culpa pasa a tener un papel, diríase que constructivo
en crear y mantener relaciones y responsabilidades morales. Otro pensador
occidental, E.R. Dodds, expresa que en la Grecia clásica no existía una
“noción de culpa”. Ni siquiera había una palabra para definirla. Konstan
arremete contra esa ausencia señalando que “el mundo antiguo simplemente
fracasó en tener una noción de culpa, lo cual pone en evidencia “la pobreza en
su vocabulario moral y su incompleto desarrollo psicológico”. Con total
humildad, me alejo de esta concepción porque me encajona a aceptar esta
evolución como un “logro moral histórico”.
Los pensadores antes citados nos hablan de la vergüenza como
precursora de la culpa. Los griegos nos hablaban de vergüenza, como una
emoción que se reconstruye en el juicio de que las acciones de uno
comprometen la identidad pública, de que se es sujeto del juicio de los demás.
Otras civilizaciones, como la japonesa, elevan este sentimiento a nivel de
dignidad y posibilidad de expiación con la propia supresión de la vida. La
culpa aparece en nuestra civilización como una emoción más “pura”, de
vivencia y reparación interna.
IV. Del castigo a la reconstrucción: un nuevo aprendizaje
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Haciendo este tipo de reflexión, me llama poderosamente la atención el
pensamiento del psicoterapeuta venezolano Rafael López Pedraza. Cito de su
libro Emociones: una lista (2008):
Como quiera que se vea, la perspectiva que ve un progreso en el
tránsito de la vergüenza hacia la culpa es muy ajena a mi apreciación, que
valoriza al hombre occidental como producto del conflicto de opuestos entre
las fuerzas psicológicas paganas y del cristianismo histórico [….] Lo que se
supone es un logro moral histórico en la filosofía (el surgimiento de la culpa)
es una de las fuerzas que más se opone a un proceso terapéutico interesado en
la psique y su relación con lo irracional y los instintos. La psicoterapia y su
poder de mejora de la vida debe suceder en un nivel de la naturaleza humana
totalmente opuesto al ego, con su consciencia y su memoria, esta última
desarrollada a expensas de la memoria emocional reprimida [….] La culpa se
constituye en un obstáculo que refuerza la posición del ego [….] Mi
acercamiento a esa emoción es que el paciente aquejado por ella la vea como
una loca irrealidad La denuncie. Que esa vida sufrida y cargada de culpa se
acepte como un suceder y se asimile al propio destino, a nuestro devenir. No
es lo mismo decir ‘siento culpa por tal suceso’, que decir ‘sucedió así y es
parte de mi destino’”.
Esta reflexión, desde la perspectiva ontológica, nos habla de devenir,
de la capacidad infinita del ser humano de aprender y transformarse al adquirir
conciencia de sus debilidades y obrar de cara al futuro sin pretender destruir o
negar el pasado y sus acciones. Desde esta perspectiva, hago referencia a
comentarios hechos por Luz María Edwards a mis pensamientos anteriores
sobre este punto, al recordarme la noción de arrepentimiento (tributario
cristiano de la culpa), en su acepción tomada de la palabra griega metanoia,
quizá mal traducida de su significado original: transformación profunda. Bajo
este último significado, cuando Juan el Bautista, y luego Jesús, llaman al
“arrepentimiento”, nos están invitando no a sufrir por haber sido como fuimos
y a actuar como actuamos, sino a transformarnos, a actuar de una manera
distinta, como demostración (ontológica y evangélica) de nuestro aprendizaje
y capacidad de construir nuestro devenir.
V. Desde mi propia estructura de coherencia
Hemos dicho repetidamente que la responsabilidad es un juicio con
carga emocional y la culpa, un estado emocional atado a juicios. Dados los
juicios de lo “necesario”, lo “conveniente”, lo “esperable”, “lo ético”, lo
“moral o socialmente aceptable”, o lo “virtuoso”, actuamos tratando de ser
responsables, a veces pagando un precio emocional alto. La culpa se vive en
un plano emocional muchas veces inhabilitador que compromete nuestra
capacidad de actuación y que se manifiesta en emociones básicas como la
tristeza y el miedo, entre otras. Su expresión en el lenguaje son los juicios de
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autorreprobación ante lo “impropio”, lo “inconveniente”, lo “antiético”, lo
“inmoral”, lo “dañino”, lo “pecaminoso”. Juicios que, como todo juicio, son
adscripciones de nuestra conducta y requieren ser fundados. Todas estas
visiones pertenecen a nuestros sistemas, a los que pertenecemos y dentro de
los cuales nos desarrollamos. Sistemas que condicionan nuestra actuación,
pero sobre los que podemos influir para actuar de una manera más auténtica y
plena.
Nuestro propio cuerpo da cuenta también de la vivencia de estos
juicios y emociones: pesadez, cansancio, estrés, ansiedad, desplome corporal,
entre muchas otras manifestaciones.
Lo que vivimos a nivel de nuestra estructura de coherencia remite al
observador único y especial que somos. Condicionado por mis sistemas, en mi
caso personal, he vivido del juicio de la responsabilidad a niveles que muchas
veces han comprometido mis posibilidades de una vida más auténtica y feliz.
Frente a una actuación que a mi juicio (como observador) transgrede esos
estándares, surge el sentimiento de culpa, como cuestionamiento esencial a mi
identidad privada, ya sea que involucre a otros o no, especialmente en el
segundo caso.
Ahora quiero compartir algo personal. Me sentí totalmente responsable
de los cuidados de mi madre a raíz cuando se le descubrió una enfermedad
terminal. Mi sistema familiar reforzaba ese juicio, llevado en acción, al
señalarme que lo esperable era que mi madre viviera los últimos días en mi
casa. No tomé esa decisión, sino que la trasladé a una casa de cuidados. Se me
señaló como insensible, y algunos familiares me vaticinaron que sería víctima
de la culpa si mi madre moría sola en esa residencia. Me sentí culpable, muy
culpable y extremé mi responsabilidad con visitas diarias, a veces, a costa de
extenuarme y vivir agotado y en permanente tensión. Viví de ese juicio hasta
que comencé a fundamentar el juicio contrario y fundarlo a su vez con otros,
fuera del sistema familiar. Poco a poco mi observador cambió, en sus tres
dominios, y pude avanzar hacia la aceptación de mi conducta, mi tranquilidad
y mi paz ante las decisiones tomadas. Mi madre murió en una clínica, adonde
la trasladé tres días antes, rodeada de sus hijos y en paz. Yo también me siento
en paz. Pude salir de ese estado emocional agobiante, rediseñarme desde la
acción, reconociendo lo que estaba en capacidad de hacer y lo que no,
delimitando de esta manera el ámbito de los juicios que me afectaban y actuar
en consecuencia. Ojalá pueda llevar esta capacidad a otros dominios de mi
vida. Siento aquí nuevamente la voz orientadora de Luz María Edwards ante
mis reflexiones, que apelan al tercer principio de la ontología del lenguaje: yo
puedo elegir mi propia voz, puedo reconstruir mis juicios de facticidad y
posibilidad; escoger influir sobre mis sistemas y propiciar su cambio. Elegir
desde la libertad de elegir.
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Me olvidé de mí
Humberto Acuña
Dedicatoria
A Francisco José Acuña Lezama, Mochima, mi Padre, quien me dio
todo lo que soy, a quien odié y amé de una manera muy intensa. Sin embargo,
tarde sentí esa intensidad, y ya no había tiempo para compartirla con él. Donde
estés, gracias.
Te amo.
Introducción
Como ser humano, me he estado cuestionando desde hace mucho
tiempo, preguntándome, ¿qué me falta?, ¿dónde esta la paz?, ¿cómo parar?
Son muchas, pero muchas preguntas las que me formulo. La ontología me ha
dado la oportunidad de seguirme cuestionando, de saber que no estoy solo en
este mundo, que no soy el único que se cuestiona, que somos muchos, y que
de alguna manera, no pararemos de hacernos preguntas, y eso me gusta.
Hoy, después del intenso trabajo de indagación llevado a cabo para
hacer este trabajo, siento que he dejado un peso atrás. Un peso que me ha
hecho empezar a entender que puedo vivir la vida más liviano, vivir más para
mí, incluyéndome en la ecuación, haciéndome responsable de los cuentos que
me narro, porque al final del día son los cuentos que nos narramos los que nos
hacen sufrir y/o nos hacen ser felices.
Este trabajo me permitió mirar un cuento, que tenía que ver con un
niño que siente que se queda solo en la vida y que de manera permanente debe
luchar por su puesto en la vida; si se descuida, lo pierde y lo puede perder
todo, incluso hasta la vida. Es la historia de un niño que no se sentía visto por
su padre, y que además, ni el niño ni el padre tenían las herramientas
emocionales necesarias para comunicarse y escucharse. Y desde esa ausencia
de cariño, de amor, aprendió a defenderse, a escudarse, a vivir para los demás,
para hacerse sentir por los demás, pero se olvidaba de él y eso no le daba paz.
Hoy puedo leer el cuento de manera diferente y no conectarme con el
rechazo, con el abandono, y vivir de manera más auténtica.
Sé que el camino es largo y, como dice Joan Manuel Serrat, “se hace al
andar”, pero lo puedo andar, Sé cómo, tengo las herramientas, lo que debo
tener consciente es que si resbalo, no falle; si resbalo es por que estoy en el
camino y si estoy en el camino sé que puedo resbalar.
Entender que la vida no es nada más que sentirme reconocido, me hace
vivir en paz, porque puedo y estoy haciendo cosas que antes no me atrevía; y
por ello me siento bien, me siento feliz.
Gracias a Rocío Márquez por sus compañía y cariño durante el ABC, a
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Yolin Molina por su excelencia en el enseñar, a Celia Chávez por su compañía
y sus preguntas en el proyecto, a Alicia Pizarro por mostrarme la diferencia
entre el mostrar y el dar. Parte importante del aprendizaje de este proyecto se
lo debo a Rafael Echeverría; por le agradezco lo que él está haciendo por el
mundo y por lo que hizo por mí.
I. Algunas experiencias
Cóctel
En vacaciones hice un crucero con mi familia y durante el primer día
en el comedor se me acercó un mesonero y me ofreció un cóctel. La verdad es
que lo hizo con tal ánimo que le dije que sí. Inmediatamente pensé: “¡Esto me
va costar, no es gratis!”, pero me dio pena preguntarle al mesonero si tenia un
cargo adicional. Estaba yo rodeado de gente y ya él me había servido. Me di
cuenta del cargo en el momento en el que apenas al tocar el vaso, el mesonero
sacó la nota para que se la firmara.
Cumplo las normas y hago mis colas
Suelo evitar de sobremanera que me llamen la atención. La sensación
de que la gente me está mirando y pensando cosas de mí, como por ejemplo:
“este tipo sí es bruto, no cumplió con la norma”, es una sensación que me hace
sentir demasiado pequeño e inseguro, con mucha pena y vergüenza. Prefiero
caminar diez cuadras antes de estacionarme en un sitio que no es el adecuado;
por ejemplo, si voy al local B y no tiene espacios para estacionarse, pero el
local A sí los tiene, podría estacionarme, nadie se daría cuenta; de hecho lo
hace mucha gente, pero no yo. Empiezo a pensar que al llegar ahí me va a
esperar el dueño del local A y me va reclamar que por quú usé su espacio. Ya
solo ese pensamiento evita que me estacione donde no debo.
Bailar
No bailo, no tengo oído ni siquiera para cantar los pollitos o
cumpleaños feliz. Esto me hace sentir expuesto y no protegido, me hace sentir
ridículo. Este sensación me hace evitar las reuniones y/o fiestas a como dé
lugar.
Inglés
Hablo y me defiendo, escribo lo básico, puedo mantener una
conversación e interactuar con otros, sin embargo, sé que no soy bilingüe.
Sucedió una vez, que tenía una actividad de bioenergética, en la que el
instructor solo hablaba inglés, pensé en no asistir solamente por el hecho de no
tener que enfrentarme a que en algún momento tendríaéque decir: “Eso no lo
entiendo”.
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1. ¿Qué tienen en común todas estas experiencias?
En ellas aflora mi sentimiento de inseguridad, que no sé de dónde
proviene, ni sé explicarlo, pero está allí. Entonces surge la voz que te dice:
“Yo puedo, yo tengo con qué enfrentar esto”. Preguntas como ¿qué van a
pensar los demás de mi?, ¿qué no tengo como?, son inaceptables. A través de
estas experiencias, emocionalmente puedo sentirme vulnerable; vulnerable de
que me descubran dudando, de que me vean con mala cara, rechazado. Me
puedo sentir no aceptado y eso me pone muy triste. Siento que todo el mundo
me mira y me pregunto: ¿estarán pensando que no sirvo para nada?
En este momento empecé a darme cuenta cómo, escondido en la
vergüenza, evitaba fallar o sentir que podía fallar y desde allí me paralizaba.
Bernardo Stamateas dice “La vergüenza es la creencia dolorosa y errónea que
vivenciamos sobre la deficiencia de uno mismo. Esta creencia siempre es
tóxica o negativa, porque nos detiene y nos aísla frente a nuestras metas”.
Al revisar todos estos eventos o experiencias, puedo dejar en claro que
evitaba exponerme; por ejemplo, en el caso del mesonero las preguntas que me
acechaban eran: ¿qué va a pensar la gente?, ¿que no tengo dinero?, ¿que no
puedo? Allí de inmediato se conecta esa fuerza que sale de adentro, con
mezcla de orgullo, arrogancia y prepotencia, y me alienta: , “sí puedes, puedes
con esto y más”.
Normalmente, los especialistas te dicen que tu autoestima no depende
o no puede estar basada en los que los demás dicen u opinan de ti, que la
vergüenza es un juicio, ¿cuánto poder le puedes dar al otro para gobernar tu
vida?, ¿cuánto poder le doy a las opiniones de los demás? Pues sí, le daba
mucho, mucho poder, tanto, que pagué un precio muy alto por ello.
Pagué un precio alto, porque por mucho tiempo me estuve moviendo
desde el miedo y, como dice Susana Bloch, el miedo es una emoción que te
paraliza. Ahora bien, para mí la vergüenza me conectaba con miedos, miedos
que me paralizaban.
II. ¿Fallar?
Fallar tiene sentido cuando alguien no logra su objetivo, cuando
alguien no logra su misión, cuando alguien no hace bien algo, allí conecto con
el fallar. Cuando alguien hace lo contrario a lo que predica, fallas; cuando tus
hijos no son gente respetuosa de las personas, de las leyes, de la comunidad,
fallaste como padre. Cuando un padre no provee, falla. Por ejemplo, cuando
un futbolista falla un penal, ¿cómo mira a la cara a los compañeros de equipo?,
¿cómo mira la cara a los fanáticos?, ¿cómo mira a la cara a sus hijos? Falla un
hombre público cuando tiene algún problema de drogas, de infidelidad. Falló
porque al ser público, parte de su misión es dar el ejemplo a los seguidores, a
los que creen en él. ¿No creo en las segundas oportunidades? ¿No creo en el
111
cambio de las personas? Sí, sí creo; de hecho por ello estudio y me preparo
como coach. No creo en castigar el error con mis supervisados y con mi
familia no castigo el error. Racionalmente puedo entender que un futbolista
falle un penal, racionalmente puedo entender que mi hijo no pase una materia
del liceo, pero emocionalmente me angustia, me genera ansiedad, y desde allí,
me conecto con el fallar, con esa lucha entre lo racional y lo emocional. ¿Qué
estarán pensando de mí si fallo?, ¿cómo se sentirán los demás si fallo?, ¿a
cuántas personas puedo hacerle daño si fallo?
El impacto que estas preguntas tienen en mí se reflejan en el accionar,
accionar hasta el desgaste, a atreverme, a intentarlo de la mejor manera posible
para no fallar. Si lo logro, me conecto con la ansiedad del seguir haciendo, la
ambición, pero si fallo, me conecto con la melancolía, la tristeza, la pena.
Siento que no seré reconocido, ni querido. Me siento morir.
Fallar trae consigo algo importante, y es el hecho de que no importa lo
bien que lo hagas en todo momento, no importa si eres el mejor; si fallas, todo
eso se viene al suelo, tu imagen pública se deshace, cambia por completo. Por
ejemplo, el director de un equipo de futbol mientras gane partidos es lo mejor,
es un Dios, pero si pierde un juego, ya “no sirve para nada”, porque no puso a
fulano y/o a sutano a jugar.
El sentirme abandonado, rechazado, dejado en el camino, no tomado
en cuenta, son emociones con la que me conecto al hablar de fracasar. Si
fracaso, no me toman en cuenta. Si lo hago mal, me rechazan.
III. Lo aprendido
Cuando vivo pendiente de no fallar, realizo de manera permanente un
esfuerzo adicional, un esfuerzo que a la larga o me deja ser yo mismo, o me
cohíbo de experimentar cosas nuevas y el final del día vivir como un ser digno
y único.
A lo largo de mi investigación pude darme cuenta de cómo es vivir
atado a la desconfianza y el resentimiento, estados emocionales nada
productivos para una persona.
Muchas veces me sentía cansado y tenía en mente la expresión de “me
siento como si cargara el mundo”. Tal vez, la expresión puede sonar arrogante,
pero cómo no sentirme así, cuando en cada movimiento que doy estoy
pensando no en mí, si no en lo que podrían estar pensando los demás,
poniéndo en las cabezas de los otros cosas que realmente no les pertenecen
sino que son exclusivamente mías. ¿De cuántas maneras diferentes puede
pensar alguien que tú no conoces?, ¿cuánto esfuerzo debes poner allí?
Ha sucedido que si estaba en una autopista y alguien me adelantaba de
manera brusca (lo consideraba así), inmediatamente me conectaba con una
inmensa rabia que me hacía, sin pensarlo, perseguir a la persona. En mi mente
existía una verdad: este tipo hizo esto para perjudicarme a mí, a mí en lo
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personal. ¿Cómo interpretar esto? ¿Acaso era yo el único en el mundo? ¿Este
señor, me conocía? ¿Por qué querría hacerme daño? Simplemente no pensaba,
solo actuaba desde la rabia de no haberme sentido reconocido, sentía que me
habían robado nuevamente un lugar en la vida, mi espacio.
Cuando descubrí esta situación me asombré. ¿Cómo podía ser que yo,
un hombre exitoso, perseverante, que nunca se rinde y que siempre decía”yo
puedo”, se sintiese tan pequeño ante un situación así?
Aprendí a contar la historia diferente, aprendí que este señor no me
conoce para nada, que no tiene ningún interés en quitarme el puesto.
Probablemente estará mas apurado que yo, o tendrá una necesidad diferente a
la mía; aprendí a darme cuenta de que no soy el centro del mundo, aprendí que
no era conmigo el tema, que no estaba compitiendo con nadie. Ahora
simplemente a tipos como esos los veo y los dejo pasar, y en algunos casos,
cuando nos lo dejo pasar, lo hago porque estoy pensando en mí. Es posible que
yo también esté apurado o que tenga una necesidad diferente; o simplemente
estoy sintiendo que no es justo lo que están haciendo.
A lo largo del trabajo me di cuenta de que quería hacerme cargo de
todas las personas, de que con todas las personas que conocía siempre tenía
algo pendiente. Me sucedía también que no tenía tiempo para mí; de hecho si
buscaba tiempo para dedicármelo, por ejemplo para leer, dormir una siesta o
cualquier otra actividad que pudiese disfrutar, entonces me sentía muy mal. Mi
conversación interna era así: “Yo aquí sentado o recostado, y el mundo
andando. Debería estar trabajando por el futuro de mi esposa e hijos, por el
futuro de los míos”. Asimismo, siempre he tenido la fantasía de tener mucho
dinero para ayudar a toda mi familia, para hacer una gran urbanización donde
vivan todos juntos y ayudarlos a todos. Nuevamente, ¿quién soy yo para regir
el destino de los demás, para sentirme el responsable de los demás?, ¿cuánta
arrogancia hay en mí?, ¿cuánto sentimiento de superhombre? ¿Puedo
realmente hacer eso?, ¿los demás querrían que yo realmente hicieses eso?
No puedo hacerme cargo de todos, cada quién tiene derecho a vivir su
vida a su manera, no me puedo sentir culpable porque yo tenga algo y los
otros no. Me di cuenta de que tengo un límite, un espacio, una sola vida, un
solo rango de acción. Me costó mucho entender que cada persona es dueño de
su destino, que cada persona es responsable de sí misma. Sí puedo ayudar a
otros, pero primero debo ayudarme a mí mismo, Sí, puedo guiar a otros, pero
si ellos lo desean y piden ayuda, entonces puedo estar allí, pero no es mi
responsabilidad, no soy omnipresente ni omnipotente.
Antes nunca decía NO, pues buscaba aprobación y reconocimiento de
manera permanente. No sabía decir que no; si decía que no, sentía entonces
que no me iban a querer o a aceptar. Tenía que estar en todos lados a la vez,
ayudando a todos en todo: préstame dinero, ayúdame a reparar la
computadora, ayúdame hacer las tareas, ayúdame con este video, ayúdame con
este cliente, ayúdame en esta necesidad; a veces me encontraba, quedando mal
113
con mi familia, pues los abandonaba por estar atendiendo a otros (pensaba:
“Mi familia no me va a abandonar, así que puedo abusar de ello”). Sucedía.
Entonces, que me dedicaba a los demás y no a mí o a lo que realmente me
debería importar, ellos, mi núcleo familiar. Allí entonces me encontraba a
veces con que mentía, no era honesto con ellos ni conmigo, Inventaba excusas
como: “No puedo ir porque surgió algo muy importante”, tenía que justificar
la falta, no era por mi culpa, era por culpa de algo mayor, algo que no podía
manejar. Se manifestaba mi necesidad de no sentir, que si el otro sentía que
era culpa mía entonces me dejaría.
En esta situación me di cuenta de cuánto esfuerzo y tiempo gastaba en
no quedar mal con los otros, ¿Cómo no iba a estar cansado?
Hoy puedo decir que no. Es más, no solo puedo, sino que cuando sé
que debo, lo digo y ya. “No puedo en este momento, puedo tal día”. “¿Sabes
qué?, no sé reparar eso, debes buscarte a alguien que lo haga, yo no lo sé
hacer”. O a veces, simplemente soy honesto, y créanme, me siento muy bien
cuando digo: “No tengo tiempo esta semana” o simplemente cuando expreso:
“No quiero ir, porque no me provoca”. No tengo que pensar en una excusa o
una mentira o en inventar algo más grande, basta simplemente con un “No”.
Hasta ahora, no he perdido a nadie y todos me siguen queriendo; es más, a
veces siento que ahora me quieren más. ¿Será porque ya no los embarco?
Trabajar, trabajar y trabajar, cumplir, cumplir y cumplir, enfocado en la
meta, en el objetivo. Si alguien me ponía una meta, mi jefe, mi papá, mi
esposa, alguno de mis amigos algún familiar, entonces actuaba como un robot.
Me desprendía de mí, me separaba de mi ser, me convertía en el hacedor, en el
constructor de los sueños, pero de los demás.
Mi papá quería que yo fuese militar. Perdí un año de mi vida por no
poder decirle que no me había inscrito en la escuela. Sufría mucho y, a los dos
o tres días, cuando estuve a punto de pedir la baja, un oficial me dijo que yo no
serviría nunca para nada. Basto que yo no me sintiese reconocido por este
oficial para entonces convertirme de la noche a la mañana en el cadete modelo.
¿Cuánto me costo? En su momento no me di cuenta, pero me costó
muchísimo: humillaciones, dolor físico, dolor mental, hasta que demostré que
sí me tenían que reconocer. Entonces ahí pedí la baja, y el oficial en ese
momento no me la quería dar, porque según él yo era un ejemplo a seguir.
Evidentemente él ni nadie sabía a qué precio. Hoy siento que era como meter
un cuadrado dentro de un triángulo: lo puedes hacer, pero ¿cuánto te va a
costar? Lo incomprensible fue que después de ganar el reconocimiento, me
marché.
En mis trabajos era igual, si mi jefe me decía haga tal cosa, la hacía a
mi manera; eso sí, siempre a mi manera, pero lo hacía. Generalmente en mis
trabajos tuve las mejores evaluaciones y los mejores comentarios de mis jefes.
Por el contrario, los de mi esposa e hijos no eran los mejores comentarios.
Acostumbraba a decirle a mi esposa que lo que hacía era por nuestro bien, que
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estábamos haciendo lo correcto, pero en esa falta de equilibrio, me perdí los
primeros diez años de mi hijo y los primeros cinco de mi hija.
IV. Puedo vivir en equilibrio
Ahora reconozco que hay momentos para todo, por ejemplo, puedo
trabajar en un día 14 horas seguidas porque es necesario, porque necesito
terminar algo, porque estoy comprometido con un proyecto, pero ahora me
pregunto: ¿esto lo estoy haciendo para que me reconozcan o para cumplir con
mi compromiso como profesional? Estoy más consciente de las motivaciones
que me llevan a cumplir. Para mí es bueno sentirme reconocido, de hecho he
logrado muchas cosas positivas en la vida con ello. No quiero dejar de ser
reconocido, mas lo que aprendí es que sí puedo vivir con más liviandad, sin
renunciar a mi ser por sentirme reconocido, por sentir que no me abandonaron.
Tengo muy pocos amigos, conocidos muchísimos. Amigos muy
cercanos, pocos. De hecho me costaba conectarme con la gente de manera
genuina. No me gustaban las despedidas, y no es que las adore hoy, pero
aprendí a aceptarlas como parte de la vida. Como una estación en la vía, en mi
investigación me di cuenta de cómo no me acercaba a la gente, para evitar
despedirme, nuevamente, para evitar sentirme abandonado. Me mantengo
alejado de grupos, de asociaciones; por ejemplo, corro, hago maratones, media
maratones, pero siempre entreno solo, no quiero apegarme a las personas para
después dejarlas, dejarlas porque se acabó el entrenamiento. Antes no entendía
el concepto de la transitoriedad de la vida.
Ahora entiendo que la gente puede pasar por tu vida como un
compañero más, como alguien que vino y te enseñó algo, te dio algo, tú le
enseñaste algo, le diste algo y la vida sigue. Tal vez nos podremos encontrar
en el futuro, vernos las caras y recordar con mucho cariño todo lo bueno que
compartimos. Ahora me acerco a la gente pensando en que algo tengo que
aprender de tal o cual persona. ¿Qué será?, ¡que curiosidad! Y si no veo a esa
persona pronto tampoco pasa nada; lo cierto es que ahora puedo unirme a un
grupo sin ese gran temor. Estoy seguro que me he perdido de conocer personas
maravillosas por esta manera de actuar.
¿Cuánto me costaba mantener la confianza en mí mismo? ¿Cuánto me
costaba mostrarle a los demás que podían confiar en mí? Este es quizás el
mayor de los descubrimientos que hecho a lo largo de esta investigación. Mi
gran demonio, sentirme evaluado. Sentirme medido, sentir que descubren que
no soy la persona adecuada.
¿Cuánto poder le doy al otro para controlar mi vida desde la
aceptación? Sentir que el otro me evaluaba me paralizaba; el sentirme
evaluado me mantenía enfocado en el otro pero no en mí. Siempre estaba
pensando en lo que ese otro estaría pensando de mí, en lo que yo estaría
haciendo y no pensando en cómo yo estaba haciendo las cosas, mis cosas. De
alguna manera siempre necesité que el otro me dijese: “Hazlo, confió en que
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podrás”, para entonces arrancar con mucha fuerza y lograr la meta. Necesitaba
la reafirmación del otro. Desde allí, quizá perdía la opción inclusive de hacerlo
diferente para innovar y crear, perdía la opción de equivocarme y aprender
algo más. No me podía dar ese lujo, la arrogancia de creerme perfecto, de
creer que todos necesitaban de mí y yo no de nadie. Esa falta de confianza en
mí mismo, de temer permanentemente que los demás se dieran cuenta de que
tal vez yo no podría, o no lo haría como ellos querían. Evitaba vivir la vida
con fluidez, la vida con más liviandad, de manera más auténtica.
Hoy puedo sentir que vivo en comunidad con el universo, que todos
estamos acá en igualdad de condiciones, aprendiendo, cayendo,
levantándonos. Caerse forma parte de la vida, de mi vida, lo que debo
mantener en foco es que si me caigo, soy yo quien tiene la opción de
levantarse, no tengo que estar pagando permanentemente el precio de que cada
acción que ejecuto debe ser pensada en función de los demás. Puedo vivir con
más autenticidad, reconociéndome a mí como un ser único, con derecho,
derecho a equivocarse, derecho a entender que si caigo, puedo levantarme;
derecho a entender que no estoy solo, que puedo llenarme de humildad y pedir
ayuda y/o decirle al otro: “Lo siento, ahora no te puedo ayudar”.
Para alguien que se conecte con esta manera de vivir, lo mejor que
puedo dejarle son las reflexiones antes descritas, mis reflexiones, que estoy
seguro podrán poner luz a un camino que es complejo, por que no es el camino
que te hacen, sino que es el camino que tú haces con los demás. No podemos
vivir con libertad si vivimos para los demás. Viviríamos creyendo que
gozamos de libertad, pero al final viviríamos tristes, como esclavos,
creyéndonos dioses, con una falta de autenticidad esencial.
Lechería, 25 de junio de 2011
Bibliografía
Bloch, Susana. Al alba de las emociones. Santiago: Uqbar Editores,
2009.
Burns, David. Sentirse bien. Paidós Ibérica, 1990.
Echeverría, Rafael. Ontología del lenguaje. Granica, 2007a.
——. Por la senda del pensar ontológico. Granica, 2007b.
Stamateas, Bernardo. Emociones tóxicas. Editorial Vergara, 2009.
——. Autoboicot. Editorial Vergara, 2008.
116
Mi relacionamiento con mi sombra a través de la rabia
Janice Brieva
No es lo que ha sucedido lo que molesta al hombre,
dado que ello puede no molestar a otro.
Es su juicio sobre lo que ha sucedido.
Epicteto
Introducción
Hace tiempo sentí que la búsqueda de mi camino hacia mi encuentro
interior tenía que partir del conocimiento pragmático. Estudié sicología como
una manera de dar respuestas a mis comportamientos y a una mayor
comprensión del comportamiento humano. Cuando inicié mi vida profesional,
durante muchos años me olvidé de este propósito. En el 2006 me inscribí en el
programa ABC y pude obtener algunas de las respuestas a mis inquietudes. Me
encargué en algunos dominios. Sin embargo, sentía que aún faltaba entender
por qué continuaba con el mismo repertorio emocional y mis resultados no
mejoraban. Me inscribí entonces en el programa Avanzado y me encontré con
que sentía muchos miedos, resistencia, con temores a lo que fuera a descubrir
y que desajustaran mi tensa existencia.
I. ¿Por qué escojo la rabia para mi proyecto de investigación?
Me ha pasado algo “muy curioso” con respecto al tema de
investigación. Escogí la rabia como tema, ya que esta fue abordada en un
coaching en la primera conferencia. Yo creía en se momento que lo que yo
tenía era tristeza. Aprendí que lo opuesto a la tristeza es la rabia, pero en ese
instante yo no llevaba cuerpo de tristeza. Me hizo mucho sentido, y la
interpretación dada en ese momento me conectó con varia situaciones que me
producían rabia. Por esa razón he escojido la rabia como tema de este escrito.
Después de un mes de la primera conferencia, aún me veía y sentía
muy rabiosa, emoción que no me gustaba sentir, ya que mi juicio era que con
ese sentimiento “dañaba a las personas a mi alrededor” cuando me ponía muy
rabiosa. Al llegar al primer encuentro y en el “¿Dónde estoy, qué me está
pasando?” me mostraron el miedo. Esta emoción nunca la había visto así como
me la expusieron. He visto y sentido tristeza (más bien momentos tristes y
rabia, muchos momentos de rabia). Me siento un poco confundida con la
aparición/aceptación de estas emociones en mi vida: rabia/miedo. Hoy me
cuestiono desde dónde debo hacer la elaboración del tema: ¿desde la rabia o
desde el miedo? La rabia la veo claramente en muchos momentos de mi vida,
de hecho mi esposo me dice: “Eres muy rabiosa”. El miedo no lo había
percibido, solo ahora que me lo mencionaron me permito considerarlo. Como
117
esa emoción es nueva para mí, no la veo tan clara en mi vida, por eso
concentraré mis esfuerzos en mi proyecto en la rabia.
Considero que la rabia es de las emociones que más me han
acompañado a lo largo de mi existencia y de las que más daño me han
causado. Muchas cosas, situaciones o personas me han desencadenado esta
emoción negativa. En algunas ocasiones la silencio, en otras la desvió hacia
otras personas o situaciones, y en algunas me he enfrentado para descargarla
en aquello que la ha disparado y me he puesto muy, muy rabiosa. Desde mi
punto de vista la rabia es un juicio de valor frente a una situación que
denomino injusta, y a su vez es una reacción emocional. En palabras de
Epicteto: “No es lo que ha sucedido lo que molesta al hombre, dado que ello
puede no molestar a otro. Es su juicio sobre lo que ha sucedido”.
1. Mis preguntas sobre la rabia
¿Qué es la rabia?
¿Qué defino como rabia?
¿Dónde está la rabia?
¿A que le tengo rabia?
¿A quién le tengo rabia?
¿De quién es la rabia?
¿Qué forma tiene la rabia?
¿Cuánta rabia tengo?
¿Qué situaciones me producen rabia?
¿Qué me indica la rabia?
¿De dónde surge?
¿Para que me sirve la rabia?
¿Qué me refleja la rabia?
¿Qué situaciones “gatilla” la rabia?
¿Qué resulta de la rabia?
¿Cómo sé que tengo rabia?
¿Está relacionada la rabia con personas específicas?
¿Cuáles son las acciones que emprendo a partir de la rabia?
¿Qué resultados obtengo de la rabia?
¿Qué sensaciones me trae la rabia?
¿Qué emociones me trae la rabia?
¿Soy capaz de detectar la rabia cuando otros sienten rabia?
¿Qué hago cuando tengo rabia?
¿Cómo duermo cuando siento rabia?
¿Qué cosas, situaciones, personas me producen rabia?
¿Cuándo tengo rabia?
¿A quién le sirve la rabia?
¿Es manejable la rabia?
¿Cuán intensa es la rabia?
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¿Sueño con la rabia? ¿Me levanto con rabia?
¿Cuáles son las preguntas que me hago con respecto a la rabia?
¿En qué dominios siento más rabia?
¿Cómo afecta la rabia en mi vida?
¿Cómo afecta la rabia mi capacidad de vivir y de sentir?
¿Cuáles son los límites de la rabia?
¿Qué experiencias marcan la aparición de la rabia?
¿Qué necesito saber sobre la rabia?
¿Qué pasaría si no existiese la rabia?
¿Qué aporta a mi vida la rabia?
¿Dónde aparece? ¿Cuándo aparece?
¿Heredé la rabia de mi mamá?
¿Qué acciones posibilitan la rabia?
¿Qué acciones imposibilitan la rabia?
¿Cuáles son los atributos de la rabia?
¿Cómo es un ser con rabia?
¿Y la ausencia de la rabia qué trae a mi vida?
¿Rabia a qué? ¿A quiénes?
¿Cómo queda mi cuerpo cuando siente rabia?
¿Qué siento cuando tengo rabia?
2. Mis juicios sobre la rabia
La rabia es un juicio y ha sido para mí muy interesante observar la
interpretación que le doy a lo que acontece para entender cómo me viene ese
estallido de emociones. Cuando me veo amenazada, invadida en mi espacio,
controlada, doblegada o sumergida en una situación de injusticia o de no
merecer esa suerte, me aparece la rabia. Podría definir la rabia como la
incapacidad de no permitir injusticias, de que no me dobleguen, de que no me
controlen y limiten mi libertad. Me pregunto entonces por qué tengo rabia, por
qué estoy furiosa. Disparan mi ira las injusticias, el que no me escuchen, que
mi voz no sea sentida. Lo mismo siento cuando veo las injusticias en otras
personas.
Antes de iniciar mi proyecto de investigación decidí buscar la
definición de rabia. Con respecto a la definición, Séneca, filósofo estoico, la
describe como “la más fea y frenética de las emociones”. Para los estoicos “la
ira puede nublar la capacidad de las personas para razonar de manera
eficiente”.
Reconozco que solo hasta hace unos meses soy consciente de la rabia
que llevo cargando en mi cuerpo y en mi vida. Con la autobiografía he podido
encontrar muchos episodios de rabia desde mi niñez y cómo a través de los
años esta se fue incrementando y me ha acompañado por mucho tiempo. Es
sorprendente cómo yo no la veía y el resto de las personas sí. El juicio que
119
tienen mis seres queridos sobre mi es que soy rabiosa, brava. Mi justificación
en esos momentos cuando me describían como rabiosa era la siguiente: “No,
yo no soy rabiosa; es que yo no me dejo atropellar por nadie, yo lucho por mis
derechos”. Solo hasta este momento me doy cuenta de lo importante que es
para mí el no conectarme con mis emociones. Solo hasta ahora soy consciente
de lo que pasa con mi cuerpo cuando tengo rabia. El “sentirme rabiosa” me
afecta en varios dominios, tales como:
EN MI CUERPO: Mi cuerpo se tensiona, mi estado de ánimo cambia
y no logro recuperarme rápido.
EN MIS RELACIONES: Mis seres queridos se distancian de mí, me
tienen miedo. La armonía de mi hogar se afecta.
EN MI INTERIOR: Pierdo mi tranquilidad y paz interior.
Al hacer fenomenologia de mi rabia me surgen las siguientes
interrogantes: ¿en qué dominios se manifiesta mi rabia?, ¿cuándo me da
rabia?, ¿dónde?, ¿cuál es el ámbito donde se genera esa rabia?, ¿cuándo siento
ira?, ¿qué situaciones me disparan esa emoción?
3. Dominio de las normas
Cumpliendo las normas
Cuando estoy en una fila esperando pacientemente que me atiendan y
veo que hay personas que no hacen la fila y se “meten” sin importarles que
haya personas detrás (yo) cumpliendo las normas, en esas situaciones no tengo
ningún problema en dirigirme a la persona que “se está metiendo” o “que se
está colando”. Arranco con tono suave pero firme y si la persona no me pone
atención le hablo fuerte y alzo la voz. Me aseguro de que todas las personas
que me rodean escuchen lo que le digo. Estas situaciones me tensionan
fuertemente.
Pagar por un servicio que no es de buena calidad
Contraté un servicio de lavado de tapetes de tres habitaciones y un
sofá. En una de las habitaciones no se pudo mover la cama por pesada. “El
tapete de debajo de esa cama no se lava”, me dicen. Pido que incluyan dentro
del lavado tres tapetes de pie de cama. La persona que me presta el servicio me
dice que no estaba incluido dentro del contrato y se niega. Yo siento que estoy
pagando por un servicio “X” dinero y el servicio no se está cumpliendo por
completo (el de tapete que no se lavó). En ese momento soy enérgica
mostrando los hechos y además “exijo” que se entregue un buen servicio y
completo. Uso un tono fuerte, voz alta y en la cara y voz se me ve la rabia.
4. El dominio de la autoridad
El caso de los vigilantes de seguridad
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No me gusta que me impidan la entrada o que me hagan preguntas al
entrar a un edificio (¿para dónde va?, ¿con quién tiene cita?, etc.). Cuando
insisten de forma autoritaria me tensiono, les hablo fuerte, subo la voz
mostrándoles mi rabia.
El caso jefes
En el pasado ha habido uno que otro jefe que ha perdido la autoridad
que yo les concedo (de sumisión, de acatar órdenes, de reporte a otros etc.). Al
perderla (por actos no éticos), en “momentos de diferencias” no tengo ningún
problema en decirle si estoy de acuerdo o no con sus decisiones; y si no estoy
de acuerdo, les expongo mi punto de vista razonables ante una orden
injustificada o antojadiza. Me tensiono fuertemente, no alzo la voz, pero me
produce una rabia que no expreso, pero que reflejo con frialdad en la voz. Este
caso me costó el puesto hace cuatro años.
5. Dominio familiar
Situación con mi esposo
Esto me sucede con mi marido cuando él está al volante. Tengo mucho
afán por llegar a un sitio. Quiero que él acelere, ande rápido, que no deje pasar
a otros carros, etc. Hablo “ordenándole” que acelere. Utilizo el tono alto,
cortante, y surge mucha tensión en mi cuerpo.
Cuando me enjuicia o critica mi esposo
En las discusiones con mi esposo en que me sale la rabia, siento que él
no me comprende, no me escucha y, sobre todo, cuando siento que me enjuicia
o critica; por ejemplo: estamos discutiendo y él me critica así: “Tú si no
puedes estar tranquila, te estresa el dinero”. Me dice esto de forma critica y yo
salto inmediatamente. Alzo la voz, gesticulo mucho, uso las manos, se me nota
la rabia y bastante.
6. La rabia también la he observado en otros
Grupos humanos. Movilización de todo el pais el 4 de febrero de 2008
contra las FARC
Esta rabia no tengo muy clara cómo describirla pero la vi en las
expresiones de las caras de quienes estábamos en la manifestación, en los
gritos y gestos diciendo ¡BASTA! con el secuestro.
Rabia silenciosa
Esta es una rabia que apenas aprendo a distinguirla. Se la veo a un
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coachee mío. Su manera de expresar la rabia es con indiferencia, con frialdad
y con distanciamiento ante las personas que se la ocasionan. Del mismo modo
utilizo con mi hermana o con mi esposo el silencio, la frialdad, y mantengo
muchas conversaciones privadas de índole negativa.
En personajes del cine
Un claro ejemplo de la rabia es la película Kill Bill. La rabia la veo en
la matanza que hace el personaje femenino hacia las personas que le
produjeron daño.
Rabia en mi hija Alejandra
Le pegó un puñete a su ex novio después de que este tuvo varias
situaciones que la ofendieron. Sucedió que ella le reclamaba verbalmente algo,
pero como él continuaba con la burla, le pegó un puñete directo a la cara.
Rabia en mi esposo
Mi esposo es bastante tranquilo. Sin embargo, solo una vez se salió de
sus casillas con un extraño y se fue a los puños con él. Esto sucedió en un sitio
público.
Rabia en los leones
Cuando la mama leona protege a su hijo recién nacido de
depredadores. Observo un caminar hacia adelante y con los pelos erizados.
7. Diferentes grados de rabia
A medida que fui avanzando con la fenomenología, me di cuenta de
que existen en mí diferentes grados de rabia, como la ira, el enojo, el enfado,
la indignación.
Enojo
El enojo se me manifiesta en diferentes situaciones, como por ejemplo,
cuando me incumplen promesas. Hace un par de meses estábamos en uno de
los encuentros del Avanzado y la conversación del equipo era lo denso de las
lecturas de los egipcios. Una coach ofreció enviarnos el resumen que ella
había realizado para ayudarnos con las lecturas. Al no enviar el resumen, le
solicité por correo que lo enviara, recordándole su promesa. Nunca recibí
respuesta. El enojo lo siento en la voz que utilizo al relatar el cuento. Siento
que mi cuerpo se tensiona y la voz sale fuerte al relatar el tema.
Ira
Esta la siento cuando no veo que no soy bien atendida por un servicio
que estoy pagando. Caso Telemex. Después de muchas llamadas realizadas a
los operadores del call center, y la pérdida de tiempo que me ocasionó el
repetir el problema sin que nadie me diera solución, al último operador le tocó
recibir mi estado de ira. Esta se manifiestó con insultos, voz alta y alterada, y
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nada de escucha al otro.
Rabia
Me produce rabia cuando le solicito a mi hija o esposo o a cualquiera
que me haga un favor y estos rápidamente me dicen que lo que estoy
solicitando no se puede hacer. Siento que lanzan “el no se puede hacer” tan
rápido que ni siquiera intentan ver si en verdad se puede o no. Esa respuesta
me produce rabia, enojo, molestia, que se manifiesta con palabras como:
“¿Cómo que no se puede si ni siquiera lo has intentado?”. Mi voz es alta,
insistente, directa, y mi rabia se refleja en mi cara y en mi corporalidad.
8. ¿Hacia qué tipo de personas dirijo mi rabia?
Las personas que me quieran manipular, que intenten obligarme a
hacer o decir cosas que van en mi contra o en contra de mi opinión, los que me
quieren doblegar o hacer sentir su autoridad. Ahí surge la rabia, cuando
alguien me dice: “Tienes que hacer tal cosa” y yo no estoy de acuerdo en eso o
mi percepción de la situación es diferente, o cuando siento que me ordenan o
ejercen su autoridad sobre mí sin consideraciones. Mi voz en esos momentos
es de tono fuerte y alto y mi corporalidad se traduce en una postura inclinada
hacia adelante.
II. De la experiencia al concepto
¿Qué tienen todas las experiencias antes relatadas en común?, ¿cuál es
el patron?, ¿qué es la rabia para mí?
Con el propósito de acotar la distinción entre la rabia y otras
emociones, y luego de hacer un recorrido por las diferentes experiencias que
he tenido con ella, intentaré extraer los rasgos comunes que tienen todos esos
casos y experiencias, de manera de establecer un perfil unitario de la
distinción. Trataré de mostrar esos rasgos comunes en diferentes dominios.
1. La expresión emocional no verbal
En todos los casos revisados veo que existe un patrón que se repite en
mi cuerpo: es una tensión muscular que se incrementa a lo largo de él.
Asimismo, el tono de voz que ocupa en esos momentos de rabia es alto, me
sube la temperatura, siento presión en la garganta, en el pecho, no veo lo que
pasa a mi alrededor, es como si perdiera una parte de la visión lateral, mi
respiración es entrecortada, me late el corazón fuerte y el cuerpo se inclina
hacia adelante en posición “de ataque”; la mandíbula se me pone apretada y
tensionada, los ojos los mantengo muy abiertos y mi mirada es encendida. En
ocasiones se me atora la garganta y toso.
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2. La expresión emocional verbal
Lingüísticamente siento la necesidad de expresar algo: una queja o un
reclamo, cuando tengo el juicio de que existe una injusticia conmigo o con
otros; o pegar un grito. Esto generalmente me sucede cuando tengo el juicio de
que el otro me perjudicó, de que fue injusto porque me lastimó con su acción o
perjudicó a quienes quiero, o sentí que no me entregó lo que yo sentía que me
correspondía, traducible en “no es justo conmigo, no me lo merezco”. Es
posible que llegue a gritar, a usar palabras hirientes, a usar juicios que afecten
al otro que me escucha, malas palabras, amenazas o recursos como frialdad en
la voz, el ser directa y cortante. En varias ocasiones me veo desafiando a la
otra persona.
Mis conversaciones privadas son agresivas con expresiones como
estas:
¿Quién se está creyendo este *#!!?
No te metas conmigo pedazo de “#”*!¡!!!
¡¡Déjame en paz!!
¡¡No me jodas!!
Límites
A mi juicio veo un patrón común con los límites que se traspasan, ya
sea porque yo los traspaso o porque las otras personas también lo hacen o
conmigo o con otros. Me refiero a cuando en mis estallidos de ira me
encuentro con la pérdida de la conciencia de las consecuencias que pueden
tener mis actos en mí, en mis seres queridos, en otros. En este momento no
hay razón que prime. Es el cuerpo el que me gobierna. Este patrón lo he visto
en situaciones donde alguien queda afectado: puedo ser yo misma o la otra
persona. Estas expresiones se muestran con una intensidad alta, exagerada, con
exceso en la voz, en la parte corporal, en la emoción que se desborda. Se
traspasaron los límites de lo normal. Observo una violencia en el juicio que me
lleva a responder con este exceso, con lo que llamo traspasar los límites de lo
que es aceptable en una convivencia. Alguien sale sicológicamente afectado:
mi interlocutor o yo misma. Solo en dos ocasiones hubo daño físico. Yo lo
impuse.
Al finalizar el episodio y cuando llega la calma y evalúo la situación:
¿qué pasó?, ¿por qué reaccioné de esa manera?, ¿qué me engatilló esa reacción
tan intensa?, evaluó el desborde de mis reacciones emocionales y corporales y
me surge el juicio de que me excedí en la respuesta y me entra el miedo. Me
surge la necesidad de “recoger los platos rotos”. A esta emoción la veo muy
relacionada con la rabia.
Emoción
Veo un patrón emocional recurrente en mis experiencias, cuando me
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veo sumergida en la rabia/ira intensa. En su pleno apogeo siento mucha
energía, energía que se me desborda por todo el cuerpo y se vuelve un motor
que ayuda a que surjan las reacciones intensas como las descritas en la
corporalidad y el lenguaje. Lo curioso o contradictorio es que después del
episodio hay momentos en donde el miedo aparece acompañado de tristeza.
Siento que son como primos hermanos de la rabia. Quedo sin energía y surge
el llanto, la desesperación, el agotamiento, la sensación de soledad, de
desesperación, de frustración.
De este mismo dominio surge la rabia en una modalidad que
denomino la rabia silenciosa. Con el tiempo aprendí a cambiar la forma, a no
manifestar mi emoción por las repercusiones que implicaban. Esta me
acompaña con varias personas, con mi esposo, con mi hermana con una amiga.
Es una rabia reprimida. Todas las situaciones donde me surge la rabia tienen
y han tenido un propósito concreto con su contenido claro y preciso. Sin
embargo, he desarrollado una capacidad de no reflexionar y dejarla disipar que
me asombra.
La autoridad
Con este dominio me surge la emoción con una facilidad. Ahora veo
que esta me ha acompañado desde pequeña cuando sentía que mi madre me
imponía algo. La reacción a la palabra “No”, o a órdenes como “No se puede”
o “No puedes ir”, después de haber agotado el “porqué” y no haber obtenido
respuestas diferentes a “Porque sí”, “Porque sou tu mamá y así lo digo”, etc.
La respuesta que aprendí fue a contestar con rabia y a estar acompañada de la
emoción de frustración. Ahora entiendo mi reacción a no permitir que me
dobleguen, que me controlen.
Al reflexionar sobre los patrones recurrentes de mis experiencias,
identifico situaciones cuando las cosas no las tengo controladas o no se hacen
a mi modo: me desespero y me enojo, y puedo experimentar episodios de
rabia. He tenido la oportunidad de leer a autores que hablan sobre esta
emoción y veo que existen puntos en común como: las manifestaciones
fisiológicas, el exceso de energía en el cuerpo acumulada en las mandíbulas y
manos, deseos de ir hacia la acción y la sensación de pérdida de control.
Según el libro La ontología del lenguaje, una emoción es algo que
simplemente nos ocurre, que surge a partir de algo que sucede y, desde este
mismo enfoque, el sentimiento es la interpretación de una emoción. En efecto,
las emociones nos ocurren. ¿Cómo hacer entonces para interpretar la rabia de
otra manera? Si la interpreto diferente, ¿será posible deshacerme de ella?, ¿es
posible conectarme con la rabia sin rabia?
En mi caso particular, cuando pienso en las situaciones que más me
generan rabia, estas son:
Siento y juzgo que algo no es justo.
Cuando me siento atropellada, irrespetada, criticada, enjuiciada.
Cuando siento la figura de autoridad ejerciéndome su poder,
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doblegándome.
Cuando las acciones de las otras personas me indican que algo no se
puede lograr.
Cuando siento y juzgo que mi opinión no vale.
3. Manejar el tema de la rabia sin expresarla y sus efectos en el
cuerpo
En estos meses de inmersión dentro del tema de la rabia, he podido
descubrir los momentos cuando esta emerge, mis respuestas fisiológicas y mi
estado emocional cuando sucede el evento; sin embargo, he descubierto con
los trabajos de bioenergética y con las preguntas que nos han enviado en las
tareas del coaching, que es posible que tengo rabia contraída. Esta afirmación
me hace mucho sentido.
La ira es una emoción natural que surge sobre todo cuando nos
encontramos ante un obstáculo que se interpone en nuestro camino y nos
impide alcanzar lo que deseamos. Se genera así una energía interna que nos
mueve a despejar el camino. Sin embargo, me pregunto, ¿dónde se localiza
toda la energía de la ira que no es expresada adecuadamente?, ¿qué pasa
cuando intentamos disimularla? En mi caso, soy consciente de que la
ira/enojo/rabia en muchas ocasiones no la expreso. Prefiero no hablar, no
mostrar mi emoción para evitar graves problemas de relación con las personas
que me rodean. Cuando sucede que la disimulo o la controlo y no descargo la
energía, siento dolor de cabeza o de espalda y cuello. Estos dolores cuando me
surgen, no soy consciente de relacionarlos con la emoción controlada.
Sencillamente, esta energía se me acumula y se ha ido acumulando a través de
los años.
Esta reflexión me conecta con lo que siento hacia mi hermana. La
denomino como rabia silenciosa; se ha vuelto silenciosa con el transcurso de
los años. La rabia que siento tiene varias causas y la mayoría están
relacionadas con que yo llamo falta de interés de parte de ella. Desde hace ya
siete años me he encargado de cuidar a mi madre, quien sufre de Altzheimer.
La llamada semanal de mi hermana consiste en averiguar por la salud de
nuestra madre, si dijo o no dijo algo y en contar si nevó o no nevó donde ella
vive. En estos siete años nunca me ha preguntado cómo me siento con el
cuidado de mama, si es carga o no es carga tener que estar pendiente de ella.
En los últimos meses decidí traerla de la ciudad de donde ella vivía para
tenerla cerca de mí. Actualmente vive en el mismo condominio donde vivo yo.
La rabia silenciosa que he ido acumulando se refleja en la frialdad de mi voz:
solo le contesto lo que ella pregunta, pero de mi parte no sale ni un comentario
sobre mi agobio. No le cuento de mis tristezas, de lo que siento al ver a nuestra
madre envejecer. Siento que a ella no le importa, y he llegado a este juicio
puesto que nunca la he escuchado preguntarme: “¿Cómo te sientes?”
126
Reconozco que tampoco he intentado contarle. Es una rabia que no se la
expreso directamente a ella sino que la converso con mi esposo e hija. Este
relato me hace recordar reciente descubro que mi mama tiene demencia senil.
Me acuerdo llamándola a Estados Unidos y contándole mi dolor, mi
descubrimiento, mi preocupación. La reacción de ella fue entregarle el
teléfono a su esposo para que este conversara conmigo. Este comportamiento
lo repitió en varias oportunidades. Me recuerdo reclamándole y diciéndole que
a mí no me interesaba hablarle a su esposo sino hablarle a ella. Con el tiempo,
la rabia la he ido internalizando y no la he expresado oportunamente. Este
cúmulo de rabias con ella me han hecho que tenga varias “explosiones”. Este
comportamiento se caracteriza por mi frontalidad en el hablar y no importarme
lo que ella piense.
Actualmente ya soy un poco más consciente cuando vivo situaciones
de descontrol emocional. En el momento de analizar la causa, veo que esta no
es tan importante y que mi explosión emocional fue desmedida. Cada vez
tengo menos explosiones emocionales relacionadas con la ira. Estas son
producto de mi control para evitar un problema con las personas, para
mantener una compostura socialmente aceptable. La contención de la poderosa
energía generada por la ira/rabia origina un bloqueo que da lugar a cambios
temperamentales: irritabilidad, agresividad. La incapacidad de expresarme y
actuar con libertad, dar un grito desmedido, se me manifiesta con intensos
dolores de cabeza, rigidez corporal y dolor en el cuello y espalda. La
persistencia de esta situación me ha generado caer en momentos de tristeza.
Aquí es donde relaciono la tristeza con la rabia. Cuando escogí el tema de la
rabia, también me aparecía la tristeza sin yo poderme dar una explicación
lógica.
Deseo regular el exceso de ira, que en mi caso me ha generado unas
dolencias y una rigidez corporal que me acompañan desde hace años. Deseo
vivir en paz con esta emoción, encontrar un nivel emocional medio que no me
lleve ni a inhibirla ni a sobrepasarla. También deseo mantener la claridad
mental suficiente para lograr valorar con equilibrio las situaciones y las causas
que generan esta emoción. Deseo hacer las paces con la ira, vivirla y
expresarla sanamente.
Al abrirme a otros autores decidí empezar mi búsqueda por la
definición de la palabra emoción. Encontré diferentes definiciones:
“Movimiento hacia afuera.”
“Pasión del alma, que causa indignación y enojo. Apetito o deseo de
venganza.”
Furia o violencia de los elementos. Repetición de actos de saña o
venganza.” (Real Academia Española)
En mi búsqueda por internet encontré la siguiente definición:
“Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va
acompañada de cierta conmoción somática.”
127
Susana Bloch en su libro Alba Emoting la describe así:
Desde el punto de vista científico la emoción es un estado funcional de
todo el organismo que pone en acción -a la vez- tres sistemas: uno fisiológico
(cambios neuroquímicos, neurohumorales, neurovegetativos, etc.), otro de
cambios de la musculatura estriada, que regula los aspectos expresivos
(posturales, gestuales y faciales) y otro que implica las manifestaciones
subjetivas, la “vivencia” emocional. La emoción siempre tiene estos tres
componentes. La emoción es algo que “está en el medio”, entre lo mental y lo
físico. Se podría decir que la emoción es el encuentro entre lo físico y lo
mental.
La definición que más me cautivó dice así: “Emoción: movimiento
extraordinario que agita el cuerpo o el espíritu y que turba el temperamento o
el equilibrio”. Esta definición tiene en cuenta el cuerpo y el espíritu. Me llama
la atención ya que no solo somos cuerpo, también somos espíritu, energía.
Desde un punto de vista sicológico, un Diccionario de Psicología
define la emoción como “estado particular de un organismo que sobreviene
ante una situación llamada emocional, acompañado de una experiencia
subjetiva y de manifestaciones somáticas y viscerales.”
En la obra, El error de Descartes. La emoción, la Razón y el cerebro
humano de Antonio R. Damasio, encontré la siguiente definición de emoción:
“[…]es la combinación de un proceso evaluador mental, simple o complejo,
con respuestas disposicionales a dicho proceso, la mayoría dirigidas hacia el
cuerpo propiamente dicho, que producen un estado corporal emocional, pero
también hacia el mismo cerebro (núcleo neurotransmisores en el tallo cerebral)
que producen cambios mentales adicionales -y agrega-: adviértase que por el
momento, dejo fuera de la emoción la percepción de todos los cambios que
constituyen la respuesta emocional….
Todas diferentes definiciones para un mismo término. Al final, en
cualquier experiencia emocional participa todo nuestro ser: el cuerpo, la mente
y nuestra energía.
Resumiendo, la rabia es una reacción emocional producto de un juicio
que nos hacemos al sentir que hemos sido injustamente tratados y no
respetados por otros. Ante el pensamiento de sentirnos injustamente tratados y
no respetados, generamos una serie de reacciones corporales que nos lanzan
hacia adelante para defendernos con la finalidad de hacer valer nuestros
derechos.
Todos los seres humanos tenemos diferentes maneras de reaccionar
ante la ira, ya que nuestras historias y experiencias han sido diferentes y por lo
tanto cad uno tien sus interpretaciones. Al reconstruir la ira ontológicamente,
es importante considerar que cada vez que nos sentimos injustamente tratados,
no respetados, atropellados, es muy posible que el otro no esté haciendo lo que
hace con la intención que le estamos atribuyendo; somos nosotros, seres
interpretativos, que le otorgamos la intención a sus conductas. Son nuestras
128
voces las que nos llevan a darrle una interpretación que nos induce a la
reacción emocional: la ira, la rabia, el enojo, etc.
IV. Finalizando
Ahora que el programa va a culminar, después de haber pasado por
descubrimientos emocionales que yo antes no había advertido, después de
haber encontrado sentido a mis acciones y mis mediocres resultados en el
dominio emocional, entiendo que las relaciones con los demás son el espejo de
nuestros estados de ánimo, así como las emociones que expresemos y cómo
las expresamos. Solo en la relación que tiene una persona con los otros se
afectan y se activan los problemas no resueltos y que aún están dentro de su
psique. Lo que se ve en el otro es porque es propio, y por consiguiente, ayuda
al autoconocimiento. Hoy agradezco mi encuentro con MI SOMBRA. Este
encuentro lo hice a través del Programa Avanzado de Coaching y el haber
investigado el tema de la rabia en mi vida, así como las experiencias que he
tenido con esta especial emoción.
No me imaginaba estar tan desconectada de mis miedos, sentimientos y
emociones más profundas. Recuerdo lo que me dijo un profesor en uno de los
talleres de Bioenergética: “Tu miedo esta puesto en el cuerpo”. Era la segunda
vez que escuchaba esta opinión, solo que en ese entonces sí le di autoridad.
Me invito a comenzar a expresar mi rabia, que estaba escondida a niveles muy
profundos en espacios bioenergéticos. Le expresé la sorpresa que esto me
causaba a mi coach, pues sentía que me enojaba con bastante facilidad. Que
expresar la rabia era fácil para mí. Entendí que había otra mucha más profunda
y escondida, y que era posible que sus orígenes fuesen desde una muy
temprana edad.
He continuado trabajando en bioenergética y aún sigo sin entender
cuando me dicen que debajo de la rabia hay mucho miedo y que este
sentimiento casi no lo puedo conectar. Acepto que solo puedo tener una mejor
relación con los otros y de esta manera realizar un cambio importante en mi
vida al descubrir y aceptar que convive conmigo MI SOMBRA.
Estoy comprometida a continuar mi autoconocimiento a través del
trabajo del cuerpo y permitir que fluya la energía bloqueada y a conectarme
con miedos y sentimientos bloqueados. Soy consciente de que tengo un
camino largo por recorrer. Leí en un libro de Alexander Lowen la siguiente
frase que me ha llamado la atención: “donde existe el miedo a expresar una
rabia justificada, también existe el miedo a amar”. Este trabajo arrancó con la
rabia y termina en el miedo. Tengo un largo recorrido. Espero tener la vida y
la energía para poderlo recorrer. Este será otro tema de investigación en otro
espacio y en otro momento.
30 de junio de 2009
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Show Time. El arte de fingir
Josefa Galván
Indagué en mi propia naturaleza.
Heráclito
TEMA: SHOW TIME… El arte de fingir
—¡¡¡Tercera llamada…tercera… tercera llamada… comenzamos…
acción…Josefa a escena!!!
—Disculpa, ¡tengo que cancelar mis emociones!
—Es momento de mostrar que en mi vida todo está bien y estar lista
para entregar lo mejor de mí con seguridad y contundencia en la siguiente obra
o más bien incursión ontológica.
I. Caracterización de la protagonista
De mi niñez y familia de origen les compartiré un poco a través de mi
tema, me centraré en los datos generales que den un rápido panorama de mí
por ahora.
Tengo 52 años, soy mexicana, veracruzana y coatepecana, casada
prácticamente desde hace 35 años con Emilio Vázquez, mi socio en la familia,
en la empresa y en la vida. Tenemos dos hijos: Emilio Jr. y Sara. Emilio tiene
23 años y estudia Comunicación (ya está por terminar la carrera); es un joven
que vive, según mi juicio, intensamente su vida y yo le respeto, no si buscar
los espacios de reflexión que le ayuden o nos ayuden para interactuar como
familia y vivir la vida con mejor calidad cada día. Mi hijo me encanta porque
me reta a ser mejor escucha y conversadora con él. Considero que hemos
construido un gran espacio de confianza, lo amo profundamente. Nuestra
segunda hija Sara, que nos regaló diez años de presencia y que ahora estamos
enlazados desde hace ocho años por nuestra esencia, nos dio a los tres grandes
momentos de alegría, amor, sencillez, compasión y la amaremos por siempre.
Vivo en Ciudad de México, mi casa es muy agradable y armónica, y
fue construida por mi esposo y diseñada y decorada por nosotros tres. El
resultado me parece maravilloso, sobre todo, porque cada vez que alguien nos
visita declara que siente una particular armonía. Me encanta estar en mi hogar
y disfrutar los momentos con mi familia. Me gusta la lectura, ver algunos
programas de televisión o películas con mi esposo y con mi hijo, y también
escribir: soy autora de dos libros y pronto saldrá un tercero. Asimismo, soy
directora de dos empresas en crecimiento. Disfruto de la buena comida, del
baile, divertirme, viajar y actualmente lo que más me llena es brindar coaching
y tener la oportunidad de ayudar a quien lo solicite. Tengo varios proyectos en
puerta, ya que soy altamente creativa e inquieta. Bueno, creo que con esto por
ahora es suficiente.
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II. Contexto
Lo que deseo compartir es cómo me integré al Programa Avanzado de
coaching ontológico.
Resulta que Eduardo de la Garma, Lupita Gómez Pezuela, Horacio
Soriano y yo estábamos como supervisores del ABC Internacional, y Eduardo,
como nuestro coordinador de Consejo, nos dijo que sería muy bueno que los
cuatro supervisores, es decir nosotros, iniciáramos una nueva aventura juntos
cursando el Avanzado. La verdad, yo no tenía gran interés y más bien estaba
ideando qué argumentar para zafarme del compromiso, pues ya tenía algunos
juicios de exalumnos como que el programa estaba muy cargado de tareas, que
era muy fuerte, que era muy filosófico, etc., etc.,etc., y no tenía ganas de
asistir. Además con la carga de trabajo de ser directora general de dos
empresas, pues menos se me antojaba.
Sin embargo, aquí estoy, al final de este pasaje secreto y misterioso
que resultó ser para mi la certificación en coaching ontológico avanzado, por
ello hoy sí quiero agradecer a Eduardo de la Garma en insistir; a Lupita,
Horacio, Alina y Sergio por su acompañamiento durante el proceso que
vivimos juntos; a Miguel Campos y a Irma de la Torre por ser mis coachees
consentidos; a Luz María Edwards por su orientación y paciente apoyo en la
consolidación de mi “famosa” incursión ontológica; a mi querida Alicia
Pizarro por su amor y contención permanente; y finalmente a Rafael
Echeverría por darme el empujón amoroso hacia el encuentro con mi
fragilidad infantil, origen de mi fortaleza y talento: gracias mi querido dueto
Echeverría-Pizarro porque a través de sus escritos y tareas me fueron
mostrando cómo reflexionar para agudizar y, al mismo tiempo, ampliar mi
mirada hacia mi mundo interior y anterior, el mismo que tenía guardado o tal
vez escondido en un baúl, creo, casi en el fondo de mi ser con más de ocho
llaves, cadenas y candados.
De la misma manera me ayudaron a mirar con nuevos observadores mi
mundo exterior para ir descubriendo el impacto de mis patrones de
comportamiento en mí misma, en mi familia y en mis demás dominios,
conformando un camino lleno de aventuras y retos. A la vez he ido
encontrando mis recursos de poder para hacerme cargo del tipo de vida que
deseo hoy para mí y mi familia, con alegría, respeto y libertad.
La otra parte que deseo compartir, es cómo viví el programa. Me
refiero a unos cuantos aspectos o momentos, pues fueron tantos, que me
tomaría mucho tiempo revivir mi gran odisea, y lo digo de esa forma porque
para mí fue ir al encuentro de acontecimientos desagradables en distintas
etapas de mi vida, pero casi a la par, encontrarme con narrativas pasadas o
actuales que me hacían sufrir. Para estas, también me encontré con recursos
para reinterpretarlas y a partir de ello vivir desde la paz en el alma, amor en el
cuerpo y luz en la mente.
131
En la primera conferencia y en las tareas de la 1 a la 5 me encontré con
las piezas para construir un camino hacia mi interior, hacia mi historia, la
misma que tenía bloqueada, como ya lo mencioné con anterioridad. Desde mi
nacimiento hasta casi mis diecisiete años, por un lado disfruté investigando
cómo estaba el mundo antes de que yo naciera. Parecía un momento muy
prometedor para cualquiera y de hecho lo fue para varias personas que
nacieron el mismo año en que yo nací.
Pedí ayuda a mi mamá y a mi hermana Marcela para poder reconstruir
un poco de mi historia y desde ahí enlazar eventos, emociones, expresiones
que me ayudaran a ir construyendo mi estructura de coherencia.
Al llegar a la tarea 4 viene a mi memoria el poema “Reír llorando” de
Juan de Dios Peza y descubro la razón por la que me lo aprendí a la edad de
diez años aproximadamente. Creo que desde que nací hasta los quince años,
viví varios encuentros con la muerte, con el desamor, con la tristeza, con la
falta de un hogar, con la falta de una familia, con la descalificación, con la
mentira, con la traición, con el desamor, y otros encuentros con el miedo, la
rabia, la impotencia, pero también con el afecto e interés de personas ajenas a
mí que me hacen ver la vida como una posibilidad de NO SABER CÓMO
pero SÍ DESEAR VIVIR DIFERENTE. Ante este entrenamiento de resiliencia
voy desarrollando mis competencias para volverme experta en al arte de
actuar, de fingir que no siento, que no me importa, que no me lastima, que no
siento dolor ni sufrimiento, que no me enfermo, que tengo fuerza para cargar
lo que sea, que soy multihabilidades, que puedo hacer casi cualquier cosa que
me proponga en distintos dominios. Aprendí a demostrar esos patrones hasta
volverlos parte de mi naturaleza o mi normalidad.
He de buscar mi propio camino, mi propio destino y he de aprender
cada día más a establecer una relación amorosa con la fatalidad, con la
adversidad, con los hechos y con la necesidad de ir al llamado de la libertad y
de la trascendencia.
De la tarea 5 a la 10 viajo entre el pasado y el presente encontrando
conexiones, razones, explicaciones y voy ampliando mi estructura de
coherencia. Me encuentro con el enamoramiento, con el matrimonio, con mi
rol de mujer, profesional, empresaria, amiga, madre, emprendedora, y llega el
momento de asomarme al espacio entre mi identidad pública y privada en
quince dominios. Cuando me descubro altamente transparente, no me
sorprende, ni a la gente que me rodea. Casi siempre mi sorpresa estuvo en
cada conexión descubierta y que fui compartiendo con mi familia. Este
compartir nos fue aclarando y explicando el por qué de ciertos
comportamientos y al mismo tiempo fortaleciendo nuestras conversaciones
para elegir y en su caso diseñar otros rumbos mas saludables y gratificantes
para nuestra vida en lo individual y en lo familiar.
Nadie me parece más desgraciado que el que nunca experimentó una
desgracia.
132
Piensa que entre los males que parecen tan terribles, no hay ninguno
que no podamos vencer, ninguno sobre el cual no hayan triunfado los grandes
hombres.
¡Sepamos triunfar también nosotros sobre algo!
Séneca
Para la tarea 11 me gustó mucho la experiencia de conectarme con mi
grandeza, situación que no me costó trabajo, pues ha sido parte de mi vida
diseñada por mí: ser positiva, resolver lo que esté a mi alcance y volver a
empezar si es necesario con la mirada siempre en alto y a lo alto; solo que
ahora aprendí hacerlo incluyendo mis emociones, sentimientos y lágrimas
como impulso.
Mi grandeza está en saber reconocer mi propia fragilidad y en ayudar
a los demás a ver su propia grandeza.
En la tarea 12, también me gustó la práctica de rendir cuentas de mi
vida, es decir, de estar en mi juicio final. Ahora frente a la muerte, pero no
desde la tristeza, sino desde la alegría de haber agradecido y vivido lo que viví
y que hizo de mí la mujer que alcancé a ser.
Para la tercera conferencia, el haberme conectado nuevamente con esa
niña de los nueve o diez años y Garrick, siento que me permitió cerrar el
círculo que estaba abierto. Según mi juicio, me parece que ni yo me había
dado cuenta de que estaba llegando el momento justo de cerrarlo, pero para
ello fue necesario visitar otra vez ese espacio de sufrimiento para salir como el
ave fénix, en un renacer fortalecida y en paz con mi pasado y presente.
Gracias Alicia y Rafael por haber preparado esta maravillosa aventura
que para mí fue liberadora, que Dios les bendiga siempre.
III. Show Time… El arte de fingir
1. Mi inquietud respecto al tema
Querido espectador antes de que entremos en profundidad con el arte
de fingir, que tal vez también tiene relación contigo o lo encuentres
interesante, quiero compartirte qué sucedió conmigo cuando nos comentaron
que teníamos que elegir un tema de investigación. Fíjate que de inmediato
vino a mi pensamiento la expresión Show Time, ya que esta ha sido una frase
que siempre me ha llamado la atención y que sin tener conciencia yo la usaba
como un decir simpático. Por ejemplo, cada vez que tenía que hacer algo en
público o con otros como impartir un curso cuando estaba cansada, dar
consultoría cuando no tenía ganas, dar coaching aunque me doliera el
estómago, ir a una fiesta incluso con alguna molestia de enfermedad; pero si
sentía afecto por la persona o tenía yo el juicio de que era un compromiso, no
importaba cómo me sintiera, me arreglaba, me ponía guapa y decía Show Time
con una gran sonrisa, y me iba a cumplir el compromiso, situación que
133
consideraba era correcta.
Este tema definitivamente tiene relación con mi vida y con lo que
observo que le ocurre a mucha gente en distintos dominios. Dadas las
experiencias vividas desde la infancia vamos aprendiendo a cancelar o
bloquear los sentimientos y las emociones, ya sea por propia protección o
porque alguien con cierta autoridad nos dice con su comportamiento o con su
lenguaje, de manera suave o fuerte, de forma gentil o con maltrato, lo que
debemos hacer mas no lo que debemos sentir. Por lo menos esta es mi historia.
Con gran facilidad y sin darnos cuenta, vamos cortando el fluir de las
sensaciones y de las emociones, así que, al paso de cierto tiempo, logramos
integrar patrones copiados de una que otra persona muy cercana a nosotros y
lo hacemos de una forma tan inconsciente, paulatina y natural, que cuando lo
actuamos pareciera propio. De igual manera, estos patrones se van
interiorizando tan fuertemente en nuestro cuerpo, pensamiento y lenguaje, que
hace falta una buena sacudida o un par de lentes con gran aumento para
observar que en realidad esos comportamientos nos disgustan y muchas veces
hemos intentado cambiarlos. Bueno, cuando nos hemos dado cuenta, o si los
observamos en otros, lo rechazamos sin percatarnos que únicamente estamos
frente a un espejo que nos muestra nuestra sombra, ¿o será nuestra luz?
Mediante sesiones coaching, reflexión profunda y pensar ontológico,
podemos descubrir que varias de esas conductas que descalificamos, nosotros
las repetimos frecuentemente en la total transparencia de nuestra vida
afectando tanto a los seres que más amamos como a nosotros mismos.
En la primera conferencia del Programa Avanzado de Coaching con
Newfield, durante el segmento en el que me tocó ser coachee y contar con
Rafael Echeverría como observador de la interacción, pude descubrir que he
sido sobreviviente a una gran cantidad de experiencias traumáticas a lo largo
de mi vida que yo inconsciente y concientemente había bloqueado para evitar
el sufrimiento. Entre estas vivencias considero que la más importante tiene que
ver con la pérdida en distintos dominios de mi vida, ejemplo de lo que había
de marcar mi historia, que tiene una relación estrecha con la muerte.
Mis pérdidas, entonces, fueron provocando que yo construyera poco a
poco mi clóset, mi camerino, y lo fuera llenando con diferentes tipos de
vestuario, de cubiertas y de máscaras que me permitieran fingir algo
totalmente distinto a lo que yo sentía, aprendiendo a ser cada día más fuerte,
más decidida, más contundente, más fría, más inteligente, más interesante, más
racional y más seductora con mi lenguaje, entre otras cosas. Sin embargo, creo
que todos esos recursos me fueron orientandos hacia mi propio teatro para
vivir a través de distintos personajes, sin tener conciencia clara de cada uno de
ellos y, sobre todo, de cómo me estaban afectando.
Con el pasar de los días y mi reflexión frecuente, observé y observo
cómo ciertos personajes los he manifestado en muchas acciones o conductas,
provocando incluso afectar mi salud sin tener ni la más remota idea de lo que
134
estaba haciendo, pues no me había dado cuenta de dónde provenían mi
fortaleza, fuerza, resistencia, alta tolerancia al dolor y gran energía, que me
permitieron alcanzar el éxito y admiración de varias personas en distintos
dominios de mi vida. Un ejemplo de esto que comparto es mi capacidad para
permanecer sin dormir por dos o tres días y mantenerme trabajando; o bien,
dormir unas dos o tres horas y volver a la carga. No tan solo eso, sino que
además he logrado estar hasta tres días sin comer y solo tomar agua, o
simplemente me bastaba con comer una galleta, pan o fruta y volvía a cargar la
energía para continuar trabajando.
Mi nivel de tolerancia al dolor es tan alto que cuando me da fiebre
recién la llego a sentir hasta que estoy en 41º C, y eso me ha llevado a riesgos
que ahora percibo como innecesarios.
De esta forma fui poco a poco integrando a lo largo de mi vida un
patrón de pensamiento y comportamiento que hoy observo como poco
saludable, que me llevó o forzó hasta llegar al límite.
2. Mi intención
Con este trabajo pretendo compartir mi caso y ofrecer una mirada
profunda y reflexiva para las personas que como yo, hemos aprendido a
reestructurar nuestra corporalidad, emocionalidad y lenguaje como un
programa que tiene vida propia y hasta cierto punto autonomía, programa que
una vez identificado en sus partes, algunas de ellas las podemos manejar tanto
manual como automáticamente, ya que se rearticula con facilidad y a gran
velocidad tipo holograma. Esta recomposición es tan sutil y al mismo tiempo
tan poderosa que pasa desapercibida para las personas que nos rodean.
Todo es para asumir un personaje especial, un vestuario particular, una
máscara que conlleva un paquete emocional especial para cada ocasión que,
dependiendo de las circunstancias, aflorará adecuadamente para fingir o actuar
de manera magistral el papel que le corresponda en ese momento y, que al
igual que los actores, debemos ocultar nuestra corporalidad y emociones hasta
olvidarnos de nosotros y vivir el momento en función del personaje elegido
para agradar a los demás a seguir en la vida…
“Reír llorando”
Juan de Dios Peza
Viendo a Garrik, actor de la Inglaterra,
El pueblo al aplaudirle le decía:
“Eres el más gracioso de la tierra,
Y más feliz…” Y el cómico reía.
Víctimas del spleen, los altos lores
En sus noches más negras y pesadas,
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Iban a ver al rey de los actores,
Y cambiaban su spleen en carcajadas.
Una vez, ante un médico famoso,
Llegóse un hombre de mirar sombrío:
“Sufro,” le dijo,”un mal tan espantoso
Como esta palidez del rostro mío.
Nada me causa encanto ni atractivo;
No me importan mi nombre ni mi suerte;
En un eterno spleen muriendo vivo,
Y es mi única pasión la de la muerte.
- Viajad y os distraeréis. - ¡Tanto he viajado!
- Las lecturas buscad. - ¡Tanto he leído!
- Que os ame una mujer. - ¡Sí soy amado!
- Un título adquirid. - ¡Noble he nacido!
- ¿Pobre seréis quizá? - Tengo riquezas.
- ¿De lisonjas gustáis? - ¡Tantas escucho!
- ¿Qué tenéis de familia? - Mis tristezas.
- ¿Vais a los cementerios? - Mucho… mucho.
- De vuestra vida actual ¿tenéis testigos?
- Sí, mas no dejo que me impongan yugos:
Yo les llamo a los muertos mis amigos;
Y les llamo a los vivos, mis verdugos.
Me deja — agrega el médico — perplejo
vuestro mal, y no debe acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo
“Sólo viendo a Garrik podréis curaros”.
- ¿A Garrik? - Sí, a Garrik…
La más remisa y austera sociedad le busca ansiosa;
Todo aquel que lo ve muere de risa;
¡Tiene una gracia artística asombrosa!
- ¿Y a mí me hará reír? - ¡Ah! sí, os lo juro;
Él sí; nada más él; mas… ¿qué os inquieta?
- Así — dijo el enfermo —, no me curo:
¡Yo soy Garrik!… Cambiadme la receta.
¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
Enfermos de pesar, muertos de tedio,
Hacen reír como el actor suicida,
Sin encontrar para su mal remedio!
¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
Porque en los seres que el dolor devora
El alma llora cuando el rostro ríe!
Si se muere la fe, si huye la calma,
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Si sólo abrojos nuestra planta pisa,
Lanza a la faz la tempestad del alma
Un relámpago triste: la sonrisa.
El carnaval del mundo engaña tanto,
Que las vidas son breves mascaradas;
Aquí aprendemos a reír con llanto,
Y también a llorar con carcajadas.
IV. El fenómeno Show Time… El arte de fingir en mi experiencia
Primero me costó trabajo decidir o elegir cuál sería la traducción que
mejor podía representar o interpretar la expresión Show Time. Vinieron a mi
cabeza muchas palabras que definitivamente creo que no era lo que a mí me
sucedía. Entre esas palabras que danzaron por mi mente y que me provocaron
sobresaltos fueron: mentir, engañar, simular, fingir, actuar, representar,
encubrir, ocultar, aparentar, disfrazar. Creo que sentí miedo de descubrir que
yo pudiera ser así; sin embargo, estuve reflexionando por mucho tiempo. Me
iba del análisis de las palabras y regresaba y me iba y regresaba hasta que por
fin identifiqué la palabra que más siento puede representar lo que a mí me
sucede: “fingir”. Esta, como la posibilidad de dar una existencia ideal a lo que
tal vez no la tiene y al mismo tiempo dar a entender algo que no es cierto y
ocultando algo que es cierto, pero que los demás no tienen por qué saber o
conocer lo que a mí me sucede.
¿Cómo ha sido el fingir en mi vida?, ¿cómo ha sido el usar distintas
máscaras? Para efectos ilustrativos del fenómeno solo expondré algunos
ejemplos:
Cuando niñas, en momentos en que mi papá nos regañaba, mi hermana
se ponía a cantar y no le hacía caso. Con esta conducta recurrente, sí saberlo,
Marcela me enseñó a usar una máscara: la de no me importa, y fingía que yo
sentía lo mismo y acabé por sentirlo, lo volví real.
Cuando me castigaron encerrándome en el baño oscuro, tenía tanto
miedo que aprendí a llorar en silencio y fingí dormir en el suelo para que me
sacaran; así me puse la máscara de la dureza.
Cuando mi mamá o mi papá me regañaban o golpeaban porque algo
como lavar ropa no lo había yo hecho como ella esperaba, me jalaba de los
cabellos y yo me aguantaba; entonces fingía no sentir dolor: ahí logré
colocarme la máscara de fuerza.
Cuando le daban más dinero a mi hermana para ir a la escuela, fingía
no darme cuenta y no reclamaba; entonce me puse la máscara de la sonrisa y el
dinero no me importa.
Tantas experiencias de este tipo me enseñaron a fingir, de tal manera
que se volvió todo un arte en mi vida. Desarrollé mis competencias y aprendí a
bloquear el dolor físico. No sentí dolores mensuales, no sentía la fiebre, no
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sentía dolores de cabeza sino hasta que casi me estallaba; no sentía dolores
musculares, tampoco tristeza o coraje, pero eso era solo aparentar, porque hoy
me doy cuenta de que sí lo sentía, pero fingía lo contrario. Como dicen
algunos investigadores, “postura corporal genera conexión neuronal” y
entonces mi cuerpo, mis emociones y mis pensamientos, al igual que mi
lenguaje, aprendimos a fingir y decir: “yo tengo alto nivel de energía, mi
umbral de tolerancia al dolor es muy alto, yo puedo dormir muy poco, yo no
tengo problema para acoplarme a distintos horarios, no necesito dormir tanto,
con una hora ya quedo, no necesito comer, como algún alimento por puro
trámite”.
Desde hace quince años que yo no tengo gripe. Soy una persona
extraordinariamente sana. Quiero aclarar que estos “fingires” y máscaras
tienen como todo sus pros y sus contras. Hoy con mayor conciencia lo asumo
y me hago cargo de diseñar una vida diferente.
1. El arte de fingir desde mi observador en la experiencia de otros
Prácticamente, he observado resultados similares en muchas personas,
el mismo efecto de alto nivel de estrés, intolerancia, gritos, enojos, maltratos.
Anteriormente no lo había relacionado con las máscaras ni con el arte de
fingir. He aquí algunos ejemplos:
En algunas amistades
Tengo una amiga que cuando le habla su hija y ella está muy a gusto
platicando, finge que no le oye y cuando la niña le reclama, le dice: “Perdón,
hija, es que no te oí”.
Otro amigo le dice a su esposa,: “Diles tal cosa”, y cuando ella
empieza hablar de “tal cosa”, él la interrumpe y sigue contando el cuento que
previamente le había solicitado a su esposa que lo compartiera, así que cuando
ella “en broma le reclama”, él le dice: “Es que no me dí cuenta” y ella finge
que le cree. Sin embargo, con frecuencia se comportan de la misma manera.
Una amiga le dice a su pareja, cuando él le llama por celular: “Es que
no te oigo” y él finge que le cree para no tener discusiones.
En algunos de mis clientes
Les mando emails y dicen que no les llegan, y les digo no se apuren,
que se los vuelvo a mandar y finjo que les creo, ya que considero que no es
necesario entablar una amplia conversación por ese tema.
Piden a algún colaborador que realice un trabajo urgente. Esa persona
lo termina y lo deja sobre el escritorio del jefe. Este lo ve, pero como tiene
algo más urgente que hacer, lo deja a un lado. Cuando su colaborador le
pregunta, él responde: “Discúlpame, no lo había visto”, entonces el
colaborador finge que le cree y el jefe finge que no lo vió.
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En mis talleres de entrenamiento
Frecuentemente en los descansos los participantes fingen que no se
habían dado cuenta de la hora y yo finjo que no tiene importancia.
Cuando les pregunto por su tarea o algún compromiso establecido con
anterioridad, a veces fingen que no se acuerdan y yo finjo que soy muy
flexible y que la situación tiene soluciones.
En mi familia
Ante varios problemas o conflictos, mi mamá y mi hermana y hermano
no los conversan y siguen su relación fingiendo que no ha ocurrido tal cosa o
como si se les hubiera olvidado, pero cuando está por separado se quejan.
Mi mamá espera que sus hijos le llamen cada fin de semana. Cuando
esto no ocurre y recibe después la llamada, finge que comprende la situación y
dice: “No te preocupes, hijo o hija, yo sé que tienes cosas muy importantes
que hacer, yo te comprendo.”
Una de mis cuñadas se molesta por algunas conductas de sus hijos y su
esposo, tales como que ellos no recogen su ropa; entonces, ella hace el trabajo
y finge que lo hace con gusto y cuando tiene oportunidad, se queja de ello,
pero no se atreve a pedirles que se hagan cargo.
2. Las distinciones entre fingir y máscara
Una palabra que siempre ha estado presente en mi cabeza y que me
gusta es la de máscara, que yo la separo y la he reflexionado en plural como
más caras, a propósito de la cual me pregunté: ¿Cuántas caras tengo la
capacidad de mostrar?, ¿y cada cara qué dice?, ¿y qué no dice?, ¿a quién le
dice sí y a quién no? Hoy puedo distinguir tres posibilidades:
La máscara como afirmación es un objeto que puedo describir, sin
duda alguna, por sus colores, por sus aplicaciones, por sus expresiones, por su
tamaño, por su uso, por su lugar de origen, por su precio, por su diseño, por su
ubicación, por su antigüedad, etc.
La máscara como juicio es una serie de calificativos que asigno al
comportamiento de algunas personas, a mis propios comportamientos pasados,
presentes y futuros como:
¿Por qué pones esa cara de dulzura?
¡Tienes una cara de enojón!
Parece que eres muy dura y ya cuando te tratan eres tan diferente.
Tú no eres culpable de la cara que tienes, pero sí eres responsable de la
cara que pones.
La máscara como declaración me representa una serie de posibilidades
como:
Sí/No quiero usar esa máscara/comportamiento/actitud.
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¡Estás loco, yo no soy así, yo no uso esa máscara, no estoy fingiendo!
¡No sé por qué me comporto así, no sé cuántas máscaras uso!
¡Gracias por ayudarme a descubrir esta máscara, no la había visto!
Te quiero por tus máscaras/me encanta tu capacidad de adaptación a lo
que sea.
Me equivoqué, pensé que estabas fingiendo, perdóname, no pensé que
te sintieras tan mal.
¡Yo voy a ser actriz, yo quiero ser empresaria, yo quiero ser mamá!
Muchas veces no puedo distinguir tus máscaras, no sé cuando hablas
en serio o en broma.
¡Tú eres muy enojón, lo puedo ver en tu máscara!
¡Basta, ya no quiero ser así! He decidido quitarme esa máscara,pero me
pondré otra.
3. La senda de la indagación. Las obras de mi vida a través del arte
de fingir y actuar con distintas máscaras
Cuando la obra pase de moda, ¿quién fingirá que la recuerda?
¿Qué huella dejará esta obra y sus personajes?
¿Cuáles son lo aprendizajes que desea lograr?
¿Quiénes son mis escritores?
¿Cuáles son mis escenarios?
¿En qué locaciones se desarrolla cada escena?
¿Cuantos camarógrafos participan?
¿Cuáles son mis mitos?
¿Cuáles son mis narrativas?
¿Qué diálogos he construido?
¿Cuáles son los misterios de cada personaje?
¿Para qué tipo de público he escrito esta obra?
¿Cuántos la han visto?
¿Quiénes se han identificado con ella?
¿Quiénes sufren a partir de esta obra?
¿Qué tipo de público la disfruta más?
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¿Quién soy o quién finjo ser cada día y a cada instante?
¿Cuál es la trama?
¿Cuáles son las escenas principales?
¿Cómo cambia cada personaje?
¿Qué afecta a cada uno?
¿Cuándo morirá cada personaje?
¿Qué vestuario me gusta más para fingir cada personaje?
¿Qué accesorios de vida he conservado y cuáles he desechado?
¿Cuáles son las máscaras que más uso?
¿Qué tipo de obra vivo?
¿Cuáles son las tragedias de mi vida?
¿Qué comedias he desarrollado?
¿Cuáles dramas me han afectado más?
¿Cuántos personajes tiene mi obra?
¿Cuáles son las identidades de cada uno?
¿Cuándo cambia de personalidad?
¿Cuál es la obra en la que más he trabajado?
¿Cuál es el personaje que más he representado?
¿En quién me he convertido?
¿Quién quiero ser en adelante?
Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de
la grandeza que no se inclina ante los niños.
Khalil Gibrán
4. Mis preguntas al fenómeno de “fingir”
OPCIÓN METAFÍSICA
OPCIÓN ONTOLÓGICA
¿Será que esto me tocó vivir?
¿Yo soy así?
¿Qué más puedo hacer?
¿A quién le copié?
¿Todos lo hacen?
Nadie se comparte, ¿por qué yo?
¿No se debe mostrar lo que uno siente?
¿Así es la vida?
¿Fue igual con mi mamá?
¿Qué le pasa a mi hermana?
¿Qué significa el concepto tiempo para mí?
¿Cómo saber si bien es estar bien?
¿Cómo es fingir mis emociones?
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¿Qué sucede en mi cuerpo?
¿Cancelar o bloquear es no sentir?
¿Qué se siente cuando sienten?
¿Cómo saber qué se debe sentir?
¿Cuáles son mis emociones?
¿Qué diferencia hay entre emociones, sensaciones y sentimientos?
¿Dónde se mueven?
¿Ahora mi hermano aprendió?
Si he sufrido, ¿por qué tengo que mostrarlo?
¿Qué más podía hacer?
¿No tenía fuerza?
¿Será que así tendrá que seguir?
¿Me podré conformar?
¿Quién no sufre en esta vida?
¿En todos lados se cuecen habas?
¿Por qué habría de cambiar mi forma de ser, si es tan difícil?
Si se generan en el pensamiento, ¿por qué se sienten en el cuerpo?
¿Qué hace que se reflejen en otras partes que ni me imagino?
¿Fingir me confunde?
¿Invento que no siento?
¿Por qué no siento cuando empiezo a sentir?
¿Por qué las emociones se llaman así?
¿De dónde y de quién aprendí a fingir mis emociones?
¿Qué me ha traído como consecuencia?
Observo que desde la opción metafísica, no tendría por que estar
haciendo esta incursión ni por qué estar en procesos reflexivos, pues estaría
totalmente resignada a vivir y sufrir lo que me toque sufrir y para siempre.
En cambio, desde la opción ontológica me genera interés, inquietud,
por seguir indagando. ¡Qué tal que me encuentre con una serie de
posibilidades como que mi historia no es mi historia, que la construí a partir de
lo que me han contado a lo largo de mi vida! Que tal vez, a partir de las
narrativas he creído haber sido tratada con rudeza innecesaria, que puedo
transformarme y que puedo construir otra historia más productiva para mí y
para los que me rodean. Seguiré indagando más por mi cuenta. Aunque esta
incursión la concluya por ahora, esto me está gustando un buen…
Otro ejercicio de autoindagación o ¿estoy fingiendo que indago desde
mi experiencia?
La experiencia que quiero exponer y reflexionar me lleva a
sorprenderme a partir de observarme, de salirme un rato de la aparente
comodidad de mi cuerpo,mi ser, vida y alma; y al hacerlo, siento que me
produce un dolor, el de la separación. La garganta se me cierra un poco, siento
dificultad para respirar, los ojos se me llenan de lágrimas, pareciera que tengo
miedo de verme desde otra perspectiva. No sabía cómo podía ser esto, con los
142
ojos nublados por el llanto, siento que estoy creciendo y que me duele ver que
tal vez muchas veces he fingido, que tal vez me he engañando con mis
magistrales actuaciones, pensando que he sufrido y no estoy segura de que así
haya sido, pero que a partir de estos mitos o verdades, o ¿serán realidades?
La mente, ¿por qué digo la mente? ¿Acaso no es mía? Pues hoy siento
que no, creo que somos entes separados y que ella es poderosa, a veces más
que yo, ya ques me juega pasadas que me disgustan. Tengo el juicio que
estamos juntas, mi mente y yo; sin embargo, cuando mi observador es capaz
de realizar la autoobservación, ahí la línea se difumina: no sé dónde empiezo y
termino y dónde empieza y termina mi mente. El reino de la conciencia es
mucho más vasto de lo que el pensamiento puede entender. Cuando dejo de
creer todo lo que pienso, salgo del pensamiento y puedo ver con claridad que
el pensador no soy yo. Entonces, ¿quién es quién?, dónde está la frontera y la
unión? ¡¡¡Me declaro ignorante!!! Cualquier emoción que me visita, como el
aburrimiento, la tristeza o el miedo, entre otras, tal vez no sean mías como yo
creía: son estados de la mente que vienen y van, muchas veces sin que yo los
pueda evitar.
Todo lo que escribí y a lo que le dediqué muchas horas de trabajo, ¿qué
es entonces?, ¿o será que nuevamente estoy actuando/fingiendo?, ¿cuál es mi
vida verdadera?, ¿cómo debo sentirla? A continuación observo el fenómeno
que me ocurrió: los dedos escriben y pareciera que desean hacerlo por
separado, como si tuvieran vida propia y no los puedo controlar, pues las
fechas se me escapan, la precisión se difumina. ¡¡¡Para para!!! ¿Quién eres?,
¿quién escribe?, ¿quién piensa?, ¿quién siente?, ¿quién sufre? ¿Acaso son la
misma persona o somos distintas conviviendo y ni siquiera lo sabíamos? Con
razón, a veces me dices que no te acuerdas. Eres la desconocida más vista, ¿no
es cierto? Bueno, empecemos por reunirnos otra vez y hablar de la que se hace
presente con mayor frecuencia o que por lo menos así lo cree. ¡Adelante,
Show Time! ¡Josefa a escena!
Soy Josefa Galván, actriz capaz de representar varios papeles en
distintos dominios de mi vida, pero el que ahora voy a compartir, es el papel
de la MUJER CON ALTO NIVEL DE ENERGÍA que necesita pocas horas de
sueño, que incluso ha logrado trabajar de manera corrida hasta cuatro días y
tres noches sin dormir.
Les cuento que en una ocasión me comprometí a entregar los reportes
de unas evaluaciones que apliqué a varios ejecutivos de Pepsicola Poza Rica.
Esto me tomó hacerlo en dos días y dos noches. Una vez concluidos los
reportes, encendí mi coche y me fui a la reunión que tenía programada con mi
cliente. Duramos casi tres horas en la entrega de los reportes. Después me
despedí y llegué a casa para continuar otros tantos reportes que tenía que
entregar para personal de Iusacell, los que también me tomaron dos días y casi
dos noches. Nuevamente me bañé temprano y me fui a entregar el trabajo
prometido. Cuando regresé a casa, intenté dormir. Me pasé cerca de cuatro
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horas tratando de cerrar los ojos y, ¿qué me ocurrió? Mi cuerpo tenía la
necesidad de dormir, pero mis ojos no se podían cerrar. aunque yo lo intentara
con gran insistencia. La verdad, me asusté me levanté y me di un baño de agua
caliente, y así poco a poco logré dormir por un espacio de casi dos días
continuos.
Como este ejemplo o experiencia, he tenido varios en mi vida,
situación que antes me hacía sentir orgullo por desempeñar varias actividades
en largos períodos. Cuando estaba en la escuela secundaria siempre estudiaba
de noche. Prefería no dormir en lugar de levantarme temprano. Así fue
también durante mi período dePrepa (tres años) y en los cinco años
deLlicenciatura.
Cabe mencionar que mi hijo aprendió el mismo patrón y hoy estoy
insistiendo en que observe lo que le ocurre a nivel corporal y emocional. Si él
duerme menos de seis horas, se siente de mal humor, cosa que yo no lo viví
así, pues yo fingía tantas veces estar de buenas y descansada, que poco a poco
mi cuerpo y mi gestualidad integraron esas máscaras de manera asombrosa, es
decir, como si fuera yo un ser especialmente diseñado para funcionar con poo
desgaste de energía. Incluso en diversas ocasiones me dirigen expresiones
como: “¿Y esta mujer dónde se apaga?”, “Jose es plug and play”, “Para
trabajar con Jose se requiere dormir tres horas diarias en promedio”, “Si
quieres aguantarle el ritmo tienes que vitaminarte”, “¿A qué hora duermes o
que tú no duermes”, “Yo voy hacia allá, si quieres vivir conmigo, camina al
mismo ritmo, si no, me alcanzas después”, etc.
Otro fenómeno es el de la alimentación. He logrado también estar sin
comer hasta cinco días, solo tomando agua, pues he intentado hacer ayunos
por el mayor tiempo posible con la idea de limpiar mi organismo. A veces he
dejado de comer alimentos sólidos. Lo mas interesante es que sentía que mi
energía se incrementaba con estas experiencias.
Ahora el fenómeno del sentir dolor, también he logrado suprimir el
dolor de mi cuerpo o por lo menos aguantarlo y no quejarme. Cuando falleció
mi hija, pasé casi por un período de dos años de contracturas.
Cuando solicito al dentista que me atienda, le pedido que dediquemos
todo un día para que trabaje en varias piezas, no importa que no pueda comer
en varios días. Prefiero esto a tener que ir varias veces en un mes.
Cuando llego a tener fiebre, necesito esta llegar a los 41º C y solo
recién ahí la observo, a partir de demarres en mis ojos. ¡Impresionante, no, qué
mujer!
Pero el papel que mejor he representado es el de la pa. En los días que
mi hija murió, la gente llegaba al velatorio y en lugar de necesitar consuelo de
ellos, yo se los proporcionaba desde mi capacidad para fingir paz y fortaleza,
tremendo papel el que desempeñé. Como ejemplo puedo contar que en el
velatorio yo estaba conversando como si hablara de la experiencia de otra
persona: no lloraba ni estaba triste; aparentemente, mi corporalidad era de
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movimientos diligentes, resolviendo con cara sonriente; parecía que era yo una
amiga de la madre doliente. Por mi actuación y fingir serenidad y fortaleza
bien hubiera podido ser nominada para un Oscar, pues nadie lo podría
representar mejor.
Otra experiencia o actuación como protagonista, fue la de propiciar mi
propio viaje hacia el camino de luz. En una ocasión que me hicieron una
cirugía, hice respiración alotrópica y al combinarla con la anestesia, parece
que me provoqué una hemorragia, por lo que tuvieron que suspender la
operación. Pero lo que simplemente trataba de hacer, era observar el espacio
donde mora hoy mi hija Sara. Al enterarse, de pronto la conectividad con mis
seres queridos se activó y entraron en preocupación, por lo que empezaron a
llamarse por teléfono para saber qué estaba ocurriendo conmigo. Mientras
tanto, yo estaba en un maravilloso viaje del sentir sin sentir, y creo que llegué
muy lejos que casi me resultaba difícil el regreso; sin embargo, otra fuerza
superior me devolvió: el lenguaje, ya que una voz dijo: “¡¡¡Mamá, por favor,
regresa!!!” Para algunos incrédulos, esto solo fue una experiencia antes de la
muerte. Es cierto que en mi intenso viaje y con los oídos aturdidos, no pude
distinguir si la voz era de niño o niña.
Tal vez, sea conveniente aclarar que este fenómeno de la alta energía
que ya he descrito con anterioridad, no sea privativo únicamente de Josefa,
sino de varias personas que suelen representar esos papeles y que provienen de
las distintas adversidades que la vida les presenta y es su resiliencia la que les
ayuda a ser sobrevivientes.
¿Qué máscara debo usar?
Mi vida ha transcurrido en tanta inconsciencia
que hoy solo he logrado algunas máscaras identificar
para sufrir o gozar, ¿que máscara debo usar?
¿En qué escenario luzco más?
¡Cuántas máscaras por descubrir
fingir, aparentar o imitar, no importa ya
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para sufrir o gozar, que máscara debo usar!
Actuación o realidad, ¡tampoco importa ya!
Lo que mejor puedo hacer es vivir y gozar
Sin preocuparme de la máscara que debo usar.
Josefa Galván
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¡Si soy buena, me quieren! El ser, actuar y los resultados de una “niña
buena”
Karla Croce
Bienaventurados los de limpio corazón
porque ellos verán a Dios.
San Mateo 5: 8
Introducción
Por muchos años creí que me servía ser una “niña buena”. Aunque soy
adulta, me permitiré hablar en estos términos en las líneas que siguen. Si
pensaba en resultados positivos, los había, así que le di continuidad en las
diferentes etapas de mi vida con acciones congruentes. Les confieso que era
fácil para mí ser así.
Sin embargo, dudé en quedarme allí. Quise ser libre y sentí que no lo
estaba siendo. A fin de cuentas, se trataba de un patrón que adquirí como
“ideal” y, como todo patrón, algo de cautiverio había en él. Quise descubrir si
lo nuevo no era precisamente el ser “niña mala” y pararme en un extremo que
realmente no deseaba, cuando en realidad debía encontrar un lugar equilibrado
que me permitiera ser más genuina, aceptándome como mujer, constituida,
como todas, por lados oscuros. Lo que deseaba era encontrar un espacio donde
pudiera amarme en mi totalidad y amar a los otros.
En muchas ocasiones, me ví como la madre de Camila y de Daniel.
Una madre que daba lineamientos para que siguieran su ejemplo y se
convirtieran en “niños buenos”, desde luego, coartándoles la oportunidad de
ser “simplemente ellos”, posiblemente más auténticos, definitivamente más
libres. Me dolió ver lo que hacía con lo que más amo en la vida y quise
aprender a hacerlo distinto.
Por ese motivo, el desarrollo de este proyecto apuntó a mostrarme el
juicio maestro que le dio fuerza a la habitualidad y a la coherencia en mis
dominios. Evidenciar los beneficios, a cuestionarlos y profundizar en si quizás
estén asociados a mis mayores desgarramientos.
Por todo lo citado, por mi propia historia, por el tiempo perdido, por el
daño causado a otros, por los tantos silencios, porque quise tener el coraje para
mirar a los ojos mi humanidad con su cruda maldad, por el profundo deseo de
seguir interviniendo de manera importante mi vida, elegí este tema como
proyecto de investigación.
No quiero iniciar sin destacar que en el marco de los actos lingüísticos
de la propuesta ontológica, el ser “niña buena” es una interpretación –juicio–
debatible y particular desde mi observador, que como todo juicio posee dos
caras: la que apunta hacia mí y la que refiere al otro. En este sentido, veremos
cómo desde esta “manera de ser” califico al mundo y le doy sentido a mi
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existencia.
I. ¿Las niñas buenas nacen o se hacen? El origen de mi “niña
buena”
A nivel de mi sistema, tanto el familiar como el educativo, incitaban
esta manera de ser. Todo comenzó por la educación en un colegio católico de
puras niñas, sistema que me fascinaba y al que estaba muy agradada de
pertenecer. Hago esta salvedad, pues no era una educación que recibía desde la
obligación. Me complacía enormemente estar allí. Aún puedo registrar
emociones como la paz, y la alegría asociadas a la misa, a los retiros
espirituales y demás actividades. Hoy podría decir que me sentía oveja de un
rebaño, del que no quería salir, un rebaño que me hacía sentir que iba por el
buen camino. El sendero que conducía a obtener lo bueno, donde a pesar del
“ser angosto” siempre había una recompensa.
Mi día a día estaba lleno de historias acerca de cómo Dios favorecía al
bueno y rechazaba al malo. Recuerdo un ejercicio muy reiterativo: consistía en
que en una hoja de papel dibujáramos nuestros corazones bien grandes. Luego
de un autoexamen de conciencia, añadíamos puntos negros en representación
de los lados oscuros que pudiesen existir en él, indagábamos en si teníamos
vestigios de: egoísmo, poca humildad, mentira, celos y un sin fin de
posibilidades. Nos tocaba reflexionar en este sentido y concluíamos pidiéndole
a Dios que nos quitara esa mancha de nuestro corazón, mancha que nos
alejaba de lo esperado, es decir, de “ser niñas buenas”. Y aunque allí estaba mi
sombra gritando ¡existo!, ¡soy parte de ti Karla!, no me era sencillo
legitimarla. Yo misma le bajaba la voz.
Lo que sí me fue fácil, fue creer en que había dos bandos. En uno,
personajes como: Judas, Caín, el mismo Lucifer, o dicho de otro modo, “los
malos”, los que recibieron destierro, rechazo, castigo. En otro, los “buenos”
como: María, Jesús o Daniel, quienes fueron bendecidos, favorecidos por
Dios. El bueno o el malo, lo permitido o lo prohibido, el camino estrecho o el
camino ancho, luz u oscuridad, el amado o el rechazado: siempre posiciones
polares. Así que, de una u otra manera, interpreté que posiblemente la vida se
basaba en eso, en ir encasillando al mundo como me encasillaba a mí misma.
Y allí estaba yo, queriendo fervientemente el amor de Dios, las
bienaventuranzas del cielo y el amor de los míos. Estaba yo fundamentando
con esas historias, a mi corta edad, el juicio de que “si eres bueno obtienes
todos esos premios”. Dicho de otro modo, me dije: “Debo elegir” y “¡Elijo a
los buenos, pues si soy buena me quieren!”.
Para complementar, mi sistema familiar se caracterizaba por estar
conformado por “gente buena” –o que al menos lo intentaba–. Las
conversaciones de abuelas giraban en torno a cómo en la vida obtenemos
según el bien o el mal que hacemos. Me invitaban a hacer el bien siempre que
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tuviera una oportunidad, recibiendo reconocimiento cuando actuaba como
“niña buena” y reprensión cuando mi lado oscuro emergía. Así que seguí allí,
sin dudar que la vía correcta era esa.
Cuando el Dr. Rafael Echeverría nos preguntaba: “¿Qué pasa con
ustedes cuando ven el fenómeno en otro?” Pues para sorpresa mía, me
encontré queriendo ayudar al que creo “bueno” embelleciéndolo, aceptándolo
sin reservas, queriéndolo de gratis y reforzándole el ser “bueno” como su
principal virtud. ¿No es esto interesante? Interesante y hasta peligroso lo que
pasaba conmigo, porque, por ejemplo, como coach me descubría exigiéndoles
poco a mis coachees o siendo benevolente con los que eran “buenos”.
Imaginen el escaso impacto en sus desplazamientos. ¿Y qué era ser una “niña
buena”?
Una niña buena debía ser afable, que no le diera cabida a su sombra y,
de llegar a hacerlo, sintiera una fuerte culpa que la llevara a arrepentirse. Una
niña con mucho respeto y sujeta a la autoridad, colaboradora, que se
condoliera con el prójimo, con importante conexión emocional, que
acompasara a otros, que sintiera sobre todo amor, de buena conducta y buenos
modales. Una niña adaptada a las normas sociales, familiares y religiosas. Una
niña que no pusiera muchas objeciones ni cuestionara dichas normas –el deber
ser estaba bien marcado. Una niña que se preguntase permanentemente antes
de expresarse o de actuar: ¿esto estará bien o estará mal?, ¿será educado que
haga esto?, ¿se verá bien? Una niña capaz de silenciar sus ideas para no
molestar a otros o crear conflictos. Una niña alegre, que no generara
preocupación en sus padres. Una niña humilde, no arrogante, bondadosa, que
compartiera sin mesura.
II. Elegí ser buena, ¿qué tiene de malo?
Así que hacía todo lo que fuera posible por ser así, a pesar de que esto
incluyera negar mi humanidad, aunque honestamente tampoco era que me
costaba mucho. Supongo que no dudé nunca si había otra manera de hacerlo y
las cosas parecían salir bien. ¡Los seres humanos somos fantásticos. Lo que
nos es adecuado o apto de algún modo lo adquirimos como parte de nuestro
ser!
Miremos un poco más cuáles eran mis beneficios y los juicios
asociados. (mencionaré algunos de ellos.) ¿Cuál característica de la “niña
buena” utilizaba en el hacer? y ¿qué hay de esa sombra que quizás quise
ocultar?:
Poca exclusión en los sistemas: ¿Cómo? Siendo afable, es decir,
agradable en el trato. La tendencia es a que los niveles de exclusión sean
bajos. Juicio: Pueden estar conmigo fácilmente. La sombra que oculto es la
intolerancia al rechazo.
Evitar el conflicto: ¿Cómo? Cediendo posiciones o silenciándome, en
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busca de mediar y de mantener los conflictos en su mínimo nivel. Juicio: No
hay necesidad de estar discutiendo o, “el callar es de sabios”. La sombra que
oculto es el temor a la consecuencia, a la falta de fuerza para enfrentarla.
Tener paz como emoción: ¿Cómo? Al creer que “ser buena” es lo que
se espera de mí, que estoy dentro de los estándares de Dios, de mi familia, de
la sociedad y de mí misma. Eso me generaba paz. Juicio: Voy bien. La sombra
que oculto es la manipulación a mi favor.
Amor y reconocimiento de los que me rodean: ¿Cómo? Buscando el
bien del otro, no haciendo daño, colaborando. Juicio: ¿Cómo no van a
quererme si esa es mi mayor virtud? La Sombra que oculto es el miedo a que
dejen de hacerlo.
No despertar celos: ¿Cómo? Silenciando mis éxitos ante otros que no
los poseen. Juicio: ¡Que linda soy! Tan humilde ante el que tiene menos. Mi
sombra arrogante y egocéntrica me dice que al final siempre fue por mí.
Alguien siempre quería ayudarme: ¿Cómo? Es interesante porque
transmito algo ante los demás, sobre todo, me pasa con los hombres, que
desean ayudarme. Es como una especie de “debilidad” y otros se hacen cargo.
Juicio: Es bueno ser ayudada y atendida. La sombra que oculto es la apatía al
esfuerzo extra, comodidad.
Poca responsabilidad: ¿Cómo? No eligiendo, permitiendo que otro
escoja. Si otro elige y yo me adapto, el otro va a ser el responsable de las
consecuencias, sean cuales sean. Juicio: Si sale bien fuimos los dos, si sale mal
fue su elección. La sombra que oculto es de cobardía, inseguridad, miedo al
fracaso, entre otras.
¿Qué más? ¿Qué más me pasaba con esta manera de estar? ¿Cómo se
evidenciaba en mí con más relevancia?
Clasificaba mi mundo de la misma manera que me clasifiqué a mí, es
decir, como “buena o mala”, y esta clasificación tenía que ver con lo mucho o
lo poco que se acercara la persona a las características que conforman el perfil
de “niña buena” citado al inicio.
Si alguien está dentro de la casilla del “ bueno”, lo idealizo
Lo justifico ciegamente, lo endioso, lo elevo de nivel y actuó en
consecuencia al buen juicio. Mi aceptación es inmediata (su sombra no existe
para mí), lo valoro profundamente, lo quiero, ¿cómo no quererlo si es bueno,
si es mi rol idealizado ?
Si alguien está en la casilla opuesta del “malo”, lo excluyo
No soy capaz de ver sus bondades (me detengo a detallar su sombra).
No busco fundamentar los juicios asociados y llevar la relación a una posición
más flexible. Busco en lo posible alejarme de esa persona. No hay perdón ni
legitimación al error de mi parte. Lo execro de mi vida, incluso
emocionalmente. No hay valor en esa persona que me haga querer tenerlo
cerca.
Esto fue medular para mí. El ver lo que estaba haciendo conmigo y con
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otros me hizo tocar fondo. Me sentí siendo tan injusta al mantener la
habitualidad de encasillarlo todo y a todos. Me di cuenta de que no tenía
contacto con mi plena humanidad, que no era capaz de mirar mi sombra ni
dejar de temerle, no era capaz de un encuentro con ella que resultara en un
aceptarme y amarme en totalidad para poder vivir desde allí conmigo y con los
otros.
Ahora me surgen estas preguntas: ¿qué es lo que mi gente quiere en
mí? ¿Me quieren por lo que soy ante ellos o por quien soy realmente? ¿Cómo
me quieren si no me muestro? ¡Incluyéndome! ¿Me acepto como soy,
completa? o ¿solo he querido a la Karla buena, esa imagen idealizada de mí
misma? Y mi respuesta fue sí, pienso que he querido solo a la Karla buena,
solamente a una parte de mí.
Me retumba una frase: “Cómo querer a otros en su totalidad si no me
quiero en la mía”. Me di cuenta de que me estaba faltando ser más amable
conmigo misma, menos dura, comprensiva desde quien estaba siendo y desde
quien era el otro; bajar la exigencia y brindarme la posibilidad de legitimar el
error. Creo que he tocado fondo y ni siquiera he evaluado si, aparte de todo,
mis mayores desgarramientos también tienen que ver con esto. Llegué a un
punto de inflexión donde me dije: ¡Necesito ser distinta!, ¡no quiero estos
resultados de vida, no quiero ese accionar! ¡Si esto es ser “niña buena”, pues
no quiero serlo!
III. ¿Y si dejo mi pudor con exhibicionismo?
Entonces busqué mis juicios: ¿cuáles serían las consecuencias de
hacerlo distinto?
Tendré quizás que vivir el rechazo y la exclusión.
Perderé el amor de algunos.
Perderé beneficios de Dios, sus bendiciones, su escucha, su gracia.
De una u otra manera perderé mi identidad (no sé hacerlo distinto,
llevo mucho tiempo mostrándome así).
¿Qué debería pasar para dejar de ser “la buena”?
¡Esta pregunta me movió emocionalmente! Son como las doce de la
noche, hora de Venezuela, y estoy llorando en la sala de mi casa. La primera
respuesta que vino a mi mente fue: “Dejar de creer que me van a dejar de
querer”, dejar de sentir temor al pensar que pierdo mi identidad. Lloro, pues
me duele escucharme. Me siento como una niña pequeña con sensación de
pérdida y miedo. Entonces, respiro profundo y voy a tomar ese juicio maestro
y luego lo fundamento como ya sabemos hacerlo; me detengo a analizar con
preguntas como esta: ¿cuándo he sido “buena” y los resultados no han sido
positivos?, ¿cuándo he salido de esa casilla y he tenido buenos resultados?
Mirar los estándares y escuchar mis inquietudes.
Necesito detenerme en ese llegar hondo, en esos resultados que no
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quiero, narrado líneas antes y que seguiré mostrando, para finalmente seguir
con mi proceso de reconstrucción, y así cambiar las narrativas o esos cuentos
que tengo en torno a la maravillosa y querida Karlita, es decir, soltar a la “niña
buena” como modelo idealizado para medir a la gente y reescribir un cuento
para mí, distinto, más expansivo, menos doloroso, más adulto, más libre, más
liviano, que incluya mirar, legitimar y amar mi sombra.
IV. A las niñas buenas les pasan cosas malas
Hoy reflexiono sobre mis mayores desgarramientos y me pregunto:
¿esta forma de ser y actuar tuvo que ver? Y mi respuesta es: sí.
Les invito a que me acompañen a situaciones concretas donde he
actuado en congruencia como “ la niña buena” y miremos los resultados no
favorables:
1. Mi padre
Carlos no era un hombre cariñoso verbalmente, al menos no cuando
éramos pequeñas. Yo no recuerdo recibir manifestaciones amorosas como
abrazos, un beso. No consigo una conversación diseñada para preguntarme
cómo estaba yo o algún vestigio de ternura en su hablar. Si lo comparaba con
otros “papás” de mi sistema familiar, no me juzgaba amada. Mi gran pregunta
existencial era por ese entonces: ¿por qué no me quiere, si yo soy su niña
buena? ¿Qué está pasando conmigo? Desde allí tuve una gran sensación de
vacío, como que se trataba de una injusticia. Sentí dolor en el medio del pecho,
uno suave pero muy presente. Algo estaba pasando conmigo que no se estaba
cumpliendo el postulado central en mi vida.
No me permitía mirar su totalidad ni tampoco advertir cómo me
demostraba su amor de maneras diferentes a las que señalé al inicio. Creía que
“había una sola manera de amar” y, como no lo veía, lo califiqué de “Mal
padre” y entonces me alejé, lo excluí, me regalé mucho dolor, resentimiento y
una relación muy distanciada donde no procuraba hacer nada para revertirlo.
Me duele, pues pienso que mi distancia también afectó a mi papá. Él me
buscaba para conversar y para mí, ya no tenía sentido. Me detuve concentrada
en solo mirar su sombra. Me costó años poder ver su luminosidad. Emergió mi
sombra implacable, dura, descalificadora. Una parte de mi sombra, recién
conocida por mí, que tiende a hacerme el camino difícil, a pesar de que era
perfecto para lograrlo.
Así, gran parte de mi vida la viví con una sensación de orfandad, pese
a tener a mi padre al lado mío.
2. Un amor
Muy parecido me pasó con mi mejor amigo. Él era “tan bueno” que lo
idealicé. Estaba allí para escucharlo, para amarlo incondicionalmente –las
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niñas buenas creen en el amor incondicional. Para danzar a su ritmo hice de
todo. Me introduje en el maravilloso mundo de la música clásica y la poesía –
dominios que él amaba. Parte de mi acompasar estaba en conocer y hasta
enamorarme de lo que amaba él. Todo lo que él hacía era embellecido, pero
una vez declarado nuestro mutuo amor, él tomó la decisión de no ser más que
amigos ¡Yo no podía creerlo ni aceptarlo! Me juzgaba, me preguntaba qué no
había hecho, qué había hecho mal. Me volvía la sensación de vacío, de
injusticia, de dolor en el medio del pecho, al no poder conseguirlo siendo
“buena” si a la vez pensaba que era “perfecta para él”.
Como ven, aquí utilicé el mismo patrón de encasillamiento. En este
caso fue el otro polo: el de ser “bueno”. No podía ver su sombra, por lo tanto
no lo soltaba, no me daba por vencida ¿Cómo perderlo si era perfecto? Tuve
tanta ambición, y accioné tanto por demostrarle que valía la pena intentarlo
que me dejó cansada Sostuve un desgaste importante en tiempo y en
emocionalidad. Creo que si no lo hubiese encasillado, posiblemente me habría
ayudado a soltar esa relación antes de lo que lo hice. Más allá de concientizar
que al haberlo idealizado le coloqué una responsabilidad muy grande sobre sus
hombros, la cual nunca pidió, es cierto que esperaba acciones que él no podía
realizar para luego entrar en conflicto.
Hoy interpreto que el ser esa “niña buena” está directamente
relacionado con mis mayores desgarramientos, ese encasillamiento me restó
grandes posibilidades de acción y, por consiguiente, los resultados no fueron
satisfactorios.
Cuando honraba a la niña buena solía vivir, pero también logré morir y
el sepulcro me pesó demasiado.
Vamos al juicio contrario: “ser simplemente yo” como el opuesto de la
“niña buena”, ya que, en este punto, ni siquiera existe un nombre ni un modelo
a seguir. Es un lugar donde soy flexible, genuina, donde abrazo la totalidad
(persona y sombra) y donde no encasillo.
3. Mi esposo
Estoy casada con un hombre que ha tenido contacto con mi
humanidad, pues convive con ella diariamente y me ha amado desde allí. Él no
pierde oportunidad de demostrarme cuánto me acepta y cuánto me ama.
Incluso, no puedo afirmar por qué me ama. Sí, tiene que ver con el postulado
de que conoce mi totalidad. Lo que sí puedo evidenciar es cómo cambió mi
sentir hacia él a partir del momento en que comencé a aceptarme y a aceptarlo
sin meterlo en mis habituales casillas de “mal” o “buen” esposo.
Esto no fue siempre así: cuando llevábamos once años de casados
decidí que ese matrimonio no era lo que quería. A Miguel lo tenía encasillado
para ese entonces como “mal esposo”. Por ende, no había nada que hacer: me
divorcié.
Hoy es distinto, y cada día observo cómo mi trabajo personal se
153
evidencia en mi matrimonio. En la medida en que he sido capaz de soltar a la
“niña buena” y conectarme con esa totalidad, me ha sido posible amarlo
íntegramente. ¡Sí, claro me casé nuevamente con el mismo hombre! ¿La
diferencia? Una mujer que legitima, una esposa más auténtica, más amante,
que no necesita estar encasillando ni a él ni al matrimonio. Una esposa con un
profundo valor hacia él sin llegar a idealizarlo. Una mujer que construye una
relación basada en el amor y en el respeto, con un hombre que me dio grandes
lecciones de amor, amándome primero.
Mi padre
Es el primer hombre que me amó y al primer hombre que amé, y con él
inicié una relación distinta. Tengo la fortuna de que aún esté vivo. Si lo
evalúo, tal vez conserva el ser poco cariñoso, tal como lo ha sido siempre. Tal
vez no me bese tanto como quisiera, pero lo acepto así, y recibo su amor en un
almuerzo en familia o en su esmero por atendernos los domingos en su casa.
En fin, me atreví a sacarlo de la casilla de “mal padre” y por eso lo amo como
es, con sus lados claros y oscuros, validando que amarlo en esa totalidad
marca una gran diferencia en nuestra relación. No pierdo oportunidad de
expresarle cuánto lo amo, y él ya se atreve a decirme: “Te amo hija”.
Emocionalmente me siento en plenitud, feliz, muy satisfecha, amada, y con la
libertad de no tener que estar delante de él como esa “niña buena” de la que él
estaba orgulloso. Hoy lo sigue estando de una manera diferente.
Al iniciar un profundo romance con mi totalidad, fui capaz de amarlos
y aceptarlos a ellos en la suya.
V. A la despedida de la “niña buena”, asistió Karla en totalidad
Creo que es imposible volver a ser esa niña buena. Este recorrido me
hace ser, actuar y resultar de manera distinta. Por eso hoy encuentro que todo
es más satisfactorio: sin necesidad de estar atrapada en un modelo, sin la
necesidad de encasillar a los demás. Hoy soy libre de estar pensando en el bien
o en el mal para poder expresarme o conectarme con mis emociones. También
me siento libre del temor constante de que me dejarán de querer, haciéndome
responsable de mis relaciones, incluso logrando iniciar amistades nuevas. Hoy
mis relaciones son más cercanas, más auténticas y las construyo respetando al
otro y respetándome a mí misma.
Me siento actuando como nueva madre para dos de mis grandes
amores, orientándolos, sin olvidar el trato a ellos como legítimas personitas y
modelándoles la aceptación y el amor.
Además, puedo vivir sin tantas emociones disfrazadas de culpa,
invitando con frecuencia a Dionisos a dormir en mi cama, soltando “lo
perfecto” y al famoso “deber ser”, besando mi sombra seductora, alevosa, mi
sombra fría, indecente, mentirosa. A esa vengativa e inquisidora, a aquella que
154
sigo manteniendo oculta para el mundo, pero no para mí.
No ha sido ni rápido ni fácil este proceso de reconstrucción. Ya
confesé que no sabía hacerlo distinto y fue así. El reinventarme me llevó
meses de mucha reflexión, de trabajar en el DEI (Diseño Estratégico de
Intervención), en la ejecución de ese diseño. A su vez, de repasar emociones
encontradas, pérdidas, reencuentros, descubrimientos, un volver a empezar y
hasta a veces retroceder, pero aquí estoy sonriendo, satisfecha y libre.
Quizás lo que Jesús quiso enseñarme es que el corazón limpio es aquel
que se atreve a reinventarse.
Para mí esa es una gran bienaventuranza, una manera hermosa de ver
a Dios.
Bibliografía
Echeverría, Rafael. Ontología del lenguaje. Buenos Aires: Ediciones
Granica S.A..2007.
——. Persona y sombra. Material recibido en el programa avanzado
de coaching ontológico. Newfield Consulting. 2005.
——. Por la senda del pensar ontológico. Santiago: Comunicaciones
Noreste Ltda..2007.
——. Raíces de sentido. Sobre egipcios, griegos, judíos y cristianos.
Santiago: Comunicaciones Noreste Ltda..2008.
La Santa Biblia. Versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera
(revisión 1960) Sociedades Bíblicas Unidas. 1989.
155
Transitar de la falta de autoconfianza a la paz y la armonía personal
Larraitz Urrestilla
Soy dueña de todos mis triunfos y logros, de todos mis fracasos y
errores. Como soy dueña de todo mi yo, puedo llegar a conocerme
íntimamente. Al hacerlo, puedo amarme y ser afectuosa conmigo en todo lo
que me forma. Puedo así hacer posible que todo lo que soy trabajé para mi
mejor provecho.
[…]
Puedo ver, oír, sentir, pensar, decir y hacer. Tengo las herramientas
para sobrevivir, para estar cerca de otros, para ser productiva, y para encontrar
el sentido y el orden del mundo formado por la gente y las cosas que me
rodean. Soy dueña de mí misma y por ello puedo construirme.
Yo soy yo y estoy bien.”
Virginia Satir
I. La prisa: indicador de que algo no va bien
Hacía tiempo que mi prisa me preocupaba. Mi impaciencia solía
causarme problemas y resultados no deseados. Tenía la sensación de haber
hecho muchas cosas y, sin embargo, dejarme un gran vacío. Sospechaba que
había relación entre esto y mis depresiones. Estaba saliendo de una depresión
cuando tuve que enfrentarme a la elección del tema sobre el cual trabajar y
decidí que este fuera mi prisa. Esa que me generaba ansiedad como prólogo al
agujero negro de la depresión a la que no quiero volver. Por ello, sentí que
podía ser la oportunidad de investigar las raíces de mi prisa, a fin de que
pudiera transitar hacia el equilibrio interior y poder así disfrutar de lo bueno de
la vida y ser feliz.
En todas las oportunidades en las que me han dado feedback, solicitado
o no, siempre aparece como aspecto de mejora o defecto la impaciencia. Y así
lo reconozco, pues incluso los errores en mi trabajo siempre suelen responder
a haber actuado de forma rápida: desde pequeñas erratas en informes a
conflictos por las diferencias en los ritmos a la hora de tomar decisiones.
Tomando el tema desde una perspectiva antropológica-ontológica, por
tanto, la de la autoindagación, la de la profundización a través de las
experiencias vividas, emociones, consecuencias, decido colocarme en el claro,
en la posición en que soy protagonista, en la que me observo y, a modo de
escultor, puedo modelar al ser humano que soy. Me pongo en el anhelo de ser
un mejor ser humano para mí y para los demás.
El proceso se inicia con las preguntas:
¿Qué significa impaciencia?
¿Qué experiencias de mi vida me llevan a concluir que soy impaciente?
¿Qué emociones están presentes cuando actúo de forma impaciente?
156
¿Qué juicios aparecen?
¿Cuál es la conversación privada?
¿Qué me ocurre con la tranquilidad?
¿Cómo es esa experiencia?
¿Qué emoción hay?
¿Qué juicios?
¿Cuál es la conversación privada, entonces?
¿Cómo viven los demás mi impaciencia?
¿Qué juicio tengo de los impacientes?
¿Huyo de algo?
¿Dónde está el origen de mi impaciencia?
¿Dónde y cómo la aprendí?
¿A dónde me lleva?
Las principales experiencias que me conectan con la prisa, la
impaciencia y la ansiedad son:
Haber tenido relaciones sexuales a temprana edad. Perdí la virginidad
siendo una niña. Tuve algunas relaciones estables y muchos encuentros
meramente sexuales en los que sentía la necesidad de darlo todo para que me
reconocieran como especial. Tenía prisa por sentirme mujer, por sentirme
bella, por sentirme querida. Esas prisas hicieron que las relaciones no fuesen
satisfactorias, que me sintiera mal por lo hecho. Sentía vergüenza de mí
misma. Mirando hacia atrás, descubro que con las dos personas con quienes
tuve una relación me porté mal. Los minusvaloraba. La cuestión es que yo
misma no me amaba, no me cuidaba, no me protegía, por lo que era imposible
que los demás lo hicieran tal como yo quería. El precio fue alto, pues los dañé
y me dañé. A uno de ellos ya le pedí perdón hace un par de años y a mí misma
ya me he perdonado, solamente queda pendiente poder pedirle perdón a R.
Casarme fue otra decisión tomada por las prisas. Yo vivía en Madrid y
él en mi pueblo natal. En unos meses tenía que regresar y lo que no quería era
volver a casa de mis padres. Creo que tras esa prisa estaba pesando esto.
Nuestra relación había sido corta y la mayor parte en la distancia. Yo era muy
joven y aún no me había adentrado en la vida profesional. Pero quería casarme
y crear mi propia familia, mi refugio y ese era el modo más sencillo y rápido
en ese momento. Mi novio se acababa de comprar una casa y me apoyaba; yo
le quería, así que era fácil. Me estaba escapando de mis padres y de esa casa en
la que siempre había que hacer lo que ellos querían para que hubiera paz.
Tener hijos siempre había estado presente en mis objetivos de vida.
Tenía la idea clara de tener hijos siendo joven, tener dos y con poca diferencia
de edad entre sí. Así lo hicimos. A los dos años de casarnos fuimos padres y
antes de que pasaran tres años nació nuestra segunda hija. ¿Era un deseo real,
era instinto maternal o fue automático? ¿Fui yo dueña de la decisión o la idea
se adueñó de mí? Ahora que estamos atravesando una crisis matrimonial fuerte
pienso que Jon percibe en todo esto que ha sido utilizado; de hecho alguna vez
157
me lo ha dicho. ¿Será así? No lo sé, pero algo estoy haciendo mal si él siente
esto.
Ser despedida de mi último empleo. El problema con el que me he
encontrado es que no he sabido respetar los tiempos y los ritmos de los demás
y eso ha tenido repercusiones negativas en mí, pues los demás han podido
percibir que estoy invadiéndoles. Mi jefe me había contratado para ayudarle en
el cambio cultural de la empresa. Para ello, hice un diagnóstico, se extrajeron
unas conclusiones y se realizó un plan de acción que fue aprobado por la
Dirección. Cuando me puse a trabajar en los proyectos, una de las personas
con más poder de la organización se sintió amenazada. Yo lo percibí, pero no
supe gestionarlo y continué con mi plan. Me tendría que haber hecho cargo de
esto, haberme acercado en lugar de retarle. Esta persona se encargó de
convencer a mi jefe para que me degradaran de categoría profesional y así
quitarme responsabilidades y competencias de toma de decisión. Ello hizo que
cayera en una dinámica de queja con mi nuevo jefe (el cambio de categoría
coincidió con la promoción de un compañero con el que tengo una relación de
pareja, pasando él a ser mi jefe), quien no supo manejar esta situación. Yo
presentaba propuestas y él las detenía todas. Esto hizo que cayera en una
depresión. Mientras estaba de baja, en lugar de tratar de recuperarme y ver qué
ocurría después, presioné a mi jefe (mi amante) para que abordáramos lo que
ocurría, entonces, en lugar de esperar a mi recuperación, me despidió. Perdí un
tiempo precioso para recuperarme y contar después con tiempo y fuerzas para
buscar un nuevo empleo.
Mientras me adentraba en el camino de conocer mi prisa, avanzaba el
trabajo personal asociado al Programa Avanzado en Coaching, el cual implica
mucha reflexión, lectura, autoobservación. Todas las antenas están atentas a lo
que se refiere al descubrimiento de uno mismo.
Ese proceso me mostró que las prisas son un síntoma de que algo
realmente va mal, así que di un golpe de timón para poder tomar el desgarro
en toda su crudeza. Sin embargo, el camino andado era necesario: era
necesario que conociera las ramas, las hojas, para ir adentrándome de a poco
en el tema, en las raíces del árbol. En ese camino he descubierto muchas cosas,
entre ellas, mi rabia, mi falta de autoconfianza, mi necesidad de volar y el
miedo a hacerlo.
La impaciencia surge de forma mecánica y reactiva, de nuestro interior
cuando vivimos de forma inconsciente. Es un efecto, un síntoma, un resultado
negativo que pone de manifiesto que la mirada que estamos adoptando frente a
nuestras circunstancias es errónea porque estamos poniendo el foco de
atención en cosas que no dependen de nosotros. Al no poder hacer nada al
respecto, nos invade la impotencia y, con esta, el agobio, el enfado y la
lamentación.
Cada vez que nos sentimos impacientes, ocasionándonos a nosotros
mismos un cierto malestar, significa que estamos interpretando los
158
acontecimientos externos sobre la base de una creencia limitadora: que nuestra
felicidad no se encuentra en el momento presente, sino en otro que vendrá
después.
La impaciencia suele ser un indicador de que no estamos a gusto con
nosotros mismos. Solamente a partir de un bienestar interno podemos empezar
a relacionarnos con nuestras circunstancias de una manera más consciente,
pudiendo tomar una actitud y conducta más convenientes en cada momento.
Las prisas por hacer y hacer, lograr objetivos, por sentir la felicidad por
el reconocimiento de otros a mis hazañas me han hecho sufrir mucho en mi
vida. Los altos niveles de exigencia unidos a la frustración por no alcanzar la
felicidad después de tanto esfuerzo es un círculo vicioso que se ha repetido
muchas veces, siendo el final del proceso siempre un período de depresión
profunda. Sacrificar el momento presente pensando en que después llega la
felicidad me ha hecho estar desconectada de la vida, desconectada de mí
misma. Así llego a la conclusión de que desear que llegue un futuro
imaginario suele ser una consecuencia de no estar en paz con nosotros
mismos en el presente. Aprendemos a fluir cuando comprendemos que la vida
y nuestra realidad siempre está aquí, y el momento siempre es ahora.
II. Autoaceptación y autoestima
Solo podemos respetar a los demás cuando uno se respeta a sí mismo.
Solo podemos dar, cuando nos damos a nosotros mismos. Solo podemos amar,
cuando nos amamos a nosotros mismos.
Abraham Maslow
Siento la necesidad de abordar la autoconfianza y la autoestima porque
de entre todo lo descubierto, veo que pierdo el poder sobre mi propia vida en
una búsqueda incesante de aprobación y reconocimiento externos. A ello
respondían mis prisas (ser la primera, la que más hace, la más joven en el
entorno de trabajo, etc.) y ha llegado la hora de buscar el reconocimiento en mí
misma. Es el momento de saber qué es lo que quiero, cómo quiero ser y estar
en este mundo para estar feliz de ser quien soy, queriéndome y respetándome.
¿De dónde siento que viene mi falta de autoconfianza?
Siento que me han faltado en la niñez algunos elementos necesarios
para construir mi autoestima, tales como recibir afecto y aceptación, sentirme
importante, recibir reconocimiento.
Las constantes críticas e idealización de personas ajenas a la familia
me han causado gran dolor y complejo de inferioridad. Esto ha sido una
constante en figuras como mi abuela paterna y mi padre.
El hecho de no haber recibido cariño de pequeña, en los primeros años
de mi vida, en los que estuve rodeada de personas un tanto frías o no
expresivas de cariño (padre, abuela, cuidadora, profesoras, monjas) dicen
159
relación con la merma en mi autoestima. Mi madre no tenía tiempo para
cuidarme y mimarme, ya que sus prioridades eran que fuera limpia y que su
casa estuviera ordenada; no hubo juegos, ni risas, ni caricias.
El hecho de que mi amama (abuela materna) y mi tía, las personas con
las que sentía más afecto, se fueran a vivir muy lejos cuando tenía siete años,
me dejó huérfana de mimos y cariño. Súmese a esto los castigos cuando hacía
algo mal y la no felicitación, cuando bien; aprendí que los buenos resultados
eran lo correcto, lo que tenía valor.
¿Qué me ocurre por no tener autoconfianza? ¿Cuál es el coste?
A nivel personal:
- Insatisfacción
- Tristeza
- Depresión
- No me valoro: me siento inútil
- No me quiero: me castigo.
- Hago duras autocríticas.
A nivel social y de trabajo:
- Siento que no encajo.
- Me retraigo.
- Me acomplejo.
- Tengo dificultad para asentarme o permanecer en un grupo/trabajo.
Pareja:
- Mis parejas tienen baja autoestima y alguna vez he caído en el mal
trato psicológico y viceversa.
En general:
- Muchas veces he tenido miedo a que las cosas me fueran bien.
Cuando he sentido felicidad, he pensado que eso debía tener final. Siento que
no me lo merezco, porque no he sufrido o trabajado lo suficiente. Me ha
sucedido cuando me han promocionado de puesto, me han subido el sueldo,
etc.
Cuando hay ausencia de autoconfianza me sucede que:
- Me critico constantemente, lo que me lleva a sentirse insatisfecha
conmigo misma.
- Me acuso y me castigo. Tiendo a exagerar la magnitud de los
problemas.
- Pretendo alcanzar el perfeccionismo en todo lo que emprendo y me
derrumbo cuando no lo consigo.
- Suelo ser una persona indecisa en los grandes asuntos, sobre todo por
un miedo extremo a la equivocación.
- Me da pavor el rechazo social, lo que a veces hace que me retraiga,
me escape.
Me gustaría tener autoconfianza y poder decir que:
- Poseo una visión de mí misma realista y positiva.
160
- Defiendo mis valores y principios, incluso cuando encuentro
oposición de otras personas.
- Soy independiente, no necesito la aprobación de los demás.
- Poseo facilidad para establecer relaciones interpersonales, donde
muestro iniciativa.
- Muestro mis emociones y sentimientos con libertad.
- Soy perseverante en el alcance de mis metas. Supero los problemas y
dificultades.
- Voy a ser capaz de sentirme plena sin poner la felicidad en manos de
otros.
- Me quiero, me acepto y tengo derecho a ser amada, cuidada y a que
me ocurran cosas buenas.
III. Lecciones de vida. Algunas claves para transitar.
Solo si me siento valioso
por ser como soy
puedo aceptarme,
puedo ser auténtico.
Jorge Bucay
He podido identificar en este viaje algunas píldoras que me pueden
servir, que ya me están sirviendo, en ese transitar de la falta de autoconfianza
hacia la armonía. Píldoras que quiero sustituir por las píldoras de color verde y
azul que tomo cada mañana al reencontrarme con la luz del día, con la vida.
Considero importante recogerlas aquí a modo de compromiso conmigo
misma, para aplicar esta medicina en lugar de la química.
Para la dignidad:
No dejarme llevar por mis emociones negativas. Trabajar mis
emociones de ira y rabia. Incluir en mis hábitos de vida el trabajo corporal.
Autorregularme en los momentos en que se dan esas emociones a través de la
respiración, practicar el centramiento.
Ser coherente con mis principios y valores (identificarlos, afirmarlos y
honrarlos: respeto, confianza y trabajo).
Establecer límites cuando sienta que el comportamiento de alguien o el
mío propio está poniendo en riesgo mi dignidad personal.
Para la autoaceptación:
Mis declaraciones para mí y para el mundo:
Me acepto tal y como soy, con mis cualidades y defectos. Sé que
siempre puedo cambiar, reinventarme para ser mejor persona.
161
Soy valiosa y digna de ser querida y respetada, a pesar de no ser
perfecta.
Las acciones más concretas que estoy realizando:
Hacer lo que realmente quiero, siento y/o pienso que está bien para mí,
no por estar buscando la aprobación de los demás.
Ver el lado bueno de las cosas que juzgo “no tan buenas”, ya que toda
experiencia me aporta una oportunidad de aprendizaje. Ahora estoy tratando
de identificarlo.
Sustituir la queja por el buen humor y la alegría.
Reconocer que tengo mis límites: biológicos, de tiempo, recursos, etc.
para priorizar lo que voy a hacer sin exigirme lo imposible (como era antes
cuando quería hacerlo todo a la vez y bien).
Cuidar y respetar mi cuerpo practicando hábitos más saludables: desde
la alimentación, pasando por la actividad física, hasta el descanso.
Autoevaluarme y solo poner mi energía en lo que yo desee mejorar o
cambiar, tomando las riendas de mi vida y diseñando mi futuro, mi ser. Tener
en cuenta en este diseño que mi principio rector, lo que me une a esta vida, es
querer “ser mejor persona”.
Conectarme con lo sencillo de la vida y disfrutarlo con plenitud, siendo
consciente del momento presente.
IV. Reflexión sobre el perfil unitario
Vivimos en una sociedad que preconiza que nuestro bienestar y nuestra
felicidad dependen de algo externo, como el dinero, el poder, la belleza, la
fama, el éxito, el sexo. Y sobre la base de esto nos medimos y somos medidos
desde la mirada metafísica, sin posibilidad alguna de cambiar, de
transformarnos a nosotros mismos.
Podemos decir que la autoestima es la manera en que nos valoramos a
nosotros mismos. La verdadera autoestima se da cuando podemos vernos y
aceptarnos tal como somos en ese momento, sabiendo que podemos cambiar
para mejorar.
La falta de autoestima tiene graves consecuencias, tanto en nuestra
forma de interpretar y comprender el mundo como en nuestra manera de ser y
de relacionarnos con los demás. Al mirar tanto hacia fuera, nos sentimos
impotentes, ansiosos e inseguros, y nos dejamos vencer por el miedo y
corromper por la insatisfacción. Fingimos ser lo que no somos, reprimimos lo
que sentimos y entonces nos atrapamos en la tristeza y la depresión.
Deseamos que la realidad se adapte a nuestras necesidades, lo que al no
suceder produce insatisfacción y nos colocamos en el papel de víctima y en un
estado de frustración continuo; o si no, optamos por querer proyectar una
imagen triunfalista falsa, lo que nos lleva a volvernos adictos al trabajo con el
162
afán de deslumbrar para ser reconocidos y admirados, dejando de lado la vida
emocional, todo lo cual deriva en un profundo sentimiento de vacío y fracaso.
El error es buscar en los demás el cariño, el reconocimiento y la
aceptación que no nos damos a nosotros mismos, sin darnos cuenta de que eso
que buscamos está en nosotros.
Yo me nutriré con eso que necesito:
Tomaré los rayos de sol que me dan energía.
Respiraré profundo llenándome de aire que es vida.
Flotaré en el agua del mar sintiendo su suavidad como caricias.
Me abrazaré a la tierra oliendo la hierba y le agradeceré haberme
acogido a modo de madre.
Practicar la meditación y la práctica de mindfulness (atención plena y
meditación vipassana), me ha ayudado a aprender a estar –y ser– conmigo
misma de un modo muy diferente; de una manera auténtica y genuina,
profunda, intensa y llena de vida, soltando la prisa, encontrando mi propio
paso y aprender a detenerme. He cambiado mi alimentación, cuido mi salud y
disfruto el presente con mi familia y mis amigos.
“A callarse”
Pablo Neruda
Por una vez sobre la tierra
no hablemos en ningún idioma;
por un segundo, detengámonos;
no movamos tanto los brazos.
Sería un minuto fragante,
sin prisa, sin locomotoras;
todos estaríamos juntos
en una quietud instantánea.
Los pescadores del mar frío
no harían daño a las ballenas,
y el trabajador de la sal
miraría sus manos rotas.
Los que preparan guerras verdes,
guerras de gas, guerras de fuego,
victorias sin sobrevivientes,
se pondrían un traje puro
y andarían con sus hermanos
por la sombra, sin hacer nada.
No se confunda lo que quiero
con la inacción definitiva:
la vida es sólo lo que se hace,
no quiero nada con la muerte.
Si no pudimos ser unánimes
163
moviendo tanto nuestras vidas,
tal vez no hacer nada una vez,
tal vez un gran silencio pueda
interrumpir esta tristeza,
este no entendernos jamás
y amenazarnos con la muerte.
Tal vez la tierra nos enseñe
cuando todo parece muerto
y luego todo estaba vivo.
Ahora contaré hasta doce
y te quedarás quieto.
Este ha sido un viaje hacia dentro, hacia mí, un camino desgarrador
para comprenderme y aceptarme, y desde ahí aprender que soy capaz de
cambiarme a mí misma para poder avanzar por un camino diferente, para
poder salir del agujero negro donde estaba, ahora yendo hacia donde quiero ir,
que no es otro lugar que la paz.
Ahora comienza la segunda parte de mi historia: mi vida consciente,
despierta, plena. La comienzo confiando en mi misma, viviendo en armonía
conmigo, buscando y queriendo ser “una mejor persona aquí y ahora”.
Urretxu, agosto, 2011
Bibliografía
Fromm, Erich. El arte de amar. Paidós, 1959.
Maestro Elkhart, versión inglesa de R. B. Blakney. Nueva York:
Harper and Brothers, 1941.
Sheeman, E. Cómo mejorar tu autoestima. Madrid: Ed. Océano, 2000.
Vila, J., Fernández, M. Activación y conducta. Madrid: Alhambra,
1990.
Vilaseca, Borja. “La impaciencia no sirve para nada.” “Anatomía de la
autoestima.” “Claves para amarse a uno mismo.” Artículos publicados en El
País Semanal. Diponibles en http: //borjavilaseca.com.
164
El miedo me congeló
Lily Corvalán
Introducción
Llegué a trabajar el tema del miedo como proyecto de investigación,
después de que mi tema inicial era el aprender a gozar, pero no era posible
desarrollarlo pues se trataba de un tema de expectativas y no de un
desgarramiento personal, el cual sí me permitiría trabajar desde mis
experiencias vividas.
Y si hoy miro hacia atrás, me hace todo el sentido del mundo. En ese
momento no sabía que para gozar más mi vida, primero tenía que soltar mi
miedo, un miedo que tampoco sabía que existía y que estaba impregnado en
mi cuerpo y en lo más profundo de mi ser. Eso es lo que descubrí y trabajé en
este camino de investigación.
I. Relevancia
El miedo, de cualquier modo que se nos presente, nos limita como
seres humanos en nuestra capacidad de acción y compromete nuestro presente
y futuro. El miedo es una emoción que no es fácil de reconocer, ya que se
disfraza de otras emociones o simplemente se puede vivir sin siquiera
conectarse con él. Eso fue lo que a mí me pasó. El miedo puede expresarse
como dolor, tristeza, ansiedad, enojo, impotencia, resentimiento y muchas
otras emociones. En mi caso, me congeló, me desconecté de mis emociones y
viví así por muchos años….
Mi anhelo es que, a través de este texto, pueda traspasar al lector la
esperanza, la confianza y la convicción de que sí es posible disolver un
desgarro tan grande como el que me tocó vivir. Expresar que si bien el miedo
me congeló, también me sirvió como un mecanismo de sobrevivencia, al
mismo tiempo que me limitó y me limitaba en mi futuro. Para mí el reconocer
este miedo y luego poder soltarlo, me permitió empezar a vivir distinto:
recuperé mi emocionalidad, mi conexión conmigo, con mis seres queridos y
retomé mi capacidad de gozo, que era mi sueño inicial.
II. Historia
Estaba en el vientre de mi madre cuando mi padre fue perseguido por
ser un dirigente político. Para mí era la primera vez que me perseguían, y
seguramente desde ese día empezó a instalarse el miedo en mí, aunque no soy
capaz de recordarlo. Sí recuerdo cuando la policía ingresó una noche a mi casa
buscando a mi papá. Yo tenía cinco años. Por fortuna, él no estaba. Sin
embargo, se llevaron muchos libros y entre ellos se llevaron mis cuentos. ¿Se
165
llevaron mi infancia? Seguramente sí, al menos algo de ella, pero tampoco lo
recordaba con dolor. Luego seguí creciendo y aprendí en mi casa que yo era
parte de “la retaguardia de mi padre”. Lo eran también mi mamá, mi hermano
y mis hermanas menores, y teníamos que estar bien porque mi papá estaba
luchando por un ideal muy grande. Mi papá, para mí y para muchos otros, fue
de aquellos “hombres imprescindibles” como los llamó Bertolt Brecht, de esos
que luchan toda su vida.
Y así llegó el Golpe Militar: yo tenía 23 años, mi hermano cayó preso
el mismo día, luego arrestaron a mi cuñada, y a los pocos días a mi padre, al
igual que a muchos otros chilenos. Yo me salvé, tuve suerte. Mientras mi
familia partió al exilio, yo me quedé en mi país. Me casé, formé familia y
también me integré a la familia de Rodrigo, mi esposo. Siendo ingeniero,
trabajé cinco años en cuestiones muy distintas a mi profesión: desde
administrar un negocio de arreglo de ropas hasta hacer merengues y pan de
pascua en un negocio artesanal con mi suegra. Luego me metí en el área de la
computación, donde me desarrollé profesionalmente y he trabajado por más de
treinta años, de los cuales al menos la mitad fui ejecutiva de una empresa
multinacional.
Ser la retaguardia era estar bien, era no poder derrumbarme, porque si
no, se derrumbaba mi papá, y ello no era posible. No obstante, había muchos
motivos por las cuales derrumbarme: la lejanía de mi familia, mi soledad, mi
desprotección, mis sueños no realizados, mi sensación de sentirme en esos
momentos una persona “non grata”, una persona “estigmatizada”, mi dolor
por no encontrar trabajo en mi profesión debido a esa discriminación, el dolor
de que mis hijas no conocieran a mis padres, sus abuelos.
El dolor más desgarrador fue la muerte de mi hermano, cuando él tenía
solo 28 años y mi hija mayor recién cumplía 23 días de vida. Vida y muerte.
En esas circunstancias, era mejor no sentir miedo. Tenía que amamantar a mi
bebé, tenía que ir con mi mamá a avisarle a mi padre sobre la muerte de mi
hermano hasta su lugar de prisión. Así debía continuar mi vida, de pie, para
que no me vieran derrumbada. El miedo fue en esos momentos un aliado: me
congeló, me desconectó. El no sentir miedo fue un mecanismo de
supervivencia, aprendí a “alquimizarlo”, a hacer de tripas corazón, llevarlo a la
acción, porque de lo contrario me paralizaba. Y si me paralizaba, podía ser
peor.
Pasaron muchos años y este período triste y doloroso terminó, pero yo
seguí congelada, desconectada de mis emociones. Recuerdo que contaba mi
vida de corrido, sin sentir una gota de emoción. Ahora, luego de trabajar en el
proyecto de investigación, de hacer las tareas del programa y de hacer los
ejercicios de bioenergética, fui descubriendo cómo el miedo me había
congelado y me impedía sacar de mis entrañas el dolor, la tristeza. Era el
miedo a sufrir lo que me bloqueaba. Y por fin salió, se destapó, se soltó y
lloré, lloré, grité, grité, sentí que tenía una tristeza y un dolor infinito que
166
empezaba a vaciar… Fue liberador, me sentí reconectada, empecé a conectarte
conmigo, empecé a conectarme más con los otros, a conectarme con la alegría,
con la pena, con la compasión, empecé a visitar emociones que no conocía:
¡ya era otra persona la que revivía, la que se reconstituía y doy las gracias por
ello!
III. Lecturas
El miedo es una emoción que tiene una función de supervivencia.
Según Darwin, la palabra miedo deriva de lo que es repentino y peligroso. Es
un estado emocional negativo, aversivo, con una actividad elevada que incita a
la evitación y al escape de las situaciones amenazantes.
El miedo es una emoción que se nos instala de niños producto de
alguna experiencia traumática. Dependerá de si es miedo, o es temor o es
horror, cuál es el daño que esa experiencia traumática nos ha dejado.
IV. Perfil unitario
No es fácil descubrir el miedo. Una de las razones es porque el miedo a
muchos seres humanos nos paraliza, nos congela, nos desconecta y podemos
vivir muchos años sin siquiera sentirlo: simplemente no sabemos que existe.
En otras personas, el miedo se disfraza, “se viste de todo”, a veces de
enojo, impotencia, resentimiento, por lo que tampoco se reconoce con
facilidad. Será necesario conocer nuestra historia, nuestras vivencias, nuestras
experiencias para saber que en algún momento tuvimos tanto miedo que nos
desconectó, o bien que se disfrazó en otra emocionalidad y, desde ahí, iniciar
el camino de su disolución.
Como seres humanos podemos experimentar infinitos miedos porque
al final lo que hay detrás del miedo es no querer sufrir. Y es natural y legítimo
no querer sufrir. Está el miedo al amor, al abandono, a la soledad, a la vejez, al
fracaso, al rechazo, a la ira, a no ser amados, a la desesperanza, a perder el
control y así muchos más, pero tal vez los mayores miedos son el miedo a la
muerte de nuestros seres queridos y/o de nosotros mismos, o el miedo a la
locura, a perder la razón.
El miedo es una emoción que paraliza, que limita el presente y futuro
de las personas, ya que nos inhibe. Dejamos de hacer muchas cosas por temor.
Entre ellas, no nos entregamos al amor, no expresamos nuestros sentimientos
ni lo compartimos con el otro. De este modo, no construimos relaciones donde
podamos contenernos, querernos y, por miedo también, no nos permitimos ser
protagonistas de nuestras vidas. El miedo también puede protegernos: el hecho
de desconectarse sirve como un mecanismo de supervivencia para
sobreponernos a experiencias de vida muy duras y dolorosas.
167
El miedo se nos instala en el cuerpo, se ve en las mandíbulas apretadas,
hombros levantados, en los ojos bien abiertos y en la rigidez general del
cuerpo. Para liberarse de él es necesario que la persona tome conciencia de su
miedo y pueda descargar la tensión de su cuerpo. Trabajar corporalmente el
miedo nos permite aliviarnos y alejarnos de él.
La ira es el antídoto al miedo, pero para llegar a ella se requiere sacar
antes el dolor, la tristeza. También están la confianza, la valentía y el coraje
como actos que nos permiten adueñarnos de nuestra propia vida, ser
protagonistas de nuestro futuro, permitirnos soñar y gozar.
V. Conclusiones
Haber hecho este trabajo de investigación junto al proceso individual
del Avanzado, significó para mí recorrer un gran camino.
Lo primero y más importante fue darme cuenta de mi desconexión
emocional y reconocer que el miedo existía en mí y se llamaba miedo al dolor.
Lo reconocí y lo honré, porque fue mi mecanismo de defensa para sobrevivir
una etapa dura de mi vida. Luego, el desafío fue conectarme con él,
experimentarlo, revivirlo, ir a mis experiencias, exponerme, hablar de ellas,
mostrar mi vulnerabilidad.
Llegar a este lugar, requirió de mucho trabajo –las tareas, el tema de
investigación, el trabajo corporal– y mucha perseverancia, pero era un camino
que estaba decidida a recorrer por muy largo que fuera y así ocurrió. Los
frutos están en que hoy me reconecté con mis emociones. Hoy me siento más
flexible, capaz de aceptar que me aparezcan otros miedos, que seguro me van
a doler, pero de una manera menos devastadora. Lo más terrible ya pasó, no va
a volver a pasar lo que viví en esos años y, por otro lado, yo ya no soy la
misma, estoy parada en otro lugar, estoy más blandita. Puedo decir: tomo el
miedo, lo suelto, me doblo, no me paralizo y puedo doblarme entera, puedo
llorar y luego gozar.
Y esto lo logré no solo por la confianza que me surge: confianza en el
futuro, confianza en lo que soy capaz de hacer, confianza en los otros,
confianza en mi capacidad de aprender y de emprender. Quizá lo más
importante es que logré que me reapareciera el coraje, el coraje que tiene que
ver con las cosas que yo quiero ser y hacer, para ser protagonista de mi vida; el
coraje de emprender, de reinventarme en lo profesional, de soñar con ayudar a
otros; el coraje para darle la vuelta a las cosas, el coraje para perder el miedo a
perder la cabeza y saber que nada pasará. Y así, dar la bienvenida al gozo. Al
final, no es solo atreverse a accionar cosas distintas, sino pararse con una
emoción distinta.
168
El abandono a lo largo de mi vida
Lourdes Murrieta Cucurachi
“Permíteme ser una mejor persona”. Así comenzaban mis oraciones,
mis plegarias. A lo largo de estos tres años, desde el ABC y ahora en el
Avanzado, tuve la oportunidad de ocuparme por ser un ser completo, en pleno
conocimiento de lo que me constituye, lo que me destruye, lo que me agobia y
lo que me apasiona; responsabilizarme de una forma distinta de mí, de mis
decisiones al reflexionar, una manera de ser madura en la inocencia, la
congruencia y mi ambivalencia.
El aprendizaje, el modelo del observador, parecía todo tan lejano, tan
enredado. tan imposible. El aprendizaje desde la propuesta ontológica de mi
maestro Rafael Echeverría me permitió evaluar resultados, generar cursos de
acción, incluir el concepto de POSIBILIDAD en mi vida, de mi Obra, y la
enmarqué con SENTIDO y la pinté de múltiples colores al
TRANSFORMARME.
Introducción
Hola. Hoy me encuentro en el regocijo que me produce el
entendimiento, en el enfoque de una nueva mirada que me permitió un
reencuentro en paz con mi pasado, con mi estructura, y que me hizo sentir
fortalecida. Ofrezco una mirada que desde mi historia quiero mostrarte. Deseo
ser un acompañante en el trasfondo compartido. Si el sentimiento de abandono
te ha invadido, aquí estoy, contándote cómo llegué a pensarme y sentirme
perdida, abandonada.
I. Justificación
Mi tema de investigación es el abandono y cómo este se presentó a lo
largo de mi vida. Comienzo por repasar aquellos momentos que me llevaron a
enfrentarlo: cuando de pequeña me encontraba sola al cuidado de mi nana, a
quien recuerdo con mucho cariño; a desgarrarme cuando mi familia se
desbarataba y mi madre y yo nos fuimos a vivir a otra ciudad; a esquivarlo
cuando embarazada me enfermé y viví por un corto tiempo con el padre de mi
hija, quien no estaba presente en muchos momentos y situaciones de esta
hermosa etapa para una mujer; a deprimirme totalmente por tener que
enfrentar la situación de la separación de mi pareja; a acostumbrarme a la
responsabilidad de hacerme cargo de un bebé, a sentirme abandonada; a
replicarlo como madre responsable y ocupada, justificándome en el trabajo y
dejando la mayor parte del tiempo a mis hijas al cuidado de mi madre; a
odiarlo en los momentos de añoranza y reflexión por seguir acompañándome;
a sentirlo dentro de mi cuerpo agarrotado, tieso y fuera de control al
169
desconectarme de él; y a nunca más querer vivirlo y a cuidar y compartir lo
que hoy tengo con mis hijas, mis seres queridos y con en el amor de pareja que
volví a encontrar.
Las inquietudes que me mueven a abordar este tema se traducen en las
siguientes preguntas: ¿cómo fue que aprendí de él?, ¿realmente aprendí algo?,
¿me acostumbré a convivir con él?, ¿por qué preferí en algunas ocasiones
antes de sentirme nuevamente abandonada terminar con una relación?, ¿qué
tiene que ver ello con la falta de valor o amor por mí misma?, ¿qué tiene que
ver posteriormente con la culpa?, ¿cómo voy a encararlo nuevamente si se
presenta?, ¿cuáles son los juicios que me hacen sentir así? …
II. Contexto
Nací en Córdoba, ciudad comercial que se encuentra en la parte sur del
estado de Veracruz, en México, lugar de grandes contrastes sociales donde la
mayor parte de la población es de religión católica, tal como mi familia y yo.
Estudié en una escuela de madres religiosas el preescolar, la primaria y la
secundaria.
¿Cuáles son los matices de la mezcla de ser mexicana y católica?
Mi ser mexicana puedo compartírselos haciendo referencia a las
palabras que Octavio Paz plasma en su obra El laberinto de la soledad:
El machismo, la sumisión y la apatía de los mexicanos son producto de
la soledad interna, individual y cultural; aspectos enraizados en la
idiosincrasia, en todas sus dimensiones. En su pasado y en su presente. El
mexicano se revela como un ser cargado de tradición, las “secretas raíces”
descubren ligaduras que atan al hombre con su cultura, adiestran sus
reacciones y sustentan la armazón definitiva de la espiritualidad mexicana.
Concluyo que la existencia de nuestras máscaras mexicanas, como él
las denomina, nos permiten movernos “en forma esclavizante” en las
percepciones de lo que se debe y no se debe hacer, con una tendencia a
simular, a aparentar que todo está bien y que no pasa nada, a suavizar las
cosas, a seguir órdenes; el mexicano no trasciende en su soledad, al contrario,
se encierra en ella. Habitamos nuestra soledad, vivimos en un mundo de
prohibiciones de palabra y pensamientos. Se ha dicho que este mexicano ya no
existe, pero muchos de nosotros nos desenvolvimos y crecimos con estos
matices, que formaron parte de alguna manera de nuestra estructura, de nuestra
identidad.
Mi ser católica se formó al regirse bajo las imposiciones y condiciones
de la Iglesia, de mi padrino sacerdote, de la devoción de mi abuela, mi madre,
mi padre, mis hermanos mayores; cumpliendo a través del bautismo la
renuncia a Satanás, tomando la profesión de fe, que conlleva condiciones
como el renunciar a la riqueza, al poder, al placer, a los actos de
concupiscencia, al cumplimiento de los diez mandamientos, el no caer en los
170
siete pecados capitales, a cumplir con los sacramentos de comunión, de
confesión, etc.
Comencé un proceso para reconstituirme con convicción desde mis
raíces, desde mi fe, más allá de ser mexicana y católica. Comencé a sentirme
orgullosa de pertenecer a este territorio que es México, a su abundancia, a su
diversidad ideológica. Inicié la búsqueda de trascender en la vida, con el
compromiso de identidad y réplica.
III. Historia
¿Dónde estoy? ¿Por qué escucho las voces a lo lejos y no me contestan
las dudas que tengo? ¡Me siento tan cansado!, ¡no me abandones, resiste, te
necesito funcionando!
Esta fue la voz de mi cuerpo que había resistido tanta carga, tantas
emociones, tantos olvidos, tantas evasiones y que comenzaba a sentirse
agotado para reaccionar, para recordar.
El sentimiento de pánico y la desesperación me hicieron presa a muy
corta edad. Recuerdo cçomo me agobiaba y sentía ansiosa cuando no tenía la
atención necesaria a la que me habían acostumbrado. Siendo la hija menor de
seis hermanos, crecí con una sobreprotección y cuidado desmedidos. Todos
opinaban, decidían e incluso adivinaban sobre mis deseos, mis necesidades.
Me enfoqué hacia afuera desde el inicio, pues desde ahí obtenía mi existir,
identificándome con la soledad y la depresión que la ausencia de mi misma
ocasionaba. Tenía muchos ratos de enfado, de enojo; me describían como
berrinchuda, enojona y voluntariosa; crecí aprendiendo esta forma de pedir. El
ciclo del abandono se inicia basado en la dependencia que procedía de un
entorno demasiado seguro y sobreprotector, lleno de amor, mimos y
atenciones que me cobijó desde mi nacimiento hasta mis ocho años; siempre
estaba presente esa necesidad de que alguien me cuidara, guiara, ayudara,
proveyera.
En mi segunda infancia, de los ocho a los quince años, me sentía muy
sola pues mis padres me dispensaban poca atención, seguimiento, cuidado y
ejemplo. La desconexión conmigo comenzó al abandonarme ante los
problemas existentes de mis padres y mis hermanos, ante las sensaciones y
emociones que aquellos me producían al pretender evadirlos, y la falta de
convivencia en casa durante mi formación. Todo esto me produjo una gran
ansiedad, una profunda soledad. No aprendí a ser reconocida ni a reconocer a
los demás; me desenvolví en un permanente estado de inseguridad, de evasión.
El ciclo cambió cuando mi entorno dejó de enfocarse en mí por las
circunstancias que he comentado y me vi enfrentada –aún estando con todos
ellos– a la inestabilidad de su convivencia y a la pérdida de su presencia.
Surgió un ambiente emocionalmente inestable en el que no había nadie de
forma permanente para atenderme y así fue cómo vivío este ciclo dentro del
171
vínculo familiar.
Cuando estaba con mis seres amados, me sentía unida al resto de la
humanidad, pero cuando la relación se perdió, me sentí vacía; necesitaba a los
demás para sentirme tranquila. Deseaba cuidados, amor y sentirme unida a
nivel emocional, aun a pesar del CAOS que existía en mi familia, que se había
desintegrado. El siguiente cambio vino con la separación de mis padres, y fue
entonces que dejó de existir la indiferencia, la violencia; el vínculo familiar
desapareció y, por ende, el respeto por este se desvaneció.
Hasta aquí dos polos opuestos: frio- calor, todo-nada, sobreprotecciónindiferencia.
IV. Análisis
¿Qué reacciones me acompañaban en mi vida hasta ese momento?
Disolución de identidad, enfoque en los demás, en lo que ellos anhelaban, en
lo que tenían otros, en sus expectativas: daba gran atención a lo que pensaban
y querían de mí, a lo que DEBÍA hacer; me conformaba con satisfacerlos; me
perdía en el total desconocimiento de mi misma, me evadía y me
desconectaba. Mi incapacidad para establecer relaciones con otros tenía su
origen en la relación que manteníamos en casa: soledad en la convivencia
diaria, soledad en la falta de reconocimiento, soledad en el cumplimiento de
las expectativas del otro.
Tengo la percepción de que el tiempo paso rápido bajo esas
circunstancias. La manifestación de mis sentimientos se fue disolviendo;
comencé a ocultarme creando una coraza corporal, satisfaciendo durante algún
tiempo mi ansiedad y mi angustia con la comida; posteriormente con el amor,
el sexo, mi entrega al otro con el deseo de que me tomara y poseyera
totalmente para hacerme suya por mi falta de conexión conmigo misma, con
mi falta de pertenencia.
La falta de esta conexión conmigo y mi falta de seguridad originaron la
debilidad de enraizamiento que asocio a esa debilidad en las piernas que sentí
por mucho tiempo, asociadas a problemas de circulación o problemas con el
azúcar. Recuerdo haber visto mutilado a mi abuelito y a mi tía y pensaba que
eso me pasaría. Pero lo que tenía mermada por entonces era la voluntad de
vivir: me dolía el alma y solo sobrevivía al depender de alguien o de algo. Esto
se correspondía con el no sentir asentamiento en mis pies, no soportarme sobre
ellos, y sentirlos acalambrados, entumidos. Me sentía inestable, viviendo una
vida insegura y descompensada, flotando sin conectar o conectando pocas
veces con la tierra, con la realidad. Esta última situación, mi cansancio mental,
mi pasado, me llevaron a un límite, y me abandoné, olvidándome de mí, de
mis ilusiones, de mis metas, de mis responsabilidades, culpándome,
flagelándome, y cayendo en una depresión y una desilusión muy grandes.
Mi ser mexicana, mi ser católica se arraigaron más en mí; me sentía
172
tiesa, acalambrada e inmóvil ante la vida. La veía pasar… Los resultados
comenzaban a verse en mi cuerpo, en mis continuos dolores de cabeza, de
estómago; calambres en las piernas, en los pies; taquicardias, pçerdida de
sueño, zumbidos: dolores de espalda, de riñones, problemas digestivos,
desánimo.
Pude ver la fuerza de los dos juicios poderosos bajo los que me regía
sin darme cuenta: el generar vida desde un acto de amor, de responsabilidad y
enfrentarme a la soledad instalada en mí por el sacrificio a cambio de mis
anhelos, mis sueños, mis esperanzas; y si el placer me orilló a estas decisiones,
el desconectarme de mi cuerpo, el dar total validez a que el sentir no lleva a
buenos resultados, a lo que marca la sociedad, la religión…me obligué a
volverme todo pensamiento y razón, a pensar que no pasa nada, que yo sola
saldría adelante, que es lo que me merecía, logrando así la desconexión y
frialdad con la que me moví por mucho tiempo.
Por la falta de límites en mi vida me he permitido ser invadida,
invalidada; me he sentido vulnerable, con una corta capacidad para mantener
vínculos amorosos. Bajo este clima emocional privilegié el mantener
relaciones afectivas adictas, dañinas, transitorias y superficiales más que
estables y equilibradas. Sufrí la pérdida de mi individualidad, de mi
privacidad, de la responsabilidad conmigo misma y mi forma de vivir la vida
se descompensço, incluso el sentido de trascendencia de esta.
La falta de enfoque en mí ha ocasionado en mi vida resultados
radicales y profundos. Este tiempo de reflexión acerca del tema del abandono,
me permitió encontrar que para mí es importante el reconocimiento de lo
logrado, lo que mi estructura me ha permitido, a pesar de los matices que pudo
tener mi historia; a pesar de mi mexicanismo y mi catolicismo, lo ganado ha
sido valioso. Este conocimiento ha sido factor para no apagarme totalmente;
me ha permitido también brillar y brindar mi luz en esa forma de ser y estar
para el otro, de fluir con él desprendiéndome de juicios e intereses.
Me había puesto en la posición del miedo, de cómo lograr no solo
mirar mi historia y reconocerla sino el poder actuar en ella para desde otra
postura lograr lo que me permitiría sentirme constituida en mí, en mi
seguridad,…en lo que tanta falta hacía y poco sentido le daba: CONFIAR EN
MI.
V. Resultados
La confianza en mí, la falta de límites, mi intimidad, mi evolución, mi
acompañamiento.
Crecer en un ambiente emocionalmente inestable en el que primaban
las ausencias paternales de forma permanente, sin mayores límites en casa, ni
para saber quién era yo en el excesivo contacto, y el abandono que vino
después, me generó una incapacidad para aprender los bordes, los límites, para
desarrollar el autocuidado, la autovaloración.
173
Esto que describo de no poner límites y del sufrimiento que trae, me
hace pensar en la falta de intimidad conmigo misma, como si hubiera una
tendencia a estar fuera de mí, aunque sea en el caos. Fue como seguir siendo
niña, como si no me hubiera acompañado en la evolución hacia ser adulta,
hacia mi madurez.
A lo largo de este aprendizaje he ido modificando las narrativas de mi
historia, contándomela de una forma diferente. Cuando encontré una pieza
clave, una luz rescaté de todas ellas: la importancia de la confianza en mí, en
mi capacidad de acompañarme, de tenerme, de valorarme, de mantener
vínculos, de generar posibilidades, de modificar los matices de mi estructura y
mantener el brillo de ella, construyendo un día a día con un nuevo enfoque de
responsabilidad, de disfrute, de pasión, evolucionando en mi reinvención, en el
acompañamiento de mis seres queridos, del amor, en el contacto de mi
persona, de mi ser. Sé que las acciones a seguir serán muchas, pero la directriz
va hacía el enfoque en mí, en mis resultados, en compartir este nuevo estilo y
enfoque de vida con mi entorno, permitiéndome acompañar y ser acompañada.
Hoy me cautiva la palabra “acompañamiento”; me inspira el saber que
teniéndome yo, enfocándome en mí, en la conexión con mi ser, puedo caminar
al lado de alguien, para compartir, dejando fuera los estados de tristeza,
desamor y negatividad, acrecentando mi autoestima en el propio
reconocimiento, dejando a un lado el miedo al haber mirado dentro de mí y
partiendo nuevamente al reencuentro de mis ilusiones, de mis ambiciones en el
conocimiento de quien SOY y en la esperanza de quien puedo llegar a SER.
Hoy quise compartirte mi historia, de alguna manera acompañarte
diciéndote que hay mil y un posibilidades de que la oscuridad no nos permita
ver, pero que vive en la explicación y motivo de tu luz, que las historias
pueden ser replanteadas para vivir de una manera distinta, para generar un
cambio en tu vida, para cobrar un sentido de vida que pueda acercarte a la paz,
a la alegría de vivir en ti y en el SER que puedes ser para otros.
Bibliografía
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Castilla del Pino, Carlos. Teoría de los sentimientos : Tusquets
Editores. 2000.
Echeverría, R. La empresa emergente. Buenos Aires: Granica, 2001.
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Noreste LTDA.
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Lowen, A. El gozo: la entrega al cuerpo y a los sentimientos. Buenos
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Maturana Humberto. La belleza de pensar. Santiago de Chile: Editorial
174
Anthropos, 1996.
Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. México D. F.: Fondo de
Cultura Económica, 1975.
175
El miedo
Luis Alberto Soto
I. La selección del tema
1. Primer intento
Cuando empecé este trabajo, mi primera aproximación al tema de
investigación fueron mis sombras. Vi este desafío como la oportunidad para
echarle luz a mis sombras. Para indagar y empezar a mirarlas de frente.
El tema, planteado así, me resultó inicialmente demasiado grande. No
sabía por dónde empezar, y durante un tiempo no fui capaz de escribir una sola
línea. De manera que, en algún momento del programa, decidí partir desde
otro lugar, y repasar un momento de inquietud y ansiedad que me tenía
tomado para indagar en él y ver hasta dónde me llevaba.
Esta inquietud no es nueva. Cada tanto tiempo aparece. Me toma. Se
instala en el trasfondo de lo que hago.
¿Qué contiene?
La sensación de preocupación por el futuro. Es una preocupación de
carácter económico. Tiene que ver con la necesidad de afianzar mi patrimonio
y de hacer crecer mi empresa. Cada tanto, cuando ocurren dificultades en ese
ámbito, surgen entonces la inquietud y la ansiedad. Aparece una sensación de
inseguridad, de impotencia, de pérdida de confianza en mí. Me siento
incompetente para hacer lo que estoy haciendo.
¿De dónde me asalta esa sensación de inseguridad en esos momentos?
Aparentemente, he puesto buena parte de mi sensación de seguridad en la
acumulación de un patrimonio. Cuando eso se volatiza, se erosiona la
confianza.
Por otro lado, cuando experimento dificultades con clientes, proyectos
que se estancan, propuestas que no prosperan, acuerdos que no se
materializan, entonces, me surge esta misma ansiedad e inquietud, vinculada
ahora a mi capacidad para generar flujos para vivir. Asoma, asimismo, la
sensación de incompetencia, ahora vinculada a que mis clientes no encuentren
valor en lo que hago, a no hacer las cosas bien.
Esta sensación me cansa y me empiezo a aburrir. Me dan ganas de
escapar. No sé dónde, solo pienso en correr y refugiarme.
2. Segundo intento
A partir de esta inquietud comienzo a observar las experiencias en que
surge esta ansiedad con mayor precisión.¿Cuándo ocurre? ¿Y cómo ocurre?
¿Qué me pasa a nivel emocional y corporal?
En el análisis de las experiencias concretas, surge la historia de un
176
proyecto de trabajo con el que me empecé a entusiasmar de a poco, y a
ilusionarme a medida que pasaba el tiempo, para descubrir al final que no
resultaría. ¿Qué es lo que me gustaba de esta posibilidad al inicio? La oferta de
que iría a liderar un proyecto en una empresa, con atribuciones para dirigirlo
de acuerdo a lo que yo creía era la mejor manera de hacer las cosas. Lo que me
entusiasmaba era entonces estar empoderado.
Una segunda experiencia tiene que ver con una conversación con un
cliente, larga y profunda, en la que fuimos desarrollando en conjunto la
posibilidad de un proyecto de transformación cultural, que desembocó en la
presentación de una propuesta. Propuesta que quedó en suspenso por poco más
de dos meses. Nuevamente me apareció la sensación de ansiedad, de
frustración. En la medida en que no se concretaba, me asaltaba otra vez la
inseguridad.
Volvía a preguntarme si realmente servía para esto, a la vez que me
cuestionaba si mi propuesta no sería demasiado innovadora, y el cliente juzgó
que no sabría cómo llevarla a cabo.
¿Pude ser que sintió miedo de embarcarse en un programa tan
ambicioso?, ¿que no logró confiar lo suficientemente en mí como para llevarlo
a cabo?, ¿no logré generar en él una confianza plena?
Una tercera experiencia tiene que ver con una oferta que no se concretó
debido a luchas de poder al interior de la empresa en la que trabajaba mi
cliente. Finalmente, él no obtuvo la aprobación para llevar adelante el
proyecto. De alguna manera, yo sabía anticipadamente que, dado el escenario
en que estaba presentando la propuesta, lo más probable sería que no diera
resultados positivos. Otra vez, la frustración, la ansiedad, la inquietud y la
inseguridad.
Esta situación de ser el chivo expiatorio de una pelea de poder interna,
nuevamente me dio rabia, me frustró. Sentí que perdía el tiempo y, mientras
tanto, no se hacía ninguna acción concreta en beneficio de la organización.
A partir de estas experiencias, me detengo a hacer una reflexión en ese
momento, y me doy cuenta de que en los tres casos se trata de proyectos de
transformación organizacional. Con esto quiero decir que son programas
complejos, que requieren mucho liderazgo, que no son fáciles de abordar y
que tienen alto riesgo.
Yo tengo mucha confianza en estos programas porque tengo casos de
éxito que mostrar. Sin embargo, quizá no estoy consolidando el vínculo de
confianza apropiado para que mis clientes se dejen guiar por mí a la hora de
ejecutar este tipo de programas. Efectivamente, ellos tienen que asumir un
riesgo, y puede que no vean en mí a alguien que los va a sostener cuando las
cosas no vayan tan bien.
Para mí en cambio, son estos proyectos los que me dan la sensación de
vitalidad, de trascendencia. Los que me apasionan. Respecto de ellos es que
quisiera empoderarme. Me aparece la necesidad de tener poder para
177
realizarlos, me brota el entusiasmo de hacer algo trascendente.
Entonces, me digo, el tema es el poder.
Todas las experiencias me gatillan la sensación de falta de poder. Las
ganas de estar a cargo del proceso. De hacerlo a mi manera. De hacer lo que
yo quiero, de innovar, de hacer algo que agregue valor, que vaya un poco más
allá de lo habitual.
Se me va el día en conversaciones preparatorias, en la formulación de
ofertas, de propuestas, pero poco en la acción. Sucede también que mis
clientes tampoco tienen poder suficiente para llevar adelante procesos
demasiado innovadores. O tienen miedo.
Me aburro. No tolero muy bien estos espacios en que no tengo nada
que hacer salvo esperar. Dejar que las cosas avancen. Me gusta la acción, estar
ahí. Arremangarme las mangas y hacerlo. Menos reflexión paralizante. Soy
feliz en la acción. Ahí está mi plenitud. Haciendo los talleres, produciendo las
conversaciones, armando los proyectos, dirigiendo.
En este rol de consultor siento que no avanzo mucho, que estoy
siempre ofreciendo lo mismo. Pero es que me cuesta energía movilizar a los
clientes para que lo hagan. El proceso de convencimiento, de seducción, se
lleva gran parte de mi energía. ¡¡¡Me canso!!!!
El tema es el poder. Cuando no lo tengo, me aburro. Más que
aburrirme, me desmotivo. Entonces aparece la fantasía. ¿Será que tengo que
cambiar de trabajo?
¿Quizá la pregunta sería por qué necesito hacer siempre algo que vaya
más allá, que desafíe el estado actual de las cosas, que logre resultados por
sobre lo normal?
¿Dónde aprendí que yo tenía que hacer algo excepcional siempre, qué
tenía que sobresalir de la media? Pareciera que pongo mi valor y mi
autoestima en el logro de objetivos fuera de lo normal, en ser excepcional, y
llegar cada vez más lejos.
¿Es el miedo? ¿El miedo a qué? ¿El viejo y heredado miedo a la
pobreza? ¿A que todo se desmorone así sin más, en cualquier momento? La
angustia, la ansiedad y el miedo de nuevo aquí conmigo. Paciencia.
3. Tercer y último intento
Vuelvo a leer estas líneas meses después y lo que me aparece como
emoción de trasfondo en todas las experiencias es el miedo. Releo las
experiencias y las preguntas y ahí está: agazapado, instalado corporalmente
entre el estómago y los pulmones, controlando el diafragma, cortándome la
respiración.
Está en mis hombros levantados y en el pecho encogido. Está en la
incertidumbre y en la angustia por el futuro. Está en la necesidad de controlar
todo lo que ocurre.
El tema no es el poder ni la autoexigencia ni la necesidad de sobresalir
178
o ser reconocido. El tema es el miedo. Todas las anteriores son estrategias que
he aprendido a desarrollar para lidiar con él.
Vuelvo a pensar en estas experiencias y en todas ellas veo la búsqueda
del poder como la necesidad de tener el control y así reducir los espacios de
incertidumbre.
Cuando no es la búsqueda del poder, es la búsqueda de la seguridad,
como en el caso del patrimonio, como un seguro para cuando todo vaya mal.
El miedo está en esta sensación permanente de que todo se puede
desmoronar en algún momento. De estar preparado para la fatalidad, de
anticiparme. Controlar los elementos y las fuerzas para que la fatalidad no se
produzca.
Veo el futuro como un espacio incierto y desconocido. Me acompaña
esta sensación de que todo puede salir mal, de que todos los logros y los éxitos
obtenidos en el pasado no son suficientes para asegurar el futuro.
Es el miedo el que también me impulsa a seducir, a encantar al mundo,
a mis clientes, a mostrarme inteligente, a sobreexigirme. Es el miedo el que
me impulsa a desarrollar estas máscaras para ocultarme de los demás, a
proteger un espacio de intimidad a sangre y fuego. A construirme una fortaleza
en torno al corazón. Es el miedo el origen de mis engaños sutiles y de mis
escapes.
II. El origen del miedo
Nací en un mundo de narrativas totalizadoras que hablaban de utopías
en las que cabía toda la vida. Utopías que le daban sentido a la historia, a la
lucha y a la vida. De cualquier forma, es una lucha que va a terminar mal. Nací
en un mundo que va a estallar en pedazos poco tiempo después.
Nací en un mundo de promesas que no se cumplieron. Nací además
con el cordón umbilical enrollado en mi cuello, asfixiándome. Nací luchando
para sobrevivir desde el primer segundo.
Nací en el seno de una familia de clase media profesional. Mi abuelo
paterno era agricultor y, aunque gozó de una vida desahogada, no era un gran
terrateniente. De talante conservador, sería abandonado por su mujer, quien
huyó con otro. Se quedó solo con mi padre, quien no volvió a ver a su madre
hasta veinte años después.
Puedo imaginar la tristeza infinita de ese niño, el desconsuelo, la
desesperanza y el miedo. Sobre todo el miedo de estar solo. El miedo de la
fragilidad y la desolación. Ese miedo que lo acompañará toda su vida, y a mí
junto con él, cuando ya no haya un cielo protector sobre nosotros.
Todas las nubes/ me anunciaban que tu llegarías/ cuando despertaba
para volverme/ hacia la ventana secreta de los sueños/ Pero tu debías
extraviarte/ los pájaros se comían las migas/que sembraba para señalarte el
camino.
Jorge Tellier
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El miedo por antonomasia en mi casa de la infancia fue el miedo a la
sobrevivencia, a la pobreza. El miedo a no ser lo suficientemente competentes
para ganarse la vida. La sensación de que todo lo que teníamos no era
suficiente para protegernos de las vicisitudes del futuro. Que cualquier día
todo se desmoronaría.
Luego estaba el miedo al rompimiento familiar, a que esta familia
estallara en una explosión de violencia a raíz de los conflictos de mis padres.
El miedo a estar solo en esa casa violenta, y tratar de mantener la
normalidad. Hacer como que todo estaba bien. Y no estaba bien. No estaba
nada bien. La violencia convertida en abuso sistemático, y en rabia y en
miedo.
Luego vinieron las vivencias de abandono reales o imaginarias, los
cambios constantes de ciudad, de colegio, de casa y de amigos, con las
consiguientes pérdidas sufridas.
El miedo a la tristeza, al desconsuelo, al dolor. El miedo a la muerte.
El miedo al fuego eterno, a Dios. El miedo a la condenación, el miedo
a la nada.
Los miedos de la adolescencia: el miedo a ser decepcionado, a no
pertenecer, al abandono, a no ser suficientemente adecuado, inteligente, bueno.
El miedo a que mi timidez y mi vergüenza no me permitan desarrollar
relaciones amorosas y de amistad verdaderas. El miedo a la soledad.
Los miedos de hoy: los miedos de hoy abarcan distintos ámbitos.
En el espacio emocional es el miedo a sufrir y de ahí el impulso a
disociarme del dolor. A escapar de la tristeza y quitarle peso a mis pesares. A
dar vuelta la página como gesto automático. A la búsqueda del placer. A huir
de mi propio miedo.
En este ámbito también está el miedo a la soledad y al abandono. A
amar sin ser correspondido.
En el ámbito de la conservación está el miedo al futuro y en mi caso, el
miedo a no poder ganarme la vida. ¿De qué voy a vivir? Es una pregunta que
me ha acompañado toda la vida incluso en los momentos en que me he ganado
la vida exitosamente. A veces tengo la sensación de que mientras más dinero
gano, más se acrecienta la inseguridad.
Y aquí están todos los miedos asociados al fracaso y a la falta de
reconocimiento. El miedo a la pérdida de reputación y de la imagen. El miedo
de que no me vean y que me dejen. El miedo a que nadie se pueda hacer cargo
de mí.
En un ámbito más existencial aparece el miedo a lo desconocido. Al
vacío, al infinito, al descontrol, a la locura. Aquí también pondría el miedo a la
libertad y a la falta de límites que me contengan, a la dispersión, a desaparecer.
El miedo a la muerte, a las pérdidas.
180
III. El edificio del miedo
El miedo construyó un edificio en este cuerpo alerta que se muestra
contraído en los hombros y con los ojos siempre abiertos. Un cuerpo que
apenas respira, con inspiraciones cortas y sostenidas. Un cuerpo que se
mantiene en actividad constante, que no descansa, que no se entrega, que no se
deja tocar.
Un cuerpo amurallado, refugiado en una fortaleza inexpugnable.
Corazón coraza. Pero paradójicamente, un cuerpo que apenas tiene peso, que
apenas pisa la tierra, que vive en el aire y en la cabeza, en la racionalidad
aguzada como gran recurso de protección. Un cuerpo que no se deja ser
vulnerable, pero que no es un cuerpo fuerte en sí mismo, sino un cuerpo
huidizo, un cuerpo que es solo la estela arrastrada por la cabeza.
A nivel de la estructura emocional hay un niño que decide hacerse
fuerte. Que para sobrevivir se desapega emocionalmente para evadir el dolor,
para evitar el derrumbe de sus ilusiones, para hacerse fuerte en este desierto de
nutrición y de ternura, para hacerse fuerte con la fuerza que le da la desilusión.
Un niño que decide que no va a llorar y no lo hará durante los
próximos treinta años. Porque el llanto no le sirve para la lucha que tiene que
emprender. contra el mundo, contra las circunstancias que le tocó vivir.
Transformarse a sí mismo para transformar el mundo. Esa es la consigna. Pero
para ello tiene que constantemente estar sobreponiéndose al miedo. Al miedo
de estar solo, de no ser visto, de no existir, a la angustia de ser nada, vacío.
A partir de ahí me oculto. Me escondo. Me aíslo allí donde no puedan
encontrarme. Me oculto ahí donde no quiero que me molesten. Me escondo
para tomar aire. Cuando no quiero dar explicaciones, me oculto para tomar
distancia. Me separo.
Me oculto detrás de un baile de máscaras.
El disfraz, la distancia, la máscara, me permiten tener el control. Yo
decido a quien me muestro. Yo decido qué dejo entrar y qué no en la esfera de
mi intimidad.
Mis máscaras favoritas: la del seductor, la del canchero, la del
inteligente, la del que está más allá del bien y del mal, la del que está seguro
de sí mismo, la del que no tiene miedo, la del que no le duele nada.
“Y si quieren saber de mi pasado/ es preciso que decir otra mentira/ les
diré que llegué/ de un mundo raro/que no sé del dolor, que triunfé en el amor/
y que nunca he llorado”
José Alfredo Jiménez
Me oculté hace muchos años de una parte de mi infancia violenta y
cruel. Me oculté del dolor y del sufrimiento. Me escondí debajo de las sábanas
para no escuchar las agresiones mutuas de mi papá y mi mamá. Me escondí
debajo de la almohada para no oír los golpes y el llanto de mi mamá. Los
181
gritos.
Me aislé para no escuchar mi propio llanto, mi propio dolor, para dejar
de sentir mis propios golpes. Me oculté para anestesiarme.
En el camino me fui desapegando de todas las emociones. Me fui
haciendo fuerte y soldando una armadura indestructible. Aprendí a no perder
el control. Aprendí a no llorar hasta cuando quise llorar y no pude.
Aprendí a vivir la vida por la orilla, aprendí a observar más que
involucrarme, aprendí a no comprometerme mucho, aprendí a amar con
desapego. Aprendí a no dejar que me tocaran el corazón.
Aprendí a aparentar y a mentir con naturalidad, con gracia. A engañar
y engañarme con talento y maestría. A no hablar de mí. A no hablar de lo que
me pasa. A no hablar.
Aprendí a seducir al mundo, para que el mundo hiciera lo que yo
quería. Aprendí a ser encantador si era necesario. Como no podía confiar en
los demás, aprendí a controlar el mundo a través de la seducción como una
manera de hacer que el mundo hiciera lo que yo quería y al mismo tiempo
conservar la distancia. Aprendí a no profundizar en los vínculos.
Aprendí a no exponerme, a cuidarme. Me hice fuerte y cultivé una
máscara de invulnerable. Aprendí la ironía y la mordacidad. Aprendí a cuidar
de mí mismo, a andar solo en la vida, a hacerme a mí mismo.
Y ahora me vuelvo hacia adentro para descubrir que en el interior de la
armadura todavía vive el niño asustado que yo fui. Tiembla. Se siente
desamparado.
“Eres un niño muy inteligente”, dicen mi madre y mi abuela. Lo sé,
piensa él. Pero se puede ser muy inteligente y a la vez muy frágil. Se puede ser
muy inteligente y tenerle terror al abismo.
IV. Otras voces: y este miedo, ¿se parece a otros?
Le pregunto a mi amigo Raúl, quien alguna vez fui mi coach, sobre
cuáles son sus miedos, Aquí sus respuestas:
Al menoscabo de mi identidad, miedo a traer un pasado que quisiera
mantener oculto o con bajo perfil. Hay hechos del pasado que afectaron
duramente mi reputación. Hoy están semiolvidados y me da miedo cada vez
que alguien menciona cualquier cosa que se vincule a esos hechos.
Al menoscabo de mi estima, en la medida que baso mi autoestima en lo
que sé, en lo que he estudiado y no en mi capacidad de acción. Desde ahí no sé
decir no sé, y eso ocurre en forma diferentel en diversos campos.
Miedo al futuro, especialmente en el campo económico, y desde ahí no
paro de acumular.
Miedo a que no me quieran, y tiendo a comprar afectos, a generar
dependencias, apegos.
Miedo al dolor y a exponerme a situaciones donde haya dolor, incluso
182
aminoro la capacidad de mi cuerpo para expresarlo.
Miedo al sufrimiento; al igual que con el dolor, tiendo a evitarlo.
Miedo al fracaso. Me cuesta aceptar que el fracaso es una posibilidad
en cualquier iniciativa, además de una vía de aprendizaje.
Temor a equivocarme. Mi autoestima se basa en saber todo y de todo;
si me equivoco, tengo una buena explicación que muestra que no soy el
culpable del error.
Miedo al rechazo. No pido para que no me digan que no; no reclamo,
paso desapercibido, acepto situaciones en que mi dignidad sufre.
Miedo al ridículo. El miedo al juicio desfavorable de los demás me
lleva a actuar lo más posible dentro de las normas socialmente aceptadas del
grupo, aunque vayan contra mis valores y mis ganas de aparecer. No hago
nada distinto ni nada en que pueda fracasar.
Una amiga, Alejandra, me reporta lo siguiente: Yo veo mis miedos
como lagunas de información creadas por mi mente. Elucubraciones que ella
hace sobre lo que me sucederá. Son mis ganas de poder prever el futuro
incierto. Es mi incapacidad para entregarme a la incertidumbre. Es el susto que
me da SER LIBRE. Es la envidia que les tengo a los animales que vienen al
mundo con un instructivo genético sobre cómo vivir y lo que tienen que hacer
para sobrevivir. El miedo es también mi aliado fiel, me acompaña para
recordarme que yo SÍ puedo elegir lo que deseo, que puedo hacer cosas que
me muevan de lugar y me permitan ser más feliz, aunque mi libertad para
elegir a veces me estorbe.
Un coachee me relata lo siguiente: En mi nuevo trabajo tengo mucho
miedo. Hasta hace poco tiempo yo era profesor en un colegio y me iba súper
bien porque tenía autonomía, podía desarrollar mi creatividad en un contexto
en el que hacía lo que quería. Ahora en cambio, esta organización es súper
vertical, no tengo autonomía, y estoy aterrado de hacerlo mal, de equivocarme
y que al final me echen, y no quiero, porque este trabajo es un regalo.
Estoy con mucho miedo porque se cruzan aquí cosas personales. Lo
que pasa es que yo soy homosexual y la razón por la cual salí del colegio es
que me investigaron y me echaron por esa razón. Ahí se me vino el mundo
encima. Y lo pasé muy mal, y estuve mucho tiempo buscando trabajo y no
conseguía, y al final me doy cuenta de que ser homosexual y dedicarse a la
educación son dos cosas que no van de la mano. Estuve un año sin trabajar, y
hace algunos meses apareció la posibilidad del teatro, y siento que es una
oportunidad que no me puedo farrear porque si no, no sé que voy a hacer, y
por lo tanto tengo muchísimo miedo de hacerlo mal. Y estoy con terror.
Paralizado.
No sé qué hacer. Trato de no romper ninguna regla, de hacer todo con
extremo cuidado. Tengo miedo de que si me despiden de aquí, no voy a ser
capaz de encontrar otro trabajo. Pero al mismo tiempo estoy asfixiado. Siento
que he perdido completamente mi autonomía.
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V. Algunas lecturas
Tengo frío. Estoy temblando. Me transpiran las manos. Respiro
irregularmente por la boca abierta, siento el cuerpo todo tenso. Busco la
retirada, los ojos desorbitados, siento miedo.
(Susana Bloch)
1. Humberto Maturana
El conjunto de signos corporales no es el miedo, son la señal de que
hemos entrado en un dominio relacional con nosotros mismos, con los otros, y
con el mundo en general. Este dominio relacional implica un modo de
moverse, de oír, de reaccionar y responder particular. En el caso del miedo,
paralizarse, huir, pedir ayuda, pelear…
En el miedo me retiro, me escondo, cualquiera sea la situación en que
me encuentre; reacciono fácilmente como si fuera atacado y escapo; me
achico; me disminuyo; si puedo, me desplazo hacia donde no sea visto;
reacciono la mayoría de las veces con la atención puesta en un supuesto
peligro y con ceguera de mi entorno; mi lógica argumentativa es impecable,
pero los fundamentos de mis argumentos están asociados a la desconfianza.
2. Susana Bloch
Los estados emocionales que para mí se engloban bajo el concepto de
miedo son el temor, la ansiedad, la angustia, el pánico, el terror.
Todos estos estados tienen similares activaciones orgánicas y
expresivas. Las personas ansiosas tienden a reaccionar con miedo frente a la
más mínima causa. Viven atemorizadas.
La ansiedad o angustia sería un miedo a situaciones abstractas, sin una
causa clara, mientras que el miedo es reactivo a una situación particular.
3. Sue Breton
El miedo es una emoción que reconocemos a través de una serie de
cambios fisiológicos relacionados con el sistema nervioso autónomo y el
endocrino. Su sentido básico es el de protección ante estímulos peligrosos,
pero el ser humano, por su forma de vida, saca de contexto el carácter innato
del miedo y lo versiona en estados similares sin esa función protectora.
En los seres humanos, podemos decir, “que abusamos del miedo, pues
hay comportamientos cuyas reacciones fisiológicas son muy parecidas, que
están muy lejos de cumplir con la función de protección”.
Citando a la misma autora, las diferencias entre, miedo, ansiedad,
estrés y preocupación son:
184
miedo: reacción de supervivencia del cuerpo ante una amenaza
inmediata
ansiedad: reacción del organismo, a nivel cuerpo y mente, ante una
amenaza, menos inmediata a la que la persona puede poner fin.
estrés: reacción continuada del organismo, ante una amenaza que sigue
sin resolverse.
preocupación: igual a la ansiedad, pero el organismo no ejerce ninguna
influencia, sobre ello.
4. Alexander Lowen
El miedo es una emoción paralizante.
El niño que teme a sus padres no tiene escapatoria. No tienen adónde
huir. Para superar su estado de parálisis tiene que negar y suprimir el temor.
El miedo se encuentra en el cuerpo. Todo músculo con una tensión
crónica se encuentra en estado de temor, pero este se ve con más claridad en
las mandíbulas apretadas, en los hombros levantados, en los ojos bien abiertos
y en la rigidez general del cuerpo.
Todos sentimos un temor consciente o inconsciente a soltar el control
del ego y entregarse al cuerpo, al self, a la vida. Este temor tiene dos aspectos:
uno es el temor a la demencia y el otro es el temor a la muerte.El temor a la
demencia se origina cuando tenemos una conciencia subliminal de que
demasiados sentimientos podrían desbordar el ego y traer como consecuencia
la locura. El temor a la muerte se originaría, siguiendo a Lowen, en las
rupturas de la conexión con el amor incondicional, o la amenaza de esa
ruptura, que produce un shock en el organismo, y que tiene un efecto
paralizador sobre el funcionamiento básico del cuerpo.
VI. Reflexiones sobre el miedo
La primera reflexión es que, como es evidente, existen varios tipos de
miedo. Yo identificaría un primer ámbito, que es el miedo como una emoción
básica frente al peligro. Es la emoción que nos toma frente a un peligro real e
inminente, frente a un evento puntual. Un miedo que es, por así decirlo,
natural, en el sentido de que lo compartimos con otras especies vivas
complejas. Esta emoción nos gatilla una respuesta fisiológica inmediata, y nos
paraliza y nos prepara para la reacción: huir, pelear o congelarse.
Luego está el miedo más indeterminado frente a sucesos más
abstractos e indefinidos. Lo que algunos autores señalan como temor, ansiedad
o angustia. Aquí el objeto del miedo es más difuso y el mismo miedo está más
instalado como un estado de ánimo, o como una estructura corporal, siguiendo
a Lowen. Este es un miedo propiamente humano, en el sentido que es un
miedo que anticipa y calcula, espera y argumenta.
185
Desde otro punto de vista, estos miedos indeterminados, abstractos, los
clasificaría en dos clases: el miedo a la muerte y el miedo a la vida.
Tengo la idea de que nuestros miedos se originan a partir de la
experiencia de dos eventos inevitables para los seres humanos: la muerte y el
sufrimiento. En la muerte comprendería la muerte propiamente tal, pero
también la locura. En tanto que creo que en ambos, lo que se teme es
finalmente la pérdida de nuestra individualidad, del ego o el self que somos.
En la muerte, porque el ser que somos desaparece en la nada si es que no se
cree en la inmortalidad. Es este individuo que hemos construido con su
persona y sus máscaras, este ego el que se disuelve. Pero algo parecido ocurre
en la locura: aquí no desaparecemos, pero nuestra individualidad se disuelve,
se desborda. De alguna manera nos perdemos para nosotros mismos en tanto el
ser que éramos. En la locura seremos otro, distinto del que hemos sido y de
alguna manera el que hemos sido también desaparece.
En la misma línea está el miedo a perder el control, que en la fantasía
extrema nos llevaría a la locura. El miedo a lo desconocido se traduce en ser
conducidos a un lugar en el que no sabemos quiénes somos. Aquí también
incluiría a nuestros miedos más infantiles a la oscuridad, los monstruos y
espectros de toda clase que amenazan mi vida.
Aun más atenuado, pero dentro de la misma esfera situaría el miedo al
menoscabo de la identidad. A que la identidad que yo quiero proyectar se vea
afectada y en consecuencia, el mundo no me reconozca como el que creo y
quiero ser, sino como otro. De alguna manera aquí también hay una pérdida a
de mi individualidad, del ego que me he construido para operar en el mundo.
Cuando se menoscaba, hay una muerte, aunque sea la muerte de la fantasía de
mí en la que me cobijo.
Como dije, por miedo a la vida me refiero al miedo a sufrir. Al dolor.
Y quizás el mayor de todos es el miedo al rechazo, a no ser querido ni
aceptado. El miedo a no ser cuidado ni sostenido, el miedo al abandono y a la
soledad. El miedo al destierro, a ser un extraño entre extraños. El miedo a la
pérdida del amor de los seres queridos. El miedo a sufrir cuando ellos sufren, a
la separación de los padres. El miedo al menoscabo de la autoestima y a
equivocarme, a no ser capaz, al fracaso, al futuro económico, a la pobreza, a
sufrir privaciones, a no poder conservar lo que se tiene.
El miedo a ser comparado, evaluado y no dar la talla. O el miedo a ser
expropiado de lo que se tiene, el miedo a ser robado o estafado. El miedo a la
pérdida material, a la incertidumbre y a lo imprevisible del futuro.
Este miedo propiamente humano pareciera consistir en un movimiento.
El que va de la certidumbre a la incertidumbre. En este momento, escribiendo
este texto no siento miedo, nada me amenaza, no está sucediendo nada grave y
nadie me quita nada. Pero más allá del momento actual, hay una capa profunda
de mi mente que, consciente o inconscientemente, piensa en lo que podría
ocurrirme en el futuro. Esa mente alerta me dice: “¡Ojo!, prepárate para el
186
futuro. No te confíes. No vaya a ser que…”
El miedo es entonces anticipación y cálculo, ansiedad y necesidad de
control. Es estrategia de evitación, y es esa anticipación de lo que todavía no
ha ocurrido la que nos trastorna el ánimo y nos desvía y nos envenena los
pasos.
Y es esa desconfianza la que nos sugiere callar. Todo lo que usted diga
puede ser usado en su contra. Por eso tengo derecho a guardar silencio. Para
salvarme de mí. De lo que puedo decir y pueda ser malinterpretado y usado en
mi contra, para perderme, para mi propia incriminación y condena.
Callar se nos aparece entonces como lo más prudente para salvarnos,
aun si nos sabemos y somos culpables. Callar, esa gran aspiración que nunca
cumplimos. Calla, muérdete la lengua, no digas nada y sálvate.
Es esa anticipación la que me aísla y me construye en soledad. Es la
anticipación de la pérdida, de la ruptura en el amor la que me previene, cuida
el corazón, me dice con voz callada: “No te entregues tanto, cuidado”. El
temor a lo inevitable de que el otro me defraude, me hiera, no me vea, me
impulsa a construir este corazón coraza, que no se entrega, que no descansa; y
si lo hace, no lo hace nunca del todo, y es ese temor a la soledad lo que nos
construye y mantiene en soledad. De lo que resultaría como hipótesis que el
único antídoto contra el miedo a la soledad sería entregarse con el corazón
abierto una y otra vez, amar y establecer una relación amorosa con los demás y
con el mundo en general; y disolver el hielo, y dejar que el calor descongele
esa coraza y confiar, a pesar de las rupturas y las vacilaciones; confiar en que
habrá ahí otro para cuidarnos y sostenernos cuando sea necesario, porque mi
amor ha construido un nido, o un árbol, o un prado en el que me puedo cobijar
y descansar por fin de esta fiebre de anticipar y calcular el futuro.
VII. El perfil unitario del miedo
Qué aspectos veo como generales a todos nosotros en el miedo.
Primero, una respuesta fisiológica: cuerpo alerta, tenso, contraído en los
hombros. Con los ojos siempre abiertos. Un cuerpo que apenas respira, en
inspiraciones cortas y sostenidas. Un cuerpo que se paraliza y luego se contrae
para huir u ocultarse, o bien se expande para agredir y luchar.
En el largo plazo, esa respuesta fisiológica se instala en un cuerpo
amurallado, refugiado en una fortaleza inexpugnable. Un cuerpo que no se
deja ser vulnerable, que se mantiene en actividad constante, que no descansa,
que no se entrega. Que no se deja tocar. Siempre alerta. Siempre despierto.
En segundo lugar, diría que el miedo nos impulsa a tres tipos de
acciones o patrones de actuación en el mundo:
Parálisis: no hacer, no moverse, no dar el paso sin antes exigir todo
tipo de seguridades. No tomar riesgos sin garantías.
Huida: evadir determinadas situaciones, no exponerse, ocultarse, callar,
187
pasar desapercibido, desaparecer.
Lucha: pelear, agredir, competir, ganar, desarrollar estrategias para
anticiparse, protegerse, fortalecerse, amurallarse.
Tercero, creo que el miedo vive en el futuro. En la medida que es
siempre anticipación de algo que puede ocurrir, pero todavía no ocurre. El
miedo está gatillado por un pensamiento sobre el futuro, e incluso cuando es
gatillado por un hecho, son las consecuencias reales o imaginadas de ese
hecho las que nos generan temor. No el hecho en sí.
Por eso el miedo es anticipación y cálculo, y preparación y prevención
y control. Por eso no nos permite descansar, porque hay algo que hacer o dejar
de hacer para evitar esas consecuencias, para aplazarlas, para amortiguarlas,
para en lo posible lograr que no se produzcan. Necesitamos desesperadamente
pensar en todas las variables y evaluar cómo las podemos controlar.
Desesperadamente, porque no podemos esperar. Hay que actuar. Esperar no
nos sirve. Necesitamos estar preparados.
Cuarto, el miedo nos mantiene alertas, tensos, con los ojos abiertos.
Desde ahí que las probabilidades de experimentar el gozo, la libertad y/o el
amor pleno disminuyen dramáticamente, cuando no desaparecen. No hay
entrega posible ni confianza ni alegría.
De ahí que el miedo es, como dice Maturana, una pauta relacional con
el mundo. Es una manera de relacionarnos con nosotros mismos, con los
demás y con la vida en general, que nos impulsa a separarnos; a mantener una
distancia; a no comprometernos; a acumular; a asegurarnos; a racionalizar; a
competir; a luchar y compararnos; a conquistar un lugar, una posición; a hacer
cosas para que nos quieran; a no desafiar los límites para ser aceptados; a
aguantar y no reaccionar; a no ser auténticos y renunciar a gritar y a afirmar lo
que realmente queremos y vivir nuestra propia vida.
Quinto, el miedo nos confunde porque nos aísla, nuestra capacidad de
pensar se debilita en la medida que el pensar es siempre más rico con otros. El
miedo nos impulsa al conflicto; en la medida que no nos atrevemos a salirnos
de nuestros patrones de pensamiento, tendemos a autoafirmarnos frente a los
demás y a no ver otras posibilidades, a desconfiar de ellas. Queremos estar
seguros de nosotros mismos y para ello afirmamos nuestras creencias, nuestros
patrones y nuestros dogmas.
Por último, en términos de las relaciones que establecemos con el
miedo, diría que, en general, tratamos de evitar enfrentarnos a nuestro miedo,
escaparnos de él, librarnos de él. Tratamos de vencerlo, de reprimirlo, de
disciplinarlo, controlarlo o traducirlo a los términos de otra cosa. Mi impresión
es que nada de eso nos libera. Por el contrario, al evitar mirarlo directamente a
los ojos, el miedo se agranda y se instala de una manera real y palpable.
VIII. Mis aprendizajes
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Si yo tuviera que resumir los aprendizajes hechos durante el programa,
y que se concretan en este trabajo de investigación, los resumiría en uno solo:
haberme liberado de buena parte de estos miedos que relato aquí. Hoy día
siento que le he ganado un gran terreno al miedo, y que puedo abrirme a vivir
con mayor libertad, confianza y entrega a los demás.
Hoy estoy en una etapa de rediseñar mi vida en todos los ámbitos.
Particularmente, en el ámbito laboral he tomado la decisión de tener un año
semisabático, de manera de tener tiempo para explorar, descubrir e inventar
nuevas maneras de hacer lo que hago. He decidido limitar mi jornada de
trabajo a no más de seis horas diarias, y elegir los proyectos en los que me
involucro personalmente y los que delego en mi equipo.
He decidido hacerme un tiempo para mí, para aprender, para estudiar, y
si eso significa limitar mi capacidad de ingreso transitoriamente también lo
acepto.
En el ámbito más personal he empezado a hablar más de mí. A dejar de
ocultarme, a mostrarme con mis miedos, mis sombras, mis debilidades y no a
partir de mis fortalezas.
Le estoy dando un espacio a la vulnerabilidad y a exponerme, de
manera de conectarme más intensa y auténticamente con la vida.
Si reflexiono respecto de lo que me ha traído hasta aquí, tiene que ver
con dejar de reprimir mi propio miedo y observarlo sin escaparme de él, sin
justificaciones, condenas o represiones; observarlo como fenómeno, tal cual
es. Pero además de observarlo, creo que el proceso ha pasado por reconocerlo.
Tengo miedo. Tengo miedos. Reconocerlo, aceptarlo, dejar de pelear con él,
dejar de oponerle la valentía y la audacia. Dejar de desafiarlo. Reconocerlo,
aceptarlo, acogerlo.
Creo que el proceso de este trabajo no se hubiera completado si no
hubiera compartido mis miedos con el mundo. Si no les hubiera contado a los
demás que tengo miedo, mucho miedo. Creo que el hecho de pararme delante
de la sala y declarar simplemente eso, ha producido un efecto sanador y
terapéutico.
A partir de ahí lo siento disminuido. Ya no tiene el poder que tenía. En
realidad, a partir de la declaración, sin juicios, sin necesidad de sostener una
imagen de valentía, es que siento una gran libertad. A partir del momento que
exhibo mi vulnerabilidad, mis debilidades y mis sombras, siento que puedo
descansar y confiar, y me puedo dejar sostener.
De vez en cuando, el miedo me asalta, pero ahora sé que lo único que
puedo hacer es sonreírle.
189
La confianza en mí misma
Marcela Pastirik
Introducción
El tema que elegí para investigar nació desde la inquietud de haber
detectado en varias ocasiones la falta de confianza en mí misma, carencia que
me posiciona en un punto de inacción, al no animarme a hacer cosas por
miedo al fracaso o al ridículo, o por considerarme en una posición inferior a
los demás. Por lo compartido con otras personas, esto no es exclusivo de mí,
sino que esta situación es común a otros seres humanos.
En el dominio personal, algo que percibo bastante frecuentemente es la
falta de confianza en mí como mujer. Tengo el juicio de que no soy atractiva y
eso hace que no haga nada para conquistar a un hombre que me guste. Cuando
he conquistado a un hombre, lo he hecho sin darme cuenta, y siempre el juicio
de “no ser atractiva” me hace sentir que cualquier otra mujer tiene más
posibilidades que yo.
Ahora lo puedo observar y también escuchar mi conversación privada
al instante y como sé que es un juicio, trato de fundamentar el juicio contrario,
basándome en afirmaciones de hombres que me han dicho lo atractiva que soy
y logro seguir adelante. Sin embargo, es algo que siempre me ha perseguido y
hace que cambie mi comportamiento espontáneo –que es el que resulta
atractivo–, o que me coloque en estado invisible ante alguien que me atrae,
dando por supuesto que no le voy a gustar y dejando de explorar las
posibilidades. Aunque acepto los halagos de amigos hombres y de algunos
hombres con los cuales he tenido alguna relación, siento que es como un
fantasma, siempre me persigue…
En el dominio de lo laboral, siento también que a veces no me animo a
plantear algunos temas por esta falta de confianza en mí misma. Me considero
una persona muy paciente. A veces me pongo a pensar si realmente mi
paciencia es la que hace que espere que las cosas se resuelvan de la mejor
manera o que los demás hagan lo que supongo que deben hacer, o si es falta de
confianza en mí para poder plantear los temas en forma diferente.
Eso es algo que me ha dado vueltas por la cabeza en los últimos
tiempos porque muchas veces siento mucha bronca cuando las cosas no
suceden, especialmente cuando los demás no cumplen compromisos asumidos.
Siento que me lleno de rabia cuando reacciono y empiezo a escalar las cosas
de otra manera. Y hoy quiero preguntarme si esto no tiene que ver con falta de
confianza en mí para plantarme desde otro lugar a la hora de reclamar algo.
Entre estos dos dominios que planteo, el que más me inquieta hoy es el
de la pareja, el no tener una pareja y el no sentir la confianza en mí para poder
hacerlo. En el ámbito laboral pienso que lo puedo manejar y que cumplo con
mis objetivos, a pesar de que me genera molestia o rabia en algunos
190
momentos, pero no tiro la toalla de la forma como a veces me pasa en el
ámbito personal.
No sé qué sucedería en un emprendimiento personal, cosa que tengo
ganas de hacer, pero no estoy avanzando todavía, pero me gustaría explorar
cuánto tiene que ver la confianza en este no avance. Atrás de esa falta de
confianza surge el miedo al fracaso, a equivocarme.
Quiero que mi investigación sea inspiradora para todos aquellos que
sientan que este tema también es importante en sus vidas y que puedan
descubrir y aprender algo nuevo al leer este trabajo, que los ayude a
reflexionar y, por sobre todo, que puedan entregarse a sus sueños y
experimentar lo que quieran sin frenarse por esa falta de confianza en ellos
mismos.
Desde la mirada ontológica, me abro a reflexionar viendo a otros y
viéndome a mí. Me pregunto: ¿qué me pasa a mí con la confianza?, ¿qué le
pasa a otras personas con la confianza? Observaría nuestras vidas con otros
ojos, para abrirnos al aprendizaje y la transformación. Miraría otras
experiencias, las cuestionaría, cuestionaría las mías, profundizaría quitando
capas y cuestionaría mis interpretaciones. Nada sería determinado y esto
abriría muchas posibilidades. La acción genera ser, y el armar la obra de arte
de nuestras vidas está en nuestras manos.
De este modo, tal como lo he planteado, estaría cerca de cumplir con el
objetivo de mi investigación: que inspire a descubrir y aprender algo nuevo,
ayudar a reflexionar, tener otra mirada que posibilite y facilite la entrega a los
sueños. Tener la posibilidad de vivir la vida de una mejor manera. Pararnos de
una forma diferente.
Desde la mirada ontológica las peguntas de las que deseo hacerme
cargo a través de mi proyecto de investigación son:
¿En qué situaciones detecto falta de confianza en mí misma y/o en
otras personas?
¿En qué dominios?
¿Tiene que ver con el uso del lenguaje?
¿Tiene que ver con el cuerpo?
¿Tiene que ver con las emociones?
¿Qué juicios aparecen en esas situaciones?
¿Con qué frecuencia pasa? ¿Con quiénes me sucede?
¿Qué precio pagamos o que perdemos cuando sentimos falta de
confianza?
¿Cómo reaccionamos cuando detecto que alguien siente falta de
confianza?
¿Cómo me doy cuenta de que siento falta de confianza?
¿Qué miedos siento cuando me invade la falta de confianza? ¿Qué
hago para para superarlos?
¿Desde cuándo, desde qué momento de mi vida siento esa falta de
191
confianza?
¿En qué situaciones recuerdo en que me haya pasado?
¿Me pasaba de niña? ¿En el colegio?¿Con mis amigos? ¿Con mis
padres?
¿Qué sentí en ese momento?
¿Existen experiencias en las cuales sucede lo contrario, es decir, en que
siento confianza en mí misma? ¿Cuáles?
¿En qué dominios?
¿Con qué frecuencia?
¿Qué emociones reconozco cuando esto sucede?
¿Confío en los demás?
¿Me sucede seguido o es infrecuente sentir esta falta de confianza?
¿Proyecto esa falta de confianza en mis padres, en mis amigos, en mis
pares, en mis colegas?
¿Qué me sucede cuando alguien en el cual confío me defrauda?
¿Qué siento?
¿Cómo reacciono?
¿Perdono? ¿En qué ocasiones perdono?
¿Hay ocasiones en las cuales no perdono? ¿Cuáles?
Una vez que se quiebra la confianza, ¿vuelvo a confiar? ¿Me cuesta o
me resulta fácil?
¿Siento que soy una persona confiable?
¿En qué dominios? ¿En el trabajo? ¿Con mis amigos?¿Con mi familia?
Estas preguntas, además de planteármelas a mí misma, las he
compartido con algunas personas para que me contaran algunas experiencias
de su vida, las cuales me permitieron armar un perfil unitario atingente a mi
tema de investigación.
Al analizar qué tipo de acto lingüístico es mi tema de investigación,
considero que LA CONFIANZA EN MÍ MISMA es una declaración, porque
genero mundos totalmente diferentes cuando confío en mí o no confío en mí.
I. Inventario de experiencias
1. Confianza en uno mismo
Primera experiencia en la escuela primaria, yo tendría unos once o
doce años, en los actos que se organizaban para conmemorar las festividades
patrias, se realizaban distintas actuaciones. Recuerdo que en una ocasión, la
maestra organizó una obra de teatro y no recuerdo bien si eligió a los actores y
actrices pero, lo que sí recuerdo bien es que cuando nos comentó de la obra, yo
quería ser la protagonista de ella y finalmente conseguí el papel. Ensayamos,
preparamos la obra y salí al escenario orgullosa. Sentía nervios antes de salir a
escena, pero en ningún momento quise evadirme de la situación por miedo a
192
fracasar o no hacerlo bien, o hacer el ridículo. Sentí plena confianza que podía
hacerlo y después de esa vez, participé en otros más que se organizaron.
Segunda experiencia: cuando me fui a vivir sola y compré el
departamento. En ese momento, tenía unos 29 años y me decidí a ir a vivir
sola y comprarme un departamento. No contaba con todo el dinero, por lo que
le pedí plata prestada a mi papá, sin dejar de confiar en que se la iba a devolver
y que podía ir a vivir sola sin problemas. De hecho, lo hice y no tuve
inconvenientes. No sentí miedo. ¡Qué maravillosa experiencia!
Tercera experiencia: en el 2003, me propusieron ir a vivir a México
para ayudar a desarrollar una sucursal allá de mi empresa. En ese momento, lo
pensé y me decidí a ir, sin saber qué iba a hacer y cómo me iba a sentir
estando afuera, pero el desafío me atrajo y fui confiada en que me todo
resultaría bien. Pensé en que si así no sucedía, me volvía y también me iba a ir
bien. Fui a México, hice trabajos dentro de la empresa que implicaron desafíos
grandes para mí y nunca dudé de que era capaz de hacerlos.
Cuarta experiencia: cuando he tenido que dar un discurso o ser
anfitriona de un evento en el trabajo, no he tenido problemas en pasar a hacer
mi presentación o dirigir el evento delante de 400 personas en español y
también en portugués (acepté irme a Brasil en 2008 para hacerme cargo del
área de Recursos Humanos, confiada en que me iba a ir bien).
Experiencias de otros
Primera experiencia: cuando una amiga mía tenía ocho años, le
quitaron las rueditas que sostenían su bicicleta para que comenzara a andar
haciendo equilibrio. Ella se sintió confiada que lo podía hacer y pudo andar
sola sin las ruedas, confiando y disfrutando sin necesitar ese sostén.
Segunda experiencia: un amigo mío, en la universidad, estudió mucho
para un examen final de Contabilidad, en el que necesitaba sacar un 7. Si
lograba, podía irse de vacaciones. Al leer el enunciado del examen, y después
de haberlo hecho y vuelto a hacer, se dio cuenta de que el profesor había
cometido un error conceptual al escribir una parte del problema. Decidió
resolverlo de dos formas: una asumiendo el error del profesor y otra confiando
en lo que él pensaba y corrigiéndolo de acuerdo a lo que él había entendido
que era correcto. Él confió en que tenía razón. Por su parte, el profesor
reconoció su error y le subió el promedio a mi amigo.
Tercera experiencia: el responsable de RR.HH. de una empresa, ante
un cambio en el sistema global de evaluación de cargos, estudió los cargos de
las áreas bajo su responsabilidad e hizo una proyección de cuánto valdrían
después de una posible restructuración organizacional. Todos los líderes no
aceptaron su propuesta porque querían que fueran evaluados de forma más
alta. Tuvo que enfrentar a todos con argumentos diciendo que era más
prudente evaluarlos para abajo y esperar la reestructuración para subirlos. A
193
pesar de que todos se quedaron insatisfechos, él confiado pudo hacer seguir su
recomendación. Finalmente sucedió la reestructuración a nivel global y en su
grupo hubo menos cortes de personal, debido a haber confiado e
implementado su propuesta de evaluación.
2. Confianza en otros
Me parece que la mayoría de las veces confío en todo el mundo. Para
mí todos son confiables hasta que demuestren lo contrario. Me pasó que en
varias oportunidades presté dinero sin comprobantes. Y aunque me fue mal, lo
volví a hacer. Fueron tres veces y en las tres me fue mal, aunque en dos tenía
promesa de devolución (pude reclamar después de mucho tiempo). Le doy
mucho valor a la palabra. Y confío en que la van a cumplir, aunque espero
mucho tiempo antes de reclamar (cosa que me cuesta). Cuando no se cumple,
me da rabia, bronca. Me cuesta expresarlo y reclamar.
Primera experiencia: con la gente de mi equipo, soy súper confiada.
Me gusta delegar y confío en el potencial de las personas y trato de ayudar a
que se desarrollen. Inclusive para que crezcan, les delego algunas
responsabilidades mayores a las de su nivel, y los apoyo y soporto y motivo
para que lo puedan hacer. He tenido muy buenos resultados con esto. Hay
gerentes, incluso un director en la compañía, que fueron mis mentorados y los
ayudé a crecer.
Experiencia de otros
Primera experiencia: para mejorar el clima laboral en un sector de la
empresa, la responsable de dicha dirección confió en su equipo de trabajo y
delegó la organización de desayunos y actividades con tal fin. La iniciativa fue
llevada adelante por ellos, casi sin intervenir ella y confiando en su equipo.
Los resultados fueron exitosos.
Reflexión
Antes de realizar este proyecto, creía que confiaba más en los demás
que en mí, aunque después de relatar mis experiencias, me doy cuenta, con los
distintos ejemplos, que hubo muchas ocasiones importantes en mi vida en las
cuales confié en mí y que no los había registrado como tal. Tal vez por
focalizarme en lo que me falta y no en los recursos que he ido desarrollando a
lo largo de mi vida.
Cuando alguien de mi equipo de trabajo se equivoca o hace algo mal,
lo ayudo a que aprenda de ese error, no lo juzgo mal, y eso me lo han
reconocido los que han trabajado conmigo. Pasa lo mismo con mis amigas.
Algunas me han confiado cosas que no se las han dicho a nadie porque sienten
194
que yo no las voy a juzgar por nada, me digan lo que me digan. Eso me genera
mucha satisfacción y me siento orgullosa.
Cuando comparo mis experiencias de vida con las de otras personas
que me compartieron las suyas, observo que hay muchas similitudes.
Cualquiera de ellas pudiera ser una experiencia mía, y lo que observo en todas,
es que por animarse a hacer algo, con el empuje de la confianza por detrás, se
viven experiencias de crecimiento y evolución.
3. Cuando no siento confianza en mí misma
Empezaré por relatar algunas experiencias en el ámbito estudiantil y
laboral:
Primera experiencia: en cualquier etapa de mi época estudiantil, sea la
primaria, secundaria, universidad, no fui de participar ni preguntar nada.
Cuando algún profesor o profesora hacía alguna pregunta a la clase, yo sentía
que tenía que hacerme invisible para que no me vieran y no me hicieran hablar
delante de todos por miedo a no saber qué responder o por miedo a responder
en forma errónea.
Segunda experiencia: en el trabajo, en las reuniones de directorio,
muchas veces he recibido retroalimentación de colegas que me instan a
participar más. Lo que me sucede es que cuando quiero decir algo, pienso y
pienso antes de abrir la boca preocupada de decir algo realmente “interesante o
inteligente” (mis juicios) y muchas veces se me pasa la oportunidad y ya otra
persona dijo lo que se me ocurrió, y luego esto me da bronca porque perdí la
ocasión de hablar. En este aspecto siento que he tenido un avance porque
ahora participo más. Cuando estoy con personas con las cuales siento que no
me van a juzgar por lo que diga, me animo a hacerlo. Cuando hay alguien que
no conozco, me cuesta más
Tercera experiencia: en el ABC pasé en la última conferencia al
“¿Quien soy?, ¿qué me está pasando?”. Antes no pude. No me animé. Me
ponía nerviosa, me daba miedo. Esto me sigue pasando, aunque racionalmente
entiendo que es un ámbito de confianza, pero hay algo adentro mío que hace
que postergue esas situaciones…
Cuarta experiencia: me pasaba en las primeras sesiones de biodanza:
no quería que sucedieran por miedo a no hacerlo bien y a hacer el ridículo.
Después empecé a disfrutar las sesiones, pero varias veces mi cabeza estaba
pensando en imaginar cuál sería el próximo ejercicio y si lo podría o no hacer.
Quinta experiencia: en el Avanzado, pocos minutos antes de ser
observada haciendo un coaching, me empieza a doler el estómago y mi
conversación interna es la siguiente: “Ojalá no vengan, no me va a salir, no
puedo quedar mal con mi compañera del ABC, qué va a pensar si estoy
haciendo el Avanzado y no me sale el coaching como debiera. Ella que es tan
inteligente y preparada”. O : “No voy a poder”. O: “Me va a decir el problema
195
y me voy a marear sin saber qué hacer.” Por otro lado, surge otra voz que me
dice: “Esto es parte del programa y tienes que CONFIAR en el proceso de
aprendizaje. Si no lo haces bien es porque necesitas aprender algo más y tienes
que aprovechar estas oportunidades, no evitarlas. Evitarlas no te agregan valor,
solo es postergar el momento para aprender”. Y así me quedo entre las dos
conversaciones, hasta que empieza el coaching. Ahora me doy cuenta de que
al escribirlo me tranquilizó, me quitó al menos por unos momentos esos
juicios y pude fluir sin la invasión de ellos durante el coaching.
Experiencias de otros
Primera experiencia: Una amiga reprobó el examen de ingreso a la
facultad a pesar de haber estudiado mucho. Al año siguiente se preparó en un
instituto y finalmente pudo pasarlo. En los exámenes del primer año de
facultad, especialmente en las primeras materias no sentía confianza que podía
darlos bien porque pensaba que iba a seguir necesitando apoyo adicional.
Sentía dolor de estómago antes de los mismos y a pesar de no haber aprobado
algunos parciales pudo dar sus exámenes finales en forma satisfactoria. A
pesar de eso siempre sentía temor de perder el cuatrimestre.
Segunda experiencia: Un amigo cambió su vida de ejecutivo para
independizarse. Durante esa transición, él no siente confianza para hacer los
contactos comerciales con los clientes. A pesar de su experiencia de años en
empresas, siente que es un área nueva en donde observa que tiene mucho que
aprender al lado de su socio que tiene más experiencia.
Tercera experiencia: de una colega del Avanzado, que relata lo
siguiente:
“Cuando hice el avanzado, me pasó que llegué a la tercera conferencia
sin tener muy claro el estándar alcanzado en mis competencias como coach.
Había sido observada por tres coach supervisores con miradas distintas en su
devolución y no me sentía pisando un terreno seguro y cierto. Sin darme
cuenta sentí que perdía la confianza en mi aprendizaje y a pesar de que en el
primer día de encuentro tuve la devolución de mi estándar esto no fue
suficiente para relajarme y fluir en lo que viniera que podía ser una nueva
observación. Me sentía dudosa y no creí en esa devolución. Tal vez porque
hubiese necesitado ir peldaño por peldaño durante el proceso de aprendizaje
afianzando cada una de las competencias como coach y trabajando desde la no
certeza y confiando en mi misma y en el proceso. Tal vez ha sido el
aprendizaje posterior y al regreso de la última conferencia. Día a día y a partir
de la práctica sigo aprendiendo y confiando en mí como coach y en el proceso
de coaching.”
Reflexión
196
En mi historia académica no tuve dificultades para aprobar las materias
y siempre lo hice con buenas notas. No estoy acostumbrada a exponerme
equivocándome, y en algunos casos en que detecto alguna dificultad para que
me salgan las cosas bien, trato de huir de la situación.
Cuando observo las experiencias relatadas por otras personas, percibo
que detrás del impedimento de o la cohibición a hacer algo, todos la pasamos
mal, sufrimos, sentimos incomodidades y, además de todo eso, nos perdemos
oportunidades. Me pregunto si en vez de sentir todo eso, hiciéramos las cosas
confiando, y si en el peor de los casos nos fuera mal, ¿no estaríamos ganando
experiencia y aprendizaje? ¿El no hacerlo nos genera algún beneficio?
En los primeros coaching, sentí como si me hubiera olvidado de lo
aprendido en el ABC y fue como comenzar de nuevo. No sentía que me iba
bien y eso me generaba frustración. Llegué a imaginarme que eran ideas mías
e intenté relajarme, con la hipótesis de que mi juicio era exagerado, así que
esperé los feedbacks. Al recibir los primeros dos feedbacks, confirmé que mis
incompetencias eran incompetencias y ahí intenté huir. Empecé a sentir
desgano por hacer coaching. Evité ser observada en el primer regional, y con
un montón de excusas que armé en mi cabeza hasta pensé en desistir del
programa. No lo hice, y en el segundo regional me ofrecí para ser observada,
haciendo un intento de entregarme al proceso.
Conversando con otros participantes del Avanzado percibo que estos
miedos e inseguridades son compartidos. Muchas de nuestras conversaciones
durante el proceso de aprendizaje se centraban en la falta de confianza, a pesar
que nos decían: “CONFÍEN en el proceso”. Y muchos teníamos resistencia a
ser observados al hacer coaching. Los estándares que cada uno de nosotros nos
íbamos imponiendo eran cada vez más altos, hasta que después de ir
caminando e ir entregándonos al aprendizaje, fuimos descubriendo que lo
importante era la conexión con el otro, y a partir de ahí empezaron a aflorar
nuestras competencias.
Cuando no confiamos en nosotros es cuando sentimos que no tenemos
las competencias necesarias para dar los resultados esperados, que podemos
equivocarnos o hacer algo mal, y eso nos genera angustia y vergüenza ante los
demás por cometer un error y por sentir que no somos capaces, por tener
miedo a los juicios de los demás y que estos nos marquen.
En el ámbito personal
Primera experiencia: mi segundo novio no confiaba en mí. Fue mi
primer amor y era extremadamente celoso, haciéndomelo notar en todo
momento. Yo estudiaba ingeniería y la mayoría en el aula eran hombres. Él me
cuestionaba el por qué mis compañeros me llamaban siempre a mí. Una vez en
un casamiento, me hizo una escena porque decía que había algunos que me
estaban mirando toda la noche. No pude hacerle entender que no era así y ese
197
día discutimos violentamente a causa de eso. Me daba bronca que desconfiara
de mí.
Segunda experiencia: en agosto de este año conocí a Juan en un vuelo
corto, de San Pablo a Buenos Aires y hablamos durante la segunda mitad del
vuelo. Me resultó atractivo, me gustó la forma de hablar y le di mi tarjeta. En
ese momento, cuando empezamos a hablar, mi cabeza y mi corazón estaban
ocupados por otra persona. Comento esto porque algo que suelo hacer, es que
cuando no me gusta alguien o cuando no tengo ‘intenciones de conquistarlo’,
suelo comportarme de forma más espontánea y sin estar presa de mi
conversación privada, sin tener que estar validando lo que voy a decir, para
decir lo que creo que es lo mejor ¡como si lo supiera! Después de un tiempo
me invitó a cenar. Acepté la invitación y me puse muy contenta, pero
nuevamente un montón de juicios invadió mi pensamiento: “No soy atractiva”,
“¿qué ropa me pongo? ¡me queda todo horrible!”. “No le voy a gustar”, “se va
a arrepentir al verme”. Finalmente, nos vimos para cenar y la pasé muy bien,
pero estaba atenta de cómo me sentaba para disimular mis kilos demás de
modo que él no ‘se diera cuenta’. Quiero dar un nuevo salto para poder
disfrutar de una relación sin miedos, dejando de lado mi conversación privada
llena de juicios negativos sobre mí misma.
4. Reflexión en el ámbito personal
Pensando un poco más acerca de otras relaciones que tuve,
generalmente mi actitud es reactiva. Cuando me piden o llaman o proponen,
respondo, siempre estoy a disposición. Cuando yo quiero algo, no soy
proactiva, no genero la ocasión, no demuestro, por miedo a que me digan que
no, por suponer que no van a querer, por no cometer algún error.
Soy consciente de que todos estos son juicios y suposiciones, pero es
algo que me pasó y me sigue pasando. Y cuando me pasa, por un lado me da
bronca que me pase, porque entiendo que no debiera ser así, además de pierdo
oportunidades de generar relaciones; y por otro lado, me invento alguna
historia para justificarme.
Necesito sentir una cierta seguridad de que la otra persona está
conmigo, de que me quiere, de que tiene interés en mí, para ser espontánea,
proactiva o preguntar todo libremente. Muchas veces me he estado observando
y veo que cuando soy espontánea, cuando no estoy validando mi conversación
privada o pensando en hacer las cosas para no equivocarme, me va mucho
mejor. Así conquisto a un hombre, cuando no estoy pensando en qué hacer
para conquistarlo. Lo que valoro es la personalidad del hombre, que tenga
valores, que sea inteligente, responsable, divertido, etc.
Cuando he estado más delgada también sentía lo mismo. Tal vez no
tanto por no ser tan evidente el sobrepeso, pero siempre ese fue un elemento
que “pesaba” como justificación del fracaso al no poder conquistar al hombre
198
que me gustaba. Ese elemento tenía más prioridad que todos mis otros
recursos, y que me hacen ser una mujer atractiva: soy inteligente, divertida,
ocurrente, buena persona, etc.
Ahora, a raíz de que inicié este proyecto de investigación, estoy
cuidándome, adquiriendo hábitos saludables de comida, haciendo ejercicio y
me siento muy bien con eso. Siento que he ganado una batalla, pero de forma
diferente a las batallas del pasado cuando sonaba a lucha y esfuerzo. En este
momento suena a elección y estoy caminando por un sendero más saludable y
lo estoy disfrutando.
Estoy satisfecha de cómo me siento respecto a este tema y, usando una
metáfora, la de la muñeca rusa, las llamadas mamushkas, quité un par de las
muñecas del exterior, y al quitarlas disolví algunos patrones viejos.
Seguramente van a surgir nuevos interrogantes y nuevos aspectos de mí a
explorar que antes estaban ‘justificados’ por no ser atractiva físicamente,
según mi observación. Me entusiasma el hecho de seguir abriendo puertas o,
metafóricamente hablando, ‘quitando otras muñecas’.
II. ¿Cuál es el patrón de comportamiento?
Profundizando un poco más sobre la confianza en mí misma con el
ejercicio de la dignidad, el patrón que identifico en común de todas estas
experiencias es el merecimiento.
Al relacionarlo con la confianza, y especialmente en el dominio
personal y de las relaciones con los hombres, me pregunto si en el fondo no
existirá algún juicio que tenga acerca de si merezco estar con tal o cual
persona. Si yo pienso que voy a molestar a alguien llamándolo, como en las
experiencias que he narrado, ¿en qué lugar me pongo? En un lugar inferior y
de no merecer estar con esa persona.
¿De dónde viene el juicio de no merecer estar con determinada
persona? Es sentir que no soy lo suficiente. Creo que muchas veces escuché de
niña, y actualmente también, especialmente de parte de mi mamá, juicios
sobre la estética relacionada con el sobrepeso. Aquí, algunos de estos:
Comentarios actuales de mi mamá mirando TV: “¡Mirá que gorda
está!, ¡mirá las piernas que tiene!, ¡cómo usa esa ropa con ese ‘rollo’ en la
panza!”; y otros comentarios sobre parejas, por ejemplo: “Fulano se puso de
novio con fulanita, pero no es muy linda fulanita”.
Mi abuela paterna también hacía ese tipo de comentarios; por ejemplo:
“La vecina se puso de novia; ¡mirá qué lindo chico que se ‘agarró’!”.
Al oír discusiones entre mi abuela paterna y mi mamá, o críticas de mi
abuela hacia mi mamá, muchas de ellas en la mesa a la hora de la comida, mi
papá (hijo único) no intervenía. Mi abuela seguía con su postura y mi hermana
y yo permanecíamos calladas. Sinceramente, hubiera querido parar esa
situación, pero era chica y no sabía cómo huir. No me podía levantar de la
199
mesa, era mala educación; entonces comía, sentía impotencia, bronca, no la
expresaba. Sí la expresé cuando ya fui más grande.
¿Será que ese juicio de “no ser físicamente perfecta” haga que sienta
que no merezca a tal o cual hombre para que esté conmigo. ¿Será eso lo que
limite mi autoconfianza? Estoy suponiendo que “no le voy a gustar” y estoy
escuchando las voces de mi mamá o mi abuela.
Si tengo una cita con alguien, como me pasó con el que salí a cenar en
Brasil, me angustio y doy vueltas hasta encontrar la ropa con la cual me vea
atractiva y no muestre las imperfecciones. Es como si estuviera escuchando la
voz de mi mamá, pero ahora esa impotencia no debiera ser impotencia, no soy
la misma niña y tengo la capacidad de poder convertirlo en posibilidades de
acción.
No tengo registro de que mi papá hiciera ese tipo de comentarios.
Recuerdo que muchas veces de adolescente, cuando me vestía para salir, le
preguntaba si estaba bien, antes de partir. Si había algunas opciones de ropa, le
preguntaba cuál le gustaba más.
Me doy cuenta de la autoridad que les sigo otorgando a mis padres,
porque incluso actualmente a veces también lo hago frente a ambos,
especialmente si tengo alguna fiesta. Cuando vivía afuera, un par de veces que
tuve casamientos y me compré vestidos, se los mostraba por fotos para ver si
les gustaban y a mi hermana también.
Sin embargo, me parece que algo ha cambiado en mí porque, si bien
sigo pidiendo opiniones, las tomo como una opinión más, pero finalmente
hago/decido lo que a mí me parece.
III. Perfil unitario del tema
Revisando mis experiencias y las que me han compartido otras
personas, encontré patrones comunes relacionados con la falta de confianza.
Me doy cuenta de que en el fondo la falta de confianza implica la actitud de
poner foco en lo faltante, en los riesgos y en las posibilidades de fracaso en
vez de mirar los recursos que cada uno de nosotros tenemos y procurar el
deseo de experimentar para pasar a la acción, aceptando que existen las
mismas posibilidades de éxito que de fracaso.
Confiar en uno mismo es como un motor interno que ayuda a animarse
y empujar a hacer cosas nuevas, independientemente de la mirada de los
demás.
La confianza es un atributo que promueve estar siempre en el camino
del aprendizaje. Un mundo en donde prevalezca la confianza es un mundo que
tiene más posibilidades de evolución, de transformación.
Conversando con otras personas, en el momento de NO animarse a
hacer algo, de inhibirse, me da la sensación de que se generara “amnesia” de
los recursos propios. Esto produce una especie de parálisis que bloquea el
200
hacer, y las conversaciones internas que surgen tienen que ver con: “NO lo
van a aceptar”, “NO me va a salir bien”, “NO lo hago por esto o por lo otro”, y
muchas veces son excusas provienentes del exterior. Surge así el sentimiento
de “aceptar” las situaciones como son y crear narrativas que justifiquen el por
qué son así a partir de nuestra mirada metafísica, dejando de lado los recursos
propios y las posibilidades que se pudieran generar al usarlos.
En el fondo, surge una sensación de derrota antes de participar en el
juego de la vida. Los motivos que generan esa sensación de derrota son los
juicios que tenemos sobre nosotros mismos, pero puestos en la voz del otro. El
otro va a pensar pero es lo que yo me digo en mi conversación privada, y hace
que se produzca un bloqueo dentro de nosotros.
Esa sensación de “derrota por adelantado” está acompañada de bronca
y frustración, y aparecen juicios de no merecimiento que tienen que ver con la
no dignidad y la no valoración de cada uno de nosotros.
Ahora que volví a las experiencias relatadas y fui colocando partes en
el texto intermedias en los párrafos, creo que encuentro una relación entre el
no cuidarme y engordar con el esfuerzo. Así, cuando algo me cuesta mucho y
no me sale fácil porque me requiere esfuerzo, a mi juicio más de lo habitual,
trato de huir. Por ejemplo, en los coaching, en las exposiciones en inglés, y en
tomar algunas decisiones. Como no lo puedo hacer y huyo, busco cómo
“taparme” y por eso engordo.
Tal vez, para algunos seres humanos, en los momentos en que hay que
realizar acciones que nos cuestan un esfuerzo mayor al que estamos
acostumbrados, o no sabemos cómo hacerl algo, usamos el mecanismo de
evasión, de huir de tal o cual situación.
Cuando sentimos autoconfianza, somos capaces de explorar nuevas
posibilidades y aceptar que el error o el fracaso como una más de esas
posibilidades, ya que estamos focalizando en los recursos y no en las
carencias. Siento que la autoconfianza está relacionada con la abundancia, y
no con la escasez. La abundancia desde el sentido de aceptar que hay de todo
para todos y que todos tenemos recursos para seguir aprendiendo para lograr
lo que nos es importante o valioso en un momento de nuestra vida.
IV. Otros autores
Revisando algunos autores relacionados con el tema de la confianza,
me llamó la atención una experiencia que se hizo en la Universidad de Ohio,
que tiene que ver con cómo influye la postura corporal en la mejora de la
autoconfianza. Según Richard Petty, uno de los autores de la investigación,
psicólogo y profesor de dicha universidad: “si alguien se sienta derecho,
termina creyendo en sí mismo simplemente por la postura en la que se
encuentra”.
Los resultados se publicaron recientemente en la Revista Europea de
201
Psicología Social. Dentro de las conclusiones de los autores, se resaltó
asimismo el hecho de que la gente no suele ser consciente de que la postura sí
afecta la confianza en sí mismo, y que suelen solo referirla a la mente.
Esta investigación coincide con mis observaciones respecto a mi
corporalidad en los momentos en los cuales sentía confianza o falta de ella.
Esto muestra que una posible intervención para aprender a ganar confianza en
uno mismo es actuar sobre la postura corporal y lograr un desplazamiento del
observador.
Otro autor al respecto es Nathaniel Branden, psicoterapeuta
canadiense, quien escribió lo siguiente en su libro Los seis pilares de la
autoestima:
La autoestima se manifiesta de una manera sencilla y directa. Cuando
observamos en una persona la mayoría de las siguientes cualidades,
seguramente estamos frente a alguien que tiene un saludable nivel de
autoestima.
La autoestima proyecta el nivel de placer que experimenta una persona
por el solo hecho de estar viva, en la expresión de su rostro, en su modo de
hablar y en su lenguaje corporal.
La autoestima se expresa en la tranquilidad con la que se habla de las
virtudes y de los defectos, de forma directa y honesta. Se manifiesta en la
comodidad y el placer que la persona experimenta al dar y recibir cumplidos,
afecto o amor.
La autoestima se expresa a sí misma en la flexibilidad personal al
responder a obstáculos y desafíos, ya que se confía en uno mismo y no se ve la
vida como algo desagradable o penoso.
La autoestima permite conservar el equilibrio emocional en situaciones
de estrés.
Al leer los pensamientos que Branden nos comparte en su libro sobre
la autoestima, me hacen reflexionar acerca de la relación entre autoestima y
autoconfianza: ¡cuántas coincidencias existen entre ambas! Y como la
autoestima nutre a la autoconfianza, ambas facilitan la generación de
posibilidades, de aceptación de la imperfección y lo maravilloso que es darse
cuenta de que hay cosas por descubrir y aprender. A nivel emocional, con
autoestima y/o autoconfianza aparece la liviandad y la no generación de
estrées, hay tranquilidad.
Otro autor, Ralph Waldo Emerson, filósofo, en su libro Confianza en
uno mismo, escribe:
El hombre debería observar más que el esplendor del firmamento de
bardos y sabios, ese rayo de luz que atraviesa su alma desde dentro. Sin
embargo, rechaza su pensamiento precisamente porque es suyo.
¡Qué magníficos oráculos nos ofrece la naturaleza en este texto, en la
conducta y en el rostro de los niños, de las criaturas y los animales! Su mente
se haya aún entera, sus ojos no han sido dominados aún, y cuando miramos
202
sus semblantes nos quedamos desconcertados.
R. W. Emerson me deja pensando, trae al alma y al corazón como
fundamentales al momento de ser uno mismo. Me inspira a decir que confiar
en uno mismo es conectar con el alma y el corazón, y amarnos. También
invoca el momento en cuando éramos niños, donde la mente no estaba
invadida de juicios que nos quitan poder. Me inspira a relacionar la confianza
con la libertad para actuar, y a soltar y jugar por el camino por donde nos lleve
nuestra intuición.
V. Mis aprendizajes
Este proyecto de investigación me ha hecho mirar con lupa el tema de
la autoconfianza y la falta de la misma, que en tantas ocasiones sentía que me
había hecho dejar pasar oportunidades de aprender y de evolucionar, y no solo
eso, sino que sufría por no poder superar esas situaciones.
Hoy, después de 10 meses, tengo una percepción distinta de mí misma
respecto a este tema. He conseguido vencer algunos temores y animarme a
experimentar algunas cosas, como exponerme en algunas situaciones. Tal
como hace una semana, en el último regional, que con la presencia de Alicia
levanté la mano para ser coach y ser observada. Lo hice impulsivamente,
entregada a aprender, aceptando que tenía cosas que mejorar y que si no
aprovechaba ese espacio, iba a perder una valiosa oportunidad.
Me sentí contenta conmigo de poder haberlo hecho. No fue fácil, e
incluso tuve muchas conversaciones internas antes de ese momento. Sin
embargo, me elevé para poder mirar desde otro lugar lo que estaba pasando, y
ahí descubrí el mecanismo que uso para inventarme historias y postergar
acciones, que es una forma de intentar huir.
En esta ocasión me conecté con mi alma y mi corazón, y me propuse
estar presente y dar lo mejor de mí para ayudar al otro; me entregué a la
experiencia de aprendizaje. Disfruté el hecho de aprender y me di cuenta de
que estaba feliz por lo importante que había sido no haber dejado pasar esa
oportunidad. La experiencia me sirvió para ver qué cosas tenía que aprender y
tomar conciencia de mis recursos. No como antes, en donde solo veía lo
faltante o, mejor dicho, lo que a mi juicio creía que faltaba sin realmente
experimentar y tomar conciencia de qué cosas tenía que aprender y de la
riqueza de mis recursos disponibles.
Otro aprendizaje, gracias a este proyecto, es que antes no aceptaba mi
cuerpo, solo me concentraba en sus carencias. No lo cuidaba, olvidándome de
la conexión que tenía con los otros dominios (emoción y lenguaje), dejando de
lado la posibilidad de actuar sobre él para trabajar en el equilibrio en relación
con otros aspectos. Hoy puedo decir que lo acepto, amo y lo cuido, que puedo
hacer intervenciones en él para ayudar a producir una transformación en el tipo
de observadora que soy.
203
Desde la experiencia de mis aprendizajes, después de la segunda
conferencia, un día sin mucha planificación decidí dar un paso, que venía
también postergando. Se trataba de hacer alguna acción para quitarme de
encima algo que me estaba molestando. Esa molestia eran los kilos de más, el
tener restricciones en usar la ropa que quería y que ya tenía en el armario.
Además de la molestia de sentirme pesada e incómoda y cansarme
físicamente.
Fui al gimnasio. Empecé tres veces por semana. Por la mañana
temprano asistía a las sesiones de gimnasia y comencé a cambiar la
alimentación. Esta vez había algo diferente que en intentos anteriores. Estaba
muy atenta a lo que mi cuerpo me iba pidiendo, lo estaba escuchando, estaba
alerta a las amenazas que pudieran aparecer; recibía estas y observaba el
fenómeno y lo relacionaba con otras experiencias y con los descubrimientos
que hice durante la confección de este trabajo. Intentaba entender de dónde
venían las amenazas, y lo que perdía y ganaba, y cuánto dejaba de quererme al
decidir descuidarme.
Descubrí que esta vez no lo hacía por querer cumplir con un estándar
de la sociedad o pensando en la mirada de los hombres y querer ser más
atractiva. Esta vez fue algo muy particular y diferente que las otras veces: era
YO quien lo estaba disfrutando, YO me estaba gustando, eran MIS ojos que
estaban mirando y estaban viendo los logros, no los de los demás. Era por mí,
era para mí.
Hoy voy con entusiasmo a las clases de gimnasia. Perdí doce kilos, me
alimento en forma saludable disfrutando, siento que lo hago de forma natural.
Escucho lo que mi cuerpo pide y le concedo deseos con el fin de estar mejor.
No solo estoy escuchando a mi cuerpo, sino estoy registrando qué es lo que
necesito para estar mejor en todo sentido.
Hoy siento mucha paz y tomo las cosas con más liviandad. Me veo
más liviana y me ven más luminosa. Así me me lo han dicho algunas personas.
Siento como si fuera un imán que cambió su polaridad. Esto se traduce en
cambios en la forma de atraer a los demás, la calidad de dicha atracción. Lo
observo en distintas conversaciones, en las distintas maneras de relacionarme
con los demás, en la nueva forma de mostrarme, o tal vez en empezar a
mostrarme más.
Simplemente por el hecho de haber podido dar un salto y ser una
observadora diferente y que eso repercuta en los sistemas a los que pertenezco,
me siento muy agradecida y feliz con lo aprendido y desarrollado a lo largo
del proyecto. A partir de ahora, hay muchos otros cambios que voy a realizar
porque soy capaz de observar las posibilidades de lograrlo.
Me sentiría muy feliz y satisfecha si los lectores de este trabajo les
surjen muchas preguntas para hacerse a sí mismos, reflexiones nuevas, ganas
de explorarse y/o de pedir ayuda. Tal vez algunos se identificarán con mis
experiencias por su similitud con las propias, o con las experiencias de las
204
otras personas también relatadas en este trabajo. Ojalá les resulte inspirador
para explorar sus propias experiencias, aprender de ellas, puedan ver que
existe la posibilidad de evolucionar, de transformarse para convertirse en otro
tipo de observador.
205
La mujer que abandona por miedo a ser abandonada. Diseñando una
nueva mujer
Milagros Velásquez
Introducción
Cuando seleccioné el tema que le da título a esta investigación con
motivo del Programa Avanzado de Coaching, me focalicé en la historia de
miles de mujeres, pero en especial, abordé mi experiencia. Me resulta
interesante verme como su protagonista, para quien al igual que para otras
mujeres, el abandono ha representado dolor en sus vidas. Esa dificultad para
reencontrarse y amarse a sí misma, esa dificultad para encontrar las fuerzas
internas que le permitan desprenderse del dolor causado por el abandono.
¿Qué me lleva a investigar sobre este tema? Desde pequeña me ha
llamado la atención las historias que escuchaba en mi sistema familiar, en las
que las mujeres han experimentado el abandono de un hombre, que llega y
luego se va. Son varios los casos que puedo mencionar: mi abuela, mi madre,
tías, son historias que se repiten. Pareciera que quedó instaurado en mí un
miedo de ser otra mujer dentro de ese sistema, abandonada por su pareja.
¿Qué tiene de diferente esta propuesta? Tal vez el solo hecho de ser
narrada y abordada por una mujer que lo ha vivido, quien entrega su mirada
desde su completa desnudez y humildad. En la aproximación al tema, analizo
y reinterpreto su significado haciendo fenomenología del mismo, junto a la
autoindagación y reflexión. Desde la propuesta ontológica, puedo observar el
abandono través de mis narrativas y juicios. Toma cuerpo como una
experiencia que ha tenido lugar en mi vida. Se trata de pararme y conocer sus
bases fundamentales, conocer los juicios que me acompañan cuando pienso
esto: “los hombres vienen, comen y se van”, “si su marido le sale malo, usted
lo deja, “no estás para aguantar que otro le venga a echar vaina”; “estudie,
prepárese, trabaje, eso es lo importante”. ¡Cuántos juicios escuchados en casa
al respecto! ¿Cuánto de eso he modelado? ¿Cuánto vacío y cuanto amor he
buscado en mi vida?
El documento que en las páginas siguientes se expone, intenta mostrar
el abandono desde la mirada de una mujer. Estoy consciente de que también
los hombres padecen en sus vidas el dolor causado por el abandono, sin
embargo, a efecto de esta investigación, no se aborda como caso de estudio,
considerando, por lo rico del tema, su tratamiento e investigación en forma
separada.
A lo largo de esta propuesta transitaremos por seis capítulos o partes
que nos permiten penetrar y descubrir un poco más sobre este fenómeno.
I. El miedo a ser abandonada
Comenzaré con una pregunta: ¿qué representa el abandono? Para
206
responder esta interrogante, me surgió la inquietud de conocer quién fue la
primera mujer abandonada o que abandonó a su pareja. Me encontré con la
figura de Lillith. ¿Quién fue ella? Mariela Michelena, en su libro Mujeres
malqueridas, reconstrucción de la identidad más allá de la pareja, nos narra
que de acuerdo a “la mitología hebrea, antes de Eva fue creada Lillith, a
imagen y semejanza de Dios, igual que Adán. No provenía de su costilla, sino
que era su igual. Según el mito, Lillith abandonó a Adán. El caso es que Lillith
era una mujer libre que hacia las cosas a su manera y por ser libre fue exiliada
al mar Rojo.”
Adán y Lillith nunca hallaron armonía juntos, pues cuando él deseaba
tener relaciones sexuales con ella, Lillith se sentía ofendida por la postura
acostada que él le exigía. ¿Por qué he de acostarme debajo de ti? —
preguntaba—, yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual.
Como Adán trató de obligarla a obedecer, Lillith, encolerizada, pronunció el
nombre mágico de Dios, se elevó por los aires y lo abandonó. Saliendo del
Edén fue a dar a las orillas del Mar Rojo (hogar de muchos demonios). Allí se
entregó a la lujuria con éstos, dando a luz a los lilim. Cuando tres ángeles de
Dios fueron a buscarla (Snvi, Snsvi y Smnglof), ella se negó. El cielo la
castigó haciendo que muriesen cien de sus hijos al día. Desde entonces las
tradiciones judías medievales dicen que ella intenta vengarse matando a los
niños menores de ocho días, incircuncisos.3
Este mito, me lleva a pensar que el abandono ha estado presente desde
la creación del hombre y la mujer, convive con nosotros, y que en cualquier
momento podemos vivir una experiencia ligada al abandono y sumergirnos en
él. Si observo a mi alrededor, puedo encontrar a diario diferentes situaciones
que me muestran este fenómeno. Niños abandonados por sus padres y que se
encuentran deambulando por las calles, otros llevados a una Casa Hogar,
maridos que abandonan a sus mujeres, mujeres que abandonan a sus maridos.
En algunos casos, el abandono lo vivimos dentro del sistema familiar sin
percibirlo; por ejemplo, mis padres salían a trabajar, así que mis hermanos y
yo estábamos todo el día solos. Otras veces es la misma persona quien se
abandona, y escuchamos decir: “Se echó al abandono, su vida carece de
sentido”.
Profundizando un poco más sobre el tema, cabe preguntarse, ¿es el
abandono del vientre materno la primera experiencia de abandono al cual el
ser humano se enfrenta? El Dr. Thomas Verny, en su libro La vida secreta del
niño antes de nacer, sostiene:
El útero es el primer mundo del niño. La manera en que lo
experimenta, como amistoso u hostil crea predisposiciones de la personalidad
y el carácter. Las emociones, los sentimientos, los pensamientos y las
creencias de la madre hacia su embarazo, hacia ella misma y respecto a la
vida, pueden influir decisivamente en la “manera de ser” del niño, entendiendo
por “manera de ser” todo un conjunto de tendencias y actitudes hacia la vida,
207
el mundo, los otros y hacia sí mismo. Así pues, el útero materno debería ser
ese lugar paradisíaco donde el niño encontrara todos los ingredientes
necesarios para su desarrollo. Normalmente, damos por supuesto que esto ya
es así, pero nos equivocamos. El niño intrauterino no sólo tiene necesidades
físicas, también tienen necesidades afectivas como todos los seres vivos, y a
menudo estas últimas no le son reconocidas. La crisis de esta etapa es el
nacimiento porque la crisis es oportunidad, es un cambio y el nacimiento es
justamente eso.
Apoyándonos en la tesis anterior, considero que aun antes de nacer
podemos sentir en el mismo vientre materno la vivencia de ser abandonados
afectivamente, que hace crisis con el nacimiento, cuando abandonamos el
útero de la madre, evento de alta carga emocional para el bebé, que queda
grabada en lo más profundo de su ser. En mi caso en particular, siento que
tiene sus raíces antes de yo nacer. Mi madre, en sus discusiones con mi padre,
huía, se refugiaba en casa de su abuela. En una de esas discusiones, mi madre
tomó la decisión de no regresar y finalizar la relación, sin saber que estaba
embarazada. Mi padre le creyó y tomó la decisión de suicidarse al no aceptar
la separación, el abandono por parte de mi madre.
Cuando vuelvo mi mirada a las mujeres en mi familia, pasando por mis
abuelas, madre y tías, me encuentro con ejemplos palpables de mujeres que
han sido abandonadas. Hombres que se hicieron presentes en sus vidas, para
luego marcharse y no aparecer, desde allí el juicio: “los hombres vienen,
comen y se van”. Como dice la canción del grupo Mocedades: “amor de
hombre que estás llegando y ya te vas una vez más”, historias que se repiten.
Ese miedo lo puedo reconocer, es el dolor que ellas sintieron que también es el
mío. Tal vez inconscientemente me preguntaba si yo seguiría en ese ciclo.
En mis relaciones de pareja, cuando experimentaba displacer y
estancamiento, huía, en lugar de afrontar la situación que producía tal
insatisfacción. He sentido desesperación, angustia, algo más allá de mis
fuerzas. Encontraba la excusa perfecta que justificaba mi partida. En realidad,
me marchaba por miedo a ser abandonada, por eso soy yo quien tomaba la
decisión de irse, de emprender un nuevo camino, una nueva pareja, una nueva
vida. Me iba, sin importar los sentimientos de la otra persona. Era una huida
sin previo aviso. Cuando la idea estaba presente en mí, no dejaba de pensar en
ella, buscaba los argumentos hasta tomar la decisión. Me marcho sin cerrar el
ciclo, sin abrir conversaciones, sin querer abordar el tema.
¿Por qué estuvo presente esa idea en mi mente? Tal vez, porque el
primer abandono lo viví en el vientre de mi madre, la partida de mi padre antes
de mi llegada. Arribar a este mundo carente de uno de mis pilares ha
significado sentir la pérdida, la sensación de que algo falta.
¿Cuándo identifiqué esa carencia? Tenía seis años cuando mi abuela
murió, entonces comencé a sentir la ausencia de mi abuela, así como su amor
y protección. Me sentía triste, tímida. La primera vez que identifique e hice
208
consciente esta carencia fue en Querétaro, en el año 2007 y asistía a la Primera
Conferencia del Programa de Coaching ABC. Me tocó en esa oportunidad
realizar un ejercicio y, al trasladarme a mi niñez, pude verme de seis años. Me
encontré con la muerte de mi abuela, mi protectora y figura de suma
importancia afectiva para mí. Al visualizarme allí, me sentí aterrada, me sentí
sola, abandonada, ella se había marchado sin despedirnos. Sentí un profundo
dolor, pude llorarla por primera vez ese día.
En marzo de 2010, en una sesión de Bioenergética, sin saber cómo, se
repitió exactamente la misma imagen, el mismo miedo. Al principio no podía
gritar, luego grité tanto para sacar el dolor reprimido en mi pecho. Ahora
interpreto que desde muy pequeña asocié miedo y dolor con la pérdida de un
ser querido.
Mis padres me dieron la vida, uno de ellos me faltó, me he sentido a
medias, inestable. He tenido la dicha de recibir la protección y el amor
incondicional de mi madre, el sentirme segura a su lado; entonces, ¿qué fue lo
que le faltó a esa niña? Me faltó el amor paterno, su autoridad y su guía, que
me mostrara el camino hacia el mundo. Me faltó la alegría de encontrarme en
sus brazos, de decirle papá. Esa palabra no se la he dicho a nadie; a mi padre
de crianza siempre le he llamado por su nombre.
Me faltó que me tomara de la mano para ir a pasear, que jugara
conmigo, que me enseñara a montar bicicleta, a nadar, a trepar montañas
(nunca lo aprendí). En una oportunidad asistí a un taller de equipos de alto
desempeño (hoy puedo relacionar por qué me costaron tanto los ejercicios).
Nos tocó en el taller hacer ejercicios, desde mi mirada, muy masculinos, como
Rapel. Mientras mis compañeras lo disfrutaban, recuerdo que sentí mucho
miedo. Me faltó en ese momento la palabra de mi padre, su impulso para
seguir adelante animándome, viéndome crecer y convertirme en mujer.
Caminé huérfana de padre por la vida, buscando algo que me llenara. He
estado mirando para todos lados toda la vida, fuera de mí y no dentro de mí.
Por otra parte, copié el modelo de mi abuela y mi madre, he heredado
sus juicios. He honrado la serie de abandonos de las mujeres de mi sistema
familiar. Recuerdo que la abuela recomendaba que ninguna mujer debía
aceptar ser vejada por un hombre. Cuando el abuelo le fue infiel con otra
mujer, lo echó de la casa y nunca más lo volvió a ver. Guardó mucho
resentimiento, no recuerdo que lo hubiese perdonado. Por su parte, mi madre
decía con respecto a mi padre: “Me armé de fuerzas y lo dejé”. No escuchaba
ninguna voz en las mujeres de mi familia decir si amaron o fueron amadas.
Interpreto, que existen dos grandes vertientes en el miedo que siento a
ser abandonada: por un lado, la ausencia del padre y, por otro, la serie de
abandonos que vivieron las mujeres en mi familia. Las dos vertientes están
presentes en mi, ¿cuál ha tenido mayor influencia en mi estructura de
coherencia? No lo sé. Sé que ahora puedo identificarlas y conectar a las dos
para hacerme cargo de ello.
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Puedo decir, que el abandono está relacionado con la sensación de
quedarse sola, desprotegida, desamparada, al ser dejada por la otra persona que
nos brinda el afecto, el amor, esa pérdida produce dolor, rabia, tristeza,
angustia y miedo. Es el temor a la pérdida, consciente o inconsciente, algunas
veces rea,l otras imaginarias. Es el juicio que, por miedo a ser abandonada,
prefiero yo abandonar al otro. Me voy antes de que me abandonen.
Comparto el planteamiento de María de La Vega en su artículo “Herida
de abandono”:
Los dependientes tienen muchos altos y bajos. Su gran miedo a estar
solo es lo que genera esas subidas y bajadas de humor. Pueden aguantar lo
inaguantable con una pareja para no sentirse solos. Viven en la esperanza
emocional de que en el futuro las cosas pueden cambiar. Tienen problemas
con la palabra “dejar”. Si alguien les dice “te tengo que dejar, tengo que irme”,
se sentirán heridos. Tienen dificultades en dejar una situación, persona o lugar.
Temen recibir demasiada atención de los demás, por miedo a sentir emociones
demasiado profundas de abandono. Tan pronto la relación se vuelve intensa,
buscan una manera de hacer que acabe. Esa dependencia implica control del
dolor, lo que a su vez induce a conductas de ser el primero en finalizar la
relación que con amor se inició.
II. Un patrón recurrente de conducta
En el Programa Avanzado de Coaching, al diseñar mi personaje y mi
estructura de coherencia, pude reconocer que el abandono ha repercutido en
diferentes dominios de mi vida, sin haberme percatado de ello. En primer
lugar, afirmaría que el miedo a ser abandonada es mi principal desgarramiento,
razón por la cual elegí este tema como proyecto de investigación.
En el dominio de mis relaciones de pareja, una de mis narrativas es que
cada relación de pareja que finalizo (ya han sido varias parejas), se debió a que
tengo suficientes afirmaciones que justifican mi decisión. En cada decisión he
escuchado mi voz que me dice: “No estás obligada a estar con esa persona”, y
esa misma voz agrega: “Es un irresponsable”; “es mayor, puede ser mi padre”;
“es mujeriego, no le tengo confianza”; “es un aventurero”; “es un niño, no es
la figura económica de la casa”; “no es luchador”. Con tales juicios en mi
mente comenzaba a buscar las afirmaciones, hechos, situaciones que los
fundamentaban. Hoy en día, puedo comprender que no sabía lo que buscaba.
¿Qué buscaba? En un principio buscaba a mi padre, como la mariposa
que va de flor en flor pregonando: “Yo estoy buscando a mi papá, ¿eres tú mi
papá? Mi mamá me dijo que me parecía a ti, por eso te estoy llamando”. Lo
encontraba, y con el tiempo me percataba de que no era. Así continuaba mi
búsqueda. Sin embargo, hoy me digo que no solo ha sido la búsqueda de mi
padre, ha sido también honrar a todas las mujeres de mi familia, y a la vez
evitar el dolor de ser lastimada. Buscaba afecto, buscaba amor. Quería ser
210
digna de ser amada.
Por medio de la autoindagación logré comprender que con una de mis
parejas viví como estar con mi padre. Era un hombre 27 años mayor que yo.
Fue una relación de “padre e hija”. Con él conocí el mundo; me enseño que
existían otras fronteras. Aprecié su música, su forma social de relacionarse, su
autoridad y su guía. En esta relación me sentí muy protegida. Me dormía con
la tranquilidad de despertar al día siguiente con la seguridad de que si algo
inesperado ocurría, había alguien que se encargaría de resolverlo. Él era el
proveedor económico, además tenía su amor.
Con el resto de mis parejas he buscado amor, ser mujer, el disfrute de
una vida sexual placentera. Llegué a utilizar el poder del sexo, complaciendo a
mi pareja como una forma de retenerlo a mi lado. Sentía miedo de que se
fuera. El juicio que ahí imperaba era que complaciendo sexualmente a mi
pareja podríamos estar juntos por siempre, sin percatarme, como lo sostiene
Alexander Lowen en Amor y orgasmo, que era un actor sexual: “ el acto
sexual se torna representación si se utiliza para impresionar a la pareja y no
para expresar un sentimiento, o si para satisfacer al otro se convierte en algo
más importante que complacer a las propias necesidades, o si los valores del
ego privan sobre los sentimientos o sensaciones”. En palabras de Lowen, “la
persona sexualmente madura, sabe que la satisfacción sexual no se puede
separar de la satisfacción general en la vida…”
Hoy logré comprender que no se puede retener a otra persona, ni
incluso permanecer uno mismo al lado del otro, sin existir el amor.
De acuerdo a Erick Fromm, en el Arte de amar: “El amor es una
actividad, no un afecto pasivo; es un “estar continuado”, no un “súbito
arranque”. En el sentido más general, puede describirse el carácter activo del
amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir”. Así que daba
amor y placer, sin embargo, esperaba del otro su permanencia a mi lado.
Así que me pregunto, ¿cómo actuaba en consecuencia? En forma
inconsciente me protegía. Primero me enamoraba y luego me defendía con el
desenamoramiento. Partía del juicio: “A mí no me pasará igual que a ellas,
ningún hombre me va a hacer sufrir dejándome sola”. En mi mente creaba
situaciones donde visualizaba la partida de mi pareja y las razones por las
cuales no deseaba continuar con la relación, aun cuando sentí que cada uno de
ellos me llegó a amar infinitamente. Con las afirmaciones posibles que
sustentaban mis juicios, llegaba el desenamoramiento, así que en silencio
tomaba la decisión de partir, sin haber conversado, sin haberlos escuchado, sin
declararles mi angustia y mis miedos. Cosa curiosa, no hablaba con ellos de
mis insatisfacciones, de mis alegrías, de mis expectativas. Eso lo reservaba
solo para mí. Llegaba a un punto en mi relación de pareja que era tanta la
insatisfacción que sentía, que todo lo que hacía la otra persona ya no me
importaba, ya había perdido el interés en ella. No quería estar allí, ya no sentía
amor por esa persona. Para mí, la pasión toma un lugar especial. Esta es la
211
conversación privada que he mantenido conmigo misma: han sido tantas, que
llegaba a la tristeza, al llanto.
Mi amigo Aquiles, quien me regaló su mirada sobre este tema, me dijo:
“Concebiste el amor desde el abandono, un amor contradictorio con el ideal
del amor. El amor se concibe idealmente para no agotarse; tú, sin embargo,
concretas con el abandono el amor real, aquel que termina y, sobre todo, aquel
que termina por tu decisión, no por la del otro. No admites quedarte rezagada,
prefieres llegar primero abandonando al otro porque es la forma como puedes
controlar, inclusive el dolor que produce el abandono”. Esta interpretación
tiene mucho sentido para mí. Ni juicio era que el amor podía agotarse, desde
ese juicio huía, me ubicaba en el ciclo de la víctima, intentando controlar el
dolor del abandono.
Ahora puedo ver que siempre hablé de un proyecto común en pareja,
mas no era tal. No era un proyecto de dos personas que formaban un hogar,
una familia, sino que era mi proyecto, mi casa, mi trabajo, mis ahorros, mi
éxito. Observo que bloqueé el “hablar de nosotros”. Hoy me doy cuenta de que
trataba de ser hombre y mujer (como mi abuela), así que competí toda la vida
con mis parejas, los excluí de mí. Al reflexionar, me doy cuenta de que al no
haber proyecto de vida para una pareja, quedan solo mis insatisfacciones, al
ser solo mías y ver que no puedo lograr mi proyecto al lado de mis parejas a
quienes no involucré. Me voy, sin cerrar ningún ciclo, sin explicaciones. Yo
misma ya me las he dado. Ahora que lo puedo ver, puedo comenzar a cambiar.
En las relaciones con mis amistades también se encuentra el abandono.
Puedo llegar a ser una amiga incondicional y un día cualquiera, por cualquier
motivo, me distancio; siempre ha sido igual: con las amistades de mi niñez, de
la universidad, de mis trabajos. Si me voy al plano familiar, sucede lo mismo.
Puedo estar un tiempo pendiente de mis tías y primas, y de repente no siento
deseos de volverlos a contactar y me ausento. En el mundo laboral, de igual
forma he sentido la presencia del abandono. Mi estabilidad era entre tres y
cinco años de permanencia en un puesto de trabajo. Esto cambió con mi
último empleo, donde trabajé durante once años. En esa organización tuve la
oportunidad de crear, de hacer una labor que me gustaba, de dejar huella, de
trabajar cercana a la gente, de hacer amigos. Todo esto, aunado a la madurez
de los años vividos, fue ancla en lograr mi estabilidad laboral.
En mi vida adulta, me he mudado unas 28 veces de una casa a otra.
Existe en mí un desapego, un desprendimiento, no me aferro a las cosas,
puedo salir de ellas sin mayor complicación. En el desapego hacia las personas
y las cosas materiales encontraba un comportamiento que me permitía escapar
del dolor, de no perder lo que quiero, lo que amo.
III. Los costos involucrados
Al examinar y reflexionar sobre cómo he vivido mi vida y los
resultados que he alcanzado, me he sentido insatisfecha, sus costos han sido
212
muy elevados. Entre ellos se encuentra mi inestabilidad en mis relaciones de
pareja: comienzo y finalizo una relación, una vez y otra vez, de igual forma he
sentido inseguridad y necesidad afectiva. He estado en la vida buscando la
guía, la cual ha sido la búsqueda del amor del padre en los hombres de mi vida
y al mismo tiempo honrando a las mujeres de la familia, sintiéndome
responsable por ellas, comprometiéndome ante ellas de no repetir sus
experiencias.
Me ocurrió una, dos, tres, cuatro, cinco veces que he encontrado ese
amor, que soy amada para luego partir. ¿Qué pasa si me dejan?, ¿tal vez no lo
podría soportar y terminaría suicidándome como mi padre, al ser abandonado
por mi madre? Hoy me respondo que no. Él tuvo su vida, yo la mía; de mi vida
soy yo la responsable y me haré cargo de ella.
Reflexionado sobre los costos que el abandono ha dejado en mí,
encuentro que en mi búsqueda nunca he estado sola, siempre he estado al lado
de un hombre. Salía de una relación e inmediatamente entraba en otra. No
dejaba espacio para el duelo. Con mis parejas he permanecido alrededor de
cinco o siete años. Luego que la relación finalizaba, experimentaba un gran
vacío, una sensación de haberme lastimado, de haber atentado contra mi
integridad como mujer. Coincido con Sara Llona y Deborah Levit en su libro
La separación, una experiencia de vida con sentido:
La partida es el corte físico, de espacios que ya no existirán, de
espacios que quedaran vacíos. Sobra o falta un plato en la mesa, la cama se
hace grande, hay un silencio de esa voz particular. Alguien no llegará esta
noche. El impacto de las imágenes que quedan: la puerta, la maleta, el ruido
del auto, aquel objeto que se pide como símbolo y recuerdo. Emociones
contrapuestas: calma, alivio, vacío, angustia, incertidumbre, pena y dolor
desgarrador.
La partida es un momento de mucho dolor, que independiente de las
razones que nos lleven a la separación implican un costo emocional muy alto,
de tristeza, inseguridad, frustración.
La amenaza del abandono me ha hecho ser individualista. He querido
ser la autosuficiente, la heroína. ¿La heroína de quién? Sin darme cuenta de
que quien se desploma he sido yo misma. He sufrido las consecuencias que
mis acciones conllevan, tales como inestabilidad emocional, proyectos rotos,
una familia sin constituir, vivir en desconfianza de mi pareja hacia mí y
viceversa. Al ver mis ex parejas mi historia han sentido temor de que tarde o
temprano termine por dejarlos. Por otro lado, de mí hacia ellos, en mis
conversaciones internas sostengo: “En algún momento te cansarás y te irás de
mi lado”.
Hay un costo para mí importante de mencionar: he sentido culpa de
haber hecho daño a otros, de haber herido sentimientos ajenos. El sentirme
mal conmigo misma, el sentir la duda de si he actuado de la forma correcta, el
sentir que no he actuado con dignidad con el otro y hacia mí, son los costos
213
ocultos, no tan fáciles de aceptar y reconocer. Hoy reconozco y acepto mis
actos, asumiendo la responsabilidad que los mismos implican, así como el
generar nuevas acciones, entre ellas el perdón.
¿Ha tenido sentido? Hoy cuando escribo estas líneas me doy cuenta de
que no tiene sentido seguir ese patrón recurrente de conducta, de seguir
escapando. Es por eso que declaro mi deseo de afrontar todo lo que viene
implícito en una relación de pareja, incluso que me dejen de amar, de dejar al
otro la libertad de estar a mi lado o seguir su propio camino. Hoy vienen a mi
memoria mis relaciones de pareja y puedo ver que fui feliz en cada una de
ellas, como lo soy actualmente con la persona que tengo a mi lado.
IV. Perfil de la mujer que abandona por miedo a ser abandonada
Examinando la historia y estructura de coherencia de mujeres que han
sido mis coachees, así como de otras con quienes he conversado sobre el tema,
al igual que en mi caso personal, he podido identificar la presencia de patrones
similares. A base del análisis y la reflexión que conlleva tales conversaciones,
me permito exponer algunas características o perfil que los caracterice. Antes,
voy a relatar tres breves historias, a mi parecer interesantes para abordar este
fenómeno.
La primera de ellas es el caso de Carolina, una mujer de 51 años,
madre soltera, profesional, dedicada al hogar, provienente de un hogar
estructurado y funcional. Vivió en su infancia la rigidez, control y
autoritarismo de un padre extremadamente severo. Careció del afecto, abrazos
y contacto emocional de la figura paterna. Desde su adolescencia hasta su
adultez ha tenido a su lado diferentes compañeros. Por algún motivo u otro no
logra quedarse. Ha buscado el afecto paterno en cada uno de ellos. Con el
padre de su único hijo mantuvo una relación conflictiva el poco tiempo que
vivieron juntos. Tomó la decisión de separarse cuando su hijo contaba con un
año de nacido. No aceptó la infidelidad de su pareja ni aceptó abrir ninguna
conversación para indagar las causas. En su pensamiento primó el juicio: “Si
te perdono, lo volverás hacer y me dejarás”. El último de sus parejas es diez
años menor que ella. Ha establecido con él una relación intermitente por años
sin llegar a formalizar su relación, a pesar de que él le ha pedido muchas veces
que vivan juntos. Entre excusa y excusa ha dejado pasar los años, evitando dar
el sí definitivo que le comprometa en una relación formal. Sufre, llora, cuando
las relaciones finalizan, sin entender ella misma lo que le acontece, qué le ha
impedido vivir su libertad. Sus juicios: “Es más joven que yo, se cansará, se
aburrirá de mí y se marchará”. “No quiero estar sola con otro hijo”.
“Déjame disfrutar del placer que me produce la relación mientras dure”. “He
sentido culpa por haber hecho daño a otros”.
El segundo caso es el de Jessica, una joven de 21 años, soltera,
estudiante, provienente de un hogar disfuncional. Sus padres se divorciaron
214
cuando era una niña de un año. Durante su infancia mantuvo poco contacto y
poco afecto con su padre. Cuando tenía siete años, su madre se volvió a casar
y sintió que su situación empeoraba. Se sintió relegada a un segundo plano,
abandonada de padre y madre. A los 14 años, por problemas con su madre, se
marchó de la casa materna y decidió ir a vivir con su padre, donde recibió la
atención y el afecto paterno. Cuando tenía 18 años de edad, su padre se
suicidó, quedando nuevamente sola y abandonada. Su primera y segunda
relación de pareja finalizaron por voluntad de su novio. Es una joven con
mucho dolor, inseguridad emocional y búsqueda de afecto. Hoy a sus 21 ha
iniciado una relación con otro joven de su edad. En su última sesión de
coaching comentó: “Quiero a mi novio y él me quiere a mí; él me lo dice
siempre. Me veo con él casada y viviendo juntos, pero es solo un sueño, es una
gelatina para hacerse realidad. Vivo mi día a día, me da miedo proyectarme en
el futuro, me da miedo que mañana se vaya de mí.”
Emperatriz, es una mujer de 40 años, madre soltera, profesional,
independiente, provienente de un hogar donde sus padres peleaban
frecuentemente. Su padre era muy severo, rígido, incapaz de brindar una
caricia. En su infancia le faltó contacto físico con el él, su protección, su
palabra afectuosa, su amor. Su padre se marchó de casa cuando Emperatriz
contaba con nueve años. Ha buscado en sus parejas cariño, afecto, protección.
A los 25 años, se enamoró del padre de su hija y juntos tuvieron una relación
conflictiva. Él, un hombre casado y 15 años mayor que ella. Al nacer su hija
este la abandonó. Se hizo una mujer independiente, se refugió en el trabajo y
evitó así volver a enamorase. Su última relación de pareja resultó de igual
forma conflictiva y después de varios años decidió finalizarla. Hoy confiesa
sentir miedo de entregarse demasiado en una relación de pareja, de fracasar,
miedo de sentir el dolor del abandono. Siente inestabilidad, poca tolerancia por
el otro. Uno de sus juicios: “Él se cansará y se marchará”.
En los tres casos se evidencia un esfuerzo por el control del otro y de
sus circunstancias. El abandonado quiere tener control de la mayor cantidad de
cosas, tal vez como una forma inconsciente de predecir consecuencias y
sentimientos, como una forma destructiva de mitigar el dolor que produce el
abandono.
Cristina Meyrialle, psicóloga transpersonal e investigadora del tema de
las adicciones, plantea que
quien sufre de abandono siente que no tiene suficiente alimento
afectivo. Para no sentir esa carencia afectiva, se construyen la máscara de la
dependencia. A los que adoptan el papel de víctima les suele gustar adoptar el
papel de salvador. Jugarán el papel de “padre o madre” con sus hermanos o
tratarán de salvar a alguien a quien aman y que está en dificultades. Hacen
para los demás para sentirse importantes, y esperan afecto a cambio. Asumen
responsabilidades que no les corresponden, y sufren por los demás,
dependiendo su felicidad de la felicidad del otro.
215
Esta es otra característica que identifico en el perfil unitario de la mujer
que abandona: son mujeres que se refugian en el trabajo, son proveedoras
económicas, asumen responsabilidades y dan en forma incondicional,
utilizando la máscara del hacer para no asumir que se padece un problema de
carencia afectiva.
Son mujeres con la máscara del hacer, hacer y hacer, algo siempre
falta. Como dijo Julio Olaya, en el “I Congreso Venezolano de Coaching”:
“Andamos detrás de lo que no tenemos, encontramos la solución a nuestros
dolores en el hacer, en lugar de vivir este momento como un regalo de vida.
No sabemos lo que me hace falta”.
¿Cómo es ese sistema familiar que crea mujeres con miedo al
abandono? Una primera interpretación que puedo esbozar, es que son sistemas
donde en la infancia la niña vivió la ausencia de la figura paterna; la ausencia
del afecto, del abrazo, del cuidado y del amor de un padre. Es un sistema
familiar en el cual encontramos la figura de varias mujeres (abuelas, madre,
tías) que vivieron la experiencia de ser abandonadas por sus maridos; es así
como de manera inconsciente se trata de llenar ese vacío afectivo en cada
relación de pareja. Sin embargo, para no repetir la historia de otra mujer
abandonada dentro de ese sistema, se huye por miedo a ser lastimada y sufrir.
Una vez encontrada esa afectividad masculina que tanto buscaba, se instaura el
miedo de perderla.
De la literatura sobre el tema revisada en internet, leí un artículo de los
licenciados Lily Fontán y Esteban Craig, psicólogos y docentes universitarios
especializados en terapia e integración de la pareja, en el que sostienen que
“aquellas personas que en sus tres primeros años de vida fueron víctimas de
abandono o rechazo por parte de alguno de sus padres, tienen dificultades para
adquirir seguridad. Los vacíos afectivos son uno de los principales
detonadores de la dependencia”. Acorde a este planteamiento, he identificado
en el perfil de la mujer que abandona una historia común: mujeres que en su
sistema familiar vivieron en su infancia la ausencia de la figura paterna o, en
su defecto, mujeres que en su infancia tuvieron un padre muy severo y estricto.
En ambos casos se da la ausencia del afecto, del abrazo, del cariño, del amor
paterno.
Una interpretación que expongo es que las mujeres que germinan de
ese sistema familiar, las relaciones de pareja que construyen son poco
duraderas. En ellas no se da el compromiso con ellas mismas para constituir
una relación fuerte y construir un proyecto de familia con la persona que
tienen a su lado. La persona no se compromete con el amor, ni con la
confianza, admiración y respeto hacia su pareja y hacia sí misma.
V. Perfil de la mujer con miedo a ser abandonada
216
DESCRIPCIÓN
¿Cuál es la preocupación?
Miedo a ser abandonada.
No ser capaz de mantener una relación de pareja duradera, que
produzca satisfacción.
¿Qué se siente?
-Inseguridad afectiva
-Búsqueda de afecto
-Necesidad de ser protegida
-Culpa de hacer daño al otro
¿Qué emoción lo caracteriza?
-Tristeza, melancolía, dolor
-Rabia
¿Qué miedos lo acompañan?
-Miedo a sufrir el abandono
-Miedo a quedarse sola
-Miedo a quedarse sola con otro hijo
-Miedo de quedarse sin afecto
-Miedo a entregarse demasiado en una relación de pareja
-Miedo de volver a fracasar
-Miedo a la inestabilidad de pareja
¿Cuáles son los juicios, desde donde actúan?
- Esto no funciona, antes que me deje me voy yo.
-Las relaciones no son para siempre.
-Se cansará, se aburrirá de mi y se marchará.
-Déjame disfrutar del placer que me produce la relación mientras dure.
¿Qué historia tienen en común?
-Mujeres que en su infancia vivieron la ausencia de la figura paterna.
- Mujeres que en su infancia tuvieron un padre muy severo y estricto.
- En ambos casos se da la ausencia del afecto, del abrazo, cariño, amor
paterno.
-Mujeres que en su familia de origen y propia han sido abandonadas.
¿Qué hace falta?
-Amor, afecto paterno, la caricia del padre.
¿Qué se busca?
-Llenar un vacío afectivo, la del padre ausente en la infancia.
Acciones que lo acompañan
-Culminación de la relaciones de pareja
-Abandonar proyectos con facilidad
-No cerrar ciclos
-Buscar apoyo en otros
-Refugio en el trabajo
-Son proveedoras económicas
217
-Asumir responsabilidades
-Dar para recibir reconocimiento, afecto
-No compromiso como una forma de protección
- Desamor como forma de protección
- Desapego por las cosas y personas
-Uso del sexo para retener a la otra persona
-Poca tolerancia y aceptación del otro
Resultados obtenidos
-Relaciones de pareja poco duraderas
-Pérdida de la dignidad
-Soledad
-Búsqueda inconclusa
-Cansancio, hastío
-Daños causados a otros: a la pareja, hijos, familia
-Se compromete la imagen pública
-Experimentar el haber sido amada
-Experimentar el ser mujer
-Disfrutar su sexualidad
-Desequilibrio emocional
Incompetencias genéricas
-Dificultad para reencontrarse a sí misma, así como las fuerzas internas
para desprenderse del dolor causado por el abandono.
-Dificultad para encontrar la afectividad internamente y no fuera de
ella.
-Dificultad para abrir ciclos para ella misma.
-Problemas con la distinción del “dejar”, lo que se traduce en dificultad
para aceptar la partida del otro.
-Imposibilidad de entregarse al amor, a la relación.
-Dificultad para abrir ciclos para ella misma.
VI. La dificultad para reencontrarse a sí misma
De mis vivencias, así como también de los quiebres presentados por
mis coachees, he observado que la mujer con miedo a ser abandonada
obstruye su capacidad de afrontar su vida afectiva, desarrollando una
dificultad para encontrar las fuerzas internas que le permitan desprenderse del
dolor, lo que conduce a estados emocionales de desasosiego, ansiedad,
desesperanza, tristeza, rabia, así como pérdida de autoestima.
Me permito expresarles, a aquellas mujeres que sufren el miedo de ser
abandonadas, que cuando las interpretaciones sobre el pasado, sobre los
hechos cambian, las emociones, estados de ánimo y miedos también cambian.
En este sentido, el Dr. Rafael Echeverría, en su libro Ontología del lenguaje,
en el primer principio ontológico sostiene: “No sabemos cómo las cosas son.
218
Sólo sabemos cómo las observamos o cómo las interpretamos. Vivimos en
mundos interpretativos”. El pasado es pasado; los acontecimientos, así como
los hechos, no los podemos cambiar, sin embargo, podemos reinterpretar la
forma de verlos y sentirlos. Nuevamente, coincido con Silvia Salinas en el
planteamiento que hace en su libro Todo no terminó: , “Gran parte de nuestro
dolor y nuestro sufrimiento surge de la manera en que interpretamos las cosas
que nos pasan. Cuando tomamos coincidencia de que no hay una sola
interpretación, que hay múltiples miradas y ninguna representa “la verdad”,
también descubrimos que podemos elegir nuestra forma de mirar; advertir la
mirada que nos destruye y encontrar la que nos enriquece”.
Desde mi punto de vista, es posible encontrar las fuerzas internas al
cambiar nuestros juicios sobre el abandono, reinterpretando nuestra historia.
Como dice Echeverría: “Los juicios son la raíz del sufrimiento humano. Todo
sufrimiento está contenido en el envoltorio lingüístico y lo central es el papel
de los juicios”. Estamos inconscientemente programados para evitar el dolor
que un abandono real o imaginario pudiese causar, por lo tanto,
inconscientemente preparamos el terrero para partir y repetir un patrón de
conducta: en el tema que abordamos, huir y escapar. No se trata de luchar
contra la pareja, o luchar contra nuestros juicios, se trata de cambiar los juicios
y narrativas para incidir positivamente en nuestra emocionalidad.
Un aspecto importante es reconocer la realidad del abandono en
nuestras vidas o sistema familiar. El aceptarlo es el primer paso para construir
una nueva realidad. Cuando aceptamos el abandono, el supuesto que implica
una amenaza, peligro o riesgo, desaparece de nuestra percepción. Todo está en
nuestros pensamientos, en nuestros juicios, en nuestra narrativa. Para aceptar,
se requiere perdonarnos y perdonar a otros.
Desde mi propuesta, para hacernos cargo del miedo a ser abandonada,
el punto de partida está representado por identificar donde comenzó toda esta
historia, desligar lo que me pertenece de lo que pertenece a otros, a mi familia.
¿En qué momento este observador, dejó de ser “yo”? ¿Cuáles son los juicios
que tengo sobre mi pasado, sobre el abandono? Una vez que logramos
identicarlos, comprendemos la razón de nuestras acciones para luego
identificar cómo nos ha afectado, el costo de ellos, los resultados que dichas
acciones conllevan. La pregunta que surge es ¿cuándo quiero comenzar a ser
un observador diferente?
Como todo fenómeno tiene luz y sombra, una nueva narrativa puede
ser construida: dejar de mirar la sombra e iluminar la otra cara del abandono y
desde su luminosidad comenzar a trabajar, descubriendo hallazgos
significativos.
Para avanzar en nueva propuesta de marrativa, se hace necesario, en
primer lugar, entender que el abandono puede ocurrirle a cualquier persona,
independientemente de su clase social, nivel de educación, raza, sexo. Su
presencia es más frecuente de lo que imaginamos. Es algo interno, no está en
219
los demás, sino que habita en la persona.
Por mi parte, pasé varios años de mi vida preparándome para no
sufrirlo en lugar de prepararme para disfrutar de mi presente sola o
acompañada. Si el dolor del abandono y el miedo que lo acompañan están
presentes en la persona, es porque requiere que se le preste atención. Si las
acciones de escapar, de dejar al otro, de huir, de aguantar o soportar
situaciones que en el fondo no deseamos, nos han llevado al mismo lugar, a
los mismos resultados sin superar ese miedo, es porque el aprendizaje no ha
sido lo suficientemente profundo para aprender y generar acciones que nos
transformen como ser humano. ¿Cuál es el aprendizaje? El abandono no es un
lugar físico adonde ir o de donde salir, es un estado emocional interno, que se
siente estemos donde estemos: solos o acompañados.
En segundo lugar, identificar ¿cómo se manifiesta esa emocionalidad?
En ocasiones se puede llegar a pensar que la pareja puede alejarse en acciones
tan simples como irse de viaje, no devolver una llamada, o llegar tarde a casa,
y lo interpretamos como deseos, como indicios de que el otro quiere
marcharse, ocasionando en la persona displacer, tristeza o rabia. Ese estado
emocional conduce a no querer seguir o insistir en la relación. Surge el
encierro en sí mismo, acompañado del silencio. Desde esa emocionalidad se
habilita la desconfianza hacia la otra persona e inseguridad en uno mismo.
Cuando se recibe la tan esperada llamada de la pareja, la rabia nos ha invadido
al sentir que nos han descuidado, respondemos con desagrado o recibimos a la
pareja con molestia e indiferencia. con la consabida consecuencia de ir
marchitando y mermando la relación hasta agotarse. Desde esa emocionalidad,
no es posible acercarnos desde el amor y respeto, no es posible abrir espacios
de conversaciones para expresar lo que se siente, para conocer las razones del
silencio del otro o conocer sus inquietudes.
En tercer lugar, una valiosa declaración: “Yo soy la persona que puede
determinar cuánto me afecta, por cuánto tiempo y los motivos por los cuales
me afecta. Por lo tanto puedo declarar que soy la persona que puede conferirle
autoridad para que este estado emocional habite en mí”. Las fuerzas internas
para afrontar este estado situacional emergen cuando logramos comprender
que no somos víctimas, no hay culpables, cada uno es responsable, somos
protagonistas y dueñas de nuestros procesos, así como de las emociones y
estados de ánimo donde cada uno elige estar. Todo depende desde donde uno
se situé a ver este fenómeno: desde la luz o desde la sombra.
En cuarto lugar, si el abandono habita en la persona, requiere aprender
a estimarse, valorarse, a reconocerse, desde la mujer capaz de amar, de amarse
y respetuosa de su dignidad. Si en la vida experimentamos una situación de
abandono, debemos comprenderlo como algo temporal. No podemos retener a
ninguna persona a nuestro lado en contra de su voluntad. Una vez superado el
duelo, desde el amor saldremos fortalecidas.
220
VII. Diseñando una nueva mujer
Ante la inquietud, ¿qué es lo primero que tendría que reconocer una
mujer con miedo a ser abandonada?, mi propuesta es aceptar que se tiene un
problema, una dependencia afectiva de otros; que se tiene miedo a quedarse
sola, a afrontar el vivir el dolor que un abandono real o imaginario pudiese
causar. Hay que aceptar el pasado de la ausencia de afectos de la figura
paterna. Darse cuenta de cómo nos ha impactado ese pasado identificar qué
deseo hacer y resolver el dilema de superarlo o quedarme inmersa en él:
¿víctima o responsable? Es una toma de conciencia sobre esa situación en
particular, sobre los costos que se han tenido que afrontar y que podrían seguir
asumiéndose si no nos hacemos cargo de nuestro problema. Lo pasado, pasado
está, lo importante es cómo me hago cargo de él, saber cuál es mi
responsabilidad. El amor que no tuve de mi padre no lo voy a reemplazar con
el amor del hombre que tengo a mi lado, son dos amores diferentes.
Abandonando al otro no voy a escapar de mi propio dolor.
Un segundo aspecto se dirige a construir un juicio nuevo: el amor se
encuentra dentro de mí, no en otros o fuera de mí. Es el amor hacia mí misma,
el respetarme; ganar confianza, coraje y seguridad en mí, la fuerza interior que
me facilitará la construcción de mi hogar interior. ¿Qué me hace llegar a este
juicio? El hecho de que he iniciado y terminado diferentes relaciones con la
certeza de que esta vez sí funcionará, sin embargo, la insatisfacción,
inseguridad, desconfianza y miedo ha sido el mismo. El sustituir el afecto de
una persona por otra, el dejarlo, el huir, no hace que logremos superar nuestro
problema, sigue dentro. La percepción del abandono, como lo dije
anteriormente, no es un lugar adonde ir o de donde salir, sino que es la tristeza,
angustia e inseguridad que se siente estemos donde estemos.
La desconfianza en la pareja es el reflejo de mi propia inseguridad. Es
mi duda y mi miedo de perderlo, de quedarme sola. ¿Qué es lo que podría
pasar?, ¿que nos dejen? Por eso mi propuesta es recurrir a nuestra fuerza
interior, a nuestra fe, a creer en uno mismo. Si nos dejan, vivamos nuestro
duelo con dignidad. El coraje y amor a mí misma me ayudará a salir de donde
estoy. Si eso llega a suceder, que nos dejen, entonces recordemos cuántas
veces en el pasado hemos superado situaciones difíciles.
En este momento cierro los ojos y recuerdo cuando, siendo una
adolescente de 16 años, quedé embarazada. Fue muy difícil para mí asumir mi
estado, conversar con mi madre al respecto. Sentía que mi mundo se
derrumbaba, que había traicionado la confianza depositada en mí, que mi
proyecto de seguir estudiando y ser una profesional pasaría a la historia y se
quedaría en un simple sueño. ¿Qué era lo que podía pasar? Que mi madre me
rechazara, que el padre de mi hijo me abandonara. Sin embargo tuve coraje, fe
y confianza en mí para afrontar la situación. Conversé con mi madre como
221
nunca antes lo había hecho. Le hable desde mi corazón, desde mi humildad e
inocencia. Pedí su ayuda y pude encontrar en ella su apoyo incondicional al
igual que de la familia del padre de mi hijo.
Un tercer aspecto es la mirada de que estamos juntos porque los dos
queremos que así sea. Es el compromiso de querer construir una vida en
común donde seamos complemento el uno para el otro. En una clase de
biodanza escuché decir a Sanclair Lemos: “No hay hombres ni mujeres para
siempre, no hay esposos ni esposas para siempre. Hay dos personas que se
encontraron. El amor es para siempre mientras dure, sin embargo, para que
dure necesita ser conquistado y renovado todos los días”. Esto hace sentido
para mí. El renovar el amor todos los días implica el compromiso de escuchar
las inquietudes del compañero de vida: confiar, amarlo, admirarlo y respetarlo.
En el día a día se manifiesta en pequeñas acciones como esperar con calma y
amor su regreso, su llamada, caminar, jugar, crear juntos; aceptar que él tiene
una vida como ser individual, con amigos, con una familia, con unas
expectativas hacia mí como mujer, como pareja. ¿Conozco esas expectativas?
¿Las he cumplido? ¿Le he entregado las mías? ¿He conversado con él sobre lo
que siento? Es un buen punto de partida.
Por otro lado, es necesario intervenir nuestra conversación interna, esa
vocecita que nos dice: “No estás obligada a estar con esa persona. Es un
irresponsable. No le tengo confianza, es muy conformista”. La acciones que
involucran estos pensamientos son el desapego, el no comprometerse, el no
querer estar con esa persona. Qué sucedería si cambiáramos la forma de pensar
por otras que nos habiliten a confiar y ver sus lados positivos, omo por
ejemplo, las veces que él me ha brindado apoyo, las veces que me he sentido
amada por él y he reconocido sus valores. ¿Cómo actuaría? Con deseos de
retribuir ese amor y queriendo permanecer a su lado. Celebrando el presente y
visualizando nuestro futuro desde la ambición y comunión con el otro.
Dentro de mi planteamiento, se encuentra tener el coraje de Teseo para
entrar a enfrentar al Minotauro en su laberinto, con la espada en mano hasta
quitarle la vida, para luego regresar y encontrar la salida con la ayuda del
ovillo de hilo que le diera Ariadna. Así como Teseo enfrentó al Minotauro, la
mujer con miedo a ser abandonada requiere enfrentar con coraje su miedo.
Reconocer cuál es la parte visible de ese laberinto y reconocer cuál es la parte
no visible del mismo. ¿Inconscientemente donde estoy encerrada? ¿Cuáles son
las fuerzas que requiero para ir y para salir de mi encierro? ¿Qué personas me
pueden ayudar? ¿Cómo es ese lugar: oscuro, quienes están allí? En cuanto al
Minotauro, ¿a quién o a qué le estoy dando autoridad y poder? ¿Dónde está la
fe que me acompaña, la esperanza?
Hoy quiero entregarle a cada mujer la oportunidad para compartir con
su pareja los miedos, no importa cuáles ellos sean: compartir las
insatisfacciones, sacarlas a la luz, decir lo que nos gusta o no nos gusta, qué
esperamos de la relación. ¿Qué expectativas tenemos del otro? ¿Cómo puedo
222
lograr el compromiso si no he manifestado lo que quiero? Las invito a abrir
más espacios conversacionales para expresar las inquietudes, para dar y recibir
el amor que sentimos.
En mi experiencia he encontrado una forma de trascender ayudando a
niñas que han sido abandonadas por sus padres y refugiadas en una Casa
Hogar. Allí soy madrina de tres niñas a las cuales brindo mi amor, protección
y mi orientación como mujer, sin querer llegar a ser la sustituta de sus madres.
Las invito a detener esa búsqueda, esa huida, a enfrentar ese miedo.
Paradas ante la vida, con los pies bien puestos en la tierra, desde otra mirada,
declaremos: “Quiero quedarme aquí, seguir construyendo mi hogar interior
estable, lleno de confianza en mí misma, con respeto y amor”.
Abandono
Abandono que transitaste en mi vida
Huésped alojado en mi alma hasta hacernos cómplices.
Con ojos vendados te he visto
Como ciega he tropezado los mismos caminos y callejones.
Con miedo de ser lastimada cambiaba mi rumbo
Más no sabía adónde ir.
Hoy me quito las vendas
Te miro a la luz, desde la resplandeciente claridad.
Ya no voy a ninguna parte, elegí quedarme aquí
Dispuesta a disfrutar de mi presente, sola o acompañada.
Hoy soy dueña de mi vida, de mis procesos, de mis emociones.
De mi sentir.
Hoy quiero ser primavera.
Caracas, 2011
Bibliografía
De la Vega, María. “Herida de abandono”. Texto extraído de
mariadelavega.blogspot.com. [2010]
Echeverría, Rafael. Ontología del lenguaje. Santiago: J.C. Sáez Editor,
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Fontán, Lily y Esteban Craig. “La dependencia emocional”. Texto
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Fromm, Erich. El arte de amar. Lima: Briceño Editores, 2002.
Llona Sara y Beborah Levit. La separación. Una experiencia de vida
con sentido. Santiago: Planeta, 2009.
Lowen, Alexander. Amor y orgasmo. Barcelona: Editorial Kairós,
2006.
Michelena, Mariela. Mujeres malqueridas. Reconstrucción de la
223
identidad, más allá de la pareja. Caracas: Editorial Alfa, 2010.
Salinas, Silvia. Todo no terminó. Del dolor al amor. México D.F.:
Editorial Oceano, 2005.
——. “Art. Miedo en la pareja. Abandono vs invasión. En Revista
Buena Siembra. www.silviasalinas.com.ar []
Verney, Thomas. “La vida secreta del niño antes de nacer”. Tomado de
la web.
Wipedia, la Enciclopedia Libre. “Lilith”. En
www.es.wikipedia.org/wiki/lilit
NOTA
3. Tomado de wikipedia.org/wiki/Lilit. INDICAR FECHA DE
ACCESO
224
El miedo
Mitzi Ortiz
Introducción
Estoy en casa horas antes de viajar. Miro el reloj una y otra vez y
reviso muchas veces los documentos que llevo: pasaporte, ticket, etc. Me
siento insegura, intranquila y desasosegada. Respiro entrecortado y me cuesta
focalizar mi atención. Me siento confusa y con frío. Voy camino al aeropuerto,
las luces rojas me impacientan. Sigo intranquila y me siento irritable.
Reconozco la intolerancia frente a cualquier imprevisto. A pesar de que he
viajado antes, de conocer el aeropuerto, de haberme chequeado previamente,
etc., las sensaciones descritas se repiten. La experiencia de viajar sola me
despierta ansiedad.
Me muevo de arriba abajo en la oficina. Mi coachee está por llegar. Mi
inquietud e intranquilidad no se disipa, respiro en el pecho y mi atención se
dispersa.
Se han ido todos de la oficina, estoy sola. Por la hora pienso que
debería almorzar y sin embargo lo que realmente se me ocurre es irme lo más
pronto posible. Me acomete de nuevo la intranquilidad, la dificultad para
concentrarme y el deseo de arrancar.
Es sábado y hay almuerzo familiar. La casa está llena, con hijos y
familiares, todos circulando de aquí para allá. Hablan en voz alta y ríen, entran
y salen de mi cocina. Estoy inquieta e intranquila, respiro en el pecho y mi
atención se dispersa. Mi marido acaba de llegar atrasado del supermercado.
Habíamos acordado preparar carne y él –cambiando los planes– trae ostras.
Me enojo y discutimos. Solo quiero encerrarme en mi dormitorio. Estos
almuerzos masivos que me llenan de ruido y de estímulos me disgustan.
Extraño el silencio y el orden. De nuevo me cuesta respirar, quisiera arrancar y
calmar mi inquietud y desasosiego.
Las situaciones referidas son ejemplos. Las sensaciones descritas me
han aparecido también cada vez que me he quedado sin nana, que he
enfrentado un trabajo donde seré evaluada, que se me presentan cambios o
imprevistos, que hay desorden, mucho ruido y desconocidos.
Hasta hace poco pensaba que mis reacciones surgían desde lo que
enjuiciaba como mi rigidez, mi dificultad de confiar en otros, o mi mal genio
endémico. Me daba explicaciones que en nada me ayudaban para resolver lo
que sentía y me pasaba.
Cuando emprendí el trabajo de reconstruir mis experiencias desde la
fenomenología, fue que comencé a darme cuenta. Primero de que existía un
patrón de comportamiento establecido, y segundo, que ese patrón aplicaba en
las más diversas situaciones, algunas incluso tan “inocuas e inofensivas” como
una comida entre amigos. Lo que creía eventos aislados se articularon en un
225
fenómeno. Descubrí entonces que la distinción del miedo como pauta
psicofisiológica y relacional daba cuenta de ese patrón, desde el que yo –sin
conciencia– había venido viviendo con muy altos costos.
Por eso, si conoces ejemplos o has tenido experiencias similares que
apuntan al ser desconfiado, suspicaz o receloso; inseguro o controlador, mal
genio o irascible, intolerante o muy estructurado, ansioso e inquieto, entonces
puede ser probable que también para ti sea útil revisar qué pasa en el espacio
de la amenaza y el miedo.
Te invito entonces a leer este ensayo, para recorrer juntos la
arquitectura de este fenómeno genérico llamado miedo. Desde una mirada
ontológica discurriremos sobre sus raíces biológicas y psicológicas, tratando
de develarlo al menos parcialmente para ganar así consciencia y mayor
competencia para articular un diseño de vida alternativo, que lo integre
confiriéndole un carácter de señal.
Conocer cómo el miedo nos afecta, puede ayudarnos a cambiar
nuestros juicios y vivencias, incrementando nuestra capacidad de hacernos
cargo de las situaciones que enfrentamos, generando vínculos y redes de
conectividad más satisfactorias.
Puede también habilitarnos para percibir el cambio y la ambigüedad
como oportunidades de crecimiento, posicionándonos en nuevas creencias
cognitivas y en un nuevo espacio emocional donde la creatividad, la esperanza
y la templanza permitan la apertura de nuevas posibilidades de acción.
La propuesta, a partir de un acercamiento ontológico, es avanzar en la
gestión de este fenómeno, reconociendo cómo este afecta nuestra relación con
el entorno y con quienes nos rodean, y aceptándolo como parte de nuestro ser
humanos.
I. El miedo: mirada metafísica y mirada ontológica
El planteamiento desde una mirada metafísica apuntaría a que el miedo
surge provocado por agentes externos, consituyéndose como nuestro
comportamiento reactivo a dichos agentes. Serían las situaciones de alto
cambio, ciertos quiebres cotidianos y los trascendentales –que conllevan
naturalmente ambigüedad–, los que generan el miedo.
Sumado a lo anterior, la metafísica nos trae además el supuesto de que
los seres humanos somos racionales, y que por tanto el miedo vendría siendo
un asunto dado de administrar desde la lógica. Aparecen, en relación a esta
manera de mirar, mandatos tales como el “no debo sentir miedo, debo ser
valiente”, “no hay de qué tener miedo, aquí no pasa nada”. Si ello no funciona,
entonces asumimos que algo “falla” en nosotros, abriendo el espacio al juicio
de que algo hay de incorrecto o errado en quien lo experimenta. Como
máquina humana “fallamos”, estamos “enfermos” y determinados desde
nuestras limitaciones para administrar la realidad objetiva de la cual no
226
podemos dar cuenta.
Desde la mirada ontológica, en cambio, podemos hacernos cargo de un
fenómeno central y poderoso en términos de la posibilidad de transformarnos
como seres humanos, cual es que el miedo aparece cuando interpretamos que
no podemos dar cuenta de la situación que enfrentamos, ya que lo que antes
nos parecía estable, seguro y manejable desde nuestras pautas de asignación de
sentido y acción habituales, comienza a ser percibido como impredecible e
inmanejable, posicionándonos desde ahí en la amenaza.
Desde el claro ontológico, no es que el mundo sea en sí un lugar para
temer y en el cual sea dado desconfiar, huir, atacar o controlar, sino que somos
nosotros, los seres humanos, quienes le asignamos ese tono emocional y, más
importante aún, somos nosotros quienes al hacernos conscientes de nuestro
observador, podemos transformarlo a través del aprendizaje de nuevas
competencias interpretativas.
Puede que hayan existido situaciones fácticas en que nos fue dado
experimentar el miedo y desde las cuales empezamos a desconfiar, creando
“círculos viciosos” mediante la generalización de dichas experiencias a otras.
Desde la ontología, sin embargo, podemos comprender que lo que repetimos
es la interpretación, la asignación de sentidos y de las maneras de actuar.
Parándonos en un “claro particular”, dejamos de ver todos los elementos que
puedan refutar la experiencia, tiñéndola desde el observador en que nos hemos
constituido.
Podemos reconocer, entonces, que el miedo responde en sí a un patrón
biológico, el cual se remonta a los aprendizajes almacenados genéticamente
para asegurar la preservación de nuestra existencia como especie. Podemos
reconocer que cumple una función de alerta, y a la vez asumir como supuesto
que este patrón, como emoción básica y universal, es experimentado cada vez
que interpretamos algo como amenazante. Y al reconocerlo desde el claro
ontológico, podemos entonces mirar nuestros patrones de comportamiento y
cuestionar nuestros aprendizajes hechos desde esta base biológica, abriendo el
espacio al cambio a través de la incorporación de nuevos patrones de
interpretación, es decir, de sentido y acción.
Esto aparece como particularmente importante, ya en un mundo cada
vez más complejo. La reacción de alerta despertada por el miedo puede perder
el carácter funcional que inicialmente la caracterizó, independizándose de los
estímulos originales, tiñendo las situaciones y llevándonos a interpretarlas
generalizadamente como amenazantes.
Dado que la respuesta biológica de miedo sostenida termina
produciendo un deterioro físico sobre el que fácilmente aparecen
enfermedades orgánicas, psicológicas y comunitarias, revisar desde el claro
ontológico nuestro aprendizaje del miedo cobra entonces importancia.
II. Algunas categorías temáticas desde las cuales es posible abordar
227
el miedo
La perspectiva fisiológica: tiene que ver con la mirada de la biología y
la bioquímica e implica develar el patrón fisiológico específico que se activa a
partir de la emoción. Desde una mirada ontológica, nos permite diferenciar al
miedo de las demás emociones básicas; entiéndase tristeza, alegría, erotismo,
ternura y rabia (Bloch, 2002), facilitando la acción de describir la experiencia.
Nos permite además mirar el miedo más claramente como fenómeno genérico,
ya que la biología del miedo como emoción es común a todos los mamíferos,
incluidos los seres humanos. La biología arroja luz acerca de cómo se activa y
de cuáles son las respuestas o vías de acción disponibles desde el miedo. Nos
ayuda a conectar directamente con dos ámbitos que constituyen al observador:
el del cuerpo y el de la emoción.
La perspectiva psicológica: implica abordar las teorías interpretativas
que se han hecho acerca del miedo en los seres humanos y de su rol en la
generación de síntomas y patologías individuales. No está siempre disponible
para ser importada desde la mirada ontológica, ya que muchas veces nos limita
a marcos conceptuales no siempre o difícilmente contrastables desde la
experiencia misma. Sirve más para dar cuenta de las explicaciones que del
fenómeno en sí. Muchas de las teorías, además, abordan el miedo sin
profundizar en el rol adaptativo que pueda tener la emoción. Lo analizan como
un contenido psíquico y no como una vivencia susceptible de ser modificada a
partir del aprendizaje de nuevas interpretaciones derivadas de la
reconstrucción ontológica de las experiencias.
Desde la psicología rescato el concepto de attachement o apego,
desarrollado por el psicoanalista británico John Bowlby (1907-1990). Este
concepto, en particular, es posible de ser reconstruido ontológicamente, debido
a que apunta a los aprendizajes experienciales a través de los cuales formamos
relaciones humanas que nos permitan adaptarnos y desenvolvernos
confiadamente (sin miedo) en el mundo. Basado en la observación de niños y
de manera prospectiva, puso el énfasis en describir el fenómeno del apego,
colocándolo en relación con una pauta vincular biológica temprana presente en
mamíferos, incluidos humanos. A partir de la observación de los patrones de
apego temprano, Bowlby refirió que la posibilidad de vincularnos confiada y
seguramente, con otros y con el mundo, dependerá en gran medida de cómo
haya sido la experiencia primaria con la madre. Qué tan solidamente se haya
establecido la conducta de apego influirá en el grado de confianza con que
posteriormente se enfrentará el proceso de separación e individuación. Esta
pauta de apego podría ser vista ontológicamente, como un eje de constitución
del tipo de observador que devenimos en ser.
Bowlby estaba interesado en encontrar los patrones de interacciones o
patrones interpretativos, involucrados tanto en el desarrollo sano como en el
228
patológico. Este psicólogo se enfocó en cómo las dificultades de apego se
transmitían de una generación a otra a través de las relaciones. Desde aquí veo
la posibilidad de rescatar, a partir de la indagación en las narrativas de los
coachees, el análisis de los juicios maestros articulados desde el apego,
fenómeno bioemocional e interpretativo conectado con el miedo.
Por tra parte, la perspectiva semántica permite revisar el miedo como
concepto, reconociendo nociones asociadas y explicando el origen de las
distintas acepciones en conexión con sus raíces en el latín u otras lenguas.
Podría colaborar a la mirada de la fenomenología analítica permitiendo ver los
deslindes o límites de las palabras que pretenden distinguir la experiencia
asociada al miedo.
A su vez, la perspectiva sociológica permite abordar el miedo como un
fenómeno inherente a las sociedades humanas, acercándose a su rol en la
sociedad y en la vida de las comunidades, abordándolo como un eje de análisis
dentro del proceso de socialización. Desde una mirada ontológica puede
aportarnos en la comprensión de narrativas que alimentan el miedo y en la
configuración de los sistemas en que se haya inserto el observador influyendo
en sus narrativas.
Otra perspectiva es la religiosa, que implica mirar el miedo y sus rol
dentro de las diferentes religiones. Podría aportar a la práctica del coaching
desde los sistemas de creencias y juicios que condicionan las interpretaciones
del observador.
La perspectiva fenomenológica implica mirar el miedo desde una
espacio filosófico particular, develando su rol en la forma en que vamos
percibiendo y dándole sentido al mundo, y en cómo esta forma, además, va
incidiendo en quienes nos rodean y en la historia de mundo que se va
desenvolviendo desde aquí (cómo afecto a otros con mi miedo). No es que
exista un mundo afuera que impacte la conciencia, sino que la conciencia
como función activa preconstituye a los objetos que aprehende. La conciencia
es entendida desde aquí como los actos que se conocen como vivencias. La
vivencia aprehende objetos, constituyendo fenómenos. Los fenómenos no
aparecen, son vividos. Desde esta perspectiva, el miedo no aparece, es vivido,
y en el fenómeno constituido genera una biología. Podrían aparecer fenómenos
que connaturalmente impactan por igual a todos los seres humanos, generando
una pauta que podríamos llamar emoción. Las emociones al ser múltiples
permiten ser agrupadas en algunas que generan una pauta particular y
discriminada, de la que en conjunto o mezclada nacen posteriormente las
demás variantes emocionales. Una de estas pautas particulares es lo que
podemos agrupar bajo la distinción de miedo. A partir de esta experiencia o
vivencia, constituyo el mundo desde el miedo, aprehendo los objetos desde el
miedo. Esta mirada es plenamente coincidente con la ontológica y de hecho la
alimenta.
Presento estas perspectivas, ya que tenerlas a mano puede alimentar las
229
conversaciones con nuestros coachees, ampliando nuestra mirada al
permitirnos indagar el fenómeno desde las diferentes coordenadas que definen
la posición de un observador. Insisto en que las perspectivas aquí introducidas
son solo algunas de las posibles.
III. Mirando el miedo desde el observador y los ámbitos que lo
constituyen
Me concentraré más específicamente en la concepción de observador
planteada por la ontología. Intentaré trazar algunos lineamientos, pensando el
fenómeno del miedo en relación a los ámbitos que desde la mirada ontológica
reconocemos como constitutivos de este.
1. Cuerpo
Desde el claro ontológico aceptamos como supuesto el hecho de que
nuestra biología articula nuestras posibilidades de acción. Partiendo de él,
importo la propuesta biológica referida a que la estructura donde se desata la
respuesta del miedo se encuentra, tanto en personas como en animales, en el
cerebro, concretamente en el sistema límbico, que es el encargado de regular
las emociones, específicamente la lucha, la huida y la evitación del dolor y, en
general, todas las funciones de conservación del individuo y de la especie.
Desde este ámbito, en la base de la experiencia del miedo puede ser
reconocida la activación de una pauta fisiológica específica aprendida (Kandel,
2002; Zhuo y Kaang, 2003) frente a la cual se abren tres posibilidades –que
dan sentido y determinan acción: la huida asociada a la evitación, la
paralización asociada al pánico y la defensa asociada al ataque y a la agresión.
El miedo aparece entonces como una respuesta originalmente
adaptativa, producida en la parte más primitiva de nuestro cerebro; primitiva
en el sentido de ser una estructura conformada filogenéticamente con
anterioridad a la corteza; de hecho se alude muchas veces al sistema límbico
como “cerebro reptil”. Es posible encontrar citas que dan cuenta de que el
sistema límbico revisa de manera constante (incluso durante el sueño) toda la
información que se recoge a través de los sentidos. El sistema límbico recibe
información desde la amígdala, estructura en forma de almendra ubicada
delante del hipocampo, encargada de controlar el miedo y otras emociones
básicas. Cuando la amígdala se activa, se desencadena la sensación de miedo y
ansiedad, y las respuestas que se aprenden pueden ser la huida, la pelea o la
rendición (Kandel, 2002).
Es interesante señalar que el miedo al daño físico provoca la misma
reacción que el temor a un dolor psíquico. En el mismo sentido, parece
también interesante que la extirpación de la amígdala elimina el miedo en
animales, pero no en humanos, que a lo sumo, cambian su personalidad y se
230
hacen más calmados. Este hallazgo puede ser comprendido desde los estudios
biológicos que apuntan a que si bien el miedo se origina en la amígdala, la
memoria del miedo se consolida en la corteza cerebral, ya que el mecanismo
en sí corresponde a un aprendizaje.
Según el profesor de fisiología Min Zhuo, de la Universidad de
Toronto, y sus colaboradores Bong Kiun Kaang, de la Universidad Nacional
de Seúl en Corea del Sur, y Bao Ming Li, de la Universidad Fudan en China,
existiría una memoria emocional del miedo. Esta memoria del miedo no se
consolidaría inmediatamente después de un acontecimiento traumático, sino
que tomaría algún tiempo antes de llegar a ser parte de nuestra conciencia. El
acontecimiento inicial provocaría la activación de ciertos receptores
moleculares normalmente inactivos. Al activarse los receptores, se secretaría
en el hipocampo y en la amígdala una proteína que serviría de marca de
memoria. Zhuo y sus colegas examinaron muestras de cerebro de los ratones y
descubrieron vestigios de dicha proteína en la corteza prefrontal, lo que
sustenta su teoría de que la memoria del miedo se desarrollaría en esa región
del cerebro. En otros experimentos realizados con ratones, el bloqueo de la
proteína en la corteza prefrontal –porción cerebral involucrada en las
funciones intelectuales superiores, tales como el lenguaje– produjo la
desaparición de la reacción a un miedo previamente experimentado.
Pensando en estos hallazgos desde lo ontológico, es fácil asociar con la
noción del logos y, a partir de ello, con la función ordenadora de la palabra,
que estructura y confiere sentido a las experiencias registradas en la corteza.
Específicamente, la palabra ordenando las experiencias de miedo y confiriendo
sentidos a partir de, o estructurado y anclado en una huella cerebral.
2. Emoción
Si reconocemos el miedo como una emoción, podemos vincularlo con
que desde la perspectiva de la ontología, postulamos que las emociones y los
estados de ánimo son predisposiciones para la acción, es decir, que favorecen
algunos tipos de acciones que abren ciertas posibilidades y cierran al mismo
tiempo otras. Si la emocionalidad imperante define un espacio de acciones
posibles, entonces el miedo puede definir un espacio determinado posible de
ser caracterizado y reconocido en una pauta fenomenológica individual y,
posteriormente, en un perfil fenomenológico unitario o genérico.
Sabemos que los estados de ánimo aparecen como emociones que se
instalan y se hacen permanentes a través del tiempo. Al independizarse de la
situación que originalmente los hizo surgir y les dio sentido, comienzan a
operar como un “filtro” que todo lo tiñen, más allá de si existen o no
fundamentos para sostenerlo. Tal como en el caso de las emociones, no hay un
estado de ánimo “bueno” o “malo”, sino emocionalidades diferentes que en un
cierto contexto nos abren ciertas posibilidades de acción, cerrándonos a otras.
231
El miedo podría entonces instalarse como estado de ánimo, que sin ser
caracterizado como “bueno” o “malo”, se presentaría en nuestra vida
tiñéndola, abriendo ciertas posibilidades de acción y cerrándonos a otras.
El miedo puede ser reconocido como una emoción básica, que sucede
en relación a una respuesta fisiológica y que se desencadena frente a un
estímulo que ha impactado nuestra conciencia, grabando un aprendizaje,
haciéndose presente como experiencia, incluso antes de que podamos
conscientemente ponerlo en palabras. Es decir, mi emocionalidad podría
influir en mis patrones de comportamiento incluso desde áreas ciegas a mi
conciencia.
Ya expuse la idea de que en los humanos, el mecanismo del miedo es
complejo, ya que supone interacción del sistema límbico con la corteza
cerebral. Al mirar esta afirmación desde el claro ontológico la asocio con dos
ideas: primero, es en relación a la corteza que se hace posible el lenguaje; y
segundo, que al intervenir la corteza, el fenómeno inicial puramente biológico,
se ve trastocado entonces desde el proceso de asignar significados y hacer
conciencia.
Específicamente y recurriendo al “principio del observador”, de
acuerdo al cual no sabemos cómo las cosas son, sino solo cómo las
interpretamos (vivimos en mundos interpretativos), adhiero entonces al
siguiente razonamiento: podría entenderse que la pauta del miedo siga activa
aún habiendo extirpado incluso la amígdala, porque ha existido la experiencia
que ha quedado grabada en la corteza y determinado entonces la forma en que
constituimos la realidad y nos constituimos en nosotros mismos. Del mismo
modo, la huella neuronal puede haber quedado constituida a partir de la
experiencia, influyendo en mi manera de significar estímulos que, aunque
distintos, pudiesen haberse presentado de manera asociada.
Siguiendo con el desarrollo y en referencia a la distinción de fenómeno
y explicación, podemos distinguir dos espacios complementarios. Constatar
por ejemplo, los cambios fisiológicos y musculares derivados de la emoción
del miedo como fenómenos:
Cambios fisiológicos inmediatos: incremento del metabolismo celular;
aumento de la presión arterial, de la glucosa en la sangre y de la actividad
cerebral; detención del sistema inmunológico y de toda función no esencial;
bombeo de sangre a los músculos mayores, especialmente a las extremidades
inferiores, en preparación para la huida; secreción de hormonas a las células
(especialmente adrenalina).
Cambios morfológicos: modificaciones faciales como agrandamiento
de los ojos para mejorar la visión, dilatación de las pupilas para facilitar la
admisión de luz, contracción de la frente y estiramiento horizontal de los
labios.
Cambios neuronales: siguiendo con el mecanismo fisiológico descrito
respecto del miedo, el sistema límbico fija su atención en el objeto
232
amenazante; los lóbulos frontales (encargados de cambiar la atención
consciente de una cosa a otra) se desactivan parcialmente.
Todos ellos, susceptibles de ser registrados como datos o afirmaciones
al momento de reconstruir el fenómeno.
Por otra parte, hay que tener en cuenta las narrativas en que aparecerán
nuestras explicaciones. Por ejemplo, si durante un ataque de miedo la atención
consciente queda fijada en el peligro, los síntomas fisiológicos como el ritmo
cardíaco o la presión sanguínea nos serán entregados a partir de las
interpretaciones del sujeto como una confirmación de la realidad de la
amenaza, produciendo la retroalimentación del miedo e impidiendo una
ponderación del auténtico riesgo.
3. Lenguaje
Reunimos bajo la distinción de miedo las diferentes experiencias que,
relacionadas con situaciones específicas, hemos aprendido a interpretar como
situaciones que “atentan” contra nuestra existencia y bienestar. En función de
ellas ordenamos nuestra vida.
Es curioso cómo podemos hacer este proceso, ya que incluso recién
nacidos y niños muy pequeños reaccionan frente a ciertos estímulos de manera
“automática” huyendo, paralizándose o atacando frente a ciertos estímulos.
Parece claro, entonces, que al menos “alguna información” sobre lo que
interpretamos como atentatorio contra nuestra supervivencia como especie
viene “ya incluida” en nuestra carga genética. Lo anteriormente descrito
podría aparecer como un elemento “genérico” en la interpretación universal de
la experiencia.
Existe también un aspecto individual que aparece en cada uno de
nosotros. Cuando comenzamos a agrupar bajo esta distinción diferentes
experiencias que en el transcurso de nuestra historia personal han activado la
pauta bioquímica y relacional del miedo, descubrimos que poseen un carácter
histórico personal.
Experiencias reiteradas o especialmente intensas pueden generar la
consolidación de una huella neuronal de activaciones sinápticas. Al participar
en ellas neurotransmisores que también participan en otras emociones
relacionadas, las activaciones sinápticas tienen un carácter “inespecífico”, en
virtud del cual es factible que se produzcan asociaciones al estilo de
condicionamientos secundarios. Desde la ontología podemos entenderlos más
correctamente como aprendizajes asociativos, que van ampliando dichas
huellas, tal como una piedra que se arroja al agua y que genera un fenómeno
de ondas expansivas que se suceden hasta disolverse. Al presentarse entonces
dichas situaciones asociadas, es factible que “el cuerpo” reaccione reeditando
la respuesta de miedo original, aún cuando las narrativas parezcan ajenas y
disociadas. Este fenómeno podría ser reconocido al constatar
233
experiencialmente la instalación de la corporalidad que reconocemos como
característica del miedo primario.
IV. Fenomenología y perfil unitario del miedo
El miedo para mí surge como una experiencia emocional que me toma
por completo. Hasta ahora lo había experimentado múltiples veces sin saber
que se trataba de miedo y sin que por tanto pudiera declararlo y observarlo de
manera conciente. Solo registraba sensaciones que creía aisladas unas de otras:
dificultad para respirar, respiración toráxica y sensación de ahogo
taquicardia
boca seca
dificultad para concentrarme, atender, pensar y articular ideas; se me
iban las palabras
registro de un frío súbito que recorría mi cuerpo y sensación de
extrañeza; escuchaba las cosas como si estuvieran muy lejos y mi campo
visual se restringía
bellos erizados
pérdida violenta de energía; sensación de fatiga, de frío, de
incomodidad y angustia
marcada inquietud motora; no poder quedarme quieta ni sentarme,
menos recostarme
deseos de arrancarme, de aislarme, de defenderme; irritación, molestia,
intolerancia y enojo ante todo lo que sucedía o me decían, sensación de que no
podía tolerar cambios o imprevistos sin alterarme y enojarme intensamente
Solo después de un proceso de reflexión y registro de las vivencias,
estas comenzaron a unificarse en una experiencia que se repetía. Partí por
identificar que lo vivido correspondía a una pauta emocional organizada que
“me tomaba” corporalmente. Empecé a mirar mi vida y a tomar conciencia de
las muchas y diversas situaciones en que la he experimentado a diario en todos
los ámbitos. Me ha sorprendido el hecho de que se activa aún frente a eventos
que potencialmente podrían ser enjuiciados como inofensivos; por ejemplo, al
despertar en la mañana un día domingo incómoda e intolerante, sin poder
precisar lo que me molesta; o frente a cualquier cambio, imprevisto o
variación que genera en mí profundo malestar y rabia.
Pensando en lenguaje como acción (Echeverría, 2008), comencé a
darme cuenta de que junto a la pauta biológica del miedo experimentaba
también sensaciones psicológicas como:
incomodidad
inseguridad
desconfianza
irascibilidad, intolerancia marcada
sensación de amenaza
234
ganas de esconderme, de estar sola, de huir y alejarme
imperiosa necesidad de fumar y/o comer
El miedo aparece en el evento de que me pidan cosas que no quiero
hacer, o que no tengo planificadas; ante las criticas, en las peleas al recibir
juicios de quien está enojado conmigo o en desacuerdo conmigo, en las
situaciones que alguien me evalúa, etc. Me surge deseo y necesidad de
arrancarme de donde estoy, de ocultarme, de huir y también la irritabilidad que
me predispone a pelear con otros defendiéndome cuando no puedo arrancar y
me tengo que quedar. Asociado al miedo aparece fuertemente el ataque y la
huida.
Desde mi inquietud, lo que busco y requiero es sentirme segura yendo
o quedándome físicamente en lugares donde esté sola, donde no tenga que
responder a pedidos que experimento como exigencias que me intranquilizan.
Estar segura me permite calmarme, respirar y sentirme tranquila. Busco estar
segura porque para mí equivale a descansar, a no sentir que tengo que
satisfacer lo que interpreto como demandas de los otros que me hacen
sentirme obligada a dar y que me significan esfuerzo. Si no doy lo que
interpreto que me piden, no estoy segura, confiada, tranquila ni en paz. Algo
“malo” podría pasarme; me surge la amenaza. Me toma el miedo.
V. Autoindagación
Asociando la distinción con experiencias particulares:
Cuando he tenido que viajar sola, ya sea por trabajo o por cosas
particulares.
Cuando me quedo sola en mi oficina porque todos se han tenido que ir
antes que yo, me quiero ir rápido de mi oficina, cerrar y llegar a mi casa.
Cuando tengo que almorzar sola porque nadie puede almorzar
conmigo.
Frecuentemente en las mañanas cuando me despierto y he estado
soñando.
Cuando tengo que enfrentar personas o situaciones para decir algo que
me molesta o explicitar un reclamo.
Cuando algo o alguien cambia mis planificaciones por insignificante
que sea el cambio.
Cuando las cosas no suceden como las espero o he planificado (orden y
control).
Las dos veces que me quedé sin las nanas que habían estado años con
nosotros y que conocían todo el manejo de la casa.
Cuando mi casa está desordenada o no se ha hecho aseo en ella.
Cuando trabajaba empleada como gerente de recursos humanos.
Cada domingo desde la tarde-noche y muchas noches en la semana
cuando al día siguiente tengo alguna actividad donde tengo alguna
235
responsabilidad que cumplir.
Explorando en situaciones similares, otras experiencias son:
Cuando llega la noche y llega mi marido de su trabajo a la casa.
Cuando mi marido está viajando y trato de comunicarme por celular
con él y no funciona la comunicación.
Cuando mi mamá me llama por teléfono y prefiero no contestar, así
como también cuando me llama mi suegra o mi hermana.
Cuando camino por la calle y aprieto mi cartera, cuido mi celular y
miro de soslayo a todos los que se cruzan conmigo, nunca cara a cara.
Las horas que anticipan a una reunión de trabajo.
Cuando tenía comunidad de aprendizaje del programa, coaching
observado y coaching triangulado.
La hora antes de que llegue un coachee o un paciente.
Antes y en momento que tengo que hacer un pedido o un reclamo.
Cuando tengo nana puertas afuera y ella se atrasa y no llega a la hora
precisa.
Cuando he tenido en la casa a nanas que no tienen las cosas ordenadas
de acuerdo a mi sistema, y me preguntan todo para que yo les diga qué hacer.
En esas oportunidades no quiero llegar a la casa, evito llegar y cuando llego,
no les hablo, me escondo en mi pieza para que no se me acerquen.
Me intranquilizo y pierdo la sensación de equilibrio y seguridad cada
vez que tengo trabajos, horas dadas, pacientes citados, actividades del
programa, .cualquiera de estas actividades cae en la distinción de
“obligaciones”, “tareas”, “actividades en las que hay terceros a los que debo
responder .
Me baja un hambre muy difícil de controlar, me siento de alguna
manera inquieta, desasosegada, intranquila, no logro descansar. Me paro, me
siento nerviosa, ansiosa, peleadora y desde ahí todo me lo imagino
amenazante, especialmente con mi esposo, ya que es en el ámbito de la
relación de pareja donde más se hace patente mi estado; entonces puedo
comenzar fácilmente a pelear. Me preparo para estar sola porque “aún los que
te aman te dañan y te abandonan”. Se me pierde el sentido y como ya no sé
donde voy a estar mañana, se me pierde la sensación de seguridad y de
continuidad vital, se me aparece la amenaza. Amenaza es para mí como el
opuesto a la seguridad, la cual en contraposición asocio a estabilidad y paz, a
tranquilidad y relajo, a alegría y distensión. Amenaza a mi cuerpo que
entonces regula su peso y no tiene sensación de hambre permanente, sino que
puede registrar la saciedad; amenaza a mis uñas que crecen fuertes, a mi pelo
que brilla y a mi piel que siente.
Explorando en la experiencia opuesta, me he sentido segura y sin
miedo:
En mi casa: cuando estoy en un día de fin de semana, cuando llueve y
estoy en mi casa, cuando llega la noche y ya puedo estar en mi casa, cuando
236
me pongo a tomar sol en la piscina de mi casa en verano y estoy sola y hay
silencio.
Cuando estoy de vacaciones en el verano en Ranco y me siento a mirar
el lago o camino por la orilla.
En mi práctica de yoga o cuando estoy en el gimnasio en las mañanas.
Cuando no tengo que usar el celular ni el mail y no le debo nada a
nadie, no tengo pendientes, ni compromisos por cumplir.
Cuando mi esposo me abraza y me hundo en él o cuando me abrazan
mis hijos.
Cuando mi perro se echa a mi lado, me lame los pies o las manos y si
me paro, me sigue adonde vaya.
Las dos veces que estuve embarazada.
Otras experiencias de seguridad que me generan tranquilidad:
Cuando he terminado una tarea.
En momentos de soledad física, pero sabiendo que están mi marido y
mis hijos como soporte.
Pensando en ina indagación externa, situaciones en que he presenciado
la distinción del miedo en la experiencia de otros son:
En la vida de mi madre, que siempre a pesar de su fe se plantea frente
al mundo con la vivencia de que las cosas que nos está tocando vivir son
difíciles, terribles. Está en su tono de voz, en su actitud corporal y emocional
temerosa, de alguna manera sufriente.
Cada vez que mi madre me ha dicho que me cuide, o como cuando no
me dejó irme de intercambio a Estados Unidos porque, aunque le había pedido
permiso para postular cuando me dieron un cupo, ella se asustó y me negó el
permiso porque me podía pasar algo malo.
Esta en su convicción de que teníamos que estudiar en febrero para
prepararnos para la entrada al colegio en marzo…en su no compartir porque
nos podría faltar y talvez no tendríamos como suplir:
Viendo un programa el Canal Infinito, mientras estaba operada,
apareció Charlotte, una bebé de 14 ó 18 meses, que cuando su mamá salía de
la sala y quedaba sola (esto era parte de una situación experimental), solo
miraba la puerta sin ir hacia ella, luego desistía de mirar y, tratando de
concentrarse en la acción, iba hacia un juguete y lo tomaba, sin llorar, sin
pedir, sin demostrar su necesidad ni su inseguridad de quedarse sola en una
sala con un extraño, salvo que los electrodos con los que la controlaban,
demostraban fisiológicamente su reacción de miedo.
Algunas situaciones ajenas en que enjuicio la distinción como ausente
son:
Enjuicio que el bebé que observé una vez en el aeropuerto de Nueva
York se sentía seguro, porque él exploraba el mundo desde una corporalidad
relajada y flexible y desde la emoción de la curiosidad. Él parecía estar en un
espacio lúdico y no de obligación, donde el incumplimiento o el error tuvieran
237
implicancias de amenaza.
Veo seguridad en mi marido cada día cuando se levanta convencido de
que va a “conquistar el mundo”. Aparece confiado, entusiasta, activo,
contrario a buscar ocultarse y no tener ninguna “obligación” o
“responsabilidad”; él se siente motivado por hacerse cargo de las cosas, en
cambio yo más bien rehuyo. Él se estresa poco, se cansa poco, duerme con
facilidad, se atreve a mucho más, .tal como el bebé: explora, no busca hacerlo
perfecto, goza, se ríe mucho. Cuando su cuerpo se ve afectado, expulsa, yo me
constipo. Mejor dicho, estoy la mayor parte de las veces constipada y siempre
sufro de colon irritable.
VI. Perfil unitario del miedo
El perfil unitario detallado aparece anexado a este artículo (Anexo 1).
Colocaré aquí solo aquellas sensaciones registradas en la totalidad de los
casos, tanto en experiencias particulares como en experiencias similares (otras
experiencias):
Sensaciones físicas
Dificultad respiratoria
Inquietud motora
Frío y extremidades heladas
Sensaciones psicológicas
Irritabilidad marcada
Sensación de amenaza
Deseos de ocultarme
Deseo de arrancar
Inseguridad, aprehensión, desasosiego
VII. Conclusiones y aportes
Concluyendo con el análisis desde la propuesta ontológica, hoy puedo
ver una pauta de comportamiento cimentada en un sustrato biológico y que se
extiende a lo relacional, en que lo que siempre había interpretado como un
modo de ser irascible, rígido, estructurado, marcadamente ordenado en
función de pautas y hábitos más bien rígidos, corresponde a la experiencia del
miedo en mi vida.
Más allá de estos juicios que funcionaban como explicaciones que me
mantenían atrapada, he podido empezar a ver el fenómeno y desde aquí a
comprender que esos juicios hechos acerca de mí, podían articularse en un
patrón de sentido y de acción, que cumplía con el cometido de calmarme. Veo
en ello el desgarramiento vital producido por mi incompetencia para manejar
el miedo, desgarramiento desde el cual se configuró mi estructura de
coherencia.
238
De solo pensar en ambigüedad, en cambio o riesgos, comenzaba a
anticipar físicamente sensaciones de molestia y desagrado que se
acompañaban del correlato físico ya descrito en el acápite de “Fenomenología
del miedo”. Muchas veces pensé en patologías físicas, sin darme cuenta de que
lo que vivía era el “asustarme”.
Este “asustarme” se fue instalando como estado anímico, tiñendo a la
fecha muchos espacios de mi ser, limitando mis posibilidades de acción,
dejándome fijada y suspendida en una sensación de desagrado y en una
autoimagen empobrecida que claramente implicó importantes quiebres en mi
vida.
Sin conciencia de ello y fijada en un “yo soy” de fuerte tinte
metafísico, comenzaba a actuar de acuerdo a como me sentía: desconfiando,
controlando, ordenando, planificando, sin delegar, sin vincularme realmente,
huyendo de los otros todas las veces que me fuera posible. El tema que de
hecho había elegido para el proyecto al inicio del programa era la dificultad de
confiar.
Al mirar los juicios en mi identidad pública, descubría la coincidencia
con lo que yo misma hacía en mi identidad privada: muy ordenada, detallista,
planificada, estructurada, poco flexible, adversa al riesgo, etc. Comprendo
ahora que ha estado operando el principio de la acción: No solo actuamos de
acuerdo a como somos, somos también de acuerdo a como actuamos.
La mirada ontológica me aportó un elemento adicional e inesperado: la
posibilidad de cambio. Ya que si bien reconozco una biología que define una
línea base, al mirar mis experiencias me surge la posibilidad de comenzar a
transformar mi manera de vivir y de relacionarme, tanto conmigo misma como
con los otros. Develando y haciendo consciente el patrón bioemocional y
relacional, las interpretaciones que he articulado a partir de mis experiencias
tempranas y el cómo ellas determinaron mi interpretación de las que le
siguieron, ha comenzado un periodo de cambio que hoy me hace dudar de si
redactar estas ideas en presente o en pasado.
VIII. Patrón como señal
Aunque va disminuyendo en grado de intensidad, todavía el patrón
sucede y, sin embargo, hoy puedo verlo. Al hacerlo consciente he comenzado
a usarlo como una señal que me avisa que, dada mi historia, estoy
interpretando algo como amenazante. Desde aquí mi enfrentamiento ha
comenzado a cambiar. Entonces puedo:
Declarar el quiebre desde mí: “Me está pasando, tengo miedo”.
Evaluar cuál es el espacio emocional alternativo que me conviene
desarrollar
Intervenir mi corporalidad para convocar más fácilmente ese espacio
emocional.
239
Al hacer lo anterior, he comenzado a lograr reestructurarme volviendo
a mi centro, y entonces puedo:
Reflexionar y evaluar qué tan amenazante es la situación, en el sentido
de discriminar qué es lo que me falta, para poder hacerme cargo de ella: si
articular conversaciones de una naturaleza especifica (de construcción de
relaciones, de pedido de ayuda, de coordinación de acciones, etc.), si hacer una
declaración determinada, si descansar, si soltar, si efectivamente protegerme o
defenderme, etc.
Al hacerlo así, mis resultados han comenzado a cambiar y con ello la
manera en que me siento y me veo a mí misma. Ha ido declinando mi
sensación de incompetencia, abriéndose mayores espacios de goce y calma.
Estar consciente me está permitiendo elegir acciones acordes al diseño que he
venido construyendo de cómo deseo que sea mi vida.
Aún ahora me parece interesante que la biología del miedo pueda
desencadenarse incluso en el estado de sueño, probablemente vinculado a los
períodos REM o de “actividad onírica”. Asocio con ello los despertares que he
tenido y que, en las denominaciones sintomáticas vigentes en psicología,
pueden interpretarse como “ritmo diurno depresivo”. Desde este “despertar”
aparecen condicionadas las interpretaciones de enfrentar un mundo
amenazante, de desagrado ante la necesidad de salir a la calle y abandonar el
espacio protector del hogar que opera concretamente como el “refugio”. Hoy
sé que mi día mejorará.
En el trascurso de hacer el programa y el proyecto, hice un proceso
inverso a lo que había sido mi práctica habitual. Había procedido desde
construir juicios y explicaciones quedándome en ellos. Me posicioné en el
fenómeno. Al analizar retrospectivamente mi acción, veo dos momentos que
se superponen en espiral:
1. Toma de conciencia
Al respecto, sugiero no olvidar la importancia de incorporar a la
práctica la reflexión fenomenológica, la cual articulada con la historia vital a
través de la indagación vertical y transversal, puede ayudarnos a construir
sentidos iluminando espacios. En mi historia había importantes antecedentes
tempranos que se volvieron de utilidad en términos de determinar acciones
eficaces, solo cuando puede verlos a la luz de la fenomenología analítica.
2. Intervención
Una vez que pude ver el fenómeno del miedo tanto en lo personal
como en lo genérico (me había introducido ya en las lecturas de John Bowlby
sobre el miedo y el apego como pauta universal, compartida por seres
humanos y mamíferos superiores), llegó a mis manos la lectura del
240
Metamangement de Kofman (2007). Desde ella pude reconstruir
lingüísticamente mi vivencia, usando el modelo de víctima y protagonista
propuesto en su texto. Como intervención, entonces, comencé a enfocarme en
tomar las situaciones en que se me despertaba el patrón del miedo que ya
había hecho concientes (toma de conciencia), manejándolas esta vez –al haber
dejado de ser transparentes– como antecedentes y no como estímulos
asociados a una respuesta automática (miedo con ataque, con huida o con
paralización). Desde este esquema, mi foco ha estado puesto entonces en
elegir mis acciones en función de los resultados que espero obtener. Ello ha
decantado en una sensación de mayor bienestar y libertad, que me ha
permitido atenuar el grado de mis respuestas de ataque, huida y paralización, e
incluso, en ciertos momentos, introducir nuevas acciones, tales como las de
pedir ayuda. He comenzado a confiar más en quienes me rodean, en mí misma
y en la vida, y hoy particularmente estoy empeñada en desarrollar un taller
cuyo tema es la habilitación frente al miedo.
Si bien concluiré aquí mi proyecto, mi interés sigue presente y activo,
motivando que desde la generación de pensamientos que aporten al claro
ontologico y a la práctica del coaching, me haya involucrado en el estudio más
prolijo de la teoría de Bolwby, con la idea de reconstruir ontológicamente sus
interesantes e iluminadores planteamientos.
Agradecimientos
Agradezco a Luz María Edwards por ayudarme a comprender que
permanecía en mis juicios. También por ayudarme a transitar en la elaboración
de este material escrito.
Agradezco a Nora Tarsistro por su compañía y entrega amorosa que
me ayudó a avanzar en los descubrimientos acerca de mis experiencias de vida
y su efecto en mi transformación personal y en las nuevas dimensiones que
desde aquí va tomando mi práctica de coach.
Agradezco a mi grupo de aprendizaje, ya que en ellos hice el
laboratorio de mi miedo, y conté siempre con su cariño y apoyo.
Agradezco a mi familia, mi laboratorio de vida continuo y mi fuente de
ánimo y amor.
Finalmente agradezco a Rafael y Alicia, quienes me ayudaron con su
compañía y su entrega a reconciliarme conmigo misma y con todo lo que me
gusta leer, estudiar y aprender. Ellos me agregaron además la vertiente de
llevarlo a la vida, deseando pensar por mí misma para dejar mis elaboraciones
como aportes para mi comunidad profesional y para el mundo.
Bibliografía
Bolwby, John Bolwby. Obras Completas, Vol. 1 y 2. Buenos Aires:
241
Editorial Paidós de Psicología Profunda, 2009.
Echeverría, Rafael. Por la senda senda del pensar ontológico. Buenos
Aires: Ediciones Gránica, 2007.
García Valencia, Alejandro. “Introducción a la filosofía de Edmund
Husserl”. En Revista Ciencias Humanas, N° 22; 2002.
González, Manuel; Ibáñez Ignacio y Rosario Cubas. “Variables de
proceso en la determinación de la ansiedad generalizada y su generalización a
otras medidas de ansiedad y depresión”. En International Journal of Clinical
and Health Psychology, Vol. 6, Nº 1: 23-39.
Kofman, Fredy. Metamanagemen, Tomo 1. Buenos Aires: Editorial
Grito Sagrado, 2007.
Levy, Norberto. La sabiduría de las emociones. Buenos Aires: Plaza &
Janés Editores S.A., 2000.
Zhuo, Min; Kiun Kaang, Bon y Kiun Kaang. “Bioquímica del miedo”.
En portal de ciencia y tecnología, 2009.
242
El miedo y la confianza: un encuentro entre la luz y la sombra
Ninfa del bosque
Introducción
En muchos momentos de mi vida me había preguntado por el tamaño
real de los dragones que habitaban mis noches oscuras, cargadas de fantasmas
e historias. Poco a poco he ido comprendiendo que no había un tamaño real,
simplemente es el que aparecía ante mis ojos y mis percepciones que hacían
que mis noches fueran una lucha con el Leviatán de turno, que me dejaban
agotada y desgastada para continuar con mi camino.
Esto, para introducir que lo que quiero compartirles es algo que se ha
ido configurando como el miedo a vivir, el miedo a ser yo, que se conecta con
una falta de confianza frente a la vida. Este escrito es un intento de plasmar mi
experiencia de vida con lo que he ido descubriendo, desde una mirada mucho
más fenomenológica y algunas aproximaciones ontológicas.
Me gustaría empezar por preguntarme por el ser humano que he sido a
partir de este miedo a vivirme.
1. ¿Quién ha sido este ser humano que mira la vida con miedo y
con desconfianza?
Desde el lenguaje
Un observador que ha creído que algo malo puede pasar, que los otros
le pueden hacer daño, descalificarlo y no aprobarlo. Un observador que cree
que las historias que se imagina son reales; que en momentos de oscuridad
crea fantasmas y dragones gigantes, que hacen de la oscuridad un peligro
inminente. También es un observador que sueña con vivirse distinto y busca
salir de allí para conectarse de manera mucho más libre y segura con sus
sueños y sus ganas de vivir en plenitud.
Desde el cuerpo
Es una persona que camina rápido y acelerada por la vida, con la
zozobra de que alguien la puede dañar. Mira con ojos bien abiertos, alertas
ante el peligro que puede surgir. Es un cuerpo recogido, agotado por muchas
noches de desvelo y terror. Un observador saturado por el pensamiento
imaginativo que lo habita como un taladro cerebral.
Desde las emociones
Un observador que vive la vida con desconfianza, intranquilidad,
ansiedad, desasosiego, falta de paz y, muchas veces, rabia y tristeza de verse
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atrapado en esta red que lo inmoviliza.
(Quiero hacer un paréntesis para contarles que el miedo no ha sido una
constante en mi vida, y aunque ubico importantes escenas en otras etapas de
mi existencia, encuentro que es en mi vida adulta cuando ha empezado a
aparecer con más fuerza, desgastando mi energía y, en consecuencia, mi vivir).
2. ¿Qué posibilidad de acción y de resultados tiene este ser
humano?
Duda de sí mismo y de los demás. No logra entrar con plena confianza
en las relaciones con otros y con el mundo, poco a poco va creando una coraza
con la ilusión de protegerse y aislar el daño que le pueden causar. Sus
resultados están asociados a una vida pesada e intranquila; una vida demasiado
calculada que lo lleva emocionalmente al agotamiento, la gravedad, la
prevención y la falta de goce.
He ido encontrando que mi miedo a ser, a vivir y el miedo a los otros,
está directamente relacionado con la falta de confianza en mí. Este fenómeno
del miedo asociado con la autoconfianza, es lo que Norberto Levy relaciona
directamente con los recursos que tiene el individuo para hacerle frente a la
amenaza que está en juego en una determinada situación. Levy dice: “el miedo
es una señal que indica que existe una desproporción entre la magnitud de la
amenaza a la que nos enfrentamos v los recursos que tenemos para resolverla”.
Con todo lo que ha significado este recorrido por mis miedos y mi
desconfianza, aparecen hoy preguntas que son relevantes:
¿Qué tan segura me siento caminando por la vida conmigo misma?
¿Me gusta la compañía que encuentro en mí?
¿Cómo es la alianza que establezco conmigo misma para enfrentar los
desafíos que se presentan?
Quiero mostrar, a través de algunos patrones identificados en este
trabajo, cómo la autoconfianza se ve comprometida en los episodios que suelo
vivir alrededor del miedo y que observo también en la experiencia de otros.
I. La presencia de una voz que amenaza sobre algo malo que nos
puede suceder o del daño que alguien nos puede ocasionar
Encuentro en esta una declaración que hace el individuo en relación
con una amenaza inminente a sufrir algún daño o a sentirse atacado por
alguien.
De niña viví en el campo, todo estaba rodeado de cafetales. En la
oscuridad escuchaba sonidos de chicharras, grillos, ranas y muchos otros
animales que no lograba identificar. La oscuridad se me aparecía como una
espesa nube negra que no me permitía descifrar lo que contenía, e imaginaba
que las sombras eran fantasmas. Pensaba que algo podría sucederme y que de
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los arbustos podría salir alguien y hacerme daño. Esto me obligaba a
permanecer siempre alerta, con ojos bien abiertos, a caminar más rápido,
mirando hacia todos lados, tratando de protegerme ante la amenaza que
representaba para mí la oscuridad.
Al respecto, María José Bosch dice: “la oscuridad engendra el miedo y
el miedo engendra fantasmas. Cuando nos encerramos en la oscuridad de
nuestra mente, cuando sentimos sensaciones de soledad o nos sentimos
desvalidos, tendremos una sensación oscura de miedo, y el miedo
invariablemente nos hará ver fantasmas por todas partes”.
Con el tiempo he ido descubriendo que esa voz no me pertenece, es la
voz de mi madre advirtiéndome de los peligros que encierra la noche y la
oscuridad. Ese repicar del miedo se fue gestando como una declaración entre
los miembros de mi familia, haciendo que muchos de nosotros la vivamos hoy
como una realidad y la sigamos perpetuando con nuestros hijos. Todo un
sistema familiar y cultural de prevención, con advertencias como estas: “uno
no puede ser tan confiado en la vida”, “no se confíen de nadie”, “afuera hay
mucho peligro”. Desde allí surge la desconfianza hacia el mundo y hacia otros,
que está directamente relacionada con la confianza hacia nosotros mismos.
Como dice José Antonio Marina: “De la misma manera que se aprende la
seguridad básica, se aprende la inseguridad, la desconfianza hacia los demás y
también, hacia uno mismo”.
El siguiente relato forma parte de experiencias de otros, en las que se
observa el patrón del miedo: Amelia era una compañera de oficina. Sentía que
su trabajo no se valoraba y que sin importar lo que hiciera, la jefa nunca
estaría satisfecha. Ella sabía que necesitaba conversar con la jefa al respecto,
pero dudaba de hacerlo y decía que no iba a conseguir mucho exponiéndole su
situación y que, incluso, se podría quedar sin empleo por hacerlo.
Relacionado con lo anterior, encuentro un segundo patrón.
II. No me gusta no ver. No ver lo que voy a enfrentar en el futuro
El futuro es incierto y tiene un importante componente de
incertidumbre. Logramos adentrarnos en él con la única herramienta que nos
dan nuestros propios juicios sobre el acontecer. Ahora bien, cuando estos
juicios están condicionados por una forma de percibir el futuro como una
amenaza que nos puede devorar, la vida empieza a tener un colorido de
negatividad y se nos cierran las posibilidades.
He aquí otra experiencia: Cuando me vine a vivir a la capital, tenía la
idea de que la ciudad era insegura, que la gente era muy competitiva y que
podían pasar por encima de mí. Recuerdo haber escuchado este comentario en
las ciudades pequeñas de provincia. Esa experiencia estuvo marcada por varios
sucesos: había renunciado a mi empleo para trabajar en una empresa de la
capital. Pasé por un proceso de selección y me quedé con el puesto. Cuando
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llegué, mi cargo se lo habían dado a otra profesional por instrucción de una
asesora amiga del presidente de la compañía y, a cambio, me ofrecieron un
contrato por unos meses mientras conseguía otro empleo. ¡Estaba
desconcertada! No entendía lo que estaba sucediendo. Los primeros meses viví
en casas de varias amigas, eran días de incertidumbre, preocupación e
intranquilidad.
En las experiencias que tienen que ver con el patrón de la no
visibilidad, también hay señales emitidas desde el cuerpo, relacionadas con
dormir mal. Cuando no duermo, mi mente está en constante revolución: crea
pensamientos imaginativos asociados a la fatalidad, donde algo malo puede
suceder, lo cual conecta a este patrón con el anterior y en donde sigue estando
en juego la autoconfianza.
III. Miedo a las enfermedades graves y a la muerte
Esta es mi experiencia frente al diagnóstico de hipertensión y
melanomas. En 1997 me diagnosticaron hipertensión. Permanecí varios años
negando la enfermedad. Me costaba compartir esto con otras personas.
Siempre me decía que era una enfermedad grave con un final doloroso y
difícil. Estuve varios años sintiéndome mal conmigo misma hasta que poco a
poco fui aceptando el diagnóstico y opté por cuidar mi salud. En cuanto a los
melanomas, el impacto fue fuerte. Sucedió en el 2009. Me encontraron uno
que clasificaron como in situ (superficial). Seguí el control de los lunares de
todo mi cuerpo y hacia finales del mismo año me extrajeron uno más grande,
ubicado en la zona del epigastrio, cuyo resultado de la patología fue positivo y
un poco más profundo que el anterior. Mi conversación interna giraba en torno
a que era una enfermedad más grave que la hipertensión y podía morir joven.
Mi cabeza me daba vueltas, pensaba en quién se haría cargo de Sebastián, mi
hijo, si yo llegara a faltar; cómo lo afectaría a él, a mi familia, en fin, veía
cercana la muerte.
Frente a estas experiencias está presente la incertidumbre del futuro y
la amenaza latente de que algo nos puede dañar o incluso hacer desaparecer.
En estas situaciones es importante ubicarnos ante los hechos y no quedarnos
en el círculo vicioso de lo que la imaginación nos trae y la angustia nos
genera. Observo que este es un patrón recurrente en el ámbito cultural en el
que nos desarrollamos, particularmente ante eventos que nos recuerdan nuestra
temporalidad.
Otra experiencia más: Cuando a Lucrecia, una secretaria de la empresa,
le diagnosticaron cáncer de seno, sintió mucho miedo. Comentaba sus temores
frente a la quimioterapia o la radioterapia, se preguntaba qué iba a ser de su
mamá, a quién ella cuidaba en su vejez. Le preocupaba el futuro de su hijo, un
adolescente que estaba terminando el colegio en ese momento y hablaba de
que seguramente no iba a conocer sus nietos.
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Indiscutiblemente, estos sentimientos que albergaba Lucrecia le
generaban un panorama de fatalidad y tragedia. Sin embargo, con el tiempo
ella encontró la posibilidad de cuidado consigo misma y aprendió a convivir
con la enfermedad. Este es un patrón que se relaciona muy especialmente con
el que enuncio a continuación.
IV. Dudo de mí. Dudo de si voy a ser capaz.
Este es quizás el elemento central que más directamente refiere al tema
de la desconfianza en mí misma y que podría también estar en la base de los
demás patrones expuestos en este trabajo.
Comparto esta experiencia: Tener la responsabilidad de realizar una
exposición para un grupo de personas de la empresa para la cual trabajaba,
hizo que el miedo se apoderara de mí. Aunque había preparado el tema,
dudaba sobre el poder estar de pie frente al auditorio. Imaginaba que podrían
hacerme preguntas que yo no iba a poder contestar, pensaba sobre lo que
podían pensar de mí y mi preparación profesional. Tuve que buscar ayuda
terapéutica para pararme al día siguiente frente a ese grupo. Creo que esta es la
única situación en mi vida en donde he sufrido un ataque de pánico. Es lo que
algunos autores denominan el miedo pasivo, uno que paraliza, que inmoviliza
en un momento y en el que el individuo no sabe qué hacer.
Aquí encuentro que evidentemente sentía que mis recursos eran más
escasos que las amenazas, representadas a costa de mi imaginación que las
estaba creando. Existía una gran desproporción entre la amenaza y los
recursos, una percepción exagerada e imaginada que creaba un realismo
infundado que estaba lejos de los hechos.
Comparto la siguiente experiencia: Mi hijo Sebastián tenía que
conversar con la profesora de Ciencias Sociales sobre una tarea que no había
hecho, pues había olvidado su cuaderno en el colegio. El niño se veía muy
ansioso y me decía que tal vez no quería hacerlo porque ella lo podría regañar
al no aceptar sus argumentos. Además, tampoco quería que esto pasara delante
de sus compañeros.
Ahora bien, ¿por qué dudamos de nosotros mismos, de lo que somos
capaces de hacer? Considero que parte de la respuesta se encuentra en el
siguiente patrón que he identificado.
V. El recurrente pensamiento imaginativo, “mi taladro cerebral”
Es habitual en mi comportamiento el encontrarme asediada por una
incesante producción de pensamientos que no necesariamente se basan en
hechos. Es como si ante las diferentes situaciones, especialmente las que
tienen un alto grado de dificultad, el cerebro pusiera en marcha un mecanismo
al que he llamado “taladro cerebral”, y que está asociado con círculos viciosos
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de pensamiento que le ponen a mi observador un lente cargado de negatividad,
desesperanza, tragedia, desproporción de los sucesos y, muchas veces, un
desenlace fatal. Dominada por estos pensamientos dudo de mí y de si voy a ser
capaz con una determinada situación.
Otra experiencia: Cuando me diagnosticaron la aparición de los
melanomas en mi cuerpo, mis noches se empezaron a cargar de un implacable
cansancio emocional, derivado de los mil y un pensamientos con los que iba
asociando la aparición de aquellos con una enfermedad fatal. Muchas veces
tenía la sensación de estar enfrentada a un dragón que era mucho más grande
que yo, y la noche terminaba en un cansancio irreparable, que dejaba mi
siguiente día cargado de imágenes negativas que me hacían ver el futuro con
desesperanza.
Jóse María Bosh refiere a lo anterior de la manera siguiente: “El pánico
a lo que imaginamos que puede ocurrir es, sin la más mínima duda, algo
demoledor. La capacidad humana de anticipar, de pensar en lo que puede
suceder, a menudo nos atrapa en la trampa del miedo”.
Considero que este pensamiento imaginativo es un elemento central
que me hace dudar de mí, de mis capacidades, de mi potencial y de mis
recursos para hacerme cargo de lo que está aconteciendo con mi vida. Y es
desde la imagen del tamaño desproporcionado que doy a los dragones que me
acechan, que me vuelvo más pequeña, con menos recursos y menos
posibilidades. Es allí donde el terreno se vuelve más propicio para que la
autoconfianza entre en crisis y el miedo se apodere de la situación.
El siguiente es otro patrón identificado en la observación.
VI. El miedo a la aprobación o desaprobación de otros
Este patrón se conecta con muchos de los anteriores y tiene el foco
puesto en el temor a que los otros desaprueben mis comportamientos y mi
forma de aparecer en el mundo. Los otros se presentan como la amenaza
central, y de nuevo me conecto con la voz del pasado: “No se confíen de
nadie”, “afuera hay muchos peligros”. El taladro cerebral del que he hablado
desempeña en este patrón un papel determinante, pues es allí donde se crean
historias cargadas de fantasmas imaginarios, pero que en medio del miedo
aparecen como si fueran reales y al acecho para atacar.
La siguiente experiencia se vincula con esto: Durante algunos años me
sentí insegura para hablar en reuniones con altos directivos de la compañía en
la que trabajaba. La ansiedad me tomaba por completo y no tenía la suficiente
confianza para exponer mis puntos de vista frente a ellos. En esos momentos
me dominaba el rumiante taladro cerebral. Finalmente, cuando me decidía a
hablar, ya un poco agotada con toda la indisposición que mentalmente me
había generado, al exponer me ruborizaba por completo y esto hacía que me
sintiera mucho peor; entonces, tomaba la opción de terminar de hablar
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rápidamente y quedarme callada. Después de esto venían momentos de
implacable juzgamiento. Me sentía lo peor y quería salir corriendo para que
nadie se diera cuenta de lo que estaba pasando conmigo.
Este es un aspecto de la falta de seguridad y confianza en mí misma
que observo también en otros individuos, con en la siguiente experiencia:
Angélica forma parte de nuestro equipo de trabajo en una empresa de
consultoría. Cuando trabajamos juntas con todo el equipo, noto que empieza a
ruborizarse en su rostro y a generar una sudorización notoria. Alguna vez le
pregunté a qué se debía esa manifestación de sudor y enrojecimiento y me
dijo: “Pienso mucho si lo que les voy a decir es adecuado y aprobado por
ustedes, creo que podría no parecerles interesante”. Este fue un suceso
interesante porque en la medida que nos hablaba de su miedo, su sudor
comenzó a desaparecer y su rubor se hizo menos perceptible.
Aquí observo que está en juego la imagen que queremos que otros
tengan de nosotros. Estamos atentos a la evaluación que otros hacen de
nuestras acciones. Si lo que busco es complacer a otros para que mi imagen no
se vea comprometida, mi propio juicio empieza a depender del juicio que
tienen los otros sobre mí. Esto es algo que toca directamente con el valor que
me otorgo, la confianza que represento para mí, independiente de lo que otros
puedan pensar, imaginar o decir.
Este temor hacia el juicio de los otros tiene un marcado énfasis en la
cultura occidental a la que pertenecemos, donde existe una tendencia
importante hacia la individualidad, a la vez que se fomenta una personalidad
con características de autonomía, dominación, competencia, dureza y
agresividad. Allí observo que fácilmente los otros pueden ser amenazantes
para mí y, también en esa dirección, me puedo convertir en una amenaza para
otros.
VII. Mis aprendizajes ancestrales
Es interesante detenerme a mirar cuál ha sido el aprendizaje de ese ser
humano temeroso y desconfiado de sí mismo y de sus capacidades. La
pregunta es valedera, en tanto nos remite a un aprendizaje lejano en su origen.
Desde mi experiencia, puedo compartir con ustedes que este es un ser
humano que desde muy niña aprendió a vivir desconfiando de los otros y del
mundo, aprendió a ver la vida con peligros, amenazas y, aunque nunca ha sido
dañada por la vida o por otros de manera deliberada, creció con las historias de
terror que escuchó en su entorno familiar y social. A partir de esta percepción
ha desarrollado un potente pensamiento imaginativo que crea irrealidades
mediante los fantasmas de turno, monstruos y dragones que toman un tamaño
mayor que el de ella misma, y que la hacen presa de un temor a ser devorada
por los otros y por el mundo entero, convirtiéndose ella misma en muchos
momentos en el mismo monstruo devorador que persigue al otro desde la
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desconfianza. También es un ser humano que a través de su historia ha podido
encontrar en el coraje y la valentía un camino de salida a la desconfianza y al
miedo.
VIII. Valentía y coraje
Ahora quiero hablar de la valentía y el coraje que aparecen en medio
del miedo, y que se conecta con un ámbito fundamental que tiene que ver con
su luz y su puesta en acción para abrir posibilidades distintas. José Antonio
Marina habla de esto en los siguientes términos: “El tema del miedo nos lleva
irremisiblemente al tema de la Valentía y esto básicamente porque el ser
humano quiere vivir por encima del miedo”. Es hermoso y poderoso verlo a
través de mi experiencia de vida.
Las luces de mi miedo tienen que ver con la valentía que siento que
hay en mí para afrontar lo que está en juego. No es usual que me vea
paralizada por el miedo, más bien actúo. Considero, por ejemplo, que ante mis
experiencias de miedo después de mis juicios y narrativas imaginarias, algo
me pasa, por lo que me pregunto: ¿cómo puedo salir de allí? Empiezo a
trabajar en ello, me muevo a buscar soluciones, como cuando quedé sin
trabajo en la capital y empecé a buscar empleo y un lugar donde vivir.
También me preparo más si es lo que siento como vacío. Busco asesoría y
ayuda en otros, como cuando me descubrieron los melanomas y lo que hice
fue hacerme cargo de lo que me estaba sucediendo, y desde la acción concreta
me responsabilicé de la situación. Hay algo que en mí se activa desde el miedo
y que se relaciona con el conectarme con la acción, que hoy lo puedo ver como
la luz del mismo miedo. La acción me rescata, me pone en marcha, me ubica
en el camino de resolución de la situación que está en juego.
Siento que la valentía me ha enseñado a defender lo que vale la pena
para mí; por ejemplo, la posibilidad de estudiar y salir adelante, de buscar
mejores posibilidades de empleo y desarrollo en otras ciudades, de caminar
por carreteras solitarias para llegar al colegio. Esto me ha ayudado a
sobreponerme ante la adversidad, dándome la posibilidad de verme vital,
fuerte y en conexión con algo más profundo que quiere vivirse en mí.
En la valentía hay algo que aparece poderoso para mí y que es el ir tras
mis sueños y mi sentido de vida. Siento que en muchas de las situaciones de
miedo que he enfrentado, son ellos los que me ponen en la dirección de lo que
quiero y lo que me importa en la vida, y desde allí empiezo a sentir la fuerza,
las ganas de sobreponerme. Empiezo a direccionar mi atención hacia mundos
posibles que me permitan salir del estado de temor, incertidumbre o inercia en
el que me pueda encontrar. José Marina dice al respecto: “la grandeza del
hombre es el proyecto. Su contenido es la dignidad. Cuando una persona se
concentra en un proyecto y en su realización, impone a su atención un giro
salvífico. El miedo es poderoso porque nos recurva hacia nosotros mismos”.
250
Hoy se me ocurre preguntarme: ¿cuál ha sido la mayor experiencia de
valentía en mi vida? Me llegan muchas imágenes y encuentro varios
momentos en mi trasegar. Rescato una muy significativa y es haber tomado la
decisión de irme de mi pueblo a estudiar en una universidad en otra ciudad,
dejando a mi familia y todos sus reproches acerca de que me estaba
aventurando en algo que no era para mí, puesto que en mi familia no teníamos
las condiciones económicas para hacer tal proeza. Y tenían razón, no contaba
con lo más mínimo. Sin embargo, muchas puertas comenzaron a abrirse ante
mi necesidad de estudiar. Yo no sabía muy bien lo que estaba haciendo, lo que
sí sabía era que iba tras una ilusión que nunca antes me había imaginado
posible para mí ni para alguien de mi sistema familiar. Siento mucha valentía
en esa decisión, porque significó abrirme paso en medio de la adversidad. Con
la ayuda de varios amigos y mi novio comencé este sueño. Ya en la
universidad, algunas cosas se empezaron a generar como posibilidades:
dictaba clases a niños y con eso obtenía algo de dinero, hacía trabajos en
máquina de escribir a otros estudiantes y en todos los semestres me gané la
matrícula de honor, lo cual me ayudó a que posteriormente fuera monitora en
algunas materias de mi carrera. Ahora que recuerdo, vivía las dificultades y las
adversidades con algo de gracia y desafío, no como algo funesto o trágico;
encontraba en ellas alicientes que me reivindicaban con el valor de la vida y
las ganas de seguir adelante. Al final me daba cuenta de lo que había logrado,
y esto me ponía en un lugar diferente frente a los nuevos retos de la vida. Para
mí, la universidad representa una de las mejores épocas. Me sentí vital, útil,
involucrada con proyectos significativos y, aunque las condiciones eran
restringidas, veía un mundo de posibilidades que se iban abriendo entre la
neblina de la ciudad.
¿No es esta una manera maravillosa de ver cómo la valentía y el coraje
aparecen como instrumentos significativos en la aproximación hacia los
sueños de un ser humano?
IX. El presente
Quiero compartir algunos hechos y desafíos centrales para mí, que he
ido trabajando e incorporando, y otros en los que seguramente me falta un
mayor aprendizaje en relación con el miedo y la autoconfianza.
Con todo lo que me ha pasado en la vida y lo que he visto a través de
este trabajo, ¿qué ser humano soy ahora?
Los aprendizajes que tuve en mi sistema familiar y social, hoy los
puedo reevaluar y pararme frente a ellos de manera diferente, reconsiderarlos y
replantearlos, diseñando para mí una nueva narrativa, con declaraciones
distintas:
No hay nada malo que me pueda pasar.
Hoy quiero y puedo confiar en mí misma y en los demás. No hay
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ninguna intencionalidad de la vida ni de los otros por hacerme daño.
Los otros pueden descalificarme o desaprobarme, pero estas
apreciaciones les pertenecen a cada uno de ellos. Sin embargo, soy yo quien
tiene el poder de dar autoridad a lo que escucho y a quien escucho.
Quiero conversar con mis hermanos sobre lo que aprendimos en el
seno familiar y que, en su momento, tenía un sentido para mis padres y para
quienes lo proclamaban; sin embargo, hoy necesitamos verlo distinto y
abrirnos a explorar la posibilidad de depositar totalmente la confianza en
nosotros mismos, en lo que la vida nos trae y nos regala.
Necesito aprender a ver la oscuridad no como una amenaza latente,
sino como un ámbito de descanso y entrega, de silencio y de comunión con lo
que está por fuera de mi control.
En los últimos meses he venido haciendo algo interesante con mi
pensamiento imaginativo: cuando en las noches aparece mi taladro cerebral,
me doy el espacio para hacer vivas y darle poder a las declaraciones que acabo
de anotar. Cuando se vuelve demasiado recurrente, me pongo en acción, me
levanto y leo algo valioso, algo que me guste, que sea significativo. He
descubierto que es una manera de desarmar el mecanismo del círculo vicioso
de pensamiento negativo.
Desde mi corporalidad, encuentro poderoso para mí aprender a
caminar más despacio; esto significa, vivir con menos prisa la vida, darme el
espacio para escuchar más lo que me pasa y lo que vivo, confiando en los
pasos que voy dando, que me van acercando a lo que quiero vivir y a lo que le
da sentido a mi existencia. Me gusta conservar mis ojos bien abiertos, ya no
para estar alerta a un peligro inminente, sino por su capacidad de ampliar el
espectro, de abrir la mirada y, con ellas, la capacidad de acción. Quiero
continuar en la conquista de un cuerpo más suelto, flexible, más distendido a
través del ejercicio que ahora realizo, haciéndome cargo de su cansancio y sus
necesidades. Confío en que todas estas acciones me ayuden a conectarme con
la tranquilidad y la paz que anhelo, y que me den la posibilidad de entrar en
una vivencia profunda de la confianza básica en mí misma.
Finalmente, les comparto que la valentía y el coraje son la fuerza de mi
vida. Quizás ha sido en los momentos más difíciles en donde he sentido su
presencia. Es como si la vida misma me convocara a ponerme en pie, llamado
que ha sido una constante desde niña. Ahora me pregunto: ¿qué es esa fuerza?,
¿de qué está hecha?, ¿cómo he logrado activarla? Hoy puedo decir que esa
fuerza soy yo y todo lo que represento. Son cada uno de ustedes y todo lo que
representan para la vida misma y para mí. Me siento maravillada con lo que
significa la vida, el planeta, el universo y lo que yo legítimamente soy en toda
esta inmensidad. Soy una con la Tierra, una con el aire, una con el agua y una
con el fuego; soy parte de lo que nace y de lo que muere; soy parte de la
fragilidad y de la fuerza, de la pequeñez y de la grandeza. Hoy la lluvia cae
sobre mi cuerpo y yo fluyo con cada gota de agua que recibo. Siento la
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humanidad en cada una de las células que me constituyen, siento a cada uno de
ustedes como parte de mi piel. Escucho la profundidad del silencio que me
ayuda a escuchar mi alma, la de quienes conviven conmigo y la de nuestro
planeta. Me maravillo de todo cuanto existe y la simpleza de la vida; ¡hay
tanta armonía y grandeza en esa simpleza!. Siento que el universo es
incluyente, todos tenemos un espacio en él y puede darnos soporte a cada uno
de nosotros. Siento que mi vida es una apuesta al amor, a la confianza y a la
comunión con todo cuanto existe.
Me siento feliz de haber compartido con ustedes un tema que me ha
atravesado el alma durante muchos años y del cual me era difícil hablar, pues
lo veía como algo devastador para mí, y que traté a toda costa de ocultarlo.
Hoy es maravilloso haber podido dar la cara, estar frente a frente y descubrir
que ha cambiado de manera contundente su tamaño. Si antes aparecía como un
monstruo de mil cabezas, hoy puedo contarles que solo le veo tres.
Con amor infinito.
Bibliografía
Bosch, María José. La danza de las emociones. Santiago de Chile: Ed.
Edaf, 2009.
Levy, Norberto. La sabiduría de las emociones. Madrid: Ed.
Plaza&Janés, 1999.
Marina, José Antonio. Anatomía del miedo. Anagrama, 2006.
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Derrocando tiranías
Ciudadana del alma
Introducción
Voy caminando por el desierto.
Estoy descalza y solo una túnica liviana me protege del sol y del
viento.
Al comienzo los pies me ardían y sangraban al pisar las tunas y el filo
de las piedras.
Ahora ha comenzado a formarse una delgada suela de piel que me
protege al dar cada paso.
El viento, la arena que arrastra, y el sol me han curtido la cara.
Mi hija camina a mi lado, tomada de mi mano. A veces su mirada en
tonos verdes y azules toca mi mirada y atraviesa mi centro. Sonríe.
Su manita aprieta la mía. Seguimos caminando.
Por momentos nos detenemos, sentimos sed y buscamos en los
montículos que esconden frutos cargados de agua. Al comienzo no podíamos
verlos.
Mi cabeza se vuelve hacia atrás y mis ojos siguen el rastro de las
huellas que hemos dejado y que se evapora a lo lejos, en la reverberación.
El viento me empuja a regresar, nos tumba.
Ese camino está trazado y lo conozco, pero miro hacia atrás para medir
la distancia recorrida, no para regresar.
Por delante hay muchos surcos tenues dibujados en la arena. Dudo, no
sé cuál seguir.
Cierro los ojos y permito que mis pies escojan la dirección.
Por las noches, cuando acaricio el pelo de mi hija mientras duerme en
mis piernas, lloro. Observo unas flores luminosas que se abren poco a poco.
No las había visto hasta ahora. Y pienso, el desierto también esconde
belleza.
Miro al cielo y observo esa estrella que no sé cómo se llama y que
siempre está allí. Entonces sé que he tomado el camino correcto… porque es
mi camino.
Con esta imagen inicié este recorrido hace diez meses. Era una imagen
recurrente en mi vida en aquel momento, un año y medio después de haber
terminado mi matrimonio.
Hoy, el desierto reverdece. He aprendido a transitar por él y poco a
poco deja de ser desierto. Dos años después de mi separación, estoy en el
proceso de construir mi propio camino, sin señales, con mi intuición y mi
corazón como guías. Este es el deseo que me impulsa a emprender este
proyecto: vivir esta etapa y diseñar mi vida desde la libertad y la esperanza,
con satisfacción por el camino recorrido, con amor por los aprendizajes que
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llevo en el cuerpo y con paz frente a los errores del pasado.
Llegar hasta aquí ha sido doloroso. He conocido la tristeza más
profunda y mi corazón se ha roto en momentos. Cuando creía haber dejado
atrás el dolor y veía el futuro lleno de esperanza y de posibilidades, emergían
voces del pasado que querían arrastrarme y sumirme en la desesperanza. Son
voces que declaran: el matrimonio es para toda la vida. Esto es lo que te ha
tocado, ¡aguanta! Estás dejando a tu hija sin padre, has destruido a tu familia,
¡qué lástima tu hijita! Las madres tienen que estar en la casa con sus hijos, no
pueden salir a divertirse. Primero está el deber y después la devoción,
¡aguanta! No sé si soy buena madre, no puedo darle lo que necesita, ¡aguanta!
Entonces, sentía culpa y tristeza por mi hija y por mí, y me surgía la pregunta
de si tenía la fuerza para salir adelante. En ocasiones no era una voz, sino una
sensación de angustia que me despertaba en las noches, acompañada de la
imagen de mi hija y yo, solas en el futuro. Y me preguntaba: ¿de dónde viene
esta imagen, esta voz ahogada, esta angustia que me desgarra?
Es el rezago de una voz tiránica, que aún me ata al pasado y que
también me constituye, la voz de un dictador que me limita, me somete y que
surge de lo más profundo de mi ser. Identifico su origen en lo que he llamado
las “verdades de mi madre”, a las cuales me sometí de pequeña en una tiranía
que creía haber derrocado, pero que ahora, frente a la nueva vida que intento
construir, resurge, se apodera de mí y entra en duelo con el ser que lleva años
en la tarea de deponer uno a uno estos mandatos.
Crecí con estas verdades, las escuchaba como pronunciadas con
vehemencia y reiteración, y algunas de ellas las asumí como absolutas,
incuestionables. Otras, las aprendí simplemente al ver actuar a mi madre y tal
vez estas han sido las más difíciles de derrocar, pues al no ser dichas, no podía
refutarlas. Algunas continúan vigentes.
Uno de los resultados de la tiranía, pero también uno de sus orígenes,
ha sido callar; he callado mucho, he dejado oír poco mi voz y solo algunas
personas conocen las vicisitudes de mi camino. Quiero ahondar en mi desgarro
y avanzar en el derrocamiento de las tiranías que se atraviesan en la
construcción de mi nueva vida y de mi ser. Creo que los mandatos se debilitan
si los miro de frente y pierden fuerza si los plasmo en el papel. Y tal vez
descubra que de alguna manera han iluminado mi recorrido y mi presente.
Quiero hablar a otros acerca de la posibilidad de deponer a los tiranos
del alma, de escuchar la propia voz y vivir a partir de ella.
Desde antes de nacer, mi hija y yo comenzamos a escribir un libro en
el que registramos las conversaciones maravillosas a partir de las cuales hemos
construido nuestra vida. Quiero que esta exploración sea parte de este libro y
que, en el futuro, ella pueda conocer mi voz, pero no la voz de la verdad, sino
la voz de mis preguntas, de mis dudas, de mis dolores y también la voz de mi
fuerza, de mi amor, de la autenticidad de mi alma.
255
I. Los mandatos como tiranía
Donde hay tiranía, son todos
un eslabón de una cadena;
su hedor emana de tu cuerpo,
tú mismo eres tiranía.
Gyulla Illyés4
La tiranía es un juicio. Esta es una calificación de la forma como he
vivido e interpretado algunos juicios, acciones y, en momentos, la presencia de
mi madre y de otras personas cercanas. Hacer este juicio habla de mí, de mi
observador. Lo importante no es que para ella fueran verdades o mandatos,
sino que yo me sometí a ellos. Otro observador podría calificar la misma
experiencia con un juicio diferente.
¿Cuál es el opuesto de la tiranía? Los griegos Platón y Aristóteles se
preguntaban si era la libertad, la virtud o la justicia. Por mi experiencia pasada
y actual, quiero mirar la tiranía desde sus opuestos: la libertad y también la
democracia, como sistema político.
Y aquí surgen varias preguntas. ¿Cuál es el punto de inflexión en el
cual la tiranía deja de ser tal y comienza la libertad? ¿Qué permite que haya
libertad? ¿Cuándo comencé a derrocar la tiranía y a vivir desde la libertad?
¿Qué condiciones lo hicieron posible? ¿Cuándo adquiere validez el juicio de la
tiranía? Es decir, ¿cuándo hay tiranía y cuándo hay libertad? La tiranía en mi
vida surgió en la relación con mi madre y con otras personas cercanas a mí. Es
un fenómeno sistémico; es un rasgo de las relaciones entre dos personas, de un
grupo, de una sociedad. Es también el tipo de relación que una persona
establece consigo misma, como en mi caso, cuando la tiranía se hace propia.
La tiranía como fenómeno se presenta en varios dominios: el social y
el político, en el espacio público externo, en el cual diferentes personas o
voces se encuentran, pero también en un espacio público interno, el del alma
del ser individual, en el cual conversan y se debaten diferentes voces. Es este
último el que me más interesa explorar.
II. La imposición de una voz
…en el dedo en los labios
indicando callarse,
está la tiranía…
Regreso a mi experiencia. He sentido la tiranía frente a ciertos juicios y
formas de actuar de mi madre cuando era niña. Ella ha sido una mujer de
convicciones profundas expresadas en máximas o premisas que he escuchado
desde mi infancia. Muchas veces ha respaldado sus formas de actuar con estas
256
máximas, pero otras veces su actuación hablaba por sí misma, tal vez con más
contundencia que las frases mismas.
Ella decía, por ejemplo. “Primero está el deber y después la devoción”
o: “A una hija mía no le puede ir mal en el colegio”. Yo no entendía el
significado de la palabra devoción, pero lo importante es que para mí, el deber
estaba primero que todo.
Yo veía que estos juicios eran muy importantes para ella y tal vez
como los escuché desde siempre y los decía con suma gravedad, con un tono
que sentía implacable, los asumí como verdades; no los cuestioné sino hasta
cuando fui adolescente y descubrí que iban en contra de mi forma de ser.
Frente a ellos callé, los acaté y me sometí, en contra de mi deseo de ser una
niña libre, de jugar, de tener muchos amigos, de ser sociable. Algunos de estos
juicios me hacían sentir segura. Por ejemplo, los juicios sobre la prioridad del
deber me generaban confianza, con la certeza de que si actuaba anteponiendo
el deber al goce y al disfrute, me iría bien en la vida. Es decir, la vida se
trataba de actuar de acuerdo con el deber. Tal vez estos juicios me daban la
seguridad de no dudar, de no indagar en mí misma para encontrar mi propia
voz. Me resultaban cómodos.
El buen desempeño académico que obtenía generaba orgullo,
satisfacción y tranquilidad a mis padres. Me sentía una buena hija, poco
conflictiva –a diferencia de mi hermana mayor– y autónoma en mi actuación
porque era muy responsable, aunque esclava de mis juicios. Sin embargo,
había otros juicios que no comprendía o no compartía, de ellos hablaré más
adelante.
La tiranía la ejerce un observador de enfoque único radical que
considera que su forma de hacer sentido de la realidad es la verdadera o la
única válida, que desconoce y niega el tipo de observador que es el otro, su
voz, su emocionalidad e incluso su corporalidad, niega su diferencia y la
unicidad de su alma. Trata de imponer su verdad y, por lo tanto, que los otros
la obedezcan y se sometan a ella.
III. Mi pequeña propia tirana
Yo me exigía mucho, actuaba con una responsabilidad exagerada para
mi edad, vivía tensa y los deberes del colegio eran una fuente de preocupación
e incluso de sufrimiento. Las tareas eran una carga para mí; llegaba del colegio
y me sentaba a hacerlas, sin descansar. Quería terminarlas pronto y quedar
libre para jugar. Estudiaba mucho para los exámenes y me esforzaba por
comprender los temas a fondo. Desde niña me convertí en mi pequeña propia
tirana, cargando mi pesada maleta todos los días, sometiendo mi alma infantil
al rigor del estudio, del intelecto y del deber.
Había otro tipo de juicios de mi madre, como: “La única música que
257
existe es la clásica, apaguen ese ruido (el rock)”, que ella pronunciaba con
enojo y exasperación, y nos hacía apagar la radio a mis hermanas y a mí. Yo le
hacía caso y me sometía, pero también me rebelaba. Cuando ella estaba en el
trabajo, ponía la radio a todo volumen o me encerraba en la biblioteca a
escuchar cassettes que grababa de los discos de mis amigas. Casi no tuve
discos de la música de mi época, pero me las arreglaba para estar conectada al
sonido de mi generación. Sentía rabia e impotencia ante la orden de mi mamá;
me sentía invalidada y que se burlaba de mí. En ocasiones trataba de
argumentarle que el rock también era música, pero ella negaba con la cabeza,
me interrumpía, no me escuchaba, lo descalificaba, decía que esos tipos
cantaban muy feo y que eso no era música –lo sigue sosteniendo hoy– y nunca
logré que escuchara mi punto de vista ni respetara mis gustos. Estaba
convencida de tener la razón. Su enfoque único frente a temas que desconoce
es muy marcado.
El tirano es ignorante con respecto a muchos dominios del alma y de la
vida misma. Tal vez le teme a estos dominios porque lo cuestionan, los siente
como amenazantes para su estrecha moral y su mundo reducido, y por lo tanto
necesita amordazarlos. Ismail Kadaré, escritor albanés, candidato al premio
Nobel, describe bien este rasgo del alma del tirano: “los dictadores reprimen
todo aquello que creen heterodoxo, en el pensamiento, en la poesía, en la
música, en la vida. Los dictadores se empeñan en el malestar. Les gusta el
aburrimiento”. Era este un rasgo de mi pequeña propia tirana. La excesiva
responsabilidad conmigo misma y el juicio severo hacia los otros me hicieron
una niña aburrida en algunos dominios, por ser estricta y juiciosa. “Primero el
deber que la devoción”.
IV. La identidad de observadores, una mentira
Así forja esposas el siervo
y él mismo se las asegura…
Hay una experiencia de tiranía muy cercana y dolorosa para mí, que ha
alimentado la mía y que de manera consciente ha sido un modelo que no
quiero repetir. Se trata de la relación actual de mis padres.
Hoy en día mi mamá tiene algunas limitaciones físicas que le impiden
caminar con facilidad. Le da órdenes a mi papá permanentemente –como hacía
y aún intenta hacer conmigo–. Le dice qué hacer y qué no, y controla todos sus
movimientos. Mi papá, que con los años ha caído en una enfermedad maníacodepresiva, acata sus órdenes y hace lo que ella le ordena, pero se ‘’escapa”
permanentemente para estar con sus amigos, gastarse su dinero, ir a reuniones
sociales y hacer lo que le da la gana a espaldas de ella. Mi madre actúa con él
como una tirana: le habla en un lenguaje de mandatos, no tiene en cuenta sus
sentimientos y emociones, lo descalifica permanentemente, se burla de él, lo
258
somete a violencia verbal y a interrogatorios sobre qué hace cuando no está en
la casa, y no lo deja descansar. Mi papá ha perdido su dignidad y el respeto
por sí mismo, pero de otra manera, más pasiva, también tiraniza a mi mamá.
Él sabe que ella lo necesita para las tareas cotidianas y se escapa o la ignora,
con lo cual logra que ella siempre lo esté buscando. Se muestra indefenso e
incapaz de valerse por sí mismo y le ha hecho creer a mi mamá que no puede
vivir sin ella. Mi madre también ha perdido su dignidad al haberse permitido
llegar a este límite de maltrato con su marido.
El observador tirano busca controlar el ser del otro para que se parezca
al propio ser, y aquí radica la expresión máxima del enfoque único; el querer
que el otro piense, haga sentido de la realidad, sienta y actúe de acuerdo con el
propio observador, es decir, pretender la misma identidad de ese observador y,
por lo tanto, la exclusión de observadores diferentes o en contradicción. El
resultado de una total identidad de observadores y de almas no es posible, es
una mentira. El costo que se paga es demasiado alto.
V. Donde no hay duda, hay tiranía
La tiranía se expresó inicialmente en dos dominios en mi vida: la de mi
madre sobre mí y la mía conmigo misma. Mi alma se sometió a mi ego; a mi
sentido del deber, la responsabilidad y del esfuerzo. Puede haber tiranía de una
persona sobre otra, pero también una tiranía de la persona consigo misma: una
parte de su ser somete a la otra, una voz aprendida o hecha propia se impone y
acalla otras voces del alma. Erich Fromm, Franz Neumann y Hannah Arendt
abordan el alma como “aquellos espacios públicos internos en los que se
ventila acción política” y en los cuales una voz puede ejercer un poder
opresivo sobre otras.
¿En qué medida el sometido se convierte en tirano? ¿Qué tanto el
sometimiento termina siendo imposición? Pero también, ¿en qué medida el
tirano está sometido a su propio poder y es esclavo de su tiranía? ¿Es el tirano
siempre un sometido? ¿Será que los extremos siempre se tocan?
Me pregunto también, ¿cuál es el beneficio de la tiranía para el
sometido? Y creo que es cierta comodidad que se genera al actuar bajo la voz
del otro que se hace propia, de no indagar en sí mismo para encontrar una voz
auténtica y construir sus propios juicios. “Cada vez que uno trata de suprimir
la duda, hay tiranía”, dice Simone Weil, filósofa francesa. En el espíritu de la
duda está el germen de la libertad.
VI. La estrechez de los juicios morales
En la tiranía conmigo misma me volví tirana con los demás. Juzgaba
con dureza la “irresponsabilidad” y frescura de los otros niños que no se
exigían académicamente como yo, y acatando una verdad de mi madre,
259
comencé a observar y a clasificar a las personas desde una dicotomía estrecha:
como brutos o inteligentes, que según yo creía, equivalía a ser mal o buen
estudiante. Llegué a pensar que el valor de las personas residía en la
inteligencia y que este era el principal rasgo de su ser. Me entristece pensar
que este fuera el principal valor que mi mamá viera en mí y también su
principal expectativa. Me convertí en un observador de enfoque único que
clasificaba a las personas por su “cociente intelectual”. La inteligencia se tornó
en un juicio moral sobre lo correcto y lo incorrecto, los buenos y los malos. Y
la tiranía residía en que el juicio moral de la inteligencia o excelencia
académica, como lo correcto y lo bueno, implicaba un sentimiento de
superioridad: “como soy buena estudiante, estoy en lo correcto y por lo tanto
soy superior y los demás son inferiores”. Mi madre cultivaba en mí este juicio
cuando clasificaba de esta manera a los demás en nuestras conversaciones;
siempre estaba el veredicto implacable de “qué tan bruto” o “qué tan
inteligente”.
El ser buena estudiante me distinguía entre mis compañeros. Me
buscaban para que les ayudara con los exámenes y esto me gustaba hasta
cierto punto, pero a veces sentía que eran demandantes en su pedido de ayuda
y que en el fondo buscaban mi conocimiento y no a mí. Aunque también me
generaba aceptación y admiración entre los adultos y los profesores, que veían
en mí posibilidades creativas y de aprendizaje.
La tiranía se fundamenta en juicios morales estrechos, implacables y
dicotómicos del observador: los buenos son los inteligentes, los blancos, los
arios, los hombres, etc. Los otros y sus acciones son correctos o incorrectos,
son representación del bien o del mal, dependiendo de si se identifican o no
con sus propios juicios, los correctos y verdaderos. Si los juicios del
observador y, por lo tanto él, encarnan lo correcto y el bien, cree que está en
una posición de superioridad frente a los otros, que le permite juzgarlos como
inferiores y, por consiguiente, sentirse con el derecho e, incluso, la obligación
de someterlos.
Detrás de estos juicios hay un alma restringida, limitada, que reconoce
pocos valores. Y estos valores, así parezcan fundamentados en una sólida
moral, niegan la vida, limitan la riqueza de las múltiples expresiones de lo
humano. Para Aristóteles, la tiranía es la forma de gobierno que en menor
medida satisface las necesidades humanas, que menos desarrolla el potencial
de la humanidad para la justicia, la excelencia y la grandeza.
Los juicios morales o valores tan estrictos, que rigen la vida y las
acciones, dominan al tirano. Él está sometido a sus propios juicios, es víctima
de ellos y estos se constituyen en una sola voz. No reconoce otros valores
diferentes; los ignora y, si los identifica, les teme, los ve como una amenaza
que lo pueden cuestionar y que pueden destruir su propio orden. Intuye que en
la contradicción y en la diferencia está el germen de la libertad y busca
eliminarlas. En este sentido, para el observador tiránico, el otro, el observador
260
diferente es un enemigo que hay que neutralizar o aniquilar.
VII. El escaso valor de sí mismo
La tiranía sobre otros nace de la tiranía sobre su propio ser. El tirano
con los demás es también un tirano consigo mismo en algún dominio de su
alma. ¿Qué tanto el tirano somete y tiraniza porque en el fondo siente que vale
poco? ¿Por qué su valor reside en el uso de la fuerza o en el ejercicio de un
poder que se impone sobre otro? ¿Qué tanto es tirano porque de alguna manera
se siente inferior y tiene que recurrir a un valor externo o inflado para “ser”?
El observador tiránico se identifica con sus propios valores, no reconoce otros,
y fundamenta el valor de sí mismo en sus escasos juicios y en el poder que
ejerce para imponerlos. Exhibe su poder para ser.
VIII. Tiranía versus poder
Había una presencia y una forma de actuar de mi madre que iban
acompañadas de órdenes implacables y que tal vez sintetiza la tiranía que yo
sentía. Es una de las escenas más fuertes de mi infancia. A veces, mis dos
hermanas y yo no queríamos comer porque no nos gustaba la comida de la
casa. Entonces, mi madre aparecía vestida con una piyama transparente, de tal
manera que yo podía ver su cuerpo desnudo, y un cinturón negro de mi papá
amarrado a la cintura. Llegaba furiosa, nos amenazaba con pegarnos con el
cinturón si no comíamos, nos decía: “Masque y trague sin demora de un
segundo” y nos metía la cuchara en la boca. Este gesto a la fuerza me
provocaba náuseas, y me amenazaba: “Si vomita, le hago tragar el vómito”.
Así comenzaba una lucha de horas entre ella y nosotras y, al final, ella se
rendía. Sin embargo, a veces la lucha terminaba mal. Mi hermana mayor la
desafiaba, ella perdía el control y le pegaba con el cinturón. Yo me asustaba
muchísimo, me daba pavor verla violenta y en ocasiones me metía en medio
para defender a mi hermana. Pensaba que podía destrozarla.
He odiado esta imagen de mi madre. Me parece sexual y brutal, e
incluso de niña la sentía profundamente irrespetuosa con sus hijas, pero
también masculina, con el cinturón de mi papá amarrado en la cintura. Es
como si dijera: “Yo soy la mujer de esta casa, pero tengo los pantalones, aquí
mando yo y se hace lo que yo digo”. La interpreto ahora como una exhibición
de su cuerpo, pero no por seducción, sino por desconexión y para imponer su
poder. Yo no podía protestar o enfrentar esta presencia tiránica, no era capaz.
El miedo me paralizaba, me quedaba callada y aprendí a portarme bien para
que no se enfureciera, y también a resistir. Sentía vergüenza de ella, de que se
exhibiera de esa manera: igualmente su presencia y su violencia me
avergonzaban, me producían miedo y rabia y un profundo silencio frente a
todo esto que me generaba.
261
Creo que no me habría sometido a las verdades de mi madre si no
hubieran estado acompañadas de esta presencia, así sus juicios y su exhibición
de poder no se presentaran de manera simultánea. Me pregunto, ¿qué
interpreté yo como tiranía: sus juicios o esta presencia emocional y corporal
irrespetuosa y violenta? ¿O fue la integración que hice de sus juicios, su
emocionalidad y su corporalidad? Es decir, ¿fue mi interpretación y mi
vivencia de su alma, de su ser?
Esta imagen de mi madre es para mí la imagen de la tiranía; la
imposición del poder por la fuerza, por medio de la violencia, irrespetando la
dignidad del otro e incluso la propia. El tirano no respeta la dignidad del otro
porque no tiene dignidad, no se respeta a sí mismo. Y cuando me pregunto por
qué mi mamá estaba tan furiosa y por qué nos violentaba de esta manera, la
respuesta que se me ocurre es que necesitaba descargar su propia rabia y su
frustración, y lo hacía contra los seres indefensos que estaban a su alrededor,
sus hijas.
Leyendo a Hannah Arendt, me surge una pregunta: ¿la violencia es
poder? ¿O de qué tipo de poder estamos hablando? Esta es la reflexión de
Hannah Arendt: “poder y violencia son opuestos; cuando uno de los dos
impera de manera absoluta, el otro está ausente. La violencia surge allí donde
el poder está en riesgo. Si se la deja seguir su curso, termina en la desaparición
del poder.” Erich Fromm hace una aclaración sobre la relación entre poder y
fuerza. El ejercicio del poder puede ser asumido por los individuos como una
expresión de la fuerza material, pero “el deseo de poder no se arraiga en la
fuerza sino en la debilidad”. Es la expresión de la incapacidad del yo de
mantenerse solo y de subsistir. Es un intento desesperado de encontrar un
sustituto de la fuerza cuando falta la fuerza genuina.
Creo que desde niña construí la siguiente ecuación: violencia igual a
poder. Tal vez por esta razón le he temido a ejercer el poder, por evitar ser
autoritaria, irrespetuosa y violenta. He sacrificado el liderazgo, que es una
forma legítima del ejercicio del poder, y me ha costado reconocerlo en mí y
asumirlo.
IX. El miedo agazapado
La necesidad de controlar lo que yo comía, es decir, de controlarme a
mí, habla de un profundo miedo, miedo a que yo me descontrolara o a que ella
no pudiera conmigo. Si el sometido pudiera mirar a los ojos al tirano en el
instante mismo de la humillación, vería el miedo agazapado en el fondo de su
mirada. En la base de la tiranía reside el más profundo miedo a ser, a vivir, a
que el otro sea, miedo a la diferencia. La desconexión emocional y corporal
del miedo y su negación racional están en el origen de la tiranía.
X. Opresión y arbitrariedad
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¿Qué caracteriza las acciones que se desprenden de un observador
tiránico? ¿Cuáles son las armas del tirano? Primero, la acción de enunciar sus
juicios como verdades incuestionables de las cuales no es posible discrepar, es
decir, los juicios se constituyen en una doctrina que se debe seguir. La forma
de actuar, de relacionarse con el otro es a través de la imposición y la
dominación; obligarlo a pensar y actuar como él, para lo cual necesita acudir a
la fuerza, a la violencia y a generar miedo o incluso terror. La tiranía es en este
sentido, opresión, es decir, es el fenómeno de las formas opresivas del poder
(Turchetti,). El tirano no pide porque no reconoce la libertad del otro, exige y
ordena. Con la imposición y la violencia genera miedo y este es el caldo de
cultivo de la tiranía; es la emocionalidad sobre la cual se erige, porque el
miedo paraliza e impide enfrentar al tirano. Hay también otras emociones que
acompañan al miedo y que sirven de armas al tirano: el sentimiento de
abandono, la vergüenza, el ostracismo y el miedo a enloquecer.
Hannah Arendt describe al tirano como un individuo hambriento de
poder que impone su voluntad arbitraria sobre los sometidos. El tirano no se
identifica con los sometidos, los usa como chivos expiatorios de sus actos y
los critica si es necesario para salvarse de la ira de los demás.
XI. El sometido, responsable de la tiranía
También sentía tiranía en la relación con mi hermana mayor y el
resultado fue el sometimiento. Creo que cuando nací, no le gustó la idea de
tener una hermanita. Me quitaba el tetero (biberón), se lo tomaba o lo botaba,
me sacaba de la cuna y me ponía en el piso del patio, donde más tarde me
encontraba mi mamá. Me golpeaba mucho e incluso, en una ocasión, me
pinchó en el estómago con unas tijeritas de costura. Cuando era muy pequeña,
no podía defenderme de sus golpes y de su agresividad. La sentía abusiva,
enojada y más fuerte que yo.
Los resultados de la acción tiránica son la obediencia, el sometimiento
del otro al mandato, el doblegamiento de su alma, la vulneración de su
dignidad, a través de infundir miedo y acallar su voz. Es hacer sentir al otro
impotente e indefenso frente al excesivo poder y la violencia, sin voz propia,
incluso dependiente del tirano y a veces inconsciente de su falta de dignidad,
de su sometimiento, de la negación de su ser. La tiranía también genera
sufrimiento y avasallamiento en el sometido. Pero el sometido permite la
tiranía y, en este sentido, le cabe responsabilidad. Erich Fromm habla del
sometimiento como un recurso para evitar la soledad y la angustia. Pero este
no es el único recurso, hay una forma de relación con el mundo que es
creadora y no priva al ser humano de su individualidad, cuyas expresiones más
dignas son el amor y el trabajo creador.
263
XII. Los barrotes de la jaula
Al mirar ves apenas
la ilusión que te muestra…
El sometimiento tiene un costo muy alto para el propio ser. Así lo he
interpretado frente a la bipolaridad de mi padre. Además de factores de su
propia historia, él se ha sometido al mandato y al maltrato, y ha reprimido
tantas emociones en su cuerpo durante años que comenzó a caer en
depresiones cíclicas cuando su cuerpo y su alma ya no aguantaban más la
pérdida de libertad. Creo que su cuerpo se rebelaba de una manera
autodestructiva contra la tiranía. Con los años encontró una vía de escape, una
vivencia ilusoria y temporal de libertad, la manía. Cuando, en medio de la
euforia, los golpes contra la realidad le evidenciaban su ilusión y su locura,
volvía a caer en depresión.
Cuando pienso en mi padre, la imagen que me llega desde hace años es
la de un canario enjaulado que me regalaron en una fiesta cuando yo era niña.
El canario cantaba poco, se veía taciturno y saltaba entre los barrotes buscando
una salida. De un momento a otro, se ponía eufórico, cantaba con brío y
volaba de un lado a otro golpeándose contra la jaula, como creyéndose libre.
De repente se quedaba quieto, con el corazón latiendo a millón en su pechito.
A mí me parecía que se daba cuenta de que era en vano. Entonces, se callaba
de nuevo. Varias veces, con mi curiosidad infantil y seguramente sintiendo mi
propia tiranía, abrí la puerta de la jaula para ver qué pasaba. El canario se
quedaba dentro.
En el fondo, el alma no soporta la perversidad de la tiranía, tanto
cuando se es tirano como cuando se es sometido. El ejercer un poder de
subyugación sobre otro deforma el alma y la pérdida de libertad conduce a la
locura, a perderse en la oscuridad del propio laberinto o a la muerte. Desde
este punto de vista, la locura es muy lógica, es un mecanismo para sobrevivir a
la tiranía del alma, para tener una vivencia de libertad, así sea irreal. ¿Es el
suicidio un intento desesperado del alma por salir de la tiranía, por alcanzar la
libertad?
XIII. La tiranía: vender el alma al diablo
No sabes ya qué es vida…
qué es amor ni deseo
Las diferentes experiencias de tiranía, de otros hacia mí, conmigo
misma y hacia los otros, aprendidas en mi infancia, se repitieron en mi
matrimonio. En muchos momentos viví la relación como una tiranía, a la cual
yo me sometí.
264
A pesar de que muchos aspectos de mi matrimonio fueron el resultado
de sueños conjuntos – nuestra preciosa hija, los nuevos seres en los que nos
constituimos durante esos años, el hogar que formamos, los viajes que
hicimos, la pequeña finca que tuvimos y cultivamos con tanto amor–, hubo
situaciones en las cuales yo me sometí a las exigencias, proyectos y
prioridades de mi marido. Lo hice por miedo a su silencio de días como
castigo, al sarcasmo de sus palabras, a la frialdad de su rabia. Sin embargo, en
nuestra relación, a pesar del miedo y de que al comienzo tenía dificultad para
expresarlo y para increpar sus exigencias, no me callé y desde el primer
momento enfrenté las dificultades con todos los recursos que tuve a la mano.
Aunque a veces fui incompetente al hacerlo y mi marido no pudo hacerse
cargo de sus propias incompetencias.
Someterse a la tiranía es como venderle el alma al diablo. Como decía
antes, la tiranía es posible cuando existe el miedo –este es el caldo de cultivo y
su principal aliado–, el miedo a la violencia del otro, a las consecuencias de
enfrentarlo e intentar ponerle un límite. El miedo y la incompetencia para
expresar, para declarar un límite o un basta, para enfrentar al otro y para dejar
salir la propia voz, hacen que el sometido le otorgue un poder desmedido al
que considera tirano.
La más penosa experiencia de tiranía en mi matrimonio fue cuando mi
marido deseaba tener un segundo hijo, a pesar de que otro embarazo ponía en
riesgo mi vida. No fui consciente en un primer momento de lo que él me
estaba pidiendo. Y esta es para mí la expresión máxima del sometimiento al
tirano: el no darse cuenta de la exigencia del otro que pretende que el sometido
esté a su servicio, el no ser consciente de la propia desvalorización, que es el
terreno sobre el cual se levanta el poder del otro; es decir, el ser banal y
pusilánime frente a la imposición, la renuncia y el abandono de sí mismo. La
tiranía del otro se erige sobre la negación del propio ser.
XIV. El sometido tirano
Durante algunos años, sobre todo después de conocer el diagnóstico de
que sufría de una enfermedad mortal, me sentía muy frágil para ponerle fin a
la relación, a pesar de que el sentimiento de indignidad había dañado y
transformado mi amor. Mi cuerpo y mis emociones no mentían y me costaba
escucharlos. Desde ese momento, nunca más fui capaz de llamar “mi amor” a
mi marido, pero no podía imaginarme el futuro sin él, no me sentía preparada
para estar sola.
Comprendí que en cierta forma el sometido termina sometiendo al
tirano y los papeles se invierten: el sometido tiraniza al tirano, y es este un
tercer dominio de la tiranía. Porque la impotencia del sometido, su propia
convicción de que es indefenso controla al tirano, lo alimenta, lo encadena y,
por lo tanto, lo esclaviza. El sometido le hace creer al tirano que lo necesita,
265
que sin él no puede vivir.
El sometido obliga al tirano a hacerse cargo de su impotencia, de su
indefensión, de su banalidad. Es la tiranía de los débiles sobre los fuertes, de la
que habla Oscar Wilde, la única que perdura.
XV. La tiranía, sistema incompleto
La tiranía también es un sistema. Es un orden que pretende ser de
dominio total, que niega la diferencia, no admite la contradicción, pretende
acallar las voces diferentes y someter al otro por medio de la fuerza, el miedo
y la acción violenta para imponer un mandato o una doctrina única. En el
corazón del sistema está la arbitrariedad del poder que niega la libertad
humana, la ausencia de reglas de juego y de leyes. El sistema tiránico busca
“igualar” las voces, uniformizarlas, sin embargo, no llega a la uniformidad
total, en el sentido de eliminar completamente la autonomía, el actuar por
“amor al arte” o la libertad.
Como dice Erich Fromm, un sistema tiránico surge cuando hay un
deseo de entregar la libertad, en vez de luchar por ella; cuando se está
dispuesto a entregarla a cambio de seguridad; cuando, en el dominio político,
hay una sociedad atomizada indiferente frente a su propio destino; cuando hay
anhelo de sumisión.
Sin embargo, el sistema tiránico completo no existe. Todo sistema
guarda en sí mismo el germen de su propia contradicción. La familia en la que
crecí también daba espacio a la libertad.
XVI. El germen de la libertad
Mi madre es una gran lectora y me acercó desde muy niña a la lectura,
con insistencia, pero con mucho amor, resaltando la importancia de leer
mediante máximas como estas: “Hay que leer para no volverse bruto”; “el
mejor placer que hay es la lectura”. Era paciente y respetaba mis gustos, y los
libros que me invitaba a leer me resultaban maravillosos. En este sentido fue
sabia. Aprendí a amar los libros y las palabras. ¿Aprendí a amar los libros
porque ellas los amaba? Es decir, ¿amo los libros porque amé su amor por
ellos?, ¿o los amo porque tocan mi alma? Aquí el amor y la pasión superaron
la verdad. ¿Fue este el poder expansivo de una verdad dicha y vivida desde el
amor?
De niña quería escribir palabras como aquellas que leía, que me
conmovían, que acariciaban mi alma, que me hacían soñar y ver la belleza de
un paisaje y sumergirme en la fantasía de mundos desconocidos. Aprendí a
escribir y a disfrutar de la escritura. Inventaba historias creativas, fantásticas;
me encantaba jugar con las palabras, crear imágenes, colores, atmósferas, y
cuando debía escribir cuentos o ensayos en el colegio, lo hacía con mucha
266
dedicación, como hacía con las tareas, pero por placer, no por deber.
Aquí nació una de mis pasiones en la vida y uno de los oficios que más
amo y que luego ejercí por muchos años: el de libretista de televisión. Me
encanta sentir el desafío de la página en blanco. Me entrego a la escritura con
paciencia y cuidado, respeto mis ritmos y mis tiempos, no me fuerzo cuando
no estoy conectada. Frente a la escritura puse el comportamiento disciplinado
que aprendí estudiando al servicio de mi creatividad, de mi expresión, de mí
misma finalmente, y en este caso, fue un aprendizaje liberador. Descubro aquí
una posible bella fórmula: cuando he puesto algunos aprendizajes surgidos a
partir de las verdades de mi madre al servicio de mi propia alma, he
encontrado espacios de libertad. Esta es la auténtica disciplina, cuando la
pasión por algo que sale de mi ser, me conduce a la entrega.
Tal vez, el conocer la libertad en algunos ámbitos hacía que no me
sintiera cómoda con mi propia tiranía y con el sometimiento a mi reducido
enfoque, porque sufría e iba en contra de mi forma de ser afectuosa y
compasiva. Este sufrimiento indicaba que esta voz poderosa, ahora propia,
sometía a otras voces de mi alma que aguardaban por expresarse. En el
corazón de toda tiranía yace el germen de la libertad.
Comencé a derrocar esta tiranía en la segunda mitad del bachillerato
cuando tomé conciencia de que no me sentía bien, de que estaba deprimida,
triste, a veces baja de energía, poco expresiva, aislada, y declaré que esa
exigencia conmigo misma no me gustaba, que yo quería disfrutar más de la
vida, estar contenta y ser querida, no por lo que sabía, sino por lo que era. Mis
padres me escucharon y con la ayuda de una mujer muy importante en mi
vida, comencé a expresar mi malestar y a indagar en las verdades de mi
existencia. Ella me escuchó con profundo respeto y amor, comprendió a fondo
mi sufrimiento y vio lo que mi alma pedía: expresar mi sentir, mi afecto, mi
sonrisa, conectarme con mi cuerpo y con los demás. Comencé a relajarme, me
conecté con actividades que me gustaba hacer, inicié clases de danza, iba
mucho a espectáculos artísticos, disfrutaba escribiendo los trabajos del colegio
sobre temas que me conmovían y me generaban un interés genuino. La
relación con mis compañeros cambió; pude acercarme, abrirme, mostrar más
mi lado sensible y amigable y, poco a poco, su admiración por ser buena
estudiante se amplió hacia el afecto y el cariño, tal vez porque entre otras
cosas, solté el juicio moral de que el mundo se dividía entre brutos e
inteligentes.
En ese momento de mi vida, el punto de inflexión entre la tiranía y la
libertad se dio cuando pude conectarme con mi sufrimiento, cuando comencé a
observar a mi observador y a indagar en los juicios y las voces que hasta el
momento me habían regido y me había impuesto de manera implacable.
Declaré un basta, tomé la decisión de hacerme cargo de mi sufrimiento; recibí
apoyo y consulté a alguien que se conectó con mi alma. Finalmente, cuando
comencé a conectarme con mi propia voz, encontré en mí misma la fuerza para
267
poner en su lugar las voces heredadas y me conecté con el deseo de vivir.
Comencé a sentir libertad cuando actuaba de acuerdo con lo que
quería, con lo que me gustaba y me hacía sentir bien, cuando escuchaba mis
emociones y mis impulsos, y cuando se abrieron nuevas posibilidades para mí,
de acción y de expresión de mi ser. La libertad en este sentido es hacer lo que
el corazón y el cuerpo dicen.
El punto de inflexión entre la tiranía y la libertad también fue posible
porque no me sometí por completo al poder de mi madre; lo cuestioné, lo
enfrenté y encontré las maneras de hacer lo que quería, es decir, me rebelé, me
subvertí. Mi alma de adolescente, ávida por sentir y por expresarse, fue más
fuerte que la estrechez de su verdad y que los límites que yo misma me había
impuesto, de modo que encontró los espacios para obtener lo que necesitaba,
para salir del aburrimiento. Pero también, en el fondo de algunas de sus
verdades, como el amor por los libros, yacía el amor por la libertad de
pensamiento, el deseo de soñar y habitar mundos diferentes.
La tiranía no puede someter completamente el alma del otro; la
capacidad de amar, de sentir, de pensar, de ser. La conexión con la propia alma
y con su fuerza es la fuente de la libertad. ¿Reside allí el impulso necesario
para el derrocamiento?
XVII. El miedo hace al sometido
En la adolescencia, la relación con mi hermana mayor empeoró. Su
agresividad aumentó: me golpeaba, me insultaba y yo no siempre era capaz de
defenderme. Me sentía maltratada y deprimida. Mis padres, sin saber qué
hacer, nos ofrecieron ayuda terapéutica. Mi hermana la rechazó diciendo:
“Que vaya ella”, y yo le respondí a mi mamá: “Pues yo sí voy porque si ella
me pega y yo no me defiendo, yo también tengo un problema”. Siempre me he
preguntado de dónde saqué esta claridad. Hice una terapia corta que me ayudó
mucho para aprender a defenderme. Un día, en una pelea, ella me insultó y en
el momento en que iba golpearme, yo sin saber cómo, con una fuerza
desconocida para mí, la empujé contra la pared. Ella me miró con
desconcierto, con confusión y algo de miedo, y nunca más volvió a hacerlo.
Desde ese momento nuestra relación cambió y fuimos amigas durante casi
toda la adolescencia. A partir de allí, comencé a derrocar la tiranía de mi
hermana sobre mí y a relacionarme con ella desde una mayor libertad. Pude
hacerlo porque me hice consciente de mi fuerza y me conecté con mi rabia. En
el justo instante de la pelea, mi ira se tornó en fuerza y la fuerza en un límite
marcado claramente para defenderme que superaba el miedo.
El derrocamiento de la tiranía comienza cuando el sano enojo, la
agresividad natural de la defensa de los propios derechos y de la dignidad
vencen el miedo. Tal vez por esta razón, el principal recurso del tirano es crear
miedo e, incluso, infundir terror con la demostración de su violencia, porque
268
sabe que el miedo “hace” al sometido.
XVIII. Abrir la jaula
Preso estás, preso..
Este proceso de derrocar la tiranía ha sido paulatino. He conquistado la
libertad poco a poco. Viví una experiencia fundamental hace unos quince
años. La relación de mis padres estaba en su peor momento, mi papá tenía
unos picos extremos en su enfermedad, mi mamá sufría muchísimo y se
desahogaba conmigo porque, según ella, yo era la hija ecuánime, que
comprendía la situación y la escuchaba. Me contaba los últimos episodios de
mi papá y me pedía que hablara con él para que cambiara, como si eso sirviera
de algo. Mi sufrimiento era profundo, temía que mi papá se suicidara en los
momentos de depresión o que tuviera un accidente en las épocas de manía,
cuando se sentía omnipotente. El se quejaba conmigo del maltrato y la
violencia de mi mamá. Yo no tenía paz, me deprimía y sentía una carga
enorme en mis hombros e impotencia. Me di cuenta de que no podía continuar
así, de que no podía hacer mi propia vida por estar pendiente de ellos, que ese
no era mi problema y que era incapaz de ayudarlos. Les ofrecí buscar ayuda.
Ellos la aceptaron y se hicieron cargo de su problema. La enfermedad de mi
papá mejoró, mi mamá cambió su actitud hacia él y yo me liberé de esa carga.
He aceptado en gran medida la realidad de mis padres –aunque me ha causado
un profundo dolor– y respeto su decisión de continuar juntos, a pesar de que es
una relación destructiva.
Conquistar la libertad implica abandonar las voces y las formas de vida
que restringen el propio ser y las cargas impuestas que son ajenas, pero que
asumimos como propias y que se constituyen en fuente de sufrimiento para el
alma. Implica también aceptar que hay facticidades de la vida que no es
posible cambiar y que no nos corresponde asumir.
Hace años comprendí cómo yo reproducía en mi matrimonio la
relación de mis padres e hice una declaración fundamental: “No quiero esta
vida para mí, no quiero repetir su historia, quiero hacer mi propia vida y creo
que es posible”. Esta declaración fue un grito de independencia que marcó mi
caminar hacia una vida en libertad. Algunas personas me mostraron los
barrotes de la jaula, otros me indicaron la salida, pero yo misma abrí la puerta
y volé.
XIX. Los altibajos del derrocamiento
En este momento de mi vida siento que una forma de tiranía amenaza
la libertad que poco a poco he conquistado. Y es la tiranía económica, de la
satisfacción de las necesidades materiales; ese trabajo arduo, continuo, sin
269
descanso, por procurarnos a mi hija y a mí una vida digna. Le he temido a esta
tiranía, a que este esfuerzo me impida volar, gozar, disfrutar de mi libertad
conquistada. Le he temido someterme a la satisfacción de la necesidad. En este
caminar por el desierto, sin referentes, la estructura del deber surge como un
referente conocido que me tienta, que trata de someterme nuevamente y que
lucha contra mi deseo de libertad. No me gusta porque he conocido ya la
liviandad y la libertad, y porque mi alma necesita el ocio, la diversión, la
fiesta, el baile.
Me surgen muchas preguntas: ¿cómo actuar de otra manera cuando a
veces las necesidades básicas apremian? ¿Requiero en este momento de mi
vida la disciplina del deber para atravesar esta etapa de estrechez material? ¿O
es nuevamente una tiranía que ejerzo sobre mí misma? ¿Es el deber una tiranía
cuando actúo así para procurarme libertad, cuando lo hago por mí misma y por
mi hija y no para otros? ¿Cómo negar que en este esfuerzo he crecido, que me
he curtido con la aridez del desierto, que me he vuelto más autónoma y adulta,
que sé que puedo procurarme una vida digna? Ahora me siento más confiada
en mí misma y en mis capacidades, menos dependiente de las seguridades
externas, finalmente más libre en mi interior.
¿Ha sido este aprendizaje de caminar por el desierto como la escritura
que tanto amo, en el sentido de que mi actuación enfocada, responsable,
dedicada, está al servicio de mi propia alma? ¿Estoy repitiendo el libro de la
vida de mi madre? ¿O estoy escribiendo mi propio libro?
Surge aquí lo incompleto del orden. Desde la tiranía es posible
conquistar la libertad y, al contrario, a pesar de haber conquistado la libertad,
la tiranía es siempre una posibilidad, una amenaza.
El orden tiránico total no existe, no puede perdurar. Negar por
completo la contradicción no es posible. La tiranía desconoce o niega que en sí
misma yace el germen de su derrocamiento, la libertad, porque mientras no
recurra a la aniquilación física, siempre existirá en el alma humana la
capacidad de amar, de sentir, de pensar, y de alzar la propia voz. La tiranía no
logra eliminar completamente la posibilidad de la oposición –así esta conlleve
el riesgo del castigo o incluso de la eliminación–, la opción y el amor por la
libertad.
XX. La conquista de la libertad
En la crianza de mi hija he procurado que crezca con libertad. Sé que
en gran medida ella puede ser libre si me siente libre y me ve actuar en
consecuencia. Y en este sentido, lo mejor que puedo hacer por mi hija es
continuar mi camino. Pero también he tratado de crear para ella unas
condiciones de libertad, con gestos y actos pequeños, pero de gran
importancia.
Desde que tenía dos años ella escogía la ropa de sus colores favoritos y
270
a partir de entonces, ella elige qué ponerse cada día. Yo respeto su elección.
Su padre y yo siempre le hemos fomentado el que vaya a excursiones
sin nosotros, con sus amigos y compañeros del colegio y siempre me he
sentido tranquila al hacerlo. No siento el temor y la angustia que observo en
otras mamás. No le exijo que saque excelentes notas ni que sea la mejor
estudiante, aunque le recalco la satisfacción que se siente al haber hecho un
esfuerzo y haber aprendido. Le muestro que tiene bellos talentos que puede
desplegar: el gusto por la música y por el movimiento del cuerpo, su forma de
pintar abstracta (no le gusta pintar muñequitos, sino formas y colores), la
belleza de su escritura, su pasión y amor por los animales, su capacidad de ver
el corazón de las personas, su intuición especial para anticipar hechos.
En nuestra relación cotidiana, le reitero que no tengo la razón, que me
he equivocado y que muchas veces me equivocaré. Quiero que escuche que
mis juicios son puntos de vista, que a veces expresan convicciones profundas,
pero que no son verdades. Frente a muchas situaciones que vivimos, le
pregunto qué piensa y cuál es su opinión, y le pido que exprese sus emociones
cuando tenemos una discusión o un desacuerdo o cuando la noto triste o
decaída. Ella lo hace y yo trato de recibir su enojo, su rabia, su frustración, su
tristeza o su miedo. Le he dicho que no tiene por qué quedarse callada, que
tiene derecho a enojarse conmigo, a estar triste y sentir miedo, que mi amor
por ella siempre será igual y no está condicionado por sus acciones, por si se
“porta bien” o no, o por los resultados que obtenga. Confieso que me encanta
cuando le digo que es hora de comer o de acostarse y me dice “no quiero”.
Entonces hacemos pequeños tratos.
El resultado de estas acciones es que mi hija no es una “niña buena”,
cosa que no resulta fácil para mí en la cotidianidad, pero tiene una bella
mezcla de fuerza y ternura, a pesar de la inmensa tristeza que ha vivido en los
últimos dos años por la separación. Un pequeño ejemplo de este resultado es
una pregunta que le hizo hace unos días a mi madre: “Abuela, ¿tú por qué
siempre les dices a los demás qué es lo que tienen que hacer? Cada persona
puede hacer lo que quiera”. Ante una indagación tan directa, mi mamá no tuvo
más opción que responder: “Sí, tienes razón, siempre he sido muy mandona”.
Creo que si mi hija se sintiera sometida a mis mandatos no podría ver los
mandatos de mi madre sobre otros y no podría reconocer en otros la falta de
libertad.
Dar libertad es para mí dejar ser y esto implica ver un poco el alma del
otro y crear un terreno propicio para que se exprese y para que construya sus
propios juicios, alimentados por distintas voces. Implica recibir y contener las
emociones del otro sin calificarlas de negativas para que no se conviertan en
una voz tóxica que subyugue o se rebele desde el lado oscuro de nuestro
laberinto. Erich Fromm define la libertad como la realización del ser
individual, es decir, la expresión del potencial intelectual, emocional, sensible,
creativo y espiritual: la posibilidad de que el hombre se gobierne a sí mismo,
271
tome sus propias decisiones, piense y sienta como lo crea conveniente.
XXI. La ciudadanía del alma
Hace muchos años, trabajaba intensamente, como muchas personas, en
la construcción de un proyecto democrático para nuestro país. Escribía una
serie de televisión que ayudaría a crear un imaginario social de convivencia
pacífica y, para uno de los capítulos, estaba buscando una imagen o una figura
que pudiera representar el concepto de ciudadanía. Y encontré, en aquel
entonces, el mito de Antígona. Para resumir, el hermano de Antígona fue
acusado de traición y, como castigo, su cuerpo debía permanecer insepulto por
fuera de las murallas de la ciudad para que lo devoraran las aves de rapiña.
Antígona se atrevió a desafiar las leyes de la ciudad y el mandato del
gobernante, siguió las de su corazón y recuperó el cuerpo de su hermano para
darle sepultura. Cuando el rey se enteró, la condenó a muerte, pero ella prefirió
el suicidio a una muerte impuesta. Antígona es considerada la primera
ciudadana de la historia (en Grecia las mujeres no eran ciudadanas), porque
desafió el mandato del rey e incluso las leyes para actuar de acuerdo con la
voz de su conciencia y de su corazón.
Como sistema, la democracia es lo opuesto a la tiranía. La democracia
es el orden que hemos construido para que todas las voces tengan un lugar
digno y para afirmar la vida. En el dominio del alma es también un orden
interno en el que las diferentes voces tienen la posibilidad de expresarse y de
coexistir. En ello radica su fortaleza como orden, pero también su inmensa
fragilidad, pues da cabida al germen de la contradicción, a las voces que
amenazan con destruirla, que niegan la libertad y a la democracia misma.
El sometido es lo opuesto al ciudadano. Solo quien se reconoce
ciudadano es libre –autónomo en su conciencia, en su sentir y en su actuar– y
puede derrocar las tiranías propias e impuestas por otros. El resultado de
derrocar las tiranías es devenir en ciudadano de la propia alma. Eso quiero.
Bibliografía
Arendt, Hannah, On Totalitarism.
Aristóteles, La Política.
Boesche, Roger. Theories of Tyranny from Plato to Arendt
Pennsylvania: The Pennsylvania University Press, University Park, 1996.
Cerroni, Humberto. “¿Qué es la democracia?”.
Echeverría, Rafael. El observador y su mundo.
——, Por la senda del pensar ontológico.
Fromm, Erich. El miedo a la libertad.
Illyés, Gyula. “Una frase sobre la tiranía”, en Revista de Cultura
Lateral, Nº. 73, enero de 2001,.
272
Kadaré, Ismail. Cuestión de locura.
Pessoa, Fernando. El banquero anarquista.
Turchetti, Mario. Tiranía: Variaciones sobre un tema entre historia y
teoría.
NOTA
4. Fragmento del poema “Una frase sobre la tiranía”, del poeta Gyulla
Illyés (1903-1983). Es tal vez el poema húngaro de mayor repercusión en el
mundo literario. Describe, de manera desgarradora, el drama de la tiranía. Su
autor fue uno de los principales escritores húngaros del siglo XX y
considerado el primer poeta nacional, que se dedicó a escribir sobre los
problemas del destino de su nación.
273
Gestão do desenvolvimento: o ensaio de uma aprendizagem
Paulo André Argenta
I. Introdução ao ensaio de uma aprendizagem
1. O ensaio
O presente texto é um ensaio fruto do projeto de investigação realizado
no âmbito do Programa Avançado de Coaching Ontológico, no período de
julho de 2008 à maio de 2009, organizado pela Newfiel Consulting.
Escolhi como tema de investigação a gestão do desenvolvimento. A
aprendizagem vivenciada ganhou múltiplos sentidos, destaco três aspectos que
julgo serem conquistas fundamentais: a aprendizagem sobre o tema de
investigação; a aprendizagem sobre fenomenologia; e a aprendizagem sobre as
relações entre claro ontológico, fenomenologia e coaching ontológico.
No âmbito do programa avançado o resultado do projeto de
investigação é chamado de ensaio, um Interessante nome. Mas, quais são os
significados para mim da palavra ensaio?
Quando eu era criança ia aos ensaios do meu grupo de teatro, eram
execuções prévias da peça, podíamos errar e sobre eles fazíamos as correções
para melhorar a qualidade da nossa apresentação no palco. Também me via
ensaiando jogadas de futebol, eu e os meus colegas combinávamos
previamente jogas para serem realizadas durante os jogos de futebol, algumas
vezes as jogas ensaiadas eram apenas combinações verbais outras vezes nós
repetíamos a mesma jogada até conseguirmos realizá-la com precisam e
perfeição.
O que vejo de comum nesses dois casos de ensaio? A realização
prévia, a preparação, a combinação e a repetição como ações de aprendizagem.
Aprendemos movimentos e comunicações efetivas e belas, aprendemos a
executar jogadas perfeitas e a atuar de maneira impecável.
Rafael Echeverría valoriza a beleza da noção de ensaio pela
“humildade de seu nome e falta de pomposidade … A noção de ensaio nos
conecta com a idéia de que se trata de algo preliminar, que não é senão uma
preparação para algo que se situa no mais além do realizado” (Echeverría,
2007).
Assim, interpreto o ensaio, expressado através desse texto, como uma
aprendizagem prévia sobre a gestão do desenvolvimento e como realização
preparatória de um projeto de investigação fenomenológico. Há infinitas
possibilidades de interpretação sobre gestão e também para realização de um
projeto investigativo. Tenho aprendido a fazer investigação fenomenológica,
experimentando, errando e acertando, ensaiando jogadas e fazendo
apresentações prévias.
Esse texto, mais do que a apresentação de um ensaio sobre gestão do
274
desenvolvimento é um ensaio fenomenológico. O que apresento é um resultado
parcial, um recorte momentâneo, um ensaio interpretativo. É o ensaio de uma
aprendizagem.
2. Ensaios fenomenológicos
Declaro que fazer fenomenologia é uma área de aprendizagem, um
ensaio que venho praticando no âmbito do projeto de investigação e na
realização de coaching ontológico. Mas, o que é fenomenologia? Sobre o que
estou me referindo? O que é mesmo que estou ensaiando?
Não pretendo revisar todas as leituras que realizei nesses últimos
meses sobre fenomenologia, tão pouco conseguirei apresentar uma noção.
Nessa seção desejo apresentar o que tenho feito como fenomenologia,
localizar essa prática no âmbito do programa avançado e mostrar que estou
ensaiando atuações.
É importante destacar que a prática fenomenológica se insere na
aprendizagem avançada de coaching ontológico. Em outras palavras, se realiza
fenomenologia praticando coaching ontológico, portanto, o melhoramento da
minha prática de fenomenologia também está articulado com o melhoramento
da minha prática de coaching ontológico.
Da mesma forma, ao longo do curso realizei uma intensa autoexploração, reconstruindo minha autobiografia e redesenhando o meu futuro.
Essa tarefa, em conjunto com outras tantas, contribuiu para transformar o
observador particular que sou. Um tema explorado, por exemplo, foi o que
chamei de bifurcação estratégica, uma forma particular que eu encontrei para
responder as dificuldades da vida, uma forma particular de fazer a gestão do
meu desenvolvimento pessoal. Pude também rever como, ao longo da minha
vida, fui planejando e sendo o gestor do meu destino. Todas essas descobertas
influenciavam a realização do meu projeto de investigação.
Como aprendizagem em si, o projeto de investigação seguia duas
fontes reflexivas principais: o aprofundamento teórico, em especial as leituras
do livro Por la senda del pensar ontológico escrito por Rafael Echeverría; e a
prática da investigação fenomenológica. O objetivo maior do aprender fazer
investigação fenomenologia se desenvolveu praticando e refletindo, lendo e
escrevendo. As leituras me trouxeram distinções sobre: o claro ontológico,
fenomenologia analítica, a leitura, a reconstrução ontológica e a escrita. Tais
leituras se articulavam com práticas de investigação e estavam também
conectadas com práticas de coaching ontológico e de auto-exploração, gerando
um caldo reflexivo fundamental ao processo de aprendizagem.
De certa forma venho praticando e observando fenomenologia desde
que comecei o curso The Art of Business Coaching. Lembro-me quando meus
instrutores diziam para trazer o fenômeno às mãos e refletir quais sentidos ele
me sugeria. O que eles estavam se referindo por “trazer o fenômeno às mãos”?
275
Para exemplificar, lembro-me como eu trouxe o fenômeno do escutar
num trabalho de grupo que realizei naquela época. Em primeiro lugar eu
sugeri que todas as pessoas ficassem em silêncio e passamos a identificar
todos os sons que podíamos ouvir. Num segundo momento eu perguntei aos
participantes como que eles escutavam? Como eles descreviam as suas
experiências de escutar? O que acontecia quando eles estavam escutando?
Depois introduzi duas importantes distinções que eu havia aprendido no
âmbito da ontologia da linguagem: escutar se difere de ouvir – escutar é ouvir
mais interpretar; a outra distinção era que o escutar não é passivo, quando
escutamos estamos também atuando, quando escutamos estamos ativamente
interpretando. Por fim desenvolvemos um processo reflexivo sobre: Como nós
éramos como escutador? Como nós escutamos uns aos outros? Como era o
nosso escutar nos domínios do trabalho, nas relações familiares e nas nossas
amizades? Como que as nossas emoções e posturas corporais reagiam ao que
estávamos escutando? O propósito desta aprendizagem era observar o
fenômeno do escutar e principalmente identificar as nossas competências ou
incompetências como escutadores para melhorar as nossas relações
comunicativas. Naquela oportunidade o objetivo era estudar o fenômeno da
escuta, com o propósito de nos observar escutando e desenvolver uma
aprendizagem para melhorar as nossas competências conversacionais.
Outro importante espaço de pratica fenomenológica, desenvolvida
naquela época, era a realização do coaching ontológico. Eu estudava o
fenômeno declarado como quebre pelo coachee, indagando as suas
experiências e os fatos de sua vida em diferentes domínios de atuação pessoal.
Escutando a forma como o coachee atua e observando a emocionalidade e a
corporalidade associada a tal atuação eu construía uma interpretação sobre a
forma de ser dele. Também identificava possíveis áreas de aprendizagem para
o coachee, no sentido de desenvolver novas competências de atuação e a
superação da situação declarada como quebre.
Eu praticava fenomenologia sem ter desenvolvido uma noção precisa
sobre fenomenologia. Foi no Programa Avançado de Coaching Ontológico
que puder aprofundar a prática fenomenológica e construir noções sobre o que
é fenomenologia. A elaboração de noções e conceitos é útil quando se
traduzem em melhoramento da prática fenomenológica, assim, prática e
reflexão foram e continuam sendo o carro chefe dos processos de
aprendizagem.
No curso avançado, a prática de coaching ontológico continua sendo
um espaço privilegiado para realização de fenomenologia. Porém surgiram
novos e importantes espaços como, por exemplo, o projeto de investigação.
3. O projeto de investigação como um ensaio fenomenológico
Quais são as ações que podem descrever a prática fenomenológica no
276
projeto de investigação? Luz María me apresentou uma interessante síntese
como resposta a duas pergunta que eu havia lhe feito a respeito do projeto de
investigação. Seguem as minhas duas perguntas com as respectivas respostas
da minha orientadora:
Quais são os elementos que devo considerar na redação de um
“problema” para se fazer uma investigação fenomenológica?
Luz María - Especialmente la posibilidad de que ese tema tenga varias
lecturas y varias interpretaciones, lo que lo hace difícil de generalizar para
hablar de él con propiedad. Y luego, cómo te afecta el tema: qué desafíos te
plantea, qué dificultades, cómo se inserta en tu propia vida: qué te aporta, qué
te resta…
Quais são os elementos que devem estar contidos do texto final do
projeto de investigação?
Luz María - En primer lugar, el tema, en forma de pregunta o
inquietud. No se trata de desarrollar un tema, sino de problematizarlo: de hacer
ver las diferentes miradas que permite. En segundo lugar, algunas experiencias
que muestren el tema en acción: en comportamientos, lenguajes, emociones.
En una palabra, el fenómeno. En tercer lugar, una definición del tema,
obtenida a partir de las experiencias señaladas, rescatando lo que ellas tienen
en común. En cuarto lugar, el diálogo con otro autor, en que –desde las
conclusiones a las que te han llevado tus experiencias, muestre tu conformidad
con lo que él dice o tu objeción a sus planteamientos. Y, finalmente, la
conclusión a la que llegas después de todo este recorrido. Y la propuesta de un
plan futuro.
Como descreve Luz María o projeto de investigação começa pela
definição do tema. Quando escolhi o tema da minha investigação gestão do
desenvolvimento o que estava distinguindo? Quando falo sobre gestão e
desenvolvimento do que estou falando?
Rafael Echeverría propõe como primeiro passo investigativo a
localização do tema como uma ação de linguagem. Quando escolhemos um
tema estamos fazendo uma distinção lingüística. A ação de distinção no
domínio lingüístico é um juízo e todo o juízo nos remete tanto ao que está
sendo observado quanto a quem observa. Em outras palavras, quando um
observador emite um juízo ou quando distinguem uma palavra o faz de uma
maneira particular. Por exemplo, o que é uma floresta? Para um empresário
que faz móveis uma floresta é uma oportunidade de negócio; para um
ambientalista ou estudioso das mudanças climática a floresta é uma unidade de
preservação ambiental; para um indígena a floresta é sua a morada.
Qual é a importância de localizarmos a distinção enquanto uma ação de
linguagem? Para compreendermos que todas as propostas interpretativas nos
remetem a um observador particular, todas as interpretações são interessantes
interpretações que devem ser respeitas, pois “vivemos em mundos
interpretativos”. Rafael Echeverría propõe o poder agregado como critério
277
básico de validação das interpretações no sentido de valorizá-las conforme a
sua capacidade de gerar transformações e melhoramento da vida.
O segundo passo que nos propõe Rafael Echeverría é a elaboração de
um inventário de experiências associados ao tema. Ou como Luz María
indaga: “quais são as experiências que mostram o tema em ações em forma de
comportamentos, linguagens e emoções”?
A realização desse inventário começa pelo auto-indagação, num
domínio particular e depois observando em outros domínios. Por exemplo:
como atuo como gestor familiar e na educação dos meus filhos? Quais são as
ações que descrevem a minha atuação como gestor no domínio do trabalho?
Como faço a gestão do meu desenvolvimento profissional? Depois de
realizada a auto-indagação se busca identificar experiência que descrevem o
fenômeno através da indagação dos outros.
O terceiro passo é a identificação de traços comuns que podemos
encontrar nas experiências listas na etapa das indagações. Retornando dessa
forma ao domínio da linguagem formulamos conceitos e noções próprias sobre
o tema de investigação. Ao observarmos padrões comuns entre as experiências
elaboramos uma definição particular do tema. Nesse ponto Rafael Echeverría
faz um importante alerta: o objetivo fundamental não é chegar ao conceito e
domesticá-lo, nisso se cai no academicismo; o objetivo fundamental é
melhorar e qualificar nossa capacidade de ação e de vida. Não basta ter
observadores iluminados se as diferenças que eles exibem não se traduzem em
ações distintas e capacidade de modificar resultados. O importante de não é a
apresentação de um belo conceito, recheado com belas palavras, o importante
e a ampliação do poder de ação e a agregação de valor que tal interpretação
gera.
II. Fragmentos do fenômeno ‘gestão do desenvolvimento’
1. A escolha do tema de investigação
Por onde começar?
A inquietude que me levou ao curso The Art of Business Coaching era
melhorar os meus conhecimentos sobre gestão organizacional e encontrar
soluções de gestão para melhorar a qualidade do trabalho e garantir resultados
mais efetivos no âmbito da organização em que eu trabalhava. Confesso que
iniciei o referido curso sem saber ao certo do que se tratava, não sabia o que
era coaching, quanto mais ontológico.
Agora, no âmbito do curso avançado, eu retomei o tema original, a
minha inquietude prévia, através do projeto de investigação. A escolha do
tema gestão do desenvolvimento expressa a minha ambição pelo
aperfeiçoamento profissional. Um dos traços comuns das minhas experiências
profissionais tem sido trabalhar com gestão organizacional, coordenação de
278
equipe e planejamento estratégico. O tema do desenvolvimento também tem
sido recorrente nas minhas atuações acadêmicas e profissionais.
O meu projeto de investigação envolve inúmeras indagações, entre elas
se destacam: Há sentido de estudar o tema gestão do desenvolvimento desde a
ontologia da linguagem? Qual é o sentido de gestão? Qual é a natureza da
gestão? Quais são os elementos e estruturas de um processo de gestão? Qual é
a relação entre gestão e planejamento? Qual é a natureza do desenvolvimento?
Quais são as dimensões do desenvolvimento? Qual é a relação entre gestão do
desenvolvimento e aprendizagem?
O ponto de partida do projeto de investigação é a síntese da ambição: a
elaboração de uma proposta de gestão. Existem dois caminhos que me
interessam explorar o tema da gestão: um é pela noção de aprendizagem e
outro pela noção de desenvolvimento. Ambos os caminhos conferem um
caráter dinâmico e transformador. Por uma via o observador num processo
permanente de aprendizagem, por outra via a unidade sob intervenção (ser,
organização ou sistema) concebida como algo que também está em
permanente mudança (em desenvolvimento).
O planejamento como inquietude
Uma fonte de inquietude é a critica que formulo quando vivencio
processos de planejamento ou quando leio algo a respeito de gestão que super
valorizam a construção de um rol de ações a serem realizadas pelas pessoas ou
equipes de trabalho.
Em muitos planejamentos organizacionais que já participei criava-se
uma separação entre o momento do planejamento e o momento da execução.
No primeiro momento havia reflexões sobre cenários e estratégias, opções de
atuações, participação de todos os membros do grupo e conversas envolventes.
Normalmente gerava-se emocionalidades positivas, superavam-se os
problemas comunicativos do dia-a-dia, executavam-se dinâmicas especiais de
integração e de promoção de um ambiente afetivo e de confiança. Já no
momento da execução o foco muda drasticamente, o cumprimento das tarefas
e o alcance dos resultados esperados dominam a cena, restringem-se os
espaços para a mediação, não ocorrer um debate envolvente e compromete-se
a manutenção da afetividade e confiança.
O plano de ação, elaborado no momento anterior, muitas vezes vira
uma camisa de forças, mesmo que o bom senso sinalize por alterações. Outras
vezes o fluxo comunicativo se perde ou fica tenso impedindo adaptações,
improvisações e a criatividade. Interpreto que as adições das noções de
estratégia e contingência aos processos de planejamento são tentativas de
superação das imposições do plano de ação. Através de reflexões prévias são
elaborados cenários possíveis e tendências de mudanças e acontecimentos,
busca-se reduzir a imprevisibilidade.
Vejo importantes contribuições nas modalidades de planejamento
279
estratégico e gestão por contingências, mas ainda assim não me satisfaço
porque se mantém a separação entre o momento do planejamento e o momento
da execução, não há uma resposta que supere esta fragmentação.
As mudanças como inquietude
Outra fonte da minha inquietude é a fluidez dos acontecimentos e da
vida. O tempo não para e a vida segue seu ritmo. As mudanças podem ser
lentas como a remodelagem das montanhas ou rápidas como a direção do
vento, mas tudo muda. Como conduzir a vida sobre um mundo fluído? Como
motivar-se para a realização de algo sabendo da existência do declínio? Como
viver a vida feliz sabendo da existência da morte? Como manter a esperança
conhecendo as limitações? Como organizar as coisas sabendo que tudo será
novamente desorganizado?
Se todas as coisas sempre estão em estado de mudança qual é o sentido
de atuação humana? O sentido continua sendo o mesmo de sempre: melhorar a
qualidade de vida; superar as limitações; conquistar novos desafios. Mas,
como isso pode ser feito?
Há quem se apega as posses e ao desejo do imutável. Na minha
interpretação o sentido básico da vida é simplesmente viver, mas, nós seres
humanos somos conscientes sobre os fenômenos das mudanças e como coautores do por vir ambicionamos a evolução, a superação e o melhoramento.
2. A organização como domínio de investigação
O termo gestão pode ser utilizado em vários domínios, muitas vezes é
utilizado em associação com outros termos que fazem referências a domínios
específicos, como por exemplo: gestão empresarial, gestão organizacional,
gestão do conhecimento, gestão da informação, gestão pública; gestão
territorial; gestão ambiental; gestão do desenvolvimento; etc.
Utilizo a extensão desenvolvimento como uma qualificação da
concepção de gestão, mas, não quero fazer com isso menção direta a idéia de
desenvolvimento socioeconômico.
Não tenho dúvidas que o campo mais fértil de experimentação e
reflexão sobre a gestão é o domínio do desenvolvimento da minha vida. Não
há como excluir o caráter pessoal das minhas investigações, sou um
observador distinto. Poderia aprofundar as reflexões sobre minha biografia e
dela extrair noções interessantes para a gestão do desenvolvimento pessoal.
Um domínio útil seria o desenvolvimento profissional. Porém, esse olhar é
novo, surgiu recentemente e o meu estudo já havia tomado o rumo da gestão
organizacional.
Interpreto que sempre há gestão onde houver intencionalidade, ou seja,
vejo a gestão como sendo uma intervenção intencional do ser humano sobre o
desenvolvimento de uma pessoa, grupo, organização, instituição ou sistema.
280
Assim, em todos os domínios de atuação humana existem algum tipo de
gestão, mesmo que rudimentar ou não consciente.
A minha intenção de fundo é compreender essa generalização, porém,
dada a limitação de tempo e condições, delimito o presente estudo ao domínio
da gestão organizacional e assim contemplo minha inquietude prévia, que me
levou ao curso ABC.
Imediatamente surge a pergunta: quando falo de organização, do que
estou falando? A palavra organização tem um amplo espectro de utilização,
vai desde a organização celular até a organização do sistema solar. Nesse
ponto faço outra importante delimitação do presente estudo: as minhas
reflexões sobre organização estão vinculadas ao domínio da ação humana,
incluindo as organizações sociais, econômicas, empresariais ou publicas.
Podemos falar de organização como sendo a forma de disponibilização
e arranjo de objetos no espaço. Por exemplo, a disponibilização dos livros no
interior de uma biblioteca ou como organizamos os móveis nas nossas casas.
Podemos também falar sobre o trabalho de organização desses objetos,
podemos observar quais são as responsabilidades dos membros de uma família
na arrumação do lar ou quais são as responsabilidades dos funcionários de
uma biblioteca. Ou seja, também podemos falar sobre a organização do
trabalho.
Através dessas observações encontro dois sentidos da organização. Um
deles refere-se ao trabalho, como ele é dividido, estruturado e hierarquizando,
como são definidas as responsabilidades e funções de cada trabalhador. Uma
maneira clássica de representar a organização das responsabilidades de
trabalho é através do organograma funcional. O outro sentido da organização
refere-se a disponibilização, distribuição, arranjo e classificação de recursos
materiais, como por exemplo as máquinas, equipamentos, etc. A organização
se refere tanto a estrutura de trabalho como a estrutura material.
Porque falar em gestão organizacional e não gestão empresarial?
Porque, na minha interpretação, a empresa é um tipo de organização, mas nem
toda organização é uma empresas, existem, por exemplo: as organizações
sociais, como os sindicatos, as associações, os clubes, os movimentos sociais;
também existem as organizações públicas.
Observando distintas organizações sociais e empresariais o que vejo de
comum? Indivíduos atuando em conjunto, seguindo ou mantendo uma
determinada ordem. Ou seja, a organização vista como uma ordem, formal ou
informal, resultante da interação de esforços individuais.
3. Gestão: do que estou falando?
Para fazer fenomenologia de gestão oriento-me pela pergunta: quais
são as ações que fundamentam a noção de gestão? Em primeiro lugar surgem
são inúmeras atividades de planejamento que já participei. Quando se faz
281
planejamento, que ações são realizadas?
Normalmente os planejamentos iniciam pela caracterização do ator que
está planejando. A noção de ator me conecta com a noção de individuo,
organização e sistema, o traço comum é a noção de unidade. Porém dentro
dessa unidade pode haver subdivisões, por exemplo, a empresa sendo a
unidade pode-se observar os departamentos e setores em seu interior como
unidades dentro da unidade. O ator caracteriza-se no estabelecimento de duas
delimitações em sentidos opostos: uma para dentro de si, compreendendo as
subunidades que o constituem; e outra para fora, compreendendo em qual
sistema o ator se insere. O ator também se caracteriza pela definição de sua
missão; pelo estabelecimento de objetivos e metas do planejamento; pelos
recursos disponíveis; e pela sua capacidade de governar os recursos
disponíveis, as ações, acontecimentos e fenômenos envolvidos no processo
produtivo.
Outro tipo de ação realizada no âmbito do planejamento são as
elaborações de diagnósticos, cenários, estratégias e diretrizes metodológicas.
Essas ações são proposições interpretativas, compostas por afirmações e
juízos.
A elaboração do plano de ações é o principal produto do planejamento,
nesse momento se elabora uma programação do que será feito no futuro. Nessa
etapa são definidas as ações a serem executadas; são identificados os
responsáveis por cada ação e os recursos materiais, tecnológicos e financeiros
necessários; são definidos também os prazos para a realização das tarefas.
Não nego a importância do plano de ações, porém, vejo-o como um
recurso, um produto específico que compõem um conjunto maior, que é a
gestão. Considero o plano de ações, elaborado no processo de planejamento,
como um produto lingüístico que mira o futuro, mas, construído com lentes do
passado. Ou seja, no momento da execução o plano de ações é um referencial
com idade, que precisa ser revisado e reelaborado. Gestão, na minha
interpretação, não pode ser reduzida a elaboração de uma lista de tarefas que
devem ser executadas e avaliadas, pois, vivemos em estado permanente de
mudança, os sistemas mudam, as organizações mudam e os próprios atores,
responsáveis pela gestão, também mudam.
Interpretar a gestão como ações intencionais sobre os estados de
mudanças demanda uma aprendizagem permanente das pessoas e das equipes
de trabalho. A aprendizagem ganha um sentido elevado, vou ao extremo
declarando que gestão é aprendizagem, melhor dizendo, sem aprendizagem a
gestão é somente controle da repetição. Na repetição o governo é a
habitualidade, não há improvisação nem inovação, o futuro é percebido apenas
como uma seqüência temporal e não como novo amanhecer, é uma obra de
arte congelada no passado.
Por fim vem a etapa de avaliação do planejamento, muitas vezes
chamada de gestão do planejamento. As ações são de mensuração e
282
qualificação dos resultados; declaração de satisfação ou insatisfação com os
resultados das ações executadas; ações de monitoramento e controle.
O ciclo reflexivo “desenho-execução-avaliação”, apresentado no curso
ABC, representa, na minha interpretação, uma importante síntese que pode ser
relacionada as ações de planejamento. O desenho é equivalente a fase de
elaboração do planejamento; as avaliações se equivalem nos dois casos; e o
que se relaciona com a gestão do planejamento? O ciclo reflexivo é a gestão
do planejamento.
Muitas vezes o termo gestão faz menção noções de direção e controle.
A direção é vista como sentido e orientação das ações e movimentos humanos.
As ações e movimentos produtivos também podem ser interpretados como
processos, ou seja, como uma seqüência de ações, atos, eventos e resultados
parciais. Já a noção de controle é visto como ações de registro, avaliação e
viabilização que as ações e movimentos humanos estejam de acordo com a
direção pré-determinada. O controle também é visto como supervisão das
ações que os responsáveis estão realizando e se elas estão em sintonia com o
planejado. Direção, controle e processos visam resolver as inquietudes ou
permitir o alcance de ambições do ator ou da organização que está sendo
gerida.
Em rápidas leituras nos dicionários e na Wikipédia vejo o termo gestão
sendo apresentado como um substantivo que indica o ato de gerir e está
associado ao uso de outras palavras como: administrar, dirigir, governar,
orientar e controlar. Os termos gestão e administração aparecem como
sinônimos nos dicionários.
O termo administração foi principalmente desenvolvido no universo
industrial e organizacional, tornando-se inclusive uma área própria de
conhecimento acadêmico dado a sua importância econômica, social e política.
Estruturaram-se dessa forma várias teorias em torno da disciplina de
administração. As principais variáveis utilizadas na construção das teorias
administrativas são: tarefas, estruturas, pessoas, ambiente e tecnologia. São
apontadas, como funções administrativas, a fixação de objetivos; análise e
solução de problemas; organização e alocação de recursos; comunicação,
direção e motivação de pessoas; negociação; tomada de decisão; mensuração e
avaliação.
4. A gestão como atividade reflexiva e organizacional
Interpreto a gestão como sendo um conjunto de atividades reflexivas,
composta por:
Proposições: sobre produtos, metas, objetivos, planos de ações,
tecnologias, estruturas organizativas e de decisões, disponibilização de
recursos;
Negociações: conversas entre os membros da organização e mediações
283
sobre as diferentes interpretações;
Decisões: declaração de ações prioritárias, declaração de responsáveis
para execução das tarefas;
Coordenação de ações: pedidos, ofertas, definições de critérios de
satisfação, declarações de aceitação e satisfação, negociações, avaliações;
Avaliações: de potencialidades e limitações, de cenários, situações e
resultados.
O que estas funções me sugerem? Em primeiro lugar que todos os
envolvidos no processo produtivo e membros de uma organização podem e
devem contribuir com as ações de gestão. Em graus distintos de participação
todos os envolvidos de maneira formal ou informal refletem sobre o seu
cotidiano, sobre os seus afazeres e funções. Há uma rede de reflexões internas
a organização disponível para subsidiar todas as ações de gestão. Para tanto é
necessário valorizar cada membro da organização como um agente de reflexão
apto a contribuir com a gestão organizacional.
Não quero com isto invalidar a especialização ou a hierarquia, na
minha interpretação as proposições de estrutura de organização e decisão
compõem a gestão, em outras palavras acredito que há distinções de
responsabilidades e grau de envolvimento dos membros da organização com
as atribuições da gestão.
O que há de comum entre as ações de proposição, negociação, decisão
e avaliação? São ações que acontecem no domínio lingüístico, são ações de
reflexão sobre a realidade, os acontecimentos, as ações e seus resultados. As
ações de gestão são ações de reflexões sobre os processos produtivos, o
sistema, as ações, os observadores, os recursos, a tecnologia, a estrutura, os
resultados, etc.
A reflexão se contrasta do que? Em outras palavras, as ações de gestão
se distinguem de que outras ações? No ciclo reflexivo as ações de reflexão se
contrastam das ações de execução. Porém, na minha interpretação, essa
separação é apenas ilustração. Quando um trabalhador aperta um botão para
ligar uma máquina o faz de maneira manual, porém seu intelecto também está
atuando. No momento de apertar o botão de acionamento da máquina, há
elementos de gestão: qual o botão que deve ser apertado? Verde ou vermelho?
Qual o momento adequado? Etc. Ou seja, há reflexão junto com a atividade
manual. E mais, a reflexão não é apenas sobre as tarefas manuais, também são
sobre as decisões, as proposições, os resultados, as estruturas organizativas e
recursos disponíveis. Há também uma gestão da gestão.
Na minha interpretação a própria constituição de uma organização ou o
estabelecimento de um processo produtivo são atos de gestão. O primeiro ato
de gestão é a existência de uma inquietude, desejo, necessidade, demanda ou
um problema a ser solucionado. A partir da percepção da carência, da falta de
algo, formulam-se as proposições de objetivo, metas, planos de ações, etc.
Depois vem a execução do que foi planejado e desenhado. Surgem os
284
resultados e as correspondentes avaliações de satisfação ou insatisfação. A
partir disto se reinicia o ciclo, pois de acordo com os juízos que se formulam a
partir da avaliação dos resultados geram-se novas inquietudes e necessidades.
Em resumo gostaria de destacar a noção sobre o fenômeno da gestão
enquanto sistema de ações de reflexão que se distinguem das ações de
execução. Ou seja, a gestão interpretada como uma propriedade que emerge da
interação das ações de reflexão, como inquietude e arte de governar os
elementos e fatores que interferem no desempenho da organização ou do
processo produtivo, a fim de viabilizar resultados satisfatórios dos processos
produtivos frente as inquietudes e ambições que caracterizam a organização.
5. A gestão e a avaliação dos resultados
Do ponto de vista organizacional, podemos falar se a gestão é
satisfatória ou insatisfatória. Poderíamos imediatamente fazer uma associação
entre resultado satisfatório como sinônimo de gestão satisfatória. De maneira
estanque, num tempo fragmentado, esta associação não é adequada na mediada
que existem outras variáveis que interferem nos resultados. A gestão pode ser
adequada, mas, existem acontecimentos que estão além das possibilidades de
interferência da gestão. Ou seja, um resultado satisfatório não depende
exclusivamente da gestão.
Num período de tempo determinado os resultados da gestão podem ser
avaliados pela direção e ritmo imprimido no processo produtivo, na eficiência
e eficácia do plano de ações, no poder das proposições, na impecabilidade da
coordenação de ações, etc. Porém, esta avaliação é parcial porque se refere à
organização como um todo e não apenas das ações de gestão.
Porém se pensarmos em termos de um processo evolutivo, onde entram
as variáveis de desenvolvimento e aprendizagem, é adequado associarmos os
resultados satisfatórios a uma gestão satisfatória. Neste caso o que estará
sendo avaliado é a metodologia ou sistemática de gestão, que pode ser
desenvolvida ao longo do tempo através de um processo de aprendizagem.
A má gestão é quando as ações reflexivas produzem resultados
insatisfatórios em comparação as condições existentes e a boa gestão é quando
as ações de reflexão produzem resultados satisfatórios em comparação as
condições existentes. Já a avaliação de surpresa é quando os resultados são
significativamente diferentes do esperado, ou seja, a avaliação pré-existente
sobre a capacidade de gestão organizacional foi profundamente distinta das
avaliações finais.
6. O momento é de transformação no domínio organizacional
Para produção desse ensaio um importante referencial de leitura foi a
visão de Rafael Echeverría sobre a gestão organizacional apresentada no livro
285
La empresa emergente: La confianza y los desafíos de la transformación.
Avaliei que o meu trabalho foi facilitado com a leitura desse livro, pois, nele
são apresentados diálogos com outros autores de fundamental importância na
evolução do conhecimento sobre gestão organizacional e o modo de se fazer
empresa. Utilizarei os diálogos que Echeverría faz com outros autores, porque
interpreto que há neles uma reconstrução ontológica sobre gestão
organizacional. Eu também aproveitei para aprender sobre reconstrução
ontológica, fenomenologia analítica, fundamentação de juízos e inúmeras
outras distinções ontológicas.
Após leitura, releituras e reflexões sobre os conteúdos expostos no
livro, retomei minha ambição com o projeto de investigação. Vejo um longo
caminho de estudos pela frente, nesse momento posso definir e organizar
minha pauta de estudo sobre gestão do desenvolvimento. Não visualizo no
âmbito do projeto de investigação do curso avançado uma conclusão, mas sim,
um ponto de partida.
A leitura me proporcionou uma melhor localização, ou seja, uma
melhor interpretação sobre o debate atual da gestão organizacional. Eu tinha
um pré-conceito negativo sobre as propostas inovadoras de gestão, como por
exemplo, a qualidade total, a reengenharia de processos e a gestão do
conhecimento, porém não eram juízos fundamentados e eram apenas críticas
políticas mal formuladas.
No início das atividades do projeto de investigação eu tinha dificuldade
de dizer o que eu queria me referir quando falava de gestão do
desenvolvimento. Quando li sobre gestão por resultado e gestão de processo
passei a entender melhor o que eu estou querendo me referir sobre gestão do
desenvolvimento.
Segundo Rafael Echeverría, vivemos momentos de transformações nos
paradigmas organizacionais, ele argumenta que o atual momento é de
profundas transformações no mundo empresarial, por um lado a empresa
tradicional está morrendo e por outro lado a empresa emergente está sendo
gestada.
Para Echeverría a transformação empresarial possui um duplo caráter:
primeiro ela precisa “adaptar-se as mudanças do seu entorno e introduzir os
últimos avanços em sistemas e procedimentos capazes de incrementar seu
desempenho, competitividade e rentabilidade”; o segundo requerimento
transformacional é “quando se questiona e se busca transformar é
precisamente o modo particular de fazer empresa” (Echeverría, 2006).
Na minha interpretação os dois requerimentos transformacionais são
apresentados de maneira muito precisa e clara. Contudo, gostaria de ousar e
levantar uma questão que julgo ser interessante: não seria a mudança uma
faticidade? Sendo a resposta positiva podemos concluir que sempre as
empresas estão em processos de transformação, em dinâmicas de mudanças.
Ou seja, não estamos vivendo um momento de transformações, sempre haverá
286
transformação. Destaco o caráter permanente da mudança porque, a meu ver, a
gestão do futuro será uma gestão das transformações, uma gestão do
desenvolvimento das potencialidades.
Avalio que o grande mérito da comparação entre empresa tradicional e
empresa emergente é a identificação dos elementos que, no atual período
histórico, estão induzindo as transformações organizacionais e empresariais.
Segundo Echeverria as transformações estão provocando tensões e buscas de
soluções para superação da decadência do modo tradicional de se fazer
empresa. Esse fato gera o surgimento de inúmeras propostas inovadoras e
experimentações no âmbito da gestão empresarial, criando alguns modismos
conforme crítica do autor.
Importante lembrar que empresa emergente e empresa tradicional são
juízos comparativos, modelos idealizados para representar distintas formas de
se fazer empresa. Interpreto que Echeverria apresenta tendências
transformacionais.
7. Empresa tradicional e empresa emergente
A comparação entre empresa tradicional e empresa emergente,
realizada por Echeverría, nos traz importantes luz no estudo sobre gestão.
Segundo ele o “modo tradicional de fazer empresa” se originou com a
resolução do problema da produtividade do trabalho manual. Taylor resolve
esse problema desagregando o conceito de destreza física do trabalhador em
movimento e tempo.
Duas ações reflexivas surgiram a partir dessa desagregação conceitual:
a análise e o redesenho dos movimentos e tempos de trabalho. Taylor
estabelece uma “separação radical entre a atividade de execução do trabalho,
executada pelo obreiro, e a atividade de desenho, realizada pelo engenheiro”
(Echeverría, 2006). Desta forma nascem “os princípios da administração
científica”. De acordo com tais princípios as atividades de gestão consistem
em: planejar, preparar os trabalhadores, controlar e distribuir atribuições e
responsabilidades.
A “linha de montagem” concebida por Ford, também contribuiu
significativamente para o desenvolvimento do “modo tradicional de fazer
empresa” na medida em que conseguiu incrementar produtividade nas
atividades de coordenação das tarefas individuais.
Por fim, segundo Echeverría, a forma como foi resolvido o problema
da produtividade do trabalho manual determinou o mecanismo de “mando e
controle” para regular o trabalho dentro da empresa. Da mesma forma se
determinou a figura de autoridade do “capataz” e a estrutura piramidal e
hierárquica da empresa tradicional.
Em distinção da “empresa tradicional” Echeverría apresenta a
“empresa emergente” que surge como resposta à crise do modo tradicional de
287
se fazer empresa. São citados como variáveis externas da crise a aceleração
das mudanças; a globalização dos mercados, o incremento da produtividade e
o efeito das novas tecnologias. Como variáveis internas são citadas as
mudanças no caráter do trabalho e a crise do mecanismo de regulamentação do
trabalho.
Assim como a empresa tradicional surgiu em resposta aos problemas
da produtividade do “trabalho manual” a empresa emergente é apresentada
como busca de superação dos problemas da produtividade do “trabalho não
manual”. Para Peter Drucker “a empresa do século XXI somente se construirá
quando sejamos capazes de resolver o problema da produtividade do trabalho
não manual” (Echeverría, 2006).
São indicados dois problemas na produtividade do trabalho não
manual: primeiro a tarefa a ser executada não é óbvia; segundo está
relacionado ao fato que o caráter do trabalho não manual está associado ao
conhecimento, fato que torna complexa a solução, pois, segundo o autor, não
se sabe como incrementar a produtividade do trabalhador do conhecimento e
como gerir o conhecimento.
O que caracteriza o trabalho não manual? Ou melhor, quais são os
critérios de distinção entre o trabalho manual e não manual? Para Drucker o
trabalho manual se sustenta na destreza física e o trabalho não manual se
sustenta no conhecimento.
Echeverría questiona se esta distinção é adequada para representar a
heterogeneidade do trabalho, pois, segundo ele, todo o trabalho requer certa
manualidade e certo conhecimento. Ele, diferente de Drucker, propõe o “poder
transformador da palavra” como fundamento do trabalho não manual:
Dirigentes e gerentes trabalham utilizando o poder gerativo da
linguagem. Com ele motivam, sancionam, conduzem. Através desse poder
tomam decisões e resolvem problemas. Não é a força física que eles utilizam,
é o poder da palavra (…) os dirigentes e gerentes fazem uso do poder
transformador da palavra.
Propor um novo critério de distinção entre trabalho manual e não
manual não é suficiente para Echeverría. Ele vai além, faz também uma
distinção entre trabalho de rotina ou trabalho de índole criativa. Aqui o critério
de distinção é o mecanismo de supervisão, ou seja, o uso de procedimentos
stander. Para o autor, essa distinção, introduz duas importantes percepções:
primeiro que o trabalho de rotina tem uma probabilidade maior de ser
substituído pela tecnologia, no caso do trabalho manual pela robótica e no caso
do trabalho não manual pela informática; segundo, a idéia de que o trabalho
não manual é homogêneo também se esvazia.
No âmbito do trabalho não manual criativo Echeverría apresenta outra
distinção: o trabalho contingente e o trabalho inovador. A responsabilidade do
trabalhador que opera com contingência é manter abertos os espaços de
possibilidades e manejar as contingências para evitar que este espaço se feche.
288
Já a responsabilidade do trabalhador inovador é a busca de novas
possibilidades. Assim, caracterizam-se três tipos de tarefas não manuais: de
rotina, de contingência e de inovação.
Echeverria também apresenta os elementos principais para repensar a
“produtividade do trabalho sustentado no poder transformador da palavra”.
Inicialmente ele propõe a “tridimensionalidade do trabalho”, que consiste em:
tarefa individual; atividades de coordenação; e trabalhos reflexivos de
aprendizagem. Os problemas de produtividade do trabalho não são apenas
associados as tarefas individuais, eles também são dependentes da
produtividade das atividades de coordenação e dos trabalhos reflexivos de
aprendizagem. Depois, equivalente ao que fez Taylor ao propor a
desagregação da noção de destreza física em movimento e tempo, Echeverría
propõe “desagregar o poder transformador da palavra em um conjunto
específico e concreto de competências conversacionais” (pg. 71). Por fim,
desenvolve uma análise das competências conversacionais aplicadas a
tridimensionalidade do trabalho não manual.
Não há dúvidas que as proposições de Echeverria abrem inúmeras
possibilidades, reflexões e questionamentos. Não é a minha intenção, nesse
ensaio, aprofundar a reflexão entre empresa emergente e empresa tradicional.
O meu foco é o estudo sobre a gestão do desenvolvimento. A leitura sobre a
empresa emergente serve para identificar ações de gestão, muito útil para eu
observar as interpretações dos outros sobre as ações de gestão.
8. Reflexões sobre o sentido da gestão
Ao longo do livro La empresa emergente… Echeverría pouco utiliza o
termo gestão, como se fugisse de usá-lo. Durante a leitura me perguntava
porque o autor não usava muito o termo gestão. Ao final da primeira parte do
livro há uma pequena passagem que trata das “novas modalidades de gestão”.
Encontrei neste ponto uma possível resposta a minha indagação. No início
dessa passagem Echeverría escreve:
A empresa, sem dúvida, não pode deixar de realizar algum trabalho de
supervisão sobre o conjunto das tarefas individuais, para assegurar que elas
sirvam aos objetivos da organização. Porém, em vez de buscar instruir cada
ação que deve ser executada – incluindo a maneira de realizar dita ação e os
movimentos que ela exige – a empresa requererá modificar suas modalidades
de gestão” (Echeverría, 2006).
O texto segue apresentando como novas modalidades a “gestão de
resultados” que passaria fundamentalmente por uma “gestão de processos”.
Ao final do texto são citadas idéias de Michael Hammer. A frase que mais me
chamou a atenção foi: “a noção de gestão como idéia significante em si, como
parte importante da organização, está obsoleta” (Echeverría, 2006).
Será este o significado do pouco uso do termo gestão ao longo do
289
livro? Qual é a minha interpretação sobre o significado que Echeverría dá ao
termo gestão nesta curta passagem de texto? Escuto o termo gestão sendo
utilizado para representar ações de: controle de ações; supervisão; instrução de
ações a serem executadas. Essas ações são apresentadas de maneira mais
vinculadas ao “modo tradicional de fazer empresa”.
Quando se fala que a gestão, enquanto valor em si, perde sentido, do
que se está falando? Está se referindo em ações de supervisão e controle? Em
que modalidade de trabalho e organização?
Eu tenho outra interpretação sobre gestão, tenho uma visão mais
abrangente do que a reduzida visão de mando e controle. Na minha
interpretação, toda vez que houver intencionalidade há gestão, vou além,
consigo imaginar inclusive uma gestão espontânea. Fritjot Capra fala em
surgimento espontâneo e surgimento planejado:
as organizações humanas sempre contêm estruturas projetadas e
estruturas emergentes […] os dois tipos de estruturas são muito diferentes e
toda organização precisa de ambos.
As estruturas planejadas proporcionam as regras e rotinas que são
necessárias para o efetivo funcionamento da organização […] São elas que dão
estabilidade a organização.
Já as emergentes proporcionam a novidade, a criatividade e a
flexibilidade. São versáteis e adaptáveis, capazes de mudar e evoluir.
Não se trata de uma questão de deixar de lado as estruturas projetadas
em favor das emergentes. Precisamos de ambas. Em toda organização humana
existe uma tensão entre suas estruturas projetadas, que incorporam e
manifestam relações de poder, e suas estruturas emergentes, que representam a
vida e a criatividade da organização.
Os administradores hábeis compreendem a interdependência entre o
planejamento e o surgimento espontâneo. Sabem que, no ambiente econômico
turbulento em que ora vivemos, o desafio que se lhes apresenta é o de
encontrar o reto equilíbrio entre criatividade do surgimento espontâneo e a
estabilidade do planejamento. (Capra, 2002)
Dessa forma vejo as ações de gestão repletas de sentido. Uma questão
é a análise das modalidades de gestão e suas respectivas eficácias, outra
questão e a avaliação do sentido da gestão.
A forma como desenhamos e avaliamos as nossas ações, podem ser
mais ou menos eficaz para dar conta das nossas intenções. A maneira como
dispomos os recursos pode ser mais ou menos eficientes. Mesmo quando os
resultados forem negativos não há perda de sentido da gestão, como diria o
poeta: “Se não houver frutos valeu a beleza das flores, se não houver flores
valeu a sombra das folhas, Se não houver folhas valeu a intenção da
semente”.
Repito o que já escrevi anteriormente: na minha interpretação, sempre
que houver intenção há gestão. Quando surge a intenção nos mobilizamos para
290
transformá-la em realidade, organizamos nosso tempo, definimos e realizamos
ações, organizamos e disponibilizamos recursos, etc.
9. Heterogeneidade do trabalho
Echeverría também analisa a heterogeneidade do trabalho. Há, a meu
ver, uma diversidade não explorada, trata-se da relação do trabalhador com a
propriedade e a renda.
As inquietudes e ambições dos trabalhadores proprietários e dos
trabalhadores não proprietários são distintas e geram tensões no interior da
empresa. A distribuição de poder interno à organização empresarial não é
uniforme entre os trabalhadores proprietários e os trabalhadores não
proprietários, fato que gera emocionalidade distinta entre ambos.
Echeverría descreve a empresa emergente como sendo caracterizada
pela emocionalidade da confiança, surge-me uma dúvida: o medo do
trabalhador não proprietário frente ao maior poder do trabalhador proprietário
deixará de existir porque motivo? Quais seriam as novas relações e
competências conversacionais que alterariam a emocionalidade do medo para
uma emocionalidade de confiança? Quais seriam as novas atitudes e
comportamentos dos trabalhadores proprietários para gerar mais confiança aos
demais trabalhadores? Quais seriam as novas atitudes e comportamentos dos
trabalhadores não proprietários que lhes gera-se mais segurança e confiança?
Da mesma forma, podemos interpretar as distintas inquietudes e
ambições dos trabalhadores de maiores salários e dos trabalhadores com
menor salário e também as distinções entre trabalhadores com maior ou menor
grau de responsabilidade, representatividade e competências. Esta diversidade
gera tensões no interior das organizações, geram competitividade.
Muitos estudos indicam valores positivos da competitividade, porém,
ela provoca como efeito colateral a desagregação. Para sobreviver, uma
estrutura organizativa também precisa de elementos de coesão, tais como a
cooperação, solidariedade, valorização da participação e do saber, regras de
conduta e democracia. Como que a gestão pode gerar mais solidariedade e
coesão sem perder os ganhos que surgem com a competitividade? A gestão
tem o sentido de equilibrar os elementos de competitividade e os elementos de
coesão.
10. Gestão de processos ou gestão do desenvolvimento?
Tenho uma inquietude com o uso do termo processo, a meu ver, há
nele certa herança tradicional. A noção de processo está associada a uma
imagem seqüencial de ações e acontecimentos. Quando Ford estabelece a linha
de montagem, ele o faz visualizando um processo, uma seqüência de ações e
acontecimentos que levam a construir um produto, a obter um resultado. Dessa
idéia primária se derivou uma modalidade de planejamento organizacional que
291
define objetivo e a seqüência de ações para alcançá-lo. Não vejo problema em
si neste modelo básico, eu o utilizo cotidianamente, imagino que todas as
pessoas, de uma forma ou outra, procedem dessa maneira: identificamos
ambições e desenhamos ações para alcançá-las.
O problema surge, na minha interpretação, quando acreditamos que a
seqüência das ações desenhadas irá dar conta do alcance dos resultados por si
só. Vejo o desenho das ações como um instrumento importante, mas não é o
único elemento que interfere nos acontecimentos e fenômenos de
transformação. Portanto, todo o desenho, todo o planejamento, toda a análise
processual deve ser relativizada e ponderada. Mais grave ainda fica quando
acreditamos que as ações planejadas representam o futuro. Concordo que elas
representam uma projeção, ou melhor, que o futuro em si é uma projeção.
Porém, é uma projeção baseada em experiências do passado, ao mudarmos
nossas experiências poderemos mudar nossas ambições e objetivos, podem
aprender coisas novas e assim desenhar novas ações, fazer novas
programações e projetar novos processos.
A gestão é uma modalidade de ação que qualifica a nossa atuação
como co-responsáveis do devir. Ou seja, a gestão é uma atuação sobre as
mudanças. Na minha interpretação falar em termos de gestão do
desenvolvimento é mais adequado do que falar em termos de gestão de
processos. Primeiro porque a gestão do desenvolvimento incorpora a gestão de
processos e em segundo lugar porque a noção de desenvolvimento traz dois
elementos importantes: a existência de potencialidades e as mudanças.
11. Desenvolvimento: do que estou falando?
Na biologia o termo desenvolvimento é utilizado para caracterizar as
mudanças qualitativas (diferenciação morfológica e especialização funcional),
distinguindo-se do termo crescimento que caracteriza as mudanças
quantitativas (tamanho e peso). A distinção é uma representação mental,
porque no domínio biológico as mudanças qualitativas e quantitativas são
expressões do mesmo fenômeno, que pode ser observado a partir de distintas
variáveis pré-determinadas.
A imagem do desenvolvimento na botânica é o germe que rompe as
membranas que lhe envolviam, criando o movimento que faz surgir uma nova
planta (raízes, caule e folhas). O crescimento mensurado pelo tamanho, área,
volume e peso é uma forma de caracterização do desenvolver, assim como é a
diferenciação funcional e morfológica das células e estruturas das plantas.
O uso desta imagem é interessante na medida em que nos oferece uma
metáfora sobre a questão do des-envolver: o que estava envolvido deixa sê-lo,
a membrana da semente, que protege e contém o embrião de um novo ser,
rompe-se e surgem novas estruturas. O potencial de um novo ser já estava
contido no embrião e o desenvolver-se é a expressão desta potencialidade
292
mudando as características do ser que cresce e se diferencia.
O termo desenvolvimento foi vinculado a inúmeras disciplinas e
proposições, ganhando assim vários novos adjetivos: desenvolvimento social,
desenvolvimento econômico, desenvolvimento urbano, desenvolvimento
humano, desenvolvimento sustentável, desenvolvimento nacional, etc. A
utilização clássica do termo, em ciências sociais, está associada aos padrões e
dinâmicas de desenvolvimento do capitalismo.
Criou-se a distinção entre os países desenvolvidos e os subdesenvolvidos. As regiões que tinham indicadores de produção de bens e
serviços abaixo das regiões industrializadas eram apontadas como não
desenvolvidas, país industrializado é sinônimo de país desenvolvido. Assim,
deriva-se a necessidade de promover o desenvolvimento de tais áreas
empobrecidas.
Outro uso clássico do termo desenvolvimento é na justificação da ação
do Estado. Foram elaboradas teorias para a promoção do desenvolvimento. Na
proposta do Estado desenvolvimentista o seu papel era de intervir diretamente
na organização econômica, regulando o mercado, investindo em infra-estrutura
e na geração de trabalho e renda. O termo desenvolvimento também esteve
associado a críticas em relação a atuação do Estado na sua promoção e em
relação aos resultados negativos da expansão do capitalismo, em especial nos
âmbitos sociais e ambientais. Geraram-se assim outros adjetivos, como o
desenvolvimento alternativo e desenvolvimento sustentável. Recentemente,
complementando as propostas de desenvolvimento internacional integrado,
aprofundaram-se as elaborações em torno do desenvolvimento territorial e
local.
Analisando estas utilizações do termo desenvolvimento as interpreto
como juízos comparativos entre estágios de expressão de potencialidades.
Desenvolvimento interpretado como sendo as observações das mudanças de
um ser, organização ou sistema ao longo do tempo. Tais observações são
avaliações sobre as mudanças a partir de critérios pré-definidos pela
inquietude do observador.
Como podemos utilizar a noção de desenvolvimento no domínio
organizacional? Em que medida a noção de desenvolvimento pode enriquecer
a interpretação de gestão? A noção de gestão do desenvolvimento busca dar
conta dessas respostas.
12. Gestão do desenvolvimento
A idéia de desenvolvimento trás a noção de mudança para a questão da
gestão. Então, gestão do desenvolvimento é o governo das mudanças com
vistas à expressão intencional das potencialidades do ser, das potencialidades
da organização. O sentido que visualizo na gestão do desenvolvimento é a
proposição de uma modalidade de gestão que tenha um caráter dinâmico,
293
aberto e flexível.
A gestão do desenvolvimento profissional tem como inquietude central
a condução das mudanças pessoais a fim de viabilizar as melhores expressões
da potencialidade profissional. A gestão do desenvolvimento territorial tem
como inquietude central o governo das mudanças estruturais, institucionais,
econômicas e sociais a fim de viabilizar as melhores expressões das
potencialidades do sistema regional.
A gestão do desenvolvimento organizacional tem como inquietude
principal o governo das transformações estruturais, pessoais e materiais a fim
de viabilizar as melhores expressões das potencialidades da organização,
gerando reprodução e evolução da organização e da própria modalidade de
gestão.
Interpreto que as noções de desenvolvimento e aprendizagem são as
melhores possibilidades para imprimir o caráter dinâmico a gestão.
A gestão do desenvolvimento será satisfatória ou insatisfatória na
medida em que proporciona aprendizagem que amplie a capacidade da
intervenção sobre o desenvolvimento individual, organizacional ou sistêmico.
O que está sendo gerido é algo que se desenvolve e quem está gerindo também
se desenvolve. A aprendizagem é o elemento central do desenvolvimento da
gestão, seja individual, organizacional ou sistêmica. Assim entramos num
ciclo virtuoso de desenvolvimento da gestão do desenvolvimento, tendo a
aprendizagem como indutora de uma espiral de mudanças positivas na
modalidade de gestão.
É justamente isso que interpreto ao escutar Echeverría referir-se a
“modalidade de se fazer empresa”, ou seja, no início da revolução industrial a
humanidade gestou uma modalidade de se fazer empresa, considerando as
inquietudes, ambições, condições, possibilidades e oportunidade daquele
momento histórico. Na atualidade está sendo gestada uma nova modalidade de
se fazer empresa, mas ela não surge em oposição a modalidade anterior.
A modalidade emergente de se fazer empresa é o resultado do
desenvolvimento da modalidade tradicional em resposta as mudanças que
ocorreram ao longo do tempo, sejam elas enquanto mudanças filosóficas,
científicas, tecnológicas, econômicas, estruturais ou ecológicas. A modalidade
tradicional se desenvolve gerando a modalidade emergente.
As mudanças da modalidade de se fazer empresa também refletem as
mudanças que ocorrem no espaço, ou seja, diferentes culturas e dinâmicas
sociais, experimentando noções e propostas comuns de gestão, incorporam
críticas distintas e novos elementos locais. Não podemos nos esquecer que a
empresa tradicional e até mesmo a noção de empresa surgiu numa determinada
região e no seio da organização industrial. A noção de organização empresarial
surgida na empresa industrial européia se espalhou por outros setores, ramos e
regiões, que em suas expressões absorvem características e respostas setoriais
e locais.
294
Há um ciclo permanente de formação e trans-formação na modalidade
de se fazer empresa. A gestão do desenvolvimento é a gestão desse ciclo.
Chego ao final desse ensaio com algumas noções interessantes:
Gestão: uma forma particular de organizar a atuação e a intervenção
sobre as mudanças.
Desenvolvimento: uma forma particular de interpretar as mudanças.
Aprendizagem: um mecanismo promotor de melhoramentos e
evoluções das propostas interpretativas sobre as mudanças e a organização das
atuações.
III. Reflexões sobre o ensaio de uma aprendizagem
1. Fenomenologia e modalidade de viver
O ensaio realizado é limitado, um produto inacabado, um ser em
desenvolvimento. É um convite para novas e melhores investigações. Ao final
do curso avançado, me sinto capacitado para fazer fenomenologia. Sinto-me
ensaiando ao praticar coaching ontológico e ao realizar esse projeto de
investigação.
Compreendo melhor a importância da opção fenomenológica para a
minha vida, mais do que para a minha capacidade de fazer investigação. De
nada valem as belas palavras se não estão associadas a um melhoramento da
capacidade de ação e principalmente o desenvolvimento do bem viver.
Acredito que no início do projeto de investigação queria encontrar
belas palavras para descrever minhas idéias. Agora simplesmente quero
aprender a fazer fenomenologia. Fazendo fenomenologia as belas palavras
surgem naturalmente porque elas brotam das experiências e ficam carregadas
de sentimentos, para mim que escrevo e para os leitores que podem se
identificar as ações descritas. Através da fenomenologia eu aproximo o meu
escutar do outro e por conseqüência as palavras que eu utilizo para descrever
as minhas interpretações são mais acessíveis aos demais, elas estão mais
próximas da vida do outro.
Aprender a fazer fenomenologia é aprender uma nova modalidade de
vida. Fenomenologia não é simplesmente uma forma particular de fazer
investigação. Desde criança aprendemos a buscar a verdade, o comportamento
correto e os conceitos exatos. Fazer fenomenologia é mudar essa busca, é
orientar a investigação na busca de interpretações poderosas e não na busca de
interpretações únicas ou verdadeiras. Fazer fenomenologia não é abrir mão do
conhecimento e dos conceitos, ao contrário, significar valorizar as idéias que
tem sentido e que transformam as nossas vidas, é valorizar as idéias que tem
poder transformador.
Fenomenologia é uma modalidade de vida porque não se busca a
verdade, busca-se uma interpretação que agregue valor ao nosso viver e que
295
amplie nossa capacidade de ação. Refletindo sobre os meus comportamentos
investigativos me via buscando as belas palavras e os belos conceitos. Quando
comecei a fazer esse projeto de investigação cheguei com as minhas
habitualidades e com os meus conceitos pré-estabelecidos. Tentando praticar
uma investigação fenomenológica me vi como um pesquisador tradicional
atrás do conceito verdadeiro. Ao final dessa experiência me abro para uma
nova modalidade investigativa, me abro para a fenomenologia e assim me abro
para o novo conhecimento que tenha sentido e transforme o meu viver.
Coloco-me como um aprendiz fenomenológico, mas com muita
vontade de fazer a minha vida um ensaio permanente, atuando e refletindo.
2. O que faria diferente
Como posso dar continuidade a esse projeto de investigação?
Começaria por redesenhar o projeto de investigação. Relembro do ciclo de
reflexões: desenho – ação – avaliação. Na etapa de avaliação é o momento de
redesenhar a ação, considerando a satisfação ou insatisfação com relação aos
resultados do que foi feito anteriormente. Então, redesenhar começa por uma
avaliação do trabalho desenvolvido até esse momento e depois passa pelo
estabelecimento de um novo plano de ações.
O ensaio do meu projeto de investigação não seguiu uma linha reta,
muitas vezes dei voltas, não segui os passos propostos, me sentia perdido no
labirinto das minhas idéias e habitualidades. Conforme o tempo passava foram
aumentando as minhas dúvidas se eu estava ou não fazendo fenomenologia.
Nas últimas tarefas do curso avançado, considerando a retroalimentação de
Luz Maria, fiz a seguinte avaliação das minhas práticas fenomenológicas:
Os questionamentos de Luz Maria, nas tarefas três e quatro,
sinalizavam a falta de exemplos e fatos, ela sugeria focar, num primeiro
momento, na elaboração de “inventários de experiências” e depois, num
segundo momento, fazer as generalizações e interpretações. Ela indicou, ao
final da quarta tarefa, o propósito do projeto de investigação: “… entrenarse en
algo que necesitamos que los coachees hagan: que sean capaces de separar los
fenómenos, las experiencias, de las interpretaciones, de las historias, de los
juicios y abstracciones”. Compreendi as criticas dela e validei os juízos.
Nas tarefas seguintes (cinco, seis, sete e oito) consegui melhorar
sensivelmente os trabalhos de fenomenologia. Porém, em tais oportunidades,
eu me desloquei do foco temático inicial a “gestão do desenvolvimento”,
primeiro seguindo temas proposto e depois trabalhando com temas
secundários ou parciais. Que conclusões eu obtenho? Consegui “treinar-me”
fazendo trabalhos de fenomenologia; porém não fiz fenomenologia do meu
tema central a “gestão do desenvolvimento”.
O fato de não ter feito uma boa fenomenologia sobre o tema escolhido
“gestão do desenvolvimento” trouxe-me dificuldades ao final do curso de
296
investigação para a elaboração do presente texto. Uma autocrítica que formulo
ao final do meu primeiro ensaio é que iniciei o projeto de investigação
“desconectado” de uma realidade, seja individual, organizacional ou sistêmica.
Iniciei e fiquei preso nos meus conceitos e pré-juízos, não foi para as
ações como sugere Echeverría, tive dificuldades de fazer o inventário das
minhas experiências e da observação sobre a atuação dos outros e de outras
organizações. Sem dúvidas posso fazer diferente, conectando-me com
situações reais, observando e listando acontecimentos e fatos que trazem a
mesa os fenômenos que quero estudar.
Porém, nesse momento, não estou me sentido desconfortável, me sinto
ensaiando fenomenologia, esse para mim é o sentido elevado da
aprendizagem. Os erros e as dificuldades temperam a minha aprendizagem,
valorizam os meus esforços e conquistas.
Sinto-me feliz e satisfeito com o resultado que gerei até esse momento,
aprendi a fazer fenomenologia, aprendi coisas novas sobre gestão, produzi um
texto que se expressa nesse ensaio. Por outro lado, não me dou por satisfeito,
quero continuar a fenomenologia da gestão do desenvolvimento, quero
continuar ensaiando.
No novo ensaio, o que faria diferente? Quando chegamos ao início de
um projeto investigativo, chegamos armados, chegamos com nossos conceitos
e noções pré-estabelecidos. Como fugir disso? Como podemos construir
conceitos novos se partimos do que já é existente? O segundo princípio da
ontologia da linguagem pode me trazer luz sobre essa questão: “atuamos de
acordo como somos e também somos de acordo como atuamos – a ação gera
ser”. Enquanto atuo eu me transformo, conforme vou ensaiando eu me
modifico, mudam os meus movimentos, as minhas emoções e inquietudes, as
observações, as habitualidades, a minha forma de ser, mudam os resultados
que gero com as minhas novas ações.
Quando chegarei ao novo ensaio, chegarei carregando os resultados
desse velho ensaio. Sendo um observador distinto, verei de uma nova maneira
as minhas inquietudes e a proposta fenomenológica; praticarei fenomenologia
de outra forma, pois sou um novo observador com novas competências e
habilidades, realizarei novas ações. Produzirei um novo projeto de
investigação, irei gerar um novo ensaio.
A escolha do tema
A primeira coisa que faria diferente seria na forma de escolher o tema
de investigação. Não seria uma simples troca de palavras, quero manter os
mesmos termos, ou seja, a gestão do desenvolvimento.
Buscaria a inovação fazendo uma reflexão mais rigorosa sobre as
minhas inquietudes: quais são os meus obstáculos no âmbito da gestão? Quais
são as dificuldades na minha atuação como gestor? O que me leva a estudar a
gestão do desenvolvimento? Na gestão da minha vida quais são as dificuldades
297
que encontro? Porque desenvolvimento e não simplesmente gestão? O que me
incomoda nas formas de gestão que eu conheço? O que me incomoda na
modalidade de gestão adotada pela organização que atuo? Que novo valor a
minha reflexão poderia agregar? Quais são as possibilidades interpretativas
que visualizo como soluções dos problemas que previamente identifico?
Uma inquietude que eu havia identificado no início desse ensaio era o
desejo do desenvolvimento profissional, melhorando a minha qualificação
como gestor, um observador distinto atuando com novas competências. Nesse
sentido, a realização da investigação tem um caráter instrumental e a
inquietude principal é a aprendizagem.
Outra inquietude previamente identificada refere-se a minha critica
com relação a estática dos planos de ações em contraposição a constatação que
a realidade é dinâmica, todas as coisas e seres sempre estão em estado de
mudança. Essa crítica e constatação são elementos centrais na construção dos
sentidos que me movimentam na vida. Essa interpretação compõe o núcleo das
minhas observações e predispõe as minhas ações e resultados. São válidas?
Quais são as vantagens de ver o mundo dessa forma? Quais são os aspectos
negativos e limitadores? Qual é a utilidade e no que podemos melhorar nossas
atuações como gestores ao interpretarmos a realidade dessa forma? São
algumas perguntas que surgem agora.
Uma nova inquietude que surgiu ao longo desse ensaio refere-se a
minha postura, ou melhor, a minha emocionalidade frente às relações de
trabalho historicamente estabelecidas. Elementos de confiança, insegurança,
medo, competitividade, entre outros, interferem na forma como faço a gestão
da minha vida e do meu trabalho. Aqui abre-se uma nova oportunidade de
aprendizagem, um novo foco de investigação fenomenológica. Quais são as
relações entre trabalho, emocionalidade e gestão? Como que as inquietudes e
emoções determinam nossa forma de atuação como gestores? Como que as
nossas emocionalidades interferem na nossa forma de observar a gestão
organizacional?
Um valor que posso agregar continuando os meus ensaios sobre gestão
do desenvolvimento é melhorando a minha atuação como gestor. Também
posso agregar valor produzindo interpretações poderosas sobre gestão,
buscando uma interpretação articulada com as noções de organização,
desenvolvimento e aprendizagem.
Refazendo a fenomenologia
Declarei em outras oportunidades que a principal aprendizagem é
justamente nesse ponto, refazer o inventário das ações, acontecimentos e fatos
que possam trazer o fenômeno a mesa para então eu poder refletir e encontrar
traços comuns, formulando assim as minhas noções e definições sobre o tema
de estudo.
Como farei isso? Que inventários eu farei? Os fenômenos que eu
298
gostaria de estudar são: gestão, organização, desenvolvimento e aprendizagem.
Começarei pela auto-indagação; depois passarei a indagação dos outros,
especialmente em organizações empresariais, públicas e sociais.
Quais seriam os caminhos que seguirei como leitura e reconstrução
ontológica? Começaria pela releitura sobre o claro ontológico e
fenomenologia. Depois faria leituras sobre teorias clássicas de gestão e
administração e propostas inovadoras sobre gestão.
Há traços comuns que gostaria de observar: O que é gestão para essas
organizações? Como é a gestão organizacional? Quais são as dificuldades e
problemas que tais organizações encontram nos dias atuais? Quais são as
estratégias que estão sendo adotadas? Como se caracteriza a empresa
emergente? Como é interpretado o trabalho? Como é organizado o trabalho?
Como se caracterizam as unidades e heterogeneidades do trabalho? O que é
gestão por processo ou por resultado? Como pode ser interpretada a eficiência
e eficácia na gestão do desenvolvimento? Como gerar ganhos de
produtividade na gestão do desenvolvimento e como se define o que produzir?
Ao final, obviamente, faria um novo texto, um novo ensaio e uma nova
proposta de continuidade.
Biografía
Capra, Fritjof. As conexões ocultas: ciência para uma vida sustentável.
São Paulo: Cultrix, 2002.
Echeverría, Rafael. La empresa emergente: La confiança y los desafios
de La transformación. Buenos Aires: Granica, 2006.
——. Por La senda del pensar ontológico. Buenos Aires; Granica-Juan
Carlos Sáez Editor, 2007.
299
La búsqueda de aceptación
Silvia Vales
Para ser yo he de ser otro.
Salir de mí, buscarme entre los otros.
Los otros que no son si yo no existo,
Los otros que me dan plena existencia.
Octavio Paz, “Los otros”
Hermoso poema. En él, Octavio Paz, siguiendo a los existencialistas,
nos dice que es la mirada de los otros lo que nos hace ser quiénes somos. A
veces los otros nos aman y su mirada es amorosa; a veces, nos odian y su
mirada nos atemoriza y otras veces, muchas, se miran a sí mismos en
nosotros…
I. Buscando su mirada
El tema de la mirada de los otros es central en mi historia personal. La
importancia de la mirada de los otros surge muy temprano en mí por la
necesidad de agradar a mis padres. Ese patrón se instaló en mi historia
persona y afectó otros vínculos. A ese patrón lo llamo “la búsqueda de
aceptación”.
Repasando mi vida, concluyo que esa búsqueda y sobre todo la
necesidad de ser aceptada, fueron la causa de mucho dolor y del ocultamiento
de mis gustos y preferencias personales.
Como consecuencia de esta necesidad, toda mi vida estuvo dedicada a
la búsqueda constante de aceptación y a esta distinción del lenguaje quiero
referirme en este trabajo.
Definamos el alcance de esta distinción. La búsqueda de aceptación
surge cuando un ser humano necesita la opinión de otro para validarse como
un ser humano digno de ser querido y tenido en cuenta. Esta definición se
opone a la no necesidad de ser aceptado, validado en su talento o querido,
porque la persona se considera a sí mismo digno de ser querido, aceptado,
validado, sin que haga falta la opinión de otro, ajeno a él.
En mi caso particular, dediqué gran parte de mi vida a esta búsqueda
de aceptación y esto conllevó sufrimiento.
II. La aceptación de la “tribu”
La búsqueda de aceptación o la necesidad de ser aceptado está en la
esencia de los grupos humanos. Somos seres sociales porque hay aceptación
de formar parte de un todo colectivo. Esa condición funda lo social. No
hubiera surgido el lenguaje si no hubiera habido aceptación del otro. Cito a
300
Humberto Maturana:
Sólo son sociales las relaciones que se fundan en la aceptación del otro
como un legítimo otro en la convivencia y que, tal aceptación es lo que
constituye una conducta de respeto. Sin una historia de interacciones
suficientemente recurrentes, envueltas y largas, donde haya aceptación mutua
en un espacio abierto a las coordinaciones de acciones, no podemos esperar
que hubiera surgido el lenguaje.
Maturana, 2008
Todos buscamos ser aceptados y queridos. Seguimos siendo iguales, en
ese sentido, que hace tres millones de años. Es cierto también que existen seres
humanos que se aíslan o buscan lo contrario, o por lo menos, así pareciera.
Muchos de estos seres que se aíslan, manifiestan que se sienten
incomprendidos por el mundo y el resto de los seres humanos o se sienten
inferiores, no dignos de ser queridos y por eso, anuncian que son ellos quienes
no quieren al mundo.
También está el caso de aquellos que se aíslan del resto de los seres
humanos porque sienten la necesidad de conectarse con la divinidad, con algo
trascendente, y el mundo los distrae de ese propósito, como los místicos, los
ascetas, monjes o religiosas de clausura.
¿Por qué esta necesidad de ser aceptado es tan común en los seres
humanos? Porque somos seres incompletos y vulnerables y necesitamos de los
otros seres. La aceptación de los demás y su atención se convierte en una
cuestión de supervivencia para el niño. Pero durante el resto de la vida, debido
a que seguimos siendo incompletos y vulnerables, buscamos agradar para
recibir amor o aceptación o compañía o dinero, o cualquier otra cosa que nos
dé la ilusión de que estamos completos y no somos vulnerables.
Recuerdo mi época de consultora de Outplacement, cuando escuchaba
de hombres y mujeres, recientemente desvinculados de una empresa, frases
como: “Yo era gerente de XXXX y ahora, ¿qué soy? Yo hice todo para ser un
buen empleado y me echaron. ¿Quién soy si no tengo trabajo?”. “Fui gerente
general, tuve cargo regional, ¿qué soy ahora?”. Lo que más les molestaba era
el miedo a no ser aceptados, a no ser reconocidos y a no tener trabajo, a estar
excluidos. A ser “echados de la tribu”. La “tribu” nos da la sensación de
completitud.
Pero, en algunas personas, como yo, esto que es común a todos los
seres humanos, estuvo siempre muy marcado. Siempre sentí que la mirada de
los otros era necesaria para validarme, darme existencia, para que me hiciera
digna de ser querida y aceptada.
Los orígenes, sin duda, están en mi primera infancia. Nací mujer a
pesar de lo que deseaba mi padre. Soy la hija mayor y mi padre deseaba “el
heredero”. Yo nací la tarde de un primero de marzo y mi padre vino a verme al
día siguiente después de haber llorado toda la noche porque no había nacido
301
hombre.
Intuyo que durante mi infancia debo haber escuchado y me debo haber
adaptado a esos consejos que tenía preparados para su hijo varón: no mostrar
debilidad, no llorar, no pedir ayuda, no manifestar emociones, ser profesional
y triunfar en lo económico, dedicarse a trabajar con empresas. Mis deseos no
se correspondían con esos consejos. Entonces, gran parte de mi relación con él
–y con mi madre también– se estableció ocultando mis deseos para que me
aceptaran como su hija. Además, ¿cómo iba a cumplir con su deseo primero, si
nací y soy mujer? Hiciera lo que hiciera, nunca iba a ser aceptada…
Recuerdo situaciones concretas. Por ejemplo, de muy niña, leía con
fervor todo lo que tuviera que ver con la mitología griega, hurtando libros a
escondidas. Cuando me enteré de que los Reyes Magos eran mis padres, a los
ocho años, le pedí a mi mamá que me regalara un libro de mitología griega.
Me miró raro, sin entender mi interés por esos temas. Esa mañana del 6 de
enero recibí un libro de fábulas de Esopo, narradas para niños. Me dio mucha
pena no haber recibido mi libro. Supongo que inferí que la mitología griega no
era cosa de niños y oculté mi afición por las historias y la mitología.
Otro ejemplo: cuando estaba terminando mi escuela secundaria, dije a
mis padres que quería estudiar actuación en el Conservatorio de Arte
Dramático. La respuesta fue: “Esa no es una carrera”. Elegí lo más parecido:
Letras. Intentaron convencerme: abogada, odontóloga, contadora. Me defendí.
Aceptaron Letras a regañadientes. Recién a los 30 años, estudié Teatro.
Cumplí con casi todos los mandatos, con el costo que conllevaban:
tengo una máscara de omnipotente y no vulnerable, fui profesional y aún hoy
sigo estudiando (la diosa Atenea fue durante años mi arquetipo dominante),
trabajo en empresas, soy emprendedora. Mis deseos fueron “la parte oscura”
que yo debía ocultar.
Mis gustos (el arte, el teatro, la literatura, lo espiritual) eran motivo de
bromas, como una carrera menor. De hecho, cuando juré y recibí mi título de
profesora de Castellano, Literatura y Latín o cuando hice mi Licenciatura en la
Enseñanza de la Comunicación, siempre estuve sola. Mis padres no fueron a
esos actos. Sí, cuando mis dos hermanos se recibieron de abogados.
Jean Shinoda Bolen dice en su libro Las diosas de cada mujer:
Si la familia recompensa y alienta a la niña para que desarrolle lo que
viene de manera natural, ésta se siente bien consigo misma a medida que hace
lo que realmente le importa. Lo contrario le ocurre a la niña cuyo patrón de
diosa se encuentra con la desaprobación de su familia. La oposición no cambia
el patrón intrínseco, sino que simplemente hace que la niña se encuentre mal
consigo misma por tener los rasgos e intereses que tiene.
Shinoda Bolen
Ciertamente, la pasaba mal. Pensaba que era adoptada y que en algún
momento iban a aparecer mis “padres artistas” a rescatarme. Para sentirme
302
bien, busqué distinguirme en mis estudios primarios y secundarios, porque
suponía que eso me iba a dar la aceptación y el reconocimiento de mis padres.
Necesitaba la aceptación del otro para creerme mi talento y mi valor,
por eso busqué las buenas calificaciones, los premios, la bandera, el galardón
de mejor compañera. Esa era la manera de validarme. Si tenía buena nota,
entonces era buena, pero el problema es que nunca era suficiente porque cada
día era “un nuevo examen”. Fui abanderada en la primaria, mejor compañera,
primera escolta en la secundaria, mejor compañera, etc., etc. Pero como yo no
me validaba, estaba siempre buscando que la validación viniera de afuera. La
validación venía, pero nunca era suficiente para mí.
Si bien los buenos resultados me dieron alegría, nunca se comparó con
la alegría que sentí cuando tuve logros en proyectos elegidos de acuerdo con
mis gustos. Pero eso fue a partir de los 30 años…
De niña, solo un juicio negativo de un profesor o de un maestro hacía
que me sintiera desvalorizada y no aceptada. Cuando tenía doce años decidí,
junto con mi hermano, estudiar guitarra y canto. Fuimos ambos a ver a un
profesor. Nos hizo cantar a los dos. Recuerdo que, refiriéndose a mí, dijo:
“Vos no cantes, vos estudiá guitarra y que tu hermano cante”. Durante muchos
años reprimí mis deseos de cantar, aunque amo hacerlo. Consideraba que era
mala cantando. Sin embargo, estudiaba en secreto y me animaba de tanto en
tanto a hacerlo en público. Sufría por no ser buena como mi hermano, sentía
que no me querían, que no valía.
Durante mi infancia formé un juicio que podría describirse así: “Si el
otro me aprueba, tengo valor y existo. Si valgo y existo, soy digna de ser
querida. Para eso, debo esforzarme por cumplir con los requisitos para ser
aprobada”.
En el dominio del trabajo sucedió lo mismo. Recuerdo que frente a la
primera capacitación que diseñé para 300 vendedores, el índice de
desaprobación del curso había sido de 0,08 (creo), pero yo lloraba por las
opiniones contrarias que habían escrito los que habían desaprobado el curso.
Para mí, esas opiniones significaban que no era buena diseñando capacitación.
III. Cuánto sufrimiento y cuánto esfuerzo para sentirme aceptada y
valorada
Viendo mi historia y la de otros, conocidos o personajes literarios,
puedo observar que esta necesidad de ser aceptado está más marcada en
aquellos que:
Fueron rechazados de pequeños o poco atendidos por sus padres. No
solo por desinterés o desamor, sino por otras razones como: muchos hermanos,
enfermedades de sus padres, pobreza extrema.
Tuvieron alguna enfermedad o discapacidad física que los hizo sentirse
inferiores o diferentes.
303
Tuvieron gustos o inclinaciones distintos a los “aceptados por la tribu”.
IV. Las consecuencias
Una de las principales consecuencias de la necesidad de ser aceptado
es el sufrimiento que acarrea porque, cuando nos esforzamos por ser lo que el
otro quiere y, por consiguinte, ocultamos nuestros propios deseos, gustos,
talentos naturales. El esfuerzo ocurre por querer ser otro. Cuando uno se
muestra tal cual es, no hay esfuerzo.
Dice Romano Guardini en su libro La aceptación de sí mismo: “Lo que
yo llamo yo es lo que me está dado. […] Mi ser yo es para mí lo obvio, lo
primero, el núcleo de todo lo demás […] La sensación de que ser yo sea un
deber debilita porque desaparece la conciencia de estar dado a sí
mismo”.¿Cómo no sentir sufrimiento si lo obvio, lo dado, lo primero, no es
valorado? ¿Cómo no sentir dolor y culpa si cuando los padres de mis amigas
se enorgullecían de las carreras de sus hijas, mi padre decía que yo estudiaba
algo que no sabía cómo se llamaba ni para qué servía? ¿Cómo no sentir un
extrañamiento con uno mismo cuando lo que a uno le gusta y le causa placer
no puede ser compartido por el resto de la familia?
La primera vez que encontré este tema en mí fue cuando leí de niña el
cuento de Andersen “El patito feo”. El relato describe la historia de un patito
feo, criado entre patos, que es rechazado y busca que lo acepte su familia hasta
que descubre un día, ya de mayor, que es un cisne que –por equivocación– fue
empollado por una pata. Durante el tiempo que se cree pato, sufre mucho el
rechazo, trata de ser y de hacer lo que sus hermanos hacen, y es despreciado
por el resto del gallinero por ser diferente. Clarissa Pinkola Estés, en su libro,
Mujeres que corren con los lobos” trata “el mito del patito feo”, es decir, la
mujer que es rechazada por su familia o por su tribu por tener intereses
diferentes, y el sufrimiento que tal cosa acarrea.
Cuando el sentimiento anímico particular de un individuo, que es
simultáneamente una identidad instintiva y espiritual, se ve rodeado por el
reconocimiento y la aceptación psíquicas, la persona percibe la vida y el poder
con más fuerza que nunca. El hecho de descubrir a la propia familia psíquica
confiere a la persona vitalidad y sensación de pertenencia.
Pinkola Estés
En mi caso particular, no le di suficiente desarrollo a una Silvia artista,
espiritual, creativa, sensible. Y los espacios que le di a esa Silvia, fueron
vividos con culpa. Es verdad que de más grande estudié Teatro, Actuación y
Dirección, pero nunca participé a mis afectos más cercanos de mis éxitos en
esa carrera. Mi primera puesta en escena, aún hoy, me parece novedosa y
creativa. Tuve buenas críticas y, sin embargo, no participé a los demás de esos
logros. Los oculté como “una vida paralela”. Durante la época que trabajé en
304
empresas, en RR.HH., nadie sabía que yo había estudiado Teatro o que yo era
asesora o productora de espectáculos. Me cuidaba bien de ocultarlo.
Después descubrí que muchas de mis competencias artísticas eran “un
plus”, pero durante años no compartí mis gustos ni participé a otros de mis
logros artísticos.
Otra consecuencia de la necesidad de ser aceptada, es la incompetencia
para recibir y aceptar juicios negativos. En los ejemplos anteriores, lo puse de
manifiesto. Una mala nota, una opinión negativa, una crítica a mi trabajo, aún
hoy son vividas con dolor y sensación de rechazo. La diferencia es que en la
actualidad, lo supero rápidamente. De joven, podía durarme días. Esta
incompetencia me hace estar siempre a la defensiva, justificándome, para no
sentir que no me aceptan.
Hace un tiempo vi una película de Disney, Happy Feet, donde a un
pingüinito le pasaban cosas parecidas. La historia cuenta cómo viven los
pingüinos emperadores, los cuales para conseguir su pareja monogámica de
por vida tienen que entonar una canción. Cuando la canción es entonada por
dos pingüinos, se forma la pareja. En la película que cito, Mumble, es el peor
cantante de toda la colonia, pero descubre que es un excelente bailarín. La
colonia lo rechaza. Su padre se avergüenza y el líder de la comunidad lo invita
a irse. Viaja por otros lugares y conoce a otros personajes que lo aceptan.
Finalmente y gracias a su condición de bailarín (autoaceptación y fidelidad a sí
mismo), logra salvar a su colonia de un desastre ecológico.
El tema del exilio por ser diferente, tantas veces presente en
narraciones…
Cito nuevamente a Clarissa Pinkola Estés:
Cuando la cultura define minuciosamente lo que constituye el éxito o
la deseable perfección en algo, en la psique de todos los miembros de esa
cultura se produce una introyección de los mandatos correspondientes con el
fin de que las personas puedan acomodarse a dichos criterios. El tema del
exilio puede ser doble: interior y personal y exterior y cultural.
Pinkola Estés
Considero que en mi caso, el exilio fue interior y personal. Oculté mis
deseos para garantizarme la no recepción de juicios negativos. De ahí, mi
incompetencia de adulta.
Vienen a mi cabeza ejemplos del cine. Recuerdo a Billy Elliot, a quien
su padre había anotado en boxeo y, en realidad, era un excelente bailarín
clásico. Y tantos otros…
¡Cuánta energía gastada en agradar y buscar la aceptación del otro…!
Otra consecuencia es el desconocimiento de uno mismo. El hecho de
buscar ser lo que el otro quiere me hizo desconocerme durante buena parte de
mi vida. No tuve conciencia de quién era yo, de mis fortalezas y debilidades,
de mis talentos naturales.
305
Los intuía pero los negaba o minimizaba porque no estaban dentro del
modelo aceptado en casa. Por ejemplo, siempre tuve condiciones para escribir.
Gané una mención por un cuento cuando tenía ocho años (”El helado de
chocolate y frutilla”, me acuerdo todavía) y hubo otros premios durante mi
vida. Sin embargo, nunca me dediqué ni fui a un taller literario para desarrollar
ese talento natural. No solamente lo negué, sino que muchas veces me
avergoncé de hacer teatro, de escribir poemas, de la literatura o de mis gustos
artísticos.
El desconocimiento de uno mismo trae aparejado el poco desarrollo de
los dones y los talentos naturales.
V. El faro interior
No se puede ir “en contra de uno mismo” mucho tiempo sin pagar un
costo. Diciendo “costo” me refiero a las consecuencias físicas y emocionales
que traen aparejadas el desconocimiento y la negación de uno mismo.
En algún momento, tomamos conciencia de ese dolor que tiene su
origen en haber perdido conexión con “nuestro faro interior” y en haber hecho
lo contrario de lo que hubiéramos querido hacer, libres de mandatos y de la
mirada del otro.
La inmutabilidad no es una propiedad intrínseca del ser, dice Rafael
Echeverría. Con lo cual “somos en movimiento”. Desde una mirada
ontológica, podríamos decir que uno “es” en forma dinámica, en
transformación. Si saco una foto del hoy, ¿qué juicios quiero cambiar?,
¿cuáles quiero conservar?, ¿está mal buscar la aceptación del otro?
Lo primero que quiero cambiar es mi propia mirada. Quiero una
mirada más abarcativa, más amorosa, reconciliarme con la mirada de los otros.
Quiero, finalmente, aceptar a las Silvias que viven en mí. Con sus luces y sus
sombras. Distinguiendo, puedo intervenir.
Respecto de la mirada de los otros, ellos me constituyen, ya que sin los
otros, no soy consciente de mi identidad pública. De alguna manera, “me dan
plena existencia” también. Una existencia más consciente de lo que muestro,
de mis máscaras, de mi ser más profundo, de mis luces y mis sombras. Pero
aceptar su mirada no excluye ni invalida la mía.
Si no tengo mirada amorosa del otro, acepto que esto es así, sin
asociarlo –como hacía antes– con que no valgo, que no estoy capacitada, que
no existo. Y si, por el contrario, tengo mirada amorosa del otro, acepto que
esto es así, sin asociarlo a que valgo, estoy capacitada, existo.
Mi “sombra” es parte de mí. La veo y la reconozco mirándome en los
otros. No busco su aceptación, ocultándola. A lo sumo, pido perdón si algo de
eso los daña.
Lo importante es que, en este presente que transito, logré aceptarme
íntegramente y brindarme una mirada amorosa a mí misma.
306
Creo que el autoconocimiento y la autoaceptación es el camino,
buceando en nuestra identidad más profunda, allí donde solamente nosotros
podemos llegar.
Buenos Aires, agosto de 2011
Bibliografía
Guardini. Romano. La aceptación de sí mismo. Las edades de la vida.
Buenos Aires: Ed. Lumen.
Maturana, Humberto. Emociones y lenguaje en educación y política.
Santiago de Chile: J.C. Saéz, 2008.
Pinkola Estés, Clarissa. Mujeres que corren con los lobos. Barcelona.
Ediciones B.
Shinoda Bolen, Jean. Las diosas de cada mujer. Una nueva psicología
femenina. Barcelona: Ed.Kairos.
307
La arrogancia, a-rrogancia, no-rogancia, no- rogar, no-pedir
Sybille von Riegen
Hay hombres tan arrogantes que no saben alabar a un gran hombre a
quien admiran, sin representarlo como un eslabón o un sendero que conduce
a ellos mismos.
Nietzsche
I. La sorpresa de mirarme en la arrogancia
Me acabo de encontrar nuevamente con mi arrogancia. Mi sombra me
susurra casi sin hacerse escuchar y me dice: “Este proyecto de investigación
debería ser el mejor, seguro que va a ser el mejor, brillante, magnífico,
sobresaliente”. Es agotador estar aquí, y si suelto me alivio. Y aquí voy, parto
estas líneas intentando ser humilde para poder escribir.
La arrogancia me empezó a rondar. Aparecían y aparecían arrogantes a
mi alrededor. Los empecé a observar muy detenidamente y, cuando me
acercaba un poco más hasta llegar a relacionarme con ellos, me aparecía una
sensación de dureza, aridez, de aspereza. El encuentro con las personas a las
que yo juzgaba “arrogantes” me afectaba mucho: me afectaba tanto que tuve
que detenerme un largo rato para dar paso a las preguntas que suelen resolver
mis inquietudes. De esta manera inicié, a mi juicio, la etapa más dura del
aprendizaje: la de las preguntas sin respuesta, la incertidumbre, la confusión,
la desorientación.
Me pregunté: ¿Por qué me estoy encontrando con tantos arrogantes a
mi alrededor?, ¿será que algo me quiere mostrar la vida?, ¿qué tengo que
aprender aquí?, ¿por qué les estoy poniendo más atención que antes?, ¿qué me
está pasando con la arrogancia?, ¿qué hay de mí aquí? Y todo el tiempo se me
cruzaba una poderosa frase que escuché una vez de Rafael Echeverría_ “Todo
lo que nos afecta nos revela”. Yo quería descubrir lo que se quería revelar en
mí con este encuentro con la arrogancia.
Finalmente, tomé la decisión de trabajar sobre ella cuando, en la
primera conferencia del Programa de Coaching Avanzado, me la topé de
frente. Estaba en el segundo día de conferencia y me descubrí haciendo el
siguiente juicio: probablemente soy una de las mejores coaches del lugar. Al
verme en esto me sorprendí y comencé a preguntarme: ¿De dónde me viene
este juicio?, ¿por qué me surge?, ¿para qué lo hago?, ¿por qué necesito
hacerlo?, ¿QUÉ ME ESTÁ PASANDO?
Ese día hice mi primer coaching observado y me fue muy mal, lo que
desafiaba mi juicio de ser una de las mejor coaches del programa. Fue
durísimo. Me vi en un lugar del cual quería alejarme a kilómetros de distancia;
en ese momento me di cuenta de que tenía solo dos posibilidades: seguir en mi
arrogancia y, por lo tanto, seguir pasándola mal, o hacer un acto de humildad y
308
declarar mi espacio de aprendizaje. En ese momento ratifiqué mi decisión: mi
proyecto de investigación del programa sería “la arrogancia”. Claramente algo
de mí se estaba manifestando con mucha fuerza. No podía dejar de escuchar
las voces que surgían de mi interior diciéndome que este era un tremendo
espacio de aprendizaje para mí.
II. La potencia del trabajo fenomenológico
1. Algunos ejemplos de arrogancia en mi vida y muchas preguntas
En este espacio intentaré acercarme lo más posible al mundo de las
afirmaciones, de lo observable, de las acciones y conductas que este particular
observador que “soy yo” es capaz de mirar cuando juzga que alguien está en la
arrogancia. Este acercamiento fenomenológico nos va a permitir mirar
conductas para posibilitar nuestra capacidad de intervención mediante el
aprendizaje.
“Yo sé cómo se hacen las cosas”:
Cuando asisto a talleres que yo no dicto, suelo descubrirme diciendo
cosas como las siguientes: “al taller le faltan ejercicios”, “a este ejercicio le
falta contexto”, “la música está muy fuerte y no genera la emocionalidad
adecuada”, “la parte corporal no tiene contexto y no recoge la experiencia
desde el lenguaje”, etc..
También me he descubierto, esta vez con dolor, diciéndole a mi hija:
“la tarea se hace así”, “la manera de organizarse es esta”, “es mejor conversar
de esta manera”, “se es feliz en la vida cuando haces esto y no aquello”, etc.
A mi marido suelo decirle cosas como: “tu relación con la hija no va
bien”, “ser tan flexible en la vida no es bueno”, “respecto de la educación de
los niños obviamente yo sé más que tú”, etc.
Otros ejemplos:
Me siento arrogante cuando no veo espacios de aprendizaje, cuando
tengo el juicio de mí misma que ya sé o que sé más que otros, que ya sé lo que
están explicando etc. Entonces dejo de escuchar, me echo para atrás, cruzo los
brazos y me quedo callada y, en el momento en que tenga la oportunidad, se
me sale una crítica disfrazada de pregunta.
Me veo en la arrogancia cuando hago preguntas más bien cerradas y
con respuesta detrás, por ejemplo: “¿será bueno que tu mamá se quede con los
niños?, ¿tú crees que con este programa se genera un cambio cultural de
verdad?”
Me siento arrogante cuando me comparo con otros y me siento
superior.
Me siento arrogante cuando dejo de escuchar las inquietudes del otro y
creo que las cosas hay que hacerlas como yo digo que hay que hacerlas.
309
2. ¿Qué me pasó al mirar esto?
Cuando empecé a mirarme en algunas de estas situaciones me di
cuenta de que cada vez que decía: “yo sé cómo se hacen las cosas” o “de la
manera que yo lo hago es la mejor manera de hacerlo”, algo me incomodaba,
me sentía poco flexible, obsesiva, poco respetuosa del otro y muy cansada de
hacer que se hagan las cosas a mi manera. Sentí que había perdido la
capacidad de cuestionar mi lógica y mis opciones, había olvidado que mi
manera de hacer las cosas era solo una posibilidad, había olvidado el disfrute
de dejarse llevar, de cocrear con otros, de danzar en la vida, como lo hacía
cuando era niña: volar en las nubes y danzar con la vida, con lo que venga, con
lo que surja.
También me dì cuenta de que los demás se incomodaban mucho
cuando yo estaba parada desde la verdad, sin embargo, no me podía salir de
ahí, algo me impulsaba con mucha fuerza a sentir que yo tenía la razón, que yo
estaba en lo correcto, que mi manera de hacer las cosas era la mejor y la más
brillante, ¿Por qué estaba necesitando tener la razón? En ese momento, y justo
en medio de la fuerte reflexión que provoca mirar los fenómenos, comenzaron
a surgir otro tipo de preguntas: ¿por qué me cuesta tanto soltar?, ¿qué suelto
cuando suelto mi verdad?, ¿qué se va?, ¿qué entrego?, ¿qué pierdo?, ¿a qué me
estoy aferrando?, y sentí que me estaba aferrando, agarrando a mí misma, que
yo me iba, me esfumaba, desaparecía si soltaba mi verdad, que solo era
posible “existir” para otros si sostenía lo mío con mucha fuerza. Tenía que
sostenerme, tenía que tomarme con fuerza para hacerme un lugar. ¿Hacerme
un lugar?, ¿es que siento que no tengo lugar?, ¿y cuando perdí mi lugar?, ¿en
qué momento tuve que empezar a pelear mi espacio, a hacer algo para ser
mirada?
Me hizo mucho sentido esta reflexión: si suelto mi verdad, me estoy
soltando a mí misma, estoy soltando la posibilidad de ser mirada y reconocida.
Pero claramente esta no es la manera que yo quiero vivir la vida, no es la
manera que quiero ser mirada, no es la manera que quiero aparecer para otros.
Quería salirme de ahí, tenía ganas de soltar, comenzaba a sentir el cansancio y
la soledad de la arrogancia.
III. Mi historia. ¿Qué me pasó? ¿Dónde y cuándo perdí mi lugar?
El paso por un programa de aprendizaje me permitió ir al encuentro
con mi historia. Las conversaciones con mis compañeros de ruta y mis ganas
de observarme me llevaron al encuentro con el origen, a descubrir de dónde
viene ese dolor tan profundo y a descubrir “dónde y cuando perdí mi lugar”.
En algún momento de mi vida, y más específicamente a los doce años,
a mis padres la vida los empezó a remecer por dentro y por fuera. Se
confundieron, no sabían qué hacer, cómo comportarse y menos como resolver
310
sus dificultades. Sentí que en ese momento dejaron de mirarme.
Dejaron de mirarme porque no se pudieron sostener más Cada uno, con
sus propios paradigmas derrumbados, volcó su mirada hacia dentro. Parecían
dos árboles azotados por una tormenta luchando para no ser arrancados de
raíz.
Recuerdo la sensación de profunda soledad. En un repentino momento,
los abrazos se convirtieron en espaldas y la ternura se convirtió en confusión,
los adultos desaparecieron y en su reemplazo quedaron dos seres diferentes,
dos seres que no eran mis padres.
Dejaron de mirarme y no supe qué hacer, no supe cómo hacer que
volvieran sus cabezas hacia mí, simplemente no me miraban; yo intentaba
pero ellos no me miraban y no me miraron más.
Me doy cuenta de que en ese momento perdí mi lugar en la familia,
perdí a los seres que me hacían sentir que era legítima y amada
incondicionalmente. Quedó un tremendo vacío y hoy constato que para mí no
es trivial cuando alguien no me mira, que he construido diferentes estrategias
para lograrlo y que una de ellas es la sabelotodo poseedora de la verdad, que
cuando alguien le rasca la cascarita se da cuenta de que, en el fondo, hay una
niñita escondida y con miedo a no ser querida.
IV. ¿Y otros qué dicen de la arrogancia?
Humberto Maturana dice: “La arrogancia es la certidumbre que niega
la reflexión en la convicción de que se posee la verdad”. Por su parte, Daniel
Goleman: “La falta de inteligencia emocional es estar en la arrogancia,
excesiva confianza en sus recursos intelectuales, incapacidad para adaptarse a
las fluctuaciones de la vida y desprecio por la colaboración y el trabajo en
equipo”.
Inteligencia emocional
La arrogancia puede tener dos formas: presunción o desprecio.
La presunción ocurre cuando una persona aumenta su sentido de
autovaloración y cree que es mejor que los otros.
El desprecio significa que una persona rebaja a otra para que se sienta
menos que ella y por lo tanto el despreciador logra sentirse superior.
Podemos visualizar la diferencia entre la presunción y el desprecio.
Imagínate dos personas como dos globos inflados por igual. Ahora imagina
que uno de ellos se infla casi al punto de estallar: esto es la presunción. La
persona presumida oculta su vergüenza sobre ella misma, llenándose de
pretensiones y de orgullo falso. Necesita sentirse superior para ocultar su
sentimiento básico de vergüenza, se engaña a sí misma pensando que es la
mejor de todas las criaturas vivientes.
Ahora imagina que desinflas el otro globo. Esto es el desprecio. Este
311
tipo de individuo encontrará la manera para desinflar a otros, haciendo que se
sientan débiles, incompetentes y avergonzados. Se defiende contra la
vergüenza pasándosela a otros y solo se siente mejor consigo mismo cuando
reduce a nada a los demás.
1. Arrogancia como defecto
Alguien es arrogante cuando adhiere verbalmente o mediante sus actos
la facultad de tener razón y un liderazgo indiscutido sobre un tópico
determinado, o en relación a una acción a tomar. El arrogante tiende a
menospreciar la opinión ajena porque piensa que él es mejor y el más sabio de
todos. La arrogancia obliga como primera condición la convicción absoluta de
ser mejor.
2. Arrogancia como virtud
La arrogancia, sin embargo, también es una pasión vivida con gallardía
y coraje. La mayoría de los líderes y de los hombres que han cambiado la
historia han sido evidentemente arrogantes. Pareciera ser que es una condición
importante para lograr los ideales. Es que resulta muy evidente pensar que un
hombre que no posea convicciones fuertes y que no crea en sí mismo, pueda
cambiar el curso de la historia.
Henry Mintzberg propone la siguiente ecuación:
exagerada confianza en uno mismo + competitividad = arrogancia
V. Perfil unitario, una mirada desde lo alto ¿Qué se repite, cómo
puedo observar la arrogancia en mí y en otros?
Enfoque único, le cuesta ver otras opciones, puntos de vista,
interpretaciones.
Necesita ser admirado.
Deja de escuchar al otro, solo se escucha a sí mismo y quiere
fundamentalmente ser escuchado. Es el ánimo de la negación y descalificación
del otro.
Miedo a declarar ignorancia, cierra espacios de aprendizaje.
Al arrogante le cuesta mucho trabajar en equipo, no reconoce el
esfuerzo de otros.
Vive en la competitividad, está constantemente en la comparación.
Para sentirse bien necesita ganar y demostrar que es mejor.
Mundo emocional
· Inseguridad, baja autoestima, vergüenza de sí mismo, necesidad de
ocultar su sombra.
· Miedo a no ser aceptado, a no ser querido, a no pertenecer.
· Rabia como emoción disponible cuando se está en la arrogancia.
312
Tipos de vínculos que genera la arrogancia
· Miedo a su alrededor, que se muestra con silencio aprobador o con
muestras de aceptación poco sinceras, sembrando el camino a la resignación.
· Rabia, que se muestra con discusiones improductivas que siembran el
camino al resentimiento.
· Tendencia a quedarse solo; en esta emoción no es posible convocar,
invitar, pedir ayuda, el otro se siente poco valioso.
· La gente se siente utilizada por el arrogante; sensación de objeto más
que de sujeto en la relación.
· Vínculos castradores, porque el otro se siente impotente, incapaz de
satisfacer sus estándares.
VI. Reconstrucción lingüística de la arrogancia
“Juzgo que YO sé más que nadie del tema que estamos tratando,
conozco cómo las cosas son o cómo comportarme en esta situación.”
“Me predispongo a demostrar lo que sé y que los demás están
equivocados.”
“No esperes mostrarme algo nuevo, no tengo nada más que aprender.
No estoy dispuesto a escuchar.”
Parado en el mundo metafísico, el arrogante cree que posee la facultad
de descubrir cómo las cosas realmente son. Vive desde el enfoque único, hay
solo una manera de hacer las cosas, toda otra manera de hacerlo está
equivocada o no es tan efectiva. Pierde la capacidad de escuchar, respetar y
aceptar otras maneras de hacer las cosas y, por lo tanto, otras maneras de ser.
Como ya sabe cómo son y se hacen, también pierde capacidad de creación y
generación. La coordinación con otros se transforma en utilitaria, los pedidos
se convierten en órdenes. Pierde capacidad de aprendizaje.
VII. Salida
Quiero compartir con ustedes una conversación entre el Dalai Lama y
Francisco Varela:
Dalai Lama: ¿Podría darme una definición concreta de la
fenomenología? ¿Se trata solamente de describir?
Francisco Varela: Podríamos resumir la visión fundamental de
Husserl diciendo que uno no puede pensar en sí mismo y en el mundo sin
llevar a cabo lo que él denominó, “volver a las cosas mismas”, “a la forma en
que las cosas se nos presentan”. Esto se llama reducción fenomenológica, es
decir, despojarse de toda creencia previa sobre lo que debe ser el mundo, la
existencia de Dios, la materia, de esto o de aquello, y dedicarse simplemente a
observar y a fundamentarlo todo en el modo en que el mundo se nos presenta.
Se trata de un enfoque muy meditativo. Desde esa perspectiva, lo primero que
313
hay que hacer cuando se quiere analizar algo es poner en suspenso todas sus
ideas previas al respecto, dejar de lado todos los prejuicios y las pautas
habituales, ver simplemente lo que ve y fundamentarlo todo ahí. Esta fue la
gran contribución de Husserl, con la que elaboró toda una filosofía que ha
proseguido hasta nuestros días.
D. L.: ¿Estoy en lo cierto si digo que el punto de partida de esta visión
consiste en dejar de lado, o poner entre paréntesis, cualquier visión metafísica
y religiosa, y simplemente partir desde la experiencia? ¿No cree que ello
implica la profunda arrogancia de creer que uno tiene la capacidad de saberlo
todo?
F.V.: No tanto de saberlo todo como de conocer el fundamento. Es
verdad que supone una cierta arrogancia, como también la hay en el meditador
que dice: “voy a contemplar mi mente y verla tal cual es”.
¿Nos podemos salir totalmente de la deriva metafísica?, ¿qué
diferencia a un arrogante de un apasionado de su interpretación?, ¿qué
diferencia a un arrogante de alguien que cree que su interpretación agrega
mucho más poder a las personas que otras?, ¿cuáles son las alertas que me
permiten darme cuenta de que estoy inclinándome hacia la arrogancia como
defecto?
Creo que si miramos el perfil unitario podemos encontrar varias alertas
que nos permitirán observarnos.
Alertas:
Cuando me voy sintiendo y quedando solo.
Cuando no tengo a nadie a quién admirar.
Cuando dejo de aprender.
Alertas en mi relación con los demás:
La negación del otro.
Tendencia a descalificar.
Cuando genero a mí alrededor resignación y resentimiento.
Cuando dejo de escuchar.
Vivir en la competencia.
Alertas emocionales:
Miedo a decir no sé.
Miedo a ser menos que otro.
Vergüenza a ser quien se “es”.
Vergüenza cuando alguien le muestra un espacio de aprendizaje.
Poca valoración de sí mismo.
Ambición de ser el mejor, necesidad de admiración.
Espero haber aportado algo de luz para los que en ocasiones nos
encontramos en la oscuridad de la arrogancia.
314
“Cuando un arrogante vive la arrogancia no tiene conciencia de ella, no
la ve, el momento de reconocerla es un acto de humildad y por lo tanto da un
brinco fuera de ella.”
315
Reconociendo mi propia voz
Maite zaitut ama, beti, betiko, eta betirarte
Teresa Aranzibia Aguirrezabal
Después de un tiempo uno aprende la sutil diferencia entre sostener
una mano y encadenar un alma, …y uno empieza a aceptar sus derrotas con
los ojos abiertos y la cabeza alta. Y uno planta su propio jardín y decora su
propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores.
Jorge Luis Borges
Introducción
Dedico este proyecto a mi madre, la persona que sé que más me ha
querido en la vida, y que me sigue queriendo más allá de la vida. Imagino el
momento místico en que su cuerpo y el mío dejaron de ser uno para ser dos,
imagino su dolor y su amor. Ese amor que siento que me da todos y cada uno
de los días de mi vida. La alargada sombra del amor.
¿A quién le di las llaves de mi castillo? me pregunto ahora, ¿quién me
dijo que yo no sabía valorar los tesoros que había en mi castillo?, si yo los
conozco, si yo soy mi castillo.
Esta ha sido siempre la parte de mi vida que más me ha hecho sufrir:
esa puerta giratoria, ese tatuaje, o esa dolorosa voz que se me ha presentado de
manera tortuosa durante los cuarenta años de mi intensa vida. Me animo a
abordarlo, adentrándome en las frías paredes de un laberinto que forma parte
de mi propia alma. Lo he recorrido con tristeza y con dolor, mirando cosas de
mí muy oscuras y feas que muchas veces no me atrevía a mirar, a la vez que
muy bellas y tiernas. Al salir, he sentido en una soleada mañana de Jaca que la
luz de paz me acompañaba. ¡Bendita tu luz, bendita mi luz, bendita la luz!
I. Inquietudes, deseos y experiencias en las que se ha manifestado la
importancia de este tema en mi vida
Hasta hace no mucho, creía que lo que me faltaba era autoestima, que
no terminaba de creerme lo que valgo, que lo hacía bien, que tenía mucha
capacidad de trabajo, pero este tema lo relacionaba con la autoexigencia con y
la forma tan estricta en la que me habían educado. Así que aparté el cuento de
narrativas raído y usado que me había contado, y decidí ir a por otro tema.
En relación con la autoexigencia y unido a esto de querer ser la mejor
de entre todas las mujeres, pensé en hablar de mi rivalidad con las mujeres: los
celos que tengo de las mujeres; de por qué siempre me comparo con ellas en
todos los dominios: laboral, físico, social, afectivo, da igual, siempre hay una
razón, cierta o no, para la comparación. El no poder ser la mejor de todas en
todos los dominios provoca mi propio sufrimiento, pero un sufrimiento que me
316
desgarra, que me hace sentir ganas de vomitar, que me hace sentirme la mujer
más horrible del universo.
Al identificar y enumerar experiencias fui consciente de que eso no era
verdad, o que al menos no era solo eso lo que me podía estar pasando:
Siempre obcecada en ver más las sombras que las luces, en agosto de
2010, una mujer a quien admiro y a quien doy mucha autoridad, Alicia
Pizarro, me dijo: “Teresa, ya es hora de que te lo creas. Tú misma y sin la
ayuda de nadie te has tirado solita. Deja de sabotearte, tienes muy buena
materia prima, solo hace falta que dejes de escuchar esa voz que no es tuya, el
resto ya lo tienes”.
Me compré lo de la voz que no era mía, pero la palabra “sabotaje”, al
mismo tiempo que me recordaba a los piratas –por cierto los primeros
románticos de la historia–, no dejaba de darme vueltas en mi cabeza. Me
resonaba mucho. Fue algo que no había visto hasta entonces.
Tras los piratas, Rafael Echeverría habló de la forma de ser de los
griegos y comentó que en las competiciones, estos competían con el
adversario, con los obstáculos y con ellos mismos. Lo curioso y coincidente es
que yo pronuncié estas dos mismas palabras algo antes que Rafael. Y
seguidamente escuché de su voz la palabra “sabotaje”.
Con todas estas fichas pensé que esto era lo que me pasaba a mí, Es
cierto que yo para competir, sí creo en mi, en mis posibilidades, porque en
caso contrario no emprendería ninguna competición, por eso me preparo para
la competición, también compito con los demás, sean hombres o mujeres. Por
esta razón dejé de lado el tema de mis celos con las mujeres, y también porque
doy por hecho que mis celos con el género femenino volverán a aparecer, pero
al final, contra quien siempre estoy compitiendo es contra mí misma. Me
gustaría terminar este programa sabiendo qué me lleva a hacerme tanto daño y
a tratarme tan mal.
Soy yo conmigo misma la voz más crítica que existe al hacer cualquier
tarea, ya sea en el trabajo, con mis amigos, en mi casa, presentando un
concierto, con mi físico, sobre todo ahora que los cuarenta ya han llegado y
sufro mucho por ello, porque nunca nada es suficiente, aunque en el fondo de
mí misma sienta que sí es así. Es como si no terminara yo misma de saciar a
una bestia que también soy yo misma.
II. Los resultados y consecuencias que he vivido con este tema
El patrón se repite en todos y cada uno de los actos que llevo a cabo,
pero si tuviera que comentar uno, me que ocurre cuando presento conciertos
de música clásica –algo que hago en mi tiempo libre de forma gratuita– en mi
pueblo, normalmente en Navidad. Aunque yo sé realmente que lo hago muy
bien, si alguna vez tras autoevaluarme me doy un 9 y alguien no reconoce que
lo he hecho bien, una oleada de orgullo, creo todavía definirlo bien, me invade
317
y me convierto en alguien extremadamente cruel. Primero cruel hacia la
persona que ha dado su opinión y luego cruel conmigo misma, de no
perdonármelo nunca.
El resultado que con más frecuencia recuerdo es el de sentirme mal
conmigo misma, el de sentir un dolor y un vacío profundo, el de sentir
merecerme morir y que todas las desgracias del mundo me acompañen. Me
duele físicamente la boca del estómago cuando esto sucede. Y además me
hago daño, no físico, no he llegado todavía a eso, aunque reconozco que lo he
intentado, pero sí me hago daño psicológico. Y siento una furia que yo misma
retroalimento ontra mí, una furia con dos cabezas:
Después de haber hecho la presentación y saber que lo hago bien, no
me lo reconocen. Me siento sola y no aceptada, con lo cual odio a todos y no
me hace falta nadie en este mundo para vivir. Esta es la primera cabeza de mi
furia. Me basto y me sobro.
Cuando me calmo y me digo a mí misma: “Podía haberlo hecho mejor,
no me merezco nada de lo que tengo, no valgo nada, no soy buena, no soy la
mejor. Me merezco todo lo malo que me pasa”. Y aquí viene la necesidad de
hacerme daño y. lo peor de todo, no es un dolor físico sino que psíquico.
El orden es siempre el mismo: llega la furia, luego la arrogancia y
finalmente el orgullo. Se instalan estos en mí y luego bajo a la soledad, la
tristeza y el vacío, un gran conocido del que luego hablaré más el dolor.
1. La diferencia que hará mi investigación
No quiero hacerme trampa a mí misma, no quiero sentirme mal cuando
sé que algo está bien hecho, no quiero seguir diciéndome que seguro que me
dieron la mejor nota porque le caigo bien al profesor, no quiero seguir viendo
en qué otros dominios alguien me supera para encontrar yo otro dominio en el
que me sienta obligada a prepararme y a competir y a ser la mejor. No quiero
no mirarme al espejo porque he engordado. No quiero tratarme mal, no quiero
sentir ese dolor. Ese DOLOR: NO QUIERO SENTIR LA NECESIDAD DE
SENTIRLO MÁS.
Si lo consigo, sé que viviré en armonía conmigo misma, en paz,
aceptándome, no viendo en cada persona, momento o vivencia, un lugar para
competir, un lugar para demostrarme a mÍ misma que yo puedo, que yo valgo,
cuando yo sé que lo soy.
Mi madre murió el 25 de julio de 2008. Unos días antes de morir, le
pedí que me dijera que yo era la mejor, y me contestó: “Tú ya lo sabes”. Creo
que fue el legado que me dejó. Al principio hasta me enfadé con ella porque
yo pensaba que no le costaba nada hacerlo, pero luego entendí su mensaje:
“Ya es hora de que te lo digas tú solita y de que te lo creas”.
III. Las preguntas que quiero responder a través de esta
318
investigación desde la mirada ontológica
Después de elaborar 101 preguntas relacionadas con mi necesidad de
hacerme daño, preguntas que nacían de otras preguntas, las que considero
como las preguntas-madre, que tienen en común una misma matriz, me quedo
con las siete siguientes que más me dan sentido:
¿Qué significa mi padre para mí?
¿Por qué no me valoro o acepto?
¿De dónde viene tanta exigencia?
¿Por qué sentí que no me querían?
¿Y si me quedo sola?
¿Por qué lo mío es de dominio público?
¿Qué hay detrás de hacerme daño?
He intentado dar respuesta a estas preguntas, tanto de forma metafísica
como de manera ontológica, y estas son las diferentes respuestas.
Cuando me pregunto, ¿qué significa mi padre para mí?, además de ser
el primer hombre que llegó a mi vida, la mirada ontológica me permite
conocer y ver qué de lo que la conducta de mi padre resuena en mí misma, y
saber que esa influencia puedo modificarla y en qué otras conductas esto ha
podido afectarme, sobre todo en los niveles de exigencia, mi propia valoración
y la relación con los hombres.
Ante la pregunta de por qué no me valoro y me acepto, siento que se
me abre una puerta enorme de posibilidades para cambiar aquello de mí que
quiera mejorar o modificar. Si lo veo desde esta última opción, es una solución
mucho más poderosa y más cercana a mi concepción de mí misma. El hecho
de seguir no aceptándome me revela el darme cuenta de mi mirada más
metafísica.
La mirada ontológica me abre la posibilidad de conocer mi propio
estándar de autoexigencia, de trabajar sobre él, de chequear viejos patrones y
ver qué puedo hacer para ajustarlos, con lo cual el efecto que tendría en mí
sería un efecto mucho más liberador y gratificante.
Ante el por qué no me querían, aunque duro, puede ser un trabajo
gratificante y sanador, para entender desde dónde actuaban mis padres, para
aceparlos y para poder perdonarnos.
Ante la pregunta ¿qué hay detrás de hacerme daño?, de momento la
única opción de respuesta que se me ocurre es la de que no me siento a mí
misma de ninguna otra forma que no sea haciéndome daño, o que la única
forma de liberar el dolor de mi alma es con el dolor físico. Pero espero seguir
indagando en este dominio. Creo que está muy cerca del minotauro…
IV. Mis experiencias de vida y mis voces
319
Tras revivir en las frías paredes del laberinto algunas de las
experiencias en que he deseado mi propia aniquilación, quiero compartir qué
he sentido, tanto a nivel emocional y corporal. y quiero dejar constancia de las
consecuencias que tienen para mí este tipo de actuaciones.
Las primeras experiencias han sido mi relación con las mujeres, mi
lucha contra aquellas personas de mi mismo género que decidí –más tarde
entenderé por qué– desterrar a la sombra o que creí mis enemigas. Después
traslado estas experiencias a otro tipo de luchas contra cualquier otro ser, y lo
peor de todo, contra mí misma.
En estas luchas nace la rabia por destacar, la necesidad de sentirme
exclusiva, la constante necesidad de hacerme preguntas que me puedan herir
más y más, hasta ahogarme en un profundo dolor. Comienzo entonces a
cuestionarme si esta voz es mía, a la vez que siento rabia en la boca del
estómago, ganas de vomitar y de llorar. Es lo que yo llamo el despertar del
monstruo o de la bestia.
Me pregunto entonces por qué no digo todo lo que siento desde un
principio, por qué no pido para mí, por qué no marco mis límites, antes de
dejar que el monstruo, que siente ganas de hacerme mucho daño, despierte,
Vuelvo a esa voz que de manera repetida se hace esas preguntas, es la
voz de una niña pequeña que apenas puede escucharse. La niña quiere hablar
alto, pero los adultos no la escuchan y se enrabia, salta y vomita contra todas
las personas que tiene cerca. La voz de una niña que no se siente querida, y
que ve en todo el mundo a un enemigo en potencia. Por su parte, la mujer
adulta que soy, la mujer de 40 años, se pregunta ¿por qué pierdo así los
papeles, de dónde me nace la necesidad de ser la mejor? ¿De dónde esa
necesidad de competir de forma no sana, descalificando al otro? Es como si no
saciara la necesidad de ver mi vida sin enemigos, enemigos que despiertan mi
bestia, a mi monstruo. Entonces me surge profundas y dolorosas preguntas:
¿yo necesito a la bestia? ¿Quién soy yo sin la bestia? ¿Yo soy la bestia?
Es como si una bestia, que está en mi estómago, abriera la boca, y yo la
tuviera que alimentar con mi dolor. Se alimenta de mi dolor, necesita de mi
dolor, por esto me hace sufrir, para que ella no muera. Y al mismo tiempo
nace un grito, un grito similar al grito del parto, una grito estremecedor, un
basta ya, un YO luchando contra mi otro YO, diciéndole: “No quiero verte
más, vete, no quiero verme sufrir así, no me gusto así, por qué entraste en mí,
por qué me posees, déjame, libérame de tu carga. Sea de quien sea esa voz,
Teresa la adulta no la quiere, no quiere necesitarla más.”
Una vez llegada a esa conclusión, busco desaparecer, encerrarme en mí
como una ostra y nutrir con mi llanto ese corazón que está seco,
resquebrajado, y que siente que se apaga. Es entonces cuando surge la
sensación de vacío, de un vacío que me acompaña, que me mece y que me
calma.
320
Tras indagar en estas experiencias, llega como uno de esos
maravillosos mensajes que te trae la vida. Un trabajo en el que tengo que
hablar de la dignidad y a medida que escribo acerca de esa palabra
maravillosa, la dignidad, me nace hablar de mis propios valores, de mi propia
ética, de mis principios, de mi propio respeto, de mi alma, de la desnudez de
mi alma y construyo un puente entre mis ganas de hacerme daño y mi propio
valor. Me digo a mi misma que ahí hay algo que no es coherente, y empiezo a
ser consciente de que si no soy yo misma quien se respeta y se valora, todo lo
demás está de sobra, es comparsa, es solo ruido. Me decido entonces a bucear
en la dignidad y me conecto con experiencias en las que me he sentido carente
de valor, no merecedora, no digna de recibir ese trato, tanto en mí como en
otras personas, y también cuando SÍ me he sentido digna, me he sentido
merecedora y también lo he visto en otras personas.
V. Buceando en la dignidad
Tras una experiencia vivida en mi trabajo, recibí un correo electrónico
de mi exjefe en el que sentí que las cosas que él enjuiciaba sobre mi persona,
yo no las merecía. Sentía que me disminuía, que me quitaba valor o que no me
valoraba. Me sentí ridícula, pequeña, sin valor. Recuerdo que él me dijo:
“Teresa no te enfades” y le contesté: “No estoy enfadada, estoy indignada”.
En el amor, muchas veces me dicho: “¿Por qué caigo tan bajo? Yo no
me merezco que me traten así, ni tratarme así, yo valgo, no tengo que
mendigar afectos”.
En estos momentos y en otros muchos que no puedo pararme a
enumerar, sentí que a la única persona a la que le faltaba al respeto era a mí
misma, y me decía: “No puede ser que yo no me respete. ¿Cómo puedo tener
valor, cómo puedo querer, cómo puedo vivir si no me respeto?
Juzgo que no tratamos de forma digna a mi madre en sus sesiones de
quimioterapia, no le permitimos tener capacidad de elegir sobre su vida, lo
hicimos nostros por su bien, pero No me gustó. No solo era el miedo a perder
o dejar de reconocer a mi madre, sino también el daño que le hacíamos a su
alma. Era indigno. Sentí que no teníamos derecho a decidir por su propia vida.
Desde aquí le pido perdón.
En el chequeo de estas diferentes experiencias me he sentido digna
cuando he constatado que era coherente con la palabra que había dado y con
los compromisos que había adquirido.
Cuando mi madre murió, mi vida se quedó a la deriva. Lo había
perdido todo, pero en un acto de dignidad, subí al púlpito y leí una carta de
homenaje a mi madre. Sentí que aunque en un ENORME momento de dolor,
uno puede comportarse fiel a su estilo y fiel a su esencia, y me sentí muy
orgullosa de haberlo hecho.
He visto la dignidad en un viaje a la India, cuando me bajé de un Rick
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show porque el señor era mayor y yo le percibía cansado, y pensé que lo mejor
era bajarse. En ese momento, llorando nos pidió que no le hiciéramos eso. Ese
señor se llamaba Luna. Luna nos llevó hasta el hotel con toda su dignidad, con
su cansancio, su vejez, su fatiga, y sus piernas delgadas y descalzas. Luna
demandaba su dignidad, nadie decidía por él su nivel de cansancio o su valía.
He visto en países como en India o en países de África, esos que
llamamos del Tercer Mundo, personas carentes de alimentos básicos, de
necesidades básicas. Sin embargo, no siento que nadie atente contra su
dignidad, porque ellos mismos son dueños de su integridad, de sus valores, de
sus principios. No dan autoridad a nadie para que viole su integridad como
personas. Puedes quitarles todo, pero no puedes quitarles su dignidad.
También con mi madre. Ella eligió morir en casa. Y ahora que lo
escribo para ella, fue un acto sagrado de su dignidad. Fue decir: “Yo decido
por los últimos días de mi vida, yo elijo pasar más o menos dolor, nadie pone
en cuestión mi integridad como persona en los últimos días de mi vida”. Me
parece un acto muy digno.
¿Y cómo puede uno hacerse valer, sentirse poderoso, merecedor,
digno?, ¿por qué yo no lo he conseguido o no siempre lo he conseguido? ¿No
será que primero tendré que aceptarme como soy? Y estas preguntas, tras
varios días de reflexión, me llevo a otra pregunta: ¿ME ACEPTO COMO
SOY?
¿Por qué no puedo sentirme válida, merecedora, digna de ser amada y
respetada? ¿Por qué no me acepto, con mi luz y con mi sombra, con lo que soy
y lo que no soy? ¿Cómo puedo valorarme si no sé lo que valgo? ¿Cómo puedo
saber lo que valgo si no me respeto, si no me trato con amor? Necesito
ACEPTARME como soy.
Como dijo Nietzsche: “Quien tiene un por qué es capaz de cualquier
como…”, pero, ¿se puede aceptar un porqué sin aceptar previamente tu ser?
La NO aceptación de uno mismo es como no darse crédito, es no vivir
al compás, es estar en otra vida no aceptando tus límites y no sintiéndote bien
contigo mismo, no sintiéndote en paz con el ser que tú eres. Ese no sentirte en
paz, me llevó a mi bestia, y comencé a entender de dónde me nacía la
necesidad de hacerme daño.
VI. Mis reflexiones
Tras escarbar en mis experiencias dolorosas, que dan paso a bucear en
la dignidad y en la autoaceptación, llego a perfilar cómo esto ha podido surgir
en mi historia, en mi propia vida.
1. Sobre mi historia
Me resuena una de las preguntas que mi coach de proyecto de
investigación me regala acerca de la dignidad: ¿Consideras que siempre hay
posibilidad de decidir regalar tu alma a alguien? Y de aquí engancho mi
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reflexión.
He estado todo el fin de semana rumiando esta pregunta, porque sabía
que estaba cerca de llegar a una de las paredes que abren puerta dentro del
laberinto, pero no me fluía la respuesta. Hoy me atrevo a redactar lo que sigue:
Cuenta la leyenda que una vez nació un niño tan hermoso, que un hada
mala, presa de la envidia, le robó su alma. Ese niño, debido a que no tenía
alma, no pudo identificar sus emociones y mucho menos expresarlas. Esta es
la leyenda acerca de los niños autistas.
No sé si a mí me robaron el alma, pero creo que se quedó desnuda. Mi
llegada a este mundo quiso cubrir muchas carencias: las de mi madre, las de
mi padre, las de mi abuela materna. Juzgo que ellos acallaron el verdadero
gobierno de la voz de mi alma e hicieron sonar otras voces: la niña perfecta, la
niña modelo, la niña que antepone a los demás antes que a ella, la niña que lo
da todo, la niña que se porta bien, la niña que hace cosas que no son de niña; y
mi voz, mi verdadera voz quería hacerse notar y no lo conseguía porque no se
atrevía, porque estaba preocupada de que no la quisieran.
Juzgo que para poder llegar a ser quien ellos esperaban que fuera, tenía
que autoexigirme mucho, tenía que dar mucho más de mí, me veía enfrentada
a hacer algo que no me era natural, que no salía de mí, que no brotaba de mí.
Esto me suponía mucho esfuerzo, mucho desgaste de energía, para conseguir
ser querida, para conseguir un abrazo que no llegaba, para conseguir sentir que
mis padres estaban orgullosos de mí, para sentir que me valoraban y, cuando
esto no llegaba, asomaba el monstruo de dos cabezas.
Aquí estaba mi alma demandado su traje, mi dignidad comprometida.
Yo no elegí entonces regalarles mi alma, pero era una niña y necesitaba de su
seguridad, su amor, su afecto, su comprensión. Necesitaba escuchar de ellos
un te queremos como eres, necesitaba sentir que me querían como yo me
sentía, sin tener que satisfacer los deseos ni las deudas de nadie.
En mi yo contra mí, lo que ahora deviene es mi yo contra el personaje
que otros querían que yo fuera. Un alma desgarrada que busca que le traten
con respeto, que le permitan mostrar su voz, un alma donde no termina de
apaciguarse el orgullo, la rabia y la ira. El orgullo de quien realmente es, la
rabia por no ser escuchada y por tener que esforzarse en ser lo que no era,
además de la ira contra aquellas personas que no me permitían ser y que
exigían más de ese personaje que ellos habían creado.
Eran ellos quienes tenían las llaves de mi castillo. Desde mi voz de
mujer en transición a la madurez necesito perdonarles, necesito aceptar,
necesito entender que ahora nadie más que yo es dueño de esas llaves. –¡Qué
curioso! En la sesión de coaching de Barcelona, yo hablé de un llave, y
siempre se me pierden las llaves–. Mi abuela murió el 24 de febrero de 2011, y
la llave de su ataúd llegó al bolsillo de mi chaqueta
Creo que así podré apaciguar mi rabia, mi ira. Creo que podré abrazar a
esa niña que, cuando explotaba presa de su monstruo de dos cabezas, se ponía
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a romper cosas y sentía la necesidad de destruir todo lo que estaba cerca,
muchas veces incluso a ella misma. Creo que podré acariciar las voces que han
estado acalladas en mi alma. Ha llegado el momento de hacerse mayor y de
hacerme cargo de mí, de honrar a quienes me dieron vida, de perdonarles, de
aceptarles y de aceptarme y de valorarme a base de mi alma, a lo que mi alma
es, a lo que mis voces acalladas necesitan.
Y ¿por qué lo he sentido hasta ahora?, ¿por qué no lo he hecho o me
cuesta hacerlo? ¿Cuál es el beneficio escondido que tengo con este acto?,
¿hacerme mayor?, ¿tomar mis propias decisiones?, ¿empezar a caminar por mí
misma? ¿a quién le debo lo que no estoy haciendo por mí?, ¿qué hay detrás
que no alcanzo a ver?
Y ahora relaciono esto con algo que me pasó la semana pasada. El día
30 de noviembre falleció el hermano pequeño de mi madre. El pasado día 8
tuvimos una misa familiar en su recuerdo. Mucha gente de la familia de mi
madre vino a la eucaristía. Sentí que tenía que ir a saludarlos y a darles un
beso. Tenía que poner en marcha mi patrón aprendido, pero no fui porque no
me apetecía. Instintivamente busqué la mirada de desaprobación de mi madre
y, al ver que ella no estaba, me sentí liberada y por un instante me sentí dueña
de mi saludo, de saludar a quien yo quería y a quien yo no quería, y me dio
mucha libertad.
Fue una extraña sensación. De repente, me sentí mayor y escuché mi
voz de mujer diciendo, para mis adentros. “No, yo no quiero saludar al tío
Manuel”. Miré a mi padre de reojo, pero como no es su familia –y en esto mi
madre era exquisita–, todavía me sentí mejor, pues él no estaba preocupado ni
molesto por ello.
A veces pienso que si mi madre volviera a nacer haría lo mismo que yo
hice el pasado 8 de diciembre de 2010. Creo que ella también aprendió la
lección, pero tal vez tarde.
Mi tío, el que murió, me conectaba con la música, con el canto y el
baile, con esa parte de mi alma que nadie quiso escuchar, que nadie quiso
valorar. Él cantaba muy bien, conocía muchos bailes. En las bodas de familia
siempre me enseñaba algún paso nuevo, me hacía valoraciones de algunos
conciertos de música, todo aquello que me fascina, la voz favorita de mi alma.
Hasta estos días no había sido conciente de ello, por eso que ahora lloro más
que el día de su funeral. Mi tío me conectó con lo que más me gusta hacer y
nunca se lo agradecí. Por eso me pongo triste al recordarlo.
Para mí, escuchar música, sobre todo música clásica, me hace sentirme
muy bien, es como si mi alma se liberase, es como si las voces acalladas
encontraran su hueco en el sistema al que siempre han pertenecido.
Soy quien fui y quien quiero ser. Necesito perdonar y acallar mi ira y
necesito saber qué me mantiene anclada para no ser quien quiero llegar a ser.
¿Será que finalmente has logrado ver-percibir-sentir-vivir que el YO SOY
simplemente no existe (mirada metafísica) porque has entrado en el
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maravilloso devenir del ser humano (mirada ontológica)? Sí, mi querida Irma.
Y tras esta incursión en mis reflexiones, en mi voz no escuchada,
descubro, como quien encuentra un manuscrito, el significado de la dignidad,
y el de la aceptación que quiero compartir con vosotros, lo que para mí
significan ambos conceptos, los pilares necesarios para escuchar mi propia
voz. Este es mi regalo.
2. La dignidad
La dignidad es la desnudez del alma humana. Cuando el alma se siente
así, busca en la dignidad un arrope para cubrirse; si lo encuentra, el alma se
siente digna; si no lo encuentra, se sentirá indigna y la herida sangrará por
siempre.
La dignidad es el último aliento del alma para seguir siendo humana.
La dignidad es lo único que queda cuando aparece la desesperanza Es
como robar el alma. Nadie debe juzgar la indignidad, o la dignidad, porque
esta es diferente según la persona que la observe. La dignidad y la indignidad
la llevamos todos, está en todos, es el último resquicio del alma humana.
Cuando era pequeña solía jugar a imaginar de qué color eran las
palabras. Siempre he imaginado a la dignidad en tonos dorados. Es así como la
distingo hoy: firme y dorada.
Sentirnos indignos es algo que elegimos, dependiendo de la autoridad
que demos a quien ha herido nuestra alma y dependiendo de la profundidad de
dicha herida. Por ello, desde mi juicio es un valor que está en uno mismo, pues
mientras para mí el trato dado a una persona puede tratarse de indigno, tal vez
para otra no lo sea.
En algunos casos, puedes decidir regalar tu alma a alguien porque has
perdido tus valores, porque el dolor es tan insoportable que aunque no puedas
acabar con tu vida, porque no te atreves, prefieres regalar tu ser a otra persona
para que ella lo use, tal vez solo porque se tiene un porqué.
La integridad y la dignidad están unidas. Cuando hieres la integridad
de una persona estarás comprometiendo su dignidad. Pero cada persona y cada
cultura tiene su idea de integridad, sus propios valores, por eso la dignidad es
diferente para cada persona. Dependiendo de la cultura y sistema a la que esa
persona pertenezca, esos valores también serán diferentes.
La dignidad es el orgullo despojado de su juventud. Lo último que le
queda a un ser humano para seguir siendo humano.
3. La aceptación
Algunos ríos corren furiosos y otros en calma. A veces no pueden
superar un obstáculo y permanecen varados y tranquilos hasta que de alguna
forma continúan por su camino. Otros ríos tienen que superar enormes
obstáculos hasta que llegan a su destino, sea un lago, otro río o bien el mar. La
aceptación de uno mismo es la calma de ese mar, adonde el río ha llegado. La
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aceptación es un mar en calma.
Desde la aceptación uno se puede mover hacia todos lados; es el
centro, es la vuelta a casa, la vuelta a un hogar cálido, no importa si hace frío
afuera o si el sol achicharra; el refugio del hogar, su aroma y su luz me están
esperando.
La aceptación es mirar de frente sin intención, sin propósito, solo
mirar, tal vez solo ver, sin juicio. Es un mirar con libertad. La aceptación es
azul oscuro y huele a fruta madura, a miel. La valía y el reconocimiento le
acompañan. Su aroma me serena como el aroma lavanda o el olor de la
humedad cuando paseo a la orilla de la chopera una fría tarde de noviembre.
Es un estado de serenidad y equilibrio del alma. Reconocer la esencia de uno,
el valor de uno, de amor por uno, de entrega hacia uno, de entregar sin
propósito. Es la quietud donde duerme tu ser y el equilibrio de tu ser.
La aceptación es el homenaje a tus antepasados, es honrar a quien te
engendró, es reconocer lo que te dieron, es decir ¡Gracias!
Es rendirte ante la vida, es rendir y honrar a quien decidió darte tu
inteligencia, tus habilidades, tu cuerpo, tu sonrisa y sentir que hay algo más
grande que decide por ti; es adormecer tu orgullo, tu rabia y tu ira.
VII. Mis aprendizajes a través de esta investigación
Hoy en día Teresa es una mujer segura, que sabe lo que quiere, que
conoce sus limitaciones. Es quien todavía le cuesta reconocer algunas
emocones, pero que lo va haciendo desde la paz. Es quien le cuesta pedir para
ella y le cuesta pasar a la acción, porque la acción ha estado siempre
supeditada a la aprobación de sus padres.
Teresa sabe que es la mujer modelo que ellos querían, Teresa sabe que
ha conseguido incluso superar muchas de las cosas que ellos esperaban de ella.
Teresa sabe que es frágil y que es fuerte a la vez. Teresa se muestra dulce, pero
sabe enfrentarse a las situaciones complicadas de la vida, es una mujer de
carácter fuerte.
Teresa está aprendiendo a aceptarse. Teresa agradece a sus padres la
vida que ha tenido y el haber nacido de ellos porque son dos seres
maravillosos.
Teresa ahora no tiene miedo a la muerte, pues sabe que cuando esto
ocurra, un ángel maravilloso la estará esperando y le dirá todo lo que le quiere,
le dirá todo lo que de pequeña no le dijo. Será como empezar de nuevo en un
lugar donde el espacio y el tiempo son infinitos. Será el reencuentro de dos
almas que entre ellas no existirá subordinación.
He llegado a la conclusión de que la lucha interna que llevo dentro
aprendida desde hace años es la voz de Teresa niña, que incorpora voces y
patrones aprendidos contra la Teresa mujer que tiene que soltar esos patrones,
aceptarse y amarse.
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Hay varias hebras dentro de estas dos voces. Por un lado, reconocer y
aceptar que no me dieron el cariño y sustento necesario para crecer con
autoestima sólida, lo cual hace que piense que los demás no ven lo que valgo o
que les muestro cosas negativas mías para que luego no me juzguen mal, así se
llevan una grata sorpresa.
Por otro lado, está la mujer madura que se acepta y se ama, que se
sorprende de romper viejos patrones o conductas que otros esperan que haga.
Creo que mi lucha está en tratar de separar esas voces.
Ahora me siento una mujer adulta, tal vez no muy tradicional, con
ideas no comunes a los sistemas en los que vivo. Una mujer que va poco a
poco creando sus propios valores, sus propios principios, su propia coherencia
interna, su derecho a ser, a sentirse plena. Una mujer que busca legitimarse en
lo que hace y dice, y que decide qué cuenta y que no, qué relata y qué no.
Creo que estoy dando paso a una mujer adulta, madura, segura,
independiente, creativa, divertida, amorosa, no tradicional, rompedora de
moldes, fuerte, autónoma, libre; aunque a veces esta mujer se topa con la niña
que no tuvo lo que quiso en afectos, que fue expuesta y se revela contra todos
primero y luego contra ella misma. Una mujer que quiere acallar las voces de
esas personas que le dijeron cómo las cosas se tenían que hacer, qué se tenía
que decir. La mujer de hoy sabe cuándo utilizarlas y CUÁNDO NO, cuando
escuchar esas voces y darles cabida, cuándo y en qué momento dejar entrar a
esas voces y CUANDO NO.
Esta es mi lucha contra mí: yo contra mi vieja estructura, yo contra
unas voces que no me pertenecen, yo contra mi primer sistema..
Tal vez esto sea lo que me está pasando: estoy madurando y para ello
estoy llevando un equipaje nuevo conmigo, donde dejo cosas que ya no
necesito y compro cosas nuevas para mí. Al dejar las cosas viejas me invade a
veces la pena o el recuerdo asociado, y al comprar las nuevas me sorprendo
diciendo: ¡Caray, quién me iba a decir a mí! Pues yo me lo digo, yo me doy
permiso, YO.
Creo que mi trabajo de yo contra mí es un canto a mi dignidad, a mi
propio valor, a teresa, a una mujer que se da unos permisos que antes no le
daban. Una mujer que está empezando a aceptarse y a amarse.
Siento que mi madre, quien miraba mucho la opinión externa, me va a
ayudar en esto. Siento que en todo lo que me está pasando, ella está
involucrada como diciéndome: “Todo lo que te decía, no era así. Haz lo que
quieras,siéntete libre de hacerlo, sé feliz, no debes nada a nadie, solo a ti
misma”.
Este fue el camino que recorrí sola, guiada de la mano de mi coach
Irma. A partir de aquí inicié algunas conversaciones con compañeros que
identificaba que estaban en mí mismo laberinto.
VIII. Conversaciones en el laberinto
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He comentado con dos personas sobre sus experiencias en el laberinto.
He aquí el patrón de conducta que aparece. Todo comienza con una falta de
reconocimiento, ya sea paterno o materno. Me animaría a decir, con una falta
de afecto incondicional. Las personas a quienes he entrevistado confiesan
tener que mostrarse “como los buenos” de la familia para no fallar a las
expectativas del padre o madre.
Sin embargo a medida que nos mostramos como los niños buenos que
debemos ser y algo sigue faltando, observo dos conductas diferenciadas, o
bien damos paso a la rebeldía, o bien seguimos cargándonos con más debes o
mostrándonos en más dominios, para que al final, eso que falta, aparezca.
La rebeldía, en algunos casos, es latente y se suele abandonar el hogar;
en otros solo es temporal, aunque el propósito es el mismo: que nos hagan
caso, que nos den afecto, que nos quieran.
Quienes hemos estado en el mismo laberinto, sabemos lo que es sentir
que algo falta, sentir que nuestra intimidad es cuestionada, que no se nos
trataba de forma justa, que se nos exigía más, que daba igual si les hacíamos
caso y nos portábamos bien, pues en ese caso seguían exigiendo, ¿qué faltaba?
Pero tras varias conversaciones el “¿qué falta?” es una pregunta que tiene una
doble dirección y que me lleva a esta otra pregunta: ¿A quién le faltaba?
Coincide con una falta de sustento emocional, con una carencia de
afectos primarios, tal vez porque los padres no quisieron dar esos afectos, o no
los supieron dar y los desviaron hacia otros hermanos o los confundieron con
exigencia y con educarnos para ser los mejores. No se nos enseña a ser padres.
El valor de uno mismo es casi inexistente, y se busca constantemente
fuera, en el trabajo, en los amigos, Se valora en cuántas más pruebas me
presento o mientras más difícil lo tengo mejor me siento. La dignidad, tal vez
lo que faltaba, se pone en entredicho. Muchas veces, la autoconfianza y la
autoestima se cuestionan. Lo de otros no, pero lo mío puede esperar.
La emoción que se vive es la del orgullo, la rabia, en algunos
momentos depresión e incluso la indigencia.
El cable a tierra, la conexión con la no locura o con el no suicidio viene
con los estados de off. En esos momentos no puedo pensar, siento tristeza, no
puedo con lo más simple, no puedo con nada. Necesito estar sola.
En el momento de la desconexión, la carga o la lucha que se lleva es
tan grande que se necesitan ingentes y urgentes momentos de soledad para
bajar las voces que no son nuestras, para reconciliarnos con nuestro equilibrio,
para darnos una tregua en mitad de la tormenta, ¿tal vez sea ese el rayo de
Heráclito?
Solo la tristeza y el acercarse al vacío, un vació que no asusta, un vacío
muy familiar, que en ese momento es como un sostén, en el que nada tiene
sentido, pero que te conecta con tu ser, con tu propia voz, con acallar lo de
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afuera. Y surge una vieja pregunta: ¿qué falta?, ¿a quién le falta?
Llegada la mediana edad, el guerrero que llevamos dentro dice que no
quiere seguir en la lucha, y nace una necesidad de convertirse en Buda. Se me
viene a la mente una película de Troya donde Aquiles, un guerrero
atormentado por las batallas y cansado de vivir siempre acechando a su
muerte, conoce a Briseida, sacerdotisa del templo de Apolo, enemiga en la
batalla que Aquiles enfrenta con Troya, pero se enamora de ella. Sucede que
cuando Troya desaparecía entre llamas, lejos de luchar contra el enemigo,
Aquiles corre en su busca; y cuando ella le pregunta: “¿Por qué si eres mi
enemigo has venido a por mí?”, él le contesta: “Porque contigo he conocido la
paz”.
Es en esa paz donde intento escuchar voces que hasta ahora no sentía
que debía escuchar, o es en esa escucha donde reconozco mi propio valor, mi
propia voz, mi propia dignidad, mis propios principios, mi propia fidelidad.
Hasta ahora no he sido fiel a mi voz, a mi esencia, no me he dado
tregua. Las voces de otros estaban tan metidas en mi interior, que me cuesta
mucho olvidarme de ellas. Lo que he conseguido en la vida no es tal vez
aquello que yo deseaba, es el éxito que otros me dijeron que era el mejor para
mí; ahora mi alma necesita otras cosas.
Y mi alma reconoce y pronuncia por primera vez con voz fuerte la
palabra dignidad –algo que me faltaba, y por primera vez la voz de mi
dignidad tiene cabida en mí. La dignidad es un despertar en la vida, es llegar al
último escalón de indagación y al primero en la escala de necesidades de la
persona. Para mí la dignidad es elevar a un estado de conciencia tu propia
persona. Es ponerte frente a ti, es decirte qué es lo que te mereces. La dignidad
tiene que ver con el merecimiento.
Cuando se indaga en la dignidad es porque hay un despertar del alma,
hay una necesidad de aceptación y de quererse. Es el latido del alma humana.
Cuando escucho ese latido la vida es más amable, se vive en equilibrio
emocional, se vive con más respeto, con más amor, amor hacia uno mismo.
Los que somos capaces de escuchar ese latido de dignidad y seguir sus
dictados podemos considerarnos afortunados. Agradezco a este programa el
haberme hecho pensar en esta hermosa palabra: Dignidad.
Algo más faltó, pero en nuestra mano está el aceptar lo que faltó. El ser
protagonistas de redescribir nuestra propia historia. El ser los responsables de
hacer atesorar nuestra dignidad.
A Aquiles el oráculo le dijo que moriría en la batalla, pero él estuvo a
punto de cambiar el rumbo de su vida y apostar por el Buda que había en él.
Yo no le he preguntado a ningún oráculo, aunque en este caso escucho
una voz, que despierta en mí y que tiene mucha fuerza y que con mucha paz,
fuerza y consistencia me susurra: “Ha llegado el momento de librar tu propia
batalla, ha llegado el momento de salir y respirar la luz de la paz”.
Doy la gracias a mis compañeros de tinieblas que me mostraron su
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propio laberinto.
IX. Incorporando otras voces a mi investigación a la salida de mi
laberinto
Como dice Bernabé Tierno: “es en el propio hogar donde se inicia la
aceptación de uno mismo y son los padres quienes deben estar atentos”. Los
padres, profesores, educadores y monitores que tienen a su cargo niños no
deben escatimar los refuerzos positivos tras cada esfuerzo para sentar las bases
de la confianza en esos niños. A su vez, respecto de la autoaceptación madura
del adulto, las personas que recibieron de sus padres y educadores dosis
suficientes de confianza y seguridad en sus propios valores y aptitudes,
acceden pronto a la madurez psíquica y a la autoaceptación, lo que les permite
considerar irrelevantes la aprobación o desaprobación de los demás. Están mas
aptos para conocer su propia realidad, sus capacidades y sus limitaciones, y lo
que verdaderamente les preocupa es el juicio que se merecen de manera
interna, con ellos mismos, la aceptación de la propia realidad.
Solo el niño que ha sido aceptado incondicionalmente por sus padres
será capaz de aceptarse tal como es.
Alguien ha dicho que la aceptación incondicional de sí mismo es la
primera ley de crecimiento personal, es inútil querer realizarnos sin querer
reconocer lo que de verdad somos.
“Aceptar nuestra verdad interior es aceptarnos sin deformar lo que
realmente somos, significa aceptar ese fondo de inautenticidad que todos
llevamos dentro.” Inautenticidad aparente diría yo, pues al final llevamos a la
parte que conforma nuestra sombra esos comportamientos que sabemos que
nuestros padres no toleran y nos convertimos en las personas que ellos quieren
que seamos, olvidando lo más auténtico nuestro, nuestra sombra, aquello con
lo que nos definimos seres humanos.
Según Connie Zweig y Steve Wolf, para que el niño sobreviva a este
entorno hostil de no aceptación debe establecer un pacto fáustico que le
permita ocultar en la sombra las facetas inadmisibles para el mundo y mostrar
solo aquellas otras que resulten aceptables. Es así como el feedback de
nuestros padres, maestros, amigos, va modelando la forma en que nos
presentamos ante el mundo, en un desesperado intento de sentirnos seguros,
aceptados y queridos. Es así como la persona y la sombra van creándose
simultáneamente dentro de nosotros
Al desterrar de la lóbrega caverna del inconsciente los sentimientos
que nos incomodan y las conductas desdeñadas por nuestra sociedad, vamos
generando lo que podríamos denominar el contenido de la sombra. Su
emergencia siempre va acompañada de dolor y sufrimiento, y nos pone en
manos del otro, de aquel que habita dentro de nosotros y al que nunca
podremos controlar, aquel que pone en cuestión nuestra autocomplacencia y
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nos hace sentir inaceptables, ansiosos, irritables, disgustados y enfadados con
nosotros mismos.
El encuentro con nuestra sombra resulta inquietante porque resquebraja
nuestra máscara, nos obliga a actuar irracionalmente y nos hace sentir
avergonzados, incómodos, indignos o presas del remordimiento, al tiempo que
nos lleva a negar la responsabilidad de nuestras palabras y de nuestras
acciones. La satisfacción que proporciona el trabajo con la sombra es muy
grande, porque nos enseña a cambiar aquellas conductas que nos sabotean a
nosotros mismos. Aquí entendí que quien me saboteaba era mi propia sombra
y el porqué.
El trabajo con la sombra amplía nuestra conciencia y permite aumentar
el rango de lo que creemos ser, proporcionándonos un mayor
autoconocimiento y tornándonos más sinceros con nosotros mismos. Nos
permite contener las emociones que juzgamos negativas, nos permite contactar
con los talentos habitualmente ocultos, en definitiva, nos permite descubrir el
tesoro que se oculta en nuestras facetas más oscuras. Trabajar con la sombra es
trabajar con el alma.
Hay muchos aspectos del alma que resultan inaceptables para el ego: la
máscara, la imagen que quiero dar, las que se acaban desterrando al fondo de
un baúl del desván. Ese baúl es nuestra sombra personal, el fragmento del
inconsciente que se halla más próximo a nuestra conciencia y que está
configurado por la confluencia de fuerzas tan distintas como la sombra
cultural, formada por el conjunto de valores morales y sociales, la sombra
familiar y la sombra de nuestros padres.
Tras haber caminado por los laberintos de la soledad, acompañada por
el filo hilo de Ariadna, tras haber encontrado a y conversado con varios
amigos, arrojados a las garras del Minotauro, y tras haber leído a Bernabé
Tierno, Nietzsche, Connie Zweig y Steve Wolf, estas son las conclusiones que
extraigo.
X. El reencuentro con mi propia voz
Me siento como en el reencuentro con un hijo mío que abandoné de
forma despiadada una fría noche, y que tras haber educado distinguidamente a
otro hijo, hoy envuelta en la bruma de la primavera, vuelvo en busca de aquel
a quien rechacé.
Tal vez Teresa tuvo que hacer que Teresa sobreviviera a ella misma.
De niña me recuerdo frágil, triste, poco comunicativa, dependiente, es un
recuerdo de mí misma que casi siempre he querido borrar, porque hasta hace
poco pensaba que era la imagen que mis padres querían dar de mí, cuando en
realidad esa era la imagen más mía.
Necesitaba constantemente complacer a mis padres, sobre todo a mi
padre. Parecía que nada bastaba para demostrar a mi padre que era yo mejor
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que mi madre, y para que me quisiera siempre (me pregunto cuánto de esto he
reproducido en mi relación con los hombres), o para demostrar a ambos que
no les necesitaba porque yo no iba a ser la niña frágil que tantos problemas les
estaba dando, visitando a médicos una y otr