Subido por Nicolás Cymessernic

STEINER Lenguas de Eros

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Confabulario – suplemento cultural de El Universal (México)
05 de Abril de 2008
En el mundo moderno, las relaciones sexuales se programan a partir
de las pautas y clichés de la cultura de masas. Aun así, cada lengua,
cada pareja o individuo, urde dialectos particulares de deseo y placer,
cuya gramática, prácticamente inexplorada, revelaría parcelas ocultas
del comportamiento humano. George Steiner rastrea, en el siguiente
ensayo, las “partes privadas” del habla.
Las lenguas de Eros
Por George Steiner
¿Cómo es la vida sexual de un sordomudo? ¿Bajo qué estímulos y con
qué ritmo él o ella se masturban? ¿Cómo siente el sordomudo la
libido y el orgasmo? Sería extremadamente arduo obtener evidencia
confiable. No conozco ninguna investigación sistemática al respecto.
No obstante, el asunto es de primordial importancia. Se relaciona con
los centros nerviosos de las interrelaciones entre Eros y lenguaje.
Lleva a un primer plano desconcertante el tema decisivo de la
estructura semántica de la sexualidad, de sus dinámicas lingüísticas.
El sexo es hablado y oído, en voz alta o en silencio, externa o
internamente, antes, durante y después de la relación sexual. Estas
dos corrientes comunicativas, estas dos realizaciones son
indisolubles. La eyaculación forma parte de ambas. La retórica del
deseo es una categoría del discurso en la cual la generación
neurofisiológica del habla y del acto sexual se comprometen entre sí.
La puntuación es análoga: el orgasmo masculino es un signo de
admiración. Lo que se conoce de la sexualidad de los ciegos
demuestra las funciones cardinales de la representación internalizada,
de la imaginería verbalizada, en la cual valores lingüísticos y táctiles
informan y se refuerzan entre sí. En ninguna otra interfase del tejido
humano los componentes neuroquímicos y lo que asumimos como los
circuitos de la conciencia y la subconciencia están tan íntimamente
fundidos. Aquí la mentalidad y lo orgánico componen una sinapsis
unificada. La neurología adscribe los reflejos sexuales al sistema
nervioso parasimpático. La psicología aduce impulsos y respuestas
voluntarios cuando analiza conductas sexuales humanas. El propio
concepto de “instinto”, apenas comprendido, distingue la zona de
interacción crucial entre lo carnal y lo cerebral, entre los genitales y
el espíritu. Zona que está saturada de lenguaje. Los elementos de
esta inmersión lingüística —nos movemos dentro y fuera del habla
cuando preparamos, sostenemos y recordamos las relaciones
sexuales— son tan numerosos e intrincados, la narrativa se
encuentra bajo tales presiones emocionales, que hace imposible
cualquier índice comprehensivo o clasificación aceptada. Se supone
que el habla es a un tiempo universal y privada, colectiva e
individual. Toda mujer u hombre sin defectos echa mano en forma
automática del almacén preexistente y disponible de palabras y
estructuras gramaticales. Nos movemos dentro del diccionario y la
gramática de lo posible. Elaboramos nuestro idioma en relación
proporcional con nuestras capacidades mentales, medio social,
escolaridad, situación geográfica y herencia histórica. Pero aun
cuando se encuentre en el mismo medio étnico, económico y social, y
en el mismo ethos colectivo, todos y cada uno de los seres humanos,
desde el estúpido y apenas articulado hasta el rico en palabras,
desarrolla un “idiolecto” más o menos eficiente, es decir, un código
de medios sintácticos y léxicos particulares de cada uno. Apodos,
asociaciones fonéticas, referencias encubiertas subrayan tales
singularidades. Cuando no se trata de una tautología propositiva,
como en la lógica formal y simbólica, el lenguaje, incluso el
rudimentario, es polisémico, posee varios niveles y expresa
intencionalidades sólo imperfectamente reveladas o articuladas.
Encripta. Esta encriptación puede muy bien ser perceptible, partir de
recuerdos compartidos, aspiraciones históricas, contextos políticos y
sociales. Pero asimismo puede encerrar necesidades y significados
esenciales, individuales, intensamente privados. El lenguaje es por sí
y para sí políglota. Contiene mundos. Piénsese tan sólo en el lenguaje
de los niños. Con mucha frecuencia, la enunciación articulada es la
punta del iceberg de significados sumergidos, implícitos. Cuando
hablamos, oímos “entre líneas”. Comprender, entender, son actos de
desciframiento intencional, de decodificación.
En ningún otro lado esta “interlinearidad” es más predominante, más
formativa que en las cámaras de eco de lo erótico. Es un lugar común
que la retórica y la administración verbal de la seducción están
repletas de medias verdades, de clichés contrabandeados y de
falsedades rotundas que a su vez deben ser glosados por el objeto
del deseo. Los sonidos que acompañan al orgasmo, situados con
frecuencia en el umbral de la verbalización, en ocasiones como si
hicieran reverberar la prehistoria del lenguaje, pueden ser mendaces
a voluntad. Poseen brutales poéticas de la hipocresía tal y como
sucede con las sinceridades floridas y dramáticas de la elocuencia
erótica. Monólogo y diálogo, o con mayor precisión: monólogo en
tándem, pueden alternar, pueden combinarse en una miríada de
cadencias y matices virtualmente imposibles de analizar de modo
sistemático. Uno intuye que durante la masturbación, palabra e
imagen están más vinculadas, más “dialécticamente” potenciadas que
en ningún otro proceso comunicativo humano. Las cartas de Joyce a
Nora aportan un testigo tumescente a esta interacción. Aun por sí
sola una palabra, un conjunto de sonidos pueden detonar una
excitación intensa (la celebrada faire catleya de Proust). La imagen se
despliega por sí sola dentro del sonido. En consecuencia, la
masturbación tiene su gramática muda. No obstante, dentro de sus
secretos, en las profundidades de lo íntimo, agentes públicos se
ponen a trabajar. La fraseología erótica y sexual de los medios, la
jerga amorosa del cine y la televisión, la declamación torrencial de la
publicidad y el mercado de masas, estilizan, convencionalizan el
ritmo, la velocidad, los componentes discursivos de millones de
parejas. En el mundo desarrollado, con su pornografía corrosiva,
innumerables amantes, sobre todo jóvenes, “programan” sus
relaciones sexuales, consciente o inconscientemente, conforme a
líneas semióticas prefabricadas. Lo que debería ser el encuentro
humano más espontáneo y anárquico, más individualmente
exploratorio e inventivo, sigue un guión en una proporción mucho
más amplia de lo que se piensa. La última libertad, la autenticidad
final puede muy bien ser la del sordomudo. No lo sabemos.
En Después de Babel (1975) he planteado que las miles de lenguas
incomprensibles entre sí que alguna vez se hablaron en esta tierra —
muchas de ellas ahora extinguidas o en peligro de desaparecer— no
son, tal y como las mitologías y alegorías del desastre quisieran, una
maldición. Por el contrario, son una bendición y una alegría. Todas y
cada una de las lenguas humanas son una ventana al ser, una
ventana a la creación. Una ventana única. No existen lenguajes
“pequeños”, por reducidas que sean sus áreas demográficas o
ambientales. Ciertas lenguas habladas en el desierto de Kalahari
poseen más ramificaciones del subjuntivo, y más sutiles, de las que
tuvo a la mano Aristóteles. Las gramáticas hopi tienen matices de
temporalidad y movimiento más conformes con la física de la
relatividad y de la incertidumbre que nuestros propios recursos
indoeuropeos y anglosajones. En virtud de las raíces psicoculturales y
del desarrollo que las acompaña, raíces que en el sentido etimológico
también se hunden en el subconsciente, cada lengua le da voz a la
identidad y la experiencia en su propio modo irreductiblemente
particular. Divide el tiempo en múltiples unidades distintas. Muchas
gramáticas no dividen de manera formal los tiempos en presente,
pasado y futuro. La “stasis” de las formas verbales hebraicas trae
consigo un modelo de historia metafísico y sin duda teológico. Hay
lenguajes de los Andes, por ejemplo, en los que, de la manera más
razonable, el futuro permanece detrás del hablante, invisible, en
tanto los horizontes del pasado se extienden ante su mirada (aquí
hay analogías intrigantes con la ontología de Heidegger). El espacio,
que es una estructura social no menos que neurofisiológica, está
lingüísticamente cartografiado y declinado. Los lenguajes lo habitan
de formas diferentes. A través de su “cartografía” y nominaciones, las
comunidades lingüísticas importantes subrayan o borran contornos y
funciones variables. El espectro de las diferencias precisas entre
varios tonos y texturas de la nieve en los lenguajes esquimales, las
tablas de colores que diferencian las pelambres de los caballos en la
lengua de los gauchos argentinos son ejemplos aceptados. Los ejes
del cuerpo humano por los cuales nos orientamos en nuestros
espacios locales están etiquetados lingüísticamente y cumplidos. Los
dialectos británicos tienen más de cien palabras y frases para
referirse a los zurdos. La ecuación entre el hecho de ser zurdo y el
mal (sinistra) está encerrada en las culturas mediterráneas. La
antropología estructural nos ha enseñado que los conceptos e
identificaciones de parentesco son lingüísticos. Incluso nociones
básicas como la paternidad o el incesto dependen de taxonomías, de
codificaciones léxicas y gramaticales inseparables de las opciones —
colectivas, económicas, históricas, rituales— expuestas en el habla.
Nosotros verbalizamos, “fraseamos” tal y como lo hace la música,
nuestras relaciones con nosotros mismos y con los demás. “Yo” y “tú”
son hechos sintácticos. Hay vestigios lingüísticos en los cuales esta
distinción es borrosa, por ejemplo en el número dual del griego
arcaico. Aunque puede ser abordada en formas “surrealistas”, la
gramatología de nuestros sueños está organizada y diversificada
lingüísticamente mucho más allá de las provincias histórica y
socialmente circunscritas de lo psicoanalítico. Cuán enriquecedor
podría ser tener pesadillas o sueños húmedos en albanés, por
ejemplo.
La consecuencia es una riqueza de posibilidades ilimitada. Cada
lengua humana desafía a la realidad en su propia manera única. Hay
tantas constelaciones de porvenir, de esperanza, de proyección
religiosa, metafísica, política, “sueños hacia delante”, como hay
formas verbales optativas y contrafactuales. La esperanza es
fortalecida por la sintaxis. He conjeturado, sin ser capaz de ofrecer
una prueba, que la justificación generativa de la cantidad
“enloquecida” y fragmentaria de las lenguas —más de cuatrocientas
tan sólo en la India—, es análoga al modelo darwiniano de los nichos
adaptativos. Cada lenguaje explota y transmite distintos aspectos,
diferentes potencialidades de la circunstancia humana. Cada lenguaje
posee sus propias estrategias de negación e imaginación. Esto le hace
posible decir “No” a las obligaciones físicas y materiales de nuestra
existencia. A causa del lenguaje, a causa de los lenguajes, podemos
desafiar o atenuar la monocromía de la mortalidad predestinada.
Cada negación posee su propia trascendencia inflexible. Es la
escandalosamente indestructible “esperanza contra la esperanza” la
que nos hace capaces de resistir, de recobrarnos del perenne y
sanguinario absurdo de nuestra condición histórica y material. Esta
abundancia de lenguajes, sólo en apariencia dilapidadora, es la que
nos permite articular alternativas a la realidad, darle voz a la libertad
dentro de la servidumbre, plantearnos la plenitud dentro del
desamparo. Sin la gran octava de las gramáticas posibles, tal
negación, tal “alteridad”, esta apuesta por el mañana serían
inasequibles.
De ello se sigue la inconmensurable pérdida, la disminución en las
oportunidades del hombre que trae consigo la muerte de un lenguaje.
Con una desaparición de este tipo, no sólo se pierde una línea vital
del recuerdo —tiempos pasados o su equivalente—, un horizonte
realista o mítico, un calendario, sino las mismísimas configuraciones
de un futuro concebible. Una ventana se cierra en cero. La extinción
de los lenguajes que atestiguamos en la actualidad —docenas pasan
año tras año a un silencio irreparable—, es paralela a la devastación
de la fauna y la flora, pero de consecuencias mucho más graves. Los
árboles pueden volverse a plantar, el DNA de las especies animales
puede, al menos en parte, conservarse y tal vez reactivarse. Un
lenguaje muerto permanece muerto o sobrevive como una reliquia
pedagógica en el zoológico académico. La consecuencia es un
empobrecimiento drástico en la ecología de la psique humana. La
verdadera catástrofe de Babel no es la fragmentación de las lenguas,
sino la reducción del habla humana a un puñado de lenguas
planetarias, “multinacionales”. En la actualidad, esta reducción,
impulsada por el mercado global y la tecnología de la información,
está redibujando el globo. La megalomanía militar-tecnocrática, los
imperativos de la codicia comercial, hacen de las gramáticas y los
vocabularios angloamericanos estandarizados un esperanto. A causa
de su dificultad inherente, el chino no puede usurpar esta triste
hegemonía. Cuando la India lo intente, su lenguaje será una variante
del angloamericano. De este modo, existe un nauseabundo pero
inocultable simulacro del misterio de Babel en el colapso de las torres
gemelas del World Trade Center el 11 de septiembre.
La bendición de la variedad creativa se obtiene no sólo entre
lenguajes diferentes, es decir “interlingüísticamente”. Resulta mucho
más operativa dentro de cualquier lengua, “intralingüísticamente”. El
diccionario más compendioso no es más que una taquigrafía
abreviada, obsoleto desde el mismo instante de su publicación. El uso
léxico y gramatical dentro de cualquier lengua hablada o escrita se
encuentra en perpetuo movimiento y fisión. Convive con dialectos
locales y regionales. Las acciones de diferenciación actúan lo mismo
entre las clases sociales que entre las ideologías explícitas o
subterráneas, las fes y las profesiones. La forma de hablar puede
variar de uno a otro distrito urbano, de un pueblo a otro. De maneras
dilucidadas sólo en parte, el habla es moldeada por el género. Con
frecuencia, las mujeres y los hombres no plantean ni quieren decir la
misma cosa cuando pronuncian o escriben la misma palabra. No
tomar un “No” por respuesta es un indicador simbólico. Giros tanto
en el sentido como en la intención, dentro y a través de las
generaciones, son constantes. En ciertos momentos de la historia
social, de la conciencia familiar, de los reflejos del reconocimiento
mutuo, estos giros pueden volverse dramáticos. Esto parece ser así
en nuestro presente acelerado entre grupos de generaciones distintas
separados por las propias mecánicas de la información. De esta
forma, diferentes niveles sociales, diferentes localidades, géneros,
generaciones pueden alcanzar una incomprensión mutua. La pluma
fuente no le habla al iPod.
La fragmentación lingüística sirve tanto a necesidades agresivas como
defensivas. Hablamos “por” nosotros mismos, y en atención,
subversión o desafío de los otros. Aun la más urbana,
gramaticalmente educada de las formas de hablar, contendrá
partículas de caló calculadas para subrayar la intimidad o la
exclusión. El niño de la escuela elitista, el estudiante de primer año,
el cadete de nuevo ingreso están destinados a memorizar estos
matices cuando se reúnen con sus pares. El caló de la pandilla
callejera, del hooligan, no es menos presuntuoso ni menos
ritualístico. Y en consecuencia, todos y cada uno de los intercambios
semánticos, ya sea en el mismo lenguaje e incluso entre íntimos —tal
vez con más claridad en este último caso—, conlleva un más o menos
consciente, un más o menos elaborado proceso de traducción. No hay
mensaje ni arco de comunicación entre la fuente y la recepción que
no tenga que ser decodificado. La inmediatez de la comprensión es
una idealización del silencio. Por lo general, dicha decodificación es
instantánea y pasa desapercibida. Pero cuando surgen las tensiones,
privadas o públicas, cuando la desconfianza, la ironía o algún
elemento de falsedad hacen sonar su ruido de fondo, la interpretación
recíproca, el acto hermenéutico, puede volverse arduo e incierto.
Signos auxiliares se ponen en juego. El volumen, la inflexión, la
entonación, el lenguaje corporal pueden aclarar lo mismo que
obscurecer. Lo que no se dice es lo más ruidoso.
En los lenguajes de Eros y del sexo estos atributos y opacidades
alcanzan su más alto grado de intrincada intensidad. Como lo he
sugerido, no hay otra área de la conducta humana en la que la
fisiología urja con tal fuerza a la mentalidad (demarcación
problemática en sí misma, debatida). Durante el acto sexual, el
subconsciente se abre paso, insistente, por el interior de cada fibra
del impulso nervioso y la sensibilidad. La imaginación se hace carne,
“bodies forth”, en el fraseo consumado de Shakespeare. Por su parte,
la carne imagina y exclama. Aquí tiene lugar la encarnación, si alguna
vez la hubo. La concordancia etimológica es artificial, pero “semen” y
“semántico” se aparean en eyaculaciones corpóreas y lingüísticas. He
aludido a las “partes privadas” del habla. Éstas activan tanto el
monólogo como el diálogo. El lenguaje corriente en el onanismo lo
mismo que en la cópula compartida, ella misma un término de la
comunicación, alterna entre contrarios diacrónicos y sociales por un
lado, y referencias personales, encubiertas, singulares, por el otro.
Aquí es donde los “lenguajes privados” florecen. El giro más gastado,
más gris y coloquial, puede adquirir una riqueza de provocación
secreta, de incitación hermética. La masturbación actúa las paradojas
del soliloquio. Sorda o a tambor batiente, la corriente verbal hace
implosionar voces, sonidos, metáforas, recuerdos y anticipaciones.
Nos oímos sin que nosotros mismos nos demos cuenta en un
complicado proceso de voyeurismo auditivo. En el caso de los
analfabetos funcionales, este paquete se encuentra con mayor
posibilidad algo gastado y es repetitivo. Mientras más generoso sea
nuestro inventario de palabras y gramatical, más inventiva será
nuestra orquestación íntima. Vuelvo a llamar la atención sobre el
virtuosismo deslumbrante del erotismo autodirigido en las cartas y el
Ulises de Joyce; pero John Cowper Powys, “un masturbador de
inspiración desatada”, no está menos dotado. Cuando dos o más
partes están en juego —la masturbación compartida es un tema
perenne del erotismo y la pornografía—, las variantes son tan
numerosas y tienen tantos matices que no se les puede enlistar
(aunque Sade intenta precisamente realizar este índice exhaustivo en
una parodia obsesiva de las enciclopedias de la Ilustración). Las
parejas urden sus dialectos particulares del deseo y el placer. El
idioma de su recámara se deriva la mayor parte de las veces de
fuentes públicas, de los medios gráficos e impresos. Pero dados los
recursos imaginativos, puede asumir modos esotéricos, neológicos,
por completo privados. Las novelas de Updike tienen un oído atento
para estos secretos e invenciones compulsivos del intercambio
sexual. Los amantes se entregan uno al otro regalos de significados
ocultos. Le dan nombre a los objetos, a las circunstancias que
amueblan sus espacios eróticos en un impulso adánico de recreación.
Bautizan al pie de la letra partes de sus cuerpos, posiciones sexuales,
las intimidades que preceden la desnudez. Nabokov celebra estas
entregas palpitantes, sobre todo entre compañeros cuyas lenguas
maternas son distintas. El amante le pedirá a la amada que diga
estas palabras para alimentar la excitación. Hay una narración
embriagadora de este ritual en un texto de ficción de Edna O'Brien.
Cuando el congreso sexual, designación antigua pero significativa, se
convierte en lo que los físicos llaman el irresuelto “problema de los
tres cuerpos”, la confluencia del discurso privado y público, del lugar
común y la novedad, puede crecer casi hasta lo indescifrable. En el
vocabulario y la sintaxis entretejidos y polisémicos de los sonetos de
Shakespeare hay niveles donde una tercera voz parece irrumpir,
enriqueciendo pero también deconstruyendo la voz de la pareja. Este
juego se hace aún más polifónico por el notable enmascaramiento o
ambigüedades del género. Vemos ante nuestros ojos el pas de deux y
de trois de palabras clave tales como spend, expend y expense, a lo
largo del tejido del verso.
En consecuencia, cada lenguaje y subgrupo dentro de ese lenguaje
potencia, narra, recuerda el sexo en su propia clave específica. Este
proceso está en movimiento perpetuo, cambia sin cesar. Hay incluso
distintas numerologías de Eros. Considérese el significado de “69” en
su moderna alusión occidental. Estas variables informan cada
elemento del acto y la verbalización sexual, sea privado o público,
solitario o combinatorio. La seducción, los preliminares, el coito, el
epílogo después del orgasmo, la narrativa subsecuente, internalizada
o articulada, difieren tanto entre sí como los propios vocabularios y
gramáticas. Cada lengua y estrato dentro de esa lengua trazará sus
propios límites entre las expresiones propias y prohibidas, entre las
palabras nocturnas y su empleo lícito. De maneras sutiles pero no
menos imperativas segmentan, ritman y acompasan el acto sexual, el
cronómetro de la excitación y la liberación masturbatorias o en
conjunto. Distintos lenguajes y lenguajes dentro de lenguajes
delinean, simbolizan, evalúan eróticamente diferentes partes y
funciones del cuerpo desde su propia perspectiva. Nombran o
disfrazan de conformidad con esto. La poesía renacentista detalla la
constitución sexual humana; piensa, escribe, habla de les blasons du
corps. Lo que en un sistema de actos de habla es una designación y
una desnudez permitidas, está oculto y aun es sacramental en otros.
En el centro incandescente de este laberinto se encuentran las
asociaciones representativas entre la oralidad semántica y las
abigarradas prácticas del sexo oral. Las “lenguas” están en la esencia
de ambos repertorios, el discursivo y el fisiológico. Los labios son
instrumentales para los dos. Los epigramas de Marcial son una guía
para este meollo híbrido. Apenas veladas, referencias cruzadas entre
la elocuencia y la felación o el cunnilingus brillan en las sensaciones
subterráneas de la poesía barroca y libertina.
Existe un generoso número de monografías sobre los términos
sexuales, las palabras de lo erótico, los glosarios de la pornografía.
Por lo general aparecen de modo inopinado bajo el rubro de
curiosidades etnográficas. La obscenidad de escritores como
Shakespeare o Rabelais ha sido analizada. Existen estudios sobre las
insinuaciones sexuales y el doble sentido en la comedia de la
Restauración y la ficción semiclandestina de la Ilustración (en
Rochester, por ejemplo, pero también en Crébillon y Diderot). Desde
la antigüedad clásica hasta la época edwardiana, las diferentes
jergas, el caló de la prostitución, han sido catalogados. Lo mismo que
varios registros de la dicción sexual entre distintos grupos étnicos y
los bajos fondos. Hay guías de orientación para las ricas
connotaciones sexuales de las letras del jazz afroamericano (por sí
misma una palabra sexual), el hip-hop y el heavy metal. Sin lugar a
dudas, en algún lugar alguien investiga las cargas eróticas tácitas en
Jane Austen. La teoría legal y la práctica judicial han luchado, las más
de las veces en vano, con el dilema de la obscenidad verbal y
pictórica. El problema es inabordable porque las demarcaciones
importantes son siempre móviles y las clasificaciones, impulsadas
ideológicamente. Los puntos de vista judiciales acerca de la
pornografía y sus medios de expresión constituyen un género en sí
mismo, género más que incierto. (¿Qué se aproxima más a la
obscenidad que ciertos pasajes de Cimbelino?) El tsunami de lo
pornográfico en nuestros medios de comunicación, la función siempre
cambiante del habla sexual entre los jóvenes y los libertinos se ha
vuelto objeto de una atención nerviosa y con frecuencia morbosa. Tal
vez la permisividad sea el único sentido común.
Lo que falta es una fenomenología metódica, histórica y
psicológicamente responsable del juego entre la sexualidad y las
palabras, entre la libido y la enunciación, lo mismo internalizada que
vocal. No tenemos una retórica o poética sistemática de Eros, de
cómo hacer el amor es un quehacer de palabras y sintaxis. Ningún
Aristóteles ni Saussure han asumido este reto fundamental. Más
específicamente carecemos, hasta donde sé, de un estudio, incluso
elemental, de cómo se vive el sexo, de cómo se hace el amor en
diferentes lenguajes y diferentes subgrupos de lenguajes (étnico,
económico, social, local). Por sí misma, la condición políglota en
varios niveles de proximidad y efectividad no resulta tan singular. Se
encuentra en varias comunidades, tales como Suecia, Suiza, Malasia.
Una multitud de hombres y mujeres disponen de más de una lengua
“materna” desde su más temprana edad. Y no obstante carecemos de
una relación válida, de un registro introspectivo o socializado de lo
que deben ser sus metamórficas vidas eróticas, de la manera en que
hacer el amor en vasco o ruso se distingue de la forma en que se
hace en flamenco o coreano. ¿Qué inhibiciones o privilegios asoman
entre amantes con lenguas maternas distintas? ¿El coito es también,
y tal vez de modo fundamental, traducción? Por lo que sé, ningún
hombre o mujer políglota ha dejado un informe de su sexualidad
dentro y entre sus lenguajes. A pesar de que en teoría resulta
posible, el amor pocas veces se hace en silencio o en esperanto.
Steiner. Entre sus libros destacan: Lecciones de los maestros, La idea
de Europa y La muerte de la tragedia, entre otros.
Traducción: Alberto Román
Este ensayo pertenece al libro My Unwritten Books (New Directions,
2008), de próxima aparición en español.
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