Subido por Alejandro Peralta

El arrepentimiento efectivo

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El arrepentimiento efectivo
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Publicado en 3 de Ene, 2019 por Ben Light Tiempo estimado de lectura: 11 minutos
He llegado a la conclusión que, si quieres saber exactamente lo que Dios piensa de
nosotros como sus hijos, debes tener los tuyos.
Cuando mis hijos eran menores de edad, recuerdo varias ocasiones cuando cometieron
errores y se vieron envueltos en problemas. Los sentábamos a nuestro lado y les
explicábamos por qué se habían equivocado, o por qué corrían peligro. Les mostrábamos
el camino correcto, y entonces, con vocecitas tiernas murmuraban: “lo siento papi, lo siento
mami”. No podía dejar de sentir ternura.
Dios nos promete que nunca nos abandonará ni desamparará. Pero debemos desear
genuinamente volvernos hacia él y estar dispuestos a humillarnos y someternos a
su voluntad.
…y entonces –quizá tus hijos no se comporten como los míos -pero en más de una
ocasión, unas semanas después habían olvidado los errores pasados y caían en ellos
nuevamente. Repetíamos el proceso para recordarles la promesa involucrada en la
expresión: “lo siento papi, lo siento mami”, y todo para que eventualmente volvieran a
cometer las mismas faltas en el momento menos pensado.
Estoy convencido que esta interacción está concebida para ayudarnos a conocernos tanto
a nosotros mismos como a nuestra relación con Dios.
¿Cuántas veces te has encontrado en circunstancias similares? ¿le dices a Dios que lo
sientes? Reconoces que has actuado en forma errónea, tal vez pasas por el proceso de
arrepentimiento y solicitud de perdón, y al final tienes la certeza de encontrarte en las
condiciones iniciales
¿Por qué las cosas no funcionan como es debido?
Para muchas personas -tratar de erradicar el pecado de sus vidas se convierte en
frustración, desilusión y actitudes de derrota. Comienzan a pensar que son incapaces de
vencer al pecado contra el cual luchan. Se desaniman y se preguntan si vale la pena
seguir bregando.
Algunos se dan por vencidos.
¿Cómo detener este ciclo de pecados?
Definitivamente, el pecado es vencido a través del proceso de arrepentimiento y la
sumisión de nuestras vidas al Espíritu Santo de Dios.
En el Nuevo Testamento la palabra “arrepentimiento” se tradujo del término griego
metanoia, que significa “cambiar el modo de pensar”. El arrepentimiento significa que
debemos cambiar interiormente los pensamientos pecaminosos y como consecuencia, ser
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obedientes a Dios. El arrepentimiento implica el cambio de pensamientos y asumir
actitudes que motiven nuestras acciones.
¿Cómo lo lograremos? ¿Cómo practicaremos el arrepentimiento efectivo?
El arrepentimiento efectivo requiere de tres etapas específicas.
1. Tristeza genuina manifestada a Dios por nuestros pecados.
En mi trabajo con jóvenes por varios años en el campo de la educación, no puedo precisar
cuántas veces escuché la expresión “Lo siento…” ;Es una respuesta automática e
instantánea expresada sin pensarlo dos veces porque se cree que es lo que la gente
desea escuchar.
Aunque ciertas personas muestran arrepentimiento por sus actos y lo sienten de verdad,
un gran número simplemente se avergüenza por el hecho de haber sido descubiertos.
Cuando somos jóvenes aprendemos rápidamente a lamentarnos por las consecuencias de
nuestras decisiones erróneas o por la desobediencia. No deploramos la acción equivocada
que nos condujo a tal o cual situación, sino que nos lamentamos por las consecuencias
que vamos a experimentar como resultado de nuestro comportamiento.
Se necesita un determinado grado de madurez para poder sentir el dolor genuino producto
del conocimiento de cuánto hemos podido herir a otra persona.
Cuando David tomó conciencia del pecado cometido con Betsabé, escribió el Salmo 51,
una oración de arrepentimiento manifestado a Dios de todo corazón. En los versos 1 a 4,
suplicó a Dios que lo limpiara. David quería ser limpio y restaurado. Entendió
verdaderamente que había pecado. Como resultado del conocimiento de haber
transgredido el mandato de Dios, mostró una tristeza genuina. No estaba arrepentido por
lo que había cosechado, sino por haber pecado contra El Eterno (Salmos 51:1-4).
Nuestras transgresiones pueden tener diversas ramificaciones y consecuencias. Pueden
afectar directamente el trabajo, la familia, las relaciones interpersonales y familiares o las
finanzas. Pero lo más importante es reconocer que afectan nuestra relación con nuestro
Creador y que definitivamente pecamos en contra de él. Debemos adquirir conciencia de
practicar el arrepentimiento efectivo.
Al respecto, Pablo hizo referencia a la iglesia de Corintios. Continuando con la
amonestación que dio en su primera epístola, en la segunda afirmó que se regocijaba no
solo porque habían demostrado pesar sino por la sinceridad del arrepentimiento
(2 Corintios 7:9-10). En el verso 10 sentencia que la tristeza que es según Dios produce
arrepentimiento para salvación; pero la del mundo produce muerte.
Actualmente muchas personas confunden los conceptos de tristeza y arrepentimiento,
asumiendo que si sienten remordimiento por algún acto cometido es porque se han
arrepentido. Sentirse mal por las transgresiones en contra de la ley de Dios no es lo mismo
que estar arrepentidos. El pesar y el arrepentimiento guardan una relación estrecha, así
como el verdadero cambio no puede producirse sin primero haber sido declarados
culpables por los pecados, pero no son la misma cosa.
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Es correcto afirmar que la tristeza que es según Dios nos conduce a cambiar de actitud y a
superar los pecados. Esta tristeza crece dentro de nosotros y fomenta la emoción, la
diligencia y el celo por la verdad de Dios. Como consecuencia nuestra fe se acrecienta y
comenzamos a cambiar nuestros pensamientos y modo de actuar.
2. El arrepentimiento sincero requiere repudiar al pecado y tener
complacencia por abandonarlo.
Debemos percibir al pecado, así como Dios lo hace.
El ejemplo de Job ilustra este aspecto. En el último capítulo del libro, Job confiesa a Dios
que había comprendido que no tenía el conocimiento suficiente cuando fue sometido a
prueba por primera vez (Job 42:1-6). Comenzó a entender la naturaleza de sus pecados y
en el verso 6 exclama “me retracto de mis palabras”. Reconoció sus pecados contra Dios y
los rechazó. Este rechazo lo impulsó a querer cambiar todo lo que fuera necesario cambiar
para no continuar en pecado.
Debemos repudiar el pecado porque reconocemos su impacto negativo en nuestra relación
con el Eterno, pero también porque debemos verlo con la misma perspectiva con que él lo
ve. Dios detesta el pecado. En Salmos 5:4 el salmista escribe: “Porque tú no eres un Dios
que se complace en la maldad; El malo no habitará junto a ti”. El pecado entre nosotros no
es agradable a Dios, por lo tanto, debe ser eliminado. Debemos estar dispuestos
a eliminarlo.
Sin embargo, es importante tener en cuenta que lo anterior no tiene que ver con una
repulsión o motivación malsanas. Para erradicar el pecado de nuestras vidas no tenemos
que auto flagelarnos o deprimirnos o asumir una actitud derrotista. Esta contienda la
podemos observar en la vida de muchos cristianos a lo largo de la historia de la humanidad
El apóstol Pablo menciona esta lucha de la naturaleza humana. En Romanos 7:14-15
explica que al final termina haciendo las cosas que no desea, pero no hace las que debe.
Esta es la perfecta descripción de la batalla que entablamos entre la naturaleza humana y
el pecado. Conocemos la vida que se supone debemos vivir, pero nos sorprendemos
viviendo a menudo en sentido contrario.
La relación de este concepto con respecto a nosotros, es que ninguno de los que
mostramos interés en agradar a Dios estamos libres de pecar, pero hay una enorme
diferencia entre querer cambiar y estar dispuestos a hacerlo.
Cada seis semanas mis estudiantes son evaluados, y en algunas ocasiones son
calificados por debajo de lo que debían ser. Al comienzo de las próximas seis semanas,
los invito a recapacitar acerca del período anterior, analizando los aspectos que deben
mejorar. Muy a menudo recibo la siguiente respuesta: “voy a hacer lo mejor que pueda”,
argumento que les devuelvo pidiéndoles que sean más específicos.
¿Qué debemos cambiar? ¿Cuáles son los pasos a seguir para asegurarnos que durante las
próximas seis semanas no nos encontremos en la misma situación?
Todos quieren cambiar, pero no son capaces de adoptar las acciones necesarias para que
el cambio sea efectivo -no están dispuesto a guardar los videojuegos, a realizar trabajo
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extra o a dejar de usar el teléfono.
John T. Childs, autor y conferencista, en cierta ocasión dijo: “Hay una diferencia abismal
entre querer cambiar y estar dispuestos a hacerlo. Cada persona quiere dar lo mejor de sí
cada día, pero muy pocos están dispuestos a seguir el camino que los conduzca a realizar
este deseo”.
¿Qué sucede con nuestra vida espiritual? ¿Queremos cambiar? ¿Muestran nuestros actos
que estamos siguiendo el camino adecuado?
En Hechos de los Apóstoles 26:20, Pablo afirma que, si nos arrepentimos sinceramente,
nuestro trabajo se verá reflejado en “obras dignas de arrepentimiento”. ¿Estamos
mostrando con nuestro comportamiento diario que estamos espiritualmente arrepentidos?
¿Estamos cambiando como es debido? Todo cristiano necesita producir frutos dignos de
arrepentimiento (Mateo 3:8). Lo anterior significa que las acciones de nuestras vidas son el
producto de nuestro cambio espiritual.
Estar dispuestos a ejecutar una acción es mejor que desear realizarla.
3. El arrepentimiento incluye el sometimiento humilde a la voluntad y al
servicio de Dios
El primer paso es reconocer que hemos pecado contra Dios. A continuación, debemos
identificar la falta, mirándola con la perspectiva con la que el Eterno la ve y no volver a caer
en la misma tentación. Finalmente viene el sometimiento con humildad a la voluntad y al
servicio de Dios.
El Creador desea que todos sus hijos cambien la actitud de autosuficiencia por
comportamientos de mansedumbre. Se supone que debemos transformarnos en criaturas
nuevas a través del poder restaurador del Espíritu de Dios (Efesios 4:17-24)
Saulo de Tarso, quien más tarde se convirtiera en el apóstol Pablo, en determinado
momento de su vida fue un incrédulo perseguidor de los hermanos, respirando amenazas
de asesinato, persiguiendo y arrestando a los seguidores de Jesucristo. Después de su
increíble conversión en el camino a Damasco se operó un cambio drástico en su
comportamiento (Hechos de los Apóstoles 9:6). Preguntó: Señor, ¿qué quieres que haga?”.
Esta actitud es la que el Señor desea que asumamos. Él desea que estemos dispuestos a
transformarnos haciendo su voluntad, sometiéndonos a su servicio.
¿Qué quieres que haga? Es una magnífica pregunta – es la voluntad de un fiel servidor
queriendo ejecutar la voluntad de Dios. Significa que estamos prestos a escucharle,
obedecerle y servirle.
Las personas convertidas el día de Pentecostés hicieron la misma pregunta después de
descubrir que Jesucristo, el mismo que habían tenido el placer de ver muerto en la cruz, era
el Mesías. Conmovidos de todo corazón, preguntaron: “Varones y hermanos, ¿qué
debemos hacer?”
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Esta serie de interrogantes nos deja como enseñanza una línea de comportamiento mental
que nos conduce, no solo a desear aprender sino a hacer todo lo que sea necesario para
estar a paz con Dios. La parte esencial es la humildad para servir. Esta actitud refleja el
espíritu de arrepentimiento, un cambio con relación a lo que antes éramos. Donde
anteriormente reinaban nuestros propios deseos y autosuficiencia, ahora nos
concentramos en los designios del Eterno.
Si estamos batallando por superar ciertos pecados que surgen reiteradamente en nuestras
vidas, debemos preguntarnos: ¿Realmente entiendo el significado del arrepentimiento
efectivo? ¿Deseo ponerlo en práctica? ¿Deseo vehementemente cambiar?
Puede haber ocasiones donde tenemos la sensación de haber ido demasiado lejos de
modo que la relación sea muy difícil de mejorar. Dios promete no abandonarnos ni
desampararnos nunca jamás, pero debemos desear genuinamente acercarnos
nuevamente a su presencia, y ser diligentes para buscar la forma de humillarnos y
someternos a su voluntad.
2da Crónicas 15:3-4 es un pasaje increíble donde tenemos la sensación de que todo
está perdido:
“Muchos días ha estado Israel sin verdadero Dios y sin sacerdote, y sin enseñador y sin ley:
Mas cuando en su tribulación se convirtieron á Jehová Dios de Israel, y le buscaron, él fue
hallado de ellos”.
Nunca debemos olvidar que cuando nos acercamos verdaderamente a Dios con
arrepentimiento, no importa cuáles sean las circunstancias, Él siempre estará presente.
Esta es una promesa en la cual debemos confiar. Cuando mostramos pesar genuino con
Dios porque reconocemos que hemos pecado directamente en su contra, y cuando
repudiamos el pecado cometido y lo erradicamos de nuestra mente, cuando nos
humillamos y sometemos a la voluntad de Dios y le servimos, él nos hallará y garantizará el
arrepentimiento que nos conducirá a un cambio verdadero y perdurable.
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