EL CAUCHO

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EL CAUCHO, IQUITOS Y LA AMAZONIA
http://amazoniaperu.blogspot.com/2007/08/el-caucho-iquitos-y-la-amazonia-por-ral.html
(13/09/19)
Una de aquellas tardes de tertulia, apoyados sobre la baranda mayor de la placita Ramón
Castilla, y mirando el Amazonas desplegamos nuestra imaginación, Enrique Rodríguez
Morales y yo. Ambos periodistas, en medio de ilusos proyectos que desbordamos en
nuestras palabras, discutimos sobre la preponderancia en el desarrollo de Iquitos como
consecuencia de la bonanza de los años caucheros. Fue una charla principiante de tantas
que se extendieron por horas para ubicarnos en esos años de los siglos XIX y XX, nada
cercanos por cierto.
Hablamos que Iquitos es una ciudad conformada por un proyecto arquitectónico europeo,
propio de sus pioneros extranjeros llegados con el propósito de establecerse, aunque
concluimos que mayormente para valerse de las riquezas naturales de estos predios. Ambos
decidimos revisar en la historia para conocer lo que realmente sucedió en aquellas épocas
de bonanza.
La fiebre del caucho (Ciclo da borracha en portugués) constituyó una parte importante de la
historia económica y social de nuestro país y particularmente de la Amazonía peruana,
siendo Iquitos una de las ciudades que elevó sus niveles. Además de Perú, fueron Brasil,
Colombia, Bolivia y Ecuador que se valieron de esos efectos para crecer
económicamente.
Por esos tiempos se disparó el proceso colonizador, atrayendo riqueza y causando
transformaciones culturales y sociales, además de dar gran impulso a ciudades amazónicas
como Iquitos, Belém do Pará en Brasil y en especial la ciudad brasilera de Manaus, hasta
hoy la principal ciudad amazónica y capital del Estado de Amazonas . La fiebre del caucho
vivió su auge entre 1879 y 1912 experimentando tiempo después, una resurrección entre los
años de 1942 y 1945. El descubrimiento de la vulcanización y de la cámara neumática en la
década de los años 1850 dio lugar a una "fiebre extractiva del caucho".
Cierto es que fueron los indios centroamericanos los primeros en descubrir y aprovechar las
particulares propiedades del caucho natural. Entretanto, fue en la selva amazónica donde se
desarrolló la actividad extractora a partir del árbol del caucho, shiringa o seringueira (en
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portugués), un árbol que pertenece a la familia de las euphorbiaceae , también conocido
como árbol de la fortuna.
El desarrollo tecnológico y la revolución industrial, en Europa, fueron el detonante que
convirtió al caucho natural, hasta entonces un producto exclusivo de la Amazonía, en un
producto con alta demanda que se valorizó en el mercado mundial, generando ganancias y
dividendos a cualquiera que se aventurase en este negocio. La actividad extractiva del látex
en la Amazonía se tornó de inmediato en una actividad muy lucrativa.
La bonanza de esos tiempos, generada por el auge y el interés del mundo por el caucho
hizo, por decir un solo ejemplo, de la ciudad brasilera de Manaus, localizada en el Estado
de Amazonas, que sea considerada (en esa época) la ciudad más desarrollada de Brasil y
una de las más prósperas del mundo; era la única ciudad de ese país en poseer luz eléctrica
y sistema de acueducto y alcantarillado. Manaus vivió su apogeo entre 1890 y 1920,
gozando de tecnologías que otras ciudades del sur de Brasil no poseían, tales como el
tranvía eléctrico, avenidas construidas sobre pantanos desecados, además de edificios
imponentes y lujosos como el Teatro Amazonas, el palacio de gobierno, el mercado
municipal y la casa de aduanas.
En los países donde influenció la explotación cauchera, los territorios amazónicos estaban
habitados en su mayor parte por etnias indígenas. La llegada de colonizadores en busca del
preciado caucho a estos territorios causó un choque cultural con los nativos que en la
mayoría de los casos desembocaron en torturas, esclavitud y masacres.
Caminando sobre parte de la historia shiringuera, encontramos que en 1885, empieza la
época del auge del caucho (aunque su explotación se realizaba ya desde tiempo atrás),
producto cuya exportación aumentó año tras año hasta 1907, en que se registraron 3,029
toneladas métricas. Esta bonanza no volvería a repetirse. Iquitos experimentó durante
aquellos años un auge y una prosperidad que no había tenido nunca, bonanza que también
alcanzó a otras ciudades como Tarapoto, Moyobamba y Lamas. Los patrones derrochaban
el dinero que habían ganado y construían lujosas viviendas para las que importaban
materiales desde Alemania y otros países de Europa. Se impuso la moda europea y los
caucheros vestían con las mejores telas y bebían los más finos licores. Muchas de las
construcciones que aún se conservan en Iquitos dan testimonio del efímero período de
abundancia y de improvisadas fortunas que al final de cuentas se esfumaron con la misma
facilidad con que se habían formado a costa de tantas vidas, abusos y sacrificios.
Yayo de la Melena, un amigo iquiteño me sorprendió en las búsquedas que hacía de los
rastros caucheros en Iquitos y me presentó fotos familiares de su abuelo, que al igual que
sus compañeros extractores, al mediodía vestían elegantes ternos de casimir europeo, con
clásicos sombreros, en medio de las selvas profanadas nautinas de Loreto con escopetas
en mano y botellas de cerveza al parecer alemanas. Clara demostración del boato de esos
tiempos de los explotadores del enriquecedor látex.
Asimismo, las fotos de aquella época describen el paso de hasta dos tranvías que algunos
llamaban liliputienses (serían por que eran pequeños?) que cruzaban nuestras calles
iquiteñas. Las personas de entonces caminaban en domingo o feriados, y hasta quién diría
de a diario, vistiendo elegantes ternos (saco y pantalón) de colores claros y muchos de ellos
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descalzos, pero eso sí luciendo distinguidos sombreros saritas que suponía se daba el uso
sin distingo de niveles económicos.
Iquitos, fundada en 1757, por los jesuítas y convertida en capital del departamento por el
mariscal EP Ramón Castilla y Marquesado en 1864, fue el centro cauchero de la selva
peruana y el primer puerto fluvial sobre el río Amazonas peruano. Desde allí se
comercializaba con Manaus, en Brasil. Desde 1880, con el auge del caucho, la ciudad inició
su expansión. Llegó contar con colonias de portugueses, españoles, judíos y chinos y hasta
nueve consulados en aquella época. Iquitos gozó de años dorados en los que la riqueza
que trajo el oro blanco dejó muestras del esplendor en mansiones y en edificios de estilo
morisco, como la Casa de Fierro, diseñada por el ingeniero Gustav Eiffel que se ubica en
una de las esquinas de la Plaza de Armas.
Muestra de esa época de grandeza económica está el edificio del Hotel Palace, actualmente
ocupada por la Región Militar del Oriente, en la esquina del jirón Putumayo con el
Malecón Tarapacá.
Recuerdo haber visto una fotografía en la que en la urbe las colonias se mostraban
claramente definidas y propiciaban encuentros sociales y deportivos. Una instantánea, al
parecer de principios del siglo XX, exhibe un letrero con dos hombres vestidos muy al terno,
con sombreros y expresivos mostachos viajando al lado de uno de los trenes urbanos
iquiteños con el anuncio de un “match de football entre norteamericanos y peruanos”.
En Iquitos, en un momento, las principales casas exportadoras eran las de Julio C. Arana,
Luis Felipe Morey y Cecilio Hernández, aunque hubo numerosos caucheros menores no
menos importantes. Arana fue el mayor: su casa fue propietaria de los fundos gomeros y de
las colonias del Putumayo, la Casa Arana se convirtió en la Peruvian Amazon
Company con sede en Londres y acciones en la bolsa. En 1909, desalojó a los caucheros
colombianos y ganó el control no sólo del territorio comprendido entre el río Caquetá y el río
Putumayo(antiguos límites del Perú), sino de la mano de obra indígena en toda la región a
quienes controló con policías de la Scotland Year, traídos de la colonia inglesa de
las Antillas centroamericanas.
Durante la prefectura de Pedro Portillo (1901-1904), se aprobaron leyes que gravaron a las
importaciones e intentaron darle una mejor distribución a los impuestos derivados de la
exportación de la goma, según sus calidades. Quedaron libres de impuestos productos como
la manteca, el azúcar y las harinas, así como ciertas herramientas y maquinarias agrícolas.
De este modo, la flamante Aduana de Iquitos incrementó sus ingresos notablemente
y Loreto se niveló económicamente con respecto al resto del país.
En cierto sentido el cauchero fue un conquistador moderno, un explorador que -sin Biblia ni
Dorado ni Paititi- gobernó una tierra indómita, descubrió en ella un atractivo desconocido y la
convirtió en una región apetecible que hoy sigue ofreciendo infinitas posibilidades y riquezas
en diversas formas.
De los efectos colaterales de este boom, de los desplazamientos nativos, de los
crecimientos económicos comparativos, las entregas “pacíficas” de territorio a países
vecinos y otras experiencias propias de las alteraciones ocasionadas por la extracción
cauchera, me ocuparé en otra oportunidad.
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Por ahora me basta mencionar que el riojano Julio César Arana del Águila (1864-1952) en
el nororiente, por estos lares, y el huaracino Carlos Fermín Fitzcarrald (1862-1897) en el
suroriente, fueron los grandes emprendedores de la explotación del caucho.
La historia nuestra (peruana) y particularmente de Iquitos en su relación de abundancia
económica, no es un patrimonio que únicamente está en nuestras manos y que solamente
nos pertenece, debido a su colateralidad es pertenencia globalizada pero mucho más
sentida en la historia de brasileros, colombianos, bolivianos y ecuatorianos, y entre los
peruanos es sentimiento compartido con sanmartinenses, ucayalinos, cajamarquinos y de
los hijos de Madre de Dios. Es por eso que investigué entre las publicaciones extranjeras y
nacionales, encontrando abundante material que poco a poco iré compartiendo con mis
lectores.
Aunque como consuelo me queda el orgullo de que Iquitos vivió su bonanza, heredó
arquitectura y una sociedad que siendo peruana parece respirar aires extranjeros todo
derivados de un pasado vivido de una manera distinta. Mientras tanto seguiré caminando
entre las letras que nos deja la historia y entre las palabras que obtenemos y discutimos con
mi amigo Enrique Rodríguez Morales, otro buscador de este tema desde su terca
propuesta empresarial, que juntos iniciamos, “La Taberna del Cauchero”, una especie de
pequeño gran museo gráfico de esa época y centro de tertulia de loretanos y extranjeros que
agradablemente se refrescan con unos vasos de cerveza y muchas fotos agigantadas al
frente.
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