Subido por Javer Andrés González

In Crescendo - Javer Andrés González

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In Crescendo
A Orfilia y Rosario
las abuelas que llenaron
de historias mi vida.
In Crescendo
Javer Andrés González
ISBN: 978-46-7718-1
© Javer Andrés González
© Ediciones El Andén
Corrección de estilo:
Hernán Darío García
Alvaro Cano
Portada: Diego eFe
Ilustraciones: Esteban Bulla
Diseño y diagramación: Diego eFe
IN CRESCENDO
Prólogo
E
l narrador oral y escritor Javer Andrés González consolida
una propuesta narrativa cuyo elemento esencial es la
brevedad, es decir, la capacidad de retener el mundo y sus
instantes en escrituras breves que exigen desde el juego de la
elipsis una interpretación constante. Ese eje composicional,
se va rompiendo, se va extendiendo o ampliando hasta llegar
a una escritura extensa que de igual modo, concreta una
esencia humana y social.
La ciudad es un posible escenario, aunque los personajes
habitan mundos posibles, situados en una nada concreta, de ahí
que emerjan ciegos que recorren caminos, hombres solitarios,
caminos insólitos donde se da el encuentro con el otro. Eso
es In Crescendo, la historia del soldado y el despiadado
ambiente de la guerra, la indigencia, los olores mexicanos,
el juego de palabras, la conciencia de las vocales, el desamor
o la venta de corazones en el mercado negro, el encuentro
existencial consigo mismo, la obsesión por los pies, el suicidio,
el humor de Allen, la muerte, tan recurrente la muerte,
esa misma que nos lleva al coma, estado paradójicamente
eterno que nos enseña la indiferencia y la constancia del
otro: “Quedo en shock. No recuerdo absolutamente nada. Yo me
dirigía a la oficina como todos los días, pero ese dia llamó mucho
mi atención una tienda de antigüedades que se inauguraba”.
Ahora vendrá el recuerdo de lo antiguo representado en el
libro viejo que papá tanto adoraba y que ahora cobra vida
IN CRESCENDO
en la voz tenue y perfecta de Valeria. ¿Quién será Valeria?
¿Por qué insiste en ayudar al pobre herido que ha perdido la
memoria? Alguien te da una patada y mientras tú agonizas
en el fango recibes la mano desconocida, aquella que amarás
incluso sabiendo el mal que alguna vez te hizo.
Perfecta llega la infancia, los recuerdos, el escritor
fracasado amigo inexistente de García Márquez que consolida
en su apariencia la idea de un libro, que es este mismo. Hay
cuadros, sensaciones, sentimientos, humor, un humor sutil,
que te lleva a reconocer las debilidades del ser humano
desde una perspectiva cotidiana, no alarmante o trágica,
obviamente, decir que un género prima es un error, hay de
todo, hay humor, tragedia, absurdo, realismo, naturalismo,
romanticismo, paracaidismo eso es lo que muestra el cuentero
de la barba, una subida al abismo y desde allá una caída
libre, perfecta.
Freddy Ayala Herrera
Escritor - Narrador Oral
IN CRESCENDO
“Los escritores somos mujeriegos; nos enamoramos de todas nuestras
mujeres que creamos en nuestros libros. Las conocemos en las primeras
páginas. Salimos con ellas en las noches de libros, vamos a bares
imaginarios, hacemos el amor con ellas más o menos a la mitad del
libro y cuando acabamos de escribir nos olvidamos de ellas”
“Tarde o temprano descubrirá que es escritor si se levanta tarde, se
acuesta tarde, tiene ojeras, fuma mucho, es un poco triste, pero más
feliz que los demás”
Rafael Chaparro Madiedo
IN CRESCENDO
AUTOR
Antes que
nada le recomiendo
se siente cómodo, saque
un cigarrillo si fuma, un tinto
si toma o haga lo que más le pueda
gustar; no piense en problemas, olvide
las clases, el trabajo, las deudas y solo imagine.
Muchas de estas historias nacieron al caminar, al
observar el cielo, al ver las cosas fantásticas que podrían
suceder en la vida real pero que las leyes
físicas se encargan de derrumbar.
Sería un grosero si antes de dar paso a los cuentos no
agradezco a mis padres, a Kathe, a Daniel Maya, a
Mauro Vega, a eFe, a Hernán Dario y a Álvaro
Cano que dieron el apoyo emocional y moral
para vivir este sueño de conducir con las
palabras. Los demás amigos no
se preocupen… vendrán
más libros.
Ahora sí, sosténgase duro y disfrute el viaje.
IN CRESCENDO
Observación nocturna
M
ientras Bogotá conmemora un día que partió la historia de Colombia en dos, yo parto para mi casa. En
el camino observo como Júpiter tímido se asoma entre las
nubes y las estrellas aplauden su llegada. Una voz gruesa me devuelve a la realidad, es un señor que desde una
camioneta pide indicaciones para llegar al terminal. Todos lo
miran confusos y no contestan. Es un caballero el que sin
quitarle los ojos de encima le contesta:
—Baje una cuadra, doble a la derecha dos cuadras y
siga derecho por la 19.
Luego, se puso sus lentes oscuros y con su bastón continuó el camino.
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IN CRESCENDO
Tú y yo, yo y tú
T
ú y yo, yo y tú. Desnudos. Abrazados. Con la mirada perdida en el otro. Tú y yo, yo y tú allí mirándonos. Descifrándonos. Una idea perversa quebró el silencio. ¿Y si no
somos más que unos personajes de un cuento que viven
en un viejo cuaderno? Sí… tu y yo, yo y tú. Quizás en este
momento el escritor se encuentra garabateando ideas al azar
y por eso seguimos aquí, desnudos, abrazados, con la mirada
perdida en el otro, sí. Tú y yo, yo y tú. Quizás ni sabe qué va a
continuar y nos guarde en el viejo cajón donde guarda todos
los cuentos sin terminar. Quizás estemos allí por un tiempo,
pero lo mejor de todo, lo más bueno de todo es que estamos
los dos perdidos el uno en el otro. Sí, túyyo,yoytú.
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IN CRESCENDO
Conversación con un soldado que
pide la Libreta Militar
—
¿Me dice que me ponga un fusil al hombro y sin
una gota de piedad apunte fijamente a un hermano?
¡Qué voy a cargar un fusil! ¡No sea idiota! Por años he huido
pero la sombra de la guerra me cubre. Intento disparar palabras de aliento, pero todos están cubiertos por una coraza
de rencor que un dictador ha impuesto al ordenar a las nubes que llueva fuego y acabe con lo que sea necesario para
la paz. Paz, paz, paz suena cada noche allá en la montaña.
Entre árboles se esconden los sueños que han dejado el
azadón por las balas. No me diga que tome un fusil cuando
lo único que quiero fusilar son los sentimientos de odio que
bañan de sangre los ríos del Cauca y el Magdalena, cementerio de ideas desconocidas que nadan por la corriente para
desembocar en una pesadilla de nunca acabar.
—...
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IN CRESCENDO
La mejor serenata del mundo
L
a calle de los mariachis, una cuadra adornada de músicos
con trajes más apretados que el presupuesto para salud,
cultura o educación. Cada uno con un instrumento que lo
acompañará hasta el amanecer. Una calle que transporta a
México por nombres como Jalisco, Guadalajara, Acapulco u
otra ciudad conocida por María la del Barrio o alguna novela
de moda en los 90. Un punto de comidas rápidas en la esquina,
en la que para entrar al tono mexicano se le echa mucho ají a
la empanada. Uno de los grupos empieza a tocar fuera de su
local una de las tantas tandas que llevarán en unas horas a
alguna mujer corneada o felizmente enamorada. Al lado del
puesto de comidas rápidas se encuentra una pareja joven
que se mira a los ojos, compartiendo una empanada que les
regaló un extraño. Él sin tragar el pedazo de empanada con
pique le dice: “Feliz cumpleaños amor, te traje una serenata”.
Ella sonríe. Le da un beso sabor a empanada con guacamole.
Observan un instante el grupo de mariachis y siguen
tomados de la mano compartiendo un bote de Sacol.
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IN CRESCENDO
Monovocal
R
odolfo, lo conozco como Rolo, otros como Potro o Roscón, no por homo, por glotón. ¡Toc! ¡Toc! —Oh, voy
—Colocó los forros por los troncos ¡Toc! ¡Toc! —Voy, voy
Olor como flor. No controló los ojos… oh globos ¡Bom
bom!
Martha Trabaja para la casa. La cara acaparaba, mandaba cada chaparra para la sala. Cansada, acabada la gana
para trabajar. Para nada alcanzaba la plata. —Carga, casada
para la life ¡Para la cama! —La gata andaba. Cada nada palpaba las naranjas, afanada para la cama.
—¡Cómo! —Como tocó, colocó condón.
—¡Oh! ¡Oh!
—¡Ah! ¡Ah!
—Oh ¡Wow!
—¡Más! ¡Más! ¡Yaaaaaa!
ORGASMO
Cansados, abrazados, tomaban cocoa. Los gatos andaban
por la sala. Amor, amor, amor monovocal, solo por amor.
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IN CRESCENDO
Rutina
E
se día Adrián tomaba un café de $300 en una banca del
parque. En ese momento se disponía a hacer círculos
con el humo del pechecito que fumaba pero fue inevitable
no mirar a esa mujer que se acercaba. Suena cliché decir que
era una obra de arte, pero su piel era un lienzo que contaba
historias. Por un instante sus miradas se cruzaron, pero cada
uno optó por seguir su camino. Sí, quizás suele suceder muchas veces en el día. Lo curioso era que sucedía todos los días
exactamente a las 3:55 p.m.. justo cuando las palomas terminaban de comer el maíz que la gente les tiraba. Era como
si alguien o algo quisiera que ellos aunque sea se hablaran.
Adrián optó por buscar las palabras exactas para que el día
en que se sintiera decidido a decirlas y lograr con ello que
ella aceptara tomar un café o quizá ir a leer un libro.
Decidido después de verla 134 días seguidos, antes de
encender el cigarro, se le hizo al frente. Me gustaría decirles qué le dijo, pero es que eran las palabras perfectas para
enamorar a cualquier mujer y ni yo mismo las sé. Eran los
versos más íntimos, esos que tocan el corazón. La sorpresa
se la llevó Adrián, pues fue ella quién robó su corazón para
venderlo en el Mercado Negro.
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Soliloquio
Q
uizás sea el sentimiento de impotencia. De poder haber
cambiado todo en la vida. De no haber dado un paso. De
haber callado palabras innecesarias. De cerrar las puertas
cuando se deben cerrar o abrirlas en el momento indicado.
Encender el bombillo cuando no hay energía. De mantener
vivo. Eso quizás es lo que sucede. El sentimiento de estar vivo
me abandonó y camina por las calles sonriendo, mientras yo
me derrumbo en estas cuatro paredes.
No lo juzgo ni mucho menos, lo entiendo. El miedo a
caer en la rutina me atemoriza. A ser lo mismo de antes.
Saber a qué horas abrir los ojos, cuántos pasos dar en el día
y al final cuando la Luna se asoma gigante, guardarse entre
las cobijas sin pensar, para qué, si todo sigue siendo lo mismo. Allá afuera todos continúan con su vida. Pero yo, yo no
tengo mi vida, está por ahí luchando por no caer en lo mismo
que yo. ¿Por qué alegar cuando le miento al mundo, si ni yo
mismo quiero compartir mi vida conmigo? No vale la pena
ser un soñador en un mundo donde está prohibido dormir.
En el café que tomo no hay nada, ni un poco de cianuro. Ya casi cumplo 26 años y poco a poco voy entendiendo
a Andrés Caicedo. A veces me gustaría ser un escritor del
Romanticismo y dedicar unos cuantos sueños a vivir a tu
lado. Es allí donde aún estás, en lo onírico, en lo arcadio.
Pero mi vida se quiere marchar. Mi vida llora. Mi vida
ya no está. ¡Caicedo! ¿Una montaña rusa? A mí nunca me
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IN CRESCENDO
ha gustado esa mierda. Lo que más
vértigo me causó fue correr por sus
curvas. Saltar de poro a poro. Eso sí es
adrenalina pura. Disfrutar de cada uno
de sus besos y que mi mano no sea más
que una atrevida con cinco cómplices
que jugarán a hacerte estallar. Pero
no, ahora estás por allí recordando al
igual que yo los momentos que ahora
me hacen decaer, desfallecer y hablar
conmigo en el espejo.
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El Borondo
E
s un pueblo como todos, pero en sus calles habitan historias. Uno puede caminar tranquilo, y si quiere, observar las promociones, las personas que pasan, o concentrarse
en el artista que toca el saxofón, y de repente una historia te
estruja. Algunas historias simplemente pasan de largo sin
mirar atrás, pero las otras se quedan un rato a conversar.
Una de ellas me dijo, por ejemplo, que Don Sereno
Confianza perdió la mano en una trilladora de café mientras trabajaba y leía Condorito a la vez. En ese mismo instante Don Anastasio fue devorado por un cocodrilo cuando
visitaba el zoológico y lo único que sobrevivió fue su mano
que aún tenía signos vitales. Ambos, Don Sereno y la mano
de Don Anastasio fueron al mismo hospital; los médicos
decidieron que lo mejor era unirlos. La cirugía se realizó.
Salió por los principales canales a nivel municipal: Televilla y Montaña Tv. La mano se hizo Sereno. Don Sereno siguió trabajando y dejó de leer mientras trabajaba. En cuestión de meses nadie, ni él mismo, se inmutaba por la mano.
Pero un jueves de abril, mientras Sereno dormía, la mano
empezó a moverse. Empezó a reconocer el cuerpo. Palpaba
cada centímetro de su nuevo cuerpo. Claro, había partes
donde se demoraba más. La mano se levantó y empezó a
conocer la casa. Se metió en la cuenta de Sereno y le robó
todo el dinero. Luego se lanzó a la política y empezó a repartir a diestra y siniestra para ganar las elecciones. Ganó.
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IN CRESCENDO
Increíble que eso funcionara. En cuestión de meses el pueblo, de un humilde
vividero pasó a ser un pueblo dónde
no había trabajo, la gente se moría en
las puertas de los hospitales, nadie estudiaba porque no había plata, el comercio no funcionaba porque no había
plata. La mano solo gobernó dos años.
Murió por desangramiento. Se le olvidó cortarse las uñas y se le enterraron
tanto que llegó a la arteria aorta. Menos mal lo reemplazó alguien que mejoró el pueblo y éste volvió hacer lo que
era antes, con los mismos chanchullos
de antes. El pueblo volvió a ser feliz.
Ahora esta historia solo es un recuerdo
que se borra con los años. Pero los que
lo recuerdan olvidaron qué mano fue,
¿La derecha o la izquierda? Dicho esto
la historia me dio la mano, terminó su
café, continuó su camino y yo seguí con
mi borondo.
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Trastorno Podófilo
L
e voy a confesar algo. Soy podófilo. No puedo evitar,
cuando pasa una mujer, dejar caer la mirada hasta llegar al suelo y rogar que en el trayecto no haya un zapato
que me impida ver sus pies. Hay pies gordos, pies huesudos,
pies diáfanos, pies manchados. Hay pies con dedos largos y
otros que parecen unos frijolitos hechos con plastilina. Hay
pies con más uñas que dedos y otros en los que las uñas a
duras penas se ven. Hay mujeres que adornan con obras
de arte sus uñas y otras que las dejan al natural. Hay pies
dignos de ver y otros que es mejor no verlos. Hay mujeres
que siempre muestran los pies y otras que nunca lo hacen y
cuando deciden usar sandalias, tienen la leve mancha de las
baletas. Hay mujeres que adoran los pies, les toman fotos
con los paisajes, y está Katherine.
Katherine con K y th. Lo digo porque los hay con C,
sin H, con C y con H, otros hasta osan quitarle una letra
y solamente llamarlas Katherin, pero ella es Katherine
y, sólo para mí, Kathe. No había nada más excitante que
verla caminar descalza de la cama a la nevera y devolverse,
ver como sus pies la llevaban de un lugar a otro. Ella no
caminaba, se deslizaba como sintiendo cada parte del suelo.
Pero es que no era sólo los pies, ya que de ahí para arriba
era nada más y nada menos que el complemento perfecto a
unos pies que se merecerían un monumento a los pies. Yo
odiaba cuando ella quería hacer el amor con medias, dizque
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IN CRESCENDO
porque el orgasmo se sentía más. Ella no entendía que si se
ponía las medias, cubría los pies que nos llevaría de pasito
en pasito a saborear del clímax. Pero es que sus pies son
solo para mí, pues el resto de día y aún en las noches los
cubre; detesta que alguien los vea y mata con la mirada a
quién los roza por equivocación. Odia las sandalias tanto
como cualquier zapato destapado.
No puedo evitarlo. Siempre que camino llevo mi mirada en el piso como poniendo cuidado en dónde irá mi siguiente paso, pero no, es la excusa perfecta para observar los pies
sin parecer un pervertido, aunque debo confesar que son más
los pies feos que los bonitos. Hay pies tatuados, pies venosos, pies mecánicos, pies sucios, pies velludos, pies descalzos y pies que ni para qué mirar. Sin embargo, cuando voy
con Kathe, sus pies son los únicos que llaman mi atención.
No nos digamos mentiras, sé que no está bien y sé por qué
lo digo. A veces imagino, cuando ella entra al apartamento,
que sus pies son los primeros en pasar por la puerta y en
ese momento siento como alguien por dentro me dice que
la tire al suelo y empiece a morder sus pies, que arranque
dedo por dedo, como despepando una fruta, que saboree
la sangre que se deslizaría sin dejar manchar el tapete. Y
así, mordisco a mordisco, como comiendo una sandía o una
papaya, la devoraría. Luego, como si fuera pepa de guama,
escupiría sus rodillas. Con mis dientes rasgaría sus muslos
y sentiría como la carne pasa por mi garganta. Como una
granadilla succionaría su clítoris y me tragaría todo lo que me
ha dado placer desde que camina a mi lado. “Hola amor”,
me besa. La beso. Se quita los zapatos, se quita las medias y
se sienta en el sofá. Está muerta por el trabajo, llevo agua
caliente y le hago un masaje. Luego le seco los pies, le pongo
unas medias para que no sienta frío y la arropo. Más que ver
sus pies es sentirlos, tocar su piel y ver como su boca dibuja
una sonrisa cuando mi dedo la roza. Lo siento, dije que era
un podófilo, en ningún momento un caníbal. Hasta luego.
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Déjà Vu
P
asa que un hombre se encontraba sentado en el parque a
eso de las dos de la tarde. Ese hombre es Jairo. Pensaba
tantas cosas y tan distintas que finalmente no pensaba nada.
Por su zapato pasaba una hormiga que seguía el camino
formado por la baldosa hasta llegar sin darse cuenta a una
sandalia que por poco la mata. Esa sandalia pertenecía a
Sofía, una mujer a la que le encantaba caminar por el parque
alrededor de las dos de la tarde. Jairo no pudo evitar sentir
como una fuerza magnética llevaba su cabeza a girar 45
grados para que sus ojos se cruzaran en el camino de Sofía.
Para ella era inaceptable que justo a las dos de la tarde
hubiese alguien ocupando su banca, pero sin importarle se
hizo al lado de Jairo, separados por unos cuantos centímetros
y algunas hojas secas que descansaban en el lugar.
No deja de mirarme, disimula muy mal, esta banca la
ocupo desde hace muchos años para leer o simplemente
sentarme a hacer nada. No lo culpo, nunca lo había visto
y nunca he comprado la banca. “Hola” me habló, acaso le he
dado alguna señal para que me hablara. “Hola” le respondo
sin dejar de mirar a un perro que se sienta mirándonos como
pidiendo comida, limosna o filete de res a la medida de tres
cuartos. “Me llamo Jairo”. Aún no lo volteo a ver, acaso debo
decirle que no me interesa ni siquiera tener una conversación
con él. Dirijo mi mirada hacia él, me sonríe y justo pasa lo que
he querido evitar durante meses desde que Ricardo dejó
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IN CRESCENDO
DÉJÀ VU
mi casa con un fuerte portazo. Me gustó su sonrisa y por
una acción que no entiendo mi cara dibuja otra. Casi no
me voltea a ver, la sigo con la mirada desde que pasó justo
por el frente de mis ojos y se dignó a sentarse a mi lado.
“¿Quieres un café?” le digo con ánimos de continuar una
conversación, conocerla más o por lo menos decirle que
nos veamos otro día en el cine, que están dando la última
película adaptada de un libro de adolescentes urgidos de
sexo. “Bueno” me responde y con su mano quita las hojas
y se acerca a mí. La señora de los tintos pasa con su carrito
lleno de termos de café, pedimos dos y empezamos a hablar.
No sabía que se hacía en esta banca, pero por alguna extraña
razón del destino ahora estamos aquí sentados tomando un
café. Su mano blanca, con barniz vinotinto, roza la mía y
efectivamente empiezo a sentir como la temperatura va
creciendo tanto que mi vaso de café empieza a hervir y lo
dejo a un lado. De su mochila saca un libro de cuentos de
Gabriel García Márquez y empieza a leer uno en voz alta.
Su voz es tan dulce, y cuando lee se torna musical, con
tonos tan perfectos que el coro de los querubines toma
nota de cada una de sus palabras. Al terminar el cuento le
digo: “¿Quieres dar una vuelta?”. “Sí”, responde y se levanta
de la banca y yo me levanto y la tomo de la mano y empezamos a
caminar y caminar. En un momento siento como ella estira
mi mano y me lleva a doblar la esquina a la calle cerrada y
allí nos besamos muy apasionadamente. Luego me ve a los
ojos y me besa el alma. Toma mi mano y me lleva hasta el
hotelucho del callejón.
Está allí sentada. Las hojas secas nos separan un poco.
Si vamos a compartir la banca mínimamente debería saludar.
“Hola”, le digo pero ella ni siquiera voltea y con la mirada
fija en un perro callejero me responde: “Hola”. Bueno,
qué debería hacer para que aunque sea su mirada se cruce
con la mía. “Me llamo Jairo”, le digo. Si no me responde
me voy para la banca del otro lado del parque. “Sofía” me
responde y sonrío. Ella responde con una de vuelta. “¿Quieres
un café?”. Le digo que sí aunque la cafeína no me gusta.
Su sonrisa me gusta, me gusta la manera en que mueve
los ojos como dibujando en su pensamiento qué decir. La
señora de los tintos llega en su carrito con los termos de café
y café con leche. Pedimos uno de cada uno. Hablamos de todo,
es increíble cómo me pudo caer mal por el hecho de sentarse
en la banca que yo uso todos los días. Su mano se mueve en la
banca como acercándose a mí, pero las hojas secas no dejan
que cumpla su cometido. Las retiro con un movimiento
delicado. Tiene manos chicas, uñas mal cortadas, pero la
verdad son suaves, lo sé porque puse mi mano sobre la suya
y pude por primera vez en muchos días, desde que Ricardo
me dejó sola, sentir las ganas de tener a alguien en mi
cama. “Debo irme ya. ¿Me acompañas a mi casa?” Él queda
desconcertado. “Sí”, responde, se levanta y me da su mano
para levantarme. Intenta ser caballero. Nos dirigimos con
paso lento mientras tomamos lo poco que queda de nuestros
cafés, saco un cigarrillo, le ofrezco uno y él acepta. Al fumarlo
toce y fuma mal. No es fumador, aceptó el cigarrillo para caerme
bien, por alguna razón eso me parece tierno. Tres cuadras
y llegamos. “¿Quieres pasar?”. Acepta tímidamente y se sienta
en el tapete de visitas. Me dirijo a la cocina y le sirvo un poco
de refresco. “Ya vengo, puedes coger cualquier libro si
quieres mientras regreso”, le digo señalando la biblioteca y
me dirijo a mi habitación. Inmediatamente me desnudo, me
meto al baño y con ayuda de la cuchilla retiro cada uno de
los vellos que me harían ver mal, me pongo los calzones de
tirar, me vuelvo a poner la misma ropa que tenía, pero salgo
con muchos cuadernos. “Muchos trabajos en la universidad”
me siento al lado de él en el tapete y empiezo a ojear sin
leer ni prestar atención a los cuadernos que tengo en las
manos. Él lee un libro de Poe y yo con mi dedo toco su
mano, él me ve y por alguna fuerza magnética que los seres
humanos desconocemos nos besamos y él empieza con sus
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IN CRESCENDO
manos a curiosear mis pensamientos.
El viento sopla fuerte en el parque
de la Concordia y aleja una a una las
hojas que separan a Jairo y a Sofía. Un
perro criollo se hace justo al frente
de ellos. Sofía lo mira con ternura.
Jairo rompe el silencio y le dice “Hola”.
Ella lo voltea ver. “Hola” le responde.
Sonríen y empiezan a hablar del clima,
del viento, del perro. Pasa la señora
de los tintos. “¿Se les ofrece un tinto?”.
“No, gracias”, dicen al unísono. Sus
miradas se cruzan y de repente sonríen,
como si fueran cómplices de algún pícaro
pensamiento. El celular de Jairo suena.
“Aló. Sí, con él. Ok. Ya voy para allá”.
Cuelga y la mira. “Fue un placer
conocerte, espero verte de nuevo, debo
salir urgente”. Se besan en la mejilla y él
sale con paso acelerado. Sofía saca de su
mochila un libro y continúa la lectura
que tenía iniciada. Ahora sí es un día
perfecto y allí pasa la tarde, como todos
los días alrededor de las dos.
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Este cuento se escribió en cualquier tarde en un juego de palabras con Daniel
Maya tal vez en algún momento nuestras palabras se vuelvan a unir para contar historias que solo el Oblivium las hará borrar.
El primer no suicidio en San Luis de la Villa
A
riel Bonilla se encontraba escribiendo su carta de
despedida a la vida. Había decidido dejarla por la puerta de
atrás, sin que nadie se diera cuenta, sin que nadie lo notara,
sin que nadie se percatara, sin que a nadie le importara, pero
quería que por lo menos una persona, ahora o en muchos
años, encontrase la carta que se disponía a escribir.
San Luis de la Villa, 30 de Febrero de 1977
A quién le interese, si es que lo hay.
En definitiva Ariel Bonilla era un joven que llamaba la
atención de cualquier muchacha del pueblo. Alto, bien
puesto y con la billetera tan grande que no la llevaba en el
bolsillo sino que le pagaba a alguien para que se la llevara.
Le gustaba caminar el parque con sus amigos y ver florecer
entre faldas orgasmos ocultos y hablar con cualquier mujer
que lo mirara y le dijera: “¿Y usted qué? Hace rato no se
deja ver.” Luego él, sin responderle, la llevaba a tomar unas
cuantas cervezas. Y después de que la muchacha no supiera
donde estaba parada, como borrego obediente la arriaba
a su finca y desvelaba esos orgasmos que pedían a gritos
salir, para después dejarla en la puerta y pagarle a alguien
para que la llevara de vuelta al pueblo.
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IN CRESCENDO
Muchos me ven en la calle y me saludan más para un favor
futuro que porque les interese verdaderamente como estoy.
Amigos pocos, siempre los pude contar con los dedos He sido un
solitario que no supo aprovechar las pocas oportunidades que
me brindaban las personas, pero la verdad nunca me interesó
estar cerca de una persona que no sabe cómo me siento o cómo
me puedo llegar a sentir, y ve la vida como una fiesta mientras
uno la ve como el fin de todo cuando recogen las sillas y barren
el desorden que se dejó. Nací en un lugar dónde todo me lo
daban y la necesidad de tenerlo todo se fue adueñando de mí
hasta que a lo último no podía tener nada.
Aunque tenía todo el dinero que una persona pudiera
tener nunca pudo conocer a alguien que no se acercara a
costa de su bolsillo. Eso lo tenía claro y Ariel Bonilla lo
usaba a su favor obteniendo los mejores manjares a la hora
que quisiera. Era un adicto a perder dinero sin necesidad,
apostaba cosas tan ilógicas como que la Luna iba a salir en
el día o que el Sol saldría en la noche. Solo una vez ganó
y muchos años después se dieron cuenta que había sido un
eclipse. Ariel nunca se pudo enamorar, bueno, a excepción
de cuando conoció a Isabela Manrique en aquellos días de
invierno cuando las nubes caminaban por el pueblo como
ánimas en pena. Fue por esos días que cambiaría y borraría
para siembre al que se conocía como Ariel Bonilla.
Quizás muchos se pregunten de cuando acá el niño bueno que
asistía a misa todos los domingos, que se pensaba que había
borrado para siempre el legado del miedo en su familia por
ser hijo de Don Ariel Eustacio Bonilla, más conocido como el
Matamás, se volvió lo que soy. Isabela, no creo que leas esto,
pero no quiero quedar con las palabras atascadas en algún
lugar adentro que solo tú conoces, no puedo quedarme con
todo lo que quería decirte, no pude. Si hubiera un día perfecto, diría que fue cuando nos fuimos al barranco y desde allí
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EL PRIMER NO SUICIDIO EN SAN LUIS DE LA VILLA
veíamos la Villa y más allá veíamos el Valle, y tú me dijiste
que me amabas y que nos fuéramos lejos. ¿Lo recuerdas? Dije
que sí y salté como un niño de cinco años que quiere alcanzar
una piñata.
El día que Ariel e Isabela decidieron dejar de una vez
por todas San Luis de la Villa, Doña Gladys Tamayo de
Manrique visitó a doña Adalgisa, la bruja del pueblo, para
que la sangre de Ariel Eustacio Bonilla hirviera al salir
de los límites de la villa y así no contaminara a su familia con la maldad. Esa misma noche doña Gladys preparó
sus maletas y las de su hija para marcharse del pueblo que
quería manchar su generación. Ariel al darse cuenta corrió
detrás del carro gritando con todas sus fuerzas el nombre
de Isabela. Pero fue justo en el momento en que cruzó el
puente que empezó a sentir como se consumía desde adentro, hasta que se le formaron unas llagas con pequeñas burbujas de piel que como una delicada tela explotaría al tacto
liberando pus o lo que fuera. Ariel se detuvo. Ariel dejó ir
a la única persona que lo quiso a su lado sin interés alguno. Quedó tirado en el suelo con la mayoría de su cuerpo
carcomido. El tiempo corría, el dolor se agudizaba, los ojos
empezaban a desfigurarse. Pssssssss psssssssss, sonaba su
carne cuando la burbuja explotaba y el pus se deslizaba sobre las llagas del cuerpo. Shhhhhhhhhhhh. Pasó un señor
en una camioneta que llevaba un cargamento a la finca de
los Bonilla y reconoció a Ariel. Frenó, lo levantó del suelo,
lo subió a la camioneta para llevarlo al hospital. Justo en el
momento en que cruzaba el puente de regreso a San Luis
de la Villa el cuerpo de Ariel se fue reponiendo y el conductor gritó. “¡Madre mía, eso es cuestión de brujas!” Y lo
echó de la camioneta.
Ya sabía que estabas en la capital como todos los amores prohibidos
que se van al monstruo de cemento cuya distancia destruye hasta
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IN CRESCENDO
EL PRIMER NO SUICIDIO EN SAN LUIS DE LA VILLA
el latido más sincero. Quien me haya conocido después de ti,
diría que estas palabras no son mías, pero es que no son mis
palabras, son las palabras que sólo pueden salir cuando hablo
de ti. Por más que buscaba la manera de irme detrás tuyo,
la brujería me recordaba que no había lugar para salir de la
Villa, solo la muerte es el único camino que me falta caminar.
que consumía la carta y se confundía
con la tinta. Así que la única manera de
leer la carta está entre líneas, aunque de
seguro ya entendió la desventura de ser
un Bonilla.
Desde ese día no le vio sentido a la vida y decidió
gastar lo que tuviera en los bolsillos en placeres terrenales, lujuria, alcohol, drogas, envidia, superando a su padre
en todo menos en la cobardía de asesinar a una persona.
Tiempo después de vivir una vida de sodomía decidió que
lo único que le faltaba hacer era morir.
Siempre he sido una persona que hace las cosas sin pensarlo,
por ver qué pasa, por diversión, así que la mejor manera de caminar ese camino es vengándome de la persona que más daño
ha hecho a mi vida. Hace poco robé unas cabezas ganado, ni
me interesan, dejé rastros para llegar aquí y me vestí como don
Pablo, un torcido del pueblo. Ya casi es la hora, ahora si puedo
abandonar este pueblo, este cuerpo que lo único que me trajo es
desventuras. A mi familia ni le escribo. ¿Para qué escribirle a
unas personas qué jamás se interesaron en saber lo que pasaba
en mi vida? Esta es la mejor manera de abandonar la vida.
Hasta que la muerte nos una.
Ariel Bonilla.
Justo en ese momento el mismo Matamás abrió la
puerta de un empujón y con dos tiros en la cabeza mató a
la persona de sombrero y camisa roja que escribía la carta.
Por fin se había vengado de la persona que robó parte de su
ganado. Don Ariel Bonilla se acercó al cadáver para ver
cómo había quedado el desgraciado, pero solo pudo ver a
su hijo que sonreía dejando su vida en un charco de sangre
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IN CRESCENDO
De cuando Charlie vio por primera vez
una película de Woody Allen
en una Pizzería
—Rótelo, o se va a quedar con él.
ecía Gloria pidiendo un plon del cigarrillo que fumaba Charlie, su novio. Él simplemente absorbió un
poco de humo y luego tomó su rostro y se acercó a ella. Sus
labios se rozaron, se volvieron uno. Él sopló todo el humo
y ella lo llevaba a su interior mientras él con sus manos exploraba las zonas indicadas de su cuello que la harían erizar.
Ella exhala todo el humo mientras sonríe. No había nada
más excitante para ella.
Acostados con la ventana abierta se dieron cuenta que
la cortina que suele moverse con el viento, estaba estática parecía una fotografía. Se pusieron a divagar de la cortina y de
cómo el viento había desaparecido. Y reían de la estupidez que
ellos habían dicho. Charlie se levantó y fue a desenredar la
cortina, pero no encontró nada que impidiera su movimiento.
El gran Guayacán del frente de su casa todos los días adorna
la vida con un baile suicida que hacen las flores para colorear la
tierra de un amarillo hermoso, pero eso no estaba sucediendo.
Las flores y las hojas estaban totalmente estáticas. La Luna
brillaba, grande, imponente, poética y las nubes formaban
pequeñas figuras oscuras como un algodón de azúcar que
fue tirado a las cenizas. Pero las nubes estaban quietas, las
figuras no se deshacían.
—¡Qué raro! ¡Se robaron el viento! ¡Qué inseguridad!
Inmediatamente se volteó para lanzarse sobre Gloria y
D
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IN CRESCENDO
DE CUANDO CHARLIE VIO POR PRIMERA VEZ...
empezar con una guerra de cosquillas que terminaría en una
faena de sexo cochino y salvaje. Pero ella estaba allí inmóvil,
no parpadeaba, estaba con la sonrisa que él había visto
antes de voltear. Quedó exactamente en la posición qué
la había dejado. El zancudo que hacía unos minutos había
querido vengar una picadura estaba flotando en el aire y él
pues lo mató.
Salió de su casa y todo estaba completamente quieto.
Los carros estaban parados en la mitad de la calle mientras
su conductor se encuentra con la mirada en el frente y
hablando por celular. Una muchacha hermosa se encontraba
sentada en su puerta chateando por el celular.
Charlie corrió por todo el pueblo y todo el mundo estaba totalmente quieto. Llegó hasta el parque agitado, con
el corazón que quería salir de su pecho y observar él mismo
lo que estaba sucediendo para estar así.
—¡La hora!
Vio el reloj, 9:24 con 15, 16, 17, 18, segundos. El tiempo corría. Caminó tomó las cosas con calma. Por más que
pensaba no sabía qué demonios había pasado. Todo estaba
congelado. Menos el tiempo. Fue a la pizzería que le gustaba y tomó una hawaiana que aún estaba caliente y una
gaseosa de la nevera. Se sentó y se quedó viendo el televisor que mostraba una imagen congelada de una película de
Woody Allen.
—¡Sorprendente! Una película de Woody allen en una
pizzería.
Terminada su pizza, tomó una servilleta y vi{o el reloj
con forma de pizza que colgaba en la pared y eran las 7:35:15
p.m. y así por cinco minutos en su reloj. Angustiado revisó
los relojes de cada una de las personas que se encontraban
congeladas en la pizzería y todas marcaban la misma hora, con
uno o dos minutos de diferencia pero la misma hora. Charlie
se sentó en al borde del andén a llorar por no entender lo
que estaba sucediendo y por qué solo él estaba viviendo
eso. Resignado decidió caminar las viejas e inmóviles casas
de un barrio de su pueblo que siempre había querido visitar
pero no podía porque era lo más inseguro de su pueblo. Al
entrar habían dos niños a punto de robar a un señor que se
agachaba a recoger un pañuelo. Detrás de ellos recostados
a una pared se encontraban dos jóvenes que miraban la
escena perdidos en el pegante. Todo lo que estaba allí
estaba totalmente quieto.
Charlie empezó a sentir como su interior enloquecía
pensaba en qué debía hacer, él era el único que estaba viviendo,
que sentía el correr del tiempo, que tenía hambre, que podía
orinar, cagar, que si se caía se raspaba. Él era el único que pasaba
la vida mientras todo se encontraba totalmente detenido. Era
imposible llamar los celulares no tenían tono. Carlos Andrés
Prado Triviño era el único ser en el universo que está viviendo
el pasar del tiempo. Llegó a la desesperación a golpear su
cuerpo, a rasgar su ropa a darse contra las paredes, se negaba a
vivir una vida congelada en el tiempo. Tomó el cuchillo de un
niño que ensayaba los movimientos de la danza del chuzo
y se disponía a clavarlo en el abdomen de su contrincante
imaginario, se hizo un corte profundo que rasgo piel y
carne, cortando sus venas en ambos brazos. Se tumbó en el
piso, la sangre salía a borbotones dibujando dos calles de
sangre que recorrían el asfalto para caer en la alcantarilla.
Charlie, empezó a marearse, la visión se le volvía confusa,
difusa… no podía sentir el latir de su corazón y era un
esfuerzo respirar. Y son ánimos de continuar, escupió su
vida en un último aliento.
—¡Bájese de reloj, cucho hijueputa!
Le decía El patas a un señor que se agachaba a recoger un
pañuelo del piso, mientras le apuntaba al estómago y se acercaba
a paso ligero. Topo, lo tomó por el cuello, le desocuparon los
bolsillos y le metieron un puntazo.
—¡Le dijimos que no pasara por acá! Y salieron corriendo.
—¡Mira ese muerto! ¡Qué gonorrea!
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IN CRESCENDO
Señalaban mientras corrían a
Charlie que se encontraba tirado al
borde de un andén. Frenaron. La gente
empezó a llegar. Nadie vio como mataron
a Charlie. Pero esa escena era normal en
el barrio. El mundo continuo normal. Al
otro lado del pueblo, los carros seguían
el curso normal. Las personas seguían
haciendo justo lo que hacían, sin notar
lo que había sucedido. Gloria, ahora
se encuentra en un psiquiátrico, pues
nunca pudo explicar que su novio
desapareció de su vista justo cuando
se daban los plones de un cigarrillo.
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3:15 p.m.
L
os que han tenido un encuentro cercano con la muerte
dicen varias cosas, entre ellas por ejemplo, que hay un
túnel que lleva a la luz de la eternidad; otros por el contrario aseguran que no hay dicho túnel, lo que hay es una
serie de recuerdos que los agobian y los empujan hacia el
más allá. Por otro lado los que nunca han experimentado la
muerte aseguran que la vida pasa toda en un minuto.
Federico jamás pensó en ello, pero si nos ponemos a
preguntar quizás cada persona saque su propia conclusión del
pre mortem.
En la sala de su casa, mientras servía un vaso de Jack
Danniels, Federico sintió un fuerte dolor en el pecho; su
vista se fue difuminando hasta quedar percibiendo un blanco
enceguecedor. La luz brillante no dejaba ver ni un cielo, ni un
suelo, ni una pared, parecía un infinito blanco; no había norte,
ni sur.
Al lado suyo aparece un niño con zapatillas rojas, medias blancas, pantalón a la rodilla, camibuso de rayas azules
y peinado hacia un lado. No dejaba de mirarlo, tomó su mano
y le dijo:
—Yo fui feliz. Tuve los juguetes que quería, mantenía
jugando canicas con mis amiguitos y pude ganar muchas
para guardarlas con las otras. Maté a un conejo blanco, pero
sólo quería saber si respiraba bajo la tierra. Los adultos se
enojaron. Mamá me dio un correazo y no me dejaron jugar
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IN CRESCENDO
3:15 P.M.
más en la calle.
Federico cae de rodillas y abraza al niño. Las lágrimas
de agradecimiento se pierden en la sonrisa de felicidad y lo
detalla, es increíble poder verse de nuevo a esa edad y aún
con la inocencia de un infante. Las lágrimas de alegría llegan
a sus pulmones, se le hace cada vez más difícil respirar. Al
lado del niño aparece un adolescente que viste el uniforme
del Colegio de Varones, acaricia la cabeza del niño mientras
mira a Federico.
—Pues yo no me quejo. Nos fue bien, tuve las mejores
calificaciones. Conocí a Raquel y le di un beso en los labios
y ella me lo respondió. Fuimos novios y me metía a
escondidas a su cama las noches en que el papá llegaba
borracho, entonces ella dejaba la ventana abierta y de esa
manera supe qué era el amor, la carne y todo lo que en el
colegio decían que era malo.
Dicho esto, el Federico joven concentró su mirada en
el niño que tenía al lado. Federico, manda su mano al pecho,
el sudor corre por su frente de manera excesiva. A la espalda de Federico apareció un Federico adulto, bien parecido,
vestido con bota campana y gomina en el cabello. Sostiene
un cigarrillo, rodea a Federico mientras fuma y lo mira de
arriba abajo y de abajo a arriba.
—¡Llegamos a viejos! —Y se ríe. —Por más que
fumamos, por más que odiamos la vida desde que Raquel se
fue, nos olvidamos de los intereses. Yo no sé si fui feliz, pero
sí sé que disfrute cada momento. No me dejé morir por
Raquel y su estúpido afán de controlar cada paso que daba
en mi vida… nuestra vida. Tomé malas decisiones, pero con
hielo y Jack Danniels; aunque se sufrió, muchas veces supe
pasarla bien acompañado. Disfruté los mejores manjares
en diferentes camas, vi varios anocheceres en ojos distintos
pero a la madrugada siempre estaba solo con mi cigarrillo.
Dio una última calada y conforme soltaba la bocanada parecía que sus pensamientos se iban con las ondas del
humo y empezó a caminar en círculos. Federico veía la escena y no comprendía, cada uno le empezaba a decir cosas
que había olvidado y los recuerdos se fueron amontando en
la blanca luz que los rodeaba. Federico respiró más fuerte
y sintió como su brazo izquierdo se entumeció como si se
le adormeciera. Una mano se posó en ese hombro; al girar
vio a un Federico más maduro con una barba de tres días y
un cigarrillo en la mano. Sin soltarlo del hombro empezaron a caminar hacia ninguna parte, se dedicaron a caminar
alejándose de los demás Federicos.
—Bueno, se tomaron malas decisiones, pero aquí estamos. Dos hijos hermosos nos esperan todas las noches en la
casa, menos mal Gloria nos sacó del hueco en que nos estábamos metiendo. ¡Por culpa de ese imbécil! —Señalando furioso
a Federico adulto que encendía otro cigarrillo.
Federico adulto, al ver que el maduro lo señalaba, se
le lanzó encima, sosteniéndolo por las ropas. Federico niño
empezó a llorar mientras el adolescente intentaba consolarlo.
—¡Cómo decís eso si faltaste a tu palabra! ¿Dónde están
los ideales que forjamos? ¿Dónde quedó el vive y deja morir?
Te fuiste de fondo en un sistema que no reconoce sexo, edad,
raza. Te fuiste de culo a una realidad regida por horarios, números y dinero ¿Dónde quedó Federico? ¿Dónde quedé yo?
Al decir esto, soltó a Federico maduro y se acurrucó a
llorar sin lágrimas. Ahora el niño y el joven son quienes lo
consuelan. El vaso con Jack Danniels cae al piso y el licor
se esparce…
—No todo es tan malo. —Dijo un Federico cuarentón
que se acercaba fumando un cigarrillo. —Todo lo que hicimos nos enseñó algo. Por lo que veo siguen esas batallas
internas del qué haré y de lo que hubiese pasado. Lo que
pasó es lo único que pudo haber pasado y aquí estamos para
contarlo. Fui feliz, los hijos ya son profesionales y nos dedicamos a disfrutar la vida con lo que tuvimos.
Federico confundido se sentó en el piso, dio una calada
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IN CRESCENDO
al cigarrillo que le ofreció el adulto. El niño y el joven se
quedaban atrás pues estaba bien sabido que en conversación
de adultos no se debe meter la cucharada. Los recuerdos
fueron agrupándose cada vez más hasta que consumieron
al niño y al joven que antes de desaparecer se despidieron
con una sonrisa de Federico.
—Sé que la embarré, que tomé decisiones equivocadas
o que me fui con amistades que no me favorecían, pero tienen que aceptar que el hecho de haber vivido esa vida los
hizo lo que son. La experiencia vivida ayudó a que les dieran consejos a sus hijos, no todo es malo. No toda la culpa
es mía, por lo menos yo no tuve que humillarme ante un
jefe para no perder un empleo.
Federico maduro respira fuerte y su cara se torna roja.
—No me humillé, necesitaba el trabajo porque iba a
ser papá, no podía perderlo, a veces se deben tomar decisiones para el bien de los demás.
—Es por eso —complementa el cuarentón— que llega
un momento en el que nuestros sueños se vuelven los de los
hijos y allí se complementa la felicidad. Nuestros retoños
germinando, siendo felices, viviendo su vida.
El espacio se iba haciendo cada vez más chico, los recuerdos crecían más y el siguiente en desaparecer fue el
adulto que, antes de esfumarse, tiró el cigarrillo y lo pisó.
—Buena vida. —Y se despide con un gesto de la mano.
—Se podría decir que este es el final. —Dice Federico.
Los demás Federicos asienten y se evaporan.
Federico empieza a caminar por el túnel que se crea
a través de los recuerdos y se pierde en la luz al final del
camino. Así, de esa manera Federico se despide del mundo,
sin probar un trago de su whisky justo cuando el reloj marcaba las 3:16 p.m.
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Coma
A
bro lentamente los ojos, mis párpados parecen que
hubiesen estado sellados. Todo se ve borroso. La luz
quema mis ojos, pero me adapto poco a poco. Al lado mío
alguien grita:
—¡Doctor, doctor! ¡Ha despertado!
¡Edwin ha despertado!
De repente la habitación es invadida por varias personas
vestidas de blanco. Hablan entre ellas cosas que no entiendo.
Todo es confuso. Una mujer, la más bajita de todas, toma
de la mano a otra que llora con una sonrisa en el rostro y
me mira alegre, mientras siento que varias manos tocan mi
cuerpo, pero no sé quién es ella.
—¿Presión cardiaca?
—Normal
—¿Respiración?
—Estable
Un hombre se me acerca y me mira a los ojos:
—¿Cuál es su nombre?
—Edwin Camacho Pelayo
—¿Sabe dónde está?
—No sé, en un hospital,
supongo.
Él me empieza a contar del accidente. Yo iba cruzando
la calle pero estaba distraído. Un carro amarillo me arrolló
y yo perdí el conocimiento. Dos meses en este hospital y
sólo me ha visitado una mujer, Valeria.
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IN CRESCENDO
COMA
Quedo en shock. No recuerdo absolutamente nada.
Yo me dirigía a la oficina como todos los días, pero ese día
llamó mucho mi atención una tienda de antigüedades que se
inauguraba. Ingresé y un libro me distrajo, El Sepulcro de
los Vivos, el favorito de mi padre; estaba viejo, con las hojas
amarillas, algunas de ellas comidas por los insectos. Lo tomé
y olía a libro sabio, aquellos que tienen tantos años y que ha
pasado por tantas manos que daba la impresión que me había
elegido. Me lo llevé, ojeaba las páginas y sentí la necesidad
de empezar a leer… un parpadeo y estoy aquí, rodeado de
toda esta gente.
Paso por todos los chequeos, debo estar en observación
unas semanas para ver como evoluciono, parece que todo
saldrá bien. En esos 15 días de observación paso por
algunos especialistas, mi cuerpo poco a poco se recupera a
excepción de mi pie derecho, que duele mucho al apoyarlo,
dicen que necesitaré un bastón. Valería, la mujer que me ha
visitado durante el tiempo que estuve en coma ha seguido
visitándome. Viene dos veces al día: por la mañana, en dónde
me lleva una fruta, y en la noche dónde habla de lo que hizo
durante el día. Recuerdo la primera vez que vino a visitarme
después de que desperté del coma: Ella estaba recostada en la
ventana y sonreía al verme. Yo sonreía con ella, pues ella fue
la que avisó a los doctores cuando desperté. Sin embargo no
sabía quién era. Estaba acompañada por una enfermera quien
discutía con ella y no la dejaba entrar. La puerta se abrió y la
enfermera me preguntó si tenía familiares. Le contesté que
no, que los más cercanos estaban en el exterior. (Siempre
he sido una persona solitaria, los pocos amigos que tengo,
si es que se pueden llamar así, son los de la oficina, pero
ninguno vino a visitarme, ni siquiera Patricia, la chica de la
fotocopiadora que, según pensé, coqueteábamos. Me acabo
de dar cuenta que se me ha negado el don del coqueteo).
—¿Desea recibir visita de la señorita?
—Sí, claro
La enfermera se acercó a la puerta y le dijo a Valeria:
—Pase
—Si ve, le dije que él quería verme —Le contestó algo
ofuscada.
Caminó hacia mí. Sonreía pero las lágrimas salían de
sus ojos. Me miraba como queriendo decir algo, pero sus
labios temblaban y no pronunciaba ni una palabra.
—Hola —Le dije mientras le devolvía la sonrisa
—Hola —Me respondió mientras su dedo índice rozaba
mi mano. Sentí un corrientazo en el estómago. Algo me
decía que la conocía. Su voz se metía en mí removiendo
todos los dolores que sentía y solo podía sonreír ante
ella.
Ella se sentó en el lugar del visitante, me miraba,
sonreía y con su mano izquierda se limpiaba las lágrimas.
Tomó aire y empezó a contarme que todos los días iba a
leerme un libro de Dostoievski que estaba en la mesa al
lado de la cama, cada día me leía un fragmento. Justo cuando
desperté me leía las últimas páginas.
—Y entonces ¿cuándo termina de leerlo? —Estiré mi
brazo hasta la mesa de noche y se lo pasé.
La sorpresa en la cara de ella fue clara. Recibió el libro
y empezó a leer. Su voz era suave, dulce. No entendía nada.
No sabía de donde venía la historia, pero ella estaba animada
y en su rostro de dibujaba cada escena que narraba, luego lo
leeré. La diferencia es que lo acabo de empezar por el final…
Aún está oscuro, el Sol ya casi sale y es mi último día
en el hospital. Valeria me terminó de leer El Sepulcro de los
Vivos y dijo que quería venir para llevarme a mi casa. No
recuerdo donde es mi casa. Los doctores dicen que es normal
no recordar algunas cosas, pero que el tiempo ayudaría a que
cada uno de los recuerdos se alojara de nuevo en mi mente.
Ojalá recuerde a Valeria, es muy hermosa. Su cabello negro,
sus ojos oscuros, sus labios; la forma en que se pasa la lengua
por los labios cuando lee. Es una mujer realmente hermosa.
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IN CRESCENDO
Ya es media mañana y tengo la orden de salida en mis
manos y un bolso. Valeria llega. Trae en una bolsa ropa nueva
y un bastón. Me abraza con cuidado, me pasa la ropa y espera
mientras me cambio. El olor a nuevo es delicioso. Ponerme
el tennis derecho duele. El pie aunque parece normal está
lastimado. Salgo cojeando y ella me pasa el bastón.
—Es un obsequio, lo necesitarás
Lo agarro y nos dirigimos a la casa. Valeria sabe dónde
vivo, quizás los doctores le dijeron o entre mis pertenencias
estaba la dirección o lo más probable es que nos conozcamos
de antes, quisiera recordarla. Ahora que lo pienso no tuve
tiempo de organizar mi casa ¡Qué pena!
Al llegar, la casa está impecable. Valeria me voltea a ver
y con una sonrisa gigante y extendiendo sus manos dice:
“¡Tará!” Yo me acerco a ella y nos besamos.
Hoy ha pasado un año desde que desperté. He recordado
muchas cosas, por ejemplo que iba a devolver el libro porque
estaba muy maltratado. También recuerdo que tenía varias
reuniones pendientes, pero nadie se comunicó conmigo
durante los dos terribles meses. Pero no recuerdo a Valeria.
Intento recordarla pero siempre que lo hago, la cabeza me
empieza a doler de una manera insoportable. La he citado
a las 3 de la tarde, faltan exactamente 6 minutos para que
llegue. Le pediré matrimonio, ha sido el mejor año de mi
vida… o de lo que recuerdo de ella.
—Hola amor —Dice ella sonriéndome. Me besa. Pedimos
un par de tintos y nos miramos.
—Princesa, hoy es una fecha importante, hace un año te
conozco’ y antes de todo quisiera preguntarte algo.
—Dime —Me dice con duda.
—¿Hace cuánto me conoces?
Su rostro cambia. Sus labios empiezan a temblar y en su
rostro empieza la metamorfosis de alegre a triste. Le tomo
la mano.
—Tranquila mi amor, sé que no te recuerdo pero te amo y
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COMA
solo quiero saberlo. Todas las noches intento hacer memoria pero
no te recuerdo. ¿Me dices? —E
inmediatamente hago ese puchero
que a ella le fascinaba.
Ella me suelta la mano, me mira a
los ojos, toma aire y me dice:
—Yo fuí quien te arrolló en el carro.
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IN CRESCENDO
Polos opuestos
R
ecuerdo una vez en clase de tecnología en el colegio
mientras intentaba mirarle de qué color eran los cucos a Vanesa, la niña más bonita del salón, que el profesor
dijo “Y así es como los polos opuestos se atraen”. Y empezó a
dibujar en la pizarra verde con una tiza blanca un signo
más y un menos (+ -), luego puso el ejemplo con imanes.
Pues a decir verdad me concentré más en los imanes que
en los cucos rosados de corazones de Vanesa. Era curioso
como cuando se ponían los polos iguales de los imanes no
se podían juntar por más fuerza que uno tuviera. Con Andrés, jugábamos a llevar un imán al otro extremo del salón,
arrastrándolo con la fuerza del otro que lo alejaba. Para ese
entonces esa frase no era más que un juego de niños.
Luego la adolescencia empezó a dar sus primeros
golpes. Una sombra del bozo, por el cual me llamaron
muchas veces ‘Bozo de lulo’. Una voz horrible. Pero ahora
ya no me fijaba en los cucos de Vanesa, sino que me fijaba en
cómo le habían crecido las tetas a ella o a cualquiera. Una
vez con Andrés estábamos ubicados debajo de las escalas
que llevaban a la cafetería del segundo piso del colegio, esa
era la oportunidad perfecta para ver entre las rendijas de
las gradas los cucos de las peladas de once. Una que otra
vez nos dimos cuenta que Valeria no llevaba nada puesto
y muchas veces fue víctima de mis pensamientos. Fue allí
cuando escuché a Jaime que le decía a ‘El negro’: “Tranquilo
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IN CRESCENDO
POLOS OPUESTOS
hermano, que los polos opuestos se atraen”. Aconsejándolo,
porque se había tragado de Lina, la rockera del salón y él
pues era un amante al vallenato. Ahí conocí otro significado
de esa oración y no tenía que ver nada con esos imanes.
Aunque para entender esta frase, no fue necesario ni
mi profesor de Tecnología, ni mucho menos Jaime o ‘El
negro’ del colegio. No. La mejor forma de entender cualquier
teoría, se resume en dos palabras: LA PRÁCTICA. Y no, no
me ha llegado la oportunidad de ejecutar dicha premisa,
pero quién más que mi mejor amigo, Jairo.
A Jairo lo conocí unos días después de entrar a la
universidad. Allí no había uniformes para buscar cucos, pero
si había tetas por doquier. Jairo era considerado el ‘raro’.
Él siempre llevaba sandalias, tenía el pelo largo, castaño
y liso. Una chivera larga. Pero aunque no lo crean eso no
era lo que llamaba la atención de él, no, eran esas gafas
redondas estilo John Lennon, y su extravagante olor a
pachulí. Siempre llegaba en una monareta, con una mochila
terciada y se hacía en las últimas filas del salón al lado de
la ventana. Yo también me hacía en las últimas filas, pero
al otro lado, pegado a la pared; así podía, si la clase estaba
aburridora, sacar un libro y leer, mientras el profesor
hablaba sobre alguna anécdota, vanagloriándose de su
profesión y recordándonos como la mitad de nosotros no
coronaremos la carrera.
Una vez estaba sentado leyendo Opio en las Nubes,
cuando él se acerca y me dice “Loco, buen libro. Ese
Chaparro estaba tostado”. Yo llegué hasta un punto seguido
y lo volteé a mirar “Sisas, debió meter hasta lo que no se
mete”. Nos reímos. Se sentó a mi lado y me dije que no era
tan raro como se veía. Es más hasta las esencias le daban
cierta tranquilidad a uno. Recuerdo, que jamás llegué a
preguntarle cómo se llamaban o cómo las compraba uno
en el mercado, yo seguía comprando las réplicas de lociones
famosas que valían diez lucas, a mí lo que me importaba era
quitarme el olor a cigarrillo.
Ese era el plan de todos los días, sentarnos a leer, divagar
sobre los libros, los escritores, los cucos o las tetas. En
ocasiones hasta agrupábamos a las mujeres por tallas de
sostén, como no sabíamos cómo se dividían creamos tres
grupos “Grandes, Medianas y Pequeñas”.
Ese octubre cuando todos estábamos consumidos por
el estrés de los parciales, mientras hacíamos uno de los tantos trabajos que habíamos dejado para lo último, él me dice
“Loco, ella me tiene en las nubes”. Señalándola a ella. Ella
era Ana. Una de las mujeres más calladas. Tanto así que si
no fuera porque Jairo me la señalaba nunca la habría visto.
Ese día en particular, llevaba una blusa blanca, un jean y
unas sandalias. Su cabello era largo y liso. Su tez blanca,
una mirada brillante. La cosa fue que justo cuando Jairo la
señalaba para mostrarla, su mirada se cruzó con nosotros,
lo que hizo que sus mejillas se tornaran rojas y sonriera.
En ese momento entendí porque lo tenía en las nubes. Esa
sonrisa era lo que lo tenía hechizado. Después vi a Jairo y
recordé lo que Jaime le dijo al ‘Negro’ en el colegio “Tranquilo hermano, que los polos opuestos se atraen”. Le dije.
A los días siguientes, después de 15 días de trabajos,
parciales, exposiciones y cualquier tipo de cosas que los
profesores se inventan para vengarse de lo que les hicieron
a ellos en la universidad. Se llegó el día de descansar y
celebrar el paso triunfal por esos días de tortura, café y
trasnocho. Decidimos tomar unas cervezas en un bar cerca
de la universidad. Un bar subterráneo, un sótano con un
patio muy grande, donde se podía tomar y fumar todo lo
que se quisiera. Pedimos un par de cervezas, nos sentamos
en una mesa alejada de la zona de fumadores. Él me miró
a los ojos y yo supe que quería hablar pero le daba pena
“Suéltelo”. Le dije. Y empezó a hablar por un largo tiempo
de Ana. Se animó a hablarle, la invitó a un café y el ‘clic’
fue instantáneo. Han salido algunas veces, han tomado café,
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IN CRESCENDO
POLOS OPUESTOS
visto películas, han caminado por los parques de la ciudad
y él le ha leído fragmentos de sus libros favoritos; también
han escuchado por horas interminables a los Beatles y
juntos cantan de vez en cuando Love me do, If I fell y
otras tantas cursilerías. Jairo habló tanto de Ana que yo lo
único que quería saber era si comprábamos otra ronda de
cervezas.
Gracias a esa historia, supe el por qué ya no teníamos
tarde de lecturas y ya habíamos perdido la costumbre de
agrupar a las nenas por el tamaño de sus senos. De repente escuché dos palabras que me devolvieron la atención al
loco que tenía al frente “… y sobre todo porque ES CRISTIANA”. Yo no había entendido del todo ¿sobre todo qué?
Pero no podía preguntarle, se habría enterado que en vez
de ponerle cuidado estaba viendo a la mona que estaba en
la barra pidiendo una cerveza y estaba esperando que volteara para empezar el coqueteo y justo cuando gira hacia
nosotros Jairo suelta tremenda información.
“Tranquilo hermano, que los polos opuestos se atraen”.
Le repetí, pero esta vez lo dije de corazón. Esta vez sí
me concentré en mi amigo que tenía un debate existencial.
Desde que lo conozco habla de Krishna o Ganesha. O de
cómo cuando empezó a leer sobre el mundo Yogui cambió toda su percepción del mundo. Dejó de comer carne y
practica yoga todas las mañanas. Ahora sí que se debe encomendar a Kámadeva, el dios hindú del amor para ver que
‘milagrito’ le hace para cuando le cuente a Ana.
Ana es amiga íntima de Sofía. Sofía era una amiga que
por ese entonces no le hablaba mucho, pero me acerqué a
ella para hablar sobre Ana. Ya saben, los amigos debemos
ayudar a los parceros, sobre todo cuando son tan polos
opuestos. Y la vaina no mejoraba. Ana va los jueves y
domingos a culto. Los miércoles a las células de jóvenes,
reuniones que hacen entre ellos para orar y cantar al Señor.
Y fuera de eso algunas veces a la semana iba a unas alboradas:
madrugar a las 5 de la mañana para seguir orando. Y mientras
Sofía me contaba eso, yo miraba cada vez más lejos a Jairo
de la mujer que idealizaba.
“¿Averiguó algo?”. Sin dejarme llegar empieza el
interrogatorio. “Tranquilo hermano, los polos opuestos se
atraen”. Él me miro con una sonrisa. Eso era todo lo que
quería ver. Una esperanza en una sonrisa.
“Loco, nos vemos a las 3 donde El tío”. Me dice Jairo
en una llamada. Bueno, a las 3 en punto me dirijo hacia
allá. Como dijo Jaime Garzón en tono satírico “¿Para qué
llegar temprano si nadie va a llegar?” A las tres y cuarto
llego. Jairo estaba sentado en una de las mesas donde El tío
y al lado suyo Ana. Me acerqué, me senté en una silla libre
junto a ellos. Me dio un gusto enorme verlos juntos y más
cuando los vi tomados de las manos. Ahí noté sus manos
delgadas, sus uñas largas blancas y con palabras impresas
¿Cómo demonios logra eso? ¡Qué desocupe! Pensé, no
lo dije. Pedimos tres tintos. Hablamos de temas varios.
Música, películas, deportes, de todo… menos de religión y
política, mi padre me enseñó que era una falta de respeto,
uno nunca sabe con quién se va a encontrar. Ana es una
mujer sencilla, no sé porque nunca la había visto si siempre
tiene esa sonrisa. Cuando terminamos el café ella dijo “Me
tengo que ir”. Era jueves, yo sabía para donde iba. Jairo y yo
la acompañamos al bus. Mi sorpresa fue cuando se besaron.
“¿Qué? ¿Muy enamorado?”. Le dije. No podía dejar pasar de
largo mi oportunidad como amigo de burlarme de un parcero
enamorado. Él se sonrojó y abordó otro bus.
Hoy, varios años después, escribo esta nota rápidamente
porque soy el padrino de una boda. Estoy un poco lejos y no
quiero llegar tarde. No es en una iglesia, es en la montaña y
parece que todo está muy bien organizado. La despedida de
soltero fue una locura: ¡Motilamos y afeitamos a Jairo! ¡Qué
sorpresa se llevará Ana! Sólo recuerden algo “los polos
opuestos se atraen”. Es una ley física.
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IN CRESCENDO
Por otro lado, Jesús, Krishna y Kámadeva están jugando piedra, papel o
tijera para saber quién irá al matrimonio. Yo opino que deberían ir los tres o
los que quieran. Es más… Usted también está invitado.
Episodio Clara
E
l día que la vi por primera vez fue un jueves en clase, estaba acompañada por alguien. Su cabello castaño
caía sobre su rostro para terminar rozando su cuaderno.
No quitaba la vista de su libro y su pierna izquierda pasaba
sobre la derecha columpiando su pie. Su cuello lo cubría
un degradé de vellitos que eran suaves al tacto del hombre
que tenía al lado, cuando eso sucedía su cuerpo se erizaba
y un corrientazo pasaba por todo su cuerpo cuyo fin único
es una sonrisa que limitaba con unos hoyuelos. Una mirada
diáfana, bajo unas cejas finamente trazadas que continuaban en una nariz respingada, diminuta. En definitiva, desde
ese día soñé hacer eso, que mis dedos acariciaran esos vellitos que se asomaban; por esa razón me hacía en el puesto
que estaba detrás de ella, porque podía dibujar fantasías en
su espalda. Imaginar que sus lunares son islas y yo un corsario que nada por su cuerpo descubriendo islas remotas
que jamás nadie ha descubierto, ni ella misma.
Natalia creo que se llama, aunque la verdad tiene cara
de Carolina. Cara de levantarse temprano, de caminar sin
pisar las líneas del piso, de tomar el café dulce, de ahogarse
si fumara cigarrillo, de adornar su habitación con colores
pasteles y de tener una repisa con la colección de osos de
felpa que le han regalado los exnovios. Claro que cuando él
le rozaba el cuello, el brillo en sus ojos le cambiaba la cara,
cuando hacía esa sonrisa maliciosa tenía cara de Catalina,
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IN CRESCENDO
EPISODIO CLARA
de ninfómana insaciable, de musa del sexo, de actriz porno.
Ahí podía imaginar más cosas, por ejemplo, que yo actuaba
con ella en una porno o para no irnos tan lejos, mejor que
la esperaba en la puerta después de clase y con una mirada fácilmente descifrable nos iríamos a un lugar solitario
donde todo lo que imaginé podía realizarse, pero no, allí
estaba ella hablando con él y no conmigo. Curiosamente el
acompañante solo fue esa vez, no lo volví a ver ni siquiera
en la universidad, sin embargo seguí con la costumbre de
custodiar su espalda.
Un día estaba explorando desde lejos un conjunto de
islas que llevaban de la paleta al hombro, en un camino zigzagueante y al llevar mi mirada a la cima su hombro me
encontré con su mirada:
—¿Me prestas las copias, por favor? —Esas serían las
primeras palabras que darían inicio al Episodio Clara,
como se llamaba.
Nombre que nada tenía que ver con su apariencia,
pues a veces era oscura, otras brillante, otras opaca. Clara
tenía tantas variaciones de personalidad que nunca se sabía
que esperar cuando se esperaba un encuentro con ella. Le
presté las copias a cambio de un café, ella aceptó porque de
verdad necesitaba las copias.
Nos vimos en el café de la Calle Chueca, un lugar
donde uno puede conversar sin necesidad de gritar, con el
ambiente sonoro de la voz de Silvio Rodríguez, Mercedes
Sosa, Luis Gabriel, Piero. Un buen café y una galletita. Ella
miraba el café como si pudiera enfriarlo con la mirada y
luego se mandaba un sorbo del café, del que aún salían hilos de humo.
—Cuando hace tanto frío lo caliente no se siente —decía tomando tranquilamente su café. Lo malo es que
eran las tres de la tarde y hacía un sol infernal.
Cuando le dije que hacía mucho calor ella me contestó:
—Todo está en la mente —seguía bebiendo su café
como si nada y yo no podía ni dar el primer sorbo.
Nos despedimos y no parecía haber ninguna pretensión que solo el café compartido.
Aunque la conversación en el café me dejó mucho
que pensar seguí con la costumbre de ser el corsario de su
espalda.
—¿Por qué no se hace a mi lado?
Me despertó su pregunta del viaje por sus islas.
—Porque si me hago ahí no puedo navegar —le dije.
Clara no entendió la respuesta y me di cuenta por el gesto
en su cara.
—Todo está en la mente —complementé mi respuesta,
pero el gesto continuaba.
Me hice a su lado y me di cuenta que en su brazo tenía más islas, es más, no me había dado cuenta, pero como
llevaba puesto un vestido, en su pierna tenía una mancha
de nacimiento con forma de la isla más grande que jamás
había visto en los pocos mares que había explorado en su
cuerpo.
—Aquí también se puede navegar, pero más poquito —le
dije sin quitar la vista de los lunares que tenía en el brazo.
—Me tienes que explicar eso —me respondió sin quitar
la vista del profesor.
Ese día me pidió que la acompañara, que debía hacer
algo. Estaba más dulce que nunca. Caminaba dando brinquitos y cuando hablaba abría su manos como dibujando
lo que describía, como si fuera algo muy grande. El viento
le alborotaba el cabello, pero en vez de acomodarlo movía
la cabeza para lado y lado; sostenía su vestido a lo Marilyn Monroe para que este no se volara y dejara ver sus
privilegios que sin lugar a dudas encerraba algunas islas
inexplorables.
—¿Qué es lo que tenías que hacer? —le pregunté mientras caminábamos la Avenida Primera.
—Caminar contigo —me respondió mientras caminaba
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IN CRESCENDO
EPISODIO CLARA
de para atrás sin apartar su mirada de mis ojos —mira,
uno puede llegar todos los días, ver clases, perder el
tiempo por ahí, pero llegan los jueves y sé que será un
buen día, porque ese día tu mirada toca mi piel como lo
hace el viento en este momento y eso me gusta.
Yo no podía corresponderle la mirada siempre, pues
me preocupaba donde pondría su siguiente paso. Clara tenía la habilidad de caminar hacia atrás y no caerse. Aunque
la verdad, era la más torpe caminando como los mortales,
era un imán para los tropezones. Otra habilidad que tenía
era que hacía que yo mirara hasta los detalles más pequeños que la hacía ella.
La vez que más me pareció extraño su comportamiento fue un jueves que desde que llegó a clase parecía la mujer
más furiosa del mundo, su cara angelical contrastaba con
esa mirada fría. Nadie le sostenía la mirada, ni yo, pues solo
bastaba contar hasta tres y uno podía sentir como el frío
de su mirada lo empezaba a congelar a uno. Ese día cubría
todas sus islas con un pantalón negro y un buso quizás dos
tallas más grandes que ella. Solo había una isla visible en
su mejilla derecha que era visitada por una lágrima que la
recorría. Con mi mano intenté secarla pero su mirada me
congeló. No hablamos ese día, pues al concluir la clase se
paró bruscamente del asiento y salió como peleando consigo misma. Al otro día me llamó, me dijo que nos viéramos,
que la disculpara, que hay días que no se aguanta ni ella
misma.
Nos vimos a las siete de la noche en el parque. Caminamos por primera vez tomados de la mano. Mi mano sudaba
o la de ella, quien sabe, la cosa es que cada tanto nos soltábamos, nos limpiábamos y nos tomábamos de la mano de
nuevo.
—¿Qué es esa vaina de navegar en clase? —dijo Clara
cuando nos limpiábamos la mano como por séptima vez.
Le dije que nos sentáramos debajo de la veranera del
parque y dijo que sí. Al norte del parque hay una veranera
gigantesca, la más grande que haya visto en mi vida. Sus
hojas y flores caen cubriendo una silla que desde hace varios años sirve de celestina para los amantes furtivos. Al
llegar allí nos sentamos y después de un silencio atronador,
solo opacado por la iglesia, que invitaba con sus campanas
para la misa de ocho; con mi dedo índice empecé a tocar
cada uno de sus lunares visibles:
—Desde que te vi soy un corsario que navega sin fatiga
el mar de tu cuerpo. Tus lunares son islas, que visita
mi mirada, soñando una caricia o contarlos con besos.
Ella estaba inmóvil, escuchaba cada palabra y su piel
se tensionaba cuando mi dedo pasaba de isla en isla. La
última que visité fue la de su mejilla, que con un poco más
de fuerza, giré su rostro y quedamos uno frente al otro, a
centímetros, sus ojos se agigantaron y se cerraron como
esperando que se culminara el acto, yo acerqué mis labios y
nos besamos y nos volvimos a besar.
Los primeros besos son interminables e inolvidables,
uno pasa tanto tiempo soñándolos, imaginando cada movimiento y cuando se hace realidad se cumplen todas las
expectativas que uno no quiere dejar de probar esa miel de
los labios.
Un jueves no llegó. Me salí de clases y empecé a caminar. Clara y yo llegamos al momento de no saber lo que
éramos. Una pareja de jóvenes que se besan en la esquina
de vez en cuando, toman café y se pelean, porque los días
en que Clara se dejaba absorber por las otras Claras más
deprimentes o coléricas o lo que sea, se negaba a hablarme
y se iba sin despedirse, pero como hacer un reclamo sino
éramos nada, teníamos solo una amistad acompañada de
besos y manos sudadas. La llamé y no contestó. Fui a su
casa y ella abrió la puerta, la iba a cerrar pero puse mi pie
como en las películas, si hubiera sabido que eso dolía no lo
hubiera hecho.
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IN CRESCENDO
—¿Qué quiere? —me dijo.
—Verte —le contesté.
Ella no dijo nada, se quedó completamente quieta. Tenía sandalias, bicicletero y una blusa de tiritas, la pinta de
casa. Ahí estaba parada, sin apartar su mirada de la mía.
Dos minutos quedó congelada.
—Ya me vio —dijo tranquilamente y cerró la puerta.
Esta vez no puse mi pie, ella tenía razón.
Ese día la vi cuando llegaba a la universidad, de nuevo
era la dulce Clara. Con su vestido de flores venía corriendo, movía sus manos para saludarme. Yo la vi y le sonreí.
Eso como que encendió su motor y corrió a mi encuentro.
Yo con mi mano le dije que esperara, pero ella hizo caso
omiso. Sin quitarme la mirada de encima aceleró su paso
con los brazos abiertos ¡Cómo me encantaba la dulce Clara!
El semáforo cambio a verde, los carros se movieron y dos
conductores afanados arrancaron en amarillo. Clara iba a
mitad de camino, un automóvil no la vio y la levantó, su
cuerpo dio un par de vueltas en el aire y cayó a unos metros
más adelante. Yo corrí a su encuentro, ella lloraba, le tomé
el rostro, la besé y no volví a ver sus ojos.
Ese suceso de mi vida lo llamé Episodio Clara, un
nombre simple pero con mucha carga emocional. No pude
explorar sus islas, el Médico Forense se llevó el privilegio.
Esas fueron las dos semanas más intermitentes de mi vida
junto a ella. Ahora los jueves no son los mismos, sobretodo
porque su asiento lo ocupó Gerónimo y yo me pongo entonces a hacer de cartógrafo y dibujo las islas que conozco
en mi cuaderno, especialmente esa gran isla de su muslo
derecho.
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Sexo de celebración
A
ugusto Santamaría buscaba desesperadamente sus llaves
en el bolsillo. Al encontrarlas, un pequeño hilo se enredó
en el llavero impidiendo que pudiera abrir la puerta.
—Vecino ¿Peleando con las llaves? —Dice Sepúlveda,
el vecino del piso de arriba, quien llevaba unas bolsas de
mercado y subía las escaleras del edificio.
—Sí, nunca me ganan.
—¿Qué horas tiene? Vecino.
—Faltan cinco para las ocho —Ya casi es hora, pensó.
—Gracias.
Después de varios segundos de lucha cerebral contra los
hilos del bolsillo en las llaves, logra su cometido y se dispone
a abrir la puerta. La llave ingresa en la ranura de la chapa, con
un pequeño movimiento hacia la derecha queda desajustada,
pero algo impide que se abra la puerta, con un poco de fuerza,
no mucha, la abrió y un disparo silencioso acaba con su vida,
cayendo al piso con el llavero que Mary le regaló el día que
cumplieron tres meses de estar saliendo, hace ya varios años.
No había nadie en el edificio, a excepción del vecino de arriba,
el asesino salió tranquilamente del edificio y se perdió entre la
gente. Tarea cumplida, el negocio se ha culminado.
Una de las fechas más importantes para Augusto Santamaría sería ese 23 de septiembre, pues se disponía a cerrar uno
de los negocios más importantes de su vida y así poder trabajar con empresas pioneras en el diseño en América Latina.
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IN CRESCENDO
SEXO DE CELEBRACIÓN
Se despertó como todos los días con cinco minutos de estiramiento y sonidos animales que salían por su boca y trasero. Se
levantó, puso a hacer café mientras buscaba la ropa que usaría
ese día. Tarareaba alguna canción que odiaba y le enviaba un
mensaje de buenos días a Mary, quién le había prometido una
noche fantástica de celebración después de cerrar el negocio.
Y Augusto tenía claro que el sexo de celebración junto al de
reconciliación es el mejor sexo que se puede tener y eso lo
animaba para que su día fuera perfecto. Al salir de la ducha
se tomó el café, pensó en acompañarlo con un cigarrillo pero
decidió ponerse la ropa mientras degustaba el tinto. Al terminar de organizarse se miró al espejo, allí vio todos sus sueños
cumplidos, las largas jornadas de trabajo con Nicolás, su socio
y mejor amigo; pero que hoy 23 de septiembre se empezarían
a recoger todos los frutos.
A las 7:35 a.m. tocó la puerta Nicolás que al verlo le dio
un abrazo:
—Le dije que de negro —dijo Augusto mientras detallaba como estaba vestido Nicolás.
—No tengo blaisser negro ¿Me va a prestar uno? Y
ahí si quedamos uniformados, como el equipo que somos
¿Y Mary? ¿Vendrá hoy? ¿Nos acompañará?
—Muchas preguntas seguidas. Sí, le presto el blaisser.
Mary viene esta noche a celebrar, debe presentar unos
exámenes en la universidad a las 9. Pero será una noche
brutal, sexo de celebración. Me imagino que ya no se acuerda
que es el sexo de celebración ¿Hace cuánto usted no se tira
a una nena?
—Hace varios meses
—Qué pena, ya no debe recordar lo que es el sexo de
celebración, pero el sexo de celebración es como el sexo de
reconciliación pero sin un error cometido, o sin una embarrada que chuce el corazón. El problema del sexo de
reconciliación es que es salvaje, duro, fuerte y a veces uno
ni sabe si la nalgada es por el momento de la faena o porque
de verdad es una nalgada por lo que se haya hecho. Por otro
lado en el sexo de celebración, no hay un hecho que haya
interrumpido la relación, por el contrario todo es bueno
¡Celebración!
—¿En dónde está el blaisser? —Dijo Nicolás mientras
abría el armario de Augusto —Yo estoy emocionado, hoy
es el después, del antes y el después que siempre hablábamos. Debemos de tomarnos algo.
—Claro, pero no creo que hoy, más bien mañana
¿Quieres un poco de café? —Dijo Augusto tomando la
cafetera y señalando el blaisser.
—Sí, qué rico un café ¿Tiene cigarros? —Nicolás contestó poniéndose el blaisser negro de Augusto.
Augusto sirvió en un pocillo un poco de café y lo llevó a
Nicolás ofreciéndole un cigarrillo y esta vez fumaron los dos.
El humo empezaba a formar figuras que se transformaban con
el viento, con la respiración, con las palabras y ambos amigos
practicaban el discurso de socialización del proyecto en el que
habían trabajado tanto. Terminado el tinto Augusto guardó
sus papeles, en un bolso guardó su computador portátil y
en su bolsillo derecho metió sus llaves del apartamento y se
dirigieron a la oficina de Fonseca y Asociados.
Mary se encuentraba en la universidad a punto de
presentar unos exámenes que la ayudarían a terminar el
semestre con un promedio alto y así poder seguir con la
beca que había conseguido por buen rendimiento académico.
Sentada en su escritorio, al frente la hoja, tres preguntas
sencillas, ella recordaba que eso lo había estudiado y que lo
sabía indudablemente, pero por su cabeza se pasaban de vez
en cuando la imagen de los muchachos, como le decía a la
amistad de Augusto y Nicolás, presentando su proyecto.
Hace un esfuerzo y después de 45 minutos de examen
lo entrega al profesor:
—Mary, siempre de primera, siempre buenas notas.
—Espero que esta también, profe.
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IN CRESCENDO
SEXO DE CELEBRACIÓN
—Ya veremos.
Se fue para el bloque de medio ambiente de la universidad y se sentó en una de las tantas zonas verdes que hay en el
lugar. Lee, escucha música, habla con extraños, toma café de
la chaza, fuma, está desesperada, la impaciencia camina por
todo su cuerpo desde la punta del dedo gordo hasta la punta
de la frente, que era lo único que no era acorde con su figura
y por eso usaba un capúl. Mira la hora 10: 45 a.m. Se levanta,
empieza a caminar de allá para acá y acá para allá. Cigarrillo.
Café. Hora. Risa hipócrita a quien saluda y no conoce. Café.
Cigarrillo. Hora. Su celular vibra, lo saca y lee: “Amor, terminó la reunión la licitación es nuestra” Mary sonríe, por fin sus
vidas van a cambiar. Recibe otro mensaje: “Esta noche será
inolvidable” y luego otro: “Se le quedó un libro en el salón,
señorita Rodríguez”.
A la hora del almuerzo Mary se dirigió a la entrada de la
universidad donde la esperaban Nicolás y Augusto. Augusto
la abrazó, se besaron y dieron vueltas en un solo punto. La
gente los miraba extraños pero no importaba, ellos tenían
verdaderos motivos para celebrar.
—¿Qué tal si vamos a almorzar? —Dijo Nicolás— Yo
invito.
—Claro, los milagros existen —Contestó con humor
Augusto
—Sí, de una —Contestó Mary.
Fueron a un restaurante no tan corriente y cada uno pidió lo que se les antojó. Mientras llegaba la orden empezaron
a dar los pormenores de la exposición, inició Augusto.
—Ellos estaban ahí como duros, con cara de pocos
amigos y que no les interesaba…
—Intenté contar un chiste, lo leí en un blog de negociantes, pero no funcionó…
—La cosa es que desde la primera hasta la última diapositiva no parpadeaban, asentían a todo.
—Ahí sí conté otro chiste y se rieron.
—Y yo conté uno con el presupuesto y se rieron más.
Y estallaron de la risa cuando se dieron cuenta que el presupuesto no era ningún chiste.
Al llegar los almuerzos y entre cucharadas siguieron comentando los detalles de su mañana. Esta vez fue Mary quien
dándole un sorbo al jugo de frutas tropicales dijo:
—Me fue bien en el examen, me demoré mucho. Pero
es que no podía de dejar de pensar en ustedes. Hubiera deseado estar allá. Además ¿Eso no se demoró mucho?
—Para nada —contestó Nicolás— El problema estuvo…
—En que esperamos mucho a que nos atendieran —complementó Augusto.
Terminaron de comer. Y mientras comían el postre Augusto preguntó:
—Amor ¿A qué hora nos vemos hoy?
—A las 8 en punto, mi amor —Respondió Mary
—Bueno. Si de aquí a las ocho está libre, creería yo que
podríamos salir a tomar unas cuantas cervezas ¿o no Augusto?
—Hágale, nos tomamos unas cuantas. Y en la noche me
voy.
Mary se despidió con un beso de Augusto y un pico en la
mejilla de Nicolás.
—Los días buenos tenían que llegar —dijo Nicolás.
—Sí, no podíamos seguir viviendo con la mierda como
única opción en el menú. De verdad, hoy es mi mejor día
—comentó Augusto.
Terminando de hacer la digestión del almuerzo del triunfo. Los dos amigos iniciaron el camino al Bar de Siempre, en
dónde mantienen desde que tenían 17 años, cuando pasaban
la puerta gracias a la barba.
—¿Edad? —Preguntaba el tipo de seguridad
—18 años, recién cumplidos —decía Nicolás con más
seguridad que el tipo musculoso que estaba frente a él.
—Sí, yo también —complementó Augusto que hacía su
aparición exponiendo una barba poblada y una voz de tenor.
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IN CRESCENDO
Inmediatamente el vigilante los dejó pasar y se tomaron
la primera cerveza. Allí celebraron sus 18 años de verdad,
en compañía de muchos amigos y el mismo vigilante que se
dio cuenta ese mismo día y tomó las cosas con mucha gracia.
Cuando terminaron la universidad allí hicieron su celebración
y por cosas de la vida, Liliana que era la que salía con Nicolás
llevó a Mary. Ese día la vida de Augusto tuvo un nuevo giro.
Desde ese momento los tres hacían de las noches del bar de
siempre las noches más amenas con tertulias, declamaciones
y conversaciones que se tienen en esos lugares que solo los
cronopios suelen frecuentar. Claramente la pareja de Nicolás
cambiaba en un parpadear.
Hoy muchos años después, los recibió el vigilante que
ahora es el dueño del bar de siempre.
—Felicitaciones por su logro. La primera la invito yo.
—¡Uy, ese milagro! —Dijeron al unísono los muchachos como un coro improvisado que solo los amigos pueden llegar a tener.
Bebieron algunas cervezas, solo algunas porque en poco
tiempo Augusto va a tener sexo de celebración y no podía estar ebrio porque sabía que su maquinaria no funcionaría.
Nicolás recibió un mensaje en su celular: “Ya me voy, te
espero esta noche”
—La demonia —le dijo Augusto burlándose.
—Sí, voy a tener sexo de celebración.
—Eso, salud —Dijeron al unísono.
—¿Vio lo qué pasó en Corea?
—¿Sur o Norte?...
A las 7 de la noche tomaron su último trago de cuatro
cervezas bien conversadas. Los muchachos tomaron el camino a sus casas. Así como casi todos los días, Nicolás acompañó
hasta la puerta del edificio a Augusto. Fumaron un par de cigarrillos en el trayecto y continuaron hablando de cualquier
tema que hubiese quedado inconcluso en alguna charla.
—¿Qué hora es? —le preguntó Nicolás a Augusto.
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SEXO DE CELEBRACIÓN
— Faltan diez para las ocho —Respondió ansioso Augusto al saber que la
hora se acercaba.
—Nos vemos hermano, ya voy tarde para la cita —Dijo Nicolás y se abrazaron como solían hacerlo.
Nicolás siguió el camino para su
casa, silva alguna canción de los sesenta,
llegó a su casa y en la cama la encontró
a ella, lista para el sexo de celebración.
—¿Todo está hecho?
—Nadie sabrá que fuimos nosotros,
absoluta confidencialidad —Respondió
Mary dispuesta a terminar la noche
celebrando.
—En unas horas será el día más
triste de nuestra vida —Dijeron al
unísono.
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IN CRESCENDO
El conejo blanco
M
uchos dicen que si se busca se encuentra, pero
cuando se habla del amor “No se puede buscar, porque
llega en el momento menos pensado”. Eso nunca me había
interesado, para qué interesarme en algo que duele más que
una aguja entre las uñas. Bueno, nunca me ha pasado, pero
debe doler… era una forma de tortura y el amor es la
tortura del alma. Muchos estarán enamorados y dirán que
soy un imbécil hablando de esta manera, pero los desarmo de
una vez: Sé que soy un imbécil.
Para que me entiendan debo contarles la historia de
un amor que me dejó sin palabras y además el por qué soy
un imbécil.
La fórmula perfecta está en la manera de tratarlas,
de hablarles, de susurrarles al oído que son lo más bello
del mundo y cómo no... si todas lo quieren escuchar. Y no
es por nada, pero ese quizás ha sido mi mayor cualidad:
poder decirle a la chica que conozca las palabras más
hermosas, después hacía y deshacía con ella hasta el punto
de dejarla en las nubes y luego soltarla. En este momento
los hombres dirán “Este man es un genio”. Las mujeres
por el contrario están odiándome y quizás quieran parar
la lectura. Ya las escucho diciendo algo así: “Este hombre
sí que es un imbécil”. Y ya les dije, sí lo soy, pero esa no es
la razón. No pare la lectura y más bien sígame insultando.
Bueno, ya que está claro que algunos quieren saber
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IN CRESCENDO
EL CONEJO BLANCO
qué pasó y otras demostrar por qué soy un imbécil… déjenme contarles lo que pasó:
Caminar sin camino, solo seguir los pies sin prisa. Ver
el cielo azulado, con las nubes blancas, dibujando una que
otra figura e intentar de vez en vez descifrarlas. “un conejo
blanco” digo suave para mí mismo. Y me pregunto ¿si lo
sigo a dónde me llevará? Así que esta vez camino mirando
al cielo, mientras sigo al conejo. Pero el viento hace de las
suyas, destroza al conejo y yo bajo la mirada continuando
mi camino. Paso a paso voy dejando en el olvido los días
grises, los besos besados, los sueños frustrados, los labios
de ella o de aquella y por qué no, también el conejito blanco. “Levante la mirada”. Escucho pero no hay nadie. Y justo
al frente mío hay una mujer, pero ella no es la que me habla,
me habla mi voz interior. “Ve hacía ella” así que camino y
empiezo a pensar si sufro de esquizofrenia. Esta vez no
sigo mis pies sino mi instinto, mi voz. La veo sonriente junto a un árbol. Quizás ni se inmuta que me acerco, que estoy
pensando decirle algo bonito y si todo va bien estará en mi
cama esta misma noche. Ella levanta la mirada me mira y
sonríe. Al ver esa sonrisa yo freno, mis pasos se enredan
y he perdido por completo el hilo de la conversación que
pretendía usar.
Tiene un cabello hermosamente desorganizado, una
sonrisa sublime que termina en cada lado con unos hoyuelos. Los ojos son color café. Su rostro en sí es una obra
de arte. Yo respondo la sonrisa. De repente ella se acerca
sonriente y haciendo un gesto con la mano, como saludándome y yo sin más ni más le respondo el saludo. Me acerco
a ella mientras ella hace lo mismo. Seguramente nos conocemos. Alguna fiesta, alguna reunión, tal vez estaba borracho o simplemente no estaba en mis cinco sentidos. “Hola”
digo entre dientes cuando está a pocos centímetros. Ella,
me mira a los ojos, responde con una sonrisa que luego se
vuelve carcajada, pasa por mi lado y saluda con un abrazo
fuerte a otro hombre, que seguramente, es el dueño de sus
sonrisas y sus miradas. ¡Carajo! Qué pena. Sigo mi camino
como si nada hubiese pasado, mirando para los lados para
ver cuantos testigos hay del absurdo. “¡Qué imbécil soy!”.
Me digo a mí mismo, pero no… por eso no soy un imbécil.
Sigo mi camino intentando formatear los últimos 5
minutos dejando como último recuerdo el conejito blanco. Miro para el cielo, pero lo único que veo son nubes
sin forma. Bajo la mirada. Miro como mis pies se adelanta uno al otro llevándome hacía delante. Veo el árbol que
está al frente mío, me acerco y me siento recostándome en
su tronco. Estiro los pies, me acomodo. Saco un cigarrillo.
Busco la candela, no la encuentro. Me rebusco por todos
los bolsillos, en el maletín y nada. Así que opto por dejar el
cigarrillo entre mis dedos mientras vuelvo a jugar a dibujar
en las nubes. Y mis ojos se van cerrando y me dejo llevar
por el sueño, pensando en lo que pudo haber sido con esa
mujer bellamente despeinada.
Me despierta un camino de babas que va saliendo de
mi boca ¿cuánto habré dormido? No lo suficiente porque
tengo más pereza que antes. El cigarrillo sigue en mi mano
sin encender y vuelvo a buscar en mis bolsillos. Pasa un
joven fumando “Parce ¿me regala fuego?”. Le grito y el me
pasa la colilla del cigarrillo y lo prendo empujado. Me siento, me relajo, solo falta un tinto, un libro y este momento lo
congelaría. Al lado del árbol, a unos pocos metros, hay una
mujer sentada observándome. ¿Hace cuánto tiempo estaría
ahí? ¿Habrá visto mi manera alterada de buscar fuego? O
¿Habrá visto cuándo me desperté secándome las babas que
me chorreaban? ¿Habrá visto el espectáculo con la nena
esta? La observo y la saludo con la mano desde la distancia. Pero ella deja de mirarme y se va rápidamente. “Bueno,
quizás si vio todo el show”. Me levanto y camino hasta la
silla donde estaba sentada. Y ahí, justo donde ella estaba,
hay una identificación. Un carnet. No conozco de donde es,
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IN CRESCENDO
EL CONEJO BLANCO
pero volteo inmediatamente para donde ella. Leo el nombre Manuela…“¡Manuela!”. Grito. “¡Tengo su carnet!”. Y
nada que voltea. Así que salgo corriendo detrás y justo antes de llegar ella para un taxi y se va. “Manuela”. Repito sin
aliento, pero se ha marchado.
Llego a casa. Lo primero que hago es buscarla en la
red. Pongo su nombre y efectivamente aparece su cuenta
en las redes sociales. Le dejo un mensaje simple: “Tengo su
carnet, nos vemos a las 6 en el café del parque principal”.
Le doy enviar e inmediatamente llega un mensaje devuelta:
“OK”.
Ni un gracias, eso me pasa por lambón, hubiese dejado eso ahí, ¡Qué imbécil soy! Pero no… por eso no soy un
imbécil.
A las 6 en punto estoy en el café, pido un tinto oscuro
mientras espero su llegada. Pongo el carnet en la mesa y
sorbo a sorbo siento el amargo del café. La vida suele ser
como el café, amarga pero uno la disfruta. Volteo hacia la
puerta principal y está ella ahí. Se acerca rápidamente. Me
ve a los ojos, luego la mesa, se detiene en el carnet, lo toma
y se va con paso acelerado. ¡No! Otra vez no. “Manuela”.
Digo, pero no voltea. La tomo del brazo. Me mira asustada
y le digo “Tranquila”. Ella me mira los labios respira suavemente. Busca entre su cartera, saca un lapicero, toma una
servilleta y escribe “Gracias”. Y sin más… se va dejándome
un mar de dudas, muy pocas ganas de seguir degustando el
amargo de la vida y la servilleta en mi mano.
Acostado en mi cama, viendo las grietas del techo empiezo a pensar y a revivir ese “Gracias”. También recuerdo
cuando le gritaba su nombre en el parque, o cuando la llamé en el café y ella no volteaba. Por primera vez en mi vida
no quiero a una mujer para tirar y luego llamar un taxi.
No. Es más en este preciso momento no sé qué es lo que
quiero. Y pensando en eso que no sé, me dejo llevar por el
sueño…
Estoy en el bar que suelo frecuentar, está lleno de mujeres hermosas como de costumbre. Elijo a una y le invito
un trago, le digo que es hermosa y que me gusta su color de
labios. Ella solo me observa mi boca mientras hablo: Saca
una servilleta y escribe “Gracias”. Cuando leo la servilleta
y subo la mirada para verla de frente, es Manuela.
Me despierto sudando, busco en el maletín y efectivamente encuentro la servilleta que Manuela me había dejado. Lo tomo, lo releo y sé que es estúpido, el gracias no se
va a transformar en otra palabra.
Busco a Juancho. Juancho es un amigo que conocí hace
tiempo en la universidad. En los tiempos libres fumábamos
y bebíamos hasta vomitar, pero ahora todos parecen tipos
responsables… menos yo. Yo sólo soy un imbécil. En una
de sus prácticas de la universidad trabajó en una Fundación para niños con problemas auditivos, aprendió el lenguaje de señas y quizás pueda ayudarme. Lo consigo y me
reúno unos días con él. En las noches, porque el trabajo no
le da más tiempo. Acompañados de unas cervezas poco a
poco voy aprendiendo a conversar con mis manos.
Vuelvo rutina mis visitas al parque. Quizás la vuelva
a ver. Pero no sucede. Han pasado ya varias semanas y lo
último que supe de ella fue que escribió en una servilleta la
palabra “Gracias”. Los sueños se vuelven más frecuentes,
cualquier mujer que conozco, no me habla sino que escribe
la palabra “gracias”. Cada vez visito menos el parque, sé
que no estará allí. Quizás el destino sepa que soy un imbécil
y no quiere que le haga daño a Manuela, pero no pretendo
hacerle daño… No sé qué es lo que quiero, solo conocerla,
quizás.
La lluvia es fuerte. Por la ventana observo como se
empiezan a formar por lado y lado de la calle se empiezan
a formar pequeños riachuelos con corriente fuerte que desemboca en la cañería que ya se está tapando con la basura
de la ciudad. La gente corre desesperada como si el agua
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IN CRESCENDO
EL CONEJO BLANCO
los fuera a asesinar y las mujeres se cubren el cabello con
cualquier cosa con tal de no perder lo que invirtieron en
la peluquería para sorprender a su marido o al mozo. Me
llama la atención una mujer, no corre, no se cubre la cabeza. Anda como disfrutando la lluvia. La observo mejor y es
ella ¡Manuela!
Me pongo los primeros zapatos que veo. Salgo rápidamente de mi casa y la veo, está apunto de doblar la esquina. Corro y estoy a punto de gritar su nombre, pero
recuerdo que de nada servirá. Cuando me acerco a ella le
toco el hombro izquierdo. Ella voltea, me mira aterrada y
yo lo único que hago es mover mis manos como me enseñó
Juancho. “Hola, quiero hablar contigo”. Ella me mira sorprendida y asiente. La tomó del brazo y señalo una tienda
en la esquina, donde venden el peor café del mundo, pero lo
aguantaría solo para hablar con ella.
Cuando llegamos corro la silla, ella se sienta y yo me
acercó al tendero, le pido dos cafés, un cuaderno de 50 hojas, cuadriculado y un lapicero negro. Me siento al frente
de ella. Y ella inmediatamente sonríe y empieza a mover
sus manos. Yo con mi mano le digo que se detenga. Abro el
cuaderno y escribo: Sólo aprendí a decir: Hola, quiero hablar contigo. Volteo el cuaderno y se lo muestro. Manuela
lo lee y se ríe. Y escribe: Yo enseñar a usted. Leo y asiento.
Por primera vez justifico el chat y eso porque tengo a la
persona al frente. Pasamos un rato escribiéndonos cosas
hasta que paró la lluvia y ella escribió: Debo salir. Yo cuidar
a mis hermanos hoy Cel. 512 365 3232. Nos paramos, pagué la cuenta. Salimos, nos abrazamos y cada uno empezó
su camino.
De vuelta en mi casa pensé ¿Para qué me dio su número si no puedo llamarla? Luego me dije “Qué imbécil, pues
es hora de mandarle un mensaje”.
Le envío un mensaje: “Mañana 6 p.m. Café del Parque
Principal”. Inmediatamente recibo un mensaje: “Allá estaré”.
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Al otro día a eso de las 5 salgo para el parque principal. Caminar otra vez, pero esta vez con un objetivo, un
cuaderno cuadriculado y una sonrisa en la cara. Miro el
cielo azul y allí está de nuevo el conejito blanco. La última
vez que lo vi conocí a Manuela. Así que de nuevo camino,
pero esta vez siguiendo al conejo. De repente el conejo desaparece, bajo la mirada y justo al frente mío está aquella
mujer, esa de cabello hermosamente despeinado y hoyuelos en la sonrisa. Inmediatamente freno mi camino. Ella se
acerca “¿Es que no va a saludar?”. Por instinto yo volteo a
ver para atrás, pues uno nunca sabe ¿Qué tal vuelva a pasar? No hay nadie. “Hola”. La miro de pies a cabeza. Tiene
unos tennis de tela, unos jeans ajustados, una camisa con
un conejo blanco estampado, una mochila terciada y esa
sonrisa. Ella me toma de la mano y me arrastra hacia el
árbol. Veo el reloj 5:45 p.m. En cualquier momento llega
Manuela. Pero esta mujer no deja de mirarme con esos ojos
café, ese cabello desarreglado que en este momento imagino enrollándolo en mis manos y haciéndola mía “Me gusta
lo que piensa”. Dice ella. Yo me quedo sorprendido con lo
que dice. Ella toma mi mano, la pone en su pierna y empieza a subirla. Eso hace estragos en mi interior. Veo la hora
6:02 p.m. ¡Cómo corre el tiempo! “Béseme”. Aparece de
nuevo la voz… pero esta vez sale de sus labios ¿Quién es?
Pero algo dentro de mí, algo dentro de mis pantalones dice
que continúe. Me acerco a ella, es como una magia que me
lleva hacia ella. ¡No! ¡Manuela! Pero ya mi cuerpo no puede
hacer nada, se siente atraído por aquella mujer, mis labios
sienten los suyos y un fuego empieza a quemarme, pero se
siente bien… mis manos rozan su cuello. De repente a mi
pensamiento llega Manuela, la servilleta, la lluvia, su sonrisa, el cuaderno ¡Todo! Me separo pero en sus ojos arde
pasión, me siento hipnotizado. Volteo a ver en la esquina y
veo al café de la esquina y allá está Manuela observándome implacable, mientras esta extraña me seduce y me toca
79
IN CRESCENDO
sin mi consentimiento, pero mi cuerpo
quiere hacerla mía.
Manuela nos ve. Inmediatamente
hace una cara de decepción y aborda un
taxi. “¡No!”. Grito y esta extraña mujer
dice “Bueno”. Y se va. Quedo desconcertado. ¿Así de fácil era? Me siento en el
árbol, busco los cigarros, encuentro la
cajetilla y no hay ningún cigarrillo. Veo
el cielo azul y ahí está el conejo riéndose. Y mostrándome el dedo del medio
mientras se va. La verdad no sabía que
un conejo pudiera hacer eso.
¿Ya saben por qué soy un imbécil? Quizás sea un imbécil por seguir
al conejo y no mi corazón… ¿Cómo se
tiene a la mujer que uno quiere? ¡No
lo sé! Sólo aprendí que para el amor
no hay palabras… y créame, por nada
en el mundo hay que seguir al maldito
conejo blanco.
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Tango rojo
P
ueden llamarme loco si así lo desean. Dalí decía que la
única diferencia entre un loco y él es que él no estaba
loco.
Me presento, soy Bernardo Flórez, para muchos soy un
escritor del boom latinoamericano pero jamás me codeé con
García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y ninguno de ellos.
A duras penas los conocí en sus textos que me acompañaron
en las horas en donde el sueño desaparecía y mis ojos se
negaban a cerrar; el café, el cigarrillo, los libros, me hicieron
olvidar que había una vida más allá de las cuatro paredes
que me rodeaban. Bueno, también tengo que confesarles
que nunca he publicado un libro, sin embargo, algún día lo
haré; tengo cuadernos llenos de prosa que ha maravillado
a los pocos lectores que me buscan para leer lo que escribo.
Hace un par de años me encontraba en el estancamiento
y cualquier artista me puede entender. Esos malditos días
que por más que uno piense, por más que uno lea, por más
que alimente la imaginación no salen palabras o sonetos o
trazos. Yo buscaba la manera de materializar todas mis ideas,
escribir mi ópera prima y luego como un eureka, como un
Big Bang artístico apareció la idea. Pasé horas y horas en el
escritorio. Las palabras salían y en poco tiempo las páginas
en blanco se veían adornadas por párrafos que contaban mi
mejor obra: Tango Rojo. Y Milena su protagonista me hizo
la vida añicos.
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IN CRESCENDO
TANGO ROJO
Es inevitable al escribir o al leer, no empezar a dibujar
cada escena, cada rostro en el pensamiento. Si empiezo a
decir por ejemplo que Milena mantiene los domingos al lado
del río, sentada en una sábana blanca, con unos jeans cortos
que llegaban más arriba de la mitad del muslo, en topless,
dejando al aire sus dos senos pequeños, con sus pezones
rozados que apuntan al infinito, con gafas de sol y con su
cabello rojo, candela, fuego, mientras susurraba uno que otro
tango que tenía en su reproductor; usted mínimamente se la
imaginó, pero es que no le he dicho que sus labios delgados,
mordibles, sin labial se resecaban por el sol y ella pasaba su
lengua humedeciéndolos, ¿La imagina? Pero es que no le he
dicho que tiene ojos azules, manchados, grandes, con unas
pestañas delicadas, pero es que no los puede ver, llevaba los
lentes. Y nadie la miraba, nadie estaba allí, sólo el río, el Sol
y el viento eran los únicos tan osados en tocar su piel. Yo,
yo simplemente la dibujo con palabras mientras usted sólo
la imagina.
Pasé días enteros describiéndola, dibujándola, pero
es que no era solo eso, ella me coqueteaba. Una tarde, no
recuerdo ya cuantos días estaba sin salir del escritorio pero
la barba ya estaba áspera. Decidí que era la hora de un tinto
y un cigarrillo. Puse a hervir el agua, saqué un poco de café,
lo eché en el colador, luego el agua, un poco de azúcar y listo.
Allí estaba mi tinto. Tomé el último cigarrillo del paquete, lo
encendí y el humo pasó por mi garganta como cosquilleando
mi interior y el café amargó el momento, en el sentido más
dulce de la palabra. Me senté a ver lo que pasaba por la
ventana. Allá afuera es extraño, hacía mucho que no salía
pero no me interesaba. El cielo esta azul intenso y las nubes
forman figuras que más de uno estará intentando descifrar
en el parque con su pareja, yo hago figuras con el humo que
sólo descifro yo. Justo en ese momento siento que en mi
estudio hay un ruido como si algo hubiese caído. Al abrir
la puerta me doy cuenta que lo que yo había pensado era lo
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que había sucedido, todos mis libros estaban en el suelo. Una
avalancha de conocimiento pasó por mi estudio, alguna rata
o simplemente la biblioteca ya consumida por el comején se
había debilitado y no aguantó el peso de las palabras. Me
dispongo a terminar mi cigarrillo mientras pongo en otro
lugar los libros. Acomodar los libros es una actividad que
puede tomar horas y más si usted como yo los organiza por
tamaño, autor o temática. Al terminar siempre queda ese
fresquito de ver a los libros como posando para una foto,
pero al lado de la vieja biblioteca de madera habían unas
gafas Rayban. Nunca en mi vida había tenido unas gafas de
esas y nunca antes alguien ha entrado en mi estudio, pero
esas gafas se me hacían familiares.
Milena acostumbraba ir al viejo Café del Tango a
escuchar los clásicos y para bailar con algún caballero que se
derrumbaba ante su belleza. Por lo general tenía un vestido
negro y unos tacones. Se hacía en la misma mesa justo al
lado de un cuadro gigante de Gardel con media botella de
aguardiente y una rosa roja en la mesa, puesta, sin raíces, sin
espinas, allí tirada al lado de la botella y la copa. Quien quisiera
bailar con ella simplemente debía tomar la rosa y verla a los
ojos. Inmediatamente ella se levantaba y extendía su mano.
El caballero la lleva a la mitad del café y se disponen en un
danzar, de unos movimientos tan delicados y precisos, como
solo el tango lo puede hacer; las manos del hombre recorren
la espalda destapada de Milena y ella cierra los ojos, siente la
música. Pasos finos que van con cada acorde y la sensualidad
de la pareja hace que todos en el café observen tan hermosa
pieza. Se acaba la canción e inmediatamente ella abre los ojos,
toma la rosa y la pone en el mismo lugar, mientras se sienta,
se sirve una copa más y así hasta la hora del cierre. En dónde
se levanta, agarra lo que le queda de aguardiente, rechaza a
todos los hombres que desean llevarla para su cama y se va
con paso firme como caminando un tango, con la botella en
una mano y la rosa en la otra.
83
IN CRESCENDO
TANGO ROJO
Era solo terminar un párrafo para imaginar todo lo
que podría hacer con Milena, que me diera clases de tango,
poder tomar la rosa y bailar sobre las mismas nubes. Sonó
el timbre, salgo, no hay nadie, me sirvo un café, voy por
cigarros, no hay. Busco algunas monedas del cajón y salgo
a comprar cigarrillos. La calle es un laberinto de personas,
todos andan y andan sin saber si van para delante. Algunas
personas hablan solas quejándose de su vida o sus amigos.
Yo busco dónde comprar cigarrillos y además busco esos
ojos azules manchados en cada mujer que pasa por mi lado
pero es imposible. Al llegar al apartamento tomo un sorbo
del café servido y está frío, helado, lo pongo a calentar unos
minutos y ahora si es el complemento perfecto para mi
cigarrillo. Me dirijo al estudio, me siento en el escritorio y
allí al lado del computador hay una rosa roja, sin raíces, sin
espinas. La tomo y una mano me toca el hombro. Volteo y
allí está ella, Milena, con esos tacones que dan inicio a unas
blancas piernas, que se esconden en un vestido que delinea
su figura. Su mano es delicada, con barniz rojo que combina
con sus labios y su cabello. Tomo su mano y la llevo a la
sala y empieza a sonar la música, Milena me dirige, me lleva
los pasos, sus manos aprietan mi piel ¡Que feo bailar tango
con una mujer tan hermosa y bien vestida, con chanclas,
pantaloneta y esqueleto! Pero eso no importa, intento seguir
sus pasos, danzamos por la habitación, nuestros pies llevan
el ritmo mientras esquivamos zapatos, colillas y el desorden
de la sala. Ella tiene sus ojos cerrados, quisiera ver sus ojos
azules manchados que los tengo fijos en el pensamiento, pero
se niega a abrirlos, siente la música, se muerde los labios,
cuanto envidio sus dientes. Mi mano siente su espalda que
esta al descubierto y hago un roce con mi dedo índice que
va desde su cuello hasta su espalda baja, dónde empieza la
curva de sus nalgas, ella sonríe y el danzar se vuelve más
violento, ella me acerca a ella y puedo sentir su olor, un olor
indescriptible, un olor como a jardín de abuela. La canción
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se acaba y Milena abre los ojos. Esos ojos azules manchados,
sonríe, me separa de ella y se dirige al estudio pero antes
toma las gafas Rayban que están en la mesa y pasa la puerta.
Yo me quedo plantado en la sala recordando su espalda y
mirándola como se pierde en la oscuridad de mi estudio. La
sigo y ya no está allí. Todo se encuentra igual que antes,
con un escritorio contra la pared que tiene el computador, y
los libros que se encuentran uno encima del otro sobre una
mesa. Milena se ha ido, la rosa ya no está.
Me dispuse a continuar la escritura de mí ópera prima.
Abrumado por los hechos decidí que Milena jamás se iba ir
acompañada para su casa después del café. Estaría condenada
a irse simplemente con lo que le quedaba de aguardiente y
la rosa roja. Sí, llegaría a la habitación dónde vive pondría
tangos en su reproductor, se quitaría los tacones, descansaría
del dolor de pies que le dejó esa tortura y varios tangos. Sus
pies son delicados, sus dedos finos, largos, huesudos, sus
uñas también adornadas con barniz rojo. Camina descalza
por su habitación y se quita el vestido negro que cae al piso
cubriendo sus pies pero dejando al descubierto su desnudez,
sus piernas terminan en un majestuoso montoncito de vellos
negros que continúan en un camino apenas visible que lleva
a su ombligo. Pasa su mano derecha por sus senos que se
endurecen al tacto, luego cae en su cama, con su mano
izquierda empieza a explorar el manantial que vive entre sus
piernas y su cuerpo empieza a retorcerse de placer, hasta que
su habitación se desaparece y se convierte en una explosión
blanca, negra, púrpura, sensaciones que recorren todo su
cuerpo para habitar donde se encuentran sus dedos índice y
corazón, para luego reposar en su cama, débil, empapada no
sólo de sudor y así dormir plácidamente. A eso la condené
por las siguientes páginas, durante días llenos de letras y
masturbación.
Una noche me encontraba fumando un cigarro en el
mirador, sentado en la silla de siempre con los pies en la
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IN CRESCENDO
TANGO ROJO
chambrana y al interior sonó un tango. Me ahogué con el
cigarro y vi al interior del apartamento. La sala que antes
estaba adornada con mi desorden, se encontraba llena de
pétalos de rosa roja. Inmediatamente me quité los zapatos
y pude sentir cada pétalo en mis pies, el tango seguía su
melodía y yo buscaba por cada rincón de la sala a Milena,
pero no estaba. Después siguió otro tango y otro y así por
un largo rato. Me dirigí al estudio pero allí no había ni un
solo pétalo, al salir la sala ya estaba completamente limpia,
bueno, a excepción de un camino de pétalos que llevaban a
mi habitación. Al abrir la puerta la encontré a ella en mi
cama, los tangos no dejaban de sonar y ahora hasta mi pulso
llevaba su ritmo. Ella estaba allí, desnuda, con esos ojos
azules manchados apuntándome con lujuria, se mordía los
labios y yo me acercaba a ella con paso lento. Al subirme en
la cama me acerqué a ella gateando y cuando estaba a unos
centímetros de rozar su piel ella me enreda con sus piernas
y de un solo tirón me une a ella. La tela de mi ropa es el
único obstáculo que nos impide ser uno. Se mueve al vaivén
del ritmo sintiendo cada vez más fuerte mi hombría. Su piel
blanca empieza a tornarse rojiza como con pequeños mapas
que adornan el mundo que quiero conquistar. Mis manos
aprietan sus senos y juegan a acariciar sus pezones mientras
ella suelta pequeños gemidos y sus manos se meten por mi
espalda y de un solo tajo me arranca la camisa. Sus manos
de manera acelerada buscan zafar mi correa y desabotonar el
pantalón para librarse del único impedimento y cuando por
fin lo logra, empieza a acariciarlo con una mano mientras
que la otra toma mi mano y la lleva a su entrepierna húmeda,
cálida, espesa. Me mira con esos dos ojos azules manchados y
acerca su boca a lo que tiene entre manos y antes de empezar
me mira desde abajo y sonríe. Me desenreda con sus piernas,
suelta mi falo, quita mi mano de su interior, se levanta y se
va dándome la espalda por el camino de pétalos que ahora
llevan al estudio. La sigo desnudo y ella cierra la puerta y
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al hacerlo la música cesa de ipso facto. Ingreso y ya no hay
nada, el mismo estudio de antes. Milena me condenó a lo que
le hice yo con mis palabras.
Así desapareció de mi ópera prima, no volvió a aparecer.
Por más que intentara escribir nunca aparecían las palabras
necesarias para describirla, por más simple que fuera, si se
trataba de ella, no salían, no se escribían. El estancamiento
volvió y duró varias semanas. Ahora el Café del Tango
no tenía a la mujer que adornaba su noches. Pero una
madrugada mientras intentaba conciliar el sueño apareció
en mis pensamientos, fui para el escritorio y efectivamente
volvieron a salir, el baile volvió y el Café del Tango recobró
su brillo. Justo al frente de la mesa que está al lado del
Gardel, estoy yo, y ella allí sentada con la pierna cruzada
tomando media de aguardiente y con una rosa sin raíces, sin
espinas, al lado de la botella. Esta vez sí estoy vestido para
la ocasión, un sombrero, un traje negro y zapatos de charol.
Me levanto, me acerco a su mesa y tomo la rosa. Ella me ve
a los ojos y se sorprende. Sonrío. Extiende su mano y yo la
llevo al centro del café y empieza el danzar. Los asistentes
empiezan a aplaudir y conforme aplauden desaparecen y
solo quedamos ella y yo. El suelo desaparece y bailamos en
las nubes, en el cielo, y su mano me toca y yo la toco y se
acaba la canción y todo está como antes. Ella toma la rosa
y se sienta. “¿La puedo acompañar?” le pregunto. “No salgo
con personajes secundarios” me responde. “Pero si soy quien
te creó” le recrimino. “No, ahora eres uno más que me quiere
llevar a la cama y no el que me describe”. Cierran el café y
ella se va con lo que le queda de aguardiente y la rosa en la
mano. Yo la sigo y ella disimuladamente me ve por el rabillo
del ojo y anda suavemente, delicadamente, llevándome a su
aposento. Abre la puerta y la deja abierta. La sigo y al pasar
la puerta allí está mi apartamento y estoy vestido como yo y
no como un amante al tango. Ella se sentó en el mueble de
la sala y yo me dirigí hacia donde ella estaba y sin pedirle
87
IN CRESCENDO
permiso rompí el muro de aire que separaba sus labios de
los míos, y sí, rasgué su vestido, y sí, toqué cada poro de su
cuerpo y me desnudé en el acto. Tomé sus manos y las agarré
fuerte con mi mano derecha mientras me acomodaba como
un rompecabezas entre sus piernas para unirnos. No fue
sino penetrarla para que el tango sonara. Y la hice mía y sus
piernas temblaban, sus gemidos caían al acorde del tango y
yo simplemente sudaba y la besaba y la mordía, hasta que los
dos caímos al suelo, sudados, cansados, débiles, sin fuerza.
Y por el mirador que estaba abierto entró un aire que nos
refrescó y ese aire trajo consigo pétalos que nos cubrieron
completamente como acobijándonos del frío, como tapando
nuestra desnudez, como bailando un Tango Rojo. Pasados
solo unos instantes ella se levantó, sus piernas aún temblaban
y no se fue para el estudio sino para la calle, así desnuda,
como si nada. Y yo me fui detrás de ella, no la pude ver, no
la encontraba, pero la gente si me veía desnudo “¡Milena!
¡Milena!” gritaba pero ella no contestaba. De repente unos
oficiales me agarraron y me llevaron. Me dieron medicinas
y por más que les explico dicen que estoy loco, pero no, yo
no estoy loco, ustedes verán, piensen lo que quieran. Sólo me
preocupa una cosa y es que Milena no sabe dónde estoy, no
traje mis libros, ni mis escritos y las personas de aquí dicen
que no soy escritor, pero ellos se equivocan. Yo si escribo, yo
si la vi, yo si la amé, yo si bailé con ella un Tango Rojo.
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AA
E
l día que fuí a la reunión de un grupo de amigos que
tenían problemas con el alcohol no fue fácil. Desde el
primer momento que tomé la decisión hubo algo dentro de
mí que me decía que debía tomar las cosas con calma que al
fin y al cabo no es que tomara mucho, solo de vez en cuando, los viernes cuando los muchachos del barrio me decían
que nos tomáramos unos guaros y yo iba. Eso quizás me
generaba problemas en la casa pero se solucionaban con
flores, lociones y si era muy grave el asunto me disponía
a sacar mis mejores dotes de chef. Usted comprenderá que
a las mujeres se le enamora en la cocina, demuestre sus
mejores habilidades, no dude en escribir algo bonito con la
salsa de tomate, algo corto pero sustancioso, sus iniciales
si quiere, cosa que no se acabe la salsa. Desde un arroz con
huevo o un plato italiano, esto a las mujeres les encanta.
Sírvalo usted mismo, haga la mesa, quite el mantel sucio
que hace días no quita. Ponga los platos y al lado los cubiertos, con flores si quiere o con dos o tres poemas que
servirían de antemano a la cena, sí, con algo así se puede
perdonar una borrachera, ni que anduviera con vagabundas. Perdone si me voy por las ramas es que es complicado
lo que voy a contar. No, complicado no, más bien penoso…
vergonzoso.
Bueno, prosigo, debía estar a las siete de la noche en
aquel lugar. Estaba decidido, faltaban cuatro horas para el
89
IN CRESCENDO
AA
encuentro. Comúnmente iría al billar jugaría mal jugadas
un par de mesas, tomaría cerveza para iniciar, pero sé que
con los que me acompañarían podríamos comprar una o
dos botellas de ron. Si no nos la terminamos llegaba a la
reunión con lo que quedaba y les decía a los exalcohólicos
que la vida era una fiesta, mojigatos de mierda. No podía
hacer eso, obviamente tenía que cumplir con esa promesa
conmigo mismo de dejar el alcohol. Decidí entonces, faltando cuatro horas para la cita ir a cine. No a ver películas,
sino que en el trayecto podría fumar algunos cigarrillos,
observar un poco la ciudad, llegar al centro comercial mirar cada uno de los locales desde afuera, antojándome de lo
que quisiera con la certeza de que mi miserable sueldo no
me alcanzaría para nada. Claro, si hubiese sido un whisky
50 años, quizás ¿pero un reloj? ¡La chimba! Después subir
las escaleras eléctricas y caminar hacia atrás para detener
el tiempo, para ver como todo el mundo avanza y uno se
queda estancado en un mismo sitio, para ver la realidad
de frente, sí, hacer eso y dejar que fluya todo en la cabeza
hasta que el guardia de seguridad me regañe y me amenace
con sacarme de allí como si fuera un terrorista por querer
congelar el tiempo. Al hacer eso por dos pisos más, ya ha
pasado el tiempo, solo alcanzará para llegar al cine y ver las
películas que se estrenarán, ver los horarios, ver cada película que están presentando y luego como excusa para irme
exclamo un “¡Ah, ya empezó!” dar media vuelta y hacer lo
mismo que hice pero a la inversa para caminar dos cuadras
más al norte y por fin llegar a la casa de Roberto quien
fue el que me hizo caer en cuenta de mi problema con el
alcohol. Dicho y hecho, la única diferencia es que no fue un
guardia quien me dijo que no jugara en las escaleras sino
un niño de cinco años que me miró y me dijo “Se va a quedar ahí para siempre” y siguió subiendo las escaleras, sin
quitarme la mirada. Me dejé llevar hacia arriba sin ningún
esfuerzo más que el de respirar.
90
Llegué temprano. Solo había un par de personas. A las
siete y pasadas llegó una joven y se sentó en una de las sillas
vacías. El lugar era un salón grande y estábamos sentados
en una mesa larga con doce puestos. El ambiente estaba tan
denso que no creía que se fuese a llenar, pero poco a poco
la gente fue llegando. Unos entraban sonrientes saludando
de abrazo y otros llegaban taciturnos, se sentaban como
mirando un punto fijo en el infinito, como dibujando media
de ron con la mente, allá a lo lejos, inalcanzable. Roberto
entró al salón y me presentó:
—Hoy tenemos un nuevo miembro, su nombre es Freddy y como bienvenida le vamos a dar nuestro afecto —Dijo
ceremoniosamente y se acercó a abrazarme.
Podrá darse cuenta lo que estaba sintiendo. Quería irme
de aquel sitio, salir corriendo, pero era imposible, siempre
que iba a dar un paso hacia la puerta se acercaba un nuevo hermano a abrazarme. Cuando todos cumplieron con la
bienvenida. Roberto continuó:
—Ahora, como todos sabemos, Freddy nos va a contar
la primera vez que se topó con la maldición etílica.
Empecé a rebobinar la película, en mi mente se fueron dibujando muchas borracheras.
Unas buenas, unas malas, unas que terminaban con sangre
y otras que terminaban en orgasmos. Así de pa’trás, retrocediendo. Cumpleaños, fiestas, paseos, asados. Rebobinando, queriendo parar en algún momento y quedarme ahí en
esa borrachera que me llenó de alegría, que compartía con
la persona que quería hasta llegar, así como llega la copa
cuando se sirve, al recuerdo de la primera borrachera y que
ahora me dispongo a contarle.
Tenía 16 años era un paseo con unos compañeros de
colegio, todos teníamos dinero y cada uno compró una botella de ron. Decidimos que ese día todos y cada uno de
nosotros nos emborracharíamos tanto que nos tendrían
que llevar en hombros para no dejarnos tirados al lado de
91
IN CRESCENDO
AA
la piscina, o en el bar, o en el billar, o con los perros, o con
las vacas.
Empezamos a beber a no más llegamos. Un brindis celebrando nuestra osadía de decirles a nuestros padres que
iríamos a un viaje a representar el colegio. Mario, Mónica, Stiven, Ana y yo. Había más compañeros, pero el pacto
era entre nosotros, éramos unos oportunistas en un paseo
organizado clandestinamente por todos los estudiantes de
grado once. Bebíamos porque sí, porque no. Bebíamos tan
rápido que a las seis de la tarde ya estábamos todos tumburecos en una cabaña escuchando Led Zepellin que por
ese entonces me rayaba la cabeza. Decidimos que si queríamos cumplir nuestra meta, debíamos parar un poco, echarle grasa al cuerpo, jugar una mesita de billar o ping pong
para bajar la comida y después un poco de piscina. Yo era
como el que organizaba el cronograma de actividades del
grupo. A mí me gustaba decir lo que haríamos, así al final
de todo no se cumpliera un tercio del plan.
Comimos chorizo, jugamos una mesa de billar, una
mesa de ping pong y a la piscina. Entre nosotros jugábamos con una pelota grande de colores y cuando no estaba en
nuestras manos, todos husmeaban al interior de los trajes
de baño de sus parejas. Menos yo, yo sí me preocupaba por
la pelota, pues no tenía donde más meter las manos. Ya la
borrachera no se sentía y la noche estaba oliendo a rumba,
a sabor. Fuimos al bar, unos amigos se ganaron dos botellas
de brandy por ser la pareja más bailarina, pues Vanesa y
Nicolás siempre fueron los trompos del salón. Estaban buscando, por idea de Natalia, a dos personas que se midieran a
apostar quién se tomaba más rápido el licor. Stiven y yo nos
vimos desafiantes. No hubo necesidad de modular palabra,
la sola mirada era el reto que nadie podría rechazar. Aceptamos. El premio no era ninguno, simplemente quedarse
con el honroso título del bebedor más rápido del oeste. Y
empezó el desafío. Ambos destapamos las botellas mien92
tras la llevábamos a la boca. Con nuestra cabeza mirando
hacia arriba y la botella totalmente vertical. El ron no salía,
un par de movimientos al culo de la botella y ¡zuas! empieza a salir el licor que pasa por la garganta advirtiendo
con un destemplar del cuerpo que ya no hay marcha atrás.
Alrededor nuestro se empieza a acumular la gente Algunos
gritaban mi nombre, otros Stiven. Poco a poco las botellas
quedaron vacías y los dos, al mismo tiempo las soltamos en
la mesa con un golpe en seco que hizo que todo el mundo
estallara en aplausos. “Empate” dijo Natalia. Y al decirlo
alzó nuestras manos en señal de victoria. Al hacer esto,
Stiven da media vuelta y la vomita en los zapatos, pobre
Natalia, al frente de todas esas caras llenas de burla. Luego
Stiven cayó dormido y yo, yo seguía de pie. “El ganador
es Freddy” y todos gritaron más fuerte y seguía llegando
chorro para celebrar mí campeonato, mí título. Ya había
caído el primero y por el índice de alcohol en mi cuerpo yo
amenazaba con ser el siguiente.
Par chuzos más y a tomar cervezas suaves mientras
recordamos las anécdotas del colegio, las travesuras de
Martin o la vez que Andrés mordió a Zully porque botó su
zapato al sótano. Travesuras de niños. “Mirá lo que compré” decía Mario acercándose a nosotros mientras malabareaba una botella de Brandy. Todos gritábamos de júbilo y
rogábamos que no se le cayera la botella. Decidimos para
agilizar la ebriedad jugar Yo Nunca, juego que según Ana
emborrachaba hasta al más bebedor. Consistía en decir Yo
nunca he hecho algo, y si alguien ha hecho ese algo, pues
deberá tomarse un trago. Este es un juego peligroso, no
aconsejo jugarlo con la pareja o con personas que no tengan confianza, pueden salir hasta los más oscuros secretos.
Recuerde que todo borracho dice la verdad. Al terminar la
botella ya sabíamos quién del combo era virgen (casi todos), quién había copiado más en los exámenes y hasta a
quién los había pillado los papás jugando solitos. Además
93
IN CRESCENDO
AA
de todo eso también me di cuenta que tenía ganas de vomitar, ganas de irme, ganas de dormir, ganas de morirme.
Como pude me levanté. Lo hice muy rápido. De un momento a otro el mundo se empezó a mover bajo mis pies, las
personas se veían borrosas y se movían. A veces se estiraban y mi cuerpo me pesaba. Sujetándome a la pared recorrí el camino que me llevaba hacia el baño y al llegar dejé
que todo lo que estuviera revuelto en mi estómago saliera
y salió, desgarrando mi garganta, sentía como todo salía
lentamente, arqueaba mi cuerpo enviando toda mi fuerza
a la boca del estómago para que todo saliera. Mis ojos me
empezaron a pesar y los cerré respirando lentamente, descansé del esfuerzo que hice con mi mejilla sobre mi brazo
que se apoyaba en la taza del baño.
Al abrir los ojos la luz me encegueció y despertó un
dolor de cabeza agudísimo, ya no estaba en el baño. El retrete que no recordaba ya no estaba y ante mis ojos había
una habitación que no era la mía. Tenía la totalmente seca
la boca y un sabor a mierda en ella. Estaba desnudo y al
lado mío Ana, desnuda, dormida, despeinada y lagañosa.
El lector perdonará, Ana era linda, lo que pasa es que la
rumba fue tan pesada, que al amanecer dudo que cualquier
persona que habite este planeta pueda amanecer de mejor
semblante. No recordaba nada. Lo último era la botella de
Brandy, no, mentira, el juego, no, tampoco, el baño, sí el
baño fue lo último que recordaba. ¿Cómo demonios había
llegado? Me preguntaba. Y Ana ¿Ana por qué estaba allí
y no con Stiven? Necesitaba una ducha. Me bañé. Al salir
Ana estaba sentada desnuda, sobando su cabellera con una
mano y el rostro con la otra. Cuando se cruzaron nuestras
miradas la vergüenza se adueñó de nosotros y miramos a
algún lugar lejos del cuerpo del otro.
—¿Recuerdas algo? —preguntó Ana.
—Ni mierda —respondí sentándome a su lado— ¿Tienes sed? —le pregunto.
94
—Sí —me respondió.
—Te traeré un té helado para el guayabo.
Me terminé de vestir y salí. Al primero que busqué fue
a Stiven que seguía dormido en su habitación. Mario que
estaba en la cama del lado al verme me abrazó y me preguntó que cómo me había ido. Le respondí y empezamos
a hablar. Me contó que él se sintió muy mal y se fue antes
de que se acabara el juego y que hasta ese momento yo no
había salido para el baño, sino que jugaba alegremente tomándome un trago hasta por cosas que obviamente nunca
había hecho. Me recomendó dirigirme donde Mónica que
se había quedado con nosotros.
Cuando llegué dónde ella me abrazó y me dijo:
—Jamás pensé que a vos te gustara Ana. Me gusta la
idea, hacen bonita pareja.
—¿Qué? ¿Cómo así?
— Sí, si no hubiera sido por el juego jamás lo sabríamos. Bueno, eso y la vomitada que le paró la borrachera.
Ella continuó hablando y contándome lo que había sucedido. Por mí cabeza jamás se me hubiera pasado que me
gustaba Ana. Una vez sí la vi más bonita que de costumbre,
sus ojos más brillante que todos los días y su cabello más
perfecto, pero pensé que era mi amiga y que estaba saliendo
con Stiven, no valdría la pena decirle eso. Sólo la saludé y
le dije “¿va conseguir novio o qué?”. Ahora, lo que menos
puedo creer es que yo, que era lo más tímido para hablarle
a una mujer hubiera hablado y declarado mi amor por Ana.
Sea lo que sea había funcionado. Ella pasó la noche
conmigo y amanecimos en la misma cama. Sé qué hicimos
el amor, lo supe porque mi cañónsito ya no era el mismo, al
bañarme me di cuenta que era diferente, como de hombre y
no de niño… ¡Cómo me ardió cuando el agua le cayó!
Me despedí de Mónica, me dirigí a la cafetería y compré dos Té Helados. Mientras me dirigía a la habitación en
donde estaba Ana pensé en cómo debía actuar, al fin y al
95
IN CRESCENDO
cabo ella tampoco se acordaba. Entré a la habitación y allí
estaba ella en pijama, sentada en la cama, esperándome. Le
entrego el Té y le digo:
—Ya sé que fue lo que pasó anoche.
—¿Qué?
—Pues como que nos enamoramos.
—Lo sospeche desde que lo vi salir del baño.
Tomamos el té.
El silencio se prolongó un poco más y para romper
ese tedio opté por besarla y sí, volvimos a hacer el amor y
hasta el día de hoy seguimos haciéndolo aunque no estemos juntos. ¿Sí ven? por eso les digo que es vergonzoso,
porque conocí a la verdadera Ana en una borrachera y no
recuerdo esa primera vez. Por eso me gusta beber porque
me une más a ella, porque la recuerdo, porque ella brinda
conmigo ¡Salud!
El reloj en el salón había avanzado. Todos me miraban sin parpadear, se negaban a apartarme la vista. Claro,
como no lo iban a hacer sino sé por qué motivo resulté con
un vaso de whisky en la mano diciéndoles que la vida era
una fiesta, mojigatos de mierda. Me paré, terminé mi vaso
y me fui bambaleándome hasta perderme por el umbral de
la puerta, definitivamente esas reuniones no son para mí.
“La vida sin música sería un error”
F. Nietzsche
Cruzando puertas
L
o que más extraño de la niñez son los consejos de mi
madre. Sí, aún me da consejos disfrazados de regaños,
sin embargo, hubo uno que cambió por completo mi vida.
Más que un consejo fue una frase que mi madre me dijo
justo antes de dormir “Papito, todas las noches cuando tú
te acuestes al menos una persona se acostará pensando en
ti” quedé estupefacto, un temor recorrió todo mi cuerpo sin
avisarme, para culminar en un terrible pensamiento: ¿Dónde estará esa persona que por culpa mía anda por el camino,
pálida, ojerosa y sin ilusiones? A partir de esa noche supe
cuál era mi prioridad en la vida… encontrar a esa persona
sin importar cuantas puertas tenga que cruzar.
“¿Dónde estás? Te busco. Sólo encuentro
un lugar de piedra y silencio.
Voy cruzando puertas tras de ti, voy cruzando puertas”
Cruzando Puertas —Draco Rosa
96
Efectivamente desde el amanecer del día siguiente empecé con mi cometido. Empecé a cruzar todas las puertas
que fueran necesarias. Crucé puertas angostas, puertas anchas, puertas tan difíciles de cruzar como el acero y otras
tan fáciles como el plástico. No crean, es un trabajo arduo.
Por lo general, detrás de cada una de esas puertas se encontraban mujeres que lo único que buscaban en la vida era
97
IN CRESCENDO
sexo, cochino, salvaje, sudor, pasión, rasguños, palmadas y
yo, yo sólo buscaba el amor verdadero. Bueno, aprovechaba,
ni bobo que fuera. Así pasaban los días y las noches.
Un día revisando mis otros deberes en la vida, me di
cuenta que fui aceptado en la Universidad del Quindío. Por
fin, algo bueno en la vida que aumentaría mis expectativas
de vida y sí, grité a los cuatro vientos ¡Sí! ¡No seré policía!
Al llegar a la Universidad lo primero que me doy
cuenta es que hay muchas puertas y empiezo a ver qué hay
detrás de ellas. Lo confieso, la primera semana no entré a
clases por estar cruzando puertas. Era inevitable ver una y
pensar ¡Qué chapota! Pero la realidad era que tenía que ser
responsable con la academia y asistir a clases, mis padres
hacían un gran esfuerzo como para perder las clases por
andar detrás de una chapa que quien sabe si mi llave le
quedaría. Primera clase a la que asisto y el profesor habla y
habla recordándonos lo difícil que es la vida laboral y como
la mitad de nosotros no culminará la carrera. Sin motivo
alguno empieza a llamar a lista. Cada uno de los estudiantes dice presente al escuchar su nombre. Yo saco mi copia
pirata de mi cuento favorito y empiezo a leer. “Alicia” dice
el profesor y me asombro al ver que coincidía con el nombre que leía. Mis ojos se levantan y ve a la mujer que dice
presente con voz chillona y se levanta para dirigirse al profesor. Ella no era Alicia era una Aliciota. Sus piernas largas, largas, llegaban hasta el piso. Sus caderas eran anchas
y entraba en armonía con su trasero. Un ombligo digno de
servir un ron y beberlo de su cuerpo. Un abdomen plano.
Unos senos ni muy grandes, ni muy pequeños, mi mamá
siempre me enseñó que lo que no quepa en la boca es gula.
Unas clavículas perfectamente moldeadas. Y su rostro ¡Oh,
su rostro! Era precioso, una sonrisa que cualquiera envidiaría, unas cejas y pestañas tan delicadas, un trazo que solo
dios podría elaborar. Su cabello caía a los hombros y quizás
lo que más me gustaba de Alicia eran sus ojos, me recorda98
CRUZANDO PUERTAS
ban mi niñez, eran enormes, parecía un Digimón.
“Alicia expulsada al País de las maravillas,
Para Alicia hoy es siempre todavía”
Alicia —Enrique Bunbury
Definitivamente ella era la puerta. Y si no lo era pues
lucharía para que lo fuera. Ahora debía hablarle. Debo confesar que nunca he sido bueno para eso de hablarle a una
mujer sobre todo si me gusta mucho. Pero eso no debe ser
un problema, pues he encontrado la fórmula perfecta para
hablarle a una mujer. Debería tomar nota, si es hombre va
y de pronto le sirve, si es mujer para que no caiga en la
trampa. Primero la teoría. Usted debe esperar en un lugar
y que ella se venga. Bueno, que ella camine a su dirección.
Debe estar pendiente, porque justo en el momento que
esté al lado suyo, que pase por su lado, que estén hombro
a hombro, debe hacer un movimiento sutil, tan leve que le
fracture la clavícula. En ese momento ella va a estar muy
enojada ¿A quién le gusta que le anden fracturando la clavícula? Ella con la mano que tiene libre intentará darle una
cachetada. Usted serenamente, sonríe y cuando la mano
esté a punto de llegar a su destino la toma y le dice “Mucho
gusto, me llamo Andrés” Ojo, si usted no se llama Andrés
debe cambiar el nombre para que funcione.
Ahora la práctica: Ella sale del salón de clases y yo
salgo detrás de ella. La espero detrás de una columna de
concreto para poder ver sus movimientos y que ella no me
vea, ya saben, como un monje Shao Ling en entrenamiento.
Ella se acerca. Pasa al lado mío, su hombro pasa por mi
hombro, solo es un leve movimiento, solo es una clavícula,
tiene dos. Pero es que es tan bella. Tan bella que no podría
hacerle daño. Pasa de largo yo me volteo y lo único que le
digo es: “Adiós Alicia, porque sé que te llamas Alicia” Ah,
que idiota. Miles de películas románticas y lo único que se
me ocurre es una burrada. Ella voltea y me dice “Adiós An99
IN CRESCENDO
CRUZANDO PUERTAS
drés, porque sé que te llamas Andrés” Listo, ella ya había
hablado ahora sí podría decirle todo lo que siento. Abro la
boca y digo: “Asjbcnkadñksjdcauncdj prrr” ella mi mira estupefacta. “Deberíamos ir a clases” comento decepcionado
y nos dirigimos para el salón. Aunque no lo crean ella y yo
nos volvimos amigos. Para todos lados juntos. Para arriba,
para abajo. Que para cine pero los miércoles que es más
barato. Que un trabajo, nos hacíamos en pareja. Que un
viernes no había clase, nos íbamos a tomar cerveza. Mejor
dicho era lo mejor que me había podido ocurrir. Pero aun
pasando la mayoría de mi tiempo con ella no sabía si cada
noche antes de dormir se acostaba pensando en mí. Debería existir una forma de saberlo.
hago entender, verdad? Haber, retomemos con algo de historia: El Romanticismo se originó en Alemania a finales del
siglo XVIII. En pocas palabras la gente de esa época era
mucho más marihuanera que en la actualidad. Ellos creían
que la vida era un sueño y que el sueño era la vida misma.
Es más alguien escribió: ¿Qué tal que cuando duermes sueñas? ¿Qué tal si cuando sueñas, sueñas con un rosal? ¿Qué
tal, solo qué tal que al despertar despiertes con una rosa
en la mano? ¿Si ve? Marihuaneros puros. Lo sé, aún no me
hago entender. Está bien, contaré el sueño:
Yo estaba en un mirador grandísimo, al frente había
alguien totalmente vestido de negro que me dijo “¿Qué haces aquí tan solo?” Yo lo volteé a ver y le dije “¿Sólo? Para
nada, sólo espero al amor de mi vida que va a cruzar esa
puerta” Y efectivamente la puerta se abrió y a través de
ella pasa Alicia. Giré mi cabeza para hablar con el hombre
vestido de negro pero ya se había marchado. Alicia, que
hermosa estaba. Estaba descalza y tenía un vestido blanco
transparentoso, no llevaba ropa interior y hacía frío. Paso
a paso se acercaba a mí. Ese vestido moldeaba todo su cuerpo dejando ver la perfección de la creación. Sus ojos ¿Qué
Digimón será? Será un Digimón de fuego porque cada vez
que se acerca ardo de pasión por ella. Ya estamos más cerca, mi mano rodea su cintura y la acerca a mí para que
sienta un hombre. Nos vemos. Nuestros ojos se cruzan. Me
mira, la miro. Le miro los ojos, le miro la boca ¡Me pilló!
Le miro los ojos, le miro la boca, le miro los ojos, le miro
las tetas ¡Me pilló! Le miro los ojos. Ella me dice “Bésame”
y yo me acerco a ella, por dios, su respiración toca mi piel,
puedo sentir como nuestros cuerpos se atraen y su aliento
recorre mi rostro como brisa mañanera en los llanos. Sólo
es estirar los labios y sentir su roce, para luego empezar un
danzar de lenguas, una batalla de pasión donde nuestros
labios se muerden y nuestras lenguas se filtran y parecen
que fuera una. Abro los ojos y ella se acerca con los ojos ce101
“Es por ti que soy un duende cómplice del viento,
Que se escapa de madrugada, que se escapa de
madrugada, Para colarse por su ventana”
Es por ti —Cómplices
Claro, esa era la respuesta. Debía ir tipo 4 o 5 de la
mañana que ella estuviese durmiendo y hacerme justo al
frente en su casa, trepar a la ventana, meterme, ir a su habitación, verla dormir y meterme en sus sueños. Así podría
saber si yo era el protagonista. Efectivamente a las 4:00
a.m. salí de la casa. Me dirigí hacia donde ella vivía y al
llegar noté el primer obstáculo: Su casa no tenía ventana.
Me fui para mi casa, cabizbajo, meditabundo, llegué a mi
habitación me quite la ropa y quede en ropa interior. Me
acosté viendo el techo. No estaba seguro si Alicia se acostaba pensando en mí, pero si estaba completamente seguro
que ella era la protagonista de mis sueños y nunca salía de
mi mente.
Al día siguiente me levanté con ánimos porque sucedió
algo con mucha fuerza. Soñé. Sí soñé, fue tan real. Como si
todo estuviera sucediendo. Quizás fue una señal del destino
o los chicharrones con papa frita que cené. Pero… ¿No me
100
IN CRESCENDO
CRUZANDO PUERTAS
rrados, hasta cerrados son grandes. Nuestros labios están
a milímetros de fusionarse… pero me despierto. Sí lo sé,
no debí contar el sueño, pero ¿Qué tal si al dormir sueño?
¿Qué tal si al soñar, sueño con el amor de mi vida? Y ¿Qué
tal, sólo que tal que al despertar me despierte con Alicia a
mi lado?
“Alicia, ¿Conoces la época del romanticismo? Era una
época en dónde la gente era muy marihuanera inteligente.
Ellos decían que la vida era un sueño y que el sueño era la
vida. Un loco escribió sobre uno levantarse y tener en la
mano la rosa con la que soñó. Y yo soñé contigo estabas lo
más de buena vestida de blanco, hermosa. Cualquiera te envidiaría. Estábamos a punto de besarnos pero me desperté.
No te preocupes. ¿Recuerdas la rosa de los románticos? Esa
eres tú en mi vida. Te amo Alicia. Quisiera tener mis hijos
contigo. Te amo”
Después de escribir eso puse unos cuantos emoticones
de amor y presioné Enter. Se envió. Todo estaba hecho.
Pasaron los segundos, los minutos, las horas. Finalmente
apareció un letrero que decía: Alicia ha cerrado sesión.
No, de seguro se le fue la energía en la casa o no pagaron el internet. Ya era de noche y no quería que amaneciera, es más me negué a dormir. A la mañana siguiente yo
ya hacía las cuentas y el Sol nada que salía. Cuando lo hizo
¡Qué maravilla! Es hermoso ver un amanecer sobrio. Debía
ir a la Universidad y ya era muy tarde. No sé ustedes pero
mi familia es grande, me tocó la ficha 15 para ir al baño.
Decidí no bañarme e ir a estudiar y confrontar el pensamiento de Alicia.
Al llegar a clase ella estaba allí en su asiento. Dice que
no me vio, pero yo pude observar como sus ojos recorrían
el salón y se negaban a tener contacto conmigo. La clase
terminó como todas las clases de un lunes a las 7:00 a.m.
con muchas ideas en la cabeza pero el cuerpo pidiendo una
cama, un café o cigarro. Al salir del salón Alicia me busca
y me dice: “Andrés, respecto a lo que dijiste anoche que me
amabas y me querías, quiero que sepas que yo también te
amo…
“Sabes que estoy colgando en tus manos,
así que no me dejes caer,
Sabes que estoy colgando en tus manos”
Colgando en tus manos —Martha Sánchez y Carlos Baute
Sí, me desperté decidido. Con ganas de mostrar de qué
estaba hecho. Me organicé y me dispuse a contarle todo lo
que sentía por ella. Prendí el computador e inicié sesión
en Messenger. ¿Qué? ¿Nadie pude confesar su amor a través de un chat? ¿Soy el único inmaduro? Eran las ocho de
la mañana y ella estaba desconectada. Lo sabía porque el
muñequito que estaba al lado de su nombre adornado con
flores y estrellas estaba gris.
“Mijo vaya por las arepas”
“No puedo ma, va y se conecta Alicia no me ve y se va”
“Mijo venga desayune”
“No puedo ma, va y se conecta Alicia no me ve y se va”
“Mijo, el almuerzo”
“No puedo ma, va y se conecta Alicia no me ve y se va”
“Entonces que le dé comer esa muchacha”
“Eso espero ma”
A las 4:20 p.m. se conecta. Aparece un letrero que dice:
Alicia ha iniciado sesión.
¡Sí! Luego aparece un letrero: Alicia dice Hola y una
carita feliz al lado. No es solo un hola. Es un hola y una carita feliz, se moría por hablarme. Le respondo: Hola. Ella:
¿Qué me cuentas? Y yo empiezo a buscar las palabras y
empiezo a escribir:
102
...pero como amigo”
103
IN CRESCENDO
CRUZANDO PUERTAS
“¿Amigos para qué maldita sea?
A un amigo lo perdono, pero a ti te amo”
“Ja, es mero Sol de Lluvia” dije atragantándome con
el pan seco y viejo.
Al lado nuestro se hizo un joven que vestía la última colección de bolsas de basura y llevaba un costal:
“Joven podría regalarme…”
“No hay plata” le interrumpí.
“Uy, acaso ve que necesito. Sólo quiero un minuto de
su tiempo”
“Hagale”
“Vea joven, su corazón late fervorosamente por la mujer que tiene al lado, pero la mujer que tiene al lado no
puede corresponder a tal amor porque ella ya ama alguien” y se fue. Sin son ni ton. Se fue dejando tremenda
bomba en la mesa.
El silencio se volvió más incómodo y ella sólo sonreía.
Salimos de la panadería, ella caminaba observando el cielo
y yo observando el suelo y con las manos en el bolsillo,
sabiendo que no tenía para el bus y mi caminata iba a ser
larga. Sin embargo desde esa ocasión y olvidando lo ocurrido. Alicia y yo… amigos de nuevo.
Mi historia entre tus dedos —Gianluca Grignani
Perra ¿Cómo puede decir eso? Y luego culmina con
frase aún más hiriente que la primera: “Que nuestra amistad no cambié” Yo le creí, pero todo cambió. Que para cine,
esa película ya me la vi. Que trabajos, que lo sacamos del
grupo Andrés. Que viernes sin clase, yo ya no tomo. Pero
no podía dejar que las cosas se quedaran así. Recordé que
ella me dijo un día que estaba antojadísima de un Bon
Yourt. Debía cumplirle ese deseo. Yo no tengo plata, pero
tengo algo más importante, mucho más importante que el
dinero: Amigos con plata.
¡Jack! ¡Danniels! ¡Jhonny! ¡Walker! ¡Vengan!
“Parceros, ustedes saben lo enamorado que estoy de
Alicia”
“¿Cuál Alicia?”
“La nena de ojos grandes”
“¿No le ha hecho la vuelta?”
“No es una hueva”
“Cállense ¿me van a dar para invitarla a comer un
Bon Yourt?”
“Claro hermano, ni más faltaba, tome cien”
Y así de granito en granito me fui haciendo lo del Bon
Yourt. La vi pasar. “¡Alicia!” siguió de largo y volteó la cara
“¿Quiere un bon yourt?” levantó la mirada y me vio “Andrés, Como te extrañé” nos fuimos para la panadería de la
esquina. La mesera se acercó y Alicia pidió dos palabras
que te hacen feliz, su Bon Yout. Yo pedí dos palabras que
me hacen ver pobre, un pande cien. El silencio era incómodo. No había palabras para romper el hielo.
“Va como a llover” dije como para hacer conversación
“Andrés, está haciendo Sol” me respondió sin verme y
comiéndose su Bon yourt.
104
“Y no es por eso que haya dejado
de quererte un solo un día,
Estoy contigo aunque estés lejos de mi vida.
Por tu felicidad a costa de la mía.
Pero si ahora tienes tan solo la mitad del gran
amor que aún te tengo, puedes jurar
Que al que te tiene lo bendigo, quiero que
seas feliz… aunque no sea conmigo”
Aunque no sea conmigo —Enrique Bunburi
Ese día Alicia estaba más formal que nunca. Al finalizar las clases me dice “Andrés, te voy a presentar a alguien”
La alegría invadió mi ser. Por fin después de mucho tiempo
llegó la hora de la verdad, la hora de conocer al padre de
105
IN CRESCENDO
CRUZANDO PUERTAS
Alicia. “Sí Andrés nos vemos a las 4 en las gradas de la
universidad. “Claro que sí” Ese día sin café, ni cigarrillo,
nada. Debía oler perfecto para que el padre de Alicia se
diera cuenta que yo era el hombre indicado. A las 4 ya estaba allá y Alicia se acerca corriendo “Ya viene” dice con
una sonrisa enorme en el rostro ¡Cómo me gusta verla así
de feliz! De pronto corre y abraza a su padre, me encantan
las familias unidas. Bueno, me encanta que ame a su padre
y aún lo bese en la boca, eso sí es amor paterno… ¿Con
lengua? “Andrés te presento a mi novio” No sé si será el
sentimiento de impotencia. O sentir como el amor duele,
pero inmediatamente me concentré en el latido de mi corazón y como se iba debilitando hasta dejar de latir. Sí, era
una muerte en vida. “Hermano lo felicito. Tiene a una gran
mujer al lado. Sólo recuerde que si le hace daño, yo no hago
nada. Pero tengo amigos con plata y disculpe voy al baño
creo que me cayó ácido en los ojos” Y me fui para el baño a
limpiar las lágrimas.
Las relaciones de hoy en día duran muy poco. Y fue
pronto cuando vi a Alicia que se acercaba llorando, corriendo y me abrazaba fuerte “Se fue con otra estúpida”
La abracé, acariciaba su cabello. Veía sus ojos inundados
por las lágrimas ¿Qué Digimon será? mínimo uno de agua
porque al acercarme el amor inunda mi ser. “Tranquila Alicia, siempre tendrás en mi un hombro donde llorar, unos
brazos que abrazar y unos labios que besar” “Tan bobo” no
importaba lo que dijera. Yo estaba feliz. Por fin Alicia y yo
amigos…de nuevo.
hasta que los cerrara Alicia no salía de mi mente, era mi
vida. Decidí contarle todo lo que sentía, pero esta vez de
frente, mirándola a los ojos y dejando de pensar en Digimon. La llamo al celular.
“Alicia, soy yo Andrés”
“Hola”
“Oye, era para decirte que nos vemos en las gradas
de la universidad a la 4 de la tarde, debo decirte algo
importante”
“Vale”
Los hombres tenemos derecho de llegar tarde, de hacernos desear ¿Por qué la mujer debe ser siempre la que
llega tarde? La cita era a las 4 yo tenía que hacerme desear.
A las 3:30 p.m. estaba allá pero escondido. 3:45 y no salía,
los hombres nos podemos hacer desear. 3:55 y no salía, los
hombres nos podemos hacer desear. 4:00 Alicia llegó, pero
no salí, los hombres nos podemos hacer desear. 4:01 salí
corriendo “Lo siento Alicia, había mucho tráfico”
“Después de ti ya no hay nada,
Ya no queda más nada, nada de nada”
Después de ti —Alejandro Lerner
Ese fue el último error en la larga lista de errores. Dejé
de pensar en mí, en todos, en todo. Desde que abría mis ojos
106
“Everyday in my dreams I feel you I see you”
My heart will go on —Celine Dion
“Alicia, podría regalarte las estrellas, pero ellas ya tienen muchos dueños. Te podría regalar las nubes, la Luna,
pero ya tienen muchos dueños. Te podría regalar los ríos,
las montañas, pero ya tienen muchos dueños, las multinacionales. ¿Pero sabes algo? Te puedo regalar mi corazón
que de ese tu eres la única dueña” Puse mi rodilla en el piso
y tomé su mano y la puse en mi pecho para que sintiera
como mi corazón gritaba su nombre. Ella me levantó, me
dio un beso en la mejilla y se fue. Me cerró sesión de frente.
“Bravo, permíteme aplaudir, por tu forma de herir mis sentimientos,
Bravo, te vuelvo a repetir por tus falsos e infames juramentos”
Bravo —Nacho Vegas
107
IN CRESCENDO
Estaba bravo, verraco con la vida. Nada tenía sentido.
¿Amor? Eso no existe son cuatro letras que si se cambian
todas queda sexo, la misma mierda. Alguien toca mi hombro pero no puedo dejar de gritar lo que siento. El amor es
una mierda que nos gusta restregarnos. Vuelven a tocar mi
hombro, pero no importa. El amor no existe y si usted que
está leyendo esto ha sentido, siente o quiere sentir amor
pues déjeme decirle que no pierda el tiempo. Las historias
de amor sólo suceden en las películas, en los cuentos y ni
eso, esto es un cuento y vea que ni aquí funciona. Vuelven a
tocar mi hombro y volteo bruscamente con mi rostro rojo
de la rabia y allí está mi madre.
“Mijo, despierte para su primer día de universidad”
Me estrego los ojos con ambas manos. Estoy allí en mi
cama, arropado de pies a cabeza. En mi pecho mi corazón
late. Todo fue una pesadilla. El amor si existe, ojalá usted
que lee esto esté, haya estado y lo más seguro es que se
enamorará. Me levanto, me baño, ficha 15, como no me di
cuenta que era un sueño. Me voy para clases y lo primero
que me doy cuenta es que hay muchas puertas. Pero no,
para clases luego abro puertas. Al entrar al salón allí en
primera fila está, no me lo van a creer, Alicia, perra, como
la odio. Momento. Todo fue un sueño. No importa, me dolió. Ella me ve y sonríe. No lo hago. Sólo me siento a leer la
copia favorita de mi cuento favorito mientras acaba la clase.
Al terminar Alicia me busca y me dice:
“Hola Andrés, porque sé que te llamas Andrés”
No contesté nada.
“Me puedes llamar loca pero toda esta semana he estado soñando contigo”
Pueden llamarme loco o como usted quiera, sólo quiero decirle que eso pasó, pero recuerde que todas las noches cuando usted se acueste al menos una persona se acostará pensando
en usted. Búsquela. No importa cuántas puertas haya que
cruzar. Yo aún sigo buscando. “¿Dónde estás? Te busco”.
108
Aurelio y las cucarachas.
C
uando Aurelio Casas llegó al apartaestudio que había
visto en los clasificados del periódico regional y que se
ajustaba al paupérrimo salario de un maestro de secundaria,
quedó maravillado. Era un espacio pequeño con una salacocina-comedor, un baño y una sola habitación con una
ventana que daba a los demás edificios. Mientras la
recorría iba acomodando mentalmente sus corotos que no
eran muchos. La pared totalmente blanca, recién pintada,
daba la tranquilidad necesaria para este gran paso a la
independencia. Aunque Aurelio tenía 28 años era la primera
vez que se iba de casa de sus padres. El apartaestudio si
bien era pequeño se veía gigantesco con las pocas cosas
del joven profesor: Una cama, una mesita de noche, un
escritorio y una biblioteca con algunos libros y revistas.
Los primeros días eran todo lo que el joven soñaba, andar
desnudo por la sala-cocina-comedor hasta su habitación y
devolverse. Un día compró un televisor que prendía solo
mientras pensaba, costumbre que heredó de su padre, don
Rocendo quien podía pasar horas y horas frente a la caja
mágica sin saber que era lo que estaban presentando.
Los primeros fines de semana salía a tomar unas cuantas
cervezas con la intención de llevar a alguna joven desprevenida
para su apartamento y luego darles para el taxi, sin embargo
siempre llegaba antes de las dos de la mañana en taxi y sin
más acompañante que la borrachera que lo llevaba dando
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IN CRESCENDO
AURELIO Y LAS CUCARACHAS
tumbos hasta su cama.
Aurelio fue un hombre solitario, sus días los pasaba del
colegio que iniciaba con toda la energía que un profesor de
28 años podría tener y llegaba agotado por el trabajo que
daban los muchachos del grado 10-4, que no eran más
que unos jóvenes buscapleitos, que le importaba más que
le harían a su próxima víctima —El profe nuevo— que
cualquier conocimiento nuevo que podrían adquirir. La
lista de travesuras es larga: tachuelas, papeles, desorden; un
día mientras Aurelio escribía en el tablero, todos muy
sigilosamente giraron los pupitres dándole la espalda al
profesor y este con toda la calma del mundo siguió su clase.
Aurelio siempre intentaba llevar nuevas ideas pero Kike, el
líder del salón, siempre iba dos pasos por delante del profe y
dañaba cualquier clase que este preparaba.
Fue una noche que vio por primera vez a uno de sus
inquilinos, como a eso de las once, Aurelio calificaba trabajos y
salió por un vaso de agua, al lado del vaso vacío se encontraba
pequeña, café, grotesca, con esas antenas apuntándolo, una
cucaracha di-mi-nu-ta. Aurelio no le prestó atención, pues
¿en qué casa no las hay? Lavó el vaso, se sirvió agua y siguió
calificando. La pequeña cucaracha que casi muere del susto,
al verlo quedó petrificada, tanto así que al amanecer, cuando
Aurelio se iba a preparar el desayuno aún estaba allí con esas
antenas atónitas, con las patas temblando. Él se fijó y acercó
sus ojos al insecto. Esta de un gran salto salió apresurada,
caminó velozmente, sus patas se movían ágiles y se metió
en un agujero que había entre la alacena y la pared. Aurelio
continuó su desayuno pero el blatodeo siguió su camino a la
gran colonia. Todos se preocuparon porque no había aparecido
en muchas horas y esta les contó cómo había sobrevivido a
ser pisoteada por el gran humano, inicialmente porque nunca
tuvo la intención y ella siempre ha sido una cucaracha de paz
y amor.
Siete de la mañana y Aurelio llegó a 10-4, allí estaban
todos los estudiantes dispuestos a escuchar clases, cosa bien
rara en ellos.
La clase inició y de un momento a otro cuando Kike dijo “¡Ya!”.
Todos y cada uno de los estudiantes agarraron bolas de papel y se las lanzaron. El profe intentaba esquivarlas y con la
carpeta las devolvía al mejor estilo de Federer o de las ligas
mayores de béisbol.
—Estoy cansado con 10-4 —se quejaba Aurelio con
sus colegas— han hecho de todo para no dejarme dar clases
¿Qué les pasa a estos muchachos?
—Tranquilo, hermano, solo faltan dos períodos, la
ventaja de entrar a mitad del año lectivo.
—¿Qué le pasó al anterior?
—Lo bañaron en salsa de tomate, pero eso no sucederá con usted.
Mientras tanto las cucarachas que eran unos animales
que se sentían a sus anchas, ya ni a la luz le temían, se
reunieron todas para hablar del piadoso humano que no las
mataba y quien dirigía dicha asamblea era Pichi la minúscula
cucaracha sobreviviente y héroe cucarachal. Decidieron
unánimemente que no harían nada que enojara al humano
y vivirían agradecidas con él. En el momento que todas
escucharon los pasos que se acercaban al apartamento
cientos de cucarachas salieron corriendo para sus guaridas
que estaban regadas por toda la casa, entre la pared y la
alacena, debajo de la nevera, dentro de la olla arrocera, en
las esquinas bajo los objetos que no se mueven y cuando
Aurelio llegó la casa estaba impecable y solo vio a dos o
tres cucarachas que lentamente se terminaban de esconder.
El timbre de la puerta sonó. Al salir allí estaba Diana,
una de las estudiantes de 10-4, parada con sus zapatillas negras, sus medias blancas largas, la falda institucional que no
cumplía la regla de tres dedos sobre la rodilla, si no que parecía una cuarta; el camibuso de la institución, su rostro sin
maquillar y su cabello envuelto en un pequeño bollo. Sonreía.
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AURELIO Y LAS CUCARACHAS
—Hola profe, que pena estar aquí pero venía a traerle
el trabajo que no terminé en clase —dijo Diana con la voz
dulce, mimada de una niña de quince años.
—Estas no son horas de entregar trabajos ¿Cómo
supo donde vivía? —preguntó desconcertado.
—Para que vea profe, cuando a uno le interesa una
clase, uno hace lo que sea para no quedar mal.
Aurelio recibió el trabajo, ahora que lo recordaba, Diana
no había sido cómplice de las travesuras de Kike y sus compañeros.
—Bueno, muchas gracias por traerlo —dijo Aurelio.
—A usted profe, por recibirlo.
La niña se fue y él quedó viendo el trabajo que consistía
en escribir el título del libro que más les hubiese gustado y
hacer una pequeña reseña, Aurelio quedó sorprendido: Trópico de Capricornio de Henry Miller. No entendía cómo era
posible que una chiquilla hablara de esa obra literaria.
Esa misma noche cuando calificaba, salió por el vaso de
agua y el suelo estaba totalmente invadido por centenares de
cucarachas, que iban de un lugar a otro y cuando lo vieron
enojado y asqueado salieron acuciosamente. Aurelio corrió y
alzó su pie derecho para matar a decenas de un solo pisotón,
pero todas y cada una de las cucarachas formaron la palabra
“no”. Ventajas de tener muchos libros y una buena relación,
sin saberlo, con el líder de las cucarachas. Esta vez fue Aurelio quien quedó petrificado y cayó desmayado. No se golpeó,
pues al caer cada una de las cientos de cucarachas se subieron
una encima de otra, al mejor estilo de las porristas e hicieron
un colchón para que Aurelio no sufriera en el golpe, sin embargo algunas compañeras cucarachas se sacrificaron en tan
heroico acto. Al despertar, Aurelio estaba en su cama “todo
fue un sueño” pensó, pero la blanca pared estaba machada con
cucarachas que van de un lado a otro como informando lo que
había pasado con el humano.
—Debo ir con el exterminador, son muchas cucara-
chas —dijo Aurelio en voz baja.
Al escuchar esto las cucarachas como soldados íntegramente disciplinados empezaron a formar las palabras “somos
tus amigos, gracias por no matarnos”
Aurelio se volvió a desmayar.
Al otro día al llegar a clases, Aurelio estaba decidido a
que no se la iba a dejar montar de los estudiantes de 10-4. Al
llegar se sentó en el pupitre y empezó a dictar la clase atento
a cualquier movimiento, por minúsculo que fuera, que hiciera
de esa clase otra catástrofe más. No hubo nada, ni un chiflido,
ni un papel, nada. Al fondo en la tercera fila en segundo puesto
se encontraba Diana que no le quitaba la mirada a las explicaciones del profesor. Estaba sentada como una señorita, con
la pierna izquierda sobre la derecha y su cabeza apoyada en la
mano derecha, como aburrida. Cuando su mirada se cruzó con
la del profesor sonrió, descruzó las piernas lentamente, quedó
sentada con las piernas abiertas y después de unos segundos
las volvió a cruzar. Aurelio siguió su clase normal como si no
hubiera notado el movimiento de Diana, pero obviamente eso
generó un desorden en el interior del joven profesor.
Esta vez, Diana no tenía el bollo de pelo, tenía el cabello suelto
y caía en sus hombros, ondulado.
Al finalizar la clase Aurelio dice:
—Señorita Buitrago ¿puede acercarse por favor?
—¿Sí, señor? —pregunta la adolescente
—¿Trópico de Capricornio? ¿Sí lo leíste?
—Claro, profe. Es uno de los que más me ha gustado
porque hace sentir cosas cuando lo leo. A veces leo varias
veces algunos párrafos que me quedaron gustando.
—¿Qué otros libros ha leído? —preguntó Aurelio
—Bueno, muy pocos profe. Sólo algunos libros que
hay en la biblioteca de mi papá y pues, cuando no tengo
nada que hacer leo uno.
—Muy bien, hasta luego. Recuerde que debe sentarse
como una señorita.
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AURELIO Y LAS CUCARACHAS
—Bueno, era un regalo para usted —dijo sensualmente
Diana con esa voz suave y atractiva.
—Respete, señorita ¡hasta luego! —empacó sus cosas
y se fue furioso, aunque no lo estaba.
Cuando llegó al apartamento las cucarachas lo esperaban, se encontraban dispersas por todo el suelo. Aurelio caminaba con cuidado con temor de pisarlas. Cuando todos los
insectos lo vieron llegar la mitad corrieron a su escondite y la
otra mitad empezó a moverse y formaron la palabra “Hola”.
Aurelio aún no lo podía creer pero decidió ir a su habitación a
calificar unos cuantos trabajos, aunque por su cabeza pasara
Diana de vez en cuando. Diana era la que más participaba en
clase, por no decir la única, pues los demás se encargaban de
hacer todo lo posible para que el profesor nuevo huyera del
colegio como lo han hecho los últimos tres en el último año
lectivo. Era imposible no fijarse en aquella niña-mujer con el
cabello rojo, anaranjado, parecía un atardecer con los matices
de amarillo a rojo que seducían su mente y lo llevaba a ver de
otra manera la pierna descruzada, imaginar que hay más allá
de las piernas, al interior de la falda. Pero es imposible, es el
profesor, además es el nuevo, es su primer trabajo desde que
salió de la universidad y pensar eso es absurdo. La puerta de la
habitación se abre, no hay nadie. Baja la mirada y se encuentra
con un decenal de cucarachas que llevan como flotando un
café caliente. Aurelio lo recibe.
—Gracias
Y las cucarachas se fueron. Después del tinto Aurelio se
levantó para observar lo que sucedía y las cucarachas estaban: unas leyendo, otras haciendo los quehaceres de la casa y
él estaba con la boca abierta. Menos mal era viernes y podía
descansar y analizar las cosas de la mejor manera. No iba a
llamar al exterminador, pues hombre, nunca había visto unas
cucarachas tan formales en la vida.
El sábado se encontraba viendo una película que les llevaría a los estudiantes, quizás eso los ayude y pueda aguantar
un poco más sus travesuras. La película: Rojo como el cielo,
una cinta italiana que muestra las adversidades de un niño que
queda ciego en un accidente casero con una escopeta y el niño
desarrolla agudamente su oído y se vuelve en el mejor sonidista del cine. Sí, eso quizás los ayude con el comportamiento,
pensaba Aurelio. El timbre del apartaestudio suena, una cucaracha sale a ver quién es al igual que Aurelio que queda mudo
al ver quién está allí parada.
Con una minifalda, mucho más corta que la falda del colegio, que enseñaba unas piernas hermosas, blancas; una blusa
blanca ajustada al cuerpo que dejaba ver sus dos pequeños senos de doncella que aún no han terminado de crecer.
—Señorita Buitrago ¿Qué se le ofrece?
—Hola profe vine a visitarlo —y sin pedir permiso
ingresó al apartaestudio.
Las cucarachas al ver quien era una a una se fueron a su
escondite. Diana pasaba su dedo índice por cada uno de los
títulos de los libros que se encontraba en la biblioteca y encontró Trópico de Capricornio y buscó su parte favorita ‘La
vecina del piso de arriba’.
—Este capítulo es sensacional —dice la colegiala
empezando la lectura.
Aurelio toma asiento, escucha la voz angelical y juvenil
de Diana, una que otra cucaracha salen a escuchar camufladas.
Ella sabe lo que es ese capítulo y pone en su tono un toque
de sensualidad, mientras lo hace con su dedo índice acaricia
la punta de su cabello que se encuentra más encendido, más
caliente, como su cuerpo; baja su dedo suavemente y roza la
curvatura de su seno. Aurelio, sentado, analiza la situación
pero decide quitarle el libro de las manos.
—Lo siento Diana esto no está bien debes irte —le
dice llevándola hacia la puerta.
—¡Profe! ¡No me dejó terminar! —se queja Diana y al
verse vencida se deja llevar a la puerta y antes de que cierre
le roba un beso al profe.
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AURELIO Y LAS CUCARACHAS
Fue un beso que Aurelio no quería pero tampoco hizo
nada para no recibirlo. Aunque no movió la lengua, ni la boca,
Diana recorrió con su húmeda lengua la boca del profe y finalizó mordiendo el labio. Aurelio sintió con ese mordisco las
ganas de llevarla a su cama y decirle que si a eso había venido
que con mucho gusto y desnudarla en su habitación y verla allí como la Lolita que es, hacer y deshacer con su cuerpo
porque virginidades, obviamente no habían —pensaba. Diana
aleja su rostro lentamente y Aurelio cierra la puerta en un
movimiento y se va para su habitación a pensar lo sucedido y
las cucarachas le llevan otro café.
Al lunes siguiente en clase, los de 10-4 seguían con la
indisciplina, sin embargo ahora el profe no se interesaba por
ellos, se interesaba por Diana que se encontraba en el mismo
puesto de siempre, con las piernas cruzadas y enredando un
lápiz en su cabello. En el descanso Aurelio estaba con sus colegas:
—¿Cómo le ha ido con 10-4? —pregunta Patricia una
profesora excesivamente flaca y con una pulcritud en el vestir y en el actuar que todos los estudiantes la respetaban.
—Ahí vamos, aunque ya no son tan insoportables
como los primeros días, aún es difícil dictar una clase completa —respondía resignado Aurelio.
—Profe ¿me puede revisar este texto por favor? —interrumpe Diana mostrándole un cuaderno a Aurelio.
—Claro, señorita Buitrago —toma el cuaderno Aurelio y se aleja unos cuantos pasos de la sala de profesores.
En el cuaderno estaba el ejercicio en clase, al final había un posdata que decía: “Quiero otro beso” el profesor
siente un vacío en el estómago al leer la nota.
—Muy bien señorita Buitrago, debemos arreglar el
final, pero está muy bien —Decía el profesor.
Al terminar la jornada laboral el profesor se dirige a su
apartamento y Diana sin que él se dé cuenta lo sigue. No fue
sino cerrar la puerta y recibir el café de bienvenida por parte
de sus amigas cuando la puerta sonó. Y allí estaba Diana con
su uniforme, que violaba las reglas del Manual de Convivencia, con una sonrisa maliciosa y unas bragas en su mano derecha. Sin decir nada y con paso lento pero finamente medido y
coqueto ingresó al apartaestudio. Aurelio quedó estupefacto,
solo escuchó el portazo de la habitación. Se dirigió a ella, abrió
la habitación y la encontró con nada más que la falda del colegio y las medias blancas que llegaban casi hasta las rodillas.
Acostada de medio lado con su dedo índice llamaba a Aurelio
y señalaba un espacio en la cama. Sin pensarlo dos veces Aurelio se lanzó sobre la estudiante, la besó apasionadamente y ella
respondió al beso, lo envolvió con sus piernas y cuando Aurelio acercó su hombría al sexo de Diana, con un movimiento
fuerte de caderas, ella hizo un grito mudo y cerró los ojos con
fuerza. El profe la ve, ella sonríe y sus ojos se enlagunan.
Aurelio observa lo sucedido y su miembro sale manchado de rojo.
—Profe, eres mi primer hombre —dice Diana
Aurelio se mandó las manos a la cabeza. Diana se vistió,
se organizó el cabello y dejó al profe sentado, con los pantalones en la rodilla y su cabeza descansando en sus brazos.
Al otro día Aurelio fue a clases, sus estudiantes, cosa rara,
estaban juiciosos en sus puestos y prestaban atención a la clase.
Preguntaban, opinaban y hasta salían al tablero. A las 10:35
de la mañana mientras Aurelio explicaba las fortunas del buen
uso del lenguaje, alguien abrió la puerta del salón.
—Aurelio Casas Fandiño, queda usted arrestado por acceso carnal violento, corrupción de menores…
Aurelio quedó helado en el acto. Todos los estudiantes
empezaron a aplaudir y a gritar “¡Violador! ¡Violador! ¡Violador!” Hasta Diana que se encontraba mal sentada en su puesto
y sonreía con satisfacción. Los policías lo esposaron y penosamente lo llevaron fuera del colegio hasta la camioneta de la ley.
Kike se paró en el asiento y gritó:
—¡Ningún profesor puede con nosotros! —salta al
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AURELIO Y LAS CUCARACHAS
suelo y abraza a su cómplice Diana Buitrago.
Aurelio Casas Fandiño fue el cuarto profesor que hacían
ir de la institución educativa. No había grupo más parado y
desjuiciado que 10-4 del Carmelita.
Las cucarachas quedaron esperando a Aurelio en su
apartamento con café frío que nunca, nadie se tomó.
Doce años en prisión, Aurelio todas las noches engendraba un plan para vengarse de los 35 estudiantes que lo enviaron a esas cochinas celdas con barrotes y patios de ropas
donde mantenía su tiempo hablando con las cucarachas que
nunca le contestaron.
A los 40 años Aurelio Casas Fandiño, sale de prisión como
un violador que pagó su condena, con uno que otro tatuaje
que encerraba su odio hacia Kike y su gallada. Pasados los
días visitó la casa que había arrendado en sus días de profesor
y estaba vacía, desde hace doce años nadie se amañaba, pues
por más que intentaban nunca se pudieron deshacer de las
cucarachas. Aurelio volvió a su casa y buscó un trabajo como
corrector de trabajos de grado, asesor en escritura, vendiendo
productos, en lo que le tocara. Las cucarachas al verlo se alegraron, pues en la colonia siempre se habló del gran Aurelio y
como Pichi se encargó de que su memoria pasara de cucaracha
a cucaracha. La venganza fue fácil para 33 estudiantes, simplemente la invasión de cucarachas los seguirían todos los días
hasta su muerte. Aparecerían en todas partes, en la comida,
en el mercado, en la nevera, en el cepillo de dientes, en todas
partes y uno a uno irían muriendo por diarrea, disenterías.
Muchos de ellos vivieron angustiados porque su mierda iba
acompañada de una crema entre café y rojiza, un tanto vizcosa
que daba a entender que sus intestinos hacían digestión de su
sangre…pero para Kike y Diana tenía algo especial.
Kike al terminar el colegio se fue a pagar servicio militar.
Allá lo volvieron disciplinado, quiso entrar a la universidad
pero su bajo rendimiento académico en el colegio le cerró las
puertas en todas las universidades públicas del país. Así que
decidió con algunos amigos del colegio abrir un bar. Bar que
frecuentaba Aurelio, bajo el nombre de Tomás, un viajero recién llegado a la ciudad. De vez en cuando hablaba con Kike y
este le contaba todo lo que vivió en el ejército, de sus travesuras en el colegio y ambos reían.
—Lo embarrada es que últimamente han muerto
algunos amigos por alguna infección en los intestinos, yo que
sé. Van tres en las últimas dos semanas —decía Kike mientras
tomaba una cerveza.
—Bueno, pero vea, usted está progresando —decía Tomás chocando su cerveza contra la suya —bueno me voy.
Muchas gracias.
Unos segundos después de irse millones de cucarachas
de toda clase entraron al bar y la gente salió despavorida, vomitaban, gritaban del asco. Kike pisoteaba por todos lados,
saltaba para matar a muchas a la vez, pero estas se fueron subiendo por su cuerpo, cuando solo le quedaba parte de la cara
descubierta —desde los ojos hasta la boca —las cucarachas
que veía en el piso escribieron entre todas “No era violador”
y todas, una a una se metieron por su boca, nariz y oído y asfixiaron a Kike. Cuando llegó emergencia y control de plagas
solo había cientos de cucarachas estripadas y al lado de ellas
el cadáver de Kike. No se vio una cucaracha más en el bar.
Nunca.
Aurelio fumaba un cigarrillo en el parque mientras veía a
la muchacha que compraba un libro al viejo librero del parque.
Exhaló el último plon de su cigarro y con paso lento se acercó
a los libros que estaban sobre una sábana blanca en el piso.
Este libro es interesante, mientras tomaba una edición de Sin
Plumas de Woody Allen. La muchacha que estaba al lado lo
observa y dice:
—Solo he visto películas de él ¿Si escribe bien?
—Absurdo como en sus películas.
Allí frente a sus ojos estaba Diana, ya no estaba el cabello
rojo, amarrillo, naranja, no, ahora era castaño pero era impo-
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AURELIO Y LAS CUCARACHAS
sible olvidar esos ojos y esa piel blanca.
—Mucho gusto, Tomás.
—Diana —le respondió con una sonrisa.
—Bueno, me llevo este —le dice al viejo librero y le
pasa el dinero— Uy, este es muy bueno —dice exaltado al
ver Trópico de Cáncer, otro libro de Henry Miller.
—Yo me leí en el colegio Trópico de Capricornio —dijo
Diana y cambió la cara.
—Sí, yo también lo he leído es muy bueno —respondió Tomás— ¿Qué tal un café?
—Dale —dijo— el café de allí es bueno.
Se dirigieron al café y empezaron a hablar. Diana ahora
es profesora de español en un colegio. Y espera escribir algún
día. Tomás sonríe. Diana ve sus brazos gruesos y los tatuajes
que lo rodean.
—¿Y eso qué es? —Preguntó Diana señalando un tatuaje pequeño en el antebrazo.
—Es Pichi, una cucaracha, una broma familiar.
Hablaron de todo un poco y quedaron de verse al día siguiente en las horas de la noche para salir. Tomás se puso su
mejor ropa.
En un café-bar literario se encontraba Tomás leyendo un
libro del mostrador, qué leía no importaba porque cuando iba
a cambiar de página ingresó Diana con un vestido negro ajustado al cuerpo, sus dos senos se miraban allí, definitivamente
crecieron solo un poco más. Tenía unos converse negros, las
piernas blancas que no había podido olvidar y sobre todo esa
cara angelicalmente perversa que la hacía tan bella y tan odiada.
—Neruda —dijo Diana señalando el libro
—Un poco de poesía no cae mal —le responde y le recita una de bienvenida.
Este gesto tan caballeroso y poético le encantó a diana
que no quitaba esa sonrisa y ahora sus ojos brillaban. Tomaron café, luego una cerveza y por qué no… después un aguar-
diente. Entrada la noche y con los tragos en la cabeza se subieron a un taxi.
—¿En dónde vives? —le pregunta Tomás a Diana.
—En los Cedros, pero ¿Qué tal si vamos a tu casa? —respondió coqueta con un dedo en los labios.
—Esta bien —respondió Tomás.
Al llegar al edifico, Diana quedó estupefacta.
—Yo ya he estado aquí —dijo con una risa nerviosa.
—¿Sí? ¿Y eso? —preguntó si prestarle atención Tomás.
—Hace muchos años, aquí perdí mi virginidad, eso
lo vuelve más excitante ¿no? —le dice Diana mientras lo
abraza y lo besa —¡no jodás, es el mismo apartamento!
Diana no sospechaba lo que le sucedería, pues hace trece
años sucedió lo que había sucedido y el profesor se encuentra
en prisión o habrá salido hace tiempo, pero eso ya es parte
del pasado. Como ya conocía el apartamento se fue para la
habitación. Se sentó en la cama y tomó uno de los libros que
había en la mesa de noche. Lo ojea y lo vuelve a poner en el
sitio. Se quita los zapatos y deja al descubierto sus pies finos y
delicados. Tomás le lleva un café (preparado al escondido por
las cucarachas) y se sienta a su lado. No se toman el café, pasan
inmediatamente al beso, su mano se vuelve un espía entre sus
bragas y sus dedos se deslizan en la humedad de su ser. Ella
respira fuerte y la piel blanca se vuelve roja. Se para en la cama
y deja caer el vestido. Queda solo con las bragas empapadas.
—¿Te gustan los juegos? —pregunta Tomás
—¿Qué clase de juegos? —responde Diana.
Aurelio saca de la mesa de noche unos lazos.
—Un poco de nudos, un poco fuerza, un poco de palmadas —responde Tomás besándola.
—Claro que me gustan —y se acuesta en la cama extendiendo sus piernas y brazos.
Tomás la amarra fuertemente y cada vez que Diana siente la presión del lazo en su piel, gime y sonríe. Pone un gagball
en la boca. Diana está totalmente sometida y eso la excita de-
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IN CRESCENDO
masiado y su entrepierna se lo hace saber a Tomás que juega
con sus dedos en su interior.
—Muy bien señorita Buitrago —dice Tomás— usted
tiene un Súpercoño, como dice Henry Miller. Un coño dulce,
caliente, hambriento.
Al escuchar el señorita Buitrago, Diana abre los ojos e
intenta gritar pero lo que tiene amarrado en la boca no le deja
salir ni un poco de ruido. Intenta zafarse de los lazos pero cada
movimiento los ajusta más.
—¿Recuerda? Todos me gritaban violador, aún retumban
en mis oídos esos gritos llenos de odio y su sonrisa, su maldita
sonrisa de satisfacción al verme esposado. ¿Violación?
Tenga su violación —y empezó la venganza que tanto había
planeado.
Cuando terminó poco tiempo después, salió de su habitación y las cucarachas ingresaron. Se subieron por la pata de
la cama, pasaron por la sábana por los lazos y cubrieron totalmente a Diana. Ella se movía como podía para librarse pero
no podía. En pocos minutos Diana dejó de mover su cuerpo
y murió. Tomás se vistió hizo maleta y decidió vivir de fugitivo, llamándose así o Kike o como sea, pero allí en esa ciudad
nadie lo volverá a ver y nadie sabrá que pasó y nadie jamás
sospechará que esas 35 personas murieron por un plan perfectamente trazado por Aurelio y las cucarachas.
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IN CRESCENDO
ÍNDICE
In Crescendo
Prólogo
11
Observación nocturna
13
Tu y yo, yo y tu
ldado que pide la
Conversación con un so
15
libreta militar
17
mundo
La mejor serenata del
19
Monovocal
21
Rutina
23
Soliloquio
25
El borondo
27
Trastorno Podófilo
29
Déjà vu
33
San Luis de la Villa
El primer no suicidio en
a
por primera vez un
De cuando Charlie vio
39
en una pizzería
película de Woody Allen
43
3:15 p.m.
47
Coma
53
Polos Opuestos
59
Episodio Clara
65
Sexo de Celebración
73
El conejo blanco
81
Tango Rojo
89
AA
97
Cruzando Puertas
109
as
Aurelio y las cucarach
In Crescendo se terminó
de imprimir en la ciudad de
Villavicencio en los talleres de
EDICIONES
en el mes de noviembre de
2015. Usando La familia
tipográfica Bell MT.
Prohibida la reproducción
parcial o total de este libro
en cualquier formato sin
consentimiento del autor.
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