Subido por camila villafañez

Sherryl Woods - Un Trozo De Cielo

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Un trozo de cielo
Sherryl Woods
2º Dulces Magnolias
Sherryl Woods - Un trozo de cielo (2008)
Título Original: A slice of Heaven (2007)
Serie: 2º Dulces Magnolias
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Mira 213
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Ronnie y Dana Sue Sullivan
Argumento:
Dana Sue dirigía el mejor restaurante de Serenity y, mientras ella engordaba, un
peligro común para una cocinera, su hija adolescente, Annie, llevaba matándose de
hambre desde que Dana Sue echara de casa a su marido después de que éste la engañara.
Pero a veces sucedían cosas inesperadas en la vida que hacían que todo mejorara.
Cuando Annie tuvo que ser ingresada en el hospital, Dana Sue se puso en contacto con
el hombre que se había llevado su corazón cuando se había ido de casa. A pesar de todo lo
ocurrido, Ron seguía siendo un guapísimo caballero andante al que quizá pudiese
perdonar.
Quizá él hubiera cometido el error de marcharse sin luchar por ella, pero ahora estaba
cansado de sentirse como un estúpido y de añorar ese trocito de cielo que había
encontrado junto a Dana Sue.
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Capítulo 1
Dana Sue notó el olor a quemado justo antes de que se activara la alarma del
detector de humos. Sacó el pan achicharrado del tostador, lo tiró al fregadero, agarró
un trapo de cocina y lo sacudió para dispersar el humo hasta que dejó de sonar la
alarma.
—¿Pero qué está pasando aquí, mamá? —le preguntó Annie desde el marco de
la puerta de la cocina, arrugando la nariz.
Iba vestida con unos vaqueros anchos y una camiseta escotada que mostraba
aquella piel pálida en la que se marcaban los huesos de sus clavículas.
Reprimiendo las ganas de decirle que había vuelto a adelgazar, Dana Sue miró
a su hija adolescente con expresión de disgusto.
—Imagínatelo.
—Se te ha vuelto a quemar la tostada —dijo Annie sonriendo—. Menuda
cocinera estás hecha. Si se me ocurriera contarlo, te quedarías sin clientes en el
Sullivan's.
—Y ésa es la razón por la que no sirvo desayunos y por la que tú has jurado
guardarme el secreto, a menos que quieras a arriesgarte a quedarte sin teléfono y sin
Internet —le dijo su madre.
Y no era del todo mentira. El Sullivan's había sido un gran éxito desde el
momento de su apertura; su fama se había extendido por toda la región. Dana Sue no
necesitaba que su hija arruinara el prestigio de su restaurante contando que en casa
era un desastre en la cocina.
—De todas formas, ¿para quién estás haciendo una tostada? Yo no pienso
comérmela —añadió Annie mientras se servía un vaso de agua.
Bebió un sorbo y tiró el resto por el fregadero.
—Estaba preparándote el desayuno —dijo Dana.
Sacó del horno un plato con una tortilla francesa a la que había añadido una
loncha de queso y unas tiras de pimientos rojos y verdes, tal como a Annie le
gustaba. La tortilla era tan perfecta que podría haber salido en la portada de
cualquier revista de gourmets, pero Annie la miró como si tuviera un aspecto
repugnante.
—No voy a desayunar.
—Siéntate —le ordenó Sue. perdiendo la paciencia—. Tienes que comer. El
desayuno es la comida más importante del día, sobre todo cuando se está
estudiando. Las proteínas son la fuente de energía del cerebro. Además, me he
levantado expresamente para preparártela, así que te las vas a comer.
Annie miró a su madre con aquella expresión de «mamá, otra vez, no», pero al
final se sentó a la mesa. Dana Sue se sentó frente a ella aferrándose a la taza de café
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como si contuviera oro líquido. Había estado hasta muy tarde en el restaurante y
necesitaba la cafeína para enfrentarse a las evasivas de Annie.
—¿Qué tal fue el primer día de clase? —le preguntó.
Annie se encogió de hombros.
—¿Este año vas a alguna clase con Ty?
Desde que Dana Sue podía recordar, Annie había estado enamorada de Tyler
Townsed, el hijo de Maddie, una de las mejores amigas de Dana Sue. Desde hacía no
mucho tiempo, Dana Sue y Maddie eran también socias; junto a Helen, habían
abierto un gimnasio para mujeres en Serenity.
—Mamá, él está en un curso por delante del mío —le explicó Annie con
exagerada paciencia—. No vamos a las mismas clases.
—Pues es una pena —respondió Dana Sue.
Y lo decía en serio. Ty había pasado una época difícil desde que sus padres se
habían separado, pero siempre se había comportado con Annie como si fuera su
hermano mayor. Por supuesto, Annie no apreciaba especialmente aquella actitud.
Ella habría preferido que la viera como a una chica, como a alguien con quien
pudiera interesarle salir. Y, de momento, Ty la ignoraba completamente en ese
sentido.
Dana Sue estudió la expresión de su hija intentando buscar en ella algo que le
permitiera relacionarla con aquella niña que parecía haber crecido de un día para
otro.
—¿Te gustan tus profesores?
—Ellos hablan y yo escucho. No tienen por qué gustarme.
Dana Sue reprimió un suspiro. Años atrás, Annie no callaba. Había pocos
detalles de su vida que no quisiera compartir con sus padres. Por supuesto, desde
que Dana Sue había descubierto que Ronnie le había engañado con otra y le había
echado de casa, todo había cambiado. Al igual que a Dana Sue, a Annie se le había
roto el corazón. La adoración que sentía por su padre había terminado hecha añicos.
Después del divorcio, el silencio había presidido su relación durante mucho tiempo y
ninguna de ellas parecía querer hablar de las cosas que realmente importaban.
—Mamá —tengo que irme o llegare tarde —Annie miró el reloj y se levantó de
un salto.
—No has comido nada.
—Lo siento, tiene muy buen aspecto, pero no tengo hambre. Te veré esta noche.
Le dio un beso en la mejilla y se marchó, dejando tras ella una fragancia que
Dana Sue reconoció al instante. Era la de un perfume carísimo que la propia Dana
Sue se había comprado en Navidad y que sólo utilizaba en ocasiones especiales.
Aunque teniendo en cuenta las pocas ocasiones especiales que había tenido
después de su divorcio, probablemente no tuviera ninguna importancia que su hija
lo malgastara con los chicos del instituto.
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Dana Sue no se dio cuenta de que Annie se había dejado la bolsa con el
almuerzo hasta un buen rato después. Podría haber sido un despiste, pero sabía que
su hija se la había dejado expresamente, de la misma forma que había decidido
ignorar el desayuno que le había preparado su madre.
El recuerdo del desmayo de Annie en la segunda boda de Maddie llegó a su
mente acompañado de una oleada de pánico.
—Por Dios, cariño —musitó—, otra vez no.
—Creo que para el postre de esta noche haré un pudín tradicional con
manzana. La fruta le dará sabor y textura —dijo Erik Whitney antes de que Dana Sue
hubiera tenido oportunidad de ponerse el delantal.
Al tiempo que la boca se le hacía agua, Dana Sue iba calculando las calorías.
Tendría que privarse del pudín, se dijo con un suspiro. Sus clientes podían permitirse
esos placeres, pero ella tenía que evitar aquellos postres como si fueran la peste.
Erik la miró preocupado.
—¿Demasiada azúcar?
—Para mí, sí. Para el resto del universo, me parece perfecto.
—Podría utilizar algún sustituto para el azúcar.
Dana Sue negó con la cabeza. Había convertido su restaurante en un éxito
dándole un giro a los platos tradicionales del sur. La mayor parte de sus variaciones
eran más saludables que los platos originales, casi siempre desbordantes de
mantequilla, pero en lo relativo a los postres, sabía que sus clientes preferían los
postres de siempre. Había contralado a Erik, que acababa de salir del Instituto de
Cocina de Atlanta, porque estaba considerado como uno de los mejores especialistas
en postres que en la escuela habían visto en muchos años.
Erik, mayor que muchos de sus compañeros, tenía más de treinta años. Era un
cocinero ansioso por experimentar y no defraudaba nunca a sus clientes. Tenía
mucho mejor carácter que el último chef con el que Dana Sue había trabajado, algo
que Dana Sue consideraba una auténtica bendición y no había tardado en pasar de
ser un empleado a convertirse en un amigo.
Más aún, Erik recibía cada día más encargos para preparar tartas de boda.
Había convertido aquel postre tradicional en un arte. Dana Sue era consciente de que
tendría suerte si conseguía conservarlo durante un año o dos antes de que algún gran
restaurante le hiciera alguna oferta, pero de momento parecía satisfecho en Serenity.
—No, el pudín me parece un postre ideal para esta noche. Y, al fin al cabo,
tienes que cocinar para nuestros clientes, no para mí.
¿Cuándo se había permitido por última vez, comer una cucharada de los
postres de Erik? Seguramente, no había vuelto a probarlos desde que el doctor
Marshall le había advertido que tenía que perder los siete kilos que había ganado
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durante los últimos dos años y le había advertido que corría el riesgo de acabar con
diabetes, la enfermedad que había matado a su madre. Aquello debería haber sido
advertencia suficiente para Dana Sue, sin necesidad de que el médico se lo recordara
constantemente.
Ella pensaba que trabajando con sus dos mejores amigas en la apertura del
gimnasio se mantendría ocupada y eso la ayudaría a seguir la dieta. También se
había convencido a sí misma de que el espacio tan espectacular que habían creado la
incentivaría a hacer ejercicio. Pero de momento, lo único que había conseguido era
ganar dos kilos más probando todas las bebidas saludables y los postres bajos en
calorías que habían incorporado al menú del restaurante del gimnasio.
Ganar peso seguramente era algo consustancial a su profesión, pero Dana Sue
atribuía parte de la culpa al fracaso de su matrimonio. Cuando había echado a
Ronnie Sullivan de casa por haberle engañado, se había consolado con la comida,
todo lo contrario que su hija, que había decidido dejar de comer.
—No eres la única persona preocupada por el azúcar —le recordó Erik—.
Puedo adaptar la receta.
—Y yo también puedo adaptarme. Desde luego, no voy a quedarme con
hambre. La carta de esta noche incluye suficientes verduras y comidas saludables. Y
ahora, comienza a hacer magia. Nuestros clientes esperan algo sorprendente cada
noche.
—De acuerdo —dijo Erik por fin, después la miró con atención—. ¿Hay algo
más que quieras contarme?
Dana Sue le miró con el ceño fruncido.
—¿Qué te hace pensar que quiero contarte algo más?
—La experiencia. Y si no quieres hablar conmigo, llama a Maddie o a Helen y
quítate esa preocupación de encima. Si vas a estar tan distraída preparando la cena
como lo has estado con las comidas, tendré que pasar toda la noche sacándote de
apuros.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Dana Sue muy tensa.
—Cariño, nos han devuelto media docena de platos porque habías olvidado
ponerles todo lo que pedían. Y una cosa es olvidar una ración de patatas fritas y otra
llevar un plato sin carne.
—Vaya, esperaba que no te hubieras dado cuenta —se lamentó Dana Sue.
Erik le guiñó el ojo.
—Me fijo en todo lo que ocurre en el restaurante. Y ahora, ¿quieres llamar a tus
amigas?
Dana Sue suspiró mientras Erik comenzaba a reunir los ingredientes para el
postre y volvió a pensar en su hija. Era imposible negar que estaba más delgada cada
día. Annie se defendía diciendo que no estaba más delgada que las modelos que
aparecían en televisión y en las revistas y que tenía una salud perfecta, pero Dana
Sue no lo veía así. Sabía además que vestía ropa muy suelta intentando disimular su
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delgadez. El problema era que su hija se había convencido a sí misma de que
pasando hambre conseguiría no ser nunca como su madre: una mujer con sobrepeso
que se había quedado sola.
A pesar del trajín del restaurante durante las horas de la comida, que requería
de toda su energía y su concentración, aquel día, Dana Sue no había podido olvidarse
del almuerzo que había dejado Annie sobre el mostrador. Normalmente, la
adolescente fingía comer algo, aunque sólo fuera para que su madre se quedara
tranquila y Dana Sue se preguntaba si el hecho de que hubiera dejado la bolsa del
almuerzo no sería un grito de ayuda.
Alegrándose de poder dejar a Erik a cargo de la cocina, se metió en su
minúsculo despacho y, siguiendo el consejo de su empleado, llamó a Maddie al
gimnasio. Cada vez que el mundo parecía a punto de derrumbarse, recurría a sus dos
mejores amigas, Maddie Maddox, que dirigía el gimnasio y Helen Decatur, abogada.
Se habían apiñado las unas a las otras desde que eran niñas, durante sus
enamoramientos juveniles y en sus respectivos fracasos matrimoniales. Habían
compartido alegrías y tristezas y desde hacía algún tiempo, compartían también un
negocio.
—¿Cómo van las cosas por el mundo de la vida saludable? —preguntó,
obligándose a parecer contenta.
—¿Qué te pasa? —preguntó Maddie inmediatamente.
—¿Por qué crees que me pasa algo?
—Porque falta menos de una hora para que tengas que ponerte a preparar las
cenas a toda velocidad y normalmente estas tan ocupada que lo último que harías
sería llamarme para tener una conversación intrascendente.
—Me temo que soy demasiado predecible —musitó Dana Sue, prometiéndose a
sí misma que eso tendría que cambiar.
En otra época había sido la más inquieta y atrevida de las tres, pero desde que
se había divorciado y era consciente de que tendría que encargarse prácticamente
sola de criar a su hija, se había vuelto mucho más prudente.
—Vamos, Dana Sue, ¿qué te pasa? —repitió Maddie—. ¿Se ha quejado alguien
porque la lechuga de la ensalada no estaba suficientemente crujiente?
—Muy graciosa —respondió Dana Sue. No le hacían ninguna gracia las
referencias a su perfeccionismo—. Pero la verdad es que es Annie la que me
preocupa. Creo que vuelve a tener problemas con la comida. Ya sé que Helen y tú
habéis estado preocupadas por su alimentación durante algún tiempo, y el desmayo
el día de tu boda nos asustó mucho a las tres, pero ha pasado casi un año desde
entonces y estaba convencida de que había mejorado. Pero ya no estoy tan segura.
Creo que me he estado engañando.
—Cuéntame lo que ha pasado —le pidió Maddie.
Dana Sue le explicó lo que había ocurrido aquella mañana.
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—¿Crees que exagero por preocuparme tanto por el hecho de que no haya
probado el desayuno y después se haya dejado la bolsa del almuerzo? —preguntó
esperanzada.
—Si eso hubiera sido todo, te diría que sí —respondió Maddie—. Pero, cariño,
sabes que llevamos tiempo recibiendo señales de que Annie sufre desórdenes
alimenticios. Las tres lo hemos visto. El desmayo del día de mi boda fue una
advertencia. Si tiene anorexia, ese tipo de cosas no se curan milagrosamente.
Seguramente ha estado fingiendo que mejoraba. Pero creo que necesita un psicólogo.
Dana Sue continuaba aferrándose a la esperanza de que todo pudiera tratarse
de un malentendido.
—A lo mejor son los nervios de los primeros días de clase. Y es posible que
prefiera la comida de la cafetería del instituto —sugirió. Se preguntó si el hijo de
Maddie habría notado algo—. ¿Podrías preguntárselo a Ty? A lo mejor él sabe algo.
No van juntos a clase, pero es posible que coman a la misma hora.
—Se lo preguntaré, pero no creo que un chico adolescente preste la menor
atención a lo que comen las chicas.
—Inténtalo —le suplicó Dana Sue—. Es evidente que hablando con ella no voy
a conseguir nada. Siempre está a la defensiva.
—Haré lo que pueda —le prometió Maddie—. Y le preguntaré también a Cal.
No puedes hacerte idea de todo lo que oye mi marido en el vestuario. ¿Quién habría
imaginado que un entrenador de béisbol pudiera saber tanto? A veces, creo que sabe
cuándo tiene problemas un estudiante antes que sus propios padres.
—Sí —respondió Dana Sue, recordando que en realidad había sido su mutua
preocupación por Ty la que había unido a Maddie y a Cal—. Gracias por ayudarme,
Maddie. En cuanto averigües algo, avísame, ¿de acuerdo?
—Por supuesto. Te llamaré esta misma noche —le prometió su amiga—. E
intenta no preocuparte demasiado. Annie es una chica muy inteligente.
—Pero quizá no suficientemente lista —respondió Dana Sue con temor—. Sé
que todas esas enfermedades se deben en parte a la presión que ejercen los medios de
comunicación en los adolescentes, pero Annie también ha sufrido mucho por lo que
pasó con su padre.
—¿Crees que esto puede tener que ver algo con Ronnie? —preguntó Maddie en
tono escéptico.
—Sí. Creo que se ha convencido a sí misma de que nada de esto habría pasado
si yo fuera una mujer que pesara cincuenta kilos.
—Si pesaras cincuenta kilos, parecerías una enferma.
—En cualquier caso, no creo que vayas a verme nunca así. Por mucho que lo
intente, parece que no soy capaz de adelgazar más de medio kilo, así que me temo
que estoy condenada a ser una mujer alta y gorda.
—Parece que Annie no es la única que necesita algún consejo sobre su propia
imagen corporal —repuso Maddie—. Le diré a Helen que pase por aquí mañana a
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primera hora. Cuando le pases a dejar las ensaladas, intentaremos buscar una
solución a tus problemas. Eres maravillosa, Dana Sue Sullivan, y procura no
olvidarlo ni un solo segundo.
—De momento, será mejor que nos concentremos en Annie —respondió Dana
Sue, ignorando sus propios problemas con la comida—. Ella es la que podría tener
un auténtico problema.
—En ese caso, Helen y yo te ayudaremos a superar cualquier problema —le
aseguró Maddie—. ¿Alguna vez se han dejado de ayudar las Dulces Magnolias?
—Jamás —contestó Dana Sue. Se interrumpió un instante y sonrió al recordar
algo que le hizo olvidarse momentáneamente de sus preocupaciones—. Espera,
acabo de acordarme de una cosa. En una ocasión dejasteis que me enfrentara sola a
un policía después de haberle gastado una broma al profesor de gimnasia.
—La broma había sido idea tuya y, además, no te dejamos sola
intencionadamente —la corrigió Maddie—. Creíamos que podías correr más deprisa.
Además, volvimos a por ti, ¿no te acuerdas?
—Sí, claro. Justo después de que el policía hubiera llamado a mis padres para
decirles que como me descubriera haciendo otra tontería como aquélla, me metería
en la cárcel. Estaba tan asustada que vomité.
—Sí, bueno, éste no es momento de pensar en el pasado —dijo Maddie
animada—. Ayudaremos a Annie en todo lo que necesite. Y a ti también.
—Gracias, hablaremos más tarde, entonces.
Mientras Dana Sue dejaba el teléfono portátil en el cargador, sintió por primera
vez algo parecido al alivio. Se había enfrentado a un auténtico torbellino y gracias a
Maddie y a Helen, había conseguido superarlo. Sus amigas la habían ayudado a
enfrentarse a su divorcio y a abrir el restaurante en un momento en el que ella se
consideraba incapaz de hacer nada. Seguramente la crisis de Annie, si es que podía
considerarse una crisis, podría superarla también con su ayuda.
Annie odiaba la clase de educación física. No podía ser más torpe, más patosa.
Y lo peor era que la señora Franklin siempre la estaba regañando. Normalmente,
Annie le contestaba, pero aquel día no se sentía con fuerzas para decir nada.
—Annie, me gustaría verte después de clase —dijo la señora Franklin después
de haber torturado a sus alumnos haciéndoles dar dos vueltas a la pista de atletismo.
—Vaya —dijo Sarah, mirando a Annie con compasión—, ¿qué querrá?
—Desde luego, no creo que vaya a pedirme que me sume al equipo de atletismo
—bromeó Annie, intentando recuperar la respiración.
Nunca había sido una gran deportista, aunque, últimamente, cualquier
actividad parecía agotarla, a diferencia de a Sarah, que después de la carrera estaba
como si acabara de darse un paseo.
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Sarah, que había sido la mejor amiga de Annie desde que estaban en quinto
grado y compartía con ella sus más profundos secretos, la miró preocupada.
—¿No crees que va a decirte algo sobre tu falta de forma? Los adultos se
asustan en cuanto creen que no estamos suficientemente saludables como para correr
la maratón. Como si a alguien le pudiera interesar hacer algo así.
—Desde luego, a mí no —respondió Annie, alegrándose de poder comenzar a
respirar de nuevo con normalidad.
—A lo mejor se ha enterado de que te desmayaste y terminaste en el hospital.
—Oh, vamos, Sarah. Eso fue el año pasado. Todo el mundo se habrá olvidado
ya de lo que me pasó.
—Lo único que estoy diciendo es que si la señora Franklin cree que te vas a
desmayar en su clase, a lo mejor te aconseja que no vengas a clase.
—Es imposible librarse de la clase de educación física sin un certificado médico,
y el doctor Marshall jamás me lo dará. Por supuesto, tampoco yo se lo he pedido. Mi
madre no me lo permitiría. Todavía está preocupada por mí porque no como tal y
como debería —elevó los ojos al cielo—. ¡Como si ella comiera de forma saludable!
Ha engordado tanto desde que se separó de mi padre que ningún hombre se fija en
ella. Y yo no pienso permitir que a mí me ocurra nada parecido.
—¿Cuánto pesas ahora? —le preguntó Sarah.
Annie se encogió de hombros.
—No estoy segura.
Su amiga la miró con expresión incrédula.
—Por favor, Annie, sé que te pesas por lo menos tres veces al día.
Annie frunció el ceño. Sí, quizá estuviera un poco obsesionada con el peso, pero
no podía confiar en la báscula que tenía en casa, por eso se pesaba también en el
vestuario del gimnasio. Y si pasaba por el gimnasio a ver a Maddie, también se
pesaba allí. Pero aunque fuera perfectamente consciente de su peso, no quería
decírselo a su amiga. Además, el peso en sí no era tan importante como la imagen
que le devolvía el espejo. Y cuando se miraba al espejo, se veía tan gorda que le
entraban ganas de llorar.
—¿Annie? —le preguntó Sarah preocupada—. ¿Has bajado de los cuarenta y
cinco kilos?
—¿Y si así fuera, qué? —replicó Annie, poniéndose a la defensiva—. Todavía
necesito perder un par de kilos más para estar bien.
—Pero prometiste que dejarías de obsesionarte con el peso —dijo Sarah al
borde del pánico—, que desmayarte cuando estabas bailando con Ty había sido lo
peor que te había pasado en tu vida y que no dejarías que te volviera a ocurrir. Le
dijiste a todo el mundo que intentarías volver por lo menos a los cincuenta kilos, e
incluso eso es poco para tu altura. Lo prometiste, Annie —insistió Sarah—. ¿Cómo
puedes haberte olvidado? Y sabes que aquel día te desmayaste por no comer.
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—No había comido aquel día —la contradijo Annie con cabezonería—. Pero
normalmente como.
—¿Qué has comido hoy?
—Mi madre me ha preparado una tortilla francesa para desayunar.
—¿Pero te la has comido?
Annie suspiró. Era evidente que Sarah no estaba dispuesta a dejarle en paz.
—No sé por qué te pones así. ¿Qué has comido tú hoy?
—He desayunado cereales y un plátano y, a la hora del almuerzo, he comido
una ensalada —respondió Sarah.
A Annie le entraban ganas de vomitar sólo de pensar en tanta comida.
—Pues mejor para ti. Pero cuando no te quepa la ropa, no vengas a quejarte.
—No estoy engordado —le dijo Sarah—. De hecho, desde que intento comer
bien he perdido un kilo —miró a Annie con expresión de disgusto—. Pero daría
cualquier cosa por una hamburguesa con patatas fritas. Mis padres cuentan que,
cuando ellos eran jóvenes, era eso lo que comían. Se iban al Wharton's después de los
partidos de fútbol a comer hamburguesas. Y muchas veces, al salir del instituto, iban
a tomarse un batido. ¿Te lo imaginas?
—No, me resulta imposible.
La última vez que Annie había comido una hamburguesa con patatas fritas
había sido con su padre el día que éste le había dicho que su madre y él se iban a
divorciar. Por supuesto, después de haber visto a su madre tirando todas las cosas de
su padre al jardín, no le había pillado de sorpresa, pero la desolación había sido la
misma. Tras recibir la noticia, se había levantado de la mesa a toda velocidad y había
terminado dejando el almuerzo en el cuarto de baño.
Desde aquel día terrible, había perdido el gusto por la comida. Ya no le
gustaban ni las hamburguesas, ni las patatas fritas que en otro tiempo había adorado,
ni la pizza, ni el helado… ni siquiera los menus que su madre preparaba en el
restaurante. Era como si su padre se hubiera llevado con él, además de su corazón, su
apetito. Al enterarse de que había engañado a su madre, y al ver después a ésta
tirándole sus cosas al jardín, había perdido las ganas de volver a comer jamás en su
vida. Annie sabía que la reacción de su madre era lógica, pero todo lo ocurrido le
había dejado sintiéndose sola y vacía por dentro.
Su padre siempre le había hecho sentirse como si fuera alguien muy especial.
Suponía que continuaba pensándolo, pero ya no estaba a su lado para decírselo.
Y oírselo decir por teléfono no era lo mismo, entre otras cosas, porque su padre
ya no sabía qué aspecto tenía exactamente.
—Pero no estaría mal pasarse por el Wharthon's, ¿no te parece? —comentó
Sarah—. Muchos chicos se pasan por allí después del colegio.
—Pues ve tú si le apetece.
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—No sería tan divertido como ir contigo —protestó—. ¿Por qué no nos
acercamos? No tenemos por qué pedir lo que pidan los demás.
Annie negó con la cabeza.
—La última vez que estuve allí con mi madre, con Maddie y con Ty, se
quedaron mirándome como si estuviera loca porque pedí un vaso de agua con una
rodaja de limón. Cualquiera diría que hubiera pedido una cerveza. Y ya sabes que
Grace Wharton lo cuenta todo. Seguro que mi madre terminaría enterándose de que
he pasado allí una hora sin comer ni beber nada.
—Sí, supongo que tienes razón —Sarah parecía desilusionada.
Y Annie se sintió culpable. No era justo que su amiga tuviera que dejar de
divertirse por culpa suya.
—¿Sabes? —dijo por fin—. A lo mejor no está mal que vayamos. Puedo pedir
un refresco y no bebérmelo —pareció animarse—. Y es posible que Ty ande por allí.
Sarah sonrió radiante.
—Seguro que está. Suele ir todos los días al salir del instituto. ¿Cuándo te
apetece que vayamos?
—Podríamos ir hoy —contestó Annie—. Ahora tengo que ir a ver a la señora
Franklin. Iré a buscarte a la puerta en cuanto salga.
Gastar dinero en un refresco que ni siquiera iba a probar era un pequeño precio
a pagar a cambio de poder pasar una hora con Ty. Por supuesto, no se engañaba a sí
misma pensando que Ty pudiera prestarle la menor atención. Ty no sólo era mayor
que ella, sino que era la estrella del equipo de béisbol. Estaba completamente fuera
de su alcance. Vivía rodeado de las chicas más maravillosas de su clase y por lo que
ella había visto hasta entonces, parecían gustarle las chicas altas, rubias y de senos
abundantes. Annie, que apenas superaba el metro sesenta, tenía el pelo negro y
rizado y de su pecho ni si quiera le apetecía hablar.
Pero por lo menos tenía algo que no tenía ninguna de aquellas chicas. Ty y ella
eran prácticamente familia. Había pasado muchas vacaciones y cientos de ocasiones
especiales con él. Y estaba convencida de que en cuanto fuera suficientemente
delgada, cuando su cuerpo fuera perfecto. Ty terminaría fijándose en ella.
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Capítulo 2
Hacía un calor infernal mientras trabajaba en el tejado de aquella casa nueva,
situada en un barrio también nuevo de Beaufort, en Carolina del Sur. El sol abrasaba
la espalda de Ronnie Sullivan que tenía los hombros quemados y el pelo, bajo el
sombrero de paja, empapado en sudor.
Durante los dos últimos años, Ronnie había aceptado más trabajo de lo que
cualquier hombre en su sano juicio habría aceptado en su lugar. Y cuanto más
esfuerzo físico exigían, mejor. Estaba convencido de que si continuaba así, el sol
conseguiría fundirle completamente el cerebro, sobre todo desde que había decidido
afeitarse la cabeza.
Después de tanto tiempo aceptando el primer trabajo que le ofrecían para
volver después a la habitación de cualquier motel barato, darse una ducha fría y
bajar después al bar a tomar una cerveza y a comer algo grasiento, estaba agotado,
tanto física como emocionalmente. Pero por cansado que estuviera, cuando regresaba
a la cama, continuaban persiguiéndole las pesadillas y los arrepentimientos.
Por supuesto, no tenía la menor duda de que había echado a perder lo mejor
que le había pasado en su vida: casarse con Dana Sue. Y lo peor de todo era que
había actuado como un estúpido, que no había pensado en las consecuencias hasta
que ya era demasiado tarde.
La única justificación que tenía para haber tomado la decisión estúpida de echar
una cana al aire en Serenity, la capital del chismorreo, era que después de tantos años
trabajando en la construcción, el sol le había reblandecido el cerebro. Su mujer había
tardado una milésima de segundo en enterarse de que se había acostado con una
mujer a la que había conocido después del trabajo. Una sola vez, maldita fuera, pero
había sido suficiente para destrozarle la vida.
Por supuesto, Dana Sue no le había dado ni un solo minuto para explicarse o
pedirle perdón. Le había llenado un par de maletas con sus cosas y se las había
plantado en el jardín. Le había gritado que era escoria, que le odiaba y que no quería
volver a verle en su vida. Todo el barrio había sido testigo de su caída.
Ronnie habría querido quedarse para luchar por su matrimonio, pero conocía
suficientemente bien a Dana Sue como para comprender lo que quería decir el brillo
de determinación de su mirada. Así que se había marchado, pese a ser consciente de
que estaba cometiendo el segundo gran error de su vida. El primero había sido
aquella ridícula aventura de una noche.
Antes de irse, había invitado a su hija a almorzar para intentar explicarle lo que
había pasado, pero Annie no quería oír ninguna explicación. A los catorce años, tenía
edad suficiente como para comprender exactamente lo que había hecho y por qué su
madre estaba tan enfadada. De modo que le había escuchado en silencio, se había
metido en el cuarto de baño y allí se había quedado hasta que Grace Wharton había
ido a buscarla.
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Pero desde que se había ido, no había habido un solo día en el que Ronnie no se
hubiera arrepentido de haber hecho sufrir a Dana Sue o de la mirada de devastación
que había puesto en los ojos de su hija. Verse caer del pedestal en el que su hija le
había tenido hasta entonces había terminado de destrozarle el corazón.
Durante el proceso de divorcio, había luchado para conservar el derecho a ver a
su hija, pero Helen se las había arreglado para que este quedara reducido al mínimo.
Tampoco importaba especialmente. Había pasado más de un año intentando
mantener alguna clase de contacto con Annie, pero ella le colgaba el teléfono cada
vez que le llamaba y cuando había intentado organizar alguna visita, se negaba a
verle. Ronnie sabía que, en parte, se debía a que lo consideraba una falta de lealtad
hacia su madre, pero también a su propio enfado y decepción.
Desde hacía varios meses, sin embargo, había comenzado a atender a sus
llamadas, aunque sus conversaciones continuaban siendo frías y no tenían nada que
ver con aquellas largas conversaciones que solían mantener cuando vivían juntos.
Como Dana Sue y Annie no parecían tener muchas ganas de volver a verle,
Ronnie no había vuelto a poner un pie en Serenity. Pero últimamente, había
comenzando a pensar en la posibilidad de volver a casa. Él no estaba hecho para ir
yendo de un sito a otro. Odiaba vivir en hoteles y tener que ir de ciudad en ciudad en
busca de trabajo. Ni siquiera le atraía la posibilidad de salir con otras mujeres y no
podía dejar de pensar que en ello había mucho de ironía.
La verdad era que echaba de menos su matrimonio. Echaba de menos a Dana
Sue, que le había robado el corazón cuando tenía quince años y no se lo había
devuelto todavía. Lo que no sabía era por qué no había tenido la sensatez de darse
cuenta dos años atrás, antes de hacer algo tan estúpido.
Gracias a sus últimas conversaciones con Annie, sabía que su ex mujer no
estaba saliendo con nadie. Por supuesto, eso no significaba que estuviera dispuesta a
dejarle volver a su vida. Si regresaba a Serenity, iba a tener que esforzarse para
intentar recuperarla, pero a lo mejor aquellos dos años habían sido suficientes para
que se tranquilizara un poco. Para que no sacara una pistola en cuanto lo viera…
porque él sabía que Dana Sue tenía muy buena puntería.
Pero aunque le diera, si no acertaba en ningún órgano vital, ¿qué más le daba?
Al fin y al cabo, pensó con una sonrisa, ¿qué era la vida sin un poco de riesgo de vez
en cuando? Sólo necesitaba encontrar una excusa para regresar a su casa.
Dana Sue y Maddie se estaban tomando un té con hielo, sin azúcar para Dana
Sue, lo cual era prácticamente un crimen en aquel lugar tan especial, a la sombra de
los árboles del jardín del gimnasio. A las ocho de la mañana el ambiente todavía era
razonablemente agradable, pero la humedad y el sol prometían un día de bochorno
insoportable. Todavía faltaban un par de meses para que la humedad desapareciera
de California del Sur, probablemente, lo haría alrededor del día de Acción de
Gracias.
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En el interior del gimnasio había ya una docena de mujeres haciendo ejercicio y
había otras tantas en el café, disfrutando de las magdalenas de Dana Sue, sin grasas y
con mucha fibra, y de unos buenos cuencos de fruta.
—¿Dónde está Helen? —preguntó Dana Sue cuando Maddie y ella se sentaron.
—Duchándose —contestó Maddie—. Ha venido a hacer ejercicio mucho antes
de que se abriera el gimnasio.
Dana Sue miró a su amiga con expresión de incredulidad.
—¿Helen? ¿Nuestra Helen?
—Ayer tuvo otra cita con el doctor Marshall —le explicó Maddie—, y volvió a
regañarla por la tensión. La tiene demasiado alta para ser una mujer de cuarenta y un
años. Le recordó que se suponía que tenía que reducir el estrés y hacer más ejercicio.
Así que, por lo menos por hoy, está decidida a hacer ejercicio.
—¿Y crees que hay muchas posibilidades de que esta vez sea constante? —
preguntó Dana Sue—. Hace dos meses estaba completamente decidida, pero volvió a
cargarse de casos y a trabajar catorce horas al día. Ha habido semanas en las que ni
siquiera he podido verla.
—Lo sé —dijo Maddie—. Es una persona muy activa y no estoy segura de que
pueda cambiar. He hablado con ella hasta el agotamiento, pero ni siquiera estoy
segura de que me haya escuchado.
—¿Quién no te ha escuchado? —preguntó Helen, mientras agarraba una silla
para sentarse con sus amigas.
—Pues tú —contestó Maddie, sin sentirse en absoluto culpable por estar
hablando Helen a sus espaldas.
—Llevo ya una hora en el gimnasio —gruñó Helen,
inmediatamente el tema de su conversación—, ¿qué más quieres?
adivinando
—Queremos que te cuides —respondió Dana Sue con delicadeza—. No sólo un
día o una semana, sino siempre.
Helen frunció el ceño.
—Mira quién fue a hablar.
—Sí, ya sé que tienes razón —admitió Dana Sue inmediatamente. Al fin y al
cabo, era más fácil que abordar el tema de Annie.
—No pienso seguir hablando de esto —les advirtió Helen—. El doctor Marshall
me ha dado un consejo y yo lo he seguido. Fin de la historia.
Dana Sue intercambió una mirada con Maddie, pero ninguna de ellas dijo nada.
Sabían que si presionaban, lo único que conseguirían sería que Helen las evitara.
Sería justo la excusa que necesitaba para no acercarse por el gimnasio.
Helen asintió satisfecha ante el silencio de sus amigas.
—Gracias. Y ahora, pasemos a un tema más agradable. Ayer estuve revisando
los libros de contabilidad del gimnasio —dijo—. Están aumentando las socias.
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—El mes pasado un diez por ciento —confirmó Maddie—. Los tratamientos de
spa casi se han duplicado y en la cafetería hemos ganado tres veces más que el mes
anterior. Estamos superando nuestras propias previsiones.
Dana Sue las miró sorprendida.
—¿De verdad? ¿Y cuándo aumentan las ventas en la cafetería? ¿A la hora del
almuerzo o durante la cena?
—Durante todo el día —le aclaró Maddie—. Tenemos un grupo de mujeres que
viene tres veces a la semana al gimnasio y después toman el té. Han empezado a
suplicarme que inventes bizcochos de mantequilla bajos en calorías. Estuvieron
juntas en Londres hace un par de años y les gusta reunirse a tomar el té. Dicen que
no hay una tradición más civilizada que la de reunirse todas las tardes a tomar algo y
a tener una conversación agradable.
—Pues acabas de darme una idea —dijo Helen, pensativa—. Al fin y al cabo, a
esa hora, normalmente la cafetería está vacía.
—De momento sí, y sobre todo desde que han empezado los colegios otra vez.
—Supongo que algunas mujeres a esa hora están yendo a buscar a los niños al
colegio —sugirió Helen—, y otras en el trabajo o preparando la cena. Una promoción
en la que ofrezcamos horas de gimnasio y después un té podría animar a muchas
mujeres que piensan que lo del ejercicio no está hecho para ellas a intentarlo.
También podría ser una opción atractiva para mujeres jubiladas, a las que no les
gusta verse rodeadas de jóvenes.
—Sí, me gusta la idea —intervino Dana Sue con entusiasmo—. Y podríamos
ofrecer también una promoción para madres e hijos. Eso podría atraer a algunas
madres que se organizan para llevar a los niños al colegio. Les ahorraríamos el tener
que llevárselos a casa y prepararles la merienda. También podríamos organizar una
especie de guardería para los más pequeños, de modo que las chicas adolescentes y
las madres puedan hacer ejercicio juntas.
Maddie y Helen intercambiaron una mirada.
—¿Estás pensando que tú y Annie podríais compartir algo parecido? —
preguntó Maddie.
—¿Por qué no? —preguntó a su vez Dana Sue.
—Porque, por una parte, ésa es la peor hora a la que podrías estar fuera del
restaurante —contestó Maddie con una buena dosis de realismo.
—Podría estar fuera durante una hora —insistió Dana Sue—. Lo único que
tendría que hacer es dejar algunas cosas preparadas por la mañana, o delegar en Erik
y en Karen un poco más. Karen sólo lleva unas semanas en el restaurante, pero está
demostrando ser muy eficaz. Y, por supuesto, Erik sería capaz de dirigir él solo el
restaurante. La única razón por la que no lo hace es por deferencia hacia mí.
—¿Por deferencia? —preguntó Helen. arqueando una ceja—. ¿O porque teme
por su vida? La verdad es que no te imagino cediéndole el control a nadie. La cocina
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es tu dominio. Cuando alguien cambia algo de lugar en la nevera sin estar tú delante
enfureces.
—No soy un monstruo del control —respondió Dana Sue irritada.
—¿Ah, no? ¿Y desde cuando? —bromeó Helen.
—Bueno, a lo mejor sí lo soy, pero igual que vosotras —admitió—. De todas
maneras, sería capaz de hacer ese sacrifico a cambio de poder comunicarme con mi
hija.
—Odio tener que decírtelo, pero no creo que una adolescente tenga muchas
ganas de pasar mucho tiempo en el gimnasio con su madre —dijo Maddie.
—¿Ni siquiera una que está obsesionada con el peso? —preguntó Dana Sue
desilusionada, pero confiando plenamente en la intuición de Maddie en lo que se
refería a su hija.
Tanto Maddie como Helen parecían conocer mejor que ella a Annie. Quizá
fuera porque la distancia les daba cierta objetividad.
—Sobre todo en ese caso —contestó Maddie—. Para empezar, este lugar está
lleno de espejos. Las personas preocupadas por su imagen lo odian. Y me he fijado
en que Annie procura evitarlos cuando está por aquí.
—¿Entonces qué tengo que hacer? —preguntó Dana Sue desesperada—. Has
hablado con Cal y con Ty y los dos te han dicho que Annie no está comiendo,
¿verdad? Si no está comiendo en casa y tampoco come en el colegio, es que tiene un
grave problema. Y no voy a dejar que se muera de hambre sin hacer nada.
—Por supuesto que no puedes ignorar lo que está pasando —la tranquilizó
Maddie— , pero tienes que actuar de forma inteligente. Necesitas auténticas pruebas
antes de enfrentarte a ella.
—¿Aparte de lo mucho que está adelgazando? Estoy segura de que no llega ni a
los cuarenta y cinco kilos. La ropa le cuelga. Debería llevarla al doctor Marshall para
que la asuste un poco y le haga entrar en razón.
—¿A ti ha conseguido asustarte? —le preguntó Helen. Sin esperar a que
respondiera, ella misma contestó—: No, porque le conoces desde siempre. Todas le
conocemos de toda la vida. Diablos, pero si hasta nos regalaba piruletas. Por eso no
le hacemos ningún caso.
—Eso es diferente —comentó Maddie.
Helen se encogió de hombros.
—Como tú digas. A lo que me refiero es a que el doctor Marshall es un enorme
oso de peluche, que fuma en secreto y, probablemente, también tenga problemas con
la tensión, con el colesterol y con todas esas cosas sobre las que nos advierte. Así que,
¿quién puede tomárselo en serio?
Maddie la miró con el ceño fruncido.
—Que a ti no te intimide no quiere decir que no pueda tener alguna influencia
en Annie. Desgraciadamente, lo único que haría él en una primera consulta sería
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especular sobre si Annie sufre o no algún tipo de desorden alimenticio. Así que
necesitamos alguna prueba para que Dana Sue pueda enfrentarse a ella y Annie no
pueda negarlo.
—¿Como cuál? —preguntó Dana Sue frustrada—. ¿Es que no te parece
suficiente prueba el hecho de que no toque la comida que le pongo delante?
—No, porque en ese caso te dirá que come cuando tú no la ves —dijo Maddie—
. Incluso podría tirar disimuladamente la comida a la basura para que creas que
come. Estoy segura de que tiene muchos trucos para hacer ver que come.
—Pero la báscula no miente —dijo Dana Sue—, aunque la verdad es que
cuando se está pesando no me deja acercarme a ella.
Helen las miró pensativa.
—A lo mejor estamos enfocando el problema de manera equivocada. Nos
estamos centrando completamente en Annie y probablemente eso le hace sentirse
como si estuviera siendo examinada con microscopio.
Maddie asintió lentamente.
—Creo que tienes razón. ¿Crees que las amigas de Annie también tienen
problemas con la alimentación? —le preguntó a Dana Sue.
Dana Sue pensó en ello. Había oído a alguna de ellas hablando de dietas de vez
en cuando, pero ninguna estaba tan delgada como Annie. Por lo que ella veía, su
obsesión por el peso no era mayor que la de sus amigas.
—Por lo menos yo no lo he notado —contestó al cabo de un rato—. Sarah
Connors pasa mucho tiempo con ella en casa y a mí me parece que está
perfectamente. Les he oído hablar sobre dietas, pero Sarah siempre se come todo lo
que les preparo, y también el resto de sus amigas.
—¿Estás segura? —preguntó Maddie.
—Bueno, no estoy constantemente pendiente de ellas, si es eso lo que me estás
preguntando.
—Pues a lo mejor deberías hacerlo —le dijo Helen.
—¿Estás loca? Annie me echaría si intentara quedarme con ella y con sus
amigas.
—Y también nosotras habríamos echado a nuestras madres —se mostró de
acuerdo Maddie—, pero podrías invitarlas a todas a dormir a tu casa, por ejemplo,
pedir algunas pizzas o prepararles unos postres y ver cómo reaccionan. Lo único que
tendrías que hacer en ese caso es asomarte de vez en cuando para ver si están
comiendo, ¿no te parece?
Dana Sue la miró con curiosidad.
—¿Quieres que las espíe?
—De acuerdo, ya sé que suena ridículo —admitió Maddie—, pero de esa forma
podrías saber si es sólo un problema de Annie o se siente también presionada por sus
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amigas. Y el espionaje es una herramienta muy útil para los padres. Al fin y al cabo,
tenemos derecho a saber lo que está pasando con nuestros hijos.
—Bueno, digamos que estoy de acuerdo en hacerlo, pero entonces, ¿qué
averiguaré? Si la comida desaparece, será evidente que alguien se la ha comido, o
que la han tirado por el váter. O incluso es posible que la vomiten.
—Yo estoy de acuerdo con Maddie —terció Helen—. Creo que merece la pena
intentarlo. Al fin y al cabo, no tienes nada que perder.
Teniendo en cuenta lo poco que sabía sobre los hábitos alimenticios de las
amigas de su hija, quizá Maddie y Helen tuvieran razón.
—Sí, supongo que podría funcionar —admitió. Al fin y al cabo, estaba
desesperada por poder hacer algo.
Maddie le dirigió una sonrisa.
—Así me gusta. Y ahora, hablemos de ti.
Dana Sue frunció el ceño.
—No, no puedo, que irme.
—No tan rápido —repuso Helen, agarrándola del brazo y obligándola a
sentarse otra vez—. ¿Qué te dijo el doctor Marshall la última vez que le viste?
—Todavía estoy al límite de la diabetes. Así que me ha dicho que tengo que
hacer ejercicio, vigilar lo que como y comprobar de vez en cuando el azúcar que
tengo en la sangre.
—¿Y lo estás haciendo? —le presionó Maddie.
—Sí —contestó, pero no se atrevió a mirar a sus amigas a los ojos.
—¿De verdad? —el escepticismo de Helen era evidente—. En ese caso, supongo
que estás utilizando ese maravilloso equipo de gimnasia que te compramos cuando
no estamos nosotras delante —miró a Maddie—. ¿Cuándo se pasa Dana Sue por el
gimnasio? ¿A media mañana? ¿A media tarde?
—A lo mejor vengo cuando está cerrado —le espetó Dana Sue—. Y no sé qué
derecho tienes a controlar el ejercicio que hago o dejo de hacer. Porque me temo que
tú no haces más que yo.
—En eso estamos de acuerdo —contestó Helen inmediatamente—. Por eso he
venido aquí pensando en que todas nosotras deberíamos plantearnos un reto.
—Esto no me gusta —farfulló Maddie.
Dana Sue sonrió.
—A mí tampoco.
—Estoy hablando en serio —les advirtió Helen—. Creo que deberíamos escribir
cada una de nosotras nuestros objetivos y plantearnos un plan para alcanzarlos. Sea
cual sea el plan, tenemos que inventar una recompensa espectacular, que deberán
pagar las otras dos.
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A Maddie se le iluminaron inmediatamente los ojos. Siempre le había gustado
competir. Y le gustaba ganar tanto como a Helen.
—¿Cada una tiene que elegir su propio premio?
—Sí.
—¿Y tenemos que poner algún límite de precio? —preguntó Dana Sue—. Tú
eres la única de las tres que tiene dinero.
Helen sonrió.
—Lo cual representará para las dos una excelente motivación para ganarme. Sin
embargo, si el gimnasio sigue tan bien como hasta ahora, tampoco tendréis vosotras
ningún problema —se volvió hacia Maddie—. Vamos, Maddie. ¿cuál es el premio de
tus sueños?
—¿De verdad no tenemos ningún límite? —preguntó con expresión pensativa.
—¿Por qué vamos a tenerlo? —contestó Helen, encogiéndose de hombros—. La
idea es buscar algo que nos motive a hacer ejercicio y a cambiar nuestros hábitos y la
promesa de un vestido nuevo o unos zapatos no creo que sea suficiente.
—Entonces creo que un viaje a Hawái para celebrar mi primer aniversario de
boda sería maravilloso —declaró Maddie—. Probablemente no podamos ir hasta
primavera, pero merecerá la pena esperar.
Helen tomó nota en su agenda.
—Entonces, tu premio será un viaje en primera clase para dos, o para tres, si
tenemos en cuenta al bebé, puesto que no creo que tu madre pueda quedarse con él.
—Sí. definitivamente, un viaje para tres —confirmó Maddie—. Cal no me
permitiría dejar a Jessica Lynn en casa. Pero si hasta le cuesta dejarla para ir a
trabajar.
Helen se volvió entonces hacia Dana Sue.
—¿Y tú? ¿También quieres unas vacaciones de ensueño? ¿Prefieres un coche
nuevo? ¿Cambiar la cocina de tu casa?
—Paso todo el día en el restaurante, en una cocina completamente nueva —
contestó Dana Sue—. Y creo que los viajes están sobrevalorados.
—Eso lo dices por que te perdiste en el viaje de fin de curso del instituto —
bromeó Maddie—, y no has vuelto a salir de Carolina del Sur desde entonces.
—De acuerdo, nada de viajes ni de cocina —dijo Helen—. ¿Entonces qué?
Sólo había una cosa que Dana Sue deseara realmente para su vida: quería poder
contar con un hombre, un hombre que la respetara y la tratara como si fuera lo mejor
que le había pasado en la vida. Y, en lo más profundo de su corazón, deseaba que ese
hombre fuera Ronnie Sullivan. Desgraciadamente, por mucho que Helen y Maddie la
quisieran, era algo que ninguna de ellas podía ofrecerle. Y con lo enfadadas que
estaban con él, tampoco era aquélla una fantasía que estuvieran dispuestas a
alimentarle.
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—Ya sé lo que quiere —dijo Maddie.
—¿Qué? —preguntó Helen.
Maddie miró a Dana Sue a los ojos antes de contestar.
—Quiere que vuelva Ronnie.
—Claro que no —respondió indignada. En el fondo, le avergonzaba continuar
deseando a un hombre al que ella misma había echado de su vida—. ¿Cómo puedes
decir una cosa así, Maddie? Sabes perfectamente el daño que me hizo Ronnie. Tú
misma has tenido que ayudarme a reconstruir mi vida. Ronnie Sullivan es lo último
que quiero. No quiero volver a verle nunca más.
Sus dos amigas se miraron con expresión cómplice.
—Muy enfática —comentó Helen.
—Demasiado, quizá —respondió Maddie.
Las dos amigas sonrieron, encantadas consigo mismas.
Dana Sue frunció el ceño.
—Bueno, lo único que tengo que decir es que si Ronnie Sullivan es la idea que
tenéis de un premio espectacular, entonces os lo podéis quedar vosotras. Yo no le
quiero. Y la perspectiva de volver con él sólo me motivaría a comerme una pizza
tamaño extra durante el resto de las noches de mi vida.
—A lo mejor lo dice en serio —dijo Maddie, aunque parecía dudarlo.
—De acuerdo, en ese caso, tu premio será un descapotable —sugirió Helen—.
¿Rojo, quizá?
Dana Sue sonrió, aliviada con el cambio de tema.
—Ahora sí que nos vamos a entender. Y que tenga un equipo estéreo y un
navegador.
—Sí, definitivamente, eso es importante —se mostró de acuerdo Maddie—,
porque no tienes el menor sentido de la orientación. De ahí los problemas con los que
te encontraste en el viaje de fin de curso.
—Deja de recordarme eso. Al final, llegué a donde teníamos que ir.
—Sí, al final llegaste —se rió Helen.
—Muy bien, sabelotodo, ¿y tú qué premio quieres?
—Poder pasarme todo un día de compras sin ningún límite —contestó Helen
sin vacilar—. Y en París.
—¡Muy bien! —exclamó Maddie con entusiasmo— . Pues ya lo tenemos.
Dana Sue se echó a reír.
—Creo que esto me gusta cada vez más. Ahora mismo, no me importaría que
ganara Helen.
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—No es justo —protesto Helen—. Tenéis que prometer que de verdad
intentaréis conseguir vuestro premio.
—¿Y cuándo empieza el concurso? —preguntó Maddie.
—En cuanto hayamos establecido nuestros objetivos. Y tienen que ser objetivos
ambiciosos, pero asequibles, ¿de acuerdo? Mañana volveremos a vernos para
compartirlos y decidiremos el tiempo que nos damos para alcanzarlos, ¿os parece
bien?
—Por mí, estupendo —contestó Maddie.
Dana Sue pensó en el deportivo rojo que había visto la última vez que había ido
con Annie a Charleston. Le había recordado al coche que Ronnie tenía muchos años
atrás, mucho antes de que se casaran y de que su relación terminara en un sonoro
fracaso.
—Yo también estoy de acuerdo —dijo inmediatamente.
A lo mejor nunca volvía a ser una mujer esbelta y delgada, pero quizá pudiera
recuperar la confianza que tenía en sí misma a los dieciocho años, cuando su vida era
feliz. Y quizá, si empezaba a sentirse mejor consigo misma, podía enseñarle a Annie
la manera de aceptarse también ella.
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Capítulo 3
Pero Dana Sue olvidó todas sus buenas intenciones aquella noche, cuando en
medio del trajín de las cenas, se quemó una sartén en la cocina.
En cuanto Karen gritó «fuego», Erik agarró el extintor y comenzó a lanzar
espuma. Mientras tanto, Karen corrió a llamar a los bomberos, a pesar de que el
fuego estaba prácticamente controlado.
Tras asegurarse de que Erik lo tenía todo bajo control en la cocina, Dana Sue
salió al comedor para tranquilizar a sus clientes y después a la terraza para dar
explicaciones a los clientes que estaban allí sentados y esperar a los bomberos que,
esperaba, no tuvieran que utilizar las mangueras en el restaurante. Gracias a la
rápida reacción de Erik, ni siquiera haría falta que pusieran un pie en la cocina. De
hecho, para cuando llegaron, apenas quedaba rastro del fuego.
—La culpa ha sido mía, lo siento —dijo Karen por centésima vez desde que
habían conseguido dominar el fuego.
Karen, una madre soltera de unos veinticinco años, tenía las mejillas
empapadas en lágrimas. Dana Sue la había descubierto en un comedor de la
localidad y, al comprender que estaba desperdiciando su talento, le había ofrecido
que trabajara para ella en el Sullivan's.
—Sólo me he vuelto durante unos segundos —dijo Karen—. No sabía que las
llamas estaban tan altas. Y después me he asustado. Pero jamás me había pasado
nada parecido. Lo juro.
—Eh, no ha pasado nada —le aseguró Dana Sue—. Eso nos puede pasar a
cualquiera, ¿verdad, Erik?
—A mí nunca se me ha quemado una sartén, pero te aseguro que sí algún que
otro bizcocho y la cocina ha terminado llena de humo.
—Me quedaré hasta tarde para limpiarlo todo —se ofreció Karen—. Mañana,
cuando vengas, no encontrarás ni rastro de lo que ha pasado.
—Lo limpiaremos entre todos —la corrigió Dana Sue—. Somos un equipo. Y
ahora, volvamos al trabajo antes de que nuestros clientes comiencen a rebelarse.
—Necesito hacer algo —insistió Karen—. Déjame invitar a una copa de vino a
cada cliente. Me llevará algún tiempo pagarlo, pero es lo menos que puedo hacer
después de todo lo que ha pasado.
—Eso ya lo he hecho, y tú no vas a pagar nada. El dinero saldrá del presupuesto
que tenemos para propaganda. Y ahora, a cocinar. Nos han pedido diez platos de
salmón a la plancha, tres de costillas de cerdo y cinco de pescado frito.
El equipo de trabajo del que Dana Sue estaba tan orgullosa, se puso a la tarea;
para las nueve de la noche, todos los clientes habían sido atendidos y la mayor parte
de ellos estaban disfrutando ya del café y de los postres de Erik.
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Cuando Dana Sue hizo la ronda por las mesas, casi todo el mundo alabó la
comida, pero sobre todo, le felicitaron por la entereza con la que se habían enfrentado
a la crisis.
—Si no hubiera sido por las sirenas y no hubiera visto a los bomberos, jamás me
habría imaginado que pasaba algo en la cocina —le dijo el alcalde—. Lo has llevado
todo con una serenidad sorprendente, Dana Sue.
—Gracias —contestó sorprendida.
El alcalde y ella nunca se habían llevado muy bien, sobre todo cuando había
comenzado la controvertida relación de Maddie con Cal Maddox, que era mucho
más joven que ella. Pero después de la boda de ambos, una vez convertidos en un
matrimonio respetable, al parecer el alcalde había olvidado su antigua animosidad.
—Claro que sabe enfrentarse a las crisis —añadió Hamilton Rogers, el
presidente de la junta directiva del instituto—. Las Dulces Magnolias siempre han
sabido cómo superar los momentos difíciles —le guiñó el ojo a Dana Sue.
Dana Sue se echó a reír.
—Desde luego.
—Por ejemplo, ¿cuántas veces os pillamos a Ronnie y a ti haciendo novillos?
Dana Sue le miró con fingida inocencia.
—Vaya, no creo que me hayan descubierto jamás haciendo una cosa así.
Hamilton se echó a reír.
—Vamos, admítelo. Dana Sue. Ya no hay ningún diploma en juego.
—Aun así, no pienso decir una sola palabra.
—En cualquier caso, tengo que admitir que has añadido un poco de emoción a
la cena —dijo el alcalde—. Últimamente, las cosas están demasiado tranquilas en
Serenity.
Cuando se fueron todos los clientes, Dana Sue regresó a la cocina para ayudar
en la limpieza. En dos horas lo dejaron todo resplandeciente, pero para cuando llegó
a casa, estaba agotada.
Al ver que la luz de la habitación de su hija estaba encendida, llamó a la puerta.
—Cariño, ¿todavía estás despierta?
Annie alzó la mirada del ordenador y parpadeó. Después miró el reloj.
—Mamá, ¿dónde estabas? Es muy tarde —olfateó— . Y hueles a humo otra vez.
—Esta noche se nos ha quemado una sartén. Al final, no ha pasado nada, pero
la cocina ha quedado hecha un desastre y hemos tenido que quedarnos a limpiarla.
Annie abrió los ojos alarmada.
—¿Estás segura de que estás bien? ¿Por qué no me has llamado? Podría haber
ido a ayudarte.
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Dana Sue advirtió la preocupación en la voz de su hija. Annie sabía que
cualquier calamidad en el restaurante podría dar un nuevo vuelco a su vida, así que
Dana Sue intentó tranquilizarla.
—Sé que podría haberte llamado, pero entre los tres nos las hemos arreglado
perfectamente. Además, estoy segura de que tienes deberes.
—Algunos.
—¿Has cenado?
—¡Mamá! —protestó Annie, poniéndose inmediatamente a la defensiva.
—Sólo era una pregunta —dijo Dana Sue, dispuesta también a atacar—. No has
pasado por el restaurante después del colegio, así que me preguntaba si te habrías
preparado algo.
—No, Sarah y yo hemos pasado por el Wharton's después del instituto —le
contestó Annie más tranquila.
Dana Sue se relajó y sonrió. Se sentó al borde de la cama de su hija, esperando
compartir con ella una conversación como las que en otra época tantas veces
mantenían.
—Yo también iba mucho por allí cuando tenía tu edad. Creo que no había un
solo día en el que Maddie, Helen y yo no pasáramos por allí, con cualquiera con
quien estuviéramos saliendo en aquel momento.
—Pero tú siempre salías con papá, ¿verdad? —preguntó Annie. Vaciló un
instante, como si temiera la reacción de su madre, pero al advertir que Dana Sue no
decía nada, continuó—: Lo que quiero decir es que ya erais pareja cuando tenías
menos años que yo, ¿verdad, mamá?
Dana Sue asintió, dejándose arrastrar durante algunos segundos por los buenos
recuerdos. Tenía muchos, pero los había enterrado casi todos bajo el enfado al que
había necesitado aferrarse tras la marcha de Ronnie.
—Papá era muy guapo, ¿verdad?
—Sí, lo era —admitió Dana Sue—. La primera vez, que lo vi, justo después de
que hubiera venido a Serenity con su familia, que es de Carolina del Norte, pensé
que era el chico más guapo que había visto en mi vida. Llevaba la palabra «peligro»
escrita en letreros luminosos: en su pelo negro, su cazadora de cuero…
—¿Y ésa fue la única razón por la que te gustó? —preguntó Annie—. ¿Porque
era muy guapo?
—No, claro que no. También era tierno, inteligente y divertido.
Su hija sonrió.
—Yo siempre pensé que había sido porque había otra chica del colegio a la que
también le gustaba y tú quisiste demostrarle que podías quedarte con él.
Dana Sue soltó una carcajada.
—¿Eso es lo que te contó tu padre?
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ti.
—No, me lo dijo Maddie. Me contó que estabas decidida a que papá se fijara en
—Sí, probablemente fue así —admitió Dana Sue—. Era el primer chico que se
había fijado en mí y, por supuesto, representaba un gran desafío. Y yo sabía que a
mis padres no les iba a gustar —se inclinó hacia ella—. Tu padre tenía un tatuaje,
¿sabes?
Annie se echó a reír.
—Maddie me contó que él se hacía el difícil porque pensabas que si le ponías
las cosas demasiado fáciles, perdería el interés.
Dana Sue pensó en el pasado e intentó imaginarse perdiendo el interés por
Ronnie. No fue capaz. Sus sentimientos hacia él eran demasiado intensos. Ni siquiera
dieciocho años de matrimonio habían conseguido separarlos. Y una aventura y dos
años de separación sólo habían logrado enterrarlos, pero no acabar con ellos.
—No sé, la verdad es que me enamoré muy rápidamente de él.
—Y nunca te arrepentiste, ¿verdad? Bueno, hasta que él estuvo con otra mujer.
A Dana Sue no le gustaba pensar siquiera en el día que se había enterado de
que Ronnie había tenido una aventura, y mucho menos recordarlo, pero era evidente
que Annie había estado esperando durante mucho tiempo para hacer aquellas
preguntas. Era como si las hubiera estado reservando hasta encontrar el momento
oportuno. Y también era evidente que había buscado en Maddie el apoyo para
encontrar las respuestas que tanto necesitaba.
Dana Sue se sintió terriblemente culpable al comprender que Annie no había
sido capaz de preguntarle a su propia madre detalles sobre su relación con su padre.
—No, hasta el día que me engañó, o el día que me enteré de que me había
engañado. En cualquier caso, jamás me arrepentí de estar con tu padre.
—Pero después él cometió un error y allí acabó todo —dijo Annie con el ceño
fruncido—. ¿Y todo lo demás dejó de importar?
—Por lo menos así fue como lo vi yo —contestó Dana Sue—. Algunas traiciones
son demasiado importantes como para pasarlas por alto.
—¿Y continúas sintiendo lo mismo?
Dana Sue miró a su hija desconcertada.
—¿Por qué lo preguntas?
—No sé, me preguntaba cómo te sentirías si papá volviera. ¿Crees que podrías
perdonarle?
Era la segunda vez en un mismo día que alguien sugería que quizá fuera siendo
hora de que superara el pasado y continuara viviendo, quizá incluso, de que
continuara viviendo con aquel ser despreciable que la había engañado. Se dijo a sí
misma que aquello sólo podría ocurrir si permitía que sus hormonas o su corazón
controlaran su cabeza.
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—Lo siento, cariño. Sé que no hay nada que te gustaría más, pero eso no va a
ocurrir. Cuando seas mayor y te enamores, a lo mejor llegas a comprender que hay
cosas que son imperdonables.
Antes de que Annie siguiera presionándola, se levantó.
—Y ahora, tienes que dormir, jovencita. Y yo también —le dio un beso en la
frente a su hija—. Apaga la luz, ¿de acuerdo?
Para su sorpresa, Annie le rodeó la cintura con los brazos.
—Te quiero, mamá.
—Oh, cariño, yo también te quiero —susurró Dana Sue con los ojos llenos de
lágrimas—. Y esté donde esté, sé que tu padre también te quiere.
—Lo sé —dijo Annie, y se sorbió la nariz—. Pero a veces me gustaría que él
también estuviera aquí, ¿sabes?
Dana Sue intentó contener un suspiro.
—Sí —admitió—, lo sé.
Sonó el teléfono, despertando a Dana Sue de un profundo sueño. Apagó la
alarma del despertador, confundiendo ambos ruidos, pero como el teléfono continuó
sonando, palpó a tientas en la mesilla hasta localizarlo.
—¿Diga?
—¿Dónde estás? —le preguntó Helen—. Son las ocho y media. Maddie y yo
llevamos una hora esperándote.
Dana Sue se sentó en la cama y se frotó los ojos.
—Nuestro reto —le recordó Helen—, nuestras metas.
—Ahora mismo no tengo ninguna meta, salvo dormir —musitó Dana Sue, y
colgó el teléfono.
Por supuesto, el aparato volvió a sonar inmediatamente.
—Levántate. Estamos yendo para tu casa. Tienes diez minutos para preparar el
café. Y es posible que también te venga bien una ducha.
Aquella vez, cuando colgó el teléfono, Dana Sue se resignó a levantarse. Helen
tenía la llave de su casa y no tenía ningún inconveniente en utilizarla. Tampoco
vacilaría a la hora de meterla en la ducha. Dana Sue jamás había conocido a una
mujer tan autoritaria.
No se molestó en ponerse la bata encima de la camiseta de los Panthers de
Carolina, una de las pocas cosas de Ronnie que había conservado. Se decía a sí
misma que, simplemente, se había olvidado de incorporarla a la ropa de Ronnie que
le había metido en las maletas y tirado al jardín, pero la verdad era que al principio
continuaba durmiendo con ella porque conservaba su olor, incluso después de
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haberla lavado muchas veces, sin saber muy bien por qué, se sentía impulsada a
ponérsela por las noches.
Bajó a la cocina preparó el café y después se metió en el baño para lavarse los
dientes y la cara. Apenas acababa de regresar a la cocina cuando se abrió la puerta y
entraron Maddie y Helen.
—¿No deberíais estar trabajando? —preguntó Dana Sue.
—Sí, deberíamos —se mostró de acuerdo Helen—, pero teníamos una cita
importante con nuestra tercera socia a las ocho de la mañana y hemos pensado que
queríamos averiguar por qué no has aparecido —arrugó la nariz—. ¿Y por qué huele
a humo?
Dana Sue hizo una mueca.
—En realidad, soy yo. Ayer se nos quemó el aceite de una sartén en el
restaurante. No fue nada serio, pero tuvimos que quedarnos hasta tarde para
limpiarlo todo y todavía no he tenido tiempo de ducharme.
—¿Hubo un incendio en el restaurante? ¿Y por qué no nos llamaste? —
preguntó Maddie desconcertada.
—¿Antes o después del fuego? —repuso Dana Sue.
—¿Por qué no nos llamaste después? Podríamos haberte ayudado a limpiar.
—Ya me ayudaron mis empleados. Y antes de que lo preguntes, como
comprenderás, no he tenido tiempo de pensar ni en mis objetivos ni en mi plan de
acción.
—No te preocupes —dijo Helen. Sacó tres tazas y sirvió café—. Nosotras te
ayudaremos.
Sue.
—Pero se supone que son mis objetivos y mi plan de acción —protestó Dana
Helen la miró muy seria.
—Supongo que no te importará que te ayuden un poco dos personas que te
conocen tan bien.
—¿Y yo puedo criticar vuestros planes? —preguntó Dana Sue con recelo.
—Por supuesto que sí —contestó Maddie.
En ese mismo instante, Helen estaba diciendo:
—No.
Dana Sue sonrió.
—Me lo imaginaba. En ese caso, Maddie, tú puedes ayudarme con el mío. Y tú,
Helen, tendrás que tener la boca cerrada.
Maddie soltó una carcajada.
—Eres una soñadora, ¿recuerdas? Y Helen es la reina del control.
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—Y ésa es exactamente la razón por la que no quiero que intervenga —dijo
Dana Sue.
—Lo del desafío ha sido idea mía —le recordó Helen—. Eso me da derecho a
intervenir. Sacó una libreta—. Y ahora, dime cuál es tu primer objetivo. ¿Perder peso?
¿Mantener a raya el azúcar en la sangre?
—El primer objetivo es sacarte de mi cocina para poder prepararme para ir al
trabajo. Como tú misma me has advertido cuando me has llamado por teléfono, es
tarde. Y no puedo enviar a mis clientes a un McDonald's sólo porque tú hayas
decidido que tenemos que escribir nuestros desafíos hoy mismo. Además, ¿a qué
viene tanta prisa cuando llevamos meses sin hacer nada?
Helen se sonrojó ligeramente.
—Le prometí al doctor Marshall que le llevaría un plan la semana que viene, y
también alguna prueba de que lo estoy llevando a cabo para que no insistiera en
darme medicación para bajarme la tensión. Pensé que si le llevaba una declaración
jurada firmada por vosotras dos, me haría caso. Últimamente no se fía mucho de mí,
pero sí confía en vosotras —miró a Dana Sue y sonrió—. Bueno, por lo menos en
Maddie.
—A lo mejor sería más efectivo que hicieras algo tú misma por bajarte la tensión
—comentó Maddie con ironía—. ¿No has pensado nunca en tomarte un día libre? ¿O
en darte un masaje? ¿En probar los efectos de la meditación?
—¿Cómo voy a hacer nada de eso? —quiso saber Helen—. Este mes tengo dos
juicios. ¿Les paso a mis clientes una nota de mi médico diciéndoles que no puedo
preparar sus juicios porque necesito un día libre?
—¿Sabes? Estuve leyendo algo sobre eso el otro día —le dijo Maddie—. Era
sobre el concepto de Sabbath, pero considerado no desde un punto de vista religioso,
sino desde la necesidad que tiene todo el mundo de pararse a reflexionar y de
relajarse de vez en cuando. Cuando éramos pequeñas, por ejemplo, lo único que
hacíamos los domingos era ir a misa y pasar el resto del día con la familia y los
amigos. Ahora, sin embargo, el domingo es otro día más, lleno de cosas que hacer
desde la mañana a la noche. No me extraña que nunca nos sintamos descansados.
—Maddie tiene razón —dijo Dana Sue—. Probablemente estarías mucho más
despejada y tendrías la mente más ágil si descansaras de vez en cuando. Vamos,
escribe eso. Ése tendría que ser uno de tus objetivos.
—Ahora no estamos hablando de mis objetivos —protestó Helen.
—Nosotras sí —repuso Maddie—. Y eres tú la que necesitas tenerlos por escrito
para que el doctor Marshall te libre de la medicación. Además, si quieres contar con
nuestro apoyo, será mejor que vayas escribiendo que dedicarás un día a la semana a
la relajación.
—Oh, por el amor de Dios —farfulló Helen, pero lo apuntó.
—Muy bien —dijo Dana Sue—. Y ahora, de verdad, tengo que prepararme para
ir a trabajar. Pero os prometo que hoy mismo trabajaré en mis objetivos y mañana
compararemos las notas, ¿de acuerdo?
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—Supongo que no nos quedará más remedio —dijo Helen a regañadientes—.
Yo también tengo que estar en el despacho de aquí a unos minutos. Tengo un cliente
nuevo que quiere hacerme una consulta.
Dana Sue acompañó a sus amigas hasta la puerta.
—Entonces, nos veremos mañana por la mañana —les prometió.
Maddie estaba ya en la calle cuando se volvió.
—Supongo que anoche no tuviste tiempo de hablar con Annie sobre lo de
invitar a sus amigas a dormir a casa, ¿verdad?
—No, pero tuvimos una de las mejores conversaciones que hemos mantenido
en mucho tiempo. Sacaré el tema esta noche.
—No lo retrases —insistió Maddie.
—No lo haré —no sólo porque era importante, sino también porque sabía que
sus dos amigas no le dejarían en paz hasta que lo hiciera, así que lo mejor era acabar
con ello cuanto antes.
—Mamá, eso es ridículo —dijo Annie cuando su madre le comentó la idea por
la noche—. No sé, ¿cuántos años crees que tengo? ¿Seis?
—Cuando yo tenía tu edad, mis amigas y yo lo hacíamos continuamente.
Comíamos pizzas, palomitas, experimentábamos con el maquillaje y hablábamos de
chicos.
—¿Tú, Maddie y Helen?
—Y alguna que otra más. Era muy divertido.
—¿Y los chicos?
—Hablábamos de ellos —dijo su madre.
—¿Pero yo podría invitar a algún chico?
—¡Ni lo sueñes! —contestó Dana Sue, como si Annie estuviera proponiendo
alguna especie de orgía en su casa—. ¿Es que te has vuelto loca?
—Mama, no podríamos hacer nada. Estarías tú aquí.
—No me importa. Es una idea absurda. Además, ningún padre dejaría venir a
sus hijas si supiera que también van a venir chicos.
Annie estudió a su madre con expresión pensativa. Sabía que desde que su
padre se había ido de casa, si sabía jugar bien sus cartas, eran muchas las cosas que
conseguía de su madre.
—¿Y si los otros padres están de acuerdo? ¿Entonces nos dejarías?
—Por supuesto que no.
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—Entonces, ya puedes ir olvidándolo. No voy a pasar la noche con un puñado
de chicas, como si sólo tuviera seis años.
Entonces fue su madre la que la observó con atención.
—¿Eso quiere decir que cuando estuviste en casa de Sarah hace un par de
semanas había también chicos con vosotras?
Vaya, pensó Annie. Se suponía que nadie tenía que enterarse de eso.
—Por supuesto que no —mintió.
—Si no me estás diciendo la verdad, me enteraré —le advirtió Dana Sue.
Annie elevó los ojos al cielo. Si su madre se enteraba algún día de todo lo que
había llegado a hacer sin que ella lo supiera, se desmayaría.
—Y no me mires así. Puedo hacer unas cuantas llamadas y enterarme de todo.
—No creo —dijo Annie. No creía que nadie se hubiera ido de la lengua, pero,
sólo por si acaso, se le ocurrió que quizá debería intentar distraer a su madre—. A lo
mejor podría invitar a Sarah. Y a Raylene. Pero a nadie más.
—Podría ser el viernes por la noche. Y si decides invitar a más chicas, no me
importará.
Perfecto, pensó Annie. Los viernes, su madre nunca volvía a casa antes de las
doce. Si algún chico decidía pasarse por allí, lo único que tendría que hacer sería
pedirle que se marchara a las doce menos cuarto. Y si convencía a Ty para que fuera
y su madre llegaba a enterarse, a lo mejor pensaba que Ty era una especie de
carabina o algo así. De hecho, siempre le había dicho que tenía la suerte de que Ty
fuera para ella como una especie de hermano mayor.
En un impulso, abrazó a su madre, notando al instante que había vuelto a
engordar desde que había abierto el gimnasio con Maddie y con Helen.
—Mamá, creía que te habías puesto a dieta.
—Y estoy a dieta, pero a mis años es difícil perder peso —contestó su madre,
poniéndose inmediatamente a la defensiva, que era lo que Annie pretendía.
—Yo creía que habíais abierto el gimnasio para que pudieras hacer ejercicio.
Pero apuesto a que no pasas allí ni diez minutos al día.
—Voy cuando puedo —respondió Dana Sue con expresión tensa.
—Bueno, pues si no pierdes peso, terminarás enfermando y muriéndote como
la abuela —dio Annie—. Y yo no pienso ir a vivir con papá.
Lo decía como si no tuviera ninguna importancia, pero la verdad era que la
posibilidad de que su madre muriera la aterraba.
—No creo que necesites preocuparte por eso. No tengo intención de morir
pronto y ni siquiera sabemos dónde está tu padre.
—Yo sí que lo sé —contestó Annie sin pensar—. Está trabajando en Beaufort y
viviendo en un hotel de mala muerte.
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Su madre la miró estupefacta.
—¿Y tú cómo lo sabes? Se supone que los cheques los manda a través de su
abogado.
Al ver la expresión de su madre. Annie se sintió culpable por haber mantenido
en secreto las llamadas de su padre.
—Ha llamado una o dos veces —admitió, ocultando que las últimas dos
llamadas habían sido de la semana anterior.
En realidad, su madre nunca le había prohibido verle o hablar con él. Pero al
principio Annie estaba tan decidida a ignorarle, que, cuando al final había aceptado
hablar con él, no había querido admitirlo.
—¿Cuándo?
—Cuando estabas trabajando. Y casi siempre me llama al móvil.
—Ya entiendo —dijo Dana Sue, pareciendo repentinamente cansada.
Annie podría haberle preguntado si quería saber algo más, pero su madre se
volvió y abandonó la habitación, seguramente para comer algo. Y ésa era
precisamente la razón por la que Annie había mantenido lo de las llamadas en
secreto.
—Te juro que si hubiera tenido en ese momento a Ronnie delante, le habría
estrangulado con mis propias manos —le contaba Dana Sue a Maddie a la mañana
siguiente en el gimnasio—. Sé que estoy siendo ridícula, que Annie tiene derecho a
hablar con su padre, pero no me gusta que Ronnie le haya pedido que lo mantenga
en secreto.
—¿Estás segura de que ha sido él el que se lo ha pedido? —le preguntó
Maddie—. A lo mejor Annie tenía miedo de hacerte daño y por eso no te ha dicho
nada.
Dana la miró con el ceño fruncido.
—¿Me estás diciendo que mi propia hija tiene miedo de ser sincera conmigo?
Pues no creas que me hace ninguna gracia. Es como si cada vez hubiera más
distancia entre las dos. Y antes de que me lo preguntes, no, todavía no me he fijado
mis objetivos. Ayer por la noche estaba demasiado furiosa para sentarme a pensar en
ellos y en cuanto me he levantado he venido hacia aquí. Si quieres, puedes llamar a
Helen para decírselo, porque ahora mismo no estoy de humor para aguantar sus
regañinas.
—Lo que necesitas es desahogar ese enfado. ¿Por qué no me lo cuentas todo en
la cinta corredera?
—Odio esa maldita cinta de correr. Mientras tú te dedicas a hacer ejercicio,
estaré en el patio.
Maddie suspiró.
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—Iré contigo.
Una vez estuvieron sentadas. Dana Sue fue picoteando los arándanos de una
magdalena, consiguiendo dejar la mayor parte de la magdalena en el plato.
—Ya sé que no tengo derecho a comer este tipo de cosas, así que no me lo digas
siquiera —musitó.
—No pienso decir una sola palabra.
Dana Sue apartó su plato.
—Ya han pasado dos años —dijo con calor—, ¿cómo es posible que continúe
afectándome de esta manera la mera mención de ese hombre?
—¿Quieres que sea sincera o es una pregunta retórica?
—Sé sincera, por favor.
—Todavía estás enamorada de él.
—No seas ridícula.
Maddie se encogió de hombros.
—Me has pedido que sea sincera. Intenta ser sincera contigo misma tú también.
Y para ser completamente sincera, yo diría que tu reacción de anoche tuvo mucho
que ver con los celos.
Dana Sue miró a su amiga con expresión incrédula.
—¿Crees que tengo celos de mi hija porque ha estado hablando con Ronnie?
—¿Y no es verdad?
Dana Sue frunció el ceño.
—Me conoces demasiado bien.
Maddie sonrió.
—Sí, es cierto —estudió a su amiga durante varios segundos—. ¿Y qué piensas
hacer al respecto?
—Nada. ¿Qué quieres que haga? Me engañó. No pienso dejar que vuelva a mi
vida aunque me lo pida de rodillas.
—Sí, claro —musitó Maddie con evidente escepticismo.
—Tengo mi orgullo.
—Desde luego.
—En ese caso, ya sabes lo que quiero decir.
—Sé lo que quieres decir —dijo Maddie—. Pero si Ronnie Sullivan entrara en
este momento por esa puerta, no sé si apostaría a tu favor.
Desgraciadamente, si fuera sincera consigo misma, ella tampoco apostaría a su
favor. Por suerte, dudaba que tuviera que pasar nunca aquella prueba, puesto que
Ronnie no había vuelto a poner un pie en Serenity desde que se había ido.
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Por su puesto, si de verdad la quisiera tanto como decía, no la habría engañado.
Además, se habría quedado a luchar por ella. Evidentemente, ella había dejado muy
claro que no quería verle por allí. E incluso había conseguido que Helen limitara
seriamente sus posibilidades de ver a Annie. Pero el muy estúpido lo había aceptado.
Debería haberse dado cuenta de que estaba reaccionando al calor del momento, de
que estaba haciendo demandas ridículas porque estaba herida. Ronnie la conocía
mejor que nadie, mejor incluso que Maddie y que Helen. Él sabía que se dejaba llevar
por el genio, pero que al final siempre se tranquilizaba. Sin embargo, no se había
quedado a su lado para ver si estaba dispuesta a darle una nueva oportunidad. Y eso
le había bastado a Dana Sue para saber lo que necesitaba saber: Ronnie estaba
deseando marcharse.
Jamás lo admitiría delante de nadie, pero eso había sido lo que más le había
dolido: Ronnie no la había querido lo suficiente como para quedarse a su lado. Y
aquél había sido su pecado más imperdonable.
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Capítulo 4
Ronnie estaba sentado en la barra de un bar. De fondo, sonaba una canción de
Toby Keith sobre un tal «querido John». Cada vez que el cantante repetía en voz
triste y grave «ella se ha ido», Ronnie pensaba en Dana Sue. Sí, también Dana Sue
había desaparecido de su vida y él no tenía ni la menor idea de cómo volver a estar
junto a ella. Había pasado dos años sopesando el problema y, más allá de su decisión
de hacer algo para el día de Acción de Gracias, continuaba teniendo tan pocos planes
de acción como el día que se había ido de Serenity.
Curiosamente, veintisiete años atrás, cuando su familia se había mudado a
Serenity, había sabido exactamente lo que tenía que hacer para ganarse el corazón de
Dana Sue. Con sólo catorce años, se había fijado en como la rodeaban los chicos,
atraídos no solamente por sus largas piernas y sus senos incipientes, sino también
por su buen carácter y su risa. También se había dado cuenta de que la única manera
de diferenciarse de la multitud era fingir indiferencia. Por supuesto, había
conseguido llamar su atención, asi que no había sido él el que había tenido que
perseguirla, sino que había sido Dana Sue la que había ido tras él. Se preguntó si
aquella técnica volvería a darle resultado.
Probablemente no, concluyó con tristeza. Llevaba fuera dos años y no podía
decir precisamente que Dana Sue le hubiera perseguido.
Mientras continuaba considerando una posible estrategia, una mujer de treinta
y tantos años, vestida con unos vaqueros estrechos, una camiseta escotada y unos
tacones se sentó en el taburete que tenía a su lado. Era una mujer de larga melena
negra, con los labios pintados de rojo. La mayor parte de los hombres la habrían
encontrado atractiva, pero para Ronnie, tenía un aspecto demasiado duro.
—Hola, parece que no te vendría mal un poco de compañía —dijo con un
ronroneo destinado a excitarle.
Ronnie la miró a los ojos, dio un sorbo a su cerveza e intentó mostrar algún
entusiasmo por lo que fuera que le estuviera ofreciendo. Pero por atractiva que fuera,
aquélla no era la mujer que él deseaba. Aun así, se obligó a sonreír.
—¿Quieres que te invite a una cerveza?
—Sí, claro.
Ronnie pidió una cerveza para su acompañante y otra para él. Después, hizo
girar la cerveza que le sirvieron preguntándose por qué ninguna de las mujeres que
se habían acercado a él después de su divorcio le habían parecido atractivas. Quizá
debería preguntarse qué tenía aquella mujer que le había hecho bajar las defensas
cuando todavía estaba casado. Porque para su eterno arrepentimiento, ni siquiera era
capaz de recordar el aspecto que tenía.
—¿Necesitas hablar con alguien? —le preguntó su acompañante—. Me llamo
Linda, por cierto. Mis amigos dicen que se me da bien escuchar —se inclinó hacia
él—, entre otras muchas cosas.
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Ronnie le dirigió una mirada especulativa, pero continuaba sin sentirse atraído
por ella.
—Vamos —lo animó Linda—. Todo hombre tiene alguna historia que se muere
por contar.
—Pues yo no —insistió él.
—Así que se trata de un corazón roto —concluyó—. Los hombres odian contar
que les han abandonado.
—El corazón roto no fue el mío —le corrigió.
Pero al pensar en ello, se dio cuenta de que al final, su corazón había salido tan
malherido como el de Dana Sue, y él además tenía que cargar con la culpa de lo
ocurrido.
—¿Qué hiciste? —le preguntó Linda—. ¿Te acostaste con otra?
—Algo así —admitió.
—En ese caso, supongo que volverás a hacerlo. Los hombres sois así.
—¿Tú crees?
—Por lo menos ésa es la experiencia que yo tengo.
—En ese caso, tienes muy mal gusto para los hombres.
Linda soltó una carcajada.
—Y eso lo dice el tipo con el que he pasado los últimos cinco minutos.
—Como te he dicho, tienes mal gusto —se mostró de acuerdo—. Pero creo que
tu suerte puede cambiar, porque voy a hacerte el favor de rechazarte —dejó un par
de billetes en la barra y después la miró—. Y sólo para que lo sepas, si consigo alguna
vez convencer a mi ex esposa de que vuelva conmigo, no tendrá nada de lo que
preocuparse. Ya he aprendido la lección y sé que ella es la única para mí. Y te deseo
suerte con el próximo hombre con el que te encuentres.
—Me pregunto si tu ex esposa sabrá que es una mujer afortunada.
Ronnie se echó a reír.
—La verdad es que lo dudo, a no ser que considere un golpe de suerte el que
me haya ido.
—En ese caso, sería una estúpida.
—No, el estúpido lo fui yo.
Y en el siguiente par de meses, iba a encontrar la manera de hacérselo
comprender a Dana Sue.
De vuelta en la habitación del hotel que su jefe le había proporcionado, Ronnie
miró la hora, comprendió que Dana Sue todavía debía de estar en el restaurante y
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decidió llamar a Annie al móvil. Después de los primeros meses, durante los que
siempre se mantenía enfadada o distante, al final había bajado la guardia. Poco a
poco, iban recuperando la intimidad que en otro tiempo habían compartido. Ronnie
atesoraba aquellas llamadas y estaba convencido de que Annie también. Echaba
tanto de menos a su hija como a Dana Sue.
—¡Papá! —exclamó la adolescente con alegría—. ¿Cómo estás?
—Estoy bien —mintió, y oyó ruido de fondo al otro lado de la línea—. ¿Dónde
estás, cariño? Suena como si estuvieras en una fiesta.
—Espera un momento. Voy a cambiarme de habitación para poder oírte.
De pronto fue todo silencio al otro lado del teléfono.
—¿Dónde estás? —volvió a preguntarle Ronnie.
—En casa. Han venido unas amigas.
Ronnie podía no ser el padre del año, pero aquello no le sonó nada bien.
—¿Tu madre no está trabajando?
Annie vaciló un instante antes de decir:
—Sí, pero me dijo que podían venir unas amigas mías a pasar la noche. De
hecho, la idea fue suya.
—Me parece magnífico —pero tenía la sospecha de que Annie estaba
ocultándole parte de la verdad—. ¿No he oído voces de chicos?
—Supongo que sería la música —contestó Annie—. ¿Cómo estás, papá?
—Estoy bien, y no intentes cambiar de tema, jovencita. No creo que a tu madre
le hiciera ninguna gracia enterarse de que llevas a chicos a casa cuando ella no está.
—Ha venido Ty. Y a ti Ty siempre te ha gustado.
—Por supuesto que sí, pero no me gusta tanto que esté en casa con mi hija y sus
amigas cuando no hay ningún adulto por allí —contestó Ronnie—. ¿Es el único chico
al que has invitado?
—No —admitió Annie.
—Cariño, sabes que lo que estás haciendo no está bien. ¿Sabe tu madre que
están esos chicos en casa?
El largo silencio que se produjo al otro lado fue toda la respuesta que
necesitaba. Lo dejó pasar, consciente de que Annie era incapaz de mentirle. Podría no
decirle la verdad, pero jamás mentiría abiertamente.
—¿Vas a llamar a mamá para contárselo? —preguntó Annie por fin.
Aunque intentaba parecer asustada y sumisa, Ronnie comprendió por su tono
de voz que contaba con que no lo hiciera. Pensó en la posibilidad de sorprenderla
haciendo aquella llamada, pero no creía que a Dana Sue le hiciera ninguna gracia
recibir la noticia, y mucho menos, que fuera él el mensajero. De modo que a lo mejor
podía arreglar él solo la situación y evitar un disgusto.
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—Si les pides que se vayan en menos de cinco minutos, será nuestro secreto.
¿Trato hecho?
—Pero papá…
—Ése es el trato. Lo tomas o lo dejas.
—¿Cómo vas a saber si todavía están aquí?
—Supongo que no tengo forma de saberlo, pero confío en que cumplas tu
palabra. Así que, ¿vas a pedirles que se vayan o prefieres que llame a tu madre?
—Debería dejar que la llamaras —repuso Annie—. Por lo menos así conseguiría
que volvierais a hablar.
—Por mí, estupendo.
Volvió a hacerse el silencio. Ronnie sabía que Annie estaba debatiéndose
consigo misma, intentando decidir qué debía hacer.
—Les diré que se vayan —dijo por fin—. Pero no estaban haciendo nada malo,
papá, te lo prometo. Ya sabes que Ty siempre cuida de mí. Nunca permitiría que la
situación se descontrolara.
—Les has llevado a casa sin el permiso de tu madre —dijo Ronnie—. Así que
estás haciendo algo malo por el mero hecho de haberles invitado.
—¿Desde cuándo eres tan estricto?
—Desde hace cinco minutos —se echó a reír—. Hasta ahora no me habías dado
ningún motivo para serlo.
—Si vinieras a casa, sabrías siempre lo que estoy haciendo.
—Y supongo que eres consciente de que podría no ser tan bueno como
imaginas.
—Probablemente —admitió Annie, y después añadió—: Pero merecería la pena,
papá. Te echo mucho de menos.
—Y yo a ti, ángel. Ahora, dile a esos chicos que se vayan. Tú y tus amigas
podéis pasar el resto de la noche hablando, como hacíais cuando erais más pequeñas.
—¿Mamá y tú nos escuchabais? —preguntó Annie indignada.
—Jamás. Pero interpretábamos las risas que salían de tu habitación, sobre todo
tu madre. No olvides que ella también tuvo tu edad. No hay muchas cosas que
puedas hacer o pensar que no haya hecho ella antes.
—Eso es lo que tú crees —musitó Annie.
—¿Qué? —preguntó Ronnie. No le había hecho ninguna gracia el tono que
había empleado su hija.
—Te quiero, papá.
Ronnie suspiró y lo dejó pasar. Ser padre a larga distancia no era nada fácil.
—Yo también te quiero, cariño. Cuídate y dale a tu madre un abrazo. Pero no le
digas que es de mi parte.
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—Ojalá las cosas fueran diferentes —dijo Annie con pesar—. Me gustaría que
todo volviera a ser como antes.
—A mí también. Y ahora, dile a esos chicos que se vayan antes de que vuelva tu
madre a casa.
—Buenas noches, papá.
—Buenas noches, ángel.
Ronnie colgó el teléfono mucho después de que lo hiciera Annie. Su hija estaba
creciendo muy rápido y él se lo estaba perdiendo. Quizá la culpa fuera suya. A lo
mejor se merecía estar fuera de la vida de Annie. Según Helen, Dana Sue quería que
desapareciera para siempre de sus vidas, pero él se había negado a hacerlo. Había
defendido su derecho a visitar a su hija. Lo que no imaginaba era lo duro que iba ser
conseguir que Annie quisiera verlo. Su hija adolescente era tan cabezota como su
madre, pero por lo menos, ella se estaba ablandando.
Comenzaba a darse cuenta de cosas que debería haber visto dos años atrás. No
podía dejar que la situación continuara tal y como estaba eternamente. A lo mejor a
Dana Sue no le hacía ninguna gracia que volviera a Serenity, pero tendría que
aguantarse si Annie quería recuperar su relación con su padre. Y aunque era cierto
que él no sabía nada sobre chicas adolescentes, sabía mucho sobre chicos
adolescentes. Y Annie tendría que acostumbrarse a tener cerca un padre que podía
impedir que cometiera un error del que estaría arrepintiéndose durante toda su vida.
Una vez más, decidió encontrar la manera de regresar a Serenity antes de haber
perdido hasta los recuerdos.
Dana Sue estaba prácticamente segura de que el coche que se alejaba en aquel
momento de su casa estaba lleno de chicos. Maldiciendo en silencio, giró hacia el
camino de la entrada, alegrándose de haber decidido volver del restaurante media
hora antes de lo habitual. Estaba segura de que Annie había calculado la hora en la
que tenían que marcharse los chicos pensando en la hora en la que solía volver a
casa.
Cuando entró en la cocina, Sarah la miró sobresaltada, con expresión culpable.
—Hola, señora Sullivan —dijo con una alegría que, evidentemente, era
forzada—. Gracias por dejarnos quedar en su casa.
—De nada. Me alegro de que Annie haya decidido organizar una gran fiesta, en
vez de invitaros solamente a Raylene y a ti. ¿Todo el mundo se ha divertido?
—Claro que sí. Hemos traído algunos CDs y hemos estado bailando. Después
queremos ver alguna película romántica. Annie dice que tienen muchas.
—Son las que más nos gustan. ¿Tenéis bastante comida?
—Desde luego. No puedo recordar la última vez que había comido tanta pizza,
y las magdalenas estaban deliciosas. Me he comido dos.
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Dana Sue tuvo que reprimir las ganas de preguntarle por lo que había comido
su hija. Pero Sarah demostró ser consciente de que lo estaba haciendo.
—Quiere saber si Annie ha comido algo, ¿verdad? —le preguntó.
Dana Sue asintió lentamente.
—Y tú sabes por qué es importante, ¿verdad? Si no lo fuera, jamás te
preguntaría nada a sus espaldas. Me temo que tiene un problema serio.
es…
—Lo sé. Yo también estoy preocupada —admitió Sarah en voz baja—. Creo que
—¿Sarah? ¿Por qué tardas tanto? —gritó Annie, y entró en aquel momento en la
cocina. Al verlas juntas, las miró inmediatamente con recelo—. Hola, mamá. No
esperaba que llegaras tan pronto. ¿Cómo es que has venido antes?
—Erik ha dicho que podía hacerse cargo de todo, así que he decidido salir un
poco antes del restaurante —dijo Dana Sue, lamentando aquella interrupción. Forzó
una sonrisa—. ¿Te estás divirtiendo, cariño?
—Sí, lo estamos pasando muy bien, ¿verdad, Sarah?
—Sí —confirmó su amiga, evitando mirar a Dana Sue a los ojos.
—No pensarás quedarte con nosotras, ¿verdad? —le preguntó Annie a su
madre.
—Claro que no —respondió Dana Sue. Advirtió el sonrojo de su hija y se
preguntó si se debería a que se sentía culpable por la presencia de los chicos—. Me
voy directamente a la cama.
Annie asintió.
—Muy bien. Sarah, te ayudaré a llevar los refrescos. Todo el mundo está
sediento después de haber bailado tanto.
Dana Sue esperó mientras las chicas se llevaban media docena de refrescos y la
botella de agua. Cuando salieron de la cocina, Sarah la miró disimuladamente y negó
con la cabeza, explicándole en silencio que Annie no había comido como todas las
demás. Dana Sue se sentó entonces en la mesa de la cocina y comenzó a llorar.
Era tan fuerte la necesidad que tenia de negar lo que le decía la intuición, de
negar que Annie fuera anoréxica… La había vigilado de cerca durante todo el año
anterior, había redoblado sus esfuerzos desde que se había desmayado en la boda de
Maddie. Pero, evidentemente, Annie había sido más inteligente que ella a la hora de
ocultar su problema. Dana Sue podía culpar a su horario de trabajo, al hecho de estar
fuera de casa, pero había intentado supervisar la dieta de Annie. Le había preparado
personalmente la comida, aunque, si era sincera consigo misma, nunca había estado
delante para ver lo que realmente comía. Y cuando habían comenzado a manifestarse
los primeros síntomas de que Annie estaba en crisis, había intentado negarlos.
Pero se había acabado. Iban a tener que enfrentarse a lo que estaba ocurriendo.
A eso, había que añadirle el hecho de que al parecer Annie había invitado a chicos a
su casa, desafiando las instrucciones que le había dado; el día siguiente sería un día
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duro para las dos. Iban a tener una conversación seria entre madre e hija y a Annie
no le iban a hacer ninguna gracia las consecuencias de lo que había hecho: una visita
al doctor Marshall y un mes de castigo.
Cuando la música del piso de abajo cesó, Dana Sue pudo por fin sumirse en un
agitado sueño hasta las dos de la madrugada. Pero tenía la sensación de que acababa
de cerrar los ojos cuando alguien comenzó a sacudirle nerviosa.
—¡Señora Sullivan, despierte! —le pidió Sarah, y parecía aterrada.
Dana Sue abrió los ojos inmediatamente.
—Es Annie —contestó Sarah con el rostro empapado en lágrimas—. Se ha
desmayado y no podemos despertarla. Dese prisa, por favor.
Dana Sue bajó las escaleras con una sollozante Sarah pisándole los talones.
Encontró a las otras chicas de rodillas alrededor de Annie.
—Parece que no respira —dijo Raylene mirando a Dana Sue con los ojos
abiertos como platos—. Le he hecho una reactivación cardiopulmonar como nos
enseñaron en el instituto, pero sigue inconsciente.
—Apartaos —dijo Dana Sue intentando no perder la calma, a pesar de que
estaba aterrada—. Que alguien llame a urgencias, ¿de acuerdo?
—Ya he llamado yo —dijo una de las chicas.
—Gracias. No la perdáis de vista.
Dana Sue fijó la mirada en el pálido rostro de su hija. Tenía los labios azules y
estaba muy quieta. Condenadamente quieta. Se arrodilló a su lado y comenzó a
presionarle el pecho, intentando hacer entrar el aire en sus pulmones. Sus amigas
permanecían en silencio, dándose la mano y con las mejillas empapadas por las
lágrimas.
El tiempo pareció detenerse mientras Dana Sue intentaba desesperadamente
hacer respirar a su hija. Cuando llegó la ambulancia, apenas fue consciente del
sonido de la sirena. Pero segundos después, los enfermeros la apartaron a un lado y
comenzaron a hablar en un código desconocido para ella sobre una parada cardiaca
por un teléfono móvil que al parecer les conectaba con la sala de urgencias. Sarah se
acercó a Dana Sue y le tomó la mano.
—Se pondrá bien —susurró—. Estoy segura de que se va a poner bien.
—Por supuesto que sí —contestó Dana Sue, aunque ella no tenía la misma
certeza.
Raylene se acercó a ellas.
—He llamado a la señora Maddox, ¿le parece bien? Ha dicho que llamará a la
señora Decatur y que ella vendrá a buscarnos. La señora Maddox vendrá
directamente aquí para ir con usted al hospital.
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Dana Sue miró a Raylene con infinito agradecimiento.
—Has hecho exactamente lo que había que hacer —le dijo, impresionada por la
celeridad con la que las adolescentes habían respondido a la crisis—. Gracias.
—Queremos ir al hospital con usted —dijo Sarah—. ¿Podemos acompañarla?
Nuestros padres no nos esperan en casa. Por favor, señora Sullivan. La señora
Dacatur puede llevarnos allí en vez de dejarnos en casa.
Dana Sue sabía lo que era esperar información cuando alguien estaba
seriamente enfermo. Ella había tenido que estar sola en la sala de espera la última vez
que habían ingresado a su madre en el hospital. Tenía pocos años más que esas
chicas entonces y Ronnie se había quedado con ella. Maddie y Helen habían ido al
hospital en cuanto Dana Sue las había llamado, pero la espera se le había hecho
interminable. Quizá para las amigas de Annie fuera más fácil esperar juntas en el
hospital.
—De acuerdo —dijo por fin—. Pero mañana por la mañana a primera hora,
quiero que llaméis a vuestros padres para decirles que estáis bien, ¿de acuerdo? Y
serán ellos los que os digan si tenéis que volver a casa o podéis quedaros en el
hospital.
—Estoy segura de que Annie ya estará bien para entonces —dijo Sarah.
—Por supuesto que sí —le aseguró Raylene.
La siguiente media hora pasó como una exhalación. Los paramédicos se
llevaron a Annie, que por fin respiraba, pero había perdido la conciencia, a la
ambulancia. Helen llevó a las niñas en el coche y Maddie se encargó de Dana Sue,
que continuaba llevando la camiseta de Ronnie, pero por lo menos se había puesto
también un par de vaqueros decentes.
—Annie se pondrá bien —le aseguró, apretándole la mano am cariño antes de
poner el coche en marcha.
—No respiraba —Dana Sue no podía dejar de temblar—. Ha sido como si se le
hubiera parado el corazón. Sé que es por culpa de esa maldita anorexia. Dios mío,
Maddie, ¿y si…? —no era capaz de formular siquiera la pregunta.
—Ahora respira —le recordó su amiga—. Concéntrate en eso. Ya has oído lo
que han dicho. Para cuando han salido de casa respiraba ya por sus propios medios.
Dana Sue la miró con el ceño fruncido.
—No intentes quitarle importancia. Esto no ha sido como cuando se desmayó el
día de tu boda. La gente no pierde el conocimiento y deja de respirar a no ser que
tenga algo serio. Es posible que haya sufrido un infarto o un derrame cerebral. ¿Qué
clase de madre sería si no me preocupara?
—Deja de ponerte en lo peor —le ordenó Maddie—. Eres una madre
maravillosa y, haya pasado lo que haya pasado, ahora está en buenas manos.
Dana Sue asintió, pero las palabras de su amiga no la reconfortaban. ¿Y si el
daño ya estaba hecho? ¿Y si su hija no se recuperaba?
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Quería rezar, quería suplicarle a Dios que salvara a su niña, pero no era capaz
de encontrar las palabras para hacerlo. No podía pensar. Era como si acabar de
despertarse de un profundo sueño y se encontrara de pronto viviendo una pesadilla.
—¿Dana Sue? —repitió Maddie, consiguiendo por fin llamar su atención.
—¿Qué? ¿Has dicho algo?
—Te he preguntado si se te había ocurrido llamar a Ronnie —le dijo su amiga
con calma—. Tiene derecho a saber lo que está pasando. Annie también es hija suya
y, pienses lo que pienses de él, siempre la ha adorado.
—Lo sé —suspiró.
Las lágrimas desbordaron sus ojos mientras recordaba cómo había mimado
Ronnie a su hija desde el momento de su nacimiento.
—Sé que debería llamarle —admitió—, pero no sé si seré capaz de enfrentarme
a esto y a reencontrarme de nuevo con él.
—No creo que tengas otra opción. Además, eres más fuerte de lo que piensas.
Puedes enfrentarte a lo que sea siempre y cuando seas capaz de recordarte que ahora
mismo lo único que importa es que Annie se ponga bien.
Sue.
—Saber que su padre ha venido representaría mucho para ella —admitió Dana
Antes de su divorcio, la estrecha relación entre Ronnie y su hija era una de las
cosas que a Dana Sue más le gustaban de su marido.
—Llámale —la urgió Maddie—. ¿Sabes cómo puedes localizarle?
—Sé que está en alguna parte cerca de Beaufort. Probablemente pueda
localizarle en el móvil. No creo que haya cambiado de número. Y si eso no funciona,
estoy segura de que Annie tendrá su número en alguna parte.
—Intenta llamarle al móvil —le aconsejó Maddie—. Y si no le localizas, iré a tu
casa y buscaré en la agenda de Annie.
—De todas formas, esperaré a que lleguemos al hospital para que nos digan qué
ha pasado exactamente —dijo Dana Sue, intentando retrasar la llamada lo máximo
posible.
No quería oír la voz de Ronnie, no quería oír ni la más ligera acusación de que
había fallado como madre. Una cosa era culparse a sí misma, pero reconocer la culpa
en la voz o en la mirada de otro la destrozaría.
Maddie la miró decepcionada, pero no dijo nada.
Dana Sue suspiró.
—De acuerdo, le llamaré ahora.
¿Pero cómo demonios iba a decirle a Ronnie que su querida hija había estado a
punto de morir? ¿Cómo podía decirle que su vida todavía corría peligro? Jamás
había imaginado un escenario como aquél para retomar la relación con su marido.
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Quizá porque era tan terrible que jamás se le había ocurrido contemplarlo, o quizá
porque era el único que garantizaba la vuelta de Ronnie a su vida.
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Capítulo 5
El teléfono sonó en medio de la noche, arrancándole de un profundo sueño en
el que estaba con Dana Sue. Cuando oyó su voz al otro lado, pensó que todavía
estaba soñando. Siendo apenas consciente de que estaba aferrado al teléfono, cerró
los ojos y se abrazó a la almohada con fuerza, esperando volver a su sueño. El
teléfono se le cayó de la mano.
—¡Maldita sea, Ronnie Sullivan, no vuelvas a dormirte! —le gritó Dana Sue—.
¡Ronnie, despierta! No estaría llamándote si no fuera por algo importante. Es Annie.
A pesar de que los gritos parecían llegar desde muy lejos, consiguieron
despertarle.
—¿Qué le ha pasado a Annie? Dímelo, Dana Sue, ¿qué le ha pasado?
El corazón le latía violentamente en el pecho mientras contemplaba todas las
posibilidades. ¿Un accidente? ¿Habrían vuelto los chicos a la casa y habrían
provocado algún problema? Tenía que ser algo terrible para que Dana Sue rompiera
un silencio de dos años con una llamada.
—Eh, tranquilízate. Me has despertado en medio de un sueño profundo. No sé
de qué me estas hablando.
—¡Es Annie! —explotó Dana Sue histérica—. No me importa dónde demonios
estés, o con quién, tu hija te necesita.
Ronnie no necesitó que le dijera nada más. Averiguaría el resto cuando
estuviera en Serenity. Agarrando el teléfono con la cabeza y el hombro, palpó a
tientas a su alrededor hasta encontrar el interruptor de la mesilla de noche.
—Estaré ahí dentro de una hora —le prometió—, pero tienes que decirme
dónde estáis.
—En el Hospital Regional —contestó Dana Sue con la voz atragantada por un
sollozo.
A Ronnie dejó de latirle el corazón al oírla.
—Cariño, ¿puedes contarme lo que ha pasado?
—No lo sé. Por lo menos, no lo sé exactamente. Annie invitó a unas amigas a
pasar la noche. En principio iban a ser solo Sarah y Raylene, pero después decidió
invitar a algunas más. Le dije que me parecía bien, de hecho hasta la animé yo a
hacerlo. Ya ves, era parte del plan.
—Cariño, no te comprendo. Intenta ir al grano.
—Sí, tienes razón. Es que estoy destrozada.
—Intenta tranquilizarte. Vamos, respira despacio y cuéntamelo todo.
Por una vez, Dana Sue le hizo caso. Ronnie le oyó tomar aire al otro lado de la
línea y soltarlo lentamente.
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—¿Te encuentras mejor? —le preguntó.
—La verdad es que no. Bueno, el caso es que hace un rato, una de las chicas me
ha despertado y me ha dicho que Annie se había desmayado. Cuando he bajado,
Raylene le estaba haciendo la reanimación cardiorrespiratoria. La ambulancia ha
tardado una eternidad —Dana Sue se interrumpió y continuó tras emitir un sollozo
atragantado—: Lo he intentado, Ronnie, lo he intentado, pero no he conseguido
despertarla.
Ronnie estaba en aquel momento a la pata coja, intentando ponerse los
pantalones sin soltar el teléfono.
—¿Y ahora cómo está? ¿Ha recobrado la conciencia?
—No —contestó Dana Sue—. Bueno, no creo. Todavía estoy yendo hacia el
hospital. Quería haberte llamado antes, pero…
—Tranquila, cariño. Todo va a salir bien. Ahora mismo salgo hacia allí. ¿Estás
con alguien?
—Maddie me está llevando al hospital y probablemente Helen ya esté dentro.
Ése sí que era un encuentro que habría preferido evitar. Ni Helen ni Maddie se
habían mordido la lengua a la hora de expresar su opinión sobre lo que le había
hecho a Dana Sue. Sin embargo, sabía que en aquel momento eran justo el apoyo que
su ex mujer necesitaba. Además, si quería volver a Serenity, antes o después tendría
que enfrentarse a ellas.
—Estupendo —le dijo a Dana Sue—. Yo no tardaré nada en llegar, te lo prometo
—añadió.
—Date prisa, por favor. Ahora tengo que localizar al médico, a ver si puede
decirme algo —contestó ella, y colgó.
Ronnie tardó algo más en desconectar el teléfono. «Bueno, allá vamos», se dijo.
Por lo visto, el destino había decidido interponerse en su camino. Pero si le ocurría
algo a su hija, ni siquiera quería pensar en lo que podía depararle el futuro.
—Muy bien, ya le he llamado. ¿Estás contenta? —le dijo Dana Sue a Maddie.
Su amiga no se había apartado en ningún momento de su lado. Era como si
temiera que pudiera incumplir su promesa de llamar a Ronnie para decirle cuál era
la situación.
—¿Viene hacia aquí? —preguntó Maddie mientras seguía a su amiga hacia la
sala de espera de la zona de urgencias.
—Eso ha dicho —contestó Dana Sue, sin estar muy segura de lo que sentía al
respecto.
Ronnie parecía sinceramente preocupado y ella no tenía ningún motivo para
sospechar que no lo estuviera. Jamás había cuestionado el afecto de Ronnie hacia su
hija, sólo hacia ella. Tanto en el juicio como delante de Helen, Ronnie había
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defendido su derecho a continuar teniendo una relación con su hija. Dana Sue era
consciente además del esfuerzo que había hecho para no perder el contacto con ella.
Debía haberle matado sufrir su rechazo una y otra vez y había pasado tiempo
suficiente desde su divorcio como para que pudiera llegar incluso a compadecerle.
En aquel momento, oír su voz, sentir que necesitaba su fuerza, le hizo recordar
muchas cosas que llevaba dos años intentando olvidar.
—Me alegro de que venga —le dijo Maddie—. Ahora mismo Annie os necesita
a los dos.
—Necesito ver a mi hija —respondió Dana Sue, dirigiéndose hacia el mostrador
para pedirle a la enfermera permiso para entrar en la habitación en la que los
médicos estaban con su hija.
Pero antes de que pudiera llegar, Maddie la interceptó.
—Lo que tienes que hacer ahora es dejar que los médicos hagan su trabajo —le
dijo, acercándola a una silla.
Una vez estuvo Dana Sue sentada, se acercó ella a hablar con la enfermera para
decirle que estaban allí. Al poco tiempo, llegaron Helen y las chicas.
—¿Hay alguna noticia? —preguntó Helen en cuanto estuvo a su lado.
Dana Sue negó con la cabeza y rompió a llorar.
—No sé cuanto tiempo voy a ser capaz, de seguir soportando esto —sollozó.
—Sé lo duro que es —dijo Maddie—. Lo de esperar es lo peor.
—Y si…
Maddie la interrumpió al instante.
—Ni siquiera se te ocurra decirlo —le advirtió con dureza—. Sólo quiero
pensamientos positivos, ¿me oyes?
—Maddie tiene razón —dijo Helen, aunque su rostro mostraba el mismo miedo
que el de Dana Sue.
Al no tener hijos, Helen mantenía una relación muy especial con los hijos de
Maddie y con Annie.
Dejando los miedos a un lado, Dana Sue alargó la mano para tomar la de Helen.
La mano normalmente firme de su amiga, temblaba.
—¿Por qué no os vais un rato a la capilla a rezar por Annie? —sugirió
Maddie—. Yo me quedaré aquí con las chicas.
Dana Sue la miró alarmada.
—¿Y si se sabe algo?
—La capilla está al final del pasillo. Iré a buscaros en cuanto salga el médico.
Dana Sue miró a Helen, vio que tenía los ojos llenos de lágrimas y comprendió
que su amiga estaba a punto de derrumbarse. Necesitaba distraerse. Las dos lo
necesitaban.
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—Vamos, Helen —le dijo, levantándose—. Vamos a ver si puedes utilizar tus
excelentes poderes de persuasión con alguien realmente influyente.
Helen esbozó una débil sonrisa.
—Me temo que con Dios voy a tenerlo más difícil que con el típico jurado —
comentó—, sobre todo porque últimamente no creas que tenemos una relación muy
fluida.
—Pues ya somos dos —admitió Dana Sue.
Antes de llegar a la capilla, Dana ya estaba rezando, pidiéndole a Dios que
sanara a su hija y le diera otra oportunidad de ser una madre mejor. Y cuando
entraron en aquella habitación tenuemente iluminada y con el olor de las velas
flotando en el aire, la invadió una sorprendente serenidad. Se sintió casi como si Dios
hubiera escuchado su silenciosa súplica y la estuviera envolviendo en sus brazos.
Se sentó junto a Helen en uno de los bancos y alzó la mirada hacia la pequeña
vidriera que había detrás del altar.
—¿Crees que escucha a todos los que acuden a él?
—No lo sé —contestó Helen con sinceridad—, pero esta noche necesito creer
que sí. Necesito creer que no permitirá que Annie sufra, que la curará y que nos la
devolverá sana y salva —miró a Dana Sue con el rostro bañado en lágrimas—. Creo
que quiero a esa niña tanto como tú y no podemos perderla.
—No la perderemos —contestó Dana Sue, fortalecida por el consuelo que había
encontrado en aquel rincón. Hasta a ella misma la asombraba la confianza que sentía
de pronto—. No la perderemos.
Helen la miró sorprendida.
—Pareces muy segura.
—Y lo estoy. No me preguntes por qué, pero lo estoy —suspiró—. Y si tengo
razón, las cosas van a cambiar mucho a partir de ahora. No voy a seguir diciéndome
que en realidad está comiendo bien cuando en el fondo sé que eso no es cierto. Voy a
proporcionarle a Annie toda la ayuda que necesite. No volveré a fallarle.
Helen miró a Dana Sue desconcertada.
—Tú no le has fallado.
—Claro que sí. ¿No le das cuenta de cómo ha terminado? ¿Y quien crees que
tiene la culpa de lo que ha pasado? Yo, yo tengo la culpa. Vi los síntomas, todas los
vimos, pero no quise llevarla al médico. No quise darme cuenta de que tenía un
problema grave. No sé qué me ha pasado. ¿Tan ocupada he estado que no he sido
capaz de darme cuenta de lo que le ocurría?
—Por supuesto que no —Helen negó con la cabeza—. Al igual que muchos
otros padres, no querías creer lo que estabas viendo. Pero la elección ha sido de
Annie, Dana Sue. Ya no tiene cinco años, ni siquiera diez. Es una mujer adulta.
—Pero todavía es demasiado joven para comprender las consecuencias de sus
actos —replicó Dana Sue—. Yo lo sabía, pero intentaba posponer la toma de una
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decisión porque no quería enfrentarme a ella ni molestarla con mis recelos. Quería
que mi hija me quisiera, necesitaba gustarle y por eso no he sido capaz de
comportarme como la madre responsable que necesitaba. He leído cientos de
artículos, lo sé lodo sobre los síntomas de la anorexia, sobre los peligros de esa
enfermedad, y aun así, he continuado diciéndome a mí misma que era imposible que
a Annie le estuviera ocurriendo algo así.
—Bueno, eso ya es agua pasada —dijo Helen con pragmatismo—. Ahora lo que
tenemos que hacer es pensar en cómo vamos a solucionar esto.
Dana Sue cerró los ojos e intentó imaginarse el impacto que sufriría Ronnie al
ver a Annie por primera vez desde hacía dos años. De alguna manera, ella había
conseguido acostumbrarse a ver a su hija convertida en la sombra de lo que en otro
tiempo había sido. Ronnie, sin embargo, la recordaría como una niña alegre y
saludable, con la piel resplandeciente, el pelo brillante y las curvas incipientes de una
futura mujer.
—¿Qué te pasa? —preguntó Helen al advertir su preocupación.
—Ronnie se va a poner furioso cuando la vea —dijo Dana Sue—. Se preguntará
que cómo demonios he dejado que le ocurriera algo así a nuestra hija sin intentar
ponerle remedio. Querrá hablar con los profesores y los psicólogos del colegio para
saber por qué no han hecho nada para evitarlo.
—Tampoco él ha estado aquí para ayudarte —dijo Helen con calor—, aunque
supongo que eso no le impedirá empezar a repartir culpas.
Dana Sue la miró con un gesto cargado de ironía.
—No ha estado aquí porque yo no quería que estuviera, ¿recuerdas? Fui yo la
que insistí en limitarle el régimen de visitas, e incluso me alegraba en secreto cuando
Annie se negaba a hablar con él.
Los ojos de Helen también reflejaban cierto sentimiento de culpa, pero continuó
defendiendo la actitud de su amiga.
—Vamos, cariño. No te cargues tú con toda la culpa.
—Soy yo la que tiene la custodia de nuestra hija —le recordó Dana Sue—. Tú
luchaste para que la tuviera y la conseguí.
—En realidad, prácticamente no tuve que pelear —replicó Helen burlona—.
Ronnie estaba ansioso por marcharse y continuar con su vida. Parecía muy dispuesto
a limitarse a pagar su cheque mensual y a olvidarse de ella.
—Helen, tú sabes que no es así. Fueran cuales fueran mis problemas con él,
siempre ha querido a Annie. Estuvo de acuerdo en limitar las visitas porque le
convenciste de que para Annie lo mejor era no verse entre dos fuegos. Al principio, la
llamaba todas las noches, pero Annie le colgaba el teléfono. La invitó a ir a verle una
y otra vez, pero ella se negaba. Últimamente, han vuelto a estar en contacto,
probablemente incluso más de lo que yo sé.
—Sí, Maddie me lo comentó. ¿Pero por qué le defiendes ahora?
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—No se trata de defenderle. Sólo estoy intentando prepararme para el
momento en el que aparezca —se estremeció—. Porque algo me dice que se va a
desatar un infierno.
De hecho, había muchas posibilidades de que Ronnie se fuera directamente a
los tribunales para pedir un cambio en la custodia de su hija. Y teniendo en cuenta
todo lo que había pasado aquella noche, Dana Sue no estaba segura de que tuviera
fuerzas suficientes como para enfrentarse a él.
Ronnie vio a Maddie en cuanto entró en el hospital. Estaba en medio de un
grupo de adolescentes, pero inmediatamente le reconoció. Para sorpresa de Ronnie,
sus ojos mostraron compasión y cariño al verle.
Maddie se levantó y cruzó la sala de espera hasta llegar a la puerta.
—Ronnie, me alegro de verte —le saludó, sorprendiéndole por segunda vez—.
Pero me gustaría que nos hubiéramos encontrado en circunstancias diferentes.
—A mí también —dijo él, y le dio un beso en la mejilla.
Años atrás, habría sido algo natural. Maddie siempre había sido una gran
amiga, por lo menos hasta que había traicionado a su esposa. A partir de aquel
momento, se había dedicado a proteger con celo a Dana Sue. Afortunadamente, al
parecer el tiempo la había suavizado más de lo que él se había atrevido a esperar.
—¿Cómo está Annie? ¿Dana Sue está con ella?
Maddie negó con la cabeza.
—Todavía no sabemos nada. Dana Sue está en la capilla con Helen. A lo mejor
deberías ir a buscarla para que sepa que has llegado.
—Creo que esperare aquí —temía su primer encuentro con Dana Sue casi tanto
como lo deseaba—. ¿Qué tal está? Cuando me ha llamado parecía destrozada.
—Y todavía lo está, a no ser que la visita a la capilla le haya servido de algo.
Helen también está muy mal. Le cuesta dejar que la gente vea su lado más
sentimental, pero quiere a Annie como si fuera su hija.
—Desde luego, luchó con la fiereza de una madre para quitármela —dijo
Ronnie con amargura, y se encogió de hombros—. Tuve suerte de poder conservar el
derecho de visita. Aunque en aquel momento no sabía que Annie estaba tan
enfadada conmigo que pasó casi un año sin hablarme.
Maddie sonrió.
—Bueno, eso forma parte del pasado. Ahora ya te ha perdonado, ¿no?
—Por lo menos me habla —respondió Ronnie—, y eso ya es algo.
Probablemente debería haberme quedado en la ciudad para que Annie no pudiera
evitarme, pero pensé que, si me iba, tal como Dana Sue quería que hiciera, pronto
empezaría a echarme de menos y a lo mejor así me daba otra oportunidad.
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—¿Y ha funcionado? —preguntó Maddie secamente.
Ronnie sonrió con tristeza.
—Creo que ya sabes la respuesta.
Justo en ese momento, vio a Dana Sue y a Helen cruzando el pasillo. El corazón
pareció dejar de latirle en el pecho. Maldita fuera, estaba preciosa, incluso con el pelo
revuelto, su camiseta de los Panthers y los vaqueros viejos. Pero estaba
dolorosamente pálida y tenía unas profundas ojeras bajo los ojos.
Ronnie comenzó a avanzar hacia ella, pero se detuvo rápidamente y esperó a
que llegara a su lado.
—Ronnie, ve a buscarla —le aconsejó Maddie—. En este momento te necesita.
Haya pasado lo que haya pasado entre vosotros, esa niña es de los dos.
No necesitó que se lo dijeran dos veces. Ronnie cruzó el vestíbulo a toda
velocidad y, antes de que fuera consciente de lo que ocurría, Dana Sue estaba en sus
brazos, aferrándose a su cuello y deshaciéndose en llanto.
—Lo siento, lo siento —repetía una y otra vez.
Sin estar muy seguro de lo que sentía, Ronnie la abrazaba con fuerza, luchando
para no ceder también él a las lágrimas.
—Chss, tranquila, todo saldrá bien —le prometió, aunque no sabía
absolutamente nada—. Annie se pondrá bien.
Pero antes de que hubieran terminado de salir aquellas palabras de su boca.
Dana Sue se revolvió en sus brazos como si de pronto se hubiera acordado de lo
enfadada que estaba con él. Lo empujó suavemente, dejó caer los brazos y clavó la
mirada en el suelo.
Ronnie la miró preocupado.
—Dana Sue, ¿qué es lo que no me estás contando?
—Nada —respondió, pero su expresión culpable decía otra cosa.
—¿Ya han salido los médicos? ¿Te han explicado lo que le ocurre?
Dana Sue negó con la cabeza.
Ronnie continuó presionándola, pero ella no parecía dispuesta a decirle nada.
—Pero sabes algo más de lo que me estás diciendo, ¿no? ¿Qué ha pasado esta
noche?
Dana Sue abrió la boca para contestar, pero antes de que hubiera podido decir
nada, Helen se interpuso entre ellos.
—¿Qué te pasa? —le espetó—. Dana Sue ya está suficientemente afectada sin
necesidad de que la presiones.
A pesar de su frustración, Ronnie retrocedió inmediatamente.
—Tienes razón, lo siento. Sólo quiero saber qué está pasando.
—Todos queremos saberlo —le advirtió Helen.
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—Bueno, a lo mejor yo consigo que me digan algo.
Ignorando la mirada escéptica de Helen y la expresión desolada de Dana Sue,
se acercó al mostrador y pidió hablar con un médico.
—Saldrán en cuanto puedan —le dijo la enfermera con una expresión tan
lúgubre que le invadió otra oleada de pánico.
—¿Pero no pueden decirme nada? —suplicó Ronnie—. Es mi hija la que está ahí
dentro.
—Lo siento —dijo la enfermera—, si supiera algo, se lo diría.
—¿Cuánto tiempo tardará en salir el médico?
—Eso depende de cómo responda su hija al tratamiento. Ahora mismo ella es lo
más importante.
—Por supuesto —respondió Ronnie.
Retrocedió, pero estaba ardiendo de rabia. Maddie apareció entonces a su lado.
—¿Por qué no vamos a buscar un café para todo el mundo? —sugirió—. Ésta va
a ser una noche muy larga.
Ronnie comenzó a decir que no quería café, que él quería respuestas, pero se
interrumpió antes de haber terminado de decir la primera palabra. Evidentemente,
todos querían respuestas.
—Claro —dijo por fin, y miró a su ex esposa de reojo—. Pero quizá debería
quedarme con Dana Sue.
—Dale un poco de tiempo —le aconsejó Maddie—. Ya está teniendo que
enfrentarse a una situación suficientemente difícil.
—¿Y yo no? —replicó Ronnie con dureza. Inmediatamente hizo una mueca—.
Lo siento.
Maddie sonrió.
—Conmigo no tienes por qué disculparte —le dijo—. Pero con Dana Sue tienes
que tener cuidado. A pesar de que hace un momento se haya arrojado a tus brazos,
todavía no está de humor para perdonar.
Pese a la tensión y la seriedad de la situación, Ronnie sonrió.
—¿Tú crees?
Maddie le agarró entonces del brazo y le condujo hacia la cafetería.
—¿Puedo preguntarte algo?
—¿Alguna vez he podido impedírtelo?
—Sé que has venido por Annie, pero ¿qué me dices de Dana Sue?
Ronnie se detuvo a medio camino y la miró.
—¿Qué me estás preguntando exactamente, Maddie?
—Se supone que te estoy preguntando que si todavía la quieres.
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—¿De verdad crees que éste es un momento adecuado para hablar de eso?
—Sí —respondió Maddie mirándole a los ojos.
—De acuerdo, entonces te lo diré —le sostuvo la mirada—. No he dejado de
quererla ni un solo instante.
Maddie suspiró con alivio. Me lo imaginaba.
Empezaron a caminar otra vez, pero antes de que hubieran dado media docena
de pasos, Maddie se detuvo y le dio un puñetazo en el brazo.
—¿Entonces por qué demonios te fuiste sin pelear?
—¿Porque soy un estúpido? —sugirió Ronnie.
—¿Ésa es una pregunta o una afirmación? Porque si quieres saber mi opinión,
sólo un estúpido se alejaría de la mujer a la que ama sólo porque ella le pide que se
vaya. Y tú, Ronnie Sullivan, nunca has sido un estúpido. Cuando me enteré de que te
habías ido, apenas me lo podía creer. Si hubiera sabido dónde encontrarte, habría ido
a buscarte y no le habría dejado en paz hasta que hubieras entrado en razón.
—Helen sabía donde estaba —señaló Ronnie.
Maddie le miró con una expresión cargada de ironía.
—En aquel momento, Helen no estaba especialmente comunicativa. De hecho,
creo que no le habría importado que desaparecieras de la faz de la tierra.
—Sí, lo dejó bastante claro —dijo Ronnie—. Y en cuanto a lo de mi estupidez,
reconozco que al menos durante una noche fui un completo estúpido. Supongo que
el error fue que pensé que después de haber engañado a Dana Sue como lo había
hecho, no merecía otra oportunidad. Y la verdad es lo que acabo de decirte, que
pensé que, si me iba, Dana Sue me echaría de menos. Y la verdad es que me
sorprendió que no lo hiciera.
—¿Y ahora?
—Y ahora voy a luchar para recuperar a mis chicas.
Maddie asintió satisfecha.
—Ya era hora.
Ronnie sonrió, dándole en silencio toda la razón.
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Capítulo 6
Dana Sue tenía la sensación de que llevaba toda una vida esperando. Había
rezado, había recorrido todos los pasillos y había luchado contra las lágrimas más
veces de las que era capaz de contar. Sólo había perdido el control una vez, cuando
se había arrojado a los brazos de Ronnie, pero en cuanto había recordado lo enfadada
que estaba con él, se había escapado de su lado. No podía permitir que Ronnie
creyera que era capaz de aliviar su dolor.
Al final, se habían sentado en extremos opuestos de la sala de espera. Maddie,
Helen y ella estaban a un lado, rodeadas de las amigas de Annie, que se negaban a
marcharse a pesar de las muchas horas que llevaban allí.
Ya había salido el sol. Dana Sue miró a su alrededor y, al ver a Ronnie solo, no
pudo menos que compadecerle. Pero inmediatamente se recordó que había sido él el
que había decidido convertirse en un extraño.
—¿No crees que deberías hablar con Ronnie? —le preguntó Maddie con
delicadeza—. Tiene razón en lo que te ha dicho antes. Tú sabes más de lo que le has
contado. Deberías ayudarle a prepararse para lo que os va a decir el médico.
Dana Sue negó con la cabeza.
—No puedo acercarme a él, decirle que Annie es anoréxica y que seguramente
tiene el cuerpo destrozado. Antes he intentado decírselo, pero no he sido capaz.
—Nunca te va a resultar fácil —insistió Maddie.
—¡Déjala en paz! —exclamó Helen—. Yo en su lugar ni siquiera le habría
llamado.
—En ese caso, es una suerte que haya llegado yo antes a su casa —la regañó
Maddie—. Ronnie tiene derecho a saber que Annie está en el hospital. Al fin y al
cabo, es su padre.
—No recuerdo que estuvieras tan preocupada por avisar a Bill cuando Ty tuvo
problemas hace unos meses —replicó Helen.
—Ty cometió algunos errores, pero no estaba su vida en juego —fue la
respuesta de Maddie.
—¡Ya basta! —les ordenó Dana Sue—. Ahora ya no tiene sentido discutir. Para
bien o para mal, Ronnie ya está aquí.
—¿Y a ti qué te parece? ¿Que es para bien o para mal? —preguntó Maddie,
estudiándola con curiosidad.
Dana Sue suspiró.
—Por un momento, al verle me he sentido mejor —admitió—. Ronnie siempre
ha sabido consolarme en momentos de crisis. Cuando murió mi madre, se hizo cargo
de todo, a pesar de lo mucho que él también la quería. Y cuando le he visto esta
noche, lo único que quería era que me transmitiera su fuerza —se encogió de
hombros—. Hasta que me he acordado de lo enfadada que estoy con él.
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—Así que, en vez de apoyarte en él en un momento tan difícil, has decidido
apartarle —Maddie sacudió la cabeza—. A veces no estoy segura de cuál de los dos
es más estúpido.
—Una buena forma de apoyarla, Maddie —dijo Helen con sarcasmo.
—Ya está bien —exclamó Dana Sue.
—Por supuesto —contestó Helen, mostrándose sorprendentemente sumisa—.
Lo siento, lo último que necesitas ahora es que estemos aquí peleándonos.
—Tienes razón, yo también lo siento —se disculpó Maddie.
Justo en aquel momento, salió un médico, se detuvo en el mostrador de las
enfermeras, asintió y después se dirigió hacia ellas. Al ver su expresión sombría,
Dana Sue buscó la mano de Maddie.
—Soy el doctor Lane. ¿Son ustedes familiares de Annie Sullivan? —preguntó.
—Yo soy la madre —dijo Dana Sue, apretando con fuerza la mano de Maddie.
—Y yo soy el padre —anunció Ronnie, uniéndose a ellas, pero evitando la
mirada de Dana Sue—. ¿Cómo está Annie?
—No voy a mentirles —dijo el médico—. Ha sido difícil sacarla adelante, nos ha
llevado toda la noche, pero su edad está de su parte. Creo que ahora mismo está
estable. Hemos conseguido equilibrar el nivel de electrolitos y los análisis están
mejorando, pero no está fuera de peligro. Si consigue aguantar otras veinticuatro
horas y podemos empezar a alimentarla, tendrá alguna oportunidad de recuperarse.
Ronnie fue palideciendo a medida que el médico iba hablando. Dana Sue
temblaba de tal manera que no podía permanecer de pie. Se sentó en una de las sillas
de plástico de la sala de espera, con Maddie a su lado.
—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Ronnie—. Tiene dieciséis años. Las
niñas de esa edad no tienen… —se le quebró la voz—. ¿Que le ha pasado
exactamente?
—Ha tenido un paro cardíaco —dijo el médico—. Y bastante serio. Supongo que
habrá estado teniendo arritmias durante algún tiempo. ¿No había comentado nada?
Dana Sue negó con la cabeza.
—No me había dicho una sola palabra.
Sarah dio un paso adelante y dijo con un hilo de voz:
—Creo que en clase de gimnasia tuvo algún problema. Se cansaba enseguida y,
aunque no lo decía, creo que le dolía el pecho. Una vez dijo que estaba a punto de
desmayarse, pero se sentó y a los pocos minutos se había recuperado.
El médico asintió.
—Sí, eso encaja con el panorama que nos hemos encontrado.
Ronnie los miró confundido.
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—¿Pero por qué iba a tener arritmias? —preguntó—. Esto no tiene ningún
sentido. ¿Está seguro del diagnóstico? —le preguntó al médico.
—Sí, estoy completamente seguro —respondió el doctor Lane—. Soy cardiólogo
y tengo que decirles que hacía mucho tiempo que no veía un corazón en tal mal
estado. Estaba tan débil que apenas podía bombear la sangre —miró a Dana Sue y a
Ronnie—. Cuando ha ocurrido esto estaba durmiendo, ¿verdad?
—Estaba en casa, durmiendo con sus amigas —dijo Dana Sue—. La verdad es
que no sé cuánto tiempo podía llevar durmiendo —miró a Sarah y a Raylene.
—Justo antes de que ocurriera, ha dicho que estaba muy cansada y que quería
dormir un poco —comentó Sarah—. Pero nos ha pedido que la despertáramos
cuando fuéramos a ver la película.
—Y lo que ha pasado es que no conseguíamos despertarla —añadió Raylene.
—Porque su corazón apenas tenía fuerza —dijo el médico con expresión
sombría—. Pero ha sido una suerte que estuviera con sus amigas. Si hubiera estado
sola en su habitación, es posible que ni siquiera hubiéramos tenido oportunidad de
mantener una conversación como ésta.
—¿Quiere decir…? —comenzó a decir Dana Sue.
—Podría haber muerto, sí —respondió el médico con crudeza.
Dana Sue soltó una exclamación. Aunque aquella posibilidad se le había pasado
por la cabeza, oírlo decir en voz alta le resultó devastador.
Ronnie negó con la cabeza como si no fuera capaz de asimilar aquella
información.
—No entiendo nada. Tiene dieciséis años, nunca ha tenido ningún problema
cardíaco. Si hubiera sido así, los pediatras nos habrían dicho algo.
El médico le miró con expresión compasiva.
—Evidentemente, usted no está al tanto de los desórdenes alimenticios que
sufría su hija.
—¿Sus qué? —preguntó Ronnie con incredulidad. Miró a Dana Sue con
dureza—. ¿Annie tenía desórdenes alimenticios?
El médico también miró a Dana Sue.
—Supongo que era anoréxica, ¿no es cierto, señora Sullivan?
Dana Sue asintió en silencio. Por mucho que deseara hacerlo, después de lo que
había pasado aquella noche, no tenía ningún sentido negarlo.
Ronnie parecía a punto de empezar a golpearlo todo.
—¿Y cómo demonios ha pasado una cosa así? —preguntó—. No puedo
presumir de saber mucho sobre desórdenes alimenticios, pero no creo que sea fácil
llegar hasta esto, ¿verdad, doctor?
El médico negó con la cabeza.
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—No, para que los órganos vitales lleguen a estar en este estado, hace falta
tiempo.
—Maldita sea, Dana Sue. Yo he estado fuera dos años, ¿dónde demonios
estabas mientras pasaba todo esto?
—¿Dónde estabas tú? —le espetó Helen al ver que Dana Sue no contestaba.
El médico alzó la mano.
—No tienen por qué contestar ahora. De momento debemos concentramos en
conseguir que Annie supere esta crisis. En cuanto los análisis nos den índices
normales, la pondremos en manos de un equipo de expertos. La anorexia es una
enfermedad muy complicada. No tiene una solución rápida. Intentaremos decidir
entre todos qué es lo que tenemos que hacer para que no vuelva a repetirse un
episodio como éste. Es posible que haya que ingresar a Annie en un centro especial
para que puedan vigilarla de cerca. Deberían prepararse para esa posibilidad.
Dana Sue asintió en silencio. Estaba desolada.
—Claro —dijo Ronnie, pero continuaba con el ceño fruncido—. ¿Le quedará
alguna lesión en el corazón después de esto?
—El corazón no ha sufrido tanto como lo habría hecho si hubiera tenido un
infarto. Este tipo de paradas pueden dañar algunas partes. Ahora mismo, el músculo
está muy débil y el nivel de los electrolitos no es el habitual. Pero ambas son cosas
que pueden ser corregidas siempre y cuando se supere el problema que se esconde
detrás, que en este caso es la anorexia.
Ronnie tenía que hacer un enorme esfuerzo para digerir toda aquella
información.
—¿Puedo ir a verla?
—La hemos trasladado a la UCI. Usted y la señora Sullivan pueden verla
durante cinco minutos. Ni un segundo más —les advirtió con dureza—. Y sean
cuales sean los problemas que tienen entre ustedes, déjenlos en la puerta, ¿de
acuerdo? Ahora mismo está dormida, pero es posible que oiga lo que están diciendo,
o que perciba la tensión que puede haber entre ustedes. Y ahora mismo, lo último
que Annie necesita es estrés.
Sue.
Ronnie asintió. Su mirada se suavizó ligeramente mientras se volvía hacia Dana
—¿Estás preparada?
Dana Sue vaciló un instante, pero entonces Ronnie le tendió la mano. Incapaz
de resistirse, Dana Sue la tomó, intentando prepararse para aquel contacto.
Después, lo único que le importó fue la fuerza que parecía fluir de la mano de
Ronnie mientras la acompañaba al ascensor. Durante un breve instante, ni siquiera le
importó que Ronnie le hubiera traicionado, o que le hubiera dejado. En aquel
momento lo único que importaba era Annie y que los dos estaban allí para apoyarla,
y para apoyarse.
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Pero en cuanto se sintió más fuerte, Dana Sue soltó la mano de Ronnie y se le
adelantó. No podía permitirse apoyarse en él. La última vez que había confiado en
Ronnie, él la había engañado. Y si necesitaba recordárselo a sí misma mil veces al día,
lo haría. No podía permitir que volviera a romperle el corazón.
Después de lo que acababa de saber, Ronnie habría preferido ver a su hija en
soledad, pero no podía negar que Dana Sue también tenía derecho a estar con ella
cuando ambos llevaban toda la noche esperando ver a su pequeña. Él esperaba que
por lo menos pudieran apoyarse el uno al otro, pero aparte del primer momento de
debilidad, Dana Sue estaba guardando las distancias. En aquel momento, incluso
caminaba por delante de él como si estuviera dispuesta a llegar al lado deAnnie antes
que nadie, como si aquello fuera una especie de concurso.
Eran tantas las preguntas que Ronnie se hacía que tenía que hacer un serio
esfuerzo para mantener la boca cerrada. El médico tenía razón. Ya habría tiempo de
sobra para acusaciones y preguntas más adelante, después de ver a Annie y darse
cuenta de lo que realmente había pasado en su ausencia.
Cuando llegaron a la puerta de la habitación de la UCI, el doctor Lane se
detuvo.
—Recuerden lo que acabo de decirles —les advirtió con firmeza—. Cinco
minutos y nada de discusiones.
Ronnie asintió.
—Sí, le hemos entendido.
Abrió la puerta y dejó que Dana Sue se le adelantara. Después, posó la mano en
su cintura y le preguntó, mirándola preocupado:
—¿Estás bien?
Dana Sue cuadró los hombros y le sostuvo la mirada.
—Por supuesto —contestó, y se acercó rápidamente a la cama de Annie.
Ronnie fue más despacio. La habitación olía a antisépticos, igual que la sala de
espera, pero allí también había un extraño silencio. Annie jamás estaba callada, era
una niña que nunca estaba quieta. Y, sin embargo, lo único que rompía el silencio en
aquel momento era el sonido de las máquinas y el suspiro apenas contenido de Dana
Sue cuando estuvo al lado de la cama.
—Hola, cariño —susurró, tomando la mano de Annie—. Soy mamá, he venido
a verte. Y también está aquí papá.
Ronnie por fin se atrevió a dar un paso adelante, pero cuando vio el rostro
demacrado de su hija, la aguja del suero en el brazo y el tubo del oxígeno que
desaparecía en su nariz, estuvo a punto de desmayarse.
—Dios mío —susurró, horrorizado no sólo por todos los tubos y monitores,
sino porque su hija estaba tan delgada que apenas se la distinguía entre las sábanas.
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La mirada de advertencia de Dana Sue consiguió contener la acusación que
tenía en la punta de la lengua. Sin decir una sola palabra, se dirigió al otro lado de la
cama, se sentó y posó la mano en su brazo.
—Hola, ángel. Nos has dado un buen susto, pero vas a ponerte bien. El médico
dice que sólo necesitas descansar. Nosotros no nos moveremos del hospital, ¿de
acuerdo? Estaremos en la sala de espera, justo aquí al lado. Si nos necesitas, lo único
que tienes que hacer es decírselo a la enfermera y ella vendrá a buscarnos. Y cada vez
que nos lo permitan, vendremos a verte.
—Claro que sí —confirmó Dana Sue—. No vamos a ir a ninguna parte. También
están aquí todas tus amigas. Sarah dice que en cuanto te pongas bien, tendrás que
invitarlas a dormir otra noche a casa. Y Raylene que te mantendrá al tanto de todo lo
que os mandan en el instituto, para que no vayas atrasada. Creo que lo ha dicho
porque tiene envidia de que vayas a perderte unas cuantas clases y quiere asegurarse
de que por lo menos tengas que hacer los deberes.
Ronnie no estaba del todo seguro, pero tuvo la sensación de que las palabras de
Dana Sue arrancaban de los labios de su hija algo parecido a una sonrisa. Alzó la
mirada y vio que la enfermera les estaba haciendo un gesto. Rodeó la cama, posó la
mano en el hombro de Dana Sue y se inclinó para darle a su hija un beso en la frente.
dijo.
—Ahora tenemos que dejarte. No nos dejan quedarnos. Hasta luego, cariño —le
Dana Sue miró a su hija con los ojos llenos de lágrimas.
—Te pondrás bien, cariño, te lo prometo. Volveremos pronto.
Una vez fuera de la habitación. Dana Sue comenzó a tambalearse, y, a pesar de
lo enfadado que estaba por el estado en el que había visto a su hija, Ronnie la agarró
del brazo para ayudarla a recuperar el equilibrio.
—Tenemos que hablar —dijo muy tenso.
—Ahora no —le suplicó Dana Sue.
—Sí, ahora. Iremos a la cafetería. Pareces a punto de desmayarte. Necesitas
comer algo.
—No soy capaz de comer nada.
—Tendrás que intentarlo —repuso con firmeza. Al verle alzar la barbilla con
gesto de determinación, le preguntó—: ¿Quieres que te lleve en brazos? Porque ahora
mismo estoy tan enfadado que no me importaría montar una escena en el hospital.
Dana Sue le dirigió una mirada desafiante, pero al final comenzó a caminar
hacia la cafetería.
Ronnie la siguió, tomó una bandeja y colocó en ella un zumo, fruta fresca, un
panecillo, huevos revueltos, tortitas y un par de tazas de café.
—¿Piensas dar de comer a un ejército? —preguntó Dana Sue cuando le vio
agarrar un segundo plato de tortitas.
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Ronnie miró la bandeja y decidió que ya tenían suficiente para los dos. Conocía
a Dana Sue y sabía que, a pesar de sus protestas, siempre recurría a la comida cuando
estaba en crisis.
—Supongo que con esto bastará —admitió Ronnie mientras pagaba a la cajera.
Después, la condujo a una de las mesas que había al lado de la ventana. Colocó
los platos en la mesa, dividió los huevos y las tortitas entre ellos y le pidió a Dana
Sue que comenzara a comer. Al ver que no parecía dispuesta a tocar la comida, le
sonrió.
—Vas a necesitar estar fuerte para discutir conmigo —le advirtió—. Come. Las
tortitas están muy buenas y los huevos pasables, pero en cuanto se enfríen no habrá
quien se los coma.
—Esa sí que es una buena razón para comer —replicó Dana. Tomó el tenedor y
probó las tortitas.
—¿Están buenas?
—No tanto como las que preparo en el Sullivan's los domingos.
Ronnie reprimió una sonrisa. Incluso en aquellas difíciles circunstancias, Dana
Sue continuaba siendo una mujer competitiva.
—En cuanto Annie se ponga bien, tendré que ir a probarlas —contestó Ronnie,
y bebió un poco de zumo—. Creo recordar que cuando nos las hacías en casa estaban
espectaculares.
—No empieces a hablar del pasado, Ronnie. No tengo ganas de remover viejos
recuerdos.
—De acuerdo, en ese caso, hablaremos de algo más reciente —Ronnie la miró a
los ojos—. ¿Cómo demonios ha llegado Annie a esta situación?
—Muchas adolescentes sufren desórdenes alimenticios —dijo Dana Sue,
poniéndose a la defensiva.
—Sí, pero a mí sólo me importa nuestra hija. ¿Cómo es posible que hayamos
llegado hasta aquí sin que hayas hecho nada para evitarlo?
Dana Sue dejó caer el tenedor y se echó a llorar.
—No lo sé —susurró—. Sinceramente, no lo sé. Yo creía que lo tenía todo bajo
control. Le preparaba la comida y ella me juraba que comía. Supongo que no quería
creer que mi hija fuera capaz de mentirme en algo tan importante.
Ronnie estaba demasiado enfadado como para permitirse siquiera un segundo
de compasión.
—Tú estabas aquí. Tú sabías que algo andaba mal. Por Dios, si no creo que pese
ni cuarenta kilos.
Dana Sue le fulminó entonces con la mirada.
—¿Y crees que yo no lo sé? ¿Crees que no me he preguntado cientos de veces
por qué no he hecho algo antes? Lo he hecho lo mejor que he podido, Ronnie. He
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hablado con ella. Se suponía que esta noche que iba a pasar con sus amigas me
serviría para saber si esto era cosa suya o todas sus amigas estaban tan obsesionadas
como ella por las dietas.
—Demasiado poco y demasiado tarde.
—¡No te atrevas a echarme la culpa! ¿Dónde estabas tú, eh?
—Donde tú querías que estuviera. Fuera de vuestras vidas.
—Porque me habías engañado —replicó furiosa—. Y así fue como empezó todo
este desastre.
Ronnie la miró con incredulidad.
—¿Estás diciendo que yo tengo la culpa de la anorexia de Annie porque te
engañé?
—Sí, es eso lo que estoy diciendo —respondió ella con fiereza—. Se convenció a
sí misma de que, si yo hubiera estado convenientemente delgada, tú no me habrías
engañado, así que decidió que era preferible morirse de hambre para no terminar tan
gorda como yo.
—Eso es absurdo. ¿De verdad te ha dicho eso Annie?
—No con esas palabras, pero era lo que había detrás cada vez que me
preguntaba por mi peso. Te odiaba a ti por haberme engañado, Ronnie, pero a mí me
odiaba porque pensaba que había sido culpa mía.
Ronnie se reclinó contra el respaldo de la silla y se pasó la mano por el pelo. Era
un gesto automático que no había perdido ni siquiera después de afeitarse la cabeza
para disimular la calvicie. Había costumbres difíciles de borrar.
Mientras le miraba, la furia de Dana Sue pareció desaparecer por un instante.
—Me gusta tu nueva imagen. ¿Tú ya te has acostumbrado a ella?
Ronnie asintió.
—Pensé que no tenía sentido continuar fingiendo que no me estaba quedando
calvo, así que decidí tomar el toro por los cuernos.
—Te queda bien.
—¿De verdad? Pues es todo un cumplido viniendo de ti.
De pronto, Dana Sue cambió de expresión.
—No dejes que se te suba a la cabeza.
—No se me ocurriría.
—A lo mejor deberíamos limitarnos a hablar de Annie.
—Sí, supongo que es un terreno más seguro. Aunque tú nunca has buscado la
seguridad, cariño.
—He cambiado. Así que ciñámonos a lo que Annie necesita.
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A pesar de las ganas de continuar discutiendo con Dana Sue, aunque sólo fuera
para poner un poco de color en sus mejillas, Ronnie suspiró.
—Pobre niña —musitó—. Sinceramente, yo pensaba que estaba bien. Cuando
hablábamos parecía contenta —miró a Dana Sue con recelo—. Sabías que
hablábamos de vez en cuando, ¿verdad?
—Me enteré hace sólo unos días. ¿Hacía mucho tiempo que hablabais por
teléfono?
—Empecé a llamarla desde el principio, pero Annie me colgaba el teléfono. Sin
embargo, hace seis meses, empezó a hablar contigo. Y si quieres que te sea sincero,
creo que no quería que tú lo supieras.
—¿Entonces no fue idea tuya lo de ocultármelo?
—No, claro que no. Pero pensé que ella sabría la mejor manera de manejarlo.
—Así que has dejado que una chica de dieciséis años decidiera mentir a su
madre.
—Que no dijera la verdad —le corrigió—. No he violado ningún acuerdo, Dana
Sue. Tenía derecho a hablar con ella, a tener una buena relación con mi hija. Si ella no
ha querido decirte nada, seguramente ha sido para no molestarte.
Dana Sue le miró sorprendida, como si no esperara que la comprendiera.
—Tienes razón —admitió a regañadientes—. Supongo que, en cierto modo,
necesitaba creer que ninguna de nosotras te importábamos nada.
—Pues en eso estabas completamente equivocada.
Ronnie dedicó un par de minutos a pensar en lo mal que lo habían hecho todos,
después, pinchó con el tenedor un trozo de melón y se lo ofreció a Dana Sue. Dana
Sue negó con la cabeza, así que Ronnie se lo metió en la boca.
—No está mal —dijo, y pinchó otro pedazo—. Pruébalo, anda.
—¡Ronnie!
Ronnie continuó sosteniendo el tenedor frente a ella, hasta que, al final Dana
Sue cedió y lo probó.
—Tienes razón, está muy rico.
Ronnie sonrió.
—Ya te lo he dicho —le dijo, y continuó en silencio hasta que al final, la miró a
los ojos y preguntó—: ¿Qué vamos a hacer ahora?
—¿Sobre?
—Sobre Annie, por supuesto.
Dana Sue le miró desconcertada.
—Sinceramente, no lo sé. Supongo que tendremos que dejar que los médicos
nos guíen.
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—¿Estás dispuesta a dejarle el control a los médicos? —le preguntó con
expresión escéptica.
—Cuando estoy perdida, lo hago.
—Has cambiado.
—Y creo que en casi todo para mejor.
—Me gustaría saber cómo te va la vida —dijo Ronnie, aun a sabiendas de que
estaba traspasando los límites que se habían marcado—. Estoy deseando ver el
restaurante. Annie dice que es increíble. Me envió un recorte que salió en el
periódico.
—¿De verdad? —Dana Sue no se lo podía creer.
—Estaba muy orgullosa de ti, no sólo porque habías salido en el periódico, sino
porque habías tenido éxito haciendo algo que realmente amabas.
—Gracias por decírmelo —dijo Dana Sue, aunque era evidente que no se sentía
cómoda con aquellos cumplidos—. Ahora será mejor que subamos. Es casi la hora de
volver a ver a Annie.
—Adelántate. Quédate un par de minutos a solas con ella. Yo me terminaré el
café y me reuniré después contigo.
—¿Estás seguro?
—Adelante, Dana Sue.
—Gracias —volvió a decirle.
Ronnie suspiró. Estaba bebiendo el último sorbo de café cuando oyó el
comentario de Maddie.
—Has sido muy amable.
—Para serte sincero —contestó Ronnie—, ni siquiera sé si estoy preparado para
verla otra vez.
—¿No me digas que vas a quitarte de en medio?
Ronnie frunció el ceño al oír la pregunta.
—Por supuesto que no. ¿Por qué lo preguntas?
—¿De verdad necesitas que te lo explique? La última vez que las cosas se
pusieron difíciles por aquí, saliste corriendo.
—Me echaron —le corrigió, pero Maddie se limitó a sonreír.
—Supongo que eso depende de cómo se quiera interpretar.
—Bueno, pues esta vez pienso quedarme.
—¿Sólo por Annie?
—¿De verdad necesitas preguntarlo? —la imitó.
Maddie alargó la mano por encima de la mesa para tomar la de Ronnie.
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—Ella te pedirá que te vayas —le advirtió.
—Ya lo sé. Pero esta vez voy a escuchar lo que dice, en vez de reaccionar a lo
que dice.
—Buena idea.
—¿Puedes hacerme un favor?
—El que quieras.
—Cuando Dana Sue salga de la habitación de Annie, convéncele de que debe
irse a dormir. Está agotada. Si intentara decírselo yo, pensaría que estoy intentando
quedarme a solas con Annie o algo parecido.
—Lo intentaré —le prometió Maddie—. Pero hasta que Annie esté
completamente fuera de peligro, no creo que Dana Sue esté dispuesta a ir a ninguna
parte.
Ronnie asintió, comprendiendo que tenía razón.
—Entonces iré a ver si hay alguna habitación disponible para que pueda
echarse una siesta.
—¿Y tú? Tampoco tienes muy buen aspecto.
—Yo estoy acostumbrado a dormir poco. Me las arreglaré. Y puedo echar una
cabezada en la sala de espera entre visita y visita —miró a Maddie a los ojos mientras
luchaba contra las lágrimas—. Adoro a mi hija, no sé lo que haría si le ocurriera algo.
—No le va a pasar nada —dijo Maddie con fiereza.
—¿Tienes algún contacto con ese tipo que está en el cielo?
—Bueno, tengo fe. Y tú deberías tenerla.
—Lo estoy intentando, pero me cuesta aferrarme a eso.
—Entonces, aférrate a mí. Tengo fe suficiente para los dos.
—¿Sabes, Maddie? Creo que te he echado tanto de menos como a mi familia —
le dijo con voz queda—, a pesar de lo enfadada que estabas la última vez que te vi.
Aquella noche, me dijiste cosas que me hicieron mucho daño, pero me merecía todas
y cada una de ellas.
—Es cierto —contestó sombría, y después sonrió—. Pero me alegro de que
hayas vuelto. Estoy deseando que conozcas a Cal.
—Tu marido. Sí, me lo dijo Annie. Le vi en un par de partidos antes de irme.
Así que ahora te dedicas a asaltar cunas, ¿eh?
Maddie soltó una carcajada.
—Eso dicen. Lo bueno es que cuando sea tan vieja que empiece a tener
dificultades para andar, él todavía estará en condiciones de ayudarme con el
andador.
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—Algo me dice que todavía faltan muchos años para que eso ocurra. Me alegro
de que seas feliz, de verdad —Ronnie le sonrió—. Me han dicho que has tenido un
bebé.
—Y es cierto —su rostro resplandeció—. Y tener un bebé a mi edad debería ser
una prueba de que son posibles los milagros.
—¿Crees que hace falta un milagro para que recupere a mi familia?
—Un milagro sería lo más fácil —bromeó—. Pero el Ronnie al que yo conocía
era capaz, de convencer a cualquier mujer para que hiciera lo que él quisiera. No creo
que Dana Sue sea inmune a tus encantos, a pesar de que lo pretenda —Maddie se
levantó—. Vamos, chico. Llevas demasiado tiendo posponiendo lo inevitable. Tienes
que volver a ver a tu hija. Y confía en mí, cada vez te resultará más fácil.
Ronnie se levantó y la siguió, pero cuando llegó a la puerta de la UCI, vaciló un
instante y miró a Maddie a los ojos.
—¿Sabes? En eso creo que te equivocas. Hasta que Annie no esté bien, nunca va
a resultarme más fácil.
De hecho, estaba convencido de que aquella segunda visita iba a volver a
romperle el corazón.
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Capítulo 7
Dana Sue salió para hacer una llamada de teléfono después de la breve visita a
su hija, que continuaba durmiendo. La falta de respuesta de Annie le había resultado
tan dura que casi se había alegrado cuando la enfermera le había dicho que ya había
acabado su tiempo.
Además, tenía que llamar a Erik y a Karen para asegurarse de que en el
restaurante todo estaba controlado. Sabía también que sus empleados querían que les
mantuviera al día sobre la situación de Annie.
Agotada, se sentó en uno de los bancos de cemento del jardín, al lado de un
rosal. Un jardinero de la localidad cuidaba aquel pequeño jardín situado en la
entrada principal que tenía la función de transmitir serenidad y proporcionar un
mínimo consuelo a los pacientes del hospital y a sus familiares.
Dana Sue cerró los ojos, alzó el rostro y dejó que el sol lo bañara. Hacía un calor
húmedo, pero le sentaba bien después de haber pasado tantas horas bajo el frío del
aire acondicionado. Tras haber pasado el día en el ambiente aséptico del hospital, la
alegría del jardín y la fragancia de las flores eran un auténtico bálsamo.
—¿Estás bien?
Dana Sue abrió los ojos sobresaltada al oír la voz de Erik. Su primer impulso fue
mirar el reloj antes de preguntar:
—¿Qué estás haciendo aquí? Ya es casi la hora de abrir el restaurante. Y el
sábado hay mucho trabajo.
—No tienes por qué preocuparte —le aseguró, y se sentó a su lado—. He ido en
cuanto has llamado y ya lo he dejado todo preparado. Quería saber cómo estaba
Annie, y también traerte algo de comer.
—Antes he picado algo en la cafetería.
Erik elevó los ojos al cielo.
—¿Y has vivido para contarlo? —le tendió una cajita de cartón—. Es un rissoto
de setas salvajes, una ensalada de pera y nueces y un pedazo de uno de los bizcochos
sin azúcar con los que he estado experimentando últimamente.
A pesar de que acababa de comer, Dana Sue no pudo resistir la tentación de
mirar en el interior de la caja.
—¿Bizcocho de chocolate?
—Sí, con almendras y amaretto. Es un auténtico capricho. Pero no puedes
tocarlo hasta que no te hayas comido todo lo demás.
—¿Y quién me va a detener?
Erik la miró muy serio.
—Nadie. Pero confío en tu sensatez.
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Dana Sue tomó el tenedor y partió un pedazo de bizcocho.
—Oh, está riquísimo —musitó mientras los sabores estallaban en su lengua—.
Creo que debería convertir el restaurante en una pastelería. Nos haríamos ricos.
—Un postre como éste tiene que ser el broche final de una buena comida —
insistió Erik, pero sonrió complacido con el cumplido—. Prueba el risotto. Creo que
Karen está aprendiendo mucho contigo.
Dana Sue probó el risotto y suspiró.
—Perfecto —probó después la ensalada y, sin darse apenas cuenta, pronto
acabó con todo lo que Erik le había llevado—. Supongo que tenía más hambre de lo
que pensaba. O eso, o tu talento culinario es irresistible.
—Cuando una persona está sometida a tantas tensiones, necesita comer para
mantenerse —respondió, mirándola con evidente preocupación—. No tienes por qué
volver a comer en la cafetería. Karen y yo nos ocuparemos de que comas
decentemente. Y en cuanto Annie pueda comer algo, también inventaremos comidas
tentadoras para ella.
A Dana Sue se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sabes por qué está aquí, ¿verdad?
Erik le pasó el brazo por los hombros.
—Tengo ojos, ¿sabes? No cuesta mucho imaginárselo.
—Debo de ser una madre terrible —musitó Dana Sue, relajándose en su sólido
abrazo—. No podía imaginarme que la situación fuera tan catastrófica.
—No eres una madre terrible —respondió Erik, sacudiéndola ligeramente—.
Vamos, Dana Sue, pocos niños han encontrado algo tan bueno en la sección de
madres.
Dana Sue ya no era capaz de contener las lágrimas.
—Estás siendo tan bueno conmigo que me estás haciendo llorar.
Erik se echó a reír.
—Cariño, tú lloras por cualquier cosa, así que no me eches a mí la culpa de esas
lágrimas. Y seguro que te sienta bien llorar. Estoy seguro de que te has pasado la
noche aguantándote las ganas.
—¿Sabes? Para ser un hombre que nunca ha tenido hijos, eres muy sabio. La
mujer que se convierta en tu pareja será muy afortunada.
A Dana Sue le pareció ver una sombra cruzando su rostro, pero Erik la borró
con una sonrisa.
—A lo mejor ya he encontrado a alguien, aunque sea algo mayor que yo. Es
posible que sea como Cal. Él parece que esta muy contento con Maddie. A lo mejor tú
y yo deberíamos…
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Dana Sue frunció el ceño ante lo ridículo de aquella idea. Erik había sido el
mejor amigo varón que había tenido nunca. No quería complicar su relación con un
romance.
—No pienses en ello siquiera. Nuestra relación es perfecta tal y como está.
—Desde luego. Aun así, yo no lo descartaría del todo. ¿Cuántas mujeres
pueden decir sinceramente que sus maridos son tan buenos en la cocina como ellas?
Dana Sue soltó una carcajada.
—Ya te gustaría a ti ser tan bueno como yo. Y ahora, será mejor que vuelvas al
trabajo. Karen está mejorando mucho, pero todavía no está en condiciones de
encargarse ella sola de un almuerzo.
Erik le enmarcó el rostro con las manos, la miró a los ojos y asintió.
—Sí, creo que ya has recuperado el color. Mi trabajo aquí ha terminado. Esta
noche te traeremos algo de cenar, ¿de acuerdo? Llámame para decirme si quieres que
te lo traigamos aquí o te lo llevemos a casa. Y si necesitas cena para dos, dínoslo
también.
Dana Sue le miró con el ceño fruncido. ¿Ya se habría enterado todo el pueblo de
la vuelta de Ronnie? Seguramente. Al fin y al cabo, estaban en Serenity.
—El día que te deje dar de comer a mi ex marido, se helarán los hielos del
infierno.
—¿Estás segura? Porque cada vez que le nombras se te ilumina la mirada.
— Por el enfado —le aseguró.
—Enfado, pasión… A veces es difícil reconocer la diferencia.
—Yo la conozco perfectamente
—Si tú lo dices —respondió Erik escéptico—. En cualquier caso, si necesitas
algo, llámanos.
—Gracias, cariño, no sé lo que haría sin ti.
—Seguramente, servirles a tus clientes postres pre-cocinados —respondió Erik,
quitándose importancia—. Dale a Annie un abrazo enorme de mi parte, ¿quieres?
Dana Sue asintió y le vio alejarse hacia el aparcamiento. Advirtió, y no por
primera vez, que tenía un bonito cuerpo. Pero lo más importante era su generosidad
de espíritu. Aunque sabía muy poco de la vida que llevaba Erik antes de mudarse a
Serenity, estaba convencida de que era una buena persona y la clase de hombre que
cuidaba y conservaba a sus amigos.
¿Cómo podría haber tenido tanta suerte? Tenía las dos mejores amigas del
universo, Maddie y Helen, y Erik y Karen eran ya para ella como parte de su familia.
Curiosamente, si no hubiera sido por su ruptura con Ronnie jamás les habría
conocido. Era sorprendente que de algo tan malo hubiera llegado a nacer algo tan
bueno.
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Una vez más, elevó el rostro hacia el sol y dio las gracias por todo lo que tenía.
Después, suplicó al cielo de todo corazón que su hija se recuperara y pudiera llegar a
darse cuenta de lo maravilloso que era estar vivo.
Ronnie se sentó al lado de Annie, intentando no derrumbarse por el estado en el
que se encontraba. Una parte de él quería salir, conducir hasta algún lugar solitario y
gritar con toda la fuerza de sus pulmones ante la injusticia de la que estaba siendo
víctima su hija. Otra parte quería destrozar a Dana Sue por haber permitido que
pasara algo así, pero sabía que en realidad ella sólo tenía parte de la culpa. El resto
era suya por no haber estado allí para evitar que aquello se les fuera de las manos.
Aunque quizá no hubiera sido capaz de hacer nada más de lo que Dana Sue había
hecho. Pero si su ex mujer tenía razón y había sido su separación la que había
desencadenado los desórdenes alimenticios de su hija, a lo mejor sí que podía haber
supuesto alguna diferencia.
—¿Señor Sullivan?
Ronnie apartó la mirada del rostro de su hija y vio a una mujer de unos
cuarenta años con una bata blanca, una blusa rosa y una falda del mismo color. Los
rizos oscuros de su indomable melena y el color chillón de la falda parecían
contradecir su aspecto frío y profesional.
—Sí, soy Ronnie Sullivan.
—¿Puedo hablar un momento con usted?
—Por supuesto.
Ronnie la siguió al pasillo.
—Soy Linda McDaniels, el cardiólogo de Annie me ha pedido que analizara su
caso para ver si puedo ayudarles de alguna manera.
—¿Ha empeorado? ¿Han surgido complicaciones?
—No, nada de eso —posó la mano en su brazo con un gesto de compasión—.
Lo siento, debería habérselo explicado. Soy psicóloga y trabajo con chicas como
Annie, que están sufriendo algún tipo de trastorno alimenticio. ¿Sabe usted algo
sobre la anorexia?
Ronnie se encogió de hombros.
—Lo básico, supongo. Que algunas personas desarrollan aversión a la comida y
que es una enfermedad que afecta principalmente a chicas adolescentes.
—Algo así, aunque la edad de los pacientes disminuye cada vez más. Casi
siempre comienza después de hacer una dieta, o porque tienen una imagen negativa
de sí mismas, o por la presión ambiental, que les invita a perder peso. En algunas
ocasiones se convierte en una obsesión. También es frecuente que su vida cambie
bruscamente por alguna razón y se aferren a lo único que pueden controlar, que es la
comida. ¿Tiene alguna idea de lo que puede haberle ocurrido a Annie?
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La respuesta era muy sencilla, pensó Ronnie, sintiéndose culpable.
—Su madre y yo nos divorciamos hace un par de años y yo me fui de la ciudad
—recordó entonces algo más—. El día que me fui, cuando le explique lo que iba a
hacer, se levantó de la mesa, corrió al cuarto de baño del restaurante en el que
estábamos y vomitó. ¿Puede haber empezado entonces?
—Es posible, por lo menos en la medida en la que un acontecimiento
traumático de su vida aparece ligado a la comida. Por lo menos ya tengo algo por
donde empezar. Si su mujer y usted están de acuerdo, me gustaría pasar algún
tiempo con Annie, por lo menos mientras esté en el hospital.
—El cardiólogo comentó que quizá tuviéramos que ingresarla en un centro para
jóvenes anoréxicas.
—Yo preferiría esperar y ver hasta dónde podemos llegar los nutricionistas y yo
con unas cuantas sesiones. Aquí no tenemos los mismos programas que en otros
hospitales más grandes, pero contamos con gente que sabe lo que hace. Si Annie
coopera y vemos algunos progresos, es posible que podamos evitar un ingreso. Sin
embargo, en algunas ocasiones es la mejor opción. De momento, es demasiado
pronto para decir lo que puede pasar en el caso de Annie. ¿Su ex esposa y usted
estarían de acuerdo en que la ingresáramos en el caso de que fuera necesario?
—Estamos dispuestos a hacer lo que sea mejor para ella —le aseguró. Y si tenía
que retorcerle el brazo a Dana Sue para conseguir que también ella estuviera de
acuerdo, no dudaría un instante.
La doctora McDaniels le miró como si supiera lo que estaba pensando.
—Hablemos un momento de usted. Acaba de decirme que ha estado fuera
desde que se divorció.
Ronnie asintió.
—En ese caso, supongo que se siente bastante culpable por lo que ha pasado.
—Por supuesto que sí. Si me hubiera quedado…
—Las cosas habrían seguido igual, a menos que su presencia hubiera evitado el
divorcio —como Ronnie no respondió, la psicóloga alzó la mano—. No importa.
Pensar en cómo podrían haber sido las cosas es una pérdida de tiempo.
Empezaremos a partir de lo que tenemos, ¿de acuerdo? ¿Estaría dispuesto a
participar en alguna sesión si fuera necesario? Su presencia también sería de gran
ayuda para la nutricionista. ¿Se quedará en Serenity el tiempo suficiente como para
involucrarse en todo este proceso?
—Me quedaré todo lo que haga falta.
—¿Y su ex mujer?
—Ella también estará aquí.
—Estupendo. En ese caso, en cuanto Annie recobre la conciencia y se estabilice,
comenzaré a trabajar con ella y les explicaré cómo vamos a enfrentamos a su caso.
—Gracias.
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—No me dé las gracias, todavía no hemos empezado lo más duro. Y sospecho
que tendrá muchas razones para odiarme antes de que todo esto termine. A veces es
duro que nos remuevan determinados sentimientos. Y también tendré que ser dura
con Annie en muchas ocasiones. Tendrán que prepararse para ello —le sonrió,
quitando hierro a su advertencia—. Me pondré pronto en contacto con usted.
Ronnie la observó marcharse y, al volverse, descubrió a Dana Sue mirándole
furiosa. Cuando pasó por delante de él, evidentemente malhumorada, la agarró del
brazo.
—Muy bien, ¿se puede saber qué estas pensando?
—Que no has perdido el tiempo para encontrar a alguien con quien coquetear.
Suéltame, quiero ver a Annie.
—¿No quieres saber antes lo que ha dicho la doctora McDaniels?
—¿Era una médica? —preguntó Dana Sue cambiando completamente de
expresión.
—Una psicóloga —le corrigió—. Empezará a trabajar con Annie en cuanto
recobre la conciencia. También quiere que participemos en algunas sesiones. Dice
que la nutricionista también querrá que colaboremos con ella. Sólo estábamos
hablando de Annie, Dana Sue.
—Oh —contestó Dana Sue sumisa—, bueno, es una mujer muy atractiva. No
creo que puedas culparme por llegar a conclusiones equivocadas.
Ronnie reprimió una sonrisa.
—No, no creo que pueda culparte.
Pero iba a hacer todo lo que estuviera en su poder para demostrarle que no
tenia por qué llegar nunca más a esa conclusión.
Los dos días siguientes fueron los más largos de la vida de Dana Sue. No sólo
estaba terriblemente preocupada por su hija, sino que encontrarse con Ronnie cada
vez que daba media vuelta le estaba desquiciando.
Estaba tan atractivo como siempre y, además, se mostraba tan dulce y
considerado que casi le hacía olvidarse de los motivos por los que le había echado de
casa. A eso, había que añadir que no abandonaba en ningún momento la habitación
de Annie. Tenía los ojos apagados por la preocupación y el cansancio, pero cada vez
que Dana Sue le sugería que durmiera un poco, se las arreglaba para darle la vuelta a
su sugerencia y terminaba consiguiendo que Helen o Maddie se la llevaran a
descansar.
—¿Qué crees que se propone? —le preguntó a Maddie la primera vez que su
amiga la llevó a su casa.
—No creo que se proponga nada. Está preocupado por Annie.
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—Claro, pero hay algo más —insistió Dana Sue—. Me mira de una forma muy
extraña, como si quisiera averiguar lo que estoy pensando.
Maddie se echó a reír.
—Seguro que sí. Probablemente está esperando el momento en el que te
despiertes, le recuerdes lo que hizo y le eches otra vez de tu lado. Teniendo en cuenta
el carácter que tienes, estoy convencida de que teme que se repita algo parecido a la
escena que montaste en el jardín.
Dana Sue esbozó una mueca.
—Con una vez ya tuve más que suficiente. Fue vergonzoso.
—Era lo que se merecía.
—No. Y por culpa de aquel numerito, todo el mundo se enteró de lo que me
había hecho. No me extraña que Annie se pasara toda una semana evitando ir al
colegio. Yo habría hecho lo mismo si hubiera estado en su lugar.
—Bueno, todo eso pertenece al pasado —la consoló Maddie.
—¿No crees que ahora que ha vuelto todo el mundo volverá a recordarlo?
Su amiga le dirigió una mirada cómplice.
—¿De verdad te arrepientes de haberle llamado?
Dana Sue pensó en ello y negó con la cabeza.
—Por mucho que me duela admitirlo, tiene todo el derecho del mundo a estar
aquí. Y creo que a lo mejor él consigue hacer entrar en razón a Annie. Desde luego,
no puede decirse que yo haya tenido mucha suerte.
—A lo mejor este susto basta para que comprenda lo que está haciendo.
Desmayarse es una cosa, y sufrir un paro cardíaco otra completamente diferente.
—Me encantaría pensar que tienes razón, pero la doctora McDaniels, la
psicóloga, cree que, a no ser que Annie sea correctamente tratada, el impacto será
sólo temporal. Le ha dicho a Ronnie que tanto él como yo tendremos que participar
en la terapia. No puedo decir que no, pero algo me dice que a Annie no le va a hacer
ninguna gracia.
—Ya veremos. Si la alternativa es terminar ingresada, supongo que preferirá
adaptarse al programa. Y te será de mucha ayuda poder apoyarte también en Ronnie.
Dana Sue parpadeó al oírla.
—Ronnie no se va a quedar. Estoy segura de que en cuanto los médicos digan
que Annie está fuera de peligro, se marchará.
Maddie la miró con extrañeza.
—¿No se va a quedar en Serenity? Pues yo tenía la impresión… —se
interrumpió—. Bueno, a lo mejor estaba equivocada.
El pánico se apoderó entonces de Dana Sue.
—¿Ronnie te ha dicho algo?
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—Habla con él —la animó su amiga—. Deberías estar hablando de esto entre
vosotros, no conmigo. Y me niego a verme atrapada en medio de los dos.
—Oh, pretendía hablar con él. Cuando le llamé la otra noche, no le estaba
invitando a volver a casa.
Maddie sonrió.
—No creo que él lo vea de la misma forma.
—¿Ah, no?
—Creo que a Helen le ha dicho algo sobre que el destino le ha hecho volver.
Dana Sue se irguió inmediatamente en su asiento.
—¡El destino! Llévame ahora mismo al hospital. Necesito tener una
conversación con mi ex.
—¿Estás segura de que quieres hablar con él allí? —le preguntó Maddie
preocupada.
—¿Por qué no?
—Porque, cariño, es un hospital. Y en un hospital es recomendable mantener la
voz baja.
Definitivamente, era un serio inconveniente, pensó Dana Sue, pero sabría cómo
manejarlo. Ya había echado en una ocasión a un vendedor de su restaurante sin que
ninguno de sus clientes se diera cuenta. Aunque por supuesto, conseguir algo de
Ronnie Sullivan sin recurrir a los gritos o romper algún cacharro iba a ser
infinitamente más difícil.
A Annie le sorprendió tanto encontrar a su padre sentado a su lado en la cama
que estuvo a punto de desmayarse otra vez.
—¿Papá? —susurró apenas, temiendo que se tratara de una alucinación.
Una enorme sonrisa iluminó el rostro de Ronnie.
—Sí, estoy aquí, ángel. Y no sabes cuánto me alegro de verte abrir los ojos otra
vez…
—Me parecía oírte hablar, pero estaba segura de que tenía que ser un sueño.
¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Desde la noche que te ingresaron.
Todo había sido tan confuso. Recordaba que había estado a punto de vomitar al
ver la comida que les había preparado su madre para la velada con sus amigas. Tanto
ella como las otras chicas habían estado bailando y divirtiéndose, pero de pronto,
había comenzado a sentir una extraña presión en el pecho. Jamás había sentido nada
parecido, ni siquiera en clase de educación física, cuando tenía que correr. Así que
había decidido dormir un rato, y eso era lo último que recordaba.
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—¿Cuándo fue eso?
—Hace varios días.
—¿Tanto tiempo? Si ni siquiera me acuerdo de que me trajeran. ¿Por qué estoy
conectada a todos estos aparatos?
—Los monitores sirven para controlar tus constantes vitales y los viales son
para introducir en tu cuerpo alimentos y medicinas. Has estado durmiendo desde
aquella noche. Y supongo que no hace falta que te diga que nos has dado un susto de
muerte.
—Lo siento. ¿Y cómo te has enterado de lo que me ha pasado?
—Me llamó tu madre.
Eso significaba que su madre se había llevado un susto terrible, que
seguramente pensaba que iba a morir. Annie no era capaz de imaginar ninguna otra
razón por la que su madre podría haber llamado a su padre.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—Para siempre.
Annie le miró, sintiendo que renacía en su corazón una ligera esperanza.
—¿Y mamá lo sabe?
—Todavía no. ¿Crees que se enfadará?
Annie consiguió sonreír.
—Lo sabes perfectamente.
Ronnie suspiró.
—Sí, eso es lo que me imaginaba.
Annie le tendió la mano.
—No dejes que te convenza de que te tienes que ir, ¿de acuerdo?
—Por supuesto que no, cariño. Claro que no.
Annie alzó la mirada hacia los ojos de su padre, para ver si le estaba diciendo la
verdad. Y descubrió que ni siquiera pestañeaba.
—¿Me lo prometes? —le preguntó para asegurarse.
—Con la mano en el corazón.
Annie pensó en ello. Su padre nunca había roto ninguna de sus promesas.
Podía haber engañado a su madre, pero con ella siempre había sido sincero.
—Bien —susurró.
Y todavía estaba aferrada a su mano cuando se quedó dormida.
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Capítulo 8
Cuando Annie volvió a despertarse, encontró a su lado a una mujer a la que no
conocía. La bata blanca seguramente indicaba que era una médica. Aunque sonreía,
la sombra que oscurecía sus ojos hizo que Annie se pusiera nerviosa.
Tenía la sensación de que no le iba a gustar lo que aquella mujer tenía que
decirle. Y cuando Annie estaba asustada, utilizaba la beligerancia contra el miedo.
Intentó desafiarla con la mirada, pero la mujer se la sostuvo sin pestañear.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó por fin recelosa—. Estaba aquí hace un
momento.
En realidad no sabía si era cierto. Teniendo en cuenta los días que había pasado
durmiendo sin ser consciente de ello, era posible que su padre se hubiera marchado
horas atrás.
—No sé dónde está ahora. Cuando he llegado no estaba en la habitación.
Annie la observó con creciente recelo.
—¿Y qué hace usted aquí?
—Soy la doctora McDaniels y voy a tener que trabajar contigo durante una
temporada.
Inmediatamente se pusieron en funcionamiento todas las campanas de alarma.
—¿Trabajar cómo? ¿Haciéndome una especie de fisioterapia o algo parecido?
En aquella ocasión, la sonrisa alcanzó los ojos de la psicóloga.
—Me temo que no. Soy psicóloga y vamos a intentar trabajar tus problemas
alimenticios.
—¡Una psicóloga! —exclamó Annie horrorizada. Lo último que quería era que
alguien se dedicara a hurgar en su cabeza como si estuviera loca—. No me interesa.
No necesito ningún psicólogo. No me pasa nada y, desde luego, no tengo ningún
tipo de problema con la alimentación.
—¿Ah, no? ¿Entonces por qué te han ingresado en el hospital?
Annie comprendió entonces que no tenía la menor idea de por qué estaba allí.
Probablemente su madre y sus amigas se habían asustado o alguna tontería por el
estilo.
—Supongo que me mareé o algo así. No creo que fuera nada grave.
Probablemente me den hoy mismo el alta.
—Lo dudo —respondió la doctora McDanicls—. Yo diría que, si tienes suerte,
saldrás de aquí dentro de diez días.
Annie la miró aterrada.
—Le estoy diciendo que no tengo nada grave —insistió—. Me encuentro bien.
Probablemente, podría correr una maratón esta misma tarde si quisiera.
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La doctora se inclinó y la miró a los ojos.
—¿De verdad? ¿Tú crees?
—Claro que sí. Seguramente mi madre exageró la otra noche, siempre lo hace.
—Esta vez no. Has conocido al doctor Lane, ¿verdad?
Annie asintió.
—¿Y sabes que es cardiólogo?
—Un cardiólogo es un médico especialista en enfermedades del corazón. ¿Para
qué voy a necesitar yo un cardiólogo?
—Porque al no comer como es debido, tuviste una seria parada cardiaca. Eso
fue lo que te pasó. Habías comenzado a tener arritmias, ¿recuerdas? A veces el
corazón te latía mas rápido de lo normal.
Annie tragó saliva.
—Supongo que sí —admitió—, pero ya me encuentro bien.
—Porque el personal del hospital ha estado trabajando para equilibrar el nivel
de tus electrolitos. Pero eso es lo único que podemos hacer. El trabajo más difícil
tendrás que hacerlo tú. De otra manera, es posible que la próxima vez no tengas tanta
suerte.
Annie comenzó a temblar ante lo que estaba insinuando. Los ojos se le llenaron
de lágrimas que a los pocos segundos estaban deslizándose por sus mejillas.
—Lo está diciendo para asustarme. Mi madre le ha pedido que me dijera esas
cosas porque no le gusta que yo adelgace cuando ella no puede perder peso.
—Annie, no estoy diciendo esto para asustarte. Y tu madre no me ha pedido
que te diga nada. Sólo quiero que comprendas que éste es un asunto muy serio, pero
que podemos solucionarlo. Si quieres, puedo pedirle al doctor Lane que venga para
que te explique exactamente lo que te ha pasado —le ofreció—. Él puede contarte lo
débil que tenías el corazón y hasta qué punto habían bajado tus niveles de potasio.
Pero te aseguro que yo no te mentiría hablando de algo tan serio.
Annie dejó caer la cabeza en la almohada y cerró los ojos. Era consciente de que
su madre no habría llamado a su padre si no hubiera sido por algo tan grave como
un ataque al corazón. Pero aquello era una locura. Los jóvenes no tenían problemas
del corazón.
Sintió que alguien le tomaba la mano y alzó la mirada hacia la psicóloga.
—Asusta, ¿verdad? Supongo que nunca se te ocurrió pensar que lo que estabas
haciendo podía tener estas consecuencias.
—Yo no he hecho nada —protestó Annie, pero ya no parecía tan convencida.
—Seguiremos hablando la próxima vez que venga —le dijo la doctora
McDaniels—. De momento, quiero que tengas la mente abierta para cuando venga
Lacy Reynolds a verte. Trabajarás con ella, ¿de acuerdo? Lacy será la mejor aliada
para tu corazón.
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—¿Quién es Lacy?
—Una nutricionista que va a ayudarte a ponerte bien. Ella regulará tu ingesta
de comida y te enseñará algo sobre nutrición.
—Mi madre tiene un restaurante, sabe mucho sobre comida.
—Conozco el Sullivan's, un restaurante con una carta maravillosa. Es una pena
que tú no hayas querido comer lo que sirve tu madre allí.
—¿Y quién ha dicho que no he querido comer lo que hace mi madre? —
preguntó Annie desafiante.
—Las básculas no mienten. Y el hecho de que estés aquí es bastante elocuente.
Annie estudió a la doctora McDaniels en silencio. No parecía la clase de persona
capaz de ser cruel o de mentir sobre algo tan importante. De hecho, parecía incluso
triste, como si no le gustara que estuviera allí ingresada y tuviera verdadero interés
en ayudarla. Annie todavía no estaba dispuesta a confiar en ella, pero tampoco
quería despreciar su ayuda.
—¿Podría decirles a mis padres que vengan?
—Por supuesto. Les diré que vengan a verte en cuanto termines de hablar con
Lacy —le prometió la doctora—. Me alegro mucho de haberte conocido, Annie. Y
creo que vamos a hacer grandes progresos.
Annie la observó marcharse y volvió a cerrar los ojos. Tenía que haber un error,
se dijo. Pero en el fondo, muy dentro de ella, sabía que la doctora McDaniels le estaba
diciendo la verdad. Que sin ser consciente de ello, había estado a punto de perder la
vida.
Cuando volvieron a abrir la puerta del dormitorio, Annie esperaba ver entrar a
sus padres, pero en cambio, apareció una mujer con pantalones blancos, una
camiseta de flores, zuecos blancos, pelo negro y un piercing en la ceja. Si no hubiera
sido por la bata, Annie la habría confundido con una estudiante o con una cantante
de rock.
—Hola, Annie —la saludó alegremente—. Soy Lacy Reynolds.
—La nutricionista —contestó Annie sorprendida.
—Veo que la doctora McDaniels te ha hablado de mí.
—Sí, pero no me ha dicho que era tan joven y tan moderna —dijo Annie con
inocencia—. Me gustaría que mi madre me dejara ponerme algún piercing.
—Cuando llegues a mi edad, podrás hacer lo que le apetezca. ¿Lo ves? Ya tienes
algo por lo que merece la pena luchar —la mujer sonrió—. Pero eso no quiere decir
que no pueda ser dura contigo, así que cuidado. Mientras estés en el hospital, seré la
responsable de todo lo que te metes en la boca, y te aseguro que aquí no pasa nada
sin que yo me entere.
A pesar de su advertencia, a Annie le gustó inmediatamente.
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—La doctora McDaniels me ha dicho que iba a hablarme de la alimentación —
dijo Annie—. Pero mi madre sabe todo sobre comida y yo voy muchas veces a su
restaurante.
—Entonces tú también sabrás algo sobre alimentación —contestó Lacy, y sacó
una libreta del bolsillo—. Hablemos de lo que has estado comiendo últimamente.
Annie se revolvió nerviosa en la cama.
La nutricionista esperó en silencio durante varios segundos.
—¿Y bien? —insistió.
—Bueno, como cosas muy diferentes.
Lacy la miró desilusionada.
—Mira, voy a decirte cuál es la primera regla, Annie. Tienes que ser sincera. Si
no sé desde dónde estamos empezando, no puedo saber hasta dónde tenemos que
llegar. Seré más específica: ¿qué habías comido el día que te trajeron aquí?
Annie intentó pensar. Aquel día sólo había desayunado dos sorbos de agua. En
el instituto se había comprado una ensalada y sólo había comido unas tiras de
zanahoria. Cuando sus amigas habían ido a su casa, había fingido comer pizza, pero
no había podido darle ni un mordisco.
—Aquel día no tenía hambre.
—Vamos, Annie, dime la verdad.
—Comí una ensalada y después, en mi casa, una pizza.
Lacy continuó mirándola sin tomar nota hasta que Annie desvió la mirada.
—Bueno, comí un poco de zanahoria y le di un mordisco a una pizza.
Lacy escribió lo que acababa de decirle.
—¿Sabes cuántas calorías ingeriste?
Annie se encogió de hombros.
—Ya se lo he dicho, ese día no tenía hambre.
—Cien como mucho, y eso si estás siendo sincera conmigo. Nadie puede
sobrevivir comiendo esas cantidades, Annie. Lo comprendes, ¿verdad? —esperó a
que Annie asintiera antes de continuar—. De acuerdo, pues ahora voy a decirte lo
que vamos a hacer. Vamos a establecer un plan. Mientras estés aquí, harás tres
comidas serias al día y tomarás algo entre horas otras tres veces. Al principio, serán
cantidades muy pequeñas, pero poco a poco iremos aumentando la cantidad.
—No —protestó Annie. Le bastaba pensar en comida para ponerse enferma.
—En ese caso, tenemos otra alternativa —dijo Lacy—. Como no voy a dejar que
te mueras de hambre ante mis ojos, te alimentaremos con una sonda para
asegurarnos de que ingieras todas las calorías que necesitas. Ahora mismo para ti es
tan importante la comida como la medicación. De hecho, la alimentación es lo único
que te permitirá volver a tu casa sana y salva y continuar viviendo feliz. Sé que es eso
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lo que quieres y voy a luchar para que lo consigas. Y ahora, depende de ti decidir de
qué forma quieres hacerlo.
La idea de ser alimentada am una sonda le hizo encogerse por dentro.
—¿Qué clase de comida? —preguntó por fin.
—Eso lo decidiremos juntas, y con la ayuda de tus padres. Al principio, serán
comidas muy básicas. Algo de fruta, galletas, pavo. Mientras comes, te acompañará
alguien del hospital para asegurarse de que te comes todo lo que te damos. Si dejas
de comer algo o no lo puedes terminar, tomarás un batido para compensar las
calorías.
Annie estaba sobrecogida. Sabía que iba a sentirse como un animal en un
zoológico al tener a tantas personas pendientes de lo que comía.
—¿Y esto cuánto puede durar?
—El tiempo que haga falta para que tu corazón vuelva a funcionar con
normalidad.
Annie sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y volvió la cabeza.
—No creo que sea capaz de hacerlo —susurró.
—Pues yo creo que sí —dijo Lacy—, y estamos todos aquí para ayudarte. Ahora
mismo tenemos a otra chica como tú ingresada que está a punto de volver a su casa.
Si quieres, puedes hablar con ella. Quizá te ayude no sentirte sola.
—No —respondió Annie con vehemencia. No quería que nadie más se metiera
en su vida.
—De acuerdo —dijo Lacy—. Pero si cambias de opinión, no dejes de decírmelo.
Y mientras tanto, quiero que me escribas cuáles son tus comidas favoritas. Volveré
más tarde para que planifiquemos el menú para hoy y para mañana, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —contestó Annie sin mirarla.
¿Cómo podía haber llegado a pensar que aquella mujer le gustaba? Era como
todos los adultos que tenían algún poder sobre ella. A lo mejor, con un poco de
suerte, podía convencer a sus padres de que la sacaran de allí.
Suspiró al oír que la puerta se cerraba. ¿A quién pretendía engañar? Sus padres
estaban demasiado asustados como para llevársela de nuevo a casa. Y, en el fondo,
ella también tenía miedo. Pero si lo admitía, ¿qué le esperaba? La comida era el único
aspecto de su vida sobre el que tenía algún control. Las dietas eran lo único que se le
daba bien, aunque su cuerpo todavía no estuviera todo lo perfecto que podía llegar a
estar. Pero de pronto, había aparecido toda aquella gente que quería engordarla y
echarlo todo a perder.
Aterrada ante la posibilidad de terminar fea y gorda, hundió la cabeza en la
almohada y dio rienda suelta a las lágrimas.
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Ronnie acababa de salir de la cafetería cuando Linda McDaniels le interceptó en
el pasillo.
—Annie ha preguntado por usted.
Ronnie estuvo a punto de chocar con ella en su precipitación por ir a ver a su
hija, pero la doctora le detuvo.
—Sabe que tiene un problema en el corazón provocado por un desorden
alimenticio. La nutricionista también se ha reunido con ella. En este momento,
pretende negarlo todo, así que no la presione demasiado. Poco a poco irá
asimilándolo.
—¿Y qué se supone que tengo que decirle yo?
—Si le pregunta algo, contéstele sinceramente. Si son preguntas para las que no
tiene respuesta, deje que los médicos, la nutricionista o yo se las aclaremos. En
realidad, lo único que necesita en este momento es saber que cuenta con su apoyo y
que se va a poner bien. El resto vendrá con el tiempo.
—¿Le ha hablado de las sesiones de terapia?
—Sólo le he dicho que tendría que someterse a algunas, no le he hablado de lo
intensivas o lo difíciles que van a ser.
—¿Y cómo ha reaccionado?
La psicóloga sonrió.
—Por supuesto, me ha dicho que no necesita terapia de ningún tipo. Parte de
mi trabajo consiste en convencerle de lo contrario.
—Dios mío, ¿cómo es posible que hayamos llegado a esta situación? —se
lamentó Ronnie.
—Eso es precisamente lo que vamos a averiguar, señor Sullivan.
—Siempre ha sido una niña muy buena, ¿sabe? Sacaba muy buenas notas, tenía
muchos amigos y hacía miles de actividades.
—A lo mejor ha sido extremadamente competente. Irónicamente, cuando una
persona con ese perfil decide con la misma determinación hacer algo como una dieta,
el tiro puede salirle por la culata. Pero ahora no tenemos por qué preocuparnos por
eso. Nuestro objetivo será que se recupere físicamente y después ya trataremos todo
lo demás. Lacy Reynolds, la nutricionista, le ha explicado los aspectos más básicos
del plan de alimentación para que Annie pueda comenzar a analizar la comida desde
una perspectiva más realista.
Ronnie asintió, agradecido por la calma y la racionalidad con la que la doctora
abordaba el problema.
—Y ahora, vaya a ver a su hija —le animó—. Si me encuentro a su ex mujer, le
diré que vaya también a verla.
—Creo que ahora se ha ido a casa a descansar.
—En ese caso, la llamaré a casa.
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—Intente localizarla en el móvil —sugirió Ronnie, caminando a su lado—, es
más fácil localizarla de esa forma.
—Lo haré, gracias. Nos veremos más tarde —contestó la psicóloga, y se alejó a
grandes zancadas.
Ronnie la siguió con la mirada deseando estar la mitad de seguro que ella de la
posible recuperación de Annie.
Intentando adoptar una expresión que no reflejara sus miedos, volvió a la
habitación de su hija. Nada más verla, pensó que Annie había vuelto a dormirse.
Aliviado, se sentó en la silla que tenía al lado de la cama y dejó que su mente vagara
hasta la última vez que había visto a su hija, el día anterior a su marcha de la ciudad.
Parecía triste y desilusionada, pero por lo menos tenía el aspecto de cualquier
otra adolescente; color en las mejillas, el pelo brillante y un cuerpo que comenzaba a
redondearse. Recordaba que a él le aterraba pensar en lo que pasaría cuando los
chicos comenzaran a fijarse seriamente en ella, que le preocupaba pensar cómo se
enfrentaría a la primera cita de su hija, y también que se había dado cuenta de que al
estar lejos de Annie, no iba a poder jugar ningún papel en las decisiones que su hija
pronto empezaría a tomar sobre los chicos.
Si hubiera sido capaz de pensar entonces de una forma razonable, jamás habría
permitido que su hija se enfrentara a aquel campo minado por las hormonas sin la
ayuda de un padre.
—Hola, papá —le saludó Annie con voz débil, sacándole de sus recuerdos.
—Hola, cariño, ¿cómo te encuentras?
—Ahora que estás tú aquí, mejor. Cuando me he despertado y he visto que no
estabas, temía que te hubieras marchado otra vez.
—Te prometí que no iba a irme a ninguna parte, ¿recuerdas?
Annie asintió.
—Puedes estar segura, pequeña. He vuelto para quedarme.
Annie sonrió y cerró los ojos otra vez, dejando a Ronnie de nuevo con sus
recuerdos.
Dana Sue estaba a punto de empujar la puerta de la habitación de su hija
cuando oyó la voz de Ronnie. Y al oír la confirmación de lo que ya le había dicho
Maddie, se quedó sin respiración. Su ex marido pensaba quedarse en Serenity
incluso después de que superaran aquella crisis.
Dio media vuelta y se dirigió a la sala de espera, donde había dejado a Maddie.
—Ronnie piensa quedarse. He oído que se lo decía a Annie —dijo nerviosa—.
No sé qué voy a hacer ahora. ¿Crees que debería impedírselo?
—¿Aunque eso sea lo mejor para Annie?
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Dana Sue miró muy seria a su amiga.
—Tener a Ronnie Sullivan cerca no es lo mejor para Annie —replicó, y comenzó
a caminar nerviosa por la sala de espera.
—Me pregunto si Annie estaría de acuerdo con eso —respondió Maddie en
tono de reproche—. Creo que estás proyectando tus sentimientos en tu hija. Eres tú la
que no quiere que Ronnie se quede, no ella.
Dana la miró con el ceño fruncido y continuó caminando.
—Siéntate —le ordenó Maddie—. Me estás mareando. Y ahora intentemos
pensar en esto de una forma racional. Annie necesita un padre. Incluso tú has llegado
a decir que la marcha de Ronnie puede tener algo que ver con su obsesión por la
comida. ¿No crees entonces que la vuelta de Ronnie podría…? —al ver que su amiga
estaba a punto de interrumpirle, alzó la mano para impedírselo—. De hecho, a lo
mejor es lo único que de verdad puede ayudarla.
Dana Sue se hundió en una de las sillas del hospital.
—Quizá —admitió a regañadientes—, pero odio la idea. No quiero que esté
aquí. Quiero ser yo la única que lo solucione todo.
Maddie apenas consiguió disimular una sonrisa.
—¿De verdad importa tanto quién lo arregle siempre y cuando Annie pueda
recuperar la salud? —miró a su amiga con los ojos entrecerrados—. ¿De qué tienes
miedo, Dana Sue? ¿Temes que Ronnie pueda ayudar a tu hija como tú no has podido
hacerlo? Porque parece que es eso lo que estás diciendo.
—No —contestó Dana Sue inmediatamente—. Eso sería muy egoísta por mi
parte.
Aquella vez, Maddie no se molestó en disimular su sonrisa.
—Entonces, supongo que lo que te da miedo es que Ronnie vuelva a
conquistarte.
Dana Sue suspiró. Su amiga tenía más razón de la que estaba dispuesta a
concederle. Estuvo a punto de negarlo, pero Maddie era su mejor amiga.
—¿Y qué si es así? —gruñó.
—En ese caso, eso no tiene nada que ver con Annie. Intenta decidir de qué
manera quieres que Ronnie forme parte de tu vida, mantenlo a distancia si quieres,
pero no intentes alejarlo de tu hija.
—¿Por qué siempre tienes que tener razón?
—Es un talento natural —contestó Maddie riendo—. Probablemente debería
recordarte que no fui en absoluto racional cuando Cal entró en mi vida. Luché con
tanta pasión como lo estás haciendo tú para mantenerle lejos.
—Y ya hemos visto el éxito que tuviste —dijo Dana Sue con recelo.
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Pero siempre, pensó, podía intentar controlar ella la situación. Podía marcar las
normas y Ronnie tendría que ceñirse a ellas. Podría pasar tiempo con Annie, sí, pero
ajustándose a las condiciones y los horarios que marcara ella.
Recordó entonces que uno de los pasatiempos favoritos de Ronnie era romper
cuantas normas le pusieran. Pero aun así, debería intentarlo.
salto.
—Vamos a ir a buscarle a la habitación de Annie —dijo, levantándose de un
—¿Perdón?
—No, espera. Yo le esperaré fuera del hospital. Tú vete a decirle que necesita
descansar un poco y, en cuanto salga del hospital, le tenderé una emboscada.
Maddie la miró como si acabara de perder el juicio.
—¿Qué pretendes hacer, Dana Sue? ¿No puedes hablar tranquilamente con él
en el hospital? Así es como suelen arreglar las cosas los adultos.
—Estamos hablando de Ronnie. Con él, una conversación racional no sirve de
mucho. Hacen falta unos cuantos decibelios para que entre en razón.
Maddie frunció el ceño.
—¿Estás segura de que es buena idea?
—Es una idea excelente —le aseguró—. Tú haz lo que te he dicho y yo me
encargaré del resto.
Ronnie estaba quedándose dormido al lado de la cama de Annie cuando
Maddie entró en el dormitorio.
—Pareces cansado —le dijo, mirándole con expresión compasiva—. ¿Por qué no
te vas a descansar un rato?
—Necesito estar aquí cuando Annie se despierte otra vez.
—Puedo quedarme yo, y supongo que Dana Sue no tardará en volver.
—¿No te la has llevado a casa a descansar?
—Lo he intentado, pero ha sido imposible.
—Entonces no ha dormido mucho.
—No ha dormido nada. Ha decidido que había cosas que necesitaba hacer aquí.
—¿Como cuáles?
—Quería estar cerca de Annie por si su hija la necesitaba —contestó.
Ronnie la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué es lo que no me estás diciendo?
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—Creo que estás a punto de averiguarlo —respondió—. Y lo único que ahora
importa es que puedo quedarme con Annie.
—El hecho de que estés tú aquí en vez de Dana Sue sólo puede significar que
me está preparando una emboscada —concluyó.
Sabía que Dana Sue y Maddie siempre funcionaban como un equipo. Y suponía
que debería alegrarse de que Helen no estuviera allí, para apoyarlas en lo que fuera
que hubieran tramado.
—Yo no he dicho en ningún momento que el hecho de que Dana Sue quiera
estar en el hospital tenga que ver contigo —respondió Maddie.
—No, por supuesto que no. Tú jamás la traicionarías —respondió Ronnie con
una sonrisa—. Mira, necesito salir un rato de aquí, eso es verdad. Quiero buscar una
habitación en un hotel, ducharme y descansar un poco. Ahora mismo Annie está
dormida, así que, ¿por qué no vienes conmigo? Podríamos ir a dar un paseo.
—No, es mejor que me quede.
—Pero si Annie está dormida.
—Hace dos minutos estaba despierta y tú pensabas que hacía falta que hubiera
alguien con ella.
Ronnie soltó una carcajada.
—Bueno, supongo que esto no durará mucho tiempo. Probablemente Dana Sue
esté esperándome en la puerta del hospital.
—Y si lo sabes, ¿por qué quieres que vaya contigo?
—Necesito testigos de la agresión. Vamos, Maddie, protégeme.
—Como si pudiera —gruñó, pero al final lo acompañó.
Tal como Ronnie esperaba, cuando salió del hospital, apareció Dana Sue contra
él, con los brazos en jarras y expresión colérica.
—Tú —comenzó a decir, clavándole el dedo en el pecho—, no vas a quedarte
aquí. No te lo permitiré, ¿me has entendido? Esta ciudad no es suficientemente
grande como para acogernos a los dos. Ni siquiera estoy segura de que Carolina del
Sur sea suficientemente grande.
Ronnie apenas pudo disimular una sonrisa.
aquí.
—Me temo que tendrás que aprender a vivir con ello, cariño. Pienso quedarme
—¿Es que no has oído lo que he dicho?
—Estoy seguro de que lo ha oído hasta el último paciente del hospital —
respondió con calma. Después, se volvió hacia Maddie y, moviendo los labios, le
dijo—: Lo sabía.
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Maddie desvió la mirada.
Dana Sue frunció el ceño ante aquel comentario sobre el volumen de su voz.
Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono más bajo, pero no menos incendiario.
—Si hubiera pensado que al llamarte se te iba a ocurrir quedarte en Serenity,
jamás habría descolgado el teléfono.
—Y si le hubiera ocurrido algo a Annie sin que yo me enterara, nunca te lo
habría perdonado —respondió Ronnie con voz queda—. Quiero que te quede algo
claro, Dana Sue. Quiero a mi hija. Fui un estúpido al irme de aquí sólo porque tú
querías que lo hiciera y un estúpido mayor todavía al no pedir la custodia
compartida, pero ya no pienso moverme de aquí.
Decidió que aquél no era el mejor momento para admitir que también la quería
a ella.
—Sé que quieres a Annie —reconoció Dana Sue—, por eso te llamé. Pero,
Ronnie, en serio, no quiero que te quedes.
—Ya lo has dejado suficientemente claro.
—¿Entonces te irás?
—No.
—Maldita sea, Ronnie, no puedes quedarte aquí sabiendo lo que siento por ti.
Sabiendo que tu presencia sólo va a servir para despertar malos recuerdos y para dar
lugar a todo tipo de rumores.
Una vez más, Ronnie tuvo que disimular una sonrisa.
—Los rumores podré soportarlos. Y sí, sé lo que sientes —aunque dudaba que
ella supiera lo que sentía—. En cualquier caso, creo que esta conversación
deberíamos tenerla cuando las cosas estén un poco más tranquilas —le dijo. Y
añadió, sabiendo que era toda una provocación—: Estoy seguro que para entonces
estarás dispuesta a ser más razonable.
—¡Razonable! —repitió Dana Sue indignada—. ¿Quieres que sea razonable,
Ronnie? ¿Pretendes que sea razonable en estas circunstancias? Si te quedas aquí,
Ronnie Sullivan, convertiré tu vida en un infierno. Haré que… —se interrumpió un
instante, pensando al parecer en todas las vilezas a las que pensaba someterle.
Ronnie sabía que la única manera de cerrarle la boca en aquellas circunstancias
era besarla, así que decidió arriesgarse. La arrastró contra él y selló su boca con los
labios hasta que la sintió debilitarse en sus brazos. Él no se sintió mucho más fuerte
que ella. Definitivamente, Dana Sue no había perdido la capacidad para hacerle ver
las estrellas.
Naturalmente, tal como había imaginado, la respuesta de Dana Sue fue una
bofetada. Pero estaba preparado para ello.
—Pequeña, la próxima vez que quieras gritarme, piensa en ese beso.
—¡Jamás! —le espetó furiosa—. Para mí ese beso no ha significado nada. Y,
desde luego, no creo que sea un beso digno de recordar.
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Ronnie se encogió de hombros.
—En ese caso, es que he perdido la práctica. Pero sabiendo cuánto te gusta
desahogarte conmigo, estoy seguro de que tendré muchas oportunidades de
mejorarlo —se volvió hacia Maddie y le guiñó el ojo—. Ya te he dicho que las cosas
se iban a poner interesantes.
Dana Sue los fulminó a los dos con la mirada mientras Ronnie pasaba por
delante de ella y se dirigía hacia su coche, satisfecho con el resultado de aquel
encuentro. Maldita fuera, incluso en aquellas terribles circunstancias, se alegraba de
haber vuelto a casa.
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Capítulo 9
—Vaya, desde luego, las cosas se han puesto interesantes —comentó Maddie
cuando se reunió con Dana Sue mientras Ronnie se alejaba en el coche del hospital.
—No empieces —le advirtió Dana Sue con dureza.
—Sólo estoy diciendo…
—No quiero saber lo que piensas sobre lo que ha pasado.
—Sólo iba a decir que me ha parecido impresionante tu capacidad para hacerle
llegar a un compromiso.
Dana Sue la miró con el ceño fruncido.
—Ahora restriégamelo. No he tenido oportunidad de decirle nada. Estaba tan
enfadada que en lo único en lo que podía pensar era en que se fuera cuanto antes de
Serenity.
—Estoy segura de que no va a irse a ninguna parte. ¿Qué hombre se marcharía
después de un beso como ése?
—Oh, vete al infierno —respondió Dana Sue.
Jamás en su vida se había sentido tan humillada. Excepto, quizá, el día que
había tenido que echar a Ronnie de su casa delante de todos sus vecinos.
—Y no quiero oír una sola palabra más —le advirtió a su amiga.
Maddie sonrió.
—De acuerdo.
—Y no le digas nada a Helen.
—Muy bien.
—Ni a Annie. Sobre todo, no le digas nada a Annie.
—Entendido. Se supone que no tengo que decirle a nadie que tu ex marido te ha
dado un beso capaz de derretir un glaciar.
A pesar de su enfado, a los labios de Dana Sue asomó una sonrisa.
—Ha sido un beso apasionado, ¿verdad?
—Se supone que eso tendrás que decirlo tú. A mí me han prohibido hablar.
—Maddie, ¿que voy a hacer? —preguntó, incapaz de ocultar la desesperación
de su voz. Todavía quería a aquel hombre, maldita fuera.
—¿Y se supone que soy yo la que tiene que contestar?
—Por favor…
—Dale tiempo, cariño. A lo mejor cambia de opinión cuando Annie se ponga
bien y termina yéndose del pueblo.
Dana Sue la miró a los ojos.
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—Quizá, si soy sincera conmigo misma, tengo que reconocer que no quiero que
se vaya.
—Y algo me dice que él cuenta con ello.
Probablemente tenía razón, pensó Dana Sue. Maddie conocía muy bien a
Ronnie y le comprendía mejor que ella. Seguramente porque Dana Sue nunca usaba
la lógica en lo referente a su marido. Sólo escuchaba a su corazón y a sus hormonas.
Había sido su compañero, su amante y su gran pasión, pero Maddie había sido su
amiga. De alguna manera, Dana Sue la envidiaba por ello. Quizá, si Ronnie y ella
hubieran hablado más, habría podido tener con él una relación como la que tenía con
Erik. Y su ruptura no habría sido tan dolorosamente apasionada.
—¿Y si todavía sigue estando presente esa atracción que se nos escapa de las
manos, pero ninguno de los dos ha aprendido nada?
—Sobrevivirás —le dijo Maddie—. La última vez, no sólo lo conseguiste, sino
que diste pasos muy importantes en tu vida.
—Porque me vi obligada a hacerlo. Tenía que pensar en Annie. No podía
derrumbarme y hacerla sufrir por mí. Ella ya lo estaba pasando suficientemente mal
—miró hacia el hospital—. Y mira cómo ha terminado todo. Al final, he hecho un
pésimo trabajo con ella.
—Por milésima vez, Dana Sue, no le has fallado a Annie —insistió Maddie—. Si
los padres se culparan de todas las decisiones que toman sus hijos, no les quedarían
fuerzas ni para levantarse de la cama. Los adolescentes cometen sus propios errores y
lo único que tenemos que hacer nosotros es estar a su lado para ayudarles a
superados y esperar que aprendan de ellos.
Maddie la miró pensativa y añadió:
—¿Sabes? Es posible que sea más fácil pasar por todo esto si puedes compartir
la carga con alguien.
—Os tengo a ti y a Helen —dijo Dana Sue en tono desafiante—. Hasta Erik me
está sirviendo de apoyo.
—Pero las hijas tienen un vínculo muy especial con los padres.
Dana Sue pensó en su relación con su propio padre, que había muerto cuando
ella sólo tenía siete años. Desde entonces, nunca se había sentido del todo segura, y
probablemente ésa era la razón por la que había puesto tanta fe y confianza en
Ronnie. Él había conseguido hacerle sentirse segura de nuevo.
—Tú crees que debería dejar que se quede, ¿verdad?
Maddie arqueó una ceja.
—No creo que eso puedas decidirlo tú. Ronnie ha tomado su propia decisión.
Lo que sí creo es que, si al final decide quedarse, es posible que puedas encontrarle el
lado bueno a la situación.
—¿Te refieres a que tendré más oportunidades de matarle? —sugirió Dana Sue.
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—Estaba pensando en que podrás compartir con él la tarea de conseguir que
Annie se recupere. Pero, además, también puede ser beneficioso para ti.
—¿Ah, sí?
—Todavía quedan muchas cosas sin resolver entre vosotros. Y como él se fue,
no has sido capaz de enfrentarte a ellas.
—Le eché, yo creo que eso es definitivo —le discutió Dana Sue.
Maddie parecía divertida.
—Le echaste porque había herido tu orgullo, y no estoy diciendo que no
tuvieras motivos para hacerlo. Lo que estoy diciendo es que no habéis tenido
oportunidad de hablar de los verdaderos problemas, como, por ejemplo, por qué te
engañó o si tiene manera de demostrarte que no volverá a hacerlo otra vez. Ni
siquiera le diste oportunidad de explicarse, ¿verdad?
Dana Sue la miró con curiosidad.
—No creo que haya nada que explicar. Me engañó y fin de la historia.
—En algunas relaciones maduras, ése sería el principio de un trabajo duro, no el
final de una historia.
—No recuerdo que estuvieras dispuesta a volver con Bill cuando descubriste
que te había estado engañando —respondió Dana Sue, refiriéndose al ex marido de
Maddie. Pero inmediatamente se arrepintió de haber abierto aquella vieja herida—.
Lo siento, no debería haber dicho eso.
—No pasa nada —Maddie no parecía ni la mitad de afectada de lo que lo habría
estado meses atrás—. Su amante estaba embarazada, ¿recuerdas? Quería casarse con
ella, así que era un poco tarde para pensar en arreglar las cosas entre nosotros.
—Y si Noreen no hubiera estado embarazada, ¿habrías luchado para recuperar
a Bill después de haberte enterado de que había tenido una aventura?
—Sí —contestó Maddie sin vacilar—. Es el padre de mis hijos y llevábamos
veinte años casados. Una parte de mí siempre se arrepentirá de que no haya podido
funcionar nuestro matrimonio. Ahora soy feliz, y me alegro de que las cosas hayan
salido como lo han hecho, por supuesto. Cal es un hombre increíble —una sonrisa
iluminó su rostro—. Tengo otra hija, algo que no habría soñado ni en un millón de
años si hubiera seguido con Bill. Si hubiera estado con él, nos habríamos parado
después del nacimiento de Katie. Gracias a Dios, Cal no me considera demasiado
vieja para hacer nada.
Dana Sue decidió que su amiga no estaba siendo del todo sincera.
—Te estás olvidando de algo. Bill y Noreen nunca llegaron a casarse. Él decidió
que quería que volvieras y tú preferiste a Cal.
Maddie se sonrojó violentamente.
—Es cierto, pero para entonces ya habían pasado demasiadas cosas. Aun así,
estuve dudando durante algún tiempo, pensando en los niños. Pero al final, fui capaz
de aceptar que con Cal era más feliz de lo que lo había sido en mucho tiempo.
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—A lo mejor yo soy más feliz sin Ronnie —sugirió Dana Sue.
—¿De verdad? —le preguntó Maddie.
El escepticismo de su amiga la irritó.
—Tengo a Annie, tengo el restaurante y estoy más ocupada que nunca.
—No has vuelto a fijarte en ningún hombre. Y al único que podría llegar a
convertirse en tu pareja, le mantienes a distancia.
—¿A quién te refieres? —preguntó Dana Sue, aunque en realidad ya lo sabía.
—A Erik.
—¿Se supone que también tienes una teoría al respecto?
—Por supuesto —dijo Maddie—. Tu corazón le pertenece a otro hombre.
—Caramba. Yo creía que era porque pensaba que todos los hombres eran unos
sinvergüenzas —respondió Dana Sue—, y porque Annie no soportaría que tuviera
una cita.
—No todos los hombres son unos canallas. De hecho, Helen te presentó a un
par de tipos inteligentes.
—Sí, es cierto.
—Pero también a ellos les encontraste algún defecto —dijo Maddie—.
Especialmente, que no eran Ronnie.
—No es cierto, en realidad eso era algo a su favor.
Maddie elevó los ojos al cielo.
—Como tú digas. ¿Y qué me dices de Erik? ¿Qué defectos tiene él?
—Ninguno en el que me haya fijado. Es un hombre maravilloso, pero no siento
nada por él. Además, no me gustaría echar a perder nuestra amistad.
—¿Seguro que es por eso? ¿Y no será porque Ronnie es tu alma gemela y en el
fondo lo sabes?
Dana Sue miró a su amiga desconcertada.
—No te comprendo. Yo pensaba que estabas tan enfadada con Ronnie como yo
por su traición.
—Y lo estaba.
—Pero últimamente le has visto bastante, os lleváis muy bien. Habéis vuelto a
ser amigos, como hace dos años.
—Porque en el fondo, Ronnie es un tipo decente. Cometió un error, pero es un
error que muchos hombres cometen alguna vez en su vida. Lo suyo no fue nada
serio. No estoy diciendo que se merezca que lo ignores, pero sí que quizá puedas
darle oportunidad de arreglar las cosas.
—Helen no estaría de acuerdo contigo.
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—Helen es una abogada matrimonial. Está mucho más curtida que yo. Pero, al
fin y al cabo, estamos hablando de tu vida, eres tú la que tiene que tomar una
decisión. Lo único que te estoy diciendo es que deberías mantener la mente abierta. Y
que decidas lo que decidas, yo te apoyaré.
—¿Aunque decida echarle de Serenity?
—Aunque intentes echarle de Serenity.
—¿Crees que no soy capaz?
Maddie alzó las manos.
—Eh, no te tomes esto como un desafío sólo para demostrarme que me
equivoco. Es tu felicidad la que está en juego.
Sí, ésa era la triste verdad, admitió Dana Sue. Y sabía que no había ningún
hombre sobre la tierra con el que pudiera ser tan feliz como lo había sido con Ronnie
Sullivan.
Annie estaba empezando a pensar que su madre no se quedaba en su
habitación intencionadamente. Entraba, salía, pero evitaba la conversación profunda
que Annie estaba esperando. No sabía si era porque su padre estaba por allí o porque
estaba tan enfadada que no quería arriesgarse a tener una discusión mientras ella
estuviera todavía convaleciente.
Esperaba que no fuera por la vuelta de su padre. Tenía miedo que volviera a
echarle de su lado. De hecho, después del desastre en el que había convertido su
vida, no creía que fuera capaz de soportarlo.
Justo en aquel momento, llamaron a la puerta de la habitación y apareció su
madre.
—¿Estás despierta? —le preguntó.
—Despierta y aburrida —contestó Annie.
Dana Sue entró en la habitación, le dio un beso en la frente y se sentó en la
cama.
—¿Cómo te encuentras?
—Fatal.
—¿Qué te pasa? —le preguntó su madre alarmada—. ¿Quieres que llame a una
enfermera? ¿Llamo al médico? ¿Sientes algo en el corazón?
—Mamá, tranquilízate. Sólo quería decir que estoy cansada de toda esa gente
que viene por aquí para decirme lo que tengo que hacer.
—Vaya —dijo su madre aliviada.
La miraba como si quisiera decir mucho más, pero permaneció en silencio.
Annie, que estaba perdiendo ya la paciencia, la abordó abiertamente.
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—Mamá, ¿por qué no me lo dices?
—¿Por qué no te digo qué?
A Annie se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Que lo he fastidiado todo y que estás enfadada conmigo.
—Yo no…
—Vamos, mamá —Annie se secó las lágrimas con el dorso de la mano—, sabes
perfectamente que estás deseando gritarme. Crees lo mismo que todos los demás,
que pasaba hambre deliberadamente. ¿Por qué no lo admites? Llevas mucho tiempo
pensando que soy anoréxica, ahora ya puedes decir: «te lo dije».
—Preferiría que no fuera cierto, cariño —respondió Dana Sue con cansancio—.
Y no estoy enfadada contigo. Estoy enfadada conmigo misma por no haberme
enfrentado antes a ello y haber buscado ayuda —también a ella se le llenaron los ojos
de lágrimas—. A veces me cuesta creer que haya sido tan estúpida. Creía estar
manejando correctamente la situación. Creía que era suficientemente inteligente
como para darme cuenta de lo que estabas haciendo desde que te habías desmayado
en la boda de Maddie. Creía muchas cosas que han resultado no ser ciertas.
A Annie le conmovió ver a su madre llorar. Nunca le había visto hacerlo, ni
siquiera cuando su padre se había marchado. Buscó su mano.
—Mamá, lo siento, no llores, por favor.
—Podríamos haberte perdido, Annie. Si Raylene y Sarah no hubieran estado
contigo…
Annie se estremeció al oírla. Por fin estaba comenzando a darse cuenta de la
gravedad de lo que había pasado. Y lo peor de todo era que, si la doctora McDaniels
tenía razón, podía volver a ocurrirle.
—Mamá, estoy asustada —susurró—. Muy asustada.
Su madre la estrechó contra ella.
—Yo también, cariño. Pero vamos a salir adelante. Entre todos lo
conseguiremos.
—¿Con papá también? —preguntó Annie vacilante.
Le pareció sentir suspirar a su madre contra su mejilla.
—Sí, cariño. Con papá también.
Ronnie se dirigió a un hostal situado a medio camino entre el hospital y la casa
que en otro tiempo había compartido con Dana Sue. Mientras dejaba el coche en el
aparcamiento, ya sabía lo que le esperaba. Los propietarios del hostal, Maybelle y
Frank Hawkins, llevaban toda la vida en Serenity. Conocían a todos y cada uno de
sus habitantes y, por lo tanto, lo sabían todo sobre él y sobre su familia.
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Aun así, era un lugar limpio y agradable. Y encerraba también algunos bonitos
recuerdos. Pero pese a saber que aquélla era la mejor opción que podía encontrar en
Serenity, se acercó a la puerta un tanto temeroso. Se plantó una sonrisa en la cara y
suspiró aliviado al ver que no había nada detrás del mostrador de recepción. Sin
embargo, el sonido de la campanilla de la puerta atrajo inmediatamente a Maybelle.
Al reconocerle, una sonrisa surcó de arrugas sus ojos.
—Ronnie Sullivan. Pensé que no volveríamos a verte nunca por aquí. De hecho,
me sorprende que te hayas atrevido a asomarte por Serenity después de cómo
acabaste con Dana Sue. Aunque supongo que habrás venido por lo de Annie —
suavizó su expresión—. ¿Cómo está? ¿Se encuentra mejor?
Aturdido por la rapidez con la que había cambiado de tema, Ronnie asintió.
—Cada vez está mejor. Me alegro de verla, señora Hawkins. ¿Tiene alguna
habitación disponible?
—¿Durante cuánto tiempo?
—Me quedaré aquí hasta que encuentre casa.
Su respuesta pareció sorprenderle.
—¿Piensas quedarte?
—Sí, ése es el plan.
—¿Y qué piensa Dana Sue al respecto? Ronnie sonrió al recordar su beso.
—Se está haciendo a la idea.
Maybelle le estudió en silencio. Al final, asintió y le tendió un formulario.
—Rellénalo. De momento, podrás quedarte una semana —le amenazó con un
dedo—. Pero si me entero de que vuelves a molestar a esa chica, te echaré
inmediatamente de aquí, ¿entendido?
Ronnie asintió.
—Sí, señora —dijo con docilidad.
Maybelle sonrió por fin.
—Ya verás cuando le diga a Frank que has vuelto. Todavía habla de aquella
carrera que hiciste en aquel partido con el que ganasteis la liga el último año de
instituto. Todos pensábamos que terminarías dedicándote profesionalmente al
béisbol.
—Tiene mucha memoria, señora Hawkins —se inclinó hacia ella—. No se lo
diga a nadie, pero lo de aquel día fue pura chiripa. Sabía que no tenía ninguna
posibilidad de repetirlo, así que decidí retirarme cuando todavía estaba en la cumbre.
—Te retiraste porque no eras capaz de apartar las manos de Dana Sue —le
corrigió—. En cuanto pusiste los ojos en esa chica, sólo fuiste capaz de pensar en
casarte con ella. Lo que no he llegado a comprender nunca es que fueras capaz de
tirarlo todo por la borda de esa manera.
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—Yo tampoco —admitió—. Pero nunca es demasiado tarde para corregir los
errores del pasado, ¿verdad?
—No, nunca es demasiado tarde —pero su tono era suficientemente dubitativo
como para hacerle pensar que no creía que Dana Sue fuera a estar muy receptiva a
sus intentos—. Toma, aquí tienes la llave. No permitimos fiestas salvajes en el hostal,
así que compórtate.
—No creo que las fiestas salvajes sean la mejor manera de demostrarle a Dana
Sue que estoy dispuesto a portarme bien, ¿verdad? —le guiñó el ojo—. Y pienso ser
tan bueno que ni siquiera se dará cuenta de que estoy aquí.
Después de su desconcertante encuentro con Ronnie y de la visita a la
habitación de Annie, Dana Sue estaba demasiado nerviosa como para quedarse en el
hospital esperando que llegara la hora de volver a la UCI. Necesitaba mantenerse
ocupada, hacer algo que la ayudara a borrar el recuerdo de aquel beso.
Miró el reloj y vio que eran las cuatro en punto, la hora en la que comenzaban a
organizar los preparativos para la cena en el restaurante. Pasó por el mostrador de
las enfermeras, les indicó donde podían localizarla si Annie la necesitaba y se dirigió
al trabajo. Un par de horas cortando verduras con un cuchillo bien afilado servirían
para calmar el estrés. Sobre todo si imaginaba que era el cuello de Ronnie el que tenía
encima de la mesa.
Al llegar al restaurante, se metió en su despacho, echó un vistazo a todos los
mensajes y el correo que tenía y después se dirigió a la cocina.
Erik fue el primero en verla.
—Hola, cariño, ¿qué haces por aquí? ¿Has venido para asegurarte de que no te
estamos arruinando el negocio?
—Eso es imposible —contestó—. No, sólo necesitaba hacer algo normal durante
un par de horas. Sé que Karen y tú os habéis dividido el trabajo, pero seguro que hay
algo que pueda hacer yo.
Karen alzó la mirada de la ensalada que estaba repartiendo en diferentes platos
y sonrió.
—Si quieres, puedes dedicarte a preparar la ensalada. Creo que es lo más
aburrido que tenemos.
Dana Sue miró los platos.
—¿Es la ensalada de la casa de siempre?
Karen asintió.
—No hemos tenido tiempo de hacer nada más complicado.
—¿Tenemos peras? ¿Nueces? ¿Queso azul? —preguntó Dana Sue.
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—Por supuesto —contestó Erik—. He estado utilizando las listas que tienes en
tu despacho. Eres tan organizada que creo que podría dirigir el restaurante durante
un año sin que te pasaras tú por aquí.
—No estoy segura de que me guste la idea.
—Pero estos días ha sido una bendición —le aseguró él—. Eso no significa que
no te necesitemos, así que, si te apetece preparar una ensalada un poco más
sofisticada, adelante.
Mientras Dana Sue cortaba las peras, notó que se extendía por la cocina el olor
inconfundible de la canela. Olía a gloría.
—¿Esta noche tenemos un postre especial? —le preguntó a Erik.
—Tarta de manzana.
—¿Y está ya preparada? —preguntó. La boca se le hacía agua.
—Ya hay un par de tartas enfriándose. ¿Quieres probarla?
—Quiero toda una porción —contestó inmediatamente—. Y con helado por
encima.
—Dana Sue…
Dana Sue le interrumpió alzando la mano.
—Tu trabajo no consiste en regañarme por lo que como. Estoy hambrienta y
quiero tarta de manzana y helado de crema.
En vez de obedecer su pedido, Erik tomó un taburete y se sentó a su lado.
—¿A qué viene todo esto?
—Sólo estoy pidiendo un pedazo de tarta de manzana. No creo que sea para
tanto.
—Sabes perfectamente que es para tanto —respondió Erik con calma—. Tu hija
está en el hospital por un problema de alimentación. ¿Quieres terminar en una cama
a su lado porque no eres capaz de controlar el azúcar que tienes en la sangre?
Dana Sue se volvió furiosa hacia él, pero al ver que su preocupación era sincera,
se desinfló.
—De acuerdo, sé que tienes razón. Pero necesito comer algo para
tranquilizarme.
—Hay carne asada para el menú de esta noche. ¿Quieres que te ponga un poco
de carne con salsa de champiñones? —sugirió Erik.
Dana Sue se relajó por fin y sonrió.
—¿Podré probar después la tarta?
—Sí, podrás probar la tarta —contestó Erik mientras le preparaba un plato.
Después de servírselo, la miró con curiosidad—. ¿Ha pasado algo esta tarde de lo
que quieras hablar?
Dana Sue probó la carne, retrasando el momento de responder.
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—Dios mío, está mejor que la mía. ¿Qué le has puesto?
Erik señaló hacia el otro extremo de la cocina.
—Pregúntaselo a Karen. La ha hecho ella.
—¿La has hecho tú? Es increíble.
—Sólo he cambiado un poco la receta. Espero que no te importe.
—¿Importarme? ¿Bromeas? Me temo que después de esta noche los clientes
exigirán que este plato forme parte de la carta.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Karen.
—Claro que lo digo en serio. Y si tienes ideas para otros platos, no dudes en
decírmelo o en decírselo a Erik. Y puedes experimentar todo lo que quieras.
—Gracias —dijo Karen sonriente—. No quería invadir tu terreno.
—Somos un equipo. Es verdad que yo soy la propietaria del restaurante, pero
cualquier mejora en la comida, nos beneficia a todos. Quiero que el Sullivan's mejore
día a día su fama. No quiero dormirme en los laureles —se volvió hacia Erik, que
continuaba mirándola con atención.
Erik bajó la voz.
—Karen necesitaba oírtelo decir. Y ahora volvamos a lo que te he preguntado
antes. ¿Ha pasado algo esta tarde que te haya afectado de manera especial? ¿Annie
está bien?
—Sí, cada día mejor. Ya he tenido las primeras sesiones con la psicóloga y la
nutricionista. No han sido precisamente una fiesta, pero las dos dicen que creen que
Annie estará dispuesta a mejorar.
—Entonces, si no ha sido por Annie, tiene que haber sido otra cosa la que te ha
traído aquí intentando buscar consuelo en la comida.
—Erik, cuidarme y estar pendiente de mi estado de humor no forma parte de tu
trabajo.
—Sí, porque soy tu amigo —parecía herido—. Por lo menos eso es lo que el
bonito discurso que has pronunciado hace un minuto sugería.
A Dana Sue se le hizo un nudo en el estómago.
—No he comido esa maldita tarta. ¿de acuerdo? No se qué más quieres.
—Una explicación —respondió con calma—. ¿Tiene esto algo que ver con el
beso que te ha plantado tu ex marido delante del hospital?
Dana Sue sintió que palidecía.
—¿Cómo lo sabes?
—Grace Wharton había ido a visitar a Annie, y por lo visto os vio. Cinco
minutos después lo estaba contando en su cafetería.
—¿Tú estabas allí?
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—No, estaba Karen.
Dana Sue enterró el rostro entre las manos.
—Odio todo esto. Lo odio. Ojalá viviera en una gran ciudad en la que nadie
supiera nada de mí.
—No lo soportarías —vaticinó Erik—. Entonces, ¿quieres que hablemos de ese
beso o no?
—No.
—De acuerdo, pero si te afecta tanto como para querer un pedazo de tarta y
helado, es posible que no quieras que se repita a menudo.
—En eso tienes toda la razón. No voy a volver a permitir que Ronnie esté a
menos de cien metros de mí.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, definitivamente.
—En ese caso, a lo mejor deberías considerar la posibilidad de ponerlo por
escrito —sugirió, y señaló tras ella.
Dana Sue dio media vuelta y se descubrió mirando el rostro de su ex marido.
—¿Estabas hablando de mí? —preguntó Ronnie divertido.
—Vete —le ordenó—. Pensaba que habías ido a descansar un rato.
—Ya he dormido todo lo que necesitaba. Además, en cuanto me he metido en la
cama, en el hostal Serenity, me he acordado de la última vez que dormí allí, la noche
de mi graduación, hace veintidós años.
—¿Has alquilado la misma habitación? ¿La habitación en la que…? —miró a
Erik y a Karen y suspiró pesadamente—. Quiero un pedazo de tarta, ahora.
En aquella ocasión, Erik no discutió, pero prescindió del helado de crema.
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Capítulo 10
La primera comida de Annie fue una auténtica tortura. La enfermera le llevó
una bandeja con lo que a ella le pareció una montaña de comida, aunque en realidad
sólo era una minúscula ensalada, un paquete de galletas y un vaso con un líquido de
color naranja.
—Esto te ayudará a mantener el nivel de los electrolitos.
Annie no tenía la menor idea de qué eran los electrolitos, pero la bebida le
pareció repugnante.
—¿Tengo que bebérmelo? —preguntó, mirándola con repugnancia.
—Es lo que dice en tu informe. Lacy está punto de venir a acompañarte.
Genial, pensó Annie. Evidentemente, en aquel lugar nadie confiaba en que
fuera a meterse ni un bocado de comida en la boca.
Como tampoco la enfermera parecía dispuesta a irse a ninguna parte, Annie
hizo el gran esfuerzo de aliñar la ensalada y mezclar los ingredientes. Después abrió
el paquete de galletas y le quitó la tapa a la bebida. Cuando ya no había nada más
que hacer, salvo comer, intentó obligarse a agarrar el tenedor, a pinchar un poco de
ensalada y a llevárselo a la boca. Pero el olor del aceite y el vinagre le provocó
náuseas.
—Voy a vomitar —dijo, dejando el tenedor y apartando la bandeja.
Dos segundos después, la enfermera estaba a su lado, sosteniendo una bolsa
por miedo a que Annie cumpliera su amenaza. Naturalmente, aquél fue el momento
que eligió Lacy para entrar en el dormitorio.
—¿Cómo van las cosas por aquí? —preguntó, y se colocó al lado de la
enfermera—. Gracias, Brook, yo me ocuparé de ella.
Cuando la enfermera se fue, Lacy se sentó a su lado en la cama.
—¿Sabes? Conmigo esto no te va a funcionar.
Annie frunció el ceño.
—¿El qué?
—Fingir que la comida te hace vomitar.
—Pues es verdad —respondió Annie indignada—. El aliño de la ensalada no
tiene nada que ver con el que prepara mi madre. Huele fatal.
—¿Quieres que le pida a tu madre que te traiga mañana la comida?
A Annie se le llenaron los ojos de lágrimas al comprender que Lacy iba a
tratarla con la dureza que le había prometido.
—Lo que sea.
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—Tienes treinta minutos para comer —dijo Lacy—. Como ésta es tu primera
comida, empezaremos a contar a partir de ahora, y no desde el momento en el que te
han traído la bandeja.
Annie la miró con expresión de pánico.
—¿Vas a cronometrarme? ¿De verdad quieres que me coma todo esto en media
hora?
—Esas son las reglas —señaló el reloj—. Empezamos a partir de ahora.
—Pero…
A Annie no se le ocurría un solo argumento para convencerle. Así que se llevó
un pedazo de lechuga a la boca y lo masticó todo lo que pudo, esperando que en
algún momento Lacy desviara la mirada para poder escupirlo en una servilleta.
Cuando comprendió que eso no iba a ocurrir, tragó haciendo arcadas.
—No creo que pueda comer nada más —susurró.
—Claro que puedes —respondió Lacy—. Inténtalo con las galletas o la bebida.
—La bebida tiene un aspecto asqueroso.
—Pero sabe muy bien. Vamos, pruébala.
Annie bebió un sorbo diminuto que también estuvo a punto de provocarle
náuseas.
—Muy bien —dijo Lacy, como si no hubiera estado a punto de morir
atragantada—. Ahora, la galleta.
Y así, poco a poco, bocado a bocado y sorbo a sorbo, continuaron hasta que
pasó la media hora. Annie miró entonces la bandeja y vio que sólo había podido
comer la mitad de la ensalada y media galleta. Miró a Lacy, esperando verla
desilusionada, pero la nutricionista le sonrió.
—No está mal para ser la primera vez. Ahora tómate ese complemento que
sustituirá a la comida que no te has terminado.
Annie sintió que los ojos volvían a llenársele de lágrimas.
—¿Tengo que bebérmelo todo? No puedo.
—No tienes que tomártelo todo. Sólo un par de centímetros. Puedes bebértelos
en un par de tragos. Y recuerda lo que te he dicho, es como una medicina. Bébelo y
no tendrás que tomar nada más hasta la hora de la merienda.
—¿Más comida? —protestó Annie, recostándose en la almohada.
Jamás habría imaginado que comer pudiera ser tan agotador.
—No será tan terrible —le prometió Lacy—. Sólo medio plátano. Y los plátanos
están en la lista que me diste.
Sólo porque se había visto obligada a escribir una lista para no dejar todas las
decisiones en manos de Lacy. Y por lo menos confeccionando la lista había tenido la
sensación de que no había perdido del todo el control sobre su vida.
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—No estarás conmigo mientras me lo como, ¿verdad? —le preguntó
esperanzada.
—No, pero habrá otra persona.
—Ah, así que nadie confía en mí, ¿verdad?
—¿Deberíamos?
—Supongo que no —reconoció a regañadientes. Porque tanto ella como Lacy
sabían que en cuanto tuviera una oportunidad, correría al cuarto de baño a vomitar.
Ronnie estaba impresionado con el Sullivan. El restaurante era acogedor y
elegante sin pretensiones, y a juzgar por la carta que figuraba en la entrada, tenía una
diversidad de menus que podía satisfacer los gustos del cliente más exigente. Por
supuesto, él estaba tan harto de la comida de la cafetería del hospital que, en
comparación, cualquier cosa le habría parecido digna de un gourmet.
—¿Vas a darme de comer o voy a tener que suplicártelo? —preguntó mientras
Dana Sue se metía un pedazo de tarta en la boca que le hizo la boca agua.
—Todavía no hemos abierto —respondió ella malhumorada mientras partía
otro trozo de tarta con el tenedor.
—¿Ni siquiera para la familia?
—Tú no eres de la familia.
—Soy el padre de tu hija y el mejor marido que has tenido nunca.
—Eres el único marido que he tenido, lo cual es una verdadera pena.
Después de un silencio interminable durante el que Ronnie no se movió de su
lado, Dana Sue por fin le miró a los ojos.
—No piensas marcharte, ¿verdad?
—No, hasta que no me des de comer —respondió alegremente, ignorando las
miradas que le dirigía la mujer que estaba en la cocina.
Estaba tan preocupado por la postura tensa de aquel tipo que estaba tan
condenadamente cerca de Dana Sue que no podía dejar de preguntarse si entre ellos
habría algo más que una relación de trabajo.
—Muy bien —Dana Sue bajó de su taburete y pasó por delante de él—. Ponedle
la carne asada —gritó por encima del hombro—. Para llevar. Esperaremos fuera.
Ronnie sonrió.
—¿Crees que tu restaurante perderá clase si me das de comer aquí?
—No, pero creo que alimentará los rumores y, francamente, es lo último que
necesito. Además, tenemos que ir al hospital. Se supone que Annie es tu prioridad,
¿no?
El desafío que reflejaba su expresión era inconfundible.
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—Por supuesto —dijo—. He llamado para ver cómo estaba justo antes de venir
hacia aquí. La enfermera me ha dicho que ha terminado su primera comida,
supervisada por la nutricionista, y que podremos verla a las seis y media —miró el
reloj—. Todavía falta una hora.
—Pues yo quiero volver al hospital —dijo Dana Sue con cabezonería.
—Pues vamos —respondió Ronnie divertido—. ¿Quieres ir en tu coche o
prefieres que le lleve yo?
Dana Sue comprendió que era absurdo que los dos condujeran cuando estaban
a menos de dos kilómetros del hospital.
—Conduciré yo —dijo por fin—. Así podrás comer en el coche.
—Todavía te gusta controlarlo todo, ¿verdad, cariño?
Dana Sue se encogió de hombros.
—Y más que antes. La última vez que confié el control de una situación a
alguien, salí escaldada.
—¿No crees que a estas alturas ya deberías haberlo superado?
Dana Sue le dirigió una mirada con la que podría haber taladrado un bloque de
acero.
—Sólo para tu información, Ronnie, las mujeres nunca superan ese tipo de
cosas.
—Lo tendré en cuenta —cuando Erik volvió de la cocina y le tendió la caja con
la comida, Ronnie le preguntó—: ¿Cuánto es?
—Esta vez invita la casa —respondió Dana Sue—. Y ahora, vámonos.
—¿Antes de que me presentes a tu amigo?
En realidad, ya sabía que se llamaba Erik. Annie le había descrito a aquel
hombre que al parecer era un dechado de virtudes y, además, le había visto también
en el hospital.
—Oh, él sabe perfectamente quién eres. Supongo que los rumores han sido
bastante específicos en tu descripción —miró a Erik, buscando la confirmación a sus
palabras.
Erik asintió y le dirigió a Ronnie una mirada cargada de compasión.
—Soy Erik Whitney, el chef encargado de los postres y el segundo a cargo de la
cocina.
—Encantado de conocerte —dijo Ronnie, alegrandose de que la presentación no
hubiera sugerido una relación más personal.
—También soy su amigo —añadió Erik con toda intención—. Nos cuidamos el
uno al otro.
Ronnie asintió.
—Me alegro de saberlo. Yo espero poder cuidar de ella.
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—¿Habéis terminado ya de marcar el territorio? —preguntó Dana Sue con
ironía—. Tenemos que irnos.
Erik se echó a reír y Ronnie rió con él.
—A lo mejor podemos comparar las notas en otro momento —dijo Ronnie.
—Ni se os ocurra —respondió Dana Sue malhumorada—, si queréis seguir
vivos.
Erik se encogió de hombros.
—Ella es la jefa.
—Siempre lo ha sido —respondió Ronnie.
Una vez en el coche, la miró a los ojos.
—Debe de ser muy agradable tener a alguien que te proteja. ¿Sabes? Creo que
ese chico está medio enamorado de ti.
—Claro que no —respondió Dana Sue en tono de incredulidad—. Es un amigo
y trabaja para mí. No es bueno tener relaciones con un empleado.
—Eso no detiene a muchas mujeres.
—Bueno, pues a mí me detendría.
Ronnie disimuló una sonrisa.
—Otra cosa que es bueno saber.
Imaginaba que había hecho un progreso importante a la hora de descubrir las
rutinas de Dana Sue, de enterarse de quiénes eran sus amigos, además de Maddie y
Helen, por supuesto. A ese paso, no tardaría mucho en decidir de qué manera podría
volver a encajar en su vida.
Una vez en el hospital, Dana Sue se adelantó a Ronnie en el pasillo, decidida a
llegar a la habitación de Annie antes que él. Sabía que era ridículo ser tan competitiva
en algo así, pero desde que Ronnie había anunciado su intención de quedarse en
Serenity, le resultaba casi inevitable competir con él. No quería que Ronnie se le
adelantara en nada.
Cuando abrió la puerta de la habitación de Annie y vio la cama vacía, soltó una
exclamación desesperada. Dio media vuelta y agarró a Ronnie del brazo.
—¡Se ha ido!
—¿Cómo que se ha ido?
—Mira, no está en la cama. La habitación está vacía. Ronnie, si le ha pasado
algo mientras tú y yo estábamos fuera, no me lo perdonaré en mi vida.
Ronnie retrocedió, la agarró por los hombros y la miró directamente a los ojos.
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—Tranquilízate, Dana Sue. Annie estaba perfectamente cuando he hablado con
la enfermera hace menos de una hora. Estoy seguro de que tiene que haber alguna
explicación lógica. Déjame ir a hablar con la enfermera.
—Voy contigo —dijo Dana Sue, pisándole los talones.
Si había malas noticias, quería que las oyeran juntos. No quería que Ronnie le
filtrara ninguna información relacionada con su hija.
Tras el escritorio, había una enfermera rubia con los labios pintados de rojo.
Ronnie le dirigió una de sus encantadoras sonrisas en un obvio intento de ganársela.
¿Pero es que aquel hombre tenía que coquetear con todas las mujeres que se
cruzaban en su camino?, se preguntó Dana Sue furiosa.
—¿Dónde está nuestra hija? —preguntó antes de que Ronnie pudiera decir
nada.
La enfermera, Brook, por lo que decía su tarjeta, les sonrió.
—Buenas noticias —les aseguró—. El cardiólogo ha venido hace un momento y
ha decidido que podíamos trasladarla a una habitación normal —miró el papel que
tenía encima de la mesa—. Está en la segunda planta, en la habitación doscientos
seis.
Dana Sue suspiró aliviada.
—Gracias a Dios.
Ronnie le pasó el brazo por los hombros.
—¿Ves? No ha pasado nada. Ahora, vamos a ver a nuestra hija.
Durante varios segundos, Dana Sue se permitió absorber la fuerza de su abrazo.
Después, se apartó de él.
—Ve tú. Yo quiero llamar a Helen y a Maddie para decirles que nos busquen en
el piso de abajo cuando vengan.
—Como quieras —respondió Ronnie sin ocultar su desilusión.
Dana Sue le observó alejarse hacia el ascensor y sólo cuando desapareció en su
interior, se permitió tomar aire y relajarse. Montó en uno de los ascensores y salió
después a la calle para hacer las llamadas. Ninguna de sus amigas estaba en casa, así
que les dejó un mensaje y decidió emplear unos minutos en relajarse antes de entrar
a ver a Annie.
Se sentó en un banco, al lado de una fuente y dejó que el sonido del agua la
tranquilizara. El susurro de las hojas de las palmeras añadía su propia música a aquel
ambiente relajante. Y fue allí donde la encontró Helen cuando llegó minutos después.
—¿Va todo bien? —su amiga se sentó a su lado en el banco.
—Acabo de dejarte un mensaje. Han bajado a Annie a una habitación normal.
—Eso es magnífico —dijo Helen. Pero como vio que Dana Sue no respondía, se
volvió hacia ella—. Es una buena noticia ¿no?
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—Algo me dice que todavía falta mucho tiempo para que podamos decir que
tenemos una buena noticia.
—¿Te refieres a Annie o estamos hablando de Ronnie?
A Dana Sue se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Me refiero a todo —musitó.
—Eh, tranquila —la consoló Helen—. Annie se pondrá bien. Tienes que
concentrarte en eso. Todo lo demás ya irá encajando poco a poco en su lugar.
—Sí, seguro —respondió Dana Sue con escepticismo—. Eso implica que mi ex
marido volverá también al lugar que le pertenece.
Helen hizo una mueca.
—Me lo temía. Si quieres, puedo dar algunos pasos para limitar tu contacto con
él. Y si quieres, puedo conseguir también que no vea mucho a Annie.
—¿Y que Annie me odie durante el resto de su vida? —respondió Dana Sue—.
Olvídalo. Lo que tengo que hacer es encontrar la manera de asumir todo esto.
—Podría hablar con él y decirle que está empeorando las cosas. Podría
convencerle de que reconsidere su plan, por lo menos cuando la crisis haya pasado.
—El problema seguiría siendo el mismo. Annie jamás nos perdonaría.
Helen parecía decepcionada; le habría gustado que le permitieran utilizar su
considerable capacidad de persuasión.
—Supongo que tienes razón —admitió por fin—. La verdad es que la última
vez que conseguí hacerle desaparecer de la vida de Annie, me salió el tiro por la
culata —observó atentamente a su amiga—. Entonces, ¿qué piensas hacer?
—Ojalá lo supiera. A lo mejor lo único que necesito es dejar de obsesionarme
con él.
—Sí, sería una manera de empezar. Y si cambias de opinión y quieres que
intente tomar alguna medida legal, lo único que tienes que hacer es decírmelo.
Dana Sue sonrió llorosa.
—Gracias. Pero ahora no hablemos más de Ronnie. Cuéntame cómo va tu plan.
¿Estás haciendo ejercicio? ¿Ya has puesto tus objetivos por escrito y se los has
enseñado al doctor Marshall?
—No exactamente —contestó Helen sonrojada.
—¡Helen! El doctor Marshall debe de estar furioso. ¿Te ha mandado algún
medicamento?
—Eh, no —contestó Helen sin mirarla a los ojos.
—Así que has cancelado tu próxima cita, ¿verdad? —aventuró Dana Sue.
Helen la miró con expresión de culpabilidad y asintió.
—¿Es que te has vuelto loca? Esto es muy importante. No puedes seguir
ignorando el problema. ¿Te has tomado por lo menos un día de descanso?
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—Esta semana ha sido imposible. Todo el tiempo que no he pasado en los
juzgados o en el despacho, lo he pasado en el hospital.
—Muy bien —dijo Dana Sue con fiereza—. Mañana por la mañana quiero que
nos veamos todas en el gimnasio a las ocho. Y si quieres, incluso yo pasaré veinte
minutos en esa ridícula cinta corredora, ¿de acuerdo?
Helen la miró con evidente desgana, pero asintió.
—De acuerdo.
—Después pondremos en común nuestros objetivos. Maddie puede pasarlos
después a ordenador para que todas tengamos una copia. Eso nos motivará a todas.
Y creo que incluso deberías incluir alguna penalización por si alguna comienza a
fallar.
—¿No crees que la gran recompensa es suficiente motivación? —bromeó
Helen—. Yo pensaba que querías de verdad ese descapotable.
—Y lo quiero, pero ésa es una recompensa a largo plazo. Tengo la sensación de
que vamos a necesitar que nos pinchen un poco. Si la persona más obsesiva que
conozco no es capaz de mantener un régimen durante más de dos días, es que
estamos todas condenadas al fracaso.
—Puedo seguir el régimen que yo quiera —le informó Helen.
—Entonces es evidente que esto no quieres hacerlo.
—¿Y tú? —preguntó Helen.
Dana Sue la miró a los ojos y suspiró.
—No especialmente, si quieres que sea completamente sincera. Pero hay una
gran diferencia entre no querer hacer algo y saber que lo tienes que hacer.
—Lo mismo digo. Pero, sinceramente, pensé que el desafío me serviría para
llevar mi plan adelante.
—Pero justo entonces Annie cayó enferma. No tenemos que dejar que nada
interfiera en nuestros planes, ¿de acuerdo? Tú no puedes utilizar el trabajo como
excusa y yo no puedo utilizar a Annie.
—Tienes razón —asintió Helen—. Ahora, vamos a ver a Annie.
—Está Ronnie con ella.
—Entonces vamos a echarle de allí. Esto puede ser divertido.
Dana Sue se echó a reír a pesar de sí misma.
—Tienes un extraño sentido del humor.
—No me digas que la idea no te resulta atractiva —la desafió Helen.
—Sí, claro que sí. Un poco. Pero…
—¿Pero?
—¿Cómo va a volver al hotel? Le he traído en coche hasta aquí.
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—Mejor todavía. Le sentará bien dar un paseo. Es posible que el ejercicio le
haga replantearse su decisión de quedarse a vivir en Serenity.
—O a lo mejor se enfada y comienza a planear una estrategia diabólica para
vengarse de ti —dijo Dana Sue.
—No te preocupes. Ningún hombre ha sido capaz de acabar con las Dulces
Magnolias —dijo Helen confiada.
—Bueno, eso es verdad —pero no significaba que su marido no pudiera
intentarlo.
A pesar de lo mucho que le había costado comer, Annie se sentía mucho mejor
que desde hacía meses. Su padre estaba a su lado y Sarah y Raylene habían ido a
verla en cuanto se habían enterado de que ya podía recibir visitas y le habían dicho
que también Ty quería pasarse por allí. Iría con su madre después de comer. Annie
no estaba segura de si le apetecía que estuviera allí, pero se recordó que durante
aquellos años, la había visto en las más embarazosas circunstancias y, aun así,
continuaba siendo su amigo.
Sus amigas le pusieron al tanto de los últimos chismes del colegio, pero
ninguno de ellos le parecía importante en aquel momento. Una semana atrás, habría
estado deseando oír cada palabra, estaba convencida de que su vida dependía de
estar al tanto de todo lo que allí ocurría. Pero en el hospital se había dado cuenta de
las cosas que realmente importaban en la vida. Y se sentía cien años mayor que sus
dos mejores amigas.
—¿Nos estás oyendo? —preguntó Sarah—. Parece que estás a miles de
kilómetros de distancia.
—Sí, os estoy oyendo. Por lo menos parte de lo que habéis dicho.
—¿Estás cansada? ¿Quieres que nos vayamos? —quiso saber Raylene.
—Sí, estoy un poco cansada —admitió. Era preferible a decirles que estaba
aburrida de oír aquellas tonterías—. Pero volveréis mañana, ¿de acuerdo?
—Sí, en cuanto salgamos del instituto —le prometió Sarah—. Mi madre me ha
dicho que nos traerá siempre que queramos.
—La mía también —añadió Raylene.
Estaban casi en la puerta cuando Sarah corrió de nuevo hasta la cama y le dio a
Annie un enorme abrazo.
—Nos has dado un susto de muerte —le dijo, casi enfadada—. No se te ocurra
volver a hacernos nada parecido, ¿me oyes?
—No lo he hecho a propósito —le aseguró Annie.
—Pero la señora Franklin nos ha explicado en educación física que los
trastornos alimenticios no desaparecen de un día para otro —la miró preocupada—.
Eres tú la que tienes que querer cambiar.
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Annie se sonrojó avergonzada. Al parecer, estaba convirtiéndose en una especie
de ejemplo para el alumnado del instituto.
—¿La señora Franklin ha hablado de mí en clase?
—No dijo tu nombre —le aclaró rápidamente Raylene—, pero todo el mundo
sabía que estaba hablando de ti.
—Y lo único que sé es que, si no te veo comer cada vez que se supone que tienes
que hacerlo, se lo diré a tus padres. Y no me importará que me odies —le advirtió
Sarah.
—Y yo también —le advirtió Raylene.
Cuando se fueron, Annie cerró los ojos avergonzada. Hasta entonces no había
sido consciente de las repercusiones que su actitud podía tener en sus amigas.
—¿Estás bien, pequeña? —le preguntó su padre.
—Sí, claro.
—Tienes muy buenas amigas.
—Lo sé. Y supongo que las puse en una situación muy difícil, ¿verdad?
—Desde luego, les diste un buen susto, eso es indiscutible.
—Pero es algo más que eso. Sarah sabía lo que estaba pasando, aunque yo no
quisiera admitirlo. Intentó hablar conmigo, pero yo no la hacía caso. Y con mamá fue
igual.
—No creo que ninguna de ellas te deje ignorarlas otra vez.
—Me sorprende que Sarah quiera seguir siendo mi amiga.
—¿Por qué no iba a querer serlo?
—Porque lo he estropeado todo —contestó Annie, atragantada por los sollozos.
—Tú no has estropeado nada —repuso su padre, sentándose al borde de la
cama para abrazarla—. Lo único que has hecho ha sido cometer un error. Un error
muy grave, pero que se puede arreglar.
—No sé si podré —musitó Annie con el rostro enterrado en el hombro de su
padre.
—Claro que sí. Te ayudaremos tu madre y yo, y la doctora McDaniels, y
también la nutricionista.
Annie sabía que era inútil quejarse de la nutricionista, pero por lo menos podía
intentar deshacerse de la psicóloga.
—No quiero ver a la psicóloga.
—No puedes prescindir de ella. Esto no puedes solucionarlo tú sola.
—Pero mamá y tú…
—Nosotros no sabemos lo que tenemos que hacer. Necesitamos la ayuda de los
expertos. Estamos juntos en esto, Annie, y no tendrás que pasar por ello sola.
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—Pero yo soy la que está enferma. Soy la única que puede solucionarlo, y no
creo que pueda.
Su padre la agarró por los hombros y le hizo mirarle a los ojos.
—Sí, claro que puedes —repitió—. Eres una chica inteligente, Annie. Puedes
hacer todo lo que te propongas. No te vas a curar de la noche a la mañana, pero te
curarás. Poco a poco, irás cambiando y volverás a ser tú misma.
—Tengo que contarte algo —susurró, movida por la culpa—. Anoche no quería
comerme la comida que me llevaron a la otra habitación. Y cuando me la comí,
estaba deseando vomitarla —sollozó al ver la expresión desconcertada de su padre—
. Lo siento.
Ronnie volvió a abrazarla.
—No pasa nada, pequeña. La cuestión es que no vomitaste, ¿verdad?
—Sólo porque estaba Lacy mirándome. Si tengo oportunidad de hacerlo,
seguramente lo haré —admitió resignada.
—Y ésa es la razón por la que necesitas que te apoyemos todos. Cada vez será
más fácil, Annie, le lo prometo.
Annie quería creerle. Lo deseaba con todas sus fuerzas. Pero estaba tan
asustada que lo único que le apetecía en aquel momento era salir corriendo y
esconderse en alguna parte. Tenía miedo de que continuaran dándole de comer y le
hicieran terminar como una vaca. Y de que la comida le gustara tanto que no fuera
capaz de dejar de comer. La mera idea le bastaba para provocarle náuseas.
Su padre la soltó y Annie se sintió como el día que se había ido de Serenity,
abandonada, a pesar de que todavía estaba allí.
—Te diré una cosa —propuso Ronnie—. Creo que tu madre tiene un estuche de
maquillaje en el bolso. ¿Por qué no intento localizarla y así puedes maquillarte antes
de que venga Ty?
A pesar de que no quería separarse de su padre ni un solo instante. Annie
asintió.
—Claro.
Ronnie le dio un beso en la frente.
—Enseguida vuelvo.
Y salió corriendo como si estuviera deseando escapar de allí.
Cuando la puerta se cerró tras él, a Annie le pareció oírle llorar, y aquello le
asustó más que todo lo que había pasado hasta entonces. Su padre era el hombre más
fuerte que conocía. Si él tenía miedo, entonces era que la situación era grave, más
grave incluso de lo que ella pensaba.
—Lo siento, papá —susurró—. Me curaré, te lo juro. Pero, por favor, no vuelvas
a dejarme.
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Capítulo 11
Annie estaba de buen humor cuando Ronnie la había dejado en el hospital la
noche anterior. Tenía las mejillas sonrosadas mientras hablaba con Ty e incluso rió
un par de veces, haciéndole evocar a la adolescente feliz, y despreocupada que él
recordaba de antes de su divorcio. Verla así había sido un auténtico alivio. Por fin
había empezado a creer que estaban avanzando, no sólo físicamente, sino también
desde una perspectiva emocional.
Aquella mejoría le había impulsado a dedicar la mañana a regresar a Beaufort.
Tenía que renunciar a su trabajo y recoger las cosas que tenía todavía en el hotel. No
tardaría mucho. Aunque a su jefe le gustaba como trabajador, porque era un hombre
en el que se podía confiar y tenía experiencia, sabía que había muchos otros que
podían sustituirle. Ronnie no creía que hubiera muchos problemas con su marcha,
sobre todo después de haberle explicado a su jefe que quería estar cerca de su hija
hasta que se recuperara.
—¿Vas a buscar el mismo tipo de trabajo en Serenity? —le preguntó Butch
Thompson—. Porque he oído decir que van a construir varias urbanizaciones por esa
zona. Podría hacer algunas llamadas para conseguirte trabajo.
—Gracias por el ofrecimiento, Butch, pero creo que buscaré otra cosa. Estoy
cansado de subir escaleras y caminar por encima de tejados.
—¿Sabes hacer alguna otra cosa? —preguntó Butch con expresión escéptica—.
No me gusta ver que te alejas del mundo de la construcción. Después de todas las
conversaciones que hemos tenido, pensaba que este trabajo te gustaba tanto como a
mí.
—Y me gusta —admitió Ronnie—, pero tengo una idea que me permitiría
combinarlo con otro negocio —vaciló un instante, pero al final decidió contárselo.
Aquel hombre había conseguido levantar la constructora Thompson &
Thompson con sus propias manos. Quizá pudiera darle algún consejo.
—Si tienes unos minutos, me gustaría comentarte la idea.
Butch miró el reloj.
—Es la hora del almuerzo. ¿Pagas tú?
Ronnie sonrió.
—Será un pequeño precio a pagar si consigo tu consejo a cambio.
—Eso dependerá de lo que pida —contestó Butch de buen humor.
Fueron a un restaurante que estaba a un kilómetro y medio de la obra, donde
servían unos buenos filetes acompañados de aros de cebolla y patatas fritas. Después
de haber pedido la comida y de que la camarera les sirviera sendos vasos de té frío,
Butch se reclinó en su asiento y le miró.
—De acuerdo, dispara. Pareces a punto de estallar. ¿Qué locura se te ha
ocurrido?
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Ronnie intentó organizar las ideas que le rondaban por la cabeza desde que
había regresado a Serenity. El ver locales vacíos del centro del pueblo que en otro
tiempo habían albergado negocios boyantes le había entristecido. La tienda de
golosinas en la que Dana Sue compraba de niña sus dulces había cerrado, al igual
que la tienda en la que su madre le compraba la mayor parte de la ropa. La barbería
en la que los hombres solían reunirse los domingos por la mañana, estaba cerrada
desde el mismo día que su propietario había muerto.
Sólo la cafetería de los Wharton continuaba abierta, y únicamente porque Grace
y su marido eran demasiado cabezotas para cerrar su negocio. Desde que habían
abierto un centro comercial que estaba a una hora del pueblo, las tiendas habían ido
cerrando una a una. La calle principal había dejado de ser el centro bullicioso de su
adolescencia. Y Ronnie creía haber encontrado la manera de cambiar la situación.
—Muy bien, esto es lo que he estado pensando: quiero abrir una ferretería en
Serenity.
Butch se le quedó mirando como si acabara de anunciarle que pretendía abrir
un club de striptease.
—Pero escúchame —añadió antes de que Butch pudiera mostrar su desprecio
por aquella idea—, no será una ferretería cualquiera. Sé que no se pueden sacar
muchos beneficios vendiendo destornilladores y martillos en una población de cinco
mil habitantes. Y probablemente sea ésa la razón por la que desapareció la antigua
ferretería.
—¿Entonces por qué se te ha ocurrido esa idea?
—Porque, como tú mismo has dicho antes, hay muchas construcciones en
proyecto en esa zona y la idea consistiría en venderles los materiales. Si puedo
proporcionarles un buen servicio a sus fontaneros o a los encargados de aislar las
paredes y no tienen que salir de Serenity para comprar los materiales, ¿no crees que
preferirían comprarme a mí? Muchas de las urbanizaclones que se van a construir
estarán situadas en la zona oeste de Serenity y el centro comercial está hacia el este.
Así que les pillaría de camino.
ojos.
El escepticismo de Butch desapareció. Se inclinó hacia delante y le miró a los
—¿Crees que podrías ofrecer precios competitivos?
—Sí, si consigo un volumen de pedidos suficientemente grande. La cuestión es
que, como tú has dicho, conozco el negocio de la construcción. Puedo anticiparme a
lo que van a necesitar e ir a verles después de vez en cuando.
—En otras palabras, pretendes ofrecer un servicio personalizado —dijo Butch
lentamente—. Algo que se echa de menos en el sector.
—Exactamente. Bueno, ¿que te parece? ¿Tú trabajarías con una empresa
pequeña, teniendo en cuenta que ésta pueda atender todas tus demandas?
—Por supuesto que sí —respondió Butch sin vacilar—. Aunque me costara un
poco más, estoy seguro de que me ahorraría tiempo y problemas, y me gusta la idea
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de apoyar los comercios locales, para variar. Pero al principio te costará dinero. ¿Has
elaborado ya el proyecto?
Ronnie negó con la cabeza.
—No, le he estado dando vueltas a la idea desde que regresé a Serenity y me di
cuenta de que habían cerrado la antigua ferretería. Todavía tengo que pasarla a papel
y ver cuánto cuesta comprar un local en el centro del pueblo. Muchos de ellos están
vacíos, así que no creo que el precio sea muy alto. Tengo que ver también qué tipo de
préstamo me concederían. Dispongo de algunos ahorros, pero no son suficientes
como para montar un negocio. Soy consciente de que hay mil cosas en las que
todavía no he pensado, pero tengo la sensación de estar planeando algo bueno,
¿sabes lo que quiero decir? No se trata sólo de montar un negocio, sino que también
estaría haciendo algo bueno para la ciudad.
—Y para impresionar a tu ex esposa, supongo —dijo Butch pensativo.
—Supongo que sí. Así le demostraría a Dana Sue que no voy a marcharme.
—Esto no lo haces sólo por tu hija, ¿verdad? Quieres recuperar a tu familia.
—Siempre lo he querido.
—Bueno, en ese caso, llámame cuando tengas tu plan por escrito y volveremos
hablar.
—El impulso que acabas de darme ha sido más que suficiente —dijo Ronnie,
más agradecido de lo que podía expresar con palabras—. No quiero quitarte más
tiempo.
—Olvídate del tiempo —replicó Butch, haciendo un gesto con la mano—. Si los
números cuadran, a lo mejor hasta te propongo convertirme en tu socio.
Ronnie se quedó sin habla.
—Estás de broma.
—Muchacho, ¿no sabes que yo nunca bromeo cuando hablo de dinero?
Distingo una buena inversión en cuanto la veo. Además, me gustas. Has sido un
buen empleado, lo suficiente como para saber que eres un tipo que vale mucho más
de lo que le he pagado por tu trabajo. Eres un hombre inteligente, también. Me
gustaría haber podido contratarte como capataz pero ya tenía a otros trabajadores
ocupando ese puesto. Además de todo eso, eres un hombre decente que cometió un
error estúpido que no volverás a repetir. Si tuviera un hijo en vez de tantas hijas, me
gustaría que hubiera sido como tú.
Ronnie sonrió. Dudaba que a la hija mayor de Butch le hubiera gustado lo que
estaba insinuando su padre. Para Ronnie, Terry Thompson sabía tanto del negocio de
la construcción como su padre.
—¿Y cómo se va a sentir Terry si tomas una decisión de este calibre sin
consultarle?
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—Esto no es asunto suyo. Esto es una cosa entre tú y yo. Seré un socio
silencioso. Tú te ocuparas de hacer el proyecto y de ejecutarlo. Lo único que quiero es
recuperar la inversión.
—Sinceramente, no sé qué decir —apenas se atrevía a creer que aquella
conversación hubiera terminado tan bien.
Butch cortó un pedazo de carne, se la llevó a la boca y señaló el plato.
—Con esto tengo suficiente como agradecimiento. Es la primera vez desde hace
semanas que como decentemente.
—En ese caso, deberías venir a Serenity a comer en el restaurante de mi ex
esposa —le invitó Ronnie.
A Butch se le iluminó la mirada.
—Espera un momento, no estarás hablando del Sullivan's, ¿verdad? ¿Ese es el
restaurante de tu ex esposa?
Ronnie asintió con orgullo.
—¿Has oído hablar de él?
—No sólo he oído hablar de él, sino que he leído algo sobre él. En el periódico
de Charleston, si no me equivoco. Decían algo así como que ofrecía comida
tradicional de Carolina del Sur con algunas innovaciones. Y siempre y cuando
ninguna de esas innovaciones tenga que ver con la soja, cuenta conmigo. Iremos allí
para celebrar que somos socios.
—¿Y piensas llevar a tu esposa?
—Claro que sí, para ver si se olvida de esa obsesión por la comida sana. A Jessie
antes le gustaba la comida decente. Era la mejor cocinera que conocía. Sus bizcochos
se derretían en la boca y su pollo frito era inmejorable. De hecho, ésa fue una de las
razones por las que me casé con ella. A lo mejor, disfrutando de una buena comida,
se da cuenta de lo que se está perdiendo.
—¿Quieres que le regale un bono para la otra aventura empresarial de Dana
Sue? Es un gimnasio, un spa, le llaman, y un centro de relajación. He oído decir que
dan muy buenos masajes.
—Siempre me he preguntado cómo serían esos sitios.
Ronnie se echó a reír.
—Lo siento, pero no podrás averiguarlo. Es sólo para mujeres.
—Pues no me parece bien. En fin, pero si eso le hace feliz a Jessie, supongo que
no puedo quejarme. Ahora será mejor que vuelva al trabajo antes de que todo el
mundo pase el resto de la tarde protestando porque el jefe ha desaparecido.
—Nadie se queja delante de Terry —le recordó Ronnie.
Butch esbozó una sonrisa resplandeciente.
—Ha salido a su padre, ¿verdad?
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—Yo diría que sí, Butch. Bueno, vete ya si quieres. Yo pagaré la comida y
volveré después a Serenity.
—No tardes en llamarme, ¿de acuerdo? —le pidió Butch mientras se despedía
de él con un apretón de manos.
—De acuerdo.
Ronnie echó un vistazo a la cuenta, dejó cuarenta dólares en el mostrador y
bendijo su suerte. Aquélla era la mejor inversión en el futuro que había hecho en toda
su vida.
Dana Sue estaba sentada en una de las mesas del patio del gimnasio. El sol se
filtraba entre las hojas de un roble y una brisa fresca acariciaba el musgo. Los
altavoces emitían música clásica, una innovación que Maddie había incorporado
desde la última visita de Dana Sue.
ella.
—¿Qué te parece lo de la música? —preguntó Maddie cuando se reunió con
—Es relajante —dijo Dana Sue, aunque ella no sabía nada de música clásica.
Maddie asintió satisfecha.
—Sí, a mí también me lo parece. Y me alegro de que te guste. Y ahora, ¿puedes
decirme a qué se debe esa cara? Parece que hayas perdido a tu mejor amiga.
Por una vez, Dana Sue no se molestó en disimular su estado de ánimo.
Necesitaba apoyarse en alguien para no ceder al pánico.
—Antes de venir aquí, he recibido una llamada de la doctora McDaniels.
—Es la psicóloga de Annie, ¿verdad?
—Sí, se supone que sí. Pero cada vez que va a verla, Annie se inventa alguna
excusa para no hablar con ella. Lleva ya más de una semana intentándolo y no ha
progresado nada.
A Maddie no le sorprendió.
—Supongo que la idea de someterse a terapia le debe de asustar mucho a una
adolescente de dieciséis años. A esa edad, la mayoría de los adolescentes ni siquiera
quieren contarte si han hecho o no los deberes.
—Eso es lo que dice la psicóloga.
—¿Entonces por qué estás tan preocupada?
—Porque es la vida de Annie la que está en juego —replicó Dana Sue
frustrada—. Si no habla, no podremos comprender lo que le ocurre y, la próxima vez,
es posible que no tengamos tanta suerte. Sé que a la doctora McDaniels también le
preocupa, aunque no me lo diga. Anna tiene que comenzar a colaborar si quiere
curarse.
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—¿Y se lo has dicho?
—No.
—¿Por que demonios no se lo has dicho?
—Supongo que estaba intentando no presionarla, pero es evidente que me he
equivocado.
—A lo mejor el hospital no es el mejor lugar para que reciba el tratamiento. Es
posible que haya que ingresarla en otro tipo de centro.
Dana Sue frunció el ceño preocupada.
—No, creo que yo no sería capaz de soportarlo. Sobre todo estando Annie tan
vulnerable.
—¿Ni siquiera para salvarle la vida?
Dana Sue miró fijamente a su amiga.
—Dios mío, Maddie, ¿qué voy a hacer? Es evidente que necesita ayuda.
—¿Qué dice Ronnie?
—No hemos hablado de esto. He intentado llamarle después de hablar con la
psicóloga, pero no me ha contestado. Tampoco está en el hospital —dijo, y añadió—:
A lo mejor está desbordado y ha decidido marcharse otra vez.
—Sabes que no —Maddie frunció el ceño—. Aparecerá en algún momento y
tendréis que hablar de esto. Y, mientras tanto, aquí viene Helen, y con esa expresión
de que está decidida a sacar adelante una misión.
Dana Sue sonrió a pesar de sí misma.
—Es una pena que aquí no sirvamos nada más fuerte que el café.
—Tengo una botella de champán en mi despacho, pero descorcharla aquí sería
un mal ejemplo —dijo Maddie con expresión nostálgica.
—Siempre podemos encerrarnos en tu despacho y bebérnosla antes de que
pueda entrar Helen.
Al parecer, Helen había oído lo suficiente de aquella conversación como para
desaprobarlo.
—Nadie va a ir a beber a ninguna parte —les advirtió mientras se sentaba y
abría su maletín—. Muy bien, señoras, éste es el primer día del resto de nuestras
vidas. Así que pongámonos a trabajar. Diez objetivos en diez minutos. Comenzad a
escribir. No tenemos todo el día.
Dana Sue la miró con el ceño fruncido.
—Te sugiero que escribas en letras mayúsculas «DEJAR DE SER TAN MANDONA».
—No tiene ninguna gracia.
Dana Sue le guiñó el ojo a Maddie.
—¿Crees que pretendía ser graciosa?
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—Me temo que no —respondió Maddie.
—Muy bien, payasas, prometisteis que os tomaríais esto en serio. Necesitamos
marcarnos unos objetivos y trazar un plan.
—¿Has tenido oportunidad de cambiar tu cita con el doctor Marshall?
—Tengo que ir a verle mañana.
—Y eso explica por qué tienes tanto interés en dejarlo todo por escrito —
concluyó Maddie—. Supongo que tendrás un notario disponible para validar
nuestras firmas.
Helen se sonrojó.
—Pues la verdad es que Patty Markham tiene a su notario en el despacho. Me
ha dicho que estaría allí hasta las nueve menos cuarto, y ésa es otra de las razones
por las que tenemos que darnos prisa. Ya son las ocho y cuarto, así que adelante.
—Es un caso sin solución —le dijo Dana Sue a Maddie.
—Una mujer activa.
Helen las fulminó con la mirada.
—Y ésa es la razón por la que necesito esos objetivos más que vosotras. Así que
haced el favor de ayudarme en vez de reíros de mí.
Entre risas, se pusieron las dos a escribir. A los diez minutos exactos, Helen
miró el reloj y dijo:
—Tiempo. ¿Qué habéis escrito?
Dana Sue parpadeó. Bajó entonces la mirada hacia el papel que tenía delante y
sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Helen le tendió la mano
inmediatamente.
—¿Qué te pasa, cariño?
Dana Sue, incapaz de hablar, sacudió la cabeza. Maddie rodeó la mesa para
sentarse a su lado.
—Annie superará todo esto —le dijo con confianza—. Nos tiene a nosotras, y a
su padre, y a los médicos.
—¿Y si eso no fuera suficiente? —susurró Dana Sue, secándose con impaciencia
las mejillas.
—Será suficiente —le prometió Helen, apretándole la mano con calor.
Dana Sue sonrió entre lágrimas y rezó para que Helen tuviera razón.
Dos horas después, Dana Sue y Ronnie estaban en la consulta de la doctora
McDaniels.
—¿Tienes idea de a qué viene todo esto? —le preguntó Ronnie a su ex mujer.
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—Sí, me ha llamado esta mañana para decirme que Annie se niega a hablar.
Ronnie la miró asombrado.
—Yo creía que estaba mejor. Ayer por la noche incluso se rió. Parecía que volvía
a ser la de siempre.
—No hay ningún síntoma que demuestre que está mejor. Pero quiere que
nosotros creamos que está bien.
—Pues tendrá que seguir el programa —dijo Ronnie con calor.
—¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Vas a ir a su habitación a gritarle para conseguir
que te obedezca? —preguntó Dana Sue con sarcasmo—. Sí, seguro que así vas a
conseguir algo.
Ronnie la miró desconcertado.
—Yo no he dicho eso. Sé que regañándole no conseguiré nada. Pero es
frustrante, ¿sabes?
—Créeme, lo sé.
La doctora McDaniels llegó justo en aquel momento.
—Siento llegar tarde —dijo mientras abría la puerta de su despacho y les
invitaba a pasar—. Uno de mis pacientes ha sufrido una crisis.
Dana Sue estudió el rostro de la psicóloga y comprendió que estaba agotada.
¿Todos sus pacientes serían como Annie?, se preguntó. Porque tratar con problemas
de adolescentes debía de ser una tarea muy dura.
lado.
En vez de sentarse detrás de su mesa, la doctora sacó una silla y se sentó a su
—Bueno, pues ahora vamos a ver dónde nos encontramos. Dana Sue, después
de hablar contigo esta mañana, he ido a ver a Annie, pero tampoco he conseguido
nada. Se niega a contarme lo que le pasa, aunque es cierto que con Lacy colabora
más. También es verdad que Lacy le plantea objetivos muy específicos y la vigila
hasta que los consigue. Hacerle hablar es más difícil. Creo que lo que le pasa es que
tiene miedo de admitir lo que ha estado haciendo, porque en ese caso, tendría que
enfrentarse a ello y no se siente con fuerzas para hacerlo.
—En realidad, más o menos es eso lo que me dijo el otro día —le confirmó
Ronnie.
La doctora McDaniels le miró sorprendida.
—¿De verdad? Deberías habérmelo dicho.
Ronnie se removió incómodo en la silla.
—Lo siento, no se me ocurrió.
—En este momento, es importante todo lo que le pase a Annie por la cabeza.
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—En ese caso, supongo que hay algo que también te gustará saber. Me dijo que
querría haber vomitado la comida y que lo único que se lo impidió fue que Lacy la
estaba observando.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que eso podría ser importante? —preguntó
Dana Sue con incredulidad.
—Sinceramente, pensé que eso indicaba que estaba mejor. Que ya no cedía a sus
impulsos.
—Entonces es que todavía no te ha entrado en la cabeza que nuestra hija miente
cuando habla de la comida —le espetó Dana Sue.
La doctora McDaniels alzó la mano.
—Muy bien, ya es suficiente. No vais a conseguir nada atacándoos de esa
manera.
—Lo siento —dijo Dana Sue—. ¿Qué podemos hacer?
—Cada uno de vosotros tiene una relación distinta con Annie. Al parecer, ella
está buscando apoyo emocional. No sé qué tipo de relación habéis tenido después de
divorciaros, pero lo que quiero es que actuéis delante de ella como un solo bloque.
Dana Sue sintió que le subía el miedo a la garganta.
—No estarás diciendo… —comenzó a decir, pero ni siquiera pudo expresar
aquella idea en voz alta.
—¿No estaré diciendo…? —la psicóloga la miró confundida.
—Que Ronnie y yo… —se interrumpió un instante, tragó saliva y al final
consiguió decir—: tenemos que volver a estar juntos.
Ronnie la miró como si no le pareciera ninguna locura.
—Jamás se me ocurrirá deciros una cosa así —le aseguró la doctora
McDaniels—. A lo único que me refiero es a vuestra relación con Annie. Si trazamos
un plan, tenéis que apoyarlo los dos, aquí no podéis jugar al policía bueno y al
policía malo. ¿Estamos de acuerdo en eso?
—Por supuesto.
—Muy bien. He estado hablando con el doctor Lane y él está de acuerdo
conmigo. Aunque dice que físicamente Annie está en condiciones de volver a casa,
mañana voy a exponerle fríamente la situación. Voy a decirle que a menos que
colabore con Lacy y conmigo, es preferible que continúe en el hospital. ¿Creéis que
podréis soportarlo?
—Perfectamente —dijo Ronnie.
Dana Sue quería protestar, pero sabía que, si quería que su hija se recuperara,
no debía hacerlo.
—Sí, pero ¿y si eso no fuera suficiente?
—Entonces hablaríamos de ingresarla en otro centro. A la larga, quizá sea ésa la
mejor opción.
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—¿Y qué debemos decirle a ella? —le preguntó Ronnie.
—Supongo que ella querrá que deje de intervenir en su tratamiento. Os
suplicará que la llevéis a casa, puesto que el cardiólogo dice que está mejor. Os hará
todo tipo de promesas. Pero vosotros tenéis que apoyarme, insistir en que no se
podrá ir hasta que no haga algún progreso y fin de la historia. ¿Podréis hacerlo?
—Tendremos que hacerlo —dijo Dana Sue, mirando a Ronnie.
—Sí, yo también creo que podré hacerlo.
—¿Aunque Annie llore? —le preguntó Dana Sue con expresión escéptica.
—Sí, aunque llore. Sé que siempre he sido muy blando con ella, Dana Sue, pero
con esto no voy a jugar.
—Espero que lo digas en serio.
La doctora McDaniels asintió satisfecha.
—Estupendo. Y si os sentís a punto de ceder, recordad una cosa: en este
momento, Annie necesita unos padres, no unos amigos.
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Capítulo 12
Ronnie y Dana Sue estaban ya casi en el ascensor cuando el primero comenzó a
sentir pánico. Agarró a su ex esposa del codo y la condujo hacia la salida del hospital.
—Ronnie, ¿qué te pasa? —le preguntó Dana Sue—. Creía que habíamos dicho
que íbamos a ver a Annie.
—Sí, íbamos a ir a verla, pero ahora no.
—¿Y por qué ahora no? —preguntó Dana Sue desconcertada.
—Porque no sé si podré hacerlo, por eso —admitió—. Tenías razón al
cuestionar la conveniencia de mi vuelta. Si Annie me mira con esos ojos enormes y
empieza a llorar, creo que haré cualquier cosa que me pida.
—No delante de mí —le aseguró Dana Sue con fiereza—. Hemos estado de
acuerdo en que teníamos que ser duros.
—Y sé que es lo mejor para ella, pero estamos hablando de Annie. Y todavía es
una niña.
—Tiene dieciséis años y ha estado a punto de matarse —le recordó Dana Sue.
Su enfado estaba justificado, pero, de alguna manera, a Ronnie le costaba
conciliar aquellas palabras con la imagen que tenía de su hija.
—Eso fue un accidente —musitó Ronnie.
—Si te refieres a que no se dio cuenta de que si no comía nada podía morirse, sí,
fue un accidente. Pero no comer es una decisión, Ronnie. Es posible que intervengan
en ella muchos factores que todavía no comprendemos, pero ella veía la comida día
tras día y prefería no comerla, a pesar de que en la boda de Maddie se había
desmayado y nos había dado a todos un susto de muerte.
—¿Se había desmayado antes? —preguntó Ronnie sorprendido—. ¿Y por qué
no me lo dijiste? Me importa un comino que estuvieras enfadada conmigo. Tenía
derecho a saberlo.
Dana Sue pareció sentirse vagamente culpable.
—Probablemente, pero entonces yo también prefería negarlo. Fui capaz de
convencerme a mí misma de que no era nada grave, de la misma forma que lo estás
haciendo tú en este momento. Hay mucha gente que se salta alguna comida y mucha
gente que se desmaya y eso no quiere decir que tengan un problema serio, ¿te suena?
Ronnie había pensado eso mismo incluso después de haber sabido que su hija
estaba ingresada por culpa de un paro cardíaco.
—Odio todo esto —susurró—. Lo odio.
Dana Sue le acarició la mejilla.
—Lo sé. Yo también —comenzó a volverse de nuevo hacia el ascensor—. Y
ahora vamos a verla, ¿de acuerdo?
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—¡No! —contestó Ronnie con dureza—. Tenemos que hablar de esto, Dana Sue.
Quiero saberlo todo. Quizá entonces sea capaz de encontrarle algún sentido.
—Llevo meses intentando encontrarle sentido y no lo he conseguido. ¿Que te
hace pensar que tú vas a entenderlo después de una conversación?
—Por favor, salgamos de aquí aunque sólo sea por una hora. Vamos a comer
algo. Después volveremos y hablaremos con Annie.
—Pero la psicóloga ha dicho…
—Ella no lo sabe todo. Y, por lo visto, yo tampoco. Y creo que eso es algo que
deberíamos cambiar.
—De acuerdo. ¿Adónde vamos?
—Al único lugar de este pueblo en el que se come decentemente —dijo—.
Además, admite que te sentirás mejor si sabes cómo van las cosas por el restaurante.
Dana Sue vaciló un instante, pero después asintió.
—Necesitaré pasar por lo menos diez minutos en la cocina para comprobar
algunas cosas —le advirtió.
Ronnie se echó a reír.
—Tómate todo el tiempo que quieras, cariño. Todavía estaré esperándote
cuando salgas.
Dana Sue elevó los ojos al cielo.
—Lo sé. Estoy empezando a pensar que eres como los hongos. En cuanto
aparecen es imposible quitárselos de encima.
—¿Ésa es forma de hablarle al hombre al que prometiste amar durante toda la
eternidad?
—Ese hombre está muerto y enterrado.
Pero Ronnie no se dejó abatir por su respuesta. Le guiñó el ojo.
—Eso ya lo veremos, cariño. Ya lo veremos.
Dana Sue estaba deseando escapar a la cocina del restaurante. A pesar de su
intención de mantener a Ronnie a distancia y de hacerle sentir su desdén, Ronnie iba
ganando terreno poco a poco. Su preocupación por Annie tenía mucho que ver con
ello, pero en realidad, Dana Sue siempre había sabido que era un padre cariñoso y
que Annie era la alegría de su vida. Era su insistencia la que estaba minando sus
defensas. Alguna célula traidora de su cerebro estaba empezando a creer que había
cambiado, que de verdad quería enmendar los errores del pasado, que quería volver
con ella y que no se detendría hasta que lo consiguiera.
Por supuesto, había muchas otras neuronas que no se lo tragaban, pero aquella
única célula parecía estar multiplicándose a una velocidad vertiginosa. Tenía que
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hacer algo para evitarlo. Necesitaba dos horas en compañía del cinismo de Helen
para conseguirlo, pero evidentemente, aquella tarde no podría contar con ella, así
que tendría que conformarse con el instinto protector de Erik.
—¿Ha venido tu ex marido contigo? —le preguntó a Dana Sue en cuanto ésta
entró en la cocina.
Dana Sue asintió.
—¿Y le has traído tú aquí? ¿Voluntariamente?
—Para ser más precisos, ha conducido él, pero básicamente, sí.
Erik la miró con la típica expresión burlona de un hombre ante las evidentes
contradicciones de una mujer.
—¿Y se puede saber por qué? Yo creía que odiabas a ese tipo.
—Aparentemente, no tanto —contestó en tono de resignación.
Erik pareció desconcertado. O quizá fue desilusión lo que ensombreció su
mirada. Dana Sue no podía estar segura, y la verdad era que también ella estaba
bastante decepcionada por su propia debilidad.
—¿Te estás enamorando otra vez de él? —le preguntó Erik, como si le costara
creer que fuera tan estúpida.
—A lo mejor —marcó una cantidad con el índice y el pulgar—. Un poco.
—Por el amor de Dios, ¿y que se supone que debo hacer yo? ¿Llevarte a que te
practiquen un exorcismo?
Dana Sue se echó a reír.
—La verdad es que no se me había ocurrido esa posibilidad. Aunque a lo mejor
funciona.
—Yo voto por decirle que se pierda —replicó Erik.
—Mientras Annie esté enferma, no puedo hacer una cosa así.
Erik cambió inmediatamente de expresión.
—No, por supuesto que no. ¿Qué tal está?
—Muy cabezota y poco dispuesta a colaborar.
—Muy propio de Annie. Y de su madre
—Ja, ja —respondió Dana Sue sin ninguna muestra de humor—. Por eso he
venido con Ronnie. Estamos intentando llegar a un acuerdo sobre la forma de tratarla
y él quiere que le cuente todo el proceso por el que Annie ha llegado a verse en esta
situación. Pero creo que no le va a hacer ninguna gracia enterarse de que no tengo
respuesta para todo.
—¿Entonces no has venido aquí para tener una cita íntima en uno de los
reservados? —bromeó Erik—. Pues es un alivio.
—Es posible que tenga dudas, pero todavía no he dado el salto.
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—Pues ya que Helen y Maddie no están aquí para hacerlo, déjame que te aparte
yo del precipicio —se ofreció—. Ese hombre te engañó, ¿no te parece suficiente
motivo como para sacarle definitivamente de tu vida?
—Durante mucho tiempo, eso ha sido lo único que me ha importado.
—Entonces, ¿por qué estás pensando siquiera en la posibilidad de volver con
él? No lo comprendo. Te mereces mucho más de lo que puede ofrecerte ese hombre.
—En realidad no le conoces.
—Pero sé que os hizo mucho daño a Annie y a ti.
—Eso no puedo negarlo. Pero también estoy empezando a recordar todas las
cosas buenas que nos dio.
Y eso la asustaba tanto como lo que estaba pasando con Annie.
Ronnie estaba hablando con la camarera sobre los platos del día y esperando a
Dana Sue, cuando vio a Mary Vaughn Lewis en la puerta. Cuando se había ido de la
ciudad, Mary Vaughn estaba casada con el hijo mayor del alcalde, el agente
inmobiliario más importante de la región y suponía que continuaría estándolo.
—Perdona —le dijo a la camarera, una adolescente que se había presentado a sí
misma como Brenda—, pero creo que esperaré a que venga a Dana Sue para pedir.
Necesito hablar con alguien.
—Claro —respondió Brenda—. Se lo diré a Dana Sue.
—Gracias.
Ronnie se levantó de su mesa y se dirigió a la que acababa de ocupar Mary
Vaughn mientras hablaba por teléfono. En cuanto le reconoció, Mary Vaughn le dijo
algo a la persona con la que estaba hablando, se levantó y le rodeó a Ronnie el cuello
con los brazos.
—Ronnie Sullivan, si es que la vista no me falla —dijo, y le dio un beso en los
labios. Bajó la voz—. Supongo que sabes que Dana Sue anda por aquí. ¿Estás
dispuesto a arriesgarte a que salga detrás de ti con un cuchillo de carnicero?
Ronnie se echó a reír.
—Gracias por la advertencia, pero ya sabe que estoy aquí. De hecho, supongo
que estará a punto de salir de la cocina. La verdad es que hemos venido a su
restaurante para que la someta a un interrogatorio sobre Annie.
Mary Vaughn se puso inmediatamente seria.
—Pobre chiquilla. ¿Como se encuentra?
—Mejor —contestó Ronnie, aunque no era un tema del que le apeteciera
hablar—. ¿Tienes un momento? Hay algo que me gustaría comentarte.
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—Siéntate —le dijo inmediatamente—. Estoy esperando a alguien, pero seguro
que llega tarde.
Ronnie se sentó entonces a su lado.
—Tienes un aspecto magnífico, por cierto. Mira, Mary Vaughn, quería saber si
continúas teniendo la inmobiliaria más grande de la región.
Mary Vaughn soltó una carcajada.
—Exactamente, la más grande. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Hay alguna posibilidad de que se venda alguno de los locales de la calle
principal?
—En realidad, casi todos esos locales están en venta y los dos que no tengo yo
en mi lista, puedo conseguírtelos también. ¿Por qué?
—Necesito que esto quede entre tú y yo, ¿de acuerdo?
—Ya me conoces. Soy la discreción en persona.
—Sí, supongo que debe de haber sido difícil para ti. Cuando estábamos en el
instituto, no había ninguna información que no estuvieras deseando compartir.
Mary Vaughn hizo una mueca ante aquel comentario.
—No es una virtud que se valore en este negocio. Sé cosas que… —se
interrumpió—, por supuesto, si te las dijera te demostraría que no es verdad lo que
digo, ¿verdad? Puedes confiar en mí, Ronnie. Te lo juro.
Ronnie asintió.
—Me gustaría echar un vistazo al local de la ferretería. ¿Cuándo lo pusieron en
venta?
—Hace un par de meses. Cuando la cerraron se me partió el corazón. Rusty
tuvo un infarto y, para asegurarse de que seguía las instrucciones de los médicos,
Dora Jean decidió que cerrara el negocio. Puso el cartel de «cerrado» en la puerta, me
llamó y me dijo que lo ponía en venta.
—¿Cuando podría verlo?
Mary Vaughn sacó una carpeta llena de tarjetas y papeles. Cuando por fin
encontró su agenda, le dijo:
—Mañana a las ocho de la mañana. O si no, a las seis.
—Apúntame a las ocho —dijo Ronnie inmediatamente.
Justo en ese momento, llegó el acompañante de Mary Vaughn. Un hombre
maduro y elegantemente vestido al que Ronnie no reconoció. Ronnie se levantó y le
estrechó la mano cuando les presentaron. A pesar del traje y la corbata, tenía aspecto
de haber pasado mucho tiempo en un campo de golf.
—Dave Carlson, Ronnie Sullivan, un compañero de instituto —dijo Mary
Vaughn.
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—No pretendía molestar —le dijo Ronnie—. Sólo estaba fijando una cita para
mañana.
El hombre se encogió de hombros.
—Ya estoy acostumbrado. Además, es una de mis mejores vendedoras, así que
no voy a quejarme de su forma de llevar el negocio.
—Ah, así que usted es su jefe —concluyó Ronnie.
—Sí, y desde mi divorcio, el hombre con el que comparto las noches —dijo
Mary Vaughn, y añadió, con toda intención—, por lo menos por ahora.
De pronto, Ronnie se sintió como si se estuviera adentrando en un campo
minado. Al parecer, había tensiones sin resolver en aquella pareja.
Se inclinó y le dio a Mary Vaughn un beso en la mejilla.
—Hasta mañana. Que disfrutéis de la velada.
Regresó a su asiento, se sentó, tomó la carta y se escondió tras ella. A los pocos
minutos Dana Sue se sentó frente a él.
—Así que has estado hablando con Mary Vaughn —le dijo, inclinando la carta
para poder mirarle a los ojos.
—Quería hablar con ella de un asunto de negocios.
—¿Has empezado a buscar casa, Ronnie?
—Si fuera así, ¿te molestaría?
—Sabes que sí.
—¿Por qué? ¿Porque eso significaría que pienso quedarme, como en realidad ya
te he dicho que haría? ¿O porque eso significa que no voy a esperar a que me invites
a quedarme para hacerlo?
Dana Sue frunció el ceño.
—¿Estás buscando casa o no?
—No —respondió Ronnie, y señaló la carta—. Cariño, ¿qué me recomiendas?
¿El pescado frito o los escalopes?
Dana Sue le miró como si quisiera recomendarle que desapareciera, pero,
aparentemente, se lo pensó mejor.
—El bagre es uno de nuestros platos estrellas.
—Entonces tomaré pescado. Y como guarnición, quiero información.
—¿Sobre Annie? —preguntó Dana Sue recelosa.
—No, en realidad, quiero oírte hablar de tu vida social. ¿Ha habido alguien
especial en tu vida desde que me marché?
—Eso no es asunto tuyo.
—Sólo estoy intentando estudiar el terreno. Quiero prepararme para la
competición.
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—Tú no participas en ninguna competición.
—Así que no quieres desafiarme a participar —dijo Ronnie divertido—.
Supongo que no estás preparada para las consecuencias.
—¿Qué consecuencias? —preguntó Dana Sue con una nota de alarma en la voz.
Por debajo de la mesa, Ronnie le estaba acariciando la rodilla. En aquel
reservado, Dana Sue no tenía espacio para apartarse, por lo menos sin montar una
escena. Ronnie fijó la mirada en su boca. Y después, antes de que Dana Sue pudiera
apartar la mano, se la llevó a los labios.
Aunque Dana Sue estaba haciendo todo lo posible por aparentar indiferencia,
Ronnie podía sentir el pulso que se le aceleraba en la muñeca y vio brillar en sus ojos
la luz del deseo.
Satisfecho con aquella reacción, le soltó la mano y le guiñó el ojo.
—Eso sólo para empezar.
Con mano temblorosa, Dana Sue levantó el vaso de agua. Bebió un largo trago y
pareció pensarse durante unos segundos si debería tirarle el resto del líquido a la
cara.
—Eres un cerdo —musitó.
—Me has llamado cosas peores.
—Porque te las merecías.
—No lo dudo. Y ahora que ya hemos dejado eso claro, volvamos a tu vida
social. ¿Con quién te acuestas últimamente, Dana Sue?
—No pienso hablar de eso contigo —respondió ella furiosa—. Así que, o
pedimos en este mismo instante lo que vamos a comer, o me voy de aquí.
—Pidamos entonces —contestó Ronnie inmediatamente—. Puedo comer y
hacerte preguntas al mismo tiempo. Y a lo mejor cambias de humor con la comida.
Por lo menos eso era lo que te pasaba antes.
Dana Sue le fulminó con la mirada, llamó a la camarera y le pidió una porción
de tarta de chocolate.
—Él tomará pescado. Y una guarnición de matarratas. Erik ya sabe lo que es.
La chica detuvo el bolígrafo a medio camino y la miró con los ojos abiertos
como platos.
—¿Qué?
Dana Sue esbozó una débil sonrisa.
—Era una broma. Bastará con el pescado, las verduras y patatas fritas.
—Muy bien —contestó Brenda, y se marchó rápidamente.
Dos segundos después, Erik salía hecho una furia de la cocina. Llegó hasta la
mesa y miró a Ronnie con el ceño fruncido.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
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—Tu jefa está enfadada —contestó Ronnie—. Pero no te preocupes, estoy
acostumbrado a su mal humor.
—Si pide tarta de chocolate, no es que esté enfadada, es que está intentando
suicidarse.
—¡Erik! —le advirtió Dana Sue.
Lo dijo en un tono con el que hasta Ronnie se dio cuenta de que estaba
perdiendo la paciencia. Sin embargo, Erik no retrocedió, lo cual, pensó Ronnie, decía
mucho a su favor.
—Maldita sea, pues no voy a ayudarte sirviéndote esa tarta —dijo Erik, y se
volvió hacia Ronnie—. Y si esta mujer te importara algo, no le dejarías cenar un
pedazo de tarta.
Ronnie comprendió que se estaba perdiendo algo. Algo importante. Miró a
Dana Sue.
—¿De qué está hablando?
—De algo que no es asunto tuyo —replicó Dana Sue, tirando la servilleta en la
mesa—. ¡Hombres! —musitó, se levantó y se alejó de allí.
Ronnie suspiró aliviado al ver que se dirigía a la cocina, y no hacia la puerta del
restaurante.
—A lo mejor deberías contarme lo que está pasando —le pidió a Erik.
—Sí, supongo que debería, pero ahora tengo que ir a la cocina a impedir que
haga alguna tontería. Ahora mismo te traerán el pescado.
Ronnie les siguió con la mirada, debatiéndose entre seguirlos o no. No estaba
seguro de si acababa de presenciar una pelea entre dos amantes o algo
completamente diferente. Fuera lo que fuera, estaba claro que había algo entre
aquellos dos. Ronnie no creía que fuera una relación, por lo menos una relación que
incluyera la cama, pero era evidente que estaban muy unidos, que se cuidaban y que
confiaban el uno en el otro.
¿Qué secreto guardaría Dana Sue que no quería compartir con él?
Hasta un par de años atrás, Ronnie lo sabía todo sobre ella. Sabía que no podía
empezar el día sin tomar un café. Sabía que se acostaba con calcetines cuando hacía
frío. Y conocía todas y cada una de sus zonas erógenas, incluyendo aquéllas que no
aparecían nunca en los manuales de sexualidad.
Y aunque Dana Sue nunca se lo había dicho, sabía también lo mucho que
echaba de menos a su madre y cuánto la aterraba llegar a heredar su diabetes.
Al pensar en ello, se le encendió una luz en la cabeza. ¡Diabetes! No le
extrañaba que Erik se hubiera asustado al ver que pedía un dulce para cenar. Al
parecer, desde que él se había ido, Dana Sue había comenzado a tener problemas con
el azúcar, problemas de los que no quería que él supiera nada.
El recuerdo de la madre de Dana Sue y de las complicaciones que habían
terminado matándola le hicieron perder el apetito. Cuando le sirvieron la comida, le
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resultó tan apetecible como un plato de serrín. Comió de todas maneras, aunque
dejando una buena parte en el plato.
Después, fingiendo una sonrisa, se arriesgó a asomar la cabeza por la cocina. Al
principio, no vio a Dana Sue, pero Erik le señaló en silencio los fogones.
Dana Sue estaba de espaldas a él, se había puesto un delantal y estaba sirviendo
al mismo tiempo varios platos que llevaban ya la guarnición. Los decoró después con
la salsa y apretó un timbre para llamar a la camarera.
Ronnie se acercó a Erik.
—¿La necesitas aquí?
Erik negó con la cabeza.
—No, Karen se estaba ocupando de servir los platos hasta que ha entrado ella.
Sólo ha salido para descansar un poco.
—Estupendo, porque voy a sacarla de aquí. Tenemos que volver al hospital
para ver a Annie —Ronnie advirtió la mirada preocupada del chef y decidió que
había llegado el momento de intentar convertirle en su aliado—. ¿Ha comido?
Erik pareció sorprendido por la pregunta.
—Sí, he conseguido que volviera a comer un poco de carne asada —se encogió
de hombros—. Normalmente encuentra consuelo en la comida.
Ronnie decidió no presionarle más, pero tenía la sensación de que Erik era
perfectamente consciente de lo que le pasaba.
—No dejaré que vuelva a enfadarse —musitó—. Bueno, a lo mejor eso es
imposible, pero la mantendré alejada de la comida.
Erik le miró con los ojos entrecerrados, pero Ronnie le sostuvo la mirada.
—Espero que puedas cumplir tu promesa.
—Haré lo que pueda.
La voz de Dana Sue los interrumpió.
—¿Pensáis dejar de cuchichear en algún momento? —les preguntó, y se volvió
hacia ellos—. Me estáis poniendo nerviosa.
Erik sonrió.
—En ese caso, mantendremos la boca cerrada. Si hay algo que no soporto en la
cocina, es tener a una mujer enfadada y cerca de los cuchillos.
Dana Sue le tendió los últimos pedidos a Karen y se acercó a ellos.
—Algo que deberías recordar más a menudo —le dijo a Erik, palmeándole la
mejilla. Después se volvió hacia Ronnie—. ¿Preparado para volver al hospital?
—Claro, ¿y tú?
—Todo lo preparada que puedo estar.
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Ronnie conocía aquella sensación. Cada vez que pensaba en la terrible batalla
que estaba librando su hija, le entraban ganas de llorar.
Pensó en la propia batalla a la que Dana Sue se estaba enfrentando en secreto y
no pudo menos que preguntarse si su vida volvería a ser normal en algún momento.
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Capítulo 13
Para Dana Sue fue un alivio encontrar a Annie rodeada de sus amigos cuando
llegaron al hospital. Eso significaba que podían retrasar la conversación que la
doctora McDaniels les había pedido que mantuvieran con ella. Quizá la compañía,
sobre todo la de Ty, que estaba sentado en una esquina mirando a su amiga con
evidente preocupación, contribuyera a mejorar el buen humor de Annie lo suficiente
como para que se mostrara más receptiva a lo que sus padres tenían que decirle.
Dana Sue miró a Ronnie y advirtió que estaba tan aliviado como ella.
—Deberíamos pedirles que se fueran para poder hablar con Annie —comentó
Ronnie sin mucho entusiasmo.
—No tardarán en marcharse —repuso Dana Sue—. Además, si les decimos que
se vayan, Annie se enfadará tanto que no querrá oír nada de lo que tenemos que
decirle.
—¿Qué hacéis aquí fuera hablando entre susurros? —les preguntó Helen
cuando llegó vanos minutos después.
—Planificando una estrategia —contestó Dana Sue.
—Vaya —miró a Ronnie y volvió a mirar a Dana Sue otra vez—. ¿Malas
noticias?
—Sólo si Annie no escucha lo que tenemos que decirle —respondió Ronnie con
expresión sombría.
—¿Está empeorando? —preguntó Helen alarmada.
—No —Dana Sue deslizó el brazo por la cintura de su amiga—, sólo lo que os
he contado esta mañana. Todavía no quiere hablar con la psicóloga.
—Se niega a reconocer lo que le pasa —reflexionó Helen—, supongo que todos
hemos pasado por algo parecido en alguna ocasión.
Dana Sue miró a su amiga y advirtió la tensión de su postura. Seguramente,
aquella tensión no era solamente atribuible a su preocupación por Annie.
—¿Estás bien? ¿Has ido al médico?
Helen frunció el ceño al oír la pregunta y miró a Ronnie. Dana Sue entendió
inmediatamente el mensaje.
—Perdónanos un momento —le dijo a su ex, y se alejó con Helen hasta la sala
de espera. En cuanto estuvieron sentadas, abordó abiertamente a su amiga—. ¿Qué
ha pasado?
Helen abrió el maletín y le mostró un frasco de pastillas.
—Esto es lo que ha pasado.
—¿Te han medicado para controlar la tensión?
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—Diuréticos —dijo Helen, mirando la medicación con expresión de disgusto—.
La gente sólo toma diuréticos cuando es muy mayor. ¿Quién quiere pasarse el día
corriendo al cuarto de baño? ¿Me imaginas interrumpiendo los juicios cada diez
minutos para decirle al juez «perdón. Señoría, pero tengo que ir al cuarto de baño
otra vez»? Seré el hazmerreír de los juzgados.
Dana Sue tuvo que morderse el labio para no echarse a reír. Evidentemente,
más que el aumento de la tensión, lo que a Helen le preocupaba era que aquél era un
síntoma de envejecimiento.
—Por el amor de Dios, Helen, no tienes la tensión alta porque seas vieja —le
dijo Dana Sue—. La tienes alta porque trabajas demasiado, no haces ejercicio y no
comes como es debido —la miró con dureza—. Pero todo eso ya lo sabes, ¿verdad?
—Por supuesto que lo sé —replicó su amiga con impaciencia—. Le he dicho al
doctor Marshall que pensaba cambiar, le he enseñado los objetivos que me he
marcado, los que habéis firmado Maddie y tú esta mañana. Un día libre a la semana,
ejercicio acróbico durante tres días a la semana y pesas otros dos. Y me he apuntado
a clase de meditación. Comidas saludables, cenar todas las noches, y muchos otros
más. ¡Y todo firmado ante notario! ¿Qué más necesita ese hombre?
—¿No te lo ha dicho?
—En realidad, me ha dicho que era demasiado tarde —respondió Helen
malhumorada—, que me había subido la tensión desde la última visita y que hasta
que no me bajara, lo único que le estaba enseñando era un pedazo de papel —
temblaba de indignación—. ¡Como si no estuviera dispuesta a cumplir mi palabra!
—Hasta ahora no la has cumplido.
Helen la miró con el ceño fruncido.
—¿De qué lado estás?
—Siempre del tuyo, pero tiene razón —dijo Dana Sue, ignorando lo irónico de
la situación.
Estaba apoyando el criterio del médico cuando en realidad no había hecho caso
de nada de lo que le había dicho a ella el doctor Marshall.
—¿Cuántas veces le has prometido que harías ejercicio y que comerías como es
debido?
—Hago ejercicio. Y como bien —dijo Helen. Hizo una mueca al ver la expresión
escéptica de su amiga—. Bueno, casi siempre. Y mírame, no me sobra un kilo.
—Porque no paras de trabajar y, cuando no estás trabajando, estás estresada —
replicó Dana Sue—. El doctor no te ha dado esas pastillas para insultarte o porque no
crea en tus buenas intenciones. Lo único que a él le preocupa es tu salud.
—Si estuviéramos hablando de ti, no te defenderías tanto —replicó Helen—.
Probablemente tú seas la siguiente en caer.
La predicción de Helen era muy acertada, y ésa era una de las razones por las
que Dana Sue estaba retrasando la cita con el médico. No quería enfrentarse al hecho
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de que cada vez estaba más cerca de necesitar la insulina para regular su nivel de
azúcar en sangre.
—Déjame preguntarte algo —le dijo a Helen—. Cuando llega a ti un cliente con
un problema, ¿qué sueles hacer?
—Darle el mejor consejo que puedo. ¿Pero eso qué tiene que ver con lo que
estamos hablando?
—Escúchame un momento. ¿Y esperas que tu cliente siga tu consejo?
—Por supuesto.
—Cuando has ido a ver al doctor Marshall, esperabas que te diera un consejo
profesional, ¿verdad? Supongo que no vas para que te diga lo que tú quieres oír.
Helen profundizó su ceño.
—Estás empezando a parecer tan repugnante y odiosa como Maddie —la acusó
Helen.
Dana Sue sonrió.
—Me lo tomaré como un cumplido —tomó las píldoras de Helen y leyó—: Una
al día. No me parece un gran precio a pagar a cambio de conseguir controlar la
tensión.
—Este sólo es el principio —se quejó Helen.
—No tiene por que serlo. Tu problema es el orgullo. Helen. No quieres admitir
que necesitas ayuda. Piensa solamente en lo bien que te sentirás cuando puedas tirar
esas pastillas a la basura definitivamente.
Helen suspiró y alargó la mano hacia su medicación.
—Muy bien. Tomaré esas malditas píldoras. Pero no vengas a quejarte cuando
el doctor Marshall te dé algo para la diabetes, porque pienso echarte esa actitud tan
repugnantemente lógica y razonable en cara.
Dana Sue se echó a reír.
—Y tendrás todo el derecho del mundo a hacerlo.
Después de que Helen se acercara a la habitación de Annie para despedirse de
ella, Dana Sue volvió a la incómoda silla de la sala de espera y suspiró. Era una
impostora. Sabía que cuando los análisis demostraran que tampoco ella iba a ser
capaz, de controlar su nivel de azúcar en sangre, iba a estar tan insoportable como
Helen. Peor, incluso.
Pero al igual que había estado ella allí para presionar a su amiga, Helen y
Maddie estarían a su lado para recordarle cuál era el objetivo principal: continuar
vivas y saludables.
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Al pensar en ello, recordó que se suponía que Ronnie y ella tenían que hacer lo
mismo por su hija aquella noche. Intentó darse fuerzas, cruzó el pasillo y se preparó
para enfrentarse a las lágrimas, el enfado o a cualquiera que fuera la estrategia de
resistencia de su hija.
Encontró a Ronnie solo en la habitación, con Annie. Estaban jugando a las
damas, uno de sus pasatiempos favoritos desde que Annie había tenido edad
suficiente como para comprender las reglas del juego.
—No para de ganarme —dijo Ronnie cuando Dana Sue se sentó a su lado.
Annie sonrió radiante.
—Es verdad, pero es porque creo que no estás concentrado —e inmediatamente
saltó por encima de las tres únicas fichas que le quedaban, ganando así otra partida.
Ronnie suspiró con dramatismo.
—¿Lo ves? —se volvió hacia Dana Sue—. No tiene piedad de mí.
—Fuiste tú el que le enseñaste a jugar, así que ahora no te quejes —respondió
Dana Sue.
Cuando Annie comenzó a preparar el tablero para otra partida. Dana Sue le
interrumpió.
—Por esta noche, se han acabado las damas, cariño. Ahora tenemos que hablar.
Annie la miró recelosa.
—¿Sobre?
—Sobre las sesiones con la doctora McDaniels —contestó Ronnie.
Dana Sue le miró agradecida, y aliviada al comprender que no le iba a dejar a
ella todo el peso de la conversación.
El buen humor de Annie se esfumó al instante.
—No necesito una psicóloga. No sé por qué se empeña en volver. Ya le he dicho
que estoy bien.
—No, cariño, no estás bien —insistió Dana Sue—. Mírate, cariño. Pocas chicas
de tu edad terminan ingresadas en un hospital por un problema cardíaco, a no ser
que tengan algo muy serio.
—Pero ya estoy curada —protestó Annie—. Me como todo lo que me trae Lacy,
excepto cuando es completamente repugnante. Y cuando no como, me bebo ese
batido para compensarlo. Preguntádselo a ella. Os dirá que mi consumo de calorías
ya es casi normal. O por lo menos tan normal como se considera en su mundo. Me
encuentro muy bien y el doctor Lane dice que estoy más fuerte cada día.
—Pero no todo depende de él —le explicó Ronnie—. Y supongo que también
sabes que está de acuerdo con la doctora McDaniels en que no podrás irte hasta que
estés dispuesta a colaborar.
—¿Entonces los dos se han puesto de acuerdo? —preguntó Annie con
incredulidad—. Qué asco.
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—Deberías estarles agradecida —le dijo Ronnie—. Si no llegamos al fondo de lo
que ha pasado, Annie, podrías volver a recaer, y es posible que la próxima vez no
tengas tanta suerte.
Annie miró a su padre con los ojos llenos de lágrimas.
—Pero ya estoy bien. Por favor, papá, llévame a casa. Esto no volverá a ocurrir,
te lo prometo.
Dana Sue vio que Ronnie estaba tensando un músculo de la mandíbula y supo
que estaba teniendo que batallar consigo mismo para no ceder.
—No podemos llevarte a casa antes de que la doctora McDaniels nos diga que
estás bien —dijo por fin—. No me importa lo que llores ni las promesas que nos
hagas. Hasta que no tengamos la absoluta certeza de que no vas a dejar de comer, no
podemos correr riesgos. Annie.
Annie le miró desconcertada por su negativa.
—No tienes derecho a venir aquí después de haberme abandonado para
decirme lo que tengo que hacer —le reprochó con amargura—. Si me quisieras, no
me habrías dejado y ahora no me estarías haciendo esto.
Aunque era evidente que estaba conmovido por aquella acusación, Ronnie no
vaciló.
—Tu madre y yo te queremos más que a ninguna otra cosa en el mundo y creo
que lo sabes. No queremos perderte, cariño.
—Pero estoy bien —protestó Annie elevando la voz. Se levantó de la cama—.
Os lo demostraré —dijo, y empezó a dar vueltas.
—Para inmediatamente —le ordenó Dana Sue—. Y vuelve a la cama.
El tono de su madre la detuvo en seco. Parpadeó para combatir las lágrimas y
se sentó en la cama. Dana Sue se sentó a su lado y, pensando en lo que Ronnie había
dicho durante su conversación con la psicóloga, le preguntó:
—Necesito que me digas la verdad sobre algunas cosas. ¿Has estado comiendo
todo lo que te traían? ¿De verdad estás consumiendo todas las calorías que creen que
consumes?
—No estoy vomitando en el baño, si es eso lo que estás preguntando —
respondió Annie a la defensiva—. Siempre hay alguien aquí sentado para asegurarse
de que no lo haga.
—No es eso exactamente lo que te he preguntado —replicó Dana Sue con
delicadeza—. ¿Estás comiendo todo lo que dices?
Annie desvió la mirada.
—¿Lo estás comiendo o no? —insistió su madre.
—Es demasiada comida —contestó Annie, pero parecía avergonzada.
—¿Y estás comiendo algo por lo menos? —dijo Dana Sue, sin retroceder en
ningún momento.
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—Algo.
—¿Y el resto? ¿Lo dejas en la bandeja para que las enfermeras puedan ver si
estás o no cumpliendo las reglas? Antes de que contestes, recuerda que sé
perfectamente hasta qué punto puedes mentir cuando quieres que alguien piense
que estás comiendo bien.
—Ya te he dicho que me vigilan constantemente —contestó Annie
malhumorada—. No me extraña que no tenga hambre.
—Si no estás vomitando, ¿entonces qué? ¿Escondo la comida en alguna parte
hasta que se van?
Se levantó y se acercó a la papelera, pero antes de que hubiera llegado, Annie
comenzó a llorar.
—Mamá, déjalo —le suplicó—. Tú no, por favor. ¿Es que nadie confía en mí?
Dana Sue encontró una servilleta en la papelera con medio sándwich escondido
dentro. El corazón se le encogió al ver aquella dolorosa prueba.
—Cariño, ¿no te das cuenta? De esto es de lo que tienes que hablar con la
doctora McDaniels. Todavía no ha pasado una semana desde que saliste de la UCI y
ya estás volviendo a caer en lo mismo.
—¿Y tú? —le espetó Annie en tono mordaz—. ¿Cuantas veces has tenido que
sacar un helado de la nevera desde que papá ha vuelto? Mira quién fue a hablar.
Dana Sue sintió un calor intenso en las mejillas.
—Eso no tiene nada que ver —dijo Dana Sue, evitando mirar a Ronnie—. Eres
tú la que está sufriendo una crisis, no yo.
—Tu madre tiene razón —dijo Ronnie con voz sorprendentemente dura—. Y no
quiero que vuelvas a hablarle en ese tono, ¿me has entendido?
Annie les miró como si estuviera deseando echarles de allí, pero asintió.
—Lo siento, mamá —dijo en un tono más sumiso.
—Disculpa aceptada —Dana Sue le retiró el pelo de la cara.
—Estoy cansada —susurró Annie, y se acurrucó en la cama, de espaldas a ellos.
—Entonces, te dejaremos descansar —dijo Dana Sue, que también estaba
agotada—. Por favor, piensa en lo que te hemos dicho. Cuando venga mañana la
doctora McDaniels, habla con ella. No es tu enemiga. Ella quiere ayudarte.
Annie no respondió. Dana Sue le dirigió a Ronnie una mirada de impotencia, se
levantó y esperó mientras Ronnie se despedía de su hija con un beso.
—Buenas noches, cariño. Te quiero.
—Yo también te quiero —musitó Annie sollozando.
Dana Sue salió a toda velocidad de la habitación y también ella dio rienda
suelta a las lágrimas.
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Aunque Ronnie estaba emocionado ante la perspectiva de volver a abrir la
antigua ferretería, no podía sacarse la escena con Annie de la cabeza. No paraba de
preguntarse si después de aquella conversación mejoraría su actitud hacia la doctora
McDaniels. Y si no era así, qué podría pasar a continuación. Porque la posibilidad de
que enviaran a Annie lejos de ellos le aterraba. Sabía que Dana Sue no estaba mejor
que él. Y que los dos rezaban para no tener que llegar a esa situación.
Intentando dejar de lado su preocupación, llegó a la ferretería quince minutos
antes de la hora de su cita con Mary Vaughn. Cuando ésta llegó y dejó el coche justo
detrás del sujo, estaba hecho un manojo de nervios. Eran muchas las cosas que
estaban en juego aquella mañana.
—Me gustan los clientes entusiastas —le dijo Mary Vaughn con una sonrisa
mientras sacaba la llave del bolso y abría la puerta—. Normalmente, eso significa que
puedo sacarles más dinero para el vendedor.
Ronnie se echó a reír.
—Estoy interesado en el local, pero no soy un estúpido. Si decido comprar,
pagaré el precio que me parezca más justo para Dora Jean y para Rusty, teniendo
siempre en cuenta mis limitaciones económicas.
—Me parece razonable. ¿Quieres que me quede contigo mientras ves el local o
prefieres echarle el vistazo tú solo?
—Si no te importa, prefiero estar solo. Después te haré todas las preguntas que
necesite.
Mary Vaughn asintió.
—En ese caso, esperaré fuera. De todas formas, tengo llamadas que hacer.
—Muy bien, tú ocúpate de esas llamadas, no te preocupes por mí —dijo Ronnie,
ansioso por entrar.
La ferretería olía a rancio, y eso que sólo había pasado dos meses cerrada.
Ronnie recorrió una y otra vez los pasillos, pensando en las muchas veces que en el
pasado había ido a ver a Rusty para comprar herramientas o pedirle consejo para
diferentes proyectos en los que estaba trabajando en casa de sus padres. La casa que
había compartido con sus padres tenía mucho encanto, pero siempre había algo que
reparar o pintar. Su padre no tenía la menor idea de bricolaje y su madre siempre
terminaba impacientándose. A Ronnie, sin embargo, le gustaba ocuparse de aquellas
tareas que le habían valido unas buenas pagas por parte de su padre, que, al final,
había insistido en retirarse a Columbia cuando se habían jubilado.
Tras recorrer detenidamente la ferretería, miró hacia la calle a través del
escaparate cubierto de polvo. Imaginó ese mismo cristal resplandeciendo bajo la luz
del sol, con un buen despliegue de todo tipo de materiales en el escaparate, o
brillando con las luces de Navidad. Se sintió tan bien, que si Mary Vaughn hubiera
entrado en aquel momento, habría estado de acuerdo en todas las condiciones que le
hubiera puesto.
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Por eso se alegró de que estuviera fuera, hablando por el móvil. Ronnie salió a
reunirse con ella y Mary Vaughn finalizó inmediatamente la llamada. Cuando salió
del coche, Ronnie advirtió que lo hacía lentamente, dándole tiempo a apreciar sus
bien formadas piernas. No pudo evitar preguntarse si aquello formaría parte de la
estrategia de venta o si su relación actual estaba tan en crisis como le había parecido
la noche anterior. Pero Mary Vaughn acechándole sería una complicación más que en
aquel momento estaba muy lejos de necesitar.
—¿Y bien? —le preguntó ella, estudiando su rostro.
—Estar ahí dentro me ha traído muchos recuerdos. ¿Sabes exactamente cuánto
piden?
Mary Vaughn asintió y sacó un documento de su maletín.
—Sí, también he traído un contrato, por si quieres cerrar ya el trato.
A pesar de la tentación, Ronnie negó con la cabeza.
—Antes necesito leer el contrato. Y hay gente con la que tengo que hablar.
—No esperes mucho —pero sabía que en realidad no había mucha
competencia.
—Estaremos en contacto —le prometió Ronnie—. Por cierto, ¿cómo está Rusty?
Me gustaría hablar con él si no está muy mal de salud.
Mary Vaughn le miró con recelo.
—No pretenderás comprarle directamente a él, ¿verdad?
—Creo que me conoces lo suficiente como para saber que no soy capaz, de
hacerte algo así —respondió Ronnie, molesto.
—Lo siento. Es que me pone nerviosa que los compradores hablen directamente
con los vendedores.
—Es comprensible, pero supongo que Rusty puede contarme cosas sobre este
lugar que tú desconoces. Además, me gustaría hablar de los viejos tiempos con él.
Mary Vaughn pareció visiblemente relajada.
—Probablemente no le venga nada mal un poco de compañía. Dora Jean le está
atando muy corto últimamente.
Ronnie asintió.
—En ese caso, me dejaré caer por su casa. Tú y yo ya hablaremos más adelante.
—¿Tienes idea de cuándo?
Ronnie tenía que ir a ver a Rusty y hablar después con Butch. Y teniendo en
cuenta la cantidad de tiempo que le dedicaba a Annie, probablemente todo aquello le
llevaría varios días.
—A finales de semana —sugirió—. O quizá a principios de la siguiente.
—Si no tengo noticias tuyas, te llamaré yo.
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—Por supuesto, al fin y al cabo, no llegaste a ser la reina de las inmobiliarias
porque sí.
Estaba a punto de alejarse cuando se acordó de que Mary Vaughn tenía otra
reunión esa misma mañana. El hecho de haber olvidado algo tan importante era un
reflejo de lo preocupado que estaba por la actitud rebelde de Annie.
—¿Podrías hacerme un favor? —le preguntó a Mary Vaughn.
—Por supuesto.
—Cuando hables esta mañana con tu amigo el constructor, mencióname,
¿quieres?
—¿Te importa que le pregunte por qué?
—Digamos que forma parte de un plan que tengo en la cabeza.
Presintiendo que aquello podría ayudarle a cerrar la venta, Mary Vaughn le
ofreció:
—Si quieres, puedes venir conmigo. Estoy segura de que no le importará. Es un
hombre muy agradable.
Ronnie estuvo pensándoselo, pero al final optó por no acompañarla.
—Antes necesito cerrar algunos asuntos —le dijo—. Sencillamente, si tienes
oportunidad, háblale bien de mí.
—Eso está hecho. Y ahora, será mejor que me dé prisa. Llegar tarde causa muy
mala impresión.
Annie frunció el ceño al ver a la doctora McDaniels, pero intentó dominar su
enfado. Sabia que había sido ella la que les había contado todo a sus padres y que
ellos no pararían hasta que estuviera dispuesta a colaborar.
Permaneció estoicamente en silencio, esperando que la psicóloga comenzara a
disparar. Por otra parte, empezaba a preguntarse si sus padres le habrían dicho la
verdad, si realmente podría marcharse del hospital si se mostraba dispuesta a
colaborar. La verdad era que estaba asustada. Tenía miedo de contarle a la psicóloga
lo que realmente pensaba y que ella decidiera que era un caso perdido, que estaba
completamente loca. No, definitivamente, no podía correr ese riesgo.
—En realidad, lo que me pasa no tiene nada que ver con la psicología —dijo al
cabo de un rato—. No como porque no tengo hambre.
—¿Nunca tienes hambre? —preguntó la doctora con evidente escepticismo.
—No, nunca.
—Pero sabes que el cuerpo humano necesita alimentarse para sobrevivir. Y
también que es importante beber líquido para no deshidratarse. Supongo que todo
eso te lo han enseñado en el colegio.
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—Sí, claro.
—Entonces, lo de no comer y no beber es una decisión que has tomado siendo
consciente de lo que hacías. Supongo que pretendes morirte de hambre. ¿Puedo
saber por qué?
Annie se encogió de hombros.
—No lo sé.
—Pues yo creo que sí lo sabes.
—A lo mejor podría decírmelo usted —al fin y al cabo, para eso le pagaban.
Si Annie pretendía parecer desafiante, lo único que consiguió fue arrancarle a la
psicóloga una sonrisa.
—Creo que te dejaré intentando encontrar tus propias respuestas, Annie. Piensa
en ello y hablaremos de todo esto mañana. A la misma hora.
—Yo creía que mañana podría irme a casa —dijo Annie, aunque le habían
dejado bien claro que no se movería del hospital hasta que no hablara con la
psicóloga.
—No, a menos que te muestres dispuesta a colaborar. Lacy me ha dicho que
también estás intentando engañar a las enfermeras con la comida. Sé que tiraste
medio sándwich de pavo a la basura.
—¿Se lo han contado mis padres?
La doctora McDaniels la miró a los ojos.
—No, no ha hecho falta. Aquí sabemos prácticamente todo lo que pasa. Piensa
que esto es como un microcosmos de Serenity. Las noticias corren a toda velocidad.
—Pues qué asco.
—No, eso significa que aquí hay mucha gente trabajando para conseguir que te
pongas bien. Pero tú también tienes que querer curarte, Annie. Tienes que reconocer
que tienes un problema y estar dispuesta a hablar sobre él.
—¿Y si no quiero hablar? ¿Me van a dejar ingresada aquí toda mi vida?
—Tus padres no te han explicado la alternativa, ¿verdad?
—No.
—De acuerdo, en ese caso, te diré lo mismo que les dije a ellos —le dijo,
dirigiéndole una mirada que le hizo retorcerse incómoda en la cama—. Si esto no
funciona, no tendré más remedio que recomendar que te ingresen en un centro
especial.
—¡De ningún modo! —gritó Annie.
—Me temo que en eso tú no tienes nada que decidir. De modo que ésas son las
opciones que tienes. O empezar a comer todo lo que Lacy tiene planificado para ti,
salir del hospital e ir al psicólogo todos los días después del colegio, o dejar que te
ingresen en un centro especializado en desórdenes alimenticios.
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—¿Y tendría que estar lejos de Serenity y de mis amigos? ¿Durante cuánto
tiempo?
—Durante todo el tiempo que haga falta.
Annie negó con la cabeza.
—Mis padres no lo permitirían.
—Tus padres están de acuerdo.
Annie la miró desconcertada.
—¿Y tendré que ir todos los días a verla?
—Hasta que seas capaz de explicarnos por qué estás haciendo esto. No
podemos solucionar tu problema hasta que tú no lo reconozcas y lo comprendas. Así
que cuanto antes comiences a hablar, antes te curarás y antes te librarás de mí.
Nadie le había explicado esa parte.
—¿Y si avanzara mucho de pronto?
—Eso lo aceleraría todo. Y creo que todos estaríamos mucho más contentos que
presionándote como lo estamos haciendo ahora. En cualquier caso, nos veremos
mañana a la misma ahora. Si tu actitud mejora y empiezas a comer, podremos
empezar a hablar también de tu vuelta a casa.
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Capítulo 14
—¿Cómo ha ido hoy la sesión de terapia de Annie? —le preguntó Maddie a
Dana Sue cuando al día siguiente se encontraron en el gimnasio—. Si tienes tiempo
para tomar un té, podríamos salir al jardín. Hace un día maravilloso y tienes cara de
necesitar un descanso.
—Sinceramente, no sé si voy a ser capaz de soportar todo esto —admitió Dana
Sue, sirviéndose una taza de té y dirigiéndose con ella al patio—. Voy al hospital
todas las mañanas, al medio día y por la noche. Y entre visita y visita al hospital,
intento ocuparme de todo el papeleo del restaurante.
—¿No está yendo también Ronnie al hospital?
—Sí, y créeme, eso sólo es otra fuente de estrés. Cerró los ojos y volvió la cara
hacia el sol que se filtraba entre los árboles. Aquella caricia era una bendición. Si
hubiera podido, se hubiera quedado allí todo el día.
—Podríamos repartirnos las horas de visita para que no tuvierais que pasar
tanto tiempo allí —sugirió Maddie—. Así tampoco tendríais que veros tanto.
—En teoría es una gran idea, pero justo ahora parece que es importante que
Annie nos vea como a un equipo para que no intente ponernos al uno contra el otro.
Diablos, si hasta lo intenta cuando estamos los dos en la misma habitación. Me ataca
para que me sienta culpable y después se vuelve llorosa hacia Ronnie.
—¿Tú cederías si no contaras con el apoyo de Ronnie?
—No.
—¿Y tú crees que Ronnie cedería a sus presiones si tú no estuvieras allí?
—Esa es la pregunta del millón. De momento está siendo muy firme con ella,
pero sé que eso le está matando —negó con la cabeza, decidida a reconocer la labor
de Ronnie—. No, no cedería. Él sabe lo importante que es esto.
—¿Y tiene idea de la clase de presión a la que te estás sometiendo y lo malo que
es todo esto para ti? —le preguntó su amiga preocupada.
—No, por lo menos yo no le he contado nada sobre mi salud.
Desgraciadamente, la otra noche, en el restaurante, Erik sacó el tema a relucir y no sé
si Ronnie lo entendió o no. A veces me mira de una forma que me hace
preguntármelo. Está raro y me pregunta siempre que si he comido. Si ha adivinado
lo que me pasa, no sé cómo ha podido hacerlo. De todas formas, lo último que me
faltaría sería tener que soportar también su compasión.
—Es lógico que esté preocupado por ti. Todavía te quiere, Dana Sue, y tú lo
sabes.
—Ésa es otra cosa a la que ahora mismo no soy capaz de enfrentarme —miró a
su amiga con cansancio—. Estoy demasiado cansada. Daría cualquier cosa por poder
disfrutar de una buena noche de sueño. Pero creo que no seré capaz de dormir bien
hasta que Annie esté de nuevo en casa.
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—¿Y tienes idea de cuándo puede llegar a ser eso?
—Si es capaz de reaccionar y ajustarse al programa, mañana o pasado mañana,
pero ya sabes lo cabezota que es. Por lo que me ha dicho la doctora, hoy tampoco ha
colaborado mucho, a pesar de todo lo que Ronnie y yo le dijimos anoche.
Cuando Maddie comenzó a responder, Dana Sue alzó la mano.
—Lo siento, pero ahora no puedo seguir hablando de esto. Además, he venido
aquí para darte las gracias por dejar que Ty vaya a verla con tanta frecuencia. Estoy
segura de que el hospital es el último lugar en el que le apetece estar, pero se pasa
casi cada día por allí.
—Está muy preocupado por ella. De hecho, hasta me ha sorprendido su
reacción. Creo que se siente culpable por alguna razón. He intentado hablar con él, y
también Cal. Queremos que entienda que no tiene la culpa de nada de lo que ha
pasado.
—Es cierto, pero estaba allí la noche que ocurrió —le explicó Dana Sue—. ¿Lo
sabías?
—No tenía ni idea —contestó Maddie sorprendida.
—En realidad, no exactamente cuando ocurrió, sino antes. Por lo visto, Ty y
algunos amigos suyos se pasaron por mi casa, a pesar de que le había dejado muy
claro a Annie que no quería que invitara a ningún chico. Con todo lo que ha pasado,
ni siquiera he tenido oportunidad de comentárselo.
—Hablaré con Ty esta noche —dijo Maddie con el ceño fruncido—. Sabe que no
me gusta que vaya a ese tipo de fiestas cuando no están los padres en casa.
—Sabiendo lo que siente por Annie, que para él es como una hermana, supongo
que pensó que debía estar allí. No tengo la menor idea de lo que hicieron,
seguramente poco más que bailar, pero es posible que se sienta responsable de lo que
ocurrió después, a pesar de que él no estuviera. Por favor, explícale otra vez que
nada de esto es culpa suya, que todo empezó mucho antes de esa noche.
—Sí, creo que también tendré que hablar seriamente con él sobre el hecho de
que haya ido a casa de una amiga cuando no estaban sus padres allí. A esta edad, los
adolescentes necesitan el control de los adultos.
—Pero, por favor, que nada de lo que le digas le quite las ganas de pasar más
tiempo con Annie —le suplicó Dana Sue—. Le adora y para ella es un gran apoyo en
estos momentos.
Maddie sonrió.
—Lo sé. Le mira como si fuera lo más maravilloso del mundo.
—Ojalá la mirara él de la misma forma —dijo Dana Sue, y añadió
esperanzada—: ¿No sería magnífico que terminaran juntos?
—Sí, supongo que sí, aunque ahora mismo, a Ty sólo le importa el béisbol. Y a
mí lo único que me importa es que vaya a una buena universidad. Cal y yo todavía
estamos analizando todas las probabilidades. De momento Bill no ha dicho nada.
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Dana Sue miró a su amiga con tristeza.
—Cuánto me gustaría que fueran ésas mis preocupaciones con Annie en este
momento…
—Cariño, estoy segura de que esta crisis pasará. Llegará un día en el que tu
única preocupación será la hora de vuelta a casa de tu hija y que sus notas sean
suficientemente buenas como para que pueda ir a la universidad que le apetece.
—Estoy deseando que llegue ese día —exclamó Dana Sue con calor—. Ahora
tengo que irme. Quiero pasar por el restaurante antes de ir al hospital. Después de
esto, voy a tener que subirles el sueldo a Erik y a Karen, porque están asumiendo casi
todo el trabajo, pero hay cosas que tengo que hacer personalmente. Daría cualquier
cosa por poder pasarme toda una tarde cocinando. Lo echo mucho de menos.
—Bueno, aunque no tengas tiempo de cocinar, por lo menos come algo decente
mientras estés allí —le aconsejó Maddie—. He oído decir que a pesar de que no esté
la dueña, la comida sigue siendo excelente.
Dana Sue sonrió.
—Gracias por decírmelo —se inclinó y le dio a su amiga un enorme abrazo—. Y
gracias también por escucharme.
—Es un placer. Ronnie también es una buena tabla a la que aferrarte, ¿sabes? Y
en esto se juega tanto como tú.
—Lo sé —musitó Dana Sue.
Pero no quería empezar a apoyarse en él para descubrir más adelante que sus
promesas de quedarse en Serenity para él no significaban más que las que le había
hecho el día de su boda.
Annie estaba abatida después de otra sesión infructuosa con la psicóloga. Cada
vez le resultaba más difícil no ceder a las presiones, especialmente sabiendo que, si
no colaboraba, podía continuar ingresada allí durante días o, peor aún, terminar en
algún centro lejos de casa.
Oyó que alguien llamaba vacilante a la puerta de la habitación. Segundos
después, Ty asomaba la cabeza.
—¿Puedo pasar?
A Annie se le iluminó el semblante al verle. Estaba guapísimo con los vaqueros
y una camiseta vieja de los Braves de Atlanta.
—Claro —dijo animada, deseando haberse arreglado. Debía de tener un aspecto
repugnante—. ¿No deberías estar en el instituto?
—Me he saltado unas clases —admitió Ty, sentándose al lado de la cama.
—¿Para venir a verme?
Ty asintió. Parecía incómodo.
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—Es que cada vez que vengo aquí está la habitación llena de gente, y quería
hablar contigo a solas.
—Tu madre se va a enfadar cuando se entere y sabes que Maddox también. Es
muy estricto con lo de saltarse las clases.
—Sí, ya lo sé. Pero ahora también es mi padrastro, así que supongo que podré
ablandarle.
—Qué iluso. Seguramente pensará que tiene que ser más duro contigo que con
todos los demás para dar ejemplo.
Ty se encogió de hombros.
—No me importa. Necesitaba hablar contigo de lo que ha pasado.
—Te refieres a la noche que me puse enferma —dijo Annie, sintiendo como se
desvanecía su ilusión.
—Sí, a eso. Y al hecho de que estuviéramos yo y mis amigos en tu casa. Tengo la
sensación de que todos contribuimos a lo que te ha pasado.
—Eso es una tontería. Ni siquiera estabais allí cuando pasó.
—A lo mejor no, pero es la segunda vez que te desmayas estando yo cerca.
—Esto no ha sido lo mismo que lo de la boda. En la boda sólo me desmayé.
—Por no comer. Y los dos sabemos que es algo preocupante. He aprendido
mucho sobre la anorexia en el instituto—. Annie, y estoy preocupado por ti.
—¿Por qué? —preguntó Annie, sorprendida por aquella admisión.
—Has estado a punto de morirte, maldita sea, por eso —respondió Ty,
elevando la voz—. ¿No te das cuenta de lo asustado que está todo el mundo? Sarah y
Raylene están aterrorizadas. Yo me pongo enfermo cada vez que pienso en lo que
podría haber pasado. Y todos nos sentimos culpables porque a pesar de saber lo que
estaba pasando, no hicimos nada para evitarlo —la miró sombrío—. Para eso he
venido. Eres mi amiga, Annie. Maldita sea, si eres casi de mi familia. Nos conocemos
desde que éramos niños.
—Lo sé —susurró Annie, conmovida por el miedo que reflejaba su voz.
—Entonces quiero que hagamos un trato —dijo Ty mirándole a los ojos—. O
intentas ayudarte tú misma, o estaré aquí día y noche hasta que salgas adelante.
—¿Tanto te importo? —preguntó Annie con los ojos llenos de lágrimas.
—Me importas mucho. Y no sólo a mí, sino a mucha gente.
Annie le miró con desconfianza.
—Pero estoy tan gorda… No sé cómo soportas mirarme.
Ty se la quedó mirando fijamente, como si no creyera lo que estaba oyendo.
—¿Es que te has vuelto loca? —se levantó de un salto, abrió el cajón de la
mesilla y no paró hasta encontrar un espejo—. Mírate —le dijo, sosteniendo el espejo
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frente a ella—. Mírate bien, Annie. Antes eras preciosa, pero ahora pareces un
esqueleto.
Annie, incapaz de mirarse en el espejo, comenzó a llorar ante la dureza de
aquellas palabras.
Ty volvió a guardar el espejo en el cajón y le tomó la mano.
—Yo quiero ver a la Annie de antes. Quiero ver los hoyuelos en tus mejillas.
Quiero oírte reír otra vez. Quiero que vayamos a comer pizzas y hamburguesas y no
verte empujando la comida en el plato, fingiendo que comes.
Annie se aferró a su mano, sorprendida por lo mucho que al parecer le
importaba.
—No sé si podré ser así otra vez —le dijo.
—Yo creo que sí —respondió él con confianza—. Apuesto a que la psicóloga lo
conseguirá. Si no, no estaría perdiendo el tiempo contigo. Pero tú también tienes que
querer curarte. Tienes que quererlo lo suficiente como para luchar por ello. Sé que
ahora no estás haciendo ningún caso de los médicos. Ayer se lo contó mi madre a
Cal. Te comportas como si nada de esto tuviera importancia, pero la tiene.
Annie cerró los ojos para no tener que ver la decepción que reflejaba el rostro de
Ty. Aquella visita de Ty la había pillado completamente por sorpresa. Y deseaba
poder decirle lo que él quería oír. ¿De verdad pensaba que se quería morir?
—Eh —dijo Ty, apretándole la mano. Esperó pacientemente hasta que al final se
volvió hacia él—. Sé que estás asustada. Y sé también que en clase nos han contado
que la anorexia es algo difícil de controlar —le sonrió—. Pero yo creo que, si has sido
tan fuerte como para controlar hasta ese punto la comida, también podrás volver a
comer. Sólo tienes que quererlo.
Ensanchó su sonrisa.
—Y hasta que seas capaz de desearlo lo suficiente, considérame tu conciencia.
No pienso separarme de ti.
Annie no estaba segura de cómo debía tomarse aquellas palabras, pero sí sabía
una cosa; tener a Ty a los pies de la cama era como un sueño hecho realidad. Pero
saber que la única razón por la que estaba a su lado era que quería controlar lo que
comía, podía llegar a ser muy humillante.
—Podré hacerlo sola —le dijo.
No quería confesarle lo mucho que la asustaba pensar que no sería capaz de
hacerlo.
—Estoy seguro. De todas maneras, pienso vigilarte hasta estar seguro de que
estás comiendo.
—¿Te ha pedido tu madre que vinieras?
—¿No, por qué?
—¿Y mi madre?
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Ty negó con la cabeza.
Annie se recostó contra la almohada, encantada de que aquello hubiera sido
iniciativa suya. A lo mejor, después de todo, la quería. No como a ella le hubiera
gustado, pero por lo menos era un principio.
Por primera vez desde que había comenzado a perder el control sobre su vida,
sintió ganas de arreglarla. Quizá la próxima vez que la doctora McDaniels fuera a
verla, tuviera algo que decirle.
Ronnie llevaba ya varios minutos en el pasillo cuando Ty salió de la habitación
de su hija. Teniendo en cuenta la hora que era, era evidente que se había saltado
alguna clase. Seguramente, tenía un buen motivo para hacerlo.
Ronnie había esperado un buen rato antes de acercarse hasta la habitación y
quedarse esperando en la puerta. Sólo había oído retazos de la conversación de Ty
con Annie, y casi ninguna de las respuestas de su hija, pero había oído lo suficiente
como para sentir una profunda admiración por el chico.
Todavía continuaba allí cuando Ty salió de la habitación.
—Ronnie —dijo el adolescente con expresión vagamente culpable—. No sabía
que estabas ahí.
—Acabo de llegar. Te agradezco que vengas a estar con Annie.
—He estado muy preocupado por ella —dijo Ty, encogiéndose de hombros.
—Yo también… Mira, Ty, no pretendía espiaros, pero he oído parte de lo que
has dicho y creo que es posible que hayas conseguido hacerle entrar en razón como
ninguno de nosotros hemos sido capaces de hacerlo. No sabes cuánto te lo
agradezco.
El adolescente pareció erguirse en toda su altura.
—Todo lo que he dicho es verdad.
—Lo sé, y por eso estoy tan impresionado. Te has convertido en un hombre
muy maduro. Ty sonrió avergonzado.
—No creo que mi madre tenga la misma opinión, sobre todo cuando se entere
que me he escapado del colegio para venir aquí.
Ronnie posó una mano en su hombro.
—Ya me encargaré yo de hablar con ella.
Ty le miró con evidente alivio.
—¿Y también con Cal? Es el entrenador de béisbol y es muy estricto con eso de
ir a clase.
—Sí, también hablaré con él —le prometió Ronnie—. De hecho, ¿por qué no nos
ocupamos de eso ahora mismo? ¿Tienes más clases por hoy?
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Ty negó con la cabeza.
—Entonces, llamaré a tu madre para ver si quiere venir con Cal a tomar un
batido en el Wharton's, ¿te apetece? —se dirigió con él hacia la salida.
—Claro —dijo Ty. Desvió la mirada y después volvió a mirar a Ronnie un poco
avergonzado—. No sé qué pasó cuando te fuiste de la ciudad, pero me alegro de que
hayas vuelto. Me gustaba verte con Dana Sue. Para mí, erais como otros padres.
Ronnie se emocionó al oír aquella confesión.
—Gracias, yo también me he sentido siempre así —antes de ponerse en
evidencia llorando delante del chico, sacó el teléfono móvil y entonces se dio cuenta
de que no tenía la menor idea de cuál era el teléfono del gimnasio—. ¿Por qué no
llamas a tu madre?
—No… las clases no terminan hasta dentro de diez minutos.
—Entonces, dame el teléfono.
—Sí, eso me parece mejor.
Cuando Maddie contestó, Ronnie se echó a reír ante la impaciencia que
reflejaba su voz. Evidentemente, había interrumpido algo.
—Me parece que no llamo en un buen momento.
—¿Ronnie?
—Sí, soy yo.
—Esta tarde esto está siendo una locura. Perdona si te he contestado de mal
humor.
—No te preocupes. ¿Podrías hacer novillos?
—¿A ti qué te parece?
—Que no, pero ésa es precisamente la razón por la que deberías tomarte un
descanso. Así cuando vuelvas al trabajo, todo te parecerá mucho menos estresante.
—No sé. Tengo el escritorio repleto de papeles.
—¿Y crees que pasar una hora fuera puede empeorar mucho tu situación?
—Probablemente, no.
—En ese caso, vamos a quedar en el Wharton's. Me muero por un batido de
chocolate. Y también tu hijo.
Se produjo un largo silencio al otro lado de la línea hasta que Maddie preguntó:
—¿Perdón?
—Nos vemos allí dentro de diez minutos, Madelyn. E invita también a tu
marido.
—Quieres que venga Cal cuando al parecer mi hijo se ha saltado las clases de la
tarde, ¿es que te has vuelto loco?
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—En absoluto. Te veo dentro de diez minutos —colgó el teléfono para no darle
tiempo a hacer más preguntas.
Ty le miró preocupado.
—¿De verdad crees que no se enfadarán?
—No te preocupes. Para cuando haya terminado de contárselo todo, pensarán
que eres la madre Teresa.
Ronnie le dio un codazo a Ty para que se dirigiera a una de las mesas y se sentó
a su lado. Decidió que había sido un buen movimiento cuando vio entrar a Maddie
convertida en una mezcla de mamá gallina y de Terminator.
—¿Va a venir Cal? —preguntó Ronnie alegremente mientras Maddie se sentaba
enfrente de él.
—Quiero que alguien me explique lo que está pasando aquí —dijo Maddie muy
tensa—. Y cuanto antes, mejor.
Ronnie se alegró de haber pedido la bebida en cuanto habían llegado a la
cafetería. Le acercó su batido a Maddie.
—Bebe un trago. Te sentirás mejor.
—Sobornarme con batidos no va a servirte de nada —pero bebió un buen trago.
Jamás había podido resistirse a los batidos y a los helados con chocolate
fundido. De hecho, si Ronnie no recordaba mal, ésas eran las drogas que consumía
cuando estaba enfadada, así que eran muchas las probabilidades de que se
tranquilizara después de haber bebido.
Pocos minutos después, tras mirar con dureza a Ronnie y a Ty, como si
estuviera intentando decidir a cuál de ellos iba a estrangular antes, su expresión
cambió ligeramente.
—Hola, cariño —el hombre que se había casado con Maddie en ausencia de
Ronnie llegó en aquel momento, le dio un beso en la mejilla a su esposa y se volvió
después hacia Ty con expresión beligerante—. Tyler.
—Maddie, ¿no vas a presentarme a tu marido? —preguntó Ronnie
rápidamente.
—Ronnie Sullivan, Cal Maddox —les presentó Maddie muy seria—. Y ahora
mismo empieza hablar. ¿Por qué mi hijo no ha ido esta tarde al instituto y está aquí
ahora contigo?
Ronnie miró a Ty, mostrándole su apoyo, y después se volvió hacia su madre.
—En realidad, estaba con Annie.
—¿En el hospital? —preguntó Maddie sobresaltada, y miró a su hijo—. Vas
todas las tardes al hospital, ¿por qué has tenido que faltar a clase para ir a ver a
Annie?
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—Porque por las tardes hay demasiada gente en la habitación. Y he pensado
que, si podía hablar claramente con ella, a lo mejor conseguía que se diera cuenta de
lo que está haciendo.
Maddie se reclinó en el asiento, evidentemente estupefacta. Cal parecía estar
debatiéndose entre la exasperación y el orgullo. Al final, fue él el que rompió el
silencio.
—¿Y? ¿Cómo te ha ido?
Ty miró hacia Ronnie buscando su apoyo.
—Bastante bien. Creo que me ha hecho caso.
—Ha sido increíble —dijo Ronnie—. Yo estaba en el pasillo y he oído parte de la
conversación. Deberíais estar orgullosos de él, Maddie. No ha retrocedido en ningún
momento y ha sido capaz de decirle cosas que yo no me atrevo a decirle —miró a
Cal—. Incluso le ha dado algunas explicaciones sobre la anorexia.
Cal asintió lentamente.
—Me alegro de que haya interiorizado lo que le han explicado, pero…
Ronnie le interrumpió.
—Mira, Cal, sé que Ty ha hecho mal al faltar a clase, pero creo que lo ha hecho
por buenas razones. ¿No crees que se merece una tregua?
Cal parecía estar debatiéndose entre la necesidad de atenerse a unas normas y
su comprensión hacia la actitud de Ty. Al final, pareció llegar a una conclusión,
porque sonrió.
—No voy a perdonarte por lo que has hecho, pero… —empezó a decir.
—Yo tampoco —añadió Maddie con firmeza.
—Pero la verdad es que estoy orgulloso de ti —continuó Cal con firmeza—. Y
como en realidad durante estos meses no estamos en la liga de béisbol, creo que no
hará falta que te suspenda ningún partido por incumplir las normas del instituto.
Maddie suavizó su expresión.
—Y yo escribiré una nota para tu profesora, explicando que has faltado a clase
por un asunto familiar, y que la culpa de no haber entregado la nota por adelantado
ha sido mía.
El alivio de Ty fue evidente.
—Gracias. Prometo que no volveré a hacerlo nunca más. Pensaba que era algo
importante, algo que tenía que hacer, y tenía miedo de que me dijerais que no si os
pedía permiso.
—Claro que era importante, y ésa es la razón de que no nos hayamos enfadado
contigo. Pero no vuelvas a hacer nada parecido. La próxima vez, pregunta.
—Sí, señor —dijo Ty muy serio—. ¿Y ahora puedo pedirme una hamburguesa?
Me he saltado el almuerzo para poder ir al hospital.
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—Dile a Grace que pago yo —le dijo Ronnie, levantándose para que el chico
pudiera salir.
Cuando Ty se marchó, Ronnie miró a Maddie.
—Ha madurado mucho desde que me fui.
Maddie siguió a su hijo con la mirada antes de decir
—Hay días que hasta lo lamento, pero hoy tengo que decir que jamás me había
sentido tan orgullosa de él.
—Lo mismo digo —intervino Cal—. ¿De verdad crees que lo que le ha dicho a
Annie puede haber tenido algún efecto en ella?
—Lo sabré definitivamente después de que Annie tenga la próxima sesión con
la psicóloga, pero creo que sí. Y si tengo razón, estaré en deuda con él durante el
resto de mi vida.
Maddie le estrechó la mano con cariño.
—Todos lo estaremos.
Una vez arregladas las cosas con Ty, Ronnie se reclinó en su asiento y le dirigió
a Cal Maddox una larga mirada.
—Dime, entrenador, ¿cómo conseguiste conquistar a la número dos de las
mujeres de Serenity?
—¿La número dos? —protestó Maddie.
Ronnie le sonrió.
—Dana Sue está en el primer puesto de mi lista, querida, pero tú la sigues muy
de cerca.
—Siento contradecirte —la defendió Cal—, pero en todas las encuestas que yo
he hecho, Maddie aparece en primer lugar.
Maddie agarró del brazo a Cal y le sonrió a Ronnie.
—Así consiguió conquistarme.
—Supongo que tendré que esperar a ver si realmente te merece.
Cal se inclinó hacia delante y le miró a los ojos.
—A lo mejor deberíamos hablar también de cómo dejaste escapar a una mujer
como Dana Sue.
Ronnie no desvió la mirada.
—La respuesta es muy fácil. Fui un estúpido —le guiñó el ojo a Maddie—. Y,
por cierto, ahora soy mucho más inteligente, así que no volverá a ocurrir.
Maddie se puso muy seria para decirle:
—Cuento con ello. Ronnie Sullivan, de verdad, porque si vuelves a romperle el
corazón, te juro que no respondo de mis actos.
—Y yo la apoyaré —añadió Cal.
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—No os preocupéis. Tengo un plan.
—¿Y te importaría compartirlo? —preguntó Maddie sin poder disimular su
curiosidad.
—No hasta que lo tenga todo arreglado —respondió Ronnie—. E incluso
entonces, quiero que Dana Sue sea la primera en oírlo.
—¿Y ese plan tiene algo que ver con la antigua ferretería? —preguntó Maddie.
Ronnie frunció el ceño.
—¿Cómo demonios te has enterado?
—Cariño, estamos en Serenity. ¿Ya te has olvidado de la velocidad a la que
corren los rumores en esta ciudad?
Debería habérselo imaginado, admitió Ronnie. La noticia de su infidelidad
había corrido como la pólvora. El problema era que aquella vez había contado con
que Mary Vaughn le guardaría el secreto.
—No pongas esa cara —le aconsejó Maddie—. Mary Vaughn no ha dicho una
sola palabra. Por lo menos te vio media docena de personas en la ferretería. Si
querías guardar el secreto, deberías haber ido allí de madrugada.
—La próxima vez lo tendré en cuenta. Bueno, ahora que parece que ya está
todo el mundo enterado, será mejor que me ponga en funcionamiento. Tengo
algunas llamadas que hacer.
—Cuéntaselo pronto a Dana Sue. Es probable que también le lleguen a ella los
rumores —le advirtió Maddie.
Y, sospechó Ronnie, también que interpretara su silencio como una gran
conspiración destinada a dejarla completamente al margen de sus planes.
Ronnie suspiró.
—Sí, es más que probable, pero de momento no puedo decir nada. Si te dijera
algo… —comenzó a decir.
Maddie sonrió y alzó las manos.
—Yo no sé nada.
Cal, que había permanecido en silencio durante la conversación, intervino
entonces.
—¿Quietes que le dé un consejo?
—Claro.
—Lo que tengas que decirle, díselo cuanto antes. Es posible que no conozca a
Dana Sue tanto como tú, pero a la mayor parle de las mujeres les molesta ser las
últimas en enterarse de algo.
—Tiene razón —le apoyó Maddie—. Habla con ella. Cuanto antes le informes
de tu plan, antes volverá a tener la sensación de que formáis un equipo.
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—En eso estamos de acuerdo —Ronnie asintió—. Hablaré con ella en cuanto
tenga oportunidad —esperaba que, con un poco de suerte, no fuera demasiado tarde.
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Capítulo 15
Cuando Dana Sue entró en la cocina del Sullivan's alrededor de las cuatro de la
tarde, Erik la recibió con un gesto de agotamiento.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Dana Sue inmediatamente.
—La canguro de Karen está enferma —contestó Erik mientras intentaba hacer
media docena de cosas al mismo tiempo.
Mezcló el pescado con las especies, lo rebozó con pan rallado, lo metió en el
refrigerador y sacó las ensaladas.
—Yo me ocuparé de las ensaladas —dijo Dana Sue, dando un paso adelante.
¿Qué tenemos esta noche como platos del día?
—Gracias a Dios, estamos en mitad de la semana. Creo que podremos pasar la
noche con un solo plato del día. Haré camarones con pasta, es un plato rápido y fácil.
—¿Y de postre?
—Todavía no lo he pensado. He estado completamente concentrado en los
platos principales de la carta.
Que un chef de repostería admitiera algo así daba cuenta de lo estresado que
estaba.
—¿Por qué no haces brownies de avellanas con helado de crema? —sugirió
Dana Sue, sabiendo que era algo que podía preparar en un abrir y cerrar de ojos—.
Con una bandeja bastará. Y creo que también queda tarta de manzana en el
congelador. La sacaré para que esté a la temperatura adecuada para la cena. Mete las
porciones en el horno, añádeles canela y helado de vainilla y ya tienes el postre listo.
Erik no discutió, aunque en otras circunstancias habría protestado porque no
era partidario de servir algo que no estuviera hecho en el mismo día.
—¿Por qué no me has llamado en cuanto te has enterado de lo de Karen? —le
preguntó Dana Sue mientras sacaba la tarta.
—Ya tienes suficientes problemas y he pensado que podría arreglármelas. No
debería ser para tanto.
Dana Sue le sonrió.
—Supongo que contraté una ayudante por alguna razón —comentó Dana Sue—
. A veces hacemos falta los tres en la cocina, y lo sabes. No eres Superman y yo soy la
responsable del restaurante. La próxima vez que haya una crisis, llámame.
—Créeme, lo haré —contestó Erik un poco menos tenso, mientras mezclaba los
ingredientes para los brownies—. Hay otra cosa que deberías saber. Uno de los
camareros ha llamado también para decir que estaba enfermo. Todavía no he podido
llamar para pedir un sustituto.
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—Así que sólo tenemos a Brenda, que trabaja media jornada y no tiene tanta
experiencia como los demás. Maldita sea, esto no podría haber ocurrido una noche
peor.
—Dímelo a mí.
—Ya se me ocurrirá algo —le prometió Dana Sue.
Justo en el momento en el que alzó la mirada, vio a Ronnie en el marco de la
puerta. Le miró con los ojos entrecerrados e inmediatamente tomó una decisión que
debería haber pensado mucho más detenidamente. Pero ya pensaría más tarde si
había sido o no una decisión inteligente.
—Sé que no has vuelto a hacerlo desde que éramos unos críos, ¿pero crees que
serías capaz de trabajar de camarero?
—Se trata de recibir pedidos y no tirar la comida encima de los clientes,
¿verdad? —preguntó Ronnie con extrañeza—. ¿Era una especie de prueba? ¿La he
pasado?
—Más o menos. Agarra una carta y estúdiatela. Dentro de un momento te
enseñaré de qué mesas tienes que ocuparte.
—¿Quieres que me quede a servir mesas esta noche? —preguntó Ronnie con
incredulidad.
Erik parecía tan sorprendido como él.
—¿Estás segura, Dana Sue?
—De momento es la única posibilidad que tenemos. Y me lo debes.
—No sabía que ése fuera un criterio para elegir un empleado —dijo Erik, pero
la mirada de Dana Sue le hizo cerrar la boca inmediatamente.
—¿Por qué? —preguntó Ronnie mientras agarraba la carta.
Sacó un par de gafas del bolsillo, se las puso y comenzó a leer.
—Tenemos una crisis —contestó Dana Sue, mordiéndose la lengua para no
hacer ningún comentario sobre las gafas—. Si no estás seguro de algo, pregúntame a
mí, o mejor aún, a Brenda.
—¿Te refieres a esa niña que nos sirvió la última vez que estuve aquí?
—Esta noche, esa niña será tu jefa, Ronnie. Así que haz lo que ella te diga.
Ronnie se encogió de hombros.
—Como tú quieras.
Una vez terminados la mayor parte de los preparativos, Dana Sue se metió en
su despacho y llamó a Annie.
—Hola, cariño —la saludó cuando su hija contestó el teléfono.
—Hola, mama. ¿Dónde estás?
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—En el restaurante. Esta noche hemos tenido un pequeño problema y no voy a
poder ir a verte. Lo siento, pero estoy segura de que Helen o Maddie se pasarán más
tarde por allí. ¿Cómo te encuentras?
—Mejor —y en aquella ocasión, parecía estar diciendo la verdad—. Ty ha
venido hoy a verme.
—¿De verdad?
—Te lo contaré todo cuando nos veamos —le prometió Annie—. Me ha dicho
muchas cosas en las que tenía razón.
—Me alegro.
—¿Sabes dónde está papá? Esta tarde no ha venido a verme.
—Pues la verdad es que está aquí. Esta noche va a trabajar de camarero.
Annie se echó a reír.
—Estás de broma, ¿verdad?
—No, y tengo que reconocer que está bastante guapo con el delantal —bajó la
voz—. ¿Y sabes otra cosa?
—¿Qué? —preguntó Annie intrigada.
—Que ha tenido que ponerse gafas para leer la carta.
—¡No!
—Pero le quedan muy bien.
—¿De verdad? —preguntó Annie, obviamente animada por el comentario de su
madre.
Dana Sue sabía que debería evitar que Annie se creara falsas expectativas, pero
por una vez, decidió seguirle la comente.
—Que sea tu padre y que esté enfadada con él no significa que no sea
consciente de lo atractivo que es.
Annie se echó a reír.
—Mamá, qué graciosa eres.
Satisfecha de haber podido hacer reír a su hija. Annie se despidió de ella.
—Ahora tengo que colgar, cariño. Si no es demasiado tarde, te llamaré cuando
las cosas estén más tranquilas. Y, en cualquier caso, estaré allí a primera hora de la
mañana.
—Te quiero —dijo Annie—. Y dile a papá que también le quiero a él.
—Lo haré.
Dana Sue colgó el teléfono. Por primera vez en mucho tiempo, sentía renacer
sus esperanzas. Quizá fuera porque su hija parecía más animada. O quizá por la
perspectiva de pasar toda una velada con Ronnie. Fuera como fuera, se sentía
condenadamente bien.
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Ronnie no era el camarero más rápido del universo. En parte, culpaba de ello al
hecho de que todas las personas que le reconocían querían hablar con él sobre su
vuelta al pueblo. Pero, afortunadamente, sólo confundió dos platos en toda la noche.
Además, había sido divertido, y muy ilustrativo también, ver cómo combinaba
Dana Sue el trabajo de la cocina con la atención a los clientes.
Alrededor de las nueve, el número de comensales comenzó a disminuir. Ronnie
estaba a punto de tomarse un descanso cuando entró Helen como una exhalación y
se dirigió directamente hacia el grupo de mesas que le tocaba servir a Ronnie.
—He venido a ver si los rumores son ciertos —dijo inmediatamente, mirándole
con los ojos entrecerrados.
—¿A qué rumores te refieres?
—A los que dicen que Dana Sue ha contratado al hombre que la engañó. ¿Hasta
dónde piensas llegar Ronnie?
—Mira, Helen, estás tan confundida en todo la que has dicho que no sé ni por
dónde empezar. Aunque quizá deberías hablar directamente con Dana Sue, porque
estoy seguro de que no te creerás nada de lo que yo te diga.
—Distingo una mentira a kilómetros —le contradijo Helen—. Quiero oír tu
versión.
—En primer lugar, no estoy trabajando aquí. Estoy ayudando a Dana Sue a salir
de un apuro y ni siquiera hemos hablado de salario. No necesito dinero. Ahora, ¿vas
a comer algo? La cocina está a punto de cerrar. Y antes de que lo preguntes, el plato
del día ya se ha acabado, así que, si era por eso por lo que venías, la próxima vez
procura llegar antes.
Helen parpadeó ante la rapidez de su respuesta y suspiró.
—Lo siento —dijo sorprendiéndole—. Cuando Annie me ha dicho que Dana
Sue te había puesto a trabajar, me he precipitado a sacar conclusiones.
—Sí, algo que deberías vigilarte. Es una mala costumbre, sobre todo para una
abogada, que debería intentar analizar fríamente los hechos.
—Tienes razón. Lo siento de verdad.
Ronnie miró a su alrededor para asegurarse de que todas sus mesas estaban
vacías y después se sentó junto a Helen.
—Mira, tú y yo tenemos que hacer las paces. Te agradezco que cuides de Dana
Sue, pero yo no soy su enemigo. Ya no.
—Eso todavía tendré que decidirlo.
—Supongo que tienes razón.
Antes de que pudieran decir nada más, Dana Sue salió corriendo de la cocina y
se dirigió directamente hacia su mesa.
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—Brenda me ha dicho que estabas aquí —le dijo a Helen. Les miró
alternativamente—. Bien, parece que no estáis discutiendo.
—No, esta noche no.
—De hecho, estamos negociando una tregua.
Dana Sue les miró dubitativa.
—¿Y cómo va la cosa?
—Todo lo bien que cabe esperar siendo Helen una de las personas con las que
hay que negociar. Es muy dura.
—Una gran cualidad en una abogada —dijo Helen.
—La mayoría de las veces.
—Alguien tiene que pararle los pies a Ronnie —añadió Helen.
—Yo soy perfectamente capaz de hacerlo —le confirmó Ronnie.
Helen por fin pareció relajarse.
—Siempre y cuando yo no te pierda de vista.
Ronnie le guiñó el ojo a Dana Sue.
—Eso lo doy por supuesto. Bueno, ¿vas a cenar o no? —miró a su ex esposa—.
¿Y tú? ¿Has comido algo?
Dana Sue se encogió de hombros.
—No he tenido tiempo, pero de todas formas, no tengo hambre.
—Necesitas comer algo —dijo Helen con firmeza— . Yo cenaré salmón, y tráele
lo mismo a ella.
Una vez en la cocina, Ronnie hizo el pedido, puso agua y pan en una bandeja y
se acercó al fogón, donde Erik estaba sirviendo las verduras con las que se
acompañaba el pescado.
—¿Son los últimos clientes?
—En realidad es para Helen y Sue —se interrumpió un momento—. ¿Puedo
preguntarte una cosa?
Erik le miró con recelo.
—Adelante.
—Conozco la historia familiar de Dana Sue. Yo ya formaba parte de su vida
cuando su madre murió por las complicaciones de la diabetes. Sé que Dana Sue
siempre ha tenido mucho miedo de padecer la misma enfermedad, ¿sabes si le han
diagnosticado una diabetes?
Erik negó con la cabeza, pero antes de que Ronnie pudiera sentirse aliviado,
añadió:
—Sin embargo, los médicos le han advertido que tiene que tener cuidado,
comer adecuadamente y hacer ejercicio si no quiere que tengan que medicarla para
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controlar su nivel de azúcar. Se supone que tiene que medírselo una vez al día e ir al
médico todos los meses. Pero no creo que lo esté haciendo, y mucho menos desde
que Annie está ingresada en el hospital.
—¿Por eso te enfadaste cuando el otro día pidió la tarta de chocolate?
Erik asintió.
—Y no voy a decirte nada más. Si quieres saber algo más, tendrás que
preguntárselo a ella.
—Gracias. Eso confirma lo que ya me imaginaba. Y, sólo para que lo sepas, a
partir de ahora, la vigilaré.
Erik le dirigió una sonrisa sincera.
—En realidad ya lo estás haciendo, no creas que no me he dado cuenta. De
hecho, ésa es la única razón por la que todavía no te he hecho papilla.
—Una pregunta más… Vosotros… estáis muy unidos, ¿verdad?
—Sí, lo estamos —se mostró de acuerdo Erik—. Podría dejar que interpretaras
que hay algo entre nosotros, pero no voy a hacerlo. Dana Sue y yo somos amigos, eso
es todo. Y no creas que no es porque yo no haya intentado convencerla de vez en
cuando de que demos un paso adelante.
—Entonces no vamos a tener que retarnos a un duelo al amanecer, ¿no?
—Por lo menos, yo no pienso hacerlo, soy pacifista. Y mientras te portes bien
con ella, no tengo nada contra ti.
Ronnie asintió, apreciando su generosidad.
—Será mejor que vaya a servirles, antes de que la jefa se queje del servicio.
—Y asegúrate de que Dana Sue no viene a limpiar. Dile que lo tengo todo bajo
control.
—Después vendré a ayudarte.
—No hace falta. Puedes quedarte con ella y con Helen.
—Algo me dice que hasta que Helen se vaya, lo más prudente será que me
quede aquí en la cocina. Digamos que no es mi principal admiradora.
—¿Y no tienes ninguna posibilidad de ganártela? —preguntó Erik, claramente
divertido.
—Desde luego, en una noche no —contestó Ronnie.
Sabía, de hecho, que por muchos progresos que hiciera con Dana Sue, ablandar
a su mejor amiga iba a ser una tarea muy dura.
No podía decirse que Annie estuviera deseando ver a la doctora McDaniels a la
mañana siguiente, pero, por primera vez, no se le revolvió el estómago ante la
perspectiva de tener una sesión con la psicóloga. A lo mejor podía contarle algunas
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cosas y, si a la psicóloga no le parecían extrañas, explicarle todo lo demás. Negando
ser anoréxica no iba a llegar a ninguna parte. Además, todo el mundo sabía que lo
era, incluso Ty. Al hacerle enfrentarse al hecho de que estaba haciendo una locura,
Ty le había infundido el valor que necesitaba para reconocerlo en voz alta.
Cuando la puerta de la habitación se abrió, esperó en vano que fuera su madre.
A esa hora, sólo podía tratarse de la doctora McDaniels.
—Buenos días, Annie —la saludó con aquella alegría que Annie encontraba tan
irritante—. Parece que tienes mejor aspecto esta mañana.
Annie sonrió con timidez.
—La enfermera me ha ayudado a lavarme el pelo.
—Estás muy guapa. También tienes más color en las mejillas.
—Es colorete —admitió.
—El maquillaje no tiene nada de malo. Y eso me demuestra que vuelves a estar
preocupada por tu aspecto. ¿Es por algún motivo en particular?
—Ty, un amigo mío, estuvo ayer aquí y me hizo empezar a ver las cosas de
forma diferente.
—¿Ah, sí?
—Me regañó por ser tan estúpida y por no cuidar de mí misma.
La doctora McDaniels intentó reprimir una sonrisa, pero Annie vio como se
alzaban las comisuras de sus labios.
—Así que te regañó, ¿eh? A lo mejor yo debería haber hecho lo mismo.
—No, creo que tenía que oírselo decir a él. Ty es un gran tipo. Es la estrella del
equipo de béisbol. Nos conocemos desde que éramos bebés. Cuando me ha dicho lo
asustado que estaba por mí, me ha hecho ver las cosas desde otra perspectiva, no
sólo desde la mía, quiero decir. En realidad, Sarah y Raylene, mis mejores amigas, ya
me lo habían dicho todo, pero creo que esta vez lo he comprendido.
—Ty te ha hecho darte cuenta de cómo afectan tus actos a las personas que te
quieren —sugirió la psicóloga.
Annie asintió.
—Y también ha hecho otra cosa. Me ha puesto un espejo delante y me ha hecho
mirarme.
—Y?
—Y no me ha gustado lo que he visto porque me he visto a través de sus ojos. Él
no me ve como una persona gorda, como yo. Y me ha hecho darme cuenta de que no
estoy tan bien.
—Parece que has hecho un gran progreso. ¿Estás dispuesta a trabajar para
cambiar la conducta que te ha traído hasta aquí?
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Annie sabía exactamente lo que aquella mujer quería oír. Quería algo más que
oírle decir que estaba dispuesta a cambiar. Quería que admitiera que estaba enferma.
Se obligó a mirar a la doctora a los ojos.
—¿Se refiere a que soy anoréxica?
—Sí, a eso es a lo que me refiero —contestó la doctora McDaniels con una
sonrisa.
Annie tragó saliva.
—¿Y si no puedo cambiarlo?
—Claro que puedes, estoy segura. No estoy diciendo que no vaya a ser duro, ni
que no habrá días en los que nos odies a mí, a Lacy y a todas las enfermeras que te
vigilan para que comas. Habrá veces en las que pienses que lo más fácil es suspender
las sesiones, y días en los que te baste ver la comida para que te entren ganas de
vomitar. Pero puedes salir adelante, Annie. Estoy aquí para ayudarte y Lacy también
te apoyará. Tienes a tu familia de tu parte y, al parecer, tus amigos también están
dispuestos a colaborar.
Annie sonrió.
—Ty me ha dicho que no se va a separar de mí hasta que esté seguro de que
como.
—Bien por él. Y ahora, aquí tengo algunas cosas en las que quiero que pienses
para mañana. La única manera de asegurarnos de que no vas a repetir ese patrón de
conducta es saber cómo has llegado hasta aquí. Quiero que pienses en todo desde el
principio. A lo mejor querías perder un par de kilos antes de que comenzara el
problema. O a lo mejor se trata de algo más serio. Piensa en ello e intenta recordar el
momento preciso en el que la comida pareció convertirse en tu enemigo. ¿Crees que
podrás hacerlo?
Annie asintió. Podía haber contestado la pregunta en ese preciso instante, pero
no estaba de humor para ello. Ni siquiera le gustaba pensar en lo ocurrido.
La doctora McDaniels la miró como si le estuviera leyendo el pensamiento.
—Annie, en realidad ya lo sabes, ¿verdad? Si quieres, podemos hablar ahora.
Puedo quedarme un poco más.
—No, no lo sé —dijo precipitadamente.
La psicóloga pareció un poco decepcionada, pero no la presionó.
—Estupendo. En ese caso, hablaremos mañana —dijo mientras abría la puerta.
Al ver a su madre al otro lado, Annie suspiró aliviada. De momento se había
librado de contestar aunque, por supuesto, iba a estar sufriendo durante veinticuatro
horas pensando en la llegada de la próxima sesión.
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Cuando Dana Sue encontró a la doctora McDaniels en la habitación de Annie,
inmediatamente se sintió culpable por haber interrumpido.
—Lo siento, no sabía que estabais juntas —dijo, intentando calibrar por la
expresión de la doctora cómo había ido la sesión—. Estaré en la sala de espera hasta
que terminéis.
—No, no hace falta. Pasa, ya hemos terminado.
—¿Estás segura? ¿No interrumpo nada?
—No, Annie y yo ya hemos hablado bastante por hoy —dijo la doctora con una
cálida sonrisa—. Hemos hecho grandes progresos esta mañana, ¿verdad, Annie?
Annie asintió, pero no parecía tan contenta como la psicóloga.
—Eso es maravilloso —dijo Dana Sue.
—Claro que sí. De hecho, hemos progresado tanto en la dirección adecuada —
anunció la doctora—, que creo que mañana podremos sacar a Annie del hospital,
siempre y cuando ella esté de acuerdo en continuar viniendo a verme todos los días.
El semblante de Annie se iluminó. Aquélla era la primera vez que oía una
noticia buena desde su ingreso en el hospital.
—¿De verdad podré volver a casa?
—Si Lacy y el doctor Lane están de acuerdo, podrás irte mañana después de
nuestra sesión —se volvió hacia Dana Sue—. Y me gustaría que pasado mañana nos
viéramos toda la familia, si te parece bien.
—Por supuesto.
—Dedicaremos la sesión a organizar lo que tenéis que hacer para ayudar en el
proceso de recuperación de Annie. También le pediré a la nutricionista que venga.
—¿Y durante su primer día en casa tendremos que hacer algo especial?
La doctora McDaniels miró a Annie.
—¿Quieres contárselo todo a tu madre mientras Lacy y yo vamos haciendo los
preparativos para mañana?
ella.
Annie asintió, claramente complacida por el hecho de que la doctora confiara en
—Has hecho un gran trabajo, Annie. Estoy orgullosa de ti —dijo la doctora.
—No ha sido tan difícil como imaginaba.
—Lo será —le advirtió la doctora—. Y habrá avances y retrocesos. Eso es algo
que tienes que comprender para que cuando ocurra no sientas la tentación de
renunciar.
Annie asintió.
—De acuerdo.
—Entonces, nos veremos mañana.
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Cuando se fue la psicóloga, Dana Sue corrió hasta su hija para darle un abrazo.
—Estoy tan orgullosa de ti, cariño. Y estoy deseando verte otra vez en casa.
Creo que no he podido dormir ni una sola noche desde que estás aquí.
—¿A pesar de que no suena la música a todo volumen?
Dana Sue se encogió de hombros y admitió a regañadientes:
—Supongo que también eso lo he echado de menos —se sentó en la cama—.
¿Quieres que organice una pequeña celebración? Estaríamos sólo nosotras, Maddie,
Helen, tu padre, Ty, Sarah y Raylene.
—Sí, estaría muy bien —dijo Annie—. Pero mamá, no hagas montones de
comida, ¿vale? Podrías invitarles después de comer o de cenar. Porque me sentiría
muy rara teniendo a todo el mundo pendiente de lo que me meto en la boca.
—Como tú quieras.
Quizá fuera demasiado pronto para esperar que Annie pudiera sentirse cómoda
en una situación en la que tuviera que relacionarse con la comida. O quizá, pensó
preocupada, era una señal de que ya estaba buscando maneras para evitar comer
delante de los demás.
Odiando no poder confiar en los motivos de su hija, Dana Sue decidió hablar
con la doctora McDaniels sobre lo que debía esperar de su hija y sobre las señales de
advertencia que podrían indicarle que estaba retrocediendo.
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Capítulo 16
Ronnie acababa de pasar una hora hablando por teléfono con Butch Thompson,
que se había mostrado de acuerdo en acercarse a Serenity al día siguiente para echar
un vistazo a la ferretería y estudiar el plan de Ronnie.
—Después quiero esa comida que me prometiste en el restaurante de tu esposa
—le había dicho Butch.
—¿Vas a traer a tu mujer?
—Esta vez no. Pero lo haré en cuanto hayamos terminado con todo el papeleo.
No creo que eso nos lleve mas de dos semanas.
El hecho de que Butch le hubiera respondido como si ya hubieran cerrado el
trato, le había hecho a Ronnie inmensamente feliz, así que cuando el teléfono volvió a
sonar, lo descolgó mucho mas contento de lo que había estado en mucho tiempo.
—¿Ronnie? —preguntó Dana Sue, como si no estuviera segura de que fuera él.
—Hola, cariño, ¿cómo estás?
—Bien. Pareces muy contento. ¿Ha ocurrido algo?
—Te lo contaré más tarde —le prometió, y se acordó entonces que la noche
anterior había ido al restaurante con intención de informarle de todos sus planes,
pero se había visto envuelto después en la crisis del restaurante y se había olvidado
de todo—. ¿Porqué me llamas? —le preguntó él.
—¿Podemos vernos en mi casa dentro de una hora?
—Claro —contestó él, aunque le sorprendió la invitación—. ¿Quieres decirme
por qué?
Dana Sue vaciló un instante, pero nunca se le había dado bien guardar secretos.
—Annie podrá volver a casa mañana. ¿No te parece fantástico?
Ronnie experimentó un alivio inmenso, acompañado de cierto recelo.
—Fantástico es poco. ¿Pero los médicos están convencidos de que ya está
preparada para volver? —le preguntó a Dana Sue.
—He hablado con la doctora McDaniels hace un momento. Dice que Annie por
fin ha cambiado de actitud. Y que mañana tendremos que reunirnos con ella toda la
familia.
—Supongo que habrá sido la visita de Ty —especuló Ronnie.
—¿A qué te refieres? —preguntó Dana Sue—. La verdad es que Annie me
comentó que había ido a verla, pero con todo lo que pasó en el restaurante ayer por
la noche, me olvidé completamente.
casa.
—Y yo me olvidé de contártelo por la misma razón. Pero ya hablaremos en
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—Sí, más te vale. Se supone que tienes que contarme todo lo que tenga que ver
con nuestra hija.
—No te he estado ocultando información de forma deliberada —le advirtió
Ronnie, que sabía cómo funcionaba la mente de su mujer.
—Si tú lo dices… —le concedió, pero su tono continuaba siendo frío—. Bueno,
quizá esté exagerando. Te veré dentro de una hora.
Hasta que no colgó el teléfono, Ronnie no se acordó de su cita con Butch, que
era al día siguiente. Un par de años atrás, habría intentado combinarlo todo. En ese
momento, cuando sus prioridades estaban tan claras, sabía que por decisiva que
fuera aquella reunión, el regreso de Annie era mucho más importante. Llamó a Butch
por teléfono.
—Butch, soy yo otra vez. ¿Podemos retrasar la reunión un par de días? Acaban
de decirme que mi hija sale mañana del hospital y quiero estar con ella. Se supone
que al día siguiente tendremos que reunimos con su psicóloga.
—Por supuesto, no hay ningún problema. Te veré el viernes a la misma hora,
¿qué te parece?
—Perfecto. Gracias.
—No tienes por qué dármelas. El que te preocupes tanto por tu hija es una de
las razones por las que me gustas.
Aliviado por haber actuado como debía y por la reacción de su ex jefe. Ronnie
se duchó silbando y se cambió de ropa antes de volver a la casa que había
compartido con Dana Sue durante casi veinte años. No estaba seguro de cómo iba a
sentirse a cruzar el umbral después de tanto tiempo, pero se alegraba de que Dana
Sue estuviera dispuesta a recibirle allí.
Dana Sue tenía diez minutos para arreglar la casa antes de que Ronnie llegara.
Desde que Annie estaba en el hospital, apenas se ocupaba de ella. Había zapatos
debajo de los sofás, platos en el fregadero y una capa de polvo cubriendo los
muebles. Dana Sue no era la mejor ama de casa del mundo, pero jamás había tenido
la casa como en aquel momento.
Aun así, para cuando oyó la camioneta de Ronnie en el camino de la entrada,
había guardado los zapatos y tenía el lavavajillas en funcionamiento.
—Gracias por venir —le dijo cuando salió a recibirle a la entrada.
Ronnie le dio un beso en la frente con el que la dejó completamente
desconcertada y pasó por delante de ella. Había sido un beso tan inocente, tan
natural, como si se lo hubiera dado a una prima lejana. No se parecía en nada a los
besos apasionados que compartían años atrás cada vez que Ronnie cruzaba aquella
puerta.
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Aparentemente sorprendido por el hecho de que no le siguiera, Ronnie se
volvió hacia ella y la miró fijamente.
—¿Estás bien?
¿Estaba bien?, se preguntó, ¿estar muriéndose de ganas de agarrarle por la
camisa y darle un beso en los labios era estar bien? ¿O era una locura?
A pesar del calor provocado por el deseo que tan repentinamente se había
apoderado de ella, se convenció a sí misma de que era una locura, una reacción
instintiva relacionada con las muchas veces que habían hecho el amor en aquella
casa.
—¿Dana Sue?
Dana Sue sacudió la cabeza, intentando alejarse de los recuerdos, y le sonrió.
—Lo siento, estaba distraída.
Comenzó a pasar por delante de él para refugiarse en la cocina, pero Ronnie la
agarró del brazo y la miró a los ojos.
—Yo también me acuerdo —le dijo suavemente.
—¿Te acuerdas de qué?
Ronnie sonrió ante aquel intento de fingir que no estaba pensando exactamente
lo mismo que él.
—De todo. Solía despertarme por las noches en los hoteles en los que dormía
pensando en los momentos que pasábamos juntos. Bastaba con una mirada o con
algún roce casual para que nos excitáramos…
—No…
—¿Que significa ese «no»? ¿Que no quieres que siga o que no te acuerdas?
—Que no podemos volver al pasado, Ronnie —susurró.
—No —se mostró de acuerdo él—, pero podemos volver a empezar.
—¿Cómo? La imagen que tengo en mi mente, la única que no me puedo quitar
de la cabeza, no es en absoluto agradable.
—La aventura…
—Sí, la aventura.
—Fue una tontería de una noche, Dana Sue. No digo que esté bien, ¿pero de
verdad crees que es razón suficiente para renunciar a toda una vida en común?
—A mí me lo pareció —comprendió que había utilizado el pasado, lo cual
podía servir para darle esperanzas, así que añadió—: Y sigue pareciéndomelo. Y al
parecer, también le lo pareció a ti, puesto que te fuiste de Serenity.
—Tú no querías que me quedara. Me marché porque no me dejaste otra opción.
—Oh, por favor, hablas como si te hubiera desterrado.
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—No, hablo como si hubieras dejado muy claro lo mucho que te dolería que me
quedara. Me fui porque me sentía culpable del dolor que había causado. Lo último
que quería era prolongar ese dolor y hacer que todo fuera más difícil para ti y para
Annie.
—¿Entonces por qué ahora insistes tanto en quedarte?
—Porque al final me he dado cuenta de que fue un error que me marchara —
sonrió—. Y a pesar de lo que dices, no creo que quieras que me vaya.
—Claro que quiero.
—¿De verdad? ¿No te estas empezando a ablandar un poco? ¿No notaste que
ayer trabajábamos como si pudiéramos leernos el pensamiento el uno al otro? ¿No
has notado lo bien que nos estamos enfrentando juntos a los problemas de Annie?
Sí, Dana Sue lo había notado, pero no confiaba en ello. No podía.
—No quiero seguir hablando de esto contigo —le advirtió, desviando la mirada
antes de ceder a la tentación de arrojarse a sus brazos—. Te he pedido que vinieras
porque he pensado que podrías ayudarme a preparar el plan de vuelta a casa.
Ronnie dio marcha atrás directamente, comprendiendo que Dana Sue estaba al
límite de su paciencia.
—Me encantaría. Y también hay algo de lo que me gustaría hablarte si tenemos
tiempo.
—Vamos a la cocina —propuso Dana Sue, esperando estar allí a salvo de los
recuerdos—. Y será mejor que nos concentremos en la vuelta de Annie a casa, ¿de
acuerdo? Prepararé un té con azúcar.
Ronnie la miró como si quisiera decirle en silencio que aquello era lo último que
debería beber.
—Sustituiré el azúcar con sacarina —dijo Dana Sue.
—¿He dicho una sola palabra?
—No, pero los dos sabemos que sabes algo, o que crees saberlo. Y como no me
apetece hablar de eso contigo, tendrás que aceptar mi palabra y confiar en que sé lo
que debo y lo que no debo comer.
—Sí, estoy seguro de que eres suficientemente inteligente como para seguir las
órdenes de los médicos.
—Sí, lo soy —por lo menos cuando se acordaba, o cuando no necesitaba buscar
el consuelo de la comida.
Echó el agua en la tetera, sacó el té de la despensa y dos sobrecitos de
edulcorante.
—¿Satisfecho? —preguntó mientras los abría, echaba el contenido en el agua y
después metía las bolsitas de té.
—Absolutamente emocionado.
Dana Sue le miró con el ceño fruncido.
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—¿Sabes? Hay algo en lo que no has cambiado nada.
—¿Y es?
—Que sigues siendo condenadamente irritante.
—Prefiero verme como un activador de tu metabolismo.
—Ya te gustaría —se burló Dana Sue, pero tuvo que reprimir una risa.
Había veces, aunque moriría antes de admitirlo, en las que tener a Ronnie cerca
le hacía acordarse de cómo se sentía cuando era una mujer alegre y llena de energía,
algo que no había vuelto a experimentar desde que Ronnie se había marchado.
Inmediatamente, intentó sacarse aquella idea de la cabeza.
Annie no sabía qué le hacía más feliz, si el estar de nuevo en casa o el ver a sus
padres bajo el mismo techo y esforzándose por llevarse bien, aunque sólo lo hicieran
por ella.
Habían llegado a casa justo antes de la hora del almuerzo y su madre había
insistido en que se sentaran juntos a tomar unos sándwiches y un té; los había
preparado de pan integral y los había dividido en cuatro partes, como a Annie le
gustaban cuando era pequeña. En vez de ponerle a Annie un sándwich delante, los
había servido en una fuente y los había dejado en el centro de la mesa.
Annie sabía que sus padres no le quitaban ojo mientras tomaba un cuarto de
sándwich, se lo ponía en el plato y añadía un poco de ensalada de patata. En otra
época, habría sido capaz de comerse todo un cuenco, pero en aquel momento, apenas
fue capaz de probar un par de bocados. Aun así, por la expresión de sus padres,
hasta eso parecía representar un gran progreso.
Para disgusto de Annie, Lacy les había dado a sus padres una lista con
instrucciones muy precisas sobre lo que debía comer y las horas a las que tenía que
hacerlo. Por lo visto, el régimen no iba a cambiar sólo porque estuviera lejos de la
mirada vigilante de las enfermeras del hospital.
—Erik ha enviado helado de canela para mas adelante —le dijo su madre—. Ha
pensado que podríamos invitar a helado a todos los que vayan pasando por aquí.
—Qué bien —dijo Annie, sorprendida de que la idea realmente le resultara
apetecible. Los helados de Erik eran inigualables—. No vendrá mucha gente,
¿verdad?
—No, sólo los que dijimos ayer, y no se quedarán mucho tiempo. Vendrán
después de cenar, como tú querías.
—Gracias —mordió un pedacito de sándwich y se obligó a tragar.
Para su sorpresa, le supo bastante bien, mejor que los del hospital. Quizá
porque lo había hecho su madre. Comió un poco más.
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—Después del almuerzo, deberías descansar —le aconsejó su padre—. No
debes moverte demasiado el primer día que estás fuera del hospital.
Annie le miró con el ceño fruncido.
—Lo único que he hecho ha sido caminar desde el coche hasta casa. Hasta del
hospital me han sacado en una silla de ruedas. Ha sido lamentable.
Su padre sonrió.
—Pues en ese momento no parecías quejarte mucho. Y ya me he fijado en que el
celador era bastante guapo.
Annie elevó los ojos al cielo mientras mordía otro pedazo de sándwich.
—Por favor, Kenny tiene veintitrés años. Y estoy segura de que dejó los
estudios. Me temo que ése será el mejor trabajo que conseguirá en toda su vida.
—Vaya, me alegro de ver que aspiras a lo más alto —bromeó Ronnie—. Pero no
juzgues tan rápidamente a la gente. Nunca se sabe qué talentos puede esconder.
—Si Kenny tiene algún talento, lo tiene tan escondido que es imposible
descubrirlo —se burló y se fijó entonces en que, inconscientemente, se había servido
otra porción de sándwich. Se encogió de hombros y comió.
—¿Tan segura estás de la falta de talentos de Kenny? —le preguntó su padre.
Annie le miró con atención.
—¿Qué sabes sobre él que yo no sé?
—Sólo que es un gran carpintero. Ha estado haciendo muebles durante la
mayor parte de su vida y ha vendido algunas piezas a galerías interesadas en
artesanía.
Dana Sue miró a Ronnie con la misma expresión de sorpresa que su hija.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque he hablado con él —dijo Ronnie—. Es tímido, pero no tonto —le
dirigió a su hija una mirada muy significativa—. Otra lección que tienes que
aprender.
—No estarás intentando emparejarme con él o algo parecido —aventuró Annie,
después de ayudarse a tragar con un sorbo de té.
—Por supuesto que no. Es demasiado viejo para ti.
—¿Entonces a qué viene esta conversación? —le preguntó.
Estaba molesta consigo misma por haber perdido la oportunidad de conocer a
un tipo que parecía mucho más interesante de lo que ella en un primer momento
había imaginado. A lo mejor se estaba convirtiendo en una esnob, como su padre
había insinuado.
—Creo que sé lo que está haciendo —dijo Dana Sue, mirando a su ex marido
con expresión divertida—. Te está distrayendo para que no pienses en la comida. Y
parece que está funcionando.
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Annie fijó la mirada en su plato y vio que había desaparecido todo lo que se
había servido.
—¿Me he comido un sándwich entero? —preguntó, dudando todavía.
¿Cómo era posible que se hubiera comido todo un sándwich sin que le hubieran
entrado ganas de vomitar? Pero la verdad era que no se encontraba mal. Una extraña
sensación de triunfo la invadió. Le sonrió a su padre.
—Genial, un poco retorcido pero genial.
—Creo que con esas palabras acabas de definir a tu padre —dijo Dana Sue
riendo a carcajadas.
Annie recordaba muchas otras comidas alrededor de esa misma mesa, y casi
todas ellas habían sido así. Aquellos encuentros eran una de las cosas que había
echado de menos cuando su padre se había ido. Las comidas con su madre, las pocas
veces que las compartían, eran casi en completo silencio y, últimamente, con el
restaurante, apenas tenían tiempo de cenar juntas.
—Me alegro mucho de que estés aquí —le dijo a su padre, sin importarle que su
madre pudiera enfadarse.
—Yo también. Echaba de menos Serenity.
—No me refiero sólo a eso —dijo Annie, ansiosa por aclararlo—, sino a que
estés aquí, con nosotras.
—Annie… —comenzó a advertirle su madre.
—Sólo estoy diciendo que me alegro de que esté aquí —replicó Annie furiosa—.
Eso es lo que siento y la doctora McDaniels dice que tengo que expresar mis
sentimientos —se levantó—. Ahora voy a echarme la siesta. Llámame antes de que
venga todo el mundo, sobre todo si vamos a cenar antes. Quiero estar tan guapa esta
noche que nadie tenga que preocuparse por si me voy a desmayar o no.
—Me aseguraré de que tengas tiempo suficiente para arreglarte —le prometió
su madre.
Annie miró a su padre.
—¿Todavía estarás aquí cuando me levante?
—Sí, estaré aquí —le confirmó.
—¿Y no podrías quedarte en casa? —preguntó, aun a sabiendas de que estaba
haciendo una pregunta que probablemente a su madre le aterraba.
—Estaré muy cerca. Nos veremos continuamente.
Evidentemente, no quería poner a su madre en un compromiso, pero a ella no le
importaba hacerlo. Y creía saber la mejor manera de forzar la situación. Al día
siguiente, sacaría el tema cuando estuvieran con la doctora McDaniels. Tenía la
sensación de que, si montaba un buen número delante de la psicóloga, sus padres no
serían capaces de negarle nada. Era ser un poco manipuladora, de acuerdo, pero si
de esa manera conseguía que sus padres volvieran a estar juntos, no le importaba. A
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veces, los adultos necesitaban un pequeño empujoncito para hacer lo que realmente
querían.
—¡Ni siquiera pienses en ello! —musitó Dana Sue en el instante en el que Annie
salió de la habitación.
—¿En qué no quieres que piense? —preguntó Ronnie con fingida inocencia,
aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—No vas a venir a vivir a esta casa. Ni siquiera por el bien de Annie.
—Estoy seguro de que mañana sacará el tema con la psicóloga —predijo
Ronnie.
— No se atreverá —repuso Dana Sue, mirándole alarmada.
—Por supuesto que se atreverá. ¿No has visto como le brillaban los ojos?
Nuestra Annie tiene una misión y está dispuesta a llevarla adelante.
Dana Sue se hundió en la silla, tomó la cuchara y comenzó a comerse los restos
de ensalada de patata.
—Deberías… —comenzó a decir Ronnie, pero calló al ver su mirada de
advertencia.
Aun así, Dana Sue dejó la cuchara en el cuenco.
—Pues esta vez no va a salirse con la suya —se obligó a decir, aunque no estaba
muy convencida—. Y en esto tendrás que ayudarme.
—¿Y si ella tuviera razón?
—Entonces es que te has vuelto loco. Sería una locura que volvieras a esta casa
en cualquier circunstancia.
—Hay una habitación de invitados. Y estoy tirando dinero quedándome en el
hostal.
—La habitación de invitados está mucho más cerca de mi dormitorio de lo que
debería. ¿No crees que ya va siendo hora de que regreses a Beaufort, o a donde
quiera que hayas estado?
—Me temo que no. He dejado el trabajo que tenía allí.
Dana Sue le miró estupefacta.
—¿Pero por que has hecho una cosa así?
—No me parecía justo pedirles que me guardaran el puesto cuando no tenía
intención de volver.
—Pero tienes que volver —parecía desesperada.
—¿Por qué?
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—Sabes perfectamente por qué. Me engañaste. Ronnie, y no quiero tener que
acordarme de lo que pasó cada vez que me tropiece contigo.
Evidentemente, aquél no era el momento de sacar a relucir lo de la ferretería.
—¿Y de qué crees que se acuerda más la gente en Serenity? ¿De que te engañe o
de que me tiraste todas mis cosas al jardín y me echaste de tu casa antes de que
hubiera podido recogerlas?
—Y yo qué sé —contestó Dana Sue, aunque los dos sabían que no era cierto.
—¿Quieres que vaya ahora mismo a hacer una encuesta?
—Eres patético. Sabes que a esta hora del día casi sólo hay mujeres en casa y
seguro que rezumarías suficiente encanto como para que todas se pusieran de tu
lado.
—Creía que las mujeres os apoyabais cuando ocurrían cosas como ésa.
—Y es cierto. Por lo menos la mayor parte de las veces. Porque mira a Maddie.
Parece que ha vuelto a convertirse en tu mejor amiga. Siempre ha tenido debilidad
por tu sonrisa. Pero por lo menos a Helen no la vas a engañar tan fácilmente.
—Helen cada vez está más amargada con los hombres. Necesita conocer a
alguien antes de que todos esos divorcios la transformen definitivamente en una
cínica.
—Mira quién fue a hablar.
—No me digas que tú no lo has pensado. Eres demasiado buena amiga como
para no haberte dado cuenta de lo que le está pasando.
Dana Sue suspiró.
—De acuerdo, tienes razón. Está un poco cansada y necesitaría a alguien en
quien apoyarse. Pero no sé si podrá encontrarlo en Serenity.
—Helen trabaja en todo el estado —le recordó Ronnie, alegrándose de poder
sacar un tema que les permitiera olvidarse durante un rato de su relación—.
Seguramente, en alguna parte de Carolina del Sur habrá algún hombre
suficientemente inteligente y fuerte como para vivir con ella.
—Helen conoce a hombres muy agradables. Incluso me presentó en alguna
ocasión a algunos.
—Helen y tú no tenéis el mismo gusto en hombres —replicó Ronnie, sin poder
dominar los celos.
—Y mira lo que conseguí yo —replicó Dana Sue.
—Mas de veinte años de felicidad —contestó Ronnie, sin dejarse amilanar por
la pulla.
—Y dos años de inmensa tristeza.
Ronnie reprimió una sonrisa.
—Si me dieras una oportunidad, podría acabarse para siempre la tristeza.
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Dana Sue le tiró una servilleta.
—Eso no va a ocurrir nunca.
—Ya veremos —musitó él—. Ya veremos.
Dana Sue podía no querer admitirlo, pero estaban haciendo grandes progresos
en su relación.
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Capítulo 17
Dana Sue entró en el comedor y vio a Cal y a Ronnie hablando de deportes en
una esquina, como si fueran grandes amigos. Ronnie nunca se había llevado tan bien
con Bill, el primer marido de Maddie, a pesar de que se conocían desde que iban
juntos al instituto. De hecho, había sido él el primero en darse cuenta de que Bill no
era el hombre adecuado para Maddie.
En realidad, nunca había terminado de decirle por qué, y tampoco había
querido compartir su opinión con Maddie.
—Maddie va a casarse con él —le había dicho en más de una ocasión—. Lo que
yo piense de Bill es lo de menos. Por su bien, internaré llevarme bien con él, como
hace Helen.
En aquel momento, a Dana Sue le había sorprendido que insinuara que a Helen
tampoco le gustaba mucho Bill.
Al verle con Cal, comprendió que no tenía el mismo tipo de reservas hacia él, a
pesar que la diferencia de edad entre Maddie y Cal había dado lugar a todo tipo de
habladurías en el pueblo.
Cuando Ronnie alzó la mirada y descubrió a Dana Sue mirándole, le guiñó el
ojo. A los pocos minutos, cruzó la habitación y se acercó a ella.
—Cal y tú parecéis tener muchas cosas de las que hablar —le comentó Dana
Sue, sin estar muy segura de cómo le sentaba que se hicieran amigos.
—Me gusta. Es un hombre con los pies en la tierra. Adora a Maddie y a su bebé,
y también a Ty y a Kyle. Es evidente que es un gran apoyo para todos ellos.
—Entonces, ¿esta vez apruebas la elección de Maddie?
—No es asunto mío, pero sí. Cal me ha comentado que Bill quiso volver con
Maddie cuando se separó de la enfermera, ¿eso es cierto?
Dana Sue asintió.
—Sí, pero gracias a Dios, Maddie le rechazó. Con Cal es mucho más feliz de lo
que lo fue nunca con Bill.
Ronnie buscó a Maddie con la mirada.
—Está resplandeciente, ¿verdad? El matrimonio y el embarazo le han sentado
muy bien.
Cuando Ronnie se volvió hacia Dana Sue, su expresión se había suavizado.
—Recuerdo que cuando estabas embarazada de Annie estabas preciosa.
—Supongo que te refieres a los cinco segundos al día durante los que no estaba
vomitando.
Ronnie le acarició la mejilla.
—No hagas eso, Dana Sue.
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—¿Que no haga qué?
—Despreciarte a ti misma. Eres una mujer maravillosa. Y con el embarazo
estabas mucho más guapa.
Dana Sue se llevó las manos a las caderas en un impulso.
bebe.
—Ahora también he ganado unos cuantos kilos, pero no por culpa de ningún
—A mí me encanta cómo estás.
—Sí, claro. A todos los hombres les gusta que sus mujeres engorden.
Ronnie la miró desconcertado.
—No sé a qué viene eso. ¿De verdad esperas tener una talla treinta y seis
durante toda tu vida? Eres una mujer de aspecto saludable, Dana Sue, y como tal, es
normal que tengas tus curvas. Si quieres saber mi opinión, ése es el aspecto que
debería tener cualquier mujer.
Dana Sue deseaba creerle, quería verse con sus ojos, pero sólo podía pensar en
los kilos que veía cada vez que se subía a una báscula.
—No puedes estar hablando en serio.
Ronnie dio un paso adelante. Dana Sue retrocedió. Ronnie volvió a avanzar
hasta acorralarla contra la pared. La determinación que Dana Sue vio en sus ojos le
hizo estremecerse.
—Continúas siendo la mujer más deseable que he conocido nunca —dijo
Ronnie con voz queda, con los labios a sólo unos centímetros de los suyos.
Dana Sue tragó saliva ante la sinceridad que reflejaba su voz. Conocía
perfectamente esa mirada, sabía cómo terminaban siempre que aparecía. Pero en
aquel momento estaban en una casa llena de gente. Seguramente no pretendería…
Ronnie posó las manos en la pared, a ambos lados de la cabeza de Dana Sue, y
se inclinó hacia delante. A Dana Sue se le secó la boca. Cuando volvió a abrirla para
protestar, Ronnie atrapó sus labios.
La impresión de aquel beso le resultó familiar. La sensación que recorrió su
cuerpo, peligrosa. Sintiendo que se le debilitaban las rodillas, alargó la mano hacia él
para no caer mientras Ronnie deslizaba la lengua en el interior de su boca.
No, no podía estar ocurriéndoles algo así, pensó Dana Sue, en un último intento
de aferrarse a la locura. No podía desear a Ronnie con tanta fuerza, no podía desear
que sus manos hicieran realidad las promesas que anunciaba su beso, no podía
desear sentirle dentro de ella.
Pero se sentía maravillosamente bien con el cuerpo de Ronnie presionado
contra el suyo, notando su calor y la prueba innegable de que su deseo era tan fuerte
como el suyo.
Mucho antes de lo que a Dana Sue le habría apetecido, Ronnie se separó de ella.
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—La próxima vez que te preguntes que cómo es posible que un hombre pueda
desearte, que yo pueda desearte, piensa en esto —le dijo con voz ronca.
E inmediatamente se marchó, y ella se arrellanó en la silla más cercana y alargó
la mano hacia una botella de agua fría. Si no hubiera estado rodeada de una media
docena de personas, se la habría echado por encima sin pensárselo dos veces. Pero en
cambio, continuó sentada y bebió lentamente, intentando aplacar el calor que bullía
en su interior.
—Menuda actuación —comentó Maddie, sentándose a su lado—. Parece que
esos besos ardientes se están convirtiendo en una costumbre. Por un momento, he
pensado que iba a tener que echaros un cubo de hielo encima.
—¿Y por qué no lo has hecho? —le preguntó Dana Sue en tono lastimero—. A
lo mejor me habría ayudado a recuperar la cordura.
—Lo dudo. Me temo que haría falta algo más que hielo para enfriaros.
—No digas eso.
—¿Por qué no lo aceptas y te dejas llevar? Sabes que no has sido capaz de ser
feliz, sin Ronnie.
—Y también que he sufrido mucho por su culpa —replicó Dana Sue.
—Cometió un terrible error, pero aprendió la lección.
—¿Y cómo puedo estar segura de que de verdad la ha aprendido?
Maddie comenzó a responder, pero terminó encogiéndose de hombros.
—A lo mejor nunca puedes estar segura de nada, cariño —miró a su alrededor
y vio a Cal que estaba hablando con Erik con Katie dormida en su regazo—. A lo
mejor lo único que tienes que hacer es tomar lo que te hace feliz y aferrarte a ello.
—Yo creía que era eso lo que estaba haciendo cuando me casé, y resulta que
Ronnie terminó acostándose con otra mujer.
—¿Le has preguntado alguna vez por qué?
Dana Sue negó con la cabeza.
—No, y tampoco estoy segura de que quiera hacerlo. De todas formas, ¿qué
diferencia puede haber?
—Podría asegurarte que no tuvo nada que ver contigo.
—Era mi marido. Yo diría que tuvo mucho que ver conmigo —repuso Dana Sue
con sarcasmo.
—Me refiero a que podría no tener que ver con nada relacionado contigo.
Algunos hombres pierden de pronto la cabeza y son capaces de hacer una gran
estupidez.
—¿Y eso te parece bien?
—Por supuesto que no. ¿Pero tú renunciarías a tu matrimonio porque, por
ejemplo, tu marido hubiera estrellado el coche?
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—No es lo mismo.
Maddie suspiró.
—Me temo que no me estoy explicando muy bien. Lo único que estoy
sugiriendo es que es posible que para Ronnie esa aventura no tuviera la menor
importancia. Sucedió y acabó. No ha sido una aventura larga, no hubo otro tipo de
sentimientos implicados en esa relación. Ronnie sólo tuvo una aventura de una
noche, sin más.
—Supongo que sí —dijo Dana Sue, poco convencida—. Pero a mí me dolió.
—Por supuesto que sí. Y no estuvo bien, eso es incuestionable. Pero, cariño,
intenta sopesarlo todo. Ronnie te quiere con todo su corazón. Un pequeño desliz, no
puede acabar con veinte años de relación —le palmeó la mano—. Piensa en ello,
¿quieres? Y no dejes que tu orgullo te impida hacer lo que realmente deseas.
—No es cuestión de orgullo.
—¿Ah, no?
Dana Sue desvió la mirada.
—Ahora tengo que ir a ver a Annie. Es posible que esté cansada.
—Annie está bien —dijo Maddie, señalando hacia el porche—. Ha salido con
Ty, con Sarah y con Raylene. Pero probablemente deberíamos empezar a pensar en
marchamos. ¿A qué hora veréis mañana a la psicóloga?
—A las diez. Y tengo que reconocer que estoy asustada.
—¿Por qué?
—Por todo lo que puede llegar a salir —le confesó— ¿Qué pasará si
descubrimos que todo lo que ha pasado es culpa mía?
—No creo que sea cuestión de culpas. De lo que se trata es de seguir adelante y
de evitar que Annie vuelva a caer en el mismo patrón de conducta.
—Sí, lo sé. En eso tienes razón.
—¿Entonces qué es lo que le preocupa?
—Annie quiere que Ronnie y yo volvamos a vivir juntos. Y ahora mismo, yo
haría cualquier cosa para que sea feliz —le explicó Dana Sue—. Pero no puedo volver
con Ronnie solamente porque mi hija lo quiera.
Maddie sonrió.
—Quizá deberías hacerlo porque es eso lo que tú quieres.
Antes de que Dana Sue pudiera volver a protestar, Maddie le dio un beso en la
mejilla.
—Hablaremos mañana. Voy a reunir a mi familia, así todo el mundo se dará
cuenta de que ya va siendo hora de que nos vayamos a casa.
—Gracias —le dijo Dana Sue con sinceridad.
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Por supuesto, cuando todo el mundo se fuera, no le quedaría más remedio que
enfrentarse a Ronnie.
Pero cuando miró a su alrededor después de que Annie hubiera despedido al
último invitado, no vio señales de Ronnie por ninguna parte.
—¿Dónde está tu padre?
—Ha limpiado la cocina y después se ha ido —dijo Annie con una expresión
que indicaba que sabía perfectamente lo que estaba sintiendo su madre—. ¿Estás
desilusionada, mamá?
—Por supuesto que no —pero lo estaba, lo cual no era una buena señal.
—Mentirosa —la acusó Annie con una sonrisa—. Si estuviera viviendo con
nosotras, no habría tenido que marcharse.
—Esa no es una opción.
—Pues a lo mejor debería serlo —bromeó Annie—. Buenas noches, mamá. Te
veré mañana por la mañana.
—Buenas noches, cariño. Me alegro de que estés otra vez en casa.
—Yo también.
Annie se dirigió hacia las escaleras, pero de pronto volvió y abrazó a su madre.
—Te quiero, mamá. Gracias por cuidarme.
—Siempre lo haré, Annie.
Y rezó en silencio para que no tuvieran que volver a superar una crisis como la
que acababan de pasar.
La salida de Ronnie de la noche anterior había sido intencionada. Sabía lo
mucho que le había afectado a Dana Sue su beso. Él también había terminado
temblando. Y sabía que de momento no podía esperar nada más. Así que era
preferible marcharse a hacer algún movimiento que pudiera suponer un retroceso.
Además, quería dormir bien antes de ir a la psicóloga. No tenía la menor idea
de lo que debían esperar, ni de hasta qué punto terminaría sintiéndose culpable de
los problemas de su hija. Estaba preparado para aceptar parte de la responsabilidad,
pero también Dana Sue soportaría su parte. De hecho, ella parecía dispuesta a cargar
con todo el peso de lo ocurrido sobre sus propios hombros, e incluso se culpaba de
haber engordado.
Una hora antes de la cita, condujo hasta su casa y se fijó en que la verja
necesitaba una mano de pintura. Quizá se la diera ese fin de semana. Sería otra
manera de hacer las paces con Dana Sue.
La puerta de la cocina se abrió y apareció Dana Sue.
—¿Quieres pasar?
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Ronnie dejó el coche y entró en la casa. Dana Sue le miró con recelo.
—¿Has desayunado? Si quieres, puedo hacerte unos huevos revueltos.
—No, gracias. No tengo mucho apetito esta mañana. Excepto de cosas que no
debería…
—¡Ronnie!
—Es verdad. He pensado mucho en ese beso.
—No deberías habérmelo dado.
—Y tú no deberías haberlo convertido en un beso digno de recordar. ¿Dónde
está Annie?
—Vistiéndose.
—¿Estás tan asustada como yo? —le preguntó Ronnie, y le pareció advertir un
ligero alivio en su mirada.
—Sí, es una locura, ¿no te parece? Me siento como si fuera que ir al despacho
del director.
Ronnie soltó una carcajada.
—Sí, es exactamente eso.
—Pero se supone que no tendría por que ser así. Al fin y al cabo, todos
queremos lo mismo.
—Sí, supongo que sí. ¿Por qué no le dices a Annie que se dé prisa para que
podamos irnos? Cuanto antes lleguemos, antes acabaremos.
—Buena idea —dijo Dana Sue, y comenzó a subir las escaleras.
Cuando Dana Sue se fue, Ronnie se sirvió un café, le dio un largo trago y
paladeó satisfecho. Dana Sue continuaba haciendo el mejor café del mundo.
Dos minutos después, llegaba su ex esposa temblando.
—¿Qué ha pasado? ¿Está Annie bien?
—Está en el cuarto de baño… Ronnie, estaba vomitando, le he oído. Se había
comido todo el desayuno. Pero después, ha subido al dormitorio y lo ha vomitado —
le miró aterrada—. Dios mío, ¿qué vamos a hacer?
Ronnie la abrazó y la estrechó contra él sintiéndose tan impotente como la
primera vez que había visto a Annie en el hospital.
—Haremos todo lo que haga falta para ayudarla. ¿Le has dicho algo?
—No —contestó en un susurro.
—Probablemente sea lo mejor. Ya hablaremos de esto con la doctora McDaniels.
Tú quédate aquí. Yo subiré para asegurarme de que está bien.
Comenzó a subir las escaleras de dos en dos. Estaba furioso, tanto que podría
haber comenzado a emprenderla a puñetazos con todo lo que le rodeaba, pero era
sobre todo el miedo el sentimiento que le dominaba cuando se dirigía al dormitorio.
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¿Estaría a punto de sustituir un desorden alimenticio por otro? Al parecer, era algo
habitual en los adolescentes.
Antes de que pudiera seguir haciéndose más preguntas, vio a Annie saliendo
del baño.
—Hola, papá —le saludó con una sonrisa trémula.
—Hola, cariño. ¿Estás bien?
—Mamá me ha oído, ¿verdad? Sé que ha subido hace un momento.
Ronnie asintió.
—No estaba vomitando a propósito —le dijo, suplicándole con la mirada que le
creyera—. ¡De verdad! Pero se me ha revuelto el estómago y tenía ganas de vomitar.
—Tranquila, no pasa nada. ¿Te encuentras mejor?
—Supongo que sí.
—Hablaremos de esto cuando vayamos a ver a la doctora.
Annie pareció vacilar un instante.
—No me crees, ¿verdad?
Ronnie la agarró por la barbilla y la miró a los ojos.
—Te creo, cariño, de verdad.
—Es la verdad, te lo juro. No podría vomitar aposta. Te lo prometo.
Ronnie no respondió y Annie le miró con arrepentimiento.
—Sé que tengo que volver a ganarme vuestra confianza, pero es un poco difícil,
¿sabes?
—Sí, lo sé. Y algo me dice que todavía hay muchas cosas que tenemos que
solucionar. Iremos paso a paso.
—¿Como mamá y tú?
Ronnie sonrió.
—Sí, como tu madre y yo.
De pronto, Annie sonrió y toda la tristeza de Ronnie desapareció al calor de su
sonrisa.
—Ayer por la noche vi como os besabais —le dijo.
Ronnie le guiñó el ojo.
—Ya te he dicho que vamos paso a paso.
—No sé, un beso como ése debería ser un paso de gigante.
—Tu madre es una mujer muy cabezota y yo cometí un error garrafal —le
recordó—. No debería dar nada por garantizado.
—Pero no te rindas, ¿de acuerdo?
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—Jamás —le aseguró—. Y tú tampoco, ni en un millón de años.
Annie volvía a tener el estómago revuelto. Todo el mundo la miraba con
expectación, como si esperaran que dijera algo profundo que pudiera solucionarlo
todo. Pero nada podía salir bien. Nada había salido bien desde que se había
marchado su padre.
¿Sería capaz, de decir eso mismo en voz alta? ¿Empeoraría las cosas si
confesaba que en su cabeza se mezclaba todo lo relacionado con la comida con el día
que su padre le había dicho que se iba de la ciudad? ¿O si explicaba que había dejado
de comer porque no quería ponerse tan gorda como su madre? Ésa había sido parte
del problema, o por lo menos a ella se lo parecía. Pero tenía miedo de decirlo y
estropearlo todo cuando en realidad aquél era su problema, no el de sus padres.
—Annie —dijo la doctora McDaniels, haciéndole un gesto de ánimo con la
cabeza—. Puedes decir todo lo que estás pensando. Ésa es la única manera de dejar el
pasado detrás y continuar avanzando.
—A lo mejor deberíamos hablar de lo de esta mañana —contestó Annie
vacilante.
La doctora McDaniels pareció sorprendida, pero asintió.
—Si tú lo prefieres… ¿Qué ha pasado esta mañana?
—Mi madre me ha oído vomitar y sé que se ha asustado, porque le ha pedido a
mi padre que subiera. Y él parecía muy asustado.
—¿Y te culpas?
—No, pero no lo he hecho a propósito. Estaba nerviosa porque sabía que tenía
que venir y he vomitado. Pero no quiero que la gente se preocupe tanto cada vez que
se me revuelve el estómago.
—¿Solías vomitar antes de que comenzara tu enfermedad? —le preguntó la
doctora McDaniels.
Annie asintió.
—Cada vez que tenía un examen en el colegio, vomitaba por las mañanas, ¿te
acuerdas, mamá?
Su madre asintió ligeramente aliviada.
—Sí, es cierto.
La doctora McDaniels también asintió.
—En ese caso, asumamos de momento que el vómito de esta mañana estaba
más relacionado con los nervios que con la comida. La próxima vez, que te sientas
así, Annie, quizá sea mejor que pidas una bebida fría o comas algo que te ayude a
asentar el estómago, ¿de acuerdo? No sólo te sentirás mejor, sino que así
tranquilizarás a tus padres.
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Y de repente, acudió a la mente de Annie la imagen de su madre comiendo
cuando se encontraba mal.
—¡No! —protestó sin poder contenerse—. ¡No pienso hacer eso!
—¿Hacer qué? —preguntó la psicóloga tranquila, a pesar del evidente
nerviosismo de Annie.
—Ser como mi madre —estalló Annie.
Vio que desaparecía el color de las mejillas de su madre y comprendió
inmediatamente que acababa de decir algo que no debía.
—¿Qué significa eso, Annie?
—Cuando está nerviosa o preocupada come, y por eso ha engordado diez kilos
o más, incluso antes de que mi padre se fuera.
—A mí me parece que tu madre está muy bien —dijo la psicóloga—. ¿Por qué
te afecta tanto que haya engordado?
Annie sabía que ya no podría parar aunque quisiera. Tenía que contarlo todo.
—Porque si mi madre no hubiera engordado, mi padre no se habría acostado
con otra mujer y mi madre no habría tenido que echarle de casa —continuó, a pesar
de la dolorosa expresión de su madre—. ¡Odio todo lo que pasó! ¡Lo odio!
—Tranquilízate —dijo Ronnie con una dureza desconocida para Annie—. Yo no
me acosté con otra mujer porque tu madre hubiera engordado.
—¿Entonces por qué lo hiciste? Porque tiene que haber alguna razón.
Ronnie miró a Dana Sue y negó con la cabeza.
—Sinceramente, no puedo explicar por qué lo hice, pero sé que no tiene nada
que ver con el peso de tu madre. Tu madre me parece una mujer preciosa.
En un primer momento, Annie no le creyó, pero pensó después en el beso que
les había visto compartir la noche anterior. Definitivamente, su padre tenía que sentir
algo por ella. Porque, desde luego, se había comportado como si creyera que era la
mujer más guapa del mundo.
—¿De verdad? —preguntó—. ¿No fue por eso?
—Claro que no. De eso estoy completamente seguro.
—Annie, ¿crees que todo esto puede tener algo que ver con tu decisión de dejar
de comer? —preguntó la doctora McDaniels—. ¿O quizá era una forma de castigar a
tu madre porque pensabas que había fracasado al no ser capaz de cuidar de sí
misma?
Annie consideró las dos posibilidades.
— No lo sé —dijo por fin—. A lo mejor.
—¿Y no te parece un poco autodestructivo? Porque al final, ¿a quién hiciste
daño de verdad?
—A mí —admitió Annie.
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—Exactamente. Piensa hoy en ello y mañana hablaremos. Por hoy vamos a
dejarlo.
—¿Tenemos que venir también nosotros? —preguntó Dana Sue.
—No, creo que las próximas sesiones las haremos en solitario. Pero podemos
concertar otra cita familiar para dentro de dos semanas.
Tanto Ronnie como Dana Sue parecieron aliviados, y Annie no podía culparles.
Sabía que se lo había hecho pasar mal y sospechaba que la vuelta a casa iba a ser muy
tensa.
—Por cierto —dijo la doctora McDaniels—, todo lo que hemos hablado, de
momento tiene que quedar en esta habitación.
—¿No podemos hablar entre nosotros? —preguntó Dana Sue con expresión de
incredulidad—. ¿Eso no será como meter a un elefante en una habitación y pretender
que nadie lo note?
La doctora sonrió.
—Probablemente, pero eso es mejor que terminar diciendo algo de lo que
podríamos arrepentimos. De momento, dejaremos todos esos asuntos aquí.
Annie la miró con inmensa gratitud.
—Gracias.
—Y procura estar tranquila —le advirtió la doctora McDaniels—. Quiero que
seas capaz de decir todo lo que piensas, por doloroso que te resulte, pero a tus padres
también les llegará la oportunidad de responderte. El objetivo es hablar abiertamente
de todo, pero tenemos que buscar la manera menos dolorosa de hacerlo. Tenemos
que deshacer todo este nudo de relaciones entre los sentimientos y la comida y la
manera más conveniente de hacerlo es de una forma estructurada, ¿de acuerdo?
Miró a Annie con firmeza.
—Recuerda que mañana tienes una cita con la doctora Lacy después de nuestra
sesión. Querrá ver la libreta en la que escribes todo lo que has comido. Y no olvides
que tus padres tienen que firmarla, ¿de acuerdo?
Annie elevó los ojos al cielo.
—Dios mío, ¿tengo que tener a dos personas controlándome? No me parece
justo.
—¿A dos? —replicó Dana Sue, volviendo a sonreír—. Cuenta también a tu
padre, a mí, a Helen, a Maddie, a Ty y a Erik, pero ya te irás acostumbrado.
Para su sorpresa, Annie no se sintió molesta, por lo menos no mucho. Era
agradable saber que tenía a tanta gente de su lado. Lo único que esperaba era no
decepcionarlos, porque algo le decía que lo más duro de aquel proceso todavía
estaba por llegar.
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Capítulo 18
Cuando Ronnie se ofreció para llevar a Annie a casa y pasar el día con ella,
Dana Sue se mostró de acuerdo. Necesitaba tiempo para asimilar todo lo que Annie
había dicho durante la sesión. En cierto modo, ya sabía que Annie la culpaba del
engaño de Ronnie, pero oírselo decir la había estremecido.
En vez de dirigirse al restaurante, fue directamente al gimnasio. Por una vez, no
corrió al despacho de Maddie en busca de consuelo, sino que fue directamente al
vestuario y se puso el chándal que allí guardaba, pero que rara vez utilizaba.
Decidida a cumplir por lo menos alguno de los objetivos que ella misma se había
marcado, se dirigió a la cinta de correr, la encendió y empezó a caminar.
Llevaba allí quince minutos, a paso lento pero firme, cuando la vista de los
árboles y el arroyo comenzó a obrar su magia. Las piernas empezaban a dolerle, pero
se sentía infinitamente más tranquila que cuando había llegado, así que decidió
caminar un poco más.
La cinta marcaba cerca de tres kilómetros cuando Maddie la encontró allí. Dana
Sue detuvo la máquina, sintiéndose triunfante.
—Mira, tres kilómetros. Eso es todo un récord para mí.
—¡Felicidades! Nunca te había visto tan cerca de una máquina. ¿Qué te ha
pasado hoy? ¿Te han entrado ganas de conseguir ese descapotable de repente?
—Digamos que la lista ha tenido algo que ver.
—¿Y el resto?
—Bueno —Dana Sue se secó el sudor de la frente—, la verdad es que mi hija ha
dicho hoy en la terapia que estoy gorda y que por eso me engañó su padre.
Maddie la miró con compasión.
—Supongo que te ha dolido.
—En realidad ya me había dicho muchas veces lo de mi peso. Pero oírle decir
en voz alta que pensaba que Ronnie me había engañado por culpa de mi peso me ha
destrozado. Si de verdad eso es lo que cree, no entiendo cómo no me odia.
—Sabes que Annie jamás te odiaría —protestó Maddie—. ¿Y qué ha dicho
Ronnie?
—La verdad es que ha estado genial. Le ha dicho que lo que había hecho no
tenía nada que ver con eso y que le parezco muy atractiva. Lo decía muy convencido,
y la verdad es que no es la primera vez que me lo dice.
—También te lo he dicho yo —le recordó Maddie. Se acarició el estómago,
todavía un poco redondeado después de su embarazo—. A nuestra edad, no es fácil
perder peso de forma saludable, pero eso no quiere decir que estemos gordas o que
ya no seamos atractivas. Desde luego, yo no he perdido los kilos que he ganado con
este embarazo tan rápidamente como los otros.
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Dana Sue la miró con curiosidad.
—¿Y no te preocupa?
—Si a Cal le parecía atractiva estando embarazada de nueve meses y tan
inmensa como una ballena, no creo que ahora le molesten unos cuantos kilos de más
en las caderas —le dijo Maddie con expresión serena—. Eso no significa que quiera
tenerlos siempre aquí, pero no pienso obsesionarme con mi peso. Es uno de los
puntos que he puesto en la lista, pero sobre todo porque estoy deseando ir a Hawái
con mi marido.
—Me gustaría poder pensar como tú, pero tengo la sensación de que una parte
de mí está de acuerdo con Annie.
—¿Aunque Ronnie te haya dicho todo lo contrario?
Dana Sue hizo un gesto con el que pretendía quitar importancia a las palabras
de Ronnie.
—Ni siquiera sabe por qué se acostó con esa mujer, así que no sé por qué no voy
a pensar que inconscientemente pudo tener algo que ver con el hecho de que me
encontraba menos atractiva por culpa de mi peso.
así?
—Pues porque es lo único que él tiene claro. ¿Por qué iba a mentirte en una cosa
—Porque está intentando recuperarme —contestó Dana Sue inmediatamente.
Maddie la miró pensativa.
—¿Sabes? Se me acaba de ocurrir una idea. Voy a llamar a esa psicóloga que os
está atendiendo y voy a preguntarle que si estaría interesada en dar aquí un curso
sobre la visión de la propia imagen.
Dana Sue le miró con expresión escéptica.
—¿Crees que alguien se apuntaría?
Maddie sonrió.
—Desde luego, tú te tendrías que apuntar, porque no pienso dejarte otra
opción.
—Ah, la antigua mandona ha vuelto —dijo Dana Sue riendo—. Me alegro de
verla salir otra vez. Tenía miedo de que tu matrimonio te hubiera convertido en una
mujer dulce y sumisa.
—No creas que es tan fácil, sobre todo cuando al final del día termino con los
tobillos hinchados y unas ganas locas de comer nachos con jalapeños que, por cierto,
no han desaparecido después del parto.
—¿Estás de broma? ¿Eso es lo que comías durante el embarazo? Nunca te vi
comerlos. ¿Sabes? Eso podría explicar lo de los tobillos hinchados. Seguro que todo
es culpa de la sal.
—Ya lo sé. Y nunca me viste comerlos porque le obligaba a Cal a preparármelos
en medio de la noche —Maddie se encogió de hombros—. No sé qué podrá querer
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decir eso sobre la personalidad de Jessica Lyn. Cal todavía tiembla cada vez que me
los prepara.
—¿Pero te los sigue haciendo?
Maddie sonrió con orgullo.
—¿Qué quieres que te diga? Es un marido muy entregado. Si a las tres de la
madrugada digo que quiero pizza, bueno, ¿alguna vez has visto ese anuncio en el
que el marido de una mujer embarazada vuela hasta Chicago para conseguir su
antojo? Pues así es Cal. Atiende todos mis caprichos porque piensa que es parte de su
obligación, teniendo en cuenta el papel que jugó en mi embarazo.
—¿De verdad eres capaz de aprovecharte así de ese pobre hombre? —preguntó
Dana Sue—. ¿Y no hay algo que te mueras por tener, alguna necesidad que no hayas
visto satisfecha?
—Créeme, mis necesidades están perfectamente satisfechas. Cal también cree
que eso es responsabilidad suya. Y con el bebé es encantador. Cuando la tiene en
brazos, la mira como si fuera lo más asombroso de esta tierra. Al principio, cuando
me propuso que tuviéramos un hijo, yo dudé, pero ahora me alegro de haberlo
hecho.
Dana Sue suspiró.
—Te envidio.
—¿Por lo del bebé?
—No, porque tienes un hombre en tu vida que te adora. Es Helen la que tiene
envidia del bebe.
Maddie frunció el ceño.
—¿De verdad? Nunca me lo ha dicho.
—Jamás querría empañar tu felicidad, pero creo que está empezando a darse
cuenta de lo que se ha perdido —le dijo Dana Sue—. Para serte sincera, creo que eso
es lo que se esconde detrás de su obsesión por los objetivos. Quiere estar sana para
poder tener un hijo. Por supuesto, todavía no está dispuesta a admitirlo, pero lo veo
en sus ojos cada vez que mira a Jessica Lynn.
—Es increíble. ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta?
—Bueno, supongo que has estado demasiado ocupada como para preocuparte
de como envidiaban tu felicidad tus amigas.
—En tu caso, no tienes ningún motivo para envidiarme. Si quisieras, también
podría haber un hombre en tu vida —le recordó Maddie—. Lo único que tienes que
hacer es abrir tu corazón a todas las posibilidades.
—Es más fácil decirlo que hacerlo —respondió Dana Sue.
Y se preguntó si alguna vez sería capaz de volver a confiar en Ronnie lo
suficiente como para dejar que volviera a su corazón y a su vida.
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El viernes por la mañana, Ronnie estaba ansioso por celebrar su reunión con
Butch Thompson. Había hecho tantos números que hasta soñaba con ellos. Había
diseñado un proyecto y lo había pasado a limpio en el ordenador de Annie. Estaba
seguro de que le faltaba la profesionalidad a la que Butch Thompson estaba
acostumbrado, pero Ronnie había intentado contrastar la realidad con lo que había
imaginado.
Estaba esperando nervioso la llegada de Butch en el Wharton's cuando entró
Mary Vaughn. En cuanto lo vio, se acercó a su mesa.
—Pensaba haber tenido alguna noticia tuya a estas alturas. No has contestado a
mis llamadas.
—Paciencia, Mary Vaughn —la regañó—. Llamaré cuando lo tenga todo
arreglado. Y, con un poco de suerte, eso será hoy mismo al final del día.
—¿De verdad? ¿Entonces puedo llamarte más tarde?
Ronnie sonrió ante su impaciencia.
—No, te llamaré yo, te lo prometo. Y ahora, vete de aquí. Tengo una reunión de
negocios con el caballero que acaba de cruzar la puerta.
Mary Vaughn se volvió y en sus labios apareció inmediatamente una enorme
sonrisa.
—Eh, tío Butch, ¿qué estás haciendo aquí?
Ronnie se la quedó mirando de hito en hito al ver que le rodeaba a Butch el
cuello con los brazos y le daba un beso en la mejilla.
—¿Os conocéis?
Butch esbozó una sonrisa radiante.
—Esta muchachita es mi sobrina preferida.
—Soy tu única sobrina —le corrigió.
—Aun así, sigue siendo mi favorita. Su madre es mi hermana mayor.
Ronnie sacudió la cabeza.
—Qué pequeño es el mundo.
Cuando Butch se sentó, Mary Vaughn acercó una silla a la mesa sin que nadie la
invitara.
—Muy bien, ¿qué clase de negocio os traéis entre manos? Lo pregunto como
parte de la familia.
Butch la miró muy serio.
—Y yo, como parte de la familia, te digo que te vayas y que dejes hablar a los
hombres en paz.
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—Si no fuera porque sé que no eres en absoluto machista, me sentiría ofendida
—gruñó, pero se levantó. Se volvió hacia Ronnie—. Hablaremos más tarde, ¿de
acuerdo?
—Por supuesto que hablaremos —le dijo.
Cuando se fue, Butch le miró con curiosidad.
—¿Cómo encaja mi sobrina en ese plan del que me hablaste?
—Es la propietaria de la agencia con la que quiero comprar el local.
—Ah, por eso tenía tanto interés —dijo Butch en tono de aprobación—. Esa
chica siempre sabe lo que quiere. Me ha sorprendido que se haya ido tan
rápidamente.
—Y a mí también, para serte sincero —respondió Ronnie—. Pero creo que está
segura de que este negocio no se le va a escapar de las manos.
En ese momento apareció Grace Wharton para tomarles nota.
—Tú supongo que tomarás un café —le dijo a Ronnie, y después se volvió hacia
Butch con una sonrisa—. ¿Y tú? ¿Estás de humor para un buen desayuno? Puedo
prepararte una tortilla.
—Hace horas que he desayunado. Con un café me bastará.
Grace no se alejó de la mesa.
—¿Dana Sue y tú vais a ir a la feria de este fin de semana? —le preguntó a
Ronnie.
—La verdad es que ni me había enterado de que hay una feria. Desde que
Annie está enferma, sólo estoy pendiente de eso.
—Pues deberíais ir los tres —le aconsejó Grace—. ¿Te acuerdas de cómo te
convencía Annie cuando era pequeña de que tenías que comprarle algo porque le
daban pena los vendedores?
Ronnie sonrió.
—Y terminaba siempre con un montón de regalos —recordó—. Sí, tienes razón,
Grace. Les diré a Dana Sue y a Annie que vayamos.
Grace le dirigió una sonrisa radiante.
—Ahora mismo traigo los cafés —les prometió.
Después de que les llevaran el café, Butch se recostó en la silla.
—¿Ya has hecho números? —le preguntó a Ronnie.
Ronnie tomó el portafolios que había dejado encima de una silla y se lo tendió.
Nervioso, esperó en silencio a que Butch revisara el documento que había preparado.
Al llegar a cierto punto, Butch abrió los ojos como platos.
—¿Éstas son todas las construcciones que están previstas en esta zona?
Ronnie asintió.
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—Y eso siendo prudentes. Sólo he incluido los proyectos que están aprobados.
Conseguí la lista en el ayuntamiento. Pero hay por lo menos un par de propuestas
más que todavía estás pendientes de aprobación.
—Impresionante —dijo Butch—. ¿Y crees que podrás convertirte en el
proveedor de todas esas obras?
—Por lo menos de algunas. Sabré algo más cuando pueda hablar directamente
con los promotores, pero no quiero dar ese paso hasta que esté convencido de que la
idea va a salir adelante.
Butch asintió mientras leía la última hoja.
—Y éste es el dinero que hace falta.
Ronnie asintió. Había procurado ser conservador en los cálculos, pero aun así,
era mucho dinero.
Butch alzó la mirada y le estudió con atención.
—Has calculado a la baja para que no pudiera rechazarlo, ¿verdad?
—He intentado ser realista y pensar en lo que podría conseguir con un coste
mínimo —le corrigió Ronnie.
—Tendrías que pasar sin trabajar por lo menos seis meses. Y los clientes nunca
pagan cuando se espera. Necesitas un buen colchón para no terminar en bancarrota
antes de haber tenido oportunidad de ponerte a prueba. El peor error que puede
cometer una empresa es empezar descapitalizada.
—No querría…
Butch le interrumpió.
—No quieres sentir que estás abusando de nuestra amistad. Pero esto es un
negocio, Ronnie. Si tengo que recuperar mi inversión, tendremos que hacer las cosas
bien. No hay atajos, no intentes empezar con menos de lo que necesitas.
Sacó un bolígrafo, escribió una cifra al final de la hoja y se la tendió.
—Yo diría que ésta es una cifra más realista. ¿Qué te parece?
Ronnie se quedó sin habla. Era un cuarenta por ciento más de lo que él había
estimado y muchísimo más de lo que jamás se habría atrevido a pedir.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro de que esto es lo que hace falta si queremos hacer las cosas bien
—le aseguró Butch—. De esta forma tendrás un buen colchón durante un par de
años.
—Tienes mucha confianza en la idea, ¿verdad? —preguntó Ronnie, sin
atreverse a creer que Butch iba a proporcionarle tanto apoyo.
—Y también en ti. Y ahora dime, ¿dónde está ese local con el que quieres
quedarte? ¿Podríamos ir a echarle un vistazo?
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—Está en la acera de enfrente, a una manzana de aquí —dijo Ronnie, y volvió la
cabeza—. Pagaré el café y podemos ir a verlo. Aunque, por supuesto, para eso
necesitamos a Mary Vaughn.
—Entonces llámale —le propuso Butch—. Así satisfará su curiosidad y podrá
empezar a ocuparse del papeleo cuanto antes.
Las dos horas siguientes fueron un torbellino. Butch se movía rápido cuando
tenía algo en mente. Dentro de la ferretería, estuvo haciendo comentarios sobre los
cambios más inmediatos que Ronnie debería abordar y después le ofreció a Mary
Vaughn una cifra por el local que era mucho menor que la que sus propietarios
pedían.
Ronnie esbozó una mueca al oír aquella oferta.
—No quiero pagarles menos de lo que vale a Rusty y a Dora Jean —protestó—.
Han dedicado toda una vida a este negocio.
—Ésta es una lección que tienes que aprender —respondió Butch—. En los
negocios, no hay lugar para los sentimientos. Debemos ser justos, no idiotas. Lo que
estoy ofreciendo es mucho más de lo que ellos pagaron por este local y mucho más
de lo que tienen ahora mismo en el banco.
Mary Vaughn miró a Ronnie y, para sorpresa de este último, ella asintió.
—Tiene razón. Es una buena oferta.
—De acuerdo entonces —dijo Ronnie—. Pero antes de ir a ver a Rusty, déjame
hablar un poco con tu tío.
—Os esperaré fuera con toda la documentación —dijo ella.
Cuando Mary Vaughn salió, Ronnie miró a Butch a los ojos.
—Yo creía que tenías intención de ser un socio silencioso.
Butch inmediatamente pareció avergonzado.
—Y tienes razón. Estoy acostumbrado a hacer las cosas a mi manera y me he
puesto a hacerme cargo de todo en cuanto he llegado, pero te prometo que no
volverá a ocurrir.
Ronnie le miró con expresión escéptica.
—De acuerdo, es posible que caiga en la tentación de vez en cuando —admitió
Butch—, pero tú avísame cuando lo haga. Si quieres, hasta podemos ponerlo por
escrito. Te prometo que no voy a intentar controlar tu negocio.
—Creo que lo pondré por escrito —dijo Ronnie—, sólo para no correr riesgos.
—Estoy convencido de que todo te va a salir estupendamente —le dijo Butch en
tono de aprobación—. Y ahora, ¿qué tal si me invitas a esa comida que me
prometiste? Seguro que para cuando terminemos Mary Vaughn ya tendrá alguna
noticia que darnos.
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Cuando Dana Sue entró en la cocina del Sullivan's. Erik la miró sorprendido.
—Pensaba que llegarías más tarde.
—Estaba cansada de estar en casa y creo que Annie también estaba harta de
verme allí —le explicó—. Me he asegurado de que almorzara y después he decidido
venir a ver cómo andaban las cosas por el restaurante.
—Tú ex está en el comedor —le avisó Erik.
—Él solo?
Erik negó con la cabeza.
—No, ha venido con un hombre al que no había visto en mi vida. Han llegado
hace unos cinco minutos.
—Y Mary Vaughn está con ellos.
A Dana Sue se le pusieron los pelos de punta. Conocía a Mary Vaughn de toda
la vida. Normalmente se llevaban bien, pero desde que se había divorciado del hijo
del alcalde, había estado mariposeando con todos los hombres disponibles en el
pueblo. Llevaba meses viviendo con su jefe, pero se rumoreaba que estaban teniendo
problemas. Las pocas veces que habían ido a comer al Sullivan's, había tanta tensión
entre ellos que podría haberse cortado con un cuchillo. Dana Sue imaginó de repente
a Mary Vaughn convirtiendo a Ronnie en su próximo objetivo. Y no le gustó. Y
teniendo en cuenta que ella le había dicho a todo aquel que había querido oírla que
no quería volver con Ronnie, a Mary Vaughn le parecería que tenía todo el derecho
del mundo a intentar conquistarle.
—Ahora vuelvo —dijo muy tensa.
Salió al comedor y lo recorrió con la mirada hasta descubrir la mesa en la que
estaba Ronnie. Éste la saludó con un gesto distraído y continuó escuchando con
atención lo que Mary Vaughn le estaba diciendo. Dana Sue sintió la repentina
urgencia de clavarle a aquella mujer un cuchillo en el corazón. O quizá mejor a
Ronnie.
Fue una reacción tan intensa que la asustó. No porque se creyera capaz de una
atrocidad semejante, sino por el mero hecho de haberla pensado. Eso significaba que
Ronnie estaba empezando a importarle otra vez. Y eso significaba también que no
podía confiar en él.
Maldiciéndose a sí misma por ser tan estúpida, ignoró la tentación de sumarse a
la fiesta y se metió en su despacho. Por lo menos había tenido la suficiente entereza
como para no presentarse delante de todo el mundo poniendo en evidencia su
enfado.
—Idiota, idiota, idiota —musitó para sí.
Era evidente que no podía volver a involucrarse emocionalmente con Ronnie. Y
no por primera vez, rezó en silencio para que Ronnie la ayudara a resolver su
problema marchándose definitivamente de la ciudad. Pero también aquella
posibilidad se le antojaba terriblemente triste.
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Se obligó a contestar varias llamadas de teléfono y a concentrarse en toda la
documentación pendiente que tenía en la mesa. Y llevaba allí cerca de una hora
cuando la puerta se abrió y Ronnie asomó la cabeza. Había un brillo en sus ojos que
Dana Sue no le había visto desde hacía años. Y como tuviera que ver algo con Mary
Vaughn, Dana Sue estaba dispuesta a matarlos a los dos.
—¿Llego en un buen momento? —preguntó, y entró sin esperar a que le
invitaran a pasar.
Miró a su alrededor buscando un lugar en el que sentarse, sacudió la cabeza al
ver todo abarrotado y, al final, optó por apartar varios catálogos y apoyarse en el
borde de la mesa.
—¿Que quieres? —preguntó Dana Sue con impaciencia.
Maldita fuera. Aquel hombre siempre conseguía ponerle nerviosa.
—He pensado que debería ponerte al tanto de mis planes antes de que
comience a correr la noticia por la ciudad.
—¿Te vas? —preguntó Dana Sue esperanzada.
—Ya te dije que no pensaba marcharme.
—Has dicho muchas cosas durante años, pero después has cambiado de
opinión —respondió Dana Sue incapaz de contener la amargura de su voz.
—Eso pertenece al pasado.
—Pero yo no lo he olvidado. Mira, estoy ocupada. Dime lo que hayas venido a
decirme y márchate.
—Sólo quería que supieras que he comprado la antigua ferretería —anunció
Ronnie en el mismo tono en el que le habría dicho que se había comprado unos
pantalones nuevos.
Dana Sue se le quedó mirando de hito en hilo.
—¿La antigua ferretería? ¿Por qué?
—Porque quiero abrirla otra vez.
—¿Pero es que te has vuelto loco? La ferretería tuvo que cerrar porque las
grandes cadenas acabaron con ella.
—No, tuvo que cerrar porque Dora Jean no podía llevarla sola después de que
Rusty cayera enfermo. De todas formas, supongo que el infarto se debió en parte al
esfuerzo que estaba haciendo para competir con las grandes cadenas, así que, al
menos de una forma, tienes razón.
—¿Y qué te hace pensar que a ti podría irte mejor? Además, ¿de dónde vas a
sacar el dinero? ¿Acaso te ha tocado la lotería y yo no me he enterado? ¿Y qué tiene
que ver Mary Vaughn con todo esto? Por favor, dime que no es tu socia.
Ronnie alzó la mano.
—Eh, cada cosa a su tiempo. Durante los próximos años, van a llevarse a cabo
muchos proyectos de construcción en esta zona. Desde que me fui de aquí, he estado
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trabajando en la construcción y, gracias a eso, sé cómo funciona el negocio. Si soy
capaz de suministrar material a los constructores a un precio competitivo, y teniendo
en cuenta que estaré un poco más cerca de ellos que el centro comercial, el negocio
saldrá adelante. Además, creo que abrir un negocio en la calle principal puede
representar una gran aportación para el pueblo. En cuanto al dinero, tengo un
patrocinador. Butch Thompson, que era mi jefe en Beaufort, cree que la idea es buena
y ha decidido convertirse en mi socio. Y Mary Vaughn está a cargo de la venta del
local, eso es. Ah, también es la sobrina de Butch, pero eso no lo he sabido hasta hace
un par de horas. ¿Ya te he respondido a todo?
Dana Sue estaba tan asombrada que sólo era capaz de mirarle fijamente. Era el
proyecto más ambicioso que Ronnie había concebido en toda su vida y requería un
compromiso a muy largo plazo, un compromiso que Dana Sue no le consideraba
capaz de cumplir. Evidentemente, él pretendía demostrarle que estaba equivocada.
—¿Es que no me vas a decir nada? —preguntó Ronnie al cabo de un rato.
—Continúo pensando que estas loco —pero ya no estaba tan convencida. De
hecho, incluso admiraba su audacia.
—¿Por qué? Tú has convertido este restaurante en un éxito cuando todo el
mundo te decía que era lo último que necesitaba este pueblo. Y Helen, Maddie y tú
habéis hecho un trabajo magnífico en el gimnasio. ¿Por qué no voy a poder participar
yo de la revitalización de Serenity?
—Porque llevar un negocio es algo muy… complicado. Te sentirás atado.
Ronnie sonrió.
—¿Te asusta ser consciente de que no voy a volver a darte ninguna sorpresa por
culpa de mi carácter imprevisible, cariño?
Dana Sue le miró a los ojos.
—A lo mejor —dijo, aunque la verdad era más complicada.
Ronnie se levantó, le dio un beso en los labios y se dirigió hacia la puerta. Y
justo cuando Dana Sue estaba recuperando la respiración, se detuvo y se volvió hacia
ella.
—¿Te he dicho ya que te quiero? —le guiñó el ojo—. He pensado que deberías
saberlo —comenzó a marcharse de nuevo, pero se detuvo—. Mañana es la feria. Creo
que deberíamos ir. Pasaré a buscaros a Annie y a ti a las nueve.
Y sin más, se marchó, dejando a Dana Sue con la determinación hecha añicos.
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Capítulo 19
Por primera vez desde que Ronnie había vuelto a Serenity, Dana Sue estaba
verdaderamente asustada porque comprendía que Ronnie estaba dispuesto a
quedarse. Comprar la ferretería no era ninguna tontería. Para ello se necesitaba
dinero y compromiso, y ninguna de ambas cosas las relacionaba últimamente con
Ronnie. Se había obligado a olvidar los muchos años que habían vivido juntos, los
muchos años durante los que le había sido fiel y, a cambio, había preferido aferrarse
al recuerdo de la única noche que le había engañado.
En cuanto Ronnie se marchó, marcó el número de teléfono de Helen, y
consiguió localizar a su amiga entre reunión y reunión.
—¿Podemos vernos esta noche? —le preguntó—. En tu casa.
—Claro, ¿pero no vas a decirme lo que te pasa? Pareces desesperada. ¿Y por
qué en mi casa? ¿No tienes que quedarte con Annie?
—Me aseguraré de que haya alguien con ella, pero no quiero que mi hija oiga
esta conversación. Necesito consejo.
—¿Maddie también vendrá?
—Pensaba llamarla después de hablar contigo. Quería asegurarme de que esta
noche estás disponible.
Necesitaba contar con el punto de vista de sus dos amigas para encontrar
sentido a sus propios sentimientos: con la versión romántica de Maddie sobre su
relación con Ronnie y con el famoso escepticismo de Helen.
—¿A la siete y media te parece bien? —preguntó Dana Sue.
—Por mí, estupendo. Ahora acaba de llegar un cliente, así que tengo que colgar.
Te veré esta noche.
Cinco minutos después, Dana Sue había quedado con Maddie. Ty y Cal se
quedarían con Annie y le llevarían su plato de comida china favorito para asegurarse
de que cumpliera con su plan alimenticio.
Satisfecha, Dana Sue se reclinó en la silla e intentó relajarse. No podía hacer
nada para evitar que Ronnie se comprara una ferretería o restaurara el local de la
calle principal, pero a lo mejor Helen y Maddie podían explicarle cómo evitar
enamorarse de Ronnie después de que éste le hubiera demostrado que había
cambiado.
Dana Sue, Maddie y Helen estaban sentadas en el jardín de la casa de esta
última. Dana Sue y Helen con una margarita la en la mano, bebida que encontraban
adecuada para una discusión seria, mientras que Maddie había optado por un zumo
de frutas, porque todavía estaba dando de mamar a su bebé.
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—¿De verdad va a poner una ferretería? —preguntó Maddie emocionada—.
¡Me parece fantástico! Es justo lo que necesita la calle principal. Ahora mismo está
muy triste, con sólo el Wharton's abierto.
—Creo que hay algo que no estás entendiendo: eso significa que piensa
quedarse —se quejó Dana Sue.
—¿Y te sorprende? —preguntó Maddie con una sonrisa—. Pero si no ha estado
diciéndote otra cosa desde que llegó.
—Pero no le creía. O no quería creerle.
—O a lo mejor te asustaba creerle —sugirió Maddie con delicadeza.
Dana Sue se encogió de hombros.
—Eso también —se volvió hacia Helen—. ¿A ti qué te parece todo esto?
—Tengo que admitir que me ha pillado por sorpresa. Es un plan arriesgado y
ambicioso, que requerirá mucho trabajo, y dinero, por cierto. ¿De dónde lo va a
sacar?
—Por lo visto tiene un socio que le respalda, era su jefe cuando trabajaba en
Beaufort y, casualmente, también es el tío de Mary Vaughn.
Helen la miró con curiosidad.
—Si les viste a todos en el restaurante, ¿por qué no te acercaste a la mesa para
enterarte de lo que estaba pasando?
—Por Mary Vaughn —contestó sucinta—. Me estaba volviendo loca verla con
Ronnie. Por supuesto, eso fue antes de saber que estaban hablando de una
propiedad. Pero aun así, no soportaba verle con él.
Maddie elevó los ojos al cielo.
—¿Te estás oyendo? Estás inventándote continuamente excusas para no estar
con Ronnie, aunque en el fondo sabes que te mueres por estar con él. Ronnie no tiene
ningún interés en Mary Vaughn. Nunca lo tuvo, ni siquiera cuando ella se arrojó a
sus brazos cuando estábamos en el instituto. Él le quería a ti y te sigue queriendo.
Para él no hay otra mujer.
—Yo no estaría tan segura —replicó Helen.
Maddie la miró con el ceño fruncido.
—Porque estas amargada. De verdad, deberías empezar a dedicarte a otra rama
de la abogacía. Los divorcios te están dando una visión muy cínica de las relaciones
amorosas. Si sigues así, nunca le darás a nadie la oportunidad de convertirse en tu
pareja.
—Estoy convencida de que Cal te quiere —respondió Helen a la defensiva—.
Además, ésa no es la cuestión. Creo que tenemos motivos para dudar de los
sentimientos de Ronnie hacia Dana Sue, y ella también lo cree.
Maddie gimió.
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—Todo el mundo comete errores y luego se arrepiente. La gente cambia.
Enséñame a un ser humano sin defectos y yo te demostraré que es la persona más
aburrida del universo.
Dana Sue observó a Helen esforzándose por encontrar una respuesta y decidió
decir lo que su amiga estaba pensando.
—Helen cree que es perfecta y, sin embargo, las dos sabemos que no es
aburrida.
Helen la miró con el ceño fruncido.
—Claro que no soy perfecta. Cometo errores.
—¿De verdad? —preguntó Dana Sue fingiendo sorpresa—. ¿Cometes errores?
—Muy bien, ya basta de bromas. Ya sé que nadie es perfecto, pero hay errores
más grandes que otros que no merecen ser perdonados.
—En cualquier caso —intervino rápidamente Maddie—, no eres tú la que tiene
que tomar una decisión, sino Dana Sue —se volvió hacia ella—. ¿De verdad quieres
seguir dejando que el enfado y el resentimiento dirijan tu vida?
—No —dijo Dana Sue con cansancio—. Sí.
Maddie sonrió.
—¿En qué quedamos?
—No lo sé, maldita sea. Todo es muy difícil, sobre todo cuando él está siendo
tan amable conmigo. Me asusta.
—Vivir es arriesgado —le recordó Maddie, y se inclinó hacia delante—. Yo no
puedo garantizarte que Ronnie no vaya a volver a hacerte daño. ¿Pero de verdad
prefieres la vida predecible y segura que has tenido desde que no estás con él a la
vida emocionante e impredecible que podrías disfrutar a su lado?
—Mi vida no ha sido tan predecible como dices durante estos dos años. He
abierto restaurantes, he hecho amigos y entre las tres hemos montado un gimnasio.
No puedo decir que me haya ido mal desde que él no está.
—Exactamente —corroboró Helen—. Una mujer no necesita tener un hombre al
lado para sentirse satisfecha.
—Por supuesto que no. Pero siempre es más satisfactorio tener a alguien con
quien compartir todos esos éxitos, alguien que te pueda ayudar cuando las cosas van
mal —le dirigió a Dana Sue una mirada penetrante—. ¿Puedes decirme de verdad
que no te ha resultado más fácil enfrentarte a lo que le he pasado a Annie porque has
podido compartir tu angustia con Ronnie?
—Sí, ha sido un gran apoyo —reconoció Dana Sue a regañadientes—. Y me ha
gustado saber que no estaba sola en esto.
—Pero aun así, sigue dándote miedo contar con él.
Dana Sue asintió.
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—Entonces no lo hagas —continuó aconsejándole su amiga—. Ve poco a poco.
En realidad, tampoco te ha pedido que vuelvas a casarte con él. Lo único que quiere
es una oportunidad de demostrarte que las cosas pueden ser diferentes. ¿No puedes
darle por lo menos eso?
Lo que Maddie decía parecía razonable. Ir paso a paso, sin grandes
compromisos. Pero había un problema. Un gran problema: Dana Sue continuaba
enamorada de Ronnie. Y cada segundo que pasaba a su lado, estaba más cerca del
punto de no retorno.
Y si Ronnie volvía a abandonarla, estaba segura de que no lo podría superar.
Además, reflexionó, tenía que pensar en Annie. Si fracasaba su intento de
reconciliación, su hija terminaría destrozada.
—No puedo correr riesgos —dijo Dana Sue con tristeza—. No se trata sólo de
mí y de lo que yo quiera. Annie ha estado a punto de morir por culpa de lo que
sucedió entre su padre y yo. No creo que pueda salir adelante si volvemos a fracasar
como pareja.
Ni siquiera la siempre optimista Maddie tuvo nada que replicar a eso. Y
entonces Dana Sue supo que estaba caminando en la dirección correcta. Por mucho
que deseara que las cosas fueran diferentes, no podía dejar que Ronnie volviera a
formar parte de su vida. Lo cual significaba que iba a tener que encontrar la manera
de endurecer su corazón.
Desde que Ronnie se había ido de la ciudad, la feria de otoño se había
trasladado de la plaza al parque. En otra época, era un gran acontecimiento para
todos los negocios y los artistas locales. Pero con los cambios producidos por el
tiempo, cuando sólo quedaba ya el Wharton's para poder beneficiarse de la fiesta,
habían cambiado su ubicación. Además, en el parque había más espacio para el cada
vez, más numeroso público que se acercaba a la feria.
—Papá, ahí está Sarah. ¿Puedo ir a dar una vuelta con ella y con Raylene? —le
suplicó Annie a su padre en cuanto llegaron.
Ronnie miró a Dana Sue de reojo para ver cómo reaccionaba. Era obvio que a
Dana Sue no le apetecía ir a la feria y, si Annie les dejaba solos, estaba seguro de que
inventaría alguna excusa pata volver al restaurante. De todas formas, se negaba a
utilizar a Annie para poder estar cerca de su ex mujer.
—Pregúntale a tu madre —dijo por fin.
Dana Sue pareció sorprendida, pero asintió.
—Ve —le dijo a Annie—, pero tendrás que localizarnos antes del almuerzo.
Vamos a comer juntos.
Annie gimió.
—¿También vais a vigilarme hoy?
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—Ya conoces las reglas —le recordó Ronnie—. Pero Sarah y Raylene pueden
comer con nosotros, si te apetece.
—Genial. Bueno, nos veremos al mediodía en el cenador. Allí es donde está
toda la comida.
Después de que se fuera corriendo, Ronnie miró a Dana Sue y la descubrió
mirándole con expresión pensativa.
—Has manejado esto muy bien —le alabó Dana Sue.
—¿Por recordarle las reglas? —preguntó Ronnie.
—No, por invitar a sus amigas al almuerzo. A mí no se me ha ocurrido.
Ronnie sonrió.
—Probablemente estabas demasiado distraída pensando que ibas a tener que
pasar las siguientes dos horas conmigo. ¿Tienes miedo de que te haga algo en
público, cariño?
—No, en realidad, quería hablar contigo —contestó Dana Sue muy seria.
Ronnie conocía aquella expresión. Y significaba que no iba a gustarle lo que
Dana Sue tenía que decirle.
—Pero lo dejaremos para cuando hayamos recorrido todo los puestos —la
agarró del brazo y tiró de ella.
—¡Ronnie!
—Estamos en una feria y hace un tiempo maravilloso. No hay una sola nube en
el cielo, estamos rodeados de amigos y Annie está volviendo a ser ella misma. Así
que hoy no quiero nada de conversaciones serias —señaló una acuarela de uno de los
puestos de los pintores—. ¿Qué te parece?
—Me parece que eres imposible —musitó Dana Sue, pero se volvió hacia el
cuadro—. Bonito, pero soso.
—Exacto. ¿Crees que la madre de Maddie también estará vendiendo sus
cuadros este año? Un par de motivos botánicos quedarían perfectos en el restaurante.
Dana Sue le miró sorprendida.
—¿Sabes? Tienes toda la razón. No sé por qué no se me ha ocurrido antes.
Ronnie le guiñó el ojo.
—¿Lo ves? En contra de lo que dice la opinión popular, tengo un gusto
exquisito.
Mientras caminaban entre los puestos en busca de la madre de Maddie, que
tenía una gran reputación como artista local, Ronnie tomó la mano de Dana Sue. Y,
por vez primera, ella se lo permitió.
En el instante en el que Paula Vreeland les vio, interrumpió la conversación que
estaba manteniendo con el pintor del puesto de al lado y se acercó a recibirlos.
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—Ronnie, me alegro mucho de que hayas vuelto. Y también me alegro de verte,
Dana Sue.
—Gracias, señora Vreeland. Está usted más guapa que cuando me fui. Y por si
no lo sabe, sus cuadros se han hecho muy populares en Beaufort. No sabe en cuántas
casas he visto sus cuadros.
—Y Ronnie cree que he demostrado una sorprendente falta de gusto al no
poner dos de sus cuadros en la entrada del Sullivan's —añadió Dana Sue—. Y por
una vez, estoy de acuerdo con él.
—Echad un vistazo. Y si no encontráis nada que os guste, podéis venir a mi
estudio la semana que viene. Tengo más allí. Normalmente, no traigo aquí los
originales porque el precio resulta prohibitivo para la mayor parte de la gente que
viene, pero a ti te haré un precio especial.
Dana Sue la miró desconcertada.
—Pero yo no le he pedido que me rebaje el precio.
—No, claro que no me lo has pedido —corroboró la señora Vreeland—, te lo he
ofrecido yo, y no sólo porque seas amiga de mi hija. Al tener mis cuadros en el
restaurante, me harás mucha publicidad, Dana Sue. Tu restaurante atrae cada vez a
más clientes. Estoy tan orgullosa de ti como si fueras mi hija.
Ronnie advirtió que Dana Sue tenía los ojos llenos de lágrimas, así que, para
ayudarla a salir del apuro, la invitó a acercarse a un cuadro en el que la madre de
Maddie había pintado un capullo de magnolia. Ronnie casi podía sentir la
aterciopelada textura de sus pétalos.
—Creo que éste sería perfecto para un restaurante de una de las Dulces
Magnolias, ¿qué te parece?
Dana Sue le miró en silencio y asintió.
—Sí, es perfecto —dijo emocionada.
—Entonces, considéralo un regalo por la apertura del restaurante. Al fin y al
cabo, no estuve aquí para la inauguración, así que te lo debo.
—Ronnie, por favor, no tienes por qué hacerlo, sobre todo con todos los gastos
que vas a tener cuando abras la ferretería.
—A lo mejor lo hago para que me hagas una rebaja en el catering de la
inauguración —bromeó—. No discutas conmigo, cariño, quiero hacerte un regalo. Y
ahora, veamos si hay otro que también te guste.
Mientras Dana Sue veía los cuadros. Ronnie estuvo hablando con la madre de
Maddie. Después pagó el que había escogido como regalo para Dana Sue. Dana Sue
le entregó un cheque para pagar los otros dos que había escogido.
—¿Podemos venir a buscarlos más tarde? —preguntó Ronnie.
—Por supuesto. Les pondré las etiquetas de «vendido» inmediatamente.
Vosotros id a dar un paseo y a disfrutar de la feria.
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Pero apenas podían avanzar entre la gente. Al parecer, todo el mundo había
oído hablar de los planes de Ronnie para la antigua ferretería y querían saludarle y
agradecerle que estuviera contribuyendo a resucitar el centro del pueblo. Incluso el
alcalde tuvo algo que decir y le hizo saber que estaba dispuesto a hacer todo lo que
pudiera por apoyar el negocio.
—Lo único que tiene que hacer es comprar en la tienda y decirle a sus amigos
que apoyen el negocio.
—¿Cuándo tienes pensado abrir?
—Si conseguimos cerrar todos los detalles, me gustaría abrir antes de Navidad
—contestó Ronnie, lo que le valió otra mirada de asombro de Dana Sue.
Cuando el alcalde se fue, Dana Sue se volvió hacia su ex marido.
—¿Crees que podrás abrir tan pronto?
—Si trabajo sin parar durante las próximas seis semanas, sí.
—Supongo que eso significa que tendrás menos tiempo para Annie.
Ronnie la miró con el ceño fruncido.
—Siempre tendré tiempo para Annie y para ti. Sabes mejor que nadie el trabajo
que implica un negocio, pero pretendo conciliarlo con la faceta más importante de mi
vida.
—Sí, claro —contestó Dana Sue, rezumando escepticismo—. Eso dices ahora,
pero cuando empiece a faltarte tiempo, seguro que el que pasas con Annie será el
primero que sacrifiques.
Ronnie se paró en seco y le dirigió una mirada penetrante.
—¿Estas intentando discutir conmigo?
Dana Sue parpadeó varias veces y suspiró.
—Probablemente —admitió.
—¿Y te importaría explicarme por qué?
—Necesito que vuelvas a ser el malo de la película —le confesó—. De esa forma
mi vida sería mucho más fácil.
Ronnie se relajó.
—Pues siento decirte que no va a volver a ocurrir. Ahora, vamos a buscar un
par de calabazas. En una grabaré una sonrisa y a la otra le puedes poner el ceño
fruncido.
—¿Se supone que eso tiene gracia?
Ronnie se encogió de hombros.
—He pensado que podría hacerte sonreír. Supongo que tendré que seguir
intentándolo.
—¿Aunque sepas que me estás volviendo loca al ser tan amable conmigo?
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Ronnie asintió.
—Sí, me temo que sí.
Dana Sue apretó los labios en respuesta, pero desvió la mirada antes de que
Ronnie pudiera ver asomar a ellos una sonrisa. Pero a Ronnie no le importó, porque
no iba a dejar de intentarlo hasta que volvieran a reír los dos juntos como lo habían
hecho en el pasado.
Estaba ocurriendo algo raro entre sus padres, decidió Annie a las dos semanas
de haber salido del hospital. Continuaban pendientes de cada uno de sus
movimientos, se aseguraban de que hiciera todas las comidas y de que se ciñera a la
dieta que le había puesto la nutricionista. Pero nunca estaban con ella los dos al
mismo tiempo. Parecían tener una capacidad especial para evitarse. Era casi como si
hubieran planificado un horario a sus espaldas.
Aquella noche, su padre prácticamente acababa de salir de casa cuando entró su
madre. Annie la miró perpleja.
—¿Has estado esperando a que se fuera papá para entrar? —le preguntó.
—¿Por qué iba a hacer una cosa así? —preguntó a su vez su madre, pero su
expresión de culpa la delató.
—Porque no quieres verle —contestó Annie secamente—. ¿Qué ha hecho
ahora?
—No ha hecho nada, pero estos días estamos los dos muy ocupados. Ya sabes
que he desatendido el restaurante y el gimnasio, así que tengo que recuperar el
tiempo perdido.
Lo hacía parecer razonable, pero Annie no se lo tragaba.
—¿Vendréis los dos a la sesión de la psicóloga de mañana?
Al ver la expresión de su madre, Annie comprendió que se había olvidado por
completo.
—Tienes que ir. Tenemos que estar los tres. A papá ya se lo he recordado —y la
verdad era que tampoco había mostrado mucho entusiasmo.
Su madre suspiró.
—Por supuesto, claro que iré. Lo único que pasa es que se me había olvidado.
Las sesiones que hasta entonces había mantenido Annie con la psicóloga a solas
no habían ido tan mal como ella temía. La doctora McDaniels entendía todo lo que
intentaba explicarle y no la juzgaba. Se limitaba a presionarle poco a poco hasta que
Annie comenzaba a ver las cosas de manera diferente.
Como el matrimonio de sus padres, por ejemplo. Había llegado a comprender
que probablemente ninguno de ellos podría haber hecho nada para evitar el divorcio
después de lo que había hecho su padre. Pero fuera cual fuera la razón por la que él
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se había acostado con aquella mujer, el problema era suyo, no de su madre y, desde
luego, mucho menos de Annie. Y lo de dejar de comer había sido una especie de
protesta estúpida por el abandono de su padre.
En su intento de averiguar lo que les pasaba a sus padres, Annie había olvidado
compartir con su madre la buena noticia que le habían dado aquella mañana.
—¿Sabes? —dijo, incapaz de controlar una sonrisa—. La doctora McDaniels me
ha dicho que, si el cardiólogo está de acuerdo, cuando me vea pasado mañana, podré
volver al instituto la semana que viene.
Su madre le dirigió una sonrisa radiante.
—Vaya, ésa sí que es una buena noticia. Te has esforzado mucho para llegar
hasta aquí. Seguro que te encantará poder estar otra vez en clase con tus amigos.
Lo mejor de todo sería volver a ver a Ty todos los días, pensó Annie, pero eso
no se lo dijo a su madre. Había ido a visitarla muchas veces mientras estaba en casa,
pero se moría por saber si también le apetecería pasar tanto tiempo con ella cuando
volviera al instituto. En realidad, tampoco estaba comportándose como si fuera su
novio ni nada parecido. Nunca la había besado, excepto en la mejilla. Pero Annie
pensaba que, si la trataba como a una amiga delante de todos los chicos del equipo
de béisbol y de los de su clase, eso ya significaría mucho. Sería como si estuviera
demostrándole que para él era alguien especial.
—¿Vas al día con los deberes de clase? —quiso saber su madre.
Annie asintió.
—Sarah y Raylene han ido trayéndomelo todo y llevándose lo que hacía en casa
para que lo vieran los profesores. A lo mejor tengo que hacer alguno de los exámenes
que me he perdido, pero no creo que me cueste mucho ponerme al día. Y Ty ha dicho
que, si me hace falta, podrá ayudarme.
Dana Sue la miró muy atentamente.
—Que detalle. Está demostrando ser un gran amigo.
—El mejor —contestó Annie sonrojándose.
—No estarás contando con que se convierta en algo más, ¿verdad? —le
preguntó su madre preocupada.
Annie sabía lo que estaba intentando decirle, que Ty era su amigo, no su novio.
Pero no necesitaba que se lo recordaran a cada momento.
—Claro que no —contestó—. ¿Por qué le das a eso tanta importancia?
—Porque no me gustaría que sufrieras una decepción.
—No sería la primera vez en mi vida —replicó Annie al instante.
Dana Sue la miró con el ceño fruncido.
—¿Te estás refiriendo a tu padre y a mí?
—Exactamente.
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De pronto, Dana Sue pareció cansada e increíblemente triste.
—Y mira cómo te afectó —dijo con delicadeza—. No podría soportar que Ty te
hiciera daño y que volvieras de nuevo a lo de antes.
—¿Y no se te ha ocurrido pensar que a lo mejor él no me decepciona? ¿Que es
posible que yo también le guste? —le planteó Annie con calor—. Gracias por creer en
mí, mamá.
El enfado y el dolor se fundían en su interior mientras corría a la habitación de
su madre y cerraba la puerta tras ella.
Oyó que su madre la llamaba, pero enterró la cabeza en la almohada. Sabía que
lo que le había dicho era mezquino y que, además, no era del todo cierto. Su madre
siempre había creído en ella. De hecho, era su principal apoyo y sabía que jamás
pensaría que no era suficientemente buena para Ty. Pero la advertencia de su madre
parecía haberle tocado una fibra sensible.
Cuando Ronnie entró en la consulta de la psicóloga al día siguiente, la tensión
era palpable. Annie y Dana Sue apenas se miraban y Dana Sue evitó también mirarle
a él. Ronnie optó entonces por sentarse al lado de su hija. Se inclinó hacia ella y le
susurró al oído:
—¿Te has enfadado con tu madre?
Annie se encogió de hombros.
—Más o menos.
—¿Y se puede saber por qué?
—Por tonterías.
Ronnie se reclinó en la silla, suspiró y miró a su ex esposa, que también estaba
muy tensa.
—¿Y tú? ¿No me quieres decir por qué os habéis peleado?
—Pues la verdad es que no.
—Vaya, la siguiente hora promete ser divertida —musitó Ronnie.
Suspiró aliviado cuando entró la psicóloga y cerró la puerta tras ella. Quizá una
persona parcial ayudara a solucionar el problema.
—¿Cómo está todo el mundo? —preguntó la psicóloga, mirándolos sonriente.
Las respuestas que oyó Ronnie a ambos lados fueron tan poco entusiastas que
se sintió obligado a contestar con calor. La psicóloga le miró agradecido.
—Percibo cierta tensión —dijo la psicóloga.
—¿Ah, sí? —musitó Annie.
Dana Sue suspiró pesadamente.
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—Lo único que ha pasado es que ayer le dije a Annie que no se hiciera ilusiones
sobre un chico que le gusta. No quería que sufriera una decepción por si él no
respondía a sus expectativas.
Así que eso era, pensó Ronnie. Todo era a causa de Ty pero, Ronnie estaba
convencido, también tenía mucho que ver con él. Miró a Dana Sue a los ojos y le
preguntó:
—¿De verdad tienes miedo de que Annie se arriesgue a sufrir por culpa de Ty,
o lo que en realidad te asusta es lo que puedes llegar a sufrir tú por confiar en mí?
Dana Sue le miró con el ceño fruncido.
—Tu nombre ni siquiera salió en la conversación —respondió muy tensa.
—Seguro que no. Pero eso no significa que no estés proyectando tus miedos en
Annie y en Ty.
—Muy bien, un momento —dijo la doctora McDaniels— , alguno tendrá que
ponerme al tanto de lo que está pasando aquí. ¿Quién es Ty? Creo que ya lo has
mencionado en otra ocasión, Annie. ¿Quieres hablarme un poco más sobre él?
Annie se inclinó hacia delante y describió a Ty en términos elogiosos.
—Me gusta —concluyó, dirigiéndole a su madre una mirada desafiante—.
Mucho.
—Y eso es lo que me preocupa —añadió Dana Sue—. Ty es mayor que ella,
tiene sus propios amigos, sus propios intereses. Se ha portado maravillosamente con
Annie, pero no estoy segura de que él sienta lo mismo que ella.
—Así que quieres protegerla para que no sufra —dijo la psicóloga.
—Por supuesto que quiero protegerla, soy su madre.
—Pero nadie puede evitar que sus hijos cometan sus propios errores —dijo la
doctora McDaniels—. El hecho de que Annie sufra no va a ser el fin del mundo. A
todos nos rompen el corazón alguna vez en nuestra vida.
—Pero no ahora, maldita sea. Está demasiado frágil. Tiene que curarse y
ponerse fuerte antes de enfrentarse a algo así.
La psicóloga se volvió hacia Annie.
—Sabes que te estás arriesgando, ¿verdad?
—Claro que sí —respondió Annie—. Pero no me importa. ¿Cómo me sentiría si
por no correr riesgos ni siquiera intento tener una oportunidad de ser feliz con él?
—No hay nada como la sabiduría de los niños —musitó Ronnie, con la mirada
fija en Dana Sue.
La doctora McDaniels no pasó por alto aquel comentario.
—¿Estás viendo paralelismos con tu relación con Dana Sue?
—Por supuesto.
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—¿Y tú? —le preguntó a Dana Sue—. ¿Crees que Ronnie tiene razón? ¿Estás
proyectando tus inseguridades en tu hija?
—¡Por supuesto que no! —exclamó, pero inmediatamente cerró los ojos—. A lo
mejor —susurró.
En vez de presionarla, la doctora se volvió hacia Annie.
—¿Qué es lo peor que podría sucederte si le dices a Ty lo que sientes?
—Que él no sienta lo mismo que yo —respondió inmediatamente.
—¿Y crees que eso es algo a lo que podrías enfrentarte?
—Prefiero enfrentarme a eso a no saber qué siente.
—Me parece una actitud muy madura —dijo la psicóloga—. ¿A ti qué te parece,
Dana Sue?
—Creo que no tiene idea de cuánto se puede llegar a sufrir por amor.
—Y tú lo sabes por experiencia, ¿verdad?
Dana Sue asintió.
—Pero has sobrevivido. Has superado todo lo que sufriste y has comenzado
una nueva vida. A mí me parece que deberías sentirte orgullosa de todo lo que has
conseguido.
—Y lo estoy.
tú?
—Entonces, ¿qué te hace pensar que tu hija no será tan fuerte como lo has sido
—Es anoréxica.
—Sí, pero está trabajando para cambiar eso. ¿Alguna cosa más?
—Pues la verdad es que no —admitió Dana Sue.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Crees que serías menos fuerte si asumieras un riesgo
y la cosa no saliera bien? —antes de que Dana Sue pudiera contestar, alzó la mano—.
Déjame preguntártelo de otra manera. Por lo que tengo entendido, sufriste mucho
después de separarte de Ronnie, ¿verdad?
—Por supuesto.
—¿Pensabas que tu vida se había terminado?
—De alguna manera, sí —admitió.
—Pero después te arriesgaste a abrir el Sullivan's. ¿Eras consciente de que
también cabía la posibilidad de que fracasara?
Dana Sue asintió.
—Sin embargo, eso no te impidió intentarlo. ¿Por qué?
—Porque sabía que tendría fuerzas suficientes para manejarlo en el caso de que
eso ocurriera —dijo Dana Sue.
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—Aun así, has dicho que en aquella época te sentías muy frágil.
Dana Sue la miró a los ojos.
—Creo que entiendo lo que dices.
—¿De verdad? ¿Entiendes que la vida entraña riesgos? Y es imposible vivir
plenamente sin asumirlos.
Ronnie esperaba la respuesta de Dana Sue conteniendo la respiración.
—Sí, es cierto —contestó, sorprendida ella misma por su admisión.
—Bueno, en ese caso, no hay ninguna razón para que no tomes todo aquello
que te apetece en la vida —dijo la doctora McDaniels.
Dana Sue la miró con recelo.
—¿Eso quiere decir que debería darle a Ronnie otra oportunidad?
—Sólo si quieres hacerlo. Ésa es una decisión que tienes que tomar tú, no yo. Ni
Annie. Y, por supuesto, también es ella la que tiene que decidir si quiere arriesgar su
corazón con el chico que le gusta.
De pronto, Annie le sonrió a su madre.
—No es fácil darse cuenta de que uno tiene el destino en sus manos, ¿verdad,
mamá?
Dana Sue se echó a reír.
—Básicamente, es un fastidio —le confirmó.
—¿Pero no le da a uno también la sensación de tener cierto poder sobre su
vida? —preguntó la psicóloga.
Dana Sue se arriesgó por fin a mirar a Ronnie. Este vio un brillo en su mirada
que le llegó al corazón.
—¿Sabes? Creo que sí, que incluso podría llegar a ser divertido.
—No estoy seguro de que me guste cómo suena eso —gruñó Ronnie.
—Bueno, ya te acostumbrarás.
Annie les sonrió radiante.
—Es genial.
Sí, pensó Ronnie, era condenadamente genial. Aunque también le daba miedo
pensar que dependía de él no echar a perder la oportunidad que Dana Sue había
vuelto a darle.
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Capítulo 20
Dana Sue se sentía muy bien después del vuelco que había dado la sesión con la
psicóloga. Por fin se sentía preparada para seguir adelante, estaba convencida de que
sería capaz de manejar todo lo que ocurriera a continuación. Si Ronnie y ella lo
intentaban y la cosa no salía bien, lo superaría. Ya lo había hecho una vez y volvería a
hacerlo. Y después de escuchar la madurez de los argumentos de su hija, estaba
empezando a pensar que su hija también sería capaz de superar cualquier fracaso.
En cuanto habían llevado a Annie a casa, Dana Sue le había propuesto a Ronnie
que fueran a dar un paseo. Mientras caminaban sin rumbo fijo, se puso las gafas de
sol, para evitar el penetrante escrutinio de Ronnie, y le miró a los ojos.
—¿Y ahora qué? —le preguntó.
Ronnie sonrió lentamente.
—Yo no tengo ningún plan, ¿y tú?
Dana Sue le miró con el ceño fruncido.
—Es tan típico de ti —se quejó—. Llevas semanas detrás de mí, y ahora, cuando
te digo que sí, no sabes qué hacer a continuación.
—Cariño, me has pillado por sorpresa. Estoy tan acostumbrado a que utilices
todo tipo de tácticas para erigir barreras entre tú y yo que ni siquiera se me había
ocurrido pensar lo que haría si decidieras derrumbarlas.
—No las he derrumbado —le contradijo—. Sólo he creado una pequeña grieta,
pero ahora tendrás que averiguar qué hacer para atravesarla. Cuando tengas una
estrategia, avísame.
Dana Sue dio media vuelta y comenzó a alejarse. ¡No tenía ningún plan! Aquel
hombre era imposible. A lo mejor sólo había sido un desafío para él, algo que
deseaba mientras no podía tenerlo. Pero una vez había terminado todo,
probablemente ya ni siquiera la deseaba. Tenía su negocio, había recuperado su vida
y Mary Vaughn andaba tras él. Probablemente con eso tenía más que suficiente.
Dana Sue había recorrido ya media manzana con la espalda erguida y la furia
bullendo en sus entrañas, cuando Ronnie la agarró del brazo, le hizo dar media
vuelta y capturó su boca con un beso más ardiente que el sol de Carolina del Sur al
medio día. Aquel beso borró todo pensamiento y todo resto de enfado de su cabeza.
Cuando al final la soltó, Dana Sue tuvo que agarrarse a su hombro para
permanecer erguida. Pero aquella sensación de debilidad y el deseo que palpitaba en
su interior la enfurecieron. Inmediatamente le soltó.
—Montar un espectáculo en público no es la respuesta —le dijo irritada.
—Esto no era un espectáculo, amor, sino la declaración pública de que
volvemos a estar juntos.
—¿Me estás marcando como si fuera una vaca? —dijo Dana Sue indignada.
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—Yo no lo diría exactamente así —replicó él sin atreverse a sonreír.
—No, yo tampoco, pero es de eso de lo que se trata, ¿no?
—¿Sabes? En realidad eso funciona en los dos sentidos. Al besarme, todo el
mundo sabe que soy tuyo.
—¿Incluyendo a Mary Vaughn? —preguntó Dana Sue.
De pronto, la idea comenzó a parecerle atractiva.
—¿Qué tiene que ver Mary Vaughn con eso?
—La he visto cuando está contigo. Le gustas. Y todo el mundo en el pueblo sabe
que su relación actual no funciona bien y está buscando un sustituto. Y a mí me
parece que te ha elegido a ti.
Ronnie la miró divertido.
—¿Pero no está viviendo con ese tipo?
—Técnicamente, sí.
—¿Qué quiere decir «técnicamente»? ¿Vive con él o no?
—Más o menos como cuando tú técnicamente estabas casado conmigo, pero te
acostaste con otra mujer. Como te he dicho, la relación parece que ha terminado
aunque él todavía no se haya cambiado de casa.
—Muy bien, así que es eso —repuso Ronnie—. Ahora, vámonos —la agarró del
brazo y comenzó a arrastrarla por la acera.
—¿Pero qué demonios te pasa? ¿Adónde vamos?
—A la habitación de mi hotel.
—No pienso ir a tu hotel —respondió ella, horrorizada ante la perspectiva de
que la noticia corriera por el pueblo.
—¿De verdad prefieres volver a casa y discutir conmigo delante de Annie?
—¡Yo no quiero discutir contigo!
—Bueno, pues cuando hayamos terminado de discutir y queramos arreglar las
cosas, tampoco creo que queramos tener a Annie cerca.
El calor que Dana Sue sintió en aquel momento no tenía nada que ver con el
enfado, pero sí mucho con la anticipación. Aquello era lo más exasperante.
Seguramente, en dos años debería haber aprendido a resistirse a los encantos de
aquel hombre.
—¿Qué te hace pensar que lo vamos a arreglar?
—Porque es lo que vamos a hacer, discutir y después reconciliarnos. Es un ciclo,
un ciclo que podríamos intentar romper. Pero de eso ya nos ocuparemos más
adelante. Y ahora, ¿vas a venir voluntariamente conmigo o tendré que llevarte en
brazos?
—No te atreverías —comenzó a decir Dana Sue—. No, claro que te atreverías.
Muy bien, iré al hostal, pero sólo a hablar.
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Una vez en el hostal, a Dana Sue le habría gustado pararse a saludar a los
propietarios. Pero la insistente presión de la mano de Ronnie en la espalda le hizo
dirigirse directamente hasta su habitación.
—Qué maleducado.
—¿De verdad querías quedarte allí hablando con ellos para darles todavía más
que hablar cuando vayan a almorzar al Wharton's?
—¿De verdad crees que no pararnos a hablar con ellos va a impedir que
cuenten lo que han visto? Ahora todo el mundo sabrá que estábamos tan ansiosos
por llegar al dormitorio que no nos detuvimos ni a saludar. Estoy segura que van a
hacer correr la noticia por todo el pueblo.
—Pues que lo hagan —contestó Ronnie mientras empujaba la puerta del
dormitorio—. Como tú estabas tan convencida de que Mary Vaughn andaba detrás
de mí, a lo mejor la noticia de nuestro encuentro sirve para que a ella se le quite esa
idea de la cabeza…
—Eso te crees tú —replicó Dana Sue mientras le seguía al interior de la
habitación—. Eso sólo servirá para que le parezcas un desafío mayor. ¿Es que no la
conoces?
Ronnie sonrió.
—Parece que no tan bien como tú.
Dana Sue se concentró en estudiar la habitación. Para su sorpresa, estaba
ordenada. No había ropas por todas partes, ni toallas en el suelo. Y, curiosamente, la
decoración de la habitación, tan femenina, hacía resaltar por contraste la virilidad de
Ronnie.
En un impulso, Dana Sue se sentó a los pies de la cama, en vez de en la única
silla que había en la habitación.
—Muy bien, ¿de qué quieres que hablemos? —le preguntó.
Ronnie parecía inseguro una vez en la habitación. Recorrió lentamente a Dana
Su con la mirada, con unos ojos oscurecidos por la pasión.
—¿Quieres tomar algo? —le preguntó con la voz atragantada—. Hay una
máquina expendedora ahí fuera. ¿Quieres un dulce, unas patatas fritas?
Dana Sue tuvo entonces la certeza de que estaba nervioso. De otro modo jamás
le habría sugerido que comiera algo así. Irónicamente, a Dana Sue le resultaba tan
extraña esa actitud en él que no podía dejar de encontrarla encantadora. Su enfado
comenzó a ceder.
—A lo mejor deberíamos cambiar la agenda —sugirió.
—¿Qué quieres decir?
—Que podríamos hacer el amor y dejar lo de hablar, o cualquier otra cosa que
tengas en mente, para más tarde —se encogió de hombros.
Ronnie negó con la cabeza.
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—No, no pienso acercarme a esa cama hasta que oigas lo que tengo que decirte.
Quiero que después de esta conversación, te olvides para siempre de que te engañé.
Dana Sue le miró con el ceño fruncido.
—Quizá no sea posible.
—Entonces, a lo mejor no tenemos futuro, Dana Sue —le dijo con tanta crudeza
que le hizo estremecerse—. No voy a pasar el resto de mi vida con una persona que
me va a echar eso en cara cada vez que cometa un error.
—Sé que tienes razón —contestó Dana Sue más asustada que nunca. ¿Sería
posible que arruinaran su intento de reconciliación por su incapacidad para olvidar
el pasado?—. Pero no sé si podré olvidarlo.
—Supongo que eso es porque nunca te expliqué lo que pasó realmente —
sugirió—. Y yo no te lo he explicado porque no puedo. Ya te lo he dicho en más de
una ocasión, pero lo intentaré otra vez. Sé que no hay excusa, Dana Sue. Me dejé
arrastrar. Estaba buscando algo emocionante sin ser siquiera consciente de ello. Algo.
Sinceramente no puedo explicarlo. Te amaba con todo mi corazón. Me gustaba
nuestra vida. Adoraba a Annie, pero aquella noche, cuando se acercó esa mujer, sentí
algo que no había sentido en mucho tiempo. A lo mejor fue el peligro, el riesgo de ser
atrapado. Sé que no tuvo nada que ver con ella, y tampoco contigo. Fue como si
aquella mujer hubiera encendido una cerilla y la hubiera acercado a un bote de
gasolina. Yo ni siquiera sabía que era inflamable. Fue la primera y la única vez que
me he sentido tentado a serte infiel.
Dana Sue no sabía qué contestar a eso. Nada de lo que Ronnie había dicho le
hacía sentirse mejor.
—Si no sabes por qué fue tan diferente aquella noche, ¿cómo puedes estar
seguro de que no volverá a pasar?
—Porque en estos dos años he aprendido a valorar algo que daba por sentado
—dijo con candor—. Prácticamente desde el día que nos conocimos, supe que estabas
loca por mí. Imagino que pensé que eso me perdonaría cualquier cosa. O quizá
quería averiguar si de verdad era así. No lo sé. Lo único que sé es que nunca volveré
a arriesgarme a arruinar nuestra relación. Quiero recuperar mi antigua vida, Dana
Sue. Quiero recuperarte.
La sinceridad de sus palabras era indudable. Dana Sue creía que de verdad era
ésa la voluntad de Ronnie, al menos en ese instante. Pero ¿y al día siguiente? ¿Si a
pesar de la maravillosa vida que habían compartido él la había engañado, qué
ocurriría cuando encontraran alguna dificultad en el camino?
La vida estaba llena de riesgos, se recordó a sí misma. No tenía que creer
ciegamente en nada, lo único que tenía que hacer era correr un pequeño riesgo ese
día, y otro al día siguiente y así día tras día, hasta que aprendiera a confiar de nuevo.
Le tendió la mano y le dijo suavemente:
—Ven aquí.
Ronnie permaneció donde estaba y la miró preocupado.
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—¿Vamos a seguir hablando?
Dana Sue sonrió. Quizá Ronnie tenía tanto miedo a arriesgarse como ella.
—Tendrás que arriesgarte —le dijo—. Ven aquí y lo averiguarás.
El colchón se hundió bajo el peso de Ronnie cuando éste se sentó a su lado,
teniendo mucho cuidado de dejar espacio entre ellos.
Dana Sue alzó la mano que Ronnie había ignorado y la posó en su mejilla.
—Si no me besas ahora mismo, Ronnie Sullivan, creo que explotaré.
—Me temo que si lo hago, el que explotará seré yo, sobre todo si cambias de
opinión.
—Pero eso no va a ocurrir —por lo menos aquel día.
Dana Sue comprendió entonces que sólo podía prometer aquello de lo que
estuviera realmente segura. Pero no le importaba. De momento, era lo único que
tenían.
—Te quiero —susurró.
La sonrisa de Ronnie reflejó un profundo alivio.
—Yo también te quiero —respondió.
Buscó entonces su boca, deslizó las manos bajo la blusa y el mundo comenzó a
girar a toda velocidad.
Ronnie volvió a recordar por qué Dana Sue había conquistado su corazón para
siempre. Ninguna mujer podía ser tan generosa como ella en la cama, tan
apasionada. Estaba tan ansiosa por participar como él, sus manos vagaban por todo
su cuerpo y su boca saboreaba cada rincón de su piel.
Continuaban vestidos, pero hechos un nudo de piernas y brazos en la cama; sus
cuerpos encajaban de una forma tan perfecta que Ronnie ni siquiera era capaz de
imaginar por qué podía haber llegado a desear nunca a otra mujer. Ni siquiera la
emoción de lo desconocido podía explicarlo.
Dana Sue pareció vacilar cuando Ronnie comenzó a desabrocharle los botones
de la blusa.
—¿Has cambiado de opinión? —le preguntó.
Dana Sue negó con la cabeza, pero Ronnie advirtió que el color que teñía en
aquel momento sus mejillas tenía más que ver con la vergüenza que con la pasión.
Era su peso otra vez. Podía verlo en sus ojos; tenía miedo de que no le gustara cómo
había cambiado su cuerpo.
Sostuvo la mirada fija en sus ojos mientras alcanzaba el primer botón de la
blusa.
—¿Un botón? —sugirió.
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—Nunca te has conformado con uno…
Ronnie sonrió.
—Entonces déjame decirte algo. Te amo, Dana Sue. Adoro cada centímetro,
cada gramo de tu cuerpo. Si quisiera acostarme con una joven esquelética, estaría con
ella en vez de contigo.
Aun así, Dana Sue le apartó la mano.
—No debería haber perdido el control sobre mi peso de esta forma —dijo—.
Sobre todo cuando sé que no es bueno para mi salud.
Ronnie la tomó por la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos.
—Si no te gusta tu aspecto, tendrás que hacer algo para cambiarlo. Yo te
apoyaré en todo el proceso, pero no pienses que lo haces por mí. A mí me encanta
mirarte. Me gusta tocarte y ver como disfrutas. Eras una mujer sensual y deseable
cuando te conocí y continúas siéndolo ahora.
Había tanta esperanza en los ojos de Dana Sue mientras le escuchaba que a
Ronnie le desgarró el corazón.
—Y si no te crees lo que estoy diciendo, déjame demostrártelo —le suplicó.
Al final, Dana Sue asintió y, en aquella ocasión, cuando Ronnie comenzó a
desabrocharle la blusa, no intento detenerle. Ronnie, por su parte, era incapaz de
apartar la mirada. Para él, el cuerpo de Dana Sue había ganado en sensualidad.
Dibujó sus curvas con sus dedos callosos, endurecidos en la construcción, y sintió
arder su piel. La débil fragancia de la lavanda, tan familiar como la textura de su piel,
tenía en él un efecto más embriagador que el de un licor de alta graduación.
Dana Sue llevaba un sujetador blanco, sin adornos, y los pezones se recortaban
endurecidos contra la tela. Ronnie cerró los labios sobre uno de ellos y le oyó gemir
de placer. Dana Sue no protestó cuando le desabrochó el sujetador y se lo quitó para
poder prestar una mayor atención a sus senos.
Ronnie fue cambiando de postura hasta cubrirla plenamente; estaba cada vez
más excitado, pero esperó a desabrocharle los pantalones, esperó a que Dana Sue le
suplicara para bajarle la cremallera y acariciar el corazón húmedo de su feminidad.
Cuando la sintió arquearse contra él estremecida por un orgasmo, estuvo a punto de
perder el control.
Sonriendo, Ronnie la miró a los ojos.
—Después de esto, ya podemos ir más despacio y hacer las cosas como es
debido, bromeó mientras le quitaba los pantalones.
Sólo cuando los dos estuvieron completamente desnudos, se enterró dentro de
ella sintiéndose como si por fin, después de un largo tiempo de ausencia, hubiera
vuelto a casa. Comenzó a moverse mirándola a los ojos, lentamente al principio,
sintiendo como su cuerpo respondía al suyo. Reconoció el momento preciso en el que
Dana Sue estaba a punto de perder el control y supo lo que tenía que hacer.
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—Te quiero —le dijo al sentir que Dana Sue se acercaba al orgasmo, y se
entregó por fin al suyo.
Y por primera vez desde hacía años, con Dana Sue entre sus brazos, Ronnie
volvió a encontrar la paz, y toda su vida cobró sentido.
Ronnie todavía estaba durmiendo cuando Dana Sue se levantó de la cama y
comenzó a recoger su ropa a toda velocidad. Al final, lo había hecho. Había perdido
la cabeza y había vuelto a acostarse con su ex marido. Y lo había hecho a plena luz
del día, estando completamente sobria, de modo que no tenía ninguna excusa.
Aquélla no era la reconciliación que ella esperaba. Ella imaginaba que
comenzarían saliendo durante una temporada y que, poco a poco, Ronnie iría
pasando más tiempo con ellas en casa. Después, tras varias semanas que le servirían
para asegurarse de que realmente había cambiado, de que por fin podía creer en él,
volverían a hacer el amor.
Pero era una idea estúpida. Aquella tarde había sido inevitable que hicieran el
amor desde el instante en el que Ronnie había aparecido en el hospital. A pesar de
tratarse de dos personas supuestamente maduras, en lo que se refería al sexo, jamás
habían sido capaces de dominarse cuando estaban juntos.
Se vistió rápidamente, abandonó sigilosamente la habitación y salió corriendo
del hostal, esperando que nadie la viera.
¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Ella pretendía darle a Ronnie una
oportunidad, no invitarle a meterse en su cama. O en la de él, para ser más precisa.
Aunque a lo mejor estaba siendo ridícula. ¿Por qué no admitir que Ronnie
continuaba teniendo la capacidad de excitarla? Y, desde luego, lo que había pasado le
demostraba que, por lo menos en lo relativo al sexo, nada había cambiado entre ellos.
Aun así, ella habría preferido dar ese paso cuando hubiera perdido algo de peso y
ganado un poco en firmeza.
Instintivamente, se dirigió hacia el gimnasio.
—Esto es algo así como cerrar la puerta del establo cuando la vaca ya se ha
escapado —musitó mientras iba a buscar el chándal.
En aquella ocasión, fue directa a las pesas. Desgraciadamente, no tenía la menor
idea de cómo utilizarlas, así que probablemente terminaría aumentando el músculo,
en vez de tonificarlo.
Frustrada, miró a su alrededor hasta ver a Elliot, el único hombre que tenía
permitido entrar en el gimnasio. Era entrenador personal y se ocupaba de alguna de
las socias del gimnasio, pero a Dana Sue nunca se le había ocurrido formar parte de
aquel contingente.
Aquel día, sin embargo, cruzó el gimnasio y esperó a que terminara de atender
a su cliente. Cuando se despidió de ella, una mujer de unos setenta años, Elliot se
volvió hacia Dana Sue.
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—¿Qué haces por aquí, Dana Sue? ¿Por fin me vas a dejar trabajar contigo?
Dana Sue sabía que estaba bromeando, porque la verdad era que lo había
intentando muchas veces sin éxito.
—Pues la verdad es que sí —le dijo, pillándole completamente desprevenido.
—¿Ahora? —le sugirió Elliot con entusiasmo.
—¿Tienes miedo de que cambie de opinión si esperamos?
—Pues la verdad es que no me sorprendería.
—Entonces, adelante.
—Empezaremos rebajando la musculatura —le respondió—. Prueba varias
pesas y dime con cuáles te sientes cómoda.
Dana Sue eligió directamente las más ligeras.
—No, Dana Sue —le regañó Elliot—. Empieza por lo menos con dos kilos.
Acabas de ver a Hazel, que tiene casi setenta años, trabajando con cinco. ¿Vas a
dejarte humillar por una anciana?
—Nunca he sido una mujer orgullosa —replicó Dana Sue, pero eligió las pesas
que Elliot le sugería.
Treinta minutos después, Dana Sue había decidido que odiaba a Hazel, a Elliot,
a Helen y a Maddie. Le dolían todos y cada uno de los músculos, incluso algunos que
no tenía.
—No entiendo que la gente haga esto de forma voluntaria —gimió. Se sentó en
un banco y se secó la frente con una toalla que Elliot le tendió.
—La gente lo hace para estar en forma y poder vivir más. La próxima vez será
más fácil.
—A lo mejor no hay próxima vez.
Elliot se sentó entonces frente a ella.
—¿Qué te ha traído hoy por aquí, Dana Sue? Llevo detrás de ti desde que se
abrió el gimnasio y siempre me habías rechazado.
Dana Sue pensó en la vergüenza que le había dado que Ronnie le viera
desnuda.
—Sencillamente, he decidido que ya iba siendo hora de hacer algo con mi
cuerpo.
—He oído hablar de ese concurso que estáis haciendo entre las tres y sé que
hacer ejercicio regularmente es uno de tus objetivos. ¿Has decidido que quieres
ganar?
—En realidad, eso es lo de menos.
—Ya entiendo. En ese caso, ¿hay un nuevo hombre en tu vida?
—Si quieres saber la verdad, uno viejo —contestó, consciente de que la noticia
de su encuentro con Ronnie no tardaría en correr por el pueblo.
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—Cualquier motivación es válida, siempre y cuando no renuncies. Aunque
sería mejor que hicieras esto por ti misma. Para estar más saludable y en forma.
—Pues de momento, yo creo que es preferible que me concentre en Ronnie,
porque si fuera por mí, me temo que no volverías a verme el pelo.
—De acuerdo entonces. Así que se trata de Ronnie. Creo que podré vivir con
ello. ¿Nos vemos el lunes a la misma hora?
ellas.
A Dana Sue se le ocurrieron miles de excusas, pero no recurrió a ninguna de
—Claro —dijo casi a su pesar—. Si no te importa que termine odiándote.
—No serás la primera —le aseguró—. Pero ¿sabes? Estoy deseando ver el día en
el que cambies de actitud, Dana Sue, porque estoy seguro de que cambiarás.
—¿En esta vida?
—Dame dos meses. Para Navidad, estarás pensando que soy lo mejor que te ha
pasado en la vida desde que Annie nació.
—Ahora mismo, lo único que puedo decirte es que he sufrido tanto como en su
parto.
—Dos meses —repitió Elliot—, y yo mismo te llevaré de compras.
Dana Sue continuaba mirándole con escepticismo, pero pensó una vez más en
la apuesta que había hecho con Helen y Maddie. Si Elliot tenía razón, a lo mejor el
descapotable no estaba tan lejos de su alcance como pensaba.
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Capítulo 21
Estando Annie mejor y a punto de volver al instituto y después de seis semanas
sin pisar apenas el restaurante, la cocina del Sullivan's se convirtió para Dana Sue en
lo mas parecido a la gloria. Agradeciendo el haber recuperado aquella rutina, pasaba
cada día más tiempo encerrada en ella, por lo menos cuando no estaba en el gimnasio
con Elliot o reunida con sus amigas. Con ellas quedaba por lo menos tres días a la
semana para tomar café o para ponerse al día sobre los progresos que estaban
haciendo en la consecución de sus objetivos.
Hasta el momento, todas ellas habían cumplido parte de lo que se habían
propuesto: Dana Sue había perdido cinco kilos y Maddie había conseguido tonificar
sus abdominales.
Aquella última mañana de septiembre, se estaban concentrando en Helen, que
acababa de anunciar que había sido capaz de renunciar a un caso porque iba a
quitarle mucho tiempo.
Maddie y Dana Sue se quedaron mirándola estupefactas antes de brindar por
su logro con sus vasos de té con hielo.
—¡Adelante, Helen! —exclamaron a coro.
—¿Y cómo te sentías al decir que no? —preguntó Maddie.
—Se me ha revuelto el estómago —admitió—. ¿Qué pasará si se corre la voz de
que no estoy aceptando casos nuevos y termino quedándome sin clientes?
—¿Y si mejora tu reputación y sólo se acercan a ti clientes muy selectos? —
respondió Dana Sue—. Seguro que puedes ganar una fortuna.
—En realidad, ya he ganado una fortuna —dijo Helen, sonriendo.
—Esto está muy bien —la animó Maddie—. Nosotras te ayudaremos a hacerte
la propaganda que necesitas —se volvió hacia Dana Sue—. Y tú, ¿cuánto has perdido
desde la última vez?
—Nada —confesó Dana Sue, intentando disimular su desilusión—. Pero ahora
estoy tonificando los músculos. Elliot no para de decirme que el músculo pesa más
que la grasa y que cada gramo que pierdo es importante. Muchas de las chaquetas se
me están quedando grandes. Me temo que tendré que empezar a arreglarlas pronto.
—Lo que tienes que hacer es comprarte unas nuevas —respondió Maddie—.
Recuerdo lo mal que dejaste una falda cuando hacíamos corte y confección en el
instituto. Yo te recomendaría que ni siquiera te acercaras a una aguja.
Dana Sue soltó una carcajada.
—La señora Watkins dijo que nunca había visto un dobladillo como aquél y
jamás conseguí colocar bien la cremallera.
—A eso me refería exactamente. Necesitas una imagen más profesional para
impresionar a tus clientes. Y, por cierto, estás preciosa. Supongo que Ronnie estará
encantado con tu nueva imagen.
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Dana Sue se sonrojó.
—La verdad es que antes también le gustaba bastante.
—¿Ha habido alguna novedad entre vosotros? —le preguntó Maddie, y desvió
la mirada cuando Jessica Lynn comenzó a gimotear en el carrito. La levantó en
brazos y le hizo apoyar la cabeza en su hombro.
Dana Sue negó con la cabeza.
—Digamos que es como un programa para superar una separación, pero a la
inversa. Vamos paso a paso, pero en vez de intentar vivir sin alguien, lo que estamos
haciendo es intentar ver si podemos vivir el uno con el otro.
—Si todo va tan bien —le preguntó Helen, mirándola con atención—, ¿por qué
pasas tanto tiempo escondida en el Sullivan's?
—Soy su propietaria, no me escondo allí —respondió Dana Sue a la defensiva—
. Erik y Kareen han cargado con todo el peso del restaurante durante demasiado
tiempo. Ahora que Annie está un poco mejor, tengo que volver al trabajo. Además,
Kareen ha tenido algún problema con sus hijos. Ya sabía que era arriesgado contratar
a una madre soltera, pero sus ausencias están empezando a preocuparme. Erik no
puede ocuparse él solo de todo, así que tengo que estar allí.
Helen negó con la cabeza.
qué.
—No me lo trago, creo que estás evitando a Ronnie. Lo que no entiendo es por
—A lo mejor es él el que está evitándome a mí —repuso Dana Sue muy tensa.
—Un momento —dijo Maddie, mirándolas alternativamente—, todo el pueblo
sabe que habéis vuelto —se interrumpió y arqueó una ceja—. Bueno, todos excepto
Mary Vaughn, pero ella tiende a ser un tanto despistada en cuanto hay un hombre a
la vista. Mientras Ronnie siga siendo tu ex en vez de tu marido, se creerá con derecho
a conquistarle.
Helen frunció el ceño.
—Vaya, seguro que a Dana Sue le está dando mucha seguridad todo lo que
estás diciendo.
—Lo siento —repuso Maddie—. Pero todos sabemos cómo funciona Mary
Vaughn. Incluyendo a Ronnie, así que yo no me preocuparía por él —se volvió hacia
Dana Sue—. Además, hace un par de semanas parecíais inseparables, ¿qué ha
cambiado desde entonces?
Dana Sue parpadeó para contener las lágrimas.
—No tengo ni idea. De pronto todo parece girar alrededor de su negocio. Se
pasa horas en la ferretería. Annie le está ayudando ahora que ya está bien. Y él,
cuando no está limpiando, pintando o viendo catálogos, tiene a Mary Vaughn a su
alrededor.
Maddie y Helen intercambiaron una mirada.
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—Sabía que esto iba a pasar —dijo Maddie—. Estás celosa, tienes miedo de que
Mary Vaughn clave sus garras en Ronnie, y en vez de proteger a su presa, estás
alejándote de la pelea. ¿Por qué no dejas que vaya a vivir a tu casa?
—Es demasiado pronto —dijo Dana Sue, y suspiró—. Además, eso no
resolvería nada. Cada vez que les veo juntos, me pongo enferma. Si estoy en la cocina
del Sullivan's, no veo lo que está pasando.
—¿Y así lo arreglas todo? —preguntó Helen—. ¿Te sirve para estar menos
celosa? ¿Menos asustada? ¿No se te ha ocurrido pensar que, si hubiera algo entre
ellos, no estarían juntos delante de tus narices? Ronnie puede ser muchas cosas, pero
no es ningún estúpido. Después de lo que ocurrió hace dos años, no va a engañarte
de manera tan explícita con otra mujer. No puede decirse que yo sea una gran
admiradora suya, pero cualquiera puede darse cuenta de que esto es algo inocente,
por lo menos por parte de él.
—Sí, podrías tener razón —admitió Dana Sue a regañadientes.
—A lo mejor deberías ir ahora mismo a la ferretería y preguntarle que si puedes
ayudar en algo —sugirió Maddie—. Participa también de su sueño.
—Yo no sé nada de martillos y clavos.
—Pero podrías aprender. Y dudo mucho que Mary Vaughn sea una fanática de
las herramientas, pero es evidente que le encanta estar con tu ex marido.
Helen le dirigió una mirada de advertencia.
—No le estás ayudando mucho. Al final, vas a conseguir que se presente en la
ferretería con un cuchillo de cocina.
—No creas que no me han entrado ganas.
—¿Y qué es lo que te detiene, aparte del hecho de que sea ilegal? —preguntó
Helen.
—Como tú misma acabas de decir, Ronnie me ha jurado que Mary Vaughn no
significa nada para él, que sólo le está ayudando a hacer algunos contactos. A lo
mejor soy estúpida, pero estoy intentando creerle.
—A mí me parece que está bien creer en los demás, pero si yo estuviera en tu
lugar, necesitaría comprobarlo por mí misma —dijo Helen—. Y si hiciera falta, estaría
allí veinticuatro horas al día para asegurarme de que esos dos sólo tienen una
relación de trabajo.
Dana Sue negó con la cabeza.
—Tengo que empezar a confiar en él si quiero que nuestra relación funcione.
Pero incluso mientras lo decía, era consciente de que todavía no era capaz de
hacerlo. Como lo último que le apetecía era seguir profundizando en sus
inseguridades, se volvió hacia Maddie.
—¿Cómo te encuentras? Parece que has perdido unos cuantos kilos de los que
ganaste en el embarazo.
Maddie se encogió de hombros.
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—La cosa va lenta, pero estoy intentando no desanimarme. Me recuerdo
constantemente que cuando la niña empiece a andar y tenga que correr detrás de ella
perderé todo lo que no he perdido todavía —alzó a la niña—, ¿verdad cariño?
La niña gorgojeó feliz.
—Yo siempre me imaginé a mí misma corriendo detrás de un par de mocosos
—dijo Helen, con una expresión sorprendentemente triste.
—Pero si nunca has dicho que quisieras tener hijos —respondió Maddie.
—¿Y eso qué tiene que ver? Todo el mundo sabe que me casé con mi carrera.
Pero ya es demasiado tarde para pensar en los hijos.
—Pues yo creo que, si de verdad quieres, todavía no es tarde para que tengas
un hijo —le dijo Maddie con delicadeza—. Mírame a mí.
—Pero tú ya tenías a un hombre en tu vida. Y lo único que tengo yo en la mía es
una lista de clientes.
—Sí quieres, puedes —insistió Maddie—. Hay muchas opciones. Puedes buscar
a alguien que esté dispuesto a tener un hijo contigo, recurrir a la inseminación
artificial o adoptar.
Helen negó con la cabeza.
—En realidad siempre me imaginé haciéndolo a la antigua usanza —sonrió—,
pero ya se me ha pasado el momento de hacerlo.
Dana Sue tomó la mano de su amiga.
—No renuncies todavía. Es posible que haya alguien esperándote a la vuelta de
la esquina. Tu situación no es como la mía. Ronnie y yo no podríamos tener otro hijo
aunque quisiéramos. Sería demasiado peligroso.
—Por la diabetes —aventuró Maddie—. No había pensado en ello.
—Siempre ha estado allí —admitió Dana Sue—. Incluso cuando tuve a Annie,
estuvimos preocupados por eso. Me subió mucho el azúcar, pero imaginaron que era
un problema del embarazo y conseguimos tenerlo todo bajo control. Ahora que es
una amenaza real, no voy a arriesgarme a quedarme embarazada otra vez.
No había sido consciente hasta ese momento de lo mucho que se arrepentía de
no haber tenido otro hijo.
—Déjamela un momento —tendió los brazos hacia Jessica Lynn y, cuando la
tuvo en su regazo, susurró con nostalgia—: Dios mío, cuántos recuerdos me trae esto.
Varios minutos después, Helen reclamaba poder tener a la niña en brazos.
Jessica Lyn la miró con sus enormes ojos azules y balbuceó feliz. Después le agarró
un mechón de pelo y tiró de él. Helen, con mucha paciencia, le fue abriendo el
puñito.
—Yo quiero tener una cosita así —dijo emocionada—. ¿Por qué no me habré
dado cuenta hasta ahora de lo mucho que lo deseaba?
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—Porque durante años sólo te has permitido pensar en tu trabajo —le dijo
Maddie—. Y ahora que estás intentando buscar un equilibrio en tu vida, te has
abierto a otras posibilidades. Pero no renuncies, Helen. Cuando uno es joven, tiene
miles de sueños y de pronto, un buen día se despierta y descubre que ya es
demasiado tarde para hacerlos realidad. Yo fui a la universidad y conseguí un título
en Empresariales, pero durante más de veinte años no fue más que un pedazo de
papel. Dedicaba todo mi tiempo a apoyar a Bill y a criar una familia —señaló a su
alrededor—. Ahora, gracias a vosotras, formo parte de esto. Sé que no es lo mismo
darse cuenta de que se quiere tener un bebé, pero te comprendo.
Helen miró dolida a sus amigas.
—¿Por que no me lo habéis advertido antes? ¿Por qué hasta ahora no me
habíais dicho que estaba excesivamente entregada a mi trabajo?
—¿Qué nos habrías hecho si lo hubiéramos intentado? —Dana Sue apenas pudo
contener una carcajada.
—Y de hecho, alguna vez lo hicimos —añadió Maddie—. En muchas ocasiones
hemos intentado que te tomaras a algunos hombres en serio, que tuvieras por lo
menos más de una cita con ellos.
—Y yo os dije que me dejarais en paz. —Helen se hundió en su asiento.
—Miles de veces —le confirmaron.
—A veces puedes ser muy cabezota —le dijo Dana Sue.
Helen las miró con una chispa de esperanza en su expresión.
—¿De verdad creéis que no es demasiado larde?
—Lo que yo no haría —le aconsejó Maddie—, es pasarme todo el año que viene
intentando analizar los pros y los contras, como sueles hacer siempre. Sea cual sea el
método que elijas para sacar adelante tu sueño, este proyecto necesitas realizarlo
rápido. Pídele una cita al doctor Marshall.
Helen la miró horrorizada.
—No puedo hablar de este tema con él. Está demasiado preocupado por mi
tensión. Seguro que me dice que no.
—Eso te lo diría cualquier médico —dijo Dana Sue en tono razonable.
Helen apretó la barbilla con determinación.
—Pues iré a un especialista en embarazos de riesgo —dijo inmediatamente
dejando a Jessica Lynn en los brazos de su madre—. Y llamaré para concertar una
cita en cuanto llegue a mi despacho.
—¿De verdad conoces a un especialista en embarazos de riesgo? —le preguntó
Maddie.
—No, pero lo encontraré. Y por si todavía no os habéis enterado, la
investigación es una de mis especialidades —bebió un sorbo de té sin teína—. Y a
partir de mañana, recordadme que deje la cafeína completamente, que deje hasta la
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taza de café que me tomo por las mañanas. No creo que eso sea bueno para los bebés,
¿no?
—Muy bien, no más cafeína —dijo Dana Sue—, al fin y al cabo, a ti tampoco te
conviene.
Después de que Helen se marchara del gimnasio convertida en una mujer con
una única misión en la vida, Dana Sue miró a Maddie.
—¿Crees que lo dice en serio?
—Creo que ha conectado su reloj biológico esta mañana —contestó Maddie
frunciendo el ceño—. Conociéndola, la alarma no va a dejar de sonar hasta que
resuelva el problema. Y supongo que lo que nos toca hacer a nosotras es estar a su
lado y apoyarla en todo lo que decida, que es lo que ha hecho Helen por nosotras.
—Tienes razón, pero no puedo evitar imaginármela con el maletín y el teléfono
móvil en una mano y el niño en la otra.
Ronnie había concertado una cita con Helen dos semanas atrás. Cuando por fin
llegó el día de acudir a su despacho, no estaba seguro de qué clase de bienvenida
esperar, pero seguro que no esperaba encontrarse con aquella expresión distraída con
la que Helen lo saludó desde la silla.
—Tengo que terminar de investigar algo —le dijo, y volvió a clavar la mirada
en el ordenador.
Ronnie se sentó a su lado y esperó. Y esperó.
—Eh, Helen, ¿prefieres que venga en otro momento? —le preguntó cuando
llevaba ya quince minutos viéndola teclear.
Helen parpadeó y le miró sorprendida.
—¿Ronnie? ¿Qué estas haciendo aquí?
—Teníamos una cita, ¿recuerdas?
—¿Por qué? Soy la abogada de Diana. No puedo representarte a ti.
—¿Ni siquiera puedes ayudarme en un asunto relacionado con mi negocio?
—¿Por qué voy a tener que hacerlo? Ya sabes que no eres precisamente mi
persona favorita.
—Eso ya lo sé, pero pensaba que eso podría llegar a cambiar. Además, tú eres la
mejor abogada de la zona.
Con aquel cumplido, consiguió que por lo menos le atendiera.
—Muy bien, adelante. No estoy diciendo que sí, sólo digo que estoy dispuesta a
escucharte. Tienes diez minutos. A las tres y media tengo otra cita.
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—Puesto que te has pasado quince minutos de mi cita haciendo lo que quiera
que estuvieras haciendo en el ordenador, estoy seguro de que no te importará que
me quede un poco más.
Helen le miró sorprendida y después sonrió.
—Has cambiado. Eres más duro.
—Prefiero pensar que soy más eficaz, algo que seguramente apreciarás.
—Desde luego. Bueno, empieza a hablar.
Ronnie le explicó el trato al que había llegado con Butch Thompson y le tendió
después varios documentos.
—Aquí está el contrato que ha redactado su abogado. Yo confío en Butch, pero
no quiero firmar nada hasta que no lo haya visto alguien que represente mis
intereses.
—Desde luego.
—Y, ¿sabes? A lo mejor esto sólo es el principio. Si todo sale como espero,
saldrán muchos más contratos por la zona. Supongo que eso también te apetece
saberlo.
Helen asintió, se concentró en el contrato y fue tomando notas mientras leía.
—Parece un contrato justo, pero me gustaría leerlo más detenidamente esta
noche. ¿Puedo llevártelo mañana a la ferretería? Me apetece ver las reformas que
estás haciendo.
—Por supuesto —contestó, alegrándose de que hubiera cambiado de actitud—.
Y, por cierto, ¿puedo preguntarte qué estabas haciendo cuando he llegado? Parecías
muy concentrada buscando en Internet.
Para su asombro. Helen se sonrojó violentamente. La siempre confiada y a
menudo arrogante Helen parecía de pronto avergonzada.
—Es un proyecto personal —contestó.
—Muy bien —contestó Ronnie, decidiendo no presionarla más. Se preguntaba
si Dana Sue sabría de qué se trataba.
Y, como si le hubiera leído el pensamiento, Helen le advirtió:
—Mira, no se te ocurra preguntarle nada a Dana Sue. Ya te he dicho que es algo
muy personal.
—Sí, lo he entendido —contestó Ronnie—. Pero, sea lo que sea, te ha iluminado
la mirada. Así que espero que todo salga bien.
Helen lo miró sorprendida.
—Parece que lo dices en serio.
—Claro que lo digo en serio, ¿por qué no iba a hacerlo?
—Desde que engañaste a Dana Sue, he sido muy dura contigo.
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—Lo único que has hecho ha sido intentar protegerla, y eso es algo que te
agradezco. Y, por cierto Helen, no quiero volver a hacerle ningún daño.
Helen se reclinó en su silla y le preguntó:
—De acuerdo. Y, asumiendo que te concediera el beneficio de la duda, ¿qué
papel juega Mary Vaughn en todo esto?
—No juega ningún papel —contestó sin vacilar.
—¿De verdad? Pues tengo entendido que pasa mucho tiempo en la ferretería.
—Porque se ha ofrecido a echarme una mano. Si quiero abrir antes de Navidad,
necesito toda la ayuda que pueda conseguir. ¿Estás diciendo que debería rechazar la
suya?
—Eso depende de lo que quieras hacer sufrir a Dana Sue. ¿Quieres que te dé un
consejo? Si de verdad Mary Vaughn no tiene ninguna importancia para ti, intenta
que Dana Sue lo sepa. Y, por cierto, acláraselo también a Mary Vaughn. De otro
modo, me temo que tendría que terminar defendiendo a tu ex esposa delante de un
tribunal.
—¿De verdad? ¿Está celosa? —preguntó Ronnie estupefacto.
—Yo no te he dicho nada. Y si yo fuera tú, intentaría borrar esa expresión
arrogante de mi cara antes de decirle a ella nada.
Ronnie soltó una carcajada.
—Puedes estar seguro de que lo haré.
Helen le dirigió entonces una sonrisa sincera.
—Debo de tener algún problema en la cabeza —le dijo—, porque creo que estás
empezando a gustarme.
—Lo mismo digo, Helen.
—Te veré mañana —se comprometió—. Y ahora, dile a mi secretaria que haga
pasar a mi próximo cliente. Si no, tendré que quedarme aquí hasta media noche y he
prometido dejar de trabajar hasta tan tarde.
Annie se sentía como una estúpida. Aquél era el día de su vuelta al instituto y
su madre la trataba como si estuviera a punto de viajar a Marte.
—Mamá, éste no es mi primer día de colegio —protestó—. No es la primera vez
que voy, conozco a mis compañeros y he hecho los deberes. Así que tranquilízate,
¿quieres?
—Aun así, sigue siendo un día muy especial. Hace seis semanas que no vas a
clase.
—Las vacaciones de verano duran más y no te pones tan nerviosa.
—Esto es diferente —insistió Dana Sue.
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—Los médicos han dicho que ya estoy preparada —dijo Annie exasperada—.
Hasta la doctora McDaniels lo ha dicho, y tú sabes que ella es muy dura. Tú eres la
única que no cree que esté preparada para dar este paso.
—Tu padre también está un poco nervioso. Y no tardará en llegar.
Annie la miró desesperada.
—¿Qué pasa? ¿Vais a llevarme los dos al colegio?
Su madre sonrió de oreja a oreja.
—No me digas que no ha sido una idea maravillosa.
—¡Mamá!
—No, sencillamente hemos pensado que estaría bien que tuviéramos un
desayuno familiar antes del primer día de clase.
Annie sintió que se le encogía el estómago.
—No tenéis por qué continuar vigilando lo que como —respondió furiosa—.
Eso pertenece al pasado.
—Y esto no tiene nada que ver con la anorexia, sino con el hecho de que para
los tres es un día importante —respondió su madre—. Sabes que siempre me ha
gustado celebrar este tipo de cosas.
Annie miró a su madre con recelo.
—¿De verdad que eso es todo?
—Te lo juro —respondió Dana Sue, llevándose la mano al corazón—. Por cierto,
estás muy guapa. El color azul de la camiseta realza el color de tus ojos.
—¿No te parece que me queda demasiado ceñida? —preguntó Annie
preocupada—. He engordado desde que me la compré.
—No, te queda perfecta. Es un color que te favorece mucho.
Annie giró delante del espejo de cuerpo entero que tenía en el dormitorio, algo
que no habría hecho unos meses atrás. Sintió una punzada de inseguridad; por un
instante, temió estar demasiado gorda. Pero después volvió a observarse con sus
nuevos ojos y comprendió que era indudable que tenía un aspecto más saludable. Si
acaso, incluso podría decirse que estaba un poco delgada, pero tenía mejor color y,
desde que había ido a la peluquería de Charleston que Helen le había recomendado,
tenía el pelo mucho más brillante y voluminoso. Habían ido las tres juntas y su
madre se había dado unos reflejos que le hacían parecer mucho más joven.
En un impulso, Annie se volvió hacia su madre y le dio un abrazo.
—Sé que a veces me enfado cuando papá y tú hacéis este tipo de cosas, pero no
dejéis de hacerlas, ¿de acuerdo?
—Jamás dejaremos de cuidarte —le prometió su madre, y le abrazó.
Annie retrocedió y la miró con interés.
—Has adelgazado.
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—Sobre todo, he perdido grasa —replicó su madre y flexionó el bíceps—. Mira
qué músculo.
Annie se echó a reír.
—Increíble. ¿Estás yendo al gimnasio?
—Todos los días excepto los lunes —confesó su madre—. Elliot me está
haciendo trabajar duro.
—¿Te refieres al entrenador personal?
—Sí.
—¡Vaya! ¿Y papá ya ha visto a ese tipo?
Su madre la miró sorprendida por la pregunta.
—No, ¿por qué?
—Porque es guapísimo. No sé si a papá le hará mucha gracia que pases tanto
tiempo con él.
—Eso no es algo que tenga que decidir tu padre.
Annie reconsideró la situación.
—¿Sabes? A lo mejor no estaría mal. Si papá viera a Elliot, se daría prisa en
pedirte que te casaras con él.
—Eh, tranquila —protestó Dana Sue—. Tu padre y yo todavía no hemos
hablado de volver a casarnos.
—Pues deberías. Todo el mundo sabe que estáis muy bien juntos. Así que estáis
perdiendo el tiempo.
—Estamos intentando ser prudentes y hacer las cosas despacio.
—Aun así, sigo pensando que no sería mala idea que papá viera a Elliot. A mí
me gustaría que las cosas fueran un poco más deprisa.
De hecho, puesto que su madre parecía reacia a hacerlo, quizá fuera ella la que
tuviera que dar un impulso a su relación. A la edad de sus padres, no se podía perder
el tiempo.
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Capítulo 22
Pero todos los pensamientos relacionados con la separación de sus padres
desaparecieron en el instante en el que Annie puso un pie en el instituto. En cierto
modo, era como si aquél fuera su primer día en el jardín de infancia y casi deseó que
sus padres hubieran insistido en acompañarla. Todo le resultaba extraño y
desconocido, como si nunca hubiera estado antes allí. Incluso los olores le parecían
diferentes.
Se sentía como si todo el mundo la mirara. Como si todos estuvieran hablando
de ella. Y lo peor de todo era que tenía la certeza de que lo estaban haciendo, porque
se callaban cuando ella se acercaba. Se dijo a sí misma que no debería importarle, que
sus amigos la habían apoyado y la habían cuidado en todo aquel proceso. Para los
demás sólo era un tema de conversación: la niña que había estado a punto de morir
porque no quería comer.
Aun así, aunque era capaz de racionalizar lo que ocurría, le entraban ganas de
dar media vuelta para poder alejarse de todas aquellas miradas.
—¿Te has preparado el examen de historia? —le preguntó Sarah, como si aquél
fuera un día como otro cualquiera.
—Yo no —respondió Raylene con un gemido—. Odio la historia. Además, no sé
para qué sirve recordar todas esas fechas.
Annie le sonrió a Sarah y recitaron juntas la frase favorita de su profesor de
historia:
—«Aquéllos que no conocen su historia están condenados a repetirla».
Raylene elevó los ojos al cielo.
—Como si alguna vez en mi vida fuera a estar en condiciones de declararle la
guerra a nadie.
—A lo mejor terminas algún día en el Congreso. Eres muy inteligente.
—Tonterías —replicó Raylene, echándose el pelo hacia atrás—. Aunque, por
supuesto, no me importaría nada terminar casada con un congresista.
Sarah gimió.
—Hablas como si hubieras nacido hace cincuenta años. ¿Es que no tienes
ninguna ambición para ti misma?
—Sí, hacer un buen matrimonio —respondió Raylene—. Pregúntale a mi
madre. Es lo único que de verdad importa, y ésa es la razón por la que voy a tener
que pasar por toda esa tontería de la puesta de largo —se metió el dedo en la boca y
fingió una náusea—. Es repugnante.
Annie la miró sorprendida.
—¿Vas a organizar un baile para presentarte en sociedad y todas esas cosas?
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—Eso me han dicho. Mis abuelos, los que viven en Charleston, lo están
organizando todo. Incluso tendré que asistir a alguno de esos cursos en los que te
enseñan a comportarte correctamente.
Sarah sonrió.
—No tienen ni idea del desafío que representa convertirle a ti en una dama.
Raylene frunció el ceño.
—Muy graciosa.
—Podría ser divertido —dijo Annie pensativa—. Yo lo haría si tuviera
oportunidad.
—No me puedo creer lo que estoy oyendo.
Raylene sonrió.
—Sólo quiere tener oportunidad de invitar a Ty a un baile elegante.
Sarah le sonrió.
—Ahora sí que me lo creo.
Annie le devolvió la sonrisa.
—Me gustaría que pudiéramos ir juntas —dijo Raylene—. Bueno chicas, será
mejor que vayamos a clase. El señor Grainger te quita puntos si llegas tarde y en este
examen no puedo permitirme ese lujo.
Agarradas las tres del brazo, corrieron por el pasillo, como habían hecho miles
de veces, pensó Annie, agradeciéndoselo inmensamente a las dos.
—Bienvenida al instituto —dijo el señor Grainger cuando Annie se sentó.
Y eso fue todo. Después, repartió los exámenes y Annie volvió a sentirse
oficialmente en el colegio. Por supuesto, durante el resto del día, hubo ocasiones en
las que fue consciente de que algunos murmuraban al verla, pero lo peor pasó
rápidamente. Pero lo mejor de todo era que tendría oportunidad de ver a Ty en el
almuerzo. Y que su padre había vuelto a la ciudad para siempre. La vida era mucho
mejor de lo que jamás habría imaginado y lo sería todavía más al cabo de un par de
meses.
Dana Sue se quedó mirando fijamente a Ronnie a través de la mesa de la cocina.
vez.
hora.
—¿Cómo crees que le estará yendo en el instituto? —le preguntó por enésima
—Probablemente mucho mejor que cuando estabas encima de ella hace una
—Por supuesto que estaba encima de ella. Y no intentes convencerme de que a
ti no te gustaría poder tenerla en casa para saber lo que hace en todo momento.
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—Jamás lo negaría. Pero ahora no está y tú y yo podríamos aprovechar estas
horas para hacer algo solos.
—¿Como que? —preguntó Dana Sue con recelo—. Si estás pensando en el sexo
a las nueve de la mañana, es que tienes algún problema.
—Pienso en el sexo cada vez que te miro —replicó Ronnie—, sea la hora que
sea. Pero en realidad, estaba pensando que podríamos ir a la ferretería. Quiero que
elijas un color para la cerca y las ventanas de casa.
Dana Sue le miró con cierta desilusión. A pesar de su comentario, también ella
pensaba mucho en el sexo últimamente.
—¿De esta casa? ¿Estás pensando en pintar esta casa?
—Lo necesita, por si no lo has notado.
—Pero tú no tienes por qué pintarla. Podríamos contratar a alguien.
—¿Para qué vamos a contratar a nadie si yo estoy dispuesto a hacerlo y soy el
dueño de una ferretería en la que puedes elegir la pintura que más te guste?
—Demasiada lógica en una sola frase —replicó Dana Sue—. Me estás poniendo
nerviosa.
—¿Porque estoy ofreciéndome a pintar tu casa?
—No, porque algo me dice que lo próximo será que has decidido pintar el
dormitorio, y luego te apetecerá probar el colchón.
Ronnie soltó una carcajada.
—No me has dejado acercarme a nuestro dormitorio desde que volví. No tengo
ni idea de si necesita o no una mano de pintura.
—Claro que la necesita. Pero no vas a pintarlo tú. Ya lo haré yo cuando pueda.
—Muy bien, pues tú pintaras cuando puedas, pero la cerca y las ventanas no
pueden esperar. Así que deja de darle tanta importancia a unas cuantas latas de
pintura y ven a elegir conmigo el color que más te guste.
—Estás decidido a hacer esto, ¿verdad?
—Por supuesto que sí. Completamente decidido.
A pesar de su renuencia a apoyar aquella idea, el recuerdo de la primera vez
que Ronnie y ella habían pintado juntos la casa le hizo sonreír.
—Si no recuerdo mal, la primera vez que tú y yo pintamos, terminamos con
más pintura encima que en las paredes.
—Por eso me gustaría pintar yo solo esta vez —bromeó—. Con los pantalones
cortos y esa camiseta minúscula, representabas una gran distracción.
Dana Sue elevó los ojos al cielo.
—De acuerdo, puedes pintar. Pero no elijas un color demasiado llamativo.
—Así que sigues siendo una mujer conservadora, ¿eh? Creía que a estas alturas
ya habías superado esa fase en la que tu casa tenía que ser igual que todas las demás.
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—Yo no soy conservadora —replicó Dana Sue.
—Oh, por favor, ¿a quién estás intentando engañar? Annie tuvo que suplicarte
para que pintáramos de color azulón las contraventanas.
Dana Sue frunció el ceño.
—Pues la verdad es que no me acuerdo de eso.
—Porque has preferido olvidarlo. Vamos, cariño, tengo toda una muestra de
colores en la ferretería que te está llamando a gritos. Además, ni siquiera has ido
todavía a ver los cambios que hemos hecho, y me gustaría saber lo que te parecen.
—¿De verdad? —preguntó Dana Sue sorprendida. Parecía ligeramente dolido—
. Pues es la primera vez que me invitas.
—Tonto de mí. Pensé que estarías suficientemente interesada como para dejarte
caer por allí con Annie.
—A lo mejor los dos necesitamos dejar de asumir cosas y debemos empezar a
preguntar.
—Y a lo mejor deberías dejar de hablar, y retrasar el momento de salir y venir
conmigo.
Dana Sue sonrió.
—De acuerdo. Vamos a ver esa pintura. Y sólo para que lo sepas, voy a hacer un
esfuerzo para no decirte cómo deberías haber puesto la ferretería cuando la vea.
—Gracias a Dios —respondió Ronnie con exagerado alivio—. Helen ya ha
tenido que hacer algún comentario. Si por ella hubiera sido, habría cambiado toda la
tienda.
—¿Helen ya ha estado allí? —preguntó Dana Sue sorprendida.
—Vino a traerme unos documentos el otro día. ¿No te he dicho que es ella la
que va a ocuparse de toda la parte legal del negocio?
Dana Sue frunció el ceño.
—No, no me lo has dicho, y tampoco ella.
—Pero no te molesta, ¿verdad?
—¿Por que tendría que molestarme?
—Bueno, la verdad es que me parece que no te ha hecho ninguna gracia.
—Porque ninguno de vosotros me ha dicho nada. ¿Maddie también está
involucrada de alguna manera en esto? A lo mejor estás pensando en contratarla
como directora…
Ronnie se inclinó para darle un beso.
—Aunque Maddie sería una directora excelente, no puedo permitirme el lujo de
contratarla. Y deja de hacerte la ofendida. Tú eres la única que ha necesitado una
invitación personal para ir a ver la ferretería antes de la gran inauguración y la única
que ha conseguido que el propietario se ofrezca a pintarle la casa.
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—Sí, supongo que eso es algo.
—Teniendo en cuenta lo que cobro por hacer ese tipo de trabajo, es mucho —
bromeó.
Abrió la puerta de la cocina y esperó con impaciencia mientras Dana Sue iba a
buscar el bolso.
—Mueve esas piernas, cariño. Si no nos damos prisa, voy a retirar la oferta.
Ahora mismo casi no tengo tiempo para mí y, cuando abra la ferretería, no voy a
tener tiempo para nada durante una buena temporada.
—Ya entiendo —musitó Dana Sue, tan desilusionada por la noticia como por el
hecho de que a Ronnie no pareciera importarle demasiado que pronto no fueran a
tener tiempo para los dos.
Ronnie la miró cuando llegaron a su camioneta.
—Deja de tener miedo, Dana Sue. Annie y tú continuaréis siendo lo primero
para mí.
—¿Estas seguro?
—Bueno, no del todo. En realidad, estaba pensando en escaparme a la playa con
Mary Vaughn durante un par de semanas.
Dana Sue le miró con el ceño fruncido.
—No tienes ninguna gracia.
—Y tú no tienes nada de lo que preocuparte. Te quiero, ¿de acuerdo?
Dana Sue por fin se permitió relajarse.
—De acuerdo. Pero si eso cambia…
—Eso no va a cambiar —replicó Ronnie, interrumpiéndola bruscamente—.
Jamás.
En un impulso, Dana Sue se acercó a él y hundió la mano en su pelo.
—¿Sabes? Lo de la pintura a lo mejor puede esperar…
Ronnie la miró estupefacto.
—¿Entonces quieres…?
—Sí, claro que sí.
Ronnie la ayudó a subir a la camioneta y a los pocos segundos se estaban
dirigiendo hacia el hostal a tal velocidad que Dana Sue tuvo que agarrarse al asiento.
—Supongo que eso es un sí —dijo sonriendo mientras Ronnie aparcaba con un
chirrido de ruedas enfrente del hostal.
Como ya había advertido que sucedería, Ronnie estaba tan ocupado con Annie
y con la ferretería que Dana Sue apenas le veía. Estaban ya en la primera quincena de
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noviembre y, cuando se veían, apenas cruzaban algo más que un beso antes de que
cada uno de ellos siguiera su camino. Aquellos besos eran un recordatorio de todo lo
bueno que habían compartido. Ronnie imaginaba que la apertura de la ferretería
serviría para garantizarle que no pensaba marcharse nunca más. Aunque su relación
se había caldeado considerablemente, era suficientemente inteligente como para
saber que haría falta algo más que el sexo para que Dana Sue estuviera dispuesta a
permitir que volviera definitivamente a su vida.
De alguna manera, tenía que encontrar la forma de demostrarle que todo lo que
él necesitaba para vivir estaba en Serenity: un trabajo que le gustaba, una hija a la que
adoraba y la única mujer a la que amaba con todo su ser. Una mujer que,
definitivamente, no era Mary Vaughn.
Trabajando veinticuatro horas al día y gracias a la ayuda de Annie y de la
siempre presente Mary Vaughn, que parecía no entender sus indirectas, iba a poder
abrir la tienda una semana antes del día de Acción de Gracias, en vez de en vísperas
de Navidad. Y, quizá, después del fin de semana de la inauguración, pudiera
dedicarle más tiempo a su ex esposa.
—Papa, ¿cuándo vas a pedirle a mamá que se case contigo? —preguntó Annie
mientras iba colocando las guirnaldas con las que había insistido en adornar la tienda
para la inauguración.
—A lo mejor estoy esperando a que me lo pida ella —bromeó.
—¿Es que te has vuelto loco? ¿No la conoces? Jamás te lo pedirá. Eso no es
suficientemente romántico para ella.
Ronnie miró a su hija y sonrió al verla tan recuperada. Había ganado varios
kilos y tenía las mejillas resplandecientes de salud. Además, el brillo de sus ojos
parecía intensificarse cada vez que Ty estaba cerca, algo que no tardaría en volver a
presenciar. Ronnie habría preferido celebrar la inauguración sin tanta alharaca, pero
Annie y Dana Sue habían conspirado para convertir aquella inauguración en una
gran fiesta.
—Te equivocas con tu madre —le dijo a Annie—. Ella no necesita grandes
gestos por mi parte. Lo único que necesita es saber que me tomo todo esto en serio. Y
que no voy a empezar a mirar hacia otra parte ni porque gane un poco de peso ni por
ninguna otra razón.
Annie le miró con el ceño fruncido.
—¿No te has fijado siquiera en que le ha mejorado mucho el tipo? Está yendo
prácticamente todos los días al gimnasio.
—Claro que me he fijado.
—¿Y has conocido a su entrenador? —preguntó, evitando mirar a su padre a los
ojos—. Mamá trabaja mucho con él. Es guapísimo.
—¿Ah, sí? —preguntó Ronnie con naturalidad, aunque la verdad era que el
corazón se le aceleró ligeramente al imaginárselo.
—Un tipo increíble.
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—No estarás intentando ponerme celoso, ¿verdad? —preguntó Ronnie,
mirándola divertido—. Porque ya sabes que son precisamente los celos los que
pueden dar al traste con el intento de recuperar nuestro matrimonio.
Annie le miró con expresión culpable.
—No había pensado en eso. Lo siento.
Ronnie le apretó el hombro con cariño.
—No te preocupes. Pero es algo en lo que deberías pensar antes de intentar
jugar a casamentera.
—Yo sólo quiero que volváis a estar juntos antes de que seáis demasiado viejos.
Ronnie estuvo a punto de atragantarse al oír aquel comentario, pero se recuperó
rápidamente.
—No creo que tengas que preocuparte por eso —contestó cuando fue capaz de
contener la risa.
—Bueno, pero no tiene sentido esperar. Tú la quieres y yo sé que ella te quiere
—afirmó Annie mientras terminaban de colocar una guirnalda.
—Pero tu madre todavía tiene que aprender a confiar en mí. Y necesita saber
que no voy a irme a ninguna parte.
Annie asintió.
—Claro, por eso has decidido abrir una ferretería en vez de continuar
dedicándote a la construcción.
—Exactamente.
—Pues una floristería le habría impresionado más. Le encantan las flores, pero
no la veo entusiasmándose con los martillos y los botes de pintura —dijo Annie con
expresión dubitativa mientras miraba a su alrededor—. Mira, si hasta las paredes
están pintadas de color beis. Jamás en mi vida había visto algo tan aburrido.
—¿Y qué habrías sugerido tú? ¿Pintarlas de morado? —sonrió—. Además, ¿me
imaginas a mí preparando ramos de flores?
De pronto, Annie se echó a reír con una despreocupación que Ronnie no había
visto en su rostro desde hacía años. Aunque no sirviera para ninguna otra cosa, sabía
que su vuelta a casa le había hecho mucho bien a su hija.
Y esperaba que Dana Sue pronto se diera cuenta de que también se lo había
hecho a ella.
Dana Sue estaba distribuyendo las bandejas con entremeses de la tienda cuando
sonó la campanilla de la puerta. Desde donde estaba, no pudo ver quién acababa de
entrar, pero lo siguiente que oyó fue la ronroneante voz de Mary Vaughn.
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—Ronnie, cariño, estoy aquí —le llamó—. He venido a ver en qué puedo
ayudarte.
Dana Sue dejó el plato de queso bruscamente y caminó decidida hacia la puerta.
—Hola, Mary Vaughn.
Mary Vaughn abrió los ojos como platos, pero, como buena vendedora que era,
supo disimular su desconcierto.
—Dana Sue —la saludó con calor—, no sabía que ibas a estar aquí.
—Sullivan's se encarga del servicio de catering de la inauguración —contestó sin
pensar. Algo en ella le había impulsado a intentar dar la impresión de que su
presencia allí era estrictamente profesional.
Mary Vaughn pareció relajarse.
—Ah, por supuesto, creo que Ronnie comentó algo. Pero pensé que traerías la
comida y te marcharías. O a lo mejor Erik. Todo esto debe de resultarte muy violento.
¿Es que aquella mujer vivía en una cueva? Dana Sue sabía que todo el pueblo
estaba especulando sobre su posible reconciliación con Ronnie. Al parecer, Mary
Vaughn se había vuelto sorda, sencillamente, porque no le convenía lo que oía. O a lo
mejor confiaba de tal manera en su poder de seducción que pensaba que Dona Sue
no tendría ninguna oportunidad de competir con ella.
—¿Por que iba a resultarme incómodo? —preguntó Dana Sue, fingiendo
inocencia—. Ronnie y yo estuvimos casados durante muchos años, tenemos una hija
y, desde que ha vuelto al pueblo, pasamos mucho tiempo juntos.
—Por Annie, por supuesto —dijo Mary Vaughn, aunque estaba empezando a
mostrar cierta inseguridad.
—Sí, por supuesto, por Annie —corroboró Dana Sue con dulzura.
Justo en ese momento, Ronnie salió de la trastienda y, al verlas a las dos juntas,
palideció. Inmediatamente, debió comprender lo que estaba pasando, porque se
acercó a ellas a grandes zancadas y le dio a Dana Sue un beso tan ardiente que ella
llegó a temer que algunos de los entremeses se derritieran. La agarró de la cintura,
como si tuviera miedo de que pudiera marcharse, y le sonrió a Mary Vaughn con
calor.
—Gracias por venir. ¿Has probado ya la comida? Todo lo han preparado Dana
Sue y Erik.
Evidentemente, a Mary Vaughn no necesitó más indirectas para comprender lo
que estaba pasando delante de sus ojos. Consiguió esbozar una débil sonrisa y dijo:
—Pues la verdad es que estaba pensando que me encantaría probar unos de
esos palitos de queso. En una fiesta sureña nunca pueden faltar.
—Por supuesto —confirmó Dana Sue, negándose a ofenderse por aquella
velada acusación de falta de originalidad—. Aunque los míos son ligeramente
distintos de los tradicionales.
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Tuvo que reprimir una sonrisa cuando Mary Vaughn dio el primer mordisco y
estuvo a punto de atragantarse.
—Tienen jalapeños —susurró la vendedora, abanicándose la boca con la mano.
—¿No te lo había dicho? —preguntó Dana Sue—. Lo siento. Casi todo el mundo
en el pueblo sabe que a Ronnie le gustan las cosas picantes.
Ronnie la miró y le presionó ligeramente la espalda para que avanzara.
—Dejemos que Mary Vaughn recupere la respiración. Tú puedes ayudarme a
recibir a la gente.
—Estoy dispuesta a hacer lo que necesites —dijo Dana Sue, dirigiéndole a la
otra mujer una mirada de suficiencia.
Una vez junto a la antigua caja registradora de la ferretería, que Ronnie había
insistido en conservar, este último miró divertido a su ex esposa.
—Yo pensaba que los hombres éramos los únicos que marcábamos nuestro
territorio —le dijo.
—Tienes que estar bromeando —replicó Dana Sue—. Lo que pasa es que las
mujeres lo hacemos de forma mas sutil.
—Cariño, si lo que acabas de hacer ha sido sutil, no me atrevo ni a pensar lo que
harías si quisieras dejar las cosas claras.
—¿Te estás quejando porque le he dejado claro que estás conmigo?
—En absoluto. Pero me gustaría que comprendieras que no era necesario.
—A lo mejor para ti no, pero Mary Vaughn parecía no entenderlo.
—Sí, ya lo he notado. Y ahora, ¿crees que serás capaz de relajarte y divertirte?
—Absolutamente. Pero no voy a dejar de vigilarla.
Ronnie le enmarcó el rostro con las manos y volvió a besarla.
—Sólo uno más para ayudarle a comprender el mensaje —le dijo, y la soltó—.
No tienes por qué preocuparte por Mary Vaughn.
—A lo mejor debería —replicó Dana Sue con una sonrisa—. Sobre todo si eso
significa que vas a seguir besándome de esta manera.
—Cariño, estoy dispuesto a besarte en cualquier momento y como tú quieras.
La puerta de la tienda se abrió antes de que Dana Sue hubiera podido contestar
y entraron Maddie y Cal seguidos por Annie y por Ty.
—Ya terminaremos esta conversación más tarde —le advirtió Dana Sue—.
Ahora saluda a tus primeros clientes. Seguramente Cal necesita que le ayudes a
elegir las herramientas que necesitan para montar la cuna que compraron el otro día.
—Lo único que quieres es quedarte a solas con Maddie para contarle cómo has
puesto a Mary Vaughn en su lugar —bromeó Ronnie en voz baja antes de
adelantarse para saludar a Cal.
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—Pues claro que es eso lo que quiero —respondió Dana Sue—. ¿De qué sirve
una victoria si una no puede disfrutarla con sus amigas?
Maddie frunció el ceño mientras se acercaba a Dana Sue.
—¿De qué estás hablando?
—De nada de lo que pueda seguir hablando aquí —le dijo Dana Sue, mirando
hacia atrás—. ¿Quieres que te enseñe algunos clavos o algunos tornillos en especial?
—No, pero puedes enseñarme la comida —dijo Maddie—. Prometiste que
habría comida.
Dana Sue soltó una carcajada.
—Un día de éstos te vas a arrepentir de todo lo que estás comiendo. A nuestra
edad, los kilos no se pierden fácilmente. Además, ¿de verdad quieres que ganemos
Helen o yo el concurso? Porque, para tu información, yo no he probado ni uno solo
de estos entremeses.
—Bien por ti. Y no te preocupes por mis objetivos. En cuanto deje de dar de
mamar a esta criatura, pienso ponerme a ello, pero hasta entonces, quiero disfrutar
de cada bocado.
—¿Helen sabe que estás comiendo todo lo que te apetece?
Maddie miró incómoda a su alrededor.
—No, y esa es la razón por la que quiero comer algo antes de que llegue y
empiece a regañarme.
—En ese caso, te recomiendo que empieces con los pastelitos de cangrejo. Los
ha hecho Erik y estoy segura de que serán los primeros en desaparecer.
Maddie se sirvió tres pastelitos en un plato al que añadió también un par de
palitos de queso.
—¿A qué hora se supone que piensa llegar Helen? —pregunto nerviosa.
Dana Sue sonrió.
—En realidad, creo que deberías sentarte antes de que conteste a esa pregunta.
Maddie la miró asustada.
—¿Qué pasa? ¿Le ha ocurrido algo?
—No exactamente. Pero se ha ofrecido voluntariamente a ayudar a Erik en la
cocina del Sullivan, porque Karen ha llamado diciendo que tenía otra emergencia y
que no podía venir.
—¿Y le has dejado? —preguntó Maddie con incredulidad.
—En realidad ha sido idea mía —dijo Dana Sue—. Sólo serán unas cuantas
horas. No creo que en tan poco tiempo pueda dañar la reputación de un restaurante
como el mío. Y de todas formas, Erik la estará vigilando.
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—¿Pero quién cuidará de Erik para asegurase de que sobreviva? Ya sabes cómo
es Helen. Es un monstruo del control. Probablemente ahora mismo le estará diciendo
cómo debe hacer las cosas. Quién sabe cómo puede acabar esto.
Dana Sue sonrió.
—Lo sé. Puede ser increíble, ¿no te parece?
—¿Y no te preocupa que pueda haber un derramamiento de sangre?
—No, siempre y cuando limpien la cocina antes de que yo vuelva. De hecho,
creo que a los dos les vendrá bien verse frente a otra persona inamovible.
—Para eso Erik ya te tiene a ti.
—En absoluto. Y si tenemos que apostar, en el caso de que se produzca un
terrible choque de voluntades, yo apuesto por Erik.
Maddie la miró entonces con recelo.
—¿Qué te has propuesto, Dana Sue?
—Nada —respondió con fingida inocencia—. Sólo quería asegurarme de que
alguien me sustituyera en el restaurante durante un par de horas.
Y si en la cocina comenzaba a cocerse algo más que la comida, dejaría que las
cosas siguieran su curso.
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Capítulo 23
Desde la apertura de la tienda, Ronnie había estado trabajando día y noche. La
verdad era que no sabía que un negocio propio pudiera exigirle tanto tiempo, un
tiempo que se había multiplicado desde que había empezado a reunirse con los
constructores varias veces a la semana. Intentaba convocar esas reuniones a la hora
de la comida, para poder pasar después la velada con Annie y con Dana Sue, pero no
siempre funcionaba. Con demasiada frecuencia, pasaban días sin que pudiera verlas
apenas y estaba comenzando a preguntarse si no estaría siendo demasiado
ambicioso.
¿Cómo iba a demostrarle nada a Dana Sue si apenas pasaba tiempo con ella?
Hasta Annie estaba empezando a perder la paciencia por la cantidad de veces que
había tenido que cancelar sus citas por culpa de algún cliente.
La ferretería llevaba tres semanas abierta cuando Butch le llamó un martes
pidiéndole que comieran ese mismo viernes en el restaurante de Dana Sue.
—Sé que estamos en vísperas de Navidad y que probablemente tendrás
millones de cosas que hacer, pero tenemos que hablar —dijo Butch, impidiéndole
cualquier posible excusa.
Ronnie se puso nervioso ante la urgencia de aquella petición. ¿Estaría Butch
enfadado por algo? Ronnie no sabía qué razón podía tener, pero hasta que no tuviera
a Butch delante y pudiera ver con sus propios ojos cuál era su estado de ánimo, iba a
vivir con el corazón en vilo.
A lo mejor Butch había perdido la paciencia y ya no estaba dispuesto a ser un
socio silencioso. Por la noche, mientras esperaba a que Dana Sue cerrara el
restaurante, se sentó en uno de los reservados con su hija, que estaba haciendo los
deberes. Habían insistido en cenar los tres juntos en el restaurante todos los días,
después de su cierre. Ronnie lo hacía cuando podía, que no era tanto como le habría
gustado.
Sabía que a Annie le molestaba que continuaran controlándole la comida, pero
por lo menos se lo tomaba con resignación.
Mientras pensaba en su próxima reunión con Butch, se dio cuenta de que Annie
estaba mirándole con recelo.
—Papá, ¿estás bien? Pareces preocupado por algo.
—No, no me pasa nada, tranquila. ¿Qué tal va la redacción de inglés?
—Ya la he terminado. Ahora estoy con el álgebra. Es aburridísimo y además no
sirve para nada.
—Estoy seguro de que algún día te vendrá bien haber aprendido álgebra.
—¿Tú también tuviste que estudiarla?
Ronnie asintió.
—¿Y alguna vez te ha servido para algo?
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Ronnie se echó a reír.
—Bueno, la verdad es que todas esas fórmulas y ecuaciones me han ayudado a
averiguar cosas de vez en cuando.
Su hija le miró con evidente escepticismo.
—Estás de broma.
—No. Por ejemplo, si tengo un presupuesto de diez mil dólares y cada tablón
de tres metros me cuesta cinco dólares, ¿cuánta madera podré llegar a comprar?
—Es como un problema de matemáticas —dijo Annie asombrada.
—Exactamente. Y creo que la policía de tráfico utiliza fórmulas algebraicas para
calcular la velocidad de los coches que se ven involucrados en un accidente. Así que
ya ves, las matemáticas tienen mucha utilidad.
Annie le miró pensativa.
—En ese caso, a lo mejor no es una pérdida de tiempo…
—Creo que estudiar nunca es una pérdida de tiempo. Aunque estés convencida
de que son cosas que no vas a utilizar jamás, es posible que algún día te aparezcan en
un crucigrama —bromeó—. Aunque sólo sea por eso, ya vale la pena haberlas
aprendido.
—¡Papá! —protestó entre risas.
—¿Cómo van las cosas con Ty? —le preguntó—. Últimamente no le veo mucho.
A Annie se le iluminó la mirada.
—Me llama casi todos los días después del colegio. Está estudiando mucho para
los exámenes que tenemos antes de Navidad. Ha conseguido que le admitan en
Duke, pero para poder matricularse tiene que sacar una nota bastante alta.
—¿Y Duke era su primera opción?
Dana Sue negó con la cabeza.
—No, lo que a él le gustaría es poder unirse a un equipo de béisbol profesional.
Cal dice que es suficientemente bueno, así que ha hecho una prueba para los Braves
de Atlanta, pero su madre insiste en que antes tiene que ir a la universidad.
—¿Y su padre qué dice? —preguntó Ronnie. Bill Townsend, el ex marido de
Maddie, siempre había apoyado la afición al béisbol de su hijo.
—Ty cree que a su padre no le importaría que se incorporara a un equipo de
béisbol profesional, pero no quiere ponerse en contra de su madre. Ya sabes, como
hacéis mamá y tú conmigo.
—Sólo por tu bien.
—Sí, claro —Annie elevó los ojos al cielo—, eso es lo que dicen siempre los
padres.
—Porque son sabios.
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—Mamá y tú no parecéis tan inteligentes. Todavía no estáis viviendo en la
misma casa.
Una situación que también Ronnie encontraba frustrante.
—Hay cosas que necesitan su tiempo.
Dana Sue salió de la cocina justo a tiempo de oír aquel comentario.
—¿Qué es lo que necesita su tiempo? —preguntó— . Si he tardado demasiado,
lo siento.
—No, no hablábamos de ti —le explicó Annie—. Hablábamos de ti y de papá.
Parecéis un par de tortugas. A este paso, empezaréis a vivir juntos a los sesenta años.
Dana Sue se sonrojó.
—¿Pero no nos ves a los dos todos los días?
—A ti sí, a papá no siempre.
Dana Sue se encogió de hombros.
—De acuerdo, pero siempre sabes dónde está. Y también sabes que te
queremos. No nos echas de menos en ningún momento, ¿verdad?
—No estoy preocupada por mí —la contradijo Annie, echándose hacia
delante—, sino por vosotros, mamá. Os comportáis como si tuvierais todo el tiempo
del mundo.
Dana Sue la miró con el ceño fruncido.
—¿Y quién ha dicho que no lo tengamos?
De pronto, para absoluto desconcierto de Ronnie, a Annie se le llenaron los ojos
de lágrimas. Como les ocurría a menudo a los adolescentes, había pasado de la
alegría a la tristeza más profunda en un abrir y cerrar de ojos.
Se puso de pie.
—¿Y si te pasa como a la abuela? —le preguntó a Dana Sue con un hilo de voz y
mirada acusadora—. ¿Y si te mueres? Piensa en todo el tiempo que habrás perdido.
—Annie, no me voy a morir —replicó Dana Sue, buscando su mano—, por lo
menos de momento.
—Pero si no te cuidas, es posible que te mueras antes de lo que piensas —le
discutió su hija.
Apartó la mano y se dirigió hacia la puerta, dejándoles a los dos en un
incómodo silencio. Ronnie miró preocupado a Dana Sue, que estaba blanca como el
papel.
—¿Estás bien?
Dana Sue asintió.
—Sí, estoy bien. Ve a buscarla. No tenía la menor idea de lo afectada que estaba
por esto. Jamás me había dicho una sola palabra.
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—Le haré volver —le prometió Ronnie—. Y come algo. Pareces a punto de
desmayarte.
Una vez fuera, Ronnie no tuvo que ir muy lejos para encontrar a Annie. Estaba
acurrucada en el asiento de pasajeros de la camioneta, con la barbilla apoyada en las
rodillas.
—Lo siento —susurró Annie entre sollozos cuando Ronnie se sentó tras el
volante—. No debería haber dicho eso. ¿Mamá está muy enfadada?
—Está preocupada por ti. No sabía que estabas tan asustada. Nunca le habías
dicho nada.
—Claro que se lo he dicho, pero ella le quita importancia. Sé que no quiere ni
oír hablar sobre ello —Annie se encogió de hombros—. Es sólo que a veces pienso en
la abuela, sé que mamá no se cuida lo suficiente y tengo miedo.
—Tu madre no va a morir —insistió Ronnie.
—Pero podría —repitió su hija—. La abuela murió. La diabetes puede tener
complicaciones que terminan matándote. Nos lo explicaron en el instituto. Además,
cuando la abuela se murió, estuve buscando información por Internet.
Ronnie dudaba de que fuera él la persona más adecuada para mantener aquella
conversación con su hija. Seguramente era un tema que debería haber abordado
junto a Dana Sue. Pero allí estaba y, evidentemente, Annie estaba demasiado
afectada como para posponer la conversación.
—Es cierto que tu abuela murió por complicaciones relacionadas con la diabetes
—dijo Ronnie lentamente—, pero estuvo años sin cuidarse. No hizo caso de las
recomendaciones de los médicos. Comía lo que quería y siempre tenía el azúcar
disparado, así que se pasaba la vida saliendo y entrando del hospital. Pero tu madre
no es así.
—No, todavía no. Pero ha engordado y eso no es bueno. Sé que ha perdido
algunos kilos haciendo ejercicio, pero continúa comiendo dulces cada vez que está
nerviosa o enfadada. Tú no has estado aquí para verlo, papá. Cuando te fuiste, comía
todo lo que le ponían delante. Pizza, tarta, helado, patatas fritas… Os comportáis
como si yo fuera la única de la familia que sufre desórdenes alimenticios, pero por lo
menos yo he recibido ayuda. Hace meses que mamá no va al doctor Marshall. Sé que
él está intentando concertar una cita con ella, pero hasta ahora no lo ha conseguido.
Cuando vamos, sólo hablamos de mí.
Ronnie estaba más preocupado de lo que estaba dispuesto a admitir, pero tenía
que defender a Dana Sue. Sabía lo que debía decir, sabía que debía explicarle que
Dana Sue era, ante todo y sobre todo, una madre y que las buenas madres ponían a
sus hijos por delante de todo lo demás.
—Porque sufriste una grave crisis, Annie. Eso no podemos ignorarlo.
—Pero ahora ya estoy mejor. Erik intenta controlarla, pero si se excede, mamá
se enfada. Helen y Maddie también han intentando hablar con ella y han hecho una
especie de apuesta entre las tres, pero no creo que eso sea suficiente.
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Ronnie estaba desolado ante el panorama que estaba dibujando Annie sobre la
salud de Dana Sue. Y también le preocupaba la repercusión que eso pudiera tener en
su hija.
—A ver qué te parece esto —sugirió al cabo de un momento—. Te prometo que
insistiré en que tu madre vaya al médico y haga todo lo que él le dice. Si es necesario,
la llevaré a rastras a la consulta.
Annie le miró con recelo.
—Te deseo suerte.
—Pienso hacerlo sea como sea. Aunque tenga que llevarla en brazos.
Esperaba que Annie sonriera ante aquella broma, pero la expresión de su hija
fue únicamente de alivio.
—¿Y cuándo?
—En cuanto podamos concertar una cita.
Annie se arrojó a sus brazos.
—Gracias.
—Soy yo el que debería darte las gracias. Sabía que tu madre necesitaba
controlarse el azúcar, pero no sabía que la situación fuera tan grave.
—Y a lo mejor no lo es —contestó Annie esperanzada—, pero siempre será
mejor estar seguros, ¿no?
Ronnie asintió. Por supuesto, siempre era mejor saberlo y él estaba dispuesto a
poner todas las tácticas de persuasión de las que disponía para que también Dana
Sue pudiera ser consciente de ello.
—Bueno, y ahora, será mejor que vayamos a buscar a tu madre. Ya es hora de
volver a casa.
—¿No te importa que le pida a Erik que me lleve a casa? Así mamá y tú
tendréis más tiempo para hablar.
—De acuerdo. Pero vete corriendo a la cocina para asegurarte de que él está de
acuerdo. Y avísanos cuando te vayas.
—Muy bien —contestó Dana Sue.
Abrió la puerta y corrió a toda velocidad hacia el restaurante.
Ronnie salió mucho más despacio. Tenía la sensación de que a Dana Sue no le
iba a hacer ninguna gracia que se metiera en su vida. Y aunque había prometido que
la llevaría al médico aunque fuera a rastras, no quería que aquello se convirtiera en
un problema justo cuando su relación estaba comenzando a funcionar. En cualquier
caso, no vacilaría en hacer lo que fuera necesario para asegurarse de que la salud de
Dana Sue no estaba en peligro.
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Dana Sue apenas tocó el plato de queso y verdura que Erik le había servido, en
vez de la tarta de chocolate que ella le había pedido. ¿Por qué no se habría dado
cuenta de que su hija estaba preocupada por su diabetes?, se preguntó. Quizá porque
estaba tan ocupada intentando olvidar su problema que le había resultado más fácil
ignorarlo. Evidentemente, se había convertido en una maestra de la negación en lo
que se refería a su salud y a la de su hija. Cuando Ronnie por fin regresó y se sentó
frente a ella, Dana Sue empujó el plato en su dirección.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Annie?
—En la cocina, pidiéndole a Erik que la lleve a casa.
—¿No quiere volver conmigo?
—No es por eso. Quiere que tengamos tiempo para hablar.
—¿Sobre?
—¿Hasta qué punto estás preocupada por esa cuestión del azúcar, Dana Sue?
—Oh, en realidad no es para tanto. Siempre he sabido que corría algún riesgo y
el doctor Marshall me la está controlando.
—¿Te ha recetado alguna medicación?
En ese momento, se abrió la puerta de la cocina y Dana Sue volvió la cabeza
esperanzada, pensando que la presencia de Erik o de Annie le ahorraría tener que
responder. Pero Annie se limitó a saludar con la mano.
—Erik me llevará a casa —dijo, y dejó que la puerta se cerrara tras ella.
—¿Y bien? —le presionó Ronnie.
—No estoy tomando insulina.
—¿Y algún otro medicamento?
—Todavía no. De momento, lo único que tengo que hacer es controlar el nivel
de azúcar en la sangre. Eso es todo.
—¿Me estás diciendo la verdad?
—¿Y por qué iba a mentirte?
—Porque te conviene. No tienes ganas de enfrentarte a este asunto, así que
prefieres decir mentiras o medias verdades para que te deje en paz.
—A lo mejor porque esto no es asunto tuyo —le espetó.
Ronnie le dirigió entonces una mirada que le hizo removerse incómoda en el
asiento.
—Te quiero, así que eso lo convierte en asunto mío. Annie también te quiere y,
francamente, por si no lo has notado, ahora mismo tu hija no está en condiciones de
enfrentarse a más problemas.
—Estoy bien, Ronnie —repitió Dana Sue.
—Creo que tanto tu hija como yo nos sentiríamos mucho mejor si se lo
oyéramos decir al doctor Marshall —replicó Ronnie sin retroceder ni un centímetro.
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—Oh, por el amor de Dios, si os voy a tener a los dos encima, pediré una cita.
—Mañana mismo.
—En cuanto el doctor me reciba.
—Mañana mismo —repitió Ronnie—, ¿entendido?
—Como tú digas.
Ronnie la miró a los ojos.
—Dana Sue, no te tomes esto a la ligera —le suplicó—. Annie está muy
asustada. Y ahora que ha explicado por qué, tengo que admitir que también yo tengo
miedo. Esto no es algo que puedas ignorar. Y seguramente tú mejor que nadie sabes
lo importante que es controlar la diabetes.
—Lo sé, y sé que os estáis preocupando por nada —insistió, pero sabía que no
era del todo cierto.
En realidad, estaba poco más informada que su madre sobre la situación. Dana
Sue intentó no pensar en hasta qué punto su actitud se parecía a la de su madre,
porque no soportaba siquiera pensar en ello.
Pero estaba dispuesta a cambiar. No iba a arriesgarse a morir por culpa de las
complicaciones de la diabetes. Aunque en aquel preciso instante odiaba a su hija y a
su ex marido por haberle obligado a enfrentarse a aquella posibilidad. Necesitaba
que creyeran en ella, no que cuestionaran todas sus decisiones.
Miró a Ronnie con el ceño fruncido.
—¿No te has dado cuenta de que llevo varias semanas haciendo ejercicio y
vigilando lo que como?
—Dime que no has pedido un helado o un pedazo de tarta en cuanto me he ido
a buscar a Annie.
Dana Sue señaló el plato de verdura y queso.
—Es evidente que no estoy comiendo ningún dulce.
—¿Por decisión tuya o de Erik?
—Mira, estoy haciendo lo que puedo, ¿por qué no te basta?
—Me bastará cuando le baste al doctor Marshall —replicó Ronnie—. Mañana
llámame y dime a qué hora tienes la cita. Te acompañaré al médico.
—Eso es ridículo. Soy perfectamente capaz de ir sola al médico.
—No es una cuestión de que seas capaz o no. Es una cuestión de que estés
dispuesta a hacerlo.
—¿Sabes? No me está haciendo mucha gracia que me trates así. No soy una
niña irresponsable, Ronnie.
—Entonces no te comportes como si lo fueras —le tendió la mano—. Vamos, te
llevaré a casa. Annie no debería pasar mucho tiempo a solas esta noche después de
cómo se ha puesto. Deberíais hablar.
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—Sí, tienes razón, pero tengo aquí mi coche. Me iré en él a casa.
—Sígueme la corriente —le pidió Ronnie—. Así mañana por la mañana tendrás
que llamarme para que te traiga al trabajo.
—No eres la única persona del pueblo que podría llevarme al trabajo.
—Ya lo sé. Pero soy la única que iría a buscarte si no recibe noticias tuyas.
Dana Sue suspiró y, después de cerrar todas las luces del restaurante, le siguió
hasta la calle. Mientras cruzaban el aparcamiento, Ronnie le pasó el brazo por los
hombros. Cuando llegaron a su camioneta, le hizo apoyarse contra ella y le enmarcó
el rostro con las manos.
—Te quiero, Dana Sue. Quiero estar contigo mucho, mucho tiempo. Y no
permitiré que hagas nada que pueda perjudicarte.
—Lo dices como si pensaras que estoy intentando suicidarme.
—No, intentándolo no. Pero no estás haciendo nada para no enfermar. Si fuera
necesario, te presionaría como lo hicimos con Annie.
—Terminaría odiándote —le advirtió Dana Sue.
Ronnie sonrió.
—Annie también nos ha dicho eso alguna que otra vez, pero eso no nos ha
hecho retroceder. Para mí, algunas cosas son demasiado importantes como para que
deje de hacerlas aunque te enfades.
Al igual que le había pasado a Annie en su momento, a Dana Sue le entraban
ganas de revolverse, pero ella ya no tenía dieciséis años.
—Le pediré una cita al médico —le prometió.
—Y llámame mañana a primera hora para decirme a qué hora tengo que ir a
buscarte —volvió a recordarle.
—Sí, de acuerdo —dijo con impaciencia.
Sabía que debería apreciar su preocupación, y también la de Annie, pero la
verdad era que se sentía presionada. Y tenía miedo. Miedo de que hubiera una
verdadera razón para estar preocupada. ¿Y si estaba más enferma de lo que pensaba?
Ronnie le guiñó un ojo en un obvio intento de aligerar la tensión.
—Si te portas bien, te compraré una piruleta sin azúcar.
Dana Sue elevó los ojos al cielo.
—Confía en mí, para alegrarme vas a tener que llegar con algo mejor que eso.
—Bueno, existe otra posibilidad. Y como estás empezando a ser más amable,
puedo adelantarte algo esta noche.
A pesar de su enfado, Dana Sue le miró con pesar.
—Annie —le recordó—. Está sola en casa.
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—Maldita sea. Sabía que me estaba olvidando de algo. Es una pena que no
pueda volver a casa contigo.
—Podrías, pero dicen que el colchón de la habitación de invitados es muy
incómodo. De hecho, creo que fuiste tú el que tuvo la idea de que el colchón no fuera
demasiado cómodo para que las visitas no se quedaran durante mucho tiempo en
casa.
—¿En que estaría yo pensando?
—Probablemente en que nunca tendrías que dormir en él —dijo Dana Sue
mientras Ronnie paraba el coche delante de la casa—. Buenas noches, Ronnie.
—Buenas noches, cariño. Que duermas bien.
Ronnie esperó hasta que Dana Sue estuvo dentro de casa y apagó la luz del
porche para alejarse de allí.
Cuando perdió la camioneta de vista, Dana Sue se apoyó contra la puerta y
suspiró. Llegar a casa después de haber estado con Ronnie como si tuvieran
diecisiete años estaba resultándole agotador.
Hasta esa noche, estaba convencida de que Ronnie estaba intentando acercarse
a ella poco a poco y que terminaría pidiéndole que se casara con él. Pero después de
que hubieran salido a relucir sus problemas de salud, ya no estaba tan segura. ¿Y si
Ronnie se asustaba? Quizá ésa fuera una razón más para evitar al doctor Marshall.
Por supuesto, evitar a Ronnie si éste se enteraba de que no le había pedido una
cita al médico, resultaría mucho más difícil.
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Capítulo 24
Annie apenas podía esperar a que terminara la sesión con la doctora McDaniels.
Ty la había llevado a la consulta de la psicóloga y la estaba esperando fuera. Cuando
saliera, iban a ir a Charleston para hacer unas compras de Navidad.
—Pareces tener unas ganas terribles de salir de aquí —comentó la doctora
McDaniels mirándola con expresión divertida—. Eso no tendrá nada que ver con el
chico que estaba contigo en el aparcamiento, ¿verdad?
Annie sonrió radiante.
—Ése es Ty.
—Me lo he imaginado. ¿Que tal os va?
—Bueno, todavía no puede decirse que hayamos tenido una verdadera cita,
pero hablamos casi todos los días y creo que va a pedirme que le acompañe a una
fiesta estas vacaciones.
—Pero si no lo hiciera, podrías superarlo, ¿verdad?
—Eso creo —respondió Annie, mirándole a los ojos—. ¿Puedo preguntarle algo
que no tiene que ver con la comida?
—Por supuesto.
—¿Por que los chicos son tan difíciles de comprender?
La psicóloga soltó una carcajada.
—Ellos dicen lo mismo de las chicas, ¿sabes?
Annie no se lo creyó ni por un momento.
—Lo digo en serio. No entiendo que Ty no se haya dado cuenta todavía de que
formaríamos una pareja estupenda. Podemos hablar de casi todo. Nos conocemos
desde siempre y prácticamente podría decirse que somos íntimos amigos.
En aquella ocasión, la doctora McDaniels no se rió. Ni siquiera esbozó una
sonrisa. Se tomó muy en serio su pregunta. Y ésa era una de las cosas que a Annie le
gustaba de ella.
—A veces resulta difícil cambiar los patrones de conducta. O a lo mejor Ty tiene
miedo de que empecéis a salir, vuestra relación no funcione y eso acabe con vuestra
amistad. Teniendo en cuenta lo unidas que están vuestras familias, sería una
situación muy embarazosa.
Annie asintió lentamente.
—Entiendo lo que quiere decir. ¿Eso significa que debería renunciar?
—Absolutamente no. Pero sí deberías mantener tus expectativas bajo control e
intentar no precipitar las cosas. A menudo, las relaciones que empiezan como la
vuestra son las que más duran. ¿Tus padres no fueron íntimos amigos antes de
empezar a salir en serio?
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Annie sonrió.
—Sí, pero sólo porque mi padre intentaba guardar las distancias para que mi
madre no perdiera el interés en él.
—Bueno, el caso es que a ellos les fue útil ir poco a poco y a lo mejor Ty y tú
podéis seguir el mismo patrón. Es posible que cualquier día de éstos las cosas
cambien. ¿Crees que podrás tener la paciencia suficiente como para esperar a que
llegue ese día?
—Puedo esperar todo lo que Ty quiera. Por él, merece la pena.
—Y, definitivamente, también merece la pena esperar por una chica como tú.
Eso no lo olvides nunca. Y ahora, quiero que hablemos sobre la Navidad. A veces,
resulta realmente difícil enfrentarse a tanta comida. Es posible que sientas que
podrías llegar a perder el control y comerte todo lo que te ponen por delante. Hay
personas que tienen tanto miedo que terminan evitándolo todo, no sólo la comida,
sino también todas las fiestas en las que se verán obligados a comer.
—No creo que me pase. Pero si siento ansiedad o algo parecido, la llamaré.
—Estupendo. Eso es exactamente lo que tienes que hacer. O hablar con tus
padres, o venir a una de las reuniones de grupo de las que hemos hablado. Ya tienes
el horario.
Annie había estado en una de aquellas sesiones por insistencia de la doctora
McDaniels. Le había gustado saber que había otras niñas que habían pasado por la
misma situación en la que estaba ella, pero no había querido volver. Verse en aquel
ambiente le había hecho sentirse como si todavía estuviera enferma, como si tuviera
que seguir pensando en la anorexia, cuando lo que en realidad quería era olvidarse
para siempre de lo ocurrido.
Por lo visto, su expresión fue bastante elocuente porque la doctora dijo:
—Sé que no quieres participar en ningún grupo, y de momento no me importa
porque parece que está yéndote bien. Sin embargo, puede ser un recurso muy útil,
sobre todo en fiestas como las navideñas, cuando uno tiene que enfrentarse a un
montón de comida. Nos gustaría que acudieras a alguna de esas reuniones.
—Lo recordaré —le aseguró Annie—. ¿Ya hemos terminado?
—Sí, puedes irte —dijo la doctora McDaniels sonriendo—. Disfruta de tu tarde
con Ty.
—Gracias, lo haré.
Annie se volvió y corrió hacia la puerta, pero antes de llegar al aparcamiento, se
detuvo. No quería que Ty pensara que estaba demasiado emocionada con aquel
encuentro.
A medio camino del coche, oyó la música que estaba emitiendo la radio. Ty
había sintonizado su emisora de rock favorita. Afortunadamente, tenían los mismos
gustos musicales.
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Annie dio unos golpecitos en la ventanilla para avisar de su llegada, abrió la
puerta y entró. Ty sonrió de oreja a oreja y bajó la música.
—¿Cómo te ha ido? —le preguntó.
—Muy bien.
—¿Estas segura? —insistió Ty, mirándola atentamente.
Annie asintió.
—Si volvieras a tener problemas, me lo dirías, ¿verdad?
—¿Tenemos que hablar sobre esto? —preguntó Annie sonrojada.
Ty frunció el ceño ante la dureza de su tono.
—Sólo estaba diciendo que puedes contarme todo lo que te pase.
—Ya lo sé —respondió Annie con impaciencia.
Ty apagó el motor.
—Muy bien, dispara. ¿Qué te pasa, Annie?
—Nada —respondió, sin saber muy bien por qué estaba de pronto tan
deprimida cuando segundos antes estaba contenta y emocionada.
Quizá fuera por el hecho de que la pregunta de Ty acababa de recordarle que
éste nunca podría olvidar su enfermedad. Y a veces se preguntaba si la preocupación
de Ty por su salud era lo único que realmente les unía.
—Annie, te conozco y sé que te preocupa algo. Si no es nada relacionado con la
psicóloga, ¿qué es?
—Es mi madre —contestó, respondiendo lo primero que se le ocurrió para no
tener que explicarle que el problema era que le frustraba que no la viera como a una
novia potencial—. No se cuida todo lo que debería.
—¿Y ya le has dicho que estás preocupada?
—Se lo dije ayer por la noche. Mi padre también estuvo hablando con ella.
—Bueno, ya sabes que tiene esa apuesta con mi madre y con Helen. A lo mejor
así soluciona sus problemas.
—No creo que sea ésa la solución.
Ty le tomó la mano y se la estrechó.
—Le diré a mi madre que hable otra vez con ella, ¿de acuerdo?
Annie apenas podía respirar por miedo a que Ty le soltara la mano. Le gustaba
sentir el calor y la fuerza de su mano, la textura de su piel contra la suya. Tampoco
podía decirse que fuera un gran avance en su relación, pero por lo menos era algo
que Ty no había hecho hasta entonces.
—¿Annie?
—¿Mmm?
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—Estás sonrojada —dijo Ty, dejando caer la mano para acariciarle la mejilla—,
¿te ocurre algo?
—No, nada —respondió con un suspiro exasperado.
Alargó la mano hacia la radio y subió la música. Pero Ty apagó la radio y la
miró desconcertado.
—¿Estás enfadada conmigo?
Annie decidió ser sincera.
—No, enfadada no, frustrada —le dijo.
—¿Porqué?
—Me gustas.
Ty continuaba pareciendo confundido.
—Tú también me gustas.
—No, lo que quiero decir es que me gustas de verdad, pero tú me tratas como si
fuera tu hermana pequeña o algo así.
—Vaya…
Annie sacudió la cabeza.
—No debería habértelo dicho —dijo, disgustada consigo misma—. No me
importa no gustarte de esa forma.
Ty la miró de reojo. Annie nunca le había visto tan inseguro.
—Es que a lo mejor tú también me gustas —dijo con voz queda.
A Annie se le aceleró el pulso.
—¿De verdad?
—Sí, Annie. Pero tengo miedo de estropear lo que tenemos, ¿lo entiendes?
Annie asintió, inmensamente aliviada.
—Yo también tengo miedo.
—Y el año que viene ya no estaré en el instituto —le recordó—. Así que creo
que sería una locura empezar algo y tener que marcharme.
—Probablemente tengas razón —contestó Annie, sintiendo como se desinflaban
sus esperanzas.
—Aun así, a lo mejor podríamos pasar más tiempo juntos —dijo Ty, como si
estuviera pensando al mismo tiempo que hablaba—, como hoy. O podríamos pensar
en tener una cita o algo parecido —la miró vacilante—. ¿Qué te parece?
—Me parece que podría ser una buena manera de empezar —se mostró de
acuerdo.
Ty sonrió de oreja a oreja y buscó de nuevo su mano.
—¿Te importa?
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—En absoluto —contestó ella, e hizo una mueca—. Pero se supone que para
conducir tienes que tener las dos manos en el volante.
Ty la soltó con desgana.
—Ésa es una de las cosas que me gusta de ti. Siempre sigues las normas.
—No siempre, pero he aprendido que las normas existen por alguna razón —
Annie le miró de reojo mientras ponía el coche en marcha—. Pero podrás darme la
mano cuando lleguemos al centro comercial. No creo que eso sea incumplir ninguna
norma.
Ty le dirigió entonces una sonrisa que estuvo a punto de derretirla.
—Yo tampoco —dijo.
Annie se sentía como si estuviera flotando. Se había arriesgado y había ganado.
Ty y ella eran pareja. O casi pareja. Desde luego, eran algo más que amigos. Diablos,
ni siquiera sabía lo que eran, pero sí que se sentía infinitamente mejor.
Ronnie estaba furioso. Dana Sue había conseguido evitar hasta entonces todos
los intentos que había hecho para llevarla al médico. El martes había prometido que
iría el miércoles. El miércoles que el viernes. Ronnie se pasaba la mayor parte del día
intentando localizarla, pero llamara a la hora que llamara, nunca la encontraba. Y la
respetaba demasiado como para presentarse en el Sullivan's y montarle un numerito,
aunque estaba prácticamente a punto de hacerlo.
De hecho, lo único que podría evitar que aquel día tuvieran una escena en el
Sullivan's, sería la presencia de Butch Thompson. Si Butch no tuviera un interés
especial en cenar allí, Ronnie le habría llevado a cualquier otro lugar por miedo a lo
que podría decir o hacer cuando se cruzara con Dana Sue.
Butch y su esposa estaban ya sentados a la mesa cuando él llegó. Ronnie forzó
una sonrisa, saludó a Jessie Thompson dándole un beso en la mejilla y después le
estrechó la mano a Butch.
—Siento llegar tarde.
—No, hemos sido nosotros los que hemos llegado antes de lo que deberíamos.
Llevo todo el día deseando echarle un vistazo a este menú. E incluso Jessie está
dispuesta a saltarse por una noche su régimen vegetariano.
Ronnie se echó a reír.
—En ese caso, te recomiendo la carne asada. Es una de las especialidades de la
casa. Cuando la pruebas con el puré de patata, tienes la sensación de estar volviendo
a casa de tu madre.
—No, a casa de mi madre no. Es una pésima cocinera —contestó la mujer de
Butch—. Por eso aprendí a cocinar siendo muy joven, para que la familia no pasara
hambre o terminara sufriendo alguna enfermedad por ingerir demasiados alimentos
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carbonizados. Pero yo lo hacía todo al viejo estilo sureño, así que es asombroso que la
sangre todavía pueda seguir circulando por nuestras arterias.
Butch le palmeó la mano.
—Eso ya lo hemos solucionado. Jessie. Llevamos mucho tiempo comiendo
alimentos sanos. De hecho, estoy seguro de que después de tantos copos de avena, ya
no nos queda ni una sola gota de colesterol en la sangre.
Jessie se echó a reír.
—No es para tanto —le dijo a Ronnie—, pero a Butch le encanta que le
compadezca. Como lo hiciste tú cuando le llevaste a tomar un buen bistec unos
meses atrás.
—Vaya —musitó Ronnie—, parece que nos han descubierto.
—Ella dice que lo adivina por mi aliento, pero yo creo que tiene un sexto
sentido —Butch le guiño el ojo a su mujer, haciéndole recordar a Ronnie su antigua
relación con Dana Sue.
—Bueno. Ronnie, ¿no vas a decirle a tu ex esposa que salga de la cocina? —le
preguntó Jessie—. Me gustaría que nos la presentaras.
Ronnie se movió incómodo en la silla.
—Ya veremos.
A Butch no le pasó desapercibida la tensión que reflejaba su voz.
—¿Van bien las cosas por ese frente?
—Digamos que ha surgido un pequeño obstáculo, pero lo superaremos —le
aseguró Ronnie, y miró después hacia la puerta de la cocina, esperando ver aparecer
a Dana Sue en cualquier momento.
Brenda se acercó en aquel momento a la mesa y le sonrió.
—Hola, señor Sullivan, ¿ya sabe Dana Sue que está aquí?
—No, y no la molestes. Estoy segura de que estará ocupada.
—Desde luego. Esto es una locura —le confesó Brenda—. Karen ha vuelto a
llamar para decir que no puede venir. Es la tercera vez en esta semana. Dana Sue está
agotada.
El cansancio no era bueno para ella, pensó Ronnie. Si por él hubiera sido, habría
cancelado la cena en aquel momento y habría ido a echarle una mano. Pero como
sabía que no era posible, les sonrió a Butch y a Jessie y les preguntó:
—¿Estáis listos para pedir?
pida.
—Me han recomendado la carne asada —dijo Butch—, así que será eso lo que
—Que sean dos —se sumó Jessie.
—Sí, yo comeré lo mismo —dijo Ronnie.
Después de que se fuera la camarera, se volvió hacia su socio.
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—¿Hay alguna razón en particular por la que quisieras verme esta noche?
—¿Aparte de la perspectiva de disfrutar de una buena comida, quieres decir?
No, sólo quería felicitarte por lo bien que están yendo las cosas. He visto los informes
que me has enviado y ya tienes muchos proyectos. Eso significa que estás trabajando
duro.
—Por lo menos lo intento. El negocio debería empezar a ser rentable a partir de
enero. Quiero justificar la fe que has puesto en mí.
—A lo mejor te estás esforzando demasiado —sugirió Butch con evidente
preocupación.
Ronnie le miró fijamente.
—¿A qué te refieres?
—Este negocio no es lo único que te impulsó a volver a Serenity, ¿verdad?
—No, ya sabes que no.
—¿Y cuánto tiempo has pasado con tu ex mujer y con tu hija desde que lo
abriste?
—No tanto como me gustaría —admitió.
—Intenta no perder de vista cuáles son tus objetivos —le recomendó Butch—.
¿De qué te serviría tener un negocio próspero si no tienes a nadie con quien
compartir tu vida?
Jessie sonrió.
—Hazle caso, Ronnie. Está hablando la voz de la experiencia. Hace unos treinta
y cinco años, yo le dije algo parecido. Se lo tomó en serio y ésa es la única razón por
la que todavía seguimos juntos. Después de los cinco primeros años de matrimonio,
cuando Butch vivía únicamente para la empresa, yo estaba convencida de que
nuestro matrimonio no duraría.
Butch le tomó la mano a su esposa y se volvió hacia Ronnie.
—Los resultados que me has enviado hasta ahora son inmejorables, ¿pero
cuántas noches de trabajo te han costado? ¿Cuántas veces has tenido que dejar de ver
a tu mujer o a tu hija para poder asistir a una reunión?
Ronnie suspiró, comprendiendo perfectamente lo que pretendía decirle.
—Demasiadas.
—Con el capital que he invertido en el negocio, tienes asegurados por lo menos
cinco años de tranquilidad. Que el negocio comenzara a tener éxito antes del tiempo
previsto sería un gran éxito, pero no si a cambio tienes que desatender tu vida
personal. Intenta equilibrar tus prioridades, Ronnie.
Ronnie comprendió perfectamente el mensaje. Y recordó entonces lo que
Brenda acababa de decirle de la cocina. Miró hacia allí.
—¿Te preocupa lo que ha dicho la camarera hace un momento? —le preguntó
Butch.
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Ronnie asintió.
—Sí, ha faltado Karen a trabajar y Dana Sue es demasiado cabezota como para
pedir ayuda, pero los viernes este restaurante es una locura.
—Si quieres ir a echarle una mano, por nosotros no te preocupes —le dijo Jessie.
—Desde luego —le confirmó Butch mirando a su esposa—. No tenemos
muchas oportunidades de estar solos, así que, por nosotros, puedes ir a ayudarla.
Creo que ya ha quedado claro lo que quería decirte, ¿no te parece?
—Absolutamente. Y te lo agradezco. Y no olvides que esta cena corre de mi
cuenta. Es lo menos que puedo hacer después de todo lo que has hecho por mí.
—No hace falta, hijo, somos socios —le recordó—. Ya estás haciendo más de lo
que puedes por cumplir con tu parte del compromiso. Y ahora que estamos aquí, voy
a intentar convencer a Jessie para que pasemos la noche en un hotel, como si
estuviéramos de luna de miel.
La mirada de Jessica le indicó a Butch que no iba a costarle mucho persuadirla.
Dana Sue no podía decir exactamente en qué momento comenzó a sentir el
mareo. Debió de ser justo en el momento en el que comenzó a aumentar la actividad
en la cocina. Karen había vuelto a fallarle por enésima vez, lo cual significaba que
Dana Sue iba a tener que empezar a pensar en sustituirla, algo que había evitado
hasta entonces, consciente de las dificultades a las que tenía que enfrentarse Karen
como madre soltera. Aun así, tampoco ella podía permitirse el lujo de tener una
ayudante que nunca iba a trabajar.
Sorprendentemente, Ronnie había acudido una vez más a su rescate. Unos
minutos atrás, se había presentado en la cocina, se había puesto un delantal y le
había pedido que le diera trabajo. No había hecho ningún comentario sobre la cita
con el médico que continuaba postergando, pero Dana Sue estaba segura de que lo
haría en cualquier momento. Cuando se arriesgó a mirar en su dirección, advirtió
que estaba cortando verduras para la ensalada como un auténtico profesional.
Tendría que darle las gracias por haber ido a ayudarla cuando más falta le hacia.
Aquélla no era la primera vez que Dana Sue sufría un mareo. Pero en cada
ocasión, había buscado la manera de quitarle importancia a los síntomas, de la
misma manera que intentaba no pensar en cómo se le entumecía a veces la mano
cuando estaba trabajando en la cocina y tenía que parar hasta que aquella sensación
cedía. Pero al pensar en todos aquellos síntomas juntos, se asustó como no lo había
hecho hasta entonces.
Se acercó a un taburete y se sentó. Asustada porque la sensación de mareo no
desaparecía, llamó a Ronnie. Éste estuvo a su lado en cuestión de segundos.
—¿Te encuentras bien? ¿Qué te pasa?
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—Tiene que tener el azúcar disparada —dijo Erik, uniéndose inmediatamente a
ellos—. Últimamente no ha estado prestando atención a lo que comía. Tiene el
medidor del azúcar en el despacho. Voy a buscarlo.
—No —protestó ella. No quería que Ronnie fuera testigo de cualquiera que
fueran los resultados.
Ronnie la miró a los ojos.
—Cariño, ya hablamos de esto la otra noche. Sabes perfectamente que con la
diabetes no se juega.
—No tengo diabetes —respondió ella, mirando a Erik disgustada—, por lo
menos todavía.
—¿Quieres que te lleve al hospital? ¿Prefieres que llame a urgencias? —
preguntó Ronnie sin perder la calma, pero decidido a hacer algo.
Erik le tendió un pedazo de queso.
—Esto la ayudará. Iré a buscar el aparato.
Pocos segundos después, Dana Sue sentía que su cuerpo volvía a la
normalidad.
—Ya me encuentro mejor —dijo mirando a Erik con agradecimiento cuando
éste volvió—. Pero ahora no necesito hacerme la prueba.
—O te haces la prueba o tendrás que ir al hospital —le advirtió Erik con
firmeza.
—Estoy con Erik —se sumó Ronnie—. Tienes dos opciones, Dana Sue. O llamas
al doctor Marshall y le pides que te atienda en su consulta o te llevaré directamente a
urgencias.
Dana Sue negó con la cabeza.
—Me pondré bien. Además, esta noche tengo muchas cosas que hacer en casa.
No tengo tiempo de ir a ninguna parte.
—Annie puede echarnos una mano —sugirió Erik—, ya sabe lo que tiene que
hacer. Y Helen me dijo que podíamos contar con ella cuando la necesitáramos. Y lo
creas o no, acepta órdenes bastante bien.
—Llámalas —le pidió Ronnie a Erik, y levantó a Dana Sue en brazos—. Y ahora
vamos a ver cómo tienes el azúcar.
—Déjame en el suelo, idiota —le espetó Dana Sue, aunque la verdad era que se
sentía maravillosamente acurrucada contra su pecho.
Ronnie sonrió.
—Parece que te encuentras mejor, ¿no?
—Sí, maldita sea. Por eso no necesito ir a ningún médico.
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—Pues es una pena. Quizá, si le hubieras pedido al doctor Marshall una cita, no
habríamos tenido que llegar a esto —le dijo, intercambiando con Erik una de esas
miradas de superioridad que a Dana Sue le hacía desear tirarles algo a la cabeza.
—Ronnie Sullivan, soy perfectamente capaz de cuidar de mí misma —le dijo
mientras salía por la puerta de atrás—. Es verdad que últimamente me he
descuidado un poco, pero sólo porque tenía demasiadas cosas en la cabeza.
—Annie esta mucho mejor. Y tú me has ignorado deliberadamente desde que te
pedí que llamaras al médico. Sabes que no estás haciendo las cosas bien y por eso has
estado evitándome.
—No me lo pediste, me lo ordenaste.
—Pues lo siento, quizá me equivoqué, pero sólo estaba pensando en tu salud.
—Mi salud no es problema tuyo.
—Creo que esa discusión ya la tuvimos el otro día —la dejó en el asiento de
pasajeros de la camioneta. Se sentó tras el volante y arrancó a toda velocidad—. Me
preocupo por ti, así que ya puedes ir haciéndote a la idea.
En cuanto estuvieron en la carretera, se volvió hacia ella y le dijo con firmeza:
—He venido para quedarme. Pensaba que abriendo la ferretería te ayudaría a
comprenderlo, pero supongo que voy a tener que recordártelo de vez en cuando.
Además, pienso casarme contigo. Cuándo, depende de ti; pero sé que al final nos
casaremos. Así que creo que eso me da ciertos derechos sobre ti.
A pesar de que al oírle le había dado un vuelco el corazón, Dana Sue frunció el
ceño ante su arrogancia.
—No sé cómo tienes el valor de dar por supuesto que voy a casarme contigo.
—Estoy dando por supuesto que vamos a casarnos porque sé que tenemos que
estar juntos, eso no va a cambiar nunca, Dana Sue.
—¿Ni siquiera en estas circunstancias? —Dana Sue deseaba desesperadamente
creerle.
—¿A qué te refieres exactamente?
—He ganado peso, es posible que tenga diabetes. Soy un desastre —dijo,
sollozando al pensar en que había sido incapaz de controlar su propia salud.
Ronnie la miró desconcertado.
—Cariño, no eres ningún desastre. Eres lo mejor que me ha pasado en mi vida.
Y no me importa que hayas engordado, siempre y cuando eso no afecte a tu salud.
En cuanto a la diabetes, si al final resulta que la tienes, deberemos enfrentarnos a ello.
Si necesitas insulina, incluso te ayudaré a inyectártela.
—Pero si tú le tienes un miedo atroz a las agujas.
—Lo superaré —dijo con énfasis—. No hay nada que no esté dispuesto a hacer
por ti. Te quiero. Adoro tu valentía, tu fuerza de ánimo, tu corazón generoso y hasta
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tu genio. No me gusta que seas tan cabezota, eso es cierto, pero creo que podré vivir
con ello.
Dana Sue le sostuvo la mirada y no vio nada en sus ojos que le hiciera dudar de
lo que le estaba diciendo.
—Muy bien, de acuerdo —dijo por fin, entregándole en silencio su propio
corazón.
Sabía que debería haberlo hecho poco después de que Ronnie regresara al
pueblo, que de esa forma se habrían ahorrado los dos meses de preocupación y de
tristeza, pero la cabezonería que Ronnie acababa de mencionar le había impedido dar
ese paso.
Ronnie la miró con los ojos entrecerrados.
—¿En qué estas de acuerdo? ¿En ir al médico sin quejarte?
Dana Sue negó con la cabeza.
—No, aunque eso también lo haré. Lo que estoy diciendo es que me casaré
contigo.
—Me estás diciendo que sí —musito Ronnie como si no acertara a creérselo. Las
ruedas de la camioneta chirriaron mientras aparcaba en el hospital y apagaba el
motor—. ¿De verdad?
—Sí, te estoy diciendo que sí. Y créeme, soy la primera sorprendida.
—Me estás diciendo que sí cuando estoy a punto de meterte en la sala de
urgencias —musitó Ronnie sacudiendo la cabeza—. La verdad es que eso le quita
mucha emoción al momento.
Dana Sue sonrió ante su tono de frustración.
—¿Tenías otra cosa en mente?
—Una mañana de Navidad. Una caja de terciopelo debajo del árbol y una
declaración de amor mientras Annie nos mira emocionados.
—Sí, era una imagen bonita —admitió Dana Sue rodeándole el cuello con los
brazos mientras él la sacaba de la camioneta—. Pero esto es más apropiado para
nosotros.
—¿El aparcamiento de un hospital? ¿Cómo puedes decir una cosa así?
—Es impredecible y bastante loco.
Ronnie la besó entonces con tal pasión que Dana Sue volvió a marearse, aunque
en aquella ocasión, el marco fue mucho más agradable.
—Creo que eso lo incluiré en los votos de la boda —dijo Ronnie cuando por fin
se separó de ella—. Prometeré mantener este nivel de locura durante todos los días
de nuestra vida.
Dana Sue sonrió de oreja a oreja.
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—Por fin acabas de hacer una promesa que sé que eres capaz de cumplir,
Ronnie Sullivan.
Y algo le decía que en cuanto tuviera oportunidad de compartir su felicidad con
Ronnie, ya no iba a tener ganas de probar los pasteles de Erik; que en aquella
segunda oportunidad, Ronnie iba a demostrar ser tan bueno para su salud como para
su corazón.
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Epílogo
—Mamá, ¿es que no puedes estar quieta? Se te está arrugando el velo.
—No debería llevar velo, y mucho menos un vestido blanco —gruñó Dana
Sue—. No puedo imaginarme en qué estaba pensando cuando dejé que me
convencieras de que me pusiera un vestido de novia.
—No creo que la decisión tuviera nada que ver conmigo —replicó Annie—.
Creo que lo que pasó es que te diste cuenta de que todavía cabías en tu antiguo
vestido de boda y querías que la gente lo viera.
—Muy bien, sabelotodo, es verdad que también la decisión tuvo que ver con
eso —admitió Dana Sue, para la que había sido una auténtica sorpresa ver que
todavía le valía aquel vestido.
Las sesiones con Elliott Cruz habían dado su fruto. Bueno, las sesiones y el tener
a toda la familia y amigos pendientes de cada bocado que se metía en la boca.
Después de aquella experiencia, comprendía cómo se sentía Annie cuando le
controlaban la comida. Aun así, había merecido la pena. Había conseguido equilibrar
el nivel de azúcar en sangre y no había tenido que empezar a inyectarse insulina.
Miró a Annie, que estaba subida a una silla arreglándole el velo. Era
maravilloso verla tan saludable cuando sólo unos meses atrás había estado a punto
de morir por culpa de la anorexia. Tenía la piel luminosa y el pelo descendía por su
espalda brillando como el oro. Todavía estaba por debajo del peso recomendable
para su altura y su edad y algunos días seguían siendo particularmente difíciles, pero
continuaba luchando para superarse y eso era todo lo que Dana Sue y Ronnie le
podían pedir. Y si Annie sufría una recaída, algo que, según la doctora McDaniels era
posible que ocurriera, estarían los dos apoyándola.
Cuando Annie por fin estuvo satisfecha con el velo, bajó de la silla y se colocó
detrás de su madre, delante del espejo.
—Estás preciosa, mamá.
—Estamos preciosas —la corrigió Dana Sue—. El vestido de dama de honor que
se puso Maddie el día de mi boda te queda perfectamente.
Annie sonrió.
—Lo sé. Ella apenas se lo podía creer. Dice que desde que tuvo el bebé, está
como un trasatlántico y que va a tener difícil lo de conseguir sus objetivos. Pero a Cal
no parece importarle.
—Desde luego. Para él es la mujer más guapa del mundo. Pero eso no quiere
decir que Helen y yo no vayamos a estar encima de ella para impedir que ignore los
objetivos que se ha propuesto.
Annie miró a su madre con repentina seriedad.
Cal?
—¿Crees que papá y tú tendréis un hijo, como hizo Maddie cuando se casó con
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—Ojalá pudiéramos —contestó Dana Sue con los ojos llenos de lágrimas—.
Daría cualquier cosa por poder tener otro hijo, pero no es posible, cariño.
—Por el riesgo que supone tu diabetes —dijo Annie con expresión compasiva.
—Y también por mi edad.
—Pero tú tienes los mismos años que Maddie, así que el verdadero peligro es la
diabetes.
Dana Sue suspiró.
—Sí, supongo que sí.
Annie la abrazó.
—Lo siento, mamá.
—Yo también.
—¿Y Helen? ¿Crees que Helen podrá tener un hijo alguna vez?
Helen no hablaba de otra cosa últimamente, pero Dana Sue no creía que fuera
aquél un asunto del que debiera hablar con su hija.
—Nunca se sabe —contestó, evitando contestar.
—Sería una madre magnífica. Kily, Katie y Ty están de acuerdo conmigo. Desde
luego, como tía es la mejor del mundo.
—¿Por qué no se lo decís? —le sugirió Dana Sue. Estaba segura de que a Helen
la animaría mucho saber que esos cuatro niños la consideraban una posible madre
excepcional. Para sorpresa de Dana Sue, la siempre confiada Helen tenía serias dudas
sobre esa cuestión.
Annie sonrió.
—Sí, a lo mejor se lo digo. Al fin y al cabo, mi último proyecto ha salido
bastante bien.
—¿Tu último proyecto?
—Sí, tú y papá. ¿O acaso crees que esto ha sido solamente idea vuestra?
Dana Sue soltó una carcajada.
—Por supuesto que no. Que tuviéramos una idea buena hace veinte años no
quiere decir que fuéramos capaces de volver a pensar una genialidad tanto tiempo
después.
—Exactamente. Y ahora será mejor que vaya a ver como está papá. Ya sabes lo
mal que se le da atarse el nudo de la corbata.
—Sí, ve con él —le animó Dana Sue—. Te veré dentro de un rato en la puerta de
atrás de la iglesia.
—No llegues tarde. Papá no lo soportaría.
—Seré puntual —le prometió Dana Sue.
Había esperado durante demasiado tiempo aquel momento como para no serlo.
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Para alivio de Ronnie, la ceremonia transcurrió sin ningún problema. Dana Sue
estaba tan atractiva como el día de su primera boda. Al banquete que ofrecieron en el
Sullivan's fueron todos sus parientes y amigos, los padres de Ronnie incluidos, que
viajaron desde Columbia. Annie había estado pendiente de todo, haciéndose cargo
de todo aquello a lo que Maddie y Helen no llegaban y Erik había preparado
suficiente comida como para alimentar a todo el pueblo. Todo el menú había estado
perfectamente estudiado para que no incluyera nada que Dana Sue no pudiera
comer. Hasta la impresionante tarta de bodas había sido elaborada sin azúcar.
Ronnie había insistido en contratar una orquesta, algo que no habían podido
permitirse en su primera boda y en aquel momento estaba disfrutando de un último
baile con su esposa antes de salir de viaje de luna de miel a Italia, donde Ronnie
había contratado un curso de cocina para los dos. Era un sueño que Dana Sue había
albergado durante años, pero para el que nunca había tenido tiempo.
—Podrías quitarte la corbata —dijo Dana Sue, mirándole divertida mientras
deslizaba el dedo por el cuello de su camisa.
—Creo que seré capaz, de aguantarla durante cinco minutos más. Seguro que
nos hacen fotos cuando salgamos de aquí y no quiero que después te pases años
quejándote porque no estaba suficientemente elegante el día de nuestra boda.
Dana Sue le acarició la mejilla.
—En realidad, sabes que preferiría que no llevaras nada encima.
Ronnie se echó a reír.
—Lo mismo digo, pero me temo que eso sería peligroso teniendo en cuenta que
tenemos que embarcar en un avión en Charleston dentro de unas horas.
—Apuesto a que conseguirías que mereciera la pena perder ese avión.
—Seguro que sí, pero de momento será mejor que controles tu libido. Estaremos
en Italia antes de que te des cuenta.
En el otro extremo de la pista, Annie estaba bailando con Ty. Ronnie los señaló.
—Esos dos están bailando muy pegados, ¿no?
Dana Sue asintió.
—¿Crees que debería hablar de hombre a hombre con él?
—¿Y humillar a tu hija? —bromeó Dana Sue—. No me parece una buena idea.
Hace poco estuve hablando con ella sobre Ty. Creo que tu hija sabe perfectamente lo
que está haciendo. Como Ty tendrá que ir a la universidad en septiembre, han
decidido ir despacio en su relación.
—Más les vale.
—Eres todo un padrazo —le dijo Dana Sue, acariciándole la mejilla.
Ronnie le guiñó el ojo.
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—Sí, ¿verdad? Y siempre lo seré —miró el reloj—. ¿Tienes que despedirte de
alguien en particular antes de que nos vayamos?
—No, de nadie. Annie está emocionada ante la perspectiva de quedarse con
Helen y Erik se hará cargo del restaurante. Afortunadamente, últimamente Karen ya
no esta faltando tanto.
—Entonces, vayámonos a empezar el resto de nuestra vida —dijo Ronnie,
dirigiéndose hacia la salida.
Pero antes de que hubieran podido llegar a la puerta, estaban otra vez rodeados
de gente. Maddie y Helen se pusieron delante de ellos, sonriendo expectantes.
—¿Crees que se proponen algo? —le susurró Ronnie a Dana Sue.
—No tengo la menor idea —dijo, pero cuando salió a la calle se quedó
boquiabierta—. ¡Mi coche! —gritó—. ¡Me han comprado mi coche! —y salió
corriendo antes de que Ronnie pudiera preguntarle de qué demonios estaba
hablando.
Casi inmediatamente, vio un descapotable rojo en la acera con un lazo enorme
sobre el capó. A su lado estaban Maddie y Helen sonriendo. Dana Sue se abrazaba
emocionada a sus amigas.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Ronnie cuando se reunió con ellas.
Dana Sue se volvió hacia él con los ojos brillantes.
—¡He ganado el coche! ¡Hicimos una apuesta y la he ganado!
—¿Te refieres a los objetivos que os propusisteis? ¿Éste es tu premio? —
preguntó Ronnie con incredulidad.
—Ella ha sido la primera en cumplir su objetivo —le confirmó Helen.
—Por una vez en mi vida les he ganado a las dos —dijo Dana Sue satisfecha.
—Teniendo en cuenta cuál era el premio, no me extraña que te hayas esforzado
tanto en conseguir tu objetivo —miró a sus amigas. Ninguna de ellas parecía
desilusionada por haber perdido—. ¿Cuáles eran vuestros premios?
—El mío un viaje para dos a Hawái —contestó Maddie.
—Y el mío un día de compras en París —Helen se encogió de hombros—. Pero
pienso darme ese capricho, aunque tenga que pagármelo yo.
Dana Sue miró a sus dos amigas con lágrimas en los ojos.
—¿Sabéis? —sugirió—. Podríamos plantearnos
empezando a tener la sensación de que me traen suerte.
otros
objetivos.
Estoy
A Helen se le iluminó la mirada.
—¿Nuevos objetivos? Eso me gusta.
Maddie gimió y miró a Dana Sue con el ceño fruncido.
—¿En qué estabas pensando exactamente?
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—En que quiero veros tan contentas como lo estoy yo en este momento —
respondió Dana Sue.
Maddie se agarró del brazo de Cal y sonrió.
—Yo no puedo estar más contenta.
—Pero Helen jamás intentará conseguir sus objetivos si no le planteamos un
desafío —dijo Dana Sue—. Se lo debemos. Y algo me dice que hay un nuevo objetivo
que está deseando añadir a su lista.
—Sí, es cierto —contestó Helen—. Y prácticamente ya estoy oyendo a todas esas
tiendas de los Campos Elíseos gritando mi nombre.
—Muy bien. En ese caso, quedamos dentro de dos semanas en el gimnasio —
dijo Dana Sue, y le sonrió a Ronnie—. Monta, muchacho, estás a punto de disfrutar
del mejor viaje de tu vida.
—Cariño, sobre eso jamás he tenido la menor duda.
Fin
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