Subido por Sofia L Aguirre

2018-Psicoterapia1-Aleman

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Psicoterapia 1- Año 2017
Reseña de la 1° clase teórica del Seminario – Prof. Fátima Alemán
Fecha: 23/03/2017
Módulo I: “El malestar en la cultura siglo XXI: ¿Síntomas o trastornos?
Tema: De la nerviosidad moderna al individualismo posmoderno.
Bibliografía:
• Freud, S. (1987) La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna. Obras Completas, Tomo IX.
Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original de 1908).
• Lipovesky, G. (1986) La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo moderno. Cap. VI
Modernismo y posmodernismo. Buenos Aires: Anagrama.
Psicoterapia I es una materia ubicada en el último tramo de la carrera de psicología y forma
parte de lo que podríamos llamar la orientación clínica. Lo que vamos a tratar de dar a lo largo
de la cursada y ustedes lo van a poder encontrar en la fundamentación del programa y también
en el texto del Prof. Titular Flavio Peresson “Las psicoterapias hoy” (Material correspondiente al
práctico Nº 1) es la dirección con la cual nosotros encaramos la materia.
Por un lado, vamos a ver qué entendemos por psicoterapia. Etimológicamente la palabra quiere
decir terapéutica de lo psíquico. Ahora bien, en el texto mencionado aparece otra definición, en
relación a que llamamos hoy psicoterapia. Hoy no hablamos de “la” psicoterapia como una
unidad en sí misma, sino que hablamos de “las” de las psicoterapias como una pluralidad.
Tenemos:
- Psicoterapias Breves
- Psicoterapias Gestálticas
- Psicoterapias Sistémica
- Psicoterapia Cognitivo – Comportamentales
- Psicoterapia Psicoanalítica
En principio, podemos hacer una diferenciación de estas psicoterapias, según se presenten
como un abordaje individual o grupal:
• Psicoterapia sistémica familiar: tratamiento del malestar desde lo grupal (la familia). El
síntoma es producto de la interacción familiar.
• Psicoanálisis, psicoterapia breve, psicoterapia cognitiva: tratamiento del malestar en forma
individual.
Otra cuestión que vamos a trabajar a lo largo de la materia es la siguiente pregunta: ¿por qué en
general se asimila la psicoterapia al psicoanálisis?
En principio, se puede decir que hay una historia que explica esta asimilación y que tiene que
ver con el surgimiento del psicoanálisis como la primera “psicoterapia moderna”. Después de
Freud, el psicoanálisis se diversificó en el sentido de una transformación de su técnica y de su
teoría, hasta llegar en la actualidad a distintas versiones del psicoanálisis. Cuando uno habla de
Psicología del Yo o de Psicoterapia breve, se puede decir que son propuestas que se derivan del
psicoanálisis freudiano. Las psicoterapias breves surgen en los EEUU luego de la segunda guerra
mundial y del exilio de muchos psicoanalistas europeos, bajo lo que se conoce como Psicología
del Yo o Ego psychology. Algo similar ocurre con las terapias cognitiva y sistémica: los primeros
terapeutas cognitivos, Aaron Beck y Albert Ellis, fueron psicoanalistas que, desencantados del
psicoanálisis, adoptaron el modelo cognitivo como un recurso novedoso para tratar
determinados síntomas; así también, los primeros psicoterapeutas sistémicos fueron
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psicoanalistas que aplicaron el modelo de la cibernética y de la teoría de la comunicación para
abordar el síntoma como efecto de las disfunciones familiares.
Por eso es importante saber qué tipo de terapéutica se pone en juego en cada una de las
psicoterapias que mencionamos, ya que ello determina una manera particular de encarar el
tratamiento, de concebir la curación del síntoma y de pensar al sujeto involucrado.
En el texto “Las psicoterapias hoy”, Peresson toma en cuenta tres paradigmas para pensar las
psicoterapias, la manera de entender la enfermedad y la cura: la medicina, el psicoanálisis y la
psicología. Freud y la invención de su método marca justamente el pasaje del primer paradigma
y al segundo. En un comienzo Freud consideraba que el psicoanálisis era una psicoterapia
mucho más eficaz que la hipnosis y la sugestión que ya se estaban utilizando. La pregunta que
Freud se hace es si el psicoanálisis es únicamente una psicoterapia (en el sentido de curar lo
psíquico o curar el malestar sin una etiología orgánica) o si el psicoanálisis es algo más que un
método terapéutico.
Uno podría decir que Freud a lo largo de su obra va a plantear que el psicoanálisis es algo más
que una terapéutica, es decir, el psicoanálisis es también un método de investigación (ligado a la
causa de los síntomas y al análisis de la cultura).
Psicoanálisis: terapéutica + investigación
En un comienzo Freud lo plantea como una terapéutica, es decir, lo concibe como sinónimo.
Más tarde, se va a encontrar con que el síntoma neurótico tiene un costado incurable,
resistente a la interpretación, ligado a la satisfacción pulsional: es la famosa “reacción
terapéutica negativa”.
En el texto “Análisis terminable o interminable”, un escrito ubicado ya en la última parte de su
obra, Freud plantea si realmente es posible un análisis terminable, si se puede hablar de un fin
de análisis más allá del final práctico. Por ello, introduce la idea de un análisis infinito, sin fin.
Más adelante, Lacan dirá que un psicoanálisis no es solo un tratamiento terapéutico sino que es
fundamentalmente una experiencia, una experiencia subjetiva que implica una transformación
del sufrimiento y del síntoma, pero no su curación al modo médico.
Cuando Freud se refiere al psicoanálisis como un método de investigación, dice el psicoanálisis
nos permite investigar acerca de la causa de los síntomas y eso no hace todas las terapéuticas.
Las terapéuticas tienen como objetivo curar lo que está mal, curar lo que no funciona, lo que no
anda. El psicoanálisis le ofrece a aquel que se somete a la experiencia analítica un saber acerca
de la causa de sus síntomas. Esto es lo que Freud presenta como un método de investigación.
Hay otras psicoterapias, como por ejemplo la psicoterapia cognitiva, que podemos situar como
opuesta al psicoanálisis, que no le da la misma prioridad a la causa de los síntomas o de lo que
ellos llaman “trastorno”.
Psicoanálisis
Síntoma: Satisfacción sustitutiva, retorno de lo reprimido. Solución de compromiso.
Psicoterapia Cognitiva Trastorno (disorder): desadaptación “sin sentido” que requiere ser removida.
De acuerdo a cómo conceptualizamos al malestar psíquico va a depender el modo o tipo de
tratamiento que vamos a emplear. Si nosotros decimos que para el psicoanálisis el síntoma es
un conflicto, pero al mismo tiempo es una solución para alguien (recurso), ello implica que no
conviene removerlo rápidamente porque tiene una función o una utilidad para el sujeto. Del
lado contrario, las terapias cognitivas se presentan como un método corrector de lo
desadaptado de un individuo, contando con una variedad muy importante de técnicas cuya
eficacia se encuentra avalada por el avance de las neurociencias y por el apoyo de la estadística.
Esta diferencia que marcamos tiene su importancia a la hora de pensar las ofertas
psicoterapéuticas con las que contamos en la actualidad y la competencia que se plantea en el
ámbito profesional clínico del psicólogo.
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El texto de Freud La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna (1908) les va a servir para
pensar el texto que está pautado para el primer práctico El malestar en la cultura (1930) porque
es su antecedente. La idea de tomar este texto es que ustedes puedan pensar por qué Freud
cuando inventa su método del psicoanálisis necesita diagnosticar, dar cuenta de lo que ocurre
en la época. Freud entiende que los síntomas neuróticos son efecto de la cultura, es decir, el
malestar psíquico depende de la época. Por eso, para Freud, el psicoanálisis necesita ser
pensado en relación a lo social: el sentido de los síntomas de una época se establece a partir del
modo en que una sociedad regula sus normas, sus ideales y sus placeres.
Es decir, el malestar en la cultura sufre variaciones; por lo tanto, los tratamientos de dicho
malestar también se modifican. ¿Hoy existen las histéricas de Charcot? No, hoy nos
encontramos con otras presentaciones, como anorexias, adicciones, stress, depresiones,
ataques de pánico. Aquellas histéricas que presentaban cuadros conversivos (una parálisis, por
ejemplo) hoy más bien son excepciones; en la actualidad las presentaciones histéricas se
camuflan en depresiones, cambios de humor (bipolares) o variadas adicciones.
En el texto “El malestar en la cultura” Freud dice que el malestar se debe a que la cultura le
exige al sujeto que sofoque la satisfacción pulsional, es decir, le impone la renuncia de una parte
de la satisfacción pulsional, en el sentido de lo que impone la represión como mecanismo. Pero
en el texto de 1908, “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna” Freud ya adelanta esta
tesis sobre el malestar y lo hace de una manera bastante clínica.
Este texto se publica en una revista de divulgación llamada “Sexual Problem” y aparece junto
con otro texto, las “Teorías sexuales infantiles”. La moral sexual cultural y la nerviosidad
moderna es un escrito casi sociológico, ya que se nutre de aportes de la filosofía y la sociología
de la época. Es importante tener en cuenta que el mismo Freud fue desarrollando y repensando
el psicoanálisis en función de la época. En este texto Freud habla de la nerviosidad moderna
porque es un término utilizado su época para referirse al malestar anímico, cuya causa no es
orgánica (neurológica). La causa está en la moral sexual cultural de la época, es decir, la moral
que regula la sexualidad.
Como cada época tiene una moral sexual diferente, Freud toma como síntoma de dicha moral al
matrimonio, el matrimonio monogámico. Hoy en día podríamos ubicar otros síntomas de
nuestra moral sexual: las familias ensambladas, la violencia de género, las madres o padres con
hijos concebidos a partir de donantes, las parejas virtuales, etc.
Ahora bien. ¿El psicoanálisis contribuyó en este cambio de la moral sexual? ¿La supuesta
libertad de nuestra época (sin tanta represión) ha promovido felicidad? Pareciera que no. En la
época freudiana los ideales parecían más consistentes. Hoy los ideales resultan más lábiles, más
inconsistentes, más líquidos como dice Bauman y por ello los vínculos no perduran tanto (el
matrimonio para toda la vida ya es casi una utopía).
En la primera parte del texto Freud presenta a la moral sexual cultural como causa de la
nerviosidad moderna. Esta moral que establece la cultura de la época sobre la sexualidad genera
síntomas. En la segunda, en cambio, analizar la función del matrimonio en la cultura, en el
sentido de comprobar si sirve para regular las relaciones entre los sexos. Freud se plantea que la
sexualidad que sólo puede vivirse en el matrimonio monogámico va en contra de lo que él
escucha en sus pacientes, que es imposible la abstinencia sexual únicamente mantenida en el
matrimonio, como si fuera una moral impuesta. Lo que él observa es lo que se conoce como una
“doble moral”, las relaciones paralelas, la frigidez femenina como síntoma. La tesis que va a
plantear es que la nerviosidad es efecto del influjo nocivo de la cultura en tanto la cultura
impone una sofocación de la vida sexual. Para Freud no hay una sexualidad normal, porque cada
uno vive su sexualidad de un modo particular. De allí que los síntomas aparezcan como efecto
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de la imposición normativa de la sexualidad una normativa, en el sentido del arreglo que hace
un sujeto frente a esa moral sexual cultural.
Freud dice en relación a la regulación de la vida sexual, que la sociedad ha pasado por tres
estadios (lo piensa en términos evolutivos): en el primer estadio las pulsiones sexuales
desconocen la meta de la reproducción, es el momento de la horda primitiva; en el segundo
momento, la pulsión sexual está al servicio exclusivo de la reproducción; en el tercer momento,
sólo se admite como meta sexual la reproducción legítima de acuerdo a la moral sexual cultural.
Lo que encuentra Freud entonces son distintas soluciones frente a esta moral sexual cultural.
Esto tiene que ver con su teoría de las pulsiones: sus destinos (sublimación, perversiones), su
condición de ser parcial, su localización en una parte del cuerpo (zonas erógenas).
Para Freud entonces el malestar en la cultura o la nerviosidad del hombre moderno es algo
constitucional, en el sentido de lo pulsional. Por ello la neurosis es la normalidad. No hay forma
de vivir la sexualidad que no sea de un modo sintomático.
El otro texto es un capítulo IV del libro de Giles Lipovesky, La era del vacío. Ensayos sobre el
individualismo contemporáneo (1983), un best seller de los años 80, que presenta un diagnóstico
de la posmodernidad, tomando como referencia central las contribuciones de estadounidense
Daniel Bell en su libro Las contradicciones culturales del capitalismo (1981). Para el autor el
malestar posmoderno se enlaza directamente con el capitalismo, con la cultura atravesada por
el capitalismo. Por ello uno de los síntomas paradigmáticos de la hipermodernidad es el
“consumismo”: el individuo se ha vuelto un sujeto que arma su economía (libidinal) a partir de
lo que consume.
Pero también la posmodernidad se hace eco de un nuevo ideal, heredero del “modernismo”: lo
inédito, lo nuevo, lo que rompe con la tradición. Este movimiento hacia la búsqueda constante
por la novedad, implica también una temporalidad particular: la de un presente continuo que
intenta desembarazarse del pasado y sus costumbres.
Y el empuje a lo nuevo junto con el “consumo de masas” necesita de un individuo desmarcado
de la comunidad. La posmodernidad se sostiene a partir de una promoción sin límites del yo, de
un sujeto anclado en la individualidad. Dice Lipovesky: “”es la revolución individualista por la
que, por primera vez en la historia, el ser individual, igual a cualquier otro, es percibido y se
percibe como fin último”. Si bien es cierto que el capitalismo promueve la homogeneidad del
consumo de masas (la moda), cada individuo busca su diferencia, su ser “único”, su singularidad.
De este modo, se puede decir que el malestar actual se define a partir del:
• El consumo
• La novedad
• El individualismo (yo)
Pero hay otro componente más que agrega Lipovesky:
• El hedonismo: el hombre que busca su placer a cualquier precio.
Para el autor el hedonismo se ha convertido en el valor central de la cultura posmoderna y en
este sentido “el posmodernismo aparece como la democratización del hedonismo”. Sin
embargo, todas estas características de la cultura posmoderna están íntimamente relacionadas,
no es una sin la otra. El hombre posmoderno es al mismo tiempo un sujeto consumista,
individualista y hedonista. Estas características se presentan entonces como los ideales de la
época regida por la cultura capitalista que, en su afán de producir en escala, impulsa la exigencia
(superyoica) de “ser feliz”, de “rendir más”, etc. al precio que sea. Por ello Lipovesky puede
afirmar, desde un costado sociológico, pero conociendo los aportes del psicoanálisis y el avance
de la psiquiatría, que estos valores de la posmodernidad están en la base de la “explosión de los
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síndromes psicopatológicos como el estrés, la depresión, el neo-narcisismo, las prótesis psi y
deportivas, la ruptura con la culpabilidad, etc.
Reseña realizada por León Ortiz
Revisada y corregida por Fátima Alemán
Reseña de la 2° clase teórica del Seminario – Prof. Fátima Alemán
Fecha: 30/03/2017
Módulo I: “El malestar en la cultura siglo XXI: ¿Síntomas o trastornos?
Tema: El sistema clasificatorio del DSM: trastorno, terapia farmacológica.
Bibliografía:
• Laurent, Eric (2014) La crisis pos-DSM y el psicoanálisis. En www.latigolacaniano.com
• Miller, J.-A. (2012) Una fantasía. Punto cenit. Política, religión y el psicoanálisis. Buenos Aires:
Diva.
• Andreasen, Nancy (2014) El DSM y la muerte de la fenomenología. En revista digital Analytica
del Sur n°1. www.analyticadelsur.com.ar
• Del Barrio, Victoria (2009) Raíces y evolución del DSM. Revista de Historia de la Psicología n°23, Universidad de Valencia, España. En www.dialnet.unirioja.es
En el texto de J.-A. Miller “Una fantasía”, bibliografía complementaria del 1° modulo,
encontramos un planteo interesante sobre la hipermodernidad y su malestar en la cultura. Para
Miller los sujetos contemporáneos o hipermodernos son sujetos des-inhibidos pero también
desorientados, debido al hecho que la moral civilizada (diagnosticada por Freud en “La moral
sexual cultural y la nerviosidad moderna” y luego en “El malestar en la cultura”) se ha quebrado,
se ha disuelto.
La pregunta de Miller es si el psicoanálisis ha tenido que ver con ese quiebre o no. Y su
respuesta, su hipótesis, es que sí, el psicoanálisis tiene que ver con la disolución de la moral
sexual civilizada, en la medida en que ha intervenido sobre la neurosis y su mecanismo. Se
puede decir que el malestar freudiano funcionaba a partir de ideales estables y consistentes,
impuestos por la cultura. Allí la represión funcionaba con cierto éxito. Podemos anotarlo de la
siguiente manera:
IDEAL
-------------- = $ (sujeto dividido)
OBJETO
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El objeto que ubicamos debajo del ideal es el objeto pulsional o el objeto del deseo. Cuando
decimos con Freud que la cultura impone al individuo la resignación de cierto monto de la
satisfacción pulsional, aludimos al objeto pulsional. Ese objeto, como saben, para Freud no es un
objeto adecuado y único; el objeto de la pulsión es variable y justamente no responde a la
previsibilidad del instinto. Freud concluye en “Pulsiones y sus destinos” que no hay un objeto
adecuado para la satisfacción pulsional porque el objeto en la sexualidad humana es siempre un
“objeto perdido”.
Por lo tanto, el discurso de la hipermodernidad se plantea como una variación del discurso
moderno: el ideal ya no funciona como regulador de la satisfacción pulsional. Ahora el objeto
pulsional domina al ideal, hay una inversión.
OBJETO
------------- = $
IDEAL
Hoy los objetos de consumo (las mercancías) se ofrecen como objetos de satisfacción en la
medida que otorgan una marca subjetiva y también un monto de placer. Por ejemplo, en la
actualidad la comida (el alimento) ha dejado de ser solamente un objeto de la necesidad y se ha
transformado en un objeto del mercado gastronómico, es decir, forma parte de la moda.
Cuando uno come también consume: un objeto de deseo, un objeto ligado a una satisfacción
pulsional. Lacan decía que se come más el menú que el alimento en sí. Los cocineros hoy en día
son celebrities, tienen programas de tv, documentales, salen en las revistas, y además marcan
un “estilo de vida”: comer sano. La época actual promueve todo esto, las modas que forman
parte del consumo y del hedonismo contemporáneo. Hoy soy vegano, mañana soy budista,
pasado hago control mental … Es lo que veíamos la vez pasada con el texto de Lipovesky en
relación a la valoración de la novedad, como uno de los principios de la hipermodernidad.
Pero justamente, en lo que hace al malestar psíquico, el mercado y el avance de la ciencia han
promovido una novedad: su clasificación. Hoy el malestar en la cultura es clasificado, es
evaluado. ¿Por qué el malestar tiene que ser clasificado? ¿Por qué es necesario nombrar al
malestar, clasificarlo? Porque eso organiza un nuevo orden: la medicalización de la vida
cotidiana. La industria de los psicofármacos necesita de un sistema clasificatorio para tener
legitimidad. Si un manual clasificatorio como el DSM, de uso mundial, resulta creíble y eficaz a la
hora de diagnosticar el malestar, la medicación puede ser el recurso terapéutico más adecuado.
¿Pero qué ha ocurrido con las clasificaciones de la psiquiatría tradicional? ¿Por qué ha caído en
desuso la clasificación clásica en psiquiatría, es decir, la clasificación fenomenológica de
Kraepelin? ¿Por qué la clasificación surgida en el marco del psicoanálisis ya no cuenta tanto a la
hora de hacer un diagnóstico? ¿Por qué el síntoma ha sido reemplazado por el término
“trastorno”?
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Miller plantea algo interesante: “Resulta de ello la pulverización del síntoma, de lo que
testimonian las ediciones sucesivas del DSM, luego de la primera que era psicodinámica. Es decir,
hacía que se sostuviera el síntoma. Era la intencionalidad inconsciente que hacía sostener el
síntoma. El síntoma de ahora en más está reducido al trastorno”. Según su lectura, el cambio en
las clasificaciones plantea una clara política de nuestra hipermodernidad globalizada, la de
borrar el aporte del psicoanálisis en lo que hace al diagnóstico clínico y poner en su lugar la
categoría de trastorno o disorder para aludir a un real que fracasa y requiere de un arreglo. Lo
real del organismo es tratado por la ciencia (la bioquímica) y el sentido del síntoma queda
reducido únicamente a un desarreglo bioquímico en el cuerpo que puede ser corregido.
Por eso viene bien tomar el texto de Eric Laurent sobre la actualidad del DSM y lo que podría
llamarse su “crisis”, enunciada de esta forma por los propios psiquiatras que han participado de
las versiones anteriores al DSM V. Hay un texto de la psiquiatra norteamericana Nancy
Andreasen que plantea justamente esta situación, “El DSM y la muerte de la fenomenología en
EEUU”. La autora dice que hoy en día los psiquiatras solo toman el DSM y sus protocolos para
hacer un diagnóstico, lo cual deja en el olvido el uso del “historial clínico” (instrumento central
de evaluación en psiquiatría) y “desalienta a los médicos jóvenes en cuanto al conocimiento
individual de la persona del paciente debido a su áspero enfoque empirista”. Por otro lado, esta
psiquiatra advierte que “la validez del diagnóstico hace sido sacrificada en pos de la
confiabilidad” inter-jueces, o sea, la confiabilidad obtenida por consenso. Por eso, el DSM se
presenta como un manual “a-teórico” en cuanto a la etiología de los trastornos mentales, pues
allí no está puesto el acento del sistema clasificatorio.
¿Cuál es la historia del DSM?
La primera versión del DSM aparece en el año 1952. Al día de hoy ya existen 5 versiones. Surge
en los EEUU, en la misma época y lugar que las psicoterapias breves. Cuando aparece el DSM ya
existía el CIE, el manual clasificatorio de las enfermedades de la OMS, desarrollado en Europa,
que para los años 50 comienza a contemplar las enfermedades mentales. Hay varios
antecedentes para entender cómo surge el DSM. Uno de ellos es el censo del año 1940 donde se
recolectan datos estadísticos en relación a los trastornos mentales. Por otra parte, el ejército de
los EEUU, después de la segunda guerra mundial, trabaja en relación a esta temática
confeccionando una nomenclatura más amplia de las enfermedades mentales a partir de la
guerra. También hay otro dato importante que es el trabajo conjunto de la APA (Asociación
Americana de Psiquiatría) y la Academia de Medicina de Nueva York en relación a las
clasificaciones mentales. La cronología es la siguiente:
• 1952: DSM I
• 1968: DSM II
• 1980: DSM III
• 1994: DSM IV
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• 2013: DSM V
Nos preguntamos: ¿por qué es importante clasificar en la época del capitalismo? Uno podría
decir que la aparición de los psicofármacos en la década del ‘50 tuvo su peso en la propuesta
clasificatoria del DSM. A partir de nombrar al malestar con una categoría diagnóstica, su
medicalización tiene una razón de ser. En general, cualquier sistema clasificatorio da un nombre,
otorga una identidad. Y esta nominación tiene un efecto subjetivo: hoy en día los pacientes
llegan a la consulta de un terapeuta con un nombre de la clasificación del DSM. ¿Cuál es la razón
de esa identificación? Aliviar el malestar, mitigar la angustia que provoca la incertidumbre de no
saber qué sucede con uno. Al contrario, cuando el malestar no tiene una etiqueta, el efecto es la
desorientación. Por otra parte, con respecto a la lógica de las obras sociales, la clasificación
funciona como un lenguaje universal. Si hoy en día las identificaciones son débiles e inestables,
las clasificaciones y sus nombres vienen a cubrir ese vacío. En 1980, se da una disputa entre
psiquiatras, psicoanalistas y psicólogos. Las primeras versiones del DSM contaban con los
aportes de la IPA (Psicología del Yo) que participaron en su confección. Luego, con el correr de
los años, la influencia del psicoanálisis empieza a perderse gracias al avance de las
neurociencias.
La versión I del DSM se construyó desde la visión psicobiológica de Adolf Meyer (psiquiatra
organicista) y desde los aportes del psicoanálisis con Menniger, para presentar a la enfermedad
mental como una “reacción” de la personalidad a factores psicológicos, sociales y biológicos.
Fue entonces un enfoque multidimensional (a-teórico) fundado en el consenso de expertos. Sin
embargo, recibió una fuerte crítica desde la Psicología, por la ausencia de criterios y uso de
etiquetas diagnósticas sin identidad conceptual.
La versión II tuvo una marcada influencia de los psicoanalistas y de los neo-kraepelinianos. Se
agregaron nuevas categorías y hubo grandes discusiones sobre la esquizofrenia.
La versión III fue la famosa versión de Robert Spitzer, donde esta vez hubo una gran
participación de psicólogos. Los objetivos principales fueron: expandir el uso del manual a la
mayor cantidad de profesionales de la salud; se incluyeron distintos niveles de severidad de los
trastornos mentales; los criterios diagnósticos se fundaron en bases más empíricas. Tuvo en
total 265 categorías. Los psicoanalistas hicieron una fuerte crítica, sobre todo porque se anuló la
categoría de neurosis y se la reemplazó por la de “trastorno de ansiedad”.
La versión IV fue la versión de Allen Francés, más la colaboración de grupos internacionales. Se
puso en marcha la brevedad de los criterios diagnósticos y se dio mayor claridad al lenguaje
utilizado. Se incorporaron los trastornos de alimentación, los trastornos cognitivos, la demencia,
el síndrome de Asperger, el trastorno de hiperactividad. Total: 404 categorías diagnósticas.
Volviendo al planteo que hace Eric Laurent, lo llamativo fue el debate que apareció luego de la
publicación de la última versión de la DSM V, sobre todo en el marco de las universidades
norteamericanas. Laurent comenta dos críticas fundamentales, de antiguos responsables de las
ediciones anteriores: la de Nancy Andreasen (DSM III) y la de Allen Francis (IV). La primera ya la
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comentamos en relación a la eliminación de otros abordajes en psicopatología y a la falta de
criterios fenomenológicos. En el caso de Francis, su crítica apunta al monopolio que ha instalado
el DSM V en el campo de la psicopatología. Para él, el proyecto del DSM era un gran proyecto
que salvó a la psiquiatría de los años 80 de las “confusiones y ambigüedades en el seno del
modelo psicoanalítico”, que proponían según él clasificaciones inestables (bajo el lema
freudiano “la normalidad no existe”). Sin embargo, la última versión generó una “burbuja de la
inflación del diagnóstico”, es decir, un sobre-diagnóstico y una sobre-medicalización. Dice que el
lobby de los laboratorios farmacéuticos ganó una gran victoria sobre el sentido común: “los
EEUU se volvieron el único país en el mundo que autorizó la publicidad directa de sus productos a
los consumidores”. Es el gran éxito de lo que se conoce como el Big Pharma, el éxito del
“desequilibrio químico”. Como el diagnóstico otorga derechos, los consumidores de los
psicofármacos pueden exigir a las obras sociales su prescripción. Además, Francés señala que
durante los últimos años han estallado varias epidemias de trastornos mentales: niños y adultos
bipolares, autistas, niños hiperactivos con déficit de atención, depresivos, etc. Francis ataca
directamente al mercado de los psicofármacos: ellos son los responsables directos de esta
imposición del sobre-diagnóstico.
Luego encontramos dos críticas sobre el DSM provenientes de la epistemología. Una es la de
Steeve Demazeux, quien plantea que el proyecto del DSM (a partir de la edición a cargo de
Spitzer) es un proyecto filosóficamente anclado en la corriente lógico-positivista de la filosofía
americana de posguerra. Se trataba de definir para los clínicos una lengua artificial que fuera
precisa y sin ambigüedades, pues el objetivo era implantar la “univocidad de la lengua clínica”,
basada fundamentalmente en el refinamiento estadístico de la Psicología. Por eso, la forma
lógica empleada por el DSM es el modelo “botánico” de géneros, especies y subespecies,
utilizado primero por Lineo y luego por Darwin. Sin embargo, esa lengua artificial carga con una
validez cuestionada porque no “reenvía a ninguna referencia”. La otra crítica es la del
epistemólogo canadiense Ian Hacking, con un planteo quizás más radical: el proyecto DSM “está
basado en un error epistemológico más profundo”. Si bien concibe al DSM bajo el modelo
botánico aplicado al campo de la locura (Foucault), la naturaleza reflejada no está debidamente
representada, pero no sólo en la última versión del DSM sino desde el inicio del proyecto
mismo. El autor plantea que el supuesto a-teorismo aseguró inmediatamente el poder de los
técnicos estadísticos en biología por sobre los especialistas clínicos, poniendo en juego los
protocolos con aspiraciones universalizantes y limitantes en la práctica de la Medicina basada en
la evidencia. Pero también el modelo DSM puede ser el de la aeronáutica, en el cual el piloto es
concebido como auxiliar de la computadora. Los psiquiatras son hoy los auxiliares del manual
DSM y sus protocolos, mostrando la ruptura absoluta entre la investigación y la clínica.
Por otro lado, Laurent comenta los proyectos de investigación derivados del modelo DSM para
la clasificar la locura, que se ofrecen como un producto de consumo masivo a través de internet.
Uno de estos proyectos es 23andMe, creado por una genetista casada con uno de los
fundadores de Google: “Por la módica suma de USD 99 la empresa ofrece un kit de toma de
muestra de saliva fácil de hacer llegar al laboratorio de desciframiento de ADN”. El anuncio
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publicitario es el escalofriante: “Aprenda a conocerse. Su salud y su genealogía comienza por
ahí. Infórmese entre más de 240 posibles enfermedades. Descubra su linaje, encuentre sus
parientes y reciba los avances sobre su ADN a medida que la ciencia avanza”. Hay otros
ejemplos, como Calico (un proyecto para retardar la muerte) y otros que ya se ofrecen a través
de los sistemas operativos de los celulares como Android o Apple para conocer el estado de
salud, saber cuántas calorías se queman en el día laboral, medir los signos vitales online, etc.
Finalmente, Laurent predice los efectos de la evaluación clínica del DSM en relación a las
políticas públicas. Para él, se trata, por un lado, de un abandono anónimo de los pacientes ante
el mercado de los psicofármacos y, por otro, de la vigilancia continua de la población a través de
la estadística y sus protocolos. Queda como desafío, según él, la respuesta que puedan dar los
psicoanalistas. Se trata de no dejar en el olvido la respuesta particular de cada sujeto ante su
malestar, el modo en que cada uno vive la clasificación y se relaciona con la “normalidad”,
teniendo presente la vía abierta por Freud en su definición del síntoma como un recurso
funcional más allá del conflicto que representa.
Reseña realizada por Fátima Alemán a partir de las notas de María del Pilar Urcola
Reseña de la 3° clase teórica del Seminario – Prof. Fátima Alemán
Fecha: 27/04/2017
Módulo I: “El malestar en la cultura siglo XXI: ¿Síntomas o trastornos?
Tema: Transferencia e interpretación: pilares del psicoanálisis freudiano.
Bibliografía:
• Freud, S. (1987) Conferencias de introducción al psicoanálisis. 27° Conferencia. La
transferencia. Obras Completas. Tomo XVI. Buenos Aires: Amorrortu. (Trabajo original de
• Miller, J.-A. (1986) Conferencias caraqueñas. Recorrido de Lacan. “La transferencia de Freud a
Lacan”. Buenos Aires: Manantial.
La Conferencia 27 es un texto escrito por Freud entre 1916 y 1917, es decir, un poco después de
los Escritos técnicos (1911-1915). Él mismo forma parte de las Conferencias de Introducción al
psicoanálisis, pensadas para un público amplio, las cuales fueron dictadas por Freud en la
Universidad de Viena durante la primera guerra mundial. Esta conferencia que vamos a trabajar
presenta la técnica analítica y fundamentalmente a su pilar fundamental: la transferencia.
La transferencia es el modus operandi del psicoanálisis, es el resorte mismo de la cura, su motor
terapéutico y el principio mismo de su poder. Pero no sólo indagaremos este concepto en el
método de Freud, sino que pensaremos cómo es abordada, o no, en otros métodos terapéuticos
surgidos luego del psicoanálisis.
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La transferencia es un término que aparece por primera vez en Estudios sobre la histeria (1985),
en el apartado IV “Sobre la psicoterapia de la histeria”. Allí Freud la nombra cuando menciona el
obstáculo que perturba la relación médico-paciente en términos amorosos, es decir, como
resistencia. La transferencia (Übertragung) es para Freud una “transferencia de
representaciones” inconscientes al servicio del deseo inconsciente. El mecanismo que permite
esta transferencia de representaciones es lo que Freud llama “enlace falso”: dos
representaciones se conectan a partir de la lógica inconsciente (al igual que sucede en el sueño)
para despertar el mismo afecto. Por lo tanto, desde el comienzo Freud piensa a la transferencia
como una formación inconsciente.
Luego aparece mencionada en La interpretación de los sueños (1900), más tarde en los distintos
casos clínicos (Dora, el Hombre de las ratas, el Hombre de los Lobos, la joven homosexual), en
los Escritos Técnicos, y sobre el final, en Análisis terminable e interminable (1937). Es decir, la
transferencia es un concepto que recorre toda la obra freudiana, mostrando diferentes sesgos y
problemas.
Podemos decir, como una primera aproximación, que la transferencia es la forma con que Freud
conceptualiza la relación analítica, relación entre el analista y el analizante. Pero antes de
pensar qué entiende Freud por transferencia y por qué es un concepto importante para él, la
cuestión es cómo se encuentra Freud con ella. Es un hecho relatado por Freud mismo: él se
encuentra con la transferencia, ésta lo sorprende, como ocurre con Ana O. y Fliess, o con Dora.
Esto lo plantea Miller en el texto de la bibliografía: “La transferencia no estaba prevista en la
teoría de Freud (…) interviene primero bajo el modo de la sorpresa (…) bajo un modo parasitario
que perturba la continuación del trabajo”.
Por eso la transferencia forma parte del método analítico, porque Freud confirma que ese
método depende en su funcionamiento de lo que ocurra con la transferencia. Si Freud
abandona la hipnosis es porque la transferencia aparece como un obstáculo: mientras el
paciente acepta la hipnosis (sugestión) el método funciona; cuando aparece la resistencia a ser
hipnotizado, el método fracasa. La relación médico-paciente forma parte de la terapéutica. Este
es un punto de ruptura con lo médico, Freud se da cuenta de que lo que cura, lo terapéutico, es
la relación misma.
Así, la transferencia se deriva de un concepto ya utilizando por Freud en sus métodos preanalíticos: la sugestión. ¿Cómo la define? Del lado del médico, la capacidad de influir mediante
la palabra sobre el paciente; del lado del paciente, la capacidad de ser influenciado. Por lo tanto,
la sugestión puede ser pensada como el antecedente de la transferencia. Freud nota que la
resistencia es lo que le marca el camino para ver que no puede quedarse solamente con la
sugestión. Entonces, conceptualizar la transferencia es un modo de controlar la sugestión.
En la Conferencia 27 Freud dirá: ustedes querrán saber cuál es la técnica del psicoanálisis para
entender cuáles son sus fines. Y aquí aparece la cuestión de la técnica analítica como un
problema, porque tiene sus particularidades y es necesario conceptualizar. Freud ya en los
11
“Escritos técnicos” dirá que esta técnica es la que él mismo encontró, probando y
perfeccionando, con el objetivo de arribar al inconsciente. Pero aclara que es una técnica que
surge de su experiencia, es particular, con lo cual deja abierta la posibilidad de su generalización
y de posibles modificaciones. Sin embargo, aclara que se trata de una técnica que requiere para
su aplicación de algo más.
¿Qué es una técnica? Según el Diccionario “es un conjunto de procedimientos o recursos que se
usan en el arte, en la ciencia o en una actividad determinada, en especial cuando se adquieren
por medio de su práctica y requieren habilidad”. Ejemplos: técnica artesanal, cinematográfica,
etc. La técnica analítica también se adquiere por una práctica y requiere de la habilidad del
analista formado. Pero necesita de algo más, ya que lo que está el juego es la relación analítica y
la cura misma. Por eso Freud aclara en sus Escritos técnicos que su técnica requiere de una
ética. No puede pensarse en psicoanálisis una técnica si no va unida a una ética, es decir, hacia
dónde vamos con un caso, cuál es la orientación que tenemos. Por eso la “regla de abstinencia”
como regla para hacer frente a la transferencia amorosa (como resistencia) es una regla ética.
Aquí también está lo novedoso del método analítico: el analista debe pasar por el
procedimiento, tiene que contar con la experiencia de haber sido analizante para poder operar
como analista. Esta es una gran diferencia entre el psicoanálisis y la medicina: el médico no
necesita enfermarse para saber cuáles son las enfermedades. Por eso la técnica del psicoanálisis
se deriva de una formación teórica pero también de una experiencia del orden de lo particular.
Volviendo a la conferencia sobre la transferencia, Freud plantea que para saber cuáles son los
caminos por los que opera la terapia analítica y qué resultados produce, hemos de plantearnos
la pregunta “¿dónde hay espacio para una intervención terapéutica?”. Dirá que, teniendo en
cuenta las condiciones de contracción de la neurosis y los factores que se hacen valer en el
enfermo, en cuanto a disposición hereditaria no tenemos nada nuevo que decir al respecto. No
puede explicarse el efecto terapéutico del psicoanálisis por el supuesto permiso que este daría
para gozar sexualmente de la vida. Como tampoco a partir de consejos y guías actuando como
mentores/educadores del enfermo. El efecto terapéutico se vale de la traducción de lo
inconsciente a lo consciente: “al hacer que lo inconsciente prosiga hasta lo consciente,
cancelamos las represiones, eliminamos las condiciones para la formación de síntoma y
mudamos el conflicto patógeno en uno normal que ha de hallar su solución”. El Objetivo
terapéutico es entonces lograr una transformación psíquica. Así lo dice Freud en este escrito.
No es lo mismo producir una transformación psíquica que curar lo psíquico.
Luego se pregunta si la terapia analítica es causal o sintomática. Dice Freud: “En la medida en
que no se propone como tarea inmediata la eliminación de los síntomas, la terapia analítica se
comporta como causal”. Aunque plantea un reparo: en tanto la causa última de los síntomas
sería lo constitucional (pulsional/orgánico), tal vez podamos pensar que en un futuro los medios
químicos puedan ayudarnos a revertirla. Interesante para pensarlo hoy en el contrapunto a las
terapias farmacológicas. Los psicofármacos intentan ir a la causa de los síntomas, pero
suponiendo que la causa está en el cerebro.
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Resumamos:
1) Transferencia como conexión lógica de representaciones, cuyo motor es el deseo
inconsciente.
2) Mecanismo: desplazamiento.
3) La transferencia no es un fenómeno exclusivo del psicoanálisis, se da en la vida cotidiana. Lo
que ocurre en el psicoanálisis, en particular, es que éste la revela y trabaja con ella.
En la Interpretación de los sueños (1900) aparece el término transferencia. Dice Freud que el
sueño se apodera de los restos diurnos para dotarlos de un valor (significación) distinto. Formas
vaciadas de su sentido a las que el deseo inviste con uno nuevo. Allí Freud dirá “transferencia de
sentido, de desplazamiento”. Esto es muy importante, aunque luego el término transferencia
tome un significado más específico en Freud. Se trata aquí de los disfraces del deseo que,
permaneciendo inconscientes, se expresan apoderándose de las representaciones más
anodinas, desplazándose de lo reprimido hacia una representación cuya banalidad la torna
aceptable a la conciencia. Estas formas son representaciones a las cuales el deseo proporciona
un significado diferente. En este sentido, la primera transferencia freudiana es el proceso
general de las formaciones del inconsciente. El principio general de estas es que el deseo se
enmascara y se aferra a significantes vaciados de significación. Es la acepción más bien general
de la transferencia: la representación reprimida se liga, transfiere su carga a una nueva
representación inofensiva a la conciencia.
R₁
R₂
Deseo inconsciente.
La transferencia en sentido psicoanalítico (a partir de Dora) se produce cuando el deseo se
aferra a un elemento muy particular que es la persona del analista, donde esta persona es más
bien la representación del analista. Esta concepción implica que no hay exterioridad del analista
con respecto al inconsciente. No se trata de dos inconscientes, como a veces se escucha. Para
Freud el analista es una representación al servicio del deseo inconsciente del analizante. Por ello
el analista, como representación, forma parte de la economía psíquica del analizante. Aquí está
lo que Freud presenta en sus Escritos técnicos como “neurosis de transferencia”: los síntomas
adquieren un significado transferencial. Es la creación de una nueva patología. Patología propia
de la experiencia analítica, inevitable, en tanto el deseo inconsciente es movilizado por la cura.
Otra cuestión que podemos tomar con respecto a la transferencia es su carácter bifaz, es decir,
lo que Freud define como transferencia positiva y negativa. Por un lado, la cara positiva
testimonia el acceso al inconsciente como “motor de la cura”. Por otro, su cara negativa da
cuenta del cierre del inconsciente en tanto “obstáculo para la cura”. En Sobre dinámica de la
transferencia (1912) Freud dirá que si las asociaciones del paciente se detienen en el sentido
“recordar” es porque se presenta en su lugar el interés por la persona del analista en tanto
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“resistencia”. La transferencia se pone en evidencia entonces a través de tres fenómenos: como
recuerdo, como resistencia y como repetición.
Freud evoca la transferencia como repetición en el texto “Sobre la dinámica de la
transferencia” (1912) en términos de un clisé que se repite, se reimprime, es decir, en el
momento en que la carga libidinal introduce al médico en una de las series psíquicas que el
paciente ha formado en el curso de su existencia: sus imagos paterna o materna (en términos de
Jung). Pero lo interesante es que Freud retoma lo que ya había expuesto unos años antes: la
transferencia de representaciones-expectativas libidinales. Lo que agrega ahora (a diferencia de
la Interpretación de los sueños) es el valor de la fantasía en tanto “expectativa libidinal”. Es
decir, la transferencia es de representaciones-fantasías ligadas a la libido pulsional. Luego dirá
sobre el valor positivo y negativo de esas representaciones-expectativas libidinales, como amor
o como odio, volcadas en la persona del analista. Pero no perdamos de vista que esas mociones
pulsionales (afectos o emociones) está sostenidas en una representación con valor de fantasía.
En el texto Recordar, repetir y reelaborar (1914) la transferencia es tomada como un fragmento
de repetición inconsciente, presa del automatismo de repetición. En el fondo el analista ejerce
una presión sobre el inconsciente, por la oferta misma de su escucha, de la regla de la
asociación libre que implica que lo que se diga “sin censura alguna” tendrá una significación
ligada a lo reprimido inconsciente. Este empuje de la regla de la AL por parte del analista es
necesariamente correlativo de una resistencia del inconsciente.
¿Cómo se remueve la resistencia? ¿Cómo trabajar con esta cara de la transferencia que evoca el
cierre del inconsciente? Estos son los problemas que se le plantea Freud en relación a la técnica
analítica y al manejo de la transferencia. ¿Se trata de forzar la resistencia? ¿Cómo lograr que el
analizante abandone esta posición resistencial para retomar la vía de la rememoración? La
lectura de este “forzamiento” conllevará más tarde divergencias dentro del psicoanálisis, por
ejemplo, el debate Freud/Ferenczi sobre la “técnica activa” y el revival de la sugestión.
Hay que decir, sin embargo, que Freud nunca abandona la vertiente sugestiva de la
transferencia, en lo que llama el “factor sugestivo”. La transferencia tiene un factor sugestivo
ineludible para la rememoración inconsciente, que debe ser controlado. En la Conferencia 27
Freud hace mención justamente del “interés particular hacia la persona del médico” presente en
la transferencia, tanto positiva como negativa. Recuerda que con el amor se cura, pero también
se produce la resistencia. La transferencia es un “fenómeno que está en íntima relación con la
naturaleza de la enfermedad”, por ello los sentimientos entran en juego. El amor, el deseo y la
pulsión son los resortes por donde se juega la transferencia: “satisfacciones libidinales
sustitutivas”. Por eso, al final del texto, Freud retoma la concepción de la transferencia como
“investidura libidinal de objeto” y allí recuerda las enseñanzas de Berheim sobre la sugestión. Y
dice una frase muy curiosa: “la sugestionabilidad no es más la inclinación a la transferencia”. Es
decir, una de las presentaciones fenoménicas de la transferencia (Miller) es la sugestión, en
tanto permite el acatamiento a la regla fundamental y la rememoración inconsciente. Pero
también lleva a su cara negativa: la repetición y la resistencia. Esto es justamente lo que
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Berheim no pudo conceptualizar, no pudo explicar cómo se producía. ¿Qué argumenta Freud?
Que la transferencia como sugestionabilidad proviene de la sexualidad, de la libido pulsional.
Allí está su causa. Y esto es clave para el manejo de la transferencia, en el sentido que el analista
debe maniobrar con este componente libidinal inconsciente, calculando cada vez en qué hacer
con el objeto libidinal desplazado sobre su persona gracias a la transferencia.
Para finalizar, conviene recordar a partir de la historia del psicoanálisis, la evolución de la técnica
analítica y los cambios en la conceptualización de la transferencia. Por ejemplo, en el capítulo 3
de Más allá del principio del placer (1920) Freud da cuenta del cambio de las metas de la técnica
analítica. En un primer momento el psicoanálisis era esencialmente un “arte de interpretar” en
el sentido de colegir, reconstruir y comunicar en el momento oportuno lo inconsciente oculto
para el analizante. Es la Edad de Oro del psicoanálisis. Se puede ver en los casos más conocidos
presentados por Freud: el síntoma se ofrece a la interpretación como desciframiento del
inconsciente. Pero esto no duró demasiado porque aparecieron problemas, sobre todo en
relación a la transferencia como resistencia y a los límites de la interpretación. Ya no es fácil
acceder al recuerdo (devenir consciente lo inconsciente) y en su lugar aparece la “repetición”,
como repetición de lo reprimido.
Y acá aparece un cambio en la conceptualización de la repetición. Al comienzo repetir era
actualizar algo del pasado (reproducción). Luego la repetición tiene la marca de la pulsión, la
“compulsión de repetición”, la resistencia más importante que aparece en la cura. Y la
transferencia como repetición de la pulsión ya no puede ser desmontada sino es con otra
operación distinta a la interpretación: la “construcción” en el lugar de lo que no puede ser
recordado (represión primaria, ombligo del sueño). Seguiremos con esto la próxima clase.
Reseña realizada por Fátima Alemán a partir de las notas de Clara Cipriano
Seminario Prof. Adjunta –FátimaAlemán.
Clase 4, Módulo I: “El malestar en la cultura siglo XXI: ¿Síntomas o trastornos?
Tema: Interpretación constructivismo freudiano: la verdad del caso.
Bibliografía:
• Freud, S. (1988) De la historia de una neurosis infantil. Obras Completas. Tomo XVII. Buenos
Aires: Amorrortu. (Trabajo original de 1918).
• Freud, S. (1988) Pegan a un niño. Contribución al conocimiento de la génesis de las
perversiones sexuales. Obras Completas, tomo XVII(Trabajo original de 1919)
• Alemán, F. (2003) La mirada fascinada en la obsesión. Un estudio comparado de dos casos
freudianos: el Hombre de las ratas y el Hombre de los lobos. Conceptual, Estudios de
psicoanálisis 4. La Plata: APLP.
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Sabemos que la técnica que desarrolló Freud tuvo varios momentos. Y avanzada su obra,
encontramos un cambio teórico en relación a la técnica. Un cambio teórico respecto a la idea
del método analítico como un métodore-memorativo. Esta idea -bien freudiana-de ir al
recuerdo de la causa de los síntomas conduce a un punto de detención en el proceso de la cura.
Freud tropieza en su clínica con un punto en el que no se puede recordar. A lo que añadirá que
si allí no se puede recordar es precisamente porque allí no hay recuerdo.
Freud parte en primera instancia de pensar a la causa de la neurosis como un recuerdo olvidado
cuyos retoños emergían como síntomas. De esta manera, a dicho recuerdo instituido por una
represión secundaria se accedería vía la interpretación. Esta sería la idea fuerte de Freud toda
una primera parte de su obra. Sin embargo, Freud vuelve a toparse con aquello que ya había
dilucidado en La interpretación de los sueños (1900) y que denominó el “ombligo del sueño”.
Entonces allí, en ese lugar de la causa, donde antes habitaba un recuerdo, ahora Freud
encontrará una fantasía. Esta fantasía -anticipamos-tendrá que ver con una construcción. Con
una causa vacía que será la represión primordial. ¿A que nos referimos con “vacía”? Vacía en
tanto allí no hay nada, hay solo un agujero. Y a esta fantasía Freud le atribuirá el mismo valor
que el recuerdo.
Entonces:
Interpretación= Apunta al recuerdo
Construcción = Apunta a otro tipo de recuerdo: Fantasía
Pero, ¿por qué hablamos de construcción? Nos referimos a construcción en la medida en que no
tratamos con un existente, sino con algo que se arma y que incluso Freud llega a comparar con
un delirio.
Pregunta alumno: ¿Sería entonces una re-construcción? Es decir, ¿tratar de re-construir lo que
hubo allí?
Podríamos decir que sí, que esta fantasía ya es una re-construcción. Pero ahí podríamos hacer
una diferencia entre la construcción freudiana y la lacaniana por así decirlo. Freud comunicaba
las construcciones a sus pacientes. Aunque en otra instancia menciona que estas funcionan
como la hipótesis del analista de aquello que ordena el caso.
El texto freudiano de “Pegan a un niño. Contribución al conocimiento de la génesis de las
perversiones sexuales” (1919) es un texto que sirve para pensar el concepto de “construcción”
en relación al papel de la fantasía en la neurosis. Es un estudio sobre las variantes de la “fantasía
paliza”. Freud se encuentra con el relato de dicha fantasía que aparece sobre todo en pacientes
mujeres y que posee varias instancias. Cuando comienza a investigar, encuentra que la segunda
fase de dicha fantasía nunca es recordada y responde a una construcción en el análisis.
1° Fase: “El padre pega a un niño” / “que yo odio”. Esta fase aparece como recuerdo durante el
análisis.
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2° Fase: Es la fase masoquista: “Yo soy pegado por el padre”. En esta fase se pone en juego la
economía libidinal del sujeto e implica una inversión respecto a la primera fase. Aquí el sujeto es
pasivo. Según Freud, esta fase se entrama con el complejo de Edipo. Pero lo interesante aquí es
cómo esta segunda fase del armado de la fantasía implica una construcción del análisis. Freud
dirá: “Es la fase más importante, aunque nunca haya tenido existencia real. Se trata de una
construcción del análisis, más no por ello es menos necesaria”. Aquí claramente vemos aparecer
el concepto de construcción en relación a la fantasía.
3° Fase: “Pegan a un niño” / “probablemente yo estoy mirando”. Es similar a la primera fase,
pero ya no está presente el padre. La satisfacción es onanista y sádica. Es la fase que se trae al
análisis.
Es decir, el desarrollo freudiano que permite ubicar a la fantasía en relación al síntoma como
satisfacción pulsional, es lo que lleva al cambio en la técnica de la interpretación a la
construcción. La fantasía “permanece inconsciente y debe reconstruírsela en el análisis”.
A su vez, en el caso del “Hombre de las Ratas” (1909) Freud también empleará el concepto de
construcción. Dicha construcción refiere a la amenaza paterna sobre el onanismo del hombre de
las ratas. Y como efecto de dicha construcción Freud ve aparecer un recuerdo. En este momento
de la obra de Freud donde el caso sirve para ejemplificar el desarrollo de la neurosis obsesiva en
análisis, la construcción cobrará mucho valor porque permitirá dar cuenta que en el Edipo el
padre aparece como el agente de la castración. Freud se empeñará en ir a buscar en la historia
del paciente esta escena del padre efectivamente realizando la amenaza de castración. Esto lo
podemos encontrar en el apartado G “El complejo paterno y la solución de la idea de las ratas”,
pág.160 y 161.Freud dirá: “Apoyado en este y otros indicios, me atreví a formular una
construcción: de niño, a la edad de 6 años, él ha cometido algún desaguisado sexual entramado
con el onanismo, y recibió del padre una sensible reprimenda. Este castigo habría puesto fin al
onanismo, sí, pero por otra parte dejó como secuela una inquina inextinguible contra el padre y
fijó para todos los tiempos su papel como perturbador del goce sexual”. Esta construcción
comunicada por Freud al hombre de las ratas, provoca la rememoración: aparece el recuerdo de
una pelea con el padre. El recuerdo es el siguiente: cuando este hombre era un niño muy
pequeño debe haber emprendido algo muy enojoso, por lo cual el padre le pegó. Y entonces el
pequeño fue presa una ira terrible que desató insultos extraños hacia su padre. Como no tenía
todavía un manejo del lenguaje, hace uso de las palabras que conoce (lámpara, pañuelo, plato)
bajo un tono claramente ofensivo. El corolario de este suceso recordado es la sentencia
enunciada por su padre como la frase de su destino: “este chico será un gran hombre o un gran
criminal”.
Así, vemos como el efecto de la construcción trae aparejado un relato que le confirma a Freud lo
acertado de dicha intervención.
Recapitulando:
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 La construcción está ligada a la fantasía
 La interpretación tiene que ver con el recuerdo/representación
 La construcción sirve para poner en juego la cara pulsional del síntoma
En definitiva, de lo que se trata es que Freud avizora que no se puede abordar el síntoma en sus
dos dimensiones (como representación o como satisfacción) de la misma manera.
A continuación, vamos a situar algunas coordenadas del caso “De la historia de una neurosis
infantil (caso del Hombre de los Lobos)” (1918). Este es un caso que, si bien posee un
diagnóstico de neurosis obsesiva, Freud lo presenta como una neurosis infantil. Y es conocido
como uno de los casos más problemático para Freud en cuanto a los resultados terapéuticos.
Trata sobre un sujeto proveniente de una familia rusa con una historia trágica de vida. Es un
paciente que ya había sido tratado por Kraepelin, quién lo había diagnosticado como una
“insanía maníaco-depresiva” y a su vez había estado internado. Es un caso emblemático para
situar el diagnóstico diferencial, en el sentido que fue objeto de debate entre los analistas a
cerca de un diagnóstico de psicosis (lo cual explicaría las dificultades encontradas por Freud en
cuanto al manejo de la transferencia). A su vez, es un paciente que llega a la consulta con Freud
demostrando un gran interés por el psicoanálisis, habiendo leído por ejemplo la Interpretación
de los sueños. Comenta que ha padecido gonorrea y se muestra sumamente dependiente de su
familia, sumamente inhibido. Al tomar datos de su infancia, sobre todo en relación a los relatos
de su abuelo, Freud se encuentra con una zoofobia que persiste en sus sueños: una “fobia a los
lobos”.
También Freud encuentra una relación muy compleja, de rivalidad, con su padre, quien muere
cuando tenía cincuenta años producto de una sobredosis de veronal para la depresión. La
madre por su parte era hipocondriaca. Tenía también una hermana mayor que lo hostigaba y
además lo había seducido para luego suicidarse antes de que el sujeto llegara al análisis. Y
también un tío paranoico por el cual sentía mucho afecto y que muere mientras está en análisis
con Freud. Por lo tanto, vemos en este paciente la incidencia de una historia familiar trágica.
Además, el “hombre de los lobos” le confiesa a Freud síntomas de onanismo, presentes desde
su infancia. Sin embargo, por más que relata abiertamente su historia y sus síntomas, este
hombre se mantiene en una apatía muy particular. De hecho, las intervenciones de Freud no
logran conmover su posición, todo parece caer en saco roto. Por ello Freud se atreve a innovar
en su técnica: le pone un plazo al tratamiento como vía para vencer a la posición de resistencia
en la que se encontraba el paciente. Freud lo relata de la siguiente manera: “El paciente de
quien trato aquí se atrincheró durante largo tiempo tras una postura inabordable de dócil
apatía. Escuchaba, comprendía, pero no permitía aproximación alguna. Su intacta inteligencia
estaba como coartada de las fuerzas pulsionales que gobernaban su comportamiento en las
escasas relaciones vitales que le restaban. […] Resolví, no sin orientarme por buenos indicios en
cuanto a la oportunidad, que el tratamiento debía terminar en cierto plazo,
independientemente de cuán lejos se hubiera llegado. Estaba decidido a respetar ese plazo; el
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paciente terminó por creer en la seriedad de mi propósito. Y bajo la presión intransigente que
aquel significaba, cedió su resistencia, su fijación a la condición de enfermo, y el análisis brindó
en un lapso incomparablemente breve todo el material que posibilitó la cancelación de sus
síntomas” (pág. 12 y 13).
Por otro lado, en cuanto a la lógica que guía el caso, la hipótesis más importante de Freud es la
construcción que va a armar a partir del relato del sueño de los lobos. Se trata de la
construcción de una proto-fantasía: la de la “escena primordial”. El construirá esta escena
primordial a partir de un sueño. Y lo que Freud va a demostrar es que en toda neurosis se
muestra la validez, la veracidad, del complejo de Edipo (ya que para él ahí residía la causa de los
síntomas).
El hombre de los lobos le cuenta a Freud que había tenido una niñera con la que había tenido
cierto juego sexual. Era un sujeto que se excitaba mirándole la cola a las mujeres. Eso lo
encuentra Freud en un sueño que el paciente relata: “He soñado que es de noche y estoy en mi
cama. (Mi cama tenía los pies hacia la ventana, frente a la ventana había una hilera de viejos
nogales. Sé que era invierno cuando soñé, y de noche.) De repente, la ventana se abre sola y veo
con gran terror que sobre el nogal grande frente a la ventana están sentados unos cuantos lobos
blancos. Eran seis o siete. Los lobos eran totalmente blancos y parecían más bien como unos
zorros o perros ovejeros, pues tenían grandes rabos como zorros y sus orejas tiesas como de
perros al acecho. Presa de gran angustia, evidentemente de ser devorado por los lobos, rompo a
gritar y despierto” (pág. 29).
Este es un sueño de angustia al cual Freud le aplica todo el aparato de la interpretación. Lo pone
a asociar al paciente respecto del contenido: el árbol, los lobos. ¿Qué le llama la atención del
sueño? Por un lado, la idea de ser devorado por el lobo. El lobo, ¿qué representaba?, ¿qué
estaba figurando? Freud hipotetiza que los mismos referían al padre. Pero luego aparecen otros
datos: la quietud, la inmovilidad de los lobos. Y además el hecho de que todos los lobos lo
miraban. Para Freud en esa escena de los lobos se esconde la escena primaria. Él cree que hay
algo que sucedió en su infancia que determinó una forma de gozar. Freud hipotetiza que este
sueño lo había tenido cuando era niño. Y para ello toma el dato aportado por el paciente, que a
raíz de una enfermedad pasa una temporada durmiendo en el cuarto con sus padres.
Freud cree que esa escena primaria es una escena vivida, que el hombre de los lobos vio a sus
padres teniendo relaciones de una manera particular. Él fue testigo, a la edad del año y medio,
de esa escena (aquí vemos el forzamiento en el que incurre Freud debido a la temprana edad en
el que sitúa el suceso) donde velos genitales de su padre y de su madre.
Tenemos entonces la siguiente secuencia de la construcción:
Mirar / inmovilidad / problemas sexuales /castración /el padre/algo terrorífico
Lo que aparece como el deseo del sueño es lo que le parece tan repulsivo al sujeto, que es la
modalidad de satisfacción del padre (y que luego el adoptará). Uno podría pensar que Freud fue
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bastante osado en el armado de su construcción. Pero lo interesante es que dicha construcción
mantuvo por un tiempo el análisis y propició en el paciente el relato de ciertos recuerdos. Sin
embargo, el tratamiento con el hombre de los lobos no concluyó de la mejor forma. Si bien
hubo un periodo de aparente estabilidad (Freud lo atendió durante dos períodos: 1910-14 /
1919-20), en el siguiente análisis con la analista Ruth Mack Brunswicken 1926 (derivación hecha
por Freud) se presentarán algunos episodios de “carácter paranoide”, que Freud menciona en
“Análisis terminable e interminable”. El hombre de los lobos presentará una preocupación de
tinte hipocondriaco en relación a una cicatriz en su nariz, que lo llevará a consultar
insistentemente a varios dermatólogos que no podrán ofrecerle una respuesta que lo satisfaga.
Según Mac Brunswick, el paciente descuidaba su vida y su trabajo en función de la preocupación
constante por el estado de su nariz: “Es difícil decir por qué el enfermo desarrolló una paranoia
en lugar de volver a su antigua neurosis”. Pero el punto álgido del caso estaba en relación a la
transferencia no resuelta con Freud, que aparentemente se desplazó a los dermatólogos. Otros
autores, como Lacan, han tomado el antecedente de la alucinación relatada por el Hombre de
los lobos en el análisis con Freud y que figura en el apartado VII sobre el complejo de castración.
Cuando Freud afirma que la castración es desestimada, ubica como prueba el recuerdo de una
visión-alucinación ocurrida a los 5 años de edad: “jugaba en el jardín junto a mi niñera y tajaba
con mi navaja la corteza de uno de aquellos nogales que también desempeñan un papel en mi
sueño. De pronto noté con indecible terror que me había seccionado el dedo meñique de la
mano (¿derecha o izquierda?), de tal suerte que sólo colgaba de la piel. No sentí ningún dolor,
pero sí una gran angustia. No me atreví a decir nada al aya, distante a sólo unos pocos pasos;
me desmoroné sobre el banco inmediato y permanecí ahí sentado, incapaz de arrojar otra
mirada al dedo. Al fin me tranquilicé, miré el dedo, y entonces vi que estaba completamente
intacto” (pág. 79). Podemos pensar que algo del forzamiento de Freud en la construcción de la
escena primordial propició el desencadenamiento psicótico en el Hombre de los lobos.
No obstante, lo importante es comparar el destino de estas construcciones en un caso y en otro:
tanto en el Hombre de las ratas como en el Hombre de los lobos. En el primer caso la
construcción del analista apacigua y propicia recuerdos; en el segundo caso, la construcción de
la proto-fantasía como matriz de la neurosis infantil desencadena una transferencia de tinte
paranoide y un delirio hipocondriaco en relación a un agujero del cuerpo (nariz).
Recapitulando, observamos a partir de las referencias a los dos historiales que la interpretación
tiene un límite y que dicho límite es la satisfacción pulsional. En este terreno nos encontramos
con la fantasía, y allí la interpretación gira en vacío. Es decir, sobre una ausencia de inscripción. Y
esto difiere del “campo” de la interpretación, en la medida en que esta se basa en la
interpretación de aquellos retoños producidos por una represión secundaria.
Pregunta: ¿Pero Freud no decía que las construcciones erróneas no tienen consecuencias?
Respuesta: ¡Es cierto! Pero en el caso del Hombre de los lobos esa afirmación freudiana se
puede relativizar. Tal vez por ello Lacan prefiere pensar la construcción como la hipótesis del
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caso, como aquello que uno lleva a controlar, como aquello que uno hipotetiza y sirve de guía
en la dirección de la cura.
El caso del Hombre de los lobos muestra muy bien aquello que Freud quería demostrar: la roca
viva de la castración. La idea del caso fue demostrar que, en el fondo, en los cimientos, tenemos
el complejo paterno. Y si algo de la satisfacción vía dicho complejo se fijó, solo puede ser
conmovido por la construcción ya que allí no hay representaciones, no hay palabras.
Esto nos sirve para pensar lo que surgió a posteriori de Freud que fue la Psicoterapia Breve. La
misma surge en relación a un debate sobre la resistencia. En “Nuevos caminos de la terapia
psicoanalítica” (1919) Freud debate con Ferenczi a cerca de la pertinencia de la “Técnica Activa”.
Freud dirá que la técnica activa es la misma interpretación, ya que el analista nunca es pasivo
por más que escuche o interprete. Ferenczi proponía por ejemplo que el paciente se abstuviera
de esas satisfacciones pulsionales, de una manera claramente sugestiva.
Reseña realizada por Francisco Andino, establecida por Fátima Alemán.
Reseña de la 5° clase teórica del Seminario - Prof. Fátima Alemán
Fecha: 1/06/2017
Módulo II: Psicoterapias Breves: Psicología del yo vs. “Retorno a Freud” de J. Lacan.
El debate de Freud y sus discípulos sobre la modificación de la técnica analítica. Psicología del Yo
como marco del surgimiento de las psicoterapias breves. El “Retorno a Freud” de J. Lacan a
partir de las variantes del psicoanálisis en los años 50. La APA y las psicoterapias en la Argentina.
Bibliografía:
- Freud, S. (1987) Perspectivas futuras de la terapia analítica. Obras Completas, tomo XI. Buenos
Aires: Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1910).
- Ferenczi, S. (1984) Dificultades técnicas de un análisis de histeria. Obras Completas. Madrid:
Espasa - Calpe (Trabajo original de 1919).
- Lacan, J (1987) La dirección de la cura y los principios de su poder. Escritos II. Buenos Aires:
Siglo XXI. (Trabajo original de 1958).
- Alexander, F. & French, T. (1956) Terapéutica psicoanalítica. Cap. II La evolución de la
terapéutica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós.
La idea de este módulo es que ustedes puedan entender cuáles fueron los problemas en
relación a la técnica que Freud fue encontrando a medida que fue explicitando su método y su
técnica.
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Hoy vamos a trabajar un texto que se relaciona con el escrito que ustedes ven en los prácticos
que se llama “Perspectivas futuras de la terapia analítica” (1910) y se relaciona con “Nuevos
caminos de la psicoterapia psicoanalítica” (1919). La idea es que ustedes puedan ver: por un
lado, los problemas que Freud había encontrado con la técnica; por otro lado, con qué
discípulos comienza a debatir Freud respecto a la técnica.
¿Por qué nos interesa Sandor Ferenczi? Por un lado, porque Ferenczi fue uno fue uno de los
discípulos más cercanos a Freud, fue uno de sus analizantes. Por otro lado, fue el que propuso
modificaciones técnicas importantes. Y, además, leyendo su obra, se puede ver que fue un gran
clínico, Ferenczi realmente trabajaba con la clínica. Era un analista que tenía muchos pacientes y
que trabajando en la clínica, no solo fue teorizando sobre la misma, sino que además fue
proponiendo modificaciones en la técnica. Propone lo que él va a llamar la “Técnica activa”,
teniendo en cuenta la actividad del analista. Esta técnica activa que el autor propone es la Freud
debate en el escrito “Nuevos caminos de la psicoterapia psicoanalítica” (1919). ¿Por qué vemos
psicoanálisis, luego psicoterapia breve, luego Lacan? ¿Por qué hacemos este recorrido? La idea
es pensar qué pasó con la técnica analítica en la época en la que Freud vivió, qué debates se
llevaron a cabo en esa época. El debate que hubo en relación a la figura del analista y la
contratransferencia. Esta última como una propuesta que hizo Freud en un momento, pero que
luego abandonó y fue retomada más tarde por los post freudianos. Después la idea es entender
cuál fue el debate que dio en el marco de los continuadores de la teoría freudiana, los que se
conocen a través de Lacan como los “post-freudianos”. Conviene aclarar que Lacan también fue
un post-freudiano.
¿Qué paso con la técnica? Esto trajo muchas discusiones, debates, alianzas, etc. Lo que se fue
gestando, uno podría decir a modo de lectura, fueron las distintas líneas que se
desarrollaron: por un lado, podemos ubicar la Escuela de Viena (Anna Freud) que luego continuó
en la Escuela Inglesa (Melanie Klein) en lo que fue el psicoanálisis con niños; después, los
analistas que emigran a los EEUU, donde encontramos a Franz Alexander (discípulo de Freud, no
se analizó con él, aunque sí analizó a uno de sus hijos).
Alexander, de formación médica, era psiquiatra y fue uno de los principales representantes del
psicoanálisis norteamericano o lo que se va a llamar la Ego psychology (Psicología del Yo) junto
con John Harman y Anthony Lowenstein. Aquí podemos localizar el surgimiento de un
psicoanálisis abreviado o lo que después se llamó las “psicoterapias breves psicoanalíticas”, que
surgen en los EEUU, con Alexander, en los años 40. También vamos a ver lo que surge en
Francia, que se desarrolla lo que se conoce como la Escuela Francesa, en la cual no participó
únicamente Lacan (encontramos también en esta línea Piera Aulagnier, Maud Mannoni, Octave
Mannoni, Francoise Dolto, entre otros). ¿Por qué tomamos a Lacan? Él también es de formación
médica, psiquiatra. Su tesis de 1932 sobre un caso de paranoia de autopunición (el caso Aimée)
es una tesis psiquiátrica, con ciertos agregados del psicoanálisis freudiano. Luego de su tesis,
Lacan comienza a leer a Freud y empieza a incorporar la teoría freudiana. Tomamos
precisamente el texto “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958) porque allí
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Lacan recupera los debates de esa época, dentro del psicoanálisis francés y la escuela
norteamericana.
En el texto de Alexander, “Desarrollos de los conceptos fundamentales del psicoanálisis”
aparece el concepto de “experiencia emocional correctiva” en relación a la transferencia. Se
puede remarcar dos cuestiones:
• El valor de la educación o reeducación
• La experiencia emocional (traumática) es revivida con el analista
Recuerden que con Freud habíamos visto que su método analítico era un método
rememorativo. Con Alexander lo que va a aparecer es el reemplazo del recuerdo, es decir, de
ser un método rememorativo pasa a ser un método que apunta a revivir las experiencias
traumáticas en el “aquí y ahora” con el analista.
Freud hace un cambio luego en su teoría al poner la construcción en lugar del recuerdo. Freud
nunca hablar de revivir la experiencia emocional con el analista, en todo caso habla de la
“repetición”. Esto va a introducir un panorama totalmente distinto en la clínica, ya que ellos van
a considerar al trauma como una experiencia. Hay una experiencia de carácter traumático que
se va a revivir en la actualidad. Aquí se ubica la idea de lo educativo en la experiencia analítica,
porque ellos van a tomar del conductismo ciertas nociones conceptuales, como la corrección y
el aprendizaje, para modificar la experiencia emocional. Ellos van a hablar de una experiencia de
recondicionamiento, se vuelve a condicionar esa experiencia de un modo diferente. Para Freud
no había que corregir, en todo caso “transformar psíquicamente”, pero no corregir en torno a
un ideal. J. Lacan va a ser uno de los críticos de estas ideas.
Vamos a ver cuál fue la propuesta de J. Lacan cerca de los años 60´ cuando el mismo rompe con
la IPA (Asociación Internacional de Psicoanálisis). El perteneció a esta institución, trabajó con
Daniel Lagache. En estos años vamos a encontrar su “retorno a Freud”, un retorno particular
donde se leyó la obra freudiana con los aportes del estructuralismo, la lingüística, la filosofía
hegeliana.
El texto “Perspectivas futuras de la terapia analítica” (1910) Freud lo escribe en un contexto
donde recién se había fundado la IPA. El presenta este texto en el segundo Congreso
internacional de psicoanálisis que se realizó en Nuremberg (Alemania), donde se dirige a la
comunidad analítica y se anticipa de alguna manera a lo que más tarde va a presentar en
“Nuevos caminos de la psicoterapia psicoanalítica” (1919) en el Congreso internacional de
Budapest (Hungría). La idea de Freud en este texto, es tomar tres puntos en relación a lo que
podría ser las perspectivas del psicoanálisis. La pregunta que se hace es: ¿qué hacemos con los
resultados de la terapia analítica? A casi diez años de implementar su método analítico Freud
evalúa los resultados que han tenido su método o la terapia analítica, y a partir de eso él plantea
tres grandes ejes para pensar estos resultados:
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1) Por un lado, él va a decir que el psicoanálisis en lo que tiene que ver con un progreso interno.
¿Cuál ha sido el progreso interno que va a tener que ver con la teoría, con respecto a los
avances que se han hecho desde la invención del método?
2) Después él va a plantear el “aumento de la autoridad analítica”, o sea, va a plantear qué
autoridad tiene en ese año 1910 la terapia analítica en el ámbito médico.
3) Por último, ¿cuál es el efecto universal del trabajo analítico? En este último plantea cuáles
son los efectos a escala universal del psicoanálisis, si tiene o no incidencia en la masa, en el
interés social, si puede aportar algo nuevo en relación a lo social.
Con respecto al progreso interno, que era la primera cuestión, Freud se pregunta en qué
consiste el saber analítico, cómo funciona el saber analítico en términos de teoría. Ustedes
saben que su teoría se va modificando, no permanece siempre igual. Recuerden cuando
veíamos la hipnosis, luego el método catártico, después Freud plantea el trabajo con las
resistencias. Después dice algo importante, que nos va a servir para pensar el texto de Lacan: “El
progreso es nuestro saber (…) Y todo progreso de nuestro saber significa un aumento de poder
para nuestra terapia” (p. 133). O sea que el poder del analista va a estar en relación con el saber
que tiene. En este punto Freud va a hablar del poder que puede tener el médico, porque dice
que no es lo mismo operar sin saber lo que se hace que operar sabiendo qué se hace y cuáles
son los objetivos que se pretenden conseguir. Lo que dice Lacan en el texto “La dirección de la
cura” es que la cura analítica se dirige, y que justamente en esa dirección el analista se va a
encontrar con el poder que tiene en función de la cura que va a implementar. Ese poder para
Lacan tiene que ver con la sugestión. La sugestión que como vimos es una de las
manifestaciones de la transferencia. El poder que tiene el analista de alguna manera es solidario
con el poder de la sugestión. Se podía curar a partir de la sugestión, a partir de poder influir
sobre el otro, esto lo descubre Freud.
Freud dice que la autoridad analítica está basada en el poder de la sugestión que tiene el
analista, la transferencia positiva tiene que ver con esto. La pregunta que se hace Freud es si el
éxito de la terapia analítica depende del uso que haga el analista de la sugestión. Por supuesto
Freud dice que no, que no tiene que ser así; justamente dice todo lo contrario: el éxito de la
terapia analítica va en contra de la sugestión o en todo caso va a controlar la sugestión. En los
EEUU, Los representantes de la corriente de la Psicología del Yo van a decir que para poder
corregir la experiencia emocional el poder parte de la sugestión. Terminan apelando a la
sugestión para poder modificar una conducta, una emoción, una experiencia, etc.
Volviendo a la segunda cuestión, para Freud entonces la autoridad analítica no depende de la
sugestión, sino del manejo que se haga de la misma. Con lo que el analista se encuentra es con
las resistencias. El éxito del análisis para Freud va a estar en relación directa con el manejo de
las resistencias, con el trabajo que haga el analista para vencerlas, porque las resistencias
provienen del inconsciente.
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Algo que resulta interesante y nos va a permitir a nosotros poder pensar las terapéuticas
actuales, es lo que dice Freud: que las sociedades se manejan “por la sugestión”, es decir que
para poder manejar una masa hay que poder tener el poder de la sugestión. Hoy los medios de
comunicación son el paradigma del poder de la sugestión. Entonces Freud dice: ¿el psicoanálisis
está a favor de la masa en estos términos? No, va a ir en contra de la sugestión de las masas,
porque eso se encontraría en el plano no solo de la sugestión sino también de la identificación,
dejando de lado el deseo inconsciente. Nosotros desde el psicoanálisis sabemos que el
neurótico obtiene una ganancia de su enfermedad, el síntoma es una satisfacción sustitutiva,
hay algo que es el síntoma, que está en lugar de otra cosa. ¿El psicoanálisis si sabe esto, va a
promover esto? ¿Va a ir en contra de esto? Si el analista sabe que existe este fenómeno
(reacción terapéutica negativa) no se trata de forzar esto como si no tuviera consecuencias. Para
la Ego psychology el síntoma que produce molestias hay que sacarlo o controlarlo, pero no
suponen que hay una satisfacción en juego. Esto nos permite limitar lo que es o no es
psicoanálisis, tal como Freud lo definió.
Una de las críticas que se le hace al psicoanálisis y que hemos visto, es la duración del
tratamiento. Esto nos lleva a nosotros a pensar: ¿por qué suponer que algo breve va a ser más
eficaz que algo duradero? Podríamos decir que esto último tiene que ver con la época, suponer
que algo rápido es útil y funciona, básicamente “no tenemos que perder el tiempo”.
En la última parte del texto Freud va a hablar de la psico-profilaxis, lo que tiene que ver con la
higiene mental, lo que acá en la Argentina podemos situar con José Bleger y Pichón Rivière en
los años 60’. Si es posible o no la profilaxis en un sentido preventivo, si se podía prevenir
enfermedades. Eso para Freud, que lo plantea en este texto de 1910, no quiere decir que no
podamos trabajar en un ámbito ligado a la higiene mental de la masa, pero no creamos que
vamos a poder tener el éxito absoluto, porque como sabemos hay cosas que no se pueden
anticipar, como la ganancia de la enfermedad y lo que plantea en los años 20´ en relación a su
segundo dualismo pulsional (pulsiones de vida/ pulsiones de muerte) y aquellos fenómenos que
desafían el principio del placer, vinculados a la compulsión de repetición. Sabemos que desde el
ámbito clínico no todo se puede anticipar, se puede prevenir.
La otra perspectiva que introduce Freud con respecto a la técnica analítica es la “actividad del
analista”, que anticipa lo que planteará después en “Nuevos caminos de la psicoterapia
psicoanalítica” (1919) en relación a la propuesta de Ferenczi. Freud se pregunta cómo podemos
pensar la actividad del analista, si el analista cuando escucha, cuando interpreta, es pasivo o en
realidad el analista tiene que ser más activo. Esto último tiene que ver con la propuesta que
empieza a plantear Sandor Ferenczi. En este escrito de 1910 lo que va a plantear Freud es que
podría estar de acuerdo con algunas modificaciones técnicas únicamente en las presentaciones
que son de tipo conductual, es decir, en las presentaciones de las fobias y en las neurosis
obsesivas graves (por ejemplo, las obsesiones que hoy en día se conocen como los T.O.C
(Trastorno obsesivo compulsivo). Por ejemplo, los rituales: lavarse las manos, asegurarse el
cierre del gas o las luces, el control permanente del celular, etc. Freud plantea que en estas
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manifestaciones de tipo conductuales donde lo que prima es “satisfacción durante la cura”
(p.137) suele haber un problema con la técnica, que dificulta la renuncia de estas clases de
conductas. Lo que Freud plantea en relación a la actividad es que a veces hay que forzar para
pasar al plano simbólico, es decir, que el paciente hable de tal cosa en vez de actuar.
En 1919 Freud presenta la “técnica activa” que propone Ferenczi para los momentos
resistenciales de la cura, por ejemplo, cuando se presenta el amor en transferencia o cuando un
paciente manifiesta alguna conducta (en términos de repetición) en la sesión analítica que se
opone al resto de las asociaciones. Freud hace referencia a un trabajo de 1919 de Ferenczi
“Dificultades técnicas de un análisis de histeria”, donde Ferenczi presenta el caso de una
paciente que en determinado momento presenta la conducta de frotar sus piernas durante la
sesión analítica en vez de proseguir con las asociaciones. Algo a nivel de la conducta debía ser
tomado como resistencia. Esta mujer había pasado por varios períodos resistenciales durante el
análisis con Ferenczi: debido a un fuerte amor de transferencia, la indicación de un plazo al
tratamiento funciona (por un tiempo) como un logro terapéutico.
La conducta que presentaba esta mujer (apretar sus piernas) consistía para él en una conducta
onanista. Cuando la mujer comienza a asociar aparece el recuerdo infantil de querer orinar
asociado con la masturbación. Esta conducta, para ella desconocida, adquiere de a poco el
reconocimiento de una práctica masturbatoria que estaba reprimida.
La técnica activa consiste entonces en dos pasos:
- El primer paso consiste en dar una orden: la orden básicamente consiste en comunicar al
paciente que hay una satisfacción en juego. Cuando se ponía esto en juego se ordenaba a
reconocer que ahí había una conducta resistencial/satisfactoria con el analista.
- El segundo paso, consistía en prohibir esa conducta satisfactoria, una vez que fuera reconocida
por el paciente. Este caso, consiste en un forzamiento sugestivo.
Ferenczi plantea esto en 1919. Sin embargo, con el correr de los años, se desdice de esta técnica
y empieza a hablar de una “elasticidad de la técnica analítica” y propone otras técnicas como la
relajación, la neocatarsis.
Ahora bien, volviendo a Alexander y a la corriente norteamericana, uno podría decir que la base
de la técnica activa es lo que va a estar en el fundamento de las Psicoterapias Breves. Con ese
concepto de elasticidad y actividad del analista, se fundamentan las modificaciones en la técnica
de lo que será la Psicoterapia psicoanalítica abreviada. Por actividad del analista se llega a
plantear, por ejemplo, que el analista cuando interpretaba es pasivo. Pero Freud, en “Nuevos
caminos de la psicoterapia psicoanalítica” (1919) plantea justamente lo contrario:
- Hacer consciente lo reprimido
Implican una actividad del
- Poner al descubierto las resistencias
Analista
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Para pensar las variantes técnicas, es interesante leer en uno de los últimos libros de Ferenczi,
Sin simpatía no hay curación. El diario clínico de 1932 (Amorrortu, 1997) donde encontramos la
propuesta de fin de análisis en términos de “mutualismo”: al final del análisis el analizante debe
analizar al analista. Ferenczi propone que el analizante, llegado al final del recorrido analítico,
puede interpretar las conductas de su analista y de eso modo obtener un efecto terapéutico. Se
plantea entonces un análisis mutuo entre analizante y analista.
Volviendo al texto de Freud, otro planteo que aparece en 1910 es la de la contratransferencia,
concepto que Freud emplea por primera y casi única vez. La contratransferencia de deriva para
Freud de su planteo de “autoanálisis”, que después deviene “análisis didáctico”. Recuerden la
definición de transferencia que podemos encontrar en el epílogo del caso Dora: las
transferencias son reediciones, recreaciones de las mociones y fantasías que a medida que el
análisis avanza no pueden menos que despertarse y hacerse conscientes, pero lo característicos
de todo el género es la sustitución de una persona anterior por la persona del médico (Tomo VII,
pág. 101).
Esto también puede ocurrir a la inversa. Lo que Freud dice acá es: Otras innovaciones de la
técnica atañen a la persona del propio médico, nos hemos visto llevados a prestar atención a la
contratransferencia que se instala en el médico por el influjo que el paciente ejerce sobre su
sentir inconsciente y no estamos lejos de exigirle que la discierna dentro de sí y la domine (es
decir, el analizante puede influir sobre el analista). Desde que un número mayor de personas
ejerce el psicoanálisis e intercambian sus experiencias, hemos notado que cada psicoanalista
solo llega hasta donde se lo permiten sus propios complejos y resistencias internas, y por eso
exigimos que inicie su actividad como analista, con un autoanálisis y lo profundice de manera
ininterrumpida a medida que hace su experiencia con los enfermos. (Tomo XI, pág.136)
Freud agrega después en una nota al pie de página, que el concepto de autoanálisis es
abandonado y reemplazado por (cuando se crea la IPA) por el psicoanálisis didáctico. Es decir, el
analista tiene que hacer un psicoanálisis didáctico con un didacta para poder justamente sortear
los escollos de la transferencia y la contratransferencia. Acá en Argentina ocurrió un fenómeno
muy particular cuando se creó la APA en 1942: sus fundadores impusieron al análisis didáctico,
siguiendo el programa de Nueva York, lo cual trajo aparejado un verdadero problema, ya que los
únicos analistas didácticos eran dos, Ángel Garma y Celes Cárcamo. Lacan justamente es uno de
los analistas que cuestiona fuertemente el análisis didáctico de la IPA, por considerar que su
implementación llevaba al ejercicio estandarizado y rutinario del psicoanálisis.
Todo esto surge del concepto de contratransferencia que Freud lo presenta como una de las
posibles variantes técnicas del psicoanálisis, en el sentido de tomar en cuenta cuáles son las
emociones que se ponen en juego en el analista, qué complejos o fantasías despierta el
analizante en su analista. Es cierto que por más que el analista se analice, un análisis pone en
juego identificaciones. Lo importante es ver de qué modo el analista sortea estas
identificaciones, para no operar desde ese lugar. La contratransferencia llevó a pensar, a
suponer, que en un análisis había una paridad, en el sentido de una simetría. Si el paciente podía
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transferir al analista sentimientos, emociones, representaciones, el analista también lo podía
hacer con el analizante. Después Freud planteó como solución que esto lo podemos sortear con
el análisis didáctico, con el análisis del propio analista. Freud, sin embargo, no le da tanta
importancia a este fenómeno, como sí lo hacen los post-freudianos, quienes llegaron a plantear
que el éxito del análisis depende del manejo de la contratransferencia.
Lacan en el texto “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958) abre con la
pregunta: ¿Quién analiza hoy? Dirigiéndose a los analistas de la Escuela Francesa de
Psicoanálisis con la cual él trabajaba, pero también a los analistas de la Ego psychology. Lacan lo
que pone en el centro de la cuestión es justamente si lo que cura es la simpatía (como decía
Ferenczi), la persona del analista, las bondades del analista o lo que cura es otra cosa. Los
desarrollos teóricos que se habían desarrollado hasta esa época eran sobre cómo tenía que ser
el analista, los rasgos del analista, como se tenían que trabajar la contratransferencia, etc.
Lo que va a decir Lacan es que el concepto de contratransferencia contribuyó a enmascarar una
impropiedad conceptual. Para el autor no se puede pensar en la relación analítica como una
relación dual, ya que no están en la misma posición, por eso no se puede pensar en la
contratransferencia y la transferencia como algo que va y viene. Lacan apunta a que no están en
juego ahí los ideales, las pasiones del analista; el analista no está en juego como persona,
aunque opere a través de su persona.
El término que va a utilizar Lacan es que en vez de poner en juego la contratransferencia, lo que
va a poner como concepto eficaz y adecuado es el deseo del analista. Lo que cuenta para poder
operar en un análisis no es la contratransferencia sino el deseo del analista. El deseo del analista
Lacan, si bien hace una mención en este escrito, lo desarrolla con mayor profundiza en el
Seminario 11 del 64 en adelante. La idea de ese deseo es que es el producto de un análisis, se
desprende como el deseo de analizar. Relacionado a otro concepto que aparece acá que es la
“falta en ser”, el analista opera con su falta en ser. Su falta en ser (término que recupera de la
Filosofía hegeliana) implica básicamente que el analista no opera con su ser, con sus ideales,
pasiones, etc. El analista opera con lo que ha caído de ese ser, no opera con su yo. Lacan plantea
como principio de la acción analítica es operar con la falta en ser, esa sería la política del
analista. Esto quiere decir, ser el instrumento que permita poner en juego el deseo del
analizante, para que se despliegue el inconsciente, que surge en relación al Otro. Lo que plantea
fuertemente Lacan es que el analista es quien dirige la cura. La fuente de la dirección de la cura
está en la regla de la asociación libre. La acción analítica entonces va a tener que ver con el
manejo de la transferencia como una “estrategia”, el analista es el soporte de la transferencia
con su persona, pero no quiere decir que opere con su persona, sino que tiene que ver con el
soporte que es su persona.
Táctica
Estrategia
Metáfora militar que toma del teórico militar Carl Von Clausewitz
Política
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El analista tiene una política (sabe hacia dónde va, sabe hacia donde dirige la cura) Se desprende
Estrategia (tiene que ver con el manejo de la transferencia)
Táctica: Interpretación (algo más puntual)
El analista tiene que poner algo de sí, no es algo que es gratuito, hay un costo para el analista,
hay un pago. Estos pagos son:
- Ser soporte de la transferencia, paga con su cuerpo y su persona
- Paga con sus palabras, que tiene que ver con la interpretación
- Paga con su falta en ser, su juicio íntimo.
El analista opera con estas tres vertientes. La idea del texto es entender por qué Lacan se opone
a toda una vertiente del psicoanálisis que para él estaba “desviada”, que era justamente hacer
hincapié en que la transferencia era una “experiencia emocional correctiva”, siguiendo la idea
fundamental de Alexander (una terapia analítica se fundamenta en ser una experiencia
emocional correctiva, el analista está ahí como soporte de la corrección).
Reseña de León Ortíz, corregida por Fátima Alemán.
El problema de la transferencia en los años 50: Macalpine, Lagache y Lacan
Fátima Alemán
El punto de partida de Jacques Lacan en su escrito “La dirección de la cura y los principios de su
poder” (1958) al presentar la “situación actual de la transferencia” en Francia, es el texto de
Daniel Lagache, “El problema de la transferencia”, presentado como Informe en el Congreso de
Lenguas Romances en 1951. En un tono de claro reconocimiento, Lacan afirma: “Es el trabajo de
nuestro colega Daniel Lagache al que hay que recurrir para tener una historia exacta de los
trabajos que, alrededor de Freud prosiguiendo su obra y desde que nos la legó, han sido
consagrados a la transferencia, descubierta por él. El trabajo va mucho más allá, aportando en la
función del fenómeno las distinciones de estructura, esenciales para su crítica” (Lacan,
1987:582).
En la primera parte del informe mencionado, Lagache hace un repaso cronológico de “La
historia de la teoría de la transferencia”, tomando como punto de partida los textos freudianos
de Estudios sobre la histeria, el caso Dora, la etapa intermedia de los “Escritos técnicos” y las
Conferencias de Introducción al psicoanálisis, para llegar a los textos posteriores al giro de los
años 20 como “Más allá del principio del placer”, “Psicología de las masas y análisis del yo” y
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“Análisis terminable e interminable”. En ese recorrido problemático del concepto, Lagache
intercala acertadamente los debates de Freud con sus discípulos Otto Rank y Sándor Ferenczi,
las exposiciones vertidas en el Congreso de Salzburgo (1924) por Sachs, Alexander y Rado, y las
teorizaciones de Numberg y Reich sobre la transferencia negativa. Luego vendrán elaboraciones
posteriores a la muerte del maestro, como las de James Strachey o Ana Freud, los resultados
terapéuticos en el Congreso de Marienbad (1936) con Glover y Fenichel entre otros, los
desarrollos en la clínica con niños de Melanie Klein y Karen Horney (1939), los cambios técnicos
propuestos por la Escuela de Chicago (1946) con Franz Alexander a la cabeza, para culminar en
los planteos de Ida Macalpine (1950) sobre el problema de la producción de la transferencia.
La segunda parte del informe consiste para Lagache en un análisis teórico del tema, detallando
los elementos de lo que podría ser considerada la teoría de la transferencia: terminología,
conceptos, causas, efectos y evolución. Dice Lagache en su Introducción: “La confirmación de las
lecturas y conversaciones nos da la impresión, o la ilusión, de que esta parte de nuestro informe
no ha dejado de lado ningún aspecto esencial del problema. Huelga decir que hemos abordado
la clínica y la técnica únicamente desde el ángulo del problema teórico cuyo estudio nos ha sido
encargado” (Lagache, 1975: 10). Lagache presenta entonces a la transferencia como un
verdadero problema para el psicoanálisis, y su elucidación requiere para él de una revisión
exhaustiva.
Sin embargo, el antecedente inmediato de un análisis pormenorizado de la teoría de la
transferencia, es el trabajo de la psicoanalista Ida Macalpine, discípula de Edward Glover y
disidente de la British Psychonalytical Society, “El desarrollo de la transferencia”, publicado en la
revista norteamericana The Psychanalytique Quarterly. Como dice María Paz de la Puente, “Ida
Macalpine escribió su conocido y brillante artículo cuando la escuela de la psicología del yo
estaba en pleno auge en los Estados Unidos y es sin duda una emergente de tales ideas.
Regresión, encuadre y transferencia: ello nos coloca en el centro de las grandes líneas del
pensamiento contemporáneo”. Para Macalpine la literatura analítica sobre la transferencia es
hasta los años 50 muy vasta, pero se encuentra dispersa y sin un orden preciso. Sin embargo, el
acento de su trabajo está puesto en “la falta de conocimiento sobre la causalidad de la
transferencia” (Macalpine, 1950) debido a una escasa investigación sobre el tema que merece
ser encarado.
Al igual de Lagache, pero un año antes, Macalpine realiza un estudio sobre las causas históricas,
epistémicas y psicológicas de la “limitada comprensión de la transferencia”, revisando la
literatura general sobre el tema y citando los trabajos de Alexander, Fenichel, Kubie, Anna
Freud, Abraham, Glover, Sachs, Strachey, entre otros. De este modo propone una concepción de
la transferencia analítica en términos de “predisposición transferencial” y afirma que “la
transferencia debe definirse como una adaptación gradual de la persona por regresión al
encuadre infantil analítico”. Así mismo, concluye que la “resolución” de la transferencia debe
pensarse en términos de “un manejo apropiado de la contratransferencia por parte del analista,
quien debe permanecer fuera del movimiento regresivo del analizante” (Macalpine, 1951).
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No es un detalle menor entonces, que Lacan, en el escrito antes mencionado, elogie también el
trabajo de Macalpine cuando aborda la situación actual de la transferencia: “La razón de estas
oscuridades persistentes fue formulada en un estudio excepcional por su perspicacia: en cada
una de las etapas en que se intentó revisar los problemas de la transferencia, las divergencias
técnicas que motivaban su urgencia no dejaron lugar a una crítica verdadera de su noción”
(Lacan, 1958:583). En claro desacuerdo con la escuela inglesa liderada por Melanie Klein, que
presentaba al mecanismo de la identificación proyectiva como fundamento de la transferencia
espontanea de la cura analítica, Lacan se inclina por el postulado de una “predisposición a la
transferencia” que parte del analizante “ante el entorno analítico” (Macalpine, 1951), aunque
mantiene absoluta reserva sobre la vertiente regresiva como única definición posible de la
transferencia. Dice Lacan: “Sin duda la señora Macalpine tiene razón en querer buscar en la sola
regla analítica el motor de la transferencia. Aun así, se extravía a designar en la ausencia de todo
objeto la puerta abierta hacia la regresión infantil” (Lacan, 1958: 597). Para Lacan la regresión
que pone en marcha la transferencia analítica es el “retorno al presente de significantes
usuales” de la demanda insatisfecha del analizante.
El debate de Lacan con Lagache (1950-64)
En el mismo Congreso sobre Lenguas romances donde Lagache presenta el texto mencionado,
Lacan retoma los planteos de su colega y amigo de entonces1, en un informe titulado
“Intervención sobre la transferencia” y publicado como texto en sus Escritos en el año 1966.
Partiendo del elogio por mostrar la novedad de la propuesta, “en un tiempo en que el
psicoanálisis parecía escaso de coartadas” (Lacan, 1985), Lacan retoma el apartado que Lagache
dedica a las “causas de la transferencia”, donde ubica al automatismo de repetición freudiano
como explicación de la “disposición a la transferencia”. En su texto, Lagache afirma que, si la
repetición es ajena al principio el placer, ello requiere de una aclaración: “si el sujeto repite, no
lo hace motivado por necesidades específicas que se repiten, sino impulsado por una necesidad
especifica de repetición” (Lagache, 1975:127). De este modo, frente al debate posfreudiano
“repetición de las necesidades/ necesidad de repetición”, Lagache adscribe a la segunda opción
como única causa de la transferencia. Sin embargo, para justificar su concepción de la repetición
en la transferencia analítica recurre a una teoría proveniente de la psicología conductista, la
teoría del aprendizaje, aludiendo a la ley del ejercicio de W. James y la ley del efecto de
Thornike, que permiten explicar las conductas adaptadas e inadaptadas.
1 Ambos formaron parte de la embestida contra Sacha Nacht en la pelea contra IPA francesa y fundaron dos años más tarde,
en 1953, la Sociedad Francesa de Psicoanálisis (Miller, 1987).
En esa línea argumentativa, incluyendo como causa de la repetición en transferencia los
conflictos no resueltos (inconscientes) de la infancia, y referenciándose en el trabajo de Maslow
y Mittelman de 1941, Lagache cree posible comparar la repetición en la vida “con el efecto
Zeigarnik, es decir con el hecho de que las tareas sin terminar tienden a ser recordadas mejor y
reanudadas con más frecuencia que las tareas terminadas” (Lagache, 1975:129). La hipótesis
lagachiana consiste en sostener la equivalencia entre la transferencia y la “necesidad de
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repetición”, en términos de “la actualización de un conflicto no resuelto en la situación
analítica”.
Sin embargo, para Lacan, el recurso de Lagache a la psicología conductista y gestáltica para dar
cuenta del automatismo de repetición presente en la transferencia, implica un extravío
imperdonable a la hora de definir la naturaleza de la experiencia analítica. Como prueba de su
descargo, Lacan retoma la crítica efectuada por quien llama “colega B…” (Maurice Bénassy,
miembro de la SPP) sobre la pertinencia de pensar a la transferencia como resultado del efecto
Zeigarnik. Según Benassy la relación debería plantearse de un modo inverso, es decir, la
transferencia determinando dicho efecto psicológico, a partir de “los hechos de la resistencia en
la experiencia psicotécnica” (Lacan, 1985:204). Según Silvia Tendlarz, Benassy plantea que “el
efecto Zeigarnik se produce sólo en algunos individuos cuya personalidad delinea una estructura
precisa, por lo que es a su entender, un buen test de personalidad. Para desarrollar esta idea se
apoya en un test de fracaso, en el que los resultados muestran que la diferencia de la
performance de los miembros de tres grupos diferentes depende de la posición del
experimentador (severo, amable, neutro o acogedor). Concluye entonces que la transferencia
(performance) en definitiva depende de la contra-transferencia (la personalidad inconsciente
del experimentador)" (Tendlarz, 1993). Es así como Lacan rescata que Benassy ubique a la
transferencia en una relación intersubjetiva y de carácter dialéctico, y no como un mero efecto
psicológico del analizante que se explique en términos de disposición. Como es sabido, Lagache
fue el promotor de incluir los avances de la psicología como “ciencia de la conducta” en el
campo del psicoanálisis. Según Alejandro Dagfal “para Lagache, el psicoanálisis también puede
enriquecerse con la aplicación del método experimental, confirmando sus hipótesis a través de
estudios objetivos (tanto en animales como en el hombre)”. Bajo la consigna de pensar la
neurosis como “mala adaptación” de la conducta, la transferencia será entendida por Lagache
en términos de “transferencia de aprendizaje” (Dagfal, 1998).
En el texto de Lagache mencionado, encontramos un estudio detallado del término
“transferencia” en tres contextos distintos: el sentido general, la psicología y el psicoanálisis.
Respecto al sentido general, Lagache retoma la definición de Lalande como la “operación por
cual algo (objeto, institución, propiedad, estado) es trasladado de un lugar o de un sujeto a
otro”. En el ámbito de la psicología, el termino transferencia fue utilizado con referencia a las
sensaciones, a las percepciones, a los valores, a las emociones y a los actos. Es en esta vertiente,
donde Lagache recuerda la definición de Pièron, como “transferencia de entrenamiento o de
aprendizaje”, recordando que “en general, la adquisición de un hábito favorece, por efecto de
transferencia, las adquisiciones de hábitos análogos” (Lagache, 1975). De ese modo, se
planteará una transferencia positiva “cuando el aprendizaje de una tarea facilita el aprendizaje
de otra”, y transferencia negativa cuando ocurre lo inverso en el sentido del obstáculo.
Finalmente, en el contexto del psicoanálisis, Lagache retoma la definición de Freud como “un
desplazamiento de afecto sobre la persona del analista”, así como los aportes de Ferenczi,
Glover, Klein y Fenichel.
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Si bien es cierto que Lacan intentó en esta época no dejar a su colega Lagache en el bando
enemigo, nunca se mostró partidario de hacer del psicoanálisis una rama de la psicología.
Justamente en el Informe sobre la transferencia Lacan denuncia el peligro de transformar al
sujeto del inconsciente freudiano en un homo psychologicus. De esta manera, Lacan despeja la
“naturaleza de la transferencia” por fuera de cualquier efecto psicológico y la ubica en función
del dispositivo mismo que implica un psicoanálisis, donde “el sujeto, hablando con propiedad, se
constituye por un discurso donde la mera presencia del psicoanalista aporta, antes de toda
intervención, la dimensión del diálogo” (Lacan, 1951). Como postula el mismo Freud en el
Epílogo del caso Dora, “la cura psicoanalítica no crea la transferencia; meramente la revela”
(Freud, 1905: 102), y lo hace a partir de la promesa de significación que sostiene el analista al
impartir al analizante la obediencia de la regla fundamental. Ese diálogo singular que pone en
juego un análisis, no es sin el uso sugestivo de la palabra y en tal sentido Freud apuesta al relato
del sufrimiento neurótico por suponer en su causa una verdad reprimida.
Es así como Lacan se vale del estudio de Hegel y su Fenomenología del espíritu, gracias a los
cursos tomados con Alexandre Kojève, para definir al psicoanálisis como una “experiencia
dialéctica” (y no afectiva) donde se plasma la verdadera naturaleza de la transferencia, y se sirve
como demostración (al igual que Lagache, pero con un acento distinto) del caso Dora “expuesto
por Freud bajo la forma de una serie de inversiones dialécticas” (Lacan, 1951: 207). Que la
“dialéctica” sea el término que permita releer los fundamentos de la “dinámica de la
transferencia” freudiana, motor y obstáculo de la cura, tiene todas sus consecuencias a la hora
de dar cuenta de los desarrollos de la verdad en el caso, para arribar a una definición de la
transferencia que contemple el automatismo de repetición. Dice Lacan: “La transferencia no es
nada real en el sujeto, sino la aparición, en un momento de estancamiento de la dialéctica
analítica, de los modos permanentes según los cuales constituye sus objetos” (Lacan, 1951:
214). Este modo de concebir la transferencia implica retomar los planteos freudianos de los
Escritos técnicos, sobre todo la vertiente de la transferencia como resistencia a la cura y la
vertiente de la transferencia como “una pieza de la repetición”. Sin embargo, la repetición en
transferencia es el modo para Lacan de poner en primer plano la inercia fantasmática que se
opone a la pura dialéctica. Como dice E. Laurent, “puede decirse que Lacan se inscribe desde
esos años de la década del 50 en una tradición psicoanalítica que sitúa al analista del lado del
objeto del fantasma (…) la tradición neo-kleiniana, que tomaba partido contra otra corriente, la
corriente que situaba al analista más bien en el lugar del ideal” (Laurent, 1994: 60). Si el analista
es incluido en la serie de los primeros objetos de amor, ello implica que la transferencia se
enlaza a un automatismo de repetición que no es efecto de un proceso psicológico conductual
como lo quería Lagache, sino la clave de la constitución del objeto en el fantasma neurótico.
Unos años más tarde, en su Seminario sobre “El yo en la teoría de Freud y en la técnica
psicoanalítica” de 1954, Lacan retoma el efecto Zeigarnik a propósito de la repetición simbólica
definida como “automatismo de lo simbólico”. Leemos: "Se invoca al señor Zeigarnik2 sin saber
bien lo que dice: que una tarea será tanto mejor memorizada cuanto que en condiciones
determinadas haya salido mal. (…) En el hombre, la mala forma es lo prevalente. El sujeto vuelve
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a una tarea en la medida en que quedó inconclusa. El sujeto recuerda mejor un fracaso en la
medida en que fue doloroso. (…) El efecto Zeigarnik, el fracaso doloroso o la tarea inconclusa:
todo el mundo comprende esto. Nos acordamos de Mozart: bebió la taza de chocolate y volvió
para pulsar el último acorde. Pero no se comprende que no es una explicación. 0 que si lo es
significa que no somos animales” (Lacan, 1991: 136). Nuevamente Lacan se expide sobre el
modo de concebir la repetición en el campo del psicoanálisis que no requiere de la teoría de la
buena forma para su conceptualización. Es el lenguaje, en su combinatoria significante, lo que
permite entender la repetición en acto, el famoso agieren freudiano, como un modo diverso y
novedoso de recordar. Por lo tanto, para Lacan, tomar a la transferencia bajo la experiencia de
la “buena forma” que propone la Gestalt es ir en contra los postulados del propio Freud: el
sujeto del inconsciente no es el sujeto de la buena forma sino el sujeto en permanente conflicto,
donde la tendencia a la unión representada por la libido-Eros encuentra su límite en la pulsión
de muerte, que divide la unidad del yo.
2. En realidad, no se trata del Sr. Zeigarnik sino de la Sra. Zeigarnik, Bluma Zeigarnik (1901-1988), psicóloga lituana dedicada a
la psicopatología experimental, colaboradora de K. Lewin y L. Vygotsky.
Referencias bibliográficas
Freud, S. (2010) Trabajos sobre técnica analítica. En S. Freud Obras Completas (Tomo VII). Buenos Aires:
Amorrortu. (Trabajo original de 1912).
Dagfal, A. (1998) “El concepto de conducta en la psicología francesa contemporánea”. Informe final de beca de
iniciación. La Plata: UNLP.
De la Puente, M. P. (1993) “El fluir de la transferencia Su recorrido a través de Freud y algunos posfreudianos”.
Recuperado en http://bibliotecadigital.apa.org.ar
Ellenberger, H. (1976) El descubrimiento del inconsciente. Madrid: Gredos.
Lacan, J. (1985) “Intervención sobre la transferencia”. Escritos I. Buenos Aires: Siglo XXI.
Lacan, J. (1991) El Seminario, Libro 2 “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”. Buenos Aires:
Paidós.
Lacan, J. (1987) “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI.
Lagache, D. (1975) La teoría de la transferencia. Buenos Aires: Nueva Visión.
Laurent, E. (1994) Entre transferencia y repetición. Buenos Aires: Atuel.
Macalpine, I. (1950) “El desarrollo de la transferencia”. Serie Desinencias 6. Traducción Monserrat Puig. (Trabajo
original publicado en The psychanalytique Quaterly XIX). Buenos Aires: Biblioteca Internacional de Psicoanálisis.
Tendlarz, S. (1993) “El efecto Zeigarnick o la respuesta a Lagache”. Cuadernos Europeos de Psicoanálisis 2. Bilbao.
Recuperado en http://www.silviaelenatendlarz.com
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