Subido por Osiris Chan

2014 Historia de la arqueologia en Micho

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LA IN V ESTIG A C IÓ N A R Q U EO LÓ G IC A EN M IC H O A C Á N
Avances,
p r o b l e m a s y p e r s p e c t iv a s
Claudia Espejel Carbajal
editora
El Colegio de Michoacán
930.17237
INV
La investigación arqueológica en Michoacán : avances, problemas y perspectivas / Claudia Espejel Carbajal editora.—
Zamora, Michoacán : El Colegio de Michoacán, © 2014.
521 páginas : ilustraciones ; 28 cm.—(Colección Debates)
ISBN 978-607-8257-82-9
1. Aqueología - Michoacán
2. Patrimonio Cultural - Historia - Michoacán
3. Michoacán - Antigüedades
I. Espejel Carbajal, coordinadora
Imagen de portada: Excavación de un conjunto residencial en el sitio de Malpaís Prieto (fotografía: Guillaume Roux).
© D. R. El Colegio de Michoacán, A. C., 2014
Centro Público de Investigación
Conacyt
Martínez de Navarrete 505
Las Fuentes
59699 Zamora, Michoacán
publica@colmich.edu.mx
Impreso y hecho en México
Printed and made in México
ISBN 978-607-8257-82-9
ÍNDICE
Introducción
Historia de la arqueología en Michoacán
Claudia Espejel Carbajal
El registro de sitios arqueológicos en el plano nacional y su vinculación
con una realidad estatal. El caso de la cuenca de Pátzcuaro en el estado de Michoacán
Efrain Flores
Diversidad cultural y variedad arquitectónica en el Michoacán prehispánico
Salvador Pulido Méndez y Luis Alberto López Wario
El estudio de los restos funerarios en Michoacán
Claudia Espejel, Efrain Cárdenas y Ramiro Aguayo Haro
De barro y fuego. Las tradiciones cerámicas de Michoacán
Agapi Filini
Los estudios de la obsidiana en Michoacán. Síntesis y reflexiones
Juan Rodrigo Esparza López
La minería y metalurgia de Michoacán
Blanca Maldonado
Manifestaciones gráfico-rupestres en la arqueología de Michoacán. Avances
y perspectivas
Alejandro Olmos Curiel
Retrospectiva y perspectivas en torno al quehacer de la arqueología histórica
en Michoacán
Patricia Fournier G. y Saúl Alberto Guerrero Rivero
Avances y perspectivas de la arqueoastronomía en Michoacán
Mario Alfredo Rétiz García
¿Y del mar llegaron? Los contactos entre Sudamérica y el occidente de México:
balances y perspectivas en torno a un viejo problema
Hazael Alvarado Hernández
La arqueología oficial. Las funciones del i n a h en Michoacán
Eugenia Fernández-Villanueva Medina
Reservas Patrimoniales Bioculturales de Michoacán. En el camino
de la corresponsabilidad
Efraín Cárdenas García
Factores de incidencia en la recuperación y el estudio de datos arqueológicos
en Michoacán
Luis Alberto López Wario y Salvador Pulido Méndez
Búsqueda de tesoros, saqueo y destrucción del contexto arqueológico
Claudia Espejel
Conclusiones
índice onomástico
índice toponímico
INTRODUCCIÓN
El propósito de evaluar la investigación arqueológica que se ha realizado en Michoacán, tema
central de este libro, es múltiple. Por un lado, como lo indica el subtítulo, pretendemos lograr
que se aprecien los resultados de los estudios arqueológicos que se han hecho en el estado,
producto del trabajo serio de muchos investigadores, sin dejar de señalar sus principales fallas,
carencias y problemas, todo ello con el ánimo de detectar las tareas pendientes y sugerir los
posibles pasos a seguir para solventarlos. También queremos llamar la atención de los arqueó­
logos, especialmente de los que empiezan sus carreras, para que volteen su mirada hacia esta
parte del mundo de preferencia para hacer investigaciones en ella, ofreciéndoles al mismo
tiempo una guía que les permita plantear problemas de investigación prioritarios o potencial­
mente fértiles. Asimismo, deseamos que este libro se convierta en un instrumento que ayude a
dirigir los esfuerzos de investigadores y autoridades hacia la solución de los problemas urgentes
en materia de protección del patrimonio cultural, y en última instancia, destacando la gran
cantidad de información sobre las sociedades pasadas que se puede obtener de los vestigios
arqueológicos, y por tanto la que se pierde si éstos se destruyen o alteran, queremos propiciar
el interés del público en general, principalmente de los michoacanos que eventualmente debe­
rían convertirse en los custodios permanentes de esos vestigios.
Detrás de estos propósitos subyace la idea de que la conservación del llamado patri­
monio cultural sólo tiene sentido si va acompañada de un trabajo previo de investigación
científica. En otras palabras, consideramos que los sitios arqueológicos, y los bienes arqueoló­
gicos en general, se convierten en patrimonio únicamente si sabemos algo sobre la gente que
los construyó y habitó, en cuál época y durante cuánto tiempo, si conocemos su papel en el
ámbito regional y sus relaciones con otros pueblos o regiones, cuestiones que en la mayoría de
los casos sólo pueden averiguarse mediante la investigación arqueológica. Por ello la intención
primordial de nuestra evaluación es incentivar los estudios sobre el pasado prehispánico de
Michoacán y, difundiendo lo que ya se ha realizado, promover el interés general sobre esta
materia.
Con este fin hemos reunido un conjunto de artículos en los que se analizan distintos
aspectos de la arqueología michoacana aprovechando el conocimiento y la experiencia acu­
mulada por varios arqueólogos que han trabajado en el estado. En ellos no sólo se examinan
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L a i n v e s t ig a c i ó n a r q u e o l ó g i c a e n M i c h o a c An
diversas facetas de la investigación propiamente dicha, sino también el papel que desempeñan
las instituciones relacionadas con ella. Aunque los distintos temas fueron desarrollados con
libertad por cada uno de los autores, se les solicitó incluir en sus textos un mínimo de infor­
mación común para darle unidad al libro y alcanzar el objetivo final, por lo cual en todos ellos
se hace un balance de los aspectos positivos y negativos del tema en cuestión y, en dado caso,
se proponen posibles pasos a seguir en el futuro. Vale decir además que la bibliografía que
acompaña cada una de las contribuciones y que en conjunto es casi exhaustiva, constituye de
por sí una herramienta útil para conocer las publicaciones, los informes y las noticias referentes
a la arqueología en Michoacán.
Mención especial merece la participación de Efraín Cárdenas, investigador del Centro
de Estudios Arqueológicos del Colmich y del Centro i n a h Michoacán, quien con entusiasmo
secundó la idea de elaborar este libro, prestó su ayuda en momentos críticos y cuyas opiniones
fueron decisivas en varias ocasiones.
Iniciamos el libro con un texto de mi autoría en el que presento un panorama general
de los estudios arqueológicos que se han realizado en Michoacán, enmarcándolos en el con­
texto global de la arqueología mexicana y señalando su relación con las principales tendencias
teóricas y metodológicas que han marcado el desarrollo de la disciplina en distintos momentos.
Le siguen siete artículos donde se examinan de manera más particular los estudios que
se han hecho a partir de los diversos tipos de vestigios materiales que encuentran los arqueó­
logos. Para comenzar, Efrain Flores, investigador adscrito a la Dirección de Registro Público
de Monumentos y Zonas Arqueológicos del i n a h , evalúa el estado actual del inventario de
sitios arqueológicos oficialmente registrados por esta institución tomando como ejemplo el
caso de la cuenca de Pátzcuaro. En seguida, Salvador Pulido y Alberto López Wario, investi­
gadores de la Dirección de Salvamento Arqueológico del i n a h que han participado y tenido
a su cargo prácticamente todos los proyectos relacionados con la construcción de carreteras y
otras obras de infraestructura en Michoacán en los últimos años, exponen los conocimientos
que se tienen sobre la arquitectura prehispánica y sus características en distintas áreas del
estado, ofreciendo inclusive varios datos inéditos. Después, Claudia Espejel, Efraín Cárdenas
y Ramiro Aguayo, arqueólogo del Centro i n a h Michoacán, resumen los resultados que se han
obtenido a partir del estudio de los restos humanos y de vestigios funerarios. A continuación,
Agapi Filini, Rodrigo Esparza y Blanca Maldonado, investigadores del Centro de Estudios
Arqueológicos de El Colegio de Michoacán, examinan respectivamente los estudios que se
han centrado en el análisis de la cerámica arqueológica, la obsidiana y los metales, temas en
los que cada uno de ellos se ha especializado. Finalmente, Alejandro Olmos, egresado de la
maestría en arqueología del Centro de Estudios Arqueológicos del Colmich y actualmente
estudiante del doctorado en arqueología de la e n a h , presenta un recuento de los trabajos reali­
zados en Michoacán sobre petrograbados y otras manifestaciones gráfico-rupestres, casi todos
ellos muy recientes, incluida su propia tesis de maestría.
10
I n t r o d u c c ió n
Los siguientes tres artículos son algo disímbolos pero en conjunto exponen ciertas
carencias importantes de la investigación arqueológica llevada a cabo en Michoacán. Primero,
Patricia Fournier, profesora de arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia
desde 1989, junto con Saúl Guerrero, alumno de la maestría en arqueología de la misma insti­
tución, hacen notar lo poco que se han aplicado los métodos y las técnicas de la arqueología
para estudiar periodos históricos posteriores a la conquista española; las ventajas que ofrece
esta estrategia, comúnmente llamada arqueología histórica, en contrapartida a los estudios
de tales periodos basados en documentos escritos, y sugieren varios temas posibles de inves­
tigar mediante este enfoque. Después, Mario Alfredo Rétiz, adscrito al Centro de Estudios
Arqueológicos del Colmich y que ha participado desde hace años en varios proyectos arqueo­
lógicos, describe algunos petrograbados que parecen tener connotaciones astronómicas para
dirigir nuestra mirada hacia la arqueoastronomía, especialidad temática de gran importancia
para entender a las sociedades del pasado que prácticamente no se ha aplicado en Michoacán.
Por último, Hazael Alvarado, egresado de la especialidad en arqueología de la e n a h , examina
críticamente un tema polémico, poco documentado y recurrente en los estudios arqueológi­
cos de Michoacán y en general del occidente de México: el de los posibles contactos habidos
desde tiempos remotos entre los habitantes de esta región del país y poblaciones del sur del
continente americano.
En los cuatro artículos restantes se consideran los factores externos que afectan posi­
tiva y negativamente a la investigación arqueológica. En primer lugar, Eugenia FernándezVillanueva, investigadora del Centro i n a h Michoacán desde 1998, expone las funciones que
cumple esta institución y el papel que le corresponde desempeñar a la arqueología “oficial”.
Luego Efraín Cárdenas, con la experiencia de varios proyectos en el occidente de México, dis­
cute la legislación vigente y los proyectos previos para proponer una nueva figura jurídica, las
Reservas Patrimoniales Bioculturales, con la cual se garantizaría la conservación del patrimo­
nio arqueológico y la realización de proyectos de investigación así como el manejo sustentable
y social de los espacios naturales relacionados con los sitios arqueológicos. Por su parte, Luis
Alberto López Wario y Salvador Pulido examinan los diversos factores sociales, naturales y
hasta personales que condicionan la recuperación de información arqueológica y su estudio;
tema que se complementa con el último artículo donde hemos reunido una colección de citas
textuales y anécdotas personales que por sí mismas exhiben el problema enorme que consti­
tuye el saqueo y el tráfico ilegal de piezas arqueológicas.
Para concluir, cerramos el libro con el balance general de los logros que ha alcanzado la
investigación arqueológica en Michoacán, el repertorio de problemas que hemos identificado
y las medidas que se pueden tomar para resolverlos.
Claudia Espejel
11
.
.
'
HISTORIA DE LA ARQUEOLOGÍA EN MICHOACÁN
Claudia Espejel Carbajal
El Colegio de Michoacán-CEH
En esta sección presento un recuento de las investigaciones arqueológicas realizadas en
Michoacán desde hace más de un siglo, con el propósito de evaluar de manera general su
desarrollo a lo largo del tiempo y para proporcionar un cuadro comprensivo dentro del cual
se puedan insertar los temas particulares que se tratan en el resto del libro. He puesto espe­
cial atención en los objetivos de cada investigación, en las técnicas y los métodos utilizados y
en sus resultados, más que en la descripción de los sitios y de los materiales estudiados, con
el fin de captar los cambios de intereses o de perspectivas teóricas en distintos momentos y
poder evaluar así tanto el grado de avance de los conocimientos generados por la arqueología
michoacana como la manera en que estos se han obtenido.
Conviene aclarar que esta no es la primera ocasión en que se hace una síntesis de las
investigaciones arqueológicas realizadas en Michoacán. De hecho, prácticamente todos
los arqueólogos que han trabajado en la región han incluido en sus publicaciones o informes
un recuento de los estudios previos, ya sea de los que se han llevado a cabo en todo el estado
y en las áreas circundantes (véanse por ejemplo Michelet 1992, Pollard 1993 y Macías 1997)
o tan sólo de aquellos que se han realizado en la zona particular de su interés (véase por ejem­
plo Novella et al. 2002 o Trujillo 20llb), además de que existen tres textos dedicados exclusi­
vamente al tema (Chadwick 1971, Williams 1993 y Macías 1997 [1988]), todos los cuales pueden
consultarse para complementar lo que aquí decimos.
He subdivido la historia tomando en cuenta principalmente las características de las
propias investigaciones, las cuales están relacionadas con las tendencias generales de la arqueo­
logía en distintas épocas pero también con el desarrollo particular de la arqueología oficial
mexicana e incluso con situaciones específicas del caso michoacano. En el nivel más general
se pueden distinguir muy claramente tres etapas. La primera, que he llamado de los pioneros,
comprende la última década del siglo x i x y la primera del siglo XX, tiempo en el que se reali­
zaron las primeras exploraciones propiamente arqueológicas en Michoacán aunque sus prota­
gonistas todavía no eran arqueólogos profesionales, y coincide más o menos con el periodo de
la arqueología mexicana que Ignacio Bernal (l9 7 9 ) caracterizó con el título de “Pensamiento
positivista” (1 8 80-191 0). La segunda etapa coincide con el periodo que Bernal calificó como
“El triunfo de los tepalcates” (1910-1950), aunque en el caso michoacano no se hicieron nuevas
exploraciones arqueológicas hasta 1928-1930 y luego la mayor parte de las investigaciones se
13
C l a u d ia E s p e j e l C a r b a ja l
llevaron a cabo entre 1938 y 1946 (coincidiendo prácticamente con la creación del i n a h en 1939).
Estas últimas, además, comparten las características del tipo de arqueología que se practicó
durante el periodo que Willey y Sabloff (1975) llamaron “Histórico-clasificatorio” y, más con­
cretamente, durante la última parte de tal periodo (1940-1960). Por ello he hecho la distinción
entre ambos momentos: el primero, de 1928 a 1930, cuando los primeros arqueólogos profesio­
nales se ocuparon de Michoacán, y el segundo, de 1937 a 1950, claramente distinguible porque
el interés preponderante fue el de definir complejos, horizontes y provincias arqueológicos.
La tercera etapa, en términos formales de 1950 hasta nuestros días, coincide a grandes rasgos,
por las tendencias teóricas, con el periodo “Explicativo” (1960-) de Willey y Sabloff (l975).
No obstante, en el caso de Michoacán durante los cincuenta no se hicieron investigaciones
arqueológicas, por lo cual, en términos reales y en coincidencia con la propuesta de los citados
autores, la etapa comienza en 1961. Esta se distingue porque el interés de los arqueólogos se
orienta hacia la explicación general de procesos evolutivos o de desarrollo social, aunque es
posible que en la actualidad ya se estén operando cambios teóricos, técnicos y metodológicos
significativos. Para facilitar el análisis y la exposición he subdivido esta larga etapa en déca­
das, no de manera arbitraria sino porque en cada una he notado ciertas tendencias claras.
En los sesenta destacan dos grandes proyectos de salvamento arqueológico encargados al
entonces Departamento de Prehistoria del i n a h además de los trabajos en Tzintzuntzan. En
los setenta la mayor parte de las investigaciones se realizaron en sitios arqueológicos aislados
y hacia el final de la década se nota la influencia de la creación del Centro Regional del i n a h
y de su primer director, Román Piña Chan. Durante los ochenta, en cambio, se hacen de
nuevo importantes trabajos regionales gracias a los cuales, entre otras cosas, se incrementó
exponencialmente el número de sitios arqueológicos inventariados. Finalmente, a partir de
los noventa, las investigaciones, muchas de ellas presentadas como trabajos de grado, se han
enfocado hacia la resolución de problemas cada vez más específicos surgidos de los estudios
realizados con anterioridad.
Por razones de espacio han quedado aquí muy desdibujadas las ligas entre las inves­
tigaciones realizadas en Michoacán y las efectuadas en otras regiones, especialmente en las
adyacentes al estado, pero es un aspecto que de diversas maneras saldrá a relucir en otros
capítulos de este volumen. Por la misma razón he omitido también otro tipo de estudios que
no se pueden desligar de la investigación arqueológica, sobre todo los etnohistóricos (para el
efecto véase Espejel 2008, capítulo l).
Aprovecho este espacio para expresar mi agradecimiento a Helen Pollard, Dominique
Michelet, Rubén Maldonado, Salvador Pulido, Eugenia Fernández-Villanueva, Efraín
Cárdenas e Igor Cerda, todos ellos protagonistas importantes de esta historia, por ayudarme
a aclarar ciertos pasajes respondiendo personalmente a mis preguntas o proporcionándome
datos que no logré encontrar con facilidad en la bibliografía. Igualmente agradezco a José Luis
Ramírez, jefe del Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de Arqueología (a t c n a ) del
i n a h , por su siempre invaluable asesoría durante la consulta de los informes y documentos a
su cargo.
14
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
A
ntecedentes
Si consideramos que la arqueología, en un sentido muy amplio, es el arte de inferir eventos
sucedidos en el pasado a partir de sus huellas materiales, podemos remontar la historia de la
arqueología en Michoacán hasta los inicios de la época colonial, cuando tenemos las primeras
noticias de lugares y objetos que daban cuenta de hechos históricos remotos.
Por ejemplo, hacia 1540 el autor de la Relación de Michoacán (Alcalá 2000: 346) mencionó
las casas y el templo de Zichaxuquaro, para entonces ya en ruinas, que habían sido construidos
por Hire Ticatame varios siglos antes y que tras su muerte fueron abandonados (posiblemente
en la primera mitad del siglo xm). También mencionó los templos que quedaban, igualmente
ya destruidos y abandonados, en Hucariquareo cerca de Guayangareo (hoy Morelia) en el
camino a México {ídem: 4 6 l). La detallada descripción del lugar donde se edificaron los tem­
plos de Pátzcuaro en tiempos de Vapeani y Pauacume (ca. 1400), inestimable testimonio que
permite imaginar el sitio prehispánico sobre el que se edificó la ciudad colonial (idem: 363-364),
así como la lista de edificios de Tzintzuntzan dedicados a la diosa Xaratanga {idem: 498), aban­
donados hacia 1400 y cuyos restos permanecían cubiertos de maleza en tiempos de Tariácuri
(ca. 1450), son otros ejemplos de la información “arqueológica” que contiene este documento.
En él encontramos también la noticia de que un español saqueó la tumba de Tariácuri en
Pátzcuaro (idem: 519), además de otros datos que indican dónde fueron enterrados distintos
personajes de la historia prehispánica, por ejemplo Sicuirancha en Uayameo (idem: 349).'
Unos años más tarde, en 1579, el corregidor de Chilchota, Pedro de Villela, mencionó
los templos que estaban en unas lomas altas al suroeste del pueblo (Acuña 1987: 107) así como
un gran conjunto de terrazas en un malpaís al oeste, lo que le pareció un testimonio de que
antiguamente había vivido en ese lugar mucha gente (idem: 104). Un dato menos explícito
pero igualmente valioso es el de Sebastián Macarro, quien en 1580 informó que el monasterio
franciscano de Tancítaro estaba sobre el antiguo templo prehispánico (idem: 29l).
A mediados del siglo x v i i el cronista franciscano Alonso de la Rea relató que un vecino
de Zacapu había hallado en la cumbre del cerro cercano, donde habían quedado enterrados
los antiguos templos, “tres platoncillos de plata como unas patenas, aunque mayores, labradas
con el primor que ellas [y que] según algunas tradiciones, eran los que tenía el ídolo en las
orejas y narices” (Rea 1996: 83). También anotó que en su tiempo todavía podía verse la calzada
por la que antiguamente el cazonci caminaba desde Tziróndaro, en la orilla noroccidental del
lago de Pátzcuaro, hasta Zacapu, donde se encontraba, según él, el sumo sacerdote y el ídolo
principal de los tarascos (idem: 82-83). Asimismo aludió a los huesos que aún se veían entre
Maravatío y Zinapécuaro como evidencia de una ilustre batalla entre tarascos y mexicanos
(idem: 77), dato que anteriormente también había citado Cervantes de Salazar ( l9 7 i, II: 259).
1.
En la m edida en que la Relación de M ichoacán contiene descripciones de las costum bres que los tarascos tenían antes de la conquista española, toda
la información que ésta contiene es útil para la arqueología y de hecho ha sido una fuente de datos imprescindible para reconstruir varios aspectos
de la cultura y de la historia prehispánica. Lo mismo puede decirse de las Relaciones geográficas y de las crónicas que se m encionan a continuación.
15
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
Un ejemplo más de los datos de tipo arqueológico consignados en documentos colo­
niales es la detallada descripción que Pablo de la Purísima Concepción Beaumont hizo de las
ruinas del antiguo centro ceremonial de Ihuatzio y de las yácatas de Tzintzuntzan, lugares que
él mismo inspeccionó a finales del siglo x v i n (Beaumont 1932, II: 45-46).
L O S PIONEROS
En un sentido más estricto, la historia de la arqueología en Michoacán comienza a finales del
siglo XIX. Para entonces los principios básicos de esta ciencia y su técnica más característica, la
excavación, ya estaban plenamente establecidos (Trigger 1992: 186-195, Daniel 1974). Aunque en
México las exploraciones propiamente arqueológicas todavía eran muy escasas, emprendidas
la mayoría de las veces por iniciativa individual y técnicamente atrasadas con respecto a las
que se practicaban en Europa, varios viajeros extranjeros y otros tantos aficionados mexica­
nos habían dado noticias de ruinas arqueológicas existentes por todos los rumbos del país.
Además muchos objetos prehispánicos, la mayoría de ellos descontextualizados, se exhibían
en el Museo Nacional fundado desde 1825. Si bien el conocimiento sobre el México antiguo
estaba basado todavía en gran medida en los documentos escritos durante la colonia -muchos
de los cuales, como las obras de Sahagún, Durán, Motolinía o Landa, se publicaron durante
el siglo xix- los estudiosos que escribieron compendios de la historia antigua de México, como
Orozco y Berra o Bancroft, aludieron también con frecuencia a los datos arqueológicos cono­
cidos hasta entonces. Por otra parte, más o menos a partir de 1880 la influencia del positivismo
científico se dejó sentir y las interpretaciones del pasado prehispánico, antes muy especulati­
vas, se empezaron a fundamentar cada vez más con datos concretos. Entre los trabajos arqueo­
lógicos que se realizaron en esos años vale mencionar a manera de ejemplo las expediciones
oficiales que se enviaron a Teotitlán y Cuicatlán, Oaxaca, en 1877; la de Francisco del Paso
y Troncoso en Cempoala, Veracruz, en 1890; las de Antonio Peñafiel en varios sitios arqueo­
lógicos con el fin de ordenar las colecciones del Museo Nacional; la de Aquiles Gerste en
Casas Grandes en 1891 y las muy criticadas intervenciones de Leopoldo Batres en Teotihuacán
en 1884 y 1886; así como las de los extranjeros William Niven en Guerrero, Desiré Charnay en
varios sitios de la república, Marshall Saville en Oaxaca y los estudios de objetos arqueológicos
de William Holmes. Al mismo tiempo hicieron su aparición varias publicaciones periódicas
especializadas en temas antropológicos y arqueológicos, como los Anales del Museo Nacional
(1877), la revista American Anthropologist (1888) y el Journal de Id Societé des Americanistes (1895).
En 1895, además, se realizó en México el XI Congreso Internacional de Americanistas, con­
vocado por primera vez en Francia en 1875 con el objetivo de contribuir al progreso de los
estudios etnográficos, lingüísticos e históricos de América, especialmente de los anteriores
a la conquista, y de poner en contacto a los interesados en el estudio de esos temas (Bernal
1979: 90-153, Comas 1974: 45). Finalmente conviene mencionar que en 1885 se había creado en
16
H is t o r ia d e l a a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
el país la Inspección General de Monumentos, dependiente de la Secretaría de Fomento e
Instrucción Pública, con la función de cuidar la conservación de las ruinas arqueológicas de la
república, impedir que se hicieran excavaciones sin autorización y llevar el control de las piezas
arqueológicas que por diversas vías llegaran al Museo Nacional. Además, desde 1896 existían
leyes que regulaban la propiedad de objetos arqueológicos y la participación de particulares
en excavaciones de ruinas antiguas (Bernal 1979: 131, Suárez Cortés 1987: 2 8 , Olivé 20 03 [1988]:
2 3 -2 8 ), y en 1897 se ordenó la conformación de la Carta Arqueológica de los Estados Unidos
Mexicanos (López Camacho 1988: 217).
En Michoacán el interés por los vestigios arqueológicos no se quedó a la zaga y, de
hecho, el Museo Michoacano fundado por Nicolás León en 1886 fue uno de los primeros
museos regionales del país y su colección de piezas arqueológicas, la mayoría donada por
particulares, era sin duda una de las más importantes de la época. Igualmente lo fueron sus
Anales, en cuyo primer número de 1888 el mismo Nicolás León publicó un artículo sobre las
yácatas de Tzintzuntzan.
León aprovechó la exploración poco científica que el inglés Charles Harford había
hecho en las yácatas, más una serie de datos históricos, para describir su sistema construc­
tivo y rebatir la idea en ese entonces popular de que éstas eran el antiguo palacio de los reyes
tarascos. Basado en el material, el modo de construcción y la forma de las yácatas, que calificó
de primitivos, concluyó (erróneamente) que éstas pertenecían “á los tiempos remotísimos de
la historia, quizá á los primeros pobladores de Michoacán, anteriores en mucho á los chichimecas vanacaceos” y que por lo mismo no eran contemporáneas a las vasijas de cerámica
polícroma que se encontraban en el sitio. Por otro lado, dedujo dónde habría estado la zona
habitacional, a partir de los restos de cimientos que observó en una breve inspección del sitio
junto con los materiales que vio en la superficie asociados a ellos (ídolos, utensilios domésticos
de barro, instrumentos de cobre, obsidiana y piedra), y por el conocimiento que tenía de otros
sitios arqueológicos, entre ellos las ruinas al oeste de Zacapu, consideró que las grandes cons­
trucciones similares a las yácatas de Tzintzuntzan eran templos y fortificaciones mientras que
los montículos pequeños eran sepulcros, por lo que en el interior de estos últimos sí era posible
encontrar “preciosidades arqueológicas” (León 1888).
En un escrito posterior León repitió sus conclusiones proporcionando más información
sobre el sistema constructivo de las yácatas de Tzintzuntzan, reconstruyó hipotéticamente el
asentamiento prehispánico de Pátzcuaro basándose en varios datos consignados en documen­
tos históricos y en sus propias observaciones (figura l), describió someramente las antiguas
construcciones del malpaís de Zacapu, mencionó una pirámide en Zinapécuaro idéntica al
templo mayor de Pátzcuaro y, sin proporcionar mayores detalles, se refirió a la existencia de
monumentos prehispánicos en Teremendo, Zirahuén, Ario, San Antonio Carupo, Coeneo,
Tingambato (en donde había practicado algunas excavaciones; Piña Chan y Oi 1982: 8) y en
general a la gran cantidad de vestigios arqueológicos que todavía quedaban en Michoacán
(León 1903: 4 0 5 -4 1 8 ). Asimismo aportó datos sobre las minas de cobre michoacanas, describió
17
las técnicas metalúrgicas de los tarascos, mencionó los yacimientos de obsidiana de Zináparo
y Zinapécuaro, describió las principales características de los objetos fabricados con este mate­
rial así como las de las piezas cerámicas, se refirió a los petroglifos y a distintos tipos de objetos
arqueológicos (pipas, hachas, huesos con muescas, etc.), infiriendo a partir de todo ello las
costumbres, actividades y habilidades de los tarascos {ídem: 448-455).
El arqueólogo michoacano más destacado de finales del siglo xix fue sin duda el pres­
bítero Francisco Planearte y Navarrete, cuya importante colección de objetos arqueológicos,
muchos de Michoacán y varios de ellos obtenidos de sus propias excavaciones, constituyó una
parte sustancial de las piezas que se exhibieron en la Exposición Histórico-Americana que se
montó en Madrid en 1892 para conmemorar el iv centenario del descubrimiento de América
(Paso y Troncoso 1892).
Con la finalidad de formar una pequeña colección de objetos arqueológicos auténticos
que le sirviera de base para el estudio de las antigüedades michoacanas, Planearte practicó
varias excavaciones cerca de su natal Zamora, una de ellas en unas pequeñas lomas ubicadas
en el rancho Orandino llamadas El Gato Grande y El Gato Chico, en cuyas faldas, según fue
informado, se habían encontrado unas grandes urnas cinerarias. En una meseta de la loma
18
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
principal encontró lo que parece haber sido una pequeña yácata de planta mixta2 cuya exca­
vación dio como resultado el hallazgo de varios esqueletos acompañados de numerosos obje­
tos de barro, piedra, concha, metal e inclusive un fragmento de tela carbonizado. Planearte
tomó nota puntual de la distribución, ubicación, orientación y postura de los esqueletos (48
en total), analizó el desgaste de los dientes y muelas así como las suturas de los cráneos para
determinar la edad de los individuos, observó la secuencia de capas de tierra y ceniza en una
de sus excavaciones y a partir de todo ello llegó a la conclusión de que uno de los personajes
enterrados debía haber sido el gobernante, otros sus criados de servicio y otros más las víctimas
sacrificadas a los dioses en un altar cercano (Planearte 1887, 1893).
Planearte también excavó en Jacona la Vieja, cerca de Tangamandapio, en donde se
encontraban las ruinas de la antigua ciudad de Jacona. Allí obtuvo varios cráneos y algunos
objetos de barro y de cobre, y para la exposición de Madrid levantó un plano del sitio y mandó
hacer una maqueta de madera de su templo mayor a escala 1:50 (Planearte 1887: 275, Paso y
Troncoso 1892: 54, 234-235) (figura 2). Igualmente realizó excavaciones en la Hacienda de Santa
Rita, cerca de Copándaro, en la orilla del lago de Cuitzeo, en donde encontró varias sepulturas
(Planearte 1887: 276). Entre sus exploraciones resalta una de las primeras donde sólo encontró
toscos objetos de piedra y ningún resto de cerámica, por lo cual concluyó que se trataba de
las ruinas de un pueblo prehistórico, “tal vez el primero que ocupó el suelo de Michoacán”
(;idem: 274).
Aparte de los objetos hallados en estas excavaciones, Planearte enriqueció su colec­
ción con piezas de Pajacuarán obtenidas en las excavaciones practicadas por Agustín Hunt
y Mauricio Beauchery; del rancho Miraflores y de la Hacienda la Noria cercanos a Zamora;
de Tarímbaro, Purépero, Tacámbaro, Zacapu, Ecuandureo, Patamban y Tangancícuaro,
entre otros sitios de Michoacán, más las de otros lugares del centro de México {idem: 276,
passim). En total, Planearte reunió más de tres mil piezas arqueológicas, aproximadamente la
mitad de ellas de Michoacán, que atribuyó a distintos grupos étnicos (matlatzincas, tarascos
y tecos, entre otros), más una buena cantidad de cráneos humanos que también se exhibie­
ron en Madrid y que al parecer fueron estudiados en París por “el célebre antropologista Mr.
[Ernest Theodore] Hamy” (Paso y Troncoso 1892: 18). Tras la exposición histórico-americana,
Planearte vendió su colección al Museo Nacional (León 1903b : 9).
Otro pionero de la arqueología michoacana fue el noruego Cari Lumholtz, quien al
final de un largo viaje de exploración científica por el norte y el occidente de México (de 1895
a 1898), pasó cuatro meses en Michoacán recopilando datos antropológicos sobre la población
tarasca y reuniendo objetos arqueológicos de la región. Con el propósito principal de averiguar
cómo estaban construidas las yácatas, Lumholtz practicó excavaciones en un sitio cerca del
pueblo de Parangaricutiro, sobre una meseta en las faldas del Tancítaro, conformado por tres
2.
“...una pequeña construcción de tierra y piedra en forma cónica, de tres y medio metros de altura aproximadamente por cinco de diám etro en la base.
Esta comunicaba por un pretil con otra elevación en forma de pirám ide trunca, de base cuadrada, igual altura, y cuatro metros por lado en la parte
superior” (Planearte 1887: 274).
19
2. Plano de Jacona la Vieja elaborado por Francisco Planearte a finales del siglo XIX (León 1903).
20
3. Vasijas cerámicas de la meseta tarasca coleccionados por Lumholtz a finales del siglo XIX (Lumholtz 1986 [1904], II: 395).
pequeños montículos alineados de este a oeste y una gran yácata en forma de T similar a las de
Tzintzuntzan, entre otras estructuras (Lumholtz. 1986 [1904], II: 3 6 0 -3 6 3 ). A partir de sus obser­
vaciones y de la excavación que realizó en una de las yácatas pequeñas concluyó, siguiendo
a Nicolás León, que el propósito de éstas y de los pequeños montículos de tierra cubiertos
de piedra era “guardar a los muertos”, mientras que los grandes en forma de T estaban des­
tinados al culto religioso (idem: 365). Lumholtz también visitó un sitio en las inmediaciones
de Cherán, lo describió con relativo detalle y practicó excavaciones en uno de los montícu­
los donde tiempo antes, al abrir un camino, se había sacado un esqueleto (idem\ 3 8 4 -3 8 8 ) .
Posteriormente excavó también en el sitio denominado “El Palacio del rey Caltzontzin” en el
malpaís de Zacapu donde, según le informaron, “se habían extraído muchas cosas curiosas”
(idem\ 3 9 l). Tras cinco días de excavación “en un sitio plano en medio de las piedras al pie y
al noreste del Palacio” encontró varios esqueletos muy cerca de la superficie y, entre ellos, una
gran urna funeraria con los restos quemados de un esqueleto así como una escudilla llena
de ceniza con un cráneo suelto (figura 3). En total reunió más de cien cráneos de tres tipos,
uno de los cuales identificó como perteneciente a los tarascos. Varios de ellos, incluidos los de
cuatro mujeres, habían sido aplanados artificialmente y algunos otros tenían dientes limados
en forma de cola de golondrina. También halló varios huesos largos con muescas transversales
que posteriormente estudió junto con Ales Hrdlicka (Lumholtz y Hrdlicka 1898). A partir
de todo ello y remitiéndose a la opinión de Eduard Seler, Lumholtz concluyó que la urna
21
C l a u d ia E s p e j e l C a r b a ja l
funeraria “contenía los restos del caudillo quemado, y los esqueletos serían los de sus siervos”
(Lumholtz 1986 [1904], II: 4 1 5-4 19). Lumholtz también describió el sistema constructivo de las
yácatas de Zacapu, haciendo notar las diferencias entre estas y las de Tzintzuntzan, y de
manera general se refirió a la gran cantidad de edificios y casas antiguas que observó al seguir
el filo del malpaís hacia el norte (idem: 365 y 419).
Aparte de los sitios excavados, Lumholtz dio cuenta de la existencia de un montículo
que estaba como a 50 millas al oeste de Tepalcatepec, región en donde por lo demás abunda­
ban las ruinas de antiguas casas y yácatas y en donde se encontraban frecuentemente “gran­
des caracoles marinos que los antiguos aztecas usaban como trompetas” (idem\ 348). Además
obtuvo diversas piezas arqueológicas de barro, piedra y cobre procedentes de Peribán, Santa Fe
de la Laguna, Naranja, Pátzcuaro y otros sitios, entre las que destacan un espejo de obsidiana
negra veteada de verde claro encontrada en Zirahuén que le compró a un cura y dos esta­
tuas de piedra con forma de chacmol, una de ellas de Ihuatzio {idem: 439). Por otra parte, en
Uruapan pudo fotografiar “varias buenas antigüedades” que poseía un particular (¡idem: 433).
En el verano de 1904 otro visitante extranjero, George H. Pepper, realizó excavaciones
en Michoacán, en la hacienda San Antonio (más tarde llamada California) a unos 32 kiló­
metros al oeste de Apatzingán. Pepper excavó dos montículos en los cuales encontró varios
esqueletos y diversas piezas arqueológicas asociadas a ellos que le permitieron concluir, al
igual que León, Planearte y Lumholtz, que algunos de los montículos que se encontraban
en Michoacán se habían usado con propósitos funerarios. Entre los objetos que encontró y
describió destacan dos tapaderas tipo “Capiral” características de la región (Pepper 1977 [1916]).
Por último debemos mencionar a varios autores que en estos mismos años publicaron
descripciones de distintos restos arqueológicos de Michoacán. En 1897 Frederick Starr descri­
bió algunas esculturas de piedra procedentes de Michoacán haciendo notar su parecido con
unas de Tennessee, Estados Unidos, y en 1902 Adela Bretón hizo algunas observaciones sobre
los yacimientos de obsidiana de Zinapécuaro, los artefactos de este material y algunos de los
sitios arqueológicos de la zona (Bretón 1905, Weigand y Williams 1997). En 1908 Eduard Seler
describió los templos y diversos tipos de artefactos tarascos, retomando básicamente los datos
proporcionados por León, Planearte y Lumholtz pero con algunas noticias propias obtenidas
de su visita en 1895 a las ruinas de Tzintzuntzan, que su esposa fotografió, y de algunas piezas
que obtuvo en Tangancícuaro, entre ellas un pectoral de cobre que describió más puntual­
mente en el Zeitschriftfür Ethnologie (segunda parte, cap. xix, 18). Resultan interesantes tam­
bién las ilustraciones de unas vasijas procedentes de Icuácato de la colección de Nicolás León
que se encontraban en el Museo Real de Etnología de Berlín, así como las de otros objetos de
las colecciones del Museo Nacional y de la colección de Planearte (Seler 2000 [1908]: 192-197 y
214) (figura 4). De esos años es también la amena descripción que Eduardo Ruiz (1984: 529-533)
hizo de las ruinas de Ihuatzio, la primera que menciona el sistema de calzadas que rodean
el sitio y una de las estructuras circulares que se encuentran en su sección sur. Poco tiempo
después Julián Bonavit también describió este sitio, en gran medida repitiendo lo que había
22
4. Pectoral de cobre estudiado por (Seler 1904, t. II: 415).
escrito Beaumont en el siglo xvill, pero con la noticia y descripción de las esculturas y chacmoles encontrados allí (Bonavit 1908). Finalmente vale la pena mencionar el informe extraor­
dinariamente detallado que el presidente municipal de Ixtlán envió al gobernador del estado
en 1896, sobre los entierros que el doctor Munguía había encontrado en el sitio conocido con el
nombre de El Tepetate y otros que en el mismo sitio habían sido destruidos veinte años atrás
por unos vecinos que “buscando un tesoro en metálico, no conocieron el verdadero tesoro
histórico que destruyeron” [Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de Arqueología del
INAH (ATCNA), exp. 311 (7 2 -3 4 ) (0 2 ) /l].
Se pueden destacar varios aspectos de esta primera etapa de la arqueología michoacana.
Por una parte, no deja de ser sorprendente la gran cantidad de información arqueológica que
ya se había reunido, aunque fuera de manera poco sistemática todavía, y el uso que de toda ella
se hacía para dar cuenta de diversos aspectos del pasado prehispánico. Por otra parte, si bien
las excavaciones realizadas parecen haber tenido como fin principal determinar la función de
los distintos tipos de edificios, y sobre todo el de averiguar si éstos eran tumbas o no, en tér­
minos muy incipientes se reconocía también que los distintos sitios y materiales arqueológicos
podían representar diferentes momentos de la larga historia precolonial o ser manifestaciones
de diferentes grupos culturales. Por último, resalta el hecho de que ya desde entonces el trabajo
arqueológico estuviera en competencia continua con el de los buscadores de tesoros. Nicolás
León (1888) lamentó que el cura Ignacio Traspeña hubiera demolido una de las yácatas de
Tzintzuntzan “pretendiendo encontrar grandes tesoros”. Planearte se quejó también de que
todos los lugares que exploró en Jacona la Vieja habían sido previamente excavados por los
23
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
habitantes de los ranchos vecinos “que esperaban sacar de allí grandes tesoros”, por lo cual no
pudo darse cuenta de cómo estaban construidos los sepulcros ni observar “otras interesantísi­
mas particularidades” (Planearte 1887: 2 7 4 -2 7 5 ). Desgraciadamente y a pesar de las leyes y las
instituciones creadas para evitar estos saqueos, desde entonces hasta nuestros días todos los
arqueólogos han tenido que lidiar con el mismo problema.
L O S INICIOS D E LA A RQ UEOLOG ÍA PROFESIONAL
Durante las siguientes dos décadas no se hicieron nuevas exploraciones arqueológicas en
Michoacán, aunque eventualmente llegaron a las oficinas federales noticias enviadas por par­
ticulares sobre el hallazgo de vestigios de la época prehispánica en algunos pueblos del estado
(por ejemplo en Aporo, San Juan de los Plátanos, Cotija y Tancítaro; ATCNA, exp. 311 (7 2 -3 4 )
(02) / 1), los cuales se integraron al catálogo de sitios arqueológicos de la república y posible­
mente a la carta arqueológica nacional. De hecho, para 1928 había 4 6 sitios de Michoacán
registrados en el catálogo nacional (Anónimo 1928); muchos de los cuales, por cierto, no se han
incorporado al inventario actual de sitios arqueológicos de la Dirección de Registro Público de
Monumentos y Zonas Arqueológicos del inah.
Es importante señalar también los cambios que se dieron durante esos años en la
arqueología mexicana, principalmente la profesionalización de la disciplina a través de los
cursos que se impartían en el Museo Nacional y, sobre todo, con la creación en 1911 de la
Escuela Internacional de Arqueología y Etnología en la que participaron antropólogos de
la talla de Eduard Seler, Alfred Tozzer y Franz Boas, y en la que se formó Manuel Gamio,
quien después llegó a ser su director. Una de las aportaciones más significativas de la escuela
para el desarrollo de la arqueología fue la introducción del método de excavación estratigráfico que permitió establecer la secuencia cronológica de los distintos periodos de la historia
prehispánica. La excavación que Manuel Gamio realizó en San Miguel Amantla en 1911,
utilizando por primera vez en México el método estratigráfico, fue particularmente clave
para identificar la llamada cultura arcaica, vagamente reconocida hasta entonces, y situarla
en un periodo anterior al desarrollo de las culturas azteca y tolteca; secuencia que se con­
firmó y afinó en posteriores investigaciones realizadas por Gamio, Tozzer, Byron Commings,
Alfred Kroeber y George Vaillant, entre otros, en distintos lugares del Valle de México como
Copilco, Cuicuilco, Teotihuacán, Zacatenco y Tenayuca (Bernal 1979: 154-166).
El desarrollo de la práctica arqueológica y los nuevos conocimientos adquiridos en esos
años repercutieron en los breves trabajos arqueológicos que se llevaron a cabo en Michoacán
entre 1928 y 1930, esta vez realizados ya no por michoacanos interesados en las antigüeda­
des de su terruño ni por viajeros extranjeros, sino por arqueólogos profesionales adscritos al
Departamento de Monumentos Artísticos, Arqueológicos e Históricos de la Secretaría de
Educación Pública enviados expresamente a explorar la región.
24
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M ic h o a c á n
En octubre de 1928, el arquitecto Ignacio Marquina describió las ruinas de Ihuatzio,
levantó un excelente plano topográfico de las principales yácatas y las fotografió (Marquina
1929). Al año siguiente Eduardo Noguera hizo una exploración en los alrededores de Zamora
con la finalidad, en parte, de buscar un lugar apropiado para hacer trabajos en el futuro.
Noguera visitó y describió someramente los sitios excavados por Planearte —Jacona la Vieja
y Los Gatos—y otros lugares con vestigios arqueológicos: tres yácatas en los terrenos de la
hacienda de Santiaguillo conocidos como Los Cerrillos, un montículo llamado La Gallina
en la hacienda La Sauceda, un pequeño montículo en Tangancícuaro, un sistema de montí­
culos a orillas de Ocumicho, el cerro Curutarán y los petrograbados del cerro Gomar en la
hacienda La Estancia. Asimismo informó de la existencia de montículos arqueológicos en
Ixtlán, Tlazazalca, Purépero y sus alrededores y recomendó que se nombrara un inspector
o guardián que vigilara esas “reliquias del pasado” porque estaban en peligro. En el informe
de su visita incluyó fotografías de Jacona la Vieja, de la yácata La Gallina, de Los Cerrillos de
Atacheo y dibujó un croquis con la ubicación de los sitios visitados (Noguera 1929).
En 1930, con motivo de la reorganización del Museo Nacional, se presentó la oportu­
nidad de explorar algunos de los sitios que había visitado Noguera el año anterior. El mismo
fue comisionado para explorar el distrito de Zamora, Alfonso Caso fue enviado a Zacapu y
ambos se reunieron después en Pátzcuaro para trabajar en Tzintzuntzan e Ihuatzio (Caso 1930,
Noguera l9 3 l ) . Eduardo Noguera excavó dos pozos al norte del cerro Curutarán, tres en la
parte alta de la loma El Gato Grande y uno en el sitio denominado Fresno de Santa Ana al
sur del pueblo de Tzintzuntzan (figura 5). A partir de los tiestos cerámicos encontrados en las
excavaciones, que clasificó de manera preliminar, de su frecuencia y asociación con distintas
capas estratigráficas, y de la comparación entre los tres sitios, concluyó que el lugar de mayor
antigüedad era el cerro Curutarán, en el cual los profundos depósitos de sedimentos indi­
caban además un largo y continuo tiempo de ocupación humana; que el sitio de Los Gatos
era contemporáneo a los de Zacapu, dada la similitud de la cerámica, y que Tzintzuntzan
era el sitio de más reciente fundación, cuyo contacto con elementos de la cultura europea se
manifestaba en las características de ciertas figurillas. Además concluyó que las tres culturas
detectadas habían sido lacustres a partir de las características geológicas de las regiones explo­
radas (Noguera I9 3 l). Alfonso Caso, por su parte, practicó varias excavaciones en tres sitios en
los alrededores de Zacapu: en el potrero llamado La Isla al noreste del pueblo moderno, en
el potrero La Aldea, donde su propietario, el señor Amado Magaña, había hecho exploracio­
nes previas en busca de tesoros, y en las ya famosas yácatas del malpaís al noroeste. En casi
todas ellas encontró entierros, incluida una urna funeraria similar a la hallada por Lumholtz.
A partir de los resultados de sus excavaciones dedujo que La Isla había sido utilizada como
cementerio por los antiguos habitantes de Zacapu, que La Aldea era de filiación tarasca, dada la
calidad de la cerámica, y que ambos sitios habían emergido del lago en tiempos relativamente
recientes. Caso también tuvo noticias de la existencia de yácatas en otros puntos cercanos a
Zacapu, como Naranja y el rancho Los Espinos, situado en el malpaís. En Pátzcuaro ambos
25
LÁMINA XV.
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Fig. 2. Corte Estratrigráfico de las excavaciones del cerro Carnturdn. Mich.
b
5. Dibujos de las exploraciones de Noguera, a) ubicación y cortes estratigráficos de las excavaciones del cerro C urutarán, Mich.;
b) cerámica del cerro Los Gatos (Noguera 1931: 98/99 y 102/103).
26
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
investigadores hicieron exploraciones en una cueva donde un año antes se habían encontrado
algunos “ídolos” y en donde hallaron una urna funeraria similar a las de Zacapu, y además
compraron unas vasijas procedentes del cerro Colorado (Caso 1930).
Si bien estos trabajos se realizaron en sitios previamente conocidos y de alguna forma
explorados, se diferencian de los practicados a finales del siglo XIX por la aplicación de técnicas
más desarrolladas y, sobre todo, por una interpretación basada de manera más explícita en el
contexto arqueológico. Especialmente el trabajo de Eduardo Noguera, quien había estudiado
en Harvard y en Francia (Serra Puche 1997: 2 6 4 , Téllez Ortega 1987: 312), revela el manejo del
método estratigráfico y el interés por determinar a través de él la secuencia cronológica de los
hallazgos y la sobreposición temporal de distintas culturas. A pesar de su carácter esquemá­
tico, los croquis con la ubicación de los sitios y de las excavaciones, los dibujos de los cortes
estratigráficos, de los entierros y de ciertos tipos cerámicos, la reconstrucción hipotética de las
formas de las vasijas a partir de los cuellos y bordes junto con las fotografías de los sitios y de
algunas piezas, se ajustan en términos generales a las normas que hasta ahora se siguen en los
informes arqueológicos.
En estos mismos años también entra en escena José Corona Núñez, quien, siendo
director de la escuela pública de Cuitzeo, fundó un museo escolar con piezas arqueológicas
recolectadas durante las excursiones que todos los sábados realizaba “una tribu escolar explora­
dora” y elaboró un croquis de la región de Cuitzeo indicando los lugares donde había fósiles y
yácatas, entre éstos Huandacareo y Tres Cerritos, y anotando el estado en que se encontraban
(no exploradas, desbastadas superficialmente o casi desaparecidas) (Corona Núñez 1932).
D
e f in ic ió n d e á r e a s c u l t u r a l e s
Tendrían que pasar otros siete años para que se realizaran los primeros proyectos arqueoló­
gicos de gran alcance en Michoacán. Antes de ello, en 1936 y aparentemente con la finalidad
de colectar objetos para un proyectado museo en Pátzcuaro, Wilfrido du Solier visitó las
ruinas de Ihuatzio, de las cuales hizo nuevos planos y croquis, haciendo notar que todos sus
edificios eran de “fácil exploración y restauración”. Du Solier también estuvo en Zacapu,
donde visitó el célebre Palacio del rey Caltzontzin, inspeccionó unos petrograbados hallados
en el barrio llamado La Angostura y recorrió el sitio que llamó Copalillo, conocido también
como La Ciudad Muerta, donde accidentalmente descubrió una gran urna funeraria en el
interior de un montículo que fue recogida y llevada para exhibirse en el museo de Pátzcuaro.
Posteriormente fue a Acámbaro con el fin de comprar algunos objetos para el mismo museo
y allí también encontró casi en la superficie unos entierros primarios con ofrendas.3 Después,
3.
Los vestigios arqueológicos de A cám baro se conocían desde tiem po antes. El sitio C hupícuaro estaba consignado en la C arta Arqueológica de la
República desde 1926 y en 1927 R am ón M ena y Porfirio Aguirre habían dado noticias de la necrópolis prehispánica que más tarde, entre 1945 y 1947,
bajo la dirección de Rubín de la Borbolla y la participación de R om án Piña C han, M uriel Porter y Elm a Estrada, sería explorada en un proyecto de
27
6. Sistema constructivo de las yácatas de Tzintzuntzan (Acosta 1939: 87).
de regreso en Pátzcuaro, supo de la existencia de petrograbados en un lugar al sur del pueblo
llamado Las Canteras (Du Solier 1936).
Por fin, entre 1937y 1946 se realizaron varias temporadas de investigación en Tzintzuntzan
e Ihuatzio, primero dirigidas por Alfonso Caso y Jorge Acosta y después por Daniel Rubín
de la Borbolla. Una de las principales actividades realizadas fue la limpieza del escombro que
cubría las yácatas de Tzintzuntzan, a partir de lo cual se pudo determinar con precisión su
forma, orientación, tamaño y las características de su sistema constructivo (figura 6). También
fue explorado el talud norte de la gran plataforma sobre la que se levantan las yácatas, donde
se encontró un osario, y el llamado edificio B, que fue interpretado como el lugar donde posi­
blemente estuvo el tzompantli. Paralelamente se hicieron excavaciones en varios puntos del
sitio y, tras un reconocimiento de toda la zona, se detectaron dos montículos rectangulares al
este del conjunto de las cinco yácatas. Además, en las dos primeras temporadas del proyecto
también se liberaron de escombro, se consolidaron y se reconstruyeron las yácatas rectangu­
lares de Ihuatzio y se hicieron algunas excavaciones en ese sitio. Aunque la poca profundidad
salvamento por la construcción de la presa Solís. Más recientemente se han realizado varias investigaciones en sitios con ocupación Chupícuaro, entre
ellas destacan las de Charles Florance y, sobre todo, las del CEMCA iniciadas en 1998 bajo la dirección de Véronique Darras y Brigitte Faugére (para un
balance de las investigaciones e interpretaciones sobre la cultura Chupícuaro véase Darras y Faugére 2007).
28
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c An
de los depósitos impidió encontrar secuencias estratigráficas, las exploraciones en ambos sitios
permitieron clasificar los entierros hallados, analizar los restos óseos, clasificar la cerámica,
hacer algunas observaciones sobre la orfebrería tarasca y, en general, conocer las principales
características de la arquitectura y del material arqueológico de la última etapa de la historia
prehispánica (Acosta 1939; Rubín de la Borbolla 1939, 1941, 1944, 1945, Gali 1946, Moedano
1941, Castro Leal 1986). En 1946 Rubín de la Borbolla, aprovechando todos los datos arqueo­
lógicos de Michoacán disponibles hasta la fecha, presentó una síntesis de esas características,
delimitó provisionalmente el área donde éstas aparecían de manera uniforme -cuyos vértices
aproximados estarían en Jacona, al n o , Huandacareo e Indaparapeo, al n e , Turicato, al SE, y
un punto situado un poco al norte de Apatzingán, al so—e intentó definir, todavía de manera
muy vaga, tres horizontes culturales (Lacustre superior, medio e inferior) que ordenó en una
secuencia cronológica también sumamente imprecisa (Rubín de la Borbolla 1947).
Además de los conocimientos adquiridos sobre la capital tarasca, en esos años se explo­
raron varios sitios arqueológicos que produjeron información sobre otras áreas de Michoacán
y sobre épocas anteriores al predominio tarasco. En 1938 Joaquín Meade visitó, describió y
fotografió las ruinas de El Otatal, cerca de Zitácuaro, donde ciertos buscadores de tesoros
habían encontrado algunos entierros, e interpretó los restos arqueológicos como una posible
atalaya construida por los tarascos (Meade 1938 y 1940). En ese mismo año Noguera excavó
cinco tumbas en El Opeño, donde se encontraron objetos similares a los del entonces llamado
periodo arcaico de la cuenca de México y otros con características olmecoides que indicaban su
gran antigüedad (Noguera 1942, Oliveros 2004b: 175-179, Noguera 1971). Las exploraciones que
en 1942 el mismo Noguera hizo en dos sitios arqueológicos de Jiquilpan revelaron la existencia
de una cultura anterior a los tarascos que posiblemente tuvo relaciones con Teotihuacán, por
una parte, y con Jalisco, Colima y el norte de México por otra (Noguera 1944). Además, para
1946 Noguera propuso una secuencia cronológica preliminar para el occidente de Michoacán
basada en los hallazgos de los distintos sitios arqueológicos del estado que había explorado,
situando las tumbas de El Opeño y los restos del cerro Curutarán en el periodo arcaico
(Zacatenco I y Zacatenco il-m, respectivamente), ambos anteriores a la cultura Chupícuaro
que equiparó con el periodo Ticomán III del Valle de México, y a la que seguirían Jiquilpan,
contemporáneo de Teotihuacán, Zacapu y Los Gatos, coetáneos del complejo MatlatzincaTula-Mazapan, y finalmente Tzintzuntzan, correspondiente al periodo Azteca lll-iv (Noguera
1947) (figura 7). Por otro lado, en 1943 Hugo Moedano excavó cuatro pozos estratigráficos en
el sitio La Bartolilla, cerca de Zinapécuaro, donde encontró vestigios de épocas anteriores a la
tarasca puestos en evidencia por la presencia de cerámica similar a la tolteca y a la matlatzinca
del valle de Toluca (Moedano 1946).
Mención aparte merecen las exploraciones que Donald Brand, con un equipo de
estudiantes de la Universidad de Nuevo México, realizó en las cuencas de los ríos Balsas y
Tepalcatepec en 1939 y 1941. Con el objetivo principal de conocer la región, tanto desde el
punto de vista geográfico como arqueológico, y poder formular preguntas para resolver en
29
El O p eñ o .....................................................Zacatenco I
Curutarán .......................................... Zacatenco II-III
Chupícuaro................................................ Ticomán III
Jiquilpan..................................................... Teotihuacán
Zacapu-Los G atos........ Matlatzinca-Tula-Mazapan
Tzintzuntzan..........................................Azteca III-IV
7. Cronología de M ichoacán y sus asociaciones con la del centro de México propuesta p or E duardo N oguera en la IV Mesa
Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología dedicada al occidente de México en 1946 (Noguera 1947: 38).
V M or*lit.
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M c h íc o
P u n y a ra b a to
/T o Ooy«*«»-
8. C roquis que m uestra los sitios localizados por D ouglas O sborne en 1941 en los alrededores de H uetam o y a lo largo del río
Balsas (Osborne 1943: 60).
futuras investigaciones, en 1939 el grupo formado por Donald Brand, John Goggin, Douglas
Osborne, William Pearce, Robert Lister y Hugo Moedano (estudiante de la u n a m ), recorrió
un área enorme, comprendida entre Chilpancingo e Iguala al este hasta Tepalcatepec en el
oeste pasando por Uruapan y Ario de Rosales, en la que localizaron una gran cantidad de
30
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M ic h o a c á n
sitios arqueológicos de distintas categorías, desde simples campos de tiestos y terrenos terraceados con cimientos de casas hasta grandes conjuntos ceremoniales (figura 8). En 1941 parte
del equipo regresó a la región del Balsas y excavó en tres sitios (San Miguel Totolapan, Coyuca
y Santiago) con el propósito de obtener mayor información sobre las vajillas cerámicas y deter­
minar la función de algunas estructuras arquitectónicas, particularmente de los montículos
pequeños cubiertos de piedra (Lister 1947).
En ambas temporadas de campo los investigadores recuperaron múltiples objetos de
cerámica (tiestos de vasijas, malacates, figurillas, pipas, silbatos, sellos, etc.), de piedra, obsi­
diana y otros minerales (petrograbados, esculturas, estelas, metates, navajas, puntas de flecha,
hachas, espejos de hematita, objetos de ónix, pirita y alabastro), de cobre y de concha. Otros
más los observaron en colecciones particulares y recopilaron también información sobre entie­
rros encontrados por los propios coleccionistas o por buscadores de tesoros. Considerando
la distribución de cada tipo de objeto, su frecuencia y sus asociaciones definieron de manera
preliminar distintos complejos arqueológicos; comparando el material con el de otras regio­
nes establecieron posibles relaciones - o su ausencia- con las áreas culturales circundantes,
y aunque no se trazaron secuencias cronológicas precisas llegaron a la conclusión de que en
toda la región hubo una importante ocupación previa a la formación del Estado tarasco.
Desafortunadamente el proyecto se interrumpió por el estallido de la segunda Guerra
Mundial, los informes completos de la investigación quedaron guardados en el Departamento
de Antropología de la Universidad de Nuevo México y sólo se publicaron algunos artículos
con resultados preliminares que no incluyen los datos de la región de Ario de Rosales ni de las
zonas exploradas por Brand en Guerrero (Brand 1942, Osborne 1943, Goggin 1943, Lister 1947).
En 1941 Donald Brand, junto con algunos de los miembros del equipo que trabajó en
el Balsas, inició otra investigación en Cojumatlán, en la orilla suroriental del lago de Chapala.
En este caso no sólo se buscaba conocer un área prácticamente inexplorada sino que se pre­
tendía reunir información que permitiera definir la región tarasca desde el punto de vista
arqueológico y, además, localizar una posible ruta de migración desde el altiplano central
hacia la costa noroeste de México atendiendo a un problema planteado por las investigaciones
de Kelly y Ekholm en Sinaloa. El equipo localizó tres lugares con vestigios arqueológicos en
una pequeña bahía del lago de Chapala, en dos de los cuales practicaron excavaciones, prin­
cipalmente en el sitio que llamaron Cojumatlán, el más cercano al poblado actual del mismo
nombre. Los resultados del análisis de los materiales encontrados en las excavaciones fueron
publicados por Lister en 1949.
Siguiendo el mismo esquema de la investigación en la Tierra Caliente, Lister clasificó
los restos de las vasijas cerámicas tomando en cuenta su tratamiento, forma y decoración.
También clasificó y describió otros objetos de arcilla (figurillas, malacates, instrumentos
musicales, pipas, etc.), de piedra (navajas de obsidiana, puntas, raspadores, buriles, manos y
metates, hachas, cuentas, desechos de talla, etc.), de concha (pendientes, cuentas, brazaletes
y otros adornos), de hueso o cuerno (agujas, anzuelos, espátulas, arpones, etc.), de materiales
31
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
perecederos (algunos fragmentos muy pequeños de cuerda unida a objetos de cobre e impre­
siones de textil en lodo) y de cobre (cascabeles, cuentas, agujas, ganchos). En el caso de
las conchas identificó algunas especies y un cascabel de cobre se analizó químicamente.
También describió los diecisiete entierros y los restos arquitectónicos encontrados, que fueron
básicamente cimientos de casas. Tomando en cuenta la frecuencia de los tipos cerámicos en
cada nivel de las excavaciones y la asociación de los demás objetos definió dos complejos
arqueológicos que fechó de manera relativa por su posición estratigráfica. Comparando el
material de Cojumatlán con el de otras regiones, especialmente la cerámica y las figurillas,
ubicó la primera ocupación del sitio en la fase Mazapan (1 1 0 0 -1 3 0 0 d.C.), y dada la ausencia
de materiales similares a los de Tzintzuntzan e Ihuatzio dedujo que el lugar había sido aban­
donado antes de la emergencia del imperio tarasco. Finalmente, a partir de todo ello, Lister
reconstruyó el modo de vida de los antiguos habitantes de Cojumatlán así como la historia
del sitio indicando las posibles influencias recibidas de otras culturas. Aunque la investiga­
ción no permitió definir la extensión de la región tarasca ni sus características arqueológicas
sí reveló evidencias sobre la posible ruta entre el centro de México hacia el noroeste, vía el
lago de Chapala (Lister 1949).
A finales de 1941 Isabel Kelly emprendió una investigación en el área de Apatzingán y
Tepalcatepec (Kelly 1947). Con base en los resultados obtenidos por John Goggin en 1939 y su
propio recorrido por la zona, localizó treinta sitios arqueológicos y practicó excavaciones en
cinco de ellos, El Capiral, Las Delicias l, San Vicente, El Tepetate y El Llano, este último uno
de los más grandes de la región. Al menos tres de estos sitios ya habían sido explorados pre­
viamente de manera no científica por don Pablo Frich, quien había formado una importante
colección de piezas arqueológicas que sirvió de complemento para los trabajos tanto de Goggin
como de Kelly. El objetivo de la investigación fue el de definir lo mejor posible los complejos
arqueológicos presentes en los alrededores de Apatzingán, tomando en cuenta las característi­
cas de la cerámica y de otros artefactos, y organizados en una secuencia cronológica.
Al igual que Brand y su equipo, Kelly clasificó minuciosamente los vestigios arqueo­
lógicos hallados, desde los restos arquitectónicos y los entierros hasta los objetos de barro,
piedra, metal y concha, y con el cómputo de su frecuencia en las capas estratigráficas y el
análisis de su distribución espacial, más las asociaciones entre unos y otros, definió cinco
fases, horizontes o complejos culturales que fechó de manera relativa (figura 9). Mediante
la comparación de los materiales de Apatzingán con los de otras regiones, particularmente
con las de Colima y Jalisco que ella misma había trabajado, concluyó que en Apatzingán
se desarrolló una cultura local aislada, distinta inclusive a la hallada en los alrededores de
Tepalcatepec, en donde sí se percibía la influencia tarasca, aunque reconoció que a medida
que se conocieran mejor las regiones adyacentes quizá podrían detectarse las relaciones con
otras culturas (Kelly 1947).4
4.
Puede consultarse la traducción al español de algunas partes del texto de 1947 en Kelly 2001 y com entarios sobre su trabajo en A p atzingán en
Fernández-Villanueva 2001.
32
KELLY. EXCAVATIONS AT APATZtNOAN, MJCHOACAN
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9. Dibujos que ilustran los tipos de a) vasijas cerámicas, b) artefactos líticos, c) de cobre y d) de concha establecidos por Isabel
Kelly en 1941 para la región de Apatzingán (Kelly 1947: 53,131,140 y 117).
33
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
El estado de los conocimientos alcanzados por estas y otras investigaciones fue sinteti­
zado por Donald Brand en 1943 en su todavía útil y válido texto titulado “An historical sketch
of geography and anthropology in the Tarascan región”. Para el tema que aquí tratamos basta
resaltar sus comentarios sobre lo difícil que resultaba definir la región tarasca a partir de los
datos arqueológicos, en parte porque los estudios comparativos se basaban principalmente en
la cerámica y no en complejos arqueológicos, aunque parecía ser muy claro que no existía un
complejo arqueológico que cubriera todo el territorio dominado por el Estado tarasco tal como
éste podía definirse mediante los datos históricos o lingüísticos. Brand opinaba también que,
dada la escasez de excavaciones estratigráficas realizadas hasta entonces, todavía no era posible
delimitar provincias arqueológicas dentro de la región tarasca ni situar cronológicamente la
mayor parte de los objetos recuperados en las excavaciones. No obstante, sugirió una secuencia
general de tres periodos, el primero caracterizado por variantes locales de vajillas cerámicas,
el segundo por una amplia diferenciación regional y el tercero por la fusión cultural que logró
el Estado tarasco, aunque sin eliminar por completo las diferencias locales (Brand 1943: 37-38).
Hay que citar por último las expediciones que Pedro Armillas (l945), Robert Barlow
(1947) y Roberto Weitlaner (1944) realizaron en 1944 en el occidente de Guerrero, comisiona­
dos por el Departamento de Monumentos Prehispánicos del INAH con el objetivo expreso de
recabar información para la cuarta reunión de la Sociedad Mexicana de Antropología que
tendría como tema el occidente de México. Para el asunto que aquí tratamos son de particu­
lar interés los datos recabados en la cuenca del río Balsas por Pedro Armillas, Ignacio Bernal y
Pedro R. Hendrichs, quien previamente había andado por la misma región (Hendrichs 1945),
donde localizaron varios sitios arqueológicos, los más grandes concentrados principalmente
entre Coyuca y Zirándaro, y en tres de los cuales excavaron pequeños pozos estratigráficos
(en Chitahua, Amuco-La Bolsa y Mexiquito). Armillas hizo observaciones sobre la arqui­
tectura de los sitios, destacando el tablero y talud y la decoración de clavos de piedra en los
edificios de Mexiquito, el mayor de todos los sitios observados; sobre la escultura monumen­
tal que se encontró principalmente en Placeres del Oro, Zirándaro y Mexiquito y que ya
había sido reportada con anterioridad (Spinden 1911, Osborne 1943); sobre los instrumentos de
piedra, haciendo notar la escasez de artefactos líticos en todos los sitios y la clara distribución
de metates con patas y sin patas (ticuiches) que parecía ser un marcador de áreas culturales
distintas; sobre la cerámica, particularmente burda y casi toda sin decoración, y sobre el
aspecto arcaico de las figurillas, entre otros datos. En una visita posterior a Mexiquito, en ese
mismo año, Armillas levantó un plano del sitio y realizó nuevas excavaciones para obtener
datos estratigráficos y conocer mejor los detalles arquitectónicos. Aunque los datos obtenidos
en estos trabajos no permitieron definir la cronología precisa del sitio ni su filiación cultural,
quedó confirmado que no tenía relación alguna con Tzintzuntzan y de manera muy pro­
visional Armillas sugirió que más bien podría situarse en un horizonte posterior al fin de
Teotihuacán pero anterior al apogeo de Tula (Armillas 1944a, 1944b, 1945, 1947a y 1949).
34
H is t o r i a d e l a a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
En 1946 los resultados de las principales investigaciones arqueológicas realizadas en
Michoacán en este periodo, junto con los obtenidos en otras regiones del occidente de México,
se presentaron y discutieron en la Cuarta Reunión de Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana
de Antropología (Sociedad Mexicana de Antropología 1947). A partir de ello se definieron
varias provincias arqueológicas fundamentalmente con base en los estilos cerámicos, de las
cuales seis se encontraban total o parcialmente en Michoacán: Cojumatlán, Zamora (desde
Jiquilpan hasta Zacapu), Tzintzuntzan o Lacustre (con los límites aproximados definidos por
Rubín de la Borbolla), Apatzingán y Balsas Medio (desde Churumuco, Michoacán, hasta
Tetela, Guerrero), cuyos límites en algunos casos eran muy claros (por ejemplo el límite orien­
tal de la provincia del Balsas Medio) y en otros se superponían (Armillas observó, por ejemplo,
que en la región de Zacapu se superponían las provincias de Zamora, Tzintzuntzan y Lerma
Medio). Asimismo, se detectaron las áreas que carecían de información, por ejemplo la región
entre la provincia del Balsas Medio y la de Tzintzuntzan, la frontera occidental de Michoacán
al sur del lago de Chapala y la costa de Michoacán (figura 10). También se propuso una tabla
cronológica tentativa (o una sucesión de estilos cerámicos) y se enumeraron algunos de los
elementos que convenía estudiar en el futuro (Armillas 1947b).
Las conclusiones de esta reunión fueron muy preliminares, aunque es importante des­
tacar el enorme avance que se había logrado en el conocimiento de la región durante poco más
de un lustro de investigaciones sistemáticas, conocimiento que en buena parte sigue siendo
válido aún en la actualidad. Tal avance no se puede desligar de los datos que se estaban
obteniendo en los mismos años en otras regiones de Mesoamérica, sin olvidar tampoco que
desde 1939, con la creación del in a h , las nuevas exploraciones se realizaban en el marco de una
arqueología plenamente institucionalizada. De manera particular resultó útil, para establecer
la secuencia michoacana, la cada vez más clara secuencia cronológica del Valle de México en
donde se había identificado el complejo tolteca, situado temporalmente entre Teotihuacán y
los aztecás, gracias a las excavaciones de Vaillant en San Francisco Mazapan y a las de Jorge
Acosta én Tula. También hay que mencionar, entre otros, los conocimientos sobre la cultura
zapoteca que generaron las excavaciones de Alfonso Caso en Monte Albán, sobre la cultura
olmeca revelados por los trabajos de Stirling en Veracruz y Tabasco, y en general el conoci­
miento de otras regiones mesoamericanas, muchas de ellas antes desconocidas, y del estableci­
miento todavía incipiente de sus secuencias cronológicas (Bernal 1979: 165-177).
Las investigaciones realizadas en estos años y la síntesis que de ellas se hizo en la mesa
redonda de 1946 son además excelentes representantes de las tendencias teóricas y metodoló­
gicas de su época. En efecto, el interés preponderante por definir áreas culturalmente homo­
géneas y ordenarlas en secuencias cronológicas mediante la combinación de excavaciones
estratigráficas y la minuciosa clasificación de los materiales hallados en ellas es la característica
principal de la arqueología que se practicó durante la primera mitad del siglo XX (Willey y
Sabloff 1975: 88 y jí). De hecho, tanto Brand como Kelly eran discípulos directos de Kroeber,
seguidor de Boas y uno de los principales exponentes de los estudios que después se han
35
1.— Sureste de Nayarit; Ameca, Sayula.
2.— Costa de Jalisco.
3.— Costa Sur de Nayarit.
4.— Martin Monje.
5.— Cihuatlân.
6.— Cojumatlân.
7.— Zamora.
8.— Tzintzuntzan.
9.— Lerma medio.
10.— Apatzingân.
11.— Balsas medio.
12.— Costa Grande.
13.— Yeztla-Naranjo.
14.— Taxco-Zumpango.
(a) Teloloapan.
(b) Tepecoacuilco.
(c) Mezcala.
ARM ILLAS.— Resumen Arqueológico.
10. M apa de las provincias arqueológicas definidas en la IV Mesa R edonda de la Sociedad Mexicana de A ntropología dedicada
al occidente de México en 1946 (Armillas 1947b: XI).
36
H is t o r ia d e l a a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
denominado histérico-particularistas o culturalistas. Tampoco hay que olvidar que en 1943
Paul Kirchhoff, igualmente discípulo de Kroeber, había propuesto la definición del área cul­
tural llamada Mesoamérica basada en la distribución geográfica de diversos rasgos culturales.
En total concordancia con ello, la conclusión de Pedro Armillas en la reunión de 1946 sobre
la necesidad de estudiar la distribución de rasgos arqueológicos “para poder proceder, con
base firme, a la fijación de provincias arqueológicas y sus correlaciones” (Armillas 1947b: 213)
expresa de manera sintética el objetivo principal que la arqueología perseguía en aquellos años
y el método considerado para lograrlo.
El epílogo de este periodo de la arqueología michoacana es el estudio, principalmente
geográfico, que realizó Donald Brand en Coalcomán y la costa de Michoacán durante 1950
y 1951 y que incluyó la compilación de información arqueológica encargada a José Corona
Núñez. En el recorrido se localizaron diez sitios arqueológicos, algunos de ellos monumenta­
les, en los que se hicieron observaciones sobre la arquitectura, la cerámica, los objetos líticos,
de metal, etc. En contraste con lo encontrado en las otras regiones de Michoacán estudiadas
por Brand, aquí Corona detectó tipos cerámicos tarascos en abundancia, además de algunos
tipos toltecas y ciertas figurillas similares a las de Colima (Brand 1960: 379).
Las
e x p l ic a c io n e s d e l c a m b io s o c ia l
Para entonces, sin embargo, el tipo de arqueología que se había practicado durante la primera
mitad del siglo XX y sus objetivos empezaron a ser seriamente criticados. El resurgimiento en
Estados Unidos de marcos teóricos neoevolucionistas durante la década de los cincuenta junto
con las pretensiones de convertir a la arqueología en una disciplina más científica, ligada a la
antropología más que a la historia, capaz de contribuir a la explicación de los procesos gene­
rales del desarrollo social o de la evolución cultural y no sólo a la descripción de la historia
particular de regiones específicas, produjo cambios sustanciales que hacia fines de los sesenta
derivarían en la llamada “nueva arqueología” o arqueología procesual (Willey y Sabloff 1975:
178-189). Junto con los cambios de carácter teórico (e inclusive debería decirse epistemológico)
en esos mismos años se comenzó a implementar métodos de estudio novedosos, como el uso
de técnicas estadísticas para la clasificación de objetos arqueológicos propuesto por Spaulding
en 1953 que, en lugar de “crear” tipos de acuerdo con los criterios impuestos por el investigador,
pretendía “descubrir” de una manera más objetiva los agrupamientos que reflejaran los crite­
rios de quienes los fabricaron y usaron (idem\ 141-145). Igualmente, en esa época se comenzó a
poner atención en el patrón de asentamiento bajo la noción de que la disposición espacial de
los sitios arqueológicos, las relaciones entre unos y otros y las de éstos con el medio físico son
expresiones de la interrelación entre distintas comunidades y, por lo tanto, de la organización
sociopolítica de sus habitantes. El trabajo pionero de Gordon Willey publicado en 1953 sobre
el patrón de asentamiento en el Valle de Virú, Perú, que incluyó el uso de fotografías aéreas,
37
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
el mapeo de los sitios, su clasificación y fechamiento, sentó las bases para este tipo de estudios
(ídem: 148-151). Paralelamente, la arqueología se benefició en esos mismos años de importantes
desarrollos técnicos como el de la computación y, sobre todo, del método de fechamiento a
partir del carbono 14 propuesto por Willard Frank Libby en 1947, que permitió asignar fechas
absolutas a las otrora secuencias cronológicas relativas basadas principalmente en la estrati­
grafía. Gracias a ello, por ejemplo, la cultura olmeca pudo situarse sin lugar a dudas en una
época anterior al apogeo de la cultura maya, con lo cual fue posible también considerar su
importante papel en el desarrollo original de la civilización mesoamericana. En general, es a
partir de esos años cuando la arqueología empieza a valerse de la ayuda de otras ciencias, como
la física, la química, la botánica, la zoología, la geología y la estadística, lo que derivaría en
trabajos cada vez más interdisciplinarios (idem: 156-160).
De los trabajos realizados en México inscritos en las nuevas tendencias y que tendrían
amplias repercusiones en la arqueología nacional, no sólo por los conocimientos generados
sino también por los métodos utilizados, destacan los estudios de los patrones de asenta­
miento en el Valle de México encabezados por William Sanders, el trabajo interdisciplinario
de Richard MacNeish en Tehuacán sobre el origen de la agricultura y el de René Millón sobre
el urbanismo en Teotihuacán, todos iniciados en 1960 (Mastache y Cobean 1997 [1988]: 166-169).
En el plano teórico, una de las corrientes enmarcada en las nuevas tendencias que más influen­
cia tuvo en la arqueología mexicana fue la ecología cultural. Particularmente importante fue
la explicación del desarrollo de la civilización mesoamericana propuesta por William Sanders
y Barbara Price en 1968 con su secuencia evolutiva de bandas, tribus, cacicazgos y civilización
o Estado, cuya influencia se refleja en el interés creciente sobre el origen y las características de
las sociedades estatales mesoamericanas. Al mismo tiempo la arqueología mexicana recibió el
influjo del marxismo y de su teoría de la historia, el materialismo histórico, reflejado primero,
durante los cincuenta, en el interés por el tema del modo de producción asiático y la conse­
cuente atención a las obras hidráulicas, y posteriormente en el interés más general sobre los
modos de producción con la consecuente atención en los aspectos económicos de la sociedad;
corriente teórica que para finales de los setenta se convirtió en la predominante en la carrera de
arqueología de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (Gándara, López y Rodríguez
1985). En el trasfondo de las nuevas concepciones sobre el objetivo general de la arqueología
y sus métodos está también por supuesto la influencia directa o indirecta de Vere Gordon
Childe, reflejada entre otras cosas en el interés por estudiar el origen de la domesticación de
plantas y el fenómeno urbano. Vale destacar también el arraigo que fue adquiriendo el con­
cepto de Mesoamérica con la idea asociada de que las distintas culturas identificadas en el área
forman una unidad y comparten una historia común. Además, el conocimiento cada vez más
refinado de estas culturas y la correlación de las secuencias cronológicas locales, con ayuda de
las fechas obtenidas por medio del carbono 14 y por la epigrafía maya, permitieron definir con
más precisión sus características, delimitar sus subáreas y establecer la temporalidad general
de los periodos Preclásico {ca. 1500 a.c.-300 d.c.), Clásico (ca. 300 d.c.-900 d.c.) y Posclásico (ca.
38
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
900 - 1520),
con sus subdivisiones (temprano, medio, tardío), que se manejan hasta la actualidad
(véase por ejemplo Willey, Ekholm y Millón 1964).
La creación del Departamento de Prehistoria del i n a h en 1952 desempeñó un papel
importante en la arqueología mexicana en esa etapa, sobre todo a partir de que José Luis
Lorenzo quedó a su cargo (de 1961 a 1978) y se instaló en el departamento una sección de
laboratorios que incluyó primero los de geología y petrografía, suelos y sedimentos, paleozoología y paleobotánica, y más tarde el de análisis químicos y el de fechamiento (Mirambell y
Pérez 1989: 2 2 , García-Bárcena 200 3 [1988]: 126). Debe recordarse además que en 1964 el antiguo
Museo Nacional, ubicado desde tiempos de Maximiliano a un costado de Palacio Nacional,
se trasladó al edificio construido exprofeso para tal fin en el bosque de Chapultepec (Urteaga
2003 [1988]: 2 94), lo que implicó la reorganización de las colecciones, de la museografía y de sus
departamentos. Durante los setenta y los ochenta los cambios en la estructura del i n a h tam­
bién fueron relevantes, principalmente por la creación de los centros regionales y de nuevos
departamentos, como el de Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos, encar­
gado del inventario de sitios arqueológicos y de la preparación de propuestas de declaratoria
de zonas arqueológicas, y el de Salvamento Arqueológico, que cumple funciones encargadas
anteriormente al Departamento de Prehistoria, ambos convertidos después en direcciones del
i n a h . Además, en 1972 se promulgó la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos,
Artísticos e Históricos, instrumento jurídico que desde entonces regula las funciones sustan­
tivas del instituto, y en 1970 se estableció el Consejo de Arqueología, que garantiza el cumpli­
miento de las normas técnicas y académicas de las investigaciones arqueológicas realizadas en
el país (García-Bárcena 2 003 [1988]: 126-135). La profesionalización de los arqueólogos iniciada
a principios del siglo XX se consolidó a partir de 1942 con la fundación de la Escuela Nacional
de Antropología e Historia ( e n a h ) y la participación frecuente de sus estudiantes en diversos
proyectos arqueológicos como parte importante de su formación. A todo ello hay que añadir
la creación en 1973 del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la u n a m , con lo que se
abrió una opción relativamente extraoficial para el desarrollo de la arqueología mexicana.
Las investigaciones arqueológicas que se han realizado en Michoacán a partir de la
segunda mitad del siglo XX están marcadas indudablemente por muchos de los factores arriba
mencionados. En efecto, como veremos a continuación, en esta etapa el objetivo general de
la gran mayoría de las investigaciones ha sido explicar procesos evolutivos o de cambio social
y, en varios casos, explicar más particularmente el origen del Estado tarasco o el surgimiento
de la jerarquización social. Se notará también el énfasis puesto en el estudio de la esfera eco­
nómica de la vida social, en los recursos o las fuentes de materias primas y en las técnicas de
manufactura y función de los artefactos más que en su estilo. Asimismo, se incrementan los
enfoques regionales, los análisis de patrones de asentamiento como medio para conocer la
organización social y, en menor medida, los estudios paleoambientales. Desde el punto de
vista técnico se notará igualmente el uso regular de fotografías aéreas para el trabajo de pros­
pección, la aplicación de técnicas químicas y físicas para la caracterización de materiales, la
39
C l a u d ia E s p e j e l C a r b a ja l
participación de biólogos para la identificación de especies botánicas y zoológicas, los fechamientos por radiocarbono y el manejo estadístico de los datos con computadora, por mencio­
nar algunos ejemplos.
Dentro de estas generalidades se puede distinguir claramente tres “escuelas”. Por un
lado está la estadounidense, representada básicamente por Helen Perlstein Pollard y su grupo
de colaboradores, influenciada de manera muy directa por las teorías y los métodos de la
arqueología procesual, especialmente por su característico razonamiento lógico-deductivo y
el consecuente objetivo de probar hipótesis o modelos formulados a partir de teorías genera­
les. Por otro lado está el grupo de arqueólogos franceses del Centro de Estudios Mexicanos y
Centroamericanos ( c e m c a ) cuyas investigaciones se han dirigido más bien a responder pre­
guntas cada vez más específicas formuladas a partir de las características particulares de la
zona bajo estudio. Finalmente, están los arqueólogos mexicanos, varios de ellos influenciados
muy notoriamente por las teorías marxistas, cuyas investigaciones han estado sujetas a las
exigencias institucionales, ya sea por su carácter de rescate (tanto en los grandes proyectos
de salvamento arqueológico como en los eventuales casos de saqueo o destrucción de sitios
arqueológicos), por el requerimiento de restaurar sitios monumentales con fines turísticos o por
la necesidad de producir la información conducente a la declaratoria de zonas arqueológicas.
L O S G R A N D E S PROYECTOS DEL IN A H E N LOS SESENTA
Después del auge arqueológico de los cuarenta en Michoacán, el interés en la región decayó
notoriamente durante varios años. Los trabajos en Tzintzuntzan se suspendieron después de
1946 y, exceptuando algunas labores de consolidación practicadas en 1956 (Orellana s.f, Castro
Leal 1986: 4 2 ), 5 no se reanudaron hasta 1962, esta vez bajo la dirección de Román Piña Chan,
seguidos de otras intervenciones en 1964 y en 1968. Desafortunadamente los resultados de estos
trabajos no fueron publicados y no se conoce el paradero de los informes que se entregaron al
Departamento de Monumentos Prehispánicos del IN A H , por lo cual resulta imposible detectar
si hubo algún cambio en la perspectiva de estudio con respecto a la investigación dirigida por
Rubín de la Borbolla. Siguiendo el recuento de las actividades realizadas en esos años, que de
manera resumida dio a conocer Marcia Castro Leal (1986), se puede concluir que buena parte
del trabajo consistió en la limpieza y reconstrucción de las yácatas, de la gran plataforma y de
un montículo en el barrio de Santa Ana, aunque también se realizaron excavaciones en distin­
tos puntos del sitio. Posteriormente Castro Leal clasificó el material cerámico recuperado en
algunos de estos pozos de sondeo (idení). Al parecer fue también en 1962 cuando Piña Chan
5.
Además en 1957 Eduardo Pereyón se ocupó del rescate arqueológico de u n sepulcro encontrado frente al jardín m unicipal de U ruapan que contenía
u na rica ofrenda. Varios objetos de metal hallados en él fueron analizados recientemente mediante técnicas físicas para determinar, entre otros aspec­
tos, la técnica de m anufactura, la composición y el tipo de aleaciones (M éndez 1999, M éndez, Ruvalcaba, López y Tenorio 2005).
40
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
hizo las primeras exploraciones en San Felipe de Los Alzati, cerca de Zitácuaro, sitio ocupado
durante el periodo Posclásico tardío asociado a los matlatzincas (Macías 1997 [1988]: 465).
Al mismo tiempo se llevaron a cabo dos importantes proyectos de salvamento arqueo­
lógico en la cuenca del río Balsas a raíz de la construcción de las presas El Infiernillo y La
Villita, el primero entre 1961 y 1964, dirigido por José Luis Lorenzo, y el segundo en 1966-1967,
coordinado por Jaime Litvak y dirigido por el mismo Lorenzo. Como los recorridos realiza­
dos en los cuarenta habían tocado sólo de manera parcial o periférica las regiones específicas
que serían inundadas, ambas zonas eran prácticamente desconocidas desde el punto de vista
arqueológico y por ello el principal objetivo de los dos proyectos fue el de recuperar la mayor
cantidad de datos posibles antes de que los restos arqueológicos que ahí existieran quedaran
cubiertos por el agua de las presas (Aguirre et al. 1964, Litvak 1968).
Mediante el proyecto de El Infiernillo se localizaron 104 sitios arqueológicos a partir de
una revisión previa de las fotografías aéreas de la región y el posterior recorrido en campo;
de todos ellos se levantó un plano topográfico y cada uno fue ubicado con precisión en las
cartas escala 1:10 000 con cotas de nivel cada cinco metros elaboradas para la construcción de
la presa. Tomando en cuenta su importancia relativa y el nivel de riesgo de quedar inundados,
se hicieron excavaciones en 19 sitios en las cuales se llevó un registro detallado, se sacaron foto­
grafías y se dibujaron plantas, cortes, entierros y otros detalles (figura ll). Aparentemente los
distintos tipos de material colectados en el proyecto fueron clasificados y analizados aunque
sólo se conocen los resultados del análisis del patrón de asentamiento (González 1979), de la
concha (Suárez 1971, 1974, 1977), de los textiles (Mastache I97l) y de los entierros con ofrendas
hallados en las excavaciones (Maldonado 1980), todos los cuales fueron presentados como tesis
de maestría en la e n a h , más la clasificación preliminar de una muestra representativa de la
cerámica procedente de 22 sitios (Müller 1979). Al parecer los resultados de la clasificación de
las figurillas que hicieron Lorena Mirambell y Jaime Litvak (citado en González 1979) queda­
ron inéditos y el estudio de las técnicas metalúrgicas (mencionado en Aguirre et al. 1964: 3i)
no se realizó o quedó inconcluso. Afortunadamente Rubén Maldonado (1980: 223-226) incluyó
en su tesis un breve análisis de los objetos metálicos encontrados en los entierros. Maldonado
(1976) también analizó las puntas de proyectil, las navajas de obsidiana (Maldonado 1978) y,
más tarde, las similitudes entre las llamadas “paletas de pintura”6 encontradas en El Infiernillo
y las de la cultura Hohokam del suroeste de Estados Unidos (Maldonado 2002). Asimismo, se
obtuvieron fechamientos con las técnicas de hidratación de obsidiana (García Bárcena 1974,
citado en Maldonado 1980) y de carbono 14 (citadas en Mastache 1979 y en Maldonado 1980), y
se hicieron estudios químicos para identificar los colorantes de los textiles (informe de Torres
en Mastache 1979). Aunque los resultados globales del proyecto tampoco fueron publicados,
6.
Especie de metates de piedra pequeños (de unos cinco a diez cm de lado o diámetro), circulares o rectangulares, con soportes o sin ellos y algunos
con figuras zoomorfas. D e las 49 paletas obtenidas en El Infiernillo, 46 se sometieron a análisis petrográficos en los laboratorios del D epartam ento de
Prehistoria, con lo cual se determ inaron los tipos de piedra con que se hicieron y su procedencia, toda ella del área adyacente a la presa (M aldonado
2002: 153).
41
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11. Plano de los sitios localizados por el proyecto de salvamento arqueológico previo a la construcción de la presa El Infiernillo en 1963 (González 1979: 23).
CRONOLOGÍA
POR FECHAMIENTO DE Cw Y
CORRELACION
« S i,
B54
CON
OBSIDIANA
LOS PERIOOOS
B4I
DE UDS SITIOS
TRADICIONALES
B5
DEL INFIERNILLO
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MESOAMERICANOS.
000
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Fig. A . 2
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12. Cronología de El Infiernillo con fechas estimadas por radiocarbono e hidratación de obsidiana y su correlación con los periodos mesoamericanos (M aldonado 1980: 180).
43
GRAFICA DB TRANSFORMACIONES Z
TRANSFORMADAS A VALORES r
13. Ejemplo de un dendogram a resultante por medio de la taxonomía numérica (González 1979: fig. 41).
en 1964 se adelantaron algunas observaciones sobre las épocas de ocupación del área, sus posi­
bles relaciones con varias regiones, incluido el suroeste de Estados Unidos, y sobre la proba­
ble aparición temprana de la metalurgia aparentemente anterior al 900 d.c., entre otras cosas
(Aguirre et al. 1964). En los trabajos parciales también se encuentran algunas conclusiones
sobre el desarrollo global de la región y la síntesis de la secuencia cronológica está representada
en una tabla publicada por Maldonado (1980) (figura 12).
Los trabajos realizados en El Infiernillo fueron innovadores en varios sentidos; por una
parte, porque fue la primera investigación de salvamento arqueológico bien organizada que
se llevó a cabo en México con el reconocimiento del potencial que este tipo de arqueología
ofrecía para hacer estudios regionales, y por otra parte, por las técnicas y los métodos que se
utilizaron para registrar y analizar de manera más precisa los datos recabados (como el uso
de fotografías aéreas, por ejemplo). Todo ello pudo realizarse en gran medida gracias a la
experiencia de José Luis Lorenzo en los métodos arqueológicos europeos, por ejemplo en las
técnicas de excavación por niveles naturales y el registro tridimensional de los hallazgos desa­
rrollados por la prehistoria francesa, así como a los laboratorios instalados en el Departamento
de Prehistoria del i n a h , a la participación de especialistas en diversas ciencias y, en general,
al interés por hacer de la arqueología una disciplina más científica (Mirambell y Pérez 1989,
Martínez Muriel 1988: 398, Maldonado 2012, comunicación personal). Destaca, por ejemplo,
la aplicación de la taxonomía numérica que tanto Norberto González (1979) como Rubén
44
a
b
perforación hecha
por pulpo O n
perforación
i
hecha
por el
\\hoirbre
fragmentos irregulares
percusión
(Johnson,1968}
percusión apoyoda
14. Reconstrucción del proceso de trabajo para elaborar a) pendientes de concha y b) tipos de perforación para suspender los pendientes (Suárez 1977: 102 y 103).
C l a u d ia E s p e j e l C a r b a ja l
Maldonado (1980) usaron para clasificar los sitios arqueológicos y las ofrendas, asociadas a los
entierros, respectivamente, lo que implicó el uso de computadoras, de programas estadísticos
y, en el caso del trabajo de Maldonado, la colaboración con el Instituto de Investigación en
Matemáticas Aplicadas y en Sistemas de la u n a m (figura 13). El análisis del patrón de asen­
tamiento que realizó Norberto González fue pionero en su tipo, lo mismo que la excelente
monografía de Guadalupe Mastache sobre las técnicas textiles y la tipología de los objetos de
concha que propuso Lourdes Suárez, con lo que se convirtió en la especialista del tema en
México (figura 14).
El proyecto de salvamento arqueológico de la presa La Villita también se inició con el
recorrido del área para localizar los sitios arqueológicos tras un trabajo previo de fotointerpretación que, dadas las características de la región y de los restos arquitectónicos, resultó menos
útil de lo esperado. En total se localizaron 72 sitios y seis fueron excavados, cuatro de ellos en
Michoacán y dos en Guerrero. En 1967 Norberto González y Miguel Medina publicaron los
primeros resultados y observaciones sobre los sitios localizados junto con algunas notas gene­
rales acerca de las características actuales e históricas de la región (González y Medina 1967).
En 1968 Jaime Litvak publicó los resultados preliminares de las excavaciones proponiendo una
secuencia cronológica y caracterizando brevemente cada fase temporal además de exponer las
estrategias seguidas para resolver diversos problemas metodológicos relativos a los trabajos
de salvamento arqueológico, como el registro y el muestreo controlado de los hallazgos para
manejar los datos con técnicas estadísticas. También Robert Chadwick (l9 7 l) publicó un resu­
men de los resultados del proyecto con algunas interpretaciones, basándose en parte en sus
propias notas de campo, y finalmente, en 1976 Rubén Cabrera presentó como tesis de maestría
los resultados del análisis de los materiales recuperados en las excavaciones.
Además de exponer con detalle los procedimientos seguidos en las excavaciones,
Cabrera clasificó, describió y analizó la arquitectura y el patrón de asentamiento; los entierros
y sus ofrendas; la cerámica (de la cual se hicieron análisis petrográficos), figurillas, pipas, sellos,
etc.; los objetos líticos, de metal, de concha (identificando las especies) y los restos óseos de
animales (cuyas especies también fueron identificadas en los laboratorios de paleoecología del
Departamento de Prehistoria del i n a h ) . Con todo ello estableció la secuencia cronológica de
varias fases culturales, cada una de ellas caracterizada por el patrón de asentamiento, la tecno­
logía y la organización social, entre otros aspectos; estableció las posibles relaciones con distin­
tas regiones en cada periodo y bosquejó el desarrollo general de la región desde el Preclásico
medio hasta el Posclásico tardío (Cabrera 1976).
T r a ba jo s d e s it io e n lo s s e t e n t a
Así como los trabajos de salvamento en las presas del río Balsas son buenos exponentes del
desarrollo de las técnicas y los métodos arqueológicos que caracterizan a la disciplina a partir
46
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M ic h o a c á n
de los años sesenta, los cambios en la orientación teórica son particularmente notorios en el
trabajo que realizó Helen Pollard en Tzintzuntzan en 1970, el primero de la serie de investiga­
ciones en la cuenca del lago de Pátzcuaro que han ocupado el resto de su carrera profesional.
Desde una perspectiva ecologista y, más particularmente, siguiendo los planteamien­
tos de la ecología urbana en combinación con los principios teóricos de la economía política
expuestos por Pedro Carrasco, Morton Fried y Eric Wolf (comentarios de Pollard en Williams
y Weigand 2011; Pollard, comunicación personal), Pollard realizó el estudio de la capital tarasca
con el propósito de construir un modelo que permitiera distinguir la variabilidad de los asen­
tamientos urbanos y para comprender, a través de ello, la evolución general de la cultura. Para
lograr su objetivo definió las características que tenía Tzintzuntzan en el momento de la con­
quista española analizando una amplia lista de atributos relacionados con la estructura física
del asentamiento, con la estructura económica -considerando diversos aspectos de la produc­
ción de bienes y servicios, su distribución y su consumo- y con la estructura sociopolítica.7
Si bien la mayor parte de estos atributos los definió utilizando datos de diversos documentos
históricos, principalmente de la Relación de Michoacán, algunos otros, como la extensión del
sitio y las áreas destinadas a diferentes tipos de actividad (públicas, residenciales, producti­
vas, etc.), los pudo definir con los datos arqueológicos recabados en su propio recorrido por
Tzintzuntzan mediante el cual detectó 120 sitios,8 en algunos de los cuales practicó pequeñas
excavaciones, y por la clasificación de la cerámica y la lítica que en ellos colectó. El último paso
de su análisis consistió en la comparación de cada uno de los atributos de Tzintzuntzan con
los de otras dos ciudades mesoamericanas, Teotihuacán en la fase Xolalpan y Tenochtitlán,
descubriendo que aquélla se encontraba en un estadio menos desarrollado que éstas y com­
probando así la existencia de variabilidad en los asentamientos clasificados como urbanos.
Finalmente, Pollard sugirió que a través de este tipo de análisis se podría entender y explicar
el crecimiento y la decadencia de los asentamientos prehispánicos de Mesoamérica así como la
evolución de los asentamientos urbanos en general (Pollard 1972).
También en 1970 Eduardo Noguera y Arturo Oliveros excavaron tres tumbas más en
El Opeño, con lo cual, y dado el mayor conocimiento que para entonces se tenía de la cultura
olmeca y de otras tumbas de tiro en el occidente de México, algunas de ellas con fechas de
radiocarbono, pudieron confirmar su antigüedad (Oliveros 1970, Noguera I97l).
Poco después, entre 1971 y 1973, Shirley Gorenstein realizó una investigación
sobre la frontera tarasco-mexica que incluyó recorridos de superficie para localizar los
7.
Para definir la estructura física de Tzintzuntzan, Pollard consideró, entre otros atributos, si el asentamiento era permanente o estacional, su extensión,
el tamaño y la densidad poblacional, el grado de concentración, el uso diferencial del suelo y el grado de planeación de la ciudad. Los atributos consi­
derados para definir la estructura económica fueron, entre otros, los recursos utilizados, la complejidad tecnológica, los bienes y servicios producidos,
la división, organización y el grado de especialización del trabajo (para definir la producción); los medios de transporte y las vías de comunicación,
los sistemas de intercambio (para definir la distribución); la distribución de los bienes y servicios, los tipos de consumo, el control de la riqueza y el
régimen de propiedad entre otros (para definir el consumo). Para definir la estructura sociopolítica los atributos considerados fueron el parentesco, la
estratificación social, la organización del gobierno, la administración judicial y la funciones que cumplía el asentamiento, entre otros.
8.
En este caso el térm ino “sitio” se refiere a concentraciones de material arqueológico o estructuras dentro del área que abarcó la ciudad prehispánica de
Tzintzuntzan.
47
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
lugares fronterizos mencionados en documentos históricos (se localizaron sitios en Acámbaro,
Zirizícuaro, Taximaroa, Zitácuaro y Tuzantla) y algunas excavaciones en el cerro El Chivo,
contiguo a Acámbaro, a partir de las cuales se pudo establecer una secuencia cronológica
desde el Preclásico medio hasta el Posclásico tardío (650 a.c.-l520 d.C.) fijada con dos fechas de
radiocarbono (Gorenstein et al. 1985).
A raíz de esta investigación, Gorenstein y Pollard (quien había participado en la tempo­
rada de campo de 1972 en Acámbaro) decidieron complementar sus respectivos estudios de la
frontera y de Tzintzuntzan con una nueva investigación que abarcara toda la cuenca del lago
de Pátzcuaro. Desafortunadamente no obtuvieron permiso del i n a h para hacer exploraciones
arqueológicas, por lo cual su estudio se basó casi por completo en el análisis de varios documen­
tos históricos, sobre todo de la Relación de Michoacán, y de diversos datos botánicos, edafológicos y geográficos. De cualquier modo, con ello identificaron y ubicaron 91 asentamientos que
probablemente estaban ocupados en el momento de la conquista española, los jerarquizaron
y clasificaron tomando en cuenta distintos criterios (ubicación, tamaño poblacional, función,
entre otros) y aplicando modelos geográficos explicaron diversos aspectos de la organiza­
ción del Estado tarasco (figura 15). Asimismo, la reconstrucción teórica del ambiente de la
cuenca del lago de Pátzcuaro en el siglo xvi les permitió proponer un modelo tentativo para
explicar el surgimiento del Estado tarasco en el cual los cambios climáticos, con sus efec­
tos sobre los recursos disponibles y la organización política, cumplen un papel determinante
(Gorenstein y Pollard 1982, Pollard 1993, 2008, 2011). Más tarde Helen Pollard, en el libro
Tariacuri’s Legacy (1993), reunió los resultados de este y sus otros trabajos en Michoacán y los
complementó con diversa información etnohistórica para dar una visión global del Estado
tarasco que se ha convertido en un parámetro de referencia obligado para otras investigaciones.
Hacia 1973 otra investigadora estadounidense, Marie Kimball Freddolino, realizó un
estudio en los alrededores de Zacapu donde practicó excavaciones en cinco sitios arqueológicos
(Ciudad Perdida, Las Iglesias, Club Campestre, El Palacio y Escuela Agropecuaria), a partir
de las cuales definió tres complejos culturales, todos del periodo Posclásico. El análisis de
la arquitectura, de la cerámica y de otros materiales reveló, entre otras cosas, la ausencia de una
ruptura cultural clara que indicara la invasión de migrantes en la región a la que hace alusión
la Relación de Michoacán, la posibilidad de que algunos sitios hubieran sido abandonados antes
de la formación del imperio tarasco y el hecho de que, aun con la introducción de elemen­
tos tarascos en la última fase temporal, la región de Zacapu mantuvo cierta individualidad
(Freddolino 1973).
A finales de los años setenta la arqueología michoacana recibió un nuevo impulso
con la creación del Centro Regional México-Michoacán del i n a h . Varios sitios monumen­
tales fueron seleccionados para su investigación con el objetivo expreso de obtener nuevos
datos que permitieran “ir completando el cuadro evolutivo de las sociedades que existieron
en Michoacán” (Piña Chan y Oi 1982: 7) y al parecer también con el fin de habilitarlos para la
visita pública. Tingambato, Huandacareo, Penjamillo, Mexiquito y Zaragoza fueron algunos
48
LAKE PATZCUARO BASIN
MICHOACAN, MEXICO
Protohistoric Administrative
Units and Network,
3000270C
Tzintzim tzan
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30 0 0 i
Pechata.ro •xzV
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2700
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HELEf. POLLARD
1977
2700
15. M apa que muestra las áreas de control de los centros administrativos del Estado tarasco en la cuenca del lago de Pátzcuaro (Gorenstein y Pollard 1983: 70).
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
de los sitios seleccionados, pero sólo en los dos primeros llegaron a hacerse exploraciones en
esos años. Además se llevó a cabo una nueva temporada de trabajo en Tzintzuntzan y se hicie­
ron algunas labores de rescate arqueológico (ibidem; Cabrera 1979).
Entre 1977 y 1978 Rubén Cabrera se ocupó de Tzintzuntzan, donde practicó varias
excavaciones con el fin de conocer las actividades de la población prehispánica, localizar áreas
de actividad específicas, explorar casas habitación rurales y obtener una secuencia cronológica
completa del sitio, además de continuar con la limpieza y restauración de las yácatas y seguir
liberando de escombro el edificio B. Entre otras cosas, las exploraciones revelaron una subestructura en las yácatas cuya forma y sistema constructivo pudo conocerse parcialmente; un
entierro múltiple frente a la yácata 3 con ricas ofrendas (objetos de oro, plata, cobre, turquesa,
obsidiana, madera, concha y varias vasijas de cerámica completas); un conjunto de cuartos
sobre la gran plataforma que posiblemente servía de almacén; una casa con un fogón y un
taller lírico fuera de la zona ceremonial, ambos en la ladera del cerro Yahuarato, y los restos
de una capilla colonial en el barrio de Santiago. También se hicieron excavaciones en la parte
baja del sitio con la esperanza de encontrar buenos depósitos estratigráficos, pero la búsqueda
resultó infructuosa (Cabrera 1979, 1987, 1988, 1996).
También en 1977 Angelina Macías comenzó la exploración de Huandacareo con el fin
principal de detener el saqueo sistemático al que estaba sometido el sitio. La investigación,
que se prolongó hasta 1983, incluyó excavaciones, tanto en el centro ceremonial como en un
área habitacional, y el respectivo análisis de los materiales encontrados que permitió ubicar su
ocupación en el periodo Posclásico tardío y detectar su filiación claramente tarasca, así como
la limpieza y consolidación de los principales edificios y su apertura al público (Macías 1990,
1997 [1988]).
La exploración del sitio arqueológico llamado Tinganio, cerca de Tingambato, del que
se tenía noticia desde 1842, estuvo a cargo de Román Piña Chan y Kuniaki Oi. Los trabajos,
realizados entre 1978 y 1979, incluyeron un recorrido por la región mediante el cual se detec­
taron otros nueve sitios, cuatro de ellos con estructuras arquitectónicas (Cerro de los Monos,
Characatan, La Escondida y Yácata); la limpieza y restauración de los principales edificios
del centro ceremonial de Tinganio, incluida una cancha de juego de pelota; la excavación de
una tumba con varios esqueletos y ofrendas, y la clasificación provisional de la cerámica y
de otros objetos hallados entre el escombro. Con ello se definieron dos etapas de ocupación,
la primera fechada tentativamente del 450 al 600 d.C. y la segunda del 600 al 900 d.C., época
en la que aparecen elementos teotihuacanos en la arquitectura, y se hizo una interpretación
general sobre la organización social de sus habitantes, sus costumbres y sus posibles relaciones
con otras regiones (Piña Chan y Oi 1982). Además, el sitio se abrió para la visita pública.
Por otra parte, entre 1977 y 1982 se hicieron varios trabajos de rescate en la Loma de
Santa María, en Morelia -primero a cargo del Centro Regional y después del Departamento
de Salvamento Arqueológico-, en donde se consolidaron algunas estructuras arquitectónicas
y se realizaron varias excavaciones (Trejo 1977, Manzanilla 1988). El estudio del sitio, cuyos
50
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c An
resultados finales presentó Rubén Manzanilla como tesis de licenciatura, reveló una ocupa­
ción desde el 150 a.C. hasta el 650 d.c. Entre los materiales hallados se detectó la presencia de
estilos cerámicos locales, principalmente durante el Preclásico tardío, y de elementos teotihuacanos tanto en la cerámica y las figurillas como en la arquitectura durante el periodo Clásico.
Además fue posible lanzar algunas interpretaciones sobre la organización social de sus habi­
tantes y los aparentes contactos con la cuenca de México (Manzanilla 1984, 1988).
A estos trabajos más o menos planeados hay que añadir la breve exploración del sitio
llamado La Loma, cerca de Tiristarán, donde accidentalmente se hallaron más de cien escul­
turas de piedra que la gente del pueblo estaba vendiendo (Corona 1970), así como la explora­
ción que en 1977 realizó Rubén Cabrera en Carapan, donde se había encontrado, también de
manera accidental, un llamativo conjunto de objetos arqueológicos, muchos de los cuales des­
afortunadamente fueron vendidos a coleccionistas particulares. Además de excavar dos pozos
y recorrer la región, en donde localizó cinco sitios arqueológicos, Cabrera clasificó de manera
provisional los materiales hallados, en particular los objetos de molienda (metates, manos y
molcajetes), que encontró parecidos a los de Centroamérica, y la cerámica, que resultó ser
muy distinta a la conocida en otras partes de Michoacán (Cabrera 1995). Por otra parte, en
1972 Emilio Bejarano describió el Cerrito del Muerto cercano a La Piedad, en 1980 David
Rico realizó un rescate en la Loma de las Candelarias, municipio de Yenustiano Carranza,
en 1981 Lilia Trejo describió las ruinas conocidas como Pueblo Viejo de Cuanajo y dio noticia
de unas pinturas rupestres cerca de Tuxpan, y en 1982 Gilberto Ramírez atendió el rescate de
Patámbaro y Camémbaro, en los municipios de Zitácuaro y Tuxpan, respectivamente (véase
Medina 1989: 478 y 488).
T ra ba jo s r e g io n a l e s e n l o s o c h e n t a
Si en la década de los setenta prevalecieron los trabajos en asentamientos prehispánicos espe­
cíficos con pequeños recorridos en las zonas aledañas, la siguiente década se caracterizó
por el estudio de áreas más o menos extensas en las cuales se registraron numerosos sitios
arqueológicos.
En 1982, con motivo de la construcción de un gasoducto entre Salamanca, Guanajuato,
y el puerto de Lázaro Cárdenas, en la desembocadura del río Balsas, personal del entonces
Departamento de Salvamento Arqueológico del i n a h recorrió la zona con la finalidad de
localizar los vestigios arqueológicos que pudieran ser afectados por la obra (Macías et al. 1982).
En total se detectaron y describieron alrededor de 800 sitios.9 En ninguno de ellos se hicieron
9.
D esafortunadamente no existe un informe final de la investigación y los informes parciales, unos en el Archivo Técnico de la C oordinación Nacional
de Arqueología y otros en la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH, proporcionan datos incompletos y en algunos casos aparentemente con­
tradictorios, sobre todo en cuanto al núm ero de sitios registrados. Por ejemplo, Salvador H u rtado (1987) mencionó 187 sitios localizados por uno de los
equipos que hicieron los recorridos de campo, distribuidos en los valles de Apatzingán, Tepalcatepec, Nueva Italia, Lom bardía y en la M eseta Tarasca
51
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
excavaciones pero la cerámica de superficie colectada en ias cuencas de Cuitzeo, Pátzcuaro y
Zirahuén fue clasificada de manera preliminar por María Antonieta Moguel, Nelly Silva y
Angelina Macías (l9 8 6 ). Posteriormente Moguel presentó como tesis de licenciatura el análisis
de los datos recabados en los 250 sitios que se localizaron en esas mismas regiones, a partir
del cual estableció una secuencia cronológica desde el Preclásico medio hasta el Posclásico
tardío e hizo notar las diferencias entre la cuenca de Cuitzeo, donde todos los periodos están
bien representados y se encontraron tipos cerámicos parecidos a los de Teotihuacán, y las
cuencas de Pátzcuaro y Zirahuén, donde el periodo Preclásico está poco representado y no se
encontraron materiales pertenecientes al periodo Clásico (Moguel 1987). Por otra parte, pri­
mero Salvador Hurtado (l9 8 7 ) y después Gabriela Zepeda (1988, 1989) analizaron los materiales
recuperados en la sección Uruapan-Lázaro Cárdenas. El proyecto que propuso Zepeda (l9 8 8 )
para emprender el análisis resulta de particular interés pues explícitamente partió de una
perspectiva teórica materialista, considerada la adecuada para explicar los fenómenos sociales
ocurridos en el pasado, y en consecuencia su interés se enfocó en las técnicas de manufactura
y la función de los artefactos estudiados, así como en los distintos aspectos del ámbito econó­
mico de la sociedad (producción, distribución y consumo) que ellos pudieran reflejar. Resalta
también que varios materiales fueron turnados a los laboratorios del i n a h para hacer estudios
más específicos, como el análisis de los moluscos que realizó el biólogo Gerardo Villanueva
(Zepeda 1988). Los resultados que presentó Zepeda (l9 8 9 ) se limitan a la clasificación de los
materiales cerámicos (incluyendo figurillas, cuentas, sellos y malacates de algunas regiones),
cuya procedencia exacta, además, no pudo determinarse en varios casos porque el material no
fue marcado.
Paralelamente a ios trabajos de salvamento por la construcción del gasoducto, en 1982
y 1983 se llevaron a cabo dos temporadas de campo del Proyecto Pátzcuaro-Cuitzeo diseñado
por Enrique Nalda, dirigido por Giovanni Sapio y realizado con la participación de varios
grupos de estudiantes de la e n a h . El objetivo principal de la investigación era el estudio,
a partir de un caso particular, de diversos procesos históricos generales, principalmente el
(con dos secciones: U ruapan y Tancítaro); H ernández y Contreras (1985), en cambio, dan un total de 224 sitios localizados en el tram o Uruapan-Lázaro
Cárdenas (28 en el valle de Apatzingán, 72 en el valle de Nueva Italia, 17 en el valle de Tepalcatepec, 51 en la M eseta Tarasca, sección U ruapan, 15 en
la M eseta Tarasca, sección valle de Los Reyes, 3 en el municipio de Aguililla, 16 en el valle de Las Cruces, 2 en Arteaga y 20 en Lázaro Cárdenas de
los cuales al menos tres están en el estado de Guerrero). Sánchez y Franco (1985) sólo mencionan 81 en el mismo tram o (55 en el Valle de Apatzingán,
11 de ellos posteriores a la conquista; 72 en el valle de Nueva Italia, 3 de ellos posconquista; 35 en el valle de Tepalcatepec, 5 de ellos postconquista; 46
en la M eseta Tarasca/U ruapan; 17 en la M eseta Tarasca/Valle de los Reyes; 1 en A rteaga y
18
en Lázaro Cárdenas y la Costa G rande de Guerrero, 2
de ellos postconquista). Zepeda (1988) en una ocasión menciona 674 sitios, incluidos los coloniales y del siglo XIX (194 en la M eseta Tarasca, 439 en la
Tierra Caliente, 3 en la sierra de Coalcom án y 30 en la costa de M ichoacán, lo que da, en realidad, un total de 666 sitios) pero sum ando los sitios que
la misma investigadora da en otra lista por regiones la cifra asciende a 682
(102
en el valle de A patzingán, 72 en el valle de Tepalcatepec, 204 en el de
Nueva Italia, 61 en Lom bardía, 16 en Las Cruces, 3 en Coalcom án, 3 3 en Aguililla, 38 en la C osta de M ichoacán, 113 en la M eseta tarasca/U ruapan
y 38 en la M eseta/Tancítaro-Los Reyes). Por otra parte, M irna M edina (1989: 497) contabilizó 582 sitios registrados durante el proyecto G asoducto en
el tram o U ruapan-Lázaro Cárdenas. Lamentablemente el paradero de las cédulas originales de los sitios localizados en este tram o se desconoce, por
lo cual resulta difícil aclarar el asunto (Salvador Pulido 2012, comunicación personal). La cantidad de sitios localizados en el tram o Yuriria-Uruapan
tam poco es clara. En la cuenca de Cuitzeo se localizaron 143 y en las cuencas de Pátzcuaro y Zirahuén 107 (Moguel 1987), pero M edina (1989:4 7 l) sólo
contabilizó 120 en la primera, posiblemente porque el resto de sitios se encuentra en G uanajuato o porque no todos son sitios prehispánicos.
16. Plano de Uricho (sitio 60) elaborado durante el Proyecto Pátzcuaro-Cuitzeo (Sapio y López 1983).
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
de la sedentarización, el de la conformación de sociedades estratificadas (cacicazgos) y el de
la creación de un aparato expansionista de carácter militar. Para ello se eligió la zona norte
de Michoacán comprendida entre el lago de Pátzcuaro, la ciénaga de Zacapu y el lago de
Cuitzeo, donde los tres procesos estarían representados a través de la historia de los tarascos
durante el periodo Posclásico. Dado que prácticamente no se tenían datos previos, el primer
paso de la investigación consistió en la localización y descripción de los sitios arqueológicos
de la región, apoyada por un trabajo previo de fotointerpretación, y la colección controlada
de muestras de material de superficie; todo lo cual, adecuadamente analizado, proporciona­
ría diversos indicadores de los procesos bajo estudio (la relación entre los distintos sitios y la
conformación interna de cada uno de ellos, por ejemplo, serviría para conocer las formas de
estratificación social en distintos periodos). Lamentablemente la investigación se suspendió
tras la muerte de su director y sólo se recorrieron dos secciones del área, el norte de la cuenca
del lago de Pátzcuaro y los alrededores de la ciénaga de Zacapu, en las cuales se localizaron
164 sitios, se dibujaron croquis de aquellos que tenían restos arquitectónicos y de algunos se
hicieron levantamientos topográficos (figura 16). Asimismo, el material cerámico recuperado
en la primera sección fue clasificado de manera provisional, con lo cual se pudo iniciar el aná­
lisis espacial de los datos obtenidos (Sapio y López 1983; Sapio y López, s.f, López, Cárdenas
y Fernández, s.f.).
Al mismo tiempo el c e m c a inició en 1983 una investigación, dirigida por Dominique
Michelet con la participación de varios arqueólogos y otros especialistas, en un área com­
prendida entre el río Lerma al norte y las inmediaciones de la sierra tarasca al sur, y entre la
ciénaga de Zacapu al este y las inmediaciones de la Cañada de los Once Pueblos al oeste. El
propósito general de la investigación era reconstruir la evolución de la ocupación humana en
la región, la cual se eligió por la posibilidad que ofrecía de encontrar sitios con estratigrafía
profunda y con ocupación desde el periodo Clásico, o inclusive anterior, así como fuentes
de materias primas, principalmente yacimientos de obsidiana, y también por su cercanía al
río Lerma, límite teórico de Mesoamérica y corredor natural de circulación entre distintas
regiones, y por su importancia en los inicios de la historia tarasca según informa la Relaciónde Michoacán. A lo largo de varias temporadas de trabajo de campo y gabinete llevadas a cabo
entre 1983 y 1987 (Etapa I del proyecto), se localizaron 260 sitios, entre ellos 18 cuevas y abrigos
rocosos, 17 relacionados con la explotación de la obsidiana y 185 con restos de arquitectura,
más 107 sitios o loci localizados en la prospección sistemática y completa que se hizo en las
lomas que se encuentran en la antigua ciénaga de Zacapu. En total se excavaron 108 pozos de
sondeo en 70 sitios, se hicieron excavaciones más o menos extensas en otros siete y en algu­
nos se hicieron levantamientos topográficos. Además se estableció una secuencia cerámica,
dividida en cuatro fases principales y dos interfases o periodos de transición, que pudo fijarse
cronológicamente gracias a la obtención de 22 fechas de radiocarbono y que abarca desde el
comienzo de nuestra era hasta poco antes de la conquista española (Michelet 1992) (figura 17).
54
C u en ca d e M éxico
y Valle d e Tula
(M illón y C obean)
C entro-N orte
d e M ichoacán
(Michelet)
Lerm a
Z acatecas
(Snarskis)
(Kelley)
1500
A cám baro
1400
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Palacio
M ilpillas
1300
A ztecas I/I I
Fuego
M azap an
Tollan
900
C oyotlatelco
C. Term inal
C orral
800
Proto C oyotlatelco
Prado
1200
1100
Palacio
1000
Lerm a
700
M etepec
P ost-C halchihuites
La Joya
Reciente
Lupe
Tem prano
Vesuvio
600
Jarácuaro
500
X olalpan
400
Loma Alta
Tlam im iloipa
C anutillo
M ixtlán
300
Cuadro 2 - Cuadro cronológico.
No. M uestra
carbón
Sitio
Cuadrícula
capa
Edad
Fecha no
calibrada
Puntos extremos con
calibración (1 sigma)
713
Mich. 103
A-3
HOO+/-UO
a.P.
850+/-110
d.C.
778-1020
d.C.
INAH714
Mich. 103
L-4
600+/-35
a.P.
1350+/-35
d.C.
1300-1402
d.C.
IN AH
INAH
714Ws
M ich. 103
L-4
480+/-60
a.P.
1470+/-60
d.C.
1409-1444
d.C.
IN A H
715
Mich. 149
ABC-2
1450+/-40
a.P.
500+/-40
d.C.
561-642
d.C.
IN AH
716
M ich. 389
ABC-4
3830+/-50
a.P.
1880+/-50
a.C.
2455-2204
a.C.
INAH 717
Mich. 389
ABC-5
4270+/-80
a.P.
2320+/-80
a.C.
3013-2708
a.C.
Cuadro 3 - Las fechas 14C obtenidas en la Vertiente herma.
17. Secuencia cronológica establecida por el CEMCA para la región de Zacapu, su correlación con otras regiones y algunas de las
fechas de radiocarbono que perm iten fechar las fases (Faugére-Kalfon 1996: 89).
55
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
A partir de 1984 y hasta mediados de los noventa, el trabajo se dirigió de manera más
específica al estudio de diversos temas y áreas cuyos resultados fueron presentados por varios
de los participantes como tesis de doctorado y en distintas publicaciones. Marie Charlotte
Arnauld, Patricia Carot y Marie-France Fauvet-Berthelot se ocuparon de la prospección y
las excavaciones en las lomas de la ciénaga de Zacapu, donde se encontraron evidencias tem­
pranas de ocupación, fundamentalmente en una serie de tumbas en los sitios Loma Alta y
Guadalupe (Arnauld, Carot y Fauvet-Berthelot 1988, 1993; Arnauld, Carot, Fauvet-Berthelot
y Pereira 1994; Carot 1992, 1994, 1998, 2001; Carot y Fauvet-Berthelot 1995, 1996). Brigitte
Faugère estudió los asentamientos de la vertiente sur del río Lerma, incluyendo la explora­
ción de algunas cuevas, con el objetivo, entre otros, de analizar las relaciones entre nómadas
y sedentarios en la frontera norte del reino tarasco (Faugère-Kalfon 1996). De paso también
analizó los petrograbados y las pinturas rupestres encontrados en toda la región, análisis que
constituye el primer estudio sistemático de este tipo de vestigios realizado en Michoacán
con una propuesta seria de clasificación y datación (Faugère 1997). Véronique Darras, con Ja
ayuda al principio de François Rodriguez, estudió las técnicas de extracción de la obsidiana
en los yacimientos del cerro Zináparo y el cerro Prieto así como el proceso de fabricación
de instrumentos con esta materia prima, en gran medida un trabajo también pionero para
Michoacán (Darras y F.odriguez 1988, Darras 1987, 1991, 1998, 1999). Gérald Migeon se ocupó
de los enormes sitios del malpaís de Zacapu y en general de los asentamientos de la subregión
denominada Sierra-Malpaís, estudio que incluyó la clasificación de los sitios y de las estructu­
ras arquitectónicas, así como el análisis del patrón de asentamiento en los diferentes periodos
y más particularmente en el Posclásico (Migeon 1984, 1990, 1998; Michelet, Ichon y Migeon
1988). Por su parte, Olivier Puaux (1989) presentó una tesis sobre las prácticas funerarias taras­
cas a partir de los entierros encontrados en la región, principalmente en una importante zona
mortuoria que excavó en el sitio Milpillas (Michelet 1992: 18). Asimismo, hay que mencionar
el análisis que realizó Eric Taladoire (1989) sobre las canchas de juego de pelota identificadas
hasta entonces en Michoacán (29 en total, 24 de ellas registradas por el CEMCa ), mediante el
cual concluyó que, al menos las del norte del estado, en general concentradas hacia la ribera
del río Lerma, pertenecen al final del Clásico y al principio del Posclásico. Durante la ocu­
pación tarasca, en cambio, la construcción de canchas para el juego de pelota parece haberse
suspendido aunque, por las fuentes escritas, se sabe que los tarascos sí practicaban el juego.
Todos estos estudios incluyen la descripción y clasificación de los sitios arqueológicos,
de los objetos cerámicos, líticos, de concha, hueso y otros materiales, y en varios casos los
resultados de diversos análisis particulares que se realizaron por otros especialistas, como el
fechamiento por radiocarbono o la identificación de restos botánicos y zoológicos, a partir de
lo cual, y en conjunto con la cronología establecida para toda la región, se detectaron los cam­
bios a través del tiempo y se hizo la correspondiente reconstrucción de la historia prehispánica
en cada sector particular bajo estudio. Además, entre 1988 y 1991 (etapa II del proyecto) se
realizaron estudios paleoambientales en la ciénaga de Zacapu (de sedimentos, palinológicos,
56
H i s t o r ia d e l a a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
paleobotánicos y paleozoológicos, entre otros) para responder algunas preguntas específicas
surgidas de la exploración en Las Lomas y con el fin general de reconstruir la evolución del
paisaje en esa región (Petrequin et al. 1994).
De manera general, las investigaciones del c e m c a han documentado la evolución del
poblamiento en la región estudiada desde el Preclásico tardío hasta el Posclásico tardío con
algunas pocas evidencias de una ocupación inicial fechada entre 5000 y 3000 a.C. Es de subra­
yar, en particular, la expansión de la población hacia el norte y el oeste del sector a partir
de los años 600 d.C., lo que coincide con una disminución poblacional en las zonas bajas de
la ciénaga, la región más densamente poblada en el periodo anterior. Asimismo, durante el
Posclásico temprano (9 0 0 -1 2 0 0 d.C.) se inicia la ocupación del malpaís de Zacapu, la cual
aumenta drásticamente desde el comienzo del Posclásico tardío (l200-1450), cuando los asenta­
mientos de esa zona, en especial los cuatro mayores, alcanzan características casi urbanas con
una densidad poblacional muy alta. Este fenómeno, que no sólo indica un aumento demográ­
fico sino un cambio radical de las relaciones socio-políticas, va a la par de un despoblamiento
en la vertiente sur del río Lerma, lo que hasta cierto punto parece confirmar el relato conte­
nido en la Relación de Michoacán sobre la llegada de inmigrantes a la región de Zacapu hacia el
1200 y, de manera más general, documenta la retracción de la frontera norte de Mesoamérica.
Finalmente, los datos arrojados por las investigaciones indican que los sitios del malpaís se
abandonaron de manera planeada hacia el año 1450, fecha que coincide con la formación del
Estado tarasco (Arnauld y Faugére-Kalfon 1998; Arnauld y Michelet 1991, Michelet 1988, 1996,
2008; Michelet, Pereira y Migeon 2005. Para una discusión reciente sobre la manera de combi­
nar fuentes históricas y datos arqueológicos en la zona véase Michelet 2010) (figura 18).
En 1984 el i n a h , a través del entonces Departamento de Registro Público de Monumentos
y Zonas Arqueológicos, emprendió el magno proyecto Atlas Arqueológico Nacional con
el objetivo de inventariar sistemáticamente los sitios arqueológicos del país. En el caso de
Michoacán los trabajos fueron coordinados por Mirna Medina Leyto y comenzaron en 1985
con la compilación de los sitios documentados hasta ese momento en el inventarío del depar­
tamento (que para entonces contaba con información de 189 sitios), en la bibliografía y en
los informes generados por diversos investigadores; la mayoría de los cuales fueron ubicados
con exactitud o de manera aproximada, dependiendo de la información disponible, en cartas
topográficas escala 1:50 000. Por este medio se contabilizaron 1 818 sitios y de muchos de ellos
se elaboró una cédula de datos preliminar (Medina 1989: 495-498).
Esta información sirvió para planear los trabajos de campo y la tarea previa de fotointerpretación. Entre 1985 y 1988 se llevaron a cabo cinco temporadas de campo para verificar
la existencia de los posibles sitios arqueológicos detectados en las fotografías aéreas y con­
firmar la ubicación de los sitios reportados en la bibliografía y los informes (figura 18). Las
áreas visitadas incluyeron la Meseta Tarasca, desde la ribera oeste del lago de Pátzcuaro hasta
Cheran, la cuenca del Balsas medio (los valles de Ciudad Altamirano, Huetamo, San Lucas
y Santiago Conguripo), varias secciones de la frontera oriental de Michoacán (Amealco al
57
V-A
00
18. Mapas con los sitios de las fases La Joya (850-900) y El Palacio (900-1200) en el área de estudio del CEMCA (Arnauld y Faugére-Kalfon 1998: 32-33).
H is t o r ia d e l a a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
noreste y desde El Oro hasta Tuzantla en el este) y parte de la frontera norte de Michoacán
colindante con Guanajuato {ídem: 517-525). Mediante estos trabajos se cubrió un área de 14 000
km2 aproximadamente, equivalente a 23 % del territorio del estado, en donde se registraron
557 sitios arqueológicos, 47 yacimientos de materias primas y 28 sitios con manifestaciones
rupestres {idem: 525). A partir de los datos recabados se estableció un orden de prioridad para
atender diferentes regiones, tanto las exploradas como las que no se visitaron, considerando
varios factores como la cantidad de sitios, el número de investigaciones realizadas hasta enton­
ces, los riesgos de destrucción por el crecimiento urbano y el grado de saqueo {idem: 527-539).
El trabajo realizado sirvió además para afinar el proceso de fotointerpretación, al defi­
nir con mayor precisión los indicadores de posibles evidencias arqueológicas para cada una
de las regiones estudiadas, y para hacer algunas observaciones generales sobre las formas y los
materiales de construcción o el patrón de distribución de los sitios en las distintas regiones.
Se notó, por ejemplo, la poca cantidad de asentamientos en la región del Oro y Tlalpujahua,
en claro contraste con la alta densidad de sitios localizados en la cuenca del río Balsas, y las
preferencias de ubicación de los asentamientos en cada zona, por ejemplo en las laderas de
altos cerros terraceados en la zona de Tuzantla. Por último, se propuso un programa para concientizar a la población sobre la necesidad de conservar el patrimonio arqueológico nacional
{idem: 540-543).
El trabajo que realicé entre 1985 y 1989 sobre los caminos prehispánicos de Michoacán
y que presenté como tesis de licenciatura en la e n a h (Espejel 1990, 1992) es, hasta cierto punto,
un subproducto del proyecto Atlas Arqueológico Nacional en el que participé durante una
temporada de campo en 1986. Con el objetivo básico de averiguar si existían evidencias de
los caminos prehispánicos y, en caso de localizarlos, saber qué características tenían, loca­
licé y recorrí los caminos de arrieros existentes en los primeros tramos de las rutas que han
comunicado la región del lago de Pátzcuaro con la Tierra Caliente michoacana durante varios
siglos y que fueron descritos por cronistas y viajeros en distintas épocas históricas. Al mismo
tiempo reuní la información existente sobre los sitios arqueológicos de la región bajo estudio
-fundamentalmente la del proyecto Pátzcuaro-Cuitzeo, del proyecto Gasoducto y del Atlas
Arqueológico Nacional más la obtenida en mis propios recorridos- y la correlacioné con los
caminos detectados. De esta manera pude observar que los sitios monumentales más grandes,
la mayoría de ellos con yácatas de planta mixta y por lo tanto con ocupación tarasca, se ubican
regularmente en zonas de malpaís al lado de los valles por donde pasan los caminos; un patrón
que posiblemente pone en evidencia el control que el Estado tarasco tenía sobre el acceso a la
cuenca del lago de Pátzcuaro.
Durante los ochenta destacan también las investigaciones de Angelina Macías en la
cuenca de Cuitzeo. Además del trabajo ya mencionado en Huandacareo más dos labores
de rescate, una en Copándaro (Macías y Cuevas 1988) y otra en un sitio con megafauna
pleistocénica (Macías 1982), entre 1984 y 1994 Macías realizó nueve temporadas de campo en
Tres Cerritos, cuyos resultados presentó como tesis de doctorado en la u n a m (Macías 1997).
59
C l a u d ia E s p e j e l C a rb a ja l
Desde una perspectiva teórica explícitamente marxista, Macías clasificó los distintos materia­
les hallados en las excavaciones (cerámica, lítica, concha, hueso y metal), incluidos los de dos
tumbas formadas por varias cámaras funerarias, poniendo especial atención en los atributos
tecnológicos y funcionales de los artefactos con el propósito de definir secuencias cronológicas,
filiaciones culturales y para inferir las actividades económicas de los habitantes del sitio, entre
otros aspectos de la organización social. Algunos objetos fueron sometidos a análisis químicos
para conocer su composición y determinar su procedencia (por ejemplo, se practicó un análisis
petrográfico sobre un fragmento de cerámica y una pieza de turquesa se analizó por difrac­
ción de rayos x); se obtuvieron fechas de radiocarbono a partir de unas muestras de concha y
se identificaron huesos de diversos animales. Macías también analizó los cincuenta entierros
hallados en las excavaciones y los sistemas constructivos de los edificios. Aunque la mayoría
de los materiales recuperados corresponden a la época tarasca, también se encontraron impor­
tantes evidencias de una ocupación más temprana durante el periodo Clásico con una clara
influencia de Teotihuacán tanto en los materiales muebles como en el estilo arquitectónico.
Un trabajo menor pero igualmente importante es la excavación y restauración de un
sitio cercano a Teremendo, en el municipio de Morelia, que Estela Peña efectuó en 1983, en
donde se encontró una yácata de planta mixta similar a las de Tzintzuntzan (Peña 1983, Molina
y Peña 1984). Hay que mencionar también el catálogo, la clasificación, el análisis iconográfico
y la interpretación de las esculturas del occidente de México, incluidas varias de Michoacán,
que Eduardo Williams presentó como tesis de doctorado en la Universidad de Londres en 1988
(Williams 1992), y el trabajo sobre los yacimientos de obsidiana del occidente mesoamericano,
parcialmente derivado del proyecto Atlas Arqueológico Nacional, que Efraín Cárdenas pre­
sentó como tesis de licenciatura en la e n a h (Cárdenas 1990, 1992).
L a r e s o l u c i ó n d e p r o b l e m a s e s p e c íf ic o s d e s d e l o s n o v e n t a
h a s t a n u e s t r o s d ía s
Aunque en términos generales la arqueología practicada en Michoacán desde los años sesenta
hasta nuestros días comparte ciertas características comunes, a partir de los años noventa
se empiezan a notar algunos cambios que quizá marcan la entrada a una nueva etapa. Es
importante destacar, por ejemplo, algunos hechos significativos sucedidos en esos años, como
la modificación de la estructura orgánica del INAH en 1989, cuando entre otras acciones se
creó la Coordinación Nacional de Arqueología, se sustituyó el antiguo Departamento de
Monumentos Prehispánicos por la Dirección de Estudios Arqueológicos y desapareció el
Departamento de Prehistoria ahora convertido en la Subdirección de Laboratorios y Servicios
Académicos (García-Bárcena 2003 [1988]: 137). Más importantes quizá son los cambios en el
plan de estudios de la carrera de arqueología de la e n a h , ahora con una orientación más mar­
cada hacia la historia que hacia la antropología y con una filiación explícita a los enfoques
60
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
posprocesuaies, como ia arqueología simbólica y la arqueología estructural (http://www.enah.
edu.mx/index.php). Vale mencionar también la creación relativamente reciente de la carrera
de arqueología en la Universidad Autónoma de Zacatecas (en 1998) y en la Universidad de San
Luis Potosí (en 2006), y, de manera especialmente importante para la arqueología michoacana,
la creación en 2001 del Centro de Estudios Arqueológicos de El Colegio de Michoacán y su
programa de maestría en arqueología.
No obstante, los principales cambios en la arqueología que se han practicado en
Michoacán en esta última fase están relacionados sobre todo con el desarrollo propio de las
investigaciones, la mayoría de ellas encabezadas por los mismos arqueólogos de las décadas
anteriores. Son, en efecto, ios conocimientos acumulados durante más de cien años de estu­
dios arqueológicos en el estado, principalmente los generados en los ochenta, junto con el
mayor conocimiento de otras regiones tanto vecinas como distantes, los que han impactado
de manera más clara las investigaciones realizadas a partir de 1990, cuyos objetivos ya no se
limitan a conocer sitios o regiones más o menos inexploradas, sino que pretenden respon­
der preguntas cada vez más específicas planteadas a partir de los resultados obtenidos con
anterioridad.
Tal es el caso de los trabajos realizados por ios arqueólogos del CEMCA en la etapa m
del proyecto Michoacán (1993-1996) y los más recientes iniciados a partir de 2010. Entre ellos
están las excavaciones extensivas en la Cueva de los Portales que sacaron a ia luz restos de la
ocupación humana más antigua conocida hasta ahora en Michoacán, datada alrededor de
5200 a.C. (Faugére 2006); las nuevas excavaciones en Loma Alta que, junto con la prospección
magnética y eléctrica que llevó a cabo Luis Barba, proporcionaron importantes datos sobre la
arquitectura del sitio y sobre su uso ritual (Carot y Fauvet Berthelot 1996, Pereira 1996, Carot
et al. 1998); el mapeo y levantamiento topográfico de ios grandes sitios del maipaís de Zacapu
con el fin de obtener datos sobre la organización económica y sociopolítica de sus habitantes
y entender el surgimiento del Estado tarasco (Migeon 1998, Michelet, Pereira y Migeon 2005,
Micheiet 2000, 2008; Pereira y Forest 2008, 2009, 2010; Michelet y Forest 2012, Forest y Michelet
2012); nuevos estudios sobre las técnicas de manufactura de la obsidiana, su distribución, uso y
significado simbólico (Darras 1998, 2008, 2009); el análisis de las costumbres Itinerarias, en par­
ticular durante el Clásico y el Epiclásico, a partir de las excavaciones en Potrero de Guadalupe
(Pereira 1997, 1999), y los estudios iconográficos de la cerámica del Protoclásico que han reve­
lado posibles conexiones con las culturas Chalchihuites y Fíohokam (Carot 2000, 2004, 2005).
Finalmente, el proyecto Uacúsecha que viene desarrollándose desde 2010 en sitios tardíos del
maipaís de Zacapu, en especial en el Maipaís Prieto, y que se apoya en varios acercamientos
hasta ahora poco utilizados en la arqueología regional (geomática, geoarqueología, arqueozoología, antracología, arqueomagnetismo, estudio tecnológico de la producción cerámica),
marca muy probablemente el inicio de una nueva etapa de la investigación, en la que se pre­
tende analizar con mucho mayor precisión fenómenos como las migraciones y el origen de
las poblaciones, la aparición del urbanismo y la creación y experimentación de estructuras
sociopolíticas pre-estatales (Pereira et al. 2 0 12).
61
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
Tal es el caso también de las nuevas investigaciones de Helen Pollard en Uricho (19901996), Jarácuaro, Pareo (1995-1998) y Erongarícuaro (2001-2006) realizadas con el objetivo gene­
ral de establecer la secuencia cronológica de la región a través de excavaciones estratigráficas
y la distribución de los asentamientos por medio de prospecciones de superficie sistemáticas, y
con el objetivo particular de poner a prueba el modelo teórico sobre el surgimiento del
Estado tarasco, planteado inicialmente con datos históricos en su mayoría (Gorenstein y
Pollard 1983), así como la hipotética unificación cultural que este hecho pudo haber pro­
ducido (Pollard 1998, 2 0 0 0 , 2 0 0 4 , 2 0 0 8 , 2009, 2011). Dado que el modelo de Pollard sobre la
formación de una sociedad estatal durante el periodo Posclásico daba un peso importante a
los cambios climáticos y su posible impacto sobre los recursos disponibles y la organización
política, el proyecto incluyó también estudios paleoambientales (análisis de polen, diatomeas, fauna, flora, erosión del suelo, etc.) para determinar el nivel del lago y calcular la pro­
ductividad del suelo en distintas épocas (Fisher, Pollard y Frederick 1999, Fisher 200 0, 2011).
Las excavaciones revelaron en efecto una ocupación en el suroeste de la cuenca del lago
de Pátzcuaro desde el Preclásico tardío hasta el periodo Colonial temprano (300 a .C .-l6 0 0 d.C.)
y los distintos tipos de estudios sobre la cerámica (Hirshmann 2003, 2008, 2011; Haskell 2008),
la obsidiana (Pollard et al. 1998 citado en Hirshmann 2008, Pollard 2009, Rebnegger 2010),10 las
prácticas funerarias (Cahue y Pollard 1998, Pollard y Cahue 1999), el patrón de asentamiento
y el medio ambiente (Fisher, Pollard y Frederick 1999), entre otros, han permitido observar
cambios significativos a lo largo de esta secuencia temporal. Entre ellos destaca el aumento
poblacional sostenido que alcanza su clímax en el Posclásico tardío; las fluctuaciones en el
nivel del lago que condicionaron la ubicación de los asentamientos, con una baja notoria hacia
el año 1000 de nuestra era y una subida hacia el año 1350 que continúa durante el Posclásico
tardío, cuando el lago alcanza su nivel más alto, y la creciente complejidad social con un
cambio notorio en el comportamiento de las elites locales que inicialmente se identificaban
por su acceso a bienes foráneos y que posteriormente, con el surgimiento de la sociedad estatal,
se asocian con objetos producidos localmente pero que reproducen los estilos de Tzintzuntzan.
No obstante estos cambios, se ha notado también la continuidad cultural en el nivel de la
población común, que se manifiesta por la persistencia de las mismas técnicas de manufactura
y decoración de la cerámica, de los patrones mortuorios, de la dieta y de las viviendas. Gracias
a los resultados de estas investigaciones, aunados a los conocimientos generados en otras partes
de Michoacán y zonas aledañas, principalmente a los de la región de Zacapu, Pollard ha
podido afianzar su modelo sobre el surgimiento del Estado tarasco haciéndole algunos ajustes
cronológicos y reconociendo la posible interacción de las elites tarascas con las del centro de
México (Pollard 2008, 2009).
Un derivado de estas investigaciones es el estudio que emprendieron Fisher y Pollard
(2007) en el extremo suroriental de la cuenca de Pátzcuaro, así como las exploraciones recientes
10.
Además, anteriorm ente se había hecho u n estudio sobre la obsidiana de T zintzuntzan y de la frontera oriental del territorio tarasco (Pollard y Vogel
1994).
62
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
de Fisher en el sitio Sacapu-Angamuco que tienen el objetivo general de explicar las relaciones
entre el hombre y el ambiente a lo largo del tiempo y, a través de ello, promover la conserva­
ción de éste (Fisher 2010).
Las excavaciones de Oliveros en El Opeño en 1991 y los recorridos en los alrededores de
Jacona (1991-1992) también estuvieron dirigidos a resolver preguntas planteadas en las explo­
raciones anteriores, además de que el análisis y la interpretación de los hallazgos se benefició
de los conocimientos generados en otras regiones. El objetivo de la investigación era ubicar
la zona de las tumbas en su entorno ambiental, obtener información sobre los recursos apro­
vechables y, sobre todo, localizar las áreas de habitación de sus constructores. Esta última
búsqueda resultó más o menos infructuosa, pero en cambio se hallaron tres nuevas tumbas.
De cualquier manera, Oliveros ha logrado inferir variados aspectos de la vida de la gente que
construyó las tumbas, incluyendo su tipo físico, actividades, alimentación, acceso a materias
primas locales y foráneas, organización social, creencias y, por supuesto, los rituales y prácticas
relacionados con la muerte; todo ello a partir del análisis, la clasificación y la identificación
de los restos óseos, las figurillas, las vasijas y otros objetos de cerámica, las herramientas y
ornamentos de piedra, de concha y hueso, los pigmentos y los restos de fauna encontrados en
las tumbas. De la lapidaria (cuentas y pendientes) se hizo un estudio mineralógico aplicando
técnicas de petrografía, mineragrafía, difracción de rayos x y espectroscopia infrarroja de
reflexión mediante las cuales se identificaron distintos minerales como jadeíta, cuarzo, mala­
quita, pirita y hematita, entre otros, varios de ellos procedentes de lugares lejanos al Opeño,
como Guatemala o la Sierra Madre Occidental al norte de Mesoamérica, lo que demuestra
una organización social más o menos compleja (Robles y Oliveros 2005). Por lo demás, la
antigüedad de las tumbas (1500-1000 a.C. o formativo medio) ha quedado confirmada por el
fechamiento por radiocarbono (Oliveros y De los Ríos 1993) y por las similitudes de los mate­
riales con el de otros sitios más o menos contemporáneos. La comparación de estos materiales
y de las mismas tumbas con los de otras épocas ha revelado también la pervivencia de una
tradición aparentemente surgida en El Opeño y que se prolongó hasta el Posclásico tardío en
Michoacán (Oliveros 1992, 2004a, 2004b).
La investigación de Dan Healan en los yacimientos de obsidiana de Zinapécuaro
y Ucareo (1989-1995) también tuvo objetivos más definidos. Uno, el de caracterizarlos quí­
micamente para explicar de manera más precisa la presencia de los objetos de obsidiana
procedente de estos yacimientos que se habían encontrado previamente en varios lugares de
Mesoamérica, y otro, el de conocer las técnicas de extracción y de manufactura así como la
secuencia cronológica y el patrón de asentamientos de la región. En las temporadas de campo
que Healan realizó entre 1990 y 1991 se encontraron 1030 canteras de obsidiana y treinta sitios
habitacionales, diez de ellos con estructuras ceremoniales, en varios de los cuales se hicieron
excavaciones. El análisis de los datos recuperados reveló, entre otras cosas, la importancia del
yacimiento de Ucareo, que fue más intensamente explotado que el de Zinapécuaro, y el desi­
gual patrón de asentamiento entre ambas zonas. También permitió establecer una secuencia
63
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
cerámica desde el Preclásico temprano hasta el Posclásico tardío que, en conjunto con el aná­
lisis de la obsidiana, ha dado a conocer la distribución cambiante de esta a lo largo del tiempo,
destacando la relevancia que estos yacimientos adquirieron tras la caída de Teotihuacán y el
control que sobre ellos parece haber detentado el Estado tarasco durante el Posclásico tardío
(Healan 1990, 1994, 1997, 1998, 2004, 2005, Healan y Hernández 1999, Hernández 2000, 2006;
Hernández y Healan 2008).
Inclusive ios proyectos de salvamento arqueológico que se han realizado en Michoacán
desde 1994, la mayoría de ellos originados por ia construcción de carreteras, plantearon objeti­
vos específicos tomando en cuenta los conocimientos previos que se tenían de cada región y los
que se fueron produciendo sucesivamente a través de los mismos trabajos de salvamento. Así,
por ejemplo, el proyecto relacionado con la construcción de la autopista México-Guadalajara
en su tramo Maravatío-Zapotlanejo pretendía localizar, registrar, explorar y proteger en la
medida de lo posible los sitios arqueológicos que podrían ser afectados por la obra, objetivo
general de ios trabajos de salvamento, pero también se propuso precisar diversos aspectos de la
frontera norte del imperio tarasco, identificar restos del periodo Preclásico y definir el carácter
de la influencia teotihuacana durante el periodo Clásico (Pulido, Araiza y Grave 1995, 1996).
Con el proyecto formulado a raíz de la construcción de la carretera Pátzcuaro-Uruapan se bus­
caba, además de cumplir con el objetivo institucional, precisar cuáles elementos de la cultura
material definen a los tarascos y cuáles pertenecen a otros grupos culturales contemporáneos
o anteriores, obtener datos sobre la existencia de elementos teotihuacanos y explicar su signifi­
cado, así como definir los patrones de asentamiento y su transformación a lo largo del tiempo
(Pulido, Cabrera y Grave 1997). En el caso de 1a carretera Uruapan-Nueva Italia la investiga­
ción pretendía averiguar si la región fue utilizada como corredor y ruta de intercambio entre
la zona templada y la Tierra Caliente, determinar cómo participó en la dinámica extrarregional durante ei periodo Clásico, establecer el papel que desempeñó en la formación del
Estado tarasco, las repercusiones que este proceso pudo haber tenido en la región e, incluso,
determinar si la zona estuvo efectivamente bajo el dominio tarasco (Grave 1998). En ei caso de
la carretera Nueva Italia-Lázaro Cárdenas los objetivos fueron determinar si hubo presencia
tarasca en la región, identificar las áreas donde hubo presencia mexica y definir qué tipo de
relaciones se establecieron con ese grupo, verificar si hubo influencia teotihuacana, reconocer
diferencias culturales en la región y definir ei patrón de asentamiento en distintos periodos
(Pulido 2000). De manera general, además, en todos estos proyectos se partió de una idea bien
concebida de las tareas que debe cumplir una investigación arqueológica regional, entre ellas
el análisis de la configuración interna de los sitios para determinar su función (habitacional,
de productor, ceremonial, etc.) y el de su distribución en el espacio, tomando en cuenta su
ubicación geográfica, su relación con ios demás sitios y su jerarquía como elementos que mani­
fiestan las relaciones sociales, políticas y religiosas, y a partir de los cuales se puede conocer la
evolución de las sociedades a lo largo dei tiempo. La comparación con otras regiones también
64
19. Entrada de una tum ba en las orillas del Lago de Cuitzeo hallada en una inspección de la Dirección de Salvamento Arqueológico
del INAH en 2007 (foto: Salvador Pulido).
se consideró una tarea importante para reconocer posibles relaciones comerciales o conflictivas
y para poder establecer modelos de desarrollo regional (Grave 1998: 33).
Uno de los aportes sustanciales de estas investigaciones fue la localización de aproxi­
madamente 483 sitios arqueológicos distribuidos en muy diversas regiones del estado (Pulido
y Grave 2000: 213),11 los cuales fueron descritos, clasificados y fechados de manera preliminar
a partir del material cerámico recolectado en superficie. También se realizaron excavaciones
en 27 de ellos (siete en la carretera México-Guadalajara, cuatro en la Pátzcuaro-Uruapan,
ocho en la Uruapan-Nueva Italia y ocho en la Nueva Italia-Lázaro Cárdenas) con el objetivo
de establecer cronologías relativas mediante la estratigrafía y en algunos casos para definir las
características arquitectónicas de sus edificios (figura 19). Con todo ello, en efecto, se detec­
taron algunos patrones en la distribución tanto temporal como espacial de los distintos tipos
de asentamientos. Por ejemplo, en la región Pátzcuaro-Uruapan se observó la escasa presen­
cia de ocupación durante el Clásico tardío (Pulido, Cabrera y Grave 1997: 106), en la región
de Tierra Caliente (Uruapan-Nueva Italia) se notó un claro incremento de sitios ocupados
durante el Posclásico temprano (Grave 1998: 19), mientras que en la cuenca de Cuitzeo se
11.
H ay que considerar que varios de estos sitios ya habían sido localizados y registrados en investigaciones anteriores.
65
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
encontró una constante e importante ocupación desde el Clásico temprano hasta el Posclásico
tardío (Pulido, Araiza y Grave 1996). Asimismo, se definieron algunos de los elementos carac­
terísticos del sistema constructivo de los edificios monumentales tarascos -consistente en un
núcleo de piedras apiladas sin aglutinante con varios cuerpos escalonados de peralte alto y
huella estrecha- y de sus formas -que no sólo son de planta mixta como las de Tzintzuntzan
sino que las hay cuadrangulares, rectangulares y en forma de T con dos cuerpos rectangulares
(por ejemplo en Tócuaro, en la ribera suroccidental del lago de Pátzcuaro, y en Jujucato, cerca
de Zirahuén)-, cada una de las cuales posiblemente corresponde a épocas distintas, siendo
la forma mixta similar a la de Tzintzuntzan la que marca el momento del dominio tarasco
(Pulido, Cabrera y Grave 1997: 108-114, Grave 1998: 23, Pulido 2006).
Una investigación derivada de las anteriores fue la exploración de cinco tumbas en El
Orejón, cerca de Apatzingán, que junto con otras excavadas en dos sitios al sur de Nueva Italia
(Santo Domingo y Gámbara) dejan constancia de la existencia de una tradición de tumbas en
forma de botellón (una cámara cavada en el tepetate con un tiro muy corto) emparentada con
la tradición de tumbas de tiro de Colima, Jalisco y Nayarit (López y Pulido 2010). También se
puede destacar, entre los resultados más específicos de estos proyectos de salvamento arqueo­
lógico, el estudio de un petrograbado encontrado en el sitio Las Lagunillas asociado al juego
llamado kuilichi que todavía se practica en el pueblo de Angahuan (Cabrera y Pulido 2005); la
existencia de un sitio amurallado con arquitectura semejante a la tarasca cerca de Tócuaro, en
el malpaís que está al suroeste del lago de Pátzcuaro (Pulido, Cabrera y Grave 1997, Pulido y
Grave 2002); la identificación de un grupo cultural del Posclásico en Tierra Caliente distinto al
tarasco, caracterizado por las formas de las vasijas cerámicas y por su particular arquitectura,
incluidas unas canchas de juego de pelota, así como por la abundancia de artefactos de cobre,
entre los que se encuentran agujas, anzuelos y argollas ornamentales (Grave y Pulido 2000), y
la localización del gran asentamiento al sur de Nueva Italia denominado La Perseverancia, que
tiene varias plazas limitadas por plataformas y montículos, uno de ellos con más de 10 m de
altura (Pulido, Cid y Cruz 2012).
Por lo demás, Salvador Pulido aprovechó la información recabada en el delta del río
Balsas durante el proyecto relacionado con la construcción de la carretera Nueva Italia-Lázaro
Cárdenas y en otros proyectos de salvamento arqueológico llevados a cabo en la misma zona
(como la ampliación de la planta hidroeléctrica de La Villita y la construcción de varios tendi­
dos eléctricos) para elaborar la tesis de doctorado que presentó en la e n a h en 2012. Tomando
como base teórica general el materialismo histórico, Pulido analizó principalmente los restos
arquitectónicos y la configuración interna de los sitios arqueológicos para detectar el grado
de diferenciación social en distintas épocas y, de manera más particular, para conocer las
transformaciones que el dominio mexica pudo haber provocado en los patrones de vida de los
habitantes de la región. Como resultado de este estudio, Pulido comprobó la existencia de un
desarrollo cultural particular que se generó en la zona desde el periodo Preclásico y que recibió
influencias de otras sociedades, tanto mesoamericanas como externas a esta macrorregión, y
66
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M ic h o a c á n
propuso que la elite local estableció una alianza con los mexicas mediante la cual pudo, a la
vez, mantenerse como tal y engancharse más activamente en las redes de intercambio mesoamericanas (Pulido 2012).
La investigación que Arturo Oliveros coordinó en la región del río Tepalcatepec en la
década del 2000 también retomó datos y problemas de estudio generados con anterioridad.
Entre otras cosas se localizaron 132 sitios arqueológicos, incluidos los que se habían inventa­
riado previamente, los cuales se fecharon de manera tentativa mediante los tipos cerámicos
observados en campo siguiendo la clasificación de Isabel Kelly. De esta forma se encontró que
la mayoría de los sitios estuvieron ocupados entre el Clásico medio y el Posclásico medio (6001200). El análisis de estos y otros datos, muchos de ellos de carácter geográfico, más la creación
de un Sistema de Información Geográfica (sig ) y la utilización de herramientas estadísticas de
análisis espacial permitió encontrar diversas relaciones entre los asentamientos y el paisaje e
inferir el papel de esta región en las posibles rutas tributarias o de intercambio (Trujillo 2011a).
También se registraron, catalogaron y estudiaron los objetos arqueológicos de seis colecciones
particulares y de dos museos locales tomando en consideración las clasificaciones cerámicas
anteriores, con lo cual se definieron los rasgos culturales de la región y su desarrollo a lo largo
del tiempo (Zúñiga 2007, 20ll). Además, las características de esta región durante el periodo
Posclásico y su articulación con el Estado tarasco se analizaron más puntualmente aunando
la información de documentos históricos a los datos arqueológicos (Limón 2011). Asimismo,
la caracterización por medios físico-químicos de algunas piezas de piedras semipreciosas
permitió determinar la procedencia de ciertas materias primas (Robles Camacho y Sánchez
Hernández 2011). En general, los estudios realizados revelaron la existencia en la región de
sociedades más complejas de lo que se creía, con rasgos locales bien notorios pero también con
evidencias de relaciones extrarregionales (Oliveros 2011). Posteriormente, Armando Trujillo
utilizó la misma información para crear un modelo predictivo que permite identificar las
áreas en donde es posible encontrar sitios arqueológicos relacionados con la actividad minera
(Trujillo 2007, 20llb) (figura 20).
Otra investigación que se ha visto beneficiada por la realización de trabajos sucesivos
es la del sitio arqueológico cercano a La Piedad conocido por los nombres de Zaragoza, Cerro
de los Chichimecas o Mesa de Acuitzio, donde se han realizado siete temporadas de investi­
gación y restauración desde 1998 hasta la fecha. El proyecto comenzó bajo la dirección de Phil
Weigand, la coordinación de los trabajos de campo a cargo de Efraín Cárdenas y la participa­
ción de varios investigadores (Agapi Filini, Eugenia Fernández-Villanueva, Armando Nicolau,
Mario Rétiz, Ignacio García, Jaime Nava y Teodoro Silva) con el objetivo general de conocer
el sitio y el propósito de crear una reserva cultural y natural a través de la cual se garantice la
protección de los vestigios arqueológicos. También se pretendía rescatar y reproducir varias
especies de plantas en peligro de extinción. Posteriormente se plantearon nuevos objetivos bajo
un enfoque regional por lo cuaTse comparó el sitio con otros asentamientos contemporáneos
del Bajío (Plazuelas, Barajas y Peralta, entre otros). Durante la primera etapa del proyecto se
67
C
N
00
Sim bologfa
•
Sitios Mineros
#
Minas de Cobre
©
Poblaciones Actuales
CofftontMd* agua
■
Cuerpos de agua
Areas con alta probabilidad
0
■
DEM
■ ■
06% -100%
High : 3516.020996
Low; 0.374085
Estados de Míchoacán y Guerrero
FUENTE CARTOGRÁFICA
INEGI, M apa elaborado con b a s e e n
las c a rta s topográficas,
escala 1:50 000.
ESPECIFICACIONES CARTOGRÁFICAS
P royección______UTM
Z o n a ___________ 13N y 14N
D atu m __________ W GS84
Elipsoide_________ C iarte 1866
Fecha d e edición _ Octubre 2006
Autor: Armando Trujillo
20. M apa elaborado a p a rtir de un sistema de inform ación geográfica y la aplicación de un modelo predictivo que m uestra las áreas en las que hay alta probabilidad de
encontrar sitios relacionados con la minería (Trujillo 2011: 110).
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21. Plano del sitio arqueológico Mesa Acuitzio elaborado en A utoCAD mediante restitución fotogramétrica (Fernández-Villanueva 2005: 20/21).
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
delimitó el sitio y se realizó un mapa detallado de este utilizando varias técnicas como la resti­
tución fotogramétrica, la topografía y el levantamiento arquitectónico (Fernández-Villanueva
2005) (figura 21). Además se excavaron varios pozos de sondeo, se analizaron los materiales
arqueológicos recuperados (principalmente cerámica y lírica), se consolidó la cancha de juego
de pelota y se registraron 112 petrograbados cuyo estudio presentó Armando Nicolau (2002 )
como tesis de licenciatura en la e n a h . También se caracterizaron los suelos de algunas partes
del sitio y se inventariaron 201 especies botánicas. A partir de 2003 la dirección del proyecto
quedó a cargo de Eugenia Fernández-Villanueva. En esta segunda etapa se restauraron por
completo la cancha del juego de pelota y la plaza principal del sitio, se excavó una estructura
que parece haber sido un temazcal y se hizo una propuesta de zonificación del sitio. Entre
otras cosas, las exploraciones han proporcionado dos fechas de radiocarbono que ubican la
ocupación del asentamiento en el periodo Epiclásico. Por otro lado, para la creación del parque
arqueológico se han limpiado de hierbas y piedra veinte hectáreas de terreno, se han retirado
las cercas divisorias de las parcelas remplazándolas por una cerca perimetral de piedra, se cons­
truyó un sendero y el municipio se hizo cargo de la construcción de un módulo de servicios
(Weigand et al. 1999, Cárdenas, García y Fernández V. 2001, Cárdenas s.fi, Cárdenas, Márquez
y Trujillo 2002, Fernández Villanueva 2006, 2009, 2010 y comunicación personal).
Durante las dos últimas décadas se ha continuado el estudio de los sitios arqueológicos
de Ihuatzio y Tzintzuntzan. En 1991 y 1992 se realizaron dos temporadas de investigación y
restauración en ambos sitios (Cárdenas 1992b, Cárdenas 1992c, Cárdenas y Fernández 1993). En
Ihuatzio fueron restaurados los basamentos y la plataforma del conjunto de los dos templos de
planta rectangular ubicado en la Plaza de Armas, se restauró parcialmente la muralla que la
delimita por el lado sur y se hicieron algunas excavaciones. Además Aura Ponce de León (1993)
realizó un detallado mapa del sitio e inventarió todas las estructuras arquitectónicas (yácatas,
montículos, muros, muros-calzadas o uatziris, nivelaciones, plataformas, plazas, terrazas), 84
en total, para analizar su configuración interna. Al mismo tiempo reunió información sobre el
régimen de propiedad de los terrenos donde se encuentra el sitio, analizó la tendencia de creci­
miento de los pueblos que lo rodean e hizo observaciones sobre diversos aspectos culturales de
la población actual. Tomando en consideración todo lo anterior, propuso varias acciones para
proteger el sitio, entre ellas su delimitación, la elaboración de un reglamento y un programa
de difusión cultural. Por lo demás, este trabajo sirvió para hacer una nueva delimitación del
sitio, que incluye zonas habitacionales y el conjunto de uatziris que lo circundan, y para hacer
la declaratoria oficial de la zona arqueológica (Cárdenas, comunicación personal).
En Tzintzuntzan se realizó la XI temporada de trabajo que incluyó la exploración del
lado norte de la gran plataforma con lo cual se identificó el osario asociado al Edificio B.
También se hicieron trabajos de restauración, se creó el primer museo del sitio y se colocó el
cercado perimetral (Cárdenas 1992c).
A diferencia de las anteriores, la investigación dirigida por Roberto Novella en la costa
norte de Michoacán entre 1994 y 1999 (Novella, Martínez y Moguel 2002) tuvo el objetivo
70
H is t o r ia d e l a a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
básico, como en los viejos tiempos, de identificar y definir las culturas que ocuparon el área,
lo cual es comprensible dado que ésta prácticamente no había sido explorada hasta entonces.
Mediante el recorrido sistemático de la región y con ayuda de fotografías aéreas se localizaron
y describieron 129 sitios arqueológicos. De muchos de ellos se hicieron croquis, en los más
grandes se hicieron levantamientos topográficos y en nueve se practicaron excavaciones. La
clasificación de los restos cerámicos, líticos, de concha y metal; el análisis de los entierros y los
restos óseos; el análisis de la arquitectura (tumbas de tiro incluidas) y del patrón de asenta­
miento, así como la comparación de los materiales con los de otras regiones y siete fechas de
radiocarbono, permitieron establecer la primera propuesta de cronología para la región, carac­
terizar cada uno de los periodos y bosquejar los cambios a través del tiempo desde el Preclásico
hasta el Posclásico. En general, se puso especial atención a la relación entre los asentamien­
tos y los recursos disponibles, principalmente con el agua, y Catherine Liot hizo un estudio
particular sobre la producción de sal. La existencia de grandes sitios monumentales, algunos
con canchas de juego de pelota, y de otros elementos distintivos como las tumbas de tiro, son
indicios de que la zona estuvo ocupada por sociedades bastante complejas. Culturalmente la
región es muy similar a la vecina Colima y la ausencia de elementos teotihuacanos y tarascos
muestra su carácter independiente tanto en el Clásico como en el Posclásico, aunque hay evi­
dencias de posibles contactos comerciales con diversas regiones.
Conviene mencionar, aunque sea someramente, los trabajos de tesis que han derivado
de los proyectos de investigación reseñados y otros independientes, los cuales se han enfocado
a la resolución de preguntas más concretas y que indican las tendencias de la arqueología
michoacana en la actualidad.
Un conjunto importante de trabajos está compuesto por las tesis directamente relacio­
nadas con las investigaciones de Pollard en la ribera suroccidental del lago de Pátzcuaro. Entre
ellas podemos mencionar el estudio de Christopher Fisher (2000, 2011) que muestra la relación
entre la ocupación humana y la evolución del paisaje de la cuenca del lago de Pátzcuaro
demostrando, entre otras cosas, que el deterioro ambiental durante la época colonial no fue
ocasionado por la introducción de las prácticas agrícolas europeas sino por el abandono de las
tierras de cultivo causado por el descenso de la población indígena. También está el estudio
que realizó Amy Hirshmann (2003,2011) para averiguar si la emergencia del Estado tarasco pro­
dujo cambios en la industria alfarera, el cual incluyó la clasificación de la cerámica de Uricho
por medio del análisis de conglomerados o taxonomía numérica {cluster analisys) y la carac­
terización química de las pastas por medio de la activación neutrónica. Laura Cahue (2001)
estudió restos óseos de Uricho, Tócuaro y Tzintzuntzan, en la cuenca del lago de Pátzcuaro,
y de Atoyac, Jalisco,12 para verificar si hubo cambios en la dieta de las elites antes y después
de la formación del imperio tarasco a partir de la identificación de isótopos de carbón y de
12.
Los restos óseos de T ócuaro fueron obtenidos en las excavaciones de Salvamento Arqueológico durante el proyecto C arretera Pátzcuaro-U ruapan,
los de T zintzuntzan fueron recuperados en la décim a tem porada de exploraciones y en las de 1992, y los de Atoyac en las excavaciones del proyecto
arqueológico C uenca de Sayula (Cahue 2001).
71
C l a u d ia E s p e j e l C a r b a ja l
nitrógeno en el colágeno de los huesos. Por último, destaca la explicación propuesta por David
Haskell (2008) sobre la forma en que el cazonci ejerció su autoridad y logró subordinar a las
elites de los pueblos sujetos al Estado, basada en los hallazgos arqueológicos de Erongarícuaro
y Uricho, enmarcados en los discursos de la Relación de Michoacán e interpretados mediante
la aplicación de diversos conceptos y modelos relacionados con las teorías de la agencia.
La aplicación de técnicas arqueométricas también está representada en la tesis de
Rodrigo Esparza (2 006, Esparza y Tenorio 2004), quien caracterizó mediante activación neutrónica la obsidiana de varios de los sitios localizados en el proyecto de salvamento arqueoló­
gico de la carretera Uruapan-Nueva Italia para hacer inferencias sobre las rutas comerciales
prehispánicas, y en la de Blanca Maldonado (2006) sobre el proceso productivo de los objetos
de cobre que incluyó el análisis químico de la escoria encontrada en Itziparátzico (véase más
adelante el artículo de Maldonado en este libro). Igualmente hay que destacar el trabajo de
Jennifer Meanwell en Mexiquito, La Quesería e Itzímbaro, tres sitios del Balsas medio, que
incluyó el levantamiento topográfico, la excavación, el establecimiento de una secuencia cerá­
mica fechada por radiocarbono que pone en evidencia su ocupación desde el Clásico hasta el
Posclásico temprano (300 a . c .- l 3 0 0 d.c.) y el estudio petrográfico de la cerámica que demostró
la existencia de las mismas técnicas de producción a lo largo de todo ese tiempo (Meanwell
2007, 2008).
Por otro lado, el interés en los patrones de asentamiento se hace evidente en el estudio
que Marión Forest ha realizado en el sitio Malpaís Prieto, uno de los grandes asentamientos
del malpaís de Zacapu que está siendo nuevamente investigado por Grégory Pereira (Pereira
y Forest 2 0 0 8 , 20 09 , 2010, Pereira et al. 2012; Michelet, Pereira y Migeon 2005). En términos
generales, Forest ha identificado y clasificado las distintas estructuras arquitectónicas del sitio
(terrazas, escaleras, caminos, casas de distintos tamaños, formas y función, basamentos pira­
midales y montículos, entre otras) y ha elaborado un plano detallado con el fin de definir
la organización espacial del sitio en distintos niveles (Forest 20 08). Un trabajo similar es el
de Jason W. Bush (2011) en el sitio Sacapu-Angamuco, localizado en una zona de malpaís al
oriente del lago de Pátzcuaro que está siendo investigado por Christopher Fisher desde 2007.
Con un interés general en el urbanismo, Bush clasificó los restos arquitectónicos y estudió su
organización para inferir la función del sitio, su nivel de planeación y el grado de complejidad
social que todo ello refleja. Hay que mencionar, además, que la enorme extensión del sitio ha
sido revelada más recientemente mediante la utilización de la técnica Lidar (Light Detection
and Ranging) (Fisher, Leisz y Outlaw 2011). Por su parte, Karine Lefebvre (2012, véase también
Lefebvre 2011) analizó los cambios en el patrón de asentamiento en la región de Acámbaro
desde la formación del Estado tarasco hasta la colonia, apoyándose en datos arqueológicos
generados con anterioridad debidamente evaluados y en información histórica de una gran
cantidad de documentos inéditos, incluidos varios mapas de la región elaborados durante la
época colonial. El análisis estadístico que realizó Christopher J. Stawski (2008, 2011), a partir de
los datos compilados por Helen Pollard en 1970 en Tzintzuntzan, con el objetivo de comprobar
72
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M ic h o a c á n
la propuesta de zonificación de la capital tarasca que ésta hizo, y los trabajos de Armando
Trujillo en la cuenca del río Tepalcatepec y el de Salvador Pulido en Zacatula, que ya he men­
cionado, también se inscriben en esta línea de interés. Igualmente podemos mencionar dentro
de este tipo de estudios el que Igor Cerda está realizando en Tiripetío como parte de su tesis
doctoral mediante el cual espera proponer un modelo de la organización del espacio urba­
no del sitio arqueológico y, de manera más general, entender los procesos sociales que determi­
naron la estructura física de los asentamientos tarascos siguiendo los postulados de la arqueo­
logía interpretativa, de la arqueología del paisaje y de la arqueología de la arquitectura. Los
resultados obtenidos hasta el momento por Cerda han revelado el gran tamaño del asenta­
miento prehispánico, calculado en unas 900 ha; su diseño y grado de planeación determinados
por los materiales, sistemas constructivos y función de las estructuras, el uso del espacio, la
topografía y la concepción que sus constructores tenían de la habitabilidad del espacio, así
como su posición estratégica en la ladera sur del Cerro del Aguila, desde donde se controlaba
el paso de la cuenca de Pátzcuaro hacia El Bajío en el norte, hacia la Tierra Caliente al sur y
hacia la zona pirinda al oriente (Cerda 2004, 2012 y comunicación personal). Es importante
subrayar que Igor Cerda es el único investigador que explícitamente se adscribe a los enfo­
ques teóricos que desde los años setenta surgieron como crítica a la arqueología procesual,
especialmente a la arqueología del paisaje y a la arqueología interpretativa. Una característica
sobresaliente en la mayoría de estos estudios es el uso de nuevas tecnologías, particularmente
del Sistema de Posicionamiento Global (Global Positioning System o GPS) y de los Sistemas
de Información Geográfica ( s i g ) que permiten mapear los sitios y manejar la información
geográfica y arqueológica con una rapidez y precisión antes impensable.
El estudio de las fronteras y de los contactos interculturales es otra línea de análisis pre­
ferente. En ella se pueden incluir la tesis de José Hernández (1994, 1994b, 1996), quien recopiló
la información histórica, los datos obtenidos por otros investigadores sobre los sitios arqueoló­
gicos registrados a ambos lados de la frontera tarasco-mexica, más sus propias observaciones
en campo, para explicar la conformación de ésta; la de Christine Hernández (2000, 2006) sobre
el desarrollo de la frontera nororiental del imperio tarasco, basada principalmente en la cla­
sificación de la cerámica de la región de Ucareo y Zinapécuaro; la de Karine Lefebrvre (2012,
2011) sobre el patrón de asentamiento en Acámbaro que he mencionado más arriba, y la de Jay
Silverstein (2000 ) en la sección suroriental de la frontera tarasco-mexica, que tuvo el objetivo
de observar el impacto del imperialismo de ambas potencias sobre la población local -chontal
y cuitlateca- mediante la combinación y el contraste de datos etnohistóricos y arqueológicos
(distribución de sitios, de tipos cerámicos y líticos principalmente).
También está el estudio de Agapi Filini (2004,2010) sobre las relaciones entre Teotihuacán
y la cuenca de Cuitzeo, basado sobre todo en el análisis de la iconografía de la cerámica (figura
22 ) pero también con un interesante análisis de los diferentes tipos de obsidiana presentes
en varios sitios mesoamericanos en distintas épocas, incluido Cuitzeo; todo ello enmarcado
dentro de un panorama general de las relaciones entre la gran urbe del Valle de México con
73
otras regiones de Mesoamérica y usando como herramienta de interpretación la perspectiva
del sistema mundo. Por lo demás, en colaboración con físicos de la u n a m , Filini también ha
aplicado técnicas arqueométricas (difracción de rayos x y emisión de rayos x inducida por
protones, p ix e ) para determinar la procedencia de la cerámica de Cuitzeo que es similar a la de
Teotihuacán (Bucio, Filini y Ruvalcaba 2005). Asimismo, la tesis de Sarah Albiez-Wieck (2011)
sobre los contactos exteriores del Estado tarasco, en la que examina detalladamente los estu­
dios que se han hecho sobre el tema, amerita que se le incluya aquí aunque no es precisamente
un trabajo arqueológico.
Finalmente, hay que destacar el interés creciente por el estudio de los petrograbados,
tema central de varios trabajos de grado presentados en los últimos años (Nicolau 2002, Tinoco
2004, Hernández 2006, Gómez 2010, Olmos 2010, Rodríguez 2011) que más adelante Alejandro
Olmos examina con detalle en este mismo libro.
E v a l u a c ió n
Desde 1937 hasta la fecha se han realizado alrededor de sesenta proyectos de investigación
arqueológica en Michoacán sin contar los estudios específicos relacionados con los proyectos
74
H i s t o r ia d e l a a r q u e o l o g í a e n M ic h o a c á n
mayores, como los enmarcados en el proyecto Michoacán del c e m c a , o las tesis derivadas
de ellos. A éstos habría que añadir los trabajos efectuados a raíz de denuncias de saqueo o de
hallazgos casuales más los relativamente informales que se hicieron antes de 1937.
El resultado más destacado de todas estas exploraciones es sin lugar a dudas la canti­
dad enorme de datos compilados hasta el momento. Vale recordar, por ejemplo, que en 1929
se habían registrado oficialmente 46 sitios arqueológicos en el estado y que hoy en día están
inventariados alrededor de 1900. Aunque esta última cifra no es exacta y el catálogo oficial del
i n a h tiene aún varios problemas serios, como se verá en el capítulo siguiente, la diferencia es
verdaderamente notable y lo es más si se considera la cantidad y la calidad de los datos reca­
bados sobre cada sitio. En efecto, a los miles de sitios arqueológicos localizados, la mayoría de
ellos descritos al menos someramente, se suman cientos de entierros, de tipos cerámicos,
de objetos de piedra, concha, metal, hueso y otros materiales, todos ellos clasificados y des­
critos, algunos fotografiados o dibujados, y varios sometidos a análisis particulares para iden­
tificar con mayor precisión las materias primas, determinar su origen o conocer las técnicas
con las que fueron elaborados, entre otras cosas. La utilización de estos datos, sin embargo, no
está libre de problemas. Hay que tomar en cuenta, por ejemplo, que muchos de los sitios loca­
lizados no han sido fechados o sólo lo han sido de manera relativa mediante la comparación
de restos cerámicos de superficie con alguna de las tipologías ya establecidas. Los distintos
criterios que se han usado para clasificar los artefactos dificulta los estudios comparativos y,
además, hay que considerar el problema adicional de que muchos de los datos recopilados no
provienen de excavaciones controladas. Pese a ello, es innegable que en conjunto constituyen
una excelente base para apoyar nuevos trabajos, ya sea como elementos de referencia, como
puntos de partida para formular problemas de investigación o, incluso, como objeto de estu­
dio en sí mismos.
En contraste con lo que sucedía a mediados del siglo pasado, en la actualidad se puede
afirmar que casi todas las regiones de Michoacán han sido exploradas, si bien es cierto que no
todas ellas se conocen con la misma amplitud ni profundidad (figura 23). Las cuencas lacustres
del centro-norte (Cuitzeo, Zacapu, Pátzcuaro) son las regiones más estudiadas y también en
las que se concentra la mayor cantidad de sitios arqueológicos registrados, incluidos cuatro de
los seis que están abiertos al público (Tres Cerritos, Huandacareo, Tzintzuntzan e Ihuatzio).
Las secuencias cerámicas y cronológicas que se han establecido para estas regiones, amarra­
das con varias fechas de radiocarbono y complementadas con las de sitios y áreas adyacentes,
cubren la historia prehispánica desde el Preclásico medio hasta el Posclásico tardío y por lo
tanto dan cuenta de las principales características de cada periodo y de las transformaciones
sucedidas a lo largo de unos dos mil años. Si a esto se suman los datos de El Opeño y de la
Cueva de los Portales, la secuencia para una extensa franja del norte de Michoacán se amplía
al Preclásico temprano e incluso antes (desde el 5200 a.C. aproximadamente hasta la llegada de
los españoles).
75
102°W
103°W
G\
101°W
100
JL
Sim bologia
Querétaro
KELLY Investigaciones arqueológicas
»
Sitios arqueológicos
Sitios abiertos al público
Localidad de referencia
0
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102°W
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23. Sitios arqueológicos registrados en M ichoacán y principales investigaciones arqueológicas realizadas en el estado (fuente: bibliografía diversa producto de las investi­
gaciones arqueológicas; mapa elaborado por M arco A ntonio H ernández con información de la autora).
H is t o r ia d e l a a r q u e o l o g í a e n M ic h o a c á n
Otras regiones que han recibido atención por parte de varios investigadores son las
cuencas del río Tepalcatepec y del Balsas medio. En este caso se cuenta con las secuencias
cronológicas establecidas y fechadas en los trabajos de El Infiernillo más la propuesta reciente
de Jennifer Meanwell, que en conjunto cubren un periodo desde el Preclásico medio hasta
el Posclásico tardío. Por otro lado, la que estableció Isabel Kelly para Apatzingán se ha ido
confirmando aunque todavía se carece de fechas absolutas. Los trabajos en la presa La Villita,
los de Novella en la costa norte de Michoacán y la síntesis de Pulido sobre Zacatula también
proporcionan ya una idea más o menos clara de las características arqueológicas de la costa
desde el Preclásico medio hasta el Posclásico.
Los extremos norte (región de Ucareo) y sur (región de Cutzamala) de la frontera orien­
tal de Michoacán también se conocen relativamente bien, y para la primera se ha establecido
una buena secuencia cronológica desde el Preclásico medio hasta el Posclásico tardío, aunque
se tienen muy pocas fechas absolutas. En el largo tramo intermedio entre ambas zonas prácti­
camente no se han hecho investigaciones, salvo el registro de sitios para el Atlas Arqueológico
y los trabajos en San Felipe de Los Alzati más otras exploraciones menores (Gorenstein,
Hernández Rivero). La región noroccidental del estado, en cambio, no cuenta ni siquiera con
un registro actualizado de los sitios arqueológicos existentes, varios de ellos reportados desde el
siglo xix. La única información disponible para la Meseta Tarasca, por ejemplo, sigue siendo
la de Lumholtz, dado que la recopilada durante el proyecto Gasoducto está perdida, y los
datos obtenidos en Cojumatlán o en Jiquilpan durante los años cuarenta del siglo pasado no
se han confirmado o actualizado por falta de investigaciones en la región desde entonces. De
cualquier manera, por ello mismo, no se puede decir que estas áreas se desconocen por com­
pleto. Hay, sin embargo, dos amplias regiones de Michoacán para las que sí es posible afirmar
lo anterior: el área entre el Balsas medio y Morelia y el área entre el río Tepalcatepec y la costa
del Pacífico, ambas mencionadas como zonas desconocidas desde 1946 por Pedro Armillas.
Aunque en la actualidad estas regiones están prácticamente deshabitadas y es muy posible que
en la época prehispánica también lo estuvieran, sería conveniente explorarlas.
Como se ve, la fase precerámica sólo se ha documentado en la Cueva de los Portales y el
Preclásico temprano está representado únicamente por las tumbas de El Opeño. En cambio, en
casi todas las regiones se tienen secuencias relativamente continuas desde el Preclásico medio
hasta el Posclásico tardío. En términos muy generales pueden apuntarse algunos aspectos lla­
mativos sobre cada uno de estos periodos. Por ejemplo la complejidad social que ya se advierte
desde los tiempos de El Opeño, manifiesta en los materiales foráneos que se han encontrado
en las tumbas, en la construcción de éstas, en las relaciones que parecen haber tenido sus cons­
tructores con los habitantes de otras regiones, tanto de Mesoamérica como de fuera, y en las
técnicas más o menos sofisticadas de fabricación de las piezas cerámicas y de otros artefactos.
Lo mismo puede decirse del resto del periodo Preclásico. Los sitios monumentales del Clásico
registrados en distintas áreas de Michoacán indican también la existencia de sociedades bas­
tante complejas durante este periodo y la influencia teotihuacana en varias regiones del estado
77
C l a u d ia E s p e j e l C a r b a ja l
es cada vez más evidente. Por otra parte, las características del periodo Posclásico temprano y
de los tiempos inmediatamente anteriores a la formación del Estado tarasco han empezado a
delinearse con las exploraciones en los enormes sitios del malpaís de Zacapu, en Uricho y en
Sacapu-Angamuco. Paradójicamente, los rasgos arqueológicos propiamente tarascos no han
sido todavía bien definidos y, si se considera que las yácatas de planta rectangular y circular
son uno de los rasgos diagnósticos de la cultura tarasca, resulta sorprendente que, aparte de
Tzintzuntzan e Ihuatzio, hasta ahora sólo se hayan realizado excavaciones someras en tres
sitios con este tipo de construcciones (Teremendo, Lagunillas y Jujucato).
Desde el punto de vista técnico, metodológico y teórico, la arqueología que se ha prac­
ticado en Michoacán no está a la zaga de la realizada en otras partes de México y los conoci­
mientos generados por ésta son en muchos casos contribuciones relevantes para la comprensión
de la historia prehispánica de nuestro país. Basta considerar, por ejemplo, el importante papel
de las colecciones del Museo Michoacano y de la colección de Planearte en la exposición
Histórico-Americana de Madrid para valorar la relevancia del caso michoacano en el contexto
de la arqueología nacional de finales del siglo xix. Por otro lado, los trabajos que se realiza­
ron durante los años cuarenta del siglo XX son excelentes representantes de la arqueología de
aquella época, tanto los dirigidos por Donald Brand y los de Isabel Kelly como el de Rubín
de la Borbolla en Tzintzuntzan, este último iniciado años antes de que se exploraran y res­
tauraran otros importantes sitios monumentales mesoamericanos como Tula o Monte Albán.
Igualmente, como ya se ha mencionado, los trabajos de salvamento arqueológico en las presas
El Infiernillo y La Villita fueron pioneros y modelos a seguir en varios sentidos, sobre todo
en la aplicación de técnicas y métodos de investigación de punta en ese entonces. Los trabajos
de Helen Pollard también se pueden considerar característicos de su época, principalmente
desde el punto de vista teórico, y su modelo sobre el surgimiento del Estado tarasco es una
buena contraparte y punto de comparación para los respectivos estudios sobre la formación
del Estado mexica. Por otro lado, las investigaciones del c e m c a , además de ilustrar las enormes
ventajas de los estudios regionales, han proporcionado importante información sobre varios
procesos que no sólo atañen a la historia prehispánica de Michoacán, como la movilidad de
la frontera norte de Mesoamérica a lo largo del tiempo, el papel que las culturas del norte
de México parecen haber desempeñado en el desarrollo mesoamericano o los patrones de
explotación de las minas de obsidiana. En este mismo sentido, las investigaciones de Dan
Healan han dado cuenta de la relevancia que tuvo la obsidiana de Ucareo y Zinapécuaro en
distintas etapas de la historia mesoamericana y contribuyen al entendimiento de la organi­
zación económica de las sociedades que se desarrollaron en otras regiones de esta superárea
cultural, como la teotihuacana o la tolteca, por citar algunas. Lo mismo puede decirse de los
estudios sobre la influencia de Teotihuacán detectada en varios sitios de Michoacán que infor­
man de las posibles relaciones que los habitantes de la gran urbe establecieron con la población
michoacana y cuyos aportes, por lo tanto, repercuten en la comprensión global del fenómeno
teotihuacano. Por su parte, las exploraciones de las tumbas de El Opeño han proporcionado
78
H is t o r ia d e l a a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
información sumamente útil para valorar el papel del occidente de México en los tiempos más
tempranos de la historia mesoamericana, los estudios en la costa han revelado una compleji­
dad social mayor de la que antes se le atribuía y las investigaciones en la desembocadura del río
Balsas contribuyen al entendimiento de la política expansionista del Estado mexica.
Al contrario de lo que suele pensarse, la enorme cantidad de datos arqueológicos reco­
pilados hasta el momento en Michoacán, incluyendo su análisis e interpretación, han que­
dado consignados en una amplia gama de escritos. Tan sólo en el Archivo Técnico de la
Coordinación Nacional de Arqueología se pueden consultar más de cien informes técnicos
entregados al Consejo de Arqueología desde 1970 hasta la fecha, algunos de ellos formados
por varios volúmenes,13 más los que se entregaron antes al Departamento de Monumentos
Históricos (véase García Molí 1982) y las noticias sobre hallazgos arqueológicos dadas por
particulares o elaboradas por arqueólogos profesionales desde finales del siglo xix hasta la
actualidad ( a t c n a i n a h , expediente 311 (72-34)(02) / 1). Además de estos materiales, en su mayo­
ría inéditos, se han publicado por lo menos 36 libros, alrededor de 90 artículos, poco más de
cien capítulos de libro y se han elaborado unas 55 tesis, de las cuales al menos catorce han sido
publicadas. La apretada síntesis que he presentado aquí impide vislumbrar siquiera la riqueza
de información que contiene esta amplia bibliografía. Aunque, por supuesto, la calidad de
los textos es variable, prácticamente en todos es posible encontrar valiosas observaciones
de primera mano, sugerentes conjeturas e interesantes preguntas abiertas que invitan a formu­
lar nuevos proyectos de investigación.
No obstante, uno de los principales problemas para aprovechar toda la información
existente es el difícil acceso a varios de estos documentos. El impedimento para reproducir los
que se resguardan en el a t c n a , por ejemplo, obliga a consultarlos exclusivamente en el lugar,
situado en el centro histórico de la Ciudad de México, y a dedicar una buena cantidad de
tiempo para tomar notas a mano. Si se considera que en la actualidad la gran mayoría de los
arqueólogos y de los estudiantes interesados en Michoacán no radica en la ciudad de México
puede calibrarse el efecto negativo que implican estas restricciones. Además, muchas de las
publicaciones son poco asequibles. Paradójicamente los artículos publicados en el extranjero,
incluso los más antiguos, y las tesis presentadas en las universidades de Estados Unidos son
más fáciles de conseguir gracias a los medios electrónicos modernos y al internet. Los artículos
publicados en México, en cambio, se encuentran en revistas y boletines nacionales de circula­
ción relativamente restringida y no son asequibles vía internet, como tampoco lo son las tesis
mexicanas, la mayoría de las cuales deben consultarse en la biblioteca de la e n a h y las más
recientes en El Colegio de Michoacán.
En este contexto vale la pena destacar los libros publicados por esta última institución,
particularmente los editados por Eduardo Williams y Phil Weigand desde los años noventa
13.
El catálogo de los informes entregados al Consejo de Arqueología puede consultarse en la siguiente dirección de internet: http://consejoarqueologia.
inah.gob.m x/w p-content/uploads/m ichoacan.pdf.
79
C l a u d ia E s p e je l C a r b a ja l
del siglo pasado donde se reúnen un buen número de artículos derivados de las investigacio­
nes arqueológicas de Michoacán y, en general, del occidente de México (Williams 1994, 2004,
Williams y Weigand 1995, 1996, 1999, 2001, 2011; Williams y Novella 1994, Williams, Weigand,
López y Grove 2005, Williams, López y Esparza 2009. Véase también Boehm 1994, Boehm y
Weigand 1992, Cárdenas 2004, Esparza y Cárdenas 2005, Faugére 2007), aunque la divulgación
de estas publicaciones es también relativamente restringida. Un ejemplo de ello es el hecho de
que no todas se encuentran en la biblioteca de la e n a h y es muy probable que sean aún
menos accesibles en el extranjero. Entre otros libros colectivos que concentran contribuciones
importantes relativas a la arqueología michoacana cabe mencionar el titulado Génesis, cultu­
ras y espacios en Michoacán publicado por el c e m c a (Darras 1998), la Memoria de la Primera
reunión sobre las sociedades prehispánicas en el centro-occidente de México (Centro Regional
de Querétaro 1988) y, para artículos más antiguos, La arqueología en los Anales del Museo
Michoacano (Macías 1993), así como la versión digital de los Anales del Museo Nacional de 1877
a 1977 disponible en discos compactos (Instituto Nacional de Antropología e Historia 2002).
Es de lamentar, además, la pérdida de varios materiales producidos durante algunas
investigaciones cuyos resultados no fueron publicados o lo fueron solo de manera parcial o
fragmentaria. Tal es el caso de los informes técnicos correspondientes a los trabajos realizados
en Tzintzuntzan en los sesenta cuyo paradero actual se desconoce; de las cédulas donde se
registró la información de los sitios localizados en el tramo Uruapan-Lázaro Cárdenas del
proyecto Gasoducto, del cual no se elaboró el respectivo informe técnico y cuyo paradero
actual también es incierto; de las cédulas originales del proyecto Pátzcuaro-Cuitzeo, ahora
perdidas, donde se describieron con detalle los sitios arqueológicos localizados, información
que se redujo al mínimo en las cédulas incluidas en el informe técnico; de la documentación
producida en las excavaciones de El Infiernillo (mapas de ubicación, cédulas de descripción de
los sitios, descripción de las excavaciones, clasificación de las figurillas, informes de los análisis
químicos, etc.) que solo parcialmente se encuentra en las publicaciones y que hasta ahora no
he podido localizar, y de los informes completos referentes a los trabajos en el Balsas y en el
Tepalcatepec elaborados por Donald Brand y su equipo que quedaron en la Universidad de
Nuevo México (donde, con suerte, quizá todavía estén). Por otro lado, de los trabajos reali­
zados en San Felipe de Los Alzati no existen informes técnicos ni publicaciones, excepto la
guía del sitio (Peña 2009) y un texto inédito de Otto Schóndube (1973), quien describió los
principales edificios y otros sitios arqueológicos cercanos. Asimismo, la información sobre un
lote de cerámica de Queréndaro, muy citada en los textos de los años setenta, es muy ambigua
aunque los resultados de un estudio preliminar fueron publicados en un artículo difícil de
conseguir (Molina y Torres 1974).
Uno de los aspectos que, en general, ha limitado los alcances de la investigación
arqueológica en Michoacán es la falta de continuidad. En efecto, la mayoría de los proyectos
han consistido en una sola temporada de campo, lo que ha impedido verificar sus primeros
80
H is t o r ia d e la a r q u e o l o g í a e n M i c h o a c á n
resultados mediante nuevas exploraciones dirigidas a alcanzar objetivos más particulares. Los
trabajos encabezados por Helen Pollard y los del c e m c a , sin duda los más fructíferos de todos
los efectuados en Michoacán, son buenas muestras de la enorme ventaja que representa el
hecho de estudiar el mismo sitio o región durante varios años. Debe subrayarse, además,
que incluso cuando se han realizado nuevas intervenciones en regiones o sitios previamente
explorados, rara vez se han retomado los problemas o las preguntas planteados por las inves­
tigaciones anteriores. Es notorio, por ejemplo, que en la síntesis propuesta en la Cuarta Mesa
Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología de 1946 no se hayan tomado en cuenta,
por lo menos no de manera explícita, los datos recopilados antes de 1930. Pero la ruptura más
drástica se dio con los cambios teóricos de los años sesenta, cuando quedó prácticamente
proscrito el objetivo de identificar provincias o complejos arqueológicos, dejando así inaca­
bada esta fase inicial, descriptiva pero necesaria, de la investigación arqueológica. Un hecho
significativo es que desde entonces los intentos por determinar el radio de distribución de los
elementos hallados en las distintas regiones estudiadas es mínimo, si no es que nulo. No se
sabe, por ejemplo, si la arquitectura característica de los sitios del malpaís de Zacapu, junto
con el tipo de enterramientos, de la cerámica y de los demás artefactos que allí se encuentran,
aparecen también en otras áreas. Lo mismo puede decirse de lo hallado en Tres Cerritos, en el
río Balsas o incluso en Tzintzuntzan e Ihuatzio.
En alguna medida la falta de definición de las áreas que comparten características
comunes se debe también a los pocos proyectos regionales que se han realizado en Michoacán
(véase Pollard 2011). Es inexplicable, por ejemplo, que desde el malogrado proyecto PátzcuaroCuitzeo no se hayan emprendido estudios de carácter regional en la cuenca del lago de
Pátzcuaro y en la de Cuitzeo, los cuales indudablemente complementarían la información
obtenida en los alrededores de Zacapu y darían una idea más completa de los fenómenos allí
detectados. En general hacen falta proyectos de investigación de gran alcance, interdisciplina­
rios, en los que participen estudiantes y tesistas de distintos niveles; una tarea que bien podría
lograrse a través del Centro Regional del i n a h o del Centro de Estudios Arqueológicos de El
Colegio de Michoacán.
Con todo, considero que tras 125 años de investigaciones arqueológicas en Michoacán
se ha reunido suficiente información para hacer trabajos de síntesis que permitan distinguir
las características particulares de diversas regiones e identificar, quizá, ciertas tendencias gene­
rales. Aunque parezca anacrónico, habría que identificar las culturas arqueológicas (en el más
puro estilo childeano) presentes en el estado, sin dejar de caracterizar al mismo tiempo cada
periodo cronológico en ámbitos menos locales para proponer las anheladas explicaciones del
cambio social. O, si se prefiere, para explorar los aspectos simbólicos y cognitivos de los grupos
humanos que vivieron en esta región de nuestro país, por citar algunos de los intereses de los
enfoques posprocesuales tan poco aplicados en Michoacán.
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