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Educacion y sociologia Emile Durkhaim

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11,5 mm
É M I L E DUR K H E I M
En las librerías encontramos un
variado repertorio de libros. Buenos,
malos, excelentes, olvidables, clásicos
en bolsillo, imaginativos libros
infantiles y textos indispensables. Estos
últimos, compañeros de viaje de miles
de lectores, forman ese legado que
pervive con independencia de modas
editoriales y vicisitudes del mercado.
Imprescindibles son aquellas obras que
han cruzado la aduana del tiempo y
se han convertido —gracias a lectores
y libreros— en verdaderas fuentes de
conocimiento. Ediciones Península
propone, con esta colección, autores
y materias que sugieren otras miradas,
otros ángulos para acercarse a
la realidad. Imprescindibles es una
invitación permanente para
(re)descubrir textos únicos,
inteligentes y amenos de nuestro
catálogo. Obras que faciliten el diálogo
necesario entre el libro, el lector
y el mundo.
En los ensayos recogidos en este libro se establecen interesantes
relaciones entre la pedagogía y la sociología. Aborda la educación
en la medida en que se demuestra que es un hecho social, un
elemento esencial de su teoría sociológica. Esta doble vertiente hace
que ambas disciplinas se fecunden mutuamente. Por un lado, su
obra sociológica aporta a los educadores una doctrina original y
vigorosa sobre los principales problemas pedagógicos. Y plantea a
los sociólogos los puntos esenciales de su teoría: la relación entre
individuo y sociedad, entre ciencia y práctica, y el estudio de la
naturaleza, de la moralidad y del entendimiento.
Durkheim es un pilar de la sociología y, al mismo tiempo, uno
de los autores clásicos de la pedagogía moderna. Sus escritos e
innovaciones forman parte de nuestro vigente patrimonio cultural.
Los editores
Los editores
ÉMILE DURKHEIM
(Épinal, 1858 - París, 1917).
«La educación es un ente eminentemente social. [...] Cada
sociedad se forja de un determinado ideal de hombre. Pero
es precisamente ese ideal “el que viene a ser el polo de la
educación”. [...] En pocas palabras, “la educación es una
socialización... de la joven generación”».
ÉMILE DURKHEIM
Educación y sociología
Educación y sociología
Estableció formalmente las bases de la
sociología como disciplina académica
y, junto con Karl Marx y Max Weber,
es considerado uno de los padres de
esta ciencia.
Fundó el primer departamento
de sociología en la Universidad de
Burdeos en 1895, año en que publicó
Las reglas del método sociológico. En 1896
creó la primera revista dedicada a
esta disciplina, L’Année Sociologique. Su
influyente monografía El suicidio (1897),
un estudio de los tipos de suicidio de
acuerdo con las causas que lo generan,
fue pionera en la investigación social
y sirvió para distinguir la ciencia social
de la psicología y la filosofía política.
En su obra clásica Las formas elementales
de la vida religiosa (1912), comparó las
vidas socioculturales de las sociedades
aborígenes y modernas.
10037004 - 16 €
Diseño de colección: Opalworks
Imagen de cubierta: © Getty Images. The Children’s Class (1899).
Óleo.
ÉMILE DURKHEIM
Educación
y sociología
prefacio de maurice debesse
introducción de paul fauconnet
epílogo de joan borrell
traducción de janine muls de liarás
EDICIONES PENÍNSULA
barcelona
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ÍNDICE
Prefacio
Introducción. La obra pedagógica de Durkheim
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I. La educación, su naturaleza y su papel
1. Las definiciones de la educación.
Examen crítico
2. Definición de la educación
3. Consecuencia de la definición anterior:
carácter social de la educación
4. El papel del Estado en materia educacional
5. Poder de la educación. Los medios de acción
II. Naturaleza y método de la pedagogía
III. Pedagogía y sociología
IV. La evolución y el papel de la enseñanza
secundaria en Francia
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Epílogo. Ferry, Durkheim, idéntica lucha
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LA EDUCACIÓN,
SU NATURALEZA Y SU PAPEL
1. las definiciones de la educación. examen crítico
La palabra educación ha sido a veces utilizada en un sentido muy amplio para designar el conjunto de las influencias
que la naturaleza, o los demás hombres, pueden ejercer
bien sea sobre nuestra inteligencia, bien sea sobre nuestra
voluntad. Abarca, dice Stuart Mill, «todo lo que hacemos
por voluntad propia y todo cuanto hacen los demás en favor nuestro con el fin de aproximamos a la perfección de
nuestra naturaleza. En su acepción más amplia, abarca incluso los efectos indirectos producidos sobre el carácter y
sobre las facultades del hombre por cosas cuya meta es
completamente diferente: por las leyes, por las formas de
gobierno, las artes industriales, e, incluso, también por hechos físicos, independientes de la voluntad del hombre,
tales como el clima, el suelo y la posición local». Sin embargo, dicha definición engloba hechos completamente
contrapuestos y que no se pueden reunir bajo un mismo
vocablo so pena de exponerse a confusiones. La acción de
las cosas sobre los hombres es muy diferente, por sus procedimientos y resultados, de la que procede de los hombres mismos; y la acción de los contemporáneos sobre sus
contemporáneos difiere de la que los adultos ejercen sobre
los más jóvenes. Es esta última la única que nos interesa
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aquí y, por consiguiente, a ella conviene reservar la palabra
educación.
Pero ¿en qué consiste esa acción sui generis? Numerosas
y muy diferentes son las respuestas que han sido dadas a esta
pregunta; pueden reducirse a dos tipos principales.
Según Kant, «el fin de la educación es el de desarrollar
todas las facultades humanas. Llevar hasta el punto más alto
que pueda ser alcanzado todas las fuerzas que anidamos en
nuestro interior, realizarlas lo más completamente posible,
pero sin que lleguen a dañarse entre sí, ¿no es este acaso un
ideal por encima del cual no puede existir ningún otro?».
Sin embargo, si bien en cierta medida ese desarrollo armónico es, en efecto, necesario y deseable, no por esto es
integralmente realizable; pues se encuentra en contradicción con otra regla de la conducta humana que no es menos
imperiosa: la que nos ordena dedicarnos a una tarea determinada y restringida. No podemos y no debemos entregarnos todos al mismo género de vida; según nuestras aptitudes, tenemos funciones diferentes que cumplir, y es necesario
que nos pongamos en armonía con aquella que nos incumbe. No estamos todos hechos para reflexionar: son necesarios hombres de sensación y de acción. Inversamente, también es necesario que los haya cuya labor sea la de pensar.
Ahora bien, el pensamiento no puede desarrollarse más que
desapegándose del movimiento, más que replegándose sobre sí mismo, más que apartando de toda acción exterior al
individuo que se entrega en cuerpo y alma a él. De ahí, una
primera diferenciación que no se produce sin experimentar
una cierta ruptura de equilibrio. Y la acción, por su parte, al
igual que el pensamiento, es susceptible de adoptar un sinfín
de formas diferentes y particulares. Por supuesto, esta especialización no excluye una cierta base común, y, consecuentemente, una cierta fluctuación en las funciones tanto orgá-
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nicas como psíquicas, a falta de la cual la salud del individuo
se vería en peligro, al propio tiempo que la cohesión social. Ahora bien, así y todo, una armonía perfecta no puede
ser presentada como el objetivo final de la conducta y de la
educación.
Aún menos satisfactoria es la definición utilitaria según
la cual la educación tendría por objeto «hacer del individuo
un instrumento de dicha para sí mismo y para sus semejantes» (James Mill); en efecto, la dicha es un estado esencialmente subjetivo que cada uno aprecia a su manera. Semejante fórmula deja, pues, incierta la meta de la educación y,
por ende, la educación en sí, puesto que la abandona al libre
arbitrio. Bien es verdad que Spencer ha tratado de dar una
definición objetiva de la dicha. Para él las condiciones de la
dicha son las de la vida. La dicha completa es la vida completa. Ahora bien, ¿qué se debe entender por vida? Si se
trata únicamente de la vida física, se puede perfectamente
decir aquello sin lo cual sería imposible; en efecto, implica
un cierto equilibrio entre el organismo y su entorno, y,
puesto que los dos términos en relación son datos definibles, otro tanto tiene que suceder con su conexión. Pero no
se puede expresar de esta forma más que las necesidades vitales más inmediatas. Ahora bien, para el hombre, y sobre
todo para el hombre moderno, esa clase de vida no es vida.
Pedimos de la vida algo más que el funcionamiento más o
menos normal de nuestros órganos. Una mente cultivada
prefiere no vivir antes que renunciar a los placeres que proporciona la inteligencia. Incluso desde el punto de vista puramente material, todo cuanto rebasa lo estrictamente necesario escapa a toda determinación. El standard of life, el
patrón de vida, como dicen los ingleses, el mínimo por debajo del cual no nos parece permisible situarnos, varía de
forma infinita según las condiciones de vida, los ámbitos so-
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ciales y los tiempos. Lo que ayer encontrábamos suficiente,
se nos antoja hoy por debajo de la dignidad del hombre, tal
como la sentimos actualmente, y todo deja suponer que
nuestras exigencias a este respecto irán in crescendo.
En este punto, topamos con el reproche general que recae sobre todas esas definiciones. Parte de este postulado
que asegura la existencia de una educación ideal, perfecta,
válida para todos los hombres indistintamente; y es esa educación universal y única la que el teórico se afana en definir.
No obstante, y ante todo, si se considera la historia, no se
encuentra nada en ella que confirme semejante hipótesis. La
educación ha variado muchísimo a través de los tiempos y
según los países. En las ciudades griegas y latinas, la educación enseñaba al individuo a subordinarse ciegamente a la
colectividad, a convertirse en esclavo de la sociedad. Hoy en
día, se esfuerza en hacer del individuo una personalidad
autónoma. En Atenas, se trataba de formar mentes delicadas, cautas, sutiles, amantes de la mesura y de la armonía,
capaces de apreciar la belleza y los placeres de la pura especulación; en Roma, se deseaba ante todo que los niños se
hiciesen hombres de acción, entusiastas de la gloria militar,
indiferentes a todo cuanto concernía a las artes y las letras.
En la Edad Media, la educación era ante todo cristiana; en
el transcurso del Renacimiento, adopta un carácter más laico y más literario; hoy en día, la ciencia tiene tendencia a
ocupar en la educación el puesto que el arte tenía antaño.
¿Acaso se dirá que esto no es lo ideal? ¿Que si la educación
ha variado, es porque los hombres se han equivocado acerca
de lo que debía ser? Pero si la educación romana hubiese
llevado el sello de un individualismo comparable al nuestro,
Roma no hubiese podido mantenerse; la civilización latina
no hubiese podido gestarse ni, más adelante, tampoco nuestra civilización moderna, que procede en gran parte de ella.
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Las sociedades cristianas de la Edad Media no hubiesen podido sobrevivir si hubiesen concedido al libre examen el lugar que le otorgamos hoy en día. Así pues, existen a este
respecto exigencias ineludibles de las que nos es imposible
hacer abstracción. ¿De qué puede servirnos el imaginar una
educación que resultaría funesta para la sociedad que la pusiese en práctica?
Ese postulado tan discutible es consecuencia de un error
más general. Si empieza uno por preguntarse cuál debe ser
la educación ideal, haciendo caso omiso de toda condición
de tiempo y lugar, es que, implícitamente, se admite que un
sistema educacional no tiene nada de real por sí mismo. No
se halla en él un conjunto de prácticas y de instituciones
que se han ido organizando paulatinamente con el paso del
tiempo, que son solidarias de todas las demás instituciones
sociales y que las expresan, que, por consiguiente, no pueden ser cambiadas a capricho, como tampoco lo puede ser la
estructura misma de la sociedad. Parece que sea un puro
sistema de conceptos realizados; considerándolo bajo ese
prisma, parece depender únicamente de la lógica. Se supone
que los hombres de cada época lo organizan con pleno conocimiento de causa para alcanzar un fin determinado; que
si dicha organización no es la misma por doquier es porque se han equivocado sobre la naturaleza, bien sea de la
meta por alcanzar, bien sea acerca de los medios que permiten alcanzarla. Partiendo de este punto de vista, las educaciones impartidas en el pasado se nos antojan como otros
tantos errores totales o parciales. No deberemos, pues, tenerlas en cuenta; no tenemos por qué solidarizamos con los
errores de observación o de lógica que han podido cometer
nuestros antecesores; pero sí podemos y debemos plantearnos el problema haciendo caso omiso de las soluciones
que nos han sido dadas, es decir, que, haciendo abstracción
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de todo lo que ha sido, lo que nos interesa ahora es preguntarnos lo que debe ser. Las enseñanzas de la historia pueden,
todo lo más, servirnos para no volver a caer en los mismos
yerros.Sin embargo, y de hecho, cada sociedad, tomada en
un momento determinado de su desarrollo, dispone de un
sistema educacional que se impone a los individuos con una
fuerza por lo general irresistible. Resulta baladí el creer que
podemos educar a nuestros hijos como lo desearíamos. Existen unas costumbres a las que nos vemos obligados a someternos. Si tratamos de soslayarlas en demasía, acaban
vengándose sobre nuestros hijos. Estos, al llegar a la edad
adulta, no se encuentran en condiciones de vivir en medio
de sus contemporáneos, por no comulgar con sus ideas. Que
hayan sido educados según normas o demasiado arcaicas o
demasiado vanguardistas, poco importa para el caso; tanto
en un caso como en el otro, no pertenecen a su tiempo y,
por consiguiente, no se encuentran en condiciones de vida
normal. Por lo tanto, existe en cada momento del tiempo un
tipo de regulador educacional del que no podemos apartamos sin topar con fuertes resistencias que contienen las veleidades de disidencias.
Sin embargo, los hábitos y las ideas que determinan ese
tipo educacional no somos nosotros quienes, individualmente, los hemos creado. Son fruto de la vida en común y
expresan las exigencias de esta. Incluso, en su mayor parte,
son obra de las generaciones anteriores. Todo el pasado de
la humanidad ha contribuido a edificar ese conjunto de reglas que dirigen la educación de hoy en día, toda nuestra
historia ha dejado sus huellas, incluso la historia de los pueblos que nos han precedido. Así es cómo los organismos
superiores albergan en su interior el eco de toda la evolución biológica de la que son el punto culminante. Cuando
se estudia históricamente la manera en que se han formado
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y desarrollado los sistemas educativos, se percata uno que
dependen estrechamente de la religión, de la organización
política, del nivel de desarrollo de las ciencias, del estado
de la industria, etcétera. Si se les separa de todas esas causas
históricas, se toman incomprensibles. ¿En qué forma, pues,
puede el individuo pretender reconstruir por el solo esfuerzo de su reflexión propia lo que no es obra del pensamiento individual? No se halla ante un terreno virgen sobre el que puede edificar lo que desea, sino ante realidades
existentes que no puede ni crear, ni destruir, ni transformar
a capricho. No puede actuar sobre ellas más que en la medida en que ha aprendido a conocerlas, en que sabe cuál es
su naturaleza y las condiciones de las que dependen; no
puede lograr saberlo más que si se doblega ante sus imperativos, más que si empieza por observarlas, a semejanza
del físico que examina la materia bruta y el biólogo los
cuerpos vivos.
Por lo demás, ¿cómo proceder de otra forma? Cuando
se quiere determinar únicamente a través de la dialéctica lo
que debe ser la educación, se tiene que empezar por sentar
las metas que se quieren alcance. Ahora bien, ¿qué es lo que
nos permite aseverar que la educación tiene tales fines y no
tales otros? A priori, desconocemos cuál es la función de la
respiración o de la circulación en el ser vivo. ¿A santo de qué
tendríamos que estar mejor informados en lo referente a la
función educativa? Se contestará que, por descontado, tiene
por objeto el de educar a los niños. Pero esto es plantear el
problema en términos apenas diferentes; no es resolverlo.
Se tendría que decir en qué consiste dicha educación, hacia
qué tiende, a qué exigencias humanas responde. Sin embargo, no se puede dar respuesta a esas preguntas más que empezando por observar en qué ha consistido, a qué exigencias
ha respondido en el pasado. Así pues, aun cuando no fuese
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más que para constituir la noción preliminar de la educación, para determinar que es lo que así se denomina, la observación histórica se nos antoja imprescindible.
2. definición de la educación
Para definir la educación, tenemos, por tanto, que contemplar los sistemas educativos que existen o que han existido,
relacionarlos los unos con los otros, poner de relieve los caracteres que tienen en común. El conjunto de esos caracteres constituirá la definición tras la cual andamos.
Andando el camino, hemos logrado determinar ya dos
elementos. Para que haya educación, es necesaria la presencia
de una generación de adultos y una generación de jóvenes, así
como de una acción ejercida por los primeros sobre los segundos. Nos queda por definir la naturaleza de dicha acción.
No existe, por así decirlo, sociedad alguna en la que el
sistema educacional no presente un doble aspecto: es, a la
vez, único y múltiple.
Es múltiple. En efecto, y en cierto sentido se puede decir que hay tantos tipos diferentes de educación como capas
sociales diferentes hay en la sociedad. ¿Acaso está esta compuesta de castas? La educación varía de una casta a otra; la
de los patricios no es la misma que la de los plebeyos; la del
Brahmán no era la misma que la del Sudra. De igual forma,
en la Edad Media, ¡qué abismo entre la cultura que recibía
el joven paje, instruido en todas las artes de la caballería, y la
del villano que iba a la escuela de su parroquia a aprender
algunos escasos rudimentos de cómputo, de canto y de gramática! Incluso hoy en día, ¿acaso no vemos cómo la educación varía según las clases sociales o las zonas de residencia? La que se imparte en la ciudad no es la misma que la
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que recibe la gente del campo, la del burgués no es igual a la
del obrero. ¿Acaso se argüirá que esta organización no es
moralmente justificable y que no se puede ver en ella más
que una perduración condenada a desaparecer? No resulta
difícil defender dicha tesis. Es evidente que la educación de
nuestros hijos no debería depender del azar que les ha hecho nacer aquí o allá, de tales padres y no de tales otros.
Pero, aun cuando la conciencia moral de nuestro tiempo
hubiese obtenido la satisfacción a la que aspira, no por esto
la educación se tornaría más uniforme. Aun cuando la carrera escogida para cada niño no sería ya, en gran parte, predeterminada por una obcecada herencia social, la diversidad
moral de las profesiones no dejaría de arrastrar en pos de
ellas una gran diversidad pedagógica. En efecto, cada profesión constituye un ámbito sui generis que recaba aptitudes
concretas y conocimientos especiales, en los que imperan determinadas ideas, determinadas costumbres, determinadas
maneras de contemplar las cosas; y dado que el niño debe
estar preparado con vistas a la función que está llamado a
desempeñar el día de mañana, la educación, a partir de una
cierta edad, no puede ser la misma para todos los sujetos a
los que se aplica. Este es el motivo por el cual vemos que en
todos los países civilizados la educación tiende a diversificarse cada vez más y a especializarse; y esta especialización
empieza cada día más pronto. La heterogeneidad que se
produce de esta suerte no se basa, como aquella de la que
hablábamos anteriormente, sobre desigualdades injustas a
todas luces; a pesar de ello, no es por esto menor. Para hallar
una educación del todo homogénea e igualitaria, deberíamos remontarnos a las sociedades prehistóricas en las que
no existía diferenciación alguna; y así y todo, ese tipo de
sociedades no representaba más que un momento lógico
dentro del conjunto de la historia de la humanidad.
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Sin embargo, sea cual sea la importancia de esas educaciones especiales, no representan per se la educación entera.
Incluso, se puede decir que no se bastan a sí mismas; sea
donde sea que se las observe, no divergen entre sí más que a
partir de un cierto punto más allá del cual se confunden. Se
asientan todas ellas sobre una base común. No existe pueblo
alguno donde no haya un cierto número de ideas, de sentimientos y de prácticas que la educación deba inculcar indistintamente a todos los niños, independientemente de la categoría social a la que pertenezcan estos. Incluso, ahí donde la
sociedad está fragmentada en castas cerradas las unas a las
otras, siempre existe una religión común para todos y, consecuentemente, los principios de la cultura religiosa, que se
torna entonces fundamental, son los mismos en los diversos
estamentos de la población. Si bien cada casta, cada familia,
tiene sus dioses particulares, existen divinidades generales o
comunes que son reconocidas por todo el mundo y que todos los niños aprenden a adorar. Y dado que esas divinidades
encarnan y personifican determinados sentimientos, determinadas formas de concebir el mundo y la vida, no se puede estar iniciado a su culto sin contraer, de paso, toda clase de
costumbres mentales que rebasen el ámbito de la vida puramente religiosa. De igual forma, en la Edad Media, los siervos, los villanos, los burgueses y los nobles recibían asimismo
una misma educación cristiana. Si ocurre tal cosa en sociedades donde la diversidad intelectual y moral alcanza ese
grado de contraste, ¡qué no ocurrirá con los pueblos más
evolucionados, donde las clases, aun cuando conservando sus
distancias, quedan sin embargo separadas por un abismo menos profundo! Ahí donde esos elementos comunes en toda
educación no quedan expresados bajo forma de símbolos religiosos, no por ello dejan de existir. En el transcurso de
nuestra historia, se ha ido constituyendo todo un conjunto
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de ideas sobre la naturaleza humana, sobre la importancia
respectiva de nuestras diversas facultades, sobre el derecho y
sobre el deber, sobre la sociedad, sobre el individuo, sobre el
progreso, sobre la ciencia, sobre el arte, etc., que constituyen
la base misma de nuestro espíritu nacional; toda educación,
tanto la del rico como la del pobre, tanto la que lleva a las
carreras liberales como la que prepara para cargos industriales, tiene por objeto grabarla en las conciencias.
De todos esos hechos resulta que cada sociedad se labra
un cierto ideal del hombre, de lo que debe ser este, tanto
desde el punto de vista intelectual como físico y moral; que
ese ideal es, en cierta medida, el mismo para todos los ciudadanos de un país; que a partir de un determinado punto,
se diferencia según los ámbitos particulares que toda sociedad alberga en su seno. Es ese ideal, a la vez único y diverso,
el que representa el polo de la educación. Esta tiene, por
tanto, por misión la de suscitar en el niño: 1. Un cierto número de estados físicos y mentales que la sociedad a la que
pertenece considera que deben florecer en cada uno de sus
miembros. 2. Ciertos estados físicos y mentales que el grupo
social específico (casta, clase, familia, profesión) considera
asimismo que deben existir en todos aquellos que lo constituyen. Por consiguiente, es la sociedad, en su conjunto, y cada
ámbito social específico los que determinan ese ideal que la
educación realiza. La sociedad no puede subsistir más que si
existe entre sus miembros una homogeneidad suficiente: la
educación perpetúa y refuerza dicha homogeneidad, fijando
por adelantado en el alma del niño las similitudes esenciales
que requiere la vida colectiva. Sin embargo, por otra parte,
sin una cierta diversidad toda cooperación resultaría imposible: la educación asegura la persistencia de esa diversidad
necesaria, diversificándose por sí mismo y especializándose. Si la sociedad llega a ese nivel de desarrollo en que las
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antiguas escisiones en castas o clases no pueden ya ser mantenidas, prescribirá una educación más uniforme en su base.
Si, al propio tiempo, el trabajo queda más dividido, la sociedad provocará en los niños, proyectada sobre un primer plano de ideas y de sentimientos comunes, una diversidad más
rica de aptitudes profesionales. Si vive en estado de conflicto con las sociedades circundantes, se esforzará en formar
las mentes según un modelo de inspiración netamente patriótica; si la competencia internacional adopta una forma
más pacífica, el tipo que trata de realizar resulta más generalizado y más humano. La educación no es, pues, para la
sociedad más que el medio a través del cual prepara en el
espíritu de los niños las condiciones esenciales de su propia
existencia. Veremos más adelante cómo el propio individuo
tiene todo interés en someterse a esas exigencias.
Llegamos, por lo tanto, a la fórmula siguiente: La educación es la acción ejercida por las generaciones adultas sobre aquellas
que no han alcanzado todavía el grado de madurez necesario para
la vida social. Tiene por objeto el suscitar y desarrollar en el niño
un cierto número de estados físicos, intelectuales y morales que
exigen de él tanto la sociedad política en su conjunto como el medio
ambiente específico al que está especialmente destinado.
3. consecuencia de la definición anterior:
carácter social de la educación
De la definición que precede resulta que la educación consiste en una socialización metódica de la joven generación.
Se puede decir que en cada uno de nosotros existen dos seres que, aun cuando inseparables a no ser por abstracción,
no dejan de ser distintos. Uno está constituido por todos los
estados mentales que no se refieren más que a nosotros mis-
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mos y a los acontecimientos de nuestra vida privada: es lo
que se podría muy bien denominar el ser individual. El otro
es un sistema de ideas, de sentimientos y de costumbres que
expresan en nosotros no nuestra personalidad, sino el grupo
o los grupos diferentes en los que estamos integrados; tales
son las creencias religiosas, las opiniones y las prácticas morales, las tradiciones nacionales o profesionales, las opiniones colectivas de todo tipo. Su conjunto constituye el ser
social. Formar ese ser en cada uno de nosotros, tal es el fin
de la educación.
Por otra parte, a través de esto se manifiesta más claramente la importancia de su papel y la fecundidad de su acción. En efecto, no tan solo ese ser social no viene dado del
todo en la constitución primitiva del hombre, sino que no
ha sido el resultado de un desarrollo espontáneo. Espontáneamente, el hombre no era propenso a someterse a una
disciplina política, a respetar una regla moral, a entregarse y
a sacrificarse. No había nada en nuestra naturaleza congénita que nos predispusiese obligatoriamente a convertirnos en
servidores de divinidades, emblemas simbólicos de la sociedad, a rendirles culto, a conocer vicisitudes en honor de
ellas. Es la sociedad en sí la que, a medida que se ha ido formando y consolidando, ha extraído de su propio ser esas
ingentes fuerzas morales ante las cuales el hombre ha experimentado su inferioridad. Ahora bien, si se hace abstracción de las vagas e inciertas tendencias que pueden ser atribuidas a la herencia, el niño, al integrarse a la vida, no
aporta a esta más que naturaleza de individuo. Por consiguiente, a cada generación, la sociedad se encuentra en presencia de un terreno casi virgen sobre el que se ve obligada
a edificar partiendo de la nada. Es necesario que, por las vías
más rápidas, al ser egoísta y asocial que acaba de nacer superponga ella otro, capaz de llevar una vida moral y social.
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Esta es en esencia la labor de la educación, y nos percatamos
de inmediato de toda su grandeza. No se limita a desarrollar
el organismo individual en el sentido marcado por su naturaleza, a hacer patentes fuerzas recónditas deseosas de salir
a la luz. La educación ha creado en el hombre un ser nuevo.
Esa virtud creadora es, por demás, un privilegio especial
de la educación humana. Completamente diferente es la que
reciben los animales, si es que se puede denominar con ese
nombre el aprendizaje progresivo al que son sometidos por
parte de sus progenitores. Puede, por descontado, acelerar
el desarrollo de determinados instintos latentes en el animal,
pero no lo inicia a una nueva vida. Facilita el juego de las
funciones naturales, pero no crea nada. Instruida por su madre, la cría sabe volar antes o aprender antes a hacer su nido;
pero, en realidad, no aprende nada que no hubiese podido
descubrir a través de su experiencia personal. Es que los animales o bien viven al margen de todo estado social, o bien
forman sociedades de estructuras bastante simples, que funcionan gracias a unos mecanismos instintivos que cada individuo lleva en su interior, ya existentes a partir del momento mismo de su nacimiento. En este caso, la educación no
puede añadir nada esencial a la naturaleza, puesto que esta
se basta a sí sola, tanto en lo que a la vida del grupo se refiere como a la del individuo propiamente dicho. En el hombre, al contrario, las aptitudes de todo tipo que supone la
vida social son demasiado complejas para poder encarnarse,
por así decirlo, en nuestros tejidos y materializarse bajo forma de predisposiciones orgánicas. De ahí se desprende que
esas aptitudes no pueden transmitirse de una generación a
otra por vías genéticas. Es a través de la educación como se
lleva a cabo la transmisión.
Sin embargo, argüirán algunos, si cabe creer que, en
efecto, únicamente las cualidades propiamente morales, por-
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que imponen al individuo privaciones, porque entorpecen
sus reacciones naturales, no pueden suscitarse en nosotros
más que bajo una acción proveniente del exterior, ¿acaso no
habrá otras que toda persona estará interesada en adquirir y
por las cuales suspirará instintivamente? Esas son las cualidades diversas de la inteligencia que le permiten adecuar
mejor su comportamiento a la naturaleza de las cosas. También son esas las cualidades físicas y todo lo que contribuye
al vigor y al perfecto funcionamiento del organismo. Para
aquellas, cuanto menos, parece que la educación, al desarrollarlas, no haga más que ir al encuentro del desarrollo mismo de la naturaleza, que llevar al individuo a un estado de
perfección relativa hacia el que tiende de por sí, aun cuando
pueda alcanzarlo más rápidamente gracias a la ayuda de la
sociedad.
Pero lo que demuestra bien a las claras que, a pesar de
las apariencias, aquí como en otros campos, la educación
responde ante todo a necesidades sociales es que hay sociedades en las que esas cualidades no han sido cultivadas
en absoluto, y que, en cualquier caso, han sido consideradas
muy diferentemente según las unas y otras. Mucho falta
para que las ventajas de una sólida cultura intelectual hayan
sido reconocidas por todos los pueblos. La ciencia, el espíritu crítico, que hoy situamos en un pedestal, han sido durante mucho tiempo puestos en tela de juicio. ¿Acaso no conocemos una célebre doctrina que proclama bienaventurados
a los pobres de espíritu? Se tiene uno que guardar muy mucho de creer que esa indiferencia para con el saber haya sido
impuesta artificialmente a los hombres en clara transgresión
de su naturaleza. No tienen de por sí el ansia instintiva de
ciencia que, a menudo y muy arbitrariamente, se les ha atribuido. No aspiran a la ciencia más que en la medida en que
la experiencia les ha enseñado que no pueden prescindir de
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ella. Ahora bien, en lo que se refiere a la ordenación de su
vida particular, no tenían la menor necesidad de ella. Como
ya lo decía Rousseau, para satisfacer las necesidades vitales,
la sensación, la experiencia y el instinto podían bastar de
igual forma que bastan al animal. Si el hombre no hubiese
conocido otras necesidades que aquellas, muy simples, que
sientan sus raíces en su constitución individual, no se habría
puesto jamás en busca de la ciencia, tanto más que esta no ha
podido ser adquirida más que a través de laboriosos y dolorosos esfuerzos. No conoció el afán del saber más que cuando la sociedad lo despertó en él, y la sociedad no lo despertó
más que cuando ella misma sintió su necesidad. Ese momento se presentó cuando la vida social, bajo todas sus formas, se tornó demasiado compleja para poder funcionar sin
apelar al pensamiento razonado, es decir, al pensamiento
ilustrado por la ciencia. Entonces, la cultura científica se
tornó imprescindible, y este es el motivo por el cual la sociedad la exige en sus miembros y se la impone como una obligación. Sin embargo, en su origen, cuando la organización
social era muy simple, muy poco variada, siempre igual a sí
misma, la tradición ciega bastaba, de igual forma que el instinto le basta al animal. Partiendo de esa base, el pensamiento y el libre albedrío resultaban inútiles e, incluso, peligrosos, puesto que eran una amenaza latente para la tradición.
Esta es la razón por la cual fueron proscritos.
Sucede exactamente igual con las cualidades físicas. Si el
Estado de ámbito social inclina la conciencia pública hacia
el ascetismo, la educación física quedará relegada a un segundo término. Esto es lo que, más o menos, se produjo en
las escuelas de la Edad Media; y ese ascetismo era necesario,
pues la única manera de adaptarse a la aspereza de esos tiempos difíciles era la de apreciarlo. De igual forma, y según las
corrientes de la opinión, esa misma educación será interpre-
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tada en los sentidos más diversos. En Esparta, tenía sobre todo
como objeto el de fortalecer los músculos para sobrellevar
la fatiga. En Atenas, era una forma de crear cuerpos hermosos para la vista; en los tiempos de la caballería, se pedía
de ella que formase guerreros ágiles y resistentes; hoy en
día, su meta es puramente higiénica, y se preocupa ante
todo de contrarrestar los peligrosos efectos de una cultura
intelectual demasiado intensa. Así pues, incluso las cualidades que parecen, a primera vista, tan espontáneamente deseables, el individuo no las busca más que cuando la sociedad le incita a ello, y las busca en la forma en que esta se las
prescribe.
Llegamos de esta forma a poder contestar una pregunta
que quedaba suscitada por todo cuando precede. En tanto
que mostrábamos a la sociedad moldeando, según sus necesidades, a los individuos, podía parecer que estos se veían
sometidos por ese hecho a una tiranía insoportable. No obstante, en realidad, ellos mismos están interesados en esa sumisión; pues, el ser nuevo que la acción colectiva, a través de
la educación, crea de esta suerte en cada uno de nosotros
constituye lo que de mejor se puede encontrar en cada individuo, lo que de puramente humano hay en nuestro interior. En efecto, el hombre no es hombre más que porque
vive en sociedad.
Resulta difícil demostrar en un artículo y con el rigor
suficiente una teoría tan general y tan importante, que viene
a resumir todos los trabajos llevados a cabo en el campo de
la sociología contemporánea. Sin embargo, como primera
providencia, cabe apuntar que se la pone cada vez menos en
tela de juicio. Por añadidura, nos es posible recordar de manera somera los hechos más esenciales que la justifican.
En primer lugar, si existe hoy en día un hecho históricamente establecido, es que la moral está estrechamente
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vinculada a la naturaleza de las sociedades, dado que, tal
como lo hemos demostrado ya anteriormente, la moral varía cuando las sociedades varían. Esto significa, por tanto,
que es consecuencia de la vida en común. En efecto, es la
sociedad la que nos hace salir de nuestro aislamiento individual, la que nos obliga a tener en cuenta otros intereses que
no son los nuestros propiamente dichos, es ella la que nos ha
enseñado a dominar nuestras pasiones, nuestros instintos, a
canalizarlos, a limitarnos, a privarnos, a sacrificarnos, a subordinar nuestros fines personales en pro de fines más elevados. Todo el sistema de representación que alimenta en
nosotros la idea y el sentimiento de la existencia de la regla,
de la disciplina, tanto interna como externa, es la sociedad
quien la ha inculcado en nuestras conciencias. Así es como
hemos adquirido esa fuerza que nos permite resistir a nuestros instintos, ese dominio sobre nuestras inclinaciones, que
es uno de los rasgos característicos de la figura humana y
que está tanto más desarrollado cuanto más plenamente
cumplimos con nuestra condición de hombre.
No estamos en menor deuda con la sociedad desde el
punto de vista intelectual. Es la ciencia la que elabora las
nociones cardinales que dominan nuestro pensamiento: nociones de causa, de leyes, de espacio, de número, nociones
de los cuerpos, de la vida, de la conciencia, de la sociedad,
etc. Todas esas ideas fundamentales están en perpetua evolución: es que vienen a ser el resumen, la resultante de todo
el trabajo científico, aun cuando estén muy lejos de ser el
punto de partida, tal como lo creía Pestalozzi. No nos representamos al hombre, la naturaleza, las causas, el mismo espacio, tal como se los representaban en la Edad Media; esto
es debido a que nuestros conocimientos y nuestros métodos
científicos ya no son los mismos. Ahora bien, la ciencia es
una obra colectiva, puesto que supone una dilatada coopera-
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ción de todos los sabios no tan solo de una misma época,
sino de todas las épocas que se han ido sucediendo a través
de la historia. [Antes de que las ciencias quedasen constituidas, la religión cumplía la misma misión; pues toda mitología consiste en una representación, ya muy elaborada, del
hombre y del universo. Por demás, la ciencia ha sido la heredera de la religión. Y, precisamente, una religión es una
institución social.] Al aprender una lengua, aprendemos
todo un sistema de ideas, bien diferenciadas y clasificadas, y
heredamos todo el trabajo que ha permitido establecer dichas clasificaciones y que viene a resumir siglos enteros de
experiencia. Aún hay más: de no ser por la lengua, no dispondríamos, prácticamente, de ideas generales; pues es la
palabra la que, al fijarlas, presta a los conceptos la consistencia suficiente para que puedan ser manipulados con toda
comodidad por la mente. Es por tanto el lenguaje el que nos
ha permitido elevamos por encima de la pura sensación; y
no resulta necesario demostrar que el lenguaje es, ante todo,
un ente social.
A través de esos ejemplos se puede ver a qué quedaría
reducido el hombre si se le retirase todo cuanto debe a la
sociedad: retrocedería a la condición animal. Si ha podido
rebasar el estadio en el que quedaron detenidos los animales, es ante todo porque no está limitado al único fruto de
sus esfuerzos personales, sino que coopera sistemáticamente con sus semejantes, circunstancia que eleva el rendimiento de la actividad de cada uno de ellos. Luego, y sobre
todo, es que los frutos del trabajo de una generación son
provechosos para la que toma el relevo. De lo que un animal ha podido aprender en el transcurso de su existencia
individual, casi nada puede sobrevivirle. En cambio, los resultados de la experiencia humana se conservan casi integralmente y hasta en el menor detalle, gracias a los libros, a
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los monumentos con esculturas y dibujos, a las herramientas, a los instrumentos de todo tipo que se transmiten generación tras generación, a la tradición oral, etc. El suelo de
la naturaleza se ve recubierto de esta guisa por una capa
de fértil aluvión, que va cobrando día a día mayor espesor.
En vez de disiparse cada vez que una generación desaparece
y queda sustituida por otra, la sapiencia humana se va acumulando sin cesar, y es esa acumulación indefinida la que
eleva al hombre por encima de la bestia y por encima de sí
mismo. Ahora bien, al igual que la cooperación de la que
hablábamos anteriormente, dicha acumulación no es factible más que en el seno de la sociedad y realizada por esta.
En efecto, para que el legado de cada generación pueda ser
conservado y sumado a los otros, es menester que exista
una personalidad moral que perdure a través de las generaciones que se suceden, que las una las unas a las otras y esta
personalidad moral es la sociedad. Así pues, el antagonismo
que demasiado a menudo se ha admitido como existente
entre la sociedad y el individuo, los hechos no lo corroboran. Muy lejos de decir que esos dos términos se enfrentan
entre sí y no pueden desarrollarse más que en sentido inverso el uno del otro, más bien se debería decir que se implican entre sí. El individuo, al optar por la sociedad, opta
a la vez por sí mismo. La acción que la sociedad ejerce sobre él, especialmente a través de la educación, no tiene en
absoluto por objeto y por efecto constreñirlo, disminuirlo y
desnaturalizarlo, sino, muy al contrario, ensalzarlo y convertirlo en un ser verdaderamente humano. Desde luego,
no puede engrandecerse de esta guisa más que realizando
un esfuerzo. Pero es que precisamente la posibilidad de llevar a cabo voluntariamente un esfuerzo es una de las características más esenciales del hombre.
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