Subido por cheila nuñez

El Laberinto Ardiente del autor Rick Riordan

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First published in the USA by Disney • Hyperion, an imprint of
Disney Book Group, and Great Britain
By Puffin Books 2018
The moral rightof the author has beenasserted
CoverIllustrationbyMaximilianMeinzold
DesignedbyJoann Hill
ISBN: 978-0-141-36402-5
Text Copyright © Rick Riordan, 2018
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Esta traducción es una NO oficial realizada por la página en
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ÍNDICE
Dedicatoria
Capítulo 18
Capítulo 36
Capítulo 1
Capítulo 19
Capítulo 37
Capítulo 2
Capítulo 20
Capítulo 38
Capítulo 3
Capítulo 21
Capítulo 39
Capítulo 4
Capítulo 22
Capítulo 40
Capítulo 5
Capítulo 23
Capítulo 41
Capítulo 6
Capítulo 24
Capítulo 42
Capítulo 7
Capítulo 25
Capítulo 43
Capítulo 8
Capítulo 26
Capítulo 44
Capítulo 9
Capítulo 27
Capítulo 45
Capítulo 10
Capítulo 28
Capítulo 46
Capítulo 11
Capítulo 29
Capítulo 47
Capítulo 12
Capítulo 30
Capítulo 13
Capítulo 31
También de
Rick Riordan
Capítulo 14
Capítulo 32
Capítulo 15
Capítulo 33
Capítulo 16
Capítulo 34
Capítulo 17
Capítulo 35
5
La tumba del
Tirano
Acerca del
Autor
Para Melpómene, la musa de la tragedia,
espero que estés satisfecha contigo misma.
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La Profecía Oscura
Las palabras rescatadas por la memoria se incendiarán,
Antes de que la luna nueva asome por la Montaña del Diablo.
El señor mudable a un gran reto se enfrentará,
Hasta que el Tíber se llene de cuerpos sin término.
Pero hacia el sur debe seguir su curso el sol,
Por laberintos oscuros hasta tierras de muerte que abrasa
Para dar con el amo del caballo blanco y veloz
Y arrancarle el aliento de la recitadora del crucigrama.
Al palacio del oeste debe ir Lester;
La hija de Deméter encontrará sus raíces de antaño.
Solo el guía pezuña sabe cómo no perderse
Para recorrer el camino con las botas de tu adversario.
Cuando se conozcan los tres y al Tíber lleguen con vida,
Apolo empezará entonces su coreografía.
7
1
Antes fui Apolo
Hoy una rata en el Laberinto
Manden ayuda. Y cronuts
N
O. Me niego a compartir esta parte de mi historia. Fue la
peor, la más humillante y la más espantosa semana en
mis más-de-cuatro-mil años de vida. Tragedia. Desastre.
Desamor. No te contaré acerca de eso.
¿Por qué sigues aquí? ¡Vete!
Al parecer, por desgracia, no tengo otra opción. Sin duda, Zeus
espera que te cuente la historia como parte de mi castigo.
No es suficiente haberme convertido –el antes divino Apolo– en
un adolescente mortal con acné, flacidez y con el seudónimo de
Lester Papadopoulos. No es suficiente haberme enviado en una
misión peligrosa para liberar a cinco Oráculos grandes y antiguos de
un trío de malvados emperadores romanos. ¡Ni siquiera es suficiente
haberme esclavizado–su anteriormente hijo favorito– a una mandona
semidiosa de doce años llamada Meg!
Además de todo eso, Zeus quiere que registre mi vergüenza para
la posteridad.
Muy bien. Pero te he advertido. En estas páginas solo sufrimiento
aguarda.
8
¿Dónde empezar?
Con Grover y Meg, por supuesto.
Durante dos días habíamos viajado por el Laberinto–a través de
abismos de oscuridad y alrededor de lagos de veneno, atravesando
centros comerciales en ruinas sólo con tiendas de descuentos de
Halloween y bufets cuestionables de comida china.
El Laberinto podía ser un lugar desconcertante. Como una red de
cabello bajo la piel del mundo mortal, conectaba sótanos,
alcantarillas y túneles olvidados alrededor del mundo sin considerar
las reglas del tiempo y del espacio. Uno podía entrar en el Laberinto
a través de una boca de acceso en Roma, caminar diez pasos, abrir
una puerta y encontrarse en un campo de entrenamiento para
payasos en Buffalo, Minnesota. (Por favor no preguntes. Fue
traumático.)
Habría preferido evitar el Laberinto completamente. Tristemente,
la profecía que recibimos en Indiana había sido bastante específica:
A través de laberintos oscuros a tierras de muerte ardiente.
¡Divertido! La solitaria guía pezuña el camino sabe.
Excepto que nuestra guía pezuña, el sátiro Grover Underwood, no
parecía conocer el camino.
— Estás perdido. — dije, por cuadragésima vez.
— ¡No lo estoy! — protestó él.
Él trotaba en sus holgados jeans y remera teñida de verde, sus
pezuñas de cabra se tambaleaban en sus especialmente modificadas
New Balance 520s1. Una gorra de rasta roja cubría su cabello curvo.
1
Calzado deportivo popular en Estados Unidos
9
El por qué pensó que ese disfraz lo ayudaba más a pasar por humano
no podría decirlo. Los bultos de sus cuernos bajo el sombrero eran
claramente visibles. Sus zapatos se salían de sus pezuñas tantas
veces al día, que ya me estaba cansando de ser su recogedor de
zapatillas.
Él frenó frente a un pasillo en forma de T. En cualquier dirección,
paredes de piedra tosca marchaban hacia la oscuridad. Grover tiró de
su desordenada chiva2 de cabra.
— ¿Y bien? — preguntó Meg.
Grover se sobresaltó. Como yo, rápidamente había llegado a tener
miedo cuando Meg se disgustaba.
No es como si Meg McCaffrey luciera terrorífica. Ella era
pequeña para su edad, con ropas de los colores de luces de tráfico–
vestido verde, pantalones amarillos, zapatillas rojas–todo gastado y
sucio gracias a nuestros muchos arrastres por túneles estrechos.
Telarañas moteaban su oscuro cabello estilo page. Los vidrios de sus
anteojos de ojos de gato estaban tan sucios que no podía imaginar
como ella siquiera veía. En general ella se veía como una niña de
jardín que acababa de sobrevivir a un feroz pleito por la posesión de
un columpio.
Grover señaló al túnel de la derecha.
— Es-estoy bastante seguro de que Palm Springs es por ese lado.
— ¿Bastante seguro? — preguntó Meg — ¿Cómo la última vez
cuando caminamos dentro de un baño y sorprendimos a un cíclope
en el inodoro?
2
Porción de pelo que se deja crecer en la punta de la barbilla.
10
— ¡Eso no fue mi culpa! — protestó Grover. — Además, esta
dirección huele correctamente, como… a cactus.
Meg olfateó el aire.
— A mí no me da el olor a cactus.
— Meg, — dije— el sátiro se supone que es nuestro guía. No
tenemos más opción que confiar en él.
Grover resopló.
— Gracias por el voto de confianza. Te recuerdo que: ¡Yo no pedí
ser mágicamente invocado por medio país para despertar en un
cultivo de tomates en una terraza de Indianápolis!
Valientes palabras, pero él mantuvo sus ojos en los anillos
gemelos alrededor de los dedos del medio de Meg, tal vez
preocupado de que ella invocara sus cimitarras doradas y lo
conviertiera en un cabrito asado.
Desde que supo que Meg era hija de Deméter, la diosa de hacer
crecer cosas, Grover Underwood había estado más intimidado por
ella que por mí, una antigua deidad Olímpica. La vida no era justa.
Meg se limpió la nariz.
— Bien. Sólo que no creí que estaríamos deambulando aquí abajo
durante dos días. La luna nueva es en…
— Tres días más. — dije interrumpiéndola. — Lo sabemos.
Quizás fui muy brusco, pero no necesitaba un recordatorio acerca
de la otra parte de la profecía. Mientras viajábamos al sur para
encontrar el próximo Oráculo, nuestro amigo Leo Valdez estaba
volando desesperadamente en su dragón de bronce hacia el
Campamento Júpiter, el campo de entrenamiento de semidioses
romanos en California del Norte, esperando poder advertirles acerca
11
del fuego, muerte y desastre que se supone enfrentarían durante la
luna nueva.
Intenté suavizar mi tono:
—Tendremos que suponer que Leo y los romanos pueden
enfrentarse a lo que sea que esté viniendo en el norte. Nosotros
tenemos nuestra propia tarea.
— Y nuestros propios incendios. — Grover suspiró.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó Meg.
Como había sido costumbre en los dos últimos días, Grover se
mantuvo evasivo.
— Es mejor no hablar de eso… aquí.
Él miró nerviosamente alrededor, como si las paredes pudieran
tener orejas, lo que era una posibilidad inconfundible. El Laberinto
era una estructura viva. Juzgando por el olor que emanaba de alguno
de los corredores, estaba bastante seguro de que tenía un intestino
delgado, al menos.
Grover se rascó las costillas.
— Intentaré llevarnos allí rápido, chicos. — prometió. — Pero el
Laberinto tiene una mente propia. La última vez que estuve aquí,
con Percy…
Su expresión se volvió triste, como usualmente lo hacía cuando él
hablaba de sus viejas aventuras con su mejor amigo Percy Jackson.
No podía culparlo. Percy era un semidiós práctico para tener cerca.
Desafortunadamente, él no era tan fácil de invocar en un cultivo de
tomates como nuestro guía sátiro lo había sido.
Puse mi mano en el hombro de Grover.
12
— Sabemos que estás haciendo lo mejor que puedes. Sigamos
andando. Y si mientras hueles el cactus, pudieras mantener tus fosas
nasales abiertas para el desayuno–tal vez café y cronuts de maple de
limón–sería grandioso.
Seguimos a nuestro guía por el túnel de la derecha.
Pronto el pasaje se estrechó y se alargó, forzándonos a agacharnos
y caminar en fila india. Permanecí en medio, el lugar más seguro
para estar. Puede que no encuentres esto valiente, pero Grover era
un señor de lo Salvaje, miembro del Consejo gobernantes de
Ancianos Pezuña. Presuntamente, él tenía grandes poderes, aunque
aún no lo había visto usarlos todavía. En cuanto a Meg, ella podía no
solo empuñar sus dos cimitarras doradas, sino que también podía
hacer increíbles cosas con paquetes de semillas de jardinería, que
había acumulado en Indianápolis.
Yo, por otro lado, me había vuelto más débil y más indefenso cada
día. Desde nuestra batalla con el emperador Commodus, a quien
cegué con una ráfaga de luz divina, no había sido capaz de invocar
ni siquiera la parte más pequeña de mi antiguo poder divino. Mis
dedos se habían vuelto perezosos en el traste del tablero de mi
ukelele de combate. Mis habilidades de arquería se habían
deteriorado. Incluso había fallado un tiro cuando había disparado a
ese cíclope en el inodoro. (No estoy seguro quien de los dos estaba
más avergonzado). Al mismo tiempo, las visiones en vigilia que a
veces me paralizaban se habían vuelto más frecuentes y más
intensas.
No había compartido mis inquietudes con mis amigos. Aún no.
Quería creer que mis poderes estaban simplemente recargándose.
Nuestras pruebas en Indianápolis casi me habían destruido, después
de todo.
13
Pero había otra posibilidad. Había caído del Olimpo y me había
estrellado con fuerza en un basurero en Manhattan en enero. Ahora
era marzo. Eso significaba que había sido humano por casi dos
meses. Era posible que mientras más me mantuviera como mortal,
más débil me volvería, y sería más difícil volver a mi estado divino.
¿Había sido de esa forma las últimas dos veces que Zeus me exilió
a la tierra? No podía recordarlo. Algunos días ni siquiera podía
recordar el sabor de la ambrosia, o los nombres de mis caballos que
tiraban de mi carruaje solar, o la cara de mi hermana gemela,
Artemisa. (Normalmente habría dicho que eso era una bendición, no
recordar el rostro de mi hermana, pero la extrañaba terriblemente.
No te atrevas a decirle que dije eso.)
Nos deslizamos a lo largo del corredor, la mágica Flecha de
Dodona vibrando en mi carcaj como un teléfono en silencio, como si
pidiera ser tomada y consultada.
Traté de ignorarla.
Las últimas veces que pedí consejo a la flecha, había sido inútil.
Peor, había sido inútil en inglés shakesperiano, con tantos tú,
vosysi3, de los que ciertamente4 puedo soportar. Nunca me gustaron
los 90’s. (Quiero decir 1590.) Quizás podría consultar con la flecha
cuando hayamos llegado a Pal Springs. Si llegábamos a Palm
Springs…
Grover frenó frente a otra T.
Él olfateó a la derecha, luego a la izquierda. Su nariz tembló como
un conejo que acaba de oler a un perro.
3
En el original: “thees, thous and yea”, vocablos propios de inglés shakesperiano.
4
En el original: “verilys”, adverbio propio de inglés shakesperiano.
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De repente exclamó ‘¡Atrás!’ y se lanzó hacia atrás. El corredor
era tan estrecho que se derrumbó en mi regazo, lo que me forzó a
derrumbarme en el regazo de Meg, quien cayó sentada con un
gruñido sorprendido. Antes de que pudiera lamentarme de que yo no
hago masajes de grupo, mis oídos estallaron. Toda la humedad fue
absorbida del aire. Un hedor agrio pasó encima de mí–como
alquitrán fresco en una autopista en Arizona–y a través del corredor
frente a nosotros rugió una lámina de fuego amarillo, un latido de
puro calor que paró tan pronto como había comenzado.
Mis oídos crujieron… posiblemente por la sangre hirviendo en mi
cabeza. Mi boca estaba tan seca que era imposible tragar. No podía
decir si yo estaba temblando incontrolablemente, o si los tres lo
estábamos.
— ¿Qu-qué fue eso? — me pregunté por qué mi primer instinto
había sido decir quién. Algo acerca de esa explosión se había sentido
horriblemente familiar. En el persistente humo amargo, creí detectar
el hedor de odio, frustración y hambre.
La gorra de rastas roja de Grover humeaba. Él olía a cabello
quemado.
— Eso, — dijo débilmente, — significa que nos estamos
acercando. Necesitamos apurarnos.
— Como he estado diciendo, — Meg gruñó. — Ahora quítate de
encima. — ella me dio un rodillazo en el trasero.
Luché para levantarme, al menos tanto como pude en el estrecho
túnel. Con el fuego pasado, mi piel se sentía pegajosa. El corredor
frente a nosotros se había vuelto oscuro y silencioso, como si
posiblemente hubiera sido el conducto de ventilación del fuego del
infierno, pero he pasado suficiente tiempo en el carro solar como
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para determinar el calor que desprendían las llamas. Si hubiéramos
sido atrapados en la explosión, habríamos sido ionizados en plasma.
—Tenemos que ir a la izquierda, — decidió Grover.
—Um, — dije, — izquierda es la dirección por la que vino el
fuego.
—También es el camino más rápido.
— ¿Qué tal si retrocedemos? — sugirió Meg.
—Chicos, estamos cerca. — insistió Grover. — Puedo sentirlo.
Pero hemos deambulado en su parte del laberinto. Si no nos
apuramos…
¡Screee!
El sonido hizo eco desde el corredor detrás de nosotros. Quería
creer que era algún sonido mecánico aleatorio que el Laberinto a
veces generaba: puertas de metal balanceándose en bisagras
oxidadas, o un juguete operado a baterías de la tienda de liquidación
de Halloween rodando a un foso sin fondo. Pero la mirada en el
rostro de Grover me dijo lo que ya sospechaba: el sonido era el grito
de una criatura viviente.
¡SCREEE! El segundo grito era más enojado, y mucho más
cercano.
No me gustaba lo que Grover había dicho sobre que estábamos en
“su parte del laberinto”.
¿A quién se refería con su? Ciertamente no quería correr hacia un
pasillo que tenía una instalación de parrilla instantánea, pero, por el
otro lado, el grito detrás de nosotros me lleno de terror.
— Corremos, — dijo Meg.
— Corremos, — Grover estuvo de acuerdo.
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Huimos por el túnel de la izquierda. La única buena noticia: era
ligeramente más amplio, permitiéndonos correr por nuestras vidas
con más espacio para darnos codazos. En el próximo cruce de
caminos, giramos a la izquierda de nuevo, luego tomamos
inmediatamente la derecha. Saltamos un pozo, subimos una
escalinata y bajamos corriendo otro pasillo, pero la criatura detrás de
nosotros parecía no tener problemas en seguir nuestro rastro.
¡SCREEE! gritó desde la oscuridad.
Conocía ese sonido, pero mi defectuosa memoria humana no
podía ubicarlo. Algún tipo de criatura aviaria. Nada lindo como un
periquito o una cacatúa. Algo de las regiones infernales–peligroso,
sediento de sangre, muy maniático.
Salimos a una cámara circular que lucía como el fondo de un pozo
gigante. Una angosta rampa subía en espiral por el lateral de la tosca
pared de ladrillos. ¿Qué habría en la cima?, no podía decirlo. No
veía otras salidas.
¡SCREEE!
El grito raspó contra los huesos de mi oído medio. El revoloteo de
alas hacía eco desde el corredor detrás de nosotros– ¿o estaba
escuchando múltiples pájaros? ¿Acaso estas cosas viajaban en
bandadas? Las he enfrentado antes. ¡Maldita sea, debería saber esto!
— ¿Ahora qué? — preguntó Meg. — ¿Subimos?
Grover miró fijamente la penumbra más arriba, su boca colgando
abierta.
— Esto no tiene sentido. Esto no debería estar aquí.
— ¡Grover! — dijo Meg. — ¿Arriba o no?
— ¡Sí, arriba! — exclamó. — ¡Arriba es bueno!
17
— No, — hablé, mi nuca hormigueaba de pavor. — No lo
lograremos. Necesitamos bloquear este pasillo.
Meg frunció el ceño.
— Pero…
— ¡Magia de planta! — grité. — ¡Rápido!
Una cosa diré sobre Meg: cuando necesitas cosas de plantas
hechas mágicamente, ella es tu chica. Hurgó los bolsillos de su
cinturón, desgarró un paquete de semillas y las arrojó hacia el túnel.
Grover sacó su flauta de pan. Tocó una animada danza para
estimular el crecimiento mientras Meg se arrodillaba delante de las
semillas, su rostro se arrugó en concentración.
Juntos, el señor de lo Salvaje y la hija de Deméter hacían un dúo
de super jardinería. Las semillas erupcionaron en plantas de tomate.
Sus tallos crecieron entrelazándose a través de la boca del túnel.
Hojas se desplegaron con ultra-rapidez, tomates se hincharon como
frutas del tamaño de un puño. El túnel estaba casi cerrado cuando
una oscura sombra emplumada pasó como una ráfaga a través de un
hueco en la red.
Garras rasgaron mi mejilla izquierda cuando el pájaro pasó
volando, fallando por poco en darle a mi ojo. La criatura sobrevoló
la habitación, chillando en triunfo, luego se asentó en la rampa en
espiral a tres metros encima de nosotros, observándonos con
redondos ojos dorados como faros.
¿Un búho? No, era el doble de grande, del espécimen más grande
de Atenea. Su plumaje relucía de negro obsidiana. Elevó una áspera
zarpa roja, abriendo su pico dorado y, usando su ancha lengua negra,
lamió la sangre de su garra–mi sangre.
18
Mi visión se volvió borrosa. Mis rodillas se transformaron en
goma. Estaba vagamente consciente de los otros sonidos viniendo
del túnel–alaridos frustrados, el batir de alas mientras más pájaros
demonios golpeaban contra las plantas de tomate, intentando entrar.
Meg apareció a mi lado, sus cimitarras parpadeando en sus manos,
sus ojos fijos en el gran pájaro oscuro sobre nosotros.
— ¿Apolo, estás bien?
— Estriges, — dije, el nombre flotando desde lo más recóndito de
mi frágil mente mortal. — Esa cosa es un estriges.
— ¿Cómo lo matamos? — preguntó Meg. Siempre del tipo
práctico.
Toqué los cortes en mi cara. No podía sentir ni mi mejilla ni mis
dedos.
— Bueno, matarlo podría ser un problema.
Grover gritó mientras los estriges de afuera chillaban y se
arrojaban a sí mismos a las plantas.
— Chicos, tenemos seis o siete más intentando entrar. Esos
tomates no van a detenerlos.
— Apolo, respóndeme ahora mismo, — ordenó Meg. — ¿Qué
necesito hacer?
Quise obedecer. Realmente lo hice. Pero estaba teniendo
problemas con formar palabras. Me sentía como si Hefesto hubiera
acabado de realizar una de sus famosas extracciones de dientes en
mí y aún estuviera bajo las influencias del néctar de la risa.
— Ma-matar al pájaro te maldecirá, — finalmente articulé.
— ¿Y si no lo mato? — preguntó Meg.
19
— Oh, entonces te d-destripará, beberá tu sangre y comerá tu
carne. — me reí, aunque tenía la sensación de que no había dicho
nada divertido. — Aparte, no dejes que un estriges te rasguñe. ¡Eso
te paralizará!
Como demostración, caí de costado.
Sobre nosotros, el estrige extendió sus alas y se abalanzó hacia
abajo.
20
2
Soy una maleta
Encintado a la espalda de un sátiro
–D
La. Peor. Mañana. De. Mi. Vida
etente— Grover exclamó. — ¡Venimos en paz!
El pájaro no estaba impresionado. Atacó, fallando
por poco en darle a la cara del sátiro sólo porque
Meg arremetió con sus cimitarras. El estrige viró,
haciendo piruetas entre sus cuchillas, aterrizando ileso un poco más
arriba en la rampa en espiral.
¡SCREE! El estrige chilló, agitando sus plumas.
— ¿Qué quieres decir con que “tienes que matarnos”? — preguntó
Grover.
Meg frunció el ceño.
— ¿Puedes hablarle?
— Bueno, sí, — dijo Grover. — Es un animal.
— ¿Por qué no nos dijiste lo que estaba diciendo antes? —
preguntó Meg.
— Porque solo estaba gritando ¡Scree! — explicó Grover. —
Ahora está diciendo scree como si necesitara matarnos.
Intenté mover mis piernas. Éstas parecían haberse vuelto sacos de
cemento, lo que encontré vagamente gracioso. Todavía podía mover
21
mis brazos y tenía algo de sensibilidad en mi pecho, pero no estaba
seguro de cuánto duraría eso.
— ¿A lo mejor podrías preguntarle a la estrige por qué necesita
matarnos? — sugerí.
— ¡Scree! — dijo Grover.
Me estaba cansando del lenguaje estriges. El pájaro respondió con
una serie de graznidos y chasquidos.
Mientras tanto, fuera en el corredor, los otros estriges chillaban y
golpeaban contra la red de plantas. Garras negras y picos dorados se
asomaban mordiendo tomates y convirtiendolos en pico de gallo5.
Me imaginé que teníamos unos minutos como máximo hasta que los
pájaros la reventaran y nos mataran a todos, ¡Pero sus picos filosos
como navajas seguro que eran lindos!
Grover retorció sus manos.
— El estrige dice que ha sido enviado a beber nuestra sangre,
comer nuestra carne y destriparnos, no necesariamente en ese orden.
Dice que lo siente, pero que es una orden directa del emperador.
— Estúpidos emperadores, — Meg refunfuñó. — ¿Cuál?
— No lo sé, — dijo Grover. — El estrige sólo lo llama Scree.
— ¿Puedes traducir destripar, — ella notó, — pero no puedes
traducir el nombre del emperador?
Personalmente, yo estaba bien con eso. Desde que dejamos
Indianápolis, había perdido un montón de tiempo reflexionando
sobre la Profecía Oscura que recibimos en la Cueva de Trofonío. Ya
nos habíamos encontrado a Nero y Commodus, y tenía una terrible
5
En español en el original dice “Pico de gallo”. es una variedad de ensaladas que siempre incluyen
verduras o frutas frescas cortadas en cuadritos.
22
sospecha acerca de la identidad del tercer emperador, a quien
todavía teníamos que conocer. De momento, no quería la
confirmación. La euforia del veneno de estriges estaba comenzando
a disiparse. Estaba a punto de ser comido vivo por un mega-búho
chupasangre. No quería más razones para llorar de desesperación.
El estrige se lanzó hacia Meg. Ella lo eludió hacia un costado,
golpeando la hoja de su cuchilla contra las plumas de la cola del
pájaro cuando se precipitaba al pasar, enviando al infortunado pájaro
hacia la pared opuesta, donde se estrelló de cara contra el ladrillo,
explotando en una nube de polvo de monstruo y plumas.
— ¡Meg! — Exclamé. — ¡Te dije que no lo mataras! ¡Vas a ser
maldita!
— No lo maté. Se suicidó contra la pared.
— No creo que las Moiras lo vean de esa forma.
— Entonces no les diremos.
— ¿Chicos? — Grover señaló a las plantas de tomate, las cuales
estaban reduciéndose rápidamente bajo el ataque de las garras y
picos. — ¿Sino podemos matar a los estriges quizás deberíamos
reforzar la barrera?
Él levantó su flauta y tocó. Meg volvió sus espadas en anillos. Ella
extendió sus manos hacia las plantas de tomate. Los tallos se
espesaron y las raíces lucharon para sostenerse en el suelo de piedra,
pero era una batalla perdida. Demasiados estriges estaban ahora
apaleando el otro lado, destrozando el nuevo cultivo tan pronto
como emergía.
— No funciona. — Meg tropezó hacia atrás, su rostro perlado de
sudor. — Es todo lo que podemos hacer sin tierra y luz de sol.
23
— Tienes razón. — Grover miró hacia arriba, sus ojos siguiendo
la rampa en espiral hacia la penumbra. — Estamos cerca de casa. Si
tan solo pudiéramos llegar a la cima antes de que los estriges
entren…
— Así que subimos, — anunció Meg.
— ¿Hola? — Dije miserablemente. — Ex dios paralizado aquí.
Grover hizo una mueca hacia Meg.
— ¿Cinta adhesiva?
— Cinta adhesiva, — ella estuvo de acuerdo.
Que los dioses me defiendan de los héroes con cinta adhesiva. Y
los héroes siempre parecen tener cinta adhesiva. Meg generó un
rollo de un bolsillo de su cinturón de jardinería. Ella me colocó en
una posición sentada, espalda con espalda con Grover, entonces
procedió a encintarnos alrededor bajo nuestras axilas, atándome al
sátiro como si fuera una mochila de excursión.
Con la ayuda de Meg, Grover se puso de pie, meciéndome
alrededor así que tuve vistas aleatorias de las paredes, el suelo, la
cara de Meg y mis propias piernas paralizadas abiertas debajo de mí.
— Uh, ¿Grover? — pregunté. — ¿Tendrás la fuerza suficiente
para cargarme todo el camino hasta arriba?
— Los sátiros somos grandes trepadores, — sollozó.
Él inició la estrecha subida, mis pies paralizados arrastrándose
detrás de nosotros. Meg siguió, a veces mirando hacia atrás a las
plantas de tomate que se deterioraban rápidamente.
— Apolo, — dijo, — háblame de los estriges.
Escudriñé mi cerebro, buscando por información útil entre el lodo.
24
— Ellos… ellos son aves de mal agüero, — dije. — Cuando
aparecen, cosas malas pasan.
— Duh, — respondió Meg. — ¿Qué más?
— Er, ellos usualmente se alimentan de los jóvenes y débiles.
Bebés, gente anciana, dioses paralizados… esa clase de cosa. Ellos
se engendran en los máximos confines del Tártaro. Solo estoy
especulando, pero estoy bastante seguro de que no son buenas
mascotas.
— ¿Cómo los ahuyentamos? — ella cuestionó. — Si no podemos
matarlos, ¿Cómo los detenemos?
— N-no lo sé.
Meg suspiró con frustración.
— Habla con la Flecha de Dodona. Ve si ella sabe algo. Voy a
intentar conseguirnos algo de tiempo.
Ella corrió hacia abajo.
Hablar con la flecha era la única cosa que podía hacer que mi día
se pusiera peor, pero estaba bajo órdenes, y cuando Meg me
comandaba no podía desobedecer. Busqué sobre mi hombro, revolví
la mano en mi carcaj y tiré hacia afuera el proyectil mágico.
— Hola, Sabia y Poderosa Flecha, — dije. (Siempre es mejor
empezar con halagos.)
— HABÉIS TOMADO VUESTRO SUFICIENTE TIEMPO, —
entonó la flecha. — DURANTE INCALCULABLES QUINCENAS
HE INTENTADO HABLAR CON VOS.
— Han sido casi cuarenta y ocho horas, — dije.
25
— CIERTAMENTE, NO SE DESLIZA EL TIEMPO CUANDO
UNO ESTÁ ENCARCELADO. VOS DEBISTE INTENTAR Y
VER COMO LO QUERÍAS.
— Claro. — Resistí la urgencia de quebrar el eje de la flecha. —
¿Qué puedes decirme acerca de los estriges?
— DEBO HABLAR CON VOS ACERCA DE–SOSTENED EL
TELÉFONO. ¿ESTRIGES? ¿POR QUÉ HABLARÍAS DE ESTOS
A MÍ?
— Porque ellos matarán–están a punto de matarnos6.
—¡FIE! — Gruñó la flecha. —¡VOS DEBES EVITAR TALES
PELIGROS!
— Nunca lo hubiera pensado, — dije. — ¿Tienes alguna
información pertinente sobre los estriges o no, Oh Sabio Proyectil?
La flecha zumbó, sin duda intentando acceder a Wikipedia. Niega
que use el Internet. Puede, entonces, que solo sea una coincidencia
que la flecha sea siempre más útil cuando estamos en un área con
Wi-Fi gratis.
Grover valientemente arrastró mi penoso cuerpo mortal arriba en
la rampa. Inhaló y suspiró, tambaleándose peligrosamente cerca del
borde. El piso de la habitación estaba ahora a quince metros por
debajo–lo suficientemente lejos para una bonita y letal caída. Podía
ver a Meg allí abajo dando vueltas, murmurando para sí misma y
sacudiendo más paquetes de semillas de jardinería.
Por encima, la rampa parecía infinita. Lo que fuera que esperara
por nosotros en la cima, asumiendo que había una cima, permanecía
6
En el original “becausethey are about to killeth–to killus”, el autor hace un juego con el inglés
shakesperiano y el inglés moderno
26
perdido en la oscuridad. Encontré bastante desconsiderado que el
Laberinto no proporcionara un ascensor, o al menos una apropiada
barandilla.
Al menos la Flecha de Dodona entregó su veredicto: —
ESTRIGES SON PELIGROSOS.
— Una vez más, — dije, — tu sabiduría trae luz a la oscuridad.
—CALLAD VUESTRA BOCA, — la flecha continuó. —LOS
PÁJAROS PUEDEN SER ASESINADOS, AUNQUE ÉSTO
PUEDE MALDECIR AL ASESINO Y CAUSAR QUE MÁS
ESTRIGES APAREZCAN.
— Sí, sí. ¿Qué más?
— ¿Qué está diciendo? — Grover preguntó entre jadeos.
Entre muchas cualidades irritantes, la flecha hablaba únicamente
en mi mente, así que no solo yo lucía como una persona demente
cuando conversaba con esta, sino que además tenía que
constantemente reportar sus divagaciones a mis amigos.
— Todavía está buscando en Google, — le contesté a Grover. —
Tal vez, Oh Flecha, podrías hacer una búsqueda lógica, “estriges
más derrotar”.
—¡YO NO USO TALES TRAMPAS! — la flecha tronó. Luego
estuvo silenciosa el tiempo suficiente para tipear estriges + derrotar.
—LOS PÁJAROS PODRÁN SER REPELIDOS CON
ENTRAÑAS DE CERDO, — reportó. —¿TENÉIS ALGUNA?
— Grover, — llamé sobre mi hombro, — ¿por casualidad tienes
algunas entrañas de cerdo?
— ¿Qué? — Se volvió, lo que no fue una forma efectiva de
enfrentarme, ya que estaba encintado a su espalda. Él casi arranca
27
mi nariz contra la pared de ladrillos. — ¿Por qué llevaría entrañas de
cerdo? ¡Soy vegetariano!
Meg trepó la rampa para unirse a nosotros.
— Los pájaros casi están dentro, — reportó. — Intenté diferentes
tipos de plantas. Intenté invocar a Melocotones… — su voz se
quebró con desolación.
Desde que entramos al Laberinto, ella había sido incapaz de
invocar a su espíritu secuaz de melocotones, quien era conveniente
en una pelea, pero demasiado quisquilloso en cuándo y dónde
aparecer. Supuse que, al igual que las plantas de tomate,
Melocotones no estaba bien bajo tierra.
— Flecha de Dodona, ¿Qué más? — grité a este punto. — ¡Tiene
que haber algo aparte de los intestinos de cerdo que mantengan a los
estriges a raya!
—ESPERAD, — la flecha dijo. — ¡OÍD! PARECE SER QUE
LOS ARBUTUS PODRÁN SERVIR.
— ¿Nuestros-traseros podrán qué7? — exigí.
Demasiado tarde
Debajo de nosotros, con un repique de alaridos sedientos de
sangre, los estriges rompieron la barricada de tomates y revolotearon
hacia la habitación.
7
En el original “Our-butt-us” el autor hace un juego de palabras ya que suena parecido a “arbutus” que
es una planta (ar-but-us).
28
3
Estriges apestad
Sí, ciertamente digo
Bien pésimos que son
−¡A
QUÍ VIENE! — Meg gritó. Honestamente,
cada vez que quiero hablar con ella sobre algo
importante, ella se calla. Pero cuando estamos
enfrenando un peligro obvio, ella gasta aliento
gritando Aquí vienen.
Grover aumentó su velocidad, mostrando fuerza heroica
mientras el redondeaba la rampa, transportando mi flácida
carcasa8 encintada detrás de él.
Mirando hacia atrás, tenía una perfecta vista de los estriges
mientras ellos se arremolinaban en las sombras, sus ojos amarillos
centellando como monedas en una fuente sucia. ¿Una docena de
pájaros? ¿Más? Dada la cantidad de problemas que nos había
traído un solo estriges, no me gustaban nuestras posibilidades
contra una bandada entera, especialmente que ahora estábamos
alineados como jugosos blancos en una estrecha y resbaladiza
cornisa. Dudé que Meg pudiera hacer que todos los pájaros
cometieran suicidio al golpearlos de frente contra una pared.
8
Armazón exterior de una cosa/Esqueleto.
29
— ¡Arbutus! — Exclamé — La flecha dijo algo acerca de que
arbutus repele a los estriges.
— Esa es una planta, — Grover jadeo por aire. — Creo que
conocí a un arbutus una vez.
— Flecha, — dije, — ¿Qué es un arbutus?
—¡YO NO LO SÉ! ¡PORQUE FUI NACIDO EN UNA
ARBOLEDA, NO ME TOMÉIS POR UNA JARDINERA!
Disgustado, empujé la flecha de vuelta en mi carcaj.
— Apolo, cúbreme. — Meg puso una de sus espadas en mi
mano, luego revolvió su cinturón de jardinería, dando miradas
nerviosas a los estriges mientras estos ascendían.
El cómo Meg esperaba que la cubriera, no estaba seguro. Yo era
basura en el manejo de la espada, incluso cuando no estaba
encintado a la espalda de un sátiro y enfrentando blancos que
podrían maldecir a cualquiera que los matara.
— ¡Grover! — Meg exclamó. — ¿Podemos adivinar qué tipo de
planta es un arbutus?
Ella desgarró un paquete al azar y arrojó semillas hacia el vacío.
Éstas estallaron como granos de palomitas de maíz calientes y
formaron ñames9 del tamaño de granadas con tallos de color verde
hoja. Éstos cayeron en medio de la bandada de estriges, golpeando
a algunos, causando graznidos de sorpresa, pero los pájaros
siguieron viniendo.
— Esos son tubérculos, — Grover sollozó. — Creo que un
arbutus es una planta frutal.
9
Ñame es el nombre dado a un grupo de plantas con tubérculos comestibles.
30
Meg desgarró un segundo paquete de semillas. Ella bañó a los
estriges con una explosión de arbustos salpicados de frutas verdes.
Los pájaros simplemente viraron alrededor de ellos.
— ¿Uvas? — Grover pregunto.
— Grosellas — dijo Meg.
— ¿Estás segura? — preguntó Grover. — La forma de las hojas
— ¡Grover! — Estallé. — Vamos a restringirnos a botánica
militar. ¿Qué es un... ¡PATO!
Ahora, gentil lector, tú serás el juez. Estaba haciendo yo la
pregunta ¿Qué es un pato? Por supuesto que no. Pese a las
posteriores quejas de Meg, yo estaba intentando avisarle que el
estrige más cercano estaba volando directamente a su cara.
Ella no entendió mi advertencia, por lo que no fue mi culpa.
Blandí mi cimitarra prestada, intentando proteger a mi joven
amiga. Solo mi terrible propósito y los reflejos rápidos de Meg me
impidieron decapitarla.
— ¡Para eso! — ella gritó, empujando al estrige a un costado
con su otra cuchilla.
— ¡Dijiste cúbreme! — protesté.
— No quise decir... — Ella gritó de dolor, tropezando mientras
un corte sangrante se abría a lo largo de su pierna derecha.
Luego fuimos sumidos en una molesta tormenta de garras, picos
y alas negras.
Meg blandió su cimitarra salvajemente. Un estrige se lanzó
hacia mi cara, sus garras a punto de arrancar mis ojos, cuando
Grover hizo algo inesperado: él gritó.
31
"¿Cuál es la sorpresa?" debes estarte preguntando. "Cuando
estás rodeado por pájaros devora entrañas, es un perfecto
momento para gritar."
Cierto. Pero el sonido que vino de la boca del sátiro no era un
grito ordinario.
Este se extendió a través de la cámara como la ola de shock de
una bomba, dispersando los pájaros, sacudiendo las piedras y
llenándome de frío, irrazonable miedo.
Si no hubiera estado encintado a la espalda del sátiro, habría
huido. Habría saltado de la cornisa solo para alejarme de ese
sonido. Como sea, dejé caer la espada de Meg y apreté mis manos
sobre mis orejas. Meg yacía boca abajo en la rampa, sangrando y
sin duda parcialmente paralizada por el veneno de estriges,
enrollada en una bola y ocultando su cabeza en sus brazos.
Los estriges huyeron de vuelta hacia la oscuridad.
Mi corazón latía. La adrenalina aumentó a través de mí.
Necesité varias respiraciones profundas antes de poder hablar.
— Grover, — dije, — ¿Acabas de invocar a Pánico?
No podía ver su rostro, pero podía sentir su agitación. Él se
tumbó en la rampa, rodando de lado así que quede frente a la
pared.
— No quise hacerlo. — la voz de Grover estaba afónica. — No
lo he hecho en años.
— ¿P-pánico? — preguntó Meg.
— El grito del dios perdido Pan, — expliqué. Incluso decir su
nombre me llenaba de tristeza. ¡Ah, que buenos tiempos que el
dios de la naturaleza y yo habíamos tenido en la época antigua,
32
bailando y retozando en lo salvaje! Pan había sido un juguetón de
primera clase. Luego los humanos destruyeron la mayoría de lo
silvestre, y Pan se desvaneció en nada. Ustedes humanos. Ustedes
son la razón por la cual los dioses no pueden tener cosas bonitas.
— Nunca he oído a nadie excepto a Pan usar ese poder, — dije.
— ¿Cómo?
Grover hizo un sonido que era mitad sollozo, mitad suspiro.
— Larga historia.
Meg gruñó.
— Se deshizo de los pájaros, de todas formas. — la oí
desgarrando tela, probablemente haciendo una venda para su
pierna
— ¿Estás paralizada? — Pregunté.
— Sí, — murmuró. — De cintura para abajo.
Grover se movió en nuestro arnés de cinta.
— Todavía estoy bien, pero exhausto. Los pájaros volverán, y
no hay forma de que pueda cargarte por la rampa ahora.
No dudé de él. El grito de Pan ahuyentaría casi todo, pero era un
agotador de magia. Cada vez que Pan lo usaba, él tomaba una
siesta de tres días después.
Detrás de nosotros, los chillidos de los estriges hacían eco por el
Laberinto. Sus alaridos sonaban como si estuvieran
transformándose del miedo– ¡Huyamos! –a la confusión: ¿Por qué
estamos huyendo?
Intenté mover mi pie. Para mi sorpresa, ya podía sentir mis
dedos dentro de mis medias.
33
— ¿Puede alguien soltarme? — pregunté. — Creo que el
veneno está perdiendo su fuerza.
Desde su posición horizontal, Meg usó su cimitarra para cortar
la cinta y liberarme. Los tres nos alineamos con nuestras espaldas
literalmente contra la pared. Tres sudadas, tristes, patéticas piezas
de carnada estriges esperando morir. Debajo de nosotros, los
graznidos de los pájaros condenados se volvieron más altos. Ellos
volverían pronto más enojados que nunca. A casi quince metros
por encima, apenas visible por el débil brillo de las espadas de
Meg, nuestra rampa terminaba en un abovedado techo de ladrillos.
— Hasta aquí llega la salida, — dijo Grover. — De verdad
creí… este conducto se ve como… — Él sacudió su cabeza como
si no se atreviera a decirnos lo que esperaba.
— No moriré aquí — Meg protestó.
Su apariencia decía otra cosa. Ella tenía los nudillos sangrantes
y las rodillas peladas.
Su vestido verde, un preciado regalo de la madre de Percy
Jackson, lucía como si hubiera sido usado como un poste de rascar
de un tigre dientes de sable. Ella había desgarrado su calza
izquierda y la había usado para tapar el corte sangrante de su
muslo, pero la tela estaba ya empapada.
Sin embargo, sus ojos resplandecían desafiantes. Los diamantes
de imitación todavía brillaban en las puntas de sus lentes ojos de
gato. Aprendí a nunca descartar a Meg mientras sus diamantes de
imitación todavía brillaran.
Ella revolvió sus paquetes de semillas, mirando las etiquetas
con los ojos entrecerrados.
— Rosas, Narcisos, Calabacín, Zanahorias.
34
— No…— Grover golpeó su palma contra su frente. — Arbutus
es como… un árbol floreado. Argh, yo debería saber esto.
Comprendí sus problemas de memoria. Yo debería haber sabido
muchas cosas: la debilidad de los estriges, la salida secreta más
cercana del Laberinto, el número privado de Zeus para poder
llamarlo y suplicar por mi vida. Pero mi mente estaba en blanco.
Mis piernas habían comenzado a estremecerse–tal vez un signo de
que pronto sería capaz de volver a caminar–pero esto no me
animó. No tenía ningún lugar al que ir, excepto el elegir si quería
morir en la cima o en el fondo de esta cámara.
Meg siguió barajando paquetes de semillas.
— Nabo, glicina, espinos de fuego, frutillas...
— ¡Frutillas! — Grover exclamó tan fuerte que creí que estaba
intentando otra ráfaga de Pánico. — ¡Eso es! ¡El arbutus es un
árbol de frutillas!
Meg frunció el ceño.
— Las frutillas no crecen en árboles. Son del género Fragaria,
parte de la familia de las rosas.
— ¡Sí, sí, lo sé! — Grover revoleó sus manos como si no
pudiera decir las palabras lo suficientemente rápido. — Y arbutus
está en la familia de los matorrales, pero...
— ¿De qué están hablando ustedes dos? — Demandé. Me
pregunté si ellos estaban compartiendo la conexión de Wi-Fi de la
Flecha de Dodona para buscar información en botánica.com. —
Estamos a punto de morir, ¿y ustedes se ponen a discutir sobre
géneros de plantas?
— ¡Fragaria puede que sea suficientemente cerca! — Grover
insistió. — Las frutas de arbutus lucen como frutillas. Es por eso
35
que se le llama árbol de frutillas. Conocí a una dríada de arbutus
una vez. Tuvimos este gran argumento por eso. Además, me
especializo en el cultivo de frutillas. ¡Todos los sátiros del
Campamento Media Sangre lo hacen!
Meg observó desconfiadamente a su paquete de semillas de
frutillas.
— No lo sé.
Debajo de nosotros, una docena de estriges volvieron como una
ráfaga desde la boca del túnel chillando en un coro de furia predestripadora.
— ¡USA LA FRAGGLE-ROCA! — grité.
— Fragaria, — corrigió Meg.
— ¡LO QUE SEA!
En vez de arrojar las semillas de frutilla al vacío, Meg abrió el
paquete y lo sacudió alrededor del borde de la rampa con
enloquecedora lentitud.
— Apúrate. —Busqué a tientas mi arco. — Tenemos quizás
unos treinta segundos.
— Aguarda. —Meg dejó caer la última de las semillas.
— ¡Quince segundos!
— Espera. — Meg lanzó hacia el costado el paquete. Ella ubicó
sus manos sobre las semillas como si estuviera a punto de tocar el
teclado (lo que, por cierto, ella no podía hacer bien, a pesar de mis
esfuerzos por enseñarle).
— Bien, — dijo. — Ahora.
36
Grover levantó su flauta y comenzó a tocar una versión
frenética de ‘Strawberry Fields Forever 10’ en el triple de tiempo.
Me deshice de mi arco y agarré mi ukelele, uniéndomele en la
canción. No sabía si eso ayudaría, pero, si iba a ser desgarrado, al
menos quería irme tocando algo de The Beatles.
Justo cuando la oleada de estriges estaba a punto de llegar, las
semillas explotaron con una pila de fuegos artificiales. Serpentinas
verdes se arquearon a través del vacío, anclándose contra la lejana
pared y formando una hilera de enredaderas que me recordaron a
cuerdas de un laúd gigante. Los estriges podrían haber fácilmente
volado a través de los huecos, pero en cambio ellos se volvieron
locos, virando para evitar las plantas y chocando entre ellos en
medio del aire.
Mientras tanto las enredaderas se espesaron, hojas se
extendieron, flores blancas florecieron y frutillas maduraron,
llenando el aire con una fragancia dulce.
La cámara retumbó. Donde sea que las plantas tocaran la piedra,
el ladrillo se agrietaba y disolvía, dando a las frutillas un espacio
más cómodo para enraizar.
Meg quitó sus manos del teclado imaginario.
— ¿Está el Laberinto… ayudandonos?
— ¡No lo sé! — dije, cambiando furiosamente de un F11 menor
a un séptimo. — ¡Pero no pares!
‘Strawberry Fields Forever’ es una canción de la banda británica de rock The Beatles. La
canción está inspirada en los recuerdos de la niñez de John Lennon cuando jugaba en el jardín de
un hogar infantil llamado Strawberry Field
10
11
Letra representativa de la nota musical Fa.
37
Con una velocidad imposible, las frutillas se propagaron a
través de las paredes en una corriente de verde.
Estaba pensando, ¡Wow, imagina lo que las plantas podrían
hacer con luz de sol! Cuando el techo abovedado se quebró como
una cáscara de huevo. Rayos brillantes apuñalaron la oscuridad.
Fragmentos de roca llovieron, aplastando a los pájaros a través de
las enredaderas de frutillas (las que, a diferencia de los estriges,
crecieron de vuelta casi inmediatamente).
Tan pronto como la luz de sol golpeó los pájaros, ellos chillaron
y se disolvieron en oscuridad.
Grover bajó su flauta de pan. Aparté mi ukelele. Observamos
con asombro como las plantas continuaban creciendo,
entrelazándose hasta que un trampolín de frutillas se extendió por
el área entera de la habitación a nuestros pies.
El techo se había desintegrado, revelando un brillante cielo azul.
Aire caliente y seco flotaba como el vapor de una olla abierta.
Grover alzó su rostro hacia la luz. Él olfateó, lágrimas
reluciendo en sus mejillas.
— ¿Estás herido? — pregunté.
Él me observó. La angustia en su rostro era más dolorosa de ver
que la luz del sol.
— El aroma de frutillas cálidas, — dijo. — Como el
Campamento Media Sangre. Ha pasado tanto tiempo…
Sentí un desconocido remordimiento en mi pecho. Palmeé la
rodilla de Grover. No había pasado mucho tiempo en el
Campamento Media Sangre, el campo de entrenamiento para
semidioses griegos en Long Island, pero entendía cómo se sentía.
Me pregunté cómo estarían mis hijos allí: Kayla, Will, Austin.
38
Recuerdo sentarme con ellos alrededor de la hoguera cantando
‘Mi Mamá Era un Minotauro’ mientras comíamos malvaviscos
quemados de un palito. Tan perfecto compañerismo es raro,
incluso en una vida inmortal.
Meg se apoyó contra la pared. Su tez estaba pálida, su
respiración irregular.
Busqué en mis bolsillos y encontré un cuadrado roto de
ambrosia envuelto en un pañuelo. No lo guardaba para mí mismo.
En mi estado mortal, comer la comida de los dioses podría
causarme combustión espontánea. Pero Meg, había descubierto
que no siempre estaba contenta de comer su ambrosia.
— Come. — Presioné el pañuelo en su mano. — Ayudará a que
la parálisis pase más rápido.
Ella apretó su mandibular, como si estuviera a punto de gritar,
¡NO QUIERO!, pero aparentemente decidió que le gustaba la idea
de tener piernas funcionales de nuevo. Ella comenzó a morder la
ambrosia.
— ¿Qué hay ahí arriba? — preguntó, frunciendo el ceño al cielo
azul.
Grover limpió las lágrimas de su cara.
— Lo hemos logrado. El Laberinto nos trajo directo a nuestra
base.
— ¿Nuestra base? — Estaba encantado de que tuviéramos una
base. Deseaba que eso significara seguridad, una cama suave y tal
vez una máquina de café expreso.
— Sí. — Grover tragó nerviosamente. — Asumiendo que queda
algo. Vamos a averiguarlo.
39
4
Bienvenido a mi base
Tenemos rocas, arena y ruinas
¿Ya mencioné las rocas?
E
LLOS ME DIJERON que alcanzara la superficie.
No lo recuerdo.
Meg estaba parcialmente paralizada, y Grover ya me
había cargado por la mitad de la rampa, así que se
veía mal que yo fuese el único en desmayarse, pero ¿Qué puedo
decir? Ese acorde de Fm712 en “Strawberry Fields Forever” debió
de haberme afectado más de lo que creí.
Si recuerdo los sueños febriles.
Ante mí, se levantó una agraciada mujer de piel aceitunada, su
largo cabello castaño se encontraba atado en una trenza con forma
de dona, su vestido sin mangas era del mismo color que las alas de
una polilla. Parecía alrededor de los veinte, pero sus ojos eran
como perlas negras, cuyo brillo se adquirió a lo largo de los siglos,
un caparazón que oculta las penas guardadas y la decepción.
Aquellos eran los ojos de un inmortal que ha visto a las grandes
civilizaciones caer.
12
Nota musical Fa menor séptima.
40
Ambos estábamos parados sobre una plataforma de piedra, en la
orilla de lo que parecía una alberca llena de lava. El aire brillaba
por el calor. Las cenizas me picaban los ojos.
La mujer alzó sus brazos en manera de súplica. Unas esposas al
rojo vivo encadenaban sus muñecas. Unas cadenas fundidas la
anclaban a la plataforma, a pesar del metal ardiente no parecía
quemarla.
— Lo lamento — dijo ella.
De alguna manera, sabía que no me estaba hablando. Yo era el
único observando esta escena a través los ojos de alguien más.
Ella solo le había dado malas noticias a la otra persona, terribles
noticias, sin embargo, no tenía idea de lo que era.
— Podría liberarte si pudiera — continuó ella—, yo la liberaría.
Pero no puedo. Dile a Apolo que debe venir. Sólo él puede
liberarme, a pesar de que es una… — Ella se ahogó como si un
fragmento de vidrio se hubiese atorado en su garganta—. Seis
letras — graznó—. Inicia con T.
Trampa, pensé, ¡La respuesta es trampa!
Me sentí un poco emocionado, de la misma manera cuando
estás viendo un programa de juegos y te sabes la respuesta. Si tan
solo fuera un participante, piensas, ¡ganaría todos los premios!
Luego me di cuenta de que no me gusta este juego.
Especialmente porque la respuesta es trampa. Especialmente si esa
trampa era el gran premio que me esperaba.
La imagen de la mujer se perdió entre las llamas.
Me encontré en un lugar diferente, una terraza con la vista a una
bahía bañada por la luz de la luna. A la distancia, envuelta en
niebla, se alzaba la figura conocida del Monte Vesubio, pero el
41
Vesubio antes de la erupción del 79 EC13 volara la cumbre en mil
pedazos, destruyendo Pompeya y aniquilara a miles de romanos.
(Puedes culpar a Vulcano por ello. Él estaba teniendo una mala
semana.)
El cielo nocturno se tornaba violeta, la costa era iluminada
solamente por la luna y las estrellas. Debajo mis pies, el piso de la
terraza brilla con azulejos de color oro y plata, el tipo de arte que
solo unos pocos romanos podían permitirse. En las paredes, la
pintura fresca estaba enmarcada en cortinas de seda que debieron
de haber costado cientos de miles de denarios. Sabía dónde
supuestamente me encontraba: una villa imperial, uno de los miles
lugares placenteros que se encontraban en el Golfo de Nápoles en
los días del imperio. Normalmente el lugar habría brillado sobre la
noche, como un show de poder y exuberancia, pero las antorchas
en esta terraza se encontraban apagadas, envuelta en telas negras.
En la sombra de una columna, un hombre esbelto se encontraba
observando al mar. Su expresión se encontraba obscurecida, pero
su postura mostraba impaciencia. Él tiró de su túnica blanca, cruzó
sus brazos sobre su pecho y golpeó ligeramente sus sandalias
sobre el piso.
Un segundo hombre apareció, marchando hacia la terraza con el
tintineo de la armadura y con la respiración entrecortada de un
luchador pesado. El casco de un guardia pretoriano ocultaba su
rostro.
Él se arrodilló ante el hombre joven.
— Está hecho, princeps.
13
Era Común, forma Universal que sustituye el A.C o D.C (Antes o después de Cristo).
42
Princeps. Del latín para el primero en línea o primer ciudadano,
ese lindo eufemismo que los emperadores romanos solían usar
para minimizar su verdadero poder.
— ¿Estás seguro esta vez? — preguntó una aguda y joven voz—
No quiero más sorpresas.
El pretor gruñó.
— Muy seguro, Princeps.
El guardia tendió sus enormes antebrazos peludos. Los rasguños
aún con sangre relucían ante la luz de la luna, como si hubieran
arañado desesperadamente su carne.
— ¿Qué fue lo que viste? — El joven parecía fascinado.
— Su propia almohada — dijo el hombre grande—. Parecía
más fácil.
El joven rió.
— El viejo cerdo se lo merecía. Esperé por años para que él
muriera, finalmente podemos anunciar que ha pateado la situla14,
¿Y él tiene las agallas para despertar de nuevo? No lo creo.
Mañana será un nuevo, mejor día para Roma.
Dio un paso hacia la luz de la luna, mostrando su rostro, un
rostro que esperaba no volver a ver.
Él era guapo dependiendo del ángulo que lo vieras, a pesar de
que sus orejas sobresalían un poco más. Tenía una sonrisa torcida.
Sus ojos tenían todo el calor de una barracuda.
situla significa cubeta en latín, la oración en inglés kicked the bucket se
emplea para indicar que alguien se ha suicidado.
14
43
Incluso si no reconoces sus facciones, querido lector, estoy
seguro de que lo conoces. Él es el bravucón demasiado encantador
como para ser atrapado; el que piensa en las bromas más crueles,
el que tiene a otros para realizar su trabajo sucio y aun así
mantiene su reputación intacta ante los profesores. Él es el chico
que les jala las patas a los insectos y tortura a los animales
callejeros, se ríe con tal deleite que casi te puede convencer de que
es una broma inofensiva. Él es el chico que roba el dinero de las
placas de colección del templo, detrás del montón de señoras que
lo elogian por ser un gran chico.
Él es esa persona, una malvada.
Y esta noche él obtuvo un nuevo nombre, el cual no predecía un
mejor día para Roma.
El guardia pretorial inclinó su cabeza.
— ¡Alabado sea, César!
Desperté de mi sueño temblando.
— Buen tiempo — dijo Grover.
Me senté. Mi cabeza palpitaba. Mi boca sabía cómo polvo de
estriges.
Me encontraba sobre una tienda improvisada, una lona de
plástico azul colocada en una ladera viendo hacia el desierto. El
sol se estaba ocultando. A mi lado, Meg estaba acurrucada y
dormida, su mano descansaba en mi muñeca. Supongo que es algo
lindo, excepto por el hecho de que sabía dónde habían estado sus
dedos. (Pista: en sus fosas nasales.)
44
Cerca de un bloque de roca, Grover estaba sentado bebiendo
agua de su termo. Juzgando por su fatigada mirada, supuse que él
nos había cuidado mientras nosotros dormíamos.
— ¿Me desmayé? — pregunté.
Él me arrojó el termo.
— Yo pensé que tenía el sueño pesado. Has estado así por
horas.
Tomé un sorbo, luego me froté la mugre de mis ojos, deseando
que pudiera quitarme los sueños de mi cabeza así de fácil: una
mujer encadenada en una habitación ardiente, una trampa para
Apolo, un nuevo César con la sonrisa del típico adolescente
psicópata.
No pienses en eso, me dije, los sueños no siempre son verdad.
No, me contesté. Solo los malos. Como ese.
Me enfoqué en Meg, roncando bajo la sombra de nuestra tienda,
Su pierna había sido vendada recientemente. Ella vestía una
playera limpia sobre su vestido andrajoso. Traté de liberar mi
muñeca de su amarre, pero ella apretaba fuerte.
— Ella está bien — me aseguró Grover—. Al menos
físicamente. Se quedó dormida después de que nos situamos — él
frunció el ceño—. Ella no se veía tan feliz de estar aquí. Ella dijo
que no puede manejar este lugar. Quería irse. Tenía miedo de que
ella saltara de vuelta al laberinto, pero la convencí de que
necesitaba descansar primero. Toqué un poco de música para
relajarla.
Observé a nuestros alrededores, esperando ver qué había
afectado tanto a Meg.
45
Debajo de nosotros se extendía un paisaje un poco más
hospitalario que Marte. (Me refiero al planeta, no al dios, aunque
supongo que tampoco es un gran anfitrión.) Las montañas de ocre
eran iluminadas por el sol y rodeaban un valle con campos de golf
artificiales, en la tierra estéril se extendían condominios con
paredes de estuco blanco y tejas rojas como techo con piscinas. En
línea en las calles, las hileras de palmas se alzaban como costuras
harapientas. Las calles de asfalto brillaban por el calor. Una
neblina de color marrón flotaba en el aire, dando la impresión de
que era una salsa acuosa.
— Palm Springs — dije.
Conocí la ciudad en los ´50. Estoy muy seguro de que organicé
una fiesta con Frank Sinatra al final de la calle, por ese campo de
golf, pero se sentía como si hubiese sido en otra vida.
Probablemente porque lo fue.
Ahora la zona parecía mucho menos agradable. la temperatura
demasiado abrasadora para una mañana de primavera, el aire tan
pesado. Algo iba mal, algo que no podía identificar.
Yo escaneé nuestros alrededores. Acampábamos en la cresta de
una colina, el desierto de San Jacinto estaba a nuestras espaldas al
oeste, la extensión de Palm Springs a nuestros pies al este. Un
camino de grava bordeaba la base de la colina, serpenteando hacia
el vecindario aproximadamente a media milla más abajo, pero
puedo decir que nuestra cima antes fue una gran estructura.
Hundidos en la ladera rocosa había media docena de cilindros
de ladrillo hueco, cada uno tal vez de nueve metros de diámetro,
como las conchas de los molinos de azúcar, pero en ruinas. La
estructura tenía diferentes alturas, variaba en los estados de
desintegración, pero las tapas estaban al mismo nivel, así que
46
supongo que fueron columnas de soporte para una casa. A juzgar
por los sedimentos que se encontraban en la ladera –pedazos de
vidrio, tablones carbonizados, grupos de ladrillos ennegrecidos–
creo que la casa debió de haberse quemado hace muchos años.
Luego me di cuenta: debimos de haber trepado en uno de esos
cilindros para escapar del Laberinto.
Volteé hacia Grover.
— ¿Las estriges?
Él sacudió la cabeza.
— Si alguno sobrevivió, no se arriesgarían con la luz del día,
incluso si pudieran pasar por las fresas. Las plantas han de haber
llenado todo el túnel.
Él señaló hacia el anillo de ladrillo más lejano, de donde
seguramente emergimos.
— Nadie entrará ni saldrá por ahí nunca más.
— Pero — señalé a las ruinas—. ¿No es esta tu base?
Estaba esperando a que él me corrigiera. Oh no, nuestra base es
aquella hermosa casa por ese camino que tiene una alberca
olímpica, ¡justo al lado del hoyo cincuenta!
En cambio, tuvo el valor de parecer satisfecho.
— Sí. Este lugar tiene demasiada energía natural. Es un
santuario perfecto. ¿No puedes sentir la fuerza de la vida?
Recogí un ladrillo carbonizado.
— ¿Fuerza de vida?
— Verás. —Grover se quitó su gorra y se rascó entre sus
cuernos —La forma en cómo las cosas han sido, las dríadas deben
47
de permanecer inactivas hasta el anochecer. Es la única manera en
la que pueden sobrevivir. Pero ellas despertarán pronto.
La forma en cómo las cosas han sido.
Miré hacia el oeste. El sol se estaba escondiendo detrás de las
montañas. El cielo era salpicado por gruesas capas de rojo y
negro, más apropiado para Mordor que para el sur de California.
— ¿Qué es lo que está pasando? — pregunté, no muy seguro de
querer saber la respuesta.
Grover miró a la distancia con tristeza.
— ¿No has visto las noticias? Los incendios forestales más
grandes en la historia del estado. Además de las sequías, las
olas de calor y los terremotos — él se estremeció—. Miles de
dríadas han muerto. Miles más han decidido hibernar. Si estos
fueran desastres naturales normales, eso sería lo
suficientemente malo, pero…
Meg gritó en su sueño. Ella se sentó abruptamente, parpadeando
por la confusión. Por el pánico en sus ojos, apuesto que sus sueños
han sido aún peores que los míos.
— ¿E-estamos realmente aquí? — ella preguntó— ¿No lo soñé?
— Todo está bien — dije— Estás a salvo.
Ella sacudió la cabeza, sus labios temblaban.
— No. No, no lo estoy.
Con torpeza, ella se quitó los lentes, como si fuese a manejar
mejor sus alrededores con la vista borrosa.
— No puedo estar aquí. No de nuevo.
— ¿De nuevo?
48
Una línea de la profecía de Indiana saltó a mi memoria: La hija
de Deméter encontrará sus raíces antiguas.
— ¿Te refieres a que vivías aquí?
Meg analizó las ruinas. Ella se encogió de hombros
miserablemente, aunque eso puede significar un no lo sé o no
quiero hablar de eso, no sabría decir.
El desierto parecía un hogar poco probable para Meg –una niña
de Manhattan, criada en la casona de Nero.
Grover se quedó pensando.
— Un hijo de Deméter… Eso tiene mucho sentido.
Lo observé.
— ¿En este lugar? Un hijo de Vulcano, tal vez. O Feronia, la diosa
de los desiertos. O incluso Mefitis, la diosa de los gases
venenosos. ¿Pero Deméter? ¿Qué hijo de Deméter se supone
que puede crecer aquí? ¿Rocas?
Grover parecía insultado.
— Tú no entiendes. Una vez que conozcas a todos…
Meg gateó afuera desde abajo de la tienda. Inestablemente se
puso de pie.
— Tengo que irme.
— ¡Espera! — suplicó Grover— Necesitamos tu ayuda. ¡Al
menos habla con los otros!
Meg dudó.
—¿Otros?
Grover señaló al norte. No podía ver lo que señalaba hasta que
me levanté. Luego noté, medio escondidos detrás de los ladrillos
49
en ruinas, una fila de seis estructuras blancas como… ¿Cobertizos
de almacenamiento? No. Invernaderos. La más cercana a las
ruinas se había derretido y colapsado hace tiempo, sin duda
víctima del fuego. Las paredes y techo de policarbonato del
segundo cobertizo se habían derrumbado como si fuese una casa
de cartas. Pero las otras cuatro estaban intactas. Macetas de arcilla
estaban apiladas afuera. Las puertas estaban abiertas. Adentro, la
materia vegetal verde se presionaba contra las paredes translucidas
–hojas de palmera que parecían manos gigantes empujando para
poder salir.
No entiendo cómo algo puede vivir en este yermo estéril,
especialmente dentro de un invernadero que está hecho para
mantener el clima aún más caliente. Definitivamente no quisiera
estar cerca de aquellas claustrofóbicas cajas calientes.
Grover sonrió alentado.
—Estoy seguro de que todos están despiertos ya. Vamos, ¡Les
presentaré a la pandilla!
50
5
Primeros auxilios de delicias
¡Cúrame de mis múltiples cortes!
(Pero sin baba de caracol, por favor)
G
ROVER NOS GUIÓ hacia el primer invernadero intacto,
que desprendía un olor parecido al aroma de Perséfone.
No es ningún cumplido. Señorita Primavera solía
sentarse a mi lado en las cenas familiares, y ella no tenía pena en
compartir su mal aliento. Imagina el hedor de un recipiente lleno
de mantillo y caca de lombriz. Sí, cómo amo la primavera.
Dentro del invernadero, las plantas se habían apoderado de
todo. Lo encontré aterrador, ya que la mayoría eran cactus. Junto a
la puerta se encontraba unos cactus de piña del tamaño de un
barril, sus espinas amarillas parecían palillos de brochetas. En la
esquina de atrás se encontraba un gran Árbol de Josué, sus ramas
peludas sostenían el techo. Sobre la otra pared floreció una tuna
enorme, docenas de álabes15 eran coronados con frutas moradas
que se veían deliciosas, excepto por el hecho de que tenían más
espinas que el mazo favorito de Ares. Las mesas de metal crujían
debajo del peso de otras delicias –pickleweed16, escobaría
15
Rama de árbol curva hacia la tierra.
16
Planta que requiere grandes cantidades de agua clara o salada para sobrevivir.
51
vivípara17, choya18 y docenas más que no pude nombrar. Rodeado
por tantas espinas y plantas, encerradas en un calor infernal, tuve
un flashback del Coachella set de Iggy Pop en el 2003.
—¡Volví! — anunció Grover—. ¡Y traje a unos amigos!
Silencio.
Incluso en el anochecer, la temperatura dentro estaba muy alta,
el aire muy espeso, me imagino que moriré de un golpe de calor
en los próximos cuatro minutos. Y eso que era el antiguo dios del
sol.
Al final la primera dríada apareció. Una burbuja de clorofila que
se disparó desde la tuna y estalló en una niebla verde. Las gotitas
se unieron en una pequeña chica de piel esmeralda, con cabello
amarillo y espinoso, con un vestido de flecos hecho
completamente de cerdas de cactus. Su mirada era tan filosa como
su vestido. Afortunadamente, era dirigida hacia Grover, no hacia
mí.
—¿Dónde has estado? — ella demandó saber.
— Ah — Grover se aclaró la garganta—. Fui llamado. Un
llamado mágico. Te lo contaré después. Pero, mira, ¡Traje a
Apolo! ¡Y a Meg, hija de Deméter!
Él presentó a Meg como si ella fuese un premio grandioso de
The Price Is Right19.
— Hmph — dijo la dríada—. Supongo que las hijas de Deméter
están bien. Soy Prickly Pear, o Pear, es más corto.
17
Es una planta esférica, rodeada de espinas. Pertenece a la familia de los cactus.
18
Plantas pertenecientes a la familia de los cactus, crecen como arbustos o pequeños árboles muy
ramificados. Originarios de Estados Unidos y México.
19
Programa de televisión donde se ganan premios.
52
— Hola — dijo Meg débilmente.
La dríada dirigió su mirada hacia mí. Por su vestido con
espinas, espero no sea del tipo de abrazos.
—¿Eres Apolo como el dios Apolo? — ella preguntó—. No lo
creo.
— Algunos días, ni yo — admití.
Gorver escaneó la habitación.
—¿Dónde están los demás?
Justo en el clavo, otra burbuja de clorofila apareció de entre las
plantas. Una segunda dríada apareció –una chica larga en un
muumuu20 como la máscara de una alcachofa. Su cabello era un
bosque de triángulos de un verde oscuro. Su rostro y brazos
brillaban como si fuesen recién engrasados. (Espero y sea aceite y
no sudor.)
—¡Oh! — chilló ella, al ver nuestra apariencia maltratada—.
¿Están heridos?
Pear rodó sus ojos.
— Al, déjalo.
—¡Pero parecen heridos! — Al se arrastró hacia delante. Ella
tomó mi mano. Su tacto era frío y grasoso—. Déjame curar estas
cortadas, al menos. Grover, ¿por qué no curaste a estas pobres
personas?
—¡Lo intenté! ―protestó el sátiro—¡Ellos recibieron mucho
daño!
Ese podría ser mi lema de vida, pensé: Él recibe mucho daño.
20
Vestido que suelen usar las mujeres en Hawái
53
Al recorrió con la punta de sus dedos mis heridas, dejando
caminos de sustancia pegajosa como rastro de baba. No era una
sensación placentera, pero si cesó el dolor.
— Eres Aloe Vera — me di cuenta—. Solía hacer ungüentos de
ti.
Ella sonrió alegremente.
—¡Él me recuerda! ¡Apolo se acuerda de mí!
En la parte trasera de la habitación, emergió una tercera dríada
del tronco del árbol de Josué –un hombre, cosa que es algo raro.
Su piel era de café al igual que la corteza del árbol, su cabello de
color olivo era largo y salvaje, su ropa era de color caqui. Él
podría haber sido un explorador que recién regresaba de su viaje.
— Soy Josué — él dijo—. Bienvenidos a Aeithales.
Y en ese momento Meg McCaffrey decidió desmayarse.
Podría haberle dicho que desmayarse enfrente de un chico
atractivo nunca es algo bueno. Esa estrategia nunca me funcionó
alguna vez en miles de años.
Sin embargo, siendo buen amigo, la atrapé antes de que su nariz
chocara contra la grava.
—¡Oh, pobre chica! — Aloe Vera le lanzó a Grover otra mirada
fulminante—. Ella está exhausta e hirviendo. ¿No la dejaste
descansar?
—¡Ella ha dormido toda la mañana!
— Bueno, ella está deshidratada. — Aloe colocó su mano en la
frente de Meg—. Ella necesita agua.
Pear bufó.
54
— Como todos.
— Llévala a la Cisterna — dijo Al—. Mellie debe de estar
despierta ahora. Estaré ahí en un minuto.
Grover se animó.
—¿Mellie está aquí? ¿Lo lograron?
— Llegaron esta mañana — dijo Josué.
—¿Qué hay de los grupos de búsqueda? — presionó Grover—.
¿Alguna pista?
Las dríadas intercambiaron miradas.
— Las noticias no son buenas — dijo Josué—. Solo un grupo
ha logrado regresar y…
— Disculpen — interrumpí—. No tengo ni la menor idea de lo
que ustedes hablan, pero Meg es pesada. ¿Dónde la puedo poner?
Grover se agitó.
— De acuerdo. Lo siento. Te mostraré. — Él colgó el brazo
izquierdo de Meg sobre sus hombros, cargando la mitad de su
peso. Luego encaró a las dríadas.
— Chicos, ¿qué les parece si nos vemos en la Cisterna para
cenar? Tenemos mucho de qué hablar.
Josué asintió.
— Avisaré a los demás invernaderos. Y, Grover, nos prometiste
enchiladas. Hace tres días.
— Lo sé — suspiró Grover—. Traeré más.
Juntos, los dos arrastramos a Meg fuera del invernadero.
Mientras la llevábamos a lo largo de la colina, le pregunté a
Grover algo que me carcomía.
55
—¿Las dríadas comen enchiladas?
Él parecía ofendido.
—¡Por supuesto! ¿Esperabas que solo comieran fertilizantes?
— Bueno… sí.
— Estereotipos ―musitó él.
Decidí que era mi señal para cambiar de tema.
—¿Lo imaginé — pregunté—, o Meg se desmayó porque ella
escuchó el nombre de este lugar? Aeithales. Que en griego antiguo
significa siempreverde, sino me equivoco.
Era un nombre raro para un lugar en el desierto. De nuevo, no
tan extraño como dríadas comiendo enchiladas.
— Encontramos el nombre tallado en un viejo peldaño — dijo
Grover—. Hay muchas cosas que todavía no sabemos sobre las
ruinas, pero, como dije, este lugar tiene mucha energía natural.
Quienes quieran que hayan vivido aquí e iniciara con los
invernaderos… ellos sabían lo que hacían.
Desearía poder decir lo mismo.
—¿Qué no las dríadas nacieron en los invernaderos? ¿No saben
quién las plantó?
— La mayoría eran muy jóvenes cuando la casa se quemó —
dijo Grover—. Alguna de las plantas más viejas han de saber más,
pero ellos han invernado. O — él señaló hacia los invernaderos
quemados—, ya no están con nosotros.
Observamos un momento en silencio por las dríades que
partieron.
56
Grover nos condujo hacia el más largo de los cilindros de
ladrillo. Juzgando por su tamaño y su posición en el centro de las
ruinas, supuse que alguna vez debió ser la columna principal de
soporte. Al nivel del suelo, unas aberturas rectangulares rodeaban
la circunferencia como ventanas de un castillo medieval.
Cargamos a Meg a través de uno de esos y nos encontramos en un
lugar muy parecido como el pozo donde peleamos con las
estriges.
La cima estaba abierta al cielo. Una rampa en espiral conducía
hacia abajo, pero afortunadamente a solo seis metros antes de
alcanzar el fondo. En el centro del suelo sucio, como el agujero de
una dona gigante, brillaba una piscina de azul oscuro, enfriando el
ambiente y haciendo la estancia cómoda. Alrededor de la piscina
se encontraba un círculo de bolsas para dormir. Floreciendo cactus
que se salían de los nichos construidos en las paredes.
La Cisterna no era una estructura bonita –nada como el pabellón
de comida en el Campamento Mestizo, o el Waystation en Indiana
–pero al estar adentro me sentí inmediatamente mejor, a salvo.
Entendí de lo que Grover nos había estado hablando. Este lugar
transmitía tranquilidad.
Llevamos a Meg al final de la rampa sin trastabillar o caer, lo
cual consideré una gran hazaña. La dejamos en una de las bolsas
para dormir, luego Grover escaneó la habitación.
—¿Mellie? — él llamó—. ¿Gleeson? ¿Chicos, están aquí?
El nombre de Gleeson me sonó vagamente familiar, pero, como
siempre, no pude saber por qué.
Ninguna burbuja de clorofila emergió de las plantas. Meg se
volteó y musitó algo en sueños… algo acerca de Melocotones.
57
Luego, en la esquina del estanque, una niebla blanca comenzó a
juntarse. Formó la figura de una mujer pequeña con un vestido
plateado. Su cabello negro flotaba alrededor de ella como si
estuviera debajo del agua, revelando sus orejas ligeramente
puntiagudas. En un cabestrillo sobre uno de sus hombros ella
cargaba a un bebé probablemente de siete meses, con pies
encorvados y pequeños cuernos de cabra en su cabeza. Su gordo
cachete era aplastado por la clavícula de su madre. Su boca era
una verdadera cornucopia de baba.
La ninfa de viento (obviamente que lo es) le sonrió a Grover.
Sus ojos cafés estaban enrojecidos por la falta de sueño. Ella tenía
un dedo en sus labios, indicando que no quería despertar al bebé.
No la puedo culpar. Los bebés sátiros a esa edad son ruidosos y
alborotados, y pueden comer demasiadas latas a lo largo del día.
Grover susurró:
—¡Mellie, lo lograste!
— Grover, cariño. ―Ella observó la figura durmiente de Meg,
luego volteó la cabeza hacia mí ―¿Eres… eres él?
— Si te refieres a Apolo — dije—, me temo que sí.
Mellie apretó sus labios.
— He escuchado rumores, pero nunca les creí. Pobre criatura.
¿Cómo lo estás sobrellevando?
En el pasado, me hubiera burlado de cualquier ninfa que se
hubiese atrevido a llamarme pobre criatura. Por supuesto, muy
pocas ninfas me han mostrado tan poca consideración.
Normalmente ahora están muy ocupadas en alejarse de mí. En este
momento, la preocupación que mostró Mellie me causó un nudo
58
en la garganta. Estuve tentado a descansar mi cabeza en mi otro
hombro y soltar mis penas y problemas.
— Yo… estoy bien — logré decir—. Gracias.
—¿Y tu amiga durmiente? — preguntó ella.
— Sólo está cansada, creo. — Sin embargo, me pregunto si esa
era toda la historia con Meg—. Aloe Vera dijo que vendrá en
pocos minutos para cuidarla.
Mellie parecía preocupada.
— De acuerdo. Me aseguraré de que Aloe no se sobre esfuerce.
—¿Sobre esforzarse?
Grover tosió.
—¿Dónde está Gleeson?
Mellie escaneó la habitación, como si apenas se diera cuenta de
la ausencia de esa persona.
— No lo sé. Tan pronto como llegamos aquí, yo me fui a
descansar por el día. Él dijo que iba a buscar algunos suministros
para acampar. ¿Qué hora es?
— Después de la puesta de sol — dijo Grover.
— Él ya debió de haber vuelto entonces. — La figura de Mellie
se removió en agitación, tornándose borrosa, temí que el bebé
cayera por a través de su figura.
—¿Gleeson es tu esposo? — adiviné—. ¿Un sátiro?
— Sí, Gleeson Hedge — dijo Mellie.
Lo recordé, vagamente –el sátiro que navegó junto con los
héroes del Argo II.
—¿Sabes a dónde fue?
59
— Pasamos una tienda de armas mientras conducíamos, por la
colina. Él ama las tiendas de armas. — Mellie volteó hacia
Grover—. Él tal vez se distrajo, pero… ¿No podrías echar un
vistazo?
En ese momento, me di cuenta de qué tan cansado estaba
Grover.
Sus ojos estaban mucho más rojos que los de Mellie. Sus
hombros se cayeron. Sus tubos de caña colgaban de su cuello. A
diferencia de Meg y de mí, él no había dormido desde la noche
pasada en el Laberinto. Él usó el llanto de Pan, nos puso a salvo,
luego se la pasó todo el día cuidándonos, esperando a que las
dríadas despertaran. Ahora le estaban pidiendo hacer otra
excursión para buscar a Gleeson Hedge.
De todas formas, logró sonreír.
— No te preocupes, Mellie.
Ella le dio un beso en la mejilla.
—¡Eres el mejor señor de lo Salvaje de todos!
Grover se sonrojó.
— Cuida de Meg McCaffrey hasta que regresemos, ¿Podrías?
Venga, Apolo. Vamos de compras.
60
6
Penachos de fuegos al azar
Las ardillas mordisquean mis nervios
Cómo amo el desierto
A
PESAR DE LOS miles de años que tengo, aún puedo
aprender importantes lecciones de vida. Por ejemplo:
nunca vayas de compras con un sátiro.
Encontrar la tienda nos tomó una eternidad, porque Grover
siempre se despistaba. Él se detuvo para hablar con una yucca21. Le
dio direcciones a una familia de ardillas. Él olió humo y nos llevó a
una búsqueda por el desierto hasta que él encontró una colilla de
cigarro aún prendido que alguien había aventado al camino.
—Así es como se inician los incendios — dijo él, luego
responsablemente se deshizo del cigarrillo, pero comiéndoselo.
No vi nada a la distancia que se pudiera incendiar. Estoy
completamente seguro de que la arena y las rocas no son
inflamables, pero nunca discuto con quienes comen cigarrillos.
Ambos continuamos con nuestra búsqueda de la tienda de armas.
La noche cayó. El horizonte del este resplandeció –no con el
mismo tono anaranjado de la luz mortal, sino el siniestro color rojizo
21
Plantas que se caracterizan por sus rosetas de hojas con forma de espadas y por sus racimos de flores
blancas.
61
del infierno. El humo cubría las estrellas. La temperatura apenas
había bajado. El aire olía amargo y mal.
Recordé la ola de llamas que casi nos incineraron en el
Laberinto. El calor parecía tener una personalidad, una
malevolencia resentida. Me puedo imaginar a las olas cursando
debajo del desierto, cruzando el laberinto, haciendo que el terreno
mortal se vuelva un lugar mucho más inhóspito.
Pensé en mi sueño de la mujer atada con las cadenas derretidas
sobre una plataforma sobre un foso de lava. A pesar de mi borrosa
memoria, estoy muy seguro de que esa mujer era la Sibila Eritrea, la
siguiente Oráculo que había que liberar de los emperadores. Algo
me dijo que ella estaba aprisionada en el centro de… lo que sea que
fuera que generara aquellos fuegos subterráneos. No me veo
encontrándola.
— Grover — dije—, en el invernadero, ¿No mencionaste algo
sobre grupos de búsqueda?
Él me miró por encima, tragó dolorosamente, como si la colilla
de cigarro siguiera atorada en su garganta.
— Los sátiros y dríadas más fuertes han estado surcando el área
por meses. — Volvió a posar sus ojos en el camino—. No
tenemos muchos buscadores. Con los incendios y el calor, los
cacti son los únicos espíritus naturales que se pueden seguir
manifestando. Además, sólo unos pocos han vuelto con vida. El
resto… no sabemos.
—¿Qué es lo que están buscando? — pregunté—. ¿La fuente de
los incendios? ¿El emperador? ¿El Oráculo?
Los zapatos de Grover se resbalaron y patinaron sobre la grava.
62
— Todo está conectado. Tiene que estarlo. No sabía del Oráculo
hasta que me lo dijiste, pero, si el emperador la está escondiendo
en el laberinto, es porque lo protege. Y el laberinto es la fuente de
nuestros problemas.
— Cuando dices laberinto ―dije—, ¿te refieres al Laberinto?
— Parte de. — El labio inferior de Grover tembló—. La red de
túneles debajo el Sur de California, asumimos que es la parte más
larga del Laberinto, pero algo le ha estado pasando. Es como si
esa sección del laberinto hubiese sido… infectada. Como si
tuviera fiebre. Los incendios se han estado acumulando,
fortaleciendo. A veces ellos crean y arrojan… ¡Ahí!
Él apuntó hacia el sur. A un cuarto de milla hacia la colina más
cercana, una pluma de llama amarilla se ventiló hacia el cielo
como la punta ardiente de una antorcha. Luego se fue, dejando un
camino de roca fundida. Me pregunto qué hubiera pasado si
hubiera estado parado justo ahí.
— Eso no es normal — dije.
Mis tobillos se sentían débiles, como si yo tuviera los pies
falsos.
Grover asintió.
—Nosotros tuvimos suficientes problemas allá en California:
sequía, cambio climático, contaminación, lo mismo de siempre.
Pero esas flamas… — Su expresión se endureció—. Es alguna
clase de magia que no entiendo. Casi un año he estado ahí afuera,
tratando de encontrar la fuente del calor y apagarla. He perdido a
muchos amigos.
Su voz era frágil. Entiendo sobre perder amigos. A lo largo de
los siglos, he perdido a muchos mortales que apreciaba, pero en el
63
momento uno en particular vino a mi mente: Eloísa la grifa, que
murió en Waystation, defendiendo su nido, defendiéndose del
ataque del Emperador Commodus. Recuerdo su cuerpo frágil, sus
plumas desintegrándose en una cama de hierba para gatos en el
jardín de Emmie…
Grover se arrodilló y tomó entre sus manos un puñado de hierba
seca. Las hojas se desmoronaron.
— Demasiado tarde — musitó él—. Cuando era un buscador de
Pan, al menos tenía esperanza. Pensé que podía encontrar a Pan y
que él nos salvaría. Ahora… el dios de la naturaleza ha muerto.
Busqué las luces brillantes de Palm Springs, tratando de
imaginar a Pan en tal lugar. Los humanos han hecho incontables
cosas a la naturaleza. No me sorprende que Pan se haya rendido e
ido. Lo que su espíritu les había dejado a sus seguidores –sátiros y
dríadas– es la misión de cuidar de la naturaleza.
Le pude haber dicho a Pan que esa era una terrible idea. Una
vez me fui de vacaciones y le encomendé el reino de la música a
mi seguidor Nelson Riddle. Regresé un par de décadas después y
encontré la música pop infestada de violines y de coristas, y
Lawrence Welk estaba tocando el acordeón en televisión en vivo.
Nunca. Más.
— Pan estaría orgulloso de tu esfuerzo — le dije a Grover.
Incluso a mí me sonó medio entusiasta. Grover se levantó.
— Mi padre y mi tío sacrificaron sus vidas buscando a Pan.
Solo deseo que tuviéramos más ayuda para cargar con este
trabajo. Los humanos parecen indiferentes. Incluso los semidioses.
Incluso…
Él se calló, pero supuse que iba a decir Incluso los dioses.
64
Tengo que admitir que él tiene un punto.
Los dioses normalmente no se molestarían por la muerte de un
grifo, o de un par de dríadas, o de un simple ecosistema. Eh,
pensamos. ¡No es mi asunto!
Entre más tiempo pasaba siendo un mortal, más me afectaban
las cosas, incluso las pérdidas más pequeñas.
Odiaba ser mortal.
Seguimos el camino que bordeaba una comunidad cercada,
guiándonos hacia el letrero de luces neón de la tienda. Me fijaba
dónde pisaba, preguntándome en qué paso llegaría la flama y me
convertiría en Lester flambé.
— Dijiste que todo está conectado — recordé—. ¿Crees que el
tercer emperador creó este laberinto ardiente?
Grover miró hacia todos lados, como si el tercer emperador
fuese a saltar de una palmera con un hacha y una máscara. Dada a
mis sospechas sobre su identidad, no sería una locura.
— Sí — dijo él—, pero no sabemos cómo o por qué. Ni siquiera
sabemos dónde está la base del emperador. Y hasta donde
sabemos, él se mueve constantemente.
— Y… — Tragué saliva, temeroso de preguntar—. ¿La
identidad del emperador?
— Todo lo que sabemos es que usa un monograma — dijo
Grover— Neos Helios.
El fantasma de una ardilla me carcomió los nervios.
— Griego. Significa Nuevo Sol.
— Exacto — dijo Grover—. No es el nombre de algún
emperador Romano.
65
No, pensé. Pero es uno de sus títulos favoritos.
Decidí no compartir esa información; no aquí en la oscuridad,
no con un sátiro asustadizo de compañía. Si confesara lo que sé
ahora, Grover y yo nos podríamos quebrar y lloraríamos en los
brazos del otro, lo cual sería embarazoso y desesperanzador.
Pasamos las puertas de la vecindad: DESERT PALMS.
(¿Realmente alguien recibió dinero por pensar en ese nombre?)
Seguimos por la calle más cercana a la principal, donde puestos de
comida rápida y estaciones de gasolina brillaban.
— Espero Mellie y Gleeson tengan nueva información — dijo
Grover—. Ellos han estado en Los Ángeles con algunos
semidioses. Pensé que ellos tendrían mejor suerte buscando al
emperador, o encontrando el nuevo corazón del laberinto.
—¿Es por eso por lo que la familia Hedge vino a Palm Springs?
— pregunté—. ¿Para compartir información?
— En parte. — El tono de Grover escondía una razón triste y
oscura sobre la llegada de Mellie y de Gleeson, pero decidí no
presionar.
Nos detuvimos en la mayor intersección. A través del boulevard
estaba un almacén con un letrero que en rojo decía: ¡LA
LOCURA MILITAR DE MARCO! El estacionamiento estaba
vacío excepto por una vieja Pinto estacionada cerca de la entrada.
Leí el letrero de nuevo. Una segunda checada, me di cuenta de
que el nombre no era MARCO. Era MACRO. Probablemente
desarrollé un poco de dislexia que tienen los semidioses por
juntarme con ellos por mucho tiempo.
Locura Militar suena como el lugar al que no me gustaría ir. Y
Macro, como un largo programa de cosmovisión o un programa
66
de computadora… o algo por el estilo. ¿Por qué ese nombre
lanzaba otra manada de ardillas a mi sistema nervioso?
— Parece cerrado — dije con pereza—. Debe de ser la tienda
equivocada.
— No. — Grover señaló al Pinto—. Ese es el carro de Gleeson.
Claro que lo es, pensé. Con mi suerte, ¿por qué no lo sería?
Quería correr. No me gustaba la manera en la que la luz roja
bañaba de rojo el piso. Pero Grover Underwood nos había guiado
por el laberinto y, después de nuestra plática de perder amigos, no
iba a dejar que perdiera otro.
— Bueno, entonces — dije—, vamos a encontrar a Gleeson
Hedge.
67
7
Los paquetes familiares
Deberían ser para pizzas congeladas
No para granadas de mano
¿Q
UÉ TAN DIFÍCIL puede ser encontrar a un sátiro en
un local de armamento militar?
Pues parece que algo.
LA LOCURA MILITAR DE MACRO se extendía en un sinfín
de pasillos de equipamiento que ningún ejército respetable
querría, cerca de la entrada, había un tacho gigante con un letrero
neón púrpura que decía ¡SALACOTES22! ¡LLEVE 3 Y LE
DAMOS 1 GRATIS!, también había una exhibición al final del
pasillo con un árbol de Navidad construido de tanques de propano
con guirnaldas de sopletes para gas, y una placa que decía ¡ES
SIEMPRE LA TEMPORADA! Dos pasillos de un cuarto de milla
de largo cada uno, estaban enteramente destinados a la ropa de
camuflaje en cada posible color: café desierto, verde bosque, gris
ártico y rosa chillón, solo en caso de que tu equipo de operaciones
especiales necesite infiltrarse una fiesta infantil con temática de
princesas.
22
SALAKOT, SOMBRERO SALAKOT, CASCO DE MÉDULA o SOMBRERO DE
EXPLORADOR data de mediados del siglo 19, el casco se consideró primero en ser una parte
esencial de la ropa militar en los trópicos y más tarde se convirtió en un elemento en un vestido de
militar más formal.
68
Directorios colgaban en cada pasillo: PARAÍSO DEL
HOCKEY, PINES DE GRANADA, BOLSAS PARA DORMIR,
BOLSA PARA CADÁVERES, LÁMPARAS DE KEROSENO,
TIENDAS DE CAMPAÑA, PALOS LARGOS PARA
SEÑALAR. Y a lo lejos, al final de la tienda, tal vez a mitad de un
día en caminata, había un tremendo letrero que gritaba ¡ARMAS
DE FUEGO!
Miré a Grover cuyo rostro se veía más pálido bajo las luces
fluorescentes— ¿Deberíamos empezar con los suministros para
acampar? —pregunté
Las esquinas de su boca fueron bajando conforme él escaneaba
una exhibición de picas coloridas como el arcoíris para empalar —
Conociendo al entrenador Hedge, se inclinaría por las armas.
De esa forma empezamos nuestro viaje hacia la tierra prometida
de las ¡ARMAS DE FUEGO!!
No me gustaba la iluminación estridente de la tienda, no me
gustaba la música tan animada, o el frío extremo del aire
acondicionado que hacía sentir el lugar como una morgue.
El montón de empleados nos ignoraba. Un joven estaba
etiquetando a 50% de descuento una hilera de baños portátiles
Porta-PooTM
Otro empleado estaba inmóvil y sin expresión, en la caja rápida,
como si estuviera en un nirvana de aburrimiento inducido, cada
trabajador usaba un chaleco amarillo con el logo de Macro en la
espalda: Un sonriente centurión romano haciendo el signo de OK.
No me gustaba ese logo tampoco.
Al frente de la tienda se alzaba un puesto con un escritorio de
recepción detrás de una protección de plexiglás, como la entrada
69
de un guardián en una prisión. Un hombre como un toro se
sentaba ahí, su calva cabeza brillaba, las venas en su cuello
resaltaban. Su camiseta y enterizo negro podían apenas contener
sus abultados brazos musculosos. Sus blancas y tupidas cejas le
daban una sobresaltada expresión. Conforme nos veía pasar, su
sonrisa hizo que mi piel se encogiera.
―Creo que no deberíamos estar aquí— le murmuré a Grover
Ojeó al supervisor — Estoy seguro de que no hay monstruos
aquí, los podría oler. Este tipo es humano.
Eso no me tranquilizó, algunas de mis personas menos favoritas
fueron humanas; sin embargo, seguí a Grover hasta el fondo de la
tienda.
Como él sospechaba, Gleeson Hedge estaba en la sección de
armas de fuego, silbando mientras llenaba su bolsa de compras
con visores para rifle y cepillos cilíndricos para armas.
Entendía por qué Grover lo llamaba entrenador. Hedge usaba
shorts de polyester para el gimnasio de color azul brillante,
dejaban expuestas sus peludas y caprinas patas, llevaba una gorra
de beisbol roja perforada por sus pequeños cuernos, una camiseta
polo blanca y un silbato colgando de su cuello, como si esperase
que en algún momento lo llamaran para arbitrar un partido de
fútbol.
Se veía mayor a Grover, juzgando por su rostro asoleado, pero
es difícil de decir con los sátiros. Ellos maduran difícilmente a la
mitad de velocidad de los humanos. Sabía que Grover estaba en
sus treintas, más o menos, pero sólo dieciséis en contexto sátiro.
El entrenador podría estar entre sus cuarentas o centenas en
tiempo humano.
70
―¡Gleeson!— le llamó Grover
El entrenador nos divisó y sonrió. Su carrito rebotaba con
carcaj, cajas de munición y una hilera de granadas sellada en
plástico que decía ¡DIVERSIÓN PARA TODA LA FAMILIA!
— ¡Hey, Underwood! —Dijo— ¡Enhorabuena! Ayúdame a
escoger algunas minas terrestres.
Grover brincó — ¿minas terrestres?
— Bueno, son solamente cajas vacías —respondió Gleeson,
señalando hacia una hilera de latas en forma de frascos— ¡Pero
estoy pensando que podríamos llenarlos con explosivos y
activarlas de nuevo! ¿Prefieres el modelo Segunda Guerra
Mundial o el de Vietnam?
—Uh…— Grover me agarró y me mandó al frente — Gleeson,
este es Apolo
Gleeson se frunció— ¿Apolo?... como ¿Apolo, Apolo?— me
escaneó de arriba abajo— Es peor de lo que pensaba. Niño, tienes
que hacer más ejercicios para el tronco.
—Gracias —suspiré— Nunca había escuchado eso antes.
—Podría ponerte en forma —Hedge meditó— Pero primero
ayúdenme ¿minas de estaca? ¿claymores 23? ¿Qué piensan?
—Pensé que estabas comprado suministros para acampar
Gleeson arqueó la ceja— Estos son suministros para acampar.
Si tengo que ir a exteriores con mi esposa e hijo, agujereado en
ese tanque, ¡me sentiría mucho mejor sabiendo que voy armado
23
Claymores, son un tipo de mina terrestre contra personas desarrolladas por ejército de
Estados Unidos e inventadas por Norman MacLeod, a diferencia de las minas comunes estas se
accionan mediante control remoto lanzando una serie de perdigones como una escopeta.
71
hasta los dientes y rodeado de explosivos que detonan a presión!
¡Tengo una familia que proteger!
—Pero… —miré a Grover, quién meneó la cabeza como si
dijera “No te atrevas”. Para este punto, querido lector, te
preguntarás ¿Apolo, por qué protestas? ¡Gleeson Hedge tiene
razón! ¿Por qué molestarte con espadas y arcos cuando puedes
pelear contra los monstruos con minas terrestres y armas?
Bueno, cuando alguien pelea contra fuerza antiguas, las armas
modernas no son confiables. Los mecanismos de las armas y
bombas estándar de los mortales tienden a derretirse en
situaciones sobrenaturales. Las explosiones pueden o no ser
efectivas y las municiones regulares sólo sirven para hacer enojar
más a los monstruos. Algunos héroes de hecho usan armas, pero
sus municiones deben ser elaboradas de metales mágicos: Bronce
Celestial, Oro Imperial, Hierro Estigio y demás.
Desafortunadamente, éstos materiales son raros. Las balas
fabricadas con magia son melindrosas, sólo pueden usarse una vez
antes de desintegrarse, a diferencia de una espada hecha de metal
que duraría al menos un milenio. No es práctico “disparar y
atinar24” cuando luchas contra una hidra o Gorgona.
—Pienso que ya tienes un gran surtido de suministros —dije—
además Mellie está preocupada. Estuviste fuera todo el día.
— ¡No, para nada! —Protestó Hedge— Espera ¿qué horas es?
—Está anocheciendo —acotó Grover.
24
Spray and pray: refiriéndose a las armas de las cuales sus tiros no son precisos, y bueno se
coloca una oración que rime
72
El entrenador Hedge pestañeó— ¿De verdad? ¡Ah!, rayos, creo
que pasé demasiado tiempo en el pasillo de las granadas. Bueno,
ya qué. Supongo que...
—Disculpen —dijo una voz a mi espalda.
El subsecuente aullido chillón quizá vino de Grover, o
posiblemente de mí, ¿Quién estaría seguro? Giré para encontrarme
con el enorme calvo del puesto de la recepción, quien se escabulló
detrás de nosotros. Eso fue un buen truco, dado que el tipo mide
casi dos metros y debe de pesar como trescientas libras.
Estaba flanqueado por dos empleados, ambos mirando
pasivamente al espacio, sosteniendo pistola para etiquetar.
El gerente sonrió, sus cejas tupidas se alzaron, sus dientes eran
de tonalidades marfiles como una tumba.
—Siento la interrupción —dijo— No tenemos muchas
celebridades y sólo quiero asegurarme ¿Eres tú Apolo? Quiero
decir… ¿el Apolo?
Sonaba complacido con la posibilidad. Miré a mis compañeros
sátiros, Gleeson asintió, Grover agitaba su cabeza vigorosamente.
―¿Y si fui Apolo? — le pregunté al gerente.
— ¡Oh, no le cobraríamos sus compras! —Lloró el gerente—
Desenrollaríamos la alfombra roja.
Ese fue un truco sucio, siempre fui un baboso por la alfombra
roja.
―Bueno, entonces sí —dije— Yo soy Apolo.
El gerente chilló, un sonido no muy alejado al de un jabalí de
Erimanto que casi provoca que le disparara en sus cuartos
73
traseros— ¡Lo sabía! Soy un fan. Mi nombre es Macro.
¡Bienvenido a mi tienda!
Él miró a sus dos empleados— ¿Podrían traer la alfombra roja,
así podremos enrollar a Apolo con ella? Pero primero hagamos
que las muertes de los sátiros sean rápidas y sin dolor. ¡Esto es un
gran honor!
Los empleados alzaron sus pistolas, listos para etiquetarnos cual
productos para despachar.
―¡Esperen! —grité.
Los empleados dudaron, de cerca podía ver que tan parecidos
eran, el mismo pelo grasoso parecido a un trapeador, los mismos
ojos vidriosos, las mismas posturas rígidas. Ellos podrían ser
gemelos, o (un horrible pensamiento brotó a mi cerebro)
productos de una misma línea de ensamblaje.
—Yo, um, er… —Dijo al menos de forma poética— ¿Qué pasa
si no soy realmente Apolo?
La sonrisa de Macro perdió algo de su intensidad— Bueno,
tendríamos que matarte por decepcionarme
—Está bien, soy Apolo —dije— ¡Pero no puedes solo matar a
tus clientes! ¡Esa no es forma de manejar una tienda de
suministros!
Detrás de mí, Grover luchaba con el Entrenador Hedge, quien
trataba desesperadamente de abrir un paquete familiar de granadas
mientras maldecía el paquete a prueba de manipulaciones.
Macro apretó sus gruesas manos— Sé que es terriblemente
rudo. Me disculpo Señor Apolo.
―¿Entonces…no nos matarás?
74
―Bueno, como dije, no lo haré. El emperador tiene planes para
usted. ¡Lo necesita vivo!
―Planes —dije
Odiaba los planes, me recordaba cosas molestas como Las
reuniones una vez cada siglo de Zeus, o complicados y peligrosos
ataques, o a Atenea.
—P-pero mis amigos —tartamudeé— ¡No puedes asesinar
sátiros, un dios de mi categoría no podría ser enrollado en una
alfombra roja sin mi séquito!
Macro observó a los sátiros, quienes seguían peleando por las
granadas envueltas en plástico.
— Mmm —musitó el gerente— Lo siento, Señor Apolo, pero,
como verá, ésta puede ser mi única oportunidad de volver a
congraciarme con el emperador. Estoy muy seguro de que él no
querría a los sátiros.
—Quieres decir… ¿el emperador no te favorece?
Macro exhaló un suspiro. Comenzó a subirse las mangas como
si esperase una pesada y penosa sátiro-matanza — ¡Eso me temo,
ciertamente no pedía ser exiliado a Palm Springs! Además, el
princeps25 es muy particular con respecto a sus fuerzas de
seguridad, mis tropas fallaron muchas veces, y él nos mandó aquí,
nos reemplazó con ese horrible surtido de estirges26, mercenarios,
y orejas grandes, ¿puedes creerlo?
No podía entenderlo o creerlo. ¿Orejas grandes?
25
Del latín que significa: el primero en la lista, jefe, el más inminente, distinguido o noble
26
Seres de la mitología romana que succiona la sangre para poder sobrevivir. Este ser tiene
forma de pájaro con alas parecidas a las de un murciélago y los ojos amarillos, cuatro patas con las
que se agarra a sus víctimas y un pico alargado con el que succiona la sangre
75
Examiné a los dos empleados, aún congelados en su sitio,
etiquetadoras listas, ojos desenfocados y rostros inexpresivos.
—Tus empleados son autómatas —noté— ¿Estas son las
anteriores tropas del emperador?
—Ay, sí —musitó Macro— Ellos son totalmente competentes.
Una vez te envíe, el emperador seguramente verá eso y me
perdonará.
Sus mangas ahora estaban por encima de sus codos, revelando
viejas cicatrices blancas, como si sus antebrazos fueron arañados
por una desesperada víctima muchos años atrás…
Recordé mi sueño en el palacio imperial, el pretor
arrodillándose ante su nuevo emperador.
Muy tarde, recordé el nombre del pretor.
―Naevius Sutorius Macro.
Macro les transmitió a sus empleados robóticos— No puedo
creerlo Apolo me recuerda. ¡Este es un gran honor!
Sus empleados robot permanecieron sin impresionarse.
—Tu mataste al Emperador Tiberio —acoté— asfixiado con
una almohada.
Macro lucía desconcertado— Bueno, él estaba el noventa y
nueve por ciento muerto, simplemente aceleré el proceso.
—Y lo hiciste por —un triste burrito frío que sigue en mi
estómago— El siguiente emperador. Neo Helios, es él.
Macro asintió vehemente— ¡Así es! ¡El primero y el único
Gaius Julius Caesar Augustus Germanicus!
El extendió sus brazos como si esperara un aplauso.
76
Los sátiros dejaron de pelear. Hedge masticando el paquete de
las granadas, pese a que su sátira dentadura tenía problemas con el
grueso plástico.
Grover retrocedió, colocando el carrito entre él y los empleados
de la tienda— ¿G-Gaius quién? — me miró— Apolo ¿Qué quiere
decir?
Tragué— Significa que tenemos que correr ¡Ahora!
77
8
Volamos algunas cosas
¿Pensaste que volaron todas?
No, encontramos más
L
A MAYORÍA DE LOS sátiros sobresalen cuando se trata
de huir.
Gleeson Hedge, sin embargo, no era como la mayoría de
los sátiros. Agarró un cepillo de su carrito y gritó ¡MUERE!
Cargando contra el gerente de trescientas libras.
Inclusive los autómatas estaban muy sorprendidos para
reaccionar, lo que probablemente salvó la vida de Hedge. Agarré
al sátiro por el collar y lo arrastré hacia atrás mientras los primeros
tiros de los empleados atacaran salvajemente, un bombardeo de
etiquetas de descuento naranja brillante voló sobre nuestras
cabezas.
Jalé a Hedge abajo en el pasillo mientras lanzaba una fiera
patada, tirando su carrito de compras a los pies de nuestros
enemigos, otra etiqueta de descuento rozó mi brazo con la fuerza
de un cachetazo de un titán
— ¡Cuidado! —Gritó Macro a sus hombres— ¡Necesito a
Apolo completo, no a la mitad! —Gleeson se arrastró a las
perchas, agarrando un demo del Molotov CocktailTM de fácil
78
encendido de Macro (¡COMPRE UNO, LLEVE DOS GRATIS!)
y lanzándolo a los empleados de la tienda con el grito de guerra:
¡coman sobras!
Macro chilló cuando el coctel Molotov cayó en las cajas de
municiones de Hedge y, fieles a su publicidad, se prendieron en
llamas.
—¡Arriba y encima! —Hedge me tacleó a la altura de la cintura
y me cargó sobre su hombro como un saco y escaló los estantes en
una épica muestra de escalada caprina, llegando al siguiente
corredor mientras cajas de municiones explotaban detrás de
nosotros.
Aterrizamos en un pilo de bolsas para dormir enrolladas.
―¡Sigue moviéndote! —gritó Hedge, como si no se me hubiese
ocurrido.
Me moví después de él, mis oídos timbrando, del pasillo que
dejamos atrás escuché gritos y estruendos, como si Macro
estuviera corriendo sobre una sartén caliente con granos de maíz
convirtiéndose en palomitas.
No había rastro de Grover.
Cuando alcanzamos el final el pasillo, un empleado de la tienda
doblo en la esquina con su pistola de etiquetas apuntando hacia
nosotros.
— ¡HI-YA! —Hedge ejecutó una patada giratoria sobre él.
Ese era notoriamente un movimiento difícil de hacer. Incluso
Ares a veces caía y se rompía su coxis cuando practicaba en su
dojo (vean el vídeo de “Ares da pena”, el cual se hizo viral en el
Monte Olimpo el año pasado, del cual yo no fui absolutamente
responsable de subirlo).
79
Para mi sorpresa, el Entrenador Hedge la realizó perfectamente.
Su pezuña conectó con el rostro del empleado, sacándole la
cabeza al autómata con un movimiento limpio. El cuerpo cayó
sobre sus rodillas y rodó hacia delante, cables chispeando en su
cuello.
—Wow —Gleeson examinó su pezuña— ¡Creo que esa cera
acondicionadora Cabra de Hierro realmente sirve!
El cuerpo decapitado del empleado me hizo tener flashbacks de
los blemios de Indianápolis, quienes perdían sus cabezas con
regularidad, pero no tenía tiempo para lidiar con el terrible pasado
cuando un terrible presente se encontraba de frente.
Detrás de nosotros, Macro exclamó— ¿Qué han hecho ahora?
El gerente estaba de pie al final del pasillo, sus ropas llenas de
hollín, su chaleco amarillo tenía tantos hoyos que parecía una
pieza humeante de queso suizo. Y de alguna forma (para mi
suerte) parecía ileso. El segundo asistente de la tienda estaba de
pie detrás de él, aparentemente indiferente de que su cabeza
robótica estaba en llamas.
—Apolo —Macro riñó— No hay sentido en pelear contra mis
autómatas. Ésta es una tienda de armamento. Tengo cincuenta más
como éste en la bodega.
Miré a Hedge— Vámonos de aquí.
—Sí —Hedge agarró un mazo de croquet de una de las rejillas
cercanas— Cincuenta son muchos, incluso para mí.
Bordeamos las tiendas de campaña, luego zigzagueamos a
través del Paraíso del Hockey, tratando de regresar a la entrada de
la tienda. A pocos pasillos de ahí, Macro nuevamente daba
80
órdenes— ¡Atrápenlos! ¡No seré forzado a cometer suicido
nuevamente!
— ¿De nuevo? —Musitó27 Hedge, agachándose bajo el brazo de
un maniquí de hockey.
—Él trabajó para el emperador —jadeé, tratando de seguirle el
paso— Viejos amigos. Pero –jadeo– el emperador no confiaba en
él, ordenó su arresto –jadeo– ejecutado.
Nos detuvimos al final del pasillo. Gleeson husmeó alrededor de
las esquinas por algún signo hostil.
— ¿Entonces en lugar de eso se mató? —Preguntó Hedge—
Que imbécil, ¿Por qué está trabajando para ese emperador de
nuevo, si el tipo quiere matarlo?
Me limpié el sudor que estaba alrededor de mis ojos.
Honestamente ¿Por qué los cuerpos mortales tienen que sudar
tanto? — Imagino que el emperador lo trajo a la vida, dándole una
segunda oportunidad. Los romanos tienen extrañas formas de ver
la lealtad.
Hedge gruñó— Hablando de eso, ¿Dónde está Grover?
—A medio camino de regreso a la Cisterna, si es listo.
Hedge frunció el ceño— Nah, no creo que haga eso. Bueno…
—señaló hacia las puertas corredizas de vidrio que daban hacía el
estacionamiento. El Pinto amarillo del entrenador estaba
tentadoramente cerca – lo que me hace preguntarme, ¿amarillo,
Pinto y tentadoramente se usaron juntas en una oración?— ¿Estás
listo?
Corrimos hacía las puertas.
27
Hablar en voz baja.
81
Las puertas no cooperaban, choqué con una, y salté. Gleeson
rompió el vidrio con su mazo de croquet, luego intentó hacer unas
patadas el estilo Chuck Norris, pero ni sus enceradas pezuñas
dejaron un rasguño.
Detrás de nosotros, Macro dijo— Oh, vaya.
Me giré, tratando de suprimir un quejido. El gerente parado a
seis pies de distancia estaba debajo de una balsa para aguas
rápidas que estaba suspendida desde el techo con un letrero que
atravesaba su proa: ¡BARCADAS DE AHORROS!
Estaba empezando a apreciar el por qué el emperador ordenó
que arrestaran y ejecutaran a Macro. Para ser un hombre tan
grande, él era muy bueno en aproximarse sigilosamente a la gente.
—Esas puertas de vidrio son a prueba de bombas —acotó
Macro— Tenemos algunas en venta esta semana en nuestro
departamento de refugios para desastres, pero imagino que eso no
les servirá.
Del resto de los pasillos, más empleados con chalecos amarillos
se reunieron –una docena de autómatas idénticos, algunos aun
cubiertos con plástico de burbuja, como si estuviesen recién
salidos de la caja. Formaron un semicírculo detrás de Macro.
Tensé mi arco, le disparé a Macro, ¡Pero mis manos temblaban
tanto que el tiro falló, dandole al papel burbuja de la frente de un
autómata con un nítido pop! El robot apenas lo notó.
—Hmm —Macro hizo una mueca— ¿Realmente eres mortal,
no? Creo que es verdad lo que dicen: “Nunca confíes en tus
dioses. Solo te decepcionarán”. Espero que haya lo suficiente de
ti para que la amiga mágica del emperador pueda trabajar.
―¿Algo de mí? —tartamudeé— ¿T-tipo mágico?
82
Esperé a que el entrenador Gleeson hiciese algo inteligente y
heroico. Seguramente él tiene una bazooka portátil en sus shorts
de ejercicio- O tal vez su silbato era mágico. Pero Hedge lucía tan
arrinconado y desesperado como yo me sentía, lo que no era justo,
estar desesperado y arrinconado era mí trabajo.
Macro tronó sus nudillos— Es una pena, realmente. Soy más
leal que ella, pero no debería quejarme. ¡Una vez que te entregue
al emperador, seré recompensado! ¡Mis autómatas tendrán una
segunda oportunidad como la guardia personal del emperador!
Después de eso ¿Qué importa? La hechicera puede llevarte al
laberinto y hacer su magia.
— ¿S-su magia?
Hedge sostuvo su mazo de croquet— Detendré a cuantos pueda
—murmuró— Encuentra otra salida.
Apreciaba el gesto, desafortunadamente, no creía que un sátiro
fuese capaz de comprar algo de tiempo. Además, no me gustaba la
idea de regresar con esa amable dríada privada de sueño, Mellie, e
informarle que su esposo fue asesinado por un escuadrón de
robots envueltos en plástico de burbuja. ¡Oh, mis simpatías
mortales realmente sacan lo mejor de mí!
— ¿Quién es esta hechicera? —Demandé— ¿Qué–qué es lo que
intenta hacer conmigo?
La sonrisa de Macro fue fría y sin sentimientos. Usé esa sonrisa
muchas veces en los viejos días, en cualquier ciudad griega que
me rezaba para que las salvara de alguna plaga y tenía que
informarles que: ¡Geh, lo siento, pero yo causé esa plaga porque
no me caen bien. ¡Que tengan un lindo día!
83
—Lo verás pronto —me prometió Macro— No le creí cuando
dijo que vendrías directamente a nuestra trampa, pero aquí estás,
ella predijo que no serías capaz de resistirte al Laberinto en
Llamas. ¡Ah, bueno, equipo de Locura Militar, maten al sátiro y
aprehendan al que fue un dios!
Los autómatas avanzaron
Al mismo tiempo, una mancha borrrosa verde, azul y café cerca
del techo llamó mi atención –una forma sátira saltó de lo alto del
pasillo más cercano, columpiándose de la luz fluorescente y
aterrizando en la balsa encima de la cabeza de Macro.
Antes de que pudiese gritar ¡Grover Underwood! La balsa
aterrizó encima de Macro y sus secuaces, enterrándolos en una
barcada de ahorros. Grover se balanceó, y con un remo en su
mano gritó: — ¡Vamos!
La confusión nos permitió un breve momento para huir, pero
con las salidas bloqueadas solo pudimos correr hacia lo profundo
de la tienda.
— ¡Buena esa! —Hedge palmeó la espalda de Grover mientras
corríamos hacia el departamento de camuflaje— ¡Sabía que no
nos dejarías!
— Si, pero no hay naturaleza en ninguna parte de este lugar —
se quejó Grover— No hay plantas, no hay suelo, no luz natural.
¿Cómo se supone que pelearemos en estas condiciones?
―¡Armas! —Sugirió Hedge.
— Esa parte entera de la tienda está en llamas —acotó
Grover— gracias al coctel molotov y algunas cajas de municiones.
―¡Demonios! —musitó el entrenador.
84
Pasamos por una muestra de armas para artes marciales, y los
ojos de Hedge se iluminaron. Él rápidamente cambió su mazo de
croquet por un par de nunchakus28— ¡De esto estábamos
hablando!
¿Ustedes quieren algunos shurikens o un
kusarigama29?
— Quiero irme corriendo —dijo Grover agitando su remo—
¡Entrenador, usted debería dejar de pensar en ataques frontales!
¡Usted tiene familia!
— ¿Crees que no lo sé? —Gruñó el entrenador— Hemos
tratado de asentarnos con los McLeans en Los Ángeles. Mira qué
bien resultó.
Creo que hay un trasfondo aquí – el por qué han venido desde
Los Ángeles, por qué Hedge sonaba amargado por eso– pero
mientras huyes de tus enemigos en una tienda de suministros
quizá no sea un buen momento para hablar sobre eso.
— Sugiero que encontremos otra salida —dije— Y podremos
correr y discutir sobre armas ninjas al mismo tiempo.
Esa sugerencia pareció satisfacer a ambos.
Aceleramos el paso, pasando por una muestra de piscinas
inflables (¿Cómo estos son suministros militares?), luego girando
por la esquina al frente de nosotros, en una esquina lejana del
edificio, una puerta doble con el letrero SÓLO EMPLEADOS.
Grover y Hedge se adelantaron, dejándome atrás mientras
jadeaba. Cerca de ahí, la voz de Macro decía— ¡No puedes
28
El nunchaku es una de las armas tradicionales de las artes marciales asiáticas formada básicamente por
dos palos cortos, generalmente de entre 30 y 60 cm unidos en sus extremos por una cuerda o cadena.
29
La kusarigama es un arma originaria de Japón compuesta por una hoz unida a una cadena con una
longitud entre 1 y 3 metros.
85
escapar Apolo!¡Ya he llamado al Caballo! ¡Estará aquí en
cualquier minuto!
¿El caballo?
¿Por qué ese nombre envió un vibrante B30 mayor que caló
hasta mis huesos? Revolví dentro de mis confusos recuerdos por
una respuesta, pero no vino nada.
Mi primer pensamiento: Tal vez el “caballo” fue un apodo de
guerra. Tal vez el emperador contrató a un maligno luchador que
usa una capa negra de satín, shorts de licra brillantes y un casco
con forma de cabeza de caballo.
Mi segunda idea: ¿por qué Macro puede llamar refuerzos y yo
no? Las comunicaciones de los semidioses han sido saboteadas
por meses. Teléfonos muertos, computadoras derretidas, mensajes
iris y rollos mágicos han fallado. Aun así, nuestros enemigos
parecían no tiener problemas en mandarse mensajes de texto
como: Apolo, está aquí, ¿dónde estás? ¡Ayúdame a matarlo!
No era justo.
Justo sería tener de vuelta mis poderes de inmortal y hacer
estallar a nuestros enemigos en pedacitos.
Irrumpimos por las puertas de SÓLO EMPLEADOS. Dentro
había una bodega llena de más autómatas en papel burbuja, todos
en silencio y sin vida como la gente en una de las fiestas de
bienvenida de Hestia. (Ella puede ser la diosa del fuego de los
hogares, pero la dama no tiene ni idea de cómo organizar una
fiesta.)
30
Letra que representa la nota musical “Si” mayor.
86
Gleeson y Grover pasaron corriendo junto a los robots y
empezaron a tirar de la puerta metálica rodante del garaje que
sellaba el puerto de carga.
—Bloqueado —Hedge aporreó la puerta con sus nunchakus.
Me asomé por la pequeña ventana de la puerta de empleados.
Macro y sus secuaces venían a nuestra dirección— ¿corremos o
nos quedamos? Están a punto de acorralarnos.
— ¿Apolo, qué tienes? — Demandó Hedge
— ¿A qué te refieres?
— ¿Cuál es tu as bajo la manga? Yo lancé la Molotov. Grover
les tiró el bote encima. Es tu turno. ¿Fuego divino, tal vez?
Podríamos usar algo de eso.
— ¡Tengo cero fuego divino debajo de mis mangas!
— Nos quedamos —decidió Grover. Me pasó su remo— Apolo,
bloquea esas puertas.
―Pero…
— ¡Solo mantén a Macro fuera! —Grover debió estar tomando
clases de confianza con Meg. Salté a cumplir.
—Entrenador —Grover continuó— ¿Podrías interpretar una
canción para que se abra esa puerta de carga?
Hedge gruñó— No he cantado nada en todos estos años, pero
trataré, ¿Qué harás tú?
Grover estudió a los autómatas durmientes— Algo que mi
amiga Annabeth me enseñó, ¡Rápido!
87
Deslicé el remo a través de las manijas de las puertas, luego
hice peso con un poste de tetherball31 y lo sujeté contra la puerta.
Hedge empezó a hacer una melodía con su silbato– “The
Entertainer” de Scott Joplin, nunca pensé que un silbato podría
hacer de instrumento musical. La interpretación del entrenador
Hedge no hizo nada para hacerme cambiar de opinión.
Mientras tanto Grover rompió el plástico del autómata más
cercano. El golpeó sus nudillos contra la frente, lo que hizo un
sordo sonido metálico.
―Bronce celestial, muy bien —decidió Grover— ¡Esto puede
servir!
―¿Qué vas a hacer? —pregunté— ¿Derretirlos para hacerlos
armas?
No, activarlos para nosotros
―¡Eso no nos servirá! ¡Le pertenecen a Macro!
Hablando del pretor: Macro hacía presión contra las puertas,
aflojando el candado del remo y el poste de tetherball— ¡Oh,
vamos Apolo! ¡Deja de ser tan negativo!
Grover sacó el plástico burbuja de otro autómata. ―Durante la
Batalla de Manhattan —dijo— cuando estábamos peleando contra
Cronos, Annabeth nos explicó un comando de anulación dentro
del firmware32 de los autómatas.
— ¡Eso, sólo fue para el conjunto de estatuas de Manhattan! —
dije— ¡Cada dios que se precie de ser dios sabe eso! ¡No puedes
31
Poste de metal estacionario, del cual se cuelga una pelota de voleibol de una cuerda o atadura.
32 El firmware o soporte lógico inalterable es un programa informático que establece la lógica de más bajo nivel que controla los
circuitos electrónicos de un dispositivo de cualquier tipo. Está fuertemente integrado con la electrónica del dispositivo, es el software
que tiene directa interacción con el hardware, siendo así el encargado de controlarlo para ejecutar correctamente las instrucciones
externa
88
pretender que estas cosas respondan al comando: ¡Dédalo
veintitrés!
Instantáneamente, como en un episodio aterrador de Doctor
Who, los autómatas envueltos concentraron su atención y
voltearon su rostro hacia mí.
— ¡Sí! —Grover gritó con regocijo
Yo no sentía regocijo alguno, acabo de activar un cuarto lleno
de trabajadores temporales que parecen más querer matarme que
obedecerme. No tenía idea de cómo Annabeth Chase descubrió
que el comando de Dédalo podría ser usado en cualquier
autómata. Por otro lado, ella fue capaz de rediseñar mi palacio en
el Monte Olimpo con acústica perfecta y parlantes de sonido
envolvente en el baño, por lo que su ingenio no debería
sorprenderme.
El entrenador Hedge mantenía la melodía de Scott Joplin. La
puerta de carga no se movía. Macro y sus hombres luchaban
contra mi improvisada barricada, cerca de hacerme perder el
agarre en mi poste de tetherball.
— ¡Apolo, háblales a los autómatas! —Dijo Grover— ¡Están
esperando ahora por tus órdenes, diles, Inicien Plan Termópilas!
No me gusta recordar a las Termópilas. Muchos valientes y
atractivos espartanos murieron en batalla defendiendo Grecia de
los persas. Pero hice lo que me dijo y hablé— ¡Inicien plan
Termópilas!
Al instante, Macro y sus doce sirvientes atravesaron las puertas
–rompiendo el remo, tirando a un lado el poste, y lanzándome en
medio de mis nuevos conocidos.
89
Macro tropezó, seis de los esbirros volaron a los lados — ¿Qué
es esto? ¡Apolo, no puedes activar mis autómatas! ¡No los
pagaste! ¡Equipo de Locura Militar, aprehendan a Apolo!
¡Destripen a los sátiros! ¡Detengan ese infernal silbato!
Dos cosas nos salvaron de la muerte. Primero, Macro cometió
un error, lanzando tantas órdenes a la vez. Como cualquier
maestro33, te diré que un director jamás ordenaría acelerar a los
violines, bajar los timbales, y acelerar a los instrumentos de cobre.
Terminarías con sinfonía que chocaría como un tren. Los pobres
soldados de Macro tuvieron que decidir por ellos mismos si
debían atraparme, destrozar a los sátiros, o parar el silbato
(personalmente y con un gran prejuicio escogería ir por el silbato)
¿La otra cosa que nos salvó? En lugar de escuchar a Macro,
nuestros nuevos trabajadores temporales empezaron a ejecutar el
Plan Termópilas. Se mezclaron y unieron sus brazos rodeando a
Macro y compañía, quién incómodamente trató de reunir a sus
robóticos colegas que chocaron entre ellos confundidos. (La
escena me recordó a una bienvenida de Hestia por un segundo)
—¡Alto! — Macro chilló— ¡Te ordeno que te detengas!
Esto sólo aumento la confusión. Los fieles esbirros de Macro se
congelaron, permitiendo que nuestros Dédalo-operados amigos
encerraran al grupo de Macro.
— ¡No, no ustedes! —Macro les gritó a sus secuaces— ¡Todos
ustedes deténganse! ¡Ustedes sigan luchando! — lo cual no hizo
nada para aclarar la situación.
Los chicos de Dédalo rodearon a sus camaradas, apretándolos
en un abrazo de grupo masivo. Pese al tamaño y fuerza de Macro,
33
Se refiere a los directores de orquesta
90
él estaba atrapado en medio, empujando y moviéndose
inútilmente.
— ¡No, no puedo! —Se quitó plástico burbuja de su boca—
¡Ayuda! ¡El Caballo no puede verme así!
De lo profundo de sus pechos, los chicos dedalizados
empezaron a emitir un zumbido, así como los motores atorados en
el engrane equivocado. Vapor salía de las uniones de sus cuellos.
Me hice para atrás, cuando uno de los robots empezó a
calentarse— Grover ¿qué es exactamente el Plan Termópilas?
El sátiro tragó— Eh, se supone que ellos nos cubren y así
podemos irnos.
—Entonces ¿Por qué echan humo? —Pregunté— también ¿Por
qué empiezan a brillar en rojo?
—Oh, señor— Grover se mordió el labio inferior— Deben de
haber confundido el Plan Termópilas por el Plan Petersburgo
— ¿Qué significa?
―Que se sacrificaran en una gran explosión
— ¡Entrenador! —Grité— ¡Siga silbando!
Me lancé hacia la puerta de carga, colocando mis dedos por
debajo y alzándola con toda mi patética fuerza mortal. Silbé junto
con el tono frenético de Hedge. Incluso hice algo de tap, que es
bien conocido por acelerar los hechizos musicales.
Detrás de nosotros, Macró chilló— ¡Quema, quema!
Mi ropa se sentía incómodamente caliente, como si estuviese
sentado al borde de una fogata. Después de nuestra experiencia
con los muros llameantes del laberinto, no quería probar mi suerte
en un explosivo abrazo grupal en un cuarto pequeño.
91
— ¡Levanta! —Grité— ¡Silba!
Grover se unió a nuestra desesperada interpretación de Joplin.
Finalmente, la puerta empezó a moverse, crujiendo en protesta
conforme la alzábamos unos centímetros del suelo.
El chillido de Macro se volvió ininteligible. El zumbido y el
calor me recordaron a mi carroza solar en el momento antes de
despegar, estallando en el cielo con un triunfante poder solar.
— ¡Vamos! —Grité a los sátiros— ¡rueden por debajo, ambos!
Pensé que fue muy heroico de mi parte – para ser honesto,
medio esperaba que dijeran: ¡Oh, no, por favor! ¡Dioses primero!
No hubo tal cortesía. Los sátiros se arrastraron por debajo de la
puerta, luego la sostuvieron desde el otro lado mientras trataba de
pasar por el espacio. Pero, me encontré obstaculizado por mis
propias muestras de amor. En resumen, me atoré.
— ¡Apolo, vamos! —Gritó Grover
— ¡Eso trato!
— ¡Aprieta, chico! —gritó el entrenador
Nunca tuve un entrenador personal. Los dioses simplemente no
necesitan a alguien que les grite, avergonzándolos para que
trabajen duro. Y, honestamente, ¿Quién querría ese trabajo,
sabiendo que podrías ser desintegrado por un rayo la primera vez
que le digas a tu cliente que tiene que hacer cinco levantamientos
de brazos más?
Esta vez, sin embargo, me alegré de que lo hicieran, las
exhortaciones del entrenador me dieron una carga extra de
motivación, necesitaba apretar mi aguado cuerpo mortal a través
de la hendidura.
92
Tan pronto saqué mi pie Grover gritó — ¡Zambúllete!
Pasamos a través del filo de la puerta de carga –que
aparentemente no era a prueba de bombas– que explotó detrás de
nosotros.
93
9
Llamada por cobrar de un caballo
¿Acepta los cargos?
Nay-ay-ay-ay-ay
¡O
H, VILLANÍA!
Por favor explíquenme por qué siempre termino
cayendo en contenedores de basura.
Debo confesar, en cualquier caso, que éste contenedor salvó mi
vida. La locura militar de Macro aumentó con una cadena de
explosiones que sacudió el desierto, haciendo traquetear las tapas de
la caja de metal maloliente en la que estábamos, sudando y
temblando, apenas capaces de respirar, los dos sátiros y yo
escondidos entre bolsas de basura y escuchando el golpeteo de los
escombros que caían del cielo – un inesperado aguacero de madera,
plástico, vidrio y equipo deportivo.
Después de lo que parecieron años, estaba a punto de arriesgarme
a hablar – algo como “Sáquenme de aquí o voy a vomitar” – cuando
Grover puso su mano sobre mi boca. Podía verlo vagamente en la
obscuridad, pero sacudía la cabeza urgentemente, sus ojos muy
abiertos en señal de alarma. El entrenador Hedge también lucía
tenso, frunció la nariz como si oliera algo todavía peor que la basura.
Entonces escuché el clop, clop, clop de pezuñas en el asfalto
acercándose a nuestro escondite.
94
Una gruesa voz se quejó. — Bueno, ésto es simplemente perfecto.
El hocico de un animal olisqueó el borde de nuestro basurero, tal
vez oliendo a sobrevivientes, a nosotros.
Traté de no llorar o mojar mis pantalones, sucumbí a una de las
dos, dejaré que ustedes decidan cual.
Las tapas de nuestro contenedor permanecieron cerradas, tal vez la
basura y el almacén ardiendo enmascararon nuestra esencia.
— Hey, ¿Gran C? –dijo la misma voz gruesa. — Sí, soy yo.
A falta de una respuesta audible, supuse que nuestro recién llegado
estaba hablando por teléfono.
— Nah, el lugar se ha ido, no lo sé, Macro debe tener… −Hizo una
pausa, como si la persona del otro lado hubiera lanzado una
diatriba34.
— Lo sé. — Dijo el recién llegado. — Podría haber sido una falsa
alarma, pero… Ah, nueces, la policía humana está en camino.
Un momento después de que dijo eso, escuché el débil sonido de
sirenas a la distancia
— Podría revisar el área, — sugirió el recién llegado. — Tal vez
revisar aquellas ruinas sobre la colina.
Hedge y Grover intercambiaron una mirada preocupada.
Seguramente por ruinas se refería a nuestro santuario, actual
vivienda de Mellie, bebé Hedge y Meg.
— Sé que crees que te encargaste de eso, — dijo el recién llegado.
— Pero, mira, ese lugar sigue siendo peligroso. Te estoy diciendo…
34
Injuria o censura contra alguien o algo.
95
−Ésta vez pude escuchar una débil, pequeña y rabiosa voz en el otro
lado de la línea.
— Okay, C, — dijo el recién llegado. — Sí, los saltadores de
Júpiter, ¡Cálmate! Yo sólo… Bien, bien, voy de regreso.
Su suspiro exasperado me dijo que la llamada debía haber
acabado. —Éste niño es un dolor de estómago. –El interlocutor se
quejó en voz alta para sí mismo.
Algo se estrelló contra el costado de nuestro contenedor, justo
junto a mi cara. Entonces las pezuñas se alejaron galopando.
Pasaron varios minutos antes de que me sintiera lo suficientemente
seguro como para mirar a los dos sátiros. Acordamos en silencio que
teníamos que salir del contenedor antes de morir sofocados,
insolados, o por el olor de mis pantalones.
Afuera, el callejón estaba lleno de trozos de metal retorcido y
plástico humeantes. El almacén en si era una concha ennegrecida,
con las llamas aún alrededor, añadiendo más columnas de humo al
cielo nocturno ahogado por cenizas.
—¿Qu…Quién era ese? — Peguntó Grover. — Olía como un tipo en
un caballo, pero…
Los nunchaku del entrenador Hedge sonaron en sus manos. —¿Tal
vez un centauro?
— No, — puse mi mano en el metal abollado del costado del
contenedor — que ahora tenía la inconfundible marca de una
herradura. — Era un caballo, un caballo parlante.
Los sátiros me miraron.
— Todos los caballos hablan, — dijo Grover. — Sólo que hablan en
Caballo.
96
— Espera. — Hedge me frunció el ceño. —¿Quieres decir que
entendiste al caballo?
— Sí, — dije. — Este caballo hablaba en inglés.
Esperaron a que me explicara, pero no podía hacerme decir más.
Ahora que estábamos fuera de peligro inmediato, ahora que mi
adrenalina estaba decayendo, me encontré presa del frío y gran
desesperación. Si hubiera albergado cualquier esperanza de estar
equivocado sobre el enemigo al que nos enfrentábamos, esas
esperanzas habían sido torpedeadas.
Gaius Julius Caesar Augustus Germanicus… curiosamente, ese
nombre podría haber aplicado a varios Antiguos Romanos. Pero ¿el
maestro de Nevio Sutorio Macro? ¿Gran C? ¿Neos Helios? ¿El
único emperador romano que posee un caballo parlante? Eso podía
significar una sola persona. Una terrible persona.
Las luces parpadeantes de los vehículos de emergencia se
reflejaron en las palmeras más cercanas.
— Tenemos que salir de aquí. — dije.
Gleeson miró hacia los restos de la tienda de sobras. — Sí, vamos
por el frente, a ver si mi auto sobrevivió. Sólo desearía tener algunos
suplementos para acampar.
— Tenemos algo mucho peor. — tomé una inhalación temblorosa.
— Tenemos la identidad del tercer emperador.
La explosión no había afectado al Ford Pinto’79 amarillo del
entrenador. Claro que no. Un auto tan horrible no podía ser
destruido con nada menor a un apocalipsis mundial. Me senté en la
parte de atrás, usando un nuevo par de pantalones camuflaje color
rosa ardiente que salvamos de los restos del ejército. Estaba en tal
97
estupor que vagamente recuerdo haber pasado de camino a las
Enchiladas del Rey y coger suficientes platos combos como para
alimentar varias docenas de espíritus de la naturaleza.
De vuelta en las ruinas de la colina, convocamos al concilio de los
cactus.
La cisterna estaba llena de dríadas de plantas de desierto: Yuca35,
Nopal36, Áloe y muchas más, todos vestidos con ropas espinosas y
haciendo su mejor intento de no empujar unos a otros.
Mellie se quejó de Gleeson, un minuto lo bañaba de besos
diciéndole lo valiente que era, y al siguiente lo golpeaba y acusaba
de querer dejarla viuda y sola con bebé Hedge. El infante – cuyo
nombre, aprendí, era Chuck – estaba despierto y no muy contento,
pateaba con sus pequeñas pesuñas el estómago de su padre, mientras
Gleeson trataba de sostenerlo, tirando de la barba de Hedge con sus
pequeños puños regordetes.
— El lado positivo, — Hedge le contó a Mellie, — es que ¡tenemos
enchiladas y conseguí unos magníficos nunchaku!
Mellie miró al cielo, tal vez deseando volver a su simple vida de
nube soltera
En cuanto a Meg McCaffrey, había recuperado la conciencia y se
veía tan bien como lo había estado – sólo un poco grasosa gracias a
los primeros auxilios de Áloe. Meg se sentó en el borde de la
piscina, meciendo sus pies descalzos dentro del agua, y robando
miradas de Yuca, quien estaba cerca, meditando de manera atractiva
sobre su caqui.
35
Árbol de Josué
36
Chumbera
98
Le pregunté a Meg cómo se sentía – porque yo no soy nada, sino
reflexivo – pero ella me hizo señas, insistiendo en que estaba bien.
Creo que sólo estaba avergonzada por mi presencia mientras trataba
de mirar con discreción a Yuca, lo que me hizo poner los ojos en
blanco.
“Niña, te veo,” tenía ganas de decir. “No eres discreta, y
realmente necesitamos hablar sobre tener un crush con una
dríada”.
En cualquier caso, no quería que me ordenara que me golpeara, así
que mantuve mi boca cerrada.
Grover distribuía platos de enchiladas a todos. Él no comió nada –
una clara señal de lo nervioso que estaba – pero dio vuelta a la
piscina, tocando con sus dedos contra los tubos su Flauta de Pan.
— Chicos, — anunció, — tenemos problemas.
Nunca hubiera imaginado a Grover Underwood como un líder. Sin
embargo, en cuanto habló, todos los demás espíritus de la naturaleza
concentraron en él toda su atención. Incluso Bebé Chuck se calmó,
girando su cabeza hacia la voz de Grover como si fuera algo
interesante y que valía la pena patear.
Grover contó todo lo que había pasado desde que nos conocimos
en Indianapolis. Relató nuestros días en el Laberinto –los pozos y
lagos ponzoñosos, la súbita oleada de fuego, la bandada de estirges y
la rampa en espiral que nos había llevado hasta esas ruinas.
Las dríadas miraron alrededor nerviosas, como si imaginaran que
la Cisterna se había llenado de búhos demoniacos.
—¿Estás seguro de que estamos a salvo? — preguntó una chica
bajita y regordeta con un acento acompasado y flores rojas en su
cabello (o tal vez creciendo de su cabello).
99
— No lo sé, Reba. — Grover nos miró a Meg y a mí. — Ésta es
Rebutia, chicos. Reba, para acortar. Fue transplantada de Argentina.
Saludé cortésmente. Nunca había conocido a un cactus argentino
antes, pero tenía un suave lugar para Buenos Aires. Nunca has
tenido realmente tango, hasta que tienes un tango con un dios griego
en La Ventana.
Grover continuó, — No creo que la salida del Laberinto estuviera
ahí antes. Está sellada ahora, creo que el Laberinto estaba
ayudándonos, trayéndonos a casa.
—¿Ayudándonos? — Nopal alzó la mirada de sus enchiladas con
queso. —¿El mismo Laberinto que alberga incendios que destruyen
todo el estado? ¿el mismo Laberinto que hemos estado explorando
durante meses, tratando de encontrar la fuente del fuego, sin suerte?
¿El mismo Laberinto que se tragó a una docena de nuestras tropas de
búsqueda? ¿Qué es lo que parece cuando el Laberinto no está
ayudándonos?
Las otras dríadas murmuraron de acuerdo, algunas erizadas,
literalmente.
Grover alzó sus manos pidiendo calma. — Sé que todos estamos
preocupados y frustrados. Pero el Laberinto Ardiente no es todo el
Laberinto, y por lo menos ahora tenemos una idea de porque el
emperador lo armó en la forma en que lo hizo. Es por Apolo.
Docenas de espíritus de cactus se volvieron para mirarme
fijamente.
— Sólo para aclarar, — dije con voz trémula, — no es mi culpa.
Diles, Grover. Diles a sus muy amables… y muy espinosos amigos,
que no es mi culpa.
100
El entrenador Hedge gruñó. — Bueno, en una parte lo es. Macro
dijó que el laberinto era una trampa para ti. Probablemente por el
oráculo que estás buscando.
Expliqué como Zeus me tenía viajando por todo el país, liberando
antiguos Oráculos como parte de mi penitencia, porque es sólo parte
del horrible padre que era.
Hedge contó después nuestra divertida expedición de compras a la
Locura Militar de Macro, cuando se distrajo contando los diversos
tipos de minas terrestres que había encontrado, Grover intervino.
— Así que explotamos a Macro, — resumió Grover, — quien era un
seguidor romano de este emperador. Y mencionó a una especie de
hechicera que quiere… No lo sé, hacer magia maligna en Apolo,
supongo. Y está ayudando al emperador. Y creemos que pusieron el
siguiente oráculo…
— La Sibila de Eritrea, — le dije.
— Cierto, — concordó Grover. — Creemos que la pusieron en el
centro del laberinto como una especie de cebo para Apolo. Además,
hay un caballo parlante.
La cara de Mellie se nubló, lo cual no era sorprendente desde que
era una nube. — Todos los caballos hablan.
Grover explicó lo que escuchamos en el contenedor. Entonces
regresó a explicar por qué estábamos en un contenedor. Entonces
explicó cómo había mojado mis pantalones y por qué estaba usando
pantalones de camuflaje rosa ardiente.
— Ohhh. — Todas las dríadas asintieron, como si esa fuera la
verdadera pregunta que los tenía pensando.
—¿Podemos volver a nuestro problema actual? — supliqué. —
¡Tenemos una causa en común! Ustedes quieren que los incendios
101
paren, yo tengo la tarea de liberar a la Sibila Eritrea. Ambas cosas
requieren que encontremos el corazón del laberinto. Ahí es dónde
encontraremos la fuente de las llamas y a la Sibila. Yo sólo… Lo sé.
Meg me estudió intensamente, como tratando de decidir qué orden
vergonzosa debería darme: ¿Saltar a la piscina? ¿Abrazar a Nopal?
¿Encontrar una camisa que combine con tus pantalones de
camuflaje?
— Háblame del caballo, — dijo.
Orden recibida, no tenía opción. — Su nombre es Incitatus
— Y habla, — dijo Meg. — Como, en una forma en que los
humanos pueden entenderle.
— Sí, normalmente sólo habla con el emperador. No me
pregunten cómo es que habla, o de dónde viene. No lo sé. Es un
caballo mágico, el emperador confía en él, probablemente más de lo
que confía en cualquier otro. Antes, cuando gobernaba la Antigua
Roma, vestía a Incitatus con púrpura senatorial, incluso trató de
hacerlo cónsul. La gente pensaba que el emperador estaba loco, pero
nunca estuvo loco.
Meg se inclinó sobre la piscina, encorvando sus hombros como si
se retirara a su caparazón mental. Con Meg, los emperadores
siempre han sido tema delicado. Criada en casa de Nero (aunque los
términos abusada y hecha luz de gas37 eran más precisos), me había
traicionado por Nero en el Campamento Mestizo antes de volver
conmigo en Indianapolis – tema que habíamos bordeado sin
abordarlo realmente por un tiempo. No culpo a la pobre muchacha,
de verdad, pero hacerla confiar en mi amistad, confiar en alguien
37
Hacer luz de gas o gaslighting es una forma de abuso psicológico que consiste en presentar
información falsa para hacer dudar a la víctima de su memoria, de su percepción o de su cordura.
102
después de su padrastro, Nero, era como entrenar a una ardilla
salvaje para comer de una mano. Cualquier ruido fuerte era capaz de
hacerla huir, morder, o ambos.
(Me doy cuenta de que no es una comparación justa, Meg muerde
mucho más fuerte que una ardilla salvaje).
Finalmente, dijo, — Esa línea de la profesía: “El maestro del
rápido caballo blanco”
Asentí. — Incitatus pertenece al emperador. O tal vez pertenece
no es la palabra adecuada. Es la mano derecha equina del hombre
que reclama el oeste de Estados Unidos, Gaius Julius Caesar
Germanicus.
Ésta era la señal de las dríadas de dar un grito de horror colectivo,
y tal vez algo de música siniestra de fondo. En cambio, me topé con
caras en blanco. El único sonido siniestro de fondo era bebé Chuck
masticando la tapa de polietileno de la tercera cena especial de su
padre.
— Ésta persona, Gaius, — dijo Meg. —¿Es famoso?
Miré las aguas obscuras de la piscina. Al menos deseaba que Meg
me hubiera ordenado para saltar al fondo. O que me forzara a usar
una camiseta a juego con mis pantalones de camuflaje rosa ardiente.
Incluso castigarme podría haber sido más fácil que responder esa
pregunta.
— El emperador es mejor conocido por su apodo de la niñez, —
dije. — El cual él desprecia, por cierto, la Historia lo recuerda como
Calígula.
103
10
Lindo niño tienes ahí
Con las botas pequeñitas
Y sonrisa asesina
¿C
ONOCES EL NOMBRE DE Calígula, querido
lector?
Sino, considérate afortunado.
Alrededor de La Cisterna, dríadas cactus erizaron
sus espinas, la parte baja de Mellie se disolvió en niebla. Incluso
bebé Chuck tosió un trozo de polietileno.
—¿Calígula? —El ojo del entrenador Hedge se movió de la
misma forma en que lo hizo cuando Mellie amenazó con quitarle
las armas ninja. —¿Estás seguro?
Deseé no estarlo. Deseé poder anunciar que el tercer
emperador era el viejo amable Marcus Aurelius, o el noble
Hadrian, o el torpe Claudius.
Pero Calígula…
Incluso para aquellos que conocen poco sobre él, el nombre
Calígula invoca las más obscuras y depravadas imágenes. Su
reinado fue más sangriento y más infame que el de Nero, quien
había crecido bajo la tutela de su malvado tío abuelo Gaius Julius
Caesar Germanicus.
104
Calígula: un sinónimo de asesinato, tortura, locura y exceso.
Calígula: el malvado tirano con el que todos los demás malvados
tiranos fueron medidos. Calígula: quien tenía un problema de
venta peor que el del Edsel, el Hindenburg y los Medias Negras de
Chicago todos juntos.
Grover se estremeció. —Siempre he odiado ese nombre. ¿Qué
significa, de todas formas? ¿Asesino de Sátiros? ¿Bebedor de
Sangre?
—Botitas. —dije.
El despeinado cabello oliva de Yuca se puso de punta, lo cual
Meg parecía encontrar fascinante.
— ¿Botitas? —Yuca miró alrededor de la Cisterna, tal vez
esperando haberse perdido del chiste. Nadie estaba riendo.
—Sí. —Aún podía recordar que tan lindo lucía el pequeño
Calígula en su traje de legionario miniatura cuando acompañaba a
su padre, Germanicus, a campañas militares. ¿Por qué siempre los
sociópatas eran adorables de niños?
—Los soldados de su padre le dieron el apodo a Calígula
cuando era un niño, —dije. —Él usaba unas pequeñitas botas
legionarias, caligae, y ellos pensaban que eso era graciosísimo.
Así que lo llamaron Calígula — Pequeñas Botas, o Zapatos de
Bebé, o Botitas. Elige tu traducción.
Nopal apuñaló sus enchiladas con el tenedor. —No me
importa si el nombre del tipo es Snookums McCuddleFace.
¿Cómo le ganamos y regresamos nuestras vidas a la normalidad?
Los otros cactus murmuraron y asintieron. Estaba empezando
a sospechar que Nopal era la agitadora natural del mundo cactus.
105
Ten a suficientes de ellos juntos y comenzarán una revolución
para derrocar al reino animal.
—Tenemos que ser cautelosos. —advertí. —Calígula es el
maestro en atrapar a sus enemigos. ¿El viejo dicho Dales
suficiente cuerda para que se ahorquen? Fue acuñado por
Calígula. Se deleita en su reputación de loco, pero sólo es una
fachada, está muy cuerdo, también es completamente inmoral,
incluso peor que…
Me detuve, estuve a punto de decir peor que Nero, pero
¿Cómo podía decir eso frente a Meg, quien fue envenenada
durante toda su infancia por Nero y su alter ego, La Bestia?
“Cuidado, Meg,” siempre decía Nero. “No te portes mal o
despertarás a La Bestia. Te quiero mucho, pero La Bestia…
Bueno, odiaría ver que haces algo malo y sales lastimada”
¿Cómo podía cuantificar tal maldad?
—Como sea, —dije, —Calígula es inteligente, paciente y
paranoico. Si este Laberinto Ardiente es alguna elaborada trampa,
parte de algún plan más grande, no será fácil apagarlo. Y vencerlo,
encontrarlo incluso, será un desafío. —Estaba tentado a decir “Tal
vez no queramos encontrarlo, tal vez deberíamos huir.”
Eso no funcionaría para las dríadas, estaban arraigados,
literalmente, a la tierra en que crecieron. Los trasplantes como los
de Reba son raros, pocos espíritus de la naturaleza sobreviven a
ser puestos en macetas y transportados a un nuevo ambiente.
Incluso si cada dríada aquí pudiera huir de los fuegos de
California, miles más se quedarían y arderían.
Grover se estremeció. —Si la mitad de lo que escuchado sobre
Calígula es verdad…
106
Se detuvo, aparentemente notando que todos lo estaban
viendo, midiendo lo mucho que debían paniquearse en base a las
reacciones de Grover. Yo, por una vez, no quería estar en medio
de una habitación llena de cactus que corrían alrededor gritando.
Afortunadamente, Grover se mantuvo calmado.
—Nadie es invencible, —declaró. —Ni los Titanes, ni los
gigantes, ni los dioses y definitivamente ningún emperador
romano llamado Botitas. Este tipo está causando que Carolina del
Sur se marchite y muera. Está detrás de las sequías, el calor y los
incendios. Tenemos que encontrar la forma de detenerlo. Apolo,
¿Cómo murió Calígula la primera vez?
Traté de recordar. Como de costumbre, el disco duro de mi
cerebro mortal estaba lleno de agujeros, pero me pareció recordar
un túnel obscuro lleno de guardias pretorianos, apiñados alrededor
del emperador, con sus cuchillos parpadeantes y brillantes llenos
de sangre.
—Sus propios guardias lo mataron. —dije, —lo cual, estoy
seguro, lo hizo aún más paranoico. Macro mencionó que el
emperador se mantiene cambiando a su guardia personal. Primero
los autómatas remplazaron a los pretores, entonces los cambió por
mercenarios, estirges y… ¿grandes orejas? No sé lo que eso
significa.
Una de las dríadas resopló indignada. Supuse que era Choya,
ya que parecía una planta de Choya –pelo blanco tenue, una barba
blanca difusa y grandes orejas como raquetas. —¡Ninguna
persona con orejas grandes decente podría trabajar para un
villano! ¿Qué hay de otras debilidades? El emperador debe tener
alguna.
107
—¡Sí! — el entrenador Hedge intervino. —¿Le asustan las
cabras?
—¿Es alérgico a la savia de cactus? —Áloe preguntó
esperanzada.
—No que yo sepa, —dije.
La asamblea de driadas pareció decepcionada.
—¿Dijiste que obtuviste una profecía en Indiana? —preguntó
Yuca. —¿Tiene alguna pista?
Su tono era escéptico, lo cual entiendo. Una profecía indiana38
simplemente no tiene el mismo sentido que una profecía délfica.
—Tengo que encontrar el palacio hacía poniente. —dije. —lo
que debe significar la base de Calígula.
—Nadie sabe dónde está. —murmuró Nopal.
Tal vez era mi imaginación, pero Mellie y Gleeson parecieron
intercambiar una mirada ansiosa. Esperé que dijeran algo, pero no
lo hicieron.
—También en esa profecía…—Continué. —Tengo que
arrebatadle el aliento del recitador de crucigramas. Lo que
significa, creo, que tengo que liberar a la Sibila de Eritrea de su
control.
—¿A esta Sibila le gustan los crucigramas? —preguntó Reba.
—Me gustan los crucigramas.
—El Oráculo da las profecías en forma de juegos de palabras,
—expliqué. —Como crucigramas, o acrósticos. La profecía
también hablaba de que Grover nos traería aquí, y un montón de
38
Hoosier en el original, que es la denominación oficial de los residentes del estado de Indiana.
108
cosas horribles que pasarán en el Campamento Júpiter en unos
cuantos días…
—La luna nueva, —Meg murmuró. —es pronto.
—Sí. —traté de ocultar mi enojo. Parecía que Meg se
encontraba en dos lugares a la vez, lo cual no habría sido un
problema para el dios Apolo. Como el humano Lester, apenas
podía manejar estar en un lugar a la vez.
—Había otra línea, —recordó Grover. —¿caminad por la senda
en las botas de vuestro enemigo? ¿Podría tener algo que ver con
las botitas de Calígula?
Imaginé mis enormes pies de dieciséis años agolpados dentro
de zapatos militares de cuero hechos para un bebé. Mis dedos
empezaron a palpitar.
—Espero que no, —dije. — Pero si tenemos que liberar a la
Sibila del laberinto, estoy seguro de que nos ayudará. Me gustaría
tener más orientación antes de cargar a enfrentar a Calígula en
persona.
Otras cosas que me hubiera gustado tener: mis poderes
divinos de vuelta, el departamento de armas de fuego entero de La
Locura Militar de Macro en manos de un ejército de semidioses,
una carta de disculpa de mi padre, Zeus, prometiendo nunca más
volverme a convertir en humano, y un baño. Pero, como dicen,
Lester no tiene opciones.
—Eso nos lleva de vuelta a donde empezamos, −dijo Yuca. —
Tú necesitas al Oráculo liberado, nosotros necesitamos que los
incendios paren. Para hacer eso, necesitamos entrar en el
laberinto, pero nadie sabe cómo.
Gleeson se aclaró la garganta. —Tal vez alguien sepa.
109
Nunca antes tantos cactus habían mirado al sátiro.
Choya acarició su tenue barba blanca. —¿Quién es ese
alguien?
Hedge se giró a su mujer, como diciendo “Todos tuyos,
cariño.”
Mellie pasó unos segundos reflexionando sobre el cielo
nocturno, y tal vez sobre su vida anterior como nebulosa soltera.
—Muchos de ustedes saben que estuvimos viviendo en casa de
los McLean. —dijo.
—Como en Piper McLean —expliqué. —hija de Afrodita.
La recuerdo – uno de los siete semidioses que se embarcaron
en el Argo II. De hecho, estaba esperando llamarlos a ella y a su
novio, Jason Grace, mientras estaba en Carolina del Sur, para ver
si podían derrotar al emperador y liberar al Oráculo por mí.
Espera, borra eso. Me refiero, por supuesto, que estaba
esperando que ellos pudieran ayudarme con esas cosas.
Mellie asintió, —Yo era la asistente personal del señor
McLean. Gleeson era un padre y amo de casa de tiempo completo,
haciendo un gran trabajo…
—Lo hice, ¿Cierto? —Gleeson asintió, dándole a Bebé Chuck
la cadena de los nunchaku para que mordiera.
—Hasta que todo fue mal. —dijo Mellie con un suspiro.
Meg McCaffrey ladeó la cabeza. —¿A qué te refieres?
—Larga historia, —dijo la ninfa nube, en un tono que implicaba
podría decirte, pero entonces me tendría que convertir en una
nube de tormenta, llorar mucho, golpearte con un rayo y matarte.
—El punto es que, hace un par de semanas, Piper tuvo un sueño
110
sobre el Laberinto Ardiente. Pensó que había encontrado una
forma de llegar al centro, y fue a explorar con… ese chico, Jason.
Ese chico. Mis afinados sentidos me dijeron que Mellie no
estaba contenta con Jason Grace, hijo de Júpiter.
—Cuando volvieron… —Mellie se calló, su mitad inferior se
arremolinó como un sacacorchos de nube. —Dijeron que habían
fracasado, pero no creo que esa sea la historia completa. Piper
insinuó que habían encontrado algo ahí que… los sacudió.
Las paredes de piedra de La Cisterna parecían crujir y
moverse con el cambio de temperatura de la noche, como si,
simpáticamente vibrara con la palabra sacudió. Pensé en mi sueño
sobre la Sibila con cadenas de fuego, disculpándose con alguien
antes de entregar terribles noticias: “Lo siento, te lo ahorraría si
pudiera. Yo la libraría.
¿Se habría estado refiriendo a Jason, o a Piper, o a los dos? Si
así era, y si habían encontrado el Oráculo…
—Necesitamos hablar con esos semidioses. —decidí.
Mellie bajó la cabeza. —No puedo llevarte. Volver… podría
romper mi corazón.
Hedge cambió a bebé Chuck de brazo. —Tal vez yo podría…
Mellie le lanzó una mirada de advertencia.
—Sí, yo tampoco puedo ir. —murmuró Hedge.
—Yo te llevaré, —se ofreció Grover, lucía más exhausto que
nunca. —Sé dónde está la casa de los McLean. Sólo, uh, ¿tal vez
podríamos esperar hasta mañana?
Una sensación de alivio refrescó a las dríadas de la asamblea.
Sus púas se relajaron, la clorofila volvió a sus caras. Tal vez
111
Grover no había resulto sus problemas, pero les había dado
esperanzas – o al menos, la sensación de que podíamos hacer
algo.
Miré el círculo de brumoso cielo naranja sobre La Cisterna.
Pensé en los incendios ardiendo hacía el oeste, y lo que podría
estar pasando al norte en el Campamento Júpiter. Sentado en la
parte inferior de un pozo en Palm Springs, incapaz de ayudar a los
semidioses romanos, o incluso saber qué pasaba con ellos, pude
empatizar con las dríadas – enraizadas a un lugar, mirando con
desesperación los incendios acercarse más y más.
No quería aplastar las recién encontradas esperanzas de las
dríadas, pero me sentía obligado a decir: —Hay más. Puede que
su santuario no sea seguro por mucho más tiempo.
Les dije lo que Incitatus había dicho a Calígula por teléfono.
Y no, nunca pensé que iba a informar sobre una conversación
interceptada entre un caballo parlante y un emperador romano
muerto.
Áloe temblaba, sacudiendo varias de las altamente
medicinales espinas de su cabello. —¿Cómo podrían saber de
Aeithales? ¡Nunca nos han molestado aquí!
Grover hizo una mueca, —No lo sé, chicos, pero… el caballo
parecía implicar que Calígula fue quien lo destruyó hace años.
Dijo algo como: Sé que crees haberte ocupado de ello, pero ese
lugar sigue siendo peligroso.
La corteza marrón de la cara de Yuca se volvió aún más
obscura. –No tiene sentido, ni siquiera nosotros sabíamos lo que
era este lugar.
112
—Una casa, —dijo Meg. —Una enorme casa sobre zancos.
Estas cisternas… eran columnas de ayuda, enfriamiento
geotérmico y abastecimiento de agua.
Las dríadas se erizaron de nuevo. No dijeron nada, esperando
a que Meg continuara.
Ella meció sus pies mojados, haciendo que su mirada
pareciera aún más a la de una ardilla nerviosa lista para saltar.
Recordé como había querido salir de aquí tan pronto como
llegamos, cómo nos había advertido que no era seguro. Recordé
una línea de la profecía que no habíamos discutido todavía: La
hija de Deméter encuentra sus raíces antiguas.
—Meg, —dije tan gentil como pude, —¿cómo conoces este
lugar?
Su expresión se volvió tensa, pero desafiante, como si no
estuviera segura si soltarse a llorar o pelear conmigo.
—Porque era mi hogar, —dijo. —Mi padre construyó Aeithales.
113
11
No toques al dios
A menos que tus visiones sean buenas
Y te lavarás las manos
Sólo no hagas eso.
N
O AUNCIAS QUE TU padre construyó una casa misteriosa
en un lugar sagrado para las dríadas, te levantas y te vas.
Entonces, por supuesto, eso es lo que hizo Meg.
—Nos vemos en la mañana—, anunció a nadie en particular.
Caminó con dificultad por la rampa, todavía descalza a pesar de
pasar por veinte especies diferentes de cactus, y se deslizó en la
oscuridad.
Grover miró a sus camaradas reunidos. —Um, bueno, buen
encuentro, todos.
Inmediatamente se cayó, roncando antes de tocar el suelo.
Aloe Vera me miró con preocupación. — ¿Debería ir tras Meg?
Ella podría necesitar más aloe goo.
—Voy a ver cómo está—, le prometí.
Los espíritus de la naturaleza comenzaron a limpiar su basura de
la cena (las dríadas son muy concienzudas sobre ese tipo de cosas),
mientras yo buscaba a Meg McCaffrey.
114
La encontré a cinco pies del suelo, encaramada en el borde del
cilindro de ladrillo más alejado, mirando hacia adentro y mirando
hacia el pozo. A juzgar por la cálida fragancia de fresa que flotaba
en las grietas de la piedra, supuse que era lo mismo que habíamos
usado para salir del Laberinto.
—Me estás poniendo nervioso—, le dije. — ¿Puedes bajar?
—No—, dijo ella.
—Por supuesto que no—, murmuré.
Subí, a pesar del hecho de que la escalada de paredes realmente no
estaba en mi conjunto de habilidades.
(Oh, ¿a quién estoy engañando? En mi estado actual, no tengo un
conjunto de habilidades.) Me uní a Meg en el borde, balanceando
mis pies sobre el abismo del que habíamos escapado. ¿Realmente
había sido sólo esta mañana? No podía ver la red de plantas de fresa
debajo en las sombras, pero su olor era poderoso y exótico en el
ambiente desértico. Es extraño cómo algo común puede volverse
poco común en un entorno nuevo. O, en mi caso, cómo un dios
extraordinariamente increíble puede volverse tan común.
La noche socavó el color de la ropa de Meg, haciéndola parecer
un semáforo en escala de grises. Su nariz mocosa brillaba. Detrás de
los cristales mugrientos de sus gafas, tenía los ojos húmedos. Giró
un anillo de oro, luego el otro, como si ajustara las perillas de una
vieja radio.
Tuvimos un día largo. El silencio entre nosotros se sintió cómodo,
y no estaba seguro de poder tolerar más información aterradora
sobre nuestra profecía.
115
Por otro lado, necesitaba explicaciones. Antes de volver a dormir
en este lugar, quería saber qué tan seguro o inseguro era, y si
despertaría con un caballo parlanchín en mi cara.
Mis nervios fueron disparados. Consideré estrangular a mi joven
maestra y gritar: ¡CUÉNTAME AHORA !, pero decidí que tal vez
no fuera sensible a sus sentimientos.
— ¿Te gustaría hablar de eso? —, Le pregunté amablemente.
—No.
No es una gran sorpresa. Incluso en las mejores circunstancias,
Meg y la conversación eran unos torpes conocidos.
—Si Aeithales es el lugar mencionado en la profecía, —dije— tus
raíces antiguas, bueno, podría ser importante saberlo así que...
¿podremos seguir vivos?
Meg me miró. Ella no me ordenó que saltara al hoyo de las fresas,
o que incluso me callara. En cambio, ella dijo, —Aquí—, y agarró
mi muñeca.
Me había acostumbrado a despertar visiones, siendo arrastrado
hacia atrás por el carril de la memoria cada vez que experiencias
piadosas sobrecargaban mis neuronas mortales. Esto fue diferente
En lugar de mi propio pasado, me encontré sumergido en el de Meg
McCaffrey, viendo sus recuerdos desde su punto de vista.
Me quedé en uno de los invernaderos antes de que las plantas
crecieran salvajes. Hileras ordenadas de cachorros de cactus nuevos
alineados en los estantes de metal, cada olla de barro equipada con
un termómetro digital y un medidor de humedad. Las mangueras de
nebulización y las luces de crecimiento flotaban sobre sus cabezas.
El aire era cálido, pero agradablemente, y olía a tierra recién
revuelta.
116
La grava húmeda crujió bajo mis pies mientras seguía a mi padre
en sus rondas, quiero decir, el padre de Meg.
Desde mi punto de vista como una niña pequeña, lo vi
sonriéndome. Como Apolo, lo había visto antes en otras visiones: un
hombre de mediana edad con el cabello oscuro y rizado y una nariz
ancha y pecosa. Lo había visto en Nueva York y le había dado a
Meg una rosa roja de su madre, Deméter. También vi su cadáver
extendido en los escalones de la estación Grand Central, su baúl
arruinado con marcas de cuchillos o garras, el día en que Nero se
convirtió en el padrastro de Meg.
En este recuerdo del invernadero, McCaffrey no parecía mucho
más joven que en esas otras visiones. Las emociones que sentí de
Meg me dijeron que tenía unos cinco años, la misma edad que
cuando ella y su padre terminaron en Nueva York. Pero McCaffrey
parecía mucho más feliz en esta escena, mucho más a gusto. Cuando
Meg miró la cara de su padre, me sentí abrumado por su alegría y
satisfacción. Ella estaba con papá. La vida maravillosa. Los ojos
verdes de McCaffrey brillaban. Cogió un cactus en macetas y se
arrodilló para mostrarle a Meg. —Yo llamo a este Hércules—, dijo,
—porque él puede soportar...
— ¡Cualquier cosa!
Flexionó su brazo y dijo: — ¡GRRRR! —, Lo que hizo que a la
pequeña Meg le diera un ataque de risitas.
— ¡Muéstrame más plantas!
McCaffrey colocó a Hércules en el estante y luego levantó un
dedo como un mago: — ¡Mira esto! — Metió la mano en el bolsillo
de su camisa de mezclilla y le presentó su puño ahuecado a Meg.
—Intenta abrirlo—, dijo.
117
Meg tiró de sus dedos. — ¡No puedo!
—Tú puedes. Eres muy fuerte. ¡Intenta realmente fuerte!
— ¡GRRR! —, Dijo la pequeña Meg. Esta vez ella logró abrir su
mano, revelando siete semillas hexagonales, cada una del tamaño de
una moneda de cinco centavos. Dentro de sus gruesas pieles verdes,
las semillas brillaban débilmente, haciéndolas parecer una flota de
pequeños ovnis.
—Ohhhhh, — dijo Meg. — ¿Puedo comerlos?
Su padre se ríó. —No, cariño. Estas son semillas muy especiales.
Nuestra familia ha estado tratando de producir semillas como esta
para... —silbó suavemente— durante mucho tiempo, y cuando los
plantamos...
— ¿Qué? — Meg preguntó sin aliento.
—Serán muy especiales—, prometió su padre. — ¡Incluso más
fuerte que Hércules!
— ¡Hay que plantarlos ahora!
Su padre alborotó su cabello. —Todavía no, Meg. No están listos.
Pero cuando sea el momento necesitaré tu ayuda. Los plantaremos
juntos. ¿Prometes ayudarme?
—Lo prometo—, dijo, con toda la solemnidad de su corazón de
cinco años.
La escena cambió. Meg entró descalza en la hermosa sala de estar
de Aeithales, donde su padre estaba de pie frente a una pared de
vidrio curvo, con vistas a las luces nocturnas de la ciudad de Palm
Springs. Estaba hablando por teléfono, de espaldas a Meg. Se
suponía que debía estar dormida, pero algo la había despertado, tal
vez un mal sueño, tal vez la sensación de que papá estaba molesto.
118
—No, no entiendo—, decía por teléfono. —No tienes derecho.
Esta propiedad no es... Sí, pero mi investigación no puede... ¡Eso es
imposible!
Meg se arrastró hacia adelante. Le encantaba estar en la sala de
estar. No solo por la hermosa vista, sino también por la forma en que
la madera pulida se sentía contra sus pies descalzos, lisa, fresca y
sedosa, como si se deslizara sobre una lámina de hielo viviente.
Adoraba las plantas que papá guardaba en los estantes y en macetas
gigantes por toda la habitación: cactus que florecían en docenas de
colores, árboles de Josué que formaban columnas vivientes,
levantaban el techo, crecían en el techo y se extendían a través de él
en una red de ramas y cúmulos borrosos de punta verdes. Meg era
demasiado joven para entender que los árboles de Josué no debían
hacer eso. Parecía completamente razonable para ella que la
vegetación se entrelazara para ayudar a formar la casa.
A Meg también le encantó el gran pozo circular en el centro de la
habitación -la Cisterna, lo llamaba papá-, lo protegieron por
seguridad, pero fue maravilloso porque enfrió toda la casa e hizo que
el lugar se sintiera seguro y anclado. A Meg le encantaba correr por
la rampa y sumergir los pies en el agua fresca de la piscina en el
fondo, aunque papá siempre decía: ¡No te empapes demasiado!
¡Podrías convertirte en una planta!
Sobre todo, le encantaba el gran escritorio donde trabajaba papá:
el tronco de un mezquite que crecía directamente en el suelo y
volvía a caer, como la espiral de una serpiente marina que rompe las
olas, dejando un arco suficiente para forma el mueble. La parte
superior del tronco era lisa y nivelada, una superficie de trabajo
perfecta. Los huecos de los árboles proporcionaron cubículos para el
almacenamiento. Ramitas de hojas se curvaban desde el escritorio,
119
formando un marco para sostener el monitor de la computadora de
papá. Meg una vez le había preguntado si había lastimado el árbol
cuando talló el escritorio, pero papá se río entre dientes.
—No, cariño, nunca haría daño al árbol. Mesquite ofreció
formarse en un escritorio para mí.
Esto tampoco le pareció inusual a Meg, una niña de cinco años.
Llamaba a un árbol y le hablaba de la misma manera que le
hablarías a una persona.
Esta noche, sin embargo, Meg no se sentía tan cómoda en la sala
de estar. A ella no le gustaba la forma en que la voz de papá
temblaba. Llegó a su escritorio y encontró, en lugar de los habituales
paquetes de semillas, dibujos y flores, una pila de cartas escritas a
máquina, gruesos documentos grapados, sobres, todo en amarillo
diente de león.
Meg no podía leer, pero a ella no le gustaban esas letras. Se veían
importantes y mandones y enojados. El color lastimó sus ojos. No
era tan agradable como dientes de león reales.
—No entiendes—, dijo papá por teléfono. —Esto es más que el
trabajo de mi vida. Son siglos. Miles de años de trabajo... No me
importa si eso suena loco. No puedes simplemente...
Se giró y se congeló, viendo a Meg en su escritorio. Un espasmo
cruzó su rostro: su expresión pasó de la ira al miedo, a la
preocupación y luego se conformó con alegría. Él deslizó su
teléfono en su bolsillo.
—Hola, cariño—, dijo, con la voz tensa. —No puedes dormir,
¿eh? Sí... yo tampoco.
120
Caminó hacia el escritorio, barrió los papeles amarillos diente de
león en el hueco de un árbol y le ofreció la mano a Meg. — ¿Quieres
ver los invernaderos?
La escena cambió de nuevo.
Un recuerdo confuso y fragmentado: Meg llevaba su atuendo
favorito, un vestido verde y polainas amarillas. A ella le gustó
porque papá dijo que la hacía parecerse a uno de sus amigos del
invernadero, una cosa hermosa y en crecimiento. Tropezó por el
camino de entrada en la oscuridad, siguiendo a papá, con su mochila
ocupada por su manta favorita porque papá dijo que tenían que darse
prisa. Solo podían tomar lo que podían llevar.
Estaban a medio camino del automóvil cuando Meg se detuvo,
notando que las luces estaban encendidas en los invernaderos.
—Meg—, dijo su padre, su voz tan rota como la grava bajo sus
pies. — Vamos, cariño.
—Pero Hércules—, dijo. —Y los otros...
—No podemos traerlos—, dijo papá, tragando un sollozo.
Meg nunca había escuchado a su padre llorar antes. La hacía sentir
como si la tierra cayera debajo de ella.
— ¿Las semillas mágicas? —, Preguntó ella. —Podemos
plantarlos, ¿a dónde vamos? —La idea de ir a otro lado parecía
imposible, aterrador. Ella nunca había conocido otro hogar que no
fuera Aeithales.
—No podemos, Meg. — Papi sonaba como si apenas pudiera
hablar. —Tienen que crecer aquí. Y ahora…
Volvió a mirar la casa, flotando en sus enormes soportes de
piedra, con sus ventanas encendidas con luz dorada. Pero algo estaba
121
mal. Formas oscuras se movieron a través de la ladera: hombres, o
algo así como hombres, vestidos de negro, rodeando la propiedad. Y
más formas oscuras girando sobre sus cabezas, alas borrando las
estrellas.
Papá tomó su mano. —No hay tiempo, cariño. Tenemos que irnos.
Ahora.
El último recuerdo de Meg de Aeithales: estaba sentada en la parte
trasera de la camioneta de su padre, con la cara y las manos
presionadas contra la ventana trasera, tratando de mantener las luces
de la casa a la vista el mayor tiempo posible. Solo habían recorrido
la mitad de la cuesta cuando su hogar estalló en una llamarada de
fuego.
Jadeé, mis sentidos de repente retrocedieron al presente. Meg
retiró su mano de mi muñeca.
La miré con asombro, mi sensación de realidad se tambaleaba
tanto que temía caer en el hoyo de las fresas. —Meg, ¿cómo haz...?
Ella tomó un callo de su palma. —No sé. Solo necesitaba hacerlo.
Una respuesta muy Meg. Aun así, los recuerdos habían sido tan
dolorosos y vívidos que me dolió el pecho, como si me hubieran
dado con un desfibrilador.
¿Cómo había compartido Meg su pasado conmigo? Sabía que los
sátiros podían crear un vínculo de empatía con sus amigos más
cercanos. Grover Underwood tuvo uno con Percy Jackson, y dijo
que explicaba por qué a veces tenía un deseo inexplicable de
panqueques de arándanos. ¿Meg tenía un talento similar, quizás
porque estábamos vinculados como maestro y servidor?
No lo sabía.
122
Sabía que Meg estaba dolida, mucho más de lo que ella expresó.
Las tragedias de su corta vida habían comenzado antes de la muerte
de su padre. Habían comenzado aquí. Estas ruinas fueron todo lo
que quedaba de una vida que podría haber sido.
Yo quería abrazarla. Y, créanme, ese no era un sentimiento que
tenía a menudo. Era probable que resultara en un codo en la caja
torácica o la empuñadura de una espada en mi nariz.
—¿Lo hiciste ...? —Titubeé. — ¿Tenías estos recuerdos desde el
principio? ¿Sabes lo que tu padre estaba tratando de hacer aquí?
Un encogimiento de hombros indiferente. Ella agarró un puñado
de polvo y lo goteó en el pozo como si sembrara semillas.
—Phillip—, dijo Meg, como si el nombre acabara de ocurrirle a
ella. —Mi padre se llamaba Phillip McCaffrey.
El nombre me hizo pensar en el rey macedonio, padre de
Alejandro. Un buen luchador, pero nada divertido. Sin interés en la
música o la poesía o incluso el tiro con arco. Con Philip todo era
calma, todo el tiempo. Aburrido.
—Phillip McCaffrey era un muy buen padre—, le dije, tratando de
mantener la amargura de mi voz. Yo mismo no tenía mucha
experiencia con buenos padres.
—Olía a mantillo—, recordó Meg. —En el buen sentido.
No sabía la diferencia entre un buen olor a mantillo y un mal olor
a mantillo, pero asentí respetuosamente.
Miré la hilera de invernaderos, sus siluetas apenas visibles contra
el cielo nocturno rojo y negro. Phillip McCaffrey obviamente había
sido un hombre talentoso.
123
¿Quizás un botánico? Definitivamente un mortal favorecido por la
diosa Deméter. ¿De qué otra manera podría haber creado una casa
como Aeithales, en un lugar con tal poder natural? ¿En qué había
estado trabajando y qué quería decir cuando dijo que su familia
había estado haciendo la misma investigación durante miles de
años? Los humanos raramente pensamos en términos de milenios.
Tienen suerte si incluso supieran los nombres de sus bisabuelos.
Lo más importante, ¿qué le había sucedido a Aeithales y por qué?
¿Quién había expulsado a los McCaffrey de su casa y los había
obligado a ir al este de Nueva York? Esa última pregunta,
desafortunadamente, fue la única que sentí que podía responder.
—Calígula hizo esto—, le dije, señalando los cilindros en ruinas
en la ladera. —A eso se refería Incitatus cuando dijo que el
emperador se ocupó de este lugar.
Meg se volvió hacia mí, con su rostro como piedra. —Vamos a
descubrirlo. Mañana. Tú, yo, Grover. Encontraremos a esta gente,
Piper y Jason. —Las flechas vibraban en mi carcaj, pero no podía
estar seguro si era la Flecha de Dodona zumbando por atención, o
mi propio cuerpo temblando. — ¿Y si Piper y Jason no saben nada
útil?
Meg se sacudió el polvo de las manos. —Ellos son parte de los
siete, ¿verdad? ¿Los amigos de Percy Jackson?
—Bueno, sí.
—Entonces lo sabrán. Ellos ayudarán. Encontraremos a Calígula.
Exploraremos este lugar mágico y liberaremos la sibila y
detendremos los incendios y todo lo demás.
Admiré su capacidad para resumir nuestra búsqueda en términos
tan elocuentes.
124
Por otro lado, no estaba emocionado por explorar el lugar mágico,
incluso si contábamos con la ayuda de otros dos semidioses más
poderosos. La antigua Roma también tenía poderosos semidioses.
Muchos de ellos intentaron derrocar a Calígula. Todos ellos habían
muerto.
Volví a mi visión de la Sibila, disculpándome por sus terribles
noticias. ¿Desde cuándo se disculpa el oráculo?
Yo la perdonaría.
La Sibila había insistido en que fuera a rescatarla. Sólo yo podría
liberarla, aunque era una trampa.
Nunca me gustaron las trampas. Me recordaron a mi viejo
enamorado, Britomartis. Ugh, la cantidad de pozos de tigres
birmanos en los que había caído por el bien de esa diosa.
Meg hizo girar sus piernas. —Me voy a dormir. Tú también
deberías.
Saltó de la pared y se dirigió a través de la ladera, dirigiéndose
hacia la Cisterna. Como ella no había ordenado realmente que me
fuera a dormir, me quedé en la repisa durante un largo tiempo,
mirando hacia abajo, a la grieta abarrotada de fresas, escuchando las
alas de mal agüero.
125
12
¡Oh, Pinto, Pinto!
¿Por qué el vómito es amarillo?
Lo esconderé atrás.
D
IOSES DEL OLIMPO, ¿No había sufrido lo suficiente?
Conducir desde Palm Spring hasta Malibu con Meg y
Grover debería haber sido suficientemente malo. Evadir
zonas evacuadas por los incendios y la hora pico en Los Ángeles lo
hicieron peor. ¿Pero teníamos que hacer el viaje en el Ford Pinto
coupé39 color mostaza de 1979 de Gleeson Hedge?
—¿Estás bromeando? —Pregunté cuando encontré a mis amigos
esperando con Gleeson en el auto. —¿Ninguno de los cactus tenía
un mejor…? Quiero decir, ¿otro vehículo?
El entrenador Hedge me fulminó con la mirada. —Oye, amigo,
deberías estar agradecido. ¡Este es clásico! Perteneció a mi
bisabuelo cabra. Lo he mantenido en muy buena forma, así que
ninguno de ustedes se atreva a destruirlo.
Pensé en mis experiencias más recientes con autos: el carro del
sol estrellándose en el lago del Campamento Mestizo; el Prius de
Percy Jackson siendo atrapado por dos árboles de melocotón en un
39
Automóvil que solamente dispone de dos puertas laterales, aparte de la trasera, y tiene, por lo
general, la línea aerodinámica de un deportivo.
126
huerto de Long Island; un Mercedes robado zigzagueando por las
calles de Indianápolis, conducido por un trío de espíritus de la fruta
endemoniados.
—Lo cuidaremos bien, —prometí.
El entrenador Hedge coincidió con Grover, asegunrándose de
que sabía cómo encontrar la casa McLean en Malibu.
—Los McLean deberían seguir ahí, —murmuró Hedge. —Al
menos eso espero.
—¿A qué se refiere? —Preguntó Grover. —¿Por qué no estarían
ahí?
Hedge se aclaró la garganta. —Como sea, ¡buena suerte! Saluden
a Piper de mi parte si la ven. Pobre niña…
Se volteó y trotó de vuelta por la colina.
El interior del Pinto olía a poliéster caliente y pachulí, lo que me
trajo recuerdos de cuando bailaba disco con Travolta (Dato curioso:
en italiano, su apellido significa abrumado, lo que describe
perfectamente lo que hace su colonia.)
Grover tomó el volante, ya que Gleeson solo le confió a él las
llaves. (Grosero.)
Meg se subió en el asiento del copiloto, sus tenis rojos se
apoyaron en el tablero mientras ella se entretenía haciendo crecer
vides de Buganvilia alrededor de sus tobillos. Parecía de buen
humor, tomando en cuenta la sesión de compartir tragedias de la
infancia de anoche. Eso nos unió. Apenas podía pensar en las
pérdidas que ella había sufrido sin parpadear para no llorar.
Por suerte, tenía mucho espacio para llorar en privado, ya que
estaba atrapado en el asiento de atrás.
127
Fuimos al oeste por la Interestatal 10, Mientras pasábamos por
Moreno Valley, me tomó un tiempo darme cuenta qué estaba mal:
en lugar de ir cambiando lentamente a verde, el paisaje permaneció
marrón, la temperatura aumentando, y el aire seco y ácido
continuaban, como si el Desierto de Mojave hubiese olvidado sus
límites y se hubiera esparcido hasta Riverside. Hacia el norte, el aire
era una neblina espesa, como si todo el bosque San Bernandino
estuviese en llamas.
Para el momento en que llegamos a Pomona y chocamos con el
tráfico parachoques-con-parachoques, nuestro Pinto estaba
temblando y silbando como un jabalí con insolación.
Grover se quedó mirando por el retrovisor un BMW que
conducía detrás de nosotros.
—¿Los Pintos no explotan si los golpean por detrás? —Preguntó
él.
—Solo algunas veces. —Dije yo.
En mis épocas de conducir el carro solar, conducir un vehículo
que explotaba en llamas nunca fue algo que me molestara, pero
después de que Grover lo trajera a colación no dejé de mirar atrás,
deseando que el BMW se alejara.
Estaba desesperado por un desayuno, no solo sobras frías de la
ronda de enchiladas de la noche anterior. Hubiera acabado con una
ciudad griega por una buena taza de café y tal vez un agradable y
largo paseo en la dirección contraria a la que estábamos yendo.
Mi mente empezó a divagar. No sabía si estaba teniendo sueños
vívidos, agitados por las visiones que había tenido el día anterior, o
si mi conciencia estaba intentando escapar del asiento de atrás del
128
Pinto, pero me encontré a mí mismo reviviendo recuerdos de la
Sibila Eritrea.
Recordé su nombre: Herófila. Amiga de los héroes.
Vi su tierra natal, la Bahía de Eritras, en la costa de lo que algún
día sería Turquía. Unas colinas doradas azotadas por el viento,
adornadas con coníferas, ondulando hacia las frías aguas azules del
Egeo. En una pequeña cañada cerca de la boca de la cueva, un pastor
con lana casera se arrodillaba junto a su esposa, una náyade de una
primavera cercana, mientras ella daba a luz a su hijo. Te ahorraré los
detalles, excepto por esto: mientras la madre gritaba en su último
puje, el niño salió del vientre no llorando, sino cantando — su bella
voz llenando el aire con el sonido de profecías.
Como puedes imaginar, eso captó mi atención. Desde ese
momento, la niña fue sagrada para Apolo. La bendije como uno de
mis oráculos.
Recordaba a Herófila como una mujer joven rondando por el
Mediterráneo para compartir su sabiduría. Cantaba a cualquiera que
quisiera escucharla… Reyes, héroes, sacerdotes de mis templos.
Todos luchaban para transcribir sus letras proféticas. Imagina tener
que aprenderte el cancionero entero de Hamilton de memoria de una
sentada, sin la habilidad de rebobinar, y entenderás su problema.
Herófila simplemente tenía muchos buenos consejos para
compartir. Su voz era tan encantadora que era imposible para los
oyentes recordar todos los detalles. Ella no podía controlar qué
cantaba o cuándo. Nunca repetía las cosas. Tenías que estar ahí.
Ella predijo la caída de Troya. Previó el ascenso de Alejandro
Magno. Aconsejó a Eneas sobre dónde debería establecer la colonia
que un día se convertiría en Roma. ¿Pero los romanos escucharon
129
todo su consejo, como Tengan cuidado con los emperadores, No se
vuelvan locos con eso de los gladiadores o Las togas no son una
buena tendencia de la moda? No. No lo hicieron.
Por novecientos años, Herófila vagó por el mundo. Hizo lo mejor
que pudo por ayudar, pero, aún con mi bendición y algunos arreglos
florales estimulantes ocasionales, se desanimó. Todos a quienes
había conocido en su juventud estaban muertos. Había visto
civilizaciones alzarse y caer. Había escuchado a muchos pastores y
héroes decir, “Espera, ¿qué? ¿Podrías repetir eso? Déjame buscar un
lápiz.”
Volvió a su hogar en la ladera de su madre, en Eritras. La
primavera se había secado hacía siglos, y con ella el espíritu de su
madre, pero Herófila se instaló en la cueva cercana. Ayudaba a
suplicantes cada vez que iban en busca de su sabiduría, pero su voz
nunca volvió a ser la misma.
Su bello canto se fue. Si había perdido la confianza en ella
misma, o el regalo de la profecía se había convertido en otro tipo de
maldición, nunca estuve seguro. Herófila hablaba de manera
titubeante, dejando fuera palabras importantes que el oyente debería
adivinar. A veces su voz fallaba por completo. Frustrada, garabateó
líneas en hojas secas, dejándolas para que los suplicantes los
ordenaran para darles significado.
La última vez que vi a Herófila… sí, fue en el año 1509 d.C. La
había persuadido para que saliera de su cueva para que diera una
última visita a Roma, donde Miguel Ángel estaba pintando un
retrato de ella en el techo de la Capilla Sixtina. Aparentemente,
estaban celebrándola por una oscura profecía de hacía mucho tiempo
atrás, cuando había predicho el nacimiento de Jesús de Nazaret.
130
—No lo sé, Miguel, —dijo Herófila, sentada junto a él en su
andamio, mirándolo pintar. —Es hermoso, pero mis brazos no son
tan… —Su voz se agarrotó. —Palabra de diez letras, empieza con
M.
Miguel Ángel tocó sus labios con su pincel. —¿Musculosos?
Herófila asintió con vehemencia.
—Puedo arreglarlo, —prometió Miguel Ángel.
Luego de eso, Herófila volvió a su cueva para siempre. Debo
admitir que perdí todo rastro de ella. Asumí que había desaparecido,
como muchos otros oráculos antiguos. Sin embargo, aquí estaba
ahora, en el sur de California, a merced de Calígula.
Realmente debería haber seguido enviando esos arreglos florales.
Ahora, todo lo que podía hacer era intentar compensar mi
negligencia. Herófila aún era mi oráculo, tanto como lo era Rachel
Dare en el Campamento Mestizo, o el pobre fantasma de Trofonío
en Indianápolis. Fuera una trampa o no, no podía dejarla en una
cámara de lava, atada con cadenas fundidas. Comencé a
preguntarme si tal vez, solo tal vez, Zeus había estado bien al
enviarme a la tierra, para corregir los errores que había dejado pasar.
En seguida descarté ese pensamiento. No. Este castigo fue
totalmente injusto. De todas formas, ugh. ¿Hay algo peor que darte
cuenta de que tal vez estés de acuerdo con tu padre?
Grover condujo por el norte de Los Ángeles, a través del tráfico
que se movía casi tan lento como el proceso de lluvia de ideas de
Atenea.
No deseo ser injusto con el sur de California. Cuando el lugar no
estaba en llamas o atrapado en una nube de humo negro, o
131
retumbando con terremotos, o hundiéndose en el mar, o ahogada en
tráfico, había cosas que me gustaban de él: el panorama musical, las
palmeras, las playas, los lindos días, la gente bonita. Entendía por
qué Hades había puesto la entrada al Inframundo aquí. Los Ángeles
era una un imán para las aspiraciones humanas — el lugar perfecto
para que los mortales se reúnan, con ojos como estrellas, con sueños
de fama, entonces fracasan, mueren y se van por el desagüe,
quedando en el olvido.
¿Lo ves? ¡Puedo ser un observador objetivo!
De vez en cuando miraba hacia el cielo, esperando ver a Leo
Valdez volando en su dragón de bronce, Festus. Quería verlo
sosteniendo un cartel que dijera “¡Todo está bien!” La luna nueva no
era hasta dentro de dos días, es verdad, ¡pero tal vez Leo había
terminado su misión de rescate antes! Podía aterrizar en la autopista,
decirnos que el Campamento Júpiter estaba a salvo de cualquier
peligro que hubiera tenido que enfrentar. Entonces podía pedirle a
Festus que incinerara los autos delante de nosotros para agilizar
nuestro viaje.
Por desgracia, no se veía ningún dragón de bronce circulando,
aunque hubiera sido difícil de localizar. El cielo entero estaba teñido
de bronce.
—Entonces, Grover, —dije, después de un par de décadas en la
carretera de la Costa del Pacífico, —¿alguna vez has conocido a
Piper o Jasón?
Grover meneó la cabeza. —Parece extraño, lo sé. Todos hemos
estado tanto tiempo en el Sur de California. Pero he estado ocupado
con los incendios. Jasón y Piper han estado en misiones y yendo a la
132
escuela y lo que sea. Nunca tuve la oportunidad. El entrenador dice
que son… Agradables.
Tuve la sensación de que estuvo a punto de decir otra palabra
que no era “agradables”.
—¿Hay algún problema del que debamos saber? —Pregunté.
Grover tamborileó con sus dedos en el volante. —Bueno… Ellos
han estado bajo mucho estrés. Primero, estuvieron buscando a Leo
Valdez. Luego hicieron otras misiones. Luego las cosas comenzaron
a ir mal con el Señor McLean.
Meg levantó la mirada de la trenza de buganvilla. —¿El papá de
Piper?
Grover asintió con la cabeza. —Es un actor famoso, sabes.
¿Tristan McLean?
Un escalofrío de placer recorrió mi espalda. Amé a Tristan
McLean en El Rey de Esparta. Y Jake Steel 2: El Regreso de la
Rueda. Para un mortal, ese hombre tenía abdominales infinitos.
—¿Cómo fueron tan mal las cosas? —Pregunté.
—No lees noticias sobre celebridades, —adivinó él.
Triste pero cierto. Con todas mis corridas como mortal, liberando
oráculos antiguos y peleando contra megalómanos romanos, no tenía
nada de tiempo para estar al tanto de los chismes más jugosos de
Hollywood.
—¿Una ruptura complicada? —Especulé.
paternidad? ¿Dijo algo horrible en Twitter?
—¿Prueba
de
—No exactamente, —dijo Grover. —Solo veamos… cómo están
las cosas cuando lleguemos. Puede que no sea tan malo.
133
Lo dijo de la manera en que la gente lo hace cuando espera que
sea exactamente así de malo.
Para el momento en que llegamos a Malibu, casi era hora del
almuerzo. Mi estómago estaba volteándose de dentro hacia fuera él
mismo por hambre y enfermo por el viaje en auto. Yo, quien solía
pasar el día entero paseando en el carro solar Maserati, enfermo por
el viaje en el auto. Culpé a Grover. Condujo con una pezuña pesada.
Viendo el lado positivo, nuestro Pinto no explotó, y encontramos
la casa McLean sin ningún incidente.
Alejada de la sinuosa carretera, la mansión en 12 Oro del Mar se
aferraba a unos rocosos acantilados con vista al Pacífico. Desde la
calle, las únicas partes visibles eran las paredes de seguridad de
estuco blanco, las puertas de acero forjado y una terraza de baldosas
rojas.
El lugar hubiera irradiado una sensación de privacidad y una
tranquilidad Zen si no fuera por los camiones de mudanza
estacionados afuera. Las puertas estaban totalmente abiertas. Tropas
de hombres fornidos estaban transportando sofás, mesas y grandes
obras de arte. Caminando de un lado al otro al final del camino de
entrada, luciendo desaliñado y aturdido, como si acabase de salir de
un accidente de autos, estaba Tristán McLean.
Su cabello era más largo de lo que había visto en las películas.
Mechones negros y sedosos caían por sus hombros. Había subido de
peso, así que ya no se parecía a la elegante máquina de matar que
había sido en Rey de Esparta. Sus jeans blancos estaban manchados
de hollín. Su camiseta negra estaba rota en el cuello. Sus mocasines
lucían como un par de patatas cocidas de más.
134
No se veía bien, una celebridad de su calibre solo parado frente a
su casa en Malibu sin ningún guardia o asistente personal o fans
adorándolo… Ni siquiera una multitud de paparazzis intentando
tomar fotos embarazosas.
—¿Qué le pasa? —Pregunté.
Meg entrecerró los ojos y miró por el parabrisas. —Se ve bien.
—No, —insisití. —Se ve… Normal.
Grover apagó el motor. —Vayamos a saludar.
El señor McLean dejó de ir de un lado al otro cuando nos vio.
Sus oscuros ojos negros se veían desenfocados. —¿Son amigos de
Piper?
No pude encontrar mis palabras. Hice un sonido como de gorjeo
que no había producido desde mi primer encuentro con Grace Kelly.
—Sí, señor, —dijo Grover. —¿Está ella en casa?
—En casa… —Tristan McLean saboreó la palabra. Parecía
encontrarla amarga y sin sentido. —Pasen. —Hizo una seña
vagamente hacia el camino de entrada. —Creo que ella está… —Su
voz se arrastró mientras miraba a dos hombres de la mudanza
transportaban una gran estatua de mármol de un pez gato. —Vayan.
No importa.
No estaba seguro de si nos hablaba a nosotros o a los hombres de
la mudanza, pero su tono derrotado me alarmó incluso más que su
apariencia.
Nos abrimos paso por un patio de jardines esculpidos y fuentes
brillantes, por una entrada de doble ancho con puertas de roble
pulido y dentro de la casa.
135
Un mosaico de Saltillo rojo brilló. Paredes color blanco crema
conservaban impresiones más pálidas donde las pinturas solían
colgar. A nuestro lado derecho se extendía una cocina gourmet que
incluso Edesia, la diosa romana de los banquetes hubiera adorado.
Ante nosotros se extendía una gran habitación con un techo de
treinta metros de alto, sostenido por vigas de cedro, una enorme
chimenea y una pared corrediza de cristal que daba a una terraza con
vista al océano.
Tristemente, la habitación era un cascarón vacío: sin muebles,
sin alfombras, sin obras de arte… Solo algunos cables rizándose
desde la pared y una escoba y pala apoyados en un rincón.
Una habitación tan impresionante no debería haber estado vacía.
Se sentía como un templo sin estatuas, música y ofrendas de oro.
(Oh, ¿por qué me torturaba a mí mismo con tales analogías?)
Sentada cerca de la chimenea, revisando un montón de papeles,
estaba una mujer joven con piel cobriza y cabello negro en capas. Su
camiseta anaranjada del Campamento Mestizo me permitió darme
cuenta de que estaba mirando a Piper, hija de Afrodita y Tristán
McLean.
Nuestras pisadas hicieron eco en el vasto espacio, pero Piper no
miró hacia arriba mientras nos acercábamos. Tal vez ella estaba
demasiado absorta en sus papeles, o asumió que éramos hombres de
la mudanza.
—¿Quieren que me levante otra vez? —Murmuró ella. —Estoy
bastante segura de que la chimenea se quedará aquí.
—Ejem, —dije.
Piper levantó la mirada. Su iris multicolor tomó la luz como
prismas humeantes. Ella me estudió como si no estuviera segura de
136
lo que estaba mirando (oh, amigo, conocía el sentimiento), y luego
le dio la misma mirada a Meg.
Posó sus ojos en Grover y su mandíbula cayó. —Te-te conozco,
—dijo ella. —De las fotos de Annabeth. ¡Eres Grover!
Se paró de golpe, sus papeles olvidados esparcidos por las
baldosas de Saltillo. —¿Qué pasó? ¿Annabeth y Percy están bien?
Grover se alejó rápidamente, cosa entendible dada la expresión
intensa de Piper.
—¡Están bien! —Dijo él. —Al menos, asumo que lo están. En
realidad, eh, no los he visto en un tiempo, p-pero tengo una
conexión empática con Percy, así que si no estuviera bien creo que
lo sabría…
—Apolo. —Meg se arrodilló. Tomó uno de los papeles del suelo,
con el ceño fruncido incluso más severamente que Piper.
Mi estómago terminó de darse vuelta de dentro hacia fuera. ¿Por
qué no había notado el color de los documentos antes? Todos los
papeles – sobres, reportes recopilados, cartas de negocios – eran
amarillo diente de león.
—“N.H Financieras” —leyó Meg del principio de la carta. —
“División del Triunvirato…
—¡Hey! —Piper le quitó el papel de las manos. —¡Eso es
privado! —Luego me miró como si hubiera rebobinado
mentalmente. —Espera, ¿acaba de llamarte Apolo?
—Me temo que sí. —Hice una incómoda reverencia. —Apolo,
dios de la poesía, música, arquería y muchas otras cosas
importantes, a tu servicio, aunque mi permiso de conducir de
aprendiz dice Lester Papadopoulos.
137
Ella parpadeó. —¿Qué?
—También, esta es Meg McCaffrey. —Dije. —Hija de Démeter.
No es su intención ser entrometida. Es solo que ya hemos visto
papeles de este tipo antes.
La mirada de Piper pasó de mí a Meg y luego a Grover. El sátiro
se encogió de hombros como diciendo “Bienvenida a mi pesadilla”.
—Tendrán que repetírmelo. —Decidió Piper.
Hice mi mejor esfuerzo por darle la mejor sinopsis que pude: mi
caída a la tierra, mi servidumbre hacia Meg, mis dos misiones
anteriores para liberar los oráculos de Dodona y Trofonío, mis viajes
con Calipso y Leo Valdez…
—¿LEO? —Piper me agarró de los brazos tan fuerte que tal vez
me había dejado moretones. —¿Está vivo?
—Duele, —gemí.
—Lo siento. —Ella me soltó. —Necesito saber todo sobre Leo.
Ahora.
Hice mi mejor esfuerzo por complacerla, temiendo que tal vez
pudiera sacar la información de mi cabeza si era de otro modo.
—Esa pequeña chispita, —gruñó ella. —Lo buscamos por meses,
¿y sólo apareció en el campamento?
—Sí, —convine yo. —Hay una lista de espera de gente que quiere
golpearlo. Podemos anotarte en algún momento del próximo otoño.
Pero ahora necesitamos tu ayuda. Tenemos que liberar a una Sibila
del emperador Calígula.
La expresión de Piper me recordó a la de un malabarista, tratando
de mantener quince objetos en el aire al mismo tiempo.
138
—Lo sabía, —murmuró ella. —Sabía que Jasón no me estaba
diciendo…
Media docena de hombres de mudanza de repente cargaron desde
la puerta, hablando en ruso.
Piper frunció el ceño. —Hablemos en la terraza, —dijo. —
Podemos intercambiar malas noticias.
139
13
No muevas la parrilla del gas
Meg todavía está jugando con eso
Somos tan KA-BOOM
¡O
H, LA VISTA ESCÉNICA DEL ÓCEANO! ¡Oh, las
olas chocando con los acantilados de abajo, y las
gaviotas girando en lo alto! ¡Oh, el tipo grande y
sudoroso en un sillón, revisando sus textos!
El hombre levantó la vista cuando llegamos a la terraza. Frunció el
ceño, se puso de pie a regañadientes y avanzó pesadamente, dejando
una mancha de transpiración en forma de motor en la tela de la silla.
—Si todavía tuviera mi cuerno de la abundancia—, dijo Piper, —
dispararía a esos tipos con toda la comida.
Mis músculos abdominales se crisparon. Una vez fui golpeado en
el intestino por un tiro de jabalí asado de una cornucopia cuando
Deméter estaba especialmente enojada conmigo... pero esa es otra
historia.
Piper trepó la valla de la terraza y se sentó encima de ella, frente a
nosotros, con los pies enganchados a los rieles. Supuse que se había
posado allí cientos de veces y ya no pensaba en la larga caída. Muy
abajo, en el fondo de una escalera de madera en zigzag, una estrecha
franja de playa se aferraba a la base de los acantilados. Las olas se
estrellaron contra las rocas dentadas. Decidí no unirme a Piper en la
140
barandilla. No tenía miedo a las alturas, pero definitivamente tenía
miedo de mi pobre sentido del equilibrio.
Grover miró el sudoroso sillón –el único mueble que quedaba en
la terraza– y optó por permanecer de pie. Meg caminó hacia una
parrilla de gas de acero inoxidable incorporada y comenzó a jugar
con las perillas. Calculé que tendríamos unos cinco minutos antes de
que nos volara a todos.
—Entonces. — Me apoyé en la barandilla al lado de Piper. —
Sabes de Calígula.
Sus ojos cambiaron de verde a marrón, como el envejecimiento de
la corteza de los árboles. —Sabía que alguien estaba detrás de
nuestros problemas: el laberinto, los incendios, esto. — Señaló a
través de las puertas de vidrio en la mansión vacía. —Cuando
estábamos cerrando las Puertas de la Muerte, luchamos contra
muchos villanos que habían regresado del Inframundo. Tiene
sentido que un malvado emperador romano estaría detrás de
“Triunvirato Holdings”.
Supuse que Piper tenía unos dieciséis años, la misma edad que...
no, no podría decir la misma edad que yo. Si pensara en esos
términos, tendría que comparar su complexión perfecta con mi
propia cara con cicatrices de acné, su nariz finamente cincelada
contra mi bulbo de cartílago, su físico suavemente curvado con el
mío, que también estaba suavemente curvado, pero en todas las
maneras equivocadas. Entonces tendría que gritar, ¡TE ODIO!
Tan joven, sin embargo, ella había visto tantas batallas. Dijo
“cuando estábamos cerrando las Puertas de la Muerte” de la forma
en que sus compañeros de la escuela secundaria podrían decir
“cuando estábamos nadando en la casa de Kyle.”
141
—Sabíamos que había un laberinto ardiente—, continuó. —
Gleeson y Mellie nos contaron sobre eso. Dijeron que los sátiros y
las dríadas... —Hizo un gesto hacia Grover. —Bueno, no es ningún
secreto que ustedes han estado pasando un mal momento con la
sequía y los incendios. Entonces tuve algunos sueños. Ya sabes.
Grover y yo asentimos. Incluso Meg observó sus peligrosos
experimentos con equipos de cocina al aire libre y gruñó
compasivamente. Todos sabíamos que los semidioses no podían
tomar una siesta sin estar plagados de augurios y portentos.
—De todos modos—, continuó Piper, —pensé que podríamos
encontrar el corazón de este laberinto, pensé que quienquiera que
fuera el responsable de hacer nuestras vidas miserables estaría allí, y
podríamos enviarlo de vuelta al Inframundo.
—Cuando dices nosotros—, preguntó Grover, — ¿te refieres a ti
y...?
—Jason. Sí.
Su voz bajó cuando dijo su nombre, de la misma manera que lo
hizo la mía cuando me forzaron a pronunciar los nombres Jacinto o
Daphne.
—Algo sucedió entre ustedes—, deduje.
Ella recogió una mancha invisible de sus jeans. —Ha sido un año
difícil.
Y me lo estás diciendo a mi, pensé.
Meg activó uno de los quemadores de la barbacoa, que se iluminó
de azul como un motor de propulsión. —¿Ustedes se separaron o
qué?
142
Dejé que McCaffrey no tuviera tacto sobre el amor con una hija de
Afrodita, mientras simultáneamente encendía fuego frente a un
sátiro.
—Por favor, no juegues con eso—, dijo Piper suavemente. —Y
sí, rompimos
Grover dijo, — ¿En serio? Pero escuché... pensé...
— ¿Pensaste qué? — La voz de Piper se mantuvo tranquila y
pareja. — ¿Que estaríamos juntos para siempre como Percy y
Annabeth? — Miró hacia la casa vacía, no exactamente como si
echara de menos los muebles viejos, sino como si estuviera
imaginando el espacio completamente renovado. —Las cosas
cambian. La gente cambia. Jasón y yo, empezamos de una manera
extraña. Hera se equivocó con nuestras cabezas, nos hizo pensar que
compartíamos un pasado que no compartíamos.
—Ah—, dije. —Eso suena como algo que Hera haría.
—Luchamos la guerra contra Gaia. Luego pasamos meses
buscando a Leo. Luego tratamos de instalarnos en la escuela, y en el
momento en que realmente tuve algo de tiempo para respirar... —
Vaciló, examinando cada una de nuestras caras como si se diera
cuenta de que estaba a punto de compartir las verdaderas razones,
las razones más profundas, con personas que apenas conocía.
Recordé cómo Mellie había llamado pobre a Piper, y la forma en
que la ninfa de la nube había dicho el nombre de Jasón con disgusto.
—De todos modos—, dijo Piper, —las cosas cambian. Pero
estamos bien. Él está bien. Estoy bien. Al menos... lo estaba, hasta
que esto comenzó. —Hizo un gesto hacia la gran sala, donde los
cargadores estaban arrastrando un colchón hacia la puerta principal.
143
— ¿Qué pasó exactamente? —, Le pregunté. — ¿Qué hay en
todos esos documentos del color del diente de león?
—Como este—, dijo Meg, sacando de su cinturón de jardinería
una carta doblada que debe haber escapado de la gran sala. Para ser
una niña de Deméter, ella tenía dedos pegajosos.
— ¡Meg! —, Dije. —Eso no es tuyo…
Puede que haya sido un poco sensible acerca de robar el correo de
otras personas. Una vez Artemisa rebuscó en mi correspondencia y
encontró algunas cartas jugosas de Lucrecia Borgia de las que se
burló durante décadas.
—NUEVA HAMPSHIRE. Finanzas, —Meg insistió. —Neos
Helios. Calígula, ¿verdad?
Piper clavó sus uñas en la barandilla de madera. —Deshazte de
eso. Por favor.
Meg arrojó la carta a las llamas.
Grover suspiró. —Podría haber comido eso por ti. Es mejor para
el medio ambiente, y la papelería sabe muy bien
Eso consiguió una sonrisa delgada de Piper.
—El resto es todo tuyo—, prometió. —En cuanto a lo que dicen,
todo es legal, legal, bla-bla, financiero, aburrido, legal. En pocas
palabras, mi padre está arruinado —Ella alzó una ceja hacia mí. —
¿Realmente no has visto ninguna de las columnas de chismes? ¿La
revista cubre?
—Eso es lo que pregunté—, dijo Grover.
Hice una nota mental para visitar la caja de supermercado más
cercana y abastecerme de material de lectura. —Estoy tristemente
atrás—, admití. — ¿Cuándo comenzó todo esto?
144
—Ni siquiera sé—, dijo Piper. —Jane, la exasistente personal de
mi padre, ella estaba metida en eso. También su gerente financiero.
Su contador. Su agente de cine. Esta compañía Triumvirate
Holdings... ― Piper separó las manos, como si estuviera
describiendo un desastre natural que no podía haber sido previsto.
—Se metieron en muchos problemas. Debieron gastar años y
decenas de millones de dólares para destruir todo lo que mi papá
construyó: su crédito, sus activos, su reputación con los estudios.
Todo desapareció. Cuando contratamos a Mellie... bueno, ella era
genial. Ella fue la primera persona en detectar el problema. Trató de
ayudar, pero ya era demasiado tarde. Ahora mi papá está peor que
arruinado. Él está profundamente endeudado. Él debe millones en
impuestos que él ni siquiera sabía. Lo mejor que podemos esperar es
que evite el tiempo en la cárcel.
—Eso es horrible—, dije.
Y lo dije en serio. La posibilidad de no volver a ver los
abdominales de Tristan McLean en la gran pantalla fue una amarga
decepción, aunque tuve demasiado tacto para no decir esto frente a
su hija.
—No es que pueda esperar mucha simpatía—, dijo Piper. —
Deberías ver a los niños en mi escuela, sonriendo y hablando de mí a
mis espaldas. Quiero decir, incluso más de lo normal. Oh, boo-hoo.
Perdiste las tres casas.
— ¿Tres casas? —, Preguntó Meg.
No vi por qué fue sorprendente. La mayoría de las deidades y
celebridades menores que conocía tenían al menos una docena, pero
la expresión de Piper se volvió vergonzosa.
145
—Sé que es ridículo—, dijo. —Regresaron diez autos. Y el
helicóptero. Estarán ejecutando una hipoteca en este lugar al final
de la semana y luego toman el avión.
—Tienes un avión—. Meg asintió, como si al menos eso tuviera
perfecto sentido. —Guay.
Piper suspiró. —No me importan las cosas, pero el amable ex
guardabosque que fue nuestro piloto va a quedar sin trabajo. Y
Mellie y Gleeson tuvieron que irse. También lo hizo el personal de
la casa. Sobre todo... estoy preocupada por mi padre.
Seguí su mirada. Tristan McLean estaba deambulando por la gran
sala, mirando a las paredes en blanco. Me gustaba más como un
héroe de acción. El papel del hombre quebrantado no le quedaba
bien.
—Ha estado sanando—, dijo Piper. —El año pasado, un gigante
lo secuestró.
Me estremecí. Ser capturado por gigantes realmente puede dejar
cicatrices a una persona. Ares había sido secuestrado por dos de
ellos, hace milenios, y nunca volvió a ser el mismo.
Antes, había sido arrogante y molesto. Después, fue arrogante,
molesto y frágil.
—Me sorprende que la mente de tu padre todavía esté en una sola
pieza—, le dije.
Las esquinas de los ojos de Piper se tensaron. —Cuando lo
rescatamos del gigante, usamos una poción para limpiar su memoria.
Afrodita dijo que era lo único que podíamos hacer por él. Pero
ahora... quiero decir, ¿Cuánto trauma puede soportar una persona?
146
Grover se quitó la gorra y la miró tristemente. Tal vez estaba
pensando pensamientos reverentes, o tal vez simplemente estaba
hambriento. — ¿Qué harás ahora?
—Nuestra familia todavía tiene propiedades—, dijo Piper, —fuera
de Tahlequah, Oklahoma, la asignación original de los Cherokee. Al
final de la semana, estaremos utilizando nuestro último vuelo en el
avión para regresar a casa. Esta es una batalla que supongo ganaron
tus malvados emperadores.
No me gustaba que los emperadores se llamaran míos. No me
gustó la forma en que Piper dijo estar en casa, como si ya hubiera
aceptado que viviría el resto de su vida en Oklahoma. Nada en
contra de Oklahoma, yo sé que importa. Mi amigo Woody Guthrie
era oriundo de Okemah. Pero los mortales de Malibu normalmente
no lo veían como una mejora.
Además, la idea de que Tristan y Piper se vieran forzados a
mudarse al este me recordó las visiones que Meg me había mostrado
la noche anterior: a ella y a su padre los empujaron fuera de su hogar
por el mismo aburrido bla bla bla, huyendo de su incinerada casa y
terminando en Nueva York. Fuera de la sartén de Calígula, en el
fuego de Nero.
—No podemos dejar que Calígula gane—, le dije a Piper. —No
eres el único semidiós al que está apuntando.
Ella pareció absorber esas palabras. Luego se enfrentó a Meg,
como si realmente la viera por primera vez. — ¿Igualmente?
Meg apagó el quemador de gas. —Sí. Mi papá.
— ¿Qué pasó?
Meg se encogió de hombros. —Hace mucho tiempo.
Esperamos, pero Meg había decidido ser Meg.
147
—Mi joven amiga es una chica de pocas palabras—, le dije. —
¿Pero con su permiso...?
Meg no me ordenó que me callara ni que saltara de la terraza, así
que conté a Piper lo que había visto en los recuerdos de McCaffrey.
Cuando terminé, Piper saltó de la barandilla. Se acercó a Meg, y
antes de que pudiera decir: ¡Cuidado, muerde más fuerte que una
ardilla salvaje! Piper envolvió sus brazos alrededor de la chica más
joven.
—Lo siento mucho. — Piper besó la parte superior de su cabeza.
Esperé nerviosamente a que las doradas cimitarras de Meg se
reflejaran en sus manos. En cambio, después de un momento de
petrificada sorpresa, Meg se derritió en el abrazo de Piper. Se
quedaron así durante mucho tiempo, Meg temblando, Piper
sosteniéndola como si fuera el semidiós Consolador en Jefe, sus
propios problemas irrelevantes junto a los de Meg.
Finalmente, con un bufido / hipo, Meg se alejó, limpiándose la
nariz. —Gracias.
Piper me miró. — ¿Cuánto tiempo ha estado Calígula jugando con
las vidas de los semidioses?
—Varios miles de años—, dije. —Él y los otros dos emperadores
no regresaron a través de las Puertas de la Muerte. Nunca
abandonaron el mundo de los vivos.
Básicamente son dioses menores. Han tenido milenios para
construir su imperio secreto, Triumvirate Holdings.
—Entonces, ¿Por qué nosotros? — Dijo Piper. —¿Por qué ahora?
—En tu caso—, dije, —sólo puedo adivinar que Calígula te quiere
fuera del camino. Si te distraen los problemas de tu padre, no eres
148
una amenaza, especialmente si estás en Oklahoma, lejos del
territorio de Calígula. En cuanto a Meg y su padre... No sé. Estuvo
involucrado en algún tipo de trabajo que Calígula encontró
amenazante.
—Algo que hubiera ayudado a las dríadas—, agregó Grover. —
Tenía que ser, basado en donde estaba trabajando, esos
invernaderos. Calígula arruinó a un hombre de la naturaleza.
Grover sonaba tan enojado como nunca lo había escuchado antes.
Dudaba de que hubiera más elogios que un sátiro podría darle a un
humano que llamarlo un hombre de la naturaleza.
Piper estudió las olas en el horizonte. —Crees que está todo
conectado. Calígula está trabajando en algo, eliminando a cualquiera
que lo amenace, comenzando este laberinto ardiente, destruyendo
los espíritus de la naturaleza.
—Y aprisionar al oráculo de Eritrea ―dije. —Como una trampa.
Para mí.
—¿Pero ¿qué quiere? —, Exigió Grover. — ¿Cuál es su final?
Piper presionó sus labios juntos. —Ah. Es por eso por lo que estás
aquí.
Miró a Meg, luego a la parrilla de gas, tal vez tratando de decidir
qué sería más peligroso: ir en una búsqueda con nosotros, o quedarse
aquí con un niño aburrido de Deméter.
—Déjame coger mis armas—, dijo Piper. —Vamos a dar un
paseo.
149
14
El hombre Bedrossian
El hombre Bedrossian, corre tan
Rápido como… los pantalones de yoga
–N
O ME JUZGUEN — advirtió Piper mientras volvía a
salir de su habitación.
No habría soñado con ello.
Piper McLean se veía elegantemente vestida para el combate en
sus zapatillas converse blancas, con unos pantalones ajustados, un
cinturón de cuero y una polera naranja del campamento. Su pelo en
una trenza hacia un lado, con una pluma azul –una pluma de arpía, si
no estaba equivocado.
En su cinturón estaba atada una daga afilada con forma triangular,
como las que las mujeres griegas solían usar –una parazonium40.
Hécuba, la futura reina de Troya lucía una cuando estábamos
saliendo. Era principalmente para los festejos, pero, según recuerdo,
era bastante afilada (Hécuba solía tener cierto mal genio).
Colgado del otro lado del cinturón de Piper… Ah. Supongo que
por esto era que ella se sentía cohibida. Enfundado en su muslo
había un carcaj en miniatura surtido con proyectiles de treinta
40
Es una daga o espada corta y ancha que altos oficiales militares griegos y sobre todo, romanos,
llevaban en el lado izquierdo de la cintura, sujeto con una correa. Se utilizaba más como símbolo de
distinción que como arma.
150
centímetros, las plumas de las flechas estaban hechas de cardos41,
colgado a través de sus hombros, junto con una mochila, había un
tubo de casi un metro y medio hecho de una vara de un río.
—¡Una cerbatana! — Grité— ¡Amo las cerbatanas!
No es como que yo fuera un experto, pero para que sepas, las
cerbatanas eran armas que lanzaban proyectiles –elegantes, difíciles
de dominar y muy sigilosas. ¿Cómo no las podría amar?
Meg se rascó su cuello— ¿Las cerbatanas son cosas de griegos?
Piper se rió— No, no son cosas de griegos. Pero son cosas de los
Cherokee. Mi abuelo Tom me hizo éstas hace mucho tiempo.
Siempre estaba intentando que yo practicara.
La barba de chivo de Grover se movió nerviosamente, como si
estuviera intentando liberarse de su barbilla, al estilo de Houdini—
Las cerbatanas son bastante difíciles de usar. Mi tío Ferdinand tenía
una. ¿Qué tan buena eres?
— No soy la mejor — admitió Piper— No estoy ni cerca de ser
tan buena como mi prima en Tahlequah, ella es una campeona tribal.
Pero he estado practicando. La última vez que Jasón y yo estuvimos
en el laberinto — le dio palmadas al carcaj— Estas fueron de
mucha ayuda, ¿Sabes?
Grover logró contener su emoción. Yo entendía su preocupación.
En las manos de un novato, una cerbatana era más peligrosa para los
aliados que para los enemigos.
—¿Y la daga? — Preguntó Grover— ¿Esa es realmente…
— Katoptris. — dijo orgullosamente Piper— Perteneció a Helena
de Troya.
41
Una planta con flores con pétalos morados.
151
Yo grité—
encontraste?
¿Tienes la daga de Helena de Troya? ¿Dónde la
Piper se encogió de hombros—
campamento.
En un almacén en el
Sentí las ganas de tirar de mi cabello. Recordaba el día en que
Helena había recibido esa daga como un regalo de compromiso. Tan
asombrosa cuchilla, sostenida por la mujer más bella que alguna vez
había visto caminar en la Tierra. (Sin ofender al otro billón de
mujeres que son bastante encantadoras también; las amo a todas) ¿Y
Piper había encontrado ésta históricamente significativa, y bien
hecha, arma poderosa en un almacén?
Ay, el tiempo hacía que todas las cosas perdieran su valor, sin
importar qué tan importante sean. Me preguntaba si tal destino me
aguardaba. En miles de años, alguien me encontraría en un cobertizo
para herramientas y diría “Oh, mira, Apolo, el dios de la poesía.
Puede
que
pueda
pulirlo
y
usarlo”.
—¿La cuchilla aún muestra visiones? — Pregunté
—¿Sabes de ello, eh? — Piper meneó su cabeza— Las visiones
pararon el último verano. ¿Eso no tiene nada que ver con que te
expulsaran del Olimpo, o sí, Señor Dios de las Profecías?
Meg inhaló audiblemente— La mayoría de las cosas son su culpa.
—¡Hey! — dije— Er, continuando, Piper, ¿A dónde exactamente
nos estás llevando? Si todos tus autos han sido embargados, me
temo que estamos atorados con el entrenador el Pinto de Hedge.
Piper sonrió— Creo que podemos hacer algo mejor que eso.
Síganme.
Ella nos guió a través de una entrada de coches, donde el señor
McLean había retomado sus deberes como un viajero aturdido. Él
152
vagaba alrededor de la entrada, su cabeza inclinada como si
estuviera buscando una moneda que se hubiera caído. Su cabello
estaba parado en filas desordenadas donde sus dedos habían barrido
pasado.
En la puerta de un camión cercano, los motores estaban teniendo
su hora de colación, casualmente comiendo comida china, que sin
duda había estado en la cocina de los McLean hace poco tiempo.
El señor McLean miró hacia Piper. Él parecías despreocupado por
su cuchillo y su cerbatana— ¿Vas a salir?
— Sólo por un rato. — Piper besó la mejilla de su padre—
Volveré en la noche. No dejes que se lleven los sacos de dormir,
¿Okay? Tú y yo podemos acampar en la terraza. Será divertido.
— Está bien. — Él palmeó su hombro distraídamente— Suerte…
vas a ¿Estudiar?
— Sip. — Dijo Piper— Estudiar.
Debes amar la Niebla. Puedes dar un paseo afuera de tu casa
severamente armado, en compañía de un sátiro, un semidiós y un
antiguo y fofo Olímpico y, gracias a la magia de la Niebla que
cambiaba la percepción, tu padre mortal asume que vas a salir con
un grupo de estudio. “Es cierto, papá. Tenemos que revisar unos
problemas matemáticos que involucran la trayectoria de los dardos
de una cerbatana contra unos objetivos en movimiento.”
Piper nos guió a través de la calle hacia la casa del vecino más
cercano– una mansión de Frankenstein con cerámicas toscanas,
ventanas modernas y aguilones42 que gritaban “Tengo mucho
42
Ángulo superior de la pared de un edificio cubierto por un tejado de dos aguas.
153
dinero, ¡pero no el suficiente gusto para que se vea bien!
¡AYUDA!”
Alrededor de la entrada, un hombre corpulento en ropa deportiva
acababa de salir de su Cadillac Escalade blanco
—¡Señor Bedrossian! — lo llamó Piper.
El hombre saltó, mirando a Piper con horror. Sin importar su
polera de ejercicio, sus pantalones desacertados de yoga, y sus
ostentosas zapatillas para correr, él se veía como si hubiera estado en
su tiempo de ocio más que ejercitando. No estaba ni sudando ni sin
aliento. Su delgado cabello tenía una pincelada de grasa negra en su
cuero cabelludo. Cuando él frunció el ceño sus rasgos gravitaron
hacia el centro de su cara como si estuvieran circulando los agujeros
negros de sus fosas nasales.
— P... Piper, — él tartamudeó— ¿Qué estás…?
— Me encantaría tomar prestado el Escalade, ¡gracias! — dijo
Piper sonriendo.
— Em, de hecho, esto no es….
—¿Esto no es problema? — le facilitó Piper— ¿Y está encantado
de prestármelo por el resto del día? ¡Fantástico!
La cara de Bedrossian se agitó. Él forzó sus palabras— Sí. Por
supuesto.
— Las llaves, por favor.
El señor Bedrossian le lanzó el llavero, luego corrió hacia la casa
tan rápido como su pantalón de yoga apretado lo dejaba.
Meg silbó bajito— Eso fue genial.
—¿Qué fue eso? — preguntó Grover.
154
— Eso, — dije— fue el embruja habla —Reevalúe a Piper
McLean, sin estar seguro si debía estar impresionado o si debía
correr tras el señor Bedrossian con pánico— Un raro regalo entre
los hijos de Afrodita. ¿Tú tomas prestado el auto del señor
Bedrossian a menudo?
Piper se encogió de hombros— Él ha sido un horrible vecino.
Además, tiene otra docena de autos. Créeme, no le estamos
causando ningún infortunio. Además, yo usualmente regreso lo que
pido prestado. Usualmente. ¿Ya nos vamos? Apolo, puedes
conducir.
— Pero…
Ella sonrió con esa sonrisa tenebrosa de ‘puedo hacerte hacerlo’.
— Yo conduzco — dije.
Tomamos el pintoresco camino de la costa hacia el sur en el
automóvil de Bedrossian. Ya que el Escalade sólo era un poco más
pequeño que el tanque que expulsaba fuego de la hidra Hefesto,
Tuve que tener cuidado de chocar de refilón contra las motocicletas,
buzones, niños pequeños en triciclos y otros obstáculos molestos.
—¿Vamos a recoger a Jasón? — pregunté.
Junto a mí, en el asiento del copiloto, Piper estaba cargando un
dardo en la cerbatana— No es necesario. Además, él está en clases.
— Tú no lo estás.
— Me estoy cambiando de casa, ¿Recuerdas? Desde el próximo
lunes estaré matriculada en la secundaria Tahlequah — ella alzó su
cerbatana como si fuera una copa de champaña—Vamos Tigres.
Sus palabras sonaban extrañamente sin ironía. Otra vez me
pregunté cómo es que ella podía estar tan resignada a su destino, tan
155
lista para dejar que Calígula los expulsara a ella y su padre de la vida
que habían construido aquí. Pero, ya que ella tenía un arma cargada,
no
la
desafié.
La cabeza de Meg salió de entre nuestros asientos— ¿No
necesitaremos a tu ex novio?
Yo me desvié y casi atropellé a la abuela de alguien.
—¡Meg! — La reprendí— Siéntate y abróchate el cinturón.
Grover… — miré por el espejo retrovisor y vi al sátiro masticando
una tira de tela— Grover, deja de comer tu cinturón de seguridad.
Estás demostrando un mal ejemplo.
Él soltó la tira— Lo lamento.
Piper arrugó el pelo de Meg, luego juguetonamente la empujó
hacia el asiento trasero— Para responder a tu pregunta, no.
Estaremos bien sin Jasón. Puedo mostrarles el camino por el
Laberinto. Fue mi sueño después de todo. Esta entrada es la que el
emperador ocupa, así que debería ser el camino más recto hacia el
centro, donde está manteniendo a su Oráculo.
— Y cuando entraste antes, — dije— ¿Qué pasó?
Piper se encogió de hombros— Las cosas usuales del laberinto:
trampas, pasillos que se movían; también unas criaturas extrañas;
guardias... Es difícil de explicar. Y fuego, mucho de ello.
Recuerdo mi visión de Herófila, levantando sus brazos encadenados
en la habitación de lava, disculpándose con alguien que no era yo.
— No encontraste realmente a la Oráculo? — pregunté.
Piper estuvo en silencio por media cuadra, mirando hacia pequeños
pedazos de océano que se veía entre las casas. — No lo hice. Pero
hubo un corto periodo de tiempo en que nos separamos Jasón y yo.
156
Ahora… me pregunto si él me dijo todo lo que le había pasado a él.
Estoy segura de que no lo hizo.
Grover volvió a abrocharse su cinturón de seguridad estropeado.
—¿Por qué mentiría?
— Esa, — dijo Piper— es una buena pregunta y una buena razón
para ir devuelta sin él. Para ver por mí misma.
Tenía un presentimiento de que Piper estaba guardándose algo…
dudas, conjeturas, sentimientos personales, probablemente lo que le
había pasado a ella en el Laberinto.
Hurra, pensé. Nada condimenta mejor una búsqueda como el
drama personal entre héroes que habían estado envueltos
románticamente quienes pudieran o no estar contándose entre ellos
(y
a
mí)
toda
la
verdad.
Piper me guió hacia el centro de la ciudad de Los Ángeles.
Consideré esto como una mala señal. “El centro de Los Ángeles”
siempre me ha golpeado como un oxímoron43, como ‘helado
caliente’ o ‘inteligencia militar’. (Sí, Ares, ese fue un insulto)
Los Ángeles se trataba de extensiones de tierra en crecimiento y
suburbios. No pretendía tener un centro de la ciudad, de igual forma
que las pizzas no pretendían tener pedazos de mango. Oh, sí, aquí y
allí, entre los edificios grises y aburridos del gobierno y las vitrinas
de tiendas de cerca, partes del centro habían sido revitalizadas.
Mientras hacíamos zigzag entre las calles de las superficies, descubrí
muchos condominios nuevos, tiendas modernas y hoteles ostentosos.
Pero, para mí, todos esos esfuerzos eran tan efectivos como ponerle
maquillaje a un legionario romano (Y, créanme, lo he intentado).
43
Figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un
significado contradictorio u opuesto.
157
Estacionamos cerca de Grand Park, la cual no era ni grande ni
mucho de un parque44. Al otro lado de la calle se veía una tienda del
tamaño de ocho tiendas en forma de panal de concreto y vidrio.
Parece que yo había ido una vez allí, hace décadas, para registrar mi
divorcio de Greta Garbo. ¿O era Liz Taylor? No podía recordarlo.
—“¿El
salón
de
los
registros?”—
dije
— Sip. — dijo Piper— Pero no entraremos. Estaciona en el lugar de
carga de quince minutos que está allí.
Grover se inclinó hacia adelante— ¿Qué pasa si no regresamos en
quince minutos?
Piper sonrió— Entonces estoy segura de que la compañía de la
ciudad cuidará muy bien del Escalade del señor Bedrossian.
Una vez que estuvimos a pie, seguimos a Piper al lugar del
complejo del gobierno, donde ella puso su dedo en su boca para que
mantuviéramos silencio, luego señaló para que ojeáramos la esquina.
A lo largo del tamaño de cuadra había una pared de concreto de
seis metros, interrumpida por puertas de metal nada especiales, las
cuales asumí que eran entradas para el personal. Frente a estas
puertas, como a media cuadra más abajo, había un guardia de
aspecto extraño.
A pesar de que había un cálido día, él vestía un traje negro con
corbata. Él era rechoncho y fuerte, con inusuales manos largas.
Envuelto en su cabeza había algo que no lograba reconocer, como
un kuffiya45 muy grande hecho de tela de toalla, la cual cubría sus
hombros y colgaba a medio camino de su espalda. Él podría haber
sido un guardia de seguridad privado trabajando para un magnate del
44
Juego de palabras con grand y park.
45
Pañuelo tradicional de Medio Oriente que se utiliza en la cabeza para cubrir del sol o el frío.
158
petróleo saudí46. ¿Pero por qué estaba parado en un callejón junto a
una mediocre puerta de metal? ¿Y por qué estaba toda su cara
cubierta de un pelaje blanco… pelaje que hacía juego con su tocado?
Grover olfateó el aire, entonces nos hizo retroceder la esquina
— Este tipo no es humano— él susurró.
— Denle el premio al sátiro — susurró de vuelta Piper, aunque yo
no estaba seguro del por qué estábamos siendo tan callados.
Estábamos a media cuadra de distancia, y había mucho ruido de la
calle.
—¿Qué es él? —preguntó Meg.
Piper comprobó su dardo en su cerbatana— Esa es una buena
pregunta. Pero ellos pueden ser un real problema si no los tomas por
sorpresa.
—¿Ellos? — pregunté.
— Sip — frunció el ceño Piper— La última vez, habían dos. Y
tenían pelaje negro. No estoy segura el cómo este es diferente. Pero
esa puerta es la entrada al Laberinto, así que necesitamos sacarlo.
—¿Debería usar mis espadas? — preguntó Meg.
— Sólo si mi tiro fracasa. — Piper tomó unas respiraciones
profundas— ¿Están listos?
Yo no creía que ella aceptara un No como respuesta, así que asentí
junto a Grover y Meg.
Piper dio un paso hacia afuera, alzó su cerbatana y disparó.
Era un disparo de quince metros, al borde de lo que yo consideraba
distancia de cerbatana, pero Piper le dio a su objetivo. El dardo
perforó el pantalón del hombre en su pierna izquierda.
46
Reino Unido de Arabia.
159
El guardia miró hacia abajo al extraño accesorio nuevo
sobresaliendo de su muslo. La pluma de la flecha hacía juego con su
pelaje blanco perfectamente.
“Oh, perfecto”, pensé. “Acabamos de hacerlo enojar.”
Meg
convocó
a
sus
Grover buscó a tientas sus reed pipes.
espadas
doradas.
Yo me preparé para salir corriendo y gritando.
El guardia miró hacia los lados, como si toda la ciudad se estuviera
inclinando hacia estribor, y luego se desmayó en la acera.
Alcé mis cejas— ¿Veneno?
— La receta especial del abuelo Tom — dijo Piper— Ahora,
vengan. Les mostraré lo que realmente es raro de cara peluda.
160
15
Grover se va temprano
Grover es un sátiro inteligente
Lester no tanto
–¿Q
UÉ ES ÉL? — preguntó otra vez Meg— Él es
divertido.
Divertido no habría sido el adjetivo que yo habría
escogido.
El guardia yacía despatarrado en su espalda, de sus labios saliendo
espuma, sus ojos medio cerrados moviéndose como en un estado de
semiinconsciencia.
Cada mano tenía ocho dedos. Eso explicaba el por qué lucían tan
grandes a la distancia. Juzgando por el tamaño de sus zapatos de
cuero, imaginé que tenían ocho dedos también. Él se veía joven, no
más que en la adolescencia en términos humanos, pero, excepto por
su frente y sus mejillas, toda su cara estaba cubierta en pelaje blanco
que se veía como el pelo del pecho de los terrier.
De lo que de verdad había que hablar eran sus orejas. Lo que yo
había confundido con un tocado se desenrollo, revelando dos óvalos
flexibles de cartílagos, con forma de orejas de humanos, pero cada
una del tamaño de una toalla de la playa, lo que me decía
inmediatamente que el sobrenombre del pobre niño en secundaria ha
de haber sido Dumbo. Los canales de sus orejas eran lo
suficientemente abiertos como para atrapar bolas de béisbol, y
161
rellenas de tanto cabello que Piper lo podría haber usado para haber
proveído un carcaj entero de plumas para sus flechas.
—Orejas grandes— dije
— Duh — dijo Meg
— No, me refiero a que éste ha de ser uno de los Orejas grandes
que Macro mencionó.
Grover dio un paso atrás— ¿Las criaturas que Calígula está
usando como sus guardias personales? ¿Ellos tienen que verse así de
espantoso?
Caminé un círculo alrededor del humanoide joven— ¡Imagínate lo
buena que ha de ser su audición! E imagina todos los acordes de
guitarras que podría tocar con esas manos. ¿Cómo es que nunca
había visto esta especie? ¡Ellos serían los mejores músicos del
mundo!
— Emm… — dijo Piper— No sé de música, pero ellos pelean
como no puedes ni imaginártelo. Dos de ellos casi nos matan a Jasón
y a mí, y hemos peleado con muchos monstruos diferentes.
No vi ningún arma en el guardia, pero podía imaginar que era un
peleador difícil. Aun así, se veía como un desperdicio entrenar a
estas criaturas para la guerra…
— Increíble — murmuré— Después de cuatro mil años, aún sigo
descubriendo nuevas cosas.
—Como el cuan bobo eres — Meg ofreció.
— No.
— Así que ya sabías eso?
162
—¿Chicos? — interrumpió Grover— ¿Qué hacemos con Orejas
grandes?
— Matarlo — dijo Meg
Fruncí el ceño hacia ella— ¿Qué pasó con “él es divertido”?
¿Qué pasó con “Todo lo que esté vivo merece una oportunidad para
crecer?
— Él trabaja con el emperador — dijo— Él es un monstruo. ¿Él
sólo volverá al Tártaro, o no?
Meg miró hacia Piper buscando aprobación, pero ella estaba
ocupada escaneando la calle.
— Aun así, parece extraño que haya sólo un guardia— musitó
Piper— Y ¿Por qué es tan joven? Después de que irrumpimos una
vez, pensarías que pondrían a más guardias por turno. A menos
que…
Ella no terminó su pensamiento, pero oí claramente “A menos de
que quieran que entremos”.
Estudié la cara del guardia, la cual aún estaba moviéndose por los
efectos del veneno. ¿Por qué debía pensar en su cara como la parte
inferior de un perro? Hacía que matarlo fuera más difícil.
—Piper, ¿qué hace exactamente tu veneno?
Ella se arrodilló y sacó el dardo— A juzgar por el cómo sirvió en
los otros Orejas grandes, lo paralizará por un largo rato, pero no lo
matará. Es veneno diluido de serpiente de coral con unos
ingredientes especiales de hierbas.
— Recuérdame nunca beber tus tés medicinales — murmuró
Grover.
Piper sonrió— Podemos simplemente dejarlo. No parece bien que
lo hagamos polvo y lo mandemos al Tártaro.
163
— Hmm — Meg se veía no convencida, pero ella dio un golpe a
sus espadas, instantáneamente volviéndolas a la posición de anillos
de
oro.
Piper caminó hacia la puerta de metal. Ella la abrió, revelando un
oxidado elevador de carga con una simple palanca de control y sin
puerta.
— Okay, sólo para dejar esto claro — dijo Piper— Les mostraré
dónde yo y Jasón entramos al Laberinto, pero no haré el típico
rastreo de Nativos Americanos. No sé de rastreo. No soy su guía.
Todos accedimos rápidamente, como uno haría cuando le da un
ultimátum un amigo con opiniones firmes y dardos con veneno.
— También, — continuó ella— si alguno encuentra la necesidad
de tener guía espiritual, no estoy aquí para proveer ese servicio. No
voy a repartir pedazos de sabiduría de los antiguos Cherokee.
— Muy bien — dije— Aunque soy un ex dios de las profecías,
disfruto los pedazos de sabiduría espiritual.
— Entonces tendrás que preguntarle al sátiro — dijo Piper
Grover se aclaró la garganta— Emm, ¿Reciclar es bueno para el
karma?
— Ahí lo tienes. — dijo Piper— ¿Todos felices? ¡Todos abordo!
El interior del elevador estaba pobremente iluminado y olía como
azufre. Yo recordaba que Hades tenía un elevador en Los Ángeles
que llevaba hacia el Inframundo. Esperaba que Piper no hubiera
mezclado
su
búsqueda.
—¿Estás segura de que esto nos lleva al Laberinto Ardiente? —
pregunté— Porque no traje ningún cuero crudo para Cerbero.
Grover lloriqueó— Tenías que mencionar a Cerbero. Eso es mal
karma.
164
Piper tiró del interruptor. El elevador se sacudió y empezó a
hundirse a la misma velocidad que mi ánimo.
— Toda la primera parte es mortal — Piper nos aseguró— El
centro de Los Ángeles está lleno de túneles, de refugios y de
alcantarillados…
— Todas las cosas que amo — murmuró Grover.
— No sé realmente la historia, — dijo Piper— pero Jasón me dijo
que algunos de los túneles solían ser usados por contrabandistas y
por fiesteros en tiempos de prohibición. Ahora hay grafiteros,
fugitivos, personas sin hogar, monstruos y empleados del gobierno.
La boca de Meg se movió como si se fuera a reír— ¿Empleados
del
gobierno?
— Es verdad — dijo Piper— Algunos trabajadores de la ciudad usan
los túneles para ir de un lugar a otro.
Grover se estremeció— ¿Cuándo simplemente podrían caminar a
la luz del sol normalmente? Es repulsivo.
Nuestra caja de metal oxidado se sacudió y sonó. Lo que sea que
había abajo definitivamente nos iba a escuchar llegar, especialmente
si tenía orejas del tamaño de toallas.
Después de casi cinco metros, el elevador se sacudió y paró.
Frente a nosotros había un estrecho pasillo, perfectamente cuadrado
y aburrido, iluminado con luces fluorescentes azules.
— No se ve tan espantoso — dijo Meg.
— Sólo espera. — dijo Piper— La parte divertida está adelante.
Grover movió las manos con escaso entusiasmo— Woo.
El pasillo cuadrado se abría a un largo túnel redondo, su techo
lleno de tubos y cañerías. Las paredes estaban tan llenas de grafitis
165
que podían ser una obra de arte sin descubrir de Jackson Pollock.
Latas vacías, ropa sucia y mohosos sacos de dormir estaban
esparcidos en el suelo, llenando el aire de un inequívoco
campamento de personas sin hogar: sudor, orina y absoluta
desesperación.
Ninguno de nosotros habló. Yo traté de respirar lo menos posible
hasta que emergimos en un túnel aún más largo, este estaba lleno de
vías de tren oxidado. A lo largo de las paredes, habían amarrados
carteles de metal que decían “ALTO VOLTAJE”, “NO ENTRAR” y
“SALIDA”.
El cemento crujió bajo nuestros pies. Ratas corretearon junto a las
vías, chillándole a Grover mientras pasaban.
— Ratas, — él susurró— son tan groseras.
Después de casi noventa metros, Piper nos guió hacia un pasillo a
un costado, éste estaba iluminado con linóleo. Filas de tubos
fluorescentes casi quemadas colgaban de nuestras cabezas. A la
distancia, apenas visible con la poca luz, había dos figuras
desplumadas juntas en el piso. Asumí que eran dos personas sin
hogar hasta que Meg se congeló— ¿Esas son dríadas?
Grover gritó alarmado— ¿Agave? ¿Money Maker? — él corrió
hacia adelante, el resto de nosotros seguimos sus talones.
Agave era un enorme espíritu de la naturaleza, digno de sus
plantas. Parada, ella ha de haber medido casi dos metros, con piel
azul grisácea, largas extremidades y cabello en puntas que ha de
haber sido un horror para el Shampoo. Alrededor de su cuello, sus
muñecas y sus tobillos, ella tenía unas vendas con puntas, sólo en
caso de que alguien quisiera entrometerse en su espacio personal.
Arrodillado junto a su amigo, Agave no se veía tan mal hasta que se
166
giró, revelando sus quemaduras. La parte izquierda de su cara era
una masa de tejido carbonizado y sabia brillante. Su brazo izquierdo
no era nada más que una curva café disecada.
—¡Grover! — ella dijo con tono áspero—
Maker. ¡Por favor!
Ayuda a Money
Él se arrodilló junto a la afligida dríada. Yo nunca había
escuchado de una planta hacedora de dinero47 antes, pero podía ver
el cómo había obtenido su nombre. Su pelo era un racimo grueso de
discos trenzados como un cuadrante verde. Su vestido estaba hecho
de la misma materia, así que se veía como si estuviera toda revestida
en una lluvia de monedas de clorofila. Puede que su cara alguna vez
haya sido hermosa, pero ahora estaba tan arrugada como un globo de
una fiesta pasada. De las rodillas hacia abajo, sus piernas habían
desaparecido… se habían quemado. Ella trató de concentrarse en
nosotros, pero sus ojos eran de un verde opaco. Cuando ella se
movió, monedas de jade cayeron se su pelo y de su vestido.
—¿Grover está aquí? — ella sonaba como si estuviera respirando
una mezcla de gas de cianuro y limaduras de metal— Grover…
estuvimos tan cerca.
El labio del sátiro tembló. Sus ojos estaban llenos de lágrimas—
¿Qué pasó? ¿Cómo…?
— Allá abajo. — dijo Agave— Llamas. Ella salió de la nada.
Magia… — ella empezó a toser sabia.
Piper miró cautelosamente hacia el pasillo— Voy a explorar
hacia adelante. Vuelvo en seguida. No quiero que me tomen por
sorpresa.
47
“Money Maker”, en español el nombre de esta especie es “Planta de dinero” que es una planta
originaria del sur de África utilizada principalmente como decoración.
167
Ella se precipitó lejos del pasillo.
Agave trató de hablar otra vez, pero se cayó hacia un lado. De
alguna forma, Meg logró atraparla y volver a levantarla sin quedar
empalada con las puntas. Ella tocó el hombro de la dríada,
murmurando ‘Crece, crece, crece’. Unas grietas comenzaron a
aparecer en la cara chamuscada de Agave. Su respiración se calmó.
Luego Meg se giró hacia Money Maker. Ella puso su mano en el
pecho de la dríada, pero retrocedió porque cayeron más pétalos de
jade.
— No puedo hacer mucho por ella aquí abajo — dijo Meg—
Ambos necesitan agua y luz solar. Ahora, ya.
— Yo las llevo a la superficie — dijo Grover.
— Yo te ayudo — dijo Meg.
— No.
— Grover…
—¡No! — Su voz se quebró— Una vez que esté afuera, puedo
curarlas tan bien como tú puedes hacerlo. Esta es mi búsqueda, aquí
están mis órdenes, Es mi responsabilidad ayudarlas. Además, tu
búsqueda está allá abajo junto a Apolo. ¿Realmente quieres que él
vaya sin ti?
Pensé que ese era un excelente punto. Yo necesitaría de la ayuda
de
Meg.
Entonces me di cuenta de la forma en que ambos me estaban
mirando, como si dudaran de mis habilidades, mi valentía, mi
capacidad de terminar esta búsqueda sin que una niña de doce años
me
tomara
de
la
mano.
Ellos tenían razón, por supuesto, pero no hacía que fuera menos
168
embarazoso.
Aclaré mi garganta— Bueno, estoy seguro de que si tuviera que…
Meg y Grover ya habían perdido el interés en mí, como si mis
sentimientos no fueran su primera preocupación. (Lo sé, no podía
creerlo tampoco.) Juntos ayudaron a Agave a que se parara.
— Estoy bien. — insistió Agave, tambaleando peligrosamente—
Puedo caminar. Sólo tomen a Money Maker.
Gentilmente, Grover la levantó.
— Ten cuidado — le avisó Meg— No la agites, o perderá todos
sus
pétalos.
— No agitar a Money Maker. — dijo Grover— Lo tengo. ¡Buena
suerte!
Grover se apuró hacia la oscuridad con dos dríadas a la vez que
Piper
regresaba.
— ¿Hacia dónde se van? — preguntó.
Meg le explicó. Piper frunció el ceño aún más— Espero que
logren salir a salvo. Si los guardias se despiertan… — ella dejó el
pensamiento en el aire— De todas formas, sería mejor que vayamos
caminando. Manténganse alerta.
Sus cabezas
girando
constantemente.
Casi inyectándome cafeína pura y electrificándome la ropa
interior, no sabía el cómo posiblemente podría estar más alerta o
girando mi cabeza, pero Meg y yo seguimos a Piper por el siniestro
pasillo
fluorescente.
Otros treinta metros, y el pasillo se abría hacia un vasto espacio que
se veía como…
— Espera — dije— ¿Este es un estacionamiento subterráneo?
169
Ciertamente se veía como ello, excepto por la completa ausencia
de autos. A lo largo de la oscuridad, el cemento estaba pintado con
flechas direccionales amarillas y cuadrículas de espacios vacíos.
Líneas de pilares cuadrados soportaban el techo a seis metros de
distancia. En algunos había carteles que decían: TOCAR LA
BOCINA, SALIDA, CEDA EL PASO.
En un pueblo tan loco por los autos como L.A., se veía raro que
alguien abandonara un estacionamiento usable. Por otro lado, supuse
que los metros de la calle sonaban mucho mejor cuando la otra
opción era un horripilante laberinto frecuentado por grafiteros,
dríadas en búsquedas y trabajadores del gobierno.
— Éste es el lugar — dijo Piper—
separamos.
Donde Jasón y yo nos
El olor de azufre era más fuerte aquí, mezclado con una fragancia
dulce… como a clavos de olor y miel. Me ponía nervioso,
recordándome a algo que no podía recordar…, algo peligroso.
Resistí el impulso de correr.
Meg arrugó la nariz— Pee-yoo.
— Sip — convino Piper— Ese olor estaba aquí la vez pasada, una
pared de llamas salió rugiendo de la nada. Jasón corrió hacia la
derecha. Yo corrí hacia la izquierda. Te lo digo… ese calor se sentía
malevolente. Era el fuego más intenso que he sentido antes, y he
peleado
con
Encélado.
Yo me estremecí, recordando el aliento de fuego de ese gigante.
Solíamos enviarle cajas de antiácidos masticables en Saturnalia48,
sólo para hacerlo enojar.
—¿Y luego de que tú y Jasón se separaron? — pregunté.
48
Importante festividad romana.
170
Piper se movió hacia el próximo pilar. Ella pasó la mano por las
letras del cartel de CEDA EL PASO — Yo traté de encontrarlo, por
supuesto. Pero era como si hubiera desaparecido. Busqué por un
largo tiempo. Estaba completamente asustada. Estaba a punto de
perder a otro…
Ella vaciló, pero yo entendí. Ella ya había sufrido la pérdida de
Leo Valdez, quien ella hace poco había asumido su muerte. Ella no
quería perder a otro amigo.
— De todos modos — ella dijo— Empecé a oler esa fragancia.
¿Esa cómo esencia de clavos de olor?
— Es distintiva — accedí.
— Asquerosa — corrigió Meg.
— Empezó a volverse muy fuerte — dijo Piper— Siendo honesta,
me asusté. Sola, en la oscuridad, entré en pánico. Así que me fuí —
Ella sonrió— No muy heroico, lo sé.
No la iba a criticar, teniendo en cuenta que mis rodillas ahora
estaban temblando como un código morse de ¡CORRE!
— Jasón apareció luego — dijo Piper— Simplemente apareció
por la salida. Él no quería hablar sobre lo que había pasado. Él sólo
dijo que volver al laberinto no resolvería nada. Las respuestas
estaban en cualquier otra parte. Él dijo que quería buscar ideas y
luego volver a mí. — Ella se encogió de hombros— Eso fue hace
dos semanas. Aún estoy esperando.
— Él encontró al Oráculo — supuse.
— Eso es lo que me pregunto. Tal vez si vamos por ese lugar... —
Piper señaló hacia la derecha —podremos saber la verdad.
171
Ninguno de nosotros se movió. Ninguno gritó ¡Hooray! Y corrió
hacia la oscuridad con olor a azufre. Mis pensamientos giraban tan
rápido que me preguntaba si mi cabeza estaba girando.
Un calor malevolente, como si tuviera una personalidad. El apodo
del emperador: Neos Helios, el nuevo sol, el intento de Calígula de
ser un dios vivo. Algo que Naevios Macro había dicho: Espero que
haya lo suficiente de ti para que la amiga mágica del emperador
pueda
trabajar.
Y esa fragancia, clavos de olor y miel… como un perfume antiguo,
combinado con azufre.
—Agave dijo “ella salió de la nada”— recordé.
Las manos de Piper se apretaron en el mango de su daga. Esperaba
haber oído mal esa parte. O que tal vez con ella, se refiriera a Money
Maker.
— Hey, — djo Meg— Escuchen.
Era difícil con mi cabeza giratoria y el sonido de la electricidad en
mi ropa interior, pero finalmente lo oí: el estruendo de madera y
metal haciendo eco en la oscuridad, y el siseo y rasguño de criaturas
largas moviéndose a una velocidad rápida.
— Piper — dije— ¿A qué te recuerda ese perfume? ¿Qué fue lo
que te asustó?
Sus ojos ahora se veían como azul eléctrico, como su pluma de
arpía— Un… un antiguo enemigo, alguien que mi mamá me
advirtió que algún día vería otra vez. Pero no puede ser…
— Una hechicera — supuse.
— Chicos — interrumpió Meg.
— Sip — la voz de Piper se volvió fría y pesada, como si ella
acabara de darse cuenta del peligro en que estábamos actualmente.
172
— Una hechicera de Cólquida — dije— Una nieta de Helios,
quien maneja un carruaje.
— Tirado por dragones — dijo Piper.
— Chicos — dijo Meg, más urgentemente—
escondernos.
necesitamos
Muy tarde, por supuesto.
El carruaje sonó por la esquina, era tirado por unos dragones
gemelos dorados que arrojaban vapores amarillos por sus fosas
nasales como locomotoras alimentadas por azufre. La conductora no
había cambiado desde que la había visto, hace unos miles de años
atrás. Aún tenía el pelo oscuro y se veía regia, su vestido de seda
negra ondulándose alrededor de ella.
Piper sacó su cuchillo. Ella salió a la luz. Meg la siguió,
convocando a sus espadas y parándose codo a codo con la hija de
Afrodita. Yo, neciamente, me paré junto a ellas.
— Medea — Piper escupió con tanto veneno y fuerza como si
hubiera lanzado un dardo con su cerbatana.
La hechicera tiró de las riendas, frenando el carruaje. Bajo
diferentes circunstancias, yo habría disfrutado la sorpresa en su cara,
pero
no
duró.
Medea se rió con genuina sorpresa— Piper McLean, querida — ella
giró su ávida mirada hacia mí— Este es Apolo, ¿no es así? Oh, me
has ahorrado mucho tiempo y problema. Y luego de que
terminemos, Piper, ¡Serás un adorable snack para mis dragones!
173
16
Hagamos batalla de embruja habla
Tú eres fea y apestas
El fin. ¿Gané?
D
RAGONES DEL SOL… los odio. Y yo era un dios del sol.
En cuanto a dragones, estos no eran particularmente
grandes. Con un poco de lubricante y músculo, podías
hacer que uno cayera dentro de un vehículo recreacional mortal. (Y
yo lo he hecho. Deberías haber visto la cara de Hefesto cuando le
dije que entrara al Winnebago para revisar el pedal del freno.)
Pero lo que les faltaba en tamaño, lo compensaban en crueldad.
Las mascotas gemelas de Medea gruñeron y chasquearon sus
mandíbulas, sus colmillos eran como porcelana en el fiero horno de
sus bocas. Calor salió de sus escamas doradas. Sus alas, dobladas en
su lomo, brillaron como paneles solares. Lo peor de todo eran sus
brillantes ojos naranjas…
Piper me empujó, rompiendo el contacto visual.
— No mires —ella me advirtió— Te paralizarán.
—Lo sé —murmuré, aunque mis piernas habían estado en el
proceso de convertirse en piedra. Había olvidado que ya no era un
dios. Ya no era inmune a pequeñas cosas como los ojos de un
dragón del sol y, ya sabes, a que me maten.
Piper le dio codazos a Meg— Hey. Tú también.
Meg parpadeó, saliendo de su estupor— ¿Qué? Son lindos.
174
—¡Gracias, querida! —la voz de Medea se volvió gentil y dulce—
No nos hemos conocido formalmente. Soy Medea. Y tú obviamente
eres Meg McCaffrey. He oído mucho de ti. —ella le dio unas
palmaditas al carril junto a su carruaje— Vamos, querida. No
necesitas temerme. Soy amiga de tu padrastro. Te llevaré con él.
Meg frunció el ceño, confundida. Las puntas de sus espadas
cayeron un poco
— ¿Qué?
—Ella está usando el embruja habla —la voz de Piper me golpeó
en la cara como un vaso de agua congelada— Meg, no la escuches.
Apolo, tú tampoco.
Medea suspiró— ¿En serio, Piper McLean? ¿Vamos a tener otra
batalla de embruja habla?
—No hay necesidad —dijo Piper— Sólo ganaría nuevamente.
Medea curvó su labio en una buena imitación de los gruñidos de
los dragones del sol
— El lugar de Meg es con su padrastro —ella movió la mano
hacia mi como si estuviera empujando una basura— No con esta
excusa de Dios.
—¡Hey! —protesté— Si tuviera mis poderes…
—Pero no los tienes —dijo Medea— Mírate, Apolo. ¡Mira lo que
tu padre te ha hecho! Pero no te preocupes. Tu miseria va a terminar.
¡Estrujare el poco poder que te queda y le daré un buen uso!
Los nudillos de Meg se pusieron blancos en los mangos de sus
espadas
— ¿A qué se refiere? —ella murmuró— Hey, Señora Mágica, ¿A
qué te refieres?
175
La hechicera sonrió. Ella ya no usaba la corona que era su derecho
de nacimiento como princesa de Cólquida, pero en su cuello aún
brillaba un colgante… las antorchas cruzadas de Hécate
— ¿Le debo decir yo, Apolo? ¿o le debes decir tú? Seguramente
sabes el por qué te traje aquí.
Por qué me trajo aquí.
Es como si cada paso que había dado desde que había trepado
desde ese basurero en Manhattan hubiera sido preordenado,
orquestado por ella... El problema era: encontraba eso totalmente
plausible. Esta hechicera había destruido reinos. Ella había
traicionado a su propio padre al ayudar al original Jasón a robar el
Vellocino de oro. Ella había matado y cortado en pedacitos a su
propio hermano. Ella había matado a sus propios hijos. Ella era la
seguidora de Hécate más brutal y ansiosa de poder, y también la más
formidable. Y no sólo eso, ella era una semidiosa de sangre antigua,
la nieta del mismísimo Helios, el antiguo Titán del sol.
Lo que significaba que…
Todo me vino de una vez, la realización fue tan horrible que mis
rodillas se doblaron.
—¡Apolo! —gritó Piper— ¡Levántate!
Lo intenté. De verdad lo hice. Mis extremidades no cooperaban.
Me encorvé en cuatro y exhalé un gemido indigno de dolor y terror.
Escuché un clap-clap-clap y me pregunté si las amarras que tenían
anclada a mi mente con mi esqueleto mortal se habían roto
finalmente.
Luego me di cuenta de que Medea me estaba dando una cortés ronda
de
aplausos.
176
—¡Aquí lo tienen! —ella se rió— Te tomó un tiempo, pero incluso
tu lento cerebro llegó allí eventualmente.
Meg me tomó del brazo— No te vas a rendir, Apolo. —ella me
ordenó— Dime qué es lo que sucede.
Ella me tiró para que me pusiera en pie.
Traté de formar palabras, para cumplir sus demandas de una
explicación. Cometí el error de mirar a Medea, cuyos ojos te dejaban
tan estupefactos como los de sus dragones. En su cara vi la cruel
alegría y la violencia brillante de Helios, su abuelo, como lo había
sido en sus gloriosos días… antes de que él se esfumara en el olvido,
antes de que yo tomara su lugar como el maestro del carruaje del sol.
Yo recordaba el cómo el emperador Calígula había muerto. Él
había estado a punto de dejar Roma, planeando navegar hasta Egipto
y hacer una nueva capital allí, en una tierra en que las personas
entendían de los dioses vivos. Él tenía pensado hacerse a sí mismo
un dios vivo: Neos Helios, El Nuevo Sol… no sólo su nombre, sino
que literalmente se convertiría en uno. Es por eso por lo que sus
pretores estaban tan ansiosos de matarlo el día antes de que partiera
de la ciudad.
¿Cuál es su meta? había preguntado Grover.
Mi sátiro y consejero espiritual había estado en el camino
correcto.
—Calígula siempre tuvo la misma meta. —dije difícilmente— Él
quiere ser el centro de la creación, el nuevo dios del sol. Él quiere
suplantarme, de la forma en que yo suplanté a Helios.
Medea sonrió— Y no le podía suceder a un mejor dios.
Piper se movió— ¿A qué te refieres con… suplantar?
177
—¡Reemplazar! —dijo Medea, luego empezó a contar con sus
dedos como si estuviera dando consejos de galletas en un programa
matutino de la televisión— Primero, extraigo cada pedazo de la
esencia inmortal de Apolo. Lo que no es mucho por el momento, así
que no tomará mucho tiempo. Luego añado su esencia a lo que ya
estoy cocinando, las sobras del poder de mi querido y difunto
abuelo.
—Helios. —dije— Las llamas en el Laberinto. Y-yo reconocí su
ira.
—Bueno, mi abuelo puede ser un poco irritable. —Medea se
encogió de hombros— Eso es lo que pasa cuando la fuerza de tu
vida se desvanece a prácticamente nada, luego tu nieta te convoca un
poco a la vez, hasta que eres una adorable tormenta de fuego.
Desearía que sufrieras tanto como Helios ha sufrido… aullando por
milenios en un estado de seminconsciencia, sólo lo suficientemente
consciente de lo que has perdido para sentir el dolor y el
resentimiento. Pero, por desgracia, no tenemos tanto tiempo.
Calígula está ansioso. Tomaré lo que queda de ti y Helios, colocaré
ese poder en mi amigo emperador, y ¡voilá! ¡Un nuevo dios del sol!
Meg gruñó
— Eso es tonto —ella dijo, como si Medea hubiera sugerido una
nueva regla para las escondidas— No puedes hacer eso, ¡No puedes
simplemente destruir a un dios y hacer uno nuevo!
Medea no se molestó en responder.
Yo sabía que lo que ella describía era totalmente posible. Los
emperadores de Roma se habían hecho a sí mismos semidivinos
simplemente al instaurar la rendición al culto en la población.
A través de los años, varios mortales se habían hecho a sí mismos
178
dioses, o fueron promovidos como linaje de los Olímpicos. Mi
padre, Zeus, había hecho a Ganimedes 49 inmortal ¡Sólo porque era
tierno y sabía cómo servir vino!
Y en cuanto a destruir a los dioses… la mayoría de los Titanes
habían sido asesinado o habían desaparecido hace miles de años. Y
yo estaba parado aquí, un simple mortal, despojado de mi poder
divino por tercera vez, simplemente porque mi papito quiso
enseñarme una lección.
Para una hechicera con el poder de Medea, tal magia está al
alcance, siempre y cuando sus víctimas fueran lo suficientemente
débiles como para vencerlas… igual que los remanentes de un Titán
que hace mucho había desaparecido, o un tonto de dieciséis años
llamado Lester quien había caído directo en su trampa.
—¿Destruirías a tu propio abuelo? —pregunté. Medea se encogió
de hombros.
— ¿Por qué no? Ustedes los Dioses son todos familia, pero se
están tratando de matarse constantemente.
Odiaba cuando las hechiceras malvadas tenían un punto.
Medea extendió sus manos hacia Meg.
— Ahora, querida, sube aquí. Tu lugar es con Nero. Todo será
perdonado, lo prometo.
El embruja habla flotaba en sus palabras como gel de Aloe Vera…
baboso y frío, pero de alguna forma tranquilizador. No veía el cómo
Meg podría resistirse. Su pasado, su padrastro, especialmente La
Bestia… ellos nunca estaban lejos de su mente.
49
Príncipe Troyano que era amante de Zeus y se convirtió en el copero de los dioses.
179
—Meg, —contraatacó Piper— no dejes que ninguno de nosotros
te diga qué hacer. Decide tú.
Bendigo la intuición de Piper, apelando a la terquedad de Meg. Y
bendigo el pequeño corazón caprichoso y lleno de hojas de Meg.
Ella se interpuso entre yo y Medea
— Apolo es mi tonto sirviente. No puedes tenerlo.
La hechicera suspiró— Aprecio tu valor, querida. Nero me dijo
que eras especial. Pero mi paciencia tiene límites. ¿Debería darte
una prueba con lo que te estás metiendo?
Medea azotó las riendas, y los dragones embistieron.
180
17
Phil y Don están muertos
Adiós, amor y felicidad
Hola, sin cabeza
M
E GUSTA ATROPELLAR A la gente con un carruaje,
pero no me gustó la idea de ser el tipo atropellado.
Mientras los dragones se lanzaban hacia nosotros, Meg
se mantuvo firme, lo cual era admirable o suicida. Traté de decidir si
esconderme detrás de ella o saltar fuera del camino, ambas opciones
eran poco admirables, pero también poco suicidas –cuando la
elección se volvió irrelevante, Piper arrojó su daga empalando el ojo
del dragón izquierdo.
El Dragón izquierdo chilló de dolor, empujó contra el Dragón
Derecho y envió el carro virando fuera de curso. Medea pasó junto a
nosotros, justo fuera del alcance de las espadas de Meg y
desapareció en la oscuridad mientras gritaba insultos a sus mascotas
en Cólquidan antiguo –un idioma que ya no se habla, pero que tiene
veintisiete diferentes palabras para matar y ni una sola manera de
decir peña de Apolo. Odiaba a los Cólquidianos.
— ¿Están bien, chicos? — Preguntó Piper. La punta de su nariz
estaba roja por el sol. La pluma de arpía ardía en su cabello. Tales
cosas sucedieron durante encuentros cercanos con lagartijas
sobrecalentadas.
181
— Bien—, se quejó Meg — Ni siquiera pude apuñalar algo.
Hice un gesto hacia la vaina de cuchillo vacía de Piper. — Buen
tiro.
— Sí, ahora sí sólo tuviera más dagas. Supongo que volví a los
dardos y a la cerbatana.
Meg negó con la cabeza. —¿Contra esos dragones? ¿Viste sus
pieles blindadas? Me haré cargo con mis espadas.
En la distancia, Medea siguió gritando, tratando de controlar a sus
bestias. El crujido áspero de las ruedas me indicó que el carro estaba
girando para volver.
— Meg—, dije, — sólo le tomará a Medea una palabra
encantadora para derrotarte. Si ella dice tropezar en el momento
correcto...
Meg me fulminó con la mirada, como si fuera mi culpa que la
hechicera pudiera hablar con encanto.
— ¿Podemos callar a Lady mágica de alguna manera?
— Sería más fácil cubrir tus oídos—, sugerí.
Meg retractó sus cuchillas. Rebuscó entre sus suministros
mientras el ruido de las ruedas del carro se hacía más y más rápido.
— Daté prisa—, le dije.
Meg abrió un paquete de semillas. Ella roció un poco en cada uno
de sus canales auditivos, luego se pellizcó la nariz y exhaló.
Ramitos de flores bluebonnet50 brotaron de sus orejas.
50
Plantas de color azul, declaradas como la flor estatal de Texas, llamadas de esa forma porque tienen
forma de gorros que usaban las mujeres pioneras para protegerse del sol.
182
— Eso es bastante interesante—, dijo Piper.
— ¿QUÉ? — Gritó Meg.
Piper negó con la cabeza. — No importa.
Meg nos ofreció semillas de bluebonnet. Ambos declinamos.
Piper, supuse, era naturalmente resistente a otros encantabladores.
En cuanto a mí, no tenía la intención de acercarme lo suficiente
como para ser el objetivo principal de Medea. Tampoco tenía la
debilidad de Meg –un deseo conflictivo, equivocado pero poderoso,
de complacer a su padrastro y reclamar una apariencia de hogar y
familia– que Medea podría, podría, podría y podría explotar.
Además, la idea de caminar con flores saliendo de mis oídos me
hacía sentir mareado.
— Prepárate—, le advertí.
—¿QUÉ? — Meg preguntó.
Señalé el carro de Medea, que ahora corría hacia nosotros desde la
oscuridad. Pasé mi dedo por mi garganta, la señal universal para
matar a esa hechicera y sus dragones.
Meg convocó sus espadas.
Ella cargó contra los dragones solares como si no tuvieran diez
veces su tamaño. Medea gritó con lo que sonó como una
preocupación real, — ¡Muévete, Meg!
Meg cargó, su muy alegre protección auditiva rebotaba arriba y
abajo como gigantes alas azules de libélula. Justo antes de una
colisión frontal, Piper gritó: — DRAGONES, DETENGANSE.
Pero Medea respondió: — DRAGONES, ¡VAYAN!
183
El resultado: un caos no visto desde el Plan Termopolis.
Las bestias se tambalearon en sus arneses, el Dragón Derecho
cargando hacia adelante, el Dragón Izquierdo deteniéndose por
completo. Derecho tropezó, tirando del de la izquierda hacia
adelante para que los dos dragones se estrellaron juntos. El yugo se
retorció y la carroza cayó hacia los lados, arrojando a Medea a
través del pavimento como una vaca en una catapulta.
Antes de que los dragones pudieran recuperarse, Meg se lanzó con
sus espadas dobles. Ella decapitó a ambos, liberando de sus cuerpos
una ráfaga de calor tan intensa que mis senos nasales
chisporrotearon.
Piper corrió hacia adelante y sacó su daga del ojo del dragón
muerto.
— Buen trabajo—, le dijo a Meg.
— ¿QUÉ? — Meg preguntó.
Salí de detrás de una columna de cemento, donde valientemente
me había cubierto, esperando por si mis amigas necesitaban
respaldo.
Piscinas de sangre de dragón humeaban a los pies de Meg. Sus
accesorios para las orejas flores humeaban, y sus mejillas estaban
quemadas, pero por lo demás parecía ilesa. El calor que irradiaba de
los cuerpos del dragón del sol ya había comenzado a enfriarse.
A treinta pies de distancia, en un lugar COMPACTO SÓLO
PARA COCHES, Medea luchó para ponerse en pie.
Su oscuro peinado trenzado se había deshecho, derramándose por
un lado de su cara como el aceite de un tanque perforado. Ella se
tambaleó hacia adelante, enseñando sus dientes.
184
Saqué mi arco de mi hombro y disparé. Mi objetivo era decente,
pero incluso para un mortal, mi fuerza era débil. Medea chasqueó
los dedos. Una ráfaga de viento hizo que mi flecha girara en la
oscuridad.
— ¡Mataste a Phil y a Don! —, Gruñó la hechicera. — ¡Han
estado conmigo por milenios!
— ¿QUÉ? — Meg preguntó.
Con un gesto de su mano, Medea convocó una ráfaga de aire más
fuerte. Meg voló por el estacionamiento, se estrelló contra la
columna y se desplomó, haciendo que su espada chocara con el
asfalto.
— ¡Meg! — Intenté correr hacia ella, pero más viento se
arremolinó a mí alrededor, enjaulándome en un vórtice.
Medea se rió. ―Quédate ahí, Apolo. Te llamaré en un momento.
No es necesario preocuparse por Meg. Los descendientes de
Plemnaeus son de gran resistencia. No la mataré a menos que sea
necesario. Nero la quiere viva.
¿Los descendientes de Plemnaeus? No estaba seguro de lo que eso
significaba, o de cómo se aplicaba a Meg, pero la idea de que ella
volviera a Nero me hizo luchar más duro.
Me arrojé contra el ciclón en miniatura. El viento me empujó
hacia atrás. Si alguna vez has sostenido tu mano por la ventana del
Maserati solar mientras se acelera en el cielo, y sentiste la fuerza de
una ráfaga de viento de mil millas por hora que amenaza con
arrancarte tus dedos inmortales, estoy seguro puedes entenderlo.
— En cuanto a ti, Piper... — Los ojos de Medea brillaron como
hielo negro. ―¿Te acuerdas de mis sirvientes aéreos, los venti?
185
Podría simplemente hacer que te arrojen contra la pared y rompan
todos los huesos de tu cuerpo, pero ¿Qué tan divertido sería eso? —
Se detuvo y pareció considerar sus palabras. —¡En realidad, sería
muy divertido!
— ¿Demasiado asustada? —, Espetó Piper. — ¿De enfrentarme tu
misma, mujer a mujer?
Medea se burló. — ¿Por qué los héroes siempre hacen eso? ¿Por
qué intentan provocarme para hacer algo tonto?
—Porque normalmente funciona—, dijo Piper con dulzura. Se
agachó con su cerbatana en una mano y su cuchillo en la otra, lista
para embestir o esquivar según fuera necesario. — Sigues diciendo
que me vas a matar. Me sigues diciendo lo poderosa que eres. Pero
sigo golpeándote. No veo una poderosa hechicera. Veo a una dama
con dos dragones muertos y un mal peinado.
Entendí lo que Piper estaba haciendo, por supuesto. Nos estaba
dando tiempo, para que Meg recuperara la conciencia y para que yo
pudiera encontrar una salida de mi prisión personal de tornado.
Ninguno de los dos eventos parecía probable. Meg yacía inmóvil
donde había caído. Y por más que lo intentara, no podría atravesar el
remolino de aires.
Medea tocó su peinado que se desmoronaba, luego retiró su mano.
— Nunca me has vencido, Piper McLean —, gruñó. — De hecho,
me hiciste un favor al destruir mi casa en Chicago el año pasado. Si
no hubiera sido por eso, no habría encontrado a mi nuevo amigo
aquí en Los Ángeles. Nuestros objetivos se alinean muy bien
186
— Oh, apuesto—, dijo Piper. —¿Tú y Calígula, el emperador
romano más torcido de la historia? Todo un partido hecho en el
tártaro. De hecho, es allí donde te enviaré.
Al otro lado de los restos del carro, los dedos de Meg McCaffrey
se crisparon.
Sus tapones para los oídos de Bluebonnet se estremecieron cuando
respiró profundamente. ¡Nunca había estado tan feliz de ver temblar
las flores silvestres en los oídos de alguien!
Empujé mi hombro contra el viento. Todavía no podía abrirme
paso, pero la barrera parecía suavizarse, como si Medea estuviera
perdiendo el foco en su secuaz.
Los venti tienen espíritus volubles. Sin Medea manteniéndolo en
la tarea, es probable que el empleado aéreo pierda interés y salga
volando en busca de palomas amables o pilotos de aviones para
hostigar.
— Palabras valientes, Piper, — dijo la hechicera. — Calígula
quería matarte a ti y a Jasón Grace, ¿sabes? Hubiera sido más
simple. Pero lo convencí de que sería mejor dejarte sufrir en el
exilio. Me gustó la idea de que tú y tu padre, antes famoso,
estuviesen atrapados en una granja de tierra en Oklahoma, mientras
ambos se enloquecen lentamente de aburrimiento y desesperanza.
Los músculos de la mandíbula de Piper se tensaron. De repente,
me recordó a su madre, Afrodita, cuando alguien en la tierra
comparaba su belleza con la de ella.
— Te vas a arrepentir de dejarme vivir.
187
— Probablemente. — Medea se encogió de hombros. — Pero ha
sido divertido ver cómo se derrumba tu mundo, en cuanto a Jasón,
ese chico encantador con el nombre de mi exmarido…
— ¿Qué hay de él? —, Exigió Piper. — Si lo has lastimado...
— ¿Herirlo? ¡De ningún modo! Me imagino que ahora está en la
escuela, escuchando una conferencia aburrida, o escribiendo un
ensayo, o cualquier trabajo lúgubre que hagan los adolescentes
mortales. La última vez que ustedes dos estuvieron en el laberinto...
— Sonrió. — Sí, por supuesto que sé de eso. Le otorgamos acceso a
la Sibila. Esa es la única forma de encontrarla, ya sabes. Tengo que
permitirte llegar al centro del laberinto, a menos que uses los zapatos
del emperador, por supuesto— Medea se rió, como si la idea la
divirtiera. — Y, realmente, no irían con tu atuendo.
Meg intentó sentarse. Sus gafas se habían deslizado hacia los
lados y colgaban de la punta de su nariz.
Di un codazo a mi jaula de ciclones. El viento definitivamente
estaba girando más lentamente ahora.
Piper agarró su cuchillo. —¿Qué le hiciste a Jasón? ¿Qué dijo la
Sibila?
— Ella solo le dijo la verdad—, dijo Medea con satisfacción. —
Quería saber cómo encontrar al emperador. La Sibila le dijo. Pero
ella le contó un poco más que eso, como hacen los Oráculos a
menudo. La verdad fue suficiente para romper a Jasón Grace. Él no
será una amenaza para nadie ahora. Y tampoco lo serás.
— Vas a pagar—, dijo Piper.
188
— ¡Encantador! — Medea se frotó las manos. — Me siento
generosa, así que te concedo tu pedido. Un duelo justo entre
nosotras, de mujer a mujer. Elije tu arma. Yo elegiré la mía.
Piper vaciló, sin duda recordando cómo el viento había hecho a un
lado mi flecha. Se llevó la cerbatana al hombro, dejándose armada
solo con su daga.
— Un arma bonita—, dijo Medea. — Muy parecido a Helena de
Troya. Muy parecido a ti. Pero, de mujer a mujer, déjame darte un
consejo. Lo bonito puede ser útil. Pero lo poderoso es mejor. ¡Para
mi arma, elijo a Helios, el Titán del sol!
Levantó los brazos y el fuego estalló a su alrededor.
189
18
Whoa, allí, Medea
No seas brillante en mi cara
Con tu gran abuelo
R
EGLA DE ETIQUETA DE DUELO: al elegir un arma para
un combate singular, no debes elegir blandir a tu abuelo.
No era ajeno al fuego.
Había alimentado con Nuggets de oro fundido a los caballos
solares con mis propias manos. Había ido a nadar en las calderas de
los volcanes activos. (Hefesto hace una gran fiesta en la piscina.)
Había soportado el aliento ardiente de gigantes, dragones e incluso a
mi hermana antes de cepillarse los dientes por la mañana. Pero
ninguno de esos horrores podría compararse con la esencia pura de
Helios, el antiguo Titán del sol.
Él no siempre había sido hostil. ¡Oh, estaba bien en sus días de
gloria! Recordé su cara imberbe, eternamente joven y apuesto, su
pelo rizado y oscuro coronado con una diadema dorada de fuego que
lo hacía demasiado brillante para mirarlo por más de un instante.
Con su túnica dorada, su cetro ardiente en la mano paseaba por los
pasillos del Olimpo, charlando, bromeando y coqueteando
descaradamente.
190
Sí, él era un Titán, pero Helios había apoyado a los dioses durante
nuestra primera guerra con Cronos. Él había luchado a nuestro lado
contra los gigantes. Poseía un aspecto amable y generoso, cálido,
como uno esperaría del sol.
Pero gradualmente, a medida que los olímpicos ganaban poder y
fama entre los devotos humanos, el recuerdo de los Titanes se
desvanecía. Helios apareció cada vez menos en los pasillos del
Monte Olimpo. Se volvió distante, enojado, feroz, fulminante, todas
esas cualidades solares menos deseables.
Los humanos comenzaron a mirarme, brillante, dorado y brillante,
y me asociaron con el sol. ¿Puedes culparlos?
Nunca pedí el honor. Una mañana simplemente me desperté y me
encontré a mí mismo como el maestro del carro solar, junto con
todos mis otros deberes. Helios se desvaneció a un eco oscuro, un
susurro desde las profundidades del tártaro.
Ahora, gracias a su malvada nieta hechicera, él había regresado.
Más o menos.
Una tormenta incandescente rugió alrededor de Medea. Sentí la ira
de Helios, su temperamento abrasador que solía asustar a la luz del
día. (ya sé, mal chiste).
Helios nunca había sido un dios de todos los oficios. Él no era
como yo, con muchos talentos e intereses. Hizo una cosa con
dedicación y enfoque penetrante: condujo el sol. Ahora, podía sentir
lo amargado que estaba, sabiendo que su papel había sido asumido
por mí, un mero aficionado a los asuntos solares, un conductor de
carro de sol de fin de semana. Para Medea, reunir su poder del
tártaro no había sido difícil. Simplemente había invocado su
resentimiento, su deseo de venganza. Helios estaba ardiendo para
191
destruirme, el dios que lo había eclipsado. (Ew, ahí va otro). Piper
McLean corrió. Esto no fue una cuestión de valentía o cobardía. El
cuerpo de un semidiós simplemente no fue diseñado para soportar
ese calor. De haberse quedado en la proximidad de Medea, Piper
habría estallado en llamas.
El único acontecimiento positivo: mi carcelero de Ventus
desapareció, muy probablemente porque Medea no podía
concentrarse tanto en él como en Helios. Tropecé con Meg, la puse
en pie y la arrastré lejos de la creciente tormenta de fuego.
— Oh, no, Apolo—, gritó Medea. — ¡No es tiempo de huir!
Empujé a Meg detrás de la columna de cemento más cercana y la
cubrí cuando una cortina de llamas atravesó el garaje, aguda, rápida
y mortal, absorbiendo el aire de mis pulmones y prendiendo fuego a
mi ropa. Rodé instintivamente y desesperadamente, me arrastré
detrás de la siguiente columna, fumigado y mareado.
Meg se tambaleó hacia mi lado. Ella estaba humeante y roja, pero
aún estaba viva, con sus flores tostadas obstinadamente enraizadas
en sus oídos. La había protegido de lo peor del calor.
Desde algún lugar al otro lado del estacionamiento, la voz de
Piper hizo eco, — ¡Oye, Medea! ¡Tu puntería es una mierda!
Miré alrededor de la columna mientras Medea se volvía hacia el
sonido. La hechicera permanecía inmóvil en su lugar, envuelta en
fuego, liberando rebanadas de calor blanco en todas direcciones,
como rayos del centro de una rueda. Una ola estalló en dirección a la
voz de Piper.
Un momento después, Piper gritó: — ¡No! ¡Más frío!
Meg me estrechó el brazo. — ¿QUÉ HACEMOS?
192
Mi piel se sentía como una cubierta de salchicha cocida. ¡La
sangre cantaba en mis venas, las letras eran ¡CALIENTES,
CALIENTES, CALIENTES!
Sabía que moriría si sufría otra ráfaga de fuego. Pero Meg tenía
razón. Teníamos que hacer algo. No podíamos permitir que Piper
tomara todo el calor (literalmente).
— ¡Sal, Apolo! —, Se burló Medea. —¡Saluda a tu viejo amigo!
¡Juntos alimentarán el Nuevo Sol!
Otra cortina de calor pasó velozmente, a unas pocas columnas de
distancia. La esencia de Helios no rugió ni deslumbró con muchos
colores. Era blanco fantasmal, casi transparente, pero nos mataría
tan rápido como la exposición a un reactor nuclear. (Anuncio de
seguridad pública: lector, no vaya a su planta de energía nuclear
local para ver la cámara del reactor).
No tenía una estrategia para vencer a Medea. No tenía poderes
piadosos, ni sabiduría piadosa, nada más que la sensación
aterrorizada de que, si sobrevivía a esto, necesitaría otro conjunto de
pantalones de camuflaje rosa.
Meg debió haber visto la desesperanza en mi cara.
— ¡PREGUNTA A LA FLECHA! —, Gritó. — ¡MANTENDRÉ
A LADY MÁGICA DISTRAÍDA!
Odiaba esa idea. Estuve tentado de gritar, ¿QUÉ?
Antes de que pudiera, Meg salió corriendo.
Busqué a tientas mi aljaba y saqué la Flecha de Dodona. —¡Oh
sabio proyectil, necesitamos ayuda!
193
—¿NO ESTÁ UN TANTO CALIENTE? — la flecha preguntó.
— ¿O SOY SOLO YO?
—¡Tenemos una hechicera arrojándonos calor de Titán! — Grité.
— ¡Mira!
No estaba seguro si la flecha tenía ojos mágicos, o radar, o alguna
otra forma de percibir su entorno, pero apunté con la punta alrededor
de la esquina del pilar, donde Piper y Meg estaban jugando un juego
mortal de pollo frito con las ráfagas de fuego del abuelo de Medea.
— ¿ACASO NO TIENEIS AHÍ UNA CERVATANA? — la
flecha exclamó.
— Sí.
— ¡UN ARCO Y FLECHAS SON ALGO SUPERIOR!
— Ella es medio cherokee—, le dije. — Es un arma Cherokee
tradicional. Ahora, ¿puedes decirme cómo derrotar a Medea?
―HMM,― la flecha reflexionó. — DEBES USAR LA
CERVATANA.
— Pero acabas de decir...
— ¡RECUÉRDENME NO HABLAR MAS CONTIGO PORQUE
NO ENTIENDES LAS RESPUESTAS!
La flecha se quedó en silencio. La única vez que debía, la flecha
se calló. Naturalmente.
Lo empujé hacia atrás en mi carcaj y corrí a la siguiente columna,
cubriéndome bajo un letrero.
— ¡Piper! —, Grité.
194
Ella miró desde cinco pilares de distancia. Su rostro se dibujó en
una mueca apretada. Sus brazos parecían conchos de langosta
cocidas. Mi mente médica me dijo que tenía unas pocas horas antes
del golpe de calor: náuseas, mareos, pérdida del conocimiento,
probablemente la muerte. Pero me centré en la parte de pocas horas.
Necesitaba creer que viviríamos lo suficiente para morir por tales
causas.
Le hice señas de mí mismo disparando una cerbatana, luego
apunté en dirección a Medea.
Piper me miró como si estuviera loco. No podría culparla. Incluso
si Medea no alejaba el dardo con una ráfaga de viento, el misil
nunca podría atravesar esa pared de calor. Solo podía encogerme de
hombros y pronunciar las palabras “confía en mí, le pregunté a mi
flecha mágica.”
Lo que Piper pensaba de eso, no podía decirlo, pero ella
desenrolló su cerbatana.
Mientras tanto, a través del estacionamiento, Meg se burló de
Medea con la manera típica de Meg.
— Retrasadaaaaaaa—, Gritó.
Medea envió una espada vertical de calor, a juzgar por su
objetivo, estaba tratando de asustar a Meg en lugar de matarla.
— ¡Sal y déjate de tonterías, querida! —, Gritó, llenando sus
palabras con preocupación. — ¡No quiero hacerte daño, pero el
Titán es difícil de controlar!
Apisoné mis dientes. Sus palabras estaban demasiado cerca de los
juegos mentales de Nero, manteniendo a Meg bajo control con la
amenaza de su alter ego, la Bestia. Solo esperaba que Meg no
195
pudiera oír una palabra a través de sus humeantes auriculares de
flores silvestres.
Mientras Medea estaba de espaldas, buscando a Meg, Piper salió a
la luz.
Ella tomó su oportunidad.
El dardo voló directamente a través de la pared de fuego y
atravesó a Medea entre los omóplatos. ¿Cómo? Solo puedo
especular. Quizás, siendo un arma Cherokee, no estaba sujeto a las
reglas de la magia griega. Tal vez, así como el bronce celestial
pasaría directamente a través de los mortales regulares, sin
reconocerlos como objetivos legítimos, los fuegos de Helios no se
podrían molestar en desintegrar un pequeño dardo de cerbatana.
En cualquier caso, la hechicera arqueó la espalda y gritó. Ella
cambió, frunciendo el ceño, luego se estiro y sacó el misil, lo miró
con incredulidad. — ¿Un dardo de cerbatana? ¿Me estás tomando el
pelo?
Los incendios continuaron girando alrededor de ella, pero ninguno
disparó hacia Piper. Medea se tambaleó. Sus ojos se cruzaron.
— ¿Y está envenenado? — La hechicera se río, su voz teñida de
histeria. —¿Tratarías de envenenarme, a la mayor experta en
venenos del mundo? ¡No hay veneno que no pueda curar! No
puedes…— Se dejó caer de rodillas. Saliva verde voló de su boca.
— ¿Q-qué es este brebaje?
—Felicitaciones de mi abuelo Tom—, dijo Piper. — Vieja receta
familiar.
196
La tez de Medea se puso pálida como el fuego. Forzó algunas
palabras, intercaladas con arcadas. — ¿Crees que... cambia algo? Mi
poder... no convoca a Helios... ¡Lo retengo!
Ella cayó hacia los lados. En lugar de disiparse, el cono de fuego
se arremolinaba aún más furiosamente a su alrededor.
—Corre—, grazné. Entonces grité por todo lo que valía, —
¡CORRE AHORA!
Estábamos a mitad de camino del corredor cuando el
estacionamiento detrás de nosotros se convirtió en una supernova.
197
19
En mi ropa interior
Cubierto con grasa, realmente no
Tan divertido como suena
N
O ESTOY SEGURO DE cómo salimos del laberinto.
Sin ninguna evidencia de lo contrario, acreditaré mi
propio valor y fortaleza. Sí, eso debe haber sido.
Habiendo escapado de lo peor del calor del Titán,
valientemente apoyé a Piper y Meg y las exhorté a seguir.
Ahumadas y semiinconscientes, pero aún con vida, avanzamos a
trompicones por los pasillos, volviendo sobre nuestros pasos hasta
que llegamos al vagón de carga. Con un último estallido heroico de
fuerza, giré la palanca y ascendimos.
Nos derramamos a la luz del sol, la luz del sol regular, no la
viciosa luz del sol zombi de un Titán casi muerto, y colapsamos en
la acera. La cara de asombro de Grover se cernió sobre mí.
— Caliente—, gimoteé.
Grover sacó sus flautas de pan. Él comenzó a tocar, y yo perdí el
conocimiento.
En mis sueños, me encontré en una fiesta en la Antigua Roma.
Calígula acababa de abrir su palacio más nuevo en la base de la
198
colina Palatine, haciendo una atrevida declaración arquitectónica al
tirar la pared posterior del Templo de Castor y Pólux y usarla como
su entrada principal. Como Calígula se consideraba a sí mismo un
dios, no vio ningún problema con esto, pero las elites romanas
estaban horrorizadas. Esto fue un sacrilegio similar a instalar un
televisor de pantalla grande en un altar de la iglesia y tener una
fiesta del Súper Bowl con el vino de la comunión.
Eso no impidió que la multitud asistiera a las festividades.
Algunos dioses incluso habían aparecido (disfrazados). ¿Cómo
podríamos resistirnos a una fiesta tan audaz y blasfema con
aperitivos gratuitos? Multitudes de juerguistas disfrazados se
movían a través de grandes salas iluminadas por antorchas. En cada
esquina, los músicos tocaban canciones de todo el imperio: Galia,
Hispania, Grecia, Egipto.
Yo mismo estaba vestido como un gladiador. (En aquel entonces,
con mi físico piadoso, podía lograrlo por completo.) Me mezclé con
senadores disfrazados de esclavos, esclavos disfrazados de
senadores, algunos fantasmas de toga poco imaginativos y un par de
patricios emprendedores que habían creado el primer disfraz de
burro de dos hombres del mundo.
Personalmente, no me importó el templo / palacio sacrílego. No
era mi templo, después de todo. Y en esos primeros años del Imperio
Romano encontré a los Césares refrescantemente atrevidos. Además,
¿por qué los dioses debemos castigar a nuestros mayores
benefactores?
Cuando los emperadores expandieron su poder, expandieron
nuestro poder. Roma había extendido nuestra influencia a través de
una gran parte del mundo. ¡Ahora los olímpicos somos los dioses del
199
imperio! Muévete, Horus. Olvídalo, Marduk. ¡Los olímpicos estaban
en ascenso!
No íbamos a ser más exitosos sólo porque los emperadores se
ponían más fuertes, especialmente cuando modelaron su arrogancia
en la nuestra.
Deambulé en la fiesta de incógnito, disfrutando de estar entre
todas las personas bonitas, cuando finalmente apareció: el joven
emperador en un carro de oro tirado por su semental blanco favorito,
Incitatus.
Flanqueado por guardias pretorianos, las únicas personas que no
estaban vestidas, Gaius Julius Caesar Germanicus estaba
completamente desnudo, pintado de oro de pies a cabeza, con una
corona puntiaguda de rayos de sol en la frente. Estaba fingiendo ser
yo, obviamente.
Pero cuando lo vi, mi primer sentimiento no fue enojo. Fue
admiración. Este hermoso y desvergonzado mortal se metió en el
papel a la perfección.
—¡Yo soy el Sol Nuevo! Anunció, sonriendo a la multitud como
si su sonrisa fuera responsable de toda la calidez del mundo. — Yo
soy Helios. Yo soy Apolo. Yo soy César ¡Ahora puedes disfrutar de
mi luz!
Nerviosos aplausos de la multitud. ¿Deberían arrastrarse?
¿Deberían reírse? Siempre fue difícil de decir con Calígula, y si te
equivocabas generalmente morías.
El emperador bajó de su carro. Su caballo fue llevado a la mesa de
entremeses mientras que Calígula y sus guardias se abrían paso entre
la multitud.
200
Calígula se detuvo y estrechó la mano de un senador vestido de
esclavo. — ¡Te miras encantador, Cassius Agrippa! ¿Serás mi
esclavo, entonces?
El senador se inclinó. — Soy tu leal sirviente, César.
―¡Excelente! — Calígula se volvió hacia sus guardias. —
Escuchaste al hombre. Él es ahora mi esclavo. Tómenlo como mi
esclavo maestro. Confisquen todas sus propiedades y dinero. Deje a
su familia libre, sin embargo. Me siento generoso.
El senador balbuceó, pero no pudo formar las palabras para
protestar. Dos guardias lo empujaron lejos mientras Calígula lo
llamaba, — ¡Gracias por tu lealtad!
La multitud se movió como una manada de ganado en una
tormenta eléctrica. Aquellos que habían estado avanzando, ansiosos
por llamar la atención del emperador y tal vez ganar su favor, ahora
hicieron todo lo posible para fundirse en el paquete.
— Es una mala noche—, algunos susurraron en advertencia a sus
colegas. ―Está teniendo una mala noche.
— ¡Marcus Philo! —, Gritó el emperador, acorralando a un pobre
joven que había intentado esconderse detrás del burro de dos
hombres. — ¡Ven aquí, canalla!
— M-mi S-eeñor — tartamudeó el hombre.
— Me encantó la sátira que escribiste sobre mí—, dijo Calígula.
— Mis guardias encontraron una copia en el Foro y me lo señalaron.
— S-señor—, dijo Philo. — Fue solo una broma débil. No quise
decir...
201
—¡Tonterías! — Calígula sonrió a la multitud. — ¿Philo no es
genial? ¿No les gustó su trabajo? ¿La forma en que me describió
como un perro rabioso?
La multitud estaba al borde del pánico total. El aire estaba tan
lleno de electricidad que me pregunté si mi padre estaba disfrazado.
―¡Prometí que los poetas serían libres de expresarse! —, Anunció
Calígula. — No más paranoia como en el antiguo reino de Tiberio.
Admiro tu lengua de plata, Philo. Creo que todos deberían tener la
oportunidad de admirarlo. ¡Te recompensaré!
Philo tragó saliva. — Gracias Señor.
— Guardias—, dijo Calígula, — llévenlo. Saquen su lengua,
sumérgela en plata fundida y muéstrenla en el foro donde todos
puedan admirarla. Realmente, Philo: ¡un trabajo maravilloso!
Dos pretorianos arrastraron al gritón del poeta.
—¡Y tú allí! — Llamó Calígula.
Sólo entonces me di cuenta de que la multitud había disminuido a
mí alrededor, dejándome al descubierto.
De repente, Calígula estaba en mi cara. Sus hermosos ojos se
estrecharon mientras estudiaba mi traje, mi físico piadoso.
— No te reconozco—, dijo.
Yo quería hablar, sabía que no tenía nada que temer de César. Si
llegara a pasar lo peor, simplemente podría decir: ¡Adiós! y
desaparecer en una nube de brillo. Pero, tengo que admitir, en
presencia de Calígula, estaba impresionado. El joven era salvaje,
poderoso, impredecible. Su audacia me dejó sin aliento.
Por fin, logré idear algo. — Soy un simple actor, César.
202
—¡Oh, de hecho! — Calígula se iluminó. — Y tú juegas al
gladiador. ¿Podrías luchar hasta la muerte en mi honor?
Me recordé silenciosamente a mí mismo que era inmortal. Fue un
poco convincente. Saqué la espada de mi traje de gladiador, que no
era más que una espada de suave estaño.
—¡Señálame a mi oponente, César! — Escaneé a la audiencia y
grité, —¡destruiré a cualquiera que amenace a mi señor!
Para demostrarlo, me lancé y empujé al guardia pretoriano más
cercano en el cofre.
Mi espada doblada contra su peto. Levanté mi ridícula arma, que
ahora se parecía a la letra Z.
Un silencio peligroso siguió. Todos los ojos se fijaron en César.
Finalmente, Calígula se rió. — ¡Bien hecho! —, Me palmeó el
hombro, luego chasqueó los dedos. Uno de sus sirvientes avanzó
arrastrando los pies y me entregó una pesada bolsa de monedas de
oro.
Calígula susurró en mi oído, — Me siento más seguro ya.
El emperador siguió su camino, dejando a los espectadores riendo
de alivio, algunos echando miradas de envidia como preguntando:
¿Cuál es tu secreto?
Después de eso, me mantuve alejado de Roma durante décadas.
Era un hombre raro que podía poner nervioso a un dios, pero
Calígula me inquietó. Casi hizo un Apolo mejor que yo.
Mi sueño cambió. Volví a ver a Herófila, la Sibila de Eritrea,
extendiendo sus brazos con grilletes, su cara enrojecida por la lava
que se agitaba abajo.
203
— Apolo,― dijo, — no valdrá la pena para ti, no estoy segura de
que sea yo misma, pero debes venir. Debes mantenerlos unidos en
su dolor.
Me hundí en la lava, Herófila todavía gritaba mi nombre cuando
mi cuerpo se rompió y se deshizo en cenizas.
Me desperté gritando, tumbado encima de un saco de dormir en la
Cisterna.
Aloe Vera se cernió sobre mí, su cabello espinoso casi se partía en
triángulo, dejándola con un reluciente y vibrante corte.
— Estás bien—, me aseguró, poniendo su mano fría contra mi
frente enfebrecida. — Sin embargo, has pasado por mucho.
Me di cuenta de que solo estaba usando mi ropa interior. Mi
cuerpo entero era de remolacha y granada, untado con aloe. No
podía respirar por mi nariz. Toqué mi nariz y descubrí que me
habían puesto pequeños tapones verdes de aloe.
Los estornudé.
—¿Mis amigos? —, Le pregunté.
Aloe se hizo a un lado. Detrás de ella, Grover Underwood estaba
sentado con las piernas cruzadas entre los sacos de dormir de Piper y
Meg, ambas dormidas profundamente. Como yo, habían sido
untadas. Era una oportunidad perfecta para tomar una foto de Meg
con tapones verdes saliendo de sus fosas nasales, para propósitos de
chantaje, pero estaba demasiado aliviado de que ella estuviera viva.
Además, no tenía teléfono.
— ¿Estarán bien? —, Le pregunté.
204
— Estaban peor que tú—, dijo Grover. — Van a salir adelante.
Les he estado alimentando con néctar y ambrosía. Aloe sonrió. —
Además, mis propiedades curativas son legendarias. Sólo espera. Se
levantarán y caminarán a cenar.
— Cena... ― Miré el círculo anaranjado oscuro del cielo arriba. O
bien era tarde, o los incendios forestales estaban más cerca, o ambas
cosas.
— Medea—, le pregunté.
Grover frunció el ceño.
―Meg me contó sobre la batalla antes de desmayarse, pero no sé
qué le pasó a la hechicera. Nunca la vi.
Me estremecí en mi gel de aloe. Quería creer que Medea había
muerto en la explosión de fuego, pero dudaba que pudiéramos tener
tanta suerte. El fuego de Helios no pareció molestarla. Tal vez ella
era naturalmente inmune. O tal vez ella había trabajado un poco de
magia protectora en sí misma.
—¿Tus amigas dríada? —, Le pregunté ― ¿Agave y Money
Maker?
Aloe y Grover intercambiaron una mirada triste.
— Agave podría salir adelante—, dijo Grover. — Se quedó
dormida tan pronto como la regresamos a su planta. Pero Money
Maker... ―Negó con la cabeza.
Apenas me había encontrado con la dríada. Aun así, la noticia de
su muerte me golpeó duro. Sentí como si estuviera arrojando
monedas de hojas verdes de mi cuerpo, desprendiéndome de piezas
esenciales de mí mismo.
205
Pensé en las palabras de Herófila en mi sueño: no valdra la pena
para ti, no estoy segura de que sea yo misma, pero debes venir.
Debes mantenerlos unidos en su dolor.
Temía que la muerte de Money Maker fuera solo una pequeña
parte del dolor que nos esperaba.
— Lo siento—, dije.
Aloe palmeó mi grasiento hombro. — No es tu culpa, Apolo. Para
cuando la encontraste, ya había ido demasiado. A menos que
hubieras tenido...
Se detuvo a sí misma, pero yo sabía lo que tenía la intención de
decir: a menos que tuvieras tus poderes curativos piadosos. Mucho
habría sido diferente si hubiera sido un dios, no un pretendiente en
este patético disfraz de Lester Papadopoulos.
Grover tocó la cerbatana al costado de Piper. El tubo de caña de
río estaba muy carbonizado, lleno de agujeros quemados que
probablemente lo dejarían inutilizable.
— Algo más que debes saber―, dijo. — Cuando Agave y yo
sacamos Money Maker del laberinto ¿Ese guardia de orejas grandes
y con el pelaje blanco? Él se había ido.
Lo reflexione.
— ¿Quieres decir que murió y se desintegró? ¿O se levantó y se
fue?
— No sé—, dijo Grover. — ¿Parece probable?
No lo sabía, pero decidí que teníamos problemas más grandes en
los que pensar.
206
—Esta noche—, dije — cuando Piper y Meg se despierten,
necesitamos tener otra reunión con tus amigos dríada. Vamos a
poner este laberinto fuera del negocio, de una vez por todas.
207
20
O Musa, déjanos ahora
¡Canta en alabanza a los botánicos!
Ellos hacen cosas de plantas. Yay.
N
UESTRO CONSEJO DE GUERRA era más como un
consejo de estremecimientos.
Gracias a la magia de Grover y la constante baba de
Aloe Vera (Quiero decir cuidados), Piper y Meg recobraron la
conciencia. Para la hora de la cena, los tres pudimos bañarnos,
vestirnos e incluso caminar alrededor sin gritar demasiado, pero
todavía nos dolía mucho. Cada vez que me levantaba muy rápido,
pequeños dorados Calígulas bailaban ante mis ojos.
La cerbatana y el carcaj de Piper—ambas herencias de su
abuelo—estaban arruinados. Su cabello estaba chamuscado. Sus
brazos quemados, brillando con Aloe, parecían ladrillos recién
esmaltados. Ella llamó a su padre para avisarle que pasaría la
noche con su grupo de estudio, luego se asentó en uno de los
huecos de la cisterna de albañilería con Mellie y Hedge que la
seguían instando a beber más agua. El bebé Chuck estaba sentado
en el regazo de Piper, mirando embelesado a su rostro como si
fuera la cosa más asombrosa en el mundo.
208
En cuanto a Meg, estaba tristemente sentada por la piscina, sus
pies en el agua, un plato de enchiladas de queso en su regazo.
Usaba una camiseta celeste de la Locura Militar de Macro con una
caricatura sonriente de un AK-47 que decía: ¡CLUB JUVENIL
DE TIRADORES! A su lado estaba sentada Agave, mirándose
abatida, aunque una nueva estaquilla verde había empezado a
crecer donde su marchito brazo se había caído. Sus amigas dríadas
seguían viniendo, ofreciéndole fertilizante, agua y enchiladas,
pero Agave sacudía su cabeza tristemente, mirando a la colección
de los caídos pétalos de Money-Maker en sus manos.
Money Maker, me dijeron, había sido plantada en la ladera con
todos los honores de las dríadas. Con suerte, ella reencarnaría
como una hermosa nueva planta, o tal vez una ardilla antílope cola
blanca. Money Maker siempre amó esas. Gover se miraba
exhausto. Tocar toda esa música de curación había cobrado
factura, sin mencionar el estrés de conducir de vuelta a Palm
Springs a una velocidad insegura en el prestado/ligeramente
robado Bedrossian móvil con cinco víctimas con quemaduras
críticas. Una vez que todos nos reunimos –con condolencias
intercambiadas, enchiladas comidas, y con baba de aloe– empecé
la reunión.
—Todo esto—anuncié, —es mi culpa.
Te puedes imaginar lo difícil que fue decir esto para mí. Las
palabras simplemente no habían estado en el vocabulario de
Apolo. Parcialmente esperé que el colectivo de dríadas, sátiros y
semidioses se apresuraran a asegurarme que era inocente. No lo
hicieron. Continué. —El objetivo de Calígula siempre ha sido el
mismo: hacerse un dios. Él miró a sus ancestros inmortalizados
209
luego de sus muertes: Julio, Augustus, incluso el repugnante viejo
Tiberius. Pero Calígula no quería esperar por la muerte. Él fue el
primer emperador romano que quería ser un dios viviente.
Piper levantó la mirada de jugar con el bebé sátiro. —Calígula
es ahora algo como un dios menor, ¿Cierto? Dijiste que él y los
otros dos emperadores han estado alrededor por miles de años. Así
que consiguió lo que quería.
—Parcialmente, —estuve de acuerdo. —Pero ser un menor lo
que sea no es suficiente para Calígula. Siempre soñó en
reemplazar a alguno de los olímpicos. Jugaba con la idea de
convertirse en el nuevo Júpiter o Marte. Al final, fijó su vista en
ser… — tragué el amargo sabor de mi boca —el nuevo yo.
El entrenador Hedge rascó su barba de chivo. (Hmm. ¿Si una
cabra usa una barba de cabra, lo convierte en un galán?
— ¿Y qué? Calígula te mata, se pone una etiqueta que diga
Hola, ¡soy Apolo!, ¿Y caminar en el olimpo esperando a que nadie
se dé cuenta?
—Sería peor que matarme, —dije. —El consumiría mi esencia,
junto con la esencia de Helios, para hacerse a sí mismo el nuevo
dios del sol.
Prickly Pear se enfadó. — ¿Los otros olímpicos simplemente
permitirían esto?
—Los olímpicos, —dije amargamente, —permitieron que Zeus
me despojara de mis poderes y me tirara a la tierra. Ellos hicieron
la mitad del trabajo de Calígula por él. Ellos no interferirán. Como
siempre, esperan que los héroes restablezcan las cosas. Si Calígula
en verdad se convierte en el nuevo dios del sol, yo desapareceré.
Permanentemente. Para eso es que Medea se ha estado preparando
210
con el laberinto ardiente. Es una olla gigante para sopa de dios del
sol.
Meg arrugó su nariz — Asqueroso.
Por una vez, estaba totalmente de acuerdo con ella.
Parado en las sombras, el árbol de Josué cruzó sus brazos. —
Así que los fuegos de Helios, ¿Eso es lo que está matando nuestra
tierra?
Extendí mis manos. —Bueno, los humanos no están ayudando.
Pero sobre la usual contaminación y cambio climático, si, el
laberinto ardiente era el punto de inflexión. Todo lo que queda del
titán Helios ahora está fluyendo a través de esta sección del
laberinto bajo California del sur, lentamente convirtiendo el lado
superior en un páramo ardiente.
Agave tocó el lado de su rostro cicatrizado. Cuando levanto su
vista hacia mí, su mirada era tan filosa como su cuello. —Si
Medea tiene éxito, ¿Todo el poder iría a Calígula? ¿El laberinto
dejaría de quemarnos y matarnos?
Nunca había considerado a los cactus como una perversa forma
de vida, pero, mientras las otras dríadas me estudiaban, podía
imaginarlos amarrándome con un moño y una gran nota que diga
PARA CALIGULA, DE LA NATURALEZA y tirándome en la
puerta del emperador.
—Chicos, eso no ayudaría, —dijo Grover. —Calígula es
responsable por lo que nos está pasando ahora mismo. A él no le
importan los espíritus de la naturaleza. ¿Ustedes de verdad quieren
darle todo el poder del dios del sol?
211
Las dríadas murmuraron en reacio acuerdo. Hice una nota
mental de enviarle a Grover una linda tarjeta en el día de
apreciación de las cabras.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Mellie.—Yo no quiero
que mi hijo crezca en un páramo ardiente.
Meg se quitó sus anteojos. —Mataremos a Calígula.
Era perturbador, escuchar a una chica de doce años hablar con
tal naturalidad a cerca de asesinato. Aún más perturbador, estaba
tentado de coincidir con ella.
—Meg,—dije,—eso puede que no sea posible. Recuerda a
Commodus. Él era el más débil de los tres emperadores, y lo
mejor que pudimos lograr fue echarlo de Indianápolis. Calígula
será mucho más poderoso, firmemente afianzado.
—No me importa, — ella murmuró. —El hirió a mi papá. El
hizo... todo esto.—señaló alrededor a la vieja cisterna.
—¿A qué te refieres con todo esto?—preguntó Josué.
Meg me lanzó una mirada como si dijera, Tu turno.
Otra vez, expliqué lo que había visto en los recuerdos de Meg –
Aeithales como una vez había sido, la presión legal y financiera
que Calígula había usado para cerrar el trabajo de Phillip
McCaffrey, la forma en que Meg y su padre habían sido forzados
a huir justo antes de que su casa fuera bombardeada.
Josué frunció el ceño. —Recuerdo un saguaro llamado Hércules
del primer invernadero. Uno de los pocos que sobrevivieron el
incendio. Viejo, dríada fuerte, siempre con dolor por sus
quemaduras, pero se seguía aferrando a la vida. Solía hablar de
una niña que vivía en la casa. Decía que estaba esperando que
212
regresara. ―Josué se volvió hacia Meg con asombro. — ¿Esa
eras tú?
Meg limpió una lágrima de su mejilla.— ¿Él no lo logró?
Josu sacudió su cabeza. —El murió hace unos años. Lo siento.
Agave tomó la mano de Meg. —Tu padre fue un gran héroe, —
ella dijo.—Claramente, él estaba haciendo su mayor esfuerzo para
ayudar a las plantas.
—Él era un... botánico,—dijo Meg, pronunciando la palabra
como si sólo lo hubiera recordado.
Las dríadas bajaron la cabeza. Hedge y Grover se quitaron sus
sombreros.
—Me pregunto cuál era el gran proyecto de tu padre, —dijo
Piper,—con todas esas semillas brillantes. ¿Cómo te llamó
Medea... descendiente de Plemnaeus?
Las dríadas dejaron escapar un jadeo colectivo.
—¿Plemnaeus?—preguntó Reba. —¿El Plemnaeus? Incluso en
Argentina sabemos de él.
Yo la miré. —¿Lo conoces?
Prickly Pear bufó.—¡Oh, vamos, Apolo! Eres un dios.
¡Seguramente conoces al gran héroe Plemnaeus!
—Um...—Estaba tentado de culpar a mi defectuosa memoria
mortal, pero estaba bastante seguro de que nunca había escuchado
ese nombre, incluso cuando era un dios. — ¿A qué monstruo
mató?
Aloe se alejó de mí, como si no quisiera estar en la línea de
fuego cuando las otras dríadas me lanzaran sus espinas.
213
—Apolo, —Reba me reprendió, —un dios de curación debería
saberlo.
—Er, por supuesto, —estuve de acuerdo. —Pero, um, ¿Quién
exactamente?
—Típico, —murmuró Pear. —Los asesinos son recordados
como héroes. Los cultivadores son olvidados. Excepto por
nosotros los espíritus de la naturaleza.
—Plemnaeus era un rey griego, —explicó Agave. —Un hombre
noble, pero sus hijos nacieron bajo una maldición. Si alguno de
ellos lloraba incluso una vez durante su infancia, morirían al
instante.
No estaba seguro de cómo eso hace noble a Plemnaeus, pero
asentí de forma cortés. —Qué sucedió?
—El acudió a Deméter, —Josué dijo. —La misma diosa crió a
su siguiente hijo, Orthopolis, para que el viviera. En gratitud,
Plemnaeus construyó un templo para Deméter. Desde ese
entonces, sus descendientes se han dedicado al trabajo de
Deméter. Siempre han sido grandiosos agricultores y botánicos.
Agave apretó la mano de Meg. —Ahora entiendo porque tu
padre fue capaz de construir Aeithales. Su trabajo en realidad debe
haber sido especial. No solo venía de una larga línea de héroes de
Deméter, él atrajo la atención personal de la diosa, tu madre.
Estamos honrados que has venido a casa.
—Casa,—dijo Prickly Pear.
—Casa,—repitió Josué.
Meg contuvo las lágrimas.
214
Este parecía un excelente momento para una canción en grupo.
Imaginé a las dríadas poniendo sus puntiagudos brazos alrededor
del otro y balanceándose mientras cantaban “En el jardín”. Incluso
estaba dispuesto a proveer música con el ukelele.
El entrenador Hedge nos trajo de vuelta a la realidad.
—Eso es genial.—Asintió hacia Meg de manera respetuosa. —
Chica, tu papá debe haber sido algo. Pero, a menos que estuviera
cultivando algún tipo de arma secreta, no sé cómo eso pueda
ayudarnos. Todavía tenemos un emperador que matar y un
laberinto que destruir.
—Gleeson… —le reprendió Mellie.
—Hey, ¿estoy equivocado?
Nadie lo desafió.
Grover miraba desconsoladamente a sus pezuñas.—Entonces,
¿qué hacemos?
—Nos apegamos al plan,—dije. La seguridad en mi voz pareció
sorprender a todos. Definitivamente me sorprendió.—
Encontramos a la Sibila de Eritrea. Ella es más que un anzuelo.
Ella es la llave a todo. Estoy seguro de eso.
Piper acunó al bebé Chuck mientras él se aferraba a su pluma de
arpía.—Apolo, intentamos recorrer el laberinto. Tú viste lo que
pasó.
—Jasón Grace lo atravesó,—dije.—El encontró al oráculo.
La expresión de Piper se oscureció.—Tal vez. Pero, incluso si tú
crees en Medea, Jasón sólo encontró el oráculo porque Medea
quería.
215
—Ella mencionó que había otra forma de recorrer el
laberinto,—dije.—Los zapatos del emperador. Aparentemente,
estos ayudaron a Calígula a atravesarlo de forma segura.
Necesitamos esos zapatos. A eso se refería la profecía: camina el
sendero en las propias botas del enemigo.
Meg limpió su nariz.—Así que estás diciendo que necesitamos
encontrar la casa de Calígula y robar sus zapatos. Mientras
estemos ahí, ¿No podemos sólo matarlo?
Preguntó esto tan casual, como ¿podemos pasar por Target de
camino a casa?
Hedge movió sus dedos hacia McCaffrey.—Ves, ahora eso es
un plan. Me gusta esta chica.
—Amigos,—dije, deseando tener un poco de las habilidades de
encanto vocal de Piper,—Calígula ha estado vivo por miles de
años. Es un dios menor. No sabemos cómo matarlo para que se
quede muerto. También no sabemos cómo destruir el laberinto, y
ciertamente no queremos empeorar las cosas liberando toda esa
energía divina al mundo superior. Nuestra prioridad tiene que ser
la sibila.
—¿Por qué es tu prioridad?—gruño Pear.
Resistí el impulso de gritar, ¡Duh!
—De cualquier forma, —dije,—para conocer la ubicación del
emperador, necesitamos preguntarle a Jasón Grace. Medea nos
dijo que el oráculo le dio información de cómo encontrar a
Calígula. Piper, ¿Nos llevarías con Jasón?
Piper frunció el ceño. El bebé Chuck tenía su dedo en su
pequeño puño y lo estaba moviendo peligrosamente hacia su boca.
216
—Jasón está viviendo en un internado en Pasadena, —dijo
finalmente. —No sé si va a escucharme. No sé si me ayudará.
Pero podemos intentarlo. Mi amiga Annabeth siempre dice que la
información es el arma más poderosa.
Grover asintió—Nunca discutí con Annabeth.
—Entonces, está hecho, —dije. —Mañana continuamos nuestra
misión sacando a Jasón Grace de la escuela.
217
21
Cuando la vida te da semillas
Plántalas en tierra rocosa estéril
Soy un optimista
D
ORMÍ MUY POCO.
¿Estás sorprendido? Yo estaba sorprendido.
Soñé con mi más famoso oráculo, Delfos, aunque,
desafortunadamente, no fue durante los buenos viejos días donde
hubiera sido recibido con flores, besos, dulces y mi usual mesa
VIP en Chez Oracle.
En lugar de eso, era el moderno Delfos, desprovisto de
sacerdotes y devotos, en vez, lleno con el espantoso hedor de
Pitón, mi viejo enemigo, quien había reclamado su antigua
guarida. Su olor a huevo podrido/carne rancia es imposible de
olvidar.
Estaba de pie en las cavernas, que ningún mortal ha pisado. En
la distancia, dos voces conversaban, sus cuerpos perdidos en los
turbulentos vapores volcánicos.
—Está bajo control,—dijo la primera, en alto tono nasal del
emperador Nero. La segunda voz gruñó, un sonido como una
cadena jalando una antigua montaña rusa cuesta arriba.
218
—Muy poco ha estado bajo control desde que Apolo cayó a la
tierra—dijo Pitón.
Su fría voz envió ondas de asco a través de mi cuerpo. No podía
verlo, pero podía imaginar sus siniestros ojos ámbar salpicados
con dorado, su enorme forma de dragón, sus terribles garras.
—Tienes una gran oportunidad,—continuó Pitón.—Apolo está
débil. Es un mortal. Está acompañado por tu propia hijastra.
¿Cómo es que todavía no está muerto?
La voz de Nero se tensó.—Mis compañeros y yo tuvimos una
diferencias de opinión. Commodus…
—Es un tonto,—siseó Pitón,—a quien solo le importa el
espectáculo. Ambos sabemos eso. ¿Y tú gran tío, Calígula?
Nero titubeó.—El insistió... necesita el poder de Apolo. Él
quiere que el actual dios del sol conozca su destino en una, ah,
forma particular.
El gran cuerpo de Pitón se movió en la oscuridad, escuché sus
escamas frotarse contra la piedra. —Conozco el plan de Calígula.
Me pregunto ¿quién está controlando a quién? Tienes que
asegurarme…
—Sí,—espetó Nero.—Meg McCaffrey volverá a mí. Ella aun
me servirá. Apolo morirá, como lo prometí.
—Si Calígula tiene éxito,—musitó Pitón,—el balance de poder
cambiará. Preferiría apoyarte a ti, por supuesto, pero sí un nuevo
dios del sol se alza al oeste…
—Tú y yo tenemos un trato,—gruñó Nero.—Tú me apoyas una
vez que el Triunvirato controle…
219
—Todos los significados de la profecía,—continúo Pitón.—
Pero no lo hacen todavía. Perdiste Dodona por los semidioses
griegos. La cueva de Trofonío ha sido destruida. Tengo entendido
que los romanos fueron alertados de los planes de Calígula para el
Campamento Júpiter. No tengo el deseo de gobernar el mundo
solo. Pero si me fallas, si tengo que matar a Apolo yo mismo…
—Mantendré mi parte del trato,—dijo Nero.—Mantén la tuya.
Pitón hizo un sonido despreciable, parecido a una risa.—Ya
veremos. Los próximos días deberían ser muy informativos.
Desperté con un jadeó.
Estaba solo y temblando en la cisterna. Las bolsas de dormir de
Piper y Meg estaban vacías. Encima, el cielo resplandecía en un
azul brillante. Quería creer que esto significaba que los incendios
habían sido controlados. Probablemente significaba que el viento
simplemente había cambiado.
Mi piel había sanado durante la noche, aunque todavía me
sentía como si hubiera sido sumergido en aluminio líquido. Logré
vestirme con un mínimo de dolor y gruñidos, tomar mi arco,
carcaj y ukelele y subí la colina.
Localicé a Piper en la base de la colina, hablando con Grover en
el Bedrossian móvil. Escaneé las ruinas y miré a Meg
agachándose por el primer invernadero colapsado.
Pensando en mi sueño, ardí en ira. Si todavía fuera un dios,
hubiera rugido mi disgusto y hecho un nuevo gran cañón a través
del desierto.
A como era, solo pude apretar mis puños hasta que mis uñas
cortaron mis palmas.
220
Ya era suficientemente malo que el trío de malvados
emperadores quisieran mis oráculos, mi vida, mi propia esencia.
Era suficientemente malo que mi antigua enemiga Pitón haya
tomado Delfos y estaba esperando por mi muerte. Pero la idea de
Nero usando a Meg como un peón en este juego... No. Me dije a
mi mismo que no dejaría que Nero tuviera a Meg entre sus garras
otra vez. Mi joven amiga era fuerte. Estaba esforzándose para
liberarse de la malvada influencia de su padrastro. Ella y yo
hemos pasado por mucho juntos para que ella volviera.
Aun, las palabras de Nero me inquietaban: Meg McCaffrey
volverá a mí. Ella aun me servirá.
Me pregunté... si mi propio padre, Zeus, se me apareciera ahora
mismo y me ofreciera regresar al olimpo, ¿qué precio estaría
dispuesto a pagar? ¿Dejaría a Meg a su suerte? ¿Abandonaría a los
semidioses y sátiros y dríadas que se han convertido en mis
camaradas? ¿Olvidaría las cosas horribles que Zeus me ha hecho a
lo largo de los siglos y tragaría mi orgullo, sólo para regresar a mi
puesto en el olimpo, sabiendo por completo que todavía estaría
debajo del pulgar de Zeus?
Aplaqué esas preguntas. No estaba seguro de querer saber las
respuestas.
Me uní a Meg en el invernadero caído. —Buenos días.
Ella no levantó la vista. Ha estado cavando en los restos.
Paredes de policarbonato medio derretidas habían sido volteadas y
puestas a un lado. Sus manos estaban sucias de cavar en la tierra.
Cerca de ella estaba una mugrienta botella de vidrio de
mantequilla de maní, con la oxidada tapa removida y puesta a un
lado. En las palmas de sus manos estaban algunas piedrecillas
verdosas.
221
Me quedé sin aliento.
No, no eran piedrecillas. En las manos de Meg estaban seis
semillas verdes hexagonales del tamaño de una moneda,
exactamente iguales a las de las memorias que ella había
compartido.
—¿Cómo?—pregunté.
Ella miró hacia arriba. Hoy vestía camuflaje verde azulado, lo
que la hacía ver como una completamente diferente peligrosa y
espeluznante chica. Alguien había limpiado sus anteojos (Meg
nunca lo hacía), así que podía ver sus ojos. Brillaban tan fuertes y
claros como los diamantes falsos en su marco.
—Las semillas estaban enterradas, —dijo.—Yo... tuve un
sueño acerca de ellas. El Cactus Hércules lo hizo, las puso en una
botella justo antes de morir. Estaba salvando las semillas… para
mí, para cuando fuera el momento.
No estaba seguro de que decir. Felicitaciones. Que geniales
semillas. Honestamente, no sabía mucho de cómo crecían las
plantas. Pero noté, sin embargo, que las semillas no estaban
brillando como el los recuerdos de Meg.
—¿Crees que todavía estén, uh, bien?—pregunté.
—Lo descubriremos,—dijo.—Las voy a plantar.
Mire alrededor de la desierta colina.—¿Quieres decir aquí?
¿Ahora?
—Sip. Es tiempo.
¿Cómo podría ella saber eso? Tampoco miraba como plantar
algunas semillas harían una diferencia cuando el laberinto de
Calígula estaba causando que la mitad de california se quemara.
222
Por otro lado, nos iríamos a otra misión hoy, esperando
encontrar el palacio de Calígula, sin garantías de regresar vivos.
Supongo que no había mejor momento que el presente. Y si hacía
a Meg sentirse mejor, ¿por qué no?
—¿Cómo puedo ayudar?—pregunté.
—Haz hoyos.—Luego agregó, como si yo necesitar más
especificaciones, —En la tierra.
Los realicé con la punta de una flecha, haciendo siete pequeños
agujeros en el árido suelo de roca. No puede evitar pensar que
esos agujeros no se miraban muy cómodos lugares para crecer.
Mientras Meg colocaba los hexágonos verdes en sus nuevos
hogares, me envió a conseguir agua de del pozo de la cisterna.
—Tiene que ser de ahí,—me advirtió.—Un recipiente lleno.
Unos minutos después regresé con una copa de plástico tamaño
Big Hombre de Enchiladas del Rey. Meg roció el agua sobre
nuestros recién plantados amigos.
Esperé que algo dramático sucediera. En presencia de Meg, me
había acostumbrado a la explosión de semillas de chía, melones
demonios bebés y paredes instantáneas de fresas.
La tierra no se movió.
—Creo que esperaremos,—dijo Meg.
Abrazó sus rodillas y escaneó el horizonte.
El sol de la mañana brillaba en el este. Se había alzado hoy,
como siempre, pero no gracias a mí. No importa si es estaba
conduciendo la carroza solar, o si Helios estaba furioso en los
túneles bajo Los Ángeles. No importa lo que los humanos crean,
el cosmos seguía girando, y el sol se mantenía en curso. Bajo
223
diferentes circunstancias, hubiera encontrado eso reconfortante.
Ahora encontraba la indiferencia del sol cruel e insultante. En
unos pocos días, Calígula podría convertirse en una deidad solar.
Bajo tal vil liderazgo, podrías pensar que el sol se reusaría a
alzarse o ponerse. Pero impresionantemente, asquerosamente, día
y noche continuaría como siempre ha sido.
—¿Dónde está?—preguntó Meg.
Parpadeé. —¿Quién?
—Si mi familia es tan importante para ella, miles de años de
bendición, o lo que sea, ¿Por qué ella nunca…?
Ella señaló al vasto desierto, como para decir, tanto terreno,
muy poca Deméter.
Estaba preguntando por qué su madre nunca había aparecido
ante ella, por qué Deméter había permitido a Calígula destruir el
trabajo de su padre, por qué había dejado a Nero criarla en su
venenosa e imperial casa en Nueva York.
No podía contestar las preguntas de Meg. O mejor, como un
antiguo dios, podía pensar en muchas respuestas, pero ninguna
que hiciera a Meg sentirse mejor: Deméter estaba muy ocupada
mirando la situación de los cultivos en Tanzania. Deméter se
distrajo inventando nuevos cereales para el desayuno. Deméter se
olvidó de que existías.
—No lo sé, Meg, —admití. —Pero esto...—Apunté a los siete
pequeños círculos mojados en la tierra. —Este es el tipo de cosas
de las cuales tu madre estaría orgullosa. Cultivando plantas en un
lugar imposible. Insistiendo obstinadamente en crear vida. Es
ridículamente optimista. Deméter lo aprobaría.
224
Meg me estudió como si intentara decidir si agradecerme o
golpearme. Me he acostumbrado a esa mirada.
—Vamos,—decidió.—Tal vez las semillas crecerán mientras no
estemos.
Los tres nos amontonamos en el Bedrossian móvil: Meg, Piper
y yo.
Grover había decidido quedarse, supuestamente para reunirse
con las desmoralizadas dríadas, pero creo que estaba simplemente
cansado de su serie de excursiones cercanas a la muerte conmigo
y Meg. El entrenador Hedge se había ofrecido a acompañarnos,
pero Mellie rápidamente lo des ofreció. En cuanto a las dríadas,
ninguna parecía ansiosa de ser nuestro escudo de plantas después
de lo que le pasó a Money Maker y Agave. No podía culparlos.
Al menos Piper accedió a conducir. Si éramos detenidos por
posesión de un vehículo robado, ella podía usar su encanto vocal
para evitar que seamos arrestados. Con mi suerte, pasaría todo el
día en la cárcel, y la cara de Lester no se vería bien en esa
fotografía.
Volvimos a trazar nuestra ruta de ayer, el mismo terreno
infernalmente caliente, el mismo cielo teñido de humo, el mismo
tráfico. Viviendo el sueño de california.
Ninguno de nosotros sentía ganas de hablar. Piper mantenía sus
ojos fijos en la carretera, probablemente pensando en la reunión
que no quería con un exnovio que había dejado en términos
incómodos. (Oh, chico, podía identificarme.)
Meg trazaba los patrones en sus pantalones camuflados.
Imagino que estaba reflexionando a cerca del último proyecto de
225
botánica de su padre y por qué Calígula lo había encontrado tan
amenazante. Parecía imposible que la vida de Meg había sido
completamente alterada por siete verdes semillas. Por otra parte,
ella era una hija de Deméter. Con la diosa de las plantas, cosas
que parecían insignificantes podían ser muy significantes.
Las más pequeñas semillas, solía decirme Demeter, crecen en
robles de siglos.
En cuanto a mí, no me hacían falta problemas en que pensar.
Pitón me esperaba. Yo sabía instintivamente que tendría que
enfrentarlo algún día. Si por algún milagro sobrevivía a los varios
complots de los emperadores, si vencía al Triunvirato y liberaba a
los otros cuatro oráculos y sin ayuda arreglaba todo en el mundo
mortal, todavía tendría que encontrar una forma de recuperar el
control de Delfos de uno de mis más viejos enemigos. Solo
entonces Zeus podría permitirme ser dios otra vez. Porque Zeus
era así de genial. Gracias, papá.
Mientras tanto, tenía que lidiar con Calígula. Tendría que
frustrar su plan de hacerme el ingrediente secreto de su sopa de
dios del sol. Y tendría que hacer esto mientras no tengo poderes
divinos a mi disposición. Mis habilidades de arquería se han
deteriorado. Mi canto e interpretación no valían ni un hueso de
aceituna. ¿Fuerza divina? ¿Carisma? ¿Luz? ¿Poder de fuego?
Todos los indicadores dicen VACÍO.
Mi más humillante pensamiento: Medea me capturará, intentará
despojarme de mis poderes divinos y se daría cuenta que no me
queda ninguno.
¿Qué es esto? gritaría. ¡No hay nada aquí más que Lester!
Luego me mataría de todas maneras.
226
Mientras contemplaba estas alegres posibilidades, nos abrimos
camino a través del valle de Pasadena.
—Nunca me ha gustado esta ciudad,—murmuré.—Me hace
pensar en programas de juegos, desfiles picantes y borrachas
estrellas arruinadas con mucho perfume puesto.
Piper tosió. ―Estem… la mamá de Jasón era de aquí. Ella
murió aquí, en un accidente de auto.
—Lo siento. ¿Qué era lo que hacía?
—Ella era una de esas borrachas estrellas arruinadas con mucho
perfume puesto.
—Ah,—espere que las punzadas de vergüenza desaparecieran.
Tomó muchas millas.
—Así que ¿por qué Jasón quiere ir a la escuela aquí?
Piper apretó el volante.—Luego de que terminamos, él se
transfirió a una escuela internado de hombres en las colinas.
Veras. Creo que quería algo diferente, algo calmo y fuera del
camino. Sin drama.
—Estará feliz de vernos, entonces,—murmuró Meg, mirando
hacia la ventana.
Nos abrimos paso en las colinas sobre la ciudad, las casas
siendo más y más impresionantes mientras ganábamos altitud.
Incluso en la tierra de las mansiones los árboles estaban
empezando a morir. El césped bien cuidado se estaba volviendo
café en los bordes. Cuando la escasez de agua y las altas
temperaturas afectan a los vecinos de lujo, sabes que las cosas
eran serias. Los ricos y los dioses siempre son los últimos en
sufrir.
227
En la cima de una colina estaba la escuela de Jasón –un inmenso
campus con edificios de bloque amarillo entrelazados con jardines
y pasarelas sombreadas con árboles de acacia. El letrero del frente,
hecho en letras de bronce en una pared baja de bloques, decía:
INTERNADO Y ESCUELA EDGARTON.
Estacionamos el escalade en una calle residencial cercana,
usando la estrategia de si-es- remolcado-sólo-prestaremos-otroauto de Piper.
Un guardia de seguridad estaba de pie al frente de las puertas de
la escuela, pero Piper le dijo que teníamos permitido entrar, y el
guardia, con una mirada de gran confusión, estuvo de acuerdo en
que teníamos permitido entrar.
Todos los salones de clase se abrían hacia los jardines. Los
casilleros de los estudiantes estaban alineados en las pasarelas. No
era un diseño de escuela que hubiera funcionado en, digamos,
Milwaukee durante la temporada de tormenta, pero en California
del sur decía cuan por sentado los locales tomaban su templado y
consistente clima. Dudo que los edificios tengas aire
acondicionado. Si Calígula continuaba cocinando dioses en el
laberinto ardiente, el internado y escuela Edgarton debería volver
a pensar eso.
A pesar de la insistencia de Piper de que se había distanciado de
la vida de Jasón, tenía su horario memorizado. Nos llevó justo a su
salón de clase del cuarto periodo. Mirando por la ventana, miré
una docena de estudiantes, todos jóvenes en blazers azules,
camisas blancas, corbatas rojas, pantalones grises y brillantes
zapatos, como pequeños ejecutivos de negocios. Al frente de la
clase, en una silla de director, un barbudo profesor en un traje
estaba leyendo de una copia de bolsillo de Julio César.
228
Ugh. Bill Shakespeare. Digo, si, era bueno. Pero incluso él
hubiera estado horrorizado ante el número de horas que los
mortales pasan perforando sus obras en las cabezas de
adolescentes aburridos, y el número de flautas, chaquetas
cuadriculadas, bustos de mármol y malas tesis que han inspirado
incluso sus obras menos favoritas. Mientras tanto, Christopher
Marlowe tuvo el corto final de bastón isabelino. Kit había sido
mucho más hermosa.
Pero yo divago.
Piper golpeó en la puerta y asomó su cabeza. De repente el
joven no parecía aburrido. Piper le dijo algo al profesor, quien
pestañeó un par de veces, luego señalo ve a un joven en la fila de
en medio.
Un momento después, Jasón Grace se nos unió en la pasarela.
Sólo lo había visto unas pocas veces antes, una vez cuando era
el pretor del campamento Júpiter; una vez cuando visitó Delos;
luego brevemente, cuando peleamos lado a lado contra los titanes
en el Partenón.
Peleó lo suficientemente bien, pero no puedo decir que le presté
especial atención. En esos días, todavía era un dios. Jasón sólo era
otro héroe semidiós en el equipo del Argo II.
Ahora, en su uniforme escolar, se miraba bastante
impresionante. Su rubio cabello estaba corto. Sus ojos azules
brillaban detrás de un par de lentes de marco negro.
Jasón cerró la puerta del salón detrás de él, puso sus libros
debajo de su brazo y forzó una sonrisa, una pequeña cicatriz
blanca en una esquina de sus labios.—Piper. Hola.
229
Me pregunté cómo le hizo Piper para parecer tan calmada. He
pasado por muchos rompimientos complicados. Nunca se hace
más fácil, y Piper no tenía la ventaja de poder convertir a su ex en
un árbol o simplemente esperar a que su corta vida mortal se
terminará antes de regresar a la tierra.
—Hola a ti también,—dijo, sólo un poco de tensión en su
voz.—Ellos son…
—Meg McCaffrey,—dijo Jasón.—Y Apolo. Los he estado
esperando chicos.—
No sonaba terriblemente emocionado por eso. Lo dijo de la
manera que alguien puede decir, He estado esperando por los
resultados de mi resonancia cerebral de emergencia.
Meg evaluó a Jasón como si encontrara sus lentes inferiores a
los de ella.—¿Sí?
—Sí.—Jasón miró a cada dirección de la pasarela.—Volvamos
a mi dormitorio. No estamos seguros aquí afuera.
230
22
Para mi proyecto escolar
Hice este templo pagano
Tablero de monopolio
T
UVIMOS QUE PASAR A un profesor y dos supervisores,
pero, gracias al encanto vocal de Piper, todos estuvieron
de acuerdo en que era perfectamente normal que los
cuatro (incluyendo dos mujeres) paseemos en los dormitorios
durante horas de clase.
Una vez que llegamos al dormitorio de Jasón, Piper se detuvo
en la puerta. —Definitivamente no es seguro.
Jasón miró sobre el hombro de ella.—Los monstruos se han
infiltrado en la facultad. Estoy vigilando a la profesora de
humanidades. Estoy muy seguro de que es una empusa. Ya tuve
que asesinar a mi profesora de cálculo, porque era una blemmyae.
Viniendo de un mortal, tal charla sería etiquetada como
paranoica homicida. Viniendo de un semidiós, era una descripción
de una semana promedio.
—Blemmyae, ¿huh?—Meg reevaluó a Jasón, como si decidiera
que sus lentes podrían no estar tan mal. —Odio a los blemmyae.
Jasón sonrió.—Pasen.
231
Hubiera llamado su habitación espartana, pero he visto las
habitaciones de los verdaderos espartanos. Ellos hubieran
encontrado el dormitorio de Jasón ridículamente cómodo.
El espacio de cincuenta pies cuadrados tenía un librero, una
cama, un escritorio y un ropero. El único lujo era una ventana
abierta por la que se miraban los jardines, llenando el cuarto con
el cálido aroma de jacintos. (¿Tenían que ser jacintos? Mi corazón
siempre se rompe cuando siento esa fragancia, incluso después de
miles de años.)
En la pared de Jasón colgaba una foto retratada de su hermana
Thalía sonriendo a la cámara, un arco cruzado en su espalda, su
corto cabello oscuro moviéndose por el viento. Excepto por sus
deslumbrantes ojos azules, no se parecía en nada a su hermano.
Por otro lado, ninguno de ellos se parecía en nada a mí y, como
el hijo de Zeus, yo era técnicamente su hermano. Y yo había
coqueteado con Thalía, o sea... Eww.
¡Te maldigo, padre, por tener tantos hijos! Me hizo salir con un
verdadero campo de minas durante milenios.
—Tu hermana dice hola, por cierto,—dije.
Los ojos de Jasón se iluminaron.—¿La vieron?
Me lancé a una explicación de nuestro tiempo en Indianápolis:
la estación de paso, el emperador Commodus, las cazadoras de
Artemisa haciendo rappel en el estadio de football para
rescatarnos. Luego retrocedí y le expliqué el Triunvirato, y todas
las cosas miserables que me han pasado desde que salí del
contenedor de basura en Manhattan.
232
Mientras tanto, Piper estaba sentada de piernas cruzadas al otro
lado de la habitación, su espalda contra la pared, tal lejos posible
de la cama que era la opción más cómoda. Meg estaba de pie en el
escritorio de Jasón, examinando algún tipo de proyecto escolar
con etiquetas de espuma pegadas a pequeñas cajas de plástico, tal
vez representando edificios.
Cuando casualmente mencioné que Leo estaba vivo y bien y
actualmente en una misión al Campamento Júpiter, todos los
tomacorrientes en la habitación chispearon. Jasón miró a Piper,
asombrado.
—Lo sé,—dijo.—Después de todo lo que hemos pasado.
—Ni siquiera puedo... —Jasón se sentó pesadamente en su
cama.—No sé si reír o gritar.
—No te limites,—gruño Piper.—Haz ambos.
Meg dijo desde el escritorio,—Oye, ¿qué es esto?
Jasón se sonrojó.—Un proyecto personal.
—Es la colina de los templos,—facilitó Piper, su tono
cuidadosamente neutral.—En el campamento Júpiter.
Miré más de cerca. Piper tenía razón. Reconocí el diseño de los
templos y santuarios donde los semidioses del Campamento
Júpiter honraban a las antiguas deidades. Cada edificio estaba
representado por una pequeña caja de plástico pegada al tablero,
los nombres de los santuarios escritos a mano en la espuma. Jasón
incluso había marcado líneas de elevación, mostrando los niveles
topográficos de la colina.
Encontré mi templo: APOLO, representado por un edificio de
plástico verde. No era ni un poco parecido al real, con su techo
233
dorado y sus diseños platinados de filigrana, pero yo no quería
criticar.
—¿Estas son casas de monopolio? —preguntó Meg.
Jasón se encogió de hombros, —Use cualquier cosa que tenía,
las casas rojas y hoteles verdes.
Le eche un vistazo al tablero. No había gloriosamente
descendido a la colina de los templos en un tiempo, pero parecía
un poco más poblada de lo usual. Había al menos veinte pequeñas
fichas que no reconocía.
Me recliné y leí las etiquetas. —¿Kymopoleia? Dioses, ¡no
había pensado en ella en siglos! ¿Por qué los romanos le
construyeron un templo?
—No lo han hecho todavía,—dijo Jasón.—Pero le hice una
promesa. Ella... nos ayudó en nuestro viaje a Atenas.
De la forma en que lo dijo, decidí que significaba ella accedió a
no matarnos, lo que iba más con el carácter de Kymopoleia.
—Le dije que me aseguraría que ninguno de los dioses y diosas
fueran olvidados,—continuó Jasón,—ni en el Campamento Júpiter
o el Campamento Mestizo. Me haría cargo de que todos tuvieran
algún tipo de santuario en ambos campos.
Piper me miró,—ha hecho mucho trabajo en los diseños.
Deberías ver su libro de bocetos.
—Jasón frunció el ceño, claramente inseguro de si Piper lo
estaba elogiando o criticando. El olor de electricidad flotaba en el
aire.
234
—Bueno,—Jasón dijo al final,—los diseños no ganarán ningún
premio. Necesitaré la ayuda de Annabeth con los verdaderos
planos.
—Honorar a los dioses es un noble esfuerzo,—dije.—Deberías
estar orgulloso.
Jasón no parecía orgulloso. Parecía preocupado. Recuerdo lo
que Medea había dicho de las noticias del oráculo: La verdad fue
suficiente para quebrar a Jasón Grace. El no parecía estar roto. Por
otro lado, yo no parecía Apolo.
Meg se inclinó más. —¿Cómo es que Potina tiene una casa,
pero Quirinus un hotel?
—La verdad no hay lógica en eso,—admitió Jasón.—Sólo usé
las fichas para marcar las posiciones.
Fruncí el ceño. Estaba bastante seguro de que yo tenía un hotel
a diferencia de Ares que tenía una casa, porque yo era más
importante.
Meg tocó la ficha de su madre.—Deméter es genial. Deberías
poner a un dios genial al lado de ella.
—Meg,—reprendí,—no podemos ordenar a los dioses por
genialidad. Eso llevaría a muchas peleas.
Además, pensé, todos querrían estar a mi lado. Luego
amargamente me pregunté si eso todavía sería verdad cuando y si
volvía al olimpo. ¿Mi tiempo como Lester me marcaría para
siempre como un bobo inmortal?
—De todas formas,—interrumpió Piper.—La razón por la que
venimos: el laberinto ardiente.
235
Ella no acusó a Jasón de ocultar información. Ella no le
comentó lo que Medea Había dicho. Ella simplemente estudió su
cara, esperando a ver como él respondería.
Jasón entrelazó los dedos. Miró hacia el enfundado gladius51
puesto en la pared al lado de palo de lacrosse y una raqueta de
tenis.(Esos lujosos internados realmente ofrecían todas las
opciones de actividades extracurriculares.)
—No se los dije todo,—admitió.
El silencio de Piper se sentía más poderoso que su encanto
vocal.
—Yo-Yo llegué a la sibila,—continúo Jasón.—Ni siquiera
puedo explicar cómo. Solo tropecé en una gran habitación con una
piscina de fuego. La sibila estaba... de pie al frente de mí, en esta
plataforma de piedra, sus brazos encadenados con algún tipo de
grilletes de fuego.
—Herófila, su nombre es Herófila.
Jasón parpadeo, como si todavía pudiera sentir el calor y las
cenizas de la habitación.
—Quería liberarla,—dijo.—Obviamente. Pero ella me dijo que
era imposible. Tienes que ser... —gesticuló hacia mi.—Ella me
dijo que era un trampa. Todo el laberinto. Para Apolo. Me dijo
que eventualmente me encontrarías. Tú y Meg. Herófila dijo que
no había nada que yo pudiera hacer excepto ayudarte si me lo
pedias. Me dijo que te dijera, Apolo, que tú tienes que rescatarla.
51
Espada romana utilizada por las legiones.
236
Sabía todo esto, por supuesto. Lo había visto y escuchado en
mis sueños. Pero escucharlo de Jasón, en el mundo de los vivos, lo
hacía peor.
Piper recostó su cabeza contra la pared. Miró hacía la mancha
de agua en el techo.—¿Qué más dijo Herófila?
El rostro de Jasón se tensó.—Pipes-Piper, mira, siento no
haberte dicho. Es sólo que…
—¿Qué más dijo?—repitió.
Jasón miró a Meg, luego a mí, tal vez por soporte moral.
—La sibila me dijo dónde podía encontrar al emperador,—
dijo.—Bueno, más o menos. Dijo que Apolo necesitaría la
información. Él necesitaría… un par de zapatos. Sé que no tiene
mucho sentido.
—Me temo que lo tiene,—dije.
Meg pasó sus dedos sobre los techo del mapa.—¿Podemos
matar al emperador mientras robamos sus zapatos? ¿Dijo algo
sobre eso la sibila?—Jasón sacudió la cabeza.—Sólo dijo que
Piper y yo... no podíamos hacer más por nosotros mismos. Tiene
que ser Apolo. Si lo intentábamos...sería muy peligroso.
Piper se rió secamente. Levantó las manos como si le hiciera
una ofrenda a la mancha de agua.
—Jasón, hemos pasado literalmente por todo juntos. Ni siquiera
puedo contar cuántos peligros hemos enfrentado, cuántas veces
hemos casi muerto. ¿Ahora me estás diciendo que me mentiste
para protegerme? ¿Para evitar que vaya tras Calígula?
—Sabía que lo harías,—murmuró.—Sin importar lo que la
sibila dijera.
237
—Y esa hubiera sido mi decisión,—dijo Piper. —No tuya.
El asintió miserablemente.—Y yo hubiera insistido en ir
contigo, sin importar el riesgo. Pero en la forma que las cosas han
estado entre nosotros...—se encogió de hombros.—Trabajar como
un equipo hubiera sido difícil. Pensé-decidí esperar a que Apolo
me encontrara. Lo arruiné, al no decirte. Lo siento.
Miró hacía su maqueta de la colina de los templos, como si
intentara descubrir dónde poner un santuario al dios de sentirse
horrible por las relaciones fallidas. (Oh, espera. Ya tenía uno. Era
para Afrodita, la madre de Piper.)
Piper respiró profundamente.—Esto no es acerca de tu y yo,
Jasón. Sátiros y dríadas están muriendo. Calígula está planeando
en convertirse en el nuevo dios del sol. Hoy es la luna nueva, y el
Campamento Júpiter está enfrentando algún tipo de gran peligro.
Mientras tanto, Medea está en ese laberinto, lanzando a todos
lados fuego titan.
—¿Medea?—Jasón se sentó recto. La lámpara en su escritorio
explotó, cayendo vidrio sobre su maqueta.—Espera. ¿Qué tiene
que ver Medea en todo esto? ¿A qué te refieres con la luna nueva
y el Campamento Júpiter?
Pensé que Piper se rehusaría a compartir información, sólo por
despecho, pero no lo hizo. Le dio a Jasón una actualización de la
profecía de Indiana que predecía cuerpos llenando el Tíber. Luego
explicó el proyecto de cocina de Medea con su abuelo.
Jasón se miraba como si nuestro padre le acabara de tirar un
rayo. —No tenía idea.
Meg cruzó sus brazos.—Así que, ¿nos vas a ayudar o qué?
238
Jasón la estudió, sin duda inseguro de qué hacer con esta terrible
chica en camuflaje.
—Por-por supuesto,—dijo.—Necesitaremos un auto. Y necesito
una excusa para salir del campus. —El miró a Piper con
esperanza.
Ella se puso de pie.—Bien. Iré a hablar a la dirección. Meg, ven
conmigo, sólo en caso de que nos encontremos con una empusa.
Nos encontraremos en la puerta principal. Y, ¿Jasón?
—¿Sí?—
—Si estás escondiendo algo más…
—Claro. Lo-lo entiendo.
Piper se dio la vuelta y salió de la habitación. Meg me dio una
mirada de ¿estás seguro de esto?
—Ve,—le dije.—Ayudaré a Jasón a prepararse.
Una vez que las chicas se fueron, me giré para confrontar a
Jasón, un hijo de Zeus/Júpiter a otro.
—Está bien,—dije.—¿Qué fue lo que en verdad te dijo la
sibila?
239
23
Es un hermoso día en el vecindario
– Espera… de hecho,
no lo es.
J
ASÓN SE TOMÓ SU tiempo para responder.
Se quitó su chaqueta, la colgó en el armario. Se desanudó
la corbata y la dobló sobre el perchero. Tuve un flashback
sobre mi viejo amigo Fred Rogers, el presentador de
televisión infantil, que irradiaba la misma concentración tranquila al
colgar su ropa de trabajo. Fred solía dejarme estrellarme en su sofá
cada vez que tenía un día duro como dios de la poesía. Él me ofrecía
un plato con galletas y un vaso de leche, entonces me daba una
serenata con sus canciones hasta que me sentía mejor. Encontraba
realmente especial “It’s You I Like”. ¡Oh, extraño a ese mortal!
Finalmente, Jasón se colocó su gladius. Con sus gafas, camisa,
pantalones, mocasines y espada, se parecía menos al Señor Rogers y
más a un asistente legal bien armado. — ¿Qué te hace pensar que me
estoy conteniendo? — Preguntó.
— Por favor, — dije — No trates de ser proféticamente evasivo
con el dios de las profecías evasivas.
Jasón suspiró. Se arremangó las mangas, revelando su tatuaje
romano en el interior de su antebrazo, un rayo, el emblema de
240
nuestro padre — Primero que nada, no era exactamente una
profecía. Era más bien como una serie de preguntas de concurso.
— Sí, Herófila entrega la información de esa manera.
— Además sabes cómo son las profecías. Incluso cuando el
Oráculo es amigable, son algo difíciles de interpretar.
— Jasón…
—Bien — cedió. — La Sibila dijo… Ella me dijo que, si Piper y
yo persiguiéramos al emperador, uno de nosotros va a morir.
Morir. La palabra aterrizó entre nosotros como un ruido sordo,
como un pez grande y macerado. Esperé por una explicación. Jasón
miraba su espuma del Temple Hill como si tratara de hacerlo cobrar
vida, por pura fuerza de voluntad.
— Morir. — repetí.
— Sí.
— ¿No desaparecerá, no volverá o sufrirá una derrota?
— No. Morir. O más exactamente, cinco letras, comienza con M.
— ¿No, madre, entonces? — sugerí — ¿Monos? — Una fina ceja
rubia, se asomó detrás de los lentes— ¿Si van a buscar al emperador,
uno de los dos monos?
— No, Apolo, la palabra era morir.
—Aun así, eso podría significar muchas cosas. Podría ser un viaje
al Inframundo. Podría ser una muerte como la de Leo, una en la que
vuelves a la vida. Podría ser.
— Ahora estas siendo evasivo — dijo Jasón — La Sibila dijo
muerte. Final. Real. Sin repeticiones; si hubieras estado ahí, la forma
241
en que lo dijo. A menos que tengas a la mano un frasco extra de la
cura del médico en tus bolsillos…
Él sabía muy bien que yo no tenía. La cura del médico que había
regresado a la vida a Leo Valdez, solo la poseía mi hijo Asclepio,
dios de la medicina. Y, como Asclepio quería evitar una guerra total
con Hades, rara vez daba una muestra gratis. Como nunca. Leo
había sido el primer afortunado en recibirla en cuatro mil años.
Probablemente también sería el último.
— Aun… — Busqué otras teorías o lagunas. Odiaba pensar en la
muerte permanente. Como ser inmortal yo era un ser de conciencia.
Aunque fueras a tener una buena experiencia después de la muerte
(la mayoría de las veces no era buena) la vida era mejor. La calidez
real del sol, los colores vibrantes del mundo, la comida… lo real,
Inclusive los campos Elíseos no tenían nada en comparación. La
mirada de Jasón fue implacable. Sospeché que en las semanas
siguientes a su plática con Herófila, había recorrido todos los
escenarios. Y había superado la etapa de negociación al lidiar con la
profecía. Había aceptado que morir significaría morir, como Piper
McLean había aceptado que Oklahoma significaba Oklahoma.
No me gustó eso. La calma de Jasón me recordó a Fred Rogers, de
una manera exasperante ¿Cómo podía alguien ser tan tolerante y
sensato todo el tiempo? A veces quería que se enojara, gritara y
arrojara sus mocasines al otro lado de la habitación.
―Asumamos que estas en lo correcto, — dije — ¿Por qué no le
dijiste la verdad a Piper...?
―Ya sabes lo que le paso a su padre— Jasón estudió los callos de
sus manos, la prueba de que no dejaba que sus habilidades con la
espada se atrofiaran — El año pasado cuando lo salvamos en el
242
Monte Diablo… la mente del señor McLean no está en buena forma,
ahora con todo el estrés de la bancarrota y todo ¿Te imaginas lo que
le pasaría si también perdiera a su hija?
Recordé a una desaliñada estrella de cine vagando por el camino
de entrada, en búsqueda de monedas imaginarias. — Sí, pero no
puedes saber el desarrollo de la profecía
— No puedo dejar que se desarrolle y Piper muera. Ella y su padre
tienen programado irse de la ciudad al final de la semana. Ella en
realidad está… No sé si emocionada sea la palabra correcta, pero se
siente aliviada de salir de Los Ángeles. Desde que la conozco lo que
más quería era pasar más tiempo con su padre. Ahora tienen la
oportunidad de empezar de nuevo. Ella podría ayudar a su padre a
encontrar un poco de paz. Tal vez encuentre algo de paz en ella
misma. — Su voz se detuvo, tal vez por la culpa, el arrepentimiento
o el miedo.
— Querías sacarla a salvo de la ciudad— deduje, — ¿Acaso
planeabas encontrar al emperador por ti mismo?
Jasón se encogió de hombros, — Bueno, contigo y con Meg.
Sabía que vendrían a buscarme, Herófila lo dijo. Si hubieras
esperado una semana…
―¿Entonces, qué? — exigí —¿Nos hubieras dejado llevarte
alegremente hasta tu muerte? ¿Cómo hubiera afectado eso la paz
mental de Piper, cuando se enterara?
Las orejas de Jasón se enrojecieron. Me sorprendió lo joven que
era, no tenía más de diecisiete años. Más viejo que mi forma mortal,
sí, pero no por mucho. Este chico había perdido a su madre, había
sobrevivido al entrenamiento de Lupa, la diosa loba. Había crecido
bajo la disciplina de la duodécimo legión en el Campamento Júpiter,
243
había peleado contra gigantes y titanes, él había ayudado a salvar el
mundo al menos dos veces. Pero en los estándares mortales, apenas
era un adulto. Él no tenía la edad suficiente para votar o beber.
A pesar de todas sus experiencias, no era justo para mi esperar que
pensara lógicamente y considerara los sentimientos de todos con
perfecta claridad, no mientras pensaba en su propia muerte.
Traté de suavizar mi tono — Entiendo que no quieres que Piper
muera. Ella tampoco querría que tu murieses, pero evitar las
profecías nunca funciona y menos guardarles secretos a tus amigos,
en especial secretos mortales… eso realmente nunca funciona.
Nuestro trabajo será enfrentar a Calígula, robar los zapatos del
maniaco homicida y escapar evitando las palabras de cinco letras
que comiencen con M.
Una cicatriz marcaba la esquina de la boca de Jasón — ¿Magia?
— Eres horrible, — le dije, pero parte de la tensión en mis
hombros se disolvió, —¿Estás listo?
Le dio un vistazo a la foto de su hermana Thalía y luego al modelo
del tempo, — Si algo me sucede a mí…
―Detente.
―Si algo sucede, si no puedo cumplir mi promesa a Kymopelia,
¿Llevarás mi maqueta al campamento Júpiter? Los cuadernos con
los apuntes para los nuevos templos en ambos campamentos están
ahí en el estante.
―Los llevarás tú mismo — insistí — Tus nuevos santuarios
honrarán a los dioses, es un proyecto demasiado valioso como para
no tener éxito.
244
Cogió un fragmento de la bombilla del techo del hotel de Zeus, —
Ser digno no siempre basta. Es como lo que te paso ¿Has hablado
con papá desde...?
Tuvo la decencia de no dar más detalles como: desde que caíste en
la basura como un bobo de dieciséis años sin cualidades
regenerativas.
Me tragué el sabor amargo a cobre, desde lo profundo de mi
pequeña mente mortal, las palabras de mi padre retumbaron: TU
ERROR, TU CASTIGO.
—Zeus no me ha hablado desde que me convertí en mortal —dije,
—Y antes de eso, mi memoria es borrosa. Recuerdo la batalla del
verano pasado en el Partenón. Recuerdo que Zeus me liquidó,
después de eso… hasta el momento en que desperté cayendo desde
el cielo en picada este enero, todo está en blanco.
―Conozco el sentimiento, me han quitado unos seis meses de mi
vida — me miró con dolor, — lo siento, no pude hacer más.
—¿Qué podías haber hecho?
―Quiero decir en el Partenón. Traté de hacer entrar en razón a
Zeus, le dije que se equivocaba al castigarte, él no quiso escuchar.
Lo miré inexpresivamente, lo que quedaba de mi elocuencia
natural obstruida en mi garganta ¿Que Jasón Grace, había hecho
qué?
Zeus tenía muchos hijos, lo que significaba que tenía muchos
medios hermanos y hermanas. Excepto por mi gemela Artemisa,
nunca me había sentido cercano a ninguno de ellos. A decir verdad,
nunca había tenido un hermano que me defendiera de mi padre, mis
245
hermanos olímpicos eran más propensos a desviar la furia de Zeus
gritando: ¡Apolo lo hizo!
Pero este joven semidios me había defendido y no tenía razones
para hacerlo. Apenas me conocía, sin embargo, había arriesgado su
propia vida y enfrentado a la ira de Zeus. Mi primer pensamiento fue
gritar: ¡¿ERES TÚ?! Pero entonces me llegaron palabras algo más
apropiadas — Gracias.
Jasón me tomó de los hombros, no por enojo o de una manera
aferrada, era un toque de hermano. — Prométeme una cosa: Pase lo
que pase, cuando vuelvas al Olimpo, cuando vuelvas a ser un dios,
recuerda. Recuerda lo que es ser un humano.
Hace unas semanas, me hubiera burlado ¿Por qué recordaría algo
de esto? Si tuviera la suerte de volver a mi trono divino, yo
recordaría esta experiencia como una película clasificación B del
género de terror, algo que finalmente había terminado. Me
imaginaria saliendo del sol pensando, ¡Uf, que alegre fue! Ahora,
sin embargo, tenía cierta idea de lo que quería decir Jasón. Había
aprendido mucho acerca de la fragilidad y fuerza humana. Me
sentía… diferente hacia los mortales, después de ser uno de ellos,
¡por lo menos obtendría una excelente inspiración para nuevas letras
de canciones!
Me resistía a prometer nada, sin embargo, ya estaba viviendo bajo
la maldición de un juramento roto. En el Campamento Mestizo
había jurado precipitadamente por el río Estigio no volver a utilizar
mis habilidades de tiro con arco o la música hasta ser un dios
nuevamente, luego había roto la promesa rápidamente y desde
entonces mis habilidades se habían deteriorado. Estaba seguro de
que el espíritu vengativo del río Estigio se había puesto contra mí,
casi podía sentir su ceño fruncido mirándome directamente desde el
246
inframundo y preguntándome: ¿Qué derecho tienes a prometerle
nada a nadie, o a hacer un juramento hacia mí?
Pero ¿Cómo no intentarlo? Era lo menos que podía hacer por un
mortal valiente que me había defendido cuando nadie más lo había
hecho. — Lo prometo,— le dije a Jasón — haré todo lo posible para
recordar mi experiencia como humano, siempre y cuando tu
prometas decirle la verdad sobre la profecía a Piper.
Jasón me dio una palmadita en los hombros. — hablando de eso,
las chicas deben estar esperando.
— Una cosa más — le espeté — Sobre Piper, es solo que…
parecían una pareja tan buena, ¿de verdad rompiste con ella solo
para que le fuera más fácil dejar LA?
Jasón me miró con sus profundos ojos azules — ¿ella te lo dijo?
— No — admití, — pero Mellie perece, uhm, molesta contigo
Jasón pareció considerarlo — Estoy bien con que Mellie me culpe
a mí, es lo mejor probablemente .
— ¿Eso quiere decir que no es verdad? — En los ojos de Jasón vi
un toque de desolación, como el humo de un incendio forestal
borrando momentáneamente el cielo azul. Recordé las palabras de
Medea: La verdad puede ser suficiente para romper a Jasón Grace.
— Piper lo terminó — dijo en voz baja — fue hace meses, antes
del incendio del laberinto. Ahora vamos, debemos buscar a Calígula.
247
24
Ah, Santa Barbara ¡famosa por el Surf!
¡los tacos de pescado!
¡Y los romanos locos!
P
OR DESGRACIA PARA nosotros y el señor Bedrossian,
no había ni una señal de Cadillac Escalade en la calle
donde lo habíamos estacionado.
— Hemos sido remolcados — anunció Piper casualmente, como
si eso fuera algo habitual para ella, regresó a la oficina principal
de la escuela. Unos minutos más tarde, salió por la puerta
delantera conduciendo una camioneta Edgartown verde y dorada.
Ella bajo la ventanilla —¡Hey chicos! ¿Quieren ir de excursión?
A medida que nos alejábamos, Jasón miró nerviosamente el
espejo retrovisor del lado del pasajero, tal vez preocupado por que
algún guardia nos pudiera dar caza y exigir ver nuestros permisos
firmados antes de abandonar el campus para matar a un emperador
romano. Pero nadie nos siguió.
—¿A dónde? — Pregunto Piper cuando llegamos a la autopista
— Santa Barbara, — dijo Jasón, Piper frunció el ceño como si
esa respuesta hubiera sido más como Uzbekistán, ella siguió las
indicaciones hacia la autopista 101 Oeste. Por primera vez
esperaba quedar atascado en el tráfico, no tenía ninguna prisa por
248
ver a Calígula, en cambio los caminos estaban casi vacíos, era
como si el sistema de autopistas del sur de California me hubiera
escuchado quejarme y ésta fuera su venganza. ¡Oh adelante
Apolo, sigue por la 101 Oeste! Parecía decir ¡Aprecia lo fácil que
es viajar hacia tu humillante muerte!
A mi lado en el asiento trasero, Meg tamborileo los dedos sobre
sus rodillas — ¿Qué tan lejos?
Yo solo estaba vagamente familiarizado con Santa Barbara,
esperaba que Jasón nos dijera que estaba muy lejos tal vez un
poco hacia el Polo Norte, no es que quisiera quedarme atrapado en
una furgoneta junto a Meg tanto tiempo, pero al menos entonces
nos podríamos detener en el Campamento Júpiter a recoger a un
escuadrón de semidioses fuertemente armados.
— Alrededor de dos horas — dijo Jasón, desvaneciendo mis
esperanzas, — por el noreste a lo largo de la costa como si
fuéramos a Stearns Wharf.
Piper se giró hacia el — ¿Has estado ahí?
— Yo… sí, solo explorando el lugar con Tempestad.
—¿Tempestad? — Le pregunté
— Es su caballo —dijo Piper, luego se dirigió a Jasón —
¿Fuiste tú solo a explorar ahí?
— Bueno, Tempestad es un Ventus — dijo ignorando la
pregunta de Piper.
Meg también dejó de tamborilear en sus rodillas — ¿Como esas
cosas de mucho viento que Medea tenía?
— Si a excepción de que Tempestad es amable— contestó
Jasón— no es del tipo domesticado… exactamente, pero somos
249
amigos, aparece cada que lo llamo generalmente y me deja
montarlo.
— Un caballo de viento —reflexionó Meg sin duda sopesando
los méritos que éste podría tener contra su pequeño bebé
melocotón —Bueno creo que es genial
—De vuelta a la pregunta― dijo Piper— ¿Porque decidiste
explorar Stearns Wharf?
Jasón parecía tan incómodo que temí que pudiera apagar los
sistemas eléctricos de la furgoneta.
―La sibila. ― dijo por fin— Me dijo que encontraría a
Calígula ahí, es uno de los lugares donde se detiene.
Piper ladeo la cabeza— ¿Dónde se detiene?
—Su palacio, no es un palacio exactamente— dijo Jasón —
estamos en busca de un barco.
Mi estómago se contrajo y tomo la salida más cercana de vuelta
hacia Palm Springs
―Ah... —dije
—¿Ah? — pregunto Meg,
—Ah, de que eso tiene sentido, en la antigüedad Calígula era
conocido por sus barcazas de placer – Palacios flotantes con
baños, teatros, grandes estatuas giratorias, pistas de carreras y
miles de esclavos.
Recordé lo disgustado que había estado Poseidón respecto a
Calígula y sus barcazas alrededor de la Bahía de Baiae, aunque
creo que Poseidón sólo estaba un poco celoso porque su palacio
no tenía estatuas giratorias.
250
— De todos modos,― le dije ―eso explica por qué has tenido
problemas para localizar a Calígula… puede ir de Puerto en
Puerto a voluntad .
— Sí —estuvo de acuerdo Jasón— Cuándo explore, no estaba
ahí y supongo que la sibila quería decir que lo encontraría por
Stearns Wharf, no que estaría ahí. Supongo. — Se movió en su
asiento inclinándose tan lejos como le fuera posible de Píper —
hablando de la Sibila hay otro detalle que no he compartido
contigo acerca de la profecía.
Y le dijo a Piper la verdad sobre la palabra de cinco letras que
comenzaba con M y no era multa. Tomó las noticias
sorprendentemente bien, no lo golpeó, no le alzó la voz,
simplemente se limitó a escuchar y luego permaneció en silencio
durante más o menos un kilómetro. Por fin ella negó con la
cabeza.
— Ese es un detalle
— Debería haberte dicho —dijo Jasón
—Um, sí— ella hizo girar el volante exactamente de la manera
en que uno podría romperle el cuello a un pollo, — Aun así, seré
sincera, en tu posición hubiera hecho lo mismo, no quisiera que
murieras tampoco.
Jasón parpadeó — ¿Eso significa que no estás enojada?
—Estoy furiosa
— Oh... Bien.
Me llamó la atención la facilidad con la que hablaban entre sí,
incluso sobre las cosas difíciles y lo bien que parecían entenderse.
Recordé a Piper diciendo lo frenética que había estado cuando se
había separado de Jasón en el laberinto ardiente, diciendo que no
251
podría soportar perder a otro amigo, me preguntaba otra vez que
había detrás de su ruptura –la gente cambia– Píper había dicho.
Puntos finales en la ambigüedad, así era la chica, pero yo quería la
verdad.
— Así que...— ella dijo — ¿Alguna otra sorpresa, algún otro
pequeño detalle que hayas olvidado? — Jasón sacudió la cabeza.
—Creo que es todo.
—Está bien —dijo Piper — entonces vayamos al muelle,
encontraremos los botines mágicos de Calígula y lo mataremos si
tenemos la oportunidad, pero no nos vamos a dejar morir los unos
a los otros.
— Oh, déjame morir— agregó Meg— o incluso a Apolo.
—Gracias Meg — dije. ―Mi corazón es tan cálido como un
burrito parcialmente descongelado.
— No hay problema —Ella se limpió la nariz sólo por si acaso
moría y no tuviera otra oportunidad de hacerlo. —¿Cómo
sabremos cuál es el barco correcto?
— Tengo el presentimiento de que lo sabremos— dije —
Calígula nunca es sutil.
— Eso suponiendo que el barco esté ahí esta vez— dijo Jasón
— Sería lo mejor —dijo Piper —de lo contrario robé esta
camioneta y te saqué de la conferencia de física de la tarde para
nada.
—Maldición —dijo Jasón. Y compartieron una mirada extraña,
una especie de: sí, las cosas siguen siendo raras entre nosotros,
pero no tengo la intención de dejar que mueras hoy.
252
Tenía la esperanza de que en esta expedición fuera también
como la había descrito Píper, sospeché que nuestras
probabilidades de ganar eran mejores que al jugar al Mega
Olimpo-Dios lotería (lo más que he recibido fueron cinco dracmas
en una tarjeta de cero una vez)
Nos llevó en silencio a lo largo de la costa de la carretera, a
nuestra izquierda el Pacífico brillaba, los surfistas navegaban por
las olas, la brisa doblaba las palmeras a la izquierda las colinas
estaban secas y marrones llenas de flores rojas tipo azaleas qué
eran agobiadas por el calor y por mucho que lo intentaba no podía
dejar de pensar en esas franjas de color carmesí como la sangre
derramada de las dríadas cayendo en combate.
Recordé a nuestros amigos cactus de regreso en la Cisterna,
quienes se aferraban fuerte y valientemente a la vida. Recordé el
Money Marker rota y ardiente bajo el laberinto en Los Ángeles.
Por su bien debía detener a Calígula. De lo contrario no habría
nada más.
Finalmente llegamos a Santa Bárbara y vi por qué a Calígula le
gustaba el lugar. Si entrecerraba los ojos podría imaginarme que
estaba de vuelta en la romana ciudad turística de Baiae. La curva
de la costa era casi la misma, además de las doradas playas las
colinas salpicadas de lujo y las casas con tejas rojas, la
embarcación de descanso estaba amarrada al puerto. Los locales
incluso estaban bañados por el sol, un poco aturdidos como si
estuvieran esperando su tiempo entre las sesiones de surf por la
mañana y las tardes de golf. La mayor diferencia: El monte
Vesubio no se levantaba en la distancia, pero tenía la sensación de
que otra presencia se cernía sobre esta pequeña ciudad preciosa –
algo peligroso y volcánico.
253
— Él está aquí —dije mientras estacionábamos la camioneta en
el Boulevard Cabrillo.
Piper alzó sus cejas— ¿Estás sintiendo una perturbación en la
fuerza?
— Por favor —murmuré— Estoy sintiendo mi usual mala
suerte y en un lugar tan inofensivo no hay manera de que no
encontramos problemas.
Pasamos la tarde reorriendo la línea de la costa de Santa
Bárbara desde la playa del este hasta los rompeolas. Nos
interrumpió una bandada de pelícanos en la laguna de agua salada.
Despertamos unos leones marinos durmiendo en el muelle de
pesca. Nos empujamos a través de errantes hordas de turistas en
Stearns Wharf. En el puerto encontramos un bosque virtual de
embarcaciones de un solo mástil junto con algunos yates de lujo,
pero ninguno parecía tan grande o suficientemente llamativo para
ser de un emperador romano.
Jasón incluso voló sobre el agua para hacer un reconocimiento
aéreo, cuando regresó él informó que no había barcos sospechosos
en el horizonte. —¿Estabas en tu caballo Tempestad justo en ese
momento? — Pregunto Meg — ¿sin decirnos?
Jasón sonrió — No, yo no llamó a Tempestad a menos que sea
una emergencia. Estaba volando por mi cuenta manipulando el
viento.
Meg hizo un puchero tanteando los bolsillos de su cinturón de
ganadería — Puedo invocar ñames.
Por fin nos dimos por vencidos en nuestra búsqueda y tomé una
mesa en el café junto a la playa, los tacos de pescado eran dignos
de una oda hacia la misma musa Euterpe.
254
— No me importa renunciar —dije, mientras ponía poco más
de ceviche con especias en mi boca —Si viene con la cena.
— Esto es sólo un descanso — me advirtió Meg — No te
pongas tan cómodo.
Hubiera deseado que ella no hubiera dicho eso como una orden
ya que se me hacía un poco difícil disfrutar el resto de mi comida.
Nos sentamos en el café disfrutando la brisa, la comida y un té
helado mientras el sol desaparecía en el horizonte, tornando el
cielo del campamento mestizo en naranja. Me había permitido
tener la esperanza de que me hubiera equivocado acerca de la
presencia de Calígula. Hemos venido aquí en vano. ¡Hurra!
Estaba a punto de sugerir regresar a la camioneta y tal vez
encontrar un hotel para así no tener que dormir en un saco en el
fondo del desierto, cuando Jasón se levantó de nuestra mesa de
picnic.
—No— señaló al mar.
La nave apareció materializándose desde el resplandor del sol
de la misma forma en que mi auto del sol lo hacía cada vez que
entraba a los establos al final de un día de largo paseo. Era de un
blanco reluciente, una monstruosidad con 5 cubiertas por encima
de la línea de flotación, sus ventanas negras estaban polarizadas
como los ojos de insectos alargados y al igual que todos los
buques grandes, era difícil juzgar su tamaño desde la distancia,
pero el hecho de que tenía dos helicópteros a bordo, uno en la
popa y uno en la proa; además de un pequeño submarino
encerrado en una grúa en el estribo me dijo que esto no era una
nave de placer promedio, quizá haya yates más grandes en el
mundo de los mortales pero supuse que no mucho.
255
— Ese, tiene que ser ese —dijo Piper— ¿Piensas que va a
atracar?
— ¡Espera! —Dijo Meg. Otro yate idéntico al primero se
materializó desde la luz solar a una milla al sur del primero.
— Eso debe ser un espejismo ¿Verdad? —preguntó Jasón
inquieto.
—O un señuelo —sugirió Meg con consternación. Apuntando
al mar una vez más: un tercer yate cobro vida a medio camino
entre los dos primeros.
—Esto es una locura, cada uno de esos barcos deben costar
millones.
— La mitad de mil millones —la corregí— más o menos.
Calígula nunca fue tímido a la hora de gastar dinero, él es parte
del triunvirato, han acumulado riquezas por siglos.
Otro barco apareció por el horizonte como si saliera de la
urdimbre del sol. Pronto hubo decenas, una armada completa en la
boca del puerto lista para atracar.
—No puede ser —dijo Piper tallándose los ojos —debe ser una
ilusión.
— No lo es — Mi corazón se hundió. Había visto éste tipo de
acción antes, mientras observábamos la fila de súper yates
maniobró más cerca, uniéndose popa a proa para inclinarse
formando un brillante y flotante bloqueo desde Sycamore Creek
hasta el puerto deportivo: de más o menos una milla de largo.
—Un puente de barcos— dije —lo hace de nuevo.
— ¿De nuevo? —Pregunto Meg
256
—Calígula... en la antigüedad — traté de mantener mi voz
neutra — cuando era un niño recibió una profecía de un astrólogo
romano que le dijo que tenía tantas posibilidades de convertirse en
emperador como de montar a caballo a través de la Bahía de
Baiae; en otras palabras, era imposible, pero Calígula se convirtió
en emperador. Así que ordenó la construcción de una flota de
súper yates— hice un gesto hacia la armada frente a nosotros —
como éstos, alineo los barcos hasta la Bahía de Baiae formando un
puente y luego monto su caballo a través de ella. Fue el mayor
proyecto de construcción flotante que jamás se haya intentado.
Calígula ni siquiera podía nadar, y eso no fue suficiente para
disuadirlo, estaba decidido a burlarse del destino.
Piper juntó las manos sobre su boca — Los mortales tienen que
ver esto ¿No es cierto? Él no puede controlar todo el tráfico de las
embarcaciones dentro y fuera del puerto.
—Los mortales lo saben, — le dije — mira— los barcos más
pequeños empezaron a reunirse alrededor de los yates como
moscas atraídas por un suntuoso banquete. Vi dos barcos de la
guardia costera, varios botes de la policía local y docenas de botes
inflables con motores fuera de borda tripulados por hombres
vestidos de negro con pistolas –la seguridad privada del
emperador supuse.
—Están ayudando — dijo Meg con un tono duro en su voz —
ni siquiera Nero... llegó a pagarle a la policía. Tenía muchos
mercenarios, pero nunca llegó a tanto.
Jasón se agarró a la empuñadura de sus gladus —¿Dónde
comenzamos? ¿Cómo encontraremos a Calígula en todo esto?
No quería encontrar a Calígula en absoluto, quería correr de la
idea de la muerte, la muerte permanente de cinco letras y una M al
257
principio parecía de repente muy cercana, pero pude sentir la
confianza de mis amigos vacilante. Necesitaban un plan, no un
grito aterrorizado de Lester, señalé el centro del puente flotante.
— Comenzaremos en medio, el punto más débil de una cadena.
258
25
Todos en el mismo bote,
Espera, dos están desaparecidos,
La mitad, en el mismo bote.
J
ASÓN GRACE ARRUINÓ la línea perfecta.
Mientras marchábamos hacia las olas se acercó a mi lado y
murmuró.
— No es cierto, ya sabes, la mitad de una cadena tiene la
misma resistencia como todas las partes asumiendo que la fuerza
se aplica por igual a lo largo de los enlaces.
Suspiré —¿Estás tratando de recuperar tu clase perdida de
física? ¡Ya sabes lo que quise decir!
—En realidad no— dijo— ¿Por qué atacar en medio?
— Porque... ¡No lo sé! — dije.
—¿No nos están esperando? — Meg se detuvo en la orilla del
agua— parece que no están esperando nada.
Tenía razón, a medida que la puesta de sol se convirtió en
púrpura, los yates se iluminaron como huevos gigantes de
Fabergé52. Los focos barrían en el cielo y el mar como si
52
Un huevo de Fabergé es una de las sesenta y nueve joyas creadas por Carl Fabergé y sus artesanos de
la empresa Fabergé para los zares de Rusia, así como para algunos miembros de la nobleza
259
estuvieran haciendo la publicidad de la cama de agua más grande
de la historia, decenas de pequeñas embarcaciones patrulla
recorrían al puerto por si acaso alguna persona en Santa Bárbara
(Santa Bárbaros) tenía el descaro de intentar usar su propia costa,
me preguntaba si Calígula siempre tuvo tanta seguridad o si él nos
estaba esperando. Por ahora sin duda, él sabía que habíamos
volado la milicia Macro militar, también había oído
probablemente sobre nuestra pelea con Medea en el laberinto,
suponiendo que la bruja había sobrevivido. Calígula también
estuvo con la Sibila de Eritrea, lo que significaba que tenía acceso
a la misma información que Herófila había dado a Jasón, la sibila
podría no querer ayudar a un emperador malvado que la mantenía
en cadenas, pero no podía rechazar cualquier solicitud seria
dirigida en forma de pregunta, tal era la magia de la naturaleza
oracular. Me imagino que lo mejor que podía hacer era dar sus
respuestas en forma de pistas de crucigramas realmente difíciles.
Jasón estudió el barrido de los reflectores —Podría volar con
ustedes, uno a la vez, quizá no nos vean.
— Creo que deberíamos evitar volar si es posible —dije —y
deberíamos encontrar un camino antes de que se vuelva mucho
más obscuro
Piper se apartó el cabello de la cara— ¿Por qué? la oscuridad
nos protege mejor
— Estriges—dije— vienen alrededor de una hora después de la
puesta del sol.
—¿Estriges? — Preguntó Piper, relaté mi experiencia con los
pájaros en el laberinto, Meg ofreció útiles comentarios como: qué
asco, ajá y el error de Apolo.
260
Piper se estremeció —En las historias Cherokee, los búhos son
malos augurios, ellos suelen ser espíritus malos o curanderos que
espían, si estos estriges son como los búhos chupadores de sangre
gigantes... No me interesa conocerlos.
—De acuerdo— dijo Jasón— Pero ¿cómo vamos a llegar a los
barcos?
Piper escaneó dentro de las olas —Tal vez sí preguntamos por
un aventón— ella levantó sus brazos y saludo con la mano al bote
más cercano que estaba a unos cincuenta metros, mientras la luz
barría la playa.
—¿Uhm, Piper? — preguntó Jasón, Meg convocó a sus espadas
—Está bien, cuando se acerquen los sacaré.
Me quedé junto a mí joven ama — Meg, esos son mortales, en
primer lugar, tus espadas no les harán nada, en segundo lugar, no
entienden para quien están trabajando y no podemos…
— Están trabajando para la bes… el hombre malo —dijo —
Calígula.
Me di cuenta de su desliz, tenía la sensación de que había
estado a punto de decir: trabajan para La Bestia. Ella puso a un
lado sus espadas, pero su voz tenía una dura calma y
determinación.
De pronto, puse una imagen horrible en mi mente: McCaffrey la
vengadora, asaltando el bote con nada más que sus puños y
paquetes de semillas de jardinería.
Jasón me mira como preguntando ¿Necesitas atarla o debo
hacerlo yo? El bote giró hacia nosotros, a bordo había tres
hombres con chalecos Kevlar oscuros a forma de uniforme y
cascos antidisturbios. Uno en la parte trasera accionaba el motor,
261
uno en el frente estaba manejando el reflector, el del medio sin
duda, el más amable tenía un rifle de asalto apoyado en la rodilla.
— Puedo encantar mejor a estos muchachos si no están
frunciendo el ceño detrás de mí.
Esa no fue una petición difícil. Los tres retrocedimos, aunque
Jasón y yo tuvimos que arrastrar a Meg.
—¡Hola! — dijo Piper en cuanto el barco se acercó — ¡No
dispare! Somos amigos — El barco encalló con tal velocidad que
pensé que podría seguir conduciendo a la derecha en el Boulevard
Cabrillo.
El señor reflector saltó primero, sorprendentemente ágil para un
tipo con armadura corporal, el señor rifle de asalto lo siguió
protegiéndolo, mientras que el señor motor terminaba de apagar
el motor del barco.
Señor reflector nos evaluó, su mano en su arma.
—¿Quién eres?
—Soy Piper — dijo Piper —No es necesario llamar a nadie y
definitivamente no es necesario restregar ese rifle contra nosotros.
El rostro de reflector se contorsión, comenzó a relajar el gesto
con la sonrisa de Piper, pero pareció recordar que su trabajo
requería fruncir el ceño. El señor rifle de asalto no bajó su arma,
mientras que motor alcanzó su walkie-toki
—Identifíquense, todos ustedes — ladró reflector, Meg se tensó
lista para convertirse en McCaffrey la vengadora, Jasón trató de
pasar desapercibido pero su camisa crepitaba con electricidad
estática.
262
—Claro— coincidió Píper — aunque tengo una idea mucho
mejor, voy a meter la mano en el bolsillo ¿de acuerdo? no te
emociones — sacó un fajo de billetes, tal vez un total de cien
dólares, por lo que sabía eso representaba lo último de la fortuna
McLean— mis amigos y yo estábamos hablando de lo duro que
ustedes están trabajando, de lo difícil que debe ser estar
patrullando el puerto y estábamos sentados por ahí en ese café
consumiendo esos tacos de pescado increíbles y pensamos “Los
chicos merecen un descanso ¡Deberíamos comprarles la cena!”
Los ojos de reflector parecieron destrabarse de su cerebro —
¿Pausa para la cena?
— Por supuesto — dijo Piper— Usted puede poner el arma
abajo, hacer un lanzamiento de woki toki a la distancia y ustedes
pueden dejar todo con nosotros. Vamos a vigilarlos mientras
comen pargo asado con tortillas de maíz hechas a mano, ceviche y
salsa— nos echó un vistazo— La comida es increíble, ¿Verdad
muchachos?
Nosotros murmuramos en asentimiento
—¡Yum! — dijo Meg quien se destacaba en las respuestas una
sola sílaba.
Rifle de asalto bajo el arma — Podría cenar unos tacos de
pescado.
— Hemos estado trabajando duro— acordó motor —nos
merecemos un descanso para la cena.
— Exactamente— dijo Píper y puso el dinero en la mano de
reflector —Un placer, gracias por su servicio —reflector se quedó
mirando el fajo de billetes.
—Pero realmente no se supone que...
263
—Coman con todo su equipo, usted tiene toda la razón,
simplemente dejen todo en el barco— sugirió Piper, — hablo de
las pistolas, los Kevlar, sus teléfonos, así es, ¡Así se consigue la
comodidad!
Tardó varios minutos más en engatusar con bromas alegres a los
hombres, pero finalmente los tres mercenarios se habían
despojado y habían quedado sólo con la pijama de comando,
dieron las gracias a Piper quién les dio un abrazo por si acaso. A
continuación salieron trotando al café junto a la playa.
Tan pronto como se fueron Piper tropezó en los brazos de Jasón
—WOW ¿Estás bien? — Preguntó
—B... bien — se apartó torpemente —sólo es más trabajo
cuando encanto a todo un grupo, estaré bien.
— Eso fue impresionante— le dije —Afrodita misma no podría
haberlo hecho mejor.
Piper no parecía realmente contenta con la comparación —
Debemos darnos prisa, el encanto no va a durar.
Meg gruñó —Habría sido más fácil matarlos.
—¡Meg! —la regañé.
—Bueno, dejarlos inconscientes — rectificó.
Jasón se aclaró la garganta — Todo el mundo al barco.
Estábamos a treinta yardas de la costa cuando oímos a los
mercenarios gritando.
— ¡Hey! ¡Paren! —ellos corrieron hacia nosotros con los tacos
de pescado a medio comer y mirando confundidos,
afortunadamente Piper había tomado todas sus armas y medios de
comunicación.
264
Ella les hizo un gesto amistoso y Jasón encendió el motor fuera
de borda. Jasón, Meg y yo corrimos a ponernos los chalecos y
cascos kevlar de los guardias. Esto dejo a Piper vestida de civil,
pero como ella era la única capaz de farolear a alguien en un
enfrentamiento, nos dejó divertirnos con los disfraces.
Jasón hacía de mercenario a la perfección, Meg estaba ridícula:
una niña nadando en el kevlar de su padre. Yo no me veía mucho
mejor la armadura del cuerpo entero se apretó alrededor de mi
centro (¡Maldita sean las manijas del amor que no son de
combate!). El casco estaba tan caliente como un horno Easy Bake
y la visera caía continuamente, quizás ansiosa por ocultar mi cara
acribillada de acné, tiramos los cañones por la borda, esto puede
sonar absurdo, pero cómo había dicho, las armas de fuego son
volubles armas en manos de los semidioses. Ellos trabajarían con
los mortales, pero no importa lo que Meg dijera no quería herir a
los humanos. Quería creer que si éstos mercenarios realmente
entendieran a quiénes les estaban sirviendo también ellos
arrojarían sus armas. Seguramente los humanos no seguían
ciegamente un hombre tan malo por su propia voluntad –a
excepción de los pocos cientos de excepciones en las que podía
pensar en la historia humana– pero no a Calígula,
Cuando nos acercamos a los yates Jasón redujo la velocidad
igualándola a la de otras naves patrulleras.
Se inclinó hacia el yate más cercano, se elevaba sobre nosotros
como una fortaleza de acero blanco. Las luces moradas y doradas
brillaban justo debajo de la superficie del agua por lo que el barco
parecía flotar sobre una nube etérea del poder Imperial Romano,
pintado a lo largo de la proa de la nave en letras negras más altas
que yo estaba el nombre: IVLIA DRVSILLA XXVI
265
— Julia Drusilla el vigésimo sexto. — Dijo Piper
— ¿Era una emperatriz?
— No —dije— era la hermana favorita del emperador. ―Mi
pecho se apretó al recordar a esa pobre chica tan bonita, tan
agradable, tan fuera de su alcance. Su hermano Calígula se había
enamorado de ella, la idolatraba, y cuando se convirtió en
emperador insistió en que ella compartiera todas sus comidas, que
presenciará cada uno de sus depravados espectáculos, que
participará en todas sus violentas celebraciones, al final ella había
muerto a los veintidós años aplastada por el amor sofocante de un
psicópata.
— Ella era probablemente la única persona que a Calígula
siempre le preocupo —dije— ¿Pero por qué este barco está
numerado con veintiséis? No sé.
— Debido a que uno es veinticinco —señaló Meg al siguiente
barco en línea, su popa descansaba a unos pocos pies de nuestra
proa y pintadas en su espalda se leía: IVILA DRVSILLA XXV
—Apuesto a que el que está detrás es el número veintisiete
—Cincuenta súper yates —reflexione— Todos llamados así por
Drusilla, sí, sí que suena como Calígula.
Jasón escaneó el costado del casco del barco, no había escaleras
o escotillas, ni botones rojos convenientemente etiquetados como:
PULSE AQUÍ para los zapatos de Calígula, no teníamos mucho
tiempo, habíamos logrado pasar dentro del perímetro de los botes
patrulla con sus reflectores, pero cada embarcación sin duda
tendría cámaras de seguridad, no pasaría mucho tiempo antes de
que alguien se preguntará porque nuestro pequeño bote flotaba
junto al XXVI. Además, los mercenarios que habíamos dejado en
266
la playa estarían haciendo todo lo posible para atraer la atención
de sus compañeros, luego estaban los rebaños de estriges que me
imaginaba despertarían en cualquier momento con hambre y alerta
a cualquier signo de intrusos destripables.
—Voy a volar con ustedes — decidió Jasón —uno a la vez
— Yo primero —dijo Píper —En caso de que alguien necesite
ser encantado —Jasón se volvió y dejó a Piper rodear su cuello
con sus brazos, como supuse habían hecho en mi innumerables
ocasiones. Los vientos se levantaron alrededor del bote,
revolviéndome el pelo, Jasón y Piper flotaban por un lado de la
embarcación. ¡Oh como envidiaba a Jasón Grace! Una cosa tan
sencilla como era montar el viento, como un dios podría haber
hecho eso con la mitad de mis miembros atados. Ahora, atrapado
en un cuerpo patético relleno con las manijas del amor sólo podría
soñar con esa libertad.
— Oye— Meg me dio un codazo —Enfócate— le di una
mirada indignada.
— Soy un foco puro. Sin embargo, podría preguntarte…
¿Dónde está tu cabeza?
Ella frunció el ceño— ¿Qué quieres decir?
— Tu rabia— le dije —El número de veces que has hablado de
matar a Calígula y tu disposición para… golpear mercenarios
hasta dejarlos inconscientes.
— Ellos son el enemigo— su tono era tan agudo como sus
cimitarras y me daba una advertencia sobre que si seguía hablando
mi nombre estaría en la lista de los que quedaron inconscientes.
Decidí tomar el ejemplo de Jasón y navegar en un ángulo más
lento y menos directo hacia mi objetivo
267
— Meg ¿Alguna vez te contado sobre la primera vez que se me
convirtió en mortal?
Miro debajo del borde de su casco ridículamente grande —
¿Hiciste algo estúpido?
—Yo... sí, metí la pata, mi padre mató a uno de mis hijos
favoritos, Asclepio, por traer de vuelta a la vida a personas sin su
permiso, una larga historia. El punto es... estaba furioso con Zeus,
pero era demasiado poderoso y estaba asustado como para pelear,
él podría haberme vaporizado así que tome mi venganza de otra
forma.
Mire la parte superior del casco sin ver ningún signo de Jasón o
Piper, espere que significará que encontraron los zapatos de
Calígula y fueron a esperar a que un empleado les llevara un par
en el tamaño correcto —De todas formas— continúe— No pude
matar a Zeus, entonces fui por los chicos que habían hecho sus
rayos: los cíclopes. Los mate en venganza por Asclepio, en
castigos me convertí en mortal.
Meg me pateo en pantorrilla
— ¡Auch! —Grite — ¿Y eso por qué fue?
— Por ser un tonto— dijo —matar a los cíclopes es tonto.
Pensé en protestar que eso había pasado hace cientos de años,
pero temí que eso significará otra patada.
—Si,— concorde— fue tonto pero mi punto es... Proyecte mi
enojo a alguien que no tuvo que ver y pienso que tú estás haciendo
lo mismo ahora, Meg. Estás enojada con Calígula, porque eso es
más seguro que enfurecer a tu padrastro.
Prepara mis espinillas para el dolor, pero Meg bajó la mirada
hacia su pecho recubierto por un kevlar
268
— Eso no es lo que estoy haciendo.
— Yo no te culpo —me apresure a añadir— Es bueno, significa
que está progresando, pero ten en cuenta que ahora puedes estar
enojada con la persona equivocada, no quiero que vayas a ciegas
en esta batalla en contra de este emperador en particular, que,
aunque sea difícil de creer, es más astuto y letal que Ne… la
bestia.
Ella apretó los puños — Te lo dije, no estoy haciendo eso, no lo
sabes, no lo entiendes.
— Tienes razón— le dije —Lo que tuviste que pasar en la casa
de Nero no me lo puedo imaginar, nadie debería sufrir así pero...
—¡Cállate ya! —dijo bruscamente, así que por supuesto, lo hice
y las palabras que había planeado decir se quedaron atoradas en
mi garganta—No sabes —dijo de nuevo —Ese tipo Calígula hizo
mucho conmigo y mi padre, yo puedo estar molesta con el sí
quiero, yo lo mataré si puedo, yo... —ella titubeo, como golpeada
por un pensamiento— ¿Dónde está Jasón? Él ya debería estar de
vuelta ahora.
Mire hacia arriba. Hubiera gritado si mi voz funcionara. Dos
grandes figuras obscuras cayeron hacia nosotros en un descenso
controlado en silencio, parecían paracaídas. Entonces me di cuenta
de que no eran paracaídas –eran orejas gigantes. En un instante las
creaturas estaban sobre nosotros. Aterrizaron con gracia y en cada
extremo de nuestro bote. Sus orejas a su alrededor, sus espadas en
nuestras gargantas. Las creaturas se parecían mucho al guardia
Big Ear que Piper había golpeado con su dardo en la entrada del
laberinto ardiente, excepto que estos eran más viejos y tenían
pelaje negro, con una sacudida, reconocí las armas que llevaban
como khandás del continente indio, hubiera estado satisfecho
269
conmigo mismo por recordar un hecho tan oscuro, pero en ese
momento tenía un borde dentado que apuntaba a mi vena yugular.
Luego tuve otro destello de reconocimiento. Recordé una de las
muchas historias de Dionisio sobre sus campañas militares de la
India: Cómo había llegado a través de la tribu viciosa de semi
humanos con ocho dedos, dos orejas grandes y caras peludas, ¿Por
qué no había pensado en eso antes? ¿Qué me había dicho Dioniso
sobre ellos? Ah sí, sus palabras exactas fueron:
Nunca,
nunca intentes luchar contra ellos.
—Eres un Pandai — logré decir. — Eso es lo que tú eres, así se
llama tu raza.
El que estaba a mi lado mostró sus hermosos dientes blancos —
Así es, ahora sean lindos prisioneros y vengan con nosotros, de lo
contrario sus amigos morirán.
270
26
Oh, Florence y Grunk
La-di-da, algo, algo
Volveré a ustedes
Q
UIZÁS JASÓN, EL EXPERTO en física, podría
explicarme cómo volaban los pandai. Yo no lo entendí. De
alguna manera, incluso mientras nos cargaban, nuestros
captores lograron lanzarse hacia el cielo con nada más que el
aleteo de sus enormes lóbulos. Ojalá Hermes pudiera verlos.
Nunca más alardearía de poder mover las orejas.
Los pandai nos dejaron caer sin ceremonias en la cubierta de
estribor, donde dos más de su clase tenían a Jasón y Piper en la
mira. Uno de esos guardias parecía más pequeño y más joven que
los demás, con pelaje blanco en lugar de negro. A juzgar por la
mirada amarga en su rostro, supuse que era el mismo tipo que
Piper había derribado con la receta especial del abuelo Tom en el
centro de Los Ángeles.
Nuestros amigos estaban de rodillas, con las manos atadas a la
espalda y sus armas confiscadas. Jasón tenía un ojo morado. El
lado de la cabeza de Piper estaba enmarañado con sangre.
Corrí en su ayuda (siendo la buena persona que era) y hurgué
en su cráneo, tratando de determinar el alcance de su lesión.
— Ow — Ella murmuró, alejándose—. Estoy bien.
271
— Podrías tener una conmoción cerebral — le dije.
Jasón suspiró miserablemente—. Se supone que ese es mi
trabajo. Siempre soy el que se golpea en la cabeza. Lo siento
chicos. Las cosas no salieron exactamente como estaba planeado.
El guardia más grande, que me había llevado a bordo, se reía a
carcajadas. —¡La chica intentó embruja-hablarnos a nosotros!
¡Pandai, que escuchamos cada matiz del habla! ¡El chico intentó
pelear con nosotros! ¡Pandai, que entrenamos desde el nacimiento
para dominar todas las armas! ¡Ahora todos ustedes morirán!
—¡Muerte! ¡Muerte! — Ladraron los otros pandai, aunque
noté que el joven de pelaje blanco no se unía. Se movía con
rigidez, como si su pierna con envenenada aún le molestara.
Meg miró de enemigo a enemigo, probablemente calculando
qué tan rápido podía derribarlos. Las flechas que apuntaban a los
pechos de Jasón y Piper hacían los cálculos complicados.
— Meg, no lo hagas — advirtió Jasón—. Estos muchachos…
son ridículamente buenos. Y rápidos.
—¡Rápidos! ¡Rápidos! — Ladraron los pandai en acuerdo.
Escaneé la cubierta. Sin guardias adicionales corriendo hacia
nosotros, sin reflectores hacia nuestra posición. Sin bocinazos. En
algún lugar dentro del bote, se tocaba música suave –no el tipo de
banda sonora que uno podría esperar durante una incursión.
Los pandai no habían dado una alarma general. A pesar de sus
amenazas, aún no nos habían matado. Incluso se habían tomado la
molestia de atar las manos de Piper y Jasón. ¿Por qué?
Me volví hacia la guardia más grande. — Buen señor, ¿es
usted el panda a cargo?
272
Él siseó. — La forma singular es pandos. Odio que me llamen
panda. ¿Luzco como un panda?
Decidí no responder eso. — Bien, señor Pandos…
— Mi nombre es Amax — espetó.
— Por supuesto. Amax. — Estudié sus orejas majestuosas,
luego arriesgué una conjetura educada—. Imagino que odias a las
personas que te escuchan a escondidas.
La nariz peluda y negra de Amax se crispó. —¿Por qué lo
dices? ¿Qué escuchaste?
—¡Nada! — Le aseguré—. Pero apuesto a que tienes que tener
cuidado. Siempre otras personas, otros pandai husmean en tu
negocio. Eso es… es por eso que aún no has dado la alarma. Tú
sabes que somos prisioneros importantes. Deseas mantener el
control de la situación, sin que nadie más se atribuya el mérito de
tu buen trabajo.
Los otros pandai gruñeron.
— Vector, en el bote veinticinco, siempre está espiando —
murmuró el arquero de pelaje oscuro.
— Tomando crédito por nuestras ideas — dijo el segundo
arquero—. Como la armadura oreja Kevlar.
—¡Exactamente! — Le dije, tratando de ignorar a Piper, quien
estaba pronunciando incrédulamente las palabras ¿Armadura
oreja Kevlar? — Por eso, antes de que hagas algo precipitado,
vas a querer escuchar lo que tengo que decir. En privado.
Amax resopló. —¡JÁ!
Sus camaradas le hicieron eco: ¡JA-JA!
273
— Acabas de mentir — dijo Amax—. Puedo escucharlo en tu
voz. Tienes miedo. Estás mintiendo. No tienes nada que decir.
— Yo sí — respondió Meg—. Soy la hijastra de Nero.
La sangre corrió a los oídos de Amax tan rápidamente que me
sorprendió que no se desmayara. Los arqueros sorprendidos
bajaron sus armas.
—¡Timbre! ¡Crest! — exclamó Amax—. ¡Mantengan esas
flechas estables! — Él frunció el ceño a Meg—. Parece que estás
diciendo la verdad. ¿Qué está haciendo aquí la hijastra de Nero?
— Buscando a Calígula — dijo Meg—. Entonces puedo
matarlo.
Las orejas de los pandai se agitaron alarmadas. Jasón y Piper
se miraron como si pensaran Bien. Ahora morimos.
Amax entrecerró los ojos. — Dices que eres de Nero. Sin
embargo, quieres matar a nuestro maestro. Eso no tiene sentido.
— Es una historia jugosa — le prometí—. Con muchos
secretos, giros y vueltas. Pero si nos matas nunca lo escucharás. Si
nos llevas al emperador, alguien más nos torturará. Estaremos
encantados de contarte todo. Tú nos capturaste, después de todo.
Pero, ¿no hay un lugar más privado en el que podamos hablar,
entonces nadie más oirá?
Amax miró hacia la proa del barco, como si Vector ya
estuviera escuchando. — Pareces estar diciendo la verdad, pero
hay tanta debilidad y miedo en tu voz que es difícil estar seguro.
— Tío Amax. — El pandos de pelo blanco habló por primera
vez—. Tal vez el niño con granos tiene un punto. Si ésta es
información valiosa...
274
—¡Silencio, Crest! — Espetó Amax—. Ya te has deshonrado
una vez esta semana.
El líder de los pandos sacó más lazos de su cinturón. —
Timbre, Peak, aten al niño con granos y la hijastra de Nero. ¡Los
llevaremos a todos abajo, los interrogaremos nosotros mismos y
entonces los entregaremos al emperador!
—¡Sí! ¡Sí!— Ladraron Timbre y Peak.
Así fue como tres poderosos semidioses y un antiguo dios
olímpico principal, fueron llevados como prisioneros a un súper
yate por cuatro criaturas difusas con orejas del tamaño de antenas
parabólicas. No es mi mejor momento.
Como había alcanzado la máxima humillación, supuse que
Zeus escogería ese momento para llamarme a los cielos y los otros
dioses pasarían los próximos cien años riéndose de mí.
Pero no. Me mantuve completa y patéticamente Lester.
Los guardias nos llevaron apresuradamente a la cubierta de
popa, que presentaba seis jacuzzis, una fuente multicolor y una
pista de baile dorada y morada que esperaba a que llegaran los
asistentes a la fiesta.
Fijado a la popa, una rampa con alfombra roja sobresalía del
agua, conectando nuestro bote a la proa del siguiente yate. Supuse
que todos los barcos estaban conectados de esa manera, cruzando
el puerto de Santa Bárbara, en caso de que Calígula decidiera
hacer un recorrido en carrito de golf.
Alzándose en el medio del barco, las cubiertas superiores
brillaban con ventanas oscuras y paredes blancas. Muy por
encima, la torreta generaba antenas parabólicas, antenas satelitales
y dos banderines ondeantes: una con el águila imperial de Roma y
275
la otra con un triángulo dorado sobre un campo de color púrpura,
que supuse que era el logotipo de Triunvirato Holdings.
Dos guardias más flanqueaban las pesadas puertas de roble que
conducían al interior. El tipo de la izquierda parecía un
mercenario mortal, con el mismo pijama negro y armadura
corporal que los caballeros que habíamos enviado a la persecución
de tacos de pescado. El tipo de la derecha era un Cíclope (el gran
ojo solo lo delató). También olía como un cíclope (calcetines de
lana mojada) y vestía como un cíclope (pantalones de mezclilla,
camiseta negra rasgada y un gran palo de madera).
El mercenario humano frunció el ceño ante nuestra alegre
banda de captores y prisioneros.
—¿Qué es todo esto?— Preguntó.
— No es asunto tuyo, Florence — gruñó Amax—. ¡Déjanos
pasar!
¿Florence? Podría haberme reído, excepto que Florence
pesaba 140 kilos, tenía cicatrices de cuchillo en la cara y aun así
tenía un nombre mejor que Lester Papadopoulos.
— Regulaciones — dijo Florence—. Tienes prisioneros, tengo
que hacer la llamada.
— Todavía no, no lo harás. — Amax extendió sus orejas como
la capucha de una cobra—. Éste es mi barco. Te diré cuándo
llamarlo, después de interrogar a estos intrusos.
Florence frunció el ceño a su compañero Cíclope. —¿Qué
piensas, Grunk?
Ahora, Grunk, ese era un buen nombre Cíclope. No sabía si
Florence se daba cuenta de que estaba trabajando con un cíclope.
La Niebla podría ser impredecible. Pero inmediatamente formulé
276
la premisa para una serie de comedia de acción y aventuras,
Florence y Grunk. Si sobrevivíamos al cautiverio, tendría que
decírselo al padre de Piper. Tal vez podría ayudarme a programar
algunos almuerzos y lanzar la idea. Oh, dioses... he estado en el
sur de California por mucho tiempo.
Grunk se encogió de hombros. — Son las orejas de Amax las
que estarán en juego si el jefe se enoja.
— Está bien. — Florence nos indicó que siguiéramos—. Todos
ustedes diviértanse.
Tenía poco tiempo para apreciar el opulento interior: los
adornos de oro macizo, las lujosas alfombras persas, las obras de
arte de un millón de dólares, los lujosos muebles de color púrpura
que estaba bastante seguro provenían de la venta de propiedades
de Prince.
No vimos otros guardias ni tripulación, lo cual parecía extraño.
Por otra parte, supuse que, incluso con los recursos de Calígula,
encontrar personal suficiente para tripular cincuenta súper yates a
la vez podría ser difícil.
Mientras caminábamos a través de una biblioteca con paneles
de nogal y pinturas de obras maestras colgadas, Piper contuvo el
aliento. Ella señaló su barbilla hacia una abstracción de Joan Miró.
— Eso viene de la casa de mi papá — dijo.
— Cuando salgamos de aquí — murmuró Jasón—, lo
llevaremos con nosotros.
— Escuché eso — Peak clavó la empuñadura de su espada en
las costillas de Jasón.
Jasón tropezó con Piper, quien tropezó con un Picasso. Al ver
una oportunidad, Meg se adelantó, aparentemente con la intención
277
de hacer frente a Amax con todos sus 45 kilos de peso. Antes de
dar dos pasos, una flecha brotó de la alfombra a sus pies.
— No lo hagas — dijo Timbre. Su vibrante cuerda de arco fue
la única prueba de que había hecho el tiro. Había apuntado y
disparado tan rápido que incluso yo no podía creerlo.
Meg retrocedió. — Bien. Sí.
Los pandai nos condujeron a un salón delantero. A lo largo del
frente había una pared de vidrio de ciento ochenta grados que
daba a la proa. A estribor, las luces de Santa Bárbara brillaban.
Frente a nosotros, los veleros de veinticinco a uno formaban un
brillante collar de amatista, oro y platino sobre el agua oscura.
La gran extravagancia de todo eso lastimó mi cerebro, y
normalmente yo era todo acerca de la extravagancia.
Los pandai arreglaron cuatro sillas de felpa seguidas y nos
metieron en ellas. Como las salas de interrogatorio que eran, no
estaba mal. Peak se colocó detrás de nosotros, con la espada
preparada por si alguien necesitaba una decapitación. Timbre y
Crest acechaban en ambos flancos, sus arcos hacia abajo, pero con
las flechas en posición para lanzar. Amax acercó una silla y se
sentó frente a nosotros, extendiendo sus orejas alrededor de él
como la túnica de un rey.
— Este lugar es privado — anunció—. Hablen.
— Primero — dije—, debo saber por qué son seguidores de
Apolo. ¿Tales grandes arqueros? ¿La mejor audición del mundo?
¿Ocho dedos en cada mano? ¡Serían músicos naturales!
¡Parecemos hechos el uno para el otro!
Amax me estudió. — Tú eres el antiguo dios, ¿eh? Nos
hablaron de ti.
278
— Soy Apolo — confirmé—. No es demasiado tarde para
prometerme su lealtad.
La boca de Amax se estremeció. Esperaba que estuviera a
punto de llorar, tal vez arrojándose a mis pies y rogándome
perdón.
En cambio, aullaba de risa. —¿Para qué necesitamos a los
dioses olímpicos? ¿Especialmente dioses que son chicos con
granos y sin poder?
—¡Pero hay tanto que podría enseñarles! — Insistí—.
¡Música! ¡Poesía! ¡Podría enseñarles cómo escribir haikus!
Jasón me miró y sacudió la cabeza vigorosamente, aunque no
tenía idea de por qué.
— La música y la poesía lastiman nuestros oídos — se quejó
Amax—. ¡No las necesitamos!
— Me gusta la música — murmuró Crest, flexionando los
dedos—. Puedo tocar un poco…
—¡Silencio! —Gritó Amax—. ¡Puedes tocar silencio por una
vez, sobrino inútil!
Ajá, pensé. Incluso entre los pandai había músicos frustrados.
De repente, Amax me recordó a mi padre, Zeus, cuando vino al
asalto por el pasillo del Monte Olimpo (literalmente asalto53, con
truenos, rayos y lluvia torrencial) y me ordenó que dejara de tocar
mi infernal cítara54. Una demanda totalmente injusta. Todo el
mundo sabe que las 2:00 a.m. es el momento óptimo para
practicar la cítara.
53
En inglés, storming, se traduce asalto. Storm significa tormenta, así que tiene un significado doble.
54
La cítara es un instrumento de cuerda perteneciente a la familia de los instrumentos de cuerda
pulsada.
279
Podría haber sido capaz de influir en Crest para unirse a
nuestro lado... si hubiera tenido más tiempo. Y si no estuviera en
compañía de tres pandai mayores y más grandes. Y si no
hubiéramos comenzado nuestra presentación con Piper disparando
en la pierna con un dardo envenenado.
Amax estaba recostado en su cómodo trono morado. —
Nosotros, los pandai, somos mercenarios. Nosotros elegimos
nuestros maestros. ¿Por qué elegiríamos a un dios abandonado
como tú? Una vez, ¡servimos a los reyes de la India! ¡Ahora
servimos a Calígula!
— ¡Calígula! ¡Calígula! — Gritaron Timbre y Peak. Una vez
más, Crest estaba visiblemente callado, frunciendo el ceño ante su
arco.
—¡El emperador confía sólo en nosotros! — Se jactó Timbre.
— Sí — coincidió Peak—. ¡A diferencia de los Germani,
nunca lo apuñalamos hasta la muerte!
Quería señalar que ese era un nivel bastante bajo de lealtad,
pero Meg lo interrumpió.
— La noche es joven — dijo—. Todos podríamos apuñalarlo
juntos.
Amax se burló. — Todavía estoy esperando, hija de Nero, para
escuchar tu jugosa historia sobre por qué deseas matar a nuestro
maestro. Será mejor que tengas buena información. ¡Y muchos
giros y vueltas! Convénceme de que vale la pena llevarlos al
César con vida, en lugar de sus cadáveres, ¡y tal vez ésta noche
obtenga un ascenso! No me volverán a pasar por un idiota como
Overdrive en el bote tres, o Wah-Wah en el bote cuarenta y tres.
280
— ¿Wah-Wah? — Piper hizo un sonido entre un hipo y una
risita, los cuales podrían ser el efecto de su cabeza golpeada. —
¿Todos ustedes son nombrados después de pedales de guitarra?
Mi papá tiene una colección de esos. Bueno... él tenía una
colección.
Amax frunció el ceño. —¿Pedales de guitarra? ¡No sé lo que
eso significa! Si te estás burlando de nuestra cultura...
— Hola — dijo Meg—. ¿Quieren escuchar mi historia o no?
Todos volteamos hacia ella. —Um, ¿Meg...? — Pregunté—.
¿Estás segura?
Sin duda los pandai respondieron a mi tono nervioso, pero no
pude evitarlo. Primero que nada, no tenía idea de que podría decir
Meg que aumentara nuestras posibilidades de supervivencia. En
segundo lugar, conociendo a Meg, ella lo diría en diez palabras o
menos. Entonces todos estaríamos muertos.
— Tengo giros y vueltas — Ella entrecerró los ojos. —Pero,
¿está seguro de que estamos solos, señor Amax? ¿Nadie más está
escuchando?
—¡Por supuesto que no! — Dijo Amax—. Éste barco es mi
base. Ese cristal está completamente insonorizado. — Hizo un
gesto desdeñoso hacia el barco que teníamos delante—. ¡Vector
no escuchará ni una palabra!
—¿Qué hay de Wah-Wah? — Preguntó Meg—. Sé que está en
el barco cuarenta y tres con el emperador, pero si sus espías están
cerca...
—¡Ridículo! — Dijo Amax—. ¡El emperador no está en el
barco cuarenta y tres!
Timbre y Peak rieron disimuladamente.
281
— El barco cuarenta y tres es el barco de calzado del
emperador, niña tonta — dijo Peak—. Una tarea importante, sí,
pero no el barco de la sala del trono.
— Correcto — dijo Timbre—. Ese es el bote de Reverb, el
número doce...
—¡Silencio! — Espetó Amax—. Suficientes retrasos, niña.
Dime lo que sabes o muere.
— Está bien — Meg se inclinó hacia adelante como para
impartir un secreto—. Giros y vueltas.
Sus manos se movieron hacia adelante, repentina e
inexplicablemente libres de la corbata. Sus anillos brillaron
cuando los arrojó, convirtiéndose en cimitarras mientras se
precipitaban hacia Amax y Peak.
282
27
Puedo matarlos a todos
O puedo cantarles Joe Walsh
En serio, es su elección
L
OS HIJOS DE DEMÉTER son todo sobre flores. Olas de
grano color ámbar. Alimentando el mundo y nutriendo la
vida.
También se destacan en plantar cimitarras en los pechos de sus
enemigos.
Las hojas de oro Imperial de Meg encontraron sus objetivos.
Una golpeó a Amax con tal fuerza que explotó en una nube de
polvo amarillo. La otra cortó a través del arco de Peak,
incrustándose en su esternón y causando que se desintegre hacia
adentro como arena a través de un reloj de arena.
Crest disparó su arco. Afortunadamente para mí, su objetivo
estaba fuera. La flecha pasó zumbando frente a mi cara, las
plumas raspándome la barbilla, y se empaló en mi silla.
Piper se echó hacia atrás en su asiento, golpeando a Timbre
para que su espada se volviera loca. Antes de que pudiera
recuperarse y decapitarla, Jasón se sobreexcitó. Lo digo por el
rayo. El cielo exterior brilló, la pared curva de cristal se hizo
añicos, y unos zarcillos de electricidad envolvieron a Timbre y lo
frieron en un montón de cenizas.
283
Eficaz, sí, pero no el tipo de sigilo que esperábamos.
— Ups — dijo Jasón.
Con un gemido horrorizado, Crest dejó caer su arco. Se
tambaleó hacia atrás, luchando por desenvainar su espada. Meg
sacó su primera cimitarra de la silla cubierta de polvo de Amax y
se dirigió hacia él.
— Meg, ¡Espera! — Dije.
Ella me miró. —¿Qué?
Traté de levantar las manos en un gesto de apaciguamiento, y
luego recordé que estaban atadas en mi espalda.
— Crest — dije—, no hay vergüenza en la rendición. No eres
un luchador.
Él tragó saliva. — T-tu no me conoces.
— Estás sosteniendo tu espada hacia atrás — señalé—. Así
que a menos que intentes apuñalarte a ti mismo...
Él trató de corregir la situación.
—¡Vuela! — Supliqué—. Ésta no tiene por qué ser tu lucha.
¡Sal de aquí! ¡Conviértete en el músico que quieres ver en el
mundo!
Debe haber escuchado la seriedad en mi voz. Dejó caer su
espada y saltó a través del enorme agujero en el vidrio, navegando
con la oreja hacia la oscuridad.
—¿Por qué lo dejaste ir? — Demandó Meg—. Él advertirá a
todos.
— No lo creo — dije—. Además, no importa. Acabamos de
anunciarnos nosotros mismos con un rayo.
284
— Sí, lo siento —dijo Jasón—. A veces eso simplemente
sucede.
Los rayos parecían el tipo de poder que realmente necesitaba
tener bajo control, pero no tuvimos tiempo para discutir sobre eso.
Cuando Meg cortó nuestros amarres, Florence y Grunk entraron a
la habitación.
Piper gritó, —¡Alto!
Florence tropezó y se plantó en la alfombra, su rifle roció un
clip completo de costado, disparando desde las piernas de un sofá
cercano.
Grunk levantó su garrote y cargó. Instintivamente saqué mi
arco, lancé una flecha y la dejé volar, directamente en el ojo del
Cíclope.
Estaba aturdido. ¡Realmente acerté en mi objetivo!
Grunk cayó de rodillas, cayó de costado y comenzó a
desintegrarse, poniendo fin a mis planes para una comedia de
amigos entre especies.
Piper se acercó a Florence, que gemía con la nariz rota. —
Gracias por parar — dijo, luego lo amordazó y le ató las muñecas
y los tobillos con sus propias cuerdas.
— Bueno, eso fue interesante. — Jasón se volvió hacia Meg—.
¿Y lo tú que hiciste? Increíble. Esos pandai, cuando intenté luchar
contra ellos, me desarmaron como si fuera un juego de niños, pero
tú, con esas espadas...
Las mejillas de Meg se enrojecieron. — No fue gran cosa.
— Fue una muy gran cosa — Jasón se dirigió a mí—. ¿Y ahora
qué?
285
Una voz silenciosa zumbó en mi cabeza. —¡AHORA, EL
INFAME TRUHÁN APOLO ME SACA DEL OJO DE ESTE
MONSTRUO POST-PRECIPITADO!
— Oh, no — Había hecho lo que siempre había temido, y en
ocasiones había soñado. Había usado erróneamente la Flecha de
Dodona en combate. Su punto sagrado ahora se estremeció en la
cuenca de Grunk, que había quedado reducido a nada más que a
su cráneo: un botín de guerra, supuse.
— Lo siento mucho — le dije, tirando de la flecha.
Meg resopló. —¿Es esa...?
— La Flecha de Dodona — le dije.
—¡Y MI FURIA NO TIENE LÍMITES!— la flecha entonó. —
TÚ ME DISPARAS PARA ASESINAR A TUS ENEMIGOS
¡COMO SI FUERA UNA MERA FLECHA!
— Sí, sí, me disculpo. Ahora silencio, por favor. — Me volví
hacia mis camaradas. — Necesitamos movernos rápidamente. Las
fuerzas de seguridad vendrán.
— El emperador Estúpido está en el barco doce — dijo Meg—
. Ahí es donde vamos.
— Pero el bote de zapatos — le dije—, es el cuarenta y tres, y
está en la dirección opuesta.
—¿Y si el Emperador Estúpido lleva puestos sus zapatos? —
Preguntó.
— Oigan — Jasón señaló la Flecha de Dodona—. Esa es la
fuente móvil de profecía de la que nos hablaban, ¿verdad? Tal vez
deberías preguntarle.
286
Encontré esa sugerencia molestamente razonable. Levanté la
flecha. — Usted los escuchó, O Sabia Flecha. ¿Hacia dónde
vamos?
—¿ME DICES QUE CALLE, LUEGO ME PIDES
SABIDURÍA? ¡OH, MALDAD! ¡OH, VILLANÍA! AMBAS
DIRECCIONES DEBEN SEGUIR SI VER EL ÉXITO
QUIEREN. PERO CUIDADO. VEO GRAN DOLOR, GRAN
SUFRIMIENTO. ¡EL MÁS SANGRIENTO SACRIFICIO!
—¿Qué dijo? — Exigió Piper.
¡Oh, lector, estaba tan tentado de mentir! Quería decirles a mis
amigos que la flecha estaba a favor de regresar a Los Ángeles y
reservar habitaciones en un hotel de cinco estrellas.
Capté los ojos de Jasón. Recordé cómo lo había exhortado a
decirle a Piper la verdad sobre la profecía de la Sibila. Decidí que
no podía hacer menos.
Relaté lo que la flecha había dicho.
—¿Así que nos separamos? — Piper negó con la cabeza—.
Odio este plan.
— También yo — dijo Jasón—. Lo que significa que es
probablemente el movimiento correcto.
Se arrodilló y recuperó su gladius de los restos de la pila de
polvo de Timbre. Luego arrojó la daga Katoptris a Piper.
— Voy por Calígula — dijo—. Incluso si los zapatos no están
allí, tal vez pueda comprarles algo de tiempo, distraer a las fuerzas
de seguridad.
Meg recogió su otra cimitarra. — Iré contigo.
287
Antes de que pudiera discutir, ella saltó por la ventana rota, lo
cual era una buena metáfora para su enfoque general de la vida.
Jasón nos dirigió a Piper y a mí una última mirada preocupada.
— Ustedes dos tengan cuidado.
Saltó detrás de Meg. Casi de inmediato, los disparos estallaron
en la cubierta de proa de abajo.
Hice una mueca a Piper. — Esos dos eran nuestros luchadores.
No deberíamos haberlos dejado ir juntos.
— No subestimes mi habilidad para luchar — dijo Piper—.
Ahora vamos a comprar zapatos.
Ella esperó el tiempo suficiente para que yo limpiara y vendara
su cabeza herida en el baño más cercano. Luego se puso el casco
de combate de Florence y nos fuimos.
Pronto me di cuenta de que Piper no necesitaba confiar en el
embrujahabla para persuadir a la gente. Se comportaba con
confianza, caminando de barco en barco como si ella debiera estar
allí. Los yates estaban ligeramente protegidos, tal vez porque la
mayoría de los pandai y estriges ya habían volado para ver el rayo
en el barco veintiséis. Los pocos mercenarios mortales que
pasamos no le dieron a Piper más que una breve mirada. Desde
que seguía su estela, me ignoraban también. Supuse que, si
estaban acostumbrados a trabajar codo a codo con Cíclopes y
Orejas Grandes, podrían pasar por alto a un par de adolescentes
con material antidisturbios.
El barco veintiocho era un parque acuático flotante, con
piscinas multinivel conectadas por cascadas, toboganes y tubos
288
transparentes. Un socorrista solitario nos ofreció una toalla
mientras caminábamos. Se veía triste cuando no tomamos uno.
El barco veintinueve: un spa de servicio completo. El vapor se
derramaba por cada ojo de buey abierto. En la cubierta de popa,
un ejército de masajistas y cosmetólogos de aspecto aburrido
estaban listos, por si acaso Calígula decidía pasar con cincuenta
amigos para una fiesta de shiatsu y mani-pedi. Estuve tentado de
parar, solo por un rápido masaje en el hombro, pero desde que
Piper, hija de Afrodita, pasó sin mirar las ofertas, decidí no
avergonzarme.
El barco treinta era una fiesta movible, literal. Todo el barco
parecía diseñado para proporcionar un bufé libre de veinticuatro
horas, en el que nadie participaba. Los chefs estaban a su lado.
Los camareros esperaban. Se sacaron platos nuevos y se quitaron
los viejos. Sospeché que la comida no consumida, suficiente para
alimentar el área metropolitana de Los Ángeles, sería arrojada por
la borda. Extravagancia típica de Calígula. Su sándwich de jamón
sabe mucho mejor cuando sabe que se han tirado cientos de
sándwiches idénticos mientras sus cocineros esperaban que
tuviese hambre.
Nuestra buena suerte falló en el barco treinta y uno. Tan pronto
como cruzamos la rampa con alfombra roja en la proa, supe que
estábamos en problemas. Grupos de mercenarios fuera de servicio
holgazaneaban aquí y allá, hablando, comiendo, revisando sus
teléfonos. Obtuvimos más ceños fruncidos, más miradas
interrogatorias.
Por la tensión en la postura de Piper, podía decir que también
ella sentía el problema. Pero, antes de que pudiera decir, Dioses,
Piper, creo que nos hemos tropezado con el cuartel flotante de
289
Calígula y estamos a punto de morir, ella siguió avanzando, sin
duda decidiendo que sería tan peligroso dar marcha atrás como
farolear.
Ella estaba equivocada.
En la cubierta de popa, nos encontramos en medio de un juego
de voleibol Cíclopes/mortales. En un pozo lleno de arena, media
docena de Cíclopes velludos en bañador luchaban con media
docena de mortales igualmente peludos en pantalones de combate.
Alrededor de los bordes del juego, más mercenarios fuera de
servicio estaban asando bifes en una parrilla, riendo, afilando
cuchillos y comparando tatuajes.
En la parrilla, un tipo de doble ancho con un corte de pelo
plano y un tatuaje en el pecho que decía MADRE nos vio y se
congeló. —¡Oigan!
El juego de voleibol se detuvo. Todos en cubierta se volvieron
y nos fulminaron con la mirada. Piper se quitó el casco.
—¡Apolo, cúbreme! — Temía que pudiera sacar un Meg y
cargar a la batalla. En ese caso, cubrirla significaría ser arrancado
de miembro a miembro por sudorosos tipos ex militares, lo cual
no estaba en mi lista de deseos.
En cambio, Piper comenzó a cantar.
No estaba seguro de qué fue lo que más me sorprendió: la
hermosa voz de Piper, o la melodía que eligió.
Lo reconocí de inmediato: “Life of Illusion” de Joe Walsh. La
década de 1980 fue una especie de borrón para mí, pero esa
canción la recordé - 1981, el comienzo de MTV. ¡Oh, los
maravillosos videos que produje para Blondie y los Gogos! ¡La
290
cantidad de spray para el cabello y spandex con estampado de
leopardo que habíamos usado!
La multitud de mercenarios escuchaba en un silencio confuso.
¿Deberían matarnos ahora? ¿Deberían esperar que terminemos?
No todos los días alguien te cantaba una serenata con Joe Walsh
en medio de un juego de voleibol. Estoy seguro de que los
mercenarios estaban un poco confusos sobre la etiqueta adecuada.
Después de un par de líneas, Piper me lanzó una mirada aguda
como ¿Una ayudita?
¡Ah, ella quería que la respaldara con música!
Con gran alivio, saqué mi ukelele y toqué junto a ella. En
verdad, la voz de Piper no necesitaba ayuda. Ella cantó las letras
con pasión y claridad, una onda expansiva de emoción que fue
más que una actuación sincera, más que embruja habla.
Se movió entre la multitud, cantando sobre su propia vida
ilusoria. Ella habitó la canción. Ella invirtió las palabras con dolor
y tristeza, convirtiendo la melodía de Walsh en un melancólico
confesionario. Hablaba de romper paredes de confusión, de
soportar las pequeñas sorpresas que la naturaleza le había
arrojado, de sacar conclusiones precipitadas acerca de quién era
ella.
Ella no cambió la letra. Sin embargo, sentí su historia en todos
los sentidos: su lucha como hija abandonada de una famosa
estrella de cine; sus sentimientos encontrados acerca de descubrir
que era hija de Afrodita; lo más hiriente de todo, su comprensión
de que el supuesto amor de su vida, Jasón Grace, no era alguien
con quien quisiera estar románticamente. No lo entendía todo,
pero el poder de su voz era innegable. Mi ukelele respondió. Mis
291
acordes se volvieron más resonantes, mis rasgueos más
conmovedores. Cada nota que toqué fue un grito de simpatía por
Piper McLean, mi propia habilidad musical amplificando la de
ella.
Los guardias se desenfocaron. Algunos se sentaron, acunando
sus cabezas en sus manos. Algunos miraban al espacio y dejaban
que sus filetes se quemaran en la parrilla.
Ninguno de ellos nos detuvo cuando cruzamos la cubierta de
popa. Ninguno nos siguió al otro lado del puente hasta el barco
treinta y dos. Estábamos a medio camino del yate antes de que
Piper terminara su canción y se apoyara pesadamente contra la
pared más cercana. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro vacío de
emoción.
—¿Piper? — La miré con asombro—. ¿Cómo lo…?
— Zapatos ahora — graznó—. Charla luego.
Ella tropezó.
292
28
Apolo disfrazado
Como Apolo, disfrazado como…
Nah. Demasiado deprimente.
N
O VIMOS SEÑALES DE que los mercenarios nos
estuvieran persiguiendo. ¿Cómo podrían? Ni siquiera se
podría esperar de los guerreros más duros que
persiguieran a alguien después de semejante actuación. Imaginé
que estarían sollozando abrazados, o hurgando por todo el yate en
busca de cajas de pañuelos extra.
Nos abrimos camino por la cadena de treinta yates de lujo de
Calígula, siendo sigilosos cuando era necesario, más que nada
confiando en la indiferencia de los miembros de la tripulación con
los que nos encontrábamos. Calígula siempre había inspirado
temor a sus sirvientes, pero eso no equivale a lealtad. Nadie nos
preguntó nada.
En el bote número cuarenta, Piper colapsó. Me apresuré para
ayudarla, pero ella me alejó.
—Estoy bien, —murmuró ella.
293
—No estás bien. —Dije yo. —Probablemente tienes una
contusión. Acabas de hacer una gran cantidad de hechizos
musicales. Necesitas un minuto para descansar.
—No tenemos un minuto.
Estaba totalmente consciente de eso. Esporádicas ráfagas de
disparos todavía crepitaba desde el puerto, desde donde veníamos.
El áspero scree de los estriges perforó el cielo nocturno. Nuestros
amigos estaban ganándonos tiempo, no podíamos desperdiciarlo.
Esa noche también era luna nueva. Cualquier plan que
Calígula tuviera para el Campamento Júpiter, lejos en el norte,
estaba pasando ahora. Solo podía esperar que Leo hubiese llegado
a los semidioses romanos, y que ellos pudieran defenderse de
cualquier mal que se interpusiera en su camino. No tener el poder
para ayudarlos era una sensación terrible. Me ponía ansioso, no
podíamos desperdiciar ni un momento.
—De todas formas, —le dije a Piper, —realmente no tengo
tiempo para que mueras en mis brazos, o entres en coma.
Entonces te vas a tomar un momento para sentarte.
Escondámonos.
Piper estaba demasiado débil como para protestar mucho. En
su condición actual, dudaba que pudiera haberse salvado de una
multa de estacionamiento utilizando la embrujahabla. La acarreé
hasta el yate número cuarenta, que resultó ser el guardarropa de
Calígula.
Pasamos habitación tras habitación, todas repletas de ropa —
trajes, togas, armaduras, vestidos (¿por qué no?) y una variedad de
disfraces desde pirata, pasando por Apolo, hasta de oso panda.
(Otra vez, ¿por qué no?)
294
Estuve tentado a vestirme de Apolo, solo para sentir lástima
por mí mismo, pero no quería tomarme el tiempo de aplicar la
pintura dorada. ¿Por qué los mortales siempre creyeron que era
dorado? O sea, podría ser dorado, pero el brillo restaría parte de
mi increíble apariencia. Corrección: mi antigua increíble
apariencia.
Finalmente, encontramos un vestidor con un sofá. Moví una
pila de vestidos de noche, luego le ordené a Piper que se sentara.
Saqué un aplastado cuadrado de ambrosía y le ordené que lo
comiera. (Mis dioses, podía ser autoritario cuando debía serlo. Al
menos ese era uno de los poderes divinos que no había perdido.)
Cuando Piper mordisqueó su barra energética divina, observé
tristemente el estante de atuendos hechos a medida. — ¿Por qué
no están aquí los zapatos? Este es el bote guardarropa, después de
todo.
—Vamos, Apolo. —Piper se estremeció mientras se movía en
los cojines. —Todos saben que necesitas un súper yate aparte para
los separados.
—No puedo distinguir si bromeas o no.
Ella levantó un vestido Stella McCartney -uno bello y escotado
de seda escarlata. —Lindo. —Entonces sacó su cuchillo,
apretando los dientes por el esfuerzo, y rajó el vestido justo en la
parte de adelante.
—Eso se sintió bien. —Decidió ella.
A mí me pareció inútil. No podías lastimar a Calígula
arruinando sus cosas. Tenía de todo. Tampoco parecía hacer feliz
a Piper de alguna forma. Gracias a la ambrosía, tenía mejor color.
Sus ojos no se veían tan embotados en dolor. Pero su expresión
295
permanecía tormentosa, como la de su madre cuando escuchaba a
alguien elogiar la buena apariencia de Scarlet Johansson. (Tip:
nunca menciones a Scarlet Johansson cerca de Afrodita.)
—La canción que le cantaste a los mercenarios, —aventuré, —
“Life of Illusion”.
Las esquinas de los ojos de Piper se estrecharon, como si
supiera la conversación que estaba por venir pero estuviera
demasiado cansada como para desviarla. —Es un recuerdo
antiguo. Luego de que mi padre tuviera su primer descanso grande
de la actuación, ponía esa canción a todo volumen en el auto.
Estábamos yendo hacia nuestra nueva casa, en Malibu. Me estaba
cantando. Estábamos tan felices. Debo haber estado en… No lo
sé, ¿en jardín de infantes?
—Pero la manera en que la cantaste. Parecía que hablabas de ti
misma, ¿por qué rompiste con Jasón?
Ella estudió su cuchillo. La hoja permaneció en blanco, sin
mostrar ninguna visión.
—Lo intenté. —Murmuró ella. —Después de la guerra con
Gea, me convencí a mí misma de que todo sería perfecto. Por un
tiempo, por algunos meses tal vez, lo creí así. Jasón es genial. Es
mi amigo más cercano, incluso más que Annabeth. Pero… —ella
abrió las manos. —Lo que sea que haya creído que estaba ahí, mi
felices-para-siempre… No lo estaba.
Asentí. —Su relación nació en una crisis. Esos romances son
difíciles de sostener una vez que la crisis terminó.
—No solo era eso.
—Hace un siglo, salí con la Gran Duquesa Tatiana Romanov.
—Recordé. —Las cosas iban bien entre nosotros durante la
296
Revolución Rusa. Ella estaba tan estresada, tan asustada,
realmente me necesitaba. Entonces la crisis pasó, y la magia
simplemente ya no estaba ahí. Espera, eso puede haber sido
porque le dispararon hasta la muerte junto con el resto de la
familia, pero de todas maneras…
—Era yo.
Mis pensamientos habían estado vagando por el Palacio de
Invierno, por el putrefacto humo de arma y el desgarrador frío de
1917. Ahora volví de golpe al presente. —¿Qué quieres decir con
que eras tú? ¿Dices que te diste cuenta que no amas a Jasón? Eso
no es culpa de nadie.
Ella me miró con una mueca, como si yo todavía no hubiera
descubierto a lo que se refería… O tal vez ni siquiera ella estaba
segura.
—Sé que no es culpa de nadie. —Dijo ella. —Lo amo.
Pero…, como te dije, Hera nos forzó a estar juntos –la diosa del
matrimonio, formando una pareja feliz. Mis recuerdos de haber
empezado a salir con Jasón, nuestros primeros meses juntos,
fueron toda una ilusión. Luego, tan rápido como me enteré de eso,
antes de que siquiera pudiera procesar lo que eso significaba,
Afrodita me reconoció. Mi mamá, la diosa del amor.
Ella sacudió su cabeza con desánimo. —Afrodita me empujó
a creer que yo… Que yo necesitaba… —Suspiró. —Mírame, la
gran bruja. Ni siquiera tengo palabras. Afrodita espera que sus
hijas tengan a los hombres comiendo de la palma de su mano, que
rompan sus corazones, etcétera.
Recordé todas las veces en que Afrodita y yo habíamos
peleado. Tenía debilidad por el romance, y Afrodita siempre se
297
divertía enviándome amores trágicos. —Sí, tu madre tiene ideas
muy bien definidas sobre cómo debe ser el amor.
—Entonces, si no tomas eso en cuenta, —dijo Piper, —la
diosa del matrimonio presionándome para establecer una relación
con un buen chico, la diosa del amor presionándome para ser la
dama del romance perfecta o lo que sea…
—Te preguntas quién eres tú sin toda esa presión.
Ella se quedó mirando los retazos del vestido escarlata de
noche. —¿Para los Cherokees, hablando tradicionalmente? Tu
linaje viene del lado de tu mamá. El clan del que ella viene es el
clan del que tú vienes. El lado de tu papá en realidad no cuenta. —
Dejó escapar una risa quebrada. —Lo que quiere decir que,
técnicamente, no soy una Cherokee. No pertenezco a ninguno de
los siete clanes, porque mi madre es una diosa griega.
—Ah,
—Entonces, digo, ¿siquiera tengo eso para definirme a mí
misma? Los últimos meses he estado intentando aprender más
sobre mi linaje. Tomé la cerbatana de mi abuelo, hablé con mi
papá sobre la historia familiar para mantener su mente ocupada.
¿Pero qué tal si no soy ninguna de las cosas que me dijeron que
soy? Tengo que descubrir quién soy.
—¿Has llegado a alguna conclusión?
Ella se puso mechón de pelo detrás de la oreja. —Estoy en
proceso de hacerlo.
Podía apreciar eso. Yo también estaba en proceso de hacerlo.
Era doloroso.
298
Un verso de una canción de Joe Walsh resonó en mi cabeza.
—“Nature loves her little surprises,55” —dije.
Piper resopló. —Realmente lo hace.
Me quedé mirando las hileras de ropa de Calígula, todo, desde
vestidos de novia pasando por trajes Armani, hasta armaduras de
gladiador.
—He observado, —dije, —que los humanos son más que la
suma de su historia. Puedes elegir cuánto de tu ascendencia
adoptar. Puedes superar las expectativas de tu familia y de la
sociedad. Lo que no puedes, y nunca deberías hacer, es intentar
ser alguien más además de ti, Piper McLean.
Ella me sonrió de manera irónica. —Eso es lindo. Me gusta.
¿Estás seguro de que no eres el dios de la sabiduría?
—Solicité el trabajo, —dije, —pero se lo dieron a alguien más.
Algo sobre inventar los olivos. —Puse los ojos en blanco.
Piper estalló en risas, lo que me hizo sentir como si un buen y
fuerte viento hubiera volado lejos de California el humo del
incendio. Sonreí en respuesta. ¿Cuándo había sido la última vez
que había tenido un intercambio tan positivo con un igual, un
amigo, un alma afín? No podía recordarlo.
—De acuerdo, oh Gran Sabio. —Piper se puso de pie
dificultosamente. —Es mejor que nos vayamos. Tenemos muchos
botes en los que colarnos.
Bote cuarenta y uno: departamento de lencería. Voy a evitarte
los detalles con volantes.
55
La naturaleza ama las pequeñas sopresas.
299
Bote cuarenta y dos: un súper yate normal, con un par de
miembros de la tripulación que nos ignoraron, dos mercenarios
que Piper embrujó para que saltaran por la borda, y un hombre de
dos cabezas al que le disparé en la ingle (por pura suerte) e hice
que se desintegrara.
—¿Por qué pondrías un bote normal entre tu bote de ropa y tu
bote de zapatos? —Se preguntó Piper. —Eso es mala
organización.
Ella sonaba extraordinariamente calmada. Mis propios nervios
comenzaban a crisparse. Me sentía como si me estuviera partiendo
en pedazos, de la misma forma en que lo hacía cuando varias
docenas de ciudades griegas me rezaban por que manifestara mi
glorioso ser en diferentes lugares. Es tan molesto cuando las
ciudades no coordinan sus días sagrados.
Cruzamos el lado del puerto, y capté rápidamente algunos
movimientos en el cielo sobre nosotros –una silueta planeando,
demasiado grande para ser una gaviota. Cuando miré otra vez, se
había ido.
—Creo que nos están siguiendo. —Dije. —Nuestro amigo
Crest.
Piper escaneó el cielo nocturno. —¿Qué haremos al respecto?
—Recomiendo que no hagamos nada, —dije. —Si hubiese
querido atacarnos o dar alarma, ya lo habría hecho.
Piper no se veía feliz sabiendo de nuestro acosador orejón,
pero seguimos moviéndonos.
Al menos llegamos hasta el Julia Drusilla XLIII, el legendario
barco de zapatos.
300
Esta vez, gracias a la advertencia de Amax y sus hombres,
esperamos guardias pandai, liderados por el aterrador Wah-Wah.
Estábamos mejor preparados para lidiar con ellos.
Tan pronto como pusimos un pie en la cubierta de proa,
preparé mi ukelele. Piper dijo en voz muy baja, —Wow, ¡espero
que nadie escuche por casualidad nuestros secretos!
Instantáneamente, cuatro pandai llegaron corriendo –dos desde
el lado del puerto y dos desde la cubierta, tropezando unos con
otros para llegar primero hacia nosotros.
Tan rápido como vi el blanco de sus tragi56, rasgué un acorde
en C57 menor en sexto tritono a todo volumen, lo que para unas
criaturas con un oído tan exquisito debe haberse sentido como
tropezar con cables eléctricos vivos.
Los pandai chillaron y cayeron de rodillas, dándole tiempo a
Piper para desarmarlos y atarlos completamente. Una vez que
estuvieron bien atados, paré mi tortuoso ataque de ukelele.
— ¿Quién de ustedes es Wah-Wah? —demandé.
El pando más alejado de la derecha gruñó. — ¿Quién quiere
saber?
—Hola, Wah-Wah, —dije. —Estamos buscando los zapatos
mágicos del emperador — ya sabes, los que lo dejan navegar el
Laberinto ardiente. Podrías ahorrarnos mucho tiempo si nos dices
dónde están.
El golpeó y maldijo. — ¡Nunca!
56
Prominencia carnosa en el frente de la abertura externa de la oreja
57
Símbolo que representa la nota musical Do
301
—O, —dije, —dejaré que mi amiga Piper los busque, mientras
yo me quedo aquí y les doy una serenata con mi ukelele
desafinado. ¿Conocen “Tiptoe Through the Tulips” de Tiny Tim?
Wah-Wah tuvo un espasmo del terror. —Cubierta dos, del lado
del puerto, ¡tercera puerta! —soltó. — ¡Por favor, Tiny Tim no!
¡Tiny Tim no!
—Disfruten su noche, —dije.
Los dejamos en paz y fuimos a encontrar.
302
29
Un caballo es un caballo
Por supuesto, por supuesto, y nadie
Puede… ¡CORRE! ¡TE VA A MATAR!
U
NA MANSIÓN FLOTANTE repleta de zapatos.
Hermes estaría en el paraíso.
No que el fuera oficialmente el dios de los zapatos,
claro está, pero como deidad patrona de los viajeros era lo más
cercano que nosotros los Olímpicos teníamos. La colección de Air
Jordans de Hermes era incomparable. Tenía un armario lleno de
sandalias aladas, hileras de cuero, estantes de gamuza azul, y no
me hagas empezar con sus patines. Todavía tengo pesadillas con
él patinando por el Olimpo con su afro y sus shorts de gimnasia y
sus medias a rayas, escuchando a Donna Summer en su walkman.
Mientras nos encaminábamos con Piper hacia la cubierta dos,
del lado del puerto, pasamos podios iluminados exponiendo
zapatos de diseñador, un pasillo revestido desde el piso hasta el
techo con estanterías que tenían botas de cuero rojo , y una
habitación con nada más que botines de fútbol tachonados, por
razones que no pude comprender.
Era del tamaño de un apartamento, con ventanas que daban al
océano, así los preciados zapatos del emperador podían tener una
buena vista. En el medio de la habitación, un par de cómodos
303
sofás estaban ubicados frente a una mesa de café en la que había
una colección de botellas de aguas exóticas, solo en caso que te dé
sed y necesites rehidratarte entre probarte el zapato izquierdo y
derecho.
Y sobre los mismos zapatos, desde la proa hasta la popa había
filas de…
— Wow, —dijo Piper.
Creí que eso lo resumía bastante bien: filas de wow.
En un pedestal había un par de botas de combate de Hefesto –
grandes artilugios con púas en el taco y la punta, medias de cota
de malla integradas y cordones que eran pequeñas serpientes
autómatas de bronce para prevenir portadores no autorizados.
En otro pedestal, en una caja de acrílico transparente, un par de
sandalias aladas revoloteaban sin parar, intentando escapar.
—¿Serán esas las que necesitamos? —Preguntó Piper. —
Podríamos volar a través del laberinto.
La idea era atractiva, pero sacudí la cabeza. —Las sandalias
aladas son engañosas. Si nos las ponemos y están encantadas para
llevarnos al lugar incorrecto…
—Ah, cierto, —dijo Piper. —Percy me habló de un par que
casi… Ah, no importa.
Examinamos los otros pedestales. Algunos tenían algunos
zapatos que podían llamarse únicos en su clase: botas de
plataforma adornadas con diamantes, zapatos inteligentes hechos
de la piel del ahora extinto Dodo (¡grosero!), o un par de Adidas
firmados por todos los jugadores de los LA Lakers de la liga de
1987.
304
Otros zapatos eran mágicos, y estaban etiquetados como: un
par de pantuflas tejidas por Hipnos para otorgar sueños agradables
y un sueño profundo; un par de zapatos bailarines fabricados por
mi vieja amiga Terpsícore, la musa de la danza. Solo he visto
algunos de esos a lo largo de los años. Astaire y Rogers tenían un
par cada uno. También Baryshnikov. Luego había un par de viejos
mocasines de Poseidón, que garantizarían un tiempo perfecto para
la playa, buena pesca, olas increíbles y un bronceado excelente.
Esos mocasines sonaban muy bien para mí.
—Ahí. —Piper apuntó a un viejo par de sandalias de cuero,
casualmente tiradas en una esquina de la habitación. —¿Podemos
asumir que los zapatos que parecen los menos indicados son en
realidad los más indicados?
No me gustaba esa hipótesis. Prefería cuando el que parecía
ser el más popular o el más genial o talentoso resulta ser el más
popular o genial o talentoso, porque normalmente ese era yo. De
todas formas, en este caso, creo que Piper podía tener razón.
Me arrodillé junto a las sandalias. —Éstas son caligaes,
zapatos de legionario.
Enganché un zapato con un dedo por la tira y lo levanté. No
eran la gran cosa –sólo unas suelas y cordones de cuero, gastados
por el uso y ennegrecido por el tiempo. Parecía que habían visto
muchas marchas, pero habían sido conservadas bien engrasadas y
mantenidas cariñosamente con el paso de los siglos.
—Caligae. —Dijo Piper. —Como Calígula.
—Exacto, —convine yo. —Estas sin las versiones para adulto
de las pequeñas botas que le dieron su apodo a Gaius Julius
Caesar Germanicus en la niñez.
305
Piper arrugó la nariz. —¿Sientes alguna magia?
—Bueno, no están zumbando de energía, —dije. —Ni me
están dando flashbacks de pies malolientes, o haciendo que sienta
urgencia por ponérmelas. Pero creo que son los zapatos correctos.
Son sus tocayas. Ellas llevan su poder.
—Hmm. Supongo que si puedes hablar con una flecha,
entonces puedes leer un par de sandalias.
—Es un don, —convine.
Ella se arrodilló junto a mí y tomó una de las sandalias. —No
van a quedarme. Son demasiado grandes. Se ven más o menos de
tu tamaño.
—¿Estás diciendo que tengo pies grandes?
Su sonrisa flaqueó. —Estas lucen casi tan incómodas como los
zapatos de la vergüenza… Un par de horribles zapatos de
enfermera que teníamos en la cabaña de Afrodita. Debías usarlos
como castigo si hacías algo malo.
—Eso suena como Afrodita.
—Me deshice de ellos, —dijo ella. —Pero estos… Supongo
que mientras no te importe poner tus pies donde estuvieron los
pies de Calígula…
—¡PELIGRO! —lloriqueó una voz detrás de nosotros.
Esconderse detrás de alguien y gritar peligro es una excelente
manera de hacer saltar a alguien simultáneamente, girar y caer
sobre sus traseros, que es lo que Piper y yo hicimos.
En la puerta estaba parado Crest, con su pelaje blanco
enmarañado y goteando como si hubiera volado a través de la
piscina de Calígula. Sus manos de ocho dedos se aferraron a cada
306
lado del marco de la puerta. Su pecho convulsionó. Su traje negro
estaba hecho pedazos.
—Estriges, —jadeó él.
Mi corazón saltó hasta mi cavidad nasal. —¿Te están
siguiendo?
Él agitó la cabeza, sus orejas moviéndose como calamares
asustados. —Creo que los eludí, pero…
—¿Por qué estás aquí? —Demandó saber Piper, con su mano
dirigiéndose a su daga.
La mirada en los ojos de Crest era una mezcla entre pánico y
hambre. Apuntó a mi ukelele. —¿Podrías enseñarme a tocar?
—Yo… sí. —Dije. —Aunque una guitarra sería mejor, por el
tamaño de tus manos.
—Ese acorde, —dijo él. —El que hizo a Wah-Wah chillar. Lo
quiero.
Me levanté lentamente, para no asustarlo más. —El
conocimiento del C menor en sexto tri-acorde es una gran
responsabilidad. Pero sí, podría mostrarte.
—Y tú. —Miró a Piper. —La forma en la que cantas. ¿Puedes
enseñarme?
Piper soltó la empuñadura de su daga. —Cre… creo que puedo
intentar, pero…
—¡Entonces debemos irnos rápido! —Dijo Crest. —¡Ya
capturaron a tus amigos!
—¿Qué? —Piper se puso de pie. —¿Estás seguro?
—La chica escalofriante. El chico rayo. Sí.
307
Me tragué mi desesperación. Crest había dado una descripción
perfecta de Meg y Jason. —¿Dónde? —Pregunté. —¿Quién los
tiene?
—Él, —dijo Crest. —El emperador. Su gente estará aquí
pronto. ¡Debemos volar! ¡Sean los músicos en el mundo!
Bajo otras circunstancias, hubiera considerado ese excelente
consejo, pero no con nuestros amigos capturados. Envolví las
sandalias del emperador y las metí dentro de mi carcaj. —¿Puedes
llevarnos con nuestros amigos?
—¡No! —Gimió Crest. —¡Van a morir! El hechicero…
¿Por qué no había escuchado Crest a los enemigos
escondiéndose detrás de él? No lo sé. Tal vez el rayo de Jasón lo
había dejado temporalmente sordo. Tal vez estaba demasiado
angustiado, demasiado concentrado en nosotros como para cuidar
su propia espalda.
Cualquiera que fuera el caso, Crest se precipitó hacia delante,
golpeando de cara contra la caja de las sandalias aladas. Colapsó
en la alfombra, con los ahora libres zapatos alados golpeándolo
repetidamente en la cabeza. En su espalda relucían dos profundas
impresiones con la forma de cascos de caballos.
En la puerta estaba parado un majestuoso semental blanco, con
su cabeza casi tocando el marco. En un segundo, me di cuenta por
qué los yates del emperador tenían techos tan altos, pasillos
anchos y portales: estaban diseñados para acoger a este caballo.
—Incitatus, —dije.
Él me miró fijamente como ningún caballo debería ser capaz
de hacerlo –sus grandes pupilas marrones brillando con maliciosa
conciencia. —Apolo.
308
Piper lucía aturdida, como cualquiera que se encontrara con un
caballo parlante en un yate de zapatos.
Ella comenzó a decir, —¿Pero qué…?
Incitatus cargó. Pisó justo sobre la mesa de café y puso a Piper
contra la pared con un escalofriante crujido. Piper cayó sobre la
alfombra.
Me apresuré a alcanzarla, pero el caballo me apartó de un
golpe. Aterricé en el sofá más cercano.
—Bueno, ahora. —Incitatus estudió los daños, los pedestales
volcados y la mesa de café destruida; las botellas rotas de agua
primavera exótica derramada en la alfombra; Crest gimiendo en el
suelo, con los zapatos voladores aún golpeándolo; Piper inmóvil,
con sangre goteando de su nariz; y yo en el sofá, acunando mis
costillas rotas.
—Lamento entrometerme en su intromisión, —dijo él. —
Tenía que noquear a la chica rápido, tú entiendes. No me gusta el
embrujahabla.
Su voz era la misma que había escuchado mientras me
escondía en el basurero detrás de Macro’s Military Madness,
profunda y cansada del mundo, teñida de molestia, como si ya
hubiera visto cada cosa estúpida que los bípedos podían hacer.
Me quedé mirando horrorizado a Piper McLean. No parecía
estar respirando. Recordé las palabras de la Sibila…
Especialmente esa terrible palabra que empezaba con M.
—Tú – tú la mataste, —tartamudeé.
—¿Lo hice? —Incitatus frotó el pecho de Piper. —Nah. Aún
no, pero pronto. Ahora ven conmigo. El emperador quiere verte.
309
30
Nunca te dejaré
El amor nos mantendrá juntos
O con pegamento. El pegamento también funciona
A
LGUNOS DE MIS MEJORES amigos son caballos
mágicos.
Orión, el corcel más rápido del mundo, es mi primo,
aunque raramente viene a las cenas familiares. El famoso Pegaso
es también un primo –uno lejano, creo, ya que su madre era una
Gorgona. No estoy seguro cómo funciona eso. Y, por supuesto,
los caballos del sol eran mis corceles favoritos – aunque,
afortunadamente, ninguno de ellos hablaba.
Incitatus, ¿En cambio? No me agradaba mucho.
Era un hermoso animal –grande y muscular, su pelo brillaba
como una nube iluminada por el sol. Su sedosa cola blanca se
agitaba detrás de él, como si desafiara a alguna mosca, semidiós o
alguna otra plaga a acercarse a su retaguardia. No usaba riendas o
silla de montar, solo brillantes cascos dorados en sus pezuñas.
Su gran majestad me rechinó. Su hastiada voz me hizo sentir
pequeño e insignificante. Pero lo que realmente odiaba eran sus
ojos. Los ojos de los caballos no deberían ser tan fríos e
inteligentes.
—Sube,—dijo.—Mi chico está esperando.
—¿Tu chico?
310
Descubrió sus dientes blanco mármol. —Sabes a quien me
refiero. El gran Calígula. El nuevo sol que te comerá como
desayuno.
Me hundí más en los cojines del sofá. Mi corazón palpitaba.
Había visto que tan rápido se podía mover Incitatus. No tenía
muchas oportunidades contra él. Nunca sería capaz de lanzar una
flecha o tocar una melodía antes de que me pateara el rostro.
Este pudo haber sido un excelente momento para una oleada de
fuerza divina, así podría tirar al caballo por la ventana. Pero, no
sentía mucha energía dentro de mí. Tampoco podía esperar por
algún refuerzo. Piper se quejó, moviendo sus dedos. Ella se veía
medio consciente, por lo menos. Crest tembló e intento enrollarse
en una bola para escapar del bullying de los zapatos alados.
Me levanté del sillón, empuñe mis manos y me obligue a mirar
a Incitatus a los ojos.
—Todavía soy el dios Apolo,—advertí.—Ya enfrenté a dos
emperadores. Los vencí a ambos. No me pongas a prueba, caballo.
Incitatus resopló.—Lo que sea, Lester. Te estás poniendo más
débil. Te hemos mantenido vigilado. Difícilmente te queda algo.
Ahora déjate de evasivas.
—¿Y cómo me obligaras a venir contigo?—insistí.—No puedes
levantarme y tirarme sobre tu espalda. ¡No tienes manos! ¡Sin
pulgares oponibles! ¡Ese fue tu error fatal!
—Sí, bueno, podría solo patearte en la cara. O...—Incitatus hizo
un sonido como alguien llamando a su perro.
Wah-Wah y dos de sus guardias se escabulleron en la
habitación. —¿Llamó, señor semental?
El caballo me sonrió.—No necesito pulgares oponibles cuando
tengo sirvientes. Claro, son sirvientes tontos que tuve que liberar
con mis dientes de sus propias corbatas.
311
—Señor semental,—protestó Wah-Wah.—¡Fue el ukelele! No
pudimos…
—Súbelos,—ordenó Incitatus.—antes de que me pongas de mal
humor.
Wah-Wah y sus ayudantes lanzaron a Piper a la espalda del
caballo. Me obligaron a subir detrás de ella, Luego ataron mis
manos –otra vez– está vez al frente, al menos, para que pudiera
mantener mejor el equilibrio.
Finalmente, pusieron a Crest de pie. Consiguieron poner en su
caja a los zapatos alados abusadores físicos, esposaron las manos
de Crest y lo obligaron a marchar al frente de nuestro siniestro
desfile. Nos abrimos paso de vuelta a la cubierta, yo agachándome
bajo cada dintel, y rehicimos nuestro camino a través del puente
flotante de yates.
Incitatus trotaba a paso lento. Cada vez que pasábamos
mercenarios o miembros de la tripulación, se arrodillaban y
bajaban la cabeza. Quería creer que estaban honorándome, pero
sospecho que estaban honrando la habilidad del caballo de golpear
sus cabezas si no mostraban el apropiado respeto.
Crest tropezó. Los otros Pandai lo levantaron y lo empujaron
hacia adelante. Piper seguía resbalándose de la espalda del
semental, pero hice lo mejor para mantenerla en su lugar.
Una vez murmuró, —Uhn-fun.
Lo que podría haber significado Gracias o Desátame o ¿Por qué
mi boca sabe a herradura?
Su daga, Katoptris, estaba al alcance. Me quedé mirando la
empuñadura, preguntándome si podría sacarla lo suficientemente
rápido como para liberarme, o hundirlo en el cuello del caballo.
—Yo no lo haría,— dijo Incitatus.
Me puse rígido. —¿Qué?
—Usar el cuchillo. Eso sería un mal movimiento.
312
—¿Eres un lector de la mentes?
El caballo se burló.— No necesito leer las mentes. ¿Sabes
cuánto puedes saber por el lenguaje corporal de alguien cuando
están montando tu espalda?
—Y- yo no puedo decir que he tenido la experiencia.
—Bueno, puedo saber lo que planeas. Así que no lo hagas.
Tendría que tirarte. Entonces tú y tu novia probablemente se
romperían la cabeza y morirían.
—¡Ella no es mi novia!
— Y gran C estaría molesto. Él quiere que mueras de cierta
manera.
—Ah.—Mi estómago se sentía tan magullado como mis
costillas. Me preguntaba si había un término especial para mareo
mientras montas un caballo en un bote. —Entonces, cuando dijiste
que Calígula me comería para el desayuno…
—Oh, no quise decir eso literalmente.
—Gracias a los dioses.
—Quise decir que la hechicera Medea te encadenará y desollará
tu forma humana para extraer lo que queda de tu esencia divina.
Entonces Calígula consumirá tu esencia, la tuya y la de Helios, y
se hará el nuevo dios del sol.
—Oh.— Sentí que me desmayaba. Supongo que todavía tenía
algo de esencia divina dentro de mí –alguna pequeña chispa de mi
genialidad anterior que me permitía recordar quién era y de lo que
alguna vez fui capaz. No quería que me quitaran esos últimos
vestigios de divinidad, especialmente si el proceso involucraba
desollamiento. La idea hizo que mi estómago se revolviera.
Esperaba que a Piper no le importara tanto si vomitaba sobre ella.
—T-tu pareces un caballo razonable, Incitatus. ¿Por qué estás
ayudando a alguien volátil y traicionero como Calígula?
313
Incitatus relinchó. —Volátil, schmolatile. El chico me escucha.
Él me necesita. No importa qué tan violento o imprevisible pueda
parecerle a los demás. Puedo mantenerlo bajo control, utilizarlo
para cumplir mis planes. Estoy respaldando al caballo correcto.
Parecía no reconocer la ironía de un caballo apoyando al caballo
correcto. También, me sorprendió escuchar que Incitatus tenía un
plan. La mayoría de los planes equinos eran bastante sencillas:
comida, correr, más comida, un buen cepillado. Repita como
desee.
—Calígula sabe que estás, ah, ¿Usándolo?
—¡Por supuesto!—, Dijo el caballo. —El chico no es estúpido.
Una vez que obtenga lo que quiere, bueno... entonces nos
separamos. Tengo la intención de derrocar a la raza humana e
instituir un gobierno por los caballos, para los caballos.
—Tu... ¿Qué?
—¿Tú piensas que el autogobierno equino es más loco que un
mundo gobernado por dioses olímpicos?
—Nunca pensé en ello.
—No lo harías, ¿verdad? ¡Tú, con tu arrogancia bípeda! Tú no
pasas tu vida con humanos que constantemente esperan montarte
o hacerte tironear sus carros. Ah, estoy gastando mi aliento. No
estarás aquí el tiempo suficiente para ver la Revolución.
Oh, lector, no puedo expresarte mi terror –no a la idea de una
revolución de caballos, ¡Pero si al pensar que mi vida estaba por
terminar! Sí, sé que los mortales enfrentan la muerte también, pero
es peor para un dios, ¡Te lo digo! Pasé milenios sabiendo que era
inmune al gran ciclo de la vida y la muerte. Entonces, de repente,
me enteré - LOL, ¡no tanto! ¡Iba a ser desollado y consumido por
un hombre que seguía indicaciones de un caballo militante que
habla!
A medida que avanzábamos por la cadena de súper yates, vimos
más y más signos de una batalla reciente. El barco veinte parecía
314
haber sido golpeado repetidamente con rayos. Su superestructura
era una ruina carbonizada y humeante, la parte superior
ennegrecida, cubiertas con espuma de extintor de incendios.
El barco dieciocho había sido convertido en un centro de triage.
Los heridos estaban tumbados en todas partes, gimiendo por
cabezas destrozadas, miembros rotos, narices sangrantes e ingles
magulladas. Muchas de sus lesiones estaban a nivel de la rodilla o
debajo, solo donde a Meg McCaffrey le gustaba patear. Una
bandada de Estriges sobrevolaba, chillando hambrientamente. Tal
vez estaban en guardia, pero tenía la sensación de que estaban
esperando ver cuál de los heridos no sobrevivía.
El barco catorce era la coup de grâce58 de Meg McCaffrey.
Hiedra de Boston había engullido todo el yate, incluida la mayoría
de la tripulación, que fueron cosidos a las paredes por una espesa
telaraña. Un cuadro de horticultores –sin duda llamado así por el
jardín botánico en el bote dieciséis– ahora intentaban liberar a sus
camaradas usando tijeras y podadoras.
Me sentí alentado al ver que nuestros amigos habían llegado tan
lejos y habían causado tanto daño. Quizás Crest se había
equivocado acerca de ellos siendo capturados. Seguramente dos
semidioses capaces como Jasón y Meg habrían logrado escapar si
eran arrinconados. Estaba contando con eso, ya que ahora los
necesitaba para rescatarme.
Pero y ¿Si no pudieran? Atormenté a mi cerebro con ideas
ingeniosas y planes maléficos. En lugar de correr, mi mente se
movió en un trote sibilante.
Logré llegar a la fase uno de mi plan maestro: escaparía sin
hacer que me maten, entonces liberaría a mis amigos. Estaba
trabajando duro en la fase dos –¿Cómo hago eso?– cuando se me
acabó el tiempo. Incitatus cruzó a la cubierta de Julia Drusilla XII,
galopó a través de un juego de dobles puertas doradas y nos llevó
58
Golpe de gracia.
315
por una rampa al interior del barco, que contenía una sola gran
habitación, la sala de audiencias de Calígula.
Entrar en este espacio fue como hundirse en la garganta de un
monstruo marino. Estoy seguro de que el efecto era intencional. El
emperador quería que sintieras una sensación de pánico e
impotencia.
Has sido tragado, la habitación parecía decir. Ahora serás
digerido.
Sin ventanas aquí. Los muros de cincuenta pies de altura
gritaban con pinturas frescas de batallas, volcanes, tormentas,
fiestas salvajes– todas las imágenes de poder hechas caos, límites
borrados, la naturaleza puesta de cabeza.
El suelo de baldosas era similar, lleno de caos: intrincados
mosaicos de pesadilla donde los dioses eran devorados por varios
monstruos. Muy por encima, el techo estaba pintado de negro, y
colgando de él había candelabros dorados, esqueletos enjaulados y
espadas que colgaban de las cuerdas más finas y que parecían
listas para empalar a cualquiera abajo.
Me encontré inclinándome de costado sobre la espalda de
Incitatus, tratando de encontrar mi equilibrio, pero fue imposible.
La habitacón no ofrecía un lugar seguro para descansar la mirada.
El balanceo del yate no ayudó.
De pie a lo largo de la sala del trono había una docena de pandai
–seis a babor y seis a estribor. Tenían lanzas con punta de oro y
llevaban una cota de malla dorada de pies a cabeza, incluyendo
colgajos metálicos gigantes sobre sus orejas que, cuando se
golpeaban, hacían un tinnitus59 terrible.
En el otro extremo de la sala, donde el casco del barco se
estrechaba, el emperador había puesto su tarima– poniéndose de
espaldas a la esquina, como cualquier buen paranoico gobernante.
59
Zumbido en los oídos.
316
Ante él giraban dos columnas de viento y escombros que no podía
entender –¿algún tipo de arte de Ventus?
A la derecha del emperador se encontraban otro Pandos vestido
con el atuendo completo de un comandante pretoriano: Reverg,
supuse, capitán de la guardia. A la izquierda del emperador estaba
Medea, sus ojos brillaban con triunfo.
El mismo emperador era como yo lo recordaba– joven y ágil,
suficientemente guapo, aunque sus ojos estaban demasiado
separados, sus orejas demasiado prominentes (pero no en
comparación con los pandai), su sonrisa demasiado delgada.
Iba vestido con pantalones blancos, zapatos blancos, una camisa
rayada azul y blanca, un blazer azul y un sombrero de capitán.
Tuve un horrible flashback de 1975, cuando cometí el error de
bendecir al Capitán y a Tennille con su hit 'El amor nos mantendrá
unidos '. Si Calígula era el Capitán, eso hizo a Medea Tennille, lo
que se sentía mal en muchos niveles. Intenté alejar el pensamiento
de mi mente. Mientras nuestra procesión se acercaba al trono,
Calígula se inclinó hacia adelante y se frotó las manos, como si el
próximo plato de su cena acabara de llegar.
—¡El momento perfecto!— Dijo.—He estado teniendo la
conversación más fascinante con tus amigos.
¿Mis amigos?
Solo entonces mi cerebro me permitió procesar lo que había
dentro de los remolinos. En uno flotaba Jasón Grace. En el otro,
Meg McCaffrey. Ambos luchaban sin poder hacer nada. Ambos
gritaron sin hacer ruido. Sus prisiones de tornado giraban como
metralla reluciente –pequeñas piezas de bronce celestial y oro
Imperial cortaban su ropa y su piel, cortándolos lentamente en
pedazos.
Calígula se levantó, sus plácidos ojos marrones se fijaron en
mí.— Incitatus, este no puede ser él en realidad, ¿Verdad?
317
—Me temo que sí, camarada,— dijo el caballo. —Puedo
presentarte a la patética excusa de un dios, Apolo, también
conocido como Lester Papadopoulos.
El semental se arrodilló sobre
tumbándonos a Piper y a mí al piso.
318
sus
patas
delanteras,
31
Te doy mi corazón
Me refiero metafóricamente
Guarda ese cuchillo
P
ODÍA PENSAR EN MUCHOS nombres para llamar a
Calígula. Camarada no era uno de ellos.
Sin embargo, Incitatus parecía estar perfectamente en
casa en presencia del emperador.
Trotó a estribor, donde dos pandai comenzaron a cepillarse el
abrigo, mientras que un tercero se arrodilló para ofrecerle avena
de un cubo de oro.
Jasón Grace atacó en su túnel de viento de metralla, tratando de
liberarse. Dirigió una mirada angustiada a Piper y gritó algo que
no pude oír. En la otra columna de viento, Meg flotaba con sus
brazos y piernas cruzadas, frunciendo el ceño como un genio
enojado, ignorando los trozos de metal que le cortaban la cara.
Calígula bajó de su estrado, caminó entre las columnas de
viento con una alegre inclinación en su paso, sin duda el efecto de
llevar un atuendo de capitán de yate. Se detuvo a unos metros
delante de mí. En su palma abierta, rebotó dos pequeños pedacitos
de oro: los anillos de Meg McCaffrey.
319
—Esta debe ser la encantadora Piper McLean.— Él frunció el
ceño hacia ella, como si se diera cuenta de que apenas estaba
consciente. —¿Por qué esta ella así? No puedo insultarla en esta
condición. ¡Reverb!
El comandante pretor chasqueó los dedos. Dos guardias se
arrastraron hacia adelante y arrastraron a Piper a sus pies. Uno
agitó una pequeña botella bajo su nariz, oliendo sales, tal vez, o
algún vil equivalente mágico de Medea.
La cabeza de Piper volvió a caer. Un escalofrío recorrió su
cuerpo, luego empujó al pandai.
—Estoy bien.— Ella parpadeó en su entorno, vio a Jasón y
Meg en sus columnas de viento, y luego miró a Calígula. Ella
luchó por sacar su cuchillo, pero sus dedos no parecían funcionar.
—Te mataré.
Calígula se rió entre dientes. —Eso sería divertido, mi amor.
Pero no nos matemos todavía, ¿eh? Esta noche, tengo otras
prioridades.
Él me sonrió. —Oh, Lester. ¡Qué regalo me ha dado Júpiter!—
Dio una vuelta a mi alrededor, pasando las puntas de sus dedos
por mis hombros como si buscara polvo. Supongo que debería
haberlo atacado, pero Calígula irradiaba una confianza tan fría, un
aura tan poderosa que me desconcertaba.
—No queda mucho de tu piedad, ¿verdad?— Dijo. —No te
preocupes, Medea lo sacará de ti. Entonces me vengaré de Zeus
por ti, ten algo de consuelo en eso.
—Yo… yo no quiero venganza
320
—¡Por supuesto que sí! Será maravilloso, solo espera y mira...
Bueno, en realidad, estarás muerto, pero tendrás que confiar en
mí. Te haré sentir orgulloso.
—César— le llamó Medea desde su lado del estrado
¿Quizás podríamos comenzar pronto?
—
Hizo todo lo posible por ocultarlo, pero escuché la tensión en su
voz. Como lo había visto en el estacionamiento de la muerte,
incluso Medea tenía sus límites. Mantener a Meg y Jasón en
tornados gemelos debe haber requerido gran parte de su fuerza.
No podría mantener sus prisiones de ventus y hacer cualquier
magia que necesitara para negarme. Si tan solo pudiera descubrir
cómo explotar esa debilidad ...
La molestia parpadeó en la cara de Calígula. —Sí, sí, Medea.
En un momento. Primero, debo saludar a mis leales sirvientes...—
Se volvió hacia el pandai que nos había acompañado desde el
barco de zapatos. —¿Quién de ustedes es Wah-Wah?
Wah-Wah se inclinó, sus orejas se extendieron por el suelo de
mosaico. —A… aquí, señor.
—Me sirvió bien, ¿verdad?
—¡Si señor!
—Hasta hoy.
Los pandai parecían intentar tragar el ukelele de Tiny Tim. —
Ellos… ¡Nos engañaron, señor! ¡Con música horrible!
—Ya veo— dijo Calígula. —¿Y cómo piensas hacer esto bien?
¿Cómo puedo estar seguro de tu lealtad?
—¡Yo - yo te juro mi corazón, señor! ¡Ahora y siempre! Mis
hombres y yo... — Se tapó la boca con sus enormes manos.
321
Calígula sonrió con dulzura. —Oh, ¿Reverb?
Su comandante pretor dio un paso adelante. —¿Señor?
—¿Has oído Wah-Wah?
—Sí, señor— coincidió Reverb. —Su corazón es tuyo. Y
también los corazones de sus hombres.
—Bueno, entonces— Calígula chasqueó los dedos en un vago
gesto de alejamiento. —Llévalos afuera y recoge lo que es mío.
Los guardias de la sala del trono del babor se adelantaron y
agarraron a Wah-Wah y sus dos lugartenientes por los brazos.
—¡No!— Gritó Wah-Wah. —¡No, yo…yo no quise decir…!
Él y sus hombres se revolcaron y sollozaron, pero no sirvió de
nada. El pandai con armadura de oro los arrastró lejos.
Reverb hizo un gesto a Crest, que estaba temblando y gimiendo
al lado de Piper. —¿Qué hay de este, señor?
Calígula estrechó sus ojos. —¿Me recuerdas por qué este tiene
pelaje blanco?
—Es joven, señor— dijo Reverb, sin un rastro de simpatía en su
voz. —La piel de nuestra gente se oscurece con la edad
—Ya veo.— Calígula acarició la cara de Crest con el dorso de
su mano, haciendo que el joven pandos gimieran aún más fuerte.
—Abandónalo. Es divertido y parece lo suficientemente
inofensivo. Ahora ve, comandante. Tráeme esos corazones.
Reverb se inclinó y corrió tras sus hombres.
Mi pulso martilleó en mis sienes, quería convencerme a mí
mismo de que las cosas no estaban tan mal, la mitad de los
guardias del emperador y su comandante acababan de irse. Medea
322
estaba bajo la tensión de controlar dos venti. Eso significaba solo
seis pandai de élite, un caballo asesino y un emperador inmortal
con quien tratar. Ahora era el momento óptimo para ejecutar mi
inteligente plan... si tan solo tuviera uno.
Calígula se puso a mi lado. Él me abrazó como un viejo amigo
—¿Ves, Apolo? No estoy loco, no soy cruel, simplemente tomo
a las personas por su palabra. Si me prometes tu vida, tu corazón o
tu riqueza... entonces deberías decir que es en serio, ¿no crees?
Mis ojos se humedecieron. Tenía demasiado miedo a pestañear.
—Tu amiga Piper, por ejemplo— dijo Calígula. —Ella quería
pasar tiempo con su papá, ella estaba resentida con su carrera.
¿Adivina que? ¡Me llevé esa carrera! Si ella hubiera ido a
Oklahoma con él, como lo habían planeado, ¡podría haber
conseguido lo que quería! ¿Pero ella me agradece? No, ella viene
a matarme.
—Lo haré— dijo Piper, su voz un poco más estable. —Toma
mi palabra sobre eso.
—Exactamente mi punto— dijo Calígula. —Sin gratitud.
Me dio una palmadita en el pecho, enviando destellos de dolor a
través de mis magulladas costillas.
—¿Y Jasón Grace? Él quiere ser sacerdote o algo así, construir
santuarios para los dioses. ¡Multa! Soy un Dios. ¡No tengo ningún
problema con eso! Entonces viene aquí a destruir mis yates con un
rayo. ¿Es ese comportamiento sacerdotal? No lo creo.
Él caminó hacia los remolinos de columnas de viento. Esto dejó
su espalda expuesta, pero ni Piper ni yo nos movimos para
atacarlo. Incluso ahora, al recordarlo, no puedo decirte por qué.
Me sentí tan impotente, como si estuviera atrapado en una visión
323
que había sucedido siglos antes. Por primera vez, sentí lo que sería
si el Triunvirato controlara cada Oráculo. No solo preverían el
futuro, sino que lo modelarían. Cada una de sus palabras se
convertiría en un destino inexorable.
—Y ésta.— Calígula estudió a Meg McCaffrey. —¡Su padre
una vez juró que no descansaría hasta que reencarnara a las
esposas de plata nacidas de la sangre! ¿Puedes creerlo?
Nacido en sangre. Esposas de plata. Esas palabras enviaron una
sacudida a través de mi sistema nervioso. Sentí que debía saber lo
que querían decir, cómo se relacionaban con las siete semillas
verdes que Meg había plantado en la ladera. Como de costumbre,
mi cerebro humano gritó en protesta mientras intentaba sacar la
información de sus profundidades. Casi podía ver el molesto
mensaje ARCHIVO NO ENCONTRADO destellando detrás de
mis ojos.
Calígula sonrió. —¡Bien, por supuesto que tomé al Dr.
McCaffrey en su palabra! Quemé su fortaleza hasta suelo. Pero,
sinceramente, pensé que era bastante generoso al permitir que
vivieran él y su hija. La pequeña Meg tuvo una vida maravillosa
con mi sobrino Nero. Si ella hubiera mantenido sus promesas con
él...— Él movió su dedo con desaprobación.
En el lado de estribor de la habitación, Incitatus levantó la vista
de su cubo de avena dorada y eructó. —Hola ¿Big C? Gran
discurso y todo. ¿Pero no deberíamos matar a los dos en los
torbellinos para que Medea pueda volver su atención a despellejar
a Lester vivo? Realmente quiero ver eso.
—Sí, por favor— estuvo de acuerdo Medea, con los dientes
apretados.
324
—¡NO!— Gritó Piper. —Calígula, deja ir a mis amigos.
Desafortunadamente, apenas podía pararse derecha. Su voz
tembló.
Calígula se rió entre dientes. —Mi amor, me he entrenado para
resistir el encanto de la propia Medea, tendrás que hacer algo
mejor que eso si...
—Incitatus— llamó Piper, su voz un poco más fuerte, —patea
a Medea en la cabeza.
Incitatus ensancho sus fosas nasales.
Medea en la cabeza.
—Creo que patearé a
—¡No, no lo harás!— Chilló Medea en un estallido agudo de
encanto. —Calígula ¡Silencia a la chica!
Calígula se acercó a Piper. —Lo siento amor.
Le dio un golpe en la boca con tanta fuerza que ella dio vuelta a
un círculo completo antes de colapsar.
—¡OHHH!— Incitatus relinchó de placer. —¡Bien!
Me Quebré.
Nunca había sentido tanta ira. No cuando destruí a toda la
familia de Niobids por sus insultos. No cuando luché contra
Heracles en la cámara de Delfos. Ni siquiera cuando derroté a los
Cíclopes que habían causado el rayo asesino de mi padre.
Decidí en ese momento que Piper McLean no moriría ésta
noche. Cargué contra Calígula, con la intención de envolver mis
manos alrededor de su cuello. Yo quería estrangularlo hasta la
muerte, aunque solo sea para borrar esa sonrisa presumida de su
rostro.
325
Estaba seguro de que mi poder divino volvería. Destrozaría al
emperador aparte en mi justa furia.
En cambio, Calígula me empujó al suelo sin apenas mirarme.
—Por favor, Lester—
mismo.
dijo.
—Estás avergonzándote a ti
Piper yacía temblando como si tuviera frío.
Crest se agachó cerca, intentando en vano cubrir sus enormes
orejas. Sin duda él estaba lamentando su decisión de seguir su
sueño de tomar lecciones de música. Me fijé en los ciclones
gemelos, esperando que Jasón y Meg de alguna manera hubieran
escapado. No lo habían hecho, pero extrañamente, como por
acuerdo silencioso, parecían haber cambiado de roles.
En lugar de enfurecerse en respuesta a Piper siendo golpeado,
Jasón ahora flotaba todavía mortalmente, con los ojos cerrados, su
cara como piedra. Meg, por otro lado, arañó su jaula de ventos,
gritando palabras que no pude oír. Su ropa estaba hecha jirones.
Su rostro estaba marcado con una docena de cortes sangrantes,
pero a ella no pareció importarle. Dio patadas y puñetazos y arrojó
paquetes de semillas en la vorágine, causando ráfagas festivas de
pensamientos y narcisos entre la metralla.
En el estrado imperial, Medea se había puesto pálida y
sudorosa. Contrarrestar el encanto de Piper debe haberle dejado
exahusta, pero eso no me dio consuelo.
Reverb y sus guardias regresarían pronto, llevando los
corazones de los enemigos del emperador.
Un frío pensamiento me inundó. Los corazones de sus
enemigos.
326
Me sentí como si hubiera sido un revés, el emperador me
necesitaba con vida, al menos por el momento. Lo que significaba
mi única ventaja ...
Mi expresión debe haber sido invaluable. Calígula estalló en
carcajadas.
—¡Apolo, parece que alguien pisó tu lira favorita!— Se
sacudió. —¿Crees que lo has pasado mal? Crecí como rehén en el
palacio de mi tío Tiberio. ¿Tienes alguna idea de cuán malvado
era ese hombre? Me despertaba todos los días esperando ser
asesinado, al igual que el resto de mi familia. Me convertí en un
actor consumado. Lo que Tiberius necesitaba que fuera, lo era. Y
sobreviví. ¿Pero tú? Tu vida ha sido dorada de principio a fin. No
tienes la resistencia para ser mortal.
Se volvió hacia Medea. —¡Muy bien, hechicera! Puedes
convertir tus pequeñas licuadoras para hacer puré y matar a los
dos prisioneros. Entonces trataremos con Apolo.
Medea sonrió. —Con alegría.
—¡Espera!— Grité, sacando una flecha de mi carcaj.
Los guardias restantes del emperador nivelaron sus lanzas, pero
el emperador gritó —¡ALTO!
No intenté sacar mi arco. No ataqué a Calígula. En cambio, giré
la flecha hacia adentro y presioné la punta contra mi pecho.
La sonrisa de Calígula se evaporó. Me examinó con desprecio
apenas disimulado. —Lester... ¿Qué estás haciendo?
—Deja ir a mis amigos—
puedes tenerme a mí
dije.
327
—Todos ellos. Entonces
Los ojos del emperador brillaban como los de un Estrige. —¿Y
si no?
Reuní mi coraje y emití una amenaza que nunca podría haber
imaginado en mis últimos cuatro mil años de vida. —Me mataré.
328
32
No me hagas hacerlo
Estoy loco, voy a hacerlo, voy a…
Auch, eso realmente dolió
–O
H, NO, NO LO HARÁS— Zumbó una voz en mi
cabeza.
Mi noble gesto se arruinó cuando me di cuenta de
que, una vez más, había tomado la Flecha de Dodona por error. Se
sacudió violentamente en mi mano, sin duda haciéndome ver aún
más aterrado de lo que estaba. Sin embargo, la sostuve rápido.
Calígula estrechó los ojos. —No lo harías. No tienes ningún
instinto de auto sacrificio en tu cuerpo.
—Déjalos ir —Presioné la flecha contra mi piel, lo
suficientemente fuerte para extraer sangre—. O nunca serás el
dios del sol.
La flecha tarareó con enojo, —MÁTATE CON OTRA
ARMA, BELLACO. UN ARMA DE ASESINATO COMÚN.
¡YO NO SOY UNA!
—Oh, Medea —Calígula llamó por encima de su hombro—, si
se mata a sí mismo de esta manera, ¿aún podrás hacer tu magia?
—Tú sabes que no —se quejó—. ¡Es un ritual complicado! No
podemos dejar que se mate de una manera tan descuidada antes de
que esté preparada.
329
—Bueno, eso es ligeramente molesto —Calígula suspiró—.
Mira, Apolo, no puedes esperar que esto tenga un final feliz. Yo
no soy Commodus. No estoy jugando. Sé un buen chico y deja
que Medea te mate de la forma correcta, entonces les daré a estos
otros una muerte indolora. Esa es mi mejor oferta.
Decidí que Calígula sería un terrible vendedor de autos.
Junto a mí, Piper se estremeció en el piso, sus circuitos
neuronales probablemente sobrecargados por el trauma. Crest se
había abrazado a sí mismo en sus propias orejas. Jasón siguió
meditando en su remolino de metralla, aunque no creí que
alcanzara el nirvana bajo esas circunstancias.
Meg gritó y gesticuló en mi dirección, probablemente
diciéndome que no fuera un tonto y bajara la flecha. No me
agradó el hecho de que, por una vez, no pudiera escuchar sus
órdenes.
Los guardias del emperador se quedaron dónde estaban,
agarrando sus lanzas. Incitatus masticó su avena como si estuviera
en el cine.
—Última oportunidad —dijo Calígula.
En algún lugar detrás de mí, en la parte superior de la rampa,
una voz gritó. —¡Mi señor!
Calígula miró por encima. —¿Qué pasa, Flange? Estoy un
poco ocupado por aquí.
—N-noticias, mi señor.
—Después.
—Señor, se trata del ataque al norte.
330
Sentí una oleada de esperanza. El ataque a Nueva Roma
estaba teniendo lugar esta noche. No contaba con el buen oído de
un pandos, pero la urgencia histérica en el tono de Flange fue
inconfundible. No le estaba trayendo buenas noticias al
emperador.
La expresión de Calígula se amargó. —Ven aquí, entonces. Y
no toques al idiota con la flecha.
El pandos Flange pasó junto a mí arrastrando los pies y
susurró algo al oído del emperador. Calígula podía considerarse a
sí mismo un actor consumado, pero no hizo un buen trabajo
ocultando su disgusto.
—Que decepcionante —Arrojó los anillos de oro de Meg como
si fueran piedrecillas sin valor—. Flange, tu espada, por favor.
—Yo… —Flange buscó a tientas su khanda— S-sí, señor.
Calígula examinó la desafilada hoja dentada, después se la
regresó a su dueño con fuerza viciosa, hundiéndola en el intestino
del pobre pandos. Flange aulló al derrumbarse hecho polvo.
Calígula me encaró. —Ahora, ¿en qué estábamos?
—Tu ataque al norte —dije—. ¿No salió bien?
Fue una tontería de mi parte provocarlo, pero no pude
evitarlo. En ese momento, no era más racional que Meg
McCaffrey… sólo quería herir a Calígula, aplastar todo lo que
poseía hasta el polvo.
Él le restó importancia a mi pregunta. —Algunos trabajos
tengo que hacerlos yo mismo. Está bien. Uno pensaría que un
campamento de semidioses romanos obedecería las órdenes de un
emperador romano, pero por desgracia…
331
—La Duodécima Legión tiene un largo historial de apoyo a los
buenos emperadores —dije—, y de destituir a los malos.
El ojo izquierdo de Calígula se crispó. —Oh, Boost, ¿dónde
estás?
A babor, uno de los pandai que cepillaba a los caballos dejó
caer su cepillo con alarma. —¿Sí, señor?
—Toma a tus hombres —dijo Calígula—. Difunde la palabra.
Rompemos formación inmediatamente y navegamos al norte.
Tenemos negocios sin terminar en el Área de la Bahía.
—Pero, señor… —Boost me miró, como si estuviera decidiendo
si yo era amenaza suficiente como para dejar el emperador sin sus
guardias restantes. —Sí, señor.
El resto de los pandai se fueron arrastrando los pies, dejando a
Incitatus sin nadie que sostuviera su cubo de avena dorada.
—Hey, C. —dijo el semental—. ¿No estás poniendo el carro
antes del caballo? Antes de irnos a la guerra tienes que terminar tu
negocio con Lester.
—Oh, lo haré —Calígula prometió—. Ahora, Lester, ambos
sabemos que no vas a…
Se lanzó con deslumbrante velocidad, intentando agarrar la
flecha. Había estado anticipando eso. Antes de que pudiera
detenerme, inteligente hundí la flecha en mi pecho. ¡Ja! ¡Eso le
enseñaría a Calígula a no subestimarme!
Querido lector, se necesita una gran cantidad de fuerza de
voluntad para dañarte a ti mismo intencionalmente. Y no del buen
tipo de fuerza de voluntad… del tipo estúpido y temerario que
nunca deberías tratar de convocar, incluso en un esfuerzo por
salvar a tus amigos.
332
Como me apuñalé a mí mismo, me sorprendió la gran
cantidad de dolor que experimenté. ¿Por qué matarte a ti mismo
tiene que doler tanto?
Mi médula ósea se convirtió en lava. Mis pulmones se
llenaron con arena húmeda y caliente. La sangre mojó mi camisa y
caí sobre mis rodillas, mareado y jadeando. El mundo giraba a mí
alrededor como si todo el salón del trono se hubiera convertido en
una prisión gigante de Ventus.
—¡VILLANÍA!— La voz de la Flecha de Dodona zumbó en mi
cabeza y ahora también en mi pecho—. ¡NO ACABAS DE
EMPALARME AQUÍ!, ¡OH, VIL Y MONSTRUOSA CARNE!
Una distante parte de mi cerebro pensó que era injusto que se
quejara, ya que era yo el que estaba muriendo, pero no podría
haber hablado incluso si hubiera querido.
Calígula corrió hacia al frente. Tomó el astil de la flecha, pero
Medea gritó: —¡Detente!
Ella corrió a través del salón del trono y se arrodilló a mi lado.
—¡Sacar la flecha podría empeorar las cosas! —siseó.
—Se apuñaló a sí mismo en el pecho —contestó Calígula—.
¿Cómo puede ser peor?
—Tonto —ella murmuró. No estaba seguro de si el comentario
estaba dirigido a mí o a Calígula—. No quiero que se desangre. —
Extrajo una bolsa de ceda negra de su cinturón, sacó un frasco
tapado de vidrio y le tendió la bolsa a Calígula—. Sostén esto.
Descorchó el vial y vertió su contenido sobre la entrada de la
herida.
—¡FRÍO!— Se quejó la Flecha de Dodona. —¡FRÍO! ¡FRÍO!
333
Personalmente, no sentí nada. El dolor abrasador se había
convertido en un dolor sordo y palpitante en todo mi cuerpo.
Estaba seguro de que eso era una mala señal.
Incitatus trotó por encima. —Wow, realmente lo hizo. Ese es un
caballo de un color diferente.
Medea examinó la herida. Conjuró en cólquido antiguo,
haciéndome dudar de las pasadas relaciones románticas de mi
madre.
—Este idiota ni siquiera puede matarse correctamente —gruñó
la hechicera—. Parece ser que, de alguna manera, falló y no le dio
al corazón.
—¡FUI YO, BRUJA!— La flecha entonó desde el interior de mi
caja torácica. —¿DE VERDAD PIENSAS QUE ME
PERMITIRÍA SER CLAVADO EN EL ASQUEROSO
CORAZÓN DE LESTER? ¡ESQUIVÉ Y EVADÍ!
Hice una nota mental para después romper o agradecerle a la
Flecha de Dodona, lo que tuviera más sentido hacer en el
momento.
Medea le chasqueó los dedos al emperador. —Entrégame el vial
rojo.
Calígula frunció el ceño, claramente no acostumbrado a jugar
al enfermero quirúrgico. —Nunca esculcaría el bolso de una
mujer. Especialmente el de una hechicera.
Pensé que, hasta el momento, esa era la señal más confiable
de que él estaba perfectamente sano.
—Si quieres ser el dios del sol —Medea gruñó— ¡Hazlo!
Calígula encontró el vial rojo.
334
Medea cubrió su mano derecha con el pegajoso contenido.
Con su mano izquierda, tomó la Flecha de Dodona y la sacó de mi
pecho.
Grité. Mi visión se oscureció. Mi pectoral izquierdo se sentía
como si estuviera siendo excavado con una broca. Cuando
recuperé la vista, encontré la herida de la flecha tapada con una
sustancia roja y espesa; como la cera de una carta sellada. El dolor
era horrible, insoportable, pero podía respirar otra vez.
Si no hubiera sido tan miserable, podría haber sonreído
triunfante. Había estado contando con los poderes curativos de
Medea. Ella era casi tan hábil como mi hijo Asclepio. Aunque sus
modales como acompañante de enfermos no eran tan buenos y sus
curas tendían a involucrar magia negra, ingredientes viles y
lágrimas de niños pequeños.
No esperaba, por supuesto, que Calígula dejara ir a mis
amigos. Pero sí esperaba que, con Medea distraída, de alguna
manera perdiera el control de su venti. Y así lo hizo.
Ese momento está grabado en mi mente: Incitatus mirándome,
su hocico salpicado de avena; la bruja de Medea examinando mi
herida, sus manos pegajosas con sangre y pasta mágica. Calígula
parado sobre mí, sus espléndidos pantalones y zapatos blancos
salpicados con mi sangre, y Piper y Crest cerca, en el piso. Su
presencia momentáneamente olvidada por nuestros captores.
Incluso Meg parecía congelada dentro de su agitada prisión,
horrorizada por lo que había hecho.
Ese fue el último momento antes de que todo saliera mal,
antes de que nuestra gran tragedia se desencadenara… cuando
Jasón Grace extendió sus brazos y las jaulas de viento explotaron.
335
33
No habrá buenas noticias
Te advertí al principio
Regresa, lector
U
N TORNADO PUEDE ARRUINAR todo tu día.
Yo había visto el tipo de devastación que podía causar Zeus
cuando se enoja en Kansas. Así que no estaba sorprendido
cuando dos vientos llenos de metralla arrasaron el Julia Drusilla
XII como motosierras.
Todos deberíamos haber muerto en la explosión. Estoy seguro
de ello. Pero Jasón canalizó la explosión hacia arriba, hacia abajo
y hacia los lados en una ola bidimensional… explotando el puerto
y la pared de estribor; haciendo explotar el techo negro, el cual
nos bañó de candelabros dorados y de espadas; rompiendo como
con un taladro el piso de mosaicos hasta las entrañas del barco. El
yate se quejó y se agitó… metal, madera y vidrio se rompieron
como huesos en la boca de un monstruo.
Incitatus y Calígula se tambalearon hacia una dirección, Medea
hacia otro. Ninguno de ellos había sufrido más que un rasguño.
Meg McCaffrey, desafortunadamente, estaba a la derecha de
Jasón. Cuando el viento explotó, ella salió volando hacia los lados
a través de una nueva ventila en la pared, y desapareció en la
oscuridad.
336
Traté de gritar. Aunque creo que salió más como un sonido
muerto. Con la explosión sonando en mis oídos, no podía estar
seguro.
Apenas me podía mover. No era posible que pudiera ir tras mi
joven amiga. Eché una mirada alrededor desesperadamente, y mi
vista quedó fija en Crest.
Los ojos del joven pando estaban tan grandes que casi hacían
juego con sus orejas. Una espada dorada había caído del techo y
se había empalado en los baldos del piso que estaba entre sus
piernas.
—Rescata a Meg —grazné— Y te enseñaré cómo tocar
cualquier instrumento que quieras.
No sabía ni cómo era posible que un pandos me escuchara, pero
Crest parecía haberlo hecho. Su expresión cambió de sorpresa a
una peligrosa determinación. Él se hizo camino a través del piso
de cerámicas, estiró sus orejas y saltó por la grieta.
La separación en el suelo comenzó a hacerse más grande,
separándonos de Jasón. Una cascada de tres metros empezó a caer
por el daño hecho en el casco y el estribor del barco… bañando el
piso de mosaicos en agua oscura y restos de naufragios flotantes,
derramándose en la gran grieta en el centro de la habitación. Más
abajo, la maquinaria rota echaba vapor. Las llamas se fueron
consumiendo a medida que el agua de mar llenaba la habitación.
Más arriba, en la orilla del destrozado techo, los pandai
aparecieron, gritando y trayendo armas… hasta que el cielo se
prendió y unos relámpagos hicieron explotar a los guardias hasta
hacerlos
polvo.
Jasón salió del humo por el lado opuesto de la sala del trono, su
gladius en su mano.
337
Calígula gruñó— Tú eres uno de esos mocosos del
Campamento Júpiter, ¿no es así?
—Soy Jasón Grace —él dijo— Antiguo pretor de la doceava
legión. Hijo de Júpiter. Hijo de Roma. Pero pertenezco a ambos
campamentos.
—Es suficiente —dijo Calígula— Te haré responsable a ti por
la traición del Campamento Júpiter de esa noche. ¡Iniciatus!
El emperador tomó rápidamente una lanza de oro que rodó por
el piso. Él se montó sobre la espalda de su semental y cargó hacia
la grieta en el piso, y la saltó en un sólo movimiento. Jasón se tiró
a sí mismo hacia el lado para evitar ser pisoteado.
Desde algún lugar a mi izquierda llegó un aullido de ira. Piper
McLean se había levantado. La parte de abajo de su cara se veía
horrible… su labio superior estaba inflamado y estaba abierto
entre sus dientes, su mandíbula estaba torcida, de la comisura de
su boca caían gotas de sangre.
Ella cargó hacia Medea, quien se giró justo a tiempo para
atrapar el puño de Piper en su nariz. La hechicera se tambaleó,
haciendo girar sus brazos cuando Piper la empujó hacia la orilla
de la grieta. La hechicera desapareció en la sopa que se agitaba de
combustible y de agua de mar.
Piper le gritó a Jasón. Puede que ella haya estado diciendo
¡VAMOS! Pero todo lo que salió fue un grito gutural.
Jasón estaba un poco ocupado. Él eludió la embestida de
Incitatus, esquivando la lanza de Calígula con su espada, pero él
se movía lentamente. Sólo podía suponer cuánta energía había
gastado controlando los vientos y los relámpagos.
—¡Vayanse de aquí! —él nos gritó— ¡Vayan!
338
Una flecha brotó de su muslo izquierdo. Jasón gruñó y tropezó.
Arriba de nosotros, más pandai se habían reunido, a pesar de la
amenaza
de
la
severa
tormenta.
Piper gritó para advertirle que Calígula iba a atacar de nuevo.
Jasón alcanzó a rodar hacia un lado. Él hizo un gesto como de
agarre hacia el aire, y una ráfaga de aire lo levantó en el aire. De
repente él estaba sentado a horcajadas sobre una mini tormenta
con cuatro piernas de nube en forma de embudo y una melena que
crepitó con relámpagos… Tempestad, su corcel de viento.
Él cabalgó hacia Calígula, enfrentando espada contra lanza.
Otra flecha alcanzó a Jasón en la parte superior del brazo.
—¡Te dije que este no era un juego! —gritó Calígula— ¡No
puedes escapar de mí con vida!
Más abajo, una explosión sacudió el barco. La habitación se
separó un poco más. Piper se tambaleó, lo cual puede que le haya
salvado la vida; tres flechas golpearon el lugar en que ella había
estado parada.
De alguna forma, ella se volvió a parar. Yo estaba agarrando la
flecha de Dodona, aunque no tenía recuerdos de haberla recogido.
No vi señales de Crest, o de Meg, o incluso de Medea. Una flecha
brotó de la punta de mis pies. Yo ya tenía tanto dolor, que no
podía sentir si había atravesado mi pie o no.
Piper tiró de mi brazo. Ella señaló hacia Jasón, sus palabras eran
urgentes pero incomprensibles. Yo quería ayudarla, pero, ¿qué
podía hacer? Me acababa de apuñalar en el pecho. Estaba bastante
seguro de que si estornudaba muy fuerte movería el tapón rojo en
mi herida y me moriría desangrado. No podía disparar un arco ni
rasguear un ukelele. Mientras tanto, en el pedazo de techo roto
sobre nosotros, más y más pandai aparecieron, ansiosos de
339
ayudarme
a
cometer
flechacidio.
Piper no estaba mejor. El sólo hecho de que estuviera en pie era
un milagro… el tipo de milagro que luego vuelve a matarte
cuando la adrenalina se acaba.
Sin embargo, ¿Cómo nos podríamos ir?
Miré con horror cómo Jasón y Calígula pelearon, Jasón
sangrando por las flechas en cada extremidad ahora, aunque aun
así era capaz de alzar su espada. El espacio era muy pequeño para
dos hombres en caballos, pero aun así, caminaron en círculo uno
frente al otro, intercambiando golpes. Incitatus pateó a Tempestad
con sus pezuñas con herradura de oro. El ventus respondió con
una ráfaga de electricidad que chamuscó los costados blancos del
semental.
Mientras el antiguo pretor y el emperador se atacaron entre
ellos, Jasón me miró a los ojos a través de la arruinada sala del
trono. Su expresión me dijo su plan con perfecta claridad. Como
yo, él había decidido que Piper McLean no iba a morir esta noche.
Por alguna razón, él había decidido que yo debía vivir también
hoy.
Él gritó otra vez.
— ¡VAYAN! ¡Recuerda!
Yo era lento, estupefacto. Jasón sostuvo mi mirada una fracción
de segundo más, tal vez para asegurarse de que la última palabra
surtiera efecto: recuerda… la promesa que él había extraído de mi
hace millones de años esta mañana, en su habitación en Pasadena.
Mientras Jasón estaba de espaldas, Calígula empezó a correr. Él
tiró su lanza, apuntando a los omóplatos. Piper gritó. Jasón se
puso rígido, sus ojos azules se abrieron con sorpresa.
340
Él se desplomó hacia adelante, envolviendo sus brazos
alrededor del cuello de Tempestad. Sus labios se movieron, como
si estuviera susurrándole algo a su corcel.
¡Llévatelo! Recé, sabiendo que ningún Dios escucharía. ¡Por
favor, sólo deja que Tempestad se lo lleve a salvo!
Jasón cayó de su corcel. Él golpeó la cubierta boca abajo, la
lanza aún en su espalda, su gladius traqueteando en su mano.
Incitatus trotó hacia el semidiós caído. Las flechas continuaron
lloviendo alrededor de nosotros.
Calígula me miró a través de la grieta en el suelo… dándome el
mismo ceño fruncido con enojo que mi padre solía darme antes de
infligirme uno de sus castigos: Mira lo que me has hecho hacer.
—Te lo advertí —dijo Calígula. Luego él miró hacia los pandai
de arriba— Dejen a Apolo vivo. Él no es una amenaza. Pero
maten
a
la
chica.
Piper gritó, agitándose con una imponente ira. Me puse frente a
ella y esperé a la muerte, preguntándome con fría objetividad en
dónde iba a golpear la primera flecha. Vi cómo Calígula sacó su
lanza, luego la volvió a enterrar en la espalda de Jasón, quitando
cualquier esperanza de que nuestro amigo siguiera con vida.
Mientras los pandai cargaban sus arcos y apuntaban, el aire
crepitó con ozono cargado. Los vientos se arremolinaron
alrededor de nosotros. De repente Piper y yo fuimos llevados
desde el casco en llamas del Julia Drusilla XII en la espalda de
Tempestad… el ventus llevando a cabo las últimas órdenes de
Jasón de sacarnos de ahí con vida, ya sea que quisiéramos o no.
341
Yo lloré con desesperación mientras éramos arrojados a través
de la superficie del puerto Santa Bárbara, el sonido de las
explosiones aún sonando tras nosotros.
342
34
Accidente de surf
Mi nuevo eufemismo para
La peor tarde de la historia
D
URANTE LAS SIGUIENTES HORAS, mi mente me
abandonó.
No recuerdo a Tempestad dejándonos en la playa,
aunque lo debe haber hecho. Recuerdo momentos de Piper
gritándome, o sentada en las olas temblando con sollozos secos, o
inútilmente arañando montones de arena húmeda y arrojándolos a
las olas. Unas cuantas veces, ella apartó la ambrosía y el néctar
que traté de darle.
Recuerdo pasearme lentamente por la delgada extensión de
playa, mis pies descalzos, mi camisa húmeda del agua del mar. El
tapón de pegamento sanador latió en mi pecho, filtrando un poco
sangre de vez en cuando.
Ya no estábamos en Santa Barbara. No había puerto, ni cadena
de súper yates, solo el oscuro Pacífico que se extendía ante
nosotros. Detrás de nosotros se vislumbraba un oscuro acantilado.
Un zigzag de escaleras de madera conducía hacia las luces de una
casa en la parte superior.
Meg McCaffrey estaba allí también. Esperen. ¿Cuándo llegó
Meg? Ella estaba completamente empapada, su ropa hecha trizas,
343
su cara y brazos eran una zona de guerra de hematomas y cortes.
Estaba sentada al lado de Piper, compartiendo ambrosía. Supongo
que mi ambrosía no era lo suficientemente buena. El pandos Crest
estaba agachado a cierta distancia en la base del acantilado,
mirándome con avidez, como si esperara que comenzara su
primera clase de música.
El pandos debe haber hecho lo que le pedí. De alguna manera,
había encontrado a Meg, la sacó del mar y la trajo aquí... donde
sea que es aquí.
Lo que recuerdo más claramente es Piper diciendo, Él no está
muerto.
Ella dijo eso una y otra vez, tan pronto como pudo decir las
palabras, una vez el néctar y la ambrosía domaron la hinchazón
alrededor de su boca. Ella todavía se miraba horrible. Su labio
superior necesitaba puntadas. Ella definitivamente tendría una
cicatriz. Su mandíbula, el mentón y el labio inferior eran un
moretón gigante color berenjena. Sospecho que la factura de su
dentista sería considerable. Aun así, ella forzó las palabras con
firme determinación. —Él no está muerto.
Meg la tomó del hombro. — Tal vez. Lo descubriremos.
Necesitas descansar y sanar.
Miré incrédulo a mi joven maestra. —¿Tal vez? Meg, no viste
qué sucedió! Él... Jasón... la lanza.
Meg me miró. Ella no dijo Cállate, pero escuché la orden fuerte
y clara. En sus manos, sus anillos de oro brillaban, aunque no
sabía cómo pudo haberlos recuperado. Tal vez, como tantas armas
mágicas, automáticamente volvían a sus dueños si se pierden.
Sería como si Nero le diera a su hijastra regalos pegajosos.
344
— Tempestad encontrará a Jason, — insistió Meg. — Solo
tenemos que esperar.
Tempestad... cierto. Después de que el Ventus nos trajo a Piper
y a mí aquí, vagamente recuerdo a Piper acosando al espíritu,
usando palabras y gestos confusos para ordenarle volver a los
yates para encontrar a Jasón. Tempestad había corrido a través de
la superficie del mar como una tromba marina electrificada.
Ahora, mirando al horizonte, me pregunté si podría atreverme a
esperar buenas noticias.
Mis recuerdos del barco volvían, juntándose en un fresco más
horrible que cualquier cosa pintada en las paredes de Calígula.
El emperador me había advertido: Esto no es un juego. Él
realmente no era Commodus. Por mucho que Calígula amaba el
teatro, nunca arruinaría una ejecución añadiendo ostentosos
efectos especiales, avestruces, pelotas de baloncesto, autos de
carreras y música a todo volumen. Calígula no pretendía asesinar.
Él asesina.
— Él no está muerto. — Piper repitió su mantra, como si tratara
de encantarse a sí misma como a nosotros.— Ha pasado
demasiado como para morir así ahora.
Yo quería creerle.
Tristemente, había sido testigo de decenas de miles de muertes
mortales. Pocas de ellas tenían algún significado. La mayoría
fueron inoportunas, inesperadas, indignas, y al menos un poco
embarazosas. Las personas que merecen morir tardan una
eternidad en hacerlo. Aquellas que merecen vivir siempre se van
demasiado pronto.
345
Caer en combate contra un malvado emperador para salvar a tus
amigos... parecía una muerte demasiado plausible para un héroe
como Jasón Grace. Él me había dicho lo que la Sibila Eritrea dijo.
Si no le hubiera pedido que viniera con nosotros…
— No te culpes a ti mismo, — dijo el egoísta Apolo. — Fue su
elección.
—¡Era mi misión! — dijo el culpable Apolo. — Si no fuera por
mí, ¡Jasón estaría a salvo en su dormitorio, dibujando nuevos
santuarios para deidades menores oscuras! Piper McLean estaría
ilesa, pasando tiempo con su padre, preparándose para una
nueva vida en Oklahoma .
El egoísta Apolo no tenía nada que decir a esto, o lo mantenía
egoístamente para sí mismo.
Solo podía mirar el mar y esperar, esperando que Jasón Grace
saliera montando de la oscuridad vivo y bien.
Por fin, el olor a ozono envolvió el aire. Un rayo brilló por la
superficie del agua. Tempestad cargó a tierra, una forma oscura
tendida sobre su espalda como una alforja. El caballo de viento se
arrodilló. Suavemente puso a Jasón sobre la arena. Piper gritó y
corrió a su lado. Meg la siguió. Lo más horrible fue la
momentánea mirada de alivio en sus rostros, antes de que se
aplastara.
La piel de Jasón era del color del pergamino blanco, salpicado
de limo, arena y espuma. El mar había lavado la sangre, pero la
camisa de escuela estaba manchada púrpura como una faja
senatorial. Las flechas sobresalían de sus brazos y piernas. Su
mano derecha tenía un gesto señalador, como si todavía nos
estuviera ordenando que nos fuéramos. Su expresión no parecía
346
torturada ni asustada. Parecía en paz, como si acabara de lograr
conciliar el sueño después de un día duro. No quería despertarlo.
Piper lo sacudió y sollozó.
— ¡JASON! — Su voz resonó desde los acantilados.
La cara de Meg se convirtió en una mueca. Ella se sentó en
cuclillas y miró hacia mí. — Arréglalo.
La fuerza de la orden me empujó hacia adelante, me hizo
arrodillarme al lado de Jasón.
Puse mi mano sobre la fría frente de Jason, lo cual sólo
confirmó lo obvio.
— Meg, no puedo arreglar la muerte. Desearía poder…
— Siempre hay una manera, — dijo Piper. — ¡La cura del
médico! ¡Leo la tomó!
Negué con la cabeza. — Leo tenía la cura preparada en el
momento en que murió, — le dije suavemente. — Pasó por
muchas dificultades por adelantado para obtener los ingredientes.
Incluso luego, necesitaba que Asclepio la hiciera. Eso no
funcionaría aquí, no para Jasón. Lo siento mucho, Piper. Es
demasiado tarde.
— No, — insistió ella. — No, el Cherokee siempre enseñó... —
Ella tomó una temblorosa respiración, como si se estuviese
arrullando por el dolor de decir tantas palabras. — Una de las
historias más importantes. Cuando el hombre comenzó a destruir
la naturaleza, los animales decidieron que eran una amenaza.
Todos ellos prometieron luchar. Cada animal tenía una forma
diferente de matar humanos Pero las plantas... fueron amables y
compasivas. Juraron lo contrario que cada uno encontraría su
propia manera para proteger a las personas. Entonces, hay una
347
cura de planta para todo, cualquier enfermedad o veneno o herida.
Algunas plantas tienen la cura. ¡Solo tienes que saber cuál!
Hice una mueca. — Piper, esa historia tiene mucha sabiduría.
Pero, incluso si yo todavía fuera un dios, no podría ofrecerte un
remedio para resucitar a los muertos. Si tal cosa existiera, Hades
nunca permitiría su uso.
— ¡Las puertas de la muerte, entonces! — Dijo ella. — ¡Medea
regresó de esa manera! ¿Por qué no Jasón? Siempre hay una
forma de engañar al sistema. ¡Ayúdame!
Su encanto vocal se apoderó de mí, tan poderoso como la orden
de Meg. Luego miré la expresión pacífica de Jasón.
— Piper, — le dije, — tú y Jasón lucharon para cerrar las
puertas de la muerte. Porque sabías que no era correcto dejar que
los muertos volvieran al mundo de los vivos. Jasón Grace era
muchas cosas, pero él no era un tramposo. ¿Él querría que tú
desgarraras los cielos, la tierra y el inframundo para traerlo de
vuelta?
Sus ojos brillaron enojados. — No te importa porque eres un
dios. Volverás al Olimpo después de que liberes a los Oráculos,
entonces, ¿Qué importa? Nos estás usando para obtener lo que
quieres, como todos los otros dioses.
— Oye, — dijo Meg, gentil pero firmemente. — Eso no
ayudará.
Piper presionó una mano en el pecho de Jasón. — ¿Por qué
murió, Apolo? ¿Un par de zapatos?
Una sacudida de pánico casi hizo volar el tapón de mi pecho.
Me había olvidado por completo de los zapatos. Tiré del carcaj de
mi espalda y lo puse boca abajo, sacudiendo las flechas.
348
Las sandalias enrolladas de Calígula cayeron en la playa.
— Están aquí. — Las recogí, mis manos temblaban. — Al
menos –al menos las tenemos.
Piper soltó un sollozo roto. Ella acarició el cabello de Jasón. —
Sí, sí, eso es genial. Puedes ir a ver tu Oráculo ahora. ¡El Oráculo
que hizo que lo mataran!
En algún lugar detrás de mí, a mitad del acantilado, la voz de un
hombre gritó, — ¿Piper?
Tempestad huyó, estallando en viento y gotas de lluvia.
Corriendo por las escaleras del acantilado, en pantalones de
pijama a cuadros y una camiseta blanca venia Tristán McLean.
Por supuesto, me di cuenta. Tempestad nos trajo a la casa
McLean en Malibú.
De alguna manera, él había sabido venir aquí. El padre de Piper
debe haber escuchado sus gritos hasta la cima del acantilado.
Corrió hacia nosotros, sus chanclas golpeando contra sus
plantas, rociando arena alrededor de los puños de sus pantalones,
su camisa ondeando al viento. Su oscuro pelo despeinado le caía
en los ojos, pero no ocultaba su expresión de alarma.
— Piper, ¡Te estaba esperando!, — Llamó. — Estaba en la
terraza y…
Se congeló, primero viendo el rostro embrutecido de su hija,
luego el cuerpo acostado en el arena.
— Oh, no, no. — Corrió hacia Piper. — ¿Qué - qué es -?
¿Quién -?—
Habiéndose asegurado a sí mismo que Piper no estaba en
peligro inminente de morir, él se arrodilló junto a Jasón y puso su
349
mano sobre el cuello del chico, buscando el pulso. Puso su oreja
en la boca de Jasón, buscando aliento. Por supuesto, no encontró
ninguno.
Él nos miró con consternación. Hizo una doble toma cuando
notó Crest agachado cerca, sus masivas orejas blancas se
extendieron a su alrededor.
Casi podía sentir la bruma arremolinándose alrededor de Tristán
McLean mientras intentaba descifrar lo que estaba viendo,
tratando de ponerlo en un contexto de su cerebro mortal podría
entender.
— ¿Un accidente de surf?, — Se aventuró. — Oh, Piper, sabes
que esas rocas son peligrosas. ¿Por qué no me dijiste -? ¿Cómo lo
hizo -? No importa. No importa. — Con manos temblorosas, sacó
su teléfono del bolsillo de su pantalón de pijama y marcó el 9-1-1.
El teléfono chilló y siseó.
— Mi teléfono no está - yo - no entiendo…
Piper se echó a llorar, presionándose contra el pecho de su
padre.
En ese momento, Tristán McLean se debería haber roto de una
vez por todas. Su vida se había desmoronado. Perdió todo por lo
que había trabajado durante toda su carrera. Ahora, encontrar a su
hija herida y su ex novio muerto en la playa de su propiedad
embargada, seguramente, eso era suficiente para hacer que la
cordura de cualquiera se desmoronara.
Calígula tendría otra razón para celebrar una buena noche de
trabajo sádico.
En cambio, la capacidad de recuperación humana me sorprendió
una vez más. La expresión de Tristán McLean se endureció. Su
350
enfoque se aclaró. Debe haberse dado cuenta de que su hija lo
necesitaba y no podía darse el lujo de permitirse la
autocompasión. Él tenía un importante papel que le quedaba por
interpretar: el papel de su padre.
— Bien, cariño, — dijo, acunando su cabeza. — Está bien, lo
haremos, lo solucionaremos. Lo superaremos. — Se volvió y
señaló a Crest, que aún acechaba cerca del acantilado. — Tú. —
Crest siseó como un gato.
El señor McLean parpadeó, su mente haciendo un reinicio
completo.
Él me señaló. — Tú. Lleva a los demás a la casa. Me voy a
quedar con Piper. Usa el teléfono fijo en la cocina. Llama al
nueve-uno-uno. Diles... — Él miró el cuerpo roto de Jasón. —
Diles que vengan aquí de inmediato.
Piper levantó la vista, con los ojos hinchados y rojos. — Y,
¿Apolo? No vuelvas ¿Me escuchas? Solo - solo vete.
— Pipes, — dijo su padre. — No es su…
— ¡VETE!—Gritó ella.
A medida que avanzábamos por las destartaladas escaleras, no
estaba seguro de qué era más pesado: mi cuerpo agotado, o la bala
de la pena y la culpa que se había asentado en mi pecho. Durante
todo el trayecto hasta la casa, oí los sollozos de Piper resonando
en los oscuros acantilados.
351
35
Si le das a un Pandos un ukelele, él
querrá clases. NO LO HAGAS.
L
AS NOTICIAS SIMPLEMENTE fueron de mal en peor.
Ni Meg ni yo podíamos hacer funcionar la línea.
Cualquiera que sea la maldición que afectaba a los
semidioses con las comunicaciones, nos impidió obtener un tono
de marcado.
En mi desesperación, le pedí a Crest que lo intentara. Para él, el
teléfono funcionó bien. Yo tomé eso como una afrenta personal.
Le dije que marcara el 9-1-1. Después de que él falló
repetidamente, caí en cuenta de que él estaba tratando de golpear
en IX-I-I. Le mostré cómo hacerlo correctamente.
— Sí, — le dijo a la operadora. — Hay un humano muerto en
la playa. Él requiere ayuda
—¿...La dirección?
— Doce Oro del Mar, — dije.
Crest repitió esto. — Eso es correcto... ¿Quién soy? — Él siseó
y colgó.
Esa parecía ser nuestra señal para irnos.
352
Miseria sobre miseria: El Ford Pinto 1979 de Gleeson Hedge
todavía estaba estacionado en frente a la casa McLean. Al carecer
de una mejor opción, me vi obligado a conducirlo de vuelta a
Palm Springs. Todavía me sentía mal, pero el sellador mágico que
Medea había usado en mi pecho parecía curarme, lenta y
dolorosamente, como un ejército de pequeños demonios con
pistolas de grapas corriendo por mi caja torácica.
Meg iba de copiloto, llenando el coche con un olor a sudor
ahumado, ropa húmeda y manzanas ardiendo. Crest se sentó en el
asiento trasero con mi ukelele de combate, escogiendo y
rasgueando, aunque aún tenía que enseñarle los acordes. Como
había anticipado, el tablero del traste era demasiado pequeño para
su mano de ocho dedos. Cada vez que tocaba una mala
combinación de notas (que era cada vez que tocaba) siseó al
instrumento, como si pudiera intimidarlo para que cooperara.
Conduje aturdido. Cuanto más nos alejamos de Malibú, más me
encontré pensando, No. Seguramente eso no sucedió. Hoy debe
haber sido un mal sueño. Yo no acabo de ver morir a Jasón
Grace. No acabo de dejar a Piper McLean sollozando esa playa.
Nunca permitiría que sucediera algo así. ¡Soy una buena
persona!
No me creí a mí mismo.
Por el contrario, yo era el tipo de persona que merecía conducir
un Pinto amarillo en la mitad de la noche con una chica gruñona,
andrajosa y un siseante Pandos adicto al ukelele por compañía.
Ni siquiera estaba seguro de por qué estábamos regresando a
Palm Springs. ¿De qué serviría? Sí, Grover y nuestros otros
amigos nos esperaban, pero todo lo que teníamos para ofrecerles
era una noticia trágica y un viejo par de sandalias. Nuestro
353
objetivo estaba en el centro de Los Ángeles: la entrada al
Laberinto Ardiente. Para asegurarse de que la muerte de Jasón no
fuera en vano, deberíamos haber conducido directamente allí para
encontrar a la Sibila y liberarla de su prisión.
Ah, pero ¿a quién estaba engañando? No estaba en condiciones
de hacer nada. Meg no estaba mucho mejor. Lo mejor que podía
esperar era llegar a Palm Springs sin dormirme al volante.
Entonces podría acurrucarme en el fondo de la Cisterna y llorar
hasta dormirme.
Meg apoyó los pies en el tablero. Sus lentes se habían partido
por la mitad, pero ella continuó usándolos como gafas de aviador
torcidas.
— Dale tiempo, — me dijo. — Ella está enojada.
Por un momento, me pregunté si Meg estaba hablando de ella
misma en tercera persona.
Eso es todo lo que necesitaba. Entonces me di cuenta de que se
refería a Piper McLean. A su manera, Meg estaba tratando de
consolarme. Las aterradoras maravillas del día nunca acabarían.
— Lo sé, — dije.
— Intentaste suicidarte, — señaló.
— Yo - pensé que eso... distraería a Medea. Fue un error. Todo
es mi culpa.
—Nah. Lo entiendo.
¿Meg McCaffrey me estaba perdonando? Me tragué un sollozo.
— Jasón hizo una elección, — dijo. — La misma que tú. Los
héroes deben estar listos para sacrificarse a sí mismos.
354
Me sentí inquieto... y no sólo porque Meg había usado una frase
tan larga. No me gustaba su definición de heroísmo. Siempre
había pensado en un héroe como alguien quien estaba de pie en
una carroza de desfile, saludaba a la multitud, arrojaba caramelos
y disfrutaba de la adulación de los plebeyos. Pero ¿sacrificarte?
No. Eso no sería uno de mis puntos para un folleto de
reclutamiento de héroes.
Además, Meg parecía llamarme un héroe, colocándome en la
misma categoría que Jasón Grace. Eso no se sentía correcto. Hago
de dios mucho mejor que de un héroe. Lo que le dije a Piper sobre
la finalidad de la muerte era cierto. Jasón no volvería. Si pereciera
aquí en la tierra, tampoco tendría una segunda oportunidad. Yo
nunca podría enfrentar esa idea tan tranquilamente como Jasón.
Me había apuñalado en el pecho esperando que Medea me curara,
solo para que pudiera despellejarme vivo unos minutos más tarde.
Yo era así de cobarde.
Meg tocó un callo en la palma de su mano. — Tenías razón.
Acerca de Calígula, sobre Nero y el porqué estaba tan enojada.
Eché un vistazo. Su rostro estaba tenso por la concentración.
Ella había dicho nombres de los emperadores con un extraño
desapego, como si estuviera examinando muestras de virus
mortales del otro lado de una pared de vidrio.
—¿Y cómo te sientes ahora? —Le pregunté.
Meg se encogió de hombros. — Igual. Diferente. No lo sé.
¿Cómo cuándo cortas las raíces una planta? Así es como me
siento. Es difícil.
Los comentarios confusos de Meg tenían sentido para mí, lo
cual no era una buena señal para mi cordura. Pensé en Delos, la
355
isla de mi nacimiento, que había flotado en el mar sin raíces hasta
que mi madre, Leto, la escogió para dar a luz a mi hermana y a mí.
Me fue difícil imaginar el mundo antes de nacer, imaginar
Delos como un lugar a la deriva. A mi casa literalmente le habían
crecido raíces debido a mi existencia. Nunca había estado
inseguro de quién era, o quiénes eran mis padres, o de dónde
venía.
La Delos de Meg nunca dejó de flotar. ¿Podría culparla por
estar enojada?
— Tu familia es antigua, — noté. — La línea de Plemnaeus te
da un orgulloso patrimonio. Tu padre estaba haciendo un trabajo
importante en Aeithales. El nacido de sangre, las esposas de
plata... lo que sean esas semillas que plantaste, aterrorizaron a
Calígula.
Meg tenía tantos cortes nuevos en su rostro que era difícil saber
si ella estaba frunciendo el ceño. — ¿Y si no puedo hacer que esas
semillas crezcan?
No arriesgué una respuesta. No
pensamientos de fracaso ésta noche.
podía
manejar
más
Crest asomó la cabeza entre los asientos.— ¿Puedes mostrarme
el C menor Tricordio ahora?
Nuestra reunión en Palm Springs no fue una muy feliz.
Solo por nuestra condición, las dríadas en servicio podrían decir
que trajimos malas noticias. Eran las dos de la mañana, pero
reunieron a toda la población de los invernaderos en la Cisterna,
junto con Grover, Coach Hedge, Mellie y el bebé Chuck.
356
Cuando el árbol Josué vio a Crest, la dríada frunció el ceño. —
¿Por qué has traído esta criatura en medio de nosotros?
— Más importante aún, — dijo Grover, — ¿Dónde están Piper
y Jason?
Se encontró con mi mirada y su compostura se derrumbó como
una torre de cartas. — Oh, no. No.
Les contamos nuestra historia. O mejor dicho, yo lo hice. Meg
se sentó en el borde del estanque y miraba desoladamente al agua.
Crest se metió en uno de los nichos y envolvió sus orejas
alrededor de sí mismo como una manta, acunando mi ukelele de la
misma manera forma en que Mellie acunó al bebé Chuck.
Mi voz se quebró varias veces mientras describía la batalla final
de Jasón. Su muerte finalmente se hizo real para mí. Dejé
cualquier esperanza de que me despertaría de esta pesadilla.
Esperaba que Gleeson Hedge explotara, comenzara a balancear
su bate en todo y todos. Pero, al igual que Tristán McLean, me
sorprendió. El sátiro se quedó quieto y tranquilo, su voz
enervadora incluso.
— Yo era el protector del chico, — dijo. — Debería haber
estado allí.
Grover trató de consolarlo, pero Hedge levantó una mano. —No
lo hagas. Simplemente no lo hagas. —Se enfrentó a Mellie. —
Piper nos va a necesitar.
La ninfa de la nube se limpió una lágrima. — Sí. Por supuesto.
Aloe Vera se retorció las manos. — ¿Debería ir yo también? Tal
vez haya algo que pueda hacer. — Ella me miró con sospecha. —
¿Has probado el aloe vera en este chico Grace?
357
— Me temo que está realmente muerto, — le dije, — más allá
de los poderes del aloe.
Parecía no estar convencida, pero Mellie le apretó el hombro. —
Eres necesaria aquí, Aloe. Sana a Apolo y Meg. Gleeson, trae la
bolsa de pañales. Te encontraré en el auto.
Con el bebé Chuck en sus brazos, ella flotó hacia arriba y hacia
afuera de la Cisterna.
Hedge chasqueó sus dedos hacia mí. — Las Llaves Pinto. —
Las arrojé.
— Por favor, no hagas nada precipitado. Calígula es... No
puedes…
Hedge me detuvo con una fría mirada. — Tengo que atender a
Piper. Esa es mi prioridad. Dejaré las cosas precipitadas a otras
personas.
Escuché la amarga acusación en su voz. Viniendo del
entrenador Hedge, eso me pareció profundamente injusto, pero no
tuve valor para protestar.
Una vez que la familia Hedge desapareció, Aloe Vera se
preocupó por Meg y por mí, untando baba en nuestras heridas.
Ella quitó el tapón rojo en mi pecho y lo reemplazó con una
hermosa espiga verde de su pelo.
Las otras dríadas parecían no saber qué hacer o decir. Se
pararon alrededor del estanque, esperando y pensando. Supuse
que, como plantas, estaban cómodos con los largos silencios.
Grover Underwood se sentó pesadamente al lado de Meg. Él
movió sus dedos sobre los agujeros de flauta.
358
— Perder un semidiós... — Negó con la cabeza. — Eso es lo
peor que puede pasarle a un protector. Hace años, cuando pensé
que había perdido a Thalía Grace... — se detuvo, luego se
desplomó bajo el peso de la desesperación. — Oh, Thalía. Cuando
ella escuche sobre esto...
No pensé que pudiera sentirme peor, pero ésta idea envió
algunas hojas de afeitar más circulando por mi pecho. Thalía
Grace me había salvado la vida en Indianápolis. Su furia en el
combate solo había sido rivalizada por la ternura con la que ella
habló de su hermano. Sentí que debería ser yo quien le diera la
noticia. Por otro lado, no quería estar en el mismo estado cuando
lo escuche.
Miré a mis compañeros abatidos. Recordé las palabras de la
Sibila en mi sueño: Te parecerá que no te vale la pena. Yo misma
no estoy segura. Pero debes venir. Debes mantenerlos unidos en
su dolor. Ahora entiendo. Desearía no hacerlo. ¿Cómo podría
mantener unida una Cisterna llena de dríadas espinosas cuando no
podría ni siquiera mantenerme a mí mismo?
Sin embargo, levanté el antiguo par de sandalias que habíamos
recuperado de los yates. — Al menos tenemos estas. Jasón dio su
vida para que tengamos la oportunidad de detener los planes de
Calígula. Mañana usaré las usare en el Laberinto Ardiente.
Encontraré una manera de liberar al Oráculo y detener el fuego de
Helios.
Pensé que era una buena charla, diseñada para restaurar la
confianza y tranquiliza a mis amigos. Dejé la parte sobre no tener
idea de cómo lograr hacer cualquiera de eso.
359
Prickly Pear se erizó, lo cual hacía con habilidad consumada. —
No estás en condición de hacer cualquier cosa. Además, Calígula
sabrá lo que estás planeando. Estará esperando y listo esta vez.
— Ella tiene razón, — dijo Crest desde su nicho.
Las dríadas fruncieron el ceño.
— ¿Por qué está aquí? — Exigió Choya.
— Lecciones de música, — dije.
Eso me ganó varias docenas de miradas confundidas.
— Larga historia, — dije. — Pero Crest arriesgó su vida por
nosotros en los yates. El salvo a Meg. Podemos confiar en él. —
Miré al joven Pandos y esperaba que mi apreciación fuera
correcta. — Crest, ¿Hay algo que puedas decirnos que pueda
ayudar?
Crest arrugó su borrosa nariz blanca (lo que no lo hizo lucir
lindo o hacerme querer abrazarlo). — No puedes usar la entrada
principal en el centro. Estarán esperando.
— Logramos pasarte, — dijo Meg.
Las orejas gigantes de Crest se volvieron rosadas en los bordes.
— Eso fue diferente, — murmuró. — Mi tío me estaba
castigando. Fue el turno del almuerzo. Nadie nunca ataca durante
el turno de almuerzo.
Me miró como si hubiera sabido eso. — Tendrán más
luchadores ahora. Y trampas. El caballo podría estar allí. Él puede
moverse muy rápido. Solo una llamada telefónica y él puede
llegar.
360
Recordé lo rápido que Incitatus había aparecido en La Locura
Militar de Macro y la brutalidad con la que había luchado a bordo
del yate. No estaba ansioso por enfrentarlo de nuevo.
— ¿Hay otra forma de entrar? — Le pregunté. — Algo, no sé,
¿menos peligroso y convenientemente cerca de la habitación del
Oráculo?
Crest abrazó su ukelele (mi ukelele) con más fuerza. — Hay
una. La conozco. Los demás no.
Grover inclinó la cabeza. — Tengo que decir que eso suena
demasiado conveniente.
Crest hizo una mueca. — Me gusta explorar. Nadie más lo
hace. El tío Amax, él siempre dice que soy un soñador. Pero
cuando exploras, encuentras cosas.
No podría discutir eso. Cuando exploraba, tendía a encontrar
cosas peligrosas que querían matarme. Dudaba que el día de
mañana fuera diferente.
— ¿Podrías llevarnos a esta entrada secreta? — Le pregunté.
Crest asintió. — Entonces tendrás una oportunidad. Podrías
entrar, llegar al Óraculo antes de que los guardias te encuentren.
Entonces puedes salir y darme lecciones de música.
Las dríadas me miraron, sus expresiones inútilmente en blanco,
como si pensaran, Oye, no podemos decirte como morir. Esa es tu
elección.
— Lo haremos, — Meg decidió por mí. — Grover, ¿Estás
dentro?
Grover suspiró. — Por supuesto. Pero primero ustedes dos
necesitan dormir.
361
—Y curaciones, — agregó Aloe.
— ¿Y enchiladas? — Le pregunté. — ¿Para el desayuno?
En ese punto, llegamos a un consenso.
Por lo tanto, teníamos enchiladas que esperar, y también un
probable viaje fatal a través del laberinto ardiente. Me acurruqué
en mi saco de dormir y me desmayé.
362
36
Una cuarta suspendida
El tipo de nota que tocas justo
antes que de repente–
M
E DESPERTÉ CUBIERTO de baba y con espinas de
aloe (una vez más) en mi nariz.
En el lado positivo, mis costillas ya no se sentían
como si estuvieran llenas de lava. Mi pecho había sanado, dejando
sólo una cicatriz fruncida donde me había empalado. Yo nunca
antes había tenido una cicatriz. Deseé poder verlo como una
insignia de honor. En cambio, yo temía que ahora, cada vez que
miraba hacia abajo, recordaría la peor tarde de mi vida.
Al menos había dormido profundamente sin sueños. Ese aloe
vera era bueno.
El sol brillaba directamente arriba. La Cisterna estaba vacía,
excepto por mí y Crest, que roncaba en su nicho, agarrando su
osito de ukelele. Alguien, probablemente hace unas horas, había
dejado un plato de enchilada de desayuno con una soda Big
Hombre al lado de mi saco de dormir. La comida se había
enfriado a tibio. El hielo en la soda se había derretido No me
importó. Comí y bebí vorazmente. Estaba agradecido por la salsa
363
picante que eliminó el olor de los yates en llamas de mis senos
paranasales.
Una vez que me des-babe y me lavé en el estanque, me vestí
con un nuevo conjunto de camuflaje de Macro: blanco ártico,
porque había tanta demanda para eso en el desierto de Mojave.
Me llevé al hombro mi carcaj y arco. Até los zapatos de
Calígula a mi cinturón. Considere intentar tomar el ukelele de
Crest pero decidí dejar que lo tuviera por ahora, ya que no quería
que me mordieran las manos.
Finalmente, trepé al opresivo calor de Palm Springs.
A juzgar por el ángulo del sol, debe haber sido alrededor de las
tres de la tarde. Me preguntaba por qué Meg me había dejado
dormir tan tarde. Escaneé la ladera y no vi a nadie Por un
momento de culpabilidad, me imaginé que Meg y Grover habían
sido incapaces de despertarme y se habían ido solos para
encargarse del laberinto.
¡Maldita sea! Podría decir cuándo regresaron. ¡Lo siento
chicos! ¡Y yo también estaba listo! Pero no. Las sandalias de
Calígula colgaban de mi cinturón. No se habrían ido sin estas.
También dudaba que hubieran olvidado a Crest, ya que él era el
único que conocía la entrada súper secreta del laberinto.
Capté un parpadeo de movimiento, dos sombras moviéndose
detrás del invernadero más cercano. Me acerqué y escuché voces
en una conversación sincera: Meg y Josué.
No estaba seguro de si dejarlos ser o marchar y gritarles, Meg,
¡éste no es el momento para flirtear con tu novio yuca!
Entonces me di cuenta de que estaban hablando de climas y
estaciones de crecimiento. Ugh. Entre en su campo de visión y los
364
encontré estudiando una línea de siete jóvenes retoños que había
brotado del suelo rocoso... en los lugares exactos donde Meg
había plantado sus semillas solo ayer.
Josué me vio de inmediato, una señal segura de que mi
camuflaje ártico estaba funcionando.
— Bien. Está vivo. — No parecía particularmente emocionado
por esto. — Estábamos simplemente hablando de los recién
llegados.
Cada árbol joven creció alrededor de un metro de alto, sus
ramas blancas, sus hojas verdes claro diamante que parecían
demasiado delicados para el calor del desierto.
— Esos son fresnos, — dije, estupefacto.
Sabía mucho sobre los árboles de fresno... Bueno, más de lo que
sabía sobre la mayoría de los árboles, de todas formas. Hace
mucho tiempo, me llamaron Apolo Meliai, Apolo de los fresnos,
debido a una arboleda sagrada que poseía... oh, ¿dónde estaba? En
aquel entonces yo tenía muchas propiedades de vacaciones no
pude mantenerlas todas derechas.
Mi mente comenzó a girar. La palabra meliai significaba algo
además de fresnos. Tenía un significado especial. A pesar de ser
plantadas en un lugar con un clima completamente hostil, estas
plantas jóvenes irradiaban fuerza y energía que incluso yo podía
sentir.
Habían crecido de la noche a la mañana en árboles jóvenes
sanos. Me preguntaba qué aspecto tendrían mañana.
Meliai... repasé la palabra en mi mente. ¿Qué había dicho
Calígula? Nacidos en sangre. Esposas de plata.
365
Meg frunció el ceño. Se veía mucho mejor ésta mañana –de
vuelta en sus ropas de color de señales de tráfico que habían sido
parchadas y lavadas milagrosamente. (Sospecho que, por las
dríadas, que son geniales con las telas.) Sus gafas de ojo de gato
habían sido reparadas con cinta aislante azul. Las cicatrices en sus
brazos y cara se habían desvanecido en leves rayas blancas como
los meteoritos que se arrastran por el cielo.
— Todavía no lo entiendo, — dijo. — Los fresnos no crecen en
el desierto. ¿Por qué estaba mi Papá experimentando con fresnos?
— Las Meliai, — dije.
Los ojos de Josué brillaron. — Ese era mi pensamiento también.
— ¿Quién? — Meg preguntó.
— Creo, — dije, — que tu padre estaba haciendo algo más que
simplemente investigar una cepa de plantas nuevas y resistentes.
Estaba tratando de recrear... o más bien reencarnar antiguas
especies de dríadas.
¿Era mi imaginación, o los árboles jóvenes crujieron? Reprimí
el impulso de dar un paso atrás y huir. Eran sólo retoños, me
recordé a mí mismo. Bonitas plantas bebé inofensivas que no
tenían ninguna intención de matarme.
Josué se arrodilló. Con su ropa de safari caqui, con su cabello
verde grisáceo despeinado, parecía un experto en animales
salvajes que estaba a punto de señalar algún tipo de especie de
escorpión mortal para la audiencia televisiva. En su lugar, tocó las
ramas de la el árbol más cercano, luego rápidamente quitó su
mano.
366
— ¿Podría ser?, —
Reflexionó. — Todavía no están
conscientes, pero el poder que siento... — Meg se cruzó de brazos
e hizo un puchero.
— Bueno, no los habría plantado aquí de saber que eran fresnos
importantes o lo que sea. Nadie me dijo.
Josué le dio una sonrisa seca. — Meg McCaffrey, si éstos son
las Meliai, sobrevivirá incluso en este clima hostil. Eran las
primeras dríadas, siete hermanas nacidas cuando la sangre de los
Ouranos asesinados cayó sobre el suelo de Gaia. Fueron creados
al mismo tiempo que las Furias, y con la misma gran fuerza.
Me estremecí. No me gustaban las Furias. Eran feas, de mal
genio, y tenían mal gusto en la música.
— Los nacidos de sangre, — dije. — Así es como Calígula las
llamó. Y las esposas de plata.
— Mmm. — Josué asintió. — Según la leyenda, las Meliai se
casaron con humanos que vivieron durante la Edad de Plata, y
dieron a luz a la raza de la Edad del Bronce. Pero todos
cometemos errores.
Estudié los retoños. No se parecían mucho a las madres de la
humanidad de la Edad del Bronce. Tampoco se parecían a las
Furias.
— Incluso para un botánico experto como el Dr. McCaffrey, —
dije, — incluso con la bendición de Deméter... ¿es posible
reencarnar seres tan poderosos?
Josué se balanceó pensativamente. — ¿Quién sabe? Parece que
la familia de Plemnaeus perseguía este objetivo durante milenios.
Nadie sería más adecuado. Dr McCaffrey perfeccionó las semillas.
Su hija las plantó.
367
Meg se sonrojó. — No lo sé. Lo que sea. Parece extraño.
Joshua miró los jóvenes fresnos. — Tendremos que esperar y
ver. Pero imaginar siete dríadas primordiales, seres de gran poder,
dedicadas a la preservación de la naturaleza y la destrucción de
cualquiera que lo amenace. —
Su expresión se volvió
inusualmente belicoso para una planta de flores. — Seguramente
Calígula vería eso como una gran amenaza.
No podría discutir. ¿Era una amenaza suficiente para quemar la
casa de un botánico y enviarlo a él y su hija directamente a los
brazos de Nero? Probablemente.
Josué se levantó. — Bueno, debo irme a dormir. Incluso para
mí, las horas diurnas son agotadoras. Vigilaremos a nuestros siete
nuevos amigos. ¡Buena suerte en tu búsqueda!
Desapareció en una nube de fibra de yuca.
Meg parecía descontenta, probablemente porque yo había
interrumpido su conversación coqueta sobre las zonas climáticas.
— Fresnos—, gruñó. —Y los planté en el desierto.
— Los plantaste donde tenían que estar, — dije. — Si éstos son
realmente las Meliai — Negué con la cabeza con asombro — te
respondieron, Meg. Tú trajiste una fuerza de vida que ha estado
ausente por milenios. Eso es asombroso.
Ella lo miró. — ¿Te estás burlando de mí?
— No, — le aseguré. — Eres la hija de tu madre, Meg
McCaffrey. Eres muy impresionante.
— Hmph.
Entendí su escepticismo.
368
Deméter rara vez se describió como impresionante. Con
demasiada frecuencia, la diosa era ridiculizada por no ser lo
suficientemente interesante o poderosa. Al igual que las plantas,
Deméter trabajó lenta y silenciosamente. Sus diseños crecieron a
lo largo de los siglos. Pero cuando esos diseños llegaron a
madurar (mal juego de palabras de frutas, lo siento), podrían ser
extraordinarios. Como Meg McCaffrey.
— Ve a despertar a Crest, — me dijo Meg. —Y te encontraré
en el camino. Grover está consiguiendo un auto.
Grover era casi tan bueno como Piper McLean en la adquisición
de vehículos de lujo. Él nos había encontrado un Mercedes XLS
rojo, sobre el que normalmente no me habría quejado –excepto
que era exactamente la misma marca y modelo que Meg y yo
habíamos conducido de Indianápolis a la Cueva de Trofonío.
Me gustaría decirte que no creía en malos presagios. Pero ya
que yo era el dios de presagios...
Al menos Grover aceptó conducir. Los vientos habían cambiado
hacia el sur, llenando el Morongo Valley con humo de incendios
forestales y tráfico obstruido incluso más de lo habitual. El sol de
la tarde se filtraba a través del cielo rojo como un ojo funesto.
Temía que el sol pareciera hostil por el resto de la eternidad si
Calígula se convertía en el nuevo dios solar... pero no, no podría
pensar así. Si Calígula tomaba posesión del carro solar, no había
forma de saber qué cosas horribles haría para modificar su nuevo
vehículo: secuenciadores, baja iluminación, una bocina que tocara
el riff de 'Low Rider'... Algunas cosas no podrían ser toleradas.
369
Me senté en el asiento trasero con Crest e hice mi mejor
esfuerzo para enseñarle los acordes básicos del ukelele. Aprendió
rápidamente, a pesar del tamaño de sus manos, pero se puso
impaciente con los acordes principales y quería aprender
combinaciones más exóticas.
— Muéstrame la cuarta suspendida nuevamente, — dijo. —Me
gusta esa.
Por supuesto que le gustarían los acordes más difíciles.
— Deberíamos comprarte una guitarra grande, — insté una vez
más. — O incluso un laúd.
— Tocas el ukelele, — dijo. — Tocaré el ukelele.
¿Por qué siempre atraigo a tales compañeros obstinados? ¿Es mi
encantadora, tranquila personalidad? No lo sabía.
Cuando Crest se concentró, su expresión me recordó
extrañamente a la de Meg –una cara tan joven, pero atenta y seria,
como si el destino del mundo dependiera de que éste acorde se
tocara correctamente, éste paquete de semillas plantadas, ésta
bolsa de productos podridos siendo arrojados a la cara de este
matón de la calle en particular.
¿Por qué esa similitud debería hacerme sentir cariño por Crest?,
no estaba seguro, pero me llamó la atención cuánto había perdido
desde ayer –su trabajo, su tío, casi su vida– y cuánto arriesgó por
venir con nosotros.
—Nunca dije cuánto lo sentía, — me atreví a decir, — sobre tu
tío Amax.
Crest olfateó el tablero del ukelele. —¿Por qué lo lamentarías?
¿Por qué yo lo lamentaría?
370
—Uh... es solo, ya sabes, una expresión de cortesía... cuando
matas
los parientes de alguien.
— Nunca me gustó, — dijo Crest. — Mi madre me envió a él,
dijo que me haría un verdadero guerrero pandos. — Tocó el
acorde, pero obtuvo una disminuida séptima por error. Parecía
satisfecho de sí mismo. — No quiero ser un guerrero. ¿Cuál es tu
trabajo?
— Eh, bueno, soy el dios de la música.
— Entonces eso es lo que seré. Un dios de la música.
Meg miró hacia atrás y sonrió.
Intenté darle a Crest una sonrisa alentadora, pero esperaba que
no quisiera despellejarme vivo y consumir mi esencia. Ya tenía
una lista de espera para eso.
— Bueno, vamos a dominar estos acordes primero, ¿de
acuerdo?
Seguimos nuestro camino hacia el norte de Los Ángeles,
pasando por San Bernardino, luego Pasadena. Me encontré
mirando hacia las colinas donde habíamos visitado la escuela
Edgarton. Me pregunté qué harían los profesores cuando
descubrieran que Jasón Grace faltaba, y cuando descubrieran que
su camioneta escolar había sido secuestrada y abandonada en el
paseo marítimo de Santa Bárbara. Pensé en la maqueta de la
Colina de los Templos de Jasón en su escritorio, los cuadernos de
bocetos que esperaban en su estante. Me parecía poco probable
que viva lo suficiente como para cumplir mi promesa, llevar sus
planos de forma segura a los dos campos. La idea de fallarle una
371
vez más lastimó mi corazón incluso peor que el intento de Crestde
hacer un Sol menor sexto.
Finalmente, Crest nos dirigió hacia el sur por la Interestatal 5,
hacia la ciudad. Tomamos la salida Crystal Springs Drive y se nos
sumergimos en Griffith Park con sus sinuosas carreteras, campos
de golf rodantes y espesos bosques de eucaliptos.
— Además, — dijo Crest. — La segunda derecha. Arriba de
esa colina.
Nos guió a un camino de servicio de grava no diseñado para un
Mercedes XLS.
— Está allá arriba. — Crest señaló el bosque. — Debemos
caminar.
Grover se detuvo junto a un grupo de yucas, que por lo que
sabía eran sus amigos. Verificó el comienzo del sendero, donde un
pequeño letrero decía VIEJO ZOOLÓGICO DE LOS ÁNGELES.
— Conozco este lugar. — Grover se estremeció. — Odio este
lugar. ¿Por qué nos traes aquí?
— Te lo dije, — dijo Crest. —Hay una entrada al laberinto.
— Pero... — Grover tragó, sin duda sopesando su natural
aversión a los lugares con animales enjaulados contra su deseo de
destruir el laberinto ardiente. — Está bien.
Meg parecía suficientemente feliz, considerándolo todo. Ella
respiró en el que-sucede-en-LA-por-aire-fresco e incluso hizo
algunas volteretas tentativas mientras nos hacíamos camino hacia
la colina.
Subimos a la cima de la cresta. Debajo de nosotros se extendían
las ruinas de un zoológico –veredas cubiertas de maleza, paredes
372
de cemento desmoronadas, jaulas oxidadas y cuevas hechas por el
hombre llenas de escombros. Grover se abrazó a sí mismo,
temblando a pesar del calor. — Los humanos abandonaron este
lugar hace décadas cuando construyeron su nuevo zoológico.
Todavía puedo sentir las emociones de los animales que fueron
encerrados aquí, su tristeza. Es horrible.
— ¡Aquí abajo! — Crest extendió las orejas y navegó sobre las
ruinas, aterrizando en una profunda gruta.
Como no teníamos orejas para volar, el resto de nosotros
tuvimos que trepar nuestro camino a través del terreno
enmarañado. Al final nos unimos a Crest en el fondo de un
mugriento recipiente de cemento cubierto con hojas secas y arena.
— ¿Un pozo de oso? — Grover se puso pálido. — Ugh. Pobres
osos.
Crest presionó sus manos de ocho dedos contra la pared
posterior del recinto.
Él frunció el ceño. — Esto no está bien. Debería estar aquí.
Mi espíritu se hundió a un nuevo nivel abajo. — ¿Quieres decir
que tu entrada secreta se ha ido?
Crest siseó con frustración. — No debería haber mencionado
este lugar a Chillón. Amax debe habernos escuchado hablando. Él
lo selló de alguna manera.
Estuve tentado de señalar que nunca es una buena idea
compartir tus secretos con alguien llamado Chillón, pero Crest
parecía ya sentirse lo suficientemente mal.
— ¿Y ahora qué? — Preguntó Meg. — ¿Usar la salida del
centro?
373
— Demasiado peligroso, — dijo Crest. —¡Debe haber una
manera de abrir esto!
Grover estaba tan nervioso que me pregunté si tenía una ardilla
en el pantalón. Él me miró como si quisiera renunciar y huir de
este zoológico lo más rápido posible. En cambio, suspiró. — ¿Qué
decía la profecía sobre tu guía con pezuñas?
— Que sólo tú conocías el camino, — recordé. — Pero ya
cumpliste ese propósito para llegar a Palm Springs.
A regañadientes, Grover sacó sus flautas. — Supongo que aún
no he terminado.
— ¿Una canción de apertura? — Pregunté. — Como la que
Hedge usó en la tienda de Macro?
Grover asintió. — No he intentado esto en mucho tiempo. La
última vez, abrí un camino desde Central Park hasta el
Inframundo.
— Sólo búscanos en el laberinto, por favor, — le aconsejé.—No
el Inframundo.
Levantó su flauta y trinó 'Tom Sawyer' de Rush. Crest parecía
embelesado.
Meg se cubrió las orejas.
La pared de cemento se sacudió. Se rompió por la mitad,
revelando un conjunto empinado de escaleras ásperas que
conducían a la oscuridad.
— Perfecto, — gruñó Grover. — Odio el mundo inferior casi
tanto como odio los zoológicos.
Meg convocó sus espadas. Ella entró. Después de una
respiración profunda, Grover la siguió.
374
Me volví hacia Crest. — ¿Vienes con nosotros?
Sacudió la cabeza. — Te lo dije. No soy un luchador. Cuidaré la
salida y practicare mis acordes.
— Pero podría necesitar el uku…
— Practicaré mis acordes, — insistió, y comenzó a rasguear una
cuarta suspendida.
Seguí a mis amigos en la oscuridad, ese acorde seguía sonando
detrás de mí, exactamente el tipo de música de fondo tensa que
uno podría esperar justo antes de una lucha dramática y
espeluznante.
A veces odiaba las cuartas suspendidas.
375
37
¿Quiero jugar un juego?
Es fácil. Tomas un presentimiento.
Entonces te quemas hasta la muerte
E
STA PARTE DEL LABERINTO no tenía elevadores,
empleados del gobierno, vagabundos o carteles que nos
recuerdan tocar la bocina antes de girar en las esquinas.
Alcanzamos la parte inferior de la escalera y encontramos un pozo
vertical. Grover siendo parte cabra, no tuvo dificultades en bajar.
Después de verificar que no había monstruos ni osos caídos
esperándonos, Meg hizo crecer una franja gruesa de glicina dentro
del agujero lo cual permitió que algunos de nuestros asideros olieran
agradablemente.
Nos dejamos caer a una pequeña cámara cuadrada con cuatro túneles
que irradiaban hacia el exterior, uno desde cada pared. El aire estaba
caliente y seco como si los fuegos de Helios hubieran desaparecido
recientemente. Sudor perlado en mi piel. En mi carcaj, los ejes de las
flechas crujían y rechinaban
Grover miro de manera triste la poca luz solar que se asomaba
desde arriba.
—Vamos a regresar al mundo exterior — le prometí.
— Sólo me preguntaba si Piper recibió mi mensaje.
376
Meg lo miró sobre sus gafas azules grabadas —¿Qué
mensaje?
—Me encontré a una ninfa de la nube cuando estaba recogiendo el
Mercedes, — él dijo, como si toparse con ninfas de las nubes a
menudo sucediera cuando estaba tomando prestado un automóvil.
— Le pedí que le diera un mensaje a Mellie, le dijera lo qué
estábamos tramando –suponiendo, ya sabes, que las ninfas lo
hacen de forma segura
Consideré esto, preguntándome por qué Grover no lo había
mencionado antes. — ¿Estabas esperando que Piper nos
encontrara aquí?
—En realidad no... — Su expresión decía, Sí, por favor, dioses,
podríamos tener su ayuda. —Solo pensé que ella debería saber lo
que estábamos haciendo por si acaso... — su expresión hablo por
si sola: en caso de que nos encendiésemos en llamas y nunca
volvamos a saber de él.
No me gustaban las expresiones de Grover.
—Es hora de los zapatos— dijo Meg
Me di cuenta de que ella me estaba mirando. —¿Qué?
—Los zapatos. — Señaló las sandalias que colgaban de mi
cinturón.
—Correcto. — Los tiré de mi cinturón. —Umm… ¿Alguno de
ustedes quiere probarlos?
—Nuh-uh— dijo Meg
Grover se estremeció. —He tenido malas experiencias con el
calzado encantado.
377
No estaba emocionado de llevar las sandalias de un emperador
malvado. Temí que pudieran convertirme en un maníaco
hambriento de poder. Además, no combinaban con mi camuflaje
ártico. Sin embargo, me senté en el suelo y até las cáligas. Me
hizo apreciar cuánto más del mundo el Imperio Romano podría
haber conquistado si hubieran tenido acceso a las tiras de Velcro.
Me puse de pie e intenté dar algunos pasos. Las sandalias se
clavaron en mis tobillos y me pellizcaron a los lados. Lo positivo,
no me sentí más sociópata de lo normal. Esperaba no estar
infectado con Caligulitis.
—Está bien— dije. —¡Zapatos, llévanos a la sibila Eritrea!
Los zapatos no hicieron nada. Empujé un dedo del pie en una
dirección, luego en otra, preguntándome si necesitaban un
puntapié inicial. Revisé las suelas en busca de botones o
compartimientos de batería. Nada
—¿Qué hacemos ahora? —
particular.
No le pregunté a nadie en
La cámara se iluminó con una tenue luz dorada, como si alguien
hubiera encendido un atenuador de luz.
—Chicos— Grover señaló a nuestros pies. En el suelo de
cemento áspero, el débil contorno dorado de un cuadrado de cinco
pies había aparecido. Si hubiera sido una trampa, todos
hubiéramos caído directamente. Cuadrados idénticos conectados
se ramificaron en cada uno de los corredores como los espacios de
un juego de mesa. Los senderos no eran de igual longitud. Uno
solo extendió tres espacios en el pasillo, otro tenía cinco espacios
de largo, otro era siete, otro seis.
378
Contra la pared de la cámara, a mi derecha, apareció una
inscripción dorada brillante en griego antiguo: asesino de pitones,
dorado, armado con flechas de terror.
—¿Qué está pasando? — Meg preguntó. —¿Qué es eso?
—¿No puedes leer griego antiguo? — Yo pregunté.
—Y tú no puedes distinguir una fresa de un ñame— replicó —
¿Qué dice?
Le di la traducción
Grover se acarició la barba. —Eso suena como Apolo, quiero
decir, tú. Cuando solías ser... bueno.
Me tragué mi sensación de dolor. —Por supuesto que es Apolo,
quiero decir, yo.
—Entonces, ¿El laberinto te está dando la bienvenida? — Meg
preguntó.
Eso hubiera sido bueno. Siempre había querido un asistente virtual
activado por voz para mi palacio en el Olimpo, pero Héfesto no
había podido obtener la tecnología correcta. La única vez que lo
intentó, el asistente había sido llamado Alexasiriastrophona. Había
sido muy exigente con que su nombre se pronunciara perfectamente,
y al mismo tempo tenía un hábito molesto de obtener mis solicitudes
incorrectas. Yo diría, Alexasiriastrophona, envía una flecha de plaga
para destruir a Corinto, por favor. Y ella respondería, creo que
dijiste: los hombres culpan a las filas de las pulgas de soja y de maíz
Aquí en el Laberinto Ardiente, dudaba que un asistente virtual
hubiera sido instalado. Si lo hubiera sido, probablemente sólo
preguntaría a qué temperatura prefería cocinarme.
379
—Este es un rompecabezas de palabras— Decidí —Como un
acróstico o un crucigrama. La Sibila está tratando de guiarnos
hacia ella
Meg frunció el ceño en los diferentes pasillos. —Si ella está
tratando de ayudar, ¿Por qué no puede hacerlo fácil y darnos una
sola dirección?
—Así es como opera Herófila—, dije —Es la única forma en
que puede ayudarnos. Creo que debemos, eh, completar la
respuesta correcta en el número correcto de espacios
Grover se rascó la cabeza. —¿Alguien tiene una pluma dorada
gigante? Desearía que Percy estuviera aquí
—No creo que lo necesitemos — dije. —Sólo necesitamos
caminar en la dirección correcta para deletrear mi nombre.
Apolo60 seis letras, solo uno de estos corredores tiene seis
espacios
—¿Estás contando el espacio en el que estamos parados? —,
Preguntó Meg
—Uh, no— dije —Asumamos que este es el espacio de
inicio— Sin embargo, su pregunta me hizo dudar de mí mismo.
—¿Y si la respuesta es Lester?— Dijo —También tiene seis
espacios
La idea me picaba la garganta. —¡Por favor deja de hacer
buenas preguntas! ¡Tenía todo esto resuelto!
—¿O qué pasa si la respuesta está en griego? — agregó Grover
—La pregunta está en griego. ¿Cuántos espacios sería tu nombre
entonces?
60
En el original es “Apollo” por eso se refiere que tiene 6 letras
380
Otro punto molestamente lógico. Mi nombre en griego era
Απολλων.
—Eso serían siete espacios— admití —Incluso si se transcriben
en inglés, Apollon…
—¿Pregunta a la flecha de Dodona? — sugirió Grover
La cicatriz en mi pecho hormigueaba como una salida eléctrica
defectuosa. —Eso es probablemente contra las reglas.
Meg resopló —simplemente no quieres hablar con la flecha.
¿Por qué no intentarlo?
Si me resistía, imaginaba que lo iba a pronunciar como una
orden, así que saqué la Flecha de Dodona.
—¡DE NUEVO, BRIBON! —zumbó alarmado. —¡NUNCA
MÁS ME PEGARAS EN TU ASQUEROSO PECHO! ¡NI A
LOS OJOS DE TUS ENEMIGOS!
—Relájate— le dije —sólo quiero un consejo.
—ASÍ QUE AHORA ME VIENES CON ESO, PERO YO LES
ADVIERTO… —La flecha se detuvo mortalmente. —PERO EN
VERDAD ¿ ES UN CRUCIGRAMA LO QUE VEO ANTE MI?
ME ENCANTAN LOS CRUCIGRAMAS.
—Oh alegría, oh felicidad— Me volví hacia mis amigos —La
flecha ama los crucigramas.
Le expliqué nuestra situación a la flecha, quien insistió en mirar
de cerca los cuadrados del piso y la pista escrita en la pared. Una
mirada más de cerca... ¿Con qué ojos? no lo sabía.
La flecha zumbó tímidamente. —CREO QUE LA
RESPUESTA SERÁ MÁS EN LA LENGUA COMÚN DEL
INGLÉS. SERÍA EL NOMBRE CON EL QUE ESTÁS MÁS
381
FAMILIARIZADO EN LA ACTUALIDAD.
—Él dice: — suspiré —Él dice que la respuesta será en inglés.
Espero que se refiera al inglés moderno y no a la extraña jerga de
Shakespeare que él habla.
—¡NO ES EXTRAÑO! — la flecha se opuso.
—No tenemos suficientes espacios para deletrear a Apolonio para
expresar tu respuesta.
—OH, JAJA. ES UNA BROMA TAN DÉBIL COMO TUS
MÚSCULOS.
—Gracias por jugar— Envainé la flecha —Entonces, amigos,
el túnel con seis cuadrados, Apolo ¿Vamos?
—¿Qué pasa si elegimos mal? — Preguntó Grover
—Bueno— dije —quizás las sandalias mágicas te ayudarán. O
tal vez las sandalias nos limiten a jugar este juego en primer lugar,
y si nos desviamos del camino correcto, a pesar de los esfuerzos
de la Sibila por ayudarnos, nos abriremos a la furia del laberinto.
—Y nos quemamos hasta la muerte— Meg dijo
—Me encantan los juegos— dijo Grover —Adelante
—¡La respuesta es Apolo!–
constancia.
Dije solo para que quede
Tan pronto como di un paso hacia la siguiente casilla, una gran
letra mayúscula A apareció a mis pies. Tome esto como una buena
señal. Di un paso atrás, apareció una P, Mis dos amigos me
seguían de cerca.
Por fin bajamos del sexto cuadrado, a una pequeña cámara
idéntica a la anterior. Mirando hacia atrás, la palabra completa
APOLLO resplandeció a nuestro paso. Delante de nosotros, tres
382
corredores más con filas doradas de cuadrados avanzaron:
izquierda, derecha y adelante.
—Hay otra pista— Meg señaló la pared. —¿Por qué esta esté
en inglés?
—No sé— dije. Luego leí en voz alta las palabras brillantes: —
Heraldo de nuevas entradas, del año del dulce planear, Janus, el
doble…
—Oh, ese tipo, el dios romano de las puertas— Grover se
estremeció —Lo conocí una vez— Miró alrededor
sospechosamente —Espero que no aparezca, Él amaría este lugar.
Meg trazó sus dedos sobre las líneas doradas. —Es un poco
fácil, ¿no? Su nombre está ahí en la pista. Cinco letras, J-A-N-US, así que tiene que ser así. — Señaló el pasillo a la derecha, que
era el único con cinco espacios.
Miré la pista, luego los cuadrados. Comencé a sentir algo aún
más inquietante que el calor, pero no estaba seguro de qué era.
—Janus no es la respuesta— decidí —esto es más una situación
de relleno en blanco, ¿No crees? ¿Janus del doble qué?
—Caras— Grover dijo —Tenía dos caras, ninguna de las
cuales necesito ver de nuevo.
Anuncié en voz alta al corredor vacío: —¡La respuesta correcta
es caras!
No recibí respuesta, pero a medida que avanzamos por el pasillo
de la derecha apareció la palabra CARAS. Tranquilo, no fuimos
asados vivos por el fuego del Titán.
383
En la siguiente cámara, nuevos corredores dirigidos una vez
más en tres direcciones. Esta vez, la pista brillante en la pared
estaba otra vez en griego antiguo.
Una emoción me recorrió mientras leía las líneas. —¡Lo sé! Es
de una pechera de Baquílides— traduje para mis amigos: —Pero
el dios más elevado, poderoso con su rayo, envió a Hipnos y a su
gemelo desde el nevado Olimpo al valiente guerrero Sarpedón—
Meg y Grover me miraron sin comprender. Honestamente, sólo
porque estaba usando los zapatos Calígula, ¿Tenía que hacer todo?
—Algo se dice en esta línea— dije —Recuerdo la escena,
Sarpedon muere, Zeus transporta su cuerpo fuera del campo de
batalla. Pero el texto…
—Hipnos es el dios del sueño— dijo Grover —Esa cabaña hace
excelente leche y galletas. Pero ¿quién es su gemelo?
Mi corazón se revolvió —Eso es lo que es diferente. En la línea
actual, no dice su gemelo. Nombra al gemelo: Tánatos o Muerte,
en inglés
Miré a los tres túneles. Ningún corredor tenía ocho cuadrados
para Tánatos61, no tenía diez espacios, uno tenía cuatro y uno tenía
cinco, justo lo suficiente para adaptarse a la MUERTE.
—Oh, no …— Me apoyé contra la pared más cercana. Sentí
como si uno de los picos de Aloe Vera se deslizara por mi espalda.
—¿Por qué luces tan asustado? — Meg preguntó —Lo estás
haciendo bien hasta ahora.
61
En el original “Thanatos” por eso se refiere que tiene 8 letras
384
—Porque, Meg— dije —no sólo estamos resolviendo acertijos
al azar. Estamos armando una profecía de crucigramas. Y hasta el
momento, dice APOLO SE ENFRENTA A LA MUERTE.
385
38
¿Yo canto para mí mismo?
Aunque Apolo es más fresco
Como, camino, camino más fresco
O
DIABA ESTAR EN lo correcto.
Cuando llegamos al final del túnel, la palabra MUERTE
flameó en el piso detrás de nosotros. Nos encontramos en
una cámara circular más grande, cinco nuevos túneles que se
ramifican ante nosotros como los dedos y el pulgar de una mano
gigante de autómata.
Esperé que apareciera una nueva pista en la pared. Fuera lo que
fuese, desesperadamente quería que la respuesta fuera: NO EN
REALIDAD o quizás ¡Y LA DERROTA FÁCILMENTE!
—¿Por qué no está pasando nada? — Grover preguntó.
Meg inclinó la cabeza —Escucha.
La sangre rugió en mis oídos, pero por fin oí de lo que Meg
estaba hablando: un grito lejano de dolor, profundo y gutural, más
bestia que humano, junto con el crujido sordo del fuego, como si...
oh, dioses. Como si alguien o algo hubiera sido rozado por el calor
del Titán y ahora yacía muriendo lentamente.
—Suena como un monstruo— decidió Grover —¿Deberíamos
ayudarlo?
386
—¿Cómo? — Meg preguntó.
Ella tenía un punto. El ruido se hizo eco, tan difuso que no pude
determinar de qué corredor venía, incluso si libres de elegir
nuestro camino sin responder a acertijos.
—Tendremos que seguir adelante— Decidí —Me imagino que
Medea tiene monstruos de guardia aquí. Esa debe ser una de ellas.
Dudo que esté demasiado preocupada por que de vez en cuando se
vean atrapados en los incendios
Grover hizo una mueca. —No parece correcto dejarlo sufrir
—También— Meg agregó —¿Y si uno de esos monstruos
dispara una llamarada y aparece en nuestro camino?
Miré a mi joven ama —Eres una fuente de preguntas oscuras
para tener fe.
—¿En la Sibila? —
malvados?
ella preguntó —¿Con esos zapatos
No tenía una respuesta para ella. Afortunadamente, me salvó la
apariencia tardía de la siguiente pista: tres líneas doradas en latín.
—¡Oh, latín! — Grover dijo —Espera, puedo hacer esto—
entornó los ojos ante las palabras, luego suspiró. —No, no puedo
–—Honestamente, ¿No sabes leer griego ni latín?— Dije —
¿Qué te enseñan en la escuela sátiro?
—Mayormente, ya sabes, cosas importantes como las plantas
—Gracias— murmuró Meg
Traduje la pista para mis amigos menos educados:
“Ahora debo decir sobre el vuelo del rey
387
El último en reinar sobre la gente de Roma
Era un hombre injusto pero pujante en armas.”
Asentí con la cabeza —Creo que es una cita de Ovidio
Ninguno de mis camaradas parecía impresionado.
—Entonces, ¿cuál es la respuesta? — Meg preguntó. —¿El
último emperador romano?
—No, no es un emperador— dije —En los primeros días de
Roma, la ciudad fue gobernada por reyes. El último, el séptimo,
fue derrocada, y Roma se convirtió en una república
Traté de devolver mis pensamientos al Reino de Roma. Ese
período de tiempo fue un poco confuso para mí. Nosotros los
dioses todavía estábamos basados en Grecia entonces. Roma era
un remanso de paz. El último rey, sin embargo... trajo algunos
malos recuerdos
Meg rompió mi ensoñación —¿Qué es puissant?
—Significa poderoso— dije
—No suena así. Si alguien me llama puissant, los golpearía.
—Pero tú eres, de hecho, poderosa en armas.
Ella me golpeó.
—Ay
—Chicos— Grover dijo
Romano?
—¿Cómo se llama el último rey
Pensé —Ta ... hmmm. Acabo de tenerlo, y ahora se ha ido. Taalgo
—¿Taco? — Grover dijo amablemente
388
—¿Por qué un rey romano se llamaría Taco?
—No lo sé— Grover se frotó el estómago —¿Porque tengo
hambre?
Maldije al sátiro. Ahora todo lo que podía pensar era en tacos.
Entonces me llegó la respuesta —¡Tarquín! O Tarquinius, en el
latín original
—Bueno, ¿cuál es? — Meg preguntó.
Estudié los corredores. El túnel en el extremo izquierdo, el
pulgar, tenía diez espacios, suficiente para Tarquinius. El túnel en
el medio tenía siete, suficiente para Tarquín.
—Es ese–— decidí, señalando el túnel central.
—¿Cómo puedes estar seguro? — Preguntó Grover.
¿Porque la flecha nos dijo que las respuestas serían en inglés?
—
—Eso— admití —y también porque estos túneles parecen
cinco dedos. Tiene sentido que el laberinto me dé el dedo medio.
— Levanté la voz. —¿No es así? La respuesta es Tarquín, ¿el
dedo medio? Yo también te amo, laberinto.
Caminamos por el camino, el nombre TARQUIN brillando en
oro detrás de nosotros.
El corredor se abrió en una cámara cuadrada, el espacio más
grande que habíamos visto hasta ahora. Las paredes y el suelo
estaban embaldosados en mosaicos romanos descoloridos que
parecían originales, aunque estaba bastante seguro de que los
romanos nunca habían colonizado ninguna parte del área
metropolitana de Los Ángeles.
El aire se sentía aún más cálido y seco. El piso estaba lo
suficientemente caliente como para sentirlo a través de las suelas
389
de mis sandalias. Una cosa positiva de la sala: nos ofreció solo
tres túneles nuevos para elegir, en lugar de cinco.
Grover olisqueó el aire. —No me gusta esta habitación. Huelo
algo... monstruoso. — Meg se apoderó de sus cimitarras.
—¿De qué dirección?
—Uh ... ¿todos ellos?
—Oh, mira— dije, tratando de sonar alegre —otra pista.
Nos acercamos al muro de mosaicos más cercano, donde dos
líneas doradas en inglés brillaban sobre los azulejos:
Hojas, hojas del cuerpo, que crecen por encima de mí, por
encima de la muerte.
Raíces perennes, hojas altas. O el invierno no te congelará,
hojas delicadas.
Tal vez mi cerebro todavía estaba atrapado en latín y en griego,
porque esas líneas no significaban nada para mí, ni siquiera en
inglés.
—Me gusta este— dijo Meg. —Se trata de hojas.
—Sí, muchas hojas— acepté. —Pero es una tontería
Grover se atragantó. —¿Disparates? ¿No lo reconoces?
—Er, ¿Debería?
—¡Eres el dios de la poesía!
Sentí que mi cara comenzaba a arder. —Yo solía ser el dios de
la poesía, lo que no significa que soy una enciclopedia andante de
cada línea oscura jamás escrita…
390
—¿Oscuro? — La voz estridente
inquietantemente por los pasillos.
de
Grover
resonó
—¡Ese es Walt Whitman! ¡De hojas de hierba! No recuerdo
exactamente de qué poema es, pero...
—¿Lees poesía? — Preguntó Meg.
Grover se lamió los labios. —Ya sabes... sobre todo poesía de
la naturaleza. Whitman, para ser humano, tenía algunas cosas
hermosas que decir acerca de los árboles
—Y sabía— señaló Meg. —Y raíces.
—Exactamente.
Quería darles una conferencia sobre lo sobrevalorado que estaba
Walt Whitman. El hombre siempre cantaba canciones para sí
mismo en lugar de alabar a los demás, como yo, por ejemplo. Pero
decidí que la crítica tendría que esperar.
—¿Conoces la respuesta, entonces? — Le pregunté a Grover.
—¿Es esto una pregunta de rellenar los espacios en blanco?
¿Opción múltiple? ¿Verdadero Falso?
Grover estudió las líneas. —Yo pienso que si al principio falta
una palabra. Se supone que debe leer Hojas de tumba, hojas del
cuerpo, etcétera
—¿Hojas de tumba?– Preguntó Meg. —Eso no tiene sentido.
Pero tampoco lo hace cuerpo-hojas, a menos que esté hablando de
una dríada.
—Son imágenes– dije. —Claramente, él está describiendo un
lugar de muerte, cubierto por la naturaleza...
—Oh, ahora eres un experto en Walt Whitman— dijo Grover.
—Sátiro, no me pruebes. Cuando vuelva a ser un dios ...
391
—Ustedes dos, paren— ordenó Meg. —Apolo, di la respuesta.
—–Bien— Suspiré. —Laberinto, la respuesta es la tumba.
Hicimos otro viaje exitoso por el dedo medio… Es decir, la sala
central. La palabra TUMBA resplandeció en los cuatro cuadrados
detrás de nosotros.
Al final, llegamos a una sala circular, aún más grande y más
ornamentada. Al otro lado del techo abovedado se extendía un
mosaico plateado sobre azul de signos del zodíaco. Seis nuevos
túneles irradiados hacia afuera. En el medio del piso había una
fuente vieja, desafortunadamente seca. (Una bebida habría sido
muy apreciada. Interpretar poesía y resolver acertijos es un trabajo
sediento.)
—Las habitaciones son cada vez más grandes—
Grover. —Y pistas más elaboradas.
señaló
—Tal vez eso es bueno— le dije. —Podría significar que nos
estamos acercando.
Meg miró las imágenes del zodíaco. —¿Estás seguro de que no
tomamos un giro equivocado? La profecía ni siquiera tiene sentido
hasta ahora, Apolo enfrenta la muerte de la tumba de Tarquín.
—Tienes que asumir las pequeñas palabras— le dije. —Creo
que el mensaje es Apolo enfrenta la muerte en la tumba de
Tarquín— Tragué saliva —En realidad, no me gusta ese
mensaje. Tal vez las pequeñas palabras que nos faltan son Apolo
no enfrenta la muerte; La tumba de Tarquín... algo, algo. Tal vez
las siguientes palabras le otorgan fabulosos premios.
—Uh-huh. —Meg señaló el borde de la fuente central, donde la
siguiente pista había aparecido. Tres líneas en inglés se leen:
392
Nombrado por el amor caído de Apolo, esta flor debe plantarse
en otoño.
Coloque la bombilla en el suelo con el extremo puntiagudo
hacia arriba. Cubrir con tierra
Y agua a fondo ... estás trasplantando
Ahogué un sollozo.
Primero, el laberinto me obligó a leer a Walt Whitman. Ahora
me provocó con mi propio pasado. Mencionar a mi amor muerto,
Jacinto, y su trágica muerte, reducirlo a un poco de trivia de
Oráculo... No. Esto fue demasiado.
Me senté en el borde de la fuente y tomé mi cara entre mis
manos.
—¿Qué sucede? — Preguntó Grover con nerviosismo.
Meg respondió. —Esas líneas están hablando de su viejo novio.
Jasanto.
—Jacinto— corregí.
Me puse de pie, mi tristeza se convirtió en ira. Mis amigos se
alejaron. Supuse que debía parecer un loco, y así es como me
sentía.
—¡Herófila! — Grité en la oscuridad. —¡Pensé que éramos
amigos!–
—Uh, Apolo– dijo Meg. —No creo que te esté burlando a
propósito. Además, la respuesta es sobre la flor, Jacinto. Estoy
393
bastante seguro de que esas líneas son del Almanaque del
Agricultor.
—¡No me importa si son de la guía telefónica! — Bramé. —
Suficiente es suficiente. ¡JACINTO!– — grité por los corredores.
–—¡La respuesta es JACINTO! ¿Estás feliz?
Meg gritó: —¡NO!
En retrospectiva, ¡realmente debería haber gritado Apolo,
detente! Entonces no habría tenido más remedio que obedecer su
orden. Por lo tanto, lo que sucedió a continuación es culpa de
Meg.
Bajé por el único pasillo con ocho cuadrados.
Grover y Meg corrieron detrás de mí, pero cuando me atraparon
ya era demasiado tarde. Miré hacia atrás, esperando ver la palabra
JACINTO explicada en el piso. En cambio, solo seis de los
cuadrados se iluminaron con una corrección deslumbrante en lápiz
rojo:
A
M
E
N
O
S
Q
394
U
E62
Debajo de nuestros pies, el piso del túnel desapareció, y caímos
en un pozo de fuego.
62
En el original es “UNLESS”
395
39
Noble sacrificio
Te protegeré de las llamas
Guau, soy un buen tipo
U
N DIFERENTES CIRCUNSTANCIAS, cuán feliz me
hubiera gustado ver eso A MENOS QUE.
Apolo enfrenta la muerte en la tumba de Tarquín a
menos que...
¡Oh, feliz conjunción! Significaba que había una manera de
evitar la muerte potencial, y yo estaba a punto de evitar una
posible muerte.
Desafortunadamente, caer en un pozo de fuego amortiguó mi
esperanza recién descubierta.
En el aire, antes de que pudiera siquiera procesar lo que estaba
sucediendo, me detuve, mi correa del carcaj atracó con fuerza
sobre mi pecho, mi pie izquierdo casi se soltó de mi tobillo.
Me encontré colgando junto a la pared del pozo. A unos seis
metros más abajo, el pozo se abrió a un lago de fuego. Meg estaba
aferrándose desesperadamente a mi pie. Por encima de mí, Grover
me sostuvo junto al carcaj con una mano, la otra agarrando una
pequeña repisa de roca. Se quitó los zapatos e intentó aferrarse
con sus pezuñas en la pared.
396
—¡Bien hecho, valiente sátiro! — Lloré. —¡Tíranos!
Los ojos de Grover se achinaron. Su cara goteaba de sudor.
Soltó un gemido que parecía indicar que no tenía fuerzas para
sacarnos a los tres del pozo.
Si sobreviviera y volviera a ser un dios, tendría que hablar con
el Consejo de Cloven Elders para agregar más clases de educación
física a la escuela Sátira.
Agarré la pared con la esperanza de encontrar un carril
conveniente o de emergencia. No había nada. —¿DE VERDAD,
Apolo? ¡Riegas los Jacintos por completo A MENOS QUE los
trasplantes!
—¿Cómo se supone que debo saber eso? — Protesté.
—¡CREASTE LOS JACINTOS!
Ugh. Lógica mortal, el hecho de que un dios crea algo no
significa que lo entienda. De lo contrario, Prometeo63 sabría todo
sobre los humanos, y te aseguro que no. Creé Jacintos, ¿Así que se
supone que debo saber cómo plantarlos y regarlos?
—¡Ayuda! — Grover chilló.
Sus cascos se movieron en las pequeñas grietas. Sus dedos
temblaban, sus brazos temblaban como si sostuviera el peso de
dos personas adicionales, que ... oh, en realidad, lo era.
El calor de abajo hizo difícil pensar. Si alguna vez te has parado
cerca de un fuego de barbacoa o si tu cara estaba demasiado cerca
de un horno abierto, puedes imaginar que esa sensación se
multiplicó por cien. Mis ojos se secaron. Mi boca se volvió reseca.
63
En el original “Prometheus”
397
Algunas respiraciones más de aire hirviendo y probablemente
perderían la conciencia.
Los incendios de abajo parecían barrer el suelo de piedra. La
caída en sí misma no sería fatal. Si hubiera una manera de apagar
los incendios...
Se me ocurrió una idea, una muy mala idea, que culpé a mi
cerebro hirviente. Esas llamas fueron alimentadas por la esencia
de Helios. Si quedaba algo de su conciencia... era teóricamente
posible que pudiera comunicarme con él. Quizás, si tocara el
fuego directamente, podría convencerlo de que no éramos el
enemigo y él debería dejarnos vivir. Probablemente tendría unos
lujosos nanosegundos para lograr esto antes de morir en agonía.
Además, si me caigo, mis amigos podrían tener la oportunidad de
salir. Después de todo, yo era la persona más pesada de nuestro
grupo, gracias a la cruel maldición de flagelación de Zeus.
Terrible, terrible idea. Nunca hubiera tenido el coraje de
intentarlo si no hubiera pensado en Jasón Grace, y en lo que había
hecho para salvarme.
–—Meg— le dije —¿puedes fijarte en la pared?
—¿Me veo como Spider Man? — Me gritó.
Muy pocas personas se ven tan bien en mallas como Spider
Man, Meg ciertamente no era uno de ellos.
—¡Usa tus espadas!– grite.
Sosteniendo mi tobillo con una sola mano, convocó una
cimitarra. Ella apuñaló en la pared una, dos veces. La curva de la
cuchilla no hizo su trabajo fácil. En el tercer golpe, sin embargo,
el punto se hundió profundamente en la roca. Agarró la
398
empuñadura y soltó mi tobillo, sosteniéndose por encima de las
llamas con solo su espada. —¿Ahora qué?
—¡Quédense quietos!
—Yo puedo hacer eso!
—¡Grover! — Le grité. —Puedes dejarme ahora, pero no te
preocupes. Tengo un... — Grover me soltó.
Honestamente, ¿Qué tipo de protector simplemente te arroja al
fuego cuando le dices está bien arrojarte al fuego? Esperaba una
larga discusión, durante la cual le aseguraría que tenía un plan
para salvarme a mí y a ellos. Esperaba protestas de Grover y Meg
(bueno, tal vez no de Meg) sobre cómo no debería sacrificarme
por su bien, cómo no podría sobrevivir a las llamas, y así
sucesivamente, pero no, él me dejó sin pensarlo.
Al menos no me dio tiempo de relfexionarlo.
No podría torturarme con dudas como ¿Qué pasa si esto no
funciona? ¿Qué pasa si no puedo sobrevivir a los incendios
solares que solían ser una segunda naturaleza para mí? ¿Qué
pasa si esta hermosa profecía que estamos juntando, sobre mí
muriendo en la tumba de Tarquín?, NO. ¿Significa
automáticamente que no voy a morir hoy, en este horrible
laberinto ardiente?
No recuerdo haber golpeado el piso.
Mi alma parecía desprenderse de mi cuerpo. Me encontré miles
de años atrás en el tiempo, la primera mañana en que me convertí
en el dios del sol.
De la noche a la mañana, Helios había desaparecido. No sabía
qué oración final era para mí como el dios del sol que finalmente
había inclinado la balanza, desterrando al viejo Titán al olvido
399
mientras me promocionaba a su lugar, pero aquí estaba en el
Palacio del Sol.
Aterrorizado y nervioso, abrí las puertas de la sala del trono. El
aire quemado. La luz me cegó.
El trono dorado de Helios estaba vacío y su capa cubría el
reposabrazos. Su yelmo, látigo y zapatos dorados estaban en el
estrado, listos para su amo. Pero el Titán mismo simplemente se
había ido.
Soy un dios, me dije. Puedo hacer esto.
Caminé hacia el trono, deseando no quemarme. Si salgo
corriendo del palacio gritando con mi toga en llamas desde el
primer día en el trabajo, nunca oiría el final.
Lentamente, el fuego retrocedió ante mí. Por la fuerza de
voluntad, crecí en tamaño hasta que pude usar cómodamente el
yelmo y el manto de mi predecesor.
Aunque no probé el trono. Tenía un trabajo que hacer, y muy
poco tiempo.
Eché un vistazo al látigo, algunos entrenadores dicen que nunca
debes mostrar bondad con un nuevo equipo de caballos, te verán
como débil, pero decidí dejar el látigo. No comenzaría mi nuevo
puesto como un duro capataz.
Entré al establo. La belleza del carro de sol trajo lágrimas a mis
ojos. Los cuatro caballos de sol ya estaban enjaezados, sus
pezuñas pulían oro, sus crines ondulaban fuego, sus ojos fundían
lingotes.
Ellos me miraron con cautela. —¿Quién eres tú?
400
—Soy Apolo–— dije, forzándome a sonar confiado. —¡Vamos
a tener un gran día!
Salté al carro y nos fuimos.
Admitiré que fue una curva de aprendizaje empinada. Alrededor
de un arco de cuarenta y cinco grados, para ser preciso. Pude
haber hecho algunos círculos inadvertidos en el cielo. Pude haber
causado algunos glaciares nuevos y desiertos hasta que encontré la
altitud de crucero adecuada. Pero al final del día, el carro era mío.
Los caballos se habían formado a mi voluntad, mi personalidad.
Yo era Apolo, dios del sol.
Traté de aferrarme a esa sensación de confianza, el júbilo de ese
exitoso primer día.
Volví a mis sentidos y me encontré en el fondo del pozo,
agachándome en las llamas.
—Helios— dije. —Soy yo.
El fuego se arremolinó a mi alrededor, tratando de incinerar mi
carne y disolver mi alma. Podía sentir la presencia del Titán:
amarga, borrosa, enojada. Su látigo parecía azotarme mil veces
por segundo.
—No me quemaré— dije. —Yo soy Apolo. Yo soy tu legítimo
heredero.
Los incendios arreciaron más. Helios me molestaba... pero
espera. Esa no era la historia completa. Él odiaba estar aquí.
Odiaba este laberinto, esta prisión de vida media.
–—Te liberaré— le prometí.
401
El ruido crepitaba y silbaba en mis oídos. Quizás fue solo el
sonido de mi cabeza que se incendió, pero creí escuchar una voz
en las llamas: MATARLA
Ella... Medea.
Las emociones de Helios ardieron en mi mente. Sentí su odio
por su nieta bruja. Todo lo que Medea me había dicho antes
acerca de contener la ira de Helios, eso podría haber sido cierto.
Pero, sobre todo, estaba evitando que Helios la matara. Ella lo
había encadenado, ató su voluntad a la de ella, se envolvió en
poderosas protecciones contra su fuego piadoso. Helios no me
gusta, no. Pero odiaba la presuntuosa magia de Medea. Para ser
liberado de su tormento, necesitaba a su nieta muerta.
Me pregunté, no por primera vez, por qué las deidades griegas
nunca habíamos creado un dios de la terapia familiar. Ciertamente
podríamos haber usado uno. O tal vez tuvimos uno antes de que
naciera, y ella se dio por vencida. O Cronos se la tragó entera.
En cualquier caso, le dije a las llamas —Haré esto. Yo te
liberaré. Pero debes dejarnos pasar.
Al instante, el fuego se disparó como si se hubiera abierto una
lágrima en el universo.
Jadeé. Mi piel al vapor. Mi camuflaje ártico era ahora un gris
ligeramente tostado. Pero yo estaba vivo. La habitación a mi
alrededor se enfrió rápidamente. Las llamas, me di cuenta, se
habían retirado por un único túnel que conducía desde la cámara.
—¡Meg! ¡Grover! — Llamé. —Pueden bajar...
Meg se dejó caer sobre mí, aplastándome.
—¡Ay —Grité. —¡Así no!
402
Grover fue más cortés. Bajó por la pared y se dejó caer al piso
con destreza digna de cabra. Olía como una manta de lana
quemada. Su cara estaba gravemente quemada por el sol. Su gorra
había caído en el fuego, revelando las puntas de sus cuernos, que
humeaban como volcanes en miniatura. Meg de alguna manera
había salido bien. Incluso había logrado retraer su espada de la
pared antes de caer. Sacó la petaca de su cinturón de suministro,
bebió la mayor parte del agua y le pasó el resto a Grover.
—Gracias— gruñí.
–—Venciste al calor— notó. —Buen trabajo. ¿Finalmente
tuvo un estallido de poder piadoso?
—Eh ... creo que se trataba más de que Helios decidiera darnos
un pase. Él quiere salir de este laberinto tanto como lo queremos
fuera. Él quiere que matemos a Medea.
Grover tragó saliva. —Entonces... ¿Ella está aquí abajo? ¿Ella
no murió en ese yate?
—Figuras— Meg miró por el pasillo humeante. —¿Helios
prometió no quemarnos si echas a perder más respuestas?
—Yo … ¡Eso no fue culpa mía!
—Sí— dijo Meg.
—Un poco— estuvo de acuerdo Grover.
Honestamente. Caigo en un pozo ardiente, negocio una tregua
con un Titán y eliminé una tormenta para salvar a mis amigos, y
todavía quieren hablar sobre cómo no puedo recordar las
instrucciones del Almanaque del agricultor.
—No creo que podamos contar con que Helios nunca nos
queme— le dije —más de lo que podemos esperar que Herófila
403
no use crucigramas, es solo su naturaleza. Esta fue una tarjeta de
una sola vez para salir de las llamas.
Grover sofocó las puntas de sus cuernos. —Bueno, entonces,
no lo desperdiciemos.
—Bien— Enganché mis pantalones de camuflaje ligeramente
tostados y traté de recuperar ese tono de confianza que tuve la
primera vez que me dirigí a mis caballos de sol. —Sígueme
¡Estoy seguro de que todo estará bien!
404
40
¡Felicitaciones
Has terminado el crucigrama!
Ganas… Enemigos
E
STÁ BIEN EN ESTE CASO, está bien si disfrutas la lava,
las cadenas y la magia obscura.
El pasillo conducía directamente a la cámara del oráculo
que por un lado era ¡Hurra! pero por el otro lado, no era tan
maravilloso, la habitación era un rectángulo del tamaño de una
cancha de baloncesto, las paredes estaban recubiertas con media
docena de entradas, cada una era una sencilla puerta de piedra con
un pequeño rellano que sobresalía por encima de la piscina de lava
que había visto en mis visiones, ahora sin embargo me di cuenta
de que el burbujeo de la sustancia brillante no era lava, era el icor
divino de Helios, más caliente que la lava, más poderoso que el
combustible de los cohetes, imposible de sacarse si se vertiente en
tu ropa (te lo podía decir por experiencia propia).
Habíamos alcanzado el centro del laberinto, el tanque de
retención del poder de Helios. Flotando en la superficie del icor
había grandes baldosas de piedra cada una de aproximadamente
metro y medio formando columnas y filas que no tenían patrones
lógicos
405
—¡Es un crucigrama!— dijo Grover, por supuesto que tenía
razón, por desgracia ninguno de los puentes de piedra conectaba
con nuestro pequeño balcón.
Tampoco ninguno de ellos conducía hacia el lado opuesto de la
habitación donde la Sibila de Eritrea se sentaba tristemente en su
plataforma de piedra, su “casa” no era mejor que una celda de
aislamiento.
Ella había sido provista de una cama, una mesa y un cuarto de
aseo, (si incluso las Sibilas inmortales tienen que usar el baño,
algunas de las mejores profecías llegan en.… olvídalo).
Me dolía el corazón ver a Eritrea en tales condiciones, ella
estaba exactamente como la recordaba, una mujer joven con el
pelo castaño rojizo trenzado, piel pálida y una estructura
atléticamente sólida, un homenaje a su madre naiad y a su robusto
padre pastor. Sus túnicas blancas de civil se habían teñido con el
humo y ceniza dejando unas pequeñas quemaduras, ella estaba
observando atentamente una entrada en la pared a su izquierda por
lo que parecía no fijarse en nosotros.
—¿Es ella? —susurro Meg.
— A menos de que veas a otro oráculo— dije.
—Bueno entonces habla con ella. — no estaba seguro de por
qué yo tenía que hacer todo el trabajo, pero me aclaré la garganta
y grite a través del lago hirviente de icor.
—¡Herófila! — la Sibila se puso de pie, sólo entonces se dio
cuenta de las cadenas tal como había visto en mis visiones
enredadas en sus muñecas y tobillos, fundidas como anclaje en la
plataforma y sólo con espacio suficiente como para moverse de un
lado al otro. ¡Oh, que indignación!
406
—¡Apolo! —esperaba que su rostro se iluminará de alegría en
cuando me viera en cambio se vio muy sorprendida— pensé que
vendrías a través de tu otra... — Ella hizo una mueca de
concentración y a continuación espetó: — siete letras, terminan en
O.
— ¿Pórtico? —supuso Grover, al otro lado de la superficie del
lago las baldosas de piedra pulida cambiaron su formación. Un
bloque se encajó junto a nuestra pequeña plataforma, media
docena más se acomodaron más allá de ella, haciendo un puente
de 6 baldosas que se extendieron a través de la habitación,
aparecieron letras brillantes a lo largo de las fichas comenzando
con una O a nuestros pies: PORTICO.
Herófila aplaudía con entusiasmo haciendo sonar sus cadenas
—¡Bien hecho! ¡Ahora date prisa! — no estaba ansioso de poner
mi peso sobre unas baldosas de piedras flotantes sobre un lago de
icor, pero Meg se dirigió hacia ellas por lo que Grover y yo la
seguimos
— Sin ofender, señora— Meg llamaba a la sibila — Pero
estamos a punto de caer en una cosa de lava ¿podrías hacer un
puente de aquí para allá sin más acertijos?
— ¡Ojalá pudiera! — dijo — Esta es mi maldición, está bien
hablar así o quedarse completamente... — ella se agachó: —
nueve letras, la quinta letra es N.
—¡Sutil! — gritó Grover. Nuestra balsa retumbó, hizo
equilibrio girando sus brazos y pudo haber caído si Meg no lo
hubiera atrapado, gracias a los dioses por las personas de baja
estatura, tenían un centro de gravedad bajo.
407
—¡No, es sutil! — Grité— esa no es la respuesta final, eso
sería idiota ya que solo tiene cinco letras y ni siquiera tiene una N.
—El sátiro me fulminó con la mirada.
— Lo siento— murmuró— me emocioné.
Meg estudiaba las baldosas, en los marcos de sus gafas los
diamantes falsos destellaron en rojo.
— Con calma — sugirió, —eso son nueve letras.
— En primer lugar —dije— me impresiona saber que es una
sola palabra, en segundo lugar, el contexto: la estancia con calma
no tiene sentido. Pero además la N estaría en el lugar equivocado.
—Entonces cuál es la respuesta sabelotodo— dijo —y no te
equivoques.
Esto era una injusticia trate de recordar de sinónimos de sin
sonido, no podía pensar en muchos me gustaba la música y la
poesía, el sin sonido realmente no era lo mío.
—SILENCIO —dije al final. Los azulejos nos recompensaron
mediante la formación de un segundo puente de nueve de ancho:
silencio conectado con el primer puente por la O; por desgracia,
nos condujo hacia el otro lado, no nos acercó más hacia la
plataforma del oráculo.
—Herófila— la llame— Lamento tu situación, pero ¿Habrá
alguna manera en la que podamos manipular la longitud de las
respuestas? tal vez la siguiente puede ser una palabra muy larga y
muy fácil que conduzca rápidamente hacia tu plataforma.
— Sabes que no puedo Apolo, — ella junto a las manos —pero
por favor hay que darse prisa, si desea llegar antes de que Calígula
se convierta en un... — Ella se atragantó— Cuatro letras, la
antepenúltima es una O.
408
— DIOS— dije con tristeza mientras se formaba un tercer
puente de cuatro fichas que se conectaron silenciosamente,
moviéndose un poco más cerca de nuestro objetivo.
Meg, Grover y yo nos amontonamos en el azulejo de la D, la
habitación se sentía aún más caliente, como si el icor de Helios
estuviera trabajando con furia mientras más nos acercábamos a
Herófila. Meg y Grover sudaban terriblemente. Mi propio
camuflaje ártico estaba empapado, no había estado tan incómodo
sobre un abrazo grupal desde el primer concierto de los Rolling
Stone en el Madison Square Garden en 1969 (un consejo: por muy
tentador que sea no estires tus brazos alrededor de Mick Jagger y
Keith Richards durante su encore conjunto; los hombres pueden
sudar...).
Herófila suspiró.
— Lo siento mis amigos, voy a tratar de nuevo, algún día… el
deseo de la profecía fue un regalo que nunca se me dio —Ella
hizo una mueca de dolor— seis letras la última es O.
Grover arrastró los
¿Volveremos al inicio?
pies
alrededor—
¡¿Espera
que?!
El calor hacía que mis ojos se sintieran como si hubiera estado
picando miles de cebollas, pero trate de estudiar las filas y
columnas que estaban hasta ahora.
—Quizás— dije— esta nueva pista es otra palabra vertical que
se desprende de la O en pórtico.
Los ojos de Herófila brillaron de entusiasmo, Meg se secó la
frente sudorosa.
— Bueno entonces ¿Porque nos molestamos con dios? Si no
conduce a ninguna parte.
409
— ¡Oh, no! — gimió Grover —todavía estamos formando la
profecía ¿Verdad?
Pórtico, silencio, dios
—¡¿Qué significa eso?!
— Yo… yo no lo sé — Admití, mi cerebro se sentía como si
hubieran hecho noodles64 de pollo en mi cráneo. — Consigamos
algunas palabras más, Herófila dijo que esta profecía era como un
regalo que nunca… ¿Qué?
—Que nunca ha tenido — murmuró Meg.
—Recibido—ofreció Grover.
—No, demasiadas letras, tal vez una metáfora —sugerí— un
presente que nunca han abierto.
Grover tragó. — ¿Eso es nuestra respuesta final?
Él y Meg miraron hacia el lago ardiente y luego hacia mí, su fe
en mis habilidades no era conmovedora.
— Si— me decidí.— Herófila— Abierto es la respuesta.
La sibila suspiro de alivio cuando un nuevo puente se extendió
desde la “O” en silencio y nos condujo a través del lago,
apretados juntos en el azulejo estábamos sólo alrededor de cinco
pies de la plataforma de la sibila
—¿Hay que saltar?— Pregúnto Meg, la Sibila gritó y luego
apretó las manos sobre su boca.
64
Los fideos son un tipo de pasta con forma de cuerdas finas. Es la base de algunos platos tales como los
espaguetis, los linguine, soba y lamian.
410
—Estoy adivinando que un salto sería imprudente— dije —
Tenemos que completar el rompecabezas, Herófila tal vez,
¿Podrías ayudarnos con una palabra más pequeña en el futuro?
La sibila curvó sus dedos y luego dijo lenta y cuidadosamente—
Una pequeña palabra al otro lado comienza con t y otra
pequeña palabra abajo tiene una “o” al lado de la r.
—¡Una doble! —Mire a mis amigos— creo que estamos
buscando por: tú y por, con eso nos estaría permitido llegar a la
plataforma de la Sibila.
Grover miró por encima de la borda del azulejo donde el lago de
icor burbujeaba al rojo vivo, odiaría el fracaso ahora mismo —
¿Estás seguro de que “Tú” es una palabra aceptada?
—No tengo el reglamento del scrabble enfrente de mí —admití.
Pero creo que estaba agradecido de que esto no fuera Scrabble,
Atenea ganaba cada vez, con su insufrible vocabulario… una vez
ella jugó abaxial en un triple y Zeus había terminado lanzando
rayos a la cima de la montaña Parnassus.
— Esta es nuestra respuesta Sibila— dije—Tú y por.
Otras dos baldosas hicieron clic en su lugar la conexión de
nuestro puente hacia la plataforma, corrimos a través de ella y
Herófila aplaudió y lloro de alegría.
Ella estiró sus brazos para abrazarme, pero entonces pareció
recordar que estaba atrapada con cadenas ardientes. Meg volvió a
mirar el camino de las respuestas que había detrás.
—Está bien, ¿Así que este es el final de la profecía? ¿Y qué
significa el dios del silencio abre un pórtico por ti?
411
La sibila empezó a decir algo, pero se lo pensó mejor, ella me
miró con esperanza.
—Vamos a suponer que Faltan algunas pequeñas palabras de
nuevo— me aventuré a decir. — Si combinamos la primera parte
del laberinto tenemos: Apolo se enfrenta la muerte en la tumba de
Tarquino a menos que atraviese el pórtico… uhm, —mire a
Herófila quien asintió dándome ánimos — el dios del silencio.
— Se te olvidó el yo—dijo Grover.
—Creo que podemos eludir el yo, ya que es sobre mí—Grover
tiró de su barba chamuscada.
—Por eso no juego al Scrabble. Además, tiendo a comerme los
azulejos.
Consulté a Herófila.
—Así que Apolo – yo, enfrenta a la muerte en la tumba de
Tarquino, a menos que el dios del silencio atraviese el pórtico por
ti... ¿Qué? Meg tiene razón, tiene que haber más para la profecía.
En algún lugar a mi izquierda, una voz familiar llamó.
— No realmente — en una repisa en medio del lado izquierdo
de la pared se encontraba la bruja Medea, mirándonos muy
vivamente y feliz de vernos, detrás de ella dos guardias pandai
llevaban a un prisionero encadenado y golpeado, nuestro amigo
Crest.
—¡Hola queridos míos!— sonrió Medea, — Miren, no debe
haber un final para la profecía, ¡Ya que todos ustedes morirán
ahora!
412
41
Meg canta. Esto se terminó
Solamente vamos a casa
Estamos muy rostizados
M
EG ATACÓ PRIMERO.
Con movimientos rápidos y seguros, cortó las cadenas
que ataban a la Sibila, luego miró a Medea como
diciendo: ¡Ja, ja! ¡He desatado mi ataque!
Los grilletes cayeron de las muñecas y de los tobillos de
Herófila, revelando feos anillos rojos marcados en su piel.
Herófila se tambaleó hacia atrás, agarrándose el pecho con las
manos. Parecía más horrorizada que agradecida.
—Meg McCaffrey, ¡No! No debiste...
Lo que sea que fuese a decir, a través o por debajo, no
importaba. Las cadenas y los grilletes se volvieron a unir,
completamente remendados. Luego, comenzaron a saltar
serpientes de cascabel, pero no hacía a Herófila, sino hacia mí.
Se enredaron alrededor de mis muñecas y tobillos. El dolor era
tan intenso que al principio se sentía fresco y agradable. Entonces
grité.
Meg intentó cortar los grilletes fundidos una vez más, pero
ahora repelieron sus espadas. Con cada golpe, las cadenas se
413
apretaban cada vez más, tirando de mí hacia abajo, hasta que me
obligaron a arrodillarme.
Con toda mi insignificante fuerza, luché contra las ataduras,
pero rápidamente aprendí que esta era una mala idea. Tirar de las
esposas era como presionar mis muñecas contra planchas al rojo
vivo. La agonía casi me hizo desmayar, y el olor... oh, dioses, no
disfruté el olor de Lester frito.
Solo manteniéndome perfectamente neutral, permitiendo que las
esposas me llevaran a donde querían, podría mantener el dolor a
un nivel que era meramente enloquecedor.
Medea rió, claramente disfrutando de mis contorsiones.
—¡Bien hecho, Meg McCaffrey! Iba a encerrar a Apolo yo
misma, pero me salvaste de gastar un hechizo.
Caí de rodillas.
—Meg, Grover, saquen a la Sibila de aquí. ¡Déjenme!
Otro gesto valiente y abnegado. Espero que los estén contando.
Por desgracia, mi sugerencia fue inútil. Medea chasqueó los
dedos. Los azulejos de piedra se movieron a través de la superficie
del icor ardiente, dejando la plataforma de Herófila sin salida.
Detrás de la hechicera, sus dos guardias empujaron a Crest al
piso. Se deslizó hacia abajo, de espaldas a la pared, con las manos
esposadas, pero aun sosteniendo obstinadamente mi ukelele de
combate. El ojo izquierdo de los pandos estaba hinchado. Sus
labios estaban partidos. Dos dedos en su mano derecha estaban
doblados en un ángulo extraño. Él se encontró con mis ojos, su
expresión llena de vergüenza. Quería asegurarle que él no había
fallado. Nunca deberíamos haberlo dejado solo en guardia. ¡Aún
414
podría tocar de manera impresionante, incluso con dos dedos
rotos!
Pero apenas y podía pensar con claridad, mucho menos podía
consolar a mi joven estudiante de música.
Los dos guardias extendieron sus orejas gigantes. Navegaron
por la habitación, permitiendo que las corrientes calientes y
ascendentes los llevaran a separar los azulejos cerca de las
esquinas de nuestra plataforma. Sacaron sus hojas de kanda y
esperaron, en caso de que fuéramos tan tontos como para intentar
cruzar.
—Mataste a Timbre—, siseó uno.
—Mataste a Peak—, dijo el otro.
En su aterrizaje, Medea se rió entre dientes. —Verás, Apolo,
¡Elegí a un par de voluntarios muy motivados! El resto estaba
clamando por acompañarme hasta aquí, pero...
—¿Hay más afuera?—, Preguntó Meg. No podía decir si esta
idea le resultó positiva (¡Hurra, menos para matar ahora!) O
deprimente (¡Boo, más para matar después!).
—Absolutamente, querida, —dijo Medea. —Incluso si tuvieras
una idea tonta sobre cómo pasarnos, no importaría. No es como si
Flutter y Decibel lo permitieran. ¿Verdad, muchachos?
—Soy Flutter—, dijo Flutter.
—Soy Decibel—, dijo Decibel. —¿Podemos matarlos ahora?
—Todavía no— dijo Medea. —Apolo está justo donde lo
necesito, listo para ser disuelto. En cuanto al resto de ustedes,
simplemente relájense. Si intentan interferir, haré que Flutter y
Decibel los maten. Entonces su sangre podría derramarse en el
415
icor, lo que arruinaría la pureza de la mezcla. —Extendió sus
manos. —Ustedes entienden. No podemos contaminar el icor.
Solo necesito la esencia de Apolo para esta receta.
No me gustó la forma en que hablaba de mí, como si ya
estuviera muerto, y fuera solo un ingrediente más, no más
importante que el ojo de sapo o el sasafrás65.
—No seré disuelto—, gruñí.
—Oh, Lester—, dijo. —Aún con voluntad.
Las cadenas se tensaron aún más, forzándome a cuatro patas.
No podía entender cómo Herófila había soportado este dolor por
tanto tiempo. Por otra parte, ella todavía era inmortal. Yo no.
—¡Que comience!—, Gritó Medea.
Ella comenzó a cantar.
El icor brillaba de color blanco puro, blanqueando el color de la
habitación. Las baldosas de piedra en miniatura con bordes
afilados parecían moverse bajo mi piel, deshilachando mi forma
mortal, reorganizándome en un nuevo tipo de rompecabezas, en el
que ninguna de las respuestas era Apolo. Grité. Balbuceé. Podría
haber rogado por mi vida. Afortunadamente para la poca dignidad
que me quedaba, no podía formar palabra alguna.
Por el rabillo del ojo, en las nebulosas profundidades de mi
agonía, era vagamente consciente de que mis amigos retrocedían,
aterrorizados por el vapor y el fuego que ahora brotaba de las
grietas de mi cuerpo.
65
Sassafras o sasafrás es un género de árboles caducifolios de la familia Lauraceae, nativo del este de
Norteamérica y este de Asia.
416
No los culpé. ¿Qué podían hacer? Por el momento, era más
probable que explotara como los paquetes de granadas en la tienda
militar de Macro, y mi envoltura no era tan resistente a las
manipulaciones.
—Meg—, dijo Grover, buscando a tientas sus flautas de pan, —
Voy a hacer una canción de naturaleza. Veré si puedo interrumpir
ese canto, y tal vez logre convocar ayuda.
Meg se apoderó de sus cuchillas. —¿Con este calor? ¿Bajo
tierra?
—¡La naturaleza es todo lo que tenemos!—, Dijo. —¡Cúbreme!
Él comenzó a tocar. Meg hizo guardia, con las espadas en alto.
Incluso Herófila ayudó, cerrando los puños, lista para mostrarle a
los pandai cómo una siliba lidiaba con los rufianes en Eritrea.
Los pandai no parecían saber cómo reaccionar. Hicieron una
mueca ante el ruido de las tuberías, curvando sus orejas alrededor
de sus cabezas como turbantes, pero no atacaron.
Medea les había dicho que no lo hicieran. Y, por muy inestable
que fuera la música de Grover, no parecían estar seguros de sí
constituía o no un acto de agresión.
Mientras tanto, yo estaba ocupado tratando de no desollarme en
la nada. Cada parte de mi fuerza de voluntad se inclinó
instintivamente para mantenerme en una sola pieza. Yo era Apolo,
¿No? Yo... yo era hermoso y la gente me amaba. ¡El mundo me
necesitaba!
El canto de Medea socavó mi resolución. Sus antiguas letras
Cólquianas se abrieron paso en mi mente. ¿Quién necesitaba
dioses antiguos? ¿A quién le importa Apolo?
417
¡Calígula era mucho más interesante! Él se adaptaba mejor a
este mundo moderno.
Él encaja. Yo no. ¿Por qué no solo me dejaba ir? Entonces
podría estar en paz.
El dolor es algo interesante. Crees que has alcanzado tu límite y
no te puedes sentirte más torturado. Entonces descubres que
todavía hay otro nivel de agonía. Y otro nivel después de eso.
Las baldosas de piedra debajo de mi piel cortada, cambiada y
desgarradas, los fuegos estallaron como bengalas sobre mi
patético cuerpo mortal, volando directamente a través del
camuflaje ártico barato de descuento de Macro.
Perdí la cuenta de quién era, por qué luchaba para seguir con
vida. Quería tan desesperadamente rendirme, sólo para que el
dolor se detuviera.
Entonces Grover encontró su ritmo. Sus notas se volvieron más
confiadas y animadas, su cadencia más estable. Interpretaba una
feroz y desesperada maniobra, del tipo que los sátiros entonaban
en primavera en los prados de la Antigua Grecia, con la esperanza
de alentar a las dríades a salir y bailar con ellas entre las flores
silvestres.
La canción estaba irremediablemente fuera de lugar en esta
ardiente mazmorra de crucigramas. Ningún espíritu de la
naturaleza podría escucharlo. Ninguna dríada vendría a bailar con
nosotros.
Sin embargo, la música embotó mi dolor. Disminuía la
intensidad del calor, como una toalla fría presionada contra mi
febril frente.
El canto de Medea vaciló. Ella frunció el ceño a Grover.
418
—¿De verdad? ¿Vas a detenerte, o te detengo yo?
Grover tocó aún más frenéticamente: una llamada de socorro a
la naturaleza que resonó por toda la habitación, haciendo que los
pasillos retumbaran como las tuberías de un órgano66 de la iglesia.
Meg se unió abruptamente, cantando letras sin sentido en un
tono monótono y terrible. —Oye, ¿Qué tal naturaleza? Amamos a
las plantas. Vamos, ustedes, dríadas, y, eh, crezcan y.… maten a
esta hechicera y esas cosas.
Herófila, que una vez había tenido una voz tan adorable, que
había nacido cantando profecías, miró a Meg con consternación.
Con moderación de un santo, ella evitó golpear a Meg en la cara.
Medea suspiró. —Bien, eso es todo. Meg, lo siento. Pero estoy
segura de que Nero me perdonará por matarte cuando le explique
lo mal que cantaste. Flutter, Decibel, háganlos guardar silencio.
Detrás de la hechicera, Crest gorgoteó alarmado. Buscó a tientas
las notas en su ukelele, a pesar de sus manos atadas y sus dos
dedos aplastados.
Mientras tanto, Flutter y Decibel sonrieron con deleite. —
¡Ahora tendremos venganza! ¡MORIR! ¡MORIR!'
Desplegaron sus orejas, levantaron sus espadas y saltaron hacia
la plataforma. ¿Podría Meg haberlos derrotado con sus confiables
cimitarras?
No lo sé. En cambio, hizo un movimiento casi tan sorprendente
como su impulso repentino de cantar. Tal vez, al mirar al pobre
Crest, decidió que se había derramado suficiente sangre de pandai.
66
Instrumento parecido al piano pero de mayor tamaño.
419
Tal vez todavía estaba pensando en su enojo mal dirigido, y en
quien debería gastar su energía y odio.
En cualquier caso, sus cimitarras se pusieron en forma de anillo.
Ella agarró un paquete de su cinturón y lo abrió, rociando semillas
en el camino del pandos que se acercaba.
Flutter y Decibel se desviaron y gritaron cuando las plantas
estallaron, cubriéndolos en borrosas nebulosas verdes de
ambrosía. Flutter golpeó la pared más cercana y comenzó a
estornudar violentamente, la ambrosía lo enloquecía como una
mosca volando a su alrededor.
Decibel se estrelló en la plataforma a los pies de Meg, la
ambrosía creció sobre él hasta que parecía más un arbusto que un
pandos, un arbusto que estornudó mucho.
Medea llevó la palma de su mano a su frente. —Sabes... le dije
a Calígula que los guerreros dientes de dragón hacían una mejor
guardia ¡Pero noooo! Insistió en contratar a los pandai. —Ella
sacudió su cabeza con disgusto. —Lo siento, muchachos.
Tuvieron su oportunidad.
Ella chasqueó los dedos otra vez. Un ventus se manifestó,
jalando un ciclón de cenizas del lago icor. El espíritu se abalanzo
hacia Flutter, arrancándole gritos al pandos de la pared y lo arrojó
sin contemplaciones al fuego. El ventus volvió y barrió la
plataforma, rozando los pies de mis amigos, y empujó a Decibel,
todavía quien todavía estaba estornudando y llorando.
—Ahora—, dijo Medea, —Si pudieras alentar a los demás a que
estén TRANQUILOS...
El Ventus cargó, rodeando a Meg y Grover, levantándolos de la
plataforma.
420
Grité, golpeando mis cadenas, seguro de que Medea arrojaría a
mis amigos al fuego, pero simplemente quedaron suspendidos.
Grover todavía estaba tocando su flauta, aunque no se escuchó
ningún sonido a través del viento; Meg estaba frunciendo el ceño
y gritando, probablemente algo como ¿DE NUEVO? ¿ME ESTÁS
TOMANDO EL PELO?
Herófila no fue atrapada en el Ventus. Supuse que Medea no la
consideraba una amenaza. Ella se paró a mi lado, sus puños aún
apretados. Estaba agradecido por eso, pero no vi que era lo que
una Sibila de boxeo podría hacer contra el poder de Medea.
—¡Está bien!—, Dijo Medea, un destello de triunfo en sus ojos.
—Comenzaré de nuevo. Cantar mientras controlas un ventus no es
un trabajo fácil, así que, por favor, compórtate. De lo contrario,
podría perder mi concentración y arrojaría a Meg y Grover al
fuego. Y, de verdad, ya tenemos demasiadas impurezas allí, como
los pandai y la ambrosía. Ahora, ¿Dónde estábamos? ¡Oh sí!
¡Desollando tú forma mortal!
421
42
¿Quieres una profecía?
Dejaré caer algunas tonterías sobre ti
¡Comete mi jerga67!
–¡R
ESISTE!— HERÓFILA SE arrodilló a mi
lado. —¡Apolo, debes resistir!
No podía hablar a través del dolor. De lo
contrario, le habría dicho: Resiste. ¡Dios, gracias por esa
profunda sabiduría! ¡Debes ser un oráculo o algo así!
Al menos no me pidió que deletreara la palabra RESISTIR en
losetas de piedra.
El sudor me corría por la cara. Mi cuerpo chisporroteó, y no en
la buena forma en que solía hacerlo cuando era un dios.
La hechicera continuó su canto. Sabía que debía estar forzando
su poder, pero esta vez no veía cómo podía aprovecharlo. Estaba
encadenado. No podía sacar el truco de la flecha en mí pecho,
incluso si lo hacía, sospechaba que Medea estaba lo
suficientemente lejos con su magia como para poder dejarme
morir. Mi esencia se escurriría en el estanque de icor.
67
Lenguaje difícil de comprender por la impropiedad de las frases o por la confusión de las ideas
422
No podía canalizar como Grover. No podía confiar en la
ambrosía como Meg. No tenía el poder absoluto de Jasón Grace
para atravesar la jaula de los ventus y salvar a mis amigos.
Resistir... ¿Pero con qué?
Mi conciencia comenzó a vacilar. Traté de aferrarme al día de
mi nacimiento (sí, podía recordarlo), cuando salté del vientre de
mi madre y comencé a cantar y bailar, llenando el mundo con mi
gloriosa voz. Recordé mi primer viaje al abismo de Delfos,
forcejeando con mi enemigo Pitón, sintiendo sus vueltas alrededor
de mi cuerpo inmortal.
Otros recuerdos fueron más traicioneros. Recordaba haber
recorrido el cielo en el carro solar, pero no era yo mismo... Yo era
Helios, titán del sol, azotando con mi látigo de fuego los lomos de
mis corceles. Me vi pintado de dorado, con una corona de rayos en
mi frente, moviéndome a través de una multitud de devotos
adoradores mortales, pero yo era el Emperador Calígula, el Sol
Nuevo.
¿Quién era yo?
Traté de imaginarme la cara de mi madre, Leto. No podía. Mi
padre, Zeus, con su terrorífica mirada, era solo una impresión
confusa. Mi hermana –seguramente, ¡Nunca podría olvidar a mi
gemela! Pero incluso sus rasgos flotaban indistintamente en mi
mente. Ella tenía ojos plateados. Olía a madreselva. ¿Qué más?
Entré en pánico. No podía recordar su nombre. No podía recordar
mi propio nombre.
Extendí mis dedos sobre el piso de piedra. Se ahumaron y se
desmoronaron como ramitas en un incendio. Mi cuerpo parecía
desmoronarse, como los pandai cuando se desintegraron.
423
Herófila me habló al oído, —¡Espera! ¡Llegará la ayuda!
No vi cómo podría saber eso, incluso si ella era un Oráculo.
¿Quién vendría a mi rescate? ¿Quién podría?
—Tomaste mi lugar—, dijo. —¡Usa eso!
Gemí en rabia y frustración. ¿Por qué estaba hablando tonterías?
¿Por qué no podía volver a hablar en acertijos? ¿Cómo se suponía
que debía usar estar en su lugar, en sus cadenas? Yo no era un
Oráculo. Ya ni siquiera era un dios. Yo era... ¿Lester? Oh
perfecto. Era el nombre que podía recordar.
Miré a través de las filas y columnas de bloques de piedra,
ahora todo en blanco, como si esperara un nuevo desafío. La
profecía no fue completada. Tal vez si pudiera encontrar una
manera de terminarla... ¿Haría una diferencia?
Tenía que hacerlo. Jasón había dado su vida para que pudiera
llegar tan lejos. Mis amigos arriesgaron todo. No podía
simplemente rendirme. Para liberar al oráculo, y liberar a Helios
de este Laberinto Ardiente... Tenía que terminar lo que habíamos
comenzado.
El canto de Medea siguió zumbando, alineándose con mi pulso,
haciéndose cargo de mi mente. Necesitaba anularlo, interrumpirlo
de la misma forma en que Grover había hecho con su música.
Has ocupado mi lugar, había dicho Herófila.
Yo era Apolo, el dios de la profecía. Era hora de que yo fuera
mi propio Oráculo.
Me obligué a concentrarme en los bloques de piedra. Las venas
aparecieron a lo largo de mi frente como petardos debajo de mi
piel. Tartamudeé,—B-bronce sobre oro.
424
Los azulejos de piedra se movieron, formando una fila de tres
fichas en la esquina superior izquierda de la sala, una palabra por
casilla: BRONCE SOBRE ORO.
—¡Sí!—, Dijo la Sibila. —¡Sí, exactamente! ¡Sigue adelante!
El esfuerzo fue horrible. Las cadenas ardieron, arrastrándome
hacia abajo. Gimoteé en agonía, —El este se encuentra con el
este.
Una segunda fila de tres fichas se colocó en su posición debajo
de la primera, brillando con las palabras que acababa de
pronunciar. Más líneas salieron de mí:
Las legiones son redimidas.
Luz ilumina las profundidades;
Uno contra muchos,
Nunca el espíritu derrotado.
Palabras antiguas pronunciadas,
¡Sacudiendo viejas fundaciones!
¿Qué significa todo eso? No tenía ni idea.
La habitación retumbó a medida que más bloques cambiaban de
lugar, nuevas piedras que se elevaban del lago para acomodar el
gran número de palabras. Todo el lado izquierdo del lago estaba
ahora cubierto por las ocho filas de tres palabras de ancho de
baldosas, como una cubierta de una piscina dorada cubierta a la
mitad por el icor. El calor disminuyó. Mis grilletes se enfriaron. El
canto de Medea vaciló, liberando su control sobre mi conciencia.
425
—¿Qué es esto?— Siseó la hechicera. —¡Estamos demasiado
cerca para detenernos ahora! Mataré a tus amigos si no lo haces...
Detrás de ella, Crest rasgueó un cuarto suspendido en el ukelele.
Medea, que aparentemente se había olvidado de él, casi saltó a la
lava.
—¿Tú también?—, Le gritó. —¡DÉJAME TRABAJAR!
Herófila me susurró al oído: —¡Date prisa!
Lo entendí. Crest estaba tratando de ganarme tiempo
distrayendo a Medea. Obstinadamente continuó tocando su (mi)
ukelele –una serie de los acordes más discordantes que le había
enseñado, y algunos que debe haber estado inventando en el acto.
Mientras tanto, Meg y Grover giraron en su jaula de ventus,
tratando de liberarse sin suerte. Con solo un movimiento de los
dedos de Medea, se encontrarían con el mismo destino que Flutter
y Decibel.
Hacer que mi voz saliera de nuevo fue aún más difícil que sacar
el carro solar del barro. (No preguntes sobre eso. Larga historia
que involucra atractivas náyades de pantano.)
De alguna manera, grazné en otra línea: —Destruye al tirano.
Tres fichas más alineadas, esta vez en la esquina superior
derecha de la sala.
—Ayuda al alado— continué.
Buenos dioses, pensé. ¡Estoy hablando un galimatías! Pero las
piedras continuaron siguiendo la guía de mi voz, mucho mejor de
lo que Alexasiriastrophona había hecho alguna vez:
Bajo colinas doradas,
426
El potrillo del gran semental.
Las tejas continuaron apiladas, formando una segunda columna
de líneas de tres tejas que dejaba sólo una delgada franja del lago
ardiente visible en el centro de la habitación.
Medea intentó ignorar a al pandos. Ella reanudó su canto, pero
Crest inmediatamente rompió su concentración otra vez con un Abemol menor agudo quinto. La hechicera gritó.
—¡Ya basta de eso, pandos!— Sacó una daga de los pliegues de
su vestido.
—Apolo, no te detengas—, advirtió Herófila. —No debes…
Medea apuñaló a Crest en el estómago, cortando su disonante
serenata.
Lloré de horror, pero de alguna manera forcé más líneas:
—Escucha las trompetas—, grazné, mi voz casi se había ido. —
Gira en la marea roja.
—¡Basta!— Me gritó Medea. —Ventus, tira a los prisioneros...
Crest rasgó un acorde aún más feo.
—¡GAH!— La hechicera dio vuelta y apuñaló a Crest otra vez.
—Entra a la casa de un extraño—, sollocé.
Otra cuarta suspendida de Crest, otro golpe de la espada de
Medea.
—¡Recupera la gloria perdida!—, Grité. Las últimas losetas de
piedra se desplazaron en su lugar, completando la segunda
columna de líneas desde el otro lado de la habitación hasta el
borde de nuestra plataforma.
427
Podía sentir la finalización de la profecía, tan bienvenida como
un soplo de aire después de un largo baño bajo el agua. Las llamas
de Helios, ahora visibles solo a lo largo del centro de la
habitación, se enfriaron a fuego lento rojo, no peor que el fuego de
cinco alarmas promedio.
—¡Sí!— Dijo Herófila.
Medea se giró, gruñendo. Sus manos brillaban con la sangre del
pandos. Detrás de ella, Crest cayó hacia un lado, gimiendo,
presionando el ukelele contra su vientre destrozado.
—Oh, bien hecho, Apolo—, se burló Medea. Has hecho que
este pandos muriera por tu bien, por nada. Mi magia está lo
suficientemente avanzada. Te desollaré de la manera anticuada.
Ella levantó su cuchillo. —Y en cuanto a tus amigos...
Ella chasqueó sus dedos ensangrentados. —¡Ventus, mátalos!
428
43
Mi capitulo favorito
Porque solo hay una mala muerte
Eso es muy bizarro
E
NTONCES MURIÓ.
No mentiré, estimado lector. La mayor parte de esta
narrativa ha sido muy difícil de escribir, pero esa
última frase me causó… puro placer. Oh, la expresión en la cara
de Medea.
Pero debo rebobinar
¿Cómo sucedió esta esperada casualidad del destino?
Medea se congeló. Sus ojos se agrandaron. Cayó en sus
rodillas, el sonido del cuchillo a caer de su mano. Primero se
derrumbó sobre su cara, revelando a la recién llegada detrás de
ella –Piper McLean, usando una armadura de cuero sobre su
ropa, su labio recientemente suturado, su cara aún lastimada
pero llena de resolución. Su cabello estaba quemado en los
extremos. Una fina capa de ceniza cubría sus brazos. Su daga,
Katoptris, ahora sobresalía de la espalda de Medea.
Detrás de Piper se encontraba un grupo de doncellas
guerreras, siete en total. Primero pensé que las Cazadoras de
Artemisa me habían salvado de nuevo, pero estas guerreras
429
estaban armadas con escudos y lanzas hechos de madera honeygold.
Atrás de mí, el ventus sin alguien que le diera ordenes, dejó
caer a Meg y Grover. Mis cadenas derretidas se desmoronaron
como polvo de carbón. Herófila, detuvo mi caída.
Las manos de Medea se sacudieron. Ella movió su cabeza a
ambos lados y abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
Piper se arrodilló a su lado. Ella puso su mano gentilmente en
el hombro de la bruja, luego con su otra mano saco a Katoptris
de entre los omoplatos de Medea.
— Una buena puñalada amerita otra — Piper besó la mejilla
de Medea— Te pediría que le digas hola a Jasón por mí, pero el
estará en los campos Elíseos. Tú… no.
Los ojos de la bruja se pusieron en blanco. Dejó de moverse.
Piper volvió la vista a las aliadas armadas con madera.  ¿Qué
si nos deshacemos de ella?
—¡Buena idea! – las siete doncellas gritaron al mismo
tiempo.
Ellas marcharon hacia delante y levantaron el cuerpo de
Medea y lo lanzaron sin pena ni gloria a la piscina en llamas de
su propio abuelo.
Piper limpió la sangre de su daga en sus jeans. Con su
inflamada y recién curada boca, su sonrisa era más repugnante
que amistosa.
— Hola, chicos.
Dejé salir un sollozo afligido, que probablemente no era lo
que Piper esperaba.
430
De alguna forma me puse sobre mis pies, ignorando el agudo
dolor en mis tobillos, y corrí al lugar donde Crest yacía,
gorgoteando débilmente.
— Oh, mi valiente amigo — mis ojos ardían por las lágrimas.
No me importaba mi propio dolor insoportable, el modo en que
mi piel gritaba cuando trataba de moverme.
La cara peluda de Crest estaba en blanco por el shock. Sangre
manchaba su pelaje blanco como la nieve. Su abdomen era un
desastre brillante. El sujetaba su ukelele como si éste fuese la
única cosa anclándolo al mundo le los vivos.
— Tú nos salvaste — dije, ahogándome con las palabras. —
Tú– tú nos compraste el tiempo suficiente. Voy a encontrar una
forma de curarte.
El unió su mirada con la mía y logró graznar, — Música.
Dios.
Reí nerviosamente,  Sí, mi joven amigo. ¡Eres un dios de la
música! T– te enseñare cada acorde. Tendremos un concierto
con las Nueve Musas. Cuando– cuando regrese al Olimpo…
Mi voz flaqueó.
Crest ya no me escuchaba. Sus ojos se habían vuelto
vidriosos. Sus torturados músculos relajados. Su cuerpo tembló,
colapsando internamente hasta que su ukelele yacía en una pila
de polvo –un pequeño, triste monumento de mis muchos
fracasos.
No estoy seguro de cuánto tiempo me arrodillé ahí, aturdido y
temblando. Dolía sollozar. Aún así, sollocé.
431
Finalmente, Piper se agachó a mi lado. Su expresión era
compasiva, pero lo más probable era que detrás de esos bonitos
ojos multicolor ella estaba pensando, Otra vida perdida por tu
culpa, Lester. Otra muerte que no pudiste arreglar.
Ella no dijo eso. Enfundó su cuchillo. Nos apenaremos
después, nuestro trabajo aún no está acabado.
Nuestro trabajo. Ella había venido a nuestra ayuda, a pesar de
todo lo que había pasado, a pesar de Jasón… No podía
desmoronarme ahora. Al menos, no más de lo que ya lo había
hecho.
Recogí el ukelele. Apenas iba a murmurar una promesa al
polvo de Crest. Luego recordé lo que vino de mis promesas
rotas. Había jurado enseñar al pequeño pandos cualquier
instrumento que él quisiera. Ahora él estaba muerto. A pesar del
ardiente calor del cuarto, sentí la fría mirada de Estigia sobre
mí.
Recargué en mi peso en Piper mientras cruzábamos la sala de
vuelta a la plataforma donde Meg, Grover y Herófila nos
esperaban.
Las siete mujeres guerreras aguardaban cerca esperando
órdenes.
Como sus escudos, sus armaduras estaban ingeniosamente
estilizadas con planchas a la medida de madera honey-gold. Las
mujeres eran imponentes, todas con casi dos metros de altura,
sus caras tan pulcras y bellas como sus armaduras. Sus melenas
blancas, rubias, dorabas y castaño claro, se derramaban en sus
espaladas en trenzas de cascada. Sus ojos y las venas de sus
432
musculosos brazos estaban teñidos de color verde semejante al
de la clorofila.
Ellas eran Dríades, pero no Dríades como las cuales alguna
vez haya conocido.
— Ustedes son Melíades — dije.
Las mujeres me estudiaron con inquietante interés, como si
estuvieran igualmente encantadas de pelear conmigo, bailar
conmigo o lanzarme al fuego.
— Somos las Melíades. Tú eres Meg. — dijo la que estaba en
el extremo izquierdo.
Parpadeé confundido. Tenía el presentimiento de que ellas
esperaban un sí, pero, a pesar de lo confundido que me
encontraba, estaba muy seguro de que yo no era Meg.
— Hola, chicas — intervino Piper apuntando a Meg — Esta
es Meg McCaffrey.
Las Melíades rompieron a marchar en una formación doble
levantando sus rodillas más alto de lo estrictamente necesario.
Cerraron filas formando un semicírculo en frente de Meg, como
si fueran una banda que hace maniobras mientras marchan. Se
detuvieron, golpearon sus lanzas contra sus escudos, luego
bajaron sus cabezas en señal de respeto.
—¡TODOS
CREADOR!
AVE
MEG!
—
gritaron—¡HIJA
DEL
Grover y Herófila retrocedieron a la esquina de la sala, como
si trataran de esconderse detrás del inodoro de Sibila.
Meg estudió a las siete dríades. El cabello de mi pequeña ama
estaba revuelto por los ventus. La cinta adhesiva eléctrica se
433
había despegado de sus lentes, se veía como si ella estuviera
usando monóculos disparejos incrustados con diamantes falsos.
De nuevo sus ropas se habían reducido a jirones – los cuales, en
mi opinión, la hacían ver exactamente como La Meg debería de
verse.
Ella convocó su usual elocuencia:  Hola.
En la boca de Piper se dibujó el fantasma de una sonrisa.
— Encontré a estas chicas en la entrada del laberinto. Estaban
en su camino para encontrarte. Dicen que escucharon tu
canción.
—¿Mi canción? — preguntó Meg.
—¡La música! — aulló Grover  ¿Sirvió?
—¡Escuchamos el llamado de la naturaleza! — grito la líder
de las dríades.
—¡Escuchamos la flauta del señor de lo salvaje! Supongo,
que ese debes de ser tú, sátiro. Ave, sátiro.
—¡AVE, SATIRO! — el resto coreó.
— Uh, si — dijo Grover suavemente — Ave a ustedes
también.
— Pero más que nada — dijo la tercera dríade — escuchamos
el llamado de Meg, hija del creador. Ave.
—¡AVE! – repitieron las demás.
Esos fueron suficientes aves para mí.
— Cuando dicen creador, ¿se refieren a mi papá, el botánico,
o a mi mamá, Deméter?
Las dríades murmuraron entre ellas.
434
Finalmente, la líder hablo:
— Ese es el más excelente punto. Nos referimos al McCaffey,
el gran poder de las dríades. Pero ahora nos damos cuenta de
que también eres hija de Deméter. Eres doblemente bendecida,
¡hija de dos creadores! ¡Estamos a tu servicio!
Meg rasco su nariz.
—¿A mi servicio, eh? — Ella me miro como preguntándome
¿Por qué no puedes ser un buen sirviente como ellas? — Así,
que ¿Cómo nos encontraron?
—¡Tenemos muchos poderes! — Gritó una —¡Nosotras
nacimos de la sangre de la Madre Tierra!
—¡La fuerza de los dioses primordiales corre por nuestras
venas! — dijo otra.
—¡Nosotras cuidamos de Zeus, cuando era un bebe! — dijo
una tercera. —¡Levamos toda una raza de hombres, el
beligerante Bronce68!
—¡Somos las Melíades! — dijo la cuarta.
—¡Somos los poderosos Fresnos! — grito la quinta de ellas.
Esto dejo a las últimas dos sin mucho que decir. Sólo
murmuraron:
— Fresnos, Sip.
— Somos fresnos.
Piper interrumpió:  el entrenador Hedge recibió el mensaje
Grover gracias a la ninfa de las nubes. Luego vine a buscarlos.
68
Referente a la edad de Bronce.
435
Pero no sabía dónde estaba esta entrada secreta, así que fui de
nuevo al centro de Los Ángeles.
—¿Tu sola? — preguntó Grover.
Los ojos de Piper se oscurecieron. Me di cuenta de que ella
había venido aquí primer lugar y ante todo con el propósito de
vengarse de Medea, en segundo lugar para ayudarnos. Salir viva
de esto… eso era un tercer lugar muy distante en su lista de
prioridades.
— De cualquier manera — continuó — encontré a estas
señoritas en el centro de la ciudad y nosotras hicimos algo así
como una alianza.
Grover tragó saliva:  ¡Pero Crest dijo que la entrada
principal sería una trampa mortal! ¡Estaba llena de vigilancia!
— Si, lo estaba… — Piper apuntó a las dríades — ya no.
Las dríades se veían complacidas consigo mismas.
— El fresno es poderoso — dijo una de las dríades.
Las otras murmuraron de acuerdo.
Herófila salió de detrás del inodoro donde se escondía. 
Pero los incendios. ¿Cómo fue que…?
—¡Ja! — se rió una de las dríades. — Tomaría más que
incendios del Titán del Sol para destruirnos. — Levantó su
escudo. Una de las esquinas ennegrecidas, pero el hollín
comenzaba a caerse, revelando la nueva, inmaculada madera
que se encontraba debajo.
A juzgar por el ceño fruncido de Meg, podía decir que su
mente estaba trabajando horas extras. Eso me puso nervioso.
— Así que …. ¿Ahora ustedes me sirven? – ella preguntó.
436
Las dríades golpearon sus escudos al mismo tiempo.
—¡Obedeceremos los comandos de Meg! — dijo la líder.
— Como, ¿Si les pidiera que fueran a traerme enchiladas…?
—¡Nosotras preguntaríamos cuántas! — gritó otra dríade —
¡Y qué tan picosa te gustaría tu salsa!
Meg asintió:  Genial. Pero primero, ¿Tal vez podrían
guiarnos fuera del laberinto a salvo?
—¡Así será! — dijo la dríada líder.
— Esperen — dijo Piper —¿Qué hay de…?
Ella señaló los adoquines del piso, donde mis doradas
palabras sin sentido aun brillaban a lo largo de la piedra.
Mientras me encontraba arrodillado con las cadenas no había
sido capaz de apreciar su disposición:
BRONCE SOBRE ORO
PALABRAS ANTIGUAS
PRONUNCIADAS
EL ESTE SE
ENCUENTRA CON EL
OESTE
SACUDIENDO VIEJAS
FUNDACIONES
LAS LEGIONES SON
REDIMIDAS
DESTRUYE AL
TIRANO
AYUDA AL ALADO
LUZ ILUMINA LAS
PROFUNDIDADES
BAJO COLINAS
DORADAS
UNO CONTRA
MUCHOS
POTRO DEL GRAN
SEMENTAL
NUNCA EL ESPÍRITU
DERROTADO
437
ESCUCHA LAS
TROMPETAS
ENTRAR A LA CASA
DE UN EXTRAÑO
GIRA EN LA MAERA
ROJA
RECUPERAR LA
GLORIA PERDIDA
—¿Qué significa eso? — preguntó Grover, mirándome como
si yo tuviera la mínima idea.
Mi cabeza dolía con cansancio y tristeza. Mientras Crest
había distraído a Medea, dando tiempo a Piper para llegar y
salvar las vidas de mis amigos, yo estaba soltando sandeces: dos
columnas de texto con un margen de fuego en el medio. Ni
siquiera tenían un formato de letra interesante.
—¡Significa que Apolo tuvo éxito! — la Sibila dijo
orgullosamente. —¡Él terminó la profecía!
Sacudí la cabeza:  Pero no lo hice. Apolo enfrenta la
muerte en la tumba de Tarquin a menos que la puerta de al dios
silencioso sea abierta por… ¿Todo eso?
Piper escaneó las líneas  Ese es mucho texto. ¿Debería de
escribirlo?
La sonrisa de la Sibila flaqueó.  Te refieres…. ¿no lo ves?
Está justo ahí.
Grover entrecerró los ojos ante las palabras doradas.  ¿Ver
qué?
— Oh — Meg asintió — Okay, sí
Las siete dríades se inclinaron hacia ella, fascinadas.
— ¿Qué significa, gran hija del creador? — preguntó la líder.
438
— Es un acróstico — dio Meg — Vean
Ella trotó hacia la esquina izquierda de la habitación. Caminó
al lado de la primera letra en cada línea, luego salto a través del
margen y caminó al lado de las primeras letras de cada línea de
esa columna, todo mientras decía las letras en voz alta: H-I-J-A
D-E B-E-L-O-N-A
— Wow — Piper sacudió la cabeza con sorpresa — Aún no
estoy segura del significado de la profecía, sobre Taquin y un
dios silencioso y todo eso. Pero aparentemente necesitan la
ayuda de la hija de Belona. Eso significa la pretora
experimentada en el Campamento Júpiter. Reyna Avila
Ramírez-Arellano.
439
44
Ja – ja – ja, ¿Dríades?
Eso es directo de la boca del caballo
Adiós, Sr Caballo.
–¡A
VE MEG! — GRITÓ LA dríada líder. —
¡Ave, la solucionadora de enigmas!
—¡AVE! — las otras acordaron, seguido
de mucho arrodillarse, golpear las lanzas en los escudos, y
ofrecerse a conseguir enchiladas.
Hubiera discutido con las aclamadoras del mérito de Meg. Si
no hubiera estado siendo mágicamente desollado hasta la
muerte con cadenas ardientes, yo hubiera podido resolver el
acertijo. Estoy muy seguro de que Meg no sabía lo que un
acróstico era hasta que yo se lo expliqué.
Pero teníamos problemas más grandes. La cámara comenzó a
temblar. Polvo cayó del techo. Algunos adoquines cayeron y
salpicaron dentro de la piscina de icor.
— Debemos irnos — dijo Herófila — La profecía está
completa. Soy libre. Esta habitación no sobrevivirá.
— Me gusta la idea de irme — Grover acordó.
440
También me gustaba la idea de irme, pero aun habia una
promesa que debia mantener, no importa que tanto Estigia me
odiara.
Me arrodillé al borde de la plataforma y miré fijamente al
flamante icor.
—¿Uh, Apolo? — Preguntó Meg.
—¿Deberíamos de alejarlo? — preguntó una dríade.
—¿Deberíamos de empujarlo? — preguntó otra.
Meg no respondió. Tal vez ella estaba sopesando cuál opción
sonaba mejor. Traté de concentrarme en el fuego debajo.
— Helios — murmuré — tu encarcelamiento ha acabado.
Medea está muerta.
El icor se agitó y destelló. Sentí la ira medio consciente del
Titán. Ahora que estaba libre, parecía estar pensando ¿por qué
no iba a descargar su poder de estos túneles y convertir el
campo en un páramo? Probablemente tampoco estaba muy
contento de que le arrojaran dos pandai, un poco de ambrosía y
su malvada nieta a su linda y ardiente esencia.
— Tienes el derecho de estar enojado. — dije — Pero te
recuerdo, tu resplandor, tu cordialidad. Recuerdo tu amistad con
los dioses y los mortales de la tierra. Nunca podré ser una
deidad del sol tan buena como tú fuiste, pero todos los días trato
de honrar tu memoria, para recordar tus mejores cualidades.
El icor burbujeó con mayor rapidez.
441
Solo estoy hablando con un amigo, me dije a mí mismo. Esto
no es en absoluto como convencer a un misil balístico
intercontinental de que no se lance solo.
— Aguantaré — le dije — volveré a ganarme el carruaje del
sol. Mientras yo lo conduzca, serás recordado. Mantendré tu
viejo camino a través del cielo firme y verdadero. Pero tú sabes,
más que nadie, que los fuegos del sol no pertenecen a la tierra.
¡No estaban destinados a destruir la tierra, sino a calentarla!
Calígula y Medea te han convertido en un arma. ¡No les
permitas ganar! Todo lo que tienes que hacer es descansar.
Regresa al éter del Caos, mi viejo amigo. Ve en paz.
El icor se volvió blanco ardiente. Estaba seguro de que mi
cara estaba a punto de tener una exfoliación dérmica extrema.
Entonces la esencia ardiente revoloteó y brilló como un
estanque lleno de alas de polilla - y el ícor desapareció. El calor
se disipó. Los adoquines se desintegraron en polvo y llovieron
en el pozo vacío. En mis brazos, las terribles quemaduras se
desvanecieron. La piel cortada se curó sola. El dolor menguó a
un nivel tolerable de agonía y me torturaron durante seis horas,
y me desmayé, temblando y con frío, en el suelo de piedra.
—¡Lo hiciste! — gritó Grover. El miró a las dríades, luego a
Meg, y rió con asombro. —¿Pueden sentirlo? La ola de calor, la
sequía, los incendios… ¡Se han ido!
— Ciertamente — dijo la dríada líder. —¡El sirviente
enclenque de la Meg ha salvado la naturaleza! ¡Ave a la Meg!
—¡AVE! — las otras dríades intervinieron.
Ni siquiera tenía energía para protestar.
442
La cámara retumbo más violentamente. Una gran grieta
zigzagueó hasta el medio del techo.
— Hay que salir de aquí — Meg se volvió a las dríades. —
Ayuden a Apolo
—¡La Meg ha hablado! — dijo la dríada líder.
Dos dríadas me pusieron de pie y me llevaron entre ellas.
Traté de poner peso sobre mis pies, sólo por dignidad, pero era
como patinar sobre ruedas de macarrones mojados.
— ¿Saben cómo llegar ahí? — preguntó Grover a las dríadas.
— Nosotras sabemos — dijo una. — Es el camino más
rápido a la naturaleza, eso es algo que siempre podemos
encontrar.
En la escala de Ayuda, voy a morir de uno a diez, salir del
laberinto era un diez. Pero desde que todo lo que había hecho
esa semana era un quince, parecía un trozo de baklava. Los
techos de los túneles se derrumbaron a nuestro alrededor. Los
pisos se desmoronaron. Monstruos atacados, sólo para ser
apuñalados hasta la muerte por siete dríadas ansiosas que
gritaban:  ¡AVE!
Finalmente, llegamos a un estrecho hueco que se inclinaba
hacia arriba, hacia un pequeño cuadrado de luz solar.
— Este no es el camino por el cual entramos — dije inquieto.
— Está lo suficientemente cerca. — dijo la dríade líder —
Nosotras iremos primero.
Nadie discutió. Las siete dríadas levantaron sus escudos y
marcharon en fila india
443
Por el hueco. Piper y Herófila fueron las siguientes, seguidos
por Meg y Grover. Subí detrás, habiéndome recuperado lo
suficiente como para arrastrarme por mi cuenta con un mínimo
de llanto y jadeos.
Cuando salí a la luz del sol y me puse en pie, las líneas de
batalla ya estaban trazadas.
Estábamos de vuelta en el viejo foso de los osos, aunque no
sabía cómo el hueco nos llevó allí. El Meliai había formado una
pared de escudo alrededor de la entrada del túnel. Detrás de
ellos estaban el resto de mis amigos, con las armas
desenfundadas. Sobre nosotros, forrando la cresta del cuenco de
cemento, una docena de pandai esperaban con flechas ancladas
en sus arcos. En medio de ellos estaba el gran semental blanco
Incitatus.
Cuando me vio, tiró su hermosa melena.  Ahí está por fin.
Medea no pudo cerrar el trato, ¿eh?
— Medea estás muerta. — dije — A menos que huyas ahora,
tú serás el siguiente.
Inciatus relinchó.  Nunca me gustaron las hechiceras de
todos modos. Acerca de rendirme… Lester, ¿te has visto a ti
mismo ultimamente? Nos estás en forma para lanzar amenazas.
Tenemos el terreno elevado. Ya has visto lo rápido que disparan
los pandai. No sé quiénes son tus lindas aliadas con la armadura
de madera, pero no importa. Acompáñame en silencio. Gran C
está navegando hacia el norte para tratar con sus amigos en el
área de la bahía, pero podemos alcanzar a la flota fácilmente.
Mi hijo tiene todo tipo de regalos especiales planeados para ti.
444
Piper gruño. Sospeché que la mano de Herófila sobre su
hombro era lo único que impedía que la hija de Afrodita atacara
al enemigo ella sola.
Las cimitarras de Meg brillaban bajo el sol de la tarde. 
Oigan, señoras fresno  dijo ella,  ¿qué tan rápido pueden
llegar allí?
La líder miro hacia arriba  Suficientemente rápido, Oh
Meg.
— Genial. — dijo Meg. Luego ella gritó al caballo y a sus
tropas —¡Última oportunidad para rendirse!
Inciatus suspiro.  Bien.
— Bien, ¿se rinden? — Meg preguntó.
— No. Bien, los mataremos. Pandai…
— Dríades, ¡ATAQUEN! — Meg grito.
—¿Dríades? — pregunto Inciatus incrédulamente.
Esa fue la última cosa que dijo alguna vez.
Las Melíades saltaron fuera del foso como si no fuera más
alto que un escalón de pórtico. La docena de pandai arqueros,
los más rapidos tiradores del Oeste – no pudieron disparar una
sola flecha antes de que fueran cortados a polvo por las lanzas
de fresno.
Incitatus relinchó de pánico. Mientras las Melíades le
rodeaban, el alzó y pateó con sus dorados cascos, pero incluso
su gran fuerza no era rival para los primordiales espíritus
asesinos de los árboles. El semental se dobló y cayó, ensartado
de siete direcciones a la vez.
445
Las dríades encararon a Meg.
—¡La hazaña está realizada! — anunció su líder — ¿Gustaría
ahora la Meg enchiladas?
A mi lado, Piper lucia ligeramente asqueada, como si la
venganza hubiera perdido su atractivo.  Yo pensaba que mi
voz era poderosa.
Grover gimoteó en acuerdo.  Nunca he tenido pesadillas
sobre árboles. Eso puede que cambie hoy.
Incluso Meg se veía incómoda, como si acabara de darse
cuenta de que clase de poder le había sido dado. Me tranquilizó
ver su incomodidad. Era una señal de que ella permanecía
siendo una buena persona. El poder hace que las personas
buenas se sientan incómodas en lugar de alegres o jactanciosas.
Por eso la gente buena rara vez llega al poder.
— Hay que salir de aquí — ella decidió.
—¿Hacia dónde saldremos de aquí, O Meg? — preguntó la
líder de las dríadas.
— A casa — dijo Meg — Palm Springs.
No había amargura en su voz al unir esas palabras: A casa.
Palm Springs. Necesitaba volver, como las dríadas, a sus raíces.
446
45
Flores del desierto florecen
La lluvia del atardecer endulza el aire
¡Es momento de un programa de juegos!
P
IPER NO NOS acompañó.
Dijo que tenía que volver a la casa de Malibú para no
preocupar a su padre o la familia de Hedge. Todos se
irían juntos a Oklahoma mañana por la tarde. Además, tenía que
hacer unos arreglos. Su tono oscuro me hizo pensar que se refería
a arreglos finales, para Jasón.
—Veámonos mañana por la tarde. — Me entregó una hoja de
papel amarilla doblada - un aviso de desalojo financiero. En la
parte de atrás, escribió una dirección en Santa Mónica.
—Te pondremos en camino.
No estaba seguro a que se refería con eso, pero sin una
explicación caminó hacía el parqueo del campo de golf, sin duda a
prestar un vehículo de calidad Bedrossian.
El resto de nosotros regresamos a Palm Springs en el Mercedes
rojo. Herófila condujo.
447
¿Quén sabría que el antiguo oráculo conducía? Meg estaba
sentada a su lado. Grover y yo estábamos atrás. Seguía mirando
tristemente a mi asiento, donde Crest se había sentado sólo unas
horas antes, ansioso por aprender sus acordes y convertirse un
dios de la música.
Pude haber llorado.
Las siete Meliai marchaban junto al Mercedes como agentes del
servicio secreto, manteniendo el paso fácilmente, incluso cuando
dejamos atrás al tráfico parachoque-con-parachoque. A pesar de
nuestra victoria, éramos un grupo sombrío. Ninguno ofrecía una
brillante conversación. En un momento, Herófila intentó romper el
hielo. —Yo espío con mi pequeño ojo...
Respondimos en unísono: —No
Después de eso, conducimos en silencio.
La temperatura afuera bajo al menos quince grados. Neblina
había caído sobre Los Ángeles como un gigante plumero mojado,
absorbiendo todo el calor y el humo. Cuando llegamos a San
Bernardino, nubes oscuras barrían las colinas, precipitando
cortinas de lluvia en las oscurecidas y secas colinas.
Cuando llegamos al paso y vimos a Palm Springs extendido
debajo de nosotros, Grover lloró de felicidad. El desierto estaba
alfombrado con flores silvestres- margaritas y amapolas, dientes
de león y primaveras-todas brillando por la lluvia que acababa de
pasar, dejando el aire frío y dulce.
Decenas de dríadas nos esperaban en la cima de las colinas
fuera de la cisterna. Aloe vera se preocupó por nuestras heridas.
Prickly Pear nos reprendió y preguntó cómo era posible que
arruináramos nuestra ropa otra vez. Reba estaba tan aliviada que
448
intentó bailar tango conmigo, pero las sandalias de Calígula no
estaban diseñadas para fantásticos pasos de baile. El resto de la
comitiva de huéspedes hicieron un amplio círculo alrededor de los
Meliai, mirándolos con admiración.
Josué abrazó a Meg tan fuerte que chilló. — ¡Lo hicieron!—
dijo.—¡Los incendios se han ido!
—No tienes que sonar tan impresionado, —gruñó.
—Y estos...—Enfrentó a los Meliai. —Los-los vi emerger de
los retoños hoy temprano. Dicen que escucharon una canción que
tenían que seguir. ¿Eran ustedes?
—Sip. — A Meg aparentemente no le gustaba la forma en que
Josué miraba a las dríadas fresno.—Son mis nuevos minions.
—¡Somos los Meliai!—Dijo el líder. Ella se arrodilló ante Meg.
—Solicitamos órdenes, ¡O Meg! ¿Dónde debemos enraizar?
—¿Enraizar?—preguntó Meg.—Pero pensé—Podemos permanecer en la colina dónde nos plantaste, Gran
Meg,—dijo el líder. — ¡Pero si deseas que enraizemos en otro
lugar debes decidir rápido! ¡Pronto seremos muy grandes y fuertes
para trasplantarnos!
De repente tuve una imagen de nosotros comprando un camión
de recolección y llenándolo de tierra, luego conducir hacia San
Francisco con siete árboles de fresno asesinos. Me gustaba la idea.
Desafortunadamente, sabía que no funcionaria. Los árboles no
eran buenos en viajes de carretera.
Meg se rascó la oreja. —Si se quedan aquí… ¿Estarán bien?
Digo, ¿con el desierto y todo?
—Estaremos bien, —dijo la líder.
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—Aunque un poco más de sombra y agua estaría bien, —dijo
un segundo fresno.
Josué aclaró su garganta. Pasó sus dedos inconscientemente a
través de su pelo. —Nosotros, um, ¡Estaríamos honrados de
tenerlas aquí! La fuerza de la naturaleza ya es fuerte aquí, pero
con los Meliai entre nosotros...
—Sí, —agregó Prickly Pear.—Nadie nos volvería a molestar.
¡Podríamos crecer en paz!
Aloe Vera estudió a los Meliai con duda. Me imagino que no
confiaba en formas de vida que requirieran tan pocos cuidados. —
¿Qué tan largo llega su alcance? ¿Cuánto territorio pueden
proteger?
Un tercer Meliai rió. — ¡Hoy marchamos a Los Ángeles! Eso
no fue difícil. Si crecemos aquí, ¡Podemos proteger todo en
cientos de leguas!
Reba acarició su oscuro cabello. — ¿Es lo suficientemente largo
para cubrir Argentina?
—No, —dijo Grover. —Pero cubriría casi toda California del
Sur.—Se giró hacía Meg.—¿Qué piensas?
Meg estaba tan cansada que se estaba balanceando como un
arbolito. Esperé que murmurara una respuesta muy Meg cómo no
lo sé y desmayarse. En vez de eso, le hizo señas a los Meliai.—
Vengan por aquí.
Todos las seguimos hasta el borde de la cisterna. Meg apuntó
hacia abajo al sombreado lugar con el estanque en el centro.
—¿Qué tal alrededor del estanque?—Preguntó.—Sombra.
Agua. Creo... Creo que a mi papá le hubiera gustado eso.
450
—¡La hija del creador ha hablado!—Lloró un Melia.
—¡Hija de dos creadores!—dijo otro.
—¡Doblemente bendecida!
—¡Sabia solucionadora de rompecabezas!
—¡La Meg!
Esto dejó a los dos últimos sin mucho que decir, así que
murmuraron, —Sip. Meg. Sip. — Las otras dríadas murmuraron y
asintieron. A pesar del hecho de que los árboles de fresno
tomarían su lugar de comer enchiladas, nadie se quejó.
—Una sagrada arboleda de fresnos, —dije.—Solía tener una
como esa en los antiguos tiempos. Meg, es perfecto.
Me di la vuelta hacía la sibila, quien había estado de pie en
silencio en la parte de atrás, sin duda abrumada de estar alrededor
de muchas personas luego de su largo cautiverio.
—Herófila—dije,—esta arboleda estará bien protegida. Nadie,
ni siquiera Calígula, podría amenazarte aquí. No te diré que hacer.
La decisión es tuya. Pero ¿considerarías hacer de este lugar tu
nuevo hogar?
Herófila envolvió los brazos a su alrededor. Su cabello castaño
era del mismo color que las colinas del desierto en la luz del
atardecer. Me pregunté si estaba pensando en lo diferente que era
esta colina del lugar donde había nacido, donde una vez tuvo su
cueva en Eritrea.
—Podría ser feliz aquí, —decidió.—Mi idea inicial - y era sólo
una idea - es que escuché que producen muchos programas de
juegos en Pasadena. Tengo muchas ideas para nuevos programas.
451
Prickly Pear se estremeció. — ¿Qué tal si le pones un alfiler a
eso, cariño? ¡Únete a nosotros!— Poner un alfiler a algo era un
buen consejo viniendo de un cactus.
Aloe Vera asintió. —¡Sería un honor tenerte como oráculo! ¡Me
podrías advertir cuando alguien está a punto de tener un resfriado!
—Te daríamos la bienvenida con los brazos abiertos,—Josué
estuvo de acuerdo.—Excepto por esos dos con brazos espinosos.
Ellos probablemente solo te ondearan sus manos.
Herófila sonrió. —Muy bien. Estaré...—Su voz se paralizó
cómo estuviera a punto de iniciar una nueva profecía y mandarnos
a todos a pelear.
—¡Está bien!—Dije.—¡No hay necesidad de agradecernos!
¡Está decidido!
Y entonces Palm Springs ganó un nuevo oráculo, mientras el
resto del mundo era salvado de muchos nuevos programas de
juegos de televisión como Sibila de la fortuna o ¡El oráculo tiene
la razón! Era una situación de ganar-ganar.
El resto de la tarde lo pasamos un nuevo campamento al pie de
la colina, comiendo comida rápida (Escogí las enchiladas verdes,
gracias por preguntar) y asegurándole a Aloe Vera que nuestras
capas de emplasto medicinal estaban lo suficientemente pegajosas.
Los Meliai cavaron sus propios retoños y los replantaron en la
cisterna, lo que supongo es la versión dríadas de levantarse por tu
propios esfuerzos.
Para la puesta del sol, su líder vino hacía Meg y se inclinó. —
Ahora nos dormiremos. Pero en cualquier momento que llames, si
estamos al alcance, ¡responderemos! ¡Protegeremos está tierra en
el nombre de Meg!
452
—Gracias, —dijo Meg, poética como siempre.
Los Meliai desaparecieron en sus siete árboles de fresno, los
que ahora hacía un hermoso círculo alrededor del estanque. Sus
ramas brillaban con una suave capa de luz. Las otras dríadas se
movieron alrededor de la colina, disfrutando del aire fresco y las
estrellas en el cielo libre de humo, mientras le daban un recorrido
a la sibila de su nuevo hogar.
—Y aquí hay algunas rocas,—le dijeron.—Y por allá, esas son
más rocas.
Grover se sentó al lado de Meg y yo con un suspiro de alegría.
El sátiro había cambiado sus ropas: una gorra verde, una camisa
seca, pantalones limpios y un nuevo par de zapatos New Balance
apropiados para sus pezuñas. Una mochila puesta sobre su
hombro. Mi corazón se hundió al verlo vestido para viajar, aunque
no me sorprendía.
—¿Vas a algún lado?— pregunté.
Él sonrió. —De vuelta al Campamento Mestizo.
—¿Ahora?—demandó Meg.
Él extendió sus manos. —He estado aquí por años. Gracias a
ustedes, ¡mi trabajo está finalmente terminado! Es decir, sé que
ustedes todavía tienen un largo camino que recorrer, liberando a
los oráculos y todo, pero...
Él era muy amable para finalizar la oración: pero porfavor no
me pidan que vaya con ustedes.
—Mereces ir a casa, —dije, deseando poder hacer lo mismo.—
Pero, ¿Ni siquiera te quedaras a descansar en la noche?
453
Grover tenía una lejana mirada en los ojos.— Necesito regresar.
Los sátiros no son dríadas, pero tenemos también raíces. El
Campamento Mestizo son las mías. He estado lejos por mucho
tiempo. Espero que Enebro no se haya conseguido una nueva
cabra...
Recordé la forma en la que la dríada Enebro estaba inquieta y
preocupada por su ausente novio mientras estuve en el
campamento.
—Dudo que alguna vez pueda reemplazar a tan excelente
sátiro,—dije.—Gracias, Grover Underwood. No hubiéramos
podido tener éxito sin ti y Walt Whitman.
Él rió, pero su expresión inmediatamente se ensombreció. —Es
sólo que lo siento por Jasón y...—Su mirada cayó en el ukelele en
mi regazo. No lo había dejado fuera de mi vista desde que
regresamos, aunque no he tenido el corazón de afinar sus cuerdas,
mucho menos tocarlo.
—Sí, —estuve de acuerdo.—Y Money Maker. Y todos los que
perecieron intentando encontrar el laberinto ardiente. O en los
incendios, la sequía...
Wow. Por un segundo me había sentido bien. Grover de verdad
sabía cómo matar la vibra.
Su barba de chivo tembló.—Estoy seguro que llegarán al
Campamento Júpiter, —dijo.—Nunca he estado ahí, o conocido a
Reyna, pero he escuchado que es buena gente. Mi amigo Tyson el
cíclope está ahí también. Dile que dije hola.
Pensé en lo que nos esperaba en el norte. A parte de lo que
habíamos conseguido a bordo del yate de Calígula - que su ataque
durante la luna nueva no había ido bien- no sabíamos que estaba
454
pasando en el Campamento Júpiter, o si Leo Valdez todavía
estaba ahí, o volando de vuelta a Indianápolis. Todo lo que
sabíamos era que Calígula, ahora sin sus sementales y hechiceros,
estaba navegando hacia la bahía del para hacerse cargo del
Campamento Júpiter personalmente. Teníamos que llegar ahí
primero.
—Estaremos bien, —dije, intentando de convencerme a mí
mismo.—Le hemos arrebatado tres oráculos al Triunvirato. Ahora,
además de Delfos, solo queda una fuente de profecías: Los libros
de Sibila... O al menos, lo que Ella la arpía está tratando de
reconstruir de memoria.
Grover frunció el ceño.— Sí. Ella. La novia de Tyson.
Sonaba confundido, como si no tuviera sentido que un cíclope
tuviera una novia arpía, mucho menos una con memoria
fotográfica que de alguna forma era nuestro único enlace a los
libros de la profecía que fueron quemados hace siglos.
Muy poco de nuestra situación tenía sentido, pero yo era un
antiguo olímpico. Estaba acostumbrado a la incoherencia.
—Gracias, Grover.—Meg le dió un abrazo al sátiro y lo besó en
la mejilla, lo que ciertamente era mucha más gratitud de la que me
ha mostrado a mí.
—Puedes apostarlo, —dijo Grover.—Gracias, Meg. Tú...—
Tragó.—Has sido una gran amiga. Me agradó hablar de plantas
contigo.
—Yo también estaba ahí,—dije.
Grover sonrió tímidamente. Se puso de pie, y unió las cuerdas
de la mochila en su pecho.—Duerman bien, chicos. Y buena
suerte. Tengo el sentimiento que los veré otra vez... sí.
455
¿Antes de que ascienda a los cielos y recupere mi trono
inmortal?
¿Antes de que todos muramos de una forma miserable en las
manos de Triunvirato?
No estaba seguro. Pero luego de que Grover se fue sentí un
lugar vacío en mi pecho, como si el agujero que había hecho con
la flecha de Dodona se estaba haciendo más grande y profundo.
Me quité las sandalias de Calígula y las tiré a un lado.
Dormí miserablemente y tuve un sueño miserable.
Yacía al fondo de un frío y oscuro río. Sobre mi flotaba una
mujer en oscuras ropas- la diosa Estigia, la viva encarnación de las
aguas infernales.
—Más promesas rotas,—siseó.
Un sollozo se produjo en mi garganta. No necesitaba el
recordatorio.
—Jasón Grace está muerto,—continuó.—Y el joven pandos.
¡Crest! Quería gritar. ¡Él tenía un nombre!
— ¿Empiezas a sentir la estupidez de tu promesa apresurada en
el nombre de mis aguas?—pregunto Estigia. —Habrá más
muertes. Mi ira no perdonará a nadie cercano a ti hasta que sea
compensado. ¡Disfruta tu tiempo como mortal, Apolo!
Agua empezó a llenar mis pulmones, como si mi cuerpo recién
recordara que necesitaba oxígeno.
Desperté jadeando.
El amanecer se alzaba sobre el desierto. Estaba abrazando mi
ukelele tan fuerte que había dejado marcas en mis brazos y heridas
en mi pecho. La bolsa de dormir de Meg estaba vacía, pero antes
456
de que pudiera buscarlas, bajo la colina corriendo hacía mi - un
extraño brillo de emoción en sus ojos.
—Apolo, levántate, —dijo.—¡Tienes que ver esto!
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46
Segundo premio: un viaje de carretera
Con un casete de Bon Jovi
Primer premio: por favor, no preguntes
L
A MANSIÓN McCAFFREY había renacido.
O mejor, vuelto a crecer.
Durante la noche, madera del desierto había retoñado y
crecido a una increíble velocidad, formando las vigas y los pisos
de la casa, muy parecida a la anterior.
Tupidas enredaderas había emergido de las ruinas de piedras,
creando las paredes y techos, dejando lugar para las ventanas y un
tragaluz sombreado por un toldo hecho de glicinas.
La mayor diferencia en la casa: el salón principal había sido
construido en forma de herradura alrededor de la cisterna, dejando
la arboleda de fresnos libre.
—Esperamos que te guste,—dijo Aloe Vera, dándonos un
recorrido. —Nos reunimos todos y decidimos que era lo menos
que podíamos hacer.
458
El interior era genial y cómodo, con fuentes y agua corriente en
cada cuarto provisto por tuberías vivientes de fuentes
subterráneas. Cactus con flores y árboles Josué decoraban las
estancias. Grandes ramas se había formado en muebles. Incluso el
viejo escritorio de trabajo del Dr. McCaffrey había sido
amorosamente recreado.
Meg sorbió su nariz, pestañeando rápidamente.
—Oh, cariño,—dijo Aloe Vera.—¡Espero que no seas alérgica a
la casa!
—No, este lugar es impresionante.—Meg se lanzó a los brazos
de Aloe Vera, ignorando las muchas partes puntiagudas de la
dríada.
—Wow,—dije. (La falta de palabras de Meg se me debe estar
pegando.) —¿Cuántos espíritus de la naturaleza se necesitaron
para hacer esto?
Aloe Vera se encogió de hombros modestamente.— Todas las
dríadas en desierto de Mojave querían ayudar. ¡Ustedes nos
salvaron a todos! Y ustedes restablecieron los Meliai. —Le dio a
Meg un baboso beso en la mejilla.—Tu padre estaría tan
orgulloso. Has completado su trabajo.
Meg aguantó las lágrimas. —Sólo desearía...
No necesitaba terminar. Todos sabíamos cuántas vidas no
habían sido salvadas.
—¿Te quedarás?—preguntó Aloe.—Aeithales es tu hogar.
Meg miró hacía el desierto. Estaba aterrado que ella dijera que
sí. Su última orden hacía mi sería que continuara mi misión solo, y
está vez lo diría de verdad. ¿Por qué no lo haría? Había
encontrado su hogar, incluyendo siete poderosas dríadas que la
459
aclamarían y le traerían enchiladas todas las mañanas. Ella se
convertiría en la protectora de california del sur, lejos del alcance
de Nero. Podría encontrar la paz.
La idea de liberarme de Meg me hubiera encantado hace unas
semanas, ahora encontraba la idea insoportable. Sí, quería que
fuera feliz. Pero sabía que ella aún tenía muchas cosas que hacerla primera de todas era encarar a Nero otra vez, cerrando ese
horrible capítulo de su vida confrontando y venciendo a la Bestia.
Oh, y también necesitaba la ayuda de Meg. Diganme egoísta,
pero no me podía imaginar seguir sin ella.
Meg apretó la mano de Aloe. —Tal vez algún día. Espero. Pero
ahora... Tenemos lugares dónde estar.
Grover generosamente nos había dejado el Mercedes que había
prestado de... como sea. Después de despedirnos de Herófila y las
dríadas, que estaban discutiendo planes de crear un gran tablero de
Scrabble en uno de los dormitorios en Aeithales, conducimos a
Santa Mónica para encontrar la dirección que Piper me había
dado. Seguía mirando por el espejo retrovisor, preguntándome si
la patrulla de la carretera nos detendría por el robo del auto. Ese
hubiera sido el perfecto final para mi semana.
Nos llevó un tiempo encontrar la dirección correcta: un pequeño
aeropuerto privado cerca de la costa de Santa Mónica.
Un guardia de seguridad nos dejó pasar por las puertas sin
preguntas, como si hubiera estado esperando a dos adolescentes en
un Mercedes robado. Conducimos directamente a la pista.
Un brillante Cessna blanco estaba detenido cerca de la terminal,
justo al lado del Pinto amarillo del entrenador Hedge. Me
460
estremecí, preguntándome si estábamos atrapados en un episodio
de ¡El oráculo tiene la razón! Primer premio: el Cessna. Segundo
premio... No, no podía afrontar la idea.
El entrenador Hedge estaba cambiando el pañal del bebé Chuck
en el capó del Pinto, manteniendo a Chuck distraído dejándolo
morder una granada. (Que probablemente era solo la carcasa
vacía. Probablemente.) Mellie estaba de pie a su lado,
supervisando. Cuando nos vio, ondeó su mano y nos dio una triste
sonrisa, pero apuntó hacía el avión, donde Piper estaba en la base
de los escalones, hablando con el piloto.
En sus manos, Piper sostenía algo largo y plano- una maqueta.
Tenía un par de libros bajo su brazo, también. A su derecha, cerca
de la cola de la aeronave, el compartimiento de equipaje estaba
abierto. Miembros del equipo estaban cuidadosamente amarrando
una caja de madera grande con accesorios de bronce. Un ataúd.
Mientras Meg y yo nos acercamos, el capitán estrechó la mano
de Piper. Su rostro estaba tenso con simpatía. —Todo está en
orden señorita McLean. Estaré a bordo haciendo verificaciones
hasta que los pasajeros estén listos.
Nos dio un rápido asentimiento, luego subió al Cessna.
Piper estaba vestida en decolorados jeans de mezclilla y una
camisa verde de camuflaje. Había cortado su cabello en un estilo
corto- probablemente porque mucho había sido chamuscado de
todas formas-lo que le daba un extraño parecido a Thalia Grace.
Sus ojos multicolores reflejaban el gris de la pista, así que podía
ser confundida con una hija de Atenea.
461
La maqueta que sostenía era, por supuesto, el modelo de la
Colina de los Templos del Campamento Júpiter. Debajo de su
brazo estaban los dos libros de bocetos de Jasón.
Un nudo formándose en mi garganta.—Ah.
—Sí,—dijo.—La escuela me dejó recoger sus cosas.
Tomé el mapa como alguien tomaría la bandera doblada de un
soldado caído. Meg deslizó los libros de bocetos en su mochila.
—¿Te vas a Oklahoma?—, pregunté, dirigiendo mi barbilla
hacia el avión.
Piper rió.—Bueno, sí. Pero conduciremos. Mi papa rentó una
SUV. Está esperándonos a mí y a los Hedges en las Donas DK.—
Ella sonrió tristemente.—El primer lugar a dónde me llevo a
desayunar cuando nos mudamos aquí.
—¿Conducir?—preguntó Meg. —¿Pero—El avión es para ustedes dos,—dijo Piper.—Y... Jasón. Cómo
había dicho, mi padre tenía suficiente tiempo de vuelo y crédito
para un último viaje.
Miré a la maqueta de La Colina de los Templos- todos las
pequeñas fichas cuidadosamente etiquetadas con la letra de Jasón.
Leí la etiqueta: APOLO. Podía escuchar la voz de Jasón en mi
mente, diciendo mi nombre, pidiéndome un solo favor: Pase lo
que pase, cuando vuelvas al Olimpo, cuando seas un dios otra
vez, recuerda. Recuerda lo que se siente ser un humano.
Esto, pensé, era ser humano. De pie en la pista, mirando a
mortales poner el cuerpo de un amigo y héroe en el
compartimiento de carga, saber que nunca volvería.
Despidiéndome de una valiente joven que había hecho todo por
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ayudarnos, y sabiendo que nunca podrías pagarle, nunca la
compensaría por lo que había perdido.
—Piper, yo...—Mi voz paralizándose como la de la Sibila.
—Está bien,—dijo.—Solo lleguen seguros al Campamento
Júpiter. Permitan que le den a Jasón el entierro romano que
merece. Detengan a Calígula.
Sus palabras no eran amargas, cómo hubiera esperado. Eran
simplemente áridas, como el aire de Palm Springs-sin juzgar, solo
calor natural.
Meg miró al ataúd en el compartimiento de carga. Parecía
intranquila de viajar con compañía fallecida. No la culpo. Nunca
invité a Hades a navegar el sol conmigo por una razón. Mezclar al
inframundo con el mundo de la superficie era mala suerte.
Sin embargo, Meg murmuró,—Gracias.
Piper empujó a Meg en un abrazo y le besó la frente.—Ni lo
menciones, y si alguna vez estás en Tahlequah, ven a visitarme,
¿está bien?
Pensé en los millones de jóvenes que me rezaban cada año,
esperando dejar sus pequeños pueblos en todo el mundo para venir
a Los Ángeles, para hacer sus grandes sueños realidad. Ahora
Piper McLean iba en la dirección contraria-dejando el glamour y
la deslumbrante vida de su padre, volviendo a la pequeña ciudad
de Tahlequah, Oklahoma. Y sonaba en paz con eso, como si
supiera que su propio Aeithales estaría esperándola ahí.
Mellie y el entrenador Hedge se acercaron, el bebé Chuck
todavía mordiendo su granada en los brazos del entrenador.
—Hey,—dijo el entrenador.—¿Estás lista, Piper? Largo camino
por delante
463
La expresión del sátiro era severa y determinada. Miró al ataúd
en el compartimiento de carga, luego rápidamente movió sus ojos
a la pista.
—Casi,—respondió Piper.—¿Estás seguro que el Pinto
soportará tan largo viaje?
—¡Por supuesto!—dijo Hedge.—Solo, uh, ya sabes, mantenlo a
la vista, en caso de que el SUV se descomponga y necesites mi
ayuda.
Millie rodó los ojos.—Chuck y yo viajaremos en el SUV.
El entrenador se quejó.— Esta bien. Me dará tiempo de sonar
mi música. Tengo toda la colección de casetes de Bon Jovi.
Traté de sonreír de manera alentadora, pero decidí que le daría a
Hades una nueva sugerencia para los Campos de Castigo si alguna
vez lo volvía a ver: Pinto. Viaje de Carretera. Casetes de Bon
Jovi.
Meg golpeó la nariz del bebé Chuck, lo que lo hizo reírse y
escupir pedazos de granada. —¿Qué es lo que van a hacer en
Oklahoma?—preguntó.
—¡Entrenar, por supuesto!—dijo el entrenador.—Tienen una
gran variedad de equipos de deportes en Oklahoma. Además,
escuche que la naturaleza es muy fuerte ahí. Es un buen lugar para
criar un niño.
—Y siempre hay trabajo para las ninfas de las nubes,—dijo
Mellie.—Todo el mundo necesita nubes.
Meg miró hacia el cielo, tal vez preguntándose cuántas de esas
nubes eran ninfas ganando un salario mínimo. Luego, de repente,
su boca se abrió.—Uh, ¿chicos?
464
Apuntó hacía el norte.
Una brillante forma se miraba en la línea de nubes. Por un
momento, pensé que un pequeño avión iba a aterrizar. Luego sus
alas se agitaron.
El equipo del aeropuerto se puso en acción mientras Festus el
dragón de bronce se preparaba para aterrizar, Leo Valdez
montando en su espalda.
El equipo blandió sus linternas naranjas, guiando a Festus a un
lugar al lado del Cessna. Ninguno de los mortales parecía
encontrar esto inusual. Uno del equipo le gritó a Leo,
preguntándole si necesitaba combustible.
Leo sonrió.—Nah. Pero si le podrías dar a mi chico un baño y
encerado, y tal vez encontrarle algo de salsa Tabasco, eso sería
genial.
Festus rugió en acuerdo.
Leo Valdez bajo y se unió a nosotros. Cualquier aventura que
pudo haber tenido, parecía haberla pasado con su cabello negro
rizado, su traviesa sonrisa y su pequeña forma élfica intacta.
Usaba una camisa púrpura con letras doradas que decía en latín:
MI COHORTE FUE A NUEVA ROMA Y TODO LO QUE
CONSEGUÍ FUE ESTA HORRIBLE CAMISETA.
—¡La fiesta puede iniciar ahora!—anunció.—¡Ahí está mi
Pipes!
No sabía que decir. Todos solo nos quedamos ahí, mientras Leo
nos abrazaba.
—Hombre, ¿qué pasa con ustedes chicos?—preguntó.—
¿Alguien les tiró con una granada de impacto? Así que, tengo
buenas y malas noticias de Nueva Roma, pero primero...—El
465
escaneó nuestros rostros. Su expresión se empezó a derrumbar.—
¿Dónde está Jasón?
466
47
Bebidas en vuelo
Incluyen las lágrimas de un dios
Por favor tengan el cambio exacto
P
IPER SE ROMPIÓ. Cayó contra Leo y sollozó la
historia hasta que él, atónito y con los ojos rojos, la
abrazó de vuelta y enterró la cara en su cuello.
El equipo en tierra nos dio espacio. Los Hedges se retiraron al
Pinto, donde el entrenador apretó fuerte a Mellie y su bebé, de la
manera en que se debería abrazar a la familia, sabiendo que la
tragedia podría golpear a cualquiera en cualqu1ier momento.
Meg y yo nos quedamos ahí, el diorama69 de Jasón todavía
aleteando en mis brazos.
Junto al Cessna, Festus levantó su cabeza, hizo un sonido bajo
de lamento y arrojó fuego al cielo. El equipo de tierra lucía un
poco nervioso por eso mientras lavaban sus alas. Supuse que los
jets privados no arrojaban a menudo fuego de sus fosas nasales…
o tenían fosas nasales.
69
Panorama o lienzo de grandes dimensiones con figuras diferentes pintadas por ambas caras y con el
que, mediante juegos de luz en una sala oscura, se producen diversas imágenes y da sensación de
movimiento.
467
El aire a nuestro alrededor pareció cristalizarse, formando
quebradizos fragmentos de emociones que nos cortarían sin
importar a qué lado giráramos.
Leo lucía como si hubiera sido golpeado repetidamente. (Y yo
lo sabía. Lo había visto ser golpeado repetidamente). Se limpió las
lágrimas del rostro, miró la bodega de carga y luego al diorama en
mis manos.
—Yo no… ni siquiera pude despedirme — murmuró.
Piper sacudió la cabeza. —Yo tampoco. Pasó tan rápido… Él
sólo…
—Hizo lo que Jasón siempre hacía —Leo dijo—. Salvó el día
Piper respiró temblorosamente. —¿Qué contigo? ¿Tus noticias?
—¿Mis noticias? —Leo sofocó un sollozo—. Después de eso,
¿a quién le importan mis noticias?
—Hey —Piper golpeó su brazo—. Apolo me dijo lo que estabas
haciendo. ¿Qué pasó en el Campamento Júpiter?
Leo golpeteó sus dedos contra sus muslos, como si estuviera
manteniendo dos conversaciones simultáneas en código Morse.
—Nosotros… nosotros detuvimos el ataque. Más o menos.
Tuvimos un montón de daños, esa es la mala noticia. Mucha gente
buena… —Miró de nuevo la bodega de carga—. Bueno, Frank
está bien. Reyna, Hazel... Esas son las buenas noticias. —Se
estremeció—. Dioses, ahora ni siquiera puedo pensar. ¿Eso es
normal? Como, ¿olvidar como pensar?
Podía asegurarle de que sí lo era, al menos en mi experiencia.
468
El capitán bajó las escaleras del avión. —Lo siento, señorita
McLean, pero estamos en espera para partir. Si no queremos
perder nuestra ventana…
—Sí —Piper dijo—. Por supuesto. Apolo y Meg, vayan ustedes.
Yo estaré bien con Mellie y el entrenador. Leo…
—Oh no, no vas a deshacerte de mí —aseguró Leo—. Acabas
de ganarte un dragón de bronce como escolta hasta Oklahoma.
—Leo…
—No vamos a discutir esto —insistió—. Además, está más o
menos de camino a Indianapolis.
La sonrisa de Piper era tan débil como la niebla. —Te estás
estableciendo en Indianapolis. Yo, en Tahlequah. Todos estamos
yendo a algún lado, ¿huh?
Leo se giró hacia nosotros —Vayan, chicos. Lleven… lleven a
Jasón a casa. Háganlo bien por él. Verán que el Campamento
Júpiter sigue ahí.
Desde la ventana del avión, la última vez que vi a Piper, Leo, al
entrenador y a Mellie, estaban amontonados en el asfalto, trazando
su viaje al este con su dragón de bronce y su Pinto amarillo.
Mientras tanto, nosotros rodamos por la pista en nuestro jet
privado. Retumbamos en el cielo… hacia el Campamento Júpiter
y nuestro encuentro con Reyna, la hija de Bellona.
No sabía cómo encontraría la tumba de Tarquin o quién se
suponía era el dios silencioso. No sabía cómo evitaríamos que
Caligula atacara el dañado campamento romano. Pero nada de eso
me molestó tanto como lo que ya nos había pasado; tantas vidas
469
aniquiladas, el ataúd de un héroe traqueteando en la bodega de
carga… tres emperadores todavía estaban vivos, listos para infligir
más daño a todos y todo lo que me importaba.
Me encontré a mí mismo llorando.
Era ridículo. Los dioses no lloran. Pero, mientras miraba el
diorama de Jasón en el asiento a mi lado, en todo lo que podía
pensar era que él nunca llegaría a ver terminados sus planes tan
cuidadosamente elaborados. Mientras sostenía mi ukelele, sólo
podía imaginar a Crest tocando sus últimos acordes con los dedos
rotos.
—Hey —Meg se volvió en el asiento frente a mí. A pesar de sus
gafas de ojo de gato habituales y su ropa de preescolar (de alguna
manera remendado, otra vez, por la magia de las infinitamente
pacientes dríadas), Meg sonaba más madura hoy. Segura de sí
misma—. Vamos a arreglar todo.
Sacudí mi cabeza miserablemente. —¿Y eso qué significa?
Calígula se dirige al norte y Nero sigue ahí afuera. Hemos
enfrentado a tres emperadores y no hemos derrotado a ninguno. Y
Pitón…
Ella me dio un golpe en la nariz, mucho más fuerte del que le
había dado al Bebé Chuck.
—¡Auch!
—¿Ya me prestas atención?
—Yo… sí.
—Entonces escucha: Vas a llegar vivo al Tíber. Comenzarás a
vivir. Así es como decía la profecía en Indiana, ¿no? Tendrá
sentido una vez que lleguemos ahí. Derrotarás al Triunvirato.
470
Parpadeé. —¿Esa es una orden?
—Es una promesa.
Ojalá no lo hubiera dicho de esa manera. Casi podía escuchar a
la diosa del Estigio riéndose, su voz haciendo eco desde la fría
bodega de carga donde el hijo de Júpiter ahora descansaba en un
ataúd.
El pensamiento me enojó. Meg tenía razón. Yo derrotaría a los
emperadores. Liberaría a Delfos del control de Pitón. No
permitiría que aquellos que se sacrificaron lo hicieran en vano.
Tal vez esta búsqueda había terminado en una nota suspendida.
Todavía teníamos mucho por hacer.
Pero de ahora en adelante sería más que Lester. Sería más que
un observador.
Yo sería Apolo.
Yo recordaría.
471
Guía para el
habla de Apolo
aeithales Griego Antiguo para siempre verde
Eneas un príncipe de Troya y renombrado ancestro de los
Romanos; el héroe de La Eneida de Virgilio
Alejandro el Grande un rey del antiguo reino griego de
Macedonia del 336 al 323 ANE; él unió a la ciudad estado de
Grecia y conquistó Persia
ambrosia la comida de los dioses; le da inmortalidad a
cualquiera que la consuma; los semidioses pueden comerla en
pequeñas porciones para curar sus heridas
Afrodita diosa Griega del amor y la belleza; forma Romana:
Venus
arbutus cualquier arbusto o árbol en la familia de los brezales
con flores blancas o rosadas y bayas rojas o anaranjadas
Ares el dios Griego de la guerra; el hijo de Zeus y Hera, y
medio hermano de Atenea; forma Romana: Marte
Ago II un trirreme volador construido por la cabina de Hefestos
en el Campamento mestizo para llevar a los semidioses de la
profecía de los siete a grecia
Artemisa la diosa Griega de la caza y la luna; la hija de Zeus y
Leto, y gemela de Apolo; forma Romana: Diana
472
Asclepio el dios de la medicina; hijo de Apolo; su templo era el
centro de curación de la Antigua Grecia; forma Romana:
Esculapio
Atena la diosa Griega de la sabiduría; forma Romana: Minerva
Belona una diosa Romana de la guerra; hija de Júpiter y Juno;
forma Griega: Enio
Blemmyae una tribu de personas sin cabeza con rostros en sus
pechos
Britomartis la diosa Griega de la caza y las redes de pesca; su
animal sagrado es el grifo
cabrito carne de cabrito rostizada o estofada
caligae (caliga, sing.) botas militares Romanas
Caligula el apodo del tercer de los emperadores de Roma, Gaius
Julius Caesar Augustus Germanicus, famoso por su crueldad y
matanza durante los cuatro años que gobernó, del 37 al 41 ANE;
fue asesinado por su propio guardia
Campamento Mestizo el lugar de entrenamiento de los
semidioses Griegos, ubicado en Long Island, Nueva York
Campamento Júpiter el lugar de entrenamiento de los
semidioses Romanos, ubicado en California, entre las colinas de
Oakland y las colinas de Berkeley
Cueva de Trofonio una profunda grieta, casa del Oráculo de
Trofonio
Bronce celestial un metal mágico poderoso usado para crear
armas usadas por los dioses Griegos y sus hijos semidioses
Medias negras de Chicago ocho miembros de los medias
blancas de Chicago, un equipo de Baseball de la liga mayor,
473
acusado de intencionalmente perder la serie mundial de 1919
contra los Rojos de Cincinnati en cambio de dinero
Claudio emperador Romano del 41 al 54 CE, sucesor de
Calígula, su sobrino
Cómodo Lucius Aurelius Commodus era el hijo del Emperador
Romano Marcus Aurelius; se convirtió en co-emperador cuando
tenía dieciséis y emperador a los dieciocho, cuando su padre
murió; gobernó del 177 al 192 ANE y era megalomaniaco y
corrupto; se consideraba a sí mismo el Nuevo Hércules y
disfrutaba matar animales y pelear con gladiadore en el coliseo
Cíclope (Clicoples, Pl.) un miembro de una primordial raza de
gigantes, cada uno con un solo ojo en el centro de su frente
Dédalo un hábil artesano que creó el laberinto en Creta en el
cual el Minotauro (mitad hombre, mitad toro) era mantenido
Dafne una hermosa náyade que atrajo la atención de Apolo; ella
se transformó en un árbol de laurel para escapar de él
Delos una isla Griega en el mar Egeo cerca de Mykonos; lugar
de nacimiento de Apolo
Demeter la diosa Griega de la agricultura; hija de los Titanes
Rea y Cronos
denario (denarius, pl.) unidad de moneda de Roma; forma
Romana: Ceres
Dionisio dios Griego del vino y las fiestas; hijo de Zeus; forma
Romana: Baco
Puertas de la Muerte la entrada a la casa de Hades, ubicada en el
Tártaro; las puertas tienen dos lados-uno en el mundo mortal y
otro en el inframundo
474
Dríada (Driades, Pl.) un espíritu (usualmente femenino)
asociado con cierto árbol y cuya vida está ligada a este
Edesia diosa Romana de los banquetes
Edsel un auto producido por Ford de 1958 a 1960; fue un gran
fracaso
Elíseos el paraíso al cual los héroes Griegos eran enviados,
cuando los dioses no les daban inmortalidad
Empousa un monstruo volador chupasangre, hija de la diosa
Hécate
Encélado un gigante, hijo de Gaia y Urano, quien era el
adversario de la diosa Atenea durante la guerra de los Gigantes
Jabalí de Erimanto un gigante jabalí salvaje que aterrorizó
personas en la isla de Erimanto hasta que Hércules lo sometió en
la tercer de sus doce tareas
Sibila de Erimanto una profetisa que presidía como el Oráculo
de Apolo en Ionia
Euterpe diosa Griega de la poesía lírica; una de las nueve
musas; hija de Zeus y Mnemósine
Feronia diosa Romana de la vida salvaje, también asociada con
la fertilidad, salud y abundancia
Furias diosas de la venganza
Gaia la diosa Griega de la tierra; esposa de Urano; madre de los
Titanes, gigantes, Cíclopes y otros monstruos
Germánico hijo adoptado del emperador Romano Tiberio; se
convirtió en un renombrado general del imperio Romano,
conocido por su campañas exitosas en Germania; padre de
Calígula
475
gladius una espada corta; el arma básica de los soldados de
infanteria Romanos
Vellocino de Oro el muy codiciado vellocino del carnero de
cabello dorado, el cual era mantenido en Colchis por el Rey Eetes
y resguardado por un dragón hasta que Jason y los Argonautas lo
recuperaron
Hades el dios Griego de la muerte y las riquezas; gobernante del
Inframundo
Adriano catorceavo emperador de Roma gobernó del 117 al 138
ANE; conocido por construir una pared que marcaba la frontera
norte de Britannia
Arpía una criatura femenina voladora que hace cosas trocitos
Hecate diosa de la magia y las encrucijadas
Hécuba reina de Troya, esposa del rey Príamo, gobernante
durante la guerra troyana
Helena de Troya una hija de Zeus y Leda considerada como la
mujer más hermosa del mundo; ella hizo estallar la guerra troyana
cuando dejó a su esposo Menelao por Paris, príncipe de Troya
Helios el Titán dios del sol; hijo del Titán Hiperión y la Titan
Tea
Hefestos dios Griego del fuego, incluyendo el volcánico, de las
artesanías y la herrería; hijo de Zeus y Hera, casado con Afrodita;
forma Romana: Vulcano
Hera diosa Griega del matrimonio; hermana y esposa de Zeus;
madrastra de Apolo; forma Romana: Juno
Heracles el equivalente Griego de Hércules; hijo de Zeus y
Alcmena; nacido con gran fuerza
476
Hermes dios Griego de los viajeros; guia de los espíritus de los
muertos; dios de la comunicación
Herophile hija de una ninfa de agua; tenía una adorable voz para
cantar asi que Apolo la bendijo con el don de la profecía,
convirtiéndola en la Sibila de Erimanto
Hestia diosa Griega de la tierra y el hogar; forma Romana:
Vestia
Jacinto héroe Griego y amante de Apolo, quien murió mientras
intentaba impresionar a Apolo con sus habilidades con los discos
Hidra una serpiente de agua con muchas cabezas
Hipnos dios Griego del sueño
Oro Imperial un raro metal letal para los monstruos, consagrado
en el Partenón; su existencia era un secreto bien guardado de los
emperadores
Incitatus el caballo favorito del emperador Romano Caligula
Jano diosa Romana de los inicios, entradas, puertas, portales,
pasajes, tiempo y finales; representado con dos caras
Júpiter el dios romano del cielo y el rey de los dioses; forma
Griega: Zeus
Katoptris término griego para espejo; una daga que una vez
perteneció a Helena de Troya
Khanda una espada de doble filo; un importante símbolo del
Sijismo
Kusarigama una tradicional arma japonesa que consiste en una
hoz unida a una cadena
477
Cimopolia diosa Griega de las tormentas violentas; hija de
Poseidón
La Ventana una presentación y un lugar de eventos en Buenos
Aires, Argentina
Laberinto un laberinto bajo tierra originalmente construido en la
isla de Creta por el artesano Dédalo para detener al minotauro
legionario un miembro del ejército Romano
Leto madre de Artemisa y Apolo con Zeus; diosa de la
maternidad
Pequeño Tiber la frontera del Campamento Júpiter
Lucrezia Borgia la hija de un papa y su amante; una hermosa
mujer noble quien se ganó la reputación de ser una conspiradora
política en la Italia del siglo quince
Marco Aurelio Emperador Romano del 161 al 180 ANE; padre
de Cómodo; considerado el último de los “Cinco Emperadores
Buenos”
Marte el dios Romano de la guerra; forma Griega: Ares
Medea una hechicera Griega, hija del Rey Eetes de Colchis y
nieta del Titán dios del sol, Helios; esposa del héroe Jason, a quien
ayudó a conseguir el Vellocino de Oro
Mefitis una diosa de los gases malolientes de la tierra,
especialmente adorada en pantanos y áreas volcánicas
Meliai ninfas Griegas de fresnos, nacidas de Gaia; ellas
alimentaron y criaron a Zeus en Creta
Miguel Ángel un escultor, pintor, arquitecto y poeta italiano del
Renacimiento; un imponente genio en la historia del arte
478
occidental; entre sus muchas piezas, el pintó el techo de la Capilla
sixtina en el Vaticano
Minotauro el mitad hombre, mitad toro hijo del Rey Minos de
Creta; el Minotauro era mantenido en el Laberinto, donde mataba
a las personas que eran enviadas ahí; él fue finalmente vencido
por Teseo
Monte Olimpo hogar de los doce olímpicos
Monte Vesubio un volcán cerca de la bahía de Nápoles en Italia
que erupcionó en el año 79 NE, enterrando la ciudad Romana de
Pompeya bajo las cenizas
Naevius Sutorius Macro un prefecto de la guardia Pretoriana del
31 al 38 NE, sirviendo a los emperadores Tiberio y Calígula
Neos Helios término griego para el nuevo sol, un título
adoptado por el emperador Romano Calígula
Nero gobernó como emperador Romano del 54 al 58 ANE; Dio
muerte a su madre y a su primera esposa;muchos creen que fue
responsable por empezar el incendio que abatió a Roma, pero el
culpó a los cristianos, a los que quemó en cruces; construyó un
nuevo palacio extravagante en el área despejada y perdió apoyo
cuando los gastos de la construcción lo forzaron a subir los
impuestos; cometió suicidio
Nueve Musas diosas que otorgaban gran inspiración y protegen
las creaciones y expresiones artísticas; hijas de Zeus y
Mnemósine; ellas fueron tomadas y protegidas por Apolo; sus
nombres son Clío, Euterpe, Talia, Melpómene, Terpsícore, Erato,
Polimnia, Urania, Calíope
479
Nióbides niños que fueron asesinados por Apolo y Artemisa
cuando su madre, Níobe, alardeo acerca de tener más hijos que
Leto la madre de los gemelos.
nunchaku originalmente un instrumento de granja utilizado para
cosechar arroz, un arma de Okinawa que consiste en dos palos
conectados en un extremo por una cadena corta o cuerda
ninfa una deidad femenina que le da vida a la naturaleza
Oráculo de Delfos un orador de las profecías de Apolo
Oráculo de Trofonio un Griego que fue transformado en un
oráculo luego de su muerte; localizado en la cueva de Trofonio;
conocido por aterrorizar a aquellos que lo buscaban
Ortopolis el único hijo de Plemneo que sobrevivió al
nacimiento; disfrazada como una mujer vieja, Demeter lo cuidó,
asegurando la supervivencia del niño
Urano la personificación griega del cielo; esposo de Gaia; padre
de los Titanes
Monte Palatino el más famoso de los siete montes de Roma;
considerado como uno de los más deseados vecindarios en la
Antigua Roma, era el hogar de aristócratas y emperadores
Pan el dios Griego de lo salvaje; hijo de Hermes
Pandai (pandos, sing.) una tribu de hombres con orejas gigantes,
ocho dedos en las manos y pies, y el cuerpo cubierto con cabello
que al inicio es blanco pero se vuelve negro al envejecer
Parazonium una daga de forma triangular usada por las mujeres
en la Antigua Grecia
480
Petersburg una guerra civil en Virginia en la cual una carga
explosiva diseñada para ser utilizada contra los Confederados
condujo a la muerte de 4,000 tropas de la Unión
phalanx un cuerpo de tropas fuertemente armadas en una
formación cercana
Filipo de Macedonia el rey del antiguo reino de Macedonia del
359 ANE hasta su asesinato en 336 ANE; padre de Alejandro el
Grande
La cura del médico un preparado creado por Asclepio, dios de la
medicina, para regresar a alguien de la muerte
Plemneo el padre de Ortopolis, a quien Demeter crió para
asegurar que creceria
Pompeya una ciudad Romana que fue destruida en el 79 NE
cuando el volcán Monte Vesubio erupsionó y la enterró bajo las
cenizas
Poseidón el dios Griego del mar; hijo de los Titanes Cronos y
Rea, y hermano de Zeus y Hades
pretor un Romano elegido como magistrado y comandante del
ejército
guardia pretoriana una unidad Romana de soldados de élite en el
ejército Imperial Romano
Princeps Latín para primer ciudadano o primero en la línea; los
antiguos emperadores Romanos lo adoptaron este título por si
mismos, y significaba príncipe de Roma
Pitón un monstruoso dragón que Gaia designó a resguardar el
Oráculo de Delfos
481
Río Estigio el río que forma los límites entre la tierra y el
inframundo
Sarpedón un hijo de Zeus quien era un príncipe de Lician y un
héroe en la guerra troyana; él peleó con distinción en el lado
troyano pero fue asesinado por el guerrero Griego Patroclo
Saturnalia un festival de la Antigua Roma que se celebra en
diciembre en honor al dios Saturno, el equivalente Romano de
Cronos
sátiro un dios Griego del bosque, mitad cabra y mitad humano
scimitar un sable con hoja curva
shuriken una estrella que lanzan los ninjas; un arma plana y
filosa usada como un daga o una distracción
Sibila una profetisa
situla Latín para cubeta
Espartano un ciudadano de Esparta, o algo que pertenece a
Esparta, una ciudad estado en la Antigua Grecia con dominio
militar
Estirge (estirges, pl.) una gran ave chupa sangre parecida a un
búho de mal augurio
Hierro Estigio un raro metal mágico capaz de matar monstruos
Estigia una poderosa ninfa de agua; la hija mayor de el Titán del
Mar, Océano; diosa del río más importante del inframundo; diosa
del odio; el Río Estigio es nombrado por ella
Tarquinio Lucius Tarquinius Superbus fue el séptimo y último
rey de Roma, reinando del 535 ANE al 509, cuando, luego de un
levantamiento popular, la República Romana fue establecida
482
Templo de Castor y Polux un antiguo templo en el foro Romano
en Roma, levantado en honor de los semidioses gemelos hijos de
Júpiter y Leda y dedicado por el general Romano Aulus
Postumius, quien tuvo una gran victoria en la batalla del Lago
Regilo
Terpsícore diosa griega del baile; una de las nueve musas
Termópilas un paso de las montañas cerca del mar en el norte de
Grecia que fue lugar de muchas batallas, la más famosa siendo
entre los Persas y los Griegos durante la invasión persa de 480479 ANE
Río Tiber el tercer río más largo en Italia; Roma fue fundada en
sus orillas; en la Antigua Roma, los criminales eran lanzados al río
Titanes una poderosa raza de deidades Griegas, descendientes
de Gaia y Urano, que gobernaron durante la Era Dorada y fueron
derrocados por una raza de dioses jóvenes, los Olímpicos
trago (tragos, pl.) una carnosa prominencia al frente de la
abertura externa del oído
trirremo un barco de guerra Griego, teniendo tre niveles de
remos en cada lado
triunvirato una alianza política formada por tres partes
Guerra Troyana de acuerdo a las legendas, la Guerra Troyana
fue librada contra la ciudad de Troya por los Aqueos (Griegos)
luego de que Paris de Troya le quitó a Helena a su esposo,
Menelao, rey de Esparta
Trofonio semidiós hijo de Apolo, diseñador del templo de
Apolo en Delos, y espíritu del oráculo oscuro; el decapitó a su
medio hermano Agamedes para evitar ser descubierto luego de
que robaran el tesoro del Rey Hireo
483
Troya una ciudad pre-Romana situada en el actual Turquía;
lugar de la guerra troyana
Inframundo el reino de los muertos, donde van las almas por la
eternidad; gobernado por Hades
ventus (venti, pl.) espíritu de la tormenta
Vulcano el dios Romano del fuego, incluyendo el volcánico, y
de la herrería; forma Griega: Hefestos
Estación de paso un lugar para el refugio de semidioses,
monstruos pacíficos y Cazadoras de Artemisa, localizada sobre la
Estación Unión en Indianápolis, Indiana
Zeus el dios Griego del cielo y el rey de los Dioses; forma
Romana: Júpiter
484
También de
Rick Riordan
Percy Jackson y los dioses del Olimpo
El Ladrón del Rayo
El Mar de los Monstruos
La maldición del Titan
La batalla del laberinto
El último Héroe del Olimpo
Los archivos de los semidioses
El ladrón del Rayo: Novela Grafica
El mar de los Monstruos: Novela Grafica
La maldición del Titan: Novela Grafica
Percy Jackson: dioses griegos
Percy Jackson: Héroes Griegos
De Percy Jackson: Confidencial del Campamento Media sangre
Las Crónicas de Kane
485
La pirámide Roja
El trono de Fuego412
La sombra de la Serpiente
La pirámide Roja: Novela Grafica
El Trono de Fuego: Novela Grafica
Los Héroes del Olimpo
El héroe Perdido
El hijo de Neptuno
La Marca de Atenea
La casa de Hades
Sangre del Olimpo
El diario de los semidioses
El héroe perdido: Novela Grafica
El hijo de Neptuno: Novela Grafica
Semidioses y Magos
Magnus Chase y los dioses de Asgard
La espada del Tiempo
El martillo de Thor
486
El Barco de la Muerte
Por Magnus Chase: Hotel Valhalla, guía de los mundos nórdicos
Los Nueve Mundos (02 de octubre del 2018)
Las Pruebas de Apolo
El Oráculo Perdido
La Profecía Oscura
El laberinto Ardiente
La Tumba del Tirano (Próximamente en 2019)
487
488
Acerca del
Autor
RICK RIORDAN, es apodado como el “Cuenta cuentos de los
dioses” por PublishersWeekly. Es el autor de cinco de las sagas más
vendidas en el New York Time, número uno con millones de copias
vendidas en todo el mundo: Percy Jackson y los dioses del Olimpo,
Los Héroes del Olimpo y Las Pruebas de Apolo, basados en
mitología griega y romana; Las Crónicas de Kane basada en
mitología egipcia; y Magnus Chase y los dioses de Asgard basada en
la mitología nórdica. Sus colecciones de mitos griegos conformado
por Dioses griegos y Héroes Griegos narrados por Percy Jackson,
fueron también bestsellers del New York Time.
Rick vive en Boston, Massachusetts, con su esposa y sus dos
hijos.
Síguelo en Twitter @camphalfblood. Para aprender más sobre él y
sus libros, visita:
https://www.rickriordan.co.uk/
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