Subido por Bryan Enrique Tite

Discursos sobre el trópico en Latinoamérica (inicios del siglo XX)

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Los discursos hispanoamericanos y ecuatorianos en torno al trópico (1898-1930)
Bryan Tite
1. Introducción
En 1928, Benjamín Carrión publicó Los creadores de la nueva América. En este libro, el
intelectual lojano sintetiza y comenta el pensamiento de algunos intelectuales
hispanoamericanos: José Vasconcelos, Manuel Ugarte, Francisco García Calderón, y Alcides
Arguedas. Carrión se vale de esta obra “para dejar un espacio a sus propias reflexiones, de
algún modo so pretexto de los autores presentados” (Piñeiro Iñíguez 2005, 69). En efecto, una
de las reflexiones del intelectual lojano en esta obra gira en torno al trópico. En el ensayo
dedicado a Vasconcelos, Carrión (1928, 53) observa que “toda la mentalidad contemporánea,
el pensamiento ‘occidental’ ‘blanco’, siente el horror del trópico”. Tal parecer aparecía
sustentado por una realidad aceptada por aquellos años: la indomabilidad de las tierras
tropicales. Aunque no disputa tal realidad, Carrión se muestra optimista ante el futuro y
afirma que “en la tierra cálida de la América íbera (…), dominada y sometida al servicio del
hombre, van a fundirse, en síntesis superadora, las razas particularistas preexistentes que, cada
una en su hora, fueron una cultura humana lograda” (Carrión 1928, 68–69).
Ahora bien, la proclama de Carrión en torno al trópico no fue una invención suya o de
Vasconcelos. Por el contrario, entre finales de la década de 1890 y comienzos de la década de
1930 surgieron en Hispanoamérica varios discursos en torno al trópico. En el presente trabajo,
me ocuparé estos discursos y, más específicamente, de dos aspectos tratados en estos: la
riqueza natural de las tierras del trópico y el influjo del clima tropical en las personas. En
primer lugar, expondré brevemente revisaré cómo aparecen tratadas las cuestiones de la raza y
el clima en el pensamiento hispanoamericano de la época. Posteriormente, expondré algunos
de los discursos sobre el trópico, centrándome en el pensamiento de dos hispanoamericanos
—Francisco Bulnes y José Vasconcelos— y señalaré las divergencias entre dichos discursos.
Finalmente, examinaré algunos discursos ecuatorianos sobre el trópico y sus especificidades
en torno a los discursos hispanoamericanos.
2. Factores internos (raza) y factores externos (clima) en el pensamiento
hispanoamericano
Los discursos hispanoamericanos sobre el trópico estaban basados en la producción
intelectual de aquellos años, marcada en buena medida por el positivismo atribuido a August
Comte y, sobre todo, a Herbert Spencer. Según Hale (1991), a finales del siglo XIX y
comienzos del siglo XX el positivismo spenceriano circulaba por toda Hispanoamérica. El
nombre de Spencer pasó a ocupar un lugar central entre las élites y los pensadores
hispanoamericanos. A partir de los postulados atribuidos al sistema spenceriano, dichas élites
y pensadores comenzaron a formular preguntas en torno a Hispanoamérica, sus
particularidades y su lugar dentro de un esquema universal.
Uno de los aspectos del sistema evolucionista spenceriano que fue retomado en
Hispanoamérica fue el de la raza. Según Hale, el interés hispanoamericano por la cuestión de
la raza fue alimentado por el racismo europeo decimonónico, el cual provenía de dos fuentes:
una orientada a la búsqueda de los orígenes y las peculiaridades nacionales; y otra centrada en
la noción de razas degradadas y vinculada a las teorías poligenistas. Que estas fuentes del
pensamiento racista fuesen compatibles con el sistema spenceriano no resulta insólito. Como
señala Argueta Villamar (2009, 196), “el positivismo spenceriano no solo aceptaba la
desigualdad social como un hecho sino que adquirió rasgos abiertamente racistas y fue
llevado a posiciones muy lejanas de lo que el darwinismo propuso”.
Hay que notar que, en los análisis sobre Hispanoamérica, el concepto de raza no solamente
era utilizado signaba cualidades fisionómicas compartidas, sino también filiaciones basada en
criterios psíquicos, mentales, culturales. Esto se debe a que el interés por la cuestión de la raza
fue alimentado también por la psicología de la multitud. Gustave Le Bon, el principal
representante de esta disciplina, tomó al factor racial y le asignó un rol de preponderancia.
Según Le Bon, el alma de una raza, es decir, su constitución mental, se reproduce
constantemente a través de la herencia. El corolario del análisis leboniano era que “las únicas
razas ‘superiores’ eran las indoeuropeas, con la subraza anglosajona claramente por encima de
la latina” (Hale 1991, 28).
Ahora bien, a pesar de su centralidad, la raza no fue el único criterio retomado en los análisis
sobre Hispanoamérica. El francés Hippolyte Taine, muy conocido en Hispanoamérica,
propuso una crítica literaria que se asentaba tanto en la raza como en el medio y en momento.
Asimismo, los hispanoamericanos que retomaban a Spencer, al tratar el problema del origen y
desarrollo orgánico de la sociedad, hablaban tanto de factores internos —la herencia, la
raza— como de factores externos —el mundo exterior, las fuerzas físicas—. Los análisis
sobre Hispanoamérica no solamente tomaban en consideración factores internos como la raza,
sino también factores externos como el medio físico.
Uno de los conceptos claves al hablar de los factores externos era el clima. En términos
generales, bajo este concepto quedaban comprendidos una serie de elementos tales como la
humedad, la luz, la exposición solar, las corrientes eléctricas, el aire, la presión atmosférica.
Tomar en consideración la influencia del clima sobre los seres humanos no era una idea
nueva. En sendos manuales de sociología publicados en Perú y Argentina a comienzos del
siglo XX (Ballón Landa 1909, 214–18; Martínez Paz 1911, 185–96), se menciona la
existencia de pensadores que desde las épocas antiguas habían hablado del rol del clima en la
actividad humana. Algunos de los nombres históricos mencionados al respecto eran los de
Hipócrates, el conde de Buffon, Jean Bodin, el barón de Montesquieu y Jean-Baptiste
Lamarck. A estos nombres se sumaban los más recientes de Ernest Renan, Hippolyte Taine,
Paul Vidal de La Blache y, en especial, de Friedrich Ratzel.
3. Los discursos sobre el trópico en Hispanoamérica
Los discursos hispanoamericanos sobre el trópico se centraban principales en las cualidades
naturales de las tierras tropicales y en la situación de los seres humanos que habitaban dichas
tierras. En los análisis sobre estos asuntos se retomaban los factores externos y, en especial, el
factor climático. Sin embargo, el concepto de raza también solía aparecer para tratar ciertas
particularidades atribuidas a ciertos grupos humanos, como los europeos y norteamericanos.
3. 1. El trópico como una maldición: Luis Bulnes
A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX apareció en Hispanoamérica una literatura
dedicada a señalar los males del continente. El punto de partida de dicha literatura era la
realidad hispanoamericana del siglo XIX, la cual era vista con desolación. Varios eran los
males atribuidos a Hispanoamérica: las ambiciones personalistas, la inestabilidad política, la
anarquía, el caudillismo, la tiranía, la desorganización económica, los conflictos fronterizos.
A todos estos males se sumaba la política estadounidense de intervención y ocupación
desplegada sobre Latinoamérica con mayor intensidad desde 1898. En este contexto apareció
El porvenir de las naciones latinoamericanas ante las recientes conquistas de Europa y
Norteamérica (1899), del mexicano Francisco Bulnes.
En este libro, Bulnes presenta a la vida en el trópico como una auténtica maldición. Bulnes
reconoce que la dificultad de la vida en el trópico está marcada por las enfermedades
tropicales: la malaria, la disentería, la hepatitis. Sin embargo, estas enfermedades, en sí
mismas, no serían las responsables de la deplorable situación del trópico. El hecho de que las
enfermedades tropicales se presentaban más fatídicas que las enfermedades de los climas
templados se debía a “la deficiencia enorme intelectual de las razas aborígenes tropicales
alejadas de los conocimientos científicos, de la medicina científica y sin los recursos
pecuniarios para hacer algo por la conservación de la especie” (Bulnes 1899, 34). Muestra de
esta deficiencia sería que, con la excepción de los americanos, los habitantes del trópico en
todo el globo vivían o bien como salvajes o bien bajo el dominio colonial.
Bulnes vislumbraba el dominio estadounidense sobre Hispanoamérica, pero consideraba que
dicho dominio pasaría por alto las tierras del trópico. Lo que ocurriría, entonces, sería que
… para el año de 1980, los Estados Unidos con una población de doscientos cincuenta
millones de habitantes tengan solamente lo suficiente para mantener su población, no
pudiendo ya suministrar al mundo la enorme cantidad de cereales que ahora le venden.
Entonces los Estados Unidos, tienen que optar entre pasar a la cultura intensiva o conquistar
las tierras extratropicales de la América latina propias por su virginidad para continuar la fácil
y barata producción de excelentes cereales (Bulnes 1899, 122).
García Calderón también vislumbraba la posibilidad de que el país del norte terminara por
apoderarse de Hispanoamérica. Sin embargo, a diferencia de Bulnes, García Calderón
consideraba que los estadounidenses también pondrían sus ojos sobre el trópico. Las
democracias latinas de América, de García Calderón, incluye un capítulo titulado «El peligro
norteamericano» en el cual aparece el siguiente comentario: “Los Estados Unidos compran a
los países tropicales los productos que no tienen. Dominar estas regiones feraces les parece el
ideal geográfico de un pueblo septentrional. ¿Acaso su industria no busca derroteros en
América y en Asia?” (García Calderón 1912, 278).
El temor de perder la independencia en manos de los Estados Unidos no solo parecía estar
confirmado por el avance de la política estadounidense de intervención y ocupación, sino
también por la literatura de autores sajones en torno a las tierras tropicales. En el libro titulado
The Control of the Tropics, el sociólogo británico Benjamin Kidd planteaba que los habitantes
del trópico eran incapaces de controlar esta tierra y que, por lo tanto, los hombres blancos de
tierra templada debían llevar a cabo el desarrollo de estas tierras. Dice Kidd (1898, 97):
“Tenemos evidencia de un sentimiento general, que reconoce la inmensa importancia futura
de las regiones tropicales de la tierra para las razas energéticas”.
Ahora bien, ¿cómo era posible que el hombre blanco llevase a cabo la empresa de conquistar
el trópico si este se había mostrado hostil a toda intervención de dicho hombre?1 Benjamin
1
El escritor estadounidense Waldo Frank (1932, 140) comentaba que “el blanco, viviendo la vida del blanco, no
es feliz en la zona tórrida. El trópico le deprime su incapacidad para hacer el trabajo que a él le gusta más;
debilita su salud y acorta sus días”.
Kidd (1898, 54) reconocía la existencia de una disimilitud entre el ser humano (blanco) y el
ambiente (tropical) y, por tal razón, consideraba que “en los trópicos el hombre blanco vive y
trabaja solo como un buceador vive y trabaja bajo el agua”. A pesar de tal desventaja, Kidd
consideraba que el hombre blanco contaba con un factor distintivo que le daba ventaja sobre
el habitante nativo del trópico: la posesión de técnica y la ciencia. Planteado así el escenario,
parecía que la explotación de las riquezas y el progreso en el trópico solamente se encarnarían
como acción del hombre blanco.
3.2. El trópico como esperanza futura: José Vasconcelos
Uno de los hispanoamericanos que más duramente rechazó los juicios derogatorios sobre el
trópico fue José Vasconcelos. En La raza cósmica, el pensador mexicano ofrece una visión
prometedora sobre el provenir del trópico. En efecto, este libro no trata solamente sobre la
síntesis de razas —el tema por el es más conocido Vasconcelos—, sino también sobre el
destino del trópico. Como se verá a continuación, la “profecía” que Vasconcelos desarrolla en
La raza cósmica tiene por objetivo cuestionar varios prejuicios de la época: el darwinismo
spenceriano, la idea de la degeneración causada por la mezcla racial, la indomabilidad del
trópico.
En La raza cósmica, Vasconcelos rechaza el darwinismo spenceriano bajo el argumento de
que esta ideología favorecía juicios negativos sobre el componente étnico de Hispanoamérica.
“¿Qué importa que el materialismo spenceriano nos tuviese condenados, si hoy resulta que
podemos juzgarnos como una especie de reserva de la Humanidad, como una promesa de un
futuro que sobrepujara a todo tiempo anterior?” (Vasconcelos 1925, 36–37). El optimismo del
pensador mexicano se basaba en la idea de que, a partir de la raza mixta iberoamericana habrá
de surgir una nueva raza, síntesis y superación de las razas anteriores forjadas a lo largo de la
historia.
Sin embargo, La raza cósmica no trata únicamente sobre la misión futura de la raza mixta
iberoamericana. En esta obra se examina también la adecuación del medio físico en el cual se
desenvuelve dicha raza. El juicio de Vasconcelos sobre el ambiente iberoamericano es, en
general, favorable. Hay territorios, recursos naturales, superficie cultivable, y agua en
abundancia; asimismo, la falta de puertos, aunque desfavorable, puede ser superada a través
de los adelantos de la ingeniería. Tal solo hay un elemento ambiental adverso para la vida. “El
clima, se dirá, es adverso a la nueva raza, porque la mayor parte de las tierras disponibles está
situada en la región más cálida del globo” (Vasconcelos 1925, 20). Vasconcelos admite las
desventajas de la tierra tropical, pero afirma que dicho factor constituye una ventaja futura.
Tal parecer, como puede verse, contrasta radicalmente con el juicio condenatorio de Bulnes.
Ahora bien, ¿acaso era posible abrigar optimismo alguno sobre el trópico si, hasta aquel
momento, todavía no habían prosperado los esfuerzos por conquistarlo? Para Vasconcelos,
constatar la indomabilidad del trópico en aquel momento no era lo mismo que aceptar la
imposibilidad definitiva de conquistarlo. Su optimismo en torno al trópico se sustentaba en
criterios históricos y, sobre todo, en criterios tecnocientíficos. Por un lado, la historia
demostraría que el trópico es la cuna y la sede final de las civilizaciones (Vasconcelos 1925,
20). Los casos de Egipto, la India, Etiopía, Caldea son presentados como evidencia a favor de
este argumento. Por otro lado, los avances en la técnica permitirían combatir el calor hostil sin
perder los beneficios del trópico.
Resulta pertinente detenerse en este último punto. Según Vasconcelos, el hombre blanco,
enfrentado a la adversidad de su medio físico, tuvo que emprender la tarea de conquistar la
materia. El combustible, convertido en base de su civilización, no solo le sirvió para dominar
el frío y las nieves, sino también para trabajar. El aporte principal del blanco es la ciencia que
ha posibilitado el dominio material y que habrá de ser la clave para suprimir el trópico malo.
“La ciencia de los blancos invertirá alguna vez los métodos que empleó para alcanzar el
dominio del fuego y aprovechará nieves condensadas o corrientes de electroquimia, o gases
casi de magia sutil, para destruir moscas y alimañas, para disipar el bochorno y la fiebre”
(Vasconcelos 1925, 21).
Aunque no exento de exageraciones, el optimismo de Vasconcelos en torno a la posibilidad
de extirpar los males asociados al trópico —las enfermedades y el calor debilitador— no
carecía de fundamentos. Para 1925, año en el que Vasconcelos publicó La raza cósmica, ya se
había comenzado a hacer avances para erradicar las enfermedades tropicales y otros males
asociados al trópico. Tales avances, a su vez, mostraron la inadecuación de varias prejuicios
raciales y climáticos de la época. Como señala Williams en su estudio sobre el caso de las
enfermedades tropicales en Brasil, la aplicación de principios médicos y científicos puso en
entredicho las tendencias socialdarwinistas de la era enterior y los prejuicios sobre el
subdesarrollo basados en criterios raciales y climáticos (Williams 1994, 39).
Como se puede notar, Vasconcelos, al igual que Kidd, confía en la tecnociencia del hombre
blanco, pero, a diferencia del británico, no confía en el hombre blanco en sí. A su parecer, los
hombres blancos tratarán de emplear la ciencia en su provecho, pero no les sería posible llevar
a cabo tal cometido, ya que terminarían por quedar absorbidos por la avalancha de pueblos.
En otras palabras, en el trópico triunfará la técnica del hombre blanco, mas no el exclusivismo
de la raza blanca. Al afirmar esto, Vasconcelos trataba de garantizar que las virtudes del
trópico fuesen disfrutadas por la humanidad en su conjunto.
4. Los discursos sobre el trópico en el Ecuador
Los discursos sobre el trópico desarrollados por el Ecuador poseen ciertas particularidades en
comparación con los discursos hispanoamericanos más generales, como los de Bulnes y
Vasconcelos. En primer lugar, el Ecuador, a pesar de estar situado totalmente en la zona
tórrida no es trópico en su totalidad. Esto se debe a la presencia de la cordillera de los Andes,
la cual introduce una variedad climática que no se da en otras tierras tropicales del globo. En
segundo lugar, los discursos ecuatorianos sobre el trópico podían versar sobre los territorios
distintos: por un lado, la Costa y, por otro lado, el Oriente. A pesar de ser ambas tropicales,
estas regiones se diferenciaban en lo ambiental y lo humano. Por todo esto, los discursos
ecuatorianos sobre el trópico no versan sobre un trópico único, sino sobre ciertos territorios
considerados tropicales.
4.1. La riqueza del trópico: los diplomáticos ecuatorianos
En sus informes oficiales, los funcionarios del Estado ecuatoriano vinculados a la diplomacia
solían destacar la potencialidad agrícola de las tierras del trópico. Tales proclamas, a su vez,
estaban acompañadas de mensajes sobre las posibilidades económicas que abriría el comercio
de los productos agrícolas del trópico. Por ejemplo, N. A. Correa, cónsul de Ecuador en
Burdeos señalaba en 1913 que la apertura del canal de Panamá, al facilitar la comunicación
directa entre Europa y América, posibilitaría la exportación de los productos de difícil
conservación provenientes de los países tropicales. “En Ecuador tendrá entonces facilidad de
enviar a Europa sus plátanos, sus piñas y demás ricas y variadas frutas, a hacer ventajosa
concurrencia a las de las Islas canarias, Bombay y Guinea, que actualmente inundan estos
mercados” (República del Ecuador 1913).
Asimismo, en la revista del Banco del Ecuador se republicó un artículo del Mercurio de
Nueva Orleans. Dicho artículo, titulado «El progreso en el Ecuador”, retomaba una
intervención del Cónsul del Ecuador en Nueva Orleans. En dicho artículo hay un claro interés
de llamar la atención de los inversores norteamericanos. Por tal razón, se habla del progreso
de Guayaquil (higienización, para eliminar la fiebre amarilla), la apertura de vías de
comunicación y del ferrocarril, la importancia de los Bancos Ecuatorianos, el cambio de
moneda. Y no puede faltar la referencia al trópico: “En el suelo ecuatoriano, se encuentran
todos los productos especiales de los trópicos y de las tierras americanas, siendo su principal
riqueza el cacao que es de calidad suprema” (“El progreso en el Ecuador” 1921, 10).
Este marcado entusiasmo en torno a las posibilidades agrícolas de las tierras tropicales del
Ecuador coincidió con el periodo en el cual los agricultores latinoamericanos practicaron el
“robo ecológico”, es decir, el agotamiento de los suelos y la degradación de los suelos con el
fin de acumular capital lo más rápidamente posible (McCook 2018, 229). En un texto
publicado en el Boletín de la Asociación de Agricultores del Ecuador en 1920 se advertía ya
que las condiciones favorables del trópico estaban cambiando. Por un lado, la riqueza del
suelo tropical se estaba agotando por los métodos inapropiados. Por otro lado, la mano de
obra estaba disminuyendo por “la gran mortandad de los obreros agrícolas y de sus hijos,
debido a las insalubres condiciones de vida” (Birch Rorer 1920, 1).
4.2. El clima tropical como debilitador de las energías: Luis Tufiño
En 1916, apareció en los Anales de la Universidad Central del Ecuador un artículo titulado
«Climatología en sus relaciones con la ciencia médica». En este artículo, Luis Tufiño habla de
la importancia de estudiar el medio para comprender la acción que este ejerce en el cuerpo y
el espíritu de los individuos. La premisa de Tufiño es que la ciencia, para estudiar al
individuo, no puede dejar de considerar al medio físico. El influjo del clima sobre los
hombres, dice Tufiño, se expresa en las transformaciones del cuerpo y el espíritu por la acción
del frío y del calor, de la humedad, y la presión atmosférica.
Tufiño sostiene que el factor atmosférico debe ser considerado en la ciencia médica. Esto
resulta particularmente importante en el caso de las tierras tropicales. “Las influencias
climáticas son más ostensibles con la ocupación y el trabajo en las regiones tropicales; y se
tiene como un hecho para un pueblo que principia, que el clima de su país es el punto en el
que convergen los problemas que se relacionan con el porvenir del mismo pueblo” (Tufiño
1916, 234). Tufiño aclara que los seres humanos no están determinados por el clima tropical,
sino que se desarrollan en relación con este clima.
La unión de altas temperaturas con altos niveles de humedad resulta fatal para la vida
humana. El calor y la humedad dificultan la eliminación del agua por la piel y los pulmones.
“En los trópicos hállanse sus habitantes sujetos al influjo del calor y de la humedad; y este
influjo es muy notable por el esfuerzo de voluntad que hay que hacer para el trabajo, por la
disminución de la actividad y anhelo de descanso” (Tufiño 1916, 235). Por todo esto, los
países al sur de aquellos con climas templados no pueden seguir rápidamente por el camino
del progreso debido a la falta de inclinación hacia el trabajo.
Como puede notarse, el interés de Tufiño al estudiar la relación entre la climatología y la
medicina radica en la posibilidad de comprender cómo el clima tropical —altos niveles de
humedad y de calor— influye sobre el cuerpo y sobre el espíritu, debilitando la capacidad de
trabajo. Las diferencias climáticas desempeñan un rol en la vida de los pueblos; “pues está
demostrado que el privilegio de la fuerza y energía está de parte de los habitantes de climas
más fríos” (Tufiño 1916, 235).
4.4. Un cuestionamiento a las doctrinas climáticas sobre el trópico: Belisario Quevedo
«La Sierra y la Costa» es un artículo de Belisario Quevedo publicado en la Revista de la
Sociedad Jurídico-Literaria en 1916. En este artículo, Quevedo analiza y objeta la doctrina
del clima, es decir, el planteamiento centrado exclusivamente en los factores externos para
explicar el decurso de los pueblos. Quevedo no desconche el hecho de que el clima pueda
tener cierta influencia sobre los seres humanos, pero cuestiona la idea de que no haya factores
más determinantes que el clima. “Negar que junto al clima o en oposición a él hay otros
factores más determinados y determinantes en el juego vital de pueblos y naciones quizá es lo
falso por exagerado” (Quevedo 1916, 214).
Quevedo comienza por señalar que los factores que inciden en el carácter de los individuos y
los pueblos pueden ser de tres tipos: físicos, sociales, y raciales. Dentro de los factores físicos
no solo queda abarcado el clima, sino también el suelo, el cielo, los ríos, las estaciones.
“¡Quién podrá determinar el número de estos factores y el efecto que cada uno de ellos
produce” (Quevedo 1916, 215). Por lo tanto, Quevedo descarta la posibilidad de que un solo
factor sea interno o externo— determine por completo a los seres humanos. Más bien, lo que
ocurre es que dichos factores terminan por entrecruzarse, complementarse, y anularse de
maneras variadas e imprecisas.
La crítica de Quevedo a la doctrina del clima no se basa solamente en la premisa central de
dicha doctrina, sino también en las interpretaciones derivadas de esta. Como observa
Quevedo, los pensadores que han destacado la influencia del clima en los seres humanos —
desde Montesquieu hasta Ratzel— han tendido a destacar las virtudes del clima templado. En
contraposición a estos pensadores, Quevedo señala que en el Ecuador ocurre lo contrario a lo
planteado por la doctrina del clima. En el clima templado de la Sierra hay más dificultades
para llevar adelante la vida; en cambio, “bajo el clima ardiente de la costa hay más actividad,
libertad, energía, franqueza, confianza en sí mismo, perseverancia y más virtudes que los
sabios niegan enteramente a los climas tropicales” (Quevedo 1916, 217).
Según Quevedo, en el clima tropical viven ecuatorianos llenos de vitalidad que hacen frente a
los problemas de su existencia. Asimismo, hay ecuatorianos que, aun viviendo en clima
templado, no pueden hacer frente a la vida. A partir de esta observación, Quevedo plantea no
basta la presencia del clima templado, sino que se requiere del cambio de estaciones. El
inconveniente de la Sierra, por lo tanto, radica en que es un clima invariable de eterna
primavera, el cual favorece la ociosidad. En cambio, el clima de la costa, a pesar de lo
enervante, ha favorecido el desarrollo de la actividad. Esto se debería a factores tales como la
cercanía al mar, la navegabilidad de los ríos, la ausencia de montañas, la diferencia entre la
estación seca y la estación lluviosa, y la corriente fría de Humboldt.
5. Conclusiones: el trópico en Los creadores de la Nueva América
A lo largo del presente trabajo se ha visto que, entre finales de la década de 1890 y comienzos
de la década de 1930, el trópico fue objeto de varios discursos, los cuales solían diferenciarse
considerablemente unos de otros. Estos discursos retomaban, matizaban o cuestionaban la
producción intelectual de aquellos años, marcada por nombres como los de Spencer, Le Bon,
Taine, entre otros. Las divergencias entre estos discursos se originaban en los desacuerdos en
torno al rol económico y social que habrían de cumplir los trópicos en la vida de la sociedad
hispanoamericana. Autores como Bulnes, negaban todo futuro a las tierras tropicales y
vaticinaban una existencia económica precaria. Otros pensadores, como Vasconcelos,
consideraban que el trópico habría de desempeñar un rol central para la vida de los pueblos
hispanoamericanos futuros.
Preocupaciones similares aparecen en los discursos ecuatorianos sobre el trópico. La mayoría
de los autores que hablaban sobre el trópico se limitaban a mencionar a la Costa. La falta de
mención a las tierras tropicales del Oriente en estos discursos puede deberse al escaso
dominio político y económico que había sobre el conjunto de la región amazónica. El trópico
mencionado —el de la Costa— era vista por los funcionarios diplomáticos como un territorio
que, gracias a la producción agrícola, fomentaría el comercio. Otros pensadores, por su parte,
también se preocuparon de examinar aquellos males atribuidos al trópico. Para Tufiño, el
clima tropical sí incidía negativamente en el trabajo. Para Quevedo, en cambio, eran las tierras
ecuatorianas no tropicales las que favorecían la inactividad.
Todo esto no sitúa en el punto de comienzo de este trabajo: Los creadores de la nueva
América. En su ensayo sobre Vasconcelos, Carrión dice que el pensador mexicano derrumba
dos prejuicios creados por el imperialismo sajón exclusivista, y defendidos por filósofos,
etnólogos y naturalistas para detener el avance de los pueblos nuevos. El primer prejuicio es
el de la inferioridad de la raza; el segundo prejuicio es el de la inferioridad del suelo, para la
viabilidad, para la producción de la cultura (Carrión 1928, 63). Al hablar del trópico, Carrión
no actuaba como un mero divulgador de Vasconcelos. Su interés en la propuesta
vasconceliana sobre el trópico radicaba en el hecho de que esta abarcaba también al Ecuador.
El espacio americano, que en Vasconcelos y su teoría sobre la raza cósmica carece de
especificidad, adquiere un sentido concreto con el intelectual lojano. Carrión no asumía que la
riqueza del trópico era un hecho indiscutible ni se lamentaba por la incidencia del clima
tropical. Su propósito era mostrar que el Ecuador, al formar parte del trópico, compartía un
destino común con otros países hispanoamericanos. En sus palabras (Carrión 1928, 64):
Mi Ecuador —que ante el desdén europeo por el trópico, hasta cambiar su nombre maravillado
de sol ha pretendido— y que le han llegado horas de dejarse ganar por el desánimo ante su
falta de fuerza actual para el completo dominio del calor en su feraz y extensa zona litoral; mi
Ecuador, provincia de América, sentirá poderosamente el valor tónico de las palabras de José
Vasconcelos, el anunciador, el profeta, el poeta de las tierras cálidas…
Lista de referencias
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Ballón Landa, Alberto. 1909. Estudios de sociología arequipeña. Arequipa: Tip. Díaz-San
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Carrión, Benjamín. 1928. Los creadores de la nueva America. Madrid: Sociedad General
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