Castañeda 2006 LAS ÁREAS NATURALES PROTEGIDAS DE MÉXICO

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Scripta Nova
REVISTA ELECTRÓNICA DE GEOGRAFÍA Y CIENCIAS SOCIALES
Universidad de Barcelona.
ISSN: 1138-9788.
Depósito Legal: B. 21.741-98
Vol. X, núm. 218 (13), 1 de agosto de 2006
LAS ÁREAS NATURALES PROTEGIDAS DE MÉXICO
DE SU ORIGEN PRECOZ A SU CONSOLIDACIÓN TARDÍA
Javier Castañeda Rincón
Universidad Autónoma Chapingo
Las áreas naturales protegidas de México; de su origen precoz a su consolidación
tardía (Resumen)
Hacer una reflexión sobre las áreas naturales protegidas de México, particularmente desde
sus orígenes a finales del siglo XIX hasta su consolidación en el siglo XX, es un recorrido
que busca identificar las primeras manifestaciones de la conservación de los recursos
naturales durante el Porfiriato, especialmente los forestales que sirvieron de detonador en la
protección de otros recursos asociados como la fauna, el agua y el suelo, hasta consolidar un
sistema de áreas naturales que incorporaron paisajes representativos del país.
Con ello se busca aportar nuevos elementos a la discusión sobre las motivaciones e intereses
de todo tipo que estuvieron en juego en la protección de la flora y la fauna, recreando las
diferentes políticas del estado mexicano y sus repercusiones en el movimiento
conservacionista de la época. Haciendo énfasis en el periodo cardenista entre 1934 y 1940,
caracterizado por un gran esfuerzo de revalorización de las áreas naturales. Particularmente,
con la creación de parques nacionales y otras reservas que intentaron frenar y acotar el
crecimiento de la frontera urbana que implicó el deterioro y desaparición de las áreas
forestales.
Palabras clave: Política de conservación, Intereses económicos, sistema de áreas naturales
protegidas.
The natural protected areas of Mexico. From the beginnings to its consolidation
(Abstract)
To make a reflection about the protected natural areas of Mexico, particularly from its origins
at the end of the XIX century until its consolidation in the XX century, is a journey that looks
for to identify the first manifestations of the conservation of the natural resources during the
Porfiriato, especially the forest ones that served as detonator in the protection of other
associate resources as the fauna, the water and the floor, until consolidating a system of
natural areas that incorporated representative landscapes of the country.
With it is looked for to contribute new elements to the discussion about the motivations and
interests of all type that were in game in the protection of the flora and the fauna, recreating
the different politicians of the Mexican state and their repercussions in the movement
conserving of the time. Making emphasis in the cardenista period between 1934 and 1940,
characterized by a great effort of revaluation of the natural areas. Particularly, with the
creation of national parks and other reservations that tried to brake and to delimit the growth
of the urban frontier that implied the deterioration and disappearance of the forest areas.
Key words: Conservative politics, Economic interests, protected natural areas system.
La conservación de las áreas naturales en México no se puede entender cabalmente, si no se
establecen por lo menos los antecedentes históricos que han jugado de manera importante en
su definición actual. El primer antecedente lo tenemos en la historia de la conservación de
los bosques nacionales de Norteamérica. El segundo antecedente se remonta a las culturas
mesoamericanas que nos heredaron una cultura de armonía con la naturaleza. El tercero lo
constituyó
la
presencia
hispana
durante
el
Virreinato
Estos antecedentes son los más importantes para reconocer un presente que paso a paso se
fue articulando por influencias evidentes o embozadas que terminaron por influir en las
políticas de conservación de las áreas naturales por parte del estado mexicano para garantizar
su protección en beneficio de la nación a partir de la Independencia.
Se destacan particularmente las iniciativas de conservación realizadas desde finales del siglo
XIX hasta el término del siglo XX, tiempo en el que la conservación y protección de las áreas
naturales se ha convertido en un asunto de gran relevancia ecológica y ambiental que
trasciende las fronteras nacionales y se instala en el interés de una creciente comunidad
internacional que en foros y reuniones se manifiesta a favor de su creación, normatividad y
gestión óptima.
El trabajo inicia con el primero de los antecedentes sobre la historia de la conservación de
los recursos naturales en Norteamérica, para pasar después a la revisión de la conservación
de los recursos naturales en las culturas mesoamericanas asentadas en territorio mexicano y
finalmente conocer las políticas y acciones realizadas durante el Virreinato. Todo ello como
marco de referencia histórica, para finalmente, hacer un recorrido desde la Independencia del
país hasta fines del siglo XX.
La conservación de las áreas naturales en Norteamérica
En la historia de las civilizaciones, el paso de cazadores y recolectores a labradores tuvo
efectos significativos sobre el ambiente, talando vastas áreas de bosque, compitiendo por la
tierra y el agua y desalojando o matando a los animales silvestres. La madera fue fundamental
en las construcciones y como combustible de las sociedades de pastores, agricultores y
habitantes de las incipientes pero crecientes ciudades. No obstante, diversas culturas se
ocuparon de proteger espacios naturales desde varios siglos antes de nuestra era. Entre ellas
destacaron los egipcios, vikingos, persas, romanos, indios y polacos. Durante el medievo,
reyes y príncipes promovieron leyes para la protección de los bosques y la fauna silvestre,
que con el paso a las ciudades industriales desde mediados de 1700 hizo necesaria la
explotación de carbón mineral, petróleo y gas natural, aportando contaminantes a las aguas,
al suelo y a la atmósfera, que repercutieron necesariamente en las políticas y acciones de
conservación de áreas naturales.
El deterioro paulatino pero creciente del ambiente hizo posible que en Norteamérica se
iniciara el primer movimiento social a favor de la conservación y protección de la naturaleza,
que en la historiografía de las áreas naturales protegidas nos permite reconocer las
semejanzas, diferencias e influencias que tuvieron en la conservación de las áreas naturales
de México.
Como ha escrito Miller (1994), los europeos al descubrir Norteamérica en los siglos XV y
XVI la encontraron poblada por diversos grupos de indígenas, que con algunas excepciones,
mostraban un profundo respeto por la tierra y sus animales, este vasto continente tenía
existencias abundantes y aparentemente inagotables de madera, suelo fértil, vida silvestre,
agua dulce, minerales y otros recursos, los colonizadores consideraron que debía ser
conquistado, abierto, desmontado y utilizado tan rápidamente como fuese posible.
Así, de 1607 a 1832 los bosques y la vida silvestre de Norteamérica fueron degradados y
agotados a una velocidad alarmante, por lo que se propuso protegerlos para heredarlos a las
siguientes generaciones. Sin embargo, la acción federal en la conservación de los recursos
forestales y la vida silvestre empezó propiamente hasta 1872 con la creación del Parque
Nacional Yellowstone. A esa decisión se sumaron otras en favor de la protección de los
bosques y la vida silvestre, pero fue hasta el inicio del siglo XX cuando se sentaron las bases
de la conservación en los Estados Unidos de América, estableciendo refugios federales para
la vida silvestre y creando el Servicio Forestal bajo criterios de administración científica y
uso múltiple del bosque.
Otro gran movimiento de conservación nacional de los recursos naturales se dio en los años
treinta, en la época de la depresión económica (1929-1941) cuando se estableció el Cuerpo
Civil de Conservación como fuente alternativa de empleo para estimular la economía.
Plantaron árboles, crearon parques nacionales y áreas de recreación, controlaron la erosión
del suelo, protegieron la vida silvestre y realizaron diversos proyectos de conservación de los
bosques.
Según nos dice el biólogo Carlos Melo (2002), después de la segunda guerra mundial, las
organizaciones y países interesados en la conservación de los recursos naturales trataron de
crear un mecanismo que sirviera como directriz a la cooperación internacional, esta idea fue
respaldada por la liga Suiza para la Protección de la Naturaleza, el gobierno francés y la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO),
cristalizando en 1948 con la reunión de Fontainebleau, Francia, donde se fundó la Unión
Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) [1] .
Estas primeras medidas de observancia internacional, no se reflejaron en las prácticas de la
población involucrada en la explotación de los suelos para la agricultura y la ganadería ni en
la que practicaba la tala de los bosques y la cacería de fauna silvestre, precisamente por ello,
el gobierno norteamericano mostró firmeza, y al mismo tiempo que legisló en materia de
conservación de los recursos naturales, mantuvo una vigilancia creciente en el cumplimiento
de sus ordenamientos.
En contra de ello, de 1940 a 1960 se presentó un estancamiento en materia de
conservación derivada de las consecuencias de la segunda guerra en la cual participó y donde
la difícil recuperación económica postergó el proceso de creación de áreas protegidas hasta
1962, al celebrarse en Seatle, Estados Unidos de América, la Primera Conferencia Mundial
de Parques Nacionales y Reservas Equivalentes. Después de 1965 el crecimiento de la
población, el uso abusivo de los recursos y la contaminación fueron del conocimiento
generalizado a través de los medios de comunicación, por lo que en 1970 tuvo lugar la
primera festividad anual conocida como el Día de la Tierra, donde casi veinte millones de
personas exigieron mejor calidad ambiental.
En la misma línea de esfuerzos para garantizar la conservación de las áreas naturales, en 1972
se realizó la Segunda Conferencia de la UICN [2] en el Parque Nacional de Yellowstone para
conmemorar los primeros cien años del movimiento conservacionista, en ella se hicieron
múltiples recomendaciones para la planeación y el manejo de los recursos naturales y para la
mejor administración de los parques nacionales. Como efecto de estas recomendaciones para
1980 el Congreso había aprobado más de veinticuatro decretospara apoyar la protección del
aire, el agua, el suelo y la vida silvestre.
En 1982, de acuerdo con los datos de Melo, se siguió la tradición de la UICN, de celebrar
una Conferencia cada diez años, la cual se llevó a cabo en Bali, Indonesia, con el nombre de
Tercer Congreso Mundial de Parques Nacionales y Reservas Equivalentes, incorporando a la
red mundial de áreas naturales protegidas las áreas marinas costeras y de agua dulce, y se
hizo explícito el valor de los recursos y los servicios que las áreas brindan a la población
humana.
El Cuarto Congreso Mundial de Parques Nacionales y Reservas Equivalentes de la UICN se
llevó a cabo en Caracas, Venezuela en 1992, donde se establecieron convenios, programas
internacionales, creación de organismos no gubernamentales, publicaciones especializadas,
cursos universitarios, entre otros, que denotaron una expansión sensible a nivel mundial en
la protección de los recursos naturales.
La lista de las Naciones Unidas de Áreas Protegidas en 1997 registró un total de 12.754 sitios
que protegen a más de 1.320 millones de hectáreas en alrededor de 120 países, según lo
consignó la UICN en 1998. Lo cual hace evidente el crecimiento de áreas que se protegen
ante el deterioro creciente de los recursos naturales y el ambiente.
Las funciones básicas que la UICN le confiere a las áreas naturales protegidas [3] son:
investigación científica; protección del medio silvestre; preservación de las especies y de la
diversidad genética; mantenimiento de servicios ambientales; protección de características
naturales y culturales específicas; turismo y recreación; educación ambiental; uso sustentable
de recursos y ecosistemas naturales; y mantenimiento de los atributos culturales y
tradicionales.
Lo que se inició como un movimiento conservacionista aislado en los Estados Unidos de
América, con el tiempo se fue multiplicando en Norteamérica al igual que en muchos países
del mundo. De ahí la importancia de incluir algunos antecedentes de la conservación de las
áreas naturales en Mesoamérica, para entender la historia reciente del siglo XX sobre las
áreas naturales protegidas de México.
La conservación de las áreas naturales en Mesoamérica
Es necesario señalar que en Mesoamérica, los incas, los mayas [4] y los mexicas [5] llevaron
a cabo diversas acciones para proteger áreas naturales relevantes. Como bien lo afirma
González (2001), en el México precolombino la gente adoraba al sol, las estrellas, la luna,
la tierra, al agua, a muchos animales y a casi toda la vegetación. Todos estos elementos de la
naturaleza se concibieron como divinos y fueron representados en madera, piedra y
obsidiana.
Las plantas y animales más importantes de la cosmovisión mesoamericana revelan la
imaginación religiosa de los indígenas con formas de vida diferentes a las de la Europa
Occidental, donde la observación del sol, la luna y la madre tierra expresaban realidades
propias vinculadas a una cosmogonía de la que ellos eran parte y debían respetar para
mantener la armonía con la naturaleza.
El hecho de que lo sagrado pudiera aparecer en cualquier forma en la naturaleza, implicó que
las plantas y los animales ocuparan un sitio importante en la simbología antigua. La
vegetación expresaba también la presencia de poderes divinos, los animales estimulaban la
imaginación por su forma de volar o por su ferocidad; así el águila, la serpiente y el jaguar
fueron el centro de adoración de diferentes culturas. Con frecuencia sus cuerpos
representaron la expresión transformada de seres sobrenaturales o dioses temidos y
respetados.
Norberto Sánchez y Francisco Moncayo (1964) en su estudio sobre la historia de la ciencia
forestal en México, explican que desde esos tiempos se consideraba el aspecto recreativo
como uno de los usos del bosque y no solamente se protegieron algunos de estos, sino que se
crearon jardines botánicos y parques, siendo famosas hasta nuestros días las plantaciones de
ahuehuetes que realizó el rey Netzahualcóyotl de Texcoco al cual se le reconoce por sus
grandes dotes de estadista, por su sabiduría, por sus obras de ingeniería que aún subsisten y
por los hermosos himnos que compuso a la naturaleza.
El Virreinato de la Nueva España, 1519-1821
En el tiempo de la conquista, muchos españoles ya habían desmitificado los poderes de la
naturaleza, no creían que las plantas o animales silvestres fueran seres mágicos que pudieran
ayudarlos o dañarlos, frecuentemente ignoraban la importancia de ser cuidadosos con los
bosques o la fauna, las políticas de conservación del Virreinato eran motivadas por
consideraciones económicas, la Corona Española por su parte intentaba proteger
particularmente aquellos recursos naturales importantes para el funcionamiento de la
economía virreinal.
Según consigna Vicente Casals Costa en su trabajo sobre Urbanismo y naturaleza en el Valle
de México de1996, con la llegada de Hernán Cortés y su decisión de construir la capital de la
nueva España en el propio valle, ocasionó una intensa deforestación en las laderas del mismo,
por las crecientes necesidades de madera para la nueva ciudad y para combustible doméstico.
Igualmente, el incremento de la minería requirió de grandes volúmenes de madera que fueron
extraídos principalmente de los bosques del altiplano.
Ante esta situación Enrico Martínez en 1607 aseveraba que las inundaciones de la Ciudad de
México estaban directamente relacionadas con el desmonte y el cultivo de las tierras en las
colinas que la rodeaban, los suelos arrastrados de las partes altas de la cuenca del valle de
México provenían de las zonas rurales aledañas, producto de las prácticas agrícolas
inadecuadas.
Simonian en su obra (1999), señala la preocupación de reyes y virreyes españoles por el
agotamiento de la madera para las operaciones mineras, la construcción de barcos y las
viviendas, ante la falta de restricciones en la explotación de los bosques y la nula
reforestación. Otros recursos de menor valor, como los animales silvestres, o de mayor
disponibilidad como el suelo y el agua, recibieron mucho menor atención por parte de la
Corona.
Puede decirse que desde su inicio esta época fue funesta para los recursos forestales,
coadyuvaron a la destrucción de ellos, la introducción de herramientas de hierro,
particularmente hachas y sierras, mediante las cuales se inició con tal brío la deforestación
que el Virrey don Antonio de Mendoza vio la necesidad de reglamentar el corte de leña y la
producción de carbón por ser perjudicial a los bosques.
Esta fue la primera de una serie de disposiciones legales dictadas por la Corona para el control
de los montes [6] y sus productos, percibiéndose en las más de ellas un incipiente concepto
de protección y conservación.Por ejemplo, en 1536 se ordenaba plantar árboles a la orilla de
las propiedades y hacer lo mismo en las encomiendas, para abastecerse de leña, de acuerdo
con el número de indios que en ellas hubiera.
En 1552 se agregó que los árboles fueran plantados por los indígenas para que no se hicieran
holgazanes. En 1559 se dispuso que los indígenas podrían cortar madera para su
aprovechamiento sin obstáculo alguno, con la salvedad de que lo hicieran sin afectar la
reproducción natural de los árboles.
En 1622, la explotación de caoba, cedro y roble se reservó para beneficio de la Corona y para
1679 se prohibió el corte de árboles en los montes, en correspondencia con lo que mandaban
las leyes del reino so pena de incurrir en castigo, indicando en otra disposición del mismo
año que ninguna persona podría cortar árbol alguno en pie y sólo se podrían aprovechar las
ramas.
No obstante, la buena intención de estas reglamentaciones, los intereses económicos y la falta
o dificultades de las comunicaciones, nos dicen Sánchez y Moncayo, (1964) provocaron que
sólo fueran cumplidas parcialmente por los indios en las ciudades y sus cercanías, y
totalmente ignoradas por los españoles fuera de ellas.
Para la fauna silvestre la situación fue más terrible, especialmente las aves y los mamíferos,
se cazaban con armas de fuego en lugar de redes y dardos, la mayoría de las poblaciones de
animales no tenían importancia económica para merecer la protección real. Los depredadores
llevaron la peor parte, eran cazados con el auxilio de perros y justificaban su muerte por el
peligro potencial que representaban para el ganado y los seres humanos.
En el caso de otros recursos naturales como el agua y el suelo, tampoco se protegió su
deterioro y extinción, particularmente en las incipientes ciudades mineras, donde la demanda
de madera de los bosques hizo peligrar su existencia por desecación de manantiales y erosión
de los suelos, ante la deforestación creciente de árboles necesarios para mantener las
exigencias derivadas de esta actividad.
Al respecto, Simonian menciona que al inicio del Virreinato tres cuartas partes de la Nueva
España estaban cubiertas de bosque, en tanto que Humboldt en 1803 hizo la estimación de
que sólo estaba forestada la mitad de la Nueva España. En un periodo de poco menos de
trescientos años se había perdido una cuarta parte de los bosques.
La ordenanza de 1803 era un componente del programa de España para salvaguardar a sus
colonias contra la intrusión económica y militar de potencias extranjeras, especialmente los
ingleses. Por medio de este particular edicto, los funcionarios de la Corona buscaban
restringir el acceso a las maderas duras de la costa y mantener un adecuado
aprovisionamiento de esas mismas maderas para la armada española.
Durante casi tres siglos de Virreinato, la economía tuvo como sustento básico para su
desarrollo la explotación de los bosques principalmente de las zonas templadas, de ahí
salieron los insumos para soportar las actividades económicas y las formas de vida de
indígenas, españoles y criollos. El movimiento de conservación de los recursos naturales
iniciado en los EUA no tuvo efecto alguno en los territorios de la Nueva España.
De la Independencia al inicio del Porfiriato, 1821-1876
Después de la consumación de la Independencia en 1821, los recursos naturales padecieron
una explotación más aguda que durante el Virreinato, las empresas mineras de capitales
extranjeros arrasaron con los bosques del Altiplano, en tanto en el norte los ranchos y las
haciendas ganaderas alteraron los ecosistemas de las zonas áridas y semiáridas.
El nacionalismo, producto de la Independencia, despertó un renovado interés por el estudio
de los recursos naturales del país, aunque muchos de esos estudios fueron interrumpidos por
la inestabilidad política y económica. Challenger (1998) en su obra señala que después de
1830 los naturalistas que catalogaron y describieron la riqueza ecológica de México no fueron
nacionales sino extranjeros, muchos científicos alemanes, estadounidenses, ingleses y
franceses colectaron ejemplares de plantas medicinales, así como de flora y fauna para sus
propios museos, academias e instituciones fundadas con el fin de fomentar el conocimiento
científico y apoyar su creciente desarrollo industrial. Como respuesta tardía, hasta 1864 se
fundó la Academia Nacional de Medicina y en 1868 la Sociedad Mexicana de Historia
Natural. Este interés por la historia natural de México apareció cuando se hizo evidente el
impacto sobre los recursos naturales del país. Sin embargo, las primeras disposiciones
oficiales en materia de conservación en México se dieron en 1861, cuando el presidente
Benito Juárez estableció la primera ley forestal de observancia en los bosques federales, en
ella se exigía a los taladores plantar diez árboles por cada uno que tiraran.
En 1870 después de la Intervención Francesa, la Sociedad Mexicana de Geografía y
Estadística [7] nombró una comisión para evaluar el estado de los bosques de México y dar
recomendaciones sobre su protección y restauración. Una de sus más importantes tareas fue
despertar en los gobiernos nacional, estatales y municipales la conciencia de las
consecuencias de la deforestación.
La cacería en los bosques y selvas redujo las poblaciones de animales en tal medida que
Benito Juárez en 1870 dictó las primeras leyes mexicanas de protección a la fauna silvestre
para limitar la cacería de algunas especies y normar las temporadas cinegéticas. Sin embargo
estas leyes no se hicieron extensivas a la extracción de resina de los pinos (principalmente
montezumae, pseudostrobus y teocote) utilizada para el alumbrado público de la capital del
país, que acabó con buena parte de los bosques del Valle de México.
Así se hizo evidente que el deterioro de los recursos naturales en las áreas más próximas a la
ciudad capital empezaban a sufrir los estragos de la presencia humana, abriendo
nuevas tierras al cultivo, cortando leña, haciendo carbón, provocando incendios, cazando la
fauna silvestre, contaminando las aguas de ríos y lagos, y sobre todo, abasteciéndose de
madera para los distintas necesidades de la vida urbana. Lo que hizo necesario empezar a
proteger los bosques que rodeaban a la ciudad capital.
Challenger (1998) sostiene que la crítica pública ante la pérdida de los recursos forestales del
Valle de México, debida a la apertura de áreas agrícolas, a la construcción y a la extracción
de leña, detonó acciones del gobierno por conservar los principales acuíferos para el uso
doméstico, industrial e hidroeléctrico. Así, en 1876 Lerdo de Tejada [8] con el fin de
preservar los bosques de pino de las montañas ubicadas al oeste de la capital estableció la
primera área para la conservación y el esparcimiento público, con el nombre de Reserva
Nacional Forestal del Desierto de los Leones.
El Porfiriato, 1876-1910
Desde la primera gran deforestación en aras del impulso de la minería del periodo colonial,
los bosques y las selvas de México no habían sido desmontados a un ritmo tan rápido y a tan
gran escala como durante el Porfiriato. A finales del siglo XIX, las plantaciones de caña de
azúcar, café, cacao, tabaco, hule y henequén modificaron el paisaje y los ecosistemas
naturales, particularmente, cuando el ferrocarril [9] y el telégrafo [10] diezmaron los bosques
templados, y las selvas fueron objeto de explotación de sus maderas preciosas.
Bajo ese panorama, la demanda de madera se incrementó por el uso de las máquinas de vapor
[11] que operaban con leña. En el Altiplano central, la escasez de leña y carbón de encino y
mezquite, y en menor medida de pinos y otras coníferas, se reflejó en la fuerte contracción
de la cubierta boscosa, provocada por el acelerado desmonte para la naciente industria.
Esta situación tuvo algunos paliativos que no lograron frenar la tendencia general de la
deforestación, por ejemplo a partir de 1881 el alumbrado público a base de electricidad
sustituyó al de gas de resina de pino, con lo que se cambió paulatinamente el tipo de
explotación de los bosques de coníferas, al igual que la producción de carbón elaborado
principalmente
con
madera
de
encino.
Esta tendencia general movilizó a los científicos e intelectuales de la época, quienes formaron
en la década de 1890 la Sociedad Nacional de Amigos de los Árboles, en tanto que el
gobierno en forma contestataria publicó en 1894 una versión ampliada de una ley previa
denominada Reglamento para la explotación de bosques y terrenos baldíos y nacionales
[12].
En consonancia con la ley de 1894, Porfirio Díaz en 1898 decretó como Bosque Nacional el
Monte Vedado del Mineral del Chico, en el estado de Hidalgo. Esta acción fue una
manifestación precoz y aislada de un interés que ya veía la necesidad de proteger el bosque
para detener las actividades mineras de la zona y garantizar el suministro de agua a la cercana
ciudad de Pachuca.
En resumen, las acciones llevadas a cabo por el porfirismo fueron; el estudio de la naturaleza
mexicana a través de la creación de la Comisión Geográfica Exploradora fundada en 1878,
encargada de recolectar plantas y animales de todo el país para integrar la primera colección
científica de México, el Museo de Historia Natural fundado en la década de 1890, el Instituto
Geológico creado en 1891, la Comisión de Parasitología Agrícola con sus trabajos iniciales
en 1900, la Sociedad Agrícola Mexicana surgida en 1901, la Junta Central de Bosques del
Valle de México [13] en 1904 y el Departamento de Historia Natural en la Estación Agrícola
Central de la Escuela Nacional de Agricultura.
No obstante, el saldo al final del régimen porfirista indica que la deforestación del Altiplano
central fue casi total, con sólo un 10 por ciento de cobertura original de bosques templados,
en tanto que en la vertiente del Pacífico se mantuvo el 25 por ciento y en la del Atlántico el
30 por ciento.
De la revolución al cardenismo, 1910-1934
El ingeniero civil Miguel Ángel de Quevedo y Zubieta (1862-1945), originario del estado
de Jalisco se formó profesionalmente en Francia, lo que le permitió conocer las principales
ciudades europeas y cultivar importantes amistades con sus colegas franceses y españoles,
los cuales le brindaron la oportunidad de conocer diversas obras de ingeniería que
le sirvieron de referencia para proponer la modernización del país durante el Porfiriato.
Participó en el canal del desagüe, la ampliación de la red ferroviaria, la construcción
de puertos y diversas obras hidraúlicas e industriales, donde llegó a convencerse de la
importancia de los bosques que él mismo había afectado en medida no desdeñable.
Al respecto, Quevedo afirmaba que el bosque [14] servía como regulador de los procesos
climáticos y en consecuencia la humedad atmosférica del valle de México podía mantenerse
adecuadamente por medio de la conservación y repoblación forestales de sus vertientes
(Casals, 1996).
Para 1918 en su disertación con motivo del ingreso a la Sociedad Mexicana de Geografía y
Estadística se pronunció ante la falta de inventarios de los recursos forestales del país, que él
mismo venía realizando con el apoyo de ingenieros forestales franceses [15] desde 1910, año
en que se creó el Departamento de Bosques como la primera administración forestal. Y con
el auxilio de ingenieros de montes españoles [16] mayormente a partir de 1922, cuando ya
había pasado la etapa más álgida de la revolución.
Dentro de este panorama nacional, donde la figura de Miguel Ángel de Quevedo crecía como
defensor de los bosques, los efectos de la guerra de los europeos (1914-1919) propicio un
cambio significativo en la demanda de maderas tropicales, las cuales en su mayoría se
exportaron a los EUA por compañías extranjeras que operaron con el consentimiento y
protección de los gobiernos mexicanos.
Algunos hechos positivos de la etapa posrevolucionaria (1920-1934) fueron la fundación de
la Sociedad Forestal Mexicana en 1922, la apertura del Jardín Botánico del Bosque de
Chapultepec en 1923 y la creación del Instituto de Biología de la Universidad Nacional
Autónoma de México, el cual estableció las bases científicas, teóricas, metodológicas y
prácticas de la conservación de los recursos naturales del país.
Igualmente, se puede mencionar la iniciativa del presidente Venustiano Carranza,
quien imbuido por las acciones de conservación en los EUA, mediante un decreto oficial
declaró Parque Nacional al Desierto de los Leones [17] en 1917, justo porque ahí se captaba
la mayor parte del agua para la Ciudad de México. Después de este hecho aislado, la Ley
Forestal de 1926, fue una medida para proteger los bosques y selvas del país de la voracidad
destructora de las compañías forestales extranjeras, ya que reconocía los bosques y selvas
como propiedad de las comunidades dueñas de las tierras; sin embargo, esta ley permitía la
explotación forestal únicamente a aquellas empresas con suficiente capital, pericia y
experiencia comercial, que paradójicamente, sólo las compañías extranjeras tenían.
Como último acto de importancia para la conservación de las áreas naturales en este período,
el presidente Plutarco Elías Calles en 1928 decretó como Zona reservada para la caza y pesca
de especies de animales y vegetales a la Isla Guadalupe [18] situada en el extremo noroeste
del litoral del Pacífico en la Península de Baja California, a 280 kilometros de distancia de la
costa, con una extensión de 25.000 hectáreas y vegetación dominante de matorral xerófilo.
El
Cardenismo,
1934-1940
El gobierno de Cárdenas en México (1934-1940) se dio en paralelo con el del presidente
Roosevelt de los EUA (1933-1945) y ambos coincidieron en la conservación de los recursos
naturales como prioridad para asegurar la riqueza futura de sus naciones. Cárdenas, de hecho
fue el primer presidente que asumió un interés activo en la conservación de los recursos
naturales de México.
Durante su gestión se concretó la tan postergada Reforma Agraria, prometida durante la
Revolución, esta acción ocasionó la fragmentación de las tierras de las haciendas, los dueños
afectados seleccionaron obviamente las mejores, en tanto los ejidatarios recibieron las que
no tenían riego, las improductivas y las que no tenían infraestructura alguna. Cabe precisar
que muchas dotaciones de tierras para la agricultura fueron zonas boscosas que vieron crecer
la
frontera
agrícola
sin
remedio
alguno.
Además, en los terrenos ejidales fue requisito legal comprobar que la tierra otorgada se
utilizara con fines productivos y no debía quedarse sin sembrar durante periodos superiores
a un año; esto ocasionó la eliminación de grandes extensiones de vegetación natural de tierras
ejidales, con lo cual también desaparecieron muchas especies de importancia etnobotánica.
Aun así, el gobierno de Cárdenas creó 36 nuevas reservas forestales para paliar la explotación
ilegal que produjo graves daños sobre los ecosistemas. De hecho durante su gestión se hizo
el primer intento serio por conservar y proteger la riqueza natural del país, en respuesta a los
problemas derivados de la sobre explotación de los recursos naturales, que fueron percibidos
con gran sensibilidad por Miguel Ángel de Quevedo, quien continuó con su cruzada
conservacionista y encabezó una nueva dependencia para la conservación de los bosques, el
Departamento Autónomo Forestal y de Caza y Pesca.
Como bien lo documentó Challenger en 1998. Quevedo antes de formar parte del gobierno
de Cárdenas realizó una campaña conservacionista durante varias décadas, y a partir de 1935
auspició la creación de 39 parques nacionales [19] que cubren una extensión de
aproximadamente 650.000 hectáreas de bosques de pino y encino distribuidos en 17 de los
estados más densamente poblados del centro del país.
La forma peculiar de decretar y expropiar los bosques por causa de utilidad pública y como
medida de conservación de los recursos naturales por interés nacional, derivó en suspicacias
ante la imposibilidad del gobierno de cumplir regularmente con la indemnización a los
dueños de los predios, que en tal situación podían seguir usufructuando en su favor los
beneficios de las actividades económicas de sus tierras. Esto se tradujo en la virtual
protección del Estado para evitar las demandas de reparto agrario o las invasiones de
campesinos sin tierra en muchas propiedades amenazadas por el crecimiento de la frontera
agrícola o la mancha urbana.
En la presidencia de Cárdenas se plantaron dos millones de árboles en el valle de México y
cuatro millones en el resto del país, para ello se valió del ejército y de la creación de viveros
nacionales, estatales y municipales. También se protegieron 150.000 hectáreas más en 36
áreas, la mayoría de reservas forestales y cinegéticas.
En el último año de su sexenio creó el Departamento de Reservas y Parques Nacionales,
consolidando un sistema de áreas naturales protegidas con sus respectivos decretos federales,
sin embargo, muchos de los terrenos en que se establecieron esos parques nacionales, aunque
se habían adjudicado legalmente a la nación por medio de las expropiaciones, eran propiedad
comunal o ejidal y generaron múltiples conflictos por la tenencia del suelo.
No obstante que el gobierno de Cárdenas tuvo limitaciones económicas para indemnizar a
los propietarios y garantizar una buena administración de las áreas recién decretadas, sentó
las bases legales que le permitieron al Estado dirigir la política de conservación, protección
y manejo de los recursos naturales en todo el país. Particularmente, los bosques del altiplano
que constituían el territorio más cercano, accesible y ecológicamente más vulnerable y
valioso del centro de México.
La selección de áreas para la creación de parques nacionales, como figura de conservación
dominante en ese tiempo, se hizo a partir de tres criterios principales; tener un gran atractivo
paisajístico, constituir un potencial recreativo y poseer importancia ambiental para las
ciudades próximas. Las áreas selváticas, semidesérticas y desérticas del país no fueron objeto
de tal apreciación, dado el escaso poblamiento, pero en las primeras se llevó a cabo una
explotación sostenida de maderas tropicales como la caoba y el cedro por parte de compañías
extranjeras con concesiones privilegiadas que les otorgó el gobierno mexicano en los años
veinte con vigencia hasta 1949. Tuvieron que pasar muchos años más para que a las segundas
se les prestara atención y protección de sus recursos naturales.
La
conservación
en
el
olvido,
1940-1976
Las orientaciones de los gobiernos entre 1940 y 1976 estuvieron impregnadas de un
sentimiento de desarrollo agrícola e industrial que se olvidó de la conservación de las áreas
naturales. En la agricultura se puso énfasis en el cuidado del suelo y en la creación de distritos
de riego y presas, en la industria los recursos naturales se vieron como simples insumos para
incrementar la productividad. Realmente se buscó la modernización de la agricultura y la
industria del país, pero no se atendió la creciente contaminación ambiental en el campo y en
las ciudades derivada del uso de agroquímicos y la emisión de gases tóxicos a la atmósfera o
el
derrame
de
aguas
contaminadas
a
lagos,
ríos
y
mares.
México en 1940 se sumó a la Convención de Protección de la Naturaleza y Preservación de
la Fauna Silvestre del Hemisferio Occidental y la Ley forestal de 1942 estableció medidas
más detalladas para la protección de los parques nacionales [20] que las legislaciones
preexistentes. Pero la administración de Ávila Camacho (1940-1946) reconoció el valor
biológico de los bosques del país haciendo énfasis en la importancia de desarrollar prudente
y eficientemente los recursos forestales de México para el progreso de la industria. Aunque
abiertamente señaló en un discurso de 1941 que su interés en la conservación de los bosques
era
básicamente
de
naturaleza
económica
(Simonian,
1999).
Miguel Alemán como presidente de México (1946-1952), modificó la Ley Forestal y
estableció reservas forestales y zonas protegidas en las cuencas hidrológicas para proteger
los sistemas de irrigación y energía eléctrica, decretando vedas totales en los bosques del
centro del país para garantizar su recuperación. Igualmente, con la ley en la mano exigió a
las compañías forestales que plantaran diez árboles por cada metro cúbico de madera cortada.
El gobierno de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) mantuvo muchas de las políticas
restrictivas de Alemán pero continuó con el desarrollo industrial del país que requería grandes
cantidades de madera, especialmente para el ferrocarril, el telégrafo y las minas [21] . Los
recursos naturales no fueron objeto de estudio, aunque se reconocía de facto que uno de los
imponderables que limitaba el desarrollo era propiamente el estado lamentable en que se
encontraban los suelos y los bosques como consecuencia de muchos años de uso
indiscriminado y que se había disminuido también la presencia del agua y la fauna silvestre.
El presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) promulgó una nueva Ley Forestal en 1960
que estableció los requisitos básicos para normar la gestión y administración de los recursos
naturales de los parques nacionales. Enrique Beltrán fue el Subsecretario Forestal y de la
Fauna, conocido por su inusitado interés en la conservación de los recursos naturales
renovables del país, como tal, impulsó el programa forestal más ambicioso desde la época de
Cárdenas (Cifuentes, 1989).
Con Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) se mantuvo el interés económico de los bosques. Las
tierras y la fauna silvestre raramente parecían tener un valor económico que justificara su
conservación; de hecho parecían ser un obstáculo para la expansión industrial y agrícola de
México. Así que no debe sorprender la poca atención prestada en su gobierno a la protección
de las áreas y la vida silvestre.
El Presidente Luís Echeverría (1970-1976) promovió la apertura de la ganadería en las selvas
húmedas y subhúmedas del sureste mexicano, arguyendo la existencia de mejores índices de
agostadero por cabeza, lo cual implicó talar para ese fin tres millones de hectáreas,
particularmente en Tabasco y Chiapas donde aún había grandes extensiones de selva alta
perennifolia.
Challenger (1998) al incluir todo el periodo que nos ocupa e incluso un poco más, afirma que
entre 1940 y 1980 se talaron para abrir paso a la ganadería, nueve millones de hectáreas de
selvas de la zona tropical del sureste de México, es decir, cerca del cincuenta por ciento del
área original que ocupaba la selva[22] .
Lo único importante que se puede mencionar para este periodo de 36 años es la creación
de siete parques nacionales. Bajo esta situación de crisis Enrique Beltrán argumentaba que
México no podía crear nuevos parques nacionales, ya que no podía siquiera administrar
efectivamente los que ya tenía, haciendo evidente que el crecimiento poblacional del país
alcanzó su ritmo más alto en el inicio de la década de los setenta y constituía una seria
amenaza para los bosques y selvas del país con la creación de nuevos asentamientos humanos
[23] con altos niveles de marginación dispersos en diferentes áreas naturales.
Fue precisamente esa limitante la que orilló a las siguientes presidencias a buscar otras
figuras de conservación de los recursos naturales, donde los gobiernos ya no tuvieran que
cargar solos con la tarea de la protección de las áreas naturales, es decir, donde la
responsabilidad se compartiera con los propietarios de las áreas con valor ecológico.
Consolidación tardía de las áreas naturales, 1976-2000
A principios de los setenta, según lo consigna Simonian (1999), la conservación de los
recursos naturales en las áreas naturales protegidas se vio imbuida por dos
programas internacionales. El primero a cargo de la UNESCO, denominado El Hombre y la
Biosfera; el segundo, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente
Humano, celebrada en Estocolmo, Suecia en 1972. En ambos emergió una nueva perspectiva
en torno de las relaciones entre la conservación y el desarrollo.
Tuvieron que pasar algunos años para que en México se empezaran a adoptar algunas de sus
recomendaciones ambientales, donde las reservas de la biosfera ofrecían una alternativa
preferible al sistema tradicional de conservación de los parques nacionales. Su éxito radicaba
en presentar una estrategia viable para la protección de los recursos naturales, al mismo
tiempo que buscaba la justicia social.
En tanto se levantaban voces a favor de la protección de las selvas mexicanas, el presidente
José López Portillo (1976-1982) encontró más propicio iniciar la protección de las áreas de
matorral xerófilo [24] , en atención al programa de la UNESCO [25] , El Hombre y la
Biosfera, orientado a promover el concepto de reserva de la biosfera que consiste en
conservar la naturaleza sin excluir las actividades humanas.
Gonzalo Halffter, fue decisivo en la creación de las primeras reservas de la biosfera en
México. Sus posibilidades de protección de ecosistemas, de especies endémicas y de las que
se encontraban en peligro de extinción, garantizaban la conservación de la biodiversidad, de
la cual México es considerado entre los primeros cinco lugares a nivel mundial.
Esta nueva figura de conservación de áreas naturales, disminuyó la carga económica en su
creación ya que permite la ocupación humana con algunas restricciones en el uso de los
recursos para garantizar su reproducción y promover nuevas actividades económicas que
garantizan la protección de la biodiversidad y buscan el desarrollo sustentable o
ecodesarrollo.
En el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988) se creó la Secretaría de Desarrollo Urbano
y Ecología (SEDUE), especialmente encargada de la administración de las áreas naturales,
mediante el Sistema Nacional de Áreas Naturales Protegidas (SINANP), cuyo propósito es
contribuir a la mejor representatividad de la biodiversidad tanto de especies endémicas como
en peligro de extinción.
También durante este periodo se crearon varias reservas [26] con lo cual quedaron protegidas
más de tres millones de hectáreas de ecosistemas terrestres y acuáticos casi inalterados, con
fines de investigación, producción sustentable y conservación de la biodiversidad. Aunque
en forma tardía, después de haber desaparecido con el tiempo el setenta y cinco por ciento de
los recursos forestales del país.
El interés de protección también se fue proyectando en torno de otros ecosistemas, como la
selva baja espinosa, los humedales, los manglares, los arrecifes coralígenos, las islas y las
zonas de migración de fauna terrestre y marina. De hecho, se inició la conservación ecológica
de México, anteriormente solo se habían protegido un millón y medio de hectáreas de
reservas federales de áreas naturales, un poco más de 0.5 por ciento del territorio nacional, al
final de su administración se había triplicado la extensión alcanzando 1.5 por ciento de la
superficie del país (Challenger, 1998).
En enero de 1988 se promulgó la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección del
Ambiente (LGEEPA), para promover el uso racional y la explotación sustentable de los
recursos naturales, así como para reglamentar las áreas incluidas en el SINANP, en esa ley se
reconoció como objetivo fundamental la conservación de las áreas naturales bajo un esquema
de desarrollo sustentable.
El sistema de reservas de la biosfera es un acercamiento utilitario a la protección de la
naturaleza que también trata de minimizar el impacto del uso humano sobre el medio
ambiente. Este sistema sustituye al de parques nacionales en forma ventajosa, ya que trata de
proteger especies florísticas y animales representativas que los parques nacionales no
contemplaron como parte de sus funciones de investigación, educación y recreación.
El gobierno de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) convocó y fue anfitrión de la Reunión
Internacional sobre Problemática del Conocimiento y Conservación de la Biodiversidad, a la
que asistieron especialistas de talla internacional, asimismo, en 1992 creó la Comisión
Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO), además de diez
reservas de la biosfera, dos parques marinos nacionales y once reservas de otro tipo. En total,
estas zonas protegen cinco millones de hectáreas de ecosistemas naturales, equivalentes a
casi la mitad de las zonas federales protegidas, que al término de su sexenio abarcaban una
extensión de diez millones de hectáreas, es decir, cinco por ciento del territorio nacional
(Challenger, 1998).
Con la administración de Ernesto Zedillo (1994-2000) se modificó la LGEEPA en 1996
fortaleciendo el SINANP, en ella se retomaron conceptos importantes como el de
biodiversidad y sustentabilidad, se redefinieron los tipos de áreas naturales y se crearon otros
nuevos, igualmente, se tipificó la conservación de los recursos naturales como
responsabilidad conjunta de varias secretarías de estado y se incorporaron las instituciones
académicas y centros de investigación, además de organizaciones no gubernamentales y
organismos de tipo social y privado en la gestión, administración y manejo de las áreas
naturales. También se facultó a las entidades para crear parques y reservas cuando sus áreas
naturales presentaran gran relevancia, y a los gobiernos municipales se les otorgaron
responsabilidades en el cuidado de parques ecológicos urbanos y zonas de preservación
ecológica en su territorio.
En la Ley de 1996 se posibilita la participación ciudadana de ejidatarios, comunidades
indígenas, grupos sociales y personas físicas y morales en las iniciativas de creación de
nuevas áreas naturales protegidas en terrenos de su propiedad. Además se transfiere para su
manejo áreas ya decretadas, incluso, dando en comodato a los gobiernos estatales y
municipales aquellas áreas de su interés para la administración y protección de los recursos
naturales. En todas las áreas decretadas se establecen comités técnicos, instituciones de
fideicomisos, se acepta la inversión privada, se promueven estímulos fiscales y económicos,
y se elabora el plan de manejo respectivo.
Por otra parte, ante la imposibilidad de expropiar las áreas naturales, como se hacía antaño,
actualmente sólo se contemplan medidas regulatorias en torno de las actividades y el
aprovechamiento de los recursos naturales de los propietarios de la tierra.
Las áreas naturales federales protegidas [27] según la Ley de 1996 buscan proteger especies
representativas de los ecosistemas naturales de flora y fauna silvestres; promover la
educación ambiental para adquirir una conciencia conservacionista; intensificar tareas de
gestión ambiental que repercutan en los sectores gubernamental, social y privado; apoyar la
investigación científica vinculada a necesidades prioritarias del país para ampliar el
conocimiento de los recursos bióticos en apoyo a su protección y correcto manejo; y aplicar
planes y programas específicos de preservación y recuperación de ecosistemas, hábitats y
especies prioritarias (Melo, 2002).
Reflexiones
finales
En México las áreas naturales protegidas a nivel federal se impulsaron principalmente
durante los gobiernos de Lázaro Cárdenas, José López Portillo y Miguel de la Madrid
Hurtado. Hasta el año 2002 se reportaron 221 áreas naturales protegidas de carácter federal
(ver cuadro 1), la mayoría de ellas parques nacionales, las más antiguas, y reservas de la
biosfera, las más recientes.
Las entidades cuentan con 213 áreas naturales protegidas (ver cuadro 2), destacando Chiapas
con 39, el Estado de México 38, Nuevo León 23 y Veracruz 17. Sin embargo, difieren de las
áreas naturales federales por su importancia mayormente local. Estas se constituyen en zonas
sujetas a conservación ecológica, parques, reservas, monumentos naturales y museos. Las
funciones que desempeñan son principalmente recreación, educación ecológica, turismo,
protección de flora, protección de fauna silvestre, protección de fauna acuática y campo
experimental forestal.
En la historia de la conservación de las áreas naturales en México, los representantes más
importantes por orden cronológico fueron: Miguel Ángel de Quevedo, Enrique Beltrán,
Gertrude Duby Blom, Miguel Álvarez del Toro y Gonzalo Halffter; el primero como
responsable de los bosques durante el Cardenismo; el segundo como Subsecretario Forestal
y de la Fauna en el sexenio de López Mateos; la tercera como fiel defensora de la riqueza de
la Selva Lacandona en Chiapas; el cuarto como el principal impulsor de la conservación de
la biodiversidad del estado de Chiapas; y el quinto como el impulsor de una nueva relación
entre la naturaleza y la sociedad mexicana en las reservas de la biosfera.
En conclusión, el avance en la conservación de los recursos naturales de las áreas
representativas del país, siempre ha sido precedido por el exterminio de los bosques, la
erosión de los suelos, la contaminación de las aguas y el exterminio de la fauna, que en
consecuencia son causa y motivo de políticas de conservación tardía, que han propiciado el
deterioro de los recursos naturales, la contaminación y la degradación ambiental que
actualmente experimentamos.
Notas:
[1] La cual a partir de 1956 se le conoce como Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y de
los Recursos Naturales.
[2] Está integrada por seis comisiones: Manejo de Ecosistemas; Educación y Comunicación; Legislación
Ambiental; Política Ambiental, Económica y Social; Superviviencia de Especies; y la Comisión Mundial de
Áreas Protegidas.
[3] Un área natural protegida es una superficie terrestre o marina especialmente consagrada a la protección y el
mantenimiento de la diversidad biológica, así como la protección de recursos culturales, naturales y asociados,
y que sea manejada a través de medios jurídicos u otras instancias eficaces. (UICN-WCPA, 1994, citado por
Melo, 2002).
[4] La cultura maya vinculó su desarrollo con el bosque tropical, basando sus prácticas agrícolas, hortícolas y
forestales en el pluricultivo, por lo cual, su decadencia no pudo haber sido causada por un colapso ecológico.
Más bien fue consecuencia de complejos factores socioeconómicos y políticos (Barrera et al., citado por Anaya
et al., 1992 y Melo, 2002).
[5] El rey Nezahualcóyotl, en el siglo XV fundó el primer jardín botánico en Tezcoco, por su parte el emperador
Moctezuma Xocoyotzin protegió el Bosque de Chapultepec y creó un jardín en El Peñón, los dos en el valle de
México, asimismo, estableció jardines en Atlixco Puebla y Oaxtepec, Morelos (Ordoñez y Flores, 1995, citado
por Melo, 2002).
[6] Según refiere Vicente Casals Costa en su obra sobre Los ingenieros de montes en la España contemporánea,
1848.1936, publicado por Ediciones del Serbal en Barcelona, España en 1996, el término montes se utilizó en
España para referirse a los bosques y a las actividades forestales.
[7] Creada en 1833.
[8] Presidente de México.
[9] Durante este período fue construida una extensa red de ferrocarriles en el país, se incrementó notablemente
el sistema ferroviario, se mejoraron los puertos, comenzó a electrificarse el país y empezó su industrialización
(Casals, 1996, p. 179).
[10] Al respecto ver el trabajo de Héctor Mendoza Vargas sobre La geografía y la innovación tecnológica: el
caso del telégrafo mexicano, 1850-1914. Publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México en 2003.
[11] En 1898 obtuvo concesiones en la ciudad para su electrificación la compañía Siemens & Halske Co., que
utilizaba para la generación de electricidad una planta a vapor usando como combustible madera (Casals, 1996,
p. 87).
[12] Pere Sunyer Martín, elaboró un artículo precisamente sobre Tierras y baldíos: las políticas del estado
mexicano para la “civilización” del territorio en el siglo XIX, publicado por el Instituto de Geografía de la
UNAM en 2002.
[13] Vicente Casals Costa afirma que alrededor de 1904 se incorporó a la Junta Central de Bosques del Valle
de México el primer ingeniero español de montes (forestal), José de la Macorra quien paso posteriormente a
desempeñar sus tareas profesionales en la empresa papelera de San Rafael que se abastecía de la madera extraída
de las faldas del volcán Popocatepetl.
[14] Un bosque da lugar a una mayor evaporación que una superficie equivalente de agua, contrariamente a lo
que sostenía el ingeniero geógrafo Agustín Aragón en 1896 en un artículo titulado La vegetación y la lluvia,
publicado por Omar Moncada en 1999 en el libro la “Bibliografía Geográfica Mexicana. La Obra de los
Ingenieros Geógrafos”, Instituto de Geografía, Universidad Nacional Autónoma de México.
[15] George Lapie, Lucien Gainet, Henry Burcez, Eugene Beaux, Edmond Bournet y Forestier, entre otros.
[16] José de la Macorra y Eduardo García Díaz, quienes colaboraron en la Sociedad Forestal Mexicana y en la
Revista
México
forestal.
Otros
fueron
Andrés
Avelino
de
Armenteras,
Pedro de Ávila, Miguel del Campo, Ricardo Cordoniu, Lucas de Olazábal, entre otros.
[17] Constituido por un área boscosa de pinos y oyameles.
[18] La cual constituye el territorio más extremo en el noroeste del país y actualmente es considerada Reserva
de la Biosfera.
[19] Número superior al de cualquier régimen anterior o posterior.
[20] Esa ley consideró a los parques nacionales como áreas destinadas a asegurar la protección de las bellezas
del paisaje natural de la flora y de la fauna de importancia nacional, mismas que pueden ser mejor disfrutadas
por el público mediante su sujeción a la vigilancia oficial (Sánchez y Moncayo, 1964).
[21] Justamente los aclareos de los bosques para el trazo de las rutas del ferrocarril y del telégrafo, los
durmientes para las vías, los postes para el cableado y las vigas para los socavones incrementaron
exponencialmente los volúmenes de madera.
[22] Lo cual disminuyó la biodiversidad del país por la extinción de especies endémicas.
[23] Que diezmaron severamente las zonas boscosas del país con el uso cotidiano de leña y carbón para la
elaboración de los alimentos de 20 millones de mexicanos, con un volumen superior a la madera aserrada.
[24] En 1979 decretó como Reservas de la Biosfera a Mapimí y La Michilía.
[25] Los programas de la UNESCO han contribuido a mejorar las expectativas de vida de las sociedades
humanas, pero en detrimento de los recursos naturales.
[26] Entre ellas la Reserva Especial de la Biosfera Mariposa Monarca y las reservas de la biosfera de Sian
Ka´an, Calakmul, Manantlán, El Cielo, El Vizcaíno y otras más.
[27] Los tipos de áreas naturales protegidas son: Reservas de la Biosfera; Parques Nacionales; Monumentos
Naturales; Áreas de Protección de Recursos Naturales; Áreas de Protección de la Flora y la Fauna; Santuarios;
y Parques Marinos.
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VARGAS, Fernando. Compilador. Áreas Naturales Protegidas de México con Decretos Federales. México:
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VARGAS, Fernando. Compilador. Áreas Naturales Protegidas de México con Decretos Estatales. Volúmenes
I y II. México: Instituto Nacional de Ecología; Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas; Secretaría de
Medio
Ambiente
y
Recursos
Naturales,
2002.
ANEXOS
Cuadro 1
Áreas Naturales
Protegidas Federales
Fecha
Número
1915-1925
8
1926-1935
18
1936-1945
89
1946-1955
14
1956-1965
5
1966-1975
6
1976-1985
29
1986-1995
33
1996-1999
19
TOTAL
221
Fuente: Vargas, 2000, p. 821-825
Cuadro 2
Áreas Naturales
Protegidas Estatales
Aguascalientes
Baja California Sur
Campeche
Chiapas
3
1
39
Distrito Federal
8
Estado de México
38
Guanajuato
5
Michoacán
8
Morelos
4
Nayarit
1
Nuevo León
23
Oaxaca
4
Puebla
3
Quintana Roo
7
San Luis Potosí
5
Sinaloa
1
Sonora
1
Tabasco
9
Tamaulipas
5
Tlaxcala
3
Veracruz
17
Yucatán
5
TOTAL
213
Fuente: Vargas, 2002, p. 5-10
CASTAÑEDA RINCON, J. Las áreas naturales protegidas de México; de su origen precoz a su consolidación
tardía. Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales. Barcelona: Universidad de
Barcelona, 1 de agosto de 2006, vol. X, núm. 218 (13). <http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-218-13.htm> [ISSN:
1138-9788]
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