154072131-Marija-Gbutas-Concepciones-Mitologicas-Paleoliticas

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El Origen del Cosmos y la Vida
± 35.000 a.C. / S. XVII
Ramo de Ecofilosofía
Escuela de Formación Política de
Líderes Juveniles Socialistas Nacionales
1
MOVIMIENTO SOCIALISTA NACIONAL
PATRIA NUEVA SOCIEDAD
REVISTA ACCION CHILENA
Revista del Movimiento Patria Nueva
Sociedad
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Santiago
Escuela de Formación Política de Líderes Juveniles
Socialistas Nacionales - Ecofilosofía . Guía 1
El lenguaje de la Diosa
De Marija Gimbutas - Prólogo de Joseph Campbell
Así como hace un siglo y medio -mediante el desciframiento de la Piedra Roseta-, Jean-François Champollion fue
capaz de establecer un glosario de señales jeroglíficas que
sirvieron de llave para la totalidad del gran tesoro del pensamiento religioso Egipcio desde el 3.200 a.C. hasta el período
de los Ptolomeos, así, en su ensamblaje, clasificación e interpretación descriptiva de alrededor de dos mil artefactos simbólicos de aldeas Neolíticas tempranas europeas, de 7.000 a
3.200 años a.C., la arqueóloga Marija Gimbutas ha sido capaz, no sólo de preparar un glosario fundamental de los motivos simbólicos como llaves de la mitología indocumentada
de una era, sino también establecer sobre la base de su interpretación, las señales y líneas principales de una religión basada en la veneración del Universo como el cuerpo vivo de
una Diosa-Madre-Creadora, y de todas las cosas vivas en su
interior, participando de su divinidad –es decir, una religión;
que uno percibe inmediatamente en contraste con el Génesis
3:19, donde Adán es mandado por su Padre-Creador: “Con
el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la
tierra, pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres, y al
polvo volverás”. En esta temprana mitología, la Tierra además de todas sus criaturas han nacido, pero no del polvo,
sino de la Diosa Creadora misma.
En la biblioteca de erudición europea, el primer reconocimiento de un orden matrístico en los antecedentes de la vida
y el pensamiento que subyacen en las formas de Europa como
del Oriente Cercano, apareció en el libro de Johann Jakob
Das Mutterrecht
Bachofen “Das
Mutterrecht” (El Derecho Materno), donde se
mostró que en los códigos Romanos hay aspectos rudimentarios de la Ley que pueden reconocerse como un orden de
herencia matrilineal.
Diez años antes, en Estados Unidos, Lewis H. Morgan había publicado en “La Liga del Ho-dé-no-sau-nee”, o Iroqués,
un informe de dos volúmenes sobre una sociedad en que
aún se reconocía tal principio de “Derecho Materno”; y en
una revisión sistemática, consecutivamente, de los sistemas
de parentesco a lo largo de América y Asia, él había demostrado una distribución a través del mundo de dicho orden de
vida comunal prepatriacal.
El reconocimiento de Bachofen, alrededor 1871, de la relevancia del trabajo de Morgan en su propio marco, significó
una penetración desde un ámbito exclusivamente Europeo, a
una comprensión planetaria de este fenómeno sociológico.
Hay que reconocer en la reconstrucción de Marija
Gimbutas del “Lenguaje de la Diosa” una gama de importancia histórica lejos más amplia, por tanto, que lo que meramente significa la Europa arcaica, desde el Atlántico al
Dnieper, cerca del 7.000 al 3.500 a.C.
Además, en contraste con las mitologías de las tribus ganaderas Indo Europeas que, ola sobre la ola, desde el cuarto
milenio a.C. inundaron los territorios de la vieja Europa y
cuyo panteones -dominados por Dioses varones- reflejaron
los ideales sociales, leyes, y fines políticos de las unidades
étnicas que ellos sostenían, la iconografía de la Gran Diosa
provino del reflejo y veneración de las leyes de Naturaleza.
El léxico de Gimbutas de este manuscrito pictórico, muestra un intento de parte de humanidad primordial para comprender y vivir en la armonía con la belleza y portento de
Creación, que -en términos simbólicos arquetípicos- es una
filosofía de la vida humana, la que está en total contradicción
con cada aspecto de los sistemas de manipulación que en
Occidente han predominado en tiempos históricos.
Uno no puede dejar de sentir en este aspecto, que este
volumen, justo en el giro de la centuria, muestra la evidente
relevancia de la universal necesidad de reconocer en nuestro
tiempo una transformación general del conocimiento.
Este mensaje es de una edad real de armonía y paz, en
acuerdo con la mágica energía creadora de la naturaleza,
que antecede en cuatro mil años prehistóricos, los cinco mil
años que James Joyce ha llamado “La Pesadilla” (de la lucha
de los intereses nacionales y tribales), de la que seguramente
ahora este planeta está a tiempo para despertar.
Joseph Campbell
Introducción
El propósito de este texto es presentar el “manuscrito” pictórico de la religión de la Gran Diosa de la Europa arcaica,
que consta de signos, símbolos e imágenes de las divinidades.
Estas son nuestras fuentes primarias para reconstruir las escenas prehistóricas, y son vitales para cualquier comprensión
certera de la Mitología y la Religión occidental.
Cuando hace unos veinte años, por primera vez, comencé a preguntarme acerca del significado de los modelos de
diseño y señales que aparecen repetidamente sobre los objetos de culto y alfarería pintada de la Europa Neolítica, ellos
me golpearon como si fueran pedazos de un rompecabezas
gigantesco, cuyas dos terceras partes se han perdido. Al trabajar en su terminación, los temas principales de una vieja
ideología europea fueron apareciendo, primariamente mediante el análisis de los símbolos e imágenes y el descubrimiento de su orden intrínseco. Ellos representan la gramática
y la sintaxis de un tipo de metalenguaje, a través del cual se
transmite una constelación entera de significado. Ellos dan a
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conocer la cosmovisión básica de la cultura europea arcaica
(pre Indo-Europea).
Los símbolos raramente pueden ser resumidos en cualquier sentido genuino; sus lazos con la naturaleza persisten,
y se descubren mediante el estudio de sus contextos y asociaciones. De esta manera, nosotros podemos descifrar el pensamiento mítico, que es la raison d’être (razón de ser) de este
arte, y la base de su forma.
El presente trabajo crece fuera del extenso cuerpo de símbolos conservado en los artefactos reales en sí mismos. Mi
presuposición primaria es que ellos pueden ser mejor entendidos sobre sus propios planos de referencia, agrupados según su coherencia interna.
Ellos constituyen un sistema complejo, en que cada unidad se imbrica con cada otra, en las que parecen ser categorías específicas. Ningún símbolo puede tratarse aisladamente, la comprensión de las partes lleva a comprender la totalidad, que a la vez lleva a identificar más de las partes. Este
libro explícitamente busca identificar los viejos modelos Europeos, que cruzan los lindes de tiempo y espacio. Estas asociaciones, sistemáticas en el Oriente Cercano, en el área del
Mediterráneo, Europa del sudeste, del norte, occidental, y central, indican la extensión de la misma religión de la Diosa de
todas estas regiones, como un sistema ideológico coherente
y persistente.
Yo no creo, como piensan muchos arqueólogos de esta
generación, que nosotros nunca sabremos el significado de
la religión y el arte prehistórico. Es cierto, la escasez de fuentes hace la reconstrucción difícil en la mayoría de las instancias, pero la religión del período agrícola temprano de Europa y Anatolia está muy ricamente documentada. Las tumbas,
templos, frescos, descansos, esculturas, figuritas, cuadros pictóricos y otras fuentes, necesitan analizarse desde el punto de
vista de su ideología. Por esta razón es necesario ampliar el
alcance descriptivo de la arqueología con investigaciones
interdisciplinarias. En este trabajo yo me apoyo fuertemente
en la mitología comparada, las fuentes históricas tempranas
y la lingüística, así como también sobre el folklore y la etnografía histórica.
El mundo de la Diosa implica el reino entero en que ella
se manifestó en sí misma. ¿Cuáles eran sus funciones más
importantes? ¿Cuáles eran las relaciones entre ella y sus animales, plantas, y el resto de naturaleza?
Su lugar en la prehistoria y en la historia temprana como
una figura cosmogónica, la fuente fructífera universal, ya no
es una novedad para muchos lectores. En numerosos libros
escritos por historiadores religiosos, mitólogos, y psicólogos,
ella se ha descrito como la “Gran Madre”, quien da nacimiento a todas las cosas desde su matriz. Es usualmente representada y bien conocida como la “Venus” Paleolítica, y en
figuritas desde Neolítico de Europa y Anatolia o desde la Creta de la Edad de Bronce.
Las analogías para ella surgieron alrededor de todo el
mundo: en la Asia pre Védica, Egipto, Mesopotamia, en las
culturas Indias Norteamericanas, y en otras partes. No obstante, estas analogías eran simplistas y estaban presentadas
sin el beneficio del estudio de los antecedentes. Este fue el
factor para que yo no basara mi interpretación de los símbolos y funciones de las divinidades sobre tales analogías accidentales, que se encuentran en todos los continentes del mundo. Yo he enfocado mi investigación estrictamente en la evidencia europea, pero incluyendo todas las culturas Neolíticas
y subsiguientes, fase por la fase. Por esta razón, yo he segui-
do la continuidad de los símbolos y las imágenes que remiten
a tiempos históricos y prehistóricos recientes desde atrás, trazando sus orígenes en el Paleolítico.
Los materiales disponibles para la investigación de los símbolos Europeos arcaicos son tan extensos como la negligencia con que se ha tratado su estudio. De este cuerpo rico de
materia, el conjunto de cerámicas rituales y otros objetos marcados con símbolos es muy completo. Las esculturas en miniatura, llamadas figuritas (figurines), encontradas en cantidad en casi cada cementerio y arreglo Neolítico, son inapreciables para reconstruir no solamente el simbolismo, sino la
religión en sí misma. Ya que los rituales eran restablecidos,
las piedras, el marfil, el hueso, y las figuritas de arcilla volvían a ser usadas, y mucho del contenido de esta religión
prehistórica se ha conservado. La tradición de marcar las figuritas y los otros objetos de culto con determinados símbolos, nos permite poder descifrar sus funciones.
Los sitios más ricos donde los templos y las pinturas se
han conservado son de importancia extrema, recreando estas divinidades, sus funciones y sus rituales asociados.
Los hallazgos de Çatal Hüyük, en Anatolia central (Turquía), fechados desde antes del 6400 al 5600 a.C., (N.d.A.:
en cronología sin calibrar. La edad real sugerida está desde
el fin del VIII al fin del VII milenio a.C.) fueron hechos por
James Mellaart en el decenio de 1960. En mis propias
excavaciones en Achilleion, Tesalia (Grecia), entre 1973 y
1974, he descubierto algunos de los templos europeos más
antiguos, de cerca de 6000 años a.C.. El descubrimiento de
áreas de entierro sagrado del Mesolítico y el Neolítico temprano en Lepenski Vir y Vlasac, sobre el Danubio, en Yugoslavia del norte, excavadas por el Dr. Srejovic y Z. Letica, en el
decenio de 1960, han contribuido con información preciosa
sobre los rituales fúnebres y las esculturas de divinidades asociadas con la regeneración. Un oleaje notable de descubrimientos en Bulgaria, Rumania, Moldavia y en Ucrania occidental después de la Segunda Guerra Mundial, han dado a
conocer tesoros de esculturas y alfarería pintada, así como
también modelos de templo y templos. La mayoría de estos
data desde el VI y V milenios a.C.
En el área Mediterránea, además de los grandes templos
y las tumbas de Malta, conocidas desde las primeras décadas del siglo XX, las excavaciones en Sardinia han dado a
conocer roca cortada y tumbas subterráneas, otra fuente rica
de información sobre rituales fúnebres y su simbolismo asociado. El arte y los grabados de las tumbas megalíticas a lo
largo de la costa atlántica del Oeste y el Noroeste de Europa
occidental y las Islas Británicas, proveen conocimientos valiosos sobre las creencias vinculadas con la muerte y regeneración.
La mayoría de las ilustraciones que reproduzco aquí, datan desde el 6500 al 3500 a.C. en la Europa del sudeste, y
desde antes del 4500 al 2500 en Europa occidental (el
Neolítico comenzó apreciablemente después en el oeste). Se
incluyen también ejemplos provenientes del Paleolítico Superior, para demostrar la fantástica longevidad de ciertas imágenes y diseños. En todo caso, su tenacidad en la Edad de
Bronce no se ignora. De hecho, siendo más evolucionado
que sus predecesores y llenos de la gracia de afirmar la vida,
los motivos de la Edad del Bronce de Chipre, Creta, Thera,
Sardinia, Sicilia, y Malta son fuentes magníficas para nuestro
propósito.
Thera y otros templos, frescos, cerámicas, piedra esculpida y esculturas Minoicas son de la altísima calidad que el
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viejo mundo siempre creó. Los registros históricos, mitos, y
los rituales muestran que mucha de esta gran cultura artística, saturó las antiguas Grecia, Etruria, y otras partes de Europa.
Las creencias de los pueblos agrícolas en lo que concierne a la esterilidad y la fertilidad, la fragilidad de la vida, la
amenaza constante de destrucción, y la necesidad periódica
de renovar los procesos generadores de la naturaleza, están
entre las más perdurables.
Estas creencias sobreviven en el presente, lo hacen como
aspectos muy arcaicos de la Diosa prehistórica, a pesar del
continuo proceso de erosión en la era histórica. Traspasadas
por las abuelas y las madres de la familia europea, las creencias antiguas sobrevivieron la sobreposición de los
indoeuropeos y, finalmente, de los mitos cristianos. La religión centrada en la Diosa existió por un tiempo muy largo,
muchísimo más largo que la religión Indoeuropea y la cristiana (que representa un período relativamente corto de historia
humana), dejando una impresión indeleble sobre la psiquis
Occidental.
Las creencias antiguas que se recuerdan en tiempos históricos, o las que todavía existen en áreas periféricas y rurales de Europa alejadas de las turbulencias de la historia europea –particularmente en el país Vasco, Bretaña, Gales, Irlanda, Escocia, y Escandinavia o donde la cristiandad se introdujo muy tarde, como en Lituania (oficialmente en 1387, pero
en la realidad no antes del final del siglo XVI)- son esenciales
para la comprensión de los símbolos prehistóricos. Estas versiones tardías las conocemos nosotros en sus contextos rituales y míticos.
Este texto es un estudio en arqueomitología
arqueomitología, un campo
que incluye arqueología, mitología comparada y folklore, y
un campo que los arqueólogos aún deben explorar. Los
mitólogos por su parte, han ignorado las ricas fuentes arqueológicas, a pesar de las posibilidades enormes que ellas
proveen. Espero que este trabajo abra un camino a los tesoros de folklore, como otra fuente para reconstruir la ideología prehistórica. La investigación adicional debería rendir una
cosecha rica al permitir reconocer dos sistemas simbólicos
diferentes -uno reflejando una cultura gilánica-matriarcal ***,
el otro una cultura androcrática- dentro de la voluntad de
mitología prehistórica e histórica Europea, iluminando el estudios de los orígenes de mitos y símbolos.
Dumézil (1898-1986), dedicó el trabajo de su vida a establecer la mitología como una rama independiente de las
Ciencias Sociales. Su estudios han mostrado que los seres
míticos constituyen medios para explicar el orden de la humanidad y los orígenes del Universo, y que el pensamiento
mítico no es accidental, pero ocurre dentro de un sistema
organizado de funciones y actividades divinas. Así, la mitología refleja una estructura ideológica.
El estudio comparativo muestra la sociedad y la mitología
Indoeuropeas constando de tres clases: los soberanos, los
guerreros, y los pastores/agricultores; estos se relacionan con
funciones divinas en los tres reinos: el sagrado, el de la fuerza física, y el de la prosperidad. De este modo, una primera
luz brilló sobre la naturaleza de la ideología y la vida
Indoeuropea. Desafortunadamente, Dumézil disoció su sistema de tres funciones desde el precedente sistema matriarcal,
que refleja un panteón enteramente diferente de diosas, y
una estructura social diferente, principalmente porque él no
usó fuentes arqueológicas. Aquí es donde su modelo fracasó.
Típicamente, las Diosas Europeas arcaicas se relegaron a
la tercera función, la prosperidad o la fertilidad, y así llegaron a ser agrupadas como “Diosas bajas”, “dieux dernier”.
En algunos contextos, sin embargo, por ejemplo en relación
con la Diosa griega Atenea o la Diosa Machas de Irlanda,
Dumézil admitió que las diosas son multifuncionales, desempeñándose en los tres reinos. En uno de sus trabajos, él iguala su estado, sosteniendo que ellas forman “la espina en su
sistema” (Dumézil 1947: 1352).
Se aclara así que las mitologías Indoeuropeas se mezclaron con las pre-indoeuropeas, y que un sistema confiable no
puede reconstruirse sin primero distinguir y después
desmalezar estos elementos más tempranos. El modelo de
Dumézil no funciona si se aplica a estas mitologías híbridas.
Las diosas heredadas desde la Europa arcaica, tales como
Atenea, Hera, Artemisa y Hécate en Grecia; Minerva y Diana
en Roma; Morrígan y Brigit en Irlanda; Laima y Ragana en el
Báltico; Baba y Yaga en Rusia, Mari en el país Vasco, y otras,
no son “las Venus”, trayendo fertilidad y prosperidad; como
nosotros veremos, ellas son mucho más. Estas donadoras de
vida y gobernantes de la muerte son “Las Reinas” o “Las Damas”, y como tales ellas permanecieron en credos individuales por muy largo tiempo, a despecho de su destronamiento
oficial, militarización, e hibridación con el panteón Indoeuropeo, como esposas y novias celestiales. En la Europa arcaica,
las diosas nunca llegaron a ser “Diosas de Segunda” (“Déesses
dernières”) como en tiempos Cristianos. Todo esto requiere
una expansión vertical del método de Dumézil.
Los materiales arqueológicos no son mudos. Ellos hablan
su propio lenguaje. Y ellos necesitan ser usados como una
gran fuente para ayudar a desenmarañar la espiritualidad de
aquellos de nuestros ancestros que fueron asaltados por los
indoeuropeos por muchos millares de años. Mi foco está sobre el período que comienza con la agricultura temprana en
la Europa, hace unos ocho a nueve mil años. Los granjeros
Neolíticos evolucionaron sus propios modelos culturales en el
curso de varios milenios. Los recolectores de alimento dieron
paso a los productores-cazadores de alimento con modos de
vida sedentaria, pero a esto no correspondieron mayores cambios en la estructura del simbolismo, sólo una gradual incorporación de nuevas formas y la elaboración o transformación de las viejas. Verdaderamente, lo que es sorprendente
no es la metamorfosis de los símbolos a través de los milenios,
sino su continuidad desde los tiempos Paleolíticos.
Los aspectos más importantes de la Diosa del Neolítico –
como Dadora de Vida, retratada en una natural postura de
parto; como Dadora de Fertilidad influyendo sobre el crecimiento y la multiplicación, retratada como una mujer encinta
desnuda; como Dadora de Vida, Nutrición y Protección, retratada como una mujer pájaro con senos y nalgas sobresalientes; y como Gobernante de la Muerte, como una mujer
desnuda y rígida (como un “hueso”)- pueden todos ser rastreados hacia atrás, hasta el período en que aparecieron las
primeras esculturas de hueso, marfil o piedra, alrededor de
25.000 años a.C., y sus símbolos: vulvas, triángulos, senos,
chevrons (N.d.T.: figura de dos o tres barras en forma de “V”
–cuernos de cabra-, que llevan en las mangas las clases del
ejército. Cheurrón - Cheurón: [Blasón] cabrío; la figura o pieza en forma de ángulo que se pone en los escudos), zig-zags,
meandros, marcas de taza- y aún a los primeros tiempos.
El tema principal de simbolismo de Diosa es el misterio
del nacimiento y la muerte y la renovación de la vida, no
solamente la vida humana, sino toda la vida sobre la tierra y
desde luego en el cosmos entero. Los símbolos y las imáge4
nes se agrupan alrededor la Diosa partenogenética
(autogeneradora) y sus funciones básicas como Dadora de
Vida, Gobernante de la Muerte y, no menos importante, como
Regeneradora, y en torno a la Madre Tierra, la Diosa de la
Fertilidad, joven y vieja, naciendo y muriendo con la vida de
las plantas. Ella era la única fuente de toda la vida que toma
su energía desde la primavera y los manantiales, del sol, la
luna, y de la tierra húmeda. Este sistema simbólico representa un tiempo mítico cíclico, no lineal. En el arte esto se manifiesta por signos de movimiento dinámico: remolinos y trenzas espirales, serpientes torcidas y enrolladas, círculos, semicírculos, cuernos, semillas y brotes germinando. La serpiente
era un símbolo de regeneración y energía de vida, la criatura
más benévola, no maligna.
Iguales colores tenían significados diferentes que en el
sistema simbólico Indo-Europeo. El color negro no significaba la muerte o el mundo subterráneo; era el color de la fertilidad, el color de las cuevas húmedas y del suelo fértil, la
matriz de la Diosa donde la vida comienza. El blanco, por
otra parte, era el color de los huesos, de la muerte, al contrario que en el sistema Indo Europeo, en que tanto el blanco
como el amarillo son los colores del cielo esplendoroso y el
sol. De ninguna manera la filosofía que produjo estas imágenes puede confundirse con el mundo de los pastores IndoEuropeos con sus dioses guerreros jinetes de caballos, cielos
atronadores y esplendorosos, o su pantanoso mundo subterráneo, la ideología en que las Diosas hembras no son creadoras, sino bellas “Venus”, novias de los Dioses del Cielo.
El arte centrado en la Diosa con su llamativa ausencia de
imágenes de contienda y dominación masculina, refleja un
orden social en que las mujeres como cabezas de los clanes
o reinas sacerdotisas, juegan un rol central. La vieja Europa y
Anatolia, y también la Creta Minoica son gilánicas ***. Un
equilibrado sistema social no patriarcal y no matriarcal reflejado por la religión, la mitología y el folklore, por estudios de
la estructura social del la cultura ancestral Europea y Minoica,
y apoyado por la continuidad de elementos de un sistema
matrilineal en las antiguas Grecia, Etruria, Roma, Vasconia y
otros países de Europa.
Mientras las culturas europeas llevaban una existencia
pacífica y alcanzaban un verdadero florecimiento del arte y
la arquitectura en el V milenio a.C., una cultura Neolítica muy
diferente, con caballos domesticados y mortales armas surgió desde la cuenca del Volga, en el sur de Rusia, y después
del V milenio también del oeste del Mar Negro. Esta nueva
fuerza inevitablemente cambió el curso de la prehistoria europea. Yo he llamado “Kurgan” (N.d.T.: “Kurgan” significa
“túmulos” en ruso. En inglés “barrow”: montón de tierra levantado en memoria de los que perecieron en una batalla.
Kurgan sería entonces la Cultura de los “Tumularios”, como
en El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien), puesto que los
muertos eran sepultados en túmulos redondos que cubrían
las casas mortuorias de los varones importantes. Los aspectos básicos del la cultura Kurgan retroceden al 6º y 7º milenio
a.C., en el Volga central y el bajo Volga, y son: patriarcado,
patrilinearidad; agricultura de pequeña escala y manejo animal, incluyendo la domesticación del caballo no después del
6º milenio; la eminente posición del caballo en el culto; y -de
gran importancia-, las armas: arcos y flechas, lanzas y dagas. Estas características igualan a las que han sido reconstruidas como Proto-Indo Europeas a través de estudios
lingüísticos y de mitología comparada. Ellas están en oposición a la cultura gilánica, pacífica, sedentaria, con alto desa-
rrollo agrícola y una gran tradición cerámica, escultórica y
arquitectónica de la Vieja Europa.
Así, los repetidos disturbios e incursiones del pueblo Kurgan
(a quienes yo veo como Proto Indo Europeos), pusieron fin
escabrosamente a la cultura de la Vieja Europa, entre el 4300
y el 2800 a.C., cambiándola de gilánica a androcrática y de
matrilineal a patrilineal. Las regiones Egeas, Mediterráneas y
de Europa del oeste escaparon largamente de este proceso;
allí, especialmente en islas como Thera, Creta, Malta y
Sardinia, la cultura de la Vieja Europa floreció en una
envidiablemente pacífica y creativa civilización hasta el 1500
a.C., unos mil a mil quinientos años después de que Europa
Central se había transformado completamente.
No obstante, la religión de la Diosa y sus símbolos sobrevivió como una corriente subterránea en varias áreas. Actualmente, muchos de estos símbolos están presentes como imágenes en nuestro arte y literatura, poderosos motivos en nuestros mitos y arquetipos en nuestros sueños.
Nosotros aún vivimos bajo la influencia de la invasión
masculina y agresiva, y sólo estamos comenzando a descubrir nuestra larga alienación de nuestra auténtica herencia
europea: una cultura gilánica, no violenta y centrada en la
Tierra. Este libro presenta por primera vez evidencia concreta
de esta cultura duradera y su lengua simbólica, cuyos vestigios permanecen enredados en nuestro propio sistema de
símbolos.
Marija Gimbutas
*** Riana Eisler, en su libro “El Cáliz y la Espada” (1987)
GY- desde gymnos, mujer; AN
propone el término gylany (G
desde andros, hombre, y la letra L entre los dos siendo el
nexo de ambas mitades de humanidad) para la estructura
social donde ambos sexos tenían igual importancia y responsabilidad social, económica y cultural.
Categorías Simbólicas
Una mirada cercana a las asociaciones simbólicas reduce enormemente el número de significados simbólicos. La clasificación de los símbolos en grupos interrelacionados se refleja en la división del libro en cuatro partes con distintos temas: Iª Parte, Dadora de Vida; IIª Parte, La Tierra renovadora
y eterna; IIIª Parte, Muerte y Regeneración, y IVª Parte, Energía y Revelación.
La primera categoría de símbolos influye en la esfera acuática, puesto que una creencia frecuente era que toda la vida
vino del agua. Los símbolos del agua en espacios, manando
y lloviendo –zig-zags, bandas ondeantes o serpenteantes, redes, tableros de ajedrez-, y los pájaros de agua pertenecen a
esta categoría, y se asocian con la Diosa en forma de un
híbrido de mujer y pájaro acuático. En versiones esquemáticas, esta imagen puede tener únicamente senos o exagerado
trasero. Este rico grupo de símbolos es indudablemente Paleolítico en su origen.
El principio de representar una parte del cuerpo femenino
-senos, nalgas, barriga, vulva- retrocede en el tiempo hasta
cuando los pueblos que aún no comprendían el proceso biológico de la reproducción (la copulación como la causa del
embarazo) crearon una deidad que era una extensión
macrocósmica del cuerpo de una mujer. Ella es una Creado5
ra cósmica, dadora de Nacimiento y Vida. Estas partes esenciales del cuerpo femenino se dotaron con el poder milagroso de la procreación. La misteriosa humedad del útero y los
laberínticos órganos internos de la Diosa eran la mágica fuente
de la vida.
La Diosa que da Nacimiento, representada en una natural postura de parto, o por su vulva como “pars pro toto” (la
parte por el todo), está presente desde el Paleolítico Superior.
Sus símbolos continuaron en el Neolítico y también después.
Ella se vincula con las madres primerizas en formas animales
como el oso, ciervos/ciervas, alces/antas, y en el Paleolítico
superior con el Bisonte hembra y la Yegua. La preservación
de estas imágenes en la prehistoria tardía y también en tiempos históricos, puede explicarse no sólo por la indestructibilidad
profundamente grabada de los símbolos de maternidad y entrega de vida, sino además por el fuerte recuerdo de un sistema matrilineal cuando la paternidad era difícil de establecer.
Esto no significa, sin embargo, que el papel paterno en el
proceso de reproducción no era entendido en el Neolítico o
en el último período de la Edad de Cobre, por pueblos que
eran agudos observadores de la naturaleza.
Las innovaciones ocurrieron con el advenimiento de la
economía Neolítica. El Carnero (el más antiguo animal domesticado), llegó a ser sagrado para la Diosa de Pájaro, seguido por el símbolo del vellocino y su asociación con la Diosa como tejedora e hilandera. El origen del concepto de la
Diosa dadora de vida y nacimiento como el “Destino” –
limitador y determinador del largo de la vida, felicidad y abundancia- y como hilandera y tejedora de la vida humana, puede retroceder al período Neolítico temprano.
Al mismo tiempo, el descubrimiento de la alfarería abrió
caminos para la creación de nuevas formas esculturales y
también para nuevas vía de expresión simbólica a través de
la cerámica pintada. Aparecieron los “Askoi” (jarrones con
forma de pájaro) y jarrones antropomórficos o con forma de
mujer pájaro. Ondas, cheurones, triángulos, bandas decoradas con redes, espirales, serpientes torcidas, y serpientes enrolladas, llegaron a ser motivos dominantes en la alfarería
pintada. Vasijas cerámicas con la Diosa dadora de Vida marcada con emes (M) zig-zags (ondas de agua o fluido
amniótico), redes, ondas espirales de agua y otros signos
acuáticos hicieron su estreno en el VI milenio a.C.
Los símbolos de preñez y fertilidad también tienen raíces
en el Paleolítico superior. La Diosa Encinta ya está allí. La bilínea (dos rasgos) es grabada en el Paleolítico superior como
un símbolo de preñez, o del vigor de dos. Como una consecuencia de la nueva economía agrícola, la Diosa Encinta Paleolítica se transformó en la deidad de la Fertilidad de la Tierra. La fecundidad de hombres y animales, la fertilidad de las
cosechas, la prosperidad de la vegetación, y los procesos de
crecimiento y engorda fueron de enorme interés. El cerdo,
como un animal de rápido crecimiento y engorda, llegó a ser
el animal sagrado de esta Diosa. Probablemente una Diosa
Lunar en sus orígenes, engordando como la luna creciente,
la Diosa Encinta de la era agrícola llegó a ser una deidad
Cetónica (terrestre), símbolo de la vegetación ascendente, floreciente y moribunda. El intenso drama de los cambios
estacionales, se manifestó en los rituales de verano/invierno
o primavera/cosecha, y en la emergencia de una imagen de
madre/hija y un dios masculino como el espíritu de la vegetación ascendente y moribunda.
Como este libro documenta, a lo largo de la prehistoria
las imágenes de muerte no eclipsaron a las de vida: ellas se
combinaron en símbolos de regeneración. La Mensajera de
la Muerte y la Gobernante de la Muerte están también comprometidas con la regeneración. Innumerables ejemplos atestiguan la existencia de este motivo: las cabezas de buitre son
puestas dentro de senos; las mandíbulas y los colmillos de
feroces jabalíes son cubiertos con senos (como en los templos del VII milenio a.C. en Çatal Hüyük, en Turquía central);
imágenes de la Diosa Lechuza de Europa del Oeste sobre los
muros de tumbas, sepulturas megalíticas y sobre estelas tienen senos, o su cuerpo interior es un laberinto creador de
vida con una vulva en su centro.
Como un símbolo de regeneración, el útero como tal, o la
similar figura de Bucranium (la forma de la calavera de la
cabeza de un buey), o formas animales análogas –pez, rana,
sapo, puercoespín, tortuga- jugaron un papel a lo largo de la
mayor parte de la prehistoria post-Paleolítica y también en la
historia posterior.
Durante el Neolítico, sepulturas y templos asumieron la
forma de huevo, vagina y útero de la Diosa o de su cuerpo
completo. Las sepulturas megalíticas de pasaje en Europa occidental, muy probablemente simbolizaron la vagina (pasaje)
y la barriga encinta (tholos, cámara redonda) de la Diosa. La
forma de una sepultura es análoga a una colina natural con
un omphalos (piedra que simboliza el ombligo) en lo alto, un
símbolo universal de la barriga encinta con el cordón umbilical
de la Madre Tierra, como se registró en las creencias folklóricas
europeas.
La recíproca influencia de las funciones de dar la vida y
dar la muerte en una divinidad, es particularmente característica de las Diosas dominantes. La Donadora de Nacimiento y Vida puede volverse una espantosa imagen de muerte.
Ella se representa como un tieso cuerpo desnudo, o meramente un hueso con un sobrenatural triángulo púbico, donde
se inicia la transformación de la muerte al comienzo de la
vida.
Los ocasionales aspectos ornitomorfos de su máscara y
sus pies de buitre, traicionan su conexión con las aves de
presa y los semblantes de ofidio -boca larga, colmillos, y pequeños ojos redondos- la vinculan con las serpientes venenosas. El cuerpo desnudo tieso del Paleolítico Superior, tallado en hueso sin las protuberancias de un cuerpo productor
de vida, es el ancestro del viejo cuerpo desnudo tieso Europeo, que se fabricó de mármol, alabastro, piedras translúcidas
o hueso, materiales que tienen el color de la muerte.
Las máscaras de la Diosa de la Muerte (de mediados del
V milenio a.C.), con colmillos y boca grande y algunas veces
una lengua colgante, pueden haber sido el origen de las
górgonas (N.d.T.: la más famosa es Medusa), la espantosa
cabeza de monstruo de la antigua Grecia. Las más antiguas
górgonas Griegas, sin embargo, no son los terroríficos símbolos que transforman a los humanos en piedras. Ellas son
retratadas teniendo alas de abejas y serpientes como antenas, y están decoradas con diseños de panales, claramente
todos símbolos de regeneración.
Una de las categorías simbólicas más grande puede ser
clasificada como Símbolos de Energía y Revelación. Las espirales, cuernos, semicírculos, medios círculos (en forma de U),
ganchos, hachas, sabuesos, machos cabríos, y hombres excitados (itifálicos), que flanquean una emergente columna
acuática de vida, la serpiente, el árbol de vida y la Diosa
antropomórfica o su barriga encinta, son todos Símbolos de
Energía.
Cabezas de serpientes, enfrentadas o en espiral, llenan
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los vasos pintados de la Vieja Europa con movimientos y torsiones. Remolinos, cruces y una variedad de diseños de cuatro esquinas son símbolos del dinamismo de la naturaleza
que asegura el nacimiento de la vida, y el giro de la rueda de
los ciclos del tiempo de vida y de muerte, de la manera como
la vida se perpetúa. En esta serie de transformaciones, las
más dramáticas son los cambios desde una forma de vida en
otras incontables: desde un bucranium a abejas, mariposas y
plantas, manifestaciones sagradas de la Diosa de la Regeneración.
La iconografía de la Diosa en sus diversos aspectos siempre contiene varios tipos de símbolos abstractos o jeroglíficos, como V, X, M, triángulos, diamantes, etc.; “representaciones” tales como ojos, senos, pies de pájaro; y animales,
que son los atributos de los diversos aspectos de la Diosa
(pájaros, serpientes, cerdos, toros, ranas, abejas, etc.). Estas
tres categorías están estrechamente entretejidas y surgen de
una percepción holística del mundo, cuando la naturaleza no
era clasificada como en las universidades modernas, cuando
el ser humano no estaba aislado alrededor del mundo, y cuando era normal poder sentir el poder de Diosa en el pájaro o
la piedra, o en sus ojos o senos solos o en sus jeroglifos. Yo
he distribuido todas estas categorías en cada sección del libro.
alimento; de aquí que esta no sea una función primaria de la
Diosa, y que no tenga nada que ver con la sexualidad. Las
diosas eran -principalmente- creadoras de vida, no “Venus”
o bellezas, y más definitivamente, no esposas de Dioses varones.
El otro término generalmente frecuente para la divinidad
prehistórica es “La Diosa Madre”, que también es una equivocación. Es cierto que hay imágenes maternales, protectoras de la vida joven, Madre Tierra y Madre de la Muerte, pero
el resto de las imágenes femeninas no pueden generalizarse
bajo el término de “Diosa Madre”. Las Diosas Serpiente y
Pájaro, por ejemplo, no son siempre madres, ni lo son muchas otras imágenes de regeneración, tales como la Rana, el
Pescado, o la Diosa Puerco Espín, que son la encarnación de
facultades de transformación. Ellas personifican la Vida, la
Muerte y la Regeneración; ellas son más que la fertilidad y la
maternidad.
Eric Neumann, el eminente psicólogo jungiano y autor
del muy apreciado libro “La Gran Madre” (1955), usa el término “Gran Madre” en el sentido de una realidad psíquica.
Según él, la imagen de la Gran Madre se desarrolla desde el
Arquetipo Femenino, que finalmente deriva desde el
“Uroboros”, el símbolo del principio, la Gran Ronda, una etapa
inconsciente e indiferenciada. La totalidad urobórica es también un símbolo de los padres unidos primordiales, desde los
cuales después fueron separadas las figuras del Gran Padre y
de la Gran Madre. La Gran Madre eventualmente se dividió
en una Madre Buena y en una Madre Terrible; de acuerdo a
los elementos negativos y positivos de su carácter. Neumann
también habla de su carácter transformativo; por ejemplo, el
desarrollado en la “Dama de las Plantas” y en la “Dama de
las Bestias”. Este enfoque psicológico ha abierto avenidas nuevas en la interpretación de alguna aspectos de la Diosa prehistórica.
Sin embargo, yo siento que el término “Madre” desvalora
su importancia y no permite una apreciación de su carácter
total. Adicionalmente; muchos de los Arquetipos de Neumann,
están basados en la ideología y la religión post-Indoeuropea;
después de que la imagen de la Diosa sufrió una profunda y
largamente devastadora transformación. De aquí en adelante, para el período prehistórico, yo prefiero el término “La
Gran Diosa” como una mejor descripción de su poder absoluto, de sus facultades creadoras, destructoras y regenerativas.
Mi investigación arqueológica no confirma la existencia
hipotética de los “Padres Primordiales” y su división en las
figuras del “Gran Padre” y la “Gran Madre”, o la división
adicional de la figura de la “Gran Madre” en una “Madre
Buena” y una “Madre Terrible”. No hay rastro de una figura
de padre en ninguno de los períodos Paleolíticos. El poder de
crear vida parece haber sido sólo de la Gran Diosa. Una
división completa en una Madre “buena” y una “terrible” nunca
ocurrió: la Donadora de Vida y la Gobernante de la Muerte
son una sola deidad. Sus manifestaciones son múltiples: ella
puede ser antropomórfica o zoomórfica; ella puede aparecer
en un aspecto triple; ella puede ser un ave acuática o un ave
de presa, una serpiente inofensiva o una venenosa; pero,
finalmente, ella es una Diosa indivisible. Si la vida, el nacimiento, la salud, y el aumento de riqueza son “buenos”, ella
puede llamarse el buen Destino.
El término “Madre Terrible” necesita explicación. Desde
luego, el Buitre o aspecto asesino de la Diosa asusta, pero si
nosotros miramos los símbolos asociados con el aspecto de
muerte, llega a ser claro que estos símbolos no existen solos:
Conclusiones
El Lugar y Función de la Diosa
La razón para el gran número y variedad de falsas imágenes sobre la realidad de la vieja Europa, es el hecho de
que este simbolismo es lunar y terrestre, construido alrededor
de la comprensión de que la vida sobre la Tierra consiste en
una transformación eterna, en el cambio rítmico y constante
entre la creación y la destrucción, el nacimiento y la muerte.
Las tres fases de la luna -nueva, creciente y vieja- se repiten en trinidades o deidades funcionales triples que recuerdan estas fases de luna: la doncella, la ninfa y la anciana; la
dadora-de-vida, la dadora-de-muerte y la transformadora;
la ascendente, la agonizante y la auto renovadora.
Las diosas Dadoras de Vida son también las Gobernantes
de la Muerte. La inmortalidad se asegura mediante las fuerzas innatas de regeneración dentro de la Naturaleza en sí
misma. El concepto de regeneración y renovación es quizás
el tema más sobresaliente y dramático que nosotros percibimos en este simbolismo.
Parece más apropiado ver las imágenes de todas estas
Diosas como aspectos de una Gran Diosa y sus funciones
internas -dadora de vida, gobernante de la muerte,
regeneradora y renovadora. La analogía con la naturaleza
en sí misma es obvia: mediante la multiplicidad de fenómenos y los ciclos continuos con los cuales se ha hecho, uno
reconoce la unidad subyacente y fundamental de Naturaleza. La Diosa es inmanente antes que trascendente y por lo
tanto físicamente manifiesta.
No dejamos de anotar aquí que la fertilidad es sólo una
entre las muchas funciones de la Diosa. Por ello, es impreciso
llamar a las imágenes Neolíticas y Paleolíticas “Las Diosas de
la Fertilidad”; como todavía se hace en la literatura arqueológica. La fertilidad de Tierra llegó a ser prominente únicamente en lo que concierne a la era de los productores de
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ellos están entretejidos con el impulso de la regeneración. La
Diosa Buitre/Lechuza/Cuervo es a la vez un presagio de muerte
y una Diosa con senos y con laberintos creadores de vida en
su abdomen, o ella es un triángulo (vulva) o toma la forma
de reloj de arena (triángulo doble) con pies de buitre, o ella
es una abeja o una mariposa.
En su aspecto de muerte ella es el mismo Destino, que da
la vida, que determina su largo, y que después la toma, cuando
llega su momento. Ella hace esto porque controla la longitud
del ciclo de vida. La “Gobernante de la Muerte” no castiga
los hombres por hacer el mal ni nada de ese tipo; ella únicamente cumple su necesario deber. La regeneración parte en
el momento de la muerte. Comienza dentro del cuerpo de la
Diosa, en su útero húmedo, que se expresa en forma animal
como un pescado, una rana, una tortuga, un erizo, una liebre, o la cabeza de un toro.
No había división en “La Dama de Plantas” (“Flora”) y “La
Dama de Bestias” (“Fauna”); la deidad no mandaba sobre
las plantas o los animales separadamente. El poder de Creación y Regeneración estaba en los animales, las plantas, el
agua, las montañas y las piedras. La Diosa puede ser un pájaro, un ciervo; un oso, un jarrón, una piedra vertical o un
árbol. La Dadora de Nacimiento antropomórfica, era intercambiable con el oso, el ciervo y el alce. La protectora de la
vida joven, la Nodriza, o la Señora, aparecía tanto en forma
humana como en forma de pájaro, serpiente u oso.
La unidad con la naturaleza es particularmente clara en
el simbolismo de la serpiente; su energía de vida se ramifica
dentro de cualquier criatura viva: los miembros de familia de
la casa que la serpiente protege, los animales domésticos, y
los árboles. De interés singular es la creencia en la inmortalidad de la serpiente a causa de su renovación mediante la
muda de su piel, y a causa de su despertar en la primavera
después del período de hibernación. Dado que la serpiente
es inmortal, es un nexo entre lo vivo y lo muerto; la serpiente
personifica la energía de los ancestros. Así lo hacen los pájaros. Quizás a causa de los cuellos en forma de serpiente de
los cisnes, las grullas, cigüeñas, y gansos y de su renovación
periódica cada primavera, después de que ellos pasan los
meses invernales en el sur, el simbolismo del pájaro está entretejido con el de la serpiente. Ambos son encarnaciones de
la energía de la vida y son la morada de las almas de los
muertos. La Serpiente y las Diosas Pájaro son las tutoras
(“genii”, “penates”) de la familia, del clan, y luego -en tiempos históricos-, de la ciudad (como Atenea en Atenas, cuyos
símbolos son el pájaro y la serpiente). Ellas vigilan la continuidad de la energía vital, el bienestar y salud de la familia y
el aumento del abastecimiento alimentario.
La asociación de dar e incrementar el Destino con las aves
acuáticas y el Carnero, se debe a que las aves acuáticas eran
el abastecimiento alimentario principal desde el Paleolítico, y
las ovejas llegaron a ser el abastecimiento de carne más importante desde el más temprano Neolítico. Es difícil saber por
qué el Carnero -y no la Oveja- llegó a ser el animal sagrado de
la Diosa-Pájaro, pero puede conjeturarse que dado que los cuernos del Carnero se enrollan como una serpiente, es más poderoso, y está imbuido con la energía vital de la serpiente.
Las otras funciones de la Gran Diosa conciernen a la fertilidad, multiplicación, y renovación. El proceso del despertar
estacional, crecimiento, engorda, y muerte fue visto como una
conexión entre los humanos, los animales, y las plantas: la
preñez de una mujer, el engordar de un cerdo, el madurar de
las frutas y las cosechas se correlacionaron, influyendo los
unos a los otros. Nuevamente puede anotarse que las facultades crecientes y ascendentes de tierra moran en todas las
cosas vivientes.
La preñez o la gordura de una mujer o un animal, se
consideraban tan sagradas como la preñez de la tierra antes
de su floración en primavera. Cada protuberancia en la naturaleza, fuese un montículo, una colina, un menhir o sobre
el cuerpo femenino -barriga, nalgas, senos y las rodillas- eran
sagradas.
El número dos y las dualidades -dos semillas, frutas, nalgas- significaron una multiplicación bendecida. Ser más de
uno tenía más fortaleza y más influencia sobre la fertilidad.
Como se dijo antes, la fertilidad no era la sexualidad; era
multiplicación, crecimiento, florecimiento. A esta clase de símbolos pertenecen las deidades masculinas de la vegetación
ascendente, floreciente, y moribunda: el Dios joven, fuerte y
floreciente, y el Dios viejo, pesaroso y moribundo.
Dentro de la categoría de la Madre Tierra, esta es una
división en imágenes contrastantes de jóvenes y viejos, o en
imágenes de hija y madre, símbolos del ascenso y agonía
estacional.
Continuidad y Transformación de la Diosa
en las eras Indoeuropea y Cristiana
El resultado del enfrentamiento de los viejos cultos europeos con las formas religiosas extranjeras Indo Europeas, es
visible en el destronamiento de las viejas Diosas europeas, la
desaparición de templos, la parafernalia del culto, los signos
sagradas, y la drástica reducción de imágenes religiosas en
las artes visuales. Este empobrecimiento comenzó en la Europa Central Oriental y gradualmente afectó todo el centro de
Europa. El las islas del Egeo, Creta, y las regiones Mediterráneas centrales y occidentales continuaron con las viejas tradiciones europeas, varios milenios más, pero el núcleo de la
civilización se perdió.
Esta transformación, sin embargo, no fue el reemplazo
de una cultura por otra, sino una gradual hibridación de dos
sistemas simbólicos diferentes. Como la ideología
androcéntrica Indo Europea fue el reglamento de la nueva
clase, ha llegado hasta nosotros como el sistema de creencias “oficial” de la Europa antigua. No obstante los viejos
símbolos e imágenes sagradas europeas nunca se desarraigaron totalmente; éstos fueron los aspectos más persistentes
en la historia humana y se implantaron demasiado profundamente en la psiquis. Ellos únicamente podrían haber desaparecido con el exterminio total de la población femenina.
La religión de la Diosa fue subterránea. Algunas de las
viejas tradiciones, particularmente las conectadas con el nacimiento, la muerte, y los rituales de fertilidad de la tierra,
han continuado hasta hoy en día sin mucho cambio en algunas regiones; en otros casos, ellas se asimilaron en la ideología Indoeuropea.
En antigua Grecia esto creó algunas extrañas e incluso
absurdas imágenes en el panteón de Dioses Indo Europeos.
La más sorprendentemente visible es la conversión de Atenea,
la vieja Diosa Pájaro europea, en una figura militarizada que
lleva un escudo y viste un yelmo. La creencia de su nacimiento desde la cabeza de Zeus, el dios gobernante de los Indo
Europeos en Grecia, demuestra a qué nivel llegó la transformación ¡desde una diosa partenogenética, a su nacimiento
desde un Dios varón! Y aún esto no es enteramente sorpren8
dente: Zeus era un Toro (en el simbolismo Indo Europeo, el
Dios del Trueno era un Toro), y el nacimiento de Atenea desde la cabeza de un toro, no era sino nada más que la memoria de su nacimiento desde un bucranio, que era un simulacro del útero en el viejo simbolismo Europeo.
La Gobernante de la Muerte, la Diosa como un ave de
presa, fue militarizada. Las representaciones de la Diosa Lechuza sobre las estelas de piedra adquirieron una espada o
daga durante la Edad de Bronce en Sardinia, Córcega, Liguria,
el sur de Francia y España. La Atenea griega, la Morrígan y
Badb Irlandesas son conocidas por aparecer en escenas de
batallas como buitres, cornejas, grullas o cuervos. La transformación de estas Diosas en yeguas también ocurrió durante la Edad de Bronce.
Las Diosas partenogenéticas creadas de sí mismas sin la
ayuda de la inseminación de un varón, gradualmente se transformaron en novias, esposas e hijas, fueron erotizadas y unidas con el principio del amor sexual, como una respuesta al
sistema patriarcal y patrilinear. Por ejemplo, la Diosa Griega
Hera llegó a ser la esposa de Zeus. Además, Zeus había “seducido” (prescindiendo de la exactitud histórica, nosotros podríamos preferir el término “violación”) a centenares de otras
Diosas y Ninfas para establecerse a sí mismo. En toda Europa, la Madre de Tierra perdió su capacidad para dar nacimiento, para plantar la vida, sin la relación sexual con el Dios
del Trueno o con el Dios del Cielo Radiante en su aspecto
primaveral.
En contraste, la Donadora de Vida y Nacimiento, el Destino, o las Diosas Triples del Destino, permanecieron notablemente independientes en las creencias de muchas áreas de
Europa. La Diosa Griega Artemisa, la Brigit Irlandesa, y la
Báltica Laima, por ejemplo, no adquirieron ninguno de los
aspectos de los Dioses Indoeuropeos, ni fueron casadas con
el Dios. La Báltica Laima aparece en canciones mitológicas
junto con Dievas, el Dios Indoeuropeo de la luz del cielo,
para bendecir los campos y vida humana, no como su esposa, sino como una Diosa igualmente poderosa.
Un remanente del poder de las Diosas en la era histórica
se encuentra en el uso del término “Dama” (N.d.T.: en el sentido que tiene como Reina la “Dama” del Ajedrez) para aquellas que no fueron casadas con deidades Indoeuropeas, pero
que continuaron siendo poderosas por derecho propio.
Herodoto escribió acerca de la “Dama Artemisa” y Hesychius
llamó a Afrodita ”La Dama”. Diana, la contraparte Romana
de la virgen Artemisa, era invocada como “regina” (Reina).
La veneración de la Diosa en Roma y Grecia continuaba
fuerte en los siglos tempranos de nuestra Era. Este es el tiempo de la expansión de Cristiandad y de los cultos Egipcios
sobre el mundo Romano. La narración más inspirada de toda
la literatura antigua, se encuentra en el “Asno de Oro”, de
Lucio Apuleyo, escrita el siglo II d.C., la novela Latina más
temprana, donde Lucio invoca a la Diosa Isis desde las profundidades de su miseria. Entonces ella aparece y declara:
“Yo soy Ella, la madre natural de todas las cosas, Señora y
Gobernante de todos los elementos, progenitora inicial del
mundo, Ama del poder divino, reina de todo lo que está en
el Infierno, la primera de todos los que moran en el Cielo,
manifestada sola y bajo la forma de todos los Dioses y Diosas. A mi voluntad se disponen los planetas del cielo, los
vientos saludables de los mares, y los silencios lamentables
de infierno; mi nombre y mi divinidad son adorados en todo
el mundo, de diversas maneras, por variadas costumbres, y
con muchos nombres” (letras cursivas agregada por el autor).
Este texto ilumina con detalles muy preciosos, la veneración de la Diosa hace aproximadamente 2000 años. La invocación de Apuleyo es un testimonio de que las Diosas significaron más que los Dioses para la gente en los primeros siglos de nuestra era. En el mundo Greco Romano los individuos obviamente no estaban satisfechos con lo que la religión Indoeuropea oficial les ofrecía. Los Cultos Secretos –las
Religiones de Misterio (Dionisos, Eleusis), claramente continuadas desde la vieja Europa- fueron practicadas. Ellas proveyeron una vía para sentir las experiencias religiosas en las
viejas maneras.
Posteriormente, en la época cristiana, la Donadora de
Nacimientos y la Madre Tierra se fusionaron con la Virgen
María. De esta forma, no es sorprendente que en países católicos la veneración de la Virgen sobrepasa a la de Jesús.
Ella se conecta todavía con el Agua de la Vida, con las milagrosas fuentes de salud, con los árboles, brotes, flores, frutas
y cosechas. Ella es pura, fuerte y justa. En las esculturas
folklóricas de la Madre de Dios, ella es enorme y poderosa,
sosteniendo un minúsculo Cristo sobre su regazo.
Las viejas Diosas Europeas aparecen en las leyendas,
creencias y canciones mitológicas de Europa. La Diosa Pájaro y la antropomórfica Diosa Dadora de Vida continúan como
Hados o Hadas y también son la suerte, y la riqueza que
traen los patos, cisnes, y carneros. Como Profetisa ella es un
Cuclillo. Como Madre Primitiva ella es conocida como una
Cierva sobrenatural (mitología Irlandesa) o como un Oso (en
las mitologías griega, báltica y eslava).
La veneración de la Serpiente no venenosa como un símbolo de Energía Vital, de renovación cíclica, y de la inmortalidad, continúa hasta el Siglo XX. La Serpiente hibernando y
despertando es una metáfora de la agonía y el redespertar
de la naturaleza y como un símbolo esencial de la inmortalidad de la energía de la vida no fue olvidado ni en Irlanda ni
en Lituania hasta nuestro siglo. La corona con una gran serpiente (la Reina) permanece como un símbolo de sabiduría.
La presencia de la Dama Blanca, “la Muerte”, que es también un ave de presa y una serpiente venenosa, se advierte
en muchos rincones de la Europa de este siglo. El temblor
que inducen estas imágenes -una mujer delgada alta vestida
de blanco, una lechuza chillando, gimoteando como un ave
de presa, reptando como una serpiente venenosa- vienen directamente desde el Neolítico. La Dama Blanca no fue transformada en el negro Dios Indoeuropeo de la muerte. El uso
del hueso y de los colores blanco y amarillo como símbolos
de muerte, permanecieron en las creencias Europeas paralelamente al negro como el color de la muerte de las religiones
cristianas e Indoeuropeas.
La Asesina-Regeneradora, la supervisora del ciclo de la
energía vital, la personificación de invierno, y la Madre de la
Muerte, fue transformada en la Bruja de la noche y la magia.
En el período de la Gran Inquisición, ella fue considerada
como un discípulo de Satán. El destronamiento de esta Diosa
verdaderamente formidable, cuyo legado fue llevado por
mujeres sabias, Profetisas, y Curanderas quienes eran las
mejores y más bravas mentes de su tiempo, fue marcado por
la sangre y es la vergüenza más grande de la Iglesia Cristiana. La caza de las brujas entre los siglos XV y XVIII es el suceso más satánico en la historia Europea en el nombre de Cristo. El asesinato de mujeres acusadas como brujas superó más
de ocho millones. Las víctimas colgadas o quemadas eran en su
mayoría las mujeres simples del país, quienes aprendieron la
ciencia y los secretos de la Diosa desde sus madres o abuelas.
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En 1484, el Papa Inocente VIII en una Bula, denunciaba
la brujería como una conspiración organizada por ejército
del Diablo contra el Sacro Imperio Cristiano. En 1486, apareció un manual para los Cazadores de Brujas, llamado
“Malleus Maleficarum”, el “Martillo de brujas“; y llegó a ser
una autoridad imprescindible para el terror y asesinato. Se
permitió el uso de cualquier método de tortura física y psicológica para forzar las confesiones de las acusadas. El período puede presumir de haber tenido la mayor creatividad en
el descubrimiento de herramientas y métodos de tortura. Este
fue el inicio de las peligrosas convulsiones de las Reglas
Androcráticas, que 460 años más tarde alcanzaron su cima
en la Europa Oriental de Stalin, con la tortura y asesinato de
cincuenta millones de mujeres, niños y hombres.
A pesar de la horrorosa guerra contra las mujeres y su
sabiduría, y la demonización de la Diosa, la memoria de ellas
vivió en los Cuentos de Hadas, rituales, leyendas, y en la lengua. Colecciones como los Cuentos Alemanes de los hermanos Grimm, son ricas en motivos prehistóricos, describiendo
las funciones de la Diosa del Invierno, Frau Holla (Holle, Hell,
Holda, Perchta, etc.).
Ella es la fea Vieja Bruja, con una nariz larga, dientes
grandes, y pelo descabellado. Su fortaleza se encuentra en
sus dientes y pelo. Ella es la nieve -el clima- hecho mujer. A la
vez, ella regenera la naturaleza. Es la mujer que presenta al
Sol. Una vez un año aparece como una paloma, asegurando
la bendición de la fertilidad. Como una rana, Hölla trae una
manzana roja, símbolo de vida, desde manantiales subterráneos en que cayó en la cosecha. Su reino es la profundidad
interior de montañas y cuevas (Hölla, el nombre de la Diosa,
y Höhle, el nombre para “cueva” seguramente están
relacionandos. El “infierno” [Hell] en su significado actual es
una creación de los misioneros Cristianos). A Hölla, como la
Madre de la Muerte, se hacían sacrificios en forma de un pan
cocido llamado “Hollenzopf”, “La trenza de Hölla”, en la
época de Navidad.
Höller, Holunder, Elder; ”El Saúco” (N.d.T.: Elder es “saúco” o “el viejo”, “el mayor”) era el árbol sagrado de la Diosa
y tenía facultades curativas. Debajo este árbol vive la Muerte.
La misma diosa todavía juega un papel destacado en creencias de otros europeos, como la Ragana Báltica, la Diosa Baba
Yaga de Rusia, la Diosa Jedza de Polonia, La Diosa Mora o
Morava de Serbia, la Mari Vasca, y la Morrígan Irlandesa.
Esta poderosa Diosa no fue trapeada fuera del mundo mítico. Hoy ella es una inspiración en el renacimiento de la
herbología y otras artes de sanación y fortalece la esperanza
en la mujer más que cualquier otra imagen de Diosa.
No hay duda de que las viejas imágenes y símbolos sagrados europeos son una parte vital de patrimonio cultural
de Europa. La mayoría de nosotros se rodearon en la niñez
por el mundo de las Hadas, que contiene muchas imágenes
transmitidas desde la Vieja Europa. En algunos escondrijos
de Europa, como en mi propia Madre Tierra (N.d.T.:
“Motherland” por no decir “Madre Patria”), Lituania, todavía
fluyen ríos y manantiales sagrados y milagrosos; allí florecen
arboledas y bosques santos, depósitos de vida floreciente, allí
crecen árboles nudosos desbordantes de vitalidad y poseedores
del poder para sanar; cerca del agua todavía se levantan
Menhires, llamados “Diosas”, llenos de poderes misteriosos.
La vieja cultura europea es la matriz de muchas creencias
y prácticas posteriores. La larga y duradera memoria de un
pasado ginocéntrico no podía borrarse, y no es sorprendente
que el principio femenino juegue una rol formidable en el
mundo de los sueños y las fantasías subconscientes. Permanece como “el depósito de la experiencia humana” y es “estructura profunda” (en terminología jungiana). Para el
Arqueólogo es una realidad histórica extensamente documentada.
La Cosmovisión de la Cultura de la Diosa
La celebración de vida es el principal motivo en el arte y
la ideología de la vieja Europa. No hay estancamiento; la
energía de vida constantemente se mueve como una serpiente, espiral, o remolino. Vienen a la memoria los jarrones ricamente pintados de las culturas de Cucuteni, Dimini, Butimir y
Minos, y se siente el movimiento, giro, ascenso, división y la
energía creciente que ellos retratan, predominando la combinación espléndida de colores ocres y rojos, el color de la
vida. Columnas de vida, tortuosas serpientes ascendentes,
árboles frondosos, abejas, y las mariposas que suben desde
tumbas, cuevas, fisuras, o del poderoso útero de la Diosa.
Una de forma se disuelve dentro de otra. La transformación
de humano en animal, serpiente en árbol, útero en pez, rana,
erizo, y bucranio, bucranio en mariposa, era una percepción
de la reemergente energía de la vida en otra forma.
No estamos diciendo que la Muerte se descuidó. En el
arte se manifiesta grandiosamente en huesos desnudos, sabuesos aullantes, lechuzas chillando, buitres en picada, y peligrosos jabalíes. La pregunta acerca de la mortalidad era
preocupantemente difícil de comprender, pero la percepción
profunda de la periodicidad de naturaleza basada en los ciclos de la luna y del cuerpo hembra, condujo a la creación de
una fuerte creencia en la regeneración inmediata de vida en
la crisis de muerte. No había simplemente muerte, sino únicamente muerte y regeneración. Y esta era la llave del himno
de vida reflejado en este arte.
Los símbolos e imágenes sagradas, Diosas y Dioses, sus
pájaros y animales, las misteriosas serpientes, los batracios,
e insectos, eran más verdaderos que los sucesos reales cotidianos. Ellos nos dan a conocer el contexto definitivo en que
vivieron los viejos europeos. Estos símbolos constituyen el único
acceso verdadero a esta vigorosa Cosmovisión centrada en
la Tierra y en la adoración de la Vida, a través de los cuales
nosotros podemos deducir el tipo de sociedad que creó estas
imágenes. Freud habría denigrado tales imágenes como “fantasías primitivas”. Jung deseaba valorarlos como “los frutos
de la vida interior que fluyen hacia afuera desde el inconsciente”
ciente”.
La Diosa en todas sus manifestaciones era un símbolo de
la unidad de toda la vida en la Naturaleza. Su poder estuvo
en la agua y las piedras, en las tumbas y cuevas, en animales
y pájaros, serpientes y peces, colinas, árboles y flores. De
aquí la percepción Holística y Mitopoiética de la santidad y el
misterio de todo lo que hay en la Tierra.
Esta aguda cultura tomó con deleite los portentos naturales de este mundo. Estos pueblos no produjeron armas mortales o construyeron fuertes en lugares inaccesibles, como sus
sucesores hicieron, incluso cuando ellos adquirieron la metalurgia. En lugar de eso, ellos construyeron magníficos santuarios, templos y tumbas, cómodas casas en aldeas, villas
de moderado tamaño, y crearon soberbias esculturas y alfarería. Este fue un largo y duradero período de estabilidad y
creatividad notables, una edad libre de contiendas. Su cultura era una cultura del Arte.
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Las imágenes y los símbolos reproducidos en este volumen afirman que la Diosa partenogenética ha sido el aspecto más persistente en el registro arqueológico del mundo antiguo. En Europa ella gobernó a lo largo de todo el Paleolítico
y Neolítico, y en la Europa Mediterránea del principio al final
de la Era del Bronce.
La siguiente etapa, la del Dios guerrero patriarcal y pastoral, quien suplantó o asimiló el panteón matriacal de diosas y dioses, representa una etapa intermedia antes de la
Cristiandad y la propagación del rechazo filosófico de este
mundo. Se desarrolló un prejuicio contra el Paganismo y con
el repudio de la Diosa todas ellas debieron resistir.
La Diosa gradualmente se retiró a las profundidades de
los bosques o a las cimas de montaña, donde ella permanece hasta hoy día en historias de hadas y creencias. Devino la
enajenación de la humanidad desde las raíces vitales de vida
terrestre, y los resultados son claros en nuestra sociedad contemporánea. Pero los ciclos nunca paran de retornar, y ahora
nosotros encontramos la Diosa reemergiendo desde los bosques y las montañas, trayéndonos esperanza para el futuro,
devolviéndonos a nuestras más antiguas raíces humanas.
la serpiente en espiral y los motivos oculares
-toro: Estímulo de la enerHombre-toro:
Centauro, Minotauro, Hombre
gía de vida.
Cepillo: La señal de energía asociada con la Diosa en su
función de regeneración, frecuentemente asociada con
vulva. Intercambiable con alas y botes. Símbolo apotropaico
en la forma de un peine (N.d.T.: Apotropaico, [del griego
apotropaios = horrible], se dice de los objetos, seres o
símbolos que son considerados como una protección contra los sortilegios y los maleficios).
Cerdo: El animal sagrado de la Diosa Encinta (Madre de
Tierra).
Chevron, Cheurán, Doble o TTriple
riple ““V
V ”: (Ver “V”) (Cheurón,
Galón, Sardineta).
Cierva, V
enado: Madre primeriza como cierva/venado
Venado:
sobrenatural. Manifestación sagrada de la Diosa que da
Nacimiento.
Cisne: Una de las epifanías, manifestaciones sagradas,
de la Diosa Pájaro, la regidora que brinda salud, suerte y
felicidad. Asociado con la música.
Colina: Simulacro de la barriga encinta de la Madre de
Tierra (Diosa Encinta).
Columna de Vida: El símbolo de vida que sube desde el
agua; cueva, o la matriz en una variedad de formas, retratada en tumbas, templos, y en la alfarería; masas de agua,
arcos múltiples, serpientes retorcidas verticalmente, árbol,
árbol y serpiente combinadas, helecho o árbol de abeto,
Falos, estalagmitas y estalactitas en cuevas.
Cordón Umbilical o altibajo sobre las proyecciones de piedra (ven omphalos): La conexión serpentina entre la madre y la nueva vida. Aparece sobre imágenes de la Diosa
en su aspecto de muerte y regeneración, la mayoría sobre
la Diosa Lechuza.
Corneja, Buharro: Manifestación sagrada de la Diosa de
Muerte y Regeneración. Correlacionada con el cuervo, la
lechuza, buitre. En la mitología Irlandesa, Badb es uno de
los nombres de la Triple Diosa Céltica Hurrígan; en el
Báltico; de Ragana (N.d.E.: La corneja es un ave similar a
un cuervo pequeño, como un tordo o mirlo).
Cuclillo: El pájaro profético de la Diosa (el “destino”), augurio de primavera y de muerte. Manifestación sagrada
de la Diosa en la temporada de primavera, tornándose
halcón en el otoño e invierno. También un pájaro de alma
(los Cuclillos son parásitos de los nidos de otras aves, en
los que ponen sus propios huevos. También son llamados
“Pájaros Cucú” [En inglés, Cukcoo]).
Cuerno: Signo de energía, el símbolo de transformación,
intercambiable con el semicírculo y gancho.
Cuervo: Manifestación sagrada de la Diosa de Muerte y
Regeneración. En la mitología Germánica de las Valkyrias,
en la Mitología Celta (Irlandesa) de Morrígan, y en la Mitología Celta Gala, de Nantotsuelta, todas Diosas
interrelacionadas. (Ver corona, lechuza, buitre).
Cueva: La matriz regeneradora de la Diosa.
Culebra: Ver serpiente.
Dolmen: Tumba de cámara rectangular o redonda (“mesa
grande”) de Europa Occidental megalítica temprana. El
dolmen de portal, es una tumba de cámara encontrada
principalmente en Irlanda, pero también en Gales y
Cornwall. La cámara rectangular de entierro comúnmente
llega a ser más estrecha y se rebaja hacia la retaguardia;
se acerca mediante dos porciones altas de portal que forman un portal miniatura o antepatio.
Glosario de Símbolos
Abeja: Símbolo de regeneración y manifestación sagrada
de la Diosa de Regeneración.
Arcos múltiples:
múltiples En columnas verticales: ascenso de la vida.
Arroyo: La Diosa de la vida y el agua dadora de salud (ver
manantial) y el agua de la lluvia que trae abundancia.
Aves Acuáticas, Garzas: Principal Manifestación sagrada
de la Diosa Pájaro en sus funciones de dadora de vida y
salud.
Barriga Encinta: Símbolo de fertilidad. En el Neolítico, de
la Tierra, de la Madre del Grano (Ceres), y de la Madre de
la Muerte
Barriga: (Ver colina, horno, encinta.)
Batracios (anfibios), sapos, ranas y lagartos:
lagartos Epifanía
(manifestación sagrada) de la Diosa en su función de regeneración; símbolos errantes del útero.
Blanco: El color de hueso, simbólico de la muerte. Colores
relacionados: amarillo, oro, ámbar, mármol, alabastro
Bucranio: Cabeza y cuernos de Toro, simulacro de útero
de una mujer; símbolo de regeneración (N.d.T.: es el Cráneo de un Bóvido, que simboliza el Útero y las trompas en
el genital femenino interno).
Buitre: Manifestación sagrada de la Diosa de la Muerte y
Regeneración.
Cabezas de serpiente o espirales en antítesis: Símbolos
de energía, inicio de movimiento y torsión.
Cabra, Macho Cabrío: Estimulador del despertar de la
naturaleza, tutor de vida joven, es retratado flanqueando
el árbol de vida. Participante en procesiones animales, símbolos del ciclo del tiempo.
Cairn: Una pila o montículo redondo de piedras sobre
sepulturas, a veces de piedras de cuarzo esplendoroso y
blanco, símbolo del huevo (regeneración) o de la muerte
(el color de hueso). (N.d.T.: Cairn, del galéico “Carn”. Se
dice de cualquier parte “elevada” del cuerpo, paisaje, campo, monte, montaña, etc.)
Carnero: Animal mágico, que trae la riqueza, sagrado de
la Diosa Pájaro, asociado con las Aves Acuáticas (Garzas)
y la Serpiente. Los cuernos del Carnero se intercambian con
11
El buque: “Vehículo” hacia después de la vida y la regeneración. En las tumbas y templos megalíticos, aparece en la
asociación con la Serpiente y con la Diosa de Muerte y
Regeneración. Sobre rocas de la Edad del Bronce del sur
de Escandinavia, se representó con la serpiente; el árbol
de la Vida, el sol, y escenas de culto.
El círculo, solo o concéntrico: Grabado sobre rocas o sobre piedras levantadas, transmisor de la energía divina
concentrada del centro (“piedras tacitas”, manantiales,
menhires), relacionado con las danzas sagradas de anillo.
El horno, el pan, formado como una barriga encinta:
Símbolo de la barriga encinta de la Diosa de Fertilidad de
Tierra; relacionada a la colina y montículo.
El Sol: Símbolo de renovación estacional asociado con la
Diosa de Muerte y Regeneración. Intercambiable con los
Ojos de la Diosa, la Serpiente enrollada, y el cuerno de
Carnero enrollado.
Erizo: El símbolo del útero, Manifestación sagrada de la
Diosa de Muerte y Regeneración. Muy probablemente deriva desde la forma del útero de la vaca.
Espiral: Símbolo de energía, fuerza de la serpiente, abstracción simbólica de la serpiente dinámica.
Falo, Phallus: El símbolo de la energía espontánea de vida
correlacionado con la Columna de Vida, la planta y la
seta, estrechamente vinculado con el Lingam de la India.
Fusionado en esculturas con el cuerpo de una hembra, el
falo incrementa el poder de vida de la Diosa Creadora.
Figura Itifálica, V
arón: Estimulador de la energía ascenVarón:
dente de la Vida, intercambiable con Falos y Serpientes.
(N.d.T.: representa un falo erecto. Itifálico: Del griego
“ithus”, derecho, recto, erecto).
Figuras dobles: Dos frutas que crecieron juntas, dos semillas, orugas, serpientes, falos, o templos y figuras humanas. El símbolo de la fortaleza de dos, Diosa de la Fertilidad estacional de la Tierra, en su dualidad estival - invernal, joven - vieja.
Fuente, PPozo:
ozo: Una fuente de vida poseída por la Diosa
Dadora de Vida (Destino). El poder concentrado de vida
bajo una piedra (el menhir), comúnmente rodeado por una
zanja o círculo de piedra.
Ganso: Una de la manifestaciones sagradas de la Diosa
Pájaro como Repartidora y como la deidad que trae riqueza y nutrición.
Garfio, Báculo: Símbolo de energía, la fuerza de la serpiente, relativo a el cuerno y la espiral.
Golondrina: El pájaro profético de primavera.
Gorgona, Máscara de Medusa: Horrible cara de la Diosa
de Pájaro y Serpiente en su aspecto de muerte.
Hacha: Símbolo de energía, a causa de su forma ásperamente triangular, simbólicamente está vinculada con el
triángulo femenino (vulva).
Hipogeo: Una tumba subterránea, la mayoría frecuentemente con forma de huevo, simbolismo de regeneración.
La gran tumba de Hal Saflieni en Malta era de tres pisos altos
con muchas cámaras en forma de huevos (N.d.T.: Bóveda
subterránea donde los antiguos conservaban los cadáveres
sin quemarlos. Capilla o edificio subterráneo).
Huellas: Símbolo de la presencia de la Diosa, como una
fuerza sanadora y estimulante; si está llena de la agua, se
relaciona con marcas ahuecadas.
Hueso: Símbolo de muerte. Falanges: Manifestación sagrada de la Diosa de Muerte
Huevo: Símbolo universal de regeneración
Jabalí: Símbolo de muerte y regeneración.
La boca: Como una depresión redonda o pico abierto de
la Diosa de Pájaro: fuente de nutrición de esta Diosa. Como
un rasgo con tres líneas emanando: la triple fuente de vida.
La Seta, Hongo, Callampa: (Ver Falo, Phallus).
Laberinto: Matriz regeneradora asociada con imágenes
de la Diosa Lechuza y Pescado.
Lechuza: El pájaro profético, mensajero de muerte; Manifestación sagrada de la Diosa como Manejadora de la
Muerte; pero tiene calidad regeneradora. Las imágenes
aparecen sobre estelas y tumbas megalíticas y urnas de
Europa Occidental, sureste y Anatolia Occidental.
Lente: (Ver semilla).
Liebre: Manifestación sagrada de la Diosa en su función
regeneradora.
Líneas Dobles (Bilíneas): La preñez, dualidad, más de uno
Líneas Ondulantes: El agua; arroyo.
Líneas triples (T
rilíneas), número tres: La totalidad, abun(Trilíneas),
dancia, fuente triple, triple manantial; asociado con el las
funciones de Dadora de Vida de la Diosa.
M: La señal para la agua, relacionada al jeroglifo Egipcio
“M”, en Griego Mu, y el emblema de la Diosa en su función de Dadora de Vida.
Manos, divinas: Fuerza estimulante, protección contra las
fuerzas de mal y de la muerte.
Mariposa: Manifestación sagrada de la Diosa de la Regeneración, emerge desde un Bucranio. En el arte Minóico,
emerge desde entre los cuernos de la consagración. Relacionada con el reloj de arena y la “X” (N.d.E.: es la imagen de Atenea [= la Diosa del Conocimiento = Alma =
Psiqué = Mariposa] emergiendo de la cabeza de Zeus [=
en su forma de Toro]).
Matriz: Ver cueva, tumba, útero.
Meandro: Agua; serpiente angular de agua; asociada con
pájaros de agua, especialmente patos, y con La Diosa Pájaro (N.d.T.: recoveco de un camino o río. Adorno muy
sinuoso y complicado).
Menhir: Una piedra vertical. Manifestación sagrada de la
Diosa Pájaro, donadora de la Vida y la Muerte (Destino).
Montículo: La barriga encinta de la Madre Tierra, semejante a la colina y el horno.
Nalgas: El símbolo de la fortaleza de dos, relacionado con
los senos, fruta doble; la semilla doble, y otros dobles y
considerado como la Diosa Creadora de Vida y las partes
de su cuerpo encinta. En la representación de Diosa Pájaro, nalgas pronunciadas se imitan con el cuerpo de un
pájaro (si se considera la imagen de perfil).
Negro: El color de fertilidad.
Oculi: (Ver ojos).
Ojos: La fuente generadora de la necrótica Diosa Lechuza, asociada con el simbolismo acuático (arroyos, marcas
ahuecadas). Intercambiable con soles resplandecientes, serpientes enrolladas, y cuernos de carnero.
Omphalos: El ombligo de la Madre de Tierra, poder productor de vida concentrado, piedra o cumbre circular de
una colina (barriga encinta de Madre encinta de Tierra),
botón o altibajo sobre un menhir; serpiente o cordón
umbilical sobre representaciones de la Diosa. La cabeza
de la forma abstracta de una colina en la figura de la Diosa del arte megalítico.
Oro, color de muerte: (Ver Hueso, Blanco).
Oruga: Símbolo de transformación, relacionado con el
cuerno y la luna creciente.
12
Oso: Primeriza dadora de vida; mujer encinta, (máscara
de oso) madre.
Pájaro: Principal epifanía (manifestación sagrada) de la
Diosa como Donadora-de-todo, incluyendo la vida y la
muerte, felicidad, y riqueza; alias de Destino. Pájaros de
Agua (Patos, Gansos, Cisnes) traen felicidad, riqueza, nutrición. Las aves de presa (buitres, lechuzas, cuervos, cornejas) son los augurios de muerte y epifanías de la Gobernante de la Muerte; los pájaros proféticos (Cuclillo, Lechuza) profetizan la primavera, el casamiento, y la muerte; los
Pájaros del Alma (Paloma, Cuclillo, y otros pájaros pequeños) son los asientos de las almas de los humanos muertos.
Paloma: El pájaro de primavera y pájaro del alma.
Pastilla: Con un punto, señal de la Diosa encinta, símbolo
de fertilidad. Dos triángulos unidos en sus bases, se relacionan con el simbolismo del triángulo, regeneración.
Pato: Principal manifestación sagrada de la Diosa de Pájaro en su función como repartidora y como la deidad que
trae suerte, riqueza y nutrición.
Peine: (Ver cepillo).
Perro: Sabueso (Podenco, Galgo) blanco (gris), sagrado y
manifestación sagrada de la Diosa de Muerte. Presagio de
muerte. Por otra parte, estimulador y tutor de vida joven.
Pescado: El símbolo del útero y regeneración, Manifestación sagrada de la Diosa en su función regenerativa.
Piedra de la Novia, Brautstein: Palabra alemana para
“Bridestone”, la “Piedra de la Novia”: una piedra que tiene el poder para conferir feracidad a mujeres yermas. La
pulida superficie de estas piedras se ha formado por el
repetido pulido de los traseros desnudos de las solicitantes
(N.d.T.: en Chile existen muchas de estas piedras, como la
llamada “Retricura”, en el Camino entre Curacautín y
Lonquimay, que está cubierta de vulvas inscritas. No sólo
se usan para mujeres, sino además para vacas que no
pueden concebir).
Piedra: el poder de la Diosa. (Ver brautstein, círculo, piedra agujereada, menhir, omphalos).
Piedras agujereadas: Significan reptar a través del fortalecimiento con la energía de la Diosa almacenado en la
piedra; renovación, iniciación, salud. (N.d.T.: en Chile, “Piedras Tacitas”)
Piedras TTacitas,
acitas, Marcas de TTaza,
aza, “Cupmark
”: Una depre“Cupmark”:
sión en la piedra llena del agua sagrada de la Diosa
Donadora de Vida. La fuente de vida y la salud, relacionada al Ojo Divino (Ver ojos) y los manantiales (ver Fuentes).
- (En Chile, "Piedras Tacitas").
Piés de pájaro: (Ver pies.)
Pies de Pájaro: Pars pro toto de la Diosa de Muerte y Regeneración.
Protuberancia: (Ver omphalos).
Pulpo: Manifestación sagrada de la Diosa en su función
regeneradora, retratado en sarcófagos minoicos tardíos.
Rana o sapo: Símbolo del útero o “úteros errantes”. Manifestación sagrada de la Diosa de la Muerte y Regeneración.
Red: La fuente, humedad, “agua de vida” o fluido
amniótico, vello púbico, lana; asociada con el pescado,
pastilla, triángulo, huevo, signos uterinos y las funciones
de Dadora de Vida de la Diosa.
Reloj de Arena (dos triángulos unidos en las puntas): Perfil
antropomórfico simplificado de la Diosa de Muerte y Regeneración en su apariencia como un ave de presa. Las
garras de pájaro dan a conocer su identidad.
Reno, Alce: (Ver ciervo.)
Rojo: El color de vida.
Sapo: Ver rana.
Semicírculos, Medialunas: Señal de energía, símbolo de
transformación, denotando la fase inicial del ciclo lunar.
Semilla: El nacimiento y símbolo de la Vida embrionaria,
homólogo de la vulva.
Senos: Pars pro toto de la Diosa Pájaro en sus funciones
de dadora de vida y nutrición o riqueza. En tumbas
megalíticas, ellos representan las facultades regenerativas
de la misma Diosa.
Sepultura de galería: Tumba Megalítica como un pasillo
con forma de vagina, típica de Bretaña. Fechada en 3000
a 2500 años a.C.
Sepultura de pasaje: Categoría principal de las tumbas y
cámaras megalíticas: un montículo redondo que cubre la
cámara de entierro, al que se accede por un estrecho pasaje de entrada que es muy distinto de las
Cámaras FFunerarias:
unerarias: simbólico del útero y la vagina
regenerativa de la Diosa. Se encuentran en Bretaña, Escocia, Irlanda, Gales, el noreste de Alemania y Suecia.
Se han datado desde el V al III milenio a.C. Las grandes
sepulturas con pasajes grabados (Gavrinis, Newgrange,
Knowth) deberían llamarse “Tumbas Santuario”.
Sepultura Megalítica: Una tumba construida de piedras
grandes ("mega", grandes; "lithos", piedra). (Ver Tumba
de Patio: Tumba, Dolmen, Sepultura de Galería, Sepultura
de Pasaje) La mayoría de las estructuras megalíticas sirvieron como osarios y templos.
Serpentiforme: Una serpiente enrollada, frecuentemente
de 14 a 17 anillos, denotando la luna creciente, o con 29
a 30, simbolizando los días del ciclo de luna (mes lunar =
28 días).
Serpiente: La fuerza de vida; símbolo transfuncional; espiral, fuente cósmica de vida, con un significado parecido al
del Ojo Divino, la energía del Sol y de la Luna llena. Enrollada horizontalmente (ver serpentiforme), y enrollada verticalmente (ver columna de vida).
Tablero de Ajedrez: El símbolo de la esfera de agua; del
agua de la vida. Se alterna con la red (Ver red).
Torbellino, Remolino: Símbolo de cuatro esquinas y cruz.
Señal de energía, comúnmente asociado con la Columna
de Vida y la Diosa Ascendente de la Regeneración, sirve
como estimulador.
Toro: El símbolo de la Fuente de Vida y Regeneración.
Manifestación sagrada de la Diosa de la Regeneración.
Aparece con unas cabezas de un buitre sobre sarcófagos
Minoicos. Es el animal sacrificial en los ritos funerarios.
Tortuga: El símbolo de regeneración, Manifestación sagrada de la Diosa en su función regenerativa, relacionado
con la rana y el erizo.
Triángulo Púbico: (Ver triángulo, vulva).
Triángulo: Matriz regenerativa de la Diosa, el más antiguo de todos los símbolos conocidos (hay registros desde
el Paleolítico)
Tumba: La Matriz regenerativa de la Diosa (Ver Hipogeo,
Sepultura megalítica).
Tumbas de PPatio
atio (Court tomb): Tumbas de Cámara de
forma antropomórfica se encuentran en el sudoeste de Escocia e Irlanda del norte, de aquí viene el nombre alternativo “Tumbas de Clyde Carlingford”. Los aspectos esenciales incluyen un trapecio elongado o triangular formando
13
Vellocino: La señal de Diosa Pájaro; aparece sobre telares, pesas y estatuillas de Diosas Pájaros.
Vulva: Los genitales femeninos externos como la parte productora concentrada de la Diosa en su función de Dar
Nacimiento. También un término genérico para las formas
de vulvas: el óvalo, semilla o lente, y triángulo. Pars pro
toto de la Diosa encontrados sobre rocas desde el Paleolítico Superior.
X: Signo de cuatro esquinas y emblema (bandas en cruz)
de la Diosa de Pájaro. Sobre sellos y figurines se asocia
con el cheurón. Enmarcada: intercambiable con el reloj
de arena y la mariposa.
un recordatorio que finaliza en un antepatio sin techo
semicircular. El patio da apropiado acceso a la cámara de
entierro, que es una galería de dos o más cámaras o se
plantea en una forma antropomórfica (de Diosa). Fechada circa 3500-2200 a.C.
Útero: Símbolo de regeneración de la matriz de la Diosa,
tumbas con forma de matriz, y cuevas; en forma zoomorfa,
aparece como pescado, rana o sapo, erizo, y bucranio.
V: El emblema de Diosa de Pájaro desde tiempos Paleolíticos Superiores, derivó desde un triángulo (el triángulo
púbico, la vulva). Un símbolo primordial en el manuscrito
sagrado de la vieja Europa.
Los tipos de Diosas y Dioses
La evidencia obtenida de la Europa arcaica da a conocer
nítidamente los estereotipos de las divinidades, incluyendo
formas antropomórficas, pájaros, serpientes, y otros animales híbridos. Ellas se han agrupado en los siguientes tipos:
te en espiral y la espiral, son sus emblemas. La corona es
símbolo de condición, sapiencia, y omnisciencia. Como una
tutora de la energía de la vida y su continuidad, ella se adoró
en altares caseros.
La Diosa Pájaro:
La Diosa de ave de presa:
(Figuras. 2, 8-13, 15, 16, 39, 41, 42) Ella aparece con un
pico o una nariz picuda, largo cuello, peinado o corona larga, senos femeninos, alas o proyecciones similares a alas, y
nalgas femeninas sobresalientes planteadas en la forma del
cuerpo de un pájaro.
Ella no tiene boca, pero a veces una depresión redonda
ocupa su lugar. Su postura es erecta, pero la parte superior
de su cuerpo está doblada hacia delante como un pájaro.
Los meandros, la letra “V”, y los cheurones son sus símbolos.
Ella se asocia con el número tres, como una fuente triple y
con el martinete, su animal sagrado. Los cheurones múltiples, senos, y un símbolo de ojos y pico son los diseños decorativos típicos sobre jarrones asociados con ella. Ella fue adorada en altares caseros y templos desde el Neolítico temprano.
(Figuras 285-302) Aparece como Mensajera de la Muerte
o la propia Muerte en la apariencia de un Buitre, Lechuza, u
otras aves comedoras de carroña y de presa; pero también
personifica la propiedad de regeneración.
En las tumbas megalíticas de Europa occidental, ella aparece como una Lechuza u otra ave de presa en estelas de
piedra, grabados, y pinturas. En forma reducida, ella simplemente se expresa como senos o vulvas. Sus ojos sobrenaturales son intercambiables con las espirales de serpiente, los cuernos de carnero, y soles resplandecientes.
En las sepulturas de cremación del Danubio Europeo y de
Anatolia occidental, la lechuza toma la forma de una urna.
La Diosa Lechuza y Buitre se asoció con los símbolos de regeneración y energía: los laberintos, cordones umbilicales, espirales, serpientes, círculos concéntricos, arcos concéntricos,
las marcas de taza, ganchos, ejes, y ciclos y semicírculos de
la Luna.
La Diosa antropomórfica que da nacimiento:
(Figuras. 172-76) Este aspecto de la Diosa es retratado en
una postura naturalista de parto. Ella se evidencia bien en el
arte Paleolítico y luego en la Vieja Europa. Los retratos de
vulvas sólo pueden haber servido como pars pro toto de esta
Diosa. Sus principales manifestaciones sagradas son el ciervo-cierva, gamo-gama, y oso.
La Diosa como Triángulo y Reloj de Arena:
(Figuras 373-82) Ella aparece en cuevas, tumbas subterráneas, y sepulturas megalíticas como una matriz
regeneradora. Pintada sobre jarrones, esta forma representa
participantes en bailes rituales de anillo. El pájaro araña, adjunto a la forma de reloj de arena, se identifica como otra
manifestación de la Diosa de ave de presa.
La Nodriza o la Madre que Sostiene un Niño:
(Figura 184) Ella fue retratada en figuritas “jorobadas” o en ejemplos más articulados-, como una Madona (“Nuestra
Señora”, “Virgen”) con máscara de oso que carga un saquillo
de bebé. Las imágenes de enfermera o madre también aparecen en la forma de serpientes y pájaros (Fig. 211).
La Diosa desnuda, tiesa como muerta:
(Figuras 308-18, 320) Ella se retrató con los brazos plegados estrechamente prensados en su seno y con las piernas
cerradas estrechadas. Ella está enmascarada. Su gran y sobrenatural triángulo púbico es el centro de atención. Una imagen reducida de ella es un hueso o falange, sin decorar, o
con ojos (lechuza) circulares (Figs. 91, 92). Sus imágenes se
han hecho con materiales del color del hueso, mármol, alabastro, piedras blanquecinas o arcilla, y el propio hueso. Ella
se evidencia desde el Paleolítico Superior a través de la Vieja
La Diosa Serpiente:
(Figuras 200-215) Ella tiene manos y pies similares a serpientes, una boca larga, y ojos redondos; ella usa un cuervo
o corneja. La serpiente y sus derivados abstractos, la serpien14
Europa, con una extensión en el Segundo milenio a.C.. en el
área Egea y el valle de Danubio. Ocasionalmente su aspecto
se retrató como ave de presa y una serpiente venenosa, que
traicionan su identidad con la Diosa de Serpiente y Pájaro en
su aspecto de dadora-de-muerte.
La Diosa Encinta
(Figs. 216-19) Ella fue retratada de modo natural, como
una mujer desnuda con manos puestas sobre su abultado
vientre. Su gordura es enfatizada y equivalente a la fertilidad
de los campos. Su imagen se asoció con las semillas, triángulos, serpientes, los símbolos de huevos y frutas dobles, y
dos o cuatro líneas.
Su animal sagrado en la Vieja Europa Vieja y períodos
posteriores es el cerdo (Figs. 225, 227). Aunque se la registró
en el Paleolítico Superior, esta imagen probablemente llegó a
ser la "Madre de Grano" (Ceres) no antes del Neolítico Temprano. Ella es la imagen dominante en las fases tempranas
del Neolítico, comúnmente encontrada en plataformas de hornos. Su barriga es un horno o montículo abultado.
La Diosa Sapo-Rana
(Figs.. 387-96) Aparece en el Paleolítico Superior en forma de batracio antropomorfo, y continúa a lo largo de la
prehistoria e historia.
Durante el Neolítico, las imágenes de la rana con cuerpo
hembra y cabeza humana son encontradas como desagravios sobre los jarrones y paredes de templos, esculpidas sobre mármol, piedra verde, piedra negra y otras piedras, o
modeladas en arcilla. La imagen es una manifestación sagrada de la Diosa de la Regeneración. Los sapos y ranas son
homólogos del útero regenerador.
El Señor de los Animales:
El Dios Varón Sosteniendo un Gancho
La Diosa Puercoespín:
Él puede él un precursor, por una parte, de los Silvanos,
Faunos, y el Dios Pan, protectores y espíritus del bosque, de
los cazadores y animales de bosque, quienes también sostienen ganchos; y por la otra, un descendiente de las Figuras
vestidas con pieles de animal del Paleolítico Superior (“El Dios
Brujo danzante” de la caverna de Trois Freres).
(Figs.. 379-404) Otra manifestación sagrada de la Diosa
en la función de regeneración. Aparece en la forma de un
Puercoespín con una cabeza humana. Muy probablemente la
imagen deriva de la forma de útero animal.
Este símbolo ha sobrevivido hasta el Siglo XX, como un
encanto potente contra la esterilidad.
Daimon de la Fertilidad y Regeneración
En forma de un hombre juvenil itifálico, posición fálica,
falo o serpiente, un asistente de la Diosa en los ritos de la
primavera de la tierra (Fig. 278), él es un probable precursor
del Hermes Griego, Dios de la Suerte y el incremento y protección de las bandadas, también el Aker-beltz y el Sugaar
Vasco; la Cabra Negra y la Serpiente masculina.
Los otros representantes del principio masculino, tales
como hombres desnudos con máscaras de pájaro, probablemente son las representaciones de participantes en rituales o
devotos de la Diosa.
La Diosa Pescado
(Figs. 405-10) Un híbrido de mujer y pez marcado con un
diseño laberíntico o red simbólica de poder generador o humedad uterina. El pescado debe haber sido homologado con
el útero de la Diosa desde a más tardar el Paleolítico Superior, y como tal, continúa a través de la prehistoria y la historia temprana. Los pies de pájaro mostrados sobre las esculturas de Diosa Pescado, identifican su función como Diosa de
Muerte y Regeneración.
Dios de Renovación Anual: Vigoroso y Pesaroso
La Diosa Mariposa y Abeja
(Figs. 281, 282, 284) Él se retrató como un hombre pacífico o juvenil que se sienta sobre un taburete, con las manos
descansando sobre las rodillas apoyadas en su barbilla.
Dado que las figuras pesarosas se encuentran juntas con
figuritas sentadas que probablemente representadas a las diosas de cosecha (“Viejas Brujas”), puede presumirse que ellos
retratan a un Dios de la Vegetación agonizante.
Las esculturas masculinas con máscaras de Cabra puedes representar el aspecto juvenil de una forma temprana de
Dionysos.
(Figs. 420-32) Una manifestación sagrada de la Diosa de
Regeneración que sube desde un Bucranio (ídem al útero) o
desde cuevas y tumbas. Ella se retrató como un insecto con
características humanas o como una mujer con la cabeza y
las extremidades de insecto. Destacada en las bóvedas subterráneas (Hipogeo) del Neolítico y en la religión Minoíca.
15
MOVIMIENTO SOCIALISTA NACIONAL
PATRIA NUEVA SOCIEDAD
REVISTA ACCION CHILENA
Revista del Movimiento Patria Nueva
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Santiago
Escuela de Formación Política de Líderes Juveniles
Socialistas Nacionales - Ecofilosofía . Guía 2
La Tradición
Capítulo I de: “Atlántida: El Mundo antes del Diluvio” de Otto Muck
Todo cuanto sabemos sobre la Atlántida se halla contenido en los dos célebres diálogos de Platón que han recibido
sus nombres del pitagórico Timayo (1) y del hermano de la
madre de Platón, Cricias el Joven (2). Se hallan estrechamente unidos a la obra de Platón sobre Política (Politeia), que
consta de diez volúmenes. En relación con las condiciones
exactamente especificadas y justificadas por Sócrates, el maestro de Platón, que, según él, debe reunir un Estado ideal, el
relato de la Atlántida constituye un magnífico ejemplo histórico de un estado existente en la antigüedad, bien definido en
cuanto al tiempo y al espacio.
Los diálogos sobre este tema tuvieron lugar en el Pireo,
un día en que se celebraba la festividad en honor de la diosa
tracia Bendis (3), entre Sócrates, Glauco, Adeimantos y otros.
El día siguiente el diálogo fue proseguido entre Sócrates,
Cricias el Joven, Timayo, Hermócrates (4) y un cuarto personaje a quien no se nombra y que bien pudiera ser el propio
Platón. Al final Sócrates, que era quien dirigía el diálogo, invitó a quienes participaban en él a encontrarse de nuevo para
discutir sobre sus argumentos en pro y en contra.
Con la llegada de los tres mencionados en primer lugar,
empieza el diálogo de Timayo. Es Sócrates quien lo inicia:
hace repetir a Timayo lo tratado el día anterior en las preguntas y respuestas; les recuerda su promesa de que sus aportaciones constituyen el tema del diálogo y termina con las siguientes palabras:
—
—
— …en consecuencia llegasteis a la unánime conclusión de
remunerarme con vuestros relatos de mi hospitalidad; y,
por mi parte, estoy dispuesto a recibirlos en este sentido y
a prestarles toda mi atención.
— Hermócrates: —Y ciertamente, como afirmaba hace poco
nuestro Timayo, no ha de faltar, ¡oh, Sócrates!, ni nuestra
buena disposición ni tenemos que oponer a este deseo
objeción alguna.
— Y así lo hemos manifestado ayer cuando entramos en casa
de Cricias, en cuya ocasión seguimos nuestro diálogo y
antes también, en nuestro camino hacia aquí. A esto nos
indujo esa historia procedente de un tiempo lejano.
— Cuéntanoslo ahora, ¡oh, Cricias!, para comprobar si es
que corresponde o no a nuestro tema.
— Cricias: —Esto será si es que agrada también al tercer
participante, a nuestro Timayo.
— Timayo: —Ciertamente.
— Cricias: —Escucha, pues, ¡oh, Sócrates!, una historia ciertamente muy singular, pero verdadera según la relataba
—
—
—
16
en su tiempo Solon (5), el más sabio de los siete. Era, en
realidad, pariente y muy íntimo amigo de nuestro tatarabuelo Drópides, cual lo declara repetidamente en sus poesías. A nuestro antepasado (6), según este anciano nos
ha comunicado repetidas veces, le dijo que existían grandes y admirables hechos relacionados con un Estado que
existió en la antigüedad, el cual había caído en el olvido a
causa del tiempo transcurrido y de la desaparición de los
hombres; entre todos ellos había uno muy importante, pensando en el cual, en forma conveniente, no sólo a ti te
damos las gracias sino que dedicamos nuestro relato a la
diosa en su festividad, a manera de canto de alabanza.
Sócrates: —Bien dicho. Pero ¿qué hecho es ese que Cricias
designaba como no transmitido, pero, sin embargo, verdadero, sobre un Estado de la antigüedad referido por
Solón?
Cricias: —Os voy a relatar una vieja historia de un hombre que ya había transpuesto la juventud. Y es que Cricias
el Viejo, según él mismo decía, se hallaba próximo a cumplir los noventa años, mientras yo sólo tenía diez. Precisamente era el día de la mocedad de los apaturios. La misma costumbre propia de la actual celebración de dicha
fiesta era la que entonces privaba entre los adolescentes:
los padres establecían premios para el que mejor recitara
poesías. Así, pues, se declamaban muchos versos de variados poetas, Y, como en aquel tiempo las poesías de
Solón aún eran nuevas, muchos eran los niños que las
recitaban. Y uno de ellos, que pertenecía a la misma fraternidad y qué, ya sea porque tal fuera su verdadera opinión o que lo dijera para complacer a Cricias, afirmó que
Solón le parecía no sólo el más sabio sino, en cuanto a
poesía, el más noble entre todos los poetas, al oír lo cual
el anciano (¡cuán bien me acuerdo de ello!) se alegró
mucho y dijo riendo:
"Esto estaría muy bien, ¡oh Aininandros!, si no considerase el arte de la poesía como una mera ocupación accesoria, sino que, como hacen otros, se entregase a ella cor
todo afán y hubiese dado cima al relato que ha traído de
Egipto (7) y no se viese obligado por las inquietudes y por
el desasosiego que a su regreso encontró aquí, a dejarlo
estar..., de ser así, por lo menos según mi opinión, ni
Hesiodo ni Homero ni poeta alguno habrían llegado a
ser más célebres que él".
Pero de qué relato se trataba, ¡oh Cricias! — dijo aquél.
De un relato muy importante —contestó el interpelado—
y de un hecho digno en verdad de la mayor celebridad
—
—
—
—
—
—
entre todos los que este Estado ha llevado a cabo, pero
del cual, a causa de la inmensidad del tiempo y de la
desaparición de aquéllos que fueron sus protagonistas,
no ha llegado noticia alguna hasta nuestros tiempos.
Empieza tu relato desde el principio — le rogó aquél —.
Explícanos, y de qué manera y de quién lo supo Solón, a
lo cual se debe que pueda referirlo.
Hay en Egipto —contestó el otro—, en el Delta, en cuya
punta el Nilo se subdivide en varios brazos, una comarca
que se llama la Saitica. En ella, Sais es la ciudad más
importante; de ella era oriundo el rey Amasis (8). Una
diosa era considerada como la fundadora de la ciudad,
la cual, en Egipto, es designada con el nombre de Neith
(9), mientras que en Grecia todo el mundo la designa con
el nombre de Atenea (10). Aseguran también ser buenos
amigos y hasta, en cierto modo, parientes de los
atenienses. Al llegar allí, así lo refiere Solón, fue recibido
con grandes honores; por lo demás, pudo comprobar, al
enterarse de las viejas historias que le relataron los eruditos sacerdotes que, como todos los griegos, casi nada sabía
de todo aquello.
Ante todo, y para inducirles a hablar de los tiempos antiguos, empezó a referirles las más viejas historias de nuestra tierra, de Foioneo, llamado "el primero" (11), y de
Niobea, y, después, del diluvio, de Deucalión y Pirra (12),
de cómo fueron salvados, así como de sus descendientes;
y, al recordar los años que habían transcurrido desde que
todo aquello que refirió, había sucedido, trató de determinar la época en que había ocurrido. Pero uno de los
sacerdotes, hombre ya anciano, dijo "¡Oh, Solón, Solón!
Vosotros los helenos seréis siempre niños: no hay ninguno
de vosotros que sea viejo".
Y cuando aquél lo oyó, exclamó:
¿Por qué lo dices?
Sois jóvenes —replicó aquél— porque vuestra inteligencia sigue siendo joven; pues no poseéis ningún conocimiento antiguo que tenga sus raíces en una tradición
ancestral ni conocimiento alguno que haya recibido la
patina del tiempo.
tiempo La causa de ello es la siguiente: muchas han sido las destrucciones de seres humanos que
han ocurrido en distintas formas como seguramente seguirán ocurriendo en el porvenir, la mayoría a causa del
fuego y del agua, y las menos de las veces por otras mil
causas. Lo que entre vosotros se cuenta de que una vez
Faetón el hijo de Helios (el Sol) (13) una vez unció el carro
de su padre y, al lanzarse a la carrera, no pudo seguir el
camino que aquél acostumbraba a recorrer debido a lo
cual abrasó la Tierra hasta que fue muerto por un rayo, se
cuenta como algo que tiene el aspecto de una fábula;
pero lo cierto es que cuando los astros que se movían por
el cielo alrededor de la Tierra, se salían de sus órbitas, a
causa del fuego a que ello daba lugar se producía la destrucción de todo cuanto se hallaba sobre la Tierra. Como
es natural, quienes vivían en las montañas y en las altas
mesetas y habitaban parajes donde reinaba la sequía perecían en mayor número que aquellos que habitaban en
las márgenes de los ríos y a la orilla del mar. Para nosotros el Nilo, como para otras muchas cosas, fue el salvador, pues nos sacó de este apuro al desbordarse más allá
de sus orillas. Cuando, en cambio, los dioses limpiando
la Tierra con las aguas, desencadenan un diluvio, los que
viven en las montaña salvan los rebaños de bueyes y de
carneros; pero quienes, como vos otros vivís en las ciuda-
—
—
—
—
—
17
des, sois arrastrados al mar por la corriente de los ríos. En
cambio, en nuestro país ni en este caso ni en otro cualquiera cae el agua desde lo alto sobre los campos. Más
bien está dispuesto por la naturaleza que todo surja desde las tierras que se hallan en la parte baja de la Tierra.
Debido a ello lo que contiene nuestro país se considera lo
más antiguo: lo cierto es que en todos aquellos lugares
en que no hace ni excesivo calor ni intenso frío lo antiguo
se conserva y perdura a través de generaciones más o
menos numerosas. Y todo cuanto de bello, grandioso o
importante ocurrió entre vosotros, tanto aquí como en otros
lugares, así que se tuvo conocimiento de ello, fue escrito
en las crónicas de los templos y así se conservó memoria
de ello (14). Sin embargo, entre vosotros como entre los
demás pueblos, todo ha sido dispuesto de nuevo en escritos, así como todo cuanto constituye la necesidad de los
respectivos Estados. Y en el transcurso de años cae del
cielo un nuevo diluvio cual una enfermedad dejando sólo
a los ignorantes y a los que no han estudiado, de suerte
que tenéis que principiar de nuevo y así sois siempre jóvenes y no sabéis nada de lo que en tiempos remotos ocurrió aquí ni hasta lo que tuvo lugar en vuestro propio solar. Y es así como lo que hace poco, ¡Oh Solón!, nos contabas de las generaciones que se han sucedido entre vosotros, apenas se diferencia de un cuento infantil; en primer lugar, sólo recordáis un diluvio ocurrido en la Tierra a
pesar de que antes ocurrieron muchos más; tampoco sabéis que la primera y la más bella generación de seres
humanos vivió en vuestro país, la generación de la cual tú
y vuestro Estado actual descendéis porque de ella sobrevivió una pequeña estirpe; todo esto ha permanecido oculto para vosotros porque los supervivientes vivieron y murieron durante largos períodos de tiempo sin dejar nada escrito.
El estado habitado por los atenienses existía ya, ¡oh Solón!,
antes del gran cataclismo causado por las aguas (15),
tanto por lo que se refiere al ejército como a todo arte
ordenado por sabias leyes. Y hasta te diré que se le atribuyen las acciones más hermosas y la condición más notable de todo cuanto existe bajo el cielo y de las cuales ten
gamos noticia.
Al oír tales palabras, refirió Solón, se había admirado y
había suplicado con toda vehemencia a los sacerdotes
que le contaran todo por el orden en que había acaecido,
referente a los ciudadanos de antaño. A lo cual contestó
el sacerdote:
No quiero ocultarte, ¡oh Solón!, y no sólo para darte gusto a ti y a vuestro Estado, sino, sobre todo, para complacer a la diosa que cupo en suerte a vuestro Estado y al
nuestro, educándonos y elevándonos, que el vuestro se
constituyó unos mil años antes que el nuestro, después de
que las estirpes de Gea y de Hefaisto fuesen recibidas por
vosotros mucho antes de que lo fueran por los nuestros.
Para la fecha de esta fundación figura en nuestros libros
sagrados la cifra de nueve mil años. Así pues, de vuestros
ciudadanos que vivieron hace nueve mil años, dentro de
poco te explicaré las leyes y las más notables hazañas
que realizaron; en cuanto a los detalles más precisos, trataremos otra vez en forma ordenada y teniendo a mano
los escritos.
Por lo que a leyes se refiere podemos imaginárnoslas teniendo en cuenta las que aquí rigen, pues mucho de lo
que estaba entonces en vigor entre vosotros lo hallarás
ahora aquí. En primer lugar, el sacerdocio está separado
de todas las demás profesiones; después sigue la de los
menestrales que trabajan cada cual para sí sin mezclarse
con los demás; después sigue la de los pastores, de los
cazadores y de los cultivadores de la tierra. Y seguramente habrás también observado que el estamento de los guerreros también está aquí, distanciado de todos los que las
leyes les prescriben que no se ocupen de otra cosa más
que de las cuestiones inherentes a la guerra. Por lo demás
es digno de ser notado su armamento, que consiste en
escudos y lanzas de los cuales nos hemos provisto entre
los pueblos del Asia después que la diosa (como en vuestro país en primer lugar) los hubo mostrado. Por lo que
hace referencia a inteligencia, desde luego debes reconocer el estricto cuidado que la ley pone aquí en sus fundamentos, ya que toma en consideración todo cuanto se
sabe de la ordenación del mundo hasta por medio de los
augurios y la quiromancia tratando de hallar en estas ciencias, que son de naturaleza divina, lo más apropiado para
el hombre como también se intenta de las demás ciencias
que guardan relación con ellas. Todo este orden, toda
esta organización, se debe a la diosa desde el momento
en que fundó vuestro primitivo Estado, después de escoger aquel lugar en que también vosotros habéis nacido,
pues comprendió que la combinación más apropiada de
las estaciones sería allí donde crearía a los hombres más
inteligentes. Y como precisamente la diosa ama tanto la
guerra como la sabiduría, eligió el sitio en que nacerían
los hombres que más se asemejarían a ella y, desde un
buen principio, fundó con ellos un Estado. Y es por esto
que vivís en posesión de tales leyes y además os distinguís
por una administración sabia y por una perenne actividad que os diferencia de todos los demás mortales cual
corresponde a los vástagos y a los preferidos de los dioses. Por esto pueden admirarse hechos tan grandiosos de
vuestro Estado. Pero sobre todo hay uno que se destaca
de los demás por su magnitud y su excelencia.
— Las crónicas nos informan, en efecto, de cuál fue la gran
potencia que una vez fue vencida por vuestro pueblo cuando, irrumpiendo desde el océano Atlántico, invadió en forma avasalladora los territorios de toda la Europa y el Asia.
Pues en aquella época lo que hoy es mar, podía ser recorrido en carros. Delante del estrecho que hoy día, en vuestro idioma, designáis con el nombre de "Columnas de Hércules" (16), había una isla. Esta isla tenía una extensión
superior a la Libia y al Asia Menor juntas; desde ella, quienes viajaban podían trasladarse pasando sobre las demás islas (17) a la tierra firme (18) que está en frente y
que, en realidad aquel mar bordea (19). Y todo lo que se
halla dentro del estrecho de que estamos hablando, aparece como una ensenada con un angosto acceso.
— En esa isla del Atlántico había un reino inmenso y admirable que no sólo dominaba sobre parte de aquella tierra
firme; también ejercía su soberanía sobre las tierras interiores de Libia hasta el Egipto y Europa hasta el mar
Tirreno.
— Esta gran potencia trató una vez de someter tanto vuestra
nación como la nuestra, y cuanto se halla de la parte de
acá del estrecho, para lo cual emprendió una atrevida
expedición guerrera. Fue entonces, ¡oh Solón!, cuando
vuestro pueblo hizo patente todo su poder dejando admiradas a las gentes por su valor y por su energía. Pues
excediendo a todos en bravura y en capacidad guerrera,
puesto a la cabeza de todos los helenos, aleccionado por
la caída de todos los demás, solo y viéndose en un inmenso peligro, por una parte derrotó al enemigo alcanzando señaladas victorias y por otra impidió que los pueblos que aún no se habían sometido, lo fueran. Y a los
demás que vivían dentro de las fronteras heráclicas les
dio, sin envidia, la libertad. Pero más tarde, cuando se
produjeron unos inmensos terremotos y unas grandiosas
inundaciones, en el transcurso de un solo y aciago día y
una sola noche toda la numerosa y aguerrida generación
de vuestro pueblo quedo sepultada en tierra y también
desapareció la isla Atlántida, hundiéndose en las profundidades del mar. Por esto el mar, en aquellas regiones, no
es hoy día navegable, no siendo posible que lo atraviesen
las naves porque lo impide el lodo que dejó la isla al
hundirse y que alcanza una gran altura".
— Y esto que acabas de oír, Sócrates, según nos dice Solón,
es lo que constituyó en forma abreviada el relato de Cricias
el Viejo. Pero ayer mismo, cuando nos hablabas del Estado y de los hombres de que hiciste mención, me ha maravillado, cuando acudía a mi memoria lo que acabo de
referir, como se me ocurrió admirar como tú, en forma
verdadera mente asombrosa, estaban en general tan de
acuerdo con lo que había relatado Solón (20). Pero no
quise decirlo en seguida, pues en aquel momento no tenía una noción adecuada de la duración del tiempo. Reflexioné que era necesario volverlo a recordar todo y. sólo
después de madura reflexión, hablar de ello. Y por esto
me declaré tan pronto de acuerdo con lo que tu ayer nos
has propuesto, porque era de opinión de que aquello que
en semejantes casos resulta lo más difícil, o sea convertir
en tema de conversación la materia que corresponde a lo
que se requiere, nos resultaría bien. Y así es, como ayer
mismo, cuando me iba de aquí, empecé a refrescar mi
memoria; y después, cuando me des pedí de vosotros, fui
repitiéndomelo todo durante la noche, haciendo cuanto
me fue posible para recordarlo. Y, en realidad, todo cuanto
se afirma es verdadero: lo que de niño se ha aprendido
se recuerda siempre en forma maravillosa. De lo que ayer
escuché, en realidad no sé si podría retenerlo todo en la
memoria; pero, en verdad que me asombraría si hubiese
olvidado nada de cuanto oí decir hace tanto tiempo. Cuanto el anciano me refirió fue escuchado entonces por mí
con tan infantil placer, que muy a menudo volvió sobre el
tema dirigiéndole nuevas preguntas; y así es como ha quedado impreso en mí cual los vivos colores de un inextinguible lienzo. Y esto mismo que ahora he dicho es lo que
me repetí por la mañana y es esto precisamente lo que
nos ha procurado largo tema de conversación.
— ¡Y ahora estoy dispuesto!, ¡oh Sócrates!, a examinar cuanto
se ha relatado, no solamente en sus puntos esenciales,
sino en sus detalles. Considerando como reales a los ciudadanos y al Estado que ayer nos mostraste como en un
poema. Vamos, pues, a imaginárnoslo de nuevo cual si
este Estado estuviese aquí y esos ciudadanos, que trajiste
a tu memoria, fuesen aquellos verdaderos antepasados
nuestros de los cuales ha hablado el sacerdote. No hay
duda que concordarán, y no nos apartaremos de lo verdadero si afirmamos que fueron los mismos que realmente
vivieron en aquella época. Y todos juntos, repartiéndonos
entre nosotros el tema, trataremos de corresponder con
todas las fuerzas a lo que nos has encargado. Trátase,
pues, de comprobar, ¡oh Sócrates!, si esta materia nos
18
corresponde por su significado o si, en vez de ella, tenemos que buscar otra".
— Sócrates: —Pero "cuál, ¡oh Cricias, podríamos aceptar de
mayor grado en su lugar para servir de ofrendo en el día
de hoy a la diosa, que fuera el más apropiado por su
relación con ella y que, al propio tuviese la gran ventaja
de no ser un relato imaginado, sino una historia verdadera? ¿Cómo y dónde podríamos dar con otro tema de no
hacer uso de éste? ¡Sería imposible! Por fortuna tú puedes
hablar y, por mi parte, en compensación a mis discursos
de ayer, te escucharé en silencio".
que unos hubiesen tratado de adquirir para sí, mediante
una lucha, lo que correspondía a los demás. Más bien
recibieron bajo el dictado de la justicia las partes que deseaban y eligieron esas comarcas para que les sirvieran
de morada; y mientras levantaban sus palacios nos criaban a nosotros los hombres cual hacen los pastores con
sus rebaños, como propiedad suya, como criaturas que
les pertenecían, pero no dominando a los cuerpos por
medio de penas corporales cual los pastores guían a sus
rebaños por medio de los golpes, sino haciéndose dueños de las almas. Así, las guiaban de acuerdo con su voluntad como al más dócil de los animales, como se guía a
una nave desde su parte posterior por medio del timón; y
tal como se portaban con nosotros es como guiaban a
todas las estirpes de mortales.
— Procuraban embellecer los lugares que habían recibido
(unos éstos, otros aquéllos). Hefaisto y Atenea, que poseían un carácter común y, pues que procedían del mismo padre, una naturaleza parecida, debido a su amor
por la verdad y el arte, tenían las mismas aspiraciones y
ambos recibieron la misma parte, o sea esta tierra favorecida por la Naturaleza, que debía servir de asiento a la
virtud y a la inteligencia; después de establecer como aborígenes a gentes que se distinguían por su reconocida bravura, inspiraron a su espíritu la ordenación del Estado. De
esos seres excepcionales nos ha sido dable conservar los
nombres; pero, en cuanto a sus hazañas, a causa de la
desaparición de aquellos que fueron los descendientes de
nuestros antepasados y a causa de la inmensidad del tiempo transcurrido, han caído en el olvido. Pues la generación que sobrevivió fue, según ya se ha dicho, la que habitaba en las cumbres, gentes que no conocían las ciencias, que sólo sabían los nombres de los soberanos y muy
poca cosa de sus hechos heroicos. Y así se contentaban
con indicar sus nombres a sus descendientes; las obras y
las leyes de los antepasados no las conocían, a excepción
de algunas oscuras tradiciones sobre hechos aislados; todo
lo relativo a sus antecesores lo tenían descuidado, así como
cuanto había acaecido hacía mucho tiempo, porque, durante muchas generaciones, carecieron de lo necesario, y
tanto ellos como sus hijos tenían puestos todos sus sentidos en conseguir cuanto les hacía falta; y de ello sí que
han dado razón. Pues el estudio y la exploración de los
antiguos llegó a las ciudades sólo después de pasado
mucho tiempo, tanto que, por lo menos algunos tenían ya
cumplidas sus necesidades, Y así fue cómo los nombres
de los antepasados, pero no sus hazañas, se conservaron. Esta afirmación la apoyo en el hecho de que Solón
contaba que con los nombres de Kecrop, Erechteo,
Erichtonio, Erisichton y la mayor parte de los demás nombres de los antepasados de Teseo que fueron nombrados,
los sacerdotes los citaron casi a todos refiriéndose a la
guerra que entonces tuvo lugar, y asimismo citaron los
nombres de las mujeres (dado que en aquella época tanto
los hombres como las mujeres se dedicaban al arte de
la guerra) (22). Y así fue seguramente, porque siguiendo
la costumbre de aquellos tiempos, erigirían en sus templos la imagen de una diosa armada, lo cual es una prueba de que todos los seres que se aparean de uno y otro
sexo pueden, por su naturaleza, ejercer la ocupación que
más conviene a su común gusto y parecer.
— En aquella época vivían también en esta tierra las demás
castas de ciudadanos que se ocupaban de oficios ma-
Y Cricias desarrolló entonces una cierta ordenación del
diálogo. Se había decidido que, en primer lugar, hablara
Timayo y que, como entendido en las estrellas y en el estudio
de la Naturaleza, empezara con la creación del mundo sobre
la idea de la belleza y de la bondad, terminando con la exposición de la naturaleza humana. Después seguiría informando Cricias sobre los antepasados de los atenienses y sobre
sus enemigos. Esta continuación anunciada en el diálogo de
Timayo constituye el segundo diálogo de Cricias. Empieza
con las últimas palabras de Timayo. Hermócrates le pide a
Cricias que invoque a Paion y a las musas y que haga ver en
su magnificencia a los antiguos moradores de Atenas. A lo
cual contesta Cricias:
— "…Puesto que tú, Hermócrates, nos incitas y animas, no
podemos hacer otra cosa que proseguir y junto a los inmortales, a los cuales te has referido, invocar a otros, especialmente a Mnemosina; pues lo más importante de
nuestro discurso está enteramente relacionado con esta
diosa. Pues si pretendemos recordar lo que oímos y tenemos que comunicar lo que un día fue relatado por los
sacerdotes y lo que se ha dicho de Solón, sé con bastante
seguridad que aquí habremos dado a la publicidad lo
conveniente en forma debida. Debemos, pues, emprender sin titubeos nuestra tarea.
— Ante todo recordemos que han transcurrido nueve mil años
desde que, según se ha dicho, estalló la guerra entre quienes vivían más allá de las columnas de Hércules y los
pueblos que habitaban en el interior. Es algo que vale la
pena de ser referido en forma completa. Se dijo que nuestro Estado dominó sobre unos poniendo fin a la guerra y
sobre otros dominaban los reyes de la Atlántida, de la
cual dijimos que hubo un tiempo en que su extensión era
mayor que la de Libia y el Asia Menor juntas, pero que
ahora, hundida en el mar, a causa de un colosal terremoto, el fango impenetrable constituye un obstáculo para
que los navegantes que se arriesgan por aquellos mares
puedan cruzarlos. Esta narración, en su sucesivo desarrollo, se ocupará de la existencia de de terminados pasajes
en los cuales se ofrece la oportunidad de dar a conocer
los muchas pueblos bárbaros y todas las estirpes de la
raza helénica que en aquella época existían. Tenemos que
tratar de esto y, desde luego, desde un buen principio,
pues está relacionado tanto con el poder como con la
organización estatal de loe atenienses de entonces y de
sus enemigos, con quienes estaban en guerra.
— Ante todo será preciso hablar de lo que aquí existía (21).
Al principio los dioses se repartieron todo el mundo dividiéndolo en determinadas comarcas sin que ello diera
lugar a disputas; pues sería ilógico suponer que los dioses no supiesen lo que correspondía a cada cual o bien
19
ahora la verdad pueda ser proclamada
proclamada.
— En cuanto al resto de la tierra, la Naturaleza le había otorgado semejante calidad y además era cultivada, según
correspondía, por verdaderos campesinos y por quienes,
sintiendo un verdadero placer en hacerlo, experimentaban la alegría de lo bello, poseían hermosas propiedades, las tierras más buenas, agua en abundancia y, sobre
la Tierra, disfrutaban de las más agradables y variadas
estaciones.
— La ciudad, en aquellos tiempos, estaba dispuesta de la
siguiente manera: ante todo había la ciudad alta, pero no
en la forma en que hoy día está dispuesta. Pues una noche en que descargó una espantosa tormenta (24), diluyó
la tierra a su alrededor despojándola de ella y, al mismo
tiempo, hubo un terremoto y una enorme inundación (24),
la tercera acaecida antes de la destrucción que tuvo lugar
en la época de Deucalión. El país se extendía en aquel
tiempo hasta el Erídano y el Iliso; el Pnyx quedaba
englobado en su interior, y frente a éste tenía, como frontera, al Licabeto. También estaba completamente rodeado de tierra y era bastante llana hasta el linde de las vertientes superiores. Su parte más extensa, no lejos de las
abruptas vertientes, era habitada por los menestrales y
los campesinos que cultivaban las tierras de los alrededores. En cambio, la parte alta era habitada únicamente por
la casta de los guerreros, que tenían sus viviendas alrededor del santuario de Atenea y de Hefaisto, al cual habían
rodeado de una muralla como si fuera el jardín de su
propia casa (25). En realidad vivían en la parte de ella
que daba al Norte, donde habían levantado casas comunales y comedores para el invierno, poseyendo todo cuanto
un estado en común requiere para albergarlos a ellos y a
los sacerdotes, con excepción de oro y plata; pues de
ambos metales no hacían allí uso alguno. Manteniendo
un término medio entre una forma de pensar demasiado
elevada y excesivamente modesta, construían sus viviendas con moderación, donde envejecían tanto ellos como
los hijos de sus hijos y que, dado su modo de ser, transmitían siempre a otros de la misma condición. La parte que
daba al Sur la hacían servir precisamente para este objeto cuando, en verano, dejaban sus jardines, sus campos
de juego y sus comedores. En el sitio donde se levanta la
acrópolis actual había una sencilla fuente. Después de
haberse agotado a causa del terremoto, han quedado tan
sólo como recuerdo de ella los pequeños pantanos que
ahora pueden verse a su alrededor; pero a todos cuantos
entonces vivían en aquellas alturas les proporcionaba un
rico caudal que poseía un adecuado equilibrio entre frío y
calor. Y así es cómo allí vivían en parte como protectores
de sus propios conciudadanos y en parte como guías de
los restantes helenos cuando por ellos eran solicitados,
procurando, en lo posible, que, en todo tiempo, el número de hombres y de mujeres aptos para el ejercicio de las
armas, permaneciese el mismo, es decir en unos veinte
mil hombres.
— Tratándose pues, de gente de esta condición que gobernaban a su propia tierra y a la Hélade con toda justicia,
eran considerados muy favorablemente tanto en toda Europa como en el Asia Menor, no sólo por su belleza corporal sino también por sus variados dones emanados del
espíritu, y así eran tenidos como los mejores seres vivientes de aquella época.
nuales y de la obtención de los alimentos del suelo; la
casta de los guerreros vivía, sin embargo, aparte y, al principio, separada de la casta sacerdotal; no poseía, ello no
obstante, propiedad privada alguna, sino que todos consideraban que todo era de todos como propiedad común;
tenían por injusto aceptar algo de lo que era considerado
como formando porte de lo necesario para el sustento de
los demás ciudadanos y cumplían, en su totalidad y tantas veces como señalaban sus guardianes, los deberes
que les eran indica dos el día anterior. Y así es de creer y
de considerar como verdadero lo que re ha dicho de nuestro país: en primer lugar que, en aquel tiempo tenía sus
fronteras que llegaban hasta el itsmo y en la tierra firme
hasta las alturas del Kilhahon y Parnes y que estas fronteras, que tenían a su derecha a Oropia a su izquierda el
Asopos rodeado de mar, desde allí se desviaban. Y así
esta tierra estaba en condiciones de alimentar un fuerte
ejército con la aportación de los habitantes de los alrededores.
— Una importante prueba de su eficacia la constituye el siguiente hecho: lo que de él ha quedado puede competir
con cualquier país en cuanto a fertilidad, riqueza y a rendimiento para todo ser viviente. Y entonces no solamente
era bello sino también abundante. Pero ¿cómo cabe considerar lo de ahora como consecuencia de la plenitud de
entonces? En líneas generales existe un cabo o promontorio que, desde la restante tierra firme, se adentra en el
mar; las profundidades del mar lo rodean completamente. Habiendo tenido lugar muchas inundaciones de gran
importancia hace nueve mil años (pues tantos son los años
transcurridos desde aquella época hasta nuestros días),
la tierra que desde aquellos tiempos, y a consecuencia de
tales cataclismos, ha descendido de las alturas, no ha dado
lugar, como en otras partes, a la formación de un muro o
delta importante, sino que, más bien, se ha hundido en
las profundidades del mar. Y así ha sucedido cual suele
acontecer en las enfermedades de larga duración, que lo
que ahora queda en comparación con lo que antes existía, viene a ser como el esqueleto de un cuerpo enfermo,
dado que la tierra, allí donde era buena y blanda, ha ido
des apareciendo bajo las aguas, habiendo quedado tan
sólo el duro cuerpo de aquel país.
— Pero entonces, cuando aún permanecía intacto, tenía también cordilleras formadas por altos picachos (23). También poseía llanuras que ahora se llaman las Felicas, de
tierras fértiles con mucho bosque en las montañas, de las
cuales quedan aún evidentes vestigios. Pues aquellas montañas no solamente suministraban alimento para las abejas; no hace aún mucho tiempo que aún existían techumbres formadas por los troncos de los árboles que allí eran
cortados, pues que servían para cubrir largos edificios.
Había también otros muchos árboles de noble aspecto y
gran elevación y, para los rebaños, aquella tierra poseía
magníficos pastos, de increíble riqueza. Disfrutaba asimismo de un extenso sistema de irrigación que Zeus le
procuraba todos los años, pues las aguas no se escurrían,
como ahora, hacia el mar, dejando resecas las tierras,
sino que éstas las conservaban, las absorbían y, rodeadas de lodo, se aprovechaba la tierra de ellas en su totalidad; y así las aguas infiltradas en las alturas formaban
fuentes al pie de las montañas y en todas partes había
agua en abundancia en forma de manantiales y de ríos
de lo cual han quedado aún señales evidentes para que
20
— Pero también las características de sus contrarios (cual
era su modo de ser y en qué forma se habían desarro
desarro-llado desde el principio) las expondremos ahora a la luz
para haceros partícipes a vosotros, ¡oh amigos nues
nues-tros!, si es que la memoria no nos falla, de aquello que
oímos referir en nuestra infancia.
— Pero algo tenemos que advertir someramente antes de
empezar nuestro relato a fin de que no os cause extrañeza el oír mencionar vuestros nombres helénicos por los
hombres bárbaros; escuchad, pues, el origen de este hecho. Solón, al investigar el significado de los nombres (pues
que pensaba utilizarlos para su poema), descubrió que
los primitivos egipcios, al registrar en sus anales aquellos
nombres, los habían traducido a su idioma. Y precisamente esa traducción obraba en poder de mi abuelo y
ahora aún obra en mi poder, pues los había anotado cuidadosamente en mi niñez. Así, pues, de oír pronunciar
tales nombres, tal como aun hoy día subsisten, no debe
esto maravillaros, pues que conocéis cuál es la causa. Y
de aquel largo relato lo que sigue es sólo el principio.
— Así como en la antigüedad se hablaba de la suerte de los
dioses y cómo se habían distribuido entre sí toda la Tierra
dividiéndola en extensiones grandes y pequeñas y cómo
habían dispuesto los templos y los sacrificios que a cada
uno de ellos les correspondía, así también referían que
Poseidón (Neptuno) había recibido la isla Atlántida (26).
Este dios permitió que la descendencia que tuvo con una
mujer mortal, se estableciera en un lugar de la isla que
ofrecía las siguientes características: era una isla en cuyo
centro había una llanura que seguramente era la más
hermosa y fértil jamás conocida. En sus proximidades, pero
también hacia el centro, a unos 50 estadios de distancia,
había una montaña que caía por todos lados en suaves
pendientes. En ella vivió uno de los primeros hombres de
la tierra que había nacido allí (27) llamado Euenor, junto
con su esposa Leuquipa; tenían una única hija llamada
Cleito. Cuando la doncella estuvo en edad de contraer
matrimonio, murieron el padre y la madre. Pero Poseidón
(Neptuno) se enamoró de ella y la tomó por esposa. Dividió la montaña en que vivía, después de cercarla alternativamente por medio de fajas circulares de mar y de tierra, pequeñas al principio pero cada vez más amplias, de
las cuales dos eran de tierra, tres de agua formando
círculos alrededor del centro de la isla
isla, del cual todas
las partes de cada círculo se hallaba equidistante de
manera que la isla, situada en su centro, era inaccesible
para los hombres (28), ya que entonces no se conocían
los barcos ni el arte de navegar. Y era él quien regía en
dicha isla central como un dios, haciendo surgir de las
entrañas de la peña dos manantiales, de agua fría uno y
caliente el otro, y haciendo que la tierra suministrara abundantes y variados alimentos. En cuanto a hijos, procreó a
cinco pares de mellizos,
mellizos a quienes educó, y. dividiendo la
isla Atlántida en diez partes, al primogénito del par de
mellizos nacido en primer lugar le dio el hogar materno y
toda la parte que lo rodeaba (que era la mejor y la más
extensa) y le nombró rey de los demás, a quienes hizo
arcontes; pues a cada uno de ellos le dio el dominio sobre muchos hombres y sobre mucha tierra.
— También impuso nombres a todos; y así, al mayor, es decir, al rey a quien toda la isla y el mar que se llama Atlántida
estaban sometidos, le dio el nombre de Atlas
Atlas, del cual se
derivan tanto el de la isla, como el del mar, como el de
sus moradores.
— Al que nació después del primer par de mellizos, el cual
recibió la parte de la isla correspondiente a su extremidad
en dirección a las columnas de Hércules hasta la actual
tierra de Gades
Gades, que fué llamado así por el nombre de
aquel lugar (29), le designé con el nombre del helénico
Eumelo, que, en el idioma del país, equivalía a decir
gaditano; y este nombre es aquél del cual seguramente
se deriva el que ahora lleva. En cuanto al segundo par de
mellizos, llamó a uno Anfers y al otro Euaimón; y del tercero llamó al más viejo Mneseas y al que nació después
Autochton; del cuarto par, al primogénito Elasipo y al más
joven Mester; del quinto, el nacido en primer lugar recibió
el nombre de Azaes y el otro el de Diapapes. Estos y sus
descendientes vivieron allí duran te muchas generaciones
y ejercieron su dominio sobre muchas islas del mar y hasta también, según se dijo antes, sobre quienes habitaban
hasta Egipto y sobre el mar Tirreno.
— De Atlas surgió, pues, una estirpe numerosa y muy considerada y como es costumbre, el más anciano de la familia transfería el dominio al más viejo de sus descendientes. Así fue como éstos llegaron a reunir en aquel lugar, a
través de muchas generaciones tal cantidad de riquezas
como jamás se habían visto acumuladas en reino alguno
ni se verían en el porvenir; pues que estaban provistos de
todo cuanto necesitaban en la ciudad y en el resto del
país. Mucho de ello les era enviado desde el exterior como
tributo al soberano (30); pero la mayor parte de lo que
era necesario para el sustento era producido por la propia isla; sobre todo por lo que se refiere a metales, los
cuales eran extraídos de las entrañas de la tierra, ya fueran sólidos o fusibles y entre ellos aquella especie de metales que ahora sólo re recuerdan por su nombre, poro
que entonces eran más que un simple nombre, es decir,
al bronce (31) que se encontraba en muchas partes de la
isla y que, después del oro, era lo más apreciado por
aquellos hombres. Además, producía cuanto el bosque
puede ofrecer para mantener viva la actividad de los artesanos, y esto en gran abundancia, a la par que suministraba pródigamente alimentos para los animales domésticos y a silvestres; y también era abundante la especie de
los elefantes (32). Había pues, alimento para todos los
animales, siendo muchos los que vivían en pantanos y
estanques y lagos y también los que tenían su escondrijo
en las montañas y en las llanuras y no menos para aquella clase de animales que requerían mayor cantidad de
piensos. Aparte de esto, producía y alimentaba en abundancia todo cuanto con un constituye un recreo para el
olfato, ya sea en forma de raíces o hierbas, ya sea en
árboles, en apetitosos zumos, en flores y en fruto. Además, producía el fruto blando (33) y el fruto seco (34) que
nos sirve de alimento y todo cuanto utilizamos para nutrirnos y que empleamos para dar gusto al paladar (a muchos de ellos le damos el nombre de legumbres) y además los frutos que crecen en los árboles y dan lugar a
bebidas, a alimentos y a aceites olorosos (35) y además a
los frutos difíciles de conservar que se utilizan para nuestro recreo y para hacer grata nuestra vida, así como todos
aquellos que utilizamos para despertar el apetito ya saciado y que nos sirven durante la sobremesa. Todo esto lo
producía en cantidades inmensas la isla que entonces se
extendía divina, hermosa y admirable bajo los rayos del
sol. Y como aquellas gentes recibían todos estos dones de
21
la tierra, erigían templos y palacios reales y puertos y dársenas y distribuían la restante tierra de la siguiente manera: sobre los canales en forma de círculos que rodeaban
a la vieja ciudad materna construyeron puentes para hacer caminos practicables que condujeran al castillo real.
Y éste lo edificaron desde el principio junto a la morada
de la diosa (36) y de los antepasados. Uno lo recibía del
otro y procuraba mejorar su decoración, sobrepujando
en esplendor a su antecesor hasta convertir aquella residencia en algo asombroso a causa de su grandiosidad y
su belleza.
— Entre otras cosas construyeron un canal desde el mar que
tenía tres pletros (37) de anchura, cien pies (38) de profundidad y cincuenta estadios (39) de longitud hasta la
muralla exterior, y así hicieron posible la navegación hasta ella como hasta un puerto que construyeron practicando una abertura suficiente para el paso de los navíos de
mayor tamaño. Y también atravesaron las murallas entre
los canales circulares en dirección a los puentes, de manera que con una triga (carro tirado por tres caballos)
podía irse de una a otra; cubrieron los puentes transversales de manera que podía circularse por encima de ellos;
puesto que las murallas eran de suficiente altura. Y el canal circular de mayor tamaño dentro del cual podían penetrar las aguas del mar tenía una anchura de tres estadios (40) y el que le seguía en dirección al interior tenía la
misma anchura. Y en cuanto a los dos que seguían el
canal tenía dos estadios (41) y las murallas que los rodeaban eran tan anchas como ellos. En cuanto al canal
que rodeaba al centro de la isla tenía el ancho de un
estadio (42); en cambio, la isla en la cual se elevaba el
palacio del rey tenía un diámetro de cinco estadios (43). Y
éste estaba rodeado por ambos lados, además de los canales circulares y del puente de un pletro (44) de anchura,
por una muralla de piedra cuyas torres y cuyas puertas
estaban situadas en dirección a los puentes que, en diferentes puntos, estaban dispuestos para dirigirse hacia el
mar. Además, edificaron la parte rocosa situada alrededor de la isla del centro y dispusieron las murallas tanto
en la parte interna como en la externa, unas veces de
color blanco, otras veces de rojo y otras de negro; y, en su
punto de arranque construyeron grandes y espaciosos
astilleros ocultos por los propios acantilados. Y en cuanto
a edificios, levantaron unos de un solo color y otros de
variados colores combinando, en forma conveniente, las
diferentes clases de piedras haciendo resaltar su propio
encanto. Todo el perímetro de la muralla que se extendía
por el canal exterior estaba unido por medio de arcilla
después de dar a ésta una consistencia pastosa parecida
a la argamasa; mientras las murallas interiores las revestían de estaño y las paredes del propio palacio de bronce
de resplandor de fuego.
— El palacio real estaba situado dentro de la Acrópolis y
dispuesto en la siguiente forma: en el centro había un
templo consagrado a Cleito y a Poseidón, cuya entrada
estaba prohibida; una valla de oro rodeaba aquella parte
del edificio en la cual, al principio de los tiempos, había
nacido la generación de los diez hijos del rey. Allí, cada
año era llevada al sacrificio una ofrenda procedente de
las diez partes de la isla. El templo de Poseidón tenía una
longitud de un estadio, tres pletros de ancho e igual altura, mientras la propia imagen del dios tenía un aspecto
algo bárbaro (45). Todo el templo estaba revestido de pla-
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ta, excepto sus cúpulas, que lo estaban de oro. En su interior podía admirarse el techo de marfil con adornos de
oro, plata y bronce, mientras todo lo demás, las paredes,
las columnas y el suelo lo estaban de bronce. En su interior se elevaban esculturas de oro; también era de este
metal el dios que estaba representado de pie sobre un
carro tirado por seis hipogrifos conducidos por él, cuya
parte más alta tocaba al techo y, además, cien nereidas y
delfines a su alrededor; pues tantos creían los hombres
de aquella época que existían (46). Pero había allí muchas otras estatuas, todas ellas ofrendas de los ciudadanos. Fuera del templo había esculturas de toda clase representando tanto a las esposas como a los descendientes de los diez reyes y otras muchas, ofrendas de reyes y
de ciudadanos, muchos de la misma ciudad y otras de
quienes habitaban fuera de ella y sobre los cuales ejercían dominio. Y el propio altar correspondía en magnitud
y en esplendor al conjunto de la obra. El palacio real estaba dispuesto de la misma manera, es decir, tal como
correspondía a la riqueza y a la magnificencia del templo.
Tenían unas fuentes de cuyas aguas calientes y frías, debido a su espléndido caudal y a las magníficas cualidades
que las hacían maravillosas para su utilización, hacían
uso una vez abastecidos de ellas los edificios y los campos que los rodeaban y que eran adecuadamente regados, quedando aún caudal suficiente para llenar los depósitos dispuestos en parte a cielo abierto y en parte en
piscinas bajo techo para permitir tomar baños calientes
en invierno, situando aparte las piscinas reales, así como
las destinadas a los ciudadanos, otras para las mujeres y
otras para los caballos y demás animales de tiro, dando a
cada una de ellas la disposición adecuada.
Y el agua sobrante la conducían al jardín de Poseidón,
que a causa de la riqueza del suelo poseía árboles de
maravillosa belleza y tamaño, haciéndola fluir por acequias que desembocaban en los canales exteriores junto
a los puentes.
Allí había muchos templos dedicados a diferentes dioses,
así como también jardines y gimnasios, tanto para hombres como para caballos. Esto se repetía en cada una de
las fajas de tierra circulares en forma do isla; entre otros
poseían en el centro de la mayor un gran hipódromo que
tenía la anchura de un estadio (47) y cuya longitud, alrededor de toda la isla circular, estaba reservada a carreras
de caballos. Alrededor de éstas se hallaban, a ambos lados, las moradas de los portadores de lanza según su
número.
La guardia, situada en la muralla interior, cerca del palacio, era escogida entre los más leales; y aquellos que eran
más dignos de con fianza estaban alojados en el interior
de la fortaleza y tenían sus viviendas erigidas alrededor
de los correspondientes a los propios reyes; los arsenales
estaban llenos de trigas con todos aquellos accesorios que
son necesarios para uncirlas. Y en cuanto al palacio de
los reyes, estaba dispuesto de la siguiente manera: una
vez cruzados los tres canales exteriores se llegaba a una
muralla que empezaba en el mar y que se desarrollaba a
una distancia de 50 estadios (48) a contar desde el canal
exterior en forma de círculo y en cuyo mismo espacio se
hallaba situada la desembocadura del canal al mar. Este
conjunto estaba rodeado de muchas casas densamente
habitadas, mientras el embarcadero y el gran puerto es-
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taban llenos de navíos y de mercaderes que acudían allí
de todas partes y los gritos, el barullo y el estruendo más
discorde de la multitud se oían tanto de día como de noche.
No sólo la ciudad sino cuanto atañe a aquella antigua
residencia, tal como han sido descritas, sólo viven ahora
en el recuerdo. Conviene, además, describir cuál era la
disposición del resto del país y su distribución. Ante todo
el conjunto del país parece que era muy elevado, surgiendo en forma abrupta del mar; y toda la llanura alrededor
de la ciudad, rodeada de montañas que extendían sus
laderas hasta aquél. En general, el país era llano y de
gran extensión, midiendo 3.000 estadios (49) de longitud
en una dirección, mientras que en la otra, a partir del mar
se contaban sólo 2.000 estadios (50). Esta parte de la isla
estaba abierta en dirección al Sur, hallándose protegida
del viento por la parte Norte.
Las montañas que la rodeaban eran entonces objeto de
muchos elogios, pues que en cuanto a su disposición, a
su tamaño y a su belleza excedían en mucho a cuantas en
la actualidad existen, porque en ellas habían muchas ciudades densamente pobladas así como también ríos, lagos y prados que ofrecían abundante pasto a los animales domésticos y, además, extensas selvas que contenían
una gran variedad de árboles apropiados para trabajos
de toda clase. Y las llanuras eran también pródigamente
dotadas por la naturaleza, siendo objeto de solícitos cuidados desde tiempo inmemorial por parte de los monarcas. Un largo cuadrilátero, en su mayor parte dispuesto
en graderías, constituía la forma básica y lo que en él
faltaba se completaba a medida que se iban cavando los
canales. Por lo que hace referencia a la profundidad anchura y longitud de éstos, los datos que se poseen hacen
parecer imposible que semejantes obras pudiesen ser realizadas por la mano del hombre; pero tenemos que referir lo que sobre ello hemos oído. Tenían una profundidad
de un pletro (51), cada uno de ellos una anchura de un
estadio (52) y como que rodeaban toda la llanura, su longitud era de diez mil estadios (53). Recibían las aguas de
los ríos que bajaban de las montañas y como se extendían alrededor de la llanura y confinaban por ambos lados con la ciudad, desembocaban finalmente en el mar.
El país alto estaba surcado por canales rectilíneos que, en
su mayoría, tenían cien pies de anchura y que conducían
a la llanura y después se dirigían a la parte del canal que
desembocaba en el mar, cada uno de ellos situado a la
distancia de cien estadios de los demás.
Así es como transportaban la madera de las montañas a
la ciudad, y todo lo demás que producía la tierra según el
curso de las estaciones. El transporte lo realizaban después en vehículos pasando por vías de enlace transversales entre los canales entre sí y entre éstos y la ciudad.
Y dos veces por año recogían las cosechas empleando en
invierno el agua del manantial mientras en verano el agua
que necesitaban las tierras fluía por los canales.
El número de hombres aptos para la guerra que vivían en
la llanura era determinado nombrando un jefe para cada
klero (54); el tamaño de cada klero era de diez veces diez
estadios (55); el total de kleros era de sesenta mil; do los
situados en las montañas y en el resto del país procedía
una muchedumbre inmensa de hombres, pero todos eran
distribuidos y puestos bajo el mando de esos jefes según
el punto que habitaban y donde residían. Estaba además
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ordenado que el jefe tenía que tener dispuestos para la
guerra un carro para la sexta parte (o sea en junto diez
mil carros), dos caballos y, además, una biga sin asiento
que estaba ocupada por un guerrero con su escudo dispuesto para la lucha, así como un conductor y después
dos hombres fuertemente armados, dos arqueros, dos
echadores de honda y, además, tres hombres ligeramente armados cuya misión consistía en arrojar piedras y lanzas y cuatro marineros para tripular mil doscientos navíos
de guerra (56). Así estaba organizado el ejército del reino
y los otros nueve lo estaban en formas distintas; pero su
descripción tornaría demasiado tiempo.
La organización de los empleados y de los puestos de
honor del gobierno fue, desde un principio, la siguiente:
de los diez reyes, cada uno ejercía soberanía sobre la
parte de territorio que le estaba asignada, tanto en lo referente a los hombres como a la mayor parte de las leyes,
castigando y condenando a muerte cuando les venía en
gana. Sin embargo, el dominio y la relación entre unos y
otros tenía lugar según lo ordenado por Poseidón de acuerdo con el espíritu de las leyes y las inscripciones que habían sido grabadas por sus primeros antepasados en una
columna de bronce; ésta se levantaba en el centro de la
isla, en el templo del dios Neptuno. Allí se dirigían cada
cinco años y alternativamente cada seis para que pudieran tomar igual parte tanto los números pares como los
impares de mellizos. Al encontrarse trataban de los asuntos comunes e indagaban si alguno había cometido alguna trasgresión y, de ser así, lo juzgaban. Pero cuando querían juzgar empeñaban su palabra en la siguiente forma:
como que los toros pacían libremente en los terrenos donde
se elevaba el templo de Poseidón, se dirigían a cazar a
diez de ellos, después de dirigir sus preces al dios pidiéndole que tuvieran acierto en su propósito de apresar la
víctima deseada sin hacer uso de hierro (57) ni de bastones ni de cuerdas; y cuando la habían cogido la conducían a la columna y la sacrificaban sobre las inscripciones.
En la columna, además de las leyes, había sido grabada
una fórmula de juramento que contenía severas maldiciones para los contraventores.
Y, así que, de acuerdo con sus leyes, habían sacrificado,
todos los miembros del toro eran llevados corno ofrenda
al dios; se depositaban en una caldera, derramaban en
ella una gota de sangre y lo demás lo arrojaban al fuego,
limpiando al propio tiempo la columna. Y después con
cálices de oro escanciando el líquido de la caldera y saltando por encima del fuego juraban emitir juicio e imponer las penas de acuerdo con las leyes inscritas en la columna, en el caso de que alguno de ellos hubiese dejado
de cumplirlas durante aquel tiempo y jurando, además,
que en el porvenir ninguno de ellos las infringiría voluntariamente y ni él ejercería su soberanía ni obedecería a
ningún otro soberano, a no ser de conformidad con las
leyes del padre.
Después que cada cual había prometido esto, tanto en
nombre propio como en el de sus descendientes, una vez
realizadas las libaciones de ritual y de haber depositado
los vasos en el altar de Poseidón y de haber participado
en el banquete, esperaban a que oscureciese y casi se
extinguiese el fuego del sacrificio; entonces se cubrían con
vestiduras de color azul oscuro de la más prístina belleza.
Sentados en el suelo, en el ardor de la ofrenda del jura-
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mento, hablaban durante la noche después de haber sido
apagadas todas las luces que ardían en el templo, discutiendo sobre el derecho cuando uno de ellos imputaba a
otro el haber infringido sus mandatos. Y el juicio que les
merecía lo escribían, cuando amanecía, sobre una tabla
de oro y la exponían junto con sus ropajes como recuerdo.
Había muchos otros juicios que trataban de leyes especiales, tales como las relativas a los deberes de los reyes:
lo más importante era, sin embargo, que jamás se hacían
entre sí la guerra, sino que se apoyaban cuando alguien
trataba de perjudicar a la estirpe real en alguno de los
Estados y todos juntos, como sus antepasados, acordaban entre sí las decisiones tanto sobre la guerra como
sobre las demás empresas y sobre el reconocimiento de
la soberanía superior de la raza atlántida.
Ningún rey poseía poder sobre la vida de ninguno de sus
parientes, a no ser que la decisión en tal sentido fuese
tomada por más de la mitad de los diez.
Un poder de tal magnitud y de tal calidad como el que
entonces ejercía su dominio sobre aquellas tierras lo había establecido y se lo había conferido el dios, según parece por el siguiente motivo: durante muchas generaciones de seres humanos mientras la naturaleza del dios ejercía sobre ellos su acción directa, fueron obedientes a las
leyes y demostraron un comportamiento amistoso hacia
sus divinos parientes. Pues que. en verdad, poseían sentimientos sinceros y cordiales al dar muestras de dulzura
combinada con reflexión tanto en los momentos adversos
como en las ocasiones contrarias y excepto para la aptitud no daban importancia a lo demás, soportando con
paciencia, como una carga el peso del oro y de los demás bienes que se acumulaban sobre ellos, sin sentirse
impulsados a la orgía a causa de sus riquezas, sino que,
con toda clarividencia, reconocían que todo ello prosperaba gracias a la mutua amistad, unida a su capacidad y
que, en cambio, una fuerte ambición unida a una desmesurada apreciación de sí mismos hubiera puesto fin a la,
amistad y habría dado lugar al derrumbamiento de tales
virtudes. Gracias a esta manera de pensar y a la continuada acción de la naturaleza divina, todo cuanto hemos
ido relatando prosperaba en aquel país. Pero cuando la
participación del dios fue mermando poco a poco y los
reyes se entrecruzaron cada vez más a menudo con seres
mortales (58), la naturaleza humana fue adquiriendo preponderancia y así empezaron a mostrarse malos, incapaces de disfrutar dignamente de tanta riqueza y aparecieron, ante quienes sabían apreciarlo, como viciosos, pues
precisamente de lo más valioso destruían lo más bello;
pero, en cambio, a quienes eran incapaces de apreciar
una vida realmente dirigida a la verdadera felicidad, les
parecían excelentes y dichosos cuanto más se hallaban
poseídos del afán de lucro y de poder.
Pero el dios de los dioses, Zeus, que rige el mundo según
leyes eternas, pues que se daba cuenta de lo que allí sucedía y del lamentable estado a que había caído esa generación en otro tiempo tan inteligente, decidió someterla
a un duro castigo (59). A tal fin convocó a todos los dioses
en la más sublime morada situada en el centro del universo y desde la cual todo puede contemplarse, y una vez les
tuvo reunidos se expresó de esta manera... "
Y aquí termina el diálogo.
¿Leyenda o realidad?
Crítica de la investigación realizada sobre La Atlántida
Algo más de veinte páginas ocupa lo que Platón, hace
unos 2.000 años, nos comunica sobre la Atlántida. Parece
verosímil que este relato le tuvo preocupado durante los últimos años de su vida. Pero con el paso del tiempo, estas veinte páginas se han multiplicado en proporción similar a como
lo hacen las bacterias. Hasta la fecha se han escrito unos
25.000 libros sobre la Atlántida, habiendo sido traducidos a
las lenguas de casi todos los países cultos. Si suponemos que
cada uno de esos libros tiene un promedio de 100 páginas y
que su tiraje haya sido de unos 1.000 ejemplares, tendremos
que han sido impresos unos 2.500 millones de páginas con
opiniones y conjeturas todas ellas basadas en el texto original de Platón.
La literatura posterior sobrepasa al original clásico, en
cuanto a volumen, en unos diez millones de veces. ¡Evidentemente ha sido el texto más fructífero de la literatura mundial!
Un verdadero diluvio de hojas de papel se desató en forma
inconsciente por los filósofos áticos. Y este diluvio ha arrollado y ahogado al escrito original. Muy pocos, entre quienes se
han ocupado del problema de la Atlántida, conocen ni siquiera de nombre, a los dos diálogos de Platón. Casi nadie
ha leído aquellos textos que contienen una de las leyendas
más asombrosas de todos los tiempos.
A pesar de los 25.000 libros que han sido escritos con el
deseo de aclarar el misterio de la Atlántida, éste sigue siendo
un problema sin resolver y que, sin embargo, conserva todo
su primitivo encanto. Su interés no ha disminuido. Desde hace
casi 25 siglos sigue apasionando a los poetas y a los pensadores.
Por desgracia las ciencias exactas se mantienen alejadas
de él. Clasifican a la Atlántida en el grupo de las utopías y
toman a mal que personas serias se ocupen de semejante
problema. Este punto de vista, no deja de tener fundamento.
La parte del problema que guarda relación con las ciencias
naturales ha sido muy descuidada. Y a ello se debe el que a
la investigación sobre la Atlántida, le falte una sólida base.
Ha tenido que apoyarse demasiado sobre leyendas, mitos y
relatos sueltos, perdiendo, por lo tanto, una parte de su crédito.
Y sin embargo, aunque sólo sea por los venerables antecedentes de su antigüedad, bien merece ser tomada en serio.
Esta tradición, sin disputa la más antigua de todas, es
anterior a las épocas del Corán y de la Biblia; casi podríamos
decir que confina con los textos originales del budismo. La
literatura mundial apenas si conoce otro tema de carácter no
religioso que, durante tanto tiempo, haya despertado tanto
interés y haya dado lugar a tantas obras literarias. El diluvio
de la literatura sobre la Atlántida, esos 25.000 volúmenes
que han encontrado millones de compradores y de lectores,
constituye, en realidad, un voto emitido por la vox populi en
favor del tema de la Atlántida.
Esto puede advertirse por dos razones.
En primer lugar, porque el relato de Platón, desde un principio fue ya objeto de grandes controversias. Su propio discípulo, colega y contradictor Aristóteles, fue su primero y más
grande enemigo.
Siempre han sido los círculos de los eruditos, desde los
logógrafos alejandrinos hasta los positivistas de los siglos XIX
24
y XX, de opinión de considerar su contenido como una pura
fábula o como un mito, contrario al modo de juzgar las cosas
en sus respectivas épocas. Así pues, pueden ser considerados
como sus enemigos.
Sin embargo, una gran mayoría quedó convencida de la
realidad de la legendaria isla. Desde luego, el alma del pueblo ejerce una crítica menos rigurosa que la intelectualidad
de los que dudan. ¿Es que los escépticos, en casos similares,
tuvieron siempre razón? Se han reído de los relatos bíblicos
de la torre de Babel y de la confianza de Henrry Schliemann
en Homero. Pero Schliemann, ha encontrado a Troya allí donde, según los datos facilitados por él y contra el parecer de
los críticos, debía hallarse, y Koldewey ha descubierto la gigantesca torre y la ha podido reconstruir a pesar de haber
sido relegada al reino de la fábula. Quizá podría suceder lo
mismo con la Atlántida.
El que fuera rechazada por los representantes contemporáneos de la Ciencia hace 2.500 años, no constituye precisamente una prueba del carácter fabuloso del relato sobre la
Atlántida Esta minoría de los que la niegan no representa un
gran peso, comparada con la mayoría de quienes están en
favor de que realmente existió.
El segundo motivo que hace notable el que se mantenga
vivo el interés del problema de la Atlántida, es también, de
carácter negativo. Casi más desorientador que la unánime
repulsa por parte de los eruditos, es la discordancia en la
cuestión fundamental, es decir, en la verdadera situación de
la legendaria isla. Desde Spitzberg hasta Ceylán, no parece
existir en la Tierra rincón alguno donde no se haya supuesto
la existencia de la verdadera Atlántida, edificando con ello
una porción de teorías cada una de ellas defendida con inusitado calor. Esta diversidad de opiniones y pareceres, tendría que desorientar forzosamente al lector si éste no fuera
previamente advertido.
Bajo el torbellino de ese diluvio de papeles, la Atlántida
queda más hundida que nunca y más oculta que bajo las
aguas del Océano que le debe su nombre.
Muchas veces se habla, sin pensar en el origen de la palabra Atlántico, y de muchos problemas atlánticos de gran
actualidad. ¿De dónde sacaron su nombre? En otras partes
del mundo las miradas se dirigen de preferencia sobre la
India y sobre el Océano Indico, que se extiende al Sur; se
busca y se da con el Golfo Pérsico, con el Mar Polar junto al
Septentrión, con el mar Báltico al Este y el Mar del Norte, en
la parte boreal de Europa. En todos los casos en que un mar
tomó el nombre de un país, ambos se encuentran enlazados.
Sólo el Atlántico constituye una excepción. Desde luego está
ahí; pero falta la tierra que le diera su nombre. Y de ello no
puede deducirse que dicha tierra no existiera. Muchas son las
cosas que permanecen ocultas y que, sin embargo, existen.
Platón no ha dejado sobre el particular, confusión de ninguna clase. Su personaje dice, con toda claridad y precisión:
el orden en su modo peculiar y científico de razonar. Sea, sin
embargo, establecido como premisa que, precisamente las
ciencias exactas con sus modernos procedimientos de medición de profundidades y de perfiles submarinos, ha suministrado sin quererlo argumentos de gran peso en favor de la
existencia de la Atlántida, los cuales no hacen tan inverosímil
ese punto, en apariencia, el más espinoso de la leyenda de la
Atlántida. Los ecos que desde las profundidades llegaron al
"Meteor" y a los demás buques dedicados a los sondajes submarinos, son hasta ahora, lo único que, a través del tiempo y
del espacio, nos ha puesto en contacto directo con la hundida isla de los dioses.
¿Por qué la leyenda sobre la Atlántida, a pesar de las
oposiciones de que ha sido objeto por parte de sus enemigos, y a pesar de todas las discordancias, ha seguido siendo
el más interesante de todos los temas de origen legendario?
¿En dónde reside todo el arrollador encanto que se desprende de ese sencillo nombre: la Atlántida?
La Atlántida es eterna e indestructible, precisamente porque hace tiempo que desapareció, y fue completamente destruida. Tiene el atractivo de las viejas melodías. No ha quedado de ella nada que sea toscamente perceptible; sólo un
indefinible eco. Un eco que penetra, dulcemente, en forma
irresistible, a través de los siglos que han transcurrido desde
que tuvo lugar el legendario hundimiento de la isla, desde la
desaparición de sus dorados palacios y de su misteriosa cultura. Quien no tiene los oídos cerrados por un partidismo a
todo trance, o por un desmesurado escepticismo, percibe ese
lejano eco. Ni el torrente de la literatura aparecida sobre la
Atlántida, ni las masas de agua que el Atlántico acumula sobre la que le dio el nombre, hundida en sus profundidades,
pueden extinguirlo.
Dos mil quinientos años nos separan de la Atenas de
Platón.
Lo que le fue relatado a su antepasado Drópides por Solón,
sobre la Atlántida, nos lleva a nueve siglos más atrás. En contraposición a los míticos siglos de gobierno de los primitivos
emperadores y reyes de la China y de Babilonia o a la edad
que alcanzaron los patriarcas bíblicos se trata aquí, como se
ha dicho antes, de una cronología exacta, susceptible de ser
comprobada y que puede ser demostrada. Este dato es, por
lo menos, tan digno de crédito, como la mayor parte de las
fechas que se citan para muchos hechos históricos, y para los
prehistóricos. Y sin embargo, aparte del diluvio universal, tenido durante tanto tiempo en descrédito, no existe ningún
hecho de la misma antigüedad que haya sido conservado en
forma de tradición tan persistente y constante.
Desde muy antiguo, ambos temas, la Atlántida y el diluvio, han sido relacionados entre sí. Aunque no sea cierto,
como en un principio se creía con demasiada sencillez, que
las aguas del embravecido mar, acrecentadas con las del diluvio, inundaron la superficie de la legendaria isla, sumergiéndola en su seno, es casi seguro que fue la misma catástrofe telúrica la que aquí desencadenó el diluvio y allí hundió
a la Atlántida.
Desde que Wooley, a doce metros bajo la arena del desierto de Mesopotamia, encontró aquella capa de lodo de
dos metros y medio de espesor, que demostró en forma evidente lo que dice el relato sumerio, sobre el diluvio universal,
la sonrisa de incredulidad que provoca la existencia real del
diluvio es menos acentuada. La tierra ha conservado el testimonio del diluvio universal, y el fondo del mar lo ha conservado también, por lo que se refiere a la Atlántida.
— “…después tuvieron lugar poderosos terremotos e inundaciones y en el transcurso de un día aciago y de una noche
terrible se hundió bajo tierra, toda vuestra generación
batalladora y asimismo, se hundió la isla Atlántida en el
mar...”.
Para los que consideran este problema en forma imparcial, esto constituiría una explicación plausible de que no exista
mapa alguno de aquella isla. Pero resulta inadmisible para
todos aquellos a quienes semejante acontecimiento perturba
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La más bella, la más exuberante de todas las islas, el hogar más antiguo de la cultura humana y el escenario del derrumbamiento más cruel, estos tres superlativos son los que
justifican la actualidad inmarcesible del problema, no resuelto todavía, de la Atlántida. Una intuición inequívoca de que
todo esto fue verdadero, persiste en nosotros, descendientes
de los seres humanos de los territorios afectados por el diluvio universal y se halla su confirmación y una base auténtica
en el relato de Platón sobre la Atlántida: un relato no igualado por ningún otro, breve y, desgraciadamente, objeto de
una alusión incompleta.
De pretender investigar sobre la Atlántida, vamos más bien
en busca de los tesoros arqueológicos de la legendaria isla.
Pretendemos hallar en esa enorme antigüedad, la base hundida de nuestra propia cultura. Pero importantes problemas
de la historia, de la geología, de la biología y de la cultura se
hallan enlazados en forma inseparable en este problema.
Para dar con su solución será preciso meditar sobre todos
estos temas.
Si fuese descubierta la Atlántida y, rejuvenecida como el
Ave Fénix surgiera del diluvio del olvido, se iniciaría una nueva época para disciplinas importantes de las ciencias filosóficas. La tarea de volver a encontrar para nosotros la Atlántida
constituye el objetivo de la presente obra. Y esta tarea únicamente puede realizarse con medios científicos. Esperamos que
el lector nos acompañará.
Nadie pone en duda que ambos proceden de la mano de
Platón. Hay buenas razones para atribuir su redacción a los
últimos años de su vida, probablemente hacia el año 348
antes de J. C. Es muy probable que la muerte arrebatara de
manos del anciano el buril cuando, precisamente, quería escribir el discurso pronunciado por Zeus, en el cónclave de lo
dioses. La forma abrupta con que termina el texto, cuando
más interesante sería, lo hace su poner. El relato de la
Atlántida, debió ser quizá el último regalo del filósofo más
grande de Atenas y de Grecia a la posteridad, lo cual constituye un motivo suficiente para concederle todos los honores.
Pero, también aquí viene bien aquello de: habent sua fata
libelli. Precisamente ha sucedido todo lo contrario. El disgusto ocasionado a Platón, por el relato de la Atlántida a causa
de la enemistad contra Aristóteles, avivada por este motivo,
puede haber sido verosímilmente la causa de su muerte repentina.
Sea o no cierta esta suposición, lo cierto es que existe una
tradición digna de crédito y susceptible de ser seguida históricamente hasta el año 348 a.C., es decir, durante 2.400 años
aproximadamente. Y esa tradición, sólo conduce al preludio
histórico. El propio relato tiene su origen en la más remota
antigüedad, mucho antes de la época de los sumerios y de
Akkad, más allá de las primeras dinastías de Egipto y hasta
antes del principio de nuestra actual época geológica.
Platón no escribe su relato en forma personal. En ambos
diálogos el relato se pone en boca del anciano y nonagenario Cricias. Pero éste, tampoco es el autor ni el descubridor
de la Atlántida. También él hace referencia a uno aún más
anciano y más respetable que él: a Solón, el sabio legislador
de Atenas; parece ser que éste trazó apuntes escritos para un
poema más extenso, los cuales dejó a su amigo Drópides,
uno de los antepasados de Cricias. Si tales originales existieron (cosa que muchos ponen en duda) hoy día han desaparecido. Pero aunque fueran hallados, no nos ayudarían gran
cosa. Pues Solón fue sólo un intermediario y no el autor de
aquel maravilloso relato, que parece haber oído referir a un
anciano escritor del templo de Sais. Y ni tan siquiera éste, si
despertara del sueño de la muerte, podría servir de testigo
ocular; tendría que apoyarse sobre textos mucho más antiguos, sobre textos escritos en caracteres jeroglíficos saíticos.
En ellos debe haber sido escrita por sus antepasados la historia del esplendor y del ocaso de la Atlántida, que existió nueve milenios antes. Y ellos también hacía tiempo que habían
desaparecido, cayendo sus nombres en el más completo olvido.
Estos textos originales han sido confirmados por otro testimonio.
Novecientos años después de Solón, el célebre filósofo
Proclos, que vivió entre los años 412 y 485 después de J. C.,
escribía un extenso comentario sobre el diálogo Timayo de
Platón. Y en su escrito decía que 300 años después del viaje
de Solón a Egipto, es decir, hacia el año 260 a.C., un heleno
llamado Crantor fue a Sais, y allí vió la columna recubierta
de jeroglíficos, en la cual estaba escrita la historia de la
Atlántida; unos escritores se la habían traducido. Y según afirmó lo que había oído estaba perfectamente de acuerdo con
el contenido, por él bien conocido, del relato de la Atlántida
de Platón.
Si bien Proclos no consideró a ese Crantor ni su viaje a
Sais como favorables al difunto Platón, su testimonio constituye, sin embargo, un argumento positivo de la veracidad del
relato. ¿Es que Proclos se habría inventado la figura de
Crantor?
Platón contra Aristóteles
Aún está por resolver si el contenido del relato de Platón
sobre la Atlántida, fue una pura fantasía o bien fue realidad.
No existe prueba alguna, que nos aclare si la tierra que dio
su nombre al Atlántico, fue una isla que se hundió o un continente que, después, cambió de nombre. La creencia apoyada en el sentimiento de unos, se halla enfrentada con la
repudiación incondicional y escéptica de otros.
¿Cuáles son los hechos positivos susceptibles de ser considerados como verídicos?
El convencimiento de que la Atlántida existió realmente,
se funda en que estamos en posesión de un texto escrito en
forma documentada y digna de crédito, que no contiene nada
que se oponga a las leyes de la lógica o que fuera imposible
de ser demostrado de acuerdo con las ciencias naturales. Con
ella se enfrenta la creencia o más bien la sospecha de que
Platón había encontrado fácil el relato de la Atlántida, para
utilizarlo como un adecuado marco, como una historia atractiva para servir de apoyo a sus ideas políticas conservadoras,
y así hacer que fueran leídas y que causaran impresión en su
auditorio, puesto que, según se razona, hay muchas cosas en
el relato que son increíbles y difíciles de compaginar con los
hechos observados en la naturaleza.
Esa lucha de opiniones que no ha cesado durante varios
milenios sobre si la Atlántida es un producto de la leyenda o
fue una auténtica realidad, se ha desviado últimamente en el
sentido de averiguar si el relato debido a la mano de Platón
es o no verdadero.
Es esta una cuestión que entra automáticamente en el terreno de la investigación sobre el origen de los documentos,
en la crítica de la historia. Así pues, con esta parte empezará
nuestra investigación objetiva del problema en su totalidad.
En los dos diálogos de Timayo y Cricias, se contiene todo
cuanto se ha dicho en forma auténtica sobre la Atlántida.
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Proclos no era un cualquiera, sino un ciudadano de
Bizancio de noble estirpe, muy apreciado como filósofo y como
cabeza de la escuela neoplatónica. Su renombre se hubiera
resentido si, en unión de Platón, se le hubiese podido acusar
de un fraude. ¿Por qué lo habría puesto en juego en una
época en que la disputa sobre la autenticidad del relato sobre la Atlántida hacía tiempo que se había apaciguado? Más
bien parecería verosímil que dada su memoria, tan prodigiosa que precisamente por esto había adquirido celebridad, el
recuerdo de aquel viaje de Crantor a la maravillosa tierra de
Egipto hubiese quedado fijo en él. Dado que estudiaba en
Alejandría y que sólo después regresó a Grecia, no era difícil
que en uno u otro lugar hubiese llegado a su conocimiento el
relato de semejante viaje. No siendo tenido Proclos por embustero ni charlatán, su testimonio, según las reglas de la
crítica histórica, debe ser considerado como el de la autenticidad de la fuente del relato de Platón. Además, ya en tiempos de Crantor la lucha de opiniones sobre el valor de este
diálogo hacía tiempo que se había apaciguado; entonces se
discutía sobre otras cosas. Tampoco Crantor pudo tener motivo alguno aparente para imaginar la historia de la columna
de Sais, sólo para desenterrar de nuevo un diálogo, que había perdido todo su interés. Seguramente la mayor parte de
las fechas y de los acontecimientos tenidos como históricos
de igual antigüedad, apenas si tienen un mejor fundamento
que el testimonio de Proclos, el cual constituye un testimonio
oral y visible innegable.
¿Por qué, pues —deberíamos preguntarnos— el griego,
tan aficionado a la mitología, ha dado motivo a poner en
duda el relato de Platón?
Nunca se había despertado en forma tan aguda el espíritu crítico, aceptando cosas mucho menos dignas de crédito,
sin tan acerbas protestas, como auténtica moneda. ¿Cómo
ha nacido la sospecha de que Platón hubiese contado una
fábula en vez de un relato cierto, inventando en forma poética una isla fabulosa? ¿Es que la sencilla nota que precede al
relato, la ausencia de toda retórica y de adornos literarios, la
estricta objetividad en la mención de cosas que nada tienen
que ver con la cultura helénica, no son pruebas de que se
trata de algo verdadero, de una tradición que data de tiempos prehistóricos y que nos ha llegado a través de Egipto? Es
evidente que nadie que, sin un criterio preconcebido lea el
texto original, podrá sustraerse a la impresión de que, por lo
menos Platón ha creído en lo que ha escrito en forma de
diálogo. Su convencimiento, por tratarse de un hombre honorable y de un espíritu ilustre, pesa más que la opinión negativa de cien cerebros de mentalidad media que están más
inclinados a pronunciar un no que un sí, expuesto a eventuales riesgos.
La culpa de la aversión con que fue recibido y criticado el
relato de Platón, corresponde de preferencia a Aristóteles.
A él debió Platón que ya en vida se insinuaran dudas sobre la veracidad de lo que había escrito. Y esas dudas ya no
se acallaron. El mejor y más agudo dialéctico de aquella brillante época de espiritualidad helénica esgrimió el mal argumento de que Platón había inventado la historia de la
Atlántida, únicamente para dar un mayor relieve a su propia
filosofía política. Este reproche, que está en un pasaje del
libro “Sobre el Cielo” (II, 14) (que por esto se hizo célebre),
quedó, desde entonces, adherido a Platón, evidentemente en
forma completamente injusta.
Desde entonces todos aquellos que prefieren el gran sistemático Aristóteles al más profundo pensador Platón, consi-
deran que la Atlántida no existió jamás y que fue un mero
engendro de la fantasía.
Para comprender cuan poderosamente esta falsa idea influyó sobre los estagiritas a través de los siglos, basta con
conocer la opinión del célebre C. O. Möller, en la revista
“Gottinger gelehrten Anzeigen” del año 1838, según la cual
“la leyenda de la Atlántida es una ampliación de antiguos y
míticos conceptos populares para servir de apoyo a la exposición razonada de la política ideal de Platón”. El gran Aristóteles
apenas lo habría formulado en forma distinta y más equivocada.
Pero su testimonio contra Platón ¿era realmente imparcial? ¿O es que, en realidad, existían verdaderos motivos para
alterar la objetividad ante la cual se enfrentaba el crítico convirtiéndola en una adversa subjetividad?
Para poder emitir, al cabo de más de 2.000 años, un juicio acertado sobre la disputa literaria de Platón contra
Aristóteles, se hace preciso reflexionar sobre cuáles eran las
relaciones humanas existentes entre los dos representantes
más grandes de la filosofía helénica, en tal forma enemistados.
Muy joven aún, a la edad de diecisiete años, Aristóteles se
trasladó Atenas procedente de Estagira, convirtiéndose allí
en alumno del célebre Platón, que entonces contaba sesenta
años. Lo cierto es que jamás se llevaron bien. Por su parte
Platón expresó una opinión poco favorable de su alumno que,
desde un buen principio, le había sido poco simpático. En
cambio, según el testimonio de Eliano, de Eusebio y Diógenes
Laercio, Aristóteles se había comportado en forma inadecuada, más bien con dureza e ingratitud contra su maestro. Así
que se encontraban, no pensaban más que en separarse.
Esto se comprende ya desde el punto de vista fisiognómico:
Platón que en realidad se llamaba Aristocles
Aristocles, debía este apodo a su poderosa figura, a su cabeza de león y a su rostro
ancho e imponente. Aristóteles
Aristóteles, en cambio, era más bien
pequeño; claro que ese raquitismo de su cuerpo lo compensó largamente gracias a su ambición y a su arrogancia. Si la
vista de Platón despertaba en Aristóteles envidia y resentimiento, aquél debía sentir aversión hacia la figura corporal
de éste.
En todo eran completamente distintos.
Platón era vástago de una familia distinguida: tanto por
parte de su madre como de su padre, descendía de la estirpe
real de los Codros. Su temperamento era abierto, quizá demasiado; un corazón alegre y un espíritu que se elevaba en
alas de la poesía. En muchas de sus cosas era un favorito de
los dioses, enteramente inclinado a la parte soleada de la
vida.
Aristóteles, en cambio, era hijo de Saturno. Ya desde temprana edad tuvo que sufrir rudos golpes de la suerte. Después de perder a sus padres pasó privaciones en sus humildes oficios de soldado y de vendedor de ungüentos, antes de
ponerse en contacto con Platón. Esta dura juventud, influyó
en su vida y en sus aspiraciones. Sólo su inmensa soberbia le
impulsaba hacia adelante. Se entregaba de lleno al estudio
de todo el saber de su época, el cual asimilaba en forma
asombrosa, combinándolo para formar un sistema digno de
admiración; pero era un enemigo de la armonía y, bajo este
punto de vista, el reverso de la medalla del poeta Platón. Lo
que le faltaba en cuanto a vena creadora, lo reemplazaba
con su férrea actividad, con una memoria prodigiosa, que
jamás le fallaba y con el peligroso don de una crítica acerada. Ningún crítico griego parece haber descubierto y haber
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puesto de relieve en forma tan acusada, las debilidades y los
defectos de las posiciones de sus contrarios, cual los pequeños y oscuros ojos de Aristóteles. Los rasgos burlones y
despreciativos de su rostro, de facciones duras, que ya habían sido puestas de relieve por Eliano, faltan por completo
en el rostro abierto, digno y hermoso de Platón. No podían
imaginarse en inteligencias tan elevadas, contrastes
fisiognómicos tan acusados.
Y así sucedió lo que tenía que suceder.
Del alumno Aristóteles, del “lector”, de la “inteligencia de
la escuela de Platón”, como éste, en forma laudatoria le designaba al principio surgió pronto un oponente que se convirtió en paladín de la oposición intelectual contra Platón e
Isócrates, los grandes de la Academia. En sus casi veinte años
de convivencia en Atenas los contrastes se agudizaron a pesar de mantenerse dentro de los límites de la dignidad literaria y de una cortesía aparente, según puede apreciarse en el
conocido pasaje de la “Etica a Nicómaco” (I, 6).
A la ruptura abierta parece haber conducido la posición
adoptada por Aristóteles ante el relato de la Atlántida de Platón
cuando éste se hallaba en plena decadencia, mientras aquél,
por el contrario, seguía una carrera ascendente. De esta situación psicológica debe haber surgido la palabra despechada
de Aristóteles, según la cual Platón había escrito esta fábula
de la Atlántida sólo para favorecer sus anquilosadas ideas
políticas, no conteniendo nada que fuese verdad.
Semejante imputación debió impresionar tanto más hondamente al anciano maestro, pues se trataba de la obra de
su senectud, que había escrito después de largos años de
indecisión, como su postrer legado.
Pero no era esto todo; la acusación hacía a Platón responsable de una grave contravención de las costumbres, de
la asebeia
asebeia, de la falta de respeto hacia sus antepasados
antepasados.
Platón había puesto su relato en los labios del hermano
de su madre, su tío Cricias el Joven.
De ser cierta la acusación, Platón habría hecho un mal
uso del nombre de la persona y de la consideración política
de su pariente, quien, como cabeza directriz de los "treinta
tiranos", había ocupado un lugar preeminente en el escenario de la política. Y como en el diálogo Cricias hace referencia a Solón, éste era también arrastrado al abuso.
Tratándose aquí de la cuestión decisiva de la autenticidad
o de la falsedad del único documento auténtico que existe,
esta larga polémica entre ambos héroes de la inteligencia
tenía forzosamente que tomar gran des proporciones.
Aristóteles era, sin duda, una de las mentes más inteligentes de Grecia; la obra portentosa de su vida inspira respeto. A pesar de la atención que merece el filósofo, el investigador y el pensador, no es posible aprobar su conducta respecto a Platón. Pues aquello de que le acusa está en contradicción demasiado manifiesta con el modo de ser del noble y
del idealista ático.
Llegado al final de una larga vida que le había demostrado el valor y la futilidad del poder y de la sabiduría del hombre, el anciano filósofo estaba más cerca del meollo de las
cosas, de la verdadera substancia de los mitos y de las tradiciones
diciones, que el inteligente y avisado pensador Aristóteles.
Platón adivinó lo que había de verdadero en el relato de
Solón. Y en ello creía. Y por esto, transcribió fielmente lo que
de él había oído por mediación de Cricias. Se habría avergonzado de desvalorizarlo añadiéndole cosas imaginarias.
Para Aristóteles, el realista, el relato de la Atlántida era
uno entre tantos mitos increíbles sin fundamento y. por lo tan-
to, una acusación que resultaba fácil de esgrimir en un tema
de actualidad, motivo para su actuación sin relación alguna
en cuanto a valor subjetivo. Si hubiese sido él quien escribiera los dos diálogos de Platón, sin ningún inconveniente ni
idea preconcebida habría hecho servir el relato sobre la
Atlántida como fondo retórico para iluminar pensamientos
propios. Y que, sin más ni más, supusiera la misma forma de
actuar a Platón, que era su antítesis, demuestra su incapacidad
de penetrar en el modo de ser de su contrincante, lo cual no
quiere en modo alguno decir que Platón hubiese obrado tal como
era de suponer que habría obrado en su caso Aristóteles.
La situación psicológica habla en contra de la verosimilitud de la acusación aristotélica.
¿Qué es lo que nos dice sobre ello la crítica objetiva? A
primera vista y considerado el asunto superficialmente, la suposición aristotélica de que el relato de Platón sobre la
Atlántida era tan sólo un argumento ilustrativo para la propaganda de sus ideas con servadoras sobre la política del estado, no parece desprovista de fundamento.
Platón era un filósofo del estado y, como hijo de la familia
más distinguida de Atenas, un defensor de los principios aristocráticos. Pero quien hubiese esperado verlos alabados en
ambos diálogos, se hubiera llevado un chasco. Las relaciones entre ellos y los diez libros sobre la Ciencia política son
mucho más profundas.
Dejemos hablar sobre esto a una autoridad sobre el asunto
aunque ya no figura en el mundo de los vivos, al editor de la
obra griego—alemana de los escritos de Platón publicada en
1853, de quien hemos tomado el siguiente texto.
Sobre la tendencia del diálogo de Timayo, dice:
“Como, en realidad, Sócrates, según su propia manifestación (Timayo, pág. 17CC), en el diálogo sobre el estado quería demostrar cómo y cuál era el mejor de los ciudadanos y de
acuerdo con ello los había clasificado advirtiendo de qué cualidades los mejores ciudadanos tenían que estar dotados y
cómo podían adquirir tal condición, así Timayo, en el diálogo
del mismo nombre describe a los ciudadanos con tales disposiciones que hace que puedan llegar a ser los mejores pasando revista a la creación del Universo y hasta a la del hombre
mostrando que la naturaleza del Universo (macrocosmos) tanto
como la del hombre (microcosmos) está constituida según la
eå (eu) bien, bueno – kalÕj
idea de lo bueno y de lo bello (eå
kalÕj,
(calos) bello, de donde el nombre de “Caleu”).
Finalmente enseña Cricias que tales ciudadanos, como lo
afirmaba Sócrates, habían sido los atenienses de 9.000 años
atrás. El Timeo es, pues, al mismo tiempo, el fundamento
cosmológico y fisiológico del punto de vista de Platón tan como
aparece en sus primeros escritos, es decir en la obra sobre el
Estado. Ya que la idea de lo bueno y de lo bello, que en otros
escritos se representa como el principio más elevado de la
vida ética y política, aquí, en el terreno de la Naturaleza, es
ensalzado como lo más alto demostrando que todo está formado según él y que todo debía asemejársele si se quería
alcanzar el grado más elevado de perfección y de felicidad”.
Y sobre el diálogo de Cricias con él relacionado, el mismo sabio autor dice:
"El diálogo de ricias está íntimamente enlazado con el diálogo de Timeo, Pues lo que Cricias promete en él, o sea que,
cuando le toque el turno de hablar, contará con todo detalle
la historia de aquellos antiguos atenienses y demostrará que
fueron tales como Sócrates el día anterior en el discurso sobre
el estado los había designado, como los mejores ciudadanos,
en este diálogo se trata de ponerlo de relieve... "
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Esto aclara muchas cosas.
En primer lugar que, en conjunto, el terna que se desarrolla entre el cielo y la tierra, sobre todo en el diálogo de Timeo,
el relato sobre la Atlántida desempeña un papel secundario,
enteramente intrascendente. Platón, de tener esto en cuenta,
hubiera sido un mal poeta si para hacer honor a esta historia
secundaria hubiese sobrecargado el tema principal que es el
que le interesaba, con una leyenda que a él mismo le parecía
rara, mezclándola con cosas increíbles. Esto sólo constituye
ya una prueba contraria a la idea de que Platón hubiese imaginado el tema de la Atlántida para dar colorido de fondo a
su relato.
En segundo lugar, resulta innegable que Cricias cuenta el
relato del viaje de Solón que había oído referir a su abuelo,
sólo para ensalzar a los atenienses prehistóricos y no a los
habitantes de la Atlántida. Lo que refiere sobre la disposición
de la primitiva acrópolis y sobre la casta de los guerreros
hubiese sido suficiente como ejemplo ilustrativo sin que fuese
necesario citar detalles sobre la isla de la Atlántida, sobre su
situación, su naturaleza, sus moradores, sobre el imperio
marítimo centralizado en ella y sobre su terrible destrucción.
Precisamente lo que a nosotros los atlantólogos nos interesa,
para Sócrates y su cónclave eran cosas secundarias; para
demostrar la habilidad guerrera de sus antepasados hubiese
bastado una mención corta de algún reino contemporáneo
situado en un lugar cualquiera. ¿Por qué se habría inventado
Platón todo aquello que se apartaba del tema principal? Si
analizamos todo esto en forma cuantitativa llegamos a contar (en la edición que tenemos a la vista) 92 páginas del texto
griego de Timayo y 18 páginas del texto de Cricias; de ellas
tratan 2 páginas en Timayo y 3 en Cricias de aquellos antepasados atenienses de la casta de los guerreros y de su modo
de vivir. Aceptamos en forma hipotética (¡que la sombra de
Platón nos perdone!) que éste se hubiese inventado estas 5
páginas en las cuales habla de aquellos modélicos ciudadanos a fin de citar un ejemplo deslumbrador; ¿por qué habría
inventado también todo el relato de la Atlántida y lo que constituye el contenido principal del diálogo de Timayo como fundamento cosmológico de su punto de vista? Las 5 páginas en
que son descritos los ciudadanos ideales arcaicos están junto
a 15 páginas que tratan de la Atlántida y unas 90 de
cosmosofía. Para ilustrar a los antagonistas de aquellos primitivos atenienses hubiera bastado con una sola página. ¿Es
que era verosímil que Platón, que estaba interesado en la
filosofía del estado pero de ninguna manera en la geografía
ante diluviana se imaginase un texto sobre la Atlántida quince veces mayor sólo por el caprichoso gusto de inventar una
fábula? Esto es algo completamente inverosímil. Platón no
era, en modo alguno, un escritor diletante sino un maestro
de la elocuencia y del arte. Precisamente se había guardado
muy bien de disminuir con relatos secundarios el efecto de
aquello que le interesaba poner de relieve. Y, como según
dijimos, lo más interesante para la atlantología es precisamente ese relato secundario contenido en los dos diálogos,
Platón no pudo haber tenido motivo alguno de imaginárselo
en forma innecesaria y hasta en perjuicio del efecto del conjunto. Precisamente lo que se refiere sobre la Atlántida es lo
que no se habrá inventado.
Todo lo que tiene un valor objetivo, textual y psicológico
parece secundario y dar la razón a Aristóteles, mientras resulta esencial y de la mayor importancia para Platón. Sin embargo, según ya hemos demostrado, su malévola e injustificada crítica no ha perdido su eficacia. Es la que determina
siempre la posición de los eruditos de su tiempo. De ello vamos a ocuparnos brevemente.
Cuando el egiptólogo hamburgués Dr. Eberhard Otto, hace
notar que no existe relato egipcio alguno que nos sea conocido, sobre el tema de la Atlántida, ni este nombre de la Atlántida
se encuentra citado en los escritos de Egipto, no constituye
esto una verdadera objeción, dado que esta cita que con tanto sentimiento encuentran a faltar los atlantólogos podía muy
bien hallarse en los innumerables textos que no han llegado
hasta nosotros como por ejemplo, los jeroglíficos de la columna del templo de Sais que Crantor, según el testimonio de
Proclos, afirmaba haber visto allí, mucho después del tiempo
de Solón. ¿No ocultaría acaso el lodo del Nilo, acumulado
sobre las ciudades del Delta, ese inapreciable documento?
¡Quizá algún día la tierra de Egipto lo devolverá a la luz! De
encontrar testimonios egipcios se tendría una prueba indubitable del valor histórico de la tradición sobre la Atlántida;
pero que falten, no nos demuestra en modo alguno lo contrario.
Siguiendo el pensamiento de Aristóteles, el erudito de Kiel
en filosofía clásica, profesor Dr. Hans Diller, expuso su pensamiento de que el relato sobre la Atlántida se halla precisamente en el lugar de los diálogos de Platón, donde existiría
un mito "como una imagen que corresponde al postulado del
pensamiento de Platón". Si esta opinión está o no justificada,
el propio lector, teniendo a mano el texto original, podrá decidirlo.
Después de que Cricias en el diálogo de Timayo ha relatado su "historia ciertamente muy singular, pero verdadera",
que describe la lucha entre los pueblos situados a uno y otro
lado de las columnas de Hércules, dirige a Sócrates la siguiente pregunta:
— "Preciso es probar. ¡oh Sócrates! si esta materia por su
sentido, nos corresponde o si, en vez de ella, tenemos que
buscar otra."
Y a esto contesta Sócrates con unas palabras cuya gravedad puede advertir el propio lector:
— “Pero ¿cuál, oh Cricias, podríamos encontrar en su lugar
que mejor se adaptara como ofrenda de este día a la Diosa de la simpatía y, al propio tiempo tuviese la venta ja de
no ser un míto poético, sino una verdadera historia?”
El que quisiese afirmar que, sin embargo, se trataba de
un mito inculparía a Platón de una burda y premeditada mentira. No podemos creer que, precisamente un especialista de
la historia de la filosofía griega pudiese tener una opinión tan
miserable del filósofo más pro fundo y más sabio de Grecia.
Cuando finalmente R. Weyl (en una publicación dirigida
contra la hipótesis de la Atlántida de Jürgen Spanuth), afirma
que el gran conflicto entre la primitiva Atenas y la Atlántida,
no fue más que una invención paralela a la guerra de los
persas, proyectada sobre la remota antigüedad y situada en
el frente opuesto, también acusa a Platón de una mentira
premeditada. Falta la demostración de esa opinión gratuita
tanto en él como en su contrario Jürgen Spanuth, que relaciona el mismo conflicto con la irrupción de los "pueblos marítimos del Norte" en el Mediterráneo Oriental. Hasta cuando
eruditos de fama reconocida en sus especialidades dan expresión a opiniones semejantes, se trata de opiniones, pero
no de pruebas. Si tienen razón, depende ante todo, de la
forma de apreciar el amor que Platón sentía hacia la verdad.
Si leemos el texto encontraremos que formula repetidas excusas sobre sus rarezas. Inverosimilitud del relato, pero siempre
afirmaciones de que se trata de un relato verídico y no do un
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producto de la imaginación. Los participantes en el coloquio
"quieren ser fieles y verídicos a la diosa en su fiesta y ensalzarla
como en un canto de alabanza".
Esto, en lenguaje moderno equivale a un juramento; pues
que Bendis—Artemisa, la diosa del creciente lunar, según
creían los helenos, castigaba a los criminales que se atrevían
a celebrar su fiesta con un canto de alabanza que estuviese
manchado con una mentira. ¿Cómo pues, se hubiese atrevido Platón a referirse a la divinidad para hacerla testigo de la
veracidad de su relato, si éste hubiese sido falso? Si ello hubiese resultado quizá, fácil para un pequeño escritorzuelo, el
mentir con semejantes aseveraciones, no puede suponérsele
a Platón.
No; Platón, según se desprende de todo ello, ha desempeñado su papel de transmisor en forma tan objetiva como le
fue posible. Esta impresión positiva es reforzada si se examinan por separado las diferentes partes del texto tratando de
averiguar si Platón, en caso de que tal hubiese sido su voluntad, habría podido imaginar todo aquello que constituye el
relato de Solón.
Un párrafo muy importante del texto da una inequívoca
contestación sobre pregunta tan decisiva. Dice así:
— “… situada ante el estrecho que aún hoy día se designa
con el nombre de "Columnas de Hércules", había una isla
más extensa que el Asia Menor y la Libia juntas y desde
ella podía fácilmente trasladarse a otras islas y a través de
estas islas, a la tierra firme que se extendía enfrente y que
circunda aquel mar tan cálido... “
¿Qué es lo que nos muestra este párrafo? Nos ofrece una
imagen verídica de la parte occidental del mar Atlántico antes del hundimiento de la isla Atlántida. Su parte más oriental
confina con el Sur de Europa; a occidente hay algunas islas y
detrás de ellas una tierra firme, que el mar rodea por completo. Si esta descripción es apócrifa lo cierto es que, a grandes rasgos, nos da una imagen real y verdadera del mapa
del Atlántico occidental; la región tan pródiga en islas de Norte
América formada por el gran arco de las Bermudas, Bahamas
y las Antillas y, detrás de esta barrera de islas, la inmensidad
de la tierra firme. ¿Por qué habría inventado Platón ese fondo, tan lleno de colorido en apoyo de sus ideas políticas?
¿Por qué inventar más islas, además de la legendaria, y
por qué detrás de estas la tierra firme? ¿Es que semejantes
detalles podían contribuir a hacer más atractiva una constitución de carácter conservador para la antigua Atenas? Ni la
autoridad de un Aristóteles podrá hacernos creer semejante
cosa.
Pero, no es esto todo. Lo más raro, lo más emocionante
de este detalle, no consiste precisamente en que una determinada topografía con tenga un mar imaginario, sino una
descripción enteramente verídica y real. De tratarse de una
descripción puramente ilusoria, podrían elegirse una porción
de variantes. ¿A qué se debería que Platón hubiese elegido
precisamente aquella que corresponde más estrictamente a
la realidad? Ningún censor serio podría inclinarse a creer
que tal cosa haya sucedido por pura casualidad. Precisamente aquello no hubiera podido imaginárselo Platón aunque lo
hubiese intentado. Y lo mismo se aplica a Cricias o a Solón.
Ninguno de ellos pudo haber imaginado tal cosa del reino
de la fábula. Y es que, en realidad, todos ellos fueron transmisores, no creadores, de la tradición de la Atlántida. Platón
oyó lo que sabía de Cricias el Joven, éste de su abuelo, Cricias
el Viejo que, según la opinión de Drópides, figuraba en las
descripciones de los viajes de Solón. Y Solón ha referido las
cosas asombrosas que en Egipto le han contado, nada que él
pudiera imaginarse. Hasta aquí llegan las fuentes de la crítica.
¿Es lo mismo valedero por lo que se refiere al relato considerado como fabuloso, sobre la primitiva Atenas?
Será preciso examinar esta parte del texto con un espíritu
crítico muy agudo. Como es natural, nadie creerá que aquella ancestral población, asentada sobre la escarpada colina
que después tenía que contener la Acrópolis de la clásica
Atenas hubiese sido habitada por los verdaderos antepasados de Solón, de Platón y de Pendes. No es posible imputar ni
a Platón, ni a sus informa dores si, hijos de su tiempo, se
imaginaban que ellos, es decir, los helenos, habían sido los
primeros habitantes de la Hélade. Si se equivocaron no fue
ello debido a la autenticidad de las fuentes de la tradición.
Por lo demás, su error hubiese dado poco motivo al reproche
de los modernos investigadores. Pues aquéllos, que antiguamente se equivocaron, pensaban exactamente como los modernos en forma "actualística", es decir, partían de la opinión,
por lo general acertada, ocasional, pero también errónea,
de que todo había estado allí y que había existido en la antigüedad de manera que aún hoy actúan causas antiguas que
la sostienen. ¿Quién es capaz de arrojar la primera piedra
por lo que se refiere a los supuestos primitivos helenos?
Para demostrar la veracidad de las fuentes de esta parte
del relato de Platón que, por lo demás, resulta de importancia secundaria para la atlantólogos podemos esgrimir un argumento de peso.
Contiene, en efecto, dos datos que Platón no habría podido adivinar, como tampoco pudo imaginarse el corto relato
de la Atlántida, al tratar de la parte occidental de dicha isla.
Si consideramos su fecha (9.000 años antes del viaje realizado a Egipto por Solón), la Atlántida habría florecido al
final del cuaternario, es decir, en una época en que poderosas masas de agua se habían con vertido en densas capas de
hielo que cubrían la tierra y en que el nivel del mar estaba
unos 90 metros más abajo que en la actualidad.
Como es lógico, Platón no podía saber absolutamente
nada de ese hundimiento "eustático". Mucho más importante
es, que el relato contenga el dato de que la actual Ática, no
fuera más que un residuo de lo que entonces había sido, que
había contenido cadenas de montañas y altas colinas y fértiles valles.
Si contemplamos el mapa de la figura 3, encontraremos
la explicación y la prueba de que hasta aquello que "se refería a nuestra tierra era verdadero y digno de crédito"; en él
vemos la línea actual de la costa y la que presentaba en la
época del cuaternario; su desarrollo demuestra que el Ática
actual constituye realmente "tomada en conjunto, como un
monte avanzado que se introduce en el mar arrancando de la
restante tierra firme"; entonces era, especialmente en comparación con la posterior Atenas, más ancha y unida a Eubea y
al Peloponeso, por medio de istmos.
Y, gracias al hundimiento eustático del nivel de los mares,
las montañas resultaban entonces ser unos 100 metros más
altas que hoy día, de suerte que la colina en la cual está
asentada la Acrópolis, que hoy alcanza 156 metros sobre el
nivel del mar, entonces llegaba a 250 metros y, por lo tanto,
no sólo parecía, sino que era mucho más alta. Las zonas
llanas, que actualmente se han convertido en el fondo del
mar, eran entonces aquellas llanuras tan fértiles de cuya existencia nos da cuenta Platón, a pesar de que él no las vio ni
pudo adivinar por casualidad su existencia.
30
Con ello queda demostrada la autenticidad hasta de aquella parte del relato de Platón en que se habla del territorio
que habitaban los que, erróneamente, pero de forma perdonable eran considerados como los primitivos atenienses siendo, en realidad, los habitantes del final del pleistoceno, de lo
que más tarde fue la tierra del Ática.
¿Es que era dable atribuirles un nivel de cultura que corresponda aproximadamente al que Platón nos describe?
No hay que perder de vista que su relato no nos habla de
un grado de cultura igualmente elevado casi ya en vías de
degeneración, como la que había sido alcanzada en la contemporánea Atlántida. Describe una cultura que, comparada
con aquélla, resulta bucólica y provinciana. Las moradas de
los guardianes de la fortaleza, descritos con más detalle, estaban construidas de madera y de lodo, las vallas de empalizadas o formadas por piedras ciclópeas. Esto no contradice
sino que, más bien, corresponde exactamente a las más recientes apreciaciones que se tienen de los hombres de
Aurignac, que vivían en la misma época. Estos aprendieron
ya a construir casas de madera de gran tamaño, de lo cual
nos informa Gert von Natzmer, en su interesante libro "Las
culturas de la antigüedad" (Safari, 1955).
“Los postes de madera podridos dejan en el suelo residuos de putrefacción; son casi indestructibles... Así ha sido
posible comprobar la existencia de casas de madera que hace
muchos milenios quedaron con vertidas en polvo. Por la disposición de los agujeros de los postes puede apreciarse la
forma de construcción y hasta la situación de los techos sostenidos por pilares... Y así es como se ha venido en conocimiento de que los pueblos dedicados a la caza, que hace
varios milenios habitaban la parte oriental de Europa, desde
el sur de Rusia hasta el Austria, ya construían espaciosas obras
en madera. Estos edificios alcanzaban una longitud de unos
40 metros y estaban divididos en varios aposentos, en los
cuales se han encontrado huellas de los hogares. Seguramente cada una de estas “casas largas” albergaba a una
gran familia o tribu, que estaba constituida por numerosas
familias viviendo bajo un mismo techo. La situación general
de las casas hace pensar que su constructor había utilizado
ya fuertes y afiladas hachas de piedra. Sólo así podrían trabajar la madera en forma adecuada. Tales herramientas no
habían sido seguramente inventadas por esos pueblos de la
antigüedad dedicados a la caza. También se supuso que se
trataría de nómades sin hogar, pero luego se demostró que
eran pueblos sedentarios. Sus casas comunales permiten deducir que conocían una especie de ordenación social. Sólo
dentro del marco de una ordenación semejante podía desarrollarse la técnica de que habían disfrutado...”
“Estos sorprendentes hallazgos nos demuestran de nuevo, que no tenemos que imaginarnos la vida del hombre prehistórico, tan primitiva como la suponemos o como se suponía en la antigüedad...”
¿No recuerda acaso este panorama, reconstruido sobre
la base de indudables hallazgos, en forma asombrosa, con
aquello que en el relato de Platón se dice sobre la clase de
vida de los ancestrales atenienses?
La casta de los guerreros que vivía en la colina que ahora
contiene las ruinas de la Acrópolis clásica, se albergaba en
casas comunales exactamente lo mismo que sus contemporáneos situados más hacia el Norte; tampoco, hasta época
muy reciente, se creía en éstos. Y así es como tenemos que
admitir la verosimilitud de esos ancestrales atenienses que
eran considerados como mero producto de la fantasía.
Los cazadores del Aurignac tenían, según pudimos apreciar, una ordenación social firme. También los antiguos
atenienses estaban distribuidos en las cuatro castas
ancestrales: sacerdotes, guerreros, artesanos y agricultores
agricultores.
Los guerreros y los sacerdotes vivían juntos en la colina
que dominaba la ciudad, en casas de madera sencillas y espaciosas, sin lujo, cerca de templos igualmente sencillos de
las divinidades que veneraban. Es muy probable que los catios,
los queruscos y los válanos de Nahar vivieran también así en
la época de sus guerras con los romanos; de los escitas primitivos Herodoto dice lo mismo.
Un pueblo que construye casas de gran longitud, es sedentario; ser sedentario significa cultivar huertos y campos;
de ellos se desarrolla, gracias a la primitiva división del trabajo, una casta de cultivadores. Los campesinos no viven en
las colinas sino junto al lugar donde realizan su trabajo o sea
en los valles, tal como Platón cuenta de los primitivos
atenienses.
La construcción de grandes casas de madera exige una
artesanía bastante adelantada. Campesinos y artesanos, pues
se complementan entre sí, no pueden separarse. Y con ello
está también de acuerdo lo que Platón nos cuenta de sus
antepasados atenienses, que vivían en la "ciudad baja" y también en grandes casas cual las que han sido reconstruidas
como consecuencia de los hallazgos correspondientes a la
época glacial realizados en el Sur de Europa.
Pero aun hay otro detalle que reclama nuestra atención.
Esas grandes casas que servían de vivienda a familias numerosas son, según es sabido, señales inequívocas de una forma de vida matriarcal. A ella corresponde el culto a una diosa.
Estos cuadros culturales arcaicos son conocidos desde la
antigua época glacial: la Venus de Brassempuy, la Venus de
Willendorf, para citar tan sólo a dos. Y Platón informa, de
acuerdo con esto, que ya aquellos antiguos atenienses adoraban una diosa en la figura de una "imagen sosteniendo
armas".
En su templo más elevado había —así dice Platón— la
imagen de aquella ancestral Atenea y de la antigua Efaisto,
una junto a otra. En ello puede hallarse una alusión a un
posterior estado amazónico de la ginecocracia.
J. J. Bachoffen, el gran erudito suizo, ha escrito algo más
extenso sobre el particular. Con esta alusión se confirma la
comunicación, quizá enteramente extraña a ella, de Platón,
de que en su Atenas primitiva la profesión de los guerreros
"había sido propia tanto de las mujeres como de los hombres"
bres". Y no otra cosa era entre los pueblos de los cazadores y
de los campesinos del tipo de Aurignac. De ello se desprende, además, que en las casas comunales que se levantaban
en lo alto de la colina no sólo vivían hombres armados, sino
también mujeres armadas, es decir, verdaderas familias de
guerreros formando tribus exactamente lo mismo que se considera cierto, para los habitantes de las grandes casas del
aurignáceo.
Si se va juntando piedra sobre piedra, se va formando un
cuadro de aquellos lejanos tiempos que, en forma asombrosa, concuerda con la descripción que Platón nos transmite de
los primitivos atenienses. Eran, como sus contemporáneos los
cazadores "escitas" de Aurignac, gentes de una civilización
campesina muy semejante; pero estaban a un nivel ético muy
elevado y tienen perfecto derecho a la denominación de pueblo culto
No hace mucho tiempo que las tribus germánicas, con las
31
cuales los romanos, más civilizados, hacían sus guerras, eran
considerados como constituidas por individuos bárbaros,
semisalvajes, cubiertos de pieles, sólo porque, empleando
principalmente la madera para sus obras culturales, no habían dejado ninguna huella arqueológica. Sobre este punto
ha sido necesario rectificar nuestros conocimientos. También
en lo tocante a los hombres del Aurignac fue necesaria una
rectificación parecida. No se precisa de mucha fantasía para
profetizar una rectificación similar por lo que hace referencia
a los ancestrales atenieneses de Platón. En realidad, es toda
la llamada edad de piedra la que debe ser considerada
bajo un aspecto muy distinto. Con razón dice Gert von
Natzrner:
“El calificativo de "hombre de la edad de piedra", de ser
tomado al pie de la letra, no ofrece ningún sólido contenido.
No quiere decir en modo alguno que e hombre hubiese sido
un ser primitivo. Hasta los habitantes de la Europa septentrional y central vivieron dos milenios antes del principio de la
era cristiana en la edad de piedra. Lo mismo en líneas generales es valedero para los pueblos de las culturas indias de la
América del Centro y del Sur, en tiempos de la conquista española. El material empleado por un pueblo de la antigüedad no da por sí mismo medida alguna que pueda servir
para apreciar el grado de desarrollo de su cultura....”
De todas formas, aquella prehistórica cultura ática (también lo dice Platón), se hundió en una sola noche espantosa
de lluvia torrencial, con terremotos e inmensas inundaciones,
en el pasado. Nada apreciable nos ha quedado de todo ello;
todo, hasta la fructífera tierra de la colina ha sido arrasado y
desde entonces ha desaparecido. Hasta los muros ciclópeos
que se extendían alrededor del santuario y las casas—fortalezas fueron arrastrados por las aguas, quedando destruidos. No podían en modo alguno (si seguimos el texto de Platón
sin alterarlo a sabiendas) ser identificados con aquella muralla pelásgica, construida mucho tiempo después, según afirma erróneamente Jürgen Spanuth.
Pero, otro problema se presenta a nuestra consideración:
aquella terrible noche en que terremoto y diluvio arrasaron la
primitiva Acrópolis ¿fue quizá idéntica a aquella que ocasionó el hundimiento de la Atlántida? ¿Fueron aquellas enormes masas de agua que se vertieron sobre la antigua Ática,
parte del diluvio que, según indican las leyendas de innumerables pueblos, destruyeron gran parte de la superficie de la
Tierra? Con esto penetramos en un tema que, más tarde, nos
ocupará en un ulterior estudio relacionado con nuestras investigaciones.
Con esto ha quedado terminada nuestra investigación sobre la parte del texto relativa a la antigua Atenas, que había
sido objeto de reparos. Enfrente de las opiniones subjetivas
que, desde el tiempo de Aristóteles han sido formuladas por
muchos eruditos, hemos aportado muchas razones que demuestran que esa parte del relato de Platón contiene una
porción de detalles importantes y comprobables que él no
pudo haber inventado, ni pudo haber acertado por pura casualidad. Así queda de mostrada la autenticidad de las fuentes que le sirvieron de información. Lo que Platón afirma repetidas veces es algo perfectamente concordante ha escrito
fielmente la verdad.
Especialmente nos complacen a nosotros los atlantólogos,
los nuevos y valiosos descubrimientos realizados en el espacio de la Europa oriental que arrojan una luz completamente
nueva sobre el grado de cultura a partir de la edad de piedra. Una mejor justificación, aunque tardía, de aquello que
precisamente mencionó Platón sobre los primitivos atenienses
(y en consecuencia sobre la parte central de la filosofía política de sus dos diálogos), no es posible concebirla. Esto resulta
de extraordinaria importancia para poder juzgar de la verosimilitud de toda la tradición. Ya que desde Aristóteles se le ha
imputado a Platón que la había inventado para así favorecer
su filosofía sobre el Estado. Para ello su fantasía poética habría imaginado aquellos fabulosos atenienses prehistóricos
como los objetos más apropiados para su demostración. Esto
es algo que se ha afirmado repetidas veces y, sin embargo,
es asombroso que precisamente lo contrario fuese lo verdadero.
Si consideramos que lo que Platón nos cuenta sobre los
primitivos atenienses está de acuerdo con el resultado de las
investigaciones arqueológicas, sería absurdo que mantuviésemos nuestras dudas sobre la veracidad de la parte de su
texto que hace referencia a la Atlántida. También en este caso
tendremos que rectificar nuestras ideas. Platón ha transmitido la
verdad. Solón ha traído de Egipto datos auténticos.
Pero ¿es que Solón estuvo realmente en Egipto?
Sobre sus viajes sabemos algo gracias a la biografía que
de Solón escribió Plutarco. Su viaje duró diez años, desde el
571 al 561 antes de 1. C. Primero se dirigió a Egipto, a Sais
y a Heliópolis; de allí fue de donde trajo la narración sobré la
Atlántida. Después visitó al rey Filokipros de Chipre; esta visita viene demostrada por el hecho de que la ciudad chipriota
Aepeia fué designada por él, Saloi. Desde allí se trasladó a
Croisos, a Sardes en Lidia y, en el año 561, regresó a Atenas.
Y ya al año siguiente fue suplantado por Pisistrato. En el ocio
involuntario de los dos últimos años de su vida (murió a los
80 años, en 559) parece haber escrito las memorias de su
viaje quizá como base de un poema más extenso. El texto en
que se apoya Cricias debe, pues, atribuirse al año 560, antes
de J. C. Entonces es cuando empieza la tradición helénica de
la Atlántida merecedora de crédito histórico. Está mejor documentada que otros muchos hechos reconocidos por la investigación histórica oficial. Pero ha suscitado muchas controversias.
Esto parece haber dado el impulso, pues si bien Platón no
podía inventar todo cuanto escribió y si bien no hubiese correspondido a su modo de ser el imaginarse todo aquello
desde la época de los logogrifos, el mundo de los eruditos ha
sido contrario a Platón. El relato de la Atlántida tuvo la des
des-gracia de estar siempre en contra de las hipótesis dominantes, entonces en moda.
Notas relativas a los Diálogos de Platón
ocris
1. Timayo de LLocris
ocris, en la italia Meridional, de la escuela
pitagórica, naturalista y observador de las estrellas, expone en la segunda parte del diálogo que lleva su nombre —no reproducido aquí— las ideas fundamentales
de la cosmogonía pitagórica. Como partidario de
Sócrates, era una figura histórica, no imaginada ad—
hoc por Platón.
Joven biznieto de Drópides, nieto de Cricias
2. Cricias el Joven,
el Viejo, que comunicó el relato egipcio de Solón a su
nieto y hermano de la madre de Platón, célebre estadista de tendencias conservadoras, cabeza directriz de
los “Treinta Tiranos”, conocido también como poeta,
orador y filósofo, partidario de Sócrates; caído a los
noventa años en la batalla de Aigospotamoi (403 a.C.).
32
3. Bendis
Bendis, la diosa de la Luna de Tracia y, por lo tanto, identificada con Diana; una fiesta anual de esta diosa, las
Bendidias, era celebrada, siguiendo una costumbre báquica, en el Pireo ante el Panateneo en el mes Targelion.
Respecto a la alta significación religiosa de esa diosa, comparable con la virginal Diana—Artemisa, el relato sobre
la Atlántida, que es presentado a la diosa como “un canto
de alabanza”, gana enormemente en peso y verosimilitud.
4. Solón (639—559 a.C.), de noble familia ática, ocupado
primero como mercader, ganó Salamis para los atenienses
en lucha contra los megaros, dio en seguida una nueva
constitución a Atenas que disminuyó algún tanto las diferencias existentes entre la nobleza eupátrida y el pueblo;
en el año 571 abandonó Atenas, viajó a Egipto, visitó allí
los colegios de los sacerdotes en Heliópolis y Sais, pasó
en seguida a Chipre para visitar al rey Filokipros, quien,
siguiendo el consejo de Solón, trasladó su ciudad Aipeia
a un lugar más favorable y en honor de aquél cambió su
nombre por el de Soloi. Solón, en el año 563, vino de
Kroisos a Sardes y en 561 regresó a Atenas. En 560 fue el
único dominador de Pisistrato; vivió su último año gozando de la atención de todos, pero en el retiro. De sus, al
parecer, numerosas poesías, que entonces eran célebres,
sola mente nos han quedado fragmentos. La noticia citada por Plutarco (31 a.C.) sobre si relato concerniente a la
Atlántida, empezado pero no terminado, se extravió.
5. Hermócrates
Hermócrates, hijo de Hermón, natural de Siracusa, célebre como guerrero según Jenofonte alumno de Sócrates,
también figura histórica y no imaginada ad—hoc por
Platón.
Viejo hijo de Drópides.
6. Cricias el Viejo,
7. Precisamente el relato de la Atlántida; compárese la noticia sobre el mismo.
8. El rey Amasis (Amasis Iº, de la 26ª dinastía, 569—525,
momento en que Egipto está bajo dominación Asiria) era
contemporáneo de Cricias el Viejo; conocido como amigo de los griegos, dado que, principalmente en este tiempo, se estableció un activo contacto entre Egipto y Grecia.
9. Neith
Neith, en tiempos primitivos la diosa principal de Libia y
del Bajo Egipto; su emblema: un escudo con la imagen
de dos flechas cruzadas valedero hasta el predinástico;
nombre al parecer indogermánico equivalente a “Necht”
(noche, nykt). Su figura y su culto son típicos de un primitivo matriarcado; lo mismo resulta valedero para Atenea.
10. Atenea
Atenea, figura y nombre emparentados con el germánico Idhun como también a Odín, Aidoneus, Adonis, hebreo Adonai, etcétera. Diosa primitiva matriarcal y, por
esto, parecida a la Neith líbica; diosa del Estado de Atenas; el mito según el cual Atenea como diosa del Estado
vence a Poseidón podría muy bien ser un recuerdo de la
lucha entre los primitivos habitantes del Ática y los Atlantes
(de Poseidón).
11. Foroneo fue, según Agesilao, el primer hombre, es decir
el Adán de los griegos. En tiempo posterior Apolodoro lo
menciona como hijo del dios de los ríos, Inachos, y padre
de Apis y de Niobea.
12. Deucalión
Deucalión, hijo de Prometeo, el cual según Apolodoro
fue advertido del diluvio, construyó un arca, la cual, después de nueve días y nueve noches, se posó sobre la cumbre del monte Parnaso. Terminado el diluvio Deucalión
hizo ofrenda a Zeus, quien, por ello, le permitió la renovación de la humanidad; la gran semejanza de este mito
con la leyenda hebraica de Noé se debe a algo más decisivo que a la mera casualidad. Pirra
Pirra: esposa de Deucalión,
hija de Epimeteo y de Pandora.
13. Faetón
aetón, hijo de Helios, no supo guiar el carro del Sol y,
con este motivo, dió lugar a un horroroso incendio sobre
la Tierra; cayó herido por un rayo de Zeus en el Eridano;
las lágrimas derramadas por sus hermanos se convirtieron en ámbar; posiblemente un recuerdo de un pueblo
situado al oeste de Europa y a la caída del cuerpo celeste
que dio lugar a la catástrofe del Atlántico.
14. El viejo escribano del templo, su nombre debió de ser
Sonchis, su título Pet—En—Neith (Cielo del Neith), se refiere en lo sucesivo en forma aún más enérgica a los escritos que contienen el relato de la Atlántida; los mismos
jeroglíficos parece que fueron vistos, según Krantor, unos
300 años después del viaje de Solón a Sais.
15. Alusión a la catástrofe del diluvio.
16. El estrecho de Gibraltar durante el cuaternario fue seguramente un estrecho paso a la cuenca occidental del Mediterráneo de aquella época que, por medio de un istmo
entre el África del Norte, Sicilia e Italia, estaba dividido en
dos cuencas parciales.
17. Bahamas y las Antillas; éstas, con el dato coincidente con
la realidad, demuestran la autenticidad de las fuentes de
la tradición.
18. El doble continente formado por la América del Norte y la
América del Sur; la idea de que podía haber existido una
tierra firme en el extremo oeste, contradecía por completo las ideas religiosas tanto de Egipto como de los helenos;
ni Solón ni Platón podían haber imaginado semejante detalle.
19. El Atlántico; según la imagen clásica, el Océano rodeaba, como una corriente sin fin, el disco terrestre, con el
Olimpo, la morada de los dioses, colocado en su centro.
20. Este es el motivo de haberse relacionado el relato de la
Atlántida con el diálogo de Timayo y con la "Política", no
como una fábula ilustrativa sino, a la inversa, como inesperado comprobante de la interpretación de Sócrates.
21. Lo que sigue apenas si pertenece al comunicado del escribano egipcio del templo, pero debe aclararnos por qué
en Grecia no se ha mantenido ninguna huella de la tradición atlántica. Esta limitación ya no es valedera para la
descripción de la Ática, al final del cuaternario.
22. Típico de un ancestral matriarcado. Véase notas 9 y 11.
23. Este dato coincide en forma sorprendente con el hecho,
desconocido tanto por Platón como por Solón, de que durante el cuaternario, a causa de la consolidación de grandes masas de hielo en los casquetes polares, el nivel del
mar se hallaba situado unos 90 metros más bajo que en
la actualidad, de manera que. correlativamente, las colinas actuales se elevaban entonces 90 metros más sobre
el nivel del mar.
24. La forma repentina de aquella catástrofe es puesta de
relieve repetidas veces por parte de Platón; los terremotos
y los diluvios eran frecuentes en la amplia extensión alcanzada por las avasalladoras catástrofes que personificaron a aquella época.
25. Esta muralla, según indica el texto, junto con la cubierta
de tierra de la colina de la Acrópolis, debe haber sido
sumergida en el agua. La suposición de J. Spanuth de que
era la misma la antigua muralla pelásgica potsdiluvial que
la acrópolis de nuestros días, no encuentra en el texto
confirmación de ninguna clase.
33
26. Poseidón aparece aquí como nombre griego clásico del
dios del mar. No debe perderse de vista que hasta este
tardío dios marino es designado al mismo tiempo como
“sacudidor de la tierra”; esto, evidentemente, no corresponde a un auténtico dios del mar, dado que las profundidades de la tierra constituían el reino de los aidoneos,
sino antes bien al dios de la isla volcánica de la Atlántida;
tampoco pudieron ni Solón ni Platón imaginarse tal cosa.
27. Esta observación nada tiene que ver con el mito; seguramente se refiere a una antropogonía de tipo claramente
matriarcal, pues considera al seno de la Tierra como el
seno de la madre de los hombres, y así representa al hombre como nacido, como parido por el seno de la Tierra.
28. En el cambio de emplazamiento de estas edificaciones
en los tiempos mitológicos, puede apreciarse la elevada
edad que ya en la narración le era atribuida.
29. El sentido de esta frase podría ser posiblemente el de que
el extremo sudoriental del reino insular (al cual sin duda,
pertenecía también la desembocadura de la cuenca occidental del Mediterráneo) pudiese estar sometido como provincia a uno de los Arcontes (virreyes).
30. De las colonias sobre las islas atlánticas y los territorios
limítrofes del Viejo y del Nuevo Mundo.
31. Al parecer, se ha tratado aquí de una presentación natural de mezcla de minerales (cobre, cinc, arsénico, antimonio y otros metales similares) como la que ha existido
en Cornwall, y no de aleaciones metalúrgicas.
32. Esta comunicación, que corresponde con la experiencia
paleozoica, no pudo ser adivinada casualmente por Platón.
33. Seguramente no la uva, sino el banano (Musa sapientium).
34. El trigo.
35. El cocotero.
36. Cleito.
37. Tres Pletros = 300 pies = unos 100 metros.
38. 100 pies = unos 30 metros.
39. 50 estadios = 30.000 pies = unos 10 kilómetros.
40. Tres estadios = 1.800 pies = 540 metros.
41. Dos estadios = 1.200 pies = 360 metros.
42. Un estadio = 600 pies = 180 metros.
43. Cinco estadios = 3.000 pies = unos 900 metros.
44. Un pletro = 100 pies = unos 30 metros.
45. Piénsese en las imágenes aztecas de los dioses (Huitzilo—
Pochtli) o en la gigantesca imagen del dios tolteca porta-
dor de salud, Quetzal Coatl, en el templo piramidal de
Cholula; éstas o bien similares representaciones debieron
contradecir fuertemente el ideal de los dioses helénicos y
ser considerados como “bárbaros”.
46. Como este detalle contradecía la creencia en los dioses
helénicos del tiempo de Platón, se distanciaba de ello en
forma similar como ya antes la rareza de todo el relato,
típicamente helénico, hacía constar.
47. Un estadio = 600 pies = 180 metros.
48. Cincuenta estadios = 30.000 pies = 10 kilómetros.
49. Tres mil estadios = 1.800.000 pies = 540 kilómetros.
50. Dos mil estadios = 1.200.000 pies = 360 kilómetros.
51. Un pletro = 100 pies = unos 30 metros.
52. Un estadio = 600 pies = unos 180 metros.
53. Diez mil estadios = 6.000.000 pies = unos 1.800 kilómetros.
54. Kleros: un "Los", es decir, el número de habitantes de un
área cuadrada, rodeada de canales, de 100 estadios cuadrados (cerca de 3,3 kilómetros cuadrados = 330 hectáreas).
55. Diez estadios = 1,8 kilómetros
56. Cada nave tenía, pues, una tripulación de 200 hombres;
debió ser mucho más grande que las utilizadas por los
vikingos. Sea advertido aquí que el antiguo Egipto ya había construido naves de gran tamaño; si los atlantes eran
un pueblo de gran cultura en el arte de navegar, deben
haber sabido construir también grandes navíos con tripulación numerosa.
57. “Sin hierro”; de ello debe deducirse que en la Atlántida,
por lo menos en forma primaria, se había trabajado el
hierro; de ser así, debió tratarse de hierro meteórico o
bien de un mineral puro de hierro magnético. Sobre la
antiquísima preparación del hierro nos hablan, entre otros,
los prehistóricos depósitos de escorias de la India.
58. Aquí surge el mismo motivo que provocó el diluvio universal bíblico: el cruce de los “hijos de Dios” con las “hijas
de la Tierra”; el origen de ese paralelismo es desconocido.
59. “Castigo”; no puede haber duda alguna de que con ello
se hacía alusión al diluvio universal; tanto más sensible
resulta la falta del final, en el cual es de suponer que
hubieran sido hallados otros paralelos entre las versiones
sumeria y bíblica.
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Santiago
Escuela de Formación Política de Líderes Juveniles
Socialistas Nacionales - Ecofilosofía - Guía 3
Mitología Germánica
El Mundo de los Ases y los Vanes
Algunos objetos hallados en país germánico, pertenecientes de modo seguro a tiempos prehistóricos, atestiguan la
existencia de ancestrales prácticas religiosas.
Algunos, de ellos, como el carro del Sol, del Museo de
Copenhague, sorprenden por su calidad artística, pero no
podemos sacar ninguna conclusión en cuanto al contenido
de la religión común de los germanos.
Apenas hay duda de que trajeran de Oriente, en una época
muy antigua e imposible de fijar, creencias cuya huella vuelve
a hallarse entre los celtas, los latinos, los eslavos, otras ramas de la familia indoeuropea. Todos los que se han interesado por la religión de los antiguos germanos han quedado
sorprendidos por las analogías que se pueden constatar con
las creencias del Irán, de Grecia, de Roma, así como con las
de los celtas y los eslavos antiguos, en la medida en que las
conocemos.
A pesar de las confirmaciones aportadas por las aproximaciones y comparaciones con creencias de otros pueblos
indoeuropeos, debemos contentarnos con conjeturas por lo
que toca al período antiguo. La época en que los germanos
vivían todavía en el recuerdo próximo de sus comunes orígenes sigue siéndonos desconocida, no sabemos nada seguro
sobre esos tiempos tan remotos.
sobre todo por contacto con los hombres hallados en los países donde se establecían, a modificar su género de vida, su
cultura, su lenguaje y también sus concepciones religiosas.
De este modo, los germanos del Oeste tuvieron numerosas relaciones con celtas, que habían ocupado, antes que
ellos, toda Europa, desde el Elba al Atlántico. Sus dioses y sus
creencias, venidos de las mismas fuentes indoeuropeas, ofrecían analogías notables. Hubo ciertamente, durante las
numerosísimas migraciones, y las guerras y las conquistas,
frecuentes contagios entre los mitos de los pueblos que, a lo
largo de los siglos, habían seguido en contacto mutuo, en las
circunstancias más diversas.
Los godos o germanos del Este fueron los primeros en
entrar en el mundo históricamente conocido, pues se convirtieron al cristianismo, venido de Bizancio, desde el siglo IV.
No obstante, no sabemos nada de su religión, pues su lengua se escribió por primera vez cuando se estableció en gótico una traducción del Evangelio, y los pocos textos que hablan de esos pueblos no dicen nada de sus creencias antes
del Cristianismo.
Para los germanos del Oeste, antepasados de los alemanes y de los anglosajones, las fuentes son numerosas. Ante
todo, los escritores antiguos; algunos, como Estrabón, Valerio
Patérculo y Plinio, dan indicaciones dispersas, pero César, en
la Guerra de las Galias, es más explícito, y Tácito trató de dar
una vista de con junto de la religión germánica.
La Germania de Tácito es la fuente más importante para
el conocimiento de los dioses germanos, y en todo caso el
documento escrito más antiguo. En efecto, se redactó a finales del siglo I, probablemente el año 98 de la era cristiana, es
decir, cerca de diez siglos antes de las fuentes germánicas
más antiguas, siendo obra, éstas, de poetas o de eruditos del
siglo X o del XII.
Tácito había recogido Germania informaciones numerosas que se limitaban a los germanos del Oeste, los más cercanos al Rin. Su testimonio es precioso, pues permite datar
ciertos momentos de la evolución de la religión germánica:
así se puede afirmar, gracias a él, que los germanos conocían desde esa época dioses de forma humana a los que
atribuían aventuras heroicas. Sin embargo, no deja de ser
cierto que diversos vínculos establecidos por él entre los dioses germánicos y los dioses latinos han sido confirmados por
los estudios más recientes.
Las fuentes medievales son de dos clases, de valor muy
desigual. Las fuentes cristianas, coetáneas de la conversión
de los bárbaros, son muy numerosas, pero fragmentarias y
El dominio germánico
Los germanos entraron en la historia a partir del humana
a partir del momento en que tuvieron que ver con los romanos; antes de estos, no habían encontrado ningún pueblo
que conociera la escritura, o que, al menos, hubiera dejado
huellas escritas de su existencia En la época histórica, los
germanos estaban divididos aproximadamente en tres grandes agrupamientos, a menudo fluctuantes, dos de los cuales
habían abandonado las orillas del Báltico
En el Este, los godos, que venían del país del Vístula, habían emigrado en masa hacia el mar Negro, formando un
grupo muy separado, con una lengua propia.
En el Norte, otro grupo extendió sus asentamientos en
Escandinavia, también allí con un lenguaje propio.
Finalmente, los germanos del Oeste, probablemente los
más numerosos, y en todo caso, los que entraron en relación
con los romanos, se lanzaron en tres direcciones: el Danubio
y Bohemia al Sur, el Rin al Oeste, y, más tarde, las islas Británicas al Noroeste.
Así dispersos, los pueblos germánicos se vieron llevados,
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poco seguras: sus autores no se cuidan de hacer un cuadro
de las creencias paganas, sino de mostrar sus debilidades.
No obstante, se encuentran informaciones interesantes en
Gregorio de Tours, y en la vida de san Columbano el evangelizador, que murió en el año 615. Cabe referirse igualmente
a numerosas decisiones de los Concilios y de los Papas durante todo el período de la evangelización, y también a textos
de ley, por ejemplo, a la ley sálica.
El testimonio cristiano más precioso y más frecuentemente citado es el de Adam de Bremen, clérigo del siglo X en su
“Gesta Hamburgensis ecclesiae pontificum” (Gesta de la Iglesia Pontificia de Hamburgo). Esta contiene la única descripción conocida de un templo germánico, el de Upsala, en Suecia, mientras que Tácito había afirmado que los germanos
no construían templos. Es verdad que el relato de Adam de
Bremen es posterior en diez siglos y concierne a los germanos
del Norte, entre los cuales no habían dejado de evolucionar
las formas de vida religiosa durante tan larga época.
La verdad es que sobre los germanos del Norte, los de
Escandinavia, es sobre quienes poseemos las mejores indicaciones, las contenidas en esa gran colección de poemas anónimos llamada Edda.
Resulta que todos esos relatos trasladan las creencias de
los germanos del Norte a una época relativamente tardía. Es
la última forma adoptada por una mitología inicialmente
común a todos los pueblos germánicos,
germánicos desaparecida mucho antes en los países alemanes y anglosajones
evangelizados, y que se mantuvo mucho tiempo, hasta los
siglos X y XI, en el dominio escandinavo.
Un cuadro de la mitología germana sólo se puede hacer
utilizando ante todo esa literatura, que, aún después de dos
siglos de búsquedas y comparaciones, sigue siendo a menudo de interpretación delicada. Lo que se refiere a los dioses,
se tiende a ponerlo en boca de los videntes, cuyo lenguaje
rara vez es claro. Hay muchos sueños, profecías y visiones: es
frecuente que se presenten atribuciones análogas a dioses
que por lo demás están muy alejados unos de otros. Pero,
aunque los personajes a veces están mal dibujados, sus aventuras y sus combates forman un conjunto coherente, un gran
drama que se desarrolla desde las primeras edades hasta
una catástrofe final rodeada de presagios. La mitología de
los germanos se presenta así como una inmensa tragedia, en
que al final convergen la epopeya de los dioses y la de los
héroes
Se pueden leer en los poemas del Edda varios relatos de
los comienzos del mundo y de la aparición de los dioses, de
los gigantes y de los hombres. A pesar de algunas desemejanzas, en ellos se halla una trama común.
“No había al principio, dice el autor de la Voluspa, ni
arena, ni mar, ni olas saladas, ni tierra por abajo y cielo por
arriba; el abismo no tenía fondo y la hierba no crecía en
ninguna parte”
parte”.
El abismo original se extendía entre el país de los hielos,
de las tinieblas y de las nieblas, al Norte, llamado Niflheim
(N.d.E.: heim = casa), y, en el Sur, el país de fuego, llamado
Muspelsheim. De su mezcla habían de nacer el mar, la tierra
y las aguas. Ante todo, los ríos, que, venidos del sur, fluían
hacia el país de los hielos: allí se cubrían de escarcha y morían en las inmensidades heladas. Pero esas masas de agua
helada colmaron poco a poco el abismo que antaño no tenía
fondo, el Ginnungagap, y los vientos del Sur, cada vez más
calientes, comenzaron a fundir los hielos.
Esa primera primavera, ese primer brote de agua en la
superficie de los hielos eternos es el antecesor de toda vida,
pues las gotas de agua vivificadas por el aire del Sur se reunieron para formar un cuerpo vivo, el del primer gigante:
Ymir. De él es de quien procedieron los gigantes, los hombres, y en cierta medida también los dioses: pero esa ascendencia, como la de los animales, sigue siendo misteriosa.
Al principio único ser dotado de vida, Ymir tuvo pronto la
compañía de la vaca nutricia Audumla, nacida como él, según dicen los narradores, en el hielo fundido. Entre todos los
animales, la vaca toma así el primer lugar: ella se hace antecesora de la vida, símbolo de la fecundidad, circunstancia
que se vuelve a hallar en muchos relatos mitológicos orientales.
De la ubre de la vaca Audumla fluían cuatro ríos de leche;
se nutría de la sal contenida en el hielo que hacía fundirse
lamiéndolo. Mientras que Ymir bebía esa leche y multiplicaba
sus fuerzas, ocurrió que la vaca hizo surgir, en las tibias gotas
que hacía salpicar los bloques de piedra cubiertos de escarcha, otro ser viviente de forma humana: Buri; sus cabellos
fueron lo primero que tomó forma, luego la cabeza y luego
todo el cuerpo. Buri, como el gigante Ymir, era capaz de reproducirse, y tuvo un hijo, Bor, que se casó con Bestla, una
El Edda
El Edda (N.d.E.: Cuerpo de antigua literatura islandesa
contenida en dos libros del Siglo XIII, que son comúnmente
distinguidos en Poemas, o Antiguo Edda, y Prosa o Edda Nuevo. Es la mayor y más detallada fuente del moderno conocimiento sobre la mitología Germana – Enciclopedia Británica)
por una parte, es ciertamente anterior a la introducción del
cristianismo en Escandinavia.
El antiguo y el nuevo Edda son grandes colecciones épicas, que ocupan en el mundo germánico el lugar de los poemas homéricos en el mundo griego. Cerca de la mitad de
estos poemas relatan las aventuras de los dioses. Constituyen
una fuente más rica que todos los demás textos poéticos o
históricos compuestos en la Edad Media en Islandia, en Noruega, en Dinamarca y en Suecia.
Esta literatura, con las Sagas, los cantos de los Escaldas,
los manuales de poesía y las crónicas históricas, ofrece un
cuerpo amplio y movido de la historia de las divinidades del
Norte de Europa. Allí aparecen numerosas, aventureras, rodeadas de un pueblo de divinidades secundarias, de espíritus, de gigantes, y de toda clase de seres que los antiguos
habrían llamado “héroes” o “semidioses”.
Si la arqueología rara vez sirve de ayuda para el estudio
de los dioses del Norte, hay que recordar no obstante la existencia de algunos objetos notables, en particu1ar, cuernos de
oro hallados en el siglo XVII en Gallehus, en la isla Seeland,
de Dinamarca. Están en el Museo de Copenhague, o al menos, está una copia fiel hecha conforme a los dibujos tomados sobre originales, que fueron robados y desaparecieron.
Tienen personajes y animales de actitudes curiosas, cuya
explicación fue dada por el sabio danés Axel Olrik, el cual
distinguió en ellos al dios Odín, armado y con casco, al dios
Freyr, con cetro y guadaña, y al dios Thor con tres cabezas.
Pero una multitud de otras figuras siguen siendo difíciles de
interpretar.
Sobre todo gracias a los poemas escandinavos es como
los historiadores modernos han podido reconstituir el llamado Olimpo germano.
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hija de gigante, descendiente de Ymir. De su matrimonio nacieron tres dioses, Odín, Vili y Vé
Vé.
Así habían salido -de la nada- las dos razas que debían
de llenar el mundo de sus aventuras y de sus combates: la de
los gigantes y la de los dioses.
La raza de los gigantes descendía directamente de
Ymir, porque había nacido del sudor: cuando el gigante
reposaba, dos seres vivos, hombre y mujer, se habían
formado en el sudor de su axila izquierda; al mismo
tiempo, sus pies juntos habían hecho nacer un hijo. Esa
fue la primera generación de una raza inmensamente
poderosa y propensa a asustar, que se presenta por todas partes en los relatos mitológicos del Norte, la de los
“gigantes de la escarcha” o “gigantes del hielo”, seres
de forma humana, pero cuyos orígenes y poderes superan ampliamente a la humanidad. Anteriores a los dioses, no cesan nunca de amenazar su imperio, y todas
las expediciones emprendidas para exterminarles les ven
renacer igualmente numerosos y fuertes.
Los hijos de Bor – Odín, Vili y Vé-, nacidos del agua
y de la vaca nutricia, se lanzaron contra el gigante Ymir
y lo mataron. De su cuerpo brotó un inmenso río de
sangre, lo bastante abundante como para llenar lo que
quedaba del abismo originario. En ese océano de sangre pereció toda la descendencia del gigante.
No obstante, uno de sus hijos escapó a la muerte, aferrado con su mujer a una débil barca. Esa pareja bastó
para engendrar una nueva generación, y la raza de los
gigantes renació del desastre.
Los dioses, sin embargo, aliados contra el gigante, por
más que fuera también su primer padre, habían arrastrado su cuerpo inmenso por encima del abismo. Sus miembros separados hicieron nacer entonces las partes del mundo: las olas de su sangre hicieron el océano, su carne se
convirtió en la tierra firme, sus huesos, las montañas, sus
dientes, los guijarros del mar. De su cráneo, los dioses hicieron la bóveda de los cielos que colocaron sobre cuatro
enanos encargados de sostenerla: un poema bastante tardío les atribuye nombre que son todavía los de los cuatro
puntos cardinales (Rueda Solar).
Su cerebro hizo nacer las nubes, que se dispersaron
por el cielo. Con las cejas enmarañadas de ese gigante de
los hielos, los dioses edificaron los bastiones de su dominio, que llamaron Midgard, “la morada de en medio”. En
efecto, se situaba entre el país de los hielos, de las escarchas y del silencio, que es el Niflheim, y el Muspelsheim, el
reino del fuego, donde reina el sol ardiente del mediodía.
El sol Muspelsheim, fuente de todo calor, enviaba hasta
allí al azar chispas innumerables que se dispersaban por
la inmensidad helada. Al desplegar los dioses la bóveda
celeste por encima del mundo, las chispas del sol se fijaron en ella haciendo nacer los astros
Los dioses regularon sus cursos, instituyendo así el ritmo de las estaciones, que hizo nacer la vegetación y también la sucesión de los días y de las noches.
La noche es la primera, de ella emana el día, que sólo
aparece después.
La prioridad de la noche, madre del día, parece haber
sido una creencia muy difundida entre los pueblos llegados del Norte. Según dice César, los galos contaban las
horas del día a partir de la puesta del sol, y lo mismo hacían los germanos, según testimonio de Tácito.
La morada de los dioses
Una vez creado y ordenado el mundo, comenzaron los
trabajos de los dioses. No es fácil decir quiénes eran exactamente esos dioses. Si los autores escandinavos dicen que Odín,
el primero de entre ellos, es hijo de Bor, a su lado señalan,
desde el comienzo de las vicisitudes, un refuerzo de otros dioses, venidos de no se sabe dónde, y que se unieron a él para
edificar, ante todo, la morada celeste, que recibe el nombre
de Asgard.
Los propios dioses se llaman los Ases, palabra de origen
oscuro, pero que evoca con seguridad la autoridad, la altura,
la presencia de un espíritu, de una potencia de orden inmaterial. Ese “país de los Ases”, el Asgard, se lo imaginaron los
germanos como una vasta señoría donde podía vivir una raza
numerosa. Es un gran recinto con habitaciones diversas para
los señores que allí residen. Está llena de riquezas fabulosas,
edificada de materiales brillantes, especialmente bellos en la
gran sala de reuniones y festines, la Halle (N.d.E.: en francés,
Halle = Plaza, Mercado).
En el patio de su palacio, los dioses gustan de entregarse
al juego del chaquete (N.d.E.: juego parecido a las damas).
El papel privilegiado dado a este juego puede explicarse por
el simbolismo cósmico que se halla en la distribución de las
casillas. Numerosos textos atestiguan también que los
germanos gustaban de servirse de juegos como medios de
adivinación, sobre todo antes de las batallas, para consultar
a sus dioses. Ese gusto del juego atribuido a los dioses hace
pensar también en un pasaje en que Tácito describe las diversiones, raras, según él, de los germanos. Cita la danza de
los jóvenes en medio de espadas desnudas, y añade: “Los
dados, cosa asombrosa, son para ellos una cosa seria, y se
dedican a ellos en ayunas, tan extraviados por la ganancia y
el juego que, cuando ya no tienen nada, en una última y suprema jugada, apuestan su libertad y su persona. El vencido
acepta una servidumbre voluntaria (Tácito. Germania)”.
Para edificar su gran palacio fortificado, de innumerables
cámaras, los dioses -si se cree el relato de la Gylfaginning-,
emplearon los servicios de un gigante que fue su arquitecto.
Este había prometido construir el palacio en un tiempo muy
corto, y los -dioses habían prometido, si el palacio estaba
verdaderamente construido el día prometido-, ceder al joven
arquitecto, en pago de su trabajo, el Sol, la Luna, y la diosa
Freya. Ahora bien, el gigante poseía un caballo maravilloso
capaz de transportar en un instante masas increíbles de roca.
Tanto y tan bien actuó que, pocos días antes del plazo fijado,
el palacio se aproximaba a su perfección.
Los dioses, que habían establecido el pacto porque creían
que el gigante no era capaz de cumplirlo, sintieron miedo y
se les ocurrió crear una yegua maravillosa —encarnación momentánea del dios Loki—, a la que pusieron en el camino del
caballo. Éste abandonó su trabajo para perseguirla, y el gigante, su dueño, fue incapaz de terminar el trabajo como lo
había prometido. Furioso por su derrota, el gigante quiso lanzarse contra los Dioses, pero el dios Thor le derribó.
Esta maravillosa morada no está en el país de los hombres; está unida a éste con un puente inmenso, el Bifrost, que
es el arco iris. Es muy fuerte, lo bastante grande como para
superar el cielo, y los poetas exaltaron sus virtudes maravillosas, temiendo solamente que no resista a los asaltos de los
genios del mal cuando se lancen contra los dioses, como lo
predicen todas las profecías nórdicas.
37
Habiendo puesto en orden los elementos del mundo y
establecido firmemente su residencia, los dioses se volvieron
hacia la tierra. Empezaron por elevar santuarios en el campo
que rodeaba su residencia y que se llamaba Ida; indicación
que dejaría suponer que los germanos, en contra de lo que
dice Tácito, construían efectivamente templos.
Después, algunos de los dioses construyeron la primera
forja y forjaron útiles en ella: “Establecieron hogares,
martillearon el bronce, hicieron pinzas a grandes golpes y
crearon utensilios”. Pero esa industria no podía ser su única
ocupación: no hacían más que mostrar el camino a los futuros habitantes de la Tierra.
Antes de cuidarse de los hombres, empezaron por ocuparse de los enanos: éstos, según una tradición, habían nacido de los gusanos que devoraban el cadáver del gigante Ymir,
o, según otro narrador, de la sangre y de los huesos de otro
gigante de la misma familia.
Los enanos recibieron un jefe, y atribuciones diversas, sobre todo en relación con la forja, e incluso algunos, que permanecen en las cavernas, forma humana.
mo primitivo. En el océano vive una inmensa serpiente, “la
serpiente del Midgard”, lo bastante grande como para rodear con sus anillos todas las tierras conocidas por los hombres.
Por debajo del mundo de los hombres, está el país de los
muertos, que es también el de los hielos y las tinieblas, y que
se llama Niflheim. Allí, en compañía de los muertos, sólo pueden vivir gigantes y enanos. Esta morada mortal es el reino
de la diosa Hel, que hace guardar su entrada al terrible perro
Garm.
Ese cuadro de tres mundos superpuestos recuerda demasiado a las mitologías griegas para que uno no se sienta inclinado a ver en él algo tomado de mitologías no germánicas. Eso es tanto más verosímil cuanto que los textos escandinavos en que se encuentra son lo bastante tardíos como para
que sus autores hayan tenido conocimiento de los relatos de
los antiguos griegos. Hay, además, una especie de contradicción entre el mundo tal como está descrito en los comienzos
del “Génesis” germánico y lo que llega a ser después de la
aparición de los hombres: el Niflheim, en efecto, está pintado
en su origen, no como un lugar subterráneo, sino como el
país del norte, de los hielos eternos y de las noches inmensas, donde nunca penetra la luz del día.
Hay ahí una representación del mundo que corresponde
muy bien a la situación de los germanos, vecinos próximos
de las inmensidades heladas de la Escandinavia de las épocas antiguas. Ese mundo plano, que se extiende desde los
espacios infinitos y mudos del Ártico, ha limitado y determinado el universo de los germanos, a quienes el sol de mediodía siempre ha aparecido como iluminando un país extraño
al suyo.
Pero si las descripciones del mundo muestran variaciones
y quizá contradicciones, todas ellas hablan de una tradición
original según la cual el universo entero sería un árbol de
dimensiones prodigiosas y de propiedades sorprendentes. Este
árbol del mundo es el fresno Yggdrasil; el mundo entero está
extendido a la sombra de las ramas, y hunde profundamente
sus raíces en la tierra, elevando su copa hasta el cielo, donde
se baña en una nube de luz.
Este árbol misterioso y majestuoso alcanza todas las partes del Universo y cobija innumerables animales. Siempre está
verde, aunque su follaje sea devorado sin cesar por animales
de todas clases, pues absorbe una fuerza siempre renaciente
en la fuente de Urd. Esta fuente de Juvencia está guardada
por una de las Nornas, las diosas que regulan el fluir de las
épocas y los destinos de los hombres. También recibe un rocío maravilloso, que le viene del cielo, y del cual no deja de
nutrirse. Las gotas lechosas y plateadas del rocío celeste que
así brota sobre su follaje parecen hidromiel; por eso los poetas le llaman a menudo el “árbol del hidromiel”. Pero ese
pilar del universo también es descrito como el “árbol del destino”, pues vive del agua que le dispensa la fuente de las
Nornas, que son las dueñas del destino.
En realidad, el fresno Yggdrasil tiene varias raíces. La que
se hunde en la fuente de Urd y que las Nornas riegan sin
cesar para mantener en vida es la más poética, pero existen
también otras dos.
La primera se sumerge en el Niflheim, el país de los hielos, para alcanzar la fuente Hvergelmir, de la que brota un
agua en cascada, que se difunde por todos los grandes ríos
del mundo. La segunda penetra en el país de los gigantes,
que está eternamente cubierta de escarcha, y de la cual brota
la fuente de Mimir. Este, desde sus orígenes, está puesto para
El Nacimiento de la humanidad
Luego les tocó el turno a los hombres: tres dioses, entre
ellos Odín, paseándose por la orilla del mar, encontraron
dos troncos de árbol dejados allí por las olas, y, el narrador
no dice por qué, decidieron darles la forma y cualidades de
una pareja humana. De esos objetos que yacían “sin fuerza y
sin destino”, los dioses hicieron seres animados y pensantes:
“No tenían alma, no tenían sentido, ni el calor de la vida ni
su claro color; Odín les dio el alma, Hônir los sentidos,
Lodur la vida y su claro color
”.
color”.
Estos primeros padres del género humano se llaman, en
el Edda, Askr y Embla. La palabra Askr, para designar al hombre, no reaparece en ninguna otra parte; algunos la han puesto en relación con la palabra Esche, que designa al fresno,
árbol sagrado a los ojos de los germanos, y han hecho notar
también que, según un mito griego transmitido por Hesíodo,
el primer hombre habría sido hecho de madera de fresno. En
cuanto al nombre de la mujer, Embla, es más misterioso aún;
se ha tratado de ver en él una palabra de la misma raíz de la
que designa el olmó.
La asociación de los dos trozos de madera de esencias
diferentes, representando a los dos sexos, recordaría entonces uno de los primeros aparatos inventados por los hombres
para hacer fuego: un palo de madera dura, girando de prisa,
al frotar otro trozo de madera, produce un calentamiento su.d.E
.: este es origen de la svástificiente para inflamarlo (N
(N.d.E
.d.E.:
ca, y su uso ceremonial para encender el fuego continúa
hasta hoy en día en la India)
India).
Este aparato está representado en una tumba de la edad
de Bronce encontrada en Kivik. La unión del hombre y de la
mujer comparada con el nacimiento del fuego por el frote de
un trozo de madera en otro más blando es una creencia atestiguada en numerosos pueblos indoeuropeos, y es posible
que los nombres de la primera pareja humana de la mitología germánica encuentren ahí su origen).
Sea lo que sea en cuanto a su origen, los hombres, cuando se multiplicaron, fueron instalados por los Dioses en el
Midgard, “el país de en medio”, que está enteramente rodeado de agua. Un océano circular cerca de las tierras habitadas, y esa misma agua, a su vez, está limitada por el abis38
custodiarla: es la fuente de la Sabiduría. Su agua es tan preciosa que, para ser admitido a beber de ella, el dios Odín
aceptó perder un ojo. A ese precio, bebió del agua del conocimiento, de la profecía y de la poesía, y llegó a ser el patrono de los adivinos, de los poetas y de los brujos.
Por su triple origen, el gran árbol del universo alcanza a
los tres mundos, el de los gigantes, el de los dioses y el de los
hombres; también alcanza el pasado, que es conocido por
Mimir, guardián de la sabiduría, como al porvenir, conocido
por las Nornas; éstas le conceden la fuerza de renacer a cada
instante a la vida.
Numerosos son los animales que viven en las ramas del
gran fresno: en las más altas, un gallo de oro vigila el horizonte y debe prevenir a los dioses cuando sus eternos enemigos, los gigantes, se preparen a atacarles; un águila abraza
con su mirada el mundo entero, y, además, lleva un gavilán
encaramado entre los ojos; un sapo, Ratatosker, sube y baja
sin cesar por el ramaje, yendo desde el águila que está arriba
hasta la serpiente-dragón que está al pie del árbol, y mantiene la discordia entre ellos; la cabra Heidrun pace en el follaje
y su leche sirve para alimentar a los guerreros del dios Odín;
cuatro ciervos devoran las hojas y aun la corteza del árbol, y
lo harían perecer si el agua de la fuente maravillosa no hiciera fluir por sus venas una vida siempre nueva. Finalmente,
unas serpientes roen sus raíces, en particular, la inmensa
Nidhoggr, la más temible, a la que algunas veces también se
da el nombre de dragón.
Las virtudes de ese árbol, los vínculos que lo unen a todas
las partes del universo, a todos los aspectos de la vida, hacen
de él una de las creaciones más originales de la mitología de
los nórdicos: para ellos, el mundo no estaba sostenido por
un gigante como en la mitología griega, sino por un árbol.
Todos los autores concuerdan en señalar que los germanos
tenían una veneración especial por los árboles: Adam de
Bremen refiere que, cerca del templo de Upsala, del que ha
hecho una descripción, se erguía un árbol muy elevado cuyo
follaje siempre estaba verde, pero cuya especie no se conocía.
Cerca de su pie, había una fuente, a la que se llevaban
ofrendas. Igual que los dioses se reunían al pie del fresno
Yggdrasil para hacer justicia, los jefes de las poblaciones germánicas tenían sus asambleas al pie de un árbol; esta costumbre todavía estaba en uso en el siglo X en Frisia, donde
las asambleas provinciales se reunían bajo tres grandes encinas situadas cerca de Aurich.
Finalmente, es notable que la arquitectura de los germanos
haya correspondido muy bien a su representación del Universo: tenían la costumbre de hacer descansar toda la armazón de un edificio sobre un gran tronco de árbol o sobre un
alto poste fijado en tierra. En ese modo de construcción se
puede ver una lejana prolongación de la tienda de los nómadas asiáticos, cuyo techo descansa en un pilar central, igual
que el cielo nórdico descansa sobre el fresno mítico.
Entre ciertos pueblos germánicos, se había mantenido la
costumbre de erigir, en un lugar elevado, un monumento hecho de un único tronco de árbol. Los sajones le llamaban
Irmensul (N.d.E.: también Irminsul), es decir “columna gigante”, y Carlomagno, en el curso de la criminal expedición que
hizo por la Baja Sajonia, hizo destruir una de esas columnas,
de la que dice el cronista que era objeto de una veneración
general.
Pero el mundo, si se creen los relatos mitológicos de los
germanos, no será eterno.
Está destinado a quedar engullido en un inmenso cataclismo provocado por los gigantes el día en que lancen, contra los dioses y sus obras, el ataque que éstos temen. Replegados a su tierra inhospitalaria de nieve y de escarcha, los
gigantes nutren pensamiento de desquite. Un día se lanzarán, todos juntos, al asalto del Asgard, y los videntes profetizan que los dioses sucumbirán a esos asaltos: será el “crepúsculo de los dioses”. Antes de ese fin del mundo, que está
inscrito en su destino, los dioses habrán pasado por muchos
reveses y aventuras.
Los Ases y los Vanes
Y es que la vida de los dioses germanos siempre se ha
representado como muy movida. Las relaciones de los dioses
entre sí variaron, y lo mismo sus atribuciones, y es muy cierto
que, según las épocas y según los pueblos considerados, tal
o cual dios estuvo menos favorecido. No se puede trazar,
pues, una lista precisa e invariable de los dioses germánicos.
Son numerosos, separados por conflictos y rivalidades, metidos en batallas incesantes; su mismo poder es revocable, o
al menos, está sometido a vicisitudes ignoradas por los dioses de la Hélade. Entre los germanos, la idea de la soberanía
divina parece haberse afirmado menos que entre los pueblos
de la antigüedad clásica. Además, hay diferencias notables
entre los dioses germanos del Norte y los del Oeste; acá y
allá se encuentran los mismos grandes dioses, pero no siempre tienen las mismas atribuciones, y sus relaciones no son
las mismas.
La jerarquía de los dioses se ha complicado mucho con la
existencia de las dos familias divinas, los Ases y los Vanes,
que, según la leyenda, empezaron por combatirse y luego se
reconciliaron. Existen otras familias de dioses, la de los Alfes
por ejemplo, pero no cuentan en sus filas a ninguno de los
grandes dioses y sólo tienen un papel secundario.
Los Ases deben ser nombrados antes que todos, puesto
que cuentan entre ellos a los primeros de los dioses, Odín y
Thor. Se propendería a darles una anterioridad en el tiempo,
puesto que la residencia de los dioses es llamada el “país de
los Ases”. Ya estaban establecidos cuando, tras un combate
de que volveremos a hablar, acogieron allí a los Vanes, a los
que habían tratado en vano de rechazar.
Pero parece difícil, según los estudios más recientes, pensar que, a pesar de lo que se dice en los relatos poéticos, los
Ases hayan empezado por ser dioses emparentados y que los
Vanes hayan llegado posterior mente a añadirse a su panteón (Sobre este punto en particular, ver el libro de Geoges
Dumézil, Les Dieux des Germains, París, 1959).
La coexistencia de los Ases y los Vanes es muy antigua, y
unos y otros debieron ser bien conocidos y venerados por los
germanos desde sus orígenes, pero este hecho no hace más
fácil una interpretación de lo que les atribuye la leyenda. Los
Vanes, en efecto, el más frecuentemente nombrado de los
cuales es Freyr, son numerosos, y sus atribuciones muy vastas, hasta interferir a menudo con las de ciertos Ases, y esa
dualidad contribuye a hacer fluctuante y múltiple el panteón
germánico. Se puede afirmar, sin embargo, que, en esas razas divinas, cuatro figuras de dioses dominan indiscutiblemente, y que han sido objeto de una veneración más amplia,
más continua que las demás.
Los grandes dioses son, ante todo, el que los germanos
del Norte llaman Odín, y cuyo nombre alemán es Wotán;
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luego Thor, cuyo nombre alemán es Donar; luego Tyr, que
entre los germanos del Sur se llama Ziu; y Freyr, que es un
dios de los vanes, a cuyo lado se cita a menudo a Njörd, que
es de la misma familia.
Antes de exponer sus relaciones y de hablar también de
las diosas y de las familias secundarias de divinidades, vamos a tratar de describir los caracteres y las atribuciones de
esos grandes dioses.
rraron en ella un poder que asegura la victoria a su dueño:
nada puede desviarla del objetivo al que sea lanzada. Cuando se sienta en Asgard, tiene dos lobos a los lados, a los que
echa los platos que le dan, pues no se nutre más que de
bebida, y particularmente de hidromiel. Dos cuervos, posados
en su asiento, le dicen al oído todo lo que pasa, pues uno es
Hugin, es decir el Espíritu, y el otro es Munnin, es decir la
Memoria.
El mejor compañero de Odín, dios-jinete al menos en su
juventud, es su caballo Sleipnir. Es el mejor de todos los caballos, es invencible en la carrera y no tiene menos de ocho
patas. Ningún obstáculo puede detenerle.
Guerra y magia
Odín debe ser citado el primero, pues es el jefe de toda la
sociedad divina, está dotado de poderes que superan a todos los demás, es el más sabio, el más iniciado en los misterios, y es el señor de la magia, de la ciencia suprema y de la
poesía. Pero también era el dios de la Guerra, en particular
entre los germanos del Oeste, donde se llamaba Wotán.
Siempre se le presenta como el patrono de los guerreros;
se ha señalado en primer lugar como el jefe de los combates,
y luego ha sido venerado como soberano señor del Olimpo
germano. Es el rey y su oficio es la soberanía: decide y exige,
pero su poder múltiple, sobre cuyos caracteres habremos de
volver, debe haber tenido un origen guerrero.
Wotán-Odín es ante todo el dios de los Combates, y él es
quien decide la suerte de los guerreros, y quien les adscribe a
su servicio, en previsión de las batallas venideras. Este rey es,
en su origen, un jefe de guerra.
Su nombre procede de sus cualidades guerreras, puesto
que hay que relacionar Wotán o Wode con la palabra que,
en las lenguas germánicas expresa el frenesí y el furor guerreros (en alemán moderno, wüten).
Es que, en el origen, Wotán fue el conductor de la “caza
salvaje”, la cabalgada fantástica que los antiguos germanos
creían oír en el cielo durante las noches de tempestad. Un
galope endiablado atravesaba entonces el cielo, llevado por
los guerreros muertos en combate. Ese tropel misterioso y
glorioso, que arrastraba tras de sí el recuerdo de combates
sin número, llevado al galope de furiosos caballos, tenía un
jefe, el señor del furor, el que insufla en el corazón de los
hombres el entusiasmo guerrero: Wode, que llegó a ser Wotán,
y, en el Norte, Odín.
En la medida en que está vinculada a la “caza salvaje”, a
la persecución de una presa fantástica en compañía de guerreros desencadenados, en una cabalgada que nada podría
detener, atravesando el mundo como un huracán, la figura
de Wotán tiene algo de inquietante.
No es el soberano que se sienta en un trono, sino más
bien el jefe de una horda salvaje, cuyo galope irresistible atraviesa el cielo dejando en él una huella de fuego. Es en las
mismas noches de tempestad en que también las brujas se
lanzan a cabalgadas maléficas, y eso no puede intimidar al
dios guerrero, pues él también es dios mago y le son familiares los desencadenamientos del furor. Por eso, Wotán ha sido
descrito como un sombrío jinete vestido con un gran manto
flotante, con un amplio sombrero caído sobre los ojos, y montado en un caballo que tan pronto es blanco como negro.
Pero Odín tiene más de una apariencia, y no sólo es ese jinete nocturno que atraviesa bramando las noches y las tempestades.
Más tarde, cuando su soberanía esté más asegurada, llevará una coraza brillante e incluso un casco de oro: su arma
es la lanza mágica Gungnir. Los enanos que la forjaron ence-
El Walhalla
En su morada habitual, Wotán está rodeado de jinetes,
puesto que reside en el Walhalla, donde, por cuidado suyo,
se reúnen los más valerosos guerreros muertos en combate.
El Walhalla es una inmensa sala donde el oro brilla con todos
sus fuegos; está suntuosamente adornada y allí caben las
asambleas más numerosas. El tejado no está hecho de tejas
corrientes, sino de escudos resplandecientes; por la noche,
cuando el dios da allí el banquete de los héroes, fuegos inmensos iluminan las mesas y se reflejan en las armaduras y
las espadas. El Walhalla, dice el poeta, es tan grande que no
tiene menos de quinientas cuarenta puertas, que son tan anchas que cada una puede dejar pasar ochocientos guerreros
avanzando de frente.
Como Wotán preside los combates que se desarrollan en
tierra, es él a quien se invoca antes de luchar, y tiene el derecho a disponer de los guerreros muertos. Elige a los mejores
y los lleva al Walhalla, donde llevan una vida señorial: durante el día, cabalgan y se entrenan en el combate; por la
noche, se reúnen para banquetear y beber en la gran sala
del castillo. No todos los que murieron con las armas en la
mano van a ese Paraíso de los guerreros, sino sólo los más
valerosos, los que ha distinguido el dios. El Walhalla tampoco es una morada eterna, ni se promete a los héroes una
felicidad infinita; al contrario, Wotán les ha reunido a su alrededor con vistas a otros combates. Teme los asaltos de los
gigantes, y, para sostener la gran lucha del fin de los tiempos, tendrá necesidad de todas las buenas espadas. Si el dios
ha dejado morir de su muerte terrestre a los mejores guerreros, es que un día tendrá necesidad de ellos; así pues, no se
lleva en el Walhalla una existencia paradisíaca, sino que más
bien es comparable a un campamento, magnífico ciertamente,
pero cuyos habitantes están destinados a nuevos combates,
a nuevas hazañas y una destrucción segura, si las profecías
dicen verdad, puesto que todas ellas anuncian que los dioses
ases y su mundo serán absorbidos.
Por eso los poetas, en las descripciones del Walhalla, ponen a menudo una nota más melancólica entre los cuadros
de decoraciones suntuosas y de banquetes reales: detrás del
fasto, hay un plano de fondo trágico.
Algunos autores han pensado que ahí estaba la huella de
una época en que el paganismo germano sentía ya que su
fin estaba próximo. Pero también es cierto que nada parecía
a los germanos más envidiable que morir bien, es decir, morir combatiendo. Esos pueblos guerreros tenían por vergonzoso morir de otro modo que con las armas en la mano. “Los
cimbrios y los celtíberos —escribe Valerio Máximo—, saltaban de gozo al ir al combate, pensando salir de este mundo
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de una manera feliz y honorable; en cambio, en las enfermedades se lamentaban de verse amenazados de un fin vergonzoso y miserable”.
se decía que san Columbano el evangelizador había visto
una gran cuba de cerveza que los alamanos (alemanes) se
preparaban a ofrecer a Wotán.
Las Walkyrias
Odín mago
Entre los seres que rodean a Odín, hay que dejar un lugar
especial a las Walkyrias, que son sus mensajeras a la vez que
las anfitrionas del Walhalla.
Ellas ordenan los festines, sirven a los guerreros, cuyos
platos han preparado, y, sobre todo, les ofrecen la cerveza y
el hidromiel. Pero ésas son sólo sus funciones pacíficas y domésticas. En cuanto estalla la guerra en alguna parte, se transforman: armadas y con corazas, se lanzan por los aires en
corceles ardientes, y, por orden del dios, van a mezclarse en
los combates. En ellos, permanecen invisibles, salvo a los ojos
de los héroes elegidos que están destinados a morir. Entre los
esplendores de la batalla, el guerrero ve surgir de repente a
su lado a la Walkyria brillante, magnífica y trágica: es la señal de que se acerca su muerte y que el Walhalla se abrirá
ante él. Acabada su misión, cuando han seleccionado a sus
elegidos, las Walkyrias regresan al Walhalla, a todo galope
en sus corceles mágicos, y anuncian al dios la llegada de sus
nuevos compañeros.
Seguramente, uno de los rasgos propios de la mitología
de los germanos es esa supervivencia de los guerreros en un
más allá que esos pueblos belicosos se imaginaban como
una especie de campamento suntuoso.
Allí, los valientes seguían entregándose a sus ocupaciones favoritas y olvidaban en borracheras sagradas el peligro
mortal a que no dejaban de estar expuestos. “El banquete,
las bebidas fermentadas, la embriaguez colectiva han tenido
un gran papel en la vida del mundo germánico. Y se puede
decir que un papel sano”, escribe Georges Dumézil, que recuerda con esta ocasión la importancia que en otro lugar
tenían Dioniso y los mitos báquicos.
Entre los germanos, la preparación de las bebidas fermentadas, esencialmente hidromiel y cerveza, estuvo al menos en el origen, entre las prácticas sagradas. La cerveza se
ofrecía en todas las reuniones solemnes, y el hecho de beber
juntos constituía un vínculo mágico, no sólo entre los presentes, sino entre los hombres y los dioses tomados por testigos,
y aun quizá entre los vivos y los muertos. Para preparar la
cerveza, distribuirla y beberla, había usos de que nadie tenía
derecho a apartarse bajo pena de sacrilegio. Para todas las
reuniones importantes, había que preparar una cantidad inmensa de bebida, a menudo obtenida —como en Noruega— echando en un gran recipiente las aportaciones de cada
cual: la regla era proseguir la fiesta y la libación hasta que el
recipiente quedase vacío. Si la cerveza, hablando con propiedad, no se consideraba como bebida mágica, al menos
hacía del bebedor otro hombre, le daba fuerza y valor, y,
como dice un antiguo proverbio escandinavo, después de
beber “cada hombre vale por dos”.
Existía entre los vikingos un ciclo de fiestas de beber que
se celebraban tres veces al año: al comienzo y en medio del
invierno, y luego en primavera, hacia la fecha de la Pascua
cristiana. El propio dios Odín se decía que había fijado la
fecha de repetición de esas fiestas, en que, tras un banquete,
el punto culminante de la fiesta era la libación en común,
tomada en un recipiente de que todos bebían. Los germanos
del Oeste tuvieron probablemente usos análogos, puesto que
Pero la bebida alcohólica no conviene solamente a los
guerreros, sino que también es de los poetas y los adivinos,
de quienes es asimismo patrono el dios Odín. Es, o más probablemente lo llegó a ser, pues ello no estaba nada de acuerdo
con sus orígenes salvajes, el dios de la Poesía, de la Sabiduría, y de todo lo del espíritu. Su poder es esencialmente de
orden espiritual: tiene más reputación por la profundidad de
sus pensamientos y la sabiduría de sus consejos que por su
fuerza. Sabe y prevé; conoce también el uso de fórmulas
mágicas cuyos secretos le son familiares. Así, ese dios al principio guerrero es el gran señor de la poesía y de las runas (1),
la escritura mágica de los germanos.
La ciencia de Odín, sin embargo, no le fue dada desde
toda la eternidad, sino que la adquirió poco a poco interrogando a todos los que encontraba. Pues también era un gran
viajero y tenía mil ocasiones de preguntar a los gigantes, a
los espíritus de las aguas o de los bosques, a los elfos y a
todos aquéllos que cruzaban su camino. Quien más le enseñó fue Mimir, el guardián de la maravillosa fuente donde sumergía una de sus raíces el fresno Yggdrasil. Mimir, tío de
Odín, es una especie de espíritu del agua, demonio (daimon)
por el que todos los germanos parecen haber tenido la mayor veneración, puesto que el nombre que lleva significa “el
que piensa”. En la fuente cuyo acceso guardaba es donde se
encontraban escondidas la Inteligencia y la Sabiduría.
Odín, ávido de conocer todas las cosas, quiso beber en
ellas, pero Mimir sólo se lo concedió a cambio de que le diera uno de sus ojos. Entonces, Odín halló en las aguas de la
fuente tanta secreta sabiduría que, cuando Mimir resultó muerto en la guerra entre los ases y los vanes, pudo concederle el
poder de sobrevivir: su cabeza, embalsamada por los cuidados del dios, seguía respondiendo a las preguntas que se le
hacían.
Tras muchos combates, Odín se había hecho dueño del
“hidromiel de los poetas”, licor mágico que hacía vaticinar. El
mismo “hablaba tan bien y tan hermosa mente que todos los
que le escuchaban pensaban que sólo su palabra era verdadera. Lo expresaba todo en verso, como se hace hoy en el arte
llamado poesía”.
Y servía su maravillosa bebida a los poetas por él inspirados. La leyenda dice también que unas gotas caídas por tierra durante el vuelo del águila son lo que les toca a los malos
poetas, que se alimentan de esos restos, pero en los cuales
no sopla el espíritu divino.
El hidromiel de los poetas es también el de los magos. La
inspiración poética depende del dios Odín, así como el conocimiento de las cosas secretas, y a él es a quien se invoca en
las únicas inscripciones dejadas por los germanos. Están redactadas en caracteres rúnicos, en piedras que se han hallado en gran número en la Alemania del Norte y en los países
escandinavos. Por lo general, son piedras de tumba, con inscripciones funerarias muy sencillas. Algunas, sin embargo,
no son enteramente descifrables, pues se encuentran en ellas
series de signos que no forman palabras y que debían tener
un valor mágico. El arte de componer inscripciones rúnicas
dependía de Odín.
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forma de un simple viajero. Pero nunca permanece indiferente en un combate: siempre está con uno de los bandos, y
entonces ¡ay de sus enemigos! “Odín tenía el poder de dejar
ciegos y sordos a sus enemigos en la batalla, o como paralizados de espanto, y sus armas no cortaban más que palos.
Sus propios hombres, en cambio, iban sin coraza, fieros como
lobos y perros. Mordían sus escudos, y eran fuertes como osos
y toros. Mataban a los hombres, y ni el fuego ni el acero podían hacer nada. A eso se llamaba Berserksgangr”.
Los combatientes de Odín llegan a ser así los que los narradores del Norte llaman Berserker, “guerreros de envoltura
de oso”. Estaban llenos de un ardor salvaje y mágico: ya no
se pertenecían en absoluto, otro vivía en ellos, y nada podía
ya nada contra su furor animal.
En ellos y por ellos se desencadenaban fuerzas que sólo
la magia podía provocar. Esos guerreros furiosos eran preferentemente jóvenes; el tumulto y la violencia, la fantasía
asesina eran también su elemento. Tácito, en el capítulo XXXI
de la Germania, describió una sociedad de guerreros entre
los chattes: “Una vez que llegan a edad viril, se dejan crecer
el pelo y la barba, y sólo después de matar un enemigo abandonan ese aspecto tomado por voto y consagrado a la virtud... Los más valientes llevan además un anillo de hierro...,
hasta que se rescatan con la muerte de un enemigo... A ellos
toca emprender todos los combates; ellos son los que forman
siempre la primera línea, asombrosa de ver”.
Esos guerreros-fieras vivían despreciando los bienes, y les
gustaba dejarse alimentar por otros, dedicados por completo
a su virtud guerrera, viviendo del furor del combate y de su
recuerdo.
Entre los favoritos del dios Odín, se distinguía una raza,
la de los Volsungs. Sigi, su fundador, había podido adquirir
un reino a través de grandes dificultades, e incluso pasaba
por ser uno de los hijos del dios, cuyas aventuras galantes
son numerosas. Sigi había tenido por hijo a Rerir. Este permaneció mucho tiempo sin descendencia. Imploró al dios que
se la concediera, y Odín hizo llegar a su esposa una manzana: cuando la mordió, la mujer de Rerir concibió a Volsung,
que llegó a ser un guerrero famoso.
Volsung tuvo como hijo a Sigmund. Ahora bien, una noche que Sigmund estaba en una asamblea de guerreros, reunidos en una sala en torno del gran tronco de árbol que era
su centro, entró un desconocido. Tenía el aspecto poco atractivo de un solitario que ha viajado mucho, envuelto en un
amplio manto. Llevaba en la mano una espada, que hundió
hasta las guardas en el tronco del árbol, diciendo que sería
de aquél que tuviera fuerzas para sacarla. Y desapareció. Todos
los presentes trataron de sacar la espada; en vano. Pero Sigmund,
el último llegado, lo consiguió. Desde entonces poseyó un arma
que le hacía invencible en el combate.
Pero un día que Sigmund, envejecido, combatía con la
espada en la mano, vio de repente que se erguía un hombre
ante él, tuerto, con el ancho sombrero y el amplio manto que
llevaba el desconocido de la espada. No tenía más que una
lanza, pero cuando Sigmund quiso atacarle, se le rompió la
espada en la madera de la lanza. Había encontrado al propio dios Odín, que había decidido la muerte del envejecido
guerrero.
Al morir, Sigmund no expresó más que un deseo: que los
dos fragmentos de su espada se conservasen para que un
día volvieran a ser soldados. Esa espada, rehecha, permitiría
entonces a su hijo realizar a su vez gloriosas hazañas. Ese
hijo se llamaba Sigurd; la leyenda alemana le llama Siegfried,
Adivinos y magas
Bajo su inspiración emprendían el trabajo los personajes
que conocían ese arte, adivinos, poetas o sacerdotes; hacía
falta el favor del dios para que una inscripción cumpliera su
oficio: atraer la protección divina sobre aquéllos que eran
nombrados, por lo general muertos. Las inscripciones rúnicas
se encuentran a menudo acompañadas de signos mágicos,
entre los cuales se repiten con frecuencia la cruz gamada y el
martillo de Thor, o, más raramente, el misterioso signo que
representa tres cuernos entrelazados.
Todo eso se iluminaba para quien recibía el soplo de Odín,
pues el dios poseía todos los secretos: “Odín sabía dónde se
hallaban hundidos todos los tesoros. Conocía los cantos por
los que se abrían ante él la tierra, las montañas, las rocas, los
túmulos funerarios, y, nada más que con fórmulas, sabía conjurar todo lo que habitaba dentro: entonces entraba y tomaba
lo que quería”.
El dios de los magos tenía también un poder profético:
había absorbido en la fuente de Mimir no sólo la ciencia, que
es del pasado, sino la fuerza de ver lo que viene. No tenía ya
más que un ojo, y, sin embargo, veía más lejos que todos los
demás, y el poder fascinante de ese ojo único lo superaba
todo. El mismo, según dice la leyenda (Ynglingasaga) se dedicaba al arte de profetizar: “Era experto en un arte que daba
el mayor poder y que se llama Seidhr. El mismo lo ejercía y
ello le permitía profetizar el destino de los hombres y los acontecimientos venideros, así como dar a los hombres la muerte,
la desgracia o la enfermedad. Finalmente, gracias a ese poder, podía quitar a un hombre su inteligencia y su fuerza y
dárselas a otro. Pero esa forma de magia va acompañada de
tal feminización que los hombres tendrían vergüenza de practicarla. Se la enseñaba a las sacerdotisas”.
Los germanos, en efecto, escuchaban a las profetisas y
gustaban de remitirse a la opinión de las mujeres, que les
parecía que tenían, más que los guerreros, el conocimiento
de los misterios del mundo y de la vida. “Llegan a creer, escribe Tácito, que hay algo divino en ese sexo. Dóciles a los consejos de las mujeres, las miran como oráculos”. También es
Tácito quien ha mencionado a la brumosa y poética Velleda,
profetisa solitaria que vivía en lo alto de una torre, desde
donde ejercía su poder sobre un vasto territorio (late
imperabat).
Odín el mago tiene el poder de cambiar de apariencia, lo
que le permite mezclarse a menudo en la vida de los mortales: “Cuando quería cambiar de apariencia, dejaba su cuerpo en tierra, como dormido o muerto, y él mismo se volvía
pájaro o fiera, pez o serpiente... Tenía un barco llamado
Skidhbladhnir, en el que surcaba el vasto mar, y que podía
plegar como un pañuelo”. Pero el cambio mayor que se efectuaba en su apariencia, y que no correspondía solamente a
un disfraz pasajero, a una astucia o a una fantasía amorosa,
era el cambio de rostro que se observaba en él, según se
encontrara ante sus amigos o ante aquéllos a quienes declaraba la guerra: “Hay que decir también que era tan bello, tan
noble de rostro, cuando se sen taba entre sus amigos, que a
todos les reía el corazón en el cuerpo. Pero cuando estaba en
expedición guerrera, entonces parecía terrible a sus enemigos. Y es que tenía el arte de cambiar de apariencia y de
forma a voluntad”.
Odín puede pasearse así a través del mundo, donde a
veces no atrae la atención de los humanos, pues toma la
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(Sigfrido) el de la epopeya de los Nibelungos y la Tetralogía
wagneriana.
Entre las aventuras del dios Odín, la más singular está
constituida por su sacrificio voluntario, la prueba que se impone voluntariamente para salir de ella regenerado: “Durante nueve noches, se dice en un viejo poema, herido por mi
lanza consagrada a Odín, consagrado yo mismo a mí mismo,
permaneceré suspendido en el árbol agitado por el viento, en el
árbol poderoso cuyas raíces los hombres no saben a dónde van”.
Ese árbol poderoso y misterioso es Yggdrasil. El dios, hiriéndose a sí mismo, y suspendiéndose luego de las ramas
del gran fresno, cumplía un rito mágico. Durante todo el tiempo —nueve noches y nueve días— de ese sacrificio que se
imponía, Odín esperó en vano a que alguien le aliviara el
sufrimiento. Pero él, observando lo que había a sus pies, notó
unas runas. Para levantarlas del suelo y llevarlas hasta él,
sufrió tanto que gimió de dolor. Pero la virtud maravillosa de
las runas puso fin a su prueba: volvió a caer al suelo y se
sintió rejuvenecido, lleno de nuevo vigor. Su sacrificio le había devuelto la juventud y la fuerza. Habiéndole otorgado
otra vez Mimir que bebiera en la fuente, recobró la ciencia y
la sabiduría. Así, el dios, sobreviviendo a su propia muerte
voluntaria, vuelve a hacerse señor del mundo de los combates y de la magia; mortal como lo son todos los dioses
germanos, y sin embargo inmortal, puesto que el sacrificio
voluntario le devuelve a sí mismo con nuevo vigor y juventud.
Dios de numerosos avatares, rico en formas diversas y
atribuciones excepcionalmente amplias, Odín es la figura
central del panteón germánico. Ciertos autores han pensado
que, precisamente a causa de la variedad demasiado grande
de sus atribuciones, era en realidad el producto tardío de la
mezcla de varias tradiciones. Pero ello no es demostrable, y
todo lo que sabemos de las creencias de los antiguos
germanos nos permite pensar que Odín-Wotán fue siempre
el rey de sus dioses.
Esos pueblos aficionados a la guerra honraban ante todo
al dios de los combates, el patrono de los Berserker como de
los jinetes más elegantes de la raza de Sigurd. Es cierto que,
en la vida como en la cultura de los germanos, la guerra
estaba en el centro de todo. En eso concuerdan los testimonios. César ya había dicho que nada contaba tanto a sus
ojos como la bravura, y que se prohibían dedicarse a la agricultura por temor de olvidar que eran ante todo hombres de
guerra, y que no debían vincularse definitivamente a nada, ni
aun, a la tierra que ocupaban y que les nutría. Y los escandinavos de los últimos siglos paganos, los vikingos aventureros, terror del Occidente cristiano, habrán sido los últimos
que han combatido invocando los nombres de Odín y de Thor,
con la esperanza del Walhalla reservado a los valientes que
sabían morir bien.
zas a sus enemigos y seleccionaba a los elegidos del Walhalla,
Thor es más bien el mejor de los combatientes, el más temible de los hombres de armas, aquél cuyos golpes son mortales con seguridad. Es temible entre todos, pues es el más fuerte,
aun entre los dioses. Es así gran exterminador de gigantes.
En general, se le describe muy sumariamente: sabemos,
sin embargo, que era muy grande, muy vigoroso, siempre
armado del martillo, que es su emblema. Lleva también una
amplia barba rojiza, en que algunos han querido advertir
una figuración simbólica del rayo, y que hace de él, con seguridad, un representante típico de las razas nórdicas. A menudo se le llama “el de la barba roja”. Su voz es espantosa y
resuena con estrépito impresionante: hace falta la sangre fría
de Loki para no temblar cuando se deja oír.
Sus ojos lanzan relámpagos. Es gran comedor y bebedor,
fácilmente irritable, pero, por lo demás, buen compañero.
Irresistible cuando le anima la cólera, destroza a sus adversarios con los golpes de su martillo. Este, del que habrá que
volver a hablar, es uno de sus tres atributos, con un cinturón
maravilloso, que redobla sus fuerzas, y sus guantes de hierro,
que son necesarios para sostener sólidamente el martillo en
la mano.
Reside, en el país de los dioses, en un palacio particular
llamado Bilskirnir: “Hay quinientas cuarenta salas en el tortuoso palacio del dios Thor, y creo que no hay una casa mayor
que la de ese primogénito de todos”. Le acompaña a menudo
un lacayo llamado Thialfi, que también es su consejero. En
algunos textos se establece una confusión entre ese servidor
de Thor y el astuto Loki, que a menudo viaja en compañía del
dios. La alianza de Thor, temible por su fuerza, y de Loki,
armado de su astucia, es un tema de numerosos recursos
épicos.
El martillo de Thor
Thor, en la poesía de los escaldas, se presenta como el
hijo de Odín y de Iord, es decir, de la Tierra. Ese origen un
poco misterioso tendería a hacer de él, según ciertos textos,
una especie de semidiós. Su valentía, su fuerza, el número de
sus aventuras han llevado a menudo a acercarle al Hércules
griego, cuyo emblema es la clava, pariente cercana del martillo.
Ese martillo sin par se llama Mjollnir. Lo ha forjado el enano Sindri, que le ha hecho un mango demasiado corto. A
pesar de ese defecto, el arma del dios posee el poder maravilloso de volver sola, como un bumerang, a la mano de quien
la ha lanzado. El dios, gracias al martillo, ha podido vencer a
adversarios temibles, como varios gigantes; si se le priva de
él, desaparece lo mejor de su poder.
Ese martillo de Thor es el signo que se encuentra más
corrientemente en las piedras de inscripciones rúnicas, también en los grabados rupestres, y, sobre todo, en las estelas
funerarias, para asegurar el reposo del difunto. Como sigue
figurando en monumentos tardíos, algunos han pensado ver
en ello la señal de una protesta contra la obligación de representar en todas partes tan sólo la cruz de Cristo. Los dos
emblemas se asemejan, y, en la saga de Haakón el Bueno,
se dice que el rey, en un festín fúnebre, hizo el signo de la
cruz sobre la copa donde estaba el hidromiel; como algunos
protestaron, el valeroso Sigurd, que estaba presente, les explico que el rey, fiel a los viejos usos, había trazado con las
manos la forma del martillo de Thor.
Thor-Donar - Contra los monstruos
Thor ha sido objeto de una veneración muy difundida entre los germanos del Norte, si se juzga por la abundancia de
nombres de lugar en que aparece la palabra, así como de
nombres de persona, que, en Escandinavia, recuerdan el del
dios. Los vikingos, en su tiempo, decían que eran “el pueblo
de Thor”.
Este dios, al que una tradición designa como el hijo de
Odín, también es un guerrero; pero, mientras que Odín era
el soberano mago que dirigía los combates, dejaba sin fuer43
El martillo Mjolinir tenía también un papel en los matrimonios, pues se pensaba que alejaba de la pareja a los poderes maléficos y prometía a la esposa la fecundidad. Thor,
en efecto, también estaba considerado como el dios de la
Fecundidad, puesto que gobierna el trueno, la lluvia y los
vientos, de que dependen las buenas cosechas.
Pero el martillo de Thor es ante todo el rayo. Cuando retumba el trueno, es el carro de Thor-Donar, que, tirado por
machos cabríos
cabríos, rueda sobre la bóveda de los cielos; cuando
el rayo hiere el suelo, es que el dios ha lanzado desde lo alto
su arma resplandeciente. Pero ese dios del Trueno, sin embargo, es favorable a los hombres, como si ese rudo lanzador de martillo de voz tonitruante fuera una especie de buen
gigante, bondadoso, batallador y privado de malicia. Tenía
reputación de mantener atemorizados a los demonios
maléficos, los monstruos del Midgard, y, en particular, la fabulosa serpiente. Más que ningún otro, está vigilante contra
las iniciativas de los gigantes y de todos los demonios que
amenazan la vida de los dioses, así como las sociedades humanas.
Thor era un dios benévolo, lo que quizá explicaría por
qué tantos nórdicos daban a sus hijos el nombre del dios
para ponerlos bajo su protección.
Thor tuvo múltiples aventuras y sostuvo combates sinnúmero, y los poetas del Norte han transmitido gran cantidad
de relatos y de anécdotas que ponen de relieve la figura del
dios.
los dioses recurren a una estratagema: será Thor quien se
disfrace de novia, con los vestidos, el velo y el collar de la
diosa. Thor vacila, pero acaba por aceptar prestarse a la comedia.
Parte, pues, para el país de los gigantes, disfrazado; Loki,
a su lado, ha tomado figura de sirviente. El gigante Thrym les
recibe magníficamente. Durante el banquete, la novia, con
estupefacción del gigante, muestra un apetito temible, y devora todo lo que se había reservado a las mujeres: un buey
entero, ocho salmones, especias en masa, y no bebe menos
de tres toneles de hidromiel. Para calmar el asombro del gigante, Loki le cuenta que la diosa, poseída del deseo de venir
a visitar a los gigantes, no ha tomado alimento alguno desde
hace una semana. Al levantar el velo de su novia para besarla, Thrym queda sorprendido por los rayos que lanzan sus
ojos, y da un salto atrás. Pero Loki le vuelve a tranquilizar:
durante las últimas ocho noches, Freyja estaba tan agitada
que no ha dormido, y por eso sus ojos tienen tan violento
resplandor. El gigante, entonces, decide dar al matrimonio la
consagración ritual, y hace traer el martillo Mjollnir, que se
deposita en las rodillas de la novia. Entonces el dios Thor se
revela, empuña su arma y aniquila no sólo a Thrym, sino a
todos los de su séquito.
A Thor se le representa siempre como lleno de valentía y
de vigor indomable; aunque le pasa que a veces es un poco
tosco y cae en la trampa, en fin de cuentas gana estimación y
simpatía con el valor de su brazo vengador. Con él, el desenlace siempre es un martillazo fulgurante del que no se vuelven a levantar jamás los monstruos, los traidores y los hipócritas.
Una vez, sin embargo, se creyó vencido por un gigante.
Es que había topado con un mago y no sabía defenderse
bien de esa clase de diablos. No pudo, pues, nada contra los
sortilegios del invencible Utgardloki cuando éste le propuso
vaciar una copa tan profunda como el océano y vencer a una
mujer, de apariencia insignificante, pero que era Elli, “la vejez”, es decir, un ser contra quien nadie podrá triunfar jamás.
A Thor le hacen falta adversarios que luchen a rostro descubierto. Aunque sean altos como la montaña o duros como la
roca, sabrá infligirles tales martillazos que quedarán mutilados para siempre. .
Al saber que ha sido así engañado, Thor se enfurece y
blande el martillo. Pero ya ha desaparecido el encantador
Utgardloki, y con él su castillo y todo lo que albergaba. Thor
no ve nada a su alrededor: está en medio de una llanura de
hierba. Así, ha sido vencido por los artificio de un encantador; toda su fuerza no puede nada contra la magia evocadora
cuyos sortilegios se burlan de él. El dios del Trueno no tiene suerte tampoco cuando quiere
exterminar al monstruo del Midgard, emprendiéndola esta
vez, no con un mago, sino con un ser cósmico, más antiguo que
los mismos dioses y que ni siquiera depende del destino.
Thor era joven todavía cuando resolvió atacar al gran
monstruo de los mares, cuyos anillos innumerables rodean
las tierras y sacuden los océanos con tempestades homicidas. Thor se mostraba allí en su papel bienhechor, deseoso
como estaba de purgar el mundo de las fuerzas destructoras.
Va, pues, a un país muy lejano, poblado de gigantes; es huésped del gigante pescador Hymir, con el cual decide partir de
pesca. “¿Qué clase de cebo —pregunta al gigante— hay que
llevar?” “Cada cual tiene que saberlo y ocuparse de ello”,
responde groseramente el gigante. Pero Thor no se desani-
Combate contra los gigantes
Los adversarios adecuados de Thor son los gigantes, y no
ha dejado de batallar contra ellos; ellos le temen más que a
nadie, por tantas víctimas como les ha causado. Los poetas
relatan en gran número las expediciones del dios al país de
la escarcha o incluso al país del Este donde viven los gigantes.
Por lo regular, Thor llevaba algunos compañeros, el más
precioso de los cuales era Loki, figura divina muy importante
de la mitología germánica; familiar de los grandes dioses
que le consultan, pues su astucia es inagotable se vuelve a
menudo contra sus señores. Es un personaje de doble rostro,
inaferrable, y sobre el cual habremos de volver.
Una mañana, pues, el valiente Thor se da cuenta de que
su martillo ha desaparecido durante el sueño. Nada más grave
podía ocurrirle: sin su arma terrible, no podría emprender
nada. En su profunda turbación, va a consultar a Loki, cuyo
espíritu libre es fértil en recursos. Loki declara que el precioso
martillo “sin duda alguna, se lo ha arrebatado algún gigante”, y se ofrece a partir en busca del ladrón. Para ello, pide
prestado a la diosa Freyja su manto mágico, que está hecho
de plumas y permite volar como un pájaro. Loki alcanza volando el país de los gigantes. Muy oportunamente, encuentra
al gigante Thrym, y no tarda en hacerle decir quién es el ladrón del martillo. Lo ha escondido bajo tierra a ocho brazas
de profundidad. Para obtenérselo, pide que le sea dada por
esposa la diosa Freyja.
Los dioses, al regreso de Loki, portador de ese mensaje,
celebran consejo, pero no hallan solución: hay que volver a
poseer el martillo, y para eso Freyja debe aceptar sacrificarse. Esta, indignada, rehúsa; le entra tan gran furor que se le
hinchan las venas del cuello hasta hacerle estallar el collar de
oro, cuyos trozos ruedan por el suelo. En su gran confusión,
44
ma, y, agarrando a uno de los toros de Hymir, le corta la
cabeza y le mete en la barca, para usarlo de cebo. Luego
empuña los remos, y los maneja tan bien que el gigante, al
principio desdeñoso, debe reconocer que es un verdadero
marino. Entonces lleva la barca mucho más allá de los lugares donde el gigante acostumbra a pescar, hacia alta mar,
donde piensa poder encontrar a la serpiente del Midgard.
Entonces prepara. el sedal. La serpiente se lanza en seguida sobre el cebo, pero al sentir la picadura del anzuelo,
empieza a debatirse furiosamente. El sedal se tensa, Thor lo
sujeta, y sus puños apretados van a chocar fuertemente con
la regala.
Thor se enarca tan fuerte que los pies atraviesan el fondo
de la barca; se encuentran sobre tierra firme. Apoyado en
esa base, hace un esfuerzo violento, saca del agua a la serpiente y consigue izarla a medias a la barca. Era un espectáculo espantoso, dice el narrador irlandés, el de Thor fulminando a la serpiente con sus miradas chispeantes, mientras
que esta le miraba fijamente escupiendo su veneno: espectáculo tan horrible que el gigante Hymir sintió miedo, y aprovechando el momento en que Thor no lo observaba, tomo su
cuchillo y corto el seda1 La serpiente, liberada, volvió a caer
a las aguas y desapareció tan de prisa, que en vano trató
Thor de lanzarle el martillo.
Así ese temible monstruo escapa al dios, y así quedará
mientras dure el mundo; sólo en el fin de los tiempos, el día
de la lucha general, cuando todos los gigantes y todos los
monstruos se lancen al asalto de los dioses, Thor volverá a
hallar a su enemiga, la serpiente del Midgard. Entonces un
afortunado martillazo la matará: pero el dios apenas la sobrevivirá “el tiempo de dar nueve pasos”, por tantos terribles
golpes como habrá recibido con los latigazos de la cola de la
serpiente.
Pero hablar del fin del mundo es anticiparse: los dioses,
como los humanos, tienen todavía un porvenir por delante
de ellos. Ese destino lo comparte Thor con todos los residentes en el Asgard, y, a pesar de sus fracasos siempre ha sido
adorado como dios de la Victoria. Su primer rasgo es el de
ser ruidoso como el trueno, poderoso, luchador y glotón
rabelaisiano. Ponerse bajo su protección se consideraba como
la mejor prenda de victoria. Fue venerado en muchos lugares; se le vuelve a hallar en la mayor parte de las leyendas,
ya que todos los dioses tienen necesidad de su brazo en algún asunto, y la aparición en el relato de ese dios, en conjunto tan buen vividor, produce siempre una impresión reconfortante.
rarse también con el nombre del dios, pero más seguramente con la labra que designa la asamblea de los guerreros, la
Thing. Por cierto, la relación entre un dios de la guerra y la
asamblea de los guerreros es fácil de percibir.
Fuera de las lenguas germánicas, es notable que en
sánscrito el dios supremo se llame Dyauh
Dyauh, en griego, Zeus
Zeus, y
en latín, Júpiter (“Iuspiter”), entre todas esas formas existe un
parentesco seguro, del que se han querido sacar conclusiones en cuanto a los antiguos atributos del dios germano, en
tiempos de la misteriosa religión germana común. Pero no se
puede adelantar nada por el camino de tales hipótesis, pues,
tomando prestado un mito a otro pueblo, se le ha transformado a menudo, y nada es tan delicado de fijar como las
“filiaciones” de los dioses de una época a otra.
En los relatos que conocemos, Tyr no es ni Zeus ni Marte;
se puede pensar que ha conocido muy antiguamente amplias atribuciones, de que no han quedado sino rastros dispersos. Otras figuras, especialmente la de Thor, le habían
empujado a segundo término; tanto entre los escandinavos
como entre los germanos del continente, Thor es el ejemplo
propuesto a los combatientes. Pero la valentía es también una
virtud de Tyr: “Hay además un Ase que se llama Tyr. Es muy
intrépido y animoso, y tiene gran poder sobre las victorias en
las batallas. Por eso es bueno que le invoquen los hombres
valientes”. (Gylfaginning, cap. XIII). Una leyenda, por lo menos, atestigua la excepcional energía de su carácter y lo pone
en el primer plano entre los dioses: la que relata la historia
del siniestro lobo Fenrir, que tendrá un gran papel en el día
del crepúsculo de los dioses.
Ese lobo gigante, al que se podría imaginar como un descendiente del abismo primitivo, por ser tan voraz y capaz de
engullir criaturas, es uno de los enemigos más vigilantes de
los dioses. Un oráculo les advierte un día que Fenrir medita
contra ellos una iniciativa, y que sería prudente no dejarlo en
condiciones de hacer daño. El consejo de los dioses decide
no matarlo, pues hacer correr su sangre sería manchar lugares santificados por la presencia divina, sino encadenar al
monstruo.
Por dos veces, le ataron con cadenas poderosas, pero le
bastó estirarse para romperlas. Los dioses rogaron a los enanos-herreros que les forjasen una sujeción que nada pudiera
romper. Los enanos recurrieron entonces a la magia, y, lejos
de pretender forjar mallas aún más pesadas, ofrecieron a los
dioses una ligadura de un nuevo género: no era más que
una cinta, dulce y sedosa, que, sin embargo, nadie podía
romper. En efecto, los enanos-magos habían unido en ella
seis elementos: el maullido del gato, la barba de la mujer, las
raíces de la montaña, los tendones del oso, el soplo de los
peces y la saliva del pájaro. Habían encerrado las virtudes de
todos esos elementos en una cadena unida y flexible que nadie
podía desgarrar.
Seguros ya de poder atar para siempre al espantoso Fenrir,
los dioses lanzaron un desafío: todos ellos, dijeron, habían
tratado de romper la cadena y ninguno lo había logrado:
proponían por tanto al lobo que hiciera él también un intento
de mostrar su fuerza. El lobo, desconfiado por la experiencia,
empezó por rehusar esa prueba en que presentía una trampa. Sin embargo, no queriendo pasar por cobarde, consintió
en concurrir, con tal que los dioses le dieran una prenda: uno
de ellos le metería la mano en la boca durante todo el tiempo
que durara la prueba, y él se la devoraría si le habían tendido
una trampa al proponerle romper esa ligadura. Los dioses se
miraron, cohibidos, sabiendo de sobra que, en efecto, ha-
Tyr - Tiuz
El dios designado bajo el nombre de Tyr entre los escandinavos, se llama Tiwar o Tiuz entre los germanos del Norte,
Ziu en el Sur, y Tiw entre los anglosajones, pertenecía sin duda
a la mitología de los primeros germanos.
Su antigüedad es segura, y también es cierto que sus atribuciones han variado y que la veneración de que era objeto,
debió menguar en el transcurso de los siglos. Sólo su nombre, a menudo citado y nunca comentado, dio lugar a hipótesis y comparaciones muy numerosas.
El nombre inglés del martes, Tuesday, se relaciona con la
raíz del nombre del dios, asimilado por Tácito al Marte romano.
El nombre alemán del martes, Dienstag, puede compa45
bían tendido una trampa al lobo, y no quiso ninguno perder
una mano en el asunto.
Tyr, entonces, con sencillez, extendió la mano derecha y
se la metió al lobo en la boca. Los otros dioses ataron entonces al monstruo con la ligadura hecha por los enanos. Fenrir
empezó a debatirse, cada vez más ferozmente, y los dioses
se rieron de ver a su enemigo reducido a la impotencia. Sólo
Tyr no reía, pues sabía a qué estaba expuesto. En efecto, el
lobo, comprendiendo que le habían engañado, volvió a cerrar las mandíbulas, cortando la muñeca al dios, que perdió
allí la mano.
El sentido de esa mutilación ha dado lugar a muchas especulaciones sobre el papel del dios Tyr y su lugar en la mitología germánica. Si el dios ha aceptado su heroica mutilación voluntaria es para no faltar a su palabra, para respetar
un contrato y sin duda también para compensar con su gesto
lo que podía haber de desleal en prueba propuesta al lobo
por los dioses reunidos. Tyr, por eso, llegó a ser el dios jurista,
el garantizador de la validez de los contratos, aquél cuya palabra no puede ponerse en duda, el que acepta un sacrificio
doloroso para no desdecirse. Así pues, no es solamente un
dios valeroso —y por ello garantizador de la victoria en el
combate—, sino un dios jurista, protector de los contratos,
guardián de la palabra dada, de los juramentos y de los compromisos. En ese sentido es como los autores modernos interpretan la figura del dios Tyr, largo tiempo considerada como
confusa y contradictoria.
Así escribe Jan de Vries: “En general se ha puesto demasiado en primer plano su carácter de dios de la Guerra, reconociendo insuficientemente su significación para el derecho
germánico. Hay que contar con el hecho de que, desde el
punto de vista germánico, no hay contradicción entre los conceptos de “dios de las batallas” y “dios del derecho”. La guerra no es sólo la cruenta confusión del combate, sino una decisión establecida entre los dos bandos combatientes y asegurada por reglas precisas de derecho. Por eso, a menudo, el
día y el campo de una batalla se fijan exactamente por adelantado; así, cuando provoca a Mario, Boiorix le deja elegir el
lugar y el tiempo. También se explica así que el combate entre
dos ejércitos pueda ser reemplazado por un duelo judiciario,
en que los dioses manifiestan a qué arte dan la razón”.
La costumbre, largo tiempo conservada entre los francos,
del duelo judiciario, se apoya en la videncia del dios de los
combates: cuando las espadas se cruzan, nunca están ausentes los dioses, que velan por una justa decisión. Para los
germanos, la guerra no estaba fuera del derecho; implicaba
reglas, y las reuniones guerreras debían desarrollarse siguiendo reglas estrictas, igual que las asambleas pacíficas. Todos
los asuntos importantes de la ciudad germánica estaban regulados por la thing, la asamblea en que se reunían en armas, aún cuando no se tratara de la guerra.
Tácito, relatando como se desarrollaban esas asambleas,
subrayó que todos concurrían con armas: "Cuando la multitud
lo ha decidido, abren la sesión en armas… Asuntos públicos o
asuntos privados, no hacen nada sin estar en armas. Pero la
costumbre quiere que nadie tome las armas antes que la ciudad
no le haya reconocido capaz de ello (Germania, XI y XIII.)
Si toda asamblea se celebra en armas, no hay razón para
no tomar en sentido literal la perífrasis de los autores del
Norte que designa la batalla como “la thing de las espadas”
(Schwertting). El dios Tyr es quien ha fijado el reglamento de
esa asamblea. Igual que Tyr ha sacrificado una mano para
apoyar con su gesto heroico el respeto a los contratos, Odín,
dios de la Sabiduría había sacrificado un ojo para beber la
en la fuente de Mimir, mostrando así, aún en su carne, que
nada era más precioso para él.
Georges Dumézil ha mostrado qué importancia tenía en
las creencias de los germanos, la existencia de esa pareja de
dioses mutilados, un tuerto y un manco, ¡qué luz arrojan, esas
leyendas sobre la constitución de las sociedades germánicas
y el espíritu de su vida social! Comprobando, por lo demás,
que en la fabulosa historia de los comienzos de la Roma antigua se hallaba también un tuerto, Horacio Cocles, y un manco, Mucio Escévola, que salvaron ambos al ejército romano
en lucha con el de los etruscos, ha establecido un paralelo
muy sugestivo entre esos dioses germanos y esos héroes fabulosos de Roma: “Está claro que los resortes de las acciones
de Cocles y Escévola son, respectivamente, los mismos que los
de las acciones de Odín y de Tyr: fascinar al enemigo, por una
parte, persuadir dando prenda en un acto de juramento, por
otra parte: está claro también que, en Roma como en
Escandinavia, esas acciones van vinculadas a las mismas
mutilaciones y en las mismas condiciones... La única explicación a natural, pues, es pensar que germanos y romanos conservaban esa pareja original desde su pasado común”.
Pero es difícil precisar exactamente qué lugar concedían
los germanos, al menos los de las épocas documentadas, al
dios jurista y guerrero Tyr. Se sabe, sin embargo, que intervenía en la magia de las runas, y que, por ciertas fórmulas y
ciertos signos, cabía asegurarse el apoyo de ese guardián de
los juramentos. Su culto parece no haber estado ya ampliamente en vigor en las épocas históricas, a no ser quizá en
Dinamarca, donde se encuentra en Jutlandia, numerosos nombres de lugares formados sobre esa raíz.
También se ha podido relacionar con la misma una inscripción latina bastante misteriosa, que figura en un altar romano, descubierto en Inglaterra, en Housestead, no lejos del
muro de Adriano. Ese altar, que data del siglo III, había sido
elevado por soldados germanos en las legiones romanas,
lleva la siguiente inscripción: “Deo Marti Thincso et duabus
Alaisiagis Bede et Fimmiline et numini Augusti Germani cives
Tuihanti v.s.l.m.” (votum solverunt libenter merito). El sentido
literal de esa inscripción es pues: “Al dios Marte Thincsus y a
las diosas Alaisiagas Beda y Fimmilina y a la majestad de
Augusto, los germanos ciudadanos de Twenth han deseado
dirigir este justo homenaje”. El epíteto Thincsus, unido al nombre del dios romano Marte, es visiblemente de origen germánico, y cabría relacionarlo con la thing. El dios sería entonces
llamado “el que protege la asamblea”, o sea, la comunidad.
Los germanos de época romana habrían unido en la misma veneración a Marte y a Tiuz. En cuanto a las diosas Beda
y Fimmilina, son por completo desconocidas, pues su nombre no reaparece en ningún otro texto; el término Alaisiagae,
que designa a ambas, tampoco evoca nada conocido.
Lo que concierne al dios Tyr o Tiuz se pierde a menudo en
lo desconocido; sin embargo, es seguro que ese dios se vincula a lo mismos orígenes de la mitología germana.
Pero ese “dios jurista”, antaño en primera fila y quizá soberano, había perdido su preeminencia para no ser ya más
que una especie de héroe sagrado. Esta alteración refleja
quizá un cambio en las sociedades germanas, menos preocupadas por mantener el derecho en su pureza, y más, sometidas a la tragedia de la guerra.
Su agilísimo espíritu siempre está en movimiento
46
cen pensar en Mefistófeles para que los autores de los poemas
donde se le describe no hayan pensado, al hablar de él, en el
Diablo, tal como lo presentaba la tradición cristiana en la Edad
Media.
Este personaje múltiple, brillante e inquietante, parece ser de
creación más reciente que los grandes dioses, y pertenece exclusivamente al mundo escandinavo. Son los escaldas de los siglos
IX y X quienes, en sus poemas, nos han conservado el relato de
sus aventuras. Éstas son numerosas y variadas: todos los dioses
han recurrido a él algún día, es frecuentemente llamado a su
consejo, e incluso aparece en él sin que se lo rueguen, y conoce
a los gigantes mejor que nadie, por haber viajado muy a menudo por su país. En las relaciones entre dioses y gigantes es donde da toda su medida, dispuesto a transmitir los mensajes, a
provocar los conflictos, a traicionar a los que le utilizan, a sacrificar a un Dios -o Diosa- que se encuentre en mala situación.
Mensajero útil a menudo, a quien se querría no reconocer; demasiado hábil en “hacer cantar”, pues conoce demasiados secretos de alcoba para que no se tema a su impertinencia. Las
propias diosas no están al abrigo de sus malicias y de sus traiciones, como lo muestran diversas historias, tal como la de la
diosa Idun, la guardiana de las maravillosas manzanas de oro,
las que daban a los dioses una juventud siempre nueva, y que
Loki quiso entregar un día a un gigante en cuyo poder había
caído.
La malignidad de Loki se ejerció otra vez en contra de la
esposa del dios Thor, Sif, la de la hermosa cabellera rubia.
Loki, no se sabe por qué, le cortó un día maliciosamente sus
hermosos cabellos. Cuando Thor supo esa maldad, aferró a
Loki con sus poderosas manos, y, en su furor, le iba a romper
los huesos. Pero Loki tenía su sangre fría, y a pesar de su
miedo, se puso a hacer mil promesas al dios: haría prepararle a Sif, con oro puro, cabellos que crecerían solos, igual que
una cabellera viva. Thor se dejó apaciguar.
De los enanos-herreros, hijos de Ivaldir, a quienes fue a
ver, Loki obtuvo que le fabricaran, no sólo la cabellera de oro
para Sif, sino también la nave Skidbladnir, que, una vez que
se izan sus velas, se dirige en línea recta hacia el objetivo
fijado, igual que la lanza Gungnir, que nunca se detiene en
su impulso. Estos dos últimos talismanes estaban destinados
al dios Odín. Loki pudo de esa forma reconciliarse con Thor y
su mujer al mismo tiempo que con Odín.
Pero le ocurre que su pasión por el juego, rasgo ya señalado a propósito de Odín, le arrastre a complicaciones de
que le cuesta mucho trabajo salir. También con los herreros,
apostó con un enano llamado Brokk a que el hermano de
éste, Sindri, aunque muy hábil, no sabría forjar objetos comparables a los que habían sabido realizar los hijos de Ivaldir.
Brokk y Sindri se pusieron en seguida al trabajo. Para molestarles, Loki tomaba la forma de un tábano que les picaba sin
cesar. Los enanos, sin embargo, lograron fabricar objetos
asombrosos: el anillo Draupnir, que tiene la virtud de aumentar constantemente la riqueza de quien lo posee, el jabalí de
oro, que debía pertenecer después al dios Freyr, y, finalmente, el famoso martillo de Thor. Tomados como árbitros, los
dioses declararon que esas cosas superaban en bondad a
todo lo que habían visto: así pues, Loki había perdido su
apuesta, y su cabeza pertenecía a los enanos. El hizo como si
fuera a entregarse en su poder, pero, en el momento que
quisieron aferrarlo, había desaparecido. En efecto, poseía
zapatos maravillosos que en todo momento podían, a su gusto,
trasladarlo más allá de las tierras y de los mares. Pero los
enanos fueron a quejarse ante Thor, que se apoderó de Loki
Loki
Es la figura más compleja de la mitología nórdica y la
más frecuentemente nombrada en los textos. Loki “cuenta entre
los Ases”, aunque sin pertenecer a la familia de los Dioses.
Vive con ellos, es su compañero, su consejo les es a menudo
precioso, pero no se siente en absoluto solidario con su destino. Su agilísimo espíritu siempre está en movimiento; gusta
de volverse contra sus señores o los que creen serlo, pues
nadie puede jactarse de conocerle del todo.
En lo físico, es pequeño, vivaz, tiene los ojos malignos y el
rostro propenso a reír. Es bello, seductor por naturaleza y muy
afanado en torno a las diosas, que le resisten poco. Cuando
hace falta, sabe recordarlo. Con Odín, solamente ha «jurado
fraternidad” hecho que él gusta de evocar. De su padre, de
su madre, de sus hermanos, apenas sabemos más que los
nombres. Su padre Farbauti habría sido “el que hace brotar
el fuego golpeando”: también era maestro en esquivarse,
capaz de desaparecer en un instante; su madre Laufey, “isla
boscosa”, habría proporcionado la materia con que se enciende el fuego. Pues Loki fue considerado ante todo como el
demonio del Fuego, y su nombre se vincula a la raíz germánica
que significa “llama”. Locuciones populares, aún hoy en uso en
los países escandinavos, asocian frecuentemente su nombre a
fenómenos en que toma parte el fuego así, en Noruega, cuando
se oye crepitar el fuego en hogar, se dice que Loki pega a sus
hijos. Vivo y brillante como el fuego, también sabe tomar muchos rostros diferentes, y comparte con Odín el gusto por la
metamorfosis; le gusta transformarse en mujer.
Siempre aparece en el buen momento, en el lugar designado; la suerte le sirve, y, como la fortuna, está dispuesto a
huir, a esquivarse, a dejar en un apuro a aquél a quien ha
extraviado con un consejo engañoso. Sabe muchas cosas y
no olvida nada de las debilidades de los demás dioses: con
maligno placer, desvela el lado malo de las cosas: tiene “en
la montaña” un misterioso observatorio desde donde ve sin
ser visto; su curiosidad es insaciable: siempre está de viaje y
no teme las explicaciones. Está lleno de inventiva y siempre
sale de los pasos difíciles; pero también es jactancionso, provocador, y el placer de una réplica acerada le hace actuar a
veces en contra de su interés.
Es charlatán y maldiciente; calumnia y denuncia; crea dificultades y siembra cizaña en todas partes. Miente, no solamente
por servir a los dioses, sino también por gusto. No resiste a las
ganas de gastar bromas. Es desleal, no respeta ni las reglas del
juego ni las del combate, pues es un ser completamente privado
de moral. No tiene honor, no respeta nada, ridiculiza las cosas
más sagradas, se burla de la palabra dada y traiciona a sus
amigos en medio de los peligros. Y es que tiene que muy profundamente que ver con el mundo infernal. Tiene parentesco
con los gigantes, y el mismo ha engendrado a los monstruos
más horribles de que tienen pánico los dioses, como la gran
serpiente Mitgard, el lobo Fenrir y la guardiana de los muertos,
Hel, así como Sleipnir, el corcel mágico del dios Odín. Es que
Loki, al revés que los dioses, no teme a la gran catástrofe prevista por los profetas; al contrario, la llama con sus deseos; triunfará el día en que se desencadenen las potencias de allá abajo,
los demonios destructores; todas las orgullosas construcciones
de los dioses se desharán, se verá la nadería de sus pretensiones, el universo entero se hundirá en un huracán sin nombre, y
Loki, espíritu de fuego, genio de la destrucción, triunfará ese día
en un estallido de risa demoníaca. Demasiadas cosas en él ha47
y se los entregó. El enano Brokk anunció que iba a cortar la
cabeza a Loki. Pero a éste no le faltaban recursos, y aun en
ese peligro extremo, se puso a discutir vivamente, de tal modo
que el enano acabó por dejarse convencer. Entonces, para
asegurarse al menos de que Loki no podría seguir abusando
de sus adversarios con sus palabras engañadoras y sus argucias, el enano decidió coserle los labios. Los agujereó con
una lezna, pasando un hilo por los agujeros, y le ató fuertemente.
Pero esta nueva precaución era vana; Loki consiguió, a
pesar del dolor, arrancarse el hilo de las heridas, y salió así
sin demasiado daño de una desgraciada aventura. No hay
apenas dios con quien Loki no haya tenido alguna riña; no
trata en absoluto de conciliárselos y gusta de provocarles,
como se ve en los poemas del Edda en que les cubre de
injurias y sarcasmos, hasta el punto de que los dioses deciden castigarlo y no dejarlo más en condiciones de causar
ningún daño.
dejar de lanzar injurias y maldiciones: nunca más, dice a Regir, tendrá lugar semejante banquete, pues pronto ese palacio y los que están en él habrán sido pasto de las llamas.
Semejante audacia no podía quedar impune; los dioses
decidieron apoderarse de Loki. Éste empezó por escaparse
tomando forma de salmón, pero fue atrapado en un caída, y
sólidamente amarrado con las tripas de su propio hijo Nari.
Debe permanecer prisionero de los dioses hasta el fin del mundo, día de su gran desquite. Allí aparecerá en primera fila, movilizando todas las potencias del mal y de la destrucción.
Si abundan los poemas y relatos en que se trata de Loki,
no tenemos ningún indicio sobre el culto que se le pudo dar,
de modo que podría no haber sido más que una creación de
los poetas escandinavos de los últimos siglos paganos. No
obstante, analogías con otras leyendas, sobre todo
caucasianas, nos obligan a pensar que se trata efectivamente de una figura mítica antigua; está también demasiado vinculado a los relatos de la vida de los demás dioses. Pero su
naturaleza doble, su familiaridad con los demonios como con
los dioses, sus rasgos de semejanza evidente con Lucifer, plantean más de un problema. La existencia de tal figura muestra, por lo menos, que los germanos daban a sus dioses rasgos, e incluso una condición, que recordaba la humanidad,
puesto que los dioses toleran y utilizan a ese ser diabólico
que prepara su ruina.
El enemigo jurado de Loki es el dios Heimdall. Es uno de
los grandes entre los ases, pero, sin embargo, no sabemos
casi nada de él. Los poetas escandinavos hablan de él, sobre
todo, por alusiones, evocando su poder y su belleza. Es de alta
talla, tiene la prestancia de un joven príncipe; sus dientes son de
oro puro y cabalga un corcel de crines centelleantes.
Es un dios de la Luz, lo que muestra ya su nombre, cuyo
sentido probable es “el que lanza claros rayos”. Por otra parte, se sitúa de ordinario junto al arco iris, el gran puente que
conduce a la morada de los dioses y que se llama Bifrost. Allí
monta guardia; es el centinela encargado de avisar a los ases
el acercamiento de sus enemigos. Para ello posee una trompa
cuyo sonido se oye en el mundo entero y que ha de resonar el
día del gran asalto de los gigantes contra los dioses. Algunos
han pensado poder poner en relación la figura de ese dios y el
“eje del Cielo”, pivote en que se apoyaba el Cielo, y que atravesaba los nueve mundos legendarios, así como se consideraba
que Heimdall había tenido nueve madres.
Pero lo que es cierto es que Heimdall es el enemigo de
Loki. Este gusta de burlarse de él, se ríe de ese vigilante que
se pasa días enteros, en todos los tiempos, mirando la puerta
de los dioses. Heimdall, cuando tiene ocasión, se venga de
esos dichos: un día Loki había robado el collar de Freya y lo
había escondido, en pleno mar, en un escollo. Tomando forma de foca, Heimdall supo alcanzar ese escollo: allí le esperaba Loki, también convertido en foca. Tras una larga lucha,
Heimdall logró recobrar la joya, que devolvió a la diosa.
Abierta o sorda, la lucha es incesante entre Heimdall y
Loki, de manera que fue interpretada como una simbolización
de la lucha de las tinieblas y de la luz. Ese combate secular se
acabará en el día del crepúsculo de los dioses: Heimdall dará
a Loki el golpe fatal, pero también sucumbirá bajo los golpes
dados por su adversario.
Loki provocador
Los dioses se encontraban reunidos en un banquete con
Aegir, que es el señor de los mares. Todos los dioses y todas
las diosas estaban allí, con la única excepción de Thor, que
recorría los países del Este.
De repente, Loki, a quien no habían invitado al banquete
a causa de su mala lengua, hace irrupción en la sala. Al verlo, todo el mundo se calla, pero él, modesto y conciliador,
pide solamente que le concedan esa copa que no se rehúsa
nunca a un viajero sediento, aunque no se le conozca. Nadie
responde. Loki, siempre cortés, pide que le dejen sentarse
como lo quieren las leyes de la hospitalidad. Los dioses se
consultan, y, deseosos de respetar la costumbre, se muestran
inclinados a dejarle sitio. Pero, apenas admitido a la mesa,
Loki se mete con todos los dioses. Con precisión temible, recuerda a cada cual los episodios más escandalosos de su
carrera. En absoluto deja a salvo a las diosas: no hay una a
quien no reproche el haber traicionado sus deberes de esposa: Idun “estrecha con sus brazos al asesino de su hermano”,
y Gefione ha olvidado que es la diosa de la virginidad. Y Loki
se jacta de haber obtenido él mismo los favores de varias de
las diosas presentes, a las que nombra. Con gozo maligno,
confiesa sus faltas, presenta sus maldades, enumera
complacidamente los agravios de los que se ha hecho culpable
respecto a cada uno de los dioses. Ninguno puede hacerle frente; sabe demasiadas cosas y tiene demasiada réplica. El propio
Odín pierde la compostura ante la oleada de burlas hirientes
que brota de los labios del intruso. Sif se adelante entonces hacia él y le tiende una copa de hidromiel, pidiéndole que ponga
fin a esta disputa. Él responde con palabras hirientes y asegura
que ha tenido entre sus brazos, contenta y consintiendo, a la
propia esposa de Thor. Apenas se ha pronunciado ese nombre, resuena un gran estrépito; es el dios de las tempestades
que acude y entra en la sala, terrible, centellante, imponiendo silencio. Loki, en un ímpetu de cólera, quiere atacarlo,
pero Thor blande su martillo como para destrozar el cráneo
del injurioso. Éste retrocede, intimidado, y sale de la sala, sin
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