Subido por Christiam Lopez

LacalleNoriegaM 2013 Capitulo4LaLeyNatural LaPersonaComoSujetoDe

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Capítulo 4
La ley natural
Sumario: 1. La idea de la ley natural en la historia del pensamiento: 1.1. La ley
natural como constante histórica. 1.2. La escuela moderna del Derecho
natural.- 2. Concepción realista clásica de la ley natural: 2.1. La naturaleza de las cosas. 2.2. La ley natural como hecho de experiencia. 2.3. La base de
la ley natural: los fines del hombre. 2.4. La obligatoriedad de la ley natural. 2.5.
Conocimiento de la ley natural. 2.6. Estructura de la ley natural. 2.7. Ley natural
y libertad.- 3. El Derecho natural: 3.1. Qué es el Derecho natural. 3.2. Relación
entre el Derecho positivo y el Derecho natural.- Bibliografía.- Actividades.
1.
LA IDEA DE LA LEY NATURAL EN LA HISTORIA DEL
PENSAMIENTO
1.1.
La ley natural como constante histórica
Al hablar de ley natural nos referimos, en una primera aproximación, a las normas que se derivan de la propia naturaleza humana. La
ley natural es la primera y primordial expresión jurídica de la dignidad humana, como trataremos de mostrar.
Resulta interesante resaltar la presencia constante de la noción de
ley natural en el pensamiento de la humanidad. En efecto, la convicción de que por encima de las leyes humanas existen unos principios
superiores a los que las normas positivas han de ajustarse está presente en el pensamiento filosófico oriental desde la más remota antigüedad así como en el más temprano pensamiento griego, y ha seguido
manifestándose hasta nuestros días.
No es el momento de hacer un recorrido histórico a través del iusnaturalismo, pero no queremos dejar de citar algunos autores muy
representativos. Así, por ejemplo, en la Grecia del siglo IV a. C. podemos recordar a Aristóteles, que distingue en el libro V de la Ética a
Nicómaco entre lo justo natural y lo justo positivo.
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“Dentro de la justicia política hay una natural y otra legal: la natural
tiene la misma validez en todas partes, y ello no porque parezca bien o no,
mientras que es legal la que, en principio, no importa si es así o de otra
manera; pero cuando la establecen, ya sí importa”.
Unos siglos más tarde, en Roma, en el siglo I a.C., Cicerón escribe
en el tratado Sobre la república:
“Ciertamente existe una ley verdadera, de acuerdo con la naturaleza,
conocida por todos, constante y sempiterna... A esta ley no es lícito agregarle ni derogarle nada, ni tampoco eliminarla por completo. No podemos
disolverla por medio del Senado o del pueblo. Tampoco hay que buscar
otro comentador o intérprete de ella. No existe una ley en Roma y otra
en Atenas, una ahora y otra en el porvenir; sino una misma ley, eterna e
inmutable, sujeta a toda la humanidad en todo tiempo...”.
El cristianismo hace tres grandes aportaciones al concepto de ley
natural: los conceptos de creación, persona y libertad. Dios ha creado todas las cosas conforme a un orden, infundiendo en ellas una racionalidad intrínseca que el hombre puede descubrir con su razón.
Esa racionalidad que Dios ha infundido en las cosas es la ley eterna.
En el mundo físico la ley eterna opera de manera necesaria, mientras
que en el mundo racional es un mandato que va dirigido al hombre,
creado a imagen de Dios y con la libertad de obedecerla o no.
La ley eterna, en cuanto impresa en el corazón de los hombres
como el sello en la cera1, se denomina “ley natural”. La ley natural es
inmanente y trascendente a la vez: es la misma ley eterna, y por eso es
trascendente; pero está reflejada en el espíritu humano, y por eso es inmanente. Y, precisamente por eso, no es necesaria la fe para conocerla.
Se puede conocer por la razón. De hecho, como ya hemos señalado, la
doctrina de la ley natural fue formulada siglos antes de Cristo.
Las prescripciones o preceptos de la ley natural corresponden a
exigencias de la naturaleza humana. De ahí que para conocer la ley
natural el camino adecuado es profundizar en el conocimiento de la
naturaleza humana y de sus fines, de donde la razón deduce los preceptos de la ley natural. Esto significa que el ser mismo del hombre
lleva en sí un mensaje moral y una indicación para los caminos del
Derecho.
1
SAN AGUSTÍN: De Trinitate, 14,15,21.
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Capítulo 4. La ley natural
1.2.
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La escuela moderna del Derecho natural
La ley natural, aun siendo una constante histórica, ha sido abordada y explicada desde muy diferentes perspectivas. De entre todas las
doctrinas que podrían denominarse “iusnaturalistas” destacan principalmente dos: la concepción realista que procede de Aristóteles y
que fue desarrollada y ampliada por Santo Tomás –que explicaremos
en el epígrafe siguiente– y la doctrina de la escuela moderna del
Derecho natural, a la que nos referiremos a continuación.
La escuela moderna del Derecho natural surge a principios del
siglo XVI a raíz de la Reforma protestante, y se extiende hasta finales
del siglo XVIII. De carácter marcadamente racionalista, desvincula
la ley natural respecto de Dios y la fundamenta en la razón humana,
que mediante sucesivas operaciones lógicas va formulando los distintos preceptos de la ley natural. Los autores de esta escuela aspiran a
superar la contingencia de las reglas jurídicas mediante la formulación de un Derecho ahistórico, válido en todo tiempo y lugar. Esto
les lleva a abstraerse de tal manera que el Derecho se acaba desvinculando de la propia naturaleza2.
Como explica Carpintero, “el hombre diseñado por el iusnaturalismo es un ser aislado en el universo, que sólo se posee a sí mismo”3. El
iusnaturalismo moderno consideró que el máximo valor era el del individuo. Parte de una concepción del hombre como esencia racional o
moral, que es completamente independiente de los demás y tiene plena
disponibilidad sobre sí: es libertad y nada más que libertad. El concepto
moderno de libertad responde a la pretensión del hombre de no someterse a voluntad ajena alguna y de obrar siguiendo únicamente su propia
voluntad individual. En otras palabras, la libertad moderna consiste “en
la indeterminabilidad de la voluntad o del arbitrio, de modo que el “derecho” supremo del hombre sería el de obrar arbitrariamente, como él
quiera, sin que pueda ser forzado a conducta alguna que él no desee”4.
Otro de los postulados básicos del iusnaturalismo moderno es la
hipótesis del contrato social que hemos visto en el capítulo 1, a través
2
Enrico PASCUCCI DE PONTE: “La Escuela Europea del Derecho natural”, en
Saberes, vol. I, año 2003.
3
Francisco CARPINTERO: Una introducción a la ciencia jurídica. Madrid: Civitas, 1989, p. 36.
4
Ibid., p. 186.
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del cual se armonizan la libertad absoluta del individuo con la existencia de un orden político. Para salvar la libertad del individuo, “la
escuela moderna del Derecho natural estableció que la única obligación legítima –es decir, admisible o válida ante el tribunal de la razón– es aquella que se ha adquirido libremente, es decir, prestando
el consentimiento”5. De esta manera se justificó la preeminencia del
Estado frente al individuo, eso sí, asignándole al Estado el cometido
de velar por la salvaguarda de la libertad individual.
Por otra parte, con la teoría de los derechos subjetivos el acento
pasó de la realidad objetiva de “lo justo” a la dimensión subjetiva de
los derechos individuales. Siendo la libertad individual lo más sagrado, el Derecho se concibe como un sistema de derechos que tratan
de asegurar la libertad de cada uno6.
La influencia de la escuela moderna del Derecho natural ha
sido muy grande en todo Occidente, aunque no siempre en la línea que sus principales representantes hubieran deseado. La idea
del contrato social que consagra la competencia del legislador estatal, unida a su pretensión de establecer un Derecho intemporal
y universalmente válido condujo, paradójicamente, al movimiento
codificador y al más absoluto positivismo. En efecto, se pensó que
se podía reunir en un Código todo el Derecho, de una vez y para
siempre, de manera que el Código civil absorbió el Derecho natural
y se consideró que el jurista no tenía otra misión que aplicarlo7. A
partir de entonces el criterio de legalidad se convirtió en la única
justificación para el ejercicio del poder, rechazando el criterio de
legitimidad8. Y la concepción del Derecho resultante fue, en palabras de Juan Vallet de Goytisolo: “(…) un Derecho concretado a ser
un conjunto de normas emanadas del Estado; totalmente legislado,
codificado, que se percibe fundamentalmente a través de la letra
impresa, con las consiguientes limitaciones de ese modo de percep5
Ibid., p. 43.
Enrico PASCUCCI DE PONTE: “La Escuela Europea del Derecho natural”, en
Saberes, vol. I, año 2003.
7
Juan VALLET DE GOYTISOLO: En torno al Derecho natural. Madrid: Organización
Sala, 1973, p. 116.
8
Cfr. Consuelo MARTÍNEZ SICLUNA: “La conculcación del Estado de Derecho:
Legalidad versus Legitimidad”, en AAVV: El Estado de Derecho en la España de hoy. Madrid:
Actas, 1996.
6
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Capítulo 4. La ley natural
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ción: linealidad, abstracción, generalización, visión segmentada,
olvido de las causas que no puedan expresarse de un modo lógico
deductivo, aplicación silogística monolineal, falta de vivencia de la
realidad concreta”9.
2.
CONCEPCIÓN REALISTA CLÁSICA DE LA LEY NATURAL
2.1.
La naturaleza de las cosas
El realismo jurídico parte de la capacidad del hombre para conocer la realidad, y centra su atención en las cosas como realidades
naturales. Considera que del propio ser de las cosas se derivan indicaciones para el Derecho. Hablamos de realismo “clásico” porque
arranca del pensamiento aristotélico.
Pues bien, para el realismo jurídico clásico la base de la ley natural no es la razón en sí misma, sino la racionalidad intrínseca que
se encuentra en la naturaleza y que el hombre descubre con la razón. Pero, ¿qué es la naturaleza? Comencemos citando a Vallet de
Goytisolo, que se hace esta misma pregunta:
¿Qué debemos entender por naturaleza? No un determinado estado
pretérito, primitiva época idílica, ensueño de Rousseau. Ni el sueño de
una era futura mejor, que no es más que un mito… ¡Ni el paraíso perdido, ni el paraíso soñado! No es la naturaleza irracional, visión corta
y puramente determinista. Ni, por el contrario, la naturaleza humana
sólo considerada en sí misma, pues deducida in abstracto nos vuelve a las
ideologías…”10.
El término “naturaleza” hay que entenderlo en su sentido metafísico, es decir como la esencia de una cosa, como lo que hace que esa
cosa sea lo que es y no otra cosa.
Pero al Derecho no le interesan las cosas en sí mismas, sino en
cuanto entran en relación con las personas. El Derecho se ocupa del
reparto de las cosas, de manera que se interesa por las relaciones entre las personas y las cosas y las personas entre sí. Lo que interesa al
Derecho es, pues, la relación. Se trata, por tanto, no solo de conocer
9
Juan VALLET DE GOYTISOLO: En torno al Derecho natural, p. 191.
Juan VALLET DE GOYTISOLO: “El bien común, pauta de la justicia general o
social”, en Algo sobre temas de hoy. Madrid: Speiro, 1972, p. 120.
10
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“las cosas” en sí mismas sino de ponerlas en relación con el todo del
que forman parte, que es el orden natural.
La naturaleza de los clásicos engloba e integra todo lo que existe en
nuestro mundo. No tan sólo las cosas físicas, sino también la integridad
del hombre, cuerpo y alma, y las instituciones sociales. Es decir, incluye
cuanto compone el universo social, en su diversidad y en su movilidad, y
con sus valores y esencias generales. Y aunque no podemos pretender un
perfecto conocimiento de todo, si somos capaces de discernir aquello que
menos nos desvía de la naturaleza y conduce a resultados más conformes
a los fines naturales. Con ello –dice Villey– las cosas resultan ricas en justicia, cargadas de contenido normativo, “contienen un Derecho”.
Por tanto, el jurista debe tratar de desentrañar el misterio que encierra
cada cosa, poniéndola en relación con el todo del que forma parte, de
modo que se consiga una perspectiva total. Este todo ordenado es la “naturaleza de las cosas” que es entendida en el sentido aristotélico de orden
ontológico y finalista, en virtud del cual cada cosa es ordenada (por su
propia naturaleza) hacia los fines que le son propios (su perfección).
El orden natural no lo conocemos en su totalidad, y tal vez nunca
lo podremos alcanzar. Lo estamos descubriendo siempre, y a veces,
olvidándolo. Pero sí lo conocemos en lo indispensable para regular
el orden provisorio de este mundo: distinguiendo lo universal y lo
particular, lo que permanece y lo que cambia, el ser y el devenir, lo
sustancial y lo accidental11.
En el orden de las cosas se debe incluir al hombre en el lugar preminente que debe ocupar, en sus relaciones con Dios, con los demás
hombres y con todas las cosas; y siempre observando al hombre en el
medio en el que vive, en su situación existencial concreta12.
2.2.
La ley natural como hecho de experiencia
Siguiendo a Hervada13 podemos decir que “lo que llamamos ley
natural no es una doctrina, sino un hecho de experiencia”. En efec11
Juan VALLET DE GOYTISOLO: “El bien común, pauta de la justicia general o
social”, en Algo sobre temas de hoy. Madrid: Speiro 1972, p. 122.
12
Ibid., p. 121.
13
Seguimos en este punto y los siguientes la exposición de Javier HERVADA sobre
la ley natural en Introducción crítica al Derecho natural, Pamplona: Eunsa, 2007, pp. 139 y ss.
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to, nuestra razón no juzga como indiferentes los actos que realizamos, sino que emite juicios deónticos, es decir, juicios de obligación
que nos dicen lo que debemos hacer y lo que debemos evitar. A su
vez, estos juicios deónticos se basan en juicios de valor: hacer esto es
bueno y no hacerlo es malo. De manera que estos juicios giran en
torno a dos nociones básicas, la de bien y la de mal, siendo el bien lo
que debe hacerse y el mal lo que debe evitarse.
Evidentemente, al hablar de “bien” y de “mal” no estamos haciendo alusión a valoraciones de tipo técnico, sino a su sentido ético o
moral, es decir a la valoración de la conducta humana en cuanto está
o no de acuerdo con lo que es el hombre, con su ser y con sus fines.
Los juicios de obligación de los que estamos hablando tampoco deben confundirse con el juicio personal del sujeto. Los juicios deónticos
son antecedentes a la decisión de obrar, y aparecen como norma vinculante de conducta que puede obedecerse o quebrantarse. Se distinguen claramente del juicio particular del sujeto sobre la decisión que
ha tomado: obrar conforme a ellos o en oposición a ellos. Dichos juicios
deónticos de razón que todo hombre observa en sí, con independencia
de lo establecido por la sociedad, es lo que se denomina ley natural.
Esta ley se llama natural porque procede de la propia naturaleza
y no de factores culturales. Está presente en todos los seres humanos
como queda demostrado por la presencia de esos juicios de obligación de los que acabamos de hablar. En ocasiones la razón nos indica
que debemos hacer algo que no queremos hacer. Si no hubiera ningún criterio de bondad objetivo esto no tendría ningún sentido. Sin
ley natural objetiva, la razón se limitaría a juicios “técnicos” de conveniencia, interés y utilidad.
2.3.
La base de la ley natural: los fines del hombre
Por tanto, si nuestra razón emite juicios deónticos naturales ello
es debido a que hay algo que, en relación a la naturaleza de las cosas,
debe hacerse y algo que debe evitarse.
El hombre es un ser de fines. Lo natural en el hombre es lo que le
es propio: el desarrollo de sus facultades o capacidades, en especial
las superiores, la inteligencia y la voluntad. Ese desarrollo se dirige a
un fin: conseguir lo que es objeto de esas facultades: la verdad (para
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la razón) y el bien (para la voluntad). Por tanto, la naturaleza en el
hombre es alcanzar la verdad y el bien, a los cuales está inclinado14.
Podemos preguntarnos por qué el punto de referencia de lo que debe
hacerse y de lo que debe evitarse es la naturaleza humana. Y la respuesta
parece sencilla: porque ese punto de referencia no puede ser nada exterior al hombre mismo, pues los juicios que origina lo exterior al hombre
son juicios técnicos o de conveniencia: “no debo acercar el mechero encendido a los apuntes porque se quemarían” es un juicio técnico; o bien
“no debo llegar tarde porque no me dejarán entrar en clase”, es un juicio
de conveniencia. En cambio “no debo mentir porque lo propio del hombre es decir la verdad” es un juicio deóntico de ley natural. En definitiva,
la naturaleza del ser es lo que determina las operaciones propias de ese
ser: “la naturaleza humana proporciona la regla fundamental del obrar
humano porque, siendo lo que constituye al hombre como hombre, es
criterio de lo que al hombre corresponde como tal”15.
La naturaleza es, ante todo, un principio de actividad del que
emerge la integridad de las operaciones respectivas16. La naturaleza
es ser, pero ser en movimiento. Siendo así que el ser humano está
llamado a crecer y desarrollarse en el cumplimiento de los fines que
le son propios, es fácil comprender que la ley natural no es una ley
rígida y cadavérica, sino que hay en ella una esencial referencia a la
dinamicidad natural de la persona humana. Ya hemos visto en el capítulo primero que el hombre es un ser histórico, y aunque su esencia es inmutable –el ser humano es lo que es, ahora y siempre– las
concreciones existenciales de las exigencias que proceden de su naturaleza están sometidas al tiempo y a sus circunstancias concretas.
Ahora bien, la dinamicidad natural del hombre no es un impulso y
movimiento sin sentido sino una ordenación a los fines naturales del
hombre. Su sentido son los fines, los cuales comportan la realización
o perfección del hombre, y, en el ámbito social, el progreso humanizador de la sociedad. Los fines constituyen el sentido y la plenitud
de la vida humana, individual y social. ¿Por qué? Porque no son otra
cosa que la correcta expansión del ser humano según aquello que
la naturaleza humana contiene como plenitud posible. Los fines del
14
15
16
Ricardo YEPES STORK: op. cit., pp. 96 y 97.
Javier HERVADA: op. cit., p. 143.
Antonio MILLAN PUELLES: Sobre el hombre y la sociedad. Madrid: Rialp 1970, p. 36.
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Capítulo 4. La ley natural
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hombre “han de marcar la pauta con la cual debemos confrontar la
adecuación de los medios a emplear atendidas todas las circunstancias de tiempo y lugar y de cualquier otra índole”17.
Por lo tanto, la persona se descubre impulsada ontológicamente
hacia el cumplimiento de los fines que le son propios18. Dicho cumplimiento, en tanto libre, implica ciertos deberes, es decir, un determinado comportamiento moral que puede ser llamado bueno o
malo en función de su adecuación a la naturaleza humana.
Esto tiene una consecuencia clara y muy importante: el quebrantamiento de la ley natural no es ontológicamente indiferente. Es decir,
el actuar contra la ley natural –contra las exigencias de nuestra naturaleza– conlleva una lesión a la persona humana y, en consecuencia,
a la sociedad. En otras palabras, el quebrantamiento de la ley natural
degrada al hombre que la quebranta y produce perturbación y deshumanización de la vida social.
2.4.
La obligatoriedad de la ley natural
Resumiendo lo explicado hasta ahora podemos decir que la ley
natural es la expresión racional de una exigencia ontológica, que la
razón capta y, en consecuencia, prescribe como deber.
Pero en seguida surge otra pregunta: ¿por qué está el ser humano obligado a cumplir sus fines? ¿Por qué no puede cada uno elegir si se quiere engrandecer o embrutecer, si quiere desarrollarse
plenamente o recorrer el viaje de la vida de la manera más fácil,
cómoda y placentera posible, sin aspirar a nada más? La respuesta
es la siguiente: los fines naturales del hombre, en cuanto representan su realización o plenitud, son deberes porque el hombre
es persona.
Recordemos lo que ya hemos visto en el capítulo anterior. El hombre es un ser temporal, sumido en el tiempo. Pero no es mera temporalidad sino que hay en él un núcleo permanente –el yo– que perma17
Juan VALLET DE GOYTISOLO: En torno al Derecho natural, p. 101.
Hay que advertir que lo que tiene relación con la ley natural no son las pasiones ni los movimientos espontáneos, sino sólo aquellas inclinaciones que representan
tendencias a los fines del hombre: sólo la tendencia finalista dice relación a la ley
natural.
18
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nece a pesar de los cambios, y que en el tiempo se va desarrollando
sucesivamente, va creciendo y es capaz de alcanzar grandes grados de
perfección. De manera que el hombre se mueve entre dos polos: ya
es pero todavía no es lo que puede llegar a ser; ya es pero tiende a una
perfección mayor. Y esa tendencia a la plenitud de ser se manifiesta
en las inclinaciones naturales a obtener unos fines. Todo esto indica
que el ser personal del hombre es exigente: exigente ante sí mismo
(deber-ser moral) y exigente ante los demás (deber-ser jurídico).
Y en este punto podemos traer a colación la cuestión de la dignidad humana. En un primer momento, al hablar de dignidad humana nos referimos a la excelencia de su ser, y, en ese sentido, todos los
seres humanos, por el mero hecho de existir, tienen dignidad. Pero
la dignidad es exigente, contiene un deber ser, porque la persona es
un ser finalista, que tiende a la perfección, la cual consiste en alcanzar y realizar sus fines naturales. Y, en este sentido moral, no todos los
seres humanos tienen la misma dignidad ni todos alcanzan el mismo
grado de perfección a lo largo de sus vidas.
A partir de todo lo dicho se puede comprender el título de este epígrafe: “la obligatoriedad de la ley natural”. La ley natural es obligatoria,
no en el sentido de que estemos forzados a cumplirla, sino en el sentido
de que el propio ser del hombre le llama a alcanzar una plenitud mediante el cumplimiento de sus fines. El cumplimiento de la ley natural
conduce al hombre a su realización, mientras que su incumplimiento lo
degrada. En ese sentido, la ley natural no es una opción sino que es obligatoria: es la expresión primera y más auténtica de la dignidad humana.
2.5.
Conocimiento de la ley natural
Las prescripciones o preceptos de la ley natural corresponden,
como hemos dicho, a exigencias de la naturaleza humana. La razón
capta esas exigencias y las presenta como prescripciones o enunciados obligatorios, es decir, en forma de ley. De manera que la ley natural se capta conociendo la naturaleza humana.
Se comprende así que el modo de captar la ley natural no es el
mero raciocinio ni la argumentación –como pretendía el iusnaturalismo racionalista– sino el conocimiento por evidencia. Aisladas de
lo real, nuestra mente o nuestra conciencia no pueden enseñarnos
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Capítulo 4. La ley natural
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nada. Es en la percepción del orden de la naturaleza donde nuestro
sentimiento y nuestra inteligencia pueden discernir lo que es orden y
lo que es desorden, lo justo y lo injusto19.
La escuela iusnaturalista moderna pretendió conocer la ley natural mediante silogismos y razonando desde unos preceptos para concluir con otros. Como sabemos, acabaron formulando un Derecho
natural que nada tenía que ver con la realidad. El verdadero camino
para conocer la ley natural es profundizar en el conocimiento de la
naturaleza y de sus fines. Por lo tanto, el método es, principalmente,
inductivo.
Ahora bien, esto no nos puede llevar a creer que el conocimiento
de la ley natural es siempre fácil e igualmente asequible a cualquiera.
En general, todos los hombres tienen un conocimiento suficiente de
la naturaleza humana, por lo que todos conocen los preceptos básicos de la ley natural, aunque de manera siempre perfectible según
las coordenadas de la “historicidad” típicas del conocimiento humano20. Pero no todos los hombres conocen la naturaleza humana en
profundidad por lo que resulta más complicado que conozcan todas
sus exigencias –especialmente las que se refieren a cuestiones específicamente humanas– y es frecuente que caigan en el error.
En general, la persona humana, con su razón es capaz de reconocer tanto la dignidad profunda y objetiva de su ser como las exigencias éticas que derivan de ella. En otras palabras, el hombre puede
leer en sí el valor y las exigencias morales de su dignidad.
2.6.
Estructura de la ley natural
La razón práctica opera fundamentalmente a partir de un juicio
básico: “hay que hacer el bien”; y de su contrario “hay que evitar el
mal”. Pero esto no es un precepto de la ley natural sino su primer
principio. Los primeros principios hay que aplicarlos a los distintos
bienes del hombre y encontrar sus concreciones existenciales. Así,
19
Juan VALLET DE GOYTISOLO: “El derecho natural como método que lee en la
naturaleza lo que es orden y lo que es desorden”, en Algo sobre temas de hoy. Madrid: Speiro
1972, p. 101.
20
JUAN PABLO II: Discurso a la Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida,
27 de febrero de 2002.
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por ejemplo, siendo el trabajo un bien –y sobre esto hablaremos despacio en el capítulo 14– aparecen los preceptos “hay que trabajar” y
“hay que evitar la pereza”.
Ya hemos dicho que la ley natural no es algo abstracto sino que
se descubre analizando lo que el hombre es en su situación existencial concreta. Por consiguiente, los preceptos de la ley natural no son
abstractos sino concretos; son enunciados de la razón práctica en relación con situaciones particulares.
Cabe distinguir entre preceptos de ley natural originarios y subsiguientes. Los preceptos originarios son aquellos que nacen directamente de la naturaleza humana; los preceptos subsiguientes son
aquellos que dicta la razón natural en relación a una situación creada
por el hombre.
Los preceptos originarios son absolutamente universales en el espacio y en el tiempo, dado que no varía en el hombre su condición
de persona, ni sus fines naturales, ni la estructura de la razón práctica. En cambio, los preceptos subsiguientes sólo son relativamente
universales. Esto es así porque los preceptos subsiguientes dependen
de la situación histórica en la cual existen de tal manera que varían
al cambiar la situación histórica. Pero la variación de los preceptos
subsiguientes no proviene de la variación de la ley natural sino del
cambio de la realidad social.
Ya hemos resaltado antes que el orden de la naturaleza es dinámico, pues en cuanto varían las circunstancias físicas, económicas y culturales, cambian las soluciones jurídicas adecuadas, aunque las metas
a conseguir no cambien. Pero esto no quiere decir que la realidad
quede reducida a un flujo perenne del todo y de la nada, en el cual,
como dijo Chesterton, no se podría pensar por falta de cosa en qué
pensar.
2.7.
Ley natural y libertad
¿Es la ley natural una limitación a la libertad del hombre? Lo cierto es que con frecuencia queremos cosas que la ley natural prohíbe, y
aborrecemos otras que la ley natural prescribe. Sin embargo, no sólo
no existe limitación de la libertad por parte de la ley natural sino que
podemos afirmar que ésta es una dimensión de la libertad.
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Capítulo 4. La ley natural
67
Esta afirmación no se puede comprender si concebimos la libertad como una fuerza absoluta, arbitraria e incondicionada, es decir, tal
como se la concibe mayoritariamente en el tiempo actual: como si estuviera en el vacío, olvidando que la libertad se asienta en un ser –el ser
humano– dotado de un estatuto ontológico concreto. Una libertad sin
conexión con el propio ser del hombre es, sencillamente, algo irreal.
La libertad es expresión de la naturaleza humana, de manera que
la ley natural es ley del acto libre y expresa la perfección de la libertad. Se puede decir que la máxima libertad consiste en asumir
conscientemente la ley natural y en buscar los medios para vivirla en
plenitud.
3.
EL DERECHO NATURAL
3.1.
Qué es el Derecho natural
Como hemos señalado antes respecto a la ley natural, tampoco el
Derecho natural se ha entendido siempre igual a lo largo de la historia.
En algunos casos se ha confundido –y se sigue confundiendo– con una
especie de moral social que lo sitúa al margen del ámbito propiamente
jurídico. También es frecuente la confusión entre Derecho natural y
los derechos fundamentales de la persona. Otros, en un estilo platónico, consideran que el Derecho natural es un conjunto de principios
generales, superiores e intangibles, que tienen por misión orientar al
legislador en la determinación de las reglas positivas21.
Nuestra concepción, desde una perspectiva realista, no concuerda
con ninguna de las mencionadas. Como ya hemos explicado, nos basamos en la existencia de un orden natural del que podemos extraer
“lo justo”. Y “lo justo” no es un conjunto de reglas, sino el lugar adecuado de cada cosa en una armonía general. No es un sistema lógico,
abstracto e intemporal de reglas, como pretendía el iusnaturalismo
racionalista, sino que se basa en la propia naturaleza histórica y concreta de las cosas, es decir, de los casos o situaciones en los que la idea
de lo justo debe proyectarse y ofrecer la adecuada solución.
El Derecho natural es, en realidad, un método que nos lleva a buscar la justicia fuera de nosotros mismos, en las relaciones concretas,
21
Juan VALLET DE GOYTISOLO: Panorama del Derecho civil. Cit., pp. 45 y ss.
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Primera Parte.- Naturaleza, persona y Derecho
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68
reconociendo la existencia de un orden objetivo que hay que descubrir. Dicho descubrimiento se realiza mediante una observación de
la naturaleza y a través de una aproximación dialéctica. La ley natural
facilita las reglas del arte jurídico que el jurista debe tener en cuenta
al elaborar su obra, la cosa justa, el Derecho, y al aplicar la equidad,
tanto cuando trata de elaborar las leyes humanas con la mediación
de la prudencia, como si pretende determinar lo justo en concreto22.
3.2.
Relación entre el Derecho positivo y el Derecho natural
¿Qué lugar ocupa el ordenamiento jurídico positivo en la concepción clásica del Derecho natural? Sin duda, un lugar primordial, pero
nunca absoluto. Toda sociedad necesita de una autoridad que la dirija, que organice la disciplina necesaria, que atienda al bien común,
que contenga la injusticia por el gobierno; y para efectuar esa labor
necesita organizar la administración de justicia, dotarla de personas
adecuadas y de medios idóneos, y promulgar reglas en atención a la
mayoría de los casos para facilitar la labor de la justicia.
De estas normas –según distinguió santo Tomás– unas representan aplicaciones directas del Derecho natural (conclusiones) y otras
completan lo que el Derecho natural no resuelve pero sí determina
que debe ser resuelto para satisfacer las necesidades prácticas (determinaciones). Así, el orden natural, la naturaleza de las cosas no nos da
el detalle de una reglamentación del tráfico, pero dimana de la misma que la autoridad ha de regular debidamente el tráfico. Lo mismo
ocurre con la medida precisa de los términos, caducidades, plazos de
prescripción o usucapión, penas, etc. que ha de ser determinada por la
ley dentro de los límites racionales que la naturaleza de la cosa precisa
más o menos ampliamente23. Es decir, la materia posible del Derecho
positivo es lo indiferente (aunque, una vez constituida en Derecho, ya
no es indiferente, sino lo justo respecto de su titular). Mientras que es
Derecho natural lo que es justo de por sí, lo no indiferente24.
Así, el ordenamiento positivo queda inmerso en el Derecho natural, y se puede decir que hay una colaboración íntima, una comple22
23
24
Juan VALLET DE GOYTISOLO: Temas de hoy. Cit., pp. 102-103.
Michel VILLEY: Filosofía del Derecho. Barcelona: Scire Universitaria, 2003.
ARISTÓTELES: Ética a Nicómaco, libro V, 1134b.
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Capítulo 4. La ley natural
69
mentariedad, entre la justicia y la ley humana positiva. La relación
entre Derecho positivo y natural no es una relación jerárquica, sino
una relación de adecuación, en virtud de la cual el Derecho positivo se concibe como el instrumento auxiliar del Derecho natural.
Podemos decir que opera por integración, de tal manera que todo
Derecho es natural-positivo.
BIBLIOGRAFÍA
Javier HERVADA: Introducción crítica al derecho natural. Pamplona: Eunsa, 2001.
Enrico PASCUCCI DE PONTE: “La Escuela Europea del Derecho natural”, en
Saberes, vol. I, año 2003.
Juan VALLET DE GOYTISOLO: En torno al Derecho natural. Madrid: Organización
Sala, 1973.
Francisco CARPINTERO: Una introducción a la ciencia jurídica. Madrid: Civitas, 1989.
ACTIVIDADES
Busca, en el Código civil, cinco preceptos que hagan alusión a la naturaleza de las cosas
Explica qué es la libertad y si hay o no contraposición entre la ley natural, tal como ha sido explicada, y la libertad del hombre.
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