Subido por Sin Fronteras

Junto a Sandino, Gregorio Urbano Gilbert

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Junto a Sandino
Gregorio Urbano Gilbert nació el 25 de mayo de 1899 en Puerto Plata,
República Dominicana.
Muy joven se trasladó a San Pedro de Macorís donde a los 17 años protagonizó un valiente episodio en el muelle de la ciudad al enfrentar solo y armado
de un pequeño revolver a los invasores, hiriendo mortalmente a un oficial del
Cuerpo de Infantería de la Marina de Estados Unidos de América.
Recorrió el país unido a la guerrilla contra los invasores, finalmente fue
apresado en Monte Cristi y condenado a muerte hasta su indulto en la Fortaleza
Ozama, el 2 de octubre de 1922.
Después de viajar por Curazao y Cuba regresó a Santo Domingo en 1927;
para esa época acompañó a su amigo Pedro Albizu Campos por toda la región
del este en campaña por la independencia de Puerto Rico.
En 1928 marchó a Nicaragua para unirse al Ejército Libertador de Augusto
César Sandino, donde llegó a ocupar el rango de Segundo Ayudante del Comando Supremo en Campaña.
A su regreso a la patria en 1929, se inicia la tiranía trujillista a la cual no
se plegó. Para subsistir desempeñó los más humildes oficios, fue vendedor
ambulante de cigarrillos y caramelos, linotipista y cajista en varias imprentas,
dependiente de panadería y así estudió en la Universidad de Santo Domingo
(hoy Autónoma) en la que obtuvo el título de licenciado en filosofía y letras en
1956. Murió el 20 de noviembre de 1970.
En esta obra este humilde hijo del pueblo narra su gloriosa lucha junto al
ejercito de Sandino en las gestas por las selvas de Las Segovias combatiendo
a los invasores yanquis.
La Universidad Autónoma de Santo Domingo y su Editora publicaron en
1975 otra obra de Gregorio Urbano Gilbert con el título de Mi lucha contra el
invasor yanqui de 1916 que junto a esta nueva publicación llenan de orgullo y
honra la bibliografía de la Universidad.
Junto a Sandino
Gregorio Urbano Gilbert
Santo Domingo, República Dominicana
2016
Junto a Sandino
Foto en portada: Augusto César Sandino y su estado mayor,
junto a Gregorio Urbano Gilbert
© Gregorio Urbano Gilbert
© Fundación Juan Bosch
Edición y diagramación: Daniel García Santos
Ediciones Fundación Juan Bosch
Fundación Juan Bosch
Calle Nicolás Ureña de Mendoza No. 54
Esq. Font Bernard, Local 2a, Los Prados
Santo Domingo, República Dominicana
Teléfono: 809 472 1920
www.juanbosch.org
ÍNDICE
Palabras de presentación a la edición de 1979 / 13
CAPÍTULO I. En camino / 15
Carta a La Opinión / 16
Fue un pretexto / 18
En Santiago de Cuba / 20
En tierras de Honduras / 22
Tegucigalpa / 23
A través de las montañas-Malos compañeros tropezando
con la plata / 28
Un alcalde amigo de Sandino / 31
En Nicaragua / 34
Muestra del modo de civilizar al estilo de los yanquisLas ruinas de Murra / 36
Ante el Héroe / 46
CAPÍTULO II. El asalto a El Chupón / 49
La pauta / 50
El Chupón / 56
Elecciones generales. Ideas de los comandos
combatientes / 57
En acción / 59
7
8 Gregorio Urbano Gilbert
CAPÍTULO III. En El Refugio / 71
El Refugio / 71
Constantino Tenorio / 74
Rubén Ardila Gómez / 76
Urbano, teniente, ayudante de la Secretaría General / 77
Conversaciones / 78
La traición del general José María Moncada / 79
El Chipote / 80
Batalla de El Bramadero / 81
Combate de Telpaneca / 82
Combate de Las Cruces / 83
¡Salgan los muchachos del machete! / 84
El ataque al Ocotal / 85
La voladura de la mina de oro La Luz y los Ángeles / 87
La Chula / 92
El combate de río Coco / 93
CAPÍTULO IV. Ataque en El Refugio / 97
¡El avión! / 97
El enemigo solicita la paz / 100
La respuesta del Libertador / 101
Ataque aéreo / 103
El teniente Urbano ascendido a capitán, nombrado
Cuarto Ayudante del Comando Supremo / 106
Nuevo ataque aéreo. Evacuación de El Refugio,
El Naranjal / 107
Revista general / 111
El capitán José de Paredes, envuelto en un bombardeo aéreo,
asciende a El Refugio portando la bandera que la benemérita
dama santiaguesa, señorita Ercilia Pepín, de la República
Dominicana, enviara al Libertador general Augusto César
Sandino / 111
Junto a Sandino
9
Carta que acompañaba a la bandera y contestación
del Libertador / 113
Ataque general a El Refugio, el que se evacua
definitivamente / 117
CAPÍTULO V. Sucesos importantes / 123
Celebración de un consejo / 123
Nuevos ideales / 131
Desacuerdo entre Sandino y Turcios. Ruptura entre estos / 134
Traición de Mairena / 138
El traidor Domingo A. Mairena / 139
Sandino solicita hospitalidad al gobierno mexicano / 140
El fin de un europeo / 142
CAPÍTULO VI. La sorpresa de Juana
Castilla / 145
Escaramuzas / 145
Aspecto del nuevo campamento / 145
El espía / 147
La sorpresa / 149
CPÍTULO VII. ¡Mujeres! / 155
Una coralillo / 157
De los peligros de Teresa Villatoro / 161
Teresa en camino de Honduras / 164
El capitán Urbano de regreso en Tegucigalpa / 180
Propuesta de conferencia en Buenos Aires, República
Argentina. Confianza y honor para Rubén Ardila Gómez / 183
Teresa Villatoro en Tegucigalpa / 187
Arriba a Tegucigalpa el capitán José de Paredes / 187
Tres jóvenes mejicanos / 187
10 Gregorio Urbano Gilbert
CAPÍTULO VIII. ¡Viva el cura! / 189
Felonía del clero nicaragüense. Nobleza del papa Pío XI / 192
El Renco / 194
¡Viva el cura! / 195
El arder de los pinos. Un jaguar hambriento y cobarde / 196
Cómo se ganan los honores / 197
Por si acaso… / 199
El capitán José de Paredes en el campamento general / 199
CAPÍTULO IX. En la cúspide de El Malacate.
A diez mil pies sobre el nivel del mar / 201
Encuentro en El Malacate. Derrota del capitán Urbano / 205
El ataque del puma / 207
Hallazgo de compañeros en la montaña / 212
CAPÍTULO X. La salida del héroe / 217
La salida del Héroe / 217
El Héroe en Honduras / 219
En El Salvador / 222
En Guatemala / 226
En México. Malos tratamientos de las autoridades
fronterizas / 227
Sandino se devuelve. Actitud del capitán De Paredes / 229
En Tapachula / 230
De Paredes convence a Sandino, quien retorna a México / 232
La apoteosis de Veracruz / 234
Mérida / 238
Nuevos disgustos sufridos por Sandino / 242
El doctor Cepeda en Mérida. Zanjadas las dificultades / 244
Retorna a su patria el capitán Urbano / 245
Apuntes biográficos y anecdóticos
del Libertador general Augusto César Sandino / 272
Junto a Sandino
APÉNDICE
Cartas inéditas / 295
Con Sandino en el corazón de la montaña / 309
La hora de asesinar a Sandino / 328
Aterrizando / 348
Lección de Sandino / 349
En el aniversario de un muchacho / 351
Sandino / 354
Cuadro / 359
11
Presentación a la edición de 1979
Para mí es un gran honor presentar este libro sobre Augusto César
Sandino, a quien el gran escritor francés Henri Barbusse llamó
«general de hombres libres».
La divina Gabriela Mistral, la gran poetisa chilena ganadora
del Premio Nobel de Literatura, dijo que «los hispanizantes políticos que ayudan a Nicaragua desde su escritorio o desde un club
de estudiantes, harían cosa más honesta yendo a ayudar al hombre heroico, héroe legítimo, como tal vez no les toque ver otro,
haciéndose sus soldados rasos […] para dar testimonio visible de
que les importa la suerte de ese pequeño ejército loco de voluntad
de sacrificio».
Un dominicano, sin miedo y sin tacha, héroe legítimo también,
recogió el guante que arrojó la divina Gabriela. Gregorio Urbano
Gilbert, quien combatió contra la intervención norteamericana de
1916 en la República Dominicana, se alejó un día de su querencia
y llegó a Nicaragua para pelear como soldado raso en el pequeño
ejército loco del general de hombres libres.
El soldado raso Gilbert llegó a capitán del pequeño ejército
loco.
Tomó notas. Escribió un libro que tiene todo el encanto y la
fuerza de lo vivido. Sus derrotas, sus trabajos, las victorias, los
problemas, las discusiones de hombre a hombre con Sandino,
13
14 Gregorio Urbano Gilbert
esos momentos decisivos en que cada uno vale por toda una vida,
se relatan en un estilo vigoroso y directo, con la fuerza de quien
corrió todas esas aventuras.
Es un verdadero trozo de vida. Un testimonio admirable y fiel.
No el libro de un erudito escrito en una biblioteca.
Gilbert estuvo en el ojo de la tormenta. En eso nadie podrá
sustituirlo. En este pedazo de historia del pequeño ejército loco se
nota la nobleza del general de hombres libres, la admiración que
el patriota dominicano le tenía.
En este momento, cuando gime Nicaragua, nada como el libro
de Gilbert para aclararnos esta tragedia dolorosa de un pueblo
tiranizado.
Con su publicación la Universidad Autónoma de Santo Domingo rinde tributo a la memoria de Augusto César Sandino, rinde tributo a la memoria de Gregorio Urbano Gilbert y expresa
sus sentimientos de solidaridad con el heroico pueblo de Nicaragua, pedazo de la gran patria latinoamericana, que lucha por su
liberación y por reivindicar su derecho a vivir en libertad y con
dignidad.
Doctor Antonio Rosario
Rector de la Universidad Autónoma de Santo Domingo
5 de febrero de 1979
CAPÍTULO I
EN CAMINO
Carta a La Opinión / Fue un pretexto / En Santiago de Cuba / En tierras
de Honduras / Tegucigalpa / A través de las montañas-Malos compañeros
tropezando con la plata / Un alcalde amigo de Sandino / En Nicaragua /
Muestra del modo de civilizar al estilo de los yanquis-Las ruinas de Murra /
Ante el Héroe.
Tarde de calor del mes de agosto en San Pedro de Macorís. Un
rato de ocio, Urbano se encontraba tendido sobre su cama y meditaba acerca de los sucesos de su vida pasada y se empeñaba en
querer sondear los del porvenir. Y le vino el recuerdo de años pasados en que quiso ir a Nicaragua para juntarse con el general Augusto César Sandino y con este hombre combatir en defensa de la
patria, que le es tan querida a tan glorioso guerrillero, sojuzgada
por el poder militar de los Estados Unidos de Norte América, no
pudiendo entonces realizar tan bello propósito, porque carecía
de los fondos necesarios para costearse el viaje hasta los campos
rebeldes de esa república centroamericana. Pero pudiendo ahora
darle solución a su deseo, incorporándose de su lecho, se dirige a
una mesa y escribió lo siguiente:
15
16 Gregorio Urbano Gilbert
CARTA A LA OPINIÓN
San Pedro de Macorís
24 de agosto de 1928
Señor
Director de La Opinión
Santo Domingo
Estimado señor director:
Al salir del hospital San Antonio de esta ciudad, donde fuera con motivo de heridas sufridas en el mes de diciembre del
año próximo pasado, el amigo Julio V. Arzeno en unión de otros
amigos míos personales, concibieron la idea de dotarme de una
imprenta, pero como ellos no tienen capital para llenar este fin,
resolvieron emitir bonos para con su producido lograr el objetivo
perseguido.
Cuando se me puso en conocimiento la idea de mis amigos,
me opuse en principio a ella, por temor a que no fuese viable, así
como por la crítica adversa que pudieran tejer los malintencionados. Al fin me convencieron y se inició el esfuerzo empezándose
por esa ciudad capital, que respondió suficientemente. Los demás
lugares donde se ha trabajado con el fin enunciado, los resultados han sido mediocres, limitándose las personas a ofrecer y a
desear éxito. En tanto el tiempo pasa y como consecuencia disminuye el capital recogido.
Por esa razón señor director, considero fracasado el propósito
de dotárseme de una imprenta, aunque no participan de esa opinión los auspiciadores de la idea, pero como estoy resuelto a que
ellos no sigan tocando más puertas que podrían permanecer cerradas e indiferentes, resolví pedirles la suspensión de las diligen-
Junto a Sandino
17
cias, y que me entregaran el total colectado. No puedo con ello
emprender aquí negocio alguno y ¡tampoco deberé sentarme a
comérmelo…! En un rincón de los países de América Central,
hay un grupo de varones encabezados por el admirado general
Augusto César Sandino luchando por una causa tan grande y noble como es la liberación de su tierra y yo he resuelto contribuir a
esa causa con la suma recolectada para mí, dando además a Nicaragua la contribución de mi esfuerzo personal que me asignará
sitio entre HOMBRES y no entre los EUNUCOS que alimenta
nuestra Patria.
Al hacer la declaración que antecede, no me mueve el afán
de pueril exhibicionismo puesto que todos han de saber que no
soy a él aficionado sino al deseo de poner al buen entendimiento
de los señores que de una u otra manera han contribuido a la
realización del propósito original, que el dinero dado por ellos
contribuirá al triunfo de la causa más santa y brava de que se
tenga noticia en la historia contemporánea.
Y por eso, señor director, suplico cabida para estas líneas en
las columnas de su leído diario, mientras queda de usted, su obsecuente, seguro servidor y amigo,
G. U. Gilbert.
NOTA DE LA OPINIÓN:- Considerando nuestra alta sagrada
devoción por la causa de la libertad de Nicaragua, el heroico G.
U. Gilbert nos dirigió esta carta desde San Pedro de Macorís,
cuando resolvió partir para Nicaragua. Más tarde, a invitación
de agente nuestro vino a nuestras oficinas, y le entregamos entonces dos cartas de recomendación, una para el señor Froilán
Turcios y otra para el general Augusto César Sandino, con quienes sostenemos habitual correspondencia en favor de la causa
nicaragüense. Además, hicimos al héroe alguna ayuda material
para su viaje y le obviamos dificultades.
18 Gregorio Urbano Gilbert
No queríamos revelar nada de esto al público para no crearle
al héroe dificultades en su viaje, con las autoridades que encontrare en su ruta, parcializadas a favor de los invasores de Nicaragua, pero hemos tenido que romper nuestra consigna de silencio,
debido a que toda la prensa de la ciudad ha publicado la noticia
del viaje y el objeto que persigue el joven héroe.
Si Gilbert logra incorporarse a las tropas de Sandino, la República Dominicana tendrá al fin su representación en aquellas
gloriosas huestes libertadoras y, de acuerdo con cartas nuestras
que lleva actuará además como corresponsal especial de La Opinión para enviarnos frecuentes notas de la campaña.
¡Roguemos a Dios por el triunfo de nuestro joven héroe y por
la santa causa de Nicaragua que con tanto ardor y patriotismo
defiende el glorioso Sandino!
FUE UN PRETEXTO
Por lo que se puede apreciar en los párrafos que anteceden a la
carta dirigida al director del diario La Opinión, así como en los
párrafos de la misma carta, se deja ver claramente que lo que
Urbano llamó fracaso de la colecta no fue más que un escape con
miras a realizar el propósito que de viejo tenía en mente.
Estimando que con el producto de los bonos hasta entonces
colectado le alcanzaría para cubrir los gastos requeridos hasta
alcanzar los campos de gloria de Nicaragua, y sin detenerse a
meditar que ese dinero no era suyo sino que tenía que devolverlo
al año después de haberlo recibido lo solicita de los depositarios,
obteniéndolo seguido.
¡Tal era su determinación de ir a descargar tan siquiera una
mínima parte de su enorme carga de deseos que tiene de combatir
a favor del sagrado de la Libertad!
Algunos, sujetos de por ahí, de esos que en ninguna parte faltan, al saber de la determinación de Urbano, se dieron a la tarea
Junto a Sandino
19
de decir y propagar que su acto no era otra cosa más que hijo de
la desesperación, como con igual tenor, fueron comentadas sus
acciones anteriores. ¡Allá ellos, con sus sentires baratos…!
No puede ser la desesperación lo que anima a Urbano a realizar esos actos porque los suyos han sido en sus mejores épocas
de bienestar moral, espiritual y material si se quiere…, si no es
que por la voz de desesperación se quiere decir, desesperación
por realizarlos para aumentar él así su haber espiritual, porque
entonces es en ellos que se encuentra en su pleno verdadero gozo,
olvidado de todo lo que sea interés personal y de las calamidades
que en consecuencia le acarrean.
Cuando Urbano se disponía a partir para Nicaragua, era viable
la realización de la imprenta, ya que la ciudad capital, en donde
únicamente se activó la venta de los bonos, contribuyó con mil
pesos, aparte de doscientos pesos que sin admitir bonos, de motu
proprio, el poeta y abogado Enrique Henríquez, con suma complacencia regaló.
El Ayuntamiento de San Pedro de Macorís, también espontáneamente donó para el fin señalado cien pesos, y de la misma
manera algunos petromacorisanos contribuyeron con cantidades
menores. En la ciudad de Santiago de los Caballeros y en la ciudad de La Romana, con solo tantearse el negocio se evidenció la
buena disposición que había para contribuir a la realización del
propósito ideado.
Ningún otro punto se tocó.
Pero hay más: el Partido Nacionalista, bastante floreciente entonces, en su asamblea general, verificada en el mes de julio del
año 1928 en la ciudad de San Felipe de Puerto Plata, también sin
solicitárselo votó la suma de mil pesos para favorecer el caso de
que nos estamos ocupando. Igualmente el Ayuntamiento de La
Romana dispuso para ese fin cien pesos. Al ser presentado el interesado a don Juan Alejandro Ibarra por el profesor y poeta Rafael
Emilio Sanabia con motivo de asunto de la imprenta, el señor
Ibarra le ofreció regalarle la parte que como socio le pertenecía
20 Gregorio Urbano Gilbert
de las maquinarias y demás útiles tipográficos, o en efecto, su
equivalente en efectivo, de la empresa editora en liquidación El
Siglo. Y, el gobierno le hacía las más limpias ofertas, no realizándose ninguna de estas proposiciones que figuran en este párrafo,
por causa de la premura con que el interesado se fue a cumplir
con sus deseos.
Ello es que teniendo en sus manos el dinero, seguidamente
partió para la ciudad capital provisto de dos cartas que lo recomendaban con el general Sandino y el poeta Froilán Turcios, representante que era este último en América de la causa libertadora
de Nicaragua, cartas libradas por el presidente de la Junta del Partido Nacionalista de Puerto Rico en San Pedro de Macorís, don
Félix Barbosa, puertorriqueño y patriota cabal.
En la capital, reforzado Urbano con otras dos cartas de las mismas intenciones que las de Barbosa, libradas estas por el director
del diario La Opinión, don Álvaro Álvarez, al día siguiente, 25 del
mes de agosto del año 1928, embarcó rumbo a Santiago de Cuba
tomando pasaje en el vapor Guantánamo de la Naviera Cubana.
EN SANTIAGO DE CUBA
En la capital de Oriente, la más extensa de las provincias cubanas,
tropieza Urbano con la dificultad de no querérsele vender pasaje
para la República de Honduras, punto este el de más fácil arribo
al norte de Nicaragua, sitio por donde operaba el general Sandino. El mismo obstáculo encontró al querer ir a Costa Rica, a El
Salvador, a Guatemala, y al averiguar la causa de las dificultades,
se le dijo que las leyes de esas naciones cierran sus puertas a las
personas de color, y al decir del gobierno mejicano de Obregón y
de Calles, «porque llevan la degeneración social y racial», aunque
los comandantes de armas de los pueblos de las costas hondureñas tiene la facultad de otorgar permisos especiales a las personas
de color que ellos creyeren conveniente dejar entrar en Honduras.
Junto a Sandino
21
Por esta razón, se pidió por cable permiso de entrada para Urbano
en la patria de le Lempira, y el permiso fue negado.
Escarbando ideas el viajero, ya que está resuelto a ir en cualquier forma a combatir al yanqui en Nicaragua, se le ocurrió preguntarle a la agencia de la United Fruit Co., empresa bananera
y naviera norteamericana con establecimientos en las Antillas,
Centro y Suramérica, que si los criados negros podían acompañar
a sus amos blancos en sus viajes por América Central. La ocurrencia obedeció a que como su amigo don Manuel María Morillo, blanco como un alemán, atrevido en extremo y contrario a la
política de abusos de los Estados Unidos contra los pueblos que
le quedan al sur de su frontera, casos demostrados por este señor
en el año 1916 cuando en ocasión de ser encargado de negocios
de la República Dominicana ante el gobierno de La Habana, al
saber de la ocupación de su país por las fuerzas militares de los
Estados Unidos, observó una actitud que lo colocó al nivel de
los más grandes patriotas, quien tiempo después protegido por
el presidente de México, general Álvaro Obregón, y junto con
Pierre Hundicourt, de la República de Haití, se dirigió a Santiago
de Chile en ocasión de celebrarse la V Conferencia Panamericana
en esa capital, y denunció los atropellos cometidos por los Estados Unidos en los países bañados por el mar Caribe. Pues bien,
encontrándose Morillo en Santiago de Cuba por este tiempo por
causa de sus desacuerdos políticos con el gobierno dominicano
del general Horacio Vázquez y, siendo simpatizador de la causa
de Sandino y también de la idea de Urbano, dedicando su buen
tiempo tratando de que este la realizara, por eso fue que se le ocurrió a Urbano, que de ser posible, Morillo sacara pasaje para Honduras y él lo acompañaría de criado, pero la idea fracasó: «Los
criados negros no pueden acompañar a sus amos en sus viajes de
inmigración a Centroamérica», dijeron en la agencia de la United
Fruit Co. en Santiago de Cuba.
Nuevos cálculos de Urbano y nuevas preguntas en las que
indaga si alrededor de esos países no hay una piedra, un rincón
22 Gregorio Urbano Gilbert
o un basurero donde no se tenga escrúpulos por el negro y por lo
tanto lo admitan y los navieros le responden que únicamente está
el país británico de Honduras, donde son admitidos los hombres
de color.
Con este informe y con el de que los barcos de la United Fruit
Co. o Flota Blanca, en su ruta tocan primeramente en Honduras
antes que en Honduras británica, pensando que poniendo en juego
alguna astucia, acción que considera justificada dado el caso que
se persigue, podría llegar a Honduras, a pesar de los obstáculos
que se le presentan. Y confiado en su estrella en lo que resultare,
Urbano tomó pasaje para Belice, la capital del país británico de
Honduras en el vapor Tivives de la Flota Blanca el día 7 del mes
de septiembre, recibiendo por último de Morillo sendas cartas de
presentación por ante los señores don Joaquín Bonilla y don Alfredo Guillermo Zelaya, residentes en Tegucigalpa, la capital de
Honduras.
Al día siguiente atracaba la nave en uno de los muelles del
puerto de Kingston, capital de la isla británica de Jamaica, y desde ahí, con dos días más de marcha, al atardecer, arriba el Tivives
a Puerto Castilla, en el departamento de Colón. Era domingo y
poco el movimiento en el poblado, el que se anima por los trabajadores de sus extensas plantaciones bananeras.
EN TIERRAs DE HONDURAS
Desde a bordo, el aventurero atisba la posición del pueblo y de
sus movimientos, y cuando creyó que había bien calculado su
plan, va a su cámara, llena sus bolsillos de los papeles más importantes para su caso, sin importársele un comino el equipaje
que dejaba a bordo, bajó la escalera del barco, penetró en la
población, y como si se hubiera tratado de un viejo poblador del
lugar, recorría sus calles y ya se encaminaba a pie por una vía
férrea hacia la capital del departamento que ya se divisa el otro
Junto a Sandino
23
lado del puerto, cuando tuvo que volver, pero en la comandancia
de armas, entendiéndose con el comandante, obtuvo el permiso
de permanecer en el país.
Volvió Urbano al Tivives en procura de su equipaje y al regresar se alojó en una posada en la que no le fue posible dormir porque encontrándose los setos que encerraban la habitación incompletos por sus partes de arriba sin un cielo raso que completara el
encierro, un sujeto se pasó una parte de la noche encaramado en
uno de ellos, tal vez acechándole el sueño con intención de robarle, y no queriendo el forastero dar alarma alguna, pasó en vigilia
toda la noche. Al otro día temprano se dirigió por ferrocarril a la
ciudad cabecera del departamento. De aquí por la noche embarcó
en una lancha gasolinera rumbo a La Ceiba. Al siguiente día siendo martes, continuó su destino en ferrocarril hasta Tela, siguiendo
a San Pedro Sula. Remontó en un bote la corriente del río Ulúa,
siguió en ferrocarril hasta Potrerillo del Norte en donde subió en
un automóvil que lo condujo al lago Yojoa, el que navegó en toda
su extensión a bordo de una lancha movida a motor. Recorrido el
Yojoa, vuelve a trepar en un automóvil que lo condujo por sobre
empinadas montañas, todas pobladas de interminables pinares, y
a través de varias ciudades como Ciguatepeque, Comayagua, la
antigua capital de la República, y Comayagüela, llegando por fin
en la madrugada del día 15 del mes de septiembre del año 1928
a la ciudad capital, la pintoresca Tegucigalpa, la orlada por siete
colinas, y se alojó en el hotel Roma.
TEGUCIGALPA
La capital tiene un amanecer bello y festivo. Las calles están engalanadas y también los parques. En éstos, la población urbana
y rural siendo la más de ésta, la autóctona, es enorme, y es el
Morazán de los parques el más favorecido, y su nombre lo lleva
para honrar la memoria del héroe Francisco Morazán, el político
24 Gregorio Urbano Gilbert
idealista y general de Honduras, que fue el último presidente de
la Confederación Centroamericana. Se debió el desbarajuste de
esta unión y por lo mismo la muerte de Morazán a un gobierno
equivocado en el sentir de casi la totalidad de los pobladores de
los llamados países indolatinoamericanos. Fue liberal en su más
alta escala. Por eso estos pueblos, impuestos desde más de cuatrotantos y medio siglos a sentir lo que ellos consideran la cosa más
natural, los puntapiés sonando en sus traseros, y al no sentirlos
por casualidad en un tiempo de quien los guíe se creen que es por
cobardía y no por conciencia y altruismo de quien sabe respetar, y
entonces se le rebelan y se convierten en sus puntapieseros. Así la
idiosincrasia de ese conglomerado, al no sentirse abusado, abusa.
A juzgar por los sicólogos, varían los caracteres de un individuo
a otro. Pero no en la materia de que tratamos. Todos casi la tienen
idéntica, y por eso los comentarios a la decencia, encabezados
por Rafael Carrera, protestan y lo derrocan del poder, y para más,
para barrer de Centroamérica la pureza y que impere solamente
la inmundicia al alcanzar a Morazán en San José de Costa Rica
lo fusilaron.
La fiesta que celebraba Tegucigalpa en este día 15 del mes de
septiembre era la conmemoración del CVII aniversario de haber
alcanzado la independencia política la nación.
Envuelto en el alborozo de la ciudad que festeja su día patrio,
Urbano se dedicó a localizar al poeta Froilán Turcios, representante general de la causa libertadora de Nicaragua en América,
localizándolo por teléfono, por lo que al momento fue a visitarlo,
recibiéndolo el representante con simpatías y disposición de ayudarlo en sus aspiraciones de enrolarse en las filas comandadas por
el general Sandino.
Turcios era en el entonces, la única puerta por donde podían
entrar los que querían, venidos de afuera, a los campos de la libertad de Nicaragua. Hubo quienes la desecharon y peligraron.
Al decir del poeta, él ya conocía de antes a su visitante por
vía de lecturas de sus casos anteriores, y en su revista Ariel había
Junto a Sandino
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tenido oportunidad de referirlos, por lo que lo consideró no solo
como un amigo en el ideal que sustentaran sino como a individuo
de su complacencia.
Cambiadas las impresiones de los primeros momentos, el poeta enteró a Urbano de que el día anterior él había despachado el
correo ordinario para donde Sandino y que por lo tanto, salvo en
caso imprevisto, tendrá que aguardar quince días más para poderlo despachar con el siguiente correo, ya que ese servicio entre
Sandino y Turcios era quincenal.
Mientras corría el tiempo, el representante mostró la ciudad a
Urbano, a la vez que lo ayudaba a equipar convenientemente para
los fines de la campaña bélica de Nicaragua, del lado de la libertad, conociendo el futuro soldado a la ciudad más fresca que hasta
entonces había visitado y saludable también por su aire impregnado de las emanaciones que fluyen de los pinares que la rodean.
Tan fresca es Tegucigalpa, a una altura de 3.000 pies por sobre el nivel del mar, que en pleno estío, entre los meses que
llevan por nombres los de los dos parientes, tío y sobrino, y
grandes jefes, dictador y emperador, heredero el último del primero de la poderosa y vieja Roma, las mujeres se cubre con sus
abrigos y mantos , y los hombres pudientes se encierran en sus
trajes de lana sin prescindir, luciendo en el ojal de la solapa,
casi todos, un rojo y perfumado clavel, por lo que reciben gran
lucimiento.
En proporción a su tamaño, la capital de Honduras es de las
ciudades que más parques tiene, siendo notorio de éstos el Bonilla.
Instalado sobre una elevada meseta, para escalarlo se tiene que
ir por un camino zigzagueante. Desde el Bonilla se domina toda
la ciudad, asiento del gobierno nacional, y también la ciudad de
Comayagüela, separada de la capital solo por el río Choluteca,
enlazándolas un puente de piedras.
Hermoso panorama. La vista se dilata por los campos lejanos,
por los lados que lo permite la ausencia de cerros. Por el poniente
26 Gregorio Urbano Gilbert
se levanta El Berrinche, empinado cerro, roído constantemente en
sus cimientos por la corriente del Choluteca, y todo él, enrojecido
por los torrentes de sangre que le vertían. Por su cercanía a la
ciudad, era ocupado militarmente en los tiempos de las guerras
civiles por uno de los bandos contendientes, y el contrario, en
interés de conquistarlo para sus fines estratégicos, lo atacaba con
bravura, sucediéndose en consecuencia desesperados combates.
En estos últimos años, por la paz en sus alrededores ha cambiado
la suerte de El Berrinche. Ya no lo utilizan como campo de destrucción de la humanidad hondureña sino para beneficio de ella
aunque por eso lo estén desfigurando. Contiene en su interior un
material bueno para la construcción de casas, muros, calles, caminos, etcétera, por lo que le han convertido en una gran cantera,
cuyos cantos bellos, de varios colores, livianos y fuertes, eficacia
que le hacen tener buena demanda.
Entre las distintas cosas propias de Tegucigalpa, aparte de
sus pobladores, valientes, bondadosos y simpáticos, son de señalarse, la mansión presidencial, edificada sobre una fortaleza vieja de la época de la colonia, a orillas del Choluteca, la
catedral, el Banco Nacional, la plaza del mercado, rebosante
de artículos de mantenimiento en venta y de compradores de
los mismos, la casa de la Secretaría de Sanidad, sus tantos y
bellos parques, de los que dos se encuentran cerca del río. A
orillas de éste se encuentran el Teatro Nacional y los campos
de deportes.
Desde el parque La Leona, entre contemplación del panorama
y cambios de impresiones entre Turcios y Urbano, éste fija frecuentemente sus ojos en una estatua de bronce que se encuentra
levantada en el centro del paseo. Por su contextura parece ser
de un hombre como el férreo Hindenburg de Alemania, pero por
sus facciones se deduce que pertenece a la persona de un negro.
Intrigado por el monumento, Urbano le pregunta a Turcios por el
hecho que mereciera el homenaje a un hombre negro, color escaso en los individuos de su país.
Junto a Sandino
27
El poeta le respondió a Urbano que ese negro fue don Manuel
Bonilla, el presidente más recto, fuerte y patriota que haya tenido
Honduras.
Entre los méritos del poeta a su amigo sobre los méritos que
adornaban a don Manuel, el que más recuerda y que mucho le
gustó fue el de la vez en que por una diferencia habida entre el gobierno hondureño y una compañía formada por ciudadanos norteamericanos que explotaban los negocios del muelle y faro de
uno de los puertos del país, un crucero de guerra norteamericano
desembarcó una fuerza de militares de su dotación.
Las autoridades hondureñas agotaron todos los medios persuasivos para que los marineros extranjeros se reembarcaran y
al no lograrlo, el presidente Bonilla, para hacer respetar los derechos de la nación, envió al lugar de los acontecimientos una
fuerza militar compuesta de varios militares de hombres con
intenciones de exterminar a los yanquis si a su llegada todavía
se encontraban en tierra hondureña los atrevidos, lo que hizo innecesario el empleo de las armas, porque cuando los nacionales
se acercaban los norteamericanos precipitadamente se refugiaron en su barco y, a exigencias, tuvieron que dar satisfacciones
por su ofensa a la patria.
Don Froilán Turcios se honró en formar parte de los sobresalientes del gobierno que presidió don Manuel, desempeñando en
su gabinete la cartera de ministro de Gobernación…
Pasaron unos días en tanto el aspirante a soldado de la liberación de Nicaragua se preparaba en lo necesario para entrar en
la contienda. Para mejor llevar a cabo estas diligencias, Turcios
le aconsejó, como discreción, que se mudara del hotel Roma,
propiedad de italianos, al hotel Unión, por ser su dueño el señor
Antonio Lacayo, coronel del ejército libertador de Nicaragua y
nativo de este país. Por las circunstancias, Urbano se mudó. Si
bien hubo de notar la desventaja del confort en el nuevo establecimiento, al menos quedaba esto recompensado en razón al sitio en
donde estaba instalado, uno de los más pintorescos de la ciudad,
28 Gregorio Urbano Gilbert
al poniente de ella, frente al Teatro Nacional, frente al parque de
Las Palmeras, frente al pie casi, de El Berrinche, a treinta pasos
del Choluteca.
El avío de guerra del que se preparaba para ser soldado de la
liberación de Nicaragua consistió en un sombrero igual al que
usaba el ejército de su país. De igual clase fueron dos camisas y
dos pantalones, corbata color rojo y negro, como son los colores
de la divisa de la revolución libertadora, polainas de piel y zapatos claveteados, medias de lana, una pluma fuente, lápices, un
reloj suizo de bolsillo, una linterna eléctrica con varias pilas de
repuesto, una frazada de lana, un capote de agua, una plaquita de
identificación, que por yerro fue de oro, una hamaca, una mochila, una corre cartuchera, una cana, 150 cápsula, un revólver Smith
& Wetson, etcétera.
A TRAVÉS DE LAS MONTAÑAS-MALOS COMPAÑEROS
TROPEZANDO CON LA PLATA
Contrario a lo normal, el correo de Sandino se presentó con cuatro días de anticipación, llegando el 26 de septiembre a Tegucigalpa.
Con los preparativos ya terminados de Urbano, resolvió Turcios despacharlo con el correo dos días después de este haber llegado, para
lo cual se salieron a las afueras de la ciudad en la noche anterior a
una casa amiga, para de allí, al otro día, iniciar la marcha a los campos rebeldes. En esta casa se ocultaba mientras se reponía de unos
quebrantos tomados en campaña el capitán José de Paredes, primer
soldado activo de la causa conocido y tratado por Urbano.
Tres horas escasas tenía el día 28 de septiembre de haberse
iniciado, y ya se estaba efectuando lo dispuesto por don Froilán
Turcios. Urbano guiado por el correo, se encaminaba hacia la presencia del Libertador general Augusto César Sandino.
Al poco rato de estarse en marcha estos dos servidores de la
libertad, se les agregó un sujeto entrado en años, acompañado
Junto a Sandino
29
de un hijo hombre, una hija mujer, una nieta niña hija de la hija
y dos caballos cargados al máximo. Seguido quiso hacer de jefe
o director del grupo y hacía alardes de su saber. Decía además,
ser sargento mayor1 del ejército libertador no siendo más que un
vampiro de la causa que alentaba Sandino. Su apellido es el de
Flores y sus animales iban cargados de mercancías malas y baratas compradas en Honduras para revenderlas en los campos rebeldes con ganancias de usura.
Seguido Flores demostró su desamor a la causa considerando
el correo que un saco lleno de medicinas que mandaba Turcios
para atacar las enfermedades que se presentaban en la zona rebelde era demasiado pesado para sus fuerzas, se negó a llevarlo,
tal vez con razón, dado el trayecto largo que había de recorrerse.
Se le pidió al «sargento mayor» que se llevara la medicina sobre el lomo de una de sus bestias y respondió que si no le daban
diez córdobas2 como paga no lo consentiría, teniendo Urbano que
pagarle el dinero exigido. Además, en varias ocasiones, Flores
intentó, en complicidad con el correo, dejar botado a Urbano en
las monterías pobladas de interminables pinares, quien una vez se
vio forzado a usar su revólver haciendo una descarga al aíre para
poder conectarse con ellos.
La mala intención de Flores obedecía al pánico que se le apoderó al enterarse de los propósitos que guiaban al enviado de Turcios y más al verle su indumentaria que por su apariencia tan a lo
guerrero creyó que se podría comprometer.
En previsión Urbano de no quedarse perdido en las montañas
y no morirse de hambre tanto entre los pinos como en compañía
de esta gente que le negaban los alimentos que portaban en sus
alforjas, determinó con riesgos para todos y sin hacerle caso a
las voces de protestas de los otros, entrar a una población que
1
2
Sargento mayor: Grado militar que en Centroamérica equivale al de mayor
en otros países.
Córdoba: Unidad monetaria nicaragüense de valor a la par con el dólar
norteamericano.
30 Gregorio Urbano Gilbert
se divisó a poca distancia, y al llegar, vio en sus calles mucha
plata y con ella, tropezando o pateándola los transeúntes. Esto
se debe a que el poblado San Rafael está edificado al pie de una
loma compuesta de este valioso metal, y como en una época
explotaban la mina, son abundantes las piedras que ruedan por
sus alrededores y por sus calles con un buen porcentaje de la
riqueza mineral, conservando los vecinos, como adorno en sus
casas, trozos de los más ricos en plata. Aquí se hizo Urbano de
un chane3 y de un caballo y de mucha comida, contratando los
servicios del hombre y la bestia, hasta la frontera por el lado en
que se explotaba la mina de oro Agua Fría, para el cual dijo el
viajero que iba.
El chane, buen conocedor de las llanuras y montañas de su
país, husmeando los rastros de los desleales compañeros de Urbano, apurando la marcha a la capacidad del trote de la montura.
Al atardecer del día siguiente le dio alcance al correo, a Flores y
a sus parientes. Estos se indignaron en grande por el alcance que
se les dio, por figurar un sujeto más en el grupo y por perder las
esperanzas de dejar botado a quien tanto les molestaba, ya que se
apareció protegido del chane y de la fuerte bestia.
Flores, no era más que un entrometido en los negocios de esta
jornada, era el que más protestaba y tanta cobardía mostraba, que
en todas las paradas que se hacían sacaba de entre unos paquetes
una cuantas imágenes de santos en estampas y estatuitas y unas
cuantas candelas,4 partiéndolas ante las imágenes, a las que les
hacía largas oraciones y torturantes promesas si del apuro que se
imaginaba encontrar le sacaban con bien.
El correo se limitaba a murmurar continuamente que por la
insignificancia de los veinticinco córdobas que le daban por su
comisión no debían arriesgarlo tanto y que a esa clase de gente,
refiriéndose a Urbano con su porte tan marcial, debían mandarlo
con otra persona y nunca con él.
3
4
Chane: Baquiano o práctico o guía.
Candela: Vela (la de cebo u otras grasas usadas para el alumbrado).
Junto a Sandino
31
Si malos eran los juicios que hacían los nicaragüenses contra
Urbano, malos también eran los de este contra ellos, considerándolos ser unos miserables explotadores de la causa libertadora de
su patria y abusadores de un extranjero confiado a sus cuidados
que le servía a esa patria desinteresadamente.
UN ALCALDE AMIGO DE SANDINO
Al cabo de algunos días de caminata y estándose cerca de la
frontera, no se sabe por qué razón, el correo y sus compañeros determinaron al atardecer de un día sábado, pernoctar, y no
reanudar la marcha hasta el lunes siguiente, en una pequeña población que dijeron se llamaba Potrerillo del Sur. A Urbano le
indicaron que debía hospedarse en la casa de un señor que los
otros llamaban tío, haciéndolo así el indicado. La noche se pasó
bien y lo mismo las primeras horas después del amanecer del
domingo. Pero como a las dos de la tarde, después de haber
pasado el dueño de la casa un largo rato en la comandancia de
armas, este le preguntó a su huésped por su nacionalidad y por
los propósitos que lo guiaban por esos campos. El huésped le
contestó que era hondureño, de la costa norte y se dirigía a la
mina de oro Agua Fría. Mostrándose inconforme el dueño de la
casa por la respuesta recibida, le dice a su huésped que el acento
de su voz, sus modales y demás peculiaridades observadas en
él lo acusaban ser de cualquier otra nacionalidad pero no hondureño, instándole a la vez a que le hablara la verdad. Urbano
sostiene su alegato de ser hondureño y le explica a su protector
que su color y demás modales raros que le notaba obedecían a
la mezcla de razas que se está efectuando en la costa norte, que
por esto y por los tantos viajes efectuados al extranjero es por lo
que tiene rasgos distintos a los de sus paisanos.
El señor de la casa aunque sosteniendo su inconformidad calló. Se fue nuevamente a la comandancia en donde al habla con
32 Gregorio Urbano Gilbert
algunos hombres con apariencias de ser autoridades, de allí regresó como a las cuatro y dirigiéndose a Urbano y en tono de molesto
le dijo:
—Usted ha hecho mal en no confiar en mí. Usted tiene que saber
que no hay hombre sin amigos, y yo he querido ser uno de los amigos de usted y usted me ha rechazado al no quererme hablar la verdad. En la comandancia hay un telegrama venido de la capital en el
que se ordena lo detengan. Por más que usted haya querido fingir,
no ha podido evitar que lo descubrieran. Todas las indicaciones del
individuo a detener en el telegrama coinciden con las de usted, y
para que no insista en negar le diré que ese chane y esa montura que
lo acompañan los contrató usted en San Rafael.
Al creer Urbano de que no debía de hablarle más embustes a su
amigo y también notándole a este indicios más bien de ayudarlo
que de perjudicarlo, se le descubrió por completo y se le disculpó,
ya que su reserva no obedecía a su desconfianza hacia él sino a
que tenía que ser así por las exigencias de su misión para todo
el que no estuviera relacionado con ella y además teniéndose en
cuenta la recomendación de Turcios a su conductor del correo,
como quía que es, de que desechara lo más posible los encuentros con los moradores del derrotero a seguirse. Las autoridades
hondureñas por presión de los norteamericanos, perseguían a los
miembros de la causa libertadora de Nicaragua. A Turcios le habían suspendido la publicación de su revista Ariel y a su persona
la vigilaban constantemente los agentes del servicio secreto del
gobierno. Por esto Urbano no se explicaba la actitud del correo y
de sus compañeros de no seguir durmiéndose en el bosque cuando llegaba la noche sino que esta vez tuvo que ser un poblado con
categoría de cabecera de municipio, haciéndose larga la demora
en el lugar.
—¿Sabe usted del porqué no se le ha detenido? —continúa
hablándole el dueño de la casa a Urbano—, porque el telegrama
está dirigido al comandante de armas, pero como él ha bebido
Junto a Sandino
33
muchísimo guaro,5 está tan bolo6 que no se puede valer. Yo soy
el alcalde constitucional de la municipalidad, pero simpatizo mucho con Sandino y además soy del Partido Liberal.7 El secretario
del comandante, aunque desempeña una función del Ejecutivo,
es también amigo de la causa de Sandino y, en consejo conmigo
y mis amigos, hemos resuelto desentendernos del negocio de su
devolución, para que siga usted su ruta con el menor contratiempo posible.
Después de protestarle gratitud al alcalde por sus buenos servicios para con él como para la causa de Nicaragua, Urbano hubo
de consultarle sobre la mejor manera de salir de la población y
seguir la vía que sea la menos fácil de ser perseguido.
Llamados por el alcalde los compañeros de Urbano, compareciendo, los amonestó por la imprudencia de exponer tan peligrosamente al hombre que les confiaron. Les indicó que debían de
encontrarse preparados para abandonar la población tan pronto
sus moradores se entregaran al descanso, y el mejor camino que
debían seguir, y que se guardaran bien de las autoridades militares
ante las cuales nada podría hacer él en beneficio de ellos.
A la una de la mañana del lunes se reanudó la marcha de la
que quedaba poco por recorrerse de la tierra hondureña, parándose solo cuando se llegó a la última vivienda de los hondureños
fronterizos por el lado de la montaña El Malacate, común de las
5
6
7
Guaro: Aguardiente.
Bolo: Borracho
Liberal: En cada uno de los estados centroamericanos, los partidos políticos
de iguales denominaciones, tienen iguales ideologías. Como sus respectivos
ciudadanos, al encontrarse en uno que otro de esos estados, adquieren por
ese solo hecho la ciudadanía del país en que se encuentren, siguen en ese
país la filiación del partido político de igual nombre al que pertenecen en
sus países de nacimiento. Por esa razón, como Sandino fue a luchar a Nicaragua originalmente a favor del Partido Liberal, el alcalde se basaba en su
afiliación política hondureña para considerarse correligionario del héroe de
Nicaragua y de sus adeptos, y en el deber de ayudarlos.
34 Gregorio Urbano Gilbert
repúblicas de Honduras y Nicaragua, en donde se hicieron de provisiones de boca y de otros menesteres. Aquí el extranjero despidió a su chane con el caballo. Ya Flores y sus compañeros habían
dejado de serles hostiles al considerar el buen trato de que fue
objeto por parte del alcalde de San Rafael, pero siempre estaban
poseídos de temor y Flores daba indicios de quererse enfermar.
EN NICARAGUA
Temprano en la mañana del otro día, se despidieron los viajeros
de sus amigos los fronterizos y caminaban un tanto recelosos al
considerar que dentro de pocas horas estarían dando los pasos
más atrevidos de todos los andados al atravesar la línea guardada
por los militares de Nicaragua y por los de los violadores de su
soberanía como lo eran los intrusos yanquis, que a la vista de
todo sospechoso disparaban a matar. Al acercarnos al punto peligroso, se nos agregaron unos cuantos nativos nicaragüenses y
hondureños aventureros vividores de los contornos para con ellos
pasar a Nicaragua y ver en el norte de ella, abandonado o como
tierra de nadie, qué encontraban de coger que tuviera algún valor,
pudiendo ser ese qué ganado, café y cualesquiera otros artículos
valiosos, ya que esa región se encontraba sin ley ni control alguno, solo expuestos los atrevidos del merodeo a verse envueltos
entre las balas de los yanquis y de las de sus colegas los nativos
traidores.
Por ser un poco crecido el número que ya formaban los que
pasaban a Nicaragua, quince personas en total, se organizaron
en orden de guerrilla, caminándose en fila india, yendo el mejor
conocedor de la montaña haciendo de franqueador, dando por
consigna para si se percataba del peligro de los enemigos un
grito semejante al rugido del puma, al oído del cual todos tendrían que disponerse para la defensa o para el desbalance según
lo aconsejaran las circunstancias. Cuatro más de los agregados
Junto a Sandino
35
hicieron de vanguardia y los otros cuatro restantes de retaguardia,
formando el centro los primitivos seis viajeros.
Y caminándose con la mayor cautela, se iba perdiendo paso a
paso el límite hondureño, y alcanzando el nicaragüense, se iban
dejando atrás varios kilómetros de tierra sin haberse encontrado
peligro alguno.
Habiendo alcanzado ya sus objetivos codiciados, los aventureros que se habían agregado al grupo se desparramaron para posesionarse de ellos, siguiendo adelante en su misión los hombres al
servicio de Sandino, hasta que al hacerse alto en un punto, Flores
se sintió enfermo de tal manera mal que se negó a dar un paso
más. Se levantó una mala champa,8 en la que se guarecía no muy
bien, cubriéndose con su cobija,9 con la que trataba de disminuir
el frío que le causaba fuertes convulsiones. Le atacaron también
vómitos y males intestinales. Sus compañeros hacían cuanto podían por aliviarle sus dolencias, pero él prefería a las medicinas
formar un altar en el que exponía muchas imágenes de los santos
de su devoción a las que le prendía una docena de candelas, entregándose a la oración con sus hijos, con su nieta y con el que
hacía de correo, porque esperaba por ese medio curarse con más
rapidez.
En estas condiciones se pasan dos días, y al correo no le agradaba el sitio por considerarlo expuesto al peligro y alegando que
tenía que ponerse seguro por causa de la correspondencia, se marchó, prometiendo que enviaría un chane desde el primer puesto
movible de los que el general Sandino tenía escalonados desde
su campamento general de la frontera. Menos mal que el correo
cumplió su promesa, pues vino al otro día en la tarde un hombre
joven dándose a conocer como de los de la causa, enviado por el
comandante del puesto próximo para guiarlo hasta allí.
8
9
Champa: Choza construida rústicamente, solo con varas delgadas y hojas de
los árboles, preferentemente con las de pacaya.
Cobija: Frazada o cualquiera tela o cosa para cubrirse mientras se encuentre
uno en la cama para resguardarse del frío.
36 Gregorio Urbano Gilbert
Al amanecer del día siguiente Flores se alivió y se determinó
continuar la marcha, y en precaución el devoto contra cualquier
asechanza del enemigo o contra cualquier otro mal que le pudiera
atacar, se colocó una imagen en el pecho, otra en las espaldas y
una en cada costado, y, con una candela prendida aunque lloviera
o soplara el viento, iba rezando en alta voz.
Se caminó hasta llegarse al río Concepción, en el que Urbano
se quedó absorto al ver acumuladas en sus márgenes grandes cantidades de una materia menuda, reluciente y amarilla, creyéndola
ser del más fino y abundante polvo de oro que seres humanos hayan visto en estado virgen, desengañándose al coger en sus manos
una cantidad de la materia y sentirla liviana y observaba las burlas
que le hacían sus compañeros por confundir las bellas laminitas
pero de escaso valor que es la mica, con uno de los más costosos
y codiciados de los minerales.
Al otro lado y a poca distancia del río estaba el puesto de los
libertadores, en el cual se encontraba el correo aguardando a sus
compañeros.
MUESTRA DEL MODO DE CIVILIZAR AL
ESTILO DE LOS YANQUIS-LAS RUINAS DE MURRA
Bien fuere por los milagros de sus santos o por los cuidados y
medicamentos tomados, Flores se sentía bastante aliviado de sus
males por lo que se empeñaba en llegar cuanto antes a su casa y
por eso era poco el tiempo que se perdía en la marcha, llegándose
a una altura, el 11 de octubre, desde la cual se divisa a su pie, la
población de Murra, o mejor dicho, lo que fue la población de
Murra, porque ahora solamente se ven sus ruinas.
Los Estados Unidos de Norteamérica le achacan a los países
que le quedan del otro lado de su frontera el dicterio de salvajes
por razón de entregarse estos frecuentemente a sangrientos conflictos internos, no pudiendo de ningún modo llamarse al orden
Junto a Sandino
37
y constituirse un gobierno respetado por el pueblo, o un pueblo
respetado por el gobierno. Todo esto es una pura verdad. Pero,
también los yanquis, como esos mismos pueblos, deben tener en
cuenta que por lo regular son los Estados Unidos los animadores
de estos desórdenes en los pueblos del sur de su frontera, para
de esta manera aprovecharse, según se dice, de pescar en río revuelto, pesca que les resulta sumamente provechosa tanto en lo
material como en lo político.
Para colmo de males, después que la poderosa nación del Norte encuentra sujetos indolatinoamericanos que se presten al logro
de sus malas intenciones, toman de pretexto el desorden fomentado por ellos para constituirse por la fuerza en policía de las pequeñas naciones del continente y se creen con derecho de intervenirlas diplomática o militarmente cuando esto último ocurre,
entonces es que estas desdichadas naciones conocen el salvajismo
verdadero en su forma más cruda, despiadada.
Toda aquella persona que vivió en República Dominicana y
con mayor razón, en la región oriental, en los años que duró la intervención militar de los norteamericanos, no le puede ser extraño
este decir, porque conoce a cabalidad los hechos de esos soldados que no son salvajes sino más que vandálicos, como son las
cacerías de hombres, mujeres y niños indefensos, en los caminos
selvas y praderas, cruzándose a veces apuestas entre los oficiales
cazadores sobre el que mejor puntería hiciere en los cuerpos de
los infelices, los incendios de los bohíos con todos sus vividores
dentro, rodeándose con fuerzas armadas para que si alguna de las
víctimas lograra salir de entre las llamas, no pudiera escapar por
efecto de los disparos que se le hacían, el tormento del agua, a
veces caliente, a veces fría, el tormento de la soga, el tormento del
hierro candente, el arrastre del anciano a la cola de un caballo, los
estupros de doncellas y señoras, la destrucción de la propiedad,
el robo de los bienes privados y públicos, el sacrificio de los hombres en la hoguera, habiendo previamente las víctimas cargado la
leña, la inicua ley de fuga, etcétera.
38 Gregorio Urbano Gilbert
El soldado norteamericano en Nicaragua, cometía su bandolerismo con más soltura que en la República Dominicana, en razón de que en Nicaragua había un gobierno nacional que asumía
las responsabilidades de los abusos de los interventores, mientras
que en la República Dominicana, no hubo ningún testaferro que
quisiera cargar con las responsabilidades de los norteamericanos,
cooperando con ellos, por lo que tuvieron los intrusos que cargarlas íntegras al hacerse cargo del gobierno de la república con
su gobernador militar a manera de ejecutivo y sus secretarios de
estado, todos oficiales norteamericanos, por todo el tiempo que
esta situación anómala duró.
Pero si no es solo en Santo Domingo, Haití, Nicaragua, Colombia, México, éstas las más directamente perjudicadas, en donde la
nación norteamericana ha mostrado el estado de barbarie en que
se encuentra. Es también dentro de los límites de sus fronteras.
Por imparcial que sea una persona, o aun más, por apasionada
que sea por los Estados Unidos, no podría negar que en esa nación
se cometen desórdenes que no se ven en ninguna otra parte del
mundo, y con la agravante de que muchos son a sabiendas y con
complicidad de las autoridades.
De estas cosas se anotan a la ligera, los de los grupos expoliadores de sus conciudadanos de la siguiente manera:
—Secuestrando niños y adultos.
—Pasando de contrabando inmigrantes indeseables, sufriendo
las agrupaciones que no estén en convivencia con las autoridades,
que a sus clientes se los asesinen impunemente en las costas, esas
mismas autoridades.
—Igualmente sucedía con los contrabandistas de licores. A Al
Capone solo lo condenaron por no haber pagado impuestos por
las ganancias que obtuvo por la venta de los licores que introdujo
de contrabando. ¡Buena moral! No se castiga por los crímenes
cometidos, sino por no contribuir a favor del estado con las ganancias obtenidas de la comisión de esos crímenes, los que fueron tantos los habidos en ese ejercicio, que se pierden las cuentas
Junto a Sandino
39
de los asesinatos habidos por ello. ¡Absurdo parece, y es la pura
verdad!
—Para explotar negocios determinados, y todo aquel que tenga
o quiera tener uno similar, tiene que asociarse con ellos, porque
de lo contrario bandas organizadas de criminales se encargarán de
trastornar el negocio y hasta de matar al dueño.
—Para que todos los negociantes les asignen una cantidad de
dinero, como si fuera una iguala por no hacer nada, dizque para
garantizarle sus negocios, y de no hacerlo así no hay que contar
que el negocio marchará bien ni tampoco el dueño. El rackett es
de los medios el mejor para llevarse una vida holgada en muchos
de los ciudadanos de los Estados Unidos. Y, las autoridades nada
saben…
—Se imaginan minas o industrias en los que infelices que
tienen sus ahorros o sus pequeñas propiedades los realizan e
invierten los fondos en ellos, por lo que quedan en la más completa miseria, gracias a esta manera de estafar, como tantas
otras más.
—Otros, que teniendo la mina o la industria, la dirigen con
el intríngulis de que a los pocos años de haberse colocado los
bonos no produzcan dividendos, viéndose forzados los tenedores
de ellos a venderlos por casi nada a agentes secretos de los estafadores.
—El gansterismo es una de las ocupaciones de más lucro y
respetadas. Abundan tanto los ladrones y son tan poco molestados
que a la vista de todo el mundo y a plena luz del sol asaltan en las
calles desde el más insignificante en asuntos monetarios, hasta el
más opulento, y se llevan de los bancos sumas tan grandes que
llegan a veces al millón de dólares, Chicago tiene, esa sola ciudad
de Estados Unidos, más criminales que los que tiene todo el Reino Unido de la Gran Bretaña, según el decir de un crítico de los
propios Estados Unidos.
El pueblo norteamericano es tan dado a la estafa que son
frecuentes los escándalos que se suceden en razón a esa causa
40 Gregorio Urbano Gilbert
endémica que le asiste al figurar lo más granado de esa sociedad, como se evidenció en los casos de Sinclair, Doheny, National
City Company, National City Bank y Morgan, conforme publicó
y comentó la prensa mundial en el tiempo de unos pocos años después de haberse iniciado la tercera década del siglo en que vivimos. El escándalo de Morgan fue de tal magnitud que trajo a relucir
como complicados a personajes de la talla de Calvin Coolidge, que
siendo presidente de esa república federal, declaró BANDIDO al
patriota Libertador general Augusto César Sandino, a John W. Davis, ex candidato a la presidencia de los Estados Unidos, al general
John J. Pershing, el militar que guió a los soldados de su patria en
los campos de guerra de Europa en el año 1918, contribuyendo
poderosamente al triunfo de la causa de los aliados. Anteriormente
el guerrillero y también declarado bandido, el mejicano Pancho Villa, puso en ridículo a Pershing cuando al mando de una numerosa
fuerza invadió la patria azteca, dizque en acción punitiva contra lo
que consideraba desorden de los nativos. Más tarde el litigio por
Tacna y Arica entre Chile y Perú lo hizo volver a Washington con
un fuerte dolor de muelas, y no resolvió el conflicto entre las dos repúblicas del continente sur. También estaban complicados William
H. Woodin, secretario de Hacienda de los Estados Unidos; Charles
Augusto Limbergh, aviador, rompedor de la incógnita de atravesar
en vuelo aéreo al mar Atlántico sin escala, por lo que alcanzó se le
declaró héroe nacional, y medio mundo le rindió homenaje, y además otros grandes personajes de la política y de los negocios de los
Estados Unidos de América del Norte.
No es nación de conciencia, culta, la que le da tanta cabida en
sus entrañas al resabio racial.
Una persona de color, por moral y sabida que sea, no se le aprecia para nada. A un perro sí, y en mucho. Esta persona no puede
viajar, hospedarse, ni pasear, ni comer, ni entrar en iglesias, ni penetrar en centros de enseñanza, etcétera, como lo hacen los perros
acompañados de sus amos blancos. Con la bestia no se ofenden ni
se desprestigian. Con el ilustrado personaje negro sí se consideran
Junto a Sandino
41
ofendidos y desprestigiados esos blancos norteamericanos. ¡Vaya
con el concepto, con el espíritu del estadounidense!
La persona que comete un delito, sea blanca o negra, debe ser
juzgada y condenada, si cabe, por jueces competentes. Pero no;
son frecuentes los casos en los Estados Unidos que toda una ciudad se convierte en criminal con tolerancia de las autoridades al
sacar de la cárcel un presunto delincuente, las más de las veces
de color, y asesinarlo en una plaza pública, acribillándolo a balazos después de colgarlo de un árbol conforme a la inspiración
del magistrado carolinés, míster Lynch, de quien toma nombre el
bárbaro suplicio.
Una persona blanca que vea en otra de sexo y raza opuestos
a los suyos mejores cualidades que en una blanca, y se casa con
ella, forma una unión desgraciada, por lo que tiene que emigrar
porque si no se le aplica la doctrina del magistrado Lynch, por
causa de la acertada ocurrencia de Cupido.
Pero con todo no ha de ignorarse, si es que por el hecho de ser
persona de color está deshonrada, que los Estados Unidos fuera
la nación soberana de la tierra en que la cuenta de sus negros
se elevara a mayor número, no siéndolo, porque tres países que
hasta ayer fueron coloniales, radicados en el continente originario de la raza negra, se han declarado independientes a última
hora, los que le superan con poco margen en esos pobladores,
los que son Nigeria, Congo Belga, África Occidental Francesa,
y una república de la América del Sur la sigue a distancia considerable.
La «liberal», la «democrática» y «moralista» república de los
Estados Unidos, la de América del Norte, una vez, para robarse
unas islas situadas en los mares del Caribe y Pacífico, que fueron de una nación europea gastada por sus tantas desafortunadas
guerras internacionales y coloniales, cometió el espantoso crimen de asesinar a toda una dotación de uno de sus propios acorazados, a excepción de la oficialidad, volándola con el navío en
la bahía de La Habana, calumniando a la nación posesora de las
42 Gregorio Urbano Gilbert
islas, la España de las tantas leyendas y de los tantos hidalgos de
ser la autora del crimen.
También, por el tiempo de los primeros años corridos de la tercera década en que vivimos, trajeron los cables telegráficos la noticia
de la huelga que comenzó en la planta eléctrica de Toledo, Ohio,
y se propagó por varios estados de la Unión, en la que intervino
el ejército «usando para amedrentar a los huelguistas, de todo su
material de combate» como si se tratara de una guerra internacional, «disparando al aire contra los revoltosos, matando e hiriendo a
miles» de los infieles que reclamaban un mejor bienestar a cambio
de sus trabajos rendidos a las empresas que los ocupaban.
Como afirmación a lo que se ha anotado en párrafos anteriores
sobre la culpabilidad de los Estados Unidos de los desórdenes
revolucionarios que se desarrollan en Latinoamérica, por el tiempo en que ya hemos señalado, la International Aeronews Service expandió por el mundo por medio de sus diarios asociados la
sensacional noticia de que el senador por el estado de Louisiana,
Huey P. Long, acusó por ante el Senado de la confederación a la
Standard Oil Company, compañía petrolera, de ser causante, por
animarlas, de las revoluciones y guerras que se desarrollan al sur
de sus fronteras, señalando particularmente la del Chaco entre
Paraguay y Bolivia, para aprovecharse del petróleo que enriquece
a esos países, y acusó también a la Liga de Naciones de parcializarse a favor de Bolivia por la influencia de los millones de la
Standard Oil Company.
Pero si escandalosa fue su denuncia, más escandaloso fue el
hecho de que a los pocos días del senador Long hacerla fue asesinado a balazos en horas de la noche, no sabiéndose nada importante del móvil del crimen, porque el joven asesino fue inmediatamente liquidado a balazos por los amigos y guardaespaldas del
senador asesinado.
Se decía de Long, que en su estado ejercía una dictadura tan
fuerte y completa como la más que practican los totalitarios de
Asia y Europa.
Junto a Sandino
43
Y a propósito de los hechos de los grandes funcionarios norteamericanos, y siendo la alcaldía de New York el cargo político
más ambicionado de todos los Estados Unidos, después del de la
Presidencia de la República, cabe aquí señalar la piedra de escándalo en que se convirtió Willima O´Dwyner. Cuando desempeñaba
esa alta función, dijeron sus opositores que protegía al hampa, de
la que recibía por mediación de su jefe, Frank Costello, buenos
beneficios. También la policía en su tiempo se beneficiaba con un
millón de dólares al año que le suministraba un tal Gros por su protección como jugador de bolita. Dejada la Alcaldía por O´Dwyner,
fue nombrado embajador de los Estados Unidos en la República de
Méjico, y por eso y por sus actuaciones sucias en la Alcaldía, hubo
muchas protestas periodísticas y políticas contra William y demandaban que renunciara al cargo o lo dejaran cesante, pero el presidente de la República, Harry S. Truman, contra todos los deseos de
los disgustados, lo sostuvo en su cargo de embajador, exhibiendo
en el extranjero a ese hombre inmoral.
Muchos estadounidenses a fuerza de estafas y otros crímenes
en que figuran los asesinatos ejecutados por los gánsteres a su servicio se hacen millonarios. Entonces, de esos beneficios ilícitos,
hacen lujosas regalías a instituciones benéficas, las que no tienen escrúpulos de recibir dádivas tan manchadas y de otorgarles
el honroso dictado de filántropos, como tampoco la nación tiene
el escrúpulo de recibir como contribución a su tesoro dinero tan
apestado, aunque alguien en la antigua Roma dijera que el dinero
no tiene olor, al imponerle un impuesto fiscal a ciertos servicios
familiares…
Pero nos estamos alejando mucho de los motivos que nos guían
a trazar estas líneas por ocuparnos de las cosas yanquis dentro de
sus fronteras. Nos paramos de enumerarlas porque son demasiadas para anotarlas todas en este pequeño volumen. Volvamos a
los malos hechos que cometen contra los pueblos indolatinos, que
es por lo que escribimos. Volvamos a Murra, mejor dicho, a lo
que fuera Murra, a las ruinas de ella.
44 Gregorio Urbano Gilbert
En los alrededores de la población en ruinas de Murra, vivía
con su familia y con algunos de sus amigos, refugiados en rusticas champas fabricadas debajo de los arboles, un señor de nombre
Juan Colindres. Era uno de los más ricos del lugar, hacendado y
minero. Con su grupo formaba una especie de avanzada del campamento general de la libertad, aunque bastante retirada, y aquí
el correo entregó a Colindres todo lo que para Sandino trajo de
Honduras, incluso a Urbano. Nada ni nadie que viniera de afuera podía penetrar más allá en dirección al campamento general.
Colindres era el último filtro por donde debían pasar los que a
Sandino se dirigían.
Dejando a Urbano con él, Colindres le despacha al Libertador
la correspondencia y demás encomiendas recibidas y mientras esperaba sus instrucciones respecto al que quiere ser soldado de su
causa, Colindres le refería al voluntario los horrores que causaban
los machos10 en Las Segovias.
—¿Usted ve cómo tenemos que vivir debajo de estos árboles, cubriéndonos de la intemperie con estas miserables champas
hechas desde sus ramas? —habla don Juan Colindres—. Tiene
que ser así, porque a los que no nos queremos entregar no nos
queda otro medio mejor de vivienda. Los machos han dispuesto
la destrucción de la región, por el hecho de haberla declarado
zona rebelde, y en consecuencia, nada que tenga vida o que pueda facilitarla tiene derecho a subsistir a juicio de ellos, siendo su
principal ensañamiento con la gente. Si en este momento unos
cuantos campesinos pacíficos fueran sorprendidos por los machos, o por sus secuaces nativos, sin ningún aviso o intimidación
para que se rindan, les abren fuego con sus armas y mientras no
quedaran muertos o desbandados no cesarían de dispararles. Solo
le retienen la vida a aquel que hecho prisionero, lo necesitan para
que les sirva de chane, y después de servidos por él, con buenos o
malos resultados, entonces lo liquidan.
10
Macho: Mulo. Por causa de la manera brutal con que se portaban en Nicaragua los soldados gringos eran comparados con esta recia bestia.
Junto a Sandino
45
Como una demostración de lo que Colindres refería a Urbano,
desde la altura de un barranco cercano le señaló el montón de escombros que allá abajo se divisa, y que ya rato antes había visto
cuando con el correo caminaba, y le dijo:
—Aquello fue la población de Murra. No cometió ningún otro
delito más que el que fuera fundada en esta región para que se le
condenara a lo que usted está viendo. A sus moradores no se les
avisó con palabras ni con ningún otro medio que no fueran las
bombas de los aeroplanos para que abandonaran sus viviendas para
destruírselas, dándose cuenta de ello cuando caían sobre sus lomos,
causándoles una espantosa como inicua carnicería humana.
Así como Murra, corrieron igual suerte todas las otras poblaciones que se encontraban edificadas dentro del radio declarado
zona rebelde y lo peor de todo es que ocurre con la complaciente
aprobación de ese sujeto que se impuso, o mejor dicho, lo impusieron los yanquis, como presidente de nuestra república, y es
quien tiene por nombre el de Adolfo Díaz. De los pobladores de
Murra que no murieron cuando se les bombardeaban, unos viven
errantes como bestias por las montañas, otros defienden la patria
al lado de Sandino, unos cuantos emigraron a Honduras y los más
cobardes se acogieron a las garantías que les ofrecieron los machos y viven en los centros en que las fuerzas libertadoras no han
penetrado.
Colindres le habla a Urbano de la riqueza de Mura y le señala
la lozanía de los árboles de los bosques cercanos, y lo abundante, fácil y bueno que se dan los frutos de cultivos en los campos
a medio talar para ocultarlos de las miradas de los soldados de
tierra y del aire de los invasores. Luego le muestra la riqueza del
bajo suelo. «Todos vivíamos relativamente cómodos», afirma don
Juan, quien lo conduce por unos despeñaderos y unos matorrales,
deteniéndolo al llegarse a un sitio en que hay una quebrada y en la
roca de una de sus márgenes, junto de por donde corren sus aguas
de manera que éstas le entren fácil en el manipuleo, hay hecho
una concavidad en forma de taza estando a su lado una piedra en
46 Gregorio Urbano Gilbert
forma de media esfera, que hace justo macho con el hoyo, los dos
con una medida como de catorce o más pulgadas de diámetro y
de un color blanco y sumamente duros los materiales de la roca en
que y de lo que están hechos objetos que Colindres extrajo de entre
una pequeña cueva que está en el barranco, con un zapapico, una
mandarria y una cuña, con los que dio unos cuantos golpes en el barranco, del que al instante saltaron varios pedazos de piedra, de los
que tomó Colindres unos cuantos y le mostró a Urbano la riqueza
de oro que contiene la barranca mina, explicándole el procedimiento para extraérselo después de molidas las materias rocosas con la
semiesfera, con la concavidad, con el agua y el azogue.
Y así se ve a una región rica en minerales del rico metal, rica
agricultura y rica en ganado bovino, convertida en una total ruina
gracias a los hechos de los más grandes bárbaros que haya dado
el mundo, los que pretenden ser lo policías de unos pueblos honrados y trabajadores con el capricho de entregarse de cuando en
cuando a alegres entretenciones bélicas.
ANTE EL HÉROE
Al otro día llegó de retorno el correo que Colindres envió al campamento general, trayendo la orden del Libertado en la que requiere la conducencia inmediata por ante su presencia del voluntario Urbano. Como fue en horas últimas del día en que llegó el
correo, se determinó que saliera al siguiente tan pronto clareara.
Y caminándose continuamente por el tiempo de nueve horas y
media horas, envueltos Urbano y el chane en un aguacero de toda
la ruta, llegaron a un punto de la selva en que el último le dijo al
primero:
—Estamos cerca del campamento. Usted me entregará sus armas y se quedará aquí esperando a que una comisión venga a
buscarlo. Usted no puede penetrar armado en el campamento sin
ser previamente anunciado.
Junto a Sandino
47
Obedeciendo Urbano, el chane siguió su camino y como al
tiempo de cuarenta minutos, oyó el que esperaba voces alegres de
hombres que venían a su encuentro. Eran los coroneles Francisco Estrada, nicaragüense, y Porfirio Sánchez, hondureño, primero y segundo ayudantes, respectivamente, del comando supremo
del ejército libertador de Nicaragua, comisionados por el general
Sandino para recibirlo y conducirlo a su presencia.
—Es un haitiano.
Fue la última frase que Urbano oyó de la conversación que
traían los dos oficiales, porque eso le pasa a la República Dominicana y a sus naturales, que con mucha frecuencia los confunden
en el extranjero con la otra república hermana del occidente de la
isla, y con los de sus naturales.
Juntos los dos soldados de la libertad de Nicaragua con el
pretendiente a ello, cambiadas las salutaciones ceremoniales, los
coroneles invitaron al llegado a pasar adelante y al poco rato se
encontraban en presencia del general Augusto César Sandino,
siendo el tiempo el oscurecer del día 13 del mes de octubre del
año 1928, y llovía torrencialmente, por lo que las ceremonias de
la recepción al recién llegado se celebraron en extremo sencillas
y cortas, por tenerse que efectuar dentro de la estrecha champa
del héroe. Rodeaban a Sandino además de los coroneles Estrada
y Sánchez, el general Manuel María Girón Ruano, guatemalteco, jefe del estado mayor, el coronel Agustín Farabundo Martí,
salvadoreño, secretario general, y otros oficiales de graduaciones
menores.
CAPÍTULO II
EL ASALTO A EL CHUPÓN
La pauta / El Chupón / Elecciones generales. Ideas de los comandos
combatientes / En acción.
Encontrándose en interesante charla el general Sandino y Urbano sobre asuntos relacionados con la campaña militar llevada a
cabo por el primero y la caminata realizada por el último para
incorporársele eran a cada momento interrumpidos por hombres
de aspecto extraño para el recién llegado, tanto en lo físico como
en sus indumentos y armas, y por las impresiones que reflejaban,
por lo que el general Sandino se vio precisado a suspender la conversación para ponerle la debida atención a lo que movía a estos
hombres.
Eran espías y correos que desde distintas direcciones venían a
informar lo observado en sus misiones, y a traer correspondencia
a los jefes de las columnas en operaciones contra el enemigo.
Era tarde y obscuro, y no obstante, había mucha actividad en
el campamento, y un poco de inquietud en el general Sandino, a
quien oyó exclamar:
—¡Son tantos, renovados y descansados los hombres del enemigo, y los nuestros pocos y cansados!
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50 Gregorio Urbano Gilbert
LA PAUTA
Cuando amaneció el día 14, el Libertador le ordenó a Urbano
que se armara, señalándole su revólver que a solo una cuantas
pulgadas de distancia de él se encontraba, y a su alcance cuando
se encontraba en su lecho la noche anterior, en el que durmió.
Seguidamente le dio a leer la pauta por la que se regía el ejército de la libertad de Nicaragua, para que cuando acabara y si se
encontraba de acuerdo con sus términos, la firmara. Urbano se
disponía a firmarla, pero Sandino lo detuvo instándole a leerla
primeramente. Pero Urbano le rogó que lo dejara firmar primero
y después leerla, ya que firmaba en el buen acierto que se debió
tener para redactarse y que también esperaba que en ninguna de
sus cláusulas se le prohibiera ejecutar el único propósito que lo
había movido hacia su lado, como es el de combatir al yanqui con
la mayor efectividad que tuviera a su alcance.
Ante la obstinación de Urbano, Sandino lo dejó hacer, mientras le decía que si era tenedor de algún grado militar, lo hiciera constar para reconocérselo, pero al no tener ninguno Urbano
firmó la pauta como soldado raso, pero el héroe, satisfecho con
las referencias que trajo de su país, lo incorporó seguidamente a
su estado mayor, siendo el único soldado raso que gozara de ese
especial privilegio.
Vista por Sandino la trazada pauta firmada del nuevo soldado
de la libertad de Nicaragua, insistió en que este leyera el instrumento por el que tendría que regirse, el que copiado conforme al
original dice así:
PAUTA
La pauta de la organización de las fuerzas defensoras del derecho nacional de Nicaragua queda establecida de la manera siguiente:
Junto a Sandino
51
1.- La Institución militar de los defensores del Derecho Nacional
de Nicaragua se compone de liberales voluntarios nicaragüenses
y de latinoamericanos que deseen unirse al ejército, dispuestos a
defender con su sangre la Libertad de Nicaragua; y por lo mismo
sólo reconocen como jefe supremo al patriota general Augusto
César Sandino, quien leal y sinceramente ha sabido defender con
toda abnegación el decoro de la nación, como legítimo nicaragüense y en tal concepto ajusta sus actos al más alto espíritu
de disciplina, sujetándose y reconociendo el código militar de la
república.
2.- La Institución militar de los defensores del derecho nacional
de Nicaragua, desconoce en absoluto todo acto, orden o disposición que emane del traidor y usurpador Adolfo Díaz así como
de los invasores de la patria que con cinismo de grandeza están hollando nuestra soberanía, pues se entiende que la política
de nuestro país no debe emanar de una nación extraña sino que
debe estar basada en el más absoluto espíritu nacional.
3.- Los defensores del derecho nacional de Nicaragua no forman
una facción partidarista que con su actitud trate de la división
del Partido Liberal, antes al contrario, es el alma y nervio de
la patria y de la raza y por lo mismo se concreta a la defensa de
nuestra soberanía y al mantenimiento de los derechos del Partido Liberal, los cuales fueron violados por el tránsfuga y traidor
José María Moncada, quien con su desenfrenada ambición no
meditó las graves consecuencias en que lo hundió su cobardía,
traicionando a su Patria, a su jefe y su partido. En tal concepto,
comprendiendo que Nicaragua no debe ser patrimonio de determinado grupo o partido, juramos ante el símbolo de la patria
morir antes que vendernos o rendirnos a las propuestas de los
invasores, oligarcas y traidores que por tantos años han traficado
con la honra de la nación.
4.- Todo guerrillero que con posterioridad se levantare en armas uniéndose a los defensores del derecho nacional de Nicaragua, está obligado a participárserlo al jefe supremo, quien lo
52 Gregorio Urbano Gilbert
organizará con las formalidades debidas eligiéndole la zona en
que debe operar.
5.- El departamento de Nueva Segovia, en el cual se ha mantenido
latente el patriotismo nicaragüense, se divide en las cuatro zonas
siguientes: Pueblo Nuevo, Somoto, Quilalí y Ocotal; en cada una
de las cuales permanecerá un jefe de operaciones, que oficialmente
será nombrado por el jefe supremo de la Revolución.
6.- A todo jefe de operaciones le está prohibido estrictamente hostilizar a los pacíficos campesinos, así como lanzar préstamos forzados a menos que sea autorizado por el jefe supremo, y en tal caso
deberá comprobar fundamentalmente las cantidades que emplee
en proveer las fuerzas a su mando, pues el desacato a esta disposición dará lugar al procedimiento conforme al código militar.
7.- A todo jefe perteneciente a las fuerzas defensoras del derecho
nacional de Nicaragua le está prohibido estrictamente celebrar
pactos secretos con el enemigo y aceptar convenio que vengan en
detrimento de la honra de la patria y el partido. Quien quebrantare esta disposición será juzgado en consejo de guerra.
8.- Los poderes de la revolución están constituidos en el campamento general del cerro del Chipote, baluarte de los defensores
del derecho nacional de Nicaragua que seguiremos sosteniendo
con lealtad el símbolo de la patria y del Partido Liberal.
9.- Toda orden que emane del jefe supremo de la revolución, será
acatada con el más alto espíritu de disciplina y por lo mismo
todo jefe perteneciente al ejército defensor del derecho nacional
de Nicaragua, está obligado a cumplirla y hacerla cumplir con el
deber que impone el honor y el patriotismo.
10.- El ejército defensor del derecho nacional de Nicaragua, compuesto de abnegados patriotas no admite sueldo diario, pues tal
acto sería juzgado por el mundo civilizado con la más acre censura, supuesto que todo nicaragüense verdaderamente patriota
está obligado a defender voluntariamente el decoro de la nación,
pero el jefe supremo de la revolución se compromete a proveer al
ejército de todo lo indispensable en equipo y en vestuario.
Junto a Sandino
53
11.- Toda comunicación oficial que emane del cuartel general, así
como de jefes y oficiales, deberá ir suscrita al final con la palabra
“patria y libertad”, las cuales se reconocen como oficiales en
todo el ejército.
12.- El ejército defensor del derecho nacional de Nicaragua está
en comunicación activa con las demás naciones indohispanas del
continente y por lo mismo tiene ya nombrados sus representantes
que trabajan en beneficio de nuestra causa, por lo que nuestro
triunfo tendrá que ser un hecho, el cual llenará de gloria a los
que haciendo a un lado toda ambición personal supieron aceptar
el sacrificio que exige la defensa de la honra de nuestra patria.
13.- Los grados expedidos por el comando general serán reconocidos al triunfo de nuestra causa, extendiéndose a cada individuo
su despacho correspondiente.
14.- El jefe supremo de la revolución jura ante la patria y el ejército defensor de la derecho nacional de Nicaragua, no tener compromiso político con nadie y por lo mismo sus actos se ajustan al
más elevado patriotismo, asumiendo la responsabilidad de ellos
ante la patria y la historia, y en virtud de lo expuesto todos los
jefes y oficiales la ratificamos.
En el Chipote, Nicaragua, C.A., a los días del mes de septiembre
de mil novecientos veinte y siete
Patria y Libertad
Se siguen las firmas de todos los jefes y oficiales del ejército defensor de la soberanía de Nicaragua, encabezadas por la del héroe máximo de la revolución, el general Augusto César Sandino,
pisada por el sello del ejército libertador, en el que figura un
indio rematando a filo de machete a un soldado norteamericano
mientras se va tendiendo en tierra.
54 Gregorio Urbano Gilbert
Al terminar Urbano de leer el documento arriba transcrito,
se lo devolvió a su jefe sin poder evitar que se le escapara cierto
rictus que Sandino lo tomó como una crítica a la pauta, porque lo
que le observó que si le notaba algo malo, contestándole el soldado que por lo que a él le toca no tenía nada que objetarle, toda
vez que, como ya antes le había dicho, no lo movía en el negocio
de la revolución otra cosa más que el combatir al Yanqui lo más
eficazmente posible sin ninguna mira de ventaja personal y que
tampoco tenía la pretensión de ser reformador y ni siquiera critico
de estatuto de institución alguna, pero que no dejó de notar en los
artículos de la pauta de una manera bien marcadas notas en que
solo se componen las filas de la revolución, a cuanto a individuos
nicaragüenses, de los de uno solo de los partidos políticos del
país, como es el Liberal y que siendo una causa nacional la que
se defiende con la revolución, creía que esa exclusividad política la perjudicaba al alejar de sus filas a los hombres de buenos
sentimientos que hay en otros partidos políticos y a los apolíticos
también, al dársele entender de esa manera que se les rechaza en
ella, pudiendo los tales hombres hasta asegurar que la causa de la
revolución no es nacional sino partidista.
También le señaló el soldado a su jefe lo que se dispone en
el artículo 1 en cuanto a solo reconocerlo a él como jefe supremo de la revolución. Esto al entendimiento del soldado, no se
debió redactar en la pauta, deslizarlo hasta el punto de decirse
sólo, porque sí por una de esas voluntades del destino, Sandino
se inutiliza para dirigir la revolución, ésta, de conformidad con
la pauta, tendríase que disolver aunque en sus filas haya hombre
capacitados para dirigirla. Que hubiera quedado bien dispuesto el
reconocerlo como jefe supremo, pero dejándose descansado en
el tintero el material necesario del trazo del amenazante adverbio
sólo, vocablo que también puede dejar entender que la causa que
se defiende es partidaria, por lo que al destino se le antojare. Y por
último Urbano reparó en el artículo 12 íntegro, por no comprender que tiene eso que ver con lo que a la organización de la causa
Junto a Sandino
55
se refiere, al igual que otros distintos asuntos que en la pauta en
general se anotan.
Estas observaciones, hechas por un desconocido y recién llegado provocó un movimiento remolinante de los demás jefes alrededor de los dos hombres, extremos opuestos componentes de
tan hazañosa causa como era la que se propuso arrancar a Nicaragua de las tan potentes garras como son las del águila del norte
de América, o lo que es lo mismo, alrededor de esa eminencia que
fue Augusto César Sandino, y del bisoño soldado raso venido de
lejana tierra, ignorante de los achaques que envuelven a tan recia
campaña bélica que se libraba, por lo que quisieron suscitar la
discusión.
Pero Urbano, conteniéndola, expuso:
—No he venido tampoco a discutir, sino a obedecer en todo lo
que me sea ordenado que sea razonable y a aportar en lo más que
pueda mi capacidad en esta lucha. Si expuse mi parecer acerca de
la redacción de la pauta, fue simplemente porque el general me lo
pidió y no porque me interesa o afecta en algo.
Pero como Urbano no estaba enterado de ciertos detalles relacionados con la política de Nicaragua y de muchos otros asuntos
de la revolución, consintió en que se le ilustrara sobre ellos, accediendo entonces un algo en sus apreciaciones de la pauta.
Se sucedió un día más y otro también, por lo que se contaba el 16 del mes de octubre del año 1928. En tanto los pies de
Urbano se habían alterado mucho y le dolían por razón de la
larga caminata que había tenido que realizar a pie para poder
llegar al campamento general de los libertadores, por lo que
caminaba con dificultad teniendo para ello que apoyarse en un
rústico báculo.
Los aeroplanos del enemigo, único de los bandos contendientes que los poseía, mostraban sus actividades. Desde los distintos
puntos que señala la rosa de los vientos, volaban encentrándose al
campamento general, siendo notado que cuando pasaban por encima del verdadero pero abandonado Chipote, el que se encuentra
56 Gregorio Urbano Gilbert
a poca distancia del cerro ocupado entonces por el campamento
general de la revolución, le hacían descargas de ametralladoras y
de bomba aéreas. El enemigo utilizaba los aeroplanos tanto para
atacar los campamentos de los patriotas y sus columnas en operaciones, como para simplemente espiarlos y también guiar a sus
fuerzas a donde se encontraban los alzados, como estos solamente
utilizaban para estas dos últimas actividades contra sus enemigos,
a débiles indios o hambreados mestizos.
Al general Sandino se le acrecentaba su inquietud, despachaba
para algunos de los jefes subalternos en operaciones correos a
los que les encargaba hacer sus diligencias lo más rápidamente
posible.
Todo indicaba que algo serio se aproximaba.
EL CHUPÓN
Un altiplano defendido al frente por profundos barrancos, ante
los cuales el suelo en profundas ondulaciones, cual monstruosas olas de un mar en tempestad, se dilata hasta la margen norte
del Segovia o Coco, río de los más caudalosos de Centroamérica, que en semejanza a una descomunal serpiente se extiende
por el continente, atravesándolo casi, en dirección corrida de
oeste a este hasta arrojarse en el mar Caribe, así es El Chupón,
teniendo a sus flancos y a retaguardia, las cortaduras del suelo
más pronunciadas todavía y en ascenso, presentándose varios
cerros de alturas apreciables, entre los que se distingue el célebre Chipote.
De un vistazo que girara a sus alrededores al menos versado
guerrillero, habría de comprender que si el lugar es apropiado
para encenderle el numen a un poeta o a un pintor, no lo es así
para resistirles en batalla a enemigos superiores. Si estos se aventuraran únicamente a atacar por el sur, por el Segovia, entonces
sí que habría probabilidad de éxito en la lucha por parte de los
Junto a Sandino
57
ocupantes de El Chupón. Los cerros que se levantan por los demás lados resultarían ventajosos no para los defensores sino para
los atacantes que los podrían ocupar como puntos de apoyo para
luego caer sobre El Chupón, ya que sus defensores no podrían
ocuparlos por razón a sus pocas fuerzas y por lo diseminados que
se encuentran esos puntos.
ELECCIONES GENERALES
IDEAS DE LOS COMANDOS COMBATIENTES
Como se dijo, se estaba a dieciséis del mes de octubre del año
1928. Para el día cuatro del mes siguiente, diecinueve días más
tarde, estaban señaladas las celebraciones de las elecciones generales en Nicaragua. El general Sandino, con intenciones de obstaculizarlas en los departamentos norteños y con especialidad en el
de Nueva Segovia, había enviado contra ellos casi el total de sus
fuerzas, encargándoles a los jefes de columnas que influyeran con
todas sus energías para dejar cumplidos los propósitos encomendados. De los jefes de guerrillas, el que más se señaló en las operaciones fue el general Pedro Altamirano (Pedrón), nicaragüense,
por emplear métodos tan terríficos que causaron escándalos en la
región de sus operaciones. Altamirano era cruel de verdad, pero
no era el enemigo quien tuviera fuerza moral para juzgarlo. Pedro
Altamirano, sanguinario de los de las filas libertadoras, es el autor
del célebre corte de chaleco, el que consiste en la mutilación de
las extremidades de todo enemigo que cayera en su poder, aún
fuere ya un cadáver.
Por causa de haber Sandino despachado casi todas sus fuerzas a operar por esos campos, el campamento general solamente
estaba ocupado por veinticinco hombres, aparte de los que tenía
en el hospital el doctor coronel Domingo A. Mairena, nicaragüense, que llegaban a la cantidad de veintitrés, combatientes todos,
porque además de los sanos de los servicios, los heridos y demás
58 Gregorio Urbano Gilbert
enfermeros se encontraban lo suficientemente fuertes para poder
entrar a la faena de las armas.
Es decir, a Sandino lo rodeaban en esos días cuarenta y ocho
hombres en total.
En tanto el comando de los interventores que se había propuesto entregarle al general José María Moncada la presidencia de la
república libre del estorbo de la revolución de los patriotas, presidencia adquirida mediante esas elecciones señaladas, amañadas
por los yaquis, al localizar el campamento general de la libertad
en esa posición y con tan escasos defensores, se propuso coparlo
soltándole una fuerza de 1,500 hombres. Ese número, informaron
los que pertenecían al vasto cuerpo de espionaje, había comenzado la marcha hacia el campamento libertador en diez columnas,
compuesta cada una de 150 hombres, 100 yanquis y 50 nativos
de los traidores siervos de los interventores, las que marchaban
procedentes de diez puntos a la redonda, al igual que diez radios
partiendo de la circunferencia en todos sus lados, convergiendo
al cubo o centro.
Sandino, con su pequeño grupo de hombres, estaba copado
en la teoría. El héroe puso a sus hombres en conocimiento del
peligro que los amenazaba. El raso Urbano, llenándose de espíritu combativo, se siente sanado de sus males que le aquejaban al
saber que pronto se vería realizando su sueño de tanto tiempo acariciado como es el de combatir al gringo con las armas de batallas,
y por eso se le ve botar el báculo que le servía de apoyo.
El Libertador, para reforzar sus fuerzas, despachó un expreso para ante el mayor Carlos Manuel Aponte, venezolano, de los
jefes de operaciones, el que más cerca se encontraba del campamento general, ordenándole que se reconcentrara.
Si bien como se dijo, El Chupón no es punto adecuado para
resistirle en batalla a enemigos superiores, también es lo cierto
que por razón a esas cortaduras señaladas, los cerros y el río Segovia, el enemigo no podría llevar a cabalidad su objetivo por no
poder hacer converger sus líneas hacia el centro libertador con el
Junto a Sandino
59
orden y precisión que requería el caso para poder efectuar su tan
deseado copo, por razón de tener que romper su orden de marcha
y como consecuencia, sus líneas en varios puntos de sus rutas, y
más ahora, con el refuerzo traído por el mayor Aponte que acrecentó las esperanzas de escapar de los autonomistas.
Otra de las esperanzas de escape de los Libertadores la fundaban en la lentitud con que se movían los yanquis en sus operaciones guerreras, los soldados yanquis, como si hubieran sido jornaleros, rendían una jornada por el salario que devengaban, con
desventajas para sus operaciones, pues se rodeaban además de las
comodidades de las gentes de buen vivir. Así si se encontraban al
alcance del enemigo a la hora de la comida, se dejaba el combate
porque había que satisfacer los gustos del estómago, como también si había que dormir o bañarse, en tanto el astuto guerrillero
alzado se aprovechaba de lo que le era más conveniente para sus
operaciones.
Por todas estas cosas, se dejaba entrever que los machos envolverían y ocuparían a El Chupón, pero no coparían a sus ocupantes.
EN ACCION
Las medidas dispuestas por el general Sandino para romper el
cerco que le había tendido el enemigo fueron:
Enviar al general Manuel María Girón Ruano con quince hombres al otro lado del río para que distrajera allá al yanqui con el
buen sistema de emboscada que se practicaba, y para que protegiera lo más que pudiera a Teresa Villatoro, salvadoreña, la mujer
que más amó el Libertador, la que se ocultaba por esos parajes
con su hijo Santiaguito, niño de cinco años de edad, su sobrina
Amalia, de 13 años, y su escolta, compuesta de cinco hombres.
Por el oeste, marchó el doctor coronel Mairena con solo veinticinco hombres a enfrentársele a un torrente humano que representaba el mayor peligro por ser por donde avanzaba el mayor
60 Gregorio Urbano Gilbert
contingente de fuerzas enemigas por haber tenido algunas de sus
columnas en marcha que correrse por ese lado a causa de los obstáculos de los terrenos cortados y del río Segovia.
Por el este, sin perder la distancia del río, marchó el general
Sandino con los diez hombres restantes, entre los que figuraron sus
ayudantes Estrada y Sánchez, y el coronel Coronado Madariaga, el
mejor chane de los libertadores, gran conocedor de las selvas espesas de las montañas y de las llanuras por donde se operaba.
Con todo su frente norte descubierto pero poco peligroso, se
le dejó confiado el centro al mayor Carlos Manuel Aponte, quien
acudió con su fuerza de treinta y cinco hombres, con los cuales
tenía que sostener a El Chupón todo el mayor tiempo aconsejable
para poder Sandino tener tiempo necesario de ponerse en buen
seguro, labor a la que tenían por igual que contribuir los demás
hombres dejados por los alrededores para darle dilatoria al avance
de los machos.
Entre los hombres confiados al mando del coronel Mairena,
figuraban el raso Rubén Ardila Gómez, colombiano; el señor
Constantino Tenorio, nicaragüense, y el raso Urbano. Y al ir
este último soldado a unírsele, desde el campamento general, al
hospital de Mairena, sintiéndose cansado en su caminar, determinó
descansar, sentándose sobre de un tronco no muy grande y viejo
que estaba tendido en tierra, y al sentarse, el madero se balanceó,
molestando a dos seres que debajo de él estaban en muy buena
y sana tranquilidad, por lo que salieron a indagar la causa de
la molestia, saliendo por cada uno de los lados del madero y
por el extremo en que estaba sentado el soldado, por lo que lo
rodearon en total, pareciendo ellos ser dos tiras de un largo como
de una yarda cada uno, tiras negras, relucientes como lo es el
terciopelo, adornados en sus comienzos con dos preciosos rubíes.
Cimbreándose en sus arrastres y ladeando las cabezas para la
mejor visión con sus rubíes al intruso, lo reconocen y juntando
sus boquitas, como que se secretean su deliberación y sentencia,
la que fue de descargo, al parecer, al no encontrarle culpabilidad
Junto a Sandino
61
alguna al molestoso, porque seguidamente después volvieron a
entrar a su guarida de debajo del tronco, por los lados respectivos
de por donde cada uno salió a investigar porque así tienen de
sindéresis unos reptiles pobladores de la selva espesa, lo que le
falta a quienes les corresponde tenerla, como le sucede a muchos
honorables magistrados de las cortes judiciales.
Aunque por la descripción se deja entender que estos dos hermosos seres de la fauna centroamericana de que se hace referencia son dos buenas serpientes, y al nosotros confirmarlo, réstanos
decir que son de la variedad de la terciopelo, de ponzoña terrible,
rápida en matar cuando es necesario, al morder el bello ofidio.
El resto del tiempo sobrante del día 16 después que Sandino
dispuso lo que estimó conveniente para la defensa ante la arrolladora fuerza del enemigo, lo pasó el doctor Mairena apostado con
sus hombres en la altura de un cerro lo bastantemente protegido,
esperando al gringo. Vino la noche y también el día siguiente pero
no se presentaba el choque esperado. A distancia, por distintos
lados, se oía el tronar de las descargas de fusilería, el tableteo de
las ametralladoras y el retumbo de las bombas explotando, todos
aumentados considerablemente por los ecos de las montañas que
parecía se regocijaban con el hecho que se libraba y al beberse
la sangre que se derramaba por la causa de la justicia y por la
de la injusticia, en sus respectivos lados. Mairena, hombre poco
entendido en operaciones de guerra, opinó que no había tan grande peligro como el anunciado por los espías, corroborando con
su parecer los demás hombres bajo su mando. Al día le vino su
noche y tampoco hubo el duelo con los machos. Como ya se oían
en la lejanía las descargas hechas en la batalla que se libraba en
la extensión de los campos, el médico se distrajo tanto que hasta
descuidó el servicio centinela y dispuso prender fuego para tratar
de cocer algunas semillas de ojoche1 para comérselas y disipar
Ojoche: Fruta pequeña que produce un árbol corpulento, la que s muy gustada por los monos, cuya semilla hervida tiene sabor semejante a la del pan
de frutas.
1
62 Gregorio Urbano Gilbert
algo el hambre que sentían de dos días de tormento. Amaneció, y
los ojoches no ablandaron pero siempre se comieron algunos de
estos granos.
En la falda del cerro ocupado por Mairena, se extiende un
pequeño terreno llano de una extensión como de 150 metros y
seguido al cual va levantando la loma El Rempujón, de considerable altura.
Siendo como las siete de la mañana del día 18, sin que nadie
se diera cuenta de su aproximación, se encontró en el pequeño
campamento de Mairena un hombre demostrando mucha extrañeza al encontrar a esas gentes en el lugar. Interrogado por Mairena, declaró ser uno de los tantos hombres que Sandino tenía
diseminados por la selva para que observaran e informaran de los
movimientos de los americanos. En cuanto a las operaciones de
los yanquis y de la situación de Mairena, el hombre declaró que
por causa del sitio del cerro que ocupaba fue por lo que las fuerzas
enemigas que se esperaban chocara con él no chocaron porque
marcharon por otro lado ignorantes tal vez de su presencia. Pero
ya las cosas le van a resultar diferentes a la calma que llevaban,
porque una columna rezagada de los machos había pasado la noche anterior en El Rempujón y que como Mairena imprudentemente había prendido fuego esa misma noche, fuego que lo atrajo
al lugar, de seguro que había sido descubierto por el enemigo y
que lo atacará dentro de muy poco, cuya lucha será estéril por
parte de Mairena, ya que la oportunidad que tuvo de presentarle
batalla al yanqui para demorar su avance sobre El Chupón la había perdido por haber escogido un punto inadecuado, y habiendo
caído ya en manos del enemigo el sito en donde se asentaba el
campamento general. Que lo que tendría que tratar ahora el médico era el de salir con suerte del cerco en que se encontraba, pues
según el espía, los americanos habían ocupado todos esos alrededores, incluso el firme del cerro en que se encontraba.
Al tomar en serio el coronel Mairena lo declarado por el espía,
le pidió consejos y que lo guiara para tratar de salir del apuro en
Junto a Sandino
63
que se encontraba metido, pero el espía le dijo que no lo podía
acompañar porque tenía que emplear el tiempo en la misión de
observar que se le había encomendado, que con todo el peligro
en que se encontraba había todavía una única esperanza de salvación, la cual consistía en que bajaran al pequeño llano de frente
y llegaran a la quebrada que corre por mitad de su trecho antes
que el macho que está en El Rempujón la cercara. Llegados a la
quebrada, tendrían que seguir su curso con la satisfacción de que
el yanqui no los perseguirá por ahí, pero que tampoco se pusieran
a considerar las caídas que da la quebrada. Tendrán que caer con
ellas porque mejor les era que se magullaran o perdieran alguna
costilla con los golpes que recibieran por causa de caer con las
cascadas, y no que cayeran en manos del enemigo. El espía terminó diciendo que tenía que irse pero que esperaría a Mairena con
los suyos a cierta distancia de la quebrada abajo para desde allí
conducirlos a donde esconde a su familia.
Habiendo el hombre acabado de hablar, desapareció entre la
espesura de la selva. El doctor inició el descenso de la ladera del
cerro en que se encontraba, pero más bien parecía con sus soldados un padre de familia o un niñero que un guerrillero. Al poco
rato se oyó a espaldas de la columna un tronar de disparos de ametralladoras y fusiles, entre los que resaltaban algunos de bombas.
Excitados por las detonaciones, unos cuantos de los autonomistas
se volvieron para combatir mientras que otros aterrorizados huyeron despavoridos, y el empacho que se le presentó a Mairena que
era apurado, pero logrando imponerse, amenazando con fuertes
castigos o con dejarlos abandonados a los que querían combatir,
logró organizar su grupo y seguir adelante. En el llano fue entonces atacado de frente por los norteamericanos que bajaban de El
Rempujón, y en previsión de que ellos no llegaran primero a la
quebrada, Mairena ordenó a sus hombres correr rápido hacia la
corriente de la esperanza. El grupo que venía de frente, de los del
enemigo, se arrojó de barriga al suelo arreciando su fuego, por
lo que los patriotas ganaron la quebrada y seguido, por su cau-
64 Gregorio Urbano Gilbert
ce rocoso y en precipicio, corriente abajo, se lanzan en desorden
unos cuantos de estos hombres que cuando están en ausencia del
peligro hacen alardes de sus valentías, pero que cuando el peligro
se les presenta no hay liebre que les gane en timidez.
Otros que tenían más en cuenta sus deseos de combatir que el
peligro de encontrarse entro dos fuegos, traspasan la quebrada
y se forman en línea de combate y contestan con bravura, con
sus débiles armas, al intenso fuego que les hacían los yanquis,
sin hacerle caso a las voces razonadas del doctor, que trataba de
hacerles desistir de sus empeños y hacerlos volverá a la quebrada
para que siguieran su corriente.
El médico se mostraba admirable. Sumamente sereno entre las
detonaciones y silbidos del aire al partirlo las balas, y al oído de
los chop-chop de los proyectiles hiriendo los árboles de la floresta, no se preocupaban por su persona sino por los muchachos y
por el cometido que bajo su responsabilidad estaban.
Al igual que el profesor le habla en cátedra a sus alumnos, con su
voz reposada y medida para hacerles entender, así se las dirigía Mairena a sus subordinados para tratar de convencerlos de que debían de
abandonar una lucha tan peligrosa como inútil, y de que se pusieran
en salvo, no recibiendo atención alguna de sus soldados.
Tenorio, Ardila Gómez y Urbano avanzaron tanto, que a pesar
de la espesa arboleda que los cubría divisaban claramente a sus
enemigos tendidos en tierra y con quienes cambiaban directamente
los disparos.
Tan entusiasmados estaban los del grupo combatiente de los
autonomistas, compuesto de nueve hombres, que al contrario de
la manera de ellos combatir, prorrumpieron en gritos de «¡Viva la
libertad!». Y de «¡Mueran los yanquis y traidores!»
En el corto espacio de tiempo, solo de minutos, en que llevaban la lucha de empeñada, a Rubén Ardila le habían arrancado de
un balazo la canana de su revólver de la correa de donde pendía.
Tenorio había quemado el último cartucho. Un compañero se revolcaba en tierra y otro sangraba de un brazo.
Junto a Sandino
65
El doctor coronel se impuso. Se llegó al árbol tras el cual se
parapetaba Urbano y agarrándolo por un brazo lo arrastro a lugar
más seguro y le habló en los siguientes términos:
—¡Usted como es nuevo entre nosotros, por eso no sabe lo que
está haciendo! ¡Los otros dos que estaban junto a usted son sospechosos y supongo que al acercarse de esa manera al enemigo
es con la intención de pasarse a él! ¡Si usted no quiere perder la
confianza de nuestro jefe, haga el favor de llegarse a la quebrada
y seguir la corriente!
Mientras se disponía a obedecer el soldado, le dijo al doctor en
defensa de Tenorio y Ardila Gómez que si ellos quisieran pasar
al enemigo no estarían combatiéndolos tan bravamente sino que
bajarían las armas y sacarían algún pañuelo y otro trapo de color
blanco y se allegarían a los yanquis.
El doctor le respondió a Urbano que ya tendrá oportunidad de
oírle referir cosas por las que justifican tenerle sospechas a esos
dos hombres, y dirigiéndose a ellos con voces gruesas, imponentes
y amenazadoras que tan grandes contrastes hicieron con las que a
principio de la lucha les dirigía, los hizo entrar a la obediencia, por
lo que efectúan todos el peligroso movimiento de la retirada.
Cuando los hombres de Mairena habían llegado a la quebrada tropezaron con la dificultad de que el enemigo que los venía
atacando por las espaldas estaba al llegar a la corriente, distando
para ello solamente a unas cincuenta yardas. Se efectuó nuevamente la maniobra de las carreras por parte de los libertadores
con tan feliz resultado que al verla el gringo se arrojó de barriga al suelo dando lugar a que los patriotas llegaran al cause
bienhechor oportunamente, aunque por efecto del fuego que les
abrieron tuvieron que sufrir dos nuevas bajas, uno muerto y otro
herido menos grave.
Y tal como se les indicó con anterioridad, siguieron los fugitivos la corriente debajo de la quebrada en tan loco desbande
que no reparaban para despeñarse por los altos precipicios que su
lecho ofrece.
66 Gregorio Urbano Gilbert
¡Y suerte grande que ninguno de los frentes yanquis se movió, los que solo se complacieron con dispararles por largo tiempo aún después que desaparecieran de sus vistas los desbandados guerrilleros!
Mojados, estropeados y encogidos de frío, se llegó a un lugar en
donde otra quebrada viene a verter su caudal a la que se le seguía
su corriente. Conforme a la previa indicación del espía, se siguió
agua arriba la nueva corriente hasta que se llegó al pie de una cascada que cae verticalmente, encontrándose aquí con el espía que
impacientemente los esperaba con siete de los que primeramente
huyeron y emprendieron todos la marcha por entre la espesura del
bosque tratando de lastimar lo menos posible a las plantas y de no
dejar otras posibles huellas delatoras de su ruta, hasta internarse en
un sitio en que ni el espíritu del mal iría a molestarlos a no ser en la
manera del hambre que padecían molestosamente.
Estándose en lugar seguro, Mairena revisa a su gente, comprobándose las bajas de dos muertos, tres heridos: uno grave, otro,
menos grave y el otro leve, los que sanaron; tres desaparecidos
de los que primero huyeron, y encontrándose todos los demás
magullados y rasguñados por causa de las caídas con los saltos de
la quebrada, como por los resbalones que sufrieron en su lecho de
lajas y rocas semejantes a la loza de China.
Total: una acción librada a destiempo, cuando ya no tenía objetivo alguno, con mal resultado por causa de un jefe incapacitado
para dirigir acciones de armas, que no supo posesionarse convenientemente para presentar la batalla cuando fue de lugar, con
unos subalternos peores todavía e indisciplinados, cobardes unos
hasta el pánico, y los otros petulantes y sin prudencia extremadamente, sin que se causara baja a los contrarios, aunque los que le
encuentran siempre casos favorables a sus lados aseguran que las
tuvieron dizque porque luego se encontraron rastros de sangre
por los lados de ellos.
También, si el espía chane hubiera guiado desde un principio
al grupo de los guerrilleros, tal vez ni siquiera un solo cartucho
Junto a Sandino
67
se hubiera disparado por parte de éstos y no hubieran sufrido
bajas porque todos, al igual que las ovejas detrás del pastor,
lo hubieran seguido, sabiéndose luego de que la única causa
de que no los guiara fue la de no querer corre el albur con el
grupo. Menos mal que los condujo a escondite seguro, junto
con sus familiares y los trató bien. Ahí se podía apreciar el
grande amor que los segovianos le tienen a su lugar. Grupos
compuestos de cuatro familias o más cada uno, se conformaban con sufrir de todo lo necesario para la vida, pudiéndole
atacar la muerte en el momento menos esperado. Mal cubrían
sus cuerpos con harapos y se guarnecían en la intemperie con
lo que llamaban champas, débilmente construidas para no causarle claros a la selva donde se ocultaban y porque tenían que
moverse frecuentemente de lugar conforme lo aconsejan las
operaciones bélicas cuando los patriotas marchaban a tomar
posiciones para enfrentársele al enemigo o les huían, tropezaban con numerosas familias en desastrosas condiciones que
huyéndoles llevaban consigo lo poco que tenían como eran los
trapos viejos, las ollas de barro, una que otra gallina, la piedra
de moler el maíz y cualquier otro utensilio insignificante pero
de gran aprecio para quien lo poseyera.
Según se supuso luego, los otros jefes de guerrillas tuvieron
sus encuentros con los yanquis obteniendo buenos resultados. El
general Girón Ruano, del otro lado del río Coco, logró atraer al
enemigo a una emboscada que le preparó, causándole algunas
bajas, y mejor todavía, sin darse cuenta de ello, libró a Teresa
Villatoro de caer en manos del enemigo, el que le perseguía de
cerca cuando cayó en la trampa que le preparó, oportunidad que
aprovechó Teresa para escapar.
Aponte, resguardado por el parapeto natural de El Chupón,
resistió valientemente el furioso ataque combinado de las fuerzas
opresoras. Por distintos lados afluían hacia El Chupón masas cerradas de soldados yanquis y nativos, proporcionándole oportunidad de causarles varios muertos y heridos.
68 Gregorio Urbano Gilbert
Algunas de las columnas en marcha hacia el campamento general se desviaron del punto objetivo y otras se retrasaron, por
lo que le dejaron lados descubiertos al soldado venezolano, escapando por uno de ellos al grito «¡Raspa pa’tra!», grito consigna escogido de antemano para cuando llegara el momento de la
retirada, dejándole al yanqui unos cuantos compañeros vivos en
condición de prisioneros, y otros muertos para que los enterraran
o le sirvieran de alimento a los zopilotes o auras tiñosas.
EL general Sandino en su escapatoria pudo acogerse a la protección de una montaña que le puso por nombre el de El Refugio.
Mientras tanto el coronel Domingo A. Mairena, desde la guarida que lo había conducido el espía chane, por los servicios de éste
seguía los movimientos del enemigo, el que por su estancia en los
alrededores hacía que el hambre atormentara a los patriotas. A los
cuatro días de estarse en esta agonía, además de los dos anteriores
al del combate, el chane se apareció cargado de guineos maduros
anunciando también que el campo estaba despejado de yanquis y
demás enemigos, por lo que se pudo salir al claro, y caminándose
un tiempo como de hora y media, se llegó al sitio donde el chane
tuvo su casa y su huerta, encontrándolas destruidas por el fuego y
el machete del enemigo.
Para seguirse aplacando el hambre se sacrificaron unos cuantos monos y con los restos de las cañas de azúcar y guineos que se
escaparon al destrozo de la huerta, se comió satisfactoriamente.
Después mejoró la cosa porque aparecieron en el sitio unas cuantas reses propiedad del dueño de la casa y se sacrificó un bonito
novillo.
Al cabo de unos cuantos días se apareció un hombre portador
de una carta enviada por el general Sandino en la que ordenaba
al coronel Mairena que marchara hacia el nuevo campamento general y que se dejara guiar por el mensajero. Por la mañana del
día siguiente se emprendió la marcha y al anochecer del mismo
se llegó a la avanzada comandada por el general González, hondureño, en la que se pasó la noche y se racionó a los llegados con
Junto a Sandino
69
solamente una espalda de buey y un racimo de guineos verdes
para todos, comiéndose asados los alimentos.
Al amanecer, el general González no permitió el paso hacia
delante de la columna de Mairena. Pedido el permiso correspondiente al campamento general lo que llegó fue la orden de que
Mairena, Constantino Tenorio y Urbano, pasaran al campamento
general y que los demás hombres del médico se quedaran bajo el
mando de González.
Por desechar obstáculos naturales, dado lo cortado del terreno, tres hombres soldados y el chane dieron un pequeño rodeo y
cayeron en un campo de extensión de alrededor de quince o veinte mil metros cuadrados, en la falda de un cerro, apretadamente
cubierto de plantas de amaranto tan lujuriantes que al más alto
hombre sobrepasaban en muchas pulgadas, dándole con su floridez en corimbo, roja, brillante de pana, la apariencia de un lago
de sangre, rielante, ondulante al soplo de la brisa mañanera sus
ramilletes tan crecidos que uno solo superaba en tamaño a la más
grande cabeza humana, creyendo Urbano que tantas flores, por su
vivo color, flores que envidiarían los más ricos jardines, serían un
grave peligro para las fuerzas libertadoras acampadas en sus alrededores, porque bien podrían servir de guía a los aviadores que
continuamente escudriñaban los campos que los cubrían. Eran
también para Urbano una incógnita esas flores en el claro del bosque espeso del lugar, no explicándose cómo pudieron fructificar
ya que había que convenirse en que nadie las cultivó. Que lo que
más cabía suponerse era que sus plantas habían nacido y crecido
de por sí en campo que había sido cultivado de frutos y abandonado posteriormente, pero quedaba el misterio de las simientes
de cómo llegaron y de cómo en tan grande cantidad, salvo que
fuera esto último por reproducción ya que son muy sementinas
las plantas del amaranto.
Después que Mairena y sus acompañantes pasaron por el campo de amaranto, cayeron en la avanzada que comandaba el general Manuel María Girón Ruano, quien al igual que el general
70 Gregorio Urbano Gilbert
González, no les permitió el paso adelante, sin haber recibido de
Sandino la licencia correspondiente, pero dejando en su campamento al chane que los guiaba y poniéndole en tal oficio a uno de
sus soldados.
Y por eso, en recorrida de corta distancia del día, por causa de
los obstáculos del terreno y los de los jefes de las avanzadas del
campamento general que se les oponían a los pasos de esos tres
soldados de la libertad de Nicaragua, no pudieron llegar a su destino hasta el tiempo de las dos de la tarde de un día comprendido
entre los últimos del mes de octubre a los primeros de noviembre
del año 1928.
CAPÍTULO III
EN EL REFUGIO
El Refugio / Constantino Tenorio / Rubén Ardila Gómez / Urbano,
teniente, ayudante de la Secretaría General / Conversaciones: «La traición
del general José María Moncada», «El Chipote», «Batalla de El Bramadero», «Combate de Telpaneca», «Combate de Las Cruces», «¡Salgan los
muchachos del machete!», «El ataque al Ocotal», «La voladura de la mina
de oro La Luz y los Ángeles», «La Chula», «El combate de río Coco».
EL REFUGIO
Una grandísima e inculta montaña cuyo pico principal alcanza
considerable altura fue el sitio escogido por el general Sandino
para librarse del torrente humano que le soltó el comando enemigo en las operaciones para los fines que trató de realizar, descritos
en el capítulo anterior.
La montaña es tan agreste que la vida del hombre se hacía en
extremo difícil el llevarla y hasta parece medio impropio para que
la habiten las bestias. Apartada de todo centro activo y de comunicación es sumamente penoso el llegarse a ella, y más ascenderla. Es
húmeda y fría a causa de las tantas lluvias que la riegan. Las plagas
en El Refugio son numerosas y variadas: los petacones, las chatas
71
72 Gregorio Urbano Gilbert
y el pinolillo1 atacan al hombre en tan grande cantidad, que a veces
hay que pasarse largo rato para quitárselos de encima, expuesto uno
a que se le quede la cabeza del parásito dentro de la piel al quitárselo, por lo que le proviene una peligrosa infección, como por igual la
causa el bicho colorado o coloradilla. Hay abundancia de víboras.
Los cochochos2 se multiplican tanto que para matarlos se necesita
de un instrumento cilíndrico, preferentemente una botella, el que
pasado con fuerza por encima de la ropa tendida sobre un cuerpo
duro y plano, estallan con la presión. Por los bajos de la montaña,
las sompomperas3 son tan grandes que alcanzan a varios metros de
altura con un diámetro en sus bases de mayor cantidad de metros,
semejando pequeños cerros volcánicos apagados, y los sompompos que los habitan alcanzan un largo de más de una pulgada y son
tan abundantes y fieros que los de una sola nidada o sompompera
dejan cuando se les presenta la oportunidad, en un día o menos
tiempo, un cadáver por grande que sea, hombre, caballo, buey, limpio de toda materia carnosa, sin tratar los tigres, leones y auras
tiñosas de disputárselos por no exponerse a quedar ellos también
convertidos en esqueletos, y un poquito más allá de El Refugio, en
las orillas del río Coco, están los mosquitos que al picarle al hombre le dejan dentro de la piel unos gusanos devoradores teniendo a
las víctimas que andarse con cuidados de librarse de los efectos de
tan peligrosos bichos.
Al decir del chane el coronel Coronado Madariaga, ni siquiera
los huleros4 habían puesto sus plantas en El Refugio antes que
Sandino con los suyos, siendo por los mismos, éstos, los únicos
violadores de sus secretos salvajes.
1
2
3
4
Patacones, chatas y pinolillos: Garrapatas de distintas variedades y tamaños,
hasta disminuir al del piojillo.
Cochochos: Caránganas o piojos que se alojan en la ropa sucia que cubre al
individuo, de donde salen para mortificar al hombre con sus irritantes punzadas. En otros términos: son los pedículos corporis.
Sompomperas: Hormigueos.
Huleros: Los que recolectan por los bosques el hule o caucho.
Junto a Sandino
73
Los primeros días en El Refugio, el héroe los pasó comunicándose con sus dispersas fuerzas, las que poco a poco fue
localizándolas y reconcentrándolas, y cuando Urbano llegó al
nuevo campamento general encontró una buena cantidad de
compañeros y al campamento reguardado por avanzadas situadas estratégicamente.
La vida en El Refugio se hacía tan ingrata, que nadie quería
permanecer en él, queriendo todos los hombres salir en las columnas de operaciones para en los poblados pasarlo mejor, en contacto con las familias, evitando las enfermedades y comiendo mejor.
En la montaña, el abastecimiento de boca era escaso principalmente para los que estaban trepados en los altos, en el campamento general. Se pasaban los días y no se llevaba nada de
comer y cuando se conseguía algo era por lo regular tortilla de
maíz. También llevaban maíz seco, el que se comía tostado, cocinándose en ollas de barro. Era día de fiesta en El Refugio en el
que se llevara un trozo de buey, cuya carne se secaba al humo,
por lo que adquiría un grato sabor, reemplazando así la sal que
también era escasa.
Si en verdad la vida en El Refugio era ingrata, no tanto lo era
así para los amantes de la naturaleza. La montaña es rica en flores,
tiene cerros que aparte de los árboles gigantes que los cubren, todas las plantas menores que los adornan, son bellísimas begonias
en tan grande cantidad que dan la impresión de que son cultivadas, defendiéndolas de los calores del sol los mismo árboles que
las cubren, como igualmente pasa con otros cerros que las plantas
menores que los cubren son sedosos helechos. Las begonias florecen con la esplendidez que uno solo de sus ramilletes en corimbo
sería lo suficiente para florear la sala más exigente y para adornarlo están los suavísimos helechos. La pacaya, la flor de tierra
y las plantas parásitas son otros de los bellos adornos de El Refugio. Las parásitas dan variadísimas hermosas flores semejando
insectos y otras figuras. La de tierra se levanta del suelo en figura
de pipa con sus pétalos rosas y rojos y es fluorescente y su luz en
74 Gregorio Urbano Gilbert
la noche semejante a la del cocuyo en belleza y crece a la altura
de alrededor cuatro pulgadas en el suelo del altiplano. La pacaya
abunda y es de utilidad. Semeja una palma que crece a la altura de
tres metros a manera de caña con muchos tallos emanantes de un
solo tronco y son delgados, resistentes, con los que se construían
las tarimas para dormir y con ellos y las ramas se techaban las
champas. Con sus yaguacilitos en estado de nuevos, se aplaca el
hambre como con cualquier otra legumbre. El platanito y el parásito tabaco son también buenas hojas para techarse las champas.
Entre los insectos voladores raros de la montaña, hay uno que en
sus alas y vuelo se asemeja al helicóptero. El canto del turpial y
el solfeo del jilguero resuenan por toda la extensión de la altura
y tropas de millares de monos pasan a diario marchando por las
copas de los árboles.
CONSTANTINO TENORIO
Por ser dependiente en la librería del poeta Froilán Turcios y auxiliar
de este señor en la campaña de propaganda que hacía a favor de la
liberación de Nicaragua, el joven nicaragüense Constantino Tenorio
estaba bien enterado desde Tegucigalpa, Honduras, del estado de cosas que sufría su patria y de las tenaces luchas que sostenía Sandino
contra los invasores yanquis. Deseoso de que terminara esa anomalía, concibió una idea y creyendo que si la ponía en práctica podría
lograr sus deseos, sin pérdida de tiempo le dio principio.
Sin consultarlo con nadie ni solicitar de Turcios el salvoconducto para poder penetrar en los campos de los rebeldes, un día
calladamente abandonó Tegucigalpa y apareció en los campo del
Norte de Nicaragua, pasando sus peripecias hasta que unos soldados de la libertad se lo presentaron en condición de prisionero al
Libertador Sandino.
El efecto que causó el plan de paz de Tenorio le fue tan malo al
sentir de los patriotas, que todos los que rodeaban a Sandino rom-
Junto a Sandino
75
pieron a gritar de que muriera fusilado el autor por considerarlo
uno de los peores traidores a la causa de la libertad.
Lo más principal del propuesto proyecto de paz de Tenorio consistía en que Sandino disolviera sus tropas y que los yanquis quedaran en el país libremente sin que nadie los molestara. Si Sandino
aceptaba el plan iría seguido a sometérselo a los norteamericanos,
los que si estos a su vez lo aceptaban quedaba asegurada la paz en el
país, y Tenorio satisfecho de su meritoria obra de pacificador.
Sandino era extremadamente opuesto a verter sangre, salvo en
los casos inevitables, por lo que ni aún a los prisioneros de guerra,
bien fueran yanquis o nativos los ejecutaba, sino que los tenía un
tiempo en uno u otro campamento hasta que al fin los libertaba,
por lo que los jefes en reunión resolvieron no entregarle al héroe
un prisionero más que hicieran sino juzgarlo ellos y condenarlo a
lo que consideraban ser su mejor parecer.
Pero por la razón de ser Sandino y teniendo en sus manos a
Tenorio, desestimó el clamor de sus ayudantes militares y de
los miembros de su estado mayor, por considerar a Tenorio ser
más bien un simplón que un mal intencionado, y por eso, no
tan solo no fue ofendido Tenorio en su zona sino que hasta se
le permitió portar su pistola y se le destinó como ayudante de
Mairena en el hospital donde atendía los enfermos y también a
los sanos tan solícitamente que será difícil encontrar entre los
médicos, o entre los practicantes o entre los enfermeros, a uno
que le iguale.
Tenorio participó de varios combates y ya se le vio en el del
asalto a El Chupón, en donde por su arrojo el doctor Mairena creyó que se quería pasar al enemigo. Pero, no estimando Sandino
tampoco esta vez el parecer de Mairena, descargó a Tenorio de
toda culpabilidad en contra del ejército libertador y lo despachó
con una misión a Tegucigalpa a favor de la causa nacional, la que
desempeño junto con Turcios con actividad y desinterés merecedores del mejor elogio.
76 Gregorio Urbano Gilbert
RUBEN ARDILA GÓMEZ
De Zapatoca, estado de Santander, república de Colombia, es el
joven Rubén Ardila Gómez. Huérfano de un rico hacendado, fue
internado en el colegio de los religiosos de la orden de Jesús en
Bogotá, la capital de su patria. Ardiendo en deseos por cooperar
con una causa de la nobleza como la que libraban los patriotas nicaragüenses, abandonó posición, estudios y familia, encaminándose a los campos rebeldes de Nicaragua.
Mientras tanto, habíase propagado en las filas libertadoras el
rumor de que de un pueblo de la América del Sur había salido un
joven al servicio de los yanquis con el firme propósito de matar
al general Sandino, alma de la guerra libertadora de Nicaragua.
Y en tan mala atmósfera fue sorprendido vagando en la mañana de un día por los alrededores del campamento general Libertador un joven de color blanco. Se le detuvo, se le registró encontrándosele un revólver con muchas cápsulas, un permiso para
portar el arma y un salvoconducto firmado por las autoridades de
la intervención yanqui.
Impresionados como estaban los libertadores por causa de los
rumores circulados de la probable venida de un asesino, y al haberse sorprendido a este sujeto con semejantes arma y documentos, habiendo declarado además de que procedía de la América
del Sur, los ánimos se exaltaron, y al igual que para Tenorio pidieron los hombres de Sandino la pena de muerte para Rubén Ardila
Gómez pues no era otro el individuo capturado.
Ardila Gómez hace protestas de su amor a la causa libertadora,
pero todo se mostraba en su contra: ni siquiera trajo una letra
de alguien que lo recomendara de ser un fiel autonomista. No
obstante el Libertador resolvió que no se matara al joven sino que
se sometiera a pruebas en base de lo que alegó en su defensa, y
para las mismas fue entregado a distintos jefes de columnas en
distintas oportunidades para que lo expusieran y observaran, y
en contra a sus deseos los informes que tenían que rendir eran
Junto a Sandino
77
a favor de Ardila por su valor, entusiasmo y resignación. Así se
portaba Rubén Ardila Gómez en los combates y peligros a que
lo exponían, ganándose por ello la simpatía y la confianza de
quienes lo querían extinguir, llegando a ser entre ellos lo que más
adelante de estas narraciones se verá.
URBANO, TENIENTE, AYUDANTE
DE LA SECRETARÍA GENERAL
El general Sandino, que se había detenido en sus actividades
para contemplar la buena disposición y el placer con que acogió
Urbano la noticia de que había que aprestarse a pelear contra un
enemigo fuerte, en marcha para copar a El Chupón, que había
oído los buenos informes que de este soldado le suministró el
coronel Mairena sobre su comportamiento, en cuanto a ánimo,
en la lucha librada frente a El Rempujón, que lo veía siembre
dispuesto y listo cuando se oía hablar de combates sin demostrar inconvenientes para nada, determinó ascenderlo a teniente,
y creyendo que le podría ser de utilidad en la secretaría general, lo nombró ayudante de ese departamento, cargo que aceptó
Urbano sin ninguna voluntad por lo pesado que se le hace tener
que escribir, y mucha más poca voluntad tenía para continuarlo,
así como el general Sandino para dejárselo, porque como decía
el héroe las letras del teniente no son lo suficientemente claras
para entenderlas quienes tenían que leerlas, o sea las personas
del interior. Las del exterior estaban a cargo del secretario general, coronel Agustín Farabundo Martí.
Otro de los inconvenientes con los que tropezó el teniente
en la secretaría del ejército fue el desconocimiento de muchas
voces del lenguaje de los centroamericanos y en mayor cantidad
entre los campesinos, voces desconocidas en su país, como por
ejemplo: por recoger o levantar, hay que decir pepenar; por matar,
palmar; por yerba, sacate. Le dicen a la soga, mecate; al amarre,
78 Gregorio Urbano Gilbert
ensoque; al cerdo, chancho; al mulo, macho; a los muchachos,
chigüín, patojo, zipote, güirro, chavalo, según el estado de desarrollo en que se encuentre. Le llaman al sembrado de maíz, milpa; al pavo, guajolote o chompipe; al pino, acote; al aguardiente,
guaro; al borracho, bolo, y a la cantina, estanco. Por decir miel,
hay que decir jicote; chilote, elote y celote, al maíz verde, según
lo tierno que esté; al algarrobo, guapinol; al jobo, jicote, y así, a
miles de palabras más, muchas nativas y otras castellanas.
Pero lo que más disgustaba a Sandino de las letras del teniente
eran las letras de (T) mayúscula y la cu (q) minúscula, las que
no pudo o no quiso modificar aún dándosele un diseño que para
el caso se le trazó, hasta que una mañana temprano fue sustituido el teniente de su cargo de la secretaría por el general Manuel
Colindes, pasando el teniente a formar parte del cuerpo de artillería ligera, entregándosele, previa la instrucción para su manejo,
una ametralladora Thompson calibre 45, con un solo hombre para
ayudante, lo que resulta insuficiente tan siquiera para cargar los
discos y los peines o dulzainas cuando se libra un combate de
alguna duración.
CONVERSACIONES
En la oscuridad de El Refugio, para aturdir la aspereza de la vida
y el hambre en la montaña, se promovían largas conversaciones,
siendo las de más interés las que hacían recordar los hechos pasados de la campaña que se libraba.
Los generales Sandino y Estrada y el coronel Mairena eran los
principales promovedores y sostenedores de estas narraciones.
Mairena además hubiera sido el mejor historiador de la campaña
libertadora por haber sido el único que tomaba apuntes de los sucesos mientras ocurrían y los tenía desde el día en que comenzó y de
los antecedentes a ella. Poseía el doctor también para los fines de
la historia la ventaja de su ilustración, por lo que empleaba en sus
Junto a Sandino
79
descripciones un lenguaje rico y explícito e ilustraba sus apuntes
con unos perfectos croquis de los campos en que se desarrollaban
los sucesos. Pero desgraciadamente tal vez Mairena no publique
sus impresiones de la campaña libertadora, y de publicarlas no
serán desfavorables a la causa como las anotadas durante la campaña, por razón a lo que de Mairena se dirá más delante de estas
notas.
De las conversaciones habidas sobre los hechos de la campaña
de antes de Urbano haber sentado plaza en las filas libertadoras,
se recuerdan, descritas a la ligera, las siguientes:
La traición del general José María Moncada
Desencadenada la revolución liberal en el año 1927 por el doctor Juan Bautista Sacasa en contra del gobierno usurpado por el
traidor Adolfo Díaz, iba esta en rápidos triunfos ocupando el territorio de la república. El presidente Díaz presintiendo su segura
y pronta derrota de no acogerse a la protección de su potencia
amiga, le solicitó a ella la intervención de sus soldados para con
sus apoyos sostener el poder.
Y conforme al pedido de Díaz, los Estados Unidos intervinieron y sus soldados por lo mismo declaran zona neutral a todos
los puntos que ocupaban los revolucionarios, inutilizándoles sus
esfuerzos.
El general José María Moncada, jefe superior de las operaciones militares revolucionarias, ambicioso y sin escrúpulos, al
ver fallar sus aspiraciones de ser ministro de la guerra al triunfo
de la revolución, a causa de las medidas tomadas por el presidente Díaz, resolvió entrar en transacciones con sus enemigos,
importándosele un ojoche su nombre, su jefe, y lo que es más,
su patria, por lo que al doctor Sacasa se le frustró su intento
de apoderarse del poder que por derecho le pertenecía, quien
no lo ejercía por habérselo arrebatado Chamorro Díaz y otros
80 Gregorio Urbano Gilbert
maliciosos corrompidos de la política nicaragüense, conforme se
entenderá en descripciones que en adelante se harán.
Moncada, con su deshonrosa transacción, adquirió los siguientes beneficios materiales:
—La presidencia de la República al término del tiempo por el
que la ejercía Adolfo Díaz.
—Diez pesos por cada rifle que entregó de los de la revolución.
—Diez pesos por cada bestia que entregó, también de la revolución.
—Y todo el apoyo material del gobierno de los Estados Unidos.
De los generales que operaban con la revolución solamente
Sandino no se plegó a la disposición de Moncada. Y de los hombres que comandaba Sandino, solamente veinticinco se determinaron a seguirlo en su resolución de seguir peleando por los derechos pisoteados de la patria y por los derechos del doctor Sacasa
del Partido Liberal.
Todos los demás jefes, oficiales y soldados juzgaron que era
descabellado combatir contra fuerzas tan superiores como las de
los Estados Unidos, y las nativas conservadoras, entonces en el
poder, y las fuerzas liberales que seguían al general Moncada,
equivalentes estas dos últimas fuerzas a casi todo el pueblo político de Nicaragua.
El Chipote
Una volcánica loma de figura de cono y con buena altura sobre el
nivel del mar fue el baluarte escogido por el entonces desconocido del mundo general Augusto César Sandino para defender sus
ideales.
Así como ese hombre no se detuvo a meditar si podría resistir o vencer a fuerzas tan poderosas como las que se echaban de
enemigas tampoco perdió el tiempo en buscarle los nombres geográficos a los sitios que ocupó para desarrollar sus operaciones
Junto a Sandino
81
bélicas, si es que esos sitios tienen realmente nombres geográficos. Por eso al ocupar la loma volcánica y de figura de cono, se le
ocurrió bautizarla con el nombre de El Chipote.
Mientras el Baluarte de la libertad de Nicaragua tuvo su asiento en El Chipote, sus filas fueron creciendo al reforzarlas hombres
de El Salvador, de Guatemala, de Costa Rica, de la misma Nicaragua, de los que recapacitaron, y principalmente por los vecinos
de los alrededores de El Chipote, y por los hombres de Honduras, que siendo entonces conservador su gobierno, los liberales
creyeron que le prestaban un buen servicio a su partido político
combatiendo junto a las filas de los libertadores de Nicaragua,
por ser éstas formadas por una fracción del Partido Liberal de su
vecina república.
Con todos estos refuerzos, ya podían salir y salían los patriotas
a operar en los campos y poblados segovianos y de los de más
allá de las Segovias, y salir al alcance del norteamericano cuando
marchaba sobre El Chipote. Dirigidos desde este cerro fortaleza,
de los nuevos combates librados contra el enemigo se pueden citar los siguientes.
Batalla de El Bramadero
Habiéndose preparado una emboscada a una fuerza compuesta de
soldados norteamericanos, hábilmente se le hizo caer en la trampa. El campo era un sembrado de caña de azúcar y al abrir los
fuegos hubo fatalidad para los invasores que por casualidad o por
intención se prendieran en llamas las cañas. Al estallido de los
disparos de las armas, se une el de las hojarascas del cañaveral al
consumirse por el incendio. Era desesperante lo que al enemigo
le sucedía. El olor de carne y de los dulces tallos de la gramínea
quemados impregnaba desagradablemente el aire.
A los patriotas se les reflejaba la alegría en el rostro. Estaban
alegres por el grande triunfo alcanzado y por el impresionante,
82 Gregorio Urbano Gilbert
por el terrífico espectáculo que presenciaban, en que consumidos
por las llamas serían vueltos carbones varios centenares de enemigos; pero no por los sentimientos de Sandino, en los que entraban el de llevar la guerra humanitariamente, no vieron satisfechos
sus deseos. Con gran disgusto de los soldados, Sandino les ordenó que apagaran el fuego y se lanzaran aún dentro de las candelas
en salvación de los militares enemigos, teniendo que cumplir las
órdenes del jefe Libertador.
Los hombres que acompañaban a Sandino trataban en vano
de hacerle comprender la necesidad que había de no darle cuartel
a los interventores ni a sus aliados los nativos porque a ellos no
se lo concedían esos enemigos que eran los que ultrajaban a la
patria, les robaban cuanto tenían, les violaban a sus mujeres y
les destruían sus propiedades, pero el héroe les alegaba que si los
vandalismos de los enemigos eran acremente criticados también
los libertadores se expondrían a la misma critica si los cometieran
ellos por igual aun fuera en represalia a los de los yanquis, caso
que se tenía que evitar a todo trance.
Combate de Telpaneca
Como los yanquis habían derrotado a Sandino en las acciones
bélicas que se habían desarrollado en Las Flores y San Fernando en días casi seguidos, causó mucha sorpresa al enemigo el
atrevimiento del guerrillero, que a pocos días después de sufridas
ellas, asaltara a la población de Telpaneca en la que, encontrándose sus defensores sumamente distraídos, una noche penetraron
los patriotas y destrozaron la parte de la guarnición que pretendió
contenerlos, mientras la otra parte se desbandaba sin freno alguno
que la sujetara.
Los asaltantes sostuvieron la ciudad en su poder por tiempo
de varios días, hasta que fuerzas superiores enemigas con apoyo
de la aviación fueron enviadas en auxilio y la reconquistaron,
Junto a Sandino
83
evacuándola los rebeldes en orden y sin soltar el botín que habían
capturado.
Combate de Las Cruces
De recordación duradera será para todo el soldado de la libertad de Nicaragua el combate librado en Las Cruces. Tiene
la particularidad, además del triunfo alcanzado por las tropas
redentoras, de que el capitán americano apellidado Bruce, comandante de las fuerzas atacantes, estaba tan seguro de alcanzar el triunfo en su jornada y de que pacificaría a Nicaragua
así como que le daría muerte a Sandino, que el día 24 de diciembre del año 1927, antes de salir para la campaña, le puso
un telegrama a su señora madre que se encontraba en los Estados Unidos, concebido en los siguientes términos: «Para el
día primero del año entrante le habremos cortado la cabeza del
bandido Sandino».
Y precisamente, el día primero de enero del año 1928 se traban
en combate en el lugar denominado Las Cruces las fuerzas libertadoras comandadas personalmente por el general Sandino y las
fuerzas comandadas por el capitán Bruce. Experimentándose las
peripecias de la lucha, al fin fueron derrotadas las fuerzas de los
yanquis y quedó, como más que un grosero adefesio del campo,
el cuerpo del capitán Bruce, con la cabeza arrancada del tronco
y puesta sobre de su barriga, en la boca sosteniendo a manera de
fuma su órgano genital.
¡Barbaridad de los soldados!
Como recuerdo y trofeo de la victoriosa acción, Sandino reservó para su uso personal los anteojos del capitán Bruce, los
que le sirvieron eficazmente en su campaña de la libertad de
Nicaragua.
84 Gregorio Urbano Gilbert
¡Salgan los muchachos del machete!
En un lugar (que no recordamos su nombre) el general Francisco Estrada, con una guerrilla a su mando, libró un combate con
otra guerrilla norteamericana. Considerándose Estrada perdido,
se vio en la necesidad de retirarse, para lo cual dio la consigna
consiguiente, la que fue al grito de: «¡Salgan los muchachos del
machete!».
Cuando el yanqui oyó el grito de Estrada, creyó que se le iba
una carga al machete, y no queriendo enfrentársele al filo de las
armas blancas, prorrumpió a gritar: «¡Machete no! ¡Mejor plática
para no más combate!».5
Aprovechándose Estrada de la debilidad del enemigo, en vez
de retirarse, lo presionó y obtuvo una victoria de lo que poco antes era una derrota.
De esa manera el Chipote resistía los asaltos del enemigo en
combates a veces favorables y a veces contrarios para su causa, hasta que después de un tiempo de nueve meses fue preciso
evacuarlo por causa de la superioridad de fuerza que le metió el
enemigo sometiéndolo a un continuo bombardeo aéreo, resultando entre sus víctimas la señora Teresa Villatoro, la amante
del Libertador, que fue alcanzada en la frente por un casco de
bomba. Al evacuarse en buen orden El Chipote, fueron colocados algunos muñecos en línea de fuego a guisa de soldados, y
los muñecos infundían respeto a los soldados enemigos, a quienes contuvieron por dos días en su lento avance para apoderarse
de El Chipote y cuando al fin llegaron al baluarte defensor vieron que lo que creían eran soldados no eran más que imitaciones, esos militares se enfurecieron contra los pobres muñecos a
quienes destruyeron al fuego.
5
Plática: Corruptela yanqui de plática o platicar, conversar o hablar, o mejor
dicho, parlamentar.
Junto a Sandino
85
El ataque al Ocotal
Después de haber sido desalojado Sandino de El Chipote, reunió un crecido número de sus seguidores y poniéndole el frente
al Ocotal, la ciudad capital del departamento de Nueva Segovia, la atacó por asalto y fue fuerte la resistencia encontrada
a su paso, pero más fuerte todavía la del empuje del héroe, el
que arrollando a los defensores los hace encerrar en sus cuarteles por no haberle dado lugar a que se salieran de la ciudad,
habiendo quedado los rebeldes dueños de la ciudad y se paseaban por sus calles.
Mientras tanto, no queriendo el enemigo responder a las provocaciones de los rebeldes para que salieran a decidir la suerte
de los bandos en una final contienda, se dispusieron los alzados
a recoger del comercio unas cuantas latas de petróleo y otros objetos fáciles de inflamar con intenciones de quemar los cuarteles
de los soldados enemigos y también las casas de todos sus colaboradores.
Puesto el pueblo en conocimiento de las maniobras de los patriotas, se reunió un crecido número de ciudadanos y envió ante
el héroe una comisión de damas en súplica de que no permitiera
el incendio de los cuarteles de los soldados y de las casas de los
tenidos porque de ocurrir tal cosa el incendio se propagaría por
toda la ciudad y la destruiría con sus pobladores en donde hay
tantos niños y tantas mujeres.
Accediendo Sandino a lo solicitado por la comisión de damas
que se le envió, dispuso la suspensión de los preparativos del fuego y considerando que nada le restaba por hacer en la ciudad,
ordenó la retirada hasta la selva.
En el ínterin, creyendo las fuerzas de Ocotal que se encontraban sitiadas, habían enviado de urgencia el pedido de socorro
y la noticia del asalto y toma de la ciudad por sus enemigos a
las poblaciones vecinas, y llegándole el auxilio pedido con abundante refuerzo, emprendieron seguidamente la persecución de los
86 Gregorio Urbano Gilbert
libertadores que se retiraban y los alcanzaron en pleno camino al descubierto y les causaron la más espantosa carnicería
que sufriera en todo el tiempo de su campaña libertadora en
que tan eficazmente cooperó la aviación que con sus fuegos
de ametralladoras y de bombas por el caso de encontrarse operando en lo claro y sin ser contrarrestada se lucía en su obra
exterminadora.
Si grandes fueron las bajas sufridas por los libertadores por
efecto de los ataques a que se vieron sometidos por sus enemigos, mucho más grandes fueron las bajas sufridas en sus filas por
causa de las deserciones de sus soldados que por el pánico de que
sufrieron, unos se presentaron a las autoridades invasoras y otros
se fueron para Honduras, quedando nuevamente los alzados reducidos a un escaso número de hombres.
Ante la magnitud del desastre sufrido en Ocotal, por la que
la casualidad fue la que determinó que no se cerrara definitivamente la tarea de libertarse a Nicaragua del poder de los
Estados Unidos, los principales hombres del movimiento libertador, de los sobrevivientes del Ocotal, reuniéndose y deliberando, concluyeron por considerar que a la guerra de la
clase que se libraba no se puede entrar con un Jesucristo que
remienda la oreja que Pedro hiere en defensa, ni con un Mahatma Gandhi, abstenido de emplear la fuerza contra sus fuertes
enemigos, en alusión a la política de Sandino de humanizar la
guerra que tan mal resultado le estaba dando, resolvieron pedirle a su jefe superior que no participara más de los combates,
que estaría bien que él los planeara pero que la acción fuera
exclusivamente de ellos.
Como Sandino consintió en parte a lo pedido por sus subordinados se vieron estos con más libertad para causarle a sus contrarios los daños en la forma que creyeron mejor.
Junto a Sandino
87
La voladura de la mina de oro La Luz y los Ángeles
La mina de oro La Luz y los Ángeles sufrió el castigo de ser volada por razón a la justa condena que se le aplicó motivada por las
graves faltas que en su seno se cometieron.
Para conocerse a cabalidad este detalle, hay que retroceder
hasta el año 1909 y desde allí venir haciendo historia:
Por aquel tiempo, era presidente de la república un hombre de
Nicaragua que si bien es cierto que su gobierno era un tanto duro
no más cierto es que no admitía en su nación injerencia de ninguna otra, fuere la potencia que fuere, llegándole a poner el frente
a la propia Inglaterra del entonces arrebatándole la Mosquitia, de
expansión casi a la mitad de Nicaragua de ese tiempo, territorio
que detentaba la poderosa Albión pretextando un pacto de protectorado convenido entre ella y un cacique aborigen, lugar al que al
ser redimido le dieron por nombre el de Zelaya, conociéndosele
hoy por el de Bluefields, ocupando la casi totalidad de la costa
con que el mar Caribe besa a esa bella patria.
Este férreo presidente, don José Santos Zelaya, estaba mal mirado por el gobierno imperialista de los Estados Unidos, por el
hecho de ser un hombre de vergüenza, principal atributo del valiente, y por eso nunca quiso permitirle a los yanquis el tutelaje
que quisieron imponerle. Por esta razón, fueron a Nicaragua dos
aventureros norteamericanos a fomentar desórdenes y a capitanearlos para intranquilizar con sus desmanes las instituciones particulares y oficiales, pero en sus operaciones fueron apresados por
los agentes del presidente Zelaya y fusilados sin contemplación
ninguna, matando así lo que los aventureros llamaban revolución
de liberación.
Por la muerte de estos aventureros apellidados Groce y Cannon, motivó muchos escándalos en los Estados Unidos y protestas y amenazas de esa poderosa nación contra la pequeña Nicaragua, de las que entendía y rechazaba con entereza varonil el
presidente Zelaya.
88 Gregorio Urbano Gilbert
(Un paréntesis, permítasenos: La aventura de Groce y Cannon,
fomentando desórdenes revolucionarios, no fue la primera de esa
índole llevada a cabo por ciudadanos norteamericanos en Nicaragua. En los primeros años de la segunda mitad del siglo diecinueve, el aventurero William Walker, desembarcó también en
Nicaragua ayudando a una revolución que existía allí y en poco
tiempo tomó a la capital y puso en la presidencia de la república
a un sujeto de nombre Patricio Rivas, pero más tarde se constituyó a sí mismo, Walker, en presidente de Nicaragua. Por razón
a esta osadía y por los tantos crímenes cometidos por el déspota
intruso, se unieron las repúblicas centroamericanas y reuniendo
un poderoso ejército invadieron Nicaragua por lo que liberaron
varias sangrientas batallas entre las fuerzas libertadoras y las del
intruso norteamericano, siendo éste derrotado en las acciones de
Rivas y de Granada por el héroe Joaquín Mora, quien en persecución del perverso lo hizo evacuar el país. Entrando luego Mora a
la capital, apresó a Patricio Rivas y como traidor y pelele que era
lo trató conforme a su merecido. Siete años después de haberse
iniciado este filibusterismo y tres de haber sido expulsado Walker
de Nicaragua, el individuo volvió a aparecer en La Unión, departamento de la república de Honduras, en el año de 1860. Trabado
en batalla con las fuerzas del general Álvarez, fue vergonzosamente derrotado, y en su huída, cayó en manos de los ingleses,
quienes teniendo en consideración lo peligroso que era el sujeto
se lo entregaron a las autoridades hondureñas, y éstas, al igual
que los ingleses, también lo consideraron peligroso, y desinquieto
además, por lo que debíasele poner en quietud con unas cuantas
perforaciones a su anatomía aposentadora de una síquica corrompida al máximo, acotejándosele después debajo de siete pies de
tierra en donde yace descansadamente).
En el territorio que cuando era posesión británica se llamaba Mosquitia, extenso y poblado en su mayoría por los indios
mosquitos, que luego se llamó Zelaya y después Bluefields, se
explotaba una rica mina de oro que llaman La Luz y los Ángeles.
Junto a Sandino
89
Era administrador de la mina un señor sobrino del secretario de
Estado de los Estados Unidos, míster Knox, y tenedor de libros
un señor de nombre Adolfo Díaz, el que por causa de su espíritu
de esclavo y el amor a su sueldo de sesenta pesos mensuales, se
doblegaba tanto ante su jefe y era tanto lo que le lamía que se le
llegó a juzgar de ser el hombre más servil de Nicaragua.
El secretario de Estado, Míster Knox, le escribe a su sobrino,
administrador de la mina, pidiéndole le recomendara a un
nicaragüense capaz de aceptar las pretensiones de los Estados
Unidos en ese país. El sobrino, en contestación a la carta del tío,
le señaló a Adolfo Díaz, indicándole, que si bien es verdad que
cumpliría a cabalidad lo que se le indicara, teníasele que preparar
por ser su personalidad nula en el país.
Y para el efecto, Juan Estrada encabezó una revolución financiada por Adolfo Díaz, ya que es capitalista en razón de seiscientos mil pesos oro americanos que los yanquis le prestaron.
Por la fortaleza de los revolucionarios y la presión de los yanquis a Zelaya, el presidente se vio en la necesidad de abandonar
el Poder.
Se sucedieron dos presidentes más pero como no llenaban a
satisfacción las aspiraciones de los Estados Unidos, tuvieron que
abandonar el mando, hasta que ya prestigiado convenientemente
Adolfo Díaz asumió en el año 1911 la presidencia de la República
de Nicaragua.
Entre sus tantas concesiones a su potencia protectora se señalan las siguientes:
—Las islas del Grande y del Pequeño Maíz, sin tomar en cuenta el prejuicio que le causó por ello a Costa Rica.
—La zona del proyectado canal de Nicaragua, no importándole para nada su vecina Costa Rica que tan grandemente se ve
afectada en sus intereses por causa de esta concesión.
—El golfo de Fonseca, sin tener en cuenta a Honduras y a El
Salvador, que son los otros condueños de esa abrigada porción del
mar centroamericano del inmenso Pacífico.
90 Gregorio Urbano Gilbert
—Empeña a la Nación con un empréstito de más de quinientos
mil pesos.
Y para seguir complaciendo la voluntad del amo, concede a
este además:
—El Banco Nacional.
—Los ferrocarriles.
—Y las aduanas.
Habiendo cumplido Adolfo Díaz el resto del período de Zelaya
y el propio por el que fuera electo, y como el intermediario entre
Díaz y la Cancillería norteamericana pera cumplirse los tratados
arriba apuntados fue Emiliano Chamorro, ministro de Nicaragua
en Washington, nadie más apropiado que este para sustituir a
Díaz, y sucediendo así, cumplió sus cuatro años a plena satisfacción de los Estados Unidos.
Se siguen en Nicaragua dos nuevos gobiernos los que fueron
de la complacencia de los Estados Unidos, viniendo luego al poder don Carlos Solórzano, con vicepresidente el doctor Juan Bautista Sacasa en el año 1925.
Si los gobiernos posteriores a Díaz y Chamorro no fueron del
agrado de los yanquis, mucho menos lo fue el de Solórzano. Por
lo que, con instrumentos como Adolfo Díaz, Chamorro y Gabriel
Rivas, apoyados por un grupo de militares, los yanquis le quitaron toda autoridad al presidente Solórzano y lo arrestan y lo
ultrajan tanto que resolvió abandonara el país y lo dejó todo en
manos de estos descuartizadores de la patria.
Los conspiradores, para llenar las apariencias, le ofrecen al
vicepresidente Sacasa la legación de Nicaragua en Washington
a cambio de sus pretendidos derechos a la presidencia de la república, y al no aceptarla se vio obligado a embarcarse para el extranjero, diciéndole antes a los usurpadores que ya él determinará.
Adolfo Díaz asumió nuevamente la presidencia de la república
el año 1926.
Y Sacasa, antes que aceptar la legación en Washington, con
paga adelantada por cuatro años, dizque en demostración de la
Junto a Sandino
91
buena fe de los que lo derribaron del poder, se fue a México y
con ayuda de Álvaro Obregón, el bravo general mexicano que no
transigía para nada con la potencia que son los Estados Unidos de
la América del Norte, organizó la revolución que ya se ha dado
a conocer con fines de conquistar sus derechos arrebatados por
Díaz, y estando a punto de conseguirlos, se lo frustraron por causa
de la desfachatez de Adolfo Díaz, al llamar a los yanquis a que
vinieran a Nicaragua a intervenir a como ellos quisieran hacer, y
también a la bajeza del general José María Moncada al traicionarle a Sacasa, vendiéndole la revolución.
Meditando sobre estos asuntos el héroe Sandino, consideró
que la mina de oro La Luz y Los Ángeles por el hecho de haber
empollado a un monstruo como lo es Adolfo Díaz, el que tantos
daños le causa a la patria, era merecedora a un castigo y para el
efecto marchó hacia la mina y llegando, después de una caminata penosísima por causa de la distancia recorrida y sus correspondientes obstáculos vencidos, fue requisado todo cuanto podía
tener alguna utilidad para el ejército libertador, como fueron los
explosivos, armas, máquinas fotográficas, papeles, sobres, ropa,
etcétera, y hecho prisionero el subadministrador y no el primer
administrador, porque se encontraba ausente con el oro de la última producción, y desalojados los vividores del contorno, el general Manuel María Girón Ruano colocó en los puntos convenientes
los cartuchos necesarios de la dinamita que era de la empresa
minera, y prendiendo las mechas al poco rato solamente quedó un
grande montón de escombros.
El retorno a Las Segovias fue todavía más dificultoso que la
ida a la mina, habiendo sido los soldados atormentados del hambre, y estas gentes que por hábito comen mono, armadillo, ardilla, danta o tapir y cuantos otros animales y animalejos produce
Centroamérica, se negaron a comer un caballo que Sandino les
ofreció de almuerzo.
Al subadministrador le atacó poco tiempo después de encontrarse en el campamento general de Las Segovias un decaimiento
92 Gregorio Urbano Gilbert
de espíritu, por lo que se negó a comer y a medicarse, hasta que al
fin murió de agotamiento.
La Chula
Desde el comienzo de las luchas en Nicaragua, conociendo el
bando de la opresión que los libertadores carecían de los elementos con que repeler los ataques de sus aeroplanos, cuando
los efectuaban, o ejecutaban alguna correría de reconocimiento
por los campos de los patriotas, volaban tan bajo y hacían tantas
cabriolas que más daban la impresión de ser una exhibición que
ser en realidad un ataque aéreo.
Los disparos de fusiles y de ametralladoras sin potencia no
daban contra los aeroplanos los resultados apetecidos por los libertadores.
Mirando esto desde su escondite el anciano don Claudio Blandón en un momento en que el campamento general libertador era
fuertemente bombardeado y ametrallado, y pensando seriamente
en ello creyó que podría encontrar la manera de vengar tan grande abuso. Y don Claudio, hombre contrahecho, de cabeza hundida entre los hombros, de pecho saliente, de barriga y posaderas
ahuecadas y de andar de pato, ideó y fabricó unos cohetes voladores dinamiteros que el general Sandino bautizó con el nombre
de flores del Chipote.
Una vez un aeroplano impuesto en su confianza, era tanto el
atrevimiento que hacía sobre el campamento libertador que don
Claudio hubo de exclamar: «¡Es demasiado aguantar, y este pagará sus abusos y por los de sus compañeros!», y cogiendo una de
las flores, le prendió la mecha y la soltó hacia el aeroplano, con
tan buena suerte que el cohete explotó en la hélice del aparato el
que cayó al momento a tierra.
El posesionarse del aeroplano le costó a los libertadores la pérdida de tres hombres, porque el oficial que lo dirigía se parapetó
Junto a Sandino
93
tras de los árboles cercanos a su máquina voladora y con bravura
heroica se defendió hasta recibir la muerte.
La ametralladora del aparato abatido le fue a los libertadores
de tanta utilidad para combatir a los aeroplanos enemigos y con
ella y las flores del Chipote hacer respetar un poco a las fuerzas
libertadoras, que Sandino la bautizó con el nombre de La Chula.
Los americanos anunciaron en su parte oficial que el aeroplano
fue derribado por efecto de haber chocado su hélice con un buitre.
Pero es de todo el mundo sabido que en Nicaragua no existen
buitres ni tampoco sus semejantes de la especie más crecida como
son los cóndores andinos sino el pequeño de la familia cuyo nombre centroamericano es el de zopilote.
El combate de río Coco
A Sandino se le informó por miembros del excelente cuerpo de
espionaje que disponía de que, dejándose llevar por la corriente
del río Coco y navegante en unos cuantos pipantes y batoes6 avanzaba una fuerza de soldados americanos. Sandino estimó oportuna la ocasión para al enemigo tenderle una emboscada, y para el
efecto, sitúa a sus hombres en los puntos que consideró ventajosos
y cuando los enemigos quedaron encerrados dentro de la red que
se les tendió, se abrieron los fuegos sin misericordia, sin siquiera
repararse en los indios infelices que guiaban las embarcaciones.
Por lo inesperado del ataque, el enemigo se desconcertó en el
comienzo. Se hundían los barcos por causa de los movimientos
que hacían sus ocupantes al tratar de defenderse. Otros barcos
eran desocupados al arrojarse los soldados al agua y ser llevados
por la corriente. Mientras unos disparaban al acaso, otros vociferaban semejando a las fieras en sus rugidos cuando se encuentran
en peligro.
6
Pipantes y batoes: Embarcaciones en el río Coco manejadas por indios zambos, pobladores de las márgenes del río.
94 Gregorio Urbano Gilbert
El capitán Lowe de los norteamericanos, hombre valiente pero
falto en prevención, poniendo el orden en su gente, resueltamente
hace dirigir sus barcos hacia tierra por el lugar de donde emboscados le disparaban los rebeldes, pero fatalmente para él, al llegar
a la orilla, recibe muerte acribillado a balazos junto con algunos
de sus hombres.
Casi al momento aparecieron los otros barcos cargados de soldados yanquis, los que abrieron el fuego desde a bordo en dirección de donde murió Lowe, pero se abstienen de intentar el
desembarco.
Mientras tanto, Sandino quiere actuar terciando personalmente
en la contienda pero sus hombres se le impusieron impidiéndole
su deseo. Temieron se condoliera de los que se ahogaban, principalmente los pobres indios, que morían inocentemente y a quienes Sandino había prometido protección.
Mientras sostenían a distancia los fuegos atronadores los soldados norteamericanos desde los pipantes y batoes, otra fuerza
había desembarcado un poco más arriba del lugar de las operaciones por el lado del oeste y sorprendiendo a los libertadores por su
flanco derecho y por su retaguardia los desbandaron, quedándose
los norteamericanos dueños del campo de la lucha, pero logrando
los patriotas arrastrar con ellos el cuerpo del capitán Lowe y en
su campamento, sosteniéndolo con una cuerda ayudada de un árbol, lo retrataron. Días después, al anunciar el comando yanqui en
su parte oficial alusivo al combate descrito de que el soldado de
mayor graduación de los norteamericanos que en él había muerto
era un sargento, el comando libertador le envío a Froilán Turcios
la fotografía del capitán Lowe para que la hiciera publicar en los
periódicos extranjeros que fueran amigos de su causa para que
sirviera de testimonio a la verdad sostenida por los patriotas y
quedara patentizada la mentira de los yanquis. Pero la fotografía
con gran disgusto de Sandino no se publicó por oposición de Turcios, quien alegó para ello que causaría, antes que buena, mala
impresión y mala reputación en contra de la causa libertadora por
Junto a Sandino
95
razón del repugnante aspecto que presentaba el cadáver, mientras
que Sandino sostenía que lo que interesaba por el momento era
dársele a conocer al mundo que en su poder había quedado el
cuerpo muerto del capitán Lowe, sin tenerse en cuenta de cómo o
de qué manera su gente había tratado ese cuerpo inútil.
De esa manera se pasaban los días en el campamento general
de la montaña El Refugio, narrándose las acciones pasadas de la
campaña y recibiéndose los partes de los jefes de columnas en
operaciones en los que daban cuentas de sus actuaciones variadas,
favorables las unas y contrarias las otras…
CAPÍTULO IV
ATAQUE EN EL REFUGIO
¡El avión! / El enemigo solicita la paz / La respuesta del Libertador /
Ataque aéreo / El teniente Urbano ascendido a Capitán, nombrado Cuarto
Ayudante del Comando Supremo / Nuevo ataque aéreo. Evacuación
de El Refugio. El Naranjal / Revista general / El capitán José de Paredes,
envuelto en un bombardeo aéreo, asciende a El Refugio portando la bandera
que la benemérita dama santiaguesa, señorita Ercilia Pepín, de la República
Dominicana, enviara a El Libertador general Augusto César Sandino /
Carta que acompañaba a la bandera y contestación del Libertador /
Ataque general a El Refugio, el que se evacua definitivamente.
¡EL AVIÓN!
En la monotonía de El Refugio, nada indicaba que la suerte del
campamento cambiaría y mucho menos la del teniente Urbano al
no dejarlo el general Sandino ir por esos días en las columnas que
salían en operaciones contra el enemigo.
Pero al transcurso de unos cuanto días más, en una mañana a
mitad del mes de diciembre del año 1928, encontrándose el teniente Urbano en el puesto de centinela1 fue interrumpido en su
1
En el campamento general de la libertad de Nicaragua todos sus hombres,
exceptuando los generales Sandino y Girón Ruano, tenían que prestar el servicio de centinela. En los campamentos de jefes de operaciones, solo estos
estaban libres de prestar semejante servicio.
97
98 Gregorio Urbano Gilbert
divagación por el canto del turpial y con las notas de la escala
del sinsonte por un ruido que al principio creyó provenían de un
zunzún o colibrí, pero luego convencido de que era un aeroplano
el que lo causaba sin esperar a tenerlo a la vista, dio el grito de:
«¡El avión!».
Al grito de alarma del centinela, y el eco multiplicarlo por toda
la extensión de la montaña, seguido se oyen en el campamento las
voces del jefe superior ordenando lo pertinente a lo que el caso
requiera a la vista de la máquina aérea: «¡Esos trapos que se quiten de la vista! ¡Apáguese ese tizón que aún humea! ¡Cada uno a
ocupar su puesto! ¡Atención los de las ametralladoras y los de los
automáticos!».
Y en el campamento es un correr, preparación para la probable lucha, y los que por razón de sus armas u ocupaciones nada
tendrían que ver con la refriega, se les ve buscando los árboles
más gruesos para esconderse en sus troncos, ramas y frondas
protectoras.
Cual un enorme gavilán, ave rapaz, se llegó a ver el aeroplano
a la distancia rozando casi con los árboles, como escudriñando a
su presa. Se le vio hacer algunas maniobras por los alrededores de
los picos abandonados El Chipote y El Chupón y después se retiró perdiéndose en el horizonte sur orillado por la inmensa selva
verde de valles y montañas y por el turquí del cielo nicaragüense.
Al otro día y también temprano en la montaña, le tocó dar el
grito de: ¡el avión! al ya general Francisco Estrada, primer ayudante militar del comando supremo del ejército libertador de Nicaragua.
Esta vez aparecieron dos aeroplanos los que, como el del día
anterior, se mostraban interesados en localizar algo, no siendo
ese algo otra cosa más que el campamento general libertador,
como quedó evidenciado por los sucesos que se desarrollaron en
el transcurso de los días siguientes.
Los aviones se acercaban y alejaban del campamento y hasta
llegaban a pasarle por encima, pero nada indicó que lo habían
Junto a Sandino
99
descubierto, estándose un rato en esas maniobras hasta que al fin
se retiraron.
Mientras tanto, correos provenientes de los sitios cercanos y
todavía de otros más lejanos traían volantes que enviaban los jefes
de guerrillas y los amigos de la causa libertadora, que por aviones
el enemigo se dedicaba en cubrir los campos de sus actividades.
En los volantes los norteamericanos invitaban a los rebeldes a
deponer las armas y acoger las garantías que ellos y el pelele gobierno nativo les ofrecían, y les anunciaban también el triunfo en
las elecciones generales que recientemente habían pasado del general José María Moncada como presidente de la república cuya
toma de posesión estaba señalada para el día primero del mes de
enero del año siguiente de 1929.
Otros correos anunciaban que en una comisión compuesta de
militares norteamericanos y civiles nativos habían ido al poblado de San Rafael del Norte y habiendo procurado a doña Blanca
Aura de Sandino, la esposa del Libertador, le entregaron unas correspondencias de parte del jefe norteamericano de mar y tierra de
servicio en Centroamérica, para que personalmente se las hiciera
llegar a su esposo.
Ni el servicio de espionaje ni los correos anunciaban por esos días
actividad bélica alguna por parte del enemigo. Al contrario, todos
afirmaban que la tranquilidad era completa en los campos rebeldes.
Por el tenor de las hojas sueltas dejadas caer por los aeroplanos
y por las noticias de las correspondencias de los yanquis dejadas
en San Rafael del Norte, el estado mayor de los libertadores dedujo que al igual que aquellos la misión de los aeroplanos que
los quieren descubrir no es de guerra sino de paz, y se resolvió a
esperar los acontecimientos a como vinieran.
Mientras tanto se siguieron dos días y en ellos el interés de los
aeroplanos por encontrar el campamento, lo que lograron a mediados del tercero, viéndoseles por tal causa alejar tan satisfechos
que en su ruta efectuaban piruetas al igual que si hubieran sido
acróbatas.
100 Gregorio Urbano Gilbert
Al otro día por la mañana, se oyeron los mismos ruidos anunciadores de la aproximación de las máquinas voladoras. Se oyó
el mismo grito anunciándolas y las mismas voces de mando
anunciándolas para lo que fuere del caso, y al fin llegaron los
aeroplanos, paseándose señorialmente por sobre los árboles que
cubrían a los libertadores del campamento general, y pasado un
corto tiempo en el que imitaban a las aves de garras se dedicaron
a cubrir la montaña con los volantes, cual de confetis a una reina
de juego de un festejo carnavalesco.
Los volantes fueron los mismos a los conocidos de antes, sirviéndoles a los hombres de la montaña para otros fines que no
fueran para ayudar a prender el fuego, y para otros usos.
EL ENEMIGO SOLICITA LA PAZ
Después de pasados tres días del paseo hecho por los aeroplanos
sobre la montaña El Refugio, fueron puestas en las manos del
general Sandino las correspondencias que le envió por mediación
de su esposa doña Blanca el señor de mar y tierra del poderío norteamericano en Centroamérica, el almirante Seller.
Al romper el general Sandino los sobres que cubrían los pliegos y comenzar a leer estos, soltó una irónica carcajada adornándola con un juramento a lo mejicano.
En los pliegos, el almirante Seller le comunicaba al general
Sandino el propósito que tenían los norteamericanos de evacuar
Nicaragua para el día primero del mes de enero del año 1929 y
que como ellos deseaban dejar al país completamente pacificado,
lo invitaban al establecimiento de una tregua y a celebrar una conferencia para tratar mediante un entendido de las dos partes en el
arreglo necesario para el fin propuesto. De celebrarse la conferencia propuesta, los norteamericanos dejaban a Sandino la elección
del pueblo para ella, así como el día, pero tendría que señalarles a
los yanquis la ruta a recorrer hasta el pueblo que sea y el número
Junto a Sandino
101
de hombres que lo acompañaría. El almirante Seller le aseguraba
a Sandino que lo dejaría plenamente satisfecho en lo que pidiera
para él y para sus hombres y los resguardaría con la más completa
garantía.
Esta propuesta de los norteamericanos a los patriotas nicaragüenses es semejante en la letra a la que ellos le propusieron a
José María Moncada cuando este general entró en Nicaragua a
la cabeza de la revolución liberal acaudillada por el doctor Juan
Bautista Sacasa con el propósito de derrocar al presidente traidor
Adolfo Díaz, y la que aceptó el materialista Moncada en el lugar
llamado Espino Negro de Tipitapa, la que le proporcionó a Moncada la presidencia de la República y una fortuna a cambio de los
elementos de la revolución. Pero al tratarse del idealista Sandino,
las cosas resultaros de muy distinta manera.
LA RESPUESTA DEL LIBERTADOR
Reunido en consejo con sus ayudantes militares y oficiales de alta
graduación de su estado mayor, el jefe supremo, general Augusto
César Sandino para considerar la concertación de la paz hecha
por los invasores de la patria, Sandino expuso su parecer del caso
y se oyó el de cada uno de los componentes del consejo, resolviéndose en consecuencia contestárseles a los norteamericanos y
se les contestó más o menos en los términos siguientes, preñados
de la indignación que le causó a Sandino lo que él consideró ser
una altanería del enemigo sin ofrecerle garantías y solicitarlo a
conferenciar con él.
1. Los hombres libres defensores del sagrado derecho de la
libertad de la Patria no toman en cuenta ninguna garantía
que les ofrecen los violadores de sus derechos.
2. Por ningún caso entrarán en conferencia con ningún yanqui. En caso de conferenciarse, se haría con el general José
María Moncada, ya que siendo de Nicaragua y del Partido
102 Gregorio Urbano Gilbert
Liberal, a los que traicionó, podría reparar los males que le
causó a la patria y al partido.
3. En caso de conferenciarse con el presidente de la república
general Moncada, solamente se convendría con este la firma de la paz, mediante las siguientes condiciones:
• Evacuación total e inmediata de la república por los soldados
norteamericanos, bien fuere por la razón o por la fuerza.
• Nicaragua no reconocerá los gastos hechos por los invasores en su campaña en el país. Nicaragua no tiene por qué
pagar el costo de los experimentos que los intrusos hayan
hecho de sus elementos bélicos modernos en los pechos de
los patriotas, así como asesinando a infelices e indefensas
familias.
• No se aceptará ningún empréstito leonino de los norteamericanos.
• Se declaran nulos todos los tratados o pactos indecorosos
para la patria que firmaron Chamorro, Díaz y otros sujetos
de malos sentimientos.
• Se rechazará con entereza cualquier intento de intromisión
de los yanquis en las elecciones de Nicaragua o en cualquiera de sus asuntos internos.
También se anotaron en los pliegos contestación a otros puntos
de menor importancia, tales como la del libre cultivo del tabaco,
pues ese producto se encuentra monopolizado en Nicaragua; redacción de leyes que favorecieran al obrero, etcétera.
Terminaban los puntos señalando que si para cumplirse estas
Moncada tuviere que emplear la fuerza, la del ejército libertador estaba dispuesta a unírsele en cooperación para lograrlos, y que logrados,
cada uno de los soldados libertadores, desde el jefe supremo hasta el
más inferior en la escala jerárquica, se retirará a su casa a vivir de su
trabajo, no queriendo recompensa alguna de la patria.
Se despachó la correspondencia y se esperó el resultado de
lo que ella provocara en su destinatario, provocándole, como se
esperaba, terrible cólera.
Junto a Sandino
103
ATAQUE AÉREO
En los campamentos de campañas bélicas, aparte del orden militar se asocian los individuos formando grupos de cuatro, seis,
diez o más, con fines de mejor soportar el peso de la azarosa vida
que llevan y se unen hermanadamente, que si un miembro de una
agrupación encuentra algo de comer fuera de la ración ordinaria,
aquello como está, como cualquier otra cosa útil, se consume o
se utiliza en comunidad. Al llegarse a un punto con fines de ocuparse por pocos o muchos días, seguido se ven a los asociados
disponiéndose para la fabricación de las champas; según aptos
que sean estos cortan las varas y las hojas, esos la cargan y aquellos fabrican. Lo mismo es con todo. En la comida, unos cocinan,
otros ayudan, este busca leña y aquel busca agua.
Entre los grupos o asociaciones que habían en El Refugio uno
se formaba con los siguientes individuos: coronel Agustín Farabundo Martí, secretario general, coronel Domingo A. Mairena,
médico, el ya teniente Carlos Manuel Aponte, tercer ayudante del
comando supremo y el teniente Urbano.
En el reparto de los trabajos de este grupo, entre los que le tocaban a Urbano uno fue el de aguador, a su elección, por ser buen
bebedor del preciado líquido como es el agua, de la que tenía
siempre en la carpa una buena reserva…
Y fue el amanecer de un día, nublado, húmedo y frío…
El congo, el más gigantesco de los monos de América y el
animal más bullanguero que puebla sus selvas, con su ronco rugir
«anunciaba» la proximidad de la lluvia.
El amanecer fue el del día 23 del mes de diciembre del año
1928.
Como se esperaba de un momento a otro que el enemigo jugara
una mala partida, por la seguridad que se tenía de la ingrata impresión que le causarían las notas contestación del comando libertador a las notas de propuesta de paz del comando opresor, todo era
precaución en el campamento de la montaña. Por eso, el teniente
104 Gregorio Urbano Gilbert
Urbano había ido temprano a la quebrada a surtirse de agua y no
había el teniente acabado de sumergir las jícaras en la poza de
la fuente, cuando toda la montaña se cubrió con la voz sonora
del teniente José Dolores Pupiro, indio nicaragüense, de Masalla,
asistente del general Sandino y de centinela esa mañana, dando el
grito de: «¡El avión!».
Al llegarle el grito del centinela al aguador, llenando apresuradamente las jícaras, corrió al campamento.
Tan dispuestos y enseñados los aviones vinieron, que al muy
poco rato después de haber sido anunciados estaban volando con
ruido ensordecedor por sobre los campos de El Refugio.
Y habiendo recorrido el teniente solo un tercio del camino de
la fuente al campamento, el enemigo había abierto fuego desde
sus aviones de ametralladoras y bombas.
El que desde los altos de la montaña sin encontrarse en el campamento oía el fuego del ataque, se imaginaba que también fuerzas de tierra marchaban por los bajos de El Refugio. El fenómeno
se debía a que los aeroplanos descendían tanto para ametrallar a
las avanzadas que daban esa impresión.
Cuando llegó con su agua a su puesto el teniente, encontró a
sus compañeros resguardados de los proyectiles enemigos con los
árboles frondosos de gruesos troncos que cubren a la montaña.
Había orden de no corresponderle al yanqui sus envíos de balas.
Y por eso, encontrándose los soldados de El Refugio libres
de la faena de la batalla, atentos al espectáculo del ataque yanqui
podrían apreciar la belleza impresionante de un bombardeo aéreo.
Las máquinas parecidas a gigantescas aves en su figura y vuelo
planeado, majestuosamente se pasean sobre el campo objetivo, en
el que después de bien recorrido, a la señal de su comandante, las
oblicuan de nariz hacia tierra y rompen sus fuegos con las ametralladoras. Después que cada uno de los aeroplanos ha hechos
una ráfaga completa con su máquina de tan rápidos disparos, lo
enderezan para seguidamente volverlo a oblicuar de cola y entonces las descargas las hace con bombas, yendo de esa manera
Junto a Sandino
105
intercalando cargas de una y otra arma, dándoles a las atronadoras detonaciones el acompasado sonido de una música satánica.
Pero no obstante ser las detonaciones música infernal parece que
las endemoniadas máquinas aéreas que ofrecieron tan interesante
escena en El Refugio trajeron órdenes de arrasar la montaña protectora. Así fue de elevado el número de bombas que le arrojaron
por lo que los pequeños árboles volaban por el espacio arrancados
de cuajo al recibir al comienzo de sus troncos uno que otro endiablado artefacto destructor, dejando hoyos semejantes a pequeños
cráteres volcánicos. Los monos cesaron en sus continuos chillidos y banquete de frutas, como los pájaros en sus cantos por el
espanto recibido.
Al volver de la fuente con su carga de agua el teniente, y el
querer ocupar su sitio cercano al del general Sandino, se arriesgó
en un trecho claro en la selva y cuando a mitad de la senda se
encontraba vio que por sobre su cabeza volaba un aeroplano, al
tiempo que Sandino le gritaba que se escondiera, mandato que
el oficial no obedeció porque no quiso huir y porque vio que una
bomba soltada desde el avión venía en su dirección.
La mejor defensa contra una bomba de aeroplano que en un
claro le venga encima a uno es arrojarse a tierra poco tiempo antes de ser alcanzado por el proyectil porque, de quedarse de pie,
parado o corriendo se expone que al estallar la máquina de muerte
sea alcanzado por sus cascos y además por las piedras, tierra y
demás materiales del suelo que levante, sufriéndose de las consecuencias de sus impactos.
Conocedor el teniente del ardid, para tratar de rechazar el peligro que lo amenazaba, se dejó caer en tierra en el tiempo de pocos segundos antes de que la tocara la bomba. Quien así atacado,
aturdido y como enajenado por la detonación y trepidación de la
tierra, se siente como dentro de un cortinaje de fuego, metralla,
cascos, tierra, humo, mientras a distancia se observa el espectáculo como si fuera una fuente en el momento de vomitar el endemoniado chorro.
106 Gregorio Urbano Gilbert
Pasada la acción de la bomba y haber recuperado el teniente su
domino, se levantó y procedió a sacudirse la tierra y demás basura
que recibió, mientras otro aeroplano se aprovechaba abriendo su
fuego de ametralladora sobre el hombre traqueado, por lo que el
general Sandino le volvió a gritar:
—¡Escóndase!
En vez de obedecer el mandato de su jefe, el teniente preparó
su ametralladora y tomando puntería con disposición de mandarle
al avión toda la carga de sus 300 tiros, le replicó:
—¡Déjeme derribar a este maldito aparato que tan sañudamente me persigue!
Ante el peligro que acarrearía la inútil temeridad del oficial el general Sandino, hablándole en términos sumamente agriados, le dijo:
—¡Si disparas, todos estaremos perdidos, y el que se crea que
tiene más… [hombría] que los demás, será fusilado!
Entendiendo al fin el teniente su majadería y situación aseguró
su ametralladora y se retiró, corriendo del lado contrario de donde
estaba su jefe superior con los oficiales de su escolta, y asegurándose con el tronco grueso de un árbol, dejó pasar tranquilamente el
furor de los aeroplanos, los que después de haber agotado sus provisiones bélicas, se retiraron con demostraciones de satisfacción, al
parecer por el juguetear con que conducían sus máquinas al retorno
de su base, por creer que habían destrozado al campamento general
de la libertad de Nicaragua, pero ni uno de sus soldados ni ninguna
otra persona de las que lo poblaban fue tocado en la acción aérea de
ese día, por causa de la protección a que se acogieron de la vegetación virgen y exuberante de la montaña.
EL TENIENTE URBANO ASCENDIDO A CAPITÁN,
NOMBRADO CUARTO AYUDANTE DEL COMANDO
SUPREMO
Después que en el campamento general reinó la tranquilidad aunque el olor de la pólvora quemada imperaba, todavía en imposi-
Junto a Sandino
107
ción al perfume de las flores, los soldados de El Refugio al reunirse comentaban el ataque sufrido. En lo que tocaba al teniente
aguador, muchos opinaban que se le sometería a un consejo de
guerra o por lo menos, llevaría una ruda represión por parte del
general Sandino, merecida por su comportamiento desacertado
durante el ataque de los aeroplanos.
Como por lo regular el general Sandino antes o después de
tomar cualquier resolución se entregaba a una larga meditación,
esta vez se le vio entrar a su champa poniéndose en actitud meditativa. Cuando termine, decían los soldados, de seguro que se
decidirá la suerte del teniente.
Pasado un corto rato, Sandino llamó al coronel Martí, secretario general, y le dictó una resolución. Después llamó al general
Francisco Estrada y le ordenó formar a la gente. En formación
las tropas, están pendientes de lo que pueda ser el motivo cuando
con gran asombro, a la lectura de un pliego, se hace saber que el
teniente Urbano ha sido ascendido a capitán y nombrado cuarto
ayudante del comando supremo, ordenándose a reconocérsele y
obedecerle en todo lo que ordenare en ejercicio de su nuevo rango. Dado a conocer en la orden del día, salió el bando a pregonarlo por todos los campamentos de la revolución.
NUEVO ATAQUE AÉREO. EVACUACIÓN
DE EL REFUGIO. EL NARANJAL
Al otro día también temprano como en los anteriores, se presentó
el grupo de los aeroplanos con el mismo aspaviento y con la misma «furia», acabando con los árboles pequeños y ramas y hojas
de los árboles grandes, interrumpiendo a los monos en sus comidas y voces y a los pájaros en sus cantos, aunque sí sirviendo
la tanta bulla para diversión de los soldados libertadores, ya que
llevaban una vida en extremo monótona en El Refugio y para
la celebración del MCMXXVIII aniversario del nacimiento del
108 Gregorio Urbano Gilbert
hombre dios que ha logrado reunir el mayor número de adoradores de todos los que han tenido las otras divinidades que ha habido sobre el planeta que habitamos, como lo es Jesús de Galilea.
El día 25 se pasó en calma completa, no anotándose ningún
suceso bélico, sino el hecho de haber don Claudio Blandón dado
caza a un tapir danta, animal gigante, del orden de los paquidermos, habiendo la carne de semejante animal servido para el
banquete con que se celebró el aniversario de la Natividad del
Señor.
Y débese de recordar que fue don Claudio Blandón, el fabricante de las flores de El Chipote o «buitres», como dijeran
los yanquis ridículamente, quienes no reparan en incurrir en semejantes absurdos como en el que incurrieron también tiempo
después al penetrar una guerrilla de los alzados en el poblado
de Puerto Cabeza, en el que murieron en consecuencia algunos
de los pobladores civiles norteamericanos, declarando por ello el
Departamento de Estado que los Estados Unidos de Norteamérica
no cuentan con fuerzas suficientes para garantizar sus intereses en
Nicaragua ante el peligro que presentan los alzados, declaración
que se expandió a la redondez del mundo por medio de la prensa,
servida de sus agencias informativas.
Si la nación que cuenta con los mayores recursos de la tierra
y en población era el entonces de más de ciento veinte millones
de seres humanos se expresó así ante la amenaza de un pequeño
grupo que carecía de todo, ¿se quiere así esperar mayor ridículo
decir de los Estados Unidos, la nación que años después venció a
la que se creía una potencia invencible como lo es Japón y siendo
también la principal aportadora de los recursos que fueron necesarios para lograrse la derrota de la gran Alemania de Hitler
e Italia de Mussolini, y que años antes también fue la principal
causante de la derrota de esa misma Alemania por Guillermo II, y
de las demás potencias que la secundaban?
Pero lo peor del caso era que conociendo las naciones de la
América indolatina aquella declaración no la tomaron en cuen-
Junto a Sandino
109
ta para aun siendo engañadas no hicieron ningún esfuerzo para
zafársele de las garras al verdadero buitre que las roía y las roe
en parte todavía. Permanecía de rodillas recibiendo las zarpadas
de la bestia alada sin siquiera protestar en lo más mínimo. No se
ilusionaron con ese decir que les fue bello y creyeron que si un
pequeño grupo era invencible ante las fuerzas yanquis una nación
unida o muchas naciones unidas tendrían que resultar mucho más
respetadas para la potencia del Norte, asistiéndole además la poderosa fuerza de la razón.
¡Pero no, el ciego servilismo de los eunucos dirigentes de estos
pueblos no le dejaban ver tan grande y bella fantasía! ¡Nada más
empleaban sus energías en intrigas y en tiranizar a sus subordinados, empleándolas estos en exterminarse mutuamente en pos de
torcidos sentimientos, redundando todo solamente en provecho
del yanqui!
¡Raza fatal, que si no se tuviera la esperanza de que surgirá un
regenerador fuera preferible a vivir con ella perecer violentamente profiriendo una maldición…!
¡Oh destino, infla de espíritu de coraje y conciencia a un
hombre!
Al amanecer del día 2, Sandino resolvió abandonar El Refugio.
Se dirigió a El Naranjal, en donde se llegó después de una marcha
continua de diez horas en la que no hubo novedad de interés que
reseñar, oyéndose mientras se marchaba las detonaciones de un
furioso ataque por parte de los aeroplanos enemigos al abandonar
El Refugio.
El Naranjal es un lugar que gustó a todos los soldados porque
es un pequeño valle casi llano, rodeándolo a poca distancia las
lomas. Además de lo bueno del terreno para caminarse, no así
para defenderse fuera de inferior potencia a la de su enemigo, había la ventaja de la abundancia de comida, teniéndose siempre en
el campamento novillos gruesos, todos en turno para convertirse
en rancho de unión de frijoles, tortillas de maíz, raspaduras, sal,
miel de palo, legumbres, cañas de azúcar, etcétera, no teniéndose
110 Gregorio Urbano Gilbert
como en El Refugio que comerse sabandijas inmundas sin sal,
como las comen los salvajes, indios del lugar, que no conocen esa
sustancia ni el azúcar, a no ser de las que contienen los alimentos
de la naturaleza.
Otra de las ventajas de que se disfrutaba en el nuevo lugar era
la de que el frío y la humedad no se sentían con la rudeza que se
sentían en el anterior, recibiéndose aquí con más frecuencia bienhechores rayos del sol.
Y no importando las tantas ventajas de El Naranjal, cayeron
en el sitio muchos soldados enfermos del estómago. Unos acusaron al agua de ser la causante del mal al ser cañada de pobre
aforo y agua estancada, y otros, al parecer con más acierto, acusaron a la comida de ser la del daño, ya que anteriormente se
tenía tan escasa, teniéndose ahora en abundancia y comiéndose
a desmedida.
Con todo, con comida abundante y males de estómago, los
rebeldes tuvieron que dejar el lugar porque una grande fuerza
enemiga lo acechaba y no tiene punto de apoyo posible ante un
empuje de superior enemigo.
Al sitio hacia donde se encaminó nuevamente la fuerza libertadora fue a El Refugio, en el que, al abandonarlo en días atrás
Sandino dejó, en la parte más intrincada a Teresa con su pequeña
escolta. Por lo ingrato de El Refugio, los soldados quedamente
protestaban y decían que por causa de esa mujer era que se dirigían a tan ingrato lugar, en donde no había necesidad de irse
ni posibilidad de sostenerse por lo bien conocido que estaba del
enemigo, que por lo visto, estaban más para cuidar un… [sexo]
que para defender a Nicaragua.
Como se llegó tarde, ya de noche por los alrededores de la
una, los soldados para dormir se recostaron en su falda y al
despertar la mañana del día siguiente, 31 de diciembre, escalaron la altura.
Junto a Sandino
111
REVISTA GENERAL
Desde días anteriores, Sandino había convocado a sus hombres al
lugar Los Bonetes para el día primero de enero de 1929, con el fin
de pasarles revista.
Llegado el día y reunida la gente, desde el primer vistazo que
se les dirigió, desoje ver las desastrosas condiciones en que se
encontraban.
Al pase de lista, solamente trescientos hombres en condiciones
de batalla respondieron. Todos los demás, en mayoría, carecían
de lo indispensable para poder ser miembro de una fuerza armada
y en campaña, no dejando los otros de tener escasez de municiones, y todos, de ropa, alimentos y medicinas.
EL CAPITÁN JOSÉ DE PAREDES, ENVUELTO
EN UN BOMBARDEO AÉREO, ASCIENDE a EL REFUGIO
PORTANDO LA BANDERA QUE LA BENEMéRITA
SANTIAGUESA, SEÑORITA ERCILIA PEPÍN,
DE LA REPÚBLICA DOMINICANA, ENVIARA AL
LIBERTADOR GENERAL AUGUSTO CÉSAR SANDINO
Llega el día dos del mes de enero de 1929, viniendo en este
día a El Refugio los aeroplanos que sabedores los enemigos de
que el lugar había sido nuevamente ocupado por el comando
supremo libertador, resolvieron hostilizarlo sin tregua y rompiendo como de costumbre sus fuegos de ametralladoras y de
bombas los libertadores se resguardan con los troncos gruesos
de los árboles.
El centinela, desde su posición, advierte que envuelto en el
humo y fuego a causa de las bombas al estallar, un grupo avanza
hacia el campamento y lo anuncia con su potente voz al oficial del
día para fines de su reconocimiento, mientras igualmente detiene
a los ascendentes con un grito de: «¡Alto! ¡Quién vive!».
112 Gregorio Urbano Gilbert
Con la consiguiente impresión, los patriotas se preparan para
la emergencia que el caso pudiera requerir.
Cambiados el santo y seña de rigor, es reconocido el capitán
José de Paredes, el bravo mejicano que en su retorno de México,
donde fue en misión de la causa libertadora después de haber
recuperado su salud en Tegucigalpa, no quiso esperar a que pasara el fuego del ataque para presentarse al campamento y dar
cuenta de las encomiendas que trajo, resolviendo solidariamente
con sus compañeros escalar El Refugio, desafiando el peligro de
las bombas y de las balas de ametralladoras de los aeroplanos
enemigos.
Cesó el fuego por el agotamiento de los pertrechos de guerra
de las aeronaves, reinando momentáneamente la paz en El Refugio. Al entregar el capitán De Paredes sus encomiendas, entre
las tantas traídas, puso en manos del Libertador la bandera que
la benemérita dama santiaguesa profesora señorita Ercilia Pepín,
directora de la escuela México de Santiago de los Caballeros, República Dominicana, hiciera a sus alumnos bordar, enviándosela
al general Augusto César Sandino.
Mientras se desenvolvía el bulto, todos esperaban ver la bandera de guerra de la Libertad o Muerte, con sus simbólicas tibias
cruzadas y encajada en el ángulo superior de éstas calaveras a
manera de escudo.
Pero no, ésa no fue la bandera enviada por la noble dama señorita Pepín sino la oficial de la república de Nicaragua, azul, blanco
y azul, en bandas horizontales de iguales tamaños y anchos y su
escudo de cinco volcanes tras los cuales asoma el sol naciente,
y en el de en medio, montado sobre una pica, un gorro frigio se
levanta. Pero no disminuyó por eso el entusiasmo y la admiración
por la bandera sino que aumentó más y fue grande la alegría entre
todos los rebeldes y consideraron que los aeroplanos con intención de causarles daños al campamento del honor de Nicaragua,
inconscientemente saludaban con un cerrado bombardeo a la más
pura bandera nicaragüense.
Junto a Sandino
113
CARTA QUE ACOMPAÑABA A LA BANDERA
Y CONTESTACIÓN DEL LIBERTADOR
Santiago de los Caballeros,
República Dominicana, mayo 15 de 1928.
Campos de Nicaragua.
Al general Augusto César Sandino
Invicto paladín:
Las alumnas del Colegio de Señoritas México de esta ciudad
heroica, han bordado con núbiles manos que la patriótica fiebre ha ennoblecido una réplica exacta de la magnífica enseña
que con denuedo espartano habéis enarbolado sobre el campo
en que se libra el duelo sin cuartel a que estáis apercibido por
la épica redención de vuestra patria, ¡Nicaragua! Y después
de haber depositado en cada uno de sus pliegues una plegaria enderezada al Dios de las naciones libres en interés de que
la escude y favorezca siempre con su divina protección, os la
ofrendan en testimonio cordial de solidaria confraternidad a fin
de que las huestes reivindicatorias que invictamente comandáis
ante la asombrada admiración mundial recorran, de cumbre en
cumbre con ella desplegada a los simbólicos vientos incoercibles, esta etapa inicial de la épica jornada con que todos los
hombres libres se verán constreñidos a fundar y mantener en
el continente colombino, a sangre y fuego —si las vías persuasivas no fueren ya posibles—, la irrelegable paz de la libre
determinación de las naciones.
En manos del ejército libertador que estáis próceramente comandando, esta bandera que venimos a ofrendaros palpitante el
corazón de patriótica unción seguirá teniendo la misma signifi-
114 Gregorio Urbano Gilbert
cación concreta que ha ostentado hasta el presente tan solo como
símbolo de la soberanía nacional de uno de los estados libres que
pueblan las Américas pero, desdoblando fronteras naturales, esta
enseña acabará por conquistar una cimera significación abstracta o trascendentalmente genérica cuando el humo de los combates desiguales en que ella está siendo gloriosamente empurpurada levante en armas los hogares de todas las Américas —la
anglosajona inclusive— en un soberbio conjuro de repudiación
común, enfrentando por obra de la razón o por obra de la fuerza
los alardes del patibulario liberticidio con que el imperialismo
yanqui está llenando de oprobio el sentido moral de la especie
humana.
¡Que inflamada por vuestro aliento redentor esta bandera logre conquistar en los campos de Nicaragua la primera etapa de
la paz en la libertad a que aspiran todos los pueblos dignos del
continente colombino!
Dios, Patria y Libertad.
Ercilia Pepín
Directora del Colegio de Señoritas México.
La sensibilidad del héroe se manifestó de manera, al recibo de
la bandera y la lectura de la carta, que hubo de declarar que por
ellas había experimentado la mayor y grata conmoción de toda
su vida, contestándole a la señorita Pepín su carta de la manera
siguiente.
115
Junto a Sandino
Las Segovias2, El Chipotón3
Nicaragua, C. A.,
Abril 15 de 1929
Cuartel general del ejército defensor
de la soberanía nacional de Nicaragua
Señorita Ercilia Pepín
Directora del Colegio de Señoritas
México.
Santiago de los Caballeros,
República Dominicana.
Distinguida señorita:
Cábeme la honra de hacer de su conocimiento que el 2 de enero del año en curso tuvimos el honor de recibir en nuestro cuartel
general, por conducto del “Comité Manos fuera de Nicaragua”,
2
3
Las Segovias: Así llamaban los nicaragüenses al departamento que tiene por
nombre el de Nueva Segovia.
El Chipote: Al operar Sandino por sobre montañas salvajes, olvidadas por
la geografía, él las bautizaba con los nombre que a su mente y capricho
acudían. Le puso por nombre El Chipote al primer cerro que ocupó al iniciar
sus operaciones libertadoras. Expulsado por los norteamericanos de este,
ocupó otro, el que nombró El Chipotón. Empujado también de este otro
baluarte, el siguiente en que se acogió, lo iba a llamar El Chipotazo, pero
después determinó que otro sitio en donde sentara el campamento general
fuera llamado El Chipotón con el propósito de trastornar en los cálculos
al enemigo, aunque sí se le ponía a estos cerros nombres especiales para
solamente ser mencionados entre los hombres de la libertad, como se hizo
con las alturas que llevaron por nombre locales El Refugio, El Chupón, l
Cuaresma, Por Si Acaso y otros.
116 Gregorio Urbano Gilbert
con sede en México D. F., la apreciable y conceptuosa carta de
usted, fechada en esa histórica y por mil títulos heroica ciudad,
el 15 de mayo del año próximo pasado, y con ella la réplica exacta de nuestra Bandera Nacional, finamente elaborada, que por
digno medio de usted ofrendan a nuestro ejército libertador las
nobles alumnas del Colegio de Señoritas México de esa propia
ciudad y del cual es usted sabia directora.
Apreciamos en el alto valor que tiene de solidaridad con nuestra causa reivindicadora la elaboración de nuestra enseña patria
por las distinguidas alumnas de ese ilustre colegio y con la misma honda emoción con que recibimos nuestra bandera inmortal,
en cuyos pliegues los vientos libres de nuestras montañas beben
el aliento patriótico con que la perfumaron de plegaria para enviárnosla, con esa misma honda emoción va hoy para usted y
para ellas nuestra más rendida gratitud.
De igual modo que en estos tres meses, la gloriosa ofrenda
continuará haciendo retroceder a las hordas yanquis invasoras
de nuestro suelo patrio.
Quiera el Dios de las naciones libres que nuestra enseña
alcance la significación abstracta que usted le asegura para
que sea ella la que enarbole el pueblo de las Américas y pueda dar cima a la tarea que a nuestras generaciones le tocó
realizar en esta etapa de la evolución humana que establecerá los principios de fraternidad universal y condenación
absoluta de toda conquista y dominación de un pueblo por
otro pueblo.
Será motivo de profunda satisfacción para nuestro ejército
que esa significación sea alcanzada, porque siempre hemos comprendido que nuestra acción libertadora en Nicaragua solamente
es un episodio en la acción que habrá de emprender el pueblo de
este continente contra el imperialismo yanqui.
Signos alentadores de que hay unidad de pensamiento en el
pueblo de las Américas contra el imperialismo yanqui son los
valiosos contingentes latinoamericanos que forman en las filas
117
Junto a Sandino
de nuestro ejército libertador y continuamente es condenada la
política yanqui en la América Latina, continental y antillana.
No podía ser otra la actitud del pueblo de este continente.
Fue uno el sentimiento de libre determinación el que dio vida
a las nacionalidades de las Américas y es también una la gran
comprensión de la amenaza en que está su libertad ante el imperialismo nórdico.
Que sea siempre con nosotros la solidaria confraternidad de
usted y de sus distinguidas alumnas para que nuestros anhelos
de libertad continental sean realizados pronto y reciba usted y
por su digno medio, ellas y el pueblo dominicano, la expresión de
nuestra alta consideración.
Patria y Libertad
A. C. SANDINO.
ATAQUE GENERAL A EL REFUGIO,
EL QUE SE EVACUA DEFINITIVAMENTE
Pocos días después de sucedidas estas cosas, el bombardeo aéreo
y recibidas la bandera y la carta que enviara la señorita Ercilia
Pepín, espías al servicio de los hombres de la redención muestran
sus actividades observando los campos e informando de la marcha de dos fuertes columnas yanquis con dirección al campamento general.
Al mismo tiempo correos enviados por los jefes de las guerrillas en operaciones traían correspondencias en las que estos
daban cuenta de escaramuzas habidas entre ellos y las fuerzas
yanquis, a la vez que señalaban lo que ellos creían era el objetivo
del enemigo, como era el ataque a El Refugio.
Basados en estos informes, el estado mayor de las fuerzas rebeldes comprende que tiene que prepararse contra un ataque del
enemigo y aunque se previó la imposibilidad de rechazarlo, se
118 Gregorio Urbano Gilbert
determinó esperarlo y resistirle mientras las defensas naturales
de la montaña lo permitieran sin riesgos importantes para los defensores.
Al efecto, todo se dispuso para el recibimiento del choque esperado y a su debido día, el enemigo se encontró trepando en unos
cerros que con otros y El Refugio encierran el valle de Oconguás,
en el que, en su lado norte y recostadas de la falda de El Refugio
se encontraban las avanzadas de las fuerzas libertadoras en la forma y mandos ya descritos anteriormente, mirando de frente hacia
el sur, a las poderosas fuerzas del enemigo.
Por ser tarde, obscureciendo, la hora del arribo de los enemigos en los cerros de enfrente a los ocupados por los alzados, no
emprendieron contra éstos ninguna acción.
Como a las ocho de la mañana del día siguiente cubierto el
valle de una muy densa neblina que lo mojaba, el yanqui moviéndose lentamente y abriéndose paso a medida que se lo facilitaba el terreno, alcanzó a los patriotas de las avanzadas, de los
que recibe los primeros disparos, seguidos los cuales se inicia
la batalla, recia, atronadoramente y breve; los unos por mantener sus posiciones, los otros por conquistárselas. Los yanquis con
sus descargas cerradas hechas al acaso. Los libertadores con sus
disparos graneados y certeros. Los yanquis avanzan lentamente
porque en sus buenos trechos lo hacen arrastrándose semejándose a las serpientes. El patriota, con la agilidad del mono o de la
ardilla, salta de un tronco a otro de los gruesos árboles o de una
roca a otra, tratando de columbrar por entre algún claro de la
neblina o de las plantas al yanqui tendido en tierra, de que no se
pare más por voluntad de alguno de sus disparos, admirándole al
mismo tiempo por su valor y disciplina, el que al sentirse herido,
con suma serenidad le entrega las armas al compañero que tenga
más cercano.
Se acentúa el combate. El Oconguás, con su neblina en disolución al avance del día y las detonaciones de las armas de fuego,
ofrecía el aspecto de una gran olla en ebullición.
Junto a Sandino
119
Al rato de comenzados los fuegos por tierra, se presentaron los
aeroplanos arrojando desde el cielo las bombas al campamento
general haciéndoles a sus hombres apurada la situación, porque
si bien es fácil la defensa de un ataque aéreo en la selva cuando
solamente ellos son los que atacan no resulta así cuando se es
atacado por aire y por tierra a la vez y más cuando el comando
supremo tiene que estar en la perspectiva del desarrollo de los
acontecimientos en los distintos lugares en que se suceden para
poderlos dirigir lo más acertadamente posible.
Mientras el duelo se libra, poniendo el general Sandino en movimiento a sus ayudantes para trasmitirle sus órdenes a los jefes de las
operaciones, el héroe fija su atención y estudia las buenas posibilidades que le podría dar para preparar una emboscada, una quebrada
con poco caudal de agua que descendiendo de la montaña, formaba
su lecho ora algo así como una escalinata, ya en suaves pendientes
o bien con pequeños charcos en remanso y de caprichosas sinuosidades, pobladas sus márgenes con una buena vegetación de árboles
y matorrales. Bien estudiado el plan por Sandino, resolvió ponerlo
en ejecución y para el efecto le trasmitió órdenes por medio de sus
ayudantes Sánchez y Aponte a los generales Ruano y González,
jefes de las avanzadas a que se replegaran al centro, dirigiéndose
por el lecho de la quebrada, en tanto apostaba una fuerza al mando
del ayudante general Estrada en las márgenes de la corriente de
agua con los propósitos de defender a sus hombres en la retirada
y de sorprender a los enemigos que los persiguieran, y tratar de
exterminarlos en el peligroso encierro de una de las varias curvas,
aunque si bien le sería peligrosa para el yanqui la operación lo sería
también para los patriotas por el riesgo que correrían al aglomerarse en uno de sus vericuetos.
Mientras tanto, al serle imposible a Ruano sostenerse en su
línea de fuego le había mandado a decir a Sandino que se estaba
retirando apresuradamente de la lucha para tratar de salvar a sus
hombres del aniquilamiento y que dejaba a González desamparado por su lado derecho.
120 Gregorio Urbano Gilbert
El general González, que se encuentra combatiendo de espaldas a El Refugio y en dificultad de zafársele al enemigo para ganar
la quebrada con mucho esfuerzo, por razón de lo abierta que tiene
su línea, logra poner a sus hombres en disposición de cumplir el
mandato recibido, y menos mal para él, que habiendo agotado los
aviones sus cargas de guerra y que también llegaron a hostigarle
se habían ido momentáneamente. Con esto y con la retirada de
Ruano, había disminuido bastante el fragor de la lucha.
En retirada González por entre el cañón que se le indicó, al
principio no se mostraba el yanqui dispuesto a perseguirlo,
pero después de un tiempo se resolvió a ello abandonando todo
recelo.
La alegría de los emboscados era apenas contenida al figurarse
que dentro de poco diezmarían al enemigo, lo que tal vez hubiera
resultado así de no ser por la exaltación de uno de los patriotas de
la emboscada, porque mientras sus compañeros retrocedían unos
cuantos resbalaron y cayeron al lecho de la quebrada, aprovechando la ocasión unos cuantos yanquis que se habían adelantado
en persecución de los que se retiraban, para abrir sus fuegos, por
lo que creyó el patriota a sus compañeros perdidos, y sin tener
ninguna cuenta que no se había gritado consigna alguna, abre a
su vez los fuegos sobre el yanqui mientras vociferaba alarmantemente, por lo que comprendido el enemigo el peligro en que lo
estaban metiendo, emprende la retirada al extremo opuesto del
valle y del valle hacia las lomas de enfrente.
Un tiempo de poco más de cien minutos sería el gastado en
esta lucha, en la que ambos bandos sufrieron unas cuantas bajas,
pero quedando el de los libertadores más maltratado y amenazado
de un nuevo asalto ya que había de convenirse en que la calma
gozada solo era una tregua habida como se demostró al tiempo
de una hora en que volviendo las máquinas voladoras y zumbadoras y portadoras de artefactos detonantes los dejaron caer en
tierra para crear la intranquilidad de sus defensores, y otras de las
minas, por medio de señales se comunicaban con los del campo
Junto a Sandino
121
enemigo y dejaban caer algunos bultos, que tal vez fueran de pertrechos de boca y de guerra.
No gustándole a Sandino ser vecino de individuos tan poderosos y tan malintencionados como los que se habían mudado a
su frente, y mucho menos queriendo tener con ellos pendencia
alguna por el momento resolvió mudarse, para lo que esperó la
obscuridad de la noche para protegido por ella evacuar la montaña que lo había protegido por largos días después de haber sido
desalojado por unos inconformes de la altura de El Chupón.
Mientras se ejecutaba la evacuación, se quedaron en el campamento tres hombres conocedores del lugar sosteniendo fogatas
con el propósito de aparentarle al enemigo que se permanecía en
El Refugio y no que se estaba evacuando.
CAPÍTULO V
SUCESOS IMPORTANTES
Celebración de un consejo / Nuevos ideales / Desacuerdo entre Sandino
y Turcios. Ruptura entre estos / Traición de Mairena / Sandino solicita
hospitalidad del gobierno mexicano / El fin de un europeo.
CELEBRACIÓN DE UN CONSEJO
En conjunto con los sucesos bélicos enumerados en el capítulo
anterior, se sucedían los del presente, los que son de causas
políticas.
En precaución el general Sandino de que los soldados norteamericanos se retiraran de Nicaragua para el día primero de
enero del año 1929 de conformidad a como ellos se lo habían
anunciado a la toma por el general José María Moncada de posesión de la presidencia de la república, convocó un consejo en el
que figuraron los ayudantes militares y los altos jefes del ejército
libertador para deliberarse sobre la conducta a seguirse en caso
de que se efectuara la anunciada desocupación de la patria por los
soldados que la pisoteaban.
El primer punto fue el eventual de la retirada de los yanquis de
Nicaragua para la fecha ya anunciada, y como el jefe supremo fue
el primero en opinar, opinando de que si se irían para el día primero
123
124 Gregorio Urbano Gilbert
de enero, todos los subalternos a excepción de uno opinaron de
igual manera sin siquiera dedicarle un segundo de meditación al
asunto.
Guerra cruel a muerte es la que hipocresía e irresponsabilidad
han llevado a la sinceridad y al valor con tan brillantes triunfos
que no aparece quien quiera servir a las virtudes. Los vicios se
muestran deslumbrantes envueltos en mantos de lujos, que la humanidad se ha lanzado atropelladamente a ellos, ciega de su engañosa victoria. Por eso, el hombre máquina sin principios, que
piensa con el pensar del jefe y opina con su opinión, que por
brillante que sea su concepción no la exterioriza si la del superior
no se le asemeja tan siquiera, porque está en su ánimo solo aceptar y acatar y hacer acatar la de éste sin miramiento alguno por
desacertada que sea, es un producto de abundancia tanta en este
infortunada Indoaméricalatina.
El lamedor, que no tiene en cuenta del mal que causa al emular
al perro, con lástima que no sea coludo como este, y bien lanudo
para mejor lucimiento en desempeño de su misión, no tiene en
cuenta del mal que causa. Silencia, anula a los escasos bien intencionados que como un aborto suelen aparecer aún en el peligro
que los rodea.
Dos especies hay del hombre máquina: El incondicional que
desechando todo contacto con la moralidad solamente admite su
grosero bienestar material, siempre a expensas del débil que admite tan babosos halagos de la causa que se sustente, y puede
ser hasta a costa del pueblo. Ente de estos sentimientos, su fin
postrero es traicionar o desentenderse en la adversidad de su jefe
baboseado.
El otro es por cobardía. Tan peligroso el uno como el otro.
Pero también el jefe borracho de tantos falsos halagos, abrillantado de viscosidad salivar como falso barniz de cooperación
que recibe de estos corrompidos cooperadores, cierra sus ojos y
oídos a las sanas indicaciones de los hombres abnegados, que
se arriesgan al sostener sus sanos principios con intenciones del
Junto a Sandino
125
triunfo sólido de la causa y del jefe. A estos bien intencionados se
les posterga o se les hace víctimas por intrigas de los otros.
Y así, dejándose arrastrar al precipicio de la ceguedad y sordera a causa de estos ruines, el jefe no se percata del mal, hasta
cuando ya no hay lugar para remediarlo por encontrarse yacente
ya en el fondo del tenebroso abismo en que lo han conducido, no
quedándole entonces nada más que el triste recurso de sus lamentaciones y la memoria de los viles que le contagiaron de envilecimiento, si tal recurso le han dejado.
Sucumbe el jefe por causa de sus falsos asesores, como muere
el árbol atacado por la liana, como muere la mosca por la araña,
como muere el insecto atraído por el rayo de luz.
Al exteriorizar su opinión el ayudante en contradicción con
las de los otros, fue atacado enconadamente, como atacado había sido en otros consejos celebrados anteriormente y también
fuera de ellos por disentir de sus pareceres. Se le acusó de ser
un sistemático contradictor de las proposiciones y disposiciones
de Sandino y de los consejos, y pidieron que como en casi ninguno de los consejos celebrados había estado de acuerdo con lo
tratado no concurriera más a ellos y así se evitarían molestias y
disgustos.
El oficial tenido por disidente, aunque de carácter un poco iracundo, acopiando serenidad ante sus compañeros, hablándoles, se
defendió de la siguiente manera:
—Si no se me quiere aceptar en los consejos por causa de
opinar de conformidad a mi sentir y no al de ustedes, no concurriré a los que en adelante se celebren. En mis ideas podré estar
equivocado como lo pueden estar ustedes en las suyas, como el
general Sandino en las de él, pero jamás hablaré como la cotorra
repitiendo a tontas y sin sentido lo que dice el amo por el hecho
de ser el amo, o como en el caso de nosotros por ser quien más
manda.
»Si somos convocados para oír y exponer ideas y discutirlas,
a eso vengo y a nada más y las digo y expongo, como discuto las
126 Gregorio Urbano Gilbert
de los otros como me lo indica mi parecer, sin intenciones de que
sean las mías las que prevalezcan. Si es desacertado mi parecer,
está bien que se le rechace, como en el mismo caso se deben rechazar los del general Sandino, asintiéndoles únicamente los que
consideremos acertados, porque para eso somos sus ayudantes y
jefes subalternos que con él compartimos la responsabilidad en
la dirección de la campaña libertadora, y no que se me rechace y
mal acuse por no poder opinar de la manera que no siento sino de
la manera que lo siente…
—¡Vos lo que sos un indisciplinado! —Estalla irrumpiendo al
capitán, el general Porfirio Sánchez.
—¡Lo que no soy yo es un hipócrita y vil adulador! —Le soltó
Sánchez en tono violento el oficial interrumpido. ¡Humillarme
ante persona alguna o adularla no está en mis sentimientos! ¡Ser
adulado y ser adulador no es propio más que de las almas mezquinas! ¡Para adular no hubiera necesitado venir hasta aquí! He
dejado atrás muchos campos fértiles en esas indignidades! ¡Solo
he sido atraído a éste por la nobleza, por lo justo y por lo valiente
de la causa que se defiende!
»¡Por eso y por nada más!
»No le concedo derecho a nadie para que me acuse cuando lo
que le guía a ello es el interés, o la cobardía, o la ignorancia, pero
nunca la convicción.
»¡Y pueden hacer de mí lo que quieran, si es que no gusto por
mi manera libre de ser!
A una iban a estallar contra el oficial aquellos a quienes
fueron dirigidas las agrias palabras, cuando el general Sandino, deseando poner fin a lo que tal vez hubiera terminado en
un escándalo si se hubiera prolongado un rato más, intervino
pidiendo silencio, y dirigiéndose después al oficial disidente,
con buena calma y demostrando complacencia, le preguntó el
porqué de su opinión contraria a la anunciada salida de los
norteamericanos de suelo de Nicaragua para la fecha por ellos
fijada
Junto a Sandino
127
Sandino fue contestado del modo siguiente:
—Usted sabe, general, que yo no tengo contacto de ningún
género con el enemigo salvo en los casos de cuando nos encontramos y nos intercambiamos algunos buenos plomazos, no pudiendo por tanto conocer sus interioridades. Que todo lo que concerniente a ellos hablamos, es por lo que de ellos observamos y por
conjetura en consecuencia y de ahí mi parecer de que no se irán
para el día primero del entrante enero, aún habiéndolo ellos anunciado. Lo que deduzco de ese anuncio es que ellos tratan de engañar al mundo y muy especialmente a usted con fines de aflojarle
su obstinada resistencia y ver si así consiguen la paz en el país y
lucirse a la vez con alguna perfidia. El yanqui cuando invade a un
país, no lo desaloja tan pronto ni tan fácilmente.
—Del suyo, ¿no se fueron? —inquirió Sandino del oficial.
—Sí, señor, se fueron —fue contestado Sandino—. Se fueron después de ocho años de haberlo tenido ocupado, en cuyo
lapso fue bien grande la campaña que hicieron los dominicanos en los propios Estados Unidos y en muchas otras república
americanas en contra de ese abuso, mientras que aparte de la
que usted está haciendo con las armas, nada se está haciendo
a favor de Nicaragua, sino todo lo contrario a ello, y le añado,
aunque sea doloroso decírselo que en mi país, aunque sean
bien canallas los políticos, no apareció de entre ellos, como
tampoco de entro otros ciudadanos, quien quisiera prestarse de
maniquí sirviendo la presidencia de la república dirigida por
los interventores, por lo que tuvieron ellos que asumir todo el
peso del gobierno con sus secuela de responsabilidades. En
el caso dominicano, fue el pueblo en masa quien se opuso a
la intromisión del yanqui. Pero, para más calamidades para
Nicaragua, aquí intervinieron los yanquis por voluntad expresa del gobierno nacional, solicitándolos Adolfo Díaz, presidente de la república de Nicaragua, apoyándolos después la
otra mitad de la Nicaragua política, que con la del presidente
Díaz, hace la totalidad de la Nicaragua política que admite
128 Gregorio Urbano Gilbert
el ultraje extranjero, lo que le atenúa grandemente el acto de
ocupación, como igual los actos vandálicos que por ella cometen.
En la República Dominicana los yanquis intervinieron de su propia voluntad, con el repudio unánime del pueblo, que los expulsó
con civismo al fin, ribeteando de algunos plomos zumbadores en
asociación con el aire.
Con estas razones y con las de los demás jefes reunidos, prevaleció la opinión de que los yanquis se irían de Nicaragua para la
fecha por ellos señalada, todo porque Sandino siguió sosteniendo
ese parecer.
Pasado el primer punto de lo que se trataba, seguido se pasó a
conocerse del segundo mediante la siguiente consideración:
Libre la patria de la afrenta de los norteamericanos, ¿cuál debe
ser la actitud del ejército defensor de la soberanía nacional de
Nicaragua?
—Continuar la guerra —opina Sandino.
—Continuar la guerra —repiten todos a una, como si así opinaran. Solo el tenido por rebelde permaneció en silencio completo, el que notado por sus compañeros e interrogado por ello,
contestó simplemente:
—Yo no opino nada.
—¿Por qué no opinas? —inquieren los otros.
—Porque al salir por un lado de Nicaragua el último yanqui,
por el otro lado seguidamente me iré para mi país.
—¡Usted no tiene ideales! —le vociferó el general Sandino a
Urbano.
—Pudiera ser verdad, general, que yo no tenga ideales en razón de lo claro que está la causa a que le estoy sirviendo. Tal vez
sea a la del invasor de Nicaragua o a la de sus serviles nativos,
tan ricas en bienes materiales, y no a ésta, la de sus defensores o
sostenedores de su pueblo, tan estéril en aquellos bienes. Como
también me incliné en mi país a la causa de estos mismos invasores, y al igual me acogí a las brillantes ofertas y limpias que
mi gobierno me ofrecía cuando mi pensamiento solamente estaba
Junto a Sandino
129
en estos campos, en donde parece que todavía no he llegado por
haberme acogido a aquellos cómodos bienes. —Fue de la manera
con que contestó el oficial a su acusador y jefe supremo.
Aparentando serenarse notablemente, el héroe dijo:
—Está bien, continuemos con la deliberación.
Y deliberándose al estilo de los jefes allí reunidos, se pasó al
segundo punto tratado al igual de cómo se pasó al primero. Pasándose al tercero relativo a la orientación a que se encaminaría
la campaña del ejército libertador, a la que se le daría una organización civil, Sandino expuso que el doctor Pedro de J. Cepeda,
nicaragüense, con residencia en ciudad de México, es un hombre
prestigioso en la república azteca por lo que le fue fácil conseguir
del gobierno de ese país las armas con que la revolución de 1927
combatió al gobierno de Adolfo Díaz, y fue también el doctor Cepeda quien formó y presidió la junta revolucionaria nicaragüense
que reconocía al doctor Juan Bautista Sacasa como presidente de
jure de Nicaragua. Por estas razones y siendo el doctor Cepeda un
reconocido patriota y capacitado política e intelectualmente proponía que se le invitara a pasar al campamento general del ejército libertador para que se le proclamara presidente de la Nicaragua
insurrecta y la organizara y tratara de conseguir de las naciones
del mundo el reconocimiento de beligerancia.
La propuesta de Sandino, o sea el tercer punto del orden, fue
aprobado.
Otros puntos de menor interés se trataron pero ni la conjetura
es capaz de hacer que la memoria los reconstruya por habérsenos
olvidado por completo los detalles.
Se necesitaba de un oficial que fuera en comisión por ante
Cepeda a México a hacérsele entrega de la invitación a pasar al
campamento de la soberanía nacional de Nicaragua, así como
también de las demás correspondencias relativas a los propósitos
de los soldados patriotas.
La selección del comisionado se dificultaba porque escaseaban los capacitados disponibles. El general Ruano, los coroneles
130 Gregorio Urbano Gilbert
Martí y Mairena, el médico, se consideraban indispensables en el
campamento; el capitán Paredes estaba señalado para otra importante y más delicada misión. Estrada estaba ocupado en asuntos
bélicos. Ardila Gómez no gozaba todavía de suficiente confianza
en la revolución y era además raso, y por una u otra causa los
otros no podían ir.
Hasta se pensó en el capitán Urbano pero alguien señaló que no lo
dejarían entrar en territorio mejicano por razón a la ley que por raza
le cierra las puertas. Otro señaló que encontrándose ya en Centroamérica no tendría dificultad alguna para penetrar en México. Y por la
necesidad de comisionado, entraron en la barajadura de candidatos
el doctor coronel Domingo A. Mairena y el capitán Urbano, y siendo
Mairena un sandinista que nunca objetaba las ideas de Sandino, por
ser de más largo servicio en las fuerzas libertadoras y poseer buena
preparación cultural, don del que carecía Urbano, triunfó la candidatura del doctor Mairena a quien se le alistó de la mejor manera que
se pudo, para lo cual contribuyó el candidato derrotado, el capitán
Urbano, con una morocota que le quedaba del dinero que trajo de su
país, sobrante de los gastos en que incurrió hasta llegar a los campos
de las luchas de la libertad en Las Segovias.
Provisto de todas las documentaciones pertinentes, incluso las
que tenía que presentarle a Turcios en Tegucigalpa, Honduras,
representante general de la causa libertadora, en participación de
lo resuelto para que le facilitara a Mairena los mejores medios
para poder seguir en ruta a México, fue despachado junto con el
coronel Ledesma, nicaragüense.
El coronel Ledesma había venido al campamento de la libertad
desde Managua por la vía de Honduras, por la vía del mar Pacífico, por el golfo de Fonseca, a participarle al general Sandino
que en la capital se estaba organizando un grupo compuesto en su
mayoría por obreros con el propósito de realizar un movimiento
a favor de la causa libertadora y que a él lo habían seleccionado
como miembro de enlace entre los alzados y el grupo del entendimiento correspondiente, lo que robustecía con las credenciales
Junto a Sandino
131
que presentó, por lo que esperaba recibir instrucciones para las
actuaciones del grupo capitaleño.
Sandino acogió con un poco de calor el negocio traído por Ledesma al campamento, quien después de unos cuantos días en él
fue despachado juntamente con el doctor Mairena.
Como el héroe era un hombre sumamente desprendido de las
cosas materiales, tanto que casi nunca tenía un centavo de qué
disponer, esa fue la causa por la que Urbano tuvo que desprenderse de su morocota, la que tenía inactiva, perdida entre uno de sus
bolsillos, para que Sandino, comprendiendo que los dos coroneles
despachados necesitarían para satisfacer sus primeras necesidades en el trayecto de algún recurso, se la diera.
Según se supo después, por el camino peleaban los dos
hombres porque Ledesma, queriendo su parte de la moneda y
no habiendo por el trayecto recorrido cómo cambiarla, llegó
hasta proponerle al doctor que la partieran en dos partes iguales con un machete para posesionarse de lo que le pertenecía
del dinero.
Después, Mairena llegó felizmente a Tegucigalpa, y de Ledesma y de su comisión no se supo nada más de ellos.
NUEVOS IDEALES
Pasado el tiempo empleado en la celebración del consejo referido
y sosegados sus hombres, Sandino llamó a su presencia al capitán
ayudante Urbano y hablándole sobre la frase que le dirigió, la
de los ideales, que mucho lo lastimó, con el propósito de curarle
ese mal, le hace público reconocimiento, delante de sus principales hombres, de sus méritos en términos tan encomiásticos, que
equivalían a más de una satisfacción. Seguía Sandino hablándole
al capitán, le dice que en el acaloramiento de la discusión que se
suscitó lo que le quiso decir fue que se encontraba ignorante de
los ideales que se perseguían.
132 Gregorio Urbano Gilbert
El oficial le replica a su jefe que creía que se combatía por la
libertad de Nicaragua de conformidad con la pauta del ejército, lo
cual hacía y observaba cabalmente.
En contrarréplica el general le dice a su subordinado que en
eso tiene razón, pero que además se tiene el propósito de llevar
la paz después de triunfada en Nicaragua, bien sea cívica o belicosamente, a todos los países de la América Latina con el fin de
hacer de todos ellos una sola nación sin fronteras que la dividan,
con una sola bandera, fuerte y respetada.
Es decir, Sandino soñaba con una unión latinoamericana,
más estrecha que la ideada por el libertador Bolívar, planeada
por este héroe en Panamá en su célebre Congreso efectuado en
la tierra ístmica en el tiempo de veintidós del mes de junio de
1826, proyecto el de Sandino, que denominaríase indohispanoamericanismo.
En acabando de hablar Sandino, el oficial contradictor arguyó
que para quienes le guste la idea estará todo lo buena que se quiera
esté, pero que para él no estaba buena y que para los que la consideraban buena, estimaba que no pasaba de ser para ellos más que
una de las tantas utopías que engendran los cerebros de algunos
soñadores, ya que la consideraba irrealizable bajo todos los puntos, y mucho más por los hombres segovianos en armas rebeldes,
los que se encuentran tan escasos de recursos que ni siquiera podrán realizar el punto básico a que se aspira como es de expulsar al
yanqui del país. Y que si todavía se consiguiera este justo y bello
propósito no conocía de ninguna nación latinoamericana que aún
teniendo la ínfima población de un millón o menos de habitantes,
esa, como las otras mayores, se pueda organizar para guiarse por
la ruta del orden o del bien, por lo que mucho menos se podría
realizar ese milagro entre las veinte repúblicas latinas de América,
con sus ochenta o cien millones de humanos que las pueblan, extendidos desde el río Grande del Norte, hasta el Cabo de Hornos,
compuestos de naturales y negros salvajes, y de esa inmigración
aventurera europea sin más sentimientos que la guíe que el de
Junto a Sandino
133
enriquecerse a toda costa o sin ningún escrúpulo, por lo que se ha
formado en tan extenso territorio la amalgama humana más sin
principios que habita continente alguno. Y en apoyo a lo que dice,
Urbano le señala a Sandino la obra del libertador Bolívar, quien
tuvo la pena de ver derrumbársele en sus mismas narices sin más
espera a su Gran Colombia, que aspiraba fuera en potencia pareja
a la de los Estados Unidos, derrumbamiento que fue a los pocos
años después de haberla hecho, y le señala también la Unión Centroamericana, modelo de democracia regida por Francisco Morazán, desbaratada por el bárbaro Rafael Cabrera, tipo perfecto del
repulsivo tirano.
Y para terminar, Urbano le dice a Sandino que no consideraría
buena la idea de la unión indohispanoamericana de la manera soñada por él, Sandino; es porque considera que cada cual tiene sus
ideales a su sentir y, por lo mismo, todos hermosos, y por lo tanto,
no puede ser ideal aquel pensar o hecho que trate de eliminarlo y
mucho menos por medio de la fuerza. Si un individuo, si una aglomeración de individuos, si un estado soberano considera que la
independencia nacional de que goza es su ideal en el orden político
mundial, estado sin aglutinante con ningún otro, eso es respetable,
y quien por la fuerza se lo estorbe e imponga su parecer porque
eso es lo que considera ideal, está en el error y no en el idealismo,
sino en el materialismo, o lo que es lo mismo, la contraposición
al idealismo. Que se unan los que quieran, si es que hay quienes
quieran unirse, y de unirse, que sea la espontaneidad y nunca por
la fuerza, porque el idealismo es bello, por eso solo se asienta en la
mente de los que piensan bien. Es más bello que el arte mismo, es
sublimidad, por lo que son los idealistas superiores a los artistas.
El idealismo linda con lo divino, por lo que no puede ser idealista
quien incendiando campos, viviendas, ciudades, matando, si no es
por defensa sino por ofensas, realiza un deseo. Es un criminal de
la peor especie como lo han sido todos, sin excepción, los conquistadores y los colonizadores, aunque sus efigies luzcan en plazas
y salones y aparezcan en millones de escrituras con admiración
134 Gregorio Urbano Gilbert
para los carentes de conciencia, la mayoría de la humanidad,
así es de pobre su sindéresis. La fuerza en el ideal solamente
débese admitir cuando sea para defensa del ideal, a lo que el
caso equivale a la razón, al derecho, a la conciencia y nunca
a lo contrario como es el sojuzgamiento. Y que de sostenerse
ese deseo funesto, unir naciones por el civismo o por la fuerza,
a todas las americanas desde el río Grande al Cabo de Hornos, tendríasele que modificar la denominación, ya que hay
repúblicas americanas latinas que nada tienen que ver con el
hispanismo.
Y a este decir del capitán, se siguió prolongadamente la discusión sobre la misma tesis, no cediendo en nada el persistente
oficial.
DESACUERDO ENTRE SANDINO
Y TURCIOS. RUPTURA ENTRE ESTOS
Otro producto cáncer de los hombres directores es el intrigante,
pero el intrigante es más peligroso todavía que esta úlcera maligna. Solo destruye a quien la padece sucumbiendo al cabo con
él. El intrigante acaba con todos los que lo rodean y con el cuerpo del director a quien cree servirle, creyéndose este servido a la
vez, continuando luego con su obra maldita al quedar indemne
en su lucha.
Bien sucedido le está al hombre director ser víctima de tan
feo actuar como es el intrigante. ¡Porque los cultivan! Si desde que advirtiera en los hombres que lo rodean los primeros
síntomas de sus males como son los de indisponer a los fieles
servidores, calumniándolos gratuitamente con inquina, apocándolos en sus meritorias obras, si desde ese primer momento
los desarraigaran y aventaran al estiércol, su merecido lugar,
con buenos aciertos, airosamente podrían dirigir los asuntos a
su cargo.
Junto a Sandino
135
Y resultó que por la acción destructora de estos roedores del
buen orden, de las bellas obras edificadas sobre los más firmes sentimientos, el poeta Turcios y el general Sandino quebraron.
Don Froilán Turcios, con residencia en Tegucigalpa, Honduras, su patria, que desde el comienzo del movimiento por la liberación de Nicaragua, dirigido por el general Sandino, se sintió tan
ligado a ese sublime sentimiento que seguidamente le envió un
propio a su héroe dirigente con cartas acreditatorias y en las que
se adhería a la causa de la manera a como el Libertador mejor estimara disponer, prefiriendo el poeta servir con el rifle en la mano
a cualquier otra manera. Pero el héroe, teniendo en cuenta los méritos intelectuales, políticos y sociales del vate voluntario, acerca
de lo que consideró sobre el mejor modo que podría servirle a la
causa libertadora, lo hizo su representante general, y como de tal,
se le enviaron sus credenciales correspondientes.
Antes de la causa por la libertad de Nicaragua contar con el
descollante servicio del poeta Turcios, lo poco que el mundo conocía de ella era como si se tratara de una partida de bandoleros
porque eso era lo que propagaban los yanquis y los traidores nicaragüenses.
Turcios, con su pluma brillante y vigorosa, le limpió la mácula fea que le echaban los verdaderamente manchados que tiene
Nicaragua y apestan, y la hizo conocer en su verdadera nobleza
de causa por lo que el mundo la admiró sobremanera. Y tanto se
apegó Turcios a ella que hubiera sido difícil, sino imposible, determinar cuál la sentía más, si Sandino el guerrillero o Turcios el
poeta, y tanto lo comprendía así el héroe que el tratamiento que le
llegó a otorgar al letrado fue el de maestro.
Y tanta confianza ganó el poeta en el ánimo del Libertador
que todos sus consejos le eran ley, y a quien Turcios le cerraba
sus puertas, quedaban igualmente cerradas las del campamento
rebelde.
Pero la bella armonía que coronaba a estas dos cumbres, aunadas para la concepción y la acción en el titánico esfuerzo encami-
136 Gregorio Urbano Gilbert
nado en las montañas segovianas, fue atacada por el corrosivo
microbio de la intriga triunfando cabalmente. Su obra roedora
comenzó así:
Turcios, hombre de buen gusto, llevaba una vida de la mejor
que podía darse al alcance de sus recursos, y por eso, el elemento
comunista que daba sus servicios en Nueva Segovia lo tildaba de
burgués y, por burla, de aristócrata, y en consecuencia, lo acusaban de no atender debidamente el elemento humilde que se le
ofrecía para luchar por la causa libertadora.
Los enemigos del poeta en Tegucigalpa lo acusaron de disponer en su beneficio de los fondos que se le enviaban, producto de
las colectas que se hacían a favor del movimiento autonomista.
El coronel Antonio Lacayo, también en Tegucigalpa, llegó hasta
afirmar que Turcios estaba en transacciones con los norteamericanos con fines de traicionar a la revolución por la cantidad de
cien mil pesos.
De todos estos cúmulos, Sandino los descartó por absurdos.
Pero no satisfechos los que se habían propuesto dañar al poeta
por los grandes y desinteresados servicios que prestaba a un movimiento que no le pertenecía ya que era extranjero con respecto
al país a que le servía, por cuya causa se perjudicaba materialmente ya que su revista Ariel se la habían clausurado por haberla
dedicado a ser el primer vocero de la causa libertadora de Nicaragua, y su persona era constantemente amenazada y vigilada.
Esos disconformes le abrieron tan grande oposición que Sandino,
encontrándola injustificada, con ánimo de sacudirla para siempre,
hubo de decir: «Le tengo tan grande confianza a Turcios que si me
invitara a pasar a un privado donde yo presumiera que se esconde un asesino con intención de matarme, yo entraría al privado
porque consideraría mi presunción injustificada. Y, si llegare a
desconfiar de Turcios por alguna razón, no le tendría confianza en
lo adelante a ninguna otra persona que me rodeara».
Esta declaración, antes que apagar o aliviar las voces de encono contra el poeta, las animaron mucho más, y al arreciar sus
Junto a Sandino
137
enemigos sus ataques, llegaron al punto de cavar los cimientos en
que descansaba su confianza en el ánimo del jefe de los libertadores de Nicaragua, y lograron su derrumbe, como se verá por lo
que se sigue más adelante.
Tan pronto el literato se enteró de los propósitos a que se encaminaba el doctor Domingo A. Mairena a la capital de México,
le retuvo en Tegucigalpa y equipando a un expreso lo envió a
Sandino manifestándole su disentimiento al proyecto, a la vez
que le daba su parecer o manera de cómo debía de proceder
después de evacuada la patria por las fuerzas extranjeras que la
ocupaban.
Turcios opinaba que teniendo Sandino al yanqui por de frente
para combatirlo, no debía de enfrentársele a sus hermanos con
esos propósitos sino que debía cesar de sus luchas bélicas, licenciando a sus soldados y retirarse él a donde mejor le apareciera,
ya que su obra de patriota habría culminado a la ida para su país
de los soldados norteamericanos.
El representante continuaba diciéndole a Sandino que de continuar la guerra fratricida, sus glorias se le empañarían y que como
él, Turcios, tenía que cuidar de ellas, le rogaba desistiera de ese
propósito.
Al responder Sandino a las razones de su representante, entre
los principios que le alegó para sostener sus propósitos, fueron los
mismos del indohispanoamericanista, y el de que con solo la evacuación de Nicaragua por los soldados yanquis no se conseguía
la libertad de la Patria por razón de que quedaban sus influencias
malignas y los viejos e indecentes tratados hechos con los norteamericanos por Díaz, Chamorro y otros traidores, y había que
limpiarla.
Se prolonga la polémica entre Sandino y Turcios, y aprovechándose los enemigos del poeta, lo atacaron despiadadamente y subiéndole los ánimos a Sandino, le dijo al poeta que:«Los hombres
que combaten en Las Segovias tienen ideas propias. Los títeres se
encuentran en los teatros y los muñecos en los bazares».
138 Gregorio Urbano Gilbert
Disgustado Turcios por la manera violenta con que le salió
Sandino por causa del parecer opuesto que sostenían los dos de
los fines a seguirse en el caso de la evacuación de Nicaragua por
los soldados extraños que la ocupaban, le dijo al héroe que como
no podían entenderse en el punto de que trataban y por la manera
agria con que lo estaba tratando, que lo mejor que podían hacer
era separarse al igual que dos buenos hermanos que por largo
tiempo han trabajado juntos en un mismo ideal hasta llegar a un
caso en que no han podido entenderse, por lo que la separación se
ha hecho indispensable.
Y la separación se realizó, perdiendo la causa libertadora su
más grande personaje después del general Sandino.
TRAICIÓN DE MAIRENA
En tanto pasan los días, el doctor Domingo A. Mairena espera en
Tegucigalpa a que llegaran a definirse los pareceres entre Sandino
y Turcios para saber si continuaba su ruta hacia México o regresar
al campamento de Las Segovias, pero, encontrándose carente de
algunas necesidades principalmente la del licor, materia más necesaria para él que el propio alimento, fue tocado por la tentación
y lo condujo a ir un día, como si se tratara de la cosa más natural,
a la Legación de los Estados Unidos de Norteamérica, proponiéndole al ministro revelarle importantes secretos del comando de
las fuerzas libertadoras de Nicaragua a cambio de que le brindara
unos cuantos tragos. Accediendo el ministro solicitado por Mairena, este lo puso al corriente de muchos de los secretos de la causa
libertadora y le puso en sus manos los pliegos que llevaba para el
doctor Cepeda en México
Conocida la acción del traidor Mairena en Managua, desde la
Presidencia de esa capital y en premio a su obra, se le nombró,
según se rumoreó en el campamento libertador, oficial mayor de
la Secretaría de Gobernación.
Junto a Sandino
139
En resumen: se perdió a Turcios y se perdió a Mairena, quien
se perdió moralmente a la vez, y se consuela el héroe en la siguiente ocurrente exclamación: «¡Bien merecido lo tengo por haberme confiado de un tuerto y un borracho!».1
El traidor Domingo A. Mairena
Meses después en Tegucigalpa, Constantino Tenorio, Antonio
Lacayo y un señor de apellido Solón, hablando con Urbano, de
los alzados, en misión en esos días de la causa libertadora en la
capital hondureña, le describieron algunos de los signos característicos del traidor Domingo A. Mairena:
«Mire usted como son las cosas: ese tuerto de Mairena que fue
de los que más pidieron a gritos que me fusilaran cuando fui a Las
Segovias con la más sana intención a proponerle a Sandino la forma
de paz que concebía y prefiere Tenorio, cómo vino al cabo a cometer
la más grande puercada. ¡Tan cerca que me vi del fusilamiento!
»Ese Mairena nunca le tuvo afecto a la causa. Fue a Las Segovias por igual razón a que fue a la Legión de los Estados Unidos,
por causa de un vicio que es su perdición, vicio que lo ha alejado
de poseer su título de doctor en medicina porque habiendo cursado los siete años requeridos para ellos, por causa de los males que
le causa el guaro, no ha podido examinarse al final ni llevar los
demás requisitos para ello.
»Nosotros, los que aquí trabajamos por la libertad de Nicaragua,
sabemos que cuando Mairena se encontraba bolo, se mostraba más
autoritario que el propio Sandino, lamentándose de no encontrarse en
esos campos para prestarle sus servicios médicos a los heridos y enfermos que los necesitaban, pero después que se le pasaba la goma,2 se
tornaba más indiferente a la causa que lo que se muestran los chinos.
Tuerto: Mairena solo tenía un ojo.
Goma: Malestar que se experimenta después de sufrirse una borrachera.
Resaca en Santo Domingo.
1
2
140 Gregorio Urbano Gilbert
»Así fue como encontrándose una vez chupado en extremo,
en ocasión de despacharse un correo para Las Segovias, le dio
con querer ir para allá con nosotros, comprendiendo lo verdaderamente útil que le sería a los segovianos. Lo despachamos,
y en previsión de que no se arrepintiera en mitad del camino y
se volviera al pasársele el efecto del licor, compramos varias
botellas de la bebida y se la entregamos al correo para que
se las fuera suministrando por dosis convenientes a sostenerlo
bolo por todo el camino mientras se caminara de este lado de
la frontera. Y del otro lado, en Nicaragua, no le quedaría y no
le quedó más remedio que seguir tranquilamente su camino
hasta llegar al campamento, le sirvió a los necesitados de su
profesión con aparente buena voluntad, pero guardándome sus
odios –volvió Tenorio a individualizarse- como los mostró al
aparecerme yo en el campamento general, empeñándose tanto
en que me ejecutaran».
SANDINO SOLICITA HOSPITALIDAD
AL GOBIERNO MEXICANO
Al efectuarse la revista general el día primero de enero, se comprobó el desastroso estado en que se encontraban las fuerzas de
los libertadores, y Sandino en interés de mejorarlas para que pudieran continuar su obra redentora, resolvió salir al extranjero,
siendo México el país de su decisión. Y para el efecto, en un pañuelo blanco de seda que era de Teresa Villatoro, le dirigió al primer magistrado de la república azteca la siguiente esquela trazada
con tinta indeleble:
Junto a Sandino
141
El Chipotón, Nicaragua, C. A.
Enero 6 de 1929
Señor Licenciado
Emilio Portes Gil,
Presidente provisional de los
Estados Unidos Mexicanos,
México, D. F.
Muy señor mío:
En la confianza de que es usted representante del heroico y viril
pueblo mexicano, no vacilo en solicitar de su Gobierno la protección necesaria para lograr y tener el alto honor de ser aceptado con mi Estado Mayor en el seno de su ejemplar pueblo. No
es posible manifestar por escrito los trascendentales proyectos
que en mi imaginación llevo, para garantizar el futuro de nuestra
Gran América Latina. El capitán José de Paredes, portador de
la presente, expondrá verbalmente, en parte, a usted, la actual
situación política de Nicaragua y nuestros cálculos. El mismo joven capitán sabrá explicar a usted en qué forma deseamos el apoyo de su Gobierno. En la esperanza de saludarle personalmente,
mediante su valiosa cooperación, y anticipándole mi gratitud,
tengo el honor de suscribirme de usted atento y seguro servidor.
Patria y Libertad,
A. C. Sandino.
Y quien le coja sentido al tenor de esta carta, comprenderá lo
que procuraba Sandino del presidente de la república de México,
no siendo otra cosa que su soñado indohispanoamericanismo.
Resguardado el pañuelo esquela con un impermeable, se lo entregó al capitán José Paredes para que le cupiera la honra de poner
142 Gregorio Urbano Gilbert
en manos del presidente de la república mexicana tan delicado
mensaje. Se despachó el mensajero sin protección ninguna, y a
pie hasta la capital de Honduras, sin recursos, sin un solo centavo
en sus bolsillos, sin haber comido tan siquiera en el día, y por lo
mismo, no pudo llevar alforjas para el camino.
EL FIN DE UN EUROPEO
Cuando el general Sandino determinó evacuar El Naranjal e ir
nuevamente a El Refugio, despachó desde el primer campamento mensajeros a dos guerrillas para que operaran, hostilizando
lo más que pudieran algo que encontraran en sus recorridos. A
una de las guerrillas se le confió el mando al segundo ayudante,
general Porfirio Sánchez, subcomandándola el tercer ayudante,
teniente coronel Carlos Manuel Aponte. Las guerrillas entraron
en varias pequeñas poblaciones. Tuvieron sus escaramuzas con
los enemigos, hasta que la guerrilla de Sánchez penetró en una
hacienda y se le antojó reducir a prisión a su administrador, un
joven nativo de una gran potencia europea, cometiendo además
la imprudencia de conducirlo al propio campamento general de
El Refugio.
Se le reprochó al general Sánchez la detención de ese hombre
y todavía su conducción al campamento general, pero Sánchez
alegó en justificación a su acto la resolución del general Sandino
dictada en fecha anterior, en la cual se declaraban enemigos de la
causa libertadora de Nicaragua a todos los naturales de las naciones europeas residentes en el país como venganza por la tolerancia o por la indiferencia con que esas potencias miraban el abuso
que los yanquis cometían con Nicaragua.
El prisionero era un problema en el campamento general. Si
quedaba en libertad, por satisfecho que se sintiera, no debía ser lo
suficiente para no indicarle a los yanquis lo por él observado que
le pudiera interesar a los invasores en perjuicio de los patriotas,
Junto a Sandino
143
y de no hacerlo por propia determinación lo haría por fuerza que
contra él emplearía el enemigo. Si se dejaba en el campamento,
era más que un estorbo, teniéndose en cuenta los acontecimientos
bélicos que se libraban. Por eso ningún jefe de los distintos destacamentos quería tenerlo, ni aun el mismo Sánchez, pero uno de
esos hombres, de los que le ven solución a todos los problemas,
el capitán José Pérez, nicaragüense, comandante de Oconguás,
con naturalidad pidió que se lo entregaran, y le entregaron al reo,
y lo trataba de la mejor manera que en el caso se podía hacer,
haciéndose el extranjero también merecedor al buen trato por lo
bien que se portaba.
Al fin se presentó el enemigo. Se peleó como se pudo observar
en el capitulo anterior. Fue evacuada por los patriotas la montaña
y cada uno de los jefes de sectores se vio enredado en sus conflictos.
Después, en la calma del nuevo lugar en que asentó sus lares el campamento general, recibió el general Sandino el parte
que dice:
Al verme acosado por el enemigo y no pudiendo defender al
prisionero… de que no cayera en sus manos, me vi precisado
a ejecutarlo
Patria y Libertad,
Capitán Pérez,
Comandante militar de Ocunguás.
CAPÍTULO VI
LA SORPRESA DE JUANA CASTILLA
Escaramuzas / Aspecto del nuevo campamento / El espía / La sorpresa.
ESCARAMUZAS
Después de la evacuación final de la montaña El Refugio por el
ejército autonomista, anduvo este por un tiempo de varios días
errante y fraccionado en pequeñas guerrillas, las que sostenían de
cuando en cuando refriegas con el enemigo, ante el cual tenían que
huir las más de las veces, hasta que al fin unidos estos dispersos
grupos del citado ejército autonomista, hicieron alto en un punto
que era rico en agua y aparecían algunos ojoches, chicles,1 monos
y guajolotes o sompipes.2
ASPECTO DEL NUEVO CAMPAMENTO
Como si fuera un fondo de botella, con su bajo interior levantado
y rodeado por la pared circular del envase, es la figura que ofrece
un terreno de los campos segovianos.
1
2
Chicles: Frutas del árbol que produce la goma de mascar, los tres, árbol,
fruta, frutas y goma, de igual nombre. Es la fruta de color, figura, olor y
sabor, idénticos a los del níspero.
Guajolotes: Variedades de pavos o sompipes domesticados o silvestres.
145
146 Gregorio Urbano Gilbert
Acampados en ese altibajo, encerrados por las montañas de los
alrededores, los soldados de la libertad pasaban los días no muy a
gusto por el excesivo frío y por lo oscuro del lugar.
Los frutos y animales silvestres anotados no eran de la abundancia requerida para llenarles cumplidamente a los libertadores sus necesidades alimenticias, únicas con que se contaba por
el momento. Por eso, por el hambre, por el frío y por la inactividad, los soldados pasaban el tiempo, unos, tendidos en el húmedo suelo al igual que las bestias, otros se disputaban con suaves
empujones, los puntos en que asentaban los rayos del sol que de
cuando en cuando se filtraban a través del tupido follaje de la
selva, y otros, más resignados o más fuertes, pasaban el tiempo sentados en un tosco banco formado por seis estacas fijadas
en tierra en los dos extremos y centro, rematadas en horquillas
y encajadas en estas dos travesaños, los que soportaban cuatro
largueros.
El héroe máximo de la causa libertadora, general Augusto
César Sandino, demasiado grande para ser orlado con la vanidad
de los adjetivos a veces medita, a veces se entretiene oyendo
cantar a su asistente el teniente José Dolores Pupiro, a veces
se entrega a paseos frente al banco, oyendo referir chistes a los
animosos sentados en el tosco asiento, enriqueciendo él la charla con sus propios chistes y con sus ocurrencias. De estas es la
siguiente:
Habiendo llegado desde la capital de Honduras donde fueron
en misión de la causa unos cuantos soldados, los que por causa de
las dificultades que les presentaron los enemigos, habían empleado en el retorno el tiempo de treinta días, el campamento aumentó
su crecido número de hambrientos, y pasándose el día sin alimentos como otros tantos, cuando oscurecía, dirigiéndose Sandino a
los venidos de Tegucigalpa, les dijo:
—Bueno, yo creo que ustedes no tiene mucha hambre porque
algo comieron en Tegucigalpa antes de salir para acá.
Junto a Sandino
147
EL ESPÍA
Si bien es verdad que la fuerza de los libertadores de Nicaragua
por este tiempo se componía de escaso número de hombres y
por añadidura se encontraban mal equipados y mal alimentados
y medicados y peor en la indumentaria, se encontraba al menos
bastante resguardada, ventaja que le ofrecían el terreno salvaje
de montañas y bosques en que operaba, y el crecido cuerpo de
espionaje que le servía.
El individuo más apropiado para esa tarea de espiar es el indio o el mestizo de buen porcentaje de sangre india. El indio es
paciente como un burro o tal vez más. El jumento no le gana en
sufrir malos tratos, largas caminatas, bichos, parásitos, cargas pesadas y hambre, contentándose con alimentarse con solo pocas y
malas tortillas de maíz. El indio es corto en el hablar y la mayor
parte del tiempo lo pasa en una aparente larga y profunda meditación. Los indios varían de físico y costumbres, conforme sean
variadas las tribus a que pertenezcan.
Entre los indios que prestaban sus servicios a la causa noble de
su patria, figuraba un buen número de zambos, tribu que puebla
las márgenes del Coco Segovia, por los lados de El Chipotón; es
bajo, regordete, patizambo o patojo, de pómulos salientes, con
unos cuantos pelos por barba y bozo de abundante, negra y lacia
cabellera.
El espía libertador de Nicaragua vestía por regla general al
estilo indio, con un manto que se envolvía de la cintura a las
rodillas y nada más, y los que no eran indios, se cubrían con un
pantalón en que su color primitivo había desaparecido, por la
suciedad que lo cubría y por el número de remedios aplicados,
pantalón que arrollado hasta la rodilla también constituía todo
su atuendo, mostrando el espía en el resto de su cuerpo desnudo
los rasguños que le causaban las plantas espinosas y las que no
lo eran, los piojos, las garrapatas, los colorados y los mosquitos
y sus uñas al rascarse. Cuando andaba el espía en su misión
148 Gregorio Urbano Gilbert
se armaba de un chopo3 o de un machete y, a manera de alforja,
cargaba una funda al hombro tan sucia y remendada como sucio
y remendado estaba el pantalón o manto que mal lo cubría, funda
en la que guardaba su alimento cuando lo encontraba y si le sobraba después de haber comido.
En su misión, el espía andaba errante por los campos cercanos
a los campamentos de los alzados cuando no tenía un objetivo
especial.
Por los días de este caso que referimos, los patriotas de Nicaragua tenían instrucciones de no resistirle en combate al yanqui si
este lograba reponerse de la sorpresa de una emboscada que se le
tendiera y se formaba en línea de batalla, por razón de la pobreza
que sufría de elementos de guerra, teniéndolo el contrario en tan
grande abundancia.
Los lugares más apropiados para la preparación de una emboscada son las laderas de las montañas, cuanto más ondulantes, más
mejores, los pasos de los ríos de altas márgenes, en los cañones o
desfiladeros, las hondonadas formadas por las quebradas y ríos,
por las cuales es necesario marchar.
La emboscada en la campaña que narramos la abría un granadero que tenía que ir contando a los soldados enemigos conforme
iban entrando en la trampa tendida y cuando de conformidad al
número dado por el espía todos habían entrado, anunciarlo por
medio de una granada que hacía estallar en la cabeza del yanqui
que más a su alcance se encontrara.
Cerraban la emboscada los artilleros servidores de una ametralladora. Al anunciar el de la granada que todos los enemigos de
la columna habían entrado en la trampa, cada uno de los soldados
rifleros a tiro apuntando trataba de causarles el mayor número
posible de bajas.
Sorprendida así la columna enemiga, sintiéndose fusilar sin saber de dónde le disparaban, trata de forzar la marcha hacia adelante donde le cierran el paso los de la ametralladora. Entonces,
3
Chopo: Escopeta.
Junto a Sandino
149
cual una ola que al encontrar el acantilado retrocede en precipitado desorden, igual a la columna en su apuro contramarcha,
volviendo a sonar sobre ella la granada, mientras prosigue el
graneado y certero tiroteo de fusiles y pistolas. Si la victoria
está de parte de los de la emboscada, termina el combate con
el exterminio o desbande del enemigo, ocupándole los otros el
botín abandonado.
Si por el contrario, la suerte se coloca de parte del enemigo,
fuere porque los de la emboscada fallaran en el cálculo de su preparación o porque el oficial comandante enemigo lograra por su
moral y valor imponerse y organizar a su gente formándola en
línea de batalla, entonces los de la emboscada por fuerza tendrían
que dar el grito consigna de retirarse e irse al sitio previamente
seleccionado.
LA SORPRESA
Era un atardecer triste, triste, por lo obscuro del día y por el
hambre reinante en el campamento, por el intenso frío. El invierno estaba en todo su rigor. Era el día 9 de enero del año 1929
y se estaba a una altura de más de 5.000 pies sobre el nivel del
mar. Las espesas nubes amontonadas sobre el campamento y las
lomas que lo rodeaban le proyectaban una sombra semejante a
la de la noche a pesar de lo temprano del día: las tres. Los pájaros habían cesado en sus cantos y pocos eran los que se veían
posados en las ramas, siendo de los principales el solfeador y el
sargento, el primero con su canto de las siete notas de la escala
musical y el segundo, el sargento, o mejor, el turpial, de sonoro
canto, gratamente apreciado por los soldados de la libertad, por
su plumaje rojo y negro, idénticos matices que los de su bandera
de combate.
En ese día estaban los soldados poco dispuestos para la charla, pasándolo la mayoría envueltos en sus frazadas y otros sen-
150 Gregorio Urbano Gilbert
tados. Ante los últimos, con las manos puestas en la parte delantera de su cintura, perdidas dentro de los pantalones, sujetas por
el cinturón, el general Sandino, con su camisa desabrochada,
abierta, luciendo a manera de bufanda un pañuelo de seda con
los colores rojo y negro, se paseaba y meditaba. Tan frecuente
en él era el ejercicio del paseo, que en los pocos días que llevaba de practicarlo, era notorio el desnivel causado al suelo en lo
largo de su recorrido, el que se adornaba con las impresiones de
las suelas de sus botas claveteadas. A poca distancia, por entre
una hondonada cubierta de matorrales, se oía el perenne y monótono lloro de la quebrada al caer de la altura y estrellarse su
chorro contra el rocoso suelo.
Teresa Villatoro, la amada de Sandino, había logrado de un
visitante dos mazorcas de maíz y se entretenía en convertirlas en
pinol4 para ofrecérselo a su hijo Santiaguito.
En tal día, con tal hora de frío, hambre y obscuridad, con
murmullo de quebrada llorosa, con olores húmedos de tierra
y matorrales y selva, momento triste de escasez de aves y de
sus cantos, se notó un movimiento por la dirección del punto
de uno de los centinelas y al poco rato llegó al campamento
un hombre que vino tan cansado que al llegar donde Sandino
se arrojó a tierra sin poder pronunciar una sola palabra. Era un
espía y por lo tan a prisa con que llegó, dejaba comprender
que algo de importancia lo movía. El general Sandino, sentado
en el banco, pacientemente esperó a que se repusiera el hombre, el que cuando pudo hablar, balbuceando, dijo que a poca
distancia, como a unas pocas leguas, marchaba una columna
enemiga compuesta de treinta y cinco hombres, que por la dirección que llevaba bien podríase esperar que pasara por el
lugar más cercano todavía de Juana Castilla y que en dado caso
4
Pinol: Maíz tostado y molido. Se come en polvo o con agua caliente, y en
lugares de menos escasez que en los campos de las libertades de Nicaragua.
Se cuece también con leche, azúcar y especies, agregándosele al maíz una
porción de cacao.
Junto a Sandino
151
se podría preparar una emboscada por las ventajas que ofrece
el terreno, siempre que se procediera con rapidez para ocuparlo
antes que el enemigo lo pasara, y que el armamento a llevarse
debía consistir en machetes, por lo concentrada que sería la pelea,
como también serían buenos los revólveres y los cuchillos, dadas
las condiciones del terreno.
Seguidamente en el campamento se seleccionaron veinticinco voluntarios armados convenientemente, los que arengados
por Sandino fueron despachados al mando del general Ramón
Ortiz, nicaragüense, joven guerrero de unos veinticinco años de
edad que a fuerza de pericia y bravura ganó tan alta graduación.
Los muchachos partieron del campamento como si fueran tigres hambrientos en busca del ciervo y rodándose lomas abajo,
trepándose lomas arriba en su precipitada marcha, cayéndose
y parándose, llegaron entrada la noche al sitio indicado con el
temor del fracaso por si el enemigo ya lo había pasado. Aunque
ningún rastro así lo verificaba, se despachó a un espía a que lo
verificara y regresara. Informó que a una distancia de poco más
de un kilómetro el enemigo había hecho un campamento por lo
que quedaron contentos los muchachos al saber que sus esfuerzos habían sido satisfechos en su primer evento, a la vez que
esperanzados del resultado final.
Momentos después fue servido a la tropa libertadora por dos
mujeres vividoras de los alrededores un brebaje hecho de maíz, a
guisa de café, mientras se organizaba la emboscada, en la que se
pasó el resto de la noche en la mayor atención y mojados y fríos
por el rigor de la estación y por la lluvia que caía.
Un accidente desagradable sucedió esa noche y fue que mientras el teniente Adán González, salvadoreño, estiraba una pierna
para tratar de desentumirla molestó a una barbamarilla que cerca
se encontraba y lo mordió. El teniente hubiera muerto a los pocos
minutos al no haber tenido uno de los soldados en su cartuchera
un trozo de palo llamado arú, gran antídoto contra las ponzoñas
que inoculan estas serpientes al morder e igualmente contra las
152 Gregorio Urbano Gilbert
de las tantas variedades de víboras y demás culebras venenosas
que se arrastran por los campos del continente centroamericano.
Hay muchos otros buenos preservativos contra los venenos de
las serpientes, pero el más eficaz de los que usan los indios y
campesinos nicaragüenses es el propio veneno del reptil, al que
se le arranca la cabeza con la precaución de que la ampolla conteniente del veneno venga con ella, la que se calienta a fuego
lento y hecho lo cual, se pulveriza y se echa adentro de una botella con aguardiente, y, listo: a cambio de una mordida de víbora
se toma del preparado, quedando la cosa como si nada hubiera
pasado. A los indios no les agrada el tratamiento de quemarse
la herida o de abrírsela, sino el de los medicamentos farmacéuticos.
Cuando amaneció se envió a un hombre a espiar los movimientos del enemigo, y regresando el hombre rato después informó favorablemente de sus movimientos a punto de reanudar su
marcha con probabilidades de entrar en la emboscada que se le
tenía preparada.
Sería la hora de algo menos que las nueve cuando ya se oían
claramente sus movimientos en la marcha, entrando después todos en la trampa. Al anuncio del granadero con el estallido de su
bomba, señal para que el resto de los emboscados, con cuchillos,
revólveres y machetes en sus manos se lanzaran al ataque de sus
enemigos, lo que hicieron como si hubieran sido demonios incontenibles. Tan inesperada fue la carga para el yanqui, rápida
y sañuda, que este quedó paralizado, estupefacto, no atinando a
defenderse ni dándosele lugar para ello.
Refiere el capitán Urbano que toda la furia con que entró al
ataque se le disipó casi al instante después de haberle disparado
con su revólver en el pecho al primer yanqui que encontró a su
paso, al no sentir en ellos resistencia alguna, y se limitó a cruzarse de brazos sosteniendo en la diestra el arma y a presenciar la
matanza al igual que si hubiera sido un simple espectador de un
inofensivo acto.
Junto a Sandino
153
Como si se sintieran unos cuantos conejos acorralados por
otros tantos perros, así se sentían en su pánico los soldados enemigos. Unos no acertaban a otra cosa más que a exclamar por sus
madres y por Jesucristo (¡My mother!, ¡Jesuschrist!), otros a
blasfemar (¡Goddamnit!).
La obra era cruel, repugnante, pero de necesidad. Se veía
como de un solo golpe de machete volaba una cabeza enemiga la que caía en tierra haciendo gestos y mordisqueando
la yerba mientras que el resto del cuerpo permanecía en pie,
dando algunos pasos con apariencia de que nada le hubiera
pasado, desprendiéndosele del cuello un algo como tenue vapor, figura de gas condensado por concomitancia con el frío
reinante en el campo, hasta que al segundo más de tiempo
después, al venir la afluencia de sangre, ese resto perdía el
equilibrio y se iba de hombros contra la tierra semejando en
su movimiento a un cohete volador después de estallar en
el espacio y en el suelo eran las contorsiones. Otros, en actitud de defender la cabeza con el ejercicio del rifle cogido
con ambas manos y a través de la altura conveniente de los
tajos con que los agredían, les eran cercenadas unas o las
dos manos y al caérseles el arma, creían que se le caía por
otra razón, por lo que se inclinaban y trataban de recogerla
ignorando que lo que tenían por mano o manos era el o los
muñones, e inclinados, aprovechaban el momento los alzados para asegurarlos con los golpes finales y dejarlos tendidos en tierra hasta que los zopilotes5 dispusieran de ellos en
sus banquetes de las más costosas de las carnes. Y otros que
no sucumbieron prontamente a los repetidos golpes del arma
blanca, imitaban los balidos de los carneros.
Y así entre gritos, lamentos, gemidos, voces maldicientes, voces y vivas, rojos chorros de materia viscosa y olor a pólvora
Zopilote: Fea y repugnante ave de las consideradas rapaces. Solo se alimenta de cadáveres putrefactos. Abunda en Cuba con el nombre de aura tiñosa;
en Colombia, con el de gallinazo y en Venezuela con el de zamuro.
5
154 Gregorio Urbano Gilbert
quemada en unión con el de cueros humanos descuartizados, nauseabundo, en pocos minutos terminó la lucha.
Unos soldados de los rebeldes hacen montones de carnes de
los cuerpos palpitantes enemigos y los cuentan. Eran treinta y
cinco soldados de ellos, de los que hay treinta y tres cuerpos descuartizados en el campo ensangrentado.
¿Los otros dos cuerpos? ¡Misterio!
CAPÍTULO VII
¡MUJERES!
Una coralillo1/ De los peligros de Teresa Villatoro /
Teresa en camino de Honduras / El capitán Urbano de regreso en Tegucigalpa /
Propuesta de conferencia en Buenos Aires, República Argentina. Confianza y
honor para Rubén Ardila Gómez / Teresa Villatoro en Tegucigalpa /
Arriba a Tegucigalpa el capitán José de Paredes /
Tres jóvenes mexicanos.
Pasada la acción de Juana Castilla, el comando libertador consideró necesaria la evacuación del cerro que ocupaba aunque
nada por el momento indicaba amenazarlo, y evacuado, se recorrieron varios sitios de los campos vecinos hasta que el coronel
y chane Madariaga le indicó a Sandino un lugar de gran belleza
y comodidad. Tiene al igual que el anterior lugar una quebrada
de abundante agua limpia, la que también cae y en mitad de su
precipitación, por la causa de una roca saliente que la molesta,
forma su cristalino caudal un reguero que se utilizaba para el
baño como si se tratara de la mejor de las duchas. Y se instaló
definitivamente el campamento general en tan acogedor paraje,
1
Coralillo: Pequeña serpiente de veneno activo, de colores en cerquillos rojo,
amarillo y negro, como de a media pulgada cada uno, intercalados a todo lo
largo de su cuerpo.
155
156 Gregorio Urbano Gilbert
el que es una altiplanicie tan elevada que de la vegetación que
la corona el liquidámbar y el maquengue cuentan en abundancia, árboles que no se conforman con terrenos que no sean fríos,
elevados y fecundos; árboles útiles, gigante el primero, de tronco
recto, elevándose en el espacio setenta y cinco o más metros con
varios de diámetro, continente de venas que al recibo de la herida
del hierro, segregan en tan grande abundancia un aceite que ha
habido ejemplares dadores de más de tres barricas en una sola
recolecta. Tiene el color el aceite de un amarillo claro y de grato
olor. Lo utilizan en Centroamérica para lustrar, fortificar y hacer
crecer el cabello, para curar los males del pecho, de la piel, del
estómago e intestinos y, por sus propiedades detersivas, hay quienes aseguran que a las mujeres estériles las fecundan haciéndolas
concebir cuando con tal fin se lo toman.
Verdad o no esto último, verdad es que habiendo en Tegucigalpa un matrimonio que después de diez años de unión con deseos
de tener hijos y no lograrlos, le escribió al general Sandino una
carta demostrándole su pesar por no haber logrado su anhelo, por
lo que le rogaban le enviara con uno de sus correos una botella
del aceite maravilloso.
Gentil el héroe comisionó en expreso a don Claudio Blandón
para que extrajera del árbol el medicamento solicitado y se lo
llevara desde el campamento de los rebeldes en Las Segovias,
Nicaragua, a Tegucigalpa, Honduras, a la dama apenada. Y ya
fuere por la casualidad, o por la fe de la señora, o bien por las
propiedades valiosas del liquidámbar, ello es que a la mujer beber
del aceite se sintió concebida pocos meses después por lo que se
siente satisfecha y agradecida del árbol gigante.
El maquengue es una palmera semejante a la de la yagua dominicana teniendo, entre las diferencias a esta, la delgadez de su
tronco por lo que es fácil de derribar para utilizarse el palmito
como comida de la tropa libertadora, siempre en escasez de alimentos.
Junto a Sandino
157
UNA CORALILLO
Después de arreglado el servicio de la noche del día en que se
ocupó el nuevo campamento, lo que fue al anochecer del miércoles de ceniza del año 1929, por lo que Sandino lo bautizó con
el nombre de La Cuaresma, los soldados cansados se arrojaron al
suelo para descansar al estilo de las bestias. Los más diligentes
habían cortado algunas ramas de pacaya y con ellas formaron su
cama. Los otros, negligentes, se tendieron en tierra en condición
de cómo la encontraron preparada por natura, acolchada por las
hojas secas desprendidas de los árboles desde los días del génesis.
De los hombres que hicieron sus servicios de prima esa noche,
uno fue Urbano, el que al rendirlo, se acostó al igual que muchos
de sus compañeros, en su cama de tierra hecha de colchón de hojas, envuelto con la fría y continua llovizna que caía, manera esta
de acostarse a dormir muchas de las veces de los soldados libertadores, porque si bien algunos tenían frazada o capote o hamaca,
no todas las veces se podían usar porque había que dejar los líos
conforme estaban para poderse encontrar listo en caso de cualquier contingencia que se presentare, o bien porque los tenedores
de los utensilios consideraban más provechoso no usarlo por el
tiempo que se perdía acotejándolos, tenida en cuenta lo cansado
que se encontraban, como de cansados estaban en la noche de la
ocupación de La Cuaresma.
Serían como las dos de la mañana cuando Urbano soñó que se
encontraba acostado en el mismo punto en que se había tendido
a dormir y que a distancia como de diez pasos divisaba una coralillo que se movía en dirección a él y en llegando la víbora a su
lado esta se confundió con las hojas secas del suelo, sin que se
preocupara en nada por el peligro que corría, o mejor, como que
ignoraba él tal peligro…
Amaneció… Varios de los soldados continuaban dormidos,
otros se encontraban despiertos y levantados, pero los más permanecían acostados, semejando el campamento más bien dormitorio
158 Gregorio Urbano Gilbert
de ganado silvestre en plena libertad, que dormitorio de hombres
sujetos a disciplina.
El Libertador para hacer levantar a los acostados, y sabiendo
que en el campamento no se tenía nada de comer en este amanecer, los incitó con voces que en su buen humor se le antojaba emplear como al igual que en otras ocasiones semejantes, voceando:
«¡Muchachos, a levantarse! ¡A freír los huevos y los jamones!
¡Cada cual ase su tira de cecina! ¡Repartan los panes!».
Ocurrencias como estas y otras del héroe que poca gracia encontraban en los hombres hambrientos del campamento.
Al levantarse Urbano, vio que en el suelo donde se encontraba
tendido, por el lado donde le quedaba el pecho, en su lado izquierdo, estaba enroscada en sí misma una coralillo de alrededor de
dieciocho pulgadas de largo.
La víbora para nada tocó al oficial, solo pretendió buscar en
su cuerpo protección contra la inclemencia del tiempo y contra
la molestia que le causaron los intrusos soldados libertadores a
su causa, tal vez el mismo capitán, al invadirle su guarida, protección que no le fue posible conseguir, porque más inclemente
que el tiempo son los seres humanos en donde quiera que sea que
pongan sus plantas.
El ser más maligno de todos los de la creación es el hombre.
El hombre, entre sus tantas maldades, se señala por su hábito de
matar y mata por placer, mata por ambición, mata por egoísmo,
como también mata por envidia y, cuando no puede causar la
muerte por medios directos, entonces calumnia, intriga, falsea o
delata para matar aunque sea por medios indirectos.
Si al hombre se le imposibilitara la manera de matar, aparte
de los casos considerados por necesidad, como es en los casos
de algunos animales en procura de su manutención, estallaría de
coraje, como estalla la cigarra en el momento de su monótono
chirrido.
Parece estar el hombre tan ligado con el matar, que podríase
decir que es una necesidad de su vida como cualquiera de las
Junto a Sandino
159
funciones de sus órganos, como si la infamia le fuera congénita,
por lo que no ha podido ni podrá separársela jamás.
Los leones, las serpientes, los tiburones, las águilas y demás
fieras de la tierra, del mar y del aire, solo matan por necesidad de
alimento y por la necesidad de defenderse, es decir, matan por lo
regular por la necesidad de vivir, y al matar, matan a otra criatura
fuera de su especie, que es precisamente en esto en lo que más se
diferencian del hombre porque este es a su congénere al que más
le gusta matar.
Una bestia cualquiera que sea o un humano, que se encuentre
descansando en un campo infestado de víboras, puede estar en la
seguridad de que no será atacado por ellas, si la bestia o el hombre, con intención o no, las molesta primero.
El hombre en su empeño de enseñarles males a otros seres,
causa a los del género gato de ser los bichos más sangrientos de
cuantos existen. Tan horrorosos los describen que el solo mencionárseles sus nombres causan escalofríos de miedo a quienes no
los conocen, y dígase tan siquiera ¡león!, ¡tigre! y se oye decir:
pan (todo) tera (fiera), o sea, pantera (todo fiera), da deseos de
correr alocadamente por el terror que causa la mención de ese félido, los que como ya se ha dicho, esos bellos animales solamente
atacan a los animales de su manutención cuando tienen hambre y
al hombre en muy contadas circunstanciales razones. Cuando se
encuentran hartos, son inofensivos.
Cuando hay guerras de bestias, no son entre las de sus especies, a excepción de la del gallo, que es el animal que por eso más
se asemeja al hombre.
El hombre, además de matar por necesidad o por placer a todos
los animales que están a su alcance, se extermina entre sí, de la
manera más cruel y estúpidamente conocida, bien sea individual
o colectivamente.
Jamás a los leones, a las panteras y a los tigres, se les ha ocurrido organizarse por millones y emprenderla a dentelladas y a
zarpazos entre sí, como ocurre entre los hombres que se atacan
160 Gregorio Urbano Gilbert
con sus armas desde que surgieron sobre la faz de la tierra, y con
más escándalos entre los años 1914-1918 y 1939-1945 del presente siglo, en que por la ambición de unos cuantos hombres de
Europa, de la América norteña y del Asia Oriental reunieron en
su redor millonadas innúmeras de hombres de sus terruños, más
estúpidos que ellos todavía al ir satisfechos a que los mataran o
a matar a su prójimo y a destruir, vitoreando a esos deslamados
que obligadamente los empujaron al exterminio aunque fueran
los menos y aquellos los más y más fuertes manejando las armas
destructoras, con las que le restaron al mundo millones de seres
humanos e inutilizaron muchos tantos más y no encontrándose
hartos todavía de tantos desastres estos políticos, todos los días
idean nuevas armas, habiendo en las actuales que con una sola la
ciudad más grande sería poca cosa para sus efectos destructores,
viniéndole directa desde el país agresor aún encontrándose de lejos a millares de millas, cruzando los océanos, y con todo, estos
dirigentes piensan en nuevas guerras con bombas más poderosas
que para el entonces habrán inventado.
¡Oh, tú, ser hipócrita! ¡Dizque amante y obediente de un bueno
y pacífico Dios, del que pretendes ser hecho a su figura y semejanza, cuántos horrendos crímenes cometes, pésele al «No matarás» de ese tu Dios! La coralillo, de hermosos colores alternados
en anillos rojos, amarillos y negros, estaba tan confiada, que ni
siquiera al sentirse desabrigada, ni cuando la molestaron, intentó
estirarse.
La algarabía que le armaron los soldados al bello reptil fue
como si inesperadamente se hubiera presentado en el campamento,
el yanqui violador de Nicaragua, y por el solo hecho de poseer el
animalito por virtud de naturaleza una ampolla contentiva de una
sustancia que segrega el conducto de unos dientes huecos a manera
de inyectadores cuando en necesidad de ellos se ve para su defensa,
veneno del cual los sabios están sacando buena utilidad para bien
del género humano en combate contra sus enfermedades, fue atacado a palos por varios soldados, a la cabeza el coronel Madariaga,
Junto a Sandino
161
y lo machacaron hasta dejarlo muerto. No se atrevieron a atacarla
a filo porque así, el bicho, por su valor y venganza, aun después
de trozado, se hubiera defendido acometiéndole aunque con solo
la cabeza a uno de sus verdugos, matándolo al instante de una
mordida.
¡Oh cobarde humanidad! ¡Cómo te ensañas contra la sencillez
de otro y tan satisfecha que te sientes de tus perversidades!
DE LOS PELIGROS DE TERESA villatoro
Teresa Villatoro, la valiente mujer que tantas veces desafió la
muerte por seguir el amor que le brindaba el hombre de tan recio
denuedo y puros principios como los que adornaban al general
Augusto César Sandino, es salvadoreña por nacimiento, de rutinaria educación, contaba en el año de 1929 con 28 años de edad.
Fuera blanca si no tuviera una ligera ligadura con indio, de pelo
largo y no enteramente negro porque tira a castaño, de una estatura de cinco pies y cinco pulgadas, con un peso de 125 libras. A
no ser por una cicatriz que luce en la frente, de la cual se hablará
en su oportunidad, y de tener una dentadura totalmente postiza,
podríase decir que su conjunto físico es hermoso.
Aunque el general Sandino fue casado con doña Blanca Aráu,
no le profesó amor alguno a esta señora. Se casó con ella únicamente para acallar las murmuraciones de las vecinas del poblado de San Rafael del Norte, lugar de nacimiento y residencia,
donde desempeñaba el cargo de telegrafista. Al comienzo de la
revuelta del doctor Sacasa en contra del gobierno de Adolfo Díaz,
el poblado fue ocupado por los revolucionarios entre los que se
encontraba el general Sandino. La señorita telegrafista Aráu y el
general simpatizaron, pasando el guerrillero largas horas de la noche acompañando a la dama en su puesto telegráfico, por lo que
las comadres soltaron las lenguas, y el caballero, para hacérselas
recoger, se unió en matrimonio con la telegrafista.
162 Gregorio Urbano Gilbert
Sandino reservaba todo su amor para Teresa, la que lo acompañó hasta México después de haber pasado en su compañía todo el
tiempo transcurrido en los dos primeros períodos de la campaña
bélica de Las Segovias.
Entre las ocasiones en que por asistir a esas campañas ha peligrado la vida de Teresa, se señalan dos las consideradas de mayor
interés. La primera fue en El Chipote, que encontrándose esa defensa bajo el fuego de las bombas de los aeroplanos norteamericanos, salió a un claro para socorrer a una de sus compañeras la
que habiéndole sorprendido afuera el ataque le acometió un mal de
nervios, oportunidad que aprovechó uno de los aviadores para con
toda su sangre fría dejarle caer como si fuera una galantería rendida
a las dos mujeres, una bomba de veinticinco libras de peso.
Se vio a Teresa elevarse en el espacio envuelta en fuego, humo
y fango cual una visión, y luego desplomarse en tierra y cubrirse
de sangre al estallido del artefacto bélico.
¡Muerta! Fue el grito que al unísono salió de las bocas de los
autonomistas que miraban el espectáculo, mientras unos cuantos
salían del escondite en que se encontraban con fines de auxiliarla,
tarea difícil, porque con sumo placer en los aviadores las ametralladoras de sus máquinas aéreas los acribillaban a balazos.
Recuperada Teresa al fin, una sola grande herida se le encontró
recibida en la frente por efecto de un casco de la bomba que la
alcanzó, la que manaba sangre en abundancia.
Conducida a seguro refugio y prodigándosele los cuidados
requeridos recuperó su conocimiento y después de unos cuantos días de atenciones y curas, sanó Teresa y luce, por causa
de la herida, una cicatriz en figura de estrella, cicatriz que en
el campamento era la envidia de muchos, viéndose como un
alto galardón recibido por su dueña, mientras que esta trataba
de ocultarla con un mechón de sus cabellos que dejaba correr
a su frente.
La otra ocasión en que Teresa corrió su riesgo de muerte,
de apariencia inevitable en su primer punto de vista, fue en un
Junto a Sandino
163
episodio de la gran ofensiva que los soldados yanquis abrieron
contra los soldados libertadores en el mes de octubre del año
1928, en que encontrándose ella del otro lado, en la margen sur
del Segovia, no fue posible prestarle ayuda directa teniendo
que habérsela con la muchedumbre de soldados norteamericanos que por allí operaban, sola con su pequeña escolta de unos
cuantos hombres y con el inconveniente de su hijo Santiaguito
y su sobrina Amalia, niños de 5 y 13 años respectivamente en
las edades, a los que arrastraba ella en su lucha al lado de los
patriotas.
En ese entonces, sin vislumbre alguno de salvación sino ante
el dilema de dejarse hacer presa o morir, armada de su revólver,
se lanzó con sus acompañantes ante el enemigo resuelta a morir
matando.
El momento difícil se le presentó siendo ya la tarde del día del
acontecimiento en que a espaldas y a los lados tenía al enemigo
y al frente el caudaloso río en que ya se encontraba pisándole su
margen sur en la que estaba no distante, tendido, como indiferente
a todo lo que le rodeaba un lagarto2 fenomenal.
Pocos minutos le faltaban a Teresa para encontrarse a la vista
de los soldados yanquis y verse encañonada con sus armas, cuando sin saber de dónde, oyó una voz juvenil que le gritó: «¡No
tengas apuros, Teresa, que yo te salvaré!».
Fue la voz de un traidor, de un degenerado, paradójicamente
con un resto de nobleza, la que repercutió inesperadamente, esperanzadoramente en los oídos de Teresa y sus acompañantes. Fue
la voz de un sujeto que habiendo pertenecido al ejército libertador, lo traicionó pasándose al bando de la opresión y del deshonor, a quien le entregó además un depósito de armas que Sandino
escondía en lugar que consideraba seguro, y ahora venía prestándole al enemigo su servicio de franqueador pero que, pésele a ser
buen baquiano, se había extraviado ligeramente de la ruta que
debía seguir.
2
Lagarto: Un saurio semejante al cocodrilo.
164 Gregorio Urbano Gilbert
Reconociendo este sujeto a Teresa y comprendiendo el peligro
que corría, se compadeció de ella, por lo que se olvidó de sus deberes para con sus nuevos superiores y cogiendo una embarcación
de los indios zambos que en un caño estaba oculta, la embarca y
la pasa con sus muchachos a la ribera norte de la grande corriente
de agua como lo es el Segovia o Coco, importándosele el riesgo
a que se exponía con los dos bandos de las luchas y cuando hubo
dejado a sus protegidos en lugar menos peligroso le dio a Teresa
para Sandino el recado siguiente que «Aunque me volví machista
no por eso dejo de serle útil».
Al poco rato se oyó por el otro lado del río, por el lado del sur,
el estallido de una granada, seguido de disparos sueltos, y tras
estos una retahíla de juramentos en inglés y un hervidero de las
armas norteamericanas.
El combate se debió a que habiendo ido a operar por esos lados
el general Girón Ruano le preparó una emboscada a una de las
columnas enemigas en marcha, y habiendo caído en la trampa,
la atacó al estilo de las emboscadas, pero vuelto de su sorpresa el
yanqui le respondió con todos los elementos bélicos de que disponía, retirándose Ruano previa la voz consigna para ello, sin haber
sufrido una sola baja en sus filas, mientras el enemigo quedaba
haciendo derroche de disparos.
TERESA EN CAMINO DE HONDURAS
Los días que pasaban en La Cuaresma eran de agonía para los rebeldes por el hambre que los atormentaba. El maquengue ya escaseaba o se había acabado; los monos para evitar continuamente ser
convertidos en asados o en cocidos para satisfacer el apetito de los
alzados, desechaban en sus correrías al lugar. El acarreo de tortillas,
reses y otras provisiones de boca se dificultaba en razón a lo apartado en que se encontraba el nuevo campamento y porque todavía no
era bien conocido de los nuevos vecinos de los alrededores.
Junto a Sandino
165
Una mañana de tormentosa hambre en La Cuaresma, un oficial
gritó: «¡Doy diez córdobas por una tortilla de maíz!». Y el oficial,
dispuesto a comprarla por ese valor, no la consiguió.
Sandino celebraba continuamente entrevistas con los altos oficiales que le rodeaban. Se tenía puesta la esperanza en el buen
resultado de la misión encomendada al capitán José de Paredes
por ante el presidente de México, licenciado Emilio Portes Gil,
la que de resultar buena se le aliviarían a los patriotas las tantas
calamidades que padecían.
Al atardecer de un día llevaron al campamento dos novillos
y una cantidad de tortillas, por lo que el libertador aprovechó la
oportunidad para despachar a Teresa para Honduras ya que se
disponía por el momento de suficiente alimento para prepararse la
alforja que se necesitaría para el camino, y para el efecto, se dispuso la marcha para el amanecer del día siguiente, mientras que
la noche del día de la llegada de las provisiones se emplearía para
ahumar la carne que se llevaría en tan larga caminata.
Llegada la hora de la partida, los hombres escogidos por Sandino
para que le condujeran a Teresa fueron los generales Porfirio Sánchez y Simón el Indio, el coronel Ferdinando Quintero, los mayores
Santana y Escalante, el capitán Urbano, el teniente José Dolores Cupiro y otros hombres más en condiciones de asistentes y peones.
Se les agregaron a los viajeros otras mujeres y niños, familiares de los hombres que salían y de otros de los que se quedaban,
formando el conjunto treinta y cinco personas.
Sandino le entregó a Teresa un frasco lleno de veneno para que
lo bebiera a preferencia de caer presa del enemigo, dado el caso.
La principal recomendación dada por Sandino a Simón y a
Sánchez para la ruta que debían seguir fue la de que no pisaran en
tierras que otras personas hayan pisado, hasta que no traspasaran
la frontera y todavía en tierra de Honduras siguieran esa precaución hasta que no llegaran a sitio bien adentro de ese país, libre
del peligro de la persecución de los yanquis o de cualesquiera
otros que pidieran hacerles daño.
166 Gregorio Urbano Gilbert
Como Urbano tenía buenas armas, Sandino le encomendó que
defendiera a Teresa de todo peligro que la pudiera amenazar, que
no se apartara de ella ni un solo instante, que fueran siempre juntos, porque en la confianza de que ella estaría bien protegida en
esa larga y peligrosa jornada él iba menos preocupado por la suerte que se jugaba.
Despidiéndose al fin Teresa y sus acompañantes de cuantos dejaban en el campamento, emprendieron la marcha para Honduras,
precedidos en la ruta por cinco picadores, armados de machetes
Collins, los que iban abriéndola desde el mismo campamento hasta
el lugar de destino para darle cumplimiento al deseo de Sandino de
no pisarse tierra hollada anteriormente por ninguna otra persona,
ruta señalada al momento e inteligentemente por el general Simón,
hombre que aunque completamente analfabeto, posee una inigualable inteligencia, así como un valor de igual calificativo.
En el orden de la marcha, Teresa con todas las otras mujeres,
los niños y los hombres que les eran necesarios, ocupaban el centro de la columna. A la vanguardia iban Simón con sus macheteros y otros hombres indicándoles por donde debían picar, y el
coronel Quintero iba a cargo de la retaguardia.
Se rindió la primera jornada y al iniciarse la segunda al día
siguiente, el general Sánchez, porque considerara que la misión
encomendada al capitán Urbano acerca de Teresa sería de alguna ventaja para el oficial o bien por simple capricho, o porque
tuviera en realidad alguna razón para ello, el caso es que se le
acercó al capitán y le dijo con la mayor sequedad que Sandino se
había equivocado en señalarle por sitio el de junto a Teresa, que
el sitio que le correspondía por el hecho de tener buenas armas
era el del último de la cola de toda la columna porque de sufrirse
alguna molestia por parte del enemigo sería por las espaldas, ya
que por las huellas que iban dejando era por lo que pueden ser
descubiertos y por lo mismo ese enemigo resolverse a seguirlos y
atacarlos, y que nadie más apropiado que él para defenderlos por
retaguardia.
Junto a Sandino
167
Y a Urbano, aunque habiendo en la fila hombres mejor armados y mejor entendidos que él en los achaques que se padecían,
no le quedó más suerte que la de ir a ocupar el puesto último de
la tropa desde el cual, cuando se ponía en marcha, podía apreciar
mejor que nadie los engorros de las jornadas que se rendían. Llegábale a sus oídos como un murmullo de musiquilla lejana y muy
monótona el continuo vibrar de los machetes empleados en la faena de irse picando la ruta, en la que en cada trozo abierto, despejado lo suficientemente necesario de malezas y ramas entrelazadas
de los árboles, atrevidamente se filtraban en lo desconocido los
animosos expedicionarios.
La marcha era lenta, muy lenta. Teníase que ir al paso de lo
que rendían en su labor de senda los macheteros y también era
lento el continuo ascenso y descenso que teníasele que hacer a la
serie continua de nudos que se levantaban en el terreno montañoso por donde se caminaba, camino siempre mojado por los largos
aguaceros que lo riegan, por lo que se cubre de espeja y lujuriante
vegetación.
Esa marcha tan pausada en la que muchos, después de que
ganaban a duras penas un corto trecho, lo perdían y perdían otros
muchos trechos a causa de un resbalón, o por mal agarrarse de
una rama o una piedra que consideraban que los sostendría resultándoles todo falso, o cuando a veces la rama de la confianza
era más gruesa por la adición de una víbora y teníasele que soltar
rápidamente por lo que se iban loma abajo cual alud en los montes alpinos.
En esa marcha con el cuerpo encorvado y de vista al suelo, que
las personas iban por fuerza haciendo caracoleos y movimientos
de coyunturas y a los niños les tapaban las bocas hasta casi ahogarlos para que no gritaran cuando recibían algún golpe o tenían
hambre o gritaban por puro placer, daba la sensación de que se estaba en un suplicio del cual uno nunca se redimiría, de cómo que
se sufría una condena de andarse vagando perpetuamente despacio, por más esfuerzos que se hicieran para lograrse lo contrario,
168 Gregorio Urbano Gilbert
por entre ese completo país selvoso, plagado de salvajina de los
que el zorro pedorro3 era el más mostrado y las serpientes.
Se rinde la segunda jornada y le siguió la tercera y vino la
cuarta, en las que se agotaron todas las provisiones alimenticias
que se sacaron del campamento general.
Simón el Indio declaró que no se había recorrido ni la octava parte
total de la distancia a recorrerse desde el punto de partida a la frontera
con Honduras. Pero con todo, no había desaliento en las personas
adultas, conservaban el ánimo y el valor, pero para la charla muy pocos se mostraban dispuestos y cuando alguno de estos la ensayaba no
encontraba eco fuera del pequeño círculo de los humoristas y charlatanes. Hasta Amalia, la sobrinita de Teresa estaba fuerte. Santiaguito
era a veces cargado en hombros por su primo y lo mismo hacían con
otros niños sus madres o sus otros parientes.
Una mañana ascendiéndose y descendiéndose lomas en la caminata, en un espacio estrecho de entre dos de estas alturas, tan
estrecho que solamente la insignificante anchura de una quebrada
que corre entre sus bases es lo que las separa, viéndose los caminantes dentro de esa abertura o mejor hendedura, por lo estrecha,
honda y semioscura, encontraron diseminadas, arrastradas por la
corriente de las aguas, unas cuantas semillas semejantes a las del
mamey, de las que se recogieron y partieron algunas, resultando
su pulpa una masa parecida en color y figura a la de la manteca
congelada. Al probar, el sabor que se le encontró fue algo dulzón
y como graso, y, a falta de otra cosa, sirvieron de almuerzo, bebiéndose agua de la misma quebrada, sintiéndose al momento todas las personas indispuestas, unas afectadas de mareo y otras de
mareos y vómitos, y las que de esto último sufrieron devolvieron
el agua con un color completamente azul, cual el que se emplea
con añil en el lavado de la ropa.
Se hizo un alto para esperarse los resultados finales que causaran las semillas, creyendo muchos que serían fatales, pero para
Zorro pedorro: La mofeta o mapurite o zorrillo, mamífero que al espantarse
lanza por el trasero un liquido pestilente.
3
Junto a Sandino
169
consuelo de todos no hubo peores consecuencias a las ya sufridas,
y repuestos al cabo los aturdidos sin esfuerzo alguno, se prosiguió
la marcha, siempre lenta y dificultosa, y grandemente aburrible,
y acompañada con los golpes secos o con el vibrar de los Collins
abriendo la ruta, expandiendo por entre los árboles salvajes sus sonidos como ecos desesperados tras los cuales era forzoso seguir,
y con el que tenía que ir haciéndose cadencia quisiérase o no por
causa de las condiciones del terreno y la lentitud del caminar.
Un día con suerte se escaló un extenso altiplano en el que
abundaba el maquengue y se derribaron muchos de estos árboles
y se comió en abundancia el palmito que contienen.
Nuevo movimiento tendente a ganar terreno hacia la frontera
de Honduras, hacia la que se avanza con ánimo resuelto.
Por causa de las vueltas y caracoleos que se daban, necesidad
de desecharse los picos inaccesibles y precipicios insondables,
muchos se desorientaron por completo por lo que desconfiaban
del general Simón, el responsable de guiarlos. Para los desorientados, en ocasión de uno que otro rato de algún día de un trecho
claro del cielo, el sol les corría por cualquiera de los puntos distintos de la bóveda celeste, menos por los del este-oeste, siendo
de los que sufrieran de la alucinación el general Sánchez, quien
se le quiso imponer a Simón en la guía de la gente y por más
que Simón trataba de convencerlo de su error indicándole que
sufría de un mal trastorno y por lo mismo no podía guiar a nadie
y que el único resultado sería el de que todos se quedaran en las
montañas perdidos para siempre, Sánchez no entraba en razón.
Y encontrándose la columna parada, no atreviéndose a mover
para ningún lado, Simón hubo de decir mientras se ponía en
marcha: «¡A mí, esto me es…! ¡El que quiera seguirme que me
siga, y el que quiera seguir a Sánchez que lo siga porque esa
será su razón!».
En razón al conflicto entre los jefes, hubo una vacilación de
corto momento, pero viendo los que más confiaban en Simón el
alejamiento de este, corrieron a su alcance para seguirlo, siendo
170 Gregorio Urbano Gilbert
al poco rato imitados por los demás, no quedándole a Sánchez
otro recurso que hacer lo mismo.
Se caminaba, pero con el tormento del hambre, y todos extrañaban que siendo los campos nicaragüenses tan ricos en aves y
cuadrúpedos de cacería no apareciera algún pavo o tan siquiera
conejo que casar, mientras sí se veía a la molestosa mofeta expidiendo su líquido pestilente al encontrarse con los alzados en
marcha.
Caminándose un día temprano por el firme de una gran montaña, se llegó a un paraje en que por el juego que hacían unos
árboles de troncos, ramas y follajes lujuriantes, entrelazando sus
ramas sin el estorbo de otras plantas menores, formaban un algo
semejante a un enorme ventanal y arrimándose los hombre a las
gruesas ramas que imitaban al arquitectónico marco, una brisa
paliatoria a sus fatigas recibieron, brisa refrescante y aromada por
la floresta arrobadora que cubre allá abajo a una inmensa llanura.
Salidos luego los soldados del éxtasis producido a la vista de valle
de tanta maravilla, pero siempre escudriñando desde el elevado
mirador, descubrieron que a no mucha distancia el inmenso esmeralda de su fronda matizada de topacios y rubíes de sus flores, era
manchado por el oscuro lunar de una tela pequeña. Esperanzados
los viajeros por lo que veían al considerar lo que podríales ser de
utilidad, se resolvió hacerse alto, apartándose la gente un trecho
de la ruta picada, y yéndose Simón con los hombres macheteros a
explorar aquel claro del bosque, regresando poco después cargados de trozos de caña de azúcar y mazorcas secas de maíz, porque
no era otra cosa el salvador lunar del bosque más que un huerto
abandonado.
Después de comidas las provisiones se siguió adelante hasta
que al atardecer del día y encontrándose la gente disponiéndose
para descansar y pasar la noche cada cual en el sitio de su conveniencia, el coronel Quintero descubrió en un pequeño trecho claro, que parece fue de un fundo, un árbol extraño el que desde su
nacimiento hasta el remate no era más que un grueso tronco con
Junto a Sandino
171
la parte de arriba más abultada que el resto del cuerpo. Carecía
en absoluto de ramas y hojas. Podría tener un diámetro como de
cuatro pies y una altura de doce. Su figura semejaba a la de una
mano de león o a un gigantesco ñame, teniendo una masa semejante a la de esta dioscórea, aunque más babosa y no tan blanca
como la de esta.
Se cortaron algunos trozos de la parte más tierna, de la parte
de arriba del vegetal, en el que se trepó con la ayuda de un palo
viejo que sirvió de escala y al quererse comer crudos los dientes
no pudieron apresarlos por lo mucho que resbalaban. Se corrían
de los dientes como correría en demostración un trozo de hielo
sobre un plano de cristal. Ante la dificultad, se resolvió hervirse
unos cuantos pedazos de la masa y así perdieron la viscosidad y
conservando cierta aspereza, se comieron algunos trozos.
Al amanecer del día siguiente, se continúo la marcha de nunca
acabarse, en la que se subía tanto a veces que se subía a más allá
de la altura de las grandes nubes cúmulos, por lo que a veces,
habiendo lluvia en los bajos, los caminantes se encontraban en lo
seco, más arriba de donde se desprendía el agua de las nubes, y
otras veces se bajaba hasta caerse uno que descendía a más del nivel del mar. Cuando no, teníase que seguir en sus lechos en declive desde las alturas, las corrientes de las quebradas sin pararse a
meditar en las mojadas y en los saltos que dan. Había que mojarse
y caer con las quebradas sin tomarse en cuenta los resultados.
Por mucho que se esforzara cualquiera para hacer que por escrito se sienta en todo su valor lo verdaderamente osada, peligrosa y emocionante que fue esta recorrida, osada y peligrosa y,
bella como la conquista en amores de una bella ajena, no le sería
posible lograrlo, por la poca capacidad para describirla. Solo habiéndose tomado parte en ella es como se puede apreciar tal como
fue porque es de los que la soportaron.
Recuérdese de lo que se ha dicho, de cómo subían y bajaban estas gentes las lomas agarrándose de las piedras y ramas
y creyéndose seguras en sus aferramientos, tenerse que soltar
172 Gregorio Urbano Gilbert
y rodar y caer por encontrarse en las ramas una que otra víbora
enroscada, o la piedra falseada, aunque a cambio de estas fatigas,
riesgos y malos ratos, al ganarse la cumbre o cuchilla de la altura
en ascenso, eran recompensados con el deslumbrante panorama
que sus ojos recibían, y eran recompensados por la belleza de los
árboles del monte, adornados de cuantas raras flores parasitarias
pueda tener la flora tropical y también están adornados estos árboles de vicioso desarrollo por variedades de las especies más
bellas de orquídeas inigualables.
Como a los nueve o más días de encontrarse caminando la
columna, malolientes, hambrientos y fatigados sus componentes,
cerca de la orilla de un río, en terreno de poca altura, de vegetación poco espesa y de crecimiento poco, se encontró una vaca en
el momento en que se entregaba al alumbramiento de un ternero,
por lo que se creyó, por las condiciones del terreno y la presencia
de la vaca, que no se estaba distante de sitio poblado por humano, o que lo tuvo en no distante tiempo; esta aprensión y mucho
menos por el asco del parto de la res no fueron óbice fuera sacrificado y sus carnes ligeramente ahumadas de la que se dieron
tamaña hartazón los hambrientos viajeros y cargaron la sobrante
en sus alforjas.
Un poco animados por la provisión comida y por la cargada
prosiguen su avance con mejores bríos y con más facilidad porque a medida que avanzaban se hacía más despejada la selva y los
picos eran de menos elevación, por lo que se rendía más en las
marchas y no se necesitaba ya el servicio de los machetes.
Dejándose bien atrás el sitio del encuentro de la vaca y el río
que más allá estaba y en caminata como de dos días más, se pisaba por unos campos que tenían por única arboleda la del pino aromático y susurrante y por yerba a una gramínea de crecidas briznas propia de los terrenos de tal naturaleza. Y en tal día el tiempo
era de la mañana temprano y en tales circunstancias, Urbano se
quedó rezagado de la caravana por un rato y cuando se dispuso a
ir al alcance de sus compañeros, por un destello que lo deslumbró,
Junto a Sandino
173
se volvió a detener para averiguar la causa de la luz ya que le vino
del lado contrario de donde se levantaba el sol mañanero, descubriendo que lo producía una piedra grande que sobresale del suelo
un tanto como de treinta pulgadas, piedra mohosa por causa de la
intemperie a que está expuesta por el tiempo de los milenios que
han transcurrido desde los días del génesis.
El capitán que ya se había curado de las impresiones engañosas que a principio recibía de la tanta mica que cubre muchos
lugares de Honduras y Nicaragua, y de las rocas micáceas que
abundan en sus ríos, arroyos y montañas, no se maravilló tanto de
esa nueva piedra por creerla una más en igualdad a las tantas que
ya había visto. Pero quería averiguar el por qué tan cubierta del
hongo y por añadidura ella y el moho de un color pardo obscuro, podían los rayos solares reflejarse de manera tan brillante, se
acercó a la piedra, la examinó y rasguñó, descubriendo que tiene
unas incrustaciones no como esas laminitas delgadas y livianas
como es la mica, la que lo ilusionó tanto el primer día que la vio,
sino que las incrustaciones son de una materia fuerte y fuertemente arraigada a ella.
Con unas pequeñas piedras que alrededor de la grande estaban
asestó a esta varios golpes con intención de arrancarle un pedazo,
logrando únicamente darle limpieza y mayor brillantez en donde
en la grande dio los golpes, mirándose más a las claras sus incrustaciones metálicas amarillas, sin lograr el pedazo deseado por
causa de su dureza.
El tiempo corría, la caravana se distanciaba por lo que tuvo el
capitán que desistir de su empeño de llevarle a sus compañeros un
trozo de piedra para que lo hubieran examinado y opinaran de su
valor, y abandonado su descubrimiento, corrió a darles alcance, lo
que de no lograrlo se hubiera quedado perdido entre los inmensos
pinares, alcanzándolos con algún trabajo y voceándoles imprudentemente ya que se caminaba por un sitio que se requería el
mayor silencio posible, y al decirle a sus compañeros su retraso,
fue severamente reprendido por sus superiores, los que le dijeron
174 Gregorio Urbano Gilbert
entre otras razones que él no andaba en comisión de minas sino
en la que sabía que tenía que andar, que aunque se encontraran
cerca de la frontera no por eso se encontraban en menos peligros
que antes, que muy al contrario los peligros eran mayores por razón de la vigilancia que tiene puesta el enemigo sobre la frontera,
a lo que se le agregaba la claridad de la selva y el sacrificio de
la vaca, por lo que no había razón para cometerse la más ligera
imprudencia, sino que se debía de avanzar rápidamente, callar,
estarse vigilante.
La razón de los jefes quedó al poco rato claramente palpada
pues casi a una todos los alzados dieron el grito de «¡El avión!» al
oírse el ruido de un motor, viéndose casi al instante a un aeroplano volando a poca distancia y por sobre los pinos, el que se dedicaba a soltar de cuando en cuando, al acaso, una que otra bomba
alternada con una carga de ametralladora.
El aeroplano recorría los contornos. Se acercaba a la caravana
haciendo que sus componentes se ocultaran debajo de los árboles
o trataran de confundirse con los pajonales. En una de las idas y
venidas, la nave aérea dejo caer una bomba tan peligrosamente
cercana al grupo que se temió haber sido descubierto, temor no
por el peligro en sí del aeroplano, porque como ya se ha dicho son
inofensivos sus ataques en las selvas (al menos para sus ataques
de la época) a no ser que cometan imprudencias los atacados, sino
por el informe que pudiera darle a las fuerzas de tierra del descubrimiento y guiarlas hacia el sitio de los rebeldes.
Y como se sintiera una bestia acosada por un tábano, así se
sentía la columna molesta por el continuo zurriar y pesquisa del
avión, sintiéndose aliviada cuando a veces se desaparecía por
tiempo hasta de casi dos horas, lo que hacía suponer que se iba a
reponer de pertrechos de guerra y combustible.
Al amanecer en el decimotercer día de la salida del campamento general y proseguirse la peregrinación, como al término de tres
horas se descubrieron cajas y latas vacías de las conservas que
usaban los yanquis para su alimentación en campaña, las que por
Junto a Sandino
175
el estado de nuevas en que se encontraban y por algunas huellas
de calzados vistos, se entendía que no era largo el tiempo en que
el enemigo había estado ahí. Un poco más tarde ese día, se volvió
a ver al aeroplano ejecutando las mismas maniobras del día anterior, dejando caer sus bombas y disparando su ametralladora a
ciegas y escudriñando el campo. Después de un corto rato de estar
en sus operaciones, se alejó el avión en línea recta en dirección
suroeste, retornando al poco rato en la misma forma, repitiendo
la operación por unas cuantas veces, maniobra bien conocida por
los guerrilleros pues sabían de sobra que cuando un aeroplano
la ejecutaba en sus campos era para guiar a una columna hacia
determinado sitio, sitio en el que muchas de las veces eran ellos,
los guerrilleros, los que lo ocupaban, por lo que hizo conjeturar a
los jefes de la columna de los patriotas que si no habían sido descubiertos al menos sospechaban los yanquis de que ellos andaban
por algún lugar, aunque algunos opinaron que podía ser esa maniobra por caso ajeno al de ellos, previniéndose a la tropa estarse
lista para cualquier contingencia que se presentara, pero ya por la
tarde habían disminuidos los temores del encuentro al notarse que
el recorrido que hacía el aparato volador iba siendo cada vez más
fuera del alcance de los patriotas, hasta que al fin no se volvió a
ver, aunque no por eso se dejó de andar siempre vigilante, principalmente al hacerse campo en la noche.
Así con el temor de librarse un encuentro de armas que no
se deseaba con las de las fuerzas enemigas, caminándose por sitios que el enemigo caminaba y sintiéndose de cuando en cuando
sorprendidos por el ruido del avión y por las detonaciones de sus
descargas, se pasaron el decimocuarto y el decimoquinto días haciéndose alto al anochecer del último en la orilla de un río que
Simón dijo era El Limón, regador de tierra hondureña fronteriza
con la de Nicaragua. No obstante, no se estaba a salvo del peligro
del enemigo, por este tener por gracia la de perseguir a los patriotas nicaragüenses en tierra aún fuere neutral como la de Honduras. Por eso y por ser el campo de no muy densa vegetación,
176 Gregorio Urbano Gilbert
el precavido Simón escogió al sitio más incomodo que encontró
por los alrededores para echar a su gente a dormir, en la esperanza de que al enemigo no se le antojaría pensar que en sitio tan
inadecuado pudiera estar, el que fue un atascadero que alfombró
tendiéndole ramas de los árboles.
En la madrugada del decimosexto día se reanudó la marcha
con ánimo los peregrinos de encontrar pronto a los pobladores del
país para tratar con ellos de librarse de las tantas necesidades que
sufrían, dándose como a las nueve de la mañana con un trillo y
después con una vereda más ancha y más transitada conforme lo
indicaba el suelo bien pisado, la que siguiéndose, se llegó al poco
rato a una casa en que habían un asta en la que ondeando en el
tope estaba la bandera de Honduras.
Esperaban los patriotas tener en la casa una cordial acogida, de lo
que se desengañaron al dar los buenos días porque fueron de dentro
de la casa contestados por una voz brusca con la intimidación de:
—¡Entreguen las armas!
Formándose rápidamente la guerrilla en línea de combate al
oírse la atrevida frase, el general Sánchez, con voz más áspera
todavía respondió:
—¡Por cuál razón pretende usted que entreguemos las armas!
—¡Porque soy la autoridad del lugar —dice el hombre de la
casa hablando en un tono menos duro— y porque me hice responsable con los americanos de detenerlos a ustedes! Hace dos
días que ellos vinieron aquí y me dijeron que unos fugitivos de
Las Segovias habían de salir por este lado y me recomendaron
bajo amenaza de detenerlos o de avisarles a ellos cuando ustedes
salieran, y como estropearon a unas cuantas familias llevaron de
rehenes a otros tantos jóvenes, tengo que cumplir con la recomendación que me impusieron.
Las razones tan pueriles y estúpidas expuestas por el jefezuelo
fronterizo no hicieron en el ánimo de los expedicionarios otro
efecto que el de desatar risa, pésele a lo tan indignados que estaban por ellas.
Junto a Sandino
177
Simón y Sánchez le razona al jefecito de la necesidad que tienen de no dejarse detener por los yanquis ni por él tampoco y de
la imposibilidad en que se encontraba para él poder llevar a cabo
esa empresa en razón de los pocos hombres que lo acompañaban.
Pero el hombre, acobardado por las amenazas recibidas de los
soldados norteamericanos, que hasta llegaron a agarrarlo por el
cuello y traquetearlo fuertemente, no entendía de otra cosa que
no fuera que los guerrilleros se rindieran, y lo que no alegó con
los gringos lo alegó con sus hermanos centroamericanos, o sea
la neutralidad de Honduras y la violación de su frontera por los
guerrilleros segovianos.
Como el tiempo corría peligrosamente para la seguridad de los
patriotas y como bien hubiera podido ser que los yanquis volvieran por sus propios pasos o determinación o porque el hombre los
mandara a buscar con uno de sus subalternos en lo que los entretenía, Simón y Sánchez, en términos concluyentes le hablaron al
jefe hondureño, figurando además en el grupo varios hondureños
siendo Sánchez mayor del ejército de Honduras, que por todas
esas razones no cabía argumentar violación alguna de neutralidad
y de frontera por ellos y que por eso mismo y porque necesitaban
ponerse en seguro lugar la única intervención que le admitían en
sus asuntos era que enviara un correo delante de ellos al comandante de armas de la población cabecera del municipio que
se dirigían, y les avisara de su próximo arribo a dicha población.
El jefe hondureño se opuso a la sugerencia de los jefes nicaragüenses y les dijo que admitía solo el enviar el correo al comandante pero que por fuerza tendría que esperar en su puesto lo que
determinara aquella autoridad.
Cortando por lo redondo los guerrilleros, con sus generales a
la cabeza, marchan de frente, armas en condición de zafarrancho.
Los hondureños se alinean en iguales condiciones delante de
los de Nicaragua.
Cualquiera viendo las actitudes de los dos bandos y conociendo la insuperable bravura del soldado hondureño, habría supuesto
178 Gregorio Urbano Gilbert
que el lance era inevitable, pero al avance de los libertadores del
país vecino, los hondureños abrieron paso sin molestarlos, por lo
que pudieron continuar su marcha hacia la población cabecera
del municipio, pasándole al poco rato a todo correr un hombre
enviado al comandante por el jefe del lugar dándole cuanta de lo
sucedido con los guerrilleros del país del sur.
Llevaban más de dos horas de caminata los patriotas cuando
alcanzaron a ver formadas a los dos lados del camino dos columnas de soldados hondureños y cuando entraron entre ellos los
nativos cerraron el cerco, cubriéndoles fuertemente la vanguardia
y la retaguardia. Mandaba esta fuerza el comandante de armas del
municipio. Montaba a caballo, e inspiró confianza a los nicaragüenses por su porte y por su gentileza. Correspondió cortésmente a los saludos de los llegados, descubriéndose al corresponder a
los de las mujeres.
Después de los ceremoniales anotados, envueltos los nicaragüenses por sus cuatro lados pero conservando sus armas, el comandante ordenó marchar y al llegarse a la comandancia de la
población el comandante le dijo a los nicaragüenses que él les
ofrecía la completa protección pero que mientras permanecieran
en el poblado debían de entregarle las armas las que les serían
devueltas cuando continuaran su ruta hacia el interior.
Obedientes los hombres de Las Segovias, al mandato de los generales Simón y Sánchez, entregaron al comandante las armas requeridas, mediante recibo detallado, después de lo cual fueron alojados
en una casa cómodamente conforme a la capacidad del lugar.
En este poblado se pasaron tres días en los que se descansó
y comió suficientemente y se extrajeron de los cuerpos de los
rebeldes los parásitos que los cubrían, porque fueron muchas las
garrapatas, petacos y pinolillos, bichos colorados y cochochos
que les invadieron en el vivir salvaje que llevaban en las selvas
segovianas. Así una de las demostraciones de cómo lo pasaban
estos voluntarios y desinteresados defensores del honor de su
patria, y también se bañaron. Y después de recuperar sus armas
Junto a Sandino
179
y conseguir en alquiler unas cuantas monturas, y de manifestarle
gratitud al comandante por las buenas intenciones de él recibidas,
la gente procedente de Nicaragua se retiró; llegando a Danlí en el
tiempo de dos días en el que no se sufrió caso alguno de importancia.
En Danlí se instaló la mayor parte del grupo que entró procedente de los campos rebeldes de Nicaragua, y Teresa Villatoro,
aunque su destino final era Tegucigalpa, se quedó a pasar un tiempo en Danlí en lo que se proveía de algún recurso con don Juan
Colindres, que ya residía en dicha ciudad, quedándose acompañándola el teniente José Dolores Pupiro.
El capitán Urbano se encaminó a pie hacia la capital, pero
tuvo la suerte de no tener que hacerlo todo el recorrido en esa
condición porque ya en la tarde del primer día de su caminar,
con la intensión de reposar un rato, se tendió boca arriba sobre
la yerba gramínea que crece bajo la sombra de los pinares y
mientras se deleitaba al oído de la musiquilla de silbidos de las
hojas filiformes de las corpulentas coníferas al ser tocadas por
la brisa vespertina, contemplaba a los zopilotes volando ufanamente altos, tanto que a veces, en su ascensión en el espacio con
sus alas tendidas e inmóviles, se le perdían de la vista, sintió
las pisadas de un caballo al trote que se acercaba. Al distraer el
capitán la mirada que tenía sobre las grandes aves y fijarla en
la cabalgadura, se encuentra con que era su jinete un hombre
de buen aspecto, el que al llegar donde él estaba y saludarlo, le
preguntó por la causa de encontrarse tendido sobre la yerba en
sitio tan solitario.
Al responderle Urbano al caballero, le refirió la causa de su
echada bajo de los pinos, por lo que le dice el jinete que él es el
dueño de la recua que más adelante se encontraba y que si quería,
se llegara donde iba y le dijera al arriero principal, que él, Victoriano López, le ordenaba facilitarle una de las bestias y atenderlo
hasta su llegada a Tegucigalpa, lo que hecho así por Urbano, el
caporal, en obediencia al mandato de su patrón, lo acomodó en el
180 Gregorio Urbano Gilbert
lomo de un mulo, por lo que le resultó placentero el viaje tanto
por la compañía con esos recueros buenos y honrados como por
lo cómodo, jinete sobre tan fuerte animal, llegándose a la capital
al atardecer del cuarto día de su salida de Danlí.
EL CAPITÁN URBANO DE REGRESO
EN TEGUCIGALPA
Al volver Urbano a Tegucigalpa, se hospedó nuevamente en el
hotel Unión. Al otro día, en cumplimiento de uno de los encargos
que le hizo el general Sandino, se encaminó a la dirección del
diario El Sol y le hizo a su director algunas declaraciones acerca
de la campaña autonomista de Nicaragua.
Como Urbano carecía por ese entonces de recursos y en cambio sufría de quebrantos en su salud, necesitando por consiguiente de algún trabajo para proporcionárselos, se puso a buscar ocupación para ello, y procurar a las personas para las cuales don
Manuel María Morillo, desde Santiago de Cuba, le había dado
cartas de recomendación. A don Joaquín Bonilla no lo encontró
por hallarse este señor en la ciudad de New Orleans, Estados Unidos, pero sí se vio con don Alfonso Guillén Zelaya, subsecretario
de Estado del gobierno del señor Mejía Colindres, y director de
uno de los periódicos diarios que por esa época se publicaban en
Tegucigalpa.
También entregó Urbano unas cuantas cartas que el coronel
Farabundo Martí le había dado para unos cuantos amigos que tenía en Tegucigalpa, los cuales se portaron bien con el recomendado.
Las primeras atenciones recibidas por Urbano al llegar a Tegucigalpa fueron las de don Froilán Turcios quien le proporcionó
médico y medicina, y cuando el capitán visitaba al poeta, cambiaban los dos impresiones acerca de la campaña libertadora, manifestándole el último al primero el disgusto que sufrió de Sandino
Junto a Sandino
181
por la forma violenta con que el héroe rompió con él los lazos que
tan estrechamente los ligaban en el ideal de la libertad.
En una de esas manifestaciones de protesta, el poeta se corrió
un poco del cauce de la serenidad diciendo palabras duras en contra del Libertador, que Urbano consideró injustas por lo que interviniendo a favor de su jefe, le dijo al literato que si bien comprendía de su dolor y de la sinrazón de Sandino para proceder de la
manera como procedió con él no dejaba de comprender que aquel
era el superior de una campaña de la que él, Urbano, era parte y
como su jefe que es, y también su amigo, cualquier asunto que
se diga del caudillo que tienda a ensombrecerlo, tendría de por
fuerza que ensombrecerlo a él también, y que por lo tanto le pedía
no continuara en sus expresiones violentas en contra del héroe.
El poeta comprendiendo las razones del amigo intermediario,
suspendió con este sus pláticas virulentas contra el general Sandino, y sí continuó favoreciendo a Urbano con su amistad y con
su ayuda.
El subsecretario Guillén Zelaya en su deseo de servirle a Urbano se le franqueo ampliamente, por lo que este le dijo que como
por el momento no podía retornar a la campaña por causa de los
quebrantos que sufría, pero que como estos no eran de la gravedad para impedirle trabajar, deseaba conseguir alguna ocupación
para con lo que ganara poder sostenerse durante el tiempo que
permaneciera en la capital. Don Alonso le preguntó por el trabajo que deseaba hacer, a lo que el interesado le respondió que
su oficio era el de tipógrafo, pero que estaba dispuesto a falta de
trabajo de imprenta a emplearse en cualquier otra ocupación que
estuviera dentro de su capacidad física o intelectual.
Al oír lo dicho por Urbano, el señor Guillén le dijo que siguiera en el hotel donde se encontraba hospedado y que no se
preocupara por el trabajo, y levantándose acto seguido del asiento
en que descansaba entró a una habitación contigua a la sala de su
casa, volviendo al poco rato con un pequeño rollo de billetes de
banco y se lo ofreció a Urbano, quien le protestó y no lo quiso
182 Gregorio Urbano Gilbert
aceptar alegando que lo que él quería era ganarlo trabajando,
porque se encontraba capacitado para ello, y no conseguirlo de
manera tan cómoda, lo que ningún bien le proporcionaría a su
espíritu.
Se estableció una serie de razonamientos entre don Alfonso y
Urbano en los que cada cual trataba de convencer al otro sobre
las razones de sí y no aceptar el dinero, terminándose por acceder
Urbano a los deseos de Guillé, pero bajo la promesa de este de
que le proporcionaría prontamente un trabajo.
Al transcurrir unos días desde su primera visita, Urbano volvió nuevamente donde Alfonso para saber qué había del trabajo
prometido, recibiéndolo su protector con las mayores muestras de
simpatías, y al tocarse el tema del trabajo, le aseguró que ya se lo
tenía conseguido.
Cambiándose impresiones muy amenas, por la finesa de don
Alfonso, pasaron al jardín, donde el dueño le muestra a Urbano las diversas variedades de flores y aves canoras indígenas y
exóticas que posee, cuando con un gran sigilo Guillén le puso en
la mano a Urbano otro rollito de billetes de banco semejante al
anterior.
En vano fue el esfuerzo hecho por Urbano para rechazar la
dádiva, la que tuvo que aceptar por las palabras persuasivas que
empleó el dadivoso para que la retuviera, y para mayor fuerza,
le entregó una tarjeta diciéndole que fuera con ella donde el ministro de Sanidad, para que ese alto funcionario le proporcionara
trabajo.
Al leer la tarjeta el ministro le dijo a Urbano que ellos estaban construyendo en Armenia, lugar montañoso, freso, distante
35 millas de Tegucigalpa un sanatorio para tuberculosos. Que se
fuera para allá y mirara los trabajos de obra, por lo que le fijarán
un sueldo.
Al inquirir del ministro el día de la partida, el funcionario le
dijo a Urbano que al instante o cuando quisiera hacerlo, porque el
automóvil estaba siempre listo a partir a su indicación.
Junto a Sandino
183
Pero Urbano no pudo irse por querer enterarse primero con el
médico que lo asistía cuál era el estado real de sus quebrantos,
por lo que el ministro al saber la causa de su demora dispuso que
el laboratorio nacional le hiciera los análisis requeridos al caso,
los que acusaron negativos, por lo que se consideró al individuo
en buen estado de salud, lo que sabido por el ministro lo alentó
para que se fuera para Armenia a ocupar su puesto, pero el interesado le replicó que ya él no irá a ese lugar, dicho que le causó
extrañeza al alto funcionario, quien le preguntó que para dónde
entonces deseaba ir o qué otra ocupación le gustaba mejor, siendo
contestado por Urbano:
—Como me encuentro con salud buena, me vuelvo a Las Segovias. Allí es mi puesto mientras subsista la campaña libertadora
de Nicaragua y me encuentre en condiciones de servir…
PROPUESTA DE CONFERENCIA
EN BUENOS AIRES, REPÚBLICA ARGENTINA
CONFIANZA Y HONOR PARA RUBÉN ARDILA GÓMEZ
Tras despachar el general Sandino a Teresa para Honduras, resolvió proponerle a los gobiernos de las Américas, incluyendo al
gobierno colonial de la isla de Puerto Rico la celebración de una
conferencia por la unidad en Buenos Aires, República Argentina,
con el propósito de que se tratara lo relativo al proyectado canal
interoceánico a través del territorio de Nicaragua, sobre las ventajas que la apertura de dicho canal por el gobierno de los Estados
Unidos de Norteamérica podría traerle a los pueblos indohispanoamericanos.
Redactada la circular de invitación a la propuesta de conferencia se necesitaba de un joven oficial entendido, para que se trasladara a Tegucigalpa y la pusiera en las manos del señor secretario
de estado de Relaciones Exteriores de esa capital, y en las de cada
uno de los ministros plenipotenciarios, y a falta de estos en las de
184 Gregorio Urbano Gilbert
los cónsules de las Américas acreditados en Honduras, incluso el
de Estados Unidos…
Rubén Ardila Gómez, que como se ha dicho, estaba sometido
a duras pruebas por razón de la manera de cómo se apareció en
los campos rebeldes, sin documento alguno que lo favoreciera e
irrumpiendo del lado del país, atravesando por todas las ciudades y campamentos enemigos de la ruta, y pero todavía para él,
con salvoconducto y permiso para portar armas librados por las
autoridades norteamericanas de ocupación, salió tan airosamente
de las pruebas que se ganó la simpatía y la confianza del jefe del
movimiento libertador de Nicaragua.
Deliberaba el comando libertador de quién podría ser el oficial que serviría de embajador por ante la Cancillería hondureña
y ante los representantes de los demás gobiernos americanos, y
no se acertaba a resolver el problema, hasta que repentinamente
dijo Sandino: «Ardila Gómez es el designado para desempeñar la
comisión».
Por lo que le objetaron sus ayudantes, que Gómez no era oficial, contraobjetándoles Sandino que Gómez es teniente porque
nada se opone a que lo sea, ya que es valiente, abnegado en sus
servicios prestados a la causa y como desagravio por los erróneos
conceptos tenidos contra él. Por todas esas cosas y por su cultura,
merece ser teniente y lo es del ejército libertador de Nicaragua.
Investido de su nuevo rango el joven Rubén Ardila Gómez,
comisionado en uno de los asuntos de importancia de la causa autonomista, provisto de todas sus documentaciones, se le despachó
para la capital hondureña a rendir su misión, recomendándosele
que si a su arribo a esa ciudad encontraba en ella algún oficial
compañero lo solicitara de ayudante en sus asuntos ante los diplomáticos americanos. Y llegado Ardila a la ciudad bañada por
el Choluteca en los primeros días del mes de abril del año 1929
encontró en ella al capitán Urbano, a quien solicitó para que lo
acompañara en su misión, aceptando complacido su compañero
de ideales y de armas.
Junto a Sandino
185
Por la circunstancia de tener Ardila Gómez que entregarle personalmente a los diplomáticos americanos acreditados en Tegucigalpa la carta circular de la propuesta conferencia, y para los
países que ni siquiera tenían representaciones consulares tener
que enviárselos por correo a sus respectivas cancillerías, le ocupó
un tiempo de varios días cumplir con su cometido en razón de su
desconocimiento de la ciudad y por lo tan sigilosamente que tenían que hacerlo, y como según sus instrucciones para ellos dadas
por Sandino tuvo que dejar para último al ministro de los Estados
Unidos de la América del Norte como medida de precaución, a
Urbano no le fue posible acompañarlo en su visita a tan interesante personaje porque le faltó tiempo para ello.
La carta de que nos venimos refiriendo, fechada en El Chipotón el día 20 del mes de marzo del año 1929, fue redactada del
siguiente tenor:
Cábeme la honra de hacer de su conocimiento, en nombre
del ejército defensor de la soberanía nacional de Nicaragua y
en el mío propio, que nuestro ejército tendrá el honor algún día
de proponer a los gobiernos de la América Latina, continental y
antillana, y al de los Estados Unidos de Norte América, la celebración de una conferencia en Buenos Aires entre representantes
de pueblos y gobiernos de las Américas. Planeamos un proyecto
sobre el derecho que tienen a externar su opinión los pueblos
indohispanos sobre la libertad e independencia de nuestras repúblicas, hoy intervenidas casi todas ellas, unas militarmente y
otras desde el punto de vista económico por los Estados Unidos
de Norteamérica, y así como de los bellos privilegios naturales
con que Dios ha dado a estos países y que vienen siendo la causa
para el dominio que se ejerce o pretende ejercer.
De los gobiernos que recibieron la carta arriba transcrita solo
el de El Salvador contestó, encontrándose Sandino en México.
Del tenor de la contestación de esta república centroamericana,
186 Gregorio Urbano Gilbert
fechada el día 30 de julio del año 1929, firmada por su presidente,
doctor Pío Romero Bosque, es así:
Me he enterado de su atenta carta fechada en Las Segovias, El
Chipotón, Nicaragua, a 20 de marzo último, en la que en nombre
del ejército defensor de la soberanía de Nicaragua, y en el suyo
propio, se sirve comunicar que dicho ejército propondrá a los
gobiernos de la América Latina continental y antillana y al de los
Estados Unidos de Norteamérica, la celebración de una conferencia en la ciudad capital de la República Argentina, con la concurrencia de representantes del ejército autonomista, e invítame
para que nombre representantes de El Salvador a la conferencia
referida.
Por haber llegado recientemente a mis manos su apreciable
carta, hasta hoy me permito referirme a ella, manifestándole
que he tomado nota de que el objeto de la conferencia es el
de exponer un proyecto original del ejército autonomista, tendiente a afianzar la soberanía e independencia de las veintiuna repúblicas indohispanoamericanas y la amistad de nuestra
América racial con los Estados Unidos de Norteamérica sobre
bases de equidad.
Su proyecto lo juzgo de muy altos alcances para el bienestar de la América Latina y de los Estados Unidos de América
y, por tanto, pienso que todos, ciudadanos y gobiernos de estos países, debemos estar lo mejor dispuestos para su posible
realización.
Compláceme rendirle sinceros agradecimientos por la invitación de que he hecho mérito, y aprovecho la oportunidad para
suscribirme de usted, con todo aprecio, muy atento, seguro
servidor,
P. Romero Bosque.
Junto a Sandino
187
TERESA VILLATORO EN TEGUCIGALPA
Días después de la llegada del teniente Ardila Gómez a Tegucigalpa, arribó también a esta ciudad Teresa Villatoro, la que ya
había despachado con don Juan Colindres los asuntos que la retuvieron por un corto tiempo en la ciudad de Danlí. A lo primero
que puso atención Teresa a su llegar a Tegucigalpa fue al arreglo
de su dentadura por causa de encontrarse esta un poco maltratada.
ARRIBA A TEGUCIGALPA EL Capitán
JOSÉ DE PAREDES
Tras la llegada de Teresa a Tegucigalpa, se siguió la del capitán
José Paredes, de su regreso de México, a donde había ido en solicitud al gobierno de esa bella nación de hospitalidad para Sandino, trayendo muy buenas impresiones de su comisión.
Como el capitán De Paredes al venir de México trajo algún recurso que favorecía a la causa, conforme lo esperaba Sandino, en
obediencia de órdenes de este, le facilitó a los oficiales Urbano y
Ardila Gómez sendas pistolas alemanas Máuser, excelente arma,
de las de mayor poder de fuego existentes, calibre nueve, con su
adición de doscientos cartuchos y correa y funda, adquiridos en
Tegucigalpa.
TRES JÓVENES MEXICANOS
Por esos días primeros a los mediados del mes de abril del año
en que habían arribado a la capital hondureña los alzados nicaragüenses teniente Ardila Gómez, Teresa Villatoro con sus muchachos, el teniente José Dolores Pupiro, el capitán José Paredes, y
estaba de antes el capitán Urbano, siguieron a estos en la invasión
de la hospitalaria ciudad tres jóvenes mexicanos que procedentes
188 Gregorio Urbano Gilbert
de la ciudad capital de su patria en marcha a pie se dirigían a Las
Segovias para ofrecerle sus servicios de armas a la causa libertadora de Nicaragua.
Como todas estas personas se hospedaban en el hotel Unión,
este establecimiento ofrecía la sensación de ser un cuartel de
avanzada de los soldados de la libertad de Nicaragua, con la singularidad de que ninguno de estos huéspedes era nicaragüense a
excepción den Pupiro, y también era nicaragüense el dueño del
hotel, el coronel Lacayo, individuo único que se beneficiaba materialmente, cobrando caro sus servicios mientras que los otros
los ofrecían gratuitamente y contribuían además con cuantos medios podían a sus alcances para tratar de conseguir el buen éxito
de la causa libertadora.
Para esta época, los patriotas de Nicaragua contaban en Honduras con una gran ventaja, y era que ya no tenían que andarse
escondiendo tanto como si fueran malhechores, sino que se mostraban públicamente y de igual manera hacían sus diligencias sin
temor de ser molestados por autoridad alguna.
CAPÍTULO VIII
¡VIVA EL CURA!
Felonía del clero nicaragüense. Nobleza del Papa Pío XI / El Renco /
¡Viva el Cura! / El arder de los pinos. Un jaguar hambriento y cobarde /
Cómo se ganan los honores / Por si acaso… / El capitán José de Paredes
en el campamento general
Al capitán Urbano nada lo retiene en Honduras al encontrarse
gozando de perfecta salud. Los muchachos mexicanos que desde
su patria habían venido a pie han seguido su ruta hacia el campamento libertador.
Quedan en el hotel Unión Teresa Villatoro y su grupo, el
capitán José de Paredes, que tiene que ultimar algunos asuntos que lo llevaron a Honduras, y el teniente Rubén Ardila
Gómez, que le daba fin a los propósitos que lo condujeron a
Tegucigalpa.
Resuelto Urbano a integrarse cuanto antes a sus actividades
de armas, se despide del subsecretario Guillén Zelaya; de Turcios, que estaba en preparación de su viaje a Francia a hacerse
cargo del consulado general de Honduras, en la ciudad de la
Luz; del secretario de Sanidad y de sus otros relacionados,
quienes, en especial Guillén, le brindaros recursos con qué pagar sus cuentas del hotel, de hacerse de nuevo avío de campaña, excepto el arma de fuego, y de sus gastos de viaje. Y una
189
190 Gregorio Urbano Gilbert
mañana, de las últimas del mes de abril, acompañado hasta las
afueras de la ciudad por Teresa y Lacayo, parte para las selvas de
Las Segovias.
Sin contratiempo alguno llegó Urbano a Danlí, ciudad perla
del sur, en donde Colindres le proporcionó un chane y dos hombres más para que lo ayudaran con la mucha correspondencia
y carga a llevarle a Sandino, y le regaló una olla esmaltada,
utensilio este de mucho aprecio en la campaña para hacerse la
comida, ya que en lo único que se cocinaba era en las burdas
ollas de barro cuando aparecían o si no directo en las brasas o
las llamas de los leños.
De Danlí se prosiguió la marcha y cuando se encontraban pisando los últimos trechos de tierra hondureña por el lado sur, dándose
los primeros pasos por la Nicaragua del Norte, nuestros hombres
encontraron un grupo de vividores fronterizos el que se les agregó
para pasar La Picada de Quintero.1 Si bien esta unión fortaleció al
grupo del capitán Urbano, no por lo mismo fue aceptada por este
con cierto desagrado por las condiciones de pillos de sus aliados.
La vida de ellos consistía en hacer frecuentes incursiones al lado
norte de Nicaragua, el que por lo abandonado que se encontraba
ofrecía asidero para hurtos y asechanzas. Como casi todos estos
fronterizos estaban armados, se organizó una pequeña guerrilla
para en caso de ser atacados por los yanquis o por sus esclavos,
los nativos a las órdenes de Moncada, presentar una fuerte defensa
tanto de los hombres como de la correspondencia, la que iba con
los hombres a su cargo en el centro de la columna.
Se escaló El Malacate, se siguió la trilla en el firme, se bajó montaña y nada aconteció que mereciera atención, desparramándose por
el territorio, o intereses de nadie, los hombres agregados a los guerrilleros apoderándose de todo lo de valor que encontraban.
1
Picada de Quintero: Ruta por donde con más frecuencia se colaban de Nicaragua a Honduras o viceversa, los patriotas nicaragüenses. Tiene por nombre el del individuo que la trazó y picó. Es por la parte más escabrosa de la
montaña fronteriza El Malacate, salvándose en el trayecto siete altos picos.
Junto a Sandino
191
Los libertadores prosiguen su marcha. Atraviesan el Concepción sin tropezar con causa alguna, y mucho más allá del río, cuando iban llegando a la champa del jefe de la zona, una de las tantas
jefaturas que Sandino tenía escalonadas desde su campamento general hasta la frontera con Honduras, zonas movibles, y oculto su
personal entre los barrancos y las selvas, el jefe les sale corriendo al
encuentro y le previene al capitán de que los yanquis se acercaban
acompañados de un cura y que El Renco y el general simón les
tenían preparada una emboscada a poca distancia de allí.
El capitán solicitó del jefe de zona lo condujera a la emboscada, pero el jefe se negó, alegando para lo cual los peligros que se
corren al acercarse a las emboscadas grupos aunque sean de los
compañeros si los emboscados no los están esperando, y del riesgo de echarla a perder por si el enemigo observa los movimientos
de la gente. Además, en el caso de que se trataba, según el jefe, se
estaba expuesto a ser uno cogido entre los fuegos de los dos contendientes, dadas sus posiciones respectivas por donde debía de
irse a la de los patriotas. También alegó el hombre de la champa
que como era correo este no debía exponerse sino resguardársele
lo más posible.
Urbano desestimó todas las razones del champero y lo forzó
a que lo guiara a la emboscada de El Renco y al llegarse a ella
después de hechas las peripecias de lugar, El Renco lo reconvino
agriamente por su imprudencia de arriesgar el buen resultado que
se esperaba del combate en perspectiva y de arriesgar la correspondencia.
El capitán alegó a su favor que él no era ningún correo sino un
oficial en servicio activo y que como se le presentaba la oportunidad la aprovechaba; que él no iba a estarse escondiendo como
las ratas ante el gato o como la liebre ante el cazador, al estarse
preparando una acción bélica en la que podía tomar parte, porque
semejante proceder sin dificultad sería feo y cobarde.
El Renco, considerando que el tiempo que gastaba en la polémica con Urbano le era muy preciso para los fines que se espera-
192 Gregorio Urbano Gilbert
ban, la rompió y ordenó poner en lugar seguro la correspondencia
bajo el cuidado de los hombres que acompañaban al capitán y
dejó a este a su lado con otro hombre.
FELONÍA DEL CLERO NICARAGUENSE
NOBLEZA DEL PAPA PÍO XI
El clero de Nicaragua que a la par con el resto del pueblo político
de esa nación se mostraba tan servil para con los yanquis, traidor
y degenerado, que los escándalos de la iglesia repercutieron hasta
en los propios oídos del Papa Pío XI.
Los púlpitos ya no eran las tribunas sagradas para inculcar en
los feligreses las palabras santas sino que los habían convertido
los sacerdotes en centros de propaganda a favor de la causa interventora, dándole al pueblo ideas tan execrables, como era la de
admitir con gratitud la intervención de los norteamericanos en los
asuntos nacionales, porque al decir de los sacerdotes, era un favor
de Dios recibido por Nicaragua para su salvación.
La Iglesia de Nicaragua le tenía tan grande encono a la causa
al no «acogerse a los propósitos salvadores de los soldados norteamericanos» que monseñor Tigerín, obispo de León, ciudad la
más grande de todas las de Nicaragua, solicitó y obtuvo la «gracia» de bendecir las armas de los interventores cuando estos salían a campaña para que atacaran a los «bandidos, obtuvieran el
triunfo sobre sus enemigos y limpiaran la república de tan fea
mácula como son esos degenerados que la infestan».
Y no satisfecho el clero de tanta deslealtad para con la patria,
abusaba de la confianza y respeto que se le guarda al sacerdote,
principalmente por el elemento campesino. Prestábanse muchas
veces estos a salir con las columnas de los yanquis cuando tan
odiados militares iban de campaña, para persuadir a los parientes
de los patriotas a que sedujeran a estos a deponer todo encono
contra las fuerzas intrusas y contra los viles de Moncada que los
Junto a Sandino
193
acompañaban, así como también para que los mismos alzados,
por respeto a ellos, los sacerdotes, no se atrevieran a disparar contra los yanquis.
Pero de esa manera, bendiciendo a los enemigos de la patria
y ensalzándolos, y maldiciendo a los que la defendían y pretendiendo denigrarlos, llorando por los norteamericanos caídos en
la campaña y apenados por sus viudas y huérfanos, pidiéndoles
a Dios acoja a los difuntos salvadores en lo mejor de su Gloria
como premio a sus sacrificios por luchar y morir por la «paz y la
libertad de Nicaragua», mientras vociferan clamando para que
Satanás se comiera crudos a los muertos rebeldes no sea que
se les escaparan de la sartén al perder tiempo friéndolos, y que
Dios exterminara pronto a los vivos, no tomaban en cuenta los
sacerdotes de los tantos sacrilegios que cometían sus bendecidos y defendidos militares rubios invasores, sacrilegios no solo
cometidos en las aldeas y en los campos sin o hasta en las misma
Managua, en donde los cementerios eran sus centros favoritos
para celebrar sus bacanales y cuando el espíritu de Baco se les
encendía rompían panteones, rompían imágenes sagradas y cruces, disparaban sus armas de fuego, derramaban el aguardiente
por las tumbas y las utilizaban de lechos al satisfacer sus más
groseros apetitos amorosos con las más depravadas de las mujeres, llegándose a tomar para lo mismo al propio panteón de San
Pedro en el mismo cementerio que lleva el sagrado nombre del
apóstol que fue la piedra sobre la cual Jesús de Galilea edificó
su iglesia, iglesia tan poderosa que las puertas del infierno no
pueden prevalecer contra ella. De ese Simón Pedro a quien Jesús confió las llaves del reino de los cielos y le otorgó el poder
de atar y desatar en la tierra siendo lo atado y lo desatado en la
tierra, atado y desatado en los cielos, o lo que es lo mismo que lo
que hiciere y deshiciere el apóstol Pedro es aprobado por Dios
en el reino de los cielos.
Todas las iglesias en las ciudades y ermitas en las aldeas y
campos que incendiaron los soldados norteamericanos, todas las
194 Gregorio Urbano Gilbert
familias católicas, apostólicas y romanas de los campos norteños
nicaragüenses que fueron ultimadas inmisericordemente por las
espaldas a tiros de ametralladoras por los soldados rubios del norte, sin que cometieran esas familias ninguna falta a no ser falta
que vivieran en lugares declarados zonas rebeldes por los intrusos
de su patria, todas esas cosas no tomaban en cuenta los levitas de
Nicaragua, porque así era la ceguera que sufrían delante de los
tantos hechos criminosos que cometían los políticos nativos y los
soldados interventores, a favor de los cuales estaban incondicionalmente parcializados.
Por lo que tanto indignó el sumo pontífice al enterarse de tan
grave falta del Clero de Nicaragua que hubo de dirigirle una epístola en la que le reprendió con severidad semejante proceder, prohibiéndole lo siguiera practicando.
EL RENCO
Hay apodos que se pegan tanto en las personas que los llevan
que les arropan por completos sus verdaderos nombres, siendo
difícil conocerlas por ellos. Hay apodos que se adueñan tanto
del sujeto como hay árboles parásitos que se adueñan de los árboles en que se protegen, los ahogan y matan tan completos que
solo quedan ellos luciéndose en los aires como si hubieran sido
los originarios del suelo que ocupan. Así ocurrió al general que
en estas notas se señala con el mote de El Renco, que por mucho
que hemos hecho para recortar su verdadero nombre porque en
las filas de la libertad solamente se le mencionaba por el apode
de El Renco. La pérdida de su nombre le provino de tener que
renguear o cojear de manera muy señalada. La pérdida de su andar le vino en la batalla de Las Cruces, en que siendo ayudante
del general Sandino este jefe necesitó enviarle un mensaje al entonces coronel Francisco Estrada, que operaba en el lado opuesto al del héroe y lanzó al ayudante a que atravesara el campo
Junto a Sandino
195
de batalla para que llevara el mensaje, recibiendo en el recorrido
del trecho el balazo que le partió la pierna, haciéndole cambiar su
nombre por el apodo de El Renco. Sandino se vio precisado enviar a otro de sus ayudantes para que cumpliera el cometido que
el otro por causa de su herida no pudo cumplir.
¡VIVA EL CURA!
El Renco, que andaba con su guerrilla por los alrededores de la
frontera norte en busca de pendencia con el enemigo, fue informado mientras acampaba a unos cuantos kilómetros al sur del
Concepción, de que una columna enemiga, a la que acompañaba
un sacerdote, marchaba en dirección al lugar en que se encontraba.
EL general Simón, el indio, que retornaba a sus actividades de
Nicaragua después de su viaje a Honduras a donde fuera guiando
a Teresa Villatoro hacia dicho país, se encontró con EL Renco en
sus actividades fronterizas, y juntos, al saberse del acercamiento
del enemigo con el sacerdote, resolvieron tenderle una emboscada, la que organizada se cogió como consigna para el caso de
tenerse que efectuar retirada, la del grito: «¡Viva el cura!». En tal
disposición los encontró Urbano cuando a ellos se unió después
de haber atravesado el río Concepción en su caminata hacia el
campamento general.
Comenzaba el mes de mayo y, no obstante, el día estaba seco
y despejado. La hora pasaba de la meridiana con un calor de sofocar.
Ni una sola ave amenizaba con su canto el momento de ansiedad que se vivía, precursora de la tragedia que se avecinaba.
Solo la cigarra con su estridente y monótono chirrido cortaba el silencio de los campos y con su destilación menuda
en forma de llovizna, regaba a los agazapados soldados de la
libertad.
196 Gregorio Urbano Gilbert
EL ARDER DE LOS PINOS. UN JAGUAR
HAMBRIENTO Y COBARDE
La abatida fuerza de EL Renco en su retirada hacia el interior del
país, ya tarde en la noche, hizo campo en el más alto cerro del
contorno. Su vegetación era de roble del de la clase de grandes y
duras hojas. Como se estaba en la época de los árboles mudarlas,
con ellas se cubría toda la altura por lo que al pisar el suelo los
soldados en su ascensión al cerro, resbalaban y recibían algunos
golpes al caer al suelo. La dificultad se alivió haciéndose el trabajo de mal limpiar con ayuda de palos la ruta hasta ganarse el
firme.
Desde la altura del cerro, se divisaba allá lejana la obra incendiaria del yanqui , el que, en donde le presentaban combate y se
quedaba dueño del campo por ensañamiento destruía todo lo que
tuviera a su alcance que le fuera de utilidad al patriota, pero esta
vez, por lo escaso de recursos en el lugar, el ensañamiento fue
hasta contra los pinares que coronaban las alturas de los sitios, los
cuales incendiaron, viéndose el fuego de los árboles desde el nuevo campamento de El Renco como si fuera un terrífico infierno
lejano y muy intenso con su rojo y negro de las llamas devoradoras y el humo que proporcionaban esos pinos de grandes riquezas
por sus maderas, por sus resinas, por sus emanaciones balsámicas
con las que muchos recuperan la salud perdida, todo destruido por
la sola razón de causar daño.
Pero, ¿qué hacerse? Es la obra de los bienintencionados de
Latinoamérica. ¡Es la obra de sus civilizadores…!
La noche se pasó sin sobresalto en el cerro de los robles y se
inició un nuevo día, encontrándose de centinela el capitán Urbano. El puesto era en el extremos saliente de la altura con vista al
oriente, por donde caía casi vertical con el pequeño llano a su pie,
con vista hacia donde tenía puesta el centinela toda su atención,
por donde podía venir el enemigo, por donde ardían los pinos
desde la noche anterior. Concentrada su atención en su deber de
Junto a Sandino
197
soldado, no advertía el peligro que lo acechaba pero sí sentía el
onomatopéyico chap, chap de unas pisadas sobre las hojas caídas de los robles, pero no se preocupaba pues las creía causadas
por algunos de sus compañeros, como las del general Simón, que
vendría como su relevo.
Cesaron los pasos y seguidamente una irresistible fuerza de
atracción se apoderó en el guerrillero centinela, quien no teniendo
más remedio que obedecerla, se volvió, chocando su mirada con
la de un jaguar en el preciso momento en que la fiera agachada se
preparaba con un salto a darle el zarpazo fatal.
Rápido el centinela, palanqueando el mango del fusil en el que
poco antes se apoyaba, y no bien se había llevado el arma a la
cara para apuntarle a la fiera, cuando el tigre cobarde, como todos
los seres cobardes y alevosos y traidores sean estos humanos o
bestias, ha dado media vuelta y más bien rodándose que corriendo, desapareció por el precipicio, tan ligero que ni siquiera tuvo
tiempo el oficial de oprimir el disparador contentándose con solo
oír el ruido del jaguar en su fuga loma abajo.
Era una bestia de tamaño grande y notablemente flaca.
CóMO SE GANAN LOS HONORES
Con mentiras, engaños, adulaciones e intrigas, es como en la
mayoría de las veces logran los hombres que rodean a los caudillos abrirse paso y llegar a la meta de sus deseos, conquistando
honores.
Y por el contrario cuando aparece un hombre amigo de la verdad, de la honradez en todas sus manifestaciones y por consiguiente enemigo de todas las indignidades, sus pasos son tan lentos, o nulos en la senda de su vida, que no llega a parte alguna en
razón del vallado que le tiende la camarilla corrupta la que para
colmo, además, trata de escarnecerlo con dichos semejantes a de
que «está chiflado» o de que «nada contra la corriente».
198 Gregorio Urbano Gilbert
Dos días después de la frustración del jaguar de desayunarse
con la humanidad de Urbano, El Renco revistó su fuerza, si fuerza se pudiera llamar los pocos hombres que todavía le quedaban
porque los que no murieron en la acción de los días atrás, casi
todo el resto se había ido para sus respectivas viviendas de debajo
de los árboles en los tupidos bosques de Las Segovias y también
se habían ido para la vecina Honduras. Después de la revista, El
Renco despachó a los tres hombres que acompañaban a Urbano
para su país de procedencia, poniéndole al oficial dos de sus soldados para que lo acompañaran hasta la primera avanzada del
campamento general, pero antes de salir lo invitó a que escribiera
el parte para el general Sandino dándole cuenta del combate de
¡Viva el cura!
El capitán ante la invitación de El Renco hizo un guiño de
disgusto por causa de la invitación porque con más gusto avenía
a hacer cualquier tarea pesada que escribir una sola línea, y teniendo en sus manos los útiles de escritura le pregunta al general
que si escribía el parte de conformidad se había desarrollado la
acción. A lo que El Renco le replicó que no, que se escribiría de
conformidad él le vaya dictando.
Y el dictado fue muy contrario a la verdad. Según el mensaje
los triunfadores fueron los patriotas, los que les causaron a los
yanquis o machos grandes bajas y los desmoralizaron en la acción, recibiendo los libertadores solo las bajas de un muerto y de
un herido.
Cuando Urbano llegó donde Sandino y puso en sus manos el
parte del general El Renco y las muchas otras correspondencias
que trajo de Honduras, al leer el mensaje primero y comunicarlo
a sus hombres hubo grande alegría en el campamento por el gran
triunfo del valiente general El Renco sobre las fuerzas norteamericanas. También hubo alegría por saberse por medio de las demás
cartas del buen éxito obtenido por el capitán José de Paredes en su
misión a México, y alegría por el feliz arribo de Teresa Villatoro
a la capital de Honduras.
Junto a Sandino
199
Tan engañado quedó el héroe por el mensaje de El Renco que
cuando días después recibió la prensa de Managua en la que vio insertado el parte de los yanquis en el que relataban el suceso de la manera real en que sucedió, profirió un fuerte juramento, agregándole:
«¡Esos malditos tergiversan todos sus bochornosos actos!».
POR SI ACASO…
Aunque el campamento general de La Cuaresma no había sido molestado en nada por el enemigo ni tampoco los aviones de este habían
dado señales de haberlo encontrado, pero como ya era relativamente
largo el tiempo de su ocupación y además muchas personas de las
que andaban por fuera lo conocían, el Libertador determinó, como
buena medida de precaución, trasladarse a otro lado de la extensa
altura que ocupaba, bautizando el sitio escogido con el nombre de
Por si Acaso…, el que era más pintoresco que el anterior, aunque la
quebrada aquí no saltaba, por lo que el baño carecía de la bonanza de
que se disfrutaba en el del abandonado campo.
EL CAPITÁN JOSÉ DE PAREDES
EN EL CAMPAMENTO GENERAL
Pocos días después de la llegada del capitán Urbano al campamento general, también llegó a este el también capitán José de Paredes quien enteró al general Sandino del resultado de su misión a
México. El presidente de la república mexicana, honorable licenciado Emilio Portes Gil, accedía gustoso a la petición de Sandino.
Para ponerla en práctica solo restaba ultimar unos pequeños detalles con los gobiernos de Honduras, El Salvador y Guatemala,
naciones por las cuales se tenía que pasar para arribarse al hospitalario México, partiendo para los fines del caso, casi seguido, el
diligente e infatigable capitán José de Paredes.
CAPÍTULO IX
EN LA CÚSPIDE DE EL MALACATE
A DIEZ MIL PIES SOBRE EL NIVEL DEL MAR
Encuentro en El Malacate. Derrota del capitán Urbano /
El ataque del puma / Hallazgo de compañeros en la montaña.
La calma imperaba en el campamento general de la libertad
de Nicaragua. Los soldados daban la impresión de hombres
que se encontraban disfrutando placenteramente de un paseo
selvático.
En el transcurrir del tiempo, los días se turnaban unos tras
otros y un rojo claror en el oriente señaló el acercamiento de
otro más… Y… cantó la góngola, ave centroamericana que, al
igual que nuestro búcaro, canta las horas. La hora cantada fue la
del amanecer del día 20 de mayo de 1929, día alegre y con cielo
todo azul.
El hombre más admirado del mundo a la sazón, general Augusto César Sandino, encontrándose dentro de su champa, sentado en su tapesco1 meditaba…
Desde su altura lo rodeaba el más espléndido panorama, incapaz el pincel de copiarlo y de la pluma narrarlo. Era el borde
Tapesco: Cama o asiento hecho de tallos delgados montados en palos transversales sostenidos por horquillas de árbol, encajadas en tierra.
1
201
202 Gregorio Urbano Gilbert
abrupto de una meseta de El Chipotón, al que, cual un cortinado
oriental, cubría una salvaje yedra en flor de la que un enjambre libaba el zumo para convertirlo en miel, único azúcar usado por los
soldados sostenedores del horno de un pueblo, de un continente,
de toda una raza.
Muy cerca corría murmurante el arroyo como protestando por la
transformación de sus aguas, de cristalinas, a armiño burbujeante, a
causa de su precipitación por su cauce rocoso y en declive.
La lejanía infinita corriéndose hacia el sur toda poblada de
vegetación verde como la esperanza que sostenía a ese hombre
en el triunfo de su noble causa con la derrota del más ruin imperialismo.
El sinsonte, y el solfeador, el sargento o turpial y otras aves
a millares saludaban la mañana con su divina orquestación. Las
flores de la selva abundantes al favor de la estación embriagaban
al campamento y muchos de los árboles cargados de graciosos
monos cedían sin disgustos a sus moradores la carga de sus frutos.
Un tanto apartado del héroe, un grupo de hombres de los de
sus ayudantes militares se entretenían en apagar los tizones los
que después de haber brindado por toda la noche su fuego bienhechor y su lumbre no podían bajo ningún concepto permanecer
encendidos durante el día.
Levantándose de su asiento, el héroe llamó a su presencia a
su cuarto ayudante, el capitán Urbano, a quien teniéndolo delante le dice:
—Ya estás bien enterado, capitán, de nuestro plan a seguir con
motivo de nuestra salida a México causada por la estrechez de
recursos con que nos encontramos. Nuestros hombres carecen de
armas, de ropa, de alimentos y de medicinas. En México podremos conseguir todas esas cosas. Al salir, no quiero dejar en estas
selvas a los muchachos mexicanos, colombianos, y como le quedé tan satisfecho en la comisión que con los generales Simón y
Sánchez desempeñó al sacarme a Teresa de Honduras, le confiaré
la responsabilidad de sacármelos a ese mismo país.
Junto a Sandino
203
Con su habitual laconismo, el ayudante le contestó a su jefe
que trataría de dejarlo satisfecho del servicio que le encomendaba.
Sandino le entregó a Urbano los pliegos requeridos para el
cumplimiento de su misión, entre los que figuraba una orden
para que a su paso por la avanzada de la derecha el comandante,
el coronel Blandón, le hiciera entrega de los muchachos mexicanos y parte de los colombianos que bajo su mando estaban.
Otra orden por si se encontraba con el teniente Rubén Ardila
Gómez por los alrededores de la frontera, para que este oficial
se le incorporara en su marcha a Honduras para que llenara posteriormente un fin que se le encomendaría. Gómez se había pasado a territorio nicaragüense a enfriar se le pasaran los ánimos
al ministro de los Estados Unidos en Tegucigalpa al habérsele
encendido por causa del atrevimiento de Gómez al ponerle en
sus manos y en las de los demás ministros y cónsules de las
Américas acreditados en la capital de Honduras el pliego en que
el héroe de Las Segovias invitaba a sus respectivos gobiernos a
una entrevista a celebrarse en Argentina, con fines a tratarse el
asunto de la proyectada apertura del canal entre los dos principales océanos a través del territorio y de los beneficios que pos
su causa podrían acarrearle a los pueblos y gobiernos indohispanoamericanos.
Listo para la marcha Urbano hacia Honduras al frente de sus
muchachos procedió a despedirse de sus compañeros que quedaban en las montañas, con un significativo abrazo dado al coronel
secretario general, Augusto Farabundo Martí.
Entre sus últimas instrucciones, el Libertador le dice a su
ayudante:
—Usted y el teniente Ardila Gómez permanecerán en Tegucigalpa hasta que regrese a esa ciudad el capitán José de Paredes
procedente de México, para recibir definitivas instrucciones sobre
los nuevos papeles que han de desempeñar.
204 Gregorio Urbano Gilbert
Abandonando Urbano en esa hermosa mañana El Chipotón,
llevando el ánimo de traspasar en poco tiempo el más peligroso paso de su ruta como es el de la Picada de Quintero en
la montaña enorme de El Malacate en la frontera, por lo que
marchando con pasos forzados por entre mesetas y algunos
pequeños altiplanos, vadeando ríos, mojándose con ellos y con
los continuos aguaceros torrenciales que ya se habían desatado y sufriendo hambre, al cuarto día de su salida del lugar de
partida y a los veinticuatro días del mes de mayo, los hombres
de la pequeña tropa habían ascendido uno de los cerros escalones de El Malacate, en donde por diligencias desarrolladas
por el chane se localizó al teniente Ardila Gómez, por lo que
se incorporó a la columna de la libertad y se pasó la noche en
el lugar arropados por el aguacero que caía.
Al amanecer del día siguiente se notó la ausencia del chane, a
lo que no se atribuyó mayor importancia, salvo la de la deserción,
porque el capitán creía conocer la ruta que pisaba y así poder salir
al punto de destino, pero notando Urbano en sus muchachos signos de desconfianza a la pérdida del guía, para alentarlos, le habló
por el tenor siguiente:
—Compañeros, solo nos resta una marcha de unas cuantas
horas en territorio nicaragüense, lo que es decir, el tiempo y el
espacio que nos separan de la cúspide de la montaña en que nos
encontramos, traspasada la cual habremos alcanzado el territorio
hondureño en el que no tendremos contratiempo alguno, lo que
tampoco hemos tenido de este lado nicaragüense al no encontrarnos entre enemigos, por lo que no debemos de temer de nada ya
que hemos sorteado los peligros que nos pudieron amenazar. Así
es que por tan pequeño espacio y tiempo que nos falta por recorrer, no debemos desanimarnos por la pérdida del chane que nos
guiaba, porque la trilla a recorrerse es directa y la he caminado en
toda su extensión por dos veces.
Junto a Sandino
205
ENCUENTRO EN EL MALACATE
DERROTA DEL CAPITÁN URBANO
Con los ánimos más levantados pero completamente hechos sopa
por lo mojados que estaban a consecuencia del grande temporal
que los azotaba, los muchachos reanudan la marcha montaña arriba pero con dificultad por lo empinado de la ruta y porque estaba
resbalosa y porque convertido en arroyuelo por la mucha agua de
la lluvia que por ella corría. También los rayos con sus chispas y
retumbos cegaban y ensordecían.
Por todas estas dificultades que por delante tenían no se apercibían del peligro que los amenazaba, como paradójicamente también por causa de la tempestad no les fue peor la amenaza que los
acechaba. Así fue que en la ascensión del inmenso monte con la
altura de diez mil pies sobre el nivel del mar, a la vuelta de una
curva de la estrecha picada, al pisarse en un pequeño plano, se encontraron juntos, con el asombro consiguiente, los pocos hombres
del capitán, con todos los hombres componentes de un campamento de soldados norteamericanos, pareciendo que por causa de
la tormenta habían retirado los servicios de centinelas o que ellos
por propia determinación se habían reunido al centro para mejor
defenderse de la furia del tiempo.
De los guerreros, el primero en reponerse de la sorpresa lo
fue el teniente Ardila Gómez quien con su valor y bríos de sus
veinte años, y su pericia de vaquero en la hacienda de su difunto
padre, en tiempo corto de segundos, desenfundó su Máuser, pistola alemana, y a ropa quemante le disparó a los yanquis su carga de diez tiros, siguiéndole a los cuales el tronar de los disparos
de los enemigos. Algunos de los libertadores rabiosos de coraje
al no poder hacer nada por encontrarse desarmados pero todo
el grupo supo saltar a tiempo al campo boscoso para evitar ser
fácilmente exterminado o copado, ya que a los primeros disparos los norteamericanos al formarse en línea y abrir sus fuegos
con sus potentes armamentos, los que atronaban a El Malacate
206 Gregorio Urbano Gilbert
más de lo que los atronaba la tempestad con sus fuegos eléctricos,
iniciaron el movimiento envolvente.
En la lucha de un lado, unos cuantos hombres combatían pobremente armados mientras que del otro sus hombres disponen
de recursos potentes ilimitados, los defensores de la soberanía
de Nicaragua desde atrás de los árboles soportan el fuego de sus
contrarios hasta el momento de darse cuenta el capitán Urbano
del movimiento de copo que efectuaba el yanqui por lo que con
signo de desesperación gritó la consigna de retirada, que fue la
de «¡Adentro los legionarios!», grito engañoso con intención
de hacerle creer al enemigo lo contrario de lo que en realidad
de replegarse para poder llevar a cabo más fácilmente la zafada mientras ellos se aprestarían contra el choque que habría de
soportarse.
La retirada fue precipitada pero en orden y cuando se vieron
los legionarios fuera del alcance de las balas yanquis y haber perdido a lo lejos la noción del sitio en que se encontraban se dieron
cuenta de la situación apurada en que se encontraban. Estaban
desorientados, perdidos un una salvaje y grandemente espesa vegetación de montaña. El día era oscuro por la densidad de las
nubes que ocultaban al sol, las que de cuando en cuando descargaban sus porciones de agua, las que los entumecían mucho y
en compañía del frío, los hacían tiritar continuamente. Estaban
carentes de alimento y con la carga de dos de sus compañeros
heridos, aunque levemente. La montaña es un refugio de pumas,
de víboras de venenos de rápidas acciones, tales son la coralillo,
la toboba, la barbamarilla y la terciopelo, y refugio de otras plagas
y alimañas.
Y dando vueltas sin rumbear por dirección alguna, la noche
vino a resguardar en total a los muchachos patriotas, los que pésele a la triste situación en que se encontraban se sentían serenos y
un poco satisfechos porque creían que durante el corto encuentro
habido alguno de los soldados invasores había caído.
Junto a Sandino
207
EL ATAQUE DEL PUMA
Las fieras carecen de la acometividad con que son descritas en
las historias, en las novelas y en los cuentos. Temen al hombre como lo teme cualquier perro o gato callejero y en teniendo campo abierto le huyen más que estos domésticos animales
cuando frente a frente se encuentran con él. Sí, se han dado
casos de hombres que se han visto atacados y devorados por las
fieras, pero son casos raros y cuando atacan las fieras al hombre, no lo atacan de frente sino armándole asechanzas y solo lo
hacen por la causa del hambre y nunca por el simple placer de
atacar y dañar, porque no son las fieras tan tontas, que habiendo
en los campos que habitan cacería a su gusto en abundancia,
para habérselas con un ser tan peligroso como lo es el hombre,
antes de habérselas en lo que al Nuevo Mundo se refiere con
el inofensivo y sabroso venado, como con el conejo, o el tapir,
y así el chancho y el pavo y el mono y mucho animales todos
de extraordinaria abundancia en Nicaragua por lo que se podrá
comprender la rareza del ataque al hombre por la fiera y de las
circunstancias habidas para ello.
Por eso, los desbandados muchachos no se preocupaban de
los tigres, pumas y víboras que con ellos convivían. Cuando
los encontraban, espantaban a los félidos con ademanes para
ahorrarse los ruidos que hubieran podido hacer para no atraer al
enemigo, al oído de los disparos de sus armas, lo único de temor
verdadero que tenían de cerca. Pero al segundo día del extravío
en El Malacate, en la tarde, el asunto de las fieras varió de consideración: una grande y hermosa puma, brava, atrevidamente,
con gestos amenazantes, le cierra el paso a los libertadores. La
mente de estos trabajó rápidamente ante el dilema del peligro
de la fiera presente, y el peligro de los norteamericanos, problemático, y la fiera además se encaminaba al encuentro de los
muchachos por lo que era de fuerza librarse de ella, resonando
nuevamente en las alturas de El Malacate las pistolas de Urbano
208 Gregorio Urbano Gilbert
y Ardila Gómez, dejando por las heridas recibidas tendido en el
suelo al precioso animal.
Al principio causó extrañeza el ataque de la leona y se creyó
que venía atraída por el olor de la carne herida de los abaleados,
pero al poco rato vino el desengaño. La verdadera causa de la bravura de la puma fue que los muchachos marchan en dirección a
la guarida del animal, en donde criaba un par de lindos cachorros
y ello en condición de madre amorosa y heroica trató de resguardarlos a costa de su vida, gesto inútil al considerar de los soldados
que más sufrían con vida y huérfanos que muriendo al fin o al
instante, matándolos piadosamente a palos.
Al tercer día del encuentro con los yanquis, persistía la desorientación de los expedicionarios. Vueltas y más vueltas daban
alrededor de un punto volviendo en sus andadas a encontrar las
huellas de sus pisadas anteriores y muchas veces a encontrar rastros de los soldados yanquis y sentir sobre sus cabezas los ruidos
de los aeroplanos y las detonaciones de las descargas de bombas
y ametralladoras hechas al acaso.
En tanto el capitán se despojó de su capote y de su frazada,
que había cedido a los heridos y les curaba las heridas con raspadura de la corteza de kerosene2 y se las cubría con sus pañuelos y tiras de sus prendas de vestir, los que sanaban satisfactoriamente.
El hambre, el frío, el cansancio y sobre todo la incertidumbre
tenían a los muchachos tan impacientes, que ya murmuraban en
contra de la manera que los dirigía su capitán, quien los sorprendió en sus murmuraciones en la tarde del tercer día, después de
haber regresado de explorar el pico con buenos resultados. Murmuraban ellos que en vez de haberse puesto a disparar de detrás
de los árboles para después huir, mejor hubiera sido que hubieran
tratado de forzar el paso y así hubiéramos muerto o hubiéramos
2
Kerosene: Árbol fácil de inflamar, como lo es el acote o pino de cuaba, con
olor a kerosene o petróleo refinado, cuya corteza hecha polvo o machacada
resulta ser buen cicatrizante.
Junto a Sandino
209
salido adelante y estuviéramos en Honduras y no en este purgatorio del que parece que nunca saldremos, sin saber de qué vamos
a morir al cabo, si de hambre o de bomba, de leones o víboras o
de cuantos diablos hay en esta montaña, que por lo grande que es
parece que no tiene fin.
Al oírlos hablar de esa manera, Urbano con ideas de calmarlos
les dijo:
—Ustedes se expresan de esa manera porque ignoran las instrucciones que tengo, e igualmente las tienen todos los jefes de
columnas de no resistirle al enemigo, no porque nos falte ánimo
para ello sino porque nos faltan armas y personal, y en el caso
presente, todavía es más restringida la orden que tengo de pelear
porque no se me ha mandado en misión de pendencia con el enemigo, sino a la obligación de dirigirnos sanos y salvos a Honduras. Si no fuera por la disciplina que le debo a mi superior,
tal vez ese decir de ustedes, imprudente desde todo punto de
vista, el de haber tratado de forzar el paso, yo lo hubiera hecho
realidad porque mi carácter no tiene nada de reflexivo y mucho
menos de calculador, pero sí les aseguro que el resultado de la
operación no hubiera sido bajo ningún concepto el de que nos
encontráramos a estas horas en Honduras, sino en la disyuntiva
conforme a sus pareceres, hubiera sido que ya fuéramos todos
manjares de los zopilotes, pero para evitarse catástrofes inútiles
porque estamos sujetos a la cordura de nuestro jefe, el general
Augusto César Sandino.
»Pero en este momento de desesperación que los embarga
—continuó diciéndoles Urbano—, ustedes hasta se atreverán a
acusarme de cobarde y caerían en el más grave error, del que
para desengañarlos bastaría con hacerles saber que cuando se
celebró el consejo que determinó el asunto que por ahora ustedes tienen que ignorar pero que como consecuencia a él estamos
realizando esta salida a Honduras, mi opinión fue contraria a
dicho asunto. Mi opinión fue la de que se nos alistara a los que
más preparados estábamos en el equipo y se nos enviara a través
210 Gregorio Urbano Gilbert
de la república en gira de destrucción con todos los elementos
a nuestro alcance como son las dinamitas, las balas, las teas, los
machetes y demás cosas, asegurando que a la propia Managua
se le hubiera hecho sentir los efectos terriblemente, en razón del
coraje con que hubiéramos cumplido los propósitos a nosotros
encomendados. Pero el general Sandino, aunque le simpatizó la
idea, dijo muy cuerdamente que no la pondría en práctica porque
el negocio de su lucha no está en sacrificar inútilmente la flor de
su ejército en un exhibicionismo de valor y triunfo a lo Pirro para
después tener que suspenderla definitivamente, que el negocio de
su lucha descansa en alargarla y tratar de conseguir al fin la oportunidad del triunfo. Y además en cuanto a los padecimientos que
soportamos en esta montaña, ¿no los sufrimos todos por igual,
acaso cargando yo con el mayor peso? ¿Cuando encontramos algunas frutas, no las compartimos con igualdad? ¿En el servicio
nocturno, quién de ustedes lo ha hecho por noches enteras como
lo venimos haciendo el teniente Ardila Gómez y yo? Así es que,
por lo que les digo, creo que ustedes han debido de comprender
lo injusto de sus quejas.
»Y para que no sigan desesperando más —termina hablándoles Urbano—, tengo la satisfacción de anunciarles que ya nos
queda poco tiempo en la montaña, porque desde aquel pico del
que acabo de venir —habla señalándoles el cerro de donde poco
antes había descendido— he descubierto nuestra posición, la
que es muy al contrario de la que creíamos tener, porque todas
esas confusiones que padecíamos quedan eliminadas en razón
de la orientación cierta que he conseguido ahora, y no antes por
la carencia de una simple brújula que nos guiara. Hay más: en
una amplia hoya que hay al pie del pico hay una huerta abandonada y una champa en ruina. En la huerta divisé muchas matas
de plátanos bananeros. Ocuparemos seguidamente la altura e irá
al mando del teniente Ardila Gómez una comisión para explorar
la huerta y se en la cual encuentra frutos, o como si no los encontrara, nos iremos al amanecer de mañana.
Junto a Sandino
211
De conformidad a lo dispuesto por el jefe guerrillero, todo se
realizó regresando Ardila Gómez al poco rato al campamento con
sus compañeros cargados de racimos de guineos, unos maduros
y otros pintos, viéndose de ellos poco rato después solo las cáscaras y los pezones. Todo el fruto se lo habían comido crudo los
muchachos: ¡Tan grande era el hambre de esa fracción del ejército
libertador de Nicaragua!
Se cargaron más racimos y los guineos fueron asados para que
sirvieran de cena del día como para almuerzo del siguiente y alforjas a llevar. También se cargó buena cantidad de hojas verdes
y secas de guineos y algunas varas. Las hojas verdes y las varas
para el arreglo de la techumbre de la champa, y con las hojas
secas se hico una grande y buena cama común en la champa y
cama en las que se guarecieron y durmieron los bravos que tantas penalidades habían pasado por unos cuantos días, haciéndose
notar que todos los cortes a los bananeros, a sus racimos y hojas
y a las varas se hicieron solamente con frágiles hojitas de navajas
de afeitar que usaba el capitán para sus afeitadas, pues se dio la
casualidad que ninguno de los del grupo portaba arma blanca, ni
siquiera un corta plumas.
Les amaneció a los expedicionarios su cuarto día en El Malacate sin novedad alguna que reseñar.
Los primeros ratos de ese 28 de mayo los pasó el capitán Urbano contemplando la cambiante y extraordinariamente bella visión
que le brindaba la naturaleza.
Una densa neblina se desarrollaba desde unas cuantas decenas
de metros más abajo del punto en que se encontraba, hasta perder
de vista la inmensidad del continente por su lado sur. El aspecto
que ofrecía era como el de una grande llanura polar o el de un
enorme lago nevado.
A medida que avanzaba el día, la neblina se encrespaba y
tomaba la apariencia de un mar de leche embravecido y más tarde, disolviéndose, dejaba entrever los picos más salientes de las
innumerables montañas de Las Segovias. Después, totalmente
212 Gregorio Urbano Gilbert
esfumada la niebla, se tenía ante sí un infinito campo esmeralda,
esperanza como para alentar a los muchachos, como para entusiasmarlos en su marcha a Honduras y aliviarlos de sus pesares de
cuatro días salvajes en El Malacate, aunque sí hermosa y grande
montaña fronteriza de Nicaragua.
Aquel campo puramente verde, de virginidad salvaje, ofrecía
el panorama más curioso en razón a las ondulaciones de su suelo.
Es toda una serie de montañas altas dominadas por el majestuoso
Malacate, desde donde se figuran como si en una grande superficie se apiñaran todos los cuerpos simétricos, sobresaliendo preferentemente los conos y las pirámides.
Después que el capitán acabó de llenar su espíritu con la contemplación del bello cuadro con que la naturaleza regaló a Nicaragua, se dispuso a ordenar lo necesario para la salida. Los obstáculos para ello era evidentes, por lo accidentado de la montaña,
extensa y boscosa, en la que caminándose a buen paso por la Picada de Quintero se gasta el tiempo de seis a siete horas atravesarse,
y en el caso de tenerse que hacer esta operación rumbeando como
se pensaba, era suficiente para causarle desaliento a cualquiera y
más a los hombres inexperimentados en esas tareas como eran los
que se proponían intentarla.
Como medida de ensayo, Urbano con uno de sus muchachos
se fue a explorar el rumbo que pensaba seguir y cuando volvió al
campamento cargado con la duda del éxito de la jornada a efectuarse, ya era tarde para iniciarla por el temor de que le sorprendiera la noche en punto inadecuado de la campiña, y se hizo tarde
también por haberse esperado a que se disipara la nube que envolvía a la montaña, estorbo a la visibilidad, por lo que se resolvió
a esperarse el día siguiente para intentarse la salida.
HALLAZGO DE COMPAÑEROS EN LA MONTAÑA
Al venir la tarde del cuarto día en El Malacate, la mayoría de
los muchachos se dieron a la tarea de cargar la mayor cantidad
Junto a Sandino
213
posible de hojas secas de guineo para reponer la cama estropeada
por causa del uso que sufrió la noche anterior. En esta operación
se descubrió una mata de guapinol3 con muchas frutas maduras,
las que recolectadas sirvieron para enriquecer la mesa de los extraviados.
Después de la cena, Ardila Gómez se quedó en la champa con
los heridos y el capitán se fue a uno de los puntos de observación
a hacer de centinela y al poco rato de encontrarse en su oficio oyó
el vibrar del Collins al picar una ruta, y seguido, semidescubierto
por el follaje y troncos de los árboles, vio el zigzaguear de una pequeña columna en ascensión, desenfundando su pistola el capitán,
le gritó el consabido:
—¡Alto! ¿Quién vive?
Desplegándose la columna, y sus hombres apostándose detrás
de los gruesos troncos de los árboles, una arrogante voz contestó:
—¡Nicaragua…!
—¿Gente? –volvió a vociferar el capitán.
—¡No vende patria! —correspondió con igual vocerío el de la
columna llegada.
Reconocidos los dos grupos gracias al santo y seña combinados, le correspondía al de la montaña dictar la última formalidad que el caso requería para que se efectuara la fraternidad
entre los dos grupos de compañeros, por lo que le gritó al de
los llegados:
—¡Alto el grupo y avance el jefe para ser reconocido!
Mientras tanto, el teniente Rubén Ardila Gómez, oyendo
las voces de su capitán, había acudido y formado en línea de
fuego a los hombres que había disponibles, para lo que el caso
ameritara.
Y fue que el coronel Liranzo, de los libertadores, en uso de licencia se dirigía a Honduras en compañía de varios de sus amigos
y compañeros de armas, a los que se les unían algunas mujeres y
niños.
3
Guapinol: Algarroba.
214 Gregorio Urbano Gilbert
Al enterarse los muchachos extraviados del feliz hallazgo de
soldados compañeros en la montaña, dieron saltos de alegría, cantaron y bailaron.
En reposo los de la fuerza llegada, cambian sus impresiones
los de la pérdida en la montaña, narrándole el capitán al coronel
su aventura en El Malacate, refiriéndole el coronel la preocupación que se tuvo en el campamento general por la suerte que pudo
haber corrido. Que la ocupación de la trilla de El Malacate por el
enemigo se supo allá un día después que él, el capitán, había salido del campamento, por lo que no hubo manera de advertírselo,
que por eso él, el coronel, se había hecho de un chane conocedor
de la montaña para que lo guiara, el que lo había desviado buen
trecho más al este de la Picada de Quintero.
Los recién llegados comparten con sus otros compañeros sus
provisiones alimenticias, consistentes en tortillas de maíz, carne
ahumada y miel silvestre. Y así en buena y alegre camaradería pasaron todos la noche narrándose graciosos cuentos mientras oían
divertidos y a la distancia el continuo silbar de las serpientes, los
lamentos de los perezosos y el rugido de los pumas y jaguares.
Esperaban ansiosos la luz del día 30 para abandonar la montaña
que tantas penalidades les había causado. Y cuando la aurora comenzó a teñir el cielo de colores púrpura y naranja, se cantó una
diana, disponiéndose seguido la marcha, la que después de tomado el acuerdo de la nueva consigna de retirada en previsión de
cualquier eventualidad que se presentara, «¡Cubre Malacate!», se
inició el siguiente orden: vanguardia, capitán Urbano, ayudante,
teniente Rubén Ardila; centro, coronel Liranzo, ayudante, uno de
sus hombres; retaguardia teniente Duarte y su ayudante, ambos
de los del coronel Liranzo, y marchándose en ese orden, guiados
por el chane de Liranzo, quien inteligentemente supo efectuar un
rodeo pudiendo alcanzar adelante la Picada de Quintero, en la
que caminándose por el tiempo de alrededor de diez horas hasta
su final de la vertiente norte de la altura, en Honduras, teniendo
Urbano y sus muchachos oportunidad de apreciar las tremendas
Junto a Sandino
215
habilidades de orientación de esos hombres rústicos, completamente analfabetos como son los chanes, al éste guiarlos a través
del terrible espinazo de El Malacate, del cual sin el guía jamás
hubieran podido salir a punto determinado del enmarañamiento
de la enorme montaña, en la que con toda seguridad, sin esa ayuda, hubieran dejado sus huesos si no por las fieras, al menos por
los zopilotes.
En contacto con los hondureños, la gente del coronel comenzó
a dispersarse y este siguió hasta Danlí, la ciudad perla del sur,
cabecera del departamento El Paraíso. En Danlí se separaron el
coronel y el capitán, continuando este con sus muchachos a pie
hacia Tegucigalpa a la que arribó después de unos cuantos días
más tarde y en donde licenció a sus compañeros, racionándolos
previamente con efectivo de conformidad a las instrucciones que
para ello le diera el general Sandino, consiguiéndose el dinero de
manos de don Juan Colindres en Danlí, hospedándose Urbano y
Ardila Gómez en el hotel Unión mientras esperaban las nuevas
órdenes del jefe supremo del ejército libertador de Nicaragua, general Augusto César Sandino.
CAPÍTULO X
LA SALIDA DEL HÉROE
La salida del Héroe /El Héroe en Honduras / En El Salvador /
En Guatemala / En México. Malos tratamientos de las autoridades fronterizas /
Sandino se vuelve. Actitud del capitán De Paredes /
En Tapachula / De Paredes convence a Sandino, quien retorna a México /
La apoteosis de Veracruz / Mérida / Nuevos disgustos sufridos por Sandino /
El doctor Cepeda en Mérida. Zanjadas las dificultades / Retorna a su patria
el capitán Urbano / Apuntes biográficos y anecdóticos del Libertador general
Augusto César Sandino
LA SALIDA DEL HÉROE
Libremente sin molestias ninguna, gracias a las condescendencias liberales del gobierno del honorable Mejía Colindres, se
paseaban por las calles de Tegucigalpa el capitán Urbano y el
teniente Ardila Gómez, partes del ejército libertador de Nicaragua. Y transcurriéndose así los días, a los pocos fueron sorprendidos por el pronto regreso del capitán De Paredes portador
de la noticia de que todas las diligencias a él encomendadas
las había efectuado, casos realizados en el tiempo comprendido
entre los últimos días de la primera decena, a los primeros de la
segunda del mes de junio del año 1929.
217
218 Gregorio Urbano Gilbert
Seguidamente el activo capitán De Paredes sin darse el reposo
de que bien necesitado estaba, siguió ruta al campamento general
de Las Segovias para rendirle cuentas al general Sandino de los
felices resultados obtenidos de su misión. Con la misma rapidez
con que se dirigió a México y regresó, así fue a El Chipotón y
volvió, acompañándolo ahora el secretario general del ejército libertador, coronel Agustín Farabundo Martí, para entre ambos resolver con las autoridades hondureñas los puntos finales relativos
a la salida de Sandino a ese país. Martí trajo además la misión de
observar el ambiente imperante fuera de Nicaragua relacionado
con su salida para que si notaba algo de sospechoso peligro partir
a carrera «mata caballo» para el campamento a participárselo a
Sandino para que este considerara su conveniencia o no de su ida
a México, pero muy al contrario de una mala impresión, fue todo
lo que obtuvo del medio ambiente hondureño y del resto de los
países centroamericanos que no pudo columbrar el coronel Martí,
quedando por lo mismo plenamente satisfecho.
Entre otras encomiendas traídas por Martí, estaba además
la de participarles a Urbano y Ardila Gómez que el Libertador
los designaba junto con él y De Paredes como los oficiales que
los acompañarían en su salida de Nicaragua y en su estancia
en México.
Dispuesto todo lo concerniente a la salida de Sandino a Honduras, recibieron los oficiales del héroe una carta oficial del general Maximiliano Vázquez, jefe del cuerpo de ayudantes militares
del presidente de la república, en el que los citaba al cuartel general de la policía nacional a las tres de la mañana del día siguiente
en condiciones de listos para marchar. Concurridos al lugar citado, los oficiales junto con una fuerza hondureña compuesta de
caballería y artillería ligera bajo el mando personal del general
Vázquez, partieron hacia la frontera con Nicaragua y al llegarse a
Danlí la fuerza fue reforzada con una columna de infantería que
marchaba con tanta rapidez que dejaba rezagada a la de caballería
y a la de artillería.
Junto a Sandino
219
Al fin, un día como a las siete de la mañana se hizo alto en la
orilla del río Guallambre, límite de los dos estados en esos lugares, en donde acantonaron las tropas hondureñas, y los oficiales
de la libertad de Nicaragua acompañados de su guía cruzaron el
río y frontera y penetraron en los terrenos de sus luchas confundiéndose con sus selvas.
Serían cerca de las once de la mañana de ese mismo día cuando ya estaban en contacto Sandino y sus acompañantes con los
oficiales de su cuerpo de ayudantes que iban a su encuentro desde
Honduras. Este hecho, en medio de una selva puramente virgen,
de dos grupos que se buscan en marcha convergente, débase de
considerar admirable por la precisión con que la cumplieron los
guías, hombres completamente desconocedores de las letras pero
de talento asombroso en cuanto a orientarse y guiar por las selvas
aunque nunca antes las hubieran visto.
Juntos los dos grupos que se buscaban, Sandino les ordenó a
los que con él venían que se devolvieran, reteniendo a su lado al
teniente Tranquillo Jarquino, nicaragüense, que utilizaba en condición de asistente, y continuó su ruta hacia Honduras y a unas
cuantas horas más de marcha llegó a orillas del río fronterizo a la
vista de las tropas hondureñas que se aproximaban.
EL HÉROE EN HONDURAS
Tan pronto los soldados hondureños alcanzaron a ver la figura del
héroe, desenvolviéndose de entre el follaje de los bosques segovianos, se descubrían, prorrumpieron en estruendosa aclamación
en su honor, dando vivas al Libertador centroamericano, mientras
algunos indicaban por donde era fácil vadear el Guallambre, el
que se encontraba bastante crecido y formando peligrosos torrentes, y al cruzarse el río, en el campamento del general Vázquez
fueron las presentaciones, mientras un amigo de la causa venido
con los soldados desde Danlí le cambiaba el sombrero al Liber-
220 Gregorio Urbano Gilbert
tador por otro nuevo traído de Tegucigalpa y se apropiaba del
viejo con el que había hecho Sandino dos años de campaña libertadora.
Seguidamente se emprendió el camino hacia el interior del
país protector, dejándose oír los gruñidos de algunos de los infantes hondureños por no habérseles presentado la oportunidad
de medir sus armas con las de los soldados norteamericanos en
caso de habérsele ocurrido a estos tan siquiera asomarse a la frontera en persecución del héroe, como eran sus deseos, sin tener en
cuenta los graves conflictos que hubieran acarreado para su patria
Honduras y para Sandino.
¡Pero es que así son los valientes, irreflexivos por lo regular,
peligrosamente imprudentes!
Y cuando de nuevo se llegó a Danlí, se dejó en la población la
columna de infantería prosiguiéndose con la de artillería y con la
de caballería, y con cuatro días de caminata en total se llegó a un
pequeño poblado en donde se venera una imagen de la virgen que
al decir de los hondureños es grandemente milagrosa. El poblado
está a unos pocos kilómetros de la capital y como se llegó al lugar
en horas tempranas de la tarde y al no querer Sandino mostrarse a
nadie porque pretendía hacer su recorrido del modo más incógnito posible, se determinó esperarse aquí la noche para cubierto con
su obscuridad penetrar en la capital y en hora que por avanzada
se tuviera la seguridad de que sus pobladores se encontraban entregados al sueño.
Mientras tanto se designó al capitán De Paredes a que fuera
a la capital a participarle al ministro plenipotenciario de México
ante el gobierno de Honduras de la cercanía a la ciudad en que
se encontraba Sandino y del propósito de entrar en ella a las tres
de la mañana del día siguiente. Cumpliendo su misión De Paredes, aprovechó la oportunidad para ir al hotel Unión a cambiarse
de ropa, luciendo por lo mismo, un elegante uniforme, siendo
el único de los soldados de los libertadores que cubrió vestido
de limpio la ruta hasta México pues los uniformes de los otros,
Junto a Sandino
221
incluso el del héroe, bien que necesitaban de una grande cantidad
de jabón y de fuerza muscular.
Desde el poblado de las peregrinaciones de los devotos de la
virgen fueron despachadas la mayor parte de las fuerzas del general Vázquez. Mucho después de las doce de la noche llegaron
procedentes de la capital varios automóviles en los que acomodaron poco después a Sandino y sus acompañantes y penetraron al
fin en Tegucigalpa en momentos en que casi todos sus habitantes
dormían.
En esa madrugada, con todo el peso de las horas transcurridas
de la noche, el ministro mexicano aguardaba de pie al héroe en el
corredor interior del edificio de la legación y al encontrarse estos
dos hombres fueron momentos emocionantes los ratos que gastaban exteriorizando sus sentimientos patrios y de puros ideales.
Después el ministro invitó a sus visitantes a pasar al comedor
donde les tenía preparado un esplendido ambigú sin que faltara el
famoso efervescente vino hecho del mosto combinado de las más
finas uvas de la provincia francesa, de la cual tomaba su nombre
la champaña.
Agotados todos los cumplidos, los generales Sandino y Vázquez con los suyos, volvieron a ocupar los automóviles y partieron
hacia San Lorenzo, ciudad edificada en un recodo de la costa del
golfo de Fonseca, en el Océano Pacífico, siendo ya los hombres
del general Vázquez solo diez con sus respectivas ametralladoras.
En San Lorenzo se tomó la lancha Lempira con dirección a Amapala. Es interesante la navegación en el golfo. En los primeros
momentos se navega por entre laberintos de enormes manglares
de los que el que no es práctico se figura no podría salir nunca de
allí si le dejaran abandonado. Se recorren canales y más canales
bordeados de verdes mangles, en los que uno a veces se figura
encontrarse encerrado por no verle a la distancia corta formas de
continuidad, cuando con un poco más de avance se le abren a derecha e izquierda nuevos senderos que terminan por conducirlos
al golfo adentro, amplio, sereno, admirablemente bello.
222 Gregorio Urbano Gilbert
Ahora el paisaje se transforma por completo. Se encuentra uno
como si estuviera encerrado en un extensísimo mar en cuyo centro se levantan millares de islotes todos de apreciable altura configura cónica destacándose a la distancia el Tigre, en el que a un
lado de su orilla se acurruca Amapala, ciudad hondureña.
Guiándose a la vista en derredor, como vagas siluetas se divisan las tierras de Nicaragua al sur, las de Honduras al este y las
de El Salvador al norte, las más notables por el humear de sus
montañas constantemente en actividad volcánica.
Se arribó a Amapala, ciudad bañada de agua y luz, dotada de
ensoñador panorama, en donde los hombres de la libertad de Nicaragua y sus protectores, los bravos y nobles hondureños almorzaron satisfactoriamente en un restaurante montado sobre el mar
y sostenido por gruesas estacas que lo separan de las aguas.
Por los alrededores del establecimiento y hasta debajo de su piso
a través de sus hendijas, causa de la apacibilidad y transparencia de
las aguas del golfo, se divisan los peces nadando y comiendo confiadamente de lo que los clientes del restaurante les arrojan.
Los islotes que circulan al Tigre, muchos tan altos como este,
se asemejan por el verdor de su vegetación enormes esmeraldas
caídas de lo alto.
Al terminarse el almuerzo, los hombres reanudan su navegar
hacia El Salvador, entreteniéndose en el trayecto con la belleza
del lugar y en el ejercicio del tiro al blanco, siendo víctimas del
deporte los pelícanos inocentes y simbólicos.
A su tiempo el Lempira atracó al muelle de La Unión, ciudad
salvadoreña.
EN EL SALVADOR
Al arribarse a La Unión, vino una comisión de las autoridades
civiles y militares de la ciudad al recibir al Libertador. El general Maximiliano Vázquez, después de las formalidades de las
Junto a Sandino
223
presentaciones al caso se despidió de sus protegidos y de los
salvadoreños, volviéndose con sus hombres a su patria, Honduras, satisfecho de su labor para con los patriotas nicaragüenses
cumplida desde la frontera de Nicaragua, hasta dejarlos bajo la
protección de la república de El Salvador y haberlos colmado
de atenciones.
En el primer momento del arribo en esa tarde, el pueblo de
La Unión se mostraba indiferente al ignorar quién era la persona
que lo visitaba. Así fue que al recorrerse el trecho que separa al
muelle del hotel a que lo condujo la comisión salvadoreña que lo
recibió, todos los individuos que veían a Sandino a su paso no le
mostraban interés alguno. Lo miraban con la indiferencia que se
mira a uno del lugar. Pero pasado un corto rato, al difundirse la
noticia del arribo del héroe, una enorme multitud invadió al hotel
y sus alrededores ensordeciéndolo todo con sus gritos vitoreando
al Libertador mientras la música dejaba oír sus gratos sonidos en
ejecución de continuas y variadas piezas.
Al venir la noche, el entusiasmo del pueblo en vez de disminuir
aumentó al delirio y se sucedían las bandas de música, notándose
entre sus instrumentos la marimba, típica mexicocentroamericana.
Los hombres segovianos no podían disponer ni de un segundo de
tiempo para satisfacer sus atenciones personales. No pudieron lavarse ni comer ni tenderse a descansar de la tanta fatiga que los
agobiaba por razón a la tan larga marcha como la que habían realizado. Todo el tiempo lo emplearon en atención a sus admiradores,
quienes atropellándose unos a los otros les solicitaban autógrafos,
los que al recibirlos se mostraban tan complacidos como si hubieran recibido la más valiosa reliquia hasta las doce fue el tiempo que
en esa noche el pueblo de La Unión testimonió a Sandino su admiración. No más allá, porque entonces fue cuando vino una comisión
ante el héroe informándole que el tren ferroviario lo esperaba, y lo
acompañó a la estación bajo un diluvio, porque así era de fuerte el
aguacero que caía lo que le daba mayor belleza y brillantez al San
Miguel el volcán cercano a la ciudad.
224 Gregorio Urbano Gilbert
En el expreso en marcha hacia el interior del país iban cómodos y bien atendidos los viajeros. Todo un vagón lujosamente
amueblado fue ocupado por Sandino y sus hombres y sus cuatro
oficiales salvadoreños que asignaron de ayudantes militares y estos eran tan solícitos con los nicaragüenses que a veces se les
adelantaban a los hombres de la servidumbre que iba al más leve
movimiento que hicieran para satisfacerlos en sus deseos.
Como a las dos horas y media de la mañana entró el tren en un
trayecto que daba la impresión de que todo el ambiente ardía en
fuego por el efecto de la luz intensa y coloreada que lo envolvía
causada por un volcán lejano de línea férrea en que se rodaba,
que se encontraba en activa emisión iluminando por millas a su
alrededor con su fuego entre terrorífico y admirable.
Le amanece al expreso en su carrera y los paisajes que se ofrecen
a los ojos de los viajeros son pasmosamente bellos como corresponde al lugar montañoso como es el en que se viajaba y formado por
pequeños valles llenos de cultivos cercados por serranías.
A ratos recibía uno la apariencia de que el tren chocaría contra
una montaña, pero este, como si esquivara el golpe, se hacía en
su carrera a un lado, o la montaña, como en venganza de la furia
con que le viene la férrea máquina, cual si fuera un descomunal
monstruo, abre una boca y repentinamente se traga con todo su
tren, evacuándola rato después por el orificio de atrás, sucediendo
en una ocasión que por tres veces consecutivas se entrara a un
túnel y se saliera para enseguida penetrarse a otro. Tan cercanas
están de unas a otras las lomas.
De esa manera, penetrándose por entre las entrañas de las montañas, desorillándolas, salvándolas por puentes que las unen, recorriéndose por fértiles y estrechos valles en cultivo y recibiéndose
las demostraciones de simpatía que al pasarse por las ciudades y
villas sus moradores mostraban de muchas distintas maneras a los
soldados de la libertad. Pocas horas después de haber salido el sol,
se detuvo el expreso. Invitados los viajeros a descender del tren, se
encontraron con un grupo de individuos que los esperaba.
Junto a Sandino
225
Al estrecharse las manos entre los que esperaban y los esperados en las formalidades de presentaciones, se dejaron oír
de entre los primeros los nombres de los señores que desempeñaban las funciones respectivas de secretario de la Guerra,
de secretario de Gobernación, de secretario de Estado, y el de
ministro plenipotenciario de México en El Salvador, este acompañado de su esposa y de su hija pequeña. Hubo el caso de que
cuando entre los segundos se oyó el nombre de Augusto César
Sandino, el secretario de la Guerra de El Salvador simuló irse
de espaldas en demostración de la grande y grata sorpresa que
recibía, exclamando a la vez: «¡Estas manos no me las lavaré en
toda una semana!», todo por el hecho de haber estrechado esas
manos con las manos del héroe, y explicó a renglón seguido que
el presidente de la república los había comisionado para que
vinieran a recibir a unas gentes, pero que no les había dicho de
las gentes que se trataba y de ahí la honda emoción que experimentaba al saber que allí a quienes recibían era al jefe, con sus
ayudantes militares, de la libertad de Nicaragua.
Después de agotados los cumplidos requeridos entre estas altas autoridades del gobierno salvadoreño y del ministro de México para con los del grupo de Las Segovias, y después que los
reporteros de los periódicos nacionales y extranjeros tomaron los
apuntes y fotografías del caso para sus informaciones, los comisionados del presidente invitaron a los alzados segovianos a
entrar a unos automóviles que aguardaban, y entrados se partió,
penetrándose rato después en la capital, ciudad que por lo que se
pudo apreciar al paso de los automóviles por sus calles se puede
juzgar de ser San Salvador una ciudad de importancia, porque así
son sus monumentos, sus jardines, sus avenidas y las edificaciones que presenta.
Al llegarse a la estación del ferrocarril, los personajes del gobierno salvadoreño y el ministro mexicano con su familia, se despidieron de los patriotas nicaragüenses, dejándolos instalados y en
marcha, dentro de una autovía. Al rato corto después de haberse
226 Gregorio Urbano Gilbert
salido de la capital hondureña, se viajaba por una llanura extensa
en la que ni un árbol, ni un arbusto, ni una hierba, ni siquiera una
sola brizna, o una rama y hoja de planta alguna se veían en su suelo.
Todo el está cubierto de un natural color negruzco -rojo- marrón
razón de unos materiales muy pesados que semejan tramos de hierro quemados. Y es así, porque fue cubierto por gruesa capa de
materias abrasadas que vomitó el volcán San Salvador en su furiosa
erupción de varios siglos atrás, que al dejar correr sus torrentes de
fuego líquido con el mucho hierro que guarda en sus entrañas, todo
lo destruyó en extenso, incluso la antigua capital de El Salvador y
convirtió el lugar en el más pesado desierto, y menos mal, que los
vecinos de los sitios que alcanzaron la furia del hiero y de las piedras ígneas destructoras de la vida en el valle aprovechan los trozos
del material volcánico para construir sus cercas, las que se sujetan
con solamente acotejarlas una encima de otras sin necesidad de argamasa alguna, por lo pesados que son.
EN GUATEMALA
El día terminaba y los carros de los salvadoreños paraban en el
límite este de El Salvador, en donde comienza el de Guatemala
por el oeste.
La comisión oficial de Guatemala esperaba ya con sus automóviles a los libertadores. Los salvadoreños se los tropezaron en
ceremonia simpática. Y al recibirlos los del país del quetzal, los
acogieron testimoniándoles admiración, partiéndose al instante
en los carros de los guatemaltecos, y al igual que en El Salvador,
en Guatemala se mostraban sus habitantes acogedores con Sandino y sus hombres; colmándoles con cuantos agasajos podían
improvisarles, en donde con más frecuencia se dejaban oír los
acordes de la marimba.
Luego, al hacerse tarde, todo fue tranquilidad, a excepción de
los traqueteos de las máquinas rodantes por la carretera y el fuerte
Junto a Sandino
227
aguacero que caía azotándolas, pasándose toda la noche en esa
condición.
Al amanecer del día siguiente se arribaba a la más grande ciudad de toda Centroamérica, la hermosa Guatemala, capital de la
república del mismo nombre. la oficialidad nativa, ayudantes militares del héroe facilitados por Guatemala, guió los carros hacia
un restaurante en el que se desayunaron todos los viajeros. En el
ínterin, se fue llenando la calle frente al establecimiento de gentes
ansiosas por conocer al general Sandino, el que al salir para volver a su carro de viaje delirantemente se le ovacionó.
De nuevo en camino, se sucedían las manifestaciones por todos los poblados que se pasaba a favor de los segovianos, los que
ya las recibían casi insensibles por ser tantas y por encontrarse a
quienes se las tributaban grandemente estropeados y soñolientos
por razón de los días que sin reposo llevaban viajando y sin dormir. Y así siempre adelante, se llegó a una estación ferrocarrilera,
en la que se cambia el tren automovilístico por un vagón del tren
ferroviario en el que se parte a todo vapor con rumbo oeste, y después que repartieron autógrafos sin número en todas las paradas
que se hicieron y fueron hartados los patriotas de atenciones de
los guatemaltecos, hizo parada el tren a las seis de la tarde a la
misma orilla del río Suchiate, marcador del límite de Guatemala
con México por sus lados respectivos suroeste y sureste.
EN MÉXICO. MALOS TRATAMIENTOS
DE LAS AUTORIDADES FRONTERIZAS
Habiéndose recorrido el suelo guatemalteco desde su frontera con
El Salvador a la de México en el tiempo de veinticuatro horas, pésele a una larga parada obligatoria durante la noche en la carretera
causada por un derrumbe de la loma sobre la vía que la rasguñó
por su ladera, efecto de las fuertes lluvias que caían, se penetró
inmediatamente en suelo mexicano, el que para el caso, siendo
el suelo del Suchiate cenagoso y bajo por la parte de Guatemala,
228 Gregorio Urbano Gilbert
para atravesarse, primeramente se embarcan los pasajeros en carretas tiradas por bueyes y pasado este trecho, vienen al encuentro
de los viajeros unas cuantas canoas a las que son trasladados y
conducidos a tierra mexicana, en donde Sandino creyó encontrar
los recursos necesarios con qué expulsar con honor para Nicaragua a las fuerzas extrañas que la ocupaban y borrar de pasada
los males que le engendraron, los que la afean y deshonran desde
hace cuatro años.
En Mariscal, pequeño poblado del estado de Chiapas, a orillas
del Achiate, las autoridades se portaron lo suficientemente ásperas para disgustar a los libertadores. La aduana les abrió y registró
los pocos y sin importancia paquetes que llevaban de equipajes.
La inmigración los molestaba con preguntas de mal tono y fuera
de lugar como si se tratara de gente sospechosa de grave fechoría
o por lo menos de inmigrantes indeseables, faltando poco para
que les pidieran los pasaportes y demás documentos indispensables para los viajeros ordinarios, para que al no tenerlos, como en
realidad no los tenían, les negaran la entrada al país.
El comportamiento de los mexicanos, o los celos de las autoridades fronterizas, hicieron notable contraste con el comportamiento de las autoridades de los países anteriormente recorridos,
Honduras, El Salvador, Guatemala, los que recibieron y trataron
a Sandino y acompañantes con la distinción que se puede apreciar
en las descripciones anteriormente anotadas.
Con tan desagradable impresión recibida en el primer punto
llegado de México, sin comisión o persona alguna que los recibiera, abandonados en el país en que buscaban protección, los
segovianos se alojaron por cuenta propia en una casa de huéspedes de pésimo servicio en donde pasaron la noche con muchos
disgustos.
Al amanecer y transcurrir las horas sin que tampoco atendieran en nado los mexicanos a los libertadores, Sandino se creyó
burlado de México. Para colmo de males, ellos no tenían dinero,
salvo una insignificante cantidad con la que no podían hacerle
Junto a Sandino
229
frente a gasto alguno que no fuera de igual condición. Todo lo
gastado en sus recorridos desde la frontera de Nicaragua hasta la
de México fue cubierto por los gobiernos de Honduras, El Salvador y Guatemala en lo que a cada uno de ellos correspondía.
SANDINO SE deVUELVE. ACTITUD DEL CAPITÁN
DE PAREDES
Ya en la tarde de este segundo día en México, ante la indiferencia
de sus autoridades para con Sandino y sus hombres, el héroe resolvió volverse a Las Segovias para lo cual solo esperaba la noche
para cubriéndose con su obscuridad, burlar la vigilancia que se
tiene en la frontera. El capitán Urbano quiso acompañarlo en su
retorno pero él se opuso resueltamente, determinando que únicamente lo siguiera su asistente, el teniente Tranquilino Jarquino. A
sus otros hombres les dio libertad de acción para que sus asuntos
los resolvieran como mejor creyeran conveniente.
El capitán De Paredes tenía que revestirse extraordinariamente de paciencia para poder soportar las acusaciones de que fue
objeto por parte de sus compañeros, no faltando entre las que se
señaló, la de traidor y si hubieran tenido poder sus compañeros,
le habrían castigado con la muerte.
Y sucedió como lo determinó Sandino, quien anocheció y no
amaneció en Mariscal. En ese tercer día en este lugar, al quedar
los ayudantes militares del Libertador sin la dirección y la presencia de su jefe por causa de la actitud de México para con él y
para con ellos, no se podía apreciar qué los embargaba más, si la
tristeza o la rabia.
El que mostraba su mortificación era De Paredes, no tanto por
el abandono sufrido de parte de México y de Sandino, pues de
todos modos se encontraba en su patria, sino por los malos juicios
que sus compañeros hacían de esa su gran patria, el México abrillantado por sus tantos héroes y sus tantas noblezas, así como por
230 Gregorio Urbano Gilbert
los malos juicios que hacían de su propia persona, diciéndosele
además que había servido de instrumento para atraer a Sandino a
la trampa que suponían le había tendido.
De Paredes impaciente iba y venía a la estación telegráfica
queriendo comunicarse con el presidente de la república para
enterarlo del incidente en la frontera, y con fines de justificar a
su patria y justificarse a sí mismo del desagradable suceso, hasta
que en uno de sus pasos vino con un papel formulario de asentar
mensajes telegráficos que leyó que el presidente decía que estaba
enterado de lo sucedido y lo hacía responsable de ello. Le ordenaba a que partiera a darle excusas al general Sandino y suficientes
satisfacciones para convencerlo de que retornara, y que de no lograr estos fines que se reportara en calidad de arresto por ante el
general jefe de las fuerzas militares de Tapachula.
El capitán al mismo tiempo que leía el telegrama, invitaba a
los compañeros a que lo leyeran también, pero nadie, en la indignación que le embargaba, le hizo caso. Pero no desalentándose De
Paredes, pronuncio voces de aliento y esperanza, cruzó el Suchiate y se internó en tierra de Guatemala…
En tanto el coronel Martí, del grupo el de mayor jerarquía y conocedor de México a la vez y con sus relaciones en el país, haciéndose cargo de la situación, llamó a sus compañeros restantes y les
sugirió que reunieran en común los contados centavos de que disponían a ver si alcanzaban a cubrir el costo de los pasajes de ellos
en tren hasta Tapachula, la ciudad de importancia más cercana de
Mariscal, y que en llegando allí, podría hacer algo a favor de todos
por medio de sus relaciones en la política comunista.
EN TAPACHULA
Resuelto lo ideado por Martí, los centavos de todos unidos se
convirtieron en los pesos necesarios para comprarse los pasajes, y
ya en Tapachula, esos tres soldados de la libertad de Nicaragua no
Junto a Sandino
231
disponían ni de un solo centavo con qué desenvolverse en sus necesidades. Martí sin desanimarse se hospedó con sus compañeros
en una casa de huéspedes humilde. La casa es de madera lo suficientemente vieja para encontrarse carcomida y en la oquedad del
maderamen causa del pequeño coleóptero, la carcoma, anidan las
lagartijas, las cucarachas, los ciempiés y otras sabandijas. En su
comienzo, la casa sirvió de salón de cine, y son los que fueron sus
palcos en la época de ocuparlos los alzados segovianos viviendas
con ligeras modificaciones.
Martí se fue después a verse con sus compañeros de ideas
políticas, los que le aseguraron conseguirle la comida, pobre
desde luego, dejándole el caso del hospedaje para resolvérselo
más luego.
Comiendo poco y malo, y muy preocupados porque no sabían
cómo pagarían el valor de la posada, transcurrieron tres días, viniendo en la noche del último un oficial del ejército mexicano
requiriendo a sus colegas segovianos de parte del general jefe de
las fuerzas militares a que se reportaran inmediatamente ante él,
sita en el cuartel de los militares a su mando.
Llegados Martí, Urbano y Ardila Gómez ante el general, entre
complaciente y serio, este los recibió y les preguntó por la causa
de que callaran sus necesidades y preferían agonizar de hambre y
acogerse como los bichos entre palos podridos.
Como estos oficiales conservaban sus resentimientos contra
México en razón del trato que había recibido en él, Martí nada en
concreto le respondió al general, sino que usando palabras entrecortadas e incoherentes y monosílabos, evadió las respuestas a la
pregunta del alto oficial mexicano, quien no obstante esta actitud
de los extranjeros, continuó diciéndoles que él supo de las condiciones de necesitados en que se encontraban por rumores que
se corrieron en la ciudad, de que oficiales del ejército de Sandino
vagaban por las calles en la mayor penuria. El general terminó
reprochándoles la conducta de silencio que observaban y les puso
en las manos de cada uno la cantidad de cincuenta pesos, dinero
232 Gregorio Urbano Gilbert
que extrajo de una talega en la que lo guardaba, la que se encontraba puesta sobre su escritorio, y al despedirlos les dijo:
—Se darán frecuentemente sus vueltas por aquí, mientras veremos cómo resolverles sus asuntos.
DE PAREDES CONVENCE A SANDINO,
QUIEN RETORNA A MÉXICO
Al día siguiente siendo como las ocho de la mañana, bien desayunados y menos preocupados, se encontraban el capitán Urbano
y el teniente Rubén Ardila Gómez sentados en uno de los bancos del parque central mientras les lustraban sus botas, cuando
un oficial del ejército mexicano grito al pasarles por delante con
apresurados pasos y después de cambiar saludos de cortesía, el
mexicano les voceó mientras se alejaba:
—¡Viene Sandino!
Al pronunciar la lacónica frase el oficial con un acento tan
marcadamente mexicano que al oído de Urbano le pareció que
preguntaba que si Sandino venía, por lo que le contestó:
—¡No lo sabemos!
Pero Ardila Gómez, mejor conocedor que su compañero de la
pronunciación particular de los mexicanos, así como la de los demás pobladores de los países del continente indohispanoamericano, ya que Urbano es natural de una de las islas adyacentes a ese
continente, le aclaró que el mexicano no había preguntado si Sandino venía sino que dijo convincentemente que Sandino viene, y
no bien terminaba Ardila de hacer su aclaración cuando sonó a la
distancia el silbato de la locomotora en su aproximación a la ciudad
arrastrando su tren, repletos sus vagones de entusiastas pasajeros,
por lo que a la carrera se fueron a la estación los dos ayudantes de
Sandino, adonde llegaron al mismo tiempo que el tren.
Por el movimiento grande de la gente que estaba esperando
la llegada del ferrocarrilero artefacto, se comprendía que algo
Junto a Sandino
233
notable en él venía y en el vagón que más llamaba la atención,
donde precipitadamente la gente trepaba, en ese también treparon
Urbano y Ardila, tropezándose en la puerta con su glorioso jefe
que estaba saliendo acompañado, entre otras personas, de Martí
y José de Paredes.
Abrazos, saludos y alegría se sucedieron, gritando a todo
pulmón la población de Tapachula a la vista del héroe: «¡Viva
Sandino!».
Una ocurrencia notable de un tapachulense fue que cuando
Sandino se disponía a marchar para adentro de la ciudad acompañado del gentío que lo recibió, el hombre nativo se quedaba en la
línea férrea con la vista fija hacia donde vino el tren, y al gritarle
un amigo que viniera para que se fueran todos en la comitiva y no
se quedara en la línea, él le contestó:
—¡Estoy esperando la llegada del otro tren que viene!
—¿Qué tren? —inquirió el amigo.
Y contestándole en término mexicano, al igual que en los países centroamericanos, y en número plural para designar al órgano
a referirse, dijo:
—¡El que trae los G… (el falo) de ese hombre, que es tan
grande que necesita de un tren especial para poderse transportar!
Y dicha su agudeza, corrió lo más ufano a incorporarse a los
demás el ocurrente tapachulense.
El capitán José de Paredes se mostraba muy alegre, satisfecho
y orgulloso por razón a sus grandes triunfos alcanzados, como
fueron los de encontrar a Sandino sin saber en dónde se encontraba, convencerlo de que debía regresar a México, así como de
justificar a su patria y justificarse a sí mismo, demostrándose
que eran inocentes de los yerros sufridos en Mariscal, con la
evidencia manifestada en Tapachula al hacérsele tan soberbio
recibimiento por parte de la ciudadanía, como por las autoridades civiles y militares.
Esta vez, al igual de cómo lo habían hecho los gobiernos centroamericanos, el gobierno de mexicano envió a la estación una
234 Gregorio Urbano Gilbert
comisión a recibir a Sandino y lo condujo con sus ayudantes
militares al hotel Imperial, en donde lo dejaron instalado y se le
prestó además un grupo de oficiales mexicanos para que fueran
también sus ayudantes.
Instalados en el Imperial, poco rato después, Martí Urbano y
Ardila Gómez fueron y pagaron sus cuentas y se despidieron del
dueño del viejo caserón carcomido, vivienda de lagartijas y otras
sabandijas, donde primeramente se habían hospedado.
Y al rato, por orden del general jefe de las fuerzas militares de
Tapachula, se le entregó a Sandino la cantidad de 2.000 pesos,
quien se los pasó a Urbano para que los administrara en calidad
de tesorero general del ejército libertador de Nicaragua.
Las veinticuatro horas pasadas en Tapachula fue tiempo corto
para que ese pueblo vaciara las simpatías que sintió por el héroe,
y el dueño del Imperial, el mejor hotel de la ciudad, se consideró
tan prestigiado con sus huéspedes que le suplicó a Sandino, y fue
complacido, que le extendiera un certificado en el que constara
que él y sus ayudantes habían sido huéspedes de su establecimiento.
LA APOTEOSIS DE VERACRUZ
Al día siguiente de su arribo a Tapachula, Sandino con sus ayudantes militares mexicanos y nicaragüenses se dirigió por ferrocarril hacia Veracruz, y recibiendo las aclamaciones que le rendían
los pueblos de la ruta, llegó a la ciudad del golfo a las tres y media
de la tarde del viernes día veinte y del mes de junio del año 1929.
La vista y el entendimiento eran insuficientes para poder abarcar el conjunto de tan colosal recibimiento dado por Veracruz al
héroe Sandino.
Parecía como que la población en masa se había dado cita a
la estación, en la que en interés de ocupar un sitio cercano a la
parada para tratar de ver al héroe cuando llegara, se apretujaba
Junto a Sandino
235
de manera que daba la apariencia de haberse fundido formando
un solo cuerpo viviente e inmenso.
Cuando el tren llegaba e iba disminuyendo la velocidad, los
más osados admiradores asaltaron el vagón donde viajaban los
guerrilleros y se apoderaban de Sandino de tan determinada manera que no le dejaron acción para nada, y que cuando cargado
lo bajaron a tierra eran tantos los gritos que daba esa masa humana que rodeaba a la estación, de vivas a Sandino, «mueran los
gringos», que producían un ruido que aturdía, que agobiaba aun
satisfaciéndole a uno, y al conducir a Sandino al hotel, la muchedumbre era tan dueña de sí, no admitiendo control de nadie para
acercársele y se empujaban y golpeaban unos a los otros, y a él
lo llevaba en alto una multitud, de manera como un hormiguero
hambriento cargara con una mosca para fines de almuerzo. Sus
ayudantes tuvieron que conformarse con perder el contacto con
el jefe, quedándose rezagados en interés de no disgustar a tantos
delirantes admiradores.
Difícil se le hacía a los fotógrafos y a los cameramen de distintos periódicos y de las distintas empresas cinematográficas de
Hollywood impresionar vistas del héroe por causa de la baraúnda
que lo circundaba.
Ya en el hotel Diligencias, el pueblo aclamaba desde la plaza
de frente al Libertador y le pedía que se mostrara desde el balcón y al complacerlos Sandino, los aplausos en su honor resonaban estruendosa y largamente acompañados de los vivas, con
más fuerza todavía cuando le habló diciéndole que la lucha por
la libertad de Nicaragua y contra el imperialismo norteamericano
no había terminado ni tampoco se les había dado tregua porque el
general Francisco Estrada sostenía en su ausencia, con las armas,
la campaña en Las Segovias, combatiendo contra la tiranía de los
invasores. Que él, Sandino, tan pronto arreglara los asuntos por
los cuales salió temporalmente, volverá a Nicaragua para dirigir
personalmente la campaña libertadora hasta alcanzar la victoria o
hasta alcanzar la muerte.
236 Gregorio Urbano Gilbert
Entre las personas que vinieron desde la ciudad de México a
Veracruz a recibir al general Sandino figuraron el doctor Pedro de
J. Cepeda y el hermano del héroe, Sócrates Sandino.
Después de que los muchos admiradores del Libertador, los
fotógrafos y los reporteros de los periódicos mexicanos y extranjeros, los operadores de las casas cinematográficas, distinguiéndose los de la Paramount, lo dejaron respirar de sus atenciones a
él, de la tan grande fatiga que por eso y por el largo viaje hecho
sin reposo alguno lo agobiaba, por lo que era ya su sonrisa solo
una mueca grotesca, organizó a sus ayudantes para la marcha del
servicio, en la forma siguiente:
Coronel Agustín Farabundo Martí, secretario general; Sócrates Sandino, secretario privado; capitán José de Paredes, primer
ayudante, capitán Urbano, segundo ayudante y tesorero general;
teniente Rubén Ardila Gómez, tercer ayudante; y el teniente Tranquilino, asistente. El doctor Pedro de L. Cepada fue nombrado
representante general de la causa libertadora con residencia en la
ciudad de México.
En la misma tarde que Sandino arribó a la ciudad de Veracruz,
supo de una señorita que en Colombia le dan por nombre el de la
Niña Roja, a causa del grande amor que le profesa al comunismo,
la que había sido sorprendida por un charlatán, que en un tiempo
le regaló un machete diciéndole que el arma era de Sandino, el
que lo había usado en la campaña de Las Segovias, por lo que la
falsa reliquia era adorada en extremo por la revolucionaria señorita. Inmediatamente Sandino se despojó de su machetín de campaña y acompañado de una esquela se lo envió a la Niña Roja.
Al otro día un señor, funcionario civil, trajo en nombre del
gobierno de México y a disposición de Sandino, la cantidad de
5.000 pesos en billetes certificados oro, dinero que pasó de las
manos del que lo trajo a manos del tesorero general, capitán Urbano.
La salida primera hecha por Sandino en la ciudad fue para dirigirse al monumento levantado en honor de los héroes, jóvenes
Junto a Sandino
237
cadetes de la Academia Naval, monumento guardián además de
los restos de los que cayeron víctimas de las balas de los soldados
norteamericanos al defender la patria mexicana al atacar los intrusos la ciudad de Veracruz en el año 1914. Después, en la noche
del mismo día visitó la referida Academia Naval Militar, en donde fue objeto de las mejores atenciones por el personal dirigente
y docente y por el alumnado.
Muchas eran las invitaciones que las asociaciones culturales,
recreativas, benéficas, obreras, le hacían a Sandino para que las
visitaran, pero se tenía poco lugar para poderlas complacer. Una
noche, visitándose el Centro de los Carretilleros, en razón de ser
cortos y torpes en la expresión en público los ayudantes del héroe
quisieron no hablar en dicho centro, como ya lo habían hecho
en otras asociaciones a exigencias de los asociados, sino que se
quisieron escudar, unos en Martí y otros en Sócrates para que
fueran ellos los que se expresaran en sus nombres cuando el turno
les llegara, por ser estos dos señores, Martí y Sócrates, bastante
aventajados en la oratoria.
Y se inició el acto con la presentación de Sandino, siguiéndose
con la de Martí y Sócrates, quienes les expusieron a esos del tan
grande número de asistentes, todos antimperialistas a rabiar, sus
sentimientos contra el imperialismo norteamericano y de sus luchas a favor de la libertad americana.
Al llegarle el turno a los otros oficiales, se limitaban a corresponder a las aclamaciones de los concurrentes al acto, con una simple venia, mientras Martí y Sócrates, en sus respectivas oportunidades intentaron hablar por ellos, pero el público no los admitió, sino
que con palmadas y voces demandaban las palabras de los remisos
soldados, hasta que al fin no tuvieron más que satisfacer a los carretilleros, desempeñándose cada cual de la mejor manera a su alcance
de hablar. Luego tocándole el turno a Urbano, que era el menos
dispuesto a hacerlo y que creído estaba de que no lo haría por lo que
se había abstenido de la taza de café que en otros casos similares la
tomaba para que le despertara el numen a cambio del que perdía
238 Gregorio Urbano Gilbert
por ello, con todo el disgusto que experimentaba por verse obligado a actuar en un caso fuera de su entendimiento, aunado con la
indignación que le causaban los tantos abusos cometidos por esa
potencia que es Estados Unidos de Norteamérica contra algunos
de los pueblos débiles hispanoamericanos, se levanta envuelto en
todo el coraje que le asistía y fueron tantas las barbaridades que a
borbotones vomitó en contra de los norteamericanos que el público creyó ver en el oficial guerrillero a la representación de una de
las furias, y muy al contrario de lo que esperaba el que hablaba,
fue de todos el que más larga y estruendosa aclamación recibió.
Ocho en total fueron los días que pasaron en Veracruz los guerrilleros nicaragüenses, tiempo que fue corto para ellos recibir los
homenajes que el pueblo les brindaba, embarcándose al fin para
Yucatán a bordo del vapor nacional mercante Superior, desembarcándose en Progreso el día 11 del mes de julio en horas de la mañana, no permitiendo ese pueblo que siguieran su ruta hacia la capital
del estado, la ciudad de Mérida, hasta la tarde que quiso significarle
como le significó el aprecio que por ellos sentía y satisfechos, en
automóviles, por una carretera completamente recta a no ser por
una casi imperceptible curva en mitad de su trecho, un total de cuarenta kilómetros, paralela con una vía ferrocarrilera de tres carriles,
partieron para Mérida, y al llegarse se apearon en las puertas del
Gran Hotel, hospedándose en tan lujoso establecimiento.
MÉRIDA
Lo mismo que en las anteriores ciudades llegadas, Mérida también se desbordó para ir a recibir al gran patriota, el que como
en Veracruz tuvo que asomarse al balcón del hotel para hablarle,
recibiendo en cambio cuando acabó ensordecedora ovación.
Mérida, ciudad completamente llana, de calles rectas, anchas,
con zonas de 100 por 100 metros cada una, tiene una población de
100.000 habitantes y aparenta por su extensión tener mucho más,
Junto a Sandino
239
debido a que escasean las casas de más de una sola planta y por
eso son sus calles largas que en el centro de la ciudad, al situarse
una persona en medio de la calle o en el cruce de calles y dirige su
vista en sus dos o cuatro direcciones, la o las ve caer y perderse en
el horizonte incluso con sus guirnaldas encendidas del alumbrado
público si la observación se hace de noche.
Mérida no tiene una sola calle con nombre. Todas son numeradas, por lo que se facilita sumamente ubicar una dirección.
Todo el estado de Yucatán es completamente llano, tanto, que
trepada una persona sobre cualquier altura y desde la cual dirija
su vista en todas las direcciones, no alcanza a ver montaña o colina o simple pendiente alguna sintiéndose como aprisionada bajo
una inmensa comba azul. Por ser formado todo su suelo de una
sola piedra, su producto agrícola es casi únicamente el henequén,
una de las grandes riquezas mexicanas.
Por razón a esa piedra, debíasele llamar al estado Piedra Llana,
como se le llama, lo que es por ligereza de uno de los soldados de
Juan de Grijalba, exploradores de la patria de los mayas, conquistada luego por Francisco de Montijo, lugarteniente de Cortés, que
al acercársele a uno de indígenas que los observaba, le preguntó
en castellano por el nombre del país, y no entendiéndolo el nativo
le respondió en maya su idioma: meyiní catán, lo que traducido
es: yo no entiendo tu lengua, pero ni corto ni perezoso el preguntón, corrió a sus compañeros soldados y les dijo que el nativo le
dijo que el lugar se llama Yucatán.
Y Yucatán, por lo que se vienen diciendo de su inmensa llanura y seco suelo, no posee río alguno ni arroyo, a no ser los zenotes1 por lo que Mérida carece de acueducto, teniendo que surtiese
de tan indispensable líquido como es el agua, del que producen
pozos y las lluvias, reservándose las de estas en grandes tanques,
Zenotes: Ríos y arroyos subterráneos que se descubren en algunas grutas
bajo nivel del suelo, las que acondicionadas convenientemente ofrecen excelentes baños de recreo. (En la capital de la República Dominicana, se
tienen como algo semejante los Tres Ojos de Agua).
1
240 Gregorio Urbano Gilbert
y son las bombas que las mueven las que funcionan por la fuerza del viento, encontrándose en cada casa uno de sus artefactos,
pudiéndose llamar muy propiamente la ciudad de los Molinos de
Viento.
Una de las cosas curiosas de Yucatán es cómo se cultiva una
huerta. Se cría el vivero a plantarse, en vasijas de latas o de cualquier otra materia y ya las plantas en condiciones de trasplantarse,
se abren en el rocoso suelo los hoyos necesarios, a fuerza de barretas o de picoletas con mandarrias y allí se colocan las plantas
y es de admiración en la forma rápida que crecen. El maíz, los
frijoles y demás plantas pequeñas se echan directamente sus semillas al hoyo y se cubren con poca tierra. Y hasta el henequén,
agujereándose la roca es como se planta, y todo se produce de
manera tan lozana y de abundante rendimiento.
Mérida ciudad rica por la producción de su henequén y cuidad de grande población, es sumamente pacífica, donde no se
ve un arma ni tan siquiera portándola los policías que cuidan
su orden, ni los militares a no ser cuando por los casos de
sus servicios las requieran. Por eso, causaba en muchos de sus
pobladores cierta repugnancia ver pendiente de la cintura de
los soldados de la libertad de Nicaragua temibles y grandes
máquinas de muerte.
Por tiempo indefinido instalados los patriotas nicaragüenses
en Mérida, comenzaron por empaparse de sus cosas y a gustarles
más, dándose cuenta que por donde pasaban las atenciones merideñas las absorbían ellos.
Las invitaciones a fiestas les llovían y aunque al general Sandino no le gustaba concurrir a ningún acto recreativo, porque según
su propio decir no podía estar de fiestas mientras sus soldados
recibían la muerte en los campos de combates de Las Segovias
causadas por los soldados invasores de la patria, al menos le consentía a sus ayudantes a que concurrieran a algunas.
Al principio el patriota aceptó las invitaciones que los empresarios cinematográficos le hicieron para que concurriera a sus
Junto a Sandino
241
espectáculos, pero prontamente se dio cuenta de que las invitaciones no eran más que hechas con fines especulativos con su
presencia en los salones cinematográficos, que recibían un lleno
al colmo al más simple anuncio de su asistencia, por lo que resolvió no concurrir más a ellos.
Las atenciones a los ayudantes del héroe no se limitaban únicamente al radio de la ciudad de Mérida sino que traspasaban sus
límites, extendiéndose por todo el estado y por toda la península,
teniendo que viajar al estado de Campeche y al territorio de Quintana Roo a recibirlas de los pobladores de los lugares.
Una de las logias masónicas de Mérida le concedió a cada
uno de los soldados nicaragüenses la gracia especial en interés
de que figuraran en el rol de sus asociados, ingresando a ello
únicamente Sandino, Martí y De Paredes, no interesándose por
ello los otros. Seguido al ingreso de estos tres hombres a ser
miembros de la logia, Sandino adquirió el grado tercero, pasando del grado blanco al grado de maestro, y en esta logia depositó Sandino mediante acto notarial el archivo del ejército de la
libertad de Nicaragua.
Después de algunos días de la llegada a Mérida, el tesorero de
los revolucionarios nicaragüenses aumentó su haber con dos mil
pesos más, recibidos del gobierno nacional para los fines que sean
necesarios.
Pasando sus días satisfechos los segovianos en Mérida, en uno
de esos el héroe le comunicó a sus hombres que una casa europea le ofrecía desde Belice, Honduras Británica, un crédito de
200.000 pesos en materiales de guerra en el que incluyen un barco pequeño para que volviera cuanto antes a reanudar su lucha en
contra de los yanquis invasores de Nicaragua.
Al no mostrar ninguna disposición en aceptar la oferta, sus
hombres le inquirieron el porqué a su jefe, diciéndole este que no,
porque quienes se la hacían eran otros imperialistas iguales o peores que los yanquis, siguiendo únicamente con ellos aprovecharse
de él tomándolo de instrumento en sus fines egoístas.
242 Gregorio Urbano Gilbert
Disintiendo del parecer de su jefe, algunos de sus subordinados alegaron que cuando tan beneficiado queda moral y materialmente el instrumento como el que lo maneja en sus asuntos y aun
siendo lo contrario en este no se debía de tener repugnancias en
servir a semejante causa.
NUEVOS DISGUSTOS SUFRIDOS POR SANDINO
Tras los días de satisfacción vividos en México, se sucedieron
otros de disgustos. Algunos sujetos observadores de la vida espléndida que llevaban los soldados rebeldes de Nicaragua en México se dieron a la tarea de propagar que Sandino se había vendido a los norteamericanos por la cantidad de un millón de pesos
para que cesara su lucha en Nicaragua. Tanto corrió el rumor que
llegó hasta a penetrar en el apartamiento que ocupaba el héroe en
el hotel, llevado por los pidepesetas, los que creían que por ese
medio fatal se hacían más merecedores de las miserables dádivas,
resultando que por tan desagradable rumor se viera el capitán Urbano al borde de la desgracia por haber querido castigar a uno de
los autores de tan repugnante como falsa propaganda, delatado
por uno de esos peseteros.
Y como si no fueran suficientes estas heridas sufridas por
los segovianos, se les presentó otro ingrato asunto, y fue que,
a mediados de agosto del año 1929, encontrándose Sandino
en espera de que el honorable presidente de la república lo
recibiera en la audiencia esperada en la que le trataría de los
puntos que por prudencia no le pudo detallar en la misiva que
le envío trazada en el pañuelo desde el campo general de El
Chipotón, puntos observados en la referida misiva, se allegó
al héroe el señor Manuel M. Arriaga, representante del ejecutivo federal ante la cooperativa henequera de Yucatán, y le
manifestó que él tenía instrucciones del señor presidente de la
república de entregarle mensualmente la suma de 2.000 pesos
Junto a Sandino
243
al REFUGIADO de Las Segovias para que sufragara los gastos
personales y los de sus ayudantes.
Sandino, que notando en Mérida el aislamiento en que lo iban
teniendo y no teniendo ya conexión alguna con el elemento oficial, bien el federal o el estatal, y ahora con lo que le comunicó el
señor Arriaga en términos poco corteses y un tanto brusco, fue lo
suficiente para que, dejando de lado los dos mil pesos, determinara abandonar inmediatamente México e internarse en las montañas boscosas de Las Segovias y reiniciar personalmente sus luchas contra la dominación de los yanquis en Nicaragua. Urbano y
Ardila Gómez le observaron que si en México no podía o quería
encontrarse con fines de proseguir sus esfuerzos a mejorar la situación de la causa libertadora que mejor sería irse a otra parte
del mundo con esos propósitos porque no se haría gran cosa, por
no decirse nada, volverse a Las Segovias en las condiciones tan
deficientes en que se encontraban y con el agravante de encontrarse gran parte de la gente licenciada y desperdigada por países
extranjeros, pero de nada le valieron a Sandino las observaciones
de sus dos oficiales.
Poniéndole Sandino al doctor Pedro de J. Cepeda un telegrama a la ciudad de México en el que le comunicó que aguardara
sus órdenes desde El Chipotón, tomando el tren de la mañana
siguiente, se alejó para Tizimín y desde aquí, en lomo de caballo, siguió para Cuyo, desde donde pensaba iba a seguir hasta
alcanzar la frontera de Honduras británica para después tratar
de llegar a los campos de Nicaragua, a través de Guatemala y
Honduras.
Ya en Cuyo, acordó Sandino de unos asuntos que tenía que poner a conocimiento a unos de sus amigos, residentes de la ciudad
de Progreso y de Mérida respectivamente, y para no dejarlos ignorantes de tan importantes cosas, comisionó a Urbano y a Ardila
Gómez para cumplirlos, previas instrucciones de cómo podrían
volverse a encontrar con él.
244 Gregorio Urbano Gilbert
EL DOCTOR CEPEDA EN MÉRIDA. ZANJADAS
LAS DIFICULTADES
Encontrándose en Mérida cumpliendo sus encargos Urbano y
Ardila Gómez, fueron sorprendidos con la presencia en esta ciudad del doctor Cepeda, quien había sido enviado por la vía aérea
por el doctor Portes Gil para que alcanzara a Sandino y arreglara
con él la dificultad surgida, habiendo el doctor Cepeda corrido el
riesgo de su vida en este viaje porque el aeroplano en que viajó
sufrió unos desperfectos que lo amenazaron de caer en la mar en
la bahía de Campeche.
Reunidos los oficiales con el doctor, este quedó enterado de los
pormenores por los cuales determinó Sandino volverse a Las Segovias, diciendo el doctor que el teniente Ardila Gómez partiera
inmediatamente para darle alcance y lo pusiera en conocimiento
de sus pasos, reteniendo al capitán Urbano para después ir los dos
al encuentro del héroe, resolviéndose todo con una facilidad, rapidez y precisión, como si se hubiera tratado de una obra mecánica,
ya que de vuelta hacia Mérida, en Tizimín, Sandino, Cepeda y sus
ayudantes de nuevo se reunían.
Cepeda informó a Sandino que el presidente estaba ajeno de
los motivos de los trastornos que se sucedía pero que el presidente prometía ponerles término, que el gobierno había dispuesto de la suma de 200.000 pesos para que se comenzara la
ayuda por la libertad de Nicaragua al tiempo que lo invitaba a
que fuera a Espita para que viera una finca henequenera que se
compraría con un avance de 50.000 pesos, la que trabajaría con
su gente hasta el momento de la hora del retorno a los campos
de la rebeldía.
Terminaba Cepeda diciéndole al Libertador que la audiencia
que le concedería el presidente se efectuaría en una fecha cercana.
Satisfecho Sandino por lo manifestado por Cepeda, parten todos de Tizimín rumbo a Mérida y llegándose se alojan en el Gran
Hotel.
Junto a Sandino
245
Se fue a Espita. Se vio la hacienda Santa Cruz ofrecida en
venta por el señor Alfonso Peniche, y la hacienda no fue del gusto
del general Sandino.
RETORNA A SU PATRIA EL CAPITÁN URBANO
Notando el capitán Urbano cómo se desarrollaban en México los
asuntos de la libertad de Nicaragua, pareciéndole que la reanudación de las hostilidades bélicas sería cosa de esperar tiempo largo,
determinó separarse de sus compañeros de ideales por el tiempo
que estuvieran haciendo vida de civil, prometiéndoles volver a
ellos cuando volvieran a retumbar los fuegos de las armas en las
montañas de Las Segovias, siempre que le fuera posible hacerlo
aunque por esta determinación perdía la oportunidad de visitar
como lo tenía en proyecto el grupo de los segovianos los centros
considerados de atracción turística por la riqueza arqueológica
que encierra, los que son Chichen Itza, Izamal, Uxmal y otros en
donde se aturde el visitante al contemplar los grandes templos,
las grandes pirámides, las grandes casas de hasta cien metros de
largo, y además grandes obras artísticas productos de los mayas
antiguos.
La determinación de Urbano causó pesar entre sus compañeros porque en verdad era apreciado de ellos y le rogaron que desistiera de su propósito. Sandino, para tratar de retenerlo a su lado
un tiempo más, le recomendó que por esos momentos el tesoro de
la revolución se encontraba empobrecido, por lo que le insinuó a
que esperara la llegada de los fondos en perspectiva para poderlo
por eso despachar en buena condición de ropa y metálico.
Pero Urbano, a pesar de lo bien que vivía materialmente en
México, quería regresar a su patria, y como a pesar de todo se
encontraba bastante disgustado por causa de los trastornos habidos, y más todavía por el maldito rumor aún resonando, el de
que Sandino había vendido su revolución a los norteamericanos
246 Gregorio Urbano Gilbert
por la cantidad del millón de pesos, fijado por los calumniadores y lengüilargas, terminantemente les dijo que se iría en las
condiciones en que estaba en la primera oportunidad que se le
presentara.
En tanto, los fondos de la revolución mermaban peligrosamente, por lo que no se podía vivir por el momento en el lujoso
Gran Hotel hasta que llegaran los recursos prometidos, y conocedor del caso el caudillo de los obreros de Mérida, señor Anacleto Solís, con su vivienda a las afueras de la ciudad, oportuno,
le ofreció a Sandino su casa con el fin de librarle del aprieto que
se le avecinaba.
Aceptada la oferta del señor Solís, los soldados segovianos pudieron vivir en su casa de campo, en medio de la huerta, haciendo
vida nativa, durmiendo en cama colgante, tejida de hilos de pita
entintados de muchos colores, comiendo tortilla de maíz, el pinol,
el chile, el frijol, el pozole y el elote.
Y llegó el momento de Urbano partir rumbo a la República
Dominicana. Ante lo inevitable, el general Sandino le ordenó entregarle el tesoro al teniente Rubén Ardila Gómez. Revisadas las
cuentas, se demostró su limpia administración, por lo que el coronel Martí y el nuevo tesorero no vacilaron en respaldar con su
visto bueno.
Unos cuantos cientos de pesos era el total restante de los fondos recibidos, de los cuales Sandino le entregó a Urbano cincuenta pesos y le consiguió con el gobernador del estado el pasaje en
primera clase hasta el puerto de La Habana, capital cubana.
Listo el dominicano para su ida, se despidió de sus compañeros en el tiempo de uno de los últimos días del mes de agosto y
año 1929, embarcó en el puerto de Progreso, en uno de los barcos
de la Ward Line, arribando los pocos días después a La Habana,
en el que, al ser visitada la nave por las autoridades de inmigración, ordenaron estas que el pasajero Urbano fuera internado en
Triscornia, campamento destinado a los viajeros que a La Habana
arriben sin que hubieran llenado suficientemente los requisitos
Junto a Sandino
247
que la ley exige, encontrándose en violación a la misma el navegante Urbano, al no tener documento alguno que lo amparara para
gozar del derecho de que lo dejaran libre en la gran Habana.
En Triscornia, los viajeros que en ella internan si no encuentran persona alguno que los favorezcan, son reembarcados para
el puerto de providencia en el mismo barco que los trajo, a su
vuelta por La Habana, cargándosele a la compañía a que pertenezca veinte centavos por cada día que permanezca en Triscornia
el pasajero indeseable como compensación de gastos que tengan
para con él en atenciones de comida y otras necesidades.
Triscornia es un excelente establecimiento en su clase. Abarca
una gran extensión de terreno en la parte alta al otro lado de la
bahía de La Habana, entre los poblados de Regla y Casa Blanca.
Encierra dentro del recinto modernos y grandes pabellones de dos
plantas destinados a los dormitorios, comedores, hospital, y una
celda para reclusión de los desordenados, de esos guapos que en
ninguna parte faltan. Más allá, hacia el este, separado por un débil
seto muerto y por otro seto fuerte vivo así como de una serie de
árboles grandes, hay un campo de veraneo escolar, en donde los
escolares, en sus vacaciones, son atendidos en todos sus menesteres para la vida, tales son las ropas, las comidas, casa, medicinas,
aseo, ejercicios físicos, etcétera.
Los jardines y cobertizos para tomarse el fresco en Triscornia son grandes como corresponde a un lugar en donde tantas
personas, por miles, son atendidas frecuentemente, las que pese
a ser de tan diversas nacionalidades: polacas, españolas, austríacas, alemanas y otras, permanece el más completo estado de
limpieza.
Encontrándose Urbano en el tercer día de su encierro en Triscornia en horas de la mañana y en espera del regreso desde Nueva
York del barco que lo trajo a La Habana para ser devuelto a México, se encontraba paseando por los jardines del establecimiento
contemplando la belleza de las flores y admirándole el arte a los
cubanos y sus conocimientos de la floricultura, acertó a pasar por
248 Gregorio Urbano Gilbert
el lugar del jefe de Triscornia, señor Jaime Roldós, capitán que
había sido del ejército nacional de Cuba, deteniéndolo frente a
Urbano un inmigrante jamaicano hablándole en inglés y no entendiéndole en nada el señor Roldós, fijándose Urbano, que por
sus facciones y color se parece a un angloafricanoantillano, y tomándolo por tal le pidió que le preguntara su deseo al internado
jamaiquino.
El requerido no entendiendo nada del habla inglesa y encontrándose de mal humor aún gozándose de la belleza de las flores,
se dirigió al británicoantillano en claro castellano, diciéndole:
—Dice el jefe que qué desea usted.
Al oír el señor Roldós el lenguaje empleado por el que creyó era
su intérprete, le dijo que para hablarle castellano al hombre no lo
hubiera ocupado, a lo que el aludido, siempre de mal humor y con
la congoja de su apurada situación de detenido y en perspectiva de
ser devuelto de un momento a otro al país que no deseaba volver, le
replicó a Roldós que bien hubiera podido ahorrarse el molestarlo
porque él no hablaba otro idioma que no sea el castellano.
Ante la aspereza de Urbano, el capitán Roldós, un tanto ofendido y agriado, le pregunta:
—¡Y usted, entonces! ¿De dónde es?
—¡De la República Dominicana!
Fue la respuesta oída por el señor cubano, al que al igual que
si hubiera sido una frase sagrada para él, pasando por alto la insolencia del dominicano, emocionado exclamó:
—¡Dominicanos! ¡De la tierra de nuestro libertador, el
generalísimo Máximo Gómez!
Y acercándose a Urbano, le requiere le cuente su caso, para ver
la mejor manera de remediárselo, y al enterarse el capitán cubano
de su trance, seguidamente se dirigió por medio del teléfono al
cónsul dominicano comunicándole la suerte de su compatriota y
que para más se lo iba a mandar para que tratara de arreglársela.
Y en acción Roldós dispuso que uno de los policías guardianes
del establecimiento condujera al dominicano por ante su cónsul,
Junto a Sandino
249
y llegando por ante el funcionario de sus esperanzas que lo era
el señor Francisco Ricart Pou, éste, después de las dificultades
consiguientes para poderlo identificar o como para creerle ser uno
de sus compatriotas, terminó por decirle que las diligencias que
habría que hacerle a su favor no eran de su competencia sino del
ministro plenipotenciario.
Desde una de las casas de enfrente al malecón en que estaban
instaladas las oficinas del consulado, el policía condujo al detenido por ante su ministro, que lo era el licenciado y general Enrique
Jiménez.
Grandemente afectuosa fue la acogida dispensada por el ministro a Urbano, prometiendo interesarse por su asunto, y después
de las atenciones oficiales que le dispensó en su despacho, lo introdujo en la sala de su casa morada y lo presentó a su familia
compuesta de su elegante e ilustre esposa, doña Gloria Moya,
y de sus simpáticos e inteligentes hijos los jovencitos Mariana
Amalia y Enriquito.2
2
Enriquito: Cinco meses con diecisiete días después de haber estado Urbano
en la Legación dominicana en La Habana, el gobierno del general Horacio
Vásquez, de la República Dominicana, fue derrocado por el general que
era el comandante del ejército nacional. Se impuso este comandante como
presidente de la república, o se imponía a veces, como jefe de ella con presidentes muñecos y que la dirigió así por un tiempo de más de treinta y un
años.
A comienzos de estas cosas, la familia Jiménez Moya vino a la República
Dominicana, pero no pudiendo transigir con el régimen implantado por el
militar usurpador tuvo la familia Jiménez Moya que abandonar la patria, por
ser amiga de la decencia.
Enriquito, al correr de los años, alcanzó la edad adulta no gustándole la manera de llevarse las cosas dominicanas por voluntad del impostor, comenzó
a conspirar en el extranjero en contra de ellas con miras de encauzarlas por
la senda del bien, porque ya habiendo alcanzado el poder el doctor Fidel
castro y demás compañeros de ideales, y bajo los mandos de Enriquito y del
doctor José Horacio Rodríguez, descendieron del aeroplano que los trajo
250 Gregorio Urbano Gilbert
El enlace Jiménez Moya, formado de dos de las más linajudas
familias dominicanas, atencionó a su visitante de tan fina manera
que al despedirse de esa honorable familia el policía que lo custodiaba y que debía tratarlo como a un cualquier violador de las
leyes de la isla y por eso vigilarlo estrechamente lo trató luego
como a un individuo que había que guardarle alguna consideración, por lo que en vez de vigilante le sirvió de amigo y cicerone
por lo que lo invitó a pasear por los principales puestos de interés
turístico que tiene La Habana, sin dejar de llevarlo al jardín de La
Tropical, extenso, en cuyo centro, con quiosco y asientos, se levanta una fuente cuyo líquido fluyente es cerveza de la fábrica de
La Tropical, a distancia, sirviéndole del brebaje por un cuerpo de
empleados a todo visitante que por allí llegare… y… son muchos
estos, y de todas las capas sociales.
Después de pasadas más de dos horas paseándose por entre
lo mejor de La Habana, en las que hasta el chofer del automóvil en que lo hacían se mostró desinteresado con sus pasajeros,
cobrándoles una insignificancia por su trabajo, vigilante y vigilado llegan al muelle para embarcarse para Triscornia, y al
sentarse Urbano en el puesto que ocupó cuando iban para la
en las montañas de Constanza, República Dominicana, el día 14 del mes de
junio del año 1959, y porque no recibieron refuerzos desde Cuba, y porque
el pueblo dominicano no los respaldó, y porque las montañas escogidas para
sus operaciones bélicas son inhospitalarias, sin vegetación fructuosa y sin
agua, porque las fuerzas de la tiranía fueron fuertes y fueron los invasores
exterminados más por el asesinato que sufrieron que por las bajas experimentadas en los combates librados. Pero para que no fuera radical el exterminio, sobrevivieron el desastre los guerrilleros Poncio Pou, Mayobanex
Vargas y Medardo Guzmán, como ocurrió en los casos similares de diez
años atrás en la insurrección marítima de Luperón emprendida desde Cuba
también, en que solo se salvaron Tulio Arvelo, Horacio Ornes Coiscou, Rolando Martínez Bonilla y Miguel Feliú, muriendo este último después en las
acciones de Constanza. Y para nada hablar de los infelices de Estero Hondo
y de Maimón.
Junto a Sandino
251
ciudad, que fue en la parte trasera, junto al motor, con asiento
sucio, graso, lugar de calor y sentina, el policía le protesta y
le indica que su puesto no es ese sino en la parte delantera, de
seco piso, luciendo la pana en las asientos y los espejos en las
paredes, con bronces relucientes, y con cortinas y cristales y
campana.
Al llegarse a Triscornia, por la simpatía del capitán Jaime
Roldós, y por informes que el policía le dio de la buena acogida de que fueron objeto por parte del ministro Jiménez, dispuso
que toda una sala de la planta alta de uno de los pabellones fuera
destinada para dormitorio exclusivo de Urbano, quien no llegó a
disfrutar de la señalada distinción, ya que en la tarde del mismo
día vino la orden de despacharlo por virtud de rápidas diligencias
eficaces hachas para ello por el activo diplomático dominicano
don Enrique Jiménez.
Seguidamente y en su condición de libertado, volvió Urbano
a la legación y el ministro dispuso alojarlo en un hotel hasta que
se presentara la oportunidad de embarcarlo para su patria, para
cuyas diligencias encargó al policía a sus servicios, señor Diego
Mavia, hombre activo y simpatizador de Urbano, por lo que fueron buenos amigos.
Temprano una mañana en el hotel, cuando Urbano todavía en
su lecho, oyó unos golpes de llamadas dados en la puerta de su
habitación que al franquearla encontró de pie en el umbral nada
menos que a su viejo amigo don Manuel María Morillo adornando con su peculiar sonrisa su rostro sonrosado, quien había venido a La Habana desde su residencia de Santiago de Cuba en diligencia periodísticas, y enterado por los Jiménez de la presencia
de su amigo en la ciudad, se dispuso a buscarlo, y encontrándolo,
hizo que se vistiera sin pérdida de tiempo y de seguida le condujo
haciendo que llevara una fotografía de Sandino junto a su cuerpo
de comandantes militares hecha en Veracruz, México, a la dirección del diario Excélsior-El País, y lo presentó a sus amigos del
cuerpo de redacción del importante periódico.
252 Gregorio Urbano Gilbert
Caso excepcional el de Urbano a juicio de los hombres de
Excélsior que lo entrevistaron, y con la fotografía llevada publicaron la entrevista en sus dos ediciones del día, 6 de septiembre
del año 1929.
En La Habana bella, rica y divertida, pasó Urbano un total de
ocho días después de haber sido libertado de Triscornia, no siéndole de extrañeza las maravillas de esa grande y pujante ciudad,
por razón de haber sido ella lugar de su residencia y domicilio
en un tiempo de varios años atrás, extrañeza, aún mostrando la
diferencia La Habana de ahora a la de antes, con su escrupulosa
limpieza, transformación del campo de Marte en plaza de la Fraternidad, antes sucio y plagado de vagos ociosos, convertido ahora en uno de los más hermosos y extensos parques de las Antillas,
con sus nuevas avenidas y la principal es la de Los Mártires, y la
del Malecón hasta orillas del puerto, el Centro Asturiano nuevo,
la construcción del Centro Gallego, el que ostenta ser la segunda
edificación en importancia en Cuba, y por sobre todas la del imponente Capitolio, comparable solo con las mejores en su clase, a
las de las capitales de las naciones más avanzadas.
El día penúltimo de los pasados por Urbano en La Habana, el
ministro Jiménez lo envió donde el fotógrafo a que le hicieran los
retratos necesarios al pasaporte que se le libraría para su franca
entrada en su patria el que con el pasaje valedero al vapor Presidente Machado de nacionalidad cubana, al otro día se le entregó
y se embarcó.
Entre los amigos que a despedir a Urbano fueron en esa tarde
a bordo del Presidente Machado, uno lo fue el general Francisco
Loynaz del Castillo, donde por primera vez se conocieron estos
dos hombres, por la gentileza de Morillo, quien condujo al general al barco, presentándoselo al viajero.
En conversación los nuevos amigos, el general Loinaz del
Castillo, sin ambages con el capitán guerrillero, le propuso que no
regresara a Santo Domingo sino que se quedara en Cuba en donde
lo tratarían mucho mejor a como lo tratarían en su país, parecer
Junto a Sandino
253
corroborado por Morillo y le dice que la razón básica de visitarlo
en el barco no era otra más que sacarlo del mismo y llevárselo a
tierra y proporcionarle una buena ocupación con la que podría
vivir cómodamente.
Aunque Urbano no se hacía ilusiones del trato que recibiría
en su patria al llegar, agradecido al general por sus buenas intenciones le declinó la oferta, pero él, sosteniéndosela, le dijo que si
cuando estuviera en Santo Domingo no le fuera tan bien de cómo
le iría en Cuba, ya él, Loynaz del Castillo, se encontraría en Lisboa, Portugal, desempeñando las funciones de ministro plenipotenciario de Cuba por ante aquel gobierno, pero que todavía allá
podría escribirle sobre el particular, desde donde lo haría volver a
Cuba y proporcionarle aquí medio de vida digna, porque todavía
tendría los medios que para ello son necesarios.
Morillo, con pesar de que Urbano no aceptara el ofrecimiento
de Loinaz del Castillo, se despidió de sus amigos, y tomando un
automóvil esa misma tarde partió para su residencia de Santiago
de Cuba.
Desde a bordo del navío cubano amarrado a uno de los muelles del puerto encerrado por uno de sus lados por la punta que
sostiene al castillo de El Morro, tuvo Urbano la oportunidad y
satisfacción de ver y sentir cómo es que los grandes pueblos, de
alma elevada, como lo es el de Cuba, saben apreciar a sus hombres distinguidos.
Se trataba del recibimiento tributado por Cuba a Kid Chocolate, el joven boxeador negro cubano, que cargado de laureles y
dinero regresaba de los Estados Unidos, en donde los ganó en
luchas triunfales contra sus más recios adversarios de profesión
de aquel colosal país.
Todos los barcos, grandes y pequeños, nacionales y extranjeros, embanderados, presentaban un lúcido pintoresco a la bahía,
y en el momento de acuatizar en ella el hidroavión que condujo
al victorioso pugilista, todos los movidos por vapor ensordecieron con la estridencia de sus sirenas los espacios del puerto,
254 Gregorio Urbano Gilbert
de la ciudad y los de más allá de los campos lejanos a los que se
unieron las bocinas de los automóviles hacinados alrededor del
puerto, y se unieron las detonaciones de los fuegos de artificio
quemados y tan grande fue su cantidad que todo lo sacudían con
la fuerza de sus gases, empujando a la masa de aire que los envolvían al ser quemados.
La concurrencia a recibir a su amado compatriota, mareaba
por el numero de habaneros y provincianos que se apiñaba para
darle la bienvenida a Kid Chocolate y gozarse con él por sus
triunfos en el extranjero, figurando a la cabeza de tan imponente
como espontánea manifestación la primera autoridad municipal
de La Habana, el alcalde, el funcionario más envidiado de todos
los que Cuba, después del presidente de la república, pudiéndose dar cualquiera una idea, por lo que de primera intención
se vio, de los agasajos idolátricos que después le tributaron al
campeón mundial de los pesos ligeros al ser conducido al sitio
para los fines…
Al fin zarpó el Presidente Machado del puerto de La Habana,
tomando rumbo este, pudiéndose admirar desde a bordo la cambiante hermosura de la costa norte como muestra de lo que es esa
paradisiaca isla del trópico americano, la bien llamada Perla de
las Antillas.
Y atracó el barco en el puerto de Guantánamo, en el fondo de
la bahía de igual nombre, inmensa, abrigada y apacible, arribando
después al puerto de Santiago de Cuba, en donde tiró sus amarras
a uno de sus muelles y donde Manuel María Morillo, con sus incansables demostraciones de afecto con uno de sus pasajeros firmemente lo esperaba, y como cuando desembarcó antes que nada
lo condujo a los diarios La Región, La Independencia y Diario de
Cuba, en los que se publicaron al día siguiente las entrevistas que
celebraron con el capitán Urbano.
En tanto permaneció el barco atracado al muelle del puerto
de la capital de Oriente, la que fue en un tiempo lejano capital
de toda la Cuba Colonial, la ciudad más vieja de la isla; Oriente,
Junto a Sandino
255
la provincia que dio los más notables y bravos soldados de
la guerra de la independencia, los Maceos por demostración,
doce hermanos héroes y mártires de la causa, con Antonio, el
resplandeciente sobre todos, caído en Punta Brava, holocausto rendido en bravas batallas libradas contra los tiranos de la
patria; Oriente, provincia rica por contener los más variados
depósitos mineros en explotación y los más variados cultivos
agrícolas y es la segunda más productora de azúcar, la primera riqueza industrial nacional, y es la nación la primera productora mundial del dulce artículo; Santiago de Cuba, ciudad
conocida de viejo por Urbano, en donde también vivió por el
tiempo de varios años en la época de su primer viaje al hospitalario y progresista país.
En el entretanto, Morillo se ocupaba de relacionar a Urbano
con sus amistades de Santiago de Cuba, en donde son bien conocidos los dominicanos y estimados, y se ocupaba también Morillo
de avisar a Santo Domingo de la próxima llegada de su paisano a
esa república.
Y habiendo terminado el movimiento de descargar la mercancía que trajo para la ciudad y de tomar la que conduciría a los
dominicanos, y los pasajeros y la correspondencia para el país de
ellos y los puertorriqueños, la nave se despachó de Santiago de
Cuba, y en recorrido sin contratiempos, siendo buenos compañeros los viajeros, arribó al puerto de Santo Domingo el día 16 del
mes de septiembre del año 1929, y saltando a tierra los pasajeros
que trajo, figuró entre los tales Urbano, el que por causa de la
campaña libertadora de Nicaragua que encabezó el valiente idealista general Augusto César Sandino, había estado ausente de su
patria por el tiempo de un año y veintiún días. Y en el muelle de
la ciudad capital estaban esperándolo por parte del presidente de
la república, general Horacio Vázquez, para atencionarlo y procurarle alojamiento, los hermanos Blanco y Negro, los mellizos
Hernández, los que lo condujeron al hotel de doña María Donis
de García.
256 Gregorio Urbano Gilbert
Volviendo a Sandino, bien pudiera ser que como los Manos
Fuera de Nicaragua y los antimperialistas tuvieron sus disgustos
con Sandino desde cuando este operaba en los campos de Nicaragua, se propusieran por eso perjudicarlo de toda forma, por lo
que se dieron a la tarea de hacer tan feas como falsas acusaciones
contra tan grande y puro hombre.
Esas agrupaciones se disgustaron con Sandino, porque habiéndose ellos arrimado a la causa libertadora de Nicaragua, Sandino
solicitó al doctor Pedro de J. Cepeda que se trasladara al campamento general con el fin de que se le proclamara presidente de
la Nicaragua insurrecta por voluntad de los ciudadanos y de los
soldados de los campos rebeldes para que entre otros asuntos políticos a favor de la causa, intentarse conseguir el reconocimiento
de beligerancia por las naciones del mundo.
El propósito básico del Libertador no fue lo que disgustó a
los antimperialistas y a los MFN sino que fuera el doctor Cepeda el señalado para desempeñar la presidencia de Nicaragua
insurrecta.
La malquerencia de los antimperialistas y de sus socios contra
el doctor Cepeda data desde tiempo muy atrás, desde la época
en que el doctor consiguió del gobierno mexicano las armas con
que el doctor Bautista Sacasa combatió con su revolución liberal
al gobierno conservador de Adolfo Díaz en Nicaragua. El doctor
Gustavo Machado, venezolano, principal miembro de los antimperialistas, le pidió a Cepeda que compartiera con él las armas de
la revolución nicaragüense para con ellas ir a derrocar al gobierno
tirano del general Juan Vicente Gómez, de Venezuela, en donde
se establecería un régimen comunista.
Como el doctor Cepeda no accedió a lo solicitado por el comunista doctor Gustavo Machado, éste, con los de su asociación
del mismo principio ideológico, lo tildaron de burgués y lo declararon enemigo.
Por todas estas cosas, y por haber declarado Sandino cuando
estaba en México, procedente de sus campos bélicos, que su
Junto a Sandino
257
lucha no era de clase sino de puro nacionalismo, aquellas gentes
extremaron sus odios contra el Libertador y lo rodearon de las
falsas acusaciones de que ya se han señalado.
Los Manos Fuera de Nicaragua y los antimperialistas, con el
propósito de darles más fuerza a sus acusaciones en contra de
Sandino, sostienen que ellos contribuyeron con fondos suficientes
para ponerlo en condición de resistir a los soldados norteamericanos por tiempo indefinido en la ocupada Nicaragua.
Estas armas presentadas contra el más puro y desinteresado
caudillo de las más nobles causas de estos tiempos, fueron las
más cobardes de los que lo atacaron. Los fondos que tanto cacarearon haberle enviado a Sandino esas instituciones, no pasaron
de ser promesas, y las insignificancias de ellos y de otras instituciones y de particulares que recibía eran tan mezquinas que no
debían de tomarse en consideración toda vez que con ellos no se
resolvía ningún problema por insignificante que fuera.
Los antimperialistas sí que recabaron en nombre de la causa
libertadora de Nicaragua grandes cantidades de dinero pero todas
las emplearon en provecho propio y en la fracasada revolución
que levantó Urbina en Venezuela, iniciándola en Curazao, isla
holandesa frente a Venezuela, a fines de 1929.
El doctor Machado se presentó al principio de la lucha por la
libertad de Nicaragua en el campamento general y le participó
a Sandino que él, por propia determinación y responsabilidad,
se había dado a la tarea de recabar fondos a favor de la revolución. Que lo que había recabado por el momento, alcanzaba a
mil pesos americanos, los que había gastado en la realización
del viaje hasta el campamento rebelde para participárselo. Le
dijo además Machado a Sandino que si no había inconveniente
alguno se le proveyera de las credenciales necesarias con el fin
de continuar recabando fondos a beneficio de la causa de la libertad de Nicaragua.
Sandino, hombre sano, leal, de los que por fuerza a veces tienen que pasar por cándidos ante tantos zorros astutos que andan
258 Gregorio Urbano Gilbert
en el mundo en busca de oportunidades, y logradas aprovecharse,
satisfaciendo sus intenciones le aprobó a Machado su primera
actuación y el gasto de mil pesos y le libró las credenciales solicitadas.
Como es innegable que el doctor Gustavo Machado recabó
buenas cantidades en nombre de la causa libertadora de Nicaragua y no las entregó para eso sino para lo que ya se ha señalado,
y como Sandino tuvo que dar tregua a su lucha por falta de recursos, es lógico colegir que los únicos beneficiados de la causa, sus
explotadores, no teniendo ninguna justificación que presentarles
a los inocentes contribuyentes explotados, se dieron a propagar
que Sandino había abandonado la lucha en Nicaragua por haberse
vendido a los norteamericanos.
Entre los tantos defensores del buen nombre del inmaculado
héroe general Augusto César Sandino y de su causa que se brindaron por distintas partes del mundo uno fue Urbano, quien desde
su retiro en su pueblo natal, Puerto Plata, la pintoresca, le dirigió
al director del diario La Opinión, don Álvaro Álvarez, una carta,
la que publicó en el periódico de su dirección, en la cual aclaró
todo lo de obscuro que quisieron echarle a Sandino sus mal intencionados enemigos.
Esa defensa le valió a Urbano de que el héroe lo nombrara corresponsal del ejército defensor de la soberanía de Nicaragua en
República Dominicana.
Y fueron tantos otros los defensores de Sandino y tantas las
actuaciones que se hicieron a su favor que quedó plenamente evidenciada la falsía y mala intención de sus contrarios.
Por otra parte, Sandino se vio en la necesidad de tener que
aceptar los dos mil pesos mensuales que el señor Manuel M.
Arriaga, representante del ejecutivo federal ante la cooperativa
henequera de Yucatán le ofreció por instrucciones del presidente
de la República, don Emilio Portes Gil. Con los dos mil pesos,
Sandino tenía que sufragar todos sus gastos y los de los veinticinco hombres que ya le acompañaban.
Junto a Sandino
259
Después, el presidente de la república le concedió a Sandino la entrevista tanto tiempo esperada, recibiéndolo en el histórico y hermoso palacio de Chapultepec, pero don Emilio le
manifestó a Sandino que México no había estado en intención
de ayudarlo para la guerra, que solamente le había proporcionado
hospitalidad.
Por ese mismo tiempo el coronel Farabundo Martí, secretario
general de Sandino y otros de sus hombres fueron encarcelados en
México por el hecho de dedicarse a propagar la doctrina comunista.3
Así fue que no contando Sandino con la ayuda del gobierno
del licenciado Emilio Portes Gil para los fines bélicos que necesitaba aunque sí refugiado, y mucho menos esperar esa ayuda
del presidente electo el ingeniero Pascual Ortiz Rubio, con quien
se había disgustado cuando en Veracruz fue el ingeniero en su
propaganda electoral, se dispuso Sandino a las selvas segovianas
para reanudar con las pocas fuerzas que le quedaban en la lucha
por la libertad de Nicaragua.
Y se leían en los periódicos, en sus informes cablegráficos,
las intenciones de Sandino. Los amigos de afuera no lograban
comunicación de ninguna forma con el héroe. Urbano, en sus
empeños por querer saber qué era de los rumores circulados,
nada consiguió, salvo una carta de su compañero y amigo teniente Rubén Ardila Gómez, fechada en La Habana, Cuba, el
día 11 del mes de abril del año 1930, en la que entre otras cosas
le decía: «Te participo que voy para Colombia llevando la representación del ejército, pues aquí entre nos, te participo que
México nos… desde luego esto te lo participo con reservas. Voy
a ver qué hago o consigo en mi país por la causa. Espero recibir
3
Martí: Después de haber sido libertado y expulsado de México viajó Martí
como penitente a bordo de un barco del que en ninguna parte que tocaba
lo dejaban desembarcar. Burlando la vigilancia que le tenían, logró introducirse en El Salvador, su patria, en donde organizó y dirigió a principios
del año 1932 una revolución comunista, la que sofocada prontamente por el
gobierno, y hecho prisionero Martí, fue pasado por las armas.
260 Gregorio Urbano Gilbert
noticas tuyas en la dirección que te di, es decir, Zapatoca, por si
ya se te olvidó, mañana continuaré mi viaje».
Pero diez días antes de la fecha de la carta del teniente Ardila
Gómez, el día primero del mencionado mes de abril, el general
Sandino había despachado para los campos nicaragüenses a los
hombres que lo acompañaban en México, quedándose él oculto
con cuatro de sus ayudantes hasta el día veinticinco del mismo
mes de abril cuando escapó de Veracruz y llegó a Las Segovias
los primeros días del mes de mayo. El diez de junio del año 1930,
en el cerro de Tamaleque, en Jinotega, le rindió al ejército libertador informes de sus diligencias.
Poco tiempo después, los periódicos en sus informaciones
cablegráficas volvieron a hablar de Sandino y de sus operaciones guerreras en los campos rebeldes de Nicaragua, de los que
anunciaban sus triunfos y reveses experimentados en los combates librados con sus enemigos, los norteamericanos y sus sucios
nativos traidores, por la liberación de su patria.
Dos años y medio duró esta segunda jornada por la libertad de
Nicaragua que animó ese espíritu inquebrantable que fue Augusto
César Sandino, en la que le causó al gobierno de Washington el
mayor quebradero de cabeza por ese tiempo en su política exterior, mientras el héroe causaba las mayores y más gratas sensaciones del mundo y se cubría de las más brillantes glorias, haciéndose el hombre más admirado de su época.
Entre los tantos combates librados en esta última jornada,
puede mencionarse por su interés, el de Saraguasca, duradero en
muchas horas en total y bajo el continuo bombardeo aéreo, con
triunfo para los libertadores en que el Libertador resultó herido,
y el librado en el Puerto Cabeza, en la costa del mar Caribe, causándosele tantos daños a los enemigos que el propio secretario de
Estado de los Estados Unidos, señor Henry Stimson, del gobierno
que presidía míster Heberto Carlos Hoover, sin empacho alguno
declaró públicamente, publicándolo la prensa mundial, que «los
Estados Unidos cuentan con fuerzas suficientes para garantizar
Junto a Sandino
261
las vidas y los intereses de los ciudadanos norteamericanos en
Nicaragua».
Así andan las cosas en uno de los países de la América tropical
en que la naturaleza le dispensó hermosura y riquezas muchas,
como la de sus lagos azules, sus llanuras y montañas cubiertas de
selvas siempre verdes y en flor y cuajadas de frutas, y de árboles
de preciosas maderas, albergue del guacamayo y del zopilote, del
turpial, del sinsonte y otras de las familias del pavo y mochos
otros pájaros cantores y aves de cacería y de bello plumaje. Selvas albergue del puma, del jaguar y del coyote, del venado y del
tapir, del chancho y de los conejos, y guardan y sustentan la boa
majestuosa, a las víboras de bellas pieles, a los inquietos monos
y a las ardillas en eternos movimientos con sus colas sobre de sus
lomos y a los mapurites de los gases asfixiantes, del perezoso y
del armadillo y del oso hormiguero y de muchos otros animales.
Y en sus ríos de orillas doradas hay cocodrilos en abundancia y
peces, y caracoles en sus quebradas y en esta el oro en pepitas se
arrastra parejo con los guijarros, con las arenas y las aguas, y las
rocas, desde ras de tierra a sus profundidades, se les une el precioso amarillo metal en gran porcentaje y hay otros en abundancia buenos metales. País que con tantas facilidades para la vida
próspera e independiente, se encuentra sumido por desgracia en
la mayor deshonra por causa de la estúpida ambición de algunos
de sus dirigentes. Y así andaban las cosas en uno de los países
de la América tropical…, hasta que a comienzos del mes de noviembre del año 1932, se celebraron elecciones generales en los
Estados Unidos de Norteamérica, y en la república de Nicaragua
también.
El presidente norteamericano, señor Herberto Carlos Hoover,
aspirante a la reelección había declarado que para el día primero
del mes de enero del año 1933, retiraría las fuerzas de soldados
de su país que ocupaban Nicaragua. Como su antecesor, míster
Calvin Coolidge, había hecho igual promesa para el año 1929
y no la cumplió, la de Hoover se tomó con escepticismo. En las
262 Gregorio Urbano Gilbert
elecciones celebradas fue derrotado por su contrario, Franklin
Delano Roosevelt, y en Nicaragua ganó el poder el doctor Juan
Bautista Sacasa. Este señor Sacasa es aquel que habiendo sido
vicepresidente de la república de Nicaragua por el Partido Liberal
en el poder en el año 1925, debió ser el presidente al renunciar
el cargo don Carlos Solórzano por presión que le hiciera Adolfo
Díaz y sus asociados del Partido Conservador, pero como Díaz
no hizo su trabajo revolucionario a favor de nadie que no fuera al
de su propia persona, Sacasa tuvo que coger el camino del destierro, pero ayudado por El Manco, el gran caudillo general Álvaro Obregón y por el nicaragüense doctor Pedro de L. Cepeda,
organizó en México una contrarrevolución, la que al estallar en
Nicaragua, no triunfó por la rápida intervención de los militares
norteamericanos a petición de Adolfo Díaz y por la traición del
jefe de las operaciones militares de la revolución, general Manuel
María Moncada, actitud que le valió a este buena cantidad de dinero y la presidencia de la república al término del tiempo por la
que desempeñaba Adolfo Díaz, aceptándole el doctor Sacasa al
traidor el cargo de ministro plenipotenciario de Nicaragua ante el
gobierno de Washington. Y Sandino fue el único de los jefes que
llevó a Sacasa a la revolución que siguió peleando y peleó bravamente por sostener los derechos de la patria intervenida y por los
derechos del Partido Liberal.
Se inició al fin el año 1933 y se iniciaron también los gobiernos de Roosevelt en Washington y el de Sacasa en Managua, y el
presidente norteamericano retiró de Nicaragua a sus soldados que
la ocupaban.
Mientras tanto, algunos de esos que se lucran con los males
ajenos, viendo que la paz reinaría en Nicaragua, con fines a que
no resultara le propusieron a Sandino por medio de sus agentes
las compañías norteamericanas en las costas del mar Caribe de
Nicaragua, suministrarle elementos bélicos, barcos y dinero para
que a partir del mes de enero del año 1933 combatiera contra el
gobierno que surgiría para el entonces.
Junto a Sandino
263
Por otro lado, el Congreso de Nicaragua trataba de aprobar
un empréstito para que el nuevo gobierno que dirigía Sacasa tuviera recursos con qué poder combatir contra Sandino si este lo
atacara, pero careciendo Sandino de la marrullería que guía los
sentimientos de los políticos y estar solo adornado de los más puros
sentimientos del idealismo, trató de muchas maneras de poner al
gobierno al tanto del peligro que para la patria tramaban los que les
gustan aprovecharse de las desgracias nacionales y también de las
de sus individuos, logrando al fin el héroe su propósito, venciendo
las dificultades que le tendían los mal intencionados. Ayudándole
en ello el coronel Agustín Sánchez Salinas y el capitán Alfonso
Alexander, de los patriotas, que al poner en marcha sus propósitos,
fueron encargados por el gobierno, e igual propósito y suerte tuvieron en Jinotega doña Blanca Arau de Sandino, don Fernando Valle
Quintero con un grupo de universitarios. Se mejoró la situación al
intervenir el ministro de Agricultura, don Sofonías Salvatierra, y
por último intervino personalmente el propio Sandino.
De la entrevista celebrada por Sandino con el presidente de
Nicaragua resultó la concertación de la paz, lo que para el efecto
fueron nombrados los representantes Salvador Calderón Ramírez, Pedro de J. Cepeda, Horacio Portocarrero y Escolástico Lara,
por los patriotas alzados, David Stadthagen, por el Partido Conservador, y Crisanto Sacasa por el Partido Liberal Nacionalista.
Se convino lo siguiente:
1. Los representantes del general Augusto César Sandino declaran ante todo que la cruzada en que han estado empeñados él y su ejército ha propendido a la libertad de la patria,
y por consiguiente, en el momento actual, en consignar de
ese modo a nombre de su representado, su absoluto desinterés personal y de su irrevocable resolución de no exigir
ni aceptar nada que pudiera menoscabar los móviles y motivos de su conducta pública. Quiere él, pues, asentar como
principio inamovible que a ningún lucro o ventaja material
aspira o piensa conseguir. En vista de las precedentes ma-
264 Gregorio Urbano Gilbert
nifestaciones de elevado desinterés, los representantes de los
partidos Conservador y Liberal Nacionalista rinden homenaje
a la noble y patriótica actitud del referido general Sandino.
2. El general Augusto César Sandino por medio de sus delegados y los representantes de ambos partidos declaran
que en virtud de la desocupación del territorio patrio por
las fuerzas extrañas, se abre indudablemente una era de
renovación fundamental en nuestra existencia pública; que
este suceso es de vital trascendencia en nuestros destinos
nacionales, y que disciplinados por una dolorosa experiencia consideran como deber imperativo fortalecer el sentimiento colectivo de autonomía que con unánime entusiasmo conmueve a los nicaragüenses. A fin de acrecentar tan
nobilísima tendencia, los que suscriben el presente pacto
convienen en señalar como punto capital de sus respectivos programas públicos el respeto a la constitución y las
leyes fundamentales de la república y mantener por todos
los medios racionales, adecuados y jurídicos el restablecimiento en toda su plenitud de la soberanía e independencia
política y económica de Nicaragua.
3. Los delegados del general Sandino y de los partidos reconocen la conveniencia de cimentar prácticamente la
paz en el territorio de la República, mediante la dedicación fructífera al trabajo de los hombres que militan al
mando del general Augusto César Sandino y asimismo
mediante el abandono gradual de sus armas para conseguir de manera segura la normalización de la vida de
esos hombres en las actividades del trabajo al amparo de
la leyes y las autoridades constituidas, se adoptarán las
siguientes medidas:
a) El ejecutivo presentará al Congreso nacional la iniciativa
del indulto amplio por delitos políticos y comunes conexos
cometidos en el periodo que comprende del 4 de mayo de
1927 hasta la fecha de hoy y de lo cual gozarán todos los
Junto a Sandino
265
individuos del ejército del general Sandino que dentro
de 15 días de la promulgación del tal decreto depusieran las armas e igualmente todos los que con autorización del propio general Sandino prometieren deponerlas
dentro de los tres meses, incluyéndose en los beneficios
de la amnistía así en personas del mencionado ejército
que podrían conservar sus armas temporalmente para el
resguardo de la zona de terreno baldío en que tengan
derecho de fincarse y labrar todos los que hubieren pertenecido a dicho ejército.
b) Para representar la autoridad administrativa y militar del
gobierno de la República en los departamentos del septentrión comprendiendo especialmente la zona destinada a labores de los individuos del ejército del general
Sandino y también para recibir paulatinamente las armas
de estos, el ejecutivo nombrará como delegado suyo a
don Sofonías Salvatierra, a quien le entregará el general
Sandino dentro de veinte días de esta fecha no menos del
25 por ciento de las armas de cualquier clase que tenga
su ejército.
c) La zona de terreno baldío destinada para las labores y a que
se refiere el inciso (a) de este acuerdo habrá de localizarse
con suficiente amplitud en la cuenca del río Coco o Segovia, o en la región en que convinieren el gobierno y el general Sandino debiendo quedar esa zona distante no menos
de diez leguas de las poblaciones en que actualmente hay
régimen municipal.
d) Los jefes del resguardo de los 100 hombres armados que se
permitirá conservar serán nombrados por el gobierno como
auxiliares de emergencia, escogiéndoles de acuerdo con el
general Sandino entre los miembros capacitados del ejército de este, pero si después de un año de la promulgación del
decreto de amnistía fuese conveniente a juicio del gobierno
mantener el ante dicho resguardo de 100 hombres armados
266 Gregorio Urbano Gilbert
o de menor número de nombramiento de los respectivos
jefes será al arbitrio del presidente de la República.
e) El gobierno mantendrá en toda la República y especialmente en los departamentos norte, por el término mínimo de
un año, trabajos de obras públicas en los cuales dará colocación preferente a los individuos del ejército del general
Sandino que lo solicitaran y se sometieran al régimen ordinario establecido en esos.
f) Por el mismo hecho de suscribirse este convenio cesará toda
forma de hostilidades entre las fuerzas de una y otra parte, o sea, del gobierno constitucional que preside el doctor Juan Bautista Sacasa y las del general Augusto César
Sandino, para la inmediata mayor garantía de las vidas y
propiedades de los nicaragüenses, y una vez que sea firme
en definitiva el presente pacto por la aprobación del general
Sandino y por la aceptación del presidente de la República,
quedará toda la gente del general Sandino bajo el amparo
de las autoridades constituidas y en consecuencia obligada
a cooperar en la conservación del orden público.
4. Para facilitar el desarme de parte de las fuerzas del general Sandino y dar abrigo provisional a estos se designa la
población de san Rafael del Norte, encargándose al mismo general Sandino el mantenimiento del orden durante el
tiempo que el gobierno juzgue conveniente.
5. En fe de lo pactado se firman dos tantos de igual tenor, en
la ciudad de Managua, el día dos de febrero de 1933.
(Firmas)
S. CALDERÓN R.; PEDRO JOSÉ CEPEDA; E. LARA;
H. PORTOCARRERO; D. STADTHAGEN;
CRISANTO SACASA.
Junto a Sandino
267
Aprobado y ratificado en todas sus partes,
Managua, D. N., 2 de febrero de 1933.
Patria y Libertad.
C. SANDINO.
(Aquí un sello alegórico)
(El sello es el del ejército defensor de la soberanía nacional de
Nicaragua, y representa a un indio alzado rematando a filo de machete al soldado norteamericano que ya está casi tendido en tierra).
Aprobado en todas sus partes,
Managua, D.N., 2 de febrero de 1933
JUAN B. SACASA
La paz se restableció en Nicaragua de conformidad al pacto arriba transcrito y Sandino con sus hombres estableció una colonia
agrícola en Wivilí, a orillas del río Coco o Segovia, lugar que
fue de sus operaciones bélicas, trocando sus componentes ahora
el manejo de sus armas de guerra por el manejo de sus instrumentos agrícolas.
Un año de duro y prometedor trabajo transcurrió. Si admiradas fueron por los hombres conscientes del mundo las labores
bélicas de los valientes patriotas, más admiradas aún fueron sus
labores de cultivo del campo. Las selvas vírgenes de árboles
gigantes de las márgenes del Segovia cayeron derribadas a los
golpes filosos del hacha y del machete.
Donde antes fue escondrijo de fieras, alimañas y otros animales
montaraces, y refugio de los patriotas, ahora surgía el fruto alimenticio ennoblecido por las manos de quienes lo cultivaban.
268 Gregorio Urbano Gilbert
Pero tanta grandeza de alma, tanta pureza de sentimientos y
de amor patrio, era demasiada decencia y belleza para poderla
soportar los políticos y militares de sentimientos podridos como
son los que rigen ahora las cosas de Nicaragua.
Y por eso, al cumplirse el primer año del tratado de paz,
Sandino se dirigió a Managua en diligencias relacionadas con
el pacto celebrado y se hospedó en la casa del secretario de
Agricultura, don Sofonías Salvatierra, en donde también lo
acompañaron sus ayudantes el general Francisco Estrada y el
general Umanzor y el coronel Sócrates Sandino, hermano del
Libertador.
Por la noche el presidente de la República le ofreció a Sandino
una cena en la mansión presidencial, asistiendo además a la cena
los familiares del presidente, el ministro Salvatierra, los generales
Estrada y Umanzor, el coronel Sandino y don Gregorio Sandino,
padre del héroe.
Durante el tiempo transcurrido desde que llegaron los invitados al palacio presidencial, hasta su despedida, todo parecía indicar que reinaba la mayor buena fe entre el gobierno y sus colaboradores y Sandino, y este creyéndolo así, se despidió del doctor
Sacasa satisfecho de sus atenciones y esperanzado en un futuro
venturoso para Nicaragua, su patria, que tanto amó.
Pero, ¡oh, infamia! Un individuo que todavía no había sido en
el rol de los de estas notas, ni tampoco en ninguna otra de interés
por sus pocos méritos para ello, que anida en sus podridas entrañas de vil criminal, traidor a la patria, servidor de los yanquis en
contra de los patriotas alzados, esa alimaña concibe las más repugnantes acciones si han de reportarle algún bien material, forjó
otra de las de sus especialidades, la más monstruosa de todas,
como fue la de extirpar a lo que había de mayor mérito, lo refulgurante entre el elemento público de Nicaragua.
¡Anastasio Somoza! General jefe de la guardia nacional de Nicaragua, sujeto hechura de los soldados norteamericanos de la
ocupación y la guardia otra hechura de ellos, de los que, Somoza
Junto a Sandino
269
y guardia, se valían los intrusos para matar y asesinar y robar y
difamar a los patriotas opositores y forzarles las mujeres e incendiarles sus intereses.
¡Anastasio Somoza! Este monstruo que ahora se comienza a
mencionar ayudado por los soldados de su corrompida guardia,
en la noche del 21 de febrero del año 1934, al despedirse el héroe
de la casa del presidente y agradecerle las atenciones que tuvo
para con él, al pasar los automóviles que lo conducían con sus
compañeros y amigos por delante del cuartel general de la guardia de Somoza fueron detenidos por algunos de esos militares,
los que extrajeron de entre los vehículos al ministro Salvatierra
y a don Gregorio Sandino, y conducido los restantes, generales
Sandino, Estrada y Umanzor, y el coronel Sandino, a las afueras
de la ciudad donde fueron asesinados a tiros de ametralladoras.
Pocos días después, encontrándose los hombres de Wivilí
ajenos a las infamias de Managua, fueron sorprendidos por
una fuerza de 500 guardias que contaba entre su armamento
con 125 ametralladoras y, rodeándolos sin darles tiempo para
nada y sin intimarlos a la rendición, abrieron contra ellos con
el mortífero fuego de sus armas, exterminándolos a todos, de
muchos de los cuales se veían los cadáveres flotar y ser arrastrados por las corrientes del Segovia, arrojados allí por los sanguinarios asesinos de Somoza desde el altísimo barranco de
una de sus márgenes.
Seguido a esta matanza y para que alcanzara a ella todo soldado que fue de los de la libertad, el general Somoza expidió
una orden en la que sus subalternos tenían que ejecutar al instante a todo sandinista que encontrare con cualquier clase de
arma y que se le diera cuartel y comida a los que espontáneamente se presentaren.
Pero no. A ninguno de esos hombres se les dio cuartel ni mucho menos comida. La matanza se llevó a cabo sin piedad alguna
contra toda persona que hubiera tenido relaciones con Sandino,
y tan completa fue la carnicería, que la prensa de Centroamérica
270 Gregorio Urbano Gilbert
aseguró en sus noticias dadas que la huerfanita de madre y ya
también de padre, la niña de solamente un año de edad, Blanquita Segovia, hija del héroe Sandino y de su esposa, Blanca Arau,
también fue asesinada a balazos por los soldados de Anastasio
Somoza, y menos mal que últimamente se nos ha dicho que esto
no es verdad, que Blanquita se encuentra viva.
Exterminado de esa manera lo de más honor que había en Nicaragua, el gobierno del doctor Juan Bautista Sacasa le concedió
al general Anastasio Somoza el ascenso de brigadier general a
mayor general, añadiendo la prensa centroamericana que también
le otorgó el título de héroe de Las Segovias. ¡Cuánto sarcasmo!
Ese gobierno le concedió además amnistía a oficiales de la guardia, capataces de tan canallesco crimen, y les premió con metálico y les concedió licencia, por lo que se fueron de paseo a Nueva
York en donde sufrieron detención por parte de las autoridades
de inmigración, las que preguntaron a Managua si esos sujetos
que se jactaban de ser los matadores de Sandino y sus amigos se
encontraban libres de la acción judicial, contestándoles Managua,
desvergonzadamente, que sí gozaban de libertad.
Y en la inmundicia que han hecho de Nicaragua el sanguinario
Somoza y el débil pelele Sacasa, imperan las nauseabundas larvas salpicando mortíferamente al resto de las Américas, por las
culpas que les caben por haber aceptado con tan fría indiferencia
el tan cobarde asesinato de un hombre de la grandeza serena e
inmaculada de Augusto César Sandino.
¡Somoza! Hombre maldito como lo sea todo aquel que
intente contra la vida de los grandes hombres. Para esos
deshonradores de sus patrias como lo es Somoza de Nicaragua,
por lo que si el altísimo no le hizo vomitar fuego y lava al
Momotombo, al Consegüina y al Mombacho hasta totalmente
cubrir a seres tan despreciables por perversos como lo son
Anastasio Somoza y sus seguidores, entonces los hombres de
vergüenza de las Américas debieron de haberla invadido, y
apresando a tan abominables sujetos, reducirlos a polvo por el
Junto a Sandino
271
calor purificador, para de esa manera librar a Nicaragua de tan
ascosa y contagiosa purulencia. Y si estas cosas no se quisieron hacer por no exponerse a las náuseas que hubieran experimentado al ponerse en contacto con Somoza, entonces debieron los gobiernos retirarle sus representaciones diplomáticas y
cerrar con él todos los tratos de amistad y comercio, dejándolo
en el más completo aislamiento.
¡Por maldito!
Y Anastasio Somoza, después de 27 meses de haber asesinado al Libertador Augusto César Sandino, sintiéndose ya lo suficientemente fuerte en su preparación tras la cortina desde la que
manejaba los hilos para mover al pelele doctor Juan Bautista Sacasa, haciéndolo actuar a su completa voluntad, se dispuso a cerrar y cerró su cuadrilátero de infames traiciones. No satisfecho
con haber traicionado antes a la patria, la más deshonrosa de las
acciones que pueda cometer un ser humano, sirviendo con las
armas en apoyo de los soldados extranjeros que la invadieron y
haber asesinado a todos los patriotas que la defendían, esta vez
le traicionó a su gobierno y le traicionó a su tío que lo dirigía, el
presidente Sacasa.
Serían los últimos días del mes de mayo o de los primeros del
mes de junio del año 1936, cuando ejecutó su cuartelazo derribando a su tío y presidente de la silla presidencial e hizo nombrar en
su lugar a uno de sus incondicionales, presentándose luego Somoza como candidato único de las elecciones para presidente de
la República, resultando electo apoyado por el filo de la bayoneta,
sosteniéndose de la misma manera en el gobierno de Nicaragua,
hecho amo y señor de esa triste nación, la que despotizó a su gusto, con toda su crueldad de salteador del Estado, con sentimientos
de maleante, hasta el día 21 del mes de septiembre del año 1956,
en que el valiente héroe señor Rigoberto López Pérez, en la ciudad de León, lo rellenó de plomos mortales a resultado de los
cuales, ocho días después, en la ciudad de Panamá, República de
Panamá, al diablo le entregó su alma maldita.
272 Gregorio Urbano Gilbert
APUNTES BIOGRÁFICOS Y ANECDÓTICOS DEL
LIBERTADOR GENERAL AUGUSTO CÉSAR SANDINO
En el poblado de Nquinohomo, del departamento de Masaya, Nicaragua, Centroamérica, nació Augusto Calderón el día 18 del
mes de mayo del año 1894.
Fueron sus padres don Gregorio Sandino y doña Margarita
Calderón.
En los primeros años de su vida como suele acontecer en casi
todos los niños, nada notorio se revelaba en Augusto hasta que al
alcanzar la adolescencia, el padre vislumbró en su hijo un elegido
del destino para posarlo en el pedestal de la grandeza, aunque
no acertaba a comprender por cuál de sus sendas debía de encaminarlo. Así fue que, desechando el camino imperecedero de
lo heroico, lo guió por el camino efímero de la riqueza material,
iniciándolo en el comercio, abriéndole un crédito por la cantidad
de 45.000 pesos.
Don Gregorio Sandino, rico hacendado de Nicaragua, era
indio, y doña Margarita era blanca, heredando el hijo las facciones del padre y el color de la madre, y cuando el Augusto
alcanzó la edad adulta, su estatura se elevó a 63 pulgadas y su
peo a 113 libras.
Poniendo sus progenitores cuidadosa atención en aquel hijo
en el que cifraban sus esperanzas, lo legitimaron, viéndose por
esto al futuro héroe, firmar el apellido paterno aunque posponiéndolo siempre al de la madre, usando de este ahora solo la
letra inicial.
El comercio no era la vocación del joven por lo que al poco
tiempo el negocio se convirtió en una completa ruina.
Grande fue el desaliento apoderado de las almas de sus padres,
que desesperanzados, lo abandonaron a su propia suerte.
Augusto no se desanimó y como primer recurso acudió a la
mecánica, siendo sus primeros quehaceres en esta rama el de motorista de lancha gasolinera y de automóviles. Ya algo preparado
Junto a Sandino
273
para luchar por la vida se dirigió a Honduras, y en las enormes plantaciones bananeras de la United Fruit Company de
ese país encontró trabajo de volteador de campos, viéndose allí
recorrer las plantaciones cabalgando en su mula color rucio
en la que se le tomó una fotografía y esta, publicada tiempo
después en los periódicos, fue admirada por los millones de
sus simpatizadores por creerla tomada en los campos de sus
heroísmos en Nicaragua.
Desde Honduras pasó Sandino a los Estados Unidos de la
América del Norte, en donde se ocupó en las empresas petroleras
y por las condiciones de sus trabajos, tenía que pasar frecuentemente a México en donde el negocio del petróleo es grandemente
explotado.
Por causa de su espíritu justiciero fueron muchos los disgustos
que tuvo que soportar con los principales de las compañías por
no querer servirles a estos de instrumento en sus tendencias de
perjudicar los intereses de los que invertían en estos negocios en
el país de los aztecas, resistiéndose siempre a favorecer a las empresas por medios fraudulentos no obstante las brillantes ofertas
con que lo tentaban.
Un vez encontrándose Sandino en México, se entusiasmó tanto con la campaña que sostenía Pancho Villa contra los soldados
invasores norteamericanos en el suelo mexicano, que le prestó a
este guerrillero mexicano el servicio de combatiente, guerreando
por primera vez contra las fuerzas norteamericanas comandadas
por el más destacado militar de los Estados Unidos, a la sazón el
general Juan José Pershing.
Después de un tiempo de quince años pasándolo en sus ocupaciones de los Estados Unidos y México, se organizó en este
último país la revolución que tuvo por miras derrocar al gobierno
ilegal de Adolfo Díaz en Nicaragua, un gobierno sostenido con el
apoyo del gobierno de Washington.
Conociendo Sandino de la justicia que animaba a la revolución se unió a ella, y marchándose a Nicaragua, ya se sabe de las
274 Gregorio Urbano Gilbert
peripecia experimentadas por esa revolución hasta terminar de
manera tan brillante para las armas de Sandino al transformarla
este en causa puramente patriótica en tan desigual como larga
campaña sostenida en contra del poderío militar de los Estados
Unidos norteamericanos.
Un soldado salvó el honor de su madre
Como demostración del grado de moralidad que Sandino impuso
a sus tropas, se anota lo siguiente: Todo soldado que se enamorara
de una menor en los campos dominados por los libertadores y que
quisiera hacer vida en común con ella, tenía que casarse con ella
de conformidad lo dispone el Código Militar de Nicaragua. Todo
soldado que matare a un compañero, salvo los casos justificables,
se le aplicaría la pena de muerte…
Pero lo que motiva este comentario trasciende la regla: un joven soldado, como de dieciocho años de edad, de estatura pequeña, bajo las órdenes inmediatas del bravo hondureño general
Manuel González, una vez al entrar a su champa sorprendió a su
jefe en funciones de amor con la autora de sus días.
Revólver en mano, el joven invitó a González a que saliera con
él al campo y, en saliendo, le dijo siempre apuntándole al pecho:
«Usted sabe, general, que mi madre es una mujer honesta, viuda
de mi padre, único hombre que conoció antes, y ahora a usted.
En tal fuerza de razón, yo no puedo tolerar el acto que acabo de
sorprender sin ser debidamente reparado y si usted no lo repara
inmediatamente para así lavar a mi madre del descrédito de entre
estas gentes de Las Segovias, yo lo pongo a usted en la alternativa
de matarme o de que yo lo mate a usted en este mismo momento
y punto en que nos encontramos».
El general González, ante la alternativa planteada por su subalterno, muchacho ofendido, se determinó por el matrimonio y llamándose al general Porfirio Sánchez, que por esos alrededores se
encontraba, unió en legítimo matrimonio a González y a la viuda,
Junto a Sandino
275
registrándose luego el acta levantada al efecto en la oficina correspondiente de Tegucigalpa, Honduras.
Comentándose el episodio en el campamento general, al preguntársele a Sandino la sanción que se hubiera aplicado en caso
de ocurrir una tragedia, el Libertador respondió: «Si González
hubiera matado al muchacho, González hubiera sido ejecutado.
Si el muchacho hubiera matado a González, el muchacho hubiera
resultado sin culpa».
Emigran como las aves
Con el cambio de gobierno de Honduras, del de Paz Barahona,
conservador, al liberal Mejía Colindres, muchos de los hombres
hondureños liberales, militantes en las filas libertadoras de Nicaragua, las abandonaron para irse a su país a ver qué de bueno
encontraban en el gobierno de su partido.
Ante la merma muy notable por tal razón de las filas libertadoras, Sandino hubo de decir con cierto dejo de pena: «Hacen
como las aves: emigran conforme las favorezcan los climas de los
lugares de su conveniencia».
Muerte de la viuda Flores
Ya se ha dicho de lo rigurosamente prohibido que estaba por el
comando libertador hacer candela durante el día en la zona rebelde, pero pésele a esto, una familia encabezada por la viuda Flores,
madre del sargento mayor Flores y suegra de don Juan Colindres,
para nada obedecía la ordenanza todo porque ciegamente confiaba en la protección que decía le ofrecían los santos, con imágenes
de los cuales en estampas, tenía la casa forrada por dentro para
que la libraran de las bombas de los aeroplanos enemigos y de las
tropas de estos cuando salían en campaña.
276 Gregorio Urbano Gilbert
Para ser mayor el mal de la familia Flores, tenía ella edificada
la casa en el firme de un cerro completamente despojado de vegetación que la ocultara, por lo que quedaba a la vista de todos los
que por el lugar pasaban.
Cuando se aproximaba alguna columna enemiga o alguno
de sus aeroplanos, alguien que se encontrara en la casa y que
ignorara la fe de la familia puesta en sus santos, le advertía
que debía acogerse a lugar seguro y apagar el fuego. Desde el
más pequeño de la familia hasta la viuda, le respondían que a
ellos ni a la casa les pasa nada porque gozan de la protección
de los santos, y, como para demostrarlo, metían nuevos leños
al fuego para que provocaran más y espeso humo, sucediéndose esto por el tiempo de varios años de los de la guerra y
los soldados americanos y sus aeroplanos pasaban sin molestarla para nada.
Pero en la mañana de un día de los del mes de mayo del
año 1929, parece que los moradores de la casa descuidaran la
fe puesta en sus santos porque un aeroplano que parece fue
enviado ex profeso a su obra asesina, llegó, planeó por un rato
sobre la casa de los Flores, dejándole caer encima una bomba de gran potencia y abriéndole seguidamente sus fuegos de
ametralladoras. La casa voló hecha astillas y volaron también
las estampas sagradas y sus adoradores, muriendo la viuda y
una de sus hijas, resultando heridas tres personas de las de sus
familiares.
Es hondamente dolorosa esta desgracia pero al menos podrá
servir de escarmiento a los demás desobedientes, fue lo comentado por Sandino al tener conocimiento de la desgracia.
La coralillo es terrible hembra
Después de unos días de haberse librado el cruento combate
de Juana Castilla con resultados victoriosos para los mucha-
Junto a Sandino
277
chos de la libertad, estos soldados en la tarde de un día de
la cuaresma, como si fueran bestias cansadas, se arrojaron
al suelo a descansar. El capitán Urbano, después de rendir
su servicio de prima, se arrojó también al suelo, quedándose
dormido. Al amanecer, a las voces alegres de Sandino, todos
los guerreros despiertan, y cuando el capitán se levantó del
suelo, en la parte en que descansaba su pecho, enroscada en
sí misma una preciosa coralillo que se calentaba al calor del
cuerpo del oficial.
Al ver Sandino el ofidio y sabiendo lo mortífero que es la mordedura de esta víbora, le dijo: «Con hermosa hembra has dormido, pero si te hubiera besado, a estas horas estuvieras llegando al
otro mundo».
Justiciero
Por los alrededores de una de las avanzadas de El Refugio, una
tarde fueron sorprendidos tres sujetos vagando. El jefe de la
avanzada, general Manuel María Girón Ruano, no los conocía.
Ellos alegaron que rondaban por el campamento en busca de
unos amigos que tenían allí y los señalaban al encontrarse presentes y a otros más de ser sus conocidos, pero todos sus alegados amigos y conocidos negaron a los pobres hombres, incluso
el capitán Pérez, comandante de la sección, por lo que fueron
acusados de espionaje.
Noticiado Sandino del caso, ordenó que a las tres de la mañana del día siguiente fueran ejecutados. Poco rato después de
dar su terrible orden, se veía a Sandino sumido en honda meditación y daba de cuando en cuando unos ligeros pasos en frente
a su champa y ya alrededor de las ocho de la noche, con toda la
obscuridad y lluvia que todo lo envolvían y dificultaban, llamó
a sus ayudantes Estrada y Sánchez y con ellos se dirigió a la
avanzada, a la que llegó mojado y estropeado por los revolcones
278 Gregorio Urbano Gilbert
sufridos al resbalar y tropezar, bajando la montaña, y no quedando sus compañeros mejor parados que él al sufrir las mismas
consecuencias.
Teniendo delante de sí a los prisioneros e interrogados, Sandino los consideró inocentes e interrogando a los que los habían
negado, respondieron que sí los conocían y eran amigos de ellos,
pero que ante la actitud severa observada contra ellos por el general Girón Ruano, temían asumir alguna responsabilidad. Por esa
debilidad de ellos, fueron acremente reprendidos por Sandino por
irresponsables, y quedaron en libertad los detenidos.
Sequeira, asesino y traidor
Prófugo de la justicia el nicaragüense general Sequeira por haber cometido un asesinato en el mismo palacio presidencial de
Managua, se incorporó a las filas libertadoras. Seguidamente reveló su mala intención: le propuso a Sandino que lo hiciera su
segundo en el mando supremo para sustituirlo en caso de ocurrirle la muerte en algún combate que se librara o de cualquier
otra manera. Una vez Sandino lo sorprendió disparando a sus
espaldas mientras se libraba un combate. En una ocasión se vio
precisado el héroe a usar la fuerza para obligarlo a batirse a su
lado o delante de él.
En otra oportunidad Sequeira fue sorprendido revólver en
mano apostado entre unos matorrales en donde por un rato y por
necesidad había entrado el Libertador. Por última vez y para su
perdición al fin, tuvo la flaqueza de hacerse de un confidente a
quien le confió su parecer de que si mataba a Sandino ganaba su
indulto.
Se arrestó a Sequeira al ser delatado por su confidente. Se
fugó. Girón Ruano salió en su persecución. Se encuentran y se
traban en combate, cayendo Sequeira acribillado a balazos y por
ellos murió.
Junto a Sandino
279
Confiado y guasón
Para sus condiciones de caudillo en guerra y alzado en las montañas, Sandino era confiado hasta la imprudencia. A su presencia llegaba todo el que tenía interés para ello. Dormía entre sus
soldados como otro cualquiera y con afecto y consideración
trataba al más humilde, haciéndose tratar a la vez con sencillez
y confianza. Como demostración a lo que venimos diciendo,
se apunta el siguiente episodio: Necesitando ir Sandino donde
el coronel Madariaga, distante a más de dos kilómetros de su
campamento, a través de la espesa selva en que se encontraba,
invitó a Urbano a que lo acompañara, pero el oficial se encontraba desarmado por haberle prestado momentáneamente a un
compañero la pistola, y al saberlo el general y no queriendo
que lo acompañara otro de sus ayudantes ni ningún otro de sus
tantos soldados que lo rodeaban en ese momento, le señaló a
Urbano un duro leño que en el suelo se encontraba y le dijo:
«Ármese con esa estaca y vámonos y si nos encontramos con
el enemigo esfuércese en acercársele a uno y aturdirlo con un
golpe del garrote y desármelo, armándose usted con sus armas». Es verdad que por esos momentos no se encontraba ni
un solo soldado enemigo por los alrededores del campamento
general de la libertad.
Se exponía a los rigores de la intemperie
Sandino tenía la costumbre de exponerse a la intemperie, cuya
razón sus hombres no se explicaban. Ya se sabe de lo raquítico
de su físico, no pesando más de 113 libras, por lo que muchos de
los que lo conocieron se dieron a decir que sufría tuberculosis.
No obstante, trepado sobre las altas montañas boscosas y húmedas durante nueve meses del año, mientras sus soldados más
robustos se cubrían con frazadas o con cualquier otro abrigo
280 Gregorio Urbano Gilbert
que tuvieran a su alcance y se calentaban al fuego, él permanecía con la cabeza, brazos y pecho descubiertos en todo tiempo,
fuere bueno o malo.
Confiaba en su invencibilidad
El cuerpo de ayudantes militares del héroe comentaba en una
oportunidad el poderío del enemigo con el que tenía que habérselas, con sus recursos inagotables de todas las materias y lo débil
que eran las fuerzas de los libertadores, señalándose la posibilidad que tenía el enemigo de vencerlos. Terciando Sandino en la
conversación, expuso su parecer diciendo: «De la única manera
que nos vencería el enemigo sería si alistara a muchos millones de
hombres y desde los extremos de las dos fronteras de la república
los lanzara hachos cadenas en oleadas sucesivas hasta en algún
punto del país alcanzarnos, en donde nos coparían. De lo contrario, no nos vencerá nunca».
Bomba animal
Al atardecer de un día de hambre de los muchos que se padecían
en El Refugio, fue llevado allí un buey grande. Seguidamente
se sacrificó y repartió en trozos entre los soldados. El capitán
ayudante se dirigió al pie de un gigantesco matapalo o jagüey, y
también lo hay con el nombre de higo, y de un arbusto que estaba por allí cortó una ramita para convertirla en un asador. Del
matapalo se desprendió un perezoso que hizo grande estrépito al
golpear las ramas del árbol y el suelo al caer. El capitán, aunque
no había oído ruido de aeroplano ni cosa parecida, creyó en su
atortojamiento que el ruido lo producía una bomba aérea que
caía y atolondrado, rápidamente, se arrojó a tierra de la manera
que se tiene que hacer en interés de defenderse de los daños que
pueda causar el peligroso artefacto.
Junto a Sandino
281
Al momento oyó el oficial las burlonas carcajadas de sus
compañeros y la voz del Libertador que le gritaba: «¡No le
temas a esa bomba que no estallará porque es una bomba animal!».
La causa por la que han venido
Una prima noche en El Refugio, el general Porfirio Sánchez y el
coronel Carlos Manuel Aponte sostuvieron un altercado y en el
arrebato de sus intercambios de ásperas palabras una de ellas de
Aponte para Sánchez fue la de p…, cobarde. Terciando Sandino
en la pendencia, se inclinó del lado de Sánchez e increpó agriamente al coronel por haber usado contra Sánchez el vocablo de
marras, porque según su sentir en sus filas no existían hombres
que se les pudiera aplicar tan ruin adjetivo. Aponte se sintió tan
perturbado por la rudeza con que lo trató su superior que se fue a
la fuente de donde se surtía de agua el campamento, a distancia
como de quinientos metros y allí con todo el frío del tiempo y
solamente envuelto en su frazada pasó toda la noche, teniéndosele que ir a buscar por mandato de Sandino al amanecer del día
siguiente.
Conmovido Sandino por los sentimientos de Aponte y queriendo
imprimirle a su gente el sello de la armonía y comprensión recíproca
por la causa que defendían, convocó a su presencia a los hombres de
su estado mayor y ayudantes militares, y teniéndolos, los amonestó
y concilió a los oficiales en desavenencia, y preguntándole a cada
hombre por los motivos que le han traído a luchar por la libertad de
Nicaragua, alguien respondió que su amor a la libertad; otro que su
admiración por Sandino; este que su deber de nicaragüense; aquel
que su odio al gringo abusador, y así cada cual expresó la razón de
encontrarse en las filas libertadoras de Nicaragua.
Entonces Sandino les dijo que por sus respuestas quedaba
demostrado que cada uno había ido impulsado por el principio
compendiado en darle libertad a Nicaragua, pero que para realizar
tan bello ideal, era indispensable que reinara el amor entre ellos
282 Gregorio Urbano Gilbert
pero que si en vez de ello para la buena comprensión de compañeros imperaba la discordia no alcanzarían sus fines sino que el
enemigo sería el ganancioso, echándose a perder el propósito
noble que los animaba.
Después del sermón de Sandino a sus subordinados, los invito
a protestarse mutuamente simpatías en razón del principio que
perseguían, teniéndose que deponer todo encono que pudieran
abrigarse los unos a los otros, y a hacer sentencia de fe en el
triunfo de la causa perseguida.
Y haciéndolo así todos, aparentaron encontrarse en una completa armonía y más entusiasmados y esperanzados en la realización del triunfo final de sus propósitos.
Simón es mejor perito
Se encontraba en conversación el estado mayor del ejército libertador en relación a la pericia militar de los soldados norteamericanos
y los de otras grandes potencias, comparándose con el estado de
inferioridad que en ese orden se encontraban los soldados de la
libertad, señalándose que nada más contaban con dos militares propiamente dichos, que son el general Manuel María Girón Ruano y
el teniente José Adán González.
Sumándose a los de la conversación, el Libertador dijo: «Para
nuestro modo de combatir hay que mandar a guardar todas las tácticas y estrategias que puedan haber. Para demostrarlo está el indio Simón, analfabeto completo, y quien antes de entrar a formar parte de
nuestro ejército no sabía manejar otra arma que el hacha en el desempeño de su oficio de leñador, y en el tiempo que lleva comandando
guerrillas, en combates contra los soldados norteamericanos y contra
los traidores nativos, no ha sufrido una sola derrota y sí se ha anotado
muchas victorias, burlándose de muchos militares de academia».
Junto a Sandino
283
Sánchez y Aponte siempre opuestos
Por el disgusto sufrido anteriormente entre Sánchez y Aponte, la
animosidad entre estos dos hombres crecía. El general Sánchez se
había dado a la poca decoroso misión de intrigar, de delatar y a la
de adular, creyendo que con semejantes procederes se ganaría algún favor en el ánimo de Sandino. Así fue como una vez Sánchez
sorprendió una murmuración sostenida entre el coronel Aponte y
el mayor Blandón (hijo de don Claudio Blandón, el fabricante de
«Las Flores de El Chipote»), relacionada al hambre y desnudez
que sufrían ellos con sus mujeres en El Refugio y culpaban a Teresa Villatoro, la compañera del héroe, de ser la causante de los
males padecidos. Delatados por Sánchez, emponzoñado más que
una coralillo, Sandino hubo de decirles a los quejosos un torrente
de acritudes, terminando por señalarles que «¡Los que no se encuentren con ánimo suficiente para soportar hambre, desnudez y
demás privaciones no serán considerados como buenos soldados
de la causa libertadora».
Tan imposible les fue a Sánchez y a Aponte y a su compañera
de verse frente a frente en actitud pasiva después de esta delación
sufrida, por lo que los dos últimos tuvieron que abandonar las
filas del heroísmo nicaragüense.
No era César
Como bien se sabe, el nombre del Libertador de Nicaragua era el
de Augusto y sus apellidos los de Sandino y Calderón. Primero
era el del padre y el segundo el de la madre, pero como antes de
ser legitimado por sus padres solo usaba el de la madre, seguido
de su nombre, al suceder la legitimación no quiso cambiar el sitio
que le tenía al apellido de la madre en su firma, aunque nada más
lo señalaba con la letra inicial, firmando del modo siguiente: A. C.
Sandino.
284 Gregorio Urbano Gilbert
Los que leían esa firma, confundidos, la interpretaban como si
dijera Augusto César Sandino.
La prensa de Managua que era conservadora en su mayoría y
empeñada en atacar a Sandino y a su obra patria, en uno de sus
ataque al Libertador le atribuyó que usaba de un nombre que no
le pertenecía, solo por el prurito de que lo consideraran como
a cualquier de los dos principales Césares romanos que fueron
Augusto César y Julio.
Al ser llevado uno de esos periódicos al campamento libertador con la inserción de uno de esos ataques, al comentarse, Sandino dijo: «Nunca he pretendido que me llamen César. Que los
amigos de mi causa y míos en particular quieran atribuirme el
nombre de César es cosa de lo que yo no he tenido que ver para
nada, ni mucho menos me interesa ni he pretendido parangonarme con celebridad alguna».
Esta acción de la prensa enemiga antes de enturbiar la admiración de los hombres libres hacia Sandino lo que hizo fue encenderla más de lo que la sentían y sucedió que todos de intento le
acentuaran más el nombre de César.
Lempira, si no fue vencedor, tampoco fue vencido
Muchos de los que rodeaban a Sandino, carentes de la visión del
triunfo final de la causa libertadora que se vislumbraba a la distancia, se negaban a participar del optimismo que alentaba a Sandino y a otro de sus seguidores. Aquellos tales descartaban toda
posibilidad de victoria considerando inminente la derrota. Pero
Sandino apoyado en su voluntad inquebrantable le decía a los pesimistas: «A mí no me vencerán. Si me veo sin fuerzas para atacar
y resistir al enemigo y por eso no lograr el triunfo, haré como hizo
Lempira, que si no fue vencedor, tampoco fue vencido».
En Centroamérica hay quienes aseguran que Lempira, el indio
cacique de Honduras en sus luchas contra los conquistadores es-
Junto a Sandino
285
pañoles, al verse imposibilitado para seguirles combatiendo, antes de rendirse, se alzó en las montañas aislándose en ellas hasta
el término de sus días, que aunque inactivo, respiraba el aire sin
contaminación de las miasmas de la opresión. Pero desgraciadamente, las historias nos aseguran que el nombre guerrero murió
asesinado de la manera más vil por el ardid ideado por el conquistador Alonso de Cáceres, quien al verse flaquear ante el valor e
inteligencia del héroe, y también derrotado en la diplomacia que
empleaba para arrancarle una paz de su conveniencia, por último
le mandó como parlamentarios a dos hombres. El uno, mientras
le hablaba, el otro con sus armas ocultas le dispararía en la cabeza
y, así resultó, muriendo el bravo héroe inmediatamente en sus
dominios de Cerquín.
También aquí entre los dominicanos, hay quienes nos quieren consolar, diciéndonos que nuestro gran Caonabó, el primero de los héroes que hubo en la América colonial, no tuvo
el triste fin que sufrió en la travesía de la mar océano, sino
que al tocar el barco que lo conducía a España, en la isla de la
Martinica, su patria natal, se fugó ayudado de algunos de sus
compatriotas, por lo que se libró de una muerte injusta, sino
que la recibió a su justo tiempo, gozando de libertad. ¡Ojalá
hubiera sido así!
Pedro Altamirano
El general Pedro Altamirano (Pedrón), como era conocido en las
filas libertadoras por causa de sus grandes fuerzas y corpulencia,
era un perseguido de la ley de su país, Nicaragua. Se le acusaba
del delito de contrabandista de tabaco (este producto está monopolizado por el gobierno de allí, por lo que tiene un alto valor).
Se le acusaba también del crimen de homicidio en las personas de
varios de las guardias que salían en su persecución con sus deseos
de capturarlo.
286 Gregorio Urbano Gilbert
Cuando Sandino ocupó el pico El Chipote para iniciar la
guerra contra los invasores yanquis, Altamirano se le presentó
ofreciéndole sus servicios con los de sus doce hijos, hombres
todos, procreados y criados en las montañas que le servían de
guarida.
La prensa de Managua, en su afán de combatir la causa libertadora, enrostró a Sandino que se aprovechaba de los sucios servicios que le prestaba un criminal de la calaña de Pedro Altamirano, teniéndolo en sus filas y concediéndole el grado militar de
general. Sandino en defensa de su subordinado dijo: «Pedrón, con
todo lo criminal que es, le está prestando a la patria muchos buenos servicios, mientras que todos sus acusadores juntos lo único
que hacen es mancillarla».
Y para mejor defender a Altamirano, Sandino le envió a su
representante en Honduras unos apuntes para que los hiciera
publicar en la prensa mundial, y se publicaron. En ellos se anotaban los buenos servicios prestados por Altamirano a la causa
de la libertad de Nicaragua. Pedrón, por ser de los soldados de
Sandino que mejor conocía el terreno en que se operaba y por
causa de su fortaleza física y por su bravura y por ser despiadadamente cruel, le causaba a los enemigos muchos grandes
males, por lo que se hizo muy temido de los invasores y de los
naturales traidores.
Pero es leal y valiente
Por el hecho de que una gran parte de los hombres que rodeaban
a Sandino cometían la debilidad cuando él los ponía a deliberar en consejos de aprobarle sus exposiciones con un rotundo:
«¡Este es mejor!», o con «¡No hay de otra!», sin siquiera tomarse un minuto ni un segundo de tiempo para analizarlas, y
como el capitán ayudante se atrevía, con todo de ser el de más
inferior graduación de ese cuerpo, y también del estado mayor,
Junto a Sandino
287
a contradecirlas y discutirlas cuando creía tener razón para ello,
sus compañeros se levantaron en su contra formándole un aire viciado en los consejos pretendiendo contaminar a Sandino en ello
y achacándole a ellos su atrevimiento, a sus modos de sentir, de
disentir las ideas del jefe, al de su pesimismo con que veía el desenvolvimiento que llevaba la causa, por el que no esperaba que se
alcanzara la victoria, quisieron que no asistiera más a los consejos
que se celebraran.
Una vez, en hora temprana de la noche, el coronel secretario Agustín Farabundo Martí y el capitán ayudante, sin desearlo,
oyeron desde el lado afuera de la champa de Sandino una murmuración que se desarrollaba del lado de adentro desfavorable
al capitán ayudante, pero grande fue la satisfacción sentida por
los dos oficiales cuando oyeron la voz del héroe que dijo: «Todo
es verdad cuanto se diga de sus oposiciones y pesimismo y, si se
quiere, de sus demás defectos, pero con todo, siempre lo tendré
en gran estima porque es leal y valiente».
Los monos son nuestros compañeros
De los animales de alguna importancia que pueblan las selvas
de Nicaragua, los monos en sus muchas variedades son de los
más abundantes, o tal vez no de los más sino los más abundantes. A diario pasan por cualquier sitio tropas tras tropas compuestas de muchos miles y más miles de cuadrumanos, especie
de la que por evolución se manifestó el hombre, al decir del que
así creyó que fue.
Pero pese a tal abundancia y a que nuestros predecesores
son aceptados en Centroamérica como buen manjar, eran de
los animales los más difíciles de conseguir para fines de alimentación dentro de los límites del campamento general. Era
necesario que transcurrieran algunos días de ayuno para que
Sandino consintiera en la caza de algunos cuadrumanos para
288 Gregorio Urbano Gilbert
la preparación del almuerzo de almuerzo, y la caza tenía que
hacerse en terrenos fuera del campamento.
A Sandino no le tenía cuenta que se mataran todas otras clases
de cacerías como son los guajolotes, chanchos, dantas, venados,
iguanas, armadillos y hasta la inquieta ardilla, pero con los monos
guardaba deferencia.
Cierto día de ayuno en el campamento, el general Manuel
Girón Ruano miraba pasar con los ojos de hambriento, como
si fuese un desfile, a una grande caterva de codiciados monos,
y dirigiéndose a Sandino, le dijo: «General, ¿por qué hemos de
guardarle tanta consideración al mono, pudiéndose cazar para
saciarnos el hambre que padecemos?». A lo que Sandino replicó: «¿Al matar usted a unos seres semejantes a nosotros por el
solo hecho de no soportar un rato de hambre, saciándosela con
ellos, no le da ninguna pena? ¿No ve usted que esos animalitos
en sus cabriolas al pasar parecen ser niños que tratan de divertirnos y todavía más con sus travesuras cuando nos arrojan
frutas, hojas, ramas y demás cosas de los árboles? ¿Y no le
tiene usted cargado en su buena cuenta el gran servicio que
nos prestan al anunciarnos con sus desesperados chillidos al
enemigo cuando se acerca? Por todas estas cosas es por lo que
no quiero que los maten, porque ellos, los monos, son nuestros
buenos compañeros».
Ellos cargarán con la responsabilidad
Cuando el general Sandino propuso a las naciones americanas para
fines del mes de mayo del año 1929 la celebración de una conferencia a celebrarse en la ciudad de Buenos Aires, República Argentina,
con el propósito de tratarse en ella de la proyectada apertura del
canal de Nicaragua por el gobierno de Washington, el capitán ayudante le observó que de llegarse a efectuar la conferencia los Estados Unidos se impondrían si es que están interesados en el canal
Junto a Sandino
289
ateniéndose a su mejor conveniencia aun en perjuicio de las naciones situadas al sur de la potencia norteña. Sandino le respondió a su
ayudante diciéndole: «Entonces ellas, las naciones del continente,
cargarán con la responsabilidad».
Cabe significar aquí que el general Sandino no se oponía a la
apertura del canal, siempre que no fuera para beneficio exclusivo
de los Estados Unidos y con el perjuicio para la otra raza que con
ellos se divide el dominio del continente colombino, sino que los
beneficios cubrieran a todos.
Sánchez, que se pegue un tiro
El general Porfirio Sánchez, que se había dado a la tarea de intrigar contra sus compañeros y de traer cuentos a Sandino, fue
con el general Simón designado para sacar a Teresa Villatoro a
Honduras. Al cumplir con su misión, en vez de regresar a sus
actividades bélicas de Las Segovias, como lo hizo el resto de
la escolta, se quedó en Honduras y desde allí al no disponer de
medios de vida, solicitaba continuamente auxilios monetarios
del Libertador.
En el sentir de Sandino, Sánchez no le había prodigado a Teresa las atenciones que ella merecía. Por esto y por las demandas
continuas que hacía de ayuda fuera de las posibilidades de atenderlas, Sandino, encendido de cólera, una vez exclamó: «Sánchez, que se pegue un tiro».
Era seco
Sandino era enemigo de la bebida alcohólica como vicio. Solamente consideraba necesario el alcohol en sus fines medicinales;
su vicio lo constituía el tabaco. Tanto le desagradaba un borracho que encontrándose en Mérida, Yucatán, México, a Sócrates
290 Gregorio Urbano Gilbert
su hermano, que se le había unido desde Veracruz, por el hecho
de entregarse al vicio del alcohol lo despachó para la ciudad de
México diciéndole: «¡Vete de mi lado y del de los muchachos
que me los vas a echar a perder como te encuentras tú de perdido
a causa de tu desgraciado vicio!».
El destino lo salvó del crimen
Cuando Sandino con la revolución pretendió derrocar al gobierno
de Adolfo Díaz, llegó a Las Segovias y encontró a Teresa Villatoro viviendo maritalmente con un hombre del lugar. Sandino y
Teresa se gustaron de manera tan grande que ella prefirió abandonar a su marido para seguir al guerrillero en sus andanzas bélicas.
Convivían y él la amaba apasionadamente. Algún tiempo después,
Sandino sorprendió por las cercanías del campamento a Teresa en
animada conversación con el hombre que había sido su marido.
Con toda la furia de que era capaz de acometer un hombre picado
por el mal de los celos, al ver a la mujer de sus quereres en placentero coloquio con su hombre rival, usó de su revólver calibre 44
e injuriándola con los más groseros vocablos que el enojo pueda
hacer proferir, mientras el otro hombre huía rastrilló repetidas veces el instrumento de la muerte, el que no detonó uno solo de sus
cartuchos, cuyos plomos pretendía Sandino alojarlos en el cuerpo
de Teresa. Al fallar el revólver Sandino reaccionó y arrepentido se
reconcilió con Teresa y para comprobar si su revólver realmente
era malo, volvió a rastrillarlo y con los mismos seis cartuchos mancados y todos estos detonaron como tenía que suceder en una arma
de la calidad que correspondía a las operaciones bélicas apropiadas
a las condiciones del general Augusto César Sandino.
Y fue que el destino, interponiéndose entre la gloria pura y el
crimen impidió con la magia de su poder que el héroe se asociara
con tan execrable monstruo como lo es el asesinato, evitándole
esa indeleble mancha, más fea todavía cometida en la persona de
una infeliz e indefensa mujer.
Junto a Sandino
291
Grande hombre de Centroamérica
El general Manuel Girón Ruano era el hombre más ilustrado
de todos los componentes del ejército libertador de Nicaragua.
Educado en el Instituto Politécnico de su país, Guatemala, abrazó la carrera que creyó más bella, la militar, en la que alcanzó
el grado de coronel. Refinado en sumo, hablaba a perfección el
inglés y el francés. Entusiasmado por la nobleza de la causa que
animaba a Sandino, abandonó su posesión y familia, de la buena
Guatemala, y se incorporó a las filas de la libertad de Nicaragua.
Por su valentía desarrollada en los combates librados por estas,
se le confirió el grado de general de división. Largo fue el tiempo que sirvió en tan noble ideal hasta que cayó prisionero en
manos de los soldados norteamericanos. Encadenado, le piden
que los guíe al campamento general. Y Girón Ruano, militar
pundonoroso, no se prestaba a la traición, por lo que atándosele
a un árbol en el lugar denominado Quebrada de Oro, fue ejecutado con fusilamiento, muriendo con la dignidad que corresponde a un hombre de sus elevadas condiciones. Y les vomitó a
sus enemigos instantes antes de recibir la descarga que le privó
de la vida, la frase de: «¡En la jugada he salido ganancioso. Ustedes con fusilarme solo matan a un hombre y en condiciones
indefensas, yo en cambio, en desiguales combates, he matado a
cientos de ustedes!».
Al conocer Sandino la fatal suerte de Girón Ruano, comentó:
«No solamente la causa libertadora de Nicaragua sino Centroamérica ha perdido un gran hombre». Luego, encontrándose el
héroe en Mérida, Yucatán, México, dispuso que su capitán ayudante buscara en el archivo del ejército toda la correspondencia
que se tuviera del general Girón Ruano, la que hecha un paquete
se la envió a su viuda para que la conservara como recuerdo de
su glorioso compañero, héroe y mártir, que se regaló de alma y
cuerpo a la causa de la libertad de América.
APÉNDICE
Cartas inéditas
Se incluyen varias cartas relacionadas con el general Sandino: La
primera, una carta de amor a su novia en Niquinohomo, escrita
desde La Ceiba, Honduras, en 1922; las otras, varias a su hermano Sócrates Sandino (coronel del ejército libertador, y muerto
junto con él la trágica noche de febrero en Managua); y finalmente una de su padre, don Gregorio Sandino, donde relata la llegada
del héroe a su pueblo natal.
295
296 Gregorio Urbano Gilbert
HONDURAS SUGAR & DISTILLING CO.
Capital Pagado 250,000.00 oro
Propietarios de Gran Central «Abeja» y destilación
Situados en Dutuville
Haciendas, Palmyra, Montecristo,
Corinto y Victoria
La Ceiba y Dutuville, Honduras, 3 de junio de 1922
Sta. Mariíta S. Sandino
La Victoria
Amor mío: estoy cumpliendo un año de estar ausente de ti vida
mía; pero ese año de dura ausencia ni veinte más podrían ser
suficientes para que en mí pueda disminuir el invariable amor
que te profeso. Este año de triste ausencia no ha sido más que un
año de remordimientos para mí, ha sido un año de innumerables
aventuras; no puedes tú, ni quien no ha aventurado, comprender
lo duro que es aventurar.
No tomes por el lado desfavorable para mí la palabra de
aventurero, pues eso puede llegarlo a ser cualquier hombre que
las circunstancias se lo obliguen. También debes tener presente
que el que ha cruzado por tales caminos, es cuatro veces más
hombre que los que si alguna vez han salido han sido respaldados por la opulencia, y por eso es que todo aquel que ha
cruzado por caminos tan difíciles se cree cuando está junto a
esos pajaritos que aún no saben lo que es mundo, como con el
orgullo que se pueda sentir un billete de a 100 dólares ante unos
centavitos de cobre.
Mariíta: yo me siento muy apenado cuando recuerdo de las
cartas que te he mandado y que no me las contestaste, y tu silencio me ha obligado a que yo me forme una porción de conjeturas.
Junto a Sandino
297
Yo soy muy malicioso, y cuando tengo mis horas de meditación
me he logrado el imaginarme cuánto Uds. pueden pensar de mí.
Voy a referirte cuanto me supongo que dicen.
Por ejemplo tú piensas esto: Este ha sido mi dolor de cabeza,
es un embustero; también puede ser que me quiera, pues ya han
transcurrido algunos años y no me olvida, pero mi mayor tuerce
es que aún no lo quiero mucho, pues yo creo que no volverá y es
mejor que no le honre con el contestarle porque de lo contrario él
seguirá de necio y… tal vez yo pierda, sí si no sí, no sí… es mejor
que lo olvide; ¡hay Dios concédeme lo que te pido! no, no, este
ya no, ¡me pesa! me arrepiento hasta… Otra cosa, ¿y de qué me
he enamorado yo? él, no es un tipo, él no es rico y, sobre todo, se
fue… pero ¡es mejor, es mejor! ¿y si vuelve? pues no le haré caso,
sí, sí, estoy resuelta y qué me importa que se quiebre la cabeza
pensando en mí este tonto.
Lo que dice entre sí, tu apreciable papá: Ese no sirve para
mi hija, ella no me estorba y para qué la voy a sacrificar con
ese vago que ya no le gusta estar en su lugar y es seguro que la
locura que hizo fue intencional para irse, no, no, no hay modo
que yo consienta el que le contesten a ese vago, perverso, engañador.
Lo que dice tu abuelita: Yo no digo nada, lo único que digo es
que él no es malo y que si se hubiese casado, él pues fuera un
espléndido marido, pero la tuerce lo persiguió.
Lo que dice tu mamá: Ese no vuelve, ya le gustó la vagancia y
comprendí que era un mentiroso.
Lo que dice tu tiíta Mariíta: Yo no creí que se casaran pues
siempre a él lo miré muy informal.
Meteíto y Zoilita, estoy seguro que no estiran ni jalan, cuando
mucho en veces dirán que se alegran y en veces que pobre yo.
Esto es cuanto me imagino de Uds. A ti te ruego que me perdones si mis malignas conjeturas te ofenden y deseo que sepas que
mientras yo viva no te olvidaré.
Saludes a quienes miento en mi maliciosa carta.
298 Gregorio Urbano Gilbert
Tú vida mía, tu ángel mío, recibe un sin fin de besos y abrazos de tu
AUGUSTO
Maya mía, si me quieres saluda a mi papá en mi nombre, lo
mismo que a mi mamá y por eso te doy un beso más. Adiós. Tuyo.
299
Junto a Sandino
PRESO EN HONDURAS
El Salvador, La Unión, 21 de octubre de 1930.
Sr. Dn.
Gregorio Sandino,
Niquinohomo, Nicaragua.
Mi adorado papá:
De Tegucigalpa, le escribí a mi mamá participándole que me
encuentro en la referida ciudad en comisión de nuestro Ejército.
Hoy lo hago contigo para manifestarte el resultado de mi misión
que fue un ligero fracaso, debido al detectivismo yanqui, como
al que la Legación nicaragüense tiene es este país, pues bien: en
esa ciudad fui capturado el día 19 del corriente mes por el propio jefe de la Policía, Cnel. Marcos Gutiérrez, quien me expresó
su pena por el ultraje de que era víctima, excusándose que él
no tenía nada que hacer en mi asunto sino que cumplir órdenes
del presidente de la República, por quejas que este tenía de la
Legación de Nicaragua y gringa, contra mí, manifestándome a
continuación, que tendría que ser deportado para lo cual ya tenía
todo listo. Efectivamente esa misma noche salí escoltado por un
pelotón de policías hasta San Lorenzo, de aquí a Amapala, de
este a La Unión, donde me encuentro sin un centavo.
Yo pienso escribirles de Costa Rica, que es donde me quiero
dirigir para que a este lugar me manden dinero y en la forma
que yo les indicaré, pues estoy completamente sin un quinto y sin
ropa, pues toda me la robaron en Honduras.
Con recuerdos a toda la familia me firmo de Ud. y de mi mamá,
su hijo que no los olvida nunca.
SÓCRATES
300 Gregorio Urbano Gilbert
VIAJE FORZADO DE GUATEMALA HASTA SANTA FE
San Salvador, 10 de febrero de 1931.
Sr. Don Gregorio Sandino
Niquinohomo, Nicaragua.
Mi querido papá:
Hasta hoy me doy gusto de escribirles después de largo silencio debido a mi situación un poco desfavorable por los múltiples
incidentes de que he sido víctima, después de mi paso por tierra
nicaragüense.
Como les participé en vez pasada, salí de este país con rumbo a
México, pues la vida en esta se hacía difícil dada la situación política por que atravesaba con la agitación electoral y la crisis que pesa
hoy en día sobre el mundo entero; lo que me convenció que se me
hacía difícil un campo para cualquiera de mis actividades, dando
por resultado mi partida ya expresada. De Guatemala las escribí
poniéndoles al tanto de mi permanencia en ese país hermano.
Estando, como les dije, en Guatemala y casi de incógnito para
evitar molestias, pues también aquí la política caminaba quizás
peor que en El Salvador, a pesar de que todo estaba en calma
pero por debajo todo olía mal, según los rumores que corrían y
que más tarde fueron comprobados.
En ese estado de cosas caminaba todo el tiempo, hasta el día
9 de diciembre por la noche del pasado año, como a las 10 y
media, hora en que regresaba a mi domicilio y al momento de
abrir la puerta de mi pieza fui sorprendido por dos gendarmes
quienes en términos corteses me insinuaban que les acompañara a la 3ra. demarcación de Policía. Ya en este lugar fui registrado de los pies a la cabeza, siendo despojado de todo lo
que en mis bolsillos poseía, enterándome asimismo, de que era
preso por orden directa del director general Herlindo Solórza-
Junto a Sandino
301
no. Al día siguiente 10, y como a las nueve y media de la mañana,
fui llevado a la Dirección General en presencia del subdirector
Archila, quien me interrogó de una manera tirana y hostil. A continuación fui conducido en un auto a mi habitación, la que fue
cateada minuciosamente y registrada hasta la última gaveta de
las mesas que ocupa de sala, tocador, dormir y de mi máquina de
escribir, volviendo nuevamente a mi bartolina de preso. El día 11
como a las cinco de la mañana fui nuevamente sacado, me entregaron la poca ropa que tenía en mi valija, pues la demás estaba
donde el sastre que me la limpiaba y la lavandera que hacía el
mismo oficio, cinco dólares del dinero que me quitaron, mi reloj y
mi máquina de escribir, haciéndome firmar recibo de lo entregado
pues no quisieron darme constancia de 60 dólares que se robaron. Me pusieron esposas y me sacaron como un criminal, a pie,
un comandante y cinco gendarmes, destino a una estación donde
tomamos el tren que nos condujo a Zacapa, de aquí en el tren
de las 8 de la noche salí a Chiquimbula, donde permanecí en la
cárcel cuatro días, el 13, de mi prisión pude darme cuenta que el
gobierno de Chacón había sido sustituido por el de Palma. Seguí
mi camino a pie pues me sacaban desterrado por la frontera de
Honduras, lugar montañoso y poco traficado, cruzando grandes
montañas, pasé por Esquipulas, donde con el dolor de mi alma
vendí mi reloj en 16 pesos plata, para poder comer y seguir a mi
destierro por tan terrible y peligroso lugar (reloj que en New York
me costó 35 dólares). En Esquipulas me concedieron visitar la
basílica y adorar al santo milagroso, la fiesta se aproximaba, por
tal motivo principiaban a llegar los romeros. De aquí fui sacado
por un resguardo que me botó en el corazón de la montaña, en la
mera frontera de Honduras y Guatemala, en el centro de la cordillera del Merendón. Aquí me encontré con unos contrabandistas
que regresaban de Guatemala, quienes me facilitaron bestia y me
dieron comida hasta llegar a Sata Fe, primer pueblo hondureño
en el departamento de Ocotepeque. Era el 12 cuando llegué aquí,
vi la bandera a media asta, me informaron que era el centenario
302 Gregorio Urbano Gilbert
de la muerte de Bolívar, ¡y me sentí, a pesar de mi gran agobio, y
lo maltratado de mi cuerpo, feliz! ¡Qué paradójico! En Ocotepeque permanecí un día, vendí unas cuantas chucherías para seguir
mi camino. Llegué a La Reina, pueblo de El Salvador en el departamento de Chalatenango, aquí supe que Palma había caído
del poder de Guatemala, que el director de la Policía, Solórzano,
había llegado antes que yo, emigrado a territorio salvadoreño,
¡se encontraba en Santa Ana y que Archila, el subdirector, había
sido muerto en las calles de Guatemala! ¡Qué efímeros los poderes humanos!
El 24 en la mañana llegué a esta ciudad completamente en
lipidia. Lo primero que hice fue empeñar mi máquina de escribir para ponerme un poco decentón, pues mi estado era simpático, me encontré con un buen amigo, me bridó hospitalidad (él
está actualmente en Guatemala pues era emigrado del antiguo
régimen), por la noche salimos juntos y tomamos unas copas por
nuestros seres más queridos y por el muchacho que nacería una
hora más tarde para redimir a la humanidad…
Papá, como les he hablado anteriormente, no quería escribir
sino cuando me encontrara en una situación favorable cosa que
se me ha hecho imposible dado los motivos en que se encuentra
este país, no he podido encontrar nada que hacer, a pesar de mis
grandes esfuerzos, por lo cual le suplico que me giren inmediatamente dinero a José Gilberto Amaya, 2da. Calle Oriente No.
33, San Salvador, que esto sea lo más pronto posible telegráficamente. Amaya es amigo mío, quizás el único que aquí tengo, este
acompañó a Augusto cuando pasó por aquí rumbo a Las Segovias. Cuando manden el dinero que sea girado de Managua y por
medio de otra persona que no sea ninguno de ustedes.
Con recuerdos a todos los de esa mi casa y amigos que me recuerden. Me firmo de usted y mi mamá con todo el corazón de su hijo,
SÓCRATES
Junto a Sandino
303
SANDINO HERIDO
San Salvador, 9 de marzo de 1931.
Señora doña
América de Sandino
Niquinohomo, Nicaragua.
Mi adorada y querida mamita:
Hasta hoy me doy el gusto de contestar su apreciable y distinguida cartita, lo que no había hecho antes debido a mi mal estado de
salud e indecisión en que me encuentro dado a mis múltiples contratiempos con que he tropezado desde mi salida de México, y que en
carta anterior les manifesté en síntesis y de la manera más espontánea sin omitir detalles.
Recibí los cincuenta dólares, que por medio del compañero José
Gilberto Amaya me enviaron y que me han sido muy útiles, pues con
ellos he podido cancelar un poco mis deudas.
De Augusto he estado siempre al corriente de los correos que han
llegado del campamento, he tenido las mejores y más halagadoras
noticias, una de ellas es que de la herida que recibió en Saraguasco
ya está completamente restablecido, pues camina con toda firmeza,
esto es satisfactorio pues temíamos que quedara impedido por toda
la vida, dados los informes recibidos y de la proporción de esta herida. Teresa Villatoro, mujer de Augusto, se encuentra en esta.
Al recibirles me siento muy triste, muy triste, siento la nostalgia
de todo lo que es mío en esa, el cariño de ustedes y todo lo que forma
ese mundo ideal que es mío también, me llena el alma de profundas
meditaciones que al martillar constantemente sobre el yunque de mi
sensibilidad me vuelve más triste aún, sintiendo el verdadero deseo
de volar hacia ustedes para convivir juntos aunque sean unas horas
de felicidad. Usted y mi papá reciban el corazón de su hijo.
SOCRATES SANDINO
304 Gregorio Urbano Gilbert
CON SANDINO EN LAS MONTAÑAS
El Chipotón, 23 de julio de 1931.
Señor don
Gregorio Sandino
Niquinohomo, Nicaragua
Mi adorado y querido papá:
Te escribo del centro de estas montañas segovianas, donde está
representado el honor nacional y el de la raza en general. Estoy
feliz al encontrarme al lado de Augusto y de sus bravos soldados,
así como en la grata compañía de Blanquita, quien después de
tantos sacrificios ha venido a correr la suerte de su marido y a
poner su contingente en esta lucha libertadora. Todos estamos
buenos y contentos y abrazamos a todos los de esa nuestra casa
con el corazón en nuestras manos.
Aquí en el campamento general se han recibido más halagadoras y buenas noticias, nuestro ejército ha triunfado en todos los
sectores de lucha, lamentando únicamente la muerte de nuestros
hermanos de lucha generales Pedro Blandón y Miguel Ángel Ortez y Guillen, después de haber infringido fuertes derrotas a los
invasores.
Yo estoy aquí desde el martes 21 del corriente mes después
de haber dilatado un mes de camino de El Salvador acá. Salí
de San Salvador el día 19 del pasado mes, por tierra hasta
llegar a Tegucigalpa, donde permanecí veinte días escondido
porque la policía hondureña me perseguía, hasta que venciendo mil dificultades puede llegar a Danlí, casi en la lipidia.
Alfredo Zambrana me dio prestado veinte y cinco dólares, lo
que les suplico que los paguen inmediatamente o tan luego
puedan, girados a Danlí (Honduras), cosa esta que agradeceré infinitamente.
Junto a Sandino
305
Aquí estamos encantados de la vida como generalmente acostumbra a decir Augusto, y que ha hecho de esta frase un refrán en
el ejército, algo así como un término oficial.
Cuando nos escriban que sea a Madalina Berríos, recomendado a J. Francisco Berríos, San Rafael del norte, de la misma
manera que siempre lo han hecho, de sobre sobre sobre.
Con recuerdos y abrazos a todos los de esa casa, en especial a
mamá de parte de Augusto y de Blanquita, quienes los recuerdan
con cariño en las horas más intimas. Usted y mi mamá reciban
el corazón.
SÓCRATES SANDINO
306 Gregorio Urbano Gilbert
ANUNCIA EL VIAJE DE SANDINO A MANAGUA
Santa Cruz, 13 de mayo de 1933.
Sra. Doña América de Sandino
Niquinohomo, Nicaragua.
Mi adorada mamita:
Te escribo desde este apartado lugar del río Coco, con el fin
de mandarles a través de estas líneas todo mi cariño al par de mi
recuerdo siempre fijo en ustedes.
Por de pronto, me encuentro sin novedad y asimismo son mis
deseos para ustedes.
Próximamente llegará Augusto a Managua y probablemente
llegará a esa. El viaje lo hará de incógnito y de la manera más
rápida, como él sabe hacerlo, se lo participo para que estén listos
y lo esperen como él se merece; irá en compañía de dos ayudantes de su plena confianza y oficiales de nuestro ejército.
Con el general Peralta que quizás llegue a esa, espero me
manden dos libros que pueden comprar en Managua o Granada,
ellos son: “Doña Bárbara” y “La Vorágine”.
Con mis recuerdos sinceros para todos los amigos de ese pueblo, con especialidad para Rosita Noriri, Anita, Tona, así como
para Graciela, Migdalia y Sara María. Para los niñitos Orlandito y Zoilitamérica, muchos besos.
Para usted y mi papá todo mi cariño. Su hijo.
PATRIA Y LIBERTAD
Sócrates Sandino
PD: Si encuentran el libro «Plan Quinquenal», de José Stalin,
se lo agradecería me lo manden que es un plan económico al cual
se ha sometido la Unión Ruso Soviética, y que me será de gran
importancia conocer. Vale.
Junto a Sandino
307
Carta de don Gregorio
LA LLEGADA DE SANDINO A SU PUEBLO
Señor don Sócrates Sandino
Santa Cruz
Río Coco.
Querido hijo:
Con gran placer te escribo participándote que toda nuestra
familia está buena y así espero Dios mediante te encuentres
en unión de tus compañeros para bien de nuestra amada Nicaragua.
Como la prensa y el público empezó a decir que Augusto iba
a revolucionar a Nicaragua vine a Managua y le dije al señor
presidente que no diera crédito a lo que se decía y que si él quería
conferenciar con Augusto yo lo vendría a llevar a San Rafael, él
me dijo que aceptaba el ofrecimiento y a los cuatro días después
me llamó. Inmediatamente vine a San Rafael y el siguiente día
nos fuimos a Managua y fuimos recibidos cordialmente por todos
los familiares y el propio presidente.
El propósito de Augusto era que si no se ponían de acuerdo
salir para Panamá y la Argentina, pero todo lo que dijo Augusto
el señor presidente dijo que sí, es decir enteramente de acuerdo y
hasta recalcó que la presencia de Augusto era necesaria en Las
Segovias para sostener el gobierno, así es, una cajeta.
Nos puso a nuestra órdenes el carro presidencial para irnos a
Niquinohomo y llegamos a las nueve de la noche pero de antemano
había yo avisado a tu mamá que no dijera a nadie de nuestra llegada pues así lo quería Augusto, sorprender a los habitantes para
apreciar mejor y gozar de la impresión después de 12 años de no
verlos y así fue. América alistó la casa y comida, diciendo que Lola
de Salvatierra y sus amigas llegarían. Cuando el carro se paró corrieron todo los que esperaban en cuenta a Lolita Espinoza, quien
308 Gregorio Urbano Gilbert
está de paseo, al encuentro de nosotros, salieron todos y oh sorpresa, todos prorrumpieron en brincos y gritos de alegría, todo
fue oírse las exclamaciones y todo el pueblo se desbordó en
manifestaciones de alegría, pitazos del trillo de Briceño, repiques de campanas, disparos de bombas, cohetes y de armas de
fuego. A continuación llegó un auto, con los estudiantes de la
huelga de hambre y los corresponsales de los periódicos y el
padre Kiene. Este tomó la palabra y después los estudiantes y
periodistas haciendo grandes elogios de Augusto y su campaña.
Ahora sé que el doctor Espinoza en un banquete que el ministro americano le dio a Espinoza, dijo doctor yo sé que el pueblo
nicaragüense lo quiere y es necesario que usted aproveche ese
cariño, también la guardia nacional apoya a Espinoza y esa es
la zozobra en Managua, pero Augusto ha manifestado que cualquier movimiento que haya en contra del Presidente él lo repelerá
y suponiendo secuestraran o expatriaran al señor Presidente él
lucharía hasta restaurar la paz, entonces llamaría y colocaría al
señor Sacasa en la presidencia hasta que concluyera su período.
Te pongo al corriente de lo que se dice para que estés entendido.
Tu papá que siempre está pendiente de ti,
GREGORIO SANDINO
Junto a Sandino
309
CON SANDINO EN EL CORAZÓN
DE LA MONTAÑA
Carleton Beals es el único corresponsal americano que ha logrado
entrevistar a Sandino. Enviado por The Nation al campo de operaciones, Beals logró atravesar la frontera de Honduras, burlando
a las tropas de esa nación encargadas de impedir la comunicación
por ese lado con el defensor de la autonomía de Nicaragua. En
un lenguaje pintoresco y sencillo, como debe ser el del periodismo moderno, Mr. Beals refiere las pericias que tuvo que pasar
antes de llegar a la presencia del rebelde más famoso de los últimos tiempos. «Sandino —dice The Nation— podrá estar fuera
de la ley, pero es indudable que pertenece a la raza de los George
Washington y de otros grandes rebeldes de la historia. Es posible
que muera asesinado en su propio territorio por los marinos de los
Estados Unidos; pero entonces habrá de volverse figura legendaria para los latinoamericanos».
La presente entrevista no es sino una parte de la interesante
colección de Mr. Carleton Beals.
310 Gregorio Urbano Gilbert
EL UNIVERSAL ILUSTRADO
Tomo I, Núm. 569
Pág. 23. Col. 1.
5 de abril de 1928.
San José de Costa Rica, marzo 4 (vía Tropical Radio
Telegraph Company)
No obstante que el viento soplaba con fuerza sobre Remango
(una de las avanzadas principales de Sandino, desde el principio de las hostilidades), nosotros dormimos confortablemente
esa noche en uno de los cuarteles. Los soldados estaban tan
despreocupados como si el enemigo se hallase a mil leguas.
Los cuarteles eran altos, cubiertos con techos de paja y sostenidos por grandes postes. En un extremo se veían varias mesas
de cocina hechas de troncos partidos por la mitad o de una
piedra montada sobre pieles crudas clavadas que protegían
contra el viento. Las soldaderas habían levantado en un rincón
un altar a San Antonio, el cual se hallaba decorado con papel
de seda y estaba alumbrado por una lámpara de carburo. Un
bebé chillaba dentro de una hamaca de sisal. Los soldados, sin
abandonar su rifle, se reunían en grupos, relatando el ataque a
Ocotal, la sorpresa a los gringos y en Las Cruces, el incendio
de la hacienda de El Hule, y la violación de mujeres por los
odiados yanquis. Sin embargo, aquí, en medio del cuartel, se
hallaba uno de esos gringos odiados viviendo con toda comodidad. Otros, sentados en troncos de madera aserrados, leían.
A la luz de los hachones de ocote, novelas, el último número de
Ariel o periódicos extraviados. Un hombre con tipo negro hacía
el amor a una soldadera que mostraba una peineta sembrada
de diamantes. Otro, vestido de manta, sucia por el uso, asaba
carne, usando su banqueta como asador. Una guitarra acompañaba una canción de sabor whitmanesco, dedicada a Sandino
con música de La Casita mexicana. Casi toda la noche bailamos
Junto a Sandino
311
al son de aquella música, en una atmósfera babelesca en que se
confundían los olores de la música, el humo, la llama y el color.
Sandino había sacado casi todas sus mulas y caballos de Remango, pero el capitán Altamirano se arregló de manera para
conseguirnos tres cabalgaduras para Sequeira, Colindres y yo.
El mío era un caballote blanco, asmático y sarnoso. Era más
tranquilo que una vaca y las espuelas y látigos le tenían sin cuidado. La bestia se cayó dos veces al resbalar sobre el camino
fangoso de Remango y estuvo a punto de arrojarme por una ladera. En vista de ello dispuse hacerme el camino a pie, con el lodo
hasta los tobillos.
Gradualmente fuimos bajando el camino lodoso y difícil de la
serranía que conduce hasta los valles tributarios del Coco Segovia en donde el clima frío de las alturas se torna cálido. Para
poder evadir Quilali, que por entonces estaba siendo arrasado
por los americanos hasta hacerlo desaparecer del mapa, dimos
una gran vuelta por detrás de unas colinas desprovistas de vegetación, en medio de un calor infernal.
La primera noche de viaje, nos hospedamos, antes de llegar
a las márgenes del Coco Segovia, en la casa de una señora cuyo
hijo había sido muerto por una bomba de un aeroplano. La pobre
mujer decía: «Le hicimos un ataúd muy pequeño, señor, porque
la explosión le cortó las dos piernas».
A la mañana siguiente subimos por el río, desayunamos y nos
detuvimos en el retén del coronel Guadalupe Rivera, un hacendado rico que había convertido su propiedad, Santa Cruz, en una de
las avanzadas de Sandino.
El bosque espeso, húmedo, goteante. Un soldado arranca un
ramo de orquídeas rojas que al precio de Nueva York valdría
veinte dólares cuando menos y lo coloca en su sombrero. Verdaderos ejércitos de monos pasan chillando a nuestro lado y
haciéndonos muecas. Del fondo de la selva obscura surgen los
rugidos de los leones. Las guacamayas tiñen el cielo de carmesí entre gritos salvajes. Subimos y subimos por el río hasta Yalí,
312 Gregorio Urbano Gilbert
y por fin después de una noche de viaje a caballo por un camino
en donde las bestias se hunden hasta el pecho en el lodo, llegamos cerca de Jinotega.
A pocas millas de Jinotega, en donde hay un puesto de marinos, nuestro grupo de treinta hombres armados se lanza audazmente en pleno día y recorre las haciendas ricas en ganados
y caballos salvajes, cuidando de explorar ocasionalmente el
cielo por temor a los aeroplanos. Aquí los soldados señalan las
casas de los cachurecos (conservadores) y confiscan sus caballos y sillas. En todo mi viaje, fue la única requisición violenta
que observé. En una casa de campo marcada por los proyectiles
durante la primera fase de la lucha, Sandino tenía su cuartel
general. Habíamos sabido que acababa de llegar a San Rafael
del Norte y despachamos un correo.
A las ocho de la noche, el coronel R., enviado por Sandino,
llegó hasta nosotros con un mensaje envuelto alrededor de su
lámpara de bolsillo y nos dijo que podríamos llegar a San Rafael
en dos horas de viaje rápido.
Inmediatamente nos pusimos a ensillar nuestras cabalgaduras y salimos en medio de un fuerte viento, el correo de
Sandino, Colindres, Sequeira y yo. El coronel R., con la cabeza agachada, me cuenta a gritos que hace unas cuantas semanas llegó a San Rafael una misión de cuáqueros, encabezada
por Sayre y Jones, la cual no pudo ver a Sandino. «Sandino
—declara— no quiere recibir a ninguno que venga del lado
americano».
En una vuelta del camino aparece ante nuestros ojos, por el
lado de la montaña, una hoguera. Pronto nos hallamos frente al
primer centinela.
—¿Quién vive?
—Nicaragua.
—De la contraseña.
—No vender la patria.
—Avancen uno por uno y dense a reconocer.
Junto a Sandino
313
Un soldado joven, bajo, vestido de gris y con anteojos ahumados me toma del brazo y me dice en buen inglés: «You are the
American. A warn welcome, sir».
Pocos minutos después cruzábamos por la calle principal. En
cada esquina, el mismo ¡quién vive!, ilustrado por negros cañones
de rifle que se atraviesan en nuestro camino y luego la intimidación
final: «Avancen uno por uno, pegándose a la pared».
Cada vez que cruzamos por un cuartel, los soldados se ponen
de pie, a la voz de ¡firmes!, y se echan el rifle al hombro a nuestro
paso. Después de ser detenidos varias veces, llegamos al cuartel
general. Los cornetas tocan silencio. Indudablemente las tropas
de Sandino están bien disciplinadas. El coronel Estrada, del Estado Mayor de Sandino, nos informa que el general no puede
vernos sino en la mañana. Nos sentamos en medio de una sala
amplia, desprovista de muebles, entre oficiales del Estado Mayor
de Sandino y otros jefes que se hallan a sus órdenes. A mi lado
está el general Girón, ex comandante del departamento de Petén,
en Guatemala. Es un hombre de unos cincuenta años, que tiene
una cara ancha, movible, en medio de la cual lucen dos ojos grises. Al lado de Sequeira está sentado el general Montoya con el
cuello envuelto en una bufanda, pues tiene fiebre.
Entran dos soldados y nos registran. A mí me quitan mi cámara y a Sequeira su pistola, cosa inexplicable. Pero el coronel
Estrada ordena que se nos devuelvan, con mil excusas.
Después de las formalidades acostumbradas se nos lleva a cenar a la once y media. El coronel sugiere que mandemos una nota
a Sandino diciéndole que estamos a su disposición, y preguntándole si no tiene inconveniente en recibirnos la misma noche. El
general manda a decir que tiene catarro y ruega lo veamos…
a las cuatro de la mañana.
Por fin, se retiran los oficiales. El coronel R., y su bella esposa, para entretenernos sacan un álbum familiar y nos lo muestran. Lo hojeamos, entre bostezos. Es una serie muy interesante
de fotografías en que está el bombardeo de Chinandega por los
314 Gregorio Urbano Gilbert
pilotos americanos. ¡Horribles escenas, en verdad! Una calle entera convertida en ruinas y sembrada de cadáveres. Un hospital
destruido, mostrando los cuerpos hechos trizas de los enfermos.
Un banco con su caja volada por la dinamita.
Después de dos horas de sueño, me despierta el clarín; busco
apresuradamente mis fósforos y mis zapatos. Es la hora de la cita.
En menos de media hora estoy en la oficina de Sandino, situada en
uno de los cuarteles principales y alumbrada por una lámpara.
Sandino nació el 19 de mayo de 1893 en el pueblo de Niquinohomo. Es bajo, de unos cinco pies de estatura. Cuando lo vi
estaba vestido con un uniforme café oscuro. En su cuello, anudado, llevaba un pañuelo de seda negro y rojo y en la cabeza un
sombrero tejano de anchas alas, echado sobre la frente. Ocasionalmente, mientras conversábamos, se echaba el sombrero hacia
atrás, y arrastraba la silla hacia mí. Su cabello negro, su frente
amplia. Su cara forma una línea recta desde las sienes hasta la
mandíbula. Su mandíbula forma ángulo agudo con el resto de su
cara. Sus cejas arqueadas por encima de los ojos negros, sin pupilas visibles. Sus ojos tienen una extraña movilidad. Carece de
vicios, tiene un sentido inequívoco de la justicia y compadece a
los soldados humildes. Uno de sus dichos más comunes es: «Tantas batallas nos han hecho duro el corazón, pero han fortalecido
nuestro espíritu». Es indiscutible la primera parte del epigrama,
porque todos los soldados y oficiales con quienes hablé están inspirados por una franca afección y una ciega lealtad. Sandino les
ha contagiado con su odio mortal a los invasores.
«La muerte no es más que un momento de disgusto y no vale la
pena tomarlo seriamente», repite a cada rato a sus soldados. O
bien: «El que teme a la muerte se muere más pronto».
Hay algo de religioso en la ideología de este hombre. Muy
a menudo Dios figura en sus frases. «Dios es el que dispone de
nuestras vidas», o bien, «Ganaremos, Dios mediante», o «Dios y
las montañas son aliados nuestros». Sus soldados repiten muy a
menudo estos dichos.
Junto a Sandino
315
En nuestra entrevista, Sandino habló de algunas batallas
libradas cerca de El Chipote. Sostuvo que habían muerto allí
alrededor de 400 marinos. Esto, desde luego, es una exageración. El general Feland insistía en que solo habían muerto 17,
pero estoy convencido, después de hablar con muchos oficiales de marina, de que las bajas de los americanos fueron entre
40 y 60.
Después de referir en qué forma habían sido bajados algunos aeroplanos, Sandino me presentó sus demandas en la lucha
presente. «Primero: evacuación del territorio de Nicaragua por
los marinos; segundo: el nombramiento de un presidente civil,
que sea imparcial para los partidos y que sea escogido por los
representantes de todos ellos; tercero: elecciones vigiladas por
Latinoamérica».
«El día en que se cumplan esas condiciones —declara Sandino— cesaré inmediatamente en las hostilidades y desbandaré mis
fuerzas. Por lo demás estoy resuelto a no aceptar ningún puesto
en el gobierno ya sea o no de elección popular. Tampoco aceptaré
pensiones o sueldos, lo juro. No aceptaré regalos de nadie, ni hoy
ni mañana, ni pasado mañana, ni nunca».
Se levantó y anduvo paseando por la sala, mientras repetía estas palabras. Con vehemencia: «Nunca, nunca aceptaré un puesto público. Sé ganarme la vida, modestamente para mí y para mi
mujer. Mi oficio es mecánico, y si es necesario volveré a él. No
volveré a tomar las armas contra los liberales ni contra los conservadores, ni tampoco en luchas civiles. Solo en caso de invasión por
el extranjero. Hemos tenido que pelear porque los demás líderes
nos traicionaron, se vendieron al enemigo o doblaron el cuello por
cobardía. Estamos peleando en nuestra propia patria por nuestros
derechos, que son inalienables. ¿Qué derecho tienen las tropas extranjeras de llamarnos bandidos y de decir que nosotros somos los
agresores? Estamos en nuestra casa. No nos resolveremos a vivir
cobardemente en paz mientras haya un gobierno puesto por las
naciones extranjeras. ¿Se llama esto patriotismo, o no? Cuando
316 Gregorio Urbano Gilbert
el invasor sea vencido como tiene que serlo, mis hombres se contentarán con sus pedazos de tierra, con sus herramientas, con sus
mulas y sus familias».
San Rafael del Norte es una pequeña ciudad con casas de adobe, cubiertas con tejas, situada en el flanco derecho del camino
de Yalí, departamento de Nueva Segovia. Se encuentra en una
cañada angosta por en medio de la cual pasa un riachuelo que
baja de la montaña. Al otro lado de la vertiente, cruzando la alta
cumbre de la montaña de Yucapuca y un pequeño valle populoso,
está Jinotega, capital del departamento. Hacia el sur se hallan
los departamentos de Estelí y León. Toda esta región es propicia
para la guerra de guerrillas y de origen liberal. No se necesita
más que un pequeño éxito de Sandino para que encienda toda
en rebelión. Aquí y allá, aisladas en medio de este vasto territorio, andan las partidas de Sandino y más allá hacia la frontera
de Honduras, cerca de Chinandega, la guardia local no hace un
mes que huyó, uniéndose a Sandino. De ese modo, San Rafael es
un punto de partida ya sea para el oeste, que es donde estamos
o hacia el sur, en donde se hallan Jinotega, Matagalpa y el disputado Muymuy, en donde las fuerzas combinadas de Díaz y los
marinos no pudieron contener al ejército liberal, antes del arreglo Stimpson-Moncada. Sandino ha escogido la segunda ruta por
conocerla mejor, como que es la tercera vez que se lanza por ella.
Cerca de San Rafael se ven aún las zanjas cavadas por las fueras
liberales en previos combates y cerca de Yucapuca hay trincheras
de piedra a lo largo de toda la montaña. El mismo San Rafael
está de parte de Sandino y le conoce desde hace mucho tiempo,
fue aquí en donde, hace un año, contrajo matrimonio con la telegrafista local Blanca Aráuz, en la pequeña iglesia blanca que se
halla en la plaza.
Como he dicho antes, llegué a presencia de Sandino a las cuatro de la mañana. Mientras hablábamos, su gesto más frecuente
era el del movimiento del dedo índice; invariablemente se inclinaba, hacia adelante mientras hablaba; uno o dos veces se puso
Junto a Sandino
317
de pie dando más fuerza a sus palabras con un movimiento entero
de su cuerpo.
Su expresión es fluida, precisa, modulada; su voz es clara. Durante las cuatro horas y media que estuvimos conversando no le
vi una sola vez titubear en busca de una palabra. Sus ideas están
epigramáticamente ordenadas. No había lado del problema nicaragüense que eludiera tratar. En cuestiones militares le encontré
seguro, aunque un poco fanfarrón y exagerado en cuanto a sus
éxitos. Sin embargo, es excesivamente astuto, conoce bien el país
y considero difícil sacarlo de allí. Con guardar a su espalda la
parte montañosa del norte y del este, no puede ser cortado por
dos mil quinientos marinos, ni por cinco mil. En cambio, se halla
capacitado para moverse libremente hacia adelante y hacia atrás
a lo largo del área en que se unen estas montañas, desde Muymuy hasta la frontera con Honduras; es decir, más de la mitad del
camino a través de Nicaragua, con suficientes elementos de vida,
por ser un lugar muy cultivado. Mientras, las tropas americanas,
para cubrir la misma región y mantener intacta su línea de comunicación con Managua y León, necesitan moverse sobre un arco
media vez más grande. Los soldados de Sandino, acostumbrados
a toda clase de fatigas y a comer lo que encuentran, tendrán muchas ventajas durante la futura estación de las aguas. Las tropas
americanas, teniendo que operar bajo un clima desfavorable a
su temperamento, quedarán completamente aisladas de Managua, León y las ciudades de la costa, pues los caminos se cubren
entonces con dos pies de lodo y se vuelven intransitables; no se
pueden pasar ni las carreteras de bueyes. La ruta de movilización
de los marinos, o sea el largo arco que parte de Matagalpa y
rodea Estelí y Ocotal, se volverá cada vez más difícil que ahora,
en tanto que Sandino gozará de la estación seca de las montañas,
conocidas por él y sus hombres pulgada a pulgada. Como él me
dijo: «Esperé en Chipote. Los marinos se concentraron, pidieron
elementos, formaron grandes planes para derrotarme y rodearon
mi posición. Ahí están todavía. Ahora yo estoy cerca de Jinotega,
318 Gregorio Urbano Gilbert
a medio camino del centro del país. Iré más lejos. Cuando ellos se
hayan movido acá y traído más tropas, yo ya estaré en el norte, o
quién sabe dónde».
Indudablemente los marinos se han puesto en ridículo con
toda su maquinaria de guerra, su ciencia, sus aeroplanos, mientras Sandino marcha a las regiones populosas del centro, atraviesa dos departamentos, penetra a las fincas de café y se hace de
nuevos elementos.
El sistema de espionaje de Sandino es excelente. Cuando nos
acercamos a Jinotega, el coronel Colindres ordenó a dos soldados que se quitaran sus divisas rojinegras y sus polainas, las envolvieran y se dirigieran a la ciudad de Jinotega para saber lo
que estaban haciendo los marinos. No había nada que pudiera
identificarlos como soldados de Sandino. En cambio, cualquier
extraño tiene que justificar su presencia en el campamento de
Sandino.
La táctica actual de los americanos para sofocar a Sandino será ineficaz. Las tropas conocen las costumbres de los
aeroplanos. Viajan temprano en la mañana y muy tarde, o por
la noche, o bien a través de la selva, en donde son invisibles
desde arriba.
Tanto el general Emiliano Chamorro como el presidente Adolfo Díaz, a quienes entrevisté hoy, son pesimistas respecto a la
captura de Sandino, y dicen que solo puede ser vencido por tropas del país, que operen en las montañas sobre el mismo terreno
que Sandino, sin las enormes impedimentas y equipos del ejército
americano. Hasta hoy, los Estados Unidos han armado seiscientos hombres nativos. Esta fuerza se emplea para guarniciones y
está desparramada en pequeños destacamentos por toda la República. Pero los Estados Unidos, que aparentemente favorecen
ahora al candidato liberal, Moncada, temen armar a la gente
del país que quedará controlada por el partido conservador. La
alternativa, según me dijo el presidente Díaz, consiste en mandar
tres o cuatro veces más marinos que los que hay actualmente. Así
Junto a Sandino
319
la manera apropiada de combatir a Sandino consistiría en organizar pequeñas columnas volantes capaces de exponerse a todo,
pues Sandino es muy listo y sabe tenderles emboscadas. Esto
quiere decir que Sandino se sostendrá hasta que venga la estación de las lluvias, haciendo imposibles las elecciones y echando
a perder todo el programa americano en Nicaragua.
«Hemos aprendido muchas cosas del invasor —me decía
Sandino—, al principio acostumbrábamos acampar en los sitios
abiertos pero vimos que nuestro enemigo ocupaba las casas de
los ciudadanos nicaragüenses, y arrojaba a los dueños a la calle.
Nosotros dispusimos hacer lo mismo, nada más que para ello teníamos el cuidado de seleccionar las casas de los enemigos de la
causa. Sin embargo, no hay necesidad de eso porque el pueblo
nos ofrece alojamiento, sabiendo que estamos luchando por la
independencia de Nicaragua».
«Sí, todo se lo debemos al enemigo. Si no nos hubiesen atacado nuestra condición sería miserable. Pero hemos tomado
de ellos todo lo que tenemos. Si no hubiéramos sido atacados,
no tendríamos ropa ni munición y habríamos perecido, pero no
sabemos vivir como bandidos. No hemos quitado nada a los
campesinos. En El Chipote, los campesinos nos llevaban hasta
nuestras trincheras ganado y alimento para nuestros hombres.
No nos ha faltado nada. ¿Cree usted que si fuéramos unos bandoleros podríamos haber resistido medio año en un puesto fortificado como ese en contra del poder inmenso de los Estados
Unidos? En ese caso nadie nos protegería. El enemigo dice:
“debe acabar pronto, no tiene municiones, ni armas, ni alimentos” Pero el enemigo olvida que las municiones y las armas nos
las da él».
Al decir eso, Sandino mandó que me trajeran diferentes clases de armas con la marca reglamentaria del ejército americano: rifles Browning, Lewis, Thompson, ametralladoras. «¿Cree
usted que un bandido puede viajar con treinta ametralladoras
de equipaje, como no sea en Chicago? En la batalla de Ocotal
320 Gregorio Urbano Gilbert
sostuvimos quince horas de combate. En la batalla de Las Cruces
disparamos veinte mil cartuchos. No está del todo mal para un
bandido».
La primera orden de Sandino a su llegada a San Rafael fue
que cualquier soldado que tocase algo que no le perteneciera
sería pasado por las armas. En mis conversaciones con los tenderos de la ciudad, llegué a la convicción de que las tropas de
Sandino están perfectamente bien disciplinadas y tienen todo lo
que necesitan.
Sandino mismo me dijo: «Un tal coronel Porfirio Sánchez llegó
antes que yo a Yalí y levantó contribuciones entre los habitantes de
la ciudad. Le di de baja en el ejército de la defensa de la soberanía
de Nicaragua, y si lo vuelvo a encontrar en mi camino lo fusilo. El
dinero que quitó ha sido restituido. Vea usted este recibo por 2,000
pesos, firmado por Elvira Rodríguez y que yo pagué».
«Mi actitud es muy clara. Cualquiera puede seguirme los pasos uno por uno. Nunca sabrán que Sandino ha tomado nunca
lo que no le pertenece por derecho propio, que ha faltado a una
promesa, que ha marchado de alguna parte debiendo algo. Mis
padres eran dueños de tierras. Cuando aún era niño manejé de
15 a 20 mil dólares y nunca toque un solo centavo que no fuera
mío. He trabajado honestamente para vivir en muchos lugares,
en Bluefields, en Honduras, en Guatemala, en México, en las minas de San Albino y en algunas ocasiones en puestos de responsabilidad».
Me mostró el libro de los gastos del ejército. «Todo lo que gastamos figura aquí. Hoy, por ejemplo, le di al coronel Colindres
quince dólares, todo lo que tenía por el momento, para que comprara ropa para cinco de sus soldados que le escoltaron a usted
desde El Remanso y que llegaron semidesnudos. Le he sugerido
que diga al tendero que estamos muy pobres y que nos de la
mayor cantidad de artículos por ese dinero, pues de lo contrario
tendré que mandar la cuenta al presidente Coolidge, quien ha
ordenado la invasión en nuestro territorio».
Junto a Sandino
321
DE LA MANIGUA NICARAGUENSA
¿BANDIDO O PATRIOTA?
Todo aquel que ingresa al ejército de la defensa de la soberanía
de Nicaragua está obligado a firmar una especie de compromiso o
pauta redactado por Sandino mismo en El Chipote en septiembre
de 1927 y que contiene entre otras condiciones las siguientes:
1.- Defender la soberanía de Nicaragua y obedecer su código
militar.
2.- Negarse a obedecer las órdenes de Adolfo Díaz y de los
extranjeros, procurando siempre obrar con nobleza.
3.- Defender no solo los liberales sino a todos los nicaragüenses traicionados por el actual gobierno.
4.- Obedecer sin discusión las órdenes del supremo jefe del
ejército.
5.- Respetar todos los derechos de los ciudadanos.
6.- No celebrar pactos secretos con el enemigo.
7.- Mantener la disciplina.
8.- No esperar sueldo, únicamente equipo necesario, como
ropa, municiones y alimento.
9.- En cambio de todo eso, el jefe supremo del ejército a no
contraer compromisos con nadie ni con ningún grupo político.
Después de leerme esto, Sandino dijo:
—Como usted ve, estamos trabajando para todos los nicaragüenses, conservadores y liberales. El coronel X, por ejemplo, es
conservador, pero está convencido de la razón de nuestra causa.
Nosotros no queremos más que arrojar al invasor extranjero.
—Pero siendo ustedes lo suficientemente fuertes, resulta peor,
porque su oposición hace que aumente el número de marinos y
que se intensifique la intervención —le dije.
—Nosotros —repuso— no protestamos contra la magnitud de
la invasión, sino sencillamente contra la invasión. Los Estados
Unidos se han metido en los asuntos de Nicaragua durante mucho tiempo. No podemos atenernos a su promesa de que algún
322 Gregorio Urbano Gilbert
día saldrán de aquí. Cada día es más pronunciada la intervención. Los Estados Unidos prometieron a Filipinas darle su independencia, pero las tropas americanas siguen en Filipinas y este
sigue siendo un pueblo avasallado. Dice usted que los gobiernos
de Honduras y de El Salvador me son hostiles. Peor para ellos.
Mañana se arrepentirán de su actitud. Todo Centroamérica está
obligado moralmente a ayudarnos en esta lucha. Mañana cada
país de estos tendrá que sostener la misma lucha. Centroamérica
debería unirse contra el invasor en lugar de aliarse con el extranjero.
—¿Es cierto —le pregunté—, como se ha dicho, que la mayor
parte de su ejército está formado por aventureros de México y de
otros países de la América Central?
—No. Tengo oficiales de Costa Rica, de Guatemala, de El
Salvador, de Honduras, y aun dos o tres de México, que llegaron
atraídos por la justicia de mi causa, pero también en minoría.
La médula de mi ejército es nicaragüense. He recibido muchos
oficiales de afuera, pero en la mayoría de los casos los he despedido.
—Nuestro ejército —dijo Sandino— es fiel y experimentado.
Se compone de trabajadores y campesinos que aman a su país.
Los intelectuales nos han traicionado y a causa de ello hemos
tenido que empuñar las armas. Todo lo que hemos hecho se debe
a nuestro propio esfuerzo.
—¿Y qué hay sobre eso de que dos marinos capturados le enseñaron a usted a hacer bombas?
—Mentira de los marinos para disimular su derrota. Es satisfactorio para el orgullo de los Estados Unidos pensar que lo
que sabemos nos ha sido enseñado por los marinos… Mire, haga
el favor de llamar a nuestro fabricante de bombas —le dice a un
ayudante.
Poco rato después apareció un hombre joven, quien me explicó que las bombas se hacían envolviendo fuertemente una cantidad de dinamita con cuero crudo y poniendo adentro piedras,
Junto a Sandino
323
clavos, pedazos de acero, vidrios, etc. Se me trajo, para que lo
viera, una cosa pesada, envuelta en la piel de un animal. Estaba atada con correas de cuero y más que una bomba parecía
un osito de esos con que juegan los niños (teddy-bear). Pero
se me dijo que sabiéndola arrojar podía destrozar gran parte
de una compañía. El fabricante de bombas me explicó también la técnica de los cohetes de dinamita usados para bajar
aeroplanos.
Sandino me proporcionó una lista de las batallas libradas en
los alrededores de El Chipote durante los seis meses anteriores.
Sus conclusiones eran exageradas, como lo son las de los marinos y posiblemente más.
1.- El Chipote: veinte norteamericanos muertos.
2.- El Ocotal: ochenta norteamericanos muertos.
3.- San Fernando: derrota de los sandinistas.
4.- Santa Clara: derrota de los sandinistas.
5.- Murra, dieciocho norteamericanos muertos; un soldado se
suicidó, dos heridos; se capturó una ametralladora Thompson y
once rifles.
6.- Telpaneca: se capturaron muchas armas y muchas municiones.
7.- Las Cruces (cinco combates): de 250 a 300 americanos
muertos; se capturó una bandera de Estados Unidos en uno de los
encuentros. El abanderado rehusó entregarla y hubo que cortarle
las manos con un machete. Era un valiente y merece elogio.
8.- San Pedro de Susucuyan: quince americanos muertos; se
capturaron cuatro rifles automáticos.
9.- Zapotillal: fue bajado un aeroplano.
10.- La Conchita: de 60 a 80 marinos muertos.
11.- San Pedro de Hule: no hay datos.
12.- Plan Grande: no hay datos.
13.- Buenavista: derrota de los sandinistas.
14.- Las Delicias: derrota de los sandinistas.
15.- Amucayan: sin datos.
324 Gregorio Urbano Gilbert
16.- Barellal: sin datos.
17.- Santa Rosa: 36 americanos muertos.
18.- El Mantiado: sin datos.
Pregunté a Sandino sus razones para dejar El Chipote.
—Salimos de El Chipote sin disparar un tiro, sin perder un
soldado, ni un rifle ni un cartucho. Los marinos bombardearon
la plaza un día después de nuestra partida. Salimos porque los
marinos estaban devastando la región y destruyendo las casas
de nuestros amigos. Nos estaban perjudicando, no porque nos
atacaran directamente, sino porque aterrorizaban a los campesinos que nos proveían de alimentos. Se necesitan muchas
provisiones para mantener a un ejército de hombre estacionado
en un sitio durante un año. Determinamos llevar la guerra al territorio de nuestros enemigos. La batalla que los marinos ganaron en El Chipote fue falsa. Llamé a mis soldados y les dije que
debíamos marchar al interior de Nicaragua para que el mundo
civilizado viera cómo se procedía en contra de una nación libre
e independiente. Les dije que debíamos arriesgarlo todo y que
nuestro lema sería: «Victoria o muerte». Hasta ese momento el
éxito había estado de nuestra parte. Después de pasar muchos
meses tratando de tomar El Chipote, después concentrar hombres, municiones y elementos de vida en Ocotal, Nueva Segovia,
con objeto de lanzar un ataque general, los marinos reciben la
noticia de que ahora me encuentro en Jinotega, en el centro de
Nicaragua. Ahora ya pueden traer marinos y más marinos a Jinotega, provisiones y más provisiones. Cuando hayan establecido su base y estén listos para el ataque me dirigiré a Matagalpa
o Trinidad, o regresaré a Nueva Segovia, o a Muymuy o a León,
o a cualquier otra parte.
—¿Qué motivo cree usted que tenga el gobierno americano?
—El gobierno americano —dijo con una sonrisa picaresca—
desea proteger la vida de los americanos y sus propiedades. Pero
les aseguro que jamás he tocado un alfiler perteneciente a un
americano. He respetado las propiedades extranjeras y ningún
Junto a Sandino
325
yanqui que haya llegado a Nicaragua sin armas en las manos
puede quejarse de nosotros.
—¿Entonces usted cree que eso de la protección de los ciudadanos americanos y la propiedad no es más que un pretexto?
—La verdad es que el gobierno americano ha hecho una serie
de arreglos muy ventajosos con el régimen que se halla en el poder
actualmente y que teme otro gobierno. Pero si yo formara parte
del gobierno americano y hubiera forzado al presente régimen a
vender los derechos del pueblo nicaragüense, luego que hubiera
visto de qué lado estaba la justicia hubiera cedido. Hubiera vuelto
sobre mis pasos antes que ensangrentar a un país.
—¿A qué clase de arreglos usted se refiere?
Entonces tomó la palabra uno de los oficiales de Sandino.
—Hay una concesión a una cierta casa bancaria de Nueva
York para construir un ferrocarril en la costa norte. La concesión tiene una cláusula que mataría el tráfico del río San Juan.
Ahora Greytown es un lugar desierto de donde han huido los
habitantes como ratas de un barco que se está hundiendo. Esta
concesión y el previo manejo del ferrocarril también arruinaron
a muchos cosecheros del centro de Nicaragua, quienes durante
todos estos años se han visto obligados a embarcar sus productos
en el Pacífico y luego enviarles vía Panamá a fin de que esta casa
aprovechara de los fletes sobre el ferrocarril construido. Los costos de transporte se volvieron prohibitivos, de modo de que esta
casa y sus socios quedaron en condición de comprar las propiedades de los cafetales arruinados. Además, se daba preferencia
en el ferrocarril al café proveniente de las fincas conectadas con
dicha casa, haciendo que el otro se pudriera o hubiera necesidad
de sobornar a los que controlan la línea para darle salida. Los
cosecheros independientes tuvieron que entregar sus fincas por
lo que les quisieron dar. El régimen de esta casa bancaria y de
aquellos que estaban relacionados con ella arruinaron al país y
colocaron las cadenas de una enorme deuda sobre su cuello, impidiendo que durante mucho tiempo progrese. Esta expoliación
326 Gregorio Urbano Gilbert
económica sucesiva de nuestro país no puede beneficiar de una
manera igual los intereses comerciales de los Estados Unidos. La
presencia de los marinos en Nicaragua para apoyar semejantes
inquietudes es una traición al pueblo de los Estados Unidos.
—¿Y el canal?
Sandino dijo:
—Se nos han robado nuestros derechos sobre el canal. Teóricamente se nos pagaron tres millones de dólares. Nicaragua,
o más bien los bandidos que controlaban el gobierno por esa
época, con ayuda de Washington, recibieron unos cuantos millones de pesos que repartidos entre todos los ciudadanos nicaragüenses no hubiese bastado para comprar una galleta de soda
y una sardina para cada uno. Por medio de ese contrato que
firmaron cuatro traidores, perdimos nuestros derechos sobre el
canal. Las discusiones acerca de esta venta se llevaron a cabo
dentro de un Congreso espurio, a puerta cerrada, que guardaban
soldados conservadores ayudados por las bayonetas yanquis. Mi
propio padre fue encarcelado porque protestó contra el tratado
Bryan-Chamorro y porque se concedieron a los Estados Unidos
derechos navales y militares. Mejor hubiera sido que cada nicaragüense recibiera una galleta y una sardina. Personalmente, yo
desearía que el canal fuese construido por una compañía privada, reteniendo el gobierno nicaragüense parte de las acciones
en cambio de los derechos heridos, a fin de que tuviéramos una
entrada en vez de los préstamos hechos por banqueros en condiciones ruinosas, con lo que se pudiera construir ferrocarriles, escuelas y mejorar de una manera general la condición económica
del país. De otro modo los dieciocho años de intervención americana en Nicaragua no han hecho más que hundir al país más
dentro de la miseria económica. Nosotros —dijo el general— no
somos más bandidos de lo que fue Washington. Si el pueblo americano no se hubiera embotado para la justicia y los elementales
derechos de la humanidad, no olvidaría tan fácilmente su pasado
cuando un puñado de soldados harapientos marchó a través de
Junto a Sandino
327
la nieve, dejando huellas sangrientas tras de sí, para ganar la
libertar y la independencia. Si sus conciencias no se hubieran
endurecido por el enriquecimiento material, los americanos no
olvidarían tan fácilmente que una nación, tarde o temprano por
débil que sea obtiene su libertad y cada abuso del poder apresura
la destrucción del mismo que lo dirige.
CARLETON BEALS
EL UNIVERSAL ILUSTRADO
AÑO XI. NÚM. 571
PÁG. 17. COL. 1, 2 y 3
12 de abril de 1928.
328 Gregorio Urbano Gilbert
LA HORA DE ASESINAR A SANDINO
El teniente Abelardo Cuadra, participó en la conjura para asesinar
a Sandino en febrero de 1934; en estas cuatro cartas no publicadas
hasta hoy, dirigidas a su hermano Luciano desde las cárceles de
la XXI cuando cayó preso por rebelarse contra Somoza, cuenta
los pormenores del crimen. Son tomadas de su libro de memorias
Hombres del Caribe que se publicará este año.
Cárcel de la XXI León,
10 Octubre 1935
Querido hermano:
No había podido escribirte por lo difícil que me había sido
sacar la carta, pero aquí va la narración de la muerte de Sandino
con todo lo que yo vi, hice, y oí esa noche:
El día 21 de Febrero de 1934, como a las cuatro y media de
la tarde, mientras yo dirigía el training de unos boxeadores en
el ring del Campo de Marte, se me acercó el subteniente César
Sánchez y me dijo: «Dice el general Somoza que te espera en su
oficina a la seis de la tarde», y añadió: «se trata de un asunto
de mucha importancia que el general quiere tratar con algunos
oficiales». Y se marchó.
Junto a Sandino
329
Con reloj en mano, cinco minutos antes de las seis, llegué a la
oficina delgeneral Somoza en el Campo de Marte, donde encontré reunidos a los siguientes oficiales:
General Gustavo Abaunza, jefe del Estado Mayor, dado de
baja mes y mediodespués y hoy director del periódico El Centroamericano, órgano somocistaen León.
Coronel Samuel Santos, jefe de Operaciones e Inteligencia.
Mayor Alfonso González Cervantes, jefe de la Pagaduría
Capitán Lizandro Delgadillo, jefe de la 15a Compañía.
Capitán Francisco Mendieta, jefe de Abastos.
Capitán Policarpo Gutierrez, de servicio temporal en Managua.
Capitán Carlos Tellería, oficial ayudante (y hoy casado con
una hija dela Justa Vivas de Masaya).
Capitán Diego López Roig, nacido en Costa Rica pero residente y confamilia en Nicaragua, jefe de la 17a Compañía.
Teniente Federico Davison Blanco, oficial ejecutivo de la 17a
Compañía.
Teniente José A. López, jefe de la Policía de Managua.
Teniente Ernesto Díaz, segundo jefe de la Policía de Managua.
Subteniente César Sánchez, oficial ejecutivo de la 17a. Compañía.
Y Camilo González Cervantes, empleado civil del Campo de
Marte.
Total: catorce asesinos y conmigo quince.
Continúo, pues, mi narración. Llegué completamente ajeno de
lo que iba a tratarse, pero en cuanto escuché las primeras palabras y opiniones que salían de los corrillos formados en la oficina me di cuenta que se trataba de solucionar las dificultades
existentes entre Sandino y la Guardia Nacional. El General Somoza no llegó sino hasta las 6:45. A su llegada hicimos silencio
y nos sentamos en semicírculo; Somoza, detrás de su escritorio,
nos habló poco más o menso así: «Los he mandado citar por ser
ustedes oficiales de mi entera confianza, y para someterles a su
consideración la solución que debe darse a las dificultades que
330 Gregorio Urbano Gilbert
existen entre la vida del General Sandino y la vida de la Guardia. Yo vengo ahora mismo de la Legación Americana y he presentado al Ministro Bliss Lane este mismo problema, y él me ha
prometido su apoyo incondicional. La actuación de Sandino en
la vida pública nicaragüense, tomando en cuenta las últimas
declaraciones dadas por él a la prensa, son una prueba evidente
de su ambición y esto indica que nosotros, en representación del
ejército y por lapaz futura de Nicaragua, debemos tomar una resolución contundentepero necesaria».
(Te acordarás que Sandino había declarado días antes a la
prensa que en Nicaragua existían tres poderes: él, la Guardia
Nacional y el Presidente de la República; debes comprender también, hermano, que ha pasado de esto más de un año y medio y
que mis apuntes andan confundidos entre los papeles y libros que
dejé en mi casa).
Todos comenzaron a tomar la palabra y a emitir su opinión
con respecto a la medida o resolución, y claro está, no hubo
uno solo que no señalara como única alternativa matar a Sandino aprovechando la estadía de él ese día en Managua. Si yo
te hablo en tercera persona, no quiere decir que esté eludiendo
responsabilidades. No. yo formé parte de esa reunión, yo llevo
sobre mi frente la mancha de ese crimen, pero si fui tan cobarde
para oponerme a la votación, tengo siquiera un poco de valor
para confesar arrepentido ahora mi delito y cuando mi fracasada
conspiración posterior contra Somoza incluí entre los puntos de
mi programa la entronización del héroe.
Como medida previsora para impedir que mañana alguno de
los asistentes quisiera negar su participación, Somoza pidió que
se redactara un acta en que constaría la resolución motu propio
adoptada por cada uno de los firmantes. La primera acta se rompió
debido a una observación hecho por el general Abaunza, pues dijo
que allí no quedaba deslindada la responsabilidad, ya que parecía
que era el ejecutivo el que autorizaba. Entonces se redactó una
segunda, sirviendo siempre de mecanógrafo el capitán Mendieta.
Junto a Sandino
331
La objeción de Abaunza se había debido sin duda a que él había
sido colocado en la Guardia por Sacasa, para vigilar a Somoza
y refrenarlo; después, como castigo personal y sanción aplicada
al ejército por la muerte de Sandino, el presidente le dio baja a
Abaunza.
El acta firmada por todos, sospecho que Somoza se la entregó
al presidente o al ministro americano; uno de ellos tres es el
poseedor y será un documento histórico muy valioso. Concluida
la firma, se estuvo discutiendo la manera de llevar a efecto la
consumación del asesinato; se propuso envenenarlo, incendiar
el avión en el que regresaría a Wiwilí, ponerle una emboscada
en la montaña, etc., etc., hasta que se resolvió matarlo en la casa
donde se hospedaba en Managua, que era la de don Sofonías
Salvatierra. Convenido esto último Somoza escogió para la ejecución del crimen a los capitanes Lizardo Delgadillo y Policarpo
Gutiérrez, apodado El Coto; y a los tenientes José A. López y
Federico Davidson Blanco. Junto con Somoza se retiraron a un
cuartito que había contiguo a la oficina y allí arreglaron la forma
y los más pequeños detalles del plan; después de conferenciar, los
cuatro oficiales salieron a cumplir lo acordado.
Somoza permaneció con nosotros y todos quedamos esperando nuevas noticias; debo decirte que Somoza ya venía desde antes meditando la manera de matar a Sandino y como especie de
coartada habían invitado a Zoila Rosa Cárdenas a dar un recital
en el Campo de Marte, frente a la cuadra de los cañones, al que
él asistiría tranquilamente mientras liquidaban a Sandino. Como
te digo, pues, todos quedamos en la oficina de Somoza y el recital
señalado para las ocho de la noche hubo de retrasarse.
17 minutos antes de las 10 de la noche llegó casi al trote el
capitán Delgadillo, que dijo: «General Somoza, ya lo agarramos,
lo tenemos en el Hormiguero junto con don Gregorio Salvatierra y
los generales Estrada y Umanzor». Entonces Somoza nos preguntó
si no sería mejor dejar presos a Sandino, Estrada y Umanzor para
toda la vida. (Para ser exactos te cuento esto; yo no sé si Somoza
332 Gregorio Urbano Gilbert
sintió miedo a la responsabilidad consiguiente, o si vibraría una
cuerda noble en su alma, o fue refinamiento de crueldad). Todos
dijimos que se cumpliera lo acordado y Delgadillo regresó en
carrera a la fortaleza del Hormiguero en donde estaba detenido
Sandino.
Ahora déjame hacerte una recapitulación de lo acontecido,
desde que habían salido los cuatro oficiales a cumplir la resolución: todos se fueron en automóvil al cuartel del campo de aviación (que queda bastante cerca de la casa de Salvatierra) y allí
recogieron los informes de unos policías secretos que desde a
mediodía estaban apostados frente a la casa con la consigna de
espiar todos los pasos de Sandino y de los suyos; por los informes
de estos policías se supo que Sandino, con los generales Estrada
y Umanzor, y el coronel Santos López estaban en casa de Salvatierra y que el capitán Juan Ferreti (condiscípulo suyo donde los
salesianos) andaba paseando por las calles.
Delgadillo regresó entonces al Campo de Marte y tomó diez
guardias de la 15ª. y la 17ª. compañías, mientras el Coto Gutiérrez
y Davidson Blanco, con diez o catorce guardias de la 15ª compañía
y de la policía o 1ª compañía, cercaban la casa de Salvatierra para
matar a los de adentro. Delgadillo con sus hombres le puso emboscada a Sandino en un predio vacío que hay entre la fortaleza Hormiguero y la Imprenta Nacional; y convino con el Coto Gutiérrez
que cuando este oyera tiros del lado que él le mandaría indicar con
un correo, debía atacar la casa de Salvatierra.
Delgadillo apostó a sus guardias en el predio, atravesó el forcito GN-5 en la calle y puso al sargento Juan Emilio Canales para
que fingiera estar inflando una llanta, pero con una ametralladora
en el guardafango; sus instrucciones eran las de parar, para ser
registrado, todo carro que viniera de la casa presidencial.
«Entre el tiempo que permanecí emboscado y el sonido de
la sirena del carro de Sandino, apenas medió el instante que un
hombre necesita para orinar», me dijo después Delgadillo, contándome los sucesos.
Junto a Sandino
333
La continuación te llegará en otra carta. Pasa esto a máquina
y en buen papel. ¿Te parece que de carta en carta te mande las
fotos?
Tu hermano.
Cárcel de la XXI
León, 23 octubre 1935
Querido hermano:
Sigo con mi relato en el punto que habíamos quedado. La detención del carro del general Sandino fue así: El sargento Juan
Emilio Canales, junto al forcito GN-5, vio acercarse las luces
de dos carros que bajaban de la presidencia, prevenido ya por
la sirena; a poco se sintió enfocado por el primero y poniéndose
el antebrazo izquierdo en la cara a manera de pantalla ordenó:
«Alto ese carro».
El chofer frenó como a cuatro varas de distancia. Los generales y Umanzor desenfundaron sus pistolas cal. 45 pero Sandino
dijo: «Un momento, muchachos, ¿qué pasa?». En ese instante
salieron los guardias del predio donde estaban emboscados, los
fusiles bala en boca, y Delgadillo dijo: «Es orden superior. Todos quedan detenidos, entreguen sus armas». Dentro del carro
venían además don Gregorio Sandino y el ministro Salvatierra,
quienes entregaron las suyas; Estrada y Umanzor quisieron disparar pero Sandino los calmó: «No se opongan, nada malo puede
ser. Yo voy a arreglarlo todo». Entonces entregaron también las
pistolas y todos juntos pasaron prisioneros a la fortaleza Hormiguero, que quedaba enfrente. Los pusieron de espaldas a la
muralla oriental, custodiados por tres ametralladoras; Sandino,
334 Gregorio Urbano Gilbert
que iba y venía en marcha y contramarcha en un espacio de cuatro varas, pedía explicaciones; tenía los brazos cruzados sobre
el pecho y se mostraba irritado. El oficial de guardia esa noche en el Hormiguero era el subteniente Alfredo López (uno de
los que cayeron presos conmigo cuando mi primer complot) y en
el momento en que Delgadillo andaba informándole a Somoza
lo sucedido, Sandino preguntó: «¿Quién es el jefe aquí? Quiero
hablar con él». López de acercó y Sandino le dijo: «Hágame el
favor de prestarme el teléfono, quiero hablar con el presidente
de la república». «No se puede», le contestó López. «Entonces
—dijo Sandino— quiero hablar con el general Somoza». (Como
mis apuntes no los tengo aquí, no recuerdo si esta comunicación
se la dieron o no a Sandino, pero más bien creo que no). Sí sé que
López concedió lo que podía hacerse era transmitirle al general
Somoza lo que deseaba decirle, y lo transmitido fue esto: «Dígale
al general Somoza que me extraña lo que está haciendo con nosotros. Que nos tiene detenidos como a malhechores, cuando hace
apenas un año firmé con el presidente Sacasa un acuerdo de paz.
El general Somoza hace apenas tres días me dio un retrato suyo
en prueba de amistad. Todos somos hermanos nicaragüenses, y
yo no he luchado contra el guardia sino contra los yanquis; y no
creo que vayan a aprovecharse de la ocasión para hacer ahora
con nosotros lo que no pudieron hacer en la montaña. Dígale que
yo quiero que me explique lo que quiere hacer con nosotros».
El subteniente López se presentó con el recado delante de Somoza y al poco rato llegó otra vuelta Delgadillo (quien recordarás se
había presentado a informar la captura de Sandino donde estábamos nosotros reunidos) con un mensaje igual, y el coronel Samuel
Santos lo increpó duramente diciéndole: «¡Deje de estar viniendo
con razones! Usted es militar y ya tiene órdenes. ¡Proceda inmediatamente!». Somoza intervino entonces enseguida: «¡Tire a ese
bandido donde ya le dije!, pero separe antes a don Gregorio y Salvatierra». Desde ese momento quedó todo resuelto. Somoza tomó
el teléfono y ordenó al garaje de la Guardia el envío del camión
Junto a Sandino
335
GN-1 a la fortaleza del Hormiguero, para salir en una comisión
con el capitán Delgadillo.
Mientras tanto el Coto Gutiérrez y el teniente Davidson Blanco tenían rodeada la casa del ministro Salvatierra; allí están Sócrates Sandino, que al momento leía; el coronel Santos López,
dormido, y aquel pariente nuestro, yerno de Salvatierra, Rolando
Murillo.
La sesión se suspendió en la oficina del general Somoza y me
invitó a mí y creo que a dos más, para que lo acompañáramos
al recital de Zoila Rosa Cárdenas, que estaba preparado para
tener lugar en el Campo de Marte, como ya te había contado. La
muchacha peruana esta recita bien y es agraciada; sin embargo,
Somoza no parecía prestarle atención y era fácil descubrirle en
el rostro la grave preocupación. Yo estaba sentado a su izquierda
hombro con hombro. «¿No has oído las descargas?», me preguntó dos veces. Yo le contesté negativamente.
Mientras tanto, Delgadillo separó a don Gregorio y a Salvatierra de Sandino y sus dos generales Estrada y Umanzor. No se
despidieron unos de otros. Sandino y los suyos fueron obligados
a montarse en el camión GN-1. Junto con el chofer en la cabina
se montaron Delgadillo y el subteniente Carlos Eddie Monterrey.
Atrás en la plataforma, sentados a plan y de espaldas a la cabina
iban Estrada, que ocupó el lado izquierdo y fue el primero en
subir; y a Umanzor a la derecha. Sandino quedó en el medio y Estrada, que había encontrado un cajón de Kerosene, se lo ofreció
diciéndole: «Siéntese aquí, general». Nadie habló nada más al
subir y durante todo el trayecto hubo un profundo silencio, solo
el rodar de las llantas se oía. Tres guardias armados de ametralladoras y siete con rifles, cuidaban a los prisioneros.
El sargento Rigoberto Somarriba, quien portaba un rifleametralladora Browning, me cuenta así: «Estrada y Umanzor
iban sentados en las esquinas delanteras del camión; el general
Sandino, sentado en medio, llevaba las manos sobre las piernas,
el torso y un poco inclinado hacia adelante. Había una luna que
336 Gregorio Urbano Gilbert
hacía parecer la noche como el día. Pude distinguir que llevaba
hecha las cruces con ambas manos, pero no rezaba; o si lo hizo
fue solo un padre nuestro, pues todo el tiempo se dedicó a observarnos a todos, pero de un modo extraño… uno por uno nos
fue estudiando y cuando llegó el turno a mí, sentí que su mirada
me penetraba hasta adentro. Entonces me pareció que Sandino
era un hombre raro».
¿Buscaba acaso entre los guardias algún conocido que le hiciera un signo de inteligencia para facilitarle la fuga? ¿Estaría
su espíritu conturbado por aquella manera imprevista en que se
disolvía su vida? ¿Pensaba tal vez que era solo un sueño y quería
despertar? ¡Quién sabe!
Llegados al lugar en que debían ser ejecutados (esto me lo
cuenta el subteniente Carlos Eddie Monterrey), Sandino le pidió
a Delgadillo un poco de agua y enseguida le preguntó si en realidad se trataba de matarlos, pues él todavía se resistía a creer que
se fuera a cometer semejante atrocidad. Delgadillo le contestó
que iba a enviar un correo al Campo de Marte, preguntándole
a Somoza si los debía matar o no. Luego Delgadillo llamó aparte a Monterrey, diciéndole: «Yo me voy a retirar a unas 30 varas fuera del camino y cuando oiga usted un disparo de revólver
que yo voy a hacer, ordene la ejecución de estos tres hombres».
Monterrey regresó a donde estaba el grupo y ordenó un registro
personal de los prisioneros. Sandino habló unas pocas palabras
a sus compañeros, pero tan bajo que Monterrey, el más próximo
a ellos, no las pudo oír. Umanzor y Estrada movieron la cabeza
en señal de aprobación y Sandino le dijo a Monterrey: «Teniente,
deme permiso para ir a orinar». «Orínese aquí nomás rejodido»,
lo increpó entonces un guardia apuntándole con el rifle. Hasta
ese momento, me dice Monterrey, se convenció Sandino que su
muerte era ineluctable, porque lanzó un hondo suspiro, movió
la cabeza en signo negativo, y no volvió a hablar, solo entonces
Estrada habló. «No les pida nada a estos jodidos, general, deje
que nos maten», fue lo que dijo.
Junto a Sandino
337
Hasta ese momento Sandino no había desesperado de salvar
su vida y la de sus compañeros, habituado como estaba a salir
siempre avante de las dificultades y los peligros; se le había
escabullido al gran general Lejeune, héroe de Chateau-Tierry
en la guerra mundial, después de presentarle tres días de combate en El Chipote y burlándose de él al dejarle muñecos de
zacate en las trincheras, en lugar de soldados, contra los cuales disparaban los yanquis mientras él iba ya lejos; se había
burlado también del general Calvin B. Mathews, del general
Logan Feland, orgullosos académicos; se defendió con bombas
hechas de las latas de conservas vacías botadas por los marinos, amarradas con bejucos para darles mayor presión, a machete extrajeron sus hombres el plomo de las balas del tronco de
los árboles al terminar los combates, para volverlas a utilizar,
engañando y luchando, sacándole ventaja al enemigo con astucia sin desmayar nunca. Y esa noche de febrero, creo quizás que
pidiendo agua, o permiso de ir a orinar, iba a presentársele la
ocasión propicia, huir, retardar la orden de ejecución unos instantes mientras llegaba acaso la orden salvadora. Pero al ver
que un guardita cualquiera lo encañona con el rifle, lo insulta,
se le corta toda esperanza y solo puede ya mover la cabeza desalentado y lanzar un suspiro.
Un guardia ordenó que se dejara registrar. Estrada, adelantándose, se sacó un pañuelo rojinegro de la bolsa. «Solo tengo
esto. Guárdelo, se lo regalo», le dijo. Umanzor le obsequió al
subteniente Monterrey un paquete de cigarros marca Esfinge.
Sandino no se dejó registrar. Tocándose la cintura dijo: «Si tuviera pistola, ya hubiera disparado», y comenzó a pasearse. La
señal de Delgadillo todavía no llegaba.
Estrada y Umanzor se sentaron en un cangilón de tierra, de
esos que dejan los caminos las ruedas de las carretas. «Jodido, mis líderes políticos me embrocaron», dijo Sandino y, sin
que nadie le respondiera nada, se sentó junto a los suyos en
el mismo cangilón. Contados de izquierda a derecha quedaban
338 Gregorio Urbano Gilbert
Estrada, luego Umanzor, por último Sandino. Los diez guardias parados a 3 varas de distancia, una ametralladora frente
al pecho de cada uno de los que iban a morir. Pasaron unos
minutos y después, en un instante como cualquier otra fracción de tiempo, Delgadillo disparó tras un matorral su balazo
al aire.
El subteniente Monterrey, que ya había aleccionado a sus
hombres, fue el primero en dispara su pistola sobre Sandino, colocándole el tiro media pulgada arriba de la tetilla derecha. Sandino se sacudió y emitió un rugido sordo. Al tiempo de sacudirse,
otra bala penetró en la sien izquierda, saliéndole exactamente
por la derecha; una tercera bala le entró en la mitad del plexo y
el ombligo, saliendo al lado izquierdo de la columna vertebral.
Murió instantáneamente.
A Umanzor le penetraron dos o tres balas detrás del temporal derecho, que al salirle por el tímpano izquierdo le abrieron
un boquete con diámetro de tres pulgadas y media, igual o más
grande que el círculo que te pinto aquí. Tenía más balazos pero
no recuerdo dónde. Estrada recibió cuatro tiros en el pecho y
uno en la mano derecha; cuando cayó herido hizo el impulso
de incorporarse, logrando hacerlo hasta la mitad, pero volvió
a doblarse.
Todos los guardias se lanzaron sobre los cadáveres buscándoles dinero y joyas (me refiero a los soldados y no al oficial).
Les encontraron dinero en efectivo, aunque escasa cantidad,
juntos los tres no rindieron 100 córdobas. El sargento Rigoberto Somarriba le arrancó a Sandino un anillo de brillantes que
al siguiente día vendió en 70 córdobas, lo menos que valía era
200. Su reloj de oro no sé en poder de quién quedó; anillos de
oro, baratos y muy gruesos, que les quitaron a Estrada y Umanzor, tampoco sé en poder de quién quedaron. Nada de papeles
importantes. No he sabido si profanaron los cadáveres y te digo
esto último por lo que más adelante te contaré acerca del cadáver del general Sandino.
Junto a Sandino
339
No puedo seguirte escribiendo, hasta aquí me despido. Veré de
apurar de alguna forma el envío de esta.
Tu hermano.
Cárcel de la XXI
León, 3 de noviembre 1935
Querido hermano:
Creo que ya con esta acabo de hacerte relación del asesinato.
Bueno, mientras sucedía que la gente de Delgadillo ultimaba a
balazos a Sandino y sus dos generales, la gente de Coto Gutiérrez
atacaba la casa de Salvatierra; Sócrates se defendió a balazos
y el coronel Santos López —que como en campaña estaba durmiendo vestido— no hizo más que levantarse de un salto, tomar
una ametralladora y dispararla, empeñándose un vivo tiroteo.
Comprendió, sin embargo, que no podría resistirle a la Guardia,
así que, aprovechando que la casa de Salvatierra (como la de
nosotros allá en Masaya) tiene una tapia baja de madera que
da a otros patios y estos patios a la calle, saltó con su ametralladora Thompson por arriba de la cerca, pasando en medio de
una lluvia de balas y recibiendo solo una herida en la pierna; así
herido caminó desde Managua hasta las montañas segovianas
a juntarse con el general Pedrón Altamirano, con quien todavía
vive enmontado.
También Sócrates Sandino se defendió como un hombre y
por el número de cartuchos que le faltaba a su faja de tiros que
340 Gregorio Urbano Gilbert
vi junto con su pistola luego, deduzco que la cargó dos veces;
herido en diversas partes del cuerpo quiso huir igual que Santos López, pero cayó acribillado, impedido por los balazos que
ya tenía.
En ese mismo asalto murió Rolando Murillo, el yerno de Salvatierra, quien habiendo recibido cinco o siete balazos en la región hepática resistió por 8 días más. Murió también un chavalito de 8 años de edad; solo tenía un balazo en la parte superior
de la cabeza. Este chavalo tuvo el honor de ser enterrado junto
con Sandino y su hermano Sócrates y los generales Estrada y
Umanzor.
La balacera contra la casa duró un cuarto de hora, poco más
o menos; terminada esta hizo irrupción en las habitaciones Camilo González Cervantes, quien se llevó todos los papeles del
general Sandino, y se dice que también unas tantas libras de oro
en polvo que estaban en la caja de hierro de Salvatierra, oro que
motivó el viaje de Camilo a New York para su realización, de
acuerdo con Somoza todo esto.
En pleno Campo de Marte, entre tanto, al oírse los primeros
disparos, los que sabíamos su causa fingimos ignorancia; se dieron, sin embargo, órdenes precipitadas y la situación de la fortaleza fue la de un reducto que espera ser asaltado. Cada uno
ocupó su lugar, para repeler lo que no existía. No sé si antes
te dije que Somoza me había nombrado director general de comunicaciones para esa noche. «¿Qué instrucciones llevo?», le
pregunté. Y él me contestó: «Solo a mí me puedes dar comunicación». Cuando tomé posesión de este puesto en la oficina y le pregunté al telegrafista: «¿Cuándo este aparato está para recibir y
cuándo para transmitir?». «Pues conectando este switch de este
lado, se recibe, y de este otro lado se transmite», me dijo. «Sargento», llamé entonces al jefe de cuadra que me seguía, «¿oyó
usted la respuesta de este hombre?», «Sí, señor», me respondió.
«Pues bien», agregué, «si este hombre pone el switch en posición
de transmitir un mensaje que no lleve mi visto bueno, tírelo sobre
Junto a Sandino
341
su mesa de trabajo», y le dejé cuatro guardias al sargento. Igual
cosa hice con el telefonista; y le dejé un cabo con otros cuatro
guardias.
Terminando estaba de impartir mis instrucciones, cuando noté
que la placa No. 1 del tablero telefónico, o sea la correspondiente
a la casa presidencial, repicaba con furia. «Teniente», me dijo el
telefonista, «llama el presidente de la república en persona». El
pobre hombre temblaba. Yo tomé el escuchador y oí la voz indignada del presidente Sacasa que decía: «¿Quién es el atrevido que
a mí no me da la comunicación? Soy el presidente de la república.
Quiero hablar con el general Somoza». Yo desconecté el switch.
Otras llamadas del presidente rechacé, lo mismo que de otros
funcionarios, entre ellas una del general Gustavo Abaunza, que
desde adentro, quería hablar con León. Como ya te había referido antes, Abaunza había sido colocado por Sacasa para espiar
los movimientos de Tacho, de modo que su afán de hablar por
teléfono tenía significación, ya que además, a la inversa de los
otros, fue el único que quiso comunicarse de adentro hacia afuera. Cuando recibió mi negativa, disgustado mandó sustituirme, a
pesar de saber perfectamente que yo cumplía órdenes superiores
recibidas en su presencia; llegó a quitarme el mando y regañarme en público el capitán Carlos Tellería, quien no es oficial académico. Me reprendió y me dijo que estaba sustituido. No le dije
nada en el momento, pues era de graduación superior y tenía que
respetarlo; pero saliéndome al patio, lo llamé y le dije: «Usted
ha hecho mal en llamarme la atención delante de unos subalternos, cosa prohibida por nuestra ética militar. Yo he venido aquí
nombrado por un primer jefe del que obedezco instrucciones, y
usted por un segundo jefe. De teniente a capitán lo he respetado, pero como hombre, el asunto es distinto». Él se portó muy
comprensivo y me dio la mano; yo volví a quedar como jefe de
comunicaciones.
Ahora, yo que deseaba saber y ver en detalles de lo acontecido
afuera, me dirigí al general Somoza y le referí lo que había pasado,
342 Gregorio Urbano Gilbert
pidiéndole que me relevara de allí y me enviara mejor al sitio
donde estaban los cadáveres para inspeccionar el entierro. Así lo
hizo y yo partí a toda prisa hacia el sitio.
Los generales muertos estaban en el campo de aterrizaje. Sandino, Umanzor y Estrada yacían a unos tres metros de la parte
oriental del hospicio Zacarías Guerra, que estaba deshabitado.
Sócrates yacía bocarriba. Sólo Sandino tenía el rostro lleno todo
de sangre. A pesar de que eran las 2:15 de la mañana del día
22 de febrero, había ya algunas moscas sobre los cadáveres. Yo
contemplé a los generales abatidos y pensé: los van a enterrar en
una fosa cualquiera, sin ataúd, ni siquiera una cruz con un nombre mal escrito y la fecha de su muerte les pondrán sobre sus tumbas. ¡Y cuántos hay, no se diga solo en Centroamérica, sino en el
continente y tal vez, en el mundo, que quisieran contemplar por
última vez esos rostros! La noticia de que asesinaron a ese hombre pequeño de estatura, con esos pies gorditos y blanco, como
de chinita, van a gritarla los voceadores en las calles asfaltadas y
concurridas; y meterá bulla e indignación la clase de muerte que
se les dio. Hombres famosos y anónimos, en las grandes ciudades
del mundo y en los pueblos más pequeños, hablarán de ellos, los
que yo estoy mirando tendidos aquí.
Sandino tenía rota la camisa y la camisola, quedando su
pecho al descubierto; también su pantalón aterciopelado de
color café, estaba roto en la parte delantera. Tenía recogido
el pene y una gota de semen se veía en la punta. Los testículos muy desollados, o inflamados por algún golpe. Los otros
tres cadáveres estaban desnudos del pecho, pero no tenían las
camisas rotas, sino desabotonadas. Sus partes nobles estaban
golpeadas.
Me acuerdo que Sócrates Sandino me dio un susto ya muerto. Fue así: me acerqué para examinarle las heridas, y un
guardia de apellido Portillo lo tomó del cabello y lo sentó. El
cadáver arrojó entonces un poco de sangre por la boca y abrió
los ojos; no tenés idea del susto que nos llevamos. Cuando
Junto a Sandino
343
el guardia lo soltó, el cuerpo cayó otra vez bocarriba y cerró
los ojos. Me dio curiosidad y ordené al soldado que volviera a
sentar el cadáver y así lo hizo por cuatro o cinco veces, cerrando
y abriendo los ojos en todas las ocasiones, pero sin arrojar ya
sangre. Sus balazos en partes vitales del cuerpo habían sido siete.
Allí estaban pues, el general Francisco Estrada, natural de
Managua, de familia de artesanos, hombre de toda la confianza de Sandino, al único al que nunca le achacaron ningún acto
de crueldad. El general Juan Pablo Umanzor, con su cara de
perro bravo, audaz entre los audaces, analfabeto quizás pero
maestro de las guerrillas, cruel, muy cruel. El fue el primero
quien jugó con dados hechos de las mandíbulas de los marinos
americanos muertos en las emboscadas. El general Sócrates
Sandino, de poca actuación en las montañas, pero no carente
de méritos.
Y por último, Augusto César Sandino, con sus cinco pies tres
pulgadas de estatura; unas 130 o 135 libras de peso, ojos negros
y pequeños, encapotados. Unos pies tan chiquitos, finos y blancos, como cualquier estrella de Hollywood hubiera querido para
sí. Su rostro estaba surcado de arrugas que lo hacían parecer
más viejo de lo que en realidad era; y ahora muerto, en esas
arrugas se había coagulado la sangre, dándoles apariencia de
heridas. El pelo liso y fino como de indio, de unas tres pulgadas
de largo, echado hacia atrás. El cuerpo, musculoso.
Estrada y Umanzor eran altos de estatura, el primero tendría
tal vez unos seis pies y pulgadas de estatura. Ambos color canela,
color de indios. Estrada había sido un buen jugador de fútbol.
Cuando los ocho presidiarios terminaron de cavar la inmensa fosa, no menos de siete guardias arrancaron pedazos de tela
del vestido de Sandino para guardárselos; también oí a algunos
pocos que maldecía su memoria. Un guardia de apellido Ruiz se
guardó un calcetín. Yo le corté un mechón de pelo y el guardia
que me prestó su navaja me pidió un poco y se lo di. Después se
procedió a enterrarlos.
344 Gregorio Urbano Gilbert
Al general Sandino fue al primero que se echó al hoyo, cogiéndolo dos presos por las manos y por los pies; lo balancearon y lo
tiraron al fondo como un fardo. Hizo un ruido sordo al caer, pues
la fosa era muy profunda. Yo me acerqué, regañé a los presos y
dispuse que se introdujeran dos de ellos para recibir los cuerpos.
Cosa curiosa, el general Sandino quedó con una mano bajo la
espalda y la otra en alto como la levantan los boxeadores cuando
obtienen la victoria, en eso se puede reconocer el cadáver. A su
lado, cabeza con cabeza, está su hermano Sócrates. Encima, pies
con cabeza, están Estrada y Umanzor. Se les puede distinguir,
pues Umanzor tiene desecha la parte izquierda del cráneo. Todo
el enterramiento se hizo a la luz de lámparas tubulares, pues la
luna brillaba ya muy opaca.
¿Ya te describí el lugar en donde quedaron enterrados en el
campo de aterrizaje? El propio sitio de sus tumbas se localiza
así: se camina 15 ó 18 pasos desde la parte oriental del Hospicio
Zacarías Guerra, siempre hacia el oriente, y a unos 10 de costado norte, siempre hacia el norte de una casa de madera que sirvió
de campamento a las tropas yanquis. Allí está Sandino. Encima
de todos está enterrado el chavalito de unos 10 años que te conté,
que era un criadito de Sofonías Salvatierra.
Sobre la tumba hay monte y unas flores de jalacate. Cuando
se ponía la luna echaban las últimas paladas de tierra; la misma
luna que los había alumbrado bajo los pinos de las incomparables noches segovianas.
Hasta aquí las muertes, pero falta algo todavía que te irá en
próxima carta.
Tu hermano.
Junto a Sandino
345
Cárcel de la XXI
León, 14 de noviembre de 1935
Querido hermano:
La narración que te he hecho adolece de toda clase de defectos, una veces te hablo en primera persona y otras en segunda
y hasta en tercera; tampoco hay orden, pues inserto pasajes o
detalles en lugares que no son los indicados. Jamás había escrito
nada, pero te aseguro que podría hacerlo mejor si no fuera por
las condiciones en que te escribo, espiado como el más famoso
criminal. Figúrate que escribo unas cuatro líneas y escondo el
lápiz al menor ruido, o tengo que echarle encima la almohada
al papel; cuando he terminado una hoja la escondo debajo de un
ladrillo y no la vuelvo a sacar para nada sino hasta la hora de
enviarte la carta. Así es pues que tiene todo defecto, pero sí una
cualidad, la verdad. También me quedó un pesar, te pinté muy mal
la muerte del general Sandino. Pero no pierdo tiempo, sigo con lo
último que quería contarte.
Una tarde del mes de febrero de 1934, algo así como a las 2, y
unos ocho días después de la muerte de Sandino, entré al Campo
de Marte y me fui directamente a la casa de habitación del general Somoza; allí, tenía también una especie de oficina.
En momentos en que yo entraba se despedía del general Somoza el ministro americano Arthur Bliss Lane; sea por el calor
de la hora o porque se haya echado algunos tragos de licor con
el general Somoza, me llamó la atención su rosto bastante rojo;
recuerdo que llevaba sombrero de pita (Panama-hat) y vestido
de blanco de lino, muy arrugado, por lo que deduzco que había
estado sentado bastante tiempo sin cuidarse de la postura.
Lo saludé con inclinación de cabeza cuando el atravesó el dintel de la puerta y avancé a platicar con el general Somoza. Este
estaba sudando como un demonio, por su gordura y por el calor
que a esas horas hace en Managua. Tenía un cigarrillo en la boca
346 Gregorio Urbano Gilbert
y fumaba con aquel gesto suyo tan peculiar, que se generalizó
entre todos los «cometierras» del ejército; este estilo consiste en
no volver a tocar el cigarrillo con la mano después de encendido
y puesto en la boca; el general descubrió que el cigarrillo podía
permanecer adherido al labio inferior, mediante la capilaridad
de una leve humedad de saliva, sin necesidad de llevarlo a los
dedos. Somoza tiene entre sus virtudes la de una gran capacidad
de trabajo, de manera que este estilo de fumar es hijo de la necesidad de no perder tiempo, mientras que entre los «cometierras»,
nada más que una imitación simiesca.
Sentado en su hamaca como te he dicho, Somoza tenía a su lado
un montón de papeles, como de unos 40 cms de altura. «¿Cómo va
el proceso?», me preguntó. Se refería a la Junta de Investigación
sobre la muerte del general Sandino y compañeros, del cual era yo
fiscal militar. «Pues… muy bien, general», le contesté.
Él guardó un pequeño silencio y haciendo después un gesto
característico de disgusto con la boca y la cabeza, añadió:
«¡Jodido! Nunca creí que hubiera hecho tanta bulla la cosa esa
de Sandino, pero mira», continuó diciéndome, ya cambiando de
tono, «encontramos el archivo de Sandino (no recuerdo si me
dijo que en Masatepe, Niquinohomo o Catarina, pero nombró
uno de esos tres lugares), lo tenía su cuñado Bismark Alvarado
escondido entre unos sacos de tabaco y maíz».
Yo le pregunté si eran bastantes los documentos y él me contestó que un saco lleno y la tercera parte de otro, sacos de bramante. Acto seguido le dio fuego al montón que tenía hecho a su
lado, todos documentos de Sandino; allí vi arder papeles con su
firma y su sello inconfundibles.
«Cuidado se le quema el piso», le dije por hacer algún comentario. Todas las casas del Campo de Marte son de madera. «No,
la llama no calienta la base», me contestó.
Te refiero en detalle esto porque es una lástima que la historia
ya no llegará a saber qué es lo que Somoza quemó en esos días,
¿y lo que yo no vi quemar? Otra tarde, quizás unos dos meses
Junto a Sandino
347
después, al entrar yo a la oficina del oficial del día para reportarme, encontré que el subteniente Domingo Ibarra y el teniente
primero Guillermo Cuadra estaban dedicados a mutilar, tijera
en mano, otra gran cantidad de documentos también firmados
por Sandino y sellados con su sello. Esto lo hacían a la vista de
cualquier oficial que allí entrara.
Sabedores los dos de que yo guardaba escritos originales, de
que había tomado muchas fotografías durante la campaña y que
además conocía muchas anécdotas, me pidieron les diera alguna
ayuda para un libro sobre Sandino que estaba en preparación; yo
les di prestadas, y nunca me fueron devueltas, la foto original del
general Miguel Ángel Ortez (regalo que me hizo su padre don Salvador Ortez cuando yo lo entrevisté en Ocotal, siendo cadete de
la Escuela Militar); otra foto de Sandino al dirigirse a México en
compañía de su estado mayor (en esa foto Sandino luce un suéter a
cuadros); y fotos tomadas durante los días de la pacificación.
De esos trabajos de mutilación con tijeras de que te hablo, no
hay mejores testigos que los propios oficiales Ibarra y Cuadra.
Como más tarde las circunstancias hicieron que el subteniente
Ibarra fuera militar del Cuerpo de Guerra que me condenó a
muerte por rebelión, algunos podrían pensar que quiera yo ponerlo en mal, levantándole una calumnia; pero esas mismas circunstancias hicieron que el teniente Guillermo Cuadra, mi pariente, fuera mi defensor en el mismo juicio, por lo cual le guardo
agradecimiento. Luego, he dicho aquí la verdad.
Alguna vez estos dos oficiales podrán decir cosas muy interesantes para la historia, acerca del desaparecido archivo del
general Sandino.
Esto me faltaba por contarte y aquí acabo.
Tu hermano.
348 Gregorio Urbano Gilbert
ATERRIZANDO
Por Rafael Alberti
Nicaragua desde el cielo
Los yanquis, por los caminos.
Martí se fue a las Segovias
con el general Sandino.
Managua desde las nubes.
Sangre por los levantados
pueblos de San Salvador.
Martí cayó fusilado.
Managua desde Managua.
Se fueron ya los marinos.
Los yanquis firman la paz…
Pero matando a Sandino.
349
Junto a Sandino
LECCIÓN DE SANDINO
Ernesto Mejía Sánchez
Decir que Sandino fue un héroe es decir poco, porque no solo
fue héroe sino mártir. Subrayó con su propia sangre la buena
fe de su lucha a la hora de la paz de mala fe. Repetir los hechos de su vida es innecesario; todo el mundo fue testigo de
su vida heroica y de su muerte traidora. Su buena estrella fue
buena hasta el final, ya que no le permitió el riesgo del poder
político sino el martirio consagratorio. A la luz del martirio,
como dicen que se va la vida al punto de la muerte, se verá
su vida y su lucha ya para siempre. En el aspecto nacional, su
muerte, su martirio, su asesinato, nos indica que nada bueno
puede nacer del crimen y de la violencia. Nicaragua entera
ha pagado en carne viva la culpa del asesinato y el propio
asesino cosechó a lo largo de los años una lluvia de balas justicieras. Pero la sangre de Sandino no se orea aún, así como
ilumina su gesta histórica, así mancha al país ingrato que produjo a su verdugo. Que podamos lavar esa mancha es el deseo
fervoroso, impaciente, imperativo, de todos los nicaragüenses
honrados que no olvidamos la fecha de la muerte, porque esa
fecha también significa resurrección de la patria. En el terreno internacional Sandino deja una lección no ponderada por
350 Gregorio Urbano Gilbert
biógrafos y panegiristas. Luchó contra el imperialismo más
poderoso de la tierra en ese momento, aceptó la concurrencia
en su bandera de los hispanoamericanos de todos los países,
pero rechazó la ayuda de potencias y partidos extranjeros que
hubieran tomado su nombre para una pugna internacional a
la que Nicaragua no estaba invitada. Digno hasta ese punto,
su gesta mientras más se analiza es más nacional y personal.
Es la dignidad de la nación hecha persona humana, consciente de su derecho, responsable de su lucha, heroico en la defensa, mártir anta la perversidad.
No pasarán los años vanamente al lado de su historia y quizá
alguna vez la América hispánica conozca su lugar en el universo,
el lugar que le dio Sandino en el campo de la dignidad, la libertad y la justicia.
351
Junto a Sandino
EN EL ANIVERSARIO DE UN MUCHACHO
A. Guerra Trigueros
Un periodista centroamericano, de reciente notoriedad en asunto
que traspasó los límites de su patria, ha dicho en un artículo publicado hace poco en Nicaragua, y refiriéndose despectivamente
a la ingenuidad demostrada por Sandino en la firma de la paz, un
año antes de su muerte, que tal documento «redujo al Libertador
a las proporciones de un muchacho».
¡Un muchacho!
Supremo insulto en boca de los que se consideran «grandes».
De los que todo lo saben, y todo lo miden, y todo lo calculan.
«¿Un muchacho? Pues claro que sí: ¡Y a mucha honra!». Contestaría yo a nombre de Sandino. Como que Sandino fue siempre
un muchacho.
Con toda esa generosa sencillez, todo ese incomparable espíritu de aventura, de desprendimiento y de grandeza, que solo
puede caber en el alma ilímite y fresca de un muchacho.
Porque solo un muchacho —uno de esos revoltosos muchachos
que se arrojan a la vida, en cada mañana del mundo, como quien
«se capea» de la escuela—, solo un muchacho desconocedor de
las serias y egoístas «realidades de la vida»: solo un muchacho a
lo Peter Pan, que nunca quiso crecer; solo un muchacho de alma,
352 Gregorio Urbano Gilbert
de fondo y de eternidad; solo un muchacho totalmente falto de
razón y pletórico de sentimiento pudo pretender hacer lo que él
hizo: lo que él contra todos los cálculos y las más razonables
previsiones logró realizar en Centroamérica y hacer realizar a
otros.
¿Quién, no un muchacho, iba a enfrentarse durante más
de cinco años, carente de recursos, de armas, de apoyo moral
y material en su propia patria, no solo al tremendo poderío
guerrero y económico de los Estados Unidos sino a las
adversas circunstancias en que le tocara combatir? ¿Quién,
sino un muchacho, iba a enfrentarse a la selva, al pantano, a
la serpiente y al mosquito y ello totalmente falto de medios con
qué combatirlos? ¿Quién, sino un muchacho, iba a enfrentarse
al mismo tiempo a Norteamérica… y a Nicaragua: la Nicaragua
de los hombres-fieras, la Nicaragua de la naturaleza indómita
y feroz?... ¿Quién, sino un muchacho, con toda probabilidad de
ser vencido, iba a afrontar la derrota; y, por encima y en contra
de los más sabios cálculos de probabilidad, iba a triunfar a
pesar de todo?
Porque, dígase lo que se diga, Sandino ha triunfado. Ha triunfado en su vida, puesto que por él, y no por otra cosa, salieron los
norteamericanos de Nicaragua. Y ha triunfado en su muerte, en
su paradójica y simbólica muerte, porque no fueron los yanquis
quienes lo mataron, frente a frente, sino sus propios compatriotas, y a traición. Y porque, en él, sus compatriotas cometieron
suicidio. Un suicidio que no se borrara en los siglos de los siglos;
porque es el suicidio el pecado por excelencia, el pecado «que
clama venganza al cielo».
Y Nicaragua, en una forma u otra, deberá pagar. Deberá pagar por haberse suicidado en la persona heroica del muchacho
Sandino, como ha pagado el pueblo hebreo, a través de los siglos,
por haberse suicidado en la sublime figura de otro muchacho:
Jesús de Galilea.
Junto a Sandino
353
Y por esto ha triunfado ya en el espíritu como triunfará algún
día en la materia, ese niño terrible que supo ser, para Centroamérica, Sandino.
Sandino, el adolescente. Sandino, el muchacho. Sandino, el
niño generoso. Sandino, el recién nacido ahora, por la muerte, a
una vida más honda y perdurable.
Y el que no sea como un niño, no entrará al reino de los cielos.
354 Gregorio Urbano Gilbert
SANDINO
Gabriela Mistral
Me pregunta usted, amigo D´Ambrosis, lo que pienso sobre la
resistencia del general Sandino a las fuerzas norteamericanas.
Me pone usted en apuros: yo oigo hablar de política la mitad
del año —el tiempo que paso en París— pero yo no querría saber nada de eso. Sin embargo, voy convenciéndome de que caminan sobre la América vertiginosamente tiempos en que ya no
digo las mujeres sino los niños también han de tener que hablar
de política, porque la política vendrá a ser (perversa política)
la entrega de la riqueza de nuestros pueblos; el latifundio de
puños cerrados que impiden una decorosa y salvadora división
del suelo; la escuela vieja que no da oficios al niño pobre y
da al profesional a medidas de su especialidad; el jacobinismo
avinagrado, de puro añejo, que niega la libertad de cultos que
conocen los países limpios; las influencias extranjeras —que
ya se desnudan con un absoluto impudor, sobre nuestros gobernantes. Van, por servirlo, estas líneas que contienen, más que
observaciones mías, comentarios oídos en París a sudamericanos dirigentes.
Son ciertas las palabras con que Froilán Turcios ha hablado del
general Sandino: «Los ojos del mundo (yo diría del mundo español,
Junto a Sandino
355
porque al resto les importa bien poco) están puestos en Sandino.
Sin esperanza alguna de que él venza, por un destino de David
hondero, que ya no aparece, con la esperanza únicamente de que
alargue lo más posible la resistencia y postergue la entrega del
territorio rebelde, a fin de que se vea hasta dónde llega la crueldad norteamericana, hija de la lujuria de poseer».
La prensa francesa y la inglesa demuestran —y hasta de ello
hacen alarde— estimación y estímulo hacia el Partido Liberal de
Nicaragua, así como de repugnancia por la extorsión de Estados
Unidos. Si los norteamericanos no poseyeran esa impermeabilidad de diorita para la opinión del mundo y sus expresiones de
simpatía o de repulsa, tomarían en cuenta ese coro reprobatorio
de los grandes cotidianos europeos. Pero su insensibilidad, que
hace parte de su fuerza, los deja sordos a semejante réplica que
ningún otro pueblo desentendería.
Algunos esperan que una resistencia de un año alcance a desentumir la conciencia de los demás países nuestros y a decidirlos a
una acción diplomática de conjunto, semejante a la que provocó la
conferencia de Niágara Falls en la cuestión con México.
Otros desean que Sandino y su gente vayan semana a semana
elevando el tono de su hazaña, para que los Estados Unidos, midiendo las dificultades de la dominación en un país pequeño, no
emprendan la de los grandes…
Tal pensamiento, que he sorprendido en más de uno, me parece malicioso, un poco ruin.
Los hispanizantes políticos que ayudan a Nicaragua desde
su escritorio o desde un club de estudiantes harían cosa más
honesta yendo a ayudar al hombre heroico, héroe legítimo,
como tal vez no les toque ver otro, haciéndose sus soldados
rasos. (Al cabo tiene Nicaragua dos fronteras no demasiado
pequeñas y que es posible burlar). Cuando menos, si a pesar
de sus arrestos verbales, no quieren hacerle el préstamo de sí
mismo, deberían ir haciendo una colecta continental para dar
testimonio visible de que les importa la suerte de ese pequeño
356 Gregorio Urbano Gilbert
ejército loco de voluntad de sacrificio. Nunca los dólares, los
sucres y los bolívares suramericanos, que se gastan tan fluvialmente en sensualidades capitalinas, estarían mejor donados.
Francia vio en la guerra aumentar día por día la llamada Legión Extranjera, formada por jóvenes que de los pueblos amagados por el peligro, venían a ofrecerle lo mejor que puede cederse, que es la sangre joven. Según parece, no ha visto llegar
hasta hoy los mozos argentinos, chilenos, ecuatorianos, que son
su misma carne, y que le deben una lealtad temeraria y perfecta
que solo la juventud puede dar. ¿Dónde está la naturalísima, la
lógica Legión hispanoamericana de Nicaragua?
Sí, Froilán Turcios dice también verdad escueta asegurando
que la lucha en que se ha echado como en una marejada mortal el general Sandino, alcanza y supera a las Troyas clásicas
que los bachilleres aprenden de memoria para sus exámenes.
Solo que aquella época que ellos celebran en sus tesis no tenían
como ésta el concepto espectacular de un choque de razas, sino
que griegos y troyanos precipitaron la flor de su generación en
el infierno de la lucha, porque la justicia entonces era cosa más
viva, más caliente e inmediata, un salto recto de flecha hacia al
objeto angustiador. En nuestro tiempo, a esta hora en que escribo, y con el derecho internacional que jiba al mundo, se está
«discutiendo en La Habana el derecho a discutir la cuestión
de Nicaragua» y se oye con una paciencia que yo llamaría de
otra manera el discurso, con inflexiones a lo Marco Aurelio o
a lo cuáquero, de Mr. Coolidge. Su discurso de apertura de la
Conferencia Panamericana será el ejemplar mejor de la literatura política del sepulcro blanqueado, que suelen enseñarnos
las razas anglosajonas.
La aseveración más grave que yo he oído es la de que «en
Nicaragua los norteamericanos tienen razón porque apoyan a un
gobierno aceptado y querido por una mayoría a la cual la intervención yanqui da complacencia a causa de las ventajas y el
logro material que lleva consigo».
Junto a Sandino
357
Son palabras de un joven nicaragüense, y no le han quemado
la boca ni siquiera alterado el rostro cuando me las repetía: «El
derecho, si por tal hemos de entender la voluntad expresa de la
mayoría, está con el señor Díaz».
Y yo le he contestado el argumento, porque ya he aprendido
en muchas fealdades semejantes de los políticos, a distinguir
entre «derecho» y «justicia», es decir, entre forma y espíritu,
entre el hueso muerto y el tuétano vivo, entre papel sellado y honestidad. Le dije solamente que, a creerle, sería verdad lo que se
ha dicho por un español: que la traición es la mitad del temperamento mestizo, una especie de aliento nuestro que nos envenena y
una aventura cotidiana en cuya trampa hemos de perecer.
Es muy difícil a esta distancia formarse juicio cristalino
de lo que allá ocurre. Pero aún ignorando detalles y con un
puñado de datos, las líneas grandes de la situación ya rojean
y hasta llamean de verdad: el general Sandino carga sobre sus
hombros vigorosos de hombre rústico, sobre su espalda viril
de herrero o forjador, con la honra de todos nosotros. Gracias
a él la derrota nicaragüense será un duelo y no una vergüenza;
gracias a él, cuando la zancada de botas de siete leguas que
es la norteamericana vaya bajando hacia el sur, los del sur se
acordarán de “los dos mil de Sandino” para hacer lo mismo.
Gracias a él, los nicaragüenses que ayudan al establecimiento del protectorado, ellos mismos, serán menos desdeñados
que el protector que les concederá cierta honra porque son,
al cabo, el hermano o el pariente de «aquel Sandino». Suelo
arrebatado pulgada a pulgada, como es el de la zona rebelde,
y no entregado como una pieza de lienzo, suelo mordido por
la garganta de los aeroplanos, por el precio infinito de la hazaña y centuplica los fusiles y las máquinas infernales, cobra
el valor de sus poblaciones: como que se vuelve la carne viva
de la historia.
Echa este rectángulo de suelo un aroma de santidad que
purifica el resto deshonrado y hace bajar la cara a los que
358 Gregorio Urbano Gilbert
malamente llegan a dominar semejante lote de gentes y de naturaleza.
Ya se ve -¿por qué no decirlo aunque los burlones se rían con
su fácil sonrisa? –ya se ve un culebreo de resplandor eléctrico
sobre esas sierras que dan escondite al pobre y heroico Sandino, y se mira hacia esa uña geográfica de su quebrada con un
angustioso amor que pide día a día mensajes para saber si el
caudillo vive.
El Ángel de los oficios no le dio en vano el de herrero: iba a
necesitar el hacha más ligera para alzarla y más pesada para
dejarla caer. Se le oye el resuello fatigoso y dan ganas de enderezarle el viento para que ayude sus pulmones.
El señor Sacasa decepcionó a muchos que esperaban en él.
Sandino endereza, hasta ahora, los entusiasmos que el otro dejó
caer.
París, 1928.
359
Junto a Sandino
CUADRO
Por Alfonso Alexander1
Siete flores blancas de helicóptero en un vaso
sobre una humilde mesa de madera; en el suelo,
racimos de bananos, calderas y un pedazo
de pala casi junto a una albarda de cuero.
Siete tapescos largos, una toalla, un pañuelo,
colgados a una vara, y en amoroso abrazo,
una ametralladora, un salveque, un retazo
de cordón, y sobre ellos un obscuro sombrero.
Siete hombres: unos sueñan, otros juegan la taba,
sentado a mi derecha el general Estrada
lee a Flammarion —afuera se oye batir guabul.
El río corre frente; ancho, grave, y obscuro
mientras Justo cocina, fumándome yo un puro
y el cielo cambia en plomo sutil su traje azul.
Alfonso Alexander, colombiano, perteneció a las brigadas internacionales
del ejército libertador, y peleó al lado del general Francisco Estrada.
1
360 Gregorio Urbano Gilbert
Campo de operaciones militares de la
Columna Expedicionaria No. 3 bajo el mando del
general Francisco Estrada. Las Seg. Nic-C-A. Junio 25-32.
PATRIA Y LIBERTAD
(f) Alfonso Alexander.
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