HISTORIA DE LA IGLESIA (VERSIÓN PATIÑO)

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“HISTORIA DE LA IGLESIA (DEL SIGLO I HASTA EL
TERCER MILENIO)”.
AUTOR: FRAY JOSE URIEL PATIÑO (SACERDOTE E
HISTORIADOR AGUSTINO MEXICANO).
Presentación
“Los tiempos cambian y nosotros con ellos”; así se
expresaban, en más de una
oportunidad, los oradores del imperio romano. Nada más a
propósito que iniciar con esa
expresión esta colección de historia de la Iglesia, libros
nacidos al interior del ejercicio
docente en diferentes instituciones educativas superiores. En
nuestro caso esa es la
verdad porque al recorrer el camino de la Iglesia a lo largo de
veinte siglos de historia
occidental, hemos captado que los tiempos cambian y que los
hombres (varones y
mujeres) cambiamos en la medida en que los sucesos
acontecen y nuestra experiencia
personal, social y religiosa va creciendo, es decir, en la
medida en que nuestro pasado se
hace cada día más grande y el futuro inexorablemente se
hace más pequeño.
La colección ha sido diseñada sobre la base de tres ejes
históricos de una duración
aproximada de siete siglos: la antigüedad, el medioevo y la
modernidad; cada uno de
estos ejes, conforma un tomo de la colección, y cada tomo se
organiza por ciclos
históricos, por capítulos, de tal manera que el lector pueda
tener una visión general y
recrear su personal visión de la historia de la Iglesia, sin
olvidar que al fondo de la
expresión “historia de la Iglesia” subyacen dos conceptos
fundamentales: historia e
Iglesia, con lo que ello implica, tal como se puede deducir de
la lectura y estudio de esta
colección. Se podría decir que ésta es la clave hermenéutica
para comprender mejor esta
historia de la Iglesia, colección elaborada teniendo en cuenta
los diversos esquemas de
periodización histórica, uno de los cuales propone cuatro
momentos: conservación de las
distancias ante el mundo (siglos I-IV), identidad entre la
Iglesia y el mundo (siglos VXVIII)
con tres dominios concretos: reyes, Iglesia y Estados
absolutos, y aislamiento e
inserción de la Iglesia en relación al mundo (siglos XIX-XXI).
Como esta colección nació en un ambiente particular, como
es el contexto
latinoamericano, ha sido redactado un cuarto tomo, centrado
en la experiencia eclesial en
el continente de la esperanza, sobre la base de tres
momentos fundamentales: la
experiencia de la cristiandad colonial, la Iglesia en el
momento del nacimiento de las
repúblicas y la experiencia de la vivencia cristiana eclesial en
la dialéctica entre
tradicionalismo y liberacionismo. Este cuarto tomo de la
colección es como un eje
particular que ayuda a ubicarnos desde América Latina al
interior de la Iglesia universal.
Bases epistemológicas
Bajo este título se agrupan algunos aspectos fundamentales
que pretenden iluminar el
camino histórico, recordando que la historia es la plenitud del
suceder y el conocimiento
que de él se posee y por ello “a un cristiano el estudio
riguroso de la historia de su propia
tradición debe servirle no de confirmación, sino de
conversión”1. Esto da a entender que
los seis apartados que se abordan sirven de claves
hermenéuticas, una especie de caja de
herramientas, para comenzar mejor el recorrido.
El estudio de la historia, en particular de la historia de la
Iglesia desea crear o ayudar a
crear una mentalidad histórica, es decir, a tener elementos
básicos para hacer tanto una
consulta como una investigación histórica con parámetros
adecuados; no es fácil, pero
con orden, constancia y método se puede superar la
tentación de las tijeras y el pegante
tan común en la investigación científica, recordando que en
todo trabajo histórico es
importante trabajar con método y constancia. Si este principio
se aplica bien se puede
llegar a ser imparcial, lo cual no quiere decir indiferente,
objetivo pero no dogmático, y
crítico. Imparcial y objetivo porque se usan las fuentes con
sinceridad, ecuanimidad y
transparencia, sin hacerles decir algo que no dicen, ni
sacarlas del contexto; crítico, para
hacer las observaciones necesarias teniendo como apoyo las
fuentes que se han usado.
1. Una propuesta de definición y ubicación
La palabra “historia”, ideada por Herodoto para describir la
necesidad que el hombre
tenía de un nuevo tipo de conocimiento, proviene de la
expresión griega istria que tiene la
raíz id (la d se convierte en s), la cual sólo se encuentra en
dos formas verbales del verbo
oraw (mirar, ver): eidon (aoristo activo que tiene el sentido de
un pasado remoto) y oida
(también con sentido de pasado pero perfecto), con una
traducción cercana a “conozco”
o “lo sé”, que dan a entender un conocimiento por visión,
porque se ven las cosas o se
pueden tocar. Por ello, si antes de la aparición de esta
palabra, el conocimiento era el que
se tenía por la fe o por el mito, a partir de aquel momento
también se puede conocer
“viendo las cosas”; la posibilidad de ver las cosas está en las
fuentes y en los testimonios
orales y escritos.
Dado lo anterior, la historia se puede definir como “el
conocimiento por visión basado
en la investigación de los acontecimientos sucedidos en el
tiempo y el espacio en relación
5
a un proceso unitario más amplio para llegar a la verdad que
se transmite a través de una
narración”. También se puede decir que la historia es “el
conocimiento del pasado”2. De
ello se deduce que “la verdadera ciencia de la historia está en
señalar en cada tiempo esas
secretas disposiciones que prepararon los grandes
acontecimientos y las importantes
coyunturas que las hicieron sobrevivir”3. Según ello, la
historia “es la conciencia y
memoria colectivas del pasado que un grupo humano
necesita para comprenderse y
explicarse a partir de su medio físico, de las relaciones con
grupos más o menos
cercanos, de sus formas de producir y relacionarse, de sus
instituciones, valores,
ceremonias, etc., desde los que se ha articulado su
convivencia en el pasado haciéndose
en un presente desde el que se proyecta personal, grupal o
institucionalmente, el futuro o
porvenir”4. Desde esta perspectiva, la historia como sucesión
de acontecimientos y
secuencias de hechos es el hombre en comunidad a través
del tiempo, con lo cual
confluyen tanto la diacronía (el tiempo) como la sincronía (la
comunidad)5.
La Iglesia es la comunidad de hombres fundada por
Jesucristo, unida íntimamente a Él
de modo que constituye su presencia viva y eficaz en el
tiempo y el espacio porque ella
está formada “por una multitud de espíritus encarnados,
unidos entre sí por múltiples
lazos de dependencia recíproca”6; es transparencia del reino.
De acuerdo a esta
definición la historia de la Iglesia7 no es ni un tratado
teológico de la Iglesia, ni un tratado
de teología, ni mucho menos un estudio apologético de la
Iglesia cristiana católica de rito
latino, sino la narración del devenir en el tiempo y el espacio
de la comunidad fundada
por Jesucristo que tiene diferentes manifestaciones de fe y de
intelección de esa fe. Por
ello se puede definir como “la historia del obrar de Dios con, a
través de, a pesar de y, a
veces, en contra del hombre, pero nunca sin Él”8. Frente a
estas apreciaciones, surge la
inquietud en torno a la Iglesia de la historia de la Iglesia, toda
vez que “creer que la
Iglesia católica es la única verdadera, la única que responde
plenamente a lo que Cristo
ha querido, no implica la negación de toda gracia fuera de
esa Iglesia”9.
Sobre la base de las definiciones ofrecidas se podría concebir
la historia de la Iglesia
como el conocimiento por visión de los hechos del pasado de
esta institución carismática,
necesarios para comprenderse y explicarse como
transparencia del reino; esto es así
porque la historia de la Iglesia tiene como fin fundamental una
adecuada comprensión de
los dos grandes desarrollos de la Iglesia: el exterior y el
interior. En el primero se ubican
las misiones, las relaciones políticas y las limitaciones de las
conquistas espirituales. En el
segundo se tienen en cuenta: organización, culto, disciplina,
costumbres, predicación,
doctrina, etc.10
De la definición propuesta, surgen dos elementos
importantes: el cristianismo es una
realidad esencialmente histórica y la existencia de un
testimonio que supera la razón
humana. El cristianismo, que no necesariamente se debe
identificar con la Iglesia, es una
realidad histórica en cuanto que las fuentes son reales y
fieles; el problema está en que
esas fuentes hablan de un acontecimiento central que supera
la razón; a pesar de ello, las
fuentes tienen una lógica interna única porque una Iglesia
nacida de un Dios crucificado y
agonizante y de la fuga de los testigos no es humanamente
posible; además, las luchas
internas, las dudas y los testimonios dan a entender que la
historia no es una leyenda o
una narración mítica, como se encuentra en el origen de otras
religiones. Debido a esto el
historiador de la Iglesia se limita a iluminar las fases de la
historia humana y ofrecer una
respuesta sobre la comprensión que se tenga de ella, en este
caso de la Iglesia.
Por lo que hace referencia a un testimonio que supera la
razón, las fuentes, reveladas e
inspiradas, no quitan la historicidad, porque se expresan con
palabras humanas; las
fuentes fueron escritas en una época precisa y un lugar
geográfico concreto; el dato de fe
fue elaborado sobre una persona histórica, porque el Cristo
de la fe es el mismo Jesús de
la historia, presentado desde perspectivas diferentes pero
convergentes. Por ello, lo
básico en la historia de la Iglesia es estudiar el devenir del
testimonio de la resurrección,
es decir, estudiar la manera como la comunidad eclesial ha
reflejado a Cristo,
testimoniando su resurrección, anunciando el Evangelio y
acogiendo a quienes libremente
aceptan el anuncio pero respetando a quienes no lo aceptan.
La historia de la Iglesia exige un punto de partida difícil de
precisar, porque ésta, nacida
al interior de los estudios teológicos, respeta el pensamiento
teológico, un pensamiento
que tiene como objeto un dato de fe que expresa el
nacimiento de la Iglesia como un
proceso de fundación que no fue puntual. La historia,
respetando ese proceso, elige un
acontecimiento puntual que le sirve para fijar el punto de
partida; de los diferentes
acontecimientos en relación a Cristo y la Iglesia, la historia
opta preferentemente por
Pentecostés, ya que a partir de ese acontecimiento la
comunidad eclesial comenzó a
anunciar sin miedo y en diferentes lenguas el mensaje
encomendado; además, hay un
dato que da a entender la necesidad de esperar hasta que
fuera enviado el Espíritu. Aquí
existe un problema: la historia acepta un dato, pero se
encuentra con la dificultad de
fecharlo. Pentecostés es, entonces, el punto inicial, la primera
base teológica, y la parusía
es la segunda; el tiempo transcurrido entre esos dos
acontecimientos es la historia de la
Iglesia.
Cuando se habla del estudio del devenir de esa comunidad
en el tiempo y el espacio, se
afirma que la historia de la Iglesia es el estudio del desarrollo
de las diferentes
manifestaciones de la comunidad cristiana, teniendo presente
que algunos aspectos
cambiarán pero otros siempre permanecerán. Aquí nace la
perspectiva, el horizonte
desde el cual se estudia y se narra la historia de la Iglesia; no
está de más decir que la
perspectiva será desde la fe, una fe que respeta los dogmas y
acepta los elementos
positivos y negativos, que en el desarrollo histórico de sus
manifestaciones se pueden
presentar. La cuestión de la perspectiva de la fe es
importante porque se deben tener
presentes elementos revelados y magisteriales, teniendo en
cuenta que cuando se trabaja
con este tipo de elementos la única perspectiva objetiva es la
de la fe, porque de resto se
cae en una ideologización subjetiva de la historia.
2. Objeto y método de la historia de la Iglesia
El objeto fundamental de la historia de la Iglesia es el
crecimiento espacial y temporal
de la institución carismática que, teniendo su origen en Cristo,
lleva ese nombre. Esta
historia surge de la acción conjunta de los factores divinos y
humanos en las coordenadas
7
intrahistóricas, ya que la historia de la Iglesia es el estudio del
desenvolvimiento de la
obra de Cristo en la historia, la indagación y exposición del
curso efectivo del cristianismo
en su manifestación organizada como Iglesia a lo largo de los
siglos de su pasado, en la
extensión de sus elementos y en los aspectos de su vida; no
en vano esta historia “intenta
reconstruir por métodos rigurosamente científicos el pasado
de la sociedad eclesiástica,
su evolución a través de los siglos y los rasgos particulares
que la caracterizaron en cada
época”11. El objeto es el Cristo que continúa su acción en el
mundo, su cuerpo que es
conducido por el Espíritu Santo y cuya historia es totalmente
obra de Dios y del hombre.
El método utilizado es el histórico, un método científico que
escudriña los documentos
con el fin de estructurar científicamente un discurso teológico,
lo cual da a entender que
este método es determinado tanto por los principios
generales que regulan la investigación
y la exposición histórica como por las exigencias particulares
de la teología. Aquí surgen
las tensiones que ponen al historiador ante grandes
decisiones, cuando se ve impulsado a
aplicar este método al objeto estudiado. En relación a la
metodología histórica se debe
tener presente que ésta desempeña un importante papel en
las controversias históricas,
porque interesa tanto el modo práctico de proceder en la
investigación histórica como la
comparación entre las teorías y la investigación histórica. Por
ello, la historia de la Iglesia
debe ser y estar: basada en las fuentes y la crítica, objetiva e
imparcial, y pragmática y
genética, es decir, con capacidad para comprender los
acontecimientos en su devenir.
Éstas son las tres exigencias fundamentales, a las cuales se
anexa el carácter religioso; no
en vano la historia es una escuela de libertad y espíritu
crítico12. En relación a las fuentes
se sabe que hay varias categorías: materiales, literarias,
tradicionales, audiovisuales, etc.13
Para no desconectar objeto y método, son necesarios tres
pasos: elección y
determinación de las fuentes para fijar fechas y hechos
históricos que forman la armazón
de la historia; criticar con objetividad e imparcialidad los
hechos, teniendo presente el
contexto en el que se desenvolvieron dejando abierta la
causalidad histórica, es decir,
manejando con transparencia, honestidad y ecuanimidad las
fuentes; comprender y
ubicar la historia de la Iglesia dentro de la historia ya que su
sentido último sólo puede
integrarse en la fe14.
Finalmente, la historia de la Iglesia debe ser entendida como
una teología de la cruz, es
decir, un acercamiento de Dios al hombre en el Cristo
resucitado quien murió en la cruz,
como un “punto intermedio” o convergencia entre la historia
profana y la historia
sagrada, en el sentido que tiene elementos tanto de la una
como de la otra; es decir, la
historia de la Iglesia es la lectura desde una perspectiva de fe
de los acontecimientos
vividos por la Iglesia en el desarrollo de su peregrinación
terrena, toda vez que la
cercanía con el crucificado movió a los primeros discípulos a
superar el escándalo de la
cruz, abriendo un nuevo horizonte que le dio un giro
insospechado a su fe.
3. La historia de la Iglesia en la historia
Con este tema se quiere presentar el recorrido que a lo largo
de los siglos ha tenido que
8
vivir la historia de la Iglesia y las diferentes formas como ha
sido interpretado ese
proceso; esas formas ayudan a ubicar la historia de la Iglesia
en el contexto de la teología
histórica y la teología como historia de salvación. Además, se
deben tener presentes las
tres etapas generales: grecoalejandrina, humanista y
desarrollo orgánico de la historia en
los contextos romántico e idealista, teniendo presente que la
historiografía es producto
doblemente humano porque trata de las acciones de unos
seres humanos, interpretadas,
descritas y valoradas por otros seres humanos.
3.1 Historiografía eclesiástica
La Iglesia se insertó en la unidad política mediterránea de su
tiempo; esto da a entender
que: primero, las fuentes de la historia de la Iglesia de los
primeros siglos están casi todas
en griego; segundo, allí se halla el germen de la división del
siglo XI (1054) como
conclusión de un proceso e inicio de una nueva etapa. La
forma como estos y otros
acontecimientos han sido contados hace parte de la
historiografía que pretende narrar la
manera como la Iglesia ha desarrollado sus diferentes
manifestaciones en un contexto
particular.
En la antigüedad comenzó la historiografía eclesiástica con el
testimonio de escritos
apócrifos y legendarios entre los cuales están las actas de los
mártires; de éstas algunas
son tenidas como históricas y se llaman actas auténticas.
Además, están los diversos
escritos sistemáticos de historia eclesial, entre los cuales
sobresale la Historia
eclesiástica de Eusebio, que se convirtió en la fuente
historiográfica más importante para
los tres primeros siglos15. Antes de Eusebio se pueden citar:
Hegesipo, autor de
Memorias, escritas hacia el 180 y Sexto Julio Africano, autor
de Cronografía o
exposición histórica sincrónica que llega hasta el 217.
Eusebio, cuyo pensamiento se ubica en tres polos:
origenismo, persecuciones e imperio
cristiano, adopta una perspectiva de fe porque pone como
punto de partida la economía
de la salvación; entre los argumentos que desarrolla, se citan:
la sucesión apostólica, los
grandes acontecimientos, los obispos y las diócesis, el
anuncio del Evangelio en forma
oral y escrita, las herejías, las desgracias de los judíos, los
ataques de la cultura no
cristiana, las persecuciones y los mártires16; por ello se
puede decir que, a la luz de este
autor, la historia de la Iglesia comprende seis asuntos
fundamentales: sucesiones
apostólicas, acontecimientos, personajes, herejes, judíos y no
cristianos. Esta obra es
interesante porque recoge algunos puntos básicos para
entender la historia de la Iglesia en
la antigüedad y habla de unas fuentes que ya no existen. No
obstante ello, Eusebio no fue
un gran historiador, porque no era fácil serlo, máxime si se
tiene en cuenta que él inició el
método de la historia de la Iglesia.
La obra de Eusebio fue traducida al latín por Rufino hacia el
402; en el 420 apareció la
traducción siríaca y por varios siglos permaneció como una
obra inmutable que fue
transmitida durante el medioevo a través de diferentes copias
que llegaron hasta la
modernidad. A partir del siglo XVI han sido publicadas
algunas ediciones críticas como la
de Stefanus hacia mediados del siglo XVII, posteriormente
Migne y las ediciones críticas
9
de Schwartz y Mommsen, que sirven como puntos de
referencia para comprender el
texto original.
Posterior a esta obra y después de tres intentos
historiográficos (Sócrates, Sozómeno y
Teodoreto) vino la Historia eclesiástica de Evagrio el
Escolástico que marca las
controversias cristológicas de los siglos V y VI; en este
contexto se ubica La ciudad de
Dios de san Agustín, quien divide la historia en seis edades y
tres partes siguiendo a san
Jerónimo. De éstos, pasó a Gregorio de Tours, Isidoro de
Sevilla y Beda el Venerable,
quienes son los historiadores más representativos de los
primeros siglos de la tarda
antigüedad, que otros llaman alta Edad Media. Aún en la
antigüedad Vicente de Lérins (+
435) formulaba el objeto de la historia de la Iglesia utilizando
la figura de la semilla que
no encierra nada que perjudique sus propiedades ni altere su
naturaleza17, es decir, en la
Iglesia se realiza un proceso histórico que tiene formas
variables pero permanece igual en
sí misma; esta concepción influyó en algunos autores como
Bossuet y Newman.
Durante la Edad Media se dio una historiografía eclesiástica
más que una historia de la
Iglesia. De ahí que los autores medievales utilizando la
crónica, los anales y la biografía
involucran la idea de reino de Dios con la Iglesia. El
Occidente en el medioevo desarrolló
historias de los pueblos, anales, crónicas, biografías e
historias universales inspiradas en
la teología; el Oriente desarrolló la cronografía y la
historiografía de imitación clásica
hasta llegar a Nicéforo Calixto Xantópulos18. La nota
característica de la historiografía
eclesiástica medieval radicaba en la profecía del porvenir, ya
que la Iglesia
contemporánea necesitaba una reforma porque venía en
declive; por ello el
apocalipsismo influyó notablemente. Con el correr de los
siglos y el suceder de los
acontecimientos se fue dando un giro hasta que la Iglesia se
convirtió en objeto de la
teología de la historia.
3.2 Historia científica
Entre los siglos XVI y XVIII se dio un florecimiento de la
historia de la Iglesia por la
influencia del humanismo que pedía el regreso a las fuentes.
A este hecho se le sumó la
reforma protestante que obligó a precisar y restringir el
concepto de Iglesia y por tanto de
su historia, ya que cada confesión quería presentar lo mejor
de sí para hacerse dueña de
la verdad. Casos típicos son: Centurias de Magdeburgo de
Matthias Flacius (protestante)
y Anales clesiásticos de César Baronio (católico). La
necesidad de precisar y analizar las
fuentes transcritas en las modernas historias de la Iglesia fue
originando la formación del
método histórico y crítico y de la historia de la Iglesia como
ciencia gracias a los
bolandistas y los maurinos, creadores del axioma: “Toda
afirmación histórica ha de
apoyarse en fuentes auténticas, editadas según reglas de
crítica filológica”.
Después vino el período en el cual la historia de la Iglesia se
convirtió en disciplina
teológica y ciencia histórica teológica en los siglos XIX y XX
durante los cuales se
descubrió de nuevo la trascendente y sobrenatural naturaleza
de la Iglesia, así como su
independencia del Estado y su universalidad. Como ciencia
histórica teológica, en la
historia de la Iglesia se dio el predominio de la investigación,
la creciente especialización y
10
un impulso hacia la teología de la historia y la eclesiología. En
este contexto de
especialización nacieron nuevas asignaturas: patrología,
derecho, misionología,
espiritualidad, historia de los dogmas, ecumenismo, etc., que
ayudan a una explicación
más verificable de los desarrollos y las acciones de la historia.
Finalmente, debe quedar claro que existe un género literario
que se llama historiografía
o reconstrucción del acontecer histórico, con diferentes
modelos; uno de ellos es la
historiografía eclesiástica que tiene sus parámetros
particulares y válidos. Por ello, para
hacer historia es importante asimilar las autocomprensiones
eclesiales que se han
presentado en los acontecimientos (duraciones breves), las
coyunturas (duraciones
medias) y las estructuras (duraciones largas), sin olvidar que
el nacimiento de la
historiografía científica fue un proceso posmedieval que duró
varios siglos y se inserta en
la fragmentación del saber y de la ecúmene cristiana
occidental.
4. Presupuestos teológicos de una teología
de la historia19
Durante decenios varios profesores, doctores y demás
hombres de ciencia, entraron en
una discusión sobre cuántas historias había y cuál de ellas
era la más importante; debido
a esto es posible que se encuentren páginas de algunos
tratados y cursos de historia de la
Iglesia, dedicadas al tema de las relaciones y diferencias
entre la historia civil y la historia
eclesiástica o historia de la Iglesia, con las normales
subdivisiones. Actualmente, dado el
discurso interdisciplinar, es importante cambiar de óptica, de
paradigma como dirían
otros, para afrontar con una nueva visión la doble realidad
que se hace presente: la
trascendencia de la historia y la historia de lo trascendente.
El punto de partida de una teología de la historia es el
discurso epistemológico y la
ubicación de la teología al interior de las ciencias
hermenéuticas, respetando sus
particularidades20. La teología es una ciencia particular
porque su principio fundamental,
centrado en la revelación y la fe, escapa a los niveles
científicos, tiene métodos
pedagógicos y didácticos propios y una finalidad
trascendente; no obstante ello, por el
hecho de ser una reflexión creyente sobre la histórica
comunicación de Dios y sobre la
acción humana desde el horizonte de la revelación y la fe, se
puede ubicar dentro de las
ciencias del espíritu, históricas o hermenéuticas.
Para lograr este cometido, en orden a ubicar la historia de la
Iglesia al interior del
discurso teológico, es preciso superar algunas situaciones
concretas como la mezcla
semántica o aceptación pasiva de algunos temas, el
bilingüismo o práctica de hacer una
doble lectura yuxtapuesta de lo real, el teologismo y el
cientificismo, etc., para llegar a lo
que podría llamarse un intercambio orgánico donde haya
articulación, correlación e
interacción metodológica, orgánica e integradora del saber de
las praxis científicas con el
saber de las praxis históricas de la fe.
Desde esta perspectiva se habla de una teología de la
historia. Este tipo de teología
exige algunos presupuestos: los filosóficos, que presentan al
hombre como un ser
dinámico que camina hacia un fin; los teológicos, que afirman
que el fin del hombre
cristiano es trascendente y se construye desde los sentidos
parciales de la existencia; y los
11
de crítica histórica, que entienden que los sentidos parciales
que ayudan a construir el
sentido último son vistos y vividos en el campo
interdisciplinario. En el discurso de la
historia de la Iglesia se dejan al margen del tratado los
presupuestos filosóficos de la
historicidad y la relación entre ontología e historia, para
centrar el discurso en los tres
más importantes presupuestos teológicos: el concepto semita
de historia, la historia como
historia de salvación y la relación entre dogma e historicidad.
Una vez enunciados estos
presupuestos teológicos, se hará una breve mención de los
presupuestos de crítica
histórica, que son importantes para la historia de la Iglesia.
La concepción semita de la historia es particular y lineal
porque tiene como
fundamento la certeza de que Dios está siempre realizando
cosas nuevas tendientes a un
fin determinado; Dios es para el pueblo un ser histórico que
actúa y se revela en el hecho
de sacar, liberar y salvar al pueblo de Israel de las situaciones
contrarias a su felicidad. A
esta percepción de Dios en el contexto de un dinamismo
liberador se le debe unir la
concepción unitaria del hombre, cuyo horizonte de
comprensión es la historia y no la
metafísica, con lo cual la experiencia religiosa tiene un
carácter histórico.
A la luz de esa concepción se puede entender mejor el
segundo presupuesto: la historia
como historia de salvación, es decir, como historia de
realización, de búsqueda de
plenitud, que sólo se da real y plenamente cuando entra en
juego la libertad humana
como capacidad de aceptación o rechazo a la oferta de Dios,
que se manifiesta en la
historia. En el fondo, este presupuesto teológico ve al ser
histórico en un camino de
realización, de santificación, que es la meta, el objetivo, al
cual tiende la Iglesia, de
acuerdo a la propuesta de Jesús. Desde esta óptica, la
libertad se convierte más en una
construcción cotidiana que en una definición conceptual.
El tercer presupuesto es el problema de las relaciones entre
dogma e historicidad. El
problema fundamental consiste en que el dogma como tal no
varía pero su
autocomprensión tiene que progresar21, ya que el dogma en
sí es inmutable en su esencia
pero no excluye alguna variación en su formulación; es ahí
donde surge la dificultad
porque la historia estudia y analiza las diferentes
comprensiones que se han dado sobre
un dogma determinado, con lo cual se corre el riesgo de una
falsa interpretación o de una
fatal comprensión. En el contexto de este presupuesto se
inserta el discurso de la
interdisciplinariedad porque es preciso buscar elementos que
ayuden a una mejor
comprensión del dogma; en este sentido se puede decir que
en definitiva lo que
evoluciona no es el dogma sino la expresión formal y su
grado de intelección. Por esta
razón la teología de la historia pide, frente a las fórmulas
dogmáticas expresadas en un
lenguaje bastante filosófico, la posibilidad de cambiar su
formulación con un lenguaje
más aterrizado, más adecuado para el tiempo que se vive.
En cuanto a los presupuestos de crítica histórica, se puede
decir que ellos son
fundamentalmente dos: las relaciones entre la teología y las
demás ciencias, y la relación
entre hermenéutica y teología.
La relación entre la teología y las ciencias ha pasado por
etapas conflictivas: con las
ciencias naturales se ha vivido un sentimiento de persecución
y oposición sistemática;
12
con las ciencias históricas y hermenéuticas ha habido una
posición opresiva en cuanto
que la teología se ha constituido en la única interpretación
válida de Dios, el hombre y el
mundo, que ha causado malestar en los campos
hermenéuticos; con las ciencias sociales
se han presentado polémicas que no han sido bien resueltas
porque se pone un
argumento de autoridad o se asume una actitud de rebeldía y
ruptura. Debido a esto,
para hacer una teología de la historia es importante el
conocimiento de la situación real de
la persona pero proyectándola a la trascendencia y así
dignificarle aún más la existencia,
teniendo en cuenta que en un discurso teológico, la teología
entra en contacto con las
diferentes disciplinas y ciencias: filosóficas; históricas,
sociales, humanas y psicológicas;
lógicas y formales, semióticas y lingüísticas, y de la
informática; y empíricas y naturales,
que son tenidas como preantrópicas.
De acuerdo a lo anterior, se puede decir que la hermenéutica
abarca varios elementos:
la forma como las ciencias del espíritu permiten reconocer el
comportamiento de los
pueblos, la transmisión de una experiencia trascendental en
un lenguaje que es limitado,
la relación ontológica de un Dios eterno con un hombre
circunscrito al tiempo y el
espacio en la persona de Jesús, el proyecto y la posibilidad
de hacer que el contenido de
la reflexión traspase los límites de la academia para llegar al
hombre concreto inmerso en
una sociedad determinada, pero viéndolo desde la luz del
Evangelio.
5. Visión general de la historia de la Iglesia
Para entender la historia de la Iglesia se recurre a la
segmentación en períodos, de ahí
el término periodización, intervalo de años que tienen en
común hechos y elementos
relevantes homogéneos y diferentes en relación a otros
períodos. La periodización es la
delimitación y subdivisión de un determinado proceso
histórico en términos cronológicos;
la delimitación y la subdivisión corresponden a una
concepción general del desarrollo
histórico y permite establecer los caracteres particulares de
cada período aclarando la
unión entre las diferentes formas del desarrollo histórico. De
acuerdo a ello se afirma que
la división de la historia de la Iglesia no puede partir de
categorías abstractas porque esta
historia debe tener presente el dinamismo dialéctico de lo
sagrado y lo profano, lo civil y
lo eclesiástico, lo histórico y lo teológico, etc., teniendo
presente que cualquier división
supone una visión, una forma concreta de aproximación, la
cual puede expresarse u
ocultarse.
Hasta el presente se han ofrecido diferentes periodizaciones,
pero en el pensamiento
histórico actual ya no se habla de períodos sino de
duraciones: “Duraciones breves o
acontecimientos, duraciones medianas o coyunturas, y
duraciones largas o civilizaciones
verdaderas: todas ellas coexisten de maneras diferentes en
un determinado espacio y en
un determinado lugar”22. Algunas de las periodizaciones son:
Flacio Illírico divide la historia en un período de pureza
original (1-300), seguido de una
época de relativa pureza (300-600), después vino la
decadencia a causa del dominio
papal hasta que se presentó la reforma que hizo reverdecer a
la Iglesia (600-1500).
Holzhauser (+ 1658) dividió la historia en siete edades: la
seminativa, de Cristo a las
13
persecuciones; la irrigativa, o persecuciones; la pacífica, de
León III a León X; la
purgativa, de León X al Papa santo; la consoladora, del Papa
santo al anticristo; y la
desolada, del anticristo al fin del mundo, que debería ocurrir
entre el 2000 y el 2004.
Rechemberg (+ 1698) ofreció un esquema en cinco edades:
Ecclesia plantata, siglos IIII;
Ecclesia libertate gaudens, siglos IV-VI; Ecclesia pressa et
obscurata, siglos VII-X;
Ecclesia gemens ac lamentans, siglos XI-XV; Ecclesia
repurgata et liberata, siglos
XVI-XVII.
La división que más fortuna tuvo fue la de Cellerio: Historia
antiqua, aetas
intermedia, historia nova. Esta división fue retomada por
Funk, Albers, Mourret,
Heussi, etc.
A la anterior se le contrapone la que divide la historia en:
época antigua, 1-692; época
medieval, 692-1517; época moderna, 1517-1789; época
contemporánea, después de
1789; en esta división se ubica Bihlmeyer. Algunas veces se
cambian las fechas, pero
fundamentalmente sigue igual: 1-692, 692-1294, 1294-1648,
después de 1648.
La historia ecuménica de la Iglesia está dividida en tres
partes: edad antigua, hasta el
600; medioevo y reforma, 600-1648; época moderna, a partir
de 1648.
La nueva historia de la Iglesia está construida en cinco
partes: época antigua, hasta el
600; medioevo, 600-1500; reforma, 1500-1715; época
moderna, 1715-1848; y época
contemporánea, a partir de 1848.
Jedin opta por una división en cuatro partes: fundación,
propagación y
desenvolvimiento de la Iglesia en el contexto judío griego y
romano, siglos I-VII; la
Iglesia como principio vital de la comunidad de los pueblos
cristianos de Occidente, siglos
VIII-XIII; la disolución del cosmos cristiano occidental, reforma
y contrarreforma, y
transición a la evangelización universal, siglos XIV-XVIII; la
Iglesia universal en la era
industrial, a partir del siglo XIX.
Aprovechando la experiencia en docencia histórica se
propone el siguiente esquema:
Historia de la Iglesia I: siglos I–VII o la Iglesia como
comunidad e institución. Historia de
la Iglesia II: siglos VIII–XV o la Iglesia en camino hacia la
universalización. Historia de la
Iglesia III: a partir del siglo XVI o la barca de Pedro frente a
las tempestades ideológicas
de estos siglos.
Este esquema no es muy exacto, pero puede ser el más
didáctico ya que la historia de
la Iglesia es dividida en tres períodos de siete siglos cada
uno. Esta propuesta se hace
teniendo presente que todo historiador y toda historia, que de
por sí implica una
interpretación o una particular aproximación, debe tener en
cuenta los períodos o
duraciones y las subdivisiones que se deben entender como
partes de un proceso
histórico en términos cronológicos, de tal manera que se
pueda tener una visión general
del desarrollo histórico y se puedan establecer notas
características de cada período.
6. Importancia de la historia de la Iglesia
La historia es maestra de la vida y juez de las actuaciones del
hombre. Esa frase, que
14
puede ser muy conocida, es el eje fundamental de este
tratado porque la historia es la
inteligencia que algo tiene de sí mismo; en nuestro caso la
intelección que la Iglesia tiene
de sí misma. Ahí se encuentra la actualidad y el valor vivo
que tiene esta historia porque
ayuda a tener criterios claros y objetivos sobre la realidad
eclesial que se vive, toda vez
que la historia es una visión sobre el pasado hecha desde el
presente con el fin de dar
luces para el futuro. Por ello, el historiador de la Iglesia no
sólo ha de tener corazón para
la historia, sino que llevando consigo sentido crítico y espíritu
cristiano, puede, desde la
fe, interpretar la actividad del Espíritu Santo sobre la tierra
donde la Iglesia peregrina,
confirmando que siempre han habido seres humanos que
repiten a su modo las palabras
de Pedro: “Tú tienes palabras de vida eterna”, que intentan
constantemente plasmar estas
mismas palabras en interpretaciones temporales, históricas,
transitorias, al conocer que la
primera ley de la historia es no atreverse a mentir; y la
segunda, es no temer decir la
verdad, sin olvidar los elementos básicos que de alguna
manera condicionan la historia: la
persona que hace la historia, las fuentes que se utilizan y las
estructuras, al interior de las
cuales se ubica la sociología tanto del conocimiento como de
la ciencia23.
La historia de la Iglesia es importante no tanto por los
conocimientos que se adquieran
como por el hecho de convertirnos en actores de una historia
dinámica, en construcción,
porque no somos espectadores de una película, sino
protagonistas de una serie dirigida
por Dios a través de unos humanos, pobres y hasta indignos
instrumentos que llevan un
tesoro guardado en vasijas de barro, sin olvidar que para
comprender la actualidad de la
Iglesia en que vivimos, conviene conocer su pasado, ya que
“un pueblo que ignora su
pasado está condenado a repetirlo”. Además, porque en la
historia de la única Iglesia de
Jesucristo no se pueden olvidar el puesto que ocuparon y
siguen ocupando las demás
Iglesias; en otras palabras, la historia de la Iglesia es
importante porque una historia de la
Iglesia santa no disimula las debilidades que son patrimonio
de sus miembros y sus
pastores24, teniendo presente tanto las raíces como las
determinaciones jurídicas. Por
ello, se puede afirmar que el aporte de la historia de la Iglesia
podría señalarse en tres
palabras fundamentales: identidad, inspiración y esperanza;
identidad para captar que la
fe que hoy se profesa es la misma de los comienzos de la
Iglesia; inspiración para
descubrir que es posible ser verdaderos cristianos siempre y
en todas partes,
independiente de las circunstancias históricas; esperanza
para prolongar la inspiración
cotidiana y superar los momentos de crisis.
____________________
1 Aguirre, Rafael. Del movimiento de Jesús a la Iglesia
Cristiana. Ensayo de exégesis sociológica del
cristianismo primitivo. Verbo Divino, Estella, 1998, p. 8.
2 Cf. Marrou, Henri-Irénée. La conoscenza storica. Il Mulino,
Bologna, 1988, pp. 21-41.
3 Gaos, José. Historia de nuestra idea del mundo. FCE,
México, 1973, p. 10.
15
4 Sánchez, José. Para comprender la historia. Verbo Divino,
Estella, 1995, pp. 7-8.
5 Cf. Pierini, Franco. La Edad Antigua. Curso de historia de la
Iglesia, I. San Pablo, Madrid, 1996, pp. 21-22.
Se citará Pierini 1.
6 Rogier, L. J., et al (dirs.). Nueva historia de la Iglesia, I.
Desde los orígenes hasta san Gregorio Magno.
Cristiandad, Madrid, 1964, p. 21. Se citará NHI.
7 Cf. Jedin, Hubert, (dir.). Manual de historia de la Iglesia, I.
Herder, Barcelona, 19802, pp. 27-33. Se citará
Jedin, y el tomo respectivo.
8 Padovese, Luigi. Introducción a la teología patrística. Verbo
Divino, Estella, 1996, p. 10.
9 NHI, I, p. 28.
10 Cf. Bihlmeyer, K. y Tuechle, H. Storia della Chiesa, I.
Morcelliana, Brescia, 2000, pp. 15-17.
11 NHI, I, p. 19.
12 Aguirre, R. Op. cit., p. 22.
13 Cf. Chappín, Marcel. Introducción a la historia de la Iglesia.
Verbo Divino, Estella, 1997, p. 120.
14 Cf. Jedin, I, pp. 30-32.
15 En relación a esta obra conviene saber que tuvo dos
ediciones producidas por el mismo autor: la primera
consta de siete libros y fue escrita en un contexto de
persecución hacia el 302; la segunda consta de diez y fue
escrita en un contexto de tolerancia después del 313.
16 Cf. Eusebio. Historia eclesiástica I, 1. Se cita la versión
española de Argemiro Velasco-Delgado, publicada
por la BAC en 2001.
17 Cf. Vicente de Lérins. Commonitorium, 29.
18 Cf. Pierini, 1, pp. 11-12.
19 Cf. Rodríguez, Eudoro. Teología de la historia. USTA,
Bogotá, 1993, pp. 62-120.
20 Para J. Habermas las ciencias son: históricohermenéuticas, crítico-sociales, y empírico-analíticas.
21 Aquí entra la tradición, entendida no como un dogmatismo
o un conservadurismo, sino como la
reproducción de un testimonio original que se va
transmitiendo. Cf. Madera, Ignacio. Dios, presencia
inquietante.
IAPS, Bogotá, 1999, p. 98.
22 Pierini, Franco. Mil años de pensamiento cristiano. La
literatura y los monumentos de los Padres de la
Iglesia. Paulinas, Bogotá, 1993, p. 253. De aquí en adelante
se citará: Pierini. Mil años.
23 Cf. Chappin, M. Op. cit., pp. 83-161.
24 Cf. NHI, I, p. 36.
16
Capítulo I
Ingreso histórico de una nueva vida
La primera parte de la historia de la Iglesia es presentada en
tres períodos: el
preconstantiniano hasta el 313, el posconstantiniano hasta el
451 y el de Justiniano hasta
finales del siglo VII. En el primero la Iglesia es una realidad
extraña a la política, en el
segundo se integra, en el tercero comienza a tomar caminos
diferentes. Este capítulo se
centra en el primer período o historia de la Iglesia hasta el
edicto de Milán (313); durante
estos siglos predomina la vida interna y por ello se enfatiza la
liturgia, la organización, la
doctrina, las misiones, las luchas contra el judaísmo y el
gnosticismo. De esa riqueza
interna se extraían las fuerzas necesarias para la defensa
externa a través del derecho a
existir. En los períodos posteriores la situación cambia y por
ello la vida externa
predomina, teniendo presente que “sobre los orígenes las
cosas son difíciles porque los
documentos deben ser utilizados con prudencia, su datación
suele ser difícil, su
autenticidad discutida, su interpretación ambigua”25.
El período preconstantiniano se divide en dos bloques, uno
hasta el 70 cuando el
templo de Jerusalén fue destruido y otro hasta el 313; en el
primero se estudia el
cristianismo en el mundo judío, en el segundo se trabaja el
cristianismo en el mundo
romano, tanto griego como latino. En el segundo bloque se
presenta un nuevo contexto
en el cual se formula el mensaje y se consolida la comunidad
y, para una mejor
intelección, se divide en dos momentos: uno hasta el 130 o
subapostólico, en que los
apóstoles y sus discípulos directos dominan la escena
manteniendo presente al Jesús
histórico y al Cristo resucitado en un ambiente escatológico;
el otro iría desde el 130
hasta el 313 cuando la tradición toma forma y se siente la
necesidad de fijar la doctrina
frente al ambiente que se respiraba.
1. El mundo a la venida del cristianismo26
Con el deseo de encuadrar el entramado social y cultural en
el que la Iglesia dio sus
primeros pasos, conviene recordar algunos datos históricos y
geográficos que son
importantes para ubicar conceptualmente la historia de los
inicios del cristianismo,
teniendo presente que para la mentalidad occidental el
mundo conocido de aquel
17
entonces se circunscribía al imperio romano; con esa
afirmación se deja de lado la
historia de los imperios orientales como chinos, tártaros y
mongoles. Este fenómeno
sucede porque en gran parte del pensamiento occidental de
esos pueblos, al igual que
América, han pertenecido a la periferia y su relación con el
centro es por lo general
ocasional.
1.1 El mundo romano
A la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.), el imperio que
había fundado se
desmembró; los generales se repartieron los reinos, las
ciudades griegas retornaron a su
autonomía y rivalidades; al tiempo que esto se daba en
Grecia, surgía en el occidente del
Mediterráneo una nueva potencia, Roma, que continuaría,
ampliaría y haría duradera la
unificación que venía dándose desde los tiempos de Ciro y
Darío. Al comienzo de la era
cristiana el imperio romano se extendía desde Las Galias
pasando por Asia Menor hasta
el cercano oriente, abarcando el norte de África.
La historia de Roma es dividida en tres épocas: monarquía,
república e imperio. La
primera época comprende desde su fundación (751 ó 753
a.C.) por las tribus latinas y
sabinas hasta la caída de los reyes en el 509 a.C. La aldea
romana evolucionó, se amplió
y se convirtió en ciudad. Los etruscos dominaron la ciudad
hacia el siglo VI a.C., y los
tres últimos reyes fueron de dicha etnia; este pueblo le dio a
Roma la organización que
los romanos conservaron y fortificaron.
La época de la república es ubicada entre el 509 a.C., y el 32
a.C.; comprende tres
períodos bien definidos. El primero llega hasta el 264: los
nobles derrocaron a los reyes
etruscos y organizaron la república en provecho propio por la
misma época en que
Atenas evolucionaba hacia la democracia; dos procesos
caracterizaron este período: las
luchas externas contra tribus latinas y etruscas y las colonias
griegas, y las luchas internas
entre patricios y plebeyos que terminan con la igualdad
jurídica, social y religiosa de
ambas clases sociales.
Una vez que se dio solución a los conflictos sociales y el
problema de las tierras, se
llega al segundo período de la época republicana: la
conquista del Mediterráneo. Las
guerras púnicas y la expansión hacia Grecia, Macedonia,
Siria y España llenan este
período que se hace avanzar hasta el 133 a.C.
El último período de la república es ubicado entre el 133 a.C.,
y el 32 a.C. Es un siglo
de crisis y luchas entre la oligarquía senatorial y los plebeyos
capitaneados por los
caudillos militares. Nombres como: Graco, Mario, Sila,
Pompeyo, César, Craso, Cicerón,
Marco Antonio y Octavio, llenan este período en el cual
agonizó la república y se impuso
el régimen autoritario de un solo hombre, el principado, el
imperio.
La tercera época es el imperio y se ubica desde el 32 a.C.,
hasta el 476 d.C. (en cuanto
a occidente porque en lo referente a oriente llega hasta
1453), es la historia del gobierno
de los emperadores apoyados en las fuerzas militares y la
aclamación popular, es la
historia de la cultura occidental cuyo centro es el mundo
mediterráneo hasta finales de la
antigüedad. Ese mundo abarca desde Inglaterra, Rin y
Danubio en el norte hasta los
18
arenales del norte de África y sur de Egipto, y desde el
Atlántico hasta los montes
Cáucaso y el mar Rojo. La época del imperio también está
dividida en tres períodos. El
primero va desde el reinado de Augusto hasta el 195 d.C.;
fueron dos siglos de oro bajo
el régimen centralizado de los Césares; período de apogeo
intelectual y artístico, paz y
orden bajo emperadores prudentes como Augusto, Tiberio,
Flavio y Antonio. Alternando
con estos emperadores, desfilaron por el “trono del águila”
otros emperadores un tanto
particulares: Calígula, Claudio, Nerón y Cómodo. Al tiempo
que esto sucede, desde
oriente se viene extendiendo el cristianismo que en estos
siglos sufrió las primeras
persecuciones.
El segundo período del imperio es la anarquía y el militarismo
(195-285). La guardia
pretoriana y las legiones imponen los emperadores y los
hacen caer; la corrupción
domina en diferentes campos, las derrotas en el exterior son
continuas, los bárbaros van
invadiendo el imperio y la crisis no se hace esperar.
El tercer período va desde el 285 hasta el 476. En la primera
parte de este período
Diocleciano salvó al imperio dividiendo su administración,
dando un aire más oriental e
imponiendo el despotismo asiático y el sistema burocrático.
La residencia imperial fue
trasladada a la región de Asia Menor con el deseo de afianzar
las fronteras del Danubio y
situarse en la zona más rica del imperio; mientras tanto, la
región occidental sufría graves
problemas agrarios. En este contexto comenzó a tomar
fuerza la otra rama del imperio
romano, Bizancio, un imperio que se prolongó en el tiempo
hasta mediados del siglo XV
y en el cual “la sangre bárbara y el alma cristiana sobre una
raíz romana que habla la
lengua de Homero y Hesíodo y pensaba con las categorías
de Platón y Aristóteles,
fueron los componentes del fenómeno bizantino que
sobrevivió por más de mil años”27.
La segunda parte, del 313 al 476 es la del triunfo del
cristianismo donde la Roma no
cristiana desaparece y el imperio se cristianiza hasta sus
últimos días.
En síntesis, “la historia de Roma es la de una ciudad que crea
un poderoso Estado
ecuménico, dominando y conservando por siglos el mundo
mediterráneo, pero este
proceso exterior de conquistas influye en la vida interna de su
capital creando luchas y
conflictos políticos y sociales... Mientras más crecía Roma,
más agudizados eran sus
conflictos y mayores fueron sus luchas internas”28.
De ahí que se pueda decir que el imperio romano abarcaba el
mundo conocido de
aquel entonces y quien estuviera fuera de los límites no era
tenido en cuenta, no existía o
era considerado como enemigo; tal era el caso de los pueblos
situados más allá de los ríos
Tigris y Éufrates. El imperio era una realidad conocida,
representada en una especie de
mapa que presentaba el mar Mediterráneo como Mare
Nostrum; la existencia de estos
mapas permitía que se tuviera una idea clara de las
principales ciudades, las vías, las
rutas marítimas, etc., por lo que eran normales los itinerarios,
las actuales “cartas de
viaje”.
En el ámbito de gobierno había un sistema político bien
desarrollado pero poco
conocido: existía un jefe máximo que era asesorado por el
senado; el imperio estaba
dividido en provincias (las colonias) que eran gobernadas por
una persona que
19
representaba al jefe y al senado (gobernador, procónsul), y
sólo algunos de sus habitantes
eran ciudadanos romanos. Esta concepción política sobre los
habitantes del imperio llegó
hasta el 211 cuando Caracalla dio derecho de ciudadanía a
todos los habitantes del
imperio.
En relación al jefe máximo, llamado princeps (en cuanto jefe
del senado) y
posteriormente emperador (en cuanto jefe del ejército), se
deben hacer algunas
precisiones ya que era el jefe del ejército, el senado y el
pueblo, además de ser cónsul,
pontífice máximo y censor. En los primeros siglos la parte
occidental jamás lo vio como
un ser divino porque el término augustus (augere) quiere
decir “hacer crecer”, en este
caso la fortuna del imperio; al traducirlo, la parte oriental
introdujo la sacralización
imperial al usar la palabra theibastos (representante de la
divinidad). Además de ello,
cuando el emperador no tenía en cuenta la colaboración del
senado era calificado como
“mal emperador” por los mismos romanos (el caso de Nerón y
Domiciano), y cuando un
emperador moría era llamado divus, es decir, santo. A finales
del siglo III aparece la
concepción del emperador como domus (dominador, señor) y
representante de la
divinidad.
A la luz de la historia se puede deducir que existían
elementos tanto positivos como
negativos, siempre y cuando se mire la realidad del imperio
romano desde la perspectiva
de la historia de la Iglesia. En lo negativo, en cuanto que
dificultaron el avance del
cristianismo, se pueden ofrecer, al menos, cuatro campos que
en sí no son absolutos:
religioso, filosófico, social y moral.
Religiosamente los dioses domésticos (lares, manes y
penates) fueron sustituidos por la
Tríada Capitolina (Júpiter, Juno y Minerva); luego vino el culto
a Roma y el emperador,
lo cual llevó a una cierta irreligiosidad en las clases cultas y la
atracción por los cultos
orientales, consecuencia lógica del sincretismo religioso que
practicaba el pueblo romano.
Esta situación creó varias dificultades porque algunos
pensaban que el cristianismo era
como una oferta más en el mercado religioso romano; en el
fondo el cristianismo era
visto como una secta, como una baja filosofía, porque no se
veía que fuera un proyecto
de realización a la luz de unos principios morales enseñados
por Dios mismo29.
En este mismo aspecto, el término pagano o paganismo no
tenía ninguna connotación
religiosa porque en el imperio no existían personas
irreligiosas y esta expresión se refería
a las personas que vivían fuera de las ciudades, en los
llamados “pagos”; pero comenzó a
tener un sentido religioso a partir de la intelección hecha por
Orosio en su historia, en
cuanto que las personas que vivían fuera de las ciudades no
asistían al culto cristiano que
ya era reconocido por el imperio (hacia el siglo IV). Además
de ello, no se puede olvidar
que el cristianismo comenzó siendo una práctica religiosa
ciudadana, toda vez que la
mayoría de las primeras comunidades cristianas eran
urbanas. Otro elemento importante,
consiste en saber que el imperio era muy religioso, veía las
cosas como sagradas y lo
divino invadía el mundo, por lo que era importante establecer
relaciones con la divinidad;
la forma como se entendían estas relaciones entre el hombre
y la divinidad era diferente
en las dos partes del imperio: en Occidente era una situación
jurídica ya que el hombre
20
adoraba para que los dioses le fueran propicios y alcanzara la
fortuna y la felicidad
(pacto, alianza), en Oriente había que buscar la divinidad
para llegar a la felicidad que no
se encontraba en este mundo que era imperfecto (ascesis);
ambas visiones eran
optimistas y naturalistas.
Lo anterior da a entender que el cristianismo encontró, en el
campo de la política un
ambiente propicio, pero en el campo religioso las cosas eran
diferentes porque a la
mayoría de los romanos les parecía absurda la idea de la
encarnación y, además, le era
difícil dejar de rendir culto a algunos dioses que durante
varias generaciones habían sido
propicios al concederles bienestar y salvación.
Filosóficamente existían las escuelas morales que desde una
axiología un tanto
reductiva buscaban una meta antropológica: hedonismo,
epicureismo, eclecticismo y
estoicismo. Cada una de las escuelas, ofrecía valores, que en
sí mismos eran positivos,
pero que en más de una oportunidad eran vistos como
contrarios a la experiencia
cristiana. Caso especial fue el estoicismo que, junto con el
platonismo, dejó huella en la
reflexión ética cristiana, a tal punto que sin el encuentro con
la estoa sería incomprensible
el desarrollo espiritual del cristianismo30.
Socialmente, mientras la familia estaba en bancarrota, la
sociedad luchaba debido a las
diferencias que existían. En el campo demográfico también
existían dificultades:
epidemias, invasiones, guerras y hasta una incipiente
planificación familiar, a ello se le
unían algunas prácticas que buscaban la reducción
demográfica como la contracepción, el
aborto y el abandono de los recién nacidos31.
Moralmente el lujo y las diversiones, que desde el
cristianismo eran vistas como
amorales, desenfrenadas, casi llenaban el día del romano
común. En este contexto se
ubican los espectáculos circenses y las luchas de
gladiadores. En relación a éstos, se dice
que “al visitar las arenas romanas después de casi dos mil
años de cristianismo, sentimos
la impresión de descender al infierno de la antigüedad. Para
salvar el honor de los
romanos desearíamos arrancar del libro de su historia esa
hoja que amancilla, con un
océano de sangre indeleble, la imagen de aquella civilización
magnífica”32. Sin lugar a
dudas la historia de los gladiadores puede producir al mismo
tiempo repulsa y
admiración.
En lo positivo: la unidad del imperio y del mundo conocido, la
unidad de lenguaje, el
sentimentalismo que habían logrado crear las religiones y los
misterios orientales, la
creencia en un ser supremo a pesar del politeísmo sincretista,
y los ejemplos de algunos
filósofos que tenían profundas bases sobre la “auténtica
verdad”.
Por lo expresado hasta aquí, en torno a los elementos
positivos y negativos, se dice que
de la realidad social del mundo a la venida del cristianismo se
infieren los cuatro
enemigos de la Iglesia en sus primeros años: los judíos, el
imperio, la mezcla filosófica y
religiosa no cristiana, y los herejes y cismáticos que
tergiversaban la doctrina.
1.2 Una aproximación a la historia de Jesús
21
Para comenzar se puede decir que la tierra de Jesús era una
colonia romana que vivía
con cierta independencia, con una historia muy particular y
unas instituciones y partidos
que aparecieron desde la cautividad. Su estado social y moral
aunque era mejor que el
del imperio, también estaba muy bajo debido a las intrigas y
pasiones que se vivían y las
diferencias sociales que existían; en este ambiente se
entiende mejor la actitud de los
esenios y los monjes de Qumram, comunidades radicales que
se convirtieron en una
especie de profetismo de denuncia frente al ambiente social
del momento. Junto a esta
realidad social está la diáspora, judíos que vivían en el
extranjero por distintos motivos,
que proporcionaron un ambiente adecuado para la extensión
de la Iglesia naciente33.
Sociológicamente Palestina estaba conformada por diferentes
grupos que se pueden
entender como distintas respuestas a la problemática
existente; junto a los dos grupos
antagónicos que religiosamente existían: saduceos y fariseos,
se ubican los movimientos
populares tanto mesiánicos como proféticos. Se debe tener
claro que “Roma no
gobernaba a Palestina en la concreción del día a día.
Gobernaba a Palestina
indirectamente, bien a través de un rey, etnarca o tetrarca
cliente (títere), bien a través de
un gobernador permanente, quien a su vez utilizaba a los
aristócratas locales,
especialmente al sumo sacerdote”34.
Los acontecimientos de Pentecostés y el concilio de
Jerusalén encuadran la oposición a
los apóstoles por parte del Sanedrín y la apertura de la
Iglesia; estos temas son el eje de
este apartado en el que se intenta unir la historia con la
interpretación teológica, con lo
que la visión histórica y teológica ganará varios puntos toda
vez que la historia de la
Iglesia es a la vez una reflexión teológica y un lugar
teológico35. Antes conviene exponer
algunos datos sobre Jesús, fundador de la Iglesia, un judío
con igual mentalidad que en
un contexto judío fundó la Iglesia, entendiendo la fundación
como un proceso y no como
un acto puntual, advirtiendo que no se va a decir que Jesús
fue un excelente hombre,
sino que se proponen algunos datos para considerar a la luz
de su vida nuestro hastío y
nuestra esperanza.
En torno al nacimiento de Jesús existe una problemática
porque los anales cronológicos
no son exactos y aunque haya muchas fechas, no es bueno
matricularse en ninguna de
ellas; a pesar de ello se suele proponer los años 747-749 de
la fundación de Roma (años
6-3 a.C.) teniendo presente más las fuentes cristianas y no
cristianas que la cronología
propuesta por Dionisio el Exiguo en el 52636. No está de más
decir que junto a la fecha
del nacimiento, hay otras dos fechas que también son
problemáticas: el inicio de su vida
pública con el bautismo por medio de Juan y la del viernes de
pasión. Esto da a entender
que la existencia de Jesús no es una ficción porque su vida
fue conocida por el público;
fue la de un judío normal que desde el discurso teológico es
Dios y hombre, viviendo
inmerso en un ambiente social donde se opuso a la
corrupción existente. Aquí surge una
gran dificultad porque la mayoría de los estudiosos en torno a
Jesús son personas que
tienen más preparación teológica que histórica.
Por todos es sabido que las narraciones evangélicas son
interpretaciones de fe,
realizadas después del acontecimiento de la resurrección. No
obstante ello, es claro que el
22
punto de partida de la experiencia histórica de Jesús tiene
como eje las palabras “el
tiempo se ha cumplido”; estas palabras vistas desde la
historia no parecen sugerir
catástrofes, ni olor a azufre, sino un momento único e
irrepetible, que permite la cercanía
a un hebreo de religión judía que con su corta pero directa
predicación consoló a los
afligidos y perturbó a los acomodados. “En vez de arremeter
con amenazas, expone un
ideal o, mejor, varios ideales, todos ellos de una modestia
precisa y concreta: ponerse al
lado de los pobres y defender sus desguarnecidos intereses,
ser comprensivo y perdonar
a los otros, hacer la paz allí donde hubiere lugar. Si hacen
estas cosas serán felices; en
efecto, son el único camino a la felicidad. El poder no es más
que una ilusión y su
ejercicio, una excusa para la crueldad. El abuso del poder es
responsable de la pobreza,
la opresión y la injusticia, la guerra y la tortura”37. No en vano
en Él el amor se convirtió
en un arte; el amor se volvió poesía; la solidaridad una
sinfonía; la mansedumbre, un
manual de vida; enseñó que el amor sólo florece en el suelo
de la libertad.
Por lo que se refiere a la historia de la Iglesia, el centro de su
actividad fue la formación
y organización de una comunidad, institución espiritual y
visible que tiene sus bases en
las virtudes, la estricta moral, la sujeción a la presencia de
Dios y la apertura al mundo;
para cumplir su cometido eligió 72 discípulos (ó 144), de
éstos eligió a doce a quienes
instruyó y les comunicó los poderes necesarios para que
dirigieran la comunidad; de estos
doce eligió a Pedro como cabeza. Otro aspecto importante
fue el hecho de haber unido
religión y ética, los dos principios salvíficos de hebreos y
griegos, en una nueva unidad;
además, anunció el reino, una nueva comunidad sobrenatural
para la salvación y santidad
de los hombres, que debe acoger a todos los pueblos y durar
hasta el fin de los
tiempos38. Debido a ello es importante tener en cuenta las
notas esenciales del Dios de
Jesús y su relación con la realidad social porque el Dios de
Jesús no es un dogma, ni un
concepto, sino una experiencia que lo transparenta y lo
mueve; tampoco es un Dios
institucional, sino un Dios de cambio, de las víctimas, de la
misericordia, un Padre, un
misterio que tiene fuerza para crear en el hombre unos
valores alternativos que llevan a
un nuevo estilo de vida39.
Aunque su vida fue ejemplar, los escribas y fariseos no lo
aceptaron porque su ejemplo
destruía sus sueños de grandeza y ambición; en este
ambiente se gestó la guerra que
terminó con su vida intrahistórica en abril del 30 d.C.,
después de haber sido condenado
a muerte de cruz “por el simple pecado de haber provocado,
con sus utopías libertarias, a
los dos grandes poderes de su época: el religioso y el
político”40. A propósito de su
muerte y sobre la base los datos arqueológicos, se puede
decir con una cierta seguridad
que Jesús nació entre el 8 y el 4 a.C., que comenzó su vida
pública entre el 27 y el 28
d.C., y que murió el 7 de abril del 30 d.C., ya que durante el
gobierno de Pilato sólo dos
14 de nisán, coincidieron con un viernes41.
Aquí se ubica el acontecimiento de la resurrección42, prueba
convincente de la
divinidad de Cristo, confirmación de la fe de los apóstoles y
consolidación de la
comunidad; pero aunque la fe dice ello, la crítica histórica
debe hacer un esfuerzo muy
grande para que la fe no entre en tensión, porque ese
acontecimiento rompe toda
23
estructura histórica ya que no se puede comprobar, sino
aceptar por el testimonio
existencial de unas personas que no fueron testigos oculares.
Esto lleva a decir que Jesús
dio origen a un movimiento con algunas características
básicas: surgió en una situación de
crisis, buscó a través de la protesta un cambio radical,
existencia de un profeta que
comprende la situación, confiere a los sectores marginados
conciencia de una nueva
identidad abriéndolos al protagonismo histórico y tuvo corta
duración porque a los pocos
años comenzó a institucionalizarse.
En Pentecostés se consumó la constitución de la comunidad,
ya que a partir de ese
acontecimiento se cumple con el mandato misionero que es
la columna vertebral de esta
institución que a lo largo de veinte siglos camina hacia la
definitiva realización del reino
de Dios. Según los textos bíblicos, que la crítica admite como
históricos, se afirma que
con el impulso recibido por la acción del Espíritu Santo la
Iglesia comenzó a extenderse
cuando se dieron las primeras conversiones masivas al ver
los signos que acompañaban
la predicación apostólica.
1.3 Algunas razones de la expansión del cristianismo
La primitiva comunidad, según los datos ofrecidos más por
tradición que por veracidad
histórica, estaba compuesta por los pobres, quizá lo más vil
de la sociedad43, lo cual no
es del todo cierto; por ello la comunidad que presenta los
Hechos de los Apóstoles es un
ideal que pocos realizaron, máxime cuando existían grandes
diferencias que no permitían
la auténtica comunión y cuando los primeros cristianos
siguieron cumpliendo la ley
mosaica en medio de una rica diversidad de comunidades; de
ahí que el Evangelio insista
en “los pobres de espíritu”. Andando el tiempo llegó el
momento en el que con la
curación de un paralítico se activó la reacción de los judíos
contra los cristianos quienes
estaban haciendo una especie de gobierno en la sombra, una
competencia desleal al
Sanedrín que no iba a ser admitida; estas persecuciones
sacaron a la Iglesia del marco
judío presentándose el universalismo que fue iniciado por
diáconos y cristianos helénicos.
La expansión del cristianismo se dio, supuesta la fuerza del
Espíritu Santo, por la
presencia de algunos factores favorables: la existencia del
imperio romano que englobaba
la totalidad del mundo grecolatino, la paz interior y la facilidad
de las comunicaciones que
favorecían los viajes, la transmisión de ideas y noticias, la
afinidad lingüística y el clima
espiritual existente en determinados sectores. Además, se
debe tener en cuenta los
factores sociales: geográfico, ecológico, étnico, político,
económico, cultural y religioso.
A pesar de los aspectos positivos también hubo obstáculos
que impedían la conversión;
entre ellos: el aislamiento al que se veían confinados los
judíos convertidos y el ateísmo
en el que caían, según la mentalidad no cristiana, los que se
convertían al cristianismo;
por ello la conversión al cristianismo constituyó una decisión
radical que encerraba un
elevado valor moral. En este ambiente de factores tanto
positivos como negativos se
gestó el “encuentro de dos culturas”: la no cristiana y la
cristiana; con el correr de los
años la cultura menos afianzada terminó por evangelizar el
imperio, que se despertó
cristiano44; pero antes hubo necesidad de pasar por una
serie de situaciones adversas.
24
La Iglesia se expandió por constitución, fe y piedad. La
constitución se basa en una
estructura jerárquica de la que Cristo es el centro: Pedro, los
doce, los diáconos, los
presbíteros. La fe se centra en la resurrección y glorificación
del Señor, vivida como un
hecho, que lo reafirmaba como autor único de la salud. La
piedad se edificaba sobre su
fe; esto da a entender que el cristianismo era un grupo de
personas vinculadas a Jesús,
con unos comportamientos y funciones determinadas que los
llevaba a una cierta
identificación colectiva45. Gracias a estos tres pilares la
Iglesia pudo triunfar a pesar de la
decadencia de las religiones griegas y orientales, el culto al
emperador, la religión popular
con su dios Asclepio, los tres grandes cultos mistéricos
orientales (Isis-Osiris-Serapis,
Cibeles, Atargatis) que tenían un profundo parecido con el
misterio central de la fe. No
en vano la misión de la Iglesia consiste en transmitir palabras
de vida y comunicar una
vida divina a la humanidad46.
2. La Iglesia en el marco del judeocristianismo
Durante esta fase47 Jerusalén fue el punto de referencia para
entender la historia de la
Iglesia, su contraste con el mundo hebreo y su expansión
hasta la ruptura “del cordón
umbilical” en relación al mundo judío, cuando Jerusalén y con
ella el templo, fueron
destruidos hacia el 70; al respecto, el movimiento cristiano
era visto como “un grupo
intrajudío de renovación que se reúne en Palestina en torno a
Jesús y que continúa hasta
el año 70”48. Conviene tener presente a los emperadores
romanos de este período:
Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón.
Son varios períodos: del 30 al 36, los primeros pasos de la
Iglesia; del 36 al 42, la
organización eclesial; del 42 al 70, el ingreso de la Iglesia en
el mundo helénico. En el
período comprendido entre el 42 y el 70 se dieron los viajes
paulinos: el primero a Asia,
el segundo a Europa, el tercero a Europa para visitar las
comunidades fundadas por él, en
el cuarto era un prisionero con libertad vigilada.
En relación a los viajes de Pablo, la narración de Lucas se
detiene en el 63; aquí
comienzan los problemas porque sólo se sabe que Pablo fue
martirizado en la
persecución de Nerón entre el 64 y el 68; la tradición propone
el martirio hacia el 67 ó
68. Como los cinco años que median entre el final de la
narración lucana y su martirio
carecen de noticias, surgen las hipótesis, una de ellas habla
de la presencia de Pablo en
España, lo cual, más que una realidad, es una justificación
tradicional del “ir y anunciar
hasta los confines de la tierra”.
El concilio de Jerusalén celebrado entre el 48 y el 50 para
aclarar algunas cosas del
cristianismo tuvo a Santiago el Menor, el hermano del Señor,
como director, no obstante
ello, Pedro es el jefe de la comunidad que allí se reúne. Esta
reunión permite inferir que
la experiencia judía marcó la experiencia cristiana de los
primeros años; la única
diferencia consistía en que el grupo de los cristianos creía
que el Mesías vino en la
persona de Jesús. Es más, hasta la mitad del siglo II la
teología cristiana se elaboró dentro
de un marco de pensamiento judío49; esto fue así porque los
primeros cristianos
25
procedían de ambientes judíos: saduceos, fariseos, esenios,
helenistas, herodianos,
celotas, baptistas, etc.
2.1 Inicios de la comunidad y primeras persecuciones
Si se hace un recorrido por los capítulos uno a trece de los
Hechos de los Apóstoles, se
puede entender que la comunidad cristiana comenzó su
historia en un ambiente
particular, ligada a la realidad religiosa judía de tal manera
que permanecía unida a
Jerusalén donde los apóstoles formaban una comunidad de la
que Pedro era el jefe;
además, se dio el primer movimiento de expansión fuera de
Jerusalén, incluso fuera de
Palestina, es decir, comienza la universalización de la
comunidad cristiana, aunque
todavía estuviera circunscrita al continente asiático. De
acuerdo a este libro, los cristianos
tomaban conciencia de ser una comunidad particular con vida
propia y reuniones
frecuentes, donde se daban instrucciones que iban seguidas
de la fracción del pan50. De
acuerdo a los Hechos y la práctica religiosa de un grupo de
judíos, algunos se hicieron
prosélitos (2, 11) y otros se hicieron temerosos de Dios (10, 2;
13, 50); es muy probable
que estos grupos vieran en el cristianismo su ideal porque
ofrecía lo que ellos deseaban y
eliminaba la circuncisión que les repugnaba51.
Algunos datos básicos de los inicios de la comunidad son: los
apóstoles regresaron a
Jerusalén y eran asiduos a la oración; Pedro siempre toma la
iniciativa y su posición al
interior de la comunidad es respetada; en Pentecostés
recibieron una fuerza especial (el
Espíritu Santo) que los impulsó a anunciar el Evangelio;
siempre existían varias líneas, la
Iglesia de la circuncisión y la Iglesia de los gentiles; a todos
se les anunciaba la necesidad
del arrepentimiento y el bautismo en el nombre de Cristo para
el perdón de los pecados;
después del bautismo recibían el don del Espíritu Santo; entre
los miembros de la
comunidad existía la fracción del pan, la cual era única para
los miembros de la
comunidad que todavía seguían frecuentando el templo; los
bienes se podían poner en
común y quien después de hacerlo, violara esa norma, era
castigado; una acción social a
favor de un necesitado comenzó a abrir la brecha en relación
a la comunidad judía; por
predicar el nombre de Jesús y actuar en su nombre, los
miembros de la comunidad,
fundamentalmente sus líderes, fueron interrogados y
encarcelados por mandato del
Sanedrín; en un momento determinado surgió un malestar en
una de las líneas de la
comunidad, la de los helenistas, y para dar una respuesta
concreta y efectiva a esta
situación nacieron los diáconos ya que los apóstoles no
podían, en conciencia, descuidar
la predicación.
El motivo que originó la elección de los diáconos permite
entender que entre las líneas
que existían al interior de la comunidad se presentaban
rivalidades; además, no se sabe si
los cristianos de ambiente griego eran prosélitos o
simpatizantes de los judíos que habían
aceptado el anuncio que los apóstoles hacían, porque de
hecho todavía no se había
anunciado el Evangelio a los miembros de otras religiones, es
más, ni siquiera a los no
judíos ya que todas las comunidades eran de ambiente
hebreo. También es posible ver en
los diáconos una línea un tanto paralela a la apostólica.
26
Haciendo una reflexión sobre los capítulos uno a siete, que
son los que se refieren
estrictamente a los inicios se captan algunos elementos que
son histórica y teológicamente
importantes: la oración comunitaria es fundamental; la
condición básica para pertenecer
al grupo apostólico es ser testigo de la resurrección; la acción
del Espíritu Santo crea una
nueva realidad, la Iglesia; la comunidad, la Iglesia, dialoga
con el ambiente que encuentra,
el cual se va universalizando en la medida en que los
apóstoles se desplazan a diferentes
lugares anunciando el Evangelio; el bautismo, hecho en
nombre de Jesús, se concibe
como una premisa para recibir el Espíritu Santo; la función y
el puesto de Pedro no se
cuestiona; el anuncio constituye el primer acto de la
predicación apostólica; aunque
existía una cierta simpatía con el judaísmo, los miembros de
la comunidad de seguidores
de Jesús, ya celebraban la Eucaristía con sus implicaciones;
a medida que pasan los años
y aumenta el número de miembros de la comunidad, aparece
la tensión entre la
comunidad y el mundo judío hasta llegar a la persecución y la
ruptura; el martirio, es
decir, el testimonio, era una ocasión de fecundidad
evangélica; la imposición de manos
comienza a ser un gesto central en la comunicación de un
don sobrenatural; finalmente,
el anuncio de la resurrección de Jesús llevaba a un nuevo
estilo de vida.
Al tiempo que se daban dificultades al interior de la
comunidad, también se
comenzaron a presentar problemas desde afuera; Este es el
caso de las persecuciones. La
persecución tiene en el tradicionalismo una de sus
motivaciones; al respecto, apegarse a
una tradición conduce a un bloqueo mental que impide la
posibilidad de una mejor
intelección de las cosas. También se debe hacer la distinción
entre tradicionalismo y
tradición; la tradición es el cultivo, respeto y actualización de
los valores culturales
propios pero respetando y aceptando los valores de los
demás; el tradicionalismo no es
más que una falsa tradición que va contra la posibilidad del
progreso y “se empeña en
que todo el compromiso del presente consiste en referirse a
los modelos del pasado y en
imitarlos”52. Desde la remota prehistoria esto se ha
manifestado en el hombre, y la
Iglesia, formada por hombres, no ha sido la excepción ni por
ser perseguida, ni por
presentar algunos elementos en los cuales se puede entrever
un cierto afán de
persecución.
La primera persecución fue contra la Iglesia de Jerusalén y se
desató después del
martirio de Esteban; condujo a la primera expansión del
cristianismo porque algunos
cristianos al huir de Jerusalén llegaron a Palestina y Siria
donde predicaron el Evangelio.
La situación de Pedro y los once era particular, al menos así
la presenta los Hechos:
predicación, arresto, proceso, liberación. Esto es lógico si se
tiene presente que la noticia
que se conocía oficialmente no era la resurrección de Jesús,
sino que su cuerpo había
sido robado del sepulcro y sus seguidores lo proclamaban
resucitado. De este período
data la conversión de Pablo, quien en Damasco fue curado
por Ananías, tuvo que
escapar de allí y se dirigió a Jerusalén donde Bernabé lo
presentó a los apóstoles; de
Jerusalén también tuvo que escapar, se dirigió a Tarso y,
posteriormente, al desierto, a
Arabia: “Sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores
a mí, me fui a Arabia de
donde nuevamente volví a Damasco” (Gálatas 1, 17).
27
En Samaria, Felipe predicó el Evangelio; a esta región fueron
enviados Pedro y Juan
quienes imponían las manos sobre los convertidos y de esta
manera recibían el Espíritu
Santo. Un etíope, ministro de una reina, Candace, también se
hizo bautizar (Hechos 8,
26-40). En Lidia, Jaffa, Cesarea y Antioquía, donde se les dio
el nombre de cristianos
(Hechos 11, 26), consta la presencia de comunidades
cristianas. Dos cosas interesantes:
por la actitud de Pedro, quien bautizó a algunos que aún no
eran circuncisos hubo una
agitación en Jerusalén, y por la importancia de Antioquía, allí
fueron enviados Bernabé y
Pablo, quienes permanecieron cerca de un año. La Iglesia de
esta ciudad, tercera del
imperio, se formó entre el 36 y el 37 y tenía como centro una
predicación que no exigía
el paso por el judaísmo; al conocer esto, la Iglesia de
Jerusalén envió a Bernabé para
controlar y ratificar los resultados53.
La segunda persecución fue contra los discípulos y condujo a
una nueva expansión de
la Iglesia. En el 42 Herodes Agripa hizo asesinar a Santiago
el Mayor y encarcelar a
Pedro; esto da a entender que Pedro y Santiago eran figuras
de primer plano al interior
de la naciente Iglesia. Poco después de la liberación de
Pedro por medio de un ángel,
Herodes muere en forma ignominiosa, posiblemente el mismo
año. A este punto el autor
de los Hechos de los Apóstoles pone una frase misteriosa:
“Pedro se encaminó hacia otro
lugar” (Hechos 12, 17). Santiago el Menor, llamado el Justo,
asume la dirección de la
comunidad de Jerusalén, ya que Pablo lo menciona como
una de las tres columnas de la
Iglesia junto a Pedro y Juan (Gálatas 2, 9).
Con las persecuciones el cristianismo se extendió por otros
lugares, es decir, salió de
Jerusalén, llegando a Arabia, Fenicia, Celesiria, Adiabene,
Osroene, Galilea, Samaria,
creando centro cristianos como Damasco, Antioquía, Cilia,
Siria, Chipre, Asia,
Macedonia y Acaya; en varios de ellos, Pablo y Bernabé
desempeñaron un papel
decisivo; en estos centros normalmente se presentaban dos
líneas y eso creó algunos
problemas.
2.2 La obra apostólica
El término “apóstol”, aparte de su significado básico de
mensajero tiene un sentido de
misionero itinerante o mensajero de la comunidad primitiva;
también se puede entender
como el misionero enviado por Cristo. En sentido estricto, el
apóstol de Jesús sólo puede
ser el que ha visto al resucitado. A partir del siglo II, los
apóstoles son para la conciencia
cristiana el punto decisivo del paso histórico de Jesús a la
Iglesia, ya que el apostolado es
perpetuación de la presencia de Jesús, Cristo y Señor,
carisma y alta responsabilidad de
origen sobrenatural54.
Es una realidad la presencia de más de doce apóstoles, cuya
elección hecha por Jesús y
su misión puede considerarse histórica, aunque en la
exégesis actual se pueda entrar a
discutir. El grupo de los doce existía antes de la conversión
de Pablo y su importancia
tiene que comprenderse en una perspectiva escatológica. Su
cualificación como apóstoles
se debe a la posterior comprensión de la Iglesia.
28
2.2.1 Los viajes de Pablo y el concilio de Jerusalén
A partir del “encaminarse” de Pedro, los Hechos centran su
atención en Pablo55. Con
el primer viaje la Iglesia se extiende por Asia Menor (43-48;
Hechos 13–14). Desde
Antioquía, Pablo y Bernabé se dirigen a Chipre donde se
convierte el procónsul Sergio;
posteriormente se desplazan a Antioquía de Pisidia donde
tuvieron éxito, le hablaron a los
no judíos y hubo problemas con los judíos; después viajaron
a Iconio, Listra, Derbe,
Pisidia, Panfilia, Perge y regresaron a Antioquía. En los sitios
que visitaron instituyeron,
a través de la imposición de manos, a algunos como
presbíteros a quienes les asignaron
responsabilidades de gobierno y servicio, por lo que los otros
miembros de la comunidad
debían estar sometidos a ellos. En Éfeso no eran llamados
presbíteros sino obispos. En
relación a estas comunidades, Pablo se presenta como el jefe
del orden jerárquico pero
en estrecha unión con la Iglesia de Jerusalén.
En el concilio de Jerusalén (Hechos 15), presidido por
Santiago el Menor como jefe de
la Iglesia de allí, se tomaron algunas decisiones doctrinales
en las cuales se nota el
progresivo distanciamiento del cristianismo en relación al
judaísmo; los presbíteros
tomaron parte en las decisiones en calidad de coadjutores de
los apóstoles. Se gestó por
la disputa que había en torno a la circuncisión o no
circuncisión de los gentiles conversos,
lo cual da a entender que el problema de fondo consistía en
solidarizar el cristianismo con
el destino temporal de Israel56; aunque los cristianos judíos
la defendían, primó el
designio universalista: “No imponer a los conversos venidos
de la gentilidad ningún
precepto de la ley de Moisés”. Los Hechos dicen que el
Espíritu Santo y los apóstoles
decidieron ordenar que los cristianos se abstuvieran de
participar en los banquetes
sacrificiales paganos, comer carne o sangre de animal
ahogado y los pecados de la carne
(Hechos 15, 28-29). Este concilio es de vital importancia por
las normas disciplinares que
dio y el rompimiento del círculo judío con lo que se obtuvo un
gran logro a la vez que se
resolvió la cuestión de las relaciones entre cristianismo y
judaísmo, señalando la ruptura
del cristianismo con la comunidad judía.
Con el segundo viaje paulino (50-52; Hechos 16–18) la Iglesia
llegó a Europa, a Grecia
y Macedonia; nacieron las comunidades de Filipo, Tesalónica,
Atenas y Corinto. Como
siempre, la acogida al interior de la comunidad es con el
bautismo, que se hace por
inmersión. En este viaje, Pablo se encontró con dos
cristianos, Priscila y Áquila, que
venían de Roma donde había sido dada una ley contra los
judíos y los cristianos, a causa
de un tal Cristo.
En el tercer viaje (53-58; Hechos 19–20; 1Corintios) Pablo
regresó a las comunidades
fundadas por él para superar algunas dificultades. En este
viaje ya existe una liturgia
instituida: “El primer día de la semana estábamos reunidos
para partir el pan” (Hechos
20, 7); esta frase tiene un sentido histórico y litúrgico preciso
porque se contrapone a la
celebración judía del sábado. El autor de los Hechos hace
otra anotación interesante:
estaban reunidos en una habitación que quedaba en el piso
superior (Hechos 20, 8); esto
da a entender un ambiente oriental porque en aquella región
del imperio, la gran
habitación de la casa era en el piso superior; en estas casas,
primera forma que tuvo la
29
Iglesia de constituirse y relacionarse con el mundo, es muy
posible que se hayan
originado las domus ecclesiae, una institución que se hizo
popular en el siglo II. Estas
Iglesias domésticas “hacían posible la vida comunitaria, eran
plataformas misioneras,
lugar de acogida para los predicadores itinerantes, sostén
económico del naciente
movimiento”57. A manera de información, la casa Iglesia más
antigua que se conoce es
Dura Europos en Siria, que data mediados del siglo III y es
famosa por los mosaicos que
representan escenas tanto del Nuevo como del Antiguo
Testamento58. De estos años data
la carta a los romanos, dirigida a una comunidad que no
pertenecía al círculo paulino,
escrita por un tal Tercio (Romanos 16, 22).
El cuarto viaje (59–63; Hechos 21-28) Pablo lo realizó cuando
fue llevado a Roma
como prisionero; sobre la base de los datos de los Hechos se
deduce que Pablo estuvo
prisionero en Cesarea por dos años y cuando llegó a Roma
gozó de libertad condicional;
no se sabe más porque el autor de los Hechos se detuvo en
el 63. Aquí se cambia de
fuente; la tradición habla de la persecución de Nerón entre el
64 y el 68, y de la muerte
de Pablo entre el 64 y el 67; esto da a entender que existe un
margen de cinco años en
los cuales lo único que existe son hipótesis. En cuanto a
ellas, quienes sostienen el viaje
de Pablo a España ponen su martirio hacia el 67, quienes son
de una opinión diferente
ponen su martirio hacia el 64; además, cuando Pablo llegó a
Roma ya existía una
comunidad que respetó porque no se sentía como su jefe; por
ello su actitud hacia los
romanos es diferente en relación a las otras comunidades
iniciadas por él.
Al hablar de la obra de Pablo no se puede omitir la
organización de las comunidades
paulinas, cuyo centro es el fundamento sobrenatural sobre el
cual se cimienta la Iglesia, y
a pesar de la independencia de cada una, todas tienen
conciencia de unidad por el vínculo
con la Iglesia de Jerusalén. En estas comunidades había una
especie de jerarquía cuyo
centro era Cristo: Pablo, obispos o presbíteros, diáconos y
carismáticos; todos fueron
fieles continuadores de la hazaña paulina, que consistía en
crear conciencia de una Iglesia
universal. El centro de la vida religiosa de estas comunidades
es la fe en el Señor
glorificado que da a la liturgia y la actividad cotidiana su
carácter; he ahí la razón de la
radicalidad de Pablo. Para participar de estas comunidades,
era necesario estar bautizado;
su centro era la celebración de la cena del Señor en las
domus ecclesiae (1Corintios 10,
16-21), donde la unidad interna de cada comunidad se iba
fortaleciendo por la oración y
la predicación de los misterios (homilía). Con el pasar de los
días estas comunidades
comenzaron a ser llamadas parroquias, es decir, casas de
forasteros, que posteriormente
se dividieron dando origen a otras parroquias. Además de
ello, se debe recordar que la
casa, tanto la habitación como la familia, era una estructura
básica del cristianismo
primitivo; debido a esto la Iglesia daba la impresión de ser
una red de casas.
2.2.2 La obra de Pedro y su presencia en Roma
La historia habla poco de la actividad del “príncipe de los
apóstoles”, el hombre que
fue constituido por Jesús como roca sobre la cual edificaría la
Iglesia. Aparte de lo poco
que dicen los evangelios y los Hechos de los Apóstoles, en su
primera parte, casi nada se
30
sabe de él, máxime cuando casi todas las fuentes son
apócrifas59.
La estadía de Pedro en Roma es un tema delicado porque
tiene muchas implicaciones,
ya que para designar a sus obispos como sucesores de
Pedro, no era absolutamente
necesaria su presencia personal allí, ni mucho menos para
sostener el primado papal
como institución de derecho. Su estadía en Roma, después
del silencioso “se marchó a
otro lugar” (Hechos 12, 17), está sustentada en tres
testimonios originales muy próximos
entre sí que, tomados cronológicamente en conjunto, tienen
una fuerza afirmativa
equiparable a la certeza histórica: la carta de Clemente
Romano a los corintios, la carta de
Ignacio de Antioquía a los romanos y la Ascensión de Isaías;
a estos testimonios se le
añade el último capítulo del Evangelio según san Juan y los
últimos versículos de la
primera carta de Pedro. De esos testimonios se parte para
hablar del martirio de Pedro en
Roma bajo el reinado de Nerón, a mediados de la década de
los sesenta del siglo I; a
ellos se le suman los escritos de Papías de Hierápolis,
Dionisio de Corinto y Gayo. Al
hablar del martirio se hace referencia a su sepulcro que ha
sido el dolor de cabeza para
los historiadores.
Los testimonios
Es un tema delicado porque son muchas las cosas que se
dicen y las interpretaciones
que se hacen. Las fuentes bíblicas dan a entender la
existencia de una comunidad en
Roma, a la que Pablo le escribió una carta y Pedro le predicó.
El autor de los Hechos se
reduce a ver la actividad misionera de dos apóstoles, la
acción misionera de los otros se
deduce implícitamente cuando se habla de los “hermanos”
que Pablo encontró en
algunas localidades. Una de estas localidades era Roma
donde murieron Pedro y Pablo, o
donde se encontrarían sus tumbas.
Para entender los testimonios se deben ver
retrospectivamente algunos datos históricos.
Entre el 60 y el 62 Pablo llegó a Roma; unas personas que
pertenecían a la comunidad
cristiana vinieron a recibirlo (Hechos 28, 15). Hacia el 57
Pablo “escribió” la Carta a los
Romanos; es decir, ya existía en esa ciudad una comunidad.
Hacia el 51 el autor de los
Hechos dice que Pablo se encontró en Corinto con Áquila y
Priscila quienes venían
desde Italia donde Claudio dio una ley para alejar los judíos.
Hacia el 49 Suetonio en la
Vida de los doce Césares al hablar de Claudio dice que,
debido a unos desórdenes en
Roma, fueron expulsados los judíos, quienes vivían en
agitación debido a un tal Cristo:
“Expulsó de Roma los judíos que, a instigación de un tal
Cristo, provocaban
turbulencias”60. Se presume que después de esta expulsión
la comunidad cristiana retomó
su vida normal pero separada de la comunidad judía. Entre el
42 y el 43 Tácito en Los
anales de la dinastía Julio-Claudia61 habla de la adhesión al
cristianismo de Pomponia
Grecina, esposa de Aulio Plaucio, un importante personaje
romano; esta mujer fue
condenada por una superstición extrema, lo cual da a
entender que el cristianismo era
entendido como una superstición.
Por estos testimonios, existe la posibilidad de relacionar la
formación de la primera
comunidad cristiana de Roma con el momento en que
cronológicamente el autor de los
31
Hechos dice que Pedro se fue a otro lugar (Hechos 12, 17).
Algunos estudiosos ven esta
relación como el hipotético itinerario de Pedro quien llegó
hasta Roma anunciando el
Evangelio.
Otras fuentes hablan de la presencia de Pedro en Roma
desde el gobierno de Claudio
(41-54); entre ellas, Eusebio, quien en varios apartes de su
Historia eclesiástica sostiene
que Pedro fue conducido a Roma. Las cartas petrinas fueron
escritas desde “Babilonia”
expresión con la que los cristianos designaban a Roma. En
algunos textos de origen
cristiano se habla de egregios y cesarianos; los egregios eran
las personas encargadas de
cobrar los impuestos y se diferenciaban de los clarísimos que
eran los senadores, ambos
pertenecían a la nobleza romana; en relación a este aspecto
se anota que Lucas dirigió
sus escritos a un ilustre Teófilo que literalmente es la versión
griega de egregius
(kratistos). El fragmento 7Q5 de Qumram (que hace una
referencia a Marcos 6, 52-53)
está en relación con algunos fragmentos encontrados en
Herculano, desde donde, parece,
fue enviado a Qumram un documento procedente de Roma;
estos fragmentos
testimonian la presencia de Pedro en Roma. Otro documento
es el Apocalipsis de Pedro:
“Estuvo en la ciudad de la corrupción donde sufrió el martirio”.
De acuerdo a esos testimonios la presencia de Pedro en
Roma no se discute, lo que se
discute es la fecha desde la cual estuvo y la forma como fue
martirizado, porque sólo en
Eusebio se encuentra el particular de la crucifixión con la
cabeza hacia abajo. Los
testimonios sobre la presencia de Pedro en Roma son
abundantes y desde los primeros
siglos se habla de su sepulcro en el Vaticano, pero esto no es
tan claro, como algunos
pretenden sostener.
La tumba de Pedro
Al abordar este tema, es fundamental tratar tres elementos:
las excavaciones, la tumba
y las reliquias. Siguiendo este orden se hará un discurso
histórico en torno a una realidad
que a lo largo de la historia de la Iglesia ha tenido y tiene
diferentes lecturas.
En cuanto a las excavaciones que se hicieron en el siglo XX,
existen tres etapas
fundamentales. De 1940 a 1949 se presentó una relación
oficial que fue entregada a Pío
XII; quienes trabajaron en ella eran reconocidos arqueólogos
que hicieron excavaciones
auténticas. De 1953 a 1956 se hicieron algunas excavaciones
sobre el Mausoleo de
Valerio bajo la dirección de Guarducci, Mortelli y Prandi; de
estas excavaciones, que
tienen relación oficial, sólo se sabe que los datos presentados
fueron revisados y
corregidos en 1963. En los años sesenta del siglo XX, la
Fábrica de san Pedro hizo una
serie de excavaciones sobre el mausoleo N.
Estas excavaciones se presentaron porque el 10 de febrero
de 1939 murió Pío XI
(1922-1939) quien en su testamento expresó el deseo de ser
enterrado cerca a la tumba
de Pío X cuyo sepulcro se encontraba en la gruta vaticana.
Pacelli, secretario de Estado,
encargó a Ludovico Kaas para que encontrara el lugar más
indicado; cuando lo estaban
buscando encontraron en el pilar de san Andrés (uno de los
cuatro pilares que sostienen
la cúpula vaticana) siete espacios desconocidos. El 2 de
marzo de 1939 fue elegido Pío
32
XII quien bajó a la gruta vaticana y como ésta era de poca
altura le hicieron la sugerencia
(Kaas la hizo) para que bajara el pavimento y creara un
corredor o pasillo más amplio y
aireado. El 29 de junio el Papa hizo el anuncio oficial de las
excavaciones sin mencionar
para nada lo de la tumba de san Pedro.
Cuando comenzaron los trabajos, a los 20 centímetros de
profundidad encontraron
unos restos de la basílica constantiniana sobre la cual fue
construida la actual; los
operarios llamaron al director de la comisión pontificia de
arqueología y continuaron las
excavaciones. Se hizo necesaria la fortificación de los pilares
y cuando llegaron a un
metro de profundidad encontraron una cornisa con lo cual
entendieron que se
encontraban con la parte superior de una construcción
antigua. En este momento se
conformaron tres grupos: arquitectos (Nicolosi, Galeazzi y
Giovannoni, con Bruno
Apolloni Ghetti como asistente), arqueólogos (Iossi,
Kirschbaum y Ferrua) y delegados
de la sección de arqueología (monseñor Respighi y Kaas).
Giovannoni dimitió en 1941
por presiones de Kaas; Nicolosi y Galeazzi eran los
responsables de la estabilidad de la
basílica y por ello no fueron obligados a renunciar; cuando
apareció el informe oficial,
Kaas hizo cambiar la introducción que presentó a los expertos
como simples
observadores.
Las excavaciones comenzaron en la cripta semianular de
Gregorio Magno; fue en estos
momentos cuando surgió la idea de buscar la tumba de san
Pedro que se creía estaba en
ese lugar porque, según la tradición, allí había un sarcófago
de plata con una cruz de oro
donde estarían los huesos de san Pedro. En las
excavaciones no se encontró ni lo uno ni
lo otro; se pudo comprobar que debajo de la actual basílica
vaticana se encuentran restos
de la basílica constantiniana y debajo de esos restos, una
necrópolis no cristiana.
En la antigua necrópolis no cristiana se encontraron 22
mausoleos que fueron
numerados de oriente a occidente utilizando letras latinas;
casualmente la letra P fue
asignada al lugar donde se cree estaba la tumba de Pedro.
Para llegar a estos resultados
hubo necesidad de excavar primero en algunos sitios de la
capilla clementina, después en
los restos de la basílica constantiniana, cuyo altar fue
restaurado por Gregorio Magno; es
en este lugar donde se encuentra la “confesión de Pedro”
junto a la cual existía un
corredor semianular; en este corredor se hicieron algunas
excavaciones y se descubrieron
algunos grafittis, de ese lugar partía otro corredor central que
terminaba frente a la
llamada tumba de Pedro.
Hasta este punto no había ningún problema; pero, con el
deseo de descubrir la tumba
de Pedro, las excavaciones continuaron desde la capilla
clementina y al traspasar el muro
posterior se encontraron con unas gradas que conducían a
otro mausoleo (Q) y un muro
rojo (construido por Constantino); este muro tiene una nota
particular: cuando llega a la
llamada tumba de Pedro cambia el nivel de la profundidad de
sus cimientos. Cuando se
encontraron con este muro excavaron por debajo de él y una
vez lo atravesaron parte de
la llamada tumba de Pedro cayó por tierra y no encontraron
nada. Comenzaron a
estudiar el espacio que, por testimonio de algunas crónicas,
existía, el cual fue
encontrado; para hacer este estudio decidieron tumbar una
parte del muro rojo y se
encontraron con una tumba cubierta de mármol y las bases
del altar de Calixto II (111933
1124); comenzaron a quitar el mármol y se volvieron a
encontrar el muro rojo. Los
excavadores encontraron debajo del altar de Calixto II, que
envuelve el de Gregorio
Magno, un espacio que tiene un metro de largo, 80
centímetros de ancho y 75 de
profundidad; fue el piso de este espacio, llamado la tumba de
Pedro, el que se desplomó
cuando atravesaron el muro rojo; conclusión lógica: la tumba
de Pedro fue destruida.
Al estudiar el citado espacio en su sección inferior se
descubrió en el lado que está
contiguo al muro rojo una especie de nicho que sufrió una
intervención violenta. Para
interpretar esta intervención se han dado tres teorías: para
unos es la tumba de Pedro y
las muestras de violencia se deben a que se buscó la mejor
forma de proteger las
reliquias, para otros es un monumento conmemorativo al cual
se adhirió el cemento
cuando construyeron el muro rojo, algunos más dicen que
como la tumba de Pedro se
encontraba protegida por una empalizada, cuando ésta fue
cambiada dio origen a tan
violenta intervención. En un nicho lateral de una de las
paredes (el muro G, construido
para reforzar el muro rojo) se encontraron unos huesos que,
según los estudios,
pertenecen a un hombre de 1.70 metros de estatura, 60-65
años de edad, y ningún hueso
de los encontrados es del cráneo; este informe fue
oficialmente desaparecido. Es un dato
de la arqueología que ese espacio siempre ha sido respetado
y que junto a él se han
construido muchas tumbas en años posteriores y se han
encontrado algunos elementos de
veneración que datan del siglo III.
En cuanto a la sección superior, el piso (es decir, el techo de
la sección inferior) es una
placa marmórea de origen no cristiano sobre la cual se
construyó un monumento de dos
(tres si se cuenta la parte inferior) niveles; es el llamado
“trofeo” del cual habla Gayo; en
la parte posterior de este monumento se encuentra la capilla
clementina que a su vez está
al frente del muro rojo sobre el cual se apoya el trofeo; en el
muro rojo se encontró una
ventanilla que da justo al segundo nivel del monumento.
Al interior de la tumba de Pedro se encuentra el campo P. En
este campo, de 4 x 7
metros, se encuentra el trofeo del cual habla Gayo; es un
monumento que data del 160 y
fue construido sobre una tumba (o cercano a una tumba) que
no era diferente en relación
a las demás ya que la pobreza exterior (en la tierra y con una
pequeña cubierta en forma
de techo capuchino) y la orientación es prácticamente igual;
la única diferencia radica en
que esta tumba siempre fue respetada. Los arqueólogos,
hablando de este campo, dicen
que se encontró no la tumba de Pedro sino el lugar de la
tumba de Pedro.
Finalmente se aborda lo referente a las reliquias de Pedro,
teniendo presente que se
debe diferenciar entre los huesos y las reliquias existentes.
En cuanto a los huesos,
encontrados en el nicho del muro G del espacio estudiado, se
encontró la tibia derecha de
un hombre; para unos estos huesos eran los de Pedro, para
otros son los huesos de otra
u otras personas. Los huesos encontrados en el muro G
fueron introducidos en una urna
de zinc junto con un papel que habla del lugar donde fueron
encontrados; como este
traslado se hizo en secreto, cuando en 1946 se hizo un muro
de protección, los
excavadores creyeron que los huesos estaban donde fueron
encontrados. Después de
superar algunas dificultades, presentadas por Kaas, esos
huesos fueron estudiados por el
profesor Vicente Virno de la Universidad de Roma; este
profesor lo primero que hizo fue
34
botar 22 pedazos porque eran huesos de animales y,
después, sobre la plancha de un
esqueleto, comenzó a ubicar los huesos que quedaron; la
conclusión de este profesor es
clara: son huesos de un hombre robusto de edad avanzada y
afirma que no encontró
ningún hueso del cráneo. Esta conclusión está en
consonancia con la tradición que afirma
que en las dos cabezas (las de Pedro y Pablo) que se
encuentran en la basílica de san
Juan de Letrán están conservados los huesos craneales de
estos dos mártires; hacia 1953
se hizo un estudio sobre estos huesos pero su resultado fue
condenado al silencio.
Como los resultados oficialmente fueron silenciados aparecen
opiniones diferentes
sobre el hecho de saber de quién son esos huesos, que
actualmente se conservan en una
urna custodiada celosamente por el Vaticano con un letrero
que dice: “... Se piensa
(ESSE PVTANTVR) son los huesos de Pedro, que fueron
encontrados en la
Archibasílica Vaticana”. Para terminar conviene saber que
existen dos tesis
fundamentales sobre el pontificado: para unos el Papa es el
sucesor de Pedro, para otros
es el obispo de Roma; todo surge a raíz de la presencia de
Pedro en Roma, unas fuentes
la afirman, otras guardan un prudente silencio; por ello es
importante estar atentos a las
líneas ideológicas y teológicas ya que la sucesión petrina no
está ligada a una ciudad o un
territorio. Esto, que es una realidad teológica, se encuentra en
un camino diferente al
arqueológico, técnico; no se quiere enseñar un dogma, sino
presentar la realidad histórica
de los hechos que sucedieron.
2.2.3 Los otros apóstoles62
Andrés. Nombre griego de un discípulo que nació en Betsaida
Julia en Galilea y
pescador como su hermano Simón Pedro. En la lista de los
apóstoles aparece en segundo
o en cuarto lugar. Primero fue discípulo de Juan y después de
Jesús; formó parte del
primer grupo de los seguidores de Jesús y presenció el
primer milagro de Jesús. Lucas, al
narrar la vocación del primer grupo de discípulos (Pedro,
Santiago y Juan), no lo
menciona aunque se puede suponer su presencia junto a su
hermano en la barca desde la
cual enseñaba Jesús. Después de la mención de Hechos 1,
13 no se tienen noticias
históricas de él. Eusebio señala a Escitia, en Asia Menor,
como su lugar de apostolado,
de allí pasó al Epiro, en Grecia, y en Patras, ya anciano, fue
condenado por el
gobernador Egeatas a morir en una cruz aspada, que tomó el
nombre de la cruz de san
Andrés; como estas regiones tienen alguna relación con el
mar Negro, se le considera
como la cabeza que originó la sede patriarcal de BizancioConstantinopla; del 800 existe
un testimonio que sostiene su crucifixión en un olivo y el
menologio basiliano habla de un
árbol en general. En el 356 Constancio hizo trasladar sus
restos a Constantinopla; en
1208 fueron llevados a Amalfi y, desde 1462, bajo el
pontificado de Pío II, descansan en
la basílica de san Pedro en Roma.
Bartolomé. Aparece nombrado en la lista de los doce y es
probable que su nombre
propio fuera Natanael, ya que Bartolomé podría significar “Bar
Talmai”. En los discursos
gnósticos es uno de los interlocutores de Jesús, a quien
interroga después de la
resurrección, y de María, a quien le hace preguntas sobre la
encarnación. En los Hechos
35
de Tomás, es uno de los once apóstoles que echan suertes
para dividirse las regiones
donde anunciarían el Evangelio. Eusebio refiere una tradición
según la cual Panteno
habría encontrado cristianos en su viaje a la India, donde
Bartolomé habría predicado,
dejándoles un evangelio de Mateo en hebreo. Los Hechos de
Bartolomé describen su
martirio en India y los Hechos de Andrés lo ubican como
misionero junto a Andrés en las
costas del mar Negro. Los Hechos de Felipe, lo ponen como
su compañero en
Hierápolis y Licaonia. Tradiciones posteriores describen su
martirio en Armenia:
despellejado y decapitado, según algunos; crucificado, según
otros. Sus reliquias se
veneraron en Daras de Mesopotamia, la isla Lípari,
Benevento y Roma.
Bernabé. Es el sobrenombre que los apóstoles le dan a José,
levita de Chipre, que
vende un campo y entrega su precio. Su actividad está unida
a la de Pablo; fue enviado a
Antioquía donde constató el éxito de las conversiones de los
no cristianos, condujo a
Pablo de Tarso a esa ciudad y volvió a Jerusalén para
entregar la colecta realizada. A
ellos se les une Juan Marcos, su primo, quien acompañó a
Pablo en su primer viaje pero
los abandonó en Perge y por ello hubo algunas dificultades;
no fue obispo de esta ciudad
porque allí había un sistema colegial que estaba sometido a
la autoridad de los doce63. En
Listra fueron tomados por Zeus y Hermes, y al volver a
Antioquía fueron enviados a
Jerusalén para dirimir la controversia en torno a la
circuncisión convirtiéndose en
portadores de la carta de los apóstoles. Al partir para el
segundo viaje quiso llevar a Juan
Marcos, pero hubo problemas, se separó de Pablo y se
embarcó con su primo para
Chipre y hasta ahí se tienen referencias de él. Es probable
que haya muerto allí, aunque
los Hechos y Martirio de Bernabé en Chipre narra su muerte
en Salamina. Tertuliano le
atribuye la carta a los hebreos. Existen obras atribuidas a él,
pero eso no se puede
garantizar: Carta de Bernabé y Evangelio de Bernabé.
Felipe. Probablemente nació en Betsaida como Andrés y
Pedro y también tiene un
nombre griego; en los evangelios aparece en diferentes
oportunidades, en una de ellas
hace de intermediario entre Jesús y los gentiles. Los
testimonios de los primeros siglos del
cristianismo lo presentan como un buen padre que les buscó
marido y casó a sus hijas,
un interlocutor de Jesús en las disputas gnósticas y autor de
Los dichos y hechos de
Jesús. Por consiguiente, es el presunto autor de uno de los
tres principales evangelios
apócrifos, el Evangelio de Felipe, tan apreciado en los
ambientes gnósticos. Según una
antigua tradición no murió como mártir. No se le debe
confundir con el diácono Felipe.
Juan. Con sus escritos puso de relieve la fe cristiana y la vida
eclesiástica, lo cual ayudó
a determinar la historia de la Iglesia en Asia Menor. Con poca
certeza histórica se sabe
que estuvo en Jerusalén, Éfeso, Roma y Patmos, sitios en los
cuales anunció que la
comunidad cristiana estaba llamada a dar testimonio del
Señor resucitado y glorificado en
un ambiente hostil. En relación a su muerte existen varias
versiones, las cuales coinciden
en la avanzada edad que tenía a la hora de su martirio.
Judas Iscariote. Es tenido como el símbolo de la traición. De
él se conocen algunos
datos ofrecidos por la iconografía donde aparece en cuatro
momentos claves: recibiendo
el precio de su traición, el beso, la restitución de las monedas
y el suicidio.
36
Judas Tadeo. En las listas figura junto a Santiago y se le
distingue del Iscariote. No es
fácil acercarse desde la historia porque en la tradición
manuscrita existen incertidumbres
sobre su identidad: para algunos es Judas Zelota, Tadeo,
Lebbeo o hijo de Santiago, para
otros es el hermano de Santiago, Simón y José. Tadeo en el
texto del evangelio según san
Juan le pregunta al Señor la razón por la cual sólo se reveló
al grupo de los Doce y no a
todo el mundo. Según la tradición evangelizó en Palestina y
regiones limítrofes
adentrándose en Arabia, Persia, Mesopotamia y Armenia.
Sobre su lugar de muerte
existen dos tradiciones: Edesa en tiempos del rey Abgar, y
Arado, cerca de Beirut. Cada
Iglesia celebra su memoria en diferentes fechas: la latina el
28 de octubre, la griega el 19
de junio, la armena el 16 de febrero y la copta el 2 de julio.
Mateo. Según las listas, todo parece indicar que al publicano
Mateo lo llaman Leví o
Santiago hijo de Alfeo, Lucas lo llama Leví, y Marcos y Lucas
identifican a Mateo con
Leví, a quien la comunidad primitiva atribuyó el primer
Evangelio. Según la tradición,
evangelizó a los judíos y, antes de dirigirse a otros pueblos,
dejó escrito su Evangelio en
lengua materna.
Matías. Forma abreviada de Mattanjah (don de Yahweh),
elegido para sustituir a Judas
Iscariote en el grupo de los Doce. Ha sido identificado con
uno de los 72 discípulos,
Zaqueo, Bernabé, Natanael y otros. Su campo de
evangelización oscila entre Palestina,
donde habría sido lapidado por ofender la ley de Moisés, y
Etiopía, donde, tras haber
predicado, habría sido martirizado. Para algunos gnósticos
murió de muerte natural. En la
tradición gnóstica existen algunos escritos suyos: Tradiciones
de Matías, Evangelio de
Matías, Discursos de Jesús a Matías, Hechos de Andrés y
Matías en el país de los
antropófagos.
Santiago el Mayor. Hermano de Juan evangelista, hijo de
Salomé y Zebedeo, pescador
de oficio, natural de Betsaida Julia. Perteneció al grupo de los
tres elegidos que
presenciaron particulares acontecimientos de Jesús: la
resurrección de la hija de Jairo, la
transfiguración y la agonía en el huerto. De acuerdo a la
narración de los Hechos de los
Apóstoles (12, 1-3) Herodes Agripa para congraciarse con el
Sanedrín y sofocar la secta
de los seguidores de Jesús decretó su muerte, dando a
entender que era uno de los
líderes de la comunidad y por esto es tenido como el
protomártir de los apóstoles, ya que
su muerte se fecha en el 42 d.C. Sobre él se han tejido
numerosas leyendas, una de ellas
habla de su presencia en Zaragoza y Compostela. Con mayor
evidencia histórica existe el
testimonio del Martirologio de Floro (808-838) que habla de la
traslación de su cuerpo a
Compostela.
Santiago el Menor. Llamado así para distinguirlo del otro
Santiago, aunque fue llamado
al apostolado antes que él. Hijo de Alfeo y María; como
algunos textos lo llaman
“hermano del Señor” ha surgido una polémica sobre él: para
unos esto es cierto, para
otros no y lo prueban diciendo que la familia de Jesús no
creía en él (Juan 7, 5). Gozaba
de gran autoridad en la Iglesia de Jerusalén y asumía su
dirección cuando Pedro no
estaba; también gozaba de gran estima entre la población por
la observancia de la ley y
fue respetado en tiempos de persecución. Según la tradición,
sus enemigos lo hicieron
37
subir al pináculo del templo y desde allí lo arrojaron al vacío y
como no murió fue
martirizado, para unos a través de la lapidación, para otros
mediante golpes de bastón;
otra tradición sostiene que fue colgado del pináculo del
templo. La fecha de su testimonio
se ubica hacia el 62, en tiempos del sacerdote Ananías64.
Simón. Conocido bajo los epítetos de “cananeo” y “zelote”, lo
cual ha dado origen a
interpretaciones antitéticas. Es probable que haya sido
hermano de Santiago el Menor y
su sucesor como obispo de Jerusalén. El epíteto “zelote” ha
tenido dos interpretaciones:
el sentido de un ardiente celo apostólico o una señal concreta
de su pertenencia a aquel
movimiento religioso de integristas fanáticos, difundido y
activo en Galilea. Después de
Pentecostés, anunció el Evangelio en Egipto y Persia, donde
habría sido martirizado. Una
crónica del siglo IX dice que su sepulcro está en Nicopio.
Tomás. Según los textos bíblicos es “el gemelo” (Dídimo); los
Hechos de Tomás y la
Leyenda de Abgar lo llaman Judas Tomás, de la raíz hebrea
ta’am que significa “ser
doble”, y optaron por llamarlo Tomás para diferenciarlo de los
otros dos Judas. Ejerció
fascinación entre los gnósticos. En la tradición, unos
sostienen que su campo de
predicación fue oriente, propiamente India, aunque en
realidad sólo llegaría hasta Irán;
otros sostienen que predicó entre los partos. De hecho el rey
parto Gundophar, a través
de los Hechos de Tomás, llegó a la leyenda occidental como
el rey Gaspar y por ello a él
se le atribuye el bautismo de los reyes magos. Avanzada la
edad media, la leyenda de
Tomás y los reyes magos desembocó en la del Preste Juan.
2.3 La respuesta ética de la primitiva comunidad
Lo más relevante de la primitiva comunidad cristiana es el
kerigma, la realidad
consciente de la muerte y resurrección de Jesús, interpretada
y asumida, primero por el
grupo de los discípulos y luego extendida con la predicación
del Evangelio, la Buena
Noticia de un suceso de transformación personal que, siendo
comunitario, fue generando
un proceso de cambio social. Por ello el kerigma es el punto
de partida del
comportamiento ético, definido en la comunidad primitiva,
quizá no desde unos
presupuestos teóricos muy claros, pero sí desde una práctica
vivencial bastante visible.
Sin lugar a dudas, el suceso histórico de los primeros
cristianos no se dio en una pureza
de relaciones, sino, por el contrario, justo en medio del
conflicto, la crisis, el contraste,
que le eran bastante propios en contextos concretos, sobre
todo cuando varios cristianos
eran vistos como carismáticos ambulantes que de alguna
manera criticaban la sociedad.
El primer elemento es la fusión de varios horizontes en el
siglo I; los ambientes:
helenista, romano y judío, en los cuales la religión aparecía
ligada a la cultura y la
política. Estos ambientes se notan en la vida de la primitiva
comunidad cristiana del
Nuevo Testamento, que alcanza a abarcar en líneas
generales el siglo I. De acuerdo a los
datos del Nuevo Testamento, Jesús no indicó líneas
concretas de estructura para la
Iglesia, salvo las enseñanzas particulares a las que se dedicó
con el pequeño grupo en el
último tiempo de su ministerio público, por lo que lo dicho y
hecho por él es entendido
como el fundamento de la Iglesia; en su actividad, el anuncio
del reino de Dios, se
38
encuentra el fundamento y la orientación de la futura
comunidad, que entendió la
resurrección como la experiencia que llevó a la constitución
de una comunidad en la cual
el servicio era fundamental.
El segundo elemento es la postura de los diferentes grupos
políticos y religiosos cuyas
enseñanzas son propias del contexto histórico del momento.
Entre estos grupos se citan:
fariseos, saduceos, esenios y algunos grupos alternativos
como zelotes, samaritanos y
movimientos bautistas; frente a estos grupos Jesús y la
comunidad primitiva asumieron
actitudes de crítica y controversia. Debido a esto la Iglesia
primitiva se presentó como un
grupo en contraste, y de hecho lo fue, pero desde una
perspectiva comunitaria y de
servicio que constituyó un comportamiento enfrentado con la
ausencia de libertad y la
injusticia de su tiempo.
El tercer elemento es la cuestión ética, de la actitud frente a la
ley practicando la
comunidad de bienes, una especie de “comunismo del amor”.
Los textos de Hechos 2 y
4 son improbables históricamente hablando, razón por la cual
se puede decir que dichos
textos son como la imagen de un ideal inspirado en las
palabras de Jesús; no obstante
ello, las primeras comunidades cristianas permanecieron
atentas a la importancia de una
ética concreta de compromiso y cambio, que por llevar a la
práctica el mensaje propuesto
por Jesús dio origen a la idea y la necesidad de asignar
responsabilidades específicas de
servicio, comenzando por las actividades domésticas.
Dentro del panorama considerado, todos los antecedentes
llevan a plantear un punto
conclusivo: la experiencia de la primera Iglesia encontró unos
asuntos prácticos para la
realización de la transformación personal y las pequeñas
comunidades; por esto, el
planteamiento comunitario y las acciones de servicio,
rompieron con las estructuras
vigentes en su momento histórico: del repliegue de la ley y del
olvido del otro, se pasó al
compromiso de construcción y valoración de la persona y las
sociedades, que la Iglesia
expresó a través de la koinonía y la diakonía, la comunidad y
el servicio. La comunidad
se vivía en cuatro aspectos: la comunión fraterna, la
comunión apostólica, la comunión
en la mesa del Señor y la comunión en el compartir. El
servicio era una de las formas de
proclamar el Evangelio, un testimonio elocuente de la fe; era
una realidad, en la que ya
en esta vida antes de la muerte, comienza la redención que
ellos predican, al intervenir el
signo de la pobreza, la indigencia, el sufrimiento y la muerte
por obra del amor. De
acuerdo a lo anterior, se puede decir que la respuesta ética
de la comunidad primitiva se
sostuvo sobre estos dos pilares.
2.4 La destrucción de Jerusalén
En el 63 a.C., las tropas de Pompeyo llegaron a Jerusalén
para ayudar a Hircano II en
la lucha contra su hermano Aristóbulo II; después del triunfo,
fue entronizado en el poder
con jurisdicción sobre Perea, Galilea y Judea65.
A raíz de un intento de rebelión contra las tropas romanas,
Judea fue dividida en cinco
distritos (57 a.C.) dejando en manos judías el poder religioso.
Hacia el 54 a.C. Antípater
de Idumea recibió el título de administrador de Judea e
Hircano II continuó como sumo
39
sacerdote; estos dos personajes supieron ganarse la amistad
del emperador, quien derrotó
a Pompeyo, nombró a Hircano como etnarca, declaró el
judaísmo como religio licita y
a Antípater lo nombró procurador de Judea y ciudadano
romano; Antípater acomodó
bien a sus tres hijos Fasael, Herodes y Josefo. Con el decreto
de licitud del judaísmo “los
judíos quedaban autorizados a celebrar libremente su culto,
podían organizarse en
comunidades, construir sinagogas, percibir impuestos de sus
correligionarios e incluso
organizar sus propios mercados para la venta de
productos”66. Herodes, hijo de
Antípater, hizo ejecutar, sin permiso del Sanedrín, a un tal
Ezequías porque se había
rebelado contra el poder romano, pero Judas el Galileo, hijo
de Ezequías, continuó con el
movimiento rebelde.
Los pompeyanos fueron derrotados por Marco Antonio y
Octavio en la batalla de
Filipos (h. 42 a.C.); con esto Marco Antonio se adueñó de
Oriente, confirmó a Hircano
II como sumo sacerdote, tal como se dijo, y decretó algunos
impuestos impopulares;
aprovechando el viaje de Marco Antonio a Alejandría,
Antígono, hijo de Aristóbulo,
apoyado por los partos entró en Jerusalén donde gobernó
(40-37 a.C.) como sumo
sacerdote adoptando el nombre de Matatías. Herodes inició la
reconquista apoyado por
Marco Antonio y Octavio y obtuvo el reino de Judá que
gobernó entre el 37 y el 4 a.C.,
después de vencer a Antígono quien fue ejecutado en
Antioquía; Herodes inició un
gobierno despótico haciendo asesinar a todo rival,
principalmente los descendientes de la
familia asmonea; entre sus víctimas: Aristóbulo III, Hircano II,
Alejandra e incluso su
esposa Mariamme; a pesar de todo en su reino hubo paz y
por ello pudo hacer algunas
construcciones: el templo, Cesarea, Masada, Maqueronte,
Herodión, Cirpos y el palacio
de invierno de Jericó; en la crisis del 25 a.C., despojó los
palacios para comprar trigo
para el pueblo y le quitó autoridad política al Sanedrín; los
historiadores sostienen que
durante el gobierno de Herodes el reino judío ocupó
nuevamente las fronteras del reino
de David, excepto el sur y la Decápolis, pero todo se vio
empañado por la imagen de
horror que dejó.
Como Herodes no dejó claro su testamento, la sucesión al
trono desapareció porque el
reino fue dividido entre Arquelao, Herodes Antipas y Herodes
Filipo; una pequeña parte
le fue entregada a Salomé. Arquelao al poco tiempo fue
destituido y desterrado; Herodes
Antipas se casó con la mujer de su hermano y conservó el
poder hasta el 39 d.C.,
cuando fue deportado, a pesar de haber hecho algunas
construcciones, entre las cuales
sobresale Tiberíades; Herodes Filipo fue un buen gobernante,
construyó Cesarea de
Filipo y murió el 34 d.C., sin dejar descendencia.
Con la deposición de Arquelao, Judea se convirtió en
provincia romana (6-41 d.C.),
gobernada por un delegado o gobernador romano,
propiamente un procurador o prefecto
quien tenía la misión de hacer cohabitar a cuatro etnias
diferentes (judíos, samaritanos,
idumeos y helenizados) y cobrar los impuestos (personal,
cosecha y otros) para Roma; la
sede era Cesarea. Los procuradores romanos de Judea
fueron: Coponio (6-14), Grato
(15-26) quien nombró a Caifás como sumo sacerdote, Pilato
(26-37) y Vitelio (37-41)
quien destituyó a Caifás. Los emperadores romanos fueron
Tiberio (14-37) y Calígula
(37-41). En tiempo de Calígula, Herodes Antipas fue
desterrado porque pidió el título de
40
rey siendo reemplazado por Agripa, Herodes Agripa I, quien
en su viaje desde Roma
hasta Jerusalén quiso ostentar su lujo en Alejandría, pero se
burlaron de él.
Con Claudio (41-54) Agripa I tomó posesión de Judea,
Idumea y Samaría. A la muerte
de Agripa I, quien hizo ejecutar a Santiago, hijo de Zebedeo y
encarcelar a Pedro, vuelve
el régimen de los procuradores: Cuspio Fado (44-46), Tiberio
Alejandro (46-48), Ventidio
Cumano (48-52), Félix (52-60) quien ejerció el poder con la
fuerza de un tirano pero con
el espíritu de un esclavo, Festo (60-62), Floro (62) y,
posiblemente, Flavio Josefo cuando
Judea estaba dividida entre helizantes, moderados y
antirromanos. En el gobierno de
Cumano los zelotas se presentaron como un partido
organizado que deseaba acabar con
la dominación extranjera y sus colaboradores a raíz de la
ideología nacionalista y religiosa
de los Macabeos y la corriente literaria del libro de los
Jubileos que señala una barrera
entre los judíos y los paganos. Floro tuvo acciones que
estaban contra los judíos y
provocaron la guerra judía dirigida por el partido zelota contra
Roma. Entre los líderes
judíos se citan: Menajén, nieto de Judas el galileo, asesinado
por Eleazar jefe de la policía
del templo, y Eleazar, hijo de Ananías.
El deseo de libertad era muy grande y los judíos quisieron
oponerse a los romanos pero
fueron derrotados; esta derrota llevó al suicidio de varios
judíos, la caída de Jerusalén, la
esclavitud de algunos judíos y el fin de Judea. Mientras
duraba la campaña romana en
Galilea dirigida por Vespaciano y Tito, los zelotas liderados
por Juan de Guiscala se
apoderaron de Jerusalén donde asesinaron las autoridades
judías puestas por los romanos
y nombraron como sumo sacerdote a Pineas Ben Samuel;
por algún tiempo se vio libre
porque en Roma había problemas debido a la muerte de
Nerón (68), el asesinato del
sucesor, Galba, la guerra entre Otón y Vitelio por subir al
poder y la proclamación de
Vespaciano como emperador por parte del ejército.
La dicha no duró mucho tiempo porque a finales del 69 o
comienzos del 70 Tito llegó a
Jerusalén encontrando una caótica situación: Eleazar Ben
Simón estaba acuartelado en el
templo y era sitiado por Juan de Guiscala, y el idumeo Simón
Bar Gloria estaba sitiando
a Juan de Guiscala. Tito comenzó el asedio, mandó a Flavio
Josefo a pedir la rendición
pero como no la obtuvo entró por la fuerza y destruyó el
templo porque allí se habían
refugiado los judíos que optaron por el suicidio; en
agradecimiento los romanos
ofrecieron a sus dioses algunos sacrificios. Tito no aceptó la
rendición de los judíos
porque éstos exigían que los conquistadores salieran de la
ciudad, en represalia incendió
la ciudad y sobre las ruinas levantó el arco triunfal. Destruida
Jerusalén y desaparecido el
templo, “el judeocristianismo queda herido de muerte y sólo
sobrevive en sus ideas que
siguen influyendo en el pensamiento cristiano hasta el siglo
II”67.
A partir de entonces la historia de Judea es la historia de la
diáspora. Jerusalén cayó, y
con ella Palestina, pero la guerra no terminó porque los judíos
continuaron resistiendo
desde las fortalezas de Herodión, Maqueronte y Masada.
Masada resistió hasta mayo del
70 cuando los romanos, dirigidos por el general Silva, la
conquistaron encontrando sólo
960 cadáveres y 7 sobrevivientes.
Para subvencionar el culto romano en Jerusalén, Vespaciano
transformó el impuesto
41
que los judíos pagaban en una tasa fiscal; esto motivó la
rebelión de Bar Kosebá (Simón
el engañador) y a raíz de la muerte de este líder y del rabino
Aquiba, modelo para las
comunidades perseguidas, en tiempo del emperador Adriano,
la nación judía dejó de
existir; no entrará de nuevo en la historia más que en los
tiempos de la segunda guerra
mundial y la creación del Estado de Israel en 1948. De estos
años data la destrucción de
Qumrám llevada a cabo por la X Legión Romana que estuvo
acantonada al oriente de
Palestina (h. 68); todo parece indicar que Qumrám fue
fundada en tiempos de Juan
Hircano (135-104 a.C.), ampliada en los tiempos de Alejandro
Janea y Alejandra, y
seriamente afectada por el terremoto del 31 a.C; fue el centro
de la comunidad esenia, tal
como lo atestiguan las fuentes antiguas y los descubrimientos
modernos.
Finalmente, se debe tener en cuenta que el monoteísmo y la
promesa de un Mesías
fueron los astros que acompañaron al judaísmo y le
permitieron seguir adelante a pesar
de las graves catástrofes estatales y étnicas68, tal como se
comprende al abordar la
historia de Israel.
3. La Iglesia en el marco del mundo grecorromano
En el siglo I existía una cierta homogeneidad cultural
alrededor del Mediterráneo que
estaba dominado por Roma; además, el cordón umbilical que
ligaba al cristianismo con
Palestina se había roto porque con la guerra de Jerusalén, la
Iglesia se fue a otras
regiones más allá del Jordán.
En la práctica se siente una Iglesia estática, tradicional; pero
en este período hay que
dejar de lado esta figura porque hubo un proceso
evangelizador personalizado que tenía
su centro en la libertad y el amor; en la comunidad y el
servicio, su respuesta ética; y
todo ello se sintetizaba en el compromiso y el testimonio. Es
cierto que el mundo
mediterráneo era una unidad política, pero no es menos cierto
que el oriente era más
culto y creativo que el occidente. Estos dos contextos
ofrecieron diferentes ambientes y
exigencias a la Iglesia: doctrinal, arcana y religiosa en oriente;
jurídica, política y religiosa
en occidente. Debido a esto, la inserción de la Iglesia fue
diferente en los niveles cultual,
dogmático, literario y espiritual, lo cual no es obstáculo para
decir que el cristianismo se
fue afirmando como un fenómeno de mestizaje religioso y
cultural.
En general, la Iglesia tuvo una triple relación al interior del
imperio: la autoridad, los
intelectuales y el pueblo; tres mentalidades y tres exigencias
diferentes. Para las
autoridades lo importante era la licitud o no licitud de una
cosa, el derecho; para los
intelectuales era la cuestión de la verdad, la doctrina; para el
pueblo era la realidad
práctica, la moral que era vista como algo pesado porque
conducía a hacer cosas
indecibles, dignas de ser acusadas, aunque en realidad la
diferencia de los cristianos
frente a los demás estaba en los principios morales y
religiosos, toda vez que lo que el
ánima es al cuerpo, lo son lo cristianos para el mundo, ya que
la oración a diferentes
horas, el amor a Dios y al prójimo y la acción social eran los
principales aspectos de su
actitud religiosa, además de una serie de actitudes que
rompieron los patrones morales
42
del imperio69.
3.1 Las persecuciones y el martirio
Las persecuciones forman uno de los temas sobre los cuales
más se ha hablado al
punto que cada autor tiene una visión propia70. Se parte de
un hecho: las persecuciones
que sufrieron los cristianos durante unos 250 años,
intercalados entre persecuciones y
tiempos de paz, son una realidad que se convierte en un
escándalo para la historia, sobre
todo cuando se realizó en un imperio que tuvo en el derecho,
uno de los pilares
fundamentales. Además, las persecuciones conforman una
situación en la cual entra en
juego el aspecto económico y el hecho que cada fiel era
consciente de que cualquier
persona podía acudir a un tribunal y denunciarlo.
En aquel entonces la vida social y estatal estaba impregnada
por la religión, de tal
manera que intentar una separación era poco menos que
imposible; es más, en las
antiguas ciudades el culto formaba el vínculo que unía a la
sociedad, grupo de individuos
que tenían los mismos dioses protectores y cumplían el
mismo rito religioso en el mismo
altar; por esto, renegar de los dioses, además de ser una
apostasía, era una traición a la
patria, máxime cuando la fe que se quería profesar venía de
un pueblo que
tradicionalmente se veía con desconfianza. Por ello el
cristianismo produjo una reacción
casi inmediata que, a pesar de ser perseguido, terminó
siendo la religión del Estado, lo
cual llevó a un cambio en los tres ejes sobre los cuales se
puede estructurar un trabajo
sobre las persecuciones: la pureza de las leyes, la crueldad
de los jueces y el rigor de los
suplicios71.
Las persecuciones tienen en su base una cuestión de licitud o
ilicitud de la religión
cristiana frente al estado. Junto a este aspecto se debe tener
presente la tradicional sed de
sangre de los romanos que cambió en sed de poder, sin
olvidar que el primer decreto
oficial contra los cristianos fue dado en el siglo III cuando
fueron prohibidas las reuniones
en los cementerios y se estableció una distinción entre los
jefes y los simples cristianos72.
El meollo del asunto de las persecuciones es en torno a la
licitud o no de ser cristiano;
cuando es ilícito, se presentan dos alternativas: se requiere o
no su presencia; cuando se
requiere la presencia hay persecución; cuando no se requiere
pero hay acusación, sea de
palabra o de hecho aparecen los conceptos de humillación y
flagelación; cuando no hay
acusación hay tolerancia. Cuando es lícito ser cristiano surge
la paz.
Para tener una visión completa conviene saber algo de las
dinastías romanas que
ocuparon el gobierno durante los siglos comprendidos entre
el I y el IV, recordando que
en Roma la dinastía no se entendía como una sucesión de
padre a hijo sino como una
cuestión de hecho en el sentido que el emperador adoptaba
una persona a quien llamaba
“hijo” y lo introducía lentamente en el mundo político. Las
dinastías romanas que
estuvieron en el poder entre los siglos I y III son: la JulioClaudia y la Flavia en el siglo I;
la Antonina durante casi todo el siglo II y la de los Severos
que terminó hacia el 235. A
partir de esa fecha vino el período de la anarquía militar que
terminó con Diocleciano a
43
comienzos del siglo IV. El cambio de dinastía era casi
siempre a través de un hecho
violento y llegaba a ser emperador quien tuviera autoridad
militar por lo que no es de
extrañar que varios emperadores fueran buenos militares.
A los cristianos los perseguían porque eran puestos en línea
con los judíos, ya que
varios escritores no cristianos entendían la fe mesiánica como
algo cómico que no tenía
sentido porque se basaba en una serie de cuentos, muchos
de los cuales eran fabulosos,
hasta el punto de decir que Dios se había hecho hombre y
había nacido de una virgen,
que murió y cuya resurrección, sucedida después de una
vergonzosa muerte, está
rodeada de un peligroso silencio. Estas acusaciones están
sintetizadas en El discurso
verdadero, una sarcástica obra escrita por Celso hacia el 178,
que 70 años después fue
refutada por Orígenes. Esas acusaciones, conforman el
trasfondo espiritual de las
persecuciones, donde las masas que se presentaban como
lobos que aullaban, excitaban
el odio contra los cristianos y saciaban en la arena sus ojos
curiosos con la sangre de los
cristianos73.
3.1.1 Las persecuciones en el contexto de las dinastías
imperiales
La dinastía Julio-Claudia
Tiberio (14-37). En su tiempo se desarrolló la vida de Cristo y
el nacimiento de la
Iglesia. Tertuliano, habla de Tiberio en relación a una consulta
que hizo al senado sobre
la licitud del culto de los cristianos (h. 35); la cuestión es ésta:
los hebreos tenían libertad
de culto porque Roma reconocía que formaban un pueblo
diferente, pero como los
cristianos nacieron al interior de la comunidad hebrea, surgía
la necesidad de aclarar su
situación. El senado respondió negativamente; parece que,
según Tertuliano, Tiberio
quedó desilusionado y buscó la neutralidad del senado
prohibiendo que los cristianos
fueran acusados por el hecho de serlo. Flavio Josefo74, dice
que Tiberio le habría
encargado a Vitelio, delegado en Siria, imponer orden en
Jerusalén deponiendo a Caifás,
responsable de la muerte de Esteban; luego dice que Vitelio
regresó a Roma después de
sustituir a Pilato por un tal Marcelo; que, según los Hechos de
Pedro, parece, es el
mismo senador en cuya casa Pedro estuvo como huésped.
Además, aparecen dos datos particulares en los Hechos: en
Antioquía fue donde
apareció el término “cristiano”, expresión nacida en un
ambiente helénico, y cada vez
que el autor hace una referencia a la autoridad romana,
presenta una actitud de respeto o
indiferencia; tampoco se puede olvidar que Pilato no quería
condenar a Jesús. Ello
conduce a inferir que parece que Tiberio conoció los
cristianos, ya que de su tiempo data
una respuesta negativa con cierta fuerza de ley contra el culto
cristiano. Algunos
gobernadores romanos, que probablemente conocerían la
respuesta del senado y la
actitud de Tiberio, trataron de evitar las persecuciones: el
procónsul Galión en Corinto (h.
51), en Éfeso durante la revolución de los plateros (h. 52-53),
el procurador Félix y el
procónsul Porcio Festo en Judea (54-55); parece que hacia el
62 el sumo sacerdote
Ananías tuvo que esperar la decisión del gobernador romano
para condenar a Santiago el
Menor.
44
Nerón (54-68). Después de Calígula (37-41) y Claudio (41-54)
llega el tiempo de
Nerón que puede ser dividido en dos partes teniendo como
punto de referencia el año 62,
cuando murió el prefecto Burro quien habría concedido una
cierta libertad a Pablo; como
nuevo prefecto fue nombrado Tigelio. Nerón contrajo
matrimonio con Popea que era
simpatizante de los judíos; con él entra en crisis la práctica
del principado para darle paso
a la autarquía ya que no quería contar con el senado y nació
el culto al emperador. Este
culto no era extraño en oriente, pero en occidente los
intelectuales (los estoicos) se
rebelaron dando origen a las persecuciones, por lo que se
dice que la persecución contra
los estoicos (Séneca) y los cristianos se desarrolló en un
mismo clima y con unas
características similares.
Nerón como hábil político supo cuidarse bien y presentó la
persecución como una
acción de limpieza y orden público porque el Institutum tenía
sus bases en una legislación
vigente o, al menos, conocida, que entendía el cristianismo
como una superstición, es
decir, había una motivación religiosa para emprender la
persecución. Tertuliano hace
referencia al testimonio de Suetonio y habla del Institutum
Neronianum75 que aplicaba la
respuesta negativa del senado; Tácito en Los anales define el
cristianismo como
superstición76. El hecho de hablarse de una superstición da a
entender que el cristianismo
era entendido como algo sobrenatural, por lo que la
persecución se hacía por motivos
que hacen referencia a su esencia. Es importante tener
presente que esta persecución se
limitó a la capital y duró hasta su muerte; no obstante ello,
dejó huella y de ahí en
adelante el nombre de cristiano fue concebido como algo
criminal y digno de muerte77.
Nerón no era el único a quien los cristianos le eran
antipáticos; el senado y la opinión
pública tenían la misma idea porque en el ambiente existía la
idea que los cristianos era
incestuosos, inmorales, enemigos de la humanidad y
mentirosos. No se puede ocultar que
en el afianzamiento de esta idea los judíos no estaban
exentos de toda culpabilidad, pero
esto no permite que se hable de los pérfidos judíos, porque
ellos veían en el cristianismo
una fuerza diabólica que había dividido su religión de pueblo
escogido de Dios; Clemente
Romano habla del martirio de Pedro y Pablo debido a una
inicua oposición de los judíos.
La persecución contra los cristianos se hizo alucinante con
motivo del incendio de
Roma (64). No toda la ciudad fue destruida, sino un barrio
popular para poderlo
restaurar; como el pueblo reaccionó, el emperador buscó un
“chivo expiatorio” y ninguno
más a propósito que los cristianos contra quienes existía odio
popular; hubo arrestos y
ejecuciones en masa, a través de métodos propios de los
refinados gustos romanos: teas
humanas, espectáculos circenses, descuartizamientos que se
presentaban cuando los
cristianos eran revestidos con pieles de animales y arrojados
a perros rabiosos. Es
probable que en la persecución, Nerón hiciera “entrar en
vigencia un procedimiento
jurídico común, a saber, que ante una perturbación del orden
normal, el prefecto de la
ciudad tenía el derecho de actuar por procedimiento de
urgencia... No se puede, por lo
tanto, hablar de una ley especial, sino más bien de un
procedimiento propio previsto en la
legislación romana. Se entiende así por qué las
persecuciones son esporádicas”78.
45
La dinastía Flavia
Con Vespaciano y Tito (69-81) vinieron años de paz ya que
los emperadores conocían
la no hostilidad de los cristianos en Palestina durante la
guerra contra los judíos y se
sabía de la presencia de cristianos en la familia imperial, la de
Flavio Sabino.
Domiciano (81-96). Hijo de Vespaciano, llegó al poder y
encontró que un primo suyo,
Flavio José, hijo de Flavio Sabino, era cristiano; este
emperador comenzó a dar normas
fiscales contra los hebreos y cuando confundió hebreos y
cristianos comenzó la
persecución contra éstos; en este contexto murió Flavio José,
quien había sido elegido
cónsul, después de haber sido juzgado por una cierta
sospecha. Domitila, mujer de Tito
Flavio Clemente, fue exiliada durante su reinado.
Tácito en su historia, Suetonio y Dion Casio hablan de esta
persecución; en la Historia
romana se habla de dos motivaciones por las cuales se
presentó: ateísmo y extrañas
costumbres; habla de la muerte de Domitila, Acilio y Flavio
Clemente. En relación a
Flavio Clemente, Suetonio habla de una tenue sospecha y
Clemente Romano de unas
desventuras inesperadas. Parece que este emperador
persiguió a los cristianos porque los
juzgaba como ateos ya que rechazaban la adoración al
emperador y las divinidades
romanas.
La dinastía Antonina
Durante esta dinastía, dada la ofensiva contra el cristianismo,
se presentó una respuesta
con dos direcciones: la antirracional y la racional que llevó al
antijudaísmo y el
gnosticismo cristiano; ambas corrientes se encuentran en los
apócrifos.
Nerva (Marco Cocceio Nerva, 96-98). Según testimonio de
Dion Casio prohibió las
acusaciones contra los cristianos, pero su actitud fue criticada
por el cónsul Frontón y la
opinión pública; esto da a entender que el emperador había
dado una norma que no
estaba en concordancia con el pueblo. Con este emperador
comenzó la época de los
emperadores adoptivos que llegó hasta Marco Aurelio; se le
dio ese nombre porque cada
emperador elegía su sucesor teniendo en cuenta, no el
parentesco, sino las cualidades
morales, políticas y militares.
Trajano (Marco Ulpiano Trajano, 98-117). Fue un guerrero
que terminó siendo
emperador. Había sido compañero de Acilio en el consulado y
conocía la prohibición de
Nerva. Su actuación en relación a los cristianos parte de una
consulta que el gobernador
de Bitinia, Plinio el Joven, le hizo al emperador sobre las
acusaciones contra los
cristianos; Plinio sabía que no era lícito ser cristiano, pero no
sabía qué había que hacer
porque no conocía el proceso79. Trajano respondió con
habilidad política, eludió las
cuestiones singulares y estableció que los cristianos deben
ser castigados cuando
sostienen que lo son (el problema del nombre), aceptar la
posición de aquellos que
demostraban no serlo (los apóstatas), prohibir las
acusaciones anónimas y no investigar a
los cristianos si éstos no eran acusados. Tertuliano dice que
esta sentencia es confusa80;
el término necesidad alude a que Trajano no podía impedir
las acusaciones, ni
46
consideraba la Iglesia como un colegio ilícito, sino como una
superstición ilícita.
Trajano era enemigo de las asociaciones, lo cual podría ser
otro punto de referencia
para entender la persecución; de todas maneras en la
respuesta de Trajano queda claro
que él no consideraba a los cristianos como un peligro para el
imperio, que la Iglesia era
conocida pero no explícitamente condenada en cuanto que
no se entendía como una
corporación. Por ello se puede concluir diciendo que “Trajano
no tuvo a los cristianos
por políticamente peligrosos y prescribió un proceso regular;
pero asentó un precedente
peligroso: la mera confesión de fe podía ser punible con la
muerte”81.
Plinio el Joven ofrece en sus cartas 96 y 97 un testimonio de
la vida interna de la
Iglesia. Plinio dice que con base en un interrogatorio hecho a
dos diaconisas los cristianos
se reunían un día establecido antes del alba para alabar en
coros a Cristo y
comprometerse a través del sacramento a no robar, no matar,
no cometer adulterio, no
fallar a la fe. Cuando Plinio habla de un sacramento habla de
una alianza sellada con un
sacrificio, porque ese era el sentido que tenía para los
romanos la palabra sacramentum;
en este sentido el sacramento se convertía en un compromiso
de vida. En relación a este
testimonio existen dos perspectivas la cristiana y la romana.
Los autores cristianos
equiparan el sacramento con la Eucaristía: Justino parece
que no la entiende bien,
Tertuliano sostiene que Plinio habla de la celebración de la
Eucaristía, Eusebio entiende
este testimonio como algo referido a una liturgia celebrada sin
estar contra la ley82. Los
autores romanos: Livio, Floro, etc., entienden el sacramento
como el juramento que
funda una alianza mediante un sacrificio; según esto, Plinio
estaría haciendo una lectura
romana de la Eucaristía, al tiempo que daba la razón de ser
de las persecuciones.
Adriano (Publio Elio Adriano, 117-138). Los principales
testimonios se encuentran en
Justino y Eusebio, que hacen referencia a un rescripto que el
emperador envió al
procónsul de Asia, Minucio Fundano, respondiendo a una
petición hecha por su
predecesor Licinio; en este rescripto se confirma: no buscar ni
investigar a los cristianos,
la condena a los acusadores que no sean capaces de probar
las acusaciones y pide que
sea probado que los cristianos hayan actuado contra la ley.
Este último aspecto fue
interpretado de dos formas diferentes: para los jueces no
cristianos sólo bastaría el
nombre de cristiano, para los apologistas cristianos no
bastaría el nombre. El problema en
relación a este rescripto consiste en que era entendido de
acuerdo al sentimiento de los
gobernadores porque era equívoco ya que no tiene una
orientación jurídica lógica. De
todas maneras parece que con Adriano se confirmó el
decreto de Trajano pero con
mayor libertad y equivocación, por lo cual durante su reinado
se presentaron
persecuciones locales; uno de los mártires de este período
fue el papa Telésforo (125136).
Antonio Pío (Tito Aurelio Antonio, 138-162). Confirma
formalmente el rescripto de
Adriano según el testimonio que Eusebio83 hace citando a
Melitón de Sardes; los jueces
solían interpretar el rescripto de Adriano de una forma
restrictiva y el emperador no era
muy amigo de las cosas novedosas, incluso envió un
rescripto (h. 141) contra
matemáticos y prestidigitadores. Bajo el mandato de este
emperador fue martirizado
47
Policarpo de Esmirna.
Marco Aurelio (Marco Aurelio Antonio, 162-180). Un caso
paradosal por la novedad
del decreto: los cristianos debían ser buscados. Testimonian
este decreto algunas cartas
de las Iglesias de Lyon y Viena, Celso en el Discurso
verdadero, Orígenes en Contra
Celsum y Atenágoras de Atenas en Embajada para los
cristianos (h. 176).
El significado jurídico se puede entender desde cuatro
aspectos: es una medida imperial
válida para el imperio; no implica un cambio formal en la
legislación anticristiana porque
incluso bajo los Severos permanece la no búsqueda de los
cristianos y la ilicitud del
cristianismo como religión; las fuentes jurídicas imperiales
hablan del cambio operado al
mencionar la obligación de los delegados imperiales en lo
referente a la búsqueda de los
cristianos que eran vistos como personas fuera de la ley; y la
búsqueda de los cristianos
por el hecho de ser sacrílegos, es decir, por violar o por
saquear los templos y las cosas
sagradas y presentarse como un grupo contra el imperio.
Marco Aurelio consideraba que
los cristianos practicaban una religión ilícita con lo que sigue
en la línea general de los
emperadores romanos, pero pide la colaboración de ellos en
relación al Estado; además,
el emperador sólo encontraba en el cristianismo un espíritu
de contradicción y locuras de
visionarios84. Entre los mártires de este período está Justino.
Frente a las acusaciones son importantes las ocasiones que
los cristianos dieron para
ser juzgados como sacrílegos. Es claro que no era una simple
profesión de fe cristiana
sino por una manifestación pública de la fe. Aquí comienzan
los problemas porque se
pretende hacer responsables del decreto de Marco Aurelio a
los montanistas, quienes en
su radicalismo motivaban la destrucción de templos e
imágenes no cristianos; además,
manifestaban un espíritu antirromano y antiestatal, refutaban
el servicio militar e
incitaban a los cristianos para que se denunciaran; se
caracterizaban por su ascetismo, su
devoción y espíritu profético por lo que Celso no los menciona
como herejes, en cambio
los apologistas sí, haciendo claridad sobre las diferencias
entre cristianismo y
montanismo, sosteniendo que la lealtad de los cristianos era
uno de los mayores
elementos apologéticos con los cuales se podía contar;
también sostenían el inminente fin
de los tiempos por lo que predicaban el rigorismo moral que
prohibía las segundas
nupcias; este movimiento se extendió por el apoyo de dos
mujeres, fieles discípulas de
Montano: Priscila y Maximilia; el aspecto más delicado es la
apasionada defensa que en
una carta dirigida al Papa hacen de este movimiento los
mártires de Lyon.
Cómodo (180-192). Hijo de Marco Aurelio, durante su
mandato los cristianos vivieron
en paz por el influjo que sobre el emperador ejercía su
concubina Marcia, ferviente
cristiana quien era la que prácticamente mandaba. Un caso
claro de la influencia de
Marcia es la liberación del papa Víctor I (189-199) y de
Calixto. Con este emperador se
presenta la tolerancia ya que se vive en paz pero permanece
el principio de la ilicitud del
cristianismo.
La dinastía de los Severos
Durante la época de los Severos (hasta el 235) se vivió un
período de tolerancia, de
48
“buena y larga paz” como decía Tertuliano. En general los
Severos fueron emperadores
particulares por dos razones: de una parte el influjo de las
mujeres, principalmente
siríacas, y de otra parte el sincretismo vivido por ellos. Esta
actitud le permitió a la Iglesia
la propiedad de los lugares de culto y reunión. La tolerancia
no es una paz completa ya
que el principio jurídico de ilicitud permanece, pero gracias a
ella, aumentaron las
conversiones, se organizó la jerarquía, más o menos como
hoy se conoce, se realizaron
varios concilios regionales, el obispo de Roma adquirió
prestigio, fueron reconocidas
algunas asociaciones con lo cual se daba la posibilidad de
poseer edificios, lugares de
culto y reunión, cementerios y administración de dinero; fue
un período en el cual el
aspecto material de la Iglesia tuvo importantes progresos.
En el ámbito espiritual se despertó la actividad literaria latina
por la romanización y
latinización del imperio; aprovechando el genio romano:
constructivo, sólido, jurídico, se
presentaron apologías jurídicas como la obra de Tertuliano,
quien a la luz del derecho
hablaba de la justicia e igualdad a las que tenían derecho los
cristianos85. Debido a la
tolerancia existente se entiende la razón por la cual Tertuliano
dedicó su apología a los
gobernadores romanos y no al emperador.
Durante el gobierno de Séptimo Severo (193-211), con quien
comienza la militarización
del imperio con el consecuente centralismo, si bien no hubo
una persecución general, sí
hubo persecuciones particulares como el caso de la
persecución en Egipto y la
prohibición del proselitismo, tanto judío como cristiano, en
Palestina.
Durante el reinado de Caracalla (211-217) se encuentra un
elemento de tolerancia en
cuanto que un delegado árabe escribió al prefecto de Egipto y
al obispo de Alejandría
pidiendo que Orígenes pudiera ir a Arabia, siendo profesor en
la escuela catequética de
Alejandría.
La Historia augusta de Elio Esparciano, en la vida de
Alejandro Severo (222-235),
sucesor de Macrino y Heliogábalo, habla de la persecución
contra los catecúmenos; este
dato da a entender la importancia del catecumenado no sólo
por la estructura catequética
que existía, sino también porque eran numerosos los
personajes de la vida pública que
estaban realizando su camino de conversión hacia el
cristianismo; el texto habla de
“prosélitos”. También se dio otro hecho, en esta oportunidad
de simpatía hacia los
cristianos; en la Historia augusta el autor dice que el
emperador intervino en un pleito
entre la asociación que reunía a los cocineros o taberneros
de Roma y la Iglesia de Roma
a raíz de un terreno que ambas partes querían poseer; según
el testimonio el emperador
sentenció a favor de la Iglesia.
La anarquía militar
Entre el 235 y el 284 se dio un período particular porque cada
legión o un grupo de
legiones aclamaban como autoridad suprema a su respectivo
jefe con lo que la unidad
imperial se vio seriamente afectada. Mientras que el caos
reinaba en lo político, los
cristianos continuaron su proceso de evangelización a tal
punto que algunos de los más
importantes puestos estatales llegaron a manos de los
cristianos, incluso se habla del
49
emperador cristiano Felipe el Árabe (244-249) de origen
bárbaro; esta posición condujo a
que los amigos de la tradición comenzaran a hablar contra los
cristianos hasta que se
llegó a la persecución efectiva por parte de la autoridad
estatal. No obstante ello, al
comienzo de la anarquía se presentó una breve persecución
con Maximino Tracio (235238), el primer bárbaro en el trono de los Césares86; sus
sucesores entre el 238 y el 244
fueron Giordano I, Giordano II, Pupieno, Balbino y Giordano
III, procedentes de la
aristocracia senatorial y la nobleza latifundista, quienes fueron
asesinados
sistemáticamente por las legiones.
El punto de partida es la crisis vivida por el imperio romano
durante estos años en lo
económico, militar, social y religioso; en el campo religioso se
dio la invasión de los cultos
mistéricos orientales que ofrecían la tranquilidad del alma al
asegurar la salvación después
de la muerte y el auge de la magia; la Iglesia tuvo en esta
época una particular cita con la
historia al ofrecer sus valores espirituales a una sociedad en
crisis sin caer en la actitud
mágica de obligar a la divinidad a hacer eficaces las
peticiones del hombre. Durante este
período se presentaron dos persecuciones generales; hasta
este momento las
persecuciones eran particulares, es decir, en una
determinada zona del imperio, en este
momento fueron generales por disposición expresa de los
emperadores Decio y Valeriano
y se debieron a un intento de sincretismo religioso propuesto
por los militares, un
sincretismo de cuartel.
Decio (249-251). Se hacía llamar restitutor sacrorum e
impuso la obligación de
sacrificar a los dioses; para asegurar el cumplimiento de esta
norma estableció el libelo
que era una especie de certificado expedido por la autoridad
competente. Esta norma se
estableció porque el gobierno veía como un peligro real la
posible cristianización del
imperio debido al difundido y preocupante proselitismo que
venía desde antes; además,
el imperio fue azotado por una peste, frente a la cual el
gobierno propuso una súplica
general a los dioses estatales a través de un acto de culto.
Algunos cristianos no
aceptaron esta norma y por eso fueron perseguidos y
asesinados; otros cristianos fueron
a sacrificar a los dioses, solos o en compañía de sus hijos;
otros no fueron a sacrificar
pero a través del soborno y la corrupción obtuvieron el libelo.
Con Gayo (251-253) no
hubo mayores dificultades, salvo los sacrificios expiatorios
que había que hacer en honor
a Apolo para protegerse de la peste. Cuando terminó la
persecución aparecieron los
problemas para la Iglesia ya que había que tomar una
determinación en relación a los
cristianos que tenían el libelo. Cipriano, respondiendo a una
carta enviada por los
romanos, dice que deben ser admitidos pero después de una
penitencia que esté de
acuerdo con su culpa. Para él, esta persecución fue una
prueba que Dios mandó para
superar el relajamiento que se estaba presentando toda vez
que varios clérigos y laicos se
habían dado a la vida mundana, convirtiéndose en cristianos
tibios.
Valeriano (253-260). Fue el primer emperador que
jurídicamente persiguió la Iglesia en
cuanto que a través de un decreto condenó a obispos,
presbíteros, diáconos y laicos que
desempeñaban algunos puestos; además prohibió sus
reuniones y confiscó sus bienes y
lugares de culto y reunión; en otras palabras, quiso golpear la
organización de las
comunidades cristianas. Este emperador fue vencido en
Edesa y hecho prisionero hasta
50
su muerte, siendo la primera vez que sucedía algo parecido
con un emperador.
Galieno (260-268). Hijo de Valeriano, dio un decreto en el
cual abolió la legislación
persecutoria que había dado su padre; este decreto se
conoce a través de un rescripto
que Galieno le envió a Dionisio, obispo de Alejandría (h. 262);
en ese rescripto el
emperador dice que se le debe restituir todo a los cristianos y
desea que todos los obispos
lo tuvieran. En el decreto se captan dos reconocimientos: el
de la personería jurídica de la
Iglesia que es representada por los obispos frente al estado y
el de la Iglesia como una
institución lícita.
Aureliano (270-275). Sucesor de Aureolo y Claudio II el
Gótico, se encuentra en la
línea de Galieno, aunque haya impuesto la religión más
popular entre los militares, la de
Mitra y el culto al sol invicto; en un arbitraje hecho para
resolver un problema entre los
obispos de Asia y Pablo de Samosata a raíz de una
propiedad en Antioquía, hace una
relación en referencia a la comunión eclesial en cuanto que el
emperador para tomar una
determinación preguntó cual de las partes era la que estaba
en comunión con Roma; es
un testimonio no cristiano a favor del sentido e importancia de
la comunión y unidad
eclesial. “El emperador más empeñado en resolver la crisis
unificando el sincretismo
religioso y el militarismo político en el culto al sol invicto, fue
también el primero en
intervenir en los asuntos internos de la Iglesia, prescribiendo
su unidad en torno a la sede
romana”87. Después de él, suben al trono Tácito, Probo,
Caro, Cariano, Numeriano y
Diocleciano.
Si bien había estado de persecución, se puede pensar que la
tolerancia continuó entre el
260 y el 300, es decir, entre el edicto de Galieno y la
persecución de Diocleciano88; esto
es confirmado por la exención del culto a los dioses
concedida a los funcionarios y
magistrados cristianos, el martirio de Maximiliano (h. 295) no
por el hecho de ser
cristiano sino por negarse a prestar servicio militar, y el
acercamiento del imperio al culto
a un dios supremo, del cual las demás divinidades serían
manifestaciones menores. En
este sentido el culto al sol sería el símbolo de esta política
religiosa; aquí se encuentra un
elemento de conexión con el culto cristiano que reconocía a
Cristo el “Sol de justicia” y
que los no cristianos creían que los cristianos cuando
celebraban la Eucaristía en el dies
solis estaban adorando el sol.
3.1.2 Los mártires, respuesta cristiana a las persecuciones89
Las actas y el sentido cristiano del martirio
La palabra mártir que procede del griego martnr y sus
derivados, que se puede traducir
por testigo, testimonio o dar testimonio; tiene un sentido que
reviste especial importancia
cuando se trata de un testimonio dado ante los tribunales a
favor de la verdad. Desde el
punto de vista cristiano, se utiliza para designar a la persona
que da testimonio de Cristo
o confiesa su nombre ante los hombres; por esta razón, a
partir del siglo II el vocablo
“mártir” comenzó a designar en el lenguaje cristiano a la
persona creyente que sufre y
muere por la fe.
51
Cuando la Iglesia vivió la época de las persecuciones (siglos
I-IV; también era llamada
Iglesia de las catacumbas90) e incluso después de esa
época, porque la persecución por el
nombre de Cristo ha perturbado todas las épocas de la vida
de la Iglesia, el concepto de
mártir comenzó a evolucionar, se fue espiritualizando para
estar a la altura de la realidad
social del momento; debido a esto se puede hablar de tres
tipos de martirio: consumado o
derramamiento de sangre, incoativo o designado que implica
confesar la fe ante un
tribunal e incruento o espiritualización del martirio que
concebía la práctica de los
preceptos y los consejos del Señor como un testimonio dando
la vida a través de una
serie de renuncias. En cualquiera de esos tipos de martirio,
siempre hubo claridad sobre
el hecho de proponerlo como uno de los modos a través del
cual los cristianos pueden
alcanzar la perfección de la vida cristiana. Debido a esto el
testimonio de los mártires
despertó en el mundo no cristiano una doble reacción: o
desprecio e indiferencia o abierta
admiración que podía llevar a la conversión.
Por ello es importante hablar de la actitud frente al martirio,
porque no toda muerte
violenta, así sea la de un cristiano que está defendiendo su
fe, es un martirio; además,
existe un martirio que es el padecido por la fe en Cristo y hay
otro que se sufre por la
conservación de una virtud. En el transcurso de la historia de
la Iglesia, la actitud de los
cristianos frente al martirio, ha sido por lo general, unánime y
se tienen algunos
elementos claves: la alta estima, el concebirlo como una
gracia, el entenderlo como una
fuerza apologética y el respeto hacia los confesores y la
veneración hacia los que dieron
su vida. En el contexto de la actitud de los cristianos frente al
martirio, se ubica el juicio
de la autoridad competente y, a la luz de este juicio, se puede
decir que el mártir es aquel
que ha sufrido la muerte corporal, infligida por el tirano por
odio contra la fe y las
virtudes cristianas, con el fin de dar pleno testimonio de
Cristo.
Algunos cristianos dieron su vida con este sentido y en la
antigüedad en las tumbas de
estos cristianos era normal encontrar dibujada una palma,
que parece ser era la versión
cristiana de las coronas de laureles que ceñían las frentes de
los grandes personajes; es
muy probable que esto diera a entender que los cristianos
comprendieran el martirio
como un triunfo definitivo. Por más de un siglo, los cristianos
se limitaron a adornar la
sepultura de quien con su vida había testimoniado su fe y,
con el paso del tiempo,
comenzaron a considerar el día de la muerte como el día de
su nacimiento, el día en el
cual se había nacido para la gloria de Cristo. El primer
testimonio al respecto es el
Martirio de Policarpo; en este testimonio aparece una clara
distinción entre el culto a
Cristo y el culto a los mártires, el primero es de adoración y el
otro es de veneración;
esto da a entender que el culto a los mártires aparece desde
los primeros siglos como la
sublimación del culto tributado a los muertos, como el medio
más inmediato para entrar
en comunión con ellos, y por ello iban hasta sus tumbas para
recordarlos con
celebraciones en su honor e invocar su protección.
La Iglesia siempre ha venerado a los mártires91; con esto
expresa una verdad histórica
pacíficamente admitida por todos dando a entender que el
mártir es el exponente más
eminente y auténtico del cristianismo. No obstante las
disposiciones internas en el
52
momento de la muerte por Cristo, también son importantes: el
juicio de la autoridad
competente y saber que se da la vida con un sentido de
caridad porque martyres non
facit poena, sed causa92; se puede decir que las
disposiciones internas para el martirio se
sintetizan en la imitación de las actitudes espirituales y los
sentimientos de Cristo. De ahí
se deduce que todos los cristianos pueden ser mártires, si no
es con el sacrificio de sus
vidas, al menos sí con el ejercicio de las virtudes.
En la Iglesia primitiva existía una veneración profunda hacia
los cristianos que morían
por Cristo; según la tradición se celebraba sobre la tumba el
aniversario de su testimonio.
Esto dio origen a las listas de mártires de donde surgieron los
martirologios y los
menologios que fueron engalanados y complementados con
las actas de los mártires, en
las que se pretendía mostrar la doctrina del testigo. Son
reunidas en cuatro grupos:
Auténticas: son actas oficiales realizadas por los estenógrafos
del imperio quienes
transcribían casi fidedignamente el relato de la condenación y
muerte; su esquema es
muy sencillo: exordio inicial, relato del juicio y fórmula final.
Las copias de estas actas
eran conseguidas a precios muy elevados.
Compuestas: son actas realizadas por testigos oculares o por
sus oyentes; su valor
histórico es grande, su veracidad es profunda, pero la forma
como se narra deja mucho
que desear; estas actas son llamadas passiones o martyria.
Recompuestas: son actas en las cuales se presenta una triple
mezcla: un fragmento
histórico, el testimonio tradicional de algunos y unos
espectaculares adornos. Su validez
histórica es poca, pero esto no da pie para rechazarlas por el
sólo hecho de tener tan
especial presentación.
Expúreas: son actas que poco o nada tienen de histórico
salvo el personaje del cual
hablan; por esta razón no es raro que algún historiador las
llame “cuentos piadosos”.
Toda la problemática sobre las actas de los mártires conduce
a afirmar que aunque las
narraciones dejen mucho que desear de la historicidad de los
relatos, el personaje del cual
hablan es histórico, es decir, vivió en una situación y un
contexto determinado.
El culto a los mártires
Se mencionó que el culto a los mártires aparece desde los
primeros siglos como la
sublimación del culto tributado a los muertos, como el medio
más inmediato para entrar
en comunión con ellos, yendo hasta sus tumbas para
recordarlos con algunas
celebraciones rituales en su honor e invocar su protección,
porque “a los mártires les
tributamos con toda justicia el homenaje de nuestro afecto
como a discípulos e
imitadores del Señor, por el amor insuperable que mostraron
a su rey y maestro”93.
En los primeros siglos, el culto a los muertos y el culto a los
mártires conservaron
algunas prácticas comunes y hasta semejantes, por eso
Agustín intervino para que los
fieles no confundieran los difuntos con los mártires ya
reconocidos por la Iglesia dando a
entender que por los mártires no se ora, sino que se pide la
protección de ellos94. Al
margen de esta precisión de Agustín, la veneración a los
mártires se manifestó desde los
53
inicios de la Iglesia y estaba a la par con la preocupación de
los cristianos por la sepultura
de los muertos, tal como sucedió con Esteban.
Cuando los cristianos no se podían reunir sobre la tumba, se
reunían en otra parte y allí
celebraban el banquete. Aquí se encierra una doble realidad:
por un lado el banquete que
se celebraba, el refrigerio, y, por otro lado, la actividad de
varios cristianos, entre ellos el
papa Fabián (236-250), que construían en algunas tumbas un
lugar de reunión; en el
contexto de esta actividad se ubica el decreto de Valeriano
contra los cristianos, que les
prohibía reunirse en asambleas y entrar en los cementerios.
Algunos estudiosos han visto
en este decreto la razón por la cual los cuerpos de los
apóstoles Pedro y Pablo fueron
traslados a un lugar más seguro: “en las catacumbas”.
Uno de los aspectos más interesantes del culto a los mártires,
está constituido por los
grafitos que se encuentran sobre sus tumbas, los cuales se
convierten en una
demostración exterior de un sentimiento interior porque los
cristianos se sentían con el
deber de honrar a los héroes de su fe. Este sentido deber fue
local hasta la paz de
Constantino, de ahí en adelante el culto se fue
universalizando y junto a las listas de
mártires aparecieron algunas edificaciones sobre las tumbas
de los mártires o cerca de
ellas.
A medida que se fueron multiplicando las construcciones en
torno a las tumbas de los
mártires o en honor a ellos, aparecieron dos manifestaciones
de la fe cristiana en relación
al culto, a los mártires: el deseo de ser sepultados junto a los
sepulcros de los mártires y
el traslado y la difusión de las reliquias. En relación a las
reliquias, las comunidades
cristianas comenzaron a intercambiar las celebraciones de los
aniversarios de los mártires
y así las tumbas de los mártires se convirtieron en lugares de
peregrinación hasta el punto
de hacerle competencia a las peregrinaciones a Tierra
Santa95.
En torno a la distinción agustiniana sobre el culto a los
mártires y la oración por los
fieles difuntos, se puede decir que ambos conceptos de
relacionan en el sentido que la
invocación o culto a los mártires se apoya en la intercesión,
que es, justamente, el sentido
de la oración por los difuntos; se puede decir, entonces, que
la doctrina de la intercesión
de los santos no puede ser admitida si primero no se tiene
claridad sobre el sentido de la
invocación. Con estas connotaciones, el culto a los mártires
se fue convirtiendo en una
celebración popular, en una solemnidad religiosa, dada la
alegría de los cristianos por el
poder de intercesión que tienen los mártires. En la medida en
que el culto a los mártires
se fue ampliando, la literatura hagiográfica comenzó a
desempeñar un importante papel,
en especial con los libelli miraculorum96 o narración de
milagros que sucedían en las
tumbas de los mártires o por su intercesión.
3.2 La estructuración doctrinal
en el contexto de varias cosmovisiones
Entre el 30 y el 313 la Iglesia era un elemento extraño para el
mundo no cristiano, por
ello interesa conocer la vida interna de la comunidad eclesial,
que se manifiesta a través
de los escritos. Una vez murieron los apóstoles comenzó un
nuevo período en la vida de
la Iglesia caracterizado por tres factores: persecuciones,
corrientes heterodoxas y
54
organización de la Iglesia; el centro de gravedad de la
evolución durante la época
posapostólica se halla en la vida interna de la Iglesia donde
se fue dando el avance
teológico y la piedad sacramental. Por ello se puede hablar
de una autocomprensión
eclesial.
Mientras que la Iglesia se expandía, comenzaron a aparecer
los escritos, unos
inspirados y otros apócrifos. Cuando se presentó la
separación del judaísmo, la Iglesia
buscó su propia identidad orgánica y cultual al tiempo que
clarificaba las exigencias de la
fe y el mensaje evangélico; fue la época de los padres
apostólicos. Después del período
subapostólico aparece la necesidad de precisar y profundizar
los contenidos de la fe,
algunas veces a través de la defensa del patrimonio contra
las herejías que estaban
surgiendo al interior de la comunidad; aquí floreció la
exégesis como defensa y doctrina
elaborada. La elevada presentación de la doctrina no fue
obstáculo para que fuera
enseñada a los catecúmenos con un lenguaje sencillo.
Al tiempo que la vida interna progresaba, la relación con el
mundo externo también;
frente a la actitud, casi general, asumida por el mundo no
cristiano, se desarrolló la
apologética, que era una defensa del cristianismo y un medio
de evangelización dirigido a
los judíos, las autoridades, la opinión pública y los
intelectuales. Frente a los judíos se
quiso demostrar que el Antiguo Testamento es incompleto;
frente al Estado se presenta la
lealtad de los cristianos para con él y el problema jurídico y
económico de las
persecuciones; frente a la opinión pública, que los acusaba
de inmorales, fue presentada
la santidad de costumbres; frente a los filósofos aparece la
filosofía cristiana ya que los
contenidos de la fe fueron presentados a través de fórmulas
filosóficas, con lo cual se
llegó al encuentro y, en ocasiones, choque de varias
cosmovisiones.
3.2.1 La formación de la constitución eclesiástica
La mayoría de los datos se encuentra en las obras de
escritores llamados padres
apostólicos entre quienes se citan: Clemente Romano,
Ignacio de Antioquía y Policarpo
de Esmirna, entre otros; también están los escritos de autores
anónimos: Doctrina de los
Apóstoles, Carta de Bernabé, Pastor de Hermas. En estos
escritos se encuentran, por
temas, las cuestiones teológicas de aquel entonces,
estudiadas con lujo de detalles por la
patrística y la patrología97 cuando se analiza la literatura de
la edad posapostólica y el
período preniceno; además, es la época en que los cristianos
crearon lugares tanto para
los vivos (domus ecclesiae) como para los muertos
(cementerios cristianos y
catacumbas).
Al hablar de la formación de la constitución eclesiástica se
analizan algunos aspectos
fundamentales: las Iglesias particulares y sus ministros, el
episcopado monárquico, la
Iglesia universal, la posición de la Iglesia romana y la vida
cotidiana de los cristianos,
pero antes conviene saber que las comunidades cristianas
respondían a tres aspiraciones
muy sentidas: el carácter voluntario, la base doméstica y la
aspiración de una fraternidad
universal.
Siguiendo la tradición paulina, en las Iglesias locales está el
primero y más importante
55
de los pasos del desarrollo evolutivo de la Iglesia, ya que en
cada ciudad existía un grupo
de hermanos en la fe que se reunían para la celebración
eucarística, centro de la vida de
la comunidad; al frente de cada comunidad se encontraba un
ministro que presidía la
celebración (obispos y presbíteros); junto a él, había otros
hermanos que a través del
servicio (diáconos) ayudaban a una mejor vivencia del
bautismo en la unidad
comunitaria, que se veía amenazada por el cisma y la herejía,
debido a los caprichos de
algunos de los miembros. Junto a ellos (obispos, presbíteros,
diáconos) estaban los
carismáticos que desempeñaban un peculiar ministerio dentro
de la Iglesia. Esto da a
entender que junto a los apóstoles, profetas, doctores y
carismáticos, aparecieron
obispos, presbíteros y diáconos sobre quienes había una
consagración especial con
imposición de manos y oración.
Hacia la mitad del siglo II se encuentra en los escritos
posapostólicos un orden
jerárquico semejante al actual: obispos, presbíteros,
diáconos, con lo que surge el
episcopado monárquico98 que se impuso en el ámbito de
propagación del cristianismo.
Originalmente obispo y presbítero (anciano y vigilante) se
usaban como conceptos
equivalentes, pero con el tiempo el concepto de obispo fue
reservado para los líderes (las
cabezas) de las comunidades desde una perspectiva
monárquica. Parece que éste es el
origen de la teología del ministerio eclesiástico, cuya fuente
de autoridad se remonta a
Dios en su misterio trinitario y al mandato del Señor a los
apóstoles para que instituyeran
a otros que los sucedieran, siguiendo, eso sí, la moción del
Espíritu Santo. Estos
ministros dirigen la liturgia eucarística, presiden los ágapes,
predican la verdadera
doctrina, responden por la autenticidad de los evangelios y
son los guardianes de las
tradiciones apostólicas.
Es interesante saber que la elección del clero, en los primeros
siglos de la experiencia
cristiana, estaba reservada a la comunidad y los obispos de
las respectivas provincias
decidían sobre la regularidad de la elección y los
consagraban; esto era así para cumplir
con los tres pasos esenciales: sufragio, consenso y
consagración. Los demás miembros
eran nominados por el obispo luego de consultarle a la
comunidad.
Las comunidades con sus ministros se sentían ligadas entre
sí y se unieron
progresivamente para formar un organismo único, la Iglesia
universal, que tiene su
principio sobrenatural vital en Cristo y una regla de fe única
que se aprenden los
creyentes como símbolo bautismal; de esta tendencia se llega
a la unidad de la Iglesia
bajo la guía suprema del obispo de Roma, aplicando los
textos de Efesios 4, 5, Mateo 16,
18 y Juan 21, 15. Según ello el primado de la Iglesia de Roma
se desarrolló de acuerdo a
las necesidades ya que a la luz del “consenso común”, estar
en comunión con Roma
equivalía a estar en comunión con toda la Iglesia, porque esa
ciudad era considerada
centro y fuente del movimiento ortodoxo dentro de la Iglesia,
convirtiéndose en centro
vivo de la unidad de la Iglesia. Al respecto conviene recordar
que la herejía, cuyos padres
son Simón el Mago y Menandro, es una desviación de la
doctrina cristiana y el cisma es
la separación de la comunidad de la Iglesia determinada por
controversias referidas a su
constitución. En este ambiente de catolicidad y unicidad surge
la tradición eclesiástica, se
dan los primeros pasos del magisterio eclesiástico y del
primado de Roma ya que esta
56
Iglesia particular aparece con una pretensión que va más allá
de la conciencia de fraterna
solidaridad.
En cuanto a los lugares de reunión, algunas casas que fueron
compradas o donadas,
terminaron siendo acondicionadas para habitaciones de los
presbíteros, convirtiéndose en
centros de actividad pastoral que fueron llamados “Iglesias
titulares”, teniendo presente
que “título” hacía referencia a la placa que indicaba el nombre
del propietario de las
casas que luego se cambió por el de un mártir o un santo. A
partir del siglo III surgieron
los templos en los campos, que de alguna manera estaban
relacionados con los de la
ciudad; las personas que estaban al frente eran llamados
“obispos del campo” o
corepíscopos, quizá por esto los obispos que estaban al
frente de la comunidad en las
capitales provinciales comenzaron a ser llamados
“metropolitanos” a partir del siglo IV.
El tema de la formación de la constitución eclesiástica tiene
sus prolongaciones; una de
ellas es la vida cotidiana que los cristianos llevaban en las
pequeñas comunidades que a
manera de granos de levadura iban fermentando la masa,
siguiendo las pautas que la
jerarquía daba para una mejor organización. Cada comunidad
tenía una estructura propia
donde existía una jerarquía y una serie de cristianos
comprometidos entre quienes se
citan: carismáticos, confesores, viudas, vírgenes y ascetas, y
cristianos. La vida del
cristiano estaba enmarcada en un proceso teológico del que
se han dado muchas
interpretaciones ya que la iniciación cristiana se presentaba
después del catecumenado;
una vez recibido el bautismo el cristiano se comprometía a
vivir la Eucaristía, principal
acto litúrgico de la Iglesia primitiva. Los que fallaban a sus
compromisos bautismales
eran excomulgados; ante esta realidad surgieron la penitencia
pública y la cuestión de los
lapsi. A ello se le suma la administración de la justicia entre
los cristianos.
3.2.2 Corrientes heterodoxas
Las herejías que afligieron a la Iglesia en los primeros siglos
fueron causadas por el
proceso de comprensión de la verdad revelada99. La riqueza
del misterio revelado hace
que a veces sean resaltados con desorden algunos
elementos, en detrimento de otros que
también son importantes; tal es el caso del encratismo, el
montanismo, el
monarquianismo, el maniqueísmo, etc. Otras veces se quiere
expresar con categorías
mentales inadecuadas las realidades sobrenaturales; tal es el
caso del gnosticismo. Las
herejías dan a entender dos cosas: las exigencias cristianas y
las tendencias culturales y
espirituales de aquel entonces, situaciones propias de una
época de angustia, no en vano
la herejía es “la polarización vehemente de la mirada de un
aspecto auténtico pero parcial
de la revelación que, desarrollada unilateralmente, se
deforma pronto y compromete el
equilibrio de toda la teología”100; además, ellas hicieron
progresar el sensus communis
Ecclesiae que tuvo en los concilios ecuménicos su
confirmación.
Durante este período la mayoría de las herejías son de tipo
judeocristiano y se dieron
por interpretaciones doctrinales distintas que se concentraron
en dos polos: la cristología
y la vivencia de la ley mosaica. Sin entrar en un estudio
pormenorizado, se citan:
Adopcionismo. Es una forma de monarquianismo. Para
Cerinto Cristo era el hijo de
57
María y José, adoptado por Dios desde su bautismo pero en
el momento de la muerte lo
había abandonado. Entre sus representantes se citan:
Teodoto de Bizancio, “el curtidor”,
quien a finales del siglo II afirmaba que Cristo era un hombre
piadoso, en cuyo bautismo
bajó una paloma para señalar que estaba dotado de espíritu
divino; Teodoto de Bizancio,
“el banquero”, afirmaba que Melquisedec había sido una
potencia divina mayor que
Cristo; Atemón, autor que predicó en Roma entre el 230 y el
250; Pablo de Samosata,
Nestorio, Marcelo de Ancira y Fotino de Sirmio, propusieron
formas más evolucionadas.
Algunos adopcionistas deificaron a Jesús en el bautismo y
otros en la resurrección. Los
antiguos consideraron el adopcionismo como una herejía de
tipo judío y la relacionaron
con el ebionismo, por no reconocer el carácter divino de
Jesús.
Docetismo. Casi a la par con la anterior, pero negando la
humanidad de Cristo. Está
formada por las diferentes formas de explicar de modo
dualista y espiritualista la
encarnación y la pasión de Cristo, excluyendo lo que pueda
parecer indigno del Hijo de
Dios; más que una secta, formó una tendencia platónica que
valoraba demasiado la
realidad histórica. Al interior de esta herejía existen varias
tendencias: los que
descuidaban la verdadera humanidad de Cristo, los que
admitían una “carne celeste” para
no vincular el Demiurgo y el Salvador como el caso de
Marción, los que imaginaban un
cuerpo parecido al que habían adoptado los ángeles en sus
apariciones tal como lo
proponía Apeles, y los valentinianos o docetas en sentido
estricto para quienes el
Salvador sólo asumió lo que había que salvar pero sin tomar
ninguna sustancia corporal.
Esta herejía se puede entender como una tendencia a
minimizar el valor salvífico de la
encarnación que no ha desaparecido del todo en la teología
cristiana y puede llevar a
infravalorar la sexualidad y el matrimonio.
Ebionismo. Algunos cristianos en su afán paupertista y judío
quisieron poner la ley
mosaica por encima de la cristiana; profesaron el dualismo
creacionista, el adopcionismo,
negaban la muerte soteriológica de Jesús y rechazaban los
sacrificios que eran
reemplazados por lavatorios diarios, la participación en una
comida con agua y pan y la
celebración del sábado y el domingo. Junto a ello, se destaca
su antipaulinismo. Uno que
se manifestó contra esta corriente fue Ireneo de Lyón;
después vino Orígenes, quien le
dio a la palabra ebión (pobre) el significado de “pobre para
entender”.
Elcasaitismo. A Elcasay, un personaje cuyo nombre significa
“fuerza escondida”, se le
debe la idea de concebir dos seres celestiales uno femenino
(el Espíritu Santo) y otro
masculino (Cristo) que en repetidas encarnaciones vienen al
mundo. A esto se le une su
amor por la ley de Moisés. Su origen se remonta a los
habitantes hebreos de los límites
del imperio durante la guerra entre romanos y partos al final
del mandato de Trajano;
durante aquellos años se escribió un libro de revelaciones
sobre los hebreos que
anunciaba la proximidad del juicio final y exigía la conversión.
Desde el punto de vista
dogmático este movimiento produjo la aparición de un
segundo bautismo, avalado por un
tal Alcibíades, quien llegó a Roma, según el testimonio de
Calixto.
Mandeísmo. Su nota característica es la iterabilidad bautismal
y su devoción a Juan el
Bautista. Los mandeístas son miembros de una comunidad
religiosa, integrada por
pequeños grupos residentes en lo que hoy es el sur de Iraq;
se sintieron portadores de
58
una antigua tradición afín con los sistemas gnósticos de los
primeros siglos del
cristianismo. Esta tradición está contenida en diferentes libros
sagrados escritos en un
dialecto arameo oriental: Ginza (Tesoro), Libro de Juan o de
los Reyes y Quolasta
(colección de himnos y oraciones); además de estos libros
hubo numerosos textos
litúrgicos relativos a los principales actos cultuales, entre los
cuales se destaca el masbuta
o bautismo que se celebraba los domingos en agua corriente,
el masiqta o rito fúnebre
que le asegura al alma su retorno al mundo divino y otra serie
de ritos que tienen por
objeto la consagración del gremio sacerdotal, cuyos
miembros son representantes de los
seres celestiales para guiar a los fieles.
El mandeísmo es una religión dualista basada en la oposición
entre el mundo de la luz,
poblado de seres divinos (uthra) sobre los que reina un padre
sumo llamado Vida, Gran
Vida, Padre de la Grandeza, y el mundo inferior de las
tinieblas bajo el mando de un rey
malo, fruto de Ruah, el espíritu (femenino) de la maldad; de
este dualismo se deduce que
lo importante es el conocimiento, la gnosis de la vida (manda
dhaijé) y el conjunto de
ritos que la comunidad exige. Su origen es puesto en una
secta judía heterodoxa
caracterizada por la práctica de los bautismos, que
asimilando influencias gnósticas e
iraníes, emigró a Mesopotamia en el siglo II. En el fondo es
una gnosis hebrea oriental
cristianizada.
Además de las corrientes judeocristianas, se presentaron:
Gnosticismo. Corriente sincretista que deseaba resolver
filosóficamente el problema del
mal; esto se lograría con el conocimiento perfecto de Dios y
de sí mismo permitiendo
que el hombre se librara de los malignos poderes
mundanales para alcanzar el universo
luminoso, el Pleroma de Dios Padre y Primer Principio. Sólo
existen algunos testimonios
contra el gnosticismo, ya que los escritos gnósticos fueron
destruidos o se destruyeron
porque los copistas medievales no los transcribían. El centro
del gnosticismo es la
cuestión del conocimiento de Jesucristo y de Dios para llegar
a la comunión con Él y
alcanzar la salvación; el problema está en que no todos
podían salvarse debido a la
división que clasificaba a los hombres en materiales,
espirituales y gnósticos; además,
solucionaban el problema del mal a través del dualismo,
concebían la existencia de dos
dioses, uno malo (el del Antiguo Testamento) y otro bueno (el
de Jesús, el del Nuevo
Testamento). Entre los más representativos gnósticos se
citan: Basilíades y Valentín, un
alejandrino que ejerció su actividad en Roma101. Esta
doctrina tuvo dos corrientes bien
definidas: la oriental con una cosmología y astrología muy
desarrolladas y la helenística
filosófica; al interior de estas dos corrientes se ubican las 30
orientaciones gnósticas que
se pueden descubrir en el estudio del pensamiento
heterodoxo.
Marcionismo. El gnóstico Marción de Sínope en el Ponto (+
160) quiso ver entre los
testamentos una absoluta oposición, por esta razón rechazó
el Antiguo Testamento y
algunos libros del Nuevo que hacen referencia a aquel, con lo
cual quedó con una Biblia
que estaba compuesta por Lucas y las cartas de Pablo; decía
que la muerte de Cristo fue
ineficaz ya que no produjo la redención sino que fue un
mensaje del Dios misericordioso,
desconocido hasta entonces; además, el matrimonio era
condenable. Su obra Antítesis es
59
el texto norma de sus discípulos. Hacia el 138, después de
haber sido excomulgado por
su padre que era obispo, fue a Roma donde la comunidad lo
acogió y hacia el 144 lo
excomulgó a causa de sus doctrinas heterodoxas; a partir de
entonces construyó una
Iglesia propia que duró hasta el siglo V, con todos los ritos de
la Iglesia apostólica pero
excluyendo el vino en la misa; además, propuso un ascetismo
que excluía el matrimonio,
la procreación y el vino.
Aunque son posteriores al período, conviene recordar otras
herejías que son bien
conocidas en el ámbito de la historia de la Iglesia:
Maniqueísmo. Doctrina gnóstica que sostiene la existencia de
dos principios supremos
opuestos perpetuamente; hoy es considerado como un
movimiento religioso ajeno al
cristianismo que puede ser analizado como prolongación del
gnosticismo. Su iniciador fue
Manes (216-276), un predicador que tuvo muchos
seguidores. Esta herejía es un
sincretismo de doctrinas judeocristianas e indoiraníes. El
proceso de la salvación que
reviste una forma complicada, se desarrolla en tres
momentos: precedente, antes de la
mezcla del espíritu con la materia; medio, cuando se mezclan
las dos raíces; y final o
reconstitución del bien y del mal subsistentes en dos zonas
separadas, la del bien al norte
y la del mal al sur. Cada zona está encabezada por un rey
diferente: el Padre de las luces
y el Príncipe de las tinieblas. Cada uno de los dos reinos está
constituido por cinco
elementos o árboles: los de la luz son la inteligencia, el
pensamiento, la reflexión, la
voluntad y el razonamiento; los de las tinieblas son el humo
que ofusca, el fuego
devastador, el viento destructor, el agua turbia y las tinieblas
de los abismos.
Montanismo. Caracterizado por un escatologicismo que exige
una estricta vida moral
donde ni el matrimonio tiene cabida. Tiene realce debido a la
adhesión de Tertuliano.
Debe su nombre a Montano, un frigio que hacia el 155
apareció diciendo que en él se
manifestaba el Espíritu Santo, en este sentido se puede decir
que la voz de la autoridad
eclesial poco le interesaba ya que al apropiarse del Espíritu
imponía su pensamiento y
destruía la posibilidad de cualquier crítica que le hicieran. Fue
un movimiento de
restauración reaccionario e ingenuo y sin afición alguna a las
cuestiones dogmáticas, ya
que el objetivo era, invocando al Espíritu Santo, restaurar la
Iglesia antigua sobre bases
firmes. La doctrina de esta herejía se caracteriza por la
glosolalia y los discursos
inspirados, la exigencia de una fe incondicional y estricta
observancia de las órdenes, la
anarquía o negación de toda autoridad eclesiástica, la
preparación para el inminente juicio
final por lo que había que observar una conducta ascética
muy rigurosa que prohibía el
matrimonio, exigía el ayuno e impulsaba al martirio.
Donatismo. Es un cisma herético de tipo eclesiológico que
concebía la Iglesia como una
comunidad integrada por justos, consecuencia del
exclusivismo doctrinalmente polémico
y capcioso de los africanos, en especial Tertuliano y Cipriano;
de ahí surge una errónea
teología sacramental102. Nació en la persecución de
Diocleciano cuando muchos clérigos
se habían doblegado a la presión estatal entregando los libros
sagrados; a la par de esta
situación está la elección de Ceciliano, a quien consideraban
un traidor, para la sede de
Cartago. Esta herejía negaba que los clérigos pecadores
pudieran ejercer válidamente el
60
cargo y la administración de los sacramentos; sus miembros
se consideraban como los
que formaban la auténtica Iglesia que debía excluir a los
pecadores; en la liturgia eran
conservadores y celebraban el ágape y la Eucaristía
ignorando las festividades aceptadas
por la Iglesia. La herencia del donatismo, que aún se siente
en la Iglesia, es el
inconformismo puritano, que asocia la preocupación por la
integridad cristiana con la
justicia social, con lo cual es posible que la eficacia
sacramental se vea condicionada por
la santidad del ministro.
Entre los siglos IV y V, floreció con el obispo Parmeniano,
quien estuvo en la sede de
Cartago por unos 30 años; fue un buen orador y escritor y
entre sus obras se citan: Los
nuevos salmos y Adversus ecclesiam traditorum, que estaba
contra los católicos a
quienes consideraba traidores que pertenecían, según el
pensamiento donatista, a una
secta sin trascendencia. A la muerte de Parmeniano fue
elegido Primanio, quien por su
autoritarismo suscitó contradicción al interior del donatismo y
con ello comenzó su ruina.
Los obispos donatistas y otros obispos lo rechazaron a través
de algunos sínodos, éste en
respuesta contraatacó y en consecuencia varios donatistas
desertaron y regresaron a la
Iglesia. Hacia el 380 Optato de Milevi escribió un libro en el
cual condenó el donatismo.
Estando así la situación, surgió Agustín de Hipona, quien a
partir del 388 tuvo dos
actitudes frente a ellos: primero los quiso persuadir a través
del diálogo y, después,
cuando éstos se hicieron más violentos, propuso la
posibilidad de la represión estatal para
reducirlos y hacerlos entrar en razón; esta segunda actitud,
se convirtió en un arma de
doble filo contra la Iglesia, como la historia lo ha demostrado.
El emperador occidental,
Honorio, aceptó la propuesta agustiniana y produjo algunos
decretos; el primero, en el
405, que se llama de unión, les quitó posesiones y prestigio a
los donatistas; el segundo,
en el 412, los obligaba a aceptar como única a la Iglesia. El
segundo decreto se dio a raíz
de las protestas que se presentaron después del diálogo
religioso de Cartago en el 411.
Priscilianismo. Es un movimiento fundado por Prisciliano
hacia el 370 y condenado por
el sínodo de Zaragoza del 380. Este movimiento de rigidez
ascética ponía en peligro la
disciplina eclesiástica en torno a algunas prácticas litúrgicas y
la vida moral de algunas
regiones de España y el sur de Francia; este movimiento
prohibía por ejemplo el ayuno
por superstición, llevar la Eucaristía a la casa y que los
clérigos pudieran hacerse monjes,
etc. Después de un interrogatorio, Prisciliano fue declarado
culpable de magia y otros
delitos como la participación en negocios de lascivia y por ello
fue decapitado.
Posteriormente apareció el nuevo priscilianismo que sostenía
una cierta doctrina trinitaria
de marcada tendencia sabeliana donde Dios se manifestaba
de tres maneras distintas pero
que era confundido con tres personas distintas. Los sínodos
de Toledo se encargaron de
condenar esta doctrina.
Pelagianismo. Para el monje Pelagio103, autor de
Comentario breve a las trece cartas
de san Pablo, Tratado ascético a Demetria y Profesión de fe
para el papa Inocencio I,
el hombre se puede salvar por sus propios medios, es decir,
la gracia no tendría
importancia para la salvación; para él, sólo asegura su
salvación, el cristiano que cumpla
los mandamientos y ponga en juego todas sus energías
porque Dios le ha dado al hombre
tal capacidad, toda vez que ha equipado la naturaleza
humana con la libre voluntad y la
61
posibilidad de discernir entre el bien y el mal. En el 413
Agustín de Hipona pronunció
dos sermones sobre la importancia del bautismo de los
niños104. Los pelagianos le
enviaron a Agustín dos escritos donde exponen su
pensamiento De natura y Epistula ad
demetriadem. Agustín responde escribiendo De natura et
gratia. A partir del 415 la
discusión se desplazó a Palestina donde se realizó el sínodo
de Dióspolis y se determinó
que Pelagio pertenecía a la comunión eclesiástica cristiana;
en el 417 el papa Inocencio
aprobó la doctrina de la gracia que se había propuesto en
Cartago y en el 418 Honorio
dio un edicto a través del cual desterraba a Pelagio de Roma;
entonces huyó a Palestina y
de allí también lo expulsaron; según parece, sus últimos días
los pasó en un cenobio
egipcio.
A la muerte de Pelagio, Juliano de Eclana se convirtió en el
jefe espiritual de los
pelagianos. Se burla de lo que hace Jerónimo y critica el
pensamiento de Agustín,
sosteniendo que la doctrina del pecado original y la
concupiscencia propuesta por Agustín
era maniquea. Fue desterrado de occidente y León I lo
condenó y murió después del
450. Así como el pensamiento de Pelagio y sus seguidores
siguió adelante, el agustinismo
teológico también continuó su marcha, hasta que la doctrina
sobre la gracia alcanza su
forma definitiva, sobre todo a raíz del libro de Agustín De
gratia et libero arbitrio en el
que prueba la necesidad de la gracia sin anular la libre
voluntad del hombre. Los monjes
de Adrumeto afirman que para cumplir los mandamientos sólo
hay que orar y Agustín
responde con la obra De correptione et gratia en la que
sostiene que la gracia lleva a la
salvación, por lo que a quien se le niega permanece en el
pecado y por eso el
cumplimiento de los mandamientos implica la presencia de la
gracia.
A este punto conviene recopilar un poco lo desarrollado sobre
las corrientes
heterodoxas durante los primeros siglos de la historia de la
Iglesia; tres grupos sirven para
sistematizar las herejías: judeocristianas, gnósticas y
eclesiológicas; además, existieron
otras herejías que por su particularidad es difícil clasificar:
antinomismo, milenarismo,
monarquianismo.
Antinomismo. Ninguna ley era aceptada porque lo único
válido era un libertinaje
asombroso. Está en relación con el laxismo, tendencia
contraria al encratismo y al
rigorismo, aunque en ocasiones se alíe con ellos. Consiste en
reducir al mínimo las
exigencias éticas y los preceptos morales, dando lugar al
libertinaje, la permisividad y las
más diversas formas de inmoralidad. Joviano y Vigilancio, dos
de sus representantes,
fueron combatidos por Jerónimo.
Milenarismo. Cristo vendría corporalmente a instaurar su
reino por mil años, luego de
esos años vendría el juicio final y posteriormente vendría el
reinado de los justos y
resucitados; después sería la segunda venida y el fin del
mundo. Es una doctrina muy
difundida en el cristianismo de los primeros siglos, según la
cual antes del juicio final y el
fin del mundo, tendrá lugar una primera resurrección de los
justos que por espacio de mil
años gozarán junto con Cristo de felicidad y abundancia,
disfrutando todos los bienes en
la Jerusalén celestial. Su origen se remonta a la esperanza
judía del reino mesiánico,
entendido como dominación política y material; con el tiempo
se difundió por el mundo
62
asiático y otros ambientes, hasta el punto que en varios
autores cristianos aparecen ideas
milenaristas. La reacción decisiva contra el milenarismo vino
de Alejandría, donde se
profesaba una concepción más espiritual de la escatología
cristiana. Con la difusión de la
cultura alejandrina en la segunda mitad del siglo II se dio el fin
del milenarismo en
oriente, pero en occidente continuó y se enraizó en los
ambientes influenciados por el
materialismo asiático.
Monarquianismo. Destruía la redención pero afirmaba la
divinidad de Cristo buscando
compaginar ambos misterios; negaba la Trinidad porque en
Dios no hay distinción de
Personas sino aspectos de una misma realidad: creación,
encarnación y santificación.
Tertuliano expresó este término para designar a Praxeas y los
patripasianos como
promotores de un solo principio en Dios. Los estudios
modernos le aplican este término
al adopcionismo. El problema fundamental era que los
cristianos buscaban la
terminología para hacer compatible su fe monoteísta con la
divinidad de Cristo, Hijo de
Dios; en este contexto la reflexión teológica del siglo II llevó a
la elaboración de la
teología del Logos, que concebía a Cristo, en cuanto Logos
divino, unido al Padre y al
mismo tiempo distinto de Él.
En conclusión, tres grupos de herejías hicieron que la
teología cristiana realizara su
primer gran esfuerzo sistematizado, ya que con el correr de
los años la Iglesia tuvo que
tomar posición frente a esas doctrinas dando origen a los
tratados teológicos de la
antigüedad, sin olvidar que las herejías se ubican en el
contexto del debate para
determinar cuáles de los puntos de vista en conflicto
conservaban mejor la comprensión
apostólica y cuáles la distorsionaban.
3.2.3 Corrientes ortodoxas105
Padres apostólicos
Es la época en que se despliega la actividad de la segunda
generación cristiana, la que
sucede a los apóstoles. Adquirieron relieve ciertas
personalidades, encarnando a las
principales comunidades: Ignacio de Antioquía, Arístides de
Atenas, Papías de
Hierápolis, en Frigia, Justino de Palestina, Policarpo de
Esmirna. Otros textos anónimos
arrojan luz sobre otras comunidades: la Didaché, de Siria; la
Epístola de Bernabé, de
Alejandría; El Pastor del presunto Hermas, de Roma.
Comenzaron a ser llamados padres
apostólicos a partir del siglo XVII.
Ignacio, segundo sucesor de Pedro en la cátedra de
Antioquía de Siria, después de
Evodio, quizá desde el 69, fue conducido encadenado a
Roma en la época de Trajano
para ser entregado a la muerte, probablemente en el Coliseo,
por ser cristiano. Con
ocasión del viaje, escribió siete cartas, una de ellas a los
cristianos de Roma pidiéndoles
que no impidieran su martirio. Fuertemente influenciado por
las categorías
judeocristianas expresaba, por medio de una teología arcaica
pero penetrante, realista y
conmovedora, su fe en la concreción de la encarnación, la
unidad de la Iglesia, a la que
por primera vez se llama católica, y la belleza del testimonio
cristiano llevado hasta el
heroísmo y el derramamiento de la sangre.
Papías, obispo de Hierápolis, escribió la Explicación de
sentencias del Señor, de la
63
que sólo se conservan unos cuantos fragmentos. Esta obra,
aunque fue considerada de
poco rigor desde el punto de vista teológico, es un testimonio
de la viva preocupación de
los primeros cristianos por indagar el origen y consistencia de
los escritos bíblicos, de
manera que su autor puede ser considerado como uno de los
primeros exégetas de la
historia de la Iglesia. El libro, publicado en torno al 130, refleja
la reconstrucción de los
intereses y actitudes de la segunda generación cristiana.
Policarpo, obispo de Esmirna, fue discípulo del apóstol Juan y
luego de Ignacio de
Antioquía. De él sólo queda una breve Carta dirigida a los
cristianos de Filipos, que
acompañaba el envío de una copia de las cartas de Ignacio,
exhortando a sus
destinatarios a la práctica de la fe y la obediencia a
presbíteros y diáconos. Este obispo se
destaca por dos circunstancias ligadas ambas al 155: su viaje
a Roma para tratar con el
papa Aniceto sobre la fecha de la festividad pascual y el
martirio que sufrió a su vuelta a
Esmirna, descrito en el martirio de Policarpo, la más antigua
de las actas martiriales que
ha llegado, presentada en forma de carta enviada por la
Iglesia de Esmirna a la de
Filomelio, en Frigia. En el documento aparece no sólo la
grandeza moral del obispo
mártir, sino también la teología del martirio entendido como
acto sacrificial redentor a
imitación de Cristo.
La Siria cristiana de estos decenios, presente a través de
Ignacio, se muestra de manera
sugerente en la obra anónima titulada Doctrina del Señor a
las naciones por medio de
los doce apóstoles (Didaché, es decir, doctrina o enseñanza),
que se descubrió en 1875
en una biblioteca de Jerusalén. Se trata de una recopilación
de normas morales, partiendo
de la doctrina de los dos caminos, el bien y el mal, de normas
litúrgicas y disposiciones
disciplinares, con una exhortación final de tipo apocalíptico.
Era un documento para uso
de una pequeña comunidad cristiana del siglo II; según
algunos estudiosos el texto se
remontaría a la época de los apóstoles y presenta un fuerte
colorido arcaico y una
teología típicamente judeocristiana.
Bien distintas son las preocupaciones que constituyen el
fondo de la Carta de Bernabé,
que se remonta al 140 y está escrita en un ambiente de
cristianos alejandrinos
procedentes de la gentilidad. En ella, además de
consideraciones morales basadas en el
principio de los dos caminos, se halla un intento de
interpretación alegórica de los
preceptos del Antiguo Testamento, para demostrar la
inconsistencia de la normativa
judaica y exaltar la centralidad de Cristo en la historia de la
salvación.
El alegorismo, método de exégesis bíblica que permite a los
primeros cristianos
liberarse del judaísmo rabínico, se encuentra en El Pastor. Se
trata de un apocalipsis
apócrifo, en el que el autor, Hermas (probablemente hermano
del papa Pío I, 140-155)
presenta cinco visiones, doce mandamientos y diez
comparaciones, con lo que pretende
provocar un examen de conciencia personal y colectivo,
sosteniendo la necesidad de una
segunda y definitiva conversión después del bautismo. A
través de esta obra se dibuja el
drama de la segunda generación cristiana en Roma: el drama
del pecado después del
bautismo y la necesidad de una nueva penitencia y
conversión. La teología de Hermas es
la teología de la misericordia del buen Pastor a través de la
Iglesia.
64
Roma, por otra parte, constituía un punto de referencia para
los cristianos. En la época
del papa Aniceto (155-166) llegaron a Roma Policarpo y
Justino; también llegó el
judeocristiano Hegesipo, para aprender la verdadera doctrina
por medio de la transmisión
de la misma a través de la sucesión de los apóstoles y en
torno al 160 pudo verificar con
sus ojos la lista de los obispos sucesores de Pedro. Por esos
mismos años, en Roma se
construyeron dos sencillos monumentos conmemorativos
sobre las tumbas de Pedro y
Pablo, conocidos con el nombre de “trofeos”.
Literatura apologética
Los apologistas se levantaron contra el esfuerzo imperial por
acabar con el cristianismo
y con sus escritos combatieron a los enemigos que
aparecieron; su acción comenzó a
partir del 125. En un estudio detallado, primero se debe
analizar la obra de los escritores
no cristianos contra el cristianismo, punto de partida del
problema; entre ellos: Epicteto,
Marco Aurelio, Galiano, Aelio Arístides, Frontón, Luciano de
Samosata y Celso.
Frontón, preceptor de Marco Aurelio, acusa a los cristianos de
asesinatos de niños para
beber su sangre; esta acusación era creída porque se
conocían las costumbres judías y
púnicas de sacrificar niños en masa. Luciano de Samosata,
autor de Diálogos de los
muertos y Muerte del peregrino, descarga su ironía
burlándose de los cristianos por su
desprecio de la muerte y su amor al prójimo que califica de
estupidez; el cristianismo es,
parece afirmar, fanatismo y haraganería. Celso en Discurso
verdadero o Discurso de la
verdad, critica a los cristianos de exclusivistas y de no
profesar la religión estatal ya que
su religión es una mezcla de locuras judías, nuevos errores y
prescripciones éticas
fundamentales tomadas de los filósofos griegos; el punto
focal de su polémica es la
negación de la divinidad de Cristo y la rebelión de los
cristianos contra los ideales del
logos y el nomos; además influyó negativamente en la opinión
pública en relación a los
cristianos.
Ante las acusaciones aparecieron las apologías que, dirigidas
en un comienzo a los
cristianos y posteriormente contra los escritores que atacaban
la fe cristiana, son valiosas
para la historia porque sintetizan el primer estadio de la
ciencia y la literatura cristianas al
compendiar la doctrina; los apologistas eran cultos filósofos
que sabían y conocían el
ambiente que se respiraba y probaron con argumentos que el
trato dado a los cristianos
era injusto porque ellos no caían en ninguna de las
acusaciones que les hacían:
antropofagia, incesto, malas costumbres, ateísmo, magia y
sacrilegio; además,
demostraron que en los procesos contra los cristianos se
violaban las leyes. Por ello, los
apologistas presentan en sus escritos el valor del cristianismo
como sistema religioso que
conduce a la realización personal y, en contrapartida, atacan
el paganismo o, para ser
más exactos, la religión del Estado y sus provincias.
La producción apologética durante el siglo II fue en griego y
alguna vez en siríaco; las
primeras apologías, dirigidas al emperador Adriano, fueron
escritas por Quadrado y
Arístides de Atenas. Arístides, filósofo de Atenas, es uno de
los primeros defensores del
cristianismo. En su Apología, hallada en 1889 en una
traducción siríaca, contrapone a la
65
raza de los bárbaros, los griegos y los judíos una cuarta raza
superior a éstas
espiritualmente: la de los cristianos. Naturalmente no se trata
de racismo. Arístides quiso
expresar la autocomprensión cristiana, reconociéndola en un
pueblo que se distingue de
los otros sólo por razones de carácter espiritual, tanto desde
el punto de vista teológico,
idea exacta de Dios, como desde el punto de vista moral,
pureza de costumbres.
Justino, oriundo de Palestina, es la figura más característica
del intelectual y testigo
cristiano del siglo II. En un siglo de sofistas ambulantes,
enseña una filosofía, la única
verdadera, el cristianismo. En un siglo de sofistas
taumaturgos, es un testigo de lo
sobrenatural, a través del martirio por su fe. Es un convertido
del paganismo y llega al
cristianismo después de haber frecuentado las enseñanzas
de estoicos, peripatéticos y
pitagóricos. Se residenció en Roma, donde abrió una escuela.
Han quedado tres obras
como fruto de su actividad intelectual: una Apología, que se
remonta al 150 y está
dirigida al emperador Antonino Pío, para justificar la doctrina,
la moral y el culto del
cristianismo; una segunda Apología más breve, que se puede
fechar en el 156, dirigida al
senado romano, para defender a ciertos cristianos y refutar
las acusaciones del filósofo
Crescente; y, por último, el Diálogo con Trifón, sabio judío,
donde se encuentra la
descripción del itinerario espiritual de Justino y una defensa
del cristianismo como
religión definitiva, monoteísta y universal. En estas obras, se
esfuerza en esbozar una
verdadera visión teológica. En la segunda Apología enuncia
el principio de que el
cristianismo es el germen de los aspectos positivos de la
historia humana (el principio del
logos spermatikós), justificando cuanto hay de bueno en el
judaísmo y el paganismo. A
pesar de esta actitud apologética conciliadora e irenista,
Justino, tras ser denunciado y
procesado, murió decapitado en el 165.
En la década de los setenta del siglo II, al ir desapareciendo
los discípulos inmediatos
de los apóstoles, entra en escena la tercera generación
cristiana. Hegesipo, de vuelta en
su patria, probablemente en Palestina, escribió sus
Memorias, de las que sólo se
conservan fragmentos, para oponer la tradición apostólica a
las herejías, sobre todo las
gnósticas. Taciano regresa de Roma a su patria Edesa; en él,
que irá pasando
gradualmente a la herejía en forma de un gnosticismo
rigorista, el elemento de la barbarie
va prevaleciendo sobre la filosofía, tal como se capta en la
obra Discurso a los griegos,
que se remonta al 165, en la que la superioridad y la
antigüedad del cristianismo se
presentan con acentos ásperos y violentos, muy distintos de
los de Justino. Testigo de
ello es el Diatessaron, que se remonta al 172, en el que se
funden los cuatro evangelios
en un único relato, elaborado con cierta libertad, acaso
excesiva.
Oriente seguía siendo la cuna del cristianismo y conservaría
durante mucho tiempo la
iniciativa. El primer soberano cristiano, Abgar IX (179-216) es
rey de Edesa y aunque su
conversión haya sido puesta en duda, sigue siendo
indiscutible que Siria oriental aparece
poblada de comunidades cristianas en el siglo II. No obstante
ello, el cuadro cristiano en
la segunda mitad del siglo revela un movimiento que va de
oriente a occidente y se
expresa en la personalidad de Ireneo y el centro apostólico de
Roma.
Teófilo, obispo de Antioquía, en la apología Ad Autólico, que
puede datarse hacia el
180, completa teológicamente a Justino, quien había hablado
de logos spermatikós; para
66
explicarle a Autólico el modo de proceder de Dios, habla por
primera vez de trias
(trinidad), logos endiáthetos (el Verbo inmanente en la
Trinidad divina) y logos
prophorikós (el Verbo que sale de sí en el momento de la
creación), tomando ambas
nociones de la filosofía estoica y adaptándolas al cristianismo.
Teófilo se sirve de la
cultura griega, contribuyendo a la elaboración de una cultura
cristiana.
Son numerosos los elementos de conciliación que se
encuentran en la obra de Melitón
de Sardes, autor de una Homilía pascual descubierta en 1940
y de una Apología dirigida
a Marco Aurelio, ambos textos redactados en torno al 170. En
los fragmentos que
quedan de la segunda obra se descubre una teoría de las
relaciones entre el Estado y la
Iglesia sobre bases amistosas; teoría que irá prosperando
cada vez más a pesar de las
persecuciones.
La confianza en la fuerza de la razón, la cultura y el sentido
común es evidente sobre
todo en Atenágoras de Atenas, de quien se conservan dos
obras: Legación en favor de
los cristianos, apología dirigida a Marco Aurelio y Cómodo, y
Sobre la resurrección de
los muertos, textos que pueden fecharse en torno al 177.
Atenágoras, al defender a los
cristianos de la acusación de ateísmo, demostrar la unicidad
de Dios contra el politeísmo
y mostrar la conveniencia y necesidad de la resurrección, es
cristiano. Su confianza en
Dios, en la razón y el hombre se expresa literariamente a
través de un estilo refinado y
armonioso, persuasivo y atrayente.
En un nivel semejante en cuanto a su actitud, contenido y
estilo, se sitúa la Carta a
Diogneto procedente de Alejandría, que puede datarse
alrededor del 180, aunque sólo se
descubrió en 1870. El anónimo autor de esta carta dirigida a
Diogneto, justificando las
ideas y el testimonio de los cristianos y comparando su
presencia en el mundo con la
presencia del alma en el cuerpo, esboza una teología de las
realidades terrenas, que ha
sido muy apreciada, especialmente desde el Vaticano II y la
constitución sobre la Iglesia
en el mundo actual Gaudium et spes, en la que se cita con
frecuencia este documento.
Esta carta106, sostiene que los cristianos viven en la tierra
pero son ciudadanos del cielo;
por ello toda tierra extranjera es su patria y toda patria es una
tierra extranjera.
Dos documentos describen una situación de crisis y
sufrimiento, las Actas de los
mártires escilitanos, que fueron condenados a muerte en
Cartago el 17 de julio del 180
y la Carta de las Iglesias de Lyon y de Vienne a las Iglesias
de Asia y Frigia sobre la
persecución desencadenada en Lyon entre el 177 y el 178. El
primero es un documento
de archivo, es decir, el acta del interrogatorio a que fueron
sometidos los mártires, con el
anuncio de la condena y una pequeña doxología final añadida
posteriormente. El
segundo, recogido en buena parte por Eusebio en su Historia
eclesiástica, presenta una
forma más elaborada, haciendo una descripción de gozos y
dolores, victorias y fracasos
espirituales, de los creyentes llamados a testimoniar su fe.
En Lyon se encuentra también Ireneo, una de las
personalidades más características de
la tercera generación cristiana. Había nacido en Esmirna, fue
discípulo de Policarpo y,
habiendo emigrado de Asia Menor a Lyon, se hizo sacerdote
en esta comunidad. Durante
la época de la persecución fue enviado a Roma, junto al papa
Eleuterio (175-189), con el
67
fin de recoger información sobre el montanismo. De vuelta a
Lyon, fue elegido obispo y
escribió varias obras explicando la verdadera doctrina contra
los herejes, en particular
contra los gnósticos, pero interesándose en el mantenimiento
de la paz en la Iglesia, hasta
el punto de intervenir ante el papa Víctor I (189-199) con
ocasión del recrudecimiento de
la polémica sobre la fecha de la fiesta de la pascua.
De Ireneo han quedado dos obras, que hacen de él el
fundador de la teología
dogmática. La primera se titula Desenmascaramiento y
refutación de la falsa gnosis,
conocida como Adversus haereses. En ella se hace una
presentación detallada de los
sistemas gnósticos, oponiéndoles una presentación del
sistema teológico y una refutación
de las herejías basada en argumentos racionales,
tradicionales y bíblicos. La segunda
obra Demostración de la predicación apostólica, descubierta
en 1904, es más popular y
comprende una parte teológica y otra cristológica. Ambas
obras se compusieron entre el
180 y el 198. La teología de Ireneo, que está basada en la
Escritura y la tradición eclesial,
es de controversia. Al gnosticismo, la falsa gnosis, Ireneo le
opone el catolicismo, la
verdadera gnosis, el verdadero conocimiento basado en la fe.
Retomando el tema paulino
de la recapitulación, como elemento sobre el que se apoya la
historia de la salvación,
describe un sistema de recapitulación antignóstica. Frente al
dualismo gnóstico, que
afirma la existencia de dos dioses, dos humanidades y dos
historias, contrapone el
carácter orgánico del cristianismo, que reconoce a un solo
Dios, una sola humanidad y
una única historia de la salvación. Frente al docetismo
gnóstico, exegético, cristológico,
sacramental y eclesiológico, contrapone el realismo cristiano,
que admite una sola Biblia,
un solo Cristo, Dios y hombre, y una sola Iglesia como nueva
creación. Frente al
fatalismo gnóstico, la salvación cristiana basada en la
pedagogía divina y la docilidad del
hombre. En este cuadro, la Virgen desempeña el papel de
nueva Eva, al lado del nuevo
Adán, Cristo. El testimonio de Ireneo es importante porque en
él confluyeron oriente
(Esmirna, Policarpo y, a través de Policarpo, Ignacio y Juan) y
occidente (Lyon y las
Iglesias de Galias), la controversia y la práctica pastoral, la
tradición y la elaboración
teológica. Ireneo llama la atención en torno a la importancia
de la sede de Roma cuando
finalizaba el siglo II. Ireneo está en relación directa con dos
papas: Eleuterio y Víctor I.
En el siglo III, con las condiciones creadas por los Severos, la
apología cristiana
presenta un giro: comienza a dirigirse a los intelectuales y
gobernadores de las provincias
romanas; en esta época los centros cristianos destacados
son Roma y Alejandría, y junto
a ellos, Cartago y Antioquía. La primera apología es Contra
Celsum de Orígenes. Otra
apología es Apolegeticum de Tertuliano, primera voz latina a
favor de la Iglesia. Minucio
Félix escribió Octavius, que parece ser es anterior a la obra
de Tertuliano; con ésta, que
es un documento de preparación a la evangelización, el autor
se hace portavoz de un
círculo de cristianos que usan la filosofía para hacer
aceptable la tradición prevaleciendo
una actitud de sana investigación racional. También en el
siglo III, el mundo no cristiano,
a través de Plotino y los neoplatónicos, presentó grandes
exigencias religiosas y morales,
y por eso no es de extrañar que el neoplatónico Porfirio fuera
el más importante
polemista contra el cristianismo en aquel siglo.
Entre los apologistas citados, algunos son llamados
polémicos; entre éstos el más
68
destacado es Tertuliano (Quinto Septimio Florente Tertuliano)
un fervoroso y elocuente
defensor de la ortodoxia con una aplastante argumentación
que por su radicalismo llegó a
la herejía. No obstante ello, es el artífice del vocabulario
cristiano latino al haber acuñado
982 vocablos nuevos. Junto a Minucio Félix y Tertuliano, se
ubica Hipólito Romano, que
es considerado desde dos puntos diferentes como una
persona o como tres personas
distintas107.
Lo más importante de los apologetas consiste en probar la
conformidad doctrinal del
cristianismo, la no violación de las leyes civiles siempre y
cuando éstas no se opongan a
los designios de Dios y, junto con una ilustración sólida y
completa, ayudan a establecer
el canon escriturístico para evitar mutilaciones posteriores.
Literatura cristiana
El siglo III es otro eslabón en la cadena de autores
eclesiásticos que sucediendo y
comunicando la fe apostólica han hecho de la Iglesia una
institución con dinamismo
propio; son tenidos como el puente entre los dos anteriores y
los Padres de la Iglesia, no
en vano el siglo III se caracteriza por el creciente espacio que
va ocupando la
formulación metódica. Es importante tener presente la
anterior afirmación para que los
conocimientos históricos vayan orientados
interdisciplinariamente y así se entienda que la
historia de la Iglesia es una historia dinámica con una peculiar
tensión escatológica
porque, como se afirma, nunca la noche es más oscura que
momentos antes del
amanecer.
Las letras cristianas de los primeros siglos se desarrollaron al
ritmo de los
acontecimientos que jalonaron la historia de la Iglesia; por
esto, los escritos eclesiásticos
de los primeros siglos son circunstanciales y situacionales, ya
que la necesidad de defensa
marcó la pauta de esta literatura durante algunos años. En la
literatura de este período
algunos historiadores han visto el origen de la ciencia
teológica ya que los escritos
apologéticos y antiheréticos habían servido para exponer la
doctrina ortodoxa pero era
necesario hacer una sistematización científica; para lograr
este objetivo se preparan
algunos dando origen a las escuelas catequéticas de oriente
cuyos autores impulsaron la
ciencia sagrada; se citan, por su importancia, las escuelas de
Alejandría y Antioquía.
La escuela de Alejandría entre cuyos autores fulguran con luz
propia Clemente y
Orígenes, tuvo el mérito de ser la cuna de los mejores
estudios bíblicos de la antigüedad
no en vano allí se realizó la edición de los LXX y la mejor
interpretación alegórica de las
Sagradas Escrituras, dado el platonismo filosófico y la
especulación teológica que
conducían su pensamiento. Tito Flavio Clemente, sucesor de
Panteno, estructuró
científicamente la doctrina cristiana y en su obra Stromata
trata diversos aspectos de las
relaciones entre la doctrina cristiana y la filosofía griega; en
general, su trabajo formativo
y enciclopédico está compuesto por tres obras: Exhortación a
los griegos, El Pedagogo
y la citada Stromata (Tapices) cuyo centro es Cristo.
Orígenes, su sucesor, fue uno de los
pensadores más brillantes que es tenido como el creador de
la ciencia escriturística por su
obra Hexaplas y los comentarios a los libros de la Biblia;
además es el autor de Sobre los
69
principios y la apología Contra Celso; lo anterior permite
afirmar que los errores en los
que cayó no disminuyen la admiración que merece su vida y
su obra porque él representa
el aspecto cosmopolita del cristianismo al juntar tres
elementos básicos: filosofía griega,
Biblia y oración. Sólo resta decir que en la escuela de
Alejandría y la sucursal de
Cesarea, se formaron personajes de la talla de Eusebio,
Basilio, Gregorio de Nisa y
Gregorio Nacianceno.
La escuela de Antioquía desde sus inicios se opuso a la
anterior; en lugar de la alegoría,
el centro de sus trabajos era la exégesis filológica e histórica
de los libros sagrados con el
fin de realizar una interpretación literal que pusiera de
manifiesto el sentido de los textos;
desde su realismo aristotélico (en oposición al idealismo
platónico de Alejandría) creó una
importante tradición exegética con figuras como Juan
Crisóstomo. El racionalismo de esta
escuela está a la base de algunas herejías que presentaron a
partir del siglo IV.
De acuerdo a lo anterior, se afirma que de Oriente procede la
mayoría de la literatura
cristiana ya que en occidente la tradición literaria teológica es
poca; entre esta escasez se
citan: Hipólito con su obra Tradición apostólica, donde se
encuentra una fórmula
bautismal que es reconocida como ortodoxa por la
comunidad. De este autor también es
una lista, el Fragmento muratoriano, que sirve para
diferenciar en la opinión pública los
libros apócrifos de los auténticos. Otros autores son:
Tertuliano y Cipriano autor, entre
otras obras, de Sobre la unidad de la Iglesia y Exhortación al
martirio; este autor se
sentía más pastor que teólogo y por ello extraía y resaltaba
del cuerpo doctrinal del
cristianismo lo que necesitaba en cada circunstancia para
obtener resultados prácticos,
porque él ve en Dios su paternidad, en la Iglesia la
maternidad y en las Iglesias
particulares la apostolicidad. Se dice que la tradición literaria
latina es poca en estos siglos
porque el surgimiento del latín como lengua eclesiástica es
tardía y la teología no era tan
cultivada como en Oriente, salvo el caso de Novaciano de
Roma quien, aunque hereje,
expuso en prosa rítmica latina la doctrina trinitaria en Sobre la
Trinidad.
3.3 Consolidación interna de la Iglesia
A finales del siglo II y comienzos del III, la Iglesia logró tal
firmeza en su organización
interna, sus formas de culto, la vida de sus fieles y la finalidad
de su teología que en el
momento de su libertad exterior pudo afrontar las tareas que
le impuso la nueva
situación. Además de la organización jurídica de la Iglesia
está el catecumenado y la
nueva evolución de la teología; sin caer en ningún
providencialismo, en este siglo la vida
de la Iglesia inició un proceso, el cual, a pesar de las
persecuciones, siguió hacia adelante.
3.3.1 Vida espiritual y moral
La piedad bautismal es el punto de partida de la espiritualidad
del cristiano ya que a
través del bautismo el hombre renace a una nueva vida y con
el don del Espíritu Santo
obtiene el verdadero conocimiento de Dios porque con el
bautismo el creyente debe
imitar a Cristo, a quien se une con la recepción de este
sacramento. Previo a la recepción
de este sacramento estaba el catecumenado como proceso
de formación en la fe que, una
70
vez recibida, conduce a una vivencia auténtica de los
compromisos bautismales a través
del amor al prójimo y la disposición para el martirio. La piedad
martirial como segunda
actitud fundamental del deseo de perfección, llega a su
culmen en el siglo III cuando se
convierte en el santo y seña de mayor fecundidad en la
espiritualidad cristiana porque
era, y es, la mejor imitación de Cristo que se pueda realizar.
El ascetismo era vivido por muchos cristianos, tanto varones
como mujeres, que
decidían vivir el celibato y la virginidad y ser testigos con un
alto nivel moral. Con los
años esta práctica adquiere un nuevo matiz al aparecer la
idea del desposorio con Cristo;
posteriormente aparece, como fruto del ascetismo, el
eremitismo y el monacato. Parece
que en el ascetismo del siglo III surge la idea del celibato
sacerdotal que se convirtió en
norma disciplinaria para el occidente cristiano.
Otro elemento de la vida espiritual y moral era la oración y el
ayuno; la primera se
desenvuelve en un proceso gradual de ascensión cuyo primer
paso es la petición y su
último nivel es la contemplación; el segundo estaba muy
propagado, en el ámbito cultual
y la piedad privada, como medio para dominar la
concupiscencia y atajo para llegar a la
perfección.
Las exigencias de perfección se manifestaban en la vida que
llevaban los cristianos
quienes vivían en un ambiente poco propicio al cristianismo.
Entre las mejores muestras
de esta vida moral se citan: el matrimonio, la familia y la
beneficencia, que se convirtió
en la primera preocupación de la Iglesia por la cuestión
social. Estos elementos sirven
para juzgar y dar un juicio sobre la vida de la Iglesia cuando
ésta apenas estaba
organizando su estructura, aunque el estado todavía no la
hubiera reconocido. Hacia el
280 se dio la conversión del rey de Armenia, Tiridates III, lo
que supuso el cristianismo
en un reino fuera del imperio romano, con lo que se capta que
el cristianismo caminaba
hacia la conversión del imperio sin estar ligado a los confines
de la romanidad.
La necesidad de conformar la vida de acuerdo al bautismo
supone la obligación de
buscar la santidad; este era el ideal, pero la realidad era otra
ya que en ese contexto se
gestó la problemática de la penitencia como una segunda
tabla de salvación. La cuestión
de la penitencia trajo controversias al interior de la Iglesia; a
nuestro modo de ver no es
fácil juzgar a Tertuliano y Novaciano por su radicalismo contra
la penitencia, si bien
exageraron sus afirmaciones por lo que llegaron a la herejía y
el cisma respectivamente;
ello se debe a que no se puede ignorar que el hecho del
bautismo de adultos da pie para
que muchas veces no sea fácil admitir la penitencia por lo que
el sacramento implica.
3.3.2 Hacia la tolerancia del cristianismo108
A pesar de las persecuciones que se dieron a lo largo del
siglo III y comienzos del siglo
IV, estos siglos, principalmente el III, marcan un proceso de
afianzamiento de la
constitución eclesiástica gracias a la espiritualidad
eclesiológica y la paulatina propagación
del cristianismo como fruto del desenvolvimiento de la vida
interna de la Iglesia en la
literatura, la liturgia y la vida de santidad de algunos
miembros que ayudaron a que la
Iglesia penetrara decisivamente en el mundo cultural helénico
por el auge en el proceso
71
evangelizador llevado a cabo durante los períodos de paz del
siglo III. Se dice “auge”
porque la actividad misional de la Iglesia preconstantiniana
iba dirigida a hombres de
cultura elevada con riqueza religiosa y variedad cultual.
Con el decreto de Galieno (260-268) la Iglesia entró en un
período de paz en el que se
dio la progresiva salida de las catacumbas, aunque
jurídicamente la Iglesia todavía no
estaba asegurada. Por ello se dio una especie de lucha
espiritual, una confrontación
ideológica frente a algunas obras tardías contra el
cristianismo y la propaganda poco
cristiana del sacerdocio no cristiano. La llamada lucha
espiritual tiene su eje en la
refutación que la Iglesia tuvo que hacer de las obras de
Porfirio, quien tomó una actitud
hostil hacia el cristianismo desde sus primeros escritos en su
afán por la filosofía y la
religiosidad griega que eran vitales en su pensamiento. Ante
la obra de Porfirio, quien
sostenía la no fidelidad de los evangelios, aparecen algunos
escritos que han marcado
huella en la historia eclesial; entre ellos se cita De consensu
evangelistarum de Agustín
de Hipona.
Entre el 284 y el 324 se presentó la tetrarquía (dos augustos
y dos césares en cada
parte del imperio) y las respectivas luchas por la sucesión. En
Occidente, después de la
muerte de Constancio, Majencio y Constantino se enfrentaron
hasta que Majencio fue
vencido en el puente Milvio en el 312, quedando Constantino
como único gobernante
occidental. En Oriente, después de la muerte de Galerio,
Maximino Daya y Licinio se
enfrentaron hasta que en el 313 Licinio derrotó a Maximino en
Adrianópolis y quedó
como único gobernante oriental. Posteriormente Constantino
y Licinio se enfrentaron
hasta que en el 324 quedó como único emperador
Constantino.
La tetrarquía trajo dos elementos contrastantes para el
cristianismo: la autarquía con el
culto al emperador y la tradición de los antiguos dioses. Con
Cayo Valerio Diocleciano,
quien organizó el imperio en cuatro prefecturas, doce diócesis
y 96 provincias, se dio la
última persecución, cuando el imperio tendría unos 50
millones, de los cuales entre 7 y
10 millones serían cristianos; procedió con prudencia,
inspirado por Ierocles de Bitinia,
antes de perseguir a los cristianos porque ellos se
encontraban integrados al imperio. De
esta persecución hablan: Lactancio en De mortibus
persecutorum y Eusebio en Historia
eclesiástica.
Los elementos más representativos son: el primero, hacia el
297 es la “limpieza
militar”. Después que los adivinos denunciaran a los
cristianos por obstaculizar la
interpretación de las vísceras de los animales, Diocleciano
dispuso que todos los
empleados oficiales y los soldados debían sacrificar a los
dioses, en caso contrario debían
dimitir. En esta disposición el cristianismo permanece como
una religión ilícita y los
cristianos eran marginados por el Estado; a pesar de ello
algunos cristianos gozaban de la
confianza del emperador. El segundo, en el 303, Galerio,
quien prácticamente había sido
el inspirador de la persecución, convenció a Diocleciano para
que promulgara el primer
edicto con el cual se ordenaba la destrucción de los templos y
las Escrituras; además era
establecida la infamia, o sea la pérdida de los derechos
civiles y degradación social. Con
este decreto, Diocleciano logró que Galerio no continuara, por
el momento, con el deseo
de derramar sangre. Poco tiempo después se presentaron
algunos incendios en el palacio
72
imperial de Nicomedia; fueron responsabilizados los
presbíteros y diáconos, quienes
fueron condenados a muerte; a raíz de este incidente estalló
la persecución, la cual fue
justificada a través de cuatro edictos dados entre el 303 y el
304: destrucción de los
templos cristianos y quema de los libros sagrados, pérdida de
los derechos civiles con
cárcel para los eclesiásticos, obligación de sacrificar a los
dioses impuesta a los
eclesiásticos y obligación general de sacrificar a los dioses.
En Occidente el césar Constancio Cloro, preceptor de las
provincias de Galia y
Britania, tenía simpatía por el cristianismo, por ello sólo se
limitó a la destrucción de
templos, y cuando fue Augusto (305) hizo abolir toda
persecución en sus territorios. En
oriente, Diocleciano se retiró de la vida política, dejando el
imperio en manos de Galerio,
quien continuó la persecución. A la muerte de Constancio
Cloro los dos aspirantes al
trono restablecieron la paz con los cristianos; de hecho
Majencio fue el primero en
restituir los bienes confiscados a la Iglesia (311). También en
el 311, Galerio, por influjo
de Licinio, firmó un edicto de tolerancia, expedido en Sárdica;
en este edicto Galerio da a
entender que fueron los cristianos quienes lo obligaron a
perseguirlos, pero que en este
momento quería, por su clemencia, dejarlos en libertad para
sus cultos y reuniones; al
terminar pide la oración de los cristianos por él; parece que
Galerio reconoció como un
error y un mal paso la política adoptada contra los cristianos.
Con este edicto, el más alto
representante del poder romano revocaba una política
religiosa hostil al cristianismo que
había tenido validez durante más de 200 años. De acuerdo a
ello, se podría decir que la
lucha cruel fue vana y el estado romano capituló frente al
cristianismo.
Hacia el 312 Constantino venció a Majencio y atribuyó la
victoria al Dios de los
cristianos, cuyo monograma supuestamente estaba dibujado
en los estandartes; un año
después, publicó el edicto de Milán, que es de tolerancia. En
el 313 Licinio venció a
Maximino Daya y extendió el edicto a oriente ya que ambos
aparecen como firmantes del
citado edicto. Con este documento, los augustos concedieron
libertad de religión: “Dar a
los cristianos como a todos la libertad y la posibilidad de
seguir la religión que han
elegido”109. La religión no cristiana seguía siendo la religión
del Estado, pero ya
comienza su ocaso y por ello se dejaba entrever en el
horizonte romano un cierto
favoritismo hacia el cristianismo.
Para captar la importancia del edicto de Milán y el llamado
“giro constantiniano” es
preciso ubicar en un bloque el acontecimiento de la
persecución y la tolerancia. La última
persecución se dio con Diocleciano quien veía en el
cristianismo un obstáculo en su
camino de restauración del imperio; fue, como se dijo,
particularmente violenta y se llevó
a cabo a través de una serie de edictos que fueron aplicados
con más rigor en oriente que
en occidente.
Finalmente se dio la tolerancia con el emperador Constantino,
gracias al triunfo de sus
tropas en el puente Milvio. En el 313 dio el edicto de Milán
que permitía el cristianismo y
a los habitantes libres del imperio entera libertad de seguir la
religión que quisieran; a los
cristianos se les devolvían, sin indemnización, las posesiones
que les habían expropiado.
Este edicto es vital porque plantea dos cuestiones cuya recta
intelección es fundamental
73
en una adecuada historia de la Iglesia a partir del siglo IV: la
victoria del cristianismo y el
alcance del giro constantiniano que ha sido centro de una
aguda polémica. Para concluir,
la aceptación del cristianismo con lo positivo y negativo que
pudo tener marcó un hito
para la historia de la Iglesia, toda vez que se hizo necesaria
una nueva comprensión de la
realidad de la Iglesia. La “tolerancia oficial” del cristianismo
fue un hecho de
consecuencias trascendentales para la historia universal,
leída desde occidente.
Apartes del texto del edicto de Milán son: “Yo, Constantino
Augusto, así como yo,
Licinio Augusto, reunidos felizmente en Milán para discutir de
todos los problemas
relativos a la seguridad y al bien público, hemos juzgado que
debíamos ante todo regular,
entre otras disposiciones destinadas a asegurar, según
nuestro juicio, el bien de la
mayoría, aquellas en las que reposa el respeto a la divinidad,
o sea, dar a los cristianos
como a todos la libertad y la posibilidad de seguir la religión
que han elegido, para que
todo cuanto hay de divino en la celestial morada pueda ser
benévolo y propicio a
nosotros mismos y a todos cuantos se hallan bajo nuestra
autoridad. Por eso hemos
creído, con un designio saludable y recto, que había que
tomar esta decisión de no
rehusar esta posibilidad a nadie, de que se adhiera con toda
su alma a la religión de los
cristianos o a la que crea más conveniente para él, a fin de
que la divinidad suprema, a la
que rendimos un homenaje espontáneo, pueda atestiguarnos
en todo su favor y su
benevolencia acostumbrada. Así, pues, conviene que sepas
que hemos decidido,
suprimiendo por completo las restricciones contenidas en los
escritos enviados
anteriormente a tus oficinas sobre el nombre de los cristianos,
abolir las estipulaciones
que nos parecen totalmente contrarias y extrañas a nuestra
mansedumbre, y permitir en
adelante a todos los que estén determinados a observar la
religión de los cristianos que lo
hagan libremente y por completo, sin verse inquietados ni
molestados”110.
A manera de síntesis del capítulo primero, se puede decir que
teniendo como marco de
referencia el contexto histórico y las dos cosmovisiones que
allí se presentaron: la judía y
la imperial (ésta en sus dos vertientes, la griega y la romana),
se abordaron algunos temas
como las persecuciones, las manifestaciones culturales
cristianas y la vida interna de la
Iglesia, comprendidas como tres respuestas del cristianismo a
tres ambientes sociales de
aquel entonces: las autoridades, los intelectuales y el pueblo.
Al abordar esos temas se
tuvo presente la historia, la teología y una posible reflexión
pastoral, para entender la
historia como maestra de la vida y hacer una mejor valoración
del pasado.
____________________
25 NHI, I, p. 41.
26 Cf. Fliche, Agustín y Martin, Víctor (dir.). Historia de la
Iglesia, I. Edicep, Valencia, 1974, pp. 5-45. Se
citará Fliche-Martin y el tomo correspondiente; Jedin, I, pp.
109-164.
27 Fedalto, Giorgio. “Le Chiese d’Oriente, I: Da Giustiniano
alla caduta di Costantinopoli”. En: Guerriero, Elio
74
(dir.). Complementi alla Storia della Chiesa diretta da Hubert
Jedin. Jaca Book, Milano, 19912, p. 3. El texto es
una traducción libre del original italiano.
28 Behaine, Linda Gladys y Gaviria, Consuelo. Historia
Antigua. USTA, Bogotá, 1985, p. 295. Sobre la historia
del imperio romano, cf. Mazzarino, Santo. L’Impero Romano,
I-II. Laterza, Bari, 19962.
29 Cf. Agustín de Hipona. La ciudad de Dios.
30 Cf. Padovese, L. Op. cit., pp. 174-177.
31 Cf. Di Berardino, Angelo (dir.). Diccionario patrístico y de la
antigüedad cristiana, I-II. Sígueme,
Salamanca, 1991-1992, voces: Aborto, Niño, Divorcio,
Familia, etc. De aquí en adelante se citará DPAC y la
respectiva voz.
32 Cf. Briceño, Manuel. Los gladiadores de Roma. Estudio
histórico, legal y social. ICC, Bogotá, 1986, p. 12.
33 Cuando se hable de la destrucción de Jerusalén, se
ampliará el tema del mundo judío.
34 Sanders, E. P. La figura histórica de Jesús. Verbo Divino,
Estella, 2000, p. 51. La palabra etnarca quiere
decir “gobernante de nación” y es un título inferior al de rey.
El término tetrarca se refiere al gobernante de una
cuarta parte.
35 Cf. Castañeda, Paulino, Cociña y Abella, Manuel (dir.).
Iglesia y poder. Actas del VII Simposio de Historia
de la Iglesia en España y América, Sevilla, Mayo de 1996.
Córdoba, 1997, p. 305.
36 Se le llama “El Exiguo” o Pequeño para diferenciarlo de
Dionisio el Grande, maestro de la escuela teológica
de Alejandría, discípulo de Orígenes, obispo de aquella
ciudad e iniciador de las cartas pascuales en Alejandría,
todo ello en el siglo III.
37 Cahill, Thomas. El deseo de las colinas eternas. El mundo
antes y después de Jesús. Norma, Bogotá, 2001,
p. 89. Cf. Cortés, José Luis. El Señor de los amigos. PPC,
Madrid, 20033.
38 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, p. 61.
39 Cf. Aguirre, R. Op. cit., pp. 53-77.
40 Arias, Juan. Jesús, ese gran desconocido. Círculo de
lectores, Barcelona, 2001, p. 11.
41 Cf. Pierini, 1, p. 45.
42 De acuerdo a la teología la resurrección tiene tres
elementos que se convierten en su mejor prueba: el
kerigma, las obras realizadas por los apóstoles y el
cumplimiento de las profecías.
43 Cf. Dumont, Jean. La Iglesia ante el reto de la Historia.
Encuentro, Madrid, 1987, pp. 15-42. Este autor
pretende demostrar que los cristianos no formaban “una raza
execrable, formada por la liga de todos los
enemigos del género humano”.
44 Cf. Laboa, Juan María. Momenti cruciali nella Storia della
Chiesa. Dai padri del deserto ai nostri giorni.
Jaca Book, Milano, 1996, pp. 11-27.
45 Cf. Aguirre, R. Op. cit., p. 26.
46 Cf. NHI, I, p. 24.
47 Las fuentes para este período son: los Hechos de los
Apóstoles, las cartas paulinas y algunas fuentes
arqueológicas, útiles para entender las relaciones de los
primeros cristianos con el mundo romano. Cf. NHI, I, pp.
43-96; Sanchís, Ricardo. También la Iglesia tiene historias.
Mensajero, Bilbao, 1995, pp. 11-18.
48 Aguirre, R. Op. cit., p. 41.
49 Cf. Figueiredo, Fernando. Introducción a la Patrología, I.
Lumen, Buenos Aires, 1995, p. 19. De aquí en
adelante se citará Figueiredo y el tomo respectivo.
50 Cf. NHI, I, pp. 52-54.
51 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, p. 60.
52 Padovese, L. Op. cit., p. 159.
53 Cf. Figueiredo, I, p. 25.
54 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 65-84; Pierini, 1, pp. 47-50.
55 Cf. Jedin, I, pp. 164-182.
75
56 Cf. NHI, I, p. 72.
57 Aguirre, R. Op. cit., p. 101.
58 Actualmente esta ciudad se conoce con el nombre de EsSalahiye, cf. Pierini, Franco. Mil años. p. 127.
59 Cf. Álvarez, Jesús. Arqueología cristiana. BAC, Madrid,
1998, pp. 72-86; Hertling, Ludwig y Kirschbaum,
Engelbert. Le catacombe romane e i loro martiri. PUG, Roma,
1992, pp. 83-111.
60 Suetonio. Vida de los doce Césares. W. M. Jackson,
México, 1973, p. 240.
61 Tácito, Annales, XIII, 32. En este texto el cristianismo es
llamado superstitio extrema; algunos estudiosos
hablan de una superstitio externa.
62 Cf. Fliche-Martin, I, pp. 237-245. DPAC, voces respectivas.
63 Cf. Figueiredo, I, p. 25.
64 Cf. Figueiredo, I, p. 21.
65 Cf. Castel, François. Historia de Israel y de Judá. Verbo
Divino, Estella, 1984, pp. 172-220. La presencia de
los romanos en Asia data del 190 a.C., cuando triunfaron
sobre Antíoco III en Magnesia. Para los romanos Asia
comenzó a interesar cuando el general Pompeyo derrotó a
Mitrídates hacia el 64 a.C., haciendo de Siria una
provincia romana.
66 Ibíd., pp. 184-185.
67 Pierini, 1, p. 58.
68 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 56-57.
69 Cf. Sanchís, R. Op. cit., pp. 19-25.
70 Cf. Jossa, Giorgio. I cristiani e l’impero romano. D’Auria,
Napoli, 1991; y diferentes capítulos de Jedin y
Fliche – Martin. Es importante saber que en el imperio
romano existían dos tipos de leyes, unas para los romanos
y otras para los no romanos. Para profundizar sobre el
concepto, cf. DPAC, voz persecución.
71 Cf. Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los mártires. BAC,
Madrid, 1951, pp. 67-101.
72 Cf. Figueiredo, I, p. 36.
73 Cf. Trevijano, Ramón. Patrología. BAC, Madrid, 1994, pp.
96-98.
74 Cf. Flavio Josefo. Antigüedades Judías, XVIII, pp. 89.95.
75 Cf. Tertuliano. Ad Nationes, I, 13.
76 Cf. Tácito. Annales, XV, 44. Este autor juzga la religión de
los cristianos como exitiabilis superstitio.
77 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, p. 105.
78 Figueiredo, I, p. 36.
79 Mac Donald, Margareth Y. Las mujeres en el cristianismo
primitivo y la opinión pagana.Verbo Divino,
Stella, 2004, pp. 67-76.
80 Cf. Tertuliano. Apologeticum, II. El autor dice o sententiam
necessitate confusam.
81 Trevijano, R. Op. cit., pp. 87-88.
82 Cf. Justino. Apología I, 66. Tertuliano. Apologeticum II, 6;
Eusebio. Historia eclesiástica III, 33,1.
83 Cf. Eusebio, Historia eclesiástica, IV, 26,10.
84 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, p. 108.
85 En relación a las apologías, se dice que mientras las
occidentales son jurídicas, las orientales son filosóficas.
86 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, p. 112.
87 Cf. Pierini, 1, p. 97.
88 Este gobernante introdujo en el 297 la Indicción, ciclo
tributario de cinco años (desde el 313 de 15 años)
que en su origen correspondía al lapso de tiempo entre una
imposición tributaria y la siguiente. Como punto de
partida del cómputo por indicción se suele indicar el mes de
septiembre del 312, pero el día no era el mismo en
todas las tradiciones: la griega comenzaba el 1 de
septiembre, la constantiniana el 24 de septiembre, y la
senense
el 8 de septiembre. La administración pontificia asumió esta
fórmula desde Pelagio II (584). La indicación de la
fecha mediante el cálculo de la indicción perduró durante la
Edad Media; hoy sólo se utiliza en los cómputos
76
eclesiásticos. Cf. DPAC.
89 Cf. Ancilli, Ermanno. Diccionario de Espiritualidad, II.
Herder, Barcelona, 1983, pp. 554-562; DPAC, voz
martirio; Ruiz, D. Op. cit., pp. 3-6; Quasten, Johannes.
Patrología, I. BAC, Madrid, 1961, pp. 171-173;
Sanchís, R. Op. cit., pp. 27-32.
90 A propósito de las catacumbas, “catacumba” (kata
kymbas: junto a la hondonada) era originalmente el
nombre de un campo cercano al cementerio San Sebastián
sobre la vía Appia, que desde el siglo IX le fue
aplicado a los cementerios cristianos entre los siglos II y IV.
Cf. Bihlmeyer – Tuechle, 1, p. 118.
91 Cf. Constitución Lumen Gentium 50. En: concilio Vaticano
II, Documentos. BAC, Madrid, 1979, p. 95.
92 Agustín de Hipona. Sermón 53A,13.
93 Martirio de Policarpo, 17,3; cf. Ignacio de Antioquía. Carta
a los Efesios, 10,1-3; Policarpo de Esmirna.
Carta a los Filipenses, 1,1; Eusebio de Cesarea. Historia
Eclesiástica, V 2,2.
94 Cf. Agustín de Hipona. Sermón 159,1; 284,5; Tratados
sobre el evangelio de san Juan, 84,1.
95 Los datos históricos dan a entender que la palabra
“romero”, que durante un tiempo fue sinónimo de
peregrino, se utilizaba para designar a los peregrinos que
iban a Roma, la ciudad donde, según la tradición, existía
un buen número de mártires, y estaba el sepulcro de los dos
más insignes mártires de la Iglesia. Es curioso que la
vía Alpina oriental que llevaba a Roma se llamaba “Romea” o
“Romera”.
96 Sobre estos documentos se ha escrito mucho y las
posiciones son divergentes; más allá de la corteza
narrativa que utilizan, son dignos de admiración y respeto,
porque el objetivo fundamental, además de despertar el
sentimiento cristiano, se ubica en la presentación de un
personaje histórico que desde su situación en la vida
testimonió la fe.
97 Estos dos nombres, que en oportunidades se usan
indistintamente, se deben a que la patrística tiene un
marcado interés histórico y la patrología se orienta más por lo
teológico y sistemático.
98 Se habla de un episcopado monárquico en cuanto que el
obispo se convierte en el garante de la fe y
principio de unidad.
99 Para la definición de las herejías se toman las ideas
propuestas en DPAC y Bihlmeyer –Tuechle, 1, pp. 171203.
100 Sanchís, R. Op. cit., p. 72.
101 Cf. Vidal, César. Diccionario de Patrística. Verbo Divino,
Estella, 1993, pp. 108-110.
102 Cf. Fliche-Martin, III, pp. 43-58; Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp.
318-322.
103 Aunque algunas fuentes lo ponen como británico, él es
escocés; varón ascético y santo, que fue
condenado por su pensamiento. Como Teodosio condenó el
pelagianismo, los pelagianos volvieron a Escocia
donde tuvo un breve renacimiento.
104 Cf. Agustín de Hipona. Sermones 293 y 294.
105 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 204-241.
106 Cf. Drobner, Hubertus. Manual de Patrología. Herder,
Barcelona, 1999, pp. 88-90.
107 Cf. Pierini, I, pp. 105-108.
108 Cf. Jedin, I, pp. 521-604. En el contexto del paso del
paganismo al cristianismo es importante tener en
cuenta a tres autores: Arnobio, Lactancio con Instituciones
divinas, y Eusebio de Cesarea. Cf. Pierini, I, pp. 146152.
109 Comby, Jean. Para leer la historia de la Iglesia, 1. De los
orígenes al siglo XV. Verbo Divino, Estella,
1993, p. 51.
110 Comby, J. Op. cit., p. 51.
77
Capítulo II
Hacia la formulación de la fe
Durante el período comprendido entre el 313 y el 451, la
Iglesia vivió una experiencia
única ya que en pocos años pasó de ser una comunidad
extraña y perseguida a una
institución tolerada y aceptada oficialmente; por ello, durante
esos años la Iglesia se
puede enmarcar dentro de los derroteros políticos del imperio
en una simbiosis difícil de
comprender desde el pensamiento actual, toda vez que la
Iglesia comenzó a incidir en la
política y ésta en la Iglesia; es más, “la Iglesia católica se
acomodará al imperio por lo
que a su organización se refiere, y el imperio se consolidará
fuertemente con la unidad de
la fe”111.
A lo largo de este período, en el cual la Iglesia salió de las
catacumbas, de la
clandestinidad, es importante captar la coherencia en los
campos donde los cristianos se
movieron: social, político y eclesial, es decir, la relación con la
sociedad y la vivencia de
la fe, que no estuvo exenta de tensiones, avances,
retrocesos, fracasos y apostasías. La
Iglesia comenzó a ser protagonista de la historia occidental,
tuvo que formular
técnicamente su fe y proponer líneas de acción muy
concretas; en ese entonces se pasó
de la experiencia de Jesús resucitado a la formulación del
dogma cristológico, de la
vivencia de un nuevo estilo de vida a la aceptación intelectual
de una fe expresada en
conceptos filosóficos que originaron el dogma112.
1. Iglesia e imperio durante los siglos IV y V
1.1 Situación imperial
El imperio romano era un territorio en el que se presentaban
luchas por el poder para
estabilizar los frentes que existían, por lo cual sufrió una dura
crisis en el siglo III después
del gobierno de los Antonios que desembocó en varias
guerras civiles; al final de este
período apareció Diocleciano quien dividió el imperio en dos
partes con Nicomedia y
Milán como capitales respectivamente. En cada capital había
un Augusto y junto a él un
César que era el encargado de una parte de los dominios y
su posible sucesor. Con la
obra de Diocleciano comenzó una nueva consolidación del
imperio conocida como la
tetrarquía que tuvo su esplendor entre el 284 y el 305;
durante estos años hubo reformas
78
en diferentes campos: la política, la administración, la milicia,
la economía y la religión,
orientadas a mantener consolidado el imperio. El sistema de
gobierno, que tenía como
fines principales la defensa del imperio y la tranquilidad
interior, creó algunos conflictos;
tal vez ésta fue la razón por la cual Constantino unificó de
nuevo el imperio, ya que sus
tres elementos fundamentales: principado, aristocracia
(senadores y caballeros) y pueblo
se fueron degenerando hasta convertirse en fuerzas rígidas,
cerradas y parásitas.
Entre el 305 y el 324 se presentó la ruina del sistema
tetrárquico, porque cuando murió
Constancio Cloro, César de occidente, su hijo Constantino
asumió el poder y entró en
lucha con Majencio, hijo de Maximiano, Augusto de
occidente. Constantino fue
aumentando su poder hasta que derrotó a Majencio en el
puente Milvio; se adueñó de
occidente y siguió presentando una tendencia de tolerancia
religiosa, que se vio plasmada
en el mítico edicto de Milán del 313. En este contexto se
inserta la cuestión del supuesto
monograma crístico que Constantino utilizó como estandarte
y las narraciones que se han
construido en torno a él. Mientras tanto en oriente la situación
era caótica.
Después de asegurar su poder en occidente, Constantino
comenzó a gestionar la
posibilidad de quedar como único soberano, lo cual logró
después de derrotar a Licinio
hacia el 324. Una vez que tuvo el poder de todo el imperio, lo
volvió a unir e hizo las
reformas que estimó convenientes para mantener la
estabilidad imperial; entre ellas, la
más notoria fue la construcción de la nueva capital del
imperio, Constantinopla. Junto a
las acciones políticas se ubica su preocupación por la
armonía interior del imperio; aquí,
en el contexto de esta preocupación, se inserta la legislación
religiosa con la cual buscaba
que el imperio tuviera unidad religiosa de orientación
cristiana, dado el influjo que el
cristianismo ya había adquirido, a tal punto que algunos
miembros de la familia imperial
eran cristianos.
A partir del edicto de Milán, sede imperial del Augusto de
occidente, la Iglesia comenzó
a tener una posición privilegiada que fue creciendo por las
disposiciones y medidas que
Constantino dio durante su gobierno. Son prueba de ello los
cambios en el matrimonio, la
lucha de gladiadores y la supresión de la crucifixión como
pena de muerte. La
construcción de varios templos, es una señal de las medidas
tomadas por Constantino
quien, al parecer de los historiadores, tenía un particular
concepto de Iglesia que quería
expresar simbólicamente mediante el edificio de la casa de
Dios (basílica) equipado con
magnificencia; es más, parece que a partir de Nicea este
emperador entendió la Iglesia
como reino de Dios que está ordenado por una ley divina y
por esta razón sitúa el
imperio en el orden creado por Dios.
Con este hecho, la Iglesia comenzó a ser el marco de
referencia de la política religiosa
del imperio; ya son los obispos y los jerarcas eclesiásticos
quienes ocupan un puesto de
privilegio en las celebraciones imperiales. En este aspecto es
necesario tener una
adecuada posición crítica para evitar una posible exageración
porque no se puede
desconocer que Constantino fue un mecenas del cristianismo
y de hecho la época de
bonanza iniciada por él fue reafirmada por los concilios y, a
pesar del intento de
restauración no cristiana bajo Juliano el Apóstata, la Iglesia y
con ella la religión cristiana,
siguió su ascenso hasta convertirse en la Iglesia del imperio.
79
Entre el 337, muerte de Constantino, y el 395, en medio de
algunos altibajos, se fue
dando la consolidación del imperio cristiano. Los hijos de
Constantino que estuvieron en
el poder entre el 337 y el 361, se repartieron el imperio:
Constantino II al Occidente,
Constancio II al Oriente y Constante el Ilírico (Italia, África y
Panonia); estos tres
personajes entraron en luchas fratricidas que terminaron
unificando el imperio en
Constancio II, pero debilitando la familia imperial. Hacia el
361 asumió el trono Juliano el
Apóstata, sobrino de Constancio II; un militar que quiso
reformar el imperio de acuerdo a
las creencias ancestrales, que no eran cristianas. Bajo su
mandato se dio una reforma
educativa (en el 362) según la cual todo maestro debería ser
aprobado y reconocido por
el emperador. En torno a las últimas palabras antes de su
muerte, acaecida en una batalla
contra los persas en el 363, existen dos versiones: la una:
“Helios, me has abandonado”,
y la otra: “Venciste Galileo”. Con este emperador, muchos
cristianos, especialmente
militares, volvieron a su anterior religión y otros entraron en
crisis. No obstante ello, la
mayor parte permaneció fiel a la fe.
A la muerte de Juliano, el ejército nombró al militar Joviano
quien murió en el 364,
después de haber restituido el cristianismo; en el 364 asumió
el poder el militar
Valentiniano quien dividió el imperio con su hermano Valente,
dando origen a la dinastía
valentiniana. Como Valente, quien administraba la región
oriental, murió en Adrianópolis
en el 378 en una batalla contra los visigodos, comenzaron a
tomar fuerza dos personajes:
Teodosio y Ambrosio; el uno, influyente militar, el otro un
excelente obispo con quien el
cristianismo iba ocupando un espacio mayor en el ámbito
oficial. A la muerte de
Valentiniano (+ 375) el imperio quedó en manos de sus hijos
Graciano y Valentiniano II,
pero regido por Justina; a la muerte de Valente, Teodosio
asumió el poder en oriente y
promulgó junto con Graciano el decreto Cunctos populos, con
el cual las causas imperial
y cristiana se unieron. Por ello se dice que a Teodosio se le
debe la aprobación definitiva
del cristianismo cuando dio el edicto Cunctos populos en el
380, ordenando el cierre de
los templos no cristianos y catalogando como delito de lesa
majestad el culto no cristiano;
junto a la firma de Teodosio aparecen las de Graciano y
Valentiniano, hijos de
Valentiniano.
El texto de este documento es: “Cunctos populos, quos
clementiae nostrae regit
temperamentum, in tali volumus religione versari, quam
divinum Petrum apostolum
tradidisse romanis religio usque ad nunc ab ipso insinuata
declarat quamque
pontificem Damasum sequi claret et Petrum Alexandriae
episcopum virum apostolicae
sanctitatis, hoc est ut secundum apostolicam disciplinam
evangelicamque doctrinam
Patris et Filii et Spiritus Sancti unam deitatem sub pari
maiestate et sub pia trinitate
credimus. Gratianus, Valentinianus et Theodosius Augusti ad
populum urbis
constantinopolitane” (Anno 380 dies III Kalendas Martii
Thesalonica, Gratiano
Valentiniano et Theodosio Augustis consulibus). En versión
española sería: “Para los
pueblos que el carácter de nuestra clemencia gobierna
queremos legislar asuntos de
religión, aquella religión que fue insinuada a los romanos por
el santo apóstol Pedro, la
cual permanece hasta ahora, siendo seguida y confesada tal
como la profesa el pontífice
Dámaso y Pedro de Alejandría, varones de santidad
apostólica; esto es, que según la
80
disciplina apostólica y la doctrina evangélica, creemos en una
divinidad del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo, de igual majestad y piadosa
Trinidad. Graciano, Valentiniano y
Teodosio Augustos. Al pueblo de Roma y Constantinopla
(Año 380, 28 de febrero.
Tesalónica. Graciano, Valentiniano y Teodosio, augustos
cónsules)”.
Cuando Máximo intentó arrebatarle el poder a Valentiniano II
fue derrotado por
Teodosio en el 387; posteriormente murió Valentiniano II y la
región donde él gobernaba
fue ocupada por un tal Eugenio, que fue derrotado por
Teodosio, quien de esta manera
llegó a la cima del poder.
Teodosio dividió el imperio entre sus hijos: Arcadio y Honorio;
este acontecimiento
también dividió el mundo cultural que se conocía y se
presentó una especie de retroceso
histórico que no ha sido estudiado lo suficiente porque el que
comenzó a progresar fue
Oriente y no Occidente. Oriente comenzó su proceso de
expansión que llegó a la cúspide
con Justiniano (527-565) y su esposa Teodora; mientras tanto
Occidente caminaba hacia
su fin que llegó con Rómulo Augústulo, último emperador
romano de Occidente, en el
476. La Iglesia, tanto la jerarquía como la feligresía, se
matriculó, salvo contadas
excepciones, al lado del poder porque el emperador era más
importante que el Papa; esto
dio origen a una confusión que terminó sacralizando los
poderes113.
A la muerte de Teodosio (395) asumieron el poder en el
dividido imperio Arcadio y
Honorio. Desde entonces cada parte del imperio, con sus
respectivas jurisdicciones,
comenzó a llevar una existencia cada vez más independiente
y separada; en el fondo de
esta experiencia estaba la diferencia cultural entre griegos y
latinos: para los latinos lo
importante era lo pragmático, para los griegos, la
especulación. Es muy probable que
debido a esta división, las herejías que se presentaron
también eran diferentes en cada
parte del imperio: en Oriente se presentaron herejías propias
de una alta especulación
teológica a nivel trinitario y cristológico; en Occidente se
presentaron herejías que tenían
una dirección práctica y por ello el tema fundamental era el
misterio de la salvación del
hombre y no el misterio de Dios. Unida a esta realidad de
separación, vino la
incomunicación lingüística, ya que el idioma predominante en
una parte era
prácticamente desconocido en la otra; esta situación afectó a
la Iglesia, hasta el punto que
se puede decir que otro elemento a tener en cuenta al hablar
de la división de la Iglesia es
el lenguaje.
A la par con el proceso divisorio entre Oriente y Occidente, se
dieron dos situaciones
concretas: el ejército romano comenzó a dividirse porque las
tropas de reclutamiento
(limitanei ripenses) y el ejército de maniobra (magistri militum)
disminuyeron y los
pueblos bárbaros arreciaron su proceso invasor, debido a los
esquemas migratorios que
traían. Entre los pueblos bárbaros existía una estructura
social un tanto parecida a la
romana: la aristocracia, fundada en el prestigio y el poder, era
representada por duques y
magnates; los libres, que eran el grueso de la población,
conformaban el ala militar; los
semilibres, era una categoría social formada por siervos
emancipados, esclavos y
prisioneros de guerra. Además de ello, en ocasiones los
romanos los veían como
liberadores, no en vano varios esclavos romanos abrieron las
puertas de Roma para el
81
saqueo de 410.
Honorio asumió el gobierno occidental contando con la
presencia del ministro
Estilicón114, de acuerdo a lo previsto por Teodosio. Durante
su gobierno, hacia el 406, la
frontera del Rhin entre Maguncia y Worms fue forzada por
una masa de hordas
germánicas, de vándalos, tanto asdingos como silingos y
suevos; debido a esto, la
situación de la prefectura de Las Galias fue confusa al punto
que la autoridad imperial
apenas podía subsistir. A esta situación se le suma que
Constantino III, un
“antiemperador”, quería extender su autoridad a otras
provincias, en especial Hispania,
donde llegaron los pueblos barbáricos hacia el 409. Debido a
esta caótica situación, el
gobierno romano tomó la determinación de otorgarles a los
visigodos la condición de
federados, lo cual permitió que el gobierno de Honorio
transcurriera con relativa paz, a
tal punto que a su muerte, a los 39 años de edad, después de
27 años de reinado, la
situación del imperio occidental parecía satisfactoria, lo cual
motivaba una cierta
confianza después de tantas angustias e incertidumbres.
La muerte de Honorio (423) produjo un problema frente a la
sede vacante porque el
presunto heredero occidental, Valentiniano III, hijo de
Constancio y Placidia, era un niño
de seis años que se encontraba en Constantinopla junto a su
madre. Además de ello,
Teodosio II y Pulqueria, desde oriente, quisieron unificar de
nuevo el imperio, pero Juan,
el primicerio de los notarios, con el apoyo del ejército, se
opuso. En el marco de estas
tensiones, vino el matrimonio de Valentiniano con Eudoxia,
para estrechar los vínculos
entre ambos imperios. Después de superar algunos avatares,
Valentiniano III (423-455)
asumió el trono y al poco tiempo hicieron su irrupción los
hunos, guiados por Atila, que
además de guerrero, fue un hábil negociador que no echaba
en saco roto ningún consejo;
en torno a él se crearon varias leyendas, como la de su
encuentro con el papa León I.
El último período de los reinados occidentales (455-476)
fueron episodios fugaces y los
emperadores parecen figuras sin consistencia, ya que
quienes se suceden en el trono son
“larvas de emperadores manejadas a placer por el general
bárbaro de turno”115; por ello
el único personaje de este período con talla de protagonista
fue Ricimero, un bárbaro que
alcanzó a ser patricio romano con capacidad para controlar el
ejército, lo cual le permitió
dominar durante 16 años el imperio. Otros protagonistas
fueron: Avito, antiguo prefecto
que fue amigo de los visigodos, y Mayoriano, miembro de una
distinguida familia
romana, último emperador digno de tal nombre por su entrega
para salvar al imperio. La
historia es inexorable y en medio de luchas y crisis Orestes
proclamó como emperador a
su hijo Rómulo, un adolescente que la historia conoce
irónicamente con el nombre de
Augústulo, que aunque fue un gobernante inepto e
insignificante, quedó inmortalizado en
la historia como el último emperador occidental.
Después de describir los avatares políticos, se gira la página
para decir dos palabras
sobre la sociedad y la economía. Socialmente existieron
diferencias muy marcadas
debido a la posición social y la tenencia de propiedades de
unos, y la precariedad y
esclavitud de otros, la mayoría, que cada vez era más pobre
por los impuestos y la
variación monetaria. En el contexto de esta sociedad en
crisis, el cristianismo, la Iglesia,
82
comenzó a participar en el poder y la administración política;
la artesanía y el comercio
comenzaron a vivir un régimen asociativo; surgieron algunos
movimientos rebeldes y
algunas obras de acción social que eran patrocinadas por
varios propietarios para evitar
acciones fiscales. Al interior de estas obras de acción social
se ubica el nacimiento no
oficial de la doctrina social de la Iglesia.
Durante el siglo IV se presentaron dos movimientos
importantes: el conservadurismo y
la cristianización. En medio de estos dos movimientos se
ubica el auge de la cultura
retórica y el neoplatonismo que buscaba integrar a cristianos
y no cristianos. La Iglesia
comenzó a ser tenida en cuenta por el imperio porque los
emperadores mostraron interés
por los problemas que la agobiaban en aquel entonces:
unidad eclesial, cohesión orgánica
y misión entre los no cristianos; es más, los emperadores
intervinieron a fondo para
solucionar dichos problemas.
1.2 La situación de la Iglesia
Al interior del imperio existían varios núcleos con una
arraigada vivencia cristiana:
Italia, Cartago, Alejandría, Antioquía, Constantinopla; con el
correr de los años, de
algunos de esos núcleos se formaron los patriarcados de la
antigüedad cristiana. Además,
la Iglesia en el paso de Diocleciano a Constantino primero
empleó todas las fuerzas para
defenderse y luego comenzó a hacer un balance del pasado
desde la apología y la
historia.
1.2.1 Las relaciones políticas116 y sociales
Relaciones políticas
Hacia el 324 se presentó un giro que nadie esperaba porque
Constantino reconoció los
derechos de los cristianos; después de vencer a Licinio y
unificar el imperio, dio una serie
de medidas a favor de la Iglesia, partiendo de la supuesta
idea de la elección que Dios
había hecho de él. Con estas medidas, la Iglesia se vio en
una posición privilegiada toda
vez que durante los 13 años que Constantino estuvo en el
trono imperial (324-337), el
cristianismo fue favorecido a través de los edictos imperiales
que pretendían, además de
reparar los males causados en los siglos pasados, darle un
cierto status social al
cristianismo, a la Iglesia. En la actitud de Constantino hay una
situación que llama la
atención porque él, si bien apoyó el cristianismo, siguió
aceptando el culto no cristiano
que se le ofrecía como emperador; a la luz de esta situación
surge la inquietud en torno a
la actitud de Constantino sobre su deseo de ser reconocido
por el cristianismo como
sumo pontífice; pero más allá de esta situación hay dos
hechos que son importantes: el
primero, consiste en la impronta que el cristianismo marcó en
la historia al comenzar a
ser la religión del emperador y el imperio, el segundo hecho
fue el tardío bautismo de
Constantino hacia el 337 por manos de Eusebio de
Nicomedia117.
Cuando Constantino llegó a Oriente se encontró con una
comunidad dividida debido al
movimiento arriano que sostenía que el Hijo de Dios había
sido creado, que no era
83
eterno y por lo tanto no era Dios verdadero, no era
consubstancial con el Padre; en el
fondo estaba destruyendo los misterios de Cristo y la
Trinidad. Debido a su pensamiento,
el sacerdote Arrio fue excomulgado de la Iglesia alejandrina
por su obispo Alejandro, a
través de un sínodo realizado en Alejandría hacia el 318 y
una posterior carta circular
donde se alertaba sobre el error profesado y difundido a
través de cantos por Arrio.
Constantino, a quien le interesaba la unidad imperial, quiso la
reconciliación entre las dos
partes para así reafirmar la unidad eclesial y la armonía
imperial.
La puesta en práctica del pensamiento del emperador118 no
era fácil porque la
controversia arriana condujo a una contienda literaria que en
lugar de unir, dividía; en el
contexto de esta división se ubica el primer concilio
ecuménico, realizado en Nicea (325),
para buscar la armonía y tratar otros temas eclesiales, sobre
los cuales también era
importante la unidad y la armonía, como el caso de la
celebración de la pascua. Este
concilio, donde se formuló una parte de la fe, se unificó la
celebración de la pascua, se
solucionó el problema de Melecio de Licópolis en Egipto y se
dieron algunas normas
expresadas en 20 cánones; por su carácter ecuménico influyó
en la concepción de la
historia de la Iglesia y los demás concilios y, por aceptar y
proclamar el símbolo de la fe,
tiene un carácter dogmático.
Desde Nicea hasta la muerte de Constantino se presentaron
algunos acontecimientos: la
decisión de dos obispos119 de retirarse de lo pactado en
Nicea por lo que fueron
desterrados a Las Galias; el comienzo de la controversia
arriana entre Atanasio y el
partido arriano, en la cual, además de los destierros y las
excomuniones recíprocas, se
contó con una notoria influencia política. Era tal la situación
de la polémica que a la
muerte de Constantino ya existía un partido arriano bastante
fuerte que llegó al poder en
la parte oriental del imperio con Constancio, quien había
elegido la fe arriana y quiso
imponerla.
Después de la muerte de Constantino y la división del
gobierno imperial entre sus hijos,
continuó la lucha por el símbolo niceno. Hacia el 335
Constantino dividió el gobierno del
imperio entre sus hijos; a su muerte y debido a una
insurrección militar en
Constantinopla, el reparto se modificó: Constantino II
presionó a Constante, pero como
murió en el 340, Constante asumió el gobierno de su
hermano; en vida de ambos, se
dieron medidas contra los cultos no cristianos y el
cristianismo comenzó a atacar a los no
cristianos, a quienes les cerraron y destruyeron algunos
santuarios. El problema va más
allá de las connotaciones sociológicas, porque comienza a
darse una Iglesia politizada e
intolerante; además de ello, el cristianismo comenzó a
esperar con expectativa la posición
de los gobernantes frente a las divisiones que existían al
interior de la cristiandad oriental
entre arrianos, semiarrianos, nicenos y atanasianos, con los
respectivos destierros,
sínodos y demás actividades que se realizaban.
Al interior de estas divisiones se ubica el esfuerzo de los
gobernantes por convocar
sínodos para buscar la unidad, que de hecho nunca se dio,
porque era más importante
imponer las ideas que vivir la integridad de la fe, la cual se
debe poner por encima de los
avatares políticos y las posibles herejías que se presentan en
orden a una mejor
84
intelección de ella. Uno de los sínodos más interesantes fue
el de Sárdica (343); en el
cual los obispos orientales condenaron a los occidentales,
incluyendo al papa Julio (337352) porque comulgaba con Atanasio y sus seguidores; en
respuesta, los obispos
occidentales también excomulgaron a los orientales. Este
sínodo puso de manifiesto la
brecha existente entre oriente y occidente a diferentes niveles
y puede ser visto como uno
de los puntos de partida de la ruptura de 1054.
La fuerza y la fe occidentales, que era una fe cristiana no
arriana y por lo mismo unida
a Alejandría, se iban imponiendo, pero Constante se murió y
quedó como único
soberano Constancio II, quien era de confesión cristiana
arriana. Si bien en lo político se
buscaba la unidad, en la práctica las cosas marchaban por
otro camino porque las
tensiones religiosas siguieron con altibajos, unas veces había
convergencia, y otras,
divergencia, y se continuó con la política de excomuniones,
sínodos, destierros y
controversias, más por cuestiones personales que teológicas.
En el contexto de estas
controversias se ubican los sínodos de Sirmio (358), Seleucia
y Rímini (359), en los
cuales se aceptaron, por cuestiones políticas, afirmaciones
neoarrianas y semiarrianas,
que sostienen una posición intermedia que terminó
debilitando el arrianismo y creando
una nueva línea teológica en cristología, que posteriormente
terminó siendo parte de la
herejía monofisita. En cuanto a Sirmio (hoy Mitroricza) se
tuvieron tres sínodos: 351,
357 y 358; cada uno produjo una fórmula, que no eran del
todo ortodoxas debido a la
presencia de elementos arrianos.
La Iglesia seguía a la expectativa; mientras tanto subió al
poder Juliano el Apóstata
(361-363) quien quiso hacer una restauración de la religión
del Estado aunque había
recibido educación cristiana120; esta restauración la quiso
hacer nombrando
colaboradores no cristianos y promulgando edictos a favor de
la religión estatal; restituyó
el culto sacerdotal estatal y tomó otras medidas contra el
cristianismo como la reforma
escolar del 362 que exigía educadores estatales, casi
siempre no cristianos. Con la política
de Juliano, el arrianismo tampoco era apoyado y por ello los
obispos, que conservaban y
defendían la fe nicena, comenzaron a reunirse restableciendo
las comunidades y
haciendo de Las Galias un centro ortodoxo, que era
prácticamente dirigido por Hilario de
Poitiers quien estaba en sintonía con la fe nicena defendida
por Atanasio; con esta
situación comenzó un nuevo acercamiento entre Oriente y
Occidente que no se pudo
concretar porque Antioquía ya estaba dividida.
Valente (364-378), emperador de confesión cristiana
semiarriana, asumió el trono
oriental y bajo el influjo del obispo Eudoxio quiso imponer
esta confesión, rechazando la
fe de Rímini y exigiendo la reposición de los obispos
depuestos. Valentiniano II que
asumió el poder en occidente, dejó en libertad a los obispos
para que solucionaran los
problemas. Estando así la situación los semiarrianos enviaron
una delegación a Roma
para solicitar una ayuda, la cual se iba a conceder siempre y
cuando fuera aceptada la fe
de Nicea; para lograr esta aceptación se iba a hacer un
sínodo en Tarso, pero Eudoxio se
opuso e interrumpió toda posibilidad de unión. Con esto
comenzó un nuevo período de
dificultad para los nicenos, porque Valente condenó al
destierro a los que no estuviesen
en comunión con el semiarrianismo y les pidió que
abandonaran sus sedes.
85
Al tiempo que la polémica entre nicenos y semiarrianos
continuaba, surgió el tema de la
divinidad del Espíritu Santo y con ello una nueva polémica;
vuelven los sínodos, las
condenas, las excomuniones, las persecuciones, etc., hasta
que en el 380 fue promulgado
el decreto Cunctos populos en el cual se aprobó el
cristianismo como religión estatal, de
acuerdo a la confesión de fe de Dámaso de Roma y Pedro de
Alejandría, quienes habían
conservado la fe del apóstol Pedro. Al poco tiempo del
decreto, surgió la idea de un
concilio para tratar los temas del cisma de Antioquía y el
Espíritu Santo; la idea cristalizó
en el concilio de Constantinopla de 381.
Durante el siglo IV, se ignoraba la neutralidad estatal frente a
la Iglesia y por eso el
Estado siempre estuvo interesado por las cuestiones
eclesiales, si bien en ocasiones la
falta de tacto y los intereses personales crearon situaciones
difíciles y diferentes a los
ideales que se proponían. Es cierto que el poder estatal se
metió en la Iglesia, pero
también es cierto que dada la mentalidad de aquel entonces
nadie objetaba el derecho
que tenía el gobernante para convocar reuniones eclesiales
porque la soberanía tenía un
cierto aire sagrado. Lo que sí se puede criticar fue la pérdida
de fuerza profética en los
cristianos, a tal punto que la unidad entre ellos era una
cuestión exógena, parecería como
si lo más importante no fuera vivir la fe sino buscar los
acuerdos políticos para imponer
la fe. De hecho las cosas cambiaron; lo histórico es aceptar
ese cambio con todas sus
connotaciones y así evitar llantos hipócritas de presuntos
profetas.
Relaciones sociales
En este apartado se tratan algunos temas que al ser vividos
por la Iglesia repercutían en
la vida social del imperio romano.
Uno de ellos es el matrimonio121 y la familia. La Iglesia
comenzó aceptando la
legislación civil sobre el matrimonio, pero con el correr de los
años fue haciendo una
serie de exigencias particulares sobre la legislación
matrimonial como el caso del divorcio,
el repudio, los hijos, las uniones de hecho, los hijos nacidos
fuera del matrimonio, los
hijos abandonados, el aborto, el matrimonio entre libres y
esclavos; la legislación civil,
influenciada por la doctrina cristiana, también comenzó a
cambiar. Por ejemplo, la
legislación civil condenaba el aborto de una mujer casada,
pero permitía el de una
prostituta; la Iglesia siempre condenaba el aborto porque lo
consideraba como un doble
crimen: homicidio, en cuanto al feto, y suicidio, en cuanto a la
mujer; finalmente la
legislación civil condenaba el aborto sin hacer ninguna
distinción. Otro ejemplo es la
igualdad de los cónyuges: la Iglesia siempre ha querido
presentar esta igualdad, la
legislación imperial ponía al pater familias como amo y señor
de todo, incluso la mujer y
los hijos, por ello algunos padres deseaban tener varios hijos
para venderlos como
esclavos.
La Iglesia también tuvo que fijar su posición frente al sector
social, donde se
presentaban numerosas actitudes opresoras debido al caótico
ambiente social de los siglos
IV y V cuando el imperio vivió duras crisis económicas,
políticas y sociales en las cuales
los más pobres eran los perjudicados; estas crisis eran tan
profundas que más de un
romano buscaba la humanidad entre los bárbaros porque ya
no podían soportar la
86
inhumanidad de la patria. Frente al binomio poderosos y
dependientes, la Iglesia optó, a
veces con algunas reservas, contra las injusticias cometidas
con los dependientes, es
decir, los esclavos pero sin prohibir la esclavitud; en este
campo están las leyes de
manumisión propuestas por la Iglesia y posteriormente
aprobadas por el imperio, la
cuestión del derecho de asilo en templos y monasterios;
cuando el amo y el esclavo eran
cristianos se hablaba de la igualdad fundamental de los
hombres (cristianos) ante Dios,
por ello no es raro encontrar que los amos cristianos dejaran
en libertad sus esclavos
cristianos, quienes algunas veces prefirieron seguir
dependiendo de sus amos.
Frente al tema de ricos y pobres la Iglesia actuó, a pesar de
su pobreza, organizando
una especie de acción social y motivaba a los ricos para que
fueran caritativos122; el
responsable de la acción social era el obispo. Esta acción
estaba estructurada en el
servicio a los pobres, la creación de hospitales y casas de
peregrinos, la manutención de
viudas y personas sin ninguna posibilidad económica. Frente
a este panorama llama la
atención la crítica que la Iglesia hacía frente a los opresores y
la generosidad a pesar de la
pobreza toda vez que el patrimonio eclesial sólo comenzó a
organizarse a finales del siglo
IV123.
En el ámbito cultural las cosas fueron difíciles ya que los años
comprendidos entre el
edicto de Milán y el concilio de Calcedonia fue un período
más de siembra que de
recolección, en el que se presentó un cambio cultural que
coincidió con la edad de oro de
los padres de la Iglesia. Las diferentes manifestaciones
culturales fueron lentamente
cristianizadas hasta el punto de cristianizar el calendario; los
espectáculos culturales como
el circo, el teatro y las diversiones fueron perdiendo su
importancia si bien en algunos
lugares se conservaron, las narraciones mitológicas fueron
censuradas y prácticamente
abolidas, las fiestas cambiaron su sentido cuando dejaron de
ser recordados los dioses en
cuyo honor se celebraban, e incluso algunas de esas fiestas
tomaron un título cristiano.
Se puede decir que durante estos años se realizó un proceso
de culturización en el cual se
aprovecharon varios elementos sobre los cuales se pudo
crear una sociedad
prácticamente cristiana ya que la sociedad pasa de una
mayoría no cristiana a una
mayoría cristiana; esto da a entender que los elementos no
cristianos siguieron vivos pero
con poca fuerza, o al menos con menor fuerza en relación a
los siglos precedentes y al
interior del imperio.
Para terminar se habla del seglar, cuya presencia sufrió un
cambio a raíz del edicto de
Milán. Hasta el edicto, clérigos, monjes y laicos formaban una
comunidad unida bajo la
perspectiva de la posibilidad del martirio; después del edicto
las cosas cambiaron porque
el campo de acción de los clérigos y los monjes fue mayor, y
el de los seglares comenzó
a disminuir, esto no quiere decir que haya desaparecido sino
que algunas funciones que
antes eran desempeñadas normalmente por los seglares,
ahora las hacían clérigos y
monjes. Con la inauguración de las basílicas y otros lugares
de culto, los seglares fueron
separados de clérigos y monjes quienes tenían sus puestos
en lugares prohibidos para los
seglares.
Todo esto condujo a que se le diera una nueva evaluación al
apostolado de los seglares
87
desde la perspectiva del sacerdocio universal; en este
aspecto Juan Crisóstomo y Agustín
determinaron el campo de acción de los seglares en el
comportamiento cristiano ejemplar
en la vida cotidiana, la ayuda voluntaria y eficaz a los
hermanos que se hallan en
cualquier dificultad, y la acción misionera entre los no
cristianos o entre los extraviados;
esta triple acción debe hacerse en estrecha colaboración con
el clero, que a su vez
necesita de la presencia de los seglares en diferentes
oportunidades. Algunos seglares
tuvieron a su cargo la administración de los bienes de la
Iglesia, y otras veces, debido a
su elevada posición oficial y privada, desempeñaron un
importante papel en beneficio de
las comunidades locales.
1.2.2 Las controversias teológicas
Aunque pueda ser una apreciación muy dura, no se puede
ignorar que en aquel
entonces se dio un cambio radical en la Iglesia: el eje de la
solidaridad fue desplazado por
el eje político; se pasó de vivir la fe a establecer su
formulación, expresando en
conceptos técnicos lo que se vivía y creía. Ya la experiencia
cristiana no era únicamente
una forma de vida, sino también una doctrina para creer; a la
experiencia espiritual era
necesario adjuntarle unas ideas claras. Además, “es muy
significativo que en las disputas
teológicas, tanto en los grandes personajes como en el
pueblo, salgan al paso
continuamente los problemas de las relaciones entre la
Iglesia y el Estado, y los del nivel
espiritual en la vida cotidiana”124. No obstante ello, en la
segunda mitad del siglo IV se
apagó la controversia trinitaria gracias a Cirilo de Jerusalén,
los padres Capadocios y
Ambrosio de Milán. En cuanto a los Capadocios conviene
recordar que Basilio es el
pastor, Gregorio Nacianceno el teólogo y Gregorio Niceno el
filósofo.
La formulación del dogma trinitario
La formulación del dogma trinitario tuvo lugar en el transcurso
de la batalla teológica
que la Iglesia libró contra el arrianismo y otras herejías que
insistían en la imposibilidad
de la tripersoneidad divina por lo que la divinidad de Cristo y
el Espíritu Santo no se
podía admitir. En este contexto se dio el concilio de Nicea
(325) que fue presidido por
Osio de Córdoba125; en ese concilio, Arrio126 defendió una
doctrina que terminaba
rechazando la divinidad de Cristo, pero se encontró con el
alejandrino Atanasio127 quien
con el término “consubstancial” expresó con precisión la
doctrina de la divinidad de
Cristo.
Después de este concilio en el que el arrianismo
prácticamente fue derrotado, vino una
reacción de este movimiento motivado por intrigas políticas
en las que el obispo Eusebio
de Nicomedia y el emperador Juliano el Apóstata,
desempeñaron un importante papel. La
víctima más conocida de estas intrigas fue Atanasio, el obispo
alejandrino que varias
veces fue desterrado de su sede. La historia suele darle a las
intrigas políticas posteriores
a Nicea el nombre de luchas por el símbolo niceno, entre las
cuales se citan: el
resurgimiento del arrianismo y otras corrientes cercanas, el
intento de restauración no
88
cristiana a través de algunas disposiciones estatales, la
realización de algunos sínodos
como los de Sárdica, Seleucia y Rímini que en lugar de unir el
cristianismo lo que
hicieron fue atomizarlo cada vez más, y el cisma de Antioquía
por el tema monofisita.
Con la conversión y adhesión de Teodosio y la enseñanza
dogmática y pastoral de los
padres de la Iglesia, principalmente los capadocios, se obtuvo
un emblemático triunfo
sobre el arrianismo y para poner fin a todo ello, Teodosio
convocó el I concilio de
Constantinopla donde se definió la divinidad del Espíritu
Santo, gracias al esfuerzo
teológico de Gregorio Niceno y Gregorio Nacianceno, quienes
formularon la teología del
Espíritu Santo enseñando que era consubstancial con el
Padre y el Hijo. Este concilio
puso punto final a una fructífera pero difícil discusión sobre la
Trinidad, lástima que
cuando se llegó a este punto, ya algunos pueblos bárbaros
habían abrazado la fe cristiana
arriana. En relación al símbolo de fe, llamado
nicenoconstantinopolitano, existen algunos
estudios que prueban que esta formulación pertenecía a un
antiguo símbolo
jerosolimitano, con lo cual se estaría haciendo una
aproximación al símbolo apostólico.
Las controversias cristológicas
Las controversias cristológicas se ubicaban en torno a la
divinidad y la humanidad de
Jesús. En cuanto a la divinidad, la negación total era hecha
por el judeocristianismo, la
negación parcial era la propuesta de Arrio y la divinidad
alejada de la unión era la
doctrina de Nestorio. En la humanidad, Eutiques proponía
que era absorbida en la unión
hispostática, Apolinar la negaba de una manera parcial y el
docetismo se ubicaba en la
negación total de la humanidad128.
Con el dogma de la Trinidad se definió la divinidad del Hijo y
su consubstancialidad
con el Padre; ahora el problema era formular la doctrina en
torno a aquello de “las dos
naturalezas” sin confusión ni detrimento de la divinidad y la
humanidad. La posición
asumida por las escuelas alejandrina y antioquena que
enfatizan en la divinidad y la
humanidad respectivamente fue vital, pero no definitiva para
determinar la unión
hipostática. Junto a la cuestión cristológica existe otra no
menos importante como es la de
la Virgen María. Nestorio, obispo de Constantinopla,
predicaba que María no era la
Madre de Dios sino que ella había engendrado al hombre
Cristo en quien habitaba el
Verbo; en este contexto se dio el concilio de Éfeso (431) que
proclamó la Maternidad
Divina de María.
Hasta el concilio de Éfeso el tema de la unión de la divinidad
y la humanidad en Jesús,
no era una cuestión tan clara como hoy lo asume la teología
cristológica. Desde
presupuestos filosóficos hubo diferentes propuestas para
tratar de aclarar divinidad y
humanidad de Jesús; una propuesta fue la teología
alejandrina Logos-sarx, Palabracarne,
para referirse a Jesús como Dios y hombre. El problema no
era fácil porque en la
concepción teológica del momento era preciso inventar los
términos más adecuados para
expresar la unidad teándrica de Jesús, y por ello al interior de
la teología alejandrina,
pensamiento que se extendió por el oriente cristiano,
aparecieron diferentes opiniones que
al hacer escuela, unas tomaron caminos heréticos, y otras
caminos ortodoxos.
89
Arrio, sacerdote alejandrino y discípulo de la escuela
antioquena, propuso dos ideas
fundamentales: el Logos tuvo un comienzo con lo cual ya no
sería eterno sino creado y
cuando se encarnó asumió la carne de un hombre, pero no
un alma humana porque esta
alma humana fue reemplazada por el Logos de tal manera
que Dios ocuparía el lugar del
alma humana. Frente a esta propuesta, señalada por la
Iglesia como herética, Atanasio de
Alejandría propuso la doctrina cristológica de la
consubstancialidad del Hijo con el Padre
con lo cual el Hijo fue engendrado pero no creado. Más tarde,
Apolinar de Laodicea
propuso una especie de tercera vía, conocida como el
semiarrianismo, que negaba en
forma parcial la humanidad de Cristo porque la Palabra y la
carne vienen a ser uno como
el cuerpo y el alma en el hombre son uno; en el fondo,
Apolinar sostenía que después de
la unión hispostática se formaba una naturaleza única, la cual
resulta de la mezcla de
Dios y Hombre en Cristo; en este contexto surgió el
monofisismo, doctrina herética que
afirmaba una única naturaleza en Cristo.
Mientras Alejandría seguía sosteniendo la teología
divinizante, Antioquía sostenía la
teología del Logos-anthropos, Palabra-hombre, donde el
hombre era asumido. Como
existían dos corrientes diferentes, en un momento
determinado y después de las
condenas de Arrio y Apolinar, surgió una nueva polémica, en
esta oportunidad entre
Cirilo de Alejandría129 y Nestorio; para el primero, la unidad
ontológica de Jesús se da en
su apariencia externa y en su ser; para Nestorio, al ser Jesús
perfecto Dios y perfecto
hombre, constituye dos sujetos distintos de tal manera que la
unidad es únicamente
moral. Anexo al tema cristológico, estos dos obispos entraron
en una disputa mariológica
que se dilucidó en forma tensa y polémica en el concilio de
Éfeso del 431, tal como se
dijo.
Hacia la mitad del siglo V aparece la cuestión monofisita que
rechaza la posibilidad de
dos naturalezas en Cristo ya que a partir de la encarnación la
naturaleza humana fue
absorbida por la divina. Ante esta realidad y posterior al
latrocinio de Éfeso, está el
concilio de Calcedonia (451) que proclamó solemnemente la
unión de dos naturalezas sin
ninguna confusión. Esta declaración no acabó con el
monofisismo ya que dividió a los
cristianos: unos apoyaban el monofisismo, otros defendían el
concilio de Calcedonia; esta
realidad motivó a varios emperadores bizantinos a buscar
fórmulas para superar esta
situación a través de una conciliación, pero de ello se hablará
en otro momento.
2. Vida interna de la Iglesia
El anterior apartado estuvo orientado a conocer el contexto
histórico en el cual
comenzaron de una manera oficial las relaciones de la Iglesia
con los líderes políticos de
aquel entonces, con lo cual el énfasis se puso en lo exterior;
ahora, se quiere hacer una
aproximación a la situación que se vivía al interior de la
Iglesia. De la dinámica relacional
de estos elementos: el interior y el exterior, surge la
formulación de la fe, de la cual se
hablará en el tema de los concilios.
2.1 Actividad misionera130
90
Como eje para comprender el tema de la actividad misionera
se deben tener presentes
tres aspectos: la cristianización de la población, la
metodología misionera y el contacto
con pueblos que no hablaban la lengua del imperio. A pesar
de ello, aún no se puede
hablar de una misión oficialmente organizada, por lo cual los
éxitos misioneros se
debieron a iniciativas personales en circunstancias muy
particulares.
El giro político sucedido entre el 313 y el 380 que representó
una buena oportunidad
para la acción misionera en el imperio donde los cristianos
conformaban una minoría no
despreciable; este cambio trajo dos peligros: las conversiones
por oportunismo y la
tentación de emplear medios y métodos para lograr la
profesión cristiana mediante la
presión y, en oportunidades, la violencia. Si bien estos
peligros estaban presentes, no se
puede negar que a mediados del siglo V casi todo el imperio
se sentía cristiano a
excepción de algunos grupos no cristianos que continuaban
su vida al interior del imperio
en condiciones desfavorables, incluyendo la particular
situación de los judíos y algunos
grupos germánicos.
En Egipto la acción misionera fue realizada por obispos y
monjes; entre los obispos
brilló Atanasio quien desde Alejandría tomó la decisión de
evangelizar y convertir el sur
de Egipto. Las misiones en la región del patriarcado
alejandrino se vieron ensombrecidas
por los enfrentamientos entre cristianos y no cristianos;
además hacia el siglo V la
mayoría de los nuevos cristianos todavía no se veía libre del
influjo de su religión
anterior, no en vano hacia el 420 Cirilo de Alejandría escribía
contra las prácticas
supersticiosas, sobre todo de los campesinos entre quienes
subsistía la magia, la
hechicería y algunos cultos egipcios como el que se tributaba
al río Nilo. Desde Egipto,
gracias a la decisión de Atanasio, se inició la cristianización
de Etiopía, que era dividida
en dos reinos: Askum y Nubia (ésta era dividida en tres
distritos: Nobadia, Makuria,
Alodia) donde se desarrolló una floreciente cristiandad que
algunos años o siglos después
se convirtió al monofisismo. En relación a Egipto y el norte de
África, se debe decir que
esta región gozó de una posición de vanguardia en la teología
y la literatura cristiana, no
en vano la formulación de la fe progresó notablemente en
aquellas regiones.
En Palestina también se dio la acción de obispos y monjes.
Allí las misiones sólo
alcanzaron influjo hacia el siglo V, a pesar del impulso dado
por Constantino quien con la
construcción de templos cristianos ayudó a que naciera en los
cristianos la conciencia de
que esa región era la tierra santa donde se originó el
cristianismo. La mayoría de los
cristianos palestinos vivía en las ciudades y eran minoría en
relación a los judíos; es muy
probable que la presencia de los judíos, quienes defendían su
legitimidad, no permitía
que las misiones fueran florecientes. En Arabia hay que
distinguir dos regiones; en la
región noreste se organizó una comunidad bajo la acción
misionera de obispos y monjes
enviados desde Bosra, la capital, donde había una floreciente
cristiandad tal como lo dan
a entender las ruinas de Mádaba y Garasa; en la región
suroeste los misioneros cristianos
compartían con misioneros judíos procedentes de Palestina,
monofisitas procedentes de
Egipto y nestorianos que procedían de las regiones
antioquenas y el norte de Arabia para
convertir la tribu de los himyaritas.
Antioquía, capital de Siria, vivió una época de florecimiento
después de la persecución
91
de Diocleciano; fue una de las más ricas comunidades de la
antigüedad cristiana que
extendió su acción misionera a Arabia, India y algunas
regiones del interior asiático.
Como es normal en el oriente cristiano, los monjes
desempeñaron un importante rol
misionero junto a los cristianos nestorianos. Tres factores
contribuyeron al desarrollo
misionero en Antioquía y Siria: la mayor fuerza de irradiación
del cristianismo en relación
a los no cristianos, la intensa propaganda persona a persona
que proponía Juan
Crisóstomo y la atracción del monacato. Esta cristiandad
estuvo en pie hasta cuando
Suleimán tomó para los turcos la región de Asia Menor donde
creó en el 1080 el
sultanato de Al-Rom131. Junto a la cristiandad de Siria se
ubican las diferentes
comunidades de Asia Menor y algunas islas del Mediterráneo
que giraban en torno al
patriarcado de Antioquía: Cilicia, Chipre, Calcedonia, Nicea,
Isauria, Capadocia, etc. En
la región de Asia Menor, la fuerza del cristianismo no erradicó
la presencia de creencias
no cristianas y, a partir de la primera mitad del siglo IV, la
cuestión misionera comenzó a
dar paso a los acuerdos sinodales y conciliares. En el imperio
sasánida existía una
minoría cristiana, la persa, que sufrió la persecución porque el
rey era contrario a la
autoridad romana. A la India llegó, en los siglos IV-V, una
buena cantidad de cristianos
sirios, que probablemente tuvieron contacto con los cristianos
de santo Tomás.
En las regiones europeas de Danubio, Los Balcanes y Tracia
también se desarrolló la
acción misionera que tenía como punto de referencia la
conversión de las tribus godas
establecidas en el Danubio inferior. En relación a Macedonia
se advierte un cierto atraso
misionero en comparación con las provincias asiáticas. En
Grecia, particularmente en
Atenas, aún estaba vivo el influjo y prestigio del pensamiento
no cristiano por la
presencia de los maestros de la academia platónica; sólo a
través de la aplicación de los
edictos de Teodosio a favor del cristianismo, particularmente
el Cunctos populos, se
pudo incrementar el número de cristianos y diócesis. En
Dacia y Dalmacia se fue
desarrollando el cristianismo a través de un lento proceso
misionero debido a la
inseguridad política de las regiones fronterizas, la
controversia arriana, que tuvo en Los
Balcanes un centro de difusión y la pervivencia de los cultos
no cristianos.
En las regiones de Panonia y Sirmium, en Europa Central, se
desarrolló una adecuada
acción misionera entre la población rural lo cual permitió una
floreciente cristiandad. En
el norte de Italia el proceso evangelizador se inició en el siglo
IV a partir de tres sedes
episcopales: Aquileya, Ravena y Milán, que fue por algún
tiempo capital del imperio y
sede de Ambrosio, con quien la Iglesia milanesa alcanzó su
mayor eficacia misionera.
Otras regiones de Italia tanto continental como insular fueron
progresivamente
evangelizadas a través del ejemplo de vida de los cristianos,
la ocupación de templos no
cristianos y la creación de obispados que hacían de la Iglesia
una organización en
continua expansión.
Otras regiones de Europa Central fueron medianamente
evangelizadas ya que apenas
se formaron pequeñas comunidades. En Germania, territorio
de germanos y godos, el
cristianismo también se fue extendiendo; para estos pueblos,
el cristianismo era un
elemento más de la antigüedad tardía con el cual debían
enfrentarse. No obstante ello,
algunos germanos abrazaban el cristianismo católico que era
dominante en occidente;
92
algunos aristócratas y príncipes federados también lo hicieron
al vincularse al imperio
como feudos, con lo que los habitantes también tenían que
convertirse como sucedió con
los borgoñones, quienes abrazaron el cristianismo en los
primeros años del siglo V; otro
tanto se puede decir de francos y suevos para quienes la
conversión al cristianismo
estaba unida a la sumisión al imperio y al emperador.
Por lo que se refiere a la evangelización de los pueblos
germanos132 se puede decir que
fue un proceso en el que participaron diferentes factores, dos
de ellos son: el progresivo
desplazamiento hacia occidente que traían los pueblos
bárbaros y el cambio de vías de
comunicación (unos del mar a la tierra, y otros de la tierra al
mar). Estos pueblos
tuvieron sus primeros contactos con el cristianismo a través
de las incursiones que
hicieron en territorio del imperio y del trato con los prisioneros
que llevaban a sus
territorios. Del cristianismo de los germanos se tenía alguna
noticia porque en el concilio
de Nicea participó Teófilo, obispo de los godos con sede en
Crimea. A san Ireneo
(Adversus haereses) se le debe el primer testimonio sobre el
cristianismo de los
germanos, entendido como un elemento de la cultura de la
antigüedad tardía con la que
se enfrentaron.
Cuando comenzaron a darse las conversiones de algunos
príncipes y personajes
importantes, aparecen las conversiones colectivas, un tanto
forzadas; esto sucedía en el
siglo V. Antes de ellas, se dieron algunas conversiones
personales entre las que se destaca
el caso de Ulfilas (311-383) obispo godo (ordenado por
Eusebio de Nicomedia en el 341)
de notable personalidad que inició su trabajo misionero en
tiempos de Constancio II,
abrazó el arrianismo homoiano (Jesús no es igual, sino
semejante al Padre) moderado y
tradujo la Biblia al gótico. El origen y la evolución de las
misiones entre los godos,
contacto del cristianismo, tanto arriano como católico, con los
germanos, se entiende
desde el transfondo de la historia de la Iglesia del oriente
grecorromano. Ahora, desde los
tiempos de Ulfilas hasta Recaredo I la mayoría de los pueblos
germanos que abrazaron el
cristianismo profesaban la fe arriana; entre estos pueblos son
los godos quienes más
profundamente la vivieron y llevaron a los pueblos donde
emigraban.
En Europa Atlántica, Las Galias, se encuentran algunos
elementos cristianos tanto en
las ciudades como en los campos; estos elementos tenían
como punto de partida el sur
desde donde se iban extendiendo hacia el norte a través de
los campos célticos que en el
siglo IV aún tenían cultos naturalísticos; en esta región se
destacaron Martín de Tours (+
397) y Víctor de Ruan (+ 407). En la península ibérica la
cristianización durante los
siglos IV y V tiene rasgos bastante imprecisos, por ello se
dice que las misiones se
desarrollaban desde oriente hacia occidente tal como lo
prueban las noticias sobre los
sínodos hispánicos entre los cuales sólo se menciona el de
Elvira. En Inglaterra también
existía alguna organización.
Especial es la situación del norte de África que durante este
período vivió un
floreciente cristianismo con grandes personajes por un lado, y
sonadas polémicas en
torno a la fe, la gracia y los sacramentos por otro lado. En
medio de esta situación la
Iglesia tuvo un doble quehacer misionero: ganar adeptos y
cristianizar los latifundios de
93
las provincias romanas proconsulares. La predicación y la
correspondencia de Agustín de
Hipona permiten entender la intensidad de la acción
misionera de la Iglesia. La
desintegración del mundo no cristiano en esta región se
debió, además de la acción
misionera, a la legislación iniciada por Teodosio y continuada
por Honorio, mediante la
cual fueron clausurados los templos no cristianos y prohibido
el culto público no
cristiano; con la llegada de los vándalos todo cambió y por
más de un siglo se interrumpió
la evangelización hasta que en el siglo VI oriente volvió a
trabajar en la evangelización de
esta región.
El recorrido hecho, permite captar dos cosas: a partir del
edicto de Milán se fortaleció
la acción misionera al interior del imperio y se tomó
conciencia de la necesidad de
evangelizar, incluso a quienes no pertenecían al imperio; esto
daría a entender que la
catolicidad fue vista por encima de la concepción política del
imperio y las diferencias
culturales entre oriente y occidente, entre el sur y el norte.
Al llegar a este punto conviene decir alguna palabra sobre el
método misionero que
durante los siglos IV y V tuvo en el obispo de la comunidad
local al responsable de la
misión, en la cual colaboraba la comunidad, gracias al
ambiente catecumenal que se
vivía. En esta época algunos obispos comenzaron a enviar
misioneros en lugar de ellos ir
a los sitios de misión. Al trabajo de estos misioneros se le
añade, principalmente en
oriente, la acción de los monjes quienes se presentaban
como llamados a una vocación
particular, abandonaban el monasterio y se presentaban
como luchadores contra el
demonio, razón por la cual destruían violentamente los
lugares de culto no cristiano,
acudiendo incluso a la autoridad pública.
En relación a la presencia de la autoridad imperial, la
legislación a favor del cristianismo
se fue afirmando lentamente hasta hacer del cristianismo la
religión del imperio; llama la
atención que cuando la Iglesia no era oficialmente tolerada,
se presentaron, por parte de
los cristianos, varias argumentaciones a favor de la
tolerancia; pero cuando la Iglesia fue
tolerada e, incluso, protegida por el estado, “no se admitía” la
existencia de los no
cristianos; en este contexto se ubican las apologías no
cristianas que en gran medida son
ignoradas por lo que su conocimiento pertenece a círculos
bastante reducidos. Las
conversiones en masa no se saben si fueron exclusivamente
por el esfuerzo misionero de
la Iglesia, que no se puede ignorar, o por temor a la represión
oficial y los numerosos
tumultos que se presentaban entre enfervorizados cristianos
que buscaban destruir los
lugares de culto no cristiano y los sinceros no cristianos que
buscaban defender un lugar
sagrado. En este orden de ideas, el éxito cuantitativo logrado
en breve tiempo debió
pagarse con una sensible falta de calidad interior en los
nuevos cristianos.
2.2 Estructura y organización de la Iglesia133
La libertad alcanzada con el edicto de Milán condujo a una
mejor organización eclesial
y fue en este contexto donde tomó fuerza la Iglesia local, que
en oriente era llamada
parroquia y en occidente, territorium, fines episcopatus,
dioecesis; en estas
jurisdicciones, sus límites casi siempre coincidían con los
límites civiles y no siempre
94
existía proporción entre el número de habitantes y el territorio.
El jefe era el obispo quien
estaba obligado a la residencia en la comunidad y tenía
prohibido su traslado a otra
diócesis por aquello de las nupcias místicas del obispo con la
Iglesia local. Con el
crecimiento del número de fieles se vio la necesidad de
establecer otros centros de culto
con lo cual se originaron las Iglesias titulares que después
tomaron el nombre de
parroquias, administradas por sacerdotes itinerantes que
hacían parte del clero de la
diócesis; también apareció una persona o un grupo de
personas que ayudaban
estrechamente a los obispos: en oriente, el corepíscopo, en
occidente, el presbítero.
Con el aumento de las Iglesias locales, esto ya desde el siglo
II, comenzaron a
presentarse los primeros inicios de las federaciones
metropolitanas que en oriente eran
llamadas hexarcados y en Occidente provincias. Las
federaciones coincidían, en gran
medida, con las jurisdicciones civiles como el caso del norte
de África, el norte de Italia,
Las Galias, Hispania, etc.; caso especial lo constituían los
obispos de Egipto que estaban
sometidos directamente al patriarca de Alejandría y los del
sur de Italia que estaban
sometidos al obispo de Roma.
Otro elemento son las grandes circunscripciones territoriales
que más tarde tomaron el
nombre de patriarcados134; en un principio y hablando en
sentido estricto fueron tres:
Roma, Antioquía135 y Alejandría; a éstos se les une, con una
importancia honorífica el
de Jerusalén, y a partir de 381 aparece el quinto patriarcado,
Constantinopla136, capital
del imperio oriental. En la organización de los patriarcados
desempeñaron un importante
papel los aspectos: cultural, lingüístico y racial. Además de
esto, a manera de
justificación, apareció la cuestión del origen apostólico de las
principales sedes
episcopales; por esto en el siglo IV, a raíz del crecimiento de
la importancia política de
Constantinopla, se hablaba del descubrimiento de los
sepulcros de los apóstoles o que
una ciudad cediera su importancia a otra, como sucedió con
Éfeso y Constantinopla. Los
patriarcados permiten entender la existencia de diferentes
ritos en la Iglesia, que se deben
tener en cuenta en el ecumenismo y las divisiones que se han
presentado, toda vez que
por el pluralismo se presentan tensiones y conflictos, uno de
los temas más agitados de la
historia de la Iglesia.
Las diferentes circunscripciones tenían asambleas o
reuniones, sínodos o concilios,
institución conocida desde la época anterior a Constantino,
que fue desarrollada y
completada en el siglo IV. En el desarrollo de estas
asambleas el influjo civil se manifestó
de diferentes formas sobre todo en el aspecto de la
organización; debido al reducido
ámbito de acción, los antiguos sínodos fueron importantes
para la vida cotidiana de las
comunidades eclesiales a tal punto que algunas disposiciones
sinodales provinciales y
locales lentamente se convirtieron en ley universal, como
sucedió con la norma
celibataria sacerdotal.
Cuando el sínodo tiene una mayor importancia porque abarca
varias provincias o todo
el imperio normalmente es convocado por el emperador, unas
veces por propia iniciativa,
otras veces por sugerencia de los patriarcas o los obispos
metropolitanos; en este sentido
los emperadores se convirtieron en legisladores de la Iglesia
ya que ofrecieron los
95
elementos técnicos para el desarrollo de la asamblea e
incluso los objetivos de las
deliberaciones conciliares respetando en principio la libertad
de palabra y decisión de los
obispos en las cuestiones debatidas; durante estos siglos era
normal que los emperadores
confirmaran los acuerdos de los concilios y les confiriera
fuerza de ley en el ámbito civil,
pero esto no quiere decir que las decisiones conciliares
entraran en vigor por la
confirmación imperial sino por el concilio en sí mismo.
Mención particular merece el nuevo tipo de sínodo que se
desarrolló a partir de la
segunda mitad del siglo IV en Constantinopla, en el cual los
obispos que se encontraban
en esa ciudad eran convocados para deliberar sobre
importantes aspectos de la Iglesia;
este sínodo, llamado endemousa, fue un factor fundamental
del desarrollo de la autoridad
de la sede de Constantinopla y un importante órgano en la
constitución de la Iglesia
bizantina.
2.3 La Jerarquía
2.3.1 El pontificado137
Después de Milcíades (311-314), en cuyo pontificado fue
dado el edicto de Milán, se
inició la construcción de la basílica San Pedro y le fue
“donado” al obispo de Roma el
palacio San Juan de Letrán, vino el pontificado de Silvestre I
(314-335) en cuyo tiempo
se llevó a cabo el primer concilio ecuménico realizado en
Nicea en el 325; con este
pontífice comenzó a tomar importancia el Papa138 toda vez
que los padres sinodales
reunidos en Arles (314) le escribieron algunas cartas
llamadas Cartas sinodales a
Silvestre donde le comunicaban los resultados de las
deliberaciones. A pesar de ello,
durante su pontificado se creó un vacío literario e histórico en
el cual aparece la leyenda
que fue puesta por escrito en el siglo V bajo el título de Actus
sancti Silvestri que le
atribuyen a este Papa la conversión, el bautismo y la curación
milagrosa de Constantino,
quien en agradecimiento le habría otorgado algunos
beneficios; éste es el origen de la
“donación constantiniana”, que hoy en día es considerada
como un falso histórico, una
especie de leyenda que se transmite por escrito hasta
convertirse en una tradición que
sólo tiene de histórico los personajes que menciona. Bajo
este pontificado, en el 321
Constantino dispuso que en el primer día de la semana, el
domingo, se suspendieran las
sesiones del tribunal y los trabajos públicos; es decir, el
domingo comenzó a ser festivo.
En el 336 ocupó la silla de Pedro, Marcos cuyo pontificado
sólo duró nueve meses. Lo
sucedió Julio I (337-352) bajo cuyo pontificado se desarrolló
la posición privilegiada de
Roma y tomó fuerza la autoridad pontificia; prueba de esto es
el hecho que el Papa fue
consultado por defensores y opositores en el caso de
Atanasio en relación a la sede de
Alejandría. Con esta actitud, Julio se sintió llamado a fallar de
manera obligatoria incluso
en asuntos eclesiásticos orientales, tal como se puede
deducir de las actas del sínodo
romano del 340, reproducidas por Atanasio en Apología
contra los arrianos139; por esta
actitud y consideración, el Papa le pidió al emperador
Constancio la convocación de un
concilio general que no se pudo realizar porque algunos
obispos se opusieron.
96
Con el papa Liberio (352-366) el prestigio moral adquirido por
Julio disminuyó toda
vez que la Iglesia fue sometida a un despótico capricho
imperial cuando en los sínodos de
Arles (353) y Milán (355) la mayoría de los obispos y
delegados pontificios se
sometieron a las decisiones del emperador quien condenó a
Atanasio de Alejandría; los
obispos que no se sometieron a los deseos del emperador
fueron desterrados, Liberio se
solidarizó con ellos y pidió oraciones para afrontar la
tempestad que se acercaba por
conservar íntegra la fe y la Iglesia. La presión física y
psicológica sufrida por el Papa,
incluso el destierro, lo llevó a retirarle el apoyo a Atanasio;
esta actitud, vista como
deslealtad pontificia, socavó su prestigio moral y el
emperador comenzó a ignorarlo. Esto
lo llevó a una difícil situación en Roma a tal punto que los
romanos no lo incluyeron en la
lista de los Papas legítimos, y en su lugar pusieron a quien
fue su antagonista temporal,
nombrado por Constancio, Felix II que actualmente es tenido
como antipapa.
Para elegir el sucesor de Liberio se presentaron varios
inconvenientes, siendo
finalmente elegido Dámaso I(366-384) quien después de
superar los problemas iniciales
le dio una nueva configuración a la curia romana y recuperó
la autoridad pontificia que
en cierto sentido se había perdido, ya que fue conciliador en
la forma pero riguroso en la
sustancia. Durante su pontificado fue concedido el decreto
Cunctos populos (febrero 28
de 380) con el cual la fe cristiana fue declarada como religión
del Estado en la forma en
que los romanos la habían recibido del apóstol Pedro y era
profesada por Dámaso I. Si
en occidente, a pesar de las dificultades presentadas, alcanzó
esta preeminencia, en
oriente tuvo que luchar para conseguirla, aunque no siempre
actuó con el debido tacto; a
pesar de esto fueron varias las ocasiones en las cuales las
sedes orientales apelaron a
Roma para solucionar algunos conflictos, por lo cual se puede
decir que la idea de Roma
como “sede apostólica” data de los pontificados de Liberio y
Dámaso I; con esta fórmula
el Papa reivindica el derecho a un rango que no se apoya en
la categoría política de la
ciudad, sino en la relación del apóstol Pedro con la
comunidad de Roma. Otros puntos
importantes del pontificado de Dámaso I fue el interés por la
Biblia, al tener a su servicio
durante algunos años a Jerónimo y proclamar el canon de la
Sagrada Escritura, y su
preocupación por la restauración de algunos templos.
Siricio (384-399) fue el sucesor de Dámaso I, pero sin
alcanzar la fuerza y autoridad
que tuvo el obispo Ambrosio de Milán en cuyas manos estuvo
prácticamente la política
eclesiástica del momento. La importancia de Siricio radica en
haber desarrollado material
y formalmente la autonomía de la legislación pontificia
extendida a toda la Iglesia en
occidente; a partir de entonces, ya con una cierta oficialidad,
las respuestas del Papa a las
preguntas episcopales adquieren fuerza legislativa, es decir,
nacen las decretales
pontificias que con el pasar de los años se convierten en
documentos jurídicos para la
Iglesia; estas decretales son conocidas como Statuta
apostolicae sedis. Siricio dio los
primeros pasos para la creación del vicariato pontificio de
Tesalónica y condenó a
Joviano que negaba el valor del ayuno e igualaba el
matrimonio y la virginidad.
Determinó como obligación el celibato eclesiástico, según
carta del 10 de febrero de 385,
dirigida a Himerio, obispo de Tarragona; este documento se
considera la primera decretal
pontificia “ejerciendo de manera oficial el magisterio anejo a
la sede de Pedro”140.
97
Después de Anastasio I (399-402) vino Inocencio I (402-417)
quien trató de desarrollar
la idea del primado del obispo de Roma. Esta idea se pudo
llevar adelante sin mayores
obstáculos en Occidente en los ámbitos disciplinario y
litúrgico, tal como se puede
constatar en varios documentos que envió a algunos obispos
de diócesis occidentales;
con Oriente las relaciones fueron difíciles porque los
patriarcados orientales,
principalmente Alejandría y Antioquía, no aceptaban ni
apoyaban las decisiones de
Roma; un caso concreto de esta situación es la posición
asumida por Inocencio I cuando
Juan Crisóstomo fue desterrado al perder el favor del
emperador oriental a raíz de las
críticas que hizo. Caso especial es el pelagianismo ya que en
el 416 le llegaron tres
escritos procedentes de África, uno de esos escritos era de
Agustín de Hipona, los otros
dos eran de los sínodos de Cartago y Mileve; estos escritos le
pedían al Papa que
utilizando su autoridad condenara las ideas pelagianas que
estaban causando problemas
en la Iglesia africana; en la respuesta dada por el Papa hacia
el 417 se puede captar que
en cuestiones doctrinales el obispo de Roma disfruta de una
especial autoridad que tiene
su fundamento en la Biblia.
La alegría de los obispos africanos se convirtió en
desconcierto cuando poco después
recibieron dos cartas del sucesor de Inocencio I, Zósimo
(417-418), quien les informaba
que Celestio se había justificado personalmente, Pelagio lo
había hecho a través de una
confesión que había presentado por escrito y el episcopado
africano había juzgado en
forma ligera a hombres que ya habían sido rehabilitados; a
pesar de esto, el episcopado
africano se mantuvo firme, le dio validez a las normas dadas
por Inocencio I y desterró a
los partidarios del pelagianismo.
Después de Zósimo, ocuparon la sede petrina Bonifacio I
(418-422) y Celestino I (422432) quienes tuvieron que solucionar algunos de los
problemas disciplinarios dejados por
Zósimo; entre éstos se citan: la intervención de Zósimo en el
caso de un clérigo africano
que fue suspendido del ministerio por su obispo y que el Papa
obligó su reintegración en
un claro abuso de jurisdicción, el nombramiento del obispo
Patroclo de Arles como
“primado de Las Galias” utilizando privilegios que afectaban la
jurisdicción de los otros
obispos galos, y el cisma que se presentó para designar al
sucesor de Zósimo entre
Bonifacio I y Eulalio. Además, en el tiempo de Bonifacio I, la
cuestión de la soberanía
eclesiástica en Los Balcanes; y durante el pontificado de
Celestino I, la realización del
concilio de Éfeso (431) y la problemática del nestorianismo,
dejada por el Papa en manos
de Cirilo de Alejandría. En el contexto de esta problemática y
este concilio, se puede
hablar del primado universal del Papa ya que los obispos
orientales se dirigieron a Roma
pidiendo una determinación doctrinal en el caso de Nestorio.
El sucesor de Celestino,
Sixto III (432-440), vivió un pontificado pacífico en relación a
oriente, si bien el obispo
Proclo de Constantinopla hacia el 434 casi destruye las
relaciones al tener deseos de
influir en la región de Los Balcanes.
El último Papa de este período fue León Magno I (440-461)
con quien el primado
pontificio de la Iglesia antigua alcanzó el punto culminante al
darle un marcado aspecto
espiritual y fundamentar la idea del obispo de Roma como
sucesor de Pedro, por esto
mismo procuró satisfacer las exigencias de este deber
actuando en casos concretos con
98
habilidad política. En el ámbito de la Iglesia latina, esta
reivindicación fue reconocida por
un imperio ya decadente y los diferentes obispos
metropolitanos con quienes se
presentaron algunos problemas que no pasaron a mayores;
en el contexto de estos
malentendidos apareció la fórmula de la colegialidad
episcopal: “Participar en la solicitud
pastoral no quiere decir participar en la plenitud de poderes”;
por la fuerza adquirida por
León I, fue visto como el salvador de Occidente al intervenir
frente a los reyes Atila y
Genserico, cuando éstos quisieron apoderarse de Roma.
En el ámbito oriental las cosas fueron diferentes por las
actitudes de algunos patriarcas
orientales como el caso de Dióscoro de Alejandría; otros
problemas que tuvo que
solucionar en Oriente fueron el influjo del emperador
Teodosio II, el latrocinio de Éfeso
(449) y el concilio de Calcedonia (451) en el cual los
delegados pontificios quisieron
imponer la autoridad de Roma sin entrar en ningún tipo de
discusiones sino teniendo
como punto de referencia la Epístola 28 a Flaviano (obispo de
Constantinopla) escrita
por León I que fue aceptada y acogida como carta dogmática
en cuanto estaba en
consonancia con la tradición de los padres, pero de hecho el
concilio de Calcedonia no
expresó un reconocimiento pleno y sin restricciones de la
concepción leonina del
primado, aunque la autoridad docente de Roma fue aceptada.
2.3.2 El clero
Hasta el siglo IV, el sostenimiento del clero se hacía gracias a
las ofrendas,
contribuciones y primicias de los fieles; esto llevó al
crecimiento del patrimonio
eclesiástico, incluyendo los terrenos para cementerios y
templos. Además, algunos
clérigos vivían de sus propiedades o de su trabajo en
agricultura, industria y comercio141.
En aquel entonces el clero no estaba obligado al celibato,
práctica que se afianzó con el
tiempo al entenderse como medio idóneo para un mejor
servicio a Dios y lentamente se
convirtió en el sistema de vida más adecuado para el obispo y
el sacerdote.
A comienzos del siglo IV ya existían los diferentes grados del
orden y el clero estaba
dividido en superior e inferior; al superior pertenecían
obispos, presbíteros y diáconos; al
inferior subdiáconos, acólitos, exorcistas, ostiarios y lectores.
Los grados del clero
superior reciben la consagración de manos del obispo, los
grados del clero inferior
oscilaban en su número y valoración. Cada uno de estos
grados tenía funciones
específicas, pero no siempre existía claridad en torno a los
límites de las funciones de los
diferentes grados, por ello, algunas veces, se presentaba una
cierta “invasión” en otros
campos. Mención especial merece el archidiácono, quien
normalmente dirigía el grupo de
diáconos existentes en Roma y en más de una oportunidad
fue elegido Papa. Un
elemento importante es el número de vocaciones, el cual era
bajo, pero a pesar de ello no
faltaban clérigos en las diferentes comunidades; esto quiere
decir que el tema vocacional
no estaba ausente pero tampoco era una panacea de
vocaciones.
Para la admisión en el estado clerical existían algunos
requisitos: edad142 e intersticios,
integridad corporal y salud física, acreditación de fe y vida
moral. En relación a la
moralidad las cosas no eran fáciles porque se partía, como
norma, de no aceptar a los
99
que habían tenido que someterse a penitencia pública;
además los Statuta ecclesiae
antiqua143exigían que fuesen excluidos: usureros,
perturbadores y quienes tomaban la
justicia por sus manos. Otros requisitos eran: tener un
suficiente conocimiento teológico y
pastoral, estar libres de compromisos políticos en relación al
imperio, ser libre porque el
esclavo tendría que servir a dos señores. Aunque las normas
eran claras, la baja
preparación del clero era normal a pesar de los esfuerzos de
algunos obispos en sus
respectivas diócesis, como el caso de Agustín en Hipona, el
monasterio de Lerins al sur
de Las Galias y algunos otros centros donde los clérigos
llevaban una vida comunitaria
animada por la preparación bíblica y teológica con miras a
una adecuada pastoral. Esto
hizo que los clérigos se fueran convirtiendo en el grupo de
personas preparadas que
comenzaron a tomar el liderazgo de la sociedad por su
sabiduría y santidad; por desgracia
no faltaron los clérigos que tomaron caminos equivocados
que los condujo a escándalos
y movimientos heréticos.
También era normal que los clérigos siguieran con su
matrimonio contraído antes de la
ordenación, que varios clérigos optaran por una continencia
voluntaria y otros eligieran el
celibato gracias a una corriente espiritual que hacía ver la
virginidad y el celibato como
superiores a la vida matrimonial y una posibilidad para
dedicarse al apostolado; a los
clérigos casados se les exigía una vida matrimonial
irreprochable en todos los sentidos por
lo que las segundas nupcias estaban prácticamente
descartadas. Con el tiempo comenzó a
darse una diferencia pastoral entre occidente y oriente en
relación al clero; en Oriente se
permitía el matrimonio de los clérigos siempre y cuando éste
fuera contraído antes de la
ordenación, pero con la exigencia de pureza ritual los días
que celebrara el culto, además
los obispos no podían contraer matrimonio; en Occidente a
partir del concilio de Elvira
(hacia el 306) comenzó la tendencia a la continencia
permanente y de ahí se pasó al
celibato clerical que fue promovido por las legislaciones de
algunos sínodos y los
documentos de algunos Papas que en los siglos IV y V
comenzaron a exigir la vida
celibataria para los clérigos, incluso para los subdiáconos.
Esta exigencia se basaba en la
idea de una mayor disponibilidad para el servicio de la
proclamación del Evangelio y la
vida ejemplar del sacerdote que más que predicar la
continencia y la virginidad también
debería practicarla. Lo anterior da a entender que la
estabilización del celibato
sacerdotal144, que en cierto sentido se inspiró en la castidad
monacal, fue una ley que se
afianzó lentamente a partir de algunos obispos que la pidieron
para hacer del clero
personas más consagradas a su ministerio; el hecho que la
legislación se hiciera presente
no quiere decir que con ello se solucionó el problema de las
continuas violaciones a esta
norma disciplinar, que tuvo en lo económico un elemento que
ayudó a su afianzamiento.
En cuanto a la elección del clero, la participación de los laicos
fue disminuyendo, hasta
que prácticamente desapareció por lo que se pasó de la
participación a la aclamación del
candidato propuesto; este cambio tiene elementos positivos y
negativos de acuerdo al
punto de vista desde el cual se analice la cuestión. Los
Statuta ecclesiae antiqua exigían
para la validez de las elecciones: consenso de clérigos y
laicos, presencia o representación
de los conventos y obispos de la provincia y la autoridad
metropolitana. Una vez elegido
el candidato, se tenía la ordenación que hacía el obispo,
aunque algunas veces los
100
presbíteros pidieron la posibilidad de ordenar. Tanto en la
elección como en la ordenación
era normal contar con la presencia de la autoridad civil
competente, lo cual causó algunos
inconvenientes que por lo general no pasaron a mayores.
Durante estos siglos el clero comenzó a adquirir algunos
privilegios145: la exención de
los munera o servicios que se debían prestar al Estado y los
impuestos, la creación de la
audiencia episcopal en el proceso civil romano que hacía del
obispo un juez con amplias
competencias, etc.; con los privilegios también llegaron los
abusos y por ello fue
necesaria una legislación para corregirlos. En el contexto de
los privilegios adquiridos, los
obispos comenzaron a gozar de un puesto concreto al interior
de la sociedad, que
posteriormente les ayudó para la asistencia social que
proporcionaban, convirtiéndose en
abogados de los pobres y desamparados, protectores de los
fugitivos, intercesores en
favor de los prisioneros y defensores de las ciudades contra
la invasión de los bárbaros,
no en vano eran llamados pater populi, pater urbis, pater
patriae; por esto mismo el
obispo surgió como modelo de santidad. Además, al recurso
al juicio episcopal se le
reconocieron los efectos civiles.
Un elemento importante en relación a los obispos es la
colegialidad episcopal. Junto al
obispo existía el presbiterio que asistía al obispo local en sus
quehaceres y, a veces, lo
aconsejaba; los obispos, que casi siempre le daban sus
sedes el título de “sede
apostólica”, comenzaron a vivir una especie de colegialidad
en el ámbito doctrinal que se
manifiesta en la consagración episcopal de un obispo y la
sucesión apostólica, uno de sus
elementos fundamentales. Los obispos fueron tomando
conciencia de ella y cuando algún
obispo no estaba de acuerdo con la doctrina se le decía que
él mismo se había puesto
fuera de la colegialidad debido a su actitud; por ello no es de
extrañar que León I
subrayara que cada obispo es responsable de la Iglesia
universal más allá de su propia
diócesis. Los Papas también hablaron sobre la colegialidad
episcopal al darles a los
obispos el título de coepiscopi y fratres; pero esta idea se fue
perdiendo con el correr de
los siglos hasta el siglo XX cuando fue reanimada.
2.4 El monacato146
En la concepción eclesial, esta palabra tiene su punto de
partida en Jesús, el unigénito;
los discípulos, los que siguen a Jesús, lo imitan.
Originalmente se refería a uno solo que
se retiraba a un lugar solitario; después se le aplicó al grupo
conformado por las personas
que se retiraban a lugares solitarios. En cualquier nivel, lo
importante es tener presente el
deseo de servir a Dios de una forma radical porque el deseo
de ir a un lugar solitario, al
desierto, era la concreción de una vida en el vacío. Quienes
no eran partidarios de este
movimiento decían que como los dioses estaban enojados,
los cristianos fueron
perseguidos y ellos para evitar la muerte huyeron al monte o
al desierto donde se
acostumbraron a vivir. En este sentido existe una doble cara:
por un lado la Iglesia se
reviste de un carácter oficial, por otro lado sale del mundo y
se retira a la soledad.
En relación a su origen, el monacato, entre nostalgia y
realidad, lo propone en el morir
con Cristo a través de sacrificios y renuncias libres siguiendo
los textos bíblicos hasta el
101
punto que su vida puede ser considerada como un martirio
incruento ya que la vida en el
desierto es una vida en el vacío; el asceta vive el martirio en
la renuncia al mundo porque
la vida monacal es como una anticipación de la vida del
paraíso (el escatologismo
monacal) y una respuesta a Mateo 5, 48. De esta manera el
monacato es la realización de
ideales cristianos de perfección que aunque presente
elementos comunes con otras
manifestaciones religiosas es una creación genuinamente
cristiana, por ello se dice que
después de haber cristianizado las ciudades, la Iglesia, antes
de conquistar los campos,
conquistó el desierto gracias al monacato o vida consagrada.
Como es normal toda obra tiene sus defensores y sus
detractores; el monacato también
fue atacado por el régimen romano porque lo veía como una
actitud de aversión a la
vida; en la misma línea estaban algunos escritores y políticos
que se vieron obligados a
difamarlo porque algunos monjes participaban en revueltas
políticas, ayudaban a las
fuerzas enemigas, no colaboraban ni con la Iglesia ni con el
estado, y las frecuentes
oposiciones entre monacato y episcopado por aquello de la
lucha entre carisma y
jurisdicción. Los ataques contra el monacato, con sus
razones, condujeron a que los
monjes comenzaran a corregir los excesos por los cuales
eran criticados; las críticas
ayudaron a la purificación de los ideales monásticos.
2.4.1 El monacato oriental
En el retiro de algunos cristianos a la soledad para vivir en
pobreza y castidad se
encuentra el primer paso que condujo al monacato; entre los
lugares a los cuales solían
retirarse están: la Tebaida, el desierto de Nitria al suroeste de
Alejandría y las montañas
cercanas a Edesa en Siria; entre los anacoretas, se destaca
Antonio quien, debido a la
autoridad de su biógrafo, Atanasio147, es llamado “padre del
monaquismo egipcio”. Si se
busca el origen del monacato se pueden encontrar varias
respuestas no cristianas de
acuerdo a la historia de las religiones: los katakhoi egipcios
(junto al templo del dios
Serapis), las corrientes filosóficas y religiosas del
neoplatonismo y el neopitagorismo, el
maniqueísmo oriental de influencia budista y la comunidad
(esenia) de Qumram.
Egipto
La primera manifestación es el anacoretismo148, cristianos
que dejando todo optaban
por vivir aislados (retirados), primero cerca a sus respectivas
ciudades, después en los
desiertos (eremitas) donde construían sus chozas (kellia);
algunos de esos anacoretas se
reunían en torno a un monje famoso, a quien tenían por
consejero y director espiritual.
Entre los “padres espirituales” el más conocido es san
Antonio (251-356)149 quien no
solamente fue un carismático director (abad), sino también un
excelente monje porque
practicó los rasgos esenciales del monaquismo: trabajo
manual, oración, lectura de la
Biblia y una particular lucha contra los poderes hostiles a Dios
(el demonio, el pecado).
Este santo se convirtió para el pueblo en el modelo de una
vida dedicada a Dios y los
hermanos “en el modelo del carismático que deja el mundo
no para abandonarlo a sí
102
mismo, sino para servirlo mejor”150.
Cuando el retiro era a los desiertos de Nitria (hoy Barnugi) y
Sketis (hoy Waadi el-
Natrûn), principalmente se tiene el eremitismo (los retirados al
desierto). Las principales
fuentes para conocer la historia de estos monjes son La
Historia Lausiaca escrita por
Paladio de Helenópolis151 y Las Sentencias (o Dichos) de los
padres (Apophthegmata
patrum)152; aunque ambos centros fueron importantes,
Sketis era más radical porque de
hecho se vivía en el desierto lo cual exigía mayor fuerza física
y moral por parte de los
eremitas. Macario vivió allí por espacio de 60 años (a partir de
340) y fue el padre
espiritual. Los monasterios de esta región vivían una
experiencia diferente en relación a
los pacomianos porque en lugar de una regla tenían la
palabra orientadora (regla viva) de
los patriarcas que estaban al frente de ellos. Hacia comienzos
del siglo V por cuestiones
teológicas (origenismo) y políticas (invasiones) recibieron un
duro golpe.
La segunda manifestación es el cenobitismo pacomiano.
Pacomio (287-346)153,
propuso la vida junto a otros monjes para tener mejores
posibilidades de seguir adelante
en el camino de perfección. Hacia el 320 creó cerca a
Tabennisi una comunidad de
monjes cuyos miembros aceptando una regla, se
comprometían a vivir bajo la dirección
de un superior. Los monasterios pacomianos tenían una
estructura similar a las abadías
monacales con buen número de monjes (más de 30), una
adecuada organización
económica y una fuerte vida comunitaria (koinonía), ley
fundamental del pacomianismo
que condujo a la unidad de principios y forma de vida entre
los miembros de la
comunidad; para llegar a esta igualdad se precisaba de
pobreza y obediencia incondicional
al superior. La regla de Pacomio es sencilla, sin muchas
teorías ascéticas, con bastante
calidad religiosa y pocas formulaciones sugestivas; busca
siempre el término medio entre
las exigencias comunitarias y la libertad de los miembros.
Con la aceptación de otros
monasterios que deseaban vivir esta regla se originó la
primera orden en la historia del
monacato cristiano (hacia el 337).
Siria y Palestina
Aunque a finales del siglo IV ya se encuentran algunos
rastros monacales en el Sinaí
debido a las fundaciones hechas por monjes procedentes de
Egipto, se puede decir que
su “edad de oro” comenzó con la fundación de un monasterio
cenobítico por Justiniano.
Palestina, la tierra santa, ejercía especial atracción para los
monjes que fundaron allí las
“lauras”. La palabra “laura”, proviene de una voz griega que
traduce “senda estrecha” o
“lugar de luz”. Esta expresión se aplicaba a un tipo de
monasterio, especialmente en
Palestina, compuesto por un conjunto de celdas individuales
habitadas por monjes que
vivían bajo un mismo superior y formaban una especie de
aldea monástica en torno a un
templo. Los monjes se reunían sábados y domingos para
celebrar la liturgia y recibir la
comunión que luego llevaban consigo. La mayoría de estos
monasterios desempeñaron
un importante papel en las polémicas cristológicas posteriores
al concilio de Calcedonia y
la polémica origenista154.
103
Entre los padres de este monacato están: san Caritón (hacia
el 300 estaba en Palestina),
Hilarión (+ 370), Eutimio de Mitilene (llegó a Palestina hacia el
405 y murió en el 473)
entre cuyos discípulos se cita a san Sabas, quien
posteriormente fue archimandrita de los
monasterios palestinenses, Naburguni (Pedro el Íbero)
fundador de una hospedería para
peregrinos que después se transformó en un convento.
En Palestina también hubo conventos latinos por lo que hace
referencia a su fundación
y sus moradores. Algunas matronas de la aristocracia romana
ayudaron en estas
fundaciones como: Melania la Mayor quien junto con Rufino
fundó un monasterio en el
monte de los Olivos (hacia el 380) donde murió hacia el 410,
Paula la Mayor (+ 404),
quien junto con Jerónimo, fundó un monasterio en el desierto
de Calcis al sureste de
Antioquía y otros dos monasterios en Belén (éstos hacia el
386), y Melania la Joven y su
esposo Piniano que fundaron un monasterio en Jerusalén.
Estos monasterios se
convirtieron en centros teológicos en relación a las disputas
de aquel entonces y en
lugares desde donde eran enviadas a Occidente numerosas
noticias.
El monacato en Siria fue un fenómeno muy particular porque
era un poco más radical
que los otros monacatos orientales y muy apreciado por el
pueblo. La nota característica
de este monacato es el estilitismo155; su más nombrado
exponente fue san Simeón (390459) quien se hizo ermitaño en Telesnin o Telanissos (hoy
Der Sim’an) donde, para
evitar molestias y huir del mundo, construyó un cobertizo en
la parte superior de una
columna. Entre los eremitas y los monjes se dio una tercera
vía: las comunidades de
anacoretas. En el panorama del monacato sirio se encuentra:
poca preparación
intelectual, gran acción social y caritativa, adecuada acción
misionera y amistosa relación
con la Iglesia oficial. Según san Juan Crisóstomo el monacato
es para los cristianos un
signo de que el ideal evangélico se puede realizar
radicalmente, que es posible anunciar
con la pobreza y la virginidad el mensaje escatológico del
advenimiento del reino de Dios
y que los monjes han de estar dispuestos a renunciar a su
ideal si la Iglesia necesita sus
servicios.
Asia Menor y Constantinopla
El monacato en Asia Menor comienza siendo un movimiento
radical que se sale del
pensamiento eclesial. Uno de sus representantes es Basilio
de Cesarea quien, convencido
de que todo cristiano estaba obligado a una vida ascética
conforme al Evangelio, fundó
una comunidad en Annesi del Ponto; en relación con esta
comunidad estuvo Gregorio
Nacianceno. Cuando se dio el aumento de monjes, hubo
necesidad de dar normas como
las del Asketikón, según el cual el monacato tiene como ley
fundamental el amor a Dios
que exige una renuncia radical a un mundo que desprecia a
Dios a través de la
autodisciplina y la obediencia al superior.
Sobre los comienzos del monacato en Constantinopla se
habla de unos monasterios
construidos en la ribera anatólica del Bósforo, hacia 395, y de
la presencia de algunos
monjes en la capital del imperio. La literatura hagiográfica
atribuye al monje Isaac la
fundación del primer monasterio en Constantinopla (hacia el
382) y el concilio de Éfeso
104
reconoce al abad de este monasterio; en el 448,
representantes de 23 monasterios
suscribieron la condena de las doctrinas de Eutiques. En esta
ciudad desempeñó un
importante papel religioso y político el monasterio de los
acemetas (insomnes)156 cuya
nota característica era la oración continua; por diferentes
motivos fueron expulsados
siendo posteriormente llamados de nuevo a la capital. Debido
a las conflictivas relaciones
entre los monjes y los obispos de Constantinopla hubo
necesidad de comenzar a legislar
sobre el monacato; el concilio de Calcedonia (cánones 4 y 8)
legisló sin agotar todas las
posibilidades canónicas157.
Al interior del monacato en Siria y Asia Menor, se ubica el
mesalianismo, corriente
espiritual consistente en una dedicación a la oración que
termina en el olvido del
Evangelio para sostener las propias revelaciones, es decir, es
una mística equivocada.
Entre sus tesis condenadas se citan: sostener que en todo
niño mora un demonio, afirmar
que es la oración y no el bautismo lo que destruye la raíz del
pecado, repudiar el trabajo
y percibir sensiblemente en el alma la venida del Espíritu.
Esta doctrina, que se
encontraba en el Asketikón, fue condenada por los obispos
Valeriano y Anfiloquio; Juan
Damasceno incluyó algunas tesis en su obra Historia de las
herejías. Los estudios
patrísticos proponen como autor del Asketikón a Simeón de
Mesopotamia; han
descubierto que en ese texto se condena el laxismo moral, se
valora el trabajo y las
fantasías de los inspirados pasan a un segundo lugar; en ese
texto se presenta una afinada
teología de vivencia espiritual en la que la oración y la
disciplina son importantes pero no
exclusivas; de lo dicho por la patrística se deduce que el
problema fundamental es la
radicalización de algunos aspectos158.
2.4.2 El monacato occidental
Cronológicamente es posterior al oriental y su estructuración
puede datarse a partir de
la segunda mitad del siglo IV cuando se intensificaron las
relaciones entre Oriente y
Occidente y se conoció la traducción latina de la vida de san
Antonio (el 360). Es
importante tener presente que en relación al monacato hubo
en Occidente una mentalidad
muy particular: unas veces eran despreciados por su
presentación, otras fueron
rechazados a causa de los fuertes ayunos que hacían, que en
oportunidades los llevaban
a la muerte, y en otras oportunidades eran apoyados.
Italia e Hispania
Roma conocía el ascetismo y lentamente se fueron creando
grupos de ascetas que
vivían un ritmo comunitario, en los que la presencia de
algunas mujeres de la aristocracia
no era extraña; cuando varias de estas damas se retiraron a
sus posesiones, fuera de la
ciudad, comenzaron a darse los primeros pasos hacia una
vida conventual. Aunque el
ideal ascético tuvo poca acogida entre los hombres en
occidente, san Agustín da algunas
noticias sobre la existencia de algunos monasterios de
varones159. El papa Dámaso I
(366-384) fue un decidido promotor del ascetismo femenino;
otro tanto hicieron Siricio
105
(384-399), Inocencio I (402-417) y Zósimo (417-418); a Sixto
III (432-440) se le debe la
fundación del monasterio “in Catacumbas” junto a la basílica
San Sebastián; León I
(440-461) fundó un monasterio cerca a la basílica Vaticana.
En el resto de Italia existen algunas manifestaciones
ascéticas aisladas antes de la
presencia de los fundadores monásticos italianos como
Eusebio de Vercelli, quien reunió
el clero del templo episcopal en una vida común monástica
siendo el fundador de la
primera comunidad de clérigos en la historia de la Iglesia160;
Ambrosio de Milán, siempre
atento a la vida monacal, tanto masculina como femenina,
fundó un monasterio para
hombres en las afueras de la ciudad.
El concilio de Elvira (hacia el 306) habla de un ascetismo
premonástico; del 380 existen
algunas noticias que dan a entender su reciente nacimiento;
hacia el 385 ya se habla del
deseo de elegir de entre los monjes a algunos clérigos. Este
monacato no se desarrolló
mucho debido a la presencia de pueblos bárbaros. Una
singular figura de este monacato
fue Baquiario, quien defendió la posibilidad de un monacato
itinerante y fue considerado
como priscilianista; además, escribió De lapso, donde se
revela como asceta prudente y
bien formado. El priscilianismo, una teología dualista
heterodoxa, condujo a una práctica
ascética extrema y extravagante que acarreó el descrédito del
monacato.
Las Galias
Por los testimonios históricos161 se supone la existencia de
un ascetismo premonástico
en Las Galias. Las mujeres vivían consagradas en virginidad
en sus casas y
ocasionalmente en pequeñas comunidades. De los hombres
son pocas las noticias que se
tienen hasta que apareció Martín de Tours, quien es
considerado como el fundador del
monacato galo; Sulpicio Severo, su biógrafo, introdujo
algunas modificaciones en el
monacato martiniano como celdas individuales para los
monjes y vestido sencillo. La
estructura de los primeros monasterios es un eco del
monacato egipcio: ascetismo,
pobreza, vida en comunidad y lucha contra los demonios;
unido a esto: destrucción de
templos no cristianos, construcción de templos, predicación y
fundación de nuevas
residencias monacales; así nació la impronta específica del
monacato galo: pastoral y
misionero.
Después de la muerte de Martín de Tours y la propagación de
su doctrina y obras, se
inició la segunda fase, el cenobitismo en el que la influencia
del noble Honorato,
nombrado obispo de Arles (hacia el 428) fue fundamental en
el monasterio de la isla
Lerinum o Lerina al frente de la costa de Cannes; de este
monasterio salieron
importantes personajes del episcopado galo.
La tercera fase se ubica bajo la influencia de Juan Casiano
quien después de estar en
Oriente y Roma llegó a Marsella, allí el obispo Próculo le
confió un templo donde fundó
el monasterio San Víctor; en este monasterio escribió dos
obras sobre el orden y la
espiritualidad del monacato oriental: Instituta coenobiorum
(424) y Collationes (426); en
estas obras, además de la teología del monacato, se
encuentra la discusión teológica de la
época en torno a la validez de la doctrina agustiniana de la
gracia y el problema del
semipelagianismo. Los Instituta están organizados en dos
partes: la primera, compuesta
106
por cuatro apartados trata del monje en relación al exterior:
hábito, oración y normas; la
segunda, trata de los ocho vicios principales: gula, lujuria,
avaricia, cólera, tristeza,
ansiedad, vanagloria y soberbia. Las Collationes están
organizadas en 24 tratados: diez
hablan de la perfección; siete de la caridad, la castidad y las
relaciones que los monjes
deben vivir en libertad y gracia; y siete de las diferentes
clases de monjes.
En esta región se vivió la disputa sobre el semipelagianismo,
que surgió como una
réplica a una problemática en torno a la salvación que se
venía presentando. Ante unos
escritos muy optimistas en torno a la salvación del hombre,
Agustín de Hipona escribió
unas obras un poco pesimistas: El don de la perseverancia y
La predestinación de los
santos, en las cuales sostiene que la salvación es un don de
Dios y que el esfuerzo
humano no cuenta para nada; frente a este pesimismo del
“último Agustín” aparece la
reacción de algunos monjes quienes, con justa razón, no
podían aceptar tal forma de
pensar porque si ya todo está determinado se pierde el
sentido de lucha y renuncia que
tiene el monacato. En esta disputa nació el
semipelagianismo: Dios da el comienzo de la
gracia, pero lo hace de tal forma que aparece como una
acción de la voluntad humana.
Norte de África
Desde el siglo III se conocía la existencia de vírgenes y
continentes (los que hacían
promesa de no volver a tener relaciones sexuales), hombres
y mujeres, que incluso
dieron su vida durante las persecuciones; en el siglo IV su
número continuó en aumento,
razón por la cual los sínodos de la época los trata con
particular interés. Esto conduce a
afirmar que san Agustín no es exclusivamente el fundador del
monacato africano sino
que este monacato portó su indeleble impronta, una
comunión de vida en Dios; la obra
El trabajo de los monjes es un escrito que da a entender la
presencia de algunos
monasterios y de algunos monjes que llevan una vida
diferente a la del monacato
agustiniano162.
La impronta agustiniana del monacato africano se encuentra
en la Regla163 conventual
de san Agustín cuyo centro de gravedad es la unión de
corazones para amar a Dios y a
los hermanos a través de la armonía fraterna y la gozosa
alabanza a Dios con mucha vida
y poco formulismo: Primum, propter quod in unum estis
congregati, ut unanimes
habitetis in domo et sit vobis anima una et cor unum in
Deum164. Junto a esta regla se
ubican los sermones 355 y 356 y la obra El trabajo de los
monjes. La madurez
monástica de san Agustín va al ritmo de su itinerario religioso
en el que la actividad del
espíritu y la penetración contemplativa de la revelación
desempeñan un importante papel.
Parece oportuno señalar los cuatro elementos básicos de la
vida monástica agustiniana:
vida común; atmósfera de buenas relaciones interpersonales;
vigilancia, preocupación y
apertura intelectual; disposición al apostolado.
2.5 Algunos elementos eclesiales165
2.5.1 La liturgia
107
Con la oficialización de la Iglesia, la liturgia avanzó, el
catecumenado recibió un mortal
golpe y se llegó a la revisión de la doctrina penitencial en su
sentido y función; además,
comenzó una oleada misionera que llevó el cristianismo a los
confines del imperio,
traspasando incluso las fronteras. Estas situaciones son la
base de la acción pública para
satisfacer las necesidades del creciente número de
cristianos166.
Lo primero fue la fijación de las normas litúrgicas y la
consecuente diferenciación de
las liturgias entre oriente y occidente. Las diferentes
posiciones dieron origen a las
liturgias en cuyos ritos se debe tener presente que lo
importante es doctrina, non veste;
convertione, non habitu; mentis puritati, non culto, es decir, la
doctrina, la conversión,
y la mente pura.
En oriente se dieron: en Antioquía, la liturgia de los doce
apóstoles que después
asumieron los nestorianos de Siria, la liturgia de Santiago que
procedía de Jerusalén y la
liturgia clementina que era la base de la liturgia de san Juan
Crisóstomo; en Alejandría,
las liturgias de san Marcos (que hoy usan los coptos bajo la
forma ciriliana), Basilio y
Gregorio; en Constantinopla se asumieron las liturgias de
Juan Crisóstomo y Basilio. La
nota esencial de la liturgia es participación en el culto
celebrado por los ángeles en el
cielo, de ahí su dramatismo. No se puede olvidar que en las
Iglesias cristianas orientales,
y aunque esto pueda comprenderse mejor en otro momento
histórico, hay cinco grandes
tradiciones: bizantina, armena, jacobita, caldea y copta; de
estos cinco ritos, el más
difundido es el bizantino; no obstante ello, los otros ritos, casi
todos nacidos de la antigua
liturgia de Antioquía, conforman un testimonio de la
antigüedad litúrgica cristiana.
En occidente se dio la liturgia latina en sus tipos: romano,
gálico, milanés y romano
africano; la nota esencial es la mediación de Cristo que se
manifiesta en las doxologías.
No se debe olvidar que en el pontificado de Dámaso I, hacia
el 370, se presentó la
fijación del canon litúrgico latino de la misa, la primera
organización del año litúrgico y la
sistematización del culto a los mártires.
En la práctica sacramental aparecieron nuevos elementos. En
el bautismo fue
desapareciendo el catecumenado (el bautismo como
sacramento de moribundos) al
crecer el número de cristianos de nombre y los niños
bautizados. En relación a este
sacramento, existen tres datos importantes: no se sabe el
momento en el cual se
instituyeron la fórmula trinitaria y el ambiente pascual; el rito
se fue organizando por
etapas hasta llegar a la estructuración que hoy se conoce;
existe una tradición que
sostiene que Jesús bautizó a Pedro. En la Eucaristía apareció
la forma de la misa con los
prefacios y ritos propios incluyendo el hecho de nombrar a
aquellos por quienes se
celebra167. En la penitencia existía una severa disciplina y
por ello no se puede ignorar a
los penitentes que vivían sujetos a duras restricciones en la
vida privada y profesional (la
penitencia también como sacramento de moribundos). Como
el penitente había roto con
el Cuerpo de Cristo era excomulgado y por eso las
penitencias eran muy duras; a esto se
le suma la particular concepción escatológica que se
respiraba en aquel entonces; con el
tiempo todo fue cambiando porque los cristianos se iban
alejando y la moral se estaba
relajando. En cuanto al matrimonio, contrato y boda se
unieron en una sola celebración
108
que era presidida por el obispo168.
Durante este período se fue estructurando lentamente el año
litúrgico169 como
actualmente se entiende, pero sin alcanzar una adecuada
maduración; esta estructuración
se dio por la simbiosis que se presentó entre Oriente y
Occidente, a pesar de las
diferencias. No se puede ignorar que los cristianos
contraponían sus fiestas a las no
cristianas. Otro tanto hacían en el arte, tal como sucedía con
las imágenes del Buen
Pastor y Cristo Maestro, Jonás, etc., que se inspiraban en
figuras familiares de la cultura
del aquel entonces: el Buen Pastor se inspira en el tema
helenístico de Orfeo, Jonás imita
a Endimión dormido, Cristo Sol, Cristo Helios, refleja la
cristianización del pensamiento
no cristiano y anuncia una temática que será desarrollada por
el arte cristiano más
adelante170.
2.5.2 Predicación y religiosidad
La catequesis tenía una amplia acogida toda vez que la
mayoría de los cristianos
provenía de la gentilidad; se enfatizaba en la catequesis de
iniciación cristiana para
fortalecer los primeros conocimientos de la fe de los neófitos.
Cuando comenzó a
popularizarse el bautismo de niños este tipo de catequesis
disminuyó y, con ello, la
presencia de personas que se encargaban de la catequesis;
debido a esto la catequesis
prácticamente fue encargada a los clérigos, quienes hicieron
de ella un programa con
finalidad, contenido y método marcados por el contexto
misionero. De acuerdo a la obra
De catechizandis rudibus171 el objetivo de la catequesis es la
narración de las maravillas
de Dios conectando la historia de la salvación con el itinerario
religioso del catecúmeno
para mostrar el amor de Dios a la humanidad.
Junto a la catequesis está la predicación. La mayoría de los
sermones que han llegado,
proviene de dos autores: Juan Crisóstomo y Agustín de
Hipona. Entre otros autores se
citan: en oriente a Cirilo de Jerusalén, Gregorio Niceno,
Teodoro de Mopsuestia, Asterio
de Amasea, Basilio, Gregorio Nacianceno, etc.; en Occidente
a Ambrosio de Milán,
Cromacio de Aquilea, Máximo de Turín, Jerónimo, Gregorio
de Elvira, León I, etc172.
En general se llega a los fieles a través de una predicación
sencilla la mayoría de las veces
acompañada de una interpretación alegórica de la Biblia que
revelaba un profundo
conocimiento tanto de la Escritura como de la sicología de los
oyentes, por ello los temas
tratados en los sermones son variados pero con buenas
bases teológicas y adecuada
proyección cristocéntrica.
La predicación llevaba a una forma concreta de religiosidad
que tenía en el
cristocentrismo su mejor expresión, al fin y al cabo tanto la
catequesis como la
predicación motivaban este tipo de religiosidad de tal manera
que durante estos siglos
comenzó a estructurarse la piedad crística que tenía en el
misterio pascual su máxima y
mejor expresión. Junto al cristocentrismo se encuentran
varias formas de ascética que
hacían parte de la religiosidad insistiendo en la oración como
conversación con Dios que
exigía la vida beata, una vida de santidad; la ascética estaba
centrada no solamente en la
109
invitación al sacrificio y la mortificación personal, sino también
en la invitación a la
virginidad y la castidad con lo cual podrían presentarse
algunas exageraciones como
sucedía cuando se le daba un sentido negativo al matrimonio,
por lo que durante estos
siglos varios cristianos con un sentido ascético abandonaran
sus hogares para dedicarse a
una vida prácticamente monacal; por ello de los siglos IV y V
datan varios tratados sobre
la virginidad y pocos sobre el matrimonio. La concepción
negativa del matrimonio no es
solamente de los cristianos, ya que algunos pensadores no
cristianos e incluso alguna
escuela filosófica también pensaba así; san Agustín equilibró
un poco la balanza al
escribir sendas obras sobre los temas en mención.
Otro elemento de la religiosidad era el culto a los mártires y a
los santos. El culto a los
mártires comenzó a organizarse públicamente cuando la
Iglesia fue reconocida por el
imperio; primero el culto se hacía junto a la tumba del mártir,
después vinieron los
traslados que tropezaron con algunos inconvenientes legales
propios de la ley romana: el
derecho a una tumba, la inviolabilidad de las tumbas, la
propiedad sepulcral y la
prohibición de la existencia de tumbas al interior de la ciudad;
no obstante estos tropiezos
se logró el traslado de varios mártires a los lugares de culto.
El culto a los mártires se
extendió con rapidez a tal punto que comenzó la repartición
de reliquias, algunas de ellas
por contacto, para diferentes lugares de culto que querían
contar con la protección del
mártir y, además, comenzó el culto sobre la tumba del mártir
o de la memoria levantada
y construida en su honor.
El culto a los santos, es decir, aquellos que no son mártires
comenzó con ciertas
vacilaciones hacia el siglo IV y contó con algunos obstáculos
como el caso del traslado de
sus restos mortales a lugares de culto construidos al interior
de las ciudades. En la
primera experiencia litúrgica cristiana existía el culto a
algunos personajes del Antiguo
Testamento como: Moisés, David, Elías, los Hermanos
Macabeos, etc., pero no tuvo
mucha fuerza debido a las polémicas existentes entre los
cristianos y los judíos y la falta
de una buena base teológica para justificarlo. Mención
especial merece el culto a la
Virgen María, que era puesto por encima del de los apóstoles
incluso antes de las
definiciones dogmáticas mariológicas. A la luz de estos cultos
se desarrolló el arte
cristiano, principalmente en los cementerios.
Junto al culto a los santos y mártires están las
peregrinaciones tanto a tierra santa como
a las tumbas o sepulcros de los mártires y santos. Parece ser
que en las peregrinaciones
predominaba el deseo y la esperanza de hallar ayuda en
situaciones personales difíciles,
sobre todo la curación de enfermedades; el agradecimiento
por la ayuda prestada induce
a realizar peregrinaciones prometidas. Todavía no se recalca
la idea de penitencia y
expiación, aunque con dificultad estaría ausente en medio de
las molestias propias de las
peregrinaciones de aquel entonces. Algunas veces aparecen
críticas no contra las
peregrinaciones, sino contra una falsa motivación debido a la
presencia de algunas
depravaciones porque las costumbres no cristianas aún
pervivían en la piedad cristiana
como el caso de las supersticiones y los refrigerios que se
hacían en las tumbas de los
familiares los días 3, 7 y 9 después del sepelio; a veces el
refrigerio hecho sobre las
tumbas de los mártires se convertían en verdaderos abusos
para la piedad cristiana.
110
3. Los primeros concilios cristológicos173
3.1 El concilio de Nicea (325)174
El primer concilio ecuménico fue el punto de llegada de un
proceso anterior en el que la
Iglesia buscaba la formulación del dogma trinitario y algunos
elementos disciplinarios que
tuvieran validez universal; esa búsqueda se hizo a la sombra
en cuanto que la Iglesia aún
no había sido tolerada, ya que esto apenas se logró con el
edicto de Milán del 313, por
esta razón los concilios locales y regionales eran los que
marcaban las pautas necesarias
para formular la doctrina. Antes del concilio, la Iglesia vivió la
polémica trinitaria en cuyo
contexto se inserta el arrianismo, herejía que por no formular
bien la encarnación del
Hijo de Dios, negaba su divinidad y eternidad al considerarlo
como un semidios y
demiurgo que se manifestaba en Jesucristo, porque es divino
por participación y
adopción al ser creado en el tiempo para servir como
instrumento en la creación del
universo175; por estas afirmaciones también negaba el
dogma trinitario. La presencia de
esta herejía y las controversias que suscitó son
fundamentales para entender la
importancia del concilio de Nicea convocado por el
emperador Constantino para el
325176. Antes del concilio se realizó el sínodo de Antioquía
(324) que, parece, fue
presidido por el obispo Osio de Córdoba, consejero
eclesiástico del emperador
Constantino, y contó con la presencia de obispos de
Palestina, Siria y Asia Menor; a
pesar de los diferentes juicios dados, este sínodo influyó en el
cuadro inicial del concilio
de Nicea.
El concilio se realizó entre el 20 de mayo y el 25 de julio del
325, cambiando la sede
original de Ancira por motivos logísticos y climáticos que
pueden interpretarse como un
gesto favorable a los arrianos, ya que los obispos Eusebio de
Nicomedia y Teógnides de
Nicea habían sido benévolos con Arrio y sus ideas; además,
Nicea era una ciudad
cercana a la residencia imperial de Nicomedia. Entre sus
objetivos estaban: solucionar el
problema arriano, buscar la pacificación general y la
organización de la Iglesia, limar las
diferencias en relación a la celebración de la Pascua, entre
otras. En cuanto al número de
obispos asistentes se suele hablar de “los 318 padres” (en
relación simbólica con el
número de sirvientes de Abrahán) pero su número varía,
según los autores, entre 190 y
300, casi todos orientales; entre los padres conciliares brilla
con luz propia el entonces
diácono Atanasio (295-373) uno de los más firmes defensores
de la ortodoxia de Nicea
contra el arrianismo. También defendieron la fe Eustacio de
Antioquía, Marcelo de
Ancira y los dos delegados romanos Víctor y Vicente.
Después de la sesión inaugural que fue presidida por el
emperador Constantino quien
invitó a los obispos a buscar las causas del conflicto y la
forma para conseguir la paz, se
inició la discusión doctrinal sobre dos fórmulas de fe: una
propuesta por obispos
filoarrianos y otra propuesta por los defensores de la
ortodoxia; esta fórmula de fe, el
credo, fue el acto más importante del concilio en cuanto
compendio de las verdades
esenciales profesadas por la Iglesia. El problema de fondo en
relación a la fe era la
cuestión del término homoousios aplicado a Jesús, es decir,
que Él era consustancial con
el Padre, que no fue aceptado por algunos obispos presentes,
entre ellos Arrio y dos
111
compañeros que fueron condenados y depuestos; a partir de
entonces Atanasio, primer
cristiano venerado como santo sin haber padecido el martirio,
se convirtió en el paladín
de la ortodoxia nicena. En orden a una mejor claridad, el
problema consiste en que en
Occidente el vocabulario utilizado era esencia (naturaleza en
sentido estático), natura
(naturaleza en sentido dinámico), sustancia (la esencia
concreta) y persona (el sujeto); en
Oriente: ousía (esencia), physis (natura), hypóstasis
(sustancia) y prosopón (persona).
De esta terminología surgen cuatro fórmulas: homos –ousios
da homousios (igual
esencia)–, homoios –ousios da homoiousios (esencia
semejante)– , homoioskata panta
(semejante en todo) y anomoios (distinto).
Además de la fe, Nicea también trató algunas cuestiones de
tipo disciplinario y
canónico como la fecha de la celebración de la Pascua
porque hasta el concilio existían
tres ciclos diferentes: romano, alejandrino y antioqueno, que
creaban confusión entre los
cristianos de estos patriarcados, y el problema del cisma
meliceno que perturbaba a la
Iglesia egipcia.
En torno a la celebración de la pascua, se dice que, siguiendo
un calendario lunisolar y
cuatro datos importantes, ésta se debe celebrar el domingo
(dato cristiano) siguiente o
coincidente con el plenilunio (dato astronómico) del 14 de
Nisán (dato judío), teniendo
en cuenta que el equinoccio (dato astronómico) de primavera
(en el hemisferio norte) se
fijó para el 21 de marzo177. Con esta propuesta, se dio la
unidad en la celebración de la
pascua, tal como lo da a entender la carta que los padres
conciliares le enviaron a los
alejandrinos: “Les damos el alegre anuncio de la unidad que
ha sido restablecida en torno
a la fiesta de la pascua. Todos los hermanos de oriente, que
antes celebraban la pascua
con los judíos, de ahora en adelante la celebrarán con los
romanos, con nosotros y con
todos los demás que siempre la han celebrado con
nosotros”178.
En relación a los cánones, sólo son considerados como
auténticos unos veinte entre los
cuales llaman la atención los relativos a las estructuras del
gobierno local, las
disposiciones sobre el clero, la penitencia pública, la admisión
de cismáticos y herejes, y
algunas prescripciones litúrgicas. En cuanto a las estructuras
de gobierno y jurisdicciones
regionales están los cánones 4-7, 15-16 en los cuales se
encuentra el germen de los
futuros patriarcados. Los cánones 1-3, 9-10, 17-18 hablan de
los clérigos prohibiendo la
cohabitación con mujeres, su conducta y la lucha contra la
usura. Por lo que hace
referencia a la disciplina penitencial, cánones 11-14, se
estructura en un proceso que
deben vivir los cristianos que por diferentes circunstancias se
encuentran fuera de la
comunión de la Iglesia, recalcando el hecho de no negarle la
comunión a ningún
moribundo. Los cánones 8 y 19 hablan de la actitud frente a
los cismáticos que son
readmitidos en la comunidad.
El tiempo que media entre Nicea y Constantinopla fue testigo
del conflicto con el
arrianismo; por esta razón, la época posterior a Nicea puede
verse como la historia de la
recepción del concilio en medio de luchas en las cuales fue
condenado el arrianismo y
replanteado el contenido del símbolo de la fe.
En el decenio posterior a Nicea, el partido eusebiano o
arriano, derrotado durante el
112
concilio, comenzó a triunfar con el aval y apoyo del
emperador de tal manera que
quienes habían sido derrotados comenzaron a dominar la
escena política del oriente
cristiano cuando en las sedes episcopales más importantes
se habían establecido
exponentes de una doctrina que, aunque ajena a las
posiciones de Arrio, no tomaban
como base la fórmula de Nicea; en este decenio comenzó la
persecución contra Atanasio.
Entre el 337 y el 361, durante el reinado de Constancio II, se
presentó la reacción
antinicena; frente a la deposición de Atanasio y otros
defensores de Nicea, Julio I (337352) pidió una revisión y no aceptó la deposición de estos
pastores; con esta actitud el
abismo entre oriente y occidente comenzó a notarse y con el
deseo de una mejor
intelección de la fórmula nicena fueron propuestos varios
símbolos; en este contexto se
dio el destierro de los defensores de Atanasio, incluyendo al
papa Liberio (352-366) y
Osio de Córdoba. Aquí se ubica el concilio de Sárdica (343)
donde los obispos
ortodoxos, casi todos occidentales, y 80 obispos orientales,
todos eusebianos (arrianos),
se excomulgaron mutuamente creando la primera ruptura
seria entre Occidente y Oriente.
Lo importante de Sárdica (hoy Sofía) son los cánones del 3 al
5 que reconocen a Roma
como la suprema instancia de apelación para la Iglesia
universal179. Más tarde, la Iglesia
fue sometida en la autoridad imperial a una serie de sínodos
que más que aclarar,
confunden las ideas.
Entre el 361 y el 379 las disputas tomaron otro rumbo a raíz
de la blasphemia
sirmiensis que fue el resultado de la reunión de algunos
obispos que se reunieron en
Sirmio hacia el 357; esta fórmula es como una especie de vía
intermedia entre los
opositores que rivalizaban en relación a Nicea, pero abrió las
puertas a la división de la
Iglesia antioquena donde apareció el apolinarismo que
negaba la presencia de un alma
racional en Cristo y fue condenado por Occidente (Dámaso I,
366-384) y Oriente
(Basilio Magno); para tratar de solucionar la crisis antioquena
fue convocado un sínodo
en aquella ciudad hacia el 379 que, presidido por Melecio de
Antioquía, aceptó y firmó
algunos documentos occidentales que condenaban tanto el
arrianismo como el
apolinarismo.
3.2 El concilio de Constantinopla (381)180
A este concilio se le debe que el resultado doctrinal de Nicea
fuera asumido
definitivamente como patrimonio común de las Iglesias en
Oriente y Occidente; es más,
la recepción del primer concilio de Constantinopla influyó en
la conciencia que se tuvo de
la autoridad conciliar en relación a la norma de fe; los
documentos auténticos son pocos,
se reducen al símbolo de la fe y algunos cánones, una lista
con la firma de los
participantes y una relación dirigida al emperador Teodosio I.
El mandato de Teodosio I
(379-395) primero como emperador de Oriente y, desde la
muerte de Graciano (383),
como emperador de todo el territorio romano modificó la línea
política que traía el
imperio al promulgar el 28 de febrero del 380 el edicto
Cunctos populos donde
manifestaba el deseo de restaurar la unidad religiosa del
imperio sobre la base de la
ortodoxia nicena, superando así la ruptura entre Oriente y
Occidente; este edicto es el
113
punto final oficial del arrianismo.
El concilio, llamado de los 150 padres181, contó con un
núcleo básico de obispos
ligados a la zona eclesiástica de Antioquía y, como nota
particular, el representante
occidental, Acolio de Tesalónica, no firmó el documento final,
debido a la problemática
suscitada a raíz del canon 3 que hablaba de la importancia de
Constantinopla; la mayoría
de los obispos presentes en este concilio, también
participaron en el sínodo antioqueno
del año 379.
El primer asunto que trató fue la organización de la Iglesia en
Constantinopla, sometida
durante varios decenios a una línea oficial que comenzó a ser
superada con la presencia
de Gregorio Nacianceno, quien sucedió en esta sede al
filoarriano Demófilo hacia el 380.
Después de tratar este asunto se abrió un paréntesis para
afrontar la cuestión de los
macedonios sobre la divinidad del Espíritu Santo que estaba
siendo cuestionada por los
pneumatómacos; en este contexto fue presentado un nuevo
símbolo que seguía al de
Nicea, pero agregaba elementos precisos para recalcar la
consustancialidad del Espíritu
Santo; los intentos de unión fracasaron, los macedonios
abandonaron la asamblea
conciliar y los padres conciliares retomaron su trabajo que se
centró en las normas para
el gobierno eclesiástico (cánones 2-3): el canon 2 prohibía
que el obispo de una diócesis
se mezclara en los asuntos de otra, y el canon 3 habla del
primado de honor de la sede de
Constantinopla en la Iglesia oriental182.
Después de haber sido aprobados algunos cánones llegaron
unos obispos de Alejandría
y Macedonia, probablemente invitados por el emperador,
quienes se opusieron a las
normas ya aprobadas, y como si ello fuera poco se presentó
la renuncia del presidente
del concilio, Gregorio Nacianceno, quien se despidió de su
Iglesia y del concilio en forma
digna y solemne, aunque sin ocultar del todo la amargura, en
el templo de los Santos
Apóstoles en presencia de la corte y los padres conciliares; a
este padre de la Iglesia, la
Iglesia griega lo llama “el teólogo” por antonomasia. Para
suceder a Gregorio en la sede
constantinopolitana fue elegido Nectario, funcionario estatal
que, parece, ni siquiera era
bautizado cuando fue elegido; con este obispo el concilio
caminó hacia la conclusión con
la redacción del canon 1 y el Tomus183; las fuentes dan a
entender que el canon 1 es un
resumen del Tomus, permitiendo apreciar la forma como la
doctrina trinitaria de los
padres capadocios fue recibida: Dios es unidad de sustancia
y trinidad de personas.
El canon 1, junto con los otros decretos disciplinarios, fue
aprobado en la sesión del 9
de julio de 381. Para concluir, el concilio dirigió una carta a
Teodosio señalando los
resultados obtenidos y pidiendo la aprobación de los
cánones; éste accedió a la petición
publicando los cánones y promulgando un edicto en el cual
sacaba las consecuencias
prácticas para la legislación y la política religiosa del imperio.
Se habla del credo nicenoconstantinopolitano que es una
gran paradoja: es el
documento más significativo y enigmático en cuanto que
ninguna fuente del concilio
habla de él; de todas maneras los dos elementos más
representativos que diferencian este
símbolo del niceno son: la cláusula “cuyo reino no tendrá fin”
dirigida contra Marcelo de
Ancira, y algunas afirmaciones sobre el Espíritu Santo: “Señor
y dador de vida,
114
procedente del Padre, adorado y glorificado junto con el
Padre y el Hijo”. Este credo
entró en vigor para Oriente en el 451 y para Occidente al
inicio del siglo VI.
3.3 Las rivalidades en la cristiandad184
Ya se habló de las escuelas teológicas de Antioquía y
Alejandría, las cuales en la
primera mitad del siglo V entraron en antagonismo por
cuestiones teológicas, la
interpretación de la Biblia y algunos aspectos étnicos; a
Alejandría se le unió Egipto, y a
Antioquía, Constantinopla. En el contexto de esta rivalidad se
gesta, entre otros: el
destierro de Juan Crisóstomo y los concilios de Éfeso y
Calcedonia. El destierro de Juan
Crisóstomo, obispo de Constantinopla, nacido en Antioquía
donde era maestro Teodoro
de Mopsuestia, se debió a la oposición de Teófilo, apoyado
por la esposa del emperador.
Éfeso y Calcedonia están en directa relación por el tema
tratado, la unión a Nicea, la
complementariedad de sus respuestas y las dramáticas
consecuencias. La raíz del
conflicto teológico radicaba en la presencia de dos posiciones
cristológicas, de dos formas
de entender la Encarnación; no se negaba ni la humanidad ni
la divinidad porque el
problema era la forma como se explicaba la unión de Dios y
hombre en Cristo; la
corriente alejandrina enfatizaba tanto la unidad que ponía en
duda la existencia del alma
humana de Cristo (germen del monofisismo), la corriente
antioquena enfatizaba la
diferencia hasta el punto de presentar dos personas
diferentes.
A la cuestión teológica se le suman la rivalidad entre
Constantinopla y Alejandría por la
primacía en oriente y la crisis de Nestorio (381-451) cuando
fue electo obispo de
Constantinopla (428), después de haber recibido formación
antioquena. Cuando Nestorio
tomó posesión de su cargo había una disputa mariológica
(María: Madre de Dios o
Madre del hombre) e intervino proponiendo una tercera vía:
María Madre de Cristo;
frente a esta propuesta los obispos de Roma y Alejandría
reaccionaron en sendos sínodos
que condenaron a Nestorio. Cirilo obispo de Alejandría desde
el 412 propuso la fórmula
de la unión hipostática entre el Logos y la carne (el hombre):
“Dos naturalezas unidas en
un único sujeto”; después vinieron los doce anatemas de
Cirilo, expuestos en una carta
enviada a Nestorio (hacia el 430), que se convirtieron en el
manifiesto teológico del
monofisismo.
3.3.1 El concilio de Éfeso (431)
En el caldeado ambiente teológico del siglo que se vivía hubo
un giro: de la cuestión
trinitaria se pasa a la cristológica y en el contexto de la
cristología se gestó el concilio de
Éfeso después de superar algunos problemas arrianos y
apolinaristas. Hacia el 428
Nestorio, de la escuela antioquena, asume la sede episcopal
de Constantinopla llevando
consigo la cuestión de la maternidad divina de María185; a
las ideas de Nestorio se le
opuso Cirilo de Alejandría; ambos acudieron al Papa y en
medio de esta controversia el
emperador Teodosio II convocó el concilio en la neutral
ciudad de Éfeso que fue
presidido polémicamente por Cirilo. Como el papa Celestino I
no estuvo presente, envió
115
tres delegados: los obispos Arcadio, Proyecto y el sacerdote
Felipe, quienes llegaron
cuando el concilio ya había comenzado. Este concilio fue
convocado por Teodosio II, y
duró del 22 de junio al 31 de julio del 431; otros proponen el
punto final de la reunión en
septiembre.
En el transcurso del concilio, Cirilo asumió una conducta
política y teológica contra
Constantinopla y su obispo Nestorio sin contar con la
presencia de todos los invitados
porque cuando el concilio ya había condenado a Nestorio,
llegaron Juan de Antioquía y
los obispos orientales quienes rompieron con la Iglesia a
causa de los anatemas de Cirilo
y fueron depuestos por el concilio. El concilio se dio por
terminado cuando se formaron
dos grupos antagónicos que se excomulgaban y
anatematizaban. A pesar de los
problemas que hubo en el desarrollo de este concilio por las
deficiencias humanas, se
dieron algunos progresos cristológicos al aceptar el símbolo
niceno y proclamar la
maternidad divina de María, propuesta por los obispos
antioquenos.
Después del concilio vino la unión del 433 que buscaba la paz
para superar el cisma de
los obispos orientales, gracias a la intervención del Papa y el
emperador; la unión
consistió en que Cirilo aceptó el símbolo elaborado en Éfeso
por los antioquenos, éstos
aceptaron el término Theotokos y los alejandrinos
renunciaron a algunas fórmulas
teológicas. Posterior a esta reunión aparece la crisis de
Eutiques monje que, como las dos
corrientes no habían llegado a una verdadera unión, comenzó
a predicar el monofisismo;
en el 448 fue condenado por la corriente antioquena en un
sínodo celebrado en
Constantinopla a instancias de Eusebio de Dorilea (un tanto
nestoriano y difisita) que fue
presidido por Flaviano; Eutiques, protegido por Crisafio,
ministro de Teodosio II, pidió la
revisión del proceso que se llevó a cabo en el Latrocinio de
Éfeso donde Eutiques fue
rehabilitado, los antioquenos nuevamente fueron condenados
y los anatemas de Cirilo
otra vez favorecidos; aquí no acabaron las cosas, la tensión
fue aumentando.
El Latrocinio fue presidido por Dióscoro de Alejandría, quien
se impuso recurriendo a
la violencia de monjes fanáticos y tropas imperiales; Flaviano
de Constantinopla fue
herido gravemente y murió a los tres días; los obispos
Teodoreto de Ciro, Dommo de
Antioquía, Eusebio de Dorilea e Ibas de Édesa fueron
depuestos; y los delegados
pontificios Julio, Renato e Hílaro, huyeron. Por la forma como
fue presidido por el
obispo Dióscoro se convirtió en un acto bochornoso; Flaviano
fue depuesto y Eutiques
rehabilitado. Ante las protestas de Flaviano, los delegados
romanos y algunos obispos, el
templo donde estaban reunidos fue invadido por monjes y
soldados. En el Latrocinio de
Éfeso, nombre que se le debe a León Magno, las intrigas
políticas hicieron triunfar el
monofisismo.
3.3.2 El concilio de Calcedonia (451)186
El concilio de Éfeso no solucionó la cuestión cristológica, más
bien ahondó los puntos
de ruptura entre Alejandría, Antioquía y Constantinopla. En lo
referente a la maternidad
divina de María hubo una adecuada aproximación entre
Alejandría y Antioquía.
Durante los veinte años que median entre Éfeso y Calcedonia
hubo una serie de
116
tensiones entre estas sedes; los ánimos se iban apagando
hasta que en el 446 se inició una
nueva crisis. En esta ocasión ya habían cambiado los
protagonistas: Dióscoro, figura
problemática del episcopado oriental, era obispo de
Alejandría, y Flaviano obispo de
Constantinopla, ciudad a la que llegó el monje Eutiques como
heraldo de la cristología
alejandrina que era monofisita. Aquí se conjugaron los
problemas porque ante esta
tendencia, el obispo Teodoreto de Ciro en su obra El mendigo
puntualizó sobre las dos
naturalezas de Cristo; el ambiente volvió a enrarecerse y se
gestó el Latrocinio de Éfeso
(449) al cual no fue convocado Teodoreto de Ciro.
León Magno apoyado por el emperador Marciano (sucesor de
Teodosio II, + 450) y la
emperatriz Pulquería convocó el concilio de Calcedonia,
cambiando la sede original que
era Éfeso, donde Roma y Constantinopla estuvieron muy
cercanos por la actitud política,
bien llevada por el emperador Marciano que, salvo la
polémica del canon 28
(Constantinopla igual a Roma), produjo buenos resultados.
Este concilio buscaba una
solución doctrinal con dos principios de orientación: debía
formular la fe para acabar la
división (intención del emperador) y ser un tribunal académico
(intención del Papa). Aquí
las tensiones entre ambas cristologías también se hicieron
presentes a pesar de haber
usado a Nicea, las cartas canónicas de Éfeso y el Tomus
Leonis. Los delegados
pontificios fueron Pascasino, quien asumió la presidencia del
concilio, Lucencio, Basilio y
Bonifacio.
En lo dogmático este concilio, realizado cuando todavía
seguían abiertas las heridas,
permitió afianzar la cristología (una persona y dos
naturalezas, teniendo como base la
adjetivación de unas palabras como son inmutabiliter,
indivise, inseparabiliter con todo
lo que conllevan en lo que al lenguaje hace referencia) al
condenar el monofisismo y la
cuestión de Eutiques, y como previo a éste se había
presentado el Latrocinio de Éfeso,
no pocos vieron en este concilio una revancha de
Constantinopla frente a Alejandría
cuyo obispo Dióscoro fue excomulgado. Este concilio ayudó a
la cristología y la unidad
eclesiástica entre Oriente y Occidente; pero hay dos cosas
que no se pueden ignorar: la
filosófica helenización de la fe y la separación de las Iglesias
siria y egipcia, y otras
Iglesias nacionales, entre las cuales estaba Palestina. En
cuanto a la llamada helenización
de la fe, es posible que en una sana interpretación y
comprensión histórica se hable de la
cristianización del helenismo, de la filosofía griega y del
esquema cultural del mundo
imperial en sus vertientes griega y romana.
Finalmente, la formulación doctrinal de este concilio, cuyo
texto está en griego y
produjo 30 cánones, de los cuales el 28 trajo funestas
consecuencias para la historia de la
Iglesia por las divisiones que originó187, era presentada
como la correcta y se apoyaba en
la tradición. Esta formulación tuvo en cuenta el Tomus
Leonis188 (carta de León Magno a
Flaviano de Constantinopla del 13 de junio de 449) que habla
sobre la encarnación del
Verbo de Dios (Cristo) como una realidad que no disminuye la
divinidad porque es para
salvar al hombre; y afirmando que Cristo tiene dos
naturalezas en una sola persona. En
conclusión: este concilio no contentó a los monofisitas y creó
discordia entre sus
defensores por rehabilitar a Teodoreto de Ciro.
117
En síntesis en este capítulo, después de conocer la realidad
imperial y la situación de la
Iglesia en el imperio, se abordó el tema de la vida de la
Iglesia en el momento en el cual
salió de la clandestinidad para convertirse en la Iglesia del
imperio; luego se analizaron los
primeros concilios ecuménicos donde se formuló la dogmática
trinitaria, formulación que
deja entrever las diferencias entre las dos grandes
propuestas culturales romanas. Con lo
visto a lo largo de este capítulo, se capta que a medida que
avanza la historia la Iglesia,
ésta se va haciendo más compleja, y debido a ello fue
importante codificar la intelección
de la fe; ya el eje de la experiencia cristiana no era sólo la
adhesión a la persona divina
con naturaleza divina y humana, Jesús, sino también tener
las ideas claras, saber la fe, la
doctrina y comunicarla.
____________________
111 De Francisco, Carlos. Las Iglesias orientales católicas.
Identidad y patrimonio. San Pablo, Madrid, 1997,
p. 23.
112 En la narración histórica que se hace, se deja de lado la
historia del “mundo no mediterráneo”, no porque
no sea importante, sino porque su historia tan importante y
apasionante, puede hacer perder el objetivo primario
de este libro. Cf. García, Luis. La antigüedad clásica. El
Imperio Romano. En: Equipo, Historia Universal
EUNSA, II **. Eunsa, Pamplona, 1984, pp. 341-509; Pierini, 1,
pp. 129-144.
113 Cf. Orlandis, José. Del mundo antiguo al mundo
medieval. En: Equipo, Historia Universal EUNSA, III.
Eunsa, Pamplona, 1984, pp. 21-114.
114 El ministro que acompañó a Arcadio en la parte oriental
fue Rufino.
115 Pierini, 1, p. 140.
116 Cf. Jedin, II, pp. 27-142. En el giro de los acontecimientos
sucedidos entre el 324 y el 380 hubo tres
personajes básicos en la teología: Atanasio, Hilario y Efrén.
117 La muerte de Constantino se ubica hacia el 337; fue
sepultado en el templo de los apóstoles, en un sepulcro
que él había construido; la Iglesia oriental lo incluyó en el
santoral, pero la occidental no.
118 En aquel entonces existía en Roma un criterio parecido al
egipcio, que consideraba al gobernante como un
dios y rey.
119 Estos obispos fueron: Eusebio de Nicomedia y Teognis
de Nicea. En este mismo contexto, los obispos
libios Segundo de Tolemaida y Teones de Marmárica no
firmaron el símbolo de Nicea.
120 Todo parece indicar que Juliano era un místico que al ver
las divisiones al interior del cristianismo se
desencantó y permitió la tolerancia de la religión estatal y
otros tipos de pensamientos.
121 Lo fundamental para la historia sobre este sacramento
fue el hecho de ponerlo en la perspectiva del amor y
presentarlo como una Iglesia pequeña. Por ello, como da a
entender Agustín de Hipona, no es simplemente un
contrato, sino un sacramento que llega hasta la muerte de
uno de los cónyuges; por ello las segundas nupcias
eran mal vistas.
122 La Iglesia no entró a discutir el tema de las injusticias
sociales, simplemente las enmarcó dentro de un
contexto de pecado, recordándole a los ricos que el hombre
era un administrador.
123 En este contexto se ubica el origen de la doctrina social,
cf. Secretariado Nacional de Pastoral Social.
Doctrina Social de la Iglesia. Curso de Doctrina y Pastoral
Social. Historia del Pensamiento Social de la
Iglesia, 3, s. m. d., pp. 29-32.
124 Pierini, 1, p. 163.
118
125 Víctor y Vicente fueron los delegados del papa Silvestre
(314-335).
126 Arrio fue un sacerdote egipcio que, después de haber
sido expulsado de Alejandría, estudió en la escuela de
Antioquía; posteriormente se trasladó a Nicomedia, ciudad
que se convirtió en un centro arriano.
127 En el 325 tendría unos 26 años y era diácono de la
Iglesia de Alejandría, posteriormente fue obispo de esa
sede y después de una agitada vida episcopal murió en el
373.
128 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 322-331.
129 Dada la insistencia de Cirilo en torno a la unidad de las
dos naturalezas en Cristo, algunos lo presentan
como uno de los padres del monofisismo.
130 Cf. Castro, Luis Augusto. El gusto por la misión. Manual
de misionología para seminarios. CELAM,
Bogotá, 1994, pp. 85-118; Comby, J. Op. cit., pp. 73-86; NHI,
I, pp. 319-336.
131 Cf. Ostrogorsky, Georg. Storia dell’impero bizantino.
Enaudi, Torino, 1993, pp. 294-318.
132 Son varios los historiadores que dan el nombre de
germanos a los pueblos que habitaron las regiones
ubicadas al norte del imperio romano y aceptaron pronto el
catolicismo; de estos pueblos se volverá a hablar en el
tercer capítulo.
133 Cf. Orlandis, J. Historia de la Iglesia, I: Iglesia antigua y
medieval. Palabra, Madrid, 1986, pp. 121-145;
Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 137-139.
134 Parece que el término “patriarcado” tiene una triple raíz
griega: pater, arche, odos. Entre los factores que
determinan su creación se citan: el significado político y
económico, la particularidad de cada región, el idioma y
el principio apostólico.
135 Según la tradición, en esta ciudad estuvo predicando,
además de otros apóstoles, Bernabé, quien no
perteneció al grupo de los doce; este apóstol murió en Chipre
y por esto a esta Iglesia se le conoció como
autocéfala ya que fue sede apostólica pero de una manera
particular.
136 Cuando esta ciudad tomó fuerza, Bizancio fue
desapareciendo del panorama de la historia.
137 Cf. Pierini, 1, pp. 165-166; Franzen, August y Bäumer,
Remigius. Storia dei papi. La missione di Pietro
nella sua essenza e nella sua realizzazione storica attraverso
la Chiesa. Queriniana, Brescia, 1987, pp. 30-57.
138 Sobre el origen de esta palabra se tienen dos versiones:
es un acróstico formado por las primeras letras de
la expresión Petrus Apostoli Potestatis Accipiens (El que ha
recibido el poder del apóstol Pedro); otros dicen que
es la contracción de las primeras letras de dos palabras
atribuidas al sucesor de Pedro que era Padre y Pastor.
Tampoco se puede olvidar que entre el 180 y el 200 se ubica
el testimonio del obispo Abercio según el cual el
obispo de Roma es llamado “Santo Pastor”. Cf. BilhmeyerTuechle, 1, p. 142.
139 Cf. Atanasio. Ad arrianos 21-35.
140 Pierini, 1, p. 209.
141 Cf. Bihlmeyer-Tuechle, 1, pp. 135-136.
142 En relación a la edad se abordaba el tema de la madurez
del candidato, que cronológicamente era propuesta
así: 21 años para el acólito, 25 para el diácono y 30 para el
presbítero. Todo parece indicar que la propuesta en
torno a la edad fue obra del papa Zósimo.
143 Cf. DPAC, voz Statuta ecclesiae antiqua.
144 Cf. DPAC, voz Celibato del clero.
145 Lo más lamentable de los privilegios fue el hecho que
con la participación en los puestos civiles se le dio
un golpe letal al ideal misionero de la Iglesia.
146 Cf. Masoliver, Alejandro. Historia del monacato cristiano,
I. Encuentro, Madrid, 1994; NHI, I, pp. 307317; Bihlmeyer-Tuechle, 1, pp. 429-445; Sanchís, R. Op. cit,
pp. 111-117.
147 Cf. Atanasio de Alejandría. Vida de san Antonio padre de
monjes. Apostolado Mariano, Sevilla, 1991. En
esta obra Antonio aparece como un atleta y un héroe de la
ascesis, que recomendaba a sus discípulos:
“Conserven el fervor como si comenzaran hoy”.
148 Este tipo de vida fue iniciado por Pablo de Tebas.
149 Sobre este santo existen tres fuentes: siete cartas, 38
apotegmas y la vida, escrita por Atanasio.
150 Pierini, 1, p. 164.
119
151 Cf. Paladio. Historia Lausíaca o Los Padres del Desierto.
El mundo de los Padres del Desierto.
Sansegundo, León. Apostolado Mariano, Sevilla, 1991.
152 Cf. Pelagio y Juan (Recensión de). Las sentencias de los
Padres del desierto. DDB, Bilbao 1989; Mortari,
Luciana (dir.). Vida y dichos de los padres del desierto, I – II.
DDB, Bilbao, 1994 - 1996; Elizalde, Martín. Los
dichos de los Padres, I – II. Apostolado Mariano, Sevilla,
1991.
153 Pacomio nació en Esneh, Alta Tebaida, y fue bautizado
en Shenesit. Entre los rasgos de la vida que
propuso, sobresalen el monasterio y la ley (regla) que regula
al superior, la vida común, el trabajo y la oración.
154 Cf. DPAC, voz Laura.
155 La stasis es un ejercicio ascético que consiste en “estar
de pie”. Cf. DPAC, voz Estilita (Estilitismo).
156 Cf. DPAC, voz Acemetas.
157 Cf. Alberigo, Giuseppe (dir.). Conciliorum
Oecumenicorum Decreta. EDB, Bologna, 1991, pp. 89-91. De
aquí en adelante se citará COD. El canon 4 sostiene que los
monjes no deben emprender nada sin la voluntad del
obispo, ni construir monasterios ni ocuparse de cosas
mundanas; el canon 8 afirma que los clérigos y los monjes
no deben regresar al mundo.
158 DPAC, voz Asketikón.
159 Cf. Agustín de Hipona. Las costumbres de la Iglesia
católica I, 33, 70.
160 Este tipo de vida es conocido como monacato episcopal
urbano.
161 Como el caso de un edicto de Valentiniano I promulgado
en el 370 que exime a las vírgenes consagradas a
Dios en Las Galias; el sínodo de Valence del 374 que en el
canon 2 se ocupa de las vírgenes que habían
abandonado su estado anterior; algunos decretos de los
papas Dámaso y Siricio.
162 Normalmente se organiza la vida de este santo en torno
a cinco etapas: conversión intelectual (373),
conversión espiritual (386), monje laico (388), monje
sacerdote (391), monje obispo (395).
163 Esta Regla está organizada en ocho apartados:
comunidad de vida y de bienes, oración, régimen de
alimentación, castidad y corrección fraterna, vestidos en
común, caridad en el hablar, la actitud del superior, y el
espíritu con que debe guardarse.
164 En torno a la Regla de san Agustín se han escrito varias
obras; de entre ellas, la más representativa es:
Verheijen, Luc. La règle de Saint Augustin, I: Tradition
Manuscrite, y II: Recherches historiques, Études
augustiniennes. París, 1967.
165 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 393-428.
166 Cf. Borobio, Dionisio (dir.). La celebración en la Iglesia, I.
Sígueme, Salamanca, 1995, pp. 71-106; Gran
Larousse Universal, 21, Plaza y Janés, Barcelona 1998, voz
Liturgia.
167 En la Iglesia primitiva los dones (el pan y el vino) se
consagraban en diferentes momentos y la celebración
estaba unida al ágape.
168 Para completar los datos aquí ofrecidos se pueden
consultar los manuales de los respectivos sacramentos
que se mencionan.
169 En esta estructuración desempeñaron un importante
papel las determinaciones del concilio de Nicea, del
que se hablará más adelante, sobre todo lo referente a la
Pascua. No se puede olvidar que el centro del año
litúrgico era Cristo y a la luz de su vida y misterio se organizó
todo.
170 Álvarez, Jesús. Op. cit., pp. 91-129; Plazaola, Juan.
Historia y sentido del arte cristiano.BAC, Madrid,
1996.
171 Cf. Agustín de Hipona. La catequesis de los principiantes.
172 Cf. Pierini, 1, pp. 173-219.
173 Cf. Perrone, Lorenzo. “De Nicea (325) a Calcedonia
(451)”. En: Alberigo, Giuseppe. Storia dei concili
ecumenici. Queriniana, Brescia, 1993, pp. 13-118; Jedin,
Hubert. Breve storia dei concili. I ventuno concili
ecumenici nel quadro della storia della Chiesa. Morcelliana,
Brescia, 1996, pp. 17-41.
174 Cf. Fliche-Martin, III, pp. 81-87; Jedin, II, pp. 53-113.
175 Cf. Pierini, 1, p. 154.
176 Cf. Sanchís, R. Op. cit., pp. 71-78.
120
177 Cf. Janssens, Jos. Note di cronologia. Datazione di
tempo e feste. PUG, Roma, 1996, pp. 52-66. Más
sencillamente el primer domingo después del plenilunio de
primavera.
178 COD, p. 19.
179 Cf. Bihlmeyer-Tuechle, 1, p. 304.
180 Cf. Fliche-Martin, III, pp. 306-309; Jedin, II, pp. 113-125;
Pierini, 1, pp. 187-188. Este concilio es el
punto final de la discusión trinitaria sobre la base propuesta
por Nicea.
181 De los 150, 71 eran de las diócesis orientales.
182 De este concilio se conservan siete cánones, cf. COD,
pp. 31-35.
183 Este documento se perdió; cf. COD, p. 20.
184 Cf. Jedin, II, pp. 144-158; Sánchez, José. Historia de la
Iglesia II, Edad Media. BAC, Madrid, 2005, pp.
18-23.
185 Consecuencia lógica de las disputas cristológicas por lo
que María no sería madre sino portadora; con esta
posición Nestorio estaba en la misma línea de Apolinar y
Arrio.
186 Cf. Jedin, II, pp. 168-180; Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 331338.
187 DS 300-303. Cf. COD, 87-104.
188 DS 290-295.
121
Capítulo III
Dos experiencias de una misma fe189
Entre los siglos V y VII la Iglesia Oriental permaneció
encuadrada en el marco del
imperio, la Occidental no; de esta connotación surge la
dificultad para hacer una historia
unitaria porque ambas líneas eclesiales tienen vida y
estructuras diferentes. En Oriente
los problemas teológicos de este período son básicamente
lingüísticos, un recuerdo de las
disputas teológicas y cristológicas; la política y las divisiones
condujeron al nacimiento de
las Iglesias nacionales, donde la liturgia y las misiones fueron
cultivadas. En Occidente
liturgia y misiones también desempeñaban un importante
papel; son básicos dos tipos de
liturgia: la romana y la hispanogala; en misiones la
evangelización de Europa y el
encuentro con pueblos no cristianos y cristianos arrianos. La
estructuración jerárquica y
pastoral comienza a afianzarse tal como hoy se conoce y al
interior de la vida eclesial
está la vida consagrada que dio un giro al pasar del
eremitismo al cenobitismo, de la fuga
del mundo huyendo a los desiertos, a la fuga del mundo pero
viviendo en monasterios.
También existe un elemento importante porque las
expresiones Oriente y Occidente dejan
de ser adjetivos con connotación geográfica para ser
sustantivos con horizonte cultural de
identidad, entendiendo por cultura el conjunto de valores y
significados de que un grupo
social se da para entenderse como tal en sus relaciones
vitales.
Dadas las connotaciones históricas, Occidente gradualmente
pasó de lo romano a lo
germánico y Oriente acentuó las características del imperio
romano. En Occidente el
cristianismo se identificó con la experiencia romana; en
Oriente la fuerza del Islam y las
rupturas religiosas que acabaron con la Iglesia de los cincos
patriarcados, llevó a una
experiencia atomizada y, en oportunidades, politizada.
1. Contexto histórico
Algunos de los datos aquí presentados, se deben ver como
un complemento a lo
abordado al iniciar el segundo capítulo, toda vez que el
objetivo es ofrecer la continuidad
histórica de la Iglesia en el contexto del imperio y la forma
como cada una de las
estructuras culturales de la ecumene cristiana comenzó a
transitar un sendero diferente,
aunque las dos más importantes sedes hayan permanecido
unidas más por cuestiones
122
políticas que doctrinales. Además, se toman de nuevo
algunos datos porque la propuesta
histórica que se hace pretende ir más allá de lo que
tradicionalmente se conoce con el
nombre de historia de la Iglesia en la Edad Antigua, toda vez
que con el concilio de
Calcedonia no terminó sino que continuó un proceso
teológico que alcanzó su última
expresión a finales del siglo VII, con el tercer concilio de
Constantinopla, al definir los
últimos elementos complementarios del dogma cristológico.
Los otros períodos de la historia de la Iglesia en los siglos I a
VII de la era cristiana se
pueden enmarcar dentro del llamado “arco constantiniano”.
Durante estos períodos la
Iglesia superó crisis a diferentes niveles: inicios,
persecuciones, herejías, etc.; a pesar de
ello, en el marco de la política religiosa del imperio unificado
por Constantino, la religión
cristiana tenía una posición privilegiada; prueban esto los
cambios en el matrimonio, la
lucha de gladiadores y la supresión de la crucifixión como
pena de muerte190. Además,
se debe tener presente que en relación a los bárbaros se dio
una doble actitud al interior
del imperio: asociación y confrontación.
El concilio de Nicea en el canon 6 había reconocido tres
sedes básicas en la Iglesia:
Roma, Alejandría y Antioquía y la importancia de las diócesis
de Cartago, Cesarea,
Éfeso y Heraclea (a la cual estaba adscrita Constantinopla).
En el 380 Constantinopla ya
era ciudad capital y el obispo Pedro de Alejandría comenzó a
entrometerse en asuntos
que no le competían, por ello el concilio de Constantinopla
prescribió en el canon 2 que
el obispo de una diócesis no debe intervenir en los asuntos
internos de otra diócesis; no
obstante ello, este concilio, al hablar de Constantinopla como
la nueva Roma, en el canon
3, dio inicio a este patriarcado191.
El concilio de Calcedonia en el canon 28192 concede iguales
privilegios a Roma y
Constantinopla con lo cual se originó un problema político de
incalculables
consecuencias; además, suscitó polémicas tanto al interior de
la Iglesia como en sus
relaciones con el Estado; como este canon fue aprobado
cuando el delegado pontificio no
estaba, León Magno (440-461) se opuso y en una carta
enviada a Marciano propuso la
existencia de dos órdenes diferentes: el divino y el civil,
afirmando que para el divino vale
lo apostólico y no lo político. En el 545, Justiniano sancionó el
canon 28 decretándolo
oficial para el imperio y desde entonces Constantinopla es un
patriarcado ecumémico.
Dentro del arco constantiniano, en el siglo IV el emperador se
interesaba por los
problemas eclesiales: unidad, cohesión orgánica y misiones.
Esta actuación al interior de
la Iglesia fue una realidad que originó una especie de teología
política, el cesaropapismo
bizantino y el aumento de los intereses creados que
disminuyeron la libertad eclesial
frente al Estado. Entre los defensores de esta libertad se
citan: Atanasio, Osio de
Córdoba, Hilario de Poitiers y Ambrosio de Milán, quien puso
las bases para entender las
relaciones entre la Iglesia y el imperio: ningún gobierno es
señor de la Iglesia, a lo sumo
será solícito promotor porque no puede legislar en cuestión
de fe, moral y disciplina
eclesiástica. Al interior de estas relaciones se examina el
dinamismo del poder político y
la fuerza moral, toda vez que desde que la Iglesia vino a estar
bajo el poder imperial
aumentó su poder y riqueza, pero disminuyó su fuerza moral.
123
1.1 Los bárbaros
En el 395 murió Teodosio I quien dividió el imperio entre sus
hijos Honorio, el
Occidente, con sede en Roma, y Arcadio, el Oriente, con
sede en Constantinopla. Ambos
imperios padecían un mismo mal: la presencia de los
bárbaros193; frente a este fenómeno
cada imperio asumió una política diferente: Occidente los
enfrentaba o negociaba con
ellos, y Oriente los desplazaba hacia Occidente. Por esta y
otras razones los dos imperios
se alejaban cada vez más; junto al distanciamiento político
vino el cambio de tradiciones
y cultura. Debido a esta circunstancia es importante conocer
algunos datos en torno a
estos pueblos.
Son llamados bárbaros, por no hablar ni griego ni latín, los
pueblos establecidos al norte
del imperio romano, en cuyas manos cayó el imperio
occidental después de una lenta
pero estratégica invasión. Antes de la invasión se habla de
dos grupos: indoeuropeos y
fineses; al primero pertenecían los germanos y los eslavos;
entre los germanos se
distinguen tres lenguas: teutones, sajones y
normandogóticos; francos y alemanes
descienden de los teutones; los hérulos de los sajones; godos
(ostrogodos y visigodos) y
vándalos de los normandogóticos. Entre los fineses, llamados
escitas, están los hunos,
que se establecieron en Europa en el 376, los búlgaros y los
alanos.
Desde finales del siglo II (hacia el 184) se habla del
enfrentamiento de los romanos con
los bárbaros y las difíciles relaciones entre romanos y
germanos; surgía entonces una
alternativa: o los rechazaban o creaban con ellos una
federación.
En los primeros años del siglo III, Caracalla compró la paz
con los bárbaros; a partir de
entonces comenzaron tratados, treguas y ataques que se
repetían. Durante los siglos III y
IV los diferentes grupos bárbaros entraron en contacto con el
imperio por diferentes
sitios: los Balcanes, la Península Ibérica y África. Estos
contactos tuvieron varios
matices: choques armados, tratados de paz y aceptación de
los bárbaros como pequeños
pueblos federados. El 375 marca una huella indeleble porque
Roma ya no les ofrecía
tanta resistencia y el número de bárbaros admitidos en el
imperio era grande.
A comienzos del siglo V llegaron a Italia (en el 401 Alarico
entró en Milán) y el 24 de
agosto de 410 se produjo el saqueo de Roma que turbó el
ánimo de los romanos quienes
veían a la Iglesia como responsable de los males acaecidos;
frente a estas acusaciones se
levantan las voces de Jerónimo, Agustín y Orosio194. En el
476 los hérulos al mando de
Odoacro penetraron en Italia y, quitándole el reino a Rómulo
II Augusto, llamado
Augústulo, destruyeron el imperio de Occidente.
En relación a los bárbaros, la imaginación popular considera
que son muchos, estaban
vestidos de pieles y por ello triunfaron; pero las cosas no
fueron así, porque el éxito de
ellos se debió a que aprendieron a caminar por las estepas y
la selva a pesar de los
obstáculos, a través de una técnica de pequeñas células que
se iban asentando en
diferentes lugares. Es más, con un mediano conocimiento de
los pueblos bárbaros y sus
migraciones a lo largo y ancho del imperio romano, se captan
unas características
particulares que de alguna manera ayudaron a que el
cristianismo penetrara en sus
culturas: austera concepción moral de la vida, acentuado
sentimiento de honor, amor por
124
la libertad y la justicia, espíritu de solidaridad, fidelidad a la
palabra dada, hospitalidad,
pureza de costumbres y respeto por el matrimonio
rígidamente monogámico; de acuerdo
a ello, al momento de la conversión de los bárbaros al
cristianismo eran pueblos física y
espiritualmente sanos, con fuerza juvenil y una cultura propia
que dio origen a una nueva
realidad, la cultura occidental cristiana195.
Lo dicho sobre los bárbaros y el imperio da a entender que el
problema es complejo
porque, además de los choques con las fuerzas imperiales,
algunos pueblos construyeron
reinos importantes, como el caso de los visigodos en España,
los francos en Las Galias y
los vándalos en África. No obstante ello, con la llegada de los
bárbaros al cristianismo
comienza a vislumbrarse una cierta tendencia feudal en la
sociedad, de la cual la Iglesia
no estuvo exenta.
1.2 La caída de Roma
En el transcurso de la historia se nota que los pueblos se
suceden en el predominio
histórico; además, en cada pueblo se presenta la sucesión de
períodos. Algo similar le
sucedió a Roma: después de una gloriosa época vino otra de
franca decadencia que
culminó con su caída. La caída de Roma es la derrota de las
tropas romanas en Piacenza
por los hérulos; esto fue tomado como punto de referencia
por algunos historiadores para
periodizar la historia, incluso la historia de la Iglesia,
ignorando de alguna manera la
vinculación que siguió teniendo en relación a oriente porque
la Iglesia continuó siendo
mayoritariamente oriental. Fue una fecha que se hizo clásica,
se convirtió en un hito.
A partir de la muerte de Honorio (423) se desencadenaron
varios acontecimientos
lamentables para el imperio: la coronación de un emperador
con tan sólo seis años (otros
dicen cuatro) como Valentiniano III (425-455), la masiva
llegada de los bárbaros a Italia
hasta el punto que algunos de ellos fueron incorporados al
ejército, la pérdida del dominio
en el Mediterráneo por parte de Roma, la incapacidad de
algunos emperadores que no
eran dignos de su cargo y la intromisión de Oriente en
Occidente como cuando el
emperador oriental León I (457-474) nombró a Artemio (472)
emperador de Occidente,
lo cual se puede entender como incapacidad para gobernar
por parte de Occidente; con
ello los proyectos de Diocleciano y Constantino se
derrumbaron, destruyendo la secular
unidad romana del Mediterráneo.
La caída del imperio occidental y la constitución de nuevos
reinos trajo consecuencias
demográficas interesantes porque las invasiones y
migraciones de varios pueblos fueron
un factor de transformación del mundo antiguo al medieval,
signada por un problema
demográfico que afectó especialmente a la población del
campo y las pequeñas ciudades.
Sin duda, la presencia de los bárbaros y la decadencia
política romana era una realidad
evidente que provocó un creciente relajamiento del
patriotismo imperial y el sentido de
romanidad. Junto a esta doble realidad se ubica la progresiva
barbarización de Occidente,
que con el paso de los siglos dio origen a una nueva
identidad histórica y continuó con el
mismo orden social, toda vez que no se presentó una
revolución social, ya que las
agitaciones habidas con la presencia de los bárbaros se
convirtieron en un fenómeno bien
125
delimitado en lo cronológico y territorial. En este contexto
surgió un dato importante
porque algunos historiadores sostienen que el gobierno de
Valentiniano III, aunque débil,
le imprimió más rigor a las persecuciones contra las religiones
no cristianas.
Después de Valentiniano III, los emperadores no fueron más
que sombras que ya no
ejercían el poder efectivo; tal era la situación, que los
invasores derribaban y ponían a los
emperadores que eran como juguetes en sus manos. En el
476 las fuerzas imperiales
fueron vencidas en Piacenza por los hérulos al mando de
Odoacro, después Rómulo II
Augusto, hijo de Orestes, fue depuesto y confinado a Nápoles
y Odoacro se proclamó
rey; esta es la caída de Roma, fecha clave en un modelo de
periodización histórica que
ha tenido éxito. La descripción de la situación vivida permite
entender por qué se dice
que la caída de Roma fue sin ruido; ello no es obstáculo para
que este acontecimiento
haya marcado la historia universal al ser tenido, dentro de la
mentalidad occidental, un
tanto cerrada, como el punto final de la Edad Antigua. Desde
entonces surgieron dos
mundos en contraposición en lo económico, social, político,
cultural y religioso: el mundo
de los reinos romanos y bárbaros de Occidente y el del
imperio romano oriental.
La cuestión jurídica de la caída de Roma tiene sus
problemas: Odoacro mantuvo el
Senado Romano y la moneda, pero no había claridad sobre la
validez de estas
determinaciones. Otro tanto se puede decir sobre la
presencia de los bárbaros en el
gobierno, los acuerdos políticos y los impuestos, etc., habida
cuenta que durante algunos
años se siguió hablando de Roma como sede vacante.
El imperio de Oriente no cayó por varias razones: una política
diferente frente a los
bárbaros, la estratégica fortificación de algunas ciudades,
como es el caso de la doble
muralla de Constantinopla, lo cual le permitió resistir hasta
1453 cuando cayó en poder
de los turcos, la utilización del fuego griego potente arma que
producía un fuego
inextinguible con agua, toda vez que era una sustancia
química cuyo componente
principal era la nafta.
1.3 La irrupción del Islam196
El Islam, sumisión a Dios, es un elemento más del entramado
histórico, político y
religioso, en cuyo fondo existen muchos elementos cristianos
casi todos o monofisitas o
nestorianos; una religión sincretista, una mezcla de judaísmo,
cristianismo y paganismo
arábigo. Los pueblos nómadas del desierto arábigo, que
estaban entre las fuerzas de
Bizancio y Persia, se fueron asentando a lo largo de la “ruta
del incienso” (de Damasco a
Arabia meridional) creándose en ellos conciencia de pueblo
con dos dinastías de distinta
orientación política: los lájmidas en Al-Hira y los gasánidas en
Rusafa; estas dos dinastías
profesaban el nestorianismo y el monofisismo
respectivamente, y desde sus confesiones
luchaban, apoyados por los monjes del desierto, contra
aquellos “restos de paganismo
árabe”.
Teniendo como referencia ese trasfondo se entiende a
Mahoma197, para quien el
cristianismo y el judaísmo no eran extraños. Mahoma (569632), huérfano desde muy
pequeño y al servicio de una viuda rica, tenía una cierta
tendencia a la solidaridad y la
126
contemplación. Su nombre, Muhammad (el Alabado) fue
traducido por Mahoma por el
monje Álvaro de Córdoba para desprestigiar su nombre, ya
que la palabra “Mahoma”
tiene su origen en el demonio Moazim; lo curioso es que la
sorna y burla del nombre
demoníaco se perdieron muy pronto y muchos creen que
Mahoma es la versión española
de su nombre árabe. La doctrina propuesta por Mahoma se
inserta en las grandes
religiones monoteístas de libro: un solo Dios, Alá; un profeta,
Mahoma; un libro, el
Corán (que presenta doctrinas monofisitas, nestorianas y
docetas), código religioso y
político con disposiciones precisas en sus 114 suras; su
edición definitiva es del 653.
Junto al Corán (recitación, lectura) está la Sunna
(costumbres, tradiciones) su más
autorizado comentario.
Esto da a entender que Mahoma es fruto de la meditación en
el desierto, de la estampa
de la tierra seca, de la indagación presurosa del cielo
nocturno, del espíritu de los
ancestros misteriosos y de un mundo lleno de dioses tribales
que poblaron su infancia de
presencias inasibles, las mismas que habrían de confluir en
una sola, sagrada y sustancial,
Alá (Allah), el único y verdadero Dios, en singular, sin trinidad,
ni nombres, ni
representaciones, ni cualidades humanizadas.
La irrupción del Islam fue muy fuerte porque los grupos
árabes fueron traicionados por
las potencias: Bizancio con Mauricio (582-602) y Persia con
Cosroes II, con lo que se
creó un vacío que originó las luchas internas, que fue llenado
por las enseñanzas de
Mahoma y bajo éstas se logró la pacificación de las tribus
árabes creando un solo pueblo
bajo una fe que con inusitada fuerza se extendió por el
Oriente Medio. Cuando por
primera vez se reunieron los musulmanes, su fundador,
Mahoma, tuvo que huir de La
Meca en la hégira del 15 al 16 julio del 622 que marcó el
comienzo de la era
mahometana; posteriormente (en el 630) pudo regresar,
después de lograr la pacificación
de los diferentes pueblos árabes, para morir en La Meca, la
ciudad sagrada, hacia el 632.
Después de la muerte de Mahoma y para mantener la
incipiente unidad aparece la
necesidad de conseguir nuevas conquistas; aquí surgen las
conquistas de Jerusalén (638),
Mesopotamia (639-640), Armenia y Alejandría (640), la
Pentápolis (643) y Capadocia
(647); en 1453 cae Constantinopla en poder de los
musulmanes.
El problema fundamental, más allá de las connotaciones
políticas, consiste en el reto
típico de una mentalidad semita que esta nueva religión
supuso para el cristianismo:
monoteísmo intransigente, conformismo político y religioso sin
posibilidad de disidencia,
fideísmo, fatalismo y combinación de fe, ley y nación.
Además, en algunas regiones del
imperio romano fueron vistos como libertadores. Como si ello
fuera poco, a lo largo del
siglo VII en Europa no se había formado el imperio occidental
y los imperios bizantino y
persa estaban exhaustos luego de siglos de guerra.
Unido a lo anterior, las cuestiones religiosas eran fuertes. Los
del imperio sasánida no
estaban de acuerdo con el zoroastrismo estatal; en el imperio
bizantino no todos
aceptaban la ortodoxia cristiana; a los cristianos nestorianos y
monofisitas les pareció
natural el islamismo. Esto da a entender que en más de una
oportunidad los cristianos se
alegraron con su llegada, pero con el tiempo las cosas
cambiaron.
127
Los cristianos en el mundo islámico del siglo VII vivían en un
ambiente de tolerancia
siendo incluso aceptados para cargos administrativos; con los
años y ante la resistencia
cristiana, algunos templos cristianos fueron convertidos en
mezquitas y se prohibió la
construcción de templos; con el califa Abd al-Málik (685-705),
la situación se agravó
porque los cristianos fueron despedidos de sus puestos y se
les impuso un impuesto
personal llamado capitación. La conquista árabe significó
pérdida de inmensos territorios,
provincias cristianas, lugares de peregrinación y grandes
centros intelectuales; el fin de
aquella ficción “un imperio, una Iglesia”; y la adquisición de
una mayor homogeneidad de
la Iglesia ortodoxa en Oriente198.
2. La Iglesia bizantina
En este apartado se aborda una de las dos líneas eclesiales
porque así como el imperio
se dividió, la Iglesia también comenzó a tomar caminos
diferentes. Históricamente el
imperio bizantino había nacido entre los siglos III y IV,
propiamente a raíz de la división
de Teodosio y duró hasta 1453 cuando cayó en manos de los
turcos dirigidos por
Mohamed II. Se parte de un presupuesto histórico que reviste
cierta validez: en la
segunda mitad del primer milenio la parte oriental del imperio
romano se vio sometida a
cambios tanto internos como externos. A nivel interno se
presentaron las herejías y los
cismas. A nivel externo se vivieron las amenazas persa e
islámica; las incursiones de
mongoles, búlgaros y magiares; y la llegada de los pueblos
eslavos.
2.1 Polémica religiosa y política
El concilio de Calcedonia aprobó la importancia de
Constantinopla en el canon 28 al
conferirle al obispo de Constantinopla el derecho a consagrar
los metropolitanos de las
diócesis del Ponto y las provincias de Asia Menor y
Tracia199. León Magno (440-461)
quiso movilizar a los patriarcas orientales argumentando que
se menoscababan los
derechos de Alejandría y Antioquía; como los patriarcas no le
prestaron atención, centró
la polémica contra Anatolio, obispo de Constantinopla (451458). Poco después de 453,
cuando el Papa intervino oficialmente en las decisiones
cristológicas de Calcedonia,
comenzaron los problemas porque ya Constantinopla poco
contaba con Roma para
solucionar las dificultades.
En Alejandría, fue donde primero se desataron los hechos:
Dióscoro, obispo depuesto
en Calcedonia, murió en el 454 dejando un vacío; para
sucederlo hubo revueltas hasta
que en el 457 fue consagrado Timoteo Eluro que no era
partidario de Calcedonia y fue
visto como usurpador de la sede que desde el 451 ocupaba
Proterio quien finalmente fue
asesinado; con esto, unido a una actitud contraria hacia las
otras sedes patriarcales, se
llegó al cisma de Alejandría. Cuando esta ruptura se dio,
algunos monjes palestinos,
apoyados por la emperatriz Eudoxia200, que vivía en
Jerusalén, también estaban en
oposición a Calcedonia, con lo que este concilio iba
perdiendo fuerza; a ello se le suma
que al emperador León I (457-474) poco le interesaban los
asuntos religiosos y poco
128
sabía de teología, sin embargo, condenó a Timoteo Eluro en
el 460 y nombró a Timoteo
Salofaciolo quien no pudo restablecer la unidad de Egipto.
En este contexto Basilisco, emperador usurpador (475-476),
promulgó el Enkyklión
condenando las decisiones de Calcedonia. Aprovechando
este documento Timoteo Eluro
regresó a Egipto pasando por Constantinopla donde el nuevo
patriarca Acacio lo recibió
fríamente, participó en un sínodo en Éfeso y entró
triunfalmente en Alejandría, tras la
retirada de Timoteo Salofaciolo a un monasterio; a su muerte
lo sucedió Pedro Mongo.
Contrario al Enkyklión, como era de esperarse, se mostró
Constantinopla donde Acacio
(patriarca, 473-489) movilizó al clero y al pueblo
aprovechando la debilidad de Basilisco
y publicó el Antienkyklión que ordenaba regresar a
Calcedonia y dar por concluida la
controversia. Con esto el caos vino a ser completo y la
restitución de la paz se convirtió
en una tarea que Acacio asumió con una política ecuménica
de armonizar los contrarios y
comprobar su buena voluntad. A esta tendencia de buena
voluntad, unida a la
problemática egipcia entre Pedro Mongo y Juan Talea por la
sede alejandrina, se debe la
publicación del Henótico en el 482, escrito por Acacio bajo la
firma del emperador Zenón
(474-491), razón por la cual también se conoce como el
Edicto de Zenón.
Algunas partes del texto del Henótico son: “Queremos
hacerles conocer que ni nosotros
mismos ni las Iglesias del universo, profesamos otro símbolo
o fórmula de fe distinto del
de los 318 padres que fue confirmado por los 150 padres. Si
alguien tiene otra fe lo
declaramos excomulgado [...] éste es el mismo símbolo
adoptado por los santos padres
reunidos en Éfeso quienes condenaron al impío Nestorio y
sus seguidores [...] Nos,
condenando a la vez a Nestorio y a Eutiques [...] recibimos
igualmente los doce capítulos
de Cirilo. Confesamos al Hijo único de Dios, Dios mismo, que
se hizo Hombre
verdadero, Nuestro Señor Jesucristo, consustancial con el
Padre según la divinidad,
consustancial con nosotros según la humanidad, descendido,
y por obra del Espíritu
Santo encarnado y nacido de María Virgen, Madre de Dios, y
uno solo y no dos [...] A
quienquiera que piense o haya pensado de otra forma, ahora
o en cualquier circunstancia,
en Calcedonia o en otro concilio, lo anatematizamos”.
Entre los puntos significativos del Henótico, se citan: vuelve a
las fórmulas de Nicea y
Constantinopla, acepta a Cirilo, menciona la fórmula de unión
del 433, sólo menciona a
Calcedonia de paso. Para comprender mejor el problema del
Henótico y el cisma
acaciano se debe tener presente la posición que cada
patriarcado asumió frente a
Calcedonia: Alejandría estaba dividida, Roma estaba a favor
y Constantinopla en contra.
También es importante tener en cuenta los tres documentos
fundamentales: el Enkyklión
que es contrario a Calcedonia, el Antienkyklión que es
favorable y el Henótico que es
una fórmula de unión por la cual Acacio, patriarca de
Constantinopla, fue excomulgado.
La lectura del texto no suscita ninguna dificultad doctrinal
porque quiso contentar a
todos, pero esa misma intención condujo al nacimiento de los
bandos: procalcedonienses
y monofisitas. El texto fue firmado por Pedro Mongo, obispo
de Alejandría, Pedro
Fulón, obispo usurpador de Antioquía201 y el obispo de
Jerusalén. Como Roma fue
dejada al margen, porque no entendía bien el sentido de este
texto y el emperador no se
lo comunicó al Papa, los problemas volvieron a agravarse con
el nombramiento de Félix
129
III (483) enérgico defensor de los intereses romanos, quien le
escribió al emperador y a
Acacio sosteniendo que Mongo era un hereje y, azuzado por
Juan Talea y sus
seguidores, citó a Acacio a su tribunal. El papa Félix III, envió
delegados a
Constantinopla que fueron ganados por el patriarca para la
causa bizantina que consistía
en apoyar a Mongo contra Talea; a su regreso a Roma los
delegados fueron depuestos
porque fracasaron y el Papa excomulgó a Acacio no por
motivos doctrinales sino por
ejercitar los poderes primados concedidos por el canon 28 de
Calcedonia.
En este ambiente se gestó el cisma acaciano luego de que el
Papa en el 484
excomulgara a Acacio; en este cisma se soslayaban las
cuestiones de fe y se forzaban
hasta el límite las cuestiones personales. Acacio murió en el
489 y sus sucesores: Fravitas
(490), Eufemio (491-495), Macedonio (495-511)202
continuaron en la misma política
que fue vista como cismática; en el 511 Timoteo sucede a
Macedonio en Constantinopla.
El cisma no se solucionaba porque el emperador sucesor de
Zenón, Atanasio (491-518)
no tenía la menor intención de poner en juego los éxitos del
Henótico en Oriente, ni
sacrificarlos a un Papa que practicaba una política que no
consideraba las difíciles
situaciones de la Iglesia oriental; mientras tanto en Roma
Gelasio (492-496) continuaba
con la política de su predecesor con lo que se notaba que el
problema no era teológico
sino político: el deseo de Constantinopla por tener la
primacía; a Gelasio le sucedió
Anastasio II (496-498) quien no logró su objetivo de unidad; a
la par con la muerte de
este Papa estalló en Roma el cisma laurenciano que hasta el
502 hizo imposible la política
con Oriente.
Cuando el Henótico comenzó a decaer porque Roma estaba
debilitada y en Oriente
disminuían los seguidores de Acacio, aparece Jenea de
Mabbug (Hierápolis) y Severo de
Antioquía quienes reavivaron la polémica de Calcedonia al
declararse abiertamente
contrarios a dicho concilio e incluso contra el Henótico.
Severo, verdadero teórico del
monofisismo, publicó el trisagio teopasquista203 que era una
fórmula cristológica
equívoca; fue elegido obispo de Constantinopla (512) y quiso
ganarse a los demás
obispos para su fórmula, pero la oposición de Sabas y
Teodosio (padres monacales) y
algunas revueltas populares acabaron con sus planes.
Estando así de tenso el ambiente se
pensó en el concilio de Heraclea que tendría lugar en el 515
para terminar con el cisma,
pero la falta de interés unida a las cuestiones políticas
(Atanasio, el emperador y Vitelio)
impidieron su realización; con esto la situación del cisma
estuvo detenida hasta el 518.
Haciendo una síntesis: el Henótico unió a las Iglesias
orientales frente a Roma con lo
que ésta perdió injerencia frente a aquellas; en el fondo se
capta: la lucha por la primacía
entre Roma y Constantinopla, la incomprensión de la
situación de Oriente y los intereses
políticos. Todo ello se une a una sola realidad: el
fortalecimiento de la Iglesia bizantina
que sólo tendría una relación formal con Roma por
diferencias culturales y políticas. Este
tema es uno de los más apasionantes y complicados
momentos de la injerencia política
en la vida eclesial, porque fue una lucha de intereses
creados, poder y autonomía. Otro
problema fundamental era que en Roma, según el
pensamiento oriental, estaba
gobernando un bárbaro, lo cual hería el sentido romano de
aquella parte imperial.
130
2.2 El gobierno de Justiniano
2.2.1 Justiniano, legislador eclesial204
Los emperadores Justino I (518-527) y Justiniano I (527565)205 marcaron un hito en
la historia de la Iglesia bizantina, porque con ellos se abre un
período en el que los
problemas no faltaban ya que el emperador tenía un marcado
ánimo de dirigir (spiritus
rector) porque regis voluntas suprema lex; junto a la actitud
imperial, está la de la
emperatriz Teodora206 que era diferente. Con esto surgen
dos políticas: una a favor de
los ortodoxos hasta el punto que en el 524 el emperador
mandó cerrar algunos templos
arrianos que eran de los godos, y otra a favor de los
monofisitas.
A estos emperadores se les debe el deseo de acabar con el
cisma acaciano, aprobando
definitivamente a Calcedonia y restableciendo relaciones con
Roma donde Hormisdas era
el Papa (514-523). Todo tuvo su inicio cuando Juan II, obispo
de Constantinopla (518520), bajo presión de los monjes, aceptó Calcedonia,
condenó a Severo y el Henótico y
estableció relaciones con Roma; el Papa fue informado de
esto a través de una carta que
el emperador le envió. En este contexto aparecen dos
documentos que son importantes:
Regulae fidei de Hormisdas y una carta del obispo Juan II,
ambos documentos condenan
lo que fuera contrario a Calcedonia. Era el 519 cuando estos
sucesos unionistas se
realizaron.
La alianza entre el Papa y el emperador creó dificultades. En
el ámbito religioso y
debido a la falta de influencia romana en Alejandría, la Iglesia
egipcia terminó por
separarse. En el ámbito político el rey de Occidente,
Teodorico, con sede en Ravena, no
aceptó esta unión y hacia el 525 envió al papa Juan I como
embajador a Constantinopla
y como en su misión207 no tuvo éxito fue encarcelado en
Ravena. Los problemas
políticos se acabaron con la muerte de Teodorico (526) a
quien sucedió Justiniano, quien
llegó a ser soberano único, dando inicio a un período
particular en la Iglesia: “Un imperio,
una Iglesia fuera de la cual no hay salvación ni esperanza en
la tierra, y un emperador
cuya solicitud es la salvación de esta Iglesia”; el emperador
hace que todo dependa de él.
Con esta actitud centralista se da el ascenso del pontificado,
el proceso catequético y
sacramentalizador, el destierro del paganismo con lo que los
filósofos no cristianos
emigraron a Persia y un trato particular con los judíos que
fueron aceptados; es curioso
que en esa oportunidad los samaritanos no fueron aceptados.
Así como el emperador servía a la Iglesia, ésta tenía que
servirle a él porque la
legislación eclesiástica de Justiniano regulaba la vida eclesial.
Los obispos se vieron
envueltos en tareas especiales al servicio y provecho del
Estado; como el obispo es un
representante fiable de los notables de la comunidad, se
abrieron las puertas para que
terminaran siendo señores feudales. Aunque la Iglesia podía
administrar sus bienes, el
emperador se inmiscuía en los asuntos administrativos,
disciplinares y sinodales. No se
niega que las normas dadas por Justiniano fueron
provechosas, tampoco se ignoran las
consecuencias que trajeron, las cuales aún hoy se dejan
sentir en ambientes eclesiales y
civiles.
Para Justiniano la Iglesia universal ortodoxa se divide en
cinco grandes patriarcados:
131
Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén; el
primero entre ellos es Roma.
Todas estas normas son dadas por Justiniano movido por su
conciencia de ser sumo
sacerdote en el contexto de la relación Iglesia y emperador.
Con esta actitud, Justiniano
se convierte en el consumador del eclesialismo
constantiniano, que iniciado por
Constantino y continuado por Teodosio llegó con él, después
de algunos altibajos, a
plasmarse en una realidad casi inobjetable; fue una época de
luces que, como es normal,
tuvo sus sombras.
2.2.2 Altibajos de Justiniano
Para iniciar, conviene saber que sobre Justiniano y su obra
existen diferentes
posiciones: algunos sostienen que él tuvo una actitud de
zigzag, una especie de
“bilingüismo”, otros sostienen que él fue consecuente debido
al momento histórico. Más
allá de la posición que se adopte, sólo se sabe que él se
sentía sumo sacerdote, razón por
la cual legislaba en cuestiones teológicas y pastorales. El
problema grave fue para la
Iglesia, y más que para ella, para sus líderes quienes, para
estar en sintonía con las
coordenadas del momento, tuvieron que dejar en la sombra
algunos elementos
pastorales.
La unión del 519 aunque exitosa no acabó con los problemas
porque los monofisitas y
adversarios de Calcedonia seguían en la lucha; en estas
circunstancias y, supuesta la
doble política imperial, Justiniano enfrentó a los monofisitas
moderados de impronta
severiana (Severo de Antioquía), que era de tipo nominal,
porque algunas provincias del
imperio lo estaban siguiendo; en este enfrentamiento hubo
mucha sutileza política y poca
exigencia ya que el deseo de unión era superior al interés
teológico.
Unida a esa condescendencia, está el levantamiento de la
pena de destierro a monjes y
obispos monofisitas; algunos de estos obispos se reunieron
en Constantinopla en el 531
en la Collatio cum Severianis, donde se volvió a tratar el tema
de Calcedonia; en esta
reunión los monofisitas se oponían a Calcedonia por el
peligro de una posible
interpretación nestoriana. Como resultado de esta reunión,
los monofisitas gozaron de un
momento de respiro con la adhesión del emperador a la
fórmula teopasquista y la
publicación de algunos edictos a favor de ellos. Esta actitud
imperial no satisfizo a los
monjes, quienes iniciaron una campaña contraria y mandaron
una delegación al Papa;
casi al mismo tiempo el emperador, para defenderse, envió
otra delegación a Roma; allí
el papa Juan II (533-535), cede a la presión imperial y
condena a los monjes, con lo que
parece que se adhirió a la fórmula teopasquista.
Aprovechando esta situación, Severo y varios monofisitas
acuden a Constantinopla
donde son hospedados por Teodora entre el 534 y el 536. En
el 535 quedó vacante la
sede de Constantinopla y fue nombrado Ántimo208 quien
admite a Severo en comunión
y se puso en comunicación con los patriarcas de Antioquía y
Alejandría; con esto se
regresó al Henótico. Las cosas no continuaron por esa vía,
sino que tuvieron un giro por
la presencia del papa Agapito (535-536) en Constantinopla; él
fue a esa ciudad como
delegado del rey ostrogodo Teodado para que convenciera a
Justiniano de detener la
132
violenta reconquista de Italia209, que estaba en poder de los
godos. Para el Papa lo
importante no era la cuestión política, sino la de la Iglesia; en
esta preocupación pontificia
y la acogida imperial fue nuevamente vencido el movimiento
surgido alrededor del
Henótico con las gestiones de Menas, patriarca sucesor de
Ántimo.
No obstante los altibajos de Justiniano, para él el Papa fue
siempre, teóricamente, la
última y suprema instancia en cuestiones de fe a tal punto
que cuando Roma tomó la
decisión sobre los monofisitas, se decidió y expulsó tanto a
Severo como a los
monofisitas, quienes se refugiaron en Egipto donde esta
corriente se afianzó y se dividió
en varios partidos de los cuales los más importantes eran los
severianos moderados y los
fantasiastas210.
En resumen, el proceso medianamente teológico en
Justiniano tuvo: adhesión radical,
tendencia teopasquista y dos disputas: la origenista y la de
los tres capítulos; esto se vivía
en tensos ambientes que necesitaban acuerdos políticos.
Para finalizar, la actitud de
Justiniano puede ser valorada de múltiples maneras pero
nadie puede negar que su
mandato y su relación con la Iglesia fue en un período único y
singular.
2.2.3 El II concilio de Constantinopla
Al abordar de nuevo un tema conciliar, es importante recordar
que este fenómeno es el
lugar privilegiado en el que se manifiestan las posibilidades y
dificultades, los éxitos y los
fracasos de la comunión eclesial; esta circunstancia se puede
ver como una constante en
la historia de la Iglesia, institución que respeta la libertad
humana pero exige unidad en
torno a la fe.
Última etapa de las agitaciones origenistas
En el siglo VI debido a la cantidad de expresiones teologales,
se acentuó el problema
del origenismo que desde hacía algunos años se creía
extinguido. Orígenes, teólogo y
escriturista nacido en Alejandría hacia el 185, dirigió la
escuela catequética de esa ciudad
a partir del 203 con algunas breves interrupciones hasta el
231 cuando renunció por
diferencias con el obispo Demetrio; fue uno de los mayores
escritores eclesiásticos de la
antigüedad cristiana y puede ser tenido como el fundador de
la exégesis bíblica como
ciencia; al autor de la Hexaplas le suelen clasificar sus obras
en: escolios, homilías y
comentarios. Con el tiempo se creó una literatura en torno a
sus escritos e hipótesis que
fueron entendidas como afirmaciones dogmáticas heréticas:
subordinacionismo,
preexistencia de las almas y la apocatástasis (al final todo
será asumido en Dios, incluso
el demonio). Con todo, Orígenes murió sin ser
condenado211; sólo tres siglos después de
su muerte fue efectivamente condenado por la Iglesia de una
manera muy severa ya que
todos los obispos, particularmente Menas de Constantinopla y
Vigilio de Roma, debían
condenarlo al asumir su ministerio.
En la transición del siglo IV al V se vivió una acalorada
disputa sobre sus escritos que
fue la primera parte de un proceso que terminó con su
proscripción teológica. Todo
comenzó con la lista publicada por Epifanio de Salamina en el
394 donde incluyó el
133
nombre de Orígenes, en quien grandes personajes de la
Iglesia y algunos monjes habían
alimentado su espiritualidad. Esta disputa, que comenzó en
Jerusalén donde contó con la
presencia de san Jerónimo212, pasó por Alejandría y llegó a
Roma con el monje Rufino
quien sostuvo que la teología y la espiritualidad de Orígenes
podían ofrecer mucho a
Occidente; Jerónimo y Rufino fueron los opositores en esta
disputa a la que vino a
sumarse el patriarca Teófilo de Alejandría quien por
problemas con algunos monjes que
seguían el pensamiento de Orígenes se convirtió a partir del
400 en un aguerrido
adversario de Orígenes213. Con la muerte de Rufino la
polémica cesó en Occidente,
pero en Oriente se concentró más y ya había llegado a
Constantinopla donde su obispo
Juan Crisóstomo, a instancias de Teófilo de Alejandría, fue
desterrado; en el nuevo
drama de esta polémica, Jerónimo también se opuso a
Orígenes y a sus partidarios. La
controversia terminó con el triunfo de los que estaban contra
Orígenes y aunque ya se
habían dado algunas condenas, todavía no llegaba la
condena oficial. Lo lamentable de
esta controversia no fue la restricción teológica, sino que una
riqueza religiosa y teológica
pasó desapercibida.
Después de más de un siglo, en tiempos de Justiniano surge
de nuevo la polémica
origenista porque la influencia espiritual de Orígenes no había
desaparecido en Oriente
debido a los escritos de Evagrio Póntico. El opositor en esta
oportunidad era Sabas de
Capadocia (+ 532), superior o archimandrita de los
monasterios palestinos y el defensor
era Nonnos, jefe de los monjes origenistas de la Nueva Laura
desde el 507; hacia el 531
cuando Sabas viajó a Constantinopla para pedir una exención
tributaria, llevó consigo al
monje origenista Leoncio y cuando Sabas regresó a Palestina
dejó a Leoncio en
Constantinopla donde, con su predicación, aumentaron los
adeptos.
La predicación de Leoncio conquistó al emperador quien
nombró algunos obispos
origenistas: Teodoro para Cesarea de Capadocia y
Domiciano para Ancira; con esto las
fricciones se volvieron a presentar: Antioquía con Efraín, se
opuso a estos
nombramientos y proscribió el origenismo, los elegidos
quisieron presionar a través de
Menas de Constantinopla pero cuando llegó a Constantinopla
un difuso escrito
antiorigenista, Justiniano promulgó hacia el 542 un edicto
contra la persona y las
doctrinas de Orígenes por la influencia del diácono
Pelagio214. Este decreto fue firmado
por varios jerarcas; el origenismo parecía estar herido de
muerte, pero aún no ha muerto
y bajo nombres diferentes siguió arrastrando a grandes
místicos de la Iglesia bizantina.
El decreto de condena del origenismo dado por Justiniano en
el 542 está organizado en
diez anatemas: preexistencia del alma, preexistencia del alma
de Cristo, adopcionismo,
similitud de Cristo con los seres celestes, de la resurrección
de los cuerpos en forma de
esferas, los astros animados, la segunda crucifixión de Cristo
en el siglo XXI para salvar
al demonio (esto es un punto de la apocatástasis), la
limitación del poder de Cristo, y
anatematizar a Orígenes y a quienes piensen lo mismo215.
En el fondo de estas
afirmaciones estaba el hecho de ver a Orígenes como
discípulo de Platón y maestro de
Arrio, y como el hombre que convirtió en filosofía el mensaje
cristiano. Con esto, el más
grande teólogo de la Iglesia griega, hijo de un mártir y
confesor de la fe, fue puesto al
mismo nivel de los grandes herejes de la antigüedad
cristiana216.
134
La disputa de los tres capítulos
Con este nombre se entiende la obra de tres teólogos (tres
cabezas) que escribieron en
el tiempo que medió entre Éfeso y Calcedonia y se
convirtieron en la manzana de la
discordia de los partidos eclesiásticos; ellos son Ibas de
Edesa, por una carta contra Cirilo
de Alejandría, Teodoro de Mopsuestia, de la escuela
antioquena que fue acusado de
nestorianismo, y Teodoreto de Ciro, por algunos escritos
contra Cirilo de Alejandría217.
Entre el 534 y el 545 Justiniano publicó un decreto
condenando estos autores; en el
fondo era reavivar la polémica calcedoniana donde el temor a
ser tildados de nestorianos
por los monofisitas era latente; con esto el beneficiado fue el
origenismo que aún seguía
vivo, no en vano Teodoro Ascidas, fervoroso origenista y
asesor imperial, preparó
sistemáticamente el ataque contra los tres capítulos.
Publicado el decreto, sin respetar a
nadie, los obispos recibieron la orden de firmarlo y
comenzaron las dificultades porque
Menas, patriarca de Constantinopla, lo firmó pero exigió la
garantía de retirar su firma si
el Papa no lo firmaba, y éste veía que la mayoría de los
obispos occidentales se oponían,
es más, le negaban la comunión a Menas. El papa Vigilio
(537-555) viajó a
Constantinopla (547) y en el 548 fue publicado el Judicatum,
en el que se rechazaban los
tres capítulos con restricciones. La actitud papal produjo
revuelo porque comprometía la
dignidad de la sede de Pedro, razón por la cual varios
obispos occidentales,
principalmente africanos, terminaron excomulgando al Papa;
Vigilio huyó de
Constantinopla, se refugió en Calcedonia y excomulgó a
Menas y a Ascidas.
En el 552 murió Menas y su sucesor Eutiquio hizo una política
irénica que condujo al
II concilio de Constantinopla en mayo del 553 en el que el
Papa y el emperador
estuvieron al margen; en este concilio fueron condenados los
tres capítulos y las
doctrinas origenistas a pesar de las resistencias, ya que los
documentos condenatorios
datan de finales del 553 para la cuestión origenista y del 554
para los tres capítulos218.
Con la muerte de Vigilio en Siracusa y el apoyo del diácono
Pelagio se solucionó un poco
la tensión reinante porque este diácono fue nombrado obispo
de Roma por el emperador,
quien se aproximaba al ocaso de su vida, sucedido el 14 de
noviembre del 565.
2.3 El camino hacia Constantinopla III219
Con Justino II (565-578) casado con Sofía, sobrina de
Justiniano, reverdeció el
monofisismo, muestra de ello es la publicación de un edicto
que condenaba los tres
capítulos, sugería la rehabilitación de Severo, daba amnistía
a los monofisitas y no
mencionaba el concilio de Calcedonia; este documento causó
polémicas, fue nuevamente
redactado y apareció la distinción mental de las dos
naturalezas con lo que comenzó el
monoenergetismo y el monotelismo. El edicto fue impuesto a
la fuerza durante el
mandato de Justino II; desde el 574, con la regencia de
Tiberio II (578-582), la situación
cambió para no irritar a los árabes monofisitas de la frontera
persa; idéntica política siguió
su sucesor Mauricio (582-602) quien era calcedoniano.
Las cuestiones doctrinales se silenciaron cuando los persas
ocuparon algunas regiones
de Asia Menor, Siria y Egipto; además, los ávaros y los
eslavos invadieron la península
135
balcánica amenazando a Constantinopla. Después de ese
silencio y la reconquista lograda
por Heraclio (610-641), iniciador de una nueva dinastía y
sucesor de Focas (602-610), y
ya que el emperador quería la unidad política y religiosa se
volvió a tratar el tema con lo
que se originaron varias corrientes. Para la unidad
confesional, Heraclio se valió del
obispo de Constantinopla, Sergio (610-638) quien propuso
“una única facultad operativa
al interior de Cristo”, una energeia, de ahí monoenergetismo y
ordenó a sus
colaboradores que reunieran todos los datos necesarios y
elaboraran un escrito para
proponerlo a los cristianos como base de una fe común; en
este escrito, llamado Pacto,
redactado en nueve proposiciones, se encuentra el punto
capital del monoenergetismo en
la proposición 7: la doctrina del uno y mismo Cristo, que
opera lo divino y lo humano
con la energía una, la divina y humana (teándrica). Con este
documento los monofisitas
salieron triunfantes.
Como era de esperarse, la oposición no faltó; en esta
oportunidad fue el monje
Sofronio, patriarca de Jerusalén (634-638), quien viajó a
Constantinopla para dialogar
con Sergio y a través de principios aristotélicos logró el
cambio de la fórmula del Pacto:
ya no sería “operaciones” sino “un único Cristo operante”, es
decir, se subrayaba el
sujeto mas no la actividad. Acogiendo esta fórmula Sergio
publicó el Judicatum y
Máximo el Confesor también se adhirió a ella; para los
monofisitas careció de interés.
Parecía que la anhelada paz se iba a lograr pero no fue así
porque cuando Sergio expuso
la doctrina al papa Honorio (625-638), éste la aceptó pero
diciendo que era mejor hablar
de una voluntad, término equívoco porque puede ser la
voluntad general o el acto
volitivo concreto. Esta fórmula latina “una voluntas” fue
traducida por “en telema”, de
ahí monotelismo220.
El patriarca Sergio hizo que el emperador Heraclio
promulgase otro decreto, Ectasis,
donde se afirmaba la única voluntad de Cristo como fórmula
de fe, porque telema se
interpreta como un querer actual; el problema no era la
teología sino la terminología.
Hacia el 640, Máximo el Confesor intervino señalando los
defectos de la fórmula del
papa Honorio y del decreto Ectasis porque, según él, una es
la voluntad concreta y otra
la voluntad como facultad, la primera es propia de la
naturaleza (deseo, acción) la otra de
la persona (arbitrio, decisión); es obvio que esta cuestión
filológica pocos la entendían.
A partir de este momento las discusiones tomaron un
lamentable giro: el nuevo
emperador, Constante II (641-668), publicó, aconsejado por el
patriarca Pablo, en el 648
el Tipo donde prohibió toda clase de discusión al tiempo que
derogó el Ectasis; en esta
ocasión Máximo se dirigió a Roma, al papa Martín I (649653), y al celebrarse el concilio
lateranense (649) bajo las ideas de Máximo fueron
condenados tanto el Tipo como el
Ectasis, se definió la doctrina de las dos voluntades de Cristo
al afirmar dos voluntades
naturales y dos modos de operar, y fueron excomulgados el
patriarca Sergio, ya fallecido,
y su sucesor Pirro221. El emperador reaccionó violentamente
acusando de alta traición al
Papa y a Máximo, quienes en diferentes procesos fueron
condenados222.
Al ser asesinado Constante II, le sucedió Constantino IV (668685) quien no tenía
mayor interés en continuar una disputa que había terminado
sin resultados y ya algunas
provincias se habían perdido o estaban cayendo en manos
del islamismo. En este cambio
136
de política, ya en tiempos del papa Agatón (678-681), se
realizó el III Concilio de
Constantinopla bajo la presidencia del emperador y casi todos
los obispos se adhirieron al
decreto pontificio; Macario de Antioquía fue el disidente más
representativo. Contra
quienes se opusieron se pronunció un anatema que se
extendía a Teodoro de Farán, Ciro
de Fasis, Sergio y Pirro, obispos de Constantinopla, y el papa
Honorio, condenando una
terminología ya anticuada; los juicios estaban justificados
primero porque nadie quería
vivir en disputas, segundo porque los monofisitas ya no
pertenecían oficialmente al
imperio por lo que las controversias habían perdido el
trasfondo de peligro.
El concilio III de Constantinopla condena el monotelismo,
reafirma los cinco concilios
anteriores y define que en Cristo hay dos voluntades y dos
operaciones para la salvación
del género humano223, concluyendo así un largo proceso de
elaboración de la dogmática
sobre Cristo. Este concilio es fundamental por ser el punto
final de un proceso de
discusiones cristológicas, aclarando una serie de términos
que provocaban algunas
controversias y ofreciendo una dogmática cada vez más
esquematizada. Con esto el
monotelismo y el monofisismo podían considerarse vencidos
aunque parte de sus
intereses religiosos hacía tiempo que estaban ya al seguro en
la ortodoxia.
En el 692, el emperador Justiniano II (685-695; 705-711)
convocó otro concilio en
Constantinopla, el llamado segundo trullano, porque se reunió
en la sala de los trullos del
palacio imperial o quinisexto para integrar los dos concilios
anteriores; sólo trató asuntos
orientales y en varios cánones mostró aversión hacia Roma.
Con este concilio hay
problemas porque para Oriente es válido, pero para
Occidente no.
2.4 El nacimiento de las Iglesias nacionales224
Los problemas religiosos, teológicos y políticos repercutieron
al interior de la Iglesia
dando origen a las Iglesias nacionales en los territorios
fronterizos del imperio bizantino;
algunas de estas Iglesias aún existen y forman parte de la
Iglesia católica. Estas Iglesias
nacieron por el deseo de afirmar la nacionalidad, una cuestión
de liberación y los avances
de los reyes que también deseaban independizarse del poder
imperial; vuelve y juega la
unión de fe y política, lo cual da origen al deseo de tener una
Iglesia propia. Es muy
probable que estas Iglesias hayan sido el germen de las
Iglesias territoriales que
estuvieron en su esplendor en los primeros siglos del
medioevo, sobre todo en el marco
de la política imperial germana de los siglos IX y siguientes.
Estas Iglesias conforman
cuatro tradiciones: la caldea (nestoriana) y las tres
monofisitas (copta, siria y armena) que
junto con la bizantina conforman las cinco tradiciones
orientales existentes.
En este ambiente surgen dos detalles interesantes. Los
nestorianos se sintieron mejor
en el ambiente del dualismo persa. Los monofisitas (entre
calcedonianos [Roma y
Constantinopla] y nestorianos) se sentían mejor fuera del
imperio romano por cuestiones
eclesiásticas (patriarcados), económicas, políticas e
ideológicas ya que unos eran
indoeuropeos, otros semitas y otros camitas; esto hacía que
se sintieran distantes tanto de
Bizancio como de Persia.
137
2.4.1 La Iglesia nestoriana (Asiria de oriente)
Esta Iglesia nació en el marco de las disputas nestorianas
entre Alejandría y Antioquía
y la condena de Teodoro de Mopsuestia de la escuela de
Edesa en Siria225. Quienes no
aceptaban estas condenas tuvieron que emigrar a Persia;
entre los emigrantes estaban Bar
Sauma, obispo de Nisíbide, y Narsés, fundadores de la
escuela de los persas donde el
nestorianismo halló su hogar al desarrollarse como “Iglesia
nacional” cristiana porque era
tolerada y, en ocasiones, perseguida. Con el fortalecimiento
de esta Iglesia por las
generaciones de teólogos formados en la escuela de Nisíbide
o escuela persa y su celo
misionero que les permitió su independencia de Antioquía,
pudieron desarrollar el
nestorianismo encontrando en él una seguridad teológica
frente a Siria occidental y el
imperio bizantino.
Desde el siglo V tuvo un “obispo católico” con sede en
Seleucia-Ctesifonte, en el
Tigris, quien determinaba las fechas de las fiestas, convocaba
sínodos y llamaba a los
obispos cada dos años; además tenía otras funciones que lo
hacían “otro Pedro”. Este
obispo alcanzó gradualmente una alta posición que poco
difería con la de los patriarcas
bizantinos donde había una profunda relación entre el obispo
y el rey; pero esta posición
no impidió el problema que se suscitó cuando algunos
antioquenos poco nestorianos
fueron deportados a Persia. Los “obispos católicos” más
destacados de los siglos V y VI
fueron Babai II (+502) y Aba Mar I (+552); Babai II hizo lo
posible por mantener pura
su Iglesia; Aba Mar I, convertido del mazdeísmo, trató de
consolidar las bases canónicas
incorporando a las colecciones jurídicas de su Iglesia los
cánones de Calcedonia en la
medida que le servían; además, rigió los destinos de esta
Iglesia en momentos que el rey
persa Cosroes I le imponía al cristianismo significativas
restricciones.
Bajo el reinado de Cosroes II (590-628) los cristianos vivieron
un período de paz
gracias a Shirin, esposa del rey, y al emperador bizantino
Mauricio. Después de este
período de paz, en el marco de la guerra entre Bizancio y
Persia, la situación de los
nestorianos era cada vez más precaria porque estuvieron sin
“obispo católico” hasta el
628; durante estos años Babai el Grande, abad general de los
monasterios del norte de
Persia, asumió la dirección efectiva de la Iglesia. Con el
progresivo avance persa sobre
las provincias bizantinas se presentó un importante
“encuentro” entre nestorianos y
monofisitas (de Siria y Egipto), y entre el 628 y el 644 cuando
el “obispo católico” era
Ishar Yahb, se presentó la forzada paz con Bizancio, la
agresión islámica contra Persia y
la apertura de una nueva época para esta Iglesia.
La vida interna de esta Iglesia durante los siglos V a VII se
caracterizó por la
elaboración de sus bases canónicas, el desarrollo de su
organización a través de varios
sínodos, el enfrentamiento con los monofisitas, y la
experiencia de ver que su padre
espiritual, Teodoro de Mopsuestia, era condenado por la
ortodoxia bizantina en la disputa
de los tres capítulos. Todas estas situaciones condujeron a
que en el sínodo del 612
adoptaran oficialmente la fórmula de fe nestoriana de Babai el
Grande: dos naturalezas
(fisis), dos existencias completas (hipóstasis) y una persona
(prosopon). En tiempos de
Heraclio (610-641) y después de 200 años de andar un
camino diferente se quiso llegar a
138
“una misma fe”, pero las diferencias eran abismales y los
nestorianos no estaban
dispuestos a aceptar la condena de Teodoro de Mopsuestia
(553), ni a asimilar el término
“Madre de Dios” del 431; por ello esta Iglesia se vio obligada
a llevar una vida propia
encerrada y con tendencia oriental; en este “mirar hacia
Oriente” está la expansión
misionera de esta Iglesia por el sur del continente asiático
llegando hasta China y el auge
del monacato persa que se cree fue organizado en la región
de Nisíbide por Abraham de
Kashkar (+586). Aunque desde mediados del siglo VII
cayeron bajo la dominación
islámica, no desaparecieron porque los califas dejaron a cada
confesión su status quo y
en Persia los nestorianos eran ciudadanos de segunda clase
con poca influencia política.
2.4.2 La Iglesia copta (copta-etíope ortodoxa)
Si a esta Iglesia se le quiere imponer una fecha de nacimiento
sería el 536 cuando
Justiniano dio por terminada su política monofisita, pero su
presencia es anterior porque
su gestación comenzó hacia el 451 con la resistencia a
Calcedonia en el patriarcado de
Alejandría con Timoteo Eluro, Pedro Mongo, Severo y Juliano
de Halicarnaso, quienes
ayudaron a su consolidación frente a Constantinopla, ciudad
con la que siempre había
una pugna por el canon 3 de Constantinopla y el canon 28 de
Calcedonia226. Después
de la germinación, vino el nacimiento cuando el patriarca
alejandrino Teodosio fue
desterrado por no suscribir en Constantinopla las decisiones
del sínodo del 536, pero bajo
la protección de la emperatriz Teodora pudo regir la grey
hasta su muerte en el 556.
Durante estos 20 años la sede imperial de Constantinopla
impuso algunos patriarcas que
sufrieron una sistemática hostilidad por parte del pueblo:
Pablo (hasta el 542), Zoilo
(542–551), Apolinario (551–559), quien gobernó con violencia
y dividió a la Iglesia
egipcia en dos grupos: ortodoxos y coptos. El destierro del
patriarca y el rechazo de los
que fueron impuestos, permite captar que esta Iglesia tuvo
una identidad propia, donde el
monofisismo, entendido como factor de pureza religiosa,
sirvió de base para una
espiritualidad que fue influida por los monjes.
A la muerte de Teodosio (556) fue difícil buscarle un sucesor
porque había pugna de
intereses: mientras Jacobo Baradeo, monofisita sirio, quiso
imponer un patriarca
nombrando al archimandrita Teodoro, los egipcios eligieron a
Pedro, un anciano diácono;
con esto se presentó otra división al interior de la Iglesia
copta, la cual se solucionó con el
nombramiento de Damiano, un sirio que fue monje en Egipto,
como patriarca alejandrino
(578-605); con este patriarca se llegó a la unión de las dos
confesiones monofisitas de
Egipto y Siria en una sola Iglesia pero por poco tiempo. Entre
el 610 y el 630 hubo dos
influencias: la del patriarca ortodoxo Juan III Eleemon (610619), cuyo celo, vida y
misericordia impresionaron a los monofisitas, y la presencia
de los persas que ocuparon a
Egipto durante diez años (619-629). Cuando el emperador
Heraclio (610-641) expulsó a
los persas, quiso buscar la unión con los coptos a través de
una fórmula monoenergetista,
pero ya era tarde porque en el 642 Alejandría caía en poder
de los árabes; cuando esto
sucedió el patriarca copto, Benjamín, llegó a un arreglo con
los conquistadores árabes
para garantizar la libertad de su Iglesia; lo lamentable fue que
la sede ortodoxa malquita
139
de san Marcos, que parece comenzó con Apolinario, fue
sacrificada porque no tuvo
continuador.
En el origen y formación de la Iglesia copta cuentan cuatro
elementos: la sistemática
oposición a Calcedonia en cuyas determinaciones veían una
condena a Cirilo de
Alejandría, un cierto orgullo nacional que fue herido por el
canon 28 de Calcedonia, la
indescriptible unidad entre el patriarca y el pueblo ya que el
pueblo veía en el patriarca un
líder nacional y la presencia del monaquismo columna
vertebral de la oposición
monofisita. Esta forma de actuar los conducía a un progresivo
alejamiento de la Iglesia,
lo cual se afirmaba a través de una confesión especial y el
monofisismo era el más
indicado; esta forma de ser, unida a la fe fue propagada a
través de la literatura y las
misiones.
La literatura copta, idioma egipcio con letras griegas, es
religiosa y monacal; presenta:
hagiografía, reglas monásticas, sentencias de monjes; escasa
tendencia a la historia y a las
crónicas, lo cual es normal si se tiene en cuenta que los
monjes estaban cerrados en
relación al mundo y querían la deshelenización de Egipto. Las
misiones coptas se
extendieron hacia Nubia y Etiopía, regiones que vieron
florecer el cristianismo
monofisita; en el éxito de estas misiones cuenta la orientación
de estas regiones hacia
Alejandría.
2.4.3 La Iglesia jacobita (siro ortodoxa)
Su nacimiento está relacionado con la presencia del patriarca
alejandrino Teodosio en
Constantinopla y su destierro (536-556), quien en el 542 por
solicitud de la emperatriz
Teodora consagró como obispos monofisitas para la región
de Siria a Teodoro de Arabia
y Jacobo Baradeo (+578). El primero rigió las regiones del
desierto sirio y Trasjordania.
Jacobo Baradeo, que tenía su sede en Edesa, fue el artífice
de la jerarquía de la Iglesia
siríaca al ordenar sacerdotes y obispos y propagar el
monofisismo en sus giras
misionales; los obispos por él nombrados no vivían en las
sedes porque éstas estaban
ocupadas por los obispos nombrados por Constantinopla,
pero esto no era problema
porque había monasterios que los acogían; de ahí que de una
Iglesia en la penumbra se
pasara a una Iglesia de derecho propio toda vez que la
política imperial a favor de
Calcedonia poco pudo hacer contra ellos. En la propagación
del monofisismo y
estructuración de la Iglesia siríaca por el trabajo de Jacobo
Baradeo (por ello jacobita) se
dio la adhesión a Severo de Antioquía.
Con la presencia de los persas de Cosroes II en territorio
bizantino, los jacobitas
lograron establecerse en Persia a través de una excelente
labor misionera; con la
reconquista de Heraclio (610-641) y la llamada a la unidad de
fe bajo la fórmula
monoenergética, que no fue aceptada, se inició una especie
de persecución que fracasó
por la presencia de los musulmanes con quienes los
monofisitas establecieron relaciones
políticas. Esta Iglesia nació en la sombra y en ella
permaneció hasta el 720, cuando el
patriarca jacobita pudo llegar a la sede de Antioquía. Al igual
que en la Iglesia copta, en la
jacobita los monjes también desempeñaron un importante
papel.
140
Lo característico de esta Iglesia es la resistencia a
Calcedonia siguiendo el ejemplo de
Severo de Antioquía, su padre teológico; la diferencia
lingüística; y una cierta resistencia
al imperio. La diferencia más profunda fue la lingüística; en
este idioma sobresalen: Jenea
de Mabbug (+ 523), Jacobo de Sarug (+ 521), Juan de Edesa
(+ 586) autor de la historia
de la Iglesia en siríaco y de una colección hagiográfica,
Jacobo de Edesa (+ 708) autor de
la más antigua gramática siríaca y del inacabado Hexameron.
A propósito de la lengua
siríaca, gracias a este idioma, el Islam tuvo acceso a la
cultura del Mediterráneo. En esta
Iglesia nacieron las cadenas exegéticas, antologías sobre un
determinado tema. Con las
misiones que seguían las rutas de las caravanas de los
desiertos penetró hasta Arabia,
creando un centro monofisita en Bosra. Por la relación de
estos cristianos con los árabes
se debe, con bastante probabilidad, la presencia de
elementos cristianos en el Corán.
2.4.4 La Iglesia armena (armena ortodoxa)
Esta Iglesia de ascendencia jacobita nació como
consecuencia de un doble movimiento:
por un lado el vaivén dominador entre Bizancio y Persia227, y
por otro el deseo de ser
una nación libre; esto da a entender que las situaciones
históricas son fundamentales en
su nacimiento, toda vez que no se puede ignorar su constante
orientación hacia
Constantinopla. Con Nersés el Grande (+ 373), bisnieto de
Gregorio el iluminador y
organizador de la Iglesia armena, comienza su historia en la
región de Capadocia donde
las rivalidades entre Cesarea y Tyana condujeron a la
separación y autonomía eclesiástica
de Armenia, pero sin ninguna impronta confesional. En el
siglo V (429-460) con la
presencia de los persas, la inasistencia de algunos obispos a
Éfeso, la invención de una
escritura propia con Mesrop (+ 440) y la inasistencia a
Calcedonia, la tendencia a la
división se hizo cada vez más notoria. Con el “obispo católico”
de Armenia, Babgen
(490-516) quien reunió el sínodo de Dvin (506) se dio un gran
paso hacia la ruptura ya
que por la presencia de los persas se buscó un acuerdo con
los nestorianos no por
oposición a Calcedonia sino por deseo de unidad.
Hacia el 554 en un sínodo de Dvin se llegó a la ruptura; con el
emperador Mauricio
(582-602) se presentó un cisma porque este emperador
nombró un obispo “anticatólico”;
a partir de entonces, esta Iglesia vivió algunas vicisitudes
debidas a la presión, tanto
bizantina como persa por lo que puede entenderse fácilmente
que cuando Heraclio (610641) firmó la paz con los persas (629) y los obligó a adherirse
a la fe del imperio bajo la
fórmula monoenergetista, poco contó para ellos. Con la
presencia de los musulmanes, a
partir del 640, y un nuevo sínodo de Dvin bajo el patriarca
Nersés III (648-649), que
rechazó definitivamente a Calcedonia, se llegó a la autonomía
definitiva; Constante II
hacia el 654 hizo un intento de ganarse esta Iglesia a la
unidad imperial pero fracasó.
Esta Iglesia estuvo sometida a los altibajos políticos de la
región donde tribus y reinos
vivían en permanente tensión. No obstante esa situación, la
literatura está circunscrita al
ámbito religioso; en ésta merecen especial mención: Mesrop,
Eznik de Kolb228 polémico
escritor que participó en la traducción armena de la Biblia,
Juan Mandakuni autor de
algunos sermones e himnos, y Korium biógrafo de Mesrop.
Bajo el islamismo, algunos
141
armenios emigraron hacia el imperio donde con frecuencia
alcanzaron notable
importancia; esto da a entender que la ruptura entre los
armenos y el imperio no fue tan
grande como la que se presentó entre el imperio y las Iglesias
jacobita y copta.
Para concluir este apartado, las Iglesias nacionales nacieron
en el transcurso de tres
siglos (del V al VII) en el marco de las cuestiones políticas del
imperio bizantino y las
diferencias dogmáticas en relación a Éfeso y Calcedonia229;
debido a estas diferencias
las cuatro Iglesias mencionadas se ubican en dos tradiciones
fundamentales: la Iglesia
asiria de oriente (Iglesia nestoriana) y las Iglesias no
calcedonenses (las tres restantes).
2.5 Elementos eclesiales bizantinos
2.5.1 Organización
El canon 28 de Calcedonia230, que habla de la importancia
de Constantinopla en
relación a los patriarcados de Oriente y las ciudades
autónomas, es decisivo para la
organización de la Iglesia oriental porque Constantinopla
adquirió mucha importancia
hasta el punto que el primado romano quedaba en la sombra
ya que se hacía referencia a
Roma en casos extremos o como mención honorífica. Al
canon 28 de Calcedonia se le
suman las cuestiones políticas del imperio; la necesidad de
contar con el apoyo imperial y
patriarcal de Constantinopla; la aparición del título “patriarca
ecuménico” para el obispo
de Constantinopla231, título honorífico que se convirtió en
una realidad histórica y
concreta; la centralización eclesial en Constantinopla; y la
decadencia de los otros
patriarcados orientales debido a la creación de arzobispados
autocéfalos. La
centralización jugó un interesante papel el sínodo endemousa
o endemusa, que se
desarrolló en Constantinopla a partir de la segunda mitad del
siglo IV, “en el que los
obispos que se hallaban a la sazón en la capital del imperio
se reunían, sin duda las más
de las veces por incitación del emperador, con el obispo local
para deliberar sobre
importantes acontecimientos o problemas de la Iglesia”232.
La estructura primado, patriarcados, arzobispados
autocéfalos, diócesis sufragáneas,
originó una estructura centralista, el germen de la división del
1054 y la aparición de
Iglesias nacionales. Para organizar este mundo aparece el
derecho canónico que tiene en
Juan Escolástico233, el redactor que dividió el material
recopilado en 50 categorías
dentro de las cuales ordenó los cánones existentes hasta el
momento, dando las normas
fundamentales del derecho canónico; y en otra colección, los
78 capítulos, que es una
recopilación del derecho imperial en materia eclesiástica234;
posteriormente aparece la
unión de ambas colecciones en los nomocánones.
Además de la organización, el derecho y las disputas
dogmáticas, está la liturgia
bizantina, las liturgias de Basilio y Juan Crisóstomo, cuya
expresión más típica es el
trisagio; en este campo el calendario festivo experimentó un
notable crecimiento con
fiestas como la anunciación, la dormición de la Virgen y la
exaltación de la cruz. Uniendo
liturgia y calendario están los cantos litúrgicos de Romanos,
la creación del Kontakion o
prosa rítmica y la veneración de las imágenes o iconos235 y
la abundancia hagiográfica
como novela y romance popular con el deseo de alimentar la
devoción.
142
La disciplina es otro aspecto de la organización eclesial. Una
expresión, son los cánones
del sínodo imperial de Constantinopla (691-692; in Trullo)
convocado por Justiniano II
(685-695; 705) en el que los asistentes vieron un
complemento a los dos concilios
anteriores; en sus 102 cánones habla de la jerarquía (3-39),
la vida monástica (40-49) y
reglas litúrgicas y sacramentales (50-102). Este sínodo,
aunque pretendía ser universal,
estaba más dirigido hacia Oriente que hacia Occidente, por
ello su aprobación pontificia
se logró muy tarde, hacia el 705 con el papa Constantino I
quien reconoció los cánones
siempre y cuando se suprimieran aquellos que expressis
verbis iban contra Roma.
Otro aspecto, quizás el más conocido y el que mejor disimula
toda la problemática
vivida es el arte bizantino y la arquitectura eclesiástica; en el
templo de Santa Sofía
(Hagia Sofía) se expresa la unidad mística de reino de Dios,
Iglesia e imperio. En
relación a este templo hay una tradición que sostiene que
cuando fue consagrado,
Justiniano exclamó: “Salomón, te he vencido”.
2.5.2 El monacato bizantino236
Egipto como cuna y Palestina como meta de las
peregrinaciones a los lugares santos,
son los centros monacales por excelencia a partir del siglo IV;
ambos monacatos son
diferentes ya que el palestino es más abierto y de mayor nivel
intelectual. Sobresalen en
este monacato: Eutimio el Grande (+ 473) quien fundó una
laura internacional por la
procedencia de sus miembros, quienes por su trabajo político
y eclesiástico lograron
suavizar algunas situaciones difíciles como era la propaganda
contra Calcedonia que
Eudoxia lideraba desde Jerusalén; Teodosio el Cenobiarca (+
529) quien estableció un
monasterio cerca de Belén siguiendo a Basilio su compatriota
y siendo nombrado abad de
todos los cenobios (archimandrita); san Sabas (+ 532) abad
general de los anacoretas y
las lauras. Con la presencia de estos tres fundadores,
Palestina se convirtió en baluarte de
la ortodoxia de Calcedonia a pesar de la presencia de
algunos centros monofisitas que
estaban más orientados hacia Egipto que hacia Jerusalén; un
caso típico es el obispo de
Gaza, Pedro el Íbero237 quien fue monofisita y tuvo entre sus
discípulos a Severo de
Antioquía. El florecimiento de este monacato también tuvo su
expresión literaria; el
monacato egipcio a través de las colecciones de los
Apophthegmata, el palestino a través
de biografías y narraciones sobre la vida de los monasterios y
los monjes238.
De Palestina y Egipto el monacato se fue extendiendo. En la
península del Sinaí el
monacato tuvo una feliz vida durante estos siglos. En Siria
está el caso de san Simeón
Estilita (+ 459) llamado así porque vivía en una columna, en
la ciudad de Telneshin,
donde se originó un complejo de edificios eclesiales y
monacales para acoger
peregrinaciones. La entrada en Constantinopla fue lenta:
primero se afianza en Bitinia,
después entra en la capital donde la más renombrada
fundación, por lo que hace
referencia a los acontecimientos políticos y eclesiásticos, es
el monasterio de los
acemetas239, hecha por el sirio Alejandro quien llegó hacia el
405 a Constantinopla. En
el siglo VI ya había un monasterio en Tesalónica. En Máximo
el Confesor la mística
monástica alcanzó una altura de síntesis que no se logrará en
tiempos posteriores.
143
El concilio de Calcedonia (451) significó el punto culminante
de la actividad política y
eclesiástica del monacato y la degeneración de su ideal;
buscando una solución a su
estado se dieron los cánones 3, 4 y 7 que hablan de: la
prohibición de dedicarse a cosas
ajenas a la vocación, acoger la voluntad del obispo y no
regresar al mundo240. Los
cánones de Calcedonia sobre la vida consagrada dan a
entender que es una institución de
derecho público; pero esto no disminuye en nada el hecho de
ser más un movimiento que
una institución, ya que se es monje por convicción y no por
imposición; esta convicción,
que es una realidad inalienable, no puede ocultar las
escandalosas historias de algunos
fanáticos y pendencieros que se hicieron monjes. Después de
las normas de Calcedonia,
aparece la legislación de Justiniano, compuesta por normas
sobre la admisión de
candidatos, los votos, el control eclesiástico y la estricta vida
común; esta obligatoriedad
comunitaria fue un error porque no se llegó a la esencia del
movimiento monacal.
El monacato tuvo presencia e influencia en el ambiente social
y aunque muchos monjes
fueron elegidos obispos, no se puede ignorar que su
significado para el imperio es de un
valor especial y no de algo integrado a la vida cotidiana, no
en vano varios monasterios
no eran más que albergues para peregrinos administrados
por monjes.
2.5.3 La actividad misionera
La situación teológica hizo que existiesen tantas expresiones
misioneras como líneas
teológicas cristianas; además, la religión y la política iban de
la mano en algunos sectores
del proceso evangelizador que muchas veces se vio reducido
porque lo político
prevalecía, sin contar que en aquel entonces “mundo romano”
y “ecumene cristiana”
eran conceptos relacionados. Algunos momentos especiales
se presentan en las
comunidades del extranjero o cristianos que llegaban a
regiones donde la mayoría no era
cristiana; las tribus extranjeras que penetraban el territorio
imperial y se hacían bautizar
porque identificaban imperio y cristianismo, los beduinos en
los territorios limítrofes de
Siria y Palestina, para quienes se crearon unas particulares
diócesis.
En la época de Justiniano se dio un impulso misionero; en
esta oportunidad era más
importante la política que la misión, por ello se puede hablar
de una política misionera
con lo que la evangelización se convertía en una conquista.
Como fruto de esta empresa
está la evangelización de los pueblos caucásicos en la
frontera entre Bizancio y Persia,
los himyaritas de Arabia Meridional, los hérulos que estaban
asentados al sur del Danubio
y algunos sitios de África. Mención particular merece Asia
Menor que fue evangelizada
por Juan de Asia, un monofisita que supo adaptarse a las
exigencias de la Iglesia del
imperio y evangelizó en Esmirna y Éfeso construyendo
templos y comunidades, y
alejando el paganismo con dinero proveniente de las arcas
imperiales.
Los judíos, cuya religión era lícita, vivieron una situación
particular, porque algunos
predicadores los condenaban como la mayor peste de la
humanidad y por tal motivo
hacia el siglo VII se les impuso como ley el deber de la
conversión. Con los bárbaros, los
búlgaros y los eslavos del norte del imperio la evangelización
fue poca toda vez que ésta
se inició en firme después de la irrupción del Islam, cuando
hubo necesidad de dirigir
144
hacia otros horizontes la acción misionera.
2.5.4 La literatura teológica y religiosa
Durante este período existe mucha repetición y poca
creación, porque lo más
importante era acercar los dogmas a los fieles; aunque las
luchas dogmáticas desde
finales del siglo V hasta la irrupción del Islam son un tanto
violentas, no sirvieron para
que este período fuera de teología clásica, sino un período en
el que se presentan
múltiples filosofemas aristotélicos para justificar las
distinciones y se da un paso para
dejar el latín clásico al tiempo que se optaba por tesis y
antítesis más barrocas que
precisas. La teología calcedoniana no tuvo durante varios
años un representante de este
tipo de teología.
Algunos autores son241: Leoncio de Bizancio, de quien
todavía se discute su encuadre
en el marco de la teología global de la época. Juan de
Escitópolis, quien mantuvo con
pureza los principios doctrinales y supo exponer bien las
formulaciones de fe; además
profundizó los estudios del Pseudo-Areopagita. Severo de
Antioquía, teólogo monofisita
con excelente formación bíblica y patrística; sin enredarse
mucho con las terminaciones
filosóficas le dio un giro a la teología de Cirilo de Alejandría;
su nombre, ligado con el
monofisismo, adquirió gran dimensión por su obra literaria
que abarca todos los sectores
de la vida religiosa. Juliano de Halicarnaso: monofisita, padre
de los aftardocetas. Juan
Filipón, quien deseaba armonizar filosofía y dogma, por esto
se le acusa de triteísmo; es
uno de los mejores representantes del enfoque filosófico,
científico y cultural que
distinguió a la escuela alejandrina de la ateniense; su
comentario al relato bíblico de la
creación, dedicado al patriarca antioqueno Sergio, no tiene
mucho contenido teológico
pero sí muchas noticias.
Dos autores bien interesantes son: Pseudo-Areopagita, cuyo
nombre está en relación
con aquel converso de los Hechos de los Apóstoles y su
figura está fuera del marco
dogmático y polémico de la época; su actividad literaria, con
predilección por la
mistificación, pretende trazar un cuadro increíble del mundo
en sus Jerarquías; en su
obra Nombres divinos quiso crear una sistematización de la
teología negativa. Máximo el
Confesor, a quien se le debe, en el contexto de la disputa
monoenergética, la creación de
los presupuestos necesarios para captar el meollo del
problema; es, en el ámbito
bizantino, el maestro de la mística de la cruz al sostener que
Cristo doliente y glorificado
reunió todos los contrastes en una unidad definitiva.
En el ambiente bizantino surgieron algunas enseñanzas no
muy convenientes para la
vida espiritual como el caso del origenismo que era más
vivido que discutido y el
mesalianismo que en su deseo de una excesiva pureza
acusaba una experiencia sensible
de la gracia; para tratar de contrarrestarlos aparecieron
algunos escritos entre los que se
destacan: Instrucciones de Diadoro de Foticé y Escala del
paraíso del sinaíta Juan.
En el siglo VI aparecen las cadenas o florilegios, verdaderas
antologías, para tener
buenos elementos de argumentación sobre un tema. Uno de
los primeros forjadores de
cadenas fue Procopio de Gaza (siglo VI) famoso por haber
sido el jefe de una escuela de
145
sofistas. El ambiente que se vivía, impidió el buen desarrollo
de la homilética; a pesar de
ello surgieron algunos oradores y algún hagiógrafo como
Leoncio de Neápolis, autor de
una biografía del patriarca alejandrino Juan el Misericordioso.
Durante este período se
dio poco impulso creador, mucho manejo de las obras de los
padres, poca inspiración
con base a la Biblia, una nebulosa relación entre eclesiásticos
y políticos; aunque había
rivalidades, la teología espiritual alcanzó altas cimas.
En relación a la liturgia, se dieron cinco ritos. El bizantino, que
es el más difundido, fue
adoptado por las Iglesias nacidas directa o indirectamente a
consecuencia del cisma del
siglo XI; se celebra en cinco lenguas: griego en las Iglesias
griegas, eslavo antiguo en las
Iglesias rusas, rumano en la Iglesia rumana, georgiano en la
Iglesia de Georgia y árabe en
las Iglesias melquitas (imperiales) de Egipto y Siria. El
armeno se celebra únicamente en
la Iglesia armena que es monofisita. El jacobita, procede del
rito antioqueno y fue
adoptado por los monofisitas que sustituyeron el griego por el
arameo; actualmente
también utiliza el árabe. El caldeo, procede del rito
antioqueno y fue adoptado por los
nestorianos que cambiaron el griego por el sirio. El copto,
procede del rito alejandrino y
tiene una fuerte influencia monástica; en Egipto se celebra en
copto y en Etiopía en
gueez.
3. La Iglesia latina
Al interior de esta experiencia eclesial se presentan dos
hechos relacionados. Por un
lado las migraciones de los pueblos germánicos y eslavos de
Oriente a Occidente que
acabaron con el imperio romano originando reinos
independientes. Por otro lado, las
migraciones árabes arrasaron la cultura romana occidental,
tanto en África como en parte
de Europa. A ello se le suman las migraciones de los vikingos
procedentes del norte que
también dieron su aporte al cambio. Además, la Iglesia tuvo
que entrar en contacto con
las transformaciones religiosas del occidente barbárico con
religiones indoeuropeas, celtas
y germánicas, éstas últimas ya convertidas al arrianismo.
3.1 El cristianismo norafricano
Se retoma la historia de esta parte de la Iglesia a comienzos
del siglo V, con Agustín de
Hipona, a quien se le debe que el donatismo, que aún existía,
estuviera un poco relegado,
gracias a los aportes del sínodo de Cartago del año 411.
3.1.1 Bajo la dominación vandálica
Los vándalos, bárbaros con confesión cristiana arriana,
irrumpieron en África
procedentes de Europa hacia el 429 bajo el mando de
Genserico (428-477); a partir de
ese momento comenzó un período de opresión y persecución
para la Iglesia en el norte
de África que ocasionó graves daños materiales y morales.
La primera ola de persecución
(429-442) se dio junto con el proceso de consolidación del
poder vándalo: templos
incendiados, monasterios destruidos, casas saqueadas y
muertos242. Esta ola no amainó
146
ni cuando los vándalos fueron aceptados como provincia
federada del imperio (435). La
esencia de esta persecución era: católico o donatista que no
aceptara el arrianismo era
perseguido, unas veces iba al destierro, y otras, ajusticiado;
quienes aceptaban el
arrianismo eran bien tratados. La máxima expresión de esta
persecución fue el odio con
que Cartago fue tratada una vez cayó en su poder (439);
cuando desterraron a su obispo
Capréolo y al clero243, comenzó la caída de esta diócesis, ya
que su nuevo obispo,
Deogracias, sólo pudo ser nombrado 15 años después (454457); luego de él, Cartago
estuvo 24 años como sede vacante.
En el 442, hubo un acuerdo entre Genserico y Valentiniano III
por el cual las provincias
romanas norafricanas fueron repartidas entre los vándalos
(Proconsularis, Byzacena,
Tripolitana y Numidia oriental) y el imperio (Numidia
occidental y las dos Mauritania). El
caos político romano de 455 por el asesinato de Valentiniano
III, fue aprovechado por
Genserico para hacer una incursión en Italia, sometiendo a
Roma a un pesado impuesto y
llevando a África prisioneros de varios estratos sociales. El
episodio del papa León
Magno defendiendo a Roma se ubica en este momento
histórico.
Con Hunerico (477-484) la situación tomaba un camino
favorable porque se permitió
en Cartago el culto cristiano católico y llegó el nuevo obispo,
Eugenio (481), después de
24 años de sede vacante; la acción social de este obispo
despertó la envidia del clero
vándalo que era arriano, con lo que se iniciaron nuevas
medidas de persecución contra
los cristianos católicos. Además, como resultado del diálogo
religioso de 484, en el que
los cristianos fueron vistos como perturbadores de la paz, la
Iglesia fue puesta en estado
de excepción y la persecución arreció; a esta persecución se
le une el hambre que azotó
por algunos años estas regiones.
Con Guntamundo (484-496) se mitigaron los horrores porque
varios decretos de
destierro fueron abrogados y el culto pudo ser restablecido,
pero la recuperación no fue
fácil porque los golpes morales habían sido profundos y
después de los primeros años del
reinado de Trasamundo (496-523), volvió la persecución. Uno
de los deportados fue
Fulgencio de Ruspe, líder de la lucha contra el arrianismo de
los vándalos.
Por fin vino una cierta paz con el rey Hilderico (523-530),
nieto de Valentiniano III,
quien suspendió los decretos de destierro, permitió que las
sedes episcopales fueran
nuevamente asumidas y los cristianos católicos pudieran
celebrar el culto. Estas medidas
cristianas católicas provocaron una revuelta dirigida por
Gelimer (530) quien mandó
encarcelar al rey y se hizo proclamar tal; para contrarrestar
esta sublevación entró la
acción conquistadora de Justiniano (527-565) bajo la
dirección de Belisario quien en
medio año (de septiembre de 533 a marzo del 534) quebró la
resistencia de los vándalos
y acabó con ese reino. Belisario venía de conquistar las
regiones italianas.
3.1.2 Bajo la dominación oriental
Cuando Justiniano tomó el gobierno de África se encontró
con tres problemas: los
clérigos desterrados, la readmisión de quienes habían
acogido el arrianismo y la
restitución de los derechos y propiedades de la Iglesia;
buscando soluciones se realizó el
147
sínodo de Cartago (534) bajo la presidencia del obispo
Reparato y para confirmar las
decisiones se acudió al Papa y al emperador. Este
renacimiento cristiano católico fue
unido a un duro trato hacia arrianos, donatistas, no cristianos
y judíos; debido a ello los
intentos de reorganización se vieron disminuidos por las
sublevaciones que surgieron
como consecuencia del duro trato que recibieron los no
católicos, el ambiente teológico
por las disputas sobre Orígenes y los tres capítulos, la
creciente y abusiva burocracia que
se presentó en estos territorios y la existencia del donatismo
que subsistió hasta la
conquista islámica. La reorganización no pasó de una serie
de disposiciones y uno que
otro foco de auténtica renovación ya que la reanudación de la
labor misionera entre las
tribus no cristianas de las zonas marginales de las provincias
estuvo presente y tal como
sucedía en otros lugares del imperio, aquí la misión también
tenía un marcado interés
político.
En lo teológico, la Iglesia africana no aceptó el monotelismo
ya que conocía el
pensamiento de Máximo el Confesor por la disputa contra
Pirro realizada en Cartago
(645); además, varios obispos africanos asistieron al sínodo
de Letrán (649) en el que el
papa Martín I lo reprobó; pero, el monotelismo tuvo sus
manifestaciones cuando llegaron
cristianos de Oriente que venían huyendo de la invasión
islámica.
A partir de 647 comenzaron las invasiones musulmanas en el
norte de África; en el
697, bajo Hassan, conquistaron Cartago y en el 709 el norte
de África, excepto Ceuta,
estaba en manos musulmanas. Con esta invasión el
cristianismo norafricano entró en su
ocaso por la expansión del Islam y aunque se puede suponer
una cierta tolerancia,
muchos cristianos optaron por emigrar hacia Italia o Las
Galias. A pesar de ello, siguieron
existiendo pequeños grupos de cristianos en medio del
mundo musulmán.
El ocaso del cristianismo en el norte de África tiene algunas
causas: la presencia de tres
confesiones cristianas: católica, donatista y arriana; el efecto
desmoralizador de las
persecuciones vándalas; la falta de ardor misionero; y un
sepulcral silencio de parte del
resto de la cristiandad que no levantó ni una sola voz para
lamentar la pérdida de una
Iglesia que había producido grandes genios: Tertuliano,
Cipriano, Agustín, Felicidad y
Perpetua, etc.
3.2 Hacia el nacimiento de Europa244
Se propone una premisa: el proceso misionero de la Iglesia
permite que el cristianismo
llegue a las regiones aisladas en relación a los sitios donde
se tomaban las grandes
decisiones; es decir, el cristianismo tomó cuerpo en los
confines del imperio con dos
líneas concretas: los pueblos germanos (visigodos,
ostrogodos, lombardos, burgundios,
vándalos y francos) y los pueblos insulares (celtas,
anglosajones, etc.) dando origen a la
“ecumene occidental” sobre la base de la fe y la cultura latina,
que estuvo en vigor hasta
comienzos del siglo XVI cuando se presentaran las rupturas
de Lutero, Calvino, Enrique
VIII y la respuesta de la Iglesia cristiana católica con el
concilio de Trento (1545-1563) y
las diferentes reformas religiosas que ayudaron a fortalecer la
propuesta tridentina, que
orientó el pensamiento eclesial hasta la segunda mitad del
siglo XX. Además de ello, se
148
comienza a captar la manera como la Iglesia presencia las
diferentes invasiones,
asumiendo actitudes diversas: unas veces se aferraba al
pasado y otras veces se lanzaba
al futuro; en ambas situaciones se daba una transformación
que la ayudó a cruzar el
umbral del segundo milenio.
3.2.1 Europa insular
En lo referente a Irlanda y Escocia, su evangelización
comenzó con los prisioneros de
guerra británicos. En el 431 ya se habla del primer obispo de
esta región, Paladio, quien
hacia el 429 aparece como diácono; el envío de este obispo a
Irlanda está en conexión
con el envío de Germán de Auxerre a Inglaterra para combatir
el pelagianismo. El apóstol
fue san Patricio (397-460) quien, procedente de una
acomodada familia anglorromana,
fue hecho prisionero y vendido como esclavo en Irlanda, de
allí se escapó y retornó a su
patria, para regresar a Irlanda como obispo misionero (432460) evangelizando el norte, a
partir de Armagh, mientras que Paladio evangelizaba el sur.
La evangelización de Irlanda
tuvo que partir de la base social: los reinos tribales agrupados
en cinco territorios y la
influencia de los monasterios que se convirtieron en centros
desde los cuales la Iglesia se
fue desarrollando.
La Iglesia fue progresando, al tiempo que el latín y la
romanidad se afianzaban, pero
con la invasión de los celtas (anglos y sajones) el cristianismo
apareció como un puente
entre la cultura romana y la cultura celta, donde se
practicaban los cultos druidas; esto se
pudo realizar porque los monasterios desempeñaban una
excelente evangelización ya que
las abadías eran centros pastorales y sociales que se
extendían progresivamente. Los
monasterios irlandeses y el monacato tenían normas muy
particulares: la tonsura, la
regencia de una jurisdicción por el abad más que por el
obispo, quien pertenecía a la
misma abadía, la celebración de la pascua en una fecha
distinta, el culto a Todos los
Santos, la práctica penitencial que tenían un poco de
influencia oriental (fueron los
creadores de la penitencia auricular) y las letanías.
La influencia monacal, unida a las invasiones celtas, permitió
que el desarrollo de la
cultura fuera básicamente eclesial practicando la exégesis, la
gramática y el cálculo
(computus); además del aspecto cultural, los monasterios
eran centros manufactureros y
económicos, donde se practicaba la caridad; en el fondo los
monasterios eran pequeñas
ciudades.
Los dos Columba son los más representativos personajes de
estos territorios en este
período: Columba el Viejo (+ 597) fue el evangelizador de los
pictos en la actual Escocia
(Caledonia) desde el monasterio fundado por él mismo en la
isla Iona; Columba el Joven
(Columbano, 530-615) fue el misionero que hacia el 592
partió para Las Galias al frente
de una peregrinación para morir en Italia.
Por lo que se refiere a Inglaterra, su historia comienza con los
anglosajones, tribus
bárbaras germánicas, que ocuparon las provincias orientales
de Inglaterra (Londres y
York) desplazando a los britanos hacia occidente, con esto la
desromanización se fue
haciendo una realidad. Los britanos siguieron conservando su
liturgia y el uso del latín;
149
nunca se unieron con los invasores por la diferencia cultural
(celta y anglosajona) y la
permanente hostilidad que había entre ambos pueblos,
aunque la organización política y
social era muy similar por aquello de los pequeños reinos. Por
esto los primeros influjos
cristianos llegaron de Las Galias con el obispo Luithardo, que
pertenecía al cortejo de
acompañantes de Berta, hija de Cariberto I de París (561567), esposa de Etelberto de
Kent.
La iniciativa fundamental fue de Gregorio Magno (590-604)
quien, desde antes de su
pontificado, quiso realizar una misión entre los anglosajones.
La misión enviada por
Gregorio Magno (596) llegó a la isla Thanet en el reino de
Kent bajo la dirección de
Agustín de Canterbury, quien llevaba algunas cartas de
recomendación dirigidas a altas
personalidades de Las Galias; con el paso de los días
llegaron refuerzos con lo que la
misión adquirió fuerza. En el 601 fue bautizado el rey
Etelberto, y con su ayuda, Agustín
construyó la catedral de Canterbury, dedicada al Salvador, y
junto a la basílica San
Martín, fundada por Luithardo, un monasterio masculino cuyo
templo consagrado a san
Agustín, albergaría los sepulcros de obispos y nobles.
Agustín de Canterbury recibió el
palio en el 601; estaba al frente de esta Iglesia independiente
y tenía la misión de crear las
provincias eclesiásticas de Londres y York con doce
obispados cada una.
Londres pertenecía al reino de Essex, cuyo soberano
dependía de Canterbury y, para
ayudar al proceso misionero, se creó el obispado de
Rochester (604) también en Kent.
Todo iba bien: dos obispados en Kent y un naciente
cristianismo en Essex, pero la
muerte de Agustín (604) y Etelberto (616) condujo a una
breve reacción no cristiana;
con esto se da un giro en la política misionera al orientarse
más hacia el norte, donde el
rey Edwin de Deira (Yorkshire) se casó en el 625 con una hija
de Etelberto de Kent y
con la presencia de Paulino, misionero de Kent, el
cristianismo comenzó a afianzarse en
esa región cuando la asamblea del reino optó por la
conversión colectiva. Con la
provincia de York se presenta un acercamiento con Roma; en
esta sede Paulino
estableció su sede después de la conversión del rey (627),
pero hacia el 632 tuvo que
huir por las convulsiones políticas de ese reino que Penda de
Mercia tomó bajo su
mando hasta su muerte (654); Paulino terminó sus días en
Rochester.
La primera ola misionera llegó a la isla Thanet (reino de
Kent), cristianizó este reino y
llegó hasta el norte (Yorkshire); creó los obispados de
Londres y Rochester, afianzó la
sede de Canterbury y dio los primeros pasos para el obispado
de York en Deira. En la
segunda ola misionera el auxilio de los galos y el influjo de los
monjes fueron vitales. En
esta oportunidad no sólo se trataba de recuperar el campo
regado, sino que comenzaba la
evangelización de la región del occidente, Wessex, donde la
sede de Winchester y la
influencia del norte desempeñaron un importante papel en el
viraje misional que se
presentó porque se pasó a misionar, con la ayuda de monjes
y obispos irlandeses, la
región oriental que había sido dejada por la persecución. En
la segunda oleada misionera
se unificó la fecha de la pascua; prevaleció la tendencia
romana, según la solución
tomada por el sínodo de Withby (664) que dividió la
cristiandad británica porque algunos
no quisieron aceptar tal fecha; en esta oportunidad el
arzobispado de Lindisfarne fue
dividido en dos obispados: Ripon y York.
150
Además del sínodo de Withby, hubo otro hecho vital: la
elección de Teodoro de Tarso,
persona no británica, como obispo de Canterbury (669-690),
quien fue el primer obispo
reconocido por toda la Iglesia inglesa; este arzobispo le dio
forma a esta Iglesia e hizo de
ella una unidad eclesiástica que se regía por sínodos; en el
contexto de estos sínodos
nació la forma de datar los años a partir de la encarnación de
Cristo. Además, las
medidas adoptadas en cuanto al domicilio y la penitencia
anual, fueron vitales para la
vida eclesial; sólo los celtas de Gales no aceptaron las
disposiciones de Teodoro de
Tarso.
Por su origen, la Iglesia anglosajona era más romana que la
de francos, godos y
lombardos; prueba de ello es el especial significado que
adquirió la fiesta de san Pedro, el
ponerse de parte de Roma en la disputa monotelita; era una
Iglesia nacional como todas
las demás pero particularmente ligada a Roma porque,
exceptuando el caso de Teodoro
de Tarso, los obispos eran anglosajones desde mediados del
siglo VII.
En el panorama histórico de la Iglesia anglosajona en este
período se debe tener en
cuenta que: a partir de la tercera década del siglo VII existía
una legislación cristiana por
lo que no era de extrañar que algunos templos no cristianos
fueran destruidos; la
influencia monacal es relevante; la existencia de algunos
monasterios de hombres y
mujeres245, que fue un rasgo característico de este
monacato; el desarrollo del estudio
del derecho romano y el griego; la notoria influencia irlandesa
en la penitencia; la técnica
de las miniaturas y la poesía religiosa.
Son personajes para tener en cuenta: Beda el Venerable
(672-735) autor de una historia
eclesiástica, quien cultivó exégesis, gramática, métrica,
cronología e historiografía; y
Aldelmo de Malmesbury (640-709) especialista en gramática,
métrica e instrucción
religiosa. Finalmente, los comienzos de la cultura anglosajona
cristiana coinciden con la
conclusión de la misión en Inglaterra y el viaje de Willibrordo
a tierra firme, pero éste ya
pertenece a la historia de los francos.
3.2.2 Europa continental
Las Galias fueron el escenario donde los godos atrajeron a la
confesión arriana a los
borgoñones y suevos en el siglo V; allí también se
encontraron los germanos y el
cristianismo con la misión emprendida por el episcopado galo
durante los siglos V y VI,
con obispos como Martín de Tours, Germán de Auxerre y
Lupo de Troyes. En el
ambiente del siglo V irrumpe el reino merovingio con
Clodoveo (482-511) que fue
adquiriendo importancia por las luchas políticas con los
ostrogodos y visigodos de
Teodorico y Alarico, respectivamente; con estas luchas y su
triunfo contra los alemanes,
Clodoveo optó por el cristianismo gracias a la influencia de su
esposa Clotilde, recibiendo
el bautismo de manos de Remigio de Reims en la navidad de
499.
La conversión de Clodoveo al cristianismo influyó en los reyes
germanos y el
episcopado galo porque en ella se vio un llamado para que
los demás reyes hicieran lo
mismo; además, con su conversión quebrantó la costumbre,
según la cual un rey
germano sólo podía ser pagano o arriano. Después está la
conversión de Segismundo de
151
Ginebra, rey borgoñón; con esto ya son dos los reinos
cristianos católicos al norte de Las
Galias.
Al sur la situación era distinta porque entre los visigodos
existían divisiones entre
arrianos y católicos y la presencia de los francos era muy
notoria; a comienzos del siglo
VI Clodoveo marchó hacia el sur contra los visigodos de
Toulouse; aquí entra en escena
Teodorico el Grande con los ostrogodos ocasionando la
guerra entre francos y godos
(507-511) que dio origen a la Iglesia nacional franca y tuvo su
primer sínodo en Orleáns
(511) con el que nació la Iglesia merovingia con doctrina,
derecho y liturgia, y con unas
notas muy particulares: era la primera vez que los obispos se
reunían en un reino, se
presentó la organización eclesial y se afirmó la autonomía de
los reinos frente a la
decadencia del imperio. Con el nacimiento de la Iglesia
merovingia también se dio el
nacimiento de las Iglesias nacionales germanorromanas que
desarrollan formas propias de
vida religiosa pero manteniéndose en la tradición y dando un
apoyo incondicional a Roma
en su oposición a Constantinopla y las disputas teológicas;
las relaciones francorromanas
fueron intensificadas a través de Britania donde Teodoro de
Tarso, obispo de
Canterbury, desempeñó un importante papel.
El hecho de que el cristianismo haya florecido en la Iglesia
nacional merovingia no
quiere decir que todo fuera una unidad ensamblada porque
en cada reino se presentaban
sínodos, que eran convocados por los reyes sin que las
determinaciones necesitaran su
confirmación; por esto se habla de dos fases de fuerte
unidad: la de 511-555, y la de 613638, ésta es la edad de oro de los merovingios con el reinado
unitario de Clotario II y
Dagoberto I. Las ciudades donde se reunían los sínodos eran
los centros de gravedad de
la vida eclesiástica del reino merovingio (Orleáns, París,
Lyon).
Algunas características de la Iglesia merovingia durante estos
siglos son: el derecho
monárquico en relación a la elección de obispos con lo que el
poder jurisdiccional
episcopal se vio un poco reducido por aquello del feudalismo,
el surgimiento de
numerosos templos rurales y unas particulares relaciones
entre el obispo y el monacato
porque los monasterios estaban sujetos a la vigilancia del
obispo que realizaba todos los
actos de consagración246.
Primero está la creación de la Iglesia merovingia, después el
cambio que se produjo en
el monacato que condujo a la Iglesia a un nuevo estadio; en
tercer lugar está la
propagación del cristianismo en las zonas marginales del
reino, en los confines de Bélgica
y Alemania. En este proceso misionero cada pueblo
merovingio tuvo resultados
diferentes, pero en conjunto se puede decir que su
evangelización se fue dando en
sucesivas oleadas que comenzaron con Clodoveo y se
afianzaron hasta que a comienzos
del siglo VII ya había obispos germanos al frente de las sedes
episcopales de esas
regiones (Worms, Spira, etc.); nota esencial de esta oleada
misionera es la restauración
eclesial que fue promovida por los reyes y felizmente
realizada por el clero, los monjes y
los ermitaños. Merece una mención particular en esta misión
Eligio de Noyon (641-690)
por su incansable celo pastoral.
En estas oleadas misioneras los líderes eran monjes o
estaban en conexión con ellos; la
152
predicación del Evangelio no estaba ajena a múltiples
peligros materiales por lo que el
salvoconducto regio o asilo eclesiástico era fundamental, los
“milagros” realizados por
algunos misioneros no eran desconocidos y varios centros
misionales eran estaciones
cristianas247 desde las cuales se proyectaban las misiones a
otros sitios. Estas “oleadas
misioneras” permitieron que otros pueblos fueron
evangelizados por misioneros que
provenían de otras regiones; entre los misioneros se
mencionan: Emerano, Ruperto y
Carbiniano llamados “patronos de Baviera” que no
intervinieron en el comienzo de la
historia de la conversión de la región, y san Bonifacio
(Winfrido) artífice de la conversión
de los germanos más allá de las riberas del Rin.
Las sucesivas oleadas misioneras alcanzaron las regiones
del Rin, Alemania y Baviera
(siglos VI-VII) gracias al impulso misionero y a los reyes
merovingios quienes
promovieron directa o indirectamente la restauración
eclesiástica y la misión; esta
situación permitió que los misioneros fueran vistos como
emisarios políticos de los reyes
francos. En la conversión y “unificación” de estos pueblos
contaba mucho la
superstición248, los milagros de los santos, las proezas
ascéticas de los monjes, las obras
de misericordia; una vez convertidos expresaban su
asentimiento a través de la profesión
de fe, el culto y la piedad; en lo referente al culto se dio el
esplendor de templos y
sepulcros, así como la concepción de los santos, protectores
y modelos a quienes se les
rendía culto.
La mentalidad de la época hizo que el derecho canónico, muy
afín con el rito, se
destacara por encima de la moral e influyera en las leyes
civiles; en este contexto nació el
Ecclesia vivit lege romana, que expresa el reconocimiento de
un ámbito jurídico
eclesiástico propio; en otras palabras, se dio una
cristianización de las leyes y el Estado.
La cristianización del Estado franco se dio entre 585 y 638 y
se fue extendiendo en la
medida que lo permitían las olas misioneras. El proceso no
llegó a un punto culminante
porque la dinastía merovingia comenzó a decaer a partir del
680; todo se fue evaporando
hasta que a mediados del siglo VIII llegaron los carolingios
quienes recogieron y
reanudaron los hilos de esta historia plena de ardor misionero
e injerencia política en la
Iglesia porque el rey era, en atrevida comparación, el
emperador de un pequeño
territorio.
En Hispania, entre el 455 y el 533249, el occidente estuvo
bajo el dominio de los godos
que aunque arrianos eran más accesibles a la cultura y
supieron confederarse con el
imperio, aunque no se pueden ignorar las escaramuzas
persecutorias que se presentaron
más por cuestiones políticas que religiosas, como el caso de
Eurico quien desligó el reino
visigodo del imperio y la influencia eclesial; todo fue
solucionado con Alarico II y su
Breviarium o Lex romana visigotorum250, que no tuvo mucho
éxito debido a la guerra
francogoda (507-511). Con la presencia de los godos se logró
una cierta independencia
de la Iglesia romana en relación a Constantinopla y la
creación de vicariatos pontificios en
Arlés (514) para Las Galias e Hispania y Sevilla (521) para
Bética y Lusitania. Junto a
los visigodos están los suevos, también arrianos, cuyo rey
Cavarico (550) se convirtió al
cristianismo impresionado por los milagros operados en la
tumba de Martín de Tours; en
este ambiente fue apóstol Martín de Dumio (561-580) que
luchó por el cristianismo.
153
El afianzamiento de la Iglesia en el ámbito visigodo fue
posterior. Primero comenzó a
darse la unidad entre Iglesia y reino, después aparecieron los
matrimonios políticos y
finalmente la organización de una Iglesia nacional que unificó
a godos y suevos en una
sola Iglesia, la hispanogoda; en este proceso merecen ser
destacados los reyes Leovigildo
(572-586) y sus hijos Hermenegildo (asesinado hacia el 585)
y Recaredo I (586-601);
Leovigildo tomó actitudes cesaropapistas al convocar un
concilio arriano en Toledo y
buscar la unidad peninsular bajo la religión goda (cristianismo
arriano); con Recaredo I el
pueblo visigodo pasó oficialmente al catolicismo (III concilio
de Toledo, I nacional de la
Iglesia goda, del 589). Al tiempo que nació la Iglesia goda
también se unificó Hispania
bajo el régimen godo, con Toledo como capital eclesiástica.
Después de Recaredo I,
otros reyes continuaron la obra hasta consolidarla como el
caso de Chindasvisto (642653) y Recesvinto (653-672) que plasmaron la lex visigotorum
en sentido cristiano
conforme al modelo de Justiniano, con unas particulares
leyes contra los judíos que
crearon una oscura sombra al agudizarse la crisis política de
fines del siglo VII.
Una nota distintiva de esta Iglesia es la importancia recíproca
que ocupa el rey en
relación a la Iglesia y los obispos en relación a los asuntos
regios; por ello se puede decir
que los concilios de Toledo fueron también asambleas del
reino, no en vano de sus leyes
emanaron la unidad ética de justicia y piedad y la
consagración del rey para fortalecer la
autoridad del soberano.
Esta Iglesia nacional estaba más consolidada y centralizada
que la merovingia, hasta el
punto que muchas veces no se daba importancia al respaldo
de Roma; por eso es
importante Isidoro de Sevilla, para quien el obispo de Roma
era la cabeza de la Iglesia al
que todos están obligados a obedecer independiente de las
cualidades personales; no
obstante ello, las relaciones entre Toledo y Roma fueron
tensas. Esta Iglesia estaba
estructurada sobre una base cristiana antigua con inmunidad
eclesiástica, derecho de
asilo, jurisdicción eclesiástica y sumisión del clero a los
tribunales eclesiásticos; en liturgia
es importante la adopción del credo en la misa y el culto a los
santos como expresión del
orgullo patrio; en letras florecieron las escuelas episcopales y
conventuales, y por su
ubicación geográfica desempeñó un importante papel en las
inmigraciones africanas
cuando comenzó la persecución musulmana.
De una de esas escuelas, salió Isidoro de Sevilla, padre y
doctor de la Iglesia hispana
(550-636) cuya obra Etimologías es muestra de un saber
enciclopédico, del que la edad
media extrajo el sistema de las siete artes liberales (Trivium y
Quadrivium). Otras obras
de este santo son: De las diferencias (gramática), La
naturaleza de las cosas
(astronomía), Hombres ilustres (literatura cristiana), etc. Otros
autores de esta Iglesia
son: Fructuoso de Braga que vino a ser el padre del
monacato en Hispania, Ildefonso de
Toledo autor de un libro sobre la virginidad de María. A los
hombres de Iglesia de
primera fila de aquel tiempo se les debe el auge de la liturgia
mozárabe.
En lo referente a Italia, los lombardos son el fruto tardío de los
bárbaros y el
arrianismo; su penetración en Italia (después de 560) se logró
a través de fluctuaciones
políticas y confrontaciones armadas con otros pueblos;
entraron en Italia como
154
conquistadores con el rey Alboino (560-572). Después de la
irrupción conquistadora, se
vieron en una situación difícil por la guerra entre Bizancio y
los francos, pero con
Agilulfo (591-616) lograron superar las dificultades y con
Rotaro (636-652) tomaron
posesión del norte de Italia. La situación de la Iglesia hay que
entenderla en el marco
político de este pueblo. Hubo persecuciones, algunos obispos
capitularon y fueron bien
tratados; otros huyeron de sus diócesis. A la par con esta
situación, las guerras y
devastaciones anteriores aún no se habían superado. No se
puede pasar por alto que en
la tendencia a mantener la separación entre los lombardos y
los romanos se ubica la
prohibición que Autario dictó en el 590 sobre el no bautismo
cristiano de los hijos.
Mención aparte merece las tensas relaciones entre Roma y
Constantinopla que en la
segunda mitad del siglo VI repercutieron en la Iglesia y, por lo
tanto, en los sitios donde
había cristianos católicos; en la región lombarda se
presentaron algunas tensiones porque
la política ocupaba un lugar preponderante, con lo que los
cristianos se vieron en medio
de intereses cruzados; no obstante ello, el influjo romano se
hizo sentir con la presencia
de algunos obispos como Diosdado, sucesor de Constancio
en la sede de Milán, y de la
reina Teodolinda, esposa de Autario y Agilulfo, motor eficaz
en la organización del
cristianismo en esa región; ella apoyó a Columbano, el monje
irlandés que murió en Italia
hacia el 615.
Con Agilulfo (591-616) quien trasladó la capital de Verona a
Milán, se dio un cambio a
favor de la Iglesia; la primera fase de su reinado coincidió con
el pontificado de Gregorio
Magno (590-604) y se inició una política cristiana que acabó
en el 626 cuando al trono
volvieron los reyes arrianos; éstos fueron derrocados y con
Rotario (636-652) se volvió a
una política cristiana católica. Al tiempo que esto sucedía se
buscaban los medios para
que se diera un acercamiento completo con Roma; en este
acercamiento fue importante
el monasterio de Bobbio. Aquí se dio una situación
paradójica: bajo el reinado de un
arriano las misiones cristianas católicas se desarrollaron.
Con Ariperto (653-661) el arrianismo fue abolido como
religión del Estado, lo cual no
quiere decir que se haya acabado, ya que, en efecto, siguió
subsistiendo en otras regiones
del reino, a tal punto que la misión propuesta no tuvo éxito
debido a la coexistencia de
cristianos ortodoxos que defendían el monotelismo y estaban
de acuerdo con Bizancio, y
cristianos romanos que estaban de acuerdo con Roma
condujo a un cisma que más tarde
se pudo solucionar; las cosas cambiaron cuando el imperio
bizantino fue derrotado en
Italia , y con él el monotelismo, ya que por fin se unió el
cristianismo bajo Perctarito
(661-678) y Cuniberto (678-700) porque en el 679 este reino
apoyó al papa Agatón,
(678-681) y en el ámbito del III concilio de Constantinopla
(681) firmó el compromiso de
lealtad.
Las luchas posteriores entre diferentes sectores del reino no
impidieron que el
cristianismo se afianzara; en este afianzamiento la particular
creencia en san Miguel
arcángel, patrono del reino, tuvo mucho que ver. Las
misiones entre los lombardos dejan
una cierta sensación de caos en comparación con los otros
pueblos germanos (bárbaros)
porque la monarquía cristiana católica lombarda sólo adquirió
forma bajo el reinado de
Luitprando (712-744). Los lombardos siempre estuvieron en
tensión con Roma y
155
Constantinopla; por ello no debe extrañar que en el 774 con
el rey Desiderio se diera la
ruptura del reino de los lombardos con Roma; esto ya en
vísperas de la irrupción de los
carolingios.
3.3 Elementos de la experiencia eclesial latina
3.3.1 Organización eclesial
Se crearon los vicariatos pontificios en los cuales los obispos
asumieron un crecido
poder. Hispania, Arlés y Tesalónica son los más nombrados.
Hispania comenzó su vicariato con Zenón de Sevilla quien
obtuvo especiales poderes
del papa Simpliciano o Simplicio (468-483). En el pontificado
de Hormisdas (514-523) se
le renuevan los poderes a Salustio de Sevilla pero ya un poco
limitados porque lo
fundamental del vicario era mantener la tradición eclesiástica
y, si era necesario,
convocar sínodos pero manteniendo intacto los privilegios de
los metropolitanos. Este
vicariato tenía un tinte muy personal por lo que se suele decir
que era como una
delegación; a partir de la conversión de Recaredo, carecía de
razón de ser porque la
Iglesia hispánica estaba lo suficientemente protegida.
El vicariato de Arlés se remonta a Zósimo (417-418) siendo
confirmado por León I
(440-461) e Hilario (461-468), quien esperaba los informes
correspondientes; el vicario
debía celebrar sínodos y otorgar cartas de recomendación
para los eclesiásticos galos que
iban de viaje. Este vicariato tuvo algunos inconvenientes con
la sede de Vienne y sólo en
el 513 alcanzó definitivamente la primacía no sólo en Las
Galias, sino también en
Hispania. Figura principal de esta sede fue Cesáreo de Arlés,
de cuya posición frente a
los diferentes Papas se puede concluir que los vicarios
actuaban ad nutum pontificis.
Después de un breve período de esplendor, aparecieron las
sedes de Lyon y Autun que
fueron adquiriendo mayor importancia que Arlés, con lo que
este vicariato fue
lentamente decayendo. La nota esencial de este vicariato era
la lucha contra la simonía.
Tesalónica, en Iliria occidental, comenzó a ser vital para
Roma a partir del I concilio de
Calcedonia (canon 28), pero pronto cayó en el olvido debido a
las cuestiones políticas; a
partir del 531, se le concedió nuevamente la función vicarial
pero se presentó un nuevo
fracaso por cuestiones políticas en tiempos de Justiniano
(527-565) quien creó el
patriarcado de Justiniana Prima. Este vicariato llevó una vida
muy diluida y tuvo poca
injerencia en el panorama global de la historia eclesiástica.
Además de los vicariatos apostólicos que parece no
existieron en África, Inglaterra e
Irlanda, está la organización parroquial que comenzó a
gestarse a partir del siglo IV251.
Las parroquias, que no eran muy numerosas, eran centros de
reunión y puntos desde
donde se impulsaban las misiones; también se comenzó a
organizar la atención pastoral a
los cristianos con sus exigencias propias y una cierta
formación para los pastores en las
escuelas parroquiales, esbozos de seminarios e internados.
Además de las parroquias,
también se construían templos en villas y campos para una
mejor atención pastoral; en
éstas no se tenía la celebración de las fiestas principales252
porque se pretendía que los
cristianos se reunieran o en la catedral o en la parroquia, pero
con el tiempo sí se
156
celebraban (y aún hoy continúa así) con lo que se
comenzaron a dar ciertos abusos253.
Como no todas las parroquias dependían del obispo, con el
tiempo se convirtieron en
unidades que pertenecían a una diócesis. En este ambiente
nacieron las visitas canónicas
que debían celebrarse una vez al año, pero que muchas
veces no se hacían. Con esto,
unido a la ausencia del sínodo diocesano, se daba un
paulatino distanciamiento entre el
obispo y el clero rural. La parroquia se convierte en el centro
religioso y pastoral de la
comunidad.
3.3.2 La jerarquía
El pontificado
Hilario (461-468), sucesor de León Magno, continuó el
entendimiento con el oriente
cristiano, pero se insinuó el problema con los germanos
arrianos quienes erigieron el
templo Santa Águeda de los Godos en Roma; en su empeño
por la unidad episcopal
intervino en las disputas entre galos y españoles. Con
Simpliciano (468-483) comienza un
especial interés por el desarrollo de Calcedonia en Oriente
donde el monofisismo iba
triunfando con los emperadores León I (457-474) y Zenón
(474-491); vivió el comienzo
del henótico y el cisma acaciano, con lo que Calcedonia
quedaba en peligro debido al
monofisismo y la falta de comunicación. Félix III (483-492)
condenó, en el sínodo del
484, a Acacio, patriarca de Constantinopla, por haber
admitido en comunión a Pedro
Mongo; con esto se dio la ruptura entre Oriente y Occidente,
el cisma acaciano, que se
ahondó con la instrucción que envió al emperador Zenón, al
limitar el poder imperial
respecto a la Iglesia.
Gelasio I (492-496) también tuvo como meta la liberación de
la Iglesia y en su primera
comunicación con el emperador Anastasio (491-518) fue claro
e intransigente al hablar
de la misión y el rango de los dos poderes, sosteniendo la
primacía de Roma y su misión
de mantener pura la fe. En lo referente a la cristología
sostuvo las dos naturalezas de
Cristo aunque no era preciso al hablar de la relación entre
naturaleza y persona. Su
intransigencia frente a Oriente se debe al respaldo que tenía
de los lombardos, cuyo rey
Teodorico, había reconocido la personería jurídica de la
Iglesia. De la concepción
gelasiana del primado se destacan la conservación de la
pureza de la fe y la libertad de la
Iglesia frente al Estado. De este Papa no se puede olvidar su
celo pastoral a favor de los
necesitados, que en aquel tiempo eran muchos a causa de
las luchas, su benevolencia con
la clerecía y su preocupación por la liturgia.
Bajo Anastasio II (496-498) la relación entre Roma y Bizancio
cambió porque este
Papa fue benévolo con Acacio y su ministerio; esta actitud
originó el cisma laurenciano
en Roma que entorpeció la actividad de la Santa Sede, a
pesar de la intervención del rey
Teodorico, que tenía su sede en Ravena. El pontificado de
Símaco (498-514) se vio con
la sombra de Lorenzo (antipapa 498-506), presbítero
probizantino, por lo que se dio un
choque entre el Papa y el emperador; su mayor preocupación
fue la Iglesia en Las
Galias; en su tiempo se dio la conversión de Segismundo de
Ginebra, primer príncipe
germano que cambió de confesión, y de Clodoveo.
157
Para Hormisdas (514-523) la reconciliación con Oriente era
vital y contó con el cambio
de política en Bizancio donde el descontento por el
monofisismo era manifiesto. Fue
autor de la Regula fide o Formula Hormisdae254 para
entablar negociaciones, pero
como la política cambió, todo se derrumbó, hasta que Justino
(518-527) asumió el poder
en Constantinopla y puso fin al cisma acaciano (519); se llegó
a una unión que duró poco
porque desde Egipto, donde estaba desterrado Severo de
Antioquía, provino la
resistencia.
Con Juan I (523-526) comienza una serie de pontificados
breves en medio de una
caótica lucha entre Bizancio y los ostrogodos con lo que el
apoyo de Occidente
desapareció porque Teodorico, un arriano que permitía el
catolicismo, se dio cuenta de
que en Oriente un rey cristiano (Justino y Justiniano) no
permitía el arrianismo; aquí se
gestó la humillación de Juan I frente a Teodorico. Félix IV
(526-530) intervino en la fase
final de la disputa sobre la gracia mediante el apoyo dado a
Cesáreo de Arlés contra los
semipelagianos255, y eligió a su sucesor, Bonifacio II (530532), con quien la Sede
Romana perdió su prestigio.
Juan II (533-535) nombrado por voluntad del rey godo
Atalarico, fue el primer Papa
que cambió de nombre256; se dejó ganar para la fórmula
teopasquista que pregonaba
Justiniano en su afán unionista y comenzó la dependencia del
papado frente al
imperialismo bizantino. Agapito I (535-536), para mejorar las
relaciones viajó a
Constantinopla donde murió; su imprevista muerte dio origen
a la más grave crisis del
siglo VI en el papado. Silverio (536-537) hijo de Hormisdas,
partidario de entregar Roma
a Bizancio, fue acusado de alta traición, depuesto y
desterrado.
Vigilio (537-555) tuvo que sufrir la disputa de los tres
capítulos y fue maltratado en
Oriente; recibió, como cuenta de cobro por su trato a Silverio,
muy poco apoyo de
Occidente. Pelagio I (556-561), designado por Justiniano,
pagó la hipoteca que dejó
Vigilio; sufrió para hacerse reconocer políticamente pero su
múltiple acción pastoral le
ganó numerosos adeptos; vivió el cisma de Italia septentrional
(Aquilea y Milán). Juan III
(561-574) redujo el cisma italiano; en su pontificado
irrumpieron los lombardos arrianos
(568) quienes redujeron la acción de sus sucesores
Benedicto I (575-579) y Pelagio II
(579-590); con este último comenzó una política de
acercamiento a los francos, y en su
tiempo se produjo el primer conflicto serio con Bizancio a
propósito del título patriarca
ecuménico para el obispo de Constantinopla (587).
Gregorio Magno257 (590-604) bisnieto de Félix III, fue un
pontífice que pasó a la
posteridad como figura ideal de Papa. Supo llevar las
relaciones políticas con el imperio,
no en vano procedía de familia senatorial; a él se le deben las
bases del cambio del
protectorado bizantino por el germánico. Sobre la cuestión del
patriarca ecuménico de
Constantinopla no gastó mucha fuerza ya que prefería el
título de servum servorum Dei
que después adoptó la cancillería pontificia. Su grandeza
radica en la acción pastoral: la
infatigable acción caritativa, la reforma del clero (Regula
Pastoralis: ars et artium
regimen animarum), la reforma de los monjes (Moralia in Job
y Homilías sobre
Ezequiel) y la misión entre los anglosajones. Se dice de él:
“Junto a la habilidad
158
diplomática y la representación soberana, también mostraba
la grandeza del corazón”;
elevó el pontificado a un alto nivel incluso por encima de la
más importante figura
política de Italia (el Hexarca de Ravena). Fue aprocrisiario en
Constantinopla durante el
tiempo de Pelagio II.
Los Papas del siglo VII se vieron envueltos en los problemas
de la política eclesiástica
del imperio bizantino. Algunos son: Bonifacio IV (608-615)
quien intervino en el cisma
de Italia septentrional; Honorio I (625-638) actuó bien con los
lombardos y los
anglosajones, pero no estuvo muy afortunado en la cuestión
del monotelismo258; Martín
I (649-655), convocó sin aprobación imperial el sínodo de
Letrán (649) en el que se
condenó el monotelismo, posteriormente fue acusado de alta
traición por el emperador
Constante II (641-668) y fue condenado al destierro en
Crimea; Agatón (678-681) con
quien fue posible la reconciliación entre Roma y Bizancio, y
se alcanzó la condena
definitiva del monotelismo259; Sergio I (687-701) con quien
comenzaron de nuevo las
tensiones porque el emperador Justiniano II (685-695; 705711) convocó un sínodo en
Constantinopla (Trullano II o Quinisexto, 692) en el que, sin
participación de Occidente,
se dieron algunos cánones disciplinarios y como el Papa no
los quiso aprobar, se optó por
una acción violenta que fracasó. Con esto se inicia un
proceso de desvinculación política
y eclesiástica entre Occidente y Oriente.
El clero
Formación, moralidad y celibato son los puntos centrales;
varias disposiciones sinodales
estaban encaminadas hacia esos fines, aunque también se
habla de la economía, los
privilegios (derechos) y deberes.
La formación era una gran preocupación pero insuficiente
porque bastaba con leer y
predicar; hacia el siglo VI un gran número de párrocos no
estarían en capacidad para
participar en discusiones teológicas. Había preocupación pero
no existían los medios
necesarios para lograrlo260, y por ello aparecieron las
escuelas episcopales. La moral de
los clérigos era un tema muy delicado; se les prohibía cazar y
tener perros de caza, tener
negocios de préstamos, llevar armas, emprender viajes sin la
respectiva carta de
presentación o salvoconducto. El celibato ocupa mucho
espacio en la legislación clerical;
su exigencia aparece a finales del siglo IV no sólo como
anhelo pastoral sino, también,
como realidad económica (la no herencia)261.
Un elemento importante por lo que se refiere al clero lo
conforman los arciprestes,
clérigos que en Las Galias eran los responsables no de varias
parroquias, como ocurrió
en la era carolingia, sino del clero de varias parroquias262; en
Hispania eran
representantes del obispo con una alta función administrativa.
3.3.3 El monacato latino
El monacato sufrió algunas modificaciones que no alteraron el
ideal monástico; algunos
eremitas se convirtieron en itinerantes debido a las
peregrinaciones; el cenobitismo
comienza a adoptar las notas esenciales por la presencia de
las reglas. Eremitismo y
cenobitismo se desarrollaron durante este período en sitios
aislados y presentan una
159
legislación tanto interna como externa para regular su vida
hasta llegar a las exenciones
conventuales263; inician su acción misionera y aparecen las
escuelas conventuales.
En Italia el monacato aumentó considerablemente debido a
las persecuciones africanas;
en este país aparecieron numerosas Reglas, entre las cuales
brillan la Regula Magistri
(RM) y la Regla de san Benito (RB) la cual, sin entrar en
pormenores de crítica textual,
es la Regla más coherente y armónica entre todas las hasta
entonces existentes porque
trata el monaquismo a la luz de algunos temas básicos: la
cristología (Cristo centro), la
fraternidad (caridad), la liturgia (opus Dei). Además de san
Benito, se citan entre los
personajes más importantes del monacato en Italia:
Casiodoro, un seglar que fundó un
monasterio en Schillace al sur de Italia, y escribió Institutiones
divinarum et seculiarum
litterarum, con notable influjo oriental, y Gregorio Magno. El
Vivarium de Casiodoro es
importante porque allí se organizó un estudio científico sobre
la Biblia y la patrística; se
tradujeron al latín algunas obras griegas y se transcribieron
algunas copias264.
En Las Galias existieron dos centros de expansión monacal:
Rodano y Aquitania.
Cesáreo de Arlés, formado en Lérins, influyó en Rodano, al
sur de Las Galias. A
comienzos del siglo VII este monacato recibió un gran
impulso con Columbano y sus
doce compañeros; a Columbano se le debe la fundación de
varios monasterios, entre los
cuales el más importante fue el de Luxeuil. La acción
misionera del monacato merovingio
fue grande y los problemas con la autoridad no escasearon:
con los obispos por la
cuestión de la exención jurisdiccional, y con el rey Teodoberto
II, por el lenguaje directo
que usaban los monjes. La Regla de Cesáreo de Arlés,
escrita para mujeres, no tiene un
diseño orgánico porque es una serie de normas para la vida
de las monjas, sus
monasterios, la economía, el vestido y la liturgia; consta de 50
artículos e influyó
notablemente en Las Galias. Columbano escribió dos reglas:
Regla de los monjes donde
presenta algunas líneas fundamentales sobre el monacato, y
Regla de los cenobios donde
hay detalles sobre la vida de los monjes.
En Hispania también se propagó el monacato después de las
invasiones godas; Leandro
e Isidoro de Sevilla junto a Martín de Braga, quien difundió la
espiritualidad de los padres
del desierto, son los más ilustres legisladores de este
monacato que tenía en la tendencia
a lo intelectual un rasgo característico; este monacato tuvo el
mérito de haber dado a la
Iglesia un episcopado altamente estimado.
En África del norte floreció el monacato de inspiración
agustiniana, que sufrió en carne
propia las persecuciones de los vándalos; debido a estas
persecuciones se expandió por el
Mediterráneo y llegó a Europa, Italia e Hispania
principalmente; era un monacato
independiente en relación al obispo. Fulgencio de Ruspe (+
527) es una singular figura de
este monacato que tenía gran interés por las cuestiones
bíblicas y teológicas. Con la
presencia de los musulmanes, este monacato compartió con
la Iglesia el común destino
de una muerte lenta pero incontenible265.
3.3.4 Acción pastoral
En cuanto a la liturgia, en las colecciones litúrgicas o
sacramentarios de León Magno
160
(Verona), Gelasio (Merovingio) y Gregorio Magno266 (dos
versiones: “Adrianense” y
“paduense”) la liturgia aparece abreviada y concisa, a pesar
de las posibles
equivocaciones que se pueden presentar en los textos, en los
cuales se nota el desarrollo
que tuvo la liturgia romana; ellos permiten conocer la forma
como celebraban la fe en
aquel entonces, es más, el sacramentario Gregoriano
presenta una liturgia parecida a la
del Vaticano II. Además de los sacramentarios, manuscritos y
libros donde se encuentran
las lecturas y las oraciones para todos los días, están los
ordines romani, textos que
contienen la forma como debe celebrarse; su fin es mostrar el
desarrollo externo de las
celebraciones267.
La liturgia romana era menos pastoral y popular que la gálica
y la hispana, aunque
sendas liturgias seguían los sacramentarios y los órdenes
romanos; una nota distintiva de
la liturgia romana era la carencia de la bendición al final, en
cambio las otras dos sí la
tenían. Si en cuestión de rúbricas existe una cierta similitud
con la liturgia actual, en lo
referente a los ornamentos la situación cambia porque cada
ministro tenía su ornamento
particular, además, la solemnidad de las celebraciones no es
difícil imaginarla porque
cada uno de los tres grandes centros litúrgicos Roma, Galias
e Hispania tenía un
ceremonial propio con lo que la riqueza litúrgica era
abundante. Además de la ordenación
litúrgica eucarística, estaba la ordenación o rezo de oficio
divino para santificar el día y
las primeras estructuras del actual año litúrgico.
Por lo que se refiere a la pastoral, la predicación ocupa un
importante lugar con lo que
nacieron los sermonarios; en Las Galias Cesáreo de Arlés
hizo colecciones de homilías de
las cuales se puede deducir el nivel moral y cultural de los
oyentes; en Hispania, Martín
de Braga escribió Correctio rusticorum, un manual de
predicación que ofrece un modelo
para las homilías de las visitas pastorales. En el siglo VI la
predicación era el medio de
acción pastoral más importante; normalmente era una
instrucción dirigida a los adultos
porque la catequesis era relativamente poca. Durante esta
época la predicación era
directa, y en las diferentes fiestas y necesidades se originaron
los sermones fijos con lo
que nacieron las colecciones de sermones que se hacían
circular por las diferentes
diócesis; estos sermones no tienen mucho vuelo teológico
porque el interés no era
defender la fe, sino luchar contra la superstición y las
costumbres no cristianas,
insistiendo en la importancia del amor, la limosna, la justicia y
la castidad, y la
colaboración con la Iglesia; también era importante saberse
algunas oraciones y observar
el descanso dominical268, y luchar contra el concubinato.
En la práctica sacramental: el bautismo comenzó a
administrarse en las parroquias ante
la afluencia de personas que deseaban bautizarse, y no
solamente el día de Pascua sino,
también, en Navidad, la fiesta de san Juan y en las fiestas de
los santos; había una cierta
preparación prebautismal, pero una práctica desastrosa como
lo era la conversión forzada
de judíos sobre todo en Hispania. En la penitencia surgió la
abreviación del tiempo de la
penitencia pública y comenzó a ser concedida por el
presbítero; existían algunas normas
penitenciales que no eran fáciles de vivir; hacia el siglo VII ya
aparece la penitencia
privada por la influencia de los monjes irlandeses con lo que
la penitencia parece
humanizarse al tiempo que se relajaba la vivencia del
compromiso cristiano269. La
161
unción de los enfermos también se presentaba y la
confirmación comenzó a tomar forma
como sacramento independiente del bautismo.
En la piedad se dio: notable disminución en la recepción de la
Eucaristía debido a las
duras exigencias previas; especial veneración a los santos
sobre todo a María, san Juan
Bautista, san Esteban, y los apóstoles Pedro y Pablo; las
peregrinaciones, a Roma
principalmente, para adquirir las reliquias por contacto, que
crearon y desarrollaron un
espíritu universal, católico, del cristianismo y una novedosa
praxis sacramental.
Lo dicho sobre liturgia, pastoral y piedad permite comprender
que el cristianismo lucha
siempre por inculturarse, que la liturgia es algo vivo y que la
piedad es la expresión
pública de la vivencia de la fe; esto se dice para que en las
actuales coordenadas
históricas haya disposición por vivir un cristianismo genuino,
profundo y dinámico, es
decir, encarnado.
3.3.5 Discusiones teológicas
El arrianismo fue duro rival para la fe cristiana católica que
tuvo que hacer esfuerzos
intelectuales para lograr una adecuada intelección de la doble
naturaleza de Cristo. En la
lucha contra el arrianismo se dieron algunas notas de la
legislación disciplinar penitencial
y litúrgica de varios concilios regionales, que son básicas
para captar la magnitud de las
disputas270. Las fuentes históricas dan a entender que el
cristianismo católico desarrolló
en los pueblos germanos un sentimiento individual de
confesión de fe, mientras que el
cristianismo arriano permaneció anclado en el sentimiento
ético germánico del
seguimiento al Señor, por ello aunque hubo legislaciones
abiertamente cristianas arrianas
también existieron otras que eran cristianas católicas; esta
realidad produjo tensiones. En
la obra de Fulgencio de Ruspe se encuentran tanto los logros
y progresos como el lastre y
exclusivismo de la teología antiarriana; Fulgencio se opuso
decididamente a la fe arriana
defendida en la profesión de fe homousiana antinicena de
Seleucia-Rimini. En el
pensamiento de este santo obispo hay una cristología en
ciernes porque los conceptos
actuales de persona, procesión y trinidad no estaban tan
delineados como hoy; en cuanto
a la intelección de la Trinidad propuso la analogía psicológica.
La disputa semipelagiana sobre el tema de la gracia también
tiene en Fulgencio su
representante. El planteamiento semipelagiano sostenía que
la salvación parte de la
voluntad humana y que la predestinación es fruto de la
presciencia divina; san Fulgencio
se opone a esta doctrina proponiendo la doctrina cristiana
católica de la gracia para la
salvación del hombre insertando en ella la importancia de los
sacramentos. Cesáreo de
Arlés, cuyas propuestas influyeron en el concilio de Orange, y
Gregorio Magno, también
intervinieron en esta disputa aunque sin llegar a la altura de
san Fulgencio.
La disputa de los tres capítulos causó una fuerte repulsa en
Occidente. El obispo
Facundo de Hermiane partiendo de la Primera carta de Pedro
2, 17 en Defensa de los
tres capítulos se opuso a la condena hecha por Justiniano;
otro tanto hizo el diácono
Pelagio quien de defensor de los tres capítulos pasó a apoyar
su condena por lo que fue
llamado “perseguidor de muertos”. Otro defensor de los tres
capítulos fue el diácono
162
romano Rústico quien estructuró una acertada cristología con
criterios aristotélicos que
no fue tenida en cuenta por la escolástica. Esta disputa
produjo fricciones al norte de
Italia por su particular situación política que condujo al
nacimiento de dos patriarcados
Aquilea y Grado. Después de estas disputas la resistencia
hacia el II concilio de
Constantinopla se fue lentamente extinguiendo sin que se
produjeran mayores
controversias.
3.3.6 La literatura cristiana
Este período es de decadencia, en él se encontraron
hombres que trataron de salvar lo
valioso con el deseo de hacer una síntesis de la fe y el
pensamiento recibido por
tradición; pero aunque sea un período de decadencia, no se
puede olvidar que los autores
de los siglos V a VII, tanto orientales como occidentales,
conformaron una especie de
eslabón entre la antigüedad y el medioevo, máxime cuando
entre los siglos V y X (entre
el 450 y el 950), se presentó una oleada de espíritu místico
en el mundo, tanto cristiano
como no cristiano, dándose una alfabetización religiosa en la
cual se transmite la herencia
de la antigüedad y las escrituras sagradas comenzaron a
darle a los pueblos una cierta
orientación cultural donde la experiencia religiosa es
fundamental271. Entre estos
previsores, además de Fulgencio de Ruspe y Cesáreo de
Arlés, están Boecio, Casiodoro,
Gregorio Magno e Isidoro de Sevilla.
Boecio, autor de El consuelo de la filosofía es más filósofo
que teólogo, traductor de
Aristóteles y el fundador del argumento ex rathione teologica,
que más tarde utilizó el
diácono Rústico. En teología escribió algunas obras de
ocasión: Unidad de la Trinidad,
Las tres personas divinas, La persona única y las dos
naturalezas. A este romano, la
historia le debe la clásica definición de persona: persona est
natura rationalis individua
substantia; en el fondo de esta definición hay tres notas
esenciales: sustancialidad,
racionalidad e individualidad; el término persona debe ser
entendido como el equivalente
del griego hipóstasis. Fue ministro de educación de la corte
de Teodorico, cayó en
desgracia y murió en prisión.
Casiodoro (+ 554) fue ministro de algunos reyes ostrogodos,
después de retirarse a la
vida privada, se puso de acuerdo con el papa Agapito (535536) para crear una academia
teológica en Roma, pero esto no se pudo realizar porque la
reconquista de Italia por
Justiniano lo impidió. Después de la guerra fundó al sur de
Italia un monasterio, el
Vivarium, con carácter académico para cultivar los estudios
bíblicos, siguiendo un
particular estilo de crítica textual: dos o tres códices antiguos
garantizan una lectura de
acuerdo a lo afirmado en Mateo 18, 16. En los comentarios
de Casiodoro lo más
importante es la ortodoxia y el valor de edificación de un
escrito. A él también se le
deben las bases para la división de las artes en trivium
(gramática, retórica y dialéctica) y
quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía). A
pesar de su bagaje cultural,
no se puede ignorar que su actitud fideista autoritaria
predominó en el período sucesivo.
Hacia el 519 escribió Crónica, una historia desde Adán hasta
su tiempo. Su obra
Variae272 es una serie de las cartas oficiales escritas cuando
trabajaba en la corte de los
163
godos; es importante porque presenta el modelo para la
elaboración de cartas oficiales.
También escribió Expositio psalmorum e Institutionis.
Gregorio Magno, último doctor de la Iglesia latina, vivió en
una época que ni exigía
grandes aportaciones, ni las permitía; debido a esto, fue
significativa la reorganización
eclesial que se dio en su pontificado. Entre sus escritos, se
citan: Regla pastoral, Moralia
in Job, Dialogi de vita et miraculis patrum Italicorum; en sus
obras escriturísticas no
hay originalidad pero sí un acertado trato de los tres sentidos
bíblicos (histórico, alegórico
y moral); las dos primeras obras citadas son para clérigos y
monjes, la tercera es para
seglares. La legislación litúrgica gestada en su pontificado
marcó huella en la Iglesia latina
que aún conserva algunas de sus prácticas (las misas
gregorianas) y creencias (la
representación del diablo). Gregorio Magno proporcionó junto
a los contenidos
teológicos, algunos elementos de religiosidad popular a las
generaciones futuras. En
algunas de sus obras se encuentra una cierta desolación
frente a la realidad del mundo.
Isidoro de Sevilla fue un fecundo escritor que no aceptaba el
II concilio de
Constantinopla (553) porque era un sínodo de obispos
heréticos acéfalos que no
pertenecían a diócesis a las cuales no se les podía asignar un
fundador apostólico. Sus
obras son básicamente de divulgación (tipo enciclopedia) y
síntesis, hasta el punto que la
posteridad acogió sus obras sin ir a las fuentes. A él se le
debe la implantación de las siete
artes liberales; a nuestro juicio no es el último hombre de la
antigüedad, sino el primero
del medioevo. En su Regla monástica señaló la
estructuración práctica de la vida
monástica. Las diferencias es un escrito gramatical en dos
libros; en Cuestiones sobre el
Antiguo Testamento se preocupa por la alegoría; en Los
oficios eclesiásticos describe el
origen y la consecuencia de las diferentes instituciones
eclesiales. También escribió una
Crónica o historia de algunos pueblos bárbaros.
Estos cuatro autores que no tuvieron junto a sí interlocutores
válidos, tienen el mérito
de haber transmitido a la posteridad casi todo el saber, sentir
y pensar tanto de la
antigüedad como de su tiempo; en todos ellos, aunque a
diferente nivel, es notorio el
influjo agustiniano.
A manera de síntesis de este capítulo se puede decir que
luego de analizar el particular
contexto histórico, en el cual se tuvieron presentes
situaciones tanto imperiales como
eclesiales, se hizo un estudio comparado del camino que
cada una de las grandes
experiencias de la vivencia de una misma fe tuvo durante los
siglos V al VII. Al interior
de ese estudio se tuvieron presentes las diferentes
manifestaciones que cada una de las
Iglesias tuvo, incluyendo la experiencia de las Iglesias
nacionales y el influjo social del
cristianismo tanto en Oriente como en Occidente, donde dio
lugar a la cultura occidental
europea, que posteriormente fue extendida por diferentes
continentes, incluyendo
América.
164
____________________
189 Este capítulo sigue la estructura de Jedin, II, pp. 5731014. En estas páginas se encuentran las partes
segunda y tercera del citado volumen: “La primitiva Iglesia
bizantina” y “La Iglesia latina en la transición a la alta
Edad Media”. También se puede consultar Fliche-Martin, IV y
V.
190 Cf. Briceño, M. Op. cit., pp. 162-167.
191 Cf. COD, pp. 8-9; 31-32.
192 En una traducción libre sería: “Los 150 venerables
padres han acordado iguales privilegios a la santísima
sede de la nueva Roma, juzgando razonablemente que la
ciudad honrada con la presencia del emperador y del
senado y gozando de privilegios iguales a la antigua ciudad
imperial de Roma, debe aparecer igualmente grande en
el campo eclesiástico ya que es la segunda después de
Roma”; cf. COD, p. 100. El problema de este canon es
fundamentalmente político.
193 A manera de complemento; cf. Betancur, Darío. Historia
de la Edad Media. USTA, Bogotá, 1984, pp. 4965.
194 Cf. Jerónimo. Carta 126, a las vírgenes; Agustín de
Hipona. La ciudad de Dios; Orosio. La destrucción de
Roma.
195 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 265-283.
196 Cf. De Santiago, Emilio. Las claves del mundo islámico.
Planeta, Barcelona, 1991; Hourani, Albert. La
historia de los árabes. Vergara, Buenos Aires, 1991;
Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 289-293; Sanchís, R. Op. cit., pp.
127-132.
197 Para Mahoma, la doctrina, expuesta en el Corán, gira en
torno a cuatro temas fundamentales: unidad de
Alá, el profeta Mahoma, los ángeles y los demonios, y el juicio
final y los novísimos. Esta doctrina, expuesta en el
Corán, se vive en el culto que tiene: abluciones, oraciones,
ayuno, limosna y peregrinación.
198 Cuando se presentó la irrupción del Islam, en Bizancio
había luchas dogmáticas, decadencia de algunos
patriarcados y diferentes expresiones misioneras.
199 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 371-374.
200 Eudoxia había sido esposa de Teodosio II, quien ya
había fallecido.
201 El verdadero obispo era Calandión, quien no quiso
suscribir el Henótico.
202 Sólo fue aceptado como patriarca por el emperador una
vez firmó el Henótico.
203 Según esta teoría, uno de la Trinidad, Cristo crucificado,
padeció en la carne; el problema no está en esta
afirmación sino en el hecho de enfatizar el monofisismo.
204 Cf. Fedalto, G. Op. cit., pp. 1-27; Sánchez, José. Op. cit.,
pp. 31-33.
205 Justiniano era de ascendencia pobre, campesina, pero
con un profundo deseo por restaurar la grandeza del
imperio; este deseo lo unía a algunos intereses eclesiales y
teológicos para sellar una alianza definitiva entre el
Papa y el emperador porque en la medida en que hubiera
unidad de fe, habría unidad política.
206 Esta mujer provenía del teatro, era un tanto liberal y
amiga del monofisismo; debido a esto hizo que se
levantaran algunas normas que eran contrarias a los
monofisitas e incluso a los no cristianos.
207 La misión consistía en hacer abrir los templos godos que
habían sido cerradas en años anteriores.
208 Ántimo era obispo dimisionario de Trebisonda y vivía
como asceta en Constantinopla; fue depuesto en el
536.
209 La reconquista era capitaneada por el militar Belisario.
210 También son llamados aftartodocetas porque sostienen
la incorruptibilidad del cuerpo de Cristo, con una
visión muy particular de la resurrección, ya que sostienen que
el cuerpo de Cristo es incorruptible desde la
encarnación.
211 Cf. DPAC, voz Orígenes; Crouzel, Henri. Orígenes. Un
teólogo controvertido. BAC, Madrid, 1998.
212 Este santo fue en su segunda etapa un declarado
enemigo de las doctrinas de Orígenes, ya que en una
primera no se había manifestado tan contrario a ellas.
165
213 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 316-318. Por las intrigas
que rodearon esta polémica, surgió la expresión de
san Agustín magnum et triste miraculum; cf. Carta 73, 6,10.
214 Posteriormente fue elegido Papa y ocupó la sede de
Pedro del 556 al 561.
215 Los anatemas contra Orígenes fueron publicados por
Justiniano quien se concebía a sí mismo como un
teólogo en el trono imperial, tal como se puede ver en su obra
Adversus Originem liber o Edictum; este
documento fue firmado por el papa Vigilio cuando estuvo en
Constantinopla entre el 547 y el 555, tal como lo da
a entender Casiodoro en De institutionibus divinarum
litterarum, 1.
216 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 351-352.
217 Las obras que dieron origen a los tres capítulos fueron:
Contra impium Apollinarium libri III de Teodoro
de Mopsuestia, Pentalogus de Teodoreto de Ciro y Carta al
persa Maris de Ibas de Edesa.
218 Cf. DS 421-438; COD, pp. 107-122.
219 Con el interés de clarificar conceptos, conviene saber
que el monofisismo hace referencia a la fusión de las
dos naturalezas de Cristo en una sola, y el monotelismo y el
monoenergetismo se refieren a la forma como Cristo
actúa, teniendo presente que se debe diferenciar entre la
acción (modo de operar la voluntad) y el acto (o facultad
de querer). Estas discusiones se presentaban debido a los
intereses políticos que buscaban la unidad de la fe para
fortalecer la Iglesia del imperio.
220 Cf. Viciano, Albert. “La cuestión del papa Honorio”,
Palabra, 395-396, agosto – septiembre de 1997, pp.
31-35. Este autor sostiene que en la actuación de Honorio I
hay un error más disciplinar que doctrinal, es más,
parece que el Papa fue negligente al no captar la gravedad
del error (monotelismo) del patriarca Sergio de
Constantinopla y, aunque quería sostener la doctrina
correcta, la expuso con una terminología ambigua y
equívoca.
221 Para las normas y cánones de Letrán I; cf. DS, nn. 500522.
222 Cf. Drobner, H. Op. cit., pp. 557-560; Sanchís, R. Op. cit.,
pp. 119-195.
223 Cf. DS, nn. 550-559; COD, pp. 123-130.
224 Para complementar este tema, aunque sea con una
estructura diferente a la que se ofrece.cf. De
Francisco, Carlos. Op. cit., pp. 19-159. Se habla de una
estructura diferente en cuanto que el autor ofrece su
visión desde una perspectiva ecuménica.
225 En esta escuela se formó Nestorio. Además, esta
escuela es considerada como un centro monofisita, y por
ello algunos sostienen que fue esta doctrina la que dio origen
a las Iglesias nacionales.
226 Ambos cánones, como ya se ha dicho en otro lugar,
hablan de Constantinopla como una segunda o joven
Roma que tiene el primer lugar en Oriente.
227 Cf. NHI, I, p. 332. Es de anotar que esta Iglesia, iniciada
por Gregorio el iluminador, no se adaptó al
celibato, ni siquiera para los obispos.
228 Cf. Hallet, Carlos. Conozca a los Padres de la Iglesia,
Paulinas. La Florida (Santiago), 1995, p. 105. Este
autor dice que de Eznik se conserva una obra escrita en
armenio clásico: Contra las sectas, donde refuta el
dualismo mazdeísta, el politeísmo y el gnosticismo.
229 En conclusión se puede decir que las Iglesias nacionales
surgieron en un contexto de autonomía y para
quitarle influjo a la presencia y política del imperio bizantino
en las regiones donde nacieron.
230 Cf. COD, pp. 99-100.
231 Como opinión personal, pienso que aquí se encuentra el
germen del cisma del 1054.
232 Jedin, II, p. 337.
233 Este Juan es Juan III de Constantinopla que ocupó dicha
sede entre el 565 y el 577.
234 Esta colección se conoce con el nombre de “nomos”, que
debe su nombre a la colección Novellae de
Justiniano.
235 El icono es la representación, la presencia del santo para
los cristianos; la veneración de estas imágenes,
expresión de la religiosidad popular, dio origen a la crisis
iconoclasta de los siglos VIII y IX.
236 No es una historia pormenorizada de este monacato, sino
algunas alusiones de este legado histórico; cf.
NHI, I, pp. 411-418.
166
237 Pedro el Íbero era un príncipe georgiano llamado
Nabarnugi que fue monje en Palestina.
238 Cirilo de Escitópolis y Juan Mosco fueron dos grandes
autores palestinos.
239 La palabra acemeta quiere decir insomne; el monasterio
se llamaba así porque se tenía adoración
permanente; cf. DPAC, voz Acemetas.
240 Cf. COD, pp. 89-90.
241 Para completar los datos aquí ofrecidos, cf. Las voces
respectivas del DPAC y algunos manuales de
patrología y patrística, en especial Drobner, Quasten, etc.
242 La invitación de Agustín a los pastores para que
permanecieran en sus puestos fue fundamental en aquellos
duros momentos.
243 Algunos clérigos pudieron regresar hacia el 475.
244 Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 265-293.
245 Estos monasterios eran llamados dobles y eran de origen
merovingio.
246 Esta forma de entender el monacato cambió con la
llegada de Columbano (592) a Francia, a Luxeuil, y la
posterior influencia del monacato irlandés (itinerante) que se
mezcló con el benedictino (conventual).
247 Entre éstas se cita Saint Galles que con el tiempo se
convirtió en un floreciente monasterio.
248 Como el caso de las pruebas del poder de Dios, que
fueron el germen de las futuras ordalías y juicios de
Dios.
249 Estos años marcan el fin de la era de Teodosio y el
comienzo de la de Justiniano.
250 Este texto data del 506.
251 Cf. Bilhmeyer-Tuechle, 1, pp. 368-371.
252 Las fiestas principales eran: Navidad, Pascua y
Pentecostés.
253 Un caso especial es Hispania: el sínodo de Mérida (666)
ordenaba que los sacerdotes sólo debían comulgar
en la última misa que celebraran en el día.
254 Esta fórmula es una condena de Nestorio, Eutiques y
Acacio, y una aceptación de Calcedonia y del Tomus
Leonis. Cf. DS, 363-365. Este documento data del 515.
255 Segundo sínodo de Orange del 529. Cf. DS, 370-397.
256 Él se llamaba Mercurio.
257 Cf. Sanchís, R. Op. cit., pp. 103-109.
258 Aquí nació “la cuestión de Honorio”, uno de los temas
más polémicos que se han presentado en torno al
pontificado.
259 Esto se logró con el VI concilio ecuménico, III de
Constantinopla, siendo emperador Constantino
Pogonato (668-685), el Papa era Agatón (678-681), y el
patriarca de Constantinopla era Jorge, quien aceptó la
doctrina del Papa: dos voluntades y dos operaciones en
Cristo. El emperador publicó un edicto y como el Papa
murió fue el sucesor León II, quien se encargó de aprobarlo.
260 Cf. Cánones: 16 de Orleáns (533), 11 de Narbona (589),
1 del II de Toledo (527), etc.
261 Al respecto: Cánones: 21 de Orange (441), 14 y 20 de
Tours (567), 6 de Gerona (517), 5 del III de Toledo
(589), y 27 del V de Toledo (633).
262 El sínodo de Tours (567) habla de ellos en el canon 20.
263 El primer monasterio que recibió la exención fue el de
Bobbio, al norte de Italia, hacia el 629, siendo papa
Honorio I.
264 RM y RB tienen algunas fuentes comunes como la
citación de la Escritura y la literatura apócrifa; la RM es
una exhortación que apareció hacia el 520 y fue conocida por
san Benito quien al escribir su Regla la tuvo como
fuente junto a algunas reglas orientales y la de san Agustín.
265 La Historia de las persecuciones de Víctor, narra los
sufrimientos eclesiales bajo la dominación de los
vándalos.
266 Fue publicado por Gregorio II (715-731).
267 El ordo n. 1 describía la misa papal.
167
268 La insistencia en el descanso dominical era una
contraposición al descanso de los paganos que era los
jueves y de los judíos que era el sábado. Al poco tiempo
aparecieron los musulmanes que descansan el viernes.
269 Para Gregorio Magno “ni la penitencia debe ser
demasiado severa ni la misericordia demasiado blanda”;
Sobre Ezequiel, 40,18.
270 Entre las medidas se pueden citar: la recitación del Santo
y el Gloria en la misa, la introducción del Credo,
etc.
271 Cf. Pierini, Franco. La Edad Media, Curso de historia de
la Iglesia, II. San Pablo, Madrid, 1997, pp. 6981. Se citará Pierini, 2.
272 En esta obra aparece por primera vez el término
“moderno” (IV, 51): antiquorum diligentissimus imitator,
modernorum nobilissimus institutor (imitador diligentísimo de
los antiguos, nobilísimo creador de los modernos);
por eso el término modernus es una de las últimas herencias
del bajo latín, un signo del renacimiento carolingio.
Cf. Pierini, Mil años..., p. 251.
168
Anexo
Papas de la antigüedad cristiana (siglos I-VII)
Siglo I: Pedro, Lino, Anacleto, Clemente y Evaristo (1-5).
Siglo II: Evaristo, Alejandro I, Sixto I, Telésforo, Higinio, Pío I,
Aniceto, Sotero,
Eleuterio, Víctor y Ceferino (5-15).
Siglo III: Ceferino, Calixto I, Urbano I, Ponciano, Antero,
Fabián, Cornelio, Lucio I,
Esteban I, Sixto II, Dionisio, Félix I, Eutiquiano, Cayo y
Marcelino (15-29).
Siglo IV: Marcelino, Marcelo, Eusebio, Milcíades, Silvestre I,
Marcos, Julio I, Liberio,
Dámaso I, Siricio y Anastasio I (29-39).
Siglo V: Anastasio I, Inocencio I, Zósimo, Bonifacio I,
Celestino I, Sixto III, León I,
Hilario, Simplicio, Félix III273, Gelasio I, Anastasio II y Símaco
(39-51).
Siglo VI: Símaco, Hormisdas, Juan I, Félix IV, Bonifacio II,
Juan II, Agapito, Silverio,
Vigilio, Pelagio I, Juan III, Benedicto I, Pelagio II y Gregorio I
(51-64).
Siglo VII: Gregorio I, Sabiniano, Bonifacio III, Bonifacio IV,
Adeodato I, Bonifacio V,
Honorio I, Severino, Juan IV, Teodoro I, Martín I, Eugenio I,
Vitaliano, Adeodato II,
Dono, Agatón, León II, Benedicto II, Juan V, Canon y Sergio I
(64-84).
Antipapas274: Hipólito (siglo III, tiempo de Calixto, Ceferino y
Ponciano), Novaciano
(siglo III, tiempo de Cornelio), Félix II (355-358), Ursino (366367), Eulalio (418-419),
Lorenzo (498; 501-505), Dióscoro (530), Teodoro (687-688) y
Pascual (687-688).
San Pedro
Nació en Betsaida en Galilea. Recibió de Jesucristo la
suprema pontificia potestad de
transmitir a sus sucesores. Instituyó el primer orden
eclesiástico y la oración del
Padrenuestro. Arrestado quiso ser crucificado con la cabeza
hacia abajo. Murió el 29 de
junio del año 67.
San Lino
De Volterra. Elegido en el año 67, murió el 23 de septiembre
del año 76. Enterrado
cerca de san Pedro. Creó los primeros quince obispos.
Ordenó que las mujeres entraran
en el templo con la cabeza cubierta. Durante su pontificado
fueron martirizados los
evangelistas Marcos y Lucas.
San Anacleto
169
Romano. Elegido en el año 76, murió en el año 88. Mártir. Fijó
las normas para la
consagración de los obispos. En el Vaticano, cerca de la
tumba de Pedro, hizo construir
un oratorio destinado a la sepultura de los mártires. Prescribió
la forma de los hábitos
eclesiásticos.
San Clemente
Romano. Elegido en el año 88, murió en el año 97. Exiliado
por el emperador Trajano
del Ponto, fue arrojado en el mar con un áncora al cuello.
Restableció el uso de la
confirmación según el rito de san Pedro. Empieza a usarse en
las ceremonias religiosas la
palabra Amén.
San Evaristo
Griego. Elegido en el año 97, murió en el año 105. Dado que
los cristianos aumentaban
dividió la ciudad en parroquias. Instituyó las primeras siete
diaconías que confió a los
sacerdotes más ancianos, originando el actual Colegio
Cardenalicio.
San Alejandro I
Romano. Elegido en el año 105, murió en el año 115, fue
discípulo de Plutarco. Se le
atribuye la institución del agua bendita en las Iglesias y las
casas y la disposición de que la
hostia fuese hecha exclusivamente con pan ácimo.
San Sixto
Romano. Elegido en el año 115, murió en el año 125.
Enterrado en la Acrópolis de
Alatri (Frosinone). Prescribió que el retazo del cáliz fuese de
lino y ordenó que el cáliz y
paramentos sagrados fuesen tocados solamente por los
sacerdotes. Estableció que se
cantase el Trisagio antes de la misa.
San Telésforo
Griego. Mártir Elegido en el año 125, murió en el año 136.
Compuso el himno Gloria
in excelsis Deo e instituyó el ayuno durante las siete semanas
antes de la Pascua.
Prescribió que en la noche de Navidad cada sacerdote
pudiera celebrar tres misas.
Introdujo en la misa nuevas oraciones.
San Higinio
Ateniense. Mártir. Elegido en el año 136, murió en el año 140.
Determinó varias
atribuciones del clero y definió los grados de la jerarquía
eclesiástica. Instituyó el padrino
y la madrina en el bautismo de los recién nacidos para
guiarlos en la vida cristiana y
decretó que las Iglesias fueran consagradas.
San Pío I
Nació en Aquileya. Mártir. Elegido en el año 140, murió en el
año 155. Se le atribuye
170
la fecha de la celebración de la Pascua el domingo después
del plenilunio de marzo.
Importantes sus normas para la conversión de los judíos.
Combatió al hereje Marción.
San Aniceto
Nació en Siria. Mártir. Elegido en el año 155, murió en el año
166. Promulgó un
decreto que impedía al clero dejarse crecer el pelo. Confirmó
definitivamente la
celebración de la Pascua en domingo, según la tradición de
san Pedro.
San Sotero
Nació en Fondi. Elegido en el año 166, murió en el año 175,
se le conoce como el
Papa de la caridad. Prohibió que las mujeres quemaran el
incienso en las reuniones de los
fieles. Confirmó que el matrimonio es un sacramento y sin
ningún valor si no ha sido
bendecido por un sacerdote.
San Eleuterio
Nació en Nicopolis en Epiro. Mártir. Elegido en el año 175,
murió en el año 189.
Mandó a Fugacio y Damián a convertir a los bretones.
Suprimió algunas costumbres
hebreas sobre la pureza e impureza de las comidas a las
cuales los cristianos le daban
gran importancia.
San Víctor I
Nació en África. Elegido en el año 189, murió en el año 199.
Estableció que para el
bautismo en caso de urgencia se pudiese usar cualquier
agua. Fue memorable su lucha
contra los obispos de Asia y África, para que la Pascua se
celebrara según el rito romano
y no según el rito hebreo.
San Ceferino
Nació en Roma. Mártir. Elegido en el año 199, murió en el
año 217. Estableció que los
jóvenes después de los 14 años hiciesen la comunión en la
Pascua. Su pontificado se
caracterizó por duras luchas teológicas. Excomulgó a
Tertuliano. Introdujo el uso de la
patena y del cáliz de cristal.
San Calixto I
Nació en Roma. Mártir. Elegido en el año 217, murió en el
año 222. Mandó construir
las famosas catacumbas de la Vía Appia donde fueron
enterrados 46 Papas y unos
200.000 mártires. Bastonado a muerte fue arrojado en un
pozo donde hoy se alza la
Iglesia de Santa María en Trastevere.
San Urbano I
Nació en Roma. Mártir. Elegido en el año 222, murió en el
año 230. Convirtió al
cristianismo a santa Cecilia en el 230, en el lugar del martirio
hizo construir en Trastevere
171
el templo donde reposan los restos de la santa patrona de los
músicos. Admitió que la
Iglesia adquiriese bienes.
San Ponciano
Nació en Roma. Elegido el 21 de agosto del año 230, murió el
28 de septiembre del
235. Ordenó el canto de los salmos y la recitación del
Confiteor Deo, antes de morir y el
uso del saludo Dominus vobiscum. Deportado y condenado a
las minas en Cerdeña.
Murió de sufrimientos en la isla Tavolara.
San Antero
De la Magna Grecia. Elegido el 21 de diciembre del año 235.
Sufrió el martirio por
orden del emperador Máximo, un bárbaro de Tracia. Ordenó
que las reliquias de los
mártires fuesen recogidas y conservadas en la Iglesia en un
lugar llamado Scrinium.
San Fabián
Nació en Roma. Mártir. Elegido el 10 de enero del año 236,
murió el 20 de enero del
250. Una paloma símbolo del Espíritu Santo se posó sobre su
cabeza en el momento de
su elección. Bajo su reinado, se verificó el éxodo de Roma a
causa de las persecuciones
por parte de Decio, que dio inicio con los “anacoretas” la vida
eremita.
San Cornelio
Nació en Roma. Mártir. Elegido en marzo del año 251, murió
en junio del 253. Bajo su
pontificado se efectuó el primer cisma con la elección del
antipapa Novaciano que en un
concilio celebrado en Roma fue excomulgado. Murió en exilio
a Civitavecchia por no
haber sacrificado a los dioses paganos.
San Lucio I
Nació en Roma. Mártir. Elegido el 25 de junio del año 253,
murió el 5 de marzo del
254. De rigurosas costumbres prohibió la cohabitación entre
hombres y mujeres que no
fuesen consanguíneos, impuso a los eclesiásticos la no
convivencia con las diaconizas
que daban hospitalidad por sentimientos caritativos.
San Esteban I
Nació en Roma. Mártir. Elegido el 12 de mayo del año 254,
murió el 2 de julio del 257.
Bajo su pontificado se agudizaron las luchas cismáticas
secuaces del antipapa Novaciano.
Fue decapitado durante una ceremonia religiosa en la misma
silla pontificia en las
catacumbas de san Calixto.
San Sixto II
Griego. Mártir. Elegido el 30 de agosto del año 257, murió el 6
de agosto del 258. De
carácter bondadoso solucionó las discordias que habían
atormentado la Iglesia durante los
172
pontificados de Cornelio, Lucio y Esteban. Efectúo la
traslación de los restos de san
Pedro y san Pablo. Durante el martirio de Cipriano empezó a
pronunciarse la
exclamación Deo gratias.
San Dionisio
Nació en Turio. Elegido el 22 de julio del año 259, murió el 26
de diciembre del 268.
En su tiempo los bárbaros se acercaban a las puertas del
Imperio Romano. Elegido
después de un año del predecesor a causa de las
persecuciones, reorganizó las parroquias
romanas y obtuvo de Galieno libertad para los cristianos.
San Félix
Nació en Roma. Elegido el 5 de enero del año 269, murió el
30 de diciembre del 274.
Afirmó la divinidad y humanidad de Jesucristo y las dos
naturalezas distintas en una sola
persona. Padeció la persecución de Aureliano. Comenzó a
enterrar a los mártires bajo el
altar y a celebrar la misa sobre sus sepulcros.
San Eutiquiano
Nació en Luni. Mártir. Elegido el 4 de enero del año 275,
murió el 7 de diciembre del
283. Ordenó que los mártires fuesen cubiertos por la
“dalmática” parecida al manto de
los emperadores romanos. Hoy constituye las vestiduras de
los diáconos en las
ceremonias solemnes. Instituyó la bendición de la recolección
de los campos.
San Cayo
Nació en Salona (Dalmacia). Mártir. Elegido el 17 de
diciembre del año 283, murió el
22 de abril del 296. Sufrió el martirio, pero no por parte de su
tío Diocleciano. Estableció
que ninguno podía ser ordenado obispo sin antes pasar por
los grados de ostiario, lector,
acólito, exorcista, subdiácono, diácono y sacerdote.
San Marcelino
Nació en Roma. Mártir. Elegido el 30 de junio del año 296,
murió el 25 de octubre del
304. La persecución de Diocleciano alcanzó el máximo grado
de violencia, quemando
templos y textos sagrados. Entre las víctimas: Lucía, Inés,
Bibiana, Sebastián, Luciano,
etc.
San Marcelo I
Nació en Roma. Mártir. Elegido el 27 de mayo del año 308,
murió el 16 de enero del
309. Su pontificado, después de cuatro años de sede
vacante, se ocupó de la difícil tarea
de obtener el perdón para aquellos que durante las
persecuciones habían abjurado.
Estableció que ningún concilio se podía celebrar sin la
autorización pontificia.
San Eusebio
173
Nació en Casano Jónico (de origen griego). Mártir. Elegido el
18 de abril del año 309,
murió en el año 311. Durante su pontificado continuaron las
polémicas sobre los
apóstatas que llevaron la Iglesia al borde del cisma.
Consiguió mantener posiciones firmes
pero actuó con gran caridad. Sufrió el martirio en Sicilia.
San Milcíades
Nació en África. Elegido el 2 de julio del año 311, murió el 2
de enero del 314. Junto
con el emperador Constantino vio el triunfo del cristianismo
que después de la visión
“con este signo vencerás” se convirtió en “religión oficial del
Estado” con Teodosio.
Empezó a usarse el pan bendito. Construyó la basílica de
San Juan.
San Silvestre I
Nació en Roma. Elegido el 31 de enero del año 314, murió el
31 de diciembre del 335.
Fue el primero en ceñir la tiara. Celebró el primer concilio
ecuménico de Nicea que
formuló el “Credo”. Para recordar la resurrección instituyó el
domingo. Creó la “Corona
Ferrea” con un clavo de la Cruz. San Juan de Letrán se
convirtió en catedral de Roma.
San Marcos
Nació en Roma. Mártir. Elegido el 18 de enero del año 336,
murió el 7 de octubre del
336. Estableció que el Papa debería ser consagrado por los
obispos de Ostia. Instituyó el
“palio” actualmente en uso y tejido con lana blanca de cordero
bendecido y cruces
negras. Se hizo el primer calendario con las fiestas religiosas.
San Julio I
Nació en Roma. Elegido el 6 de febrero del año 337, murió el
24 de septiembre del
352. Fijó para la Iglesia de Oriente la solemnidad de Navidad
el 25 de diciembre en vez
del 6 de enero, junto con la epifanía. Se le considera el
fundador del archivo de la Santa
Sede, porque ordenó la conservación de los documentos.
Liberio
Nació en Roma. Mártir. Elegido el 17 de mayo del año 353,
murió el 24 de septiembre
del 366. En su tiempo continúan las polémicas con los
arrianos que llevaron a la elección
del antipapa Félix II. Echó los primero cimientos de la basílica
Santa María La Mayor
sobre el perímetro que el mismo trazó después de una
nevada el 15 de agosto.
San Dámaso I
Nació en España. Mártir. Elegido el 1 de octubre del año 366,
murió el 11 de diciembre
de 284. Fue un Papa erudito. Autorizó el canto de los salmos
a dos coros (rito
Ambrosiano), instituido por san Ambrosio. Introdujo el uso de
la voz hebrea Aleluya.
Hizo traducir del hebreo las Sagradas Escrituras. Proclamó el
segundo concilio
174
ecuménico.
San Siricio
Nació en Roma. Elegido el 15 de diciembre del año 384,
murió el 26 de noviembre del
399. El primero, después de san Pedro, que adoptó el título
de Papa del griego “Padre”.
Otros dicen que deriva del anagrama de la frase Petri Apostoli
Potestatem Accipiens.
Apoyó la necesidad del celibato para sacerdotes y diáconos.
San Anastasio I
Nació en Roma. Elegido el 27 de noviembre del año 399,
murió el 19 del diciembre de
401. Concilió los cismas entre Roma y Antioquía. Combatió
tenazmente los secuaces de
costumbres inmorales convencidos de que también en la
materia se escondiese la
divinidad. Prescribió que los sacerdotes permaneciesen de
pie durante el Evangelio.
San Inocencio I
Nació en Albano. Elegido el 22 de diciembre del año 401,
murió el 12 del marzo de
417. Durante su pontificado vio el saqueo de Roma por los
godos de Alarico. Estableció
la observancia de los ritos romanos en Occidente, el catálogo
de los libros canónigos y
reglas monásticas. Obtuvo de Honorio la prohibición de las
luchas en el circo entre
gladiadores.
San Zósimo
De origen Griego (Masuraca). Elegido el 18 de marzo del año
417, murió el 26 de
diciembre del 418. De temperamento fuerte, reivindicó el
poder de la Iglesia contra las
ingerencias ajenas. Su era muy radical y prescribió que los
hijos ilegítimos no podían ser
ordenados sacerdotes. Envió vicarios en Galilea.
San Bonifacio I
Nació en Roma. Elegido el 28 de diciembre del año 418,
murió el 4 de septiembre del
422. La intervención de Carlos de Ravena señaló el principio
de la ingerencia del poder
civil en la elección del Papa. Fue consagrado Papa siete
meses después de ser elegido,
por haberle sido contrapuesto el antipapa Eulalio.
San Celestino I
Nació en Roma. Elegido el 10 de septiembre del año 422,
murió el 27 de julio del 432.
Proclamó el tercer concilio ecuménico en el que fueron
condenados los secuaces de
Nestorio patriarca de Constantinopla. Mando a san Patricio en
Irlanda. Por primera vez
se cita el bastone pastorale o báculo.
San Sixto III
Nació en Roma. Elegido el 31 de julio del año 432, murió el
19 de agosto del 440.
175
Amplió y enriqueció la basílica de Santa María La Mayor y
San Lorenzo. Fue autor de
varias epístolas y mantuvo las jurisdicciones de Roma sobre
Iliria contra el emperador de
Oriente que quería hacerla depender de Constantinopla.
San León I
Italiano de Toscana. Elegido el 29 de noviembre del año 440,
murió el 10 de
septiembre del 461. Fue llamado “El Grande” por la energía
usada para mantener la
unidad de la Iglesia. Proclamó el concilio ecuménico de
Calcedonia. Definió el misterio
de la encarnación. Solo e indefenso detuvo el “flagelo de
Dios” (Atila) que se
encaminaba a Roma.
San Hilario
Nació en Caller. Elegido el 19 de noviembre del año 461,
murió el 29 de febrero del
468. Continuó la acción política de su predecesor. Estableció
que para ser sacerdotes era
necesario una profunda cultura y que los pontífices y los
obispos no podían designar sus
sucesores. Estableció un vicariato en España.
San Simplicio
Nació en Tívoli. Elegido el 3 de marzo del año 468, murió el
10 de marzo del 483.
Bajo su pontificado ocurrió la caída del imperio de occidente y
el cisma que ocasionó la
fundación de las Iglesias de Armenia, Siria, Egipto (coptos).
Regularizó la distribución de
las limosnas a los peregrinos y las nuevas Iglesias.
San Félix III
Nació en Roma. Elegido el 13 de marzo del año 483, murió el
1 de marzo del 492.
Trató de establecer la paz en Oriente. Tuvo varios hijos, uno
de los cuales fue el papá
san Gregorio Magno. Fue considerado erróneamente Félix II,
un santo mártir.
San Gelasio I
Nació en Roma de origen africano. Elegido el 1 de marzo del
año 492, murió el 21 de
noviembre del 496. Instituyó el código para uniformar
funciones y ritos de las varias
Iglesias. Por su caridad fue llamado “padre de los pobres”.
Defendió la supremacía de la
Iglesia ante la del rey. Introdujo en la misa el Kyrie eleison.
Anastasio II
Nació en Roma. Elegido el 24 de noviembre del año 496,
murió el 19 de noviembre del
498. Intervino en la conversión de Clodoveo, rey de los
francos y su pueblo. Fue débil
con los cismáticos y acusado de herejía. Dante Alighieri lo
puso en el infierno.
San Símaco
Nació en Cerdeña. Elegido el 22 de noviembre del año 498,
murió el 19 de julio del
176
514. Consolidó los bienes eclesiásticos, llamándolos
beneficios estables a usufructo de los
clérigos. Rescató los esclavos dándoles la libertad. Se le
atribuye la primer construcción
del palacio vaticano.
San Hormisdas
Nació en Frosinone. Elegido el 20 de julio del año 514, murió
el 6 de agosto del 523.
Durante su pontificado san Benedicto fundó la orden de los
Benedictinos y la abadía de
Montecasino destruida en el 1944 por un bombardeo.
Estableció que los obispados
fuesen otorgados no por privilegios.
San Juan I
Nació en Populonia. Mártir. Elegido el 13 de agosto del año
523, murió el 18 de mayo
del 526. Coronó al emperador Justiniano. Murió en la cárcel
en Ravena encarcelado por
el bárbaro rey Teodorico invasor de Italia. Fue el primer Papa
que visitó a
Constantinopla.
San Félix IV
Nació en Benevento. Elegido el 12 de julio del año 526, murió
el 22 de septiembre del
530. Arbitrariamente nombrado Papa por Teodorico demostró
lealtad a la Iglesia a tal
punto que el rey ostrogodo lo repudió y desterró. A su muerte
los cristianos tuvieron
libertad de culto.
Bonifacio II
Nació en Roma. Elegido el 22 de septiembre del año 530,
murió el 17 de octubre del
532. De origen gótico fue considerado “bárbaro y extranjero”
por lo cual sus adversarios
eligieron al antipapa Dióscoro. Hizo construir el monasterio de
Montecasino sobre el
templo de Apolo.
Juan II
Nació en Roma. Elegido el 2 de enero del año 533, murió el 8
de mayo del 535. Se
llamaba Mercurio y fue el primer Papa que cambió su nombre
siendo el suyo el de una
divinidad pagana. Con un edicto de Atalarico, el Pontífice fue
reconocido jefe de los
obispos de todo el mundo.
San Agapito I
Nació en Roma. Elegido el 13 de mayo del año 535, murió el
22 de abril del 536. Fue
en misión a Constantinopla por deseos del rey de los godos
para aplacar las intenciones
del emperador Justiniano sobre Italia. Murió envenenado por
oscuras intrigas de la
esposa del emperador. Teodora de religión eutiquiana.
San Silverio
177
Nació en Frosinone. Mártir. Elegido el 1 de junio del año 536,
murió el 11 de
noviembre del 537. Los ejércitos bizantinos de Justiniano, a
las órdenes de Belisario,
entraron en Roma. El Papa fue exiliado en la isla Ponza,
donde fue asesinado. Se vio
obligado a renunciar al pontificado.
Vigilio
Nació en Roma. Elegido el 29 de marzo del año 537, murió el
7 de junio del 555.
Obligado por Teodora no anuló las condenas a la teoría
eutiquiana. Detenido mientras
celebraba misa, pudo huir. Proclamó el cuarto concilio
ecuménico. Justiniano impuso la
“Pragmática sanción” que limitaba la autoridad papal sobre la
fe.
Pelagio I
Nació en Roma. Elegido el 16 de abril del año 556, murió el 4
de marzo del 561. Su
elevación al pontificado sufrió de la influencia de Justiniano
siendo ya Italia una provincia
del imperio bizantino. Permaneció fiel a los principios de
ortodoxia católica. Mandó
construir el templo de los Santos Apóstoles en Roma.
Juan III
Nació en Roma. Elegido el 17 de julio del año 561, murió el
13 de julio del 574. Salvó
a Italia de la barbarie ya que durante la desastrosa invasión
lombarda, deseada por
Narsete, llamó junto a él a todos los italianos a fin de que se
defendiesen contra la
crueldad de los invasores.
Benedicto I
Nació en Roma. Elegido el 2 de junio del año 575, un año
después de sede vacante,
murió el 30 de julio del 579. Trató inútilmente de restablecer
el orden en Italia y Francia
turbadas por las invasiones bárbaras y ensangrentadas por
discordias internas. Confirmó
el quinto concilio en Constantinopla.
Pelagio II
Nació en Roma, de origen gótico. Elegido el 26 de noviembre
del año 579, murió el 7
de febrero del 590. Mientras Roma estaba asediada por los
lombardos pidió ayuda a
Constantinopla. Dispuso que cada día los sacerdotes rezasen
el oficio divino. Fue víctima
de una epidemia cuyas víctimas morían bostezando y
estornudando.
San Gregorio I
Nació en Roma. Elegido el 31 de septiembre del año 590,
murió el 12 de marzo del
año 604. Confirmó la autoridad civil del Papa e inició el “poder
temporal”. Cuando
terminó la peste de Roma se le apareció un ángel sobre la
roca que después se llamó
Castillo del Santo Ángel. Se definía servus servorum Dei.
Sabiniano
178
Nació en Blera. Elegido el 13 de noviembre del año 604,
murió el 22 de febrero del
606. La Santa Sede permaneció vacante por seis meses.
Regularizó el sonido de las
campanas para indicar al pueblo las horas canónicas, el
recogimiento y la oración.
Decretó que en los templos se tuviesen las lámparas siempre
encendidas.
Bonifacio III
Nació en Roma. Elegido el 19 de febrero del año 607, murió
el 12 de noviembre del
607. Prohibió de ocuparse de la elección del nuevo Papa
antes de que hubiesen pasado
tres días (hoy 9) de la muerte del predecesor. Estableció que
el único obispo universal
fuese el de Roma, por lo tanto el Papa.
Bonifacio IV
Nació en Abruzo. Elegido el 25 de agosto del año 608, murió
el 8 de mayo del año
615. Consagró para el culto cristiano el templo no cristiano de
Agripa, el Panteón,
dedicándolo a la Virgen y los Santos, instituyendo la fiesta de
Todos los Santos el 1 de
noviembre. Ordenó para el clero menor mejoras morales y
materiales.
San Adeodato I
Nació en Roma. Elegido el 10 de octubre del año 615, murió
el 8 de noviembre del
618. Con abnegación curó leprosos y apestados. Fue el
primero en imponer el timbre a la
bula y decretos pontificios. El suyo es el más antiguo timbre
pontifical que se conserva
en el Vaticano.
Bonifacio V
Nació en Nápoles. Elegido el 23 de diciembre del año 619,
murió el 12 de octubre del
625. Su pontificado inicia once meses después y se
caracteriza por continuas luchas por
la corona de Italia. Instituyó la “inmunidad de asilo” para
aquellos que perseguidos,
buscasen refugio en la Iglesia. Durante su pontificado,
Mahoma empezó sus sermones.
Honorio I
Nació en Capua. Elegido el 27 de octubre del año 625, murió
el 12 de octubre del 638.
Envió misioneros a casi todo el mundo. Instituyó la fiesta de la
“Exaltación de la santa
cruz” el 14 de septiembre. Sanó las cuestiones de la Iglesia
en Oriente y el cisma de
Aquileya debido a la polémica de los “tres capítulos”.
Severino
Nació en Roma. Elegido el 28 de mayo del año 640, murió el
2 de agosto del 640.
Tuvo grandes dificultades con el emperador bizantino
Heraclio, por haber condenado el
monotelismo; para castigarlo, el rey ordenó de saquear la
basílica San Juan y el Palacio
Laterano. Murió de inmenso dolor.
Juan IV
Nació en Dalmacia. Elegido el 24 de diciembre del año 640,
murió el 12 de octubre del
643. Intentó conducir por el camino de la verdad a los
disidentes de Egipto. Hizo
trasladar al Laterano los mártires Venancio, Anastasio y
Mauro. Quiso consagrar 28
sacerdotes y 18 obispos para estar seguro de la profundidad
de su fe.
179
Teodoro I
Nació en Jerusalén. Elegido el 24 de noviembre del año 642,
murió el 14 de mayo del
649. Agregó el nombre de “Pontífice” el título de “Soberano” y
reorganizó la jurisdicción
interna del clero. Tuvo contrariedades con Oriente y el
emperador Constancio. Se
sospecha muriese envenenado.
San Martín I
Nació en Todi. Elegido el 5 de julio del año 649, murió el 16
de septiembre del 655.
Condenó a los obispos de Oriente protegidos por el
emperador bizantino. Encarcelado y
exiliado murió de sufrimientos en la isla Cherso. Se celebra
por primera vez la fiesta de la
“Virgen Inmaculada”, el 25 de marzo.
San Eugenio I
Nació en Roma. Elegido el 10 de agosto del año 654, murió el
2 de junio del 657. Fue
elegido una año antes de la muerte de Martín I, quien se
encontraba exiliado. Se opuso a
las intrigas del emperador comunicando a los países de
Europa el triste fin de su
predecesor. Ordenó a los sacerdotes la observancia de la
castidad.
Vitaliano
Nació en Segni. Elegido el 30 de julio del año 657, murió el 27
de enero del 672. Envió
Nuncios en Galilea, España e Inglaterra. Fue el primer Papa
en normalizar el sonido
litúrgico del órgano usándolo en las ceremonias religiosas. En
el 671 los lombardos se
convirtieron al cristianismo.
Adeodato II
Nació en Roma. Elegido el 11 de abril del año 672, murió el
17 de junio del año 676.
Con ayuda de los misioneros desarrolló una importante obra
de conversión de los
moronitas, pueblo fuerte de origen armenosirio. Fue el
primero en usar en las lecturas la
fórmula “Salud y bendición apostólica”.
Dono
Nació en Roma. Elegido el 2 de noviembre del año 676, murió
el 2 de abril del año
678. Logró, durante su pontificado, que cesase el cisma de
Ravena. Animó a los obispos
a cultivar las incipientes escuelas de Treviris en Galilea y
Cambridge en Inglaterra.
San Agatón
Nació en Palermo. Elegido el 27 de junio del año 678, murió
el 10 de enero del 681.
Tuvo relaciones con los obispos ingleses y puso a Irlanda
como centro de la cultura.
Organizó el sexto concilio ecuménico. Mereció el título de
“Taumaturgo” por los milagros
que obró.
180
San León II
Nació en Sicilia. Elegido el 17 de agosto del año 682, murió el
3 de julio del 683.
Celebró con gran solemnidad las ceremonias sagradas para
que los fieles fuesen cada vez
más conscientes de la majestad de Dios e instituyó la
aspersión del agua bendita sobre el
pueblo en las ceremonias religiosas.
San Benedicto II
Nació en Roma. Elegido el 26 de junio del año 684, murió el 8
de mayo del 685.
Restableció la inmunidad de asilo que las sectas en lucha no
respetaban matando a sus
adversarios. Logró desligar a la Iglesia del poder del
emperador que había sido
introducido por Justiniano.
Juan V
Nació en Antioquía (Siria). Elegido el 23 de julio del año 685,
murió el 2 de agosto del
año 686. Elegido por interferencia de la corte de Bizancio.
Puso orden en las diócesis de
Cerdeña y Córcega concediendo sólo a la Santa Sede el
derecho de nombrar los obispos
de la isla.
Canon
Nació en Tracia. Elegido el 21 de octubre del año 686, murió
el 21 de septiembre del
año 687. Pontificado agitado a causa de la anarquía que
reinaba en la Iglesia. Fue con
frecuencia víctima de atentados por parte de los secuaces del
emperador bizantino.
Murió, se cree, envenenado.
San Sergio I
Nació en Antioquía. Elegido el 15 de diciembre del año 687,
murió el 8 de septiembre
del año 701. Nombrado después de dos antipapas (Teodoro y
Pascual), intentó terminar
con el cisma surgido en Roma e hizo cesar el de Aquileya.
Introdujo en la liturgia el canto
del Agnus Dei.
____________________
273 Félix II no existe en la lista oficial de Papas porque este
pontífice es tenido como antipapa que actuó entre
el 355 y el 358 en el pontificado de Liberio (352-366).
274 El término antipapa designa al antagonista del Papa.
Como en la elección de estos personajes algunas
normas fueron violadas, no hacen parte de la lista oficial de
los sucesores de Pedro. Para ser elegido Papa es
importante: vacancia de la sede, libertad de los legítimos
electores en el ejercicio de la elección, y observancia, en
la elección, de las normas canónicas.
181
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187
188
Índice
Autor 3
Presentación 4
Bases epistemológicas 5
Una propuesta de definición y ubicación 5
Objeto y método de la historia de la Iglesia 7
La historia de la Iglesia en la historia 8
Presupuestos teológicos de una teología de la historia 11
Visión general de la historia de la Iglesia 13
Importancia de la historia de la Iglesia 14
Capítulo I: Ingreso histórico de una nueva vida 17
El mundo a la venida del cristianismo 17
La Iglesia en el marco del judeocristianismo 25
La Iglesia en el marco del mundo grecorromano 42
Capítulo II: Hacia la formulación de la fe 78
Iglesia e imperio durante los siglos IV y V 78
Vida interna de la Iglesia 90
Los primeros concilios cristológicos 111
Capítulo III: Dos experiencias de una misma fe 122
Contexto histórico 122
La Iglesia Bizantina 128
La Iglesia Latina 146
Anexo 169
Bibliografía 183
189__
Índice
Autor
A manera de pórtico
Capítulo I: La Iglesia en la primera Edad Media
1. Ubicación histórica (siglos VIII a X)
2. La Iglesia y la política francocarolingia
3. La Iglesia y la transición imperial
Capítulo II: Apogeo cristiano medieval
1. Marco histórico
2. La reforma gregoriana
3. Manifestaciones del apogeo cristiano medieval
Capítulo III: La Iglesia en la baja Edad Media
1. Elementos contextuales
2. El pontificado en Aviñón
3. Las dos luchas eclesiales
Bibliografía
2
Autor
José Uriel Patiño Franco, sacerdote agustino recoleto que,
después de sus estudios básicos, hizo los estudios
correspondientes a los ciclos de filosofía y teología en
Manizales y Bogotá. Luego de su ordenación sacerdotal
ingresó a la Universidad Santo Tomás de Bogotá, donde
obtuvo la Licenciatura en Ciencias de la Educación con
énfasis en Filosofía e Historia; posteriormente obtuvo el
Magíster en Historia Eclesiástica después de cursar los
estudios correspondientes en la Pontificia Universidad
Gregoriana. Más tarde hizo un diplomado en Docencia para
Educación Superior en la Pontificia Universidad Javeriana. Ha
participado en varios encuentros y simposios
nacionales e internacionales, siendo ponente en algunos de
ellos. Ha escrito varios artículos sobre temas de
historia y teología, publicados en diferentes revistas de
Colombia, América y Europa.
3
Historia
de la Iglesia
La Iglesia en camino hacia la universalización:
avatares de unas relaciones tormentosas − Siglos VIII - XV
Tomo II
A manera de pórtico
En la experiencia de cada día se capta la existencia de
diferentes puntos de vista sobre
algún asunto concreto. Algo parecido sucede con esta
colección de historia de la Iglesia,
en la cual se ha hecho una opción pedagógica, según la cual
se organiza en tres grandes
momentos: desde pentecostés hasta el nacimiento cristiano
de Europa, desde allí hasta la
ruptura del cristianismo occidental y desde entonces hasta el
presente. Esta propuesta,
por varias razones que se descubren con la lectura del texto,
rompe los tradicionales
esquemas que organizan la historia de la Iglesia en cuatro o
cinco épocas. Debido a ello,
e intentando una síntesis, se puede decir que las unidades
desarrolladas en este volumen
constituyen un acercamiento a la historia de la Iglesia entre
los siglos VIII y XV.
Antes de entrar en materia, conviene recordar que el volumen
I abordó la historia de la
Iglesia desde pentecostés hasta finales del siglo VII sobre la
base de tres ejes principales:
la experiencia cristiana al interior del Imperio Romano en un
ambiente persecutorio y
martirial, la formulación de la fe en el marco de las
discusiones teológicas y los primeros
concilios ecuménicos, y dos experiencias de una misma fe
que dieron origen a las Iglesias
latina y bizantina.
También es conveniente conocer algunos datos de la historia
universal entre los siglos
V y XV, ya que la mayoría de los historiadores, a pesar de los
aspectos críticos que se
proyectan, hablan de la Edad Media como un período de mil
años, organizado en tres
momentos claves: primera Edad Media, alta Edad Media y
baja Edad Media; durante
esos momentos el hombre y los grupos sociales asumieron
una cierta escala de valores y
unas determinadas actitudes que con el paso de los siglos
cambiaron1, máxime cuando en
Europa se presentaron grandes olas migratorias de
germánicos y eslavos de oriente a
occidente, musulmanes por el sur y vikingos por el norte.
Frente a estos acontecimientos, la Iglesia asumió diferentes
actitudes que de alguna
manera la transformaron para acudir a esta cita y cruzar el
umbral del segundo milenio,
luego del traumático encuentro con las religiones de tipo
indoeuropeo, celta y germánico,
4
aunque en ésta última algunos de sus grupos ya habían
asumido el cristianismo arriano
gracias a la predicación del obispo Ulfilas en regiones del
oriente europeo.
____________________
1 Cf. Pierini, Franco. La Edad Media. Curso de historia de la
Iglesia, II. San Pablo, Madrid, 1997, pp. 9-28;
Fossier, Robert. La sociedad medieval. Crítica, Barcelona,
1996; este autor ofrece una visión tripartida del
medioevo: contracción, distensión y aceleración.
5
Capítulo I
La Iglesia en la primera Edad Media
En el marco de las diferentes clasificaciones históricas, este
capítulo se ubica en la
primera Edad Media o contracción histórica que se encuadra
entre los siglos V y X,
entre el 450 y el 950 aproximadamente. En la narración que
se ofrece, sólo
aparecen los acontecimientos a partir del siglo VIII, ya que los
hechos anteriores a
ese siglo se abordaron en la última parte de la historia de la
Iglesia en la antigüedad,
a la cual se le dio el título de Dos experiencias de una misma
fe; a ello se le añade
que en la narración histórica que se trae, se hace una
aproximación a la comprensión
de la Iglesia en su proceso de afianzamiento en Europa.
1. Ubicación histórica (siglos VIII a X)
Los últimos años del siglo VII y los primeros del VIII fueron
duros para la cristiandad
por la irrupción del islam que arrastró consigo varias
provincias de África y España. En
África, los musulmanes crearon un califato en Bizacena, que
se afianzó después de la
caída de Cartago (669); los cristianos se fundieron con la
mayoría musulmana y África
se perdió para el cristianismo. En España desapareció el
reino visigodo que durante el
siglo VII fue el centro de la cultura romana y germánica; todo
comenzó cuando el último
rey godo, don Rodrigo, perdió la corona y la vida en la batalla
de Guadalete (Jerez de la
Frontera) el 19 de julio de 711 en manos de Tarik y de no
haber sido por la resistencia de
don Pelayo, su portaespada, quien consiguió el triunfo de
Covadonga en el 722, no se
hubiese asegurado un pequeño reino cristiano en Asturias; en
España musulmana, la
Iglesia siguió adelante, pero fue perdiendo contacto con la
cristiandad libre. En el 732,
Carlos Martel, con la victoria en Poitiers, contuvo el avance
árabe occidental. Asegurado
el triunfo en África y España, hasta donde pudieron triunfar,
los musulmanes enfilaron
baterías contra Constantinopla, pero se encontraron con el
emperador León III, quien la
defendió (717-718), convirtiéndose en el salvador de la
cristiandad.
A propósito de los musulmanes, conviene saber que en su
arte, la mezquita, cuyo
prototipo es la casa de Mahoma, es, junto con los baños, los
dos edificios típicos del
ambiente público; en cuanto a los edificios privados se tienen
las casas y los palacios; las
demás estructuras del mundo antiguo se dejaron de lado.
Además de ello, es la primera
6
vez que una fe monoteísta parte de la conquista del mundo
con un programa que se
sintetiza en botín y guerra santa2.
Con estas dos derrotas, Poitiers y Constantinopla, Europa se
salvó de caer en manos
de los musulmanes y la Iglesia tuvo que evangelizar el
corazón de Europa, con lo cual el
centro del mundo cristiano latino se desplazó hacia occidente,
desprendiéndose del
antiguo imperio; esto no era fácil porque se pensaba en el
imperio como realidad política
y espiritual. En este contexto, varias fiestas litúrgicas
orientales entraron en Roma como
la exaltación de la cruz y las cuatro grandes fiestas marianas;
después vino el problema
de las relaciones entre el Papa y el emperador romano
oriental, que se agudizaron cuando
surgió la polémica de las imágenes porque el iconoclasmo
impugnaba la representación
plástica de Dios y los santos3.
1.1 El oriente cristiano
1.1.1 Durante el iconoclasmo4
En la crisis iconoclasta, que azotó al imperio bizantino por
más de un siglo, la política y
la religión se entrecruzaron en una lucha doctrinal con
influencias hebreas y musulmanas;
por ello, en la cuestión de las imágenes entraron en juego el
monoteísmo y la lucha
contra la idolatría. También se dio una contraposición cultural
porque existían dos
culturas para entender la mediación de las relaciones entre
humanidad y divinidad en
Cristo; si en los siglos anteriores el problema era teológico
entre el arrianismo y el
monofisismo, ahora las dificultades estaban en la práctica
religiosa que implicaba a fieles
y monjes en el modo de expresar la religiosidad. Las
diferentes teorías proponen como
punto de partida del iconoclasmo la influencia judía en León
III y su pertenencia a un
grupo que condenaba el culto a las imágenes, el movimiento
reformador realizado por la
dinastía isáurica y la existencia de algunas prohibiciones
anteriores sobre las
representaciones de Cristo y los santos.
León III (717-741) entró en Constantinopla el 25 de marzo de
717 y fue coronado en
Santa Sofía; en el 726 hizo destruir el icono de Cristo que se
encontraba en el palacio y
publicó el primer edicto contra las imágenes en enero de 730.
Como el patriarca
Germano (715-730) se opuso, tuvo que abdicar; el papa
Gregorio II (715-731) también
protestó contra la actitud del emperador; a la protesta de
estos dos jefes de la cristiandad
se añade Juan Damasceno, formándose la primera tríada
iconófila.
León III y Constantino V están unidos no sólo a la lucha
iconoclasta, sino también a un
período de enérgica defensa nacional contra el islam y los
bárbaros. Enérgica en lo
administrativo y lo militar, capaz de adquirir el consenso para
hacer reformas jurídicas,
financieras y militares, necesarias para mantener la identidad
territorial aunque la
identidad histórica haya comenzado a desaparecer por la
invasión del islamismo y las
agresiones de turcos y eslavos.
A la luz de lo anterior se entiende mejor la razón por la cual
durante los siglos VI y VII
vino para Constantinopla un momento de crecimiento en lo
literario, administrativo y
político, a tal punto que la cultura bizantina se difundió; en el
siglo VIII llegó para
7
Constantinopla un momento de crisis literaria y cultural donde
vuelven las contiendas
doctrinales y nace el culto a las imágenes, acreditadas por los
milagros que realizaban en
favor del pueblo, como el caso de la victoria contra los ávaros
(626) cuando los
constantinopolitanos pusieron sobre la muralla los iconos de
Cristo y María.
Desde marzo de 843, el primer domingo de cuaresma de
cada año, la Iglesia griega
ortodoxa celebra la fiesta de la ortodoxia con la restauración
del culto a las imágenes y la
caída del iconoclasmo que marcó el intento de subordinar el
poder eclesial al imperial. En
sus dos fases: 726-787 y 815-843, el iconoclasmo puso en
discusión el papel de las
imágenes en las relaciones entre Dios y el hombre y trató
cuestiones políticas como la
defensa del territorio, la organización militar del imperio y las
relaciones diplomáticas,
poniendo en juego la identidad del homo byzantinus.
Para comprender las causas y el desarrollo de la crisis
iconoclasta se necesita conocer
algunos elementos de los primeros concilios ecuménicos, la
afirmación efectiva de la
Iglesia oficial cuyos representantes eran protectores y
formadores de los habitantes, el
desarrollo del monacato que surgió espontáneamente en
medio de un mundo que
buscaba la salvación frente a la angustia e incertidumbre
reinante debido a las divisiones
en diferentes lugares del imperio por cuestiones políticas y
doctrinales. Estos elementos
hacían que el santo fuera tenido como un “icono viviente”.
El poder del hombre santo nacía de la creencia popular en su
intercesión delante de
Dios, a tal punto de que lo que utilizaba lo santificaba
conservando su poder; otro tanto
sucedía con sus reliquias. También se pensaba que el poder
del santo como mediador se
transfiere a su representación iconográfica que llena el vacío
dejado por su ausencia
física. En este sentido el icono viene cargado con un valor
mágico, poderoso, cercano al
valor de la reliquia porque el icono casi siempre venía de la
región donde el santo había
vivido, es decir, era originado por él. De este modo, antes del
siglo VI, las imágenes
religiosas comenzaron a ser puestas en paralelo con las
imágenes imperiales hasta ocupar
su puesto y se comenzó a esperar de esa imagen milagros y
beneficios que jamás los
retratos imperiales habían concedido. De esta forma el icono
se convirtió en el vínculo
que unía al pueblo con las intercesiones del santo protector
porque su representación era
la expresión común de un grupo que se sentía protegido; por
ello la manifestación
iconográfica de la divinidad hacía posible una relación íntima
y especial del individuo con
lo divino.
Primera fase
La primera etapa del iconoclasmo (726-787) comienza con la
orden que dio León III
de remover la imagen de Cristo que estaba en la parte
superior de la puerta de bronce del
palacio imperial para poner una cruz; el pueblo se sublevó
pero fue controlado con
rapidez; no obstante, fueron asesinados varios soldados que
habían ejecutado
materialmente la orden. El 17 de enero de 730, el emperador
publicó el primer decreto
oficial iconoclasta y con ello comenzaron las primeras
persecuciones contra los que
veneraban las imágenes; se inició la separación entre Iglesia
e imperio hasta el punto que
8
Italia, es decir, el papado, comenzó a acercarse a los francos.
La disputa pasó de lo
político a lo dogmático con los discursos de Juan
Damasceno; el punto fundamental era:
mientras que para los iconófilos o iconódulos los iconos eran
tan importantes como el
pan eucarístico, la cruz y el templo consagrado, para los
iconoclastas no, y como no
admitían las imágenes llegaron incluso a renegar de la
encarnación de Cristo; con esto,
Cristo se convierte en el punto central de la disputa.
Con Constantino V (741-775), sucesor de León III,
aparecieron nuevas objeciones
teológicas en torno a la idolatría; una de ellas fue un escrito
del soberano donde afirma
que no es posible representar la naturaleza divina de Cristo,
ya que la única imagen sería
la eucaristía. Con esta posición, se cristalizó el conflicto entre
el poder imperial y la
Iglesia hasta el punto de ser sometida a un sínodo en que se
pretendía oficializar la
doctrina contraria a las imágenes, como sucedió en Hiereia
(754), un pequeño barrio en
la costa asiática de Constantinopla donde quedaba la
residencia imperial veraniega; en
este sínodo no tomaron parte ni el Papa ni los patriarcas
orientales. Las deliberaciones
sinodales, conocidas a través de Nicea II5, muestran la
tendencia por evitar las
formulaciones teológicas a través de razonamientos astutos.
No obstante ello, este
concilio confirmó el culto a María y los santos.
Después del sínodo, la ofensiva de Constantino V fue violenta
contra quienes se
oponían, en especial los monjes, única voz que se levantó
contra las decisiones
iconoclastas; en este sentido la lucha iconoclasta se
transforma, a partir de 760, en una
lucha imperial contra el poder de los monjes. Buscando el
éxito, el emperador refutó el
título de Theotokos de María e impidió que los santos fueran
denominados como tales;
después se prohíbe el culto de imágenes y reliquias, los
monasterios son desamortizados
y los bienes son confiscados; la persecución fue tan dura que
en algunas provincias los
monjes y las vírgenes fueron obligados a renunciar a la
castidad y a casarse. La política
de Constantino V condujo a la alianza de Roma con los
francos que se firmó en el 756
en Quierzy entre Pipino y Esteban II.
Con la muerte de Constantino V se concluye el período más
violento de la controversia
iconoclasta, pero sin llegar al punto final. Asumió el trono
León IV (775-780), un
iconoclasta moderado que no continuó con las medidas de su
padre. A su muerte, su hijo
Constantino VI, tenía diez años y la regencia la asumió Irene
quien se mostró benévola,
con deseos de conciliar con los monjes y hasta tuvo la
intención de restaurar el culto a las
imágenes, lo cual era imposible mientras estuvieran vigentes
las determinaciones de
Hiereia; debido a esto era necesario convocar otro sínodo en
el cual no participaran
quienes hubiesen hecho parte de la polémica sobre las
imágenes. Por esta razón el
patriarca Pablo renunció y fue consagrado Tarasio, un alto
funcionario laico, brazo
derecho de Irene; hacia el 785 Tarasio entra en contacto con
el papa Adriano I (772795), enviándole una carta donde profesaba la fe y le
comunicaba el deseo de convocar
un concilio ecuménico al cual debería enviar algunos
representantes para reunirse con los
patriarcas orientales; a pesar de las reservas pontificias sobre
la elección de Tarasio, el
sínodo fue convocado para agosto de 786 en el templo de los
Santos Apóstoles de
Constantinopla; desde la sesión inaugural se fracasó porque
las tropas imperiales,
9
contrarias a las imágenes, irrumpieron y disolvieron la
asamblea, acción que fue
aplaudida por algunos obispos.
El concilio se trasladó a Nicea, donde se reunieron los padres
conciliares en el 787; este
concilio fue el último concilio reconocido como ecuménico por
la Iglesia bizantina y es el
concilio al cual ha asistido un mayor número de monjes. En
este concilio lo más
importante era el sentimiento religioso que llevó a condenar el
iconoclasmo como herejía
y se ordenaba la destrucción de los escritos contrarios a la
veneración de las imágenes;
con las determinaciones conciliares se subraya el valor moral
del culto a las imágenes sin
hacer distinciones entre la cruz, las imágenes de Cristo y los
santos. Todo se había
solucionado, pero la actitud de Tarasio frente a los
iconoclastas presentes en el concilio
no fue aprobada por los monjes y por esto volvieron a chocar
con los representantes de
la Iglesia oficial. Se puede decir que Nicea II fue el triunfo de
la sutileza política de Irene,
quien se supo rodear de personas de confianza que la
apoyaran en su modo de actuar,
sobre todo en relación con el patriarcado político iniciado con
Tarasio.
Segunda fase
En el 790 Constantino VI fue proclamado emperador y en el
792 lo hicieron aceptar a
Irene como emperatriz, en un momento en que las tropas se
sentían desilusionadas con el
emperador debido a las derrotas militares y su débil
personalidad. Uno de los problemas
de Constantino VI fue su vida sentimental porque Irene lo
obligó a deshacer el
compromiso con Rotruda, hija de Carlomagno, para casarse
con María de Paflagonia;
posteriormente lo indujo a repudiar a María, que fue enviada
a un monasterio, para que
se casara con la cortesana Teódota, contando con la
aprobación de Tarasio. Frente a esta
situación los monjes, liderados por el abad de Sakkoudion,
Platón y su sobrino Teodoro,
protestaron porque vieron que el derecho eclesiástico era
atropellado. Como los monjes
no accedieron a un posible compromiso fueron encadenados
y exiliados; al poco tiempo
de este hecho, Irene mandó a que le sacaran los ojos a
Constantino (797) en la misma
habitación donde lo había dado a luz; después de esto,
Constantino y Teódota fueron
obligados a retirarse a la vida privada y el poder volvió a
manos de Irene, quien permitió
que Platón y Teodoro obtuvieran la libertad.
Cuando Platón y Teodoro regresaron se radicaron en
Constantinopla y trasladaron el
monasterio a Stoudios, de donde les llegó el título de studitas
y comenzaron una
actividad que los condujo a desempeñar un papel estelar en
lo cultural y político, de tal
manera que llevaron hasta las últimas consecuencias la
polémica del segundo matrimonio
de Constantino VI, que tuvo su desenlace en el 812 cuando el
sacerdote José bendijo
dicho matrimonio y por ello fue depuesto; con esto se entra
en la segunda fase del
iconoclasmo porque Nicéforo había solicitado a Tarasio la
convocación de un sínodo
para condenar a los studitas por su actitud frente al sacerdote
José. Se habla del 812
como fecha de desenlace porque en ese año se dio una
reconciliación entre el partido de
los monjes y el emperador Miguel I Rangabe (811-813). El
contraste entre los monjes y
la Iglesia oficial se debía a cuestiones jurídicas relativas a la
justa aplicación de los
10
cánones eclesiásticos, a menudo influenciada por la voluntad
del emperador; de hecho,
los monjes no aprobaban la actitud de los patriarcas que
ponían a prueba la precaria paz
de los años que siguieron a la primera fase de la controversia
iconoclasta. En esta fase las
partes en conflicto no se dieron cuenta del estado efectivo de
las cosas con lo que
generaron un conflicto político y eclesiástico.
El sucesor de Miguel I, León V (813-820), dio inicio a la
segunda fase de la lucha
iconoclasta (815-843), que concluyó con la proclamación
definitiva del papel de las
imágenes en un período de desarrollo cultural sin
precedentes. Para comprender la
segunda fase conviene recordar el valor de símbolo común
de fidelidad y protección
atribuido a las imágenes sagradas que en varios casos se
convirtieron en el centro focal
de un patriotismo cívico, cuando los ataques árabes
desmoralizaban a quienes habían
confiado su salvación y liberación a la protección de los
iconos locales. Los iconoclastas
veían la crisis política y social como un castigo divino por el
progresivo aumento del uso
de las imágenes que estaba conduciendo lenta pero
visiblemente hacia la idolatría, por
ello predicaban el regreso a la antigua vida religiosa unida al
culto a la cruz y la liturgia
eucarística estimulando un nuevo patriotismo que subrayaba
a los bizantinos como el
pueblo de Dios; este pensamiento, en aquel contexto, era
cierto porque quienes habían
defendido el culto a las imágenes, como Irene y Miguel I,
sufrieron derrotas militares y
soportaron graves problemas políticos y sociales.
León V, empeñado en su lucha contra los búlgaros, pensó
que era oportuno abolir el
culto a las imágenes, tal como en el siglo anterior lo había
hecho León III; en este
proyecto contó con el aval de Antonio de Sylaion, Juan el
Gramático y Teodoro
Cassiteras6. León encomendó a Juan el Gramático la
organización de un concilio
formando una comisión que debía buscar en las bibliotecas
los documentos que
justificaran la destrucción de los iconos. El punto de partida
teológico se basaba en un
principio que no tenía ningún fundamento como era la
argumentación de la construcción
y el culto a las imágenes en consonancia con la Biblia, una
argumentación que había sido
impugnada por Juan Damasceno. Teodoro Cassiteras, el
nuevo patriarca (815-821),
reunió el segundo sínodo iconoclasta en Santa Sofía, donde
fueron renovadas las
deliberaciones de Hiereia suavizando los puntos extremos.
En esta oportunidad los
monjes no lideraron la oposición por dos razones: las
restricciones no eran excesivas
porque permitían el culto privado y a algunos monjes les
concedieron sedes episcopales;
además, la persecución contra los iconófilos no fue tan
violenta porque las penas se
limitaron a ser azotados o, en caso extremo, exiliados, como
sucedió con Teodoro
Studita.
León V fue asesinado y tomó el poder Miguel II el Amorio
(820-829), quien ni era
favorable a los iconos, ni le interesaban las disputas
religiosas, tanto que promulgó un
decreto de tolerancia que consentía tanto el culto como su
destrucción, ya que lo
importante era el silencio sobre la controversia. El sucesor de
Miguel II, Teófilo (829842), discípulo de Juan el Gramático, activo iconoclasta y a la
sazón patriarca de
Constantinopla, intensificó la persecución en especial contra
los monjes; pero la actitud
imperial no sobrevivió a la muerte de Teófilo ya que el poder
lo asumió Teodora porque
11
Miguel III apenas tenía tres años y ella era favorable a las
imágenes, cuyo culto había
practicado a pesar de las dificultades. Junto a la actitud
iconófila de Teodora, están las
desgracias políticas que sufrieron los últimos emperadores
iconoclastas, con lo cual las
cosas cambiaron porque el iconoclasmo comenzó a ser visto
como una prueba de la ira
divina. Teodora, aconsejada por Teoctisto, hizo que el
patriarca Juan el Gramático
abdicara colocando en su puesto a Metodio de Siracusa,
quien sin convocar ningún
concilio proclamó en marzo de 843 la restauración de las
imágenes y su culto lanzando
un anatema sobre los iconoclastas.
Así terminó oficialmente la lucha por el culto a las imágenes
que ocupó la atención de
la Iglesia de Bizancio por más de un siglo, pero
permaneciendo casi extraña a la Iglesia de
Roma. No obstante ello, se puede concluir con algunas
consideraciones generales al
respecto. En primera instancia se subraya la existencia de
dos fases que se diferencian
por la base filosófica de la teoría de las imágenes, ya que el
punto de partida era un
discurso de carácter ético porque se quería adorar en espíritu
y verdad a Dios sin ninguna
mediación con el deseo de purificar la religión de los ídolos
que alejan al hombre de la
verdadera fe; por su parte los iconófilos consideran la
creaturalidad de la materia como
algo positivo que no aleja al hombre de la fe. En segunda
instancia, existen referencias
aristotélicas cuando se considera la vista como el sentido
más importante, por ello la
visión tiene un papel principal, más importante que la
conciencia. Finalmente, este
período está ahora invadido por la curiosidad laica para
conocer el modelo cultural
antiguo clásico, cuando comenzó la difusión de los libros y se
pasó de la escritura
mayúscula a la minúscula, como síntoma de la creciente
necesidad de textos,
principalmente teológicos y litúrgicos; en otras palabras, en
aquel entonces la institución
que dirigía la cultura era Iglesia y sus representantes,
principalmente obispos y monjes.
1.1.2 Después del iconoclasmo7
Elementos políticos
En el 843 se puso fin a la lucha inconoclasta; por esa misma
fecha el imperio estaba
desacreditado y los emperadores tenían poco interés por
occidente. Antes de esa fecha,
con el emperador León III y la toma de posesión de la
península Balcánica y parte del
sur de Italia (731-732), había comenzado una nueva tensión
entre Roma y
Constantinopla que condujo a la desaparición de la Iglesia
Latina Greca bajo el
patriarcado de Constantinopla; a partir de ese entonces Roma
fue vista como una rival
para Constantinopla, y viceversa. También hay un dato
importante: durante el siglo X y
parte del XI el imperio bizantino tuvo dos enemigos: los
musulmanes y los búlgaros, con
quienes Basilio II fue muy duro.
Rivalidades y tensiones convergen en el patriarca Focio
quien, al apoyar la
cristianización bizantina de algunas zonas eslavas y
balcánicas, que pertenecían a Roma,
era visto como el campeón de la Iglesia bizantina y portador
de los intereses estatales.
Focio, un laico que en poco tiempo fue nombrado y
consagrado como patriarca (858)
contra Ignacio que era el legítimo, influyó sobre el emperador
Miguel III, quien en un
12
sínodo excomulgó al papa Nicolás I (858-867) no sólo por la
cuestión del Filioque, sino
también por otros motivos como el caso de Bulgaria y la
intervención romana en
Bizancio.
El emperador Miguel III fue asesinado y Basilio I, sucesor e
iniciador de la dinastía
macedónica (867-876), heredó dos cismas: el interno entre
los seguidores de Ignacio y
Focio, y el externo por las relaciones con Roma; intentando
una solución, depuso a Focio
(867) y restituyó a Ignacio para comenzar tratados con Roma.
Entre 869 y 870 se realizó
el IV concilio de Constantinopla que fue reconocido por
Roma, donde se habló del
primado romano, la pentarquía y la comunión eclesial; este
sínodo dejó abierta la
cuestión búlgara. Al poco tiempo Focio fue rehabilitado, en el
875 fue llamado del exilio
y después de la muerte de Ignacio (877) asumió nuevamente
el patriarcado.
A Basilio I, lo sucedió León VI (876-912), quien depuso
nuevamente a Focio (886)8 y
nombró a su hermano Esteban como patriarca; con este
emperador el imperio se
convirtió en una entidad centralista y burocrática que fue
testigo del problema de los
cuatro matrimonios del emperador, porque el derecho oriental
prohibía la posibilidad de
unas terceras nupcias. El emperador contrajo matrimonio muy
joven, en el 897 murió su
primera mujer sin dejarle hijos, en el 898 se casó con Zoe
Zautsina quien también murió,
en el 900 contrajo nuevamente matrimonio, y en el 901, a la
muerte de su tercera
esposa, se unió a Zoe Carbonopsina, con quien tuvo un hijo;
este hijo fue bautizado por
el patriarca Nicolás I el Místico con la condición de que el
emperador se alejara de su
amante, él aceptó la condición pero después del bautismo se
casó con ella y la nombró
emperatriz. El patriarca excomulgó al emperador quien acudió
a Roma donde Sergio III
(904-911) quien lo dispensó; el patriarca tuvo que renunciar y
su sucesor coronó al hijo
de León VI, Constantino VII Porfirogénito, como emperador
en el 911.
En el 912 murió León VI, Nicolás I el Místico retornó y en el
913 comenzó a liderar el
gobierno imperial como regente. Esto creó un cisma al interior
de la Iglesia bizantina que
duró hasta el 920 porque no se sabía cómo tratar al
emperador y cuál era su influencia;
en este contexto de intrigas y golpes surgió la primera oleada
del problema búlgaro
cuando el rey Simeón tomó fuerza y se convirtió en una
amenaza real porque se apoderó
de Adrianópolis (914) y parte de Tracia y Grecia Septentrional
(918). A este rey, le hizo
frente el militar Romano Lecapeno, quien a través de un
golpe de Estado tomó el poder,
casó a Constantino VII con su hija, en el 920 se hizo
emperador, alejó de la corte a
Constantino VII, derrotó a los búlgaros e hizo nombrar a su
hijo Teofilacto como
patriarca cuando murió Nicolás I el Místico (925); el patriarca
Teofilacto, reconocido por
el papa Juan XI (931-935), murió en el 956.
En el 945 reaparece Constantino VII quien gobernó hasta el
959; su rol histórico se
sintetiza en su actividad cultural y literaria toda vez que
escribió un libro sobre las
ceremonias bizantinas y un tratado histórico y geográfico
sobre los pueblos vecinos
titulado La administración del imperio. En cuanto a la política
interna mantuvo la
protección en favor de los pequeños propietarios; en política
exterior tuvo
comunicaciones con Otón I, Berengario II (de Italia),
Abderramán III (de Córdoba) y la
13
princesa Olga de Kiev quien estuvo en Constantinopla (955957) y fue bautizada por el
patriarca; con este bautismo se dio un paso decisivo para la
cristianización de Rusia.
Romano II (959-963) asumió el trono a la muerte de su padre;
se casó con la cortesana
Teófano quien lo traicionó con el general Nicéforo Focas,
cerebro del gobierno. Cuando
murió, Nicéforo se casó con la viuda y optó por una política
aristocrática contra los
pequeños propietarios; en relaciones internacionales no quiso
negociar con Otón I y trató
como prisionero a Luitprando de Cremona que había sido
enviado como delegado; su
máxima preocupación era la guerra contra el islam y deseó
que los soldados caídos en
batalla fueran tratados como mártires; su esposa lo traicionó
con Juan Tsimiskes, quien
preparó su asesinato en el 969.
Juan Tsimiskes (969-976) asumió el trono y, después de
dejar a Teófano, fue recibido
en la Iglesia en la “Canosa oriental”9. En el 971 derrotó a los
rusos, trató el asunto del
patriarcado búlgaro, que había sido creado hacia el 918, y
estableció relaciones con Otón
I al enviar a Roma a su sobrina Teófano, esposa de Otón II;
luchó contra Bagdad, llegó
hasta Jerusalén y retornó a Constantinopla donde murió.
Basilio II, hijo de Romano II (976-1025) hizo que el imperio
llegara a su esplendor.
Sólo después del 985, cuando cayó su ministro Basilio
Lecapeno, se vio libre para
defenderse de los aspirantes al trono; en una de estas
defensas lo ayudó Vladimir de
Kiev, quien recibió en cambio a la princesa Ana con quien
contrajo matrimonio en el
988, hecho con el cual se inicia la cristianización de Rusia. La
cruenta campaña contra
Bulgaria (984-1014) fue una nota básica de este mandato
porque el antiguo patriarcado
de Bulgaria con sede en Ocrina, actual Macedonia, fue
degradado a arquidiócesis, y
Serbia y Croacia fueron convertidos en estados vasallos; el
reino búlgaro desapareció y
sólo en el 1185 vuelve a recuperar su independencia.
Enfrentamiento patriarcal10
El final del iconoclasmo (843) no significó la paz para
Bizancio, porque en más de una
ocasión los monjes studitas (radicales), que habían
pretendido ser los defensores de la
ortodoxia y polemizando en favor de la autonomía, deseaban
ocupar algunos cargos
episcopales que aparecieron vacantes cuando el patriarca
Metodio I retiró algunos
clérigos y obispos iconoclastas pero sin sustituirlos por
monjes studitas, ya que nombró a
otras personas que algunas veces no estaban en regla con
las prescripciones del derecho
canónico. Cuando Teodoro Studitas protestó, lo condenaron a
arresto domiciliario y se
inició una polémica entre los monjes y el patriarca, pero
Metodio murió en el 847.
Los seguidores de Metodio querían como patriarca al
arzobispo de Siracusa, Gregorio
Asbestas quien, debido al avance de los musulmanes, se
encontraba en Constantinopla
donde había adquirido cierta importancia. La emperatriz
Teodora, amiga de los monjes
studitas, tenía otro proyecto y designó al monje Ignacio como
patriarca sin convocar un
sínodo electoral como estaba previsto en el derecho oriental,
por temor a que el
candidato no fuera elegido. Ignacio era hijo del emperador
Miguel I Rangabe11. Desde su
14
elección en el 847, Ignacio mostró poco tacto político y la
tensión con Roma aumentó
porque Gregorio Asbestas, al ser depuesto de la sede de
Siracusa, apeló a Roma donde
León IV (847-855) y Benedicto III (855-858) rechazaron la
medida tomada por Ignacio
contra Asbestas porque consideraban el sur de Italia como
jurisdicción papal.
En el 856 la emperatriz Teodora fue depuesta por Bardas
quien nombró como
emperador a su sobrino Miguel III, hijo de Teodora. El
patriarca Ignacio permaneció fiel
a Teodora y se negó a darle el velo cuando fue obligada a
entrar en un monasterio y a
darle la comunión a Bardas debido a un rumor que corría
sobre su posible incesto; por
esto fue obligado a renunciar, al ser acusado como promotor
de una conspiración y en el
858 Focio fue nombrado patriarca12. Aunque fue nombrado
siendo laico, en seis días
recibió las órdenes necesarias convirtiéndose en uno de los
más grandes patriarcas que
Constantinopla ha tenido; los problemas comenzaron porque
Focio escogió a Asbestas
como uno de los obispos consagrantes.
Cuando Nicolás I (858-867) recibió la carta oficial en la que
Focio le comunicaba su
elección, aprovechó la ocasión para afirmar el primado
romano frente a la Iglesia
bizantina y en carta de septiembre 20 de 860 llamó la
atención a los bizantinos por haber
depuesto a Ignacio sin el consentimiento de la sede
apostólica de Roma y haber elevado a
la dignidad patriarcal a un laico; a pesar de ello, deja ver la
posibilidad de confirmar a
Focio con tal de que Constantinopla se someta a la sentencia
romana, después de una
investigación que se debía hacer por medio de delegados
pontificios; además, Nicolás I
exigía la restitución de Iliria y el sur de Italia al patrimonio
petrino; todo esto se trataría
en Constantinopla en un sínodo que se celebraría en el 861.
Los delegados pontificios
confirmaron la deposición de Ignacio y Focio respondió de
forma cauta al evitar una
respuesta clara: se trataría de problemas territoriales que no
estaban bajo su competencia.
El acuerdo no era fácil y a ello se le suma que Bizancio
miraba con simpatía hacia los
pueblos que aparecían en el este de Europa donde
misionaron Metodio y Cirilo y la
presencia de seguidores de Ignacio en Roma que lo hicieron
creer al Papa que la posición
de Focio en Constantinopla no era estable. Creyendo a los
seguidores de Ignacio, Nicolás
I, en el sínodo de Letrán del 863 declaró nula la sentencia
contra Ignacio, excomulgó a
Focio y desmintió a sus delegados; la excomunión de Focio
no fue una ruptura con la
Iglesia bizantina porque aceptaba a Ignacio con quien estaba
en comunión. En el 867
murieron Nicolás I y Miguel III; éste fue asesinado por Basilio
I, quien se apoderó del
trono, se separó de Focio y reconoció a Ignacio.
Al interior del problema de Roma con Focio se ubica la
discusión en torno a la
existencia del octavo concilio ecuménico, teniendo presente
que un concilio es ecuménico
cuando de alguna manera participa el obispo de Roma y con
él están de acuerdo los
patriarcas orientales. El problema consistía en que entre el
869 y el 870 se celebró un
concilio en Constantinopla para condenar a Focio, y entre el
879 y el 880 se realizó otro
concilio; Roma acepta el primero, Constantinopla el
segundo13.
El recorrido realizado demuestra la dependencia de la Iglesia
bizantina de las intrigas
políticas y las fricciones personales de la casa imperial; si se
piensa en la confusa
15
situación de Constantinopla es sorprendente la claridad con
que respondió Nicolás I, al
delinear dos objetivos primordiales en la relación entre Roma
y Constantinopla: la
afirmación del primado papal y la jurisdicción romana sobre
Iliria e Italia meridional, pero
las tensiones entre Roma y Constantinopla se agravaron por
los intereses de las dos sedes
en relación a los pueblos eslavos.
Evangelización de los eslavos14
El centro de estos pueblos lo conforman las regiones de
Moravia y Bulgaria, vistas por
Roma y Constantinopla como una zona de influencia. Desde
el siglo IV la migración
germana había llevado a grandes cambios en el mundo
latino, el reino franco había
llegado a ser una potencia que marcó la vida eclesiástica al
encontrar en la coronación de
Carlomagno una expresión simbólica. La migración eslava fue
un proceso largo y lento a
través de una infiltración que le permitió a algunas tribus
llegar al Volga y el Elba; una
corriente, la oriental, llegó al Danubio y bajó al Peloponeso;
otra corriente, la occidental,
atravesó el Danubio y llegó a los Balcanes y los Alpes; esto
da a entender que unos
eslavos permanecieron fuera del Imperio Romano y otros
entraron en él.
En la primera mitad del siglo VII los eslavos habían fundado
un efímero Estado en la
región de Moravia; de la misma época data el reino de los
croatas en el noroeste de la
península balcánica; estos asentamientos contribuyeron a
una evolución diferente en
cuanto a la cristiandad griega y latina. En tiempo de
Carlomagno el centro de la
cristianización de los eslavos era el arzobispado de
Salzburgo, creado en el 789 en
Baviera con influencia sobre Austria y las zonas limítrofes con
los eslavos. La actividad
de los obispos de Salzburgo fue continuada durante el siglo
IX hasta la región de
Panonia, donde hubo necesidad de poner un límite, el río
Drave, porque se dio un
choque de misiones: la del imperio franco y la bizantina.
En la cristianización de estos pueblos el primer aspecto
importante es la obra de Cirilo
y Metodio. Moravia y Panonia eran zonas eslavas porque los
húngaros o magiares no
habían llegado. Después del intento de Samo, Moimir quiso
crear un Estado moravo
independiente del reino franco, pero esto sólo lo logró su
sobrino Ratislao (846-870)
hacia el 855. Como la Iglesia de Moravia estaba bajo el
arzobispado de Salzburgo, hacia
el 860 Ratislao viajó a Roma para obtener una organización
eclesiástica independiente;
Nicolás I rechazó esta petición y por ello el príncipe envió una
delegación al emperador
bizantino Miguel III hacia el 862, pidiendo misioneros capaces
de catequizar al pueblo en
lengua eslava, siendo enviados Constantino (Cirilo) y
Metodio15, quienes habían estado
como misioneros entre los cásaros, en la actual Ucrania, que
habían adoptado el
hebraísmo y el islamismo en el siglo VIII.
Las fuentes dan a entender que estos hermanos lo primero
que hicieron fue orar, y en
el transcurso de esa oración, Dios le reveló a Constantino, el
filósofo, las letras para la
lengua eslava con las que preparó el primer discurso16.
Hacia el 863 llegaron a Moravia,
donde fueron recibidos por Ratislao y continuaron las
traducciones que habían
comenzado en Constantinopla, con lo cual crearon la liturgia
eslava y originaron una
16
rudimentaria organización eclesiástica. Aquí existe una
cuestión interesante: Constantino
y Metodio llegaron a Moravia el mismo año en que Focio, el
patriarca que los había
enviado, fue excomulgado; frente a esta situación los dos
hermanos comenzaron a girar
en el ámbito de la cristiandad latina, con lo cual dieron una
lección de unidad eclesiástica
entre la ortodoxia y el catolicismo por encima de los
problemas políticos; esto da a
entender que las divergencias entre oriente y occidente no
eran todavía sentidas como
incompatibles, porque lo importante era la armonía en el
fundamento de la fe y no en el
rito que se practicara.
Después de 40 meses de misión regresaron a Constantinopla
con el deseo de que
alguno de ellos fuera consagrado obispo para ordenar a sus
discípulos; tomaron el camino
de Aquileya y al pasar por Panonia, conocieron al príncipe
Cozel quien soñaba con una
independencia semejante a la de Moravia y les confió a los
dos hermanos un grupo de
jóvenes para que los prepararan. Cuando llegaron a Venecia
recibieron la invitación de
Nicolás I para ir a Roma, justamente en los días en que Luis
el Germánico reconquistaba
Moravia e invadía la región con misioneros francos que
comenzaron a denigrar de la
actividad de los hermanos al acusarlos de usar la lengua
eslava en la liturgia, lo cual
estaba contra el uso de las tres únicas lenguas usadas para
alabar a Dios: hebreo, griego y
latín.
Cuando Constantino y Metodio llegaron a Roma, Nicolás I
había muerto y Adriano II
(867-872) los acogió con gusto porque llevaban las reliquias
de Clemente Romano, que
según la tradición se habría ahogado en el mar Negro cuando
fue desterrado, bendijo los
libros eslavos, ordenó a quienes los acompañaban e hizo
celebrar la liturgia en lengua
eslava en diferentes lugares de Roma. En esta ciudad,
Constantino entró en el monasterio
griego de Santa Praxedes, donde tomó el nombre de Cirilo y
allí murió el 14 de febrero
de 869 siendo sepultado en la basílica San Clemente.
Metodio regresó a su tierra de misión como obispo y con una
carta de Adriano II
dirigida a Ratislao y Cozel, en la cual se permitía el uso de la
lengua eslava en la liturgia
con una advertencia: la epístola y el evangelio, primero se
debían leer en latín y después
en eslavo; en otras palabras, se reconocía oficialmente el
método misionero de los dos
hermanos. Con esto aumentó la indignación contra los
misioneros latinos, porque
Bulgaria se sometió a la jurisdicción de Constantinopla. El
Papa deseaba la creación de
una provincia eclesiástica en aquella región y nombró a
Metodio como arzobispo de
Sirmio17 (Mitrowitza) cerca de Belgrado; con esto se estaba
reaccionando a la situación
de Bulgaria, se reafirmaba el derecho de Roma sobre Iliria
para mantener la presencia en
los Balcanes e impedir el influjo de los francos que
misionaban desde Salzburgo. La
reacción de los francos no se hizo esperar, apresaron a
Metodio quien tuvo que
defenderse en Ratisbona de las acusaciones; a pesar de ello
fue confinado al monasterio
de Velehrad en Suabia, donde estuvo prisionero hasta que
Juan VIII (872-882) consiguió
su libertad; junto a la libertad de Metodio vino la adhesión de
Croacia y Serbia al
arzobispado de Metodio, tal como lo dan a entender dos
cartas de Juan VIII, una al
príncipe croata Domagoi y otra a Montemir, príncipe serbio.
17
Como las cosas no andaban bien por diferentes motivos,
llegó el momento en el cual el
Papa se alió con los adversarios de Metodio y en el 879
prohibió la celebración de la
liturgia en lengua eslava para evitarse problemas con el
príncipe de Moravia, Swatopluk
(870-894), y su favorito, el obispo de Neitra, Wichingo. Un
año después se levantó la
prohibición de la liturgia en lengua eslava a través de la bula
Industriae tuae dirigida al
príncipe moravo; Metodio fue acusado de no predicar como
enseñaba la Iglesia romana
desde el tiempo de los apóstoles y viajó a Roma a
defenderse, justo cuando el papa
recibía las primeras noticias positivas del sínodo de
Constantinopla. Después Metodio
viajó a Constantinopla donde murió el 6 de abril de 884. Los
discípulos de Metodio
tuvieron problemas con el sucesor Wichingo y por ello se
fueron a Bulgaria, donde dieron
origen al cirílico que es la lengua actual del cristianismo
ortodoxo eslavo. El 31 de
diciembre de 1980, el primer papa eslavo de la historia, Juan
Pablo II, declaró a Cirilo y
Metodio como patronos de Europa junto a san Benito, dando
a entender que Europa
tiene dos raíces: la occidental y la oriental o eslava, y que en
ambas la Iglesia estuvo
presente.
El segundo aspecto de la cristianización de los eslavos es la
cristianización de Bulgaria,
puente sobre el cual se encontraron las cristiandades griega y
latina; con la llegada de los
eslavos y a causa del nacimiento del primer reino búlgaro
(681), la península Balcánica
dejó de servir de unión entre las dos partes del Imperio
Romano. Los primeros intentos
de cristianizar a los búlgaros son de finales del siglo IX
cuando Boris I (852-889) decidió
introducir el cristianismo para ser reconocido como aliado con
los mismos derechos que
las otras potencias cristianas; para la política interna contaba
el deseo de Boris quien,
siguiendo el modelo bizantino, quería sacralizar al soberano
con lo cual le daría a su
autocracia un fundamento teológico sólido. Con esto Bulgaria,
que no tiene nada que ver
con los límites del actual país, alcanzaría un cierto estatuto
entre Bizancio, el reino
franco, Moravia y Roma.
Boris era un hábil político y aprovechó la coincidencia entre
Bizancio y Nicolás I sobre
la jurisdicción de los Balcanes y, poco después del envío de
Cirilo y Metodio a Moravia,
expresó su disponibilidad para recibir el cristianismo latino de
parte de los francos; esta
posición de Boris está en relación con los esfuerzos de Luis el
Germánico contra
Moravia. Las cosas cambiaron porque el bautismo de Boris
según el rito latino no se
realizó, ya que Bizancio aprovechó una carestía en Bulgaria y
lograron que Boris
aceptara la forma bizantina de la fe cristiana (864). Al poco
tiempo, después de una
superficial misión bizantina, Boris manifestó una tendencia de
independencia eclesiástica,
porque no le interesaba que la Iglesia búlgara estuviera bajo
la autoridad de un patriarca
excomulgado como Focio; Boris volvió a tratar con Roma con
la intención de crear una
jurisdicción paralela a Moravia y por ello le envió a Nicolás I
una delegación que, además
de una lista de preguntas, le pedía el envío de obispos y
sacerdotes a Bulgaria. Nicolás I
contestó en 106 puntos, de los cuales tres dan la oportunidad
de minimizar la autoridad
de Constantinopla: la fundación apostólica de los
patriarcados, el segundo lugar después
de Roma y la consagración del aceite para la confirmación. El
problema era la no
aceptación de los cánones conciliares referentes a
Constantinopla como la segunda
18
Roma, o como la sede que está al mismo nivel de la sede
romana.
Con estas y otras respuestas, el Papa procuró la
independencia de los Balcanes frente a
Constantinopla y llegó a un arreglo con Boris mandando
delegados para que instalaran un
arzobispado e impusieran el latín en la liturgia; con esto el
influjo de Roma llegó a las
puertas de Constantinopla y se desataron diferencias y
oposiciones que antes no existían.
Focio reaccionó porque consideró esta situación como una
ofensa y apostasía de la fe y
envió una encíclica a los patriarcas orientales que se conoce
como “la junta de la
ortodoxia” con cinco puntos claves que Roma había
propuesto al latinizar Bulgaria y
destruir las costumbres bizantinas existentes: el ayuno
sabatino, la posibilidad de comer
alimentos lácteos, la exigencia del celibato para los
sacerdotes y el rechazo de los
casados, la repetición de la confirmación que ya habían dado
los sacerdotes griegos y el
añadido del Filioque.
Es cierto que los delegados pontificios hicieron más de lo
permitido con el deseo de
romper toda relación disciplinar y eclesial; esto exasperó a
Constantinopla y en el sínodo
del 867, Nicolás I y los clérigos enviados a Bulgaria fueron
excomulgados con lo cual se
reforzó la posición de Focio. A los pocos días, Basilio I
asesinó a Miguel III durante un
banquete (23 de septiembre de 867) y rehabilitó a Ignacio
como patriarca, destituyendo a
Focio.
Adriano II aprovechó la oportunidad y envió delegados a un
nuevo sínodo de
Constantinopla (869-870), donde se habló de la unión de la
Iglesia oriental con la
occidental y se reafirmó el primado papal; en este sínodo fue
confirmado el II concilio de
Nicea (787), rehabilitado Ignacio y condenados Focio y sus
seguidores invalidando su
ordenación y consagración; a pesar de todo, Bulgaria terminó
dependiendo de
Constantinopla y no de Roma. En el 877 murió Ignacio, el
emperador rehabilitó a Focio e
invitó al Papa a un nuevo sínodo, pero éste puso dos
condiciones: confesión de culpa de
Focio y renuncia a Bulgaria por parte de los bizantinos; todo
parece indicar que aunque
las dos condiciones se aceptaron en el sínodo que se celebró
entre noviembre de 879 y
marzo del 880 no se pudo evitar el triunfo de Focio, ni se
logró que los bizantinos
renunciaran a Bulgaria con lo cual se inició la lucha por los
Balcanes, el germen del
futuro cisma de 1054. Con la muerte de Basilio I en el 886,
Focio fue exiliado a un
monasterio donde murió en el 891 siendo reconocido por la
Iglesia bizantina como un
excelente defensor de la ortodoxia hasta el punto de
canonizarlo y fijar su fiesta el 6 de
febrero.
1.1.3 El iconoclasmo en occidente
La emperatriz Irene quería anular las decisiones del sínodo
de Hiereia (754) e invitó al
II concilio de Nicea (787) al papa Adriano I, pero no invitó a
ningún representante
franco; el Papa aprobó los decretos conciliares con reservas
porque no habían sido
restituidos los bienes de la Iglesia romana confiscados por los
bizantinos; poco después
Adriano le envió a Carlomagno una versión latina de las actas
del concilio, redactada por
la cancillería pontificia.
19
Carlomagno hizo estudiar la versión, resumió lo que
consideraba escandaloso en 84
capítulos y envió un esbozo de confutación al Papa en el 790;
este texto fue visto por el
Papa como un rechazo a Nicea II y se opuso a la
desaprobación franca, valiéndose del
poder de las llaves de la sede apostólica; frente a la posición
del Papa, los francos
comenzaron a dar una respuesta seria y precisa a través de
los Libros carolinos, segunda
confutación a Nicea II de 120 capítulos en cuatro libros que
fueron escritos por Teodulfo
de Orleáns; la idea central de este texto es: la Iglesia franca,
guiada por Carlomagno, está
llamada a guardar la pureza de la Iglesia y la fe ya que el
imperio bizantino guiado por
una mujer no tendría derecho a convocar un sínodo y menos
atribuirle el título de
concilio ecuménico. Los Libros carolinos afirman que los
bizantinos caen de un error en
otro: mientras que los iconoclastas de 754 rechazaron las
imágenes, los de 787 pecan por
el exceso admitiendo su adoración; estos libros reprueban a
los iconófilos que oscurecen
la esperanza, esencial para la vida cristiana; en este orden de
ideas, los teólogos francos
interpretaban con sentido diferente los textos bíblicos que los
bizantinos presentaron en
favor de las imágenes.
El problema radicaba en la versión latina que fue enviada a
Carlomagno, porque los
traductores del texto griego no entendieron la diferencia
bizantina entre latría y
proskinesis, al traducir ambas palabras con el término latino
adoratio; se aclara que no
es que la traducción esté mala, sino que la diferencia fue
oscurecida porque de hecho en
lo cotidiano ambos términos se usaban para designar la
genuflexión que se hacía frente al
soberano. Adriano I defendió las actas conciliares sin indicar
la problemática de la
versión; los francos hicieron notar esa problemática y
acusaron a los bizantinos de
imprecisiones en la terminología, porque se debería distinguir
entre adoración y saludo
respetuoso. Aquí está el punto central de la problemática,
porque se podía llegar a olvidar
que Cristo vino a salvar a los hombres y no a las imágenes.
En el fondo de la
problemática subyacen algunas ideas: existe una cierta
desconfianza hacia las imágenes
por lo cual lo único digno de confianza es la Biblia; su poca
claridad ya que pueden
influir en la fe en cuyo centro está Cristo, quien convierte en
superflua cualquier
mediación.
En el contexto de esta disputa surgió para los francos la
importancia de las reliquias, ya
que los cuerpos de los santos resucitarán y del discipulado
activo y personal tomando
como bandera la cruz. Con esto aparece un nuevo tipo de
espiritualidad que se sale del
marco de la problemática lingüística entre veneración y
adoración, porque es
cristocéntrica, toda vez que una mediación para la salvación
por medio de las imágenes
es superflua, absurda, una ofensa a Cristo, único mediador.
Para los francos lo
importante era saber si las imágenes eran medio de gracia u
obstáculo para la adhesión al
único mediador, Cristo.
En tiempos de Ludovico Pío se presentó el epílogo de la
controversia sobre las
imágenes. En Bizancio, el emperador Miguel II sostuvo,
desde el 821, una posición muy
cercana a la de los francos en relación al culto de imágenes,
ya que no son prohibidas
pero advirtiendo que conviene evitar todo exceso
supersticioso. Ludovico, trató sobre el
asunto con Pascual I (817-824) y con su consentimiento
convocó un sínodo en París
20
(825) donde se hizo una antología en favor de las imágenes
que le fue enviada al Papa
haciéndole ver que la posición clara y rígida de Carlomagno
había sido abandonada por la
Iglesia franca y que el culto a las imágenes había crecido en
el reino franco.
1.2 El occidente cristiano
Existe una connotación histórica: después de ver la historia
de oriente, la historia de
occidente resulta pobre debido a la alta civilización de oriente
que permitió las
discusiones teológicas que se dieron. No obstante ello, las
transformaciones religiosas que
se presentaron entre los siglos V y X en el occidente hicieron
que el cristianismo católico
se impusiera en Europa y se perdiera en África donde se
impuso el islamismo. El
objetivo de este apartado no es presentar esa diferencia, sino
encuadrar la historia de la
Iglesia en el marco de la formación de Europa, teniendo como
punto de referencia el II
Trullano, uno de los concilios ecuménicos de finales del siglo
VII. Además, existe un
detalle importante: se pasó del orden social romano al
germánico, de lo público a lo
privado y de la burocracia al feudalismo.
1.2.1 Europa mediterránea
En España18 los visigodos arrianos habían creado un reino
cuya capital era Toledo;
Leovigildo (568-586) había pensado, después de conquistar
el reino de los suevos, en
una unidad nacional junto con los cristianos católicos
teniendo como base el arrianismo
moderado; Recaredo (586-601) se convirtió al cristianismo y
en el sínodo de Toledo de
589 firmó el paso a la religión cristiana católica; en las
decisiones de este sínodo se
encuentra el sinergismo, ya que el rey se sintió responsable
de la disciplina eclesiástica,
de tal manera que a partir de entonces los sínodos de la
Iglesia visigótica sólo eran
obligatorios después de ser confirmados por el monarca, por
esta razón el sínodo de
Toledo es considerado como el nacimiento de la Iglesia
visigótica. En los sínodos
nacionales de esta Iglesia el rey aparece en la inauguración
del sínodo, dejando una lista
con lo que se debe tratar y, aunque no toma parte en las
discusiones, es quien le da
fuerza de ley a las decisiones tomadas, de tal manera que los
delitos de religión son
tomados como crímenes políticos.
Para evitar la usurpación de poder se introduce la unción real,
lo cual es vital para la
historia de occidente; esta unción es atestiguada por primera
vez al subir al trono Bambá
(672) y significa la sacralización del poder cuya base
teológica era ofrecida por el Antiguo
Testamento: si la Iglesia establecía la posición del rey,
esperaba de él justicia y piedad.
Por esto, junto al rey aparecía el obispo de Toledo, que era
prácticamente nombrado por
él; es más, el obispo se convirtió en un funcionario de la
corte. El sínodo de Toledo de
688, presidido por Julián, deja ver una posición reservada
frente a Roma. La historia de
esta Iglesia nacional, durante este período termina
lánguidamente cuando en el 711 cayó
en manos de los árabes, debido a su hispanismo que no le
permitía ver más allá de sus
fronteras.
21
En esta Iglesia la patrística floreció tardíamente; ejemplos
son: Leandro e Isidoro de
Sevilla, Braulio de Zaragoza, Ildefonso y Julián de Toledo,
entre otros. Las Etimologías
de Isidoro fueron la base del razonamiento teológico y
científico, aunque a la luz del
pensamiento actual puedan parecer un tanto graciosas.
Como en el 711 el reino visigodo cayó en poder de los
musulmanes, quienes
comenzaron a conquistar mejores posiciones, los habitantes
de la península huyeron al
norte y se refugiaron en las montañas de los Pirineos,
Cantabria y Galicia, donde se
mezclaron con los vascos; con el aumento de la población y
la gestación de los futuros
Estados comenzó un proceso de recuperación que llevó a la
creación del reino de
Asturias. Alfonso II, contemporáneo de Carlomagno, trasladó
la capital a León después
de conquistar el curso alto del río Duero donde se creó el
reino de Castilla; por las
tendencias separatistas de algunos pueblos se perdieron las
conquistas adquiridas, en el
985 Barcelona cayó en poder de los musulmanes, en 1003
León fue destruida. Gracias a
la crisis interna del califato de Córdoba comenzó la
reconquista que terminó en 1492. En
el transcurso de esta lucha nacieron las dos líneas de la
Iglesia en España. Al sur estaba la
Iglesia mozárabe, que llevó una vida muy rica pero poco
conocida en algunos ambientes
eclesiales; esta Iglesia, que tenía tres centros fundamentales:
Toledo, Mérida y Sevilla,
perdió lentamente su esplendor pero dejó a la posteridad, con
el calendario de Córdoba,
una amplia información litúrgica y hagiográfica escrita en latín
y árabe, probablemente
por el obispo Rescinvinto de Elvira. La Iglesia del norte, con
Oviedo y León como
centros importantes, tuvo influencia de Las Galias y se
consolidaba como una red de
diócesis, a raíz de la cual se configuró la Iglesia hispánica.
Italia19 fue invadida por los lombardos y otros grupos hacia el
568, siendo el último de
los pueblos germanos que emigraron; su invasión fue más
despiadada que la de los otros
pueblos, ya que expulsaron los habitantes y destruyeron los
lugares de culto; con la
presencia de los lombardos, los bizantinos perdieron la
península itálica. Entre los
enemigos que tenían los lombardos se citan: bizantinos,
francos y romanos, sobre todo el
Papa, a quien tenían como un enemigo de primer orden,
porque no les concedía
autonomía absoluta; cuando se dio la alianza entre el Papa y
los francos, este reino fue
destruido.
La situación de la Iglesia era difícil; el metropolitano de
Aquilea se retiró, primero a una
isla que todavía estaba en poder de los bizantinos y después
a Turín. Unida a su fuerza
destructora, está la fe arriana que traían; a pesar de ello el
rey Aguilulfo contrajo
matrimonio con la princesa católica Teodolinda, con quien el
papa Gregorio I estableció
comunicación epistolar.
En la segunda mitad del siglo VII ya se estaba acabando el
arrianismo y a finales del
mismo siglo se había extinguido, con ello la capital de este
reino, Pavía, se transformó en
un centro de actividad cristiana-católica y en sede episcopal
que dependía de Roma; por
esta razón no es correcto hablar de una Iglesia lombarda,
aunque los reyes lombardos
influyeron en el nombramiento de obispos y las leyes
eclesiásticas.
Más tarde, Italia se encontró dividida en varios marquesados
familiares, de los cuales
22
tres eran importantes: Friuli al oriente, Toscana en los
Apeninos y Spoleto hacia el centro
pero sin ambiente lombardo; es particular que la mayoría de
las familias aristocráticas de
estas marcas eran de origen francés. También existía el
condado de Ivrea que buscaba su
independencia. Estas familias comenzaron a luchar por la
hegemonía y entró en escena
Carlos el Gordo, último emperador carolingio de Italia,
depuesto en el 888, quien apoyó a
Berengario de Friuli contra Guido de Spoleto; aunque Guido
no venció, fue proclamado
rey y señor de Italia en Pavía y prosiguió su camino
expansionista; en el 891 fue
coronado emperador (en Roma) por Esteban V. Aquí
comienzan los problemas: la familia
de Guido de Spoleto, primer emperador no carolingio, tenía
poder sobre Toscana y los
estados pontificios (patrimonio petrino) cristalizándose el
deseo que esta familia tenía de
apoderarse de este patrimonio; además las tensiones
continuaron entre los ducados y a
eso se le suma la aparición de los húngaros (invasores) en la
llanura del Po.
En Roma, a las luchas de la nobleza romana que intentaba
influenciar los cónclaves, se
unían los problemas políticos entre Spoleto y Friuli; así como
Guido alcanzó la corona
imperial en el 891, también Berengario la conquistó en el 915
al ser coronado por Juan
X; ambos emperadores tuvieron poca influencia. En el marco
de las luchas de la nobleza
romana está Teofilacto quien se hacía llamar dux senatu
consuli y cuya hija Marozia
estaba casada con el duque Alberico de Spoleto.
El papa Juan X (914-929), sucesor de Sergio III (904-911),
Anastasio III (911-913) y
Lando (913-914), fue uno de los más notables pontífices del
siglo oscuro, porque tuvo el
valor de reclamar libertad y autoridad para la Iglesia; esta
autoridad la hizo valer en otros
sitios hasta el punto de participar personalmente en la batalla
de Garellano contra los
sarracenos; a raíz de esta batalla se dio la coronación de
Berengario. Por reclamar la
independencia y libertad del pontificado, lo apresaron y
asesinaron.
La problemática romana, unida a la situación italiana, dejó al
país sin defensa, porque
los sarracenos volvieron a atacar, ubicándose en zonas
estratégicas desde donde
asaltaban a los peregrinos que se dirigían a la tumba de
Pedro; esta situación hizo que
Italia y Roma fueran vistas a la distancia por el resto de la
cristiandad con lo que la
confusión y los acuerdos aumentaron, al tiempo que comenzó
la independencia de las
ciudades italianas como Nápoles, Amalfi, Génova y Pisa.
1.2.2 Europa insular
En Irlanda el apóstol fue san Patricio (397-460) quien
evangelizó una región que nunca
fue conquistada por los romanos por lo que permaneció libre
del influjo del mundo
antiguo hasta cuando se dio la transición a la nueva
civilización que se puede ubicar entre
el 460 y el 560. De la Iglesia en esta isla se tratan dos
elementos: el monacato irlandés y
la penitencia privada.
Para entender el influjo del monacato20 es necesario conocer
los puntos esenciales de
la estructura social y económica de Irlanda, dividida en dos
reinos, a los cuales estaban
subordinados otros cinco reinos locales conformados por
cerca de cien tribus, que a su
vez estaban articuladas en clanes cuyos miembros eran
propietarios colectivos; debido a
23
esta estructura los monasterios fundados eran centros
espirituales, administrativos e
intelectuales donde el individuo que entraba comenzaba un
proceso de culturización que
permitía mantener la relación con la familia de tal manera que
la relación entre clan y
monasterio era una costumbre arraigada.
También se dio la identificación de la diócesis con la posesión
de la tierra del
monasterio, porque estas tierras no sólo eran las que estaban
junto al monasterio, sino
también las propiedades que estaban ubicadas en otras
regiones; con esta intelección los
abades estaban por encima del obispo, hasta el punto de que
el abad hacía consagrar a
uno o varios de sus monjes como obispos que continuaban
bajo su obediencia, de tal
manera que hacían lo que el abad no podía hacer; pero el
influjo del monacato irlandés
no se queda ahí, avanza más y esto se debe a la santidad
personal de los monjes que
eran vir Dei, quienes tenían poder espiritual y excelente vida
personal.
Las reglas de san Columbano presentaban la relación del
monacato irlandés con el
oriental a través de algunos detalles que fueron tomados de
Basilio y Casiano. La regula
monachorum trata de la vida espiritual: obediencia, castidad,
silencio, abstinencia, oficio
divino, vigilias, etc. La regula cenobialis es un escrito
disciplinario que presenta las
determinaciones sobre la medida de los castigos para los
transgresores de la disciplina
monástica, que era muy importante porque los monjes vivían
junto al pueblo sin buscar
la soledad como los del continente; este contacto permitió
que la población comenzara a
asimilar las tradiciones monacales, entre las cuales sobresale
la confesión ante un
sacerdote, quien para imponer la penitencia contaba con los
libros penitenciales donde el
confesor encontraba las penitencias correspondientes para
cada pecado, por ello, esta
confesión también es conocida como “penitencia tarifada”.
En la confesión, la penitencia por excelencia era el ayuno,
entendido como remedio
para todo. Era vista como algo que debe producir alivio moral
y conversión; la
concepción de la penitencia partía del concepto: “Dios castiga
todo pecado” y era tan
fuerte el sentido de pecado que a veces superaba la vida del
individuo; frente a esta
circunstancia varios penitentes pagaban para que alguien la
cumpliera por ellos; para
contrarrestar esta práctica, las penitencias comenzaron a ser
más breves.
Cuando hacia el siglo VII la disciplina monacal se relajó,
muchos monjes se retiraron a
lugares solitarios, con lo cual se originó la primera reforma del
monacato irlandés llamada
“reforma de los seguidores de Dios”; debido a la posición
marítima donde se ubicaron
estos monjes, algunos llegaron a ser excelentes marineros,
capaces de atravesar el
Atlántico e iniciar la colonización de Islandia. Con esto se
llega a otra característica de
este monacato: la peregrinatio. El peregrino es un viajero
piadoso que después de visitar
los lugares sagrados regresa a su hogar; es aquel que vive
sin patria y renuncia a la
comodidad de una morada fija al lado de sus compatriotas, es
decir, el peregrino era un
asceta que vivía a plenitud la pobreza y la soledad. Esto no
excluye la presencia de otros
que estaban en la misma tónica, viviendo aquello de
Abrahám: “Sal de tu tierra y de tu
parentela” (Gn 12, 1).
Inglaterra21 tiene dos ramas: una, la de los celtas y otra, la
de los anglosajones. Antes
24
de la llegada de éstos, existen testimonios del cristianismo en
la isla; el más representativo
es Beda el Venerable, quien en Historia ecclesiastica gentis
anglorum habla del martirio
de san Albano durante la persecución de Diocleciano, lo cual
da a entender que el
cristianismo en Inglaterra data de los primeros siglos de la
historia de la Iglesia. Hacia los
primeros años del siglo V la Iglesia en esta isla comenzó a
sufrir la invasión bárbara: por
el norte venían los pictos, escoceses, por el occidente se
acercaban los irlandeses y por el
sureste aparecieron los sajones, quienes después de
atravesar el mar, se asentaron en la
zona en torno a Londres y York y a finales del siglo VI fueron
evangelizados cuando el
papa Gregorio I (590-604) tomó la iniciativa de enviar
misioneros. La isla estaba
compuesta por siete reinos: Kent, Sussex, Essex, Wessex,
Est Anglia, Mercia y North
Umbría; por eso se habla de una heptarquía. Estos reinos
estaban unidos bajo la idea de
un pequeño imperio, en el cual el poder se desplaza del sur al
norte hasta llegar a Alfredo
el Grande en el siglo IX.
El proceso misionero comenzó en Kent, cuyo rey estaba
casado con una princesa
merovingia cristiana, siguiendo las normas dadas por
Gregorio I; una de las normas era
no destruir los templos sino los ídolos. Con la llegada y
asentamiento de los misioneros
romanos se presentan dos corrientes cristianas en la isla: la
romana y la irlandesa; el
triunfo de la corriente romana se obtuvo en el sínodo de
Whitby (664), donde se trataron
temas como la fecha de la pascua y la tonsura de los clérigos.
Se dio una problemática
teológica que llevó al aumento de la devoción a san Pedro
quien era visto como el
“portero del cielo”, lo cual originó las peregrinaciones a Roma
y se afianzó el deseo de
ser enterrado en un templo cuyo titular fuera san Pedro. La
romanización definitiva de la
Iglesia anglosajona fue obra del monje oriental Teodoro de
Canterbury (669-690), quien
unió todas las corrientes en Inglaterra. En torno al 700
ninguna Iglesia nacional era tan
cercana al Papa como la de Inglaterra; esto es importante
para entender el influjo
anglosajón sobre la Iglesia franca y la latina en general.
A partir de los últimos años del siglo VIII (789) las islas
británicas sufrieron sucesivas
oleadas invasoras por parte de vikingos y normandos quienes
venían más en plan de
conquista y apropiación de tierras que de comercio y hurto.
Frente a estas invasiones,
que llevaron a la creación de un reino normando cerca a
Dublín que duró hasta 1170, se
dio la reconquista en la que se afirmó la identidad
anglosajona a partir de las regiones de
Essex y Wessex; algunas regiones de estas islas, sobre todo
Wessex, se convierten en
puente para el continente. El reino de Wessex, además,
asumió la defensa frente a los
ataques y por ello lideró el proceso de unificación.
Es importante Alfredo el Grande (871-900) quien organizó los
territorios
reconquistados, promovió un movimiento de restauración
queriendo imitar a
Carlomagno; después de él, Eduardo y Édgar continuaron su
obra hasta el 950. Después
hubo una paz de medio siglo que se acabó hacia el 1000
cuando llegó una nueva oleada
de vikingos. De este proceso de unidad se extrae una lección
para la historia: la
importancia de la guerra y la conquista para la formación del
estado medieval.
Al tiempo que se daba esta unificación, la Iglesia también se
reformó; Etevoldo,
Dunstan (+988) y Oswald (+992) son los tres más importantes
monjes que colaboraron
25
en la restauración del monacato; también se presentó una
rica literatura latina y sajona, y
un esfuerzo misionero muy particular; en este esfuerzo
misionero primero fueron
cristianizados los nórdicos que vivían en Inglaterra y después
los que estaban cerca a
Dublín; algunas veces, este esfuerzo misionero ni siquiera es
mencionado. En conjunto
esta Iglesia fue la más floreciente del siglo X, y al igual que la
“iglesia imperial” también
tuvo una gran irradiación misionera.
1.2.3 Europa imperial
En cuanto al reino de los francos22, existían grandes
diferencias: al sur la influencia de
la cultura antigua era notable, al norte y este de Francia no
existían ni siquiera las
condiciones para la cristianización; debido a esto el bautismo
de Clodoveo (499) es un
hito para la historia de la Iglesia en Francia y un modelo para
entender la conversión de
otros reyes, ya que se trataba de una conversión al Dios más
fuerte que da la victoria en
la batalla, y por esto se presentan las conversiones masivas,
propias de un pueblo con
mentalidad arcaica y guerrera. En este hecho se encuentra
un cambio teológico
importante: la cristianización comienza con el bautismo y no
con la catequesis. Esta
Iglesia, al no vivir la experiencia arriana, desarrolló un
particular orgullo porque sus
orígenes no eran heréticos23.
En esta Iglesia los sínodos se tenían cuando el rey lo quería
toda vez que él confirmaba
los decretos; por ello el Papa sólo tenía un influjo espiritual,
con lo cual la dependencia
de la Iglesia terminó debilitando las estructuras eclesiásticas
propuestas por Roma, que
desaparecieron a finales del siglo VII, cuando la asimilación
del esquema bizantino se
hizo notorio sin la exposición y especulación teórica de allí.
Los sínodos convocados con
relativa frecuencia a partir del siglo VII nunca trataron
cuestiones doctrinales, sino
cuestiones disciplinarias y sociales en las cuales tuviera
competencia el obispo; en este
sentido los decretos de la Iglesia merovingia son una fuente
para conocer la vida cristiana
de la época. Los sínodos se preocuparon por abolir el sistema
de las Iglesias privadas,
pero no lo lograron porque la legislación al respecto sólo
exigía que quienes atendían tales
Iglesias fueran hombres libres; con esto la única relación del
sacerdote que estaba al
servicio de estas Iglesias con el obispo se reducía a la
ordenación.
Debido a la importancia que tiene para el futuro de la historia
de la Iglesia, se hace un
paréntesis para hablar de una de las leyes nacionales de los
francos, la lex salica o
exclusión de la sucesión femenina al trono. El prólogo de esta
ley elogia con un
sorprendente lenguaje poético al pueblo franco: bello,
inteligente, esforzado, ortodoxo
que ha coronado de oro y piedras preciosas los cuerpos de
los santos mártires que los
romanos habían mandado deshacer. Lo problemático de los
manuscritos de esta ley, está
en el hecho de presentar a Cristo como un “dios nacional
franco”; a pesar de ello, el
proceso evangelizador es bien presentado, porque quien
escribió el texto de la ley fue un
sacerdote.
Algunas particularidades de esta Iglesia nacional son: el
aislamiento de cada obispo
debido a la desaparición de las estructuras eclesiásticas con
lo cual los obispos
26
comenzaron a depender del rey, el celo de los obispos por
sus derechos, las funciones
espirituales y públicas de los obispos incluyendo el aspecto
judicial. Esto llevó a la
creación de estados eclesiásticos e Iglesias privadas donde el
obispo era guía espiritual y
señor del territorio, bajo la hegemonía del rey merovingio, y a
una serie de conflictos con
algunos obispos depravados. Esto da a entender que existían
dos problemas
fundamentales: la falta de una verdadera definición del
derecho del obispo porque los
límites entre lo eclesiástico y lo civil no eran claros y las
Iglesias privadas hacían a los
sacerdotes independientes frente a obispos que no podían
intervenir.
A propósito de las Iglesias privadas, término que no aparece
en las fuentes, son templos
pertenecientes a un terrateniente que hacía construir en su
propiedad una capilla para los
vecinos y empleados, dotándola de una renta para sostener
al sacerdote que la atendía;
este tipo de Iglesia llegó a ser una institución jurídica por la
estrecha conexión del altar
con la tierra donde estaba construido; con este sistema la
Iglesia corrió el riesgo de ser
explotada porque el propietario hacía una inversión y
esperaba los réditos
correspondientes. Lo mismo se puede decir de los
monasterios fundados por familias
nobles; en ellos el nombramiento del abad lo hacía el
propietario o la familia. Con
Ludovico Pío llegó el golpe final sobre estas Iglesias cuando
fueron convertidas en
propiedades reales y episcopales.
En cuanto al imperio carolingio, dejando para más adelante la
política francocarolingia,
la unidad sellada con la Ordenatio imperii de Ludovico Pío
(817) no duró mucho
porque sus sucesores entraron en luchas y batallas
sangrientas, en particular la de
Fontenoy24, que condujeron al tratado de Verdún (843)
donde se firmó la división del
imperio y se perdió la validez de la Ordenatio: Lotario I
gobernaría el “reino intermedio”
que iba desde Hamburgo hasta Italia; Carlos el Calvo
gobernaría el occidente, Galias o
Francia occidental; y Luis el Germánico el oriente, Germania
o Francia oriental; esta
división era un retroceso al diseño arcaico y el reino quedaba
dividido por problemas
económicos, políticos y militares. Este tratado significó,
además del rompimiento de la
unidad imperial, la regionalización de la Iglesia. A la par con
estos problemas, estaban las
amenazas provenientes de los pueblos limítrofes: húngaros,
nórdicos y musulmanes. A
esta situación de división y temor, se le unía la incapacidad
de mantener un gobierno
central por lo que hubo necesidad de acudir a la aristocracia.
En el reino franco occidental25, Carlos el Calvo (840-877) hijo
de Judith, segunda
mujer de Ludovico Pío, quiso influir sobre los otros reinos con
el apoyo de los
aristócratas que dominaban en Aquitania, donde nombró
como representante a Bernardo
Plantapilosa; allí nació el ducado de Borgoña. En el reinado
de Carlos el Simple (893923) se organizaron Normandía, donde aparecen los
Robertinos que ya habían alcanzado
una buena posición al interior del poder carolingio, y Neustria,
donde Hugo el Grande
recibió el título de dux francorum siendo reconocido como el
segundo en el reino. Con
Ludovico IV de Ultramar, quien comenzó el reinado hacia el
936 (+ 987), hijo de Carlos
el Simple, termina la dinastía carolingia, porque murió sin
dejar hijos; a su muerte fue
nombrado Hugo Capeto, de la familia de los Robertinos, rey
entre el 987-996, con quien
27
comienza una nueva página en la historia de aquella región.
En pocas palabras, la historia
francesa del siglo X es una permanente caída del poder
carolingio y el fortalecimiento de
los reinos feudales; esto favoreció a los germanos que
alcanzaron el trono imperial con
Otón I.
El reino de Lotaringia llevó una vida artificial a pesar de ser la
zona más desarrollada y
encontrarse en el corazón del imperio. A la muerte de Lotario
II (869) quien no dejó
sucesor legítimo por su problema matrimonial, se llegó a la
ruina de este reino que tanto
Italia como Francia y Germania pretendían; en estas luchas
surgió el tratado de Meersen
(870) que la dividió en dos partes con lo que ocasionó nuevos
conflictos entre francos y
germanos. Posteriormente, vino el tratado de Ribémot (880)
según el cual Lotaringia, sin
la parte de Italia, comenzaba a formar parte de Francia
Oriental. Frente a estas
divisiones, la Iglesia buscó la unión imperial pero los nobles y
parte del clero promovían
las divisiones.
Germania o reino franco oriental había conservado una cierta
identidad cultural con
límites precisos y lengua diferente. Estaba compuesta por
cinco ducados: Baviera
(Ratisbona era su centro) que era gobernada por delegados
del rey carolingio que con el
tiempo comenzaron a llamarse prefectos; Svevia (suroeste de
Alemania) cerca a
Constanza donde se encontraba el monasterio San Gall;
Sajonia que había sufrido con la
conquista donde la aristocracia colaboró mucho con el
imperio y se destacó la familia de
los Liudolfingios; Franconia era una zona central que en el
siglo IX se transformó en
ducado autónomo donde los Guelfos y los Conradinos son las
familias más notables; y
Lotaringia después de la desaparición del reino intermedio. El
rey de este reino oriental se
encontraba al frente de una organización política
multinacional, con lo que aparecen dos
líneas diferentes: en occidente se afirma una dinastía, en
oriente se afianza un reino
electivo.
Entre los ducados, para asegurarse la protección frente a las
invasiones, se gestó la idea
de elegir un rey después de la muerte del último carolingio
oriental, Luis el Niño (+ 911)
y no darle la corona a quien por derecho le correspondía,
Carlos el Simple, rey de
Francia; en efecto fue elegido Conrado de Franconia, pero la
falta de colaboración y los
ataques magiares hicieron fracasar este proyecto. Ante los
fracasos, el rey elegido
contaba con el apoyo de los obispos con la condición de que
la Iglesia adquiriera algunos
privilegios y se liberara del poder laico; la cuestión era clara:
el poder central era débil, la
subsidiaridad no se aplicaba bien y la Iglesia aprovechó, en
una sociedad que comenzaba
a ser piramidal, la oportunidad que se presentaba.
El imperio carolingio se fraccionó perdiendo la unidad; frente
a esta realidad, un cierto
nacionalismo, la Iglesia mantuvo las diócesis que había
erigido durante el imperio franco
lo cual, pasando el tiempo, creó problemas.
2. La Iglesia y la política francocarolingia26
28
La experiencia de la Iglesia en occidente entre los siglos VIII y
IX se enmarca al
interior de las relaciones políticas en las cuales la nota más
representativa es el giro
pontificio hacia occidente, después del pontificado de los
últimos Papas orientales. Este
cambio y las relaciones políticas que se dieron
posteriormente marcaron la historia, no
sólo de la Iglesia, sino también de diferentes campos políticos
de Europa durante el
medioevo.
2.1 Iglesia y reino franco
2.1.1 El influjo insular
Este influjo abarca dos esferas insulares un tanto diferentes:
por un lado la de los
irlandeses, y por otro la de los anglosajones. En ambas
esferas la presencia de los
monjes, quienes se entendían como varones de Dios, fue vital
para comprender el
proceso evangelizador.
Los irlandeses
El punto de partida es la obra Vida de san Columbano,
porque este santo es el más
notable de los misioneros irlandeses y su vida es típica para
la actividad monástica y
misionera de los irlandeses en el reino franco al conjugar la
peregrinatio (ascética y
misión) y la experiencia de ser vir Dei (santidad) en su vida.
Columbano inició su vida
monacal en Banghor, donde forjó su ideal monástico que más
tarde puso en práctica
cuando con autorización de su abad se embarcó con doce
compañeros, primero para
Inglaterra y después para Las Galias donde encontró una
Iglesia que juzgó negativamente
porque veía que la virtud de la religión estaba olvidada y sólo
permanecía la fe cristiana.
El sistema adoptado por Columbano era anunciar la palabra
evangélica en forma
agradable con elegante exposición. Esto quiere decir que en
la vida monástica,
peregrinación y actividad misionera van juntas, enfatizando
que lo más importante no era
la misión sino la peregrinación.
La Iglesia merovingia, a la que llegó Columbano, dependía de
príncipes que con
frecuencia combatían entre ellos; los reinos más importantes
eran Neustria, Austrasia y
Borgoña; tres reinos que tenían la idea de ser uno solo que
podía ser dividido
temporalmente. Cuando Columbano llegó, Austrasia y
Borgoña estaban unidos y con la
ayuda de la casa real fundó los monasterios de Annegray,
Luxeuil y Fontaine que se
encuentran en Borgoña; estos tres monasterios fueron
fundados sobre ruinas romanas
usadas para hacer cultos no cristianos y expresaban el auge
de la vida monacal irlandesa
en esta región. Cuando Columbano se negó a darle la
bendición a los hijos ilegítimos del
rey Teodorico II fue expulsado del reino burgundo y,
escoltado por militares, fue
embarcado con sus compañeros con destino a Irlanda, pero
una tempestad los desorientó
y volvieron a las costas francesas; ante la imposibilidad de
regresar al reino del cual
fueron expulsados, se dirigieron más al oriente hasta llegar al
lago Constanza donde le
predicó al pueblo pero encontró resistencia entre la población
que le rendía culto al dios
Vodano. Debido a esta resistencia pasó a Italia, atravesando
Suiza, allí se quedó el monje
29
Galles, quien más tarde se convirtió en el patrón de un
monasterio que lleva su nombre.
En Italia, Columbano fundó el monasterio de Bobbio.
En el reino franco, Columbano influyó por medio del
monacato de tal forma que a
finales del siglo VII existían cerca de 350 monasterios que
tuvieron como centro a
Luxeuil. Jonás de Bobbio sostiene que quienes abrazaban la
vida monástica casi siempre
provenían de familias nobles; esto demuestra que la clase
dirigente no sólo había
abrazado el cristianismo sino que buscaba en él una nueva
identidad por medio del ideal
religioso; por esto no es raro que el modelo de santidad fuera
el noble santo que,
proveniente de una familia aristocrática, unía ascesis
monástica con actividad política y
vida eclesiástica; esto motivaba a las familias aristocráticas a
tener entre sus hijos un
santo.
Aquí inicia el monacato en la Iglesia franca como
consecuencia del influjo de
Columbano y los monjes irlandeses que duró hasta el siglo
XII. Los estudiosos hablan de
tres tradiciones monásticas que influyeron en la Iglesia franca
y por medio de ella en la
vida religiosa posterior. La primera es el monacato del valle
del Ródano que procedía del
monasterio de Lérins, donde se fomentaba la vida cenobítica;
la segunda es el monacato
de Martín de Tours que enfatizaba el aspecto eremítico; la
tercera, es el monacato
irlandés con sus características que le permitían asentarse en
centros donde no había
tradición ni cristiana ni monacal. Así como el monasterio de
Lérins se convirtió en
semillero de obispos, otro tanto se puede decir del monasterio
de Luxeuil, con la
diferencia que si aquellos provenían de la aristocracia
romana, éstos provenían de la
aristocracia franca y sus círculos cercanos.
En este monacato los monasterios basilicales sirven para
entender la formación clerical
y religiosa en la Iglesia Latina; estos monasterios se
encontraban dispersos y estaban
vinculados a un lugar de culto de un mártir o algún santo,
alrededor del cual se
establecían los monjes, quienes atendían el santuario; si para
los monjes del desierto la
soledad era la vocación, para estos monjes la vocación era la
oración junto al santuario.
El servicio al santuario implicaba la liturgia y el cuidado
pastoral de los fieles, residentes y
peregrinos, por lo que estos monasterios contribuyeron a
formar la vida religiosa en la
Iglesia occidental. Mientras que en oriente el monacato queda
casi siempre al margen de
la vida oficial de la Iglesia, en occidente la integración de los
monjes a la vida pastoral es
notable, hasta el punto de que en los siglos VIII y IX estos
monasterios eran los más
visitados en Roma27.
En algunos de los monasterios basilicales se vivía la laus
perennis, el oficio divino sin
interrupción; algunos ejemplos son: San Galles, Saint-Dennis
y Centula donde la laus
perennis fue impuesta en tiempos de Carlomagno. El sistema
de la oración sin
interrupción era posible gracias a la cantidad de monjes
existentes en cada monasterio: los
monjes eran divididos en tres grupos que comenzaban en
forma rotativa a celebrar el
oficio de tal manera que día y noche se hacía oración. Este
tipo de oración fue un
fenómeno restringido a pocos monasterios del reino franco y
sólo por un breve período
de tiempo porque desapareció hacia el siglo IX.
30
Finalmente, el monacato, tanto en oriente como en occidente,
en la alta Edad Media
(450-950) fue el modelo para la reconstrucción civil y religiosa
de la sociedad; su múltiple
actividad: oración, trabajo, estudio, actividad misionera y
pastoral, contribuyó en las
transformaciones sociales de la segunda mitad del primer
milenio cristiano. A la luz de
esta situación se entiende mejor la caballería como una
mezcla singular de espíritu feudal,
cristianismo y espiritualidad monástica.
Los anglosajones28
En el reino merovingio el palacio real era el centro
administrativo y el funcionario
encargado de la administración era el mayordomo o maestro
de palacio; cuando el rey
perdía autoridad, éste se convertía en la máxima autoridad
del reino y aprovechándose de
la debilidad personal del monarca, llegaba a ser el patrón del
reino. Esta situación
condujo, hacia el siglo VII, a la división del reino merovingio
en reinos particulares con
sus respectivos mayordomos: Neustria, Austrasia y Borgoña.
Austrasia estaba hacia el
este del reino merovingio y comprendía las regiones de Reno
y Mosela y tuvo por
capitales a Rietz y Metz; en este reino tomó fuerza la estirpe
de los carolingios,
descendientes de los pipinídidas, con reyes como Pipino el
Medio (+ 714), Carlos Martel
(+ 741) y Pipino el Breve (+768); estos tres personajes
volvieron a unir el reino franco y
lo renovaron.
En la lucha por el poder la religión fue un factor decisivo, de
manera especial en las
fronteras donde existían zonas que debían ser conquistadas
porque aún no pertenecían al
reino como frisones y sajones, quienes defendían su religión
e independencia. Los
duques bávaros promovían el cristianismo para asegurar el
poder; otro tanto hacían los
mayordomos francos. En este juego de intereses, de
reordenación del reino franco, se
constató un cambio de tipo de cristianismo con lo cual el
movimiento de Columbano
pasó a la historia dando paso a la presencia de cristianos
anglosajones; por ello, si para
los merovingios los extranjeros eran los irlandeses, para los
carolingios, eran los
anglosajones.
En la evangelización anglosajona de la Iglesia franca se debe
tener presente que la
Iglesia anglosajona, cuyos misioneros también vivían la
peregrinatio, tenía sello romano
como ninguna otra y por ello su misión y actividad
reformadora difundía las huellas de la
Iglesia romana en el reino franco; además, la suerte
anglosajona en la región francesa
estuvo ligada a la estirpe carolingia. Uno de los primeros
misioneros fue el sacerdote
Egbert, quien inició su predicación hacia el 691 con una idea
muy clara: llevar la fe
cristiana a los pueblos continentales que están emparentados
con los anglosajones; no
pudo realizar su proyecto pero transmitió su ideal a
Willibrordo, quien había sido
educado en el monasterio de Ripon cerca a York.
Willibrordo reunió doce compañeros y llegó a la corte de
Pipino el Medio, mayordomo
franco en Frisia; con esta determinación Willibrordo tomó una
decisión de grandes
consecuencias: se alió con el conquistador franco29. Para
ponerle contrapeso a esta
situación, Willibrordo buscó ayuda y autorización del Papa
para su trabajo y hacia el 695
31
viajó a Roma por órdenes de Pipino, donde obtuvo de Sergio
I (687-701) la consagración
episcopal y fue nombrado arzobispo, siendo ésta la primera
vez que este título se usó en
el continente.
Willibrordo regresó a Frisia para establecer una provincia
eclesiástica pero no pudo
porque los carolingios no quisieron, ya que una organización
independiente era peligrosa
en una zona apenas reconquistada. A pesar de ello, continuó
su trabajo y fundó un
monasterio, Echternach, en Luxemburgo hacia el 697; este
monasterio pasó a poder de
Pipino (706) con lo cual se da a entender que para el derecho
germano incluso las
propiedades eclesiásticas están sujetas a la tutela del señor
que es propietario del terreno
donde están construidas. A la muerte de Pipino el Medio (+
714) se desató una rebelión
en Frisia, región donde evangelizaban Willibrordo y sus
compañeros; por aquello de la
unidad de fe y política, los misioneros fueron expulsados y
regresaron cuando Martel
reconquistó la región.
A este punto del discurso conviene hacer una comparación
entre los monjes
anglosajones y los irlandeses. La misión de los irlandeses es
casual y busca la conversión
de los individuos, la de los anglosajones es sistemática y
buscan la conversión de los
pueblos; mientras los irlandeses comemzaban desde abajo,
los anglosajones lo hacían
desde arriba.
Otro anglosajón que evangelizó en el reino franco fue
Bonifacio30, Winfrid o Winfrido.
Nació hacia el 675, hijo de un feudatario de Wessex, oblato
desde los siete años en el
monasterio de Nursling, a los 30 fue ordenado sacerdote y
nombrado director de la
escuela del monasterio; escribió obras de gramática y métrica
en un latín bastante
elevado y artificial, propio de la tradición anglosajona; hacia el
716 tomó la decisión de
hacer la peregrinatio, viajó al continente pero tuvo que
regresar porque el ambiente
político era difícil; fue elegido abad del monasterio pero no
aceptó y apoyado por el
obispo Daniel de Winchester viajó nuevamente al continente;
en el 718 se despidió de su
comunidad y partió para Roma donde pidió la bendición de
Gregorio II (715-731), quien
lo animó en su actividad misionera a pesar de la presión
bizantina que tenía Roma y la
preocupación por Italia que tenía el pontífice. En mayo de 719
recibió de Gregorio II el
nombre de Bonifacio y la autorización de predicar el evangelio
en las regiones germanas,
por ello fue calificado como ministro del Papa en la
evangelización germana y estaba
obligado a observar el rito romano; con esto se inicia la
romanización de la liturgia franca.
Salió de Roma, pasó por Lombardía, Baviera y Turingia para
llegar a Frisia cuando ya
había muerto el rey Radford, quien había expulsado a los
misioneros anglosajones
dirigidos por Willibrordo.
Se presentó la conjunción de tres personajes: Carlos Martel
mayordomo del reino
franco, Willibrordo misionero anglosajón y Bonifacio quien
había llegado de Roma con
autorización para evangelizar; las fuentes dan a entender que
la relación existente entre
Willibrordo y Bonifacio no va más allá del respeto, incluso
Bonifacio declinó el
ofrecimiento que Willibrordo le hizo para sucederlo en la sede
episcopal por razones de
edad, ya que aún no había cumplido los 50 años; este
rechazo significó la separación
32
entre Willibrordo y Bonifacio toda vez que éste se fue a la
región de Hesse, una zona del
reino franco, donde fundó el monasterio de Amöneburg (722)
que se convirtió en centro
misionero.
En el 722, Bonifacio fue consagrado obispo por Gregorio II;
en esta consagración se
presentó el juramento de fidelidad al Papa, con lo que era
reconocido como el
metropolitano competente; es un hecho inaudito porque este
juramento de fidelidad sólo
lo hacían los obispos de Italia. Después del juramento, el
Papa le dio algunas cartas de
recomendación, una de ellas estaba dirigida a Carlos Martel,
donde habla de Bonifacio
como evangelizador de los germanos y los pueblos que
habitan la zona oriental del Rin.
Luego de recibir esta carta, Martel le dio una carta de
protección a Bonifacio, en la cual
no menciona al Papa. Contando con dos protecciones,
Bonifacio comenzó un proceso de
evangelización que lo llevó a tumbar la encina de Donar,
símbolo de la religión germana
que se encontraba en Geismar, con cuya madera construyó
el primer templo de Fritzlar.
Entre 724 y 725 Bonifacio extendió la misión a Turingia,
donde las condiciones eran
diferentes porque ya había una tradición cristiana desde
tiempo del rey ostrogodo
Teodorico, quien había casado a su sobrina con el rey de
Turingia de aquel entonces; con
esta mujer entró el cristianismo en Turingia, de tal manera
que cuando Bonifacio llegó ya
había cristianos y clérigos que no vivían de acuerdo a las
normas cristianas, como el caso
de los obispos Milo de Tréveris y Liege de Maguncia, que
habían heredado la diócesis y
el episcopado de sus padres.
En el 731 fue nombrado Gregorio III (731–741), quien al año
siguiente le envió a
Bonifacio el palio arzobispal, con lo cual podría consagrar
obispos y crear diócesis, pero
no pudo porque Carlos Martel31 no estaba de acuerdo; con la
actitud de Martel, las cosas
cambiaron y la oposición del episcopado y la aristocracia del
reino franco no se hizo
esperar porque existía un choque de intereses, ya que
mientras Bonifacio quería obispos
que observaran el derecho canónico, los francos deseaban
enriquecerse con los bienes de
la Iglesia. Se puede decir que con el nombramiento
arzobispal de Bonifacio se dio una
tensión entre los anglosajones y los francos que se mantuvo
hasta su muerte.
Hacia el 737 se presentó la tercera visita de Bonifacio a
Roma donde recibió el
nombramiento como delegado Papal para Germania, con
esto se le abrió un nuevo
campo de acción en Baviera gracias al duque Odilón de
Baviera, a quien el Papa le envió
una carta recomendándolo. Una Iglesia regional,
independiente del poder franco y
sometida a Roma, era importante en aquellos momentos
históricos en los cuales el reino
franco quería convertirse en imperio; pero Bonifacio no
alcanzó a terminar la reforma de
la Iglesia en Baviera, que se extendió del 741 al 754.
El 741 fue fatídico para el proceso evangelizador de Bonifacio
entre francos y
germanos porque en Constantinopla subió al trono
Constantino V, en Roma fue
nombrado Zacarías y en el reino franco, a la muerte de
Martel, asumieron sus hijos
Carlomán y Pipino el Breve32. Frente a este panorama
Bonifacio le escribió una carta al
Papa mencionando las reformas habidas en Germania y la
situación de la Iglesia en el
reino franco donde varias sedes episcopales habían sido
confiadas a laicos que deseaban
33
tener propiedades o a clérigos adúlteros y usureros, dados a
los placeres mundanos. La
reforma se inició, tanto en Austrasia donde era mayordomo
Carlomán como en Neustria
donde el mayordomo era Pipino, con el llamado Concilium
Germaniae (742), culmen de
la reforma de Bonifacio. Se tomaron algunas
determinaciones: restablecimiento de la
constitución eclesiástica contra el derecho de las Iglesias
privadas, exclusión de los
clérigos que no viven canónicamente, colaboración de
obispos y autoridades contra las
tendencias y prácticas no cristianas, observancia de la regla
benedictina y legislación
matrimonial que prohibía nuevas nupcias durante la vida de la
compañera legítima. Las
determinaciones fueron promulgadas en forma de
Capitulares33, que se convirtieron en
signo de la colaboración entre la Iglesia y el reino franco.
Hacia el 744 se realizaron dos
sínodos: Les Estinnes en Hennegan para Austrasia y
Soissons para la región de
Neustria34.
Después del Concilium Germaniae vino una lenta declinación
que se puede
esquematizar en tres núcleos. El primero era el tema del
bautismo porque existía
disparidad de ritos ya que mientras para los galos sólo existía
una unción postbautismal
que la hacía el que administraba el sacramento, para los
romanos existían dos unciones
postbautismales, una de las cuales era hecha por el obispo;
en este orden de ideas,
Bonifacio contribuyó a la separación de los sacramentos de
iniciación en occidente. El
segundo núcleo fue la abdicación de Carlomán y su ingreso al
monasterio de
Montecasino (747) con lo cual Pipino quedó como único
regente del reino franco y
comenzó a legislar sobre cuestiones eclesiásticas sin
consultar con Bonifacio, a quien veía
como un incómodo obispo anglosajón, porque ya había
optado por Crodegango de Metz
y Fulrado de Saint-Dennis. El tercero fue la fundación del
monasterio de Fulda a partir
del 12 de marzo de 744; este monasterio, ubicado en una
región selvática, fue exento de
toda jurisdicción episcopal para garantizar su seguridad; de
este monasterio salió a
evangelizar a los frisones, pero durante su viaje fue
asesinado en Dukkum, Holanda, el 5
de junio de 754.
Cuatro puntos son importantes en la reforma de Bonifacio: la
nueva orientación eclesial
frente a Roma; la organización metropolitana de la Iglesia
franca donde fue introducida la
liturgia romana; la reforma del clero diocesano teniendo
presente el modelo monástico,
enfatizando su importancia como testimonio de vida
consagrada en castidad; la
cristianización del pueblo, en particular de los campesinos,
con lo cual se llegó a un
nuevo concepto de sociedad donde la pastoral tenía un
marcado acento cultural. Al
interior de la reforma hay que ubicar el tema del matrimonio y
los diezmos; éstos pueden
ser vistos como un creciente influjo del Antiguo Testamento o
como una recompensa (no
se habla de pago) por la administración de los sacramentos y
los servicios litúrgicos.
Después de la muerte de Bonifacio, su herencia espiritual fue
dividida: la abadía de
Fulda pasó a manos de Sturmio quien defendió la
independencia de Fulda frente a Lul,
discípulo de Bonifacio y obispo de Maguncia, y Metz pasó a
manos de Crodegango, un
noble franco que había servido en la cancillería de Carlos
Martel. Crodegango asumió
para el reino franco las funciones que desempeñaba
Bonifacio; su vida fue ejemplar por
34
su caridad con los pobres, la construcción de templos, la vida
ascética y monástica
porque escribió una regula canonicorum introduciendo de
modo ordenado y sistemático
la vida canónica para los clérigos, y la fundación de
monasterios, uno de ellos, el de
Gorze, sobresalió en el siglo X. La regla de Crodegango
influyó en la legislación de
Ludovico Pío de 817 y se convirtió en una alternativa a la
regla de san Benito. Convocó
varios sínodos; en el de Digny (762) impuso unas tareas
concretas para los 27 asistentes:
todos se obligaban por un contrato escrito a asistir a los
miembros de la unión, después
de la muerte de cada uno de los presentes, con un número
determinado de oraciones,
celebrando cien misas por cada obispo o abad y 30 por cada
clérigo, en su defecto se
debía hacer igual número de salterios. Esta tarea se convirtió
en una tradición.
2.1.2 Primer giro pontificio hacia Francia35
Los últimos pontífices orientales
El último Papa que hizo un viaje a Constantinopla, antes de
Pablo VI, fue Constantino
I (708-715) quien bajo el gobierno de Justiniano II viajó
buscando una solución al
problema del Trullano (692)36. Desde Sergio I (687-701)
todos los Papas rechazaron las
decisiones de ese concilio; Justiniano II buscaba un coloquio
personal con el Papa para
llegar a un compromiso, que fue premiado por el emperador
con un privilegio para el
primado romano. A pesar de las tensiones, se presentó,
desde el concilio III de
Constantinopla (680-681), la afluencia de clérigos y monjes
orientales hacia Roma debido
a las discusiones y controversias cristológicas en el reino
bizantino y la conquista del
medio oriente por los musulmanes. En este contexto es fácil
entender que los Papas a
partir de finales del siglo VII fueran sicilianos, griegos y sirios
y por ello algunos Papas de
este período ayudaron al renacimiento del cristianismo
occidental, entre ellos: Gregorio
II, Gregorio III, Zacarías y Esteban II, quienes pusieron la
base para el restablecimiento
imperial llevado a cabo por León III; también se puede citar
León IV (847-855) quien
organizó la defensa contra los sarracenos37.
Gregorio II (715-731) como diácono había acompañado a
Constantino en su viaje a
Constantinopla; sus relaciones con el emperador León III el
Isáurico (717-741) fueron
tensas porque el emperador quiso gravar a Roma con una
nueva tasa pero el Papa se
empeñó en defender los bienes de la Iglesia; por esta razón,
el emperador atentó contra
su vida por medio de los oficiales que estaban en Roma y la
colaboración de Ravena. Las
tensiones crecieron cuando León III hizo del iconoclasmo su
programa político y
religioso que condujo a la desobediencia italiana al exarca de
Ravena y un ambiente de
reforma que deseaba sustituir al opresor. Gregorio, al ver el
tenso ambiente, cedió con la
esperanza de que el emperador cambiara; en esos momentos
el último exarca bizantino
de Ravena, Luitprando, se unió a los lombardos para asediar
a Roma, pero el Papa le
hizo cambiar de política y le pidió ayuda contra León III, a
quien veía como un
usurpador que venía de oriente. No obstante lo anterior, este
Papa nunca quiso separarse
del imperio bizantino.
Gregorio III (731-741), sirio, buscó resolver el problema
bizantino por canales
35
diplomáticos pero sin resultados ya que el delegado fracasó
en varias oportunidades.
Convocó un sínodo en Roma (731) donde el iconoclasmo fue
condenado; las decisiones
sinodales no fueron aceptadas por Constantinopla y en
represalia el emperador golpeó los
bienes de la Iglesia en Sicilia e Italia meridional que fueron
gravados con tasas que
terminaban confiscándolos; con esto la jurisdicción papal se
redujo al centro de Italia y el
Papa rara vez entraría en relación directa con la Iglesia
oriental. La situación se hizo
insostenible cuando el rey lombardo Luitprando conquistó el
ducado romano para
anexarlo a su reino (739). Frente a esta situación buscó
apoyo en Carlos Martel, con lo
cual se inició una tradición que marcó la historia de la Iglesia
porque los francos veían en
el Papa al vicario de Pedro; Martel dio una respuesta negativa
a su petición porque no
quería mezclarse en los asuntos de Italia donde era rey su
amigo Luitprando. En medio
de esta desesperada situación murió Gregorio.
Zacarías (741-752) último pontífice de origen griego, supo
llevar una hábil política con
los lombardos y los bizantinos. Con Luitprando, rey de los
lombardos, obtuvo que Roma
no fuera atacada durante 20 años, pero tuvo algunas
dificultades cuando este rey quiso
atacar Ravena; con esta actitud, que muestra la lealtad con
Bizancio, obtuvo que las
tensiones disminuyeran por lo cual se puede inferir que el
Papa aún esperaba algo de
oriente ya que su política no tenía futuro; por esto es fácil
entender su poco interés por la
Iglesia franca y el arzobispo Bonifacio. No obstante lo
anterior, Zacarías, que deseaba
mantener a toda costa el orden heredado al ignorar el cambio
de los tiempos, inició la
alianza con los francos.
Comienzo de la alianza
A la muerte de Carlos Martel (741), sus hijos Carlomán y
Pipino se dividieron el poder;
Carlomán se retiró en el 747 a un monasterio dejando a
Pipino38 como único
mayordomo. Pipino le había formulado al Papa, en el 746, sin
contar con Bonifacio,
algunas preguntas sobre el rango de los metropolitanos, los
derechos episcopales, el
celibato sacerdotal, la validez de los votos monásticos,
algunos detalles sobre la
penitencia, cuestiones matrimoniales y el mayorazgo; el Papa
respondió a cada una de las
inquietudes y en una de esas respuestas aparece el título de
rey en lugar de mayordomo
para Pipino. Esta respuesta, que no era más que una
decretal, se convirtió en un asunto
político porque el rey tendría sacralidad de sangre, ya no por
pertenecer a la estirpe de
los merovingios, sino por voluntad de Dios expresada por el
Papa y realizada a través de
la unción, que marcó el carácter sagrado del monarca39.
Todo parece indicar que cuando
fue ungido por un obispo aparece con el nombre de Hilderico,
después de haberse hecho
elegir como rey por la nobleza franca; era el 750.
Entre el 753 y el 754 Esteban II (752-757)40 viajó al reino
franco ya que Roma estaba
amenazada por Astolfo, rey lombardo. Esteban había pedido
ayuda al emperador de
Bizancio quien, por estar ocupado en el sínodo de Hiereia
(754), le envió una delegación
al rey lombardo pidiéndole la restitución del territorio ocupado,
sin ningún resultado
positivo. Después del fracaso diplomático, llegó a Roma una
delegación bizantina
36
sugiriéndole al Papa que tratara con Astolfo; casi al mismo
tiempo llegaron dos altos
oficiales francos, uno de ellos el obispo Crodegango de Metz,
con la misión de
acompañar al Papa al reino franco, saliendo de Roma el 14
de octubre de 753; en Pavía
fracasaron las negociaciones con Astolfo y Esteban siguió su
camino hacia el reino
franco. Allí fue recibido en la Epifanía de 754, con todos los
honores por Pipino, quien
siguió el ceremonial bizantino: postración en tierra, servicio de
palafrenero y apoyo para
descender del caballo. Al día siguiente el Papa se presentó
ante el rey para pedirle
protección y se postró ante él.
La situación para Pipino no era fácil porque los francos se
sentían ligados a los
lombardos y su hermano Carlomán viajó, por petición del rey
lombardo, para pedirle que
no aceptara la petición pontificia. Pipino retuvo a Carlomán en
un monasterio franco y al
poco tiempo murió, dándose un cambio favorable al Papa en
la pascua de 754 en
Quierzy (Carisiacum), a través de la promesa carisiaca,
primer paso hacia la formación
del estado pontificio, hecho que debe ubicarse en el marco de
las concesiones feudales.
En agradecimiento, Esteban coronó y ungió como rey a
Pipino el 14 de julio de 754 en la
basílica Saint-Dennis; esta era la segunda unción porque ya
en el 751 había sido ungido
por un obispo41. En esta segunda coronación existen varios
motivos importantes para la
historia: la dignidad de quien coronaba, el mandato del Papa
bajo pena de excomunión, la
posible ruptura con Bizancio, ya que Esteban II le concedió a
Pipino el título de patricio
romano que implicaba protección y garantía para los
carolingios. Pipino tomó en serio su
promesa y entre el 754 y el 756 atacó a los lombardos,
quienes prometieron ceder
algunos terrenos, pero no los desocuparon.
En la promesa carisiaca se encuentra el inicio de los estados
pontificios porque Pipino
conquistó algunos territorios que pertenecieron a los
bizantinos y estaban en manos de
los lombardos; éstos, aprovechando la ocasión, enviaron una
delegación pidiendo la
restitución de esos territorios, pero Pipino declaró que había
hecho la campaña por amor
a san Pedro, a quien le pertenecería lo conquistado. Esto
indica que el inicio de los
estados pontificios se puede datar en el 756. Andando el
tiempo los estados pontificios
abarcaban casi toda Italia, pero en estos momentos le fueron
entregados a la Santa Sede
los territorios del norte y parte del centro; esto da a entender
que los francos no sólo
dieron protección sino que le concedieron al Papa, por
devoción a san Pedro, algunos
territorios. En el contexto de esta donación se ubica el
monumento a santa Petronila, la
hija de san Pedro, que Pipino y los carolingios hicieron
construir para trasladar sus
reliquias y celebrar allí la misa; este monumento, erigido por
Pablo I (757-767), estuvo
en lo que hoy es la sacristía de la basílica vaticana.
Sobre el origen de los estados pontificios, territorios para
proteger el ducado romano
que había sido concedido tácitamente por los emperadores
bizantinos, no se debe hablar
del concepto de jurisdicción, sino de territorialidad y dominio,
es decir, no era una
cuestión eclesiástica, sino de soberanía territorial; por ello en
aquel entonces no se
hablaba de estados pontificios sino de patrimonio de Pedro.
Con honestidad histórica se
dice que los Papas se preocupaban por el patrimonio de
Pedro a raíz de la pérdida del sur
de Italia, porque buscaban una fuente de ingresos para
alimentar a los romanos, que
37
producían poco pero consumían y gastaban mucho; además
de esos gastos, existían otros
como las lámparas de aceite que estaban encendidas día y
noche. Los estados pontificios
y la presencia real como garante del orden público se insertan
en una dinámica de
concesiones mutuas para superar el vacío del poder imperial
occidental (legalidad
sustancial) justificada por la autoridad moral que tenía el
pontífice (autoridad formal)42.
Para comprender mejor la promesa carisiaca se debe
conocer la leyenda de la
donación constantiniana o Constitutum Constantini43 que
data del siglo VIII y fue
difundido en occidente en la colección canónica del
Pseudoisidoro; se trata de un
supuesto documento que dejó el emperador Constantino en
el 330 cuando trasladó la
capital del imperio a Constantinopla. Está dividido en dos
partes: la confesión y la
donación; en ésta son enumerados los derechos que el
emperador le transfiere al Papa.
Debido a una incurable lepra Constantino buscaba los medios
para curarse, pero no lo
conseguía; tuvo un sueño en el cual se le aparecían los
apóstoles Pedro y Pablo, que lo
enviaron al papa Silvestre, quien lo sanaría a través del agua
de una piscina. Constantino
quedó sano y en agradecimiento tomó unas determinaciones:
el Papa tendría
preeminencia sobre las otras sedes patriarcales (el primado);
debería trasladarse al palacio
imperial, Letrán, que de ahí en adelante sería su casa; debía
tener la diadema, la corona,
en oro y gemas preciosas en honor a san Pedro y en caso de
no usarla debía utilizar
sobre la tonsura un solideo blanco significando la
resurrección del Señor; junto a estas
determinaciones aparece el hecho de dejarle al Papa y sus
sucesores las provincias,
lugares y ciudades de Roma e Italia. Durante el medioevo
este supuesto documento fue
tenido como auténtico y no era usado para fines religiosos
sino políticos y territoriales.
2.2 La Iglesia y Carlomagno
2.2.1 El pontificado
Carlomagno había subido al trono en el 768; la situación
política de Roma era agitada y
los Papas vivían en peligro. Después de la muerte de Pablo I
(757-767), hermano de
Esteban II, una familia romana se apoderó de la sede y
nombró a Constantino II (767768), quien buscó la ayuda de los carolingios sin encontrarla;
en esos momentos hubo
una rebelión en Roma liderada por los lombardos y llegó al
pontificado Felipe (767),
quien al poco tiempo fue enviado de nuevo a su monasterio;
con esto se llegó a la
elección de Esteban III44 (768-772) con quien comenzó el
primer siglo franco del papado
que llegó hasta Adriano II (867-872).
Esteban III llegó al pontificado en circunstancias confusas,
debido a las rivalidades
existentes en Roma. Apenas elegido, renovó el pacto de
amistad con los carolingios y
pidió una delegación franca para el sínodo romano de 769
con más de 50 obispos, de los
cuales 13 eran francos. Este sínodo, además de condenar a
Constantino II, antipapa
(767-768), dio disposiciones sobre la elección pontificia
vetando el nombramiento de un
laico y la participación activa de los laicos en el
nombramiento45. También se habló de la
controversia de las imágenes y los iconoclastas fueron
condenados. Si bien las
38
disposiciones eran claras, las tensiones no desaparecían
porque los francos se estaban
acercando a los lombardos por el matrimonio de Carlos con la
hija del rey Desiderio.
Adriano I
En el 772 asumió el pontificado Adriano I (772-795), quien se
movió con habilidad
entre los poderes que amenazaban su independencia:
bizantinos, francos, lombardos y
romanos; frente a la amenaza de los lombardos buscó refugio
junto a Carlomagno, quien
inició una campaña para dominar las corrientes que
simpatizaban con ellos, asedió Pavía
y se dirigió a Roma para celebrar la pascua. El Papa lo
recibió en las escalas de la basílica
con los honores de un patricio y cuando entraron se cantó el
Benedictus qui venit in
nomine Domine y renovaron el pacto de amistad; en esta
ocasión el Papa hizo cantar la
laus regiae, una alabanza franca, por primera vez en San
Juan de Letrán46. En esta
ceremonia Carlomagno renovó la promesa de Quierzy y el
Papa lo trató como rey de los
francos sin tener en cuenta al mundo bizantino; fue un acto
diplomático de Adriano para
mantener la independencia.
Después de esta ceremonia, Carlomagno conquistó Pavía,
exilió a Desiderio y se
proclamó rex longobardorum. Con esto terminó la dominación
lombarda que duró cerca
de 200 años y el reino lombardo comenzó a ser parte del
reino franco. Esto significó para
el Papa que en lugar de tener un potente aliado lejano ya
tenía un vecino poderoso con
quien no se podía estar en igualdad de condiciones.
Carlomagno tenía poder para darle una nueva configuración
política a Italia,
estableciendo los territorios que serían entregados a san
Pedro. No se sabe cuál era la
disposición de Carlomagno, lo que sí se sabe era que Adriano
I quería que Carlomagno
fuera fiel a la promesa carisiaca y la donación de Constantino;
hubo un tiempo de
espera en el cual el Papa le escribió una carta a Carlomagno,
recordándole la donación de
Constantino y la forma como había enriquecido a la Iglesia de
Dios, del apóstol Pedro,
de Roma, con lo cual la Iglesia de Dios era la de Roma en el
sentido más estrecho de la
palabra47. El Papa estaba pidiendo las regiones de Toscana,
Spoleto, Benevento, Sabina
y Córcega; Carlomagno, después de algunos años, concedió
parte de esos territorios.
En el 781 se realizó la segunda visita de Carlomagno a Roma
y se volvió a hablar de la
restitución de los bienes para darle solución al problema; se
confirmó el pacto de amistad
y el Papa escribió una carta de agradecimiento de forma
prematura porque aún no se
había cristalizado la donación tal como la esperaba ya que las
donaciones hechas no
permitían un estado independiente del reino franco; no en
vano Carlomagno durante su
vida vio el patrimonium Petri como parte del reino franco. Se
puede decir que Adriano
fracasó en su intención de un Estado soberano frente al reino
franco. Paralela a esta
situación estaba la imposibilidad de la autonomía política
pontificia al norte de los Alpes.
Estando Carlomagno por segunda vez en Roma llegó una
embajada bizantina pidiendo
la mano de una de sus hijas, Rotruda, para Constantino VI;
los tratados concluyeron
pronto, se llegó al compromiso pero el matrimonio no se
realizó porque el interés
bizantino no era el matrimonio sino la recuperación del
terreno perdido. En este
39
momento surgió una actitud muy particular por parte de
Adriano I, quien comenzó a
datar los documentos con el año del pontificado para
subrayar su independencia frente al
emperador bizantino. En el contexto de esta embajada
bizantina se trató, al margen de las
cuestiones políticas, el tema de las imágenes; la emperatriz y
su hijo le enviaron al Papa
una carta pidiéndole que participara en un sínodo para
eliminar lo tratado en Hiereia
(754); éste respondió con entusiasmo y envió dos
delegados48, quienes lo representaron
en el II concilio de Nicea, que fue favorable para el Papa por
el restablecimiento del culto
a las imágenes.
En Nicea II (787) no se aceptó la propuesta pontificia sobre la
restitución del
patrimonio petrino en Italia meridional y Sicilia, por lo cual los
derechos patriarcales de
Iliria y parte de Grecia siguieron bajo jurisdicción de
Constantinopla. También fue
doloroso para el Papa el hecho que Carlomagno no fuera
invitado al concilio ya que
Bizancio convocó, al lado de los patriarcas orientales,
únicamente al obispo de Roma
como patriarca occidental; con esto Carlomagno fue
despreciado porque se estaba
obrando como si él no existiera. Las primeras consecuencias
de este hecho se
manifestaron en el campo político porque, aprovechando la
actitud de Irene, se disolvió
el compromiso de la hija de Carlomagno con el hijo de la
emperatriz y aparecieron las
hostilidades contra las posesiones bizantinas del sur de Italia.
En el campo eclesiástico se presentó la negativa de
Carlomagno frente a las decisiones
del concilio con el deseo de demostrar la supremacía franca
en occidente; con esta
reacción aumentó la dependencia papal del rey franco. A
pesar de la imposición a la cual
se vio sometido para que rechazara el concilio, el pontífice se
mostró valiente, no se
adhirió a la condena que proponía el rey franco, defendiendo
y justificando el concilio
con calma pero decisivamente. Carlomagno tuvo en cuenta la
actitud del Papa y convocó
un sínodo en Francfort para el 794, que constituyó una
humillación para Adriano I, quien
se puso contento cuando en el sínodo fue condenado el
adopcionismo, que él ya había
condenado. Al poco tiempo murió Adriano, en la navidad del
79549.
Hacia el 787 llegó una embajada del duque Tásilo, quien
deseaba una cierta
independencia frente al reino franco, pidiendo la mediación
papal; Carlomagno se
encontraba en Roma, con lo cual la ocasión sería propicia,
pero el Papa tuvo que ceder a
las intenciones de Carlomagno hasta el punto de amenazar
con la excomunión a Tásilo y
sus seguidores si no eran leales al reino franco. La actitud del
Papa era una especie de
apoyo moral a Carlomagno en su guerra contra Tásilo, quien
se sometió inmediatamente
a las disposiciones pontificias, pero el rey lo confinó, junto con
su familia, a un
monasterio del norte de Francia. De acuerdo a lo dicho, el
Papa dependía de
Carlomagno, debía plegarse en los asuntos económicos y
ponía la situación eclesiástica
de Italia en sus manos; mientras tanto, para Carlomagno Italia
no era más que un lugar
de interés secundario. Esto da a entender un cambio de
mentalidad en Adriano I: de un
deseo de libertad de acción se pasó a una cierta dependencia
para asegurar la autonomía
frente a los intereses de Bizancio.
Sobre los 23 años de pontificado de Adriano se han hecho
diferentes juicios: para unos
40
no fue feliz, para otros fue brillante; lo cierto fue que el
pontificado comenzó a depender
del rey franco de una manera muy particular porque daba a
entender que era una
cuestión de responsabilidad compartida (compaternitas), un
parentesco espiritual y
político entre dos autoridades supremas, lo cual implicaba
oración y ayuda militar. Por
esto, cuando el biógrafo de Carlomagno, Eginardo, escribe
que el rey lloró la muerte de
Adriano como si fuera “la muerte del más querido de sus
amigos o el más amado de sus
hijos”, se debe entender como la muerte de un buen aliado. A
la luz de esto se
comprende mejor la misión de Carlomagno, la cual se
encuadra en tres sectores: la
difusión del cristianismo, la organización interna de las
instituciones eclesiales y la
exaltación del pontificado dándole prestigio e independencia
política50.
León III51
Si Adriano I tuvo sus inconvenientes para mantenerse frente
a Carlomagno, León III
(795-816) también, y por ello se apresuró a enviarle la noticia
de la elección junto con
una promesa de obediencia y fidelidad, las llaves de la tumba
de san Pedro y la bandera
de Roma, reconociendo la supremacía del rey franco sobre
Roma, sobre los estados
pontificios. En el fondo el deseo de independencia de Adriano
murió por el momento,
debido a la oposición de algunos nobles de Roma que no
aceptaban de buen grado a
León III. Carlomagno envió a Angilberto como embajador
exhortando al Papa a vivir una
vida honesta observando los sagrados cánones. Además,
daba a entender que la función
espiritual pontificia quedaba limitada a la oración, mientras
que la guía de la cristiandad
debía quedar en manos del rey; esto no era una ironía sino
un convencimiento personal
de Carlomagno para quien la fuerza de la oración era
imprescindible en las campañas
bélicas contra sajones y musulmanes; es más, Carlomagno
hizo aquellas guerras con la
convicción de tutelar al pueblo cristiano contra sus enemigos.
Esta realidad fue un desafío para León III quien estaba
dispuesto a colaborar; una
prueba de ello es la nueva datación de la cancillería pontificia
que al lado del año del
pontificado ponía el del reinado de Carlomagno.
Pictóricamente existe una prueba de esto
en la basílica de Letrán: allí existen dos cuadros, en el
primero Cristo da las llaves a
Pedro y una bandera a Constantino, en el segundo san Pedro
entrega con la izquierda
una bandera a Carlomagno y con la derecha el palio a León
III; es un monumento de la
coexistencia del poder carolingio y el poder eclesiástico y era
lo máximo que se podía
esperar del Papa en aquel entonces, porque fue León III
quien lo mandó a pintar.
No todo era felicidad porque en ese entonces, hacia el 799, el
Papa era atacado en
Roma. La rebelión se desató durante una procesión, el Papa
fue asaltado y llevado al
monasterio San Erasmo; en la noche logró escapar; el duque
de Spoleto lo ayudó y le
comunicó a Carlomagno lo sucedido; el rey que se
encontraba en campaña militar ni
siquiera se inmutó y para ayudarlo hizo que se presentará en
un campo militar, en
Padeborn (Sajonia), donde fue recibido con todos los
honores; en este hecho surgió el
término Pater Europae para designar a Carlomagno52. En
aquel campo militar las cosas
se complicaron porque además del Papa, llegaron algunos
representantes romanos para
41
acusarlo; por esto las opiniones de los consejeros carolingios
estaban divididas: para
algunos la vida del Papa era impecable, para otros no; frente
a esto, Alcuino citó el
Pseudo-Símaco, un falso del siglo VI, según el cual nadie
podía juzgar la sede apostólica.
El rey supo negociar: condujo al Papa con una escolta a
Roma e inició la instrucción
del proceso escuchando las acusaciones contra él; los jueces
no dieron una sentencia
definitiva sino que hicieron un informe que le entregaron al
rey. En este contexto se gestó
el tercer viaje de Carlomagno a Roma en noviembre del 800;
allí llegó con su séquito y
fue recibido con solemnidad y honores imperiales; se tuvo un
sínodo en la basílica de
San Pedro para dar una solución al problema papal pero
nunca se pronunció una
sentencia contra él. Frente a esto, León III hizo el juramento
de purificación previsto por
el derecho romano el 23 de diciembre del 800, jurando en el
ambón de la basílica de San
Pedro que no había seguido ni ordenado los hechos
criminales y la traición de que lo
acusaban; con este juramento el caso se dio por finalizado53.
Dos días después, Carlomagno fue coronado como
emperador; un acontecimiento de
trascendencia histórica por las consecuencias que se
derivaron54. Analizando las fuentes
se encuentran algunos datos fundamentales: el título y la
aclamación de parte del pueblo
romano indican que se asiste al rito de la coronación imperial;
el nuevo imperio (romano
y cristiano) estaba ligado a Roma; la autoridad se fundaba en
la del Papa, quien había
concedido la corona y la unción. También surgen las
divergencias entre las fuentes,
porque las que son de origen franco, callan lo de la unción y
en su lugar ponen el
homenaje del Papa al nuevo emperador; la fuente romana
pone la unción pero calla el
homenaje. Carlomagno, después de la coronación imperial,
no volvió a Roma, trató de
minimizar lo referente a ella y puso la capital en Aquisgrán.
La coronación imperial de Carlomagno representó un
problema con Constantinopla,
porque hasta cuando los carolingios habían llevado el título
de Patricio de Roma
reconocían formalmente la autoridad del Basileos de
Constantinopla, ya que el Patricio
era un representante del Basileos; por esta razón con la
dignidad imperial, Carlomagno
aparece como un usurpador que deseaba conquistar
Bizancio. Carlomagno soportó el
desprecio bizantino con entereza porque fue una reacción
sarcástica, aunque el trono
bizantino como tal estaba vacío porque allí gobernaba la
emperatriz Irene, quien había
depuesto a su propio hijo; no obstante esto, en el 812 fue
reconocido como tal por los
bizantinos pero para la región de Italia que no pudieron
reconquistar porque para el resto
del imperio siguió siendo un escándalo. Sobre el título
imperial para Carlomagno se debe
tener presente que los francos, en especial Alcuino y los
dignatarios, no querían un
emperador como sucesor de los emperadores romanos, sino
una cosa nueva, algo así
como un imperio de acuerdo al Antiguo Testamento en el que
Carlomagno sería el nuevo
David. Posterior a este hecho surgió la traslatio imperii, una
teoría política que se
desarrolló en el medioevo con raíces de la antigüedad
cristiana: Eusebio, Jerónimo y la
Constitutum Constantini; por ello se puede decir que en el
momento de la coronación lo
importante era la renovación del imperio, de ahí que
Carlomagno pensara en un posible
acuerdo con los bizantinos y no en el traslado del imperio55.
42
Después de la coronación, Carlomagno juzgó al acusador del
Papa, lo condenó a
muerte y, gracias a las súplicas del pontífice, le perdonó la
vida pero lo exilió.
Carlomagno jamás renunció a la supremacía sobre la Iglesia
en su imperio e incluso sobre
la Iglesia de Roma; la relación con Roma no es por el Papa
sino por la importancia de
san Pedro. En el testamento de Carlomagno se reafirma esta
situación porque el Papa es
visto como el primer metropolitano del reino, plenamente
integrado en la Iglesia imperial
franca ya que la única cabeza era Carlomagno y los
sucesores.
2.2.2 El renacimiento carolingio56
Son varios los historiadores que sostienen que entre el 450 y
el 950, la baja Edad
Media, el occidente promovió renacimientos espirituales más
o menos duraderos en los
cuales hubo escritores y promotores culturales de cierto
relieve; un caso concreto es el
renacimiento carolingio, en el cual se puso de moda el uso de
los cuatro sentidos: el literal
que informa sobre los acontecimientos, el alegórico sobre la
fe, el moral sobre lo que se
debe hacer y el anagógico en torno a lo que se debe aspirar.
A propósito de los
renacimientos, se dice que en sus autores se unen los
símbolos paganos con los símbolos
cristianos configurando una síntesis particular en la cual la
historia se convierte en
metahistoria y se traduce en arte.
Vida eclesiástica
En aquel momento se daba la unidad de vida eclesiástica y
estatal; el punto de partida
es la Admonitio generalis del 23 de marzo de 78957. En ese
documento se encuentran
los avisos generales para una renovación eclesiástica en el
reino franco. Este documento
está dirigido a los dignatarios del reino: obispos, abades,
nobles, que estaban bajo la
autoridad de Carlomagno, quien en su oratorio, su capilla,
tenía algunos clérigos que
dependían directamente de él y eran los responsables de los
servicios litúrgicos y la
correspondencia del monarca, es decir, eran los más altos
oficiales de la administración
del reino con competencia universal; esos clérigos, llamados
capellanes, fueron los que
escribieron la Admonitio generalis. El jefe de estos capellanes
era llamado archicapellán,
y como a medida que el reino crecía, el trabajo aumentaba,
algunos clérigos se
especializaron en hacer documentos (diplomas); al frente de
este grupo estaba el
cancellarius, el canciller. Los misi dominici son los oficiales
enviados por Carlomagno
para controlar las cuentas en las diferentes regiones del
imperio, un imperio que estaba
dividido en condados (comitatus); al frente de cada condado
estaba un conde,
funcionario real nombrado por el rey. Los enviados oficiales
eran dos: un laico y un
eclesiástico, éste era por lo general un obispo o un abad.
En este documento Carlomagno se refiere al rey judío Josías
(2 R 22) porque concebía
su reino como el nuevo Israel, donde el rey sería responsable
del bienestar terreno, el
culto divino y la moral de los súbditos; en este contexto se
ubica su preocupación por la
capilla del palacio de Aquisgrán, que en su tiempo ocupaban
el lugar central de la vida
43
pública; debido a esta importancia Carlomagno se preocupó
por la corrección de los
libros litúrgicos, por lo cual la época carolingia fue un rico
período para la liturgia romana
que fue aceptada por el reino franco desplazando la galicana,
debido al conocimiento que
se tuvo de los sacramentarios de Gelasio y Gregorio, y la
creación de un nuevo
sacramentario romano franco, llamado “gelasiano mixto”, que
data del siglo VIII58.
En relación a la renovación litúrgica se puede decir que bajo
Carlomagno se llegó a la
conclusión del proceso de romanización que se dio en tres
momentos: Bonifacio, Pipino
y Carlomagno. Con el deseo de recuperar los textos
auténticos, el rey le pidió a Adriano
un ejemplar del sacramentario gregoriano y éste le envió una
copia hacia el 785 que no
era lo que pedía Carlomagno, sino un libro para las
celebraciones pontificales en las
solemnidades litúrgicas y la cuaresma; como faltaba lo
demás, Carlomagno, a través de
sus liturgistas, lo adaptó a las necesidades de la Iglesia
franca añadiendo un suplemento
en el cual se encontraban las misas y ritos que faltaban,
tomando elementos de los ritos
galicano y visigótico. En torno al autor del suplemento existen
dos posiciones: unos dicen
que fue Alcuino, otros que fue Benito de Aniano (+ 821).
Hasta la reforma de Pablo VI,
parte de los formularios de la misa del rito romano eran casi
los mismos que se habían
desarrollado desde los carolingios; por esta razón cuando los
seguidores de Lefebvre
hablan de la misa tridentina en el fondo están hablando de la
misa carolingia.
La reforma litúrgica es importante porque es el primer intento
de extender la liturgia
romana fuera de Roma ya que los Papas no se preocupaban
por ello, además Roma era
un punto de referencia por ser la sede de Pedro; en este
sentido Roma sería, debido a la
lejanía de Jerusalén, el anticipo de la Jerusalén celestial, un
símbolo, un modelo,
principalmente para germanos y anglosajones. No es extraño
que en la reforma litúrgica
no estuvieran ausentes algunas intenciones políticas como el
deseo de acabar con el
influjo bizantino en el reino franco, que se podía presentar a
través de la liturgia ya que la
antigua liturgia galicana miraba con simpatía al mundo
bizantino de donde había
heredado varios elementos. Tampoco es extraño que la
liturgia asumiera un carácter
utilitario al transformarse en un intercambio entre clérigos y
laicos.
La unidad gobierno e Iglesia es notable en los sínodos, donde
los problemas
eclesiásticos y políticos se mezclan porque sus miembros
eran clérigos y laicos; estos
sínodos eran convocados por el rey, quien le daba a las
decisiones fuerza de ley al
promulgar las determinaciones en forma de capitulares; un
caso típico de esta realidad
bajo Carlomagno son las actas del sínodo de Francfort (794),
el más importante de su
reinado59. Además de los temas doctrinales, el adopcionismo
y el iconoclasmo, también
trató otros problemas como la cuestión del duque Tásilo, el
precio del trigo, la reforma
monetaria, la administración de la justicia, etc. En este sínodo
se determinó que el puesto
de la Iglesia era educar al pueblo, civilizarlo y conducirlo a la
salvación, no en vano la
Admonitio prescribía que los sacerdotes debían preparar bien
el canto romano, celebrar
ordenadamente los oficios diurnos y nocturnos, y predicar
sobre cosas útiles, honestas y
rectas que conducen a la vida eterna explicando bien el
contenido del credo; además se
encuentra un catecismo que enfatiza la hospitalidad.
44
En la Admonitio también se hablaba de la formación
sacerdotal pidiendo que en las
diócesis los obispos debían tener cuidado de sus sacerdotes
para que mantuvieran la
ortodoxia; se solicitaba que los sacerdotes comprendieran las
oraciones de la misa, es
decir, que supieran algo de latín; también se urgía el canto
siguiendo la cadencia de los
versos y la comprensión del Padre Nuestro, el Gloria y el
Santo. Se recomienda que los
clérigos no lleven armas para que sean capaces de confiar en
la protección divina. En
cuanto a la formación en sentido estricto fue publicado un
documento que se llamaba
Interrogationes et examinationes, que era como un formulario
para un examen de
órdenes que incluía preguntas de teología, derecho,
sacramentos, Biblia, liturgia y
patrística.
A los fieles se les pedía que supieran de memoria el Padre
Nuestro y el Credo aunque
fuera en lengua vulgar. Para la formación de los fieles existía
una especie de catecismo
compuesto en cinco partes: Padre Nuestro, lista de pecados
capitales, texto del símbolo
apostólico, texto del símbolo atanasiano (ya desaparecido de
la liturgia) y Gloria60.
Otro aspecto importante son los Capitula episcoporum, textos
promulgados por los
obispos para sus diócesis; son importantes porque ofrecen
una visión de la pastoral en el
reino franco, son como un espejo de los problemas cotidianos
pastorales de la Iglesia
carolingia.
Finalmente, “la vida del cristiano estaba marcada por la
liturgia, vivida en las
parroquias, instituciones que se transformaron a lo largo de
los siglos acercándose a la
población pero perdiendo libertad por el influjo de la
territorialidad y la feudalización, con
lo cual se dio la formación de las Iglesias privadas que
llevaron a la formación de una
maraña de relaciones jerárquicas”61.
La cristianización de los sajones62
Es la empresa misionera más importante del período
carolingio y muestra la
problemática de la relación del poder político con la Iglesia.
Los sajones originalmente
residían en el Elba inferior; desde el siglo VII comenzaron a
migrar hacia el norte de
Alemania y cuando llegaron a la zona de influencia e interés
de los francos se dio un
enfrentamiento en el cual triunfó Carlomagno después de
varias campañas militares que
duraron 33 años; la conquista, absorción y cristianización,
fueron violentas y los sajones
perdieron parte de su identidad por lo que, a veces, se habla
de una agresión contra los
sajones. Antes de Carlomagno, se habían presentado
algunos intentos privados como los
hermanos Evaldi antes del 700 y el sacerdote anglosajón
Edwin un poco después; ambos
intentos fracasaron porque no contaron con apoyo político.
Carlomagno comenzó la guerra hacia el 772, después de
alcanzar la soberanía en el
reino franco; en esta campaña destruyó el santuario principal
de una de las tribus sajonas
al tumbar el Irminsul, árbol sagrado considerado la columna
del mundo para mostrar la
superioridad del Dios cristiano; los sajones reaccionaron con
actos de venganza; frente a
esto, tomó la decisión de no tener paz hasta que los sajones,
vencidos, aceptaran la fe
45
cristiana o fueran eliminados. Aquí se ubica la dieta de
Padeborn de 777, en Sajonia, con
lo cual el rey quería demostrar que era el dueño de la región;
a partir de esta dieta
comenzó la primera organización de la misión entre los
sajones, que se hicieron bautizar
en masa. Un año después de esta dieta, algunos sajones que
se habían hecho bautizar se
unieron a sus hermanos para rebelarse contra el rey,
incendiando templos y violando
monjas; el rey reaccionó y en el 785 les impuso a los sajones
la Capitulación de
Sajonia, que fue muy dura para ellos porque fácilmente
podían ser condenados a
muerte.
Frente a esta capitulación los nobles sajones estaban de
acuerdo pero el pueblo no,
porque no deseaban abandonar su religión ni perder su
libertad; aquí surgió Widukingo,
quien organizó la rebelión, y por ello Carlomagno actuó con
más dureza e hizo decapitar
a muchos sajones en el “tribunal de sangre de Werden” (782),
en el corazón de Sajonia;
Widukingo huyó, al tiempo regresó arrepentido y en la
navidad de 785 se hizo bautizar
en Attengy siendo su padrino Carlomagno, quien le entregó
un condado; los
descendientes de Widukingo llegaron a ser reyes de
Germania después del 900,
sucediendo a Carlomagno en la protección de la Iglesia en
esa región. Sólo en el 804 la
región sajona estaba completamente pacificada.
En relación a esta Capitulación, algunos criticaron a
Carlomagno y le hacían ver que la
fe era algo voluntario que no debería ser recibida por presión;
no obstante las críticas,
Sajonia se convirtió en un floreciente centro cristiano. El
principio de conquista y
evangelización no es criticado, sólo se cuestionan los
excesos de presión que se
presentaron, como el caso del elenco de penas de la
Capitulación. En este orden de
ideas, sería bueno hacer un paralelo entre el estilo de
Carlomagno y el de los españoles
para con los americanos siete siglos después. A la altura del
proceso evangelizar con la
“lengua de hierro” conviene hacer una recapitulación del
proceso de ingreso de los
pueblos al cristianismo: para los griegos, una cuestión de
credibilidad racional; para los
romanos, un problema de licitud en sentido jurídico y moral,
tanto desde lo civil como
desde lo religioso; para los celtas y los germanos,
particularmente para los segundos, era
una cuestión de poder.
La reforma cultural63
Es otro de los aspectos de la reforma carolingia, que buscaba
el retorno a la auténtica
tradición. Ya se habló de la Admonitio generalis donde se
encuentran algunos elementos
de la reforma cultural, aquí se hablará de otros documentos
que son importantes en esta
reforma, que permitió la transcripción de muchos libros en los
monasterios de aquel
entonces, de los cuales hoy se conservan cerca de ocho mil.
Hacia el 774 Carlomagno le
pidió a Adriano I la colección canónica de Dionisio el Exiguo,
pero como se habían
agotado los ejemplares, el Papa le envió una colección más
amplia que ha sido llamada el
Derecho de Dionisio - Adriano, que se convirtió en el libro de
derecho más importante
del reino franco e influyó en el Decreto de Graciano y el
Código de Derecho Canónico.
Para unificar la vida monástica Carlomagno le pidió al abad
de Montecasino una copia
46
del texto de la Regla de san Benito; el ejemplar llegó a
Aquisgrán en el 787 y se convirtió
en la base para normar el texto de esta regla. Para
Carlomagno los monasterios tenían la
obligación de promover la cultura de acuerdo a lo expresado
en una carta enviada al abad
del monasterio de Fulda hacia el 784 donde se lamenta de los
errores gramaticales en la
correspondencia que le llegaba de los monasterios y el
peligro de no comprender el
significado de la Biblia, es decir, los géneros literarios. En
este sentido, el monje, al igual
que el sacerdote y los siervos, estaba en la obligación de
aprender a leer y escribir bien
porque los hombres libres sólo tenían tiempo para dedicarse
a ser guerreros. Aquí
conviene resaltar que la reforma carolingia no era una
reforma más, sino que estaba
imbuida de un espíritu de oración y por ello era importante
corregir los libros que
estuvieran relacionados con ella.
Otro aspecto importante era la unificación de un texto
auténtico de la Biblia ya que los
códices latinos existentes variaban notablemente. Alcuino fue
el encargado de hacer la
revisión y corrección del texto bíblico y en la navidad de 801
se la presentó a
Carlomagno. La Biblia de Alcuino es un evento en la historia
de la cultura europea que
ha influido en el texto de la Biblia latina, que se conoce como
la Vulgata; naturalmente
que esta revisión no se puede entender como una revisión
científica actual porque no
fueron consultados los textos originales, es decir, sólo se
eliminaron los errores más
notables, la ortografía, la interpunción64, etc. Además del
intento de Alcuino, también se
presentó otro, el de Teodulfo de Orleáns, un texto más válido
porque se ayudó del
hebreo, pero con menos éxito; Teodulfo, también hizo una
redacción del salterio teniendo
como punto de referencia la versión que san Jerónimo hizo
directamente del hebreo.
Para llevar adelante la reforma Carlomagno contaba con sus
colaboradores, los
consejeros de la capilla de la corte; entre estos consejeros
eran pocos los francos y los
más importantes venían de otros países: Alcuino (735-804)
era anglosajón, Teodulfo era
visigodo. Alcuino había sido educado en York y durante una
peregrinación a Roma (781)
se encontró con Carlomagno, quien lo invitó a su corte;
Alcuino aceptó y estuvo durante
dos períodos: 782-790 y 793-796; del 796 hasta su muerte
fue abad del monasterio de
Tours; fue un erudito que publicó obras didácticas,
exegéticas, dogmáticas, morales y
hagiográficas; su principal obra teológica es De fide sanctae
et individuae Trinitatis,
dirigida a Carlomagno65; puede ser visto como el ministro
para el culto de Carlomagno;
fue en lo cultural lo que Bonifacio había sido en lo eclesiástico
y político. Teodulfo,
huyendo de los sarracenos, llegó al reino franco y en el 790
ya se encontraba en la corte;
era el mejor biblista de su época, teólogo perspicaz y buen
poeta. Otros dos
colaboradores eran italianos: Paulino de Aquileya y Pablo
diácono; el primero un
gramático que se convirtió en el consejero teológico más
consultado y, parece, escribió el
himno sobre la caridad que se canta en la liturgia del jueves
santo; el segundo un
lombardo que se hizo monje en Montecasino y escribió
Historia de los obispos de Metz
y la Historia de los lombardos.
Junto a esta reforma estaba el deseo personal de
Carlomagno por aprender, pero fue
poco lo que logró; quizá por ello todas sus iniciativas estaban
al servicio de la fe cristiana
47
como él la concebía, ya que la Iglesia carolingia había
recibido y modificado la doctrina
de los dos poderes. El mundo era considerado como algo
ordenado porque existía una
Iglesia universal gobernada por el Cristo Celeste, quien tenía
sobre la tierra dos sustitutos
o vicarios que gobernaban la cristianitas con oficios distintos;
por esto, el cargo del
soberano laico era sagrado. Teniendo presente este
pensamiento se entiende la
preocupación de Carlomagno por la Iglesia Universal y el
establecimiento de relaciones
con cristianos que vivían bajo dominio musulmán, con
quienes también entabló
relaciones, hasta el punto de que un califa de Bagdad le envió
un elefante, un regalo
exótico nunca antes visto en el reino franco; estas relaciones
fueron los primeros
contactos culturales de occidente con el mundo islámico con
lo cual se logró que los
peregrinos pudieran visitar libremente los lugares sagrados
de Palestina.
Discusiones teológicas66
La primera es el adopcionismo. Esta controversia nació en la
Iglesia española y
repercutió en la franca. Al inicio está Migencio, quien había
sostenido una teología
trinitaria heterodoxa; Elipando, arzobispo de Toledo y primado
de la Iglesia española,
afirmó en el concilio de Sevilla (782, del cual no existen
testimonios) que había que
distinguir respecto a la persona de Cristo entre su relación
intratrinitaria según la cual es
Hijo de Dios desde la eternidad (Filius verus et propius) y su
estado de hijo por medio
de la adopción que le compete en cuanto hombre (Filius
adoptivus) porque los dos
conceptos convergen en la persona de Cristo. Elipando
sostenía que esta fórmula era
perfectamente ortodoxa porque se basaba en ciertos textos
litúrgicos mozárabes pero fue
atacado por la Iglesia asturiana por dos motivos: la ortodoxia
y el deseo de autonomía; el
portavoz de Asturias era el sacerdote y monje Beato de
Liébana, quien acusó a Elipando
de romper la unidad personal del único Hijo de Dios con lo
cual se rompería la unidad
del hombre con Cristo en cuanto que el hombre sólo podría
estar de parte del hijo
adoptivo.
Elipando para defenderse contó con la ayuda de Félix de
Urgel, quien en su deseo de
combatir el islam buscó seguidores en los Pirineos orientales
para conservar la unidad y
concordia de la Iglesia española que se encontraba en una
situación precaria frente al
islam. Comenzó la división de la Iglesia española y su posible
extinción; por ello Félix
inició la defensa de las ideas de Elipando y escribió una obra
que se perdió, pero gran
parte del texto se conservó en la refutación que Alcuino hizo
contra Félix, Adversus
Felicem Urgilitanum, libri septem. Según Alcuino, para Félix
existían dos argumentos
importantes: distinguir la generación eterna del Hijo de Dios
de su nacimiento de la
Virgen y el Cristo encarnado como modelo de nuestra
redención.
Estando así las cosas, los asturianos le informaron a Adriano;
el Papa contestó
condenando la cristología adopcionista como una cristología
nestoriana. Elipando no hizo
mayor caso a la carta papal y vino la reacción de
Carlomagno, quien obligó a Félix a
justificarse en el sínodo de Ratisbona (792); en este sínodo
Félix fue condenado a repetir
su retractación en Roma dejando una confesión de fe en la
tumba de san Pedro; así lo
48
hizo, pero una vez regresó a Urgel desmintió la retractación
por lo que fue capturado por
los francos. El episcopado hispano mandó dos cartas a
Carlomagno y los obispos francos
con palabras fuertes, acusando de herejía a Beato de
Liébana y pidiendo la rehabilitación
de Félix; Carlomagno y sus consejeros contestaron a través
del sínodo de Francfort (794)
donde el adopcionismo fue condenado.
Como la decisión del sínodo de 794 para capturar a Félix y
Elipando era impracticable,
se optó por luchar contra el eco que el adopcionismo
encontró en la zona de influencia
del reino franco donde aún existía la liturgia mozárabe, que
era vista con sospecha por
los francos. Dos obispos francos hicieron un viaje a esta zona
hacia el 798 predicando
contra la cristología adopcionista y en el 799 se tuvo un
sínodo en Aquisgrán; a este
sínodo se presentó Félix, quien tuvo que ceder frente a la
argumentación de los francos,
escribió una confesión de fe en señal de sumisión y fue
confinado a Lyon con arresto
domiciliario y allí murió en el 818. Los teólogos francos se
preocuparon por erradicar la
cristología adopcionista, porque la entendían como un ataque
al corazón de su fe y su
espiritualidad que se centraba en Cristo rey de las gentes y
del universo; esta concepción,
además de teológica, era política porque la soberanía de
Cristo se refleja en la soberanía
del rey pío y ortodoxo, vicario de Cristo, responsable de la
Iglesia como reino de Dios.
La segunda discusión teológica fue en torno al Filioque. El
Espíritu Santo procede del
Padre y del Hijo (a Patre Filioque procedens; qui ex Patre
Filioque procedit) es una
expresión de la teología trinitaria de san Agustín, pero la
fórmula como tal no se
encuentra en él. Esta fórmula nació y tuvo éxito en la
península ibérica porque expresaba
bien la unidad sustancial del Hijo con el Padre; el problema
consiste en que mientras
oriente expresa el carácter de origen primero del Padre en
relación al Espíritu Santo,
occidente expresa la comunión sustancial entre el Padre y el
Hijo de quienes procede el
Espíritu Santo. La Iglesia franca en el sínodo del 767 discutió
sobre el tema de la
Trinidad e hizo de esta fórmula una expresión propia de su fe:
Cristo había mandado su
Espíritu, con lo cual la acción de Cristo se expresa mejor.
Adriano aceptaba la doctrina
pero no tenía intención de introducir la fórmula en el credo
que, de hecho, es un texto
intangible.
En el sínodo de Friuli (796) bajo la presidencia del patriarca
Paulino de Aquileya y
órdenes de Carlomagno introdujeron esta palabra en el credo.
Mientras esta palabra
estuvo en el ámbito franco no hubo problemas; pero hacia el
809 la discusión comenzó
porque los francos cantaron en tierra santa el credo
añadiendo la palabra Filioque, lo
cual provocó una protesta de parte de los monjes griegos; los
monjes latinos del monte
de los Olivos, se dirigieron a León III, quien le envió dos
cartas a Carlomagno; el rey
encargó a sus teólogos para que hicieran algo. En el sínodo
de Aquisgrán del 809 se
decidió sobre la legitimidad del añadido y le mandaron las
deliberaciones al Papa, quien
consintió en la doctrina teológica pero sostenía que había que
dejar el credo como estaba
y en señal de una protesta silenciosa hizo fundir dos placas
metálicas con el credo en
latín y griego sin la expresión Filioque y las fijó junto a la
tumba de san Pedro. Para los
francos era muy importante el Filioque porque expresaba la
soberanía de Cristo, quien
comunica el Espíritu Santo.
49
2.3 La Iglesia y los sucesores de Carlomagno
2.3.1 Camino a la división
El único sobreviviente legítimo de Carlomagno era Ludovico
Pío67, virrey desde el 781
para el sur de Francia; desde el 813 había sido nombrado
emperador y se había ceñido la
corona imperial en Aquisgrán sin la participación de un
eclesiástico; con este hecho
Carlomagno le dejó en herencia a su hijo el cuidado de la
Iglesia. Ludovico no tenía ni la
energía ni la seguridad de su padre pero supo llevar el
imperio que le dejaron. En el 816
repitió en Reims la coronación imperial cuando Esteban IV
(816-817) vino y lo coronó
con una corona que perteneció a Constantino y no protestó
cuando su hijo Lotario se
hizo coronar en el 823 por Pascual I (817-824) en Roma
sabiendo que ya Ludovico lo
había coronado en el 817. Aunque es visto como débil,
ejecutó la reforma eclesiástica
iniciada por Carlomagno y propagó la civilización carolingia.
Ludovico unió reino e Iglesia dándole un nuevo significado a
los privilegios de los
templos episcopales y los monasterios. Hasta Ludovico la
inmunidad significaba que el
titular del privilegio juzgaba y castigaba a los habitantes del
lugar sin la intervención de la
justicia pública, decidía el impuesto que había que pagar al
rey, etc.; junto a la inmunitas
existía una forma de protección que derivaba del vasallaje,
llamado mundio o
mundiburdium, que implicaba ponerse bajo un señor feudal,
quien estaba obligado a
protegerlo y representarlo; la novedad consistió en unir las
dos formas de protección
concediendo ambos privilegios a monasterios y obispados.
Con esta novedad se
presentaron dos cosas: obispos y abades adquirieron nuevos
poderes y el rey se hizo
dueño de monasterios y obispados, con lo cual se inició la
Iglesia imperial en la que
abades y obispos estaban en la obligación de participar, con
militares y en forma
personal, en las guerras del imperio; esto lo hacían con gusto
porque la mayoría provenía
de la nobleza y estaban habituados a la guerra. En tiempos
de paz debían hospedar al rey
y su séquito (servitium regis), una onerosa carga financiera.
Una de las acciones más importantes para la historia de la
Iglesia fue la legislación
monástica y canonical que se dio en tres momentos: 816, 817
y 819 con la orientación
del visigodo Benito de Aniano, quien desde el 814 hasta su
muerte en el 822 estuvo cerca
de Ludovico. Benito había comenzado una reforma en
Aquitania cuando Ludovico era
virrey y cuando fue emperador se trasladó a Aquisgrán. El
punto central de la reforma
era la obligación de observar la Regla de san Benito
excluyendo cualquier otra tradición,
excepto las que fueran aprobadas en Aquisgrán; por esta
razón, Benito es considerado
como el fundador del monacato benedictino carolingio. Junto
a la reforma monástica vino
una legislación para los canónigos68 que habían sido
organizados por el obispo
Crodegango de Metz, quien les había dado una regla propia;
los sínodos de Aquisgrán se
preocuparon de ellos y de las canoniquesas69, acentuando
los rasgos característicos:
obligación del oficio divino, falta de profesión religiosa al
prometer una especie de
obediencia y recomendar la pobreza.
50
Después de 817 quiso modificar los estatutos para dividir el
reino entre sus hijos
habidos en dos matrimonios; con esto comenzó la desunión
hasta el punto que Gregorio
IV (828-844) viajó al reino franco (833) para mediar entre
Ludovico y sus tres hijos; este
viaje fue un fracaso porque después de la muerte de
Ludovico (840) se encendió una
guerra civil hasta formar tres reinos: Francia occidental para
Carlos el Calvo, hijo de las
segundas nupcias de Ludovico, Francia oriental para Luis el
Germánico y Francia central
o Lotaringia para Lotario. La problemática habida condujo a
los tratados de Verdún (843)
y Meerssen (870). El resultado de la nueva configuración
jurídica de las relaciones entre
el Papa y el emperador, iniciada bajo Esteban IV, es el Pacto
ludovisianum; allí aparecía
implícito un reconocimiento del naciente estado pontificio y
del Papa como su soberano,
por medio de la unidad y libertad de elección del pontífice;
con esto la Iglesia romana se
desvinculaba del imperio carolingio, pero el imperio tenía
derecho de intervención en
virtud de la protección que le concedía. Se menciona este
pacto porque en él, sin entrar a
discutir si es falso o no, se encuentra la base jurídica del
estado pontificio. Como el
Pacto dejó amplio margen de interpretación, Lotario promulgó
la Constitución romana
donde se estableció que el Papa electo no podía ser
consagrado si primero no prestaba
juramento de fidelidad al emperador frente a los
representantes imperiales y el pueblo.
2.3.2 Las decretales Pseudoisidorianas70
Parte del programa reformador de los carolingios era el
restablecimiento de las
provincias eclesiásticas según la estructura metropolitana de
la Iglesia franca propuesta
por Bonifacio; Carlomagno y Ludovico optaron por los
sínodos donde se hacía presente
parte del episcopado, pero cuando decayó la praxis sinodal
todo comenzó a decaer, por
lo cual varios obispos metropolitanos, como Igmaro de Reims,
comenzaron a buscar una
especie de supremacía jurisdiccional sobre los obispos de la
provincia eclesiástica; esto
fue algo nuevo porque en la antigüedad los metropolitanos
sólo eran jefes del sínodo de
los obispos toda vez que la instancia suprema no era el
obispo sino el sínodo provincial,
que tenía en sus manos el poder eclesiástico. Al darse el
debilitamiento de la estructura
sinodal en occidente, varios obispos procuraron ejercer el
poder jurisdiccional con lo cual
comenzó el uso de denominar a los obispos de la misma
provincia como sufragáneos71,
que tenía en su origen un sentido de asistentes.
En la base de la pretensión de Igmaro existe un problema
eclesial: la insuficiente
determinación entre los derechos del metropolitano y los de
los obispos provinciales; este
problema es una consecuencia de la caída del antiguo
sistema metropolitano que
Bonifacio había querido restablecer, pero no se pudo lograr
porque durante Carlomagno
no se vio la necesidad de retomar ese camino porque él,
como cabeza de la Iglesia
franca, decidía todo y por ello cuando el poder imperial se
debilitó la problemática volvió
a aparecer. Aquí tomaron auge las Decretales
Pseudoisidorianas, una recopilación del
derecho canónico que, de acuerdo al prefacio de la obra, fue
hecha por Isidoro Mercator;
en realidad fue una recopilación realizada por un grupo de
eclesiásticos francos muy
hábiles que sintetizaron los puntos principales de la
problemática existente: protección de
los bienes de la Iglesia contra la usurpación laical, libertad del
clero para las tareas
eclesiásticas, extensión del privilegio de fuero para los
clérigos y tutela de los obispos
51
sufragáneos contra el metropolitano recordando que el Papa
es el juez supremo de las
causas mayores.
Cuando se habla del Papa como juez supremo aparecen
cosas nuevas que reforzaron
notablemente su poder, por ello este documento, hecho por
los francos, se convirtió en
un don del cielo para Roma, con un lenguaje jurídico igual al
que Roma postulaba para el
Papa desde hacía mucho tiempo en torno al primado romano,
en un momento en que
nadie pensaba en el ejercicio concreto de la jurisdicción
universal. Como las
Pseudoisidorianas las hicieron personas inteligentes, fueron
tenidas como auténticas y
los Papas supieron y pudieron utilizarlas en bien de sus
prerrogativas; con esta utilización
se le dio un carácter jurídico a la legislación eclesiástica y a la
Iglesia al reforzar lo
jurídico. Por eso se puede decir que quienes compilaron las
Pseudoisidorianas querían
defender los derechos de los obispos pero resultaron
otorgándole poderes al Papa. Como
los obispos poco se preocuparon por esta situación, porque
para ellos lo más importante
era vivir la unión de los dos poderes, los Papas sí y
aprovecharon para extender la
jurisdicción universal sobre la Iglesia occidental teniendo dos
factores previos vitales: la
organización de la nueva Iglesia anglosajona y la reforma de
Bonifacio.
Con estos elementos se trataba de estrechar la unión con
Roma y para expresarla de
una forma concreta se utilizaba el palio. Los Papas del siglo
VII concedieron este signo
honorífico, que viene de la antigüedad, a los arzobispos
anglosajones otorgándoles el
derecho de ordenar obispos sufragáneos; en el siglo VIII esta
tradición se trasladó con
Bonifacio al continente y con Carlomagno nació en la Iglesia
franca la costumbre de
conferir el palio a los arzobispos metropolitanos; con el
tiempo el palio llegó a ser la
confirmación del nuevo honor concedido por el Papa, porque
a partir de entonces los
metropolitanos tenían que pedir a Roma, en los tres primeros
meses, la confirmación de
su cargo solicitando el palio, que posteriormente hizo de los
arzobispos metropolitanos
una especie de delegados pontificios.
La problemática de las Pseudoisidorianas radica en la forma
de cómo un asunto
esencial de la antigua estructura metropolitana, que se
fundaba en la colegialidad del
episcopado, comenzó a decaer hasta el punto de
desaparecer de la conciencia viva de la
cristiandad; con ello la victoria de la monarquía papal era una
cuestión de tiempo. Unido
a este hecho existe otro no menos importante: el progresivo
alejamiento de la Iglesia
occidental de la estructura sinodal de la Iglesia antigua que
tiene algo que ver con el
cisma de la Iglesia oriental, porque las Iglesias de oriente han
conservado la estructura
sinodal. En este sentido las Pseudoisidorianas son un
eslabón más de la larga cadena de
rupturas eclesiales.
A propósito de las Pseudoisidorianas, se puede hablar del
material falso del medioevo:
literatura, textos jurídicos, documentos diplomáticos, cartas,
etc. Para la ilustración y
algunos historiadores tantos falsos son signo de la hipocresía
y deshonestidad moral de
los clérigos del medioevo; pero un juicio de esta magnitud
desconoce la visión del mundo
del medioevo porque en aquel entonces la verdad era algo
objetivo y trascendente que no
se decidía por los hechos sino por Dios y su voluntad, es
decir, la verdad depende de la
relación con el orden querido por Dios y si para seguir ese
orden era preciso cambiar un
52
nombre, una fecha o hacer un documento, había que hacerlo;
desde esta óptica producir
un documento no es una mentira, porque el problema está en
saber cuál o qué verdad
quiere Dios. No obstante ello, en algunas oportunidades hubo
verdaderos crímenes.
2.3.3 Nicolás I y la crisis de Lotario II
La Iglesia tuvo con León IV (847-855) y Nicolás I (858-867) un
breve fulgor para
después hundirse en una oscuridad de casi un siglo. Las
ideas de Nicolás no eran nuevas
pero sí bien formuladas y actuadas: Roma sería el máximo
tribunal de apelación al cual
se podía acudir en cualquier fase del proceso, el Papa sería
el único con potestad para
ratificar los decretos de un concilio y los hombres, en cuanto
pecadores, estarían
sometidos a su juicio; en el fondo, Nicolás I puso en práctica
las Pseudoisidorianas y se
convirtió en el segundo eslabón de la cadena de ascenso del
pontificado: Gregorio I,
Nicolás I, Gregorio VII (1073-1085) e Inocencio III (11981216). El pontificado de
Nicolás I dejó una señal en la vida eclesial y social de aquel
entonces porque el mundo
dependía del Papa; por ello no es de extrañar que los
cristianos protestantes afirmen que
este Papa fue el constructor del papado medieval.
Este pontificado estuvo caracterizado por la aplicación
práctica del “principio petrino”
como sucedió en el caso de la situación jurídica y canónica
de Lotario II72, cuya
problemática matrimonial es uno de los casos que han
entrado en la historia de la Iglesia
por sus consecuencias. Lotario estaba apoyado por los
obispos de Colonia y Tréveris en
un tema que en aquel entonces no tenía ni doctrina jurídica ni
práctica fija ya que sólo la
escolástica y la ciencia jurídica del medioevo precisaron el
carácter sacramental del
matrimonio. Lotario II era rey de Lotaringia, el reino
intermedio que se extendía desde
Frisia hasta los Alpes, y aunque se había casado
canónicamente con Teutberga vivía con
la noble Waldrada con quien tenía dos hijos; el problema era
si Waldrada era una simple
concubina o algo más que ello, es decir, podía ser su mujer
con todo lo que ello implica o
simplemente una amante sin dote y sin protección (Muntehe o
Friedelehe, según las
expresiones del antiguo derecho germano); la Iglesia, que
bien habría podido favorecer el
segundo, por aquello de la libertad de la esposa, privilegió el
primero y devaluó el
segundo como un concubinato al enfatizar la indisolubilidad
del matrimonio. A esta
realidad se le suma otro hecho: en el mundo germano un
buen número de nobles tenía
junto a la mujer legítima, una o más con una unión más o
menos fija.
El punto central de esta clarificación era el siguiente: cuando
Lotario II se casó con
Teutberga ya tenía su relación con Waldrada y como no tuvo
hijos con Teutberga, con
quien se había casado por motivos políticos, quería legitimar
a los hijos de Waldrada para
que no fueran excluidos de la sucesión al trono. Los obispos
Guntaro de Colonia y
Teutguardo de Tréveris expresaron un parecer favorable y
justificaron la intención de
Lotario quien quería elevar su unión con Waldrada a nivel de
matrimonio indisoluble, lo
cual implicaría el divorcio con Teutberga. Hacia el 865 Nicolás
I estableció la validez de
un único tipo de matrimonio, el tipo Muntehe, y abolió la
antigua usanza germana con lo
cual frustró los deseos de Lotario II y para evitar cualquier
problema llamó a los dos
53
obispos a Roma y los depuso, no aceptó la petición que
Teutberga le hizo en torno a la
anulación del matrimonio y excomulgó a Waldrada.
En el 867 murió Nicolás y lo sucedió Adriano II (867-872),
quien se mostró partidario
de absolver a Waldrada de la excomunión, porque no se
quería separar de Lotario, y
discutir el caso en un concilio que se celebraría en Roma en
el 870, pero Lotario II murió
en Piacenza el 8 de agosto del 869, Teutberga y Waldrada se
retiraron a sendos
conventos, y en el 870 Lotaringia desapareció a pesar de los
esfuerzos que hizo Hugo,
hijo mayor de Lotario y Waldrada por acceder al trono; Hugo
fue capturado, cegado y
confinado a un monasterio. Con esto concluyó la primera gran
lucha y uno de los
grandes triunfos de Nicolás I; la otra gran batalla fue la
controversia entre los patriarcas
orientales Ignacio y Focio, de la cual ya se habló al abordar la
Iglesia bizantina después
del iconoclasmo.
3. La Iglesia y la transición imperial73
3.1 Aproximaciones básicas
La Iglesia Latina buscaba liberarse del yugo civil, ya que en
cada región vivía una
experiencia diferente de acuerdo con el crecimiento o
decaimiento del reino. En el reino
franco vivía una desastrosa situación porque los reinos
querían apoderarse de la Iglesia;
en el germano, reyes y obispos estaban unidos en su lucha
contra los duques. Además se
presentaron dos factores comunes en las Iglesias territoriales:
la herencia de la antigüedad
y el impacto de la reforma carolingia.
La teología permaneció en el surco de la tradición, la pastoral
y la piedad no sufrieron
mayores cambios, la liturgia tuvo una fuerte estructuración, la
disciplina fijó algunas
normas; aunque oficialmente no se daban cambios, en la
práctica sí pero no se
presentaba la reflexión sobre su significado, simplemente se
hacían y basta. En liturgia se
comienza a imponer la romana asumiendo rasgos precisos,
sin impedir que algunas
liturgias74 se conservaran. Son interesantes, como libros
litúrgicos, el sacramentario de
Fulda y el pontifical romano-germánico de Maguncia (950).
Durante este período la
liturgia francoromana adquirió gran importancia de manera
que, después de la aprobación
de Trento, fue la que rigió la Iglesia hasta el Vaticano II.
En la vida cotidiana aparecen las parroquias rurales que se
sostenían con la dote y los
diezmos. La Institutionis canonicorum de Aquisgrán (816) da
a entender que los clérigos
podían llevar una vida comunitaria, con derecho a la
propiedad individual; estas
disposiciones estaban sometidas a las determinaciones
episcopales. Otro aspecto de las
parroquias fue el hecho de que no todas tenían derecho a
bautismo y sepultura; teniendo
esto presente se puede entender mejor porque algunas
parroquias terminaron siendo
Iglesias privadas.
La estructuración eclesial era jerarquizada, es decir
episcopal; el contacto con Roma
era poco y se reducía a la recepción del palio arzobispal y la
presencia de delegados
54
pontificios en algunos sínodos regionales. En este ámbito
jerarquizado y sinodal,
desaparecieron los corepíscopos, obispos consagrados de
segundo nivel; su función
principal era la crismación o segunda unción, que comenzó a
llamarse confirmación al
darse la ruptura de la unidad de los sacramentos de
iniciación. Este tipo de obispos nació
en Inglaterra, donde, por fidelidad a Roma, los obispos se
vieron en la obligación de tener
entre los misioneros que se desplazaban al continente
alguien que pudiera administrar la
crismación75; al final del medioevo volvieron a aparecer pero
como obispos titulares. A
pesar de la decadencia, la organización eclesiástica era
estable; ello se puede captar en
algunas colecciones o manuales para la administración
pastoral, como la colección de
Regino de Prüm (906) que era un manual para que los
obispos en las visitas pastorales
supieran desempeñarse como pastores y jueces. No debe
extrañar que el ordenamiento
de la Iglesia permaneciera dentro de un contexto político
preciso, por lo que, algunas
veces, aparecía como una federación de Iglesias territoriales.
Las Iglesias privadas dependían de un señor feudal y casi
todas eran rurales, estaban en
continua lucha con los monasterios y las colegiatas que eran
de nobles y, al margen,
quedaban las Iglesias catedrales. En este contexto
desapareció la distinción entre
patrimonio y jurisdicción por parte de los obispos, entre
posición patronal y apropiación
feudal por parte de laicos y señores feudales que deseaban
adueñarse de diócesis y
monasterios tomando para sí los bienes eclesiásticos; por
esto se presentaron algunos
abades laicos sobre todo en la región de Lorena76.
La problemática suscitada entre la presión de los reyes y
señores feudales por
apoderarse de la Iglesia y la lucha de los monasterios y los
obispos por adquirir privilegios
para liberarse fue el germen de la lucha de las investiduras.
En el contexto de esta
problemática se encuentran: las exenciones (fiscal y judicial),
las regalías (mercado,
moneda y aduana) para episcopados y abadías y la lucha de
las abadías para liberarse de
los abogados. Como los monjes no podían tomar las armas ni
participar en pleitos,
existían los abogados, encargados de defender los derechos
civiles de la Iglesia; con el
tiempo este cargo comenzó a ser hereditario y los abogados
terminaban siendo patrones
de los monasterios para disfrutar sus bienes; contra estos
abusos lucharon los
monasterios no con armas sino con argumentos con lo que se
originó un problema
jurídico. A superar esta realidad en Germania y el norte de
Francia, iba encaminada la
reforma gregoriana, que de alguna manera ayudó al
“renacimiento de la cristiandad
medieval”77.
En la presentación episcopal, un derecho patronal, el influjo
del soberano era grande,
tanto que normalmente se elegía al candidato presentado por
el rey; la práctica era sin
reglas fijas y daba al soberano y al señor feudal posibilidades
para intervenir en una
elección después de la cual venía la designación del cargo, la
investidura, que era un
preaceptum o documento para proceder a la consagración.
En un principio la investidura
era una cuestión simbólica en la que el soberano dotaba la
Iglesia diocesana, catedralicia,
y el obispo hacía un juramento de fidelidad al soberano; aquí
aparece el servitium regis
que comprendía gistum (alojamiento), fodrum (alimentación),
auxilium (tropas);
55
posteriormente el rey comenzó a entregar el báculo (fines del
siglo IX) y el anillo (mitad
del siglo XI) a los obispos; una cuerda (para la campana) a
quienes eran nombrados para
las capillas, y un fusil a quienes recibían una parroquia rural
(un terreno para conservar).
Además del servitium estaba la obligación de orar por el
soberano y el bienestar del
reino.
3.2 Transición real
En el mundo occidental el pontificado era la única autoridad
máxima pero se vio
sometida a las luchas de poder que se presentaron entre
familias y reinos que originaron
las Iglesias territoriales. En la época poscarolingia se
presentó esta situación: en el 817 se
firmó el Pacto ludoviciano en el cual, a raíz de la sucesión
apostólica petrina, se le
concedía mayor autonomía al Papa; en el 824 con Lotario I se
firmó la Constitución
Romana en la que, sin quitarle libertad al pontificado, se
presentaba la posibilidad de
intervención regia en la elección papal. Era una solución
equilibrada en medio del caos,
pero con la caída del imperio y la división política en tres
regiones, una de las columnas
de este naciente equilibrio también cayó con lo que la
autoridad pontificia disminuyó en
medio de las luchas por el pontificado y el aumento de poder
episcopal, sin descontar lo
llamativo que era estar al frente del patrimonio petrino, de los
estados pontificios, que
habían sido concedidos por Pipino el Breve78.
Conrado I (911-918) fue el primer rey no carolingio que rigió
los destinos de una parte
del imperio. En la navidad de 911 visitó el monasterio San
Gall; esta visita es importante
para entender algunos aspectos de las relaciones entre la
Iglesia y los reinos. Entre los
datos importantes que se deducen de esta visita están: las
abadías eran centros culturales
y políticos, los reyes tenían intereses litúrgicos hasta el punto
de que algunos desearon
ser inscritos como hermanos generales, la recíproca sumisión
del rey a la Iglesia en
cuestiones religiosas y de la Iglesia al rey en cuestiones
políticas, la ruptura que produce
la presencia de un extraño al interior de un convento, la
creación de libros de hermanos
generales, por quienes se oraba, que tenían un uso
básicamente litúrgico: unos, vivos, y
otros, muertos. El rey tenía el deseo de ser inscrito como
hermano general; se hizo la
votación, fue aceptado y, siguiendo la tradición, la pagó
generosamente79; después de la
aceptación se celebraba la misa y luego venía la mesa. Con
el hecho de ser inscrito como
hermano general se creía que ya se tenía asegurada la vida
después de la muerte.
Hacia el 916 se reunió el sínodo de Hohen-Altheim con
obispos de Franconia, Svizzera
y Baviera; no hubo obispos de Sajonia. Fue el primer sínodo
en tierras germanas que
contó con la presencia de un delegado pontificio enviado por
Juan X (914-928); en este
sínodo se encuentra una concreta colaboración de la Iglesia
(obispos) con las intenciones
del rey en la lucha contra los duques quienes estaban
alzando la mano contra el
consagrado al darse tendencias separatistas; es cierto que se
defendía el ideal de la
unidad, pero no es menos cierto que algunos nobles fueron
confinados a vivir como
prisioneros en algunos monasterios (enclaustrados) con la
aprobación de la Iglesia. La
presencia del delegado pontificio deja entrever la influencia
del obispo de Roma, que
56
desapareció a los pocos años porque dentro de la mentalidad
feudal, el rey era el jefe de
la Iglesia territorial. En este sínodo comenzó a presentarse
una cierta oposición a la
simonía80.
Dos elementos importantes para entender a Conrado I. El
deseo de ser hermano
general no debe ser visto como una jugada diplomática e
hipócrita porque la vida
cristiana de la mayoría de los reyes era un compromiso para
buscar los medios con los
cuales pudieran salir de su situación de pecado: se sentían
pecadores, aceptaban esa
realidad y sentían su vida cristiana. En su tiempo, el Estado
no era una realidad jurídica
como hoy se entiende; era una realidad personal encarnada
en una persona concreta.
A la muerte de Conrado I, asumió el trono Enrique I (918-936)
de Sajonia quien de
rival de la casa de Franconia pasó a ser rey de Germania con
lo que el reino germano se
alejó de manos carolingias; este rey, que se hacía llamar “el
primero entre los príncipes
iguales”, pertenecía a la familia de los Liudolfinos. En su
nombramiento y elección
desempeñó un importante papel Abelardo, hermano de
Conrado I. El obispo de
Maguncia lo quiso coronar rey pero él buscó las mejores
razones para que no sucediera;
algunos han querido ver en esta actitud un cierto laicismo,
otros la juzgan como un acto
de humildad81. Tenía una actitud pacífica con los otros
príncipes germanos, abandonó la
región de Germania, se desplazó hacia el suroeste, a
Lotaringia y Francia, donde fue
reconocido como soberano; con esto se inició una nueva
orientación de la historia
imperial.
En el 928, Enrique I eligió como sucesor a su hijo Otón quien
estaba casado con una
princesa inglesa. En la capilla palatina de Aquisgrán, la
ciudad de Carlomagno, sucedió la
coronación82 y unción de Otón I (agosto 7), quien después
de aceptar el homenaje de
vasallaje, ser nombrado rey por consenso de los príncipes y
aclamado por el pueblo,
participó en un festejo cultual y ritual en el que los cuatro
duques del reino germano
fueron los encargados del servicio: el de Lotaringia era el
camarlengo, el de Baviera, el
mariscal encargado del campamento y los caballeros, el de
Svevia, el copero mayor, y el
de Franconia, el encargado de la mesa. El ceremonial de esta
coronación se fijó en el
Ordo de Maguncia y en el pontifical romanogermánico con lo
que terminó siendo el
modelo para las coronaciones. Junto a la coronación, otro
dato importante del reinado de
Otón versa sobre los obispos como nuevos príncipes
imperiales, es decir, no sólo
pastores, sino también duques y condes.
La magnificencia de esta ceremonia no acabó con las
rebeliones que aún antes de la
coronación se presentaron; estas rebeliones, en las que
participaron los príncipes de los
otros reinos e incluso los familiares de Otón I, condujo a que
los obispos terminaran
siendo príncipes. El príncipe de Baviera deseaba la libertad y
la supremacía sobre la
Iglesia; el hermano menor de Otón I, también participaba en
las rebeliones y por esto se
desplazó a Lotaringia para organizar la oposición. En el 941
se gestó un complot contra
Otón I, del cual se liberó en el palacio de Quedlinburg; escapó
e intervino en Francia
donde fue reconocido como sucesor de Carlomagno; hacia el
951 aparece como rey de
francos y lombardos; hacia el 954 su hijo Ludolfo figura como
jefe de los rebeldes; al
57
poco tiempo los húngaros volvieron a invadir territorios de
Germania.
Estas vicisitudes hicieron cambiar los planes políticos; en
lugar de confiar la autoridad
de los ducados a sus familiares, optó (953) por entregar la
autoridad política a obispos y
abades con lo que la autoridad de la Iglesia se refuerza, al
tiempo que se hace eficaz uso
de ella. Este sistema, llamado sistema otoniano, que venía de
siglos anteriores
(merovingios y carolingios), fue mejorado por Otón I hasta el
punto de que aparece la
Iglesia imperial, en la que el rey tenía la autoridad suprema
(no propiedad), y la Iglesia,
una autoridad delegada en los estados episcopales; los
obispos comenzaron a ser útiles al
reino porque ni tenían herederos, ni tenían, supuestamente,
intereses personales. El
sistema germano, con sus inconvenientes, era diferente del
sistema francés; mientras que
en Germania los obispos no eran propietarios de las diócesis,
en Francia algunos duques
terminaron siendo obispos y propietarios de la Iglesia en sus
territorios. Frente a esta
estrecha colaboración, que convertía a los obispos en
príncipes, hubo algunas críticas;
entre ellas está la de Guillermo de Maguncia, familiar de Otón
I, quien en el otoño del
955 le escribió una carta al papa Agapito II (946-955); esta
carta es una protesta contra el
proyecto de Otón I, quien quería crear algunas diócesis
segregadas del territorio de
Maguncia.
3.3 Relaciones políticas de los eclesiásticos
3.3.1 El pontificado83
Con Adriano II (867-872), cuyo pontificado terminó con la
expulsión de los misioneros
romanos de Bulgaria, se cierra la primera parte del libro de
los pontífices que retoma las
crónicas a mitad del siglo XI; aparece un largo y oscuro
período, el siglo X, donde son
pocas las noticias por lo que ha sido llamado “siglo oscuro y
de hierro”. Al tiempo que se
presentó esta laguna, está la decadencia moral del
pontificado; no en vano algunos hablan
de la pornocracia romana. A lo largo del siglo IX el pontificado
estuvo metido en las
contiendas entre los herederos carolingios y los partidos
romanos y así estuvo hasta
mediados del siglo X cuando Otón I, de la dinastía sajona,
restableció la autoridad
imperial (962), gracias al movimiento reformista que desde el
910 se había iniciado en
Cluny.
Durante el siglo IX el Papa era el señor de Roma, los reyes
de los diferentes ducados
eran mantenidos fuera de la ciudad; el primer palacio
pontificio, el Palatino, fue
abandonado para centrarse en Letrán, cerca del cual se
encontraban las estatuas de
Marco Aurelio y la Loba, signos de la autoridad y el poder de
la ciudad, y una cierta
preocupación por san Pedro, que no estaba sometido a
ninguna jurisdicción; durante este
siglo los ritos latinos comenzaron a tomar elementos del
esplendor bizantino con lo que la
liturgia pasó de la celebración a la manifestación, donde eran
más importantes el lujo y
las normas que la vivencia. Junto a estos elementos se
ubican: la creciente importancia
que va tomando el personal del palacio lateranense que
comienza a ser llamado “sacro”;
la aparición de los jueces clericales y el bibliotecario, entre los
cuales el más célebre es
Anastasio; y el creciente influjo de las familias romanas sobre
el pontificado.
58
El siglo oscuro del pontificado comienza hacia el 882 cuando
Juan VIII (872-882) fue
asesinado y se desencadenaron unas rivalidades que
disminuyeron en 1046, cuando tres
Papas fueron depuestos por Enrique III. Durante este período
pasaron por la sede petrina
45 personas entre Papas y antipapas; de esas 45 personas:
15 fueron depuestas, 14
murieron o en la cárcel o asesinadas y 7 fueron exiliadas.
Lindo escenario para escribir
una crónica negra sobre el pontificado que se encontraba
entre los deseos de libertad, el
poder de los reyes y las manos de la aristocracia. Algunos
Papas de este período son:
Juan VIII (872-882). En el 875, cuando murió Luis II, el Papa
optó por acogerse a la
protección de Francia, consagrando emperador a Carlos el
Calvo (navidad de 875) quien
renovó el pacto con la Iglesia y le regaló la Cátedra de San
Pedro, que hoy se encuentra
en el ábside de la Basílica Vaticana, y una cruz de plata, de la
cual hoy se encuentra una
copia junto a la Pietà, porque la original desapareció en el
saqueo de 1528.
Carlos el Calvo, a la muerte de Luis el Germánico (+ 876)
quiso anexar ese territorio y
al entrar a conquistarlo fue vencido por Luis el Joven;
derrotado, quiso retornar a Italia y
Roma pero al encontrar oposición de los grandes del reino
franco occidental y fracasar en
la reconquista a Italia, se refugió en Francia, cerca a Saboya,
donde murió (octubre 6 de
877). Al mismo tiempo, Lamberto de Spoleto ocupó Roma.
Frente a esto el Papa acudió
a Francia (878) y después de varios trámites sin obtener
ayuda, retornó a Roma (882)
donde fue asesinado por un pariente que quería adueñarse
del patrimonio petrino.
Formoso (891-896). En medio de luchas aristocráticas, tuvo el
valor de enfrentarse al
reino de Spoleto. En sus relaciones políticas optó por
Germania, haciendo alianza con
Arnulfo de Carintia, un carolingio habido fuera del matrimonio,
quien llegó a Roma,
comenzó a luchar y en el 896 fue coronado emperador. El
problema estaba en el hecho
de que el Papa había coronado como emperador (892) a
Lamberto de Spoleto quien
comenzó a aprovecharse del poder, por lo cual el Papa hizo
alianza con Arnulfo de
Carintia y lo desterró de Roma; a la muerte de Formoso,
Lamberto retornó a Roma y en
el pontificado de Esteban VI (896-898) convocó el concilio
cadavérico.
Este concilio consistió en que el cadáver de Formoso fue
exhumado, se le juzgó por
ambicioso, ya que había dejado su diócesis de Porto84; por
estas y otras razones, los
actos de su pontificado fueron anulados. Se ignoró la
verdadera razón: la venganza
contra una persona que se había opuesto a Spoleto. A raíz de
este concilio, la Iglesia se
dividió entre quienes apoyaban a Formoso y quienes lo
condenaban; se desató un
período de crisis, que se pacificó un poco con el pontificado
de Juan X (914-928), quien
optó por la casa de Friuli y cayó en manos de las familias
romanas. El concilio
cadavérico condujo a varias consecuencias positivas: hizo ver
que el Papa no es
solamente el obispo de Roma sino que su jurisdicción
traspasa los límites de la ciudad, y
se abolió la prohibición del cambio de sede. El Papa Teodoro
II (897) hizo enterrar a
Formoso en San Pedro; el libro de los pontífices calla sobre el
asunto del juicio a
Formoso y algunas disputas posteriores.
Con el pontificado de Juan X (914-928) se entra en la historia
del pontificado en manos
de las familias romanas que al final lo depusieron y lo
mataron; entre estas familias está
59
la de Teofilacto y Teodora cuya hija Marozia fue amante de
un Papa (Sergio III, 904911) y madre de otro (Juan XI, 931-935). Esta familia, entró
en lucha con Alberigo II,
preceptor romano (932-954), hijo y rival de Marozia debido a
su segundo matrimonio
con Hugo de Provenza, para quien el Papa sólo debía tener
funciones espirituales.
Durante estos años al Papa sólo lo conocían los miembros de
la familia de Teofilacto,
para los demás era un desconocido.
3.3.2 El episcopado85
Bruno (925-965), hermano de Otón I, fue destinado por su
familia a la vida
eclesiástica, recibió una esmerada formación en Utrech. A
partir de 940 figura
desempeñando funciones políticas, al tiempo que era el
director de la capilla imperial, el
puesto más influyente del naciente imperio, se preocupaba
por la vida espiritual y el
monacato. Siendo obispo de Colonia recibió la administración
del ducado de Lorena.
Como influyó en el episcopado germano para que los obispos
aceptaran los cargos
civiles, se le tiene por organizador del sistema eclesial
germano. Junto a Guillermo de
Maguncia fue regente del reino durante el tiempo que Otón I
estuvo en Italia. Creó una
escuela cerca de la catedral de Colonia donde se formaban
los futuros obispos y clérigos
que desempeñarían funciones civiles. A pesar de sus afanes
políticos fue un celoso pastor
con tendencia al monacato y el ascetismo.
Otro obispo fue Ulrico o Uldarico de Augsburgo, quien,
cuando los húngaros quisieron
tomarse la ciudad (954-955), se vio obligado a defenderla
tomando parte en la batalla,
portando los ornamentos sacerdotales, hasta que llegaron las
fuerzas de Otón I; en esta
oportunidad se obtuvo el triunfo en la batalla de Lechfeld
(agosto 11 del 955). Con este
triunfo, que fue un triunfo para todo el imperio, los húngaros
fueron vencidos.
Sobre la base la actividad de esos dos obispos se puede
describir y analizar el trabajo
de los obispos teniendo presente la sinergia entre reino e
Iglesia al interior del sistema
otoniano de la Iglesia imperial; cuando se habla de Iglesia se
hace referencia a la
institución jerárquica del episcopado y los abades de los
grandes monasterios, que
normalmente estaban al servicio del rey; la expresión
simbólica era la investidura. Las
notas características de este servicio eran: ninguna elección
episcopal y abacial era
posible sin el consenso del rey, los candidatos eran elegidos
de entre los miembros de la
capilla imperial, normalmente los candidatos pertenecían a la
aristocracia, obispos y
abades presentaban un homenaje de vasallaje y fidelidad al
rey y no al Papa86, creando
un nexo personal mediante la recepción del báculo, y desde
Enrique III del anillo y las
regalías87. En contraprestación, obispos y abades,
aceptaban el servitium regis, eran
consultores políticos y se constituían en apoyo moral para el
rey. En el fondo, la tarea
política del obispo era compatible con su ministerio pastoral.
En torno a esta realidad se han dado varios juicios. Es un
plan meditado contra la
aristocracia laica que encontró el culmen cuando el
pontificado fue unido a este sistema.
Para otros era la continuación de la línea impuesta por los
carolingios. No se puede
entender el sistema otoniano como una Iglesia nacional,
aunque es posible encontrar
60
algunos elementos nacionalistas como la concentración de
poder en manos del soberano.
Más que lanzar un juicio, es justo decir que la Iglesia no fue
vista como un instrumento y
existía un alto grado de concentración de poder en el que la
Iglesia colaboró; para
entender esta realidad conviene comparar la vida de la Iglesia
en las diferentes regiones
para sacar una conclusión objetiva. Lo más preciso sería
decir que se asiste a los
primeros pasos de la lucha de las investiduras, que junto con
la simonía y el nicolaísmo
fueron las tres plagas que pretendió erradicar la reforma
gregoriana.
3.4 El movimiento monástico88
Durante varios siglos el monacato influyó en la sociedad
marcando una época,
sembrando semillas que posteriormente dieron origen a las
órdenes mendicantes,
influyendo en la sociedad y la economía, y asumiendo notas
características en las
diferentes regiones. Además, recibió la tradición de la
antigüedad y los primeros siglos del
medioevo y la conservó y transmitió al mundo; por estas
razones se convirtió en un
fenómeno de la historia sobre todo cuando fueron los nobles
quienes terminaron siendo
monjes. Esta nota es vital para entender la teología
monástica, básicamente escatológica,
porque en un mundo que se acercaba al fin todos deseaban
asegurar su salvación a través
de la consagración religiosa. Por eso el monacato medieval
era un asunto de interés
público.
En los monasterios no sólo se oraba y se hacía silencio,
también se trabajaba y se
recibía formación cultural, por eso los monjes fueron llamados
a desempeñar importantes
cargos al interior de las cortes y de la Iglesia; a través de
estos personajes se conoce la
historia del monacato, pero se olvida que la mayoría de los
monjes vivían en sus
monasterios dedicados en su consagración, para sostener
con su trabajo y oración las
estructuras de la sociedad y la Iglesia. Por esto es importante
apreciar las memorias, los
libros de hechos notables, donde se imprimía la historia viva
del convento. En aquel
entonces, los monjes eran lo bastante inteligentes y por ello
se encuentran los “libros
memoriales” tanto de vivos como de muertos, por quienes a
diario se hacía oración. En
cuanto a la oración, ésta era el servicio fundamental de los
monjes, porque hacia el siglo
X no se entendía a un monje haciendo pastoral activa,
cultural, política o económica.
En un documento de 819, del tiempo de Ludovico Pío, se
habla de tres clases de
monasterios atendiendo a sus riquezas: los que estaban
obligados a pagar impuestos y
servicio militar, los que pagaban impuestos sin proporcionar
servicio militar, los que eran
eximidos de ambas cosas para prestar el servitio
monasticorum a través de la oración
por el rey, su familia y el imperio. De este documento se
deduce que la vida monástica
no era una isla, sino que la sociedad se interesaba por ella,
porque era la garantía de los
bienes públicos y su presencia era tan necesaria como la del
ejército; unida a esta
necesidad se ubica la mentalidad, que vivía un ambiente
religioso donde se buscaba una
cierta seguridad en torno a la salvación. En medio de tantas
luces, es normal que
aparezcan las sombras; frente a éstas apareció la reforma
carolingia, liderada por Benito
de Aniano con el apoyo de Ludovico Pío; esta reforma impuso
la Regla de San Benito a
61
los monjes y entre 817 y 819 promulgó una serie de
disposiciones que se fueron
aplicando aún después de la muerte de Benito de Aniano (+
821). Esta reforma
desembocó en la reforma de Cluny.
3.4.1 El monacato cluniacense89
La abadía de Cluny, villa feudal cerca a Mâcon, fue fundada
en el 910. El documento
sobre la fundación tiene la fecha del 11 de septiembre.
Guillermo de Mâcon, duque de
Aquitania y propietario de aquella villa, tomó la decisión de
donarla y sostener el
monasterio por aquello de dar los bienes a los pobres, a
condición de asegurar su
salvación gracias a la oración que se haría por él, su familia,
el emperador y el imperio.
La novedad consiste en organizar una orden que tuviera en
Cluny el centro desde el cual
se difundiera la vida monástica; al mismo tiempo Cluny fue
nombrado como propiedad
de los apóstoles Pedro y Pablo y por lo tanto exento de
cualquier soberanía terrena, es
decir, el fundador renunció a sus derechos, concedió libertas
romana y le impuso la
tuición y la defensa en favor de Roma. Además, permite
captar la doble ventaja con la
cual nació Cluny: el fundador renunció a sus derechos y fue
construido donde no existían
ni muchos problemas políticos, ni un fuerte influjo
monárquico. Sus primeros abades
fueron: Bernón (910-926), Odón (927-942), Aimaro (942-954),
Mayolo (954-994),
Odilón (994-1049), Hugo (1049-1109), personajes claves en
la expansión del monacato
cluniacense por Europa formando lo que se puede llamar la
primera orden monacal en
occidente. Para entender la expansión de este monacato se
citan cuatro causas básicas:
La organización. Cluny se convirtió en el centro de una serie
de monasterios satélites,
que aunque independientes seguían las normas trazadas allí.
Las cinco grandes abadías
que giraban en torno a Cluny eran: Souvigny (921),
Sauxillanges (950), La Charité-surLoire (1059), Lews (1078), Saint Martin-des-Champs (1079);
cada una de estas abadías
tenía varios prioratos que dependían de ellas y de Cluny.
El ideal eclesiológico y litúrgico. En lo eclesiológico, una cosa
es la Cluniacensis
ecclesia y otra el Ordo cluniacensis, a la primera pertenecían
todos los profesos, el
segundo se refiere a la forma de vida practicada y fijada que
lentamente se expandió. En
liturgia aparece la solemnidad del oficio divino: “Una Iglesia
en oración que espera el
juicio final”; junto a esta realidad surgía la importancia de la
penitencia.
La relación con el feudalismo. Cluny tenía la libertas romana
pero no se alejó del
plano social porque de hecho, y dado que los monjes en su
mayoría eran nobles, el abad
era el rey del monasterio quien podía elegir a su sucesor y a
quien los monjes tenían que
rendirle vasallaje. En relación con el mundo exterior, Cluny
ofrecía la oración por los
benefactores y un nuevo ideal de santidad: “Es cierto que en
el monasterio se puede
asegurar la santidad; también se puede ser santo viviendo en
el mundo pero llevando un
cierto ritmo de vida conventual”90; aquí nació el ideal del
caballero cristiano de las
posteriores cruzadas, el ideal de aquel que protege al pueblo.
La conciencia comunitaria y la acción social. En el campo
comunitario existía
preocupación por la oración por vivos y muertos; en cuanto a
la preocupación por los
62
difuntos, nació bajo el gobierno abacial de Odilón, la memoria
de todos los fieles difuntos
el día siguiente a la celebración de todos los santos. En
relación con la memoria de los
difuntos está el nacimiento de la acción social ya que cada
vez que moría un monje se le
concedía alimentación a un pobre por 30 días; el día del
aniversario de la muerte de un
monje se le daban dones a los pobres; en el siglo XII esta
práctica fue restringida porque
la crisis económica era grande, los “muertos se estaban
comiendo a los vivos”, y hubo
que limitar la distribución diaria a 50 comidas.
3.4.2 La reforma lorenesa
En Lorena, cerca a Gorze, fue fundado el monasterio San
Gorgonio (757) por parte del
obispo Crodegango de Metz; después de un glorioso
nacimiento vino un período de crisis
en el que tomaron parte activa los abades laicos. Adalberto I,
obispo de Metz y
propietario del convento, lo ofreció a unos clérigos que
deseaban vivir en comunidad;
hacia el 934 comenzaron a vivir allí algunos canónigos bajo la
regla de san Benito y las
normas carolingias. Contemporáneamente Gauzalín de Toul,
renovó los monasterios de
Saint’Evre y Verdún; en Tréveris también se dio una reforma
en el monasterio San
Maximino. Estos monasterios entraron en contacto con
Gorze, y bajo la protección de
los Otones, comenzó una reforma diferente a la de Cluny que
nunca pensó en crear una
congregación porque cada monasterio era autónomo, no
veían ningún problema en
trabajar para el rey91, no tenían libertas romana, y se
intercambiaban las listas de
difuntos.
Hacia el 956 se entra en la segunda etapa cuando los
obispos de Metz y Toul,
encargaron a un cluniacense, Guillermo de Diogine, fundador
del monasterio de Fruttaria,
en Italia, de la reforma, no porque faltaran personas idóneas
sino porque querían recibir
la influencia de Cluny; es la llamada reforma neogorziense en
la cual se destaca el abad
de Schwarzch, Ekkerberto (+ 1076); hacia la primera mitad
del siglo XII termina este
influjo.
Otro centro con influjo de Lorena era Brogne. Hacia el 918 el
señor feudal Gerardo de
Brogne fundó un monasterio de canónigos; en el 923 este
señor tomó el hábito
benedictino, fue nombrado abad del monasterio que fundó y
comenzó un movimiento de
reforma y organización de los monasterios de Lotaringia y
Fiandra. Al monasterio san
Pedro de Gans, centro de la reforma en Fiandra, llegó (955957) el monje inglés
Dunstan, quien era perseguido en su tierra y fue el que
transportó la reforma lorenesa a
Inglaterra.
En Inglaterra, por las invasiones vikingas, los monasterios
prácticamente
desaparecieron durante el siglo IX. Entre 959 y 975 se dio la
primera edad de oro
anglosajona, cuando el rey Edgar quiso incluir a los vikingos
dentro de la población; este
rey quiso también una reforma monástica y eligió a tres
monjes: Dunstan, Etevoldo y
Oswald, quienes conocían los monasterios reformados del
continente de Gans y Fleury.
En el ámbito de esta reforma, los capítulos catedralicios de
Canterbury, Winchester y
Munster se convirtieron en abadías benedictinas, lo cual duró
hasta 1539, cuando
63
Enrique VIII decretó normas favorables a la Iglesia anglicana.
En el 970, después del
sínodo de Winchester, apareció la Regularis concordia
anglicis nationis en la que,
además de la reforma, se creó un nexo entre el monacato y la
monarquía.
Para terminar, Cluny fue la cuna del movimiento reformador
monacal, y junto a él, se
dio el de Gorze. Ambos se expandieron por Europa: Cluny
por Francia, Italia, España e
Inglaterra, sin entrar en Germania; Gorze, además de
expandirse por estas regiones
también penetró en Germania. Algunos historiadores
sostienen que Cluny no penetró en
el imperio debido a la actitud de los obispos germanos.
____________________
2 Cf. Pierini, F. Op. cit., pp. 85 y 104.
3 Cf. Jedin, Hubert (dir.). Manual de Historia de la Iglesia, III.
Herder, Barcelona, 19872, pp. 56-61. De aquí
en adelante se citará Jedin y el tomo respectivo.
4 Este apartado es una síntesis de varios textos: Guerriero,
Elio (dir.). Complementi alla storia della Chiesa
diretta da Hubert Jedin. Jaka Book, Milano, 19912, pp. 61-81;
Jedin, III, pp. 89-123; Ostrogorsky, Georg. Storia
dell’impero bizantino. Enaudi, Torino, 1996, pp. 139-197;
Hughes, Philiph. Síntesis de historia de la Iglesia.
Herder, Barcelona, 1984, pp. 104-106; Hertling, Ludwig.
Historia de la Iglesia. Herder, Barcelona, 1989, pp.
159-161; Fliche, Agustín y Martin, Víctor (dir.). Historia de la
Iglesia de los orígenes a nuestros días, V. Edicep,
Valencia, 1974, pp. 455-478. Se citará Fliche – Martin y el
tomo respectivo.
5 Alberigo, Guisuppe et al. (dir.). Conciliorum Oecumenicorum
Decreta. Dehoniane, Bologna, 1991, pp. 131156. Se citará COD.
6 Este Teodoro fue nombrado patriarca de Constantinopla en
el 815 sustituyendo a Nicéforo, quien fue
depuesto porque no cooperó con el iconoclasmo, ni ayudó a
preparar un sínodo contra las imágenes.
7 Cf. Ostrogorsky, G. Op. cit., pp. 198-291.
8 Focio murió en el exilio en el 891.
9 Cf. Ostrogorsky, G. Op. cit., p. 256.
10 Cf. Rogier, L. J. et al (dir.). Nueva historia de la Iglesia, II,
Cristiandad, Madrid, 1967, pp. 103-111. Se
citará NHI y el tomo respectivo.
11 Después de la caída de su padre fue castrado y exiliado,
se retiró a un monasterio donde se hizo monje y
posteriormente fue abad.
12 Focio era un inteligente e influyente personaje del imperio
bizantino, profesor de filosofía en el ateneo
imperial de Constantinopla, director de la cancillería imperial y
miembro del senado.
13 Cf. Pierini, F. Op. cit., p. 60.
14 Cf. Bihlmeyer, Karl y Tuechle, Hermann. Storia della
Chiesa, II. Morcelliana, Brescia, 1996, pp. 40-50. Se
citará Bihlmeyer – Tuechle, y el tomo respectivo.
15 Cf. Grivec, F. y Tonsic, F. Constantinus et Metodius.
Tesalonicenses fontes. Rodevi Staronslavensko
Institute, Zagreb, 1960; esta edición crítica tuvo como base
Vita Constantini et Vita Metodii del siglo IX, escrita
en lengua paleoeslava.
16 La creación del primer alfabeto eslavo es el glagolítico y
no el cirílico; este alfabeto constaba de 38 letras
con una grafía que en parte fue tomada de las letras
minúsculas cursivas griegas añadiendo algunos signos
orientales.
64
17 No pudo fijar allí su sede sino en el castillo de Szalavár
que pertenecía a Cozel; con esto entró en crisis con
el primado de Baviera y por ello fue apresado por Carlomán,
hijo de Luis el Germánico. Cf. Jedin, III, p. 260.
18 Cf. Fliche – Martin, V, pp. 665-672; Orlandis, José. “Del
mundo antiguo al medieval”. En: Equipo. Historia
Universal Eunsa, III. Pamplona, 1981, pp. 273-285. Esta obra
se citará Historia Eunsa y el tomo correspondiente.
19 Cf. Historia Eunsa, III, pp. 303-312.
20 Cf. Masoliver, Alejandro. Historia del monacato cristiano, I.
Encuentro, Madrid, 1994, pp. 104-108.
21 Cf. Fliche – Martin, V, pp. 291-307; Historia Eunsa, III, pp.
312-316; NHI, II, pp. 50-55.
22 Cf. Historia Eunsa, III, pp. 301-302; NHI, II, pp. 40-49.
23 Esta Iglesia conservó el latín para la liturgia y la teología, y
el gálico para el derecho canónico; además, en
su deseo de imitar la civilización antigua, se esforzaron por
hablar y escribir bien el latín.
24 Junio 25 de 839.
25 Cf. Jedin, III, pp. 323-325.
26 Cf. Jedin, II, pp. 53-87.
27 Los cronistas galos dan a los monjes de estos monasterios
los nombres de devotos, sirvientes, custodios e
incluso canónigos.
28 Cf. Bihlmeyer – Tuechle, II, pp. 27-34.
29 Por ello se dice que la misión anglosajona es una misión
franca que sigue a los conquistadores.
30 Cf. NHI, II, pp. 44-45; Fliche – Martin, V, pp. 547-548.
31 Martel después de la victoria sobre los árabes (732)
estaba en la cima del poder.
32 Los nuevos regentes francos habían sido educados en un
monasterio, es decir, era una generación abierta a
la reforma eclesiástica que era fundamental para los intereses
del reino franco.
33 Con este nombre se conocen las disposiciones legislativas
escritas emanadas por los carolingios.
34 Cf. Jedin, III, pp. 69-70.
35 Cf. Lortz, Joseph, Storia della Chiesa in prospettiva di
storia delle idee, I. Paoline, Milano 1987, pp. 310317. Engelbert, Pius, “Viajes de los papas al reino franco”,
original alemán cedido por el autor.
36 En este sínodo existían algunos cánones expressa verbis
contra los usos de las Iglesias de occidente: sobre
el matrimonio de los clérigos (13), el ayuno sabatino durante
la cuaresma (55) y la cuestión del papa Honorio (1).
Cf. Jedin, II, pp. 680-681.
37 Cf. Pierini, F. Op. cit., p. 61.
38 Cf. Fliche – Martin, VI, pp. 13-26.
39 Por esta razón los soberanos europeos añadían a su título
la expresión gratia Dei.
40 Técnicamente este Papa sería Esteban III, pero se conoce
como II porque sucedió a otro Papa, Esteban II
que apenas duró tres días en el pontificado.
41 Cf. Gasparri, Stefano et al. Fonti per la storia medievale.
Dal V all’XI secolo. Sansoni, Firenze, 1992, pp.
226-227.
42 Cf. Pierini, F. Op. cit., p. 57.
43 Cf. MGH. Fontes iuris germaniae antiquae, X, 1968. En
este volumen existe una edición crítica de la
donación de Constantino.
44 En sentido estricto este Papa sería Esteban IV; el
problema radica en que el Papa conocido como Esteban
II, sucedió a otro Esteban que sólo estuvo en la sede tres
días.
45 Esta consideración es importante porque hasta ese
entonces las dos cosas eran posibles.
46 En este canto, una exaltación en forma de oración litánica,
se encuentra, por primera vez, la aclamación
Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.
47 Cf. Carta 60, Codex carolinus; en MGH Epistulae, III. Este
texto es la publicación de las 99 cartas del
Codex Vindobonensis 449, un manuscrito del siglo IX. La
carta citada data de mayo de 778 y es bastante
discutida.
48 Eran el arcipreste Pedro y el abad Pedro del monasterio
San Sabas.
65
49 En relación a la muerte de Adriano, Carlomagno envió una
lápida en mármol con una inscripción redactada
por Alcuino donde honra el recuerdo del Papa; actualmente
esta lápida se encuentra en el atrio de la basílica de
San Pedro.
50 Cf. Sanchís, Ricardo. También la Iglesia tiene historias.
Mensajero, Bilbao, 1995, pp. 133-139.
51 Cf. Jedin, III, pp. 175-183; Fliche – Martin, VI, pp. 42-50.
52 Con este hecho ya aparecen tres personas a la cabeza del
mundo: el Papa, el emperador bizantino y el rey.
53 En relación a las acusaciones sobre León III ninguna
fuente las menciona; algunos proponen una conducta
de adulterio o una irregularidad sexual. Conociendo la
situación histórica es muy difícil creer esto y por ello opino
que el problema fundamental era cuestión de dinero y la
consecuente corrupción en un momento en que había
obsesión por construir y embellecer a Roma.
54 Las fuentes principales son los Anales regni francorum.
En: MGH, el Liber Pontificalis, Vita Leonis III, y
Eginardo, Vita Caroli, c. 28. Existe una cuarta fuente: Codex
Vindebonensis, 515, en MGH, Códices selectos, I.
Cf. Gatto, Ludovico, Il medioevo nelle sue fonti, Monduzzi,
Bolonia, pp. 146-147; este autor cita el Liber
Pontificalis; Gasparri, S. Op. cit., pp. 338-339.
55 Del 850 data la única crónica que habla de la traslatio
imperii, Cf. Acta Sanctorum, noviembre 3, 844. En el
siglo XII, Otón de Frisingia y posteriormente Inocencio IV
hablan de la misma idea pero en un contexto diferente.
56 Cf. Fliche – Martin, VI, pp. 63-86.
57 Cf. MGH, Capitulari, I, n. 22, 52-62; Gatto, L. Op. cit., pp.
153-156. El título correcto es Epistula
delegationis edicto. En ella se encuentra delineada la
legislación para la praxis eclesial.
58 El texto más antiguo se encuentra en la Biblioteca
Nacional de París, BN Lat. 12048; data de finales del siglo
VIII y todo parece indicar que proviene de un monasterio del
norte de Francia llamado Gelone. Los manuscritos
anteriores al 800 están publicados en una colección que se
llama Códices Latinos Antiguos.
59 Las capitulares de este sínodo se encuentran en MGH,
Concilia II/1, p. 165.
60 El texto manuscrito data del 790 y proviene del monasterio
de Neissenburg. Códice 91, Catecismo de
Neissenburg, del Archivo de Alemania.
61 Pierini, F. Op. cit., pp. 62-63.
62 Cf. Bihlmeyer – Tuechle, II, pp. 34-40.
63 Cf. NHI, II, pp. 168-171.
64 Consistía en hacer puntos para separar las palabras de un
texto; al eliminarse, aparecieron los espacios entre
las palabras como actualmente se acostumbra escribir.
65 Patrología Latina, 101, pp. 11-58.
66 Cf. NHI, II, pp. 101-114; Jedin, III, pp. 164-166.
67 Cf. NHI, II, pp. 47-49.
68 Este concepto apareció en el reino franco en el siglo VI
para designar a los clérigos que bajo la dirección del
obispo o del arcipreste celebraban la liturgia en común y se
encontraban en el registro (el canon); estos clérigos
tenían derecho a asistencia de parte del obispo diocesano.
69 Cf. Institutiones aquisgranenses, en MGH, Concilia II, 1,
pp. 312-421; 421-456.
70 Cf. NHI, II, pp. 147-149. Se llaman así porque se pensaba
que su autor era Isidoro de Sevilla.
71 Este término aparece por primera vez en una carta
capitular del 779.
72 Cf. Jedin, III, 233-236.
73 Cf. Jedin, III, pp. 319-410.
74 Como el caso de la ambrosiana y la mozárabe, en Milán y
España, respectivamente.
75 Lo cual implicaba un rito episcopal. Esta realidad, unida a
que en la práctica era un obispo, condujo a varias
disputas sobre la legitimidad de la consagración.
76 Por ejemplo Bernardo Plantapilosa se firmaba abadcomes;
además, algunas diócesis del sur de Francia
estuvieron en manos de señores feudales.
77 Cf. Gutiérrez, Alberto. La Reforma Gregoriana y el
renacimiento de la cristiandad medieval. PUJ, Bogotá,
66
1983.
78 Los estados pontificios hicieron que hasta el siglo XIX, el
Papa fuera la figura más representativa de la
política italiana. Las fuentes de este período dejaron
testimonios valiosos, únicos, de aquellos siglos tristemente
célebres para la historia de la Iglesia.
79 Quien deseaba ser inscrito como hermano general (frater
conscriptus) tenía que cancelarle al monasterio lo
que un monje gastara económicamente durante un año,
aproximadamente una libra de plata. Como cada
monasterio tenía su tarifa, lentamente se fueron
enriqueciendo.
80 Cf. Gasparri, S. Op. cit., pp. 539-544.
81 Sin optar por ninguna opinión, la compra de la Santa
Lanza, una de las reliquias más apreciadas de la Edad
Media que hoy se encuentra en Viena, hecha por Enrique I al
duque Rodolfo II de Alta Borgona (h. 926)
entregando en pago algunos terrenos de Baviera y Basilea,
da a entender que no es fácil juzgar de laicismo a este
rey.
82 Cf. Gasparri, S. Op. cit., pp. 546-548.
83 Cf. Fliche – Martin, VII, pp. 11-105; Orlandis, José. Historia
de la Iglesia, I. Palabra, Madrid, 1986, pp.
234-236.
84 En aquel entonces los obispos no podían cambiar de
diócesis, por aquello de que eran esposos de la
respectiva Iglesia.
85 Cf. Orlandis, J. Op. cit., I, pp. 276-278.
86 El gesto fundamental del vasallaje consistía en poner las
manos entre las manos del rey. La fidelidad al rey y
no al Papa era lo normal en aquel entonces.
87 Las regalías comprendían: tierras, inmunidad y
prerrogativas territoriales como moneda, mercados,
distritos, etc.; estas regalías, a su vez, crearon los núcleos de
los “estados episcopales”.
88 Cf. Historia Eunsa, IV, pp. 190-195.
89 Cf. Hertling, L. Op. cit., pp. 176-178; Orlandis, J. Op. cit.,
pp. 244-247.
90 Cf. Gasparri, S. Op. cit., p. 523.
91 Por ejemplo Juan de Vendières, abad de Gorze, fue
embajador de Otón I ante el califa de Córdoba.
67
Capítulo II
Apogeo cristiano medieval
Entre los siglos X y XIII (950-1250), la Iglesia desempeñó un
importante papel al interior
de la cultura occidental, en la cual las migraciones
poblacionales le dieron a Europa una
nueva configuración teniendo como eje el feudalismo con sus
implicaciones, incluyendo
los viajes y las peregrinaciones que de alguna manera
aportaron a esa configuración en
medio de contextos religiosos y políticos muy diferentes.
En lo referente al feudalismo, fenómeno que venía desde la
antigüedad tardía, estaba
patente en la era carolingia y se hizo realidad social con el
vasallaje y la concesión de
beneficios que llevaron a la fragmentación del poder que
originó los linajes nobles y la
caballería. A la par con ello, se fortalecieron dos líneas
culturales: la militar y la clerical,
que forjaron dos líneas diferentes en la educación: intelectual
y militar, hasta llegar a las
universidades, la más revolucionaria institución medieval.
Conviene tener presente los
cuatro imperialismos con los cuales la Iglesia entró en
contacto: europeo, bizantino,
islámico y mongol. Este cruce de imperialismos de la
impresión de una ordalía, de un
juicio de Dios, que al poco tiempo entró en crisis y provocó
visiones apocalípticas. El
espacio geográfico del período se encuentra formado por tres
modelos culturales, dos
cristianos y uno islámico.
1. Marco histórico
Dentro del contexto histórico es importante conocer los
acontecimientos eclesiales para
valorar mejor los acontecimientos que se desarrollaron en
una sociedad que se entendía
como cristiandad y no existía una clara división entre reino y
sacerdocio.
1.1 El mundo bizantino92
1.1.1 El Imperio Romano
El Imperio Romano de oriente reivindicó para sí dos
privilegios: la representación del
imperio que implicaba la imposibilidad de reconocer a
occidente y la preeminencia
cristiana por la ortodoxia y la posesión de los lugares santos.
La edad de oro del imperio
bizantino estaba pasando toda vez que a partir de la muerte
de Basilio II (1025) comenzó
68
un proceso de decadencia en el cual se vivía un particular
tiempo de calma que terminó
con la caída de Bizancio en poder de los cruzados en 1204.
Al interior se dio la transformación de la estructura social y
económica con un
feudalismo cada vez más potente. Hasta el siglo XI el imperio
tenía un ejército fuerte con
los soldados campesinos, a quienes el Estado les concedía
algunos terrenos libres de
impuestos con la condición de formar el cuerpo armado; estos
campesinos estaban
asociados. En el siglo XI esta política desapareció, porque el
gobierno central impuso
impuestos con lo que la aristocracia y sus latifundios se
desarrollaron ya que no tenían
que pagar impuestos; otro tanto se puede decir de los
eclesiásticos. Este cambio produjo
la crisis militar porque el número de soldados disminuyó con
lo que hubo necesidad de
acudir a mercenarios para mantener el ejército. Al aspecto
militar, se le suma que
Bizancio era un imperio básicamente agrícola, ya que sólo
dos ciudades eran importantes:
Bizancio y Tesalónica, a las cuales emigraba la mayoría de
los aristócratas que a su vez
eran los grandes latifundistas.
Al exterior está la presencia de los musulmanes y la aparición
de nuevos pueblos más
allá de las fronteras del imperio, como los pecenegos
procedentes de las estepas rusas,
los seldjúcidas que eran descendientes de los turcos y los
normandos que estaban al sur
de Italia; esto da entender que el imperio estaba rodeado de
potenciales enemigos. El 26
de agosto de 1071 el ejército mercenario bizantino fue
derrotado por las tropas
seldjúcidas de Alp Arslan en la batalla de Mantzikert y
apresaron al emperador romano
IV Diógenes; mientras que el emperador hizo algunos pactos
para ser liberado, el partido
de oposición nombró otro emperador y cuando aquel regresó
fue nuevamente apresado
en Constantinopla donde murió en 1072. Los seldjúcidas no
se sentían ligados ya que el
emperador había muerto en situaciones irregulares e
invadieron Asia Menor, perdiéndose
cultural y cristianamente esta región.
En 1071 Bari, último baluarte bizantino en Italia, cayó en
manos de los normandos
dirigidos por Roberto Guiscardo, abriendo el camino hacia
Bizancio, que entró en pactos
con Venecia, concediéndole el monopolio comercial sin
impuestos ni aduanas en 1082;
con esto el poder bizantino en occidente era cada vez más
débil. Aprovechando esta
debilidad, llegaron los ataques y las peticiones de algunos
reinos como Croacia y Serbia
que estaban bajo la protección papal. Suerte diferente
tuvieron los armenios, quienes
fueron autorizados para entrar al imperio, ya que el poder
central bizantino pensaba que
así podría tener más ejército y vencer con mayor facilidad a
sus enemigos en campos
desolados.
La problemática descrita, sucedida después de la muerte de
Basilio II, termina con el
ascenso de la dinastía Comnena con Alejo I (1081-1118),
quien fortaleció la aristocracia
militar que estuvo en el poder hasta 1204. Con la dinastía
Comnena aparecieron la
pronoia y el caristicariado. La pronoia o providencia, era la
concesión administrativa
concedida a algunas personas con el compromiso de prestar
servicio militar; este sistema
condujo a la feudalización del ejército ya que cada
administrador estaba al frente de un
grupo de soldados que reunía en su territorio. El
caristicariado, consistía en conceder en
administración los bienes de un monasterio a un laico;
mientras que los monjes eran los
69
que la concedían no había ningún problema porque eran los
propietarios, pero cuando
con Alejo I se convirtió en una concesión imperial, las cosas
tomaron otro camino que
condujo a los resentimientos porque el emperador se
apropiaba de algunos bienes de la
Iglesia para sostener la guerra93.
En el contexto de esta situación, se ubica la pregunta de
Urbano II (1088-1099) sobre
la razón por la cual el Papa no era mencionado en los
dípticos litúrgicos de oriente con lo
que los cristianos se verían sin una autoridad máxima. El
emperador, reunió el sínodo
permanente de Constantinopla y envió una respuesta
diciendo que la bula de excomunión
de 1054 era contra el delegado pontificio y se le hacía ver que
si quería ser admitido en
los dípticos, debía aclarar algunas cosas sobre los ritos y los
cánones, además de enviar
la carta entronística, diciendo que había sido elegido en forma
regular. El Papa aceptó las
condiciones y envió a Basilio, quien había sido destituido
como obispo ortodoxo de
Reggio Calabria y no hizo mucho por la unión entre oriente y
occidente. El emperador
comenzó a negociar directamente con el Papa, y éste,
olvidando la presencia del
patriarca, aceptó los tratos, en los que se gestaron las
cruzadas como un acuerdo político
entre el Papa y el emperador.
En cuanto a la vida interna de la Iglesia, las antiguas
controversias doctrinales aún
seguían presentes, además existían dos corrientes
divergentes: la mística y ascética, y la
filosófica; la mística, liderada por Simeón el nuevo Teólogo (+
1022) y Stethatos (+
1090), no era muy intelectual; la filosófica liderada por Miguel
Psellos (1018-1099) tenía
una actitud neoplatónica y se enfrentó con el patriarca Juan
Xifilino sobre el uso de la
filosofía en la teología: Psellos defendía su uso en la teología,
Xifilino no aceptaba esta
posición porque la filosofía era vista con sospecha; por ello en
1082 fue condenada esta
corriente como heterodoxa. Además, los bogomilos y los
paulinos aún estaban presentes
y el monacato oriental, después de la caída de Asia Menor,
estaba llegando a un
momento de ocaso.
1.1.2 Iglesia e imperio94
Existía una estrecha relación que permitía una recíproca
intervención, porque la
concepción de cuerpo cristopolítico no permitía una
separación de poderes ya que el
emperador era fiel, vicario y defensor de la ortodoxia. El
patriarca se convirtió en el
personaje más importante cuando se perdieron los otros
patriarcados orientales y Roma
fue prácticamente ignorada; para su elección, hecha por los
metropolitanos, se proponía
una terna; como era consagrado por el emperador era casi
imposible el nombramiento de
un patriarca contrario a él.
En torno al patriarca, existía un sínodo permanente llamado
endemusa que se convirtió
en un órgano de colaboración; este sínodo influía en el
nombramiento del patriarca, quien
normalmente estaba de acuerdo con el emperador; cuando
esto no se daba, el sínodo
hacía presión para que renunciara. A pesar de todo el
patriarca estaba en el vértice de
una jerarquía en la cual los obispos eran reunidos en
regiones metropolitanas que casi
siempre correspondían a las provincias imperiales. Los
obispos, cuya elección exigía el
70
celibato, eran monjes; los sacerdotes se podían clasificar en
clero alto y bajo. Tanto los
unos como los otros buscaban las mejores posiciones porque
la situación económica no
era del todo segura; en este contexto nació el clericato, un
auxilio económico que los
sacerdotes recibían, parecido al beneficio occidental.
Junto a la jerarquía, está el monacato, que tenía en la
contemplación y su laicicismo
dos notas características. Se organizaba en grupos de
monasterios y aunque normalmente
no intervenían en política, en algunas oportunidades se
opusieron al emperador. Su
centro era el monte Athos; allí existía un monasterio que
albergaba a los monjes que
procedían de las lauras de Palestina y otras regiones,
creándose una especie de reserva
para monjes donde Atanasio Athonites, amigo y confesor de
Nicéforo Focas, comenzó la
construcción de un monasterio (963) para el cual dejó unas
normas muy precisas como
ascesis mitigada, oración y trabajo. Algunos monjes se
opusieron y entraron en
rivalidades en las cuales intervino Juan Tzimiskes, quien
obligó al monje Eutimio a
componer algunas normas (Typicon) todavía vigentes en
aquel centro, donde no pueden
entrar las mujeres.
1.1.3 Herejías orientales95
Se presentaron dos movimientos heréticos que criticaron la
Iglesia por la situación
social que presentaba un contraste entre el mensaje bíblico y
la riqueza eclesial, llegaron
a criticar la doctrina y tuvieron éxito porque daban respuesta
a las protestas que se
presentaban por las tensiones y desigualdades sociales.
El paulinismo aparece mencionado en un sínodo armeno de
719; las fuentes dicen que
apareció en Armenia hacia el siglo VI y desde allí se difundió
a otras regiones, siendo su
fundador un tal Pablo; en los escritos de Juan de Otzun (717728) y Pedro Sikeliotes
(850-880), se encuentran algunos elementos de su doctrina
en un contexto polémico. Es
una doctrina maniquea que frente a la injusticia del mundo
sostenía que era imposible
que un mundo tan malo fuera creado por un Dios tan bueno;
además buscaban la
simplicidad de la Iglesia primitiva, negaban algunas partes del
Antiguo Testamento y
afirmaban el docetismo por lo cual la cruz no tenía sentido.
Todo era interpretado desde
una perspectiva espiritual que veía como malo cualquier tipo
de poder. A causa de la
persecución de Constantino V Coprónimo se desplazaron al
norte de Grecia y
comenzaron a florecer bajo Nicéforo I (comienzos del Siglo
IX); a este punto se iniciaron
las campañas contra ellos no tanto por su doctrina como por
su alianza con los
musulmanes.
El bogomilismo comienza en Bulgaria debido a la crisis social
causada por las
campañas de Simeón; la situación del clero bajo y los
campesinos, quienes no tenían
tiempo ni para rezar, condujo a una insurrección liderada por
Bogomilis (amigo de Dios)
a quien el sacerdote Cosme le dio el nombre de Bogoemilis
(enemigo de Dios). Los
seguidores de Bogomilis se sintieron cercanos a Dios contra
la Iglesia oficial con el deseo
de retornar a la Iglesia primitiva y separarse de una sociedad
injusta. Lentamente su
doctrina se volvió dualista al afirmar que un ángel renegado
creó el mundo material, por
71
esto rechazaban partes del Antiguo Testamento; al interior de
ellos existe la clásica
división maniquea de perfectos y otros fieles. Después de la
caída de Bulgaria
difundieron su mensaje en el imperio y sólo a mediados del
siglo XII pudieron ser
vencidos; algunos huyeron a Bosnia y desde allí se
desplazaron a Italia y Francia; en
Bosnia se hicieron musulmanes y en Francia dieron origen al
catarismo.
1.1.4 La cristianización de los rusos
Sus orígenes se encuentran en el desplazamiento de algunos
monjes griegos por la
tempestad iconoclasta a la orilla septentrional del mar Negro;
en la segunda mitad del
siglo IX aparecen algunas señales de cristianismo en la
región del reino de Rus (Rhos)
formado por vikingos y eslavos que tenían en Kiev y
Novgorod los centros más
importantes; algunos miembros de ese reino venían en una
embajada bizantina que llegó
hasta el emperador Ludovico Pío (839, a Ingelheim en
Renania). En esta embajada se ha
querido ver el primer paso para la cristianización de Rusia.
El segundo paso fue el bautismo de Olga de Kiev, quien a la
muerte de su esposo Igor
(945) asumió la regencia del reino por su hijo Sujatoslav y
viajó a Constantinopla (956957) donde fue bautizada96. En esta visita, Olga manifestó su
deseo de autonomía
eclesiástica; para obtenerla envió una embajada a Otón I
pidiendo un obispo misionero,
pero la oposición de Sujatoslav apoyada por Bizancio, hizo
fracasar al obispo enviado, el
monje Adalberto.
Con Vladimir (978-1015) se dio el paso definitivo de la
cristianización rusa que se logró
después de un examen de las tres grandes manifestaciones
religiosas del momento: la
Iglesia Latina juzgada en la vivencia cristiana de los
germanos, el islam y la Iglesia
bizantina; ésta fue aceptada por su festiva liturgia. Además, la
derrota de las tropas
imperiales por los búlgaros (976) y el intento de golpe de
estado por parte de Barda Foca
a Basilio II (978) permitieron que, previa solicitud de auxilio,
Vladimir se hiciera presente
con sus tropas, venciera a los rebeldes, recibiera a la
princesa Ana y se hiciera bautizar
en el 988; después, los dirigentes y el pueblo también lo
hicieron. La conversión de Rusia
fue uno de los últimos ejemplos de cristianización desde
arriba, desde el príncipe.
A partir de este momento comienza la organización de la
Iglesia rusa. De Kiev sólo se
sabe que a partir de 1039 era una sede metropolitana que
dependía de Bulgaria o de
Constantinopla, hasta que ésta cayó en poder de los turcos
(1453). En esa ciudad se
construyó entre el 989 y el 996 el templo de las décimas,
llamado así porque Vladimir
prometió la décima parte de sus réditos para mantenerla.
1.1.5 El cisma de 105497
Desde el siglo IV hasta el siglo VII se presentó el nacimiento
de las Iglesias nacionales
orientales en sus dos tradiciones: la Iglesia Asiria de Oriente
(nestoriana) y las Iglesias no
Calcedonenses (copta, jacobita y armena). Después de esas
rupturas se había vivido una
cierta unidad en la cual existía la paz en medio de las
tensiones; hasta el siglo XI la
72
situación se mantuvo en esa línea, de tal manera que Roma
era ortodoxamente católica y
Constantinopla católicamente ortodoxa. “A partir de esa
fecha, estos dos adjetivos se
convierten en sustantivos y van a servir para denominar dos
Iglesias hermanas”98.
Además, este cisma fue el cuarto episodio del enfrentamiento
entre oriente y occidente
después del sínodo Trullano de 692, la crisis iconoclasta de
726, la polémica con Focio
por el problema de Bulgaria y su irregular nombramiento
patriarcal; estas tensiones
crearon desconfianza de ambas partes99.
León IX (1049-1054) consagró a Humberto de Silvacándida
como arzobispo de Sicilia
(1050); al tiempo entraron en juego tres fuerzas diferentes:
Roma, Bizancio y los
normandos con el deseo de conseguir el poder en el sur de
Italia; el Papa quiso aliarse
con ellos pero no pudo, buscó apoyo en Enrique III y no lo
obtuvo, buscó un acuerdo
con el gobernador bizantino de Sicilia, Argyros, quien estaba
dispuesto a aceptarlo pero
cuando iba a firmarse el pacto, intervino el patriarca bizantino
Miguel Cerulario (10431058). Cerulario tuvo una vida muy particular antes de ser
patriarca: por participar en
una conjura contra el emperador Miguel IV fue exiliado y se
convirtió en monje; tenía
pocos conocimientos teológicos, mucha ambición y aversión
contra los latinos. Su
oposición al acuerdo entre León IX y Argyros se debe a que
en ese pacto veía un
aumento del poder latino y una posible subordinación de la
Iglesia bizantina en el sur de
Italia.
Vino entonces la polémica cuando en 1053 León, arzobispo
de Ochrid, le envió un
tratado al obispo Juan de Trani, acusando a los latinos de
ayunar el sábado y comulgar
con pan ázimo. Los cristianos latinos de Constantinopla
protestaron porque se sentían
tratados como judíos; en respuesta sus templos fueron
cerrados. Frente a la acusación se
alzó Humberto de Silvacándida, exagerando el primado
romano y haciendo responsables
a los bizantinos de noventa herejías; al mismo tiempo,
aumentaba en Italia el peligro
político porque las tropas, tanto pontificias como bizantinas,
fueron derrotadas por los
normandos, quienes al conseguir tierras dejaron de ser los
mercenarios del sur de Italia.
Para superar esta dificultad y hacer una alianza contra los
normandos, el emperador
Constantino IX Monómaco pidió a Roma que enviara unos
delegados. El Papa nombró a
Humberto de Silvacándida, Federico de Lorena y Pedro de
Amalfi, quienes viajaron a
Constantinopla portando dos cartas una para el emperador y
otra para el patriarca. Los
delegados fueron recibidos bien por el emperador en abril de
1054, pero fríamente por el
patriarca; las cartas fueron entregadas y como Cerulario no
respondía, Silvacándida
comenzó a movilizar la población contra el patriarca; en esta
movilización apareció el
monje Nicetas Stethatos o Pectoratos, quien atacó el ayuno y
el celibato sacerdotal
latino, Silvacándida contestó con palabras poco adecuadas,
el emperador hizo silenciar al
monje para no comprometer la alianza que estaba
negociando.
La ambición de ambas partes no tenía límite y Silvacándida
introdujo el Filioque,
redactó una bula de excomunión que dejó en el altar del
templo Santa Sofía el 16 de julio
de 1054, un diácono pensó que este documento había sido
olvidado y lo quiso restituir a
sus dueños quienes no la aceptaron; en esta bula se hacían
afirmaciones falsas contra
73
Cerulario y León de Ochrid. El emperador fue informado y
llamó a los delegados quienes
en lugar de responder, abandonaron la ciudad; el 20 de julio
Cerulario excomulgó a los
autores de la bula y el 24 del mismo mes, un sínodo hizo lo
mismo. Posteriormente
Cerulario envió una carta al patriarca Pedro III de Antioquía
en la que iban la carta
dejada por Silvacándida y la bula de excomunión, traducidas
al griego; en esta carta
Cerulario deja en claro tres cosas: la carta recibida no es del
Papa, los delegados no
representan al Papa porque ya había muerto y los delegados
fueron excomulgados.
En la experiencia humana se suele buscar un culpable. Al
respecto, es cierto que
Silvacándida y Cerulario no eran ni unos angelitos ni las
personas más indicadas porque
su pasión era grande, con lo que las relaciones llegaron al
más bajo nivel posible; como si
ello fuera poco las cruzadas, sobre todo la cuarta (1204),
bajaron aún más el nivel del
abismo. Así permanece aún hoy a pesar de que en diciembre
de 1965 se abolieron las
excomuniones lanzadas en el 1054. A esto se le añade que el
movimiento de reforma
liderado desde Roma más que buscar la identidad de la
Iglesia imponía costumbres
romanas que chocaban con las costumbres orientales; en
otras palabras, se identificaba la
tradición latina no con la Iglesia de Roma, sino con la Iglesia
Católica imponiendo más la
unicidad que la unidad. No obstante ello, la división de 1054
con las faltas y razones para
las excomuniones mutuas no fue tan traumática con el
resultado de la cuarta cruzada
(1202-1204) cuando Constantinopla fue conquistada y se
fundaron el imperio y el
patriarcado latino de allí.
1.2 El mundo latino100
Comparando oriente y occidente, mientras la cristiandad
bizantina disminuye, la
occidental aumenta y se expande gracias a dos conceptos
que la animaban: la
uniformidad litúrgica con el rito romano a partir de Gregorio
VII con el progresivo
reconocimiento y aumento de la autoridad papal y la
cristiandad como una realidad
territorial y espiritual que se distingue de las demás regiones
que son llamadas paganas, es
decir, no cristianas.
1.2.1 La situación europea
En orden a una mejor comprensión del marco histórico que se
está desarrollando, se
abordan algunos datos básicos para comprender la situación
de Europa en aquel
entonces; este recorrido se hará por regiones, centrando la
atención en Europa
mediterránea (Francia, Hispania e Italia) y Europa insular
(Inglaterra e Irlanda), dejando
de lado a Europa imperial que será vista al interior de los
apartados dedicados al estudio
de la sinergia entre reino y sacerdocio y la reforma
gregoriana.
Europa mediterránea
Hasta el siglo X, Francia era un reino débil en manos de
feudales y nobles, que ni el
rey ni los príncipes podían vencer; hacia el 1000 Francia se
vio colmada de castillos
74
donde vivían los pequeños nobles, llamados castellanos, que
controlaban el territorio e
imponían normas a los campesinos. Esta nobleza deseaba
adquirir más poder y hacía
guerras cuyos gastos eran sufragados por los campesinos
que debían pagar décimas,
protección y construcción; como esto no era suficiente, a
partir del siglo X se
convirtieron en jueces, y posteriormente en señores, que
monopolizaron todo obligando a
los campesinos a usar los bienes públicos del señor: el
molino, los hornos, el establo, etc.
Esto proporcionaba buenas entradas, pero hacía morir a los
campesinos; por ello, la
anarquía feudal produjo carestías, hambres, guerras y
debilitamiento del poder central.
La anarquía feudal se superó con la defensa que la Iglesia
hizo de los pobres; esta
actitud era la respuesta que obispos y abades daban a los
señores que querían apoderarse
de los bienes de la Iglesia, sobre todo obispados, abadías y
parroquias pudientes,
jurisdicciones eclesiásticas entregadas a laicos. Conviene
señalar la diferencia existente
entre Francia y Germania en cuanto a las abadías y los
episcopados; en Germania
estaban bajo el poder del emperador, en Francia bajo el
poder de los señores; por esto se
entiende que las reformas vinieran desde Francia donde la
Iglesia sufría bajo el poder
laico de la anarquía feudal. Además del deseo de reforma
expresado en la cuestión
disciplinaria, están: la paz o tregua de Dios, la propuesta del
celibato sacerdotal y la lucha
contra la simonía; las dos últimas para liberar la Iglesia de la
sofocación del poder laico y
las investiduras.
Felipe I (1060-1108), contribuyó a una cierta estabilidad del
reino y dejó en el aire la
aplicación de la reforma gregoriana en Francia por lo que las
investiduras se siguieron
dando sin usar báculo y anillo. Si bien el rey no hizo mucho,
no se niega que existieron
prohibiciones sobre las investiduras; además, Felipe podía
mostrarse generoso porque
sólo tenía poder sobre 25 de las 70 diócesis francesas, el
centro del conflicto era entre el
Papa y el emperador Enrique IV y los obispos franceses
tenían pocos derechos y sólo
eran administradores de algunas propiedades estatales. La
Iglesia vio en el rey un baluarte
que ayudaba en su lucha contra los señores feudales, es
decir, comenzó a apoyarse en el
rey a pesar de su desinterés y su problema matrimonial; no
obstante ello se dio un
adecuado entendimiento entre los poderes. El rey Felipe tuvo
problemas con la Iglesia
porque repudió a su mujer para casarse con Bertrand de
Monfort, esposa de Fulco
Anjou; en un sínodo de 1094 el rey fue excomulgado; en 1095
Urbano II estuvo en
Francia y en el sínodo de Clermont confirmó la excomunión;
las cuestiones sobre este
problema matrimonial siguieron hasta que en 1104, después
de una promesa hecha por
los dos adúlteros, el rey fue absuelto; finalmente Pascual II
cerró el caso porque le
interesaba más afrontar el problema con el emperador
Enrique V (1106-1125).
Un elemento importante fueron las soluciones propuestas
para las investiduras. En el
ambiente de la reforma gregoriana algunos pensadores
admitían que la Iglesia no podía
sustraerse del poder estatal; uno de estos pensadores fue
Ives de Chartres, quien dio una
solución a las investiduras distinguiendo entre lo temporal y lo
espiritual, con lo que hacía
ver que el obispo era administrador en lo temporal y pastor en
lo espiritual101. Otra
solución fue propuesta por Hugo de Fleury, quien escribió un
tratado sobre el poder real
y la dignidad sacerdotal dirigido a Enrique I de Inglaterra,
proponiendo que durante la
75
ceremonia de investidura el rey usara otro símbolo para evitar
algún equívoco, pero
mantenía que el obispo recibiera del rey los bienes
temporales y del arzobispo el báculo y
el anillo. En el sínodo de Clermont se prohibió el vasallaje,
siendo reemplazado por el
juramento de fidelidad; con esto se llegó en Francia a un
acuerdo: el rey conservaba el
ius regalía mientras que la Iglesia conservaba lo espiritual.
Dejando de lado las investiduras, se abordan dos áreas que
son importantes. La
primera es la posición de algunos duques y condes como el
caso de Guillermo de
Normandía (1035-1087), quien conquistó el sur de Inglaterra
creando una compleja
situación al norte de Francia, y Balduino V de Fiandra (10351067), quien dio origen a
Bélgica siendo al mismo tiempo vasallo del rey francés y del
emperador. La segunda es el
movimiento comunal, que se desarrolló al norte de Francia;
gracias al comercio, algunos
municipios ricos comenzaron a emanciparse del poder que
estaba en manos del obispo, y
en algunos casos lo alejaron de la ciudad; en el contexto de
estos movimientos están las
conjuras para defender sus intereses.
Otro elemento es el ascenso de los capetos en Francia por
aquello de la unción sagrada
de la cual era objeto. Luis VI hizo ungir como rey a su hijo
Luis en la catedral de Reims
con el óleo que, según la tradición, una paloma había traído
del cielo y depositado en
manos de san Remigio, cuando bautizó a Clodoveo (499);
este óleo fue conservado y se
utilizaba para ungir al rey el día de su coronación102. Otro
elemento de la sacralización de
la monarquía es el estandarte de Saint-Dennis, abadía donde
estaban enterrados los reyes
franceses bajo la protección de este santo y la llama de oro,
el estandarte de Carlomagno,
de la cual habla la Canción de Rolando; a partir de esto el rey
francés se convierte en el
continuador de la dinastía carolingia con derecho al imperio.
En lo referente a Hispania, durante el medioevo la historia se
divide en dos períodos:
musulmán y reconquista. El dominio islámico comenzó hacia
el 711 por la
preponderancia política árabe que, aunque no alcanzó a
conquistar toda la península,
estableció un califato que tenía en Córdoba la capital; la
unidad política de los árabes
duró poco, porque hacia 1031 el último califa abandonó
Córdoba y se fueron formando
los pequeños reinos independientes que no eran lo
suficientemente fuertes como para
oponerse a los cristianos que venían desde los reinos de
León (sucesor de Asturias),
Castilla (que había sido un condado de León), Porto (que dio
origen a Portugal hacia
1140) y Navarra. Bajo el gobierno de Sancho el Mayor (+
1135) León, Castilla y
Barcelona fueron sometidos hasta formar un sólo reino que
después cayó y se dividió en
Navarra, Aragón, León - Castilla, Galicia y Portugal, que
formaban un entramado
político inestable en cuanto se aliaban y enemistaban con
facilidad.
Cuando en 1083 Alfonso VI de León, amenazó con destruir el
reino de los
musulmanes y tomó Toledo en 1085, éstos pidieron ayuda a
los musulmanes del norte de
África, quienes reconquistaron algunas regiones de España e
hicieron de esas regiones
parte del reino almorávide103 del norte de África. Poco
después el reino de Aragón
comenzó, bajo Sancho Ramírez a vivir un ambiente de
cruzada por defender los
territorios del poder almorávide; del mismo tiempo es el Cid
Campeador, quien creó el
76
reino de Valencia entre Aragón y los musulmanes (1094 y
1099), y era vasallo de
Alfonso VI de León. Se comenzó un ambiente de cruzada ya
que la expedición de
Barbastro contó con una indulgencia para los que participaran
en la reconquista.
La Iglesia se encontraba dividida en dos corrientes: mozárabe
y francoromana; la
primera tenía en Santiago de Compostela su centro espiritual,
que comenzó a ser sede
independiente de Braga hacia 1095; la segunda, tenía en
Toledo su centro espiritual sobre
todo a partir del 1088 cuando fue restaurada ya que en 1085
fue reconquistada. El rito
mozárabe despertó sospechas por lo que la Iglesia
francoromana comenzó a tenerlo por
hereje; a esto se le suma que en 1088 fue nombrado como
obispo de Toledo un monje
cluniacense que además era delegado pontificio, partidario de
la reforma gregoriana, con
la misión de acercar la península a Roma.
En Europa mediterránea, luego de Francia e Hispania se
aborda Italia. Hasta el siglo XI
se hablaba de dos Italia: norte y sur, un dualismo con dos
problemas diferentes: el sur
con el reino normando y siciliano, el norte con el desarrollo de
las ciudades - estados; en
medio de estas dos regiones comenzaba a tomar fuerza el
estado pontificio que bajo el
poder de un papado reformado, exigía los derechos feudales
y estaba interesado por las
dos Italia para superar los peligros que rodeaban el
patrimonio de Pedro.
Italia septentrional tenía una organización comunal que se
venía reafirmando a partir
del 1000 a través de un gobierno gestionado por asociaciones
privadas que sostenían sus
derechos frente al señor de la ciudad; estos municipios
teóricamente pertenecían al
imperio, pero eran apoyados por el papado para debilitar la
presencia y el poder imperial
en Italia, hasta el punto que la Liga Lombarda tuvo
enfrentamientos con Federico
Barbarroja, en los cuales los municipios salieron triunfantes.
La Iglesia vivía una
situación pacífica a pesar de los problemas existentes, el
monacato era floreciente y las
reformas se hacían realidad; fue en esta región donde
desarrolló su ministerio el canonista
Deusdedit quien en el sínodo de Piacenza (1095) propuso
una solución al problema de la
simonía: validez de las ordenaciones pero concediendo
dispensas para evitar problemas.
En Italia meridional el dominio normando había construido
una particular estructura a
partir de la familia Altavilla (Hautville): el príncipe de Puglia,
Calabria y Capua era
vasallo del Papa; el duque de Sicilia era vasallo del príncipe
normando de Puglia. Roberto
Guiscardo (el Astuto) con el acuerdo de Melfi (1059) obtuvo
de Nicolás II el título de
vasallo papal con el compromiso de expulsar definitivamente
a los ortodoxos y atacar la
Sicilia musulmana; por unos veinte años Roberto dominó casi
todo el sur italiano,
desembarcó en Epiro y amenazó a Constantinopla. Rogerio I,
hermano de Roberto,
estaba empeñado en la conquista de Sicilia (1061-1091) y
recibió de Urbano II el
“privilegio sículo”: sin autorización y aprobación del rey no se
enviaría ningún delegado
pontificio104. Rogerio II reunificó ambos reinos y asumió el
título de rey de Sicilia
poniendo la capital en Palermo, ciudad conquistada en 1072;
fue un reino que se
convirtió en una potencia militar, con una particular
organización territorial y una
adecuada centralización, que creó un fuerte aparato
burocrático para contrarrestar la
influencia de algunos nobles. Al interior de este reino era
lamentable la situación de los
77
campesinos, que impedía cualquier movilización social y
sofocaba todo anhelo comunal,
exceptuando el caso de Palermo que se convirtió en una
metrópolis donde se
encontraban oriente, los árabes y occidente.
La Iglesia vivía una situación confusa: Bizancio tenía algunas
jurisdicciones en las
cuales la Iglesia Latina, bajo la aprobación de los normandos,
sustituyó los obispos
bizantinos pero dejó el clero para respetar las tradiciones
locales; Sicilia era musulmana y
había que cristianizarla para lo cual se erigieron diócesis,
todas latinas; y los normandos
eran cristianos. Por el acuerdo de Melfi, Roberto se
comprometió a poner todas las
jurisdicciones bajo la potestas papae; por ello los normandos
comenzaron a intervenir en
la Iglesia. Los monjes prácticamente eran pocos, unos de la
reforma cluniacense y otros
griegos pero controlados por latinos; la ausencia de monjes
cistercienses se entiende
porque san Bernardo no era partidario de Rogerio quien
apoyaba al antipapa Anacleto II
(1130-1138) porque en 1130 le concedió la corona del reino
de Sicilia. Había necesidad
de la reorganización para tratar de recuperar las antiguas
diócesis que se habían perdido;
junto a esta reorganización se dio la creación de nuevas
diócesis, unas 150 en total. En
Sicilia fueron creados algunos monasterios griegos, los
cuales fueron permitidos para
tener una fuerza más contra el islamismo.
Europa insular
Inglaterra, hacia 1066, comenzó a ser conquistada por los
normandos. A la muerte de
Eduardo el Confesor se presentaron tres candidatos al trono
inglés, uno de ellos fue
Guillermo el Conquistador, príncipe normando que había
recibido de Alejandro II (10611073) el estandarte de San Pedro y se hizo coronar rey en
Westminster, no en
Canterbury como era lo normal, en 1071, después de derrotar
a Harold en la batalla de
Hastings. Guillermo comenzó a hacer algunas reformas al
interior de la Iglesia inglesa
contra la simonía y el concubinato de los clérigos; para llevar
adelante estas reformas
contó con el apoyo del monacato normando que era
floreciente y la elaboración del
Domesday Book (1086), que es el más antiguo catastro
inglés; según este catastro la
Iglesia apareció como propietaria del 30% de la tierra. Al
interior de las reformas se dio el
cambio de obispos que comenzó a hacer Guillermo quien
nombró para la sede de
Canterbury a Lanfranco de Le Bec; los problemas
comenzaron porque el rey introdujo la
investidura con el anillo y el báculo y transfirió las sedes
episcopales del campo a las
ciudades; esto condujo a que el clero apareciera dividido por
la lingüística. No contento
con esto, siguió avanzando en sus pretensiones y en 1072
comenzó a reunir sínodos,
prohibir el viaje de los obispos a Roma y exigir explicaciones
a los delegados para
dejarlos entrar en Inglaterra.
En 1087 murió Guillermo, sucediéndole Guillermo II el Rojo
(1087-1100) quien no era
conciliador, sobre todo en lo referente a la división entre
Normandía e Inglaterra, que
Guillermo el Conquistador había hecho. En 1089 murió el
obispo Lanfranco, el rey dejó
la sede vacante y se apropió de los bienes de la Iglesia
porque necesitaba dinero. Para
evitar problemas con Roma, se declaró neutral en la cuestión
de Urbano con el antipapa
78
Clemente III; y cuando sintió cerca la muerte permitió que
fuera elegido el nuevo obispo
de Canterbury, elección que cayó en Anselmo, quien prestó
juramento de vasallaje y al
poco tiempo comenzó a cambiar y pidió la restitución de los
bienes eclesiales de los
cuales el rey se había apropiado. Como el rey no cedió,
Anselmo quiso viajar a Roma
pero el rey se lo impidió, el obispo hizo algunas consultas
sobre qué era más importante
si la obediencia al Papa o la fidelidad al rey, a lo que le
respondieron que era más
importante la fidelidad al rey; frente a esto, luego de sostener
algunas controversias, salió
de Inglaterra sin permiso del rey, quien en respuesta confiscó
los bienes de la Iglesia de
Canterbury y lo exilió; en 1100 murió Guillermo II en un
accidente de caza y todo
cambió.
Subió al trono Enrique I (1100-1135) quien quiso mejorar las
cosas, llamó a Anselmo,
quien se hizo intransigente y se negó a prestar otra vez
juramento de fidelidad; esto dio
origen a una nueva lucha por las investiduras, que fue
motivada por diferentes medios
como el caso del Anónimo Normando (o de York), obra que
habla de las relaciones entre
reino y sacerdocio sosteniendo la cristiandad como
congregación de fieles en oposición al
partido gregoriano al afirmar que el rey es el jefe de la Iglesia
en Inglaterra con derecho a
las investiduras. En este sentido el rey exigía de Anselmo el
respeto de las tradiciones y
como el obispo se refutó a coronarlo, ordenó la confiscación
de los bienes de la Iglesia y
exilió por segunda vez a Anselmo (1103-1106) por desear la
abolición de las investiduras
y el juramento.
Frente a estas circunstancias, Pascual II (1099-1118)
comenzó a negociar hasta llegar al
concordato de Westminster (1107) que fue un arma de doble
filo. Anselmo había retirado
el juramento de fidelidad, el Papa le concedió al rey el
juramento de fidelidad pero quitó
el báculo y el anillo, dejando el ius regalía y el homenaje; el
problema está en que el
homenaje era un rito impreciso porque no se sabía si era
vasallaje o juramento. Este
concordato dejó en claro que el obispo elegido debía prestar
juramento antes de la
consagración, con lo cual la elección de obispos quedó
prácticamente en manos del rey.
De todas maneras este compromiso disminuyó el poder del
rey sobre la Iglesia; pero, si
bien produjo un momento de tranquilidad, o al menos así era
cuando murió Anselmo
(1109), la libertad de la Iglesia no era más que una quimera.
Por lo que hace referencia a Irlanda, ésta fue conquistada,
primero por los vikingos
quienes comenzaron a construir algunas ciudades como
Dublín y posteriormente tuvo
una cristiandad influenciada por los monjes con lo que la
Iglesia sería más personal que
territorial. Hacia el comienzo de este período llegaron los
anglonormandos, quienes
describieron a los irlandeses como no cristianos por no tener
las mismas costumbres de
ellos.
1.2.2 Sinergia entre reino y sacerdocio
En el capítulo anterior se habló del comienzo de las
relaciones de la Iglesia con la
política germana, realidad que abarcó varios siglos y
diferentes etapas, viviendo una
especie de carrusel de amores y desamores. Por lo que hace
relación a la unidad entre
79
reino y sacerdocio, si bien ésta se presentó en diferentes
momentos, la experiencia vivida
con los emperadores Otón I, II y III marcó la historia.
Otón I hizo tres incursiones en Italia: 951-952, 961-965, 965972 con lo que se puede
entender que parte de su gobierno se desarrollará en una
región de territorios feudales y
familias aristocráticas que luchaban continuamente; cada vez
que una familia o un reino
adquiría cierto poder comenzaba a llamarse rey de Italia. Uno
de estos personajes fue
Hugo de Provenza, rey de Italia desde 927, quien trató con
Juan X (914-928) e hizo
elegir a su hijo Lotario como regente para crear una dinastía;
a esta política de Hugo de
Provenza se le opuso Berengario de Ivrea quien huyó a la
corte de Otón I, juró vasallaje
y regresó a Italia. Al poco tiempo de su regreso, murieron
Hugo de Provenza y su hijo
Lotario por lo cual Berengario se hizo coronar y encarceló a la
viuda de Lotario,
Adelaida; ésta apeló a Otón I, quien hizo su primera incursión
en Italia. En Pavía recibió
homenaje real y se casó con Adelaida, pero no llegó a Roma
porque Alberigo II, hijo de
Teofilacto y regente de Roma, se opuso porque existía la
posibilidad de que Otón I fuese
hecho emperador. Berengario II fue tratado con benignidad y
recibió en feudo el reino
itálico.
Vinieron años difíciles para Otón I por las rebeliones y
regresó a Germania; frente a
esto, Berengario II quiso extender su poder al patrimonio
petrino por lo que Juan XII
(955-964), hijo de Alberigo II y familiar de Marozia, apeló a
Otón I, quien antes de venir
en su ayuda hizo coronar en Aquisgrán a su hijo Otón II
(mayo de 961). Otón I salió de
Aquisgrán (agosto de 961) rumbo a Pavía, desde donde envió
un delegado a Roma, el
abad Atón de Fulda, y el 2 de febrero de 962 entró en Roma.
Fue coronado emperador
junto con su esposa Adelaida y recibió juramento de fidelidad.
Esta coronación, llamada
imperial, era superior a la coronación habida en Aquisgrán
con lo que el Papa se
convertía en el primer vasallo; esta coronación, con su liturgia
(unción, coronación y
alabanzas) era una sacralización del poder. El 13 de febrero,
el emperador confirmó al
Papa en San Pedro y el patrimonio petrino con el privilegio
otoniano; el documento de
este privilegio es el único original que se conserva de los
años comprendidos entre 724 y
1020, ha sido muy estudiado por su cláusula: “El Papa debe
hacer, antes de su
consagración, una promesa de fidelidad al emperador”105.
Antes de continuar se abordan dos inquietudes que han
creado problemas en el
transcurso de la historia de la Iglesia: el significado de la
coronación imperial de Otón I y
la intención que tenía el emperador. En cuanto al significado
existen dos posiciones: la
primera dice que fue un error ya que las fuerzas germanas se
dispersaron para ayudar a
otros pueblos; la segunda sostiene que era un evento
internacional en el que se encuentra
la ascendencia carolingia de Otón I. Hoy se va a las fuentes
para descubrir que aun antes
de la coronación, Otón I era llamado emperador sin ninguna
referencia a Roma106
porque la coronación imperial no exigía que fuera concedida
por el Papa. En el pontifical
germano se encuentra el secundum occidentales donde se
describe la coronación imperial
sin ser concedida por el Papa.
En cuanto a la intención de Otón I se han dado diferentes
interpretaciones: las posibles
80
ventajas para el imperio debido a la creación de episcopados
y la posibilidad de regir la
Iglesia a su arbitrio; el aumento de la sacralidad para ubicarse
mejor al interior de la
cristiandad, creando una cierta hegemonía que entraba en la
línea escatológica en la que
el emperador sería el único que podía obstaculizar el poder
del mal (cf. 2 Ts 2,7). La
verdad es que la coronación imperial hecha por el Papa fue
una decisión personal de
Otón I, quien unió los imperios germano y romano con lo cual
el título Imperator
Augustus era una consecuencia del deseo de unidad del
antiguo imperio carolingio;
además, el apoyo de grupos aristocráticos y episcopado fue
un medio de pacificación y
crecimiento económico.
Después de la coronación imperial, Otón I salió de Roma para
luchar contra Berengario
II; Juan XII, hijo del segundo matrimonio de Marozia, se
arrepintió y cambió de
orientación, Otón I regresó a Roma, el Papa huyó y fue
depuesto. En el 965 fue elegido
Juan XIII (965-972) quien fue el primer Papa que entró en la
órbita de la Iglesia imperial,
al coronar en el 967 a Otón II como emperador. En este
ambiente se gestó la tercera
venida de Otón I a Italia con el objetivo de lograr un acuerdo
con los bizantinos que
estaban al sur de la península. Para llegar al acuerdo sin
necesidad de armas, Otón I
envió a Liutprando como delegado suyo para negociar con el
emperador bizantino
Nicéforo II Focas y se pedía en señal del acuerdo una
princesa que sería la esposa de
Otón II; esta misión de Liutprando no obtuvo ningún
resultado. La situación en oriente
también era problemática; allí Juan Zimiskes o Tsimiskes
derrocó al emperador Nicéforo
II Focas y para buscar el reconocimiento oficial se dirigió a
Otón I, a quien llamó
“emperador de los francos”, enviándole una princesa, su
sobrina Teófano, inteligente y
joven mujer que desempeñó un importante rol político. En 972
se realizó el matrimonio
entre Otón II y Teófano y en 973 murió Otón I.
De Otón I se ha dicho que aprendió a leer y hablar varias
lenguas; además, antes de las
fiestas en las que tenía que portar la corona siempre
ayunaba. Su interés por Italia se
debía a la relación entre reino y sacerdocio, que tuvo como
símbolo el privilegio otoniano
que le garantizaba a los Papas la posesión del patrimonio
petrino pero le reservaba al
emperador la supremacía sobre ese patrimonio y el derecho a
intervenir en la elección
papal.
Otón II, emperador del 973 al 983, no tuvo un gobierno tan
brillante como su padre
porque murió muy joven y tuvo problemas familiares. En el
marco de estos problemas,
con el deseo de restarle poder al rey Enrique, le dio en feudo
una parte de Baviera al
conde Liutpold Babemberg; esta parte es la actual Austria. En
el 980 centró su atención
en Roma e Italia; en 981 tomó la decisión de suprimir la
diócesis de Meseburg porque su
obispo Gisilher quería ser promovido a arzobispo; en el 982
comenzó a llamarse
Imperator Augustus Romanorum y emprendió una expedición
militar contra musulmanes
y bizantinos, que se encontraban al sur de Italia, fue vencido
y en el 983 murió de
malaria en Roma a los 28 años; su tumba se encuentra en el
Vaticano.
A la muerte de Otón II (955-983), su hijo Otón III tenía tres
años. Teófano lo hizo
coronar emperador en Aquisgrán con la presencia de los
obispos de Maguncia y Ravena.
Mientras el emperador alcanzaba la mayoría de edad,
Teófano asumió la regencia del
81
imperio hasta su muerte en el 991 en Colonia; como Otón III
apenas tenía once años su
abuela, Adelaida, tomó la regencia del imperio hasta que en
el 994 y con quince años
asumió el poder.
Con Otón III, quien recibió formación de Juan Filogato y otros
maestros, entre quienes
se destaca Bergardo obispo de Hildeshein, aparece la idea
romana bizantina del imperio,
la Renovatio Imperii Romanorum. Este emperador que recibió
el apoyo de Juan XV
(985-996) e hizo nombrar a Bruno de Carintia como Papa
(Gregorio V, 996-999), quien
lo coronó emperador el 21 de mayo de 996. Otón III hizo de
Roma la capital del imperio
y buscó la hegemonía occidental; en estrecha relación con
Roma y, después de restaurar
el antiguo palacio imperial en el Palatino, quiso unir dos
autoridades occidentales en una
misma ciudad; esta política se llama sinergismo y se
caracterizó porque el pontificado
perdió su autonomía. Otón III fue el primero que rechazó la
donación constantiniana del
patrimonio petrino107 y, al tiempo que la rechazaba, hizo
nuevas donaciones al Papa para
que ejerciera mejor su apostolado dándole el título de servus
apostolorum. La cima de su
pensamiento intervencionista se dio cuando hizo nombrar al
francés Gerberto de Aurillac
como Papa, Silvestre II (999-1003), quien soñó una renovatio
imperii con Otón III
mostrándose como precursor del papado reformado y
reformador.
Silvestre II nació en Aquitania (950), estudió en el monasterio
benedictino de Aurillac;
en alguno de sus viajes conoció a Otón I, quien le ofreció la
posibilidad de continuar sus
estudios en Reims aprovechando su capacidad intelectual. En
981 tuvo una disputa
pública en Ravena con Ohtrich, maestro de Marburgo; en
premio a su triunfo, Otón II le
concedió la abadía de Bobbio a la que renunció para retornar
a Francia; hacia el 991
asumió, después de ser depuesto el obispo Arnulfo108, el
arzobispado de Reims; en 998
aparece como obispo de Ravena después de un nuevo viaje
que hizo por Italia; en 999
asumió el pontificado y confirmó al depuesto Arnulfo en el
arzobispado de Reims.
El nombramiento de Silvestre II tiene su historia. A los
romanos no les gustaba que un
extranjero los gobernara, por ello durante los últimos años del
siglo X se presentaron en
Roma varias revueltas populares. En una de esas revueltas el
senador Crescencio II se
apoderó de la ciudad, desterró a Gregorio V aprovechando
que Otón III no se encontraba
en Roma, nombró a Juan Filogato, quien tomó el nombre de
Juan XVI (997-998),
después de algunos acuerdos políticos. Frente a esta
situación, Otón III regresó a Roma,
hizo decapitar al senador Crescencio II y mutilar y encarcelar
a Juan XVI, su antiguo
maestro, suprimió las oposiciones y nombró a Silvestre II.
Con este nombramiento
comenzó en firme la política de la renovatio imperii con dos
modelos unidos: el
bizantino y el carolingio; a esto se le une el ideal místico del
emperador quien entró en
contacto con los reformadores religiosos: Adalberto de Praga,
Nilo de Rosano, fundador
del monasterio de Grottaferrata, y Romualdo de Camaldoli,
fundador de los
camaldulenses.
En el contexto de esta política se entiende la elección de
Otón III de Roma como
capital. Esta elección no acabó con las continuas revueltas
que se presentaban. Luego de
alguna de esas revueltas el Papa y el emperador tuvieron que
huir de Roma
82
desplazándose a Ravena, donde esperarían los refuerzos
militares que procedían de
Germania para acabar con las revueltas; de esa ciudad
retornaba a Roma, cuando la
muerte sorprendió a Otón III a la edad de 21 años; su cadáver
fue trasladado a Aquisgrán
y Silvestre II se alió con la aristocracia romana.
La actividad de Otón III se puede enjuiciar desde dos puntos
de vista. Su empeño
evangelizador y político originó encontradas reacciones por lo
que se dice que fue una
persona polarizante; puede ser visto como una persona que
presentó y vivió un concepto
que la Europa de aquel entonces no entendió al superar la
concepción señor - vasallo
(concepto germano) y proponer una monarquía estructurada
en familias reales con reinos
independientes y principados dependientes (idea bizantina).
En cuanto a su relación con
el pontificado los juicios pueden cambiar: aunque el
pontificado adquirió algunas ventajas
perdió la libertad, esto se entiende mejor si se tiene en cuenta
que sin el apoyo real el
Papa no podía sentirse responsable de la Iglesia en otros
lugares; con esto se llega a una
constatación: el pontificado fue débil porque durante la época
cerrada por Otón III hubo
un buen número de Papas desterrados109.
Después del pontificado de Silvestre II y la muerte de Otón III,
el pontificado retornó a
una cierta insignificancia porque no existía un apoyo fuerte y
el aspecto jurisdiccional
pontificio ni estaba previsto ni era practicado toda vez que los
nexos entre los obispos y
Roma eran mínimos y se reducían a la concesión del palio
arzobispal y dar respuesta
frente a los conflictos entre obispos o entre religiosos y
obispos a raíz de las exenciones
abaciales y monásticas110.
1.2.3 El culto a los santos y las beatificaciones
Desde Enrique I (918-936) hasta Otón III (980-1002), siempre
hubo una preocupación
en la Iglesia porque no existía la división entre lo civil y lo
religioso. Aunque de estos
reyes no se tiene ninguna referencia cultual, sí se encuentran
en Matilde, esposa de
Enrique I, y Adelaida, esposa de Otón I, veneradas como
santas; en las biografías de
estas mujeres se encuentra que son consideradas santas por
su preocupación por los
pobres y la construcción de monasterios. Teófano, esposa de
Otón III, no es venerada
como santa; la razón es simple: aunque llevó una vida
impecable como cristiana, esposa
y emperatriz no se preocupó por fundar monasterios y murió
antes que Adelaida.
En el 993 Juan XV (985-996) canonizó a Ulrico de Augsburgo
(+ 973), el primer santo
canonizado por un Papa, después de un proceso que tenía
tres pasos: petitio, informatio
y publicatio. Antes de este hecho, normalmente se le llamaba
santo a aquel cristiano que
después de su muerte, su cadáver permanecía en cierto
sentido incorrupto (excepción
hecha de los mártires), razón por la cual el culto siempre
comenzaba junto a la tumba;
cuando aumentaba el culto aparecía el problema de las
reliquias porque el cuerpo era
distribuido por diferentes sitios; esta dispersión de los restos
mortales dio origen a los
traslados para reunir de nuevo el cuerpo cuya sacralidad
encerraba el concepto de la
forma cómo se entendía la resurrección de los muertos.
Los procesos de canonización tenían tres etapas. En la
primera, partiendo de la
83
presencia de las reliquias, los laicos proponían el culto y
finalmente se presentaba el
proceso oficial; la canonización era oficializada a través de un
sínodo. En la segunda ya
comienza a intervenir el Papa: después de una petición de
canonización, que incluía vida
y milagros, se llegaba a la información sobre la veracidad de
los datos y en un sínodo se
promulgaba la canonización, esto en tiempos de Eugenio III
(1145-1153). En la tercera
etapa, después del proceso descrito, era el Papa quien
tomaba la determinación sin
necesidad de un sínodo111. En el proceso de las
canonizaciones (petición, información y
publicación) se presentó un método de lo que hoy se llama
inculturación, porque el culto
a los santos fue un aspecto de la inculturación del
cristianismo en el medioevo.
Entre los cultos más representativos están san Miguel
Arcángel; san Mauricio,
legendario mártir romano venerado por los merovingios y
Otón I; san Nicolás, obispo de
Mirna, cuyo culto fue propagado en occidente por Teófano.
Caso especial es Hildegarda
quien es venerada como santa sin ser todavía canonizada
porque el obispo de Maguncia
siempre se opuso.
1.2.4 Actividad misionera
La Iglesia siempre ha estado en misión y este período no es
la excepción de la regla.
Hasta el siglo X, después de la invasión musulmana, el
mundo conocido era el occidente
de Europa, ya que el norte y el oriente eran prácticamente
desconocidos. En este
ambiente se ubica la preocupación misionera de Otón I, quien
extendió su acción hacia
Dinamarca al norte y los pueblos eslavos, incluyendo Polonia
y una parte de Rusia, hacia
el oriente; para lograr la evangelización de estos pueblos,
Otón estableció las marcas
siguiendo el estilo que los carolingios usaron con los sajones,
pero distinguiendo entre la
cristianización de los pueblos que querían incluir en el imperio
y la de otros reinos.
Aquí hubo algunos problemas porque los pueblos eslavos
eran confederados pero
independientes y no querían aceptar el cristianismo porque lo
veían como la religión de
los opresores; además, los señores feudales no eran
partidarios de estas misiones porque
se perdían unos terrenos aptos para ser conquistados y
adquirir más propiedades,
siempre y cuando permanecieran no cristianos. Frente a esta
problemática, el mérito de
Otón I consistió en proclamar que aceptar el cristianismo no
implicaba el reconocimiento
de la soberanía; lo único que propuso fue que el soberano no
sólo era responsable de la
seguridad de los súbditos, sino también de su salvación. En el
fondo de esta solución se
encuentra la unidad de sacerdocio y reino, siguiendo el
pensamiento de Carlomagno. Por
ello se debe tener presente que “el cuadro múltiple y confuso
que ofrece la cristianización
de los países del norte y del este, se hace claro apenas se
atiende a las relaciones de estos
pueblos entre sí”112.
Fundación del obispado de Magdeburgo
En el siglo X la fundación de un obispado requería el
consenso de varios intereses. La
fundación de este obispado, en la frontera del imperio, básico
para entender la acción
misionera emprendida por Otón I, comprende un proceso de
30 años durante los cuales
fueron superados los problemas a través de cinco etapas.
84
Hacia 936 Otón I fundó un monasterio benedictino con
monjes procedentes de San
Maximino de Tréveris en la frontera oriental y lo consagró a
san Mauricio; por la
dotación concedida se entreveía su futura importancia. En el
948 se fundaron los
obispados de Brandeburgo y Havelberg como puntos de
apoyo para las misiones; al
mismo tiempo fueron promovidos los obispados daneses de
Schleswig, Ribe, Aarhus que
eran sufragáneos del arzobispado de Bremen-Hamburgo. Así
quedan dos centros en
Germania, Bremen-Hamburgo y Maguncia, de los cuales
dependían las misiones del
norte y el este.
Hacia 955, después de la batalla del Lech contra los
húngaros, Otón I fundó el
monasterio San Lorenzo en Merseburg; con esto ya
quedaban dos monasterios como
centros misioneros. El mismo año Otón I le solicitó a Agapito
II (946-955) la fundación
del obispado de Magdeburgo; aunque el Papa aprobó la
petición, algunos obispos se
opusieron y así finaliza la segunda etapa.
En 962, a propósito de la coronación imperial de Otón I por
parte de Juan XII (955964) comienza la tercera etapa. La información de la
coronación iba unida a la
autorización papal para crear el arzobispado de Magdeburgo
y el obispado de Merseburg;
como hubo oposiciones, Otón I decidió esperar y, a la muerte
de algunos opositores,
logró la fundación.
Hacia 967 comienza la cuarta etapa, cuando Juan XIII (965972) y Otón I se reunieron
en Ravena para discutir asuntos políticos y eclesiásticos. Allí
se decidió la creación de la
arquidiócesis de Magdeburgo como sede metropolitana con
Brandeburgo y Havelberg
como sufragáneas. Además, el Papa autorizaba al
metropolitano para nombrar obispos
donde fuera necesario, propiamente en Merseburg, Zeitz y
Meissen; esta determinación
permite entender que el Papa toma en sus manos la acción
misionera que hasta 967
estaba en manos del emperador Otón I113. La autoridad
pontificia se hace internacional
bajo el influjo de los Otones; aquí se confirma que si bien el
emperador tomaba la
iniciativa era el Papa quien en última instancia decidía.
La ejecución del mandato (968) se realizó después de la
muerte de los obispos que se
oponían. Fue elegido obispo el monje benedictino Adalberto
de Weissenburg, quien hacia
961 había vivido una experiencia misionera en Kiev cuando la
princesa Olga le pidió a
Otón I misioneros para aquella región. La ejecución del
mandato exigía que Adalberto,
quien había sido nombrado obispo de aquella diócesis,
recibiera el palio arzobispal en
Roma. En este momento se presenta una diferencia entre el
Papa y el emperador;
mientras Otón eligió a Adalberto para ser obispo de la zona
con regencia sobre los
cristianos y los no cristianos, el Papa sostiene que la
jurisdicción de este obispo era sólo
sobre los eslovenos recientemente convertidos. Con este
obispado ya eran seis las
provincias eclesiásticas germanas: Maguncia, Tréveris,
Colonia, Salizburgo, Bremen,
Magdeburgo.
El inicio del cristianismo en otras regiones europeas
Hacia el siglo X el único estado cristiano era Bohemia,
convertido al cristianismo en el
85
siglo IX bajo la casa de los Premyslidas, quienes se
apoderaron de Moravia. Es
importante Wenceslao, símbolo de la nobleza y el clero
bohemo. En esta región comienza
la organización eclesiástica con la diócesis de Praga (973)
que dependía de Maguncia, del
imperio.
La cristianización de Bohemia comenzó hacia el siglo IX,
cuando llegaron algunos
misioneros procedentes del monasterio de San Everardo de
Ratisbona en Baviera; a la
caída del reino de Moravia, donde predicaron Cirilo y Metodio,
esta región continuó bajo
la dirección de Ratisbona. Bohemia, cuyo centro era Praga,
estaba dirigida por la familia
Premyslida y dependía, desde 928, de Sajonia cuando su rey
se hizo vasallo de Enrique I
de Sajonia; cuando sucedió este vasallaje se presentó la
lucha entre Wenceslao I y su
hermano Boleslao, quien hacia 935 asumió el gobierno en
medio de problemas internos
después de asesinar a su hermano. Aunque Bohemia era
políticamente independiente,
eclesiásticamente seguía dependiendo de Ratisbona. En esta
situación Boleslao deseó un
obispado y en 975 Otón I hizo crear la diócesis de Praga,
eligió como obispo a un monje
sajón y la hizo sufragánea de Maguncia; esta anexión era una
indemnización por el
territorio de Magdeburgo. El sucesor del primer obispo fue
Adalberto Vojtech que tuvo
como maestro a Adalberto de Magdeburgo y fue consagrado
por el obispo de Maguncia.
El episcopado de Adalberto no tuvo mucho éxito debido al
rigorismo que exigía a los
súbditos, su pertenencia a la familia Slavnik, la rivalidad con
los Premyslidas y faltaba
claridad sobre si era un obispo imperial o territorial. Frente a
los problemas dejó el país,
llegó a Roma en el 990 pero el obispo de Maguncia, su
metropolitano, lo obligó a
regresar si el pueblo estaba de acuerdo; él quería regresar,
pero al ser asesinada su
familia, se convirtió en misionero en las regiones polacas
donde fue asesinado por los
miembros de un pueblo báltico donde estaba misionando
(997). El duque polaco Boleslao
Chroby compró sus restos mortales que fueron trasladados a
Gniezno; fue canonizado
por Silvestre II en 999, a instancias de Otón III, y se convirtió
en el primer santo del cual
se conservaba su cuerpo.
En Polonia todo comenzó en Gniezno con el duque Mieszko I
quien se casó con la hija
de Boleslao según el rito latino; al darse este hecho
comenzaron a llegar los primeros
misioneros procedentes de Bohemia. Hacia 968 se creó la
diócesis misionera de Poznan;
con este hecho Polonia da un giro hacia Sajonia, por lo que al
finalizar la primera etapa
de su cristianización comenzó a girar en el mundo sajón. Al
mismo tiempo Mieszko I
buscó relaciones con Roma para asegurar, poniéndose bajo
la protección petrina, una
cierta independencia; con esto se presentaba una realidad
muy particular: Roma adquiría
un triunfo (991) donde Bizancio había obtenido el éxito de
Rusia (987).
Vino la segunda fase de la cristianización polaca, ésta bajo
Boleslao Chrobry (9921025), quien entró en contacto con Otón III. Es importante el
“acto de Gniezno” del
1000, cuando Otón III quiso visitar la tumba de Adalberto de
Praga y al llegar a Gniezno
la hizo arquidiócesis con tres diócesis sufragáneas: Kolberg,
Cracovia y Breslau; Poznan
ni siquiera fue mencionada. En este encuentro hubo un
intercambio de regalos: Otón le
entregó al rey un clavo de la cruz del Señor y la lanza de san
Mauricio; Boleslao le
entregó a Otón un brazo de san Adalberto. El hecho creó
dificultades porque el
86
emperador hizo rey a Boleslao y proveyó jurisdicciones que
no le competían ya que no
respetó los derechos ni de Silvestre II, ni del obispo de
Poznan.
Otro impulso a la evangelización cristiana se inició en
Pomerania, que en 1122
conquistó el rey polaco Boleslao III. El rey llamó en su ayuda
al obispo de Bamberg,
Otón, que en dos momentos, 1123 y 1128, trabajó bautizando
y predicando. Poco
después se inició desde Hamburgo - Bremen el trabajo para
cristianizar a los eslavos del
otro lado del Elba. La cruzada contra los vendos en 1147 no
significó sólo la interrupción
de los trabajos misionales, sino también un endurecimiento
de los frentes y una mayor
dificultad en el posterior apostolado sobre los eslavos. Para
proteger el territorio
evangelizado desde Riga se hicieron durante el siglo XIII
levas de cruzados que repelían
los ataques de los no cristianos. La dominación del obispo
Alberto fue dividida por la
intervención de la curia, éste declaró a Livonia propiedad de
la madre de Dios, con lo
que teóricamente la sometió a la Iglesia; aún después de la
división del poder, esta idea
siguió siendo el vínculo de la unión de obispo, ciudad y orden.
Los primeros intentos de evangelización de los no cristianos
prusianos entre el Vístula y
el Memel hacia fines del siglo X se debieron a iniciativa de
Boleslao I de Polonia, pero
sólo la iniciativa de Inocencio III hizo progresar seriamente la
obra. Hermann de Zalsa,
gran maestre de la orden teutónica desde 1209 hasta 1239,
aceptó el ofrecimiento; el
emperador Federico II le otorgó protección imperial y
Gregorio IX también aprobó el
proyecto. Por otra parte Honorio III puso bajo su protección
personal a los nuevos
convertidos de Prusia y Livonia. La bula de oro de Rimini
(1226) de Federico II,
autorizaba a la orden para ejercer señorío en los territorios
conquistados y el gran
maestre fue hecho príncipe del imperio.
Hacia 940 el cristianismo comenzó a ser importante para los
húngaros114. El primer
intento fue hacia 948 cuando algunos nobles querían unir
esta región a la Iglesia
bizantina; hacia 957 Olga de Kiev llegó a Constantinopla con
lo que el emperador
Constantino VII comenzó a anexionar el territorio ruso a
Bizancio; años después, el 972,
fue enviada una embajada a Otón I manifestando su deseo
de unirse al occidente porque
de oriente no se podía esperar nada. A partir de ese
momento comienza la cristianización
latina de Hungría, después de un primer período de
evangelización bizantina.
La primera etapa comienza cuando Otón envió a Bruno de
San Gall como obispo
misionero quien posiblemente bautizó a Géza y fundó algún
monasterio (Pananalma). La
segunda etapa comienza con el obispo Piligrim de Passau,
quien ayudó al anterior pero
de manera interesada hasta el punto que falsificó algunas
bulas. En esta fase es
importante Esteban quien fue coronado rey en Esztergom en
1001 con una corona
enviada por Silvestre II, que se convirtió en el símbolo
nacional de Hungría; en su
gobierno llegó a fundar diez diócesis y por ello puede ser
considerado fundador de la
Iglesia húngara.
Los Arpad (o Parpati) pusieron una base sagrada al reino con
el rey Esteban el Santo
(+ 1038) que fue canonizado en tiempos de Ladislao I;
Esteban se convirtió en protector
y patrón de la nación, que fue definitivamente cristianizada
por la presencia de los
87
benedictinos. Silvestre II le concedió autonomía a esta Iglesia
en tiempos de Esteban el
Santo. Como aún existía el paganismo, éste no tuvo mucha
fuerza por la presencia de los
colonizadores germanos, quienes hacían prevalecer el
cristianismo.
En Dinamarca la evangelización comenzó en tiempos de
Ludovico Pío, posteriormente
llegó san Ansgario (+ 1065); en el siglo X esta región
dependía de Hamburgo - Bremen;
con Canuto I, rey de Inglaterra y Noruega (+ 1035) la Iglesia
se vio favorecida; cuando
Adalberto obispo de Hamburgo – Bremen, quiso transformar
la diócesis en el patriarcado
del norte, también fue impulsada la evangelización de esta
región; hacia 1104 se creó el
obispado de Lund con jurisdicción sobre los países nórdicos,
Islandia y Groenlandia.
En Suecia la evangelización fue escasa hasta el siglo XI
cuando el cristianismo se
fortaleció al sur por el influjo de sajones y germanos; hacia
1120 ya tenía seis obispados
y en 1164 Upsala se convirtió en sede metropolitana.
En Noruega el cristianismo es más fuerte; el rey Olaf (10141030) puso las bases de
una cultura cristiana con la ayuda de los anglosajones, al
proponer el cristianismo como
la única religión legítima para suprimir el paganismo; hacia el
siglo XI tenía ya cuatro
diócesis pero ninguna sede episcopal porque todo dependía
de Hamburgo - Bremen; en
1104 comenzaron a depender de Lund; en 1152 se creó la
provincia de Trondheim. En
esta región la vida sacerdotal era particular porque el celibato
apenas fue introducido en
el siglo XIII.
La obra misional entre los mongoles estaba bajo la idea de
aquellos tiempos de una
dilatatio imperii christiani y estuvo caracterizada por la
conexión de motivos políticos y
religiosos de acuerdo con la idea que la Iglesia tenía de sí
misma. La obra principal no
estuvo, como era de esperarse, en manos de los Papas, sino
en las de las nuevas órdenes
reformadas del siglo XII: cistercienses, premonstratenses y
canónigos regulares, a las que
se juntaron en el siglo XIII las órdenes mendicantes, como el
caso de misión franciscana
en Pekín. La evangelización de los eslavos y pueblos del
Báltico estuvo estrechamente
unida con la conquista y dominio de los territorios y la cruzada
se tornó en instrumento
de expansión y poder.
2. La reforma gregoriana
Al interior de este proceso se ubica el drama de la
experiencia eclesial y su relación con
los altibajos del imperialismo occidental donde se pasó del
agustinismo político de Gelasio
I (492-496) que inspiró la coronación de Carlomagno a la
querella de las investiduras con
la dinastía Franconia (1027-1125) y el enfrentamiento con la
dinastía Suabia o
Hohenstaufen (1138-1250) hasta perder con Bonifacio VIII el
brazo secular a comienzos
del siglo XIV. La reforma gregoriana se ubica históricamente
al interior de la querella de
las investiduras.
2.1 Auge de la sinergia
88
En el siglo XI comenzó una etapa que duró hasta el siglo XII,
conformándose un
período en el que se dieron algunos cambios que condujeron
al enfrentamiento entre
Gregorio VII y Enrique IV; frente a ello existen posiciones
divergentes, como es apenas
normal.
2.1.1 Los comienzos
Con la muerte de Otón III (1002) desapareció la dinastía
otoniana y fue elegido como
rey el duque Enrique II de Baviera. Enrique II nació en 973,
fue destinado al estado
clerical por su padre, pero en 995 fue elegido duque de
Baviera y se casó con la princesa
Cunicunga de Luxemburgo, contando con el apoyo del alto
clero germano. La elección se
presentó en junio de 1002 y comenzó una cabalgata por el
imperio solicitando apoyo a
los súbditos. Desde el momento de su elección todo cambió
porque para él lo más
importante no era la renovación del imperio sino la renovación
del reino franco, la idea
de Ludovico era nuevamente acogida, dejando de lado la
concepción romana; así se llega
a un interés particular por Germania y una aceptable
intención administrativa imperial.
Como el objetivo es la historia de la Iglesia, el interés se
centra en la relación con Italia y
el pontificado y la Iglesia imperial.
En relación a Italia y el pontificado, Enrique II buscó la
estabilidad germana; mientras
tanto en Italia, algunos tenían interés por el gobierno
germano, otros deseaban ser
autónomos como el caso de Arduino de Ivrea, quien fue el
último rey italiano hasta el
siglo XIX. Enrique II viajó a Italia y en Pavía fue coronado rey
de Italia por el obispo
Arnulfo de Milán en 1004.
Al tiempo que Italia estaba convulsionada, en el pontificado
se presentaban luchas entre
los Crescencio y los Tusculano; los Crescencio recuperaron
el poder con Juan XVIII
(1004-1009) y Sergio IV (1009-1012) quienes evitaron que
Enrique II llegara a Roma;
mientras tanto, los Tusculano buscaban contactos con
Enrique. Hacia 1013 Enrique II
llegó a Roma donde fue coronado en febrero de 1014 por
Benedicto VIII (1012-1024)
siguiendo el ritual del orden sálico; después de la coronación
convocó un sínodo en
Roma y una dieta en Pavía y concedió varios documentos. Es
importante el sínodo
realizado en 1014 porque, además de condenar algunos
aspectos simoníacos, introdujo la
costumbre de recitar el credo en la misa después del
evangelio115.
La política imperial con relación a Italia también tuvo un
episodio al sur, que estaba en
poder de los bizantinos. Benedicto VIII, después de haber
sido derrotado por los
bizantinos del sur de Italia (1018), atravesó los Alpes para
buscar unidad de criterios con
el emperador en relación a la política italiana; el emperador
hizo la tercera incursión en
Italia siendo, en esta ocasión, reconocido como emperador en
Capua y Salerno, y cuando
retornaba a Germania convocó el sínodo de Pavía (1022) que
fue presidido por
Benedicto VIII contando con la asistencia de obispos
germanos e italianos, entre los
cuales estaba León de Vercelli. En este sínodo fue
condenado el concubinato del clero y
el matrimonio de los sacerdotes lo cual tiene que ver con los
bienes de la Iglesia que
89
podían ser heredados por los hijos de los clérigos; las
normas, que primero fueron
pastorales, terminaron siendo imperiales116.
En relación a la Iglesia imperial, dos diócesis acapararon la
atención: Merseburg y
Bamberg que fueron creadas en 1007 a pesar de la oposición
del obispo de Maguncia. La
diócesis de Bamberg fue creada en un territorio que le había
sido expropiado al duque
Enrique de Schweinfurt porque se había rebelado contra
Enrique II, quien quiso hacer de
esta diócesis el centro espiritual de Germania dándole buena
dotación. En esta diócesis
murió Enrique II el 13 de julio de 1024; la leyenda surgida en
torno a su actuar y su vida
matrimonial (no relaciones sexuales) permitió su pronta
canonización junto a su esposa
Cunegunda117.
A la muerte de Enrique II fue elegido Conrado II (1024-1039)
con quien comenzó la
dinastía sálica de Franconia118. Continuó la política de
alianza con la Iglesia, favorecida
con los dominios eclesiásticos en Germania que existieron
hasta el siglo XIX, donde el
gobierno era presidido por un eclesiástico (obispo o abad).
Este favor de la Iglesia
conllevaba los dones que los obispos daban; aquí se
encuentra el germen de la simonía y
la lucha de las investiduras, porque para regentar un dominio
eclesiástico había que
pagar.
En relación al pontificado, dejó en libertad a los Tusculano
para que siguieran adelante.
Viajó dos veces a Italia; la primera para ser coronado
emperador (1027), después de
haber sido coronado rey de Italia, por Juan XIX (1024-1032);
la segunda hacia 1036
cuando se presentaron algunos problemas en Milán. Cuando
fue coronado emperador,
tomó como lema Roma caput mundi regit orbis frena rotundi,
se creó el imperio, ahora
sí romano con tres grandes reinos: Germania, Italia y
Borgoña, que recientemente se
había anexionado.
Durante su gobierno cambió el papel del emperador en
relación a Italia. Ariberto de
Milán (1018-1045) tuvo problemas con la rebelión de unos
súbditos que dependían de
los capitanes, porque aún no habían obtenido ninguna
herencia. En este enfrentamiento,
en la época precomunal, el obispo estaba de parte de los
barones o capitanes; Conrado II
reconoció con la Constitutio feudis119 que los súbditos de
cada feudo pudieran heredar;
fue una revolución que no tuvo en cuenta las esferas
sociales, sino las dos que se
encontraban en conflicto y por ello surgió otro movimiento que
se opone a los nobles, a
quienes tenían alguna posibilidad de heredar. Aunque el rey
fue claro y las presiones del
pontificado no se hicieron esperar, Ariberto estuvo en su
cargo hasta su muerte; este
obispo no fue capaz de mantener en orden la población y
pretendió conjurar contra
Conrado II al hacer una alianza con el príncipe de Lorena.
Dos hechos son notables en la actitud de Conrado II: el
cambio de orientación al no
sostener el pensamiento de los obispos feudales en Italia
porque quería incardinar una
nueva clase, y el origen de la pataria, un movimiento
religioso, espiritual y social que
pretendía una violenta renovación.
2.1.2 La concreción120
90
Durante aquella época no es fácil separar la historia de la
Iglesia de la imperial, por ello
es mejor hablar de historia de la cristiandad, que tuvo
marcados acentos durante el
reinado de Enrique III, quien nació el 28 de octubre de 1017.
Con erudita formación e
interés teológico, asumió el trono en 1039; su piedad mariana
era grande y presentó
algunos signos ascéticos por el influjo monástico que vivió.
Uno de estos signos se
presentó cuando en su matrimonio con Inés de Poitou hizo
alejar a cantantes y bufones;
otro signo fue el perdón que le concedió a quienes había
vencido en una batalla.
Promovió la paz y la justicia e hizo suyo el movimiento de la
paz de Dios toda vez que
ésta era su responsabilidad ante Dios como emperador, por
lo cual la sacralidad real era
vital.
En su política tuvo que resolver algunos problemas y por ello
nombró duques de
confianza en algunas zonas del imperio; por la división que
hizo del ducado de Lorena
(1044) tuvo dificultades con Godofredo el Barbudo, quien se
convirtió en su enemigo
personal121. Con los ducados sajones tuvo tensas relaciones
por razones obvias y para
asegurar la dinastía hizo elegir como sucesor a Enrique IV a
condición de que fuera un
hombre recto; además, fundó la colegiata de Goslar que
terminó siendo su sede
preferida.
Con Italia y el pontificado tuvo buenas relaciones. El
problema de Milán se aplacó,
aunque continuó siendo una ciudad violenta, que no aceptó al
obispo Guido nombrado
por él; Milán era una ciudad que continuaba en lucha porque
la nueva clase noble
deseaba participar en el gobierno. En Italia entró en contacto
con los centros
reformadores de Valleumbrosa y Ravena.
Los sínodos de Sutri y Roma
Conrado II había dejado que los Tusculano siguieran
adelante; en el 1046 Enrique III
se dirigió a Roma para ser coronado emperador, cruzó los
Alpes, se dio cuenta que la
situación de la sede de Pedro era caótica y decidió intervenir.
El pontificado era un
negocio Tusculano: Alberigo III hizo elegir a su hijo Teofilacto,
quien tomó el nombre de
Benedicto IX (1032-1044/1045/1047-1048) cuando sólo tenía
entre 10 y 12 años y fue
acusado de llevar una vida escandalosa; hacia 1044 el pueblo
romano, liderado por los
Stefano, se rebeló, la familia triunfante nombró a Silvestre III
(enero de 1045), en marzo
regresó Benedicto IX y cedió la dignidad pontificia al canónigo
Juan Graciano (Gregorio
VI, 1045-1047), por dos mil libras de plata; este Gregorio VI
obtuvo el dinero de una
familia hebrea.
Estando así la situación romana, Enrique III inició su viaje de
coronación en el verano
de 1046 y en octubre convocó un sínodo en Pavía, del cual,
aunque no se conocen las
actas, se dice que condenó la simonía; después continuó su
viaje a Roma y en Piacenza
se encontró con Gregorio VI e hizo una alianza de oración;
prosiguió su viaje y el 20 de
diciembre de 1046 convocó el sínodo de Sutri para deponer
los Papas que había
encontrado y elevar uno sobre quien no hubiese dudas para
que lo coronara. Las
decisiones que allí se tomaron fueron básicas, pero su
estudio está condicionado por los
91
prejuicios y la división de los primeros cronistas entre
pontificios (jerárquicos) e
imperiales.
Sutri, tenía como objetivo preparar el camino para ingresar a
Roma sin problemas. Allí
se dijo que el proceso contra Benedicto IX no era necesario
porque su pontificado ya
había terminado; el proceso contra Gregorio VI, quien alegó
que tuvo como objetivo, al
comprar el pontificado, el deseo de liberarlo de cualquier
duda, fue diferente porque se
declaró culpable, se quitó las vestiduras pontificales y dimitió;
Enrique III lo hizo arrestar
y lo exilió a Colonia donde murió en 1047. En esta
intervención de Enrique III fue un
juicio eclesial que terminó siendo político. Aunque esos
fueron los hechos, algunas
fuentes sostienen que Gregorio VI fue obligado a dimitir, a
confesar contra su voluntad,
siendo depuesto por quien no tenía competencia; el hecho
fue que el Papa, aceptado
como legítimo por Gregorio VII, dimitió, teniendo presente que
ya existía un precedente
cuando Otón I depuso a Benedicto V (964–966).
El 23 de diciembre de 1046, Enrique III llegó a Roma, el 24
fue abierto el sínodo de
Roma donde, por sugerencia imperial, fue elegido Suidger de
Bamberg, quien tomó el
nombre de Clemente II (1046-1047); este Papa fue
entronizado el 25 de diciembre y el
mismo día coronó emperador a Enrique III y su esposa Inés.
Este Papa continuó la
reforma que venía desde Silvestre II, según la inspiración de
Cluny. Al tiempo que fue
coronado, Enrique III se hizo conceder el título de patricio
romano, que no se usaba
desde Carlomagno, dando a entender la participación del
pueblo y los derechos
imperiales del Papa.
El 5 de enero de 1047 se tuvo el sínodo de coronación en el
cual los obispos de Milán,
Ravena y Aquilea litigaron por el puesto de presidencia en
caso de ausencia del
emperador; en este sínodo se dieron algunas disposiciones
antisimoníacas moderadas
para solucionar el problema de la validez de una ordenación
simoníaca. El mismo año
murió Clemente II, Benedicto IX retornó a Roma y se alió con
Bonifacio de Canosa;
mientras tanto, Enrique III nombró a Dámaso II, cuyo
pontificado duró 24 días; murió
posiblemente de malaria, aunque algunas crónicas admiten la
posibilidad de un
envenenamiento.
En este punto del recorrido conviene anotar que algunos
obispos elegidos Papas no
renunciaron a sus diócesis de origen122; esto obedecía a
varios motivos: por cuestiones
prácticas y económicas era lo más recomendable, por una
concepción mental, según la
cual el obispo era el esposo de su diócesis. Esta realidad
cambió con la intervención de
Enrique III para quien el obispo de Roma tenía el primado
jurisdiccional; esta idea
imperial se une con el pensamiento de los romanos para
quienes el Papa era el obispo de
Roma; ambas teorías convergen en la teoría del primado
pontificio dentro de una
concepción espiritual según la cual, cuando un obispo de una
diócesis diferente a Roma
asume el pontificado se encarga tanto de su esposa como de
la madre de ésta.
Los sínodos de Sutri y Roma son una muestra de la lucha
contra la simonía conducida
por el Papa y el emperador; además, la posibilidad de una
reforma tomó cuerpo en Sutri,
sínodo que planteó el problema de la validez de las
ordenaciones simoníacas.
92
El pontificado de León IX
Bruno de Egisheim, obispo de Toul, fue designado Papa
(1049-1054) por Enrique III.
Buscó la reforma en diferentes ambientes y sometió su
designación a la acogida romana;
en el fondo de esta determinación está el deseo de crear un
principio canónico para la
elección del pontífice y concretizar la idea del primado a
través de sínodos; en ellos se
trataban la reforma del clero, la simonía y el nicolaísmo. Si
bien al comienzo fue
exigente, fue cediendo y haciendo compromisos porque de
otra manera el clero
desaparecería; el problema fundamental era la simonía que
adulteraba la presencia del
Espíritu Santo en el proceso vocacional sacerdotal. En 1051
quiso renunciar a su diócesis
de Toul, dando unas normas, según las cuales se precisaba
la elección canónica (clero y
pueblo) antes de la investidura imperial; por esta forma de
pensar se dice que León IX
comenzó a rehabilitar el poder pontificio después de Enrique
III. Dos hechos son
fundamentales durante su pontificado: la reestructuración del
pontificado y el cisma de
Cerulario, del cual ya se habló.
En cuanto a la reestructuración del pontificado y sus
instituciones con la presencia de
algunos hombres de Iglesia procedentes de Lorena, León IX
comenzó a independizar el
pontificado del influjo de las familias romanas al transformar
los cardenales obispos y los
cardenales presbíteros en administradores haciéndolos
instrumentos para llevar adelante
la reforma. Junto a este cambio, está el hecho de pasar del
papiro al pergamino para los
documentos oficiales que comenzaron a ser escritos en letra
minúscula. Además, algunos
obispos comenzaron a mostrar un nuevo pensamiento,
incluso frente al emperador; todo
ello manifiesta síntomas de una reforma. En este campo se
ubica uno de los grandes
inconvenientes para la historia de la Iglesia porque la reforma
pontificia comenzó a
presentarse en términos de competencia con la autoridad
imperial, lo cual implicaba la
superioridad de lo espiritual sobre lo civil; lo peor fue que esta
posición de ahondó con
los sucesores de León IX123.
La ruptura con la Iglesia bizantina se dio por diferentes
motivos porque la política
sinodal y la estructuración pontificia hicieron cambiar tanto la
concepción episcopal como
la del primado jurisdiccional que pedía supremacía de honor y
respeto. A esta situación,
unida al Filioque, se debió el cisma cuando el patriarca Miguel
Cerulario fue
excomulgado. También se deben tener presentes: la
equivocada política de Humberto de
Silvacándida y el problema de las ordenaciones simoníacas.
La carta Libellus de León IX
a Miguel Cerulario, donde la Iglesia bizantina es presentada
como hija de Roma, también
ayudó a la división. En el panorama de este cisma hay una
particular concepción de
herejía, la cual, más allá de la cuestión doctrinal, consiste en
no estar de acuerdo con
Roma.
El pontificado de León IX, testigo de la rebelión de algunos
obispos, desencadenó un
proceso de reforma unida al imperio, ya que nunca discutió la
estrecha relación entre
reino y sacerdocio y dejó el camino abierto para pasar de
Iglesia imperial a libertad de la
Iglesia; fue un papado de transición, un puente entre dos
épocas.
93
León IX participó en el conflicto entre Benevento y los
normandos y, buscando el
control sobre el sur de Italia, se puso al frente del ejército
pontificio, que fue derrotado el
18 de junio de 1053; el Papa fue hecho prisionero y murió,
después de retornar a Roma,
en abril de 1054. En esta acción bélica papal, con la cual no
todos estaban de acuerdo,
Enrique III, que no estaba de acuerdo con esta actitud, no es
que haya ayudado mucho;
Pedro Damián la vio como un castigo de Dios.
A la muerte de León IX, sin acabarse el influjo imperial sobre
el pontificado, una
comisión romana presidida por el monje Hildebrando llegó a
Maguncia para solicitar el
nombramiento de un nuevo Papa; en 1055 fue nombrado
Víctor II (1055-1057, Gebardo
de Eichstätt) a quien en el sínodo de Florencia (contra la
simonía y la clerogamia) le fue
confiada la administración de Spoleto para contrarrestar el
influjo de Godofredo de
Lorena. Este Papa viajó a Germania en 1056; allí Enrique III
le confió la tutela de su hijo
Enrique IV; el 5 de octubre de 1056 murió Enrique III y en
1057 murió Víctor II; con
este hecho la tutela quedó en el aire y una época llegaba a su
fin.
La paz de Dios
Entre los siglos X y XI nació un movimiento que da a entender
la acogida que el
pueblo le dio a los movimientos de reforma. Este movimiento
nació al sur de Francia a
finales del siglo X, bajo el influjo de Cluny, para restablecer la
paz en el país debido a las
luchas por el poder; como el rey estaba lejos, los obispos
intervinieron dando normas
precisas. En estas normas se ubican: las de Le Puy en
Auvernia “los nobles deben
respetar las propiedades de la Iglesia y los pobres” (975); y el
sínodo de Charroux (989),
que habla de la excomunión para quien se apropie de las
cosas de la Iglesia, los pobres y
los campesinos124. En el fondo era un deseo de proteger la
economía de la población
rural. A comienzos del siglo XI se encuentra el movimiento en
Borgoña, más cercano a
Cluny, y desde allí se proyecta a otras regiones como
Cataluña (sínodo de Vich, 1033).
También surgió la tregua de Dios como una prohibición de
hacer guerra algunos días de
la semana (de jueves a domingo) y algunas temporadas (de
adviento a epifanía y de la
cuaresma al segundo domingo de pascua). La mejor
expresión para el cumplimiento de
esta tregua es el entredicho. En general, la paz de Dios es la
base de las cruzadas, la
muestra de un entusiasmo religioso en el que el pueblo era el
protagonista; es el primer
movimiento laical porque los príncipes y el pueblo estaban
contra los que violaban la
tregua.
La relación de este movimiento en la edad pregregoriana se
dio no sólo en la
competencia eclesiástica para conseguir fines temporales,
sino también en el hecho que
en los sínodos habidos para tratar el tema de la tregua de
Dios también se daban decretos
para la reforma del clero: simonía, nicolaísmo y porte de
armas.
2.2 El choque de poderes125
Es un sentir histórico que a mediados del siglo XI se dio un
cambio en Europa porque a
94
partir de ese momento comenzó a romperse la unidad entre
reino y sacerdocio dando
origen a la revolución europea del siglo XI. Cada historiador
propone diferentes fechas
para enmarcar esta reforma; aquí se propone el siguiente
prospecto: 1057-1075, la
ascensión de los gregorianos; 1076-1085, enfrentamiento
entre reino y sacerdocio; 10851100, el cisma antigregoriano; 1100-1122, la lucha de las
investiduras. Esto da a entender
que dos hechos enmarcan este apartado: la muerte de
Enrique III (1056) y el concordato
de Worms (1122).
2.2.1 Fortalecimiento del poder pontificio
A Enrique III (+ 1056) le sucedió Enrique IV quien nació en
1050, fue bautizado en
1051 siendo su padrino Hugo de Cluny, elegido rey en 1053 y
coronado en Aquisgrán en
1054, en 1055 su padre le dio como prometida a Berta de
Turín. Como era menor de
edad cuando su padre murió, su madre, Inés de Aquitania,
tomó la regencia del reino;
durante ésta los príncipes seculares se hicieron más
independientes con lo que el eje de la
historia de la cristiandad retorna a Italia, gracias al triunfo del
partido de la reforma que
transformaría el pontificado.
A Víctor II (+1057) le sucedió Esteban IX (Federico de
Lorena, 1057-1058); en su
elección no fue consultada la corte porque con la muerte de
Enrique III y la regencia de
Inés las cosas no estaban del todo claras y, además, el
papado iba adquiriendo
independencia. Este Papa era hermano del duque Godofredo
de Lorena, quien por su
influjo, incluso en Italia, no era bien visto por la corte; a pesar
de esta situación, Roma
envió una embajada dirigida por Hildebrando para solicitar la
confirmación imperial. En
el primer sínodo que convocó Esteban IX fueron condenados
la simonía y el nicolaísmo.
Uno de los hechos más notorios de su pontificado fue el
nombramiento cardenalicio de
Pedro Damián, exponente del partido reformador y defensor
del status quod en las
relaciones entre reino y sacerdocio pero respetando el
derecho canónico.
Dos intentos de reforma
El primero de ellos es la pataria. Para entender este
movimiento se retrocede un poco
en el tiempo. A la muerte de Ariberto obispo de Milán (1045),
Enrique III rechazó los
cuatro nombres propuestos por la nobleza de Milán y nombró
a Widón, partidario de los
intereses imperiales, para contrarrestar el creciente poder de
la nobleza. Este obispo,
consagrado en 1045, se apoyó en el poder imperial y no
participaba de las ideas
reformadoras por lo que la nobleza y el alto clero se unieron a
él para, con simonía y
nicolaísmo, seguir usufructuando el patrimonio eclesial. En
reacción a esta situación
nació la pataria, en la que participaron los laicos; el término
pataria es un epíteto para
calificar a las personas que perturbaban el orden o pretendían
cambiar las costumbres de
la Iglesia.
A la muerte de Enrique III el diácono Arialdo de Varese
comenzó a predicar contra las
costumbres del alto clero y la nobleza, con lo que las clases
sociales inferiores se veían
favorecidas; el clérigo Landulfo Cotta se unió a Arialdo y así
nació la pataria entre 1056
95
y 1057. Como el obispo Widón no estaba en Milán, el
movimiento creció rápidamente,
concentrando su acción contra simoníacos y nicolaístas hasta
obligarlos a dejar sus
puestos. La situación hizo que ambas partes acudieran a
Roma y en un sínodo provincial
Arialdo y Landulfo fueron excomulgados sin haberse
presentado; aprovechando esta
condena, el partido antipatario hizo violentas acciones contra
los templos patarinos.
Para apaciguar la tempestad, Roma envió dos delegaciones;
en la segunda iban:
Anselmo de Baggio (Alejandro II), Hildebrando (Gregorio VII)
y Pedro Damián. En esta
oportunidad Arialdo cambió de estrategia y dirigió su lucha
contra la simonía. Con esto se
formaron dos partidos en Milán: Widón, el alto clero, los
nobles y los clérigos que no
querían reformarse, y Arialdo y sus seguidores. Uno de los
asuntos que se trataron fue la
creación de unas casas canónicas para que allí vivieran los
clérigos y así se pudiera
superar el nicolaísmo y la simonía.
En 1061 murió Landulfo y Arialdo encontró en Erlembaldo un
gran aliado y el brazo
armado de la pataria porque este personaje recibió de
Alejandro II una insignia petrina
con lo que el movimiento parecía ser aceptado por Roma;
sintiéndose con más poder,
Arialdo comenzó a criticar los ritos litúrgicos celebrados por
simoníacos y nicolaítas, con
lo que el movimiento perdió la fuerza interna que traía para
convertirse en una fuerza
armada que había perdido su finalidad original.
Frente a esta doble circunstancia, la intervención de Roma y
la radicalización de la
pataria, Widón lanzó un entredicho contra Milán que era
válido mientras que Arialdo
estuviera en la ciudad; Arialdo fue apresado y deportado a
una isla donde murió el 28 de
junio de 1066; al poco tiempo Erlembaldo emprendió una
expedición militar para rescatar
sus restos mortales y en 1068, con el apoyo de Hildebrando,
Arialdo fue declarado beato.
Como la situación era cada vez más delicada, Widón
renunció (1070) y el emperador
nombró a Godofredo (1070-1074), quien asumió como
coadjutor la sede ambrosiana con
simonía y en medio de un rechazo casi unánime; como casi
todo estaba contra él, fue
excomulgado. Aprovechando esta excomunión y la muerte de
Widón (1072), Erlembaldo
propuso como obispo de Milán a Atón (1072) quien fue
apoyado por Gregorio VII. Con
esto se gestó un cisma en Milán y comenzó el enfrentamiento
entre reino y sacerdocio.
Aunque Gregorio VII apoyaba la pataria, Erlembaldo cometió
el error de ir contra la
liturgia, fue asesinado en Milán en 1075 y al poco tiempo
comenzó a ser venerado como
santo. Aprovechando la muerte de este líder y para no seguir
sosteniendo a Godofredo,
Enrique IV nombró a Teodaldo (1076-1085) como obispo de
Milán; éste permaneció fiel
al rey e incluso dirigió alguna de las expediciones contra
Roma; murió el 25 de mayo de
1085, justo el mismo día en que murió Gregorio VII.
El segundo intento es la lucha contra el nicolaísmo,
fundamental para comprender la
reforma gregoriana; su inspiración bíblica se encuentra en
Apocalipsis 2,6 y para
entenderlo conviene tener presente la disciplina celibataria de
la Iglesia Latina. En la
Iglesia primitiva se prohibía la bigamia pero no el matrimonio,
que era normal entre los
ministros eclesiásticos. En los siglos IV y V comenzó en
occidente la prohibición del
matrimonio después de recibir las órdenes pero sin decir
nada respecto a quienes eran
96
casados; con ello la división entre oriente y occidente se hizo
más notoria; para llegar a
esta decisión se debe tener presente la corriente monacal
que defendía la vida virginal
frente a la matrimonial126. En los siglos VI y VII la disciplina
celibataria fue más fuerte:
no matrimonio para los sacerdotes y a quien fuera casado se
le exigía continencia
perfecta después de la ordenación. Entre los siglos VIII y X
las prohibiciones seguían en
pie pero en la práctica eran normalmente violadas.
Este sumario sirve para ubicar la reforma del siglo XI que
hunde sus raíces en la
historia del celibato. Si bien las leyes negaban la posibilidad
del matrimonio posterior a la
ordenación, en la práctica se presentaban tres tipos de
clérigos: celibatarios, concubinos y
casados con obligación de continencia. Además de las
violaciones existían dos motivos de
base: uno, de tipo económico, ya que al afirmarse el concepto
jurídico de propiedad y
herencia, los bienes de la Iglesia corrían peligro de
desaparecer; otro, de tipo espiritual,
hablaba de la necesidad de la pureza ritual que veían
incompatibilidad entre la celebración
eucarística y las relaciones sexuales. Esto condujo a que
durante la reforma gregoriana,
concubina y esposa fueron términos sinónimos; y aunque las
normas se aceptaron, la
práctica no era mucha. Posterior a esta reforma, el II concilio
de Letrán (1139)127 dice
que el matrimonio de un clérigo es ilícito e inválido. Dos cosas
trajo esta actitud frente al
nicolaísmo: la alternativa de la vida canónica o
monaquización del clero y la drástica
disminución en la frecuencia sacramental de la comunión
debido a la exigencia de pureza
ritual.
Nicolás II
A la muerte de Esteban IX (1058) los Tusculano hicieron
elegir a Benedicto X (10581059) quien al no ser entronizado por Pedro Damián, obispo
cardenal de Ostia, encontró
oposición; los reformadores eligieron a Gerardo, obispo de
Florencia, quien tomó el
nombre de Nicolás II (1059-1061), sus electores pidieron
consentimiento a la corte
imperial y después de algunos meses y la huida de Benedicto
X, llegó a Roma. Dos
hechos son importantes en su pontificado: el sínodo romano
de 1059 que condenó la
simonía y propuso un mecanismo para elegir al Papa y el
cambio de política frente a los
normandos.
El sínodo de 1059 produjo la encíclica Vigilantia universalis
que es la primera
formulación canónica contra el nicolaísmo (n. 4) y la simonía
(n. 6). La rigidez propuesta
por este documento fue la base para la obra del cardenal
Humberto de Silvacándida;
actualmente se cree que la prohibición es contra las
investiduras menores ya que la
episcopal, incluso la papal, no fue tratada para no atacar la
investidura regia.
También produjo un decreto sobre la elección papal en seis
puntos: la libertad frente a
cualquier interferencia; la abolición de la prohibición del
traslado de un obispo a la sede
petrina; la primacía de la voz de los cardenales; la nueva
presentación del influjo de la
nobleza y el clero romano que se redujo a una aclamación ya
que el Papa, además de
obispo de Roma es Pastor Universal; el papel del rey es
velado, es el “parágrafo del rey”,
al concederle un papel de honor y reverencia; y la posibilidad
de hacer la elección papal
97
fuera de Roma. Este decreto fue un paso decisivo para la
creación del colegio
cardenalicio que cuando se reunía con el Papa se llama
consistorio, con lo que comenzó
a imitar al emperador oriental porque los cardenales
conforman una especie de senado.
Por cuanto hace referencia a los cardenales, existían tres
grados: los obispos, que estaban
al frente de las diócesis romanas (Ostia, Albano, Palestrina,
Porto, Silvacándida,
Túsculo, Veletri-Sabina); los sacerdotes, quienes celebraban
en las cuatro grandes
catedrales (San Pedro, San Pablo, San Lorenzo y Santa
María; siete por cada una); y los
diáconos que estaban adscritos a la basílica lateranense y
eran 18.
En relación con el decreto sobre la elección papal se hacen
dos precisiones: la mayoría
y el cónclave. La mayoría no se puede entender en sentido
numérico sino que se basaba
en el criterio del sano juicio; esto condujo a las elecciones
dobles, por lo que entre 1059
y 1179 hubo doce antipapas, y a las luchas entre los
cardenales; uno de los concilios de
Letrán solucionó el problema al proponer el concepto de
mayoría sobre una base
numérica. Con esto se debe tener presente que la elección
papal implica: el hecho
histórico y el significado teológico.
La segunda nota esencial del pontificado de Nicolás II es el
cambio de actitud política
con los normandos. Como ningún emperador podía
protegerlo en su enfrentamiento con
Benedicto X, Nicolás II, reafirmando la independencia, envió a
Hildebrando para
negociar con los normandos quienes tenían en Ricardo de
Capua y Roberto Guiscardo
sus dos principales jefes que aceptaron ser feudos pontificios.
Con este acuerdo, que se
convirtió en la legitimación de las conquistas normandas, el
pontificado consiguió otra
fuerza que lo protegía, además de los toscanos que estaban
al norte. Los normandos
comenzaron a defender la elección papal hecha por la
mayoría de los cardenales (no en
sentido numérico).
Alejandro II
Las consecuencias del acuerdo de Nicolás II con los
normandos sólo se vieron después
de su muerte (1061) cuando fue elegido Alejandro II (10611073) porque la nobleza
romana había acudido a la corte imperial nombrando al rey
Enrique IV, de once años,
como patricio romano. De esta manera el rey podía nombrar
un Papa porque el
“parágrafo del rey” del sínodo de 1059 no era del todo claro; a
las intenciones del rey se
le unió el episcopado lombardo y así fue elegido Honorio II
(1061–1072) quien no pudo
asumir la sede petrina porque las fuerzas reformadas
apoyaban a Alejandro II; en un
sínodo habido en 1064 Honorio fue excomulgado.
Con Alejandro II el pontificado aumentó su influjo en
diferentes regiones de Europa.
En Aragón a través de Hugo Cándido, promovió la liturgia
romana contra la mozárabe;
en 1068 el rey Sancho Ramírez I de Aragón, quien viajaba
como peregrino a Roma y
con el deseo de aumentar su autoridad, se hizo vasallo del
Papa y en 1071 se dio el
cambio a la liturgia romana. En Inglaterra, Alejandro II
intervino en la controversia por la
sucesión a la muerte de Eduardo Confesor; el Papa apoyó a
Guillermo de Normandía,
frente al rey de Noruega y el conde Aroldo de Wessex que
pretendían el trono,
98
enviándole una insignia petrina, con lo que la guerra
emprendida por los normandos fue
justificada; casi todos los obispados quedaron en manos de
normandos o loreneses, pero
Guillermo no cumplió con lo prometido. El influjo pontificio
también se extendió a
Francia, país preferido por los delegados pontificios para
realizar sínodos, y Milán, a
propósito del apoyo dado a los patarinos cuando Arialdo fue
beatificado. En relación a
Germania, el sínodo de 1073 excomulgó a los consejeros
reales, que habían propuesto la
elección de Godofredo de Milán, con lo que el rey quedó en
una lamentable situación; a
esto se le suman sus problemas matrimoniales porque
buscaba la anulación del
matrimonio contraído cuando él tenía cinco años, esto da a
entender que con el imperio,
es decir con Enrique IV, la relación era fría y tensa.
En el pontificado de Alejandro II se gestaron los primeros
problemas de un caldeado
ambiente de cambio y la ascensión del poder pontificio por la
institucionalización de la
curia romana y el apoyo de los cardenales obispos. Este
poder se nota en que durante su
pontificado el derecho canónico comenzó a ser fundamental
en la vida de la Iglesia y la
pastoral se realizaba a través de los delegados pontificios.
2.2.2 Gregorio VII
Los primeros años de su pontificado
Hildebrando fue aclamado Papa por el pueblo y el clero
romano durante los funerales
de Alejandro II y como no tenía ningún grado del orden,
primero recibió el sacerdocio y
el 30 de junio de 1073 recibió la consagración episcopal. El
proceso verbal de la elección
confirmó la aclamación popular; en enero de 1076 los obispos
alemanes criticaron no la
forma de la elección sino el hecho de no pedir el
consentimiento real. El origen de
Hildebrando permanece en la oscuridad; pertenecía a una
familia toscana y sus padres
confiaron su educación a un tío materno que vivía en Roma
en el monasterio Santa
María en el Aventino. De joven perteneció al séquito de
Gregorio VI, a quien acompañó
hasta su muerte; después se hizo monje en Cluny donde lo
encontró León IX, en 1049,
quien lo convenció de ser su colaborador, en 1050 fue
encargado del gobierno de la
basílica San Pablo Extramuros, en 1059 fue nombrado
archidiácono.
En su servicio diplomático se dio una gradual ascensión en el
poder, un radicalismo
afirmado hasta hacer de Roma el centro de la reforma de la
Iglesia; en este radicalismo se
enmarcan: los patarinos, el caso del obispo Pedro de
Florencia, quien fue acusado de
simonía, el enfrentamiento con Pedro Damián y el deseo de
obstaculizar toda acción de
Enrique IV, quien deseaba una Iglesia imperial al norte de
Italia; no se puede ignorar que
la cuestión milanesa es uno de los elementos de la ruptura
entre la Iglesia y el imperio.
Entre 1073 y-1075 siguió la línea de sus predecesores con
dos preocupaciones: los
problemas de Enrique IV, porque sus consejeros habían sido
excomulgados y tenían
dificultades con los sajones, y las inexistentes relaciones con
el episcopado germano. En
septiembre de 1073 Enrique IV le escribió una carta a
Gregorio VII donde se reconoce
simoníaco y promete observar las decisiones papales; era un
deseo de acercamiento para
ser reconciliado y protegido; Gregorio eligió como delegados
a Geraldo de Ostia y
99
Humberto de Palestrina, quienes fueron recibidos por el rey y
la emperatriz. En
Nurimberg se realizó la reconciliación en 1074, con la cual el
rey se comprometía a
apoyar a los delegados pontificios para establecer relaciones
con el episcopado a través
de un sínodo germano en el que condenarían el nicolaísmo y
la simonía; de hecho este
sínodo no se realizó porque los obispos germanos y el clero
no iban a aceptar ser
condenados en un sínodo realizado por ellos mismos; no en
vano se dice que los sínodos
convocados bajo el pontificado de Gregorio VII eran
tribunales de inquisición y
promulgación de determinaciones papales más que una
reunión para deliberar. En 1074
se realizó un sínodo cuaresmal que dio normas contra el
nicolaísmo; el Papa buscó, con
férrea voluntad, aplicarlas pero encontró una crecida
oposición del episcopado.
En 1075 se tuvo el segundo sínodo cuaresmal, que fue la
primera actuación política de
Gregorio VII contra la investidura laica; además, fueron
condenados cuatro obispos
acusados de simonía y amenazados con la excomunión el rey
de Francia y algunos
consejeros de Enrique IV; fue una advertencia para quienes
querían oponerse a Gregorio
VII y su política reformadora. Este sínodo, del cual no existen
las actas, según testimonio
de Arnulfo de Milán, produjo la primera prohibición contra la
investidura laica en relación
a las “iglesias mayores” y se inició el enfrentamiento entre
reino y sacerdocio. Otros
cronistas dicen que esta prohibición no se dio en este sínodo
sino en otro porque a finales
de 1075 Gregorio VII le solicitó a Enrique IV el nombramiento
de un obispo para
Bamberg. Esta posición fue confirmada ya que estas
decisiones son las que se
encuentran en el Decreto de Graciano y el cuerpo jurídico
eclesiástico. Durante los
primeros años del pontificado de Gregorio VII se dio la
prohibición de investidura
eclesiástica por parte del rey que condujo a la ruptura entre el
rey y el Papa.
De 1075 también data el Dictatus Papae, uno de los textos
más importantes en la
historia de la Iglesia128. En dos cartas que datan de 1074 y
1075 se encuentran 27
proposiciones que son o un programa para realizar o unos
criterios para actuar. Este
documento producido antes de la ruptura de 1076, cuando
Enrique IV y los obispos
germanos no reconocieron al Papa, se puede sintetizar en
cinco temas básicos: institución
divina de la Iglesia, primado romano, centralización de la
organización eclesiástica,
relación del Papa con el concilio y relación del Papa con
emperadores y príncipes. Lo
propuesto de hecho ya existía pero no con tanto radicalismo.
El problema es el fin del
documento: para unos es una capitulatio o índice de cosas
para hacer, para otros es una
lista de temas para tratar la unión con la Iglesia bizantina,
para algunos más es el borrador
de un discurso del Papa; como era un documento que pocas
personas conocían,
aumentan las dificultades.
Enfrentamiento entre reino y sacerdocio
Son los años más importantes de la reforma gregoriana con
la cual se rompió una
tradición, se afirmó un nuevo concepto de Iglesia y el
pontificado terminó siendo cada
vez más independiente, porque ya estaban dados los
ingredientes necesarios para darse el
enfrentamiento teniendo presente los pontificados
precedentes.
100
En los anteriores pontificados Enrique IV se había mantenido
alejado pero con el
triunfo sobre los sajones y la tragedia de los patarinos,
aprovechó la oportunidad para
afianzar su poder en Italia; para Milán hizo nombrar a
Teodaldo como obispo, para
Fermo y Spoleto también hizo nombrar obispos. Frente a
estos hechos, Gregorio VII
reaccionó con rudeza y a finales de 1075 le escribió una carta
exhortándolo para que
alejara de su corte a los consejeros que habían sido
excomulgados; el rey respondió
convocando la dieta de Worms (enero 26-28 de 1076) donde
estuvieron presentes 26
obispos germanos.
Después de la dieta, los obispos germanos le escribieron una
carta a Gregorio VII en la
cual, además de no reconocerlo, escribieron algunas
acusaciones contra Hildebrando: la
cuestión del gobierno femenino, el autoritarismo, el desprecio
a los obispos, etc. Enrique
IV escribió una carta al Papa pidiéndole que descendiera del
trono, es la llamada carta de
deposición; en su calidad de patricio romano también escribió
una carta dirigida al pueblo
romano; en ambas cartas hace notar la ilegalidad del
pontificado de Gregorio VII. El
Papa respondió y a través de una oración dirigida a san
Pedro, excomulgó y depuso a
Enrique IV129, además de prohibir a los súbditos del imperio
germano el servicio real y la
obediencia; con los obispos tuvo actitudes diferentes: a
Sigifredo de Maguncia lo
excomulgó y depuso, a los obispos lombardos los excomulgó
y a otros los suspendió.
Aparecen dos posiciones encontradas: la del rey que actuó
imprudentemente y con
razones no convincentes, y la del Papa que reaccionó fría,
osada y políticamente, porque
hasta ese entonces era normal que un pontífice fuera
depuesto por el rey, pero no que el
rey fuera depuesto por un Papa. Estas posiciones tuvieron
efectos inmediatos: la
concordia del rey con los obispos desapareció, los sajones
aprovecharon la oportunidad y
propusieron una asamblea para febrero de 1077 en
Augsburgo, que sería presidida por
Gregorio VII con el fin de elegir un nuevo rey. Con el deseo
de asistir a esta asamblea
Gregorio VII se puso en camino en noviembre o diciembre de
1076; al mismo tiempo
Enrique IV emprendió viaje a Italia y cuando esta noticia llegó
a Gregorio, éste se dirigió
a Canosa donde se hospedó en el castillo de la condesa
Matilde.
La humillación de Canosa, sobre la cual existen varias
fuentes, se presentó en enero de
1077. Enrique IV, junto con su esposa Berta y su hijo
Conrado, se presentó como
penitente en Canosa el 25 de enero pidiendo ser recibido por
el Papa, los días 26 y 27
vuelve a hacer lo mismo; ante la intercesión de Matilde y el
abad Hugo de Cluny, el Papa
lo recibió el 28 de enero levantándole la excomunión pero sin
reintegrarle todos los
derechos ya que esto se haría en la asamblea de Augsburgo.
Canosa no es ni un triunfo
del clericalismo ni una humillación del orgullo germano ya que
el rey simplemente estaba
siguiendo las normas penitenciales; fue un suceso político
que rompió el orden medieval:
por un lado el rey impidió que el Papa le diera a sus
opositores un apoyo más decidido al
tomar en serio la penitencia; por otro lado el carácter sagrado
de la realeza fue golpeado
con lo que se confirmó la supremacía del poder sacerdotal
sobre el real, del espiritual
sobre el temporal.
Gregorio VII cambió sus planes después de Canosa, su
actitud despertó a la oposición
101
germana que en Forchheim eligió como rey a Rodolfo de
Rheinfeldn en presencia de dos
delegados pontificios pero sin aprobación de Gregorio VII;
esto creó problemas pero
parece que eso era lo que buscaba el Papa quien en un
sínodo de 1078 se contentó con
hacer jurar que los reyes no impidieran a los delegados
pontificios el derecho de
convocar un sínodo o coloquio para determinar cual de los
dos reyes debía ocupar el
trono. De este sínodo es la primera referencia real de la
prohibición absoluta de la
investidura bajo la pena de excomunión. Mientras tanto en
Germania había una clara
división: la mayoría de los ciudadanos, la baja nobleza, el
bajo clero y algunos obispos
que no querían la reforma apoyaban a Enrique IV, los demás
apoyaban a Rodolfo; a esta
división se le suma el hecho que Gregorio VII contó con el
apoyo de la reforma
cluniacense que ya había llegado al sur de Germania (la
reforma de Hirsau).
Después de Canosa, el Papa permaneció en silencio hasta
que en el sínodo cuaresmal
de marzo 7 de 1080, volvió a deponer a Enrique IV a través
de un discurso en el que
criticaba la desobediencia del rey, quien se opuso a la
proyectada asamblea de 1077.
Algunos estudiosos dicen que esta deposición se debió a que
Enrique le pidió al Papa que
excomulgara a Rodolfo ya que de no hacerlo él se vería
obligado a elegir otro pontífice.
La amenaza del rey se hizo eficaz y en un sínodo realizado
en Bressanone el 25 de junio
de 1080, después de ser depuesto Gregorio VII, fue elegido el
antipapa Guiberto de
Ravena, quien tomó el nombre de Clemente III (10801100)130.
Después de este sínodo y de vencer a Rodolfo, quien murió
en 1080, Enrique IV
quedó en libertad de acción y en 1081 llegó a Roma, pero
encontró la ciudad cerrada; el
objetivo de Enrique era hacer un trato con Gregorio VII pero
éste se opuso porque
esperaba la ayuda de los normandos y mientras llegaban se
recluyó en el castillo
Sant’Angelo. En 1084, mientras Gregorio estaba prisionero en
Sant’Angelo, el rey fue
coronado emperador por Clemente III; en estos momentos
llegaron las tropas normandas
que alejaron al nuevo emperador, saquearon la ciudad131 y
para liberar al Papa se lo
llevaron a Salerno donde bajo la protección de Roberto
reafirmó lo que había dicho; en
esa ciudad murió el 25 de mayo de 1085; se dice que sus
últimas palabras fueron: “Amé
la justicia y odié la iniquidad, por ello muero en el exilio”132.
Gregorio dejó tres nombres para que de entre ellos fuera
elegido su sucesor, pero
ninguno de ellos fue tenido en cuenta en la elección del abad
de Montecasino, Desiderio,
quien tomó el nombre de Víctor III (1086-1087) buscando la
reconciliación con Enrique
IV, no en vano su nombre hacía referencia a Víctor II, quien
tuvo buenas relaciones con
Enrique III. A la muerte de Víctor III, fue elegido Otón de
Lagery quien tomó el nombre
de Urbano II (1088-1099) y era un gregoriano convencido. Lo
más importante del
pontificado de Gregorio VII y su lucha política es la visión
escatológica en referencia al
sermón de la montaña que lo animaba toda vez que su lucha
era por la salvación de los
hombres.
Relaciones con la cristiandad
Dando un giro de aborda la relación de Gregorio VII con otros
países europeos. Se
102
parte de un doble hecho: la reivindicación para sí del derecho
a intervenir en Europa y
África y la moderación que tuvo frente a los otros soberanos
europeos. A este respecto
se entiende el radicalismo frente a Enrique IV, en quien veía
su rival más poderoso
porque este rey dominaba gran parte de Italia y tenía la
colaboración episcopal como algo
fundamental, lo cual Gregorio VII no podía aceptar jamás.
En relación a Francia, el rey Felipe I fue amonestado por su
adulterio. Felipe I tenía
influencia sobre 25 de las 70 diócesis francesas, y por esto no
le fue muy difícil aceptar
la reforma, desprenderse de su influencia en relación a ellas y
ver con buenos ojos los
sínodos que se hicieron en su territorio; como resultado de
estos sínodos, a los
sacerdotes se les exigió que refutaran las investiduras.
Las relaciones con Inglaterra, donde reinaba Guillermo el
Conquistador, tuvieron
alguna fricción por la aceptación de sacerdotes casados que
no fueron alejados de su
ministerio por orden del rey, la prohibición hecha a los
obispos en torno a la visita ad
limina y la imposibilidad de los delegados para comunicar las
decisiones tomadas en
Roma.
En España se buscó la colaboración para vencer la fuerza y
la resistencia de la liturgia
mozárabe que era vista como sospechosa de herejía. Más
allá de la cuestión está la
aversión de Gregorio VII a lo que tuviera una impronta de
localismo, porque la única
forma de expresar la fe era aquella que se usaba en Roma;
por ello no es de extrañar la
prohibición que le hizo al duque de Bohemia para celebrar la
misa en eslavo.
Planteamientos históricos
Existen tres textos para entender el pensamiento de Gregorio
VII: el Dictatus papae y
dos cartas al obispo de Metz (agosto 25 de 1076 y marzo 15
de 1080). En la primera,
habla sobre la autoridad que tiene la sede apostólica para
juzgar las cosas seculares y
reprimir a los secuaces del anticristo; en la segunda, trata del
primado petrino contra el
carácter diabólico del poder monárquico que es entendido
como una actitud de soberbia
para dominar a los demás, de ahí que la única salida es
asumir el poder con humildad y
en favor de los cristianos, es decir, el rey tiene que ser un
vasallo obediente al Papa y a la
fe.
El conflicto entre reino y sacerdocio fue librado a través de
principios y escritos
polémicos. En el marco de este conflicto se cita: la teoría de
la práctica celibataria que
aparece hacia 1080, la lucha de las investiduras y la inversión
del orden tradicional de
aquel entonces. Es un cambio de tradiciones: mientras que
para el rey lo más importante
era la tradición, para Gregorio VII lo vital era la verdad, la
teocracia con la cual el mundo
laico adquirió mayor autonomía.
Cuatro ideas para un juicio histórico: la desacralización del
oficio real, la separación
entre reino y sacerdocio, el centralismo romano y la
clericalización de la vida eclesial al
distinguir entre el clérigo como célibe que debe renunciar a
las investiduras y el laico. En
relación a esta última idea está el Decreto de Graciano (1142)
donde se habla de dos
géneros de cristianos: clérigos al servicio divino y laicos que
pueden poseer bienes y
103
hacer oración y donaciones para que sus pecados sean
perdonados.
2.3 Regreso a la sinergia
El imperio comprendía tres reinos: teutónico, itálico y
burgundo (Borgoña); el problema
mayor en relación a la Iglesia era el de las investiduras, que
condujo al enfrentamiento
entre reino y sacerdocio por lo que desde Gregorio VII se
presentó un cisma papal
cuando en 1080 Enrique IV hizo elegir al antipapa Clemente
III (1080-1100). En 1085
murió Gregorio VII y en 1086, sin tener en cuenta sus
indicaciones, los cardenales
eligieron a Desiderio, abad de Montecasino quien tomó el
nombre de Víctor III y murió
en 1087.
En 1088 fue elegido en Terracina el obispo cardenal de Ostia,
Otón de Lagery133; tomó
este nombre para recordar a Gregorio VII, quien había muerto
el día de San Urbano. Era
partidario de la reforma gregoriana y escribió una carta en la
que comunicó su intención
de seguir el derrotero propuesto por Gregorio; si bien utilizó
palabras fuertes, era flexible,
conciliador y con facilidad para adaptarse a las
circunstancias. Al momento de su
elección la situación era complicada porque cuando llegó a
Roma tuvo que refugiarse en
la isla Tiberina ya que la ciudad estaba en manos del
antipapa Clemente III quien había
convocado un sínodo contra la simonía y era partidario de
una reforma pero sin
enfrentamiento con el emperador. Este antipapa salió de
Roma en 1092 y en 1093
Urbano II llegó allí.
En 1090 Enrique IV emprendió la segunda expedición contra
Italia para imponer a
Clemente III y luchar contra Matilde de Canosa; Urbano II
intervino sugiriéndole a
Matilde, una mujer de más de 40 años, que se casara con el
príncipe Welfo V de Baviera
quien tendría 18 años. El matrimonio se realizó, lo cual fue un
peligro para Enrique IV
quien fue vencido y tuvo que retirarse; al tiempo que esto
sucedía, Conrado, hijo
primogénito de Enrique IV, se separó de su padre por influjo
de Matilde, se hizo coronar
rey de Italia en 1095 y cuando Urbano II llegó a Cremona, le
sirvió de escudero; también
en 1095 se deshizo el matrimonio entre Matilde y Welfo y con
ello las cosas mejoraron
para Enrique IV quien en 1098 nombró como sucesor a su
hijo Enrique V.
En el pontificado de Urbano II hay dos datos importantes: el
reconocimiento del
primado pontificio y el impulso a la vida consagrada
canonical. En relación al primero, la
iniciativa del Papa en Clermont es fundamental porque
extendió su influjo a Francia,
España, Italia, Inglaterra, pero sin atraer a los partidarios de
Clemente III, no en vano
este pontificado representa el punto más bajo de la influencia
de la reforma gregoriana en
Germania.
En 1099 murió Urbano y le sucedió Pascual II (1099-1118);
era la ocasión propicia
para solucionar los problemas pero no fue así porque el
emperador se mantenía en su
derecho a las investiduras y en el sínodo cuaresmal de 1102
Pascual II fue radical contra
las investiduras y reafirmó la excomunión para Enrique IV; el
emperador quería superar
los problemas mediante una acción de paz y justicia, quería la
absolución y deseaba
establecer la concordia entre reino y sacerdocio; en 1103
proclamó una paz general por
104
cuatro años para ir a Jerusalén, pero en 1104 su hijo Enrique
V lo capturó y lo hizo
abdicar el 31 de diciembre de 1105. Poco después, Enrique V
fue coronado y el 7 de
agosto de 1106 Enrique IV134 murió en Lieja, expresando su
deseo de ser sepultado en
Speger, pero su hijo no lo permitió porque había muerto
excomulgado. Es importante
conocer estos datos porque Pascual II tomó partido en favor
de Enrique V.
Enrique V (1106-1125), tuvo una tensa relación con los Papas
por las investiduras y la
simonía, es decir continuó nombrando obispos, y el Papa
actuó contra ellos y no contra
el rey; frente a esto, Anselmo protestó porque la actitud de
Pascual II era peligrosa para
la Iglesia en Inglaterra. El Papa quiso acabar con las
investiduras pero fuera de algunas
palabras contra Enrique V, no hizo nada. Aprovechando esta
actitud, Enrique envió en
1109 una embajada a Roma para organizar su viaje con
motivo de la coronación
imperial; a raíz de esta situación comenzaron los problemas y
se llegó a un conflicto
inevitable, al distinguir entre el campo espiritual y el temporal,
una unidad que de hecho
se estaba rompiendo; en este contexto tomaron fuerza las
posiciones de Ives de Chartres,
quien tuvo en Guido de Ferrara135 un predecesor, y de
Heriberto de Gambloux quien
actuaba como perito por parte del imperio.
La problemática se solucionó temporalmente con el acuerdo
de Sutri (1111) cuando el
rey renunció a las investiduras y el Papa restituyó los bienes
de la Iglesia imperial. Frente
al poder imperial, Pascual II debía elegir: o se oponía al rey o
le ofrecía una propuesta
para que renunciara definitivamente a las investiduras; los
embajadores no aceptaron
estas propuestas, entonces el Papa le propuso al emperador
la restitución al imperio de
los bienes que le había concedido a la Iglesia, dejando
diezmos, limosnas y alo que
poseía antes de las donaciones y las concesiones. En esta
inesperada propuesta del Papa
está la liquidación del sistema otoniano: Iglesia imperial e
imperio. Este tratado, firmado
el 4 de febrero de 1111, implicaba el aumento del poder real
frente a los príncipes. El 12
de febrero era la coronación imperial, se comenzaron a leer
los dos documentos que se
habían hecho a raíz del acuerdo, pero cuando el Papa dio la
orden de restituir las
regalías, los príncipes y obispos que no querían renunciar se
rebelaron y por ello fue
imposible la coronación. Entonces Enrique hizo prisionero al
Papa, salió de Roma y dos
meses después el Papa cedió a sus exigencias.
En abril de 1111 se dio el acuerdo de Tivoli: el emperador
renunciaría a las investiduras
y los eclesiásticos renunciarían a los beneficios, quedándose
con diezmos y ofrendas; el
Papa se comprometió a no excomulgar a Enrique V en ningún
caso. Enrique cumplió su
palabra, liberó al Papa y fue coronado emperador el 13 de
abril de 1111. Esta victoria de
Enrique fue aparente porque el privilegio concedido a Enrique
fue contestado en Italia y
Francia; el sínodo lateranense de 1112 hablaba de un robo y
el de Viena silenció al Papa
y excomulgó al rey; lentamente Enrique V se encontraba en la
misma situación de su
padre136. En 1115, Enrique volvió a Italia, después de la
muerte de Matilde de Canosa
para posesionarse de sus propiedades por el acuerdo hecho
en 1111, pero había
problemas ya que Matilde en 1080 y 1102 había prometido
sus propiedades a San Pedro,
al Papa.
105
En 1118 murió Pascual y Enrique nombró un antipapa,
Gregorio VIII (1118-1121),
quien se enfrentó a Gelasio II (1118-1119) y Calixto II (11191124), noble europeo que
se mostró favorable para tratar con el emperador; era el
primer canónigo regular en llegar
a la cátedra de Pedro. Con la actitud de Calixto II se abría el
camino hacia un acuerdo:
en junio de 1119 los príncipes que habían reconocido a
Calixto, pidieron el acuerdo entre
el Papa y el emperador; en septiembre comenzaron los
coloquios donde se le propuso al
emperador que renunciara a las investiduras pero dejando las
Iglesias imperiales con el
servitium regis. Para octubre de 1119 se organizó un
encuentro entre el Papa y el
emperador, pero no se pudo porque lo sucedido en 1111
todavía estaba en el aire, y para
evitar algún problema, Calixto II regresó a Riems, donde
estaba presidiendo un sínodo y
allí excomulgó tanto al emperador como al antipapa.
En 1120 Calixto II llegó a Roma, luego viajó al