La recepción de Savigny en España: un - e

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La recepción de Savigny en España: un episodio en la historia de la circulación de las ideas 227
LA RECEPCIÓN DE SAVIGNY EN ESPAÑA:
UN EPISODIO EN LA HISTORIA DE LA CIRCULACIÓN DE LAS IDEAS*
SAVIGNY’S RECEPTION IN SPAIN:
AN EPISODE IN THE HISTORY OF IDEAS
LUIS M. LLOREDO ALIX
Universidad Carlos III de Madrid
Fecha de recepción: 21-8-13
Fecha de aceptación: 20-9-13
Resumen:
El objetivo de este artículo es trazar un panorama de la recepción de Carl
Friedrich von Savigny en España. Se trata de un estudio de historia de circulación de las ideas, un campo de investigación que busca explicar los procesos
de adaptación de las teorías a contextos diversos a los originales, teniendo en
cuenta que en ellos se suelen producir numerosas transformaciones. En este
caso, veremos cómo el pensamiento de Savigny se recibió en España de la mano
del nacionalismo y al hilo de la discusión sobre los derechos forales. En este clima político-jurídico, la interpretación de Savigny osciló entre el nacionalismo y
el tradicionalismo, pero descuidó por completo la faceta del Savigny dogmático.
También intentará demostrarse que la recepción del historicismo es previa a la
del jurista alemán y que éste, por lo tanto, no hizo sino fortalecer tendencias ya
existentes en España.
Abstract:
The purpose of this article is to outline the reception of Carl Friedrich von
Savigny’s thought in Spain. This study should be framed in the comparative
history of ideas, a field of research which aims at explaining the adaptation of

Este trabajo se ha realizado gracias al Proyecto Consolider-Ingenio 2010 “El tiempo
de los derechos”, CSD 2008-00007 (HURI-AGE) y del Proyecto “Los Derechos Humanos en el
S. XXI. Retos y desafíos del Estado de Derecho global” (DER 2011-25114). Es el fruto de una
conferencia leída en el Congreso Savigny, international?, organizado por Thomas Duve y Joachim
Rückert en la Goethe-Universität Frankfurt am Main y el Max-Planck-Institut für europäische
Rechtsgeschichte. También me gustaría dejar constancia de mi agradecimiento al profesor José
Ignacio Lacasta, que leyó el manuscrito y me hizo valiosas correcciones en lo que se refiere al
nacionalismo y el fuerismo vasco-navarro.
ISSN: 1133-0937
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theories to contexts which are different to the original ones, considering that
many transformations usually take place in those processes. In this particular
case, we will see how Savigny’s thought was received in Spain thanks to
the nationalist movement and along with the debates about the special legal
status of the historical regions. Because of this political environment, Savigny
was interpreted as an exponent of nationalism and traditionalism, totally
dismissing the role played by him in the legal dogmatics. We will also show
that the reception of historicism in Spain is previous to the introduction of
Savigny and that, therefore, he only contributed to strengthen already existing
tendencies.
Palabras clave:
Keywords:
1.
historicismo, tradicionalismo, catolicismo, nacionalismo,
derechos forales, crisis del 98.
historicism, traditionalism, catholicism, nationalism, regional
statutes, crisis of 1898.
PROBLEMAS DE LA HISTORIA DE LA CIRCULACIÓN DE LAS IDEAS
La circulación de las ideas es un fenómeno complejo. Al nacer en
contextos históricos concretos, impulsadas por factores políticos, sociales y culturales específicos, los conceptos y las teorías suelen experimentar transformaciones cuando se trasladan a realidades distintas. A veces,
el resultado de estas mutaciones suscita la perplejidad del estudioso, ya
que las interpretaciones que se dan en estos procesos de adaptación incurren con frecuencia en modificaciones incomprensibles para quienes
tienen una visión estática y dogmática del pensamiento. Así ocurrió, por
ejemplo, con la introducción de Jhering en España, que fue leído desde la
perspectiva del iusnaturalismo krausista y, por tanto, fue forzado hasta
encajarlo en un molde que no le correspondía en absoluto1. Y así ocurrió
también, por citar sólo otro caso, con la traslación de la teología católica a
América Latina, donde en muchas ocasiones se ha empleado como estrategia de emancipación frente a los poderes establecidos, y no como ideología al servicio del statu quo2. Cualquier fenómeno de sincretismo, tanto
en religión como en filosofía o en otras ramas de la cultura, suele dar
Vid. A. G. POSADA, “Estudio preliminar sobre las ideas jurídicas y el método realista de Ihering”, en R. VON JHERING, Prehistoria de los indoeuropeos, trad. y estudio preliminar
de Adolfo Posada, pról. de Victor Ehrenberg, Librería de Victoriano Suárez, Madrid, 1896, pp.
VII-XXXI.
2
Vid. M. G. LOSANO, “La ley y la azada. Orígenes y desarrollo del derecho alternativo en Europa y en Sudamérica”, Derechos y Libertades, núm. 8, 2000, pp. 275-324.
1
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como fruto este tipo de productos mestizos, reacios a la categorización en
esquemas predeterminados.
Ahora bien, pese al inicial estupor que nos puedan producir estas metamorfosis, es difícil que las cosas sean de otro modo, ya que las ideas no se
deben a un abstracto universo teórico, sino a las circunstancias siempre perentorias de la praxis. En este sentido, casi siempre es imprescindible que la
importación de autores, escuelas o teorías se haga de forma cabal, retomando
aquello que realmente es pertinente en el nuevo contexto, desechando lo que
no tiene relevancia y leyendo las ideas en clave actual, es decir, proyectándolas sobre las nuevas situaciones a las que habrán de servir. De hecho, así es
como siempre ha discurrido la historia del pensamiento. Como gráficamente
decía Emilio Lledó, los textos tienen la endiablada e inevitable propiedad de
“rodar por la historia”3, emancipándose de sus autores y adoptando formas
proteicas, que les permiten adquirir una u otra identidad en función de los
lugares, las épocas y las perspectivas desde las que se reciben. De otra forma,
sería imposible seguir “dialogando” con textos procedentes de épocas tan lejanas a la nuestra como la de los clásicos grecolatinos, por poner un ejemplo
evidente.
Desde este punto de vista, la tarea del historiador de las ideas se convierte en un ejercicio complicado, semejante a una persecución en una
sala de espejos, en la que las interpretaciones se superponen unas a otras
y en la que, por consiguiente, resulta difícil identificar dónde está el original y dónde el reflejo, qué es lo auténticamente propio de un autor y
cuáles son las adherencias que se le han ido incrustando con el paso del
tiempo. No en vano, decía Nietzsche que “todos los conceptos en los que
se condensa semióticamente una evolución completa, se resisten a la definición; sólo es definible lo que no tiene historia”4. De manera que, al enfrentarnos con ideas o nociones que hayan experimentado el transcurrir
del tiempo, contrayéndose y dilatándose en función de las diferentes coyunturas históricas, sólo podemos intentar trazar su genealogía conceptual, indagando las motivaciones de los cambios y conformándonos con
una presentación diacrónica de sus evoluciones. O sea, abandonando la
pretensión de hallar significados prístinos, puros o absolutos de las cosas,
E. LLEDÓ, La memoria del logos. Estudios sobre el diálogo platónico, Taurus, Madrid,
1996, p. 34.
4
F. NIETZSCHE, Zur Genealogie der Moral [1887], Reclam, Stuttgart, 2007, p. 71 (II, §13).
3
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y renunciando a enarbolar el estandarte de la “auténtica” o la “verdadera” interpretación5.
Así pues, al historiador del pensamiento le compete la delicada tarea
de examinar las razones de la adaptación y reconfiguración de las teorías
al trasplantarse a nuevas latitudes. En muchas ocasiones, puede surgir la
tentación de tachar los procesos de importación como espurios, torpes o
desenfocados, pero creo que más bien conviene adoptar una actitud atenta y cautelosa. De lo que se trata es de analizar los contextos de recepción
desde su misma idiosincrasia, tratando de identificar los debates políticos,
sociales e intelectuales en los que las nuevas ideas se vayan a adaptar. Esta
metodología parte de la base de que las teorías nunca marchan solas, sino
que forman un tándem con la realidad en la que crecen, estableciendo una
ligazón inmediata con las condiciones políticas, económicas y sociales respectivas6. Por eso, antes que delinear un itinerario de teorías o de conceptos que se suceden unos a otros de forma inmanente, como si fueran actos
de pensamiento dependientes de sí mismos, creo que la historia de la circulación de las ideas debe comprometerse con una visión social y moderadamente materialista de la historia. Sólo así pueden captarse los matices que
adquieren las ideas al viajar a situaciones distintas de aquéllas en las que
surgieron y sólo así la historia puede ser algo más que una crónica erudita
del pretérito.
En este artículo se adoptará dicha metodología para analizar las peculiaridades que adquirió el pensamiento de Friedrich Carl von Savigny al
trasladarse a la cultura jurídica y política española. Veremos que, en muchas
ocasiones, el perfil de Savigny no coincide con el dominante en el paradigma germánico, o que coincide con éste de manera parcial. Para entender el
porqué y el cómo de las lecturas que se hicieron de su obra en España, será
menester comprender la situación por la que atravesaba el país a mediados
del siglo XIX, fecha en la que se introdujo por primera vez su pensamiento.
Una vez que hayamos trazado este bosquejo –tanto desde el punto de vista
general como desde el jurídico– podremos examinar de qué diversas formas
se asumió entre nosotros el legado de Savigny.
5
Vid. R. KOSELLECK, Begriffsgeschichten. Studien zur Semantik und Pragmatik der politischen und sozialen Sprache, Suhrkamp, München, 2006, pp. 56-75 y 365-401.
6
Vid. T. DUVE, “Von der Europäischen Rechtsgeschichte zu einer Rechtsgeschichte
Europas in globalhistorischer Perspektive”, Rechtsgeschichte – Legal History, núm. 20, 2012, pp.
18-71.
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2.
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UN RÁPIDO PANORAMA DE LA ESPAÑA DECIMONÓNICA
2.1.
El problema de los Sonderwege
Desde hace ya varias décadas, se maneja en Alemania la retórica del
Sonderweg (“camino especial”), según la cual el área germánica habría tenido un recorrido histórico singular respecto al de las demás naciones europeas. De acuerdo con esta corriente historiográfica, dicho Sonderweg diferenciaría a Alemania de la deriva potencialmente democrática que se inició
en el resto del continente tras las revoluciones liberales del siglo XIX y, en
última instancia, sería responsable de que aquélla terminara culminando
en el nazismo. Se trata de una idea que, a mi juicio, merece ser revisada en
profundidad, ya que todas las naciones europeas han atravesado sendas
tortuosas en la construcción de la democracia, los derechos humanos y las
instituciones que hoy caracterizan a la modernidad occidental7. Cada una
con sus particularidades, sus tropiezos y sus logros, ha diseñado una forma peculiar de interiorizar los principios de la modernidad ilustrada; una
modernidad que, por otra parte, no sólo incorporaba principios de emancipación en sus formulaciones teóricas, sino que también propiciaría el autoritarismo, el colonialismo o el expolio de la naturaleza desde su misma
constitución. En definitiva, ni Occidente es una realidad tangible y efectiva, ni existe un camino unívoco y “normal” hacia la democracia8. Más bien,
podría decirse que Occidente es un ideal político al que tender y hacia el
que existen numerosas vías posibles.
Así las cosas, me parece más razonable adoptar una perspectiva historiográfica que se haga cargo de los múltiples Sonderwege que han existido en la
formación de la Europa contemporánea. De hecho, no hay más que echar un
rápido vistazo a las diversas historias patrias para darnos cuenta de que en
todas las naciones del continente existen discursos que pretenden subrayar
la “singularidad” o la “particularidad” de su historia. Los ingleses, siempre
celosos de su insularidad, reivindican características especiales de su cultura: empirismo frente a racionalismo, common law frente a civil law, monarquía
constitucional frente a república, etc. Los españoles también han insistido
siempre en la idea de la singularidad: ya apoyándose en el factor diferencial
7
H. A. WINKLER, Geschichte des Westens. Von den Anfängen bis zum 20. Jahrhundert, C.
H. Beck, München, 2009, pp. 13-14 y 17-24.
8
D. BLACKBOURN y G. ELEY, The Peculiarities of German History. Bourgeois Society
and Politics in Nineteenth-Century Germany, Oxford University Press, Oxford, 1984, pp. 39 ss.
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de la influencia árabe9, ya en el retraso cultural e industrial respecto al resto
de Europa, la historiografía de nuestro país ha tendido a dar esta imagen de
España como nación especial. Y qué decir de Rusia, siempre varada ante el
dilema de su identidad asiática o europea: marcada por el influjo de la dominación mongola, por su pasado bizantino o por sus sempiternas aspiraciones
paneslavistas, se ha formado también en contraste con Europa, preocupada
por constituirse en una vía alternativa a los modelos político-culturales del
continente10. Si nos paramos a analizar éstos y otros ejemplos que podrían
añadirse, quizá sea más prudente quedarnos con la conclusión de que todas
las naciones son un mosaico de culturas e identidades, a la vez distintas y
similares a sus vecinas, que han producido numerosos Sonderwege hacia la
modernidad.
Con esta perspectiva en mente, de lo que se trata es de identificar los rasgos que nos permiten trazar el Sonderweg español y ponerlo en relación con
la obra de Savigny. Veremos así qué características deben tenerse en cuenta
para entender la importación del jurista alemán. En particular, intentará trazarse un bosquejo de la situación histórica de la España decimonónica a través de algunas consideraciones generales en los órdenes religioso, político,
social y cultural.
2.2.
El Sonderweg español: nacionalismo y crisis institucional
Aunque es un tópico muchas veces repetido, el siglo XIX español no se
entiende sin aludir a la pérdida de las colonias ultramarinas. Los procesos
de independencia comenzaron en la segunda década del siglo, impulsados
por la situación crítica que vivía la metrópoli. Desde 1808 se encontraba invadida por el ejército francés y prácticamente abandonada por una casa real
inane, que había protagonizado un vergonzoso episodio de abdicación y de
sumisión al hermano de Napoleón, José Bonaparte. Ante el vacío de poder
que se produjo a continuación, pero sobre todo después de la guerra de liberación contra Francia, varias colonias americanas se proclamaron repúblicas
soberanas. Dada la tambaleante situación política que atravesaban desde hacía décadas y los convulsos avatares que se vivían en la península, los an9
Á. GANIVET, Idearium español [1896], Espasa-Calpe, Madrid, 1949, pp. 142 s.; ID., El
porvenir de España [1896], Espasa-Calpe, Madrid, 1949, p. 154 y 160 ss.
10
M. G. LOSANO, I grandi sistemi giuridici. Introduzione ai diritti europei ed extraeuropei,
Laterza, Roma-Bari, 2000, pp. 128-135.
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tiguos virreinatos iniciaron un proceso de emancipación que duraría toda
la centuria y que culminaría en 1898, con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y
Filipinas.
A partir de entonces, la consciencia de la crisis inundó el imaginario social y se infiltró en todas las esferas de la cultura. Si antes era posible mirar
hacia otro lado y recrearse en un pasado glorioso y legendario, a partir del 98
la cruda realidad se instaló de forma irrevocable en la agenda sociopolítica
e intelectual11. Comenzaron a menudear escritos que clamaban por la regeneración nacional y que trataban de analizar las causas del declive. Desde
la historiografía, la literatura, la filosofía o las ciencias sociales, innumerables escritores y científicos se afanaron con la pregunta sobre España. Surgió
así un filón de pensamiento que conocemos como “regeneracionismo”, en el
que cabe situar a numerosos intelectuales de fin de siglo que abogaron por
una reforma total del sistema. Muchas de estas tendencias, influidas por la
Völkerpsychologie –que a la sazón triunfaba en Alemania– se internaron en la
psicología social, buscando los motivos del desastre en el carácter español12.
Otros, influidos por un positivismo à la Comte, se dedicaron a elaborar prolijos memorándums de tipo más bien pragmático, en los que defendían la necesidad de una reforma agraria, la renovación de las infraestructuras viales o
una restructuración de la red hidráulica13. Pero la mayoría de los autores, en
fin, trataron de coaligar ambas perspectivas.
El común denominador de todas estas tendencias era la sensación de
decadencia y la angustia por la pregunta sobre España. En efecto, a partir
del 98 proliferaron los escritos que tematizaban la cuestión nacional en clave teórica, planteando el significado y las opciones de la españolidad en un
contexto en el que sus atributos tradicionales parecían haber desaparecido.
Desde el punto de vista filosófico, surgió un proceloso debate sobre el ser
de España, que se trenzó con el nacimiento de otros nacionalismos, y que
continuaría tortuosamente durante la dictadura de Franco. No es casual que
Ortega y Gasset dijera que toda su obra había estado marcada por “la obse11
Vid. J. ÁLVAREZ JUNCO, Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Taurus,
Madrid, 2001, pp. 584 ss.
12
J. COSTA, “El porvenir de la raza española”, en Estudios jurídicos y políticos, Imprenta
de la Revista de Legislación, Madrid, 1884, pp. 257-301; R. ALTAMIRA, Psicología del pueblo
español [1902], Biblioteca Nueva, Madrid, 1997; M. UNAMUNO, En torno al casticismo [1895],
Cátedra, Madrid, 2005.
13
Vid. M. TUÑÓN DE LARA, Medio siglo de cultura española (1885-1936), 3ª ed., Tecnos,
Madrid, 1973, pp. 57-75.
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sión de España como problema”14. Al mismo Ortega le debemos una de las
contribuciones más desencantadas respecto a las posibilidades de resucitar
la identidad nacional: España invertebrada, donde analizaba el resquebrajamiento del país por el empuje de los nacionalismos y por la falta de un proyecto común15. En la misma clave puede entenderse España como problema de
Pedro Laín Entralgo o la Defensa de la hispanidad de Ramiro de Maeztu. Pero
quizá el lema que mejor describe las preocupaciones de la época es el acuñado por Unamuno: “¡Me duele España!”16.
Este debate filosófico-político no hacía sino reflejar un estado de ánimo
que había calado profundamente en las mentalidades y que, por ende, se
infiltró también en la conciencia literaria: la generación del 98. Es difícil sintetizar las características de una hornada en la que convivieron figuras tan
dispares como Machado, Baroja, Unamuno, Valle Inclán, Ganivet, Azorín o
Maeztu. Sin embargo, podría afirmarse que en todos existía una honda desazón por la identidad y el futuro de España, lo que literariamente se tradujo
en un tono pesimista, melancólico y próximo al existencialismo. En este sentido, son especialmente significativos los célebres versos de Machado: “Ya
hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza, / entre una España que
muere / y otra España que bosteza. / Españolito que vienes / al mundo, te
guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”17. Unos
versos que no sólo identificaban el clima de abulia nacional, sino que también vislumbraban el cisma de las dos Españas que pronto estallaría con la
guerra civil.
Como respuesta ante dicha apatía, la mayoría de estos autores eligieron
temas de la historia, el paisaje o las costumbres tradicionales de España,
intentando dilucidar “la esencia” que la definía y que –pensaban– permitiría en un futuro la regeneración. Así se explican obras como “Campos
de Castilla” de Machado, “Idearium español” de Ganivet o “En torno al
casticismo” de Unamuno. Se produjo una revalorización de lo español, en
un proceso de construcción nacional que corría paralelo con el fortaleci14
J. ORTEGA Y GASSET, Prólogo para alemanes [1924], en Obras Completas, ed. Paulino
Garagorri, tomo 3, Revista de Occidente, Madrid, 1983, p. 58.
15
J. ORTEGA Y GASSET, España invertebrada. Bosquejos de algunos pensamientos históricos [1921], en Obras completas, cit., tomo 3.
16
M. UNAMUNO, “A un profesor español residente en Buenos Aires” [1923], en L.
ROBLES (ed.), Epistolario americano (1890-1936), Ediciones de la Universidad de Salamanca,
Salamanca, 1996, p. 484.
17
A. MACHADO, Poesías completas, Espasa-Calpe, Madrid, 1988, p. 246.
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miento de otras identidades como la gallega, la vasca o la catalana, y que
se quiso encauzar a través de muchas vías: la literatura costumbrista, el
rescate de las palabras terruñeras, la música nacionalista o, por lo que a nosotros afecta, el derecho consuetudinario. De hecho, como veremos más
tarde, la importación de Savigny se hizo desde este prisma tradicionalista
y nacionalista.
Pero el debate sobre España se trenzó con el ascenso de otras nacionalidades. Más allá de la retórica y la reivindicación cultural, este proceso desencadenó numerosos conflictos: sublevaciones cantonales en Levante, enconados debates regionales por el mantenimiento de los derechos forales y
tres guerras en las que el nacionalismo vasco desempeñó un papel crucial.
Algunos sectores del vasquismo, en efecto, estuvieron estrechamente vinculados con el carlismo, es decir, con el partido que apoyó a Don Carlos en la
lucha sucesoria iniciada tras la muerte de Fernando VII. El motivo de este
posicionamiento reside en que Carlos se había declarado dispuesto a respetar los fueros vascos, en coherencia con su intención de mantener las estructuras feudales. Isabel, al contrario, pretendía abolir los distintos particularismos y trabajar en la constitución de un Estado unitario y liberal. Por último,
el “problema catalán” adquirió carta de naturaleza: es en el XIX cuando las
relaciones con Cataluña se vuelven especialmente ásperas18.
Al hilo de todos estos conflictos, cobró fuerza el debate sobre la configuración institucional de las diferencias culturales que convivían en la península. Surgió así la cuestión del federalismo y de la distribución territorial
del poder, un proceso que sigue inconcluso y que ha generado incontables
quebraderos de cabeza. Desde el federalismo de Pi i Margall hasta el independentismo o el autonomismo, se abrió un complejo abanico de opciones
que aún hoy sigue coleando. De hecho, la España invertebrada de Ortega debería entenderse como una aportación en torno al problema de la nación y
una propuesta de organización territorial del poder. Conviene advertir que
en este punto Ortega experimentó una notable evolución: desde una postura
casi federal, próxima a las tesis de Francesc Cambó, hasta el autonomismo
moderado de conservadores como Antonio Maura19. En cualquier caso, los
términos del debate que planteó son útiles para entender la situación: a su
juicio, la dinámica centrífuga que estaba experimentando España no se debía
I. SOTELO, “Cataluña: observaciones a unas relaciones delicadas”, en A vueltas con
España, Gadir, Madrid, 2006, pp. 165-188.
19
F. H. LLANO, El Estado en Ortega y Gasset, Dykinson, Madrid, 2010, pp. 177 ss.
18
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a la tozudez del nacionalismo periférico, sino más bien al fracaso del proyecto unitario que antaño había abanderado Castilla20.
Ahora bien, la crisis institucional no sólo tenía que ver con los nacionalismos
y la organización territorial. Uno de los motivos por los que se había perdido el
control de las colonias era el de la obsolescencia e inoperatividad de las estructuras estatales. Sin embargo, lejos de subsanar el problema con un plan de saneamiento y modernización a largo plazo, el siglo XIX fue un continuo ir y venir
de constituciones, promulgadas casi siempre como consecuencia de golpes de
Estado encabezados por militares. El resultado fue una inestabilidad permanente, marcada por continuos cambios de gobierno: los liberales sucedían a los conservadores, que más tarde volverían a ser derrocados por los anteriores. De este
modo, además de propiciar el nacimiento de una cultura política enormemente
cainita21, el país vivió durante décadas un estado de inacción insostenible. La
situación se quiso enderezar a partir de 1875, con la coronación del rey Alfonso
XII y la dirección política de Cánovas del Castillo, que ideó un régimen de alternancia del poder pactada entre liberales y conservadores.
El objetivo de esta componenda era alcanzar una estabilidad institucional que no había existido durante toda la centuria. Ya que dicho equilibrio no
había sido posible a través de un sistema parlamentario, pero tampoco mediante la Restauración absolutista pura y dura, Cánovas pensó que lo mejor
era llegar a una fórmula de consenso: por un lado salvando a la monarquía
y, por otro, contentando a las dos grandes facciones políticas del país con un
juego de turnos. El sistema tenía apariencia democrática, pero se asentaba en
la perpetuación de las élites tradicionales. De hecho, este régimen daría lugar
a críticas tan acerbas como la Oligarquía y caciquismo de Joaquín Costa, en la
que el aragonés censuraba con dureza la hipocresía del sistema: “Monarquía,
partidos, Constitución, Administración, Cortes son puro papel pintado con
paisajes de sistema parlamentario, dice Macías Picavea; a un estado de derecho
regular y perfecto, agrega Silvela, se opone en España un estado de hecho que
lo hace de todo en todo ilusorio, resultando que tenemos todas las apariencias y ninguna de las realidades de un pueblo constituido según ley y orden
jurídico”22.
J. ORTEGA Y GASSET, España invertebrada, cit., p. 442.
I. SOTELO, “La cultura política de Alemania y España”, en A vueltas con España, cit.,
pp. 65-75.
22
J. COSTA, Oligarquía y caciquismo [1901], en Oligarquía y caciquismo, Colectivismo agrario y otros escritos (Antología), Madrid, 1967, pp. 18-19.
20
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Este contraste entre la España real y la oficial, la social y la legal, se convirtió en un tópico de la literatura política de la época. El manifiesto de Costa
es un claro ejemplo de ello, pero hallamos críticas similares en otros textos
contemporáneos. Así El régimen parlamentario en la práctica, de Gumersindo
de Azcárate, o El problema nacional de Macías Picavea, dos obras en las que se
denunciaba el lacerante distanciamiento entre la teoría y la praxis. En cierto
modo, el Estado se había convertido en un conjunto de instituciones encerradas sobre sí mismas, manejadas por una clase política alejada de los problemas reales y carente de visión de futuro. En definitiva, en un Estado ausente e inmune al discurrir de la nación. La correlativa vindicación de la vida
popular, de la sociedad civil y de la costumbre será así un estandarte de las
fuerzas progresistas y de los nacionalismos. Por lo que a nosotros afecta, esto
tendrá gran relevancia para entender la importación de Savigny.
2.3.
El Sonderweg español: el problema de la Iglesia católica
El último aspecto del Sonderweg español tiene que ver con la Iglesia
católica. Si algo diferencia a España de otros países del entorno en la edad
contemporánea, es la presencia persistente del catolicismo. En realidad, la
pantomima democrática ideada por Cánovas era una variante del liberalismo doctrinario que también hubo en Francia y que podía detectarse en otros
países cercanos23. Se trataba de un pacto entre las monarquías tradicionales
y una burguesía asustada de sus excesos durante la era de las revoluciones.
Ante el peligro de radicalización y democratización que se había desencadenado tras la instauración de los principios liberales, la gran burguesía y la
realeza decidieron olvidar sus rencillas y armonizar sus intereses mediante
fórmulas de equilibrio, de manera que el proyecto de emancipación ilustrado no se llevase hasta sus últimas consecuencias. En España, la Restauración
se acopló a esta dinámica de compromiso generalizable a otras áreas, pero
incorporando además el concierto con la Iglesia.
En definitiva, mientras que la secularización del Estado se había cumplido con bastante alcance en el resto de los países europeos, en España nunca
llegó producirse de manera efectiva. Desde la Constitución de Cádiz de 1812,
de corte progresista, hasta la de 1876, más conservadora, casi todas las cartas
magnas de la centuria decretaron la confesionalidad del Estado. Además, en
23
L. DÍEZ DEL CORRAL, El liberalismo doctrinario, 4ª ed., Centro de Estudios
Constitucionales, Madrid 1984, pp. 1-21 y 549 ss.
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los pocos casos en los que se sancionó la neutralidad en materia religiosa,
ésta no llegó a verificarse en la práctica: o bien por la corta duración de los
periodos progresistas, o bien por la presión de los reaccionarios, que seguían
dominando las instituciones sociales y culturales. La permanencia de esta
“constitución interna” –como la llamaba Cánovas24– es notable: pese a contratiempos como el de la Segunda República, llegó hasta el periodo del franquismo, que no por azar se apoyó así en el llamado “nacionalcatolicismo”.
Esta presencia del poder católico era y es tan intolerable que Gregorio PecesBarba ha llegado a sostener que la Iglesia constituye uno de los obstáculos
principales para la forja de una España civil25.
Volviendo al siglo XIX, es fundamental tener en cuenta el peso de la
Iglesia para entender las querellas que se dieron en los círculos intelectuales y en la ciencia jurídica. Hay dos acontecimientos especialmente reveladores. El primero se refiere a los debates que se produjeron en 1875 en el
Ateneo de Madrid, donde se discutió con ardor respecto al positivismo y las
repercusiones que éste podría tener sobre la religión y la moral. Los conservadores lo rechazaron con rotundidad, ya que lo veían incompatible con el
dogma católico propio de la nación española26. Pero incluso los intelectuales
más abiertos, de ideología liberal y de credo filosófico krausista, mostraron
reticencias a la importación plena de las ideas positivistas: siempre que éstas
fueran compatibles con la religión, la autonomía del espíritu y un cierto idealismo ético, podrían atraerse; sin embargo, si no eran conciliables con tales
principios, debería promoverse una adaptación cuidadosa, de modo que la
moral no quedase ausente en los asuntos científicos. Ésta es la conclusión
que cabe extraer de dos célebres prólogos del krausista Nicolás Salmerón,
que llegaría a ser uno de los cuatro presidentes de la Primera República27.
El otro acontecimiento al que aludía es el de la “segunda cuestión universitaria”, un proceso de depuración de los profesores que el gobierno
A. CÁNOVAS DEL CASTILLO, Diario de Sesiones de las Cortes (Congreso de los
Diputados), 11 de mayo de 1876, p. 1347. Vid. J. VARELA SUANZES-CARPEGNA, “La doctrina de la Constitución histórica de España” en I. FERNÁNDEZ y J. VARELA (eds.), Conceptos
de Constitución en la historia, Junta General del Principado de Asturias, Oviedo, 2010, pp. 307364.
25
G. PECES-BARBA, La España civil, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Madrid,
2006, pp. 62-79.
26
D. NÚÑEZ, El Darwinismo en España, Castalia, Madrid, 1977.
27
N. SALMERÓN, “Prólogo” a J. G. DRAPER, Historia de los conflictos entre la religión
y la ciencia, Imprenta de Aribau y Compañía, Madrid, 1876; N. SALMERÓN, “Prólogo” a H.
GINER DE LOS RÍOS, Filosofía y arte, M. Minuesa de los Ríos, Madrid, 1878.
24
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consideraba peligrosos por no impartir el dogma católico. La circular por la
que se expulsó a dichos catedráticos, promulgada en 1875 por el Marqués de
Orovio, rezaba así: “cuando la mayoría y casi la totalidad de los españoles
es católica y el Estado es católico, la enseñanza oficial debe obedecer a este
principio, sujetándose a todas sus consecuencias [...]. El gobierno no puede consentir que en las cátedras sostenidas por el Estado se explique contra
un dogma que es la verdad social de nuestra patria”28. La consecuencia fue,
en primer lugar, que España se desmarcó de la senda de secularización de
la enseñanza que ya se estaba fraguando fuera de nuestras fronteras: la ley
Gladstone inglesa de 1870, la ley Lopino italiana de 1871 o la ley Ferry francesa de 1882 sancionaban la laicidad de la enseñanza pública en todos sus niveles29. En segundo lugar, la cuestión universitaria dio lugar a un evento central: ante la circunstancia de que muchos profesores habían sido expulsados
de sus cátedras, y otros habían renunciado por solidaridad con sus colegas,
Giner de los Ríos decidió poner en marcha un proyecto de educación al margen de las instituciones oficiales: la Institución Libre de Enseñanza (ILE).
La finalidad de la Institución era convertirse en un centro de educación
superior donde se respetase la libertad de cátedra y se enseñase conforme a
principios científicos renovadores. Pronto se adhirieron muchos intelectuales progresistas, y entre sus muros estudió parte de la intelligentsia que, con
los años, formaría los cuadros de la Segunda República. Además, el espíritu
de la ILE se transfirió a otras instituciones: el Instituto Escuela (1918), mediante el que se quiso llevar sus principios a la escuela secundaria; la Junta
para la Ampliación de Estudios (1907), para promover la investigación a través de becas de estudio en el extranjero; o el Instituto de Reformas Sociales
(1903), cuyo fin era estudiar las condiciones laborales de la clase obrera y
proteger sus derechos30. Por lo que afecta al derecho, la ILE fue esencial, ya
que en su seno estudiaron muchos juristas de renombre: desde su fundador, Giner de los Ríos, hasta Adolfo Posada o el ya citado Joaquín Costa. La
filiación intelectual de la mayoría de sus representantes era krausista, pero
de un krausismo que poco tenía ya de Krause y mucho de Giner, poco de
28
M. OROVIO, “Real Orden de 26 de febrero de 1875”, Gaceta de Madrid, núm. 58, 1875,
pp. 531-532.
29
G. PECES-BARBA et al., Educación para la ciudadanía y derechos humanos, Espasa-Calpe,
Madrid, 2007, pp. 105-112.
30
A. JIMÉNEZ-LANDI, La Institución Libre de Enseñanza y su ambiente, Taurus, Madrid,
1973, pp. 175-205; L. E. OTERO CARVAJAL y J. M. LÓPEZ SÁNCHEZ, La lucha por la modernidad. Las ciencias naturales y la Junta para la Ampliación de Estudios, Madrid, 2012, pp. 127 ss.
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filosófico y mucho de proyecto social31. En definitiva, la Institución terminó
siendo un lugar de encuentro para todas aquellas personas con sensibilidad
liberal-reformista.
Antes de terminar, es necesaria una última reflexión. El tema del catolicismo no es ajeno al resto de manifestaciones de la crisis que han sido enumeradas. El catolicismo permeó toda la vida política y social del siglo XIX, pero
es frecuente encontrarlo ligado a las tendencias nacionalistas. Hasta hace
poco, era usual asociarlo con el españolismo, en buena medida como resultado del nacionalcatolicismo franquista. Sin embargo, son bastante conocidos
los nexos entre vasquismo y catolicismo y, pese a que los lazos entre el catalanismo y la Iglesia han sido algo desatendidos, lo cierto es que éstos existieron32. Así se explica que Sabino Arana fuera un gran admirador del canónigo
catalán Félix Sardá y Salvany33, quien a su vez fue autor de un famoso libro
titulado El liberalismo es pecado34, uno de los referentes del catolicismo integrista decimonónico. Y así se explica, también, que el mismo Sardá y Salvany
fuera buen amigo de Manuel Durán y Bas, el político que más presencia tuvo
en la defensa del derecho foral catalán y que, por lo que se refiere a nuestro
tema, sería el gran valedor de Savigny en España. Más allá de su amistad con
Sardá y Salvany, Durán y Bas dio buenas muestras de su filiación católica en
muchos de sus escritos35.
Por último, es imprescindible destacar la ligazón del nacionalismo español con el catolicismo. En buena medida, el honor perdido tras la derrota
colonial se intentó rehabilitar mediante un aferramiento a la religión católica. Si la España imperial había claudicado, aún quedaba la España católica,
aquella que, según Marcelino Menéndez Pelayo, había sido “evangelizadora de la mitad del orbe [...], martillo de herejes, luz de Trento, espada de
31
E. DÍAZ, De la Institución a la Constitución. Política y cultura en la España del siglo XX,
Trotta, Madrid, 2009, pp. 15-48.
32
A. F. CANALES SERRANO, “El robo de la memoria. Sobre el lugar del franquismo
en la historiografía católico-catalanista”, Ayer, núm. 59, 2005, pp. 259-280.
33
J. L. DE LA GRANJA SAIZ, “El antimaketismo: la visión de Sabino Arana sobre España
y los españoles”, en Norba. Revista de Historia, núm. 19, 2006, pp. 191-203, especialmente p.
194.
34
F. SARDÁ Y SALVANY, El liberalismo es pecado [1884], Pagès Editors, Lleida, 2009.
35
Vid. por ejemplo M. DURÁN Y BAS, “La filosofía de las Leyes bajo el punto de vista
Cristiano”, en Estudios jurídicos, Librería de Don Juan Oliveres, Barcelona, 1888, pp. 71-98; ID.,
“Necesaria influencia de la Filosofía Cristiana en los Códigos penales y en las instituciones penitenciarias de nuestros días”, en Estudios morales, sociales y económicos, Imprenta Barcelonesa,
Barcelona, 1895, pp. 75-120.
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Roma, cuna de San Ignacio…”36. Si bien es verdad que existían diferencias
lingüísticas y culturales a lo largo y ancho de la península, había un fondo común que todos los territorios compartían y que –pensaba Ménendez
Pelayo– debería vertebrar a la nación: el catolicismo37. No en vano, la frase
citada terminaba así: “ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo
de los arévacos”38. Esa misma argumentación es la que se empleó desde el
pensamiento jurídico-político para incluir el dogma católico en las constituciones: más allá de los textos legales, la nación española poseía una constitución interna que entroncaba con su historia y sus costumbres, y que
emanaba de los rasgos intrínsecos de su pueblo. Esta retórica, a la vez católica e historicista, es la misma que veremos al analizar la importación de
Savigny a la ciencia jurídica.
3.
UN RÁPIDO PANORAMA DE LA CIENCIA JURÍDICA ESPAÑOLA
EN EL SIGLO XIX
Aunque con todas las advertencias de las generalizaciones, podría decirse que la ciencia jurídica española del XIX estuvo presidida por tres grandes
orientaciones: el tradicionalismo neotomista, el krausismo y la escuela histórica39. Tres corrientes que, a su vez, coinciden grosso modo con las tendencias
políticas esbozadas en el anterior apartado40. Por un lado, tenemos el monolítico bloque del catolicismo tradicionalista, aferrado a las doctrinas de Santo
Tomás y, en algunos casos, a la escuela española del derecho natural. Las
inclinaciones de este grupo por la restauración de la monarquía católica son
casi unánimes. Por otro lado, tenemos al krausismo, que se tradujo en clave
político-social y que acabó convirtiéndose en una suerte de abrevadero para
las corrientes liberal-reformistas que luchaban por secularizar el Estado, liberalizar la economía (sin perjuicio de la salvaguarda de ciertos derechos
sociales básicos) y modernizar la cultura. Por último, está la escuela históri36
M. MENÉNDEZ PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, Biblioteca de Autores
Cristianos, Madrid, 1956, vol. 2, p. 1192.
37
J. ÁLVAREZ JUNCO, Mater dolorosa, cit., pp. 305 ss. y 383 ss.
38
M. MENÉNDEZ PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, cit., p. 1194.
39
J. J. GIL CREMADES, El reformismo español. Krausismo, escuela histórica, neotomismo,
Ariel, Barcelona, 1969, pp. 5-14.
40
J. J. GIL CREMADES, “Krausistas, catalanistas y católicos”, en ID., Krausistas y liberales, Seminarios y Ediciones, Madrid, 1975, pp. 11-19.
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ca, cuyo correlato sería el nacionalismo, especialmente en Cataluña: fue allí
donde se recibieron con más entusiasmo las teorías de Savigny41.
Como anunciaba, conviene ser precavido con generalizaciones de esta
índole, no sólo porque a veces desvirtúan los perfiles reales de autores y escuelas, sino también, y sobre todo, porque ocultan la posibilidad de las orientaciones sincréticas. En el caso que nos ocupa, se dieron entrecruzamientos
de importancia. Es así como el historicismo de Durán y Bas se conjugó con
un resuelto neotomismo42, mientras que Joaquín Costa aglutinaba el poso
católico familiar, el krausismo de sus estudios y la influencia teórica del historicismo43. Por último, y a pesar del integrismo católico de autores como
Sardá y Salvany, Juan Donoso Cortés o Manuel Vázquez de Mella, también
se registraron casos templados: intelectuales que intentaban cohonestar el
catolicismo tradicional con las exigencias de una economía liberal que, sobre todo a partir del último tercio del siglo XIX, se fue imponiendo de forma inapelable44. Así pues, la caracterización ofrecida es sólo una pauta para
entender el espíritu general de los debates que se produjeron y los grandes
trazos del discurso, pero no siempre idónea para captar la idiosincrasia de
autores o escuelas concretos.
Con todo, sí cabe extraer una conclusión general: la ausencia de dos
grandes tendencias que eran protagonistas en el resto del continente europeo, el positivismo y el hegelismo. La laguna del positivismo se explica por
el ambiente de integrismo católico descrito: la sociología y el darwinismo
eran vistos desde España con recelo, como paladines del ateísmo o como un
peligro para el libre arbitrio. Incluso los autores más abiertos en materia científica, los krausistas, fueron reticentes a una asunción plena de dichas ideas.
Así las cosas, la penetración del positivismo estuvo mediatizada por una
generación de jóvenes juristas que, a partir de los años ochenta, intentaron
actualizar los principios del krausismo clásico. El fruto de esta hibridación
es lo que Posada denominó krausopositivismo, un aparente oxímoron que
M. FIGUERAS, “Notas sobre la introducción de la Escuela Histórica de Savigny en
España”, Anales de la Cátedra Francisco Suárez, núm. 18-19, 1978-1979, pp. 371-393.
42
A-E, PÉREZ LUÑO, “Experiencia histórica y experiencia jurídica en Durán y Bas”,
en La filosofía del derecho en perspectiva histórica, ed. por R. González-Tablas, Universidad de
Sevilla, 2009, pp. 281-298.
43
R. PÉREZ DE LA DEHESA, El pensamiento de Costa y su influencia en el 98, Sociedad
de Estudios y Publicaciones, Madrid, 1966, pp. 171 ss.
44
Vid. S. MARTÍN, “Funciones del jurista y transformaciones del pensamiento jurídico-político español”, Historia Constitucional, núm. 11, 2010, pp. 89-125, especialmente p. 99.
41
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arrojó extrañas mezcolanzas como la que el propio Posada perpetró, al intentar conciliar el pensamiento de Jhering con el de Krause. En líneas generales,
de lo que se trataba era de importar el darwinismo y las ideas sociológicas y
psicológicas modernas, pero sin renunciar al derecho natural y sin sacrificar
el acercamiento moral al fenómeno jurídico45.
Por lo que respecta al hegelismo, su falta de penetración también se explica en
clave política y social. Como ha sostenido Elías Díaz, el hecho de que en España
tuviera tanto éxito la doctrina de Krause se debió al carácter ambiguo y maleable
de éste, en contraste con el sólido andamiaje teórico de Hegel46. Mientras que la filosofía del suabo exaltaba la necesidad del Estado fuerte y se sustentaba en un potente aparato dialéctico, las ideas de Krause rezumaban eclecticismo y concluían
con una vindicación de la ética individual, además de apoyarse en un concepto
armonista de la sociedad. Así las cosas, continuaba Elías Díaz, la importación de
Krause era mucho más pertinente que la de Hegel. En un país transido por conflictos internos como los citados, desestructurado por la crisis de las instituciones y
sumido en una profunda depresión, no parecía cabal atraer las ideas de un autor,
como Hegel, que estaba escribiendo para una nación en pleno despegue, optimista
respecto al futuro y con una sólida tradición estatal. En suma, el ideario de Krause
se acomodaba mejor al credo de la burguesía liberal-reformista que se embarcó en
el proyecto de regeneración moral de España.
Ahora bien, al igual que antes, es necesario hacer dos matizaciones. La
primera afecta al hegelismo y la segunda al positivismo.
Respecto a lo primero, conviene advertir que, a pesar de la tendencia general que acabo de exponer, sí hubo un pequeño reducto de hegelismo jurídico en la Universidad de Sevilla, especialmente encarnado en las figuras de
Antonio María Fabié y Antonio Benítez de Lugo47. Aunque con menor intensidad que en estos dos, también se ha dicho que Francisco Pi i Margall estuvo
influido por Hegel, lo cual podría explicar por qué no asumió el historicismo
à la Savigny para diseñar y justificar su propuesta nacionalista-federalista48.
F. LAPORTA, Adolfo Posada: política y sociología en la crisis del liberalismo español,
Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1974, pp. 261-265.
46
E. DÍAZ, La filosofía social del krausismo español, Fernando Torres, Valencia, 1983, pp. 15-37.
47
Vid. J. I. LACASTA, Hegel en España. Un estudio sobre la mentalidad social del hegelismo
hispánico, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 1984; J. R. GARCÍA CUÉ,
El hegelismo en la Universidad de Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, Sevilla, 1983.
48
J. CAGIAO, “A vueltas con el federalismo español: Pi y Margall, Proudhon y Hegel.
Reseña crítica de un viejo texto sin eco”, Cahiers de civilisation espagnole contemporaine. De 1808
au présent, núm. 2, 2008.
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De todos modos, creo que lo que hay en Pi i Margall es más bien un difuso
hegelismo de izquierdas –es decir, no una influencia directa y consecuente del suabo–, que paradójicamente terminará desembocando en su acercamiento a Proudhon, un autor que Marx y Engels englobaron en el socialismo
utópico, pero que incluso atesora alguna reminiscencia libertaria.
Respecto a lo segundo, más allá de la aproximación al positivismo cientificista que algunos krausistas propiciaron en la segunda mitad del siglo, puede detectarse una importante recepción del positivismo jurídico de Bentham
durante la primera mitad. De hecho, se ha llegado a afirmar que Bentham fue
en España “casi como un semidiós”49. La recepción del jurista inglés se hizo
a través de la Universidad de Salamanca y fue canalizada hacia los aspectos
relacionados con la codificación50. No por casualidad, el propio jurista inglés
escribió tres Ensayos sobre la política de España y siete Cartas sobre el código penal
dirigidas al conde de Toreno. En este sentido, podría decirse que la influencia de Bentham fue de impronta iluminista y afrancesada: téngase en cuenta
que, en realidad, las ideas de Bentham no tuvieron apenas repercusión en su
tierra natal y que fue en Francia donde adquirió la fama.
La importancia de Bentham en la primera mitad de siglo destaca especialmente en el plano legislativo: por un lado como referente de muchas de
las ideas que nutrirían la elaboración de la Constitución de Cádiz de 1812 y,
por otro lado, como inspirador y participante activo en los trabajos de codificación civil y penal51. Se ha discutido mucho sobre hasta qué punto la
Constitución de Cádiz fue un plagio de la francesa de 1791. No es éste el
lugar para detenerse en ello, pero parece bastante claro que la influencia fue
sólo moderada: no olvidemos que España salía de una guerra contra Francia
y que, por esa razón, no eran bien vistas las afinidades con el país vecino52.
Sin embargo, si acaso hubo un momento en que la influencia francesa decayó, Bentham sirvió de mediador entre las tendencias codificadoras galas y la
cultura española. Téngase en cuenta que el pensamiento de Bentham se forjó
49
296.
É. HALÉVY, The Growth of Philosophic Radicalism, Faber and Faber, London, 1928, p.
50
A-E. PÉREZ LUÑO, “Jeremy Bentham: su influjo en la Universidad de Salamanca y
en la cultura jurídica española del siglo XIX”, en La filosofía del derecho en perspectiva histórica,
cit., pp. 217-242.
51
A.-E. PÉREZ LUÑO, “Los derechos fundamentales en la Constitución de Cádiz de
1812”, en La filosofía del derecho en perspectiva histórica, cit., pp. 243-256.
52
D. SEVILLA ANDRÉS, “La Constitución española de 1812 y la francesa de 1791”, en
Saitabi, VII, 33/34, 1949, pp. 212-234.
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en contradicción con los principios del common law –buena parte de su obra
está escrita como refutación de Blackstone– y que, en realidad, fue en Francia
donde cosechó sus mayores éxitos.
La alusión a la Constitución de Cádiz es esencial, por cuanto fue a partir
de ella cuando se puso en marcha el proceso de codificación que recorrió toda
la centuria53. En efecto, el art. 258 establecía que “el Código Civil y criminal
y el de comercio serán unos mismos para toda la monarquía, sin perjuicio de
las variaciones que por particulares circunstancias podrán hacer las Cortes”,
una formulación que volveremos a encontrar en las demás constituciones
del siglo. Con semejante aserto se buscaba reducir a la unidad el pluralismo
normativo que existía como resultado de los diversos regímenes forales en el
plano civil. En este propósito latía, por un lado, la voluntad liberal de construir una nación con leyes idénticas que permitiera alcanzar la unidad de
mercado y, por otro lado, la pretensión absolutista de eliminar cualquier vestigio de los antiguos poderes territoriales. Tanto en uno como en otro caso, es
obvia la influencia centralizadora de la tradición francesa. En este sentido, la
primera mitad de siglo dialogó fundamentalmente con el modelo francés, y
con tal inspiración fue con la que se trabajó en las comisiones de codificación.
El resultado fue que el primer gran proyecto de código civil, el de 1851, tenía
una fuerte presencia del espíritu galo y, además, una clara preponderancia
de las instituciones castellanas54.
Como consecuencia de este exclusivismo y de la inestabilidad política
que vivía el país, el proyecto de 1851 suscitó numerosas críticas por parte de
las orientaciones de corte nacionalista o regionalista, que reivindicaban una
mayor presencia de instituciones forales. Lo significativo para nuestro objeto
de estudio es que, a partir de la segunda mitad de siglo, comienza a cambiar
el espejo en el que se miraban los juristas españoles: de la influencia francesa
se transita a la alemana. Sin embargo, dado que Alemania no tenía aún un
código, el modelo en el que se fijaron fue el de la pandectística de Savigny y
sus discípulos. Los factores que inciden en este cambio de rumbo son múltiples: por un lado, la preminencia que Alemania estaba empezando a gozar
en Europa en materias filosóficas y científicas y la pujanza de Prusia en la
vida política europea. Pero por otro lado, en relación con el mundo del de53
F. SÁNCHEZ ROMÁN, La codificación civil en España en sus dos periodos de preparación
y consumación. Estado del derecho civil de España, común y foral antes y después de la promulgación del
código civil, Establecimiento Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1890, pp. 21 ss.
54
F. SÁNCHEZ ROMÁN, La codificación civil en España, cit., pp. 35-36.
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recho, el giro germanizante tiene que ver con las discusiones que se estaban
produciendo en la codificación civil: mientras que el modelo francés era más
favorable a la centralización y la homogeneización del derecho, los foralistas
españoles vieron en la escuela histórica alemana una plataforma excelente
para reivindicar el mantenimiento de sus derechos patrios o, por lo menos, la
inclusión de sus instituciones en la legislación general55.
Ahora bien, como siempre ocurre en el ámbito jurídico, el cambio de
perspectiva no se dio sólo en la legislación o la jurisprudencia, sino también
en la doctrina. En este sentido, no es casual que la importación de Krause se
produjera a partir de 1854, fecha en la que Julián Sanz del Río volvió de su
viaje a Alemania y empezó a difundir sus ideas56. Justo un año antes, en 1853,
se había fundado la Revista General de Legislación y Jurisprudencia, que pronto
devendría la sede de discusión más importante del siglo y que, en especial,
hizo las veces de portavoz de las novedades que se estaban fraguando en
la Europa germana57. Vale la pena citar las palabras de los editores al primer número de la revista: “los objetivos de la revista son: familiarizar en lo
posible a los lectores con las producciones periódicas de los sabios extranjeros, hacerles conocer los incesantes y profundos trabajos de la pensadora
Alemania, señalar la progresiva marcha que sigue ese movimiento intelectual que, partiendo del otro lado del Rhin, va inoculándose poco a poco en
las demás naciones del continente, y suplir por este medio el gran vacío que
se notaba en las publicaciones jurídicas de nuestra península”58. En general,
la filiación de los autores que fundaron la revista era krausista, pero pronto
se dio cabida a otras orientaciones extranjeras y especialmente germanas.
En mi opinión, no es casual que los dos fundadores de la revista –Ignacio
Miquel y José Reus– fueran alicantinos, es decir, procedentes de un territorio en el que existía y existe derecho foral. Aunque la tendencia general de
la revista fue krausista, y pese a que eran frecuentes los ataques a la escuela
histórica del derecho, lo cierto es que el espíritu germanizante dio pie a un
replanteamiento de la codificación en términos menos centralistas que los
55
A. ENCINAR, “La influencia de la escuela histórica del derecho en la cuestión foral
española”, Sistema: Revista de ciencias sociales, núm.159, 2000, pp. 53-74.
56
M. TUÑÓN DE LARA, Medio siglo de cultura española, cit., pp. 37-46.
57
C. PETIT, “Revistas españolas y legislación extranjera. El hueco del derecho comparado”, en M. STOLLEIS y T. SIMON (eds.), Juristischen Zeitschriften in Europa, Vittorio
Klostermann, Frankfurt am Main, 2006, pp. 417-489, especialmente 465 ss.
58
I. MIQUEL y J. REUS, “Prefacio”, Revista general de legislación y jurisprudencia, núm. 1,
1853, p. 1.
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que habían dominado en la primera mitad del siglo. En efecto, la apertura de
la revista a las influencias extranjeras y la declarada intención de otorgarle
importancia a la legislación comparada59 favorecían una visión menos homogeneizadora del derecho y cierta sensibilidad hacia el pluralismo jurídico.
Además, ya desde 1861 empieza a publicar en ella Manuel Durán y Bas, el
principal impulsor de Savigny en nuestro país. La mayoría de los artículos
que firmó son de derecho mercantil, pero en todos aparecen abundantes referencias al padre de la escuela histórica60. Finalmente, ya en 1895, el propio
Durán fundaría la Revista jurídica de Cataluña, durante su último mandato
como director de la Academia de Jurisprudencia y Legislación de Cataluña,
inaugurada a su vez en 1840. Enseguida, esta revista se convertiría en el órgano de difusión del pensamiento catalanista en materias legales y en el principal defensor de la autonomía jurídica catalana respecto al resto de España61.
4.
LA INTRODUCCIÓN DE SAVIGNY EN ESPAÑA
4.1.
Traducciones de Savigny: una recepción tardía y escasa
La primera consideración tiene que ver con las fechas en las que fue traducido Savigny. La primera obra en castellano fue Das Recht des Bestizes, publicada en 1845 con el título de Tratado de la posesión según los principios del
derecho romano. Se trata de una versión española de la edición francesa, sin
indicación del traductor y con varias amputaciones, sobre todo en las notas
al pie de página62.
J. J. GIL CREMADES, El reformismo español, cit., pp. 43-47.
M. DURÁN Y BAS, “La teoría del derecho en la «Ciencia Nueva» de Vico. Memoria
leída en la Academia de Buenas Letras de Barcelona”, RGLJ, núm. 19, 1861, pp. 5-21; “Estudios
sobre el derecho mercantil. Naturaleza del fenómeno del comercio con relación al derecho”,
RGLJ, núm. 27, 1865, pp. 228-240; “Estudios sobre el derecho mercantil. Carácter del derecho
mercantil”, RGLJ, núm. 27, 1865, pp. 305-314; “Fuentes del derecho mercantil español. Juicio
crítico de nuestro código de comercio”, RGLJ, núm. 28, 1866, pp. 292-304.
61
L. PAGAROLAS I SABATÉ, Història de l’Acadèmia de Jurisprudència i Legislació de
Catalunya, Barcelona, 2000.
62
F. C. VON SAVIGNY, Tratado de la posesión según los principios del derecho romano,
Imprenta de la Sociedad Literaria y Tipográfica, Madrid, 1845. La alteración del título original
alemán, Das Recht des Besitzes. Eine civilistische Abhandlung, trae causa de la edición francesa,
Traité de la possession en droit romain, Joubert, Paris, 1845. La traducción española no sólo adopta el título de forma acrítica, sino que coloca en la portada las iniciales M. F. C. de Savigny, del
francés “Monsieur” Friedrich Carl de Savigny.
59
60
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La siguiente obra fue el System des heutigen römischen Rechts, publicada
en España en 1878 y 1879 y también vertida de la edición francesa por Jacinto
Mesía y Manuel Poley, con un largo prólogo de Durán y Bas63. Y es que, en
efecto, el papel de Francia como correa de transmisión de las obras publicadas en alemán fue una constante de la ciencia jurídica decimonónica hasta
muy avanzada la centuria.
De hecho, habrá que esperar hasta 1894 para encontrar la primera obra
traducida directamente del alemán, año en que Adolfo Posada realizó una
versión de La vocación de nuestro siglo para la legislación y para la ciencia del
derecho, a la que añadió un prólogo que más adelante se comentará. En la edición no figura la fecha de publicación, pero puede concluirse que apareció en
1894, gracias al catálogo de la casa editorial La España moderna64.
Por último, ya en el siglo XX, nos encontramos con dos traducciones más:
una del Über den Zweck dieser Zeitschrift –el escrito redactado por Savigny
como prólogo a la revista que fundó con Karl Friedrich Eichhorn– traducido
y publicado en 1908 en un compendio de textos sobre la escuela histórica65;
y por fin una versión de la Juristische Methodenlehre –Metodología jurídica–,
publicada en 1979 en Buenos Aires66. Del Geschichte des römischen Rechts im
Mittelalter –Historia del derecho romano en la Edad Media– no existe traducción
hasta la fecha, de manera que lo poco que se conoció de esta obra fue por intermediación de la versión francesa.
Más allá de la enumeración de fechas, títulos y traductores, creo que cabe
extraer dos conclusiones preliminares de lo anterior:
En primer lugar, podría afirmarse que la recepción de Savigny fue tardía
si la comparamos con otros países del entorno europeo, donde se tradujo
con más celeridad. Así ocurre en Italia, donde las primeras traducciones de
63
F. C. VON SAVIGNY, Sistema del derecho romano actual, trad. del alemán de M. Ch.
Guénoux, vertida al castellano por J. Mesía y M. Poley, pról. de M. Durán y Bas, F. Góngora y
Compañía Editores, Madrid, 1878-1879 (2 tomos).
64
F. C. VON SAVIGNY, De la vocación de nuestro siglo para la legislación y la jurisprudencia, trad. y pról. de A. Posada, La España Moderna, Madrid, 1894; R. ASÚN, “La editorial «La
España moderna»”, Archivum: Revista de la Facultad de Filología, pp. 133-199, especialmente p.
188.
65
F. C. VON SAVIGNY, “Sobre el fin de la revista de la escuela histórica”, en R. ATARD
(Ed.), La escuela histórica del derecho. Documentos para su estudio por Savigny, Eichhorn, Gierke,
Stammler, Librería General de Victoriano Suárez, Madrid, 1908.
66
F. C. VON SAVIGNY, Metodología jurídica, trad. de J. Santa-Pinter, Depalma, Buenos
Aires, 1979.
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la Historia del derecho romano datan de 1828, aunque en forma fragmentaria,
y donde la primera traducción íntegra y directa del alemán se realizó entre
1854 y 1857. Lo mismo podría decirse del Sistema del derecho romano actual, cuyas primeras versiones son de 1845, o del Tratado de la posesión, cuya traducción italiana se publica por primera vez en 1839. Por no hablar de la Vocación
de nuestro siglo para la legislación y la ciencia del derecho, que se traduce íntegramente en 184067. Si tomamos como referente de la comparación a Inglaterra,
los resultados son más o menos similares. La Historia del derecho romano se
traduce en Edimburgo en 1829, la Vocación de nuestro siglo en Londres en
1831 y el Tratado de la posesión en Londres en 1848, además de una versión
inglesa del Sistema de derecho romano actual, publicada en Madras (India) en
186768. Por último, si recordamos que las traducciones españolas se hicieron
casi siempre desde las francesas, también parece obvio que la recepción gala
fue sensiblemente anterior a la nuestra. De todo lo cual cabe inferir que la
importación de Savigny fue lenta en nuestro país: todas las obras citadas se
tradujeron antes en los lugares mencionados que en España.
En segundo lugar, cabe decir que la recepción fue escasa en líneas generales. Esta conclusión no se deriva necesariamente de la anterior, puesto
que el hecho de no haber traducciones no siempre es suficientemente indicativo. Como ha escrito Gabriel Zaid, “una cosa es la importancia de ciertos
libros y autores, otra su renombre, otra la venta efectiva de ejemplares, otra
la lectura de los mismos, otra la asimilación y difusión del contenido, otra
los nexos causales entre los fenómenos anteriores (importancia, renombre,
venta, lectura, asimilación, difusión) y los hechos observables en el comportamiento social”69. Esta apreciación, que Zaid realizaba en relación con el
mercado del libro, vale también para nuestro objeto. En efecto, la transferencia de las ideas puede producirse mediante numerosos cauces: además de
las traducciones, es necesario tener en cuenta si ha habido viajes de estudio,
contactos directos o exégesis del autor no apoyadas en traducciones directas.
F. RANIERI, “Savignys Einfluss auf die zeitgenössische italienische Rechtswissenschaft”,
en Ius Commune. Veröffentlichungen des MPIeR, vol. VIII, 1979, pp. 192-219.
68
C. VON SAVIGNY, The History of the Roman Law during The Middle Ages, transl. by E.
Cathcart, printed for Adam Black, Edinburgh, 1829; F. C. VON SAVIGNY, Of the Vocation of
Our Age for Legislation and Jurisprudence, transl. by A. Hayward, Littlewood and Co., London,
1831; F. K. VON SAVIGNY, Von Savigny’s Treatise on Possession. Or the Jus Possessionis of the
Civil Law, transl. by E. Perry, R. Sweet, London, 1848; F. C. VON SAVIGNY, System of the
Modern Roman Law, transl. by W. Holloway, J. Higginbotham Publishers, Madras, 1867.
69
G. ZAID, Los demasiados libros, De Bolsillo, México, 2010, p. 51.
67
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En este sentido, podría afirmarse que la influencia de Savigny en Rusia fue
muy relevante –pese a la relativa escasez de traducciones– ya que muchos
estudiantes rusos fueron enviados a estudiar a Alemania bajo la dirección
de Savigny o en la órbita de su escuela, y fueron activos en la transferencia
de su pensamiento al regresar a su país de procedencia70. Lo mismo podría
decirse de la recepción de Savigny en los países nórdicos, donde no se hizo
ni una sola traducción directa y donde, sin embargo, sus ideas fueron bien
conocidas y difundidas71.
En el caso español, la tardanza y la carencia de las traducciones se concitó con un clima de cierta animosidad a las ideas de Savigny, provocado
fundamentalmente por dos razones.
El primer motivo reside en el hecho de que los krausistas limitaron la recepción del pensamiento alemán a las obras de Krause, Ahrens o Röder –los
tres paladines del krausismo– y, después del giro “krausopositivista”, a las
de Jhering, Georg Jellinek o Anton Menger, entre algunos otros. De hecho, el
historiador del derecho Rafael Gibert ha llegado a decir que la introducción
de Jhering eclipsó la “beneficiosa” influencia que pudieran haber tenido las
ideas de Savigny para el desarrollo de una dogmática jurídica más elegante y
sofisticada que la cultivada en España a mediados del siglo XIX, muy dependiente aún del modelo legalista francés72. Creo que la apreciación es certera,
pero con la salvedad de que tampoco el pensamiento de Jhering tuvo una
gran repercusión: pese a la relativa abundancia de traducciones de éste, lo
cierto es que fueron tardías y que su obra se leyó desde un prisma peculiar
que quiso hacerle coincidir con Krause, arrebatándole así buena parte de su
originalidad.
La segunda razón por la que el pensamiento de Savigny se topó con
obstáculos en España tiene que ver con el neotomismo, que seguía dominando entre los juristas y que, pese a algunos intentos de conciliación como
70
M. AVENARIUS, Rezeption des römischen Rechts in Rußland. Dmitrij Mejer, Nikolaj
Djuvernua und Iosif Pokrovskij, Wallstein, Göttingen, 2004, pp. 19-20 ss.
71
C. PETERSON, “Der Kampf um ein schwedisches Zivilgesetzbuch im 19 Jh. Ein
schwedischer Kodifikationsstreit?”, en C. PETERSON (ed.), Die Kodifikation und die Juristen,
Institutet för Rättshistorisk Forskning, Stockholm, 2008, pp. 209-235; M. SANDSTRÖM, “Was
wir thun sollen wo keine Gesetzbücher sind: Zur Bedeutung des Nichtvorhandenseins”, en C.
PETERSON (ed.), Die Kodifikation und die Juristen, cit., pp. 237-265.
72
R. GIBERT, “Jhering en España”, en F. WIEACKER y C. WOLLSCHLÄGER (eds.),
Jherings Erbe. Göttinger Symposion zur 150. Wiederkehr des Geburtstags von Rudolf von Jhering,
Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen, 1968, pp. 41-67, especialmente 41-47.
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el de Durán y Bas, propició una cierta indiferencia respecto a las ideas del
jurista alemán. Los clásicos jurídicos de referencia eran Francisco Suárez,
Francisco de Vitoria o el propio Tomás de Aquino, todos ellos iusnaturalistas, que sólo podrían acoplarse con el historicismo de Savigny a través
de difíciles retruécanos. Si además echamos un vistazo a la fecha de las
traducciones, nos daremos cuenta de que un escrito tan central como De la
vocación de nuestro siglo fue publicado en castellano sólo en 1894, es decir,
cinco años después de entrar en vigor el código civil. En este sentido, la
soflama anticodificadora de Savigny llegó a España en el peor momento
posible y puede decirse que, en general, su papel fue ínfimo como revulsivo contra la legislación.
Quedaría por hacer una última apreciación respecto a los rasgos generales de la recepción de Savigny. Como ya hemos anunciado, el lecho sobre
el que se asumió su pensamiento fue el historicismo: sus ideas fueron vistas
como apoyo para defender la supervivencia de los derechos forales junto al
código unitario. Lo que ocurre es que, en realidad, el historicismo ya había
calado en España por otras fuentes y, por lo tanto, Savigny sirvió para apuntalar convicciones previas, no para convertirse en abanderado de un nuevo
paradigma. En mi opinión, la anterioridad de una concepción historicista
puede ser atestiguada desde dos frentes:
Para empezar, en el plano legal, en la elaboración de la Constitución
de 1812 hallamos ya rastros de esta idea. En efecto, en el discurso supuestamente redactado por Agustín de Argüelles con motivo de su aprobación,
puede detectarse una argumentación historicista bastante sólida. En líneas
generales, Argüelles pretendía disfrazar todas las novedades introducidas
por la Constitución como una simple actualización de leyes ya existentes en
los fueros de Aragón, Castilla o Navarra. La estrategia era engañosa, pero
inteligente, porque la radicalidad de principios como la soberanía nacional,
la separación de poderes o la libertad de prensa no habría sido aceptada de
otro modo por la aristocracia y la monarquía: “cuando la Comisión dice que
en su proyecto no hay nada nuevo, dice una verdad incontrastable, porque
realmente no lo hay en la sustancia. Los españoles fueron en tiempo de los
godos una Nación libre e independiente”73. Y en un guiño al concepto de
A. DE ARGÜELLES, “Discurso preliminar leído en las Cortes al presentar la
Comisión de Constitución el proyecto de ella”, en La Constitución de 1812. Edición conmemorativa del segundo centenario, introd. de Luis López Guerra, Tecnos, Madrid, 2012, p. 48.
73
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“espíritu general de la nación” de Montesquieu74, continuaba: “convencida
por tanto del objeto de su grave encargo, de la opinión general de la Nación,
del interés común de los pueblos, procuró penetrarse profundamente, no del
tenor de las citadas leyes, sino de su índole y espíritu”75. Una retórica que,
lejos de provenir de Savigny, bebía de las nociones de indoles populi, ingenium
populi o animus populi, acuñadas ya durante el iusnaturalismo racionalista76.
Con esto llegaríamos al segundo motivo por el que creo que el historicismo ya había calado en España antes de la importación de Savigny. En
efecto, a través de la herencia de determinadas vetas del pensamiento ilustrado, la concepción historicista se había deslizado en algunos intelectuales
tan representativos de la política española del siglo XVIII como el conde de
Campomanes, Gaspar de Jovellanos o Francisco Martínez Marina, quien ya
daría entrada a las preocupaciones propias del siglo XIX. Aunque en todos
estos autores la noción de historicidad no está tan sublimada como ocurrirá
a lo largo del siglo XIX, ya existen muchos de los trazos que después permitirán la entrada de Savigny en la cultura jurídica española. Especialmente, la
idea de que el derecho no es sino un precipitado más de la historia de cada
pueblo y la convicción de que el legislador debe adecuarse a los condicionantes que ésta le ofrece77. A continuación veremos cómo esto se tradujo en
algunos autores en particular.
4.2.
Interpretaciones de Savigny: el nacionalismo catalán
Como ya se ha dicho, fue al hilo del nacionalismo catalán como surgió
en España el interés hacia Savigny. Ahora bien, el nacionalismo catalán ha
pasado por varias etapas en su historia. Desde el provincialismo fomentado por la monarquía de los Borbones y los decretos de nueva planta, hasta
vindicaciones de corte regionalista, para llegar por fin al independentismo78.
B. DE MONTESQUIEU, Del espíritu de las leyes [1748], trad. de Mercedes Blázquez y
Pedro de Vega, introd. de Enrique Tierno Galván, Tecnos, Madrid, 1998, p. 205.
75
A. DE ARGÜELLES, “Discurso preliminar”, cit., p. 49.
76
J. SCHRÖDER, “Zur Vorgeschichte der Volksgeistlehre“, en T. FINKENAUER,
C. PETERSON y M. STOLLEIS (eds.), Rechtswissenschaft in der Neuzeit. Geschichte, Theorie,
Methode. Ausgewählte Aufsätze 1976-2009, Mohr Siebeck, Tübingen, 2010, pp. 221-258, especialmente 222-232.
77
R. FERNÁNDEZ-CARVAJAL, El historicismo jurídico en España (1700-1850), Tesis
Doctoral, Madrid, 1955, pp. 59 ss., 99 ss. y 143 ss.
78
E. PRAT DE LA RIBA, La nacionalidad catalana/La nacionalitat catalana, trad. de A.
Royo Villanueva, introd. de J. Tusell, Biblioteca Nueva, Madrid, 1998, pp. 43-53.
74
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En todo caso, lo que nos interesa subrayar de esta compleja problemática es
que el derecho ha desempeñado un papel fundamental en todas las fases. En
buena medida, esto se explica por el hecho de que los mencionados decretos
de nueva planta sólo derogaron el derecho público de los diversos reinos que
integraban la corona española durante la monarquía de los Habsburgo, pero
preservaron casi todas las especificidades que afectan al derecho civil. Lo
mismo puede decirse de la jurisdicción del Consulado del Mar –una de las
primeras instituciones de derecho mercantil de la historia, surgida durante
la hegemonía aragonesa en el Mediterráneo– cuya autoridad fue respetada
por los decretos de nueva planta. De ahí se deriva que los nacionalismos se
hayan apoyado en el derecho privado como factor de diferenciación y sostén
de sus pretensiones.
La apreciación anterior explica por qué el nacionalismo catalán floreció
durante el siglo XIX tan estrechamente ligado a consideraciones jurídicas
y, por otra parte, sirve para contextualizar las preocupaciones de Manuel
Durán y Bas por el derecho mercantil a las que se ha aludido en anteriores
secciones de este artículo. De hecho, pese a que la génesis de la mentalidad
historicista en Cataluña es larga y compleja79, podría decirse que la primera
figura destacable de la escuela iushistoricista catalana fue Ramón Martí de
Eixalá, especialista en derecho mercantil y maestro de Durán y Bas80.
En todo caso, la preeminencia del derecho en el proceso de construcción
nacional catalán se percibe en su justa medida si acudimos a la obra de un
autor que trasciende el ámbito jurídico y que entra de lleno en la historia política de España: Enric Prat de la Riba (1807-1917). Si tomamos la obra cumbre de Prat de la Riba, La nacionalitat catalana, encontraremos en sus páginas
múltiples alusiones al derecho como elemento sustancial de la identidad nacional: “fue abriéndose camino el amor a la lengua catalana, el estudio de la
historia propia, la adhesión al derecho civil”81.
A continuación, después de seguir proclamando la divergencia políticocultural de Cataluña y el resto de España, criticaba Prat la idea de “la armonía
de la unidad y la variedad”. En su opinión, ese argumento no era suficiente
para mantener a la nación catalana constreñida por los límites del Estado
M. FIGUERAS, “Notas sobre la introducción de la Escuela histórica”, cit., pp. 377-384.
R. MARTÍ DE EIXALÁ, Instituciones de derecho mercantil de España, Librería de Tomás
Gorchs, Barcelona, 1848. A partir de la cuarta edición fue Manuel Durán y Bas quien se encargó de actualizarla.
81
E. PRAT DE LA RIBA, La nacionalidad catalana, cit., p. 48.
79
80
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español: “el principio de la variedad en la unidad no nos dirá, por ejemplo, si
ha de haber una sola ley civil en todo el Estado, ni, admitiendo excepciones,
nos enseñará qué materias ha de reservarse la ley común y cuáles la ley foral,
ni si ésta ha de comprender tal o cual territorio”. Por último, una vez descartado dicho argumento para sostener la sujeción política de Cataluña, Prat
sostenía que el nuevo fundamento organicista de la ciencia decimonónica
ofrecía al pueblo catalán mejores razones para sacudirse el yugo de la opresión. Aquí es donde hallamos la primera alusión a la escuela histórica, pero
todavía junto con las del krausismo y el positivismo82.
Según Prat, el momento álgido de la conciencia nacional catalana fue
el del romanticismo, cuando las grises consideraciones político-constitucionales se empezaron a trenzar con el poso sentimental de la catalanidad.
En esa dualidad entre lo jurídico y lo cultural, entre el derecho y la vida, es
donde estaba, para Prat, la explicación de que los juristas catalanes abrazaran la doctrina de la escuela histórica: “al defender el derecho catalán,
había que estudiar y defender el derecho romano que lo integra, y la consideración e investigación de la obra jurídica de aquel gran pueblo, llevó
a nuestros jurisconsultos insensiblemente, naturalmente, suavemente, a la
escuela histórica de los romanistas alemanes, a la famosa escuela histórica
[...]. Al calor de esta escuela, en la forma característica catalana que recibió
de Permanyer y Tuyets y Durán y Bas, se hizo nuestra educación jurídica.
Nos hablaban del derecho como de una cosa viva, que va produciendo la
conciencia nacional, espontáneamente, por una evolución constante; nos
decían que el derecho como la lengua, son manifestaciones del mismo espíritu nacional [...]. Cataluña, pues, tenía ese espíritu nacional misterioso
que al correr de los siglos va engendrando y renovando el derecho y la
lengua”83.
Y por fin, citando expresamente a Savigny, se refería de esta forma a la
importancia de la doctrina alemana: “la escuela histórica, presentida por
Cuyás y Vico y fundada por Hugo, Niebuhr y Savigny, fue la reacción del
derecho vivo de los germánicos contra la invasión de una legislación extranjera, la francesa, que llamaba a las puertas de todas las naciones como
la portadora de la justicia universal y absoluta, del derecho abstracto [...]. El
derecho es un fruto de la conciencia del pueblo, que lo hace a su semejanza
y según sus necesidades [...]. La nacionalidad es, pues, también un criterio o
82
83
E. PRAT DE LA RIBA, La nacionalidad catalana, cit., pp. 48-49.
E. PRAT DE LA RIBA, La nacionalidad catalana, cit., pp. 59-60.
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sentimiento jurídico original”84. Nótese que las cursivas son del propio Prat,
que subrayaba así la importancia de sumar el factor jurídico-sentimental a la
explicación de la nacionalidad en términos de lengua o de cultura.
Ahora bien, una vez constatado el peso que indudablemente tuvo Savigny
como símbolo para justificar la voluntad de independencia de Cataluña, conviene preguntarse hasta qué punto se hizo una lectura fiel o adecuada de su
pensamiento. En este sentido, tengo la sensación de que, al igual que ocurrió
con el krausismo, las obras de Savigny y sus discípulos se conocían sólo de
manera superficial, más por oídas que por una lectura atenta de las mismas.
Desde este punto de vista, el servicio que prestó Savigny fue el de otorgar un
revestimiento científico a ideas que ya existían tiempo atrás en la mentalidad
de los juristas catalanes. Así es como se ha pronunciado, entre otros, Joaquín
de Camps y Arboix: “Durán y Bas salvó esta situación [de sumisión] con un
verdadero prodigio, amparándose en una doctrina entonces en boga y con
prestigio universal, como la escuela histórica, para cubrir el derecho catalán con una vestidura científica y con el pararrayos del historicismo”. Y así,
continuaba Camps, “por obra y gracia de Durán el derecho catalán pudo redimirse del complejo de inferioridad que le afligía, mitigar el pesimismo de
algunos ilustres juristas catalanes y enfrentarse con la petulancia y el desdén
de los uniformistas irreductibles”85.
En suma, lo que tomó la escuela jurídica catalana de Savigny fue la mentalidad historicista. Una mentalidad que, por otra parte, no era ni mucho
menos patrimonio del jurista alemán, sino más bien un atributo que encontramos desperdigado en numerosas manifestaciones de la ciencia y la cultura decimonónicas. De la vertiente de Savigny como dogmático del derecho,
como padre de la jurisprudencia de conceptos o como historiador, apenas
podemos rastrear influencia en Cataluña. Pero es que, además, ni siquiera el
historicismo por el que optan los juristas catalanes se correspondía en sentido estricto con el de Savigny86. De hecho, debido a la vinculación entre el
nacionalismo catalán y el tradicionalismo católico que seguía dominando
en toda la península ibérica, enseguida surgieron críticas a la concepción de
que el derecho fuera pura contingencia determinada por los avatares de la
historia. Así se explica la recriminación que hizo el filósofo catalán Francesc
E. PRAT DE LA RIBA, La nacionalidad catalana, cit., pp. 84-85.
J. DE CAMPS Y ARBOIX, Durán y Bas, Aedos, Barcelona, 1961, pp. 111 y 115.
86
J. VALLET DE GOYTISOLO, “Cotejo con la escuela histórica de Savigny”, Revista
jurídica de Cataluña, núm. 78, 1979, pp. 591-639; núm. 79, 1980, pp. 7-48.
84
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Pujols a Enric Prat de la Riba, a causa de la admiración que este último sentía
por Savigny: “a pesar de las discrepancias que Prat de la Riba hizo constar,
pertenece de lleno a la escuela de Savigny, que es una escuela fresca como
una rosa que, con sus encantos y perfumes, duerme y anestesia la potencia
generalizadora de quienes la escuchan demasiado”87.
Esa “potencia generalizadora” se refería, en última instancia, a la pérdida de la idea de universalidad y generalidad que sí ofrecían las corrientes del
derecho natural. En este sentido, no es casualidad que la crítica más acerba al
historicismo proviniera de un presbítero católico, Enrique Plá y Deniel: partidario de mantener el derecho foral –sólo que por razones tradicionalistas y
no nacionalistas88– apreciaba mucho la contribución de la escuela histórica a
la causa del fuerismo, pero a la vez denunciaba el olvido del derecho natural
en que incurría: “¿qué ha hecho la escuela histórica? Ha excitado a los pueblos a estudiar y recordar sus tradiciones y respetar sus costumbres. En esto
es digna de toda loa. Pero ha concedido demasiada independencia a la costumbre respecto de la autoridad social erigida por la misma naturaleza y ha
quitado la base sólida a todo derecho, aun al consuetudinario y tradicional,
negando el derecho natural y prescindiendo de él y admitiendo que pueda
haber verdadero derecho en oposición a la norma eterna de la moral. El virus
ponzoñoso de estos principios debe ser absolutamente rechazado”89. Dicho
esto, sin embargo, Plá salvaba a algunos miembros de la escuela catalana,
porque en su opinión no habían sacrificado el orden natural a una resignada
sumisión a la historia. Éste era el caso, según él, de Durán y Bas.
Con esto llegamos a un punto central para comprender la recepción de
Savigny en Cataluña: la conciliación entre historicismo y tradicionalismo, y
entre historicismo y catolicismo. En Durán y Bas confluían todas esas vertientes de manera armónica. Para empezar, la ideología tradicionalista era proclive a la salvaguarda de las costumbres locales por amor a la conservación
del pasado, por razones similares a las que esgrimió Edmund Burke para
oponerse a la reforma del common law inglés: es mejor mantener el statu quo
que lanzarse en brazos de un futuro que no sabemos cómo va a ser, aferrarnos a las tradiciones cuya eficacia ya ha sido probada por la historia y evitar
F. PUJOLS, Concepte general de la ciència catalana [1918], pról. de Artur Bladé i
Desumvila, Pòrtic, Barcelona, 1982, pp. 285-286.
88
J. PABÓN, Cambó, vol. 1, Alpha, Barcelona, 1952, pp. 98 ss: “el tradicionalismo, religiosofilosófico, jurídico o social, se transforma con los años en regionalismo o nacionalismo catalán”.
89
E. PLÁ Y DENIEL, “Crítica de la Escuela histórica según los principios de Santo Tomás
sobre la mutabilidad de las leyes”, Revista jurídica de Cataluña, núm. VI, 1900, pp. 225 ss.
87
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a legisladores iluminados que pretendan dictaminar el porvenir mediante
escuadra y cartabón. De ahí la elocuente arenga de Francesc Permanyer, a
quien Durán invocaba como emblema de su credo historicista: “la escuela
histórica en nuestra España no está exclusivamente representada por la tendencia a conservar los fueros provinciales; la escuela histórica en España, lo
mismo que en los demás países cultos y civilizados, lo es por su tendencia a
conservar el derecho existente y tradicional, por su repugnancia a reformarle y modificarle cuando no exige la reforma una necesidad imperiosa y ya
irresistible, por su tendencia a revisar y reconstituir el derecho, pero en lo
posible con elementos viejos, con elementos ya sancionados por la tradición,
ya consagrados por la experiencia y encarnados en la conciencia y en el sentimiento del país que es, como todos sabemos, la verdadera y única fuente del
derecho constituido”90.
Pero la armonización entre tradicionalismo e historicismo no es idéntica
a la de historicismo y catolicismo. Aquí es donde emerge la figura de Durán
y Bas, que logró acompasar la idea del devenir orgánico del derecho con el
respeto a la doctrina clásica del derecho natural. Hasta tal punto fue así que,
según Gil Cremades, Durán llevó a cabo una “espiritualización” cristiana de
la escuela histórica91. Éste es un aspecto en el que coincidieron las tres tradiciones jurídicas del XIX español (krausismo, historicismo y neotomismo):
cada una de ellas, aunque por distintas razones, tendió a ver en Savigny un
peligro de vaciamiento moral. Por eso los krausistas le criticaron en clave
idealista –como también hicieron con el positivismo–, y por eso Durán se resistió a asumir su doctrina de forma mecánica, no sin antes conjugarla con las
creencias católico-tomistas que animaban su pensamiento92. Así deben entenderse las palabras que escribió como prólogo al Sistema del derecho romano
actual: “Reconoce, pues, Savigny, primero, que hay en el derecho positivo un
elemento de carácter absoluto, un principio de naturaleza ética, y, por lo mismo, independiente de los tiempos y lugares, que es el vínculo común a todas
las legislaciones civiles, porque es el fin general que todas deben realizar; y
segundo que en las legislaciones de los pueblos modernos este elemento es el
principio cristiano, la ley moral del hombre como el Cristianismo la enseña
[...]. Este elemento, que es el derecho natural como cada época lo compren90
F. PERMANYER, “Discurso pronunciado en el Congreso” [1861], citado en M.
DURÁN Y BAS, “La escuela jurídica catalana”, en Escritos jurídicos, cit., p. 367.
91
J. J. GIL CREMADES, El reformismo español, cit., p. 126.
92
A.-E. PÉREZ LUÑO, “Experiencia histórica y experiencia jurídica”, cit., pp. 291 ss.
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de, tiende siempre a penetrar en todas las legislaciones; en el progreso de su
concepto rompe a veces los antiguos moldes jurídicos, y se los asimila otras
veces, conservando algunas de sus primitivas formas; y él es el que representa en el derecho positivo el principio de la universalidad”93.
La interpretación es forzada, porque el pasaje de Savigny al que se remite
Durán (§15 del Sistema del derecho romano actual) no se condice con lo anterior.
Es verdad que Savigny se refiere en él al cristianismo, pero no de la forma en
que pretende Durán. Para empezar, el autor alemán no habla de un elemento
“absoluto” en el derecho, sino de uno “general”: “[en el derecho popular] nos
encontramos con un elemento dual: uno individual, que pertenece de forma
especial a cada pueblo, y uno general, que se basa en lo que es común a la naturaleza humana”94. La diferencia es sustancial, ya que la alusión a la generalidad no hace sino emparentar el propósito de Savigny con las teorías generales
del derecho que surgieron tras la crisis del derecho natural95, mientras que la
idea de lo absoluto sigue decididamente anclada en la tradición iusnaturalista.
Por eso, la remisión al cristianismo de Savigny es mucho más secundaria de lo
que le gustaría a Durán: “esa misión general de todo derecho se puede ahora
reconducir fácilmente a la determinación moral de la naturaleza humana, tal
y como ésta es representada en la concepción del mundo cristiana; porque el
cristianismo no debe verse sólo como una regla para la vida, sino que éste ha
transformado el mundo de facto, de modo que todas nuestras ideas, por muy
extrañas e incluso hostiles que nos puedan parecer respecto a éste, están en
cambio regidas e impregnadas por él”96.
Creo que, con independencia de la fe de Savigny, la alusión al cristianismo de este fragmento está impregnada de un prisma historicista que lo aleja
por completo de Durán: la importancia de esta religión estribaría en el hecho
de ser una cosmovisión que ha determinado nuestro mundo en tanto que
acontecimiento histórico revolucionario y esencial para la civilización occidental, no en su validez atemporal. Y es que, pese a que muchas veces se han
M. DURÁN Y BAS, “Prólogo”, en M. F. C. de SAVIGNY, Sistema del derecho romano
actual, ed. de J. L. Monereo, Comares, Granada, 2005, pp. LXI y LXIII.
94
F. C. VON SAVIGNY, System des heutigen römischen Rechts, Veit, vol. I, Berlin, 1840, p.
52.
95
F. GONZÁLEZ VICÉN, “El positivismo en la filosofía del derecho contemporánea”,
en Estudios de filosofía del derecho, Universidad de La Laguna, Santa Cruz de Tenerife, 1979, pp.
61-83; A. FALZEA, Introduzione alle scienze giuridiche (I). Il concetto del diritto, 4ª ed., Milano,
1992, pp. 66 ss.
96
F. C. VON SAVIGNY, System des heutigen römischen Rechts, cit., pp. 53-54.
93
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puesto de manifiesto las abundantes continuidades entre la teoría del derecho natural y la escuela histórica97, me parece que esta última se encuentra
en un horizonte de ideas sustancialmente distinto. Por muchos rasgos que
compartan, las cesuras son más definitivas que los vínculos.
4.3.
Interpretaciones de Savigny: fuerismo y regionalismo
Hasta ahora se han expuesto las características principales de la introducción de Savigny en Cataluña. Sin embargo, pueden detectarse algunos
focos más de recepción. Aunque menos significativos, conviene dar cuenta
de ellos para tener un mapa completo de su traslación a España.
En primer lugar, podemos aludir a su posible influencia en el fuerismo
vasco. Se trata de una importación exigua en comparación con la catalana y
apenas detectable en los juristas, ya que el fuerismo vasco tuvo otras fuentes98. No obstante, merece la pena destacarla porque Miguel de Unamuno sí
adoptó la idea de Volksgeist –expresión que, paradójicamente, no empleaba
el propio Savigny–. Ejemplos de ello los encontramos ya en 1887, teniendo
Unamuno veintitrés años, en el libro La raza vasca y el vascuence: “Aquí todos
somos fueristas por sentimiento, por raciocinio lo son pocos; todos hablan
del fuero, y es caso frecuentísimo dar con quien no le ha leído. El espíritu del
fuero es el espíritu de todo pueblo no contaminado con enredos especulativos, es la inspiración de la naturaleza”99. Con el paso de los años, Unamuno
abandonaría el vasquismo para abrazar el internacionalismo y, por otra parte, elegiría la nación española como referente de su identidad. Sin embargo,
conservó el aparato filosófico anterior e instrumentó la noción de Volksgeist
para hablar de España en En torno al casticismo: “cuando se afirma que en el
espíritu colectivo de un pueblo, en el Volksgeist, hay algo más que la suma
de los caracteres comunes a los espíritus individuales que le integran [...], se
afirma la existencia de un nimbo colectivo, de una hondura del alma común
P. KOSCHAKER, Europa und das römische Recht, C. H. Beck, München-Berlin, 1966,
pp. 275 ss.
98
Queda fuera del objeto de este artículo sumergirnos en la complejidad del fuerismo
vasco-navarro. No obstante, conviene advertir que se trata de movimientos plurales y heterogéneos que van mucho más allá de la clásica, interesada y falaz apelación a Sabino Arana. Vid.
J. I. LACASTA-ZABALZA, “Tiempos difíciles para el patriotismo constitucional español”,
Cuadernos electrónicos de filosofía del derecho, núm. 2, 1999.
99
M. DE UNAMUNO, La raza vasca y el vascuence [1887], Espasa-Calpe, Madrid, 1974,
p. 77.
97
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en que viven y obran todos los sentimientos, deseos y aspiraciones que no
concuerdan en forma definida, que no hay pensamiento alguno individual
que no repercuta en todos los demás, aun en sus contrarios, que hay una verdadera subconciencia popular”100.
En cierto modo, el concepto de Volksgeist le sirve a Unamuno como refrendo de su noción de “intrahistoria”, la idea que atraviesa toda la obra citada y que se convertiría en buque insignia de su teoría filosófica. Se ha discutido mucho acerca de la fuente de donde Unamuno extrajo el concepto de
Volksgeist. Es verdad que, como tal, proviene de una obra póstuma de Hegel
y que en Savigny nunca la encontramos como tal101. Sin embargo, es bastante posible que el español conociera la obra de éste y la suscribiese de forma
por lo menos intuitiva, sobre todo si tenemos en cuenta que sí había leído
a Jhering, al que citó en alguna ocasión102. Por otra parte, es seguro que la
idea del Volksgeist tuvo éxito entre los autores pertenecientes a la generación
del 98, en la línea de cuanto ya se dijo respecto al nacionalismo español que
surgió tras la crisis de final de siglo: si había que resucitar al país, habría que
hacerlo desde la base psicológico-cultural de la nación y no mediante una
abstracta planificación legal. Así puede leerse la siguiente frase de Ganivet,
con quien Unamuno tenía una buena relación: “por muy rectos que sean los
jueces y por muy claros que sean los códigos, no hay medio de que un juez se
abstraiga por completo de la sociedad en que vive, ni es posible impedir que
por entre los preceptos de la ley se infiltre el espíritu del pueblo a quien se
aplica; y ese espíritu, con labor sorda, invisible y, por tanto, inevitable, concluye por destruir el sentido que las leyes tenían en su origen”103.
También debe entenderse en clave nacional-regionalista la influencia de
Savigny en Joaquín Costa. En Costa confluye la doble dimensión local-nacional que veíamos en Unamuno: por un lado, Costa fue un activo defensor del
derecho foral aragonés104, al que percibía como garantía de libertad frente a
las imposiciones del poder central y que, por otra parte, ya desde la elaboración de la Constitución de Cádiz era considerado como uno de los más liberaM. DE UNAMUNO, En torno al casticismo, cit., p. 264.
H. KANTOROWICZ, “Volksgeist und historische Rechtsschule”, Historische
Zeitschrift, núm. 108, 1912, pp. 295-325, especialmente 300.
102
J. J. GIL CREMADES, “Unamuno y la negación religiosa de la política”, en Krausistas
y liberales, cit., pp. 265-302, especialmente 276 ss.
103
Á. GANIVET, Idearium español, cit., pp. 58-59.
104
J. COSTA, La libertad civil y el congreso de jurisconsultos aragoneses [1883], Guara
Editorial, Zaragoza, 1981.
100
101
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les. Por otro lado, en cambio, Costa fue uno de los autores más fecundos del
regeneracionismo español. Además, pronto se convirtió en un símbolo de la
crítica a la Restauración por su Oligarquía y caciquismo. En cualquiera de estas
tres facetas, puede palparse la presencia del historicismo: como defensor del
derecho foral, en su apología del derecho aragonés frente a la uniformidad
que se quería imponer por vía legislativa; como nacionalista español, en su
loa de las costumbres tradicionales y su vindicación de figuras legendarias
como el Cid Campeador, así como en su libro sobre la política y la poesía popular, un ensayo que se asemejaba en su propósito a la orientación jurídicoliteraria de Jacob Grimm en Alemania. Como crítico de la Restauración, en
fin, el historicismo se percibe en su inclinación socio-jurídica. En todas estas
vertientes, además, constatamos en Costa una alta valoración del derecho
consuetudinario, asunto al que también se dedicó de forma expresa105. El historicismo de Costa estaba influido por Savigny, porque lo menciona positivamente con frecuencia, pero siempre queda la duda de hasta qué punto lo
había leído directamente. Creo que, como en el caso catalán, la presencia de
Savigny era más bien capilar.
El último foco de recepción de Savigny tiene que ver con el célebre historiador del derecho Eduardo de Hinojosa, que probablemente fue el más importante propulsor de dicha disciplina en la España de finales del XIX y principios del XX, además de un renovador de los estudios histórico-jurídicos en
un sentido que trasciende con mucho a su propia época. Hinojosa nació en
1852 y, en 1878, realizó una estancia de investigación en Alemania que sería
esencial para su carrera. Como fruto de la misma publicó una Historia del
derecho romano según las más recientes investigaciones106, en la que se refleja con
bastante claridad la influencia de Savigny y de su escuela. Sin embargo, el
escrito que le ha hecho pasar a los anales, y que da cuenta de una repercusión
del historicismo más allá de la mera exégesis de obras ajenas, es El elemento
germánico en el derecho español107. Se trata de un texto casi programático con
el que marcó toda una senda de estudios que, desde entonces, tratarían de
105
J. COSTA, “El programa político del Cid Campeador” [1885], en Oligarquía y caciquismo, cit., pp. 172-174; J. COSTA, Introducción a un tratado de política sacado textualmente de los
refraneros, romanceros y gestas de la península, Fernando Fé, Madrid, 1888; J. COSTA, La vida del
derecho. Ensayo sobre el derecho consuetudinario [1873], Guara Editorial, Zaragoza, 1982.
106
E. DE HINOJOSA, Historia del derecho romano según las más recientes investigaciones,
Imprenta de la Revista de Legislación, Madrid, 1880.
107
E. DE HINOJOSA, El elemento germánico en el derecho español, Centro de Estudios
Históricos, Madrid, 1915.
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escudriñar las fuentes germánicas del derecho español; fuentes que, debido
a la tendencia casi exclusivamente romanista de la historia del derecho española hasta aquel entonces, habían sido postergadas. Además, esta obra y el
espíritu general de su visión del derecho se fortalecerían gracias a la fundación del Centro de estudios históricos, abierto en Madrid en 1910 al amparo
de la Institución Libre de Enseñanza.
La fundación del Centro de estudios históricos es importante, porque
pronto se convertiría en una institución de referencia para el estudio de la
historia jurídica de España, lo que incluso ha dado pie para hablar de una
“escuela histórica madrileña”, formada por Hinojosa y por el más destacado
de sus discípulos, Claudio Sánchez Albornoz108. Al hilo del Centro se fundaría una de las revistas más importantes todavía hoy, el Anuario de historia del
derecho español, y también en el Centro se empezaría a trabajar en la recopilación de los Monumenta Hispaniae Historica, emulando el modelo alemán de
los Monumenta Germaniae. En todo caso, más allá de éstas y otras relevantes
contribuciones de la escuela, lo que nos interesa recalcar de este proyecto es
que estaba movilizado por la idea motriz de forjar una nación: sólo mediante
el fortalecimiento de la conciencia histórica del pueblo español podría plantearse una regeneración del país; sólo así podría encontrarse el caldo de cultivo con el que reinventar de nuevo España109. Lamentablemente, este propósito, marcado todavía por el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza y los
principios liberal-democráticos de la Segunda República –Sánchez Albornoz
llegó a ser Ministro de la misma durante 1933 y Presidente del Consejo de ministros de la República en el exilio– quedaría cercenado por el advenimiento
de la guerra civil y el subsiguiente nacionalcatolicismo promovido durante
el franquismo: en cierto modo, se regresaba así al historicismo tradicionalista
cultivado en el XIX por los representantes del conservadurismo neotomista.
5.
ECOS CONTEMPORÁNEOS DE SAVIGNY: DE LA CRÍTICA A LA
REHABILITACIÓN
Hasta aquí se han expuesto los grandes trazos de la recepción de Savigny
a finales del siglo XIX y principios del XX. La pregunta que cabe hacerse aho108
J. M. LÓPEZ SÁNCHEZ, “La escuela histórica del derecho madrileña. Eduardo e
Hinojosa y Claudio Sánchez Albornoz”, en Cuadernos de historia de España, núm. 81, 2007, pp.
165-180.
109
J. M. LÓPEZ SÁNCHEZ, “La escuela histórica del derecho madrileña”, cit., pp. 178-180.
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ra, a modo de conclusión, sería: ¿qué queda de todo ello en la actualidad? La
primera reflexión que hemos de hacer tiene que ver con la crítica a la que fue
sometido Savigny desde las filas del krausismo. En efecto, como ya se ha dicho, los krausistas no vieron con buenos ojos la filosofía implícita del jurista
alemán, a la que censuraban por su falta de idealismo y, por otra parte, por
su carácter conservador. Es así como puede interpretarse la crítica que hizo
Adolfo Posada en el prólogo que redactó como pórtico a su traducción de
La vocación de nuestro siglo: “en los principios de la escuela histórica pueden
encontrar [...] todos los quietismos políticos imaginables, todas las paralizaciones intencionadas del progreso, todas las oposiciones contra las reformas
más necesarias y hasta los autoritarismos absolutistas. Por otra parte, una concepción de la historia humana, según los principios de la escuela histórica, no
puede considerarse como la fórmula más exacta de la historia real y positiva.
En efecto, lo que se llama el derecho no se ha formado sólo orgánicamente, y
en pacífica evolución. La lucha (desgraciadamente) ha sido siempre una de
las formas empleadas por la humanidad para hacer imperar lo que por derecho ha querido entender [...]. Quien quiera ver admirablemente expuestos
estos y otros reparos de índole análoga contra la escuela histórica, que lea el
precioso opúsculo del maestro Jhering acerca de La lucha por el derecho”110.
Esta crítica, liberal-reformista desde el prisma político, y krausopositivista desde el prisma científico, será la que encontremos en la mayoría de los
intelectuales liberales krausistas o cercanos al krausismo de fines del XIX y
la primera mitad de XX, todos ellos impugnadores de ese historicismo tradicionalista que veían en la obra de Savigny. Durante la etapa de la dictadura, atrincherada como estaba en la ideología nacionalcatolicista y reacia
a admitir cualquier atisbo de nacionalismo que no fuera el español, apenas
se prestaría atención a Savigny o a la escuela histórica, con la honrosa salvedad de los escritos de Felipe González Vicén, que dedicó muchas y muy
brillantes páginas a escribir sobre la escuela histórica, Rudolf von Jhering,
Otto von Gierke o la génesis del positivismo jurídico. Algo que, en aquella
España dominada por el asfixiante dogma del iusnaturalismo católico, equivalía a un benéfico soplo de aire fresco111. Tras el fin de la dictadura, se pudo
A. G. POSADA, “Prólogo”, en F. DE SAVIGNY, De la vocación de nuestro siglo para la
legislación y para la ciencia del derecho, Comares, Granada, 2008, p. 7.
111
F. GONZÁLEZ VICÉN, El positivismo en la filosofía del derecho contemporánea, Instituto
de Estudios Políticos, Madrid, 1950; “Sobre los orígenes y supuestos del formalismo en el
pensamiento jurídico contemporáneo”, Anuario de Filosofía del Derecho, vol. VIII, 1961, pp.
47-75; “Sobre el positivismo jurídico”, en Homenaje al Profesor Giménez Fernández, vol. II,
110
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llevar a cabo la rehabilitación del pensamiento krausista, ya que éste había
sido el primero en ser sepultado y el que más tardó en recuperarse112. Y con
ello, probablemente, se volvió a asentar la percepción negativa de Savigny
predominante entre los krausistas.
Ha sido sólo a partir del cambio de milenio cuando han empezado
a aparecer obras, escritos y reediciones que nos permitirían hablar de una
rehabilitación de Savigny en España. Una de estas contribuciones, quizá la
más curiosa e interesante en función del relato precedente, es la de Ignacio
Lacasta-Zabalza, que en 1998 publicó un artículo en euskera sobre Savigny
y Jhering, donde trataba de reivindicar la seriedad del primero y su relevancia en relación con el problema de los diversos nacionalismos en la España
contemporánea. En este artículo, Lacasta censura la utilización torticera que
se ha hecho en muchas ocasiones del pensamiento de Savigny, a quien injustamente se suele hacer coincidir con teorías oscurantistas sobre el problema
de la nación. El artículo, en el que se clama por “no pronunciar en vano” el
nombre del alemán, llama la atención sobre la necesidad de leer sus obras sin
los prejuicios habituales113.
En este sentido, ya con otra perspectiva alejada del Savigny decimonónico, se han publicado dos buenas monografías sobre su pensamiento: Savigny
y el historicismo jurídico, de Francisco Contreras Peláez114, y La perspectiva del
sistema en la obra y vida de Friedrich Carl von Savigny, de Federico FernándezCrehuet115. La primera es una dura crítica contra Savigny y sus discípulos, en
la que se censura cómo la escuela histórica entronizó al derecho consuetudiPublicaciones de la Facultad de Derecho de la Universidad, Sevilla, 1967; “La filosofía del derecho como concepto histórico”, Anuario de Filosofía del Derecho, vol. XIV, 1969, pp. 15-65; “La
teoría del derecho y el problema del método jurídico en Otto von Gierke”, Anuario de Filosofía
del Derecho, vol. XVI, 1971, pp. 1-76; “La escuela histórica del derecho”, Anales de la Cátedra
Francisco Suárez, vol. XIX, 1979, pp. 1-48; “Estudio preliminar”, en J. J. BACHOFEN, El derecho
natural y el derecho histórico, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1955.
112
E. DÍAZ, “Condiciones prejurídicas de la democracia en España: historia y crítica”,
en El Derecho en red. Estudios en homenaje al profesor Mario G. Losano, Dykinson-IDHBC, Madrid,
2008, pp. 649-668.
113
J. I. LACASTA-ZABALZA, “Savigny eta Iheringen artean (ez duzu Savignyren
izena ahotan alferrik hartuko”, en Euskal Herriko legelarien aldizkaria, núm. 3, 1998, pp. 9498. Agradezco al autor por su disponibilidad para facilitarme la traducción castellana del
artículo.
114
F. CONTRERAS PELÁEZ, Savigny y el historicismo jurídico, pról. de A.-E. PÉREZ
LUÑO, Tecnos, Madrid, 2005.
115
F. FERNÁNDEZ-CREHUET, La perspectiva del sistema en la obra y vida de Friedrich Carl
von Savigny, Comares, Granada, 2008.
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nario bajo el pretexto de su mayor cercanía al pueblo, para después atribuir
el monopolio en la interpretación de la costumbre a los juristas académicos.
Se trata de una reedición de la crítica que en su día hicieron Georg Beseler y
algunos germanistas a Savigny y Puchta, según la cual éstos habrían tratado de imponer sus tesis elitistas mediante la engañosa apelación al espíritu
popular116. La segunda obra citada, en cambio, realiza un riguroso análisis
acerca de la perspectiva sistemática de Savigny, algo desconocido en España,
precisamente como consecuencia de la recepción historicista y tradicionalista que se ha comentado a lo largo de estas páginas. Se trataría, en definitiva, de reivindicar una lectura más pausada y atenta del jurista alemán, para
apercibirnos de que el historicismo no es quizá la clave de su obra, sino que
ésta fue más bien la pretensión de forjar un sistema jurídico unitario a través
de una dogmática inteligente, constructiva y actual.
Así pues, si a todo esto le sumamos las reediciones que ha publicado la
editorial Comares desde principios del siglo XXI –con los respectivos estudios introductorios de José Luis Monereo117–, podríamos constatar que, en
efecto, por fin se ha producido la rehabilitación de Savigny en España. Eso sí,
quedaría por dar a conocer la gigantesca Historia del derecho romano en la edad
media, que hasta la fecha sigue sin contar con traducción en castellano.
LUIS M. LLOREDO ALIX
Instituto derechos humanos Bartolomé de las Casas
Universidad Carlos III de Madrid
c/Madrid, 126
Getafe 28903 Madrid
e-mail: llloredo@inst.uc3m.es
G. BESELER, Volksrecht und Juristenrecht, Weidmann’sche Buchhandlung, Leipzig, 1843.
F. C. VON SAVIGNY, Tratado de la posesión según los principios del derecho romano,
Comares, Granada, 2005; Sistema del derecho romano actual, Comares, Granada, 2005; De la vocación de nuestro siglo para la legislación y la ciencia del derecho, Comares, Granada, 2008.
116
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