La pluma, el arado y las armas. Política y

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IX Congreso Argentino de Antropología Social. Facultad de Humanidades y Ciencias
Sociales - Universidad Nacional de Misiones, Posadas, 2008.
La pluma, el arado y las
armas. Política y experiencia
histórica en relatos y
autobiografías de inmigrantes
suizos en la pampa gringa.
María Sol Fransoi y Guillermo Stämpfli.
Cita: María Sol Fransoi y Guillermo Stämpfli (2008). La pluma, el arado y las
armas. Política y experiencia histórica en relatos y autobiografías de
inmigrantes suizos en la pampa gringa. IX Congreso Argentino de
Antropología Social. Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales Universidad Nacional de Misiones, Posadas.
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María Sol Fransoi - sol_fransoi87@hotmail.com
UNR
Guillermo Stämpfli - g_staempfli@hotmail.com
CONICET-UNR-UBA
LA PLUMA, EL ARADO Y LAS ARMAS.
POLÍTICA Y EXPERIENCIA HISTÓRICA EN RELATOS Y
AUTOBIOGRAFÍAS DE INMIGRANTES SUIZOS EN LA PAMPA GRINGA
INTRODUCCIÓN
En el año 1893 la provincia de Santa Fe estuvo signada por una serie de
irrupciones violentas. Las más virulentas se concentraron en la región central, en
diferentes poblados de inmigrantes ubicados en el departamento Las Colonias. Sin
embargo, estallidos de violencia y protesta se expandieron en otras regiones de la
provincia, particularmente en aquellas donde predominaba el colono propietario de
pequeñas o medianas parcelas.
Esta ponencia focaliza en los desarrollos del conflicto y su escalada, indagando
una serie documentos producidos por inmigrantes suizos desde finales del siglo XIX
hasta las primeras décadas del siglo XX. Los documentos en cuestión consisten en una
compilación de poesías del maestro de Pedro Dürst publicadas en 1891, en su
autobiografía escrita en 1912, en la apología que el maestro Juan Meyer escribió en
1893 y en las memorias redactadas por este último en 1922. Todos estos documentos
fueron escritos originalmente en lengua alemana y algunas de las poesías de Dürst en
variantes dialectales del suizo-alemán.
1
Los dos autores trabajados comparten un mismo origen nacional. Nacidos en
cantones suizos de habla alemana Dürst y Meyer arribaron a la Argentina en 1870 el
primero y en 1888 el segundo, radicándose rápidamente en localidades de la región
agrícola santafesina. A diferencia de Dürst cuyo itinerario laboral lo impulsó a cambiar
con frecuencia de lugar de residencia, Meyer transcurrió gran parte de su vida en la
denominada colonia suiza de Carcarañá, ubicada sobre la línea del Ferrocarril Central
Argentino a cuarenta kilómetros de Rosario.
Antes de introducirnos en algunos tópicos de estos documentos, delinearemos
aspectos del contexto social y político de la provincia vinculados al proceso de
colonización y a los cambios históricos que tuvieron lugar desde la fundación de la
colonia Esperanza en 1856 hasta el desarrollo del conflicto de 1893.
INMIGRACIÓN SUIZA EN LA PROVINCIA DE SANTA FE
A partir del año 1856, con la instalación de las primeras familias suizas en la
colonia pionera La Esperanza, a iniciativa del salteño Aaron Castellanos, comenzó en
la provincia de Santa Fe un intenso proceso de conformación de colonias agrícolas. Al
principio, la corriente inmigratoria que provino de Suiza, fundamentalmente de cantones
de lengua alemana y francesa,
constituyó un importante porcentaje del origen
extranjero de los primeros asentamientos. Con los años, sin embargo, la inmigración
suiza fue claramente desplazada en importancia, en casi toda la provincia, por otras
corrientes migratorias, en particular por la de origen italiano. Al respecto, el censo
nacional realizado en 1895 arrojó para la provincia de Santa Fe, en relación con los
166.487 extranjeros censados, una proporción de 65% de italianos sobre un 4% de
nacionalidad suiza1.
Todas estas colonias surgieron regidas, por al menos, cuatro tipos diferentes de
organización, que recibieron,
de modo bastante impreciso,
las siguientes
denominaciones: colonias gubernamentales, colonias oficiales, colonias privadas y
colonias particulares. Las primeras fueron fundadas directamente por el gobierno
nacional o provincial con el objetivo de colaborar, en espacios de frontera, en el control
del avance de los malones indios. Por este motivo la instalación de estas colonias tuvo
lugar en los territorios más despoblados e inhóspitos de la provincia, como en su
1
Ezequiel Gallo (1977), Colonos en armas. Las revoluciones radicales en la provincia de Santa Fe
(1893), editorial del Instituto Torcuato Di Tella (TDT), Buenos Aires, pp. 5-6.
2
extremo sur (Guardia de la Esquina) o
en algún paraje dentro de la gran región
chaqueña (Reconquista y Avellaneda). Este primer sistema organizativo, en líneas
generales, resultó bastante ineficiente y caro para el erario público y ya, para principios
de los 80, estaba prácticamente en desuso. La efímera existencia fue también la
característica de la segunda de las modalidades de colonización. En este segundo tipo
de organización, el gobierno provincial vendía al empresario tierras públicas a muy bajo
costo con la condición de que las colonizara cumpliendo con una serie de requisitos:
facilidades de pago para el colono y su familia por la tierra otorgada, por la vivienda,
por los implementos agrícolas adelantados y por los víveres necesarios hasta tanto se
levantara la primera cosecha. A su vez, las empresas colonizadoras, o los empresarios
particulares -vale aclarar que entre 1858 y 1895 el 74,5% de las colonias fue fundada
por empresarios individuales mientras que solo el 25,5% lo fue por compañías privadas
y por el gobierno; en cuanto al origen el 80% de las colonias comienza por iniciativa de
empresas privadas y de individuos radicados en la misma provincia2- recibían de las
familias el pago por las tierras adquiridas y los adelantos de diversas formas: en dinero,
con parte de las cosechas o por medio de contraprestaciones de servicios efectuadas en
la sede de administración de la colonia3. El éxito en la misión colonizadora redundaría
en tierra pública entregada al empresario, como gratificación por su inversión; así, por
ejemplo, Aaraon Castellano recibió en recompensa 32 leguas de tierra ganadera, lo que
equivale a más de 80.000 hectáreas., además de la suma de 110.000 pesos en concepto
de indemnización por rescindir el gobierno provincial, en 1856, el contrato de
colonización que mantenía con el empresario salteño 4 . De esta forma se fundaron
Esperanza y San Carlos, dos de las colonias agrícolas más importantes y antiguas de la
provincia.
Pero, sin duda, el tercer sistema fue el que predominó en el origen de la mayor
parte de las colonias. Su lógica de funcionamiento era relativamente sencilla. Un
empresario (es interesante agregar que muchos de ellos fueron a su vez inmigrantes y
colonos, tales son los casos de Guillermo Lehmann o Pascual Chabas que figuran entre
los más conocidos colonizadores) compraba tierra a valor mercado y tras subdividirla
vendía las fracciones individuales a la mejor oferta, en plazos de pagos estipulados en
2
Ezequiel Gallo (1983), La Pampa Gringa, editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1984, p. 155.
M.E. Albaizeta, M. Bonaudo, E. Sonzogni, Tierras, colonización y emergencia de una pequeña y
mediana burguesía agraria. En Serie Papeles de trabajo, nº 3, publicación del Instituto de
Investigaciones, Facultad de Humanidad y Artes, UNR, Rosario, Argentina, 1988, p. 34.
4
Romain Gaignard, La pampa argentina, editorial Solar, Buenos Aires, 1989, p. 152.
3
3
los contratos, aunque generalmente renegociados durante las épocas de crisis. Bajo esta
modalidad, la intervención oficial se reducía a una exención impositiva, que variaba
según las regiones y el grado de riesgo involucrado en la inversión, dada la cercanía
indígena o el aislamiento, en tanto y en cuanto el empresario como condición no
arrendara los lotes; esta última cuestión no fue comúnmente respetada por el empresario
ni tampoco castigada, en concepto de incumplimiento, por parte del estado. Para
finalizar, Ezequiel Gallo encuentra una última modalidad de fundación de colonias que,
aunque hasta 1895 no tuvo gran importancia, sí la tendrá posteriormente. En esta
modalidad, tras la compra de la tierra por el empresario, un intermediario que era
generalmente un comerciante local, rentaba la tierra y la distribuía entre los colonos, a
condición de que estos últimos le vendieran sus cosechas o le alquilaran las maquinaras
agrícolas que necesitaran tal cual estipulaba el contrato5.
La selección y conformación de remesas de individuos y de familias, que por
diversas causas decidían migrar al continente americano, estuvo a cargo de compañías
dedicadas a realizar campañas publicitarias por distintos países, ciudades o regiones de
Europa. Su meta era persuadir sobre las ventajas que ofrecía su contratación para
trasladar ciudadanos a determinados puntos del planeta a cambio de cierta suma de
dinero; en algunas ocasiones, como fue el caso de algunas de las colonias antes citadas,
el viaje era pagado por el colonizador, o por el gobierno provincial, a condición de ser
devuelto una vez que la colonia agrícola comenzara a producir. Estas campañas tuvieron
lugar en un clima de salvaje competencia que no escatimó medios para desprestigiar a
las
empresas rivales y sus destinos propuestos. De esta forma, por ejemplo, las
compañías que realizaban traslados de colonos a los Estados Unidos no dejaron, ni por
un instante, de representar al Brasil y a la Argentina, por ese entonces los focos de
atención más importante de Latinoamérica, como una tierra desértica habitada por un
pueblo atrasado, inmersa en ciclos de perpetuas revoluciones y en medio de un paisaje
asolado por animales feroces, por indios y por gauchos (aparecían englobados ambos
bajo la rúbrica de “naturales” del país) que ejecutaban con los extranjeros la práctica
sangrienta del degüello6. Por su parte, a fin de defenderse de los agravios divulgados
por la competencia, las empresas publicaban supuestas correspondencias de
5
Ezequiel Gallo, La pampa gringa…,op. cit., pp. 68-72.
Gastón Gori, Inmigración y colonización en la Argentina, editorial Eudeba, Buenos Aires, 1986, p.
60.
6
4
inmigrantes, quienes, en cartas enviadas a sus familias residentes en Europa,
desmentían rotundamente las acusaciones y, en cambio, aseguraban la feracidad de la
nueva tierra, en contraste con la de su nación , la amabilidad de las autoridades y de los
habitantes del nuevo país, y la facilidad con que el progreso anhelado se materializaba,
por medio del trabajo, en una cotidianeidad donde las necesidades eran colmadas sin
demasiado esfuerzo. Estas publicidades, en ocasiones, transmutaron desde la
construcción de un verosímil horizonte de tierra propia, trabajo y prosperidad en la
casi recreación de una mimesis del paraíso bíblico, alcanzable tras el mar, que produjo
en ciertos grupos no pocos choques emocionales luego de comprobar la dura realidad
patente a sus sentidos. Algo de esto quedó patéticamente representado en la anécdota
de un colono alemán que tras bajar de la goleta que lo trasladaba a la colonia entrerriana
de San José, solo pudo exclamar “‘¿Dónde están los naranjos prometidos?’” 7.
Entre los suizos fue muy utilizada por las empresas de colonización, al principio
con justificación dada la autonomía dispuesta por el gobierno de Santa Fe para la
administración de las colonias por los extranjeros, la explotación panfletaria del ideal
helvético de la “segunda Suiza”, como factible de realizarse en el nuevo continente a
través de colonias que conservaran con pureza el dialecto, las costumbres y el espíritu8.
Así la Casa Beck y Herzog, empresa de origen suizo responsable de fundar San
Carlos,
enviaba a ciudadanos de Basilea un “Proyecto para la fundación de Colonias
Suizas en la República Argentina”, editado en 1858 y que, entre otras cosas, aseguraba
que en razón del clima similar, de la aptitud de la tierra para la explotación ganadera y
de la ya existencia de muchos compatriotas suizos “Sería fácil fundar en ciertas zonas
una segunda Suiza”9. Con “segunda Suiza” se aludía a una sociedad cerrada y poblada
por habitantes de esa nacionalidad, quienes reproducirían en el nuevo hábitat sus
prácticas culturales y étnicas. Este ideal, sin embargo, no era totalmente nuevo. El
mismo tenía un antecedente en 1850 cuando un suizo radicado en París propuso que el
gobierno de la confederación helvética comprara alguna isla, con el propósito de
poblarla con suizos empobrecidos en su país,
transformándola en un nuevo cantón10.
Un eco de este ideal de “aislamiento étnico” en nuestras pampas estuvo presente
también, según Juan Schobinger, en la resistencia que habitantes suizos de la colonia
7
Juan Schobinger, Inmigración y colonización Suizas en la República Argentina en el siglo XIX, editorial
Instituto de Cultura Suizo-Argentino, Buenos Aires, 1957, p. 101.
8
Ibídem, pp. 113-119.
9
Ibídem, p. 116-117.
10
Ibídem, p. 165.
5
San Carlos llevaron a cabo ante el inminente atravesamiento de su núcleo urbano por las
vías del ferrocarril, convencidos que el mismo sellaría el fin de su autonomía con
respecto a la sociedad nacional11.
La Compañía de Tierras del
Central Argentino (Central Argentine Land
Company), responsable de la fundación de las colonias que acompañaron el tendido del
primer ferrocarril provincial, inaugurado en 1866, que unió las ciudades de Rosario y
Córdoba y que incluye a Carcarañá, San Jerónimo y Roldán entre sus estaciones, tuvo
como referente la instalación de las colonias agrícolas piloto de Esperanza y San Carlos.
Con estas últimas se asemejó, entre otros aspectos,
en la clase de contratos usados
para el otorgamiento de tierras y en las cláusulas del reglamento de administración de
la colonia. Esta compañía, cuya organización funcionó independiente del Ferrocarril,
tuvo como misión vender las 160.000 hectáreas de tierras públicas12, otorgadas a la
empresa por ley nacional, a razón de un kilómetro por ambos lados del tendido
ferroviario, con la condición de que la empresa fundara asentamientos agrícolas en
esas tierras. Las diferencias más notables con respecto a los contratos anteriores incluyó
la modalidad del arrendamiento como forma legal de tenencia (esta forma de tenencia se
generalizó una vez finalizado, a partir de 1875, el boom que significó para estas zonas
la demanda de productos agrícolas y ganaderos vinculado a la guerra del Paraguay) y la
exigencia de realizar los pagos anuales por las tierras concedidas, en dinero y no con
parte de lo producido. Además, a diferencia de las otras empresas agrícolas, esta
compañía no se hacía cargo del traslado de las familias desde Europa. Sin embargo
mantuvo, como en las colonias anteriores, el derecho al adelanto a través de un
préstamo de “1000
francos por cada lote de 20 cuadras para la adquisición de
herramientas, semillas, ganados, y alimentos, hasta la primera cosecha el cual se
devuelve en cuatro pagos anuales de igual monto a partir del segundo año y con interés
corriente”13.
11
Ibídem, p. 113.
Ezequiel Gallo, La pampa gringa…, op. cit., p. 124.
13
M.E. Albaizeta, M. Bonaudo, E. Sonzogni, op. cit., p. 39.
12
6
Debido al escaso conocimiento sobre tareas agrícolas de parte de los colonos14,
especialmente en lo que refiere a las técnicas para la práctica de la agricultura
extensiva15, estas colonias del central argentino, al igual que ocurrió en San Carlos,
aunque de modo excepcional entre los sistemas llamados de “colonización privada”,
dispuso de una Casa Central de Administración, con sede en Bernstandt (antiguo
topónimo para designar al actual Roldán), que junto a la función de administrar los
pagos anuales y los adelantos, cumplía una importante labor educativa con los colonos
al mismo tiempo que ofrecía un espacio de prueba para optimizar los rindes agrícolas
de los diversos cultivos16.
De modo similar a lo ocurrido con Esperanza y San Carlos, estas colonias
fundadas por el avance del ferrocarril, tuvieron en sus primeros tres emplazamientos,
Roldán, San Jerónimos y Carcarañá, una importante afluencia de inmigrantes suizos,
sobre todo durante la década del 70. Guillermo Wilcken en una visita realizada a las
colonias agrícolas
de la provincia destacó, en su censo realizado en Roldán, la
existencia de 313 de familias de entre las cuales 177 eran de nacionalidad suiza y 43 de
origen francés, mientras que las venidas de Italia apenas sumaban 11 familias y las
argentinas 36. Por su parte Carcarañá, según la misma fuente, albergaba por esos años
89 familias de las cuales 28 eran de origen suizo, otro tanto de origen francés, en tanto
que las familias de origen italiano solo sumaban 12 y las argentinas apenas 617.
CONTEXTO POLÍTICO DEL CONFLICTO DE 1893
En este apartado buscaremos delinear el marco político dentro del cual tienen
lugar las tensiones políticas que asolaron la provincia en 1893.
La primera dimensión, con alcance nacional, involucra la densa problemática
que en la dirigencia política generó el aluvión inmigratorio que tuvo lugar durante esos
14
Relataba el inspector de colonias Guillermo Wilcken : “Diminuto es el número de los que entre
nuestros colonos puede llamarse un agricultor de profesión ante de llegar al país; y muchos de los que
hoy dedican sus esfuerzos e inteligencia a esta noble industria no conocieron al principio ni siquiera el
modo de manejar la pala y servirse de la azada, cuanto menos el arado; de este hecho resulta que el
modo de cultiva la tierra a pesar de la perfección de los instrumentos con que se inician, es rudo,
atrasado y primitivo”. En Guillermo Wilcken, Las Colonias. Informe sobre el estado actual de las
colonias agrícolas de la República Argentina. Presentado a la Comisión Central de Inmigración en 1872,
Buenos Aires, 1873, p. 276. En otro documento Manuel Machi comenta la existencia de 20 relojeros
extranjeros introducidos en 1861 en la llanura entrerriana. Cita y referencia tomada de Gastón Gori, La
pampa sin gaucho, editorial Eudeba, Buenos Aires, 1986, p. 49.
15
Ezequiel Gallo, op. cit., pp. 74-75.
16
Ibídem…
17
Guillermo Wilcken, op.cit., pp. 150-151.
7
años. Este debate giró en torno al problema de la nacionalización y de los derechos
políticos de la mayoría extranjera e hizo visible el temor que en ciertos sectores
patriotas despertaba la expansión imperialista y la conquista de territorios coloniales
puesta en marcha en el contexto internacional18. Disputas que enfrentaron a posiciones
políticas que
alentaban
la obligatoriedad inmediata de la nacionalización de los
extranjeros residentes, más allá de si estos estaban de acuerdo o no, contra la opinión
que insistía por defender la libertad de elección señalando
como referente la
constitución del 53. Esta última tendencia se apoyó en la teoría que sostenía que la
adquisición de la nacionalidad era una decisión puramente individual que requería, para
ser eficaz, de la sinceridad y del afecto del futuro ciudadano. Sin embargo, este
debate político de fin de siglo no encontró más que el desinterés de su actor principal:
los inmigrantes, los cuales en su inmensa mayoría no deseaban
renunciar a su
nacionalidad, pero que, no obstante, no aceptaban claudicar de su derecho a una plena
participación política, al menos a nivel municipal y provincial19.
El escenario privilegiado al que recurrieron las opiniones enfrentadas en este
debate fue Santa Fe: una provincia que en poco más de veinte años pasó de ser una de
las más pobres y despobladas del país, debido a la exigencia de hombres que requerían
sus constantes guerras intestinas y los continuos enfrentamientos contra Buenos Aires,
a ocupar el segundo lugar después de esta última20. El impresionante incremento de las
áreas bajo cultivo convirtió a la provincia en la principal productora de trigo y la
radicación de numerosas colonias agrícolas representó para la dirigencia política la
ejecución exitosa de uno de los ensayos posibles para el poblamiento del desierto y la
construcción del país. Sin embargo estas profundas transformaciones
del paisaje
social y económico no fueron acompañadas por cambios en materia política. En efecto,
Santa Fe siguió incólume en su estructura política dominada como antaño por dos
facciones, el partido autonomista y el partido liberal, los cuales actuaban como
representantes de las alianzas y de los enfrentamientos producidos entre las familias
más ricas y tradicionales de la provincia.
No obstante este modo oligárquico de hacer política, que Juan Álvarez llamó el
régimen de los “gobiernos de familia”, Santa Fe supo introducir una reforma liberal en
18
Lilia Ana Bertoni (2001), Patriotas, Cosmopolitas y Nacionalistas. La construcción de la nacionalidad
argentina a fines del siglo XIX, editorial Fondo de Cultura Económica de Argentina, México D.F., p.
127.
19
Ibídem, p. 126.
20
Ibídem, p. 128.
8
su constitución como complemento catalizador al proceso inmigratorio y con el fin de
facilitar la instalación de las primeras colonias agrícolas. Entre los beneficios
dispensados a los primeros inmigrantes se incluyó el derecho a que los colonos pudieran
disponer de armas a fin de custodiar sus tierras, el derecho a que los mismos extranjeros
puedan
ejercer cargos políticos en los municipios, y el derecho a la autonomía
comunal con el fin de que fuesen los mismos vecinos quienes decidieran en asuntos de
administración, educación y justicia.
Esta autonomía hizo posible que durante los primeros años los colonos tuvieran
una intensa actividad política local, en especial en las colonias santafesinas de San
Carlos y Esperanza donde los vecinos practicaron en asambleas comunales una
democracia directa para la elección de su concejo. Los colonos conservaron durante
casi treinta años esta autonomía a pesar de los cambios que introdujeron los gobiernos
autonomistas en la Constitución provincial y en la Ley Orgánica sobre las condiciones
que estaban obligados a cumplir los núcleos urbanos en cuanto a cantidad de población;
es decir si estos debían tener 1.500, 2.000 o 5.000 habitantes para ser considerados
legítimamente municipalidades.
El siguiente aspecto, muy vinculado al anterior, corresponde a una ampliación
en la escala política de las críticas dirigidas por los colonos. Fundamentalmente fue
señal de la mayor integración de estos inmigrantes y de sus hijos a la vida política del
país. Durante los primeros treinta años las disconformidades se concentraron en la
figura del juez de paz, representante local de la política piramidal oligárquica que
dominó la Argentina por entonces, y en ciertas ocasiones,
en los jefes políticos,
verdaderos caudillos ocupados de captar votos para las facciones enfrentadas en los
comicios y
de levar peones-soldados para las
revueltas provinciales. Existe
documentación que da cuenta de la gran cantidad de quejas que los vecinos de las
colonias hicieron llegar a la prensa, a los consulados y al gobernador denunciando el
despotismo, la corrupción y la violencia que rodeaban los actos de estos jueces rurales.
Sin embargo la participación de los colonos de la región central, descontando su
colaboración en la revolución de Cullen de 1877, raras veces trascendió el entorno
local.
Fue recién en los años 90 cuando las críticas comenzaron a ser dirigidas contra
el gobierno provincial y nacional. Entre las razones de este cambio de sensibilidad se
encontraban la profunda crisis económica, el fin de “la apacible década del ochenta”
9
identificada con la figura de Simón de Iriondo, el afianzamiento de gran parte de los
extranjeros y sus hijos argentinos al terruño, el desarrollo de las comunicaciones, la
irrupción de nuevas fuerzas políticas como la Unión Cívica y de canales de expresión
como el Centro Político Extranjero21. A nivel nacional toda la década de 1890 estuvo
desbordada por un intenso fuego cruzado entre organizaciones extranjeras, dirigentes
políticos, prensa nacional, prensa internacional y periódicos representantes de las
diversas colectividades instaladas en el país 22 .
La prensa extranjera y la de los
inmigrantes acusaban a los nativos, dueños indiscutidos hasta entonces del poder
político, de ser los responsables de la gran inflación, comenzada en los inicios de la
década del 90, y de la consecuente crisis social, debido a su supuesta pero muy
publicitada ineptitud en el manejo del tesoro público al cual decían los inmigrantes
haber contribuido en su cuarta parte23.
En este marco de acusaciones la reacción antigringa de algunos políticos no
tardó en manifestarse, por un lado con exhortaciones grandilocuentes dirigidas al pueblo
sobre el peligro que representaban estos extranjeros para la pervivencia de la soberanía
nacional y del sano elemento criollo y, por otro lado con proyectos de ley destinados a
ser utilizados como comodín de una “manipulable” defensa nacional, para expulsar o
castigar aquellos que de un modo u otro osaran atentar contra el orden público
disfrazado de patria.
Fue durante esos años de agitación política y descontento extranjero que el
gobierno santafesino, encabezado por José Gálvez, decidió introducir, con el argumento
oportuno de estar defendiendo la esencia nacional, una serie de reformas en la
constitución provincial dirigidas a anular la autonomía municipal y el sistema electoral
que contemplaba el voto extranjero. Por medio de esta maniobra el gobernador y sus
allegados buscaban dar por tierra, de una vez por todas, con las ambiciones políticas de
los inmigrantes y las de sus hijos nacionalizados, los cuales consiguieron avances
notables en materia de organización y aspiraban
a alcanzar puestos en unidades
políticas mayores24.
21
Respecto a su función: “…el CPE [Centro Político Extranjero] reúne las demandas de la población
extranjera en un único objetivo que apunta a la concreción de la naturalización, respetando la
nacionalidad de origen.” (subrayado mío). En Marta Bonaudo, Silvia Cragnolino, Elida Sonzogni “La
cuestión de la identidad política de los colonos santafesinos: 1880-1898. Estudio de algunas
experiencias”. En Anuario 14, Segunda época, Escuela de Historia, Facultad de Humanidades y Artes,
Universidad Nacional de Rosario, 1989-1990, pp. 264-265.
22
Ezequiel Gallo, Colonos en armas…, op. cit., p. 82.
23
Lilia Ana Bertoni, Patriotas, Cosmopolitas y Nacionalistas…, op. cit., pp. 140-143.
24
Ibídem, p. 129.
10
Estos cambios, introducidos por medio de la Convención ocurrida entre fines de
1889 y principios de 1890, despertaron gran animosidad entre los extranjeros de la
provincia, especialmente entre los suizos y alemanes, quienes recibieron el apoyo del
por entonces incipiente movimiento radical, de la prensa porteña y del naciente Centro
Político Extranjero25, conformando un frente que poco más tarde fue tildado por el
gobierno provincial de “conspiración-suizo-radical”26.
A partir de 1891 la movilización gringa sumó al reclamo por el voto municipal
el pedido para
anular el reciente impuesto provincial sobre la comercialización del
trigo. Este impuesto establecía un descuento “de 10 centavos por cada 100 kilos en
todas las transacciones de trigo y lino” 27 efectuadas dentro de la provincia y fue
instituido, en coincidencia con la baja más precipitosa en el precio internacional del
trigo desde los ‘80, con miras a paliar la importante deuda que la provincia contrajo con
entidades financieras nacionales e internacionales durante el boom económico de la
década anterior. Tras una serie de avances y retrocesos en la negociación sobre quienes
debían pagar el impuesto, sí le correspondía a los comercializadores del cereal o bien a
los colonos, el gobierno provincial decidió que eran los segundos quienes debían
hacerlo; sólo en el caso de que estos no cumplieran la provincia podría reclamárselo a
los primeros. Esta decisión totalmente ilegítima a los ojos de los colonos
fue
exacerbada aun más por la decisión del gobierno de delegar la recaudación del impuesto
a emprendimientos privados. Bastaron una serie de ademanes y de métodos algo
brutales por parte de estos cobradores para que los vecinos de algunas colonias, como
fue el caso de Humboldt, se armaran con el doble objeto de expulsar a estos agentes y
de rechazar un posible embate de la milicia provincial28.
Las quejas por el impopular impuesto al cereal sumado a los reclamos de los
colonos por los derechos políticos y por la autonomía municipal tuvieron en materia de
movilizaciones su punto más álgido en 1893, con el levantamiento armado de varias
colonias santafesinas en distintos momentos del año. Si al principio estos
levantamientos se concentraron en la parte central de la provincia, ya en julio y
coincidiendo con la revolución radical que invadió la ciudad de Santa Fe y obligó a la
renuncia del gobernador Cafferata, se diseminaron también a la parte
sur de la
25
Ibídem, p. 136.
Carlos Malamud (1997), Partidos políticos y elecciones en la Argentina. La Liga del Sur santafesina
(1908-1916), editorial Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid, 1998, p. 43.
27
Ezequiel Gallo, Colonos en armas…, op .cit., p. 13.
28
Ibídem, pp. 33-34.
26
11
provincia, principalmente al departamento Rosario. En estas movilizaciones uno de los
actos simbólicos más representativos de la protesta
fue el reemplazo de los jueces de
paz, estandartes para los colonos del poder corrupto y autoritario del gobierno
autonomista por algún vecino con cierto liderazgo y con fama bien reputada29.
El lugar central otorgado a la política y a la administración municipal va ser
compartido por los colonos de Esperanza para quienes, según lo hacían saber en 1894 a
través del periódico local La Unión, el gobierno municipal constituía “la principal
entidad política… donde nace el derecho y el deber cívico… (De acuerdo con)… los
grandes pensadores modernos el poder municipal es una consecuencia natural del
principio federativo… donde se desenvuelve el sentimiento republicano…”30.
Cuando el vituperado impuesto al cereal comenzó a regir con efectividad los
colonos suizos y sus hijos argentinos buscaron presionar, una vez que comprendieron la
imposibilidad de que el mismo sea derogado, para que la administración de lo
recaudado quede bajo el dominio de comisiones populares elegidas por los vecinos y
orientado a costear gastos locales y a lograr mejoras en instituciones descuidadas por el
gobierno provincial: escuelas, bibliotecas y hospitales31.
Pero si la administración municipal de un impuesto respondió a una coyuntura
particular, el fuero municipal por el contrario, formó parte de una reivindicación por la
cual los colonos presionaron incesantemente a las autoridades provinciales
casi
inmediatamente después de su llegada a la región. En efecto, la elección popular de la
figura del juez de paz fue una petición que atravesó toda la segunda mitad del siglo XIX
y parte de la primera del XX. Exceso de autoridad, odio al gringo, clientelismo político,
vicios y corrupción, conformaron el abanico de sentidos ceñidos a la figura del juez de
paz, para muchos de los inmigrantes de las colonias agrícolas.
RELATOS Y AUTOBIOGRAFÍAS DE MAESTROS SUIZOS EN LA PAMPA
GRINGA
Coincidiendo con el levantamiento de lo que dijimos el oficialismo tildó de
revolución suiza-radical, se produjo en la colonia agrícola santafesina de Carcarañá el
asesinato de un colono de origen francés de nombre Francisco Bally, a manos de una
29
Lilia Ana Bertoni, op. cit., p. 149.
Marta Bonaudo, Silvia Cragnolino, Elida Sonzogni, op. cit., p. 271
31
Carlos Malamud, op. cit. p. 43.
30
12
banda de argentinos que aparentemente sólo perseguían robar. Agobiados por la ola de
inseguridad que abatía la región y por la ineficacia de los aparatos de justicia para
detenerla, los vecinos, la mayoría de los cuales eran extranjeros, decidieron tomar cartas
en el asunto y fusilaron el día 24 y
25 de agosto respectivamente a dos de los
integrantes de la banda, según la ley de Lynch, no sin antes forcejear con los agentes de
la justicia a fin de quitarle los reos. Rápidamente las autoridades, una vez puestos en
aviso sobre el exceso cometido, ordenaron el envío de un escuadrón del ejército con la
misión de aquietar los ánimos y
detener a los cabecillas del episodio. Luego de
conseguir su detención, ocurrida entre los días 25 y 26 de agosto, los diecisiete vecinos
encontrados responsables directos debieron pasar en prisión un período de 72 días.
En diciembre de 1893 Juan Meyer, mientras estaba en prisión acusado de liderar
el movimiento de ajusticiamiento, escribió un panfleto titulado originalmente Die
Kolonisation an der Argentinisehen Centralbahn und die Lynchjustiz in Carcarañá den
24 und 25 August 189332 - La colonización en la zona del Ferrocarril Central Argentino
y la justicia de Lynch en Carcarañá el 24 y 25 de agosto de 1893- y publicado en 1894
en Buenos Aires por la Compañía Sud-Americana de Billetes de Banco.33
El motivo de su escrito fue disipar las malas lecturas que los tribunales de Lynch
habían suscitado en todo el país, principalmente por medio de la prensa, vehiculizando
por medio de él, los deseos de publicación que le hacen llegar los vecinos, indignados
por las mentiras que rodean al suceso. Todo su esfuerzo estará dirigido a reafirmar por
medio de su escritura la representación que un grupo social, por medio de su escritor,
quiere congelar del episodio, monumentalizando su respuesta violenta como resultado
de la acción de individuos racionales enfrentados a la necesidad imperiosa de matar. En
consecuencia, su relato se crea con miras a enfrentar
episodio que
otras representaciones del
vinculan indefectiblemente el hecho sangriento con la calidad de
extranjeros de los linchadores y a su cualidad de colonos suizos-alemanes que otras vez
más, en el transcurso del año 1893, aparecen despreciando al país, sus leyes y su
organización social.
Como podemos ver la labor de Meyer trasciende la figura del maestro. En su
escrito se lanza también al debate político, denunciando los abusos que cometen los
jueces de paz, impuesto políticamente desde arriba, planteando la necesidad de sustituir
32
La traducción utilizada para este trabajo, revisada no obstante junto al profesor Héctor Piccoli, data de
1956, sesenta y dos años después del texto, y es obra de Knut A. B. Sylwan.
13
la estructura política oligárquica por un régimen democrático y describiendo a partir de
la organización local la oposición que enfrenta la conducta intachable de los inmigrantes,
presentados como verdaderos agentes del progreso material y moral, a la desidia, el
vicio y el crimen que caracteriza a ese otro barrio poblado por criollos y conocido en la
colonia Carcarañá como “Pueblo Argentino”.
De su escrito también obtenemos una valiosa y antigua fuente
sobre el
desenvolvimiento de las “colonias suizas” de Carcarañá, San Jerónimo y Roldán. Las
tres comparten, según Meyer, el común denominador de haber tenido como primeros
habitantes a inmigrantes de origen suizo. Meyer construye el camino que recorren estos
pionners tras la adquisición legal de las tierras, como repleto de dificultades. Los
obstáculos corresponden a la influencia de agentes naturales del desorden dentro de
los cuales destaca por sobre todo, a las temibles mangas de langostas que arrasaron
junto a las cosechas del año 1872 el temple y el valor de muchos de los primitivos
colonos. Sin embargo, más adelante su escrito se detendrá en lo que Meyer juzga los
verdaderos agentes del desorden, los únicos responsables del desencadenamiento del
conflicto por venir y que aparecen en el texto representados como una mezcla explosiva
de jueces corruptos y de facciones políticas, en una provincia donde el voto popular se
encontraba anulado desde la Convención provincial realizada entre diciembre de 1889 y
febrero de 1890.
Tras su génesis, Carcarañá fue progresando, continúa Meyer, fruto del tesón y de
los ahorros de estos laboriosos hombres que gradualmente fueron expandiendo su obra
civilizadora delineando sobre un espacio cuasi-vacío los rasgos que lo tornaron un
asentamiento pujante. Con el aporte de los vecinos se levantaron escuelas, una hostería,
un molino hidráulico, un molino a vapor, la piedra fundamental para la construcción de
la iglesia, una fábrica de aceite y una cremería. De la misma forma, en su faceta cultural,
los progresos se materializan con la formación de un coro de canto, de una banda de
música y con la fundación de una escuela suizo alemana cuya meta primordial era que
los hijos de colonos de esta nacionalidad no olvidasen el idioma. Son administradores
suizos, según Meyer, quienes supervisan el devenir de este proceso civilizatorio en el
seno de una comunidad armónica que alberga, no obstante, “desde más de 20 años en
confiado trato, italianos, suizos, franceses, ingleses y alemanes, alegrándose de su
progreso material en su segunda patria.”.
En su autobiografía escrita veintisiete años después de estos sucesos, titulada
Aus dem Leben eines Schulmeisters -De la vida de un maestro de escuela- y publicada el
14
10 de octubre de 1920 en Hubens uns Druben, periódico de la colectividad alemana de
Buenos Aires, Meyer persevera en su apelación a metáforas biologicistas para ilustrar su
opinión sobre disciplina, justicia, moral y política. Lo expresado en el panfleto en
términos de “lucha por la existencia” y de triunfo “del más fuerte” se repite en su
autobiografía donde el docente ocasionalmente debe actuar como “un cirujano que sólo
con una operación radical puede salvar un cuerpo enfermo: una extirpación del mal es
lo mejor en la mayoría de los casos…”.
El relato breve sobre los linchamientos que hace en sus memorias coincide con
la opinión vertida en su panfleto. Pero al volver sobre las consecuencias del drama
social, encuentra que a su retorno de la cárcel, y tras un breve tiempo donde los deseos
de venganzas aún flotaban entre la población nativa, “entre los mejores hijos del país no
se nos titulaba ya de gringos de mierda, sino que hasta nos trataban respetuosamente”.
Aunque en ningún momento de su dos escritos se alineó explícitamente con los bandos
enfrentados a largo de 1893, su hincapié en el folleto apologético de explicar los males
sociales y el suceso del linchamiento por la ausencia de un régimen democrático, -en
palabras de Meyer “el voto popular no es voto del diablo, sino voto de Dios”- aproxima
sin duda su posición política a la del incipiente partido radical. No obstante no figurar
en su texto de 1893, por su autobiografía conocemos de su rol como delegado de la
sección del Centro Político Extranjero de Carcarañá con apenas tres años de residencia
en el país, Fue en ese espacio de discusión creado por los inmigrantes donde conoció al
maestro Pedro Dürst en 1891 con quien trabó un fuerte lazó de camaradería en torno a la
práctica docente y a otras actividades comunes como el canto, el teatro, la gimnasia, el
debate político y la poesía. Ambos fundaron o dirigieron conjuntos corales,
organizaciones regionales de docentes como “La Unión” y entidades locales de ayuda
como la Sociedad de Socorros Mutuos Eintracht. De igual forma que otros maestros de
nacionalidad suiza esparcidos por otras colonias agrícolas tuvieron un lugar privilegiado
como cronistas y portavoces autorizados de la colectividad extranjera.
Maestro diplomado en Suiza, Dürst llegó a la Argentina en 1870
desempeñándose como agricultor en Carcarañá, hachero en Rosario, hotelero en
Esperanza y socio de una curtiembre en la provincia de Entre Ríos. Intercalando estos
oficios con su labor docente en San Jerónimo, Roldán, San Carlos Sud, Rosario del Tala,
a la que renunciaba temporalmente por cuestiones monetarias. Para comienzos de la
década del ’90, se radicó definitivamente en Roldán donde hasta pocos tiempos antes de
su muerte acaecida en 1913 dirigió uno de los colegios de esa población santafesina.
15
En 1892, editó su segundo libro Freud und Leib. Zwanzig Jahre Campleben in
Argentinien -Alegrías y Penas. Veinte años de vida de campo en Argentina- publicado
en Buenos Aires por la imprenta Helvetia. En esta compilación encontramos una poesía
dedicada a la reunión general que tuvo lugar en marzo de 1891 de las secciones del
Centro Político Extranjero de Roldán, San Jerónimo y Carcarañá. Con el título “Und es
geht doch”, Dürst apeló a la legendaria historia de la lucha de los campesinos de los
cantones suizos de Uri, Schwyz y Unterwalden contra
la tiranía de la casa de
Habsburgo para representar la necesidad de lograr por medio de la unión los objetivos
políticos de la institución de los extranjeros y la eliminación “de los sucios gusanos”
que impiden el ejercicio democrático:
“A la lucha por la libertad! ¡Qué así sea!
¡Para vencer o morir!
Ese era el grito del campo de los antepasados,¡Qué sea también el de los herederos!”34
En un trabajo anterior 35 , buscamos precisar y profundizar una hipótesis de
Ezequiel Gallo, según la cual la gran preponderancia de inmigrantes suizos y sus hijos
en las revueltas políticas de 1893 respondería a lo que este historiador denominó “una
persistente tradición política suiza” que arribó al país junto a los mismo inmigrantes y
que pervivió luego de su instalación como colonos en la provincia de Santa Fe 36 .
Nuestra indagación en documentos y entrevistas con descendientes, nos sugirió la
posibilidad de asociar esta identidad nacional con una serie de valores en torno a
cualidades morales como la independencia, la libertar, el valor y el espíritu democrático,
condensados en símbolos guerreros. Estos circularon en la colectividad representados en
la imagen
de la
Helvecia junto a su espada justiciera, en el León de Lucerna
defendiendo agonizante sus armas quebradas37 o en la historia popular de Guillermo
Tell, héroe-paradigma de un pueblo que enseña cómo la unión vence la tiranía.
34
Traducción de María Sol Fransoi.
Guillermo Stämpfli, “Memorias de un dramático Landsgemeinde. Justicia popular y reivindicaciones
políticas de los colonos de Santa Fe”. En Actas del VI Congreso Internacional de Etnohistoria, 22-25 de
noviembre de 2005. Buenos Aires,
36
Ezequiel Gallo, Colonos en armas…, op. cit.
37
La estatua del “León de Lucerna”, obra del escultor dinamarqués Thorwaldsen, fue inaugurada el 10 de
agosto de 1821 en honor a los guardias suizos muertos en defensa del rey de Francia Luis XVI durante las
jornadas del 10 de agosto y del 2 y 3 de septiembre de 1792. La estatua representa un león moribundo
que protege contra su cuerpo una lanza quebrada junto al estandarte de la casa real de Francia mientras la
35
16
Todos estos símbolos plasmados en relojes, postales, frontispicios, adornos en
madera tienen
un lugar destacado dentro del campo que llamábamos “sentido de
pertenencia suizo”. Por ejemplo, Dürst, en su extensa autobiografía titulada Erlebenisse
und Erfahrungen. Vierzig Jahre im Dienste der Volksbildung in Argentinien (1872-1912)
(Acontecimientos y experiencias. Cuarenta años al servicio de la enseñanza popular en
Argentina (1872-1912) 38 , recuerda como la versión de Friedrich von Schiller de
Guillermo Tell fue representada por improvisadas compañías teatrales de las colonias y
enseñada como relato fundador en las escuelas suizas de la zona. Estas narraciones
sobre el panteón nacional suizo deberían ser tenidas en cuenta, en algún grado, si
pensamos a los símbolos más como inductores de la acción que como meros vehículos
cognitivos 39, para comprender el rol protagónico de la identidad suiza en esta arena
política junto a otros factores “estructurales” como su antigüedad en la región y su
condición de colonos propietarios. Dejábamos planteada como inquietud y como una
posible línea a explorar la pertinencia de pensar dialécticamente la relación entre un
drama social, que protagoniza un grupo, y un relato épico, como el Guillermo Tell,
fuertemente presente en el mismo. En otros términos, nuestra inquietud giraba alrededor
de la pregunta de
hasta qué punto
valores morales puestos en juego en una
representación de ficción nacional, a través de sus nudos narrativos, de sus héroes
desplegados y de sus comportamientos arquetípicos, ofrecen al “star group”40, y a sus
líderes, un conjunto de estereotipos éticos, estéticos y de acción convencional para dar
inicio y dirección a un drama social.
Dürst incluye en su autobiografía un capítulo con las respuestas epistolar de su
colega el maestro suizo Emilio Hunziker. Radicado desde el año 1875 en la colonia
santafesina de Humboldt, Hunziker apela a la figura de Guillermo Tell como referente
cruz suiza acompaña de frente su último soplo. Una inscripción tallada sobre su cabeza en la roca dice:
“Helvetiorum fidei ac virtuti” (“A la fidelidad y al coraje de los suizos”) y sobre el frente de la pequeña
capilla que existen en el mismo parque se lee: “Pax invictis” (“Paz a los invencibles”). En P. de Valliére,
“Estatua del ‘León de Lucerna’”, revista Helvetia, año XV, números 176-177, Buenos Aires, julio-agosto
de 1950, pp. 84-86.
38
Fue en impreso en la ciudad alemana de Leipzig con el dinero aportado por la Sociedad de Maestros
Alemanes de Buenos Aires. La traducción utilizada para este trabajo es obra del ya mencionado Knut A.
B. Sylwan.
39
Víctor Turner (1966), La selva de los símbolos, editorial Siglo XXI, México D.F., 1999, pp. 39-40.
40
Según la hipótesis propuesta era probable que en el desarrollo de las revueltas de 1893 tuviera esta
identidad suiza un rol hegemónico sobre otras identidades coexistentes de tipo religioso, político y
lingüísticas, constituyendo en la arena lo que Victor Turner llama el “star group”. El autor entiende por
esto el grupo en el cual ciertas personas, en nuestro caso un conjunto de colonos de nacionalidad suiza,
depositan su más profunda lealtad y, por cuya mediación, buscan conseguir respeto, prestigio, amor y
otros beneficios
tangibles o no. En Victor Turner (1982), From Ritual to Theatre. The Human
Seriousness of Play, PAJ Publications, New York, p. 69.
17
de solidaridad y conducta honrosa. Con motivo de la organización de la fiesta suiza en
Esperanza el 1 de agosto de 1876, Hunziker irritado con los impulsos por exhibirse que
llevan a que cualquiera se atribuya el derecho de escritor para esa ocasión dice “Un
picapleito vale más que cien ‘Tell’”. O en otra carta fechada en julio de 1876, y con
motivo del deterioro económico que atravesaba el periódico en lengua alemana
Argentinischer Bote, Hunziker recurre nuevamente a la imagen del héroe legendario
suizo para instar a la colectividad suiza a socorrer financieramente la empresa.
Aunque Dürst no participó directamente de los acontecimientos de 1893, su
autobiografía incluye un fragmento extenso sobre los linchamientos con partes extraídas
literalmente del folleto de Meyer. Su opinión coincide plenamente con la de este último
respecto al carácter popular y eminentemente justo de la medida tomada contra los
delincuentes y sobre la corrupción y el clientelismo político que atestaba los aparatos de
justicia.
Por este escrito sabemos que su hijastro Enrique participó en el conflicto
integrando el cuerpo armado de colonos que apoyaron al partido radical. Dürst ensalza
patéticamente la labor impecable de estos cuerpos de suizos y describe la puntería de
sus tiradores para eliminar un importante número de soldados del gobierno. Herido de
un disparo en la cabeza, Enrique fue internado en un lazareto del que alcanzó a huir
cuando fuera intervenido por fuerzas del gobierno. Según Dürst el rumor que circulaba
en ese momento no descartaba el ánimo impulsado por el gobierno provincial de
eliminar por venganza “a los hijos de extranjeros”.
El miedo adquiere fundamento en el transcurso del relato cuando Dürst se
detiene en su homenaje a dos maestro caídos en el fragor de la revuelta. Es el caso de
los maestros
Sturzenegger y Meltzer. El primero, de nacionalidad suiza, se
desempeñaba por entonces como comerciante en Rosario, mientras que el segundo, de
procedencia alemana, ocupaba el cargo de maestro auxiliar en una escuela privada en
San Carlos Sud. El abatimiento ocurre durante su retorno en tren a Rosario. Pero sí el
primero lideraba el convoy copado por simpatizantes radicales en el cual, según afirma
el relato sólo por casualidad se hallaba Sturzenegger, ambos caen en la emboscada
preparada por las tropas nacionales al mando del General Bosch. Tras un fulminante
tiroteo que obligó a la detención de la locomotora, Meltzer fue indagado, afirmando su
condición de dirigente y, lo que el texto insinúa como más espinoso, confesando su
origen alemán. Bastaron estas afirmaciones para su fusilamiento in situ y para la
reacción atemorizada de Sturzenegger quien perdió la vida en su intento de fuga.
18
En ninguna de las dos autobiografías existen menciones a la instauración de la
Ley Sáenz Peña, ni tampoco sobre las consecuencias que trajo aparejada para las
instituciones locales. Sintomáticamente, al menos para el texto de Meyer publicado en
1923, tampoco existen alusiones al conflicto agrario de 1912, conocido como El Grito
de Alcorta. Aunque, en efecto, la región afectada se ubica más al sur, debido a la mayor
preponderancia de arrendatarios, fundamentalmente de origen italiano y español, las
repercusiones transcendieron la frontera donde dominaba esta forma de tenencia de la
tierra. Incluso en pueblos vecinos a los que residían ambos maestros, las protestas y los
enfrentamientos con la policía y los grandes propietarios, alcanzaron un alto grado de
violencia.
A la hora de destacar el valor de estas fuentes para una mirada antropológica,
cabe mencionar el relato vivido que ofrecen de los espacios de sociabilidad a partir de
los cuales estas colonias con preponderancia de inmigrantes suizos reprodujeron
prácticas identitarias que tuvieron un rol importante en el curso del conflicto de 1893.
La transmisión de la lengua alemana que indujo a la creación de escuelas propias y
planes de estudio apropiados, fue una de las prácticas más perjudicadas por la presión
ejercida por el Estado para imponer el español. Sin embargo, tradiciones y rituales que
actuaron como eficaces agentes para la construcción de un “sentido de pertenencia” se
prolongaron en el tiempo y alcanzaron la generación siguiente a la de los pioneros;
incluso algunas llegan hasta la actualidad. Es el caso de la práctica del tiro, la actividad
coral, los festejos por la independencia Suiza, la transmisión de padre a hijos de la
ciudadanía y el acceso durante gran parte del siglo XX de publicaciones sobre la
actualidad de Suiza propiciado por el gobierno de la Confederación.
Trabajos diversos de antropólogos como Regina Bendix 41 y Rudolf Braun 42 ,
encontraron en alguna en estas prácticas vehículos eficaces para generar un sentido de
comunidad e identidad no centralista y tolerante con la minorías, que hizo viable la
construcción de un sentimiento patriótico en una país donde imperaba la diversidad
lingüística (cuatro lenguas son habladas en Suiza), religiosa y cultural. Los surgimientos
de movimientos nacionalistas violentos que fueron casi la regla en la Europa de los
siglos XIX y XX tuvieron muy poco protagonismo en Suiza durante este período.
41
Regina Bendix, “Nacional Sentiment in the Enactment and Discourse of Swiss Political Ritual”. En
American Ethnologist, vol 19, n° 4, november 1992, pp. 768-790.
42
Rudolf Braun, Sozialer und kultureller Wandel in einem ländlichen Industriegebiet im 19. und 20.
Jahrhundert, cap 6, Erlenbach-Zürich, 1965. Citado por Eric Hobsbawm, “Introducción: La invención de
la tradición”. En Eric Hobsbawm y Terence Ranger [Eds.] (1983), La invención de la tradición, editorial
Crítica, Barcelona, 2002, pp. 12-13.
19
La eficacia de estos símbolos para generar
sentimiento de afectos y de
vinculación con la comunidad de origen también alcanzaron las regiones donde llegaron
en número importante inmigrantes de esta procedencia. Hasta al punto que pasado tres o
más generaciones de radicación en la Argentina, algunos pueden decir, como el
presidente de la Asociación Suiza de Carcarañá en un canal local de televisión: “Los
suizos somos un poco especiales”.
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