Medio tiempo Juan Poom Medina*

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Medio tiempo
Juan Poom Medina*
Hace poco más de tres años que las elecciones presidenciales mexicanas de 2006 se
presentaron como el suceso político más comentado y analizado de los últimos años.
Podemos coincidir en que presenciamos un proceso electoral disputado al máximo y
quizá uno de los más reñidos que la historia registre debido al resultado tan cerrado que
se presentó al final del conteo de votos y de todos los litigios que se ventilaron
conforme al caso.
Así, con el país pintado de dos colores, el norte de azul y el sur de amarillo, el rumbo de
esta nación empezó otra etapa con un presidente más preparado académicamente que el
anterior, con más expectativas respecto a los problemas cotidianos que se vivían (y
viven), algunos proyectos comprometedores como atacar el desempleo, una propuesta
de cambio de cultura en la gestión pública, y el ánimo de construir consenso entre las
fuerzas de oposición -que con seguridad empujarían al partido gobernante hasta
negociar los avances-, en donde el perfil del senador Manlio Fabio Beltrones se ajustaba
muy bien. Con esos elementos inició el segundo periodo de la administración del
Partido Acción Nacional; así se encontraba el “salidero” para el presidente en turno.
Nada fácil y nada seguro debido al difícil contexto que impedía que la clase política se
relajara.
En lo personal recuerdo con nostalgia aquellos días intensos de ese proceso electoral y
de las condiciones adversas con las que inició el gobierno federal que ahora cumple tres
años de trabajo. De ese proceso electoral dos eventos me vinculaban como espectador
cercano. Primero, en aquellos años yo residía en avenida Universidad y Eje 10 Sur
(cerca del Metro Copilco) en la ciudad de México y esa dirección postal me convertía
en vecino cercano de uno de los principales actores de ese proceso electoral: Andrés
Manuel López Obrador, quien vive justo en esa área universitaria.
Por lo mismo, a la hora en que yo salía a comer a las fondas aledañas, podía ver el
domicilio del entonces candidato siempre custodiado por cámaras de televisión,
reporteros, y una gran camada de simpatizantes y personas de la tercera edad que
haciendo un papel similar a los “guardaespaldas” no dejaban que se acercaran las
personas que llegábamos a observar la cotidianidad y los momentos interesantes
relacionados al entorno que se vivía.
El segundo evento fue que por razones de mis estudios estuve cerca del doctor Rubén
Hernández Cid del Departamento de Estadística del ITAM, quien además era miembro
del Comité Científico del Conteo Rápido que implementó el IFE para conocer las
tendencias del proceso electoral a cierta hora de la noche y así darla a conocer a la
población. Cómo olvidar sus charlas sobre el papel clave que jugaría ese comité de
científicos debido a que justo a una hora determinada de la noche del día de la jornada
electoral, el entonces consejero presidente, Luis Carlos Ugalde, revelaría las tendencias
a partir de los ejercicios estadísticos que ellos realizarían. Como sabemos,
efectivamente el consejero presidente salió en pantalla a dar el resultado de ese ejercicio
señalando que no había evidencia suficiente para señalar que las tendencias favorecían a
alguno de los candidatos que se encontraban en la contienda. Esa noticia fue como un
“balde de agua helada” para muchos sectores estratégicos, pero especialmente para
todos mis amigos “pejistas” apasionados por el candidato perredista (incluyendo a
algunos estudiantes extranjeros) con quienes compartí vivencias en la capital.
Hoy, a tres años de esos sucesos en que de nuevo resultó ganador un presidente
emanado del PAN, nos preguntamos por lo bueno, lo malo, y lo que hace falta en este
gobierno federal que llega al medio tiempo agotado y aparentemente sin recursos. Sin
duda, lo bueno han sido los ataques a los cárteles del crimen organizado. Pero si
pudiéramos medir los efectos de enfrentar al crimen organizado tendríamos que calcular
si el daño colateral no ha sido mayor que los resultados: Menos inversiones, temor entre
los ciudadanos, imágenes impactantes de las muertes de inocentes, reactivación de
grupos delictivos que dicen proteger al país, muertes de policías, y un largo etcétera.
En el apartado de lo malo se finca una lista larga que incluye el desempleo, la
informalidad, la discrecionalidad, la falta de contrapeso del Legislativo, de un panorama
más asertivo, y de la confianza que los ciudadanos desean tener en que su gobierno
camina con pasos firmes. Con ánimo crítico, se fortalece la idea de que percibimos la
alternancia no es la panacea del desarrollo de este país. Por lo mismo, creo que hace
falta replantear las metas y líneas de acción del Plan Nacional de Desarrollo para
enfrentar los efectos de la crisis que ya pesa. Se requiere aminorar gastos innecesarios
del erario, incentivar la producción, actuar con transparencia, mirar al ciudadano y
apoyarlo con políticas públicas eficientes, conciliar con la oposición los asuntos que
realmente se relacionan con el bienestar social. Por último, se requiere que el presidente
vea que puede hacer equipo con los gobernadores que quedan de su partido para sacar
adelante las agendas de provincias, pero también creo que los gobernadores del PRI
pueden contribuir con el Ejecutivo a sacar adelante este país. El 2012 está lejos y todos
los niveles de gobierno deben ponerse a trabajar por los ciudadanos.
*Profesor-investigador del Programa de Estudios Económicos y Gestión Pública de El
Colegio de Sonora, jpoomcolson.edu.mx
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