Mujer y guerra en el Occidente europeo (siglos III a.C.-I

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Jordi Vidal / Borja Antela
(editores)
Más allá de la batalla
La violencia contra la población
en el Mundo Antiguo
Libros Pórtico
© 2013 Jordi Vidal / Borja Antela
Edita: Libros Pórtico
Distribuye: Pórtico Librerías, S. A.
Muñoz Seca, 6 · 50005 Zaragoza (España)
distrib@porticolibrerias.es
www.porticolibrerias.es
ISBN: 978-84-7956-117-8
D. L.: Z 750-2013
Imprime: Ulzama Digital
Impreso en España / Printed in Spain
Índice
Introducción ………………………………………….………… ……... IX
1. Trabajar en tiempos de guerra en Mesopotamia ……………………... 1
Agnès Garcia-Ventura
2. La destrucción de la ciudad de Ugarit ……………………………… 27
Jordi Vidal
3. El elefante contra la ballena: La guerra del Peloponeso …………… 39
César Fornis
4. La venganza se sirve fría
Tebanos, bránquidas y el recuerdo de las guerras médicas …………… 55
César Sierra Martín
5. Los vivos por los muertos
El sitio de Atenas y el Pireo por L. Cornelio Sila en 87-86 a.C. ……… 67
Borja Antela-Bernárdez
6. Mujer y guerra en el Occidente europeo (siglos III a.C.-I d.C.) .…… 97
Alberto Pérez Rubio
7. La destrucció de Valentia per Pompeu (75 a.C.)
i el problema del seu abandó ………………………………………… 127
Albert Ribera i Lacomba
8. Crisi o invasió?
Els Francs i la destrucció parcial de Tàrraco al s. III ………………... 193
Josep M. Macias / Jordi Morera / Oriol Olesti / Imma Teixell
Mujer y guerra en el Occidente europeo
(siglos III a.C.-I d.C.)
Alberto Pérez Rubio
Universidad Autónoma de Madrid
Apenas podemos intuir el papel que la mujer desempeña en la actividad
bélica de las sociedades del Occidente europeo durante los siglos que
contemplan la implantación romana. En los textos relativos a los
acontecimientos militares la mujer se encuentra normalmente ausente, salvo
en circunstancias excepcionales donde su actuación añade una nota trágica a
la narración o aporta un rasgo de pathos que completa el discurso
etnográfico del autor sobre la alteridad de los pueblos indígenas. La
reflexión de Francine D’Amico1 “That we even need to talk about “women
and war” underscores the gendering of our construct of war. War has been
perceived as men’s domain, a masculine endeavor for which women may
serve as victim, spectator or prize. Women are denied agency, made present
but silenced” es también perfectamente válida para la Protohistoria europea.
Y, sin embargo, la mujer, como parte de una sociedad inmersa en un
determinado momento en una guerra, será, ineludiblemente, partícipe en la
misma; una participación que comienza ya antes del estallido bélico,
continúa durante el desarrollo de las hostilidades y se prolonga en sus
consecuencias. En este artículo nos aproximaremos a la relación entre las
dos esferas de lo femenino y lo bélico en las comunidades de la Europa
occidental de la última Edad del Hierro, relación a menudo ignorada o
soslayada pero que un análisis de las fuentes deja en evidencia.
Somos conscientes de la amplitud, en lo espacial y en lo cronológico, que
queremos abarcar en nuestro análisis, desde la península ibérica a Germania
y desde el siglo III a.C. al I d.C., y lejos de nuestra intención aplicar un
mismo rasero a sociedades muy heterogéneas, algo más propio de ese
etnógrafo grecorromano empeñado en enfatizar su otredad que de un
historiador actual. Sin embargo, la parquedad de datos nos ha decidido a
abrir el foco, para intentar discernir que comportamientos son propios de

Este trabajo se enmarca dentro del proyecto Symmachia (Ref. HAR2011-27782 ) y grupo de
investigación Occidens.
1
D’Amico 1998, 119.
Alberto Pérez Rubio
____________________________________________________________________
determinadas sociedades y, a la vez, comprobar si existen elementos
comunes. Se nos va a permitir pues que, aun siendo conscientes de todos los
peros y problemas que la aplicación automática de etiquetas étnicas conlleva,
empleemos denominaciones laxas como “celtas”2 o “germanos”, siempre
ciñéndonos a su empleo en las fuentes.
Nuestra aproximación va a fundamentarse en el análisis de los textos
clásicos, con un acercamiento cauteloso, desde una óptica crítica, que tenga
en cuenta sus particularidades y sesgos. Pensamos que las noticias de los
autores griegos y romanos constituyen el punto de partida inexcusable, pero
que en un futuro trabajo podrá enriquecerse con la adición de los fecundos
datos que, cada vez más profusamente, nos proporciona la arqueología, con
análisis de ajuares funerarios, hábitats, iconografía, etc. Hemos de tener en
cuenta el carácter de quienes nos han transmitido información, esto es,
autores –hombres– provenientes del mundo grecorromano, de Polibio en
adelante.3 Autores, pues, masculinos y provenientes de una órbita cultural
diferente a la que describen, que en su discurso traslucirán la visión
imperante en sus sociedades sobre el papel que en las mismas debía
desempeñar la mujer.4 Lo que se aparte de esta visión servirá para enfatizar
la otredad de los pueblos occidentales, sea el “matriarcado” cántabro sea la
actuación de una Boudicca.5 Como bien apunta Salinas,6 el comentario de
Diodoro Sículo sobre el gran tamaño y la bravura de las mujeres celtas7 –los
testimonios arqueológicos parecen desmentir además que fueran
especialmente altas8– no es precisamente un elogio, sino una constatación de
los valores “invertidos” de una sociedad bárbara respecto a la
grecorromana.9 En este sentido, la inclusión de la mujer en ámbitos bélicos
imprime un sello bárbaro que entronca con el estereotipo de las amazonas
como mujeres guerreras y símbolo de la naturaleza salvaje y del caos.10
Además, ha de apuntarse que las narraciones de los autores clásicos se
centran, fundamentalmente, en la conquista romana de estos territorios, un
momento de tensión extrema para las sociedades que los habitan. Asistimos
a menudo a una lucha por la supervivencia, despiadada, ya se trate de
pueblos en migración o de comunidades que intentan resistir la presión
2
El debate ha sido especialmente virulento en lo que respecta a la celticidad, véase por
ejemplo Green 1999; Ruiz Zapatero 2001; Carr / Stoddart 2002.
3
Martínez López 1986, 387; González Santana 2011, 28.
4
Gallego Franco 1999, 56.
5
Marco Simón 2010, 153.
6
Salinas 2010, 205.
7
Diod. V.32.
8
Ehrenberg 1990, 153.
9
Esa inversión se va a apoyar, en gran medida, en la contraposición en el discurso sobre la
mujer, la pareja y la familia bárbaras (Clavel-Lévêque 1996, 225-229).
10
Blok 1994, 126-144; Pasi 2004, 37-38; González Santana 2011, 50-57.
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Mujer y guerra en el Occidente europeo
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romana, y la intervención de su elemento femenino en las mismas es,
seguramente, más intenso y dramático que en los conflictos “de baja
intensidad” que puntuarían la vida de estas poblaciones antes de la llegada
de Roma –en un esquema de multipolar anarchy semejante al postulado por
Eckstein;11 para la Galia de los siglos II y I a. C. Deyber habla de violence
endémique–.12 No conviene perder esto de vista, sobre todo para entender la
implicación del elemento femenino de una comunidad en su defensa.
Por último, en una misma comunidad los papeles de la mujer pueden ser
muy diferentes –como los de los hombres– en función de su estatus, del
lugar que ocupe en la estructura social.13 Y de igual modo, esas diferencias
sociales se pueden plasmar en las consecuencias de la derrota, por ejemplo
con mujeres de la élite que podían escapar del cautiverio mediante el pago de
un rescate –como la gálata Quiomara14– frente al común al que no le
quedaría sino la resignación.15
1. Antes de la guerra
En la mayor parte de las sociedades antiguas encontramos la dicotomía entre
la paz, entendida como elemento femenino, y la guerra, como elemento
masculino.16 Incluso en el ámbito de lo mítico la mujer suele aparecer
excluida de la guerra, reservada al varón, como vemos en Grecia, donde las
escasas referencias a mujeres que combaten –al margen de las divinidades–
parecen proceder de cuentos populares o leyendas etiológicas.17 Las
sociedades que aquí analizamos siguen este esquema, y el papel de la mujer
en la guerra va a ser subsidiario, siendo patrimonio de los hombres su
desarrollo, con el combate como clímax. Son, además, sociedades en las que
los valores marciales desempeñan un papel fundamental, hasta el punto que
algunas, como la celtibérica, ha sido denominada “sociedad agonística” por
lo destacado que en su ethos tiene la excelencia en lo bélico.18 Los galos eran
para Estrabón de naturaleza guerrera y siempre dispuesta al combate,19
características que comparten con los germanos.20 Y según Tácito, para los
varones germanos la guerra y el pillaje constituían la principal actividad.21
11
Eckstein 2009.
Deyber 2009, 56.
13
Alberro 2003.
14
Plut. Vir. Mul. XXII.
15
Antela-Bernárdez 2008, 319.
16
Martínez López 2000, 257-259.
17
Picklesimer 1990, 16.
18
Sopeña Genzor 2004.
19
Str. IV.4.2.
20
Str. VII.1.2.
21
Tac. Ger. VI, XIII, XIV.
12
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Alberto Pérez Rubio
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1.1. La mujer como transmisora de una ética guerrera
Pero una cosa es que la mujer no combata con las armas en la mano –cosa
que, como veremos, también puede hacer– y otra que sea ajena al sistema de
valores que permea la sociedad en la que ha nacido y vive. Así, la mujer va a
participar en la afirmación, transmisión y pervivencia de dicho código ético.
Conocida es la cita de Salustio22 que comenta cómo las mujeres de
Celtiberia, en el contexto de las guerras sertorianas, cantaban las gestas de
sus antepasados: “Las madres conmemoraban las hazañas guerreras de sus
mayores a los hombres que se aprestaban para la guerra o el saqueo, donde
cantaban los valerosos hechos de aquellos. Cuando se supo que Pompeyo se
acercaba en son de guerra con su ejército, en vista de que los ancianos
aconsejaban mantenerse en paz y cumplir lo que se les mandase, y de que su
opinión en contra no aprovechaba en nada, separándose de sus maridos,
tomaron las armas y ocuparon el lugar más fuerte cerca Meo[briga], diciendo
a los hombres que, pues quedaban privados de patria, mujeres y libertad, que
se encargasen ellos de parir, amamantar y demás funciones mujeriles. Por
todo lo cual encendidos los jóvenes, despreciando los acuerdos de los
mayores… (se levantan en guerra contra los romanos)”. Se trata de un
testimonio precioso. En primer lugar las mujeres aparecen como depositarias
y transmisoras de los valores marciales de la comunidad, que recuerdan a los
guerreros que parten al combate, y en segundo, y no menos importante, su
actuación sirve para decidir el inicio de las hostilidades. La división de las
esferas femenina y masculina está clara, con la mujer encargada de “parir,
amamantar y demás funciones mujeriles”, y su recurso a las armas es
realmente un medio para avergonzar a sus hombres, cuyo comportamiento se
aleja de dichos valores. Probablemente estamos ante una situación
desesperada –pues esa renuncia a “patria y libertad” sugiere una deditio–,
escena que veremos repetida más adelante en casos análogos en distintos
escenarios. El canto o los versos como medio para recordar leyes y hechos
pasados es conocido para otros pueblos peninsulares como los turdetanos.23
Sabemos que entre los celtas también se glorificaba a los valientes
mediante canciones24 y que en Germania el mismo método era empleado
para recordar el pasado.25 A través de estas canciones se transmitirían los
ideales marciales de dichas sociedades, y aunque no se especifica que fuesen
las mujeres celtas y germanas las encargadas como en la Celtiberia de estos
cánticos, podemos conjeturar que, al menos en parte, así era. Ya las madres
inculcarían esos valores a sus hijos, quizás que de una manera no muy
22
Sal. Hist. II.92.
Str. III.1.6.
24
Ael. Var. Hist. XII. 23.
25
Tac. Ger. II.3.
23
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Mujer y guerra en el Occidente europeo
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diferente a como las madres espartanas lo hacían con los suyos, tal y como
recoge Plutarco en los Dichos de mujeres espartanas, que reflejarían como
en Lacedemonia las espartanas eran depositarias y transmisoras de la moral
guerrera que tintaba toda la vida de su polis.26 De hecho, Plutarco llega a
comentar que el entrenamiento físico que recibían las espartanas iba
encaminado a que fuesen capaces de defenderse, a sus hijos y a su patria;27
probablemente se trata de una exageración, pero elocuente de la ideología
marcial que imperaba en Ladedemonia, también entre las mujeres. En
Irlanda, quizás como reminiscencia de esa función de la mujer encargada de
recordar al hombre cómo debía comportarse, encontramos en la épica
altomedieval a personajes femeninos que entrenan al héroe, como la
Scáthach –“la misteriosa”– que tutela a Cúchulainn.28
La cohesión social del grupo con la reafirmación de los valores marciales
a través de la competición por el matrimonio implica también a la mujer.
Según Aurelio Víctor,29 en 137 a. C, una bella numantina pretendida por dos
jóvenes sería dada por su padre en matrimonio a aquel que trajera primero la
mano cortada de un romano. Dejando aparte todas las connotaciones
simbólicas del miembro,30 que aquí no competen, destaca la relación entre
matrimonio y valor, trasunto de las dos funciones, distintas pero parejas, que
hombre y mujer desempeñan para la supervivencia del grupo: la mujer a
través de la maternidad y el hombre con su defensa en la guerra. Ya hemos
visto como esta distribución de funciones es señalada por las mujeres
meobrigenses (vid. supra) y es algo también presente en las poléis griegas y
en Roma: la mujer es ciudadana en tanto que dispone de la capacidad, real o
simbólica, de traer nuevos ciudadanos al mundo.31 Cómo comenta Martínez
López, “dar la vida y dar la muerte –parir y combatir– han sido vistas como
actividades simétricas y específicas de uno y otro sexo”.32 Vemos repetido el
mismo esquema en Germania, donde el deber fundamental de la mujer es la
perpetuación de su comunidad:33 “Limitar el número de hijos o matar a un
agnado se considera un oprobio”.34 De hecho, los regalos matrimoniales
consistían, además de en bueyes, en un caballo embridado y escudo con una
frámea y una espada, y, a su vez, la mujer regalaba al hombre algunas armas.
Las palabras de Tácito son más que elocuentes: “Para que la mujer no se
considere ajena al valor militar y a los avatares de la guerra, bajo los
26
Elshtain 1991, 546-547.
Pasi 2004, 36.
28
Ford 1988, 429.
29
De Vir. LIX. También en Sal. Hist. II.91.
30
Sopeña Genzor 2009.
31
Martínez López 1999.
32
Martínez López 2000, 257.
33
Gallego Franco 1999, 57.
34
Tac. Ger. XIX.
27
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Alberto Pérez Rubio
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auspicios del incipiente matrimonio se le advierte que pasa a ser compañera
de penalidades y peligros; que ha de soportar y arriesgarse a lo mismo, tanto
en la paz como en la guerra; esto es lo que significan los bueyes, el caballo
preparado y las armas entregadas; así han de vivir, así han de llevar el papel
de madres”.35
1.2. El matrimonio como herramienta diplomática
El matrimonio entre miembros de las élites sirve también como medio para
el establecimiento de alianzas y de relaciones políticas entre diferentes
comunidades. En la península ibérica se sellan alianzas entre comunidades
ibéricas y generales púnicos mediante matrimonios: dentro de la política de
Asdrúbal para atraerse a las élites indígenas está su boda con la hija de un
rey ibero,36 algo que repetirá su cuñado y sucesor Aníbal al maridar con una
princesa de Cástulo,37 la Imilce de Silio Itálico.38 El refrendo de acuerdos
políticos mediante el matrimonio no es algo ajeno a los Bárquidas –Amílcar
había casado a su hija con Asdrúbal39– y es harto probable que también se
tratara de una práctica común entre las comunidades peninsulares.40 Así, el
compromiso entre una bella joven, rehén cartaginesa en Cartago Nova
liberada por Escipión y Alucio –princeps celtiberorum–, quizás denote
también lazos entre la comunidad de origen de la muchacha, seguramente
levantina a tenor de la información de Livio,41 y algún grupo celtibérico, a
los que vemos actuar en el este y sur peninsular ya desde comienzos de la
Segunda Guerra Púnica.42 El matrimonio de Viriato con la hija de Astolpas
sirve para refrendar el pacto entre el dux lusitano y un aristócrata que antes
habría estado alineado con los romanos, como le reprocha su yerno durante
las nupcias.43 Astolpas, nombre de raíz ibérica y no lusitana,44 habría sido un
potentado indígena que se alía con Viriato, quizás para evitar las razias
lusitanas contra sus posesiones, quizás por cálculo político.45
En la Galia los matrimonios sellaban acuerdos diplomáticos y servían
para estrechar las relaciones entre los grupos rectores de las comunidades.46
35
Tac. Ger. XVIII.
Diod. XXV. 12.
37
Liv. XXIV. 41.
38
Sil. III, 97.
39
Liv. XXI.3.
40
Martínez López 1986, 392-394; Sánchez Moreno 1997.
41
Liv, XXVI.50.
42
Sánchez Moreno 1997, 292-293.
43
Diod. XXXIII, 7
44
Salinas de Frías 2008, 114.
45
Koch 2009.
46
Lewuillon, 1990, 354; Brunaux 2004, 136-137.
36
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Sabemos por César47 cómo el líder helvecio Orgetorix sancionó su acuerdo
con el eduo Dúmnorix entregándole a su hija en casamiento; Dúmnorix, por
su parte, había casado a su madre con un potentado biturige y entregado a
otras mujeres de su familia en boda a otros pueblos, una maniobra más para
reforzar su poder e influencia.48 También los remos declaran estar ligados a
las comunidades belgas por “[…] parentescos y vínculos familiares”.49
Brunaux50 piensa incluso que la etimología que a propósito de los celtíberos
da Diodoro –“Estos dos pueblos, iberos y celtas, en otro tiempo habían
peleado entre sí por causa del territorio, pero hecha la paz, habitaron en
común la misma tierra; después, por medio de matrimonios mixtos, se
estableció la afinidad entre ellos y por esto recibieron un nombre común”51–
reflejaría alianzas matrimoniales entre comunidades de la Galia e Iberia.
Prácticas similares se habrían dado en Germania, como atestigua Tácito,
que comenta que los germanos son monógamos “[…] excepto unos pocos,
quienes, no por su ardor amoroso, se ven solicitados para muchas uniones
por su condición de nobles”.52 Sabemos que el suevo Ariovisto estaba casado
con dos mujeres, una sueva y otra hermana del rey nórico Voción, que la
había enviado a la Galia para que se desposase con el líder germano.53 El
matrimonio de Arminio con Thusnelda, hija del aristócrata querusco
Segestes, aunque entre miembros de una misma comunidad –Arminio
también era querusco– muestra cómo se estrechaban lazos entre las élites
dirigentes.54
La mujer sirve pues como depositaria y transmisora de los valores
marciales de su comunidad, de los que también participa. Mediante el
matrimonio se convierte, además, en un instrumento político en el
establecimiento de alianzas. Veamos ahora su papel cuando el conflicto
estalle.
2. Durante la guerra
Durante el desarrollo de la guerra la mujer aparece eclipsada en el relato de
nuestras fuentes, ya que son los guerreros masculinos quienes combaten y
sobre los que recae el peso de la decisión y la acción militar. Solo en
contados casos, y prácticamente siempre en situaciones desesperadas –toma
47
Caes. Gal. II.3.
Caes. Gal. II.18.
49
Caes. Gal. II.4.
50
Brunaux 2004, 137.
51
Diod. V.33.
52
Tac. Ger. XVIII.
53
Caes. Gal. I.53.
54
Tac. Ann. I.57; Str. VII.1.4.
48
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de ciudades, asalto a campamentos–, las mujeres empuñan las armas.
Aunque entendamos que parte de lo narrado es producto de la situación
extrema que acontece –o incluso que el autor carga las tintas para ahondar en
el pathos trágico–, son comportamientos y reacciones que no pueden
desligarse del mundo ético y cultural de la sociedad en cuestión.
2.1. La mujer en el combate
Quizás sea en los grupos en migración donde más nítidamente se asiste a esa
situación donde la supervivencia de todo el grupo está en cuestión, puesto
que las mujeres, junto con los niños y los ancianos –esto es, la parte no
combatiente de la población– se desplazan junto con los guerreros. Así,
vemos cómo los gálatas mercenarios de Antígono Gonatas viajan con sus
familias, exigiendo a su patrón que les pague una estátera de oro por cada
miembro de la comunidad, en lugar de solo a los combatientes, cómo
habrían acordado.55 También los gálatas aegosages, que cruzan el
Helesponto para ser reclutados por Átalo I de Pérgamo, viajaban con sus
familias.56 Los cimbrios y los teutones, que junto con otros grupos como
ambrones o tigurinos se desplazan durante las dos últimas décadas del siglo
II a.C. en una verdadera völkerwanderung por el centro y occidente europeo,
viajan como comunidades enteras. Así, cuando en Aquae Sextiae –102 a.C.–
el cónsul Cayo Mario derrote a los ambrones y estos retrocedan huyendo
hasta su campamento de carros, sus mujeres “[…] con espadas y hachas los
enfrentaron, y con horribles gritos de rabia intentaron repeler tanto a
fugitivos como a perseguidores, a los primeros como traidores y a los
segundos como enemigos; metiéndose entre los que peleaban, asiendo con la
mano desnuda los escudos de los romanos, cogiéndoles las espadas y
sufriendo sus heridas y golpes, hasta caer muertas”.57 Vemos pues cómo las
mujeres ambronas arremeten contra sus hombres, que han incumplido su
ética guerrera al retroceder, y contra los legionarios. Así, aunque combatir
no entra dentro sus funciones, lo hacen en esta situación sin salida, llevadas
por la desesperación y empujadas por los valores marciales de la comunidad.
También los germanos de Ariovisto –harudes, marcómanos, tríbocos,
vangíones, németes, edusios y suevos–, antes de la batalla contra César,
“[…] rodearon toda su formación con carromatos y carros para que no
hubiese esperanza ninguna de fuga. Encima colocaron a las mujeres que,
55
Polyaen. IV.17.
Plb. V.78.
57
Plu. Mar. XIX.
56
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entre lloros y tendiéndoles sus manos, rogaban a los soldados que partían al
combate que no las entregaran como esclavas a los romanos”.58
No en balde Tácito comenta como las mujeres y los niños acompañarían
a los guerreros germanos en sus expediciones: “Tienen a su lado a sus seres
queridos y pueden oír el ulular de sus mujeres y los llantos de sus niños;
estos son los testigos más sagrados para cada cual, estos son los que más les
alaban. Acuden con sus heridas ante sus madres y esposas; ellas las repasan
y examinan sin atemorizarse y llevan a los combatientes alientos y
ánimos”.59 Las mujeres se convierten en testigo del valor de los hombres,
orgullosas de que reciban heridas en el combate, marca de esa bravura. Son
las depositarias últimas de la ética guerrera de la comunidad. En caso de que
aquellos flaqueen les insuflarán ánimo: “Se conserva en el recuerdo que
algunos ejércitos, cediendo y a punto de desfallecer, se rehicieron gracias a
las mujeres, por la insistencia de sus ruegos y por la exhibición de sus
pechos, mostrándoles el inminente cautiverio: lo temen mucho más por la
suerte de sus mujeres […]”.60 Nótese esa apelación al “recuerdo”, a la
memoria de pasadas batallas, que bien podía verbalizarse con el ulular de las
mujeres, cánticos que rememorasen las hazañas de su pueblo. Idéntica
imagen es conjurada por Tácito para la revuelta bátava del 69 d. C., cuando
las legiones atacaron la Insula Batavorum: “Civilis […] ordena que su propia
madre y su hermanas, así como las esposas e hijos pequeños de todos, se
coloquen a sus espaldas como acicate para la victoria o motivo de vergüenza
en la derrota. Cuando los cantos de los hombres y los alaridos de las mujeres
resonaron en toda la formación […]”.61 Que César62 mencione que durante
su primer cruce del Rin los suevos enviaron a sus mujeres e hijos a los
bosques quizás confirma el que normalmente estuviesen presentes en los
combates, pero no en este envite excepcional.63
En la península ibérica vamos a encontrar a la mujer implicada de lleno
en la guerra en determinados episodios. Cuando Aníbal en 220 a.C. atacó
Helmántica y consiguió la rendición de sus habitantes, las mujeres
escondieron bajo sus vestidos armas, que entregaron a los hombres para que
estos se revolviesen contra los púnicos que los guardaban, e incluso algunas
mujeres habrían atacado a sus guardianes.64 Se trata, por otra parte, de una
anécdota común, que el mismo Polieno narra a propósito de las mujeres
58
Caes. Gal. I.51.
Tac. Ger. VII.
60
Tac. Ger. VII.
61
Tac. Hist. IV.18.
62
Caes. Gal. IV.19.
63
Ehrenberg 1990, 164.
64
Plut. Vir. Mul. 248 3; Polyaen. VII.48 (Fernández Chicarro y De Dios 1954).
59
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Alberto Pérez Rubio
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melias65 o que vemos en otros contextos, cómo los conjurados tebanos que,
disfrazados de mujeres y con armas escondidas, asesinaron a los magistrados
pro-lacedemonios en 379 a.C.66 Refrendo, en cualquier caso, de que no era
normal que las mujeres empuñasen las armas y por eso no se habría
procedido a su “cacheo” durante la rendición. El que las mujeres combatan
junto a los hombres parece haberse circunscrito a algunos pueblos del área
norocciental, como cuenta Apiano67 –seguramente con Polibio como
fuente68– para la campaña de Sexto Junio Bruto entre el 138 y el 136 a.C. en
Lusitania –“[…] las mujeres luchaban al lado de los hombres y morían con
ellos, sin dejar escapar jamás grito alguno al ser degolladas”– y contra los
brácaros –[…] un pueblo enormemente belicoso que combate juntamente
con las mujeres que llevan armas y mueren con ardor sin que ninguno de
ellos haga gesto de huir, ni muestre su espalda, ni deje escapar un grito”–.
Diógenes Laercio, autor ya del siglo III d.C., se hace eco de esto respecto a
los ártabros, invirtiendo totalmente y de manera poco creíble los roles de
género: “Las mujeres hacen la guerra y los hombres guardan la casa y se
ocupan de las labores femeninas”.69 Las mujeres, normalmente, participarían
en tareas auxiliares, sobre todo en caso de asedio, como conocemos
múltiples ejemplos en el mundo griego,70 proporcionando víveres,
reforzando las defensas, acarreando proyectiles...Contamos así con la cita de
Tito Livio sobre el asalto de Iliturgi por Escipión, cuando “[…] incluso las
mujeres y los niños trabajaban más allá de sus fuerzas, llevando proyectiles a
los combatientes y piedras a las murallas para los que reforzaban las
defensas”.71
Hemos visto cómo entre los germanos será en medio del fragor del
conflicto cuando el papel de la mujer como transmisora y garante de los
valores guerreros de la comunidad vuelva a aflorar, exacerbado ahora por la
tensión bélica. Serán ellas las que avergüencen a los varones y les exhorten a
la lucha, y vemos comportamientos similares en la península ibérica, aunque
no se produzcan en medio de la batalla. La cita de Salustio ya mentada72
indica que fueron las mujeres de Meobriga las que empujaron a la guerra a
sus hombres, y sabemos por Diodoro que entre los habitantes de Numancia y
Tiermes, en el momento de tener que deponer las armas: “[…] una noble
lamentación se levantó y el amor a la libertad encendió las almas de la
65
Polyaen. VIII.64.
Plut., Pel. XI.
67
App. Iber., LXXI-LXXII.
68
García Moreno 2002, 142.
69
Focio, Biblioteca, coo. 166.25.
70
Schaps 1984, 194-196; Pasi 2004, 41.
71
Liv. XXVIII.19.
72
Sal. Hist. II.92.
66
106
Mujer y guerra en el Occidente europeo
____________________________________________________________________
multitud; se acusan unos a otros, las mujeres a los maridos”.73 También
Floro74 comenta cómo en los momentos últimos del asedio de Escipión las
numantinas evitaron que sus hombres huyeran cortando las cinchas de sus
caballos, aunque pensamos que quizás haya que interpretar este párrafo, más
que como una exhortación a la defensa, como una reacción producida por el
miedo a quedar inermes, semejante a lo que ocurrió en Avaricum al intentar
huir sus defensores: “[…] de repente se lanzaron a las calles las madres de
familia y, arrojándose a los pies de los suyos, envueltas en llanto, les rogaron
con toda clase de súplicas que no las entregasen al suplicio de los enemigos
[…] pues la debilidad de su constitución y sus pocas fuerzas les impedían
emprender la huida. Cuando vieron que ellos persistían en su idea […]
empezaron a dar gritos y a delatar a los romanos a la fuga”.75 El que las
mujeres animaran y empujaran a sus hombres no es desde luego un
comportamiento excepcional en el mundo antiguo, y por ejemplo en Grecia
también asistimos a episodios en los que la parte femenina de la comunidad
se muestra beligerante y partícipe de la resistencia.76
2.2. La mujer al frente de la comunidad
En contados casos, salvo en Britania, tenemos menciones de mujeres
dirigiendo la guerra. En el anónimo Tractatus De Mulieribus, datado a
finales del siglo II o comienzos del I a.C.,77 se menciona a una Onomaris que
“[…] era honrada por los gálatas. Cuando su pueblo estaba atenazado por la
hambruna y quería huir de su país, se ofrecieron como súbditos de cualquiera
que les guiase. Como ningún hombre quiso hacerlo, ella puso toda su
propiedad en común y condujo a los emigrantes, que eran multitud […]
Cruzando el Danubio y venciendo a los nativos en batalla, gobernó como
reina sobre esa tierra”.78 El episodio se localizaría dentro de las migraciones
célticas hacia los Balcanes de finales del siglo III a.C. o comienzos del
siguiente,79 y se ha sugerido que esa capacidad de liderazgo tendría que ver
con una dimensión religiosa, profética tal vez,80 de la que como veremos más
adelante gozaban otras mujeres del ámbito celta o germano.
En Britania encontramos mujeres al frente de una comunidad, como la
reina Cartimandua de los brigantes, que se mantuvo en el poder al menos
73
Diod. XXXIII.16.
Flor. I.34.11.
75
Caes. Gal. VII.26.
76
Schaps 1984, 194-196.
77
Gera 1997.
78
según Koch / Carey 2000, 42.
79
Koch 2005, 1396.
80
Gera 1997, 223.
74
107
Alberto Pérez Rubio
____________________________________________________________________
durante doce años.81 Cartimandua se habría convertido en reina cliente de
Roma en 47 d.C., y en 50 d.C. entregó al líder de la resistencia britana,
Carataco, a los romanos.82 Su posición de preeminencia queda clara en las
disputas con su marido Venutio, partidario tras la derrota de Carataco de la
resistencia frente a Roma y al que repudió en favor de Vellocato, conductor
de su carro.83 El rey iceno Prasutago hizo herederas a sus dos hijas junto a
Nerón, sin duda para que conservaran su estatus como reinas cliente de
Roma. Una aspiración traicionada por la propia administración imperial:
saqueadas sus posesiones y ultrajadas las jóvenes por centuriones, su madre
Boudicca dirigió la rebelión de icenos y trinovantes contra el dominio
romano entre el 60 y el 61 d.C.84 Boudicca es descrita por Dión Casio como:
“una mujer britana de la familia real, que poseía mayor inteligencia de la que
normalmente corresponde a las mujeres. Esta mujer reunió a su ejército, que
sumaba 120.000, y subió a un estrado que habían construido en tierra al
modo romano. Era muy alta de estatura, terrible a la vista, con una mirada
muy fiera, y su voz era áspera; una gran caballera pelirroja le caía hasta las
cadera, alrededor de su cuello llevaba un collar de oro y vestía una túnica de
variados colores, sobre la que llevaba un grueso manto sujeto con un broche.
Este era su atuendo invariable. Cogió una lanza que le ayudase a aterrorizar
a los espectadores […]”.85 Al margen del comentario sobre su inteligencia,
buena muestra de las concepciones grecorromanas sobre la mujer, la
descripción física de Boudicca, alta y sobrecogedora, recuerda a la de
Diodoro para las mujeres celtas (vid. supra), convertida en un tópico que
llega hasta Amiano Marcelino86 en el siglo IV d.C. Pero lo que a nosotros
nos interesa es esa capacidad para ejercer el poder, legitimada por su
ascendencia real, y esa capacidad para hablar en público y dirigir la guerra,
con la lanza como símbolo, tal y como conocemos en otros episodios como
el de Olíndicio y su lanza de plata en la Celtiberia87 o como la terrible lanza
Gae Bolga entregada por Scáthach a Cúchulainn mientras le entrenaba.88 En
el Agrícola Tácito remarca que los britanos no hacían distinción de sexo a la
hora de escoger a sus líderes,89 algo que también pone en boca de Boudicca
cuando, sobre un carro de guerra –obsoletos ya en la Céltica continental pero
aún en uso en la isla– y junto con sus hijas, arengue a los guerreros antes del
81
Ehrenberg 1990, 167; Berresford 1996, 84.
Tac. Ann. XII.36.
83
Tac. Hist. III.45. Muestra del renovado interés historiográfico sobre Boudicca son, por
ejemplo, Hingley / Unwin 2005 y Johnson 2012.
84
Tac. Ann. XIV.31.
85
Dio. Cass. LXII.2.2.
86
Amm. Marc. XV.12.
87
Flor. I.33.
88
Berresford 1996, 72.
89
Tac. Agr. XVI.1.
82
108
Mujer y guerra en el Occidente europeo
____________________________________________________________________
encuentro decisivo contra los romanos de Suetonio Paulino: “no era raro que
los britanos lucharan bajo el liderazgo de una mujer”.90 Esto nos da una
indicación de esa preeminencia de las mujeres aristocráticas y su
participación política en las comunidades britanas, ausente en el resto de
ámbitos que hemos analizado. En dicha batalla, los britanos llevaron
consigo, en carros, a sus mujeres a contemplar el combate, en lo que
podemos poner en paralelo con lo que hemos visto para los germanos. En la
épica insular, al margen de las diosas guerreras, se conocen a mujeres
gobernantes y que combaten, aunque es complicado discernir el elemento
mítico del real.91
2.3. La esfera religiosa
Poco antes del estallido de la rebelión de Boudicca, aunque probablemente
se trata de hechos relacionados, Suetonio Paulino había atacado el centro
druídico de la isla de Mona, actual Anglesey, donde los legionarios al
desembarcar se encontraron con que “en la orilla aguardaba el ejército
enemigo en una densa formación de guerreros armados, entre cuyas líneas
corrían mujeres, ataviadas de negro como las furias, con el pelo enmarañado,
agitando antorchas […]”.92 Estamos, probablemente, no ante las esposas de
los guerreros, sino ante sacerdotisas, que junto con los druidas que también
menciona Tácito en ese mismo pasaje intentarían excitar el ánimo de los
guerreros, imprecando a los romanos atacantes y buscando propiciar la
ayuda divina.
Junto a esta noticia sobre el asalto a la isla de Mona, disponemos de otros
testimonios sobre la participación de mujeres en la faceta religiosa de la
actividad bélica, sobre todo en funciones proféticas y propiciatorias.
Estrabón refiere para los cimbrios que contaban con sacerdotisas encargadas
de sacrificar a los prisioneros de guerra capturados.93 Ataviadas de blanco,
degollarían a los prisioneros sobre un caldero para profetizar según la sangre
cayera en el mismo, mientras otras abrían las entrañas de los infortunados
para adivinar el resultado de la batalla. Durante la misma, estas sacerdotisas
se encargarían de golpear las pieles con que se recubrían los carros en los
que, como hemos visto, viajaban cimbrios y teutones, para, a modo de
tambores, producir un estruendo. Este sonido tendría –como los cánticos a
que antes hacíamos alusión, como el baritus germano94 o como el golpeo de
90
Tac. Ann. XIV.35.
Berresford 1996, 78-79.
92
Tac. Ann. XIV.30.
93
Str.VII.15.
94
Tac. Germ. III.
91
109
Alberto Pérez Rubio
____________________________________________________________________
las armas contra el escudo– un significado religioso y sería un medio de
infundir coraje y determinación a los guerreros que lo escuchaban, recuerdo
además de que sus familias contemplaban en retaguardia sus hazañas y
dependían de su valor. Según César, los germanos tenían “[…] la costumbre
de que las matronas anunciasen, de acuerdo con sus suertes y oráculos, si
valía la pena o no entablar combate […]”.95 Las matronas –matres familiae–
serían seguramente las mujeres más ancianas de la unidad familiar.96 Tácito
confirma el papel augural de algunas mujeres germanas: “Es más, piensan
que hay en ellas [mujeres] algo santo y profético, por lo que no desprecian
sus consejos ni desdeñan sus respuestas. Vimos, en el reinado del divino
Vespasiano, a Véleda, considerada por muchos como una deidad, y en otro
tiempo veneraron a Aurinia y a muchas otras, no por adulación ni por
divinizarlas”.97 Véleda, cuyo nombre sería céltico y no germánico,98
participa como adivina en la rebelión de Civilis: “Esta doncella, brúctera de
nación, ejercía un extendido imperio, de acuerdo con una vieja costumbre de
los germanos por las que a muchas mujeres se las considera profetisas y, al
crecer la superstición, también diosas. Entonces se acrecentó la autoridad de
Véleda, pues había predicho los éxitos de los germanos y el exterminio de
las legiones”.99 Conocemos varias noticias sobre mujeres con virtudes
proféticas entre celtas, celtíberos y germanos,100 virtudes que, como se ha
mencionado para Onomaris (vid. supra), tendrían que ver con su capacidad
para influir en las decisiones bélicas o incluso ejercer el mando en ámbitos
como Britania. Así Boudicca, según Dión Casio, tras una arenga a su ejército
“[…] empleó una especie de adivinación, dejando que una liebre escapase de
los pliegues de su vestido; como esta corriese hacia el lado que consideraban
de buen augurio, la multitud gritó entusiasmada, y Boudicca, levantando su
mando hacia el cielo, dijo “Te doy las gracias Andraste, y te invoco
hablando de mujer a mujer […] Como reina de estos hombres y mujeres, te
suplico y rezo por la victoria, la conservación de la vida y de la libertad”.101
Esta especial relación con la divinidad –femenina también, y de la que no
hay más menciones que esta– legitimaría el papel dirigente de Boudicca.
95
Caes. Gal. I.50.
Ehrenberg 1990, 157.
97
Tac. Ger. VIII.
98
Salinas 2010, 208.
99
Tac. Hist. IV.61.
100
Salinas 2010, 207-209.
101
Dio. Cass. LXII.2.6.
96
110
Mujer y guerra en el Occidente europeo
____________________________________________________________________
2.4. El ámbito diplomático
Ya vimos cómo el matrimonio de mujeres de la élite servía como
herramienta diplomática entre comunidades antes del estallido de las
hostilidades. Una dimensión diplomática tiene también la entrega de rehenes
que, muy a menudo, son también mujeres, en lo que constituye tanto una
garantía de los pactos acordados como una herramienta de presión. En la
península ibérica,102 durante la segunda guerra púnica, los cartagineses
mantenían rehenes en Sagunto103 y Cartago Nova. Allí compartían cautiverio
la prometida de Alucio, la esposa e hijos de Edecón,104 caudillo de los
edetanos, y la esposa de Mandonio y las hijas de Indíbil.105 La entrega de
rehenes para certificar los pactos probablemente entraba dentro de los
mecanismos diplomáticos indígenas y no era solo producto de la imposición
púnica o romana, dada la recurrencia en su empleo y el paralelismo de este
instrumento en el mundo galo.106 Sabemos por César107 que en el 56 a.C. los
aquitanos intercambiaron rehenes como cláusula que garantizaba la
formación de una coalición, plasmación física de un acuerdo que tiene su
espejo en el plano religioso con los juramentos dados.108 La misma garantía
doble aparece durante los preparativos de la gran rebelión gala del 52 a.C.:
“[…] como en aquel momento no podían garantizarse mutuamente, con
rehenes, que la cosa no fuera a divulgarse, para que al menos quedase
sancionada empeñando el juramento y la palabra […]”.109 En la Galia los
rehenes servían también como medio de presión de unas comunidades sobre
otras, no siendo en este caso recíproca su entrega.110 También en Germania
las mujeres se entregaban como rehenes: “[…] se obtiene una lealtad más
eficaz en las ciudades en las que se exige muchachas nobles entre los
rehenes”.111
Desempeñando un papel más activo, parece que algunas mujeres podrían
haber ejercido como árbitros en disputas entre comunidades. Contamos con
la noticia que nos da Plutarco112 sobre las mujeres celtas que durante el cruce
de los Alpes, en su migración hacia Italia, mediaron en la disputa que se
produjo entre ellos y que casi les habría conducido a la guerra civil.
102
Sánchez Moreno 1997, 292-293.
Plb. III.98-99.
104
Plb. X.34.
105
Plb. X.18.
106
García Riaza 1997, 82 y 2006.
107
Caes. Gal. III.23.2.
108
García Riaza 2010, 153.
109
Caes. Gal. VII.2.2.
110
Deyber 2009, 174-175.
111
Tac. Ger. VIII.
112
De Virt. Mul. 246B; también en Polyaen. VII.50.
103
111
Alberto Pérez Rubio
____________________________________________________________________
Interpuestas entre los dos bandos, arbitraron con tal justicia que a partir de
entonces se consultaba a las mujeres respecto a la guerra y la paz y en los
asuntos relativos a las alianzas. De igual manera, cuando establecieron tratos
con Aníbal al comienzo de la segunda guerra púnica se estableció que si
hubiera quejas de los celtas contra los púnicos serían los generales
cartagineses en Iberia quienes decidirían, y si las quejas eran de los púnicos
serían jueces las mujeres celtas. Véleda, la profetisa brúctera, también habría
ejercido como árbitro en un conflicto entre téncteros y agripinenses,113 lo que
como apunta Salinas implica un conocimiento del derecho
consuetudinario.114 Dión Casio115 comenta que Masyos, rey de los semnones,
y Ganna, una virgen celta que sucedió a Véleda como oráculo y cuyo
nombre podría significar “intermediario”,116 visitaron a Domiciano. Las
noticias sobre Véleda y Ganna –embajadora ante el emperador nada menos–
nos ayudan a intentar acotar la difusa referencia de Plutarco; seguramente
serían las mujeres con capacidades proféticas aquellas que actuarían en el
plano diplomático, gracias a su relación privilegiada con el ámbito divino
(trasunto de su más que probable elevado estatus socio-político), pero esto
implica necesariamente un conocimiento de los mecanismos jurídicos que va
más allá de sus supuestas capacidades espirituales.
3. Vae Victis117
Cabe mencionar que, si hemos visto cómo a veces las mujeres animan a sus
hombres a la resistencia, en otras ocasiones serán ellas las que medien en la
rendición; con su intercesión intentarían mover a la piedad al vencedor y,
quizás, evitar un postrer deshonor a los hombres derrotados, siendo ellas las
que se humillen doblando la cerviz. César menciona en la Galia rendiciones
que hasta cierto punto parecen regidas por una gestualidad preestablecida, en
las que las mujeres tienden las manos desde lo alto de la muralla, como en
Bratunspancio118 o en Gergovia.119
Habitualmente, cuando la conclusión del conflicto suponga la derrota de
su comunidad, la mujer sufrirá duramente sus amargas consecuencias.
Evidentemente estas variarán en función de las circunstancias, y no serán
igual en el caso de una deditio –que “[…] impedía técnicamente la
113
Tac. Hist. IV.65.
Salinas 2010, 208.
115
Dio.Cass. XLVII.pos=1569.3.
116
Salinas 2010, 208.
117
Para una visión de conjunto sobre el destino de los derrotados durante la conquista romana
en la península ibérica, véase Alvar Ezquerra 2000 y Gracia Alonso 2006.
118
Caes. Gal. II.13.
119
Caes. Gal. VII.47.
114
112
Mujer y guerra en el Occidente europeo
____________________________________________________________________
aplicación de agresiones físicas o esclavizaciones, condicionando netamente
la limitación de las demandas”120– que de la toma al asalto de una ciudad.
Nos centraremos aquí en las facetas más trágicas y que impactan
directamente en las posibilidades de supervivencia de las comunidades
afectadas.
3.1. Muerte
En muchas ocasiones se producen suicidios en masa, con ejemplos como
Sagunto,121 Astapa,122 Vercellae123 o Numancia.124 Aunque cabe preguntarse
si la descripción de estos episodios tiene más que ver con la manera en que
el quitarse la vida era conceptuado en las sociedad de sus autores que en
aquellas que describen,125 el suicidio casaría con una ética guerrera126 donde
el honor y la vergüenza ocupan un lugar destacado en las concepciones
morales: el suicidio salva el primero y evita la segunda.127 El caso extremo, y
en un ámbito estrictamente masculino, sería las clientelas militares que
conocemos en la Celtiberia, en la Galia y en Germania –devotio, soldurii,
comitatus–,128 en las que los vinculados a un líder guerrero consideran una
deshonra sobrevivirle en batalla y optan por el suicidio. Conocemos, además,
múltiples ejemplos en otros ámbitos, como el griego, en los que en una
población sitiada se opta por el suicido antes que afrontar las duras
consecuencias de la rendición, en lo que se consideraría un comportamiento
heroico.129 Pero, como perspicazmente apunta Schaps,130 en los testimonios
que tenemos –para Grecia– son los hombres quienes toman la decisión131 del
suicidio colectivo y quienes lo llevan a cabo, y aunque no se menciona que
las mujeres se opusiesen a los mismos desconocemos su opinión al respecto.
Del mismo modo ¿en Sagunto, en Astapa o en Numancia son solo los
hombres quienes decidieron el suicido? ¿Preguntó el gálata Ludovisi a su
mujer si prefería la muerte al cautiverio antes de apuñalarla (fig. 1)? Nunca
lo sabremos, pero pensamos que, dado que la mujer participa igual que el
hombre en el esquema de valores de su comunidad, marcado por lo marcial,
120
García Riaza 2011, 27.
Liv., XXI.14, App. Iber. XII, ausente en cambio en el relato de Polibio III.17.
122
Liv., XXVIII.22.
123
Plut. Mar. XVII.
124
App. Ib. XCVI, Flor. I.34.
125
van Hooff 1990, 14-15.
126
Para el mundo celta véase Rankin 1996, 170.
127
van Hooff 1990, 83-92; Garrison 1991, 13.
128
Sopeña Genzor 2004, 68-69.
129
Schaps 1984, 199-201; Pasi 2004, 43.
130
Schaps 1984, 200.
131
Salvo en el caso de las mujeres focidias, Plut. Vir. Mul.II.
121
113
Alberto Pérez Rubio
____________________________________________________________________
su respuesta habría sido afirmativa. Según Apiano,132 los saguntinos
realizaron una última salida para morir con las armas en la mano; derrotados,
sus mujeres, que contemplaban el combate desde las murallas, se arrojaron
desde los tejados o se ahorcaron, matando también a sus hijos. Durante las
guerras cántabras vemos también cómo las mujeres, pero también los niños,
interiorizan el suicidio como una salida preferible al cautiverio: “Se cuenta,
por ejemplo, que en las guerras de los cántabros las madres mataron a sus
hijos antes de permitir que cayesen en manos de sus enemigos. Un
muchacho cuyos padres y hermanos habían sido hechos prisioneros y
estaban atados, mató a todos por orden de su padre con un hierro del que se
había apoderado. Una mujer mató a sus compañeras de prisión […]”.133 Sin
desdeñar el testimonio, hay que tener en cuenta que Estrabón comenta que el
que las mujeres sean tan bravas como los hombres es un rasgo compartido
por otros pueblos como tracios y escitas: el constructo grecorromano de
inversión de valores y oposición civilización-barbarie es evidente. En los
momentos posteriores a la batalla de Vercellae fueron las propias mujeres
cimbrias quienes quitaron la vida a sus familiares: “Las mujeres, vestidas de
negro, permanecieron en los carros y asesinaron a los que huían –sus
maridos o hermanos o padres– y luego estrangularon a sus hijos o los
arrojaron bajo las ruedas de los carros o las pezuñas del ganado, y luego se
cortaron las gargantas. Se dice que una mujer se colgó de un poste con sus
hijos atados a los tobillos”.134 El miedo al deshonor, aunque sea en otro
ámbito, el púnico, está presente en el suicidio de la mujer de Asdrúbal en el
146 a.C., durante la terrible última hora de Cartago; frente al vergonzoso
comportamiento de su marido, que se entregó a los romanos, ella se arrojó a
las llamas junto a sus dos hijos tras reprocharle su ignominia.135
Cuando no se opte por el suicidio, la muerte puede venir también a manos
de la espada enemiga. Particularmente, parece que el comportamiento del
ejército romano podía ser en extremo feroz al tomar una ciudad, incluso
excepcional para los ya crueles estándares coetáneos, como pinta Polibio
respecto al saco de Cartago Nova en 209 a.C.136 Las instancias en que se
narra el asesinato de vencidos son múltiples, sin que las más de las veces se
diferencie entre hombres o mujeres, aunque la mención precisa a la muerte
de mujeres y niños evidenciaría un suceso especialmente sangriento.137 Por
ejemplo, cuando las tropas de Escipión tomaron Iliturgis en 206 a.C. pasaron
132
App. Iber. XII.
Str. III.4.17.
134
Plut. Mar. XXVII.
135
van Hooff 1990, 92.
136
Plb. X.15. Así opina Harris 1979, 50; contra Eckstein 2006, 3.
137
Para una lista con algunos de los casos de ciudades tomadas por Roma donde se producen
matanzas véase Harris 1979, 263.
133
114
Mujer y guerra en el Occidente europeo
____________________________________________________________________
a cuchillo a toda la población, incluidos mujeres y niños.138 Otro ejemplo de
exterminio de población local, incluidos mujeres y niños, es la acción de
Tito Didio en 98 a.C. sobre los celtíberos asentados en las inmediaciones de
Colenda,139 que recuerda a la tropelía de Galba contra los lusitanos,140
aunque en este caso no se mencione la presencia de mujeres ni menores. Un
asedio especialmente gravoso para los atacantes solía traducirse en
violencias indiscriminadas una vez que la ciudad caía, como nos recuerda
César en el ya mencionado caso de Avaricum: “Y no hubo nadie que se
preocupara del botín. Enardecidos por la matanza de Cenabum y por las
fatigas de las obras, no perdonaron ni a los que estaban ya acabados por la
edad, ni a las mujeres ni a los niños. A la postre, de una cantidad que
rondaba las cuarenta mil personas apenas llegaron sanas y salvas ante
Vercingétorix ochocientas […]”.141 También en los campamentos de grupos
en migración se producen las mismas escenas; vencidos sus hombres, en el
frenesí de la victoria los enemigos no suelen hacer distingos a la hora de
abatir. César provocó una verdadera masacre a traición entre los usípetes y
téncteros que intentaban establecerse en la Galia: “En cuanto a la multitud
restante de niños y mujeres –pues habían salido de su patria y cruzado el Rin
con todos sus bienes–, huyó a la desbandada. César envío a la caballería en
su persecución”.142 Debió ser un episodio tan luctuoso que impactó mucho
en Roma, hasta el punto que Catón lo consideró una ruptura del derecho de
gentes y propuso la entrega de César como expiación.143 Por otra parte, en
los escasos casos en que se mencionen a mujeres romanas como víctimas –
aunque puede muy bien tratarse de nativas emparejadas con romanos, en lo
que sería una situación habitual144– no encontramos un tratamiento más
clemente, y de hecho quizás exacerbado por los rencores de la conquista. No
sabemos si el asesinato de ciudadanos romanos en Cenabum incluyó a sus
esposas,145 pero durante la rebelión de Boudicca, tras el saqueo de la colonia
de Camulodunum y de Londinum, se cometieron terrible violencias contras
las mujeres –pechos seccionados, empalamiento–, que fueron ofrecidas
como sacrificio en el bosque sagrado de la diosa Andraste,146 a la que la líder
britana había pedido ayuda (vid. supra).
La muerte podía llegar también como consecuencia de las privaciones a
que era sometida una ciudad sitiada, y no por suicidio o a manos del
138
App. Iber.XXXII.
App. Iber. XCIX-C.
140
App. Iber. LIX-LX.
141
Caes. Gal. VII.26.
142
Caes. Gal. IV.14-15.
143
Plut. Caes. XXII.4; LI.1; Suet. Divus Julius XXIV. 3.
144
Martínez López 1986, 394-395.
145
Caes. Gal. VII.3.
146
Dio. Cass. LXII.2.7.
139
115
Alberto Pérez Rubio
____________________________________________________________________
enemigo. Cuando Vercingétorix fue sitiado por César en Alesia, expulsó a
los habitantes –incluidas mujeres y niños– para que las provisiones durarán
más tiempo a los guerreros galos; atrapados en tierra de nadie –César había
prohibido que se les permitiese franquear sus líneas–, los infortunados
mandubios murieron de hambre.147 No mucha mejor suerte les hubiese
aguardado si se hubiera seguido el consejo del noble arverno Critognato:
“[…] crueldad excepcional y abominable. […] Hacer lo que hicieron
nuestros mayores en aquella guerra, en modo alguno comparable, contra
cimbrios y teutones: al verse empujados dentro de sus plazas y sometidos a
las mismas privaciones, se mantuvieron con vida gracias a los cuerpos de
aquellos que por su edad se veían inútiles para la guerra […]”.148 Este
recurso al canibalismo en una situación desesperada se documenta también
en la península ibérica; habría ocurrido en Numancia,149 donde la
antropofagia sirvió a los autores latinos para enfatizar el salvajismo de los
defensores150 y también en Calagurris durante el asedio pompeyano del 72
a.C. Según Valerio Máximo: “[los habitantes] para ser por más tiempo fieles
a las cenizas del fallecido Sertorio, frustrando el asedio de Cneo Pompeyo,
en vista de que no quedaba ya ningún animal en la ciudad, convirtieron en
nefanda comida a sus mujeres e hijos; y para que su juventud en armas
pudiese alimentarse por más tiempo de sus propias vísceras, no dudaron en
poner en sal los infelices restos de los cadáveres”.151
3.2. Cautiverio, violación, deportación
Si la muerte no sobrevenía, el inevitable destino de las mujeres era el
cautiverio. Es de sobra conocida la enorme afluencia de esclavos que como
consecuencia de las guerras de conquista romanas llegaron a Italia durante
los dos últimos siglos de la República,152 y las narraciones de los autores
clásicos sobre las campañas romanas en el occidente europeo inciden en la
esclavización de los derrotados.153 Lejos de realizar un análisis
pormenorizado de cifras, cabe mencionar, por ejemplo, que según Livio
Mario capturó 90.000 teutones y 60.000 cimbrios154 o que se han estimado
en 150.000 los cautivos que César hizo en la Galia,155 con menciones
147
Caes. Gal. VII.78.
Caes. Gal. VII.77.
149
App. Iber. XCVI; Vell. VII, VI.
150
Jimeno Martínez / De la Torre Echávarri 2005, 32-33.
151
Val. Max. VII.6.
152
Cornell 1992, 143.
153
Para el caso de la península Ibérica, Salinas 1999, 139-140.
154
Liv. Per. LXVIII.
155
Westermann 1955, 63.
148
116
Mujer y guerra en el Occidente europeo
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explícitas de que a veces toda una comunidad era esclavizada (así los
atuátucos, 53.000 personas,156 o los vénetos157). La cautiva va a ser una parte
del botín, quizás la parte más simbólica ya que por excelencia implica la
derrota del enemigo, incapaz de proteger a su elemento femenino.158 La
captura de mujeres habría sido incluso, en ocasiones, el detonante de las
hostilidades, como se refleja en el ámbito mitológico159 con ejemplos como
el rapto de las sabinas, por no retrotaerse a la guerra de Troya. Es más que
probable que entre los pueblos del occidente europeo imperase la misma
concepción que veía en la mujer del derrotado parte del botín, como deja
clara la anécdota que cuenta Plutarco sobre los teutones poco antes de la
batalla de Aquae Sextiae: pasando junto al campamento romano y negándose
estos a combatir, les preguntaron en son de burla si tenían algún recado para
sus esposas porque pronto estarían con ellas.160
Y como un terrible corolario que acompañaría al cautiverio está la
violación. Como bien apunta Antela-Bernárdez “[…] la posesión sexual
supone un tipo de victoria indirecta sobre los hombres con los que se ha
combatido, mediante la violación de las mujeres de los vencidos”.161 La
violación supone una brutal reafirmación de la victoria, y aunque poco
recogida en los textos162 debió ser algo habitual, ya que como el mismo autor
apunta “hemos de pensar en el relativo silencio de las fuentes como una
confirmación: la violencia sexual contra las mujeres en contextos bélicos era
entendida como absolutamente habitual”.163 De esa frecuencia es elocuente
el párrafo de Apiano sobre la toma de Lauro “[…] una mujer sacó con sus
dedos los ojos de su agresor cuando trataba de abusar de ella de manera
antinatural. Cuando Sertorio supo de este ultraje, condenó a muerte a la
cohorte entera que se suponía era cómplice de tal acto, aunque estaba
integrada por romanos”.164 Sabemos también que Quiomara, esposa del jefe
gálata Ortagion, fue hecha prisionera junto con más mujeres en el contexto
de las campañas de Manlio Vulso en Galatia en 189 a.C. Violada por el
centurión que la custodiaba, se tomó cumplida venganza cuando, al ir este a
recoger el rescate que por ella pedía, fue decapitado.165 Ya hemos
mencionado como las hijas de Boudicca y Prasutago fueron también
ultrajadas por centuriones –para más inri siendo aliadas de Roma–. Pocos
156
Caes. Gal. II34.
Caes. Gal. III.16.
158
Así en el mundo griego, Antela-Bernárdez 2008, 308.
159
Schaps 1984, 203; Antela-Bernárdez 2008, 309.
160
Plut. Mar. XVIII.
161
Antela-Bernárdez 2008, 309.
162
Schaps 1984, 203-204.
163
Antela-Bernádez 2008, 313.
164
App. BC. I.109.
165
Plut. Vir. Mul. XXII.
157
117
Alberto Pérez Rubio
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pero elocuentes testimonios sobre una triste realidad que debió acompañar
frecuentemente a las mujeres en la derrota. La huída ante esta ignominia
ayuda a entender también los suicidios a que antes aludíamos,166 aunque en
otras ocasiones las mujeres se ofrecerían a los enemigos intentando evitar un
destino todavía más macabro. Así dice César que sucedió en Gergovia,
donde, pensando que los romanos ya habían entrado en la plaza “las madres
de familia lanzaban desde la muralla vestidos y dinero, y asomándose, con el
pecho desnudo, tendían sus manos y suplicaban a los romanos que las
perdonasen, y que no hicieran lo que en Avaricum, donde no habían dejado
con vida ni siquiera a las mujeres y a sus hijos. No pocas, descolgándose con
las manos de la muralla, se entregaban a los soldados”.167 Cabe pensar sin
embargo que estemos ante un ardid para romper la disciplina romana y que
los guerreros galos aprovechasen el momento, tal y como ocurrió.168
Por último, y aunque bastante menos dolorosa que el cautiverio, la
deportación podía recaer sobre poblaciones sometidas, que serían trasladadas
en masa y desarraigadas de sus solares de origen. Roma empleaba esta
medida como castigo, pero también para “socializar” a los pueblos vencidos,
con ejemplos en la península ibérica entre lusitanos, partidarios de Sertorio
y, probablemente, celtíberos.169 Evidentemente, las mujeres, como parte
integrante de sus comunidades, participarían de estos exilios masivos.
4. El llanto de la gala
Ya hemos apuntado cómo la mujer vencida es el símbolo más potente de la
derrota de una comunidad,170 y como tal será incorporado al elenco
iconográfico del vencedor, en nuestro caso fundamentalmente Roma. Beltrán
Lloris171 señala cómo el recurso a las personificaciones femeninas para la
representación de gentes o nationes tendría una raíz helenística, y aquí
vamos solo a llamar la atención sobre un par de ejemplos que consideramos
significativos de entre el múltiple elenco que puede encontrarse en la
iconografía romana bajorrepublicana y altoimperial.172 Se trata de los
denarios de Aulo Postumio Albino de 81 a.C. (fig. 2) y de Lucio Hostilio
Saserna de 48 a.C. (fig. 3). En el anverso del primero aparece una
personificación de Hispania como mujer velada y desgreñada, con la leyenda
166
Antela-Bernárdez 2008, 316-317.
Caes. Gal. VII.47.
168
Caes. Gal. VII.48-51.
169
Pina Polo 2004.
170
Marco Simón 2012, 188-189.
171
Beltrán Lloris 2011, 60.
172
En particular sobre la representación de la bárbara, véase Clavel-Lévêque 1996 y Rodgers
2003.
167
118
Mujer y guerra en el Occidente europeo
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HISPAN(ia). Emitida en plenas guerras sertorianas, conmemoraba la pretura
en Hispania Ulterior de Lucio Postumio Albino (180-179 a.C.), abuelo del
emisor, en época de la primera guerra celtibérica, y su triunfo ex Lusitania
Hispaniaque.173 El nexo entre ambos momentos es la sumisión de Hispania,
una Hispania que otrora encarnaran los celtíberos sometidos por Lucio
Postumio Albino y ahora reflejada en los indígenas que apoyaban a
Sertorio.174 Y una Hispania que se individualiza en una mujer cuya cabellera
desordenada reflejaría duelo y abandono. Esa misma aflicción transmite la
“gala llorosa” del anverso de Saserna,175 que al código del cabello
desordenado añade un verdadero rictus compungido, con lágrimas incluso en
la comisura del ojo. A su espalda aparece un carnyx, marcador étnico
representado en múltiples ocasiones en la iconografía que conmemoraba una
victoria sobre galos,176 desde los tetradracmas de la Liga Etolia que
celebraban la derrota gálata en Delfos o los relieves del templo de Atenea
Nikephoros en Pérgamo hasta el Augusto de Prima Porta.177 La
representación de una trompa de guerra –ámbito masculino– junto a la
vencida incide en el concepto grecorromano de la mujer bárbara,
masculinizada en ese espejo inverso que es la sociedad bárbara frente a la de
la koiné mediterránea.178 Cabe mencionar por último el anverso de un
denario de César en el que aparece una pareja de galos a ambos lados de un
trofeo con panoplia, incluyendo canrnyces179 (fig. 4); se representa aquí la
sumisión de toda una comunidad, tanto de sus hombres como de sus
mujeres, y que pone en cuestión su perpetuación misma: “la présence du
couple met en cause les capacités mêmes de la société gauloise à assurer
désormais sa propre reproduction”.180 No faltan a la gala razones para el
llanto. La muerte o la esclavización de las mujeres va a suponer el fin de la
comunidad, destruida ya no solo su base demográfica sino también su
capacidad de perpetuación, eliminadas aquellas que garantizaban el recuerdo
y la transmisión de su sistema de valores.
173
Beltrán Lloris 2011, 61.
Salcedo Garcés 1999, 101.
175
Clavel-Lévêque 1996, 223.
176
Pérez Rubio 2009, 18.
177
Ionescu 2011, 56.
178
En el reverso del denario figura además Artemisa, divinidad femenina de los boques y la
caza, ámbitos ajenos a los domésticos propios de la mujer civilizada, Desnier 1991, 618-619.
179
Estas figuraciones suponen la primera vez en que aparece la imagen del vencido sin
aparecer la de su vencedor (Marszal 2001, 216), en un tipo monetal, del enemigo vencido, que
hará fortuna en lo sucesivo (Hannestad 1986, 22).
180
Clavel-Lévêque 1996, 233.
174
119
Alberto Pérez Rubio
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123
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Fig.1. Galo Ludovisi, Museo Nazionale de Roma. Copia en mármol romana de un
original griego.181
181
Según la hipótesis más admitida, habría formado parte del conjunto dispuesto sobre una
plataforma circular junto al templo de Atenea Polias Nikephoros en Pérgamo, que llevaba la
inscripción: “El rey Attalo tras haber vencido en batalla a los galos tolistoagii cerca de las
fuentes del río Kaikos [levantó esto en] agradecimiento a Atenea” (Van Keuren 2009). El
suicidio ante la derrota, con el asesinato de la esposa para evitar el cautiverio, compone una
escena de gran intensidad emocional, reforzada aquí por la composición: la mujer cae al suelo
apenas sujeta por el brazo izquierdo de su esposo, con su rostro exangüe, acentuado el peso
del cuerpo por los pliegues de su ropaje; el galo desnudo, de físico imponente, cabello
ensortijado y poblado bigote, gira el rostro y se da muerte (Hölscher 2004, 29).
124
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Fig.2. Anverso de denario de Aulo Postumio Albino (81 a.C.). Busto velado de
mujer y detrás leyenda HISPAN.
Fig.3.- Anverso de denario de Lucio Hostilio Saserna (48 a.C.). Cabeza de mujer
con cabello desordenado y carnyx a su espalda.
125
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____________________________________________________________________
Fig.4. Reverso de denario de Cayo Julio César (46-45 a.C.). Trofeo con armas galas
–casco con cuernos, escudos ovales, carnyxes– y a los lados pareja de cautivos
galos. Él –a la derecha– está maniatado y ella se sujeta la cabeza, agachada en gesto
afligido. En exergo, CAESAR.
126
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