La iglesia militante y la Acción Católica en Perú

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La iglesia militante y la Acción Católica en Perú
(1920-1936)
El Movimiento Católico peruano, la administración
del arzobispo Emilio Lissón y la movilización de las mujeres
de Acción Católica en Perú
Jesús Angel Ara Goñi
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TESIS DOCTORAL
LA IGLESIA MILITANTE Y LA ACCIÓN CATÓLICA EN PERÚ
(1920-1936)
Jesús Angel Ara Goñi
Facultad de Geografía e Historia
Departamento de Antropología Cultural e Historia de América y de África
Sección de Historia de América
Programa de Doctorado
“Societat i Cultura”
LA IGLESIA MILITANTE Y LA ACCIÓN CATÓLICA EN
PERÚ (1920-1936)
El Movimiento Católico peruano, la administración del arzobispo
Emilio Lissón y la movilización de las mujeres de Acción
Católica en Perú
Tesis realizada por
Jesús Angel Ara Goñi
Para optar al título de Doctor en Historia
Directora: Dra. Pilar García Jordán
Septiembre 2015
4
A Marian, mi amada compañera
Indice
INDICE
AGRADECIMIENTOS
9
INTRODUCCIÓN
11
1. DEL MOVIMIENTO CATÓLICO A LA ACCIÓN CATÓLICA EN
PERÚ (1896-1921)
41
1.1. El obispo Lissón en el Perú de principios del siglo XX
1.1.1. La dinámica electoral a principios del siglo veinte en Perú
1.1.2. El plan de acción de Lissón
1.2. La progresiva implicación y el brusco final de la intervención del MC
peruano en la política partidaria
1.3. La controversia en torno a la realidad social en el seno de la Iglesia
peruana
44
47
58
61
71
1.3.1. Diagnóstico del contexto político peruano
73
1.3.2. El plan de acción de los prelados
83
2. LA CONSTRUCCIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA EN PERÚ
2.1. Las bases teóricas: Pedro Pablo Drinot i Piérola
2.2. El tortuoso camino que condujo a la acción católica de base parroquial
del arzobispo Lissón
2.2.1. El fallido proyecto de consagración del Perú al Sagrado Corazón
de Jesús
2.2.2. Diferencias sobre la Acción Católica y el declive de Lissón
2.2.3. Desde el VIII Concilio Provincial Limense hasta la salida de
Lissón
3. LA GESTIÓN ECONÓMICA Y LA DIMISIÓN DEL ARZOBISPO
EMILIO LISSÓN
93
93
108
119
130
135
151
3.1. EL proyecto económico de Lissón "un ídolo con pies de barro"
3.1.1. Nacimiento y expansión del complejo empresarial propiedad de la
arquidiócesis de Lima (1918-1927)
154
3.1.2. Los problemas afloran
3.1.3. ¿Mons. Lissón fue un pésimo administrador o un malversador de
los bienes eclesiásticos?
3.2. La polémica dimisión de Lissón y sus consecuencias en la
administración económica de la arquidiócesis de Lima
168
156
175
181
4. ANTECEDENTES DE LA ACCIÓN CATÓLICA PERUANA EN LA
DÉCADA DE 1920
4.1. El movimiento seglar al inicio de los ´20 y su intento de romper con el
pasado
4.2. El activismo católico de mujeres
4.2.1. El conglomerado de iniciativas relativas al apostolado seglar de
mujeres
4.2.2. Dos vías no confesionales, formativas y de intervención social de
las activistas católicas: la Sociedad de la Beneficencia Pública y el
Consejo de Mujeres del Perú
4.2.3. El tejido asociativo vinculado a las religiosas del Sagrado Corazón
191
192
197
197
201
207
4.3. La Acción Católica de Damas Peruanas (ACDP)
215
4.4. La Junta Organizadora de la Acción Católica en Perú
223
5. EL MOVIMIENTO CATÓLICO PERUANO AL INICIO DE LOS
AÑOS TREINTA (1930-1935)
5.1. Las dificultades y reorganización del frente católico derivadas de la
caída de Leguía
229
229
5.2. La ambición política y el posterior viraje social del MC peruano
5.2.1. Reflexión, renovación y compromiso de la juventud católica en
torno a la sociedad peruana: la Federación de la Juventud Católica de
Lima
233
5.2.2. Hacia un escenario favorable al apostolado seglar
5.2.3. La influencia social cristiana en la Asamblea Constituyente: la
separación entre la Iglesia y el Estado, y el Senado Funcional
5.2.4. El impulso renovado y la apertura al exterior del activismo juvenil
católico hasta el Congreso “Pax Romana”
237
5.2.5. El camino al Primer Congreso Eucarístico Nacional
261
5.3. El tránsito hacia la Acción Católica de la Mujer Peruana (ACMP)
234
246
250
265
5.3.1. El renacer de la Acción Católica de Damas Peruanas
5.3.2. Expansión, propaganda y acción social católica del apostolado
seglar femenino en el transcurso de su consolidación (1931-1934)
265
5.3.3. Situación de la ACDP previa al congreso eucarístico
5.3.4. El impulso a nivel práctico e ideológico de Christinne
d´Hemptinne al apostolado seglar femenino en Perú
276
270
279
Indice
6. EL PRIMER CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL Y EL
NACIMIENTO DE LA ACCIÓN CATÓLICA PERUANA
287
6.1. Naturaleza y organización del Primer Congreso Eucarístico Nacional
6.1.1. La movilización infantil y formativa impulsada por ACMP y
Acción Católica de la Juventud Femenina Peruana (ACJFP)
288
6.2. La reorientación del congreso eucarístico hacia la Acción Católica
6.3. La movilización pública del congreso eucarístico y el nacimiento
“oficial” de la Acción Católica Peruana
6.3.1. Las sesiones de estudio: peticiones al gobierno, recomendaciones y
otros asuntos
6.3.2. La constitución de la Acción Católica Peruana como el brazo
público de la jerárquica eclesiástica
306
7. EL ÉXITO PARCIAL DE LA ACCIÓN CATÓLICA PERUANA: LA
ECLOSIÓN DEL ACTIVISMO FEMENINO CATÓLICO (1935-1936)
7.1 La búsqueda de una nueva alianza Estado-Iglesia
7.1.1. El apoyo del gobierno de Benavides a la movilización católica
7.1.2. Las primeras grietas de la Acción Católica masculina
7.2. La eclosión del activismo femenino: Acción Católica de la Mujer
Peruana
7.2.1. La expansión de la ACMP a raíz del Primer Congreso Eucarístico
Nacional
7.2.2. Formar, moralizar y propagar la fe en la sociedad peruana
7.2.3. Organización interna e intensificación en la acción de la ACPRM
7.2.4. El compromiso con la modernidad de las activistas católicas
peruanas en el contexto latinoamericano
7.3. Organización, formación y expansión: los primeros pasos de la Acción
Católica de la Juventud Femenina Peruana
297
309
314
318
325
325
326
332
335
335
339
342
348
359
CONCLUSIONES
367
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
379
Agradecimientos
AGRADECIMIENTOS
Este apartado no pretende ampliar la responsabilidad de este trabajo. Tiene como
única finalidad reconocer la deuda adquirida con aquellos que me han ayudado a
superar la larga travesía en el desierto que ha representado esta tesis y, en todo caso,
puede ser de cierta utilidad a quien pretenda iniciar una investigación sobre Historia de
la Iglesia en el Perú contemporáneo. Creo importante subrayar que en todas las
instituciones que visité en Roma y Lima encontré personas amables, generosas y
conocedoras de aquello que guardan; y que, algunas de ellas, atesoran archivos
descatalogados con hermosos secretos escondidos.
Afortunadamente, desde el principio y espero que también en el futuro, he tenido
la gran suerte de recibir la guía, el consejo y el respaldo de Pilar García Jordán,
catedrática de Historia de América de la Universidad de Barcelona. Además de su
sabiduría, debo agradecer a Pilar su cercanía y generosidad así como su mediación con
muchos que, por méritos propios, debo recordar aquí; entre ellos, a José de la Puente
Brunke, director del Instituto Riva Agüero, dependiente de la Pontificia Universidad
Católica del Perú (PUCP); a Julián Heras, bibliotecario e historiador del Convento de
los Descalzos en el Rimac; a Laura Gutiérrez y Melecio Tineo, bibliotecarios del
Archivo Arzobispal de Lima; y, especialmente, al ya fallecido padre Jeffrey Klaiber, mi
principal apoyo en Lima.
Luego, en el transcurso de la investigación, ha habido otros que compartieron
conmigo sus conocimientos y me prestaron su ayuda, algunos incluso su cariño y
amistad. Entre ellos debo hacer mención especial, en el seno de la Universitat de
Barcelona, a las Dras. Gabriella Dalla Corte, Anna Guiteras y Cielo Zaidenwerg; en
Roma, al jesuita Francisco Medina; y en Lima, al Dr. Pedro Guibovich Pérez, director
de la revista Histórica; a la Dra. Margarita Recavarren, de la Sociedad del Sagrado
Corazón de Jesús; a Fernando López, archivero de la Catedral de Lima; al padre Frank
Moreno, Secretario del Seminario de Santo Toribio; y a Mons. Raimundo Revoredo
Ruíz, vicario parroquial de la parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa de
Lima. Quisiera mostrar mi profundo agradecimiento a Manuel Marín, Secretario de la
Acción Católica Peruana, quien me abrió las puertas del archivo histórico de la
asociación, y sin cuya ayuda difícilmente hubiera sido posible este trabajo. Archivo en
Agradecimientos
el que se encuentra la fotografía de la portada sin catalogación. En lo personal, quisiera
dar las gracias a José Luis Franco, del Instituto Bartolomé de las Casas; y a la
Congregación de Padres y Novicios del Convento de Santo Domingo, por la generosa
acogida que me brindaron cada uno de los días que residí en Lima.
Deseo recordar también a aquellos que encaminaron mis pasos hacia este objetivo
durante mi formación académica en la Universidad de La Laguna, concretamente al
catedrático Miguel Angel Cabrera, a la Dra. Inma Blasco, y a mi amigo e historiador
Ramón Alvarez Arvelo.
Finalmente, esta tesis no hubiera llegado a buen puerto sin el apoyo inestimable
de mi familia y amigos.
Introducción
INTRODUCCIÓN
El resultado de esta investigación queda recogido en el título que lo encabeza, LA
IGLESIA MILITANTE Y LA ACCIÓN CATÓLICA EN PERÚ (1920-1936). El
Movimiento Católico peruano, la administración del arzobispo Emilio Lissón y la
movilización de las mujeres de Acción Católica en Perú. Sin embargo, al inicio de los
trabajos, nuestro objetivo principal era demostrar que las mujeres integradas en las
organizaciones que, con ligeros retoques, se fueron sucediendo a la cabeza del
movimiento femenino de Acción Católica en Perú constituyeron o actuaron como
agentes de cambio. Nuestro interés estaba ligado a varios estudios, desarrollados
principalmente en Europa en el tránsito del siglo XX al XXI, sobre asociaciones de
mujeres de ideología conservadora; los que habían sacado a relucir el error cometido en
la disciplina histórica al minusvalorar e ignorar, en muchos casos, a unos agentes
colectivos particularmente relevantes tanto por su prolífica actividad pública como
porque su conducta ponía en duda los marcos teóricos de las escuelas ideal-subjetivista
y social.
La reorientación parcial de esta investigación respondió a varios motivos ligados
al propio transcurrir de la misma, entre los que destacaríamos: en primer lugar, las
importantes lagunas en el conocimiento detectadas en la historiografía peruana sobre
varios procesos y agentes históricos centrales del contexto analizado, particularmente
sobre la jerarquía eclesiástica y las asociaciones católicas seglares como señalaremos al
abordar el estado de la cuestión; en segundo lugar, la riqueza de los fondos
documentales consultados; y en tercer lugar, la complejidad de los procesos analizados
y las limitaciones propias de un proyecto de estas características.
En síntesis, las carencias y limitaciones arriba mencionadas nos llevaron a dedicar
gran parte de nuestro esfuerzo a analizar el Movimiento Católico y la Acción Católica
en Perú y, en consecuencia, a reducir nuestra ambición y el alcance de nuestra
investigación sobre la movilización de las mujeres católicas peruanas. Con carácter
general y para el periodo comprendido entre finales del siglo XIX y mediados de la
década de 1930, los objetos específicos a abordar en este estudio han sido:
11
Introducción
 El Movimiento Católico (MC) peruano. Entendiendo como MC, la categoría
definida por definida por Feliciano Montero como «…CONCEPTO globalizador
de manifestaciones sectoriales de la acción de los católicos en la sociedad
contemporánea (así quedan incluidos el catolicismo social,1 la defensa de la
escuela católica, las diversas formas de propaganda católica, la organización de la
Buena Prensa o los intentos de crear un partido católico)».2
 La organización y evolución de la Acción Católica en Perú, en sus dos acepciones.
Una primera llamada Acción Católica extensa o lata, tal y como fue definida por
Pio X (1903-1914) en su encíclica “Il fermo propósito”, como cualquier obra que
individual o colectivamente ejecutaran los fieles católicos, con fines, más o menos
directos, de apostolado.3 Y otra con un sentido más restrictivo, concretamente la
participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia; la que fue
denominada Acción Católica estricta y recibió el impulso entusiasta de Pio XI
(1922-1939), conocido como el Papa de la Acción Católica.
 La relación entre la Iglesia y el Estado peruanos.
 Las diferencias en el seno de la Iglesia peruana en relación a la Acción Católica.
 La situación financiera de la arquidiócesis de Lima.
 La movilización de las mujeres de la rama femenina de la Acción Católica
Peruana.
Concretamente nos interesaron las asociaciones que participaron en la fundación
de la rama femenina de la Acción Católica en Perú como de esta última, y de las
mujeres que participaron en ellas, y decidimos analizar:
1. Su articulación significativa en base a una de las categorías que conformaron el
discurso o imaginario social del contexto peruano: la acción católica.
1
Mensaje social y conjunto de organizaciones impulsadas por la Iglesia (de entre las que destacó la
llamada Acción Católica) para hacer frente a las consecuencias derivadas de la modernización de las
sociedades occidentales.
2
Montero, 1993: 8.
3
«El conjunto de todas estas obras alentadas y promovidas en gran parte los seglares católicos, y
variamente trazadas conforme a las necesidades propias de cada nación y a las circunstancias peculiares
de cada país, es precisamente lo con un término más especial y ciertamente más noble suele llamarse
Acción Católica o la Acción de los Católicos» de “SAN PIO X. IL FERMO PROPOSITO. EE. 11 junio
1905. SOBRE LA ACCIÓN CATÓLICA [ITALIA]”». En cursiva y mayúsculas en el original. Acción
Católica Española, 1962: 1881.
12
Introducción
2. Su participación en el proceso de modernización de la sociedad peruana
(especialmente el referido al pensamiento y las prácticas sociales); y
particularmente el de la sociedad limeña.
3. Su estructura organizativa, integrantes y principales actividades.
4. Su dependencia funcional de la jerarquía eclesiástica así como de congregaciones
religiosas, como las del Sagrado Corazón y la Compañía de Jesús.
5. Su vinculación a la Unión Internacional de Ligas Católicas Femeninas, así como a
otras organizaciones católicas extranjeras, como la Conferencia Católica de
Asistencia Social de Washington.
6. La relación que mantuvieron con otras asociaciones y colectivos femeninos
católicos peruanos como la Unión Católica de Señoras, la Juventud Femenina
Peruana o aquel conformado por las Visitadoras Sociales.
7. La labor de carácter educativo y de censura sobre películas cinematográficas que
desarrollaron en los gobiernos de Leguía, Sánchez Cerro y Benavides.
8. Su relación, sus desavenencias y algunas coincidencias con dos de los principales
canalizadores de la crispación social en Perú a partir de la década de 1920,
concretamente el APRA y el Partido Comunista.
Objetivos específicos que pretendemos conseguir a partir de las hipótesis
siguientes:
 Desde finales del siglo XIX y durante todo el periodo estudiado, la Iglesia peruana
concibió la realidad social e implementó su acción mediante la categoría acción
católica. Concretamente, dicha categoría fue clave tanto en la intervención de los
católicos en política como en la relación Iglesia-Estado, y causa de fractura en el
seno de la Iglesia peruana.
 Las diferencias existentes en el seno de la Iglesia peruana derivadas de las
distintas construcciones significativas que realizaron sus miembros tanto del
contexto peruano como de la acción católica, especialmente evidentes en la
década de 1920, desembocaron en una crisis cuya consecuencia más relevante fue
el relevo del arzobispo Lissón al frente de dicha institución.
 Las asociaciones que crearon o se integraron en la Acción Católica en el Perú
construyeron sus identidades e intereses, como sujetos históricos o agentes de
cambio colectivos, e implementaron su acción a través de la categoría acción
católica. De entre ellas, la asociación femenina más importante, esto es la Acción
13
Introducción
Católica de Damas Peruanas, luego denominada Acción Católica de la Mujer,
destacó por poseer una estructura centralizada, desplegar su actividad en gran
parte del territorio nacional –aunque especialmente en el entorno de Lima, donde
se implantó en la práctica totalidad de las parroquias– y, finalmente, por contribuir
a la modernización de la sociedad peruana.
 Una vez que Lissón salió del país, la elevada difusión que alcanzó la acción
católica unida a la eficiencia que ésta demostró poseer para articular la sociedad
peruana, por un lado, favorecieron la aceptación o, en el peor de los casos,
rechazo moderado de la población al régimen político autoritario (del general
Benavides) que asumió el poder tras el asesinato del presidente Sánchez Cerro;
por otro, reforzaron la posición de la Iglesia como interlocutor necesario del
gobierno de la nación, especialmente en asuntos relativos a los ámbitos familiar y
educativo.
Con todo, los objetivos de la investigación y nuestras hipótesis de partida han sido
desarrollados tras la realización del consiguiente estado de la cuestión sobre la
problemática.
Estado de la cuestión
Este apartado aborda el conocimiento existente en la disciplina histórica sobre los
principales agentes y categorías históricas y el contexto geográfico centrales en esta
investigación. Concretamente, por un lado, sobre el catolicismo social, el Movimiento
Católico y la Acción Católica en Perú; y por otro, sobre la ciudad de Lima. Luego, se
expondrá nuestra aproximación a la movilización de las mujeres católicas y, por
extensión, el entramado teórico en el que se apoya este trabajo.
Sobre el catolicismo social, y la Iglesia en Perú en época contemporánea: las
distintas estrategias del Movimiento Católico y la Acción Católica en Perú.
El catolicismo social fue el mensaje social y conjunto de organizaciones
impulsadas por la Iglesia (de entre las que destacó la llamada Acción Católica) para
hacer frente a las consecuencias derivadas de la modernización de las sociedades
occidentales. Existe cierto consenso entre los especialistas, en primer lugar, sobre los
males concretos que, mediante el mismo, la Iglesia pretendía combatir la conflictividad
social, la difusión del feminismo sufragista y el empuje del laicismo; y, en segundo
lugar, sobre la razón que explicaría las divergencias entre las organizaciones nacionales
14
Introducción
de acción católica, pese que su labor fuese coordinada desde el Vaticano y colaboraran
entre ellas.
Pese a las diferencias existentes entre las distintas experiencias nacionales de la
Acción Católica y, sin entrar a valorar el marco teórico empleado por Feliciano Montero
en su numerosa producción relativa al catolicismo social en España,4 ésta ha
demostrado la utilidad de categorías, tendencias, modelos y periodizaciones que extrajo
del caso italiano; y, en particular, lo acertado del empleo de Movimiento Católico,
«…concepto globalizador de manifestaciones sectoriales de la acción de los católicos en
la sociedad contemporánea (así quedan incluidos el catolicismo social, la defensa de la
escuela católica, las diversas formas de propaganda, la organización de la Buena Prensa
o los intentos de crear un partido católico)»,5 como categoría de análisis; entre otros
motivos porque, en el periodo de estudio, responde a la identificación que los distintos
agentes individuales y colectivos católicos experimentaron con la institución eclesial y a
la coordinación existente en el seno de las Iglesias nacionales.
Sabemos que en Europa los términos Movimiento Católico y acción católica se
emplearon indistintamente hasta el pontificado de Pio XI (1922-1939), momento en el
que, como consecuencia de un proceso de maduración interna y de las exigencias
impuestas por un nuevo contexto político, en primer lugar, sólo las labores apostólicas y
formativas dependientes de la jerarquía tuvieron la consideración de acción católica, lo
que a partir de ese momento se conoció como acción católica en sentido estricto (a
diferencia de la anterior, en sentido extenso o lato); y en segundo lugar, en el occidente
católico se crearon asociaciones nacionales centralizadas y dependientes de la jerarquía
que se titularon como Acción Católica (Francesa, Española…) con el objeto de defender
tanto la causa como los principios de la Iglesia católica y, además, coordinar e integrar
en su seno a las obras que en esos momentos tenían esa consideración.
Según Montero, desde mediados del siglo XIX, los Movimientos Católicos del
occidente cristiano vinieron determinados por la toma de conciencia de los católicos del
proceso descristianizador en sus sociedades y por las estrategias que siguieron en
revertirlo. La acción de los católicos fue fiel reflejo de las distintas formas de concebir
el mundo moderno por parte de los fieles y, de forma más concreta, de su posición y
actitud frente al régimen político-religioso vigente en cada contexto. El encaje Iglesia-
4
De toda su obra, los trabajos consultados con motivo de esta investigación han sido los siguientes:
Montero: 1983, 1993, 2008; así como De la Cueva y Montero, 2007.
5
Montero, 1993: 8.
15
Introducción
Estado o, en otras palabras, las posibilidades que ofrecía el sistema jurídico-político a la
acción de la Iglesia y el debate o grado de unión entre diferentes facciones políticoreligiosas católicas fueron claves en la determinación de las estrategias centrales de los
movimientos nacionales así como de su grado de seguimiento y efectividad.
Las diversas estrategias sobre las que se construyeron los Movimientos Católicos
europeos han sido agrupadas en tres vías o corrientes principales: la Integrista, la
Neotomista y la Democristiana. Todas ellas, directa o indirectamente, se observan en el
continente sudamericano y, por ello, las pasamos a describir de forma sintética:
La Integrista, desarrollada en países de tradición católica donde la Iglesia ocupaba
un lugar preferente en la sociedad, normalmente ligada indisolublemente al Estado, se
caracterizó en lo ideológico por su empeño en rehacer o mantener el Estado-Cristiano;
por su alejamiento de toda consideración de una acción-social coordinada; y por su
rechazo a la colaboración con los no católicos, concentrando sus esfuerzos en iniciativas
confesionales y una acción política no partidista que pretendía aunar los intereses de la
religión y la patria. Fundamentalmente defensiva, propagandística y de presupuestos
tradicionalistas, promovió iniciativas de tipo caritativo benéfico y educativocatequético, revelando la perspectiva eminentemente religiosa desde la que interpretó el
problema social. No intervencionista en materia económica, aceptó en buena medida los
principios del liberalismo y sostuvo que la cuestión religiosa se encontraba en la raíz de
la cuestión social por lo que propugnó el retorno a la situación religiosa previa, es decir,
la restauración de la Cristiandad.
La vía Neotomista, cuyo principal valedor fue León XIII y texto de referencia su
encíclica “Rerum Novarum” de 1891, resultó del intento optimista por conciliar el
espíritu moderno y la tradición de la Iglesia: «…comprensible necesidad que
experimentó un grupo que vivió dentro de una sociedad a la que pertenecía y a la que,
sin embargo, no podía en definición pertenecer, de salir de su aislamiento y de
permanecer, con todo, fiel a sí mismo».6 León XIII creó esta posibilidad a partir de una
[…] valoración positiva del mundo moderno, de la “ciencia económica” y de la
sociología, del progreso y del desarrollo. [que] Rechaza la incompatibilidad
tradicional entre la Iglesia y el mundo moderno, entre la fe y la ciencia (o el
progreso). [Y] Propugna, por el contrario, la asunción cristiana de ese progreso y
ciencia, liberada de los fundamentos ateos, para llevarla a fundamentos morales y
6
Jedin, 1987: 47.
16
Introducción
religiosos [resultado de]…una preocupación central en el pensamiento neotomista de
llegar a un verdadero encuentro entre la ciencia y la fe.7
Los principales signos de identidad de esta estrategia fueron: primero, una
comprensión más específica del problema social que atendía a razones de índole
económica, además de las religiosas y morales; segundo, la aceptación básica tanto del
sistema económico como político liberal y la justificación de la posición y función de
los individuos por las «…muchas y grandes diferencias»8 existentes por naturaleza entre
los hombres; tercero, la defensa de un modelo de funcionamiento armónico de la
sociedad en el que cada individuo, con especial atención a su edad y sexo, debía
desarrollar la función que tenía encomendada en el entramado económico; cuarto, una
propuesta global, de carácter práctico y doctrinal, para la resolución de la cuestión
social en la que se señalaban las necesarias aportaciones y atribuciones específicas que
competían a la Iglesia, el Estado y a aquellos directamente implicados, los patronos y
obreros. Por una parte, se hacía especial hincapié en el modelo familiar paternalista
como eje de las relaciones sociales, en el ahorro como “vía” de ascenso social y
tratamiento de la riqueza, distinguiendo entre su recta posesión y recto uso, del que
nacía la exigencia de caridad que establece para el rico «…cuando se ha atendido
suficientemente a la necesidad y el decoro personales, es un deber socorrer a los
indigentes con lo que sobra…No son estos, sin embargo deberes de justicia, salvo en los
casos
de
necesidad
extrema,
sino
de
caridad
cristiana». 9
Adicional
y
complementariamente, se reconocía el derecho de obreros y patronos a organizarse en
asociaciones propias o mixtas, atendiendo a las condiciones y necesidades de cada
lugar, para una mejor defensa de sus intereses en la determinación de las condiciones
laborales, proceso en el que debía primar la negociación, diálogo y en último caso
arbitraje con el fin de evitar el conflicto. Todo ello supuso, en la práctica, propugnar la
restauración social del cristianismo en el mundo liberal, aprovechando posibilistamente
los mismos cauces e instrumentos liberales, mediante iniciativas nuevas de carácter
confesional, más allá de las meramente benéficas, como los Círculos Obreros, los
Sindicatos Católicos, el Apostolado de la Prensa, la Acción Social Popular o las
Escuelas Populares Nocturnas.
7
Montero, 1983: 286-287.
Carta Encíclica Rerum Novarum del Sumopontífice Leon XIII sobre la situación de los obreros. (15 de
mayo de 1891). Punto 13. http://w2.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_lxiii_enc_15051891_rerum-novarum.html (consultada el 06 de mayo de 2015).
9
Ibíd. Punto 17.
8
17
Introducción
La tercera y última vía, de raíces democristianas,10 impulsada por religiosos como
los jesuitas Manuel Abreu y Ayala, entre otros, en España, se distinguió por reconocer
el proceso secularizador y los aspectos positivos de la Revolución y la laicidad, así
como propugnar plataformas e instituciones aconfesionales, círculos obreros, sindicatos
y partidos políticos, como la vía más adecuada de inspirar cristianamente la sociedad y
resolver la cuestión social. Pese a ser inicialmente respaldados por sus superiores, la
imposibilidad de conciliar en la práctica los intereses de trabajadores y patronos
convirtió a sus dirigentes en blanco de ataques de las fuerzas vivas lo que, en el caso de
los arriba mencionados, desembocó en su traslado forzoso y, en el caso de Abreu,
posterior salida de España rumbo a Ecuador, aunque finalmente acabaría asentándose en
Perú.11
Lamentablemente, la historiografía peruana no ha empleado la categoría
Movimiento Católico, y la Acción Católica en Perú ha sido tradicionalmente ignorada y
sólo recientemente mencionada por dos grupos de historiadores: unos, en su mayoría
religiosos, para quienes desde su establecimiento en Perú, la Iglesia católica ha sido
sencillamente la suma de los individuos que la integraban en cada momento, cada uno
dotado de una conciencia racional autónoma y una agenda marcada por su actividad
religiosa, económica y estatal esencial en la sociedad, heredada de la época colonial.
Otros, procedentes de la historia social aunque herederos de las temáticas tratadas por
los primeros y, por lo tanto, interesados igualmente en primar el estudio de aquellos
10
Si bien, de modo general, el catolicismo social se caracterizó por su interpretación y solución
descendente-paternalista de la cuestión social, en el periodo comprendido entre la publicación de las
encíclicas “Rerum Novarum”, el 15 de mayo de 1891, y “Graves Communi”, el 10 de enero de 1901, se
produjo la maduración y avance en su seno de la llamada democracia cristiana, hacia una concepción
más democrática-ascendente de la acción católica en el campo social. Para los demócratas cristianos el
pueblo pasaba de protegido a protagonista, el derecho a los puestos dirigentes iba ligado al servicio y no
al nacimiento o la fortuna, y la resolución de la cuestión social dejaba de estar vinculado a la vida futura o
trascendencia. Lo que comienza siendo una diferencia de métodos en la acción apostólica, se convierte
con el cambio de siglo en una nueva conciencia religiosa, sistema de valores y escuela que propone una
relación entre la Iglesia y el Mundo Moderno, desde principios como la necesidad de la lucha en la
resolución de la cuestión social y la valoración positiva de las conquistas de la Revolución Francesa para
la dignidad humana. La encíclica Graves Communi, sin embargo, significó un freno a esta escuela al
limitar la acción de los católicos en el terreno social a una actividad puramente paternalista, subrayar la
distinción entre las distintas clases sociales y el carácter confesional del movimiento cristiano. Las
reticencias en el seno de la Iglesia unidas a la presencia destacada de la burguesía al frente de las
asociaciones católicas, especialmente sensible a la conflictividad y temerosa de la revolución social,
hicieron que, en el contexto de estudio, la vía demócrata cristiana fuera relegada a un segundo plano.
11
Según nos informa Andrés Gállego en el periodo comprendido entre los años 1911-1912, por despertar
protestas entre los patronos, el padre Ayala fue trasladado a Ciudad Real y Manuel Abreu a la diócesis
hispalense; la que, como veremos en el transcurso de esta investigación, sabemos tuvo que abandonar
poco más tarde rumbo a Perú. Andrés-Gállego, 1984: 415-416.
18
Introducción
que, gracias a su posición privilegiada en las relaciones de producción, ejercieron el
control ideológico sobre la sociedad en su conjunto.
Fruto de la primera aproximación fue una Historia de la Iglesia de naturaleza
puramente política, centrada en la relación Iglesia-Estado y, casi de forma exclusiva, en
aquellos que detentaron un mayor grado de responsabilidad tanto al frente del Estado
como dentro de la jerarquía eclesiástica. Los principales exponentes de este
planteamiento al estudio de la Iglesia peruana fueron los religiosos Luis Lituma, Ruben
Vargas Ugarte y Jeffrey Klaiber.12 Pese a que todos ellos concibieron a la Iglesia como
un sujeto colectivo de naturaleza religiosa y pensamiento racional y autónomo, las
conclusiones que alcanzaron sobre sus actividades y evolución de su posición en la
sociedad presentan claras divergencias. Así, Vargas y Lituma afirmaron que la Iglesia
peruana, de modo general, se rigió por unas pautas propias relacionadas esencialmente a
la unidad histórica, tradicional y cultural de raíces precolombinas de la nación; que, en
el periodo analizado, había tenido como principales objetivos la defensa de sus
derechos, adquiridos en época colonial, y su independencia del poder civil; y que,
gracias a su búsqueda del bienestar de la patria, del mantenimiento del orden establecido
y de la naturaleza cristiana de la nación peruana, había mantenido una elevada cuota de
poder e influencia en la sociedad en época contemporánea.
Klaiber se alejó de la anteriormente expuesta concepción esencialista de la nación
peruana como entidad de naturaleza católica, y trató de reconstruir la mentalidad de la
clase dirigente a partir de factores económicos y sociales. Primó, por tanto, el estudio
biográfico de los actores principales del periodo, especialmente de políticos y religiosos
relevantes como Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui, Víctor Andrés
Belaunde, José de la Riva Agüero, Emilio Lissón y Mariano Holguín. Luego, relató la
reacción de la Iglesia ante la cambiante realidad social y valoró su mayor o menor
acierto a la hora de responder a las necesidades de los restantes agentes históricos. Este
análisis le condujo a sostener que la Iglesia perdió gran parte de su credibilidad y
apoyos en la sociedad peruana conforme avanzó el siglo XX por haber legitimado y ser
cómplice del régimen del dictador Augusto Leguía, en el poder entre 1919 y 1930, y
difundir un mensaje contrario a la sociedad liberal sin ofrecer un sistema alternativo.
En relación al catolicismo social y a la Acción Católica, Klaiber recogió lo
expuesto veinte años atrás por Vargas Ugarte al respecto de las primeras organizaciones
12
Lituma, 1963; Vargas Ugarte, 1959. Jeffrey Klaiber es autor de una extensa bibliografía sobre el tema.
Una síntesis de su trabajo en Klaiber, 1987.
19
Introducción
de laicos en defensa de la Iglesia y amplió el análisis de las mismas hasta bien entrado
el siglo XX, pero no modificó la aproximación realizada por su predecesor. Centró su
análisis en la dimensión política de dichas asociaciones y, en concreto las identificó
como precursoras de los partidos políticos católicos.
Klaiber no aportó información sobre las asociaciones católicas activas en el
primer cuarto del siglo XX, sólo mencionó la reiterada aparición en los acuerdos de las
Asambleas Episcopales de referencias a la necesidad de fomentar organizaciones de
laicos, entre las que se hizo mención explícita a la Unión Católica de Caballeros y
Señoras, la Juventud Católica; los Círculos Católicos de Obreros y el Apostolado de la
Prensa. Describió la creación en 1913 del Partido Católico de Arequipa por destacados
dirigentes de la Unión Católica de dicha ciudad. Y destacó la presencia de un grupo de
jóvenes católicos, a mediados de la década de los veinte en Lima, que manifestaron su
intención de romper con las prácticas clericales y conservadoras de sus predecesores y,
aunando religión y modernidad, movilizar a la sociedad peruana en favor de la causa
católica. Y para el logro de tales objetivos crearon asociaciones más dinámicas y
modernas que Klaiber dividió en dos grupos atendiendo a su dependencia de la jerarquía
eclesiástica y el tipo de actividades que realizaron. Estudió preferentemente el primero
de ellos, caracterizado por englobar propuestas relativamente autónomas de la Iglesia y
por la ambición de sus contenidos culturales, deportivos y asistenciales, ya que lo
consideró precursor de los partidos políticos católicos. En dicho grupo situó a las
asociaciones Grupo Novecientos, la Acción Social de la Juventud (ASJ) y el Centro
Fides; de las que dio cuenta apoyándose en los artículos publicados a finales de la
década de los setenta por Cesar Arróspide de la Flor,13 socio fundador de la ASJ.
Por otro lado, Klaiber y Arróspide son los únicos investigadores que hicieron
mención, aunque mínima, del segundo grupo, el impulsado desde la jerarquía y centrado
en labores caritativas, sociales y religiosas. Ambos sostuvieron que las principales
asociaciones seglares confesionales creadas por la Iglesia a finales de la década de los
veinte fueron la Acción Católica femenina, impulsada por las religiosas del Sagrado
Corazón, y la Federación Diocesana de la Juventud Católica; y junto a ellas, citaron
otras como el Centro de Estudiantes Católicos, la Congregación Mariana de los Padres
jesuitas y los Centros de Juventud Católica de Miraflores, Barranco, Chorrillos, Callao y
Magdalena. De las masculinas subrayaron su decidida apuesta por la formación de una
13
Arróspide de la Flor, 1979.
20
Introducción
élite comprometida con la recristianización de la sociedad; y que estuvieron lideradas
por un grupo compacto de dirigentes que apenas se modificó con los años, el que
Arróspide describió con las siguientes palabras:
Eramos los “jóvenes buenos” que salvaban un tanto la buena imagen de los
empresarios, sin riesgo de que fueran afectados sus intereses por las actitudes
“izquierdistas”. Nosotros teníamos conciencia del paternalismo de tales señores pero
juzgábamos lícito aprovecharlo en pro de los planteamientos más avanzados.14
Sobre las asociaciones femeninas, como la Acción Católica de Damas Peruanas,
ambos investigadores apenas aportaron información. No describieron sus actividades ni
discurso, sólo las mencionaron como precursoras de la Acción Católica Peruana, creada
en 1935, y por los celos que suscitó en la Unión Católica de Señoras; en su opinión,
hasta ese momento la asociación femenina católica con más presencia pública en la
República y que agrupaba a las mujeres de la alta burguesía.
Finalmente, Klaiber analizó la Acción Católica Peruana desde su fundación oficial
en 1935 hasta bien entrado el siglo XX. En primer lugar, identificó tres fases en su
desarrollo,15 expuso sus objetivos iniciales y aportó algunos detalles de sus miembros,
especialmente de la dirigencia de la asociación. En segundo lugar, realizó una serie de
reflexiones sobre el papel de la misma en la sociedad peruana.
En su opinión, la ACP fue la expresión más lograda de la reacción de la Iglesia
frente a sus enemigos desde finales del siglo XIX, principalmente el laicismo y el
anticlericalismo; o, en otras palabras, «representó el momento cumbre de la Iglesia
militante».16 Tanto la mística que envolvió la organización, y que incluía cantos,
emblemas y procesiones como el lenguaje bélico empleado por sus dirigentes, e incluso
por la jerarquía eclesiástica, fue similar, en intensidad, sentimiento de pertenencia y
combatividad, a la de los movimientos políticos “mesiánicos” que existían en la misma
época.
Aunque la ACP tuvo un alcance social limitado y no consiguió revertir el proceso
de secularización de la sociedad peruana, según Klaiber, logró al menos dos de sus
objetivos: creó un sentido de pertenencia a la Iglesia en centenares de católicos y, al
mismo tiempo, les transmitió una conciencia más profunda de la misión social de la
Iglesia.
14
Arróspide de la Flor, 1979: 21.
Organización (1935-1939); auto-crítica (1949-1953); y la cuestión social y declinación (1953).
16
Klaiber, 1996: 346.
15
21
Introducción
Lamentablemente, aquellos investigadores, como Carlos Astiz, Pilar García
Jordán,17 y más recientemente Pedro Planas Silva,18 que al analizar la sociedad peruana
abandonaron las tesis idealistas y enmarcaron sus trabajos en la llamada historia social
asumieron las temáticas de los estudios precedentes y continuaron centrando su interés
en la relación Iglesia-Estado. Hecho reforzado, como ya adelantamos, por una
aproximación teórica que primaba el estudio de aquellos que, gracias a su posición
privilegiada en las relaciones de producción, ejercían el control ideológico sobre la
sociedad en su conjunto; situación ésta que desembocó, en la marginación práctica, por
su carácter poco explicativo de la realidad social, de organizaciones como la Acción
Católica. Pese a esto, merece la pena detenernos en analizar el papel que asignaron a la
Iglesia como legitimadora del sistema de poder existente.
La obra ya clásica de Carlos Astiz, Pressure Groups and Power Elites in Peruvian
politics, publicada en 1969, fue durante muchos años la única aproximación al análisis
de la Iglesia peruana con herramientas de la historia social. Las principales novedades
que introdujo fueron dos; la primera, señalar a la Iglesia peruana como la institución
responsable de la creación del discurso ideológico e imaginario social asumido por las
élites y luego impuesto por éstas al cuerpo social; la segunda, atribuir a dicha
asimilación el servir de freno al proceso de secularización y, como consecuencia de ello,
el permitir a la Iglesia mantener y consolidar su posición social y estrecho vínculo con
el Estado.
Astiz, por lo tanto, se alejó de concepciones que primaban la labor religiosa de la
Iglesia para analizarla como una institución cuya situación en el engranaje económicoproductivo –concretamente, como una de las principales propietarias de bienes
materiales e inmateriales en la república– definía su posición social y agenda política.
Con todo, cabe destacar que Astiz atribuyó el éxito o popularidad del discurso católico
o, en otras palabras, su adopción sin aparente crítica por parte de todos los sectores
sociales a su sencillez, claridad y estabilidad interna así como a su capacidad para dar
respuesta a las necesidades de cada una de las clases sociales a quienes iba dirigido. Así,
a los campesinos e indígenas les ofrecía compensar en la vida futura su situación de
miseria; a las clases medias les proveía de un sistema moral, unos principios vitales que
fortalecía sus costumbres y estatus, especialmente en todo aquello que afectaba a la
17
18
Respectivamente, Astiz. 1969; y García Jordán, 1991.
Entre su extensa bibliografía destacan: Planas Silva, 1994a, 1994b, 1996 y 1997.
22
Introducción
familia, sin ser muy exigente respecto a las obligaciones y que trataba con benevolencia
la violencia machista; y a la clase dirigente le ofrecía una filosofía política que además
actuaba de soporte moral y religioso a su preeminencia social, ratificada por la fe, y que
era comprensiva con los beneficios que dicha clase se reservaba como medio para
perpetuarse en el poder. Un ideario católico, además, que justificaba la posición de cada
cual en función de la propiedad privada, de la que sancionaba su inviolabilidad, y dejaba
en manos de la caridad la eliminación de las desigualdades sociales; y que desde finales
del siglo XIX hizo frente a ideologías que combatían frontalmente el mantenimiento del
equilibrio existente, como el aprismo, el socialismo y posteriormente el comunismo. Por
lo que continuó siendo de utilidad para los poderosos hasta bien entrado el siglo XX.
El conjunto de artículos y la obra que finalmente los aglutinó, Iglesia y Poder en
el Perú Contemporáneo, de Pilar García Jordán representó un importante salto
cualitativo en el grado de conocimiento de la interacción entre la Iglesia y el Estado
peruano desde la independencia y hasta 1919. García Jordán, gracias al estudio
sistemático que realizó sobre las fuentes, desarrolló las capacidades del modelo teórico
dicotómico-objetivista, superó ampliamente las conclusiones generales de Astiz y puso
en evidencia las conexiones existentes entre la acción política de la Iglesia y la posición
que ocupaba en el denso entramado socioeconómico del Perú republicano, en calidad de
propietaria de tierra y receptora de riqueza y en su doble naturaleza religiosa y como
brazo ideológico-administrativo del Estado. Según García Jordán, dicha posición
explicaba “otros” intereses propios aparte de los puramente religiosos así como su
compleja relación con el Estado e incluso algunas características del que denominó
discurso liberal-modernizador de las nuevas elites dirigentes de mediados del siglo XIX.
Según su razonamiento, la merma en sus recursos y la puesta en duda de su
privilegiada posición en la sociedad peruana hicieron que la Iglesia reaccionara a nivel
práctico e ideológico, en primer lugar, mediante la creación del discurso por ella
denominado nacional-católico, que proclamaba la necesidad de la religión católica y de
sus representantes, los sacerdotes, como instrumento del orden social y como medio de
facilitar la estabilidad interna y la independencia del país frente al exterior
–en
definitiva, para garantizar la existencia de la Nación–; en segundo lugar, aplicando
todos sus recursos y capacidad de movilización pública en apoyo de un equilibrio social
que le era favorable.
García Jordán analizó los procesos mediante los que se crearon los partidos
políticos católicos en Perú a finales del siglo XIX, así como la actividad de los mismos
23
Introducción
hasta 1919. Dio cuenta de aquellos existentes en Cuzco y Arequipa, y del proyecto
fracasado del obispo de Huánuco, Pedro Pablo Drinot y Piérola; constató su naturaleza
regional y escaso impacto en el ámbito nacional. La primacía en el quehacer político
peruano de los intereses clientelares en beneficio de agrupaciones personales y
familiares, por encima de cualquiera otra consideración ideológica o de partido, fue la
razón principal, según García Jordán, de que los partidos católicos cristalizaran y,
generalmente, se mantuvieran activos sólo en coyunturas puntuales en las «…que se
vieran lesionados los intereses de algunos sectores provinciales, y éstos convergieran
con la Iglesia en la necesidad de organizar un partido católico conservador». 19
García Jordán consideró a Drinot y Piérola el primer impulsor de la democracia
cristiana en la Iglesia peruana y su labor, precursora de la Acción Católica en Perú.
Resumió su pensamiento a partir de sus decretos y cartas pastorales donde, además de
descalificar al régimen político por viciado y fraudulento, enunciaba como tareas de los
activistas católicos: 1. Propagar y defender la doctrina cristiana; 2. La implantación un
orden social cristiano. 3. La orientación del sufragio católico hacia los candidatos
netamente católicos. 4. La instrucción cívica y política de la población a través de la
creación de Centros Apostólicos y comités de Defensa Social Católica, dirigidos por el
clero; todo lo cual finalmente «permitiría el ejercicio del derecho electoral a través de
un voto libre, reflexivo, honesto, desinteresado e ilustrado».20
Pilar García Jordán aportó una explicación coherente de la acción política de la
Iglesia, pero ésta perdía consistencia conforme el observador posaba su mirada en los
comportamientos particulares de los agentes individuales o colectivos al interior de la
institución eclesiástica, o al pretender alcanzar síntesis interpretativas de mayor alcance,
relativas por ejemplo al proceso de
secularización de la sociedad peruana.
Probablemente la propia investigadora fuera consciente de las limitaciones de sus
conclusiones al adjetivar como paradójica la consolidación de la posición social de la
Iglesia en las dos primeras décadas del siglo XX en un contexto caracterizado, en lo
político, por la aprobación de medidas legislativas contrarias a sus dictados y, en lo
socio-económico, por el recrudecimiento de conflictos en los que se puso en cuestión la
posición de la Iglesia.
19
20
García Jordán, 1991: 327.
Ibíd.: 330.
24
Introducción
La modernización de la sociedad limeña
Lima, la capital de la República y centro del poder económico, político y
religioso, ha tenido una influencia fundamental en el devenir histórico de Perú. Pese a
representar una parte proporcionalmente pequeña de la población total del país (en torno
al 4% a finales del siglo XIX, el 6,2% en 1930 y el 12% en 1940), 21 los investigadores
sociales han centrado gran parte de sus estudios en la capital, al considerarla precursora
y difusora de nuevas ideas y costumbres. Poco se sabe de la modernización más allá de
los límites físicos de la ciudad ̶ salvo, en todo caso, del papel que las élites regionales
tuvieron en dicho proceso–, pero, para Lima, este proceso se ha estudiado atendiendo
tanto a los indicadores observables en las transformaciones sociales, por ejemplo, el
crecimiento demográfico y el desarrollo manufacturero industrial como «…a la variedad
de ideas y visiones que pretenden hacer de los hombres y mujeres tanto los sujetos
como los objetos de la modernización, darles el poder de cambiar el mundo que está
cambiándoles, abrirse paso a través de la vorágine y hacerla suya». 22 Concretamente, en
lo que respecta a los procesos de carácter subjetivo, con carácter general, la
modernización trajo consigo, por un lado, una cada vez mayor afirmación del individuo
y capacidad de acción del mismo; por otro lado, el desarrollo del pensamiento racional,
donde el progreso constituye un elemento central; y todo ello en detrimento tanto de una
concepción providencial de la vida como de una visión estamental de la sociedad.23
Aunque los primeros signos de modernización de la sociedad limeña aparecen con
anterioridad a la Guerra del Pacífico (1879-1883), nos será hasta diez años después de
su finalización que dicho proceso se consolidará gracias a la estabilidad política del
gobierno de Nicolás de Piérola (1895-1899) y a la bonanza económica ligada a las
exportaciones; momento en el que culmina el proceso de reconstrucción de la ciudad y
se produce un crecimiento significativo de la capital (en gran parte relacionado con
21
Lima pasó de tener 120.994 (4,5% del total del Perú) habitantes censados en 1876, a tener 172.927
(3,7% de la peruana) en 1908 (incremento del 42%), 223.807 en 1920 (4 % del total y un 23% sobre las
cifras de 1908), 376.000 en 1931 (6,2% del total y 68% de incremento sobre las cifras de 1920) y 828.298
en el Departamento de Lima en 1940 (11,79% del total). En 1876 la República contaba con 2.699.105
habitantes, después de esta fecha y hasta 1940 no contamos con censos. Sin embargo, estimaciones
realizadas a partir de los índices de natalidad y mortalidad permiten deducir una población de 4.700.000,
5.500.000, 6.000.000 y 7.023.011 en 1908, 1920, 1930 y 1940 respectivamente. Fuentes: Lima en los
años 1876 a 1931 en David Parker, 1998: 166; Perú en 1876 y las estimaciones para 1908, 1920 y 1930
en Reyes, 2002: 73-74; mientras que los datos relativos a 1940 ya sea de Lima o Perú en Instituto
Nacional de Estadística e Informática, 2007.
22
Berman, 1988: 2.
23
Síntesis extraída de los trabajos de Berman, 1988; y Habermas, 1994.
25
Introducción
procesos migratorios internos) y una nueva composición social, en la que observamos
un mayor peso de las clases medias.24
La ciudad despega definitivamente a principios del siglo XX; en 1908 alcanza las
1.292 hectáreas (más del doble de las 592,28 has de 1858) y se divide en 6 cuarteles, 10
distritos y 42 barrios; con la particularidad de que en cada uno de estos últimos, en esos
momentos, predominaba un sector de la población: la clase alta en aquellos situados en
el primer y segundo cuartel; la clase media-alta y los extranjeros en Miraflores, los
sectores medios en La Victoria y Chirimoyo; y los obreros en Vitarte. Con todo, Steve
Stein y Fanni Muñoz Cabrejo han afirmado que en esos años aún no existía una
segregación residencial acusada,25 de tal forma que distintos sectores sociales y
económicos de la población convivían en los mismos barrios e incluso viviendas. Así lo
indicarían los censos de 1876 y 1908, y especialmente los informes sobre la vivienda de
Leónidas Basurco y Leónidas Avendaño, en los que se sugiere que la escasa oferta
residencial y la demanda de casas decentes en las que hospedarse propiciaba que una
gran parte de la población compartiera viviendas sobrepobladas e insuficientes.26
Dichos informes, además, constatan la cercanía entre los solares, de casas amplias y
bien ventiladas pertenecientes a las clases altas, los callejones,27 donde se alojaban las
clases populares, y las casas de inquilinato y de vecindad,28 preferidas por muchos por
estar catalogadas como viviendas para gente decente, con independencia de las
condiciones de higiene o salubridad del espacio concreto alquilado al interior de las
mismas.
Los estudios más recientes que tratan de la evolución de la ciudad desde finales
del siglo XIX hasta nuestros días han sido realizados desde los presupuestos de las
escuelas históricas social y sociocultural y sostienen que tanto las modificaciones del
espacio físico urbano y el uso del mismo por parte de los ciudadanos como las aparentes
24
En particular, el elevado incremento en el número de industrias, pequeñas empresas, comercios y
bodegas tuvo como consecuencia inmediata el incremento en el número de profesionales, maestros,
industriales, comerciantes, obreros y estudiantes entre otros, en el conjunto social.
25
Respectivamente en Stein, 1986: 48; y Muñoz Cabrejo, 2001: 55.
26
Santiago Basurco y Leonidas Avendaño, “Higiene de la habitación: Informe emitido por la comisión
encargada de estudiar las condiciones sanitarias de las casas de vecindad en Lima”, en Boletín del
Ministerio de Fomento, Dirección de Salubridad Pública 3 (30 de abril de 1907): 6; de los mismos
autores, “Higiene de la habitación, segunda parte” en Boletín del Ministerio de Fomento, Dirección de
Salubridad Pública 3 (31 de mayo de 1907): 65-66; ambos citados en Parker, 1988: 31.
27
Tipo de vivienda que consistía en un gran solar dividido en una serie de cuartos dispuestos uno a cada
lado del pasadizo y donde al final se encontraba un servicio de agua público.
28
Tipo heredado de la casona colonial que en su día alojara a una familia aristocrática extensa pero que
en la actualidad había sido subdividida en pequeños departamentos, algunos de los cuales podían ser
insalubres e incluso peligrosos.
26
Introducción
contradicciones en la acción de las distintas administraciones públicas que influyeron en
el desarrollo de la capital a principios del siglo XX se derivaron de dos ideologías
enfrentadas: una ligada al pasado colonial, denominada criolla, impulsada por la élite
propietaria tradicional y de fundamentos jerárquico-estamentales; la otra ligada a la
incipiente nueva burguesía y de características desarrollistas y positivistas.29
Uno de los historiadores que ha trabajado con mayor profundidad esta
problemática, David Parker, sostiene que la ideología jerárquico estamental del pasado
colonial evolucionó o se transformó a finales del siglo XIX en la ideología criolla; y
que esta última alcanzó la primacía en la sociedad limeña al simplificar el número de
estamentos en que su predecesora dividía la sociedad hasta reducirlos a dos: la gente
decente y la del pueblo. Según Parker, «La gente decente consistía de aquellas personas
que reunían ciertas cualidades “superiores” de raza, apellido, educación, profesión y
estilo de vida…estas cualidades debían formarse en la cuna, ya que no era posible
adquirirlas en el transcurso de la vida». 30 Ser de raza blanca, ejercer una posición
cualificada o poseer la consideración de empleado, enviar a los hijos a un colegio
prestigioso, mostrar pautas de consumo costosas ̶ mediante el uso de prendas costosas,
preferentemente paños ingleses ̶ , otorgar un una enorme importancia al honor y a la
reputación, y manifestar rechazo hacia el trabajo manual, todas estas eran las señas de
identidad principales de la gente decente.
Parker demuestra que el ideario criollo disfrutó de un enorme predicamento entre
las clases medias en el periodo analizado. Los tipos de vivienda más demandados, los
gastos superfluos en que incurría una parte de la población, especialmente los que
denomina “pobres de clase media”, o las movilizaciones de los empleados en defensa de
cuestiones relativas a su honor le hacen concluir que los intentos por adecuar la imagen
de los limeños al ideal recogido en el concepto decente revestían un carácter
generalizado y que, por tanto, éste devino categoría básica de diferenciación social. Por
último, sobre el proceso o lucha ideológica en la que se acabó imponiendo el ideario
criollo realiza tres consideraciones:
 El crecimiento vertiginoso de Lima favoreció el abandono del nacimiento como
seña de identidad y la consolidación de características o marcadores de
diferenciación social externos.
29
Las caracterizaciones han sido extraídas de Parker, 1998 y Stein, 1986, para la jerárquico estamental; y
de Muñoz Cabrejo, 2001, para la modernizadora.
30
Parker, 1998: 165.
27
Introducción
 La diversificación de la economía, la llegada de capital humano y material
extranjero así como el incremento en la movilidad de las personas y,
especialmente, la posibilidad de promocionar en la sociedad con el único requisito
de ser decente hicieron que la riqueza, el ejercicio del poder y el status dejaran de
estar en manos de unas pocas familias y, además, que fueran reconocidos como
objetivos legítimos para un número cada vez más amplio de la población. Por todo
ello, Parker interpreta que los gastos en que incurrían las clases medias para ser
consideradas decentes eran una inversión para la obtención de ventajas sociales y
económicas.
 La justificación de las diferencias sociales en razón de la distinta naturaleza de los
individuos se mantuvo en el seno del ideario criollo. Prueba de ello fue la
acuñación del calificativo huachafo; el que recibían aquellos que pretendían
pertenecer a un status que no les correspondía.31
Por otro lado, el posterior trabajo de Fanni Muñoz Cabrejo sobre las diversiones
públicas de Lima en torno al cambio del siglo XIX al XX vino a reforzar la tesis de que
la introducción en Lima del mencionado imaginario basado en las ideas de progreso y
desarrollo, y fundamentado en una concepción positivista, racional y materialista, fue
responsabilidad de una nueva élite conformada por empresarios exportadores, cargos
públicos, extranjeros, escritores, mujeres modernizadoras, profesionales liberales y otros
provenientes de los sectores medios. Según Muñoz Cabrejo, esta nueva élite dirigente
impulsó dicho discurso y otras medidas con el objeto de transformar a la población en
ciudadanos de características burguesas y, en último término, integrar a Perú en el
selecto grupo de las naciones ricas y desarrolladas.32 Entre dichas medidas, Cabrejo
destacó: la ampliación ordenada de Lima, la creación de nuevos espacios públicos o la
remodelación de los ya existentes, los esfuerzos por mejorar el sistema educativo, las
campañas de higienización y las nuevas ordenanzas sobre las diversiones públicas.
Finalmente, Muñoz Cabrejo apuntó, aunque sin mediar explicación alguna, que la
31
Parker, 1998: 171.
«El ideal de hombre moderno, “civilizado” como lo denominaba la elite, poseía tres rasgos opuestos al
estereotipo del limeño y que hacían extensivo a los peruanos. El primero, el amor al trabajo y a las leyes,
el segundo, la mentalidad racional: que genera la voluntad de acción, el espíritu de empresa; y el tercero
se refiere al nuevo comportamiento y cultivo de un gusto estético asociado a la sensibilidad burguesa que
recorre desde la construcción de un sentimiento de identidad individual hasta el refinamiento de los
comportamientos y las costumbres», en Muñoz Cabrejo, 2001: 236.
32
28
Introducción
batalla entre ambas ideologías se saldó con la victoria del ideario criollo por «…[ser]
los rasgos de esa cultura los que se convirtieron en símbolos de la cultura nacional». 33
En relación a la movilización de las mujeres católicas y el marco teórico de este
trabajo.
Nosotros, al igual que los que nos precedieron en la elección de las mujeres como
objeto de estudio, ya sea como agentes históricos individuales o colectivos,
denunciamos el escaso interés que estas han suscitado generalmente entre los
historiadores. La ausencia de las mismas de la esfera pública hasta fechas recientes ha
sido motivo suficiente para que fueran prácticamente ignoradas por la disciplina
histórica hasta la aparición del fenómeno feminista, y éste inicialmente sólo despertó
interés por su incidencia en el ámbito político. Afortunadamente, esta situación
comenzó a modificarse con la emergencia de la categoría sociedad (y, con ella, de la
teoría de la dinámica de la interacción humana) y los cambios que ello produjo; por una
parte, en la posición de la mujer en el entramado social ̶ su progresiva obtención de
derechos civiles e incorporación al mercado de trabajo y, en consecuencia, al oficio de
investigadora social–; por otro lado, facilitando la aparición de nuevas escuelas
históricas, entre ellas la Historia Social y la Historia Post-social. Todo ello ha
provocado un incremento sustancial en el número de estudios en torno a la historia de
las mujeres en sus diversos contextos.
Al interior de lo que podríamos denominar historia o historias de las mujeres han
operado, sin embargo, diversas limitaciones, algunas de ellas tratadas extensamente más
adelante, en razón de las cuales gran parte de los trabajos de las mujeres de Europa y
América Latina de época contemporánea se han dedicado a tratar su compromiso
político y lucha por la liberación del sistema de género imperante. 34 Los estudios,
generalmente, han primado aquellos procesos y periodos que, se considera,
contribuyeron a mejorar la situación social de la mujer, o aquellas mujeres que,
individual o colectivamente, mostraron de manera explícita, abierta y beligerante su
desacuerdo con la discriminación política y social basada en el género, o que se situaron
en una línea política progresista.
Todo lo anterior ha contribuido a que perdurara en el tiempo el desconocimiento
sobre procesos en los que las principales protagonistas o agentes históricos fueran
33
Ibíd.: 237.
En el caso español, es conocido el balance de los temas, enfoques y pautas de desarrollo recopilado por
Nash, 1991.
34
29
Introducción
mujeres de ideología conservadora y a que se considerara como ciertas afirmaciones
tales como que éstas, primero, habían estado sometidas a otros intereses, especialmente
los de la Iglesia católica; segundo, habían apoyado la subordinación de la mujer;
tercero, habían actuado de freno en el desarrollo del feminismo de primera ola, o
sufragista, y contribuido a su retraso y debilidad; cuarto y como consecuencia de lo
anterior, poseían identidades definidas por la pasividad y la sumisión o subordinación y,
por consiguiente, incapaces de dar cuenta del cambio social.
Desde finales del siglo pasado, sin embargo, y gracias al proceso de relectura de
las experiencias femeninas y reconceptualización del feminismo histórico, para el caso
europeo, y particularmente español, se han publicado trabajos cuyo principal objeto de
estudio han sido precisamente asociaciones de mujeres de ideología conservadora
vinculadas a la Iglesia católica. En opinión de sus autoras, estos trabajos se han visto
influidos por el esquema teórico de la historia sociocultural,35 la introducción de nuevos
enfoques y debates en el seno del pensamiento feminista, el manejo del concepto género
como categoría de análisis histórico y el desplazamiento de la interpretaciones
tradicionales por aquellas que destacan el protagonismo de las mujeres como agentes de
cambio social. Concretamente, nos referimos a los trabajos de Amelia García Checa e
Inma Blasco sobre la Acción Social Católica Femenina en Cataluña y la Acción
Católica de la Mujer en España, respectivamente.36 Dichos trabajos, además, por su
cercanía en el tiempo, objetos de estudio tan similares al nuestro y los desafíos de
carácter teórico-metodológico que representan, han constituido referencia obligada de la
presente investigación.
Los trabajos de García Checa y Blasco, sin embargo, reflejan las dificultades de la
historia sociocultural a la hora de integrar, dentro de un modelo de historia total, la
contribución de unos agentes tan problemáticos como las asociaciones femeninas de
acción católica; las que, dentro del marco de exclusión y subordinación en el que vivía
la mujer a principios del siglo pasado, operaron con cierta libertad dentro de la
35
Recordamos que la historia sociocultural ha sido descrita como un fruto de la crisis de la modernidad,
fenómeno advertido en todas las ciencias sociales en el último cuarto del siglo XX, que representó una
puesta al día del modelo dicotómico objetivista. Los historiadores socioculturales, de entre los que
destacan Roger Chartier y E.P. Thompson, primero enriquecieron la esfera objetiva mediante la
incorporación a la misma de todas las formas de diferenciación como el sexo, la raza, la generación o la
comunidad, así como los recursos (ya sean materiales o culturales) de los que disponen los sujetos en el
curso de su acción. Luego, negaron la conexión unívoca entre la estructura socioeconómica (objetiva) y la
acción consciente (subjetiva), y en su lugar, defendieron la existencia de una interacción mutua o
dialéctica entre ambas.
36
García Checa, 2007; y Blasco Herranz, 2003.
30
Introducción
institución jerarquizada y patriarcal que es la Iglesia católica, salieron al espacio público
y político, y promovieron reformas en los ámbitos político, civil y educativo de la
sociedad. Ambos estudios identifican a la Iglesia católica como un agente histórico que
ocupaba una posición de privilegio en el entramado social y que, en función de sus
intereses, principalmente el mantenimiento de sus privilegios, creó un discurso
ideológico fundamentado en las tradicionales funciones de la mujer como madre y
esposa, y promovió la organización de la Acción Católica. Los dos trabajos coinciden
en señalar que las activistas católicas demostraron poseer inquietudes, como el deseo de
intervención en la vida pública, que escaparon del control ideológico ejercido por la
Iglesia. Blasco aventura que las contradicciones existentes entre ya sea la práctica social
o, en menor media, el pensamiento de las dirigentes y el sistema de género que
difundieron encontrarían explicación en el conjunto de factores que influyen en la
génesis de la experiencia y el papel de ésta en la creación de identidades e intereses. Sin
embargo, en opinión de ambas, la recuperación de las asociaciones femeninas católicas,
surgidas en el primer cuarto del siglo XX, como agentes históricos y su contribución
tanto al proceso de modernización de la sociedad española como a la modificación del
sistema
de
género
existente
en
España
quedaron
comprometidos
por
la
instrumentalización a que fueron sometidas por la jerarquía eclesiástica; o, en otras
palabras, que la contribución de las asociaciones femeninas católicas tanto al proceso de
modernización de la sociedad como a la modificación del sistema de género existente en
España tuvo un alcance limitado.
Además de los trabajos citados, ha habido otros que nos acercaron a la realidad
social de Perú para el periodo analizado. Concretamente, entre ellos y pese a no
coincidir en algunos de sus postulados, queremos destacar los estudios sobre las mujeres
peruanas de Giovanna Minardi,37 Francesca Denegri,38 y especialmente Marítza
Villacencio.39 Y es que, salvo en los casos de protagonistas excepcionales, dichas
autoras describen a las mujeres como sujetos pasivos, receptoras de la ideología
imperante, sujetas a la doble tiranía de la clase y del género; y, particularmente a las
mujeres católicas de clase media, como fieles seguidoras del discurso emitido por la
Iglesia. Conclusiones emitidas, en las obras citadas, a partir del estudio de tres fuentes
principales, los censos poblacionales, los testimonios orales de un puñado de mujeres y
37
Minardi, 2000.
Denegri, 2004.
39
Villacencio, 1992.
38
31
Introducción
los escritos de mujeres destacadas como María Jesús Alvarado, Magda Portal o Teresa
González de Fanning. De entre esta tradición, aunque añadiendo conceptos
pertenecientes a la historia discursiva, ha surgido el trabajo de Emma Mannarelli;40
doblemente interesante tanto por las nuevas fuentes que aporta como por los tratados y
tesis médicas, y su tratamiento del concepto discurso, poco desarrollado y
tremendamente novedoso en la historiografía peruana. Mannarelli, apoyándose en el
pensamiento de Robert Vion y Norbert Elías, sostiene que el discurso emitido por
médicos y escritoras a principio de siglo fue fruto del sistema de presiones o relaciones
de poder existentes y, al mismo tiempo, una forma de construcción de la realidad,
mediante la que sus protagonistas se autodefinieron como sujetos de ella. Además,
durante el periodo analizado identifica el desarrollo de la iniciativa femenina por la
educación, las organizaciones y asociaciones de mujeres, y por el esfuerzo de las
mismas por redefinir una moral femenina basada en el trabajo y dignificada por la
educación. Su obra Limpias y Modernas. Género, Higiene y Cultura en la Lima del
Novecientos nos ha servido de estímulo al recoger algunas de las inquietudes que habían
motivado esta investigación y carecer de un marco teórico claro y explícito.41
Los estudios tanto de García Checa, Inma Blasco como del resto de historiadoras
de la escuela sociocultural arriba referidos,42 pese a hacer visible la acción de las
mujeres y poner en entredicho la llamada historia oficial, son, en nuestra opinión,
ejemplos de la denominada historia positivista, según la descripción contenida en los
estudios que Joan Scott dedicó al lenguaje, la experiencia y la identidad;43 la que se
caracterizaría por:
 Rescatar determinados sujetos individuales y colectivos relegados por la historia
social sin poner en cuestión los principios fundamentales de esta última y, en
particular, el modelo dicotómico-objetivista cimentado en la existencia de una
esfera objetiva o “real” definida por las condiciones materiales de existencia. Y
otra subjetiva, derivada de la primera, en la que se incluyen la experiencia, la
conciencia, la identidad y la cultura.
40
Mannarelli, 1998 y 1999.
Mannarelli, 1999.
42
En esta misma línea teórica quedan integrados trabajos como los de Mannarelli, 1998 y 1999; Muñoz
Cabrejo, 2001; Mc.Gee, 1984; y Veneros, 1997. Estos dos últimos sobre el feminismo católico en
Argentina y Chile, respectivamente.
43
De forma sucinta destacamos: Joan W. Scott, 1988. 1989a, 1989b, 1990, 1991, 1992, 1993, 1996a.
1996b, 1997, 1999 y 2001.
41
32
Introducción
 Definir la categoría discurso como una herramienta ideológica o una
manifestación del lenguaje, desde presupuestos en los que este último es
considerado como mera representación de la realidad objetiva.
 Naturalizar las categorías mediante las que se define la identidad de los agentes
históricos y deducir su acción a partir de la experiencia; la que quedaría definida,
en último término, como reflejo de la posición que aquéllos ocupan en el
entramado socio-económico.
 Concebir a las mujeres como sujetos fijos y atemporales, es decir, cuya identidad
“femenina” es natural o ahistórica.
En definitiva, tras el análisis de los trabajos de Blasco y de García Checa,
llegamos a la conclusión de que el marco teórico de la historia sociocultural impedía
reconstruir apropiadamente nuestros sujetos de estudio, es decir su identidad, intereses y
acción, así como su grado de relación o participación en procesos experimentados por el
conjunto social. A consecuencia de ello, dirigimos nuestra mirada a otras propuestas
explicativas dentro de la disciplina histórica, probablemente a una de las que ha
demostrado más alcance y ambición, entre otras razones por su apuesta por una nueva
fuente de causalidad histórica; concretamente la de Historia Post-social, también
conocida como Historia Discursiva.44
La Historia Discursiva parte de un supuesto compartido con la historia
sociocultural, el de que los individuos experimentan el mundo, entablan relaciones entre
sí y emprenden sus acciones desde el interior de una matriz categorial que no pueden
trascender y que condiciona efectivamente su actividad vital. Sin embargo, introduce
una serie de novedades fundamentales que condensamos en los siguientes puntos:
 La realidad social, referente material o conjunto de fenómenos reales, carece de
sentido por sí misma y sólo deviene significativa a través de un marco de
categorías o patrón categorial, también llamado discurso.45
 El discurso o cuerpo de categorías mediante el cual, en toda situación histórica,
los individuos aprehenden y ordenan subjetivamente la realidad social conforma
una esfera social específica que, por lo tanto, no está previamente inscrita o
determinada por la realidad misma. Como consecuencia de lo anterior, las formas
de conciencia y las prácticas de los agentes que conforman los procesos no pueden
44
45
Seguimos la síntesis del modelo realizada en Cabrera, 2001.
Ibíd.: 62.
33
Introducción
seguir siendo considerados como expresiones o efectos de las condiciones o
cambios socioeconómicos, sino más bien como el resultado de una particular
construcción significativa de la realidad.46
 El discurso se compone, por un lado, de conceptos: generalmente categorías
inconscientes que trascienden a los propios sujetos, escapando a su control
intencional; y, por otro lado, de significados: entidades subjetivas, de las que el
sujeto tiene conciencia plena, manejándolos a voluntad dentro de la práctica
social.47
 El discurso tiene una naturaleza intertextual y está materialmente vinculado al
referente material, también conocido como realidad social, pero vinculado al
discurso precedente. Y por tanto, la evolución del discurso se deriva de las
potencialidades de los conceptos precedentes.48
 La construcción significativa de la realidad, mediación discursiva, movilización o
articulación histórica es una operación al interior de los agentes históricos, fruto
de la mediación entre el referente real y la matriz categorial y responsable de
generar los significados y las formas de conciencia que subyacen a las diversas
modalidades de práctica por parte de los individuos.49
La consecuencia evidente de intentar aplicar a nuestro proyecto esta nueva forma
de concebir, tanto las identidades de los sujetos como las relaciones que entablan entre
ellos, fue centrar nuestra atención en la identificación del patrón categorial de
significados, o discurso, existente en Perú en el periodo analizado, el análisis de los
términos exactos de la mediación que éste (discurso) ejercía entre los individuos y sus
condiciones sociales y materiales de existencia, y la evaluación de sus efectos sobre la
configuración de las relaciones sociales.
El análisis de la caracterización que hizo Miguel Ángel Cabrera de las bases
teóricas de la escuela histórica discursiva, contenida en su Historia, lenguaje y Teoría
de la Sociedad, sin embargo, hizo que, casi desde el inicio de esta investigación,
asignáramos una interpretación ligeramente distinta a un axioma y a uno de los
conceptos contenidos en las bases; concretamente el de movilización. Por ello, conviene
que le dediquemos al asunto unas palabras aclaratorias. La Historia Discursiva, como
46
Ibíd.:77.
Ibíd.:54.
48
Ibíd.:71.
49
Ibíd.: 63 y 83.
47
34
Introducción
vimos anteriormente, sostiene que los individuos experimentan el mundo, entablan
relaciones entre sí y emprenden sus acciones siempre desde el interior de una matriz
categorial o discurso que no pueden trascender y que condiciona efectivamente su
actividad vital, pero sobre la que tienen la capacidad de movilizar, desarrollar y
desplegar sus posibilidades significativas -se entiende, de forma consciente.50 Nosotros,
interesados en explicar tanto la evolución de los discursos como aquello que escapa al
control de los individuos, por una parte, haremos hincapié en que los discursos son una
creación humana y, por lo tanto, están vinculados ontológicamente al contexto
económico y material. Y precisamente, en nuestra opinión, la diferencia entre los
sujetos y los agentes sociales será que los segundos participan en la creación o
modificación de las categorías del discurso; y, como consecuencia de lo anterior, no es
posible establecer una relación causa efecto entre dichas categorías y las condiciones
materiales de existencia.
Por otro lado, incluimos dentro del concepto movilización, o de la acción de
movilizar, el impulso ejercido por el discurso sobre los sujetos y necesario en la
construcción de sus identidades, intereses y acción. Movilización, entonces, como
origen de la acción y simultáneamente expresión de las capacidades de los individuos o,
en otras palabras, concepto expresión de una realidad social construida por los agentes
históricos a partir de una matriz categorial existente previa, a su vez sometida a
transformación por la modificación, supresión y creación de nuevas categorías en la
práctica social.
Como el propósito que guiaba inicialmente este trabajo era caracterizar la
identidad y explicar los intereses y acción de las activistas de acción católica en Perú, en
primer lugar, debíamos identificar el conjunto de categorías que posibilitaron las
constitución y, posterior, movilización de las asociaciones de acción católica; y,
segundo, analizar dicha articulación significativa o movilización.
En el momento en que aceptamos el reto, sin embargo, fuimos conscientes de que
la reconstrucción del discurso que movilizaba a los activistas católicos era una labor que
excedía los límites de este trabajo; la naturaleza del discurso, tal y como lo define la
Historia Post Social, habría requerido analizar la sociedad peruana en su conjunto. A
resultas de lo anterior y de otras razones ya apuntadas, por un lado, tuvimos que ampliar
nuestro campo de estudio. Por otro y en relación a las activistas de acción católica, en
50
Ibíd.: 73.
35
Introducción
primer lugar, nos centramos en desentrañar su articulación significativa en base a sólo
una de las categorías que conformaban el discurso o imaginario social del contexto
peruano: la acción católica; y en segundo lugar, analizamos la participación de las
activistas en el proceso de modernización -especialmente en lo que hace referencia a los
procesos de carácter subjetivo y a la práctica social- de la sociedad peruana, y
particularmente en aquel experimentado por la sociedad limeña.
Fuentes
Tras analizar la bibliografía existente sobre la historia de la Iglesia peruana en
época contemporánea, centramos los trabajos de documentación en fuentes escritas que,
casi en su totalidad no habían sido exploradas con anterioridad; algunas de ellas de
finales del siglo XIX, pero en su mayoría del siglo XX, y más concretamente de sus
décadas segunda y tercera. La cantidad de fuentes disponibles varían en razón de los
diferentes periodos que aquí se abordan. Así, por ejemplo, el volumen de
documentación a nuestra disposición sobre las asociaciones católicas seglares se
incrementa conforme avanzamos en el periodo analizado, siendo significativamente
mayor en los gobiernos de Sánchez Cerro y Benavides que en el régimen de Leguía.
De diversa índole, las principales fuentes han sido: por un lado, numerosos
folletos, ensayos y publicaciones periódicas, estas últimas en la forma de medios de
prensa (en su mayoría de Lima) y de órganos de propaganda de tres ramas de la Acción
Católica Peruana (mujer, juventud masculina y juventud femenina). Por otro, diversa
documentación, aunque especialmente la correspondencia y memorias de actividad, de
instituciones como el Arzobispado de Lima, la Nunciatura Apostólica en Perú, la
Misión o Viceprovincia peruana de la Compañía de Jesús y el Instituto Femenino de
Estudios Superiores de la PUCP; asociaciones, concretamente, Acción Católica de
Damas Peruanas, Acción Católica de la Mujer Peruana y Acción Católica de la Juventud
Femenina Peruana; y relevantes agentes históricos como el arzobispo Emilio Lissón, el
viceprovincial de los jesuitas Valentín Sánchez y los políticos católicos Víctor Andrés
Belaunde y José de la Riva Agüero.
La inmensa mayoría de los ensayos y publicaciones periódicas citados fue
consultada en la Biblioteca Nacional del Perú, en la de la Facultad de Teología Pontifica
y Civil de Lima y en otras pertenecientes a las universidades Ruiz de Montoya, San
Marcos y la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). El resto de
36
Introducción
documentación procede de las siguientes instituciones: el Archivo de la Acción Católica
Peruana en Lima (AACPL), el Archivo Arzobispal de Lima (AAL), el Archivo Secreto
Vaticano (ASV), el Archivum Romanum Societatis Iesu (ARSI), el Instituto Riva
Agüero (IRA), el Archivo de la Causa de Beatificación de Emilio Lissón (ACBL) y el
Archivo Central de la PUCP (ACPUCP). A continuación expondremos en breve los
fondos consultados en las que, de entre ellas, mejor han servido a nuestros intereses.
Archivo de la Acción Católica Peruana en Lima (AACPL). Nos ha permitido
acceder a diversa documentación (de carácter público e interno) de las asociaciones
que, con distintas denominaciones, se fueron sucediendo a la cabeza de las ramas
femenina y juventud femenina pertenecientes a la Acción Católica Peruana. No
catalogada, ésta ha consistido principalmente en informes y memorias de actividad de
sus órganos de dirección, correspondencia interna y externa, órganos oficiales de
propaganda y, finalmente, ensayos, panfletos, memorias y estatutos publicados por
ambas ramas. Todas estas publicaciones han sido de especial utilidad en la consecución
de nuestros objetivos. Por una parte, nos han permitido reconstruir la historia de varias
asociaciones femeninas católicas. Por otra y más allá de que los debates internos o las
opiniones de la mujeres tuvieran o no repercusión pública, su estudio analítico ha sido
particularmente relevante a la hora de desentrañar el proceso de reflexión interna y
posterior movilización social de las activistas.
Archivo Arzobispal de Lima (AAL). Hemos consultado los fondos denominados
Acción Católica, Primer Congreso Eucarístico Nacional, Archivo Intermedio y, por
último, Comunicaciones. Destaca la información recabada y concerniente al citado
congreso, la relativa al conglomerado empresarial que creó Lissón en la década de 1920,
así como la correspondencia del arzobispado en el periodo analizado.
Archivo Secreto Vaticano (ASV). Hemos consultado los fondos de la Nunziatura
in Perù desde 1862 a 1936, centrando nuestra atención en el periodo 1921-36; años en
los que se sucedieron al frente de la Nunciatura Apostólica los Mons. Chiarlo (del 8 de
Enero al 8 de octubre de 1921), Petrelli (1921-1926),51 Cimino (1926-1928) y
Cicognani (1928-1936). De entre la documentación consultada destaca: en primer lugar,
la encuesta relativa a la Acción Católica promovida por el nuncio Petrelli a finales de
1921, principios de 1922. En segundo lugar, el extenso Informe nº157 (del 15 de
octubre de 1930) así como la documentación anexa al mismo que el nuncio Cicognani
51
Aunque durante los años 1925 y 1926, la responsabilidad le fue delegada al oficial de la nunciatura
Mons. Aldo Laghi.
37
Introducción
envió a Eugenio Pacelli –secretario de Estado de la S.S. entre el 9 de febrero de 1930 y
el 10 de febrero de 1939, hasta poco antes de que fuera elegido como Papa Pio XII–,
sobre la Acción Católica y la labor de Lissón al frente del Arzobispado. En tercer lugar,
todo lo concerniente al Primer Congreso Eucarístico Nacional de 1935 y a la voluntad
de Benavides de firmar un Concordato con la Santa Sede en 1936.
Archivum Romanum Societatis Iesu (ARSI). Hasta 1929, las instituciones de la
Compañía de Jesús en Perú (colegios, residencias y seminarios) conformaban la llamada
Misión Peruana –llamada así, principalmente, por el importante número de extranjeros
que servían en ellas–; la que dependía de la Provincia jesuítica de Toledo. A partir de
ese año, la Misión Peruana adquirió el rango de Viceprovincia, aunque siguió
dependiendo de Toledo. En el ARSI, archivo central de la Compañía de Jesús sito en
Roma, hemos consultado los informes remitidos cada tres años desde Perú, desde
principios del siglo XX y hasta 1936; la correspondencia del general de la orden con los
miembros de la Compañía, para el mismo periodo aunque extendido hasta 1946; así
como el Catalogus Provincia Toletanae entre los años 1916 y 1941. Este último es un
extenso documento divido por años, en el que consta el número y calidad de los padres
que servían en las instituciones de la compañía (en la provincia de Toledo) así como los
diferentes cargos que ocupaba cada uno de ellos.
Instituto Riva Agüero (IRA). De entre los fondos consultados en esta institución
de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), destacan publicaciones
periódicas como el órgano oficial de propaganda de la arquidiócesis, El Amigo del
Clero, folletos y ensayos de miembros relevantes del clero, entre ellos Mons. Drinot i
Piérola, así como los epistolarios de dos prominentes políticos católicos: Víctor Andrés
de Belaunde y, el benefactor de la universidad católica, José de la Riva Agüero.
Cabe destacar, igualmente, los fondos relativos tanto a Emilio Lissón como a la
situación financiera de la arquidiócesis de Lima, así como aquellos del IFES que
consultamos, respectivamente, en el ACBL, sito en la parroquia de la Medalla
Milagrosa de Lima, y en el ACPUCP.
En esta investigación se ha otorgado un elevado grado de fiabilidad a todas las
fuentes arriba referenciadas, ya sean públicas o privadas; aunque especialmente a estas
últimas, por la relevancia de los firmantes, por reflejar en muchos casos controversias y,
en ocasiones, por su acceso restringido. Pese a que el carácter repetitivo de gran parte de
la documentación hace su estudio algo tedioso, un análisis atento de la misma, en primer
38
Introducción
lugar, arroja luz sobre los debates internos y las diferencias de criterio existentes en el
seno de la Iglesia peruana así como de la posición, sugerencias e instrucciones que
fueron remitidas desde el Vaticano tanto a la jerarquía eclesiástica como a los padres de
la Compañía de Jesús en Perú. En segundo lugar, permite comprender la
acción/inacción de la jerarquía católica y, en general, del Movimiento Católico
peruanos; y, además, analizar la movilización ejercida por la categoría acción católica
en el contexto y periodo de estudio.
Finalmente no queremos cerrar este apartado dedicado a las fuentes sin volver a
mencionar la importancia que hemos otorgado tanto a la prensa católica como,
particularmente, a las publicaciones elaboradas por y dirigidas a las militantes católicas.
Aunque tal información refleja sólo parcialmente la fachada pública de las asociaciones
católicas
femeninas,
por
un
lado,
permite
objetar
razonadamente
aquellas
interpretaciones que encuentran en la sumisión y la obediencia a la jerarquía las únicas
pautas explicativas del comportamiento de las activistas católicas. Por otro, amplía
nuestra comprensión del protagonismo, implicación y responsabilidad de dichas
activistas en los procesos históricos analizados.
Estructura interna de la tesis
Con el objeto de alcanzar los objetivos y demostrar las hipótesis antes expuestas,
este trabajo
se ha
estructurado
en siete
capítulos
ordenados
temática
y
cronológicamente. La aparición y evolución de la categoría acción católica en Perú, así
como a su relación con la participación de los católicos peruanos en la dinámica
electoral peruana desde finales del siglo XIX y hasta la década de 1920, son objeto de
estudio en el capítulo primero. El segundo capítulo aborda la construcción de la
categoría acción católica en su sentido estricto y su influencia en el devenir de la Iglesia
peruana en la década de 1920. El tercero analiza la polémica gestión económica de
Lissón al frente de la arquidiócesis de Lima así como las razones de carácter práctico y
en el orden ideológico que motivaron su dimisión y posterior salida del país en enero de
1931. El cuarto versa sobre las asociaciones que, en la década de 1920 en Perú,
operaron como precursoras en la organización de la asociación Acción Católica
Peruana, y particularmente de su rama femenina. El quinto prolonga dicho análisis hasta
la celebración del Primer Congreso Eucarístico Nacional en l935. El sexto se centra en
la organización y celebración de dicho congreso así como en el nacimiento oficial de la
Acción Católica Peruana. El séptimo y último estudia la evolución de la ACP, y
39
Introducción
especialmente, los intereses y acción de las principales asociaciones femeninas de
acción católica en Perú durante los años 1935 y 1936.
Este trabajo presenta, tanto por su amplitud temática, cronológica y geográfica
como por su ambicioso marco teórico, varias limitaciones. Pese a su título, se ha
privilegiado el análisis de fuentes documentales relativas a la arquidiócesis de Lima
sobre las del resto de diócesis. Se ha empleado prensa católica y los órganos de
propaganda tanto de la arquidiócesis como de varias asociaciones insertas en el
Movimiento Católico peruano, aunque, en su mayoría, radicadas preferentemente en la
capital y, en menor medida, Arequipa. Profundizar en las particularidades,
convergencias y divergencias de las diferentes expresiones del MC en la república
queda abierto a futuras investigaciones. Guiados por nuestras fuentes, se ha analizado la
situación financiera de la arquidiócesis hasta el año 1933. Con todo, la ingente
documentación atesorada en los archivos visitados, y sólo parcialmente explorados, nos
invita a ser optimistas y confiar en que nuevos hallazgos documentales permitan, por un
lado, resolver las dudas planteadas y no resueltas y, por otro, abordar las finanzas
eclesiásticas más allá de esa fecha y los límites de Lima.
Por otro lado, ha sido imposible abordar en extenso y, por lo tanto, emitir una
valoración general del gobierno de la arquidiócesis de Lima por Emilio Lissón, Mariano
Holguín (administrador apostólico) y Pedro Pascual Farfán de los Godos. Tampoco
hemos podido ahondar en varios aspectos temáticos concretos relacionados con el MC,
como las terceras órdenes y, significativamente, la sindicación católica, si bien aquí se
plantean algunas líneas generales y la problemática al respecto de esta última al interior
del MC peruano en los años 30´.
Una parte nada despreciable del esfuerzo vertido en esta investigación ha sido
dirigido al aparato teórico que la sostiene y que en buena medida ha sido expuesto. Con
todo, y pese a las limitaciones arriba señaladas, estamos satisfechos tanto de las horas
dedicadas a hacer nuestra la propuesta teórica de la escuela discursiva como de los
capítulos y apartados dedicados a la movilización de varios agentes individuales y
colectivos objeto de nuestro interés. Estamos convencidos de que este trabajo supone un
primer paso hacia una comprensión más completa y alejada de prejuicios, de los
mecanismos y categorías –entre estas últimas, la acción católica‒ que intervinieron en
la construcción significativa y acción del MC peruano, y específicamente de las
activistas de la Acción Católica.
40
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
1. DEL MOVIMIENTO CATÓLICO A LA ACCIÓN CATÓLICA EN
PERÚ (1896-1921)
El 22 de noviembre de 1921, Emilio Lissón, joven arzobispo de Lima,1 en
respuesta a la petición del nuevo nuncio en el Perú, Giuseppe Petrelli, le remitió un
extenso informe en el que vertía su opinión sobre «el carácter que debe tener la acción
católica en el Perú».2 Apenas un mes más tarde y según declaración propia, requerido el
concurso del nuncio por la asociación Unión Católica del Perú para impulsar la creación
de una «firme, activa y disciplinada agrupación de hombres de buena voluntad, al objeto
de ofrecer protección a los católicos, sin distinción de partido político»,3 éste se ponía
en contacto de manera reservada con todos los obispos del país,4 con Justo Riquelme,
vicario capitular de Puno por estar esta sede vacante, y con el canónigo Francisco
Rubén Berroa, director del diario El Deber de Arequipa y futuro obispo de Huánuco.
Objetivo de la misiva era recabar su opinión sobre uno de los acuerdos reservados de la
última Asamblea Episcopal de 1917, el referido a la creación de una Liga Electoral
Católica;5 en palabras del nuncio, «como una de las formas de agrupación y
organización de nuestras fuerzas, en favor de los altos intereses de la Religión y de la
Sociedad en el Perú».6 La solicitud venía acompañada de unas «consideraciones de
carácter general y unas conclusiones que en contra de esta planeada organización se me
han manifestado»,7 que debían ser “contestadas” y, por lo tanto, servir de guía en la
exposición del pensamiento de los prelados. Significativamente, tanto la estructura
como el contenido de las reflexiones y conclusiones finales que trasladaba el nuncio a
1
Emilio Lissón Chávez nació en Arequipa el 24 de Mayo de 1872, ingresó en la Congregación de los PP.
de la Misión en 1892, recibió la consagración episcopal de la diócesis de Chachapoyas el 18 de
Septiembre de 1909 y en Julio de 1918, en algo menos de nueve años de servicio al frente de su diócesis y
con cuarenta y seis años de edad, de la Arquidiócesis de Lima. La mayor parte de los datos biográficos
han sido extraídos de Benito, 2004: 115-126.
2
En Archivio Segreto Vaticano (en adelante ASV), Nunziatura Apostólica in Perù (en adelante NP).
Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, ff.2-8.
3
Ibíd. f.9.
4
Monseñores Mariano Holguín, Carlos García Irigoyen, P. Pascual Farfán, Domingo Vargas, Francisco
de P. Grozo, Fidel Olivas Escudero y Octavio Ortiz Arrieta, obispos respectivamente de Arequipa,
Trujillo, Cuzco, Huaraz, Cajamarca, Ayacucho y Chachapoyas. Ibíd. f.15.
5
«Siendo manifiesta la conveniencia de agrupar y organizar debidamente, las fuerzas católicas,
diseminadas al presente en la República, sin cohesión ni vinculación alguna, a favor de los altos intereses
de la Religión y de la Patria, la Asamblea acuerda: Invitar a todos los católicos del Perú, sin distinción de
partidos políticos, a la fundación de una liga electoral católica» extracto de los “Acuerdos reservados de
la Asamblea Episcopal del año 1917”, en Saranyana y Armas Asín, 2010: 135-136.
6
“Protocolo 86/21” en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, f.9.
7
Ibíd. f.10.
41
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
los obispos no eran sino una síntesis del informe de Lissón, una vez extraídas las
referencias al arzobispo y las citas pontificias.
En menos de tres meses, Petrelli recibía cumplida respuesta a su requerimiento de
todos los prelados, salvo de Francisco de P. Grozo, obispo de Cajamarca. Sin lugar a
dudas, los aproximadamente sesenta folios mecanografiados, depositados en el Archivo
Secreto Vaticano, que dan cuenta de este intercambio epistolar entre noviembre de 1921
y marzo de 1922 son una fuente excelente para estudiar aspectos poco conocidos tanto
de la evolución de la acción católica como de la intervención política de los católicos en
el Perú en las dos primeras décadas del siglo XX.
El Movimiento Católico –en la forma definida por Feliciano Montero como
«…concepto globalizador de manifestaciones sectoriales de la acción de los católicos en
la sociedad contemporánea (así quedan incluidos el catolicismo social, la defensa de la
escuela católica, las diversas formas de propaganda católica, la organización de la
Buena Prensa o los intentos de crear un partido católico)»–8 o la acción católica, en
sentido lato o extenso ̶ tal y como sería definida por Pio X (1903-1914) en su encíclica
“Il fermo propósito”,9 como cualquier obra que individual o colectivamente ejecutaran
los fieles católicos, con fines, más o menos directos, de apostolado– comenzó a
manifestarse en el Perú a finales del siglo XIX.
La labor de los activistas, ya fueran seglares ya religiosos, vino determinada por
su concepción de la realidad social y por su posición y actitud frente al régimen
político-religioso vigente en el contexto peruano. Por lo tanto, el encaje Iglesia-Estado
o, en otras palabras, las posibilidades que ofrecía el sistema jurídico-político a la acción
de la Iglesia y el debate o grado de unión entre diferentes facciones político-religiosas
católicas tuvieron que ser factores claves en la determinación de las estrategias centrales
del Movimiento Católico peruano así como en su grado de seguimiento y efectividad.
Sabemos que en Europa los términos Movimiento Católico y acción católica se
emplearon indistintamente hasta el pontificado de Pio XI (1922-1939), momento en el
que, como consecuencia de un proceso de maduración interna y de las exigencias
impuestas por un nuevo contexto político, sólo las labores apostólicas y formativas
8
Montero, 1993: 8.
«El conjunto de todas estas obras alentadas y promovidas en gran parte los seglares católicos, y
variamente trazadas conforme a las necesidades propias de cada nación y a las circunstancias peculiares
de cada país, es precisamente lo con un término más especial y ciertamente más noble suele llamarse
Acción Católica o la Acción de los Católicos» de “SAN PIO X. IL FERMO PROPOSITO. EE. 11 junio
1905. SOBRE LA ACCIÓN CATÓLICA [ITALIA]”. En cursiva y mayúsculas en el original. Acción
Católica Española, 1962: 1881.
9
42
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
dependientes de la jerarquía tuvieron la consideración de acción católica, en sentido
estricto. Por desgracia, el caso peruano apenas ha sido estudiado hasta el momento.
Como vimos antes, los únicos historiadores que hicieron referencia en sus trabajos a la
acción católica en el Perú, Jeffrey Klaiber y Pilar García Jordán, no se detuvieron a
analizar el nacimiento y evolución de esta categoría de análisis histórico ni del sujeto
colectivo que, con el mismo nombre, tuvo una importante contribución en la
modernización de la sociedad peruana.
Klaiber aplicó para el caso peruano, sin cuestionarla, la transición que
experimentó la acción católica en Europa, identificó a aquella en sentido lato como
precursora de la organización de los partidos católicos y, sin aportar apenas información
al respecto de las asociaciones católicas activas en el primer cuarto del siglo XX,
únicamente mencionó la reiterada aparición en los acuerdos de las Asambleas
Episcopales de referencias a la necesidad de fomentar la Unión Católica de Caballeros y
Señoras, la Juventud Católica; los Círculos Católicos de Obreros y el Apostolado de la
Prensa, como primeras manifestaciones de la Acción Católica en el Perú. Por otra parte,
García Jordán se centró en la faceta política del Movimiento Católico peruano,
especialmente en las experiencias regionales de creación de partidos católicos y, dedicó
sólo unas palabras a presentar el pensamiento de Pedro Pablo Drinot i Piérola (obispo
de Huánuco entre 1904 y 1920) como, en su opinión, primer impulsor de la ideas
demócrata-cristianas en la Iglesia peruana y su labor, precursora de la organización de la
acción católica, en sentido estricto, en Perú.
En este capítulo, gracias al análisis sistemático tanto de los textos arriba
mencionados como de otras comunicaciones provenientes, principalmente, del Archivo
Arzobispal de Lima, el Archivo Secreto Vaticano, así como, en menor medida, del
Instituto Riva Agüero y la Biblioteca Nacional del Perú, para el periodo comprendido
entre 1896 y 1921, estudiaremos lo siguientes asuntos: uno, las distintas posiciones y
evolución de los planteamientos políticos al interior del Movimiento Católico peruano;
dos, los discursos o formas de construir la realidad social y política peruana en el seno
de la Iglesia católica, como sociedad cristiana; y tres, las consecuencias que se
derivaron de dichas diferencias en el seno del Movimiento Católico, de las que
destacaremos el nacimiento de la Acción Católica peruana en sentido estricto, como
“Participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia” y la especial
relación de la Iglesia peruana, como institución, con el régimen político, instaurado en
1919, de la “Patria Nueva”.
43
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
La primera hipótesis cuya demostración articula este capítulo es que, a principios
del siglo XX, la posición ideológica y la acción del arzobispo de Lima tuvieron una
influencia determinante tanto en la actividad pública del Movimiento Católico como en
la relación entre la Iglesia y el Estado peruanos. Por ello, comenzaremos por conocer las
razones que explican cómo un, a juicio de sus contemporáneos, 10 modesto y silencioso
profesor de provincias, trabajador, muy estudioso y de gran espíritu sacerdotal llegó a
ocupar la primera silla episcopal del Perú; y, posteriormente, abordaremos su
trayectoria, posición ideológica y algunas de sus primeras acciones al frente del
arzobispado.
El segundo apartado lo dedicaremos a presentar la evolución en la posición del
Movimiento Católico sobre la acción política desde finales del siglo XIX y hasta el
establecimiento del régimen de Leguía. En el transcurso del mismo, demostraremos
que, en el momento de ser ascendido al arzobispado de Lima, Emilio Lissón mantenía
profundas discrepancias con la mayoría del Movimiento Católico tanto en la concepción
del contexto político y social peruano, como en las formas adecuadas de intervención de
los católicos en la sociedad.
Finalizaremos el capítulo exponiendo algunas características de los discursos o
formas de construir la realidad social y política peruana en el seno de la Iglesia católica;
especialmente, nos interesará subrayar las diferencias existentes entre el discurso de
Lissón y aquel construido por la mayoría de los obispos peruanos.
1.1. El obispo Lissón en el Perú de principios del siglo XX
Emilio Lissón Chávez era oriundo de Arequipa, allí estaba afincada su familia y
en dicha ciudad desarrolló sus primeros estudios en el colegio de San Vicente de Paul,
regentado por los padres de la Sagrada Congregación de la Misión (los llamados
lazaristas) y dirigido por el padre Hipólito Duhamel. A la edad de veinte años Lissón
ingresó en dicha congregación y tres años más tarde fue ordenado sacerdote en París, a
donde había viajado para completar su formación religiosa. Requerida su ayuda por
Duhamel, regresó a Arequipa en 1899, donde continuó su formación académica,11
10
Al menos esa es la descripción más común que encontramos en los informes sobre su persona
recopilados por el Vaticano con el objeto de analizar su idoneidad para el cargo de obispo de
Chachapoyas. Copias de los mismos se encuentran en el Archivo de la Causa de Beatificación de Emilio
Lissón-Parroquia de la Medalla Milagrosa en Lima (en adelante ACBL).
11
Esta incluía, además, algunos cursos sueltos que siguió en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de
Lima, concretamente los de Lugares Teológicos, Historia Eclesiástica (de segundo año) y Teología Moral
(Sacramentos) y Dogmática, Liturgia y Cómputo Eclesiástico. Benito, 2004: 119-121.
44
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
graduándose en la Universidad Nacional “San Agustín” como bachiller en ciencias
naturales en 1904. Sin embargo, tres años más tarde, abandonaría definitivamente la
ciudad que le vio nacer, para ejercer de profesor y director espiritual del Seminario de
los padres lazaristas en Trujillo.
La carrera eclesiástica de Mons. Lissón despegaría sólo un año después de su
llegada a Trujillo, al quedar vacante la diócesis de Chachapoyas por la dimisión de su
titular Fray José Irala. Este había justificado su decisión en la mala calidad y nula
obediencia de la mayoría del clero de la diócesis:
Reina entre los más de estos sacerdotes un espíritu de odiosidad y de rencor entre
ellos hasta el estremo [sic] de sembrar discordias y enemistades entre las familias e
individuos, todos entregados al más vil interés y a la vida desenfrenada de toda clase
de pasiones. Para estos sacerdotes nada valen las leyes de la Santa Iglesia, los
preceptos de los Sagrados Cánones, ni las penas de las Censuras Eclesiásticas. Miran
con el mayor desprecio toda disposición Eclesiástica, ya venga de la misma
Autoridad Apostólica o ya del Prelado inmediato. Hacen alarde de desnudarse del
vestido talar y de ostentar el traje seglar, no diré siquiera decente sino a manera de la
gente plebe [...] sin cuidarse en lo menor de las instrucción religiosa de sus feligreses
[...] sus fiestas que dicen religiosas no se reducen a otra cosa que a desórdenes y los
párrocos son los primeros en tomar parte en estas bacanales. // Añadese [sic] a todo
esto que no tengo un solo sacerdote capaz y competente con quien pueda compartir
el gobierno de la Diócesis y además el Clero es sumamente escaso e ignorante.12
Poco sabemos de las razones que impulsaron al Congreso a designar a Lissón
como obispo de Chachapoyas el 25 de noviembre de 1908, en la misma sesión que llevó
al también lazarista y tempranamente malogrado Valentín Ampuero a ocupar la diócesis
de Puno.13 En todo caso, parece claro que ambos tenían el beneplácito previo del
Vaticano ya que, en aplicación de la ley vigente de carácter transitorio de 6 de octubre
de 1864 sobre elección de obispos y arzobispos en la República, el legislativo escogía
entre dos ternas de candidatos elaboradas por el presidente de la República,
generalmente tras solicitar el consejo del representante de la Santa Sede en Perú y, si
correspondía, del arzobispo.
12
Según José Santiago Irala, de 36 sacerdotes existentes en la diócesis, 8 eran fieles y sumisos, de 8 o 10,
por el disimulo con se manifestaban, desconocía sus intenciones y el resto eran desobedientes, rebeldes e
insolentes, sin ninguna respetabilidad y de una vida lo más estregada. En “Comunicación de José
Santiago Irala, Obispo de Chachapoyas al Delegado Apostólico de su Santidad”, del 26 de mayo de 1908,
en ASV, NP. Monseñor Angelo Maria Dolci (1907-1910) B. 57, Fasc. 190, ff.4-8.
13
Ampuero obtuvo 68 votos, por delante de Mariano Enriquez, párroco de Azángaro (37 votos). Lissón
obtuvo 73 votos, por delante de Eloy Chiriboya (32 votos). Las ternas definitivas de la elección de Lissón
fueron: 1ª Terna: Dr. D. Luis Arce y Ruesta, subdecano de la Facultad de Geología; Dr. Eduardo Luque
párroco de la capilla de los Huérfanos de Lima y profesor del seminario de Sto Toribio; R.P. Juan María
Valdivia. 2ª Terna: Lissón; D. Eloy Chiriboya, párroco de San Marcelo de Lima; R.P José Velarde,
Guardián del Convento Máximo de San Francisco de Lima. “Informe del Nuncio al Secretario de
Estado”, sin fechar, en ASV, NP. Monseñor Angelo Maria Dolci (1907-1910) B. 57, Fasc. 190, ff.50-51.
45
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
Si antes de su elección, Lissón destacaba entre el clero peruano por su formación
científica y conocimiento de lenguas modernas (francés, alemán e inglés) su gobierno al
frente de la diócesis de Chachapoyas le permitió hacer público su espíritu innovador y
capacidad emprendedora, sus relevantes contactos fuera de Perú y, de forma especial, su
convencimiento de que los católicos, comenzando por él mismo, debían abstenerse de
intervenir coordinadamente o de forma organizada en el ámbito político.14 Todas éstas,
cualidades que, a decir de la nota aparecida en El Amigo del Clero, fueron
determinantes en su elección por el Congreso el 11 de octubre de 1917,15 tras el
fallecimiento de su predecesor, Pedro Manuel García Naranjo, el 10 de septiembre del
mismo año:16
Emilio Lissón, el más joven de los obispos del Perú es elegido por el congreso, de
entre la terna enviada por el ejecutivo.// [...] el más joven de los obispos peruanos,
nació en la ciudad de Arequipa el 24 de mayo de 1872 [...] // En el gobierno de su
diócesis se ha distinguido por su ardoroso celo y carácter emprendedor. Dos veces ha
visitado su extensa diócesis,17 que comprende los departamentos de Loreto, San
Martin y Amazonas; y ha celebrado tres sínodos diocesanos. // Dos veces ha estado
también en Roma, para exponer al Santo Padre las necesidades de su diócesis y
pedirle su bendición y apoyo. Consiguió traer doce religiosos pasionistas españoles
para el servicio parroquial, y últimamente se proponía llevar religiosos franciscanos.
// Ha restaurado la Catedral, el Seminario y el Palacio Episcopal. Ha instalado, al
lado del Seminario, talleres de tipografía, mecánica y carpintería y por sus esfuerzos
se ha hecho una buena instalación eléctrica que da luz no sólo a la Catedral,
Seminario y Palacio episcopal, sino también a la ciudad.18
Monseñor Petrelli se hizo cargo de la Nunciatura Apostólica del Perú el 8 de
Octubre de 1921 por lo que, si atendemos a la fecha del texto de Lissón, de 21 de
Noviembre, tuvo que solicitar la opinión del metropolitano al poco de asumir el cargo,
lo que revela la importancia prestada al asunto desde la Santa Sede. 19 El informe de
14
Favorecida tanto por su pertenencia a los padres lazaristas como por su formación en París. Al menos
desde su paso por la diócesis de Chachapoyas, tenemos constancia de que Lissón mantuvo una relación
fluida con los padres de su congregación establecidos en Estados Unidos, más concretamente en Nueva
York. Además de la correspondencia que intercambió con prelados estadounidenses, como el Cardenal
Arzobispo de Baltimore, James Gibbons, sabemos que Lissón visitó dicha ciudad en varias ocasiones. La
primera estancia de la que tenemos noticia fue en 1914, probablemente de camino a la realización de una
visita ad limina a Roma. En “Original Ship Manifest del States Inmigration Officer at Port of Arrival
(NYC)”, en The Statue of Liberty-Ellis Island Foundation, Inc: <http://www.libertyellisfoundation.org>,
consultada el 28 de Julio de 2015.
15
Para que fuera presentado ante el Papa, Benedicto XV, y éste lo instituyera como arzobispo de Lima.
16
Saranyana y Armas Asín, 2010: 126.
17
Por una nota de prensa del diario El Comercio, fechada el 21 de setiembre de 1910, sabemos que el
gobierno autorizó a Lissón su primera visita ad limina a Roma ese año. Recorte depositado en ASV, NP.
Monseñor Angelo Maria Dolci (1907-1910) B. 63, Fasc. 212.
18
El Amigo del Clero CMIX (15 de octubre de 1917), pp.494-495.
19
Una excelente visión de la acción de la Iglesia en Occidente y de la importancia otorgada desde el
Vaticano al apostolado seglar en las primeras décadas del siglo XX en Jedin, 1966-1987 y Rogier, 1984.
46
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
Lissón relativo a la acción católica en el Perú consta de siete páginas y se divide en
nueve consideraciones generales y trece conclusiones. Este apartado, siguiendo el
esquema del informe de Lissón, consta de dos partes estrechamente relacionadas. En la
primera, analizaremos las consideraciones generales del informe; demostraremos que
son una interpretación de la realidad política peruana que, en opinión del arzobispo,
debía servir de guía a la Iglesia jerárquica y los fieles a la hora de intervenir en la vida
pública; y las contrastaremos con el conocimiento alcanzado por los especialistas sobre
el sistema electoral y las elecciones en las dos primeras décadas del siglo XX en Perú.
La segunda parte la dedicaremos a las conclusiones, o plan de acción del arzobispo; lo
que nos permitirá profundizar en las bases constitutivas del ideario y acción políticos de
Lissón.
1.1.1. La dinámica electoral a principios del siglo veinte en Perú.
Al responder al nuncio Petrelli y abordar la cuestión del carácter que debía tener
la acción católica en el Perú,20 Lissón dedicó, de forma un tanto paradójica y
suponemos alejada de la voluntad del nuncio, todo el apartado relativo a las
consideraciones generales a exponer únicamente las razones que obligaban extirpar de
la acción católica cualquier vínculo con “la política de partidos” en la República.21
Estas estaban ligadas íntimamente a su forma de concebir la realidad social peruana y,
más concretamente, a las características intrínsecas del sistema electoral peruano, las
limitaciones de los católicos en política y el alcance de la influencia antirreligiosa entre
los representantes del pueblo que, en líneas generales, podrían agruparse en dos ideas
centrales del pensamiento lissoniano:
1. La esencia católica del pueblo peruano: El arzobispo resumía su convicción en
una afirmación controvertida aunque fundamental en su ideario: «Todos los
peruanos, con una ecepción [sic] que no pasa de uno por cada diez mil son
Más concretamente sobre la acción católica y el caso hispano ver Pazos, 1993; Andrés-Gallego, 1984;
Callahan, 2003; Montero, 1993; y De la Cueva y Montero, 2007.
20
Es nuestra opinión que, en el momento de redactar el informe, la acción católica se concebía en el Perú
en la forma en que Feliciano Montero ha descrito el Movimiento Católico, es decir, «como concepto
globalizador de manifestaciones sectoriales de la acción de los católicos en la sociedad contemporánea
(así quedan incluidos el catolicismo social, la defensa de la escuela católica, las diversas formas de
propaganda católica, la organización de la Buena Prensa o los intentos de crear un partido católico)», en
Montero, 1993: 8.
21
Contenidas en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, ff.2-4.
47
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
católicos».22 Conviene señalar que Lissón, una vez asentado al frente de la
diócesis de Chachapoyas (a la que había ascendido en 1909);23 probablemente
coincidiendo con la redacción de su informe sobre los partidos políticos
confesionales a la Asamblea Episcopal de 1917,24 y hasta su renuncia al
arzobispado en enero de 1931, defendió y propugnó la esencia católica del Perú,25
y la unidad de los peruanos en torno a la Religión y la Patria.26
2. La realidad política peruana como un ámbito en el que los ciudadanos-católicos
no tenían capacidad de intervención: Lissón se presentaba ante el nuncio como
buen conocedor tanto de la realidad social27 como del funcionamiento del sistema
electoral en Perú.28 En su opinión, los católicos no tenían posibilidades de salir
elegidos por el carácter secundario del voto;29 porque carecían de la influencia
necesaria;30 por ser poco instruidos y escasamente prácticos; adolecer de falta de
22
Además defendía que la hegemonía casi absoluta del catolicismo en el Perú se debía a la «forma en que
fue predicada la Fé [sic] y seguramente a la intercesión de los Santos», en Ibíd. f. 3.
23
Ya que en la primera carta pastoral de Lissón al frente de dicha diócesis distingue entre la Iglesia
Católica como sociedad y los pueblos, incluido el peruano, compuestos de ciudadanos quienes pese a
encontrarse en este momento alejados de la senda marcada por la Iglesia si eligen volver a obedecerla, a
meditar y practicar el Evangelio podrán evitar perecer en «el cataclismo que se anuncia con los nombres
fatídicos de socialismo, anarquismo y nihilismo», en Lissón, 1909.
24
Ya que en su primera Carta Pastoral al frente del Arzobispado limeño en 1918 pronunciaría su manida
frase: «Por hoy y mientras la Asamblea episcopal [no] determine otra cosa, los católicos, como católicos,
en el Perú no deben formar partido político», en Saranyana y Armas Asín, 2010: 128-129.
25
En los textos consultados, Lissón califica al Perú, indistintamente, como nación o país católico, y a sus
habitantes como familia peruana o, por el más ambiguo, masa ciudadana: «la masa ciudadana del Perú,
en su totalidad, profesa la Religión Católica. Ahora bien: siendo el Perú un país católico, por constitución,
por convencimiento y por tradición, no es posible que abandone su rol de nación católica para tomar el de
un partido católico», en Lissón, 1919: 3.
26
Concepto que conjuntaba armoniosamente dos facetas fundamentales; una religiosa, derivada del
mandato divino a sus hijos de que se amaran los unos a los otros; y otra política, al ser la catolicidad junto
al amor a la Patria, los dos únicos vínculos que «a pesar de las múltiples divergencias que han suscitado
entre nosotros los intereses materiales, podemos todavía gloriarnos […] que han permanecido intactos,
gracias a Dios», en Lissón, 1918: 7.
27
«De los departamentos en que está dividida la República Peruana que suman veintidós […] conozco
diecinueve y estoy bastante informado de la vida religiosa de los pueblos con alguna exactitud», en Ibíd.:
4.
28
Según sus palabras, gracias a que habría «tenido ocasión de informarme íntimamente de la manera
como se realizan las elecciones». La cursiva es nuestra. ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (19211925) B. 110, Fasc. 413, f.2.
29
Es necesario puntualizar el doble uso que Lissón hace del concepto católico y que más tarde se puede
deducir de las conclusiones del informe. Si en la tercera Consideración General católico significa aquel
que profesa la religión católica apostólica romana, de la segunda a la quinta Consideración se entiende
por católicos a aquellos que pretenden representar los intereses de la Iglesia mediante su participación, a
través de un partido confesional, en el sistema político liberal. Y precisamente era la emergencia del
concepto católico en esta segunda acepción lo que trataba de impedir el prelado.
30
«Que el triunfo en las elecciones se debe no a los valores del sufragio sino a la acción positiva del
Gobierno, al dinero que se invierta en la compra de adherentes y en agasajos [sic] a ciertas autoridades y
factores electorales y a la influencia política que se tenga para la consecución de poner en la Junta de
Registro y Escrutadora, personas de plena confianza del régimen imperante, la que en realidad son
quienes confecciones la elección», en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc.
413, f.2.
48
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
energía y, finalmente, no querer sacrificar o exponer el dinero que se necesitaba
para ganar una sola elección.
Por otro lado, Lissón restaba importancia a la reciente aprobación en el congreso
de la ley del matrimonio civil y el divorcio absoluto; en su opinión, ésta no entraría en
vigor como consecuencia de la oposición del presidente de la república, de profundas
creencias católicas, y porque no respondía a un sentir del pueblo sino a la labor
persuasiva de tres diputados, un “renegado” y dos “indiferentes”; éstos habían
arrastrado a la mayoría de la cámara, ignorantes de ir en contra de los dictados de la
Iglesia u obligados con representantes de vida licenciosa. Finalizaba sus palabras
afirmando que la principal motivación de los políticos peruanos era el enriquecimiento
personal y que la masonería apenas tenía presencia en el país. La seguridad y
contundencia de las afirmaciones vertidas por Lissón sobre la vida política y
especialmente sobre el sistema electoral peruano, y el carácter central de este último en
nuestro análisis hacen necesario que, llegados a este punto, nos detengamos a considerar
el modo en que venían realizando las elecciones en el periodo estudiado.
En 1921, Lissón había ya presenciado un buen número de elecciones desde que
regresara de Francia, poco después de ser ordenado sacerdote. Lo que probablemente no
adivinó a su llegada es que en 1896 se aprobaría una ley electoral que, en su esquema
principal, se mantendría vigente hasta el año en que abandonaría definitivamente el
Perú. Dicho esto, cualquier análisis tanto de las elecciones como del sistema electoral de
las tres primeras décadas del siglo XX debe comenzar abordando el significado de la ley
electoral de 1896. Para ello, nos apoyaremos en la clásica e impresionante obra de Jorge
Basadre, Historia de la República del Perú, 1822-1933,31 y en los trabajos más
recientes de Gabriella Chiaramonti;32 los que han arrojado nueva luz, primero, sobre las
motivaciones que guiaron a los legisladores tanto en la redacción del proyecto como en
su posterior aprobación; y, segundo, sobre las consecuencias que en la geografía política
del Perú se derivaron de su aplicación sobre la República.
Algunos aspectos, en nuestra opinión, aún abiertos del trabajo de Chiaramonti
dirigirán posteriormente nuestra mirada a una parte de la reforma apenas considerada
por la historiadora, aquella relativa a la estructura de control del censo y recuento de los
votos en la República. El trabajo de Roisida Aguilar sobre la Junta Electoral Nacional,33
31
Basadre, 1983.
Concretamente, Chiaramonti, 1995, 2005 y 2009.
33
Aguilar, 2002.
32
49
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
organismo de mando central del sistema electoral, en el que se tratan aspectos como su
composición, vigencia e importante papel en las elecciones presidenciales entre 1896 y
1912 y la obra de Basadre antes citada, para el periodo comprendido entre 1912 y 1919,
serán los textos que emplearemos como base documental de las propuestas explicativas
que expondremos en último lugar y sobre las que volveremos en los siguientes
apartados.
Desde 1860 a 1920 las elecciones presidenciales se realizaron cada cuatro años salvo en 1904, debido al fallecimiento del presidente Manuel Candamo, y en 1915, una
vez que Guillermo Billinghurst, electo en 1912, fuera obligado a renunciar como
consecuencia del levantamiento militar del 4 de febrero de 1914- y en el mismo acto se
elegían el primer y segundo vicepresidente de la República. Paralelamente, cada dos
años, se renovaban un tercio de los legisladores divididos en senadores y diputados. Los
primeros se elegían por circunscripción departamental, los segundos por circunscripción
provincial. Además, junto a cada representante, también se elegía un suplente. Así pues,
desde el año 1896, momento en el que se promulgó la ley electoral cuyo esquema básico
rigió hasta 1931, y hasta 1920 se realizaron elecciones presidenciales en los años 1899,
1903, 1904, 1908, 1912, 1915 y 1919, y elecciones al congreso, cada dos años, desde
1897 y hasta 1919 ambos incluidos.
La ley electoral que rigió entre 1861 y 1896 ha sido interpretada como la última
expresión de una concepción de la ciudadanía amplia e incluyente, aunque limitada por
el sufragio indirecto de dos grados,34 que hundía sus raíces en la constitución de Cádiz y
cuya definición concreta del ciudadano-vecino recaía en las comunidades locales.35 En
la práctica, esto había propiciado, primero, el escaso control del centro hacia la periferia
en los procesos electorales; y, segundo, el mayor peso político de la sierra en detrimento
34
«…en mesas momentáneas, los sufragantes de cada parroquia [o distrito] elegían a los miembros de una
mesa permanente, en la cual votaban al día siguiente para elegir electores de segundo grado [que debían,
en general, ser vecinos y saber leer y escribir] en número proporcional a los habitantes. En un segundo
momento, los representantes de todas las parroquias de cada provincia, reunidos en el colegio electoral
provincial, elegían a los miembros de la municipalidad de la capital de la provincia, al o los diputados de
la provincia, al o los senadores del departamento al que pertenecía la provincia, y al presidente y a los dos
vicepresidentes de la república [estos últimos, además, debían tener cierto nivel de renta o una profesión
que lo asegurara]», en Chiaramonti, 2009: 338.
35
«La elaboración del registro cívico, en el cual tenían que aparecer los nombres de los habilitados para
sufragar, fue siempre confiada a las municipalidades o, en los periodos en que fueron abolidas o su
número limitado…a juntas específicamente constituidas. Estas juntas actuaban por lo general en las
parroquias-distritos, las unidades territoriales de base del proceso electoral indirecto en dos niveles,
adoptado todo el siglo hasta 1896, con la única excepción de los años comprendidos entre 1855 y 1860»,
en Ibíd.: 335.
50
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
de la costa –hecho especialmente evidente en la elección del Presidente de la República,
«que- se puede afirmar- era elegido por los Andes».36
Mediante la reforma electoral de 1896, los legisladores establecieron el sufragio
público y directo; redujeron el censo a aquellos que estuvieran alfabetizados; y crearon
una compleja estructura centralizada de registro ciudadano y recuento del voto,
dependiente de un organismo supuestamente “imparcial”, la Junta Electoral Nacional,
conformado por representantes de los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) y en
donde, teóricamente, tenía cabida la oposición o minoría parlamentaria.
De forma sintética, la ley de 1896 creó los siguientes organismos electorales:37 La
Junta Electoral Nacional (JEN), de la que ya hemos descrito su constitución, tenía
capacidad sancionadora frente a las irregularidades, era la última responsable del censo
de la república, elegía los presidentes de la Juntas Electorales Departamentales (JED) y
efectuaba la elección por sorteo tanto de los 5 integrantes de las Juntas de Registro
Provinciales (JRP), de entre los 25 mayores contribuyentes de cada provincia, como de
las Juntas Escrutadoras Provinciales (JEP), estos últimos de entre los diez elegidos por
los ciudadanos divididos por grupos profesionales. Las JED estaban conformados por
delegados de las JRP, eran responsables del censo del departamento, realizaban el
escrutinio de las elecciones para senadores y resolvían las reclamaciones realizadas en
las elecciones a diputados. Las JRP elegían los tres delegados y dos suplentes que
conformaban las Delegaciones Distritales de Registro (DDR) y los tres integrantes de
las Comisiones Receptoras de Sufragio (CRS) y se encargaban de formar el Registro
Cívico General de la Provincia a partir de la labor realizada por las DDR. Las CRS se
formaban por cada doscientos cincuenta sufragantes o fracción de los inscritos en el
registro electoral, recibían el sufragio y realizaban el escrutinio de los votos ciudadanos
tanto para la elección de los diputados, senadores, presidente y vicepresidente de la
República, como para la conformación de las JEP en función del grupo profesional en el
que estuvieran adscritos (propietarios, profesionales y estudiantes, agricultores y
jornaleros, comerciantes, y manufactureros, artesanos, mineros e industriales). Por
último, a partir de la labor de las CRS, las JEP realizaban el escrutinio general de los
votos en las elecciones presidenciales y para diputados de su jurisdicción.
Basadre interpretó la reforma de 1896 como un intento por parte de los
representantes de la nación por acabar con las batallas públicas para apoderarse de las
36
37
Ibíd.: 352.
Esta descripción se apoya en lo dicho por Basadre, 1983: vol. VII, 356-357; y Aguilar, 2002: 13-18.
51
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
mesas receptoras, la famosa “toma de las mesas” y el control de las candidaturas
ejercido por los dos tercios que permanecían en el Parlamento. Sin embargo, reconoció
que desde su aprobación ésta propició que las elecciones fueran «puestas a merced de la
agrupación política o del poder que lograra ser dueño de la mayoría de la institución
central, o sea la Junta Electoral Nacional».38 Además añadió que
Teóricamente la ley se basó en un intento[por parte de los legisladores] de balance
entre las juntas de registro de origen económico, o mejor dicho plutocrático,
designadas por los mayores contribuyentes y las juntas escrutadoras de origen
democrático, formadas por “grupos”, es decir por distintos elementos sociales
aglutinados según las más diversas profesiones y ocupaciones… [que, además]
pretendió dar participación activa a las masas o a la opinión pública. 39
No obstante, reconoció que los “grupos” no llegaron a constituirse jamás, y el
proceso electoral fue, en años sucesivos, sistemáticamente manipulado por los
gobiernos en ejercicio a través de la Junta Nacional Electoral.40
La teoría de la “fallida democratización electoral” de la ley de 1896 formulada por
Basadre ha sido recientemente recuperada por Roisida Aguilar cuando afirma que «La
creación de la Junta Electoral Nacional debió responder a la urgente necesidad de
terminar con las frecuentes irregularidades en la práctica electoral, las cuales, desde los
primeros años de la República y hasta finales del siglo XIX, habían impedido que los
comicios expresaran la verdadera voluntad del electorado» y más adelante «…la ley
electoral de 1896 no había respondido en la práctica al pensamiento de quienes la
dieron, por el contrario su complicado mecanismo había incrementado y facilitado
suplantaciones y fraudes electorales desde el inicio de sus labores hasta el final de
sugestión».41
Nosotros, en cambio, creemos algo ingenuo suponer que los mismos
representantes pudieran guiarse por motivaciones “democratizadoras” al aprobar un
sistema electoral e, inmediatamente después, olvidarse de sus principios e intervenir
ilegal y sistemáticamente en el sistema en beneficio de sus candidatos. Y sostenemos,
en la misma línea trazada por los recientes trabajos de Chiaramonti, que la ley electoral
del 96, así como las posteriores modificaciones a la misma, respondieron a la voluntad
38
Basadre, 1983: vol.VII, 357.
La cursiva es nuestra. Ibíd.: 358.
40
Ibídem.
41
La cursiva es nuestra. Aguilar, 2002: 39.
39
52
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
de una nueva élite económica,42 visible en la última década del siglo XIX, que trató de
impulsar su proyecto modernizador a través de la creación de una base ciudadana
proclive a sus ideas y el control de la maquinaria electoral desde Lima. Con todo, pese a
que Chiaramonti ha demostrado que el criterio de alfabetización como requisito único
del derecho de sufragio tuvo consecuencias en la geografía electoral de Perú acordes
con su tesis,43 aún queda por exponer la relación existente entre la voluntad de la élite
modernizadora, la dinámica electoral y las reformas legislativas relativas a los aspectos
organizativos de registro y control del sufragio. En nuestra búsqueda de respuestas a las
cuestiones planteadas, a continuación repasaremos lo sucedido en las elecciones
presidenciales y las modificaciones a la ley del 96, desde ese año y hasta 1919.
Las elecciones de 1899 fueron las primeras que se efectuaron tras la reforma
electoral del 96 y pusieron en evidencia las prácticas fraudulentas para el control del
sufragio, practicadas por el gobierno y sus aliados: la no constitución de JRP ni CRS y
la instalación de juntas y comisiones ilegales;44 la confección por miembros del
gobierno de las listas de máximos contribuyentes y/o la intervención en los sorteos para
elegir los 5 integrantes de las JRP,45 y, finalmente, la inhabilitación de la Junta Electoral
Nacional por el gobierno.46
En 1902, el Partido Civil se hizo con el dominio de la JEN y en las elecciones
presidenciales de 1903 «…la elección del tercio parlamentario que se renovó, favoreció
a un solo partido».47 A partir de esta fecha, además, tenemos constancia de la elección
de integrantes de las Juntas Escrutadoras Provinciales de entre los mayores
contribuyentes,48 ignorando el procedimiento de la reforma del 96, que la establecía por
sorteo de entre los elegidos por los ciudadanos divididos en grupos profesionales. En
1904, el partido civilista mantuvo su dominio sobre la Junta Electoral Nacional, la
oposición denunció que «la elaboración del registro fue confeccionada para el servicio
exclusivo de la alianza [oficial] civil- constitucional quedando fuera los demás
42
«…surgida de la catástrofe de la guerra, ligada directa o indirectamente a la producción de materias
primas para la exportación (minerales, lanas, azúcar, arroz, algodón, etc…), pero activa también en el
sector manufacturero y los servicios,…», en Chiaramonti, 2009: 354.
43
«cambio profundo…en la geografía electoral, desplazando progresivamente hacia la región costeña el
centro de gravedad política del país», en Ibíd.: 357.
44
Aguilar, 2002: 23.
45
Basadre, 1983: vol. VIII, 7.
46
La inhabilitación o clausura de la JEN fue decretada en las elecciones presidenciales de 1899 y en los
comicios para la renovación de un tercio del congreso de 1911. Respectivamente en Basadre 1983: vol.
VIII, 8 y 321.
47
Aguilar, 2002: 26.
48
Ibíd.: 28.
53
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
ciudadanos que no pertenecían a dicha agrupación»,49 e igualmente tenemos constancia
del pago de diversas sumas de dinero como medio de modificar el voto. Las
irregularidades continuaron en 1908 y, en reacción a las mismas, se produjeron
levantamientos como el de Augusto Durand en Lima (el 1 de mayo de ese año) o el de
montoneras en Cuzco; sin embargo, éstos no impidieron que la impunidad llegara al
extremo de registrarse sufragios en mesas desiertas o de personas que por la fuerza
«…[resucitaron] en sus mezquinas personas a personas fallecidas y dignas».50
El 25 de noviembre de 1908, a los dos meses de asumir la presidencia, Augusto B.
Leguía introdujo dos modificaciones a la ley electoral de 1896: la exclusión de la
participación del poder judicial en la JEN, la primera; y la elección de las JED, JRP y
JEP a partir de las listas de mayores contribuyentes (es decir, se otorgó validez legal a la
práctica habitual de suprimir la elección por grupos profesionales), la segunda.51
Pese a la reforma, las siguientes elecciones no estuvieron exentas de polémica; así
en las de 1911 al congreso la JEN fue nuevamente clausurada,52 y las presidenciales de
1912 fueron anuladas como consecuencia de la fuerte reacción popular ante lo que se
consideró una “farsa electoral”; la razón oficial fue que no se habían contabilizado el
número de votos mínimo necesario (un tercio del censo). Como consecuencia de dicha
anulación y gracias a las atribuciones contempladas en la Constitución de 1860, el
congreso eligió como nuevo presidente a Guillermo Billinghurst.53
La siguiente modificación del sistema electivo fue decretada por Billinghurst el 16
de diciembre de 1912 y respondió a un compromiso personal de “saneamiento electoral”
incluido por el presidente en su programa. La nueva ley electoral decretó el fin de la
Junta Electoral Nacional, devolvió a las provincias la autonomía en la elección de las
JRP y JEP,54 y entregó a la Corte Suprema la facultad de juzgar sobre las dualidades
(sobre la presentación de credenciales al congreso de dos candidatos por la misma
circunscripción) y sobre la nulidad de las elecciones ilegales o fraudulentas. Según
Basadre, desde la implementación de la ley, los errores, ya fuera por inclusión u
49
Ibíd.: 31.
Ibíd.: 32.
51
Basadre, 1983: vol. VIII, 272-273.
52
Ibíd.: 320-321.
53
«El Congreso, ejercitando la atribución que la misma Constitución le confirió en el Art. 59, inciso 10,
fue quien eligió y proclamó presidente a Guillermo Billinghurst por ley nº 1571 dada el 22 de agosto de
1912…», en Aguilar, 2002: 38 y 398-400.
54
«Los miembros de las juntas provinciales de registro y de las juntas escrutadoras provinieron de la
elección, por mayoría y minoría de los contribuyentes de la provincia en asamblea pública. Dichos
contribuyentes fueron seleccionados de las listas formadas por el Ministerio de Hacienda en vista de los
padroncillos respectivos», en Basadre, 1983: vol. IX, 14 y 15.
50
54
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
omisión, en los padroncillos, base para la selección de los mayores contribuyentes,
fueron constantes, y es que:
después de 1912, dominar la mayoría de la asamblea [de grandes contribuyentes]
resultó la clave de la elección, pues por ese conducto se lograba disponer de los
“elementos legales”. Dicha asamblea nombraba mesas receptoras propicias y junta
escrutadora complaciente. En rigor, la asamblea elegía y los votos populares
adornaban la elección y honraban al candidato; pero no eran indispensables para el
triunfo.55
Pese a las injerencias advertidas por Basadre, nosotros creemos que la reforma de
Billinghurst dificultó la manipulación que el centro hacía de la periferia o, lo que es lo
mismo, representó el primer intento serio por descentralizar políticamente la República
y, por lo tanto, una amenaza para aquellos grupos que ostentaban la hegemonía política
y económica en el país, concretamente los grandes productores agrícolas y la alta
burguesía comercial e industrial de Lima.
No es casual que Billinghurst, «hombre de fortuna proveniente de una zona
periférica del país, de hecho separada ya de la heredad nacional, extraño a los grandes
círculos dominantes de la capital…»,56 no llegase a completar su mandato,57 y su
reforma electoral tuviera escasa aplicación en la elección de su sucesor José Pardo
(1915-1919),58 una vez que éste fue designado por el acuerdo de los principales partidos
de la cámara. Paradójicamente, las primeras elecciones en las que la reforma pudo haber
demostrado su efectividad, las efectuadas en 1919, fueron ignoradas por el que se
auguraba vencedor, Augusto B. Leguía, al protagonizar un golpe de Estado que a la
postre significaría el fin de la llamada “República Aristocrática” y el inicio del régimen
de la “Patria Nueva”.
Una vez analizados algunos aspectos básicos tanto de la reforma electoral de 1896
como de sus modificaciones posteriores, creemos acertado concluir que ambas, así
como la dinámica electoral de cuantas elecciones se celebraron desde la fecha de su
promulgación y hasta 1919, respondieron a la voluntad de la nueva élite económica,
estrechamente relacionada con los sectores más activos de la economía peruana
55
La cursiva es nuestra. Ibíd.:16.
Ibíd.: 61.
57
El conjunto de reformas constitucionales, entre las que destacaba la renovación completa del Congreso,
que pretendía decretar Billinghurst mediante la convocatoria a un plebiscito nacional precipitó su caída.
Esta finalmente se produjo como consecuencia de un alzamiento militar el 4 de febrero de 1914. El
presidente destituido moriría en el exilio, en la localidad de Iquique, el 28 de junio de 1915. Ibíd.: 46-59.
58
En las elecciones de 1915 rigieron dos modificaciones electorales aprobadas en 1914 y cuya incidencia
práctica, en nuestra opinión, fue mínima, estas fueron: La aprobación del registro de conscripción militar
como base para el mecanismo del sufragio y la concesión a la Corte Suprema la facultad de imponer
penas graves a funcionarios públicos culpables de abusos en los procesos electorales. Ibíd.: 107.
56
55
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
(agricultura de exportación, industria, banca, profesiones liberales…), por crear una
ciudadanía política proclive a su proyecto modernizador y controlar el sufragio desde
Lima.59 Para ello, por una parte, se excluyó del derecho a votar a quienes no estuvieran
alfabetizados y se creó una estructura electoral compuesta por una serie de organismos
censales y de control del sufragio, dependientes de una Junta Electoral Nacional con
sede en Lima. Y además, las elecciones comprendidas entre 1896 y 1912, periodo en el
que la Junta Electoral Nacional estuvo vigente, fueron sistemáticamente manipuladas
desde los gobiernos de turno para facilitar el triunfo de sus candidatos.
El mismo proceso de modernización de la sociedad,60 sin embargo, provocó la
emergencia de resistencias populares al control gubernamental del sufragio y facilitó la
elección no convencional del líder popular, Guillermo Bilinghurst, para el cargo de
presidente de la República en 1912. Dicho proceso explica, por una parte, la emergencia
de unas clases medias compuestas de profesionales, maestros industriales, comerciantes,
obreros y estudiantes (ligadas a las industrias, pequeñas empresas, comercios, bodegas y
al crecimiento de la administración del Estado); y, por otra, el inmenso apoyo y
movilización popular que estas brindaron a la candidatura de Billinghurst. En definitiva,
59
Empleamos este concepto siguiendo la «…propuesta conceptual esencialista según la cual lo
fundamental de la ciudadanía [política] fue y es su dimensión activa de intervención, gestión y
transformación de lo público» de Marta Irurozqui y compartimos su empeño por historizar dicha
categoría, es decir, por reconstruirla temporalmente «…teniendo en cuenta cómo fue entendida, asumida,
interpretada o aplicada y cómo varió ese proceso en virtud de las circunstancias sociales, económicas y
culturales…» como la única vía válida, en nuestra opinión, para «explicar las formas de conciencia y las
modalidades de acción, hacer ininteligibles los proceso y los cambios históricos y dar cuenta de la génesis
y evolución de las sociedades», en este caso de la peruana. Respectivamente en Irurozqui, 2004: 43; y
Cabrera, 2001: 180.
60
Lo sucedido en Perú no fue un caso aislado, el análisis historiográfico reciente de Marta Irurozqui ha
evidenciado que los procedimientos electorales de las repúblicas latinoamericanas, salvo Argentina,
«…fueron tornándose restrictivos a lo largo del siglo XIX» y ha señalado cuatro ideas, en nuestra
opinión, centrales para abordar el estudio de la ciudadanía política y su relación con el proceso de
modernización de la sociedad peruana, como son: primero, la necesidad de contemplar las distintas vías
de consolidación de la sociedad civil, como fueron el nacimiento del periodismo moderno, de los centros
culturales y lugares de reunión y especialmente del asociacionismo civil y político (nosotros añadiremos a
estos el religioso). Segundo, la recuperación de las elecciones «…como un espacio de competencia en el
que, pese a que los votantes no siempre actuaron según la imagen del ciudadano individual, libre y
autónomo postulado por el credo liberal, se asentó el principio de que las autoridades debían surgir de
elecciones periódicas, dando lugar a una concepción de la legalidad política que favoreció la politización
popular». Tercero, la influencia de fenómenos políticos como la legislación, la educación, la violencia
doméstica y de otras instituciones, como la Iglesia, en la construcción de la ciudadanía. Y, por último, su
propuesta conceptual, “Democracia de la infracción” mediante la que ofrece «…una relectura de la
importancia del voto en la adquisición de la ciudadanía, sin hacer coincidente el sufragio con ella» y
defiende «…el papel de la ilegalidad electoral en la construcción del ciudadano y en la
institucionalización de la democracia», respectivamente en Irurozqui, 2004: 25, 26 y 34.
56
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
los dos factores que, a la postre y contrariamente a lo que había sucedido hasta esa
fecha, decidieron su victoria.61
La modificación electoral de 1912, que descentralizaba el sistema electoral y
nombraba a la Corte Suprema como institución garante de la legalidad de los comicios,
y las proyectadas reformas constitucionales de mayor calado impulsadas por
Billinghurst provocaron su desalojo del poder y el acuerdo de los partidos tradicionales,
tanto en la forma más adecuada para elegir su sucesor como en el reparto de escaños en
las cámaras.62 Dichos partidos, conscientes de los riesgos inherentes a la lucha electoral,
se avinieron a concertar una candidatura presidencial única, la de José Pardo y Barreda
(1915-1919), que además resultó efectiva en el mantenimiento del orden y la estabilidad
del régimen civilista cuatro años más. Las elecciones de 1919, sin embargo,
demostraron que la aplicación de la legislación electoral de 1912 había incrementado
enormemente la dificultad por controlar el sufragio desde Lima, especialmente ante la
presentación de varias candidaturas, y propiciado el éxito de la acción política de
características populistas.
Aunque desconocemos cuándo y cómo Lissón adquirió el conocimiento sobre el
sistema electoral peruano, tenemos constancia de que, con antelación a las elecciones al
congreso de 1917, ya lo poseía.63 Tanto el informe de Lissón como las respuestas de los
prelados al nuncio nos serán de gran utilidad para contrastar las conclusiones alcanzadas
en este apartado, operación que en el caso del arzobispo abordaremos a continuación,
conjuntamente con el análisis de su acción de gobierno y las iniciativas de orden
religioso, social y político que transmitió a Petrelli.
61
Según Basadre, «Puede afirmarse que la imponente manifestación pública de las fuerzas
Billinghuristas, realizada el domingo 19 de mayo de 1912, decidió la victoria de esta candidatura”, en
Basadre, 1983: vol. VIII, 395.
62
Reproducimos por su significación el comentario recogido por Basadre en relación a la reducción del
censo de grandes contribuyentes finalmente aprobado en la modificación electoral de 1912 «Se adujo que
era una junta demasiado numerosa, que sus miembros no iban a entenderse y que se corría el peligro de
que resultaran elegidos candidatos no designados por los partidos». La cursiva es nuestra. Ibíd.: 15.
63
Así se deduce de la carta de Lissón, del 5 de marzo de 1917, dirigida a Mons. García Irigoyen en la que
se trata de la candidatura del hermano de éste. Copia de la misma se guarda en ACBL.
57
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
1.1.2. El plan de acción de Lissón
Recientemente, Ignasi Saranyana y Fernando Armas Asín han sostenido que
Lissón mantuvo una permanente oposición a los partidos confesionales, al menos desde
la Asamblea Episcopal de 1917 y hasta su salida del arzobispado,64 y que
Si contaba con las autoridades civiles designadas por vías democráticas, era porque
estimaba que esas autoridades tenían derecho a presidir algunos actos, en virtud del
patronato concedido por la Santa Sede al gobierno de Perú en 1874, y porque
consideraba que una relación fluida y amigable con el gobierno contribuía al bien
general de la iglesia peruana, golpeada, desde mediados del siglo XIX, por las
desamortizaciones, y debilitada por las disposiciones antieclesiásticas adoptadas por
los liberales […]65
Estos autores han calificado la posición política de Lissón como “moderna” y
contradictoria en tanto obstaculizó e incluso prohibió la defensa de los intereses
católicos a través de un partido político confesional y, al mismo tiempo, aprobó y se
encontró cómodo al interior del sistema de Patronato que regía en el Perú.
Gracias al informe de Lissón al nuncio Petrelli de noviembre del año 1921,
podemos dar sentido a la posición detectada por Saranyana y Armas, e interpretar
correctamente sus constantes apariciones públicas junto al presidente Leguía,
indistintamente, en ceremonias religiosas y actos oficiales. Más allá de consideraciones
relativas a los derechos del gobierno derivadas del patronato, ahora sabemos que la
presencia pública conjunta fue ideada por Lissón como la principal estrategia para la
difusión de un discurso basado en la esencia católica de la Nación Peruana o de la
“natural unidad” entre Patria y Religión, Estado e Iglesia. Afortunadamente, la
naturaleza de dicho informe –verdadera justificación ante el nuncio de la labor de
gobierno de Lissón, iniciada durante el mandato del último presidente civilista José
Pardo y Barreda (1915-1919) y que el arzobispo pretendía consolidar con la ayuda del
nuevo presidente de la República, Augusto Leguía (1919-1930)– nos ha permitido
acceder al pensamiento, intereses y acción del arzobispo -a los que hemos denominado
de forma conjunta como plan de acción de Lissón- a principios de la década de 1920.
Tal y como reflejan las consideraciones generales y las conclusiones del informe, dicho
plan giraba en torno a la concepción particular que mantenía Lissón de la acción
católica.
64
«Por hoy y mientras la Asamblea episcopal [no] determine otra cosa, los católicos, como católicos, en
el Perú no deben formar partido político», extracto del Ruego del obispo de Chachapoyas a la Asamblea,
del 16 de agosto de 1917, recogido en Saranyana y Armas Asín, 2004: 129.
65
Ibídem.
58
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
En síntesis, Lissón partiendo de una concepción de la acción católica en sentido
lato,66 como cualquier obra religiosa, política o social, que individual o colectivamente
ejecutarán los fieles, dirigidos por sus pastores en favor de la restauración de Cristo en
la familia, la escuela y la sociedad, en esos momentos propugnaba:
 La desvinculación de la acción católica peruana de toda política activa,
contrariamente a lo que sucedía en ese momento en Italia.
 El impulso evangelizador y favorable al bienestar social como la vía de influencia
más adecuada sobre las instituciones y sociedad liberal peruanas.
 La necesidad de difundir la acción católica de forma coordinada y dirigida por los
prelados a través de la parroquia, según Lissón, la institución más cercana a los
fieles y, por voluntad divina, la base de la organización de la Iglesia.
De hecho, la desvinculación política de la acción católica la encontramos
explicada en detalle en las conclusiones del informe. En ellas,67 el arzobispo exponía su
convicción personal hecha pública desde su llegada al cargo y mencionada en diversas
ocasiones por sus detractores, que decía: «Los católicos, como católicos, es decir,
dirigidos públicamente o privadamente por las autoridades eclesiásticas, no deben
formar, en el Perú, partido político».68 Y en apoyo de sus tesis citaba las palabras de
Pio X:
ESTA DEBERA SER PARA. TODOS LOS CATOLICOS LA REGLA
CONSTANTE DE SU CONDUCTA……..LA ACCION POPULAR CRISTIANA O
DEMOCRACIA CRISTIANA NUNCA DEBE INMISCUIRSE EN LA POLITICA,
NI DEBERA JAMAS SERVIR A LOS PARTIDOS, NI A FINES POLÍTICOS: NO
ES ESTE SU CAMPO, DEBE SER UNA ACCIÓN BENEFICA A FAVOR DEL
PUEBLO, FUNDADA EN EL DERECHO NATURAL Y EN LOS PRECEPTOS
69
DEL EVANGELIO.
Luego, Lissón argumentaba que la creación de un partido político confesional o
una Liga Electoral Católica, como asociación de católicos afiliados a partidos distintos,
era contraproducente al interés de la Iglesia ya que favorecería la división entre las
fuerzas católicas y la eventual construcción de un frente político, con la consiguiente
pérdida de influencia de la Iglesia en la vida pública derivada del posicionamiento de
66
Tal y como había sido definida por Pio X (1903-1914) en sus encíclicas ya citadas “Urbi Arcano” e “Il
fermo propósito”.
67
Contenidas en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, ff.4-8.
68
Ibíd. f.4.
69
En mayúsculas en el original. Motu Proprio del Papa Pío X acerca del Movimiento Católico, del 18 de
diciembre de 1905, extraído del ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413,
f.6.
59
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
los representantes a ambos lados del mismo. Hecho que había sido evidente en el
pasado con motivo de la intervención del partido católico de Arequipa en “todas las
elecciones”; ya que, según el prelado, ello sólo había reportado perjuicios al haber
facilitado tanto la elección de representantes directamente relacionados con la redacción
como la aprobación de leyes que contravenían la religión del Estado.
Una vez descartado por Lissón el partido confesional, el plan de acción de Lissón
consistía en, primero, incrementar la labor formativa del clero para que los católicos
cumplieran e hicieran cumplir los dictados de la Iglesia; segundo, requerir la presencia
de los obispos y clero en general en todas las manifestaciones de carácter nacional; y
tercero, favorecer “por todos los medios prudentes sin ir a la formación de partido
alguno o liga electoral” la obtención de buenos representantes al Congreso.70 El primero
de los propósitos arriba expuestos, de hecho, había motivado recientes directrices del
arzobispo dirigidas a, primero, impulsar la vida parroquial;71 segundo, crear un gran
número de nuevas parroquias a partir de las existentes; tercero, fundar asociaciones de
obreras dirigidas por los párrocos; cuarto, introducir a miembros de la iglesia, ya fueran
regulares o seculares, en las asociaciones de laicos.
En apoyo del clero y con el objetivo de influir en las contiendas electorales, el
arzobispo sugería la creación de Consejos Diocesanos de Bienestar Social, encargados
de orientar la labor de las asociaciones de vocación social y religiosa existentes en las
diócesis, y del Consejo de Bienestar Nacional de la Arquidiócesis, dedicado a asesorar a
70
ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, f.7r.
A este propósito habían respondido el Decreto que obligaba a los párrocos a impartir enseñanza
catequística a los alumnos de su circunscripción al menos una vez a la semana, y la Carta Pastoral sobre
el espíritu parroquial publicados, respectivamente, en 1920 y 1921. En esta última, entre otras menciones,
cabe destacar: La primera «Manda el Santo Concilio a todos los obispos que, para asegurarse más bien de
la salvación de las almas que les están encomendadas, dividan al pueblo en parroquias determinadas y
propias, y asignen a cada una su párroco perpetuo y particular que pueda conocerlas, y de cuya sola mano
les sea permitido recibir los sacramentos». La segunda: «El espíritu de la Iglesia es por consiguiente que
cada fiel forme parte de una parroquia y que en ella reciba los auxilios espirituales; que en ella participe
de la comunión de los Santos, que en ella, como oveja fiel, oiga la voz del pastor, lo conozca y sea de él
conocida y asistida espiritualmente [...] a diferencia de las comunidades políticas que no tienen sino
vínculos temporales, la comunidad religiosa cristiana tiene vínculos de unidad superior: es la vida
divina, principio de las acciones sobrenaturales y fuente de derechos divinos, recibida igualmente por
todos en el sacramento del renacimiento en la pila bautismal. Con esta idea y con este hecho se resuelven
los grandes problemas que se llaman hoy cuestión social, porque todos los bautizados tienen el germen
de la vida divina y los sobrenaturales y gratuitos derechos que de ella se derivan. A la luz de esta verdad
cristiana se reequilibra [sic] el antagonismo de las clases, y la igualdad destruida por la naturaleza se
restablece y consagra [...] De las anteriores consideraciones se deduce que la institución parroquial es la
que, por voluntad divina, debe realizar en la sociedad la obra de la aplicación de la Redención de Cristo.
La parroquia es, por excelencia, la organización católica universal perfecta y eficaz. Donde no hay vida
parroquial debidamente organizada no hay cuerpo místico de Jesucristo ni espíritu eclesiástico». La
cursiva es nuestra. El Amigo del Clero CMLIX (15 de marzo de 1920), p. 131; y CMLXXXII, (1 de
marzo de 1921).
71
60
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
los centros diocesanos y orientar el voto católico. Lissón propugnaba que la asociación
Unión Católica de Caballeros, tanto por sus aspiraciones políticas, carencia de
dirigentes de prestigio, como escasa actividad en el pasado, no participara en estas
nuevas asociaciones. El arzobispo declaraba finalmente que para llevar adelante su
programa contaba con la aprobación del papa, Benedicto XV, de los cardenales Gasparri
–secretario de Estado de S.S. entre 13 de octubre de 1914 y 7 de febrero de 1930– y
Merry del Val, concedida con motivo de su visita ad límina en 1919, así como del
Cabildo Metropolitano; y culpaba al “negligente” clero regular y secular del escaso
avance de la acción católica hasta la fecha.
Sin embargo, así como intentó prevenir la contaminación que podía ejercer sobre
su discurso -especialmente en lo que hacía referencia a la esencia católica de la nación
peruana- la creación de un partido confesional, no fue consciente del perjuicio para la
Iglesia que pudiera derivarse de una relación con un régimen político injusto y
dictatorial. Posiblemente, además, tal y como ha sido argumentado en el caso español a
principios del siglo XX,72 el escaso grado de desarrollo industrial del Perú, el
reconocimiento privilegiado a la religión católica en el engranaje de la República, así
como la interpretación de la realidad peruana por Lissón,73 no favorecieron que éste
adoptara otros medios pastorales más acordes con las necesidades de la gran mayoría de
sus fieles.
1.2. La progresiva implicación y el brusco final de la intervención del
MC peruano en la política partidaria
Este apartado lo dedicaremos a presentar la evolución en la posición del
Movimiento Católico sobre la acción política desde finales del siglo XIX y hasta el
establecimiento del régimen de Leguía. En el transcurso del mismo demostraremos que,
en el momento de acceder al arzobispado de Lima, Emilio Lissón mantenía profundas
discrepancias con la mayoría del Movimiento Católico tanto en la concepción del
contexto político y social peruano como en las formas adecuadas de intervención
política de los católicos. Al igual que en el resto de este capítulo, el texto que guía este
72
Montero, 1983: 402-403.
En nuestra opinión, en relación a su descripción del sistema electoral peruano, a la altura de 1921 es
cuando menos dudoso que el voto revistiera un “carácter secundario” (tras la reciente victoria de la
candidatura de Leguía, sin apoyo gubernamental, y la elección de Billinghurst no tan lejana) o que los
católicos (en cualquiera de las dos acepciones antes vistas) no fueran aptos para el ejercicio de la política
activa.
73
61
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
apartado es la circular reservada, citada anteriormente, que el 27 de diciembre de 1921
Mons. Petrelli envió a la más alta jerarquía eclesiástica del Perú en la que le solicitaba
su opinión, en primer lugar y de forma principal,74 sobre la conveniencia de crear una
Liga Electoral Católica como vía para elegir diputados y senadores que defendieran la
causa católica en las cámaras y, además, sobre la interpretación de la realidad social y
política, y el plan de acción diseñado por el arzobispo.
El texto seguía la estructura del informe de Lissón ya analizado y se dividía en
Introducción, Consideraciones Generales y Conclusiones. Los dos últimos apartados
reordenaban y sintetizaban los contenidos del informe del arzobispo por lo que no nos
detendremos en ellos. La información contenida en la introducción, en cambio, nos
invita a analizar en profundidad, con la ayuda de otras fuentes, los tres factores que,
según el nuncio, le impulsaron a ponerse en contacto con los obispos. El primer factor,
la reciente tramitación y aprobación de varios proyectos legislativos contrarios a la
religión; el segundo, la voluntad de la asociación Unión Católica (UC) del Perú de
liderar un proyecto que, sin distinción de partidos, facilitara la elección de
representantes afines a la iglesia; y, el tercero, la existencia de un acuerdo en la
Asamblea Episcopal de 1917 relativo a la creación de una asociación con estas
características, La Liga Electoral Católica.
Los tres factores resultan de interés en tanto que hacen referencia a un estado de
opinión entre la jerarquía católica, distinto al de Lissón, que facilitó la acción política
activa de los católicos en el periodo inmediatamente anterior a su elevación al
arzobispado de Lima. Y, como veremos a continuación, giran en torno a la historia del
nacimiento y evolución de la organización UC del Perú, y su intervención tanto en la
organización de partidos políticos confesionales como en la coordinación del voto
católico. Así pues, iniciaremos nuestra empresa reflexionando sobre la trayectoria y
significado de la UC del Perú y la concluiremos con la exposición de los múltiples
objetivos que, en nuestra opinión, perseguía la circular del nuncio Petrelli.
Pilar García Jordán ha afirmado que la Unión Católica del Perú fue una asociación
precursora de los partidos católicos peruanos,75 que pudo haber surgido de la alianza
entre la Iglesia y sectores dirigentes marginados del poder central, concretamente élites
provinciales y burguesía no relacionada con el sector exportador. Convergencia de
intereses evidente en los años sesenta del siglo XIX pero que se habría desarrollado
74
75
“Protocolo 86/21” en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, f.9.
García Jordán, 1991: 319-324.
62
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
particularmente tras la Guerra del Pacífico, momento en el que los sectores más
conservadores hicieron suyo el discurso de una Iglesia que se sentía amenazada por las
leyes secularizadoras. Además, García Jordán, al igual que Jeffrey Klaiber en un estudio
precedente,76 ha señalado que la expulsión de los jesuitas del país pudo ser el factor
desencadenante en la fundación y expansión de la organización desde Arequipa, ciudad
en la que destacó los llamamientos a los católicos realizados por su obispo Mons.
Huerta, para que se organizaran frente a las agresiones de los gobiernos de turno. La
iniciativa arequipeña, continuaba la autora, se extendió a Lima, Cuzco y Cajamarca, y
en menos de diez años se convirtió en la principal organización en favor de la unidad de
los católicos, de la defensa y propagación de los principios y obras católicas, y en
particular de los “derechos” de la Iglesia en la esfera pública. García Jordán ha aportado
datos de la abundante actividad pública de la entidad en la organización de protestas
ante las leyes secularizadoras, publicación de un órgano de prensa y colaboración con
asociaciones femeninas católicas, y especialmente de la dirección del primer Congreso
Católico en 1896 del que, por otras fuentes, sabemos que reunió a «…el Episcopado, El
Clero, la Magistratura, la Milicia, el Comercio, La Ancianidad, la Juventud, el bello
sexo y el pueblo; es decir, la ciencia, la piedad, el talento y el trabajo».77
Sin entrar por el momento a valorar en profundidad la tesis de García Jordán sobre
el surgimiento de la Unión Católica (UC) del Perú, desde su nacimiento y hasta el
cambio de siglo, tenemos constancia de que dicha asociación también se organizó en
Ayacucho,78 y, además, de que intentó coordinar las sociedades católicas obreras en
Lima,79 e, incluso, de que planteó la posibilidad de organizar un partido católico a nivel
nacional.80
76
Klaiber, 1983: 159-161.
Memoria, 1897.
78
AAL, Archivo Intermedio. Comunicaciones de la Unión Católica del Perú L291 (Libro de Cartas
Circulares. Copiador (1894-1897), ff.43-44.
79
La Unión Católica del Perú, con fecha 27 de julio de 1899 se ponía en contacto con las siguientes
asociaciones “obreras”: Nª Sra del Carmen, Musical humanitaria, Fraternal de Sombrereros, Nuestro Amo
del Cercado, Unión y Lealtad, Estrella del Perú, Sastres Confederados, Unión de Obreros, San Camilo de
Sales, San Juan de Dios, Funeraria, Fraternal de San José, Beato Martin de Porres, Sr Crucificado de
Porres, Sr Crucificado de Rimac, Sr del Auxilio, Hº Tomás Villanueva, Ánimas de Santa Ana, Sr de los
Milagros de Nazarenas, Congregación de San José, Congregación de los SSCC, Tipógrafos
Confederados, etc…para llevar a cabo el acuerdo del Consejo sobre Sociedad de Caridad Recíproca entre
Obreros. La cursiva es nuestra. Ibíd. ff.162-170.
80
En carta, del 22 de enero de 1897, el Presidente de la Unión Católica del Perú informaba al presidente
de la Unión Católica del Cuzco de la creación de un “Centro Conservador” con el expreso deseo de
defender los principios católicos en la vida política a través del cumplimiento de los requisitos exigidos
en el artículo 18 de la ley electoral. Es decir, mediante la representación de los intereses católicos por un
representante en la Junta Electoral Central. AAL, Archivo Intermedio. Comunicaciones de la Unión
Católica del Perú L291 (Libro de Cartas Circulares. Copiador (1894-1897), f.130.
77
63
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
En todo caso, creemos necesario señalar que la Unión Católica del Perú no
debería ser estudiada sólo como el medio de intervención en política de una élite
desplazada del poder efectivo sino, probablemente, como la primera institución
“moderna” de intervención de los católicos en la recristianización de la sociedad a
través de todos los medios a su disposición, que en su primer etapa fueron, primero, la
prensa, mediante la publicación de su órgano de prensa El Bien Social;81 segundo, la
implementación del catolicismo social, a través de la coordinación de las asociaciones
católicas obreras y benéfico-caritativas, en cuya realización tuvo un papel destacado la
Unión Católica de Señoras;82 y por último, la tan denostada política.
En nuestra opinión, la intervención social de la asociación, en un primer momento
propició el acuerdo tácito de colaboración, señalado por García Jordán,83 entre la Iglesia
y los grupos dominantes que caracterizó buena parte del periodo denominado por Jorge
Basadre como República Aristocrática y que, precisamente, fue la causa principal de la
escasa actividad de la UC del Perú entre 1898 y 1911. De hecho, en esos años sólo nos
consta que, en 1906, fueron modificados sus estatutos con la aprobación del arzobispo,
Mons. Tovar,84 y que, en 1911, su órgano de prensa, El Bien Social, atravesó
importantes dificultades económicas; las que desembocaron en su desaparición (1913) y
en el nacimiento de su sucesor La Unión..85 Con todo, a raíz de la tramitación del
81
Por diversa correspondencia enviada por la UC del Perú a la Unión Católica de Señoras y al arzobispo
Bandini sabemos que la primera se hizo cargo de la publicación de este diario en torno al mes de julio de
1896. Para ello recibió la ayuda material del arzobispado, quien les cedió «…la Imprenta, casa y local», y
económica de la UC de Señoras, «El consejo de mi presidencia reconociendo la parte tan principal que
corresponde a la Unión Católica de Señoras en todo lo que a la adquisición de la imprenta se refiere ha
querido…no se constituirá el directorio del Diario Católico sin anticiparlo antes a esa sociedad a fin de
que como es natural nombre a una persona que, en representación de la Unión Católica de Señoras entre a
formar parte de dicho directorio y coopere con su contingente de hacer al mejor éxito de la empresa
proyectada…», de varias comunidades religiosas y algunos particulares, en AAL, Archivo Intermedio.
Comunicaciones de la Unión Católica del Perú. L291 (Libro de Cartas Circulares. Copiador (1894-1897),
f.26. Otras comunicaciones al respecto en Ibíd. ff.53, 57 y 89.
82
Esta asociación, además de ser el principal sostenedor económico del diario católico, desarrolló una
gran variedad de actividades sociales y religiosas. Entre las primeras, becas para estudiantes sin recursos,
talleres de costura, reparto de comidas y presentación de memoriales para la mejora de las condiciones de
las trabajadoras. Obras de carácter religioso eran: La Colecta del Dinero de San Pedro, la legitimación de
uniones y las protestas contra los espectáculos inmorales y los profanadores del domingo. Memoria, 1897.
83
Demostrado, según la autora, en declaraciones como la efectuada por Mons. Tovar, arzobispo de Lima,
con motivo del cambio de siglo y procesos como el que condujo a la introducción de modificaciones en
1899 y 1903, a la ley sobre el matrimonio civil de 1897, que establecieron su aplicación sólo en el caso de
que uno de los contrayentes no perteneciera o se hubiera separado de la Iglesia católica. Respectivamente,
en García Jordán, 1991: 218 y 240-241.
84
Así se afirma en la “Memoria que presenta el presidente de la Unión Católica del Perú a la Asamblea
General ordinaria de 30 de enero de 1916” en AAL, Archivo Intermedio. Comunicaciones de la Unión
Católica del Perú. L292 (Libro de Cartas Circulares. Copiador (1911-1923), f.137.
85
Carta, del 2 de julio de 1912, posiblemente dirigida al Arzobispo Lissón, de J. V. Oyague y Soyer,
Presidente de la Unión Católica del Perú, Lizardo Velasco, Vice-presidente, y Guillermo Basombrio
director de El Bien Social, no pudiendo continuar subvencionando el diario, solicitan la ayuda del prelado
64
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
proyecto de ley que modificaba el artículo 4º de la Constitución en 1913 ̶ y que en la
práctica significaba la tolerancia al culto público de otras religiones–,86 la UC del Perú
renació, y esta vez con la voluntad manifiesta de prolongar su acción en el ámbito
político. Todo ello favoreció el nacimiento de partidos católicos en provincias, hacia el
final del arzobispado de Pedro Manuel García Naranjo (1907-1917).
García Jordán aporta información detallada sobre la organización de los partidos
en Cuzco y Arequipa, así como de su relación con los integrantes de sus respectivas
organizaciones de Unión Católica y concluye que «…es probable que sólo en las
coyunturas en que se vieran lesionados los intereses de algunos sectores provinciales,
estos convergieran con la Iglesia en la necesidad de organizar un partido católicoconservador»,87 aunque agrega que «No obstante la actividad de estos grupos fue
mínima y, en realidad, no pasaron de ser movimientos regionales con escaso impacto en
la política nacional».88 Nuestra falta de información sobre las dinámicas políticas
provinciales, especialmente en todo lo concerniente a las elites locales, como su grado
de implantación, organización y control de poder, nos impide valorar adecuadamente la
tesis de García Jordán. Sin embargo, a partir de información concerniente tanto a la
Unión Católica de Lima como a los principales prelados de la República, creemos que
tanto la aparición como el posterior olvido de los partidos políticos católicos en el Perú,
respondieron a razones distintas a las señaladas por García Jordán. A continuación
veremos aquellas relativas a la Unión Católica y, someramente, a los pareceres de Pedro
Manuel García Naranjo y de su sucesor al frente del arzobispado, Emilio Lissón.
Completaremos el análisis más adelante, cuando abordemos con más amplitud la
concepción de la vida política de Lissón y de aquellos prelados que respondieron a la
encuesta de Petrelli.
Como ya hemos adelantado, la chispa que provocó el resurgir del activismo
católico en la década de 1910 fue la tramitación por el Senado de la modificación del
artículo 4º de la Constitución de 1860. Las primeras reacciones de la UC limeña, en
para reconstituir el diario católico. Por cartas posteriores sin fechar, sabemos que el arzobispo se hizo
cargo del periódico de nueva creación La Unión. Ibíd. f.11.
86
Atendiendo al trabajo de Marco Antonio Huaco, la tramitación comenzó el 25 de Agosto de 1913 con
la proposición del Senador por Puno, Severiano Bezada, a favor de la supresión de la tercera parte de
dicho artículo, esto es, que el Estado «no permite el ejercicio de otra [religión distinta de la católica]
alguna», fue aprobada por la Cámara de Senadores el 25 de Septiembre de ese año, y entró en vigor, de
acuerdo a la Constitución, pese a no ser aprobada por el poder ejecutivo, el 11 de noviembre de 1915.
Huaco, 2005: 13-16.
87
García Jordán, 1991: 327
88
Ibíd.: 329.
65
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
forma de memoriales de protesta a la Cámara de Diputados y llamamientos a la unión
de los católicos frente a las agresiones a la religión,89 están fechados en septiembre de
1913. Sin embargo, en nuestra opinión, la reacción más significativa se produjo en 1915
y seguramente debido a la aprobación definitiva de la tolerancia de cultos en la
República.90 Esto fue, en primer lugar, que la UC peruana fijara como objetivo
prioritario la antigua aspiración por constituir “una verdadera federación de todos los
seglares católicos”,91 que coordinara todas las obras de la acción católica de la
República,92 y que, al mismo tiempo, sentara las bases de un partido político que, de
manera independiente a la federación, concurriera a las elecciones.93 En segundo lugar,
que este proyecto recibiera el respaldo tanto de la Santa Sede94 como de la mayoría del
episcopado peruano;95 entre ellos Pedro Manuel García Naranjo, Pedro Pascual Farfán,
89
«..Le incluyo copia del Memorial que hoy vamos a presentar en la Honorable Cámara de Diputados
oponiéndonos a la supresión, aprobada por el Senado, de la última parte del artículo 4º de la
Constitución…ha llegado la hora de la lucha para todos los católicos, que debemos estar animados del
mayor entusiasmo y estrechamente unidos…//Memorial a los Católicos//Católicos!//Ha llegado la hora de
la lucha!//Hoy se mantienen las palabras “La Nación Peruana profesa la Religión Católica Apostólica
Romana: el Estado la Protege…” que pretenden suprimir “y no permite el ejercicio público de otra
ninguna”…//En vuestras manos, católicos está el evitarlo…//Que una inmensa, una formidable protesta
de la Nación entera se levante, Que llegue esta protesta al seno de la Representación Nacional, y que esta
se detenga ante la actitud de vosotros, que sois sus mandantes…», en Carta emitida el 29 de Septiembre
de 1913, desde Lima, por la Unión Católica del Perú al presidente de la Unión Católica de Arequipa,
Lorenzo Montoya, en AAL, Archivo Intermedio. L292 (Libro de Cartas Circulares de la Unión Católica
del Perú. Copiador (1911-1923), f.19.
90
La reforma obtuvo la aprobación del Senado el 1 de octubre de 1914 y en la siguiente legislatura, el 20
de octubre de 1915, la del Congreso por 71 votos a favor y 11 en contra. García Jordán, 1991: 249.
91
Carta a Monseñor Belisario Philipps, secretario del Arzobispado, del 22 de noviembre de 1915, en
AAL, Archivo Intermedio. L292 (Libro de Cartas Circulares de la Unión Católica del Perú. Copiador
(1911-1923), f.39.
92
«…como sabe Ud. el Consejo Central se compone de: Los Delegados Departamentales, el Teólogo
Consultor y los Personeros de los principales centros de Acción Católica de la capital- Como por Lima
serán 5 los Delegados Departamentales (artículo V) nos dirigimos en esta fecha a los principales Centros
de Acción Católica para que nombren sus personeros, los que, unidos a los actuales socios activos,
nombrarían esos cinco Delegados el 23 de Diciembre próximo». Carta a Monseñor Carlos García
Irigoyen, obispo de Trujillo, del 30 de noviembre de 1915, en Ibíd. f.41.
93
Se envían circulares del proyecto al obispo de Arequipa, al presidente de la Unión Católica de
Caballeros, al obispo de Huánuco, Pedro Drinot y Piérola, al obispo de Trujillo, a Miguel Antonio Checa
Eguiguren, delegado por la Unión Católica del Perú por Piura y a Antonio Luna, delegado por
Lambayeque. Carta al presidente de la Unión Católica de Caballeros de Trujillo, del 30 de noviembre de
1915, en Ibíd. f.45.
94
La que desde 1913 venía solicitando al arzobispo que coordinara e impulsara medidas para «…la
defensa común y uniforme de los fueros de la religión y de la Iglesia peruana». Carta de Manuel Tovar,
arzobispo de Lima, del 17 de enero de 1901, al delegado apostólico en Perú, en AAL, Archivo
Intermedio. L288 (Libro de Comunicaciones con la Delegación Apostólica. Copiador (1898-1941), N169.
95
Así lo demuestran las cartas intercambiadas con el arzobispo en AAL, Archivo Intermedio. L272
(Comunicaciones del Arzobispado), N251 y 252.
66
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
Mariano Holguín y José Gregorio Castro, respectivamente arzobispo y obispos de Lima,
Huaraz, Arequipa y Cuzco.96
Probablemente, esta reacción no podría entenderse sin el cambio de actitud frente
a la política que experimentó el primer y principal prelado peruano, el arzobispo García
Naranjo. Evolución que le llevó a abandonar la tradicional indiferencia, resignación e
inhibición de la Iglesia, como institución, en la dinámica electoral y a convertirse en un
firme partidario de la necesaria intervención de los católicos en política. El arzobispo,
con fecha de 30 de enero de 1913, y en respuesta al Delegado Apostólico, había
mostrado su resignación ante la vida política peruana:
La influencia de los políticos en el gobierno es personal en esta República por eso
nada puedo decir de la influencia de los católicos. En general los Gobiernos se han
mostrado indiferentes con la Iglesia y han contenido, en ocasiones, los proyectos
hostiles de las cámaras.97
Dos años más tarde, el 13 de Noviembre 1915, una vez sancionada la tolerancia
religiosa,98 y, por lo tanto, comprobado el fracaso de los memoriales de protesta, en
comunicación a todos los obispos manifestaba la necesidad de «…fomentar el
establecimiento de círculos obreros católicos, procurar fundar el partido conservador e
intervenir en las próximas elecciones para llevar representantes conservadores al
Parlamento Nacional»,99 y en carta al Obispo de Huaraz, de 11 de Febrero de 1916
decía:
[…] para defender los intereses católicos seriamente amenazados por el liberalismo
imperante en las Cámaras Legislativas […] las ideas de su […] acerca de la
organización del partido conservador coinciden con las mías. La fundación de la
Universidad Católica, anhelo que desde largo tiempo abriga el Episcopado Nacional
y que ha sido asunto tratado en las Asambleas Episcopales, no es fácil realizarlo pero
es importantísimo y debe ser tratado en las Conferencias que tendremos el año
entrante.100
A pesar del apoyo de la jerarquía y de las asociaciones católicas, hubo dos
factores que impidieron el éxito del proyecto electoral de la UC del Perú. Por un lado, el
escaso interés que su proyecto despertó entre la ciudadanía, del que buena muestra fue
96
García Naranjo fue arzobispo de Lima entre 1907 y 1917; Farfán fue obispo de Huaraz entre 1907 y
1918 y luego de Cuzco entre 1918 y 1933. Mariano Holguín, de Arequipa entre 1904 y 1945; y José
Gregorio Castro, obispo de Cuzco (1910-17).
97
AAL, Archivo Intermedio. L272 (Comunicaciones del Arzobispado), N39.
98
La ley de modificación del artículo 4º de la Constitución de 1860 fue sancionada por el Congreso de la
República el 23 de octubre de 1915 y entró en vigor el 11 de noviembre de ese año. Así se lo comunicaba
Juan Wenceslao Valera, Ministro de Justicia, Culto e Instrucción, a Emilio Lissón, en esos momentos
obispo de Chachapoyas, por carta de 17 de Noviembre de 1915. Copia de la misma se guarda en ACBL.
99
La cursiva es nuestra. AAL, Archivo Intermedio. L272 (Comunicaciones del Arzobispado), Ibíd. N242.
100
Ibíd. N251.
67
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
la escasa afiliación de la asociación en Lima,101 donde estaba establecida la Junta
Directiva; por otro, la persistente oposición a su labor, manifestada en la Asamblea
Episcopal de 1915 y sucesivas, del obispo de Chachapoyas, Emilio Lissón.102
La ausencia por enfermedad de García Naranjo a la Asamblea Episcopal de 1917
y su muerte antes de que finalizaran las sesiones favorecieron la división de opiniones
en el transcurso de las mismas sobre la conveniencia de formar un partido católico. Al
parecer, los argumentos de Lissón contrarios a su creación fueron determinantes en el
abandono del proyecto y en el acuerdo o solución de compromiso finalmente dictada, e
incluida dentro de los Acuerdos Reservados de la Asamblea, que impulsaba la creación
de una Liga Electoral Católica como esfuerzo coordinado de los católicos, con
independencia de los partidos políticos,103 para la elección de “buenos” representantes
de la nación.
Sin embargo, una vez tomó posesión del arzobispado de Lima, el 19 de julio de
1918,104 Lissón se opuso a cualquier iniciativa que pudiera suponer un estorbo a su
discurso sobre la esencia católica de la nación peruana. En sus primeras palabras a la
feligresía prohibió la creación de un partido político católico y luego olvidó, en nuestra
opinión de forma premeditada, el proyecto relativo a la Liga Electoral Católica. Ni
siquiera el proyecto ideado por la Unión Católica del Perú a finales de ese año y
adaptado a las directrices tanto de la Asamblea Episcopal de 1917 como posteriores de
Lissón prosperó. Suponemos que el objetivo del mismo, la creación de «una Junta
Electoral Popular que trabaje para llevar al seno de las Cámaras Legislativas, Senadores
y Diputados netamente católicos»105 era demasiado próximo al de la Liga Electoral
Católica propugnada por los obispos.
Así pues, tanto en las elecciones presidenciales de 1919, realizadas bajo el
régimen civilista como en las convocadas para diputados y senadores al Congreso por
101
En la asamblea convocadas por la Unión Católica del Perú el 10 de enero de 1916 sólo hubo 45
personas. AAL, Archivo Intermedio. Comunicaciones de la Unión Católica del Perú. L292 (Libro de
Cartas Circulares. Copiador (1911-1923), f.127.
102
Saranyana, 2010: 120.
103
En nuestra opinión, otro de los prelados clave en la adopción de la solución de compromiso fue Pedro
Pablo Drinot y Piérola, obispo de Huánuco (1904-20), principal ideólogo de la acción católica en el Perú
e impulsor en 1914 de los llamados comités o juntas de defensa social, modelo para la creación de la Liga
Electoral Católica. Drinot i Piérola, 1914: 8-14.
104
El Amigo del Clero CMIX (15 de octubre de 1917) anunciaba que Lissón había sido escogido como
arzobispo por el congreso de entre la terna presentada por el ejecutivo, el 25 de febrero de 1918 Benedicto
XV firmaba la Bula de nombramiento y, finalmente, el 19 de julio de ese año tomaba posesión canónica
del arzobispado. El prelado informaba de esto último a los obispos de las diversas diócesis por carta el 20
de julio de 1918, en AAL, Archivo Intermedio. L272 (Comunicaciones del Arzobispado), N315.
105
Memorial redactado por Pedro Rada y Gamio, vicepresidente de la Unión Católica del Perú, con fecha
5 de noviembre de 1918, en ASV, NP. Monseñor Lorenzo Lauri (1917-1921) B. 89, Fasc. 318.
68
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
Leguía el 4 de julio de ese año, tras prosperar su golpe de Estado, no hubo partido ni
liga católica que aspirara a representar los intereses de la Iglesia o a orientar el voto
hacia candidatos proclives a la causa católica. Hecho que adquirió mayor trascendencia
en esta ocasión porque los representantes elegidos, según decreto presidencial, debían
reunirse en Asamblea Nacional para dar a luz una nueva Constitución, promulgada en
1920.106 Siguiendo a Basadre «En la Asamblea Nacional hubo algunos amagos de
debates religiosos»,107 y los principales artículos relativos a la relación Iglesia-Estado
del nuevo texto constitucional fueron el 5º, expresión de que la Nación profesaba la
religión católica, apostólica y romana y que el Estado la protegía; el 26º, «Nadie podrá
ser perseguido por razón de sus ideas ni por razón de sus creencias»; el 74º, que incluyó
entre los ciudadanos que no podían ser elegidos diputados o senadores a los arzobispos,
obispos, gobernadores eclesiásticos, vicarios capitulares y provisores por los
departamentos o provincias a que pertenecieran sus parroquias; y el 121º, que exigió la
nacionalidad peruana a quienes obtuvieran las dignidades y canonjías de las catedrales,
los curatos y demás beneficios eclesiásticos.
En definitiva, la nueva constitución consolidó la tolerancia religiosa aprobada en
1915 por el anterior régimen, limitó la presencia del clero en las Cámaras Legislativas y
dio una respuesta parcial a las reclamaciones del bajo clero peruano, no compartidas por
sus dirigentes, que periódicamente se quejaba de que los sacerdotes extranjeros
acaparaban las mejores parroquias.108
Aunque el articulado constitucional apenas modificó el encaje entre ambas
instituciones, al poco de disolverse la Asamblea Nacional en 1920,109 la aprobación por
la Cámara de Diputados del proyecto de ley del matrimonio civil y divorcio absoluto
hizo saltar de nuevo las alarmas en el seno de la Iglesia y volvió a sembrar las dudas
entre la jerarquía sobre los riesgos inherentes a la nula organización del voto católico.
No tenemos constancia de que la Unión Católica del Perú se pusiera en contacto
con el nuncio desde su toma de posesión del cargo en octubre de 1921 y hasta la
emisión de la circular a los obispos. Sin embargo, creemos que el representante papal
sabía de la división existente en el seno de la Iglesia peruana al respecto de la
106
Basadre, 1983: vol. IX, 235.
Los representantes más destacados fueron José Antonio Encinas, Alberto Secada y Manuel Jesús
Urbina por los radicales y Pedro José Rada y Gamio y el sacerdote Mariano N. García por los clericales.
Ibíd.: 248.
108
Para acceder a los beneficios eclesiásticos, no era necesario ser peruano de nacimiento y la
naturalización se obtenía mediante la residencia en el país por un mínimo de dos años. Art. 60 de la
Constitución de 1920.
109
Ibíd.: 419-420.
107
69
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
participación activa de los católicos en política; y, fue precisamente por ello que su
circular pretendía:
1. Clarificar tanto las causas de fondo que dividían al clero -cuyas primeras
manifestaciones se remontan, al menos, a la Asamblea Episcopal de 1915- como
los bandos o facciones existentes.
2. Unificar los criterios a partir de los cuales organizar la defensa de la religión y de
la Iglesia peruana, y coordinar los esfuerzos encaminados a tal fin. Esto último se
haría a través de una asociación integrada por seglares similar a la Liga Electoral
Católica, aprobada en la Asamblea Episcopal de 1917, o a las Juntas Electorales
Populares, proyecto de la Unión Católica del Perú. De hecho, el tratamiento que
daba al proyecto en su circular parece indicar, además, que veía con buenos ojos
las intenciones de dicha organización por «trabajar sin reservas en los diversos
campos de la vida ciudadana, por los grandes ideales cívicos-religiosos, y alcanzar
por consiguientes, mediante buenos representantes en las Cámaras Legislativas,
que las leyes sean inspiradas a justicia, y se corrigan [sic] o se supriman las que a
la justicia se oponen».110
3. Recabar información sobre otros asuntos tales como la fundación de la
Universidad Católica en Lima. Es seguro que el nuncio Petrelli conocía la opinión
de Lissón, quien, a partir de su rechazo al partido católico, había manifestado sus
reticencias y oposición a la fundación de la Universidad Católica,111 primero y
reiteradamente, a García Naranjo y, una vez se hubo hecho cargo de la
Arquidiócesis, también a Roma. Lissón aducía que la Universidad Católica era
innecesaria «…porque la Universidad oficial de San Marcos es católica, pues
tiene el título de Pontificia, sus profesores con excepción de dos o tres son
católicos, su rector es católico y por más señas tiene una iglesia en su local…»;
que su título de católica era peligroso, ya que parecía indicar que la de San
Marcos no lo era; lo que podía favorecer la progresiva secularización de esta
última e, incluso, la exclusión de la Facultad de Teología de dicha universidad,
cuyos grados, por ser oficiales, concedían «…a los clérigos y religiosos que los
110
“Protocolo 86/21” en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B.110, Fasc. 413, f.10.
Así se desprende de la carta en la que Pedro Manuel García Naranjo, arzobispo de Lima, en respuesta
a Lissón le comunica que, en contra de la opinión de este último, no publicará un comunicado en el que se
diga «…que la mencionada Universidad tiene una carácter enteramente particular, y que no ha sido
fundada por mandato ni insinuación de la Asamblea Episcopal» por entender que podría perjudicar una
obra beneficiosa que, además, había sido solicitada reiteradamente en las Asambleas Episcopales. AAL,
Archivo Intermedio. L272 (Comunicaciones del Arzobispado), N279.
111
70
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
consiguen, el derecho de enseñar»; y, finalmente, que la UC carecía de los fondos
necesarios para seguir funcionando.112
4. Finalmente, definir la posición de la Santa Sede sobre la intervención de los
católicos en política. En esos momentos, por un lado, Lissón afirmaba que el
Vaticano apoyaba su resolución en contra de los partidos políticos católicos;
mientras que por otro lado, sabemos que en las elecciones presidenciales de 1919,
Mons. Lauri, predecesor de Petrelli, había animado a Mons. Holguín, obispo de
Arequipa, a brindar su apoyo a dichas iniciativas.113
1.3. La controversia en torno a la realidad social en el seno de la Iglesia
peruana.
En este apartado demostraremos que, a principios de la década de 1920, Lissón y
la mayoría de la jerarquía católica peruana mantenían importantes diferencias tanto en la
concepción del contexto político y social peruano como en las formas adecuadas de
intervención de los católicos en la sociedad. Para ello, nos basaremos en las respuestas
recibidas por el nuncio Petrelli procedente de todas las diócesis, salvo Cajamarca,114 a
su encuesta-circular de 26 de diciembre de 1921, en la que se tratan los siguientes
asuntos: uno, la conveniencia de crear una Liga Electoral Católica como vía para elegir
diputados y senadores que defendieran la causa católica en las Cámaras; dos, la
situación social y política peruana; y tres, el plan de acción para la intervención de los
católicos en la sociedad diseñado por el arzobispo Lissón. Con todo, antes de referirnos
112
Tenemos constancia de su parecer por el testimonio de Belisario A. Philipps en su carta al nuncio
Petrelli del 14 de Julio de 1919, en ASV, NP. Monseñor Lorenzo Lauri (1917-1921) B. 89, Fasc. 317.
113
Destacamos, por reveladora, la carta de Mariano Holguín, obispo de Arequipa, a Mons. Lauri, de fecha
4 de Febrero de 1919, previa a las elecciones presidenciales, en la que narra las dificultades por organizar
un partido católico en Arequipa después de que el arzobispo hiciera pública su opinión al respecto,
reproducimos textualmente: «Desde que...[Lissón] manifestó su parecer opuesto al Partido Católico, los
impíos batieron palmas y el Partido Católico de Arequipa se halló poco menos que en receso...Yo he
prescindido hablar una palabra sobre el particular; no obstante los impíos me han calumniado
torpemente...No estando pues organizados los católicos de por acá poco podrán influir en las elecciones
de representantes, en las que indefectiblemente triunfarán los candidatos oficiales y los que gasten mucho
dinero. No obstante lo que llevo dicho, por la recomendación de VE., haré lo que esté en mi mano en el
sentido que VE desea; pero con tal reserva , que ni los católicos ni los impíos puedan decir que contrarío
las opiniones del Sr Arzobispo, ni el autócrata Presidente de la República [José Pardo y Barreda (19151919)] que combato su gobierno». Subrayado y en cursiva en el original. Ibíd. Fasc. 319.
114
Recordamos que los prelados que respondieron fueron los Monseñores Mariano Holguín, Carlos
García Irigoyen, P. Pascual Farfán, Domingo Vargas, Fidel Olivas Escudero y Octavio Ortiz Arrieta,
obispos respectivamente de Arequipa, Trujillo, Cuzco, Huaraz, Ayacucho y Chachapoyas, Justo
Riquelme, Vicario Capitular de Puno y el canónigo Rubén Berroa, director del diario El Deber de
Arequipa. Todas las respuestas están contenidas en el ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925)
B. 110, Fasc. 413, ff.17-23 y 32-64.
71
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
a las misivas, creemos oportuno señalar algunos detalles tanto de los prelados como de
los cambios al frente de las diócesis que se habían producido desde la Asamblea
Episcopal de 1917.
En los cuatro años transcurridos desde 1917, los obispos de Cuzco y Huánuco,
José Gregorio Castro y Pedro Pablo Drinot i Pierola habían renunciado a sus cargos por
motivos de salud –aunque en el caso del segundo pudieron concurrir otros factores
sociales y políticos, que se analizarán más adelante– y el arzobispo de Lima, Manuel
García Naranjo había fallecido. De acuerdo a la ley, el Congreso eligió para el cargo de
arzobispo a Emilio Lissón, para el obispado de Cuzco a Pedro Pascual Farfán, y en las
vacantes provocadas en Chachapoyas y Huaraz a Octavio Ortiz Arrieta y Juan Domingo
Vargas, respectivamente. Así pues, de los ocho prelados encuestados, tres no habían
estado presentes en la asamblea de 1917, los dos últimos habían accedido al cargo
recientemente, y Francisco Rubén Berroa, sería elevado al obispado de Huánuco en
1923, mientras que los restantes tenían una amplia experiencia como obispos.115
Por lo que se refiere al estado eclesial de todos ellos, dos procedían del clero
regular, Holguín, franciscano, y Vargas, dominico, y el resto del clero secular. Como
vimos antes, en 1921, Holguín y Farfán se habían destacado por impulsar la creación
de partidos políticos católicos en sus diócesis aunque no eran los únicos. Efectivamente,
tenemos constancia de que García Irigoyen también había participado activamente en el
Movimiento Católico, primero, a través de la publicación de una revista religiosopropagandística llamada La Buena Lectura; luego, desde la plataforma que suponía
ostentar la presidencia de la obra del Apostolado de la Prensa (AP),116 cargo al que
había sido promovido por el Primer Congreso Católico en 1896; y ya en la década de
1910, desde la silla arzobispal de Trujillo y en conjunción con la UC del Perú,117 por la
victoria de los candidatos católicos en las urnas.118
Con vistas al mejor desarrollo de nuestra hipótesis, nos interesa abordar los
aspectos más significativos de las respuestas de los prelados al nuncio Petrelli en dos
115
Olivas había sido ascendido en 1900, Holguín en 1906, Farfán en 1907, García Irigoyen en 1910 y
Justo Riquelme, vicario capitular de Puno desde 1889, había ejercido el gobierno de la diócesis desde la
muerte del obispo Valentín Ampuero en 1914.
116
Prueba de ello fue la correspondencia que intercambió con miembros destacados de la Unión Católica
del Perú, como las cartas de Jose J. Loayza, presidente de la UCP, al presidente del AP, del 19 de febrero
y el 1 de mayo de 1897. AAL, Archivo Intermedio. Comunicaciones de la Unión Católica del Perú L291
(Libro de Cartas Circulares. Copiador (1894-1897), ff.137 y 147.
117
Ibíd. L292 (Libro de Cartas Circulares. Copiador (1911-1923), ff.41, 45 y 224.
118
Carta de Lissón a García Irigoyen, del 5 de marzo de 1917, en la que se trata de la candidatura del
hermano de García Irigoyen, en ACBL.
72
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
apartados; uno relativo al diagnóstico de la situación política y otro referido a las
propuestas de actuación de los prelados. Por regla general, tanto el carácter reservado de
las comunicaciones como las peticiones incluidas en los textos y la diversidad de
opiniones, en numerosas ocasiones contrarias a lo afirmado en la circular del nuncio,
creemos que son síntomas evidentes de la franqueza y libertad con la que se expresaron
los prelados.
1.3.1. Diagnóstico del contexto político peruano
Todas las referencias al contexto político peruano que incluyeron los prelados en
sus respuestas a Petrelli revestían un carácter negativo. Según ellos, la vida política
peruana estaba sujeta al imperio del espíritu anticristiano119 y el descrédito de lo
católico;120 ésta (la vida política) era como un enfermo cuya dolencia corría el riesgo de
extenderse al alma de la nación peruana,121 y, por lo tanto, amenazaba la fe católica.122
Sólo algunos prelados señalaban factores que, en su opinión, habían propiciado la
situación existente tales como el poder corruptor del dinero -causa de grandes
derrumbes en lo doméstico, en lo social y en lo político-123 y la nula intervención de los
católicos en la política, debida, en opinión de Mons. Vargas, al estado de abatimiento en
que se encontraba la vida cristiana en el Perú.124 Sin embargo, todos se pronunciaron
sobre los puntos demandados por Petrelli que aquí sintetizamos en tres apartados
principales: el sistema electoral peruano, la naturaleza y acción política de los católicos
y el impacto de la masonería en el Perú.
El sistema electoral peruano
Recordamos que Lissón, en su informe al nuncio Petrelli, manifestó la opinión de
que los católicos no tenían posibilidades de salir elegidos como representantes de la
nación por el carácter secundario del voto; porque carecían de la influencia necesaria;
por ser poco instruidos y escasamente prácticos; adolecer de falta de energía y,
119
Tesis de Vargas en el ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, f.61v.
Hasta el punto de recomendar, como veremos con detalle más adelante, extirpar dicho calificativo de
cualquier asociación cristiana, ya que como sucedía con el partido católico “… al presentarse este partido
como católico, tal vez muchos se alejarían de él, ya por respeto humano ya por cobardía” (la cursiva es
nuestra. Afirmación de Ortiz, en Ibíd. f.32).
121
Según García Irigoyen, en Ibíd. f.39.
122
“…la religión, cuya causa representa el clero, es el alma de toda sociedad humana, de todo estado que
no sea ateo” (en palabras de Olivas, en Ibíd. f.45r).
123
Tesis de García Irigoyen, Ibíd. f.41.
124
Tal y como afirmaba Vargas, en Ibíd. f.63r.
120
73
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
finalmente, no querer sacrificar o exponer el dinero que se necesitaba para ganar una
sola elección. Las respuestas de los prelados al nuncio abordaron, en primer lugar, el
sistema electoral y los partidos políticos peruanos, y en segundo lugar, la incidencia
efectiva de aquellos factores que Lissón consideraba esenciales para el triunfo electoral
como de otros ignorados o negados por el arzobispo, como el sufragio popular y el nivel
de popularidad de los candidatos.
En relación a las agrupaciones políticas y a sus miembros, los prelados incidían en
las siguientes cuestiones:
1. Los partidos políticos tradicionales se encontraban en crisis,125 y lejos de regirse
por programas o principios, se movían por ambiciones personales, circunstancias
y conveniencias.126 Conjunto de intereses que, además, explicaban la diversidad
de organizaciones, ya que si se atendía a las convicciones sólo se podrían
identificar dos bandos, liberales y conservadores.127
2. La gran mayoría de los representantes claudicaba ante proyectos contrarios a la
religión católica y apostataba de su fe, principalmente, por su carencia de una
sólida convicción
religiosa,
ateísmo práctico,128
o incluso
su
abierta
irreligiosidad,129 y por “los respetos humanos”,130 mientras que guiaban su acción
tanto por intereses económicos,131 como por «…[su] adición incondicional al
poder reinante y sus consiguientes espectativas [sic] en el orden administrativo,
salvo honrosas excepciones»;132 lo que, además, tenía como consecuencia que no
se mostraran “…receptivos ante la influencia externa”.133
Sobre el conjunto de factores que incidían en el triunfo electoral, en nuestra
opinión, las respuestas de los prelados respondían a un momento de aparente cambio de
tendencia en la dinámica electoral; sobre la que aún persistía un fuerte control de los
resultados por parte del gobierno y sus afines, aunque éste comenzaba a verse
125
“Hasta hace un año existían fraccionados los partidos civil, constitucional y liberal; hoy no existen más
partidos. Está en formación el partido Democrático Reformista (principal valedor de Leguía)” (tesis de
Berroa, en Ibíd. f.21).
126
Así lo afirmaba García Irigoyen, en Ibíd. f.41.
127
Tesis de Vargas, en Ibíd. f.62r.
128
En palabras de Vargas, en Ibíd. f.62v.
129
En opinión de Berroa, en Ibíd. f.22.
130
Empleamos la cursiva para destacar este concepto que hace referencia, en opinión de los prelados, a la
debilidad de carácter de los peruanos y su costumbre de “…imitar a otras naciones” en las que se atacaba
la religión. Ejemplo de ello son las palabras de Farfán, en Ibíd. f.48, mientras que la cita completa es de
Olivas, en Ibíd. f.44v.
131
Según Riquelme y Vargas en, respectivamente, Ibíd. f.18r y f.62v.
132
Al parecer de Olivas, en Ibíd. f.44v.
133
Tesis de Berroa, en Ibíd. f.22.
74
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
comprometido por el creciente peso de la opinión pública y su reflejo en las urnas, el
voto. Así, las opiniones de algunos prelados contienen referencias explícitas a las
prácticas irregulares habituales hasta las elecciones de 1919, como aquellas derivadas de
la intervención del gobierno o del empleo del dinero para crear adhesiones, en palabras
de Ortiz, «La elección de los representantes o triunfo en las elecciones, por lo general,
depende de las influencias políticas de las personas que gobiernan»;134 en las de Vargas,
«…en el Perú se compran los votos por un puñado de dinero»;135 y, finalmente, las de
Olivas:
En casi todas las elecciones anteriores, el Clero y los católicos de esta Diócesis han
exhibido, de entre los suyos, candidatos prestigiosos para la Representación
Nacional; y a pesar de su triunfo legal en las ánforas electorales, han sido derrotados
por las causales enarboladas en dicho considerando (no tener respaldo del gobierno,
no invertir las sumas de dinero necesarias…) // En las elecciones no se gasta mucho,
salvo en casos de dualidad y trialidad de candidatos, pero son mayores las intrigas y
las farsas eleccionarias [sic], al amparo de la impunidad y favoritismo oficial; a los
UBICADOS en la Metrópoli les basta formar las actas elecionarias [sic] para obtener
el triunfo, motivo por el que son ya rarísimas las personas distinguidas e
independientes que aspiren a ocupar una curul parlamentaria.136
Mientras que otros, a partir de lo sucedido en las recientes elecciones de 1919,
sostenían que el triunfo electoral también dependía del sufragio efectivo de los
ciudadanos y de la popularidad de los candidatos,137 e incluso relativizaban la
importancia de factores como el dinero, en palabras de Holguín: «Los gastos
económicos dependen de las circunstancias y lugares, en las últimas elecciones para
diputados en algunas provincias de este departamento me consta que no han sido tan
desorbitados»,138 y «Nada tienen que ver las motivaciones de orden económico de los
134
Según Ortiz, en Ibíd. f.33.
En palabras de Vargas, en Ibíd. f.62v.
136
Mayúscula en el original. Tesis de Olivas, en Ibíd. f.44r y 44v.
137
Según los textos de García Irigoyen, Riquelme, Berroa Farfán y Holguín, respectivamente: 1) el voto
tenía un carácter secundario en las votaciones «…más no en forma tan absoluta, mayormente si la persona
que se lanza a las urnas electorales reúne condiciones sobresalientes y tiene (arraigos?) en la opinión
pública, aunque de suyo veleidosa. En los últimos tiempos se han visto triunfar candidatos que no
contaban con el apoyo ni la simpatía del gobierno, antes bien con su franca oposición y hasta con su
hostilidad» (tesis de García Irigoyen, en Ibíd. f.40); 2) «El valor de los votos es apreciable, muchas veces
ha tenido valor efectivo. Donde estos han sido despreciados es en la capital de la República. Las
autoridades políticas nombradas ad hoc son las que deciden eficazmente el resultado de las elecciones»
(subrayado en el original de Riquelme, en Ibíd. f.17r); 3) «El voto no es elemento secundario, es
indispensable. Los gobiernos influyen en las elecciones y el dinero es indispensable para realizarlas pero
donde hay fuerza política la influencia del gobierno decrece drásticamente » (según Berroa, en Ibíd. f.22);
4) «El apoyo oficial busca el manto de la popularidad. No rara vez la falta de popularidad ha hecho
fracasar el apoyo oficial» (en palabras de Farfán, en Ibíd. f.48); y 5) «En las elecciones de Leguía y de los
Drs. Rada y La Rosa para diputados por Arequipa [ambas en 1919], el oficialismo era absolutamente
hostil y, sin embargo, aquí se obtuvo el más completo triunfo» (al parecer de Holguín, en Ibíd. f.55).
138
Tesis de Holguín, en Ibíd. f.55.
135
75
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
representantes [en la no presencia de católicos en las cámaras legislativas], tampoco está
prohibido a los católicos que busquen su bienestar temporal».139
La naturaleza y la acción política de los católicos peruanos
A continuación, expondremos la opinión de los prelados, en primer lugar, sobre la
naturaleza, comportamiento y actividad política de los peruanos; en segundo lugar,
sobre los componentes y labor de la Unión Católica de Caballeros. Luego abordaremos
el nacimiento y aparente olvido del proyecto de la Liga Electoral Católica aprobado en
la Asamblea Episcopal de 1917 y expondremos aspectos hasta la fecha desconocidos de
los partidos católicos peruanos desde ese año y hasta 1921.
A partir de sus respuestas a la circular del nuncio Petrelli, podemos afirmar que la
mayoría de la jerarquía católica peruana, al contrario de Lissón, consideraba que la
nación peruana no era católica por naturaleza; y que los católicos no se veían
impedidos, por naturaleza, para el ejercicio de la política. Muchos de ellos aprovecharon
la oportunidad para demostrar la inconsistencia de la posición de Lissón y señalar
aquellos rasgos del carácter que efectivamente influían en el comportamiento de los
peruanos pero que podían ser subsanados; por lo que en ningún caso excusaban la
inhibición de los católicos en la vida política.
Pese a afirmar que la mayoría de los peruanos cumplían con los sacramentos del
bautizo, casamiento y entierro, los prelados cuestionaban la esencia católica de sus
compatriotas. En palabras de Mons. Farfán:
Verdad que casi todos reciben el bautismo, verdad que se casan católicamente, no
obstante el matrimonio civil; pero para el caso que nos ocupa, no vale nada ese
número. No sé qué respondería a quien me preguntara: ¿De mil personas todos
confiesan a Cristo públicamente? La señoras sí; pero los varones así bautizados, así
católicamente casados, casi todos son indiferentes sino enemigos de la religión.140
En este mismo sentido se expresaba Mons. Holguín, al decir:
El que todos los peruanos sean católicos (esto es sean bautizados) y se casen
católicamente y quieran que sus deudos aun los suicidas tengan sepultura
eclesiástica, no ha sido impedimento para que se hayan sancionado leyes más
radicales que las de otros países menos católicos que el nuestro, y que representantes
elegidos por católicos, insulten impunemente las creencias de la inmensa mayoría de
país141
139
Según afirmaba Holguín, en Ibíd. f.56.
Al parecer de Farfán, en Ibíd. f.49.
141
La cursiva es nuestra. En palabras de Holguín, en Ibíd. f.56.
140
76
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
Y el canónigo Rubén Berroa, «Todos los peruanos son bautizados, salvo rarísimas
excepciones, pero practicantes muy pocos. La mayoría de los hombres, en las grandes
ciudades son prescindentes. Se casan por la Iglesia, porque todavía el elemento
femenino es piadoso».142 En síntesis, al decir de los prelados, cualquiera que fuese la
naturaleza de los peruanos (y más concretamente, de aquellos que se encontraban en
disposición de manejar las riendas de la nación, es decir los varones) en el mejor de los
casos su comportamiento era dudosamente católico y, en el peor, abiertamente
anticlerical e irreligioso. De lo cual se deduce, en nuestra opinión, que no consideraban
adecuado sostener un debate sobre la naturaleza católica de los peruanos, sino sobre su
comportamiento efectivo y las vías idóneas para encauzarlo por la senda adecuada. Ello
suponía un distanciamiento claro de las posiciones esencialistas y, en cambio, exploraba
otras formas de interpretación de la realidad social más complejas en las que la
irrupción de ideologías, como el liberalismo, tenía un papel principal en el devenir de la
sociedad. Y, a su vez, explicaría las palabras de Berroa al definir el impacto del
liberalismo en las nuevas generaciones, «…la juventud que crece es netamente liberal.
Al momento presente el ochenta por ciento de los jóvenes alardean de impiedad. La
corriente está encauzada en esta senda».143
Si bien los prelados señalaron aquellos defectos genuinamente peruanos que, en
su opinión, habían dificultado la presencia de los católicos en la vida política -la
desorganización,144 la inconstancia,145 e indolencia,146 la debilidad de carácter y
deficiente educación-147 inmediatamente después afirmaban que estos no eran
insalvables y, al contrario de lo mantenido por Lissón, no impedían la participación de
los peruanos en el sistema político. Es más, sostenían que la práctica política ayudaba a
corregirlos de tal manera que, como decía García Irigoyen: «…ni la falta de carácter ni
la poca largueza en la dádiva, cohonesta el abandono de la acción social católica. El
carácter se forma o se robustece según las situaciones que se crean. Las bolsas se abren,
142
Tal como indicaba Berroa, en Ibíd. f.22-23.
Tesis de Berroa, en Ibíd. f.21.
144
«La falta de energía de los peruanos depende generalmente de no ser organizados; de aquí que por más
que se invierten ingentes cantidades de dinero, no se consigue una representación» (tesis de Ortiz, en
Ibíd. f.33-34).
145
«El defecto del carácter peruano no es tanto la falta de energía, sino la falta de constancia. Con energía
se emprenden obras excelentes o se proponen ideales hermosos. Pero….no hay constancia» (según
Farfán, en Ibíd. f.48r).
146
«…no obstante la indolencia que ha atacado a muchos de los que militan en las filas de nuestro
Credo…» (en palabras de Vargas, en Ibíd. f.61v).
147
«La falta de educación…causa de que los buenos se retraigan de las luchas [electorales], porque
carecen de aliciente para llegar a alcanzar figuración en el país» (según Berroa, en Ibíd. f.21).
143
77
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
también, si se pone de por medio el honor comprometido, salvo el caso de verdadera
insolvencia»;148 o en palabras de Holguín, «Precisamente la lucha por nuestros sagrados
ideales es la mejor manera de forjar los caracteres; la organización de las fuerzas
católicas haría cobrar ánimo a los cobardes y les inspiraría valor para despreciar los
respetos humanos».149
Los prelados tampoco compartían las imágenes negativas de la Unión Católica y
sus miembros, derivadas de la opinión del arzobispo, presentes en la circular de Petrelli.
Así se lo expusieron al nuncio, en ocasiones de forma escueta,150 pero, generalmente,151
a través de valoraciones muy positivas de la labor de dicha asociación, similares a lo
expresado por Fidel Olivas Escudero, obispo de Ayacucho:
La Unión Católica de Caballeros de esa ciudad [Lima] compuesta por personas de
espectable [sic] posición social ha sido y es la única institución social que, quizá con
extraordinario sacrificios, ha representado la causa católica en los más importantes
actos sociales del centenario…por lo mismo creo es la llamada a constituir la base de
la tantas veces mencionada Liga Electoral Católica, cuya acción nos servirá mucho
para el triunfo de los candidatos en las próximas elecciones de las Cámaras
Legislativas.152
Los textos de García Irigoyen y Holguín son los más reveladores, entre todos los
analizados, sobre el origen y finalidad de la resolución relativa a la creación de una Liga
Electoral Católica (LEC), aprobada en la Asamblea Episcopal de 1917. García Irigoyen
consideraba que la LEC, “primer paso para la formación del partido [católico]” fue el
medio que encontraron los obispos en dicha asamblea, a petición de los laicos, y en
particular de los miembros de la Unión Católica del Perú, de agrupar y organizar las
fuerzas católicas, “dispersas y sin vinculaciones” que “se habían acostumbrado a vivir
lejos del campo electoral” con evidentes perjuicios para la Religión y la Patria.153
Holguín, por su parte, en palabras que citaremos en extenso más adelante, sostenía que
148
Tal y como indicaba García Irigoyen, en Ibíd. f.40.
Según Holguín, en Ibíd. f.55.
150
«No comparto, por tanto, el modo de pensar expresado en este párrafo de la circular (relativo a la
Unión Católica y en el que se afirma que esta asociación no puede servir de vínculo para la organización
católica)» (en palabras de Vargas, en Ibíd. f.64r).
151
Otras referencias similares son: «La Unión Católica de Caballeros hace años que desapareció del
Cuzco. Las causas no podría señalarlas de momento. Sin embargo, hai[sic] que confesar que en Lima es
la única agrupación, en defensa de los intereses católicos, i todavía hace sus presentaciones ante el
Gobierno, ante el Congreso; todavía tiene su local para sus recepciones; todavía publica sus protestas i
defensas; todavía en momentos dados, se presenta con virilidad…» (según Farfán, en Ibíd. f.51) y «La
Unión Católica de Caballeros de Lima y Arequipa es benemérita de la causa católica pues es la única
institución que ha tomado la defensa de los intereses religiosos del país (ha tenido épocas de vida intensa,
caballeros muy distinguidos…» (tal y como indicaba Holguín, en Ibíd. f.57).
152
Tesis de Olivas, en Ibíd. f.56.
153
En palabras de Holguín, en Ibíd. f.38.
149
78
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
la LEC fue la solución de compromiso que impulsó el anterior nuncio, Mons. Lauri,
ante las posiciones encontradas dentro de la Asamblea sobre la conveniencia de fundar
un partido católico que concurriera a las elecciones.154
Todos los prelados reconocían que la LEC no llegó a organizarse en el periodo
comprendido entre 1917 y 1921. Este hecho no debería haberles extrañado ya que el
único prelado que hacía referencia a sus esfuerzos por organizar la LEC, aunque estos
resultaran finalmente infructuosos, fue Justo Riquelme, vicario capitular de Puno.155 Ni
Lissón, que se oponía a cualquier organización católica de índole política, ni Holguín y
Farfán, a quienes no satisfizo por poco ambiciosa e irreal el proyecto de LEC, pero ni
siquiera la práctica totalidad de los que en 1921 manifestaban su aprobación a la LEC
(García Irigoyen, Olivas, Ortiz y Vargas) mencionaban en sus textos intento alguno para
ponerla en marcha en los años precedentes. De entre estos últimos, los casos de García
Irigoyen y Olivas resultan paradigmáticos, el primero por mostrar su asombro y
extrañeza al abandono del acuerdo,156 y el segundo por la razón aducida para su olvido.
Atendiendo la opinión de Mons. Fidel Olivas Escudero, obispo de Ayacucho, la
formación de la LEC no se llevó a efecto, sencillamente porque era lo que
habitualmente sucedía con los acuerdos alcanzados en las asambleas episcopales.157
En general, con la excepción de los obispos de Arequipa y Cuzco, la jerarquía
católica apenas incidió activamente en la vida política y demostró ser profundamente
dependiente de la posición e instrucciones recibidas desde la sede metropolitana. En
consecuencia, pese a que en 1917 todos los prelados eran partidarios de la participación
de los católicos en la vida política, la posición del arzobispo Lissón tuvo que ser
determinante para el posterior y, en nuestra opinión, premeditado olvido del acuerdo
relativo a la LEC y el establecimiento de una dinámica contradictoria y condenada al
fracaso, como luego se demostró, de organización y coordinación del voto católico «…
154
«…a iniciativa del Excmo. Sr. Nuncio que presidía (Mons. Lauri (1917-1921), se adoptó el acuerdo
relativo a la Liga Electoral Católica; en el cual yo salvé mi voto (se abstuvo)» (según Holguín, en Ibíd.
f.54).
155
«El acuerdo de la Asamblea de 1917, verdaderamente no ha sido posible poner en práctica: en esta
ciudad he ensayado en dos solemnes reuniones, sin resultado práctico, todos los ciudadanos están ascritos
[sic] a algún partido político del que no pueden desvincularse, por una u otra razón…» (en palabras de
Riquelme, en Ibíd. f.17r).
156
«…sin que hasta ahora me explique el abandono de un acuerdo que encerraba un mundo de
esperanzas» (tesis de García Irigoyen, en Ibíd. f.38).
157
«La mayoría de los acuerdos de los Acuerdos de las Asambleas Episcopales, verificados en la
Metrópoli no se han llevado a efecto, siendo, por tanto casi inútiles esos actos y muy gravosos para los
prelados concurrentes, especialmente para el infraescrito, atendida su avanzada edad y larga distancia que
lo separa de la ciudad… No es pues extraño que el proyecto sobre “Liga Electoral Católica” aprobado en
la Asamblea de 1917 haya tenido la misma desaventurada suerte, sin haberse hecho absolutamente nada
al respecto, a pesar de su trascendental importancia» (según Olivas, en Ibíd. f.44r)
79
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
por todos los medios posibles y cristianamente prudentes sin ir a la formación de
partido alguno o liga electoral».158
Finalmente, abordaremos el papel desarrollado por la jerarquía eclesiástica
peruana en las contiendas electorales y la evolución de los partidos políticos
confesionales en las distintas diócesis en la segunda década del siglo XX. Este
conocimiento lo extraeremos de las reflexiones de los prelados sobre la siguiente
afirmación de Lissón, contenida en la circular del nuncio: «La experiencia ha
demostrado que donde se formó un partido católico, se perdió en todas las elecciones;
cuando, al contrario, el partido católico desapareció, algo se ganó en las siguientes
elecciones».159
Aunque la información es escasa, las opiniones de los prelados sobre la actividad
y de las consecuencias de la participación de los partidos católicos en las elecciones
muestran cuán distinta era su percepción de la de Lissón. Los testimonios de Berroa,
Farfán y Holguín, nos aportan nuevos datos relativos a las elecciones en el periodo
comprendido entre 1918 ‒momento de la ascensión de Lissón al arzobispado de Lima–
y 1921. En relación a la controvertida afirmación de Lissón, sólo Riquelme expuso
hechos que concordasen con ella,160 Vargas negaba la existencia de partidos católicos
hasta la fecha,161 y el resto discrepaba de ella, aunque variaba el tono, la extensión y
firmeza de sus palabras. Los comentarios, más escuetos y directos, como los de García
Irigoyen y Olivas, afirmaban que no le «…consta[ba] lo afirmado [en la circular]»,162 o
que «…la proposición opuesta [a la de la circular] es [era] la verdadera»;163 los más
extensos, además de expresar su disconformidad mediante fórmulas similares a las
anteriores,164 se apoyaban, afortunadamente para el historiador, en la narración de lo
acontecido en los comicios electorales celebrados desde 1913.
Gracias al testimonio de Berroa, tenemos más argumentos a propósito de la
relación existente entre el nacimiento de los partidos católicos y la aprobación de la
158
La cursiva es nuestra. En palabras de Lissón, en Ibíd. f.7.
Tesis de Petrelli, en Ibíd. f.13.
160
«En este departamento, prescindiendo del carácter católico se ha ganado en las elecciones de un
Senador por Puno i del Diputado por Lampa, y se perdió por el carácter católico en la Diputación de este
cercado» (la cursiva es nuestra. Según Riquelme, en Ibíd. f.18r).
161
«No ha habido partidos católicos como tales en el Perú, sólo intentos parciales como la actuación en
política de la Unión Católica de caballeros» (afirmación de Vargas, en Ibíd. f.63v).
162
Tesis de García Irigoyen, en Ibíd. f.42.
163
Según Olivas, en Ibíd. f.45v.
164
«No me consta la verdad de esta conclusión» (en palabras de Farfán, en Ibíd. f.51).
159
80
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
reforma del artículo 4ª de la Constitución,165 de la tolerancia religiosa, y de la
participación de estos en acuerdos pre-electorales;166 además, por primera vez tenemos
noticia de la creación en 1915 de un partido católico en Ayacucho.167 La opinión de
Farfán resulta de interés tanto por lo que narraba como por lo que olvidaba mencionar o,
directamente decía desconocer; y, finalmente, el texto de Holguín, tal y como ya
sucedió al tratar de la Unión Católica del Perú, será clave para explicar tanto la derrota
de los partidos católicos en las elecciones presidenciales de 1915 como su posterior
desaparición al comienzo del mandato de Lissón en la Arquidiócesis.
La respuesta de Farfán al nuncio revela tanto su modo de proceder ante la
convocatoria de elecciones a la Asamblea Constituyente en 1919 -que, recordamos, se
realizaron tras el golpe de Estado de Leguía- como las conclusiones que alcanzó tras el
proceso electoral. En relación al primero, el obispo de Cuzco informaba al nuncio de
que trabajó «…directamente por enviar representantes del clero, ya que no se
trabaja[ba] con seglares».168 Mientras que sus conclusiones, o el resultado de los
esfuerzos según sus palabras, fueron, primero, que los dos miembros del clero que
finalmente obtuvieron su curul parlamentaria «…para triunfar aseguraron antes el apoyo
oficial»;169 segundo, que muchos de los candidatos buscaron el respaldo de los párrocos
durante la campaña electoral,170 pero que, una vez en las cámaras, votaban a favor de
proyectos contrarios a la religión; tercero, que los miembros del clero no estaban
formados para la lucha electoral;171 y, finalmente, que la orientación y consejo del
arzobispo de Lima era necesaria en las lides electorales, «Ya que Lima lo sabe antes que
las demás Diócesis todo lo que pasa al respecto».172
165
Que recordamos comenzó a tramitarse en 1913, año en el que fue aprobada por el Senado, y
finalmente sancionada en 1915, «…por cuanto, según el art. 131, toda modificación de la constitución
exigía la ratificación de la reforma propuesta por la legislatura sucesiva», en García Jordán, 1991: 248.
166
«…en Arequipa..en las luchas eleccionarias…excepto el partido liberal, los demás le [al partido
católico] requirieron alianza ofreciéndole ventajas», según Berroa en ASV, NP. Monseñor Giuseppe
Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, f.23.
167
«La movilización de los católicos en el año 1915 contra la modificación del artículo 4º de la
constitución no obtuvo resultado alguno. A raíz de la afrenta se formó un partido católico en Arequipa y
en Ayacucho que concurrió a las elecciones de 1915 y consiguió anular a los contrarios, a pesar de que
estos últimos fueron apoyados por el gobierno» (tesis de Berroa, en Ibíd. f.21).
168
La cursiva es nuestra. Afirmación de Farfán, en Ibíd. f.47.
169
Tesis de Farfán, en Ibíd. f.48.
170
¿Quienes componían las mesas electorales en las elecciones de 1919? Si atendemos a Justo Riquelme,
«El clero secular es escaso aunque toma parte en las mesas electorales, del Concejo, de la Sociedad de
Beneficiencia y está presente en las asociaciones de carácter laico» (según Riquelme, en Ibíd. f.18r).
171
«…los clérigos no están formados para esta clase de luchas, i o se comprometen hasta con candidatos
malos; o ponen en compromiso al Prelado, porque citan su autoridad, aun en cosas que no conviene»
(afirmación de Farfán, en Ibíd. f.48).
172
Según Farfán, en Ibíd. f.48.
81
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
Farfán, por lo tanto, informaba al nuncio de los triunfos electorales conseguidos
(gracias a la obtención del respaldo del gobierno) y destacaba la poca pericia
demostrada por el clero, la volubilidad de los candidatos en la práctica política; y que,
desde que había asumido el cargo, no había colaborado con los seglares ni con partido
católico alguno, en la organización y coordinación del voto católico, llegando a afirmar
que la «sociedad titulada “Unión Católica de Caballeros”…[hacía] años que desapareció
del Cuzco. Las causas no podría señalarlas de momento».173
¿Qué pudo provocar que el Partido Conservador del Cuzco, estrechamente
relacionado con la UC cuzqueña, del que tenemos noticias hasta 1916 gracias a García
Jordán,174 se disolviera sin dejar rastro a la altura de 1918, momento en el que tomó
posesión Farfán? En nuestra opinión, las razones que explican esta desaparición y el
proceder de Farfán en las elecciones no tienen que ver con su experiencia en las urnas
sino con la posición de Lissón al respecto. Para ello, nos apoyamos en el texto de
Mariano Holguín;175 quien, en relación a la derrota del partido católico arequipeño en
las elecciones presidenciales de 1915, decía lo siguiente:
Apenas fundado el partido católico en Arequipa, y cuando no se había organizado en
todas las provincias, llegaron las elecciones de Representantes; el oficialismo solicitó
al Partido Católico para proceder de acuerdo; pero fue dilatando maliciosamente el
arreglo con diferentes pretextos, hasta que con el apoyo escandaloso de las
autoridades e instituciones oficiales, obtuvo mayoría en la Junta de mayores
contribuyentes. De ahí provino que nuestros candidatos no alcanzaran el triunfo;
pero los católicos lucharon en las ánforas hasta el último, no obstante las hostilidades
de todo género del oficialismo; fue una derrota gloriosa.176
Mientras que sobre la desaparición ofrecía la siguiente explicación:
Cuando en 1913 el Congreso sancionó la tolerancia de cultos, aproveché de la honda
conmoción que causó este rudo golpe contra la unidad religiosa del Perú, para hacer
un llamamiento a los católicos de Arequipa a fin de organizar el Partido Político
Católico. Más de dos mil ciudadanos concurrieron a la primera reunión llenos de
febril entusiasmo; se publicó la Declaración de Principios, se organizaron las Juntas
Directivas; se dirigieron circulares a las demás diócesis de la república
estimulándolas a que siguieran este movimiento, y en algunas como Cuzco y
Ayacucho, se organizó el partido. // En la Cuaresma de 1914 publiqué una
Instrucción Pastoral sobre tan importante materia […] hice escribir una serie de
artículos-jocosos serios en el diario católico de esta ciudad…los hice reproducir en
más de dos mil folletos […] En la Asamblea episcopal de 1917 propuse que tomaran
los Srs Obispos acuerdos para la organización definitiva del Partido Católico, pero el
Iltmo. Mns. Emilio Lissón, entonces obispo de Chachapoyas hizo entonces la más
173
En palabras de Farfán, en Ibíd. f.51.
García Jordán, 1991: 329.
175
Muy similar en su contenido a la carta que en 1919 Holguín había enviado al anterior nuncio Mons.
Lauri y de la que damos cuenta en la nota nº 113.
176
La cursiva es nuestra. Según Holguín, en Ibíd. f.57.
174
82
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
tenaz resistencia aduciendo razones que no es del caso reproducir177[…] la mayoría
de los Obispos accedió a las insinuaciones de Mons Lissón… Pocos días después de
tomar posesión de la Sede de Lima [en 1918], mons. Lissón hizo por la prensa la
declaración oficial de sus opiniones al respecto [Los católicos, como católicos, no
deben formar en el Perú partido católico] […] los católicos de Arequipa, no
queriendo parecer opuestos al Metropolitano, liquidaron el Partido y se declararon en
absoluto receso, como permanecen hasta ahora.178
La masonería en el Perú.
Los comentarios de los prelados, en general, coincidían con lo expresado por
Lissón en este aspecto ya que señalaban la escasa presencia e influencia de la masonería
en el Perú.179 Sólo dos, Farfán y Holguín, advirtieron rastros de su actividad en el país.
El primero dio cuenta de anuncios y fotografías con insignias masónicas en algunas
publicaciones de la capital,180 y, el segundo, dando muestra de sentido común, hizo
hincapié en las dificultades de reconocer las prácticas masónicas, precisamente por ir
habitualmente acompañadas del mayor sigilo.181
1.3.2. El plan de acción de los prelados
Aquí analizaremos las respuestas de la jerarquía católica peruana a la circular de
Petrelli, de 26 de diciembre de 1921, concretamente en lo relativo a la forma en que
Lissón aprobaba la intervención de los católicos en la sociedad.
El plan de acción del arzobispo analizado hacía referencia a dos áreas de
actividad, la participación de los católicos en la vida política y la acción católica,
aunque concedía mayor importancia a la primera. A continuación, realizaremos varias
consideraciones sobre el primero de los dos asuntos y abordaremos luego los proyectos
concretos mencionados por el nuncio y los prelados ya sean de carácter político, caso de
177
Más adelante en el texto, Holguín hacía referencia a una de las razones aducidas por Lissón, «En 1917,
cuando la Asamblea Episcopal se propuso la organización del partido católico, se dijo que en el Congreso
Nacional sólo había dos enemigos, los Srs. Urquieta y Urbina, y que por solo ellos no merecía la pena
organizar el Partido» (tesis de Holguín, en Ibíd. f.55).
178
Subrayado en el original de Holguín, en Ibíd. f.54.
179
Sirvan como ejemplo lo testimonios de García Irigoyen y Ortiz, respectivamente, «Los masones no
tenían ni prestigio ni influencia» (afirmación de García Irigoyen, en Ibíd. f.42) y «La masonería no tiene
injerencia alguna en las esferas de gobierno» (según Ortiz, en Ibíd. f.34).
180
«La masonería en el Cuzco no ha desempeñado ningún papel de existencia, en Lima si i se publican
fotografías con insignias masónicas en las revistas i también anuncios en algunos diarios» (al parecer de
Farfán, en Ibíd. f.49).
181
«No se puede afirmar tan llanamente que la masonería no tiene influjo alguno, siendo una secta tan
hipócrita e insidiosa. En Mollendo existió una logia que fue suprimida por un asalto que el pueblo dio al
local mientras se celebraban unos funerales masónicos; desde entonces no se ha intentado restablecerla;
hace poco que se ha reorganizado y está enrolando a todos los jóvenes del puerto» (en opinión de
Holguín, en Ibíd. f.56).
83
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
la Liga Electoral Católica y el partido católico, ya sean de carácter social, como los
Comités Diocesanos de Bienestar Social.
Petrelli interrogó a los prelados sobre una de las afirmaciones más conocidas y
polémicas de Lissón; aquella que realizó nada más tomar posición de su cargo y que
decía: «Los católicos, como católicos, es decir, dirigidos pública o privadamente por las
autoridades eclesiásticas no deben formar en el Perú, partido político». Y éstos, en su
gran mayoría, se mostraron en desacuerdo con la posición del arzobispo y favorables a
la intervención de los católicos en política.
Dejando al margen los aspectos ontológicos del asunto, ya tratados, y la defensa
específica ya sea del partido católico o de la LEC que abordaremos más adelante, nos
centraremos en las argumentaciones, a favor de la presencia de los católicos en la vida
política, que incluyeron en sus respuestas.
Aunque adoptaba forma diversas, el mensaje era único: Vista la grave enfermedad
que aquejaba a la política peruana, en la que imperaba el sentimiento antirreligioso y
cuyas últimas manifestaciones eran sendos proyectos que atentaban contra la religión
católica, y conscientes de la importancia de las cámaras legislativas, los prelados
consideraban esencial la intervención de los católicos en la lucha electoral como la
única forma de elegir buenos representantes y asegurar que sólo las leyes inspiradas por
la religión católica fueran promulgadas y el resto corregidas o suprimidas.182
La resolución de los prelados cada vez era más firme, entre otras razones, por el
escaso éxito que habían demostrado poseer tanto las llamadas de las “matronas” –
reconocidas católicas, en muchos casos mujeres y madres de políticos y, en general,
ciudadanos ilustres– como los memoriales de protesta enviados por la jerarquía y las
asociaciones católicas más influyentes en defensa de la causa católica. Así, encontramos
a quienes se interrogaban « ¿quién pone en duda que para la defensa de los intereses
católicos se necesita de buenos representantes en las cámaras? ¿Cómo prescindiendo de
la política se conseguirían buenos representantes en las Cámaras?»,183 en el caso de
182
«…me complace…[que] el laicado católico…le han manifestado la necesidad de una firme, activa, y
disciplinada agrupación de hombres de buena voluntad, al objeto de ofrecer protección a los católicos sin
distinción de partidos políticos, que se comprometa a trabajar sin reservas en los diversos campos de la
vida ciudadana, por los grandes ideales cívico religiosos y a alcanzar, por consiguiente, mediante buenos
representantes en las cámaras legislativas, que las leyes sean inspiradas a justicia y se corrijan o se
supriman las que a la justicia se oponen» (en palabras de Olivas, en Ibíd. f.45r).
183
Según Farfán, en Ibíd. f.50.
84
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
Farfán, o quienes, como Vargas, huyendo de lo que creían eran polémicas vacías de
contenido,184 insistían en la necesidad de que los católicos
[…][estaban] obligados a tomar parte en los asuntos de la vida política, no para el
propio medro […][sino] para evitar los daños que acarrea[ba] a la Iglesia i sus
grandiosas instituciones una política forjada en los moldes del audaz y artero
liberalismo: para conseguir que se [estableciera], en la mejor forma posible, una
política informada por los sublimes principios del Catolicismo, religión que profesa
[ba] toda la Nación peruana.185
Y, para ello no tenían otra alternativa que «…guiados por sus maestros en
materias de Religión y Moral, los Obispos,…salir del estado triste y nada digno en que
se [encontraban] en el terreno de la vida civil y religiosa».186 Una vez definido el
objetivo, los prelados eran conscientes de que el mayor obstáculo era la vía que les
permitiera conseguir sus propósitos. Conocidas eran las posiciones encontradas al
respecto de la LEC y, especialmente sobre la creación de un partido católico,187 así
como las dificultades que ellas comportaban. Sin embargo, creemos poder asegurar que
todos los prelados coincidían en la necesidad de una intervención de carácter
moderno,188 y en que «Pese a las “farsas electorales”, si las numerosas fuerzas católicas
estuvieran organizadas el régimen imperante debería tomarlas en cuenta».189
La Liga Electoral Católica como proyecto de futuro.
Pese a que a la altura de 1922, como vimos anteriormente, la práctica totalidad de
los prelados reconocían que el proyecto de la Liga Electoral Católica, aprobado en la
asamblea episcopal de 1917, no era sino letra muerta, sólo uno de ellos descartaba esta
184
«“Turpe est disputare de nomine, quando convenit de re” ¿Qué sacamos nosotros de esta distinción
entre católicos como católicos y católicos como ciudadanos? Tal distinción allá para las escuelas. Lo
interesante y positivo es que los cristianos trabajen para cristianizar la vida civil y política de nuestra
patria» (en cursiva en el original de Vargas, en Ibíd. f.63v).
185
Tesis de Vargas, en Ibíd. f.64r.
186
Afirmación de Vargas, en Ibíd. f.61r.
187
«Sobre la formación del partido existen al interior de la Iglesia peruana muchas opiniones» (según
Farfán, en Ibíd. f.47r) y «Desgraciadamente, no hay unidad de opiniones al respecto [de la afirmación de
Lissón “los católicos, como católicos…no deben formar partido…], aún entre los miembros del clero
nacional…no la hay entre los mismos señores Obispos. Así, en años pasados, mientras en Arequipa se
trataba con toda decisión para la formación del partido católico político, en Lima se declaraba terminante
i públicamente que no convenía la fundación de tal partido. Dura veritas sed veritas» (subrayado en el
original de Vargas, en Ibíd. f.63r).
188
Lo que puede deducirse de las palabras del decano de la jerarquía católica peruana, quien citando a
Leon XIII, manifestaba «…Extended la esfera de vuestra acción a la defensa de cuanto hay de más
sagrado; oponed prensa a prensa, reunión a reunión…» (la cursiva es nuestra. Tesis de Olivas, en Ibíd.
f.45r).
189
Afirmación de Holguín, en Ibíd. f.54.
85
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
vía de organización y coordinación del voto católico.190 Olivas,191 García Irigoyen y
Vargas,192 por un lado, a pesar de ser partidarios del partido católico, viendo la división
en el seno de la jerarquía, valoraron positivamente la LEC como un paso en la dirección
correcta. Por otro lado, Ortiz y Farfán, quienes sólo tenían objeciones relacionadas con
la inclusión del concepto católico en el proyecto,193 insistieron en las dificultades de
conseguir adherentes de entre los miembros de los partidos políticos tradicionales.194
Incluso Holguín, principal promotor de la creación de un partido católico en el Perú y
hasta ese momento feroz crítico del proyecto de la LEC (hasta el punto de emplear el
calificativo “ilusorio” en su valoración),195 advirtió aspectos positivos en el mismo.196
El partido católico.
En este apartado vamos a dar respuesta a las siguientes cuestiones: ¿Cuál era el
sentir mayoritario dentro de la jerarquía católica peruana sobre la conveniencia de crear
un partido político católico que concurriera a las elecciones? y ¿Qué características
debía poseer y actividades debía desempeñar dicho partido?
190
Tal era el caso de Rubén Berroa, director de El Deber, quien exponía que «La LEC tendría sólo
significación social, de modo que jamás llegaría a ejercer influencia política decisiva» (Berroa, Ibíd. f.22)
y, coincidía con Lissón en que «…influirá tal vez en las elecciones, con la seguridad, que en muchos
casos el voto de los católicos contribuirá al encumbramiento de sus perores enemigos» (según Berroa, en
Ibíd. f.23).
191
«Durante el largo tiempo de nuestro ministerio sacerdotal…, ya de 22 años, hemos luchado en la
prensa, en el resto de las instituciones de que hemos formado parte, para la formación de un Partido
político o Liga Electoral…» (subrayado en el original de Olivas, en Ibíd. f.45r).
192
«Debería ponerse en marcha la LEC aprobada por los obispos en 1917» (Vargas, Ibíd. f. 62v), «La
fundación de una LEC no es perniciosa. La cooperación del clero en las elecciones de Huaraz fue
beneficiosa» (Vargas, Ibíd. f.63v) y, especialmente, «Debe formarse un partido político católico, pero hoy
por hoy lo juzgo bastante difícil, sería oportuno comenzar con la creación de la liga católica electoral»
(la cursiva es nuestra. Tesis de Vargas, en Ibíd. f.63v).
193
«El llamarse católico en lugar de otro nombre, atraería la atención de las autoridades que generalmente
son contrarias…» y «Finalmente, no me parece conveniente que se forme en el Perú un partido, tal y
como lo entiende el acuerdo reservado de la Asamblea Episcopal del año 1917 (aquí considera que la
LEC era equivalente a un partido político) porque en el caso de que este partido cometiera algún error,
este se le atribuiría a los católicos; cosa que no sucedería si el partido llevase otro nombre» (en palabras
de Ortiz, en Ibíd. f.33).
194
«La formación de una Liga Electoral Católica…fue una prudente i madura resolución, en vista de las
dificultades para crear un partido católico, un acuerdo casi provisional. Esta Liga aún no ha fracasado,
porque, sencillamente, no se ha organizado en ninguna parte, al menos que yo sepa…Comprendo que es
muy difícil tener adherentes de todos los partidos, porque los que pertenecen a un partido, van a las
elecciones con la consigna mancomunada de votar a un caudillo determinado. Uno que otro consciende,
de ahí no pasa» (la cursiva es nuestra. Tesis de Farfán, en Ibíd. f.50).
195
«…en el acuerdo relativo a la Liga yo salvé mi voto; porque para mí es completamente ilusorio
formarla con personas pertenecientes a distintos partidos políticos» (afirmación de Holguín, en Ibíd. f.54).
196
«Respecto a la Liga…El que se deslindaran los campos y se supiera quienes son católicos de verdad y
quienes sólo de nombre, sería una ventaja, pues sabríamos en quienes podemos contar» (al parecer de
Holguín, en Ibíd. f.57)
86
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
Todos los prelados consultados, salvo Justo Riquelme,197 vicario capitular de
Puno, expresaron al nuncio la necesidad de crear un partido católico como la vía idónea
para representar los intereses católicos en la vida política peruana.198 Esta idea tuvo
particular relevancia tras comprobar el escaso fruto cosechado con las formas
tradicionales de intervención de los católicos que, una vez descartados los
levantamientos armados, no eran sino la recogida de firmas, las cartas y los memoriales
de protesta al presidente, gobierno y ante las cámara de representantes.199 Luego, cada
uno de ellos mostró puntos de vista algo distintos en relación a su finalidad, la
denominación del partido, el origen social de los miembros y el papel del clero en el
mismo.
Así, tal y como señalamos anteriormente, Ortiz mantuvo una posición favorable a
desterrar el concepto católico del nombre del partido (sugiriendo que se siguiera el caso
italiano, donde la defensa de los intereses católicos era asumida por el Partido
Popular)200 y, en cambio, a integrar «…a todos aquellos que, no son abiertamente
contrarios a los principios católicos; reservando para más tarde la selección, porque si el
partido constara sólo de los notoriamente católicos, nunca se alcanzaría una
representación».201 Berroa, por otro lado, restaba importancia a la denominación
empleada,202 y enfatizaba, en la línea de Ortiz, que el partido no fuera dirigido sino
197
Con todo, atendiendo a sus palabras, la no conveniencia sería sólo temporal «…en conformidad a las
distintas veces que me ha cabido manifestar , que, al menos por el momento, no conviene la formación de
un partido político católico» (según Riquelme, en Ibíd. f.18).
198
De forma resumida, García Irigoyen, «Esta es la obra [esto es, curar la política peruana], a cuyo
servicio…debía ponerse el partido católico» (según García Irigoyen, en Ibíd. f.39), Ortiz, «…creo que es
necesario que exista en el Perú un partido que sostenga los intereses de la causa católica» (tesis de Ortiz,
en Ibíd. f.32); y en similares palabras de Olivas, en Ibíd. 45r; Farfán, « [Se debe] Organizar un PARTIDO
[católico] sobre las siguientes bases…» (mayúsculas en el original. Tesis de Farfán, en Ibíd. f.51); Berroa,
«…he manifestado, repetidas veces, públicamente, la necesidad de que los católicos se organicen, para
hacer frente al enemigo común, formando un partido de principios, poco importa el nombre que se le de
[sic]» (la cursiva es nuestra. Tesis de Berroa, en Ibíd. f.21); Vargas, «Debe fundarse el partido
católico…» (afirmación de Vargas, en Ibíd. f.63r); y Holguín, «Que tenga dificultades muchas y graves
nadie lo niega; sobre todo a los principios la organización del Partido sería obra de una abnegación
heroica; pero yo no concibo otro modo de actuar eficazmente en la política del país» (según Holguín, en
Ibíd. f.56).
199
Condenadas al fracaso en esos momentos, según se deduce de las palabras de Farfán «…está declarada
la ofensiva a los principios [católicos] i el enemigo ve que no hay más defensa que actas, protestas y
lloriqueos» (en palabras de Farfán, en Ibíd. f.49).
200
«…creo también necesario que este partido se llame con cualquier otro nombre, menos con el de
católico; como el que, hace algunos años, se ha formado en Italia. Me refiero al Partido Popular, partido
que defiende los intereses de la causa católica y que está dando los más consoladores resultados»
(afirmación de Ortiz, en Ibíd. ff.32-33).
201
Según Ortiz, en Ibíd. ff.34-35.
202
Tesis de Berroa, en f.21.
87
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
alentado por la jerarquía, que se enfrentara al partido liberal pero que pudiera llegar a
acuerdos con los demás grupos políticos.203
Con carácter general y con las oportunas cautelas derivadas de las fuentes
consultadas, en relación al papel reservado en la constitución de un partido confesional
creemos poder identificar dos posiciones entre los prelados. La primera, sugerida por
Berroa y Ortiz y concretada por Farfán204 y García Irigoyen,205 consideraba que el papel
protagonista en el partido católico debía ser reservado a los seglares,206
correspondiéndole al clero las funciones de asesoramiento y provisión de suficientes
fondos económicos. La segunda, reflejada en las palabras de Olivas,207 y alentada por
Holguín, abogaba por un papel principal del clero en la fundación del partido y en la
política activa.
Como ya hemos dicho en reiteradas ocasiones, los textos remitidos por los
prelados al nuncio afirmaban que el partido católico debería dedicarse, como
actividades principales, a la elección de sus candidatos a las cámaras legislativas, los
llamados “buenos representantes”; la defensa de la causa del catolicismo y, finalmente,
la adecuación de las leyes aprobadas con los dictados de la Iglesia. Si bien todos los
prelados, incluido Lissón, coincidían en la necesidad de que el clero se implicara en la
instrucción del pueblo como condición indispensable para la regeneración de la
sociedad peruana en todas sus facetas, la diferencias con el arzobispo se hacían
203
«La formación de este partido será antagónico al liberal; pero de ninguna manera a los demás» (en
palabras de Berroa, en Ibíd. f.23).
204
«…las bases [del partido católico]: Sea un seglar prominente, el que funde el partido de carácter
nacional, no religioso…no conviene la intervención directa de los Obispos ni del clero» (según Farfán, en
Ibíd. f.51).
205
«…se quiere agrupar, sea a aquellos solos, que a su fe y su doctrina, el ser por su carácter y temple
hombres de acción, con ímpetu para resistir al enemigo, luchadores sin cansancio, conscientes de sus
derechos, amantes de su patria, firmes en sus convicciones religiosas. En hombres así, que se encuentran
diseminados en nuestro vasto territorio y en todas las clases sociales, bien se puede confiar que en sus
manos flamee la bandera de un partido católico, al par que social y cívico, con esperanzas de victoria» (la
cursiva es nuestra. Afirmación de García Irigoyen, en Ibíd. f.41); y, más adelante, «…no lo soy
[partidario], sin embargo de la participación activa y directa del clero en las luchas electorales, cua acción
debe ser la más ceñida posible para conservar la influencia de su ministerio y el honor y el prestigio de la
religión» (tesis de García Irigoyen, en Ibíd. f.43).
206
Según Ortiz, abundantes por ser el Perú un país netamente católico y de entre los que sería fácil
encontrar candidatos , «El ciudadano peruano es netamente católico por lo que sería relativamente fácil
formar un partido católico» y «Organizado el partido sería fácil encontrar candidatos idóneos»
(afirmación de Ortiz, en Ibíd. f.34).
207
«Como punto de partida para la consecución de estos fines [la formación del partido católico o la
LEC], hemos creído y continuamos con la misma convicción, de que EL CLERO DEBE TOMAR
PARTE EN LA POLÍTICA: porque la religión, cuyo representante es el clero, es el alma de toda sociedad
humana, de todo estado no sea ateo. Porque, según el pensamiento de un ilustrado filósofo, toda cuestión
política entraña un fondo de verdad teológica. Porque la Iglesia, como sociedad perfecta y de un orden
más elevado, tiene derecho y prerrogativas que deben ser defendidas por sus legítimos
representantes…porque así lo han juzgado esclarecidas lumbreras de la Iglesia y el Gran Pontífice León
XIII…» (en mayúsculas en el original, la cursiva es nuestra. Tesis de Olivas, en Ibíd. f.45r).
88
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
evidentes al señalar varios de ellos que esta labor debía considerarse un primer paso en
la organización y coordinación del voto católico. En esta línea, García Irigoyen dio un
paso más ya que, teniendo en mente la necesidad de instrucción del pueblo y
regeneración política del Perú, afirmó que esta situación sólo mejoraría
[…] más que con el cambio de constitución y reformas de código, más que
multiplicando leyes que no se pueden cumplir, porque no responden al bien general,
por medio de la educación cívica, de la formación de la conciencia profesional, del
culto al deber y más que todo, haciendo circular en todos los que van uncidos a su
carro oleadas de patriotismo.208
Y que, por lo tanto, todas estas labores conformaban la obra a cuyo servicio debía
ponerse el partido católico.
Por último, interesa señalar algunas consideraciones particulares sobre el futuro
partido católico hechas por Farfán, Berroa, Vargas y Holguín. El primero defendió que
el partido tuviera su sede principal en Lima, publicara un medio de propaganda propio y
se beneficiara de su proximidad al poder.209 El segundo señaló las ventajas que podían
derivarse de la integración en el partido político de las asociaciones católicas obreras.210
El tercero solicitó al nuncio su ayuda en esta obra «de impulsar por los senderos del
bien y de la justicia, la reacción pública de los buenos elementos con que, a Dios
gracias, se cuenta en el Perú».211 Finalmente, Holguín le manifestó «…que no [le]
parecería muy prudente que V.E. Rma. tome alguna resolución, ni mucho menos la
Santa Sede, sobre asunto tan delicado, antes de adquirir conocimiento completo de él; a
fin de economizarse un éxito poco feliz quizá».212
La acción católica.
La concepción de la acción católica, como obra social y religiosa, y el papel
asignado en la circular del nuncio a los Comités Diocesanos de Bienestar Social
(CDBS), reflejo del pensamiento de Lissón, recibieron, en el mejor de los casos, una
tibia aprobación cuando no la censura de los prelados, por los motivos siguientes:
208
La cursiva es nuestra. Tesis de García Irigoyen, en Ibíd. f.39.
«…como los católicos siempre tenemos que estar al lado del régimen establecido, dentro del marco de
las enseñanzas de la Iglesia, es claro que el mismo gobierno procuraría no desagradar al partido o ir de
acuerdo con él» (afirmación de Farfán, en Ibíd. f.52).
210
«Los obreros están todos organizados en asociaciones socialistas. Los obreros católicos con carácter
político serían mucho más numerosos que si sólo se asocian como institución puramente social. La mejor
base de asociación se encuentra en la parroquia y con la presencia de elementos eclesiásticos» (según
Berroa, en Ibíd. f.23).
211
Afirmación de Vargas, en Ibíd. f.64v.
212
En palabras de Holguín, en Ibíd. f.58.
209
89
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
 La creación de iniciativas de carácter social, civil y cristiano eran bien vistas por
los prelados; sin embargo, éstos al mismo tiempo sostenían que dichas iniciativas
no podían resolver los problemas de índole política que afectaban al Perú,213 y,
por lo tanto, la intervención de los católicos en la sociedad no podía reducirse a
ellas.214
 La constitución de los CDBS sería contraproducente al restar elementos y
prestigio a las asociaciones existentes sin, por el contrario, aportar nuevo personal
para la acción social.215
 Los CDBS, aplicados en Estados Unidos y cuya organización en Perú ya había
sido debatida y desechada en la Asamblea Episcopal de 1917, no se ajustaban al
contexto peruano por lo que no producirían los fines pretendidos.216
*************************************
Hasta aquí hemos visto que, una vez que fue nombrado arzobispo de Lima,
Lissón, en primer lugar, censuró públicamente la participación de los católicos en la
lucha electoral; en segundo lugar, estableció una dinámica de influencia de la Iglesia en
la esfera política restringida a su negociación con el presidente Leguía; en tercer lugar,
213
«Lo que se dice en estos dos puntos es importante (relativos a los CDBS y la organización de los
obreros católicos); pero en ellos se elude el asunto o el aspecto político del asunto, que es de lo que se
trata» (afirmación de Vargas, en Ibíd. f.64r).
214
«La organización del Concejo Diocesano de Bienestar Nacional para la acción católica, será práctica
como medio de educación ciudadana, para formar políticos conscientes que militen en un partido de
principios; pero como fuerza decisiva para la defensa de los derechos de la Iglesia: no» (tesis de Berroa,
en Ibíd. f.23)
215
«El Consejo Diocesano de Bienestar Nacional…echaría por tierra, a lo menos debilitaría en mucho, a
todos los organismos, entidades y asociaciones de carácter social existentes en pro del bienestar del
pueblo. La multiplicación de sociedades de idénticos fines, siendo casi igual el personal y los mismos
medios de que se sirven, lejos de dar halagüeños los resultados, son en daño común» (según García
Irigoyen, en Ibíd. f.43).
216
«…se debe organizar la Acción Social…debe ser adecuada al medio ambiente en que se debe
actuar…lo que es conveniente y aún necesario en la Arquidiócesis no lo será en esta diócesis y otras
parecidas. Es un error querer trasplantar entre nosotros instituciones extranjeras, buenas en otros países
pero inadaptables en el nuestro. Es indudable la necesidad de organizar la clase obrera; pero si en todo
Lima apenas se ha logrado fundar muy contadas sociedades obreras ¿será posible fundarlas en cada
parroquia y en las de las otras diócesis? Los Consejos de Bienestar Nacional, institución norteamericana,
figuraban en el programa de la Asamblea de 1917 y debían ocuparse de higiene doméstica y civil, de
inmigración, relaciones internacionales…. Entiendo que fueron desechadas…» (según Holguín, en Ibíd.
f.57) y «En lugar de impulsar instituciones exóticas, se debería dar nuevo impulso a esta [La Unión
Católica de Caballeros] que tiene ya méritos adquiridos. Con sólo cambiar el nombre no se conseguirán
nuevos adeptos» (la cursiva es nuestra. Al parecer de Holguín, en Ibíd. f.58).
90
Del Movimiento Católico a la Acción Católica
difundió un discurso que afirmaba la esencia católica del Perú y propugnaba la unidad
de los peruanos en torno a la Religión y la Patria, y en cuarto lugar, impulsó una
organización de acción católica de carácter caritativo-social y religioso desde las
parroquias y controlada por los diocesanos.
A principios de la década de 1920, sin embargo, la mayoría de la jerarquía
católica peruana no compartía ni la forma de concebir e implementar la acción católica
ni otros muchos de los planteamientos de Lissón. A diferencia de éste, los prelados
peruanos señalaban, entre otros factores, en primer lugar, el respaldo del gobierno o la
compra de votos, que intervenían en el triunfo electoral; éstos eran la movilización
política de las asociaciones obreras, la popularidad o prestigio de los candidatos y su
reflejo en las urnas, el voto. En segundo lugar, se distanciaba del debate esencialista en
torno a la identidad del pueblo peruano y, en cambio, exploraba otras formas de
interpretación de la realidad social en las que la irrupción de ideologías, como el
liberalismo, tenía un papel principal en el devenir de la sociedad. En tercer lugar,
valoraba positivamente tanto la labor de la Unión Católica del Perú como la experiencia
de los partidos políticos católicos en pasadas elecciones. Y por último, y consecuencia
de todo lo anterior, los prelados consideraban esencial la intervención de los católicos
en todos los órdenes, religioso, social y especialmente político, idealmente a través de la
creación de un partido católico.
Entre 1922 y 1924 se sucedieron una serie de acontecimientos claves que
facilitaron la consolidación del arzobispo Lissón, su libertad de acción al frente de la
Iglesia peruana, y el fortalecimiento de su alianza con el régimen de Leguía en el
transcurso de la década del veinte. Estos fueron el nacimiento del APRA, la muerte de
Benedicto XV y la posterior elección de Pio XI en 1922, los dramáticos episodios
vividos en el Perú con ocasión del intento de Consagración del Perú al Sagrado Corazón
de Jesús en 1923, y la relección de Leguía como presidente de la república en 1924.
Con todo, en los próximos capítulos comprobaremos que la grieta en el seno de la
Iglesia peruana, lejos de cerrarse, se amplió con los años, afectó al desarrollo de la
Acción Católica en el Perú y provocó, junto a los hechos mencionados y factores de otra
índole que también analizaremos, la dimisión y salida precipitada de Lissón rumbo a
Roma en enero de 1931.
91
La construcción de la Acción Católica en Perú
2. LA CONSTRUCCIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA EN PERÚ
En este capítulo analizaremos la formación de la Acción Católica en Perú desde
principios del siglo XX y hasta finales de la década del veinte y, especialmente, en el
periodo definido por tres eventos fundamentales, como fueron, la resolución acordada
en la Asamblea Episcopal Peruana de 1921 mediante la que se ordenaba la creación de
una Comisión con el objeto de construir las bases de la Acción Social Católica en el
Perú;1 el intento de consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús, en 1923; y la
salida de Lissón rumbo a Roma a finales del mes de enero de 1931. Este último hecho
fue especialmente relevante atendiendo a las causas relacionadas con la acción católica
que parcialmente lo motivaron.
2.1. Las bases teóricas: Pedro Pablo Drinot i Piérola
Como vimos en el capítulo anterior, desde mediados del siglo XIX, los
Movimientos Católicos del occidente cristiano vinieron determinados por la
construcción significativa del cambio social como descristianización de la sociedad y
por las estrategias que la Iglesia y el laicado aplicaron para revertir dicho proceso.2 La
intervención o movilización pública de los católicos fue fiel reflejo de las distintas
formas de concebir el proceso de modernización por parte de los fieles y, además, de su
posición y actitud frente al régimen político-religioso vigente en cada contexto
geográfico-temporal.
En nuestra opinión, las primeras manifestaciones en Perú del Movimiento
Católico, o de la acción católica en sentido lato, se produjeron a finales del siglo XIX,
momento en el que la Iglesia peruana, como sociedad cristiana, concibió la
secularización de la sociedad como consecuencia de diversas fuerzas corruptoras -el
liberalismo y el capitalismo- y, siguiendo las indicaciones de la Santa Sede, puso en
marcha una serie de iniciativas propagandísticas, religiosas, sociales y políticas, en gran
1
Cuyo primer fruto fue la publicación de un ensayo titulado La Acción Social Católica en el Perú –
Principios, Hechos y Normas en el que, apoyándose en la numerosa documentación emitida por la Iglesia
sobre el tema y la valoración del contexto social y político peruano, dicha comisión exponía una posible
reglamentación para la asociación, los factores que favorecían su formación y los inconvenientes que
debería superar para su implementación en la República. Drinot et al, 1922.
2
Proceso, según Callahan, que respondía a «…la desintegración de la antigua civilización de costumbre
religiosa que antes fortalecían los mecanismos de control social que empleaban el Trono y el Altar» y que
fue interpretado por la jerarquía eclesiástica «…como la consecuencia de diversas fuerzas corruptoras, a
saber: el liberalismo, la secularización y los perturbadores cambios económicos», en Callahan, 2003: 197.
93
La construcción de la Acción Católica en Perú
parte desarrolladas desde asociaciones constituidas por seglares. La primera de ellas y
referente para las posteriores, se creó con el nombre de Sociedad Católico Peruana y
nació en Lima al calor del debate sobre el proyecto de reforma de la constitución en
1867, en el que se incluían la desamortización de bienes eclesiásticos y la aprobación de
la tolerancia religiosa. De dicha asociación, García Jordán ha afirmado:3 primero, que
las causas concretas de su aparición estuvieron relacionadas con el encaje institucional
Iglesia-Estado, y especialmente por «1.[El]Cuestionamiento de las inmunidades y
privilegios seculares detentados por la Iglesia y el clero; 2.[La]Existencia del patronato,
que según los asociados había sido utilizado por el poder civil para lograr la
subordinación absoluta de la institución eclesial al estado; 3.[La]Supresión de conventos
y enajenación de sus bienes; 4. [El]Recorte progresivo de las rentas eclesiásticas que
habían “esclavizado” a la Iglesia y transformado a sus miembros en funcionarios». En
segundo lugar, que sus objetivos y actividades eran «…la defensa del catolicismo y de
la Iglesia, la propagación del ideario católico a través de la enseñanza, la fundación y/o
protección de periódicos y folletos, y el rechazo de todas aquellas medidas que atentaran
contra la institución eclesial y contra la sociedad católica». En tercer lugar, que su
estructura interna era de tipo jerárquico-piramidal con un Consejo Central, localizado en
Lima, desde el que se dirigía los diferentes Consejos Departamentales, Consejos
Provinciales y a los asociados clasificados, según categorías, en legionarios, centuriones
y legionarios. En cuarto lugar, que la asociación se extendió a otras ciudades, como
Puno, Arequipa y de forma tardía en Cuzco y Ayacucho. En quinto y último lugar, que
dicha asociación posiblemente estuvo vinculada a intereses políticos regionales, lo que
explicaría su escasa vida o desaparición poco tiempo después de que produjeran
modificaciones favorables a los mismos en la composición del gobierno.
Pasaron casi veinte años hasta que algunos católicos organizados se volvieron a
movilizar públicamente en Perú. En nuestra opinión, los principales motivos de dicha
reactivación fueron, por un lado, el incremento en el ritmo de la modernización y
secularización del país, especialmente intenso desde 1895 en adelante; por otro, la
difusión del discurso social de la Iglesia. Desde finales de la década de los ochenta, esta
movilización fue protagonizada por las asociaciones Unión Católica (UC) y Unión
Católica de Señoras (UCS), el Centro de la Juventud Católica de Lima (CJCL) y los
3
García Jordán, 1991: 204-208.
94
La construcción de la Acción Católica en Perú
Círculos Católicos de Obreros (CCO) de Arequipa y Cuzco; las que fueron creadas en
los años 1886, 1888, 1895, 1896 y 1899, respectivamente.4
Sin lugar a dudas, por prestigio, actividad y gran longevidad, las dos primeras, la
UC y la UCS, representaron la columna vertebral del laicado católico y además, como
vimos anteriormente, fueron las primeras asociaciones católicas “modernas” de
intervención política, pero también socio-laboral y religiosa, encaminadas a la
recristianización de la sociedad peruana. De ellas sabemos que hicieron constantes
llamamientos en favor de la unidad de los católicos; lideraron la defensa y propaganda
de los principios y “derechos” de la Iglesia; y que organizaron y coordinaron obras
religiosas, educativas y caritativas. En esta línea, ambas asociaciones fueron claves en la
organización y posterior celebración del Primer Congreso Católico en Lima, en 1896.5
Éste fue consecuencia, primero, de la cada vez mayor conciencia e identidad
colectiva de los activistas católicos; segundo, de la intranquilidad creciente de éstos ante
los peligros que acechaban a la causa católica;6 y, muy especialmente, de la vía escogida
por la Iglesia peruana, similar a la seguida en el viejo continente, para enfrentar aquellos
peligros. El Primer Congreso Católico se celebró con la idea de dirigir y coordinar la
unidad de acción, bajo la tutela de la jerarquía, de las obras y esfuerzos de los católicos
en el orden religioso, social y político o, en otras palabras, del conjunto de actividades
conocidas en esos momentos por acción católica.
Gracias a las solicitudes de informes que periódicamente recibía la Iglesia peruana
de la Santa Sede, ya fuera directamente o a través de sus representantes en Perú,
tenemos noticia de la actividad seglar en Lima a principios del siglo XX. En palabras de
Manuel Tovar al delegado apostólico en Perú a principios del año 1901, el apostolado
seglar estaba en vías de formación y desarrollo, pero ya había dado sus primeros frutos
de la mano de las asociaciones Unión Católica de Caballeros, el Centro de la Juventud
4
La información relativa a la Unión Católica de Caballeros y Señoras, y de los Círculos Obreros ha sido
extraída de Klaiber, 1996: 119, 121 y 127-128, respectivamente; mientras que la del Centro de Juventud
Católica de Lima de Vélez Picasso, 1939: 5.
5
Aunque con algunos años de retraso, los activistas católicos se guiaron por lo realizado en Europa,
donde, por ejemplo, en España se habían celebrado congresos católicos en los años 1889 (Madrid), 1890
(Zaragoza), 1892 (Sevilla) y 1894 (Tarragona) cuyo objetivo prioritario, según Feliciano Montero, era la
unión de los católicos españoles (en este caso profundamente divididos en carlistas, integristas, unionistas
o mestizos) y la coordinación de las diversas iniciativas católicas en una estrategia de defensa de la
Iglesia frente a los avances del liberalismo y del movimiento secularizador, en Montero, 1983: 129-130.
6
Así lo expresaba Carlos Elías, presidente de la Unión Católica, en la inauguración del I Congreso
Católico: «No puede decirse propiamente que antes de ahora haya habido en el Perú lucha abierta,
declarada y ostensible contra el catolicismo, pero sí ha existido y hoy mismo existe sorda, tenaz y
contínua contra sus instituciones y principios…» en “Sra Jesús I. Piérola, Primer Congreso Católico en
el Perú, 1897 (Lima, 1897), p.73” citado en Klaiber, 1996: 126.
95
La construcción de la Acción Católica en Perú
Católica, la Unión Católica de Señoras y las Conferencias de San Vicente Paul. Todas
ellas habían contribuido a despertar la piedad entre los fieles, a implementar obras de
caridad y a defender a la Iglesia de sus enemigos, y especialmente del avance de las
sectas protestantes.7
Poco más tarde, este esfuerzo por unificar la acción de los católicos, no exento de
dificultades, saldrá a relucir de nuevo en el proyecto de constitución de un centro
católico en la ciudad mistiana, del que tenemos noticia por un folleto titulado Estatutos
del Centro de Acción Católica de Arequipa, publicado en 1904.8 Este texto, publicado
con la aprobación diocesana, se divide en seis bases y once títulos, estos últimos
agrupados bajo el nombre de Estatutos. Las bases daban cuenta de los principios y
objetivos fundamentales del Centro mientras que los títulos trataban de los socios, de su
organización y de las funciones de las oficinas mediante las que la asociación
desplegaría su actividad en el departamento. Según dicho texto, la misión del centro de
acción católica era «…la conservación y defensa de los intereses de la Religión y de la
Patria, con entera sujeción a las enseñanzas de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana,
bajo la autoridad de nuestro Iltmo. Diocesano”,9 y para su cumplimiento se requería el
concurso de todos los católicos, con independencia de su clase social.
La estructura de la institución seguía la organización administrativa del Estado y
se dividía en oficinas, llamadas directorios, con jurisdicción en función del territorio,
sobre el distrito, la provincia o todo el departamento. Los miembros de los directorios
provinciales debían ser elegidos entre los notables de la capital, quienes a su vez
designaban a los de los directorios distritales; ambas oficinas debían ser presididas por
sus respectivos párrocos, mientras que los miembros del directorio departamental eran
elegidos por una Junta General, o asamblea de todas las asociaciones católicas de la
capital presidida por el obispo. Por otra parte, las funciones genéricas de los directorios,
que además nos permiten definir de forma concreta en qué consistía la acción católica
en esos momentos, eran las siguientes:
7
Carta suscrita por el arzobispo Manuel Tovar al delegado apostólico en el Perú, del 17 de enero de 1901
en AAL, Archivo Intermedio. L288 (Libro de Comunicaciones con la Delegación Apostólica. Copiador
(1898-1941), N169.
8
Según se nos dice en la introducción del texto, las asociaciones católicas de Arequipa solicitaron al
obispo Manuel Segundo Ballón (1896-1905) –quien luego de renunciar a su puesto ocupó los cargos de
vicario capitular y general en la arquidiócesis de Lima hasta su muerte en 1923 ̶ la creación de un centro
que coordinara y dirigiera, en dicho departamento, la intervención de los católicos en la vida pública.
Anónimo, 1904.
9
Ibíd.: 3.
96
La construcción de la Acción Católica en Perú
1º Defender y propagar la doctrina católica en todos los actos de la vida social//2º
Contribuir al sostenimiento de las instituciones, el orden y la paz en la República/3º
Uniformar la acción católica en el Departamento//4º Dirigir la acción de los
católicos en el ejercicio de sus derechos sociales y políticos//5º Proteger la prensa
católica//6º Propagar las obras del Centro por medio de la prensa, conferencias,
asambleas y congresos//7º Trabajar por la instrucción y la moralización del
pueblo//8º Restaurar la influencia de la paternidad y la moral cristiana en los
hogares//9º Fundar montes de piedad, cajas de ahorro y sociedades cooperativas//10º
Mantener el descanso semanal y la santificación de los días de fiesta//12º Combatir
el alcoholismo, el juego y la vagancia//13º Estimular el desarrollo intelectual e
industrial por medio de concursos y exposiciones […] //15º Fundar una Biblioteca
Católica.10
Un año más tarde, se produjo la primera resolución conjunta de los obispos
peruanos sobre la necesidad de promover la intervención de los católicos en la sociedad
y la coordinación de sus esfuerzos en la República. Los prelados reunidos en la
asamblea episcopal de 1905 daban su respaldo a esta estrategia y acordaban:
1º. Invitar a los católicos a la más estrecha unión, insinuándoles la gran conveniencia
de que se organicen en centros de acción y defensa.// 2º. Procurar que se establezcan
en los lugares de la República en donde aún no existan, la Unión Católica de
caballeros y señoras, la Juventud Católica, los círculos de obreros, el Apostolado de
la Prensa y las demás Obras de esta índole, propias del apostolado seglar// 3º. Llamar
la atención de los periodistas católicos hacia el deber que les incumbe de uniformar
su acción en la propaganda y defensa de la causa católica, amenazada
constantemente por el aluvión de los errores modernos.11
A partir de esta fecha, en todo lo relacionado con la participación de los seglares
en la causa de la Iglesia, es imprescindible hacer referencia a Pedro Pablo Drinot y
Piérola, obispo de Huánuco entre 1904 y 1920, cuyos escritos ilustran el difícil tránsito
del Movimiento Católico, acción católica en sentido lato o, empleando sus palabras, la
acción social católica, hacia la acción católica en sentido estricto o moderno, antes
mencionada, en Perú.
Pedro Pablo Drinot i Piérola, sobrino del expresidente Nicolás de Piérola, nació el
29 de noviembre de 1859, profesó sus votos como religioso de los Sagrados Corazones
en 1884, y fue al noviciado y casa de estudios en Chile, donde trabajó en el colegio de
Valparaíso y luego en el de Santiago. En este último destino destacó por su trabajo en la
Acción Social, de damas y caballeros, y la fundación del Centro Social Católico de
Santiago.12 Regresó al Perú para ser nombrado obispo de Huánuco, diócesis de la que
10
La cursiva es nuestra. Ibíd.: 5.
La cursiva es nuestra. Philipps, 1910: Tomo III (1905-6-7), 430.
12
Información contenida en la necrológica publicada con motivo de la muerte del prelado el 11 de
setiembre de 1935, en El Amigo del Clero MCCCXLI (setiembre 1935), p.85.
11
97
La construcción de la Acción Católica en Perú
fue preconizado el 25 de agosto de 1904 y que recorrió dos años más tarde en su
primera visita pastoral.
En el transcurso de dicha visita, Drinot i Piérola publicó la primera de una serie de
misivas a los fieles en las que expondría los graves problemas y necesidades que
aquejaban a la diócesis, así como una serie de medidas para solucionarlos. El texto, en
forma de carta pastoral publicada en 1907, subrayaba las carencias nacionales de
carácter educativo, las que afectaban también a las condiciones laborales de los obreros,
y sostenía que las instituciones políticas carecían de legitimidad, en tanto no eran fieles
representantes de la voluntad del pueblo.13 El obispo señaló que la solución de tan
graves problemas se lograría a través de dos iniciativas diocesanas de carácter religioso
y caritativo: la elección de Alcaldes de doctrina,14 y la creación de un Centro
Apostólico. Ambas, en nuestra opinión, representaron el primer paso en la constitución
de la Acción Católica en su sentido moderno en el Perú, es decir como organización
eminentemente apostólica, directa y estrechamente ligada a la Iglesia jerárquica, distinta
de las organizaciones católicas de defensa profesional o sindical, y de los partidos
políticos.
Mediante los alcaldes de doctrina, Drinot delegaba en seglares, seleccionados por
los párrocos y sometidos a su autoridad, tareas de apostolado, registro parroquial y
servicio religioso de comunidades locales. El Centro Apostólico, por su parte,
constituido por decreto el 25 de marzo de 1906,15 pretendía «…dar una dirección
robusta y única a la acción cristiana y al ejercicio de la piedad…bajo nuestra (la del
obispo) inmediata dirección” o, más concretamente, «…promover el culto divino y la
sólida piedad cristiana. 2º socorrer a los pobres. 3º propagar la enseñanza de la Doctrina
Cristiana».16 Para ello, el obispo disponía que el Centro Apostólico estuviese dirigido
desde un Consejo Central, con juntas directivas en las principales ciudades de la
Diócesis.
Aunque por nombre y estructura el Centro Apostólico nos recuerde al Centro de
Acción Católica de Arequipa antes analizado, las finalidades de uno y otro eran
13
Drinot, 1907: 35.
Según los describe Drinot en su pastoral, éstos serían fieles seglares, nombrados por el obispo a
petición de los párrocos, representantes de la Iglesia en los asientos, anexos y cabezas de doctrina, donde
por alguna causa el párroco no residiere habitualmente, o le fuera difícil acudir por si mismo, a la
enseñanza y servicio de sus feligreses, encargados de: Congregar al pueblo para la recitación de la
doctrina cristiana; Bautizar, en caso de necesidad; Custodiar el archivo y expedir los certificados
parroquiales, a falta de otro oficial nombrado por el cura; Ayudar a morir bien a los agonizantes. Ibíd.: 41.
15
Del que hace mención en Drinot i Piérola, 1914b: 4.
16
Drinot i Piérola, 1907: 41.
14
98
La construcción de la Acción Católica en Perú
claramente distintas. Por una parte, el Centro Apostólico se creaba para tareas
específicas de apostolado, en todo caso ampliadas a la caridad, y no incluía tareas,
incluidas en el caso arequipeño, de carácter político ni laboral-profesional. Por otro, en
este caso y a diferencia de lo ocurrido en los estatutos del centro católico de Arequipa,
el prelado hacía especial hincapié en la necesidad de procurar la participación de las
mujeres y disponía que el Consejo Central de la nueva institución estuviera compuesto
por las «…Presidentas de las diversas asociaciones [piadosas] y un número
indeterminado de señoras y señoritas solicitadas por aquellas…» y dirigido por mujeres
en los cargos de presidenta, secretaria y tesorera. Algo que se repetirá y consolidará con
la aparición de la Acción Católica en la década de 1920, organización apostólica en la
que las mujeres ocuparán un lugar principal.
Entre los años 1905 y 1912 no existen apenas noticias relativas a que la jerarquía
eclesiástica peruana se preocupara y promoviera la necesidad de impulsar la acción
católica. Según Saranyana, la ausencia pudo deberse, tal y como nos cuenta sucedió en
el concilio provincial de 1909 y en la asamblea episcopal de 1911, a que hubo otros
asuntos, en gran parte derivados de preocupaciones de la Santa Sede, como el embate
liberal; la crisis modernista; y el modo de vida y costumbres del clero peruano, que
urgía resolver y que monopolizaron los debates de las reuniones episcopales. Sin
embargo, la promoción de la acción católica en Perú nunca abandonó la agenda romana
y, una vez que, de acuerdo a las instrucciones enviadas desde la Santa Sede, la jerarquía
peruana sentó las bases para la resolución de los problemas antes dichos,17 la volvemos
a encontrar en el centro de la agenda eclesial, lugar que no abandonará en todo el
periodo estudiado. El primer ejemplo de ello lo observamos en el transcurso del VII
Concilio Provincial Limense en 1912;18 en éste los prelados, por una parte, afirmaron el
17
Ante los asuntos de índole teológica, el autor destaca que la Iglesia peruana insistió en la necesidad de
«…la alianza bien ordenada [entre las potestades eclesiástica y civil], la cual, no sin razón, se compara a
la unión que existe en el hombre entre el alma y el cuerpo, siendo uno y otro soberana en su esfera…» y,
en aquellos asuntos que competían a ambas, la primacía de la religiosa sobre la temporal. Por otra parte,
para combatir, en opinión de Roma, la triste condición del clero peruano, los prelados se sometieron a la
voluntad de la Santa Sede y pusieron en marcha un plan de reforma cuya iniciativa principal y, a la vez,
más polémica fue la creación de un seminario único que concentrase los estudios de filosofía y teología
en la República. Saranyana, 2010: 59-66 y 75-79.
18
Presidido por el arzobispo Pedro Manuel García Naranjo (1907-1917) y celebrado, al igual que el
Concilio Provincial de 1909 con la apariencia de simple asamblea episcopal «para salvaguardar la
libertad de los prelados peruanos frente a las pretensiones patronalistas del gobierno peruano» según
señala Saranyana a partir de la correspondencia mantenida por los arzobispos Tovar (1898-1907) y el
mismo García Naranjo con el Delegado Apostólico. Saranyana, 2010: 105. La polémica completa en
Ibíd.: 41-47, 51 y 105-106.
99
La construcción de la Acción Católica en Perú
mal estado en que se encontraba el Dogma, la Moral y el Culto cristiano en el Perú,19 y
señalaron tanto las causas que lo producían20 como las consecuencias que se derivarían
del mismo; de entre las que subrayaron la descristianización de la sociedad, cuyos
efectos eran evidentes, según ellos, en:
la persecución […] que se hace a nuestra santa fe […]; la ignorancia religiosa de
nuestras muchedumbres […] las supersticiones […] la pobreza y ruindad de la gran
mayoría de los templos […]; la difamación, la acechanzas y calumnias prodigadas
contra el sacerdote […]; las dificultades […] para estorbar y contradecir el ministerio
pastoral […] la […] intromisión de algunas instituciones […] en los actos del
Gobierno Eclesiástico […] la injusta costumbre de negar a los párrocos los derechos
parroquiales.// En orden a las costumbres: la profanación del vínculo conyugal y de
la santidad del hogar cristiano […] ; los espectáculos contrarios al pudor, la falta de
respeto social […] la prensa escandalosa; los duelos y suicidios […] ; el juego y la
usura, la embriaguez […] y otros géneros de injusticias privadas y públicas […]
aquella duplicidad de conciencia admitida entre el hombre público y el privado.21
Por otra, los prelados coincidieron en que los medios adecuados para remediar
dicha situación eran la santificación personal y la promoción de la acción social
católica (ASC).22 Bien es cierto que la novedad del segundo punto les movió a explicar
el porqué de tal acción y su contenido,23 como ahora veremos:
 En relación a su necesidad, la ASC debía organizarse para combatir la labor del
enemigo de la causa católica, genéricamente «…ese Mundo por el cual nuestro
dulcísimo y amorísimo Redentor no quizo[sic] rogar «Ego…..non pro mundo rogo
(San Juan cap. XVIII, v.9.); ese Mundo, falaz y mentiroso, se opone a la misión
santificadora de la Iglesia»,24 un objetivo que la búsqueda de la santificación
19
Contenido en la “Pastoral Colectiva Que el Iltmo. y Rmo. Sr. Arzobispo y los Iltmos. Y Rmos. Srs.
Obispos de la Provincia Eclesiástica del Perú dirigen al clero y fieles de su diócesis, al clausurar la
Asamblea Episcopal de 1912”, en El Amigo del Clero DCCLXXXVI (15 de agosto de 1912), pp.464476.
20
Aunque, en general, los prelados responsabilizaban a determinadas características de la naturaleza
humana, como el entendimiento, la voluntad y la libertad, en su opinión, enfermas debido al pecado
original, en el contexto peruano señalaban las siguientes: «La indiferencia religiosa de las clases
dirigentes; la ignorancia religiosa de nuestras muchedumbres; la propaganda antirreligiosa y corruptora
que en toda la República hacen constantemente los enemigos de la fe y la moral cristianas». En cursiva en
el original. Ibíd. p.469.
21
La cursiva es nuestra. Ibíd. p.468.
22
Para su consecución, además de recordar que la principal guía a seguir era la marcada por Dios en los
diez mandamientos, los prelados hacían hincapié en los siguientes preceptos dictados por la Iglesia con el
nombre de prácticas de piedad cristiana: «la frecuentación de los sacramentos de la Penitencia y
Comunión, las oraciones vocales, la meditación, el habitual examen de conciencia y ciertas prácticas de
caridad y mortificación». Ibíd. p.471.
23
La ausencia de la firma de Lissón en la pastoral colectiva en la que se trataba de la acción social
católica, una vez que había tomado parte en el concilio, pudiera indicar su temprana disconformidad con
los planteamientos del resto de prelados sobre el tema.
24
El Amigo del Clero DCCLXXXVI (15 de agosto de 1912), p.472.
100
La construcción de la Acción Católica en Perú
personal no podía resolver por sí sola. Y, en concreto, en el caso peruano, la ASC
debía ser el medio
[…] primero: para sostener los seminarios e incrementar las vocaciones sacerdotales;
segundo: para difundir las misiones; tercero: para organizar la propaganda católica
por Medio de la Prensa y de públicas conferencias; cuarto: para instituir en favor del
pueblo escuelas, asilos y sociedades cooperativas que le instruyan y eduquen, que le
socorran y disciplinen, a fin de hacerle consciente de sus derechos y deberes,
respetable por su cultura, y respetado por la energía y rectitud de sus convicciones.25
 En relación a su naturaleza, la ASC debía constituirse como una sociedad que
integrase a todos los católicos, que tenían la obligación de adherirse a la misma;26
sus actividades, organizadas según un plan incondicionalmente sometido a la
dirección de la Iglesia, estarían orientadas a la catolización de la sociedad. En
opinión de los prelados, debían consistir en:
[…] defender y promover la santidad de los ministros sagrados; […] la fe de
nuestros dogmas;…los preceptos de la moral católica; […] la caridad cristiana; […]
la independencia pedagógica de los padres de familia y de la Iglesia;…las libertades
cristianas del pueblo, la libertad de conciencia, la independencia gubernativa y
administrativa de la Iglesia, sus innegables derechos como sociedad perfecta y
universal; promover y defender el reinado social de Jesucristo […].27
Pese al diagnóstico del contexto social y político peruano y las medidas
correctoras emitidas por la jerarquía, apenas se observaron cambios en la composición y
organización del laicado católico en ese momento.28 Con todo, Drinot mantuvo su
25
Ibíd. p.473.
“No, no podemos eludir la obligación del apostolado, ni en la familia ni en la sociedad; y si, sordos al
llamamiento de vuestros Pastores, dejáis que perezca sin defensa la religión que nos legaron nuestros
mayores, si menospreciáis el don de Dios, vuestra será la responsabilidad y todos sufriremos las
pavorosas consecuencias”. La cursiva es nuestra. Ibíd. p.475.
27
Subrayamos esta última tarea por representar, en nuestra opinión, un aspecto central del pensamiento de
la Iglesia peruana, especialmente relevante por su incidencia en la relación Iglesia-Estado a partir de la
emergencia de nuevos movimientos sindicales y políticos en la décadas de 1920 en Perú. El reinado
social de Jesucristo o la soberanía social de Jesucristo, atendiendo a la alocución de Drinot i Piérola
titulada “Soberanía social de N.S. Jesucristo” en la Catedral de Lima el 28 de julio de 1912, era un
ideario que actualizaba el mensaje tradicional de la Iglesia, que dice «…el hombre carece de título, no
tiene derecho, para mandar el hombre, si esa potestad no le viene desde arriba, del único Dueño y Señor
de la humanidad –porque la hizo-de Dios mismo. Non est potestas nisi a Deo (Rom.XIII-1). “Toda
potestad procede de Dios”…», como medio para; primero, conseguir que quien gobernase lo hiciera con
justicia y equidad; segundo, ennoblecer tanto «…la autoridad del que manda, como la sumisión del que
obedece; éste, porque se somete, en conciencia, no ya, a un simple mortal, por sabio, por ilustre, que se le
tenga, sino a Dios mismo, norma y fuente de toda justicia; aquel, reconociendo y respetando la igualdad
de la naturaleza humana, y su nobilísimo fin, en todos los hombres, por pobres, por ignorantes, por
débiles, por desgraciados que se les suponga, aceptará, también por conciencia, la máxima política de la
“igualdad ante la ley”»; tercero, y en nuestra opinión factor decisivo de la estrecha colaboración entre
Lissón y Leguía en la década del veinte, «…detener, la ola gigante y calmar, en nombre de Jesús, la
tempestad social que ya asoma, entre nosotros y deja oir sus primeros rugidos». En cursiva en el original.
El Amigo del Clero DCCLXXXV (1 de agosto de 1912), pp.441, 442 y 445.
28
Así, en la respuesta de Pedro Manuel García Naranjo, arzobispo de Lima (1907-1917), a la solicitud de
información sobre la Acción Católica en la República de Angelo Scapardini, Delegado Apostólico (191026
101
La construcción de la Acción Católica en Perú
empeño y, especialmente, tras comenzar el debate sobre el proyecto de ley que
modificaba el artículo 4º de la constitución de 1860 relativo al permiso del culto público
de otras religiones,29 sabemos que: primero, publicó una instrucción pastoral en 1913
que ratificaba «…el edicto de 1906 y la urgencia de fundar los Centros Apostólicos,
cuya actividad debería conducir a la formación de un comité de Defensa Católica y,
posteriormente, a la organización de un Centro o Partido Católico…»;30 segundo,
recordó a los fieles de su diócesis mediante otra pastoral, de 31 de Mayo de 1914,31 y un
decreto sobre la constitución y estatutos de los Comités de Defensa Social Católica
(CDSC) de 11 de Junio de 1914, ambos estrechamente ligados con la pastoral del año
anterior,32 en qué consistía la acción social católica; y, sobre todo, les presentó la
política como una faceta de la misma, con objetivos comunes pero acción e
instituciones propias, y por lo tanto ajenas a los Centros Apostólicos. Disposición, esta
última, que además estableció durante los siguientes años y al interior de la jerarquía
católica peruana, los términos del debate sobre la naturaleza de la acción católica y en
torno a la necesidad y formas más adecuadas de intervención de los católicos en la vida
política del Perú. Por ello, merece la pena que nos detengamos a analizar lo expuesto
por Drinot en dichos textos.
La pastoral de 1914 recuperaba el antiguo proyecto de Centros Apostólicos y
establecía la naturaleza y finalidad de la acción social católica haciendo especial
hincapié en su faceta política. Los Centros Apostólicos, creados por el prelado en 1906
como instituciones promotoras del culto, la piedad, la caridad y la enseñanza de la
doctrina cristiana, se convertían ahora en verdaderos centros difusores de la acción
1917), del 30 de enero de 1913, se mencionan las asociaciones tradicionales: «…la Unión Católica de
Caballeros, la Unión Católica de Señoras, que tiene sus sesiones en el Centro de la Juventud Católica, y la
Sociedad de Artesanos de San José…» y se hace referencia a la escasa o nula influencia de los católicos
en el gobierno de la República. AAL, Archivo Intermedio, L272 (Comunicaciones del Arzobispado),
N105.
29
Las dos pastorales y el decreto de constitución de los CDSC reconocían, ya fuera en el título o en el
texto principal, que su redacción había sido motivada por la modificación constitucional aprobada. «Se
dirá que era conveniente [antes de expresar nuestra opinión] esperar la actitud y fallo del próximo
Parlamento [en relación a la modificación legal]», en Drinot i Piérola, 1914a: 12.
30
Para ello García Jordán se apoya en Drinot i Piérola, P.P, “Instrucción Pastoral que--, obispo de
Huánuco, dirige al Clero y fieles de la Diócesis, en ocasión de la proyectada reforma del art. 4 de la
Constitución”, en García Jordán, 1991: 325.
31
Este texto fue publicado tanto por partes los días 16, 18, 19 y 20 de Septiembre de 1914 en el diario
católico La Unión como en forma de ensayo La Acción Social Católica. El deber y el derecho del
sufragio ya citado y, finalmente, con el título Sobre el deber y el derecho de sufragio, agrupado con el
decreto citado posteriormente y otros textos, en Drinot i Piérola, 1914a.
32
El mismo lo atestigua al decir que la segunda pastoral y el decreto de 1914 no eran sino
«…complemento y natural consecuencia de nuestra pastoral de 15 de octubre de 1913», en Drinot i
Piérola, 1914a: 12.
102
La construcción de la Acción Católica en Perú
social católica. Para ello, por una parte debían ampliar su actividad a través «…de la
promoción de las misiones y de las vocaciones sacerdotales constituyendo uno de sus
principales objetivos la creación de becas efectivas en el seminario diocesano»;33 y por
otro lado, debían aunar todas las fuerzas católicas dirigidas al establecimiento del Orden
social cristiano, o en sus palabras «…al triunfo efectivo de Jesucristo en las almas en
los hogares, en las instituciones patrias, en la misma vida nacional»,34 más allá del
alcance de la labor personal únicamente orientada hacia la santificación personal.
Drinot definía la acción social católica en la línea marcada por el concilio
provincial de 1912 e insistía en que era obligado a todo católico participar en ella. 35 A
continuación, dedicaba el grueso de la pastoral de 1914 -ocupa diez de las catorce
páginas totales- a la política: en primer lugar, la presentaba como parte integrante de la
acción social católica,36 en su opinión, «…por la íntima relación que tiene, de hecho,
con los intereses religiosos y el bienestar general de la nación»37 y por la escasa
legitimidad de las instituciones políticas y sociales en Perú o, en otras palabras, la
dominación efectiva que los enemigos de la Iglesia ejercían sobre las mismas.38
En segundo lugar, decretaba la creación en la diócesis de Huánuco de Comités de
Defensa Social Católica (CDSC). Estas oficinas, creadas con el propósito de que los
33
Ibíd.: 3.
«Tal es el objetivo de los “Centros Apostólicos” mandado establecer en nuestra Diócesis [de Huánuco]
por edicto de nuestra Santa Visita, de 25 de marzo de 1906» aunque con escaso éxito, atendiendo a lo
dicho por el prelado: «…este plan [los Centros Apostólicos] de saludable reacción religiosa, ha quedado
escrito, casi desdeñado, como inútil y utópico proyecto», en Ibíd.: 4.
35
«…ésta [la acción social católica], a diferencia de lo que acontece en las demás sociedades humanas y
particulares, constituye obligación ineludible para todos los fieles cristianos; sin que jamás pueda ser
lícito dispensarse de ella», en Ibíd.: 2.
36
«Pero existe, amados hijos, en la acción social católica a que os invitamos, aquel otro factor de
trascendental importancia…11y que corresponde también a una causa trascendente y genérica,
engendradora de inmensos daños, que en lo que llevamos de república, padecen la Iglesia y la sociedad
peruana.// Vamos a referirnos a ciertos aspectos de eso que entre nosotros suele llamarse política», en
Ibíd.: 5.
37
Ibíd. p.5. Más adelante añadía «…los Parlamentos y los gobiernos hacen las leyes, son los dueños de la
instrucción pública…toda la administración nacional i hasta la vida civil, en fuerza de un centralismo
matador, está en manos de los que tienen el poder», en Ibíd.: 8.
38
En relación a este asunto el prelado realizaba una larga disertación. Drinot afirmaba que el Perú era un
ejemplo de dominación ilícita o indebida de los gobernantes sobre los gobernados y daba las siguientes
razones: «1ª El pueblo peruano no elige a sus gobernantes.//2ª La voluntad caprichosa de unos pocos
impone, en la mayoría de los casos, concejeros[sic] municipales en las comunas; representantes en las
provincias y departamentos, presidente de la república.//3ª Los logreros políticos o falsifican el voto
explotando la ignorancia y humilde condición del elector, le convierten en instrumento de sus personales
ambiciones.//4ª La impunidad alienta los delitos electorales.//5ª La mayoría de los ciudadanos y entre
ellos la mayoría de los buenos, no ejerce el derecho de sufragio.//6ª Entre quienes lo ejercen, muchos por
ignorancia o por malicia, votan mal”, en ídem, p.7. En relación a los gobernantes: “Tiempo hace que los
enemigos de nuestro credo y de los derechos de la Iglesia se han adueñado de las fuentes de nuestra vida
política y social…son dueños de nuestro cuerpo legislativo, de la instrucción pública, de los dineros
fiscales, dominan en todas las sendas de nuestra actividad…», en Ibíd.: 12.
34
103
La construcción de la Acción Católica en Perú
católicos intervinieran en el ámbito político, se encargarían de procurar «…la educación
cívica y política de nuestro pueblo, [y] la defensa de sus intereses sociales y religiosos
[en la vida política]»; y de publicar un Catecismo social, «…destinado a dar a conocer
al pueblo los principios, derechos, deberes, informantes de la conciencia del ciudadano
católico en su actuación política y civil».
En tercer lugar, como medio de paliar la situación mientras se organizaban los
comités y se concluía la redacción de un nuevo catecismo, Drinot adelantaba algunas
enseñanzas de la Iglesia al respecto, y más concretamente «…la enseñanza moral
católica con referencia al ejercicio del derecho electoral».39 Así, tras recordar que el
sufragio era un deber del que los católicos no se podían desentender,40 que era un deber
de conciencia,41 exponía cinco reglas o modos de actuar en política aprobados por la
Iglesia:
1ª No es lícito afiliarse a un partido político cuyo programa es manifiestamente
opuesto a lo que la Iglesia Católica manda o enseña.//2ª No es lícito votar a favor de
candidatos que se han exhibido públicamente como enemigos de la religión o de la
Iglesia.// 3ª No es lícito votar en favor de candidatos de quienes estamos
convencidos han de dañar gravemente los grandes intereses de la Religión o de la
Patria.//4ª a falta de buen candidato, es permitido, conveniente y a veces necesario,
votar por uno menos malo.//5ª Para que sea votar por un candidato que no es católico
o que no lo es íntegra i prácticamente, es menester algún indicio o fundamento
racional de que no dañará la causa o el orden cristiano.42
Los Comités de Defensa Social Católica, creados por Drinot en junio de 1914,
eran unos organismos de estructura interna y fines inmediatos propios, pero con la
finalidad última de procurar, en armonía y junto a los Centros Apostólicos, la acción
social católica.43 Los CDSC debían realizar tareas de propaganda y defensa de la
doctrina cristiana; buscar el predominio del orden social cristiano; y facilitar la elección
de candidatos netamente católicos o de aquellos que prestasen garantía formal de
respetar y hacer respetar las creencias e intereses religiosos de los católicos. Su
39
Ibíd.: 8.
Ibídem.
41
Posición que no era novedosa, ya que tenemos constancia de que con anterioridad a esta fecha la
jerarquía eclesiástica peruana era consciente de la importancia de la política y de la influencia que sobre
la misma tenían los católicos a través del voto. Por ello, la asamblea episcopal de 1902 había alcanzado
el acuerdo reservado por el que se conminaba a los obispos a recordar los fieles su obligación de
participar en las elecciones y «… votar por candidatos católicos, o por lo menos, por los que ofrecieran
alguna garantía a la Iglesia» y, por lo mismo, se incluían labores de índole política entre las contempladas
en los Estatutos del Centro de Acción Católica de Arequipa de 1904. “Acuerdos reservados de la
Asamblea Episcopal”, del 17 de setiembre de 1902), en ASV, NP. Mons. Alessandro Bavona (1901-1907)
B. 54, Fasc. 177.
42
Drinot i Piérola, 1914a: 11-12.
43
El texto completo de los estatutos se encuentra agrupado en Drinot i Piérola, 1914a.
40
104
La construcción de la Acción Católica en Perú
estructura organizativa, similar a la descrita para el Centro de Acción Católica de
Arequipa de 1904, estaba compuesta por un comité central establecido en la capital y
otros tantos como distritos o anejos de parroquia hubiera en la diócesis. Otros aspectos
de interés eran: parcial autonomía,44 propósito de evitar las luchas partidistas y el
llamamiento que debían realizar a la colaboración con los integrantes de diversos
partidos. Estas características permiten, en nuestra opinión, señalar a los CDSC como el
modelo sobre el que se construyó el proyecto de creación de una Liga Electoral Católica
en la asamblea episcopal de 1917, estudiado en el capítulo anterior.
En los siguientes años, Drinot continuó con su labor de difusión de la acción
social católica y de las instituciones que deberían implementarla. Gracias a Saranyana,45
sabemos que Drinot presentó un memorial específico sobre la acción social católica a la
asamblea episcopal de 1915, en el que concretó algunas propuestas en el ámbito
educativo y doctrinal, como la instauración de conferencias públicas apologéticas y el
proyecto de creación de una universidad católica. A finales de 1915, con motivo de la
sanción definitiva de la tolerancia de cultos, publicaba una pastoral en la que
nuevamente advertía a los católicos que sólo era posible revertir el mal estado de la
doctrina, la moral y el culto en el Perú a través de la acción social católica; y, en
consecuencia, de la urgente necesidad de organizar y sostener los Centros Apostólicos y
Comités de Defensa Social.46 Y al año siguiente, en Lima, dictaba una conferencia a los
socios de la asociación La Acción de la Juventud Católica, con sede en el colegio de los
Sagrados Corazones de La Recoleta, sobre la acción social católica en la que elogiaba la
labor en este sentido de la mujer, concretamente «…de la culta mujer peruana»,47 así
como de las asociaciones Unión Católica de Señoras, Unión Católica de Caballeros y
del diario católico La Unión.
Sin embargo, no obstante su insistencia, sus tesis tardarían varios años en dar el
fruto por él deseado. Sabemos que en las dos asambleas episcopales sucesivas ‒la
44
Los CDSC se constituían mediante miembros elegidos por el prelado, en la capital, o los párrocos, en
los distritos y anejos de parroquia, y funcionaban de forma autónoma en su actuación corporativa pero
dependían de la autoridad eclesiástica en todo lo concerniente a la moral católica. El prelado y los
párrocos tenían derecho a asistir a las deliberaciones pero debían abstener de votar y aun de expresar su
opinión en todo aquello que no revistiera carácter doctrinario o que no comprometiera la conciencia del
católico.
45
Saranyana, 2004: 110-116.
46
En “Carta pastoral de 4 de Noviembre de 1915” contenida en Drinot i Piérola, 1914a.
47
En “La Acción Social Católica en el Perú. Conferencia leída ante la Sociedad “La Acción de la
Juventud Católica” en el colegio de los SSCC de Lima, 12 de enero de 1916” contenida en Drinot i
Piérola, 1914a.
105
La construcción de la Acción Católica en Perú
primera en 191548 y la segunda en 1917–,49 se acordó animar a la acción católica e
implementarla en la República ‒esto último a través de la creación de centros
parroquiales de acción católica sometidos a la autoridad de los párrocos y de los
respectivos diocesanos–; igualmente nos consta que en los acuerdos reservados de la
asamblea de 1917 se incluyó una iniciativa, la Liga Electoral Católica, de características
similares a los comités de defensa social católica ideados por Drinot. No obstante todo,
ninguna de las asociaciones u oficinas proyectadas (los CDSC, Centros Apostólicos,
etc…) vio la luz.
En suma, las principales razones que motivaron el escaso éxito de la
implementación en Perú de la Acción Católica ‒en tanto incorporación de los seglares al
apostolado de la Iglesia– durante las primeras dos décadas del siglo XX fueron las
siguientes:
1. Las dificultades de Drinot de carácter financiero y disciplinario-espiritual en el
gobierno de su diócesis. Las primeras,50 surgidas al poco de hacerse cargo de la
diócesis de Huánuco, lo enfrentaron con el Cabildo y, posteriormente, le indujeron
a solicitar al delegado apostólico su traslado a la diócesis de Trujillo.51 Las
segundas le procuraron la enemistad de numerosos miembros de su clero
diocesano,52 algunos tan notables como el deán del Cabildo Catedralicio, Juan
48
Un síntesis de lo sucedido en Saranyana, 2010: 121.
«Convencida de la necesidad de la Acción Católica, la asamblea acuerda: 1ºApoyar eficazmente todas
las obras de propaganda religiosa y social existentes en esta provincia eclesiástica, y en particular el
Apostolado de la Prensa, en cuyo consejo central tendrán representación todas las diócesis, por medio de
delegados nombrados por los diversos obispos.// 2º. Promover la creación de centros parroquiales de
acción católica en todas las parroquias más importantes de la república, los que se sujetarán a todas
normas e instrucciones que reciban de los obispos, atentas a las circunstancias». “Acuerdos de la
Asamblea Episcopal de 1917”, en El Amigo de Clero nº CMVIII (octubre 1917), p.488.
50
Drinot, al hacerse cargo de la Diócesis de Huánuco en 1904, hizo uso de los bienes del obispado, en
particular de joyas, fondos del Seminario y de algunos beneficios, dinero en efectivo y Bonos
Consolidados de la Deuda Interna, que despertaron las protestas del Cabildo. Por un lado, Drinot alegó en
su defensa que la necesidad de remediar el mal estado de su residencia así como del Seminario, unido a
las rentas insuficientes del obispado, y el reiterado incumplimiento de los deberes económicos de los
párrocos para con el Seminario, le habían obligado a hacer uso de cuantos fondos estuvieron a su
disposición. Por el otro, el Cabildo opinaba que Drinot había malgastado grandes cantidades sin
autorización ni justificación alguna, con el consiguiente empobrecimiento de la diócesis. Documentación
diversa contenida en un dosier sobre las acusaciones vertidas sobre Drinot i Piérola en ASV, NP.
Monseñor Angelo Maria Dolci (1907-1910) B. 58, Fasc. 192.
51
El 18 de mayo de 1909 Drinot enviaba una carta Angelo Maria Dolci, delegado apostólico de la Santa
Sede, en la que solicitaba su traslado por las siguientes razones: «Hace ya casi tres años...que vengo
sosteniendo el Seminario y los principales gastos de la administración a costa de sacrificios personales
que hoy tienen comprometido y casi perdido el patrimonio de mi familia, los modestos ahorros de mi
padre, durante cincuenta años de trabajo...», en ASV, NP. Monseñor Angelo Maria Dolci (1907-1910) B.
58, Fasc. 192, ff.68-69.
52
En varias cartas a Dolci, Drinot se quejaba amargamente de las graves carencias de su clero, así indica:
«Sobre 75 sacerdotes que hoy tengo, más de 50 son reos de algún delito, más o menos públicos, y pasan
49
106
La construcción de la Acción Católica en Perú
Tello, así como severas críticas de parte de su feligresía;53 le reafirmaron en sus
ideas racistas en relación a su feligresía indígena;54 le hicieron dudar de la
efectividad de sus propuestas, e incluso temer por la seguridad del clero de su
diócesis.55
2. La escasez y baja preparación tanto del clero, hecho agravado por la elevada
cantidad curas interinos en las parroquias,56 como del laicado peruano.
3. El deseo de independencia de las asociaciones católicas que operaban en la
república, en su mayoría de carácter benéfico-caritativo o piadoso.
4. La opinión compartida por la mayoría de los prelados peruanos de que no era
necesario introducir cambios en las asociaciones católicas seglares existentes ni
crear otras nuevas.
5. Las directrices impuestas por el arzobispo de Lima, Emilio Lissón, sobre la acción
católica y los modos correctos de intervención de los católicos en la sociedad.
de 30 los que solemnemente escandalosos, se mofan de toda ley y se sienten alentados, por la inveterada
impunidad en que se les ha dejado. Mi conciencia no puede tolerar más semejante estado de cosas. Cómo
toleraré a un Deán tres veces adúltero [Juan Tello], que en vez de vida sacerdotal, lleva vida de mercader,
litigante, usurero y politiquero y excredista [sic]?». Carta de Drinot a Dolci, del 6 de abril de 1909, en
ASV, NP. Monseñor Angelo Maria Dolci (1907-1910) B. 58, Fasc. 192, f.54.
53
De la que buena muestra son las palabras que varios notables de la ciudad de Jauja dirigen al arzobispo
de Lima, García Naranjo, en protesta por la conducta de Drinot: «…es de advertir que el marcado
desprecio con que el Sr. Drinot mira al pueblo y al clero nacional, salvo extrañas excepciones, y los
repetidos errores de su administración vienen colocando a la diócesis en una situación anormal que
requiere la pronta y eficaz atención de las autoridades más altas». Carta, del 30 de diciembre de 1909,
dirigida por numerosos suscribientes al Sr. Arzobispo de la Iglesia Peruana, en ACBL.
54
El grado de desesperación y desencanto de Drinot se advierte en las siguientes palabras que dirige a
Dolci: «…Desengáñese Monseñor, aquí fallan todas las reglas, esto no debería ser un obispado, ni tener
parroquias, porque aquí no hay pueblo, es una tierra habitada como dijo su compatriota Raimondi y yo
agregaré habitada por semi-personas, semi-racionales; es un hecho, tienen una especie de quasisemiconocimiento que corresponde a una semi-voluntad de donde resulta que efectivamente, no tienen en
su actuación, como hombres, sino una racionalidad parcial... yo afirmo, sin temor a equivocarme, que la
gran mayoría de mis diocesanos no son personas jurídicas y que, al presente, por esta razón y por otras,
los juicios ordinarios son practica y moralmente imposibles» y, más adelante, «…en el Perú hay dos
pueblos señalados por la diferente raza, la blanca que es culta y civilizada y la indígena, que es inculta y
casi salvaje». Subrayado en el original. Carta de Drinot a Dolci, del 3 de mayo de 1909, en ASV, NP.
Monseñor Angelo Maria Dolci (1907-1910) B. 58, Fasc. 192, ff.64-65.
55
La situación creada en la diócesis a la altura de 1909 era tal que Drinot temía «... [que] los odios y la
indignación general que ellos, y particularmente el Dean, han despertado, provoquen una asonada, un
movimiento popular irresistible contra estos desgraciados sacerdotes y quizá las cosas lleguen a extremos
criminales [Entre ellas el intento de encarcelar a los PP del Seminario, después de calumniarlos, y la
positiva conspiración para que los curas no paguen las pensiones al Seminario]», en Ibíd. ff.65a-66.
56
Atendiendo a los datos recopilados por García Jordán, a principios del siglo XX el clero era
«…cuantitativamente muy inferior al conjunto de los sacerdotes existentes en Perú en cualquiera de los
años del siglo XIX. La escasez del clero peruano era mayor si consideramos el incremento demográfico
producido en el Perú…», la mayoría (en torno a un 60% en el periodo 1906-1919) tenía la condición de
interino (lo que facilitaba el desgobierno de las parroquias e incluso la venta de sus propiedades) y escasa
formación, «…sobre un total de 800 individuos (en 1919), sólo 54 habían cursado estudios superiores de
bachiller, licenciado o doctor», en García Jordán, 1991: 271-277.
107
La construcción de la Acción Católica en Perú
6. Las preocupaciones de índole económica de Lissón, desde su nombramiento en
1918.
2.2. El tortuoso camino que condujo a la acción católica de base
parroquial del arzobispo Lissón
La ascensión, en julio de 1918, de Emilio Lissón al arzobispado de Lima provocó
un importante cambio de rumbo de la Iglesia como institución. La naturaleza jerárquica
de la Iglesia, sumada a la fortaleza de las convicciones del nuevo arzobispo y a su
escasa voluntad de diálogo favorecieron que tanto el discurso que propugnaba, basado
en la esencia católica de la nación peruana o de la “natural unidad” entre Patria y
Religión, como los modos de proceder que impuso para su implementación en la
arquidiócesis influyeran decisivamente en la agenda de la institución eclesial. En esta
línea, el desarrollo de la Acción Católica o la Acción Social Católica en el Perú a
principios de los años veinte se vio limitado: primero, por la censura pública o privada
de Lissón a toda institución o asociación que se titulara católica, con independencia de
que aún estuviera gestándose, como fue el caso del partido católico, como la
Universidad Católica, o la Unión Católica de Caballeros. Segundo, por su concepción
tradicional de la acción católica en sentido lato, vista anteriormente, como cualquier
obra que individual o colectivamente ejecutaran los fieles católicos, con fines, más o
menos directos, de apostolado. Tercero, por su progresivo empeño en que la AC fuera
desarrollada únicamente desde las parroquias y coordinada, primero, desde las distintas
diócesis y luego desde la arquidiócesis de Lima. Y, por último, por la oposición de la
mayoría de la jerarquía católica peruana al proyecto de Lissón para implementar la
acción católica en la República; tal oposición, según los prelados, se produjo porque
ésta no se ajustaba al contexto peruano, se dispersaban los esfuerzos y, especialmente,
porque se la despojaba de su vocación política y formaba parte de un plan global de
acción poco convincente.
Tras el fracaso de las iniciativas aprobadas sobre la acción católica en las
asambleas inmediatamente anteriores, y probablemente debido a las diferencias de
opinión existentes en el seno de la jerarquía católica, en la primera asamblea episcopal
celebrada bajo el mandato de Lissón, en 1921,57 se acordó nombrar una comisión
57
No tenemos información relativa a las deliberaciones de esta asamblea, ignorada en el trabajo de
Saranyana reiteradamente citado por nosotros, pero de la que se conservan al menos dos copias de sus
acuerdos en el Archivo Secreto Vaticano y en la Biblioteca Nacional del Perú. Además, tenemos
108
La construcción de la Acción Católica en Perú
encargada de definir esta forma de intervención de los católicos en la sociedad,
identificar en el contexto social y político peruano los factores propicios y adversos a la
misma, y finalmente concretar el conjunto de normas por las que se debía regir en el
Perú. Los miembros elegidos para formar dicha comisión fueron los religiosos de los
Sagrados Corazones Jorge Dinthilac, fundador de la Universidad Católica y Pedro Pablo
Drinot i Piérola, obispo de Basinópolis y emérito de Huánuco (1904-1920), el jesuita
Manuel Abreu y el agustino M. Vélez. La elección hecha, al parecer, en función de los
méritos de los designados, pudo resultar paradójica para muchos, a tenor de las claras
diferencias de criterio entre sus miembros sobre la intervención de los católicos en la
sociedad que Drinot y Dinthilac, y muy probablemente Abreu, mantenían con el
arzobispo Lissón. En particular, desde su paso por la diócesis de Chachapoyas, eran
conocidas las reticencias, incluso franca oposición, de Lissón al funcionamiento de la
Universidad Católica, en la que tan implicados estaban Drinot y Dinthilac. 58 Opinión de
la que tenemos noticia desde una fecha tan temprana como 1917, por la correspondencia
intercambiada entre Lissón y Pedro Manuel García Naranjo, arzobispo de Lima, en la
que este último afirmaba:
[En relación a su] oficio del día 11 próximo pasado mes en el que me manifiesta la
extrañeza que le ha causado el establecimiento de la Universidad Católica por un
simple sacerdote y los temores que abriga de que dé resultados contraproducentes
vistas las actuales circunstancias y me pide que “declare que la mencionada
universidad tiene un carácter enteramente particular y que no ha sido fundada por
mandato ni insinuación de la Asamblea Episcopal. Yo no abrigo los temores de Ud.
sino que creo que esta universidad dará buenos frutos como los dan los colegios de
segunda enseñanza fundados y sostenidos por religiosos. La Asamblea episcopal de
1912 recomendó a los Rectores de los religiosos que procuraran establecer la
universidad o siquiera un centro de estudios superiores […] el P. Dinthilac ha
recogido la recomendación y la ha llevado a la práctica mereciendo por ello
congratulación y no censura […]59
constancia de que, previo a su celebración, Lissón remitió a todos los obispos una breve circular sobre la
acción católica en la que incluía la siguiente reflexión «6.Organizaciones de la Acción Social. Convendría
reunir a los buenos elementos del país en Congresos o juntas de Bienestar Nacional, para estimular y
encauzar la acción católica hacia todas las actividades de la vida social: moralización, educación, higiene
doméstica y civil, inmigración, prensa, distracciones honestas, ilustración de las masas, relaciones
internacionales, santos patrióticos, asuntos religiosos» y les solicitaba su opinión, «¿Deben los obispos
presidir estas juntas? // ¿Que relaciones mutuas han de tener las Juntas de Bienestar Nacional?», en ASV,
NP. Monseñor Carlo Chiarlo (8 de junio a 8 de octubre de 1921) B. 101, Fasc. 367.
58
Fundada por Dinthilac, Drinot comenzará a dictar allí en 1921 el curso de Derecho Eclesiástico, en
1922 también el de Apologética; en junio de 1924 es elegido rector de dicha institución, cargo que
ostentará hasta enero de 1925.
59
AAL, Archivo Intermedio. L272 (Comunicaciones del Arzobispado), N251.
109
La construcción de la Acción Católica en Perú
Situación que se mantuvo en el tiempo;60 de la que Hampe da buena cuenta para
el inicio de la década de 1920 y que, según el autor, pudo haber dado lugar a la
fundación de otra universidad, de tipo confesional pero colocada bajo la dirección de
seglares.61
Por otro lado, aunque apenas tenemos información de la labor de Abreu durante
sus primeros años en el Perú, varios trabajos de Andrés-Gallego nos han brindado
acceso a su pensamiento y labor previa en España, donde destacó como precursor de la
democracia cristiana. Así sabemos que, junto a su compañero, el padre Ayala, Abreu
organizó un Centro Social en Madrid ̶ base de círculos y sindicatos obreros católicos– y
de forma paralela colaboró en la formación de ligas católicas, de carácter político, en
palabras de Andrés-Gallego «…alianzas electorales de elementos confesos de
antiliberalismo, [al principio] carlistas e integristas ciertamente en su gran mayoría» a
las que progresivamente se fueron sumando otros elementos católicos, atraídos por un
objetivo común: la intervención de los católicos –como tales– en política, dentro del
marco constitucional pero fuera del sistema bipartidista de la Restauración. Sabemos de
su salida forzada de Madrid,62 y posterior exilio al Perú,63 donde en la década de 1920
no ocultaría su desacuerdo con la opinión expresada por Lissón por primera vez ante la
Asamblea Episcopal de 1917 y que, posteriormente, repetiría tantas veces: «…los
católicos, como católicos, en el Perú no deben formar partido político».
Volviendo a la comisión, fruto de sus trabajos fue el ensayo La Acción Social
Católica en el Perú. Principios, Hechos y Normas. Informe de la comisión, nombrada
por la Asamblea Episcopal del año 1921, ya citado, publicado en 1922. Tanto su
60
Así lo atestigua la carta enviada por Dinthilac al nuncio Lauri, del 14 de julio de 1919, en la que, el
primero, narra una reunión mantenida con Lissón donde éste le habría explicado los motivos por los que,
inicialmente, no aprobaba dicha institución y habría recomendado su clausura a la Santa Sede, éstos eran:
primero, que la Universidad Católica había sido fundada sin su aprobación; segundo, que era innecesaria
porque la Universidad oficial de San Marcos era ya católica, su rector era católico y tenía una iglesia
católica en su local; tercero, que por su título la Universidad Católica era peligrosa ya que, al llamarse
católica, parecía indicar que la oficial no lo era, de lo que podía tomar dicha universidad ocasión para
laizarse y excluir a la Facultad de Teología, cuyos grados siendo oficiales permitían enseñar a los clérigos
y religiosos que los obtenían; cuarto, que la Universidad Católica carecía de fondos para funcionar. ASV,
NP. Monseñor Lorenzo Lauri (1917-1921) B. 89, Fasc. 317.
61
Hampe, 1989: 33.
62
Según Andrés-Gallego, Abreu fue trasladado al puerto Santa María a petición del rey Alfonso XIII y su
entorno, en primer lugar, por el daño al sistema bipartidista que podían ocasionar dichas ligas antiliberales
«[Pese a] Que con aquellas ligas se pretendiera formar un nuevo partido político, nada hay que lo
pruebe»; y, segundo, por el escándalo y protestas suscitadas por las fuerzas vivas ante la labor de las
asociaciones obreras católicas. Respectivamente en Andrés-Gallego, 1984:415-6 y 1995: 405-406.
63
La carta que, el 22 de febrero de 1918, dirige Abreu al general de los jesuitas, confirma las
motivaciones políticas de su traslado forzoso desde Madrid a Sevilla y, sugiere razones de índole sexual o
amoroso, en el que, posteriormente, le condujo a Lima. Carta de Manuel Abreu al R.P. General de los
Jesuitas en ARSI I. Epistolae Peru 1001 BX F 23.
110
La construcción de la Acción Católica en Perú
abundante obra precedente como su reconocida autoridad en todo lo relacionado con la
acción católica en Perú, nos inducen a pensar que la autoría de gran parte de lo expuesto
correspondía al primer integrante y presidente de la comisión, Drinot i Piérola. De
hecho, en nuestra opinión, este ensayo recogió su pensamiento tanto del contexto social,
político y religioso peruano como de la acción católica.
Aunque el texto ofrecía una interesante e incendiaria valoración de la realidad
peruana,64 ahora nos centraremos en otros contenidos; específicamente en la definición
tanto de la Acción Social Católica (ASC) como de la asociación que con dicho nombre
se pretendía implementar en la República. En relación al primer punto, la ASC era
descrita como la respuesta presente de la Iglesia en su permanente lucha:
[…] contra los enemigos de su Rei i de su Dios; para defender su honra i su gloria,
los intereses de su Iglesia i de las almas, que también son los de la Patria; intereses,
ardorosa i constantemente atacados por numerosos enemigos; descubiertos i
enturecidos [sic] unos, astutos i solapados otros, i todos, aguerridos e inspirados por
Satanás, más prudentes i avisados en sus consejos, que los hijos de la luz.65
La ASC era definida como «…cooperación organizada i activa de los fieles
católicos sometida a la autoridad i dirección de la Iglesia i enderezada a la
consecución del fin social de esta misma Iglesia…»;66 se puntualizaba que el apelativo
social se empleaba «…para distinguirla de esa otra acción privada i personal, que mira
inmediata i directamente a la santificación de la propia alma i a la vida cristiana en el
hogar», es decir, para subrayar primero, su condición de herramienta de la que servía la
Iglesia para intervenir en el ámbito público,67 como entidad autónoma más allá de los
límites de la familia y el individuo; segundo, su vocación apostólica y su principal
objetivo, que era «…el reinado o predominio social de Nuestro Señor Jesucristo».68 Así
pues, esta definición se aproximaba mucho a la de la acción católica en sentido estricto,
como organización eminentemente apostólica, directa y estrechamente ligada a la
Iglesia Jerárquica, que Pio XI impulsaría más adelante, una vez que ascendiese al soleo
pontificio en 1922.
64
El panorama descrito en el informe era tan negativo que suscitó la reacción del obispo de Arequipa,
Mariano Holguín; quien, en carta dirigida a Lissón, de fecha 20 de junio de 1922, expuso los peligros para
la Iglesia inherentes a su publicación, y, en consecuencia, sugirió que fuera clasificado como reservado.
ACBL.
65
Drinot i Piérola et al., 1922: 17.
66
Ibíd.: 10.
67
«LA ACCIÓN CATÓLICA ORGANIZADA…ha de ser social…traspasando los linderos de la vida
privada, debe engarzarse con todas las modalidades de la vida pública i social, para encauzarla i
dirigirla», en Ibíd.: 17.
68
Ibíd.: 11.
111
La construcción de la Acción Católica en Perú
En cuanto a la asociación que con el mismo nombre (ASC) se pretendía implantar
en la República, las normas emanadas de la comisión presentaban el interés por crear
una organización de ámbito nacional, sometida a las enseñanzas de la Iglesia católica,
con las siguientes características específicas:
 Su organización i régimen general dependían en último término del cuerpo
episcopal peruano presidido por el arzobispo, quien debía ser considerado como
Presidente i Primer Director de la Acción Social Católica. Su estructura interna
estaba compuesta de tres oficinas establecidas en Lima ‒estas eran el Consejo
Central, el Secretariado Central y la Tesorería Central, todas ellas presididas y
dirigidas por un Director General, designado por la Asamblea Episcopal– y de
oficinas de acción católica en cada diócesis, los llamados Comités Diocesanos, a
su vez presididos por sus respectivos obispos. El Consejo Central estaba
compuesto por todo hombre y mujer designado por la Asamblea Episcopal; por
eclesiásticos representantes tanto de los ordinarios como de los prefectos y
vicarios apostólicos; y además, por los Presidentes de la Unión Católica de
Señoras y Caballeros, el Rector de la Universidad Católica i el Director del Diario
Católico oficial. Las labores a desempeñar por el Consejo eran la coordinación de
las oficinas diocesanas así como de dirección y supervisión del Secretariado y
Tesorería centrales. El Secretariado Central, órgano consultivo formado por
mujeres elegidas por el Consejo Central, tenía encomendadas tareas educativas
(entre las que destacaba la organización de cursos formativos y de una biblioteca),
de recopilación de datos y resolución de dudas relativas a la acción católica.69
 Su acción se dirigía a los ámbitos religioso y social;70 debía integrar en su seno a
las instituciones católicas existentes y someterlas a un plan de acción aprobado
por la jerarquía eclesiástica. En el terreno religioso, su objetivo era incrementar el
número de activistas católicos -a los que la comisión denominaba católicos
prácticos y de acción- comprometidos con la causa católica en la sociedad. Para
ello, se dispuso que debía: primero, robustecer las obras de promoción y defensa
de la fe, y favorecer cualquier forma de propaganda católica. Segundo, procurar la
comunicación fluida, entre el profesorado, las familias y los alumnos, en los
colegios dirigidos por congregaciones dedicadas a la enseñanza. Tercero,
69
70
Ibíd.: 127-29.
Ibíd.: 131-35.
112
La construcción de la Acción Católica en Perú
fomentar que la infancia y la juventud se formasen de acuerdo a las enseñanzas de
la Iglesia en todos los ámbitos educativos ‒como la familia, la enseñanza
primaria, la secundaria y en la universidad–, desde toda institución ‒
especialmente la Universidad Católica y los seminarios– y asociaciones tales
como los centros de juventud católica y los círculos obreros‒, y por todos los
medios puestos a su disposición, como los diarios católicos. Cuarto, seleccionar a
los más capaces para que liderasen y de esa forma aseguraran el éxito de la
organización; en este sentido, en el texto de la comisión encontramos una analogía
que perdurará en el ideario de la asociación.71 Quinto, la ASC debía poner en valor
y facilitar las ordenaciones sacerdotales a través de iniciativas como la Obra de
Nazareth, la recaudación de fondos para becas de formación en el Colegio Pio
Latino de Roma, etc. Por otro lado, en el ámbito social, la ASC debía actuar en los
ámbitos familiar, laboral e indígena y, concretamente en relación a éste último,
hacer frente a determinados comportamientos públicos negativos. Así, de forma
genérica, le era encomendado defender y propagar los principios constitutivos del
hogar cristiano y englobar y coordinar asociaciones y obras como los círculos de
obreros católicos, las escuelas nocturnas para obreros, las escuelas dominicales,
los talleres femeninos y los servicios de colocación profesional, la defensa pública
de los sacerdotes, etc. Y específicamente en relación a las poblaciones indígenas,
se puso como objetivos, por una parte, mejorar su instrucción y acceso a los
servicios religiosos, reduciendo en lo posible los desmanes habituales en la
celebración de fiestas religiosas; por otra, acabar con los abusos de las
autoridades, de usureros, tinterillos y malos maestros, e incluso con la práctica
frecuente del perjurio ante los tribunales.
 Finalmente, no debía intervenir en las luchas políticas partidistas, aunque eso no
era óbice para que estuviera obligada «1º-a promover i defender la Política
Cristiana, fundamentada en la enseñanza y principios promulgados por la Iglesia
Católica//2º-a oponerse al predominio de la Política Anticristiana»;72 y, para ello
por un lado, favoreciera la creación de un partido político católico, autónomo en
71
«[…] la acción social católica organizada, bajo la alta autoridad i superior dirección de la Iglesia,
representa, como si dijéramos, el Estado Mayor de ese ejército de buenos católicos, que haciendo frente a
la Guerra provocada por aquellos enemigos, han de valerse, públicamente, de los mismos o análogos
medios; oponiendo a las influencias del Mal las del Bien, a la cátedra herética, la católica, a la propaganda
impía i corruptora, la propaganda religiosa i moralizadora, al periódico i partido anticatólico o indiferente,
el periódico i partido explícita i netamente católico», en Ibíd.: 17.
72
Ibíd.: 136.
113
La construcción de la Acción Católica en Perú
su acción pero sometido a las enseñanzas de la Iglesia y, por otro, desarrollase
labores de formación, propaganda y coordinación del voto católico.73
Tal y como se refleja en los puntos señalados, la Acción Social Católica peruana
definida por la comisión se alejó del modelo defendido por Lissón. Si bien, algunos
aspectos organizativos tales como la creación del consejo, la secretaría y la tesorería
central, eran compatibles con la estructura bosquejada por el arzobispo,74 otros tan
relevantes como su solicitud de ayuda tanto a la Unión Católica de Caballeros y Señoras
como a la Universidad Católica, su labor a favor de la constitución de un partido
católico, la escasa importancia asignada a la actividad parroquial o incluso la
denominación de la asociación, atentaban contra elementos centrales del pensamiento
del prelado. Por todo ello, en nuestra opinión, Lissón no concedió su apoyo a este
proyecto ̶ lo que provocó que corriera la misma suerte de los que le habían precedido–
y, además, publicó en 1923 una carta pastoral mediante la que daba forma a su modelo
de acción católica de base parroquial.75 Para una mejor comprensión del mismo, es
necesario que antes abordemos la estrecha vinculación que Lissón estableció
progresivamente entre los conceptos de parroquia, familia y acción católica.
La documentación que hemos consultado indica que Lissón fue consciente desde
el principio de su gobierno de la precaria situación por la que atravesaba la vida
parroquial en la República. Apenas un año y medio después de llegar al cargo,
promulgó un decreto, en 1920,76 por el que los párrocos, directamente o mediante
auxiliares, debían impartir enseñanza catequística por lo menos una vez a la semana en
las escuelas de su circunscripción. En 1921 publicó dos cartas pastorales77 relativas a:
73
En estas labores, la comisión sugería que se solicitara el concurso de la Universidad Católica, los
diarios católicos, la Unión Católica de Caballeros, las Terceras órdenes franciscanas, los círculos obreros
y otras asociaciones análogas.
74
Así las tres oficinas podían quedar integradas o conformar el Consejo Arquidiocesano de Bienestar
Nacional propuesto por Lissón, como oficina central de dirección y coordinación del movimiento en la
República.
75
El texto fue publicado el 1 de marzo de 1923, en El Amigo del Clero MXXX y, seis años más tarde,
extractos del mismo fueron incluidos en una comunicación enviada por Lissón a Drinot i Piérola, con
fecha 9 de marzo de 1929, en la que repasaba todas las pastorales publicadas por el arzobispo en relación
a la Acción Católica desde 1921. La carta a Drinot en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (19281936) B. 166, Fasc. 607, ff.63-80.
76
Publicado el 15 de marzo de 1920 en El Amigo del Clero CMLIX (15 de marzo de 1920), p.131.
77
La primera de ellas publicada en El Amigo del Clero CMLXXXII (1 de marzo de 1921), pp.112-120.
De la segunda tenemos noticia gracias a la comunicación enviada por Lissón a Drinot i Piérola, con fecha
9 de marzo de 1929, ya citada, en la que incluía extractos de todas las pastorales publicadas por el
arzobispo en relación a la Acción Católica desde 1921. En dicha carta, la pastoral, del 1 de marzo de
1921, aparece con fecha 9 de febrero y, además, se da cuenta de la segunda en ese año, con fecha 24 de
setiembre de 1921. Carta de Lissón a Drinot, del 9 de marzo de 1929, en ASV, NP. Monseñor Gaetano
Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, ff.63-80.
114
La construcción de la Acción Católica en Perú
primero, presentar a sus fieles la parroquia como la comunidad por excelencia en la que
los católicos, agrupados en familias,78 debían desarrollar su vida espiritual; era al
interior de dicha comunidad que aquéllos lograrían recristianizar la sociedad y resolver
la “cuestión social”.79 Segundo, señalar los deberes cristianos de los padres y madres de
familia.80 Tercero, disponer las siguientes medidas para incrementar la vida parroquial:
1. Los párrocos debían visitar al menos una vez al año a las familias de su
circunscripción. 2. Salvo excepciones aprobadas por el diocesano, se prohibía bautizar a
los hijos fuera de la iglesia parroquial. 3. Los casamientos se debían celebrar en la
parroquia de uno de los contrayentes, preferiblemente la mujer. 4. Los sacerdotes
estaban obligados a dar sepultura y celebrar las misas del réquiem, y posteriores. 5. Se
prohibía a los fieles pertenecer a asociaciones fuera de la parroquia, si la asociación
existía en la propia. 6. Los fieles debían cumplir con el precepto eclesiástico de la
comunión pascual en su parroquia, salvo impedimentos notificados al párroco.81
A pesar de todo ello, en el informe sobre la acción católica remitido por Lissón al
nuncio Petrelli a finales de 1921, sólo se detallaban dos medidas relacionadas con las
parroquias -la creación de asociaciones católicas obreras y la subdivisión parroquial-,82
y no se establecía una clara vinculación entre la vida parroquial y la acción católica.83
De hecho, en la propuesta elevada por Lissón al nuncio relativa a los organismos,
llamados Consejos Diocesanos de Bienestar Social, mediante los que implementar la
acción católica en Perú y coordinar los trabajos de las asociaciones católicas de acción
78
Ibíd. f.67.
«De las anteriores consideraciones se deduce que la institución parroquial es la que por voluntad divina,
debe realizar en la sociedad la obra de la aplicación de la Redención de Jesucristo.// La parroquia es, por
excelencia, la organización católica universal, perfecta i eficaz. Donde no hay vida parroquial
debidamente organizada, no hay cuerpo místico de Jesucristo ni espíritu eclesiástico». La cursiva es
nuestra. Extracto de la carta pastoral de Lissón, del 24 de febrero de 1921, en Ibíd. f.65.
80
Asunto que merece atención por sí mismo, Lissón describe a los padres como «…los representantes de
Cristo…los pastores de vuestras familias…cabeza del cuerpo místico…los primeros en la oración
cotidiana…» y les encarga la educación religiosa y social de los hijos. A las madres, de quien dice «No
tendréis la claridad y seguridad en la observación, ni la energía de vuestros maridos; más, si sois
verdaderamente piadosas, vuestra acción será más eficaz; vuestra acción es imprescindible e inestimable,
no sólo para conservación y acrecentamiento material de la familia, sino para su desarrollo espiritual i
sobrenatural», les encarga la conservación de la pureza de las costumbres en el seno de la familia y
especialmente de los niños (cuya educación ocupa el tema central de la pastoral del 24 de setiembre de
1921, ya citada), y el ejercicio de la caridad. Ibíd. ff.67-69.
81
Ibíd. ff.69-70.
82
ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 413, f.6r.
83
En dicho informe no llega a definir su concepto de acción católica, del que sólo dice debe inspirarse en
las palabras de Pio X «[la acción católica] debe ser una acción benéfica a favor del pueblo, fundada en el
derecho natural y en los principios del evangelio.(Motu Proprio del Papa Pio X acerca del movimiento
católico, 18 de diciembre de 1903)». Ibídem.
79
115
La construcción de la Acción Católica en Perú
social pertenecientes a cada diócesis, no se hacía mención a la creación de oficinas de
acción católica parroquial.
Sin embargo, la primera muestra de la comunión de intereses que estableció
Lissón entre la acción católica y el impulso de la vida parroquial no se hizo esperar.
Transcurrido algo más de un año desde su informe a Petrelli, Lissón comunicó a sus
diocesanos la estrecha relación que debía establecerse entre la acción católica y la vida
familiar y parroquial. A través de una pastoral publicada en marzo de 1923, previa a la
celebración de la Asamblea Episcopal y a la proyectada consagración del Perú al
Sagrado Corazón de Jesús, Lissón publicó su particular concepción de la acción
católica, expresión de la evolución de su pensamiento sobre el tema.84 Según el
arzobispo:
 La acción católica poseía una naturaleza sobrenatural, no humana, o en palabras
de Lissón era «…la acción de Dios por nosotros»,85 y «…la acción de Dios… el
mismo Espíritu Santo, actuando en la Iglesia por nosotros».86
 La acción católica debía desarrollar su actividad a través de la parroquia, por ser
ésta la organización por excelencia de la vida espiritual.87
 La vida parroquial, y por tanto la acción católica, debía impulsarse desde las que,
en su opinión, eran sus unidades constitutivas básicas por voluntad divina, que no
eran sino las familias. Para ello, asignaba funciones específicas en el organismo
parroquial a cada uno de sus miembros -divididos genéricamente en padre, madre,
niños y niñas-88 y, alrededor suyo, establecía que podían surgir otras asociaciones
secundarias, como las de obreros, las de piedad, aquellas dedicadas al fomento
del trabajo femenino, los círculos de estudio, etc.; «…mas, todo subordinado a la
organización familiar i las familias subordinadas a la asociación parroquial».89
Durante los años centrales de la década del veinte, a la par que afianzaba sus lazos
con el régimen de Leguía, Lissón hizo valer su posición privilegiada en el seno de la
84
Hasta ese momento, el arzobispo se había limitado a tratar sobre la acción católica sin definirla y, en
todo caso, a aproximarse a su finalidad a través de las palabras de Pio X, que citamos en el capítulo
anterior.
85
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, f.73r.
86
Ibíd. f.74r.
87
«…hai una organización que no es fruto de la iniciativa de tal o cual organizador, sino obra del Espíritu
Divino en la Iglesia de Cristo. // Nos referimos a la organización parroquial…La organización parroquial
es, pues, la organización por excelencia, apta i adecuada para la verdadera y eficaz acción católica», en
Ibíd. f.75r.
88
«La acción del Espíritu santo se dirige a estos cuatro elementos, hacia ellos debe dirigirse la
cooperación del párroco y los fieles», en Ibíd. f.76r.
89
La cursiva es nuestra. Ibíd. f.77r.
116
La construcción de la Acción Católica en Perú
Iglesia peruana para desactivar cualquier intento de intervención por parte de la
jerarquía y los activistas católicos en la escena política; y, paralelamente, orientar la
acción católica hacia su modelo parroquial, centrado en los ámbitos religioso y, en
menor medida, social. En nuestra opinión, además, por un tiempo las polémicas en
torno al gobierno de Lissón quedaron relegadas a un segundo plano y su prestigio al
interior de la jerarquía se incrementó, gracias a la consolidación de su excelente relación
con el presidente de la República, Augusto B. Leguía, y a los trabajos que se iniciaron
en pro de la celebración del, tan esperado por la Iglesia, concordato entre la Santa Sede
y el gobierno peruano.
Las labores encaminadas a la firma del concordato comenzaron en 1920 a
iniciativa de Lorenzo Lauri, nuncio entre 1917 y 1921. Pedro José Rada y Gamio,
conocido católico y presidente del Congreso en esos momentos, favoreció la rápida
tramitación inicial del proyecto y la publicación por la Cámara de Diputados de las
primeras instrucciones al respecto al año siguiente.90 Pese a la buena disposición del
presidente Leguía, las turbulencias políticas de la primera parte de la legislatura
ralentizaron el proceso, que volvió a activarse, aunque en secreto, en 1922.91 El
proyecto, inicialmente redactado por la nunciatura y el abogado de la Curia de Lima
Eulogio Romero, dio pie a un contraproyecto del Ministerio de Justicia, Educación y
Culto; a nuevas conversaciones entre el gobierno y la Santa Sede; y, finalmente, al
proyecto consensuado que, una vez firmado por el ministro de Asuntos Exteriores, se
remitió a la Secretaría del Congreso.92 Sólo entonces, el presidente Leguía, con motivo
del discurso de apertura de la Legislatura, el 28 de Julio de 1922, transmitió a la
ciudadanía la, en su opinión, necesidad de celebrar un concordato con la Santa Sede.93
En verdad, la Iglesia peruana hubiera tenido razones para alegrarse de haberse firmado
en la forma acordada, ya que el texto le concedía varias de sus más recientes
reclamaciones, al establecer:
1. Que la religión católica apostólica romana era la del Perú y que el Estado la
protegía. En esta línea, más adelante, el artículo nº28 del proyecto asimismo
90
DOCUMENTOS PARLAMENTARIOS, 1921.
Así se desprende de la documentación que acompañaba al “Informe nº36” de Petrelli al secretario de
Estado de la S.S., Pietro Gasparri, del 1 de agosto de 1922, en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli
(1921-1925) B. 104, Fasc. 387, ff.3-10.
92
Información detallada de los tres proyectos puede consultarse en el Dossier “Prospetto dei trei progetti
di Concordato tra la Santa Sede e il Peru” en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 104,
Fasc. 387, ff.21-46.
93
“Informe nº36” de Petrelli a Pietro Gasparri, en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B.
104, Fasc. 387, ff.3-7.
91
117
La construcción de la Acción Católica en Perú
ordenaba que después de los oficios divinos se hiciera en todas las Iglesias de la
República la oración que sigue: DOMINE, SALVAM FAC REMPUBLICAM:
DOMINE, SALVUM FAC PRAESIDEM EIUS, que puede traducirse como: Oh
Señor, salva al Estado; Oh Señor, salva a quien lo guarda!
2. Que los obispos disfrutaban de plena libertad en el gobierno de sus diócesis, con
el apoyo del gobierno a solicitud de los prelados pero sin la injerencia de las
autoridades civiles.
3. Que la Iglesia, en virtud de la personería jurídica que tenía, gozaría del derecho de
propiedad y, en consecuencia, podría adquirir por cualquier justo título, poseer,
administrar, y disponer libremente de sus bienes, muebles o inmuebles, en la
forma establecida en el derecho común, siendo sus propiedades tan inviolables
como las de los ciudadanos de la República.
4. Que en ningún centro de enseñanza oficial se pudieran enseñar doctrinas opuestas
a la religión católica y fuera obligado, para los que la profesaban, seguir cursos de
religión con textos aprobados por el ordinario y con profesores de idoneidad
reconocida por él.
5. Que en la elección del arzobispo y demás obispos, fuera el Presidente quien
presentara a la Santa Sede a un eclesiástico canónicamente idóneo -por lo tanto,
sin la intervención del poder legislativo- y, en el caso de que dicha presentación
no se efectuase en el plazo de un año, fuera la Santa Sede la que lo proveyera.
6. Que correspondía a la Santa establecer las diócesis, prefecturas y vicariatos
apostólicos necesarias, erigir nuevas y variar la circunscripción de las existentes,
cuando así lo creyere oportuno, consultando previamente al Gobierno y acogiendo
las indicaciones de éste que fueran” justas y convenientes”.
7. Que correspondía a la Santa Sede, igualmente, en caso necesario y con el acuerdo
del gobierno, nombrar a los Administradores Apostólicos.
8. Que todo matrimonio canónicamente celebrado sería reconocido por el Estado en
cuanto a todos sus efectos civiles.
9. Que, respecto a los cementerios católicos, se procuraría siempre conciliar las
legítimas exigencias de carácter civil o sanitario con la veneración debida al lugar
sagrado y con las prescripciones eclesiásticas. Y, en caso de discrepancia, este
asunto sería materia de un acuerdo especial entre la Santa Sede y el Gobierno de
Perú.
118
La construcción de la Acción Católica en Perú
Con todo, las nuevas turbulencias políticas producidas a finales de 1922,
desencadenadas principalmente por la aprobación, el 7 de octubre, de la enmienda
constitucional que permitía la reelección del presidente Leguía, 94 y los luctuosos
incidentes del siguiente año, asociados al intento de Consagración del Perú al Sagrado
Corazón de Jesús, postergaron otra vez la tramitación de proyecto.95
La debilidad y escasos apoyos que demostró tener la Iglesia en la resolución de
esta última crisis no modificaron el pensamiento ni la acción de Lissón, pero su
intransigencia y tozudez le comenzaron a pasar factura. Al menos, eso es lo que se
deduce del informe enviado en julio de 1923 por el nuncio Petrelli al secretario de
Estado de la Santa Sede, Eugenio Gasparri, sobre la secuencia de los acontecimientos
relativos a dicha consagración y los incidentes desencadenados en los que participaron
varios miembros del clero, incluidos Lissón y el mismo nuncio.96 Y en el que, además,
se señalaba a los responsables de que no se hubiera suspendido la ceremonia a tiempo
de evitar el baño de sangre, tal y como veremos a continuación.
2.2.1. El fallido proyecto de consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús
Este apartado analiza el intento de consagración del Perú al Sagrado Corazón de
Jesús. Para ello, primero, presentamos una síntesis de la posición del único investigador,
Jeffrey Klaiber, que ha estudiado con cierto detalle el tema. Segundo, analizamos el
informe sobre el tema que el nuncio Petrelli envió en julio de 1923 a Pietro Gasparri,
secretario de Estado de S.S.
Recordamos que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús nació en Francia en el
siglo XVII y se extendió por Europa y América alentada por los jesuitas. En sus inicios,
ponía de relieve el amor de Cristo a los hombres así como su papel redentor en la
salvación. Probablemente debido al declive en la devoción que supuso la expulsión de
94
Dicha enmienda amplió las diferencias entre el leguiíssimo oficial, que apoyaba a Leguía, y el
“germancista”, que hacía lo propio con el primo del presidente y ministro de gobierno, Germán Leguía y
Martínez. Resultado del enfrentamiento entre ambas facciones y tras la aprobación definitiva de la
reelección presidencial el 18 de setiembre de 1923, el dos de octubre de ese año fueron apresados un
grupo de ciudadanos civiles y militares considerados partidarios de Leguía y Martínez y el 15 de
noviembre se produjo la captura y posterior deportación del ex Ministro de Gobierno y de sus hijos Oscar
y Jorge Guillermo. Basadre, 1983: tomo IX, 298-299.
95
Reiniciada nuevamente en 1924, fruto de ella fue el acuerdo ese año, entre la S. Sede y el gobierno,
sobre la elección de obispos y arzobispo en la República, que posteriormente se transformó en sendas
enmiendas constitucionales, leyes 5464 y 5855 aprobadas, respectivamente, el 8 de setiembre de 1926 y
el 7 de setiembre de 1927; por las que, tal y como se decía en el proyecto de Concordato de 1922, y en
palabras de Basadre: «El Parlamento perdió así, sin lucha, la potestad de participar en la elección de los
más altos miembros de la jerarquía eclesiástica en el país», en Basadre, 1983: tomo IX, 420.
96
“Informe nº91” de Petrelli a Pietro Gasparri, del 8 de julio de 1923, en ASV, NP. Monseñor Giuseppe
Petrelli (1921-1925) B. 104, Fasc. 386, ff.4-30.
119
La construcción de la Acción Católica en Perú
los jesuitas de todos los territorios de la corona española en 1767, no tenemos
constancia de su presencia en el Perú hasta 1881, año en el que Arequipa fue consagrada
a los Sagrados Corazones de Jesús y María por su obispo, J.M. Ambrosio Huerta (18801896). Con todo, la devoción que nos encontramos en Perú a finales del siglo XIX
poseía caracteres propios y distintos a la original, fruto de su fusión con otra tradición
que veneraba al Sagrado Corazón «como objeto de expiación de las injurias infringidas
a la iglesia por sus enemigos»97 o, en otras palabras, como un símbolo de la lucha que
mantenía la Iglesia frente al embate liberal. En esta línea, Klaiber documentó varias
consagraciones que tuvieron lugar a finales del siglo XIX, como la efectuada por los
Caballeros de la Unión Católica en 1889 en la iglesia de San Pedro de Lima, y la
creación en 1898 de la Hermandad del Sagrado de Jesús en la Parroquia de San
Ildefonso en Pueblo Nuevo, perteneciente a la diócesis de Trujillo.98
Por otro lado, a principios del siglo XX, sabemos de la actividad en Perú de uno
de los principales animadores de este movimiento votivo, el padre Mateo Crawley,
quien en esos años celebró diversas entronizaciones al Sagrado Corazón de Jesús en
hogares, escuelas, fábricas, hospitales, etc. destacando, entre ellas la que efectuó en la
parroquia de Barranco el 29 de junio de 1917.99 Estas ceremonias, que discurrieron sin
incidentes, no pueden ser consideradas un verdadero precedente, ni por significado ni
alcance, del proyecto de consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús impulsado
por el arzobispo Lissón. En nuestra opinión, el origen del proyecto se encuentra en el
imponente acto de Estado que, con la asistencia del rey Alfonso XIII, se celebró en el
Cerro de los Ángeles (Madrid), el 30 de mayo de 1919 y por el que España fue
consagrada a tal devoción. Y es que, aparentemente, el propósito de la ceremonia
promovida por Lissón en Lima no era otro sino manifestar con la misma solemnidad
que empleara el monarca español en su discurso, la íntima comunión que debía existir
entre patria y religión; lo que, además, combinado con alusiones laudatorias al régimen
político imperante, pudo muy bien servir inicialmente a los intereses del presidente
Leguía.
Hasta la fecha, Klaiber es el único investigador que ha abordado tanto los hechos
ocurridos, desde el anuncio público de consagración del Perú al Sagrado Corazón de
Jesús hasta la cancelación de los actos, así como algunas consecuencias derivadas de los
97
Callahan, 2003: 212.
Klaiber, 1996: 137.
99
Basadre, 1983: vol. IX, 295.
98
120
La construcción de la Acción Católica en Perú
mismos. A partir de testimonios personales y documentación escrita de la época,
Klaiber ha sostenido que:
1. El proyecto de consagración del Perú al Sagrado Corazón fue una propuesta “algo
inocente” de Lissón,100 desde su convencimiento de la necesidad de manifestar
públicamente tanto la unión de la Iglesia y el Estado como el papel del presidente
de la República como “Patrón de la Iglesia”, por considerar que ésta era la vía
idónea para dinamizar y fortalecer la posición de la Iglesia en la sociedad.101
2. La base principal del movimiento de protesta contra la consagración estaba
constituida por los obreros de las Universidades Populares y los estudiantes de
San Marcos;102 aunque de la mano del principal responsable del mismo, Haya de
la Torre, también participaron masones, anarquistas y afiliados al YMCA.103
3. El movimiento fue dirigido contra Leguía y el alto clero que lo apoyaba, mientras
que los manifiestos tanto de las Universidades Populares como del Frente Único,
que se conformó en el transcurrir de la protesta, centraron sus reivindicaciones en
la constitución de un Estado laico en el Perú en el que se restringiera en gran
medida los derechos que la ley concedía a la Iglesia. Así, los manifestantes
solicitaron que se suprimieran los tribunales eclesiásticos, el matrimonio religioso,
los derechos parroquiales, los delitos contra la religión católica, etc.104
4. La mayoría de los estudiantes y el propio Haya ni sentían un resentimiento
personal contra el arzobispo ni constituyeron una amenaza violenta al clero. Lo
que fundamentaba: primero, en la relación cordial existente entre Haya y Lissón
desde que coincidieron como estudiante y profesor, respectivamente, en el
Seminario de San Carlos en Trujillo; segundo, en las declaraciones de Haya, con
posterioridad a los hechos, donde habría calificado de intachable la conducta
100
Klaiber, 1980: 164.
Klaiber, 1996: 148.
102
Según cuenta Klaiber, la Federación de Estudiantes Peruanos creada en 1919, con la intención de
desarrollar en Perú la reforma universitaria nacida en Córdoba, Argentina, en 1918, fue la asociación que
impulsó el congreso de estudiantes en Cuzco, al año siguiente, donde acudieron representantes de las
cuatro universidades peruanas y en el que se aprobó la fundación de las Universidades Populares “…con
el objeto de borrar las enormes diferencias que existían entre los universitarios, los obreros y los
campesinos, que componían la mayoría del país”. Estas estuvieron constituidas por nueve centros en
Lima así como los de Arequipa, Trujillo, Ica, el Cuzco, Jauja, Chiclayo, Piura, Huaraz, Puno y en el
departamento de Madre de Dios. La mayoría de los estudiantes eran obreros de clase popular y mestizos,
cultural y racialmente. En su opinión, éstas fueron rápidamente politizadas y su primer intento serio de
intervención en política fue el movimiento de protesta contra la consagración. Klaiber, 1980: 164.
103
Los paréntesis son nuestros. Ibíd.: 164-165.
104
Klaiber, 1980: 165-166.
101
121
La construcción de la Acción Católica en Perú
personal de Lissón e incluso afirmado que la protesta contaba con la aprobación
tácita del nuncio; tercero, en la ausencia de ataques a las propiedades y miembros
del clero.105
La consulta de documentación relativa al papado de Pio XI contenida en el
Archivo Secreto Vaticano, nos ha permitido contrastar la tesis de Klaiber a la luz de
nuevos datos. Muy especialmente gracias al informe, ya citado, del nuncio Petrelli al
secretario de Estado de S.S. Pietro Gasparri en julio del año 1923, en el que destacan
tanto el relato detallado de lo ocurrido con motivo del intento de consagración del Perú
al Sagrado Corazón, como la valoración que hace el nuncio del modo en que Lissón
gestionó la crisis. Veamos ambos aspectos.
Según el relato de Petrelli, Lissón comunicó a la nunciatura, por primera vez, en
julio del año 1922 su intención de consagrar el Perú al Sagrado Corazón de Jesús así
como el apoyo del presidente Leguía. Desde el principio el nuncio se mostró reacio a la
pronunció en contra del proyecto en tanto éste contaba con el respaldo del presidente y
se limitó a aconsejar a Lissón que escuchara a los obispos sufragáneos antes de tomar
una decisión definitiva. Durante ese año, por correspondencia mantenida con el obispo
de Cuzco, Mons. Farfán, supo que éste era de su mismo parecer.
Pasaron los meses y por la ausencia de noticias sobre el tema, el nuncio llegó a
creer que Lissón había reconsiderado la situación y abandonado su proyecto. Sin
embargo, a finales de enero de 1923, el arzobispo le hizo saber que, de acuerdo con el
presidente, había decidido llevar a cabo la ceremonia el próximo 29 de mayo,
coincidiendo con la fecha en la que Leguía había salido airoso del levantamiento de los
pierolistas para desalojarlo del poder en 1909. Una vez tomada la decisión, pese a que el
nuncio mantuvo varias entrevistas con el arzobispo acerca los inconvenientes religiosos
y políticos que comportaría la ceremonia, todo intento para que el arzobispo la
suspendiera, aunque fuera temporalmente, resultó infructuoso. El 20 de marzo, Lissón
enviaba una circular a todos los obispos sufragáneos convocándoles a una Asamblea
Episcopal, a celebrar el 20 de mayo y les informaba que esta se clausuraría con la
Consagración del Perú al Sagrado Corazón.106 Y el 27 de abril, mediante una
105
Klaiber consideraba que el carácter anticlerical de la protesta no procedía de las filas de las
universidades populares sino que era una característica del contexto político y social del Perú de esos
años. Pensamiento compartido por la gran mayoría de la clase política y no específicamente de aquellos
que luego conformarían el APRA. Klaiber, 1980: 171.
106
En Circular, del 20 de marzo de 1923, de Emilio Lissón a todos los obispos en AAL, Comunicaciones.
XLII: 148, ff.1-2 y AAL, Archivo Intermedio. L272 (Comunicaciones del Arzobispado), N492.
122
La construcción de la Acción Católica en Perú
instrucción pastoral en el diario católico La Tradición, el arzobispo anunciaba
públicamente la ceremonia.107
Aunque durante un par de semanas la convocatoria pasó inadvertida, a partir del
12 de mayo comenzaron a aparecer artículos de prensa contrarios a la consagración.108
En respuesta a ellos, el 18 de mayo Lissón publicaba en El Amigo del Clero una
exhortación pastoral,109 luego publicada en forma de artículo en el diario El Tiempo, en
la que justificaba tanto la idoneidad de la ceremonia como la intervención del presidente
Leguía en la misma. Pese a que el arzobispo pudo haber concebido dicho artículo como
un medio para reducir la tensión, la realidad es que sólo sirvió para exaltar aún más los
ánimos. Finalmente el día 20 de ese mes, el rechazo cobró forma en un movimiento de
protesta encabezado por los estudiantes de la universidad de San Marcos que recibió
amplia cobertura y atención por la prensa.
Desde el principio de las reacciones públicas y hasta el día 20, momento en el que
además dio comienzo la asamblea episcopal, el nuncio Petrelli mantuvo entrevistas
tanto con Leguía como con Lissón en las que ambos le transmitieron su confianza en
que los actos se desarrollarían sin incidentes. Luego, en la primera de las sesiones de la
asamblea episcopal, tras las explicaciones del arzobispo, ésta fue aprobada por el resto
de prelados. Al día siguiente, sin embargo, se produjeron tres hechos que agravaron la
situación: primero, se sumaron a las protestas los alumnos de las Universidades
Populares “González Prada” así como varias asociaciones obreras que, en opinión del
107
Aunque no hemos podido consultar el artículo referido por Petrelli, Basadre cita las primeras líneas de
la instrucción pastoral, éstas son: «Anúncioos un gran acontecimiento que será de grande gozo para
nuestro pueblo. La República peruana, católica por convicción, por tradición y por la Constitución, será
consagrada oficialmente al Sacratísimo Corazón de Jesús en el próximo mes y la imagen de ese
Sacratísmo Corazón de Jesús será entronizada en la plaza principal de esta capital. Tomada esta
determinación por el Episcopado nacional, interpretando la voluntad de sus feligreses, ha sido
comunicada al señor D. Augusto B. Leguía, Presidente constitucional de la República, quien, en su
calidad de Patrono de la Iglesia en el Perú, se ha dignado a tomar el acto bajo su oficial y alta protección y
señalará el día y dictará las medidas que estime convenientes», en Basadre, 1983: vol. IX, 295-6.
108
Perteneciente a todo el arco político-ideológico, incluidos tanto el órgano oficial del régimen La
Prensa como uno de los diarios de mayor prestigio y tirada El Comercio. “Informe nº91” de Petrelli a
Pietro Gasparri, del 8 de julio de 1923, en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 104,
Fasc. 386, f.8.
109
En la misma, Lissón respondía, específicamente a los artículos publicados en La Crónica y El
Comercio los días 16 y 17 de mayo, con las siguientes palabras «Según dice la constitución LA NACIÓN
PROFESA LA RELIGIÓN CATÓLICA, APOSTÓLICA ROMANA Y EL ESTADO LA
PROTEGE...¿Acaso no pueden los prelados prescribir actos de culto público a sus feligreses?...La
Crónica y el Comercio tratan de dar a este acto un carácter político que no tiene...hemos declarado alguna
vez y hoy lo repetimos LOS CATÓLICOS COMO CATÓLICOS NO FORMAN PARTIDO POLÍTICO
EN EL PERÚ, somos la Nación Católica Peruana...no somos ni podemos ser partido católico político.
Como peruanos podemos tener en política las ideas que mejor nos cuadren, como católicos no estamos
vinculados a ninguna agrupación política», en El Amigo del Clero MXXXVI (1 de junio de 1923),
pp.250-252.
123
La construcción de la Acción Católica en Perú
nuncio, hasta ese momento eran prácticamente desconocidas; segundo, los líderes del
movimiento convocaron una asamblea estudiantil contra la consagración para el día 23;
cuyo principal objetivo era manifestar su rechazo a la consagración tercero, grupos de
estudiantes y trabajadores recorrieron la ciudad con gritos de “abajo a los frailes”,
“abajo la imposición clerical”, “abajo el arzobispo” y similares que, al día siguiente,
amanecieron escritos en muros y fachadas.
El cariz que estaban adquiriendo los acontecimientos impulsó al nuncio a
intervenir de nuevo de tal forma que, en la sesión de la asamblea episcopal celebrada
ese mismo día, solicitó que se aprobara una ponencia por la que se retrasara el acto para
hacerlo coincidir con la celebración del centenario de la batalla de Ayacucho a finales
del año siguiente. Según Petrelli, el retraso permitiría evitar las tensiones existentes en
ese momento, y explicar y preparar convenientemente la consagración solicitando,
además, la colaboración del pueblo peruano. La propuesta fue desestimada por la
asamblea en la que Lissón expuso sus argumentos en pro del mantenimiento del acto,110
obteniendo primero el apoyo de los obispos de Trujillo, Huaraz y Huánuco, y luego de
la mayoría de la asamblea,111 para continuar adelante.
Entre el 21 y el 23 se produjeron nuevos incidentes. En la tarde de este último día
una multitud principalmente formada por estudiantes y obreros creó el llamado “Frente
Único”; el que presentó una serie de medidas para la laicización del Estado y resolvió
iniciar una marcha de protesta que devino en violentos y finalmente sangrientos
altercados entre los manifestantes y la policía, con resultado de cuatro muertos y veinte
heridos. Los altercados se intensificaron, la prensa arremetió contra el gobierno y el
arzobispo Lissón y, al día siguiente, dio comienzo una huelga general con el fin de que
fuese suspendida la ceremonia de consagración.
Los manifestantes fallecidos fueron velados en la universidad de San Marcos y el
día 24 por la mañana una comitiva extraordinariamente numerosa los acompañó hasta el
cementerio. Aunque la ciudad entera se encontraba de luto –el transporte público con
muy pocas unidades de servicio, las empresas y tiendas cerradas o bajo mínimos, etc.–
110
Especialmente dos. En primer lugar, su convencimiento de que era imposible que se produjera una
alianza efectiva entre estudiantes y obreros, lo que haría inviable el rumor sobre la proyectada huelga
general como forma de protesta frente a la consagración. En segundo lugar, su referencia a la opinión de
Leguía, quien desearía “a todo trance” seguir con los actos previstos.
111
A la asamblea no acudieron los obispos de Ayacucho, Cajamarca y Chachapoyas, y Mons Holguín se
sumó a las reuniones el día 23. Los delegados nombrados por los obispos titulares no se pronunciaron
sobre la propuesta al carecer de instrucciones al respecto, y sólo el obispo de Cuzco, Pedro Pascual Farfán
de los Godos, y Pedro Pablo Drinot i Piérola, invitado por cortesía, dieron su apoyo a la suspensión de los
actos.
124
La construcción de la Acción Católica en Perú
grupos de estudiantes y obreros continuaron recorriendo las calles con gritos de “muerte
al arzobispo” y “abajo el corazón de Jesús”. En opinión del nuncio, sólo las fuertes
medidas de seguridad desplegadas en esos momentos, especialmente en torno a
edificios sensibles como el Seminario, en el que se recluyó el arzobispo mientras
duraron los altercados, impidieron que se reprodujeran los disturbios y que tanto la
integridad de Lissón como los bienes de la Iglesia peruana se viesen afectados. En el
largo plazo, el dramático desenlace de la manifestación quedó indisolublemente ligado a
las vidas de Lissón, Leguía y Haya de la Torre.
Finalmente, el mismo día 25, el presidente Leguía a través del vice-presidente de
la cámara de diputados, Mariategui, comunicó a Lissón la conveniencia de suspender la
celebración y este último, muy a su pesar, emitió un decreto en ese sentido. La mañana
del día 26 todos los diarios recogían en su primera página el decreto de suspensión de la
consagración. Aunque la retractación arzobispal fue duramente criticada por la
prensa,112 el hecho de que esta fuera además interpretada como una importante victoria
de los manifestantes, y por lo tanto una derrota del arzobispo, facilitó que no se
reprodujeran los disturbios, se suspendiera la huelga general y Lima volviera a la
normalidad.
La valoración de Petrelli del intento de consagración ocupa las últimas seis
páginas del informe. En la misma, el nuncio: primero, volvía sobre lo sucedido entre los
días 20 y 25 de mayo de 1923, y sostenía que, si el arzobispo se hubiera plegado a su
voluntad y mostrado menos rígido en sus convicciones, se hubieran podido evitar tanto
los disturbios como el baño de sangre;113 segundo, reflexionaba sobre el pensamiento y
actuación del arzobispo, especialmente en lo relativo a la intervención de los católicos
en la sociedad.
En relación al primer punto, Petrelli concedía especial importancia a la
intervención de Lissón, ya descrita, ante la asamblea episcopal el día 21 mediante la que
obtuvo el respaldo de los prelados para continuar con los actos programados. El nuncio
112
El decreto suspendía la ceremonia y motivaba la resolución en varios “considerandos”, el primero de
los cuales afirmaba que la protesta contra la consagración había sido instrumentalizada por los enemigos
del gobierno y dirigida, en general, contra las instituciones sociales. Una vez redactado y revisado por el
nuncio y el ministro de Asuntos Exteriores en la tarde del día 25, ambos aconsejaron a Lissón eliminar
dicho considerando. Era conocido que, durante las asambleas celebradas, estudiantes y obreros habían
insistido en que su movimiento era de “Principios” y habían evitado injerencias de la clase política. El
empeño, como en otras ocasiones, fue inútil. El arzobispo no modificó su redacción y su publicación
levantó nuevas críticas. “Informe nº91” de Petrelli a Pietro Gasparri, del 8 de julio de 1923, en ASV, NP.
Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 104, Fasc. 386, f.23.
113
Ibíd. f.25.
125
La construcción de la Acción Católica en Perú
tenía razones para pensar que, en el transcurso de la crisis y cegado por su interés en
llevar a cabo la consagración, Lissón había tergiversado y ocultado información a la
Asamblea Episcopal. Tal y como le habría confesado Leguía, en el transcurso del día
21, el presidente no ordenó la suspensión de la ceremonia, pese a estar a favor de la
medida, por el denodado interés que Lissón mostró en que ésta se desarrollara según lo
programado y, en ningún caso insistió en éstos debían realizarse “a todo trance”, tal y
como Lissón habría informado a la asamblea más tarde. Además, ese mismo día, el
ministro de culto habría trasladado al arzobispo un comunicado del presidente del
consejo de ministros en el que recomendaba la suspensión de los actos, comunicado,
este último, que nunca mencionó Lissón a la asamblea.
En relación al segundo punto, Petrelli abordaba de un modo extenso la acción y el
pensamiento de Lissón, desde su convicción personal de que los graves altercados, y
especialmente los ataques a la Iglesia, ocurridos en Lima con motivo del intento de
consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús, se habrían podido evitar o reducir
de no ser por la escasa o nula movilización de los católicos en la sociedad peruana. Y
precisamente ahí, concluía el nuncio, residía la principal responsabilidad de Lissón;
siempre según el nuncio, desde el acceso de éste al arzobispado habría impedido
sistemáticamente tanto la creación de organizaciones católicas de carácter social o
político como la intervención de las ya existentes en la sociedad. Lo paradójico del
asunto era que, pese a que en diversas entrevistas privadas con Lissón, ambos habían
coincidido repetidamente en la necesidad de promover y organizar la defensa de los
principios católicos en la sociedad; llegado el momento de tomar decisiones, como
sucedió en la asamblea episcopal de mayo del año 23, el arzobispo repetía su viejo
argumento de que, en una nación de naturaleza católica como la peruana, la creación y
actuación pública de organizaciones que se declararan católicas sólo serviría para
acentuar las divisiones y debilitar la posición de la Iglesia. Por desgracia, en opinión del
nuncio, la situación revestía aún mayor gravedad ya que, incluso en el caso poco
probable de que Lissón cambiara de opinión y apoyara decididamente la creación de
asociaciones católicas de vocación sociopolítica, éstas se verían lastradas y mermadas
sus posibilidades de éxito por el escaso liderazgo y creciente desprestigio del arzobispo,
quien tenía en Leguía su único valedor.
Además de contener la primera censura de un representante papal a Lissón, la
valoración de Petrelli es especialmente relevante por citar una serie de errores
126
La construcción de la Acción Católica en Perú
cometidos por el arzobispo hasta 1923, algunos poco conocidos, que explicarían su
progresivo distanciamiento del clero peruano, éstos fueron:
1. Su tozudez, poca tolerancia, extrema independencia y escaso tacto en la acción de
gobierno.
2. Su polémica reforma de la administración de los bienes de los monasterios, de la
que daremos cuenta al abordar su gestión económica de la diócesis.
3. La publicación en 1923 de un Manual de Doctrina Cristiana, redactado por
Lissón, plagado de inexactitudes,114 y la obligación que impuso al clero y fieles
de la arquidiócesis para que fuera el único que emplearan en la enseñanza del
catecismo,115 especialmente en educación primaria. Conminado a modificar el
texto por el nuncio Petrelli, quien a su vez informó a la Santa Sede de lo
sucedido,116 en 1924 apareció una segunda edición corregida –según Drinot, por
un sacerdote ilustrado de la confianza del prelado– y se ordenó que la primera
edición fuera recogida.117 Pese a la obligación impuesta por Lissón, continuaba
Drinot, la mayoría de los colegios católicos de la capital no emplearon dicho
catecismo y sólo fue utilizado en algunos pertenecientes a congregaciones
femeninas y en escuelas regidas por seglares.118
114
Arzobispado de Lima, 1923.
Por decreto de 8 de diciembre de 1922.
116
Sabemos de la petición por la carta del nuncio Petrelli al secretario de Estado Gasparri, del 20 de enero
de 1923, en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 107, Fasc. 397, f.2-3.
117
La intención original del nuncio era que no se editara una segunda edición y se aguardara a la
publicación del esperado Catecismo Universal por la Santa Sede. Sin embargo, la confirmación por
Gasparri a Petrelli, del 20 de marzo de 1923, de la lentitud de los trabajos de redacción de este último
finalmente propició su publicación. La carta de Gasparri en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (19211925) B. 107, Fasc. 397, f.4.
118
A continuación, presentamos las modificaciones que se realizaron sobre la edición de 1923;
subrayaremos las partes que fueron extraídas (con referencia al número de página); e indicaremos, si
procede, en cursiva la redacción final en la segunda edición. En la página 6 del texto original «Sí hay
muchos seres que existen y no vemos ¿Dadme un ejemplo? El éter» (p6) [En su lugar, se escribirá “El
alma”]; extrae «La Iglesia enseña que la Virgen María es Madre de Dios, porque de la sangre de esta
Virgen formó el Espíritu Santo el cuerpo del hijo de Dios.» (p33) [Substituye por: La Iglesia enseña que
la Virgen María es Madre de Dios, porque el Arcangel Gabriel dijo a María “concebirás y darás a luz
un hijo será llamado el Hijo del Altísimo”. Luc. I. 32.]; extrae «¿Cómo preparó Dios a José? Dios preparó
a José purificándolo del pecado original antes de que naciese » (p34); extrae: «¿Quién puede decir si un
pecado es venial o mortal? Sólo Dios que conoce perfectamente nuestra alma puede decirnos si un pecado
es venial o mortal» (p58); extrae: «¿Cuál es la señal del perdón de los pecados? La señal del perdón de los
pecados en la Iglesia de Cristo son los sacramentos» (p58) [Sustituye por:¿Cuál es el medio de conseguir
el perdón de nuestros pecados? El medio de conseguir el perdón de los pecados en la Iglesia de Cristo
son los Sacramentos unidos con el arrepentimiento del alma.]; extrae «Las partes esenciales de todo
sacramento son: la materia, la forma y el ministro» (p69) [Sustituye por: Las partes esenciales de todo
sacramento son la materia la forma y la intención del que lo administra y del que lo recibe]; extrae
«¿Cómo se hizo la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo? La conversión del pan
y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, se hizo por las palabras del Hijo de Dios» (p82) [Sustituye
por: ¿Cómo se hace la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo? La conversión del
115
127
La construcción de la Acción Católica en Perú
4. La referida oposición del arzobispo a la creación de organizaciones católicas que
participaran en la vida política, hasta el punto de amenazar con su dimisión si la
mayoría de la asamblea episcopal acordaba impulsarlas.
Pese a las diferencias al interior de la jerarquía, la Asamblea Episcopal de 1923
acordó la formación de la Acción Social Católica según el modelo de Lissón; esto es,
como asociación de ámbito nacional,119 cuya actividad debía ser aplicada desde
directorios diocesanos y, por primera vez, parroquiales. Luego, ni la cancelación de la
consagración del año veintitrés ni las críticas ese mismo año de Petrelli, y especialmente
intensas de Drinot al año siguiente,120 lograron desviar a Lissón de su programa. En
1924, el arzobispo completaba su propuesta de acción católica mediante una nueva carta
pastoral, que establecía la creación de asociaciones de familia de ámbito parroquial,
divididas en cinco grupos (Padres, Madres, Jóvenes hijos, hijas y niños), con integrantes
y objetivos propios;121 con la obligación de cooperar entre ellos y someterse a la
dirección de una Junta General de las familias, que debía reunirse anualmente. Y en
1926, a través de la Constitución 18ª (sobre la parroquia y su organización) del XIII
Sínodo de la Arquidiócesis de Lima, definía la parroquia, como «…la organización
católica fundamental e indispensable»; subrayaba el papel de las familias en su
actividad apostólica;122 y la condición del párroco, como «…jefe y padre espiritual de
pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo se hace por las palabras de Jesucristo repetidas por el
sacerdote]; extrae «La virtud de la caridad es el hábito de querer a Dios por su infinita perfección y amor
para nosotros » (p102) [Sustituye por: La Virtud de la caridad es la presencia y acción constante del
Espíritu Santo en nuestras almas Y añade porque san Juan dijo “El que permanece en la caridad,
permanece en Dios y Dios en él”. I, Joan, 4, 16.]. En la 2ª edición corregida hay una corrección a mano
que extrae « ¿Cuándo se convierte en vino la sangre de Nuestro Señor Jesucristo?» (p157) y, en su lugar
escribe « ¿Cuándo se convierte el vino en la sangre de Nuestro Señor Jesucristo? (en XII del Resumen
Brevísimo de la Doctrina Cristiana de la Edición de 1924). Arzobispado de Lima, 1923 y Arzobispado de
Lima, 1924.
119
Dirigida por un consejo central formado por Belisario P. Philipps, subdirector, Gonzalo Herrera,
secretario, y Jerónimo Herrera, tesorero, y presidido por Mons. Drinot i Piérola, quien además debía
redactar «…el Catecismo de la “Acción Social Católica” haciéndolo conocer previamente a los Obispos»,
del que por cierto no tenemos notica. Datos contenidos en “Acuerdos, declaraciones y recomendaciones
de la asamblea episcopal de la provincia eclesiástica del Perú. Celebrada en Lima en mayo de 1923” en El
Amigo del Clero MXXXVIII (1 de julio de 1923), pp.292-298.
120
Mediante un memorial reservado, que analizamos más adelante, Drinot informó a Gasparri, secretario
de Estado de la Santa Sede, sobre, en su opinión, los graves errores en el gobierno y régimen de Lissón.
Memorial reservado de Drinot i Piérola al Secretario de Estado de S.S., Mons. Gasparri, sobre Lissón,
[s.f.] (por información contenida en el mismo, se redactó en 1924). ASV, NP. Monseñor Gaetano
Cicognani (1928-1936) B. 141, Fasc. 532, ff.2-38.
121
Genéricamente a los padres se les encargaba la policía moral de la parroquia (ayudar a desterrar los
prostíbulos, controlar la exhibición de películas, etc…), a las madres el cuidado de la moral y costumbres
en el hogar, a los jóvenes varones fomentar la unión de la juventud parroquial (para ello se les encargaba
la formación de sociedades atléticas, círculos de estudio…), a las hijas el fomento de la caridad y la
piedad, y, por último, a los niños dar esplendor al culto.
122
«Art. 60. La organización básica de toda parroquia es la presentada por Leon XIII…la Asociación de
las Familias Cristianas…cuatro ramas: Padres de Familia, cuya misión es vigilar y trabajar por la
128
La construcción de la Acción Católica en Perú
esta comunidad cristiana…presidente del clero y los fieles de la parroquia», de modo
que toda acción religiosa debía someterse a su autoridad o, en otras palabras, que todas
las asociaciones seglares, como las Terceras Ordenes, Cofradías, Archicofradías,
etc…no podían ejercer sus funciones sin su aprobación.123
Sin embargo, a partir de varios informes del nuncio, sabemos que los “esfuerzos”
de Lissón no darían apenas fruto, los párrocos generalmente no implementarían la
acción católica en sus parroquias y, al igual que en el pasado, las únicas asociaciones
que continuarían desarrollando actividades de apostolado seguirían siendo las
femeninas, de finalidad exclusivamente piadosa o con motivaciones religioso-sociales
como la Unión Católica de Señoras.124 Situación bien conocida por el arzobispo, a la luz
del crudo informe sobre el estado de la arquidiócesis de Lima que envió al nuncio
Petrelli (1921-1926) a finales del año veinticuatro, en el que decía textualmente:
[…] aunque hemos recomendado la visita anual domiciliaria y el censo parroquial
ninguno lo ha practicado aún debidamente salvo uno o dos. // Sobre los párrocos del
clero secular //[…] con muy pocas excepciones, no conocen a los feligreses, no les
visitan, ni generalmente les acompañan a la sepultura, a pesar de nuestras
advertencias // Hay mucha rutina en la administración de los sacramentos y
asistencia de los enfermos y moribundos// […] no preparan generalmente a los niños
para la primera comunión// […] no les siguen instruyendo tras la primera comunión//
Los niños de las ciudades donde hay comunidades religiosas generalmente no
conocen al párroco// […] no hay censo parroquial […] no se conoce el número de los
que van a misa los domingos, ni de los que cumplen con el precepto de la confesión
y comunión […] no hay obras para la moralización del pueblo y defensa de la Fe
fuera de las Iglesias...visitan los anexos una vez al año [...] [allí] celebran algunas
misas, bautizan niños...pocos son los que predican o llevan un sacerdote que lo
haga... En la última visita hemos encontrado pueblos muy ávidos de religión, pero
muy descuidados en materia de instrucción religiosa y organización parroquial. //
[...] no falta tanto el personal cuanto el ideal de la COMUNIDAD CRISTIANA tanto
en los fieles como entre los sacerdotes del clero secular y regular. 125
conservación de la moral y orden público, en la comunidad cristiana y en sus manifestaciones
exteriores…Madres Cristianas,…objeto conservación de la piedad, y la pureza de las costumbres en los
hogares. Jóvenes hijos de Familia, cuyas cualidades deben aprovecharse en todo aquellos que requiera
actividad y trabajo. Srtas Hijas de la Familia, con todas las manifestaciones de caridad y piedad que son
propias de su edad y de su sexo», extractado de las “Actas y Constituciones del XIII Sínodo Diocesano”
contenido en El Amigo del Clero I (18 de setiembre de 1927). Nosotros hemos consultado una copia
depositada en ASV, NP. Monseñor Serafino Cimino (1926-1928) B. 121, Fasc. 466.
123
«4)- Según el Código de Derecho Canónico, no existen asociaciones de seglares exentas, por
consiguiente están bajo la autoridad de los párrocos todas las Terceras Ordenes…y demás pías
asociaciones de seglares existentes en sus parroquias, y los directores de estas asociaciones no pueden
ejercer funciones en ellas sin aprobación del párroco». Extractos de las Actas y Constituciones del XIII
Sinodo Diocesano [de Lima] adjuntas al “Informe 157 “Circa Azione Cattolica” de Cicognani al
secretario de Estado, Eugenio Pacelli, del 15 de octubre de 1930, en ASV, NP. Monseñor Gaetano
Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, f.51.
124
Carta, del 15 de enero de 1925, de Petrelli a Donato Sbarreti, Prefecto de la Santa Congregación del
Concilio, en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 414.
125
Las mayúsculas en el original, la cursiva es nuestra. Carta de Emilio Lissón a Petrelli, del 14 de
noviembre de 1924, contenida en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 110, Fasc. 414.
129
La construcción de la Acción Católica en Perú
Así pues, por el momento, se cumplían los malos pronósticos contenidos en el
Memorial de Drinot del año 1924, antes citado. Lissón sólo admitía organismos y
asociaciones de acción católica si estaban engarzados y sometidos a la acción parroquial
y bajo la autoridad inmediata del párroco; y éstos, en su gran mayoría, o no
fructificaban o estaban condenados al fracaso.
La realidad, parecía dar la razón a un Drinot que ya había augurado las escasas
posibilidades de éxito del proyecto de acción católica de Lissón, argumentando que
éste:
 Primero, se apartaba de la práctica común en el occidente católico; donde las
organizaciones de acción católica dirigían su acción al conjunto de la nación;
donde, por recomendación de la Santa Sede, algunas obras de la acción católica –
aquellas de carácter económico-social o aquellas en la que el fin religioso se
combinaba con otro de carácter político y civil‒ eran dirigidas por seglares; y
donde la acción católica alcanzaba regiones en las que no había parroquias, como
las prefecturas apostólicas y los territorios de misiones, o allí donde la parroquia
tanto dañaba que, en su opinión, sería preferible destruirla o reformarla.
 Segundo, limitaba enormemente la implementación de la acción católica en el
Perú, al carecer el país de muy pocos párrocos que por condiciones y aptitudes
pudieran ingresar en la acción católica.
2.2.2. Diferencias sobre la Acción Católica y el declive de Lissón
Pese a la sucesión de fracasos, o precisamente por ellos, la firme voluntad de la
Santa Sede, expresada en reiteradas ocasiones por los nuncios, por organizar la Acción
Católica peruana, en la línea marcada por Pio XI (1922-1939), provocó que ésta se
mantuviera como uno de los temas centrales en el VIII Concilio Provincial Limense,
celebrado en 1927,126 y que los avances y las dificultades existentes para su
implementación fueran seguidas con atención desde Roma.
En este apartado, en primer lugar, dirigiremos nuestra atención a las principales
desavenencias que se manifestaron en el transcurso del concilio limense entre el
arzobispo y el resto de prelados peruanos. Luego analizaremos las reacciones derivadas
de la oposición de Lissón a la implementación de la Acción Católica, en la forma
126
«El Concilio dio comienzo el día 30 de agosto de 1927, fiesta de Santa Rosa de Lima, y se clausuró el
12 de noviembre de ese mismo año», en Saranyana, 2010: 162.
130
La construcción de la Acción Católica en Perú
impulsada por la Santa Sede y respaldada por la mayoría de la jerarquía católica
peruana. Para ello, contamos con tres fuentes principales: primero, el informe sobre
dicho concilio, redactado por Mons. Lagui, oficial de la nunciatura, por encargo del
nuncio Serafino Cimino, y enviado el 5 de marzo de 1928 al cardenal Pietro Gasparri,
secretario de Estado de su S.S.;127 segundo, una extensa carta enviada por el nuncio
Cicognani al secretario de Estado, Pietro Gasparri, pocos meses antes de la dimisión de
Lissón, relativa a la organización de Acción Católica en Perú;128 y tercero, la
documentación relativa al periodo 1927-30 adjunta a dicha carta y compuesta,
principalmente, por la correspondencia de varios actores principales con la Nunciatura y
el Santa Sede, entre ellos Drinot i Piérola, el jesuita Valentín Sánchez, y el presidente
tanto de la Unión Católica como de la Junta Organizadora de la Acción Católica en
Perú, Fernando Ortiz de Zevallos.
La documentación del concilio provincial de 1927, especialmente la relativa a las
deliberaciones y a las votaciones, indica que el arzobispo mantuvo posiciones propias y
alejadas de la mayoría episcopal en relación a los siguientes asuntos. Primero, sobre el
modo de gestionar las rentas y bienes eclesiásticos.129 Segundo, sobre el modo de
gestionar la prensa católica y, en particular, sobre las actividades del diario católico, La
Tradición, propiedad de la Iglesia y dirigido por personal de confianza de Lissón.130
Tercero, sobre un proyecto de vida común del clero secular impulsado por el arzobispo
limeño.131 Cuarto, sobre la Universidad Católica.132 Quinto, y objeto de especial interés
127
Mons. Cimino, nuncio desde 1926 y enfermo en el transcurso del VIII Concilio Provincial, delegó en
el oficial de la nunciatura, Mons. Aldo Lagui, tanto la recopilación y envío a Roma de la documentación
como la redacción de un informe sobre sus impresiones personales de lo ocurrido en el transcurso de los
debates del concilio, donde la intervención de los católicos en política fue tratada de forma reiterada y
suscitó cierta polémica. “VIII Concilio Provinciale Limeno” en ASV, NP. Monseñor Serafino Cimino
(1926-1928) B. 121, Fasc. 466.
128
“Informe nº157 “Circa Azione Cattolica”, del 15 de octubre de 1930, en ASV, NP. Monseñor Gaetano
Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, ff.3-23.
129
Tal y como recoge Saranyana, entre otras medidas, Lissón presentó una propuesta de emisión de bonos
mediante los que financiar a la Iglesia peruana, que motivó amplia discusión y finalmente fue aplazada.
Saranyana, 2010: 176-177.
130
En el informe citado de Mons. Lagui se relatan las maniobras realizadas por Lissón y su socio Mr.
Reed (exmasón y exprotestante) para manejar el periódico La Tradición pese a las denuncias de
inmoralidad, la importante deuda que arrastraba y los intentos de Farfán y Holguín, obispos
respectivamente de Cuzco y Arequipa, para remover a Reed y situar un director católico (Oscar Fritz) y
un comité de censura católico. “VIII Concilio Provinciale Limeno” en ASV, NP. Monseñor Serafino
Cimino (1916-1928) B. 121, Fasc. 466.
131
Esta propuesta perseguía preservar a los sacerdotes de los peligros a los que se enfrentaban en los
primeros años de labor y su gestación, según Saranyana, se remontaba a la primera década del siglo XX.
Sin embargo, al parecer de dicho autor, el empeño infructuoso de Lissón por aprobarla de forma literal a
su redacción, le «…distanció de algunos de sus sufragáneos y le creó mal ambiente en algunos sectores
eclesiásticos. Al defender este sodalicio clerical, el arzobispo se ganó, además, la fama de ser poco ducho
en teología y cánones», en Saranyana, 2010: 179.
131
La construcción de la Acción Católica en Perú
en este apartado, sobre la intervención de los católicos en la sociedad, particularmente
sobre la acción católica y su relación con la política.
Según el informe de Lagui, al comienzo del concilio el nuncio Serafino Cimino
conminó a los reunidos a coordinar las obras católicas existentes e impulsar nuevas
iniciativas de acción católica mediante la creación de una asociación de ámbito nacional
dirigida desde un órgano de dirección central situado en Lima; éste, estaría compuesto
por el arzobispo y los delegados de los obispos -seglares o clérigos-. En el transcurso de
las deliberaciones, Lissón defendió un modelo algo confuso de acción católica, centrado
en las parroquias, que se apartaba de las directrices de la Santa Sede, y reiteró su
oposición a la creación de un partido político católico; en ningún caso obtuvo el apoyo
de la mayoría de los obispos y delegados.133 En nuestra opinión, la disensión en el seno
de la asamblea provocó que los decretos conciliares relativos a la Acción Católica,134
primero, enfatizaran aquellos aspectos en que existía acuerdo, como la obligación de
todo católico a participar en dicha organización o la declaración de su preminencia entre
las actividades del apostolado seglar; segundo, se limitaran a sugerir al clero y los fieles
católicos algunos criterios de actuación política;135 y, por último, delegaran una vez más
la definición normativa y organizativa a su recién nombrado asistente o director, Mons.
Drinot i Piérola.
Al finalizar el concilio el futuro de la Acción Católica peruana parecía prometedor
pues, por un lado, se había entregado su dirección a miembros del clero con experiencia
132
En el transcurso del concilio, según Lagui, Lissón volvió a manifestar sus reparos a la Universidad
Católica y a negarle su apoyo público por los siguientes motivos: primero, por considerar que su
fundación fue innecesaria, y que lo verdaderamente esencial era ganar la Universidad de San Marcos a la
causa católica; segundo, por desarrollar su actividad con una elevado grado de independencia de la
autoridad eclesiástica; tercero, por no contar todavía con la aprobación definitiva de la Santa Sede. “VIII
Concilio Provinciale Limeno” en ASV, NP. Monseñor Serafino Cimino (1916-1928) B. 121, Fasc. 466.
133
En relación a este asunto, las actas conciliares consultadas por Saranyana muestran que el obispo
intentó que se aprobara la siguiente resolución: «El Concilio provincial declara de conformidad con las
instrucciones pontificias, que ni el clero, ni las asociaciones, ni instituciones católicas, ni los católicos
como tales, forman en el Perú partido católico; que los católicos, como ciudadanos, pueden afiliarse al
partido político que quieran, según los dictados de su conciencia, y que en toda institución social,
financiera o política deben dirigir sus actos por los principios de la religión católica», pero fue rechazada
por 11 votos contra 1. Saranyana, 2010: 174.
134
Decretos, 1934.
135
«62. Cuando la política no sea de principios o ideales católicos sino de bandos y partidos, los católicos
podrán abstenerse de favorecer a cualquiera de los partidos en lucha” y “64. No es prohibido a los
eclesiásticos, antes bien puede ser necesario, en ciertos casos, que hagan uso de sus derechos políticos
dando su voto en las elecciones…//65. El ordinario tiene el derecho y el deber de prohibir a sus
eclesiásticos toda acción o intervención en política que no sea conforme con las instrucciones de la Santa
Sede…». La cursiva es nuestra. Ibíd.: 26-27.
132
La construcción de la Acción Católica en Perú
como Belisario P. Philipps,136 los padres Valentín Sánchez, viceprovincial de los
jesuitas, y Luis Pedemonte, superior de los salesianos, y el franciscano Francisco
Aramburu.137 Por otro, se había encargado la redacción de la normativa y régimen
internos a su director —el primero y más experimentado de todos ellos– Mons. Drinot i
Piérola. En pocos meses éste publicaba el Manual de “Acción Católica” dedicado al
pueblo peruano138 y se ponía en marcha tanto la Junta Organizadora de la Acción
Católica en el Perú (JOACP) como el embrión de la principal asociación de acción
católica de la República en la década siguiente, la Acción Católica de Damas Peruanas.
Sin embargo, igual como había sucedido tras las asambleas de 1921 y 1923, los
primeros pasos de la acción católica tras los acuerdos de la asamblea de 1927 fueron
decepcionantes, según sus dirigentes, por la insalvable oposición del arzobispo. Eso sí, a
diferencia de lo ocurrido en el pasado, esta situación produciría un grave malestar en el
seno de la Iglesia, especialmente en el nuncio y en aquellos llamados a liderar el
movimiento seglar, y junto a otras causas, de índole económica, social y política,
favorecería el lento aunque inexorable declive de Lissón y, finalmente, su relevo en
enero de 1931.
Con todo, antes de entrar en este último asunto, conviene presentar el referido
manual de Drinot porque, primero, contiene el pensamiento del prelado y de la mayoría
de la jerarquía católica peruana sobre la AC que, además, recibió la aprobación de la
Santa Sede; segundo, y en estrecha relación con lo anterior, el texto nos permite situar la
posición de los prelados peruanos en la polémica que mantuvieron con el arzobispo
sobre las obras y el liderazgo de la Acción Católica y que, finalmente, contribuyó a la
dimisión de este último; tercero, el modelo recogido en el manual de Drinot fue
referente esencial en la definición y estructura de la Acción Católica peruana en la
década siguiente.
136
Belisario P. Philipps nació en 1879, obtuvo el doctorado en Teología en 1903 y dos años más tarde fue
nombrado catedrático de la Facultad de Teología. Desde 1911 era decano de dicha Facultad y había
ocupado el puesto de director de la Revista Católica y de El Amigo del Clero, publicación de la que en
esos momentos era redactor. Miembro de la Beneficencia de Lima de 1913 a 1930 y del Consejo
Nacional de Enseñanza, como delegado del gobierno desde la creación de este consejo en 1924 hasta su
supresión en 1930. Teólogo Consultor de la Unión Católica de Caballeros, presidente del Comité
Arquidiocesano de la Buena Prensa que creo la hoja dominical Acción Católica Peruana. Director de la
Sindicatura Eclesiástica desde 1924, el primero de enero de 1936 ascendía a la Categoría de Arcediano,
moría tres años más tarde, el 7 de julio de 1939. La gran parte de la información expuesta procede de El
Amigo del Clero MCCCXLVI (febrero 1936), p.54.
137
Hasta ese momento Francisco María Aramburu, hermano menor franciscano, del Convento de los
Descalzos de Rimac, había destacado en Lima por fundar y promover las Conferencias Sociológicas para
obreros, las Conferencias para Damas y por ser director de la Unión Católica de Señoras durante seis
años. Maestu, 1965: 37-38.
138
Drinot i Piérola, 1928.
133
La construcción de la Acción Católica en Perú
El proyecto de Acción Católica en el Perú por Drinot i Piérola en 1927.
La definición, ámbitos de actuación (religioso, social, económico-obrero y
político) y estructura del proyecto de Acción Católica liderado por Drinot en 1927 lo
hacía heredero natural de sus anteriores tentativas, especialmente del modelo de ACS de
1921. Sin embargo, incluía las siguientes novedades y aspectos que interesa subrayar:
 Despojaba a la asociación del apelativo social. Definía la acción católica en su
concepción moderna o estricta, como “…el apostolado social de los fieles
católicos, puesto al servicio y bajo la dependencia del Apostolado Jerárquico de
la Iglesia, para restaurar, en los pueblos, el orden cristiano”.139 Con el objeto de
disipar cualquier duda, igualmente exponía lo que debía entenderse por
apostolado social,140 apostolado jerárquico,141 y orden cristiano.142
 Relativo a los campos de actuación, en el religioso, introducía una iniciativa
nueva: las Colonias Parroquiales,143 en la forma de misiones católicas de carácter
colonizador y, al mismo tiempo, de servicio religioso a las comunidades
indígenas, tradicionalmente abandonadas por las parroquias; en el ámbito político,
no modificaba un ápice su anterior posición. Así, dedicaba un apartado a detallar
las razones que hacían necesario que la ACP colaborase en la formación de un
partido católico,144 y otro a las obras que con dicha finalidad debía desarrollar,
139
Definición que concretaba en los siguientes puntos, «1º. La “Acción Católica”, es una participación del
elemento laico, (o sea de los simples fieles) en el apostolado jerárquico de la Iglesia; //2º Esta
participación, en el apostolado propio de la Iglesia, es deber religioso que, en algún grado y modo,
incumbe a todos los fieles católicos; //3º. El carácter propio, distintivo, de esta cooperación de los fieles
en la A.C. es el constituir una actividad social organizada; //4º La finalidad propia de esta actividad social
o sea de la A.C. es establecer el apostolado de los fieles católicos, puesto al servicio y bajo la
dependencia del Apostolado Jerárquico de la Iglesia, para restaurar en los pueblos, el orden cristiano, tal
y como, la Iglesia Católica, lo entiende y promueve». En cursiva en el original. Ibíd.: 4-5.
140
«…se propone propagar el conocimiento y la observancia de la doctrina enseñada por N.S. Jesucristo.
//…por la actividad social de los fieles católicos, constituidos y organizados en Sociedad…para poder
realizar este lema fundamental de la A.C. “Cristianizar la Sociedad por la Sociedad”». En cursiva en el
original. Ibíd.: 6.
141
«…el que en ella ejercen los que pertenecen a la Jerarquía Eclesiástica.//…1ºel Papa…2º los
obispos…3º los sacerdotes bajo la autoridad de los obispos», en Ibíd.: 7.
142
«…1º la Doctrina Cristiana, o sea, el Dogma o conjunto de enseñanzas reveladas por N.S.
Jesucristo…2º la Moral Cristiana, o sea el conjunto de preceptos o consejos, promulgados por N.S.
Jesucristo, en su evangelio…». En cursiva en el original. Ibíd.: 8.
143
Mediante la creación de un asentamiento formado «…por lo menos de una docena de familias que
viene a colonizar (más adelante se aconseja que sean catalanas o vascuences); de un grupo de misioneros
católicos, prefiriendo los que pertenezcan a una Comunidad de Religiosos, los cuales escogerán esas
familias i otra Comunidad de religiosas que integrará la misión», en Ibíd.: 78.
144
«…[Dios], para asegurarles el inmenso beneficio, que par un pueblo significa la predominante
influencia de su Iglesia, quiere y manda que los ciudadanos, según sus luces y jerarquía social, defiendan
por todos los medios humanos honestos, esa fé…Entre esos medios humanos honestos, debemos contar,
en primera fila y como necesidad de los actuales tiempos, necesidad urgentísma, moral, social y religiosa,
134
La construcción de la Acción Católica en Perú
como la creación de un Catálogo de electores católicos, la propaganda en favor de
candidatos católicos, la ilustración del pueblo, etc.; y, además, insistía en
aprovechar para dicha labor a las asociaciones Unión Católica de Caballeros,
Centro de la Juventud Católica, Acción Social de la Juventud, Caballeros de
Colón, Terceras ordenes franciscanas, círculos obreros, y otras análogas.
 Por lo que respecta a su organización interna, establecía los siguientes órganos de
decisión, similares a los del proyecto de 1921: primero, la Asamblea Episcopal
Peruana, que generalmente actuaba a través de un representante suyo, llamado
Asistente de la ACP; segundo, el Consejo Central de la ACP Nacional, encargado
de coordinar y dirigir la labor diaria de la asociación; tercero, el llamado
Secretariado Central, compuesto por personal exclusivamente femenino y con las
funciones de formar una Biblioteca Católica, archivar y analizar toda la
documentación relativa a la asociación (correspondencia, publicaciones…) con el
objeto de estar en disposición de resolver las preguntas o dudas expuestas por el
Consejo Central u otras oficinas de la acción católica; y, cuarto, aquellas oficinas
que debían extender la acción católica efectivamente por el país, es decir las
Juntas o los Consejos Diocesanos y Parroquiales. Sin embargo, a diferencia del
proyecto de 1921, en primer lugar, no asignaba al arzobispo la consideración de
presidente y primera autoridad de la ACP. En segundo lugar, reconocía la
importante labor desplegada por las asociaciones femeninas católicas, mantenía
las importantes asignadas a las mujeres de la organización, realizaba un
llamamiento a «…la indispensable cooperación religiosa i social de la mujer
ilustrada»145 y dedicaba un capítulo a la organización, atribuciones y principales
obras de la rama femenina de la acción católica, con el nombre de Acción Católica
de Damas Peruanas (en adelante ACDP).
2.2.3. Desde el VIII Concilio Provincial Limense hasta la salida de Lissón
Mons. Cimino falleció el 4 de mayo de 1928,146 y fue sustituido ese mismo año
por Mons. Cicognani, quien ocuparía el cargo hasta 1936. Significativamente, pasaron
dos años hasta que el nuevo nuncio informó a Roma sobre la situación de la acción
católica en el Perú. En nuestra opinión, tal y como veremos más adelante, el
la organización de un partido político; llámesele como se quiera, pero partido de acción política,
netamente católica», en Ibíd.: 53.
145
Ibíd.: 60.
146
Saranyana, 2010: 161.
135
La construcción de la Acción Católica en Perú
descubrimiento a finales de 1928 de la delicada situación económica de la arquidiócesis
y la posibilidad de solucionarla o, al menos, paliarla gracias a la estrecha relación que
Lissón mantenía con el presidente Leguía, pudo contribuir a que Cicognani relegara su
preocupación sobre la acción católica a un segundo plano, más si cabe cuando dicho
tema, como vimos tan problemático, podía entorpecer la solución de lo más urgente.
A principios de 1930, sin embargo, en un contexto político y económico en rápido
deterioro –estrechamente relacionado con la crisis de Wall Street en octubre del año
1929 y la catástrofe de los mercados europeos y americanos que luego sobrevino– el
nuncio modificó su actitud hacia Lissón. Por una parte, hizo cumplir la resolución de la
Santa Sede para encauzar la situación financiera de la arquidiócesis, como veremos,
según la que se nombró una comisión asesora para la resolución de los problemas
económicos del arzobispado y se suspendió a Lissón toda facultad relativa a la gestión
de los bienes de los monasterios. Por otra, en sendas cartas del 25 y 27 de marzo
respectivamente, tanto al prefecto de la Santa Congregación del Concilio, Mons. Donato
Sbarreti, como al secretario de Estado de S.S., Mons. Eugenio Pacelli, el nuncio expuso
y censuró el ideario y la conducta de Lissón, especialmente en lo relativo a la acción
católica, y los perjuicios causados a la Iglesia por ellos.
En la primera misiva, el nuncio trasladaba a Sbarreti su preocupación por las
consecuencias para la Iglesia peruana derivadas de la acción de gobierno de Lissón.
Particularmente, le escandalizaba el exagerado optimismo del arzobispo, su
permisividad respecto a la línea editorial del diario La Tradición, propiedad de la
arquidiócesis, así como diversas directrices del mismo, que el nuncio calificaba como
“non resistencia al male”, encaminadas a prohibir la acción pública y coordinada de los
católicos ya fuera en defensa de la Iglesia o contra los enemigos de ésta.
En la segunda comunicación, dedicada íntegramente a Lissón, Cicognani ofrecía
información de primera mano y reproducción de textos del prelado limeño como el
publicado en 1928 en el que defendía tanto la actual relación entre la Iglesia y Estado
peruanos como el hecho de que en Perú no hubiera un partido que se titulara católico.
Además, el nuncio señaló su intención de preparar un informe sobre la concepción
social y religiosa de Lissón; no sin antes subrayar la oposición de Lissón a cualquier
asociación o institución (educativa, social o incluso religiosa) que llevara el apelativo de
católica.147
147
Carta, del 25 de marzo de 1930, de Cicognani a Donato Sbarreti Prefetto della SC del Concilio en
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognai (1928-1936) B. 139, Fasc. 527 ff.20-30 y “Informe nº 135”, del
136
La construcción de la Acción Católica en Perú
Precisamente cuando la crisis económica se empezó a ver en el país, 148 aunque
aún sin conocer el alcance que ésa tendría, sobrevino el derrocamiento del dictador.
Tras once años en el poder y superar varios atentados contra su vida así como diversos
intentos de golpe de Estado, el régimen de Leguía fue depuesto gracias al levantamiento
encabezado por el comandante Sánchez Cerro en la ciudad de Arequipa el 22 de agosto
de 1930.149 Los insurgentes, apoyados en un memorial-carta de presentación, que
recibió el nombre de Manifiesto de Arequipa –construido sobre un discurso
moralizante, constitucional, descentralista y redistribucionista–, en seguida despertaron
la simpatía de la opinión pública, especialmente entre las masas populares y el ejército.
Sin apenas resistencia, los alzados derrotaron a un régimen político muy desprestigiado
tanto por su carácter dictatorial y elevada corrupción como, en opinión de muchos, por
su supuesto entreguismo territorial y económico, evidenciado en su dependencia del
capital extranjero y firma de tratados favorables a las ambiciones territoriales
colombianas y chilenas. La caída de Leguía incrementó fuertemente las tensiones
políticas internas y dejó desguarnecida a una Iglesia debilitada que, de forma precitada,
fue obligada a navegar en el mar bravío en el que se convirtió Perú al principio de la
década de 1930.
Transcurridos casi siete meses, y una vez superados los episodios más críticos
para la Iglesia que vieron también los ajustes de cuentas de los golpistas sobre los
vencidos,150 Cicognani enviaba al secretario de Estado, Eugenio Pacelli, el anunciado
27 de marzo de 1930, de Cicogani al secretario de Estado de la Santa Sede, Eugenio Pacelli, en ASV, NP.
Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 133, Fasc. 506.
148
En este sentido, es interesante recuperar las palabras de Cicognani, casi premonitorias, sobre el estado
de crisis que vivía el país pocos días antes del levantamiento revolucionario: «Le condizione economiche,
sempre più critiche, concorrono, come più volte ho accennato, arrendere la situazione più malagevole: le
tasse sono in aumento e alcune assai alte, le opere pubbliche, che costitucono la gloria principale delle
molte attività dispiegate dal Presidente Leguía e hanno dato al suo Governo un’impronta marcata di
progresso, sono in gran parte paralizzate, la principali fabbriche riducono il personale e la disoccupazione
si fa allarmante, il cambio monetario soffre continui ribassi ed il commercio ne è scosso», en Ibídem.
149
Basadre aporta información contradictoria al respecto de la graduación de Sánchez Cerro; por un lado,
informa que Sánchez Cerro fue ascendido a teniente coronel en febrero de 1930; por otro, al analizar la
Junta de Gobierno que asume el poder tras la caída de Leguía señala que «Tres coroneles y un teniente
coronel se subordinaron a un comandante [Sánchez Cerro]», respectivamente, en Basadre, 1983: vol X,
68 y 70.
150
Según informaba el nuncio a Roma, «...scoppiò il movimento rivoluzionario di Arequipa...Lissón una
ver fortuna trovarsi lontano di Lima...manifestazioni fatte dinnanzi al Palazzo Arcivescovile e al
Seminario, con grida di abbasso e morte, i giornali ricordarono la sua amicizia con il regime
caduto...propose di aprire un processo contro di lui per le vittime che caddero in occasione della
progettata Consacrazione della Repubblica al Sacro Cuore di Gesù (Informe nº91 de Petrelli)...il Capo de
la Chiesa Peruviana accusato di delitti comuni…», en carta de Cicognani a Pacelli, secretario de Estado
de la Santa Sede, del 25 de enero de 1931, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B.
140 Fasc. 528.
137
La construcción de la Acción Católica en Perú
informe titulado “Circa Azione Cattolica”;151
éste,
apoyado
en
abundante
documentación, tenía como objeto mostrar a la Santa Sede las causas que habían
motivado el escaso o nulo desarrollo de la Acción Católica en el Perú. El informe era,
por una parte, una justificación del escaso éxito de los nuncios que le habían precedido
en la promoción de esta forma de apostolado social –más si cabe desde que la realidad
se había ajustado a los malos presagios que la Santa Sede había comunicado a su
predecesor, Mons Cimino (1926-28);152 por otra, expresión de la acuciante necesidad de
formar al laicado católico en sus deberes y obligaciones, y organizarlo para intervenir de
un modo eficaz en la sociedad. Dificultad que se hizo especialmente evidente en un
momento marcado por las graves consecuencias que, muchos auguraban, recaerían
sobre la Iglesia debido a la estrecha relación que había mantenido con el régimen caído.
El informe de Cicognani, redactado sobre la base de numerosos testimonios,153
expuso en primer lugar las razones, según el nuncio, de que, entre el VIII Concilio
Provincial Limense y hasta la fecha de su redacción, el 15 de octubre de 1930, todos los
esfuerzos por organizar la Acción Católica Peruana fueran en vano.154 Estas eran las
siguientes: primero, la confusión y escaso conocimiento de la acción católica en Perú,155
tanto por parte de los fieles como del gobierno; segunda y, en parte, consecuencia de la
anterior, la carencia de sacerdotes que se dedicaran con celo a esta forma de apostolado
151
“Informe nº157 “Circa Azione Cattolica”, del 15 de octubre de 1930, de Cicognani a Eugenio Pacelli,
en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, ff.3-23.
152
A quien se había insistido en las posibilidades de la acción católica y las consecuencias negativas para
la Iglesia que se derivarían de la caída del régimen de Leguía, al que no le faltaban adversarios, en el caso
de no contar con el respaldo de una organización católica que hiciera sentir su influencia en la sociedad,
«…nelle istruzioni date a Mons. Cimino poneva in relievo una ragione speciale che consigliava...“di
formare nei laici peruviani una radicata convinzione dei loro deviri di cittadini cattolici, affinché possano,
all’occorrenza, essere preparati a difendere i diritti della Chiesa”// Si ha in fatto ragione di credere che
quando cesserà il Governo del Signor Leguia…non mancheranno di accusare il cleri ed il cattolici di aver
sostenuto il Leguia e…per ottenere la separazione della Chiesa dallo stato in senso a favorevole alla
Religione…», en Ibíd, f.3.
153
«…secondo quanto mi riferirono due anni or sono i Vescovi di Arequipa e del cuzco e, piú
recentemente, i Vescovi di Trujillo e di Huánuco, Monsignor Drinot, Vescovo Titulare di Basinopoli e
Mons. Sarasola, Vicario Apostólico del Madre de Dios, Mons. Belisario Philipps, il Superiore dei Padri
Gesuiti P. Valentino Sanchez e l’Ispettor dei Salesiani P. Luigi Pedemonte (tutti presenti alle Sessioni del
Consilio)…», en Ibíd. f.5.
154
«Peró ogni sferzo riuscí vano ed ogni tentative inutile», en Ibíd. f.6.
155
El nuncio ponía el ejemplo de Lima en la que: primero, pese al elevado número de sacerdotes,
nacionales y extranjeros, miembros del clero regular y secular, colegios religiosos, confraternidades etc.,
era extremadamente complicado encontrar fieles dispuestos a defender públicamente los principios de la
moral católica; segundo, la actividad tanto de las antiguas asociaciones Unión Católica de Señoras y
Unión Católica de Caballeros como de otras de carácter juvenil, estrechamente vinculadas a los colegios
católicos, eran poco más que testimoniales; tercero, las asociaciones católicas obreras no tenían ninguna
influencia en los movimientos populares de carácter político, económico y social. Ibíd. f.20.
138
La construcción de la Acción Católica en Perú
laico;156 tercera, la oposición sistemática y constante del arzobispo de Lima a la
misma.157
Una vez expuestas las razones, la práctica totalidad del informe se centró en la
última de ellas. Así pues, es lógico que nos preguntemos ¿Cuáles fueron las razones que
impelieron al nuncio a censurar el comportamiento de Lissón? En nuestra opinión, en
primer lugar, la experiencia acumulada de todos los intentos fallidos por organizar la
acción católica desde que Lissón ascendiera al cargo; en palabras de Cicognani:
Però questi anni di prove e di tentativi hanno provato quanto dichiarava fin dal 1923
Mons. Petrelli nel suo Rapporto n.91 (pag. 24 e segg.) quanto mi disse in più
circostanze il mio compianto predecessore, Mons. Cimino e cicé che fino a quando
Mons. Lissón rimarrà nella Sede Arcivescovile di Lima, nulla, assolutamente nulla,
si potrà fare nel campo dell’Azione Cattolica.158
Segundo, asuntos de orden temporal sobre los que Cicognani señala:
L’Eminenza Vostra Reverendissima vorrà permettermi che mi dilunghi alquanto
sopra questo punto e che citi con ampiezza documenti e testimonianze, affinché le
mie affermazioni [aquellas referidas a la responsabilidad del arzobispo] non
sembrino [sic] esagerate o suggerite dalle preoccupazioni dell’ora presente.159
Pero ¿cuáles eran las preocupaciones a las que hacía referencia el nuncio? Como
ya vimos, las principales serían, probablemente, el gravísimo estado de las cuentas de la
arquidiócesis por el grave endeudamiento incurrido por Lissón en la gestión de los
bienes eclesiásticos; y, el hostigamiento público a la Iglesia y especialmente a Lissón,
tras el triunfo del golpe de Estado del comandante Sánchez Cerro.
Con todo, la redacción y envío del informe del nuncio a Roma pudieron estar
además estrechamente relacionados con el retorno de Lissón a Lima el día 8 de octubre
de 1930. Conviene señalar que la caída del régimen de Leguía había sorprendido al
arzobispo de visita pastoral por las parroquias de Nazca, Ica y Chincha,160 y que tras las
manifestaciones, los ataques de la prensa y la creciente posibilidad de que Lissón fuera
llamado a juicio, el nuncio Cicognani le había recomendado viajar a Roma. Aunque en
un primer momento Lissón pareció conforme con la propuesta del nuncio, según este
156
En opinión del nuncio, la carencia era debida tanto a la escasez de clero secular como a su falta de
preparación, así como a la carencia de personal en los colegios regentados por congregaciones religiosas.
Ibíd. f.21.
157
«Ció [la ineficacia de la acción de los católicos en sociedad] é devuto al concetto inesatto che qui si ha
dell’azzione cattolica, sia da parte dei fedeli come da parte dei governi, alla mancazza assoluta di
sacerdote che amino e sappiano dirigere questa forma importantissima di apostolato laico; e, sopratutto,
all’opposizione sistematica e constante di Mon. Arcivescovo di Lima [Mons. Lissón]», en Ibíd. f.4.
158
La cursiva es nuestra. Ibíd. f.22.
159
La cursiva es nuestra. Ibíd. f.4.
160
Lissón había salido en visita pastoral hacia Nazca el 3 de Agosto. En el momento de la entrada de
Sanchez Cerro en Lima se encontraba en Ica y a principios de setiembre en Chincha. Información
recogida en El Amigo del Clero CLI, CLVII y CLIX.
139
La construcción de la Acción Católica en Perú
último,161 los hechos demostraron que el verdadero deseo del arzobispo era regresar a
Lima en un momento propicio y hacer lo posible para congraciarse con las nuevas
autoridades políticas.
Precisamente cuando Lissón comenzaba a desplegar toda su influencia para
mantenerse al frente de la Iglesia peruana, Cicognani envió a la Santa Sede el
mencionado comunicado, del 15 de octubre, que, primero, analizaba la labor de Lissón
al frente de la arquidiócesis, especialmente en dos aspectos vitales para la Iglesia, la
defensa de la institución y la recristianización de la sociedad peruana; y segundo,
mostraba a la Santa Sede los graves inconvenientes que Lissón había ocasionado al
desarrollo de la acción católica o al apostolado seglar y cómo éstos se habían derivado
principalmente de su particular concepción tanto de la realidad peruana como de la
acción católica.162
En síntesis, Cicognani reconocía el valor de la vocación apostólica y parte de la
acción pastoral de Lissón; concretamente su impulso a la acción misionera y parroquial
y defensa del ideario católico en la prensa escrita. Sin embargo, en líneas generales,
calificaba de singular y extraña la mentalidad del arzobispo163 y coincidía con lo
señalado años atrás por Drinot i Piérola: 164
[…] [El gobierno de Mons. Lissón, como arzobispo de Lima se había] iniciado y
desarrollado sistemáticamente contrariando las normas y principios de la Santa Sede,
desconociendo las enseñanzas de los grandes maestros de Teología y Sociología
161
Después de relatar los principales eventos relativos al alzamiento revolucionario y cómo afectaron a
Lissón, Cicogani continúa «...io [Cicognani] scrissi a Lisson...consigliandolo di recarsi a Roma. Questi mi
rispose ringraziandomi e dicendo che vedeva nel mio suggerimento la volontá del Signore; e al suo
Vicario Generale (che gli aveba dato lo stesso consiglio) manifestó perfino il desiderio di rinnunziare
l’Archidiocesi...impressioni del momento e non propositi veri..Lisson si avvicinava a Lima…», en su
carta a Pacelli, secretario de Estado de la Santa Sede, del 25 de enero de 1931, en ASV, NP. Monseñor
Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140 Fasc. 528.
162
En relación a la forma que Lissón concebía la acción católica, el nuncio realizaba las siguientes
consideraciones: primera, era adecuado y, por tanto, estaba de acuerdo con Lissón en aconsejar a los
fieles no intervenir en las disputas electorales entre partidos políticos; segunda, estimaba equivocada la
convicción del prelado de otorgar naturaleza política a cualquier actividad en el orden social y, por lo
tanto, igualmente equivocado su prohibición a los fieles de actuar en todo ámbito salvo el religioso;
tercera, no compartía el empeño de Lissón por restringir la actividad de los católicos a la parroquia y
entendía que el arzobispo había llegado a afirmar tal extremo desde una concepción errónea de la misma
(parroquia), que la definía como una institución de derecho divino con facultades más allá de las
contempladas en los Santos Cánones; cuarta, sostenía que el arzobispo confundía la acción católica con la
acción religiosa o sobrenatural y, por lo tanto, tergiversaba y refutaba el significado específico otorgado
en los documentos pontificios al término acción católica, posiblemente desde su convicción de que ésta
era, en el mejor de los casos, inútil y, en el peor, contraproducente en el Perú.
163
«Ciò riferisco precisamente per provare quanto singolare, e dirò meglio strana, sia la mentalità di
Mons. Lissón…», en “Informe nº157 “Circa Azione Cattolica”, del 15 de octubre de 1930, en ASV, NP.
Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607 f.18.
164
Sobre la declaración de Drinot, el nuncio dice textualmente: «Nel provare questo asserto Mons. Drinot
alle volte dominare dalla sua naturale foga oratoria e da criteri un po´affrettati, però il giudizio che da di
Monsignor Arcivescovo di Lima mi sembra esatto». La cursiva es nuestra. Ibíd. f.15.
140
La construcción de la Acción Católica en Perú
cristiana, en oposición casi siempre con el parecer del episcopado nacional, con la
opinión común de los Obispos del Mundo y cuantos sacerdotes ilustrados conocemos
aquí; y finalmente dando siempre espaldas a la realidad que todos miran y el no
ve.165
Finalmente, además de verter su opinión sobre Lissón, el nuncio abordaba en su
informe cómo el arzobispo había frustrado varias iniciativas de acción católica y,
además, incluía varias valoraciones ̶ sobre el pensamiento e intereses del arzobispo– de
importantes miembros de la Iglesia, emitidas entre 1927 y 1930. Aplazando aquello
relativo a la intervención de Lissón en las organizaciones precursoras de la acción
católica hasta el apartado dedicado a éstas, nos parece útil señalar las principales críticas
recibidas de destacados miembros de la Iglesia como los jesuitas Vicente Sánchez y
Manuel Abreu y, por supuesto, el obispo Drinot i Piérola.
Uno de los críticos de Lissón de mayor peso o relevancia en el seno de la Iglesia
peruana fue Valentín Sánchez. Jesuita nacido en España, Superior de la Misión Peruana
y Rector del Colegio de la Inmaculada entre el 2 de agosto de 1920 166 y finales de
1927,167 fue señalado por el nuncio Cimino como cooperador necesario para la
implementación de la Acción Católica en el Perú, siendo miembro de la Junta
Organizadora de la misma.168 Sánchez tuvo activa participación en el concilio limense
en relación a «la necesidad de que los católicos ejerzan influencia organizada y eficaz
en el Parlamento nacional».169
La importancia concedida por la Santa Sede a la labor de Sánchez era tal que el
nuncio, a través del secretario de Estado, Pietro Gasparri, consiguió que el jesuita
permaneciera en Perú algo más del tiempo planificado inicialmente por sus
165
Ibíd. f.15.
Además de la información contenida en el Catalogus Provinciae Toletanae, tenemos noticia de su
nombramiento por la comunicación de Emilio Lissón al General de los jesuitas, del 4 de enero de 1921,
en la que dice: «…que las dos iglesias que la compañía tiene en esta ciudad arzobispal, San Pedro y Santo
Toribio, fuesen investidas del carácter viceparroquial y que los sacerdotes que las sirven ejerciesen el
cargo pastoral….3º el estado de abandono…si no se multiplican las parroquias reduciendo el número de
parroquianos confiados al cuidado de cada pastor…hasta que hace pocos días el R.P. Sanchez, nuevo
provincial…he pedido igual favor a los…Agustinos, Mercedarios, de los Sagrados Corazones…». Carta
de Emilio Lissón al Rvdo Padre General de los Jesuitas en ARSI Provincia Peruviae I. Epistolae Peru
1001 BXI F8.
167
En el transcurso de ese año fue relevado en los dos cargos por el padre Carlos Martínez quien
fallecería el 6 de abril de 1928, coincidiendo con la festividad del viernes santo. Así consta en la
estadística de los directores de las distintas instituciones de la compañía en la Viceprovincia del Perú
depositada en ARSI Provincia Peruviae, I. Epistolae Peru, 1002 BII F9. Por otro lado, la noticia del
fallecimiento de C. Martinez en Vélez Picasso, 1939: 22.
168
Saranyana, 2010: 175.
169
Según Saranyana, debido al respeto y grado de autoridad que disfrutaba entre los asistentes, se le
encargó verter al latín los decretos del Concilio Provincial de 1927. Ibídem.
166
141
La construcción de la Acción Católica en Perú
superiores.170 Con todo, en julio del año 1928, se embarcó rumbo a España,171 no sin
antes abordar las razones de su marcha en una carta, antes citada, dirigida al nuncio
Cicognani y fechada el 3 de julio de 1928. Los motivos señalados fueron, primero, las
dificultades planteadas por Lissón al desarrollo de la acción católica llegando a sostener
que «…que Mons. Lissón no permite organizar obra alguna que se llame y sea de
verdad de Acción Católica» y, más adelante
Creo, pues, que mientras Mons. Lissón ocupe la Sede Metropolitana no quedan
fundadas esperanzas de que se haga nada más serio en favor de la Acción Católica//
Pero todos sabemos que Mons. Lissón tiene bien guardadas las espaldas; no creo que
por ahora sea negocio ni fácil, ni de breve tiempo prescindir de él, aunque eso fuese
lo mejor para el bien de la Iglesia.172
En segundo lugar, la oposición sistemática del arzobispo a su labor. Como esta
situación conducía irremediablemente a la confrontación, más valía que otro tomara el
relevo y, tal y como deseaban tanto sus superiores como el mismo, el continuara con su
tarea en España.173
Manuel Abreu, jesuita español llegado a Lima a finales de la década de 1910 y al
que nos referimos antes, era autor de diversos ensayos;174 fue el responsable de la
redacción de varios textos oficiales de enseñanza religiosa obligatoria; 175 colaboró en el
desarrollo de la acción católica tanto desde un punto de vista teórico o doctrinario –
recordamos su participación en la publicación del ensayo sobre los principios, hechos y
normas de la ASC en 1922 ̶ , como práctico, al frente también desde 1922, del Centro de
170
Al llegar al conocimiento del nuncio que Sánchez iba a ser trasladado a España, el 24 de octubre de
1927 y a través del oficial de la nunciatura, Mons. Lagui, envió el siguiente telegrama al secretario de
Estado, Mons. Gasparri, «Mon Nunzio mi incarica comunicare VER aver impegnato alcuni messi fa P.
Valentin Sanchez, gesuita organizzare azione cattolica Lima Perú. Detto padre riceve ora ordine
Superiore Generale trasferirsi prossimo vapore 6 novembre Madrid. D’accordo con arcivescovo prega VE
chieder Superiore Generale lasciarlo alcun tempo Lima scopo accenato...». La respuesta no se hizo
esperar, al día siguiente y tras ponerse en contacto con el general de la Compañía de Jesús, Wlodimiro
Ledóchowski, Gasparri le comunicaba «Padre Sanchez resti Perú tempo necessario secondo desiderio
VER». ASV, NP. Monseñor Serafino Cimino (1926-1928) B.121, Fasc. 466. Tres días más tarde Sánchez
recibía la notificación de Ledóchowski desde Roma «Suspenda viaje hasta nueva orden». ARSI Registri
Hispaniae Missione, V (1921-26).
171
Las noticias de la salida de Sánchez en Elmore de Thorndike, 1959: 3.
172
La cursiva es nuestra. Carta de Valentín Sánchez a Cicognani, del 3 de julio de 1928, en “Allegato nº3
al Informe nº157 “Circa Azione Cattolica” en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B.
166, Fasc. 607, ff.41-42.
173
«¿Qué sería si nos independizásemos de su autoridad [la de Lissón] y llevásemos la acción católica
por caminos opuestos a su criterio? Los inconvenientes sería aún mayores. // Para que sigo yo en Lima?
Dos veces los Superiores han juzgado conveniente mi regreso a España; dos veces se les ha respondido
que mi presencia es útil para trabajar por la Acción Católica. Pero esta acción, a lo menos por ahora, no es
posible…por ahora no hay nada de provecho ni lo podré hacer en favor de la acción católica». Carta de
Valentín Sánchez a Cicognani, del 3 de julio de 1928, en “Allegato nº3 al Informe nº157 “Circa Azione
Cattolica” en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, f.41.
174
Entre ellas, Abreu, 1926.
175
Publicó las siguientes obras docentes: Abreu, 1923, 1927, y 1933.
142
La construcción de la Acción Católica en Perú
la Juventud Católica de Lima,176 de la asociación Acción Católica de Damas Peruanas al
poco de su fundación en 1928,177 y colaborador de la publicación Acción Social Obrera.
Tras mantener una entrevista con Lissón a finales de 1928,178 Abreu escribía una
carta al nuncio Cicognani en la que exponía dos aspectos del pensamiento del arzobispo
sobre la Acción Católica que, en su opinión, se encontraban en clara contradicción con
el Código de Derecho Canónico y las disposiciones pontificias vigentes en ese
momento. Estos eran, que «no hay más acción católica que la religiosa» y que «Toda
acción católica debe comenzar por limitarse a la propia parroquia, siendo el párroco
único director nato de toda la acción católica parroquial y teniendo por límites de la
extensión de su acción los de su propia parroquia». Además, Abreu señaló el creciente
descrédito de Lissón, llegando a concluir: «O el Señor arzobispo padece desequilibrio
mental que es lo que yo creo o si no, tiene la contumacia en el error característica del
hereje o del cismático formal».179
Pedro Pablo Drinot i Piérola fue, sin duda, el más tenaz crítico de la labor del
arzobispo Lissón. Las razones apuntadas antes, así como las dificultades puestas por el
prelado limeño a la Universidad Católica, donde enseñaba el primero, seguramente
ayudaron a abrir una amplia brecha entre ambos, que no se cerraría con el transcurso de
la década. Temprana muestra de ello fue el extenso y duro Memorial, ya citado, que
envió al secretario de Estado de S.S., Mons. Gasparri, en 1924 –año en que fue
nombrado rector de la Universidad Católica y deán de la Catedral de Lima ̶ .
Probablemente, el prestigio, autoridad y responsabilidad inherente a ambos cargos,
recordemos que el segundo de ellos era la canonjía de mayor rango en el cabildo
catedralicio, le impulsaron a alertar, directa y reservadamente, al secretario de Estado
sobre, a su juicio, el pensamiento herético y graves errores de gobierno en que estaba
incurriendo Lissón.
El Memorial comenzaba analizando una reciente pastoral de Lissón –que por las
referencias que aportaba coincide con la que éste publicó con motivo de la Cuaresma el
1 de marzo de 1923 en El Amigo del Clero–, luego exponía las ideas centrales que
176
El P. Abreu reorganizó esta congregación mariana, que trataremos con cierta extensión más adelante,
en 1921 y la dirigió hasta su fallecimiento el 6 de marzo de 1929. Vélez Picasso, 1939: 11 y 23.
177
De julio de 1928, tomó el relevo de Valentín Sánchez, hasta su muerte en marzo de 1929.
178
Por el relato pormenorizado que realiza Cicognani en su informe y la fecha del deceso de Abreu, el 6
de abril de 1929, sostenemos que el “Allegato nº4 al Informe nº157 “Circa Azione Cattolica”, copia de
una Carta de Manuel Abreu a Cicognani, está erróneamente fechado el 17 de diciembre de 1920. Muy
probablemente la fecha correcta sea el 17 de diciembre de 1928.
179
Carta de Manuel Abreu a Cicognani en Allegato nº4 al Informe nº157 en ASV, NP. Monseñor Gaetano
Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, f.43.
143
La construcción de la Acción Católica en Perú
guiaban la acción de gobierno del arzobispo y, finalmente, las consecuencias y
perjuicios que se derivaban de ésta.
Drinot hacía referencia a dos pasajes de dicha pastoral que, al igual que sucediera
con el catecismo o Manual de la Doctrina Cristiana de ese mismo año, habían
despertado cierta polémica entre el clero y fieles cristianos. Estos trataban, en primer
lugar, de la definición y ámbito de actuación de la Acción Católica y, segundo, de la
relación entre dicha asociación y las parroquias. Sobre el primero de los asuntos, Lissón
declaraba en la misma lo siguiente:
[...] ese fuego que el Verbo divino ha venido a poner en la Tierra no es otro sino el
Espíritu Santo [...] // Ese fuego de Cristo es el que hoy se manifiesta con el nombre
de Acción Católica […] // [...] quede primordialmente establecido que la Acción
Católica es la acción de Dios, es la vida de Dios, es el espíritu Santo...Fuera de esta
divina acción no hay sino perfecta inercia [...] sin este divino Espíritu no hay fuego,
ni amor, ni vida, ni acción. // No llamemos, pues, acción católica a esa serie de
acciones humanas que a veces nos entusiasman, y que bajo, especiosas apariencias,
no son otra cosa que manifestaciones más o menos disimuladas de pasiones
humanas, manifestaciones de amor propio o de amor desordenado de las criaturas.//
La acción católica es ante todo y sobre todo acción sobrenatural [...] no puede tener
ni motivos ni miras ni fines humanos; todo ella debe ser divino […] 180
Más adelante, sobre el segundo:
No basta que la acción católica sea individual o se reduzca sólo al templo...debe
informar a toda la sociedad en sus múltiples manifestaciones. // [...] debe ser también
acción social [...] es necesaria la organización. // Nos referimos a la organización
parroquial [...] // La organización parroquial es, pues, la organización por excelencia,
apta y adecuada para la verdadera acción católica. // [...] el elemento básico de la
parroquia es por voluntad divina la familia. // Los padres de familia deben asociarse
para mantener el ambiente de moralidad pública [...] las madres [...] para conservar
la pureza inmaculada y buenas costumbres...la piedad cristiana y muy especialmente
la pureza angelical debe distinguir a las niñas, futuras esposas y madres [...] los niños
son la esperanza del futuro [...] es necesario agruparlos alrededor del Santuario [...] //
Alrededor de esta organización fundamental pueden surgir otras secundarias, según
las necesidades; asociaciones de obreros [...] asociaciones de piedad; terceras
órdenes [...] mas todo subordinado a la organización familiar y las familias
subordinadas a la organización parroquial.181
A decir de Drinot, dichos pasajes eran ejemplos del pensamiento herético del
arzobispo, quien se caracterizaba por ser benevolente y complaciente con los católicos
racionalistas, liberales y dudosos; cercano a los movimientos de carácter piadoso;
remiso a fijar deberes a los católicos en el orden religioso, civil y político; alejado de los
católicos militantes o combatientes contra los enemigos de la Iglesia; y, en definitiva, en
palabras de Drinot, por defender posiciones próximas al Subjetivismo Transcendente de
algunos filósofos idealistas o a la visión de los niños inocentes o las candorosas mujeres
180
181
El Amigo del Clero MXXX (1 de marzo de 1923), p. 109.
El Amigo del Clero MXXX (1 de marzo de 1923), p. 111-113.
144
La construcción de la Acción Católica en Perú
dadas a la vida de piedad y oración. Pensamiento, en cualquier caso, que el Deán
señalaba era consecuencia de la deficiente formación filosófica y teológica de Lissón,
de su falta de buen juicio en la apreciación de personas y cosas, y el injusto aprecio que
hacía de su propio juicio.
Luego, la lista de errores mencionados por Drinot era amplia. Esta abarcaba desde
la franca oposición de Lissón a la universidad, a los colegios y escuelas, y a cualquier
asociación o institución de finalidad docente, social o religiosa, que ostentara el título de
católicas; hasta la íntima relación que, como ya vimos, había establecido entre la Acción
Católica y la vida parroquial. Incluía la imprudente gestión que realizaba Lissón al
frente de La Tradición ̶ diario católico propiedad del arzobispado, partidario del
gobierno y el único con su autorización para circular en la capital–. Drinot mencionaba
las constantes desautorizaciones del arzobispo a reputados teólogos; su polémica
subdivisión de las parroquias y creación de vice-parroquias; la obligación que impuso a
los párrocos de impartir instrucción dominical en castellano; y su comprometida gestión
económica al frente de la arquidiócesis y, especialmente, de los bienes pertenecientes a
los monasterios femeninos de la capital.
Pese a las críticas de Drinot, transcurrieron tres años en los que la posición de
Lissón lejos de debilitarse se vio aparentemente reforzada tanto por su estrecha relación
con el presidente Leguía como por el éxito, de nuevo aparente, de sus proyectos
financieros-empresariales que trataremos en el siguiente capítulo. Con todo, como ya
apuntamos al repasar lo acontecido en el VIII Concilio Provincial Limense de 1927, la
realidad era bien distinta. Las críticas y debates suscitados en dicho foro así como el
rechazo de la mayoría, en algún caso aplastante, a varias propuestas centrales del
arzobispo escenificaron la creciente desafección de los prelados hacia el primado de la
Iglesia peruana. Y entonces, finalizado dicho concilio y en el ejercicio del cargo de
asistente de la Acción Católica en el Perú, las diferencias de criterio que Drinot
mantenía con el arzobispo se hicieron de nuevo evidentes. En un nuevo Memorial
reservado, fechado el 18 de febrero de 1928,182 esta vez dirigido al recién nombrado
nuncio, Mons. Cicognani, volvía a exponer los factores ̶ deficiente formación, criterio
insólito, peligroso y extraviado– que explicaban la peligrosa conducta de Lissón, así
como algunos de los episodios recientes y más reprobables de ésta.
182
“Comunicación confidencial y en conciencia”, del 18 de febrero de 1928, de Drinot a Cicognani en
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 141, Fasc. 532, ff.39-49.
145
La construcción de la Acción Católica en Perú
En esta oportunidad, Drinot informó a Cicognani del “subjetivismo práctico y
objetivo” por el que se regía Lissón; en virtud del cual daba por existente y real lo que
suponía, imaginaba o deseaba, su pastoral se alejaba de los dictados de la Iglesia y
actuaba convencido de seguir los designios directos de Dios.183 El arzobispo, continuaba
el deán, no había modificado un ápice su aversión a las instituciones y asociaciones
tituladas católicas y, recientemente, en sendas pastorales había vertido «…un conjunto
disparatado y oscurísimo de las más absurdas elucubraciones metafísicas ̶ destinadas a
ilustrar al pueblo– sobre la transustanciación de las especies eucarísticas».184
Finalmente, Drinot hacía hincapié en que la conducta de Lissón estaba favoreciendo la
relajación y desenvoltura entre los sacerdotes y jóvenes seminaristas, y provocando la
alarma entre el clero «…consciente y temeroso de Dios por el porvenir de nuestra
Iglesia».
Las palabras de Drinot esta vez no cayeron en saco roto. Cicognani informó a la
Santa Sede de la polémica,185 analizó las citadas pastorales y, a partir de ese momento,
envió a Roma cuantos escritos de Lissón creyó oportuno, señalando o subrayando los
contenidos más controvertidos. Entre ellos, destacamos las afirmaciones de Lissón sobre
la naturaleza de María:
[…]María fue su madre [de Jesús] en la plena acepción de la palabra…y que por
consiguiente la sangre de Cristo unida a la Divinidad circuló al mismo tiempo por las
venas de María y de Jesús Hijo Eterno del Altísimo. // Diga cualquiera que cree en
Jesucristo, sea católico o protestante, si pudo una criatura ser más altamente honrada
y si no corresponde a la Virgen María la primacía de toda pura criatura (Decimos
pura porque Jesucristo es creador y criatura). Ella es pues, en efecto, reina de las
criaturas y Jesucristo es el Supremo Rey por el cual y para el cual fue creada esta
Reina sin igual”// Si los reyes de la tierra llaman reinas a sus madres y estas son
reinas solo porque sus hijos son reyes, ¿qué contradicción ni qué oposición puede
haber en proclamar Rey Supremo a Jesucristo y, por consiguiente, Reina a María su
verdadera Madre?”186
183
Según Drinot, desde el puesto de profesor de Teología Pastoral en el seminario, Lissón había expuesto
como proposición opinable y defendible que la única acción intrínsecamente mala era la mentira y que los
pecados de sensualidad tenían su explicación y excusa en las leyes y exigencias del organismo.
184
Entre ellas: primero, que la presencia y ubicuidad del cuerpo de Cristo había recibido explicación
científica y natural con el descubrimiento del radium [sic]; segundo, que la mutación de una sustancia en
otra era un fenómeno físico o químico, constante en la naturaleza, que explicaría la transustanciación de
las especies eucarísticas; tercero, que el cuerpo de Cristo era la causa de la existencia, movimiento i
subsistencia de todos los cuerpos; cuarto, que existían cuerpos espirituales en sentido literal y otros con
entidad mixta como los periespíritus [sic], de esencia a la vez corporal y espiritual, que se mantendrían en
la tierra después de la muerte.
185
En Carta del 20 de junio de 1928, de Cicognani a Eugenio Pacelli, secretario de Estado de S.S. Luego
este último puso el asunto en conocimiento al Santo Oficio. Comunicaciones depositadas en ASV, NP.
Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 141, Fasc. 532 f.53 y 54, respectivamente.
186
Carta Pastoral del arzobispo de Lima, Emilio Lissón, con motivo de la Coronación de la Imagen de
Nuestra Señora del Rosario” en El Amigo del Clero II (2 de octubre de 1927), p.62.
146
La construcción de la Acción Católica en Perú
Y aquellas sobre la intervención divina en el movimiento tanto de los cuerpos
materiales como inmateriales:
Los movimientos de la tierra como los movimientos de las almas dependen de la
persona divino-humana de Nuestro Señor Jesucristo. Por Jesucristo giran los astros y
se mueven los elementos de la materia como piensan los ángeles y discurren y aman
los hombres; porque Él es el primogénito de las criaturas y por Él subsisten todas las
cosas […]
Y más adelante,
No faltarán quienes hablen de: la naturaleza o de la causalidad con motivo de estos
temblores; la naturaleza sin una perfectísima inteligencia que la riga [sic] es un mito;
es decir; no existe ni puede existir; y entonces la causalidad es un absurdo.//Una
suprema inteligencia y un amor infinito; la inteligencia y el amor del Mediador
Cristo Jesús, preside y dirige los acontecimientos materiales y espirituales, naturales
y sobrenaturales.187
Finalmente, en su informe a Pacelli de octubre de 1930, Cicognani incluiría la
valoración sobre Lissón que Drinot, en el cargo de asistente de la Acción Católica
Peruana, le había remitido el año anterior. El desencadenante de la misiva al nuncio
había sido el extenso dossier que Lissón había enviado a Drinot en respuesta al oficio de
éste sobre la primera asamblea de los secretariados parroquiales de la Acción Católica
de Damas Peruanas, celebrada el 24 de febrero de 1929. Dicho dossier no era sino una
recopilación de todas las normas sobre la acción católica por las que se debían regir los
fieles dentro de su jurisdicción; es decir, las que Lissón había publicado desde que
ascendiera a la silla arzobispal. Según Drinot, Lissón había representado y continuaba
siendo en el presente un obstáculo a la organización de la acción católica en el Perú, que
él tenía la intención de evitar.188 En relación al gobierno de la diócesis, Drinot aseguraba
que Lissón había:
[…] puesto en evidencia [...] : a) sus equivocadas convicciones; b) sus teorías y
ordenanzas, al margen, casi siempre de lo que enseñan y mandan los obispos del
187
En negrita en el original. Carta Pastoral de Emilio Lissón, con motivo del terremoto en el norte. El
Amigo del Clero XL (17 de junio de 1928), p.427 y 430, respectivamente.
188
«…este apostolado social [la acción católica], tan estorbado y contradicho, desde hace algunos años,
por diversos factores, i señaladamente por la inexplicable actitud y sustanciales equivocaciones del Jefe
de la Iglesia en el Perú //...las dificultades que suele oponer nuestro austero Prelado a todo plan que no se
ajuste estrictamente a los moldes de su individual mentalidad; ya iremos viendo en la práctica, la mejor
manera de orillarlas, con respetuosa y discreta sumisión” y más adelante, “...lograremos demostrar con
hechos que; 1º que quienes obedecen a Roma no se extravían 2º que la “Acción Católica”...llegará a
secundar eficazmente el Apostolado Jerárquico de la Iglesia 3º que en el Perú serán muy pocas las
parroquias capaces de favorecer la Acción católica u muchísimas, casi todas, la que necesitan ser
favorecidas 4º que sin...la Acción Católica...nuestras parroquias serán impotentes para establecer...el
Reinado Social del corazón Divino de Nuestro Señor Jesucristo...» . La cursiva es nuestra. Carta de Drinot
i Piérola a Cicognani fechada en 1929 y depositada en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (19281936) B. 166, Fasc. 607.
147
La construcción de la Acción Católica en Perú
orbe católico; c) la irreductible tenacidad de sus convicciones i propósitos; d) la
extraña o enfermiza mentalidad que le lleva, unas veces a dar realidad a lo que
imagina o supone, otras a interpretar las Santas Escrituras contrariamente al común
sentir de los Doctores i de la Misma Iglesia [...]
Lissón se equivocaba, continuaba Drinot, por ejemplo, al sostener tanto la
naturaleza católica del pueblo peruano como el origen divino de la parroquia;189 esto
último, en clara contradicción con los dictados de la Iglesia. Igualmente, Drinot tildaba
de equivocada la obligación impuesta por Lissón a los fieles por la que cualquier obra
de apostolado que realizasen debía tener como base la parroquia. 190 Algo especialmente
ilusorio, en su opinión:
[…] en un país i en una diócesis, en donde la vida cristiana la engendraron las
Comunidades Religiosas, los Colegios de Misioneros, i en donde durante el siglo de la
República, se ha carecido enteramente de vida parroquial: en donde, la inmensa
mayoría de las Parroquias lo son sólo de nombre, apenas utilizables para la
administración del Bautismo y la Extrema Unción, lo demás, la vida de la Gracia, que
a veces confunde Monseñor con la acción parroquial la propagan los misioneros, los
religiosos, las Comunidades de las que nuestro obispo prescinde casi por entero[...]191
Grave equivocación, aún más si cabe a juicio de Drinot, porque dicha imposición
negaba la condición de apostolado seglar a las obras extra parroquiales que, según la
estructura diseñada por éste en su manual, dependían directamente de la Acción
Católica Nacional, como «…la Universidad Católica, La Universidad Popular Obrera de
Artes i Oficios, Centros de Estudios Superiores, Sindicatos Obreros, Cooperativas de
Consumo i otras no menos importantes...».192
Lissón, añadía Drinot, negaba los medios y fines humanos a la acción católica; lo
que la convertía en un producto del Espíritu Santo, «…tan activo que, casi, nos
imaginamos a las otras dos Divinas Personas en permanente descanso» y de quienes,
por su perfección y pureza, más que hombres debían ser santos. Finalmente, concluía
Drinot, Lissón olvidaba que su jurisdicción y autoridad dirigente estaba limitada a los
límites de su diócesis y que, en concreto respecto a la Acción Católica en el Perú, ésta
se encontraba supeditada a la de la Asamblea Episcopal Peruana, incluidos los vicarios
189
«...i por lo que hace a la afirmación categórica de Mons. Lissón de que la masa ciudadana del Perú en
su totalidad profesa la religión católica, es una perfecta ilusión del exagerado optimismo pastoral de
nuestro arzobispo». Subrayado en el original. Ibídem.
190
El protagonismo que adquiría la parroquia, según Drinot, era tal que, teniendo en mente el manual
aprobado en el VIII Concilio Limense, concluía “Si fuéramos a seguir al pie de la letra las normas de
Mons. Lissón, casi parece que el Obispo desaparece ante la gestión del Párroco, la Acción Católica
Diocesana no existe, menos aún la Nacional e interdiocesana». Ibídem.
191
Ibídem.
192
Subrayado en el original. Ibídem.
148
La construcción de la Acción Católica en Perú
y prefectos apostólicos. De hecho, esta práctica de Lissón sería cuestionada poco tiempo
después por la JOACP y trasladada la consulta al nuncio, de la siguiente manera:
1. Si el infrascrito, como Asistente designado por autoridad de todos los prelados del
Perú puede ejercer cierta dirección general en ese apostolado Seglar […] //2. Si esta
Junta Organizadora [...] puede –dentro de la subordinación debida a cada prelado ̶
extender su acción organizadora dirigente […] // […] definiera claramente si el
Asistente y la Junta organizadora de la “Acción Católica en el Perú” al encargarle la
ejecución de los trabajos en que está empeñado [Fernando Ortiz de Zevallos,
Presidente del Comité Ejecutivo Nacional de la Acción Católica Peruana], lo hacen,
por delegación del cuerpo Episcopal: o si su actuación ha de someterse previamente,
a la muy alta y respetada autoridad del Sr Arzobispo, a fin de evitar, en adelante,
desautorizaciones tan sorpresivas, bochornosas y, de suyo, tan expuestas a muy
perjudiciales comentarios [...] 193
*************************************
Este capítulo ha abordado la construcción y posterior evolución de la categoría
acción católica, en su sentido estricto, en Perú y algunas de las consecuencias que ésta
tuvo en el devenir de la Iglesia peruana en la década de 1920. Dicha categoría surgió del
conjunto de obras y esfuerzos de los católicos en los órdenes religioso, social y político
encaminados a la recristianización de la sociedad o, en otras palabras, del Movimiento
Católico o acción católica (en sentido lato). Luego, los proyectos para implementarla
en la República se derivaron de los trabajos de religiosos de prestigio, como Valentín
Sánchez, Belisario P. Philipps, Manuel Abreu y otros; pero especialmente de dos de
ellos, Pedro Pablo Drinot i Piérola y el arzobispo de Lima, Emilio Lissón.
Durante los años centrales de la década de 1920, a la par que afianzaba sus lazos
con el régimen de Leguía, Lissón hizo valer su posición privilegiada en el seno de la
Iglesia peruana para desactivar cualquier intento de intervención por parte de la
jerarquía y los activistas católicos en la escena política; y, paralelamente, orientar la
acción católica hacia su modelo parroquial, centrado en los ámbitos religioso y, en
menor medida, social. Sin embargo, los esfuerzos del arzobispo no darían apenas fruto,
los párrocos generalmente no implementarían la acción católica en sus parroquias y, al
igual que en el pasado, las únicas asociaciones que continuarían desarrollando
actividades de apostolado seguirían siendo las femeninas, de finalidad exclusivamente
193
Carta de Drinot a Cicognani, del 18 de mayo de 1929, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani
(1928-1936) B. 166, Fasc. 607,
149
La construcción de la Acción Católica en Perú
piadosa o con motivaciones religioso-sociales como la Unión Católica de Señoras. Tras
el VIII Concilio Provincial Limense, celebrado en 1927, los escasos avances en la
implementación de la acción católica en la República, junto a otros errores pastorales y
en el gobierno de la arquidiócesis, provocarían el lento aunque inexorable declive de
Lissón. Este, unido a otros desencadenantes de índole económica, social y político de
principios de la década siguiente, desembocarían en su relevo en enero de 1931; el que
será objeto de estudio principal en el siguiente capítulo.
150
La gestión económica y la dimisión de Lissón
3. LA GESTIÓN ECONÓMICA Y LA DIMISIÓN DEL ARZOBISPO
DE LIMA EMILIO LISSÓN
La dimisión de Emilio Lissón, XVII arzobispo de Lima, el 8 de enero de 1931 y
su posterior salida del país el 22 del mismo mes ha sido mencionada reiteradamente por
aquellos que se han dedicado a la historia de la institución eclesial en época
contemporánea. Existe cierto consenso entre los especialistas en que, al contrario de lo
afirmado por las autoridades vaticanas, el papa conminó a dimitir a Lissón por diversas
razones de índole política, económica y religiosa, estrechamente relacionadas con la
caída del régimen de Leguía en agosto de 1930.1 Concretamente, el último partícipe de
dicho consenso, Saranyana, ha destacado, entre otras, las siguientes acusaciones de que
fue objeto el arzobispo. En el ámbito político fue acusado de complicidad con el
régimen depuesto que se puso de manifiesto, por ejemplo, en los trágicos sucesos
acaecidos con motivo del intento de consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús
en 1923; cuestiones menores, aunque significativas fueron también el hecho de haber
celebrado el matrimonio del hijo del dictador pese a la posible vinculación de éste con
el asesinato del marido de la contrayente; el favorecer la concesión de la Orden de
Cristo a Leguía, aunque el presidente llevara una vida licenciosa y estuviera ligado a la
masonería. En la esfera económica fue acusado de acometer la modernización de la
administración de los bienes de la Iglesia mediante un proyecto erróneo que, en el
contexto de la Gran Depresión, provocó el grave endeudamiento de la arquidiócesis.
Finalmente en el ámbito religioso fue acusado de graves errores teológicos y pastorales,
entre ellos la publicación de un catecismo, que algunos tildaron de hereje, y su empeño
por organizar un instituto de vida en común, o sodalicio, de ingreso obligado para los
sacerdotes peruanos.2
Lamentablemente, en nuestra opinión, el citado consenso se ha construido sin
apenas discusión como observamos si tenemos en cuenta lo poco que se ha avanzado
desde lo sostenido por Jorge Basadre en su monumental Historia de la República del
Perú:
1
Entre ellos destacan Klaiber (1996:148 y 297) y Saranyana y Armas Asín (2010:155-156); estos últimos
utilizan entre otros, los trabajos de Benito (2004 y 2008).
2
Saranyana y Armas Asín, 2010:182.
151
La gestión económica y la dimisión de Lissón
A monseñor Lissón se le acusó por haber auspiciado en el Perú la consagración del
Perú al Corazón de Jesús; por haber casado al hijo mayor del Presidente Leguía con
una dama cuyo primer esposo había sido asesinado; por haber propuesto al estadista
antedicho para recibir la Orden Cristo sabiendo que era masón y por otras
concomitancias similares. Pero, además, se le acusó por haber modernizado la
administración económica de los bienes de la Iglesia aunque entre sus consejeros
hubo juristas como Luis Antonio Eguiguren, Carlos Arenas y Loayza, Eleodoro
Romero y aquellas operaciones tuvieron la aprobación del Fiscal de la Corte
Suprema Juan José Calle. Cuando fundó un Monte de Piedad, quiso sacar a los
pobres de las garras de los prestamistas; pero se dijo que era un usurero. Un
catecismo por el publicado, recibió la tacha de herejía aunque el Vaticano lo aprobó.3
Además, las valoraciones hechas de la obra de Lissón han sido realizadas
superficialmente y sin detenerse en las diferentes esferas de su vida pública. Esto es lo
que ha sucedido en el caso de Saranyana, quien probablemente condicionado por las
fuentes que emplea en su estudio y sin apoyarse en documentación financiera alguna,
disculpa los posibles errores cometidos en la administración económica y enfatiza, en
cambio, otras razones que pudieron motivar el relevo Lissón; cita, entre ellas, las
diferencias teológico-doctrinales mantenidas por el prelado con la mayoría de la
jerarquía eclesiástica peruana.4
Por fortuna, nuestro empeño por esclarecer la labor de Lissón al frente de la
Iglesia peruana y especialmente su intervención en la promoción y organización de la
acción católica en la década de 1920, puso en nuestro camino el interesante ensayo
Monseñor Lissón y sus derechos al Arzobispado de Lima, publicado en 1933.5 El autor,
Fausto Linares Málaga, canónigo doctoral de la Basílica Metropolitana, fue el primero
que defendió el origen romano de la dimisión de Lissón, y aportó en su obra la actividad
y los balances financieros del conglomerado empresarial del arzobispado. De hecho, en
relación al primero de los dos asuntos, presentó la siguiente secuencia de
acontecimientos: primero, el día en que se embarcaba hacia Italia, Lissón había
publicado una carta pastoral en la que explicaba a su feligreses que debía dirigirse al
Vaticano para presentar el estado de la diócesis, con motivo de su visita periódica Ad
Límina, y hacía hincapié en que «…no lo emprendemos [dicho viaje] movido por
ninguna coacción humana, sino por el imperio que, en nuestra conciencia, tiene la
3
Basadre, 1983: 75-76.
Saranyana enfatiza que Lissón mantuvo posiciones enfrentadas con la mayoría de la jerarquía
eclesiástica en relación a la intervención de los católicos en la sociedad o acción católica, la creación de
un partido político confesional y la creación de un sodalicio de ingreso obligado para los sacerdotes
peruanos. Saranyana y Armas Asín, 2010: 175-179.
5
Quizá por su defensa beligerante de Lissón y empeño porque dicho prelado fuera repuesto en la sede
arzobispal, dicha obra ha sido ignorada por la historiografía.
4
152
La gestión económica y la dimisión de Lissón
voluntad de dios manifestada en la leyes Canónicas.6 Segundo, en la despedida de
Lissón desde el muelle del Callao,
momentos antes de su partida, el Excmo sr. Nuncio Apostólico, puso en sus manos
[de Lissón] un documento, manifestándole que su Santidad Pio XI había aceptado su
renuncia del Arzobispado de Lima.// Mons. Lissón, visiblemente contrariado,
contestó: “De qué renuncia me habla su Excia., si yo no hecho ninguna renuncia?,
respuesta clara y terminante que produce el desconcierto y la perplejidad en el ánimo
de los que, habiendo dado crédito a las aseveraciones de la Nunciatura Apostólica,
habían tenido hasta ese momento, como un hecho de evidencia indiscutible, la
renuncia de Mons. Lissón al Arzobispado de Lima.7
Tercero, con fecha 31 de Mayo de 1931, en una nota dirigida al ministro de Culto
desde Roma, Lissón habría declarado: «Excmo. Señor: Cumplo con el deber de poner
en conocimiento de usted que, en fecha 8 de Enero de 1931, Su Santidad el Papa Pio XI,
en ejercicio de su suprema autoridad eclesiástica, me ha desligado del arzobispado de
Lima».8
En un momento posterior de nuestra investigación, el hallazgo en el Archivo
Arzobispal de Lima y el Archivo Secreto Vaticano de varios dosieres de la Sindicatura
Eclesiástica así como de las principales empresas que creó Lissón ̶ concretamente el
diario La Tradición, la empresa inmobiliaria, American Development Company, y la
Caja de Ahorros y Monte de Piedad, La Auxiliar– nos permitió abordar, cuestión que
desarrollaremos en este capítulo, en primer lugar, el nacimiento y evolución de las
principales iniciativas financieras de Emilio Lissón al frente de la arquidiócesis de
Lima. Seguidamente, identificar las causas que motivaron las dificultades económicas
de las mismas así como del arzobispado y analizar, sucintamente, el relevo de Lissón
promovido por el Vaticano y el peso que en dicha decisión tuvo la gestión económica de
arzobispo. Finalmente concluir que la grave situación financiera de la arquidiócesis fue
el factor desencadenante que indujo al Vaticano a recortar progresivamente las
facultades de Lissón relativas a la administración de los bienes de la Iglesia y,
finalmente, en enero de 1931 a relevarle de su cargo.
6
«Carta pastoral que el Iltmo. y Rmo. Sr. Arzobispo de Lima dirige a los fieles de su arquidiócesis con
motivo de su próximo viaje a Roma», fechada el 22 de enero de 1931 y publicada tres días más tarde en
El Amigo del Clero CLXXIV (1931), p.33.
7
Linares, 1933: 100.
8
Ibid. p.75.
153
La gestión económica y la dimisión de Lissón
3.1 El proyecto económico de Lissón “un ídolo con pies de barro”
Aunque no conocemos el estado financiero de las distintas diócesis peruanas a
finales de la década de 1910, el escrito que fue elevado al presidente de la República por
los obispos reunidos en la Asamblea Episcopal de 1917 expone una serie de razones por
la éstos consideraban que las parroquias y diócesis del Perú se encontraban
precariamente financiadas,9 éstas eran:
[…] la reducción de los ingresos debida a la abolición del diezmo [...] hoy, radicados
los obispos...[debido] a un haber fiscal a todas luces insuficientes [...] desprovistos
de otras entradas [...] nos vemos pues en cuanto a las rentas casi al nivel de los
empleados públicos de menor cuantía [...] los seminarios [...] [en los que] cada día
[son] más raras las clases acomodadas, al coger a los niños y jóvenes desheredados
de fortuna por la insostenible situación económica de los párrocos [...] por la
desaparición casi total de las primicias [...] por la supresión de los entierros de
cuerpo presente [...] por la disminución abusiva de los derechos parroquiales [...] por
la injustificable alza de la llamada contribución eclesiástica [...] casi no queda otra
entrada que la de los bautismos.10
Según los obispos, tal situación les impedía atender sus obligaciones,11 y les
obligaba a solicitar al gobierno:
1. El monto Fiscal que regía antes del 79 //2. Se declare franca la correspondencia
oficial telegráfica //3. Se designe el honorario de los componentes de la curia //4.
Becas para el seminario central y diocesanos, algunas para el Colegio Pío Latino
American // 5. Se supriman la contribuciones: eclesiástica, de auxilio patriótico sobre
los cabildos y la que trata de los expolios, en el fallecimiento de los obispos // 6. Que
la renta de las canonjías vacantes se aplique a los seminarios // 7. Se incremente las
capellanías de los conventos supresos // 8. Que se asegure una pensión suficiente a
los obispos dimisionarios, la mitad para el vicario en caso de vacancia y la otra mitad
para los seminarios diocesanos //9. Que intervenga la autoridad civil para estorbar la
ebriedad y otros abusos. 12
En esta línea, lo poco que conocemos del paso de Lissón por su destino anterior a
Lima, la diócesis de Chachapoyas, indica que el prelado tuvo que enfrentar allí una
situación compleja al intentar desarrollar varias iniciativas pastorales, como la
9
Desde 1915 y hasta 1919 el presidente de la república fue, José Pardo.
Carta que, en nombre del arzobispo y la Asamblea Episcopal, envió Belisario Philipps, Chantre del
Cabildo y próximamente Vicario General de la arquidiócesis en lo administrativo, al presidente de la
República, 31 de agosto de 1917, en ASV, NP. Monseñor Lorenzo Lauri (1917-1921) B. 87, Fasc. 312.
11
En palabras de los prelados, «Nuestros deberes pastorales: [...] Formamos [...] el Cuerpo Docente
oficial de la Iglesia [...] propaganda oral y escrita [...] predicación, misiones y conferencias [...] la escuela
[...] tribunales eclesiásticos [...] mantenimiento de la curia […] mantenimiento del culto [...] formación
del sacerdocio [...]», en Ibídem.
12
Ibídem.
10
154
La gestión económica y la dimisión de Lissón
recuperación del Seminario diocesano o la llegada de misioneros europeos,13 sin contar
con suficientes ingresos. Sabemos que, ante este problema, el prelado, primero,
comentó con sus superiores el estado de abandono en que se encontró algunas
instituciones dependientes de su autoridad;14 más tarde, solicitó ayuda económica en el
exterior,15 y, además, se dirigió a las autoridades gubernamentales para que éstas,
debido a los bajos ingresos y carencia de beneficios eclesiásticos en las parroquias,
eximieran a los párrocos de su diócesis del pago de la contribución eclesiástica. Según
Lissón:
Los párrocos de esta diócesis no son ni pueden considerarse como beneficios
eclesiásticos pues ninguna de ellas tiene renta alguna ni bienes muebles ni inmuebles
que puedan producirla // Los pequeños emolumentos que reciben los párrocos por
sus ministerios no son sino una modesta retribución del trabajo y graves
incomodidades personales a que tienes que sujetarse para prestar a los fieles los
auxilios espirituales, sobre todo si se tiene en cuenta la falta de vías de comunicación
fácil en esta región montañosa y a lo torrencial de las lluvias cese(…)cias. Además
estas retribuciones son muy módicas según puede verlo US. en el arancel del
Obispado que permito incluirle, habiéndose suprimido para mayor facilidad todo
derecho por bautizo y matrimonio // Las primicias son insignificantes atendiendo la
población de agricultores en la diócesis, el atraso en que se encuentra la agricultura
por el aislamiento de la costa y último carácter de esta contribución que, según las
varias Declaraciones del Gobierno sobre la materia es solo voluntaria y no puede
hacerse efectiva con el auxilio de las autoridades civiles // […] me permito pedirle a
Us […] se sirvan declarar que los párrocos del Departamento de Amazonas no están
obligados al pago de la contribución eclesiástica por no tener la renta fija que la ley
determina.16
Una vez ascendido al arzobispado de Lima, en julio de 1918, Emilio Lissón
modificó sustancialmente tanto la gestión económica de la arquidiócesis como el papel
13
Según Benito, Lissón « […] se internó por la áspera geografía de su diócesis y creó escuelas,
periódicos, organizaciones benéficas, poniendo al frente de las mismas sacerdotes y religiosas». A estas
palabras podemos añadir que, al cargo de la diócesis de Chachapoyas, Lissón consiguió establecer una
misión estable de padres pasionistas en Tarapoto, la cual comprendía las parroquias de Tarapoto, Lamas y
Chazuta, y cerca de treinta pueblos. Respectivamente, en Benito 2004:121 y Carta de Lissón al Superior
General de los Padres Pasionistas, fechada el 6 de junio de 1917, en ACBL.
14
Por ejemplo en su carta, del 25 de diciembre de 1909, de Emilio Lissón al Delegado Apostólico en
Perú, Angelo M. Dolci, en la que decía «Estoy ahora ocupado en las más urgentes reparaciones del
Seminario para abrirlo en el año entrante», en ACBL.
15
Así, en carta, del 6 de enero de 1915, dirigida con la aprobación del cardenal Gibbons, arzobispo de
Baltimore, a varias instituciones escolares en EEUU, Lissón describía la situación de la diócesis,
subrayaba sus dificultades económicas y solicitaba ayuda: «I am the Bishop of Chachapoyas, Peru, South
America. The Diocese is about 100,000 square miles in extent. It contains 80,000 inhabitants. Seventythousand are Catholics, and about ten-thousand, 10,000 Pagans –the latter being uncivilized.// I have only
twenty 20 priests […] // I called for some missionaries in Europe and twenty-four 24 have responded to
my appeal. I must bring to our Missions and establish them there. // The necessary expenses for this work
are great, and I have not one cent […]// In the Name of the divine infant of Bethlehem, I ask at least one
penny from each of the girls and boys of your school». La cursiva es nuestra, subrayado en el original.
ACBL.
16
En carta de Emilio Lissón al Ministro de Justicia, Instrucción, Culto y Beneficencia, de fecha 23 de
octubre de 1919, en ACBL.
155
La gestión económica y la dimisión de Lissón
y la imagen de la Iglesia peruana en la sociedad. En este sentido, es importante señalar
que el prelado, en su calidad de arzobispo y primera autoridad de la Iglesia peruana,
sería acusado en reiteradas ocasiones de colaborar con la dictadura de Leguía (19191930) y convertirse durante su mandato en un empresario, negociante y financista,
pésimo administrador y malversador de los bienes eclesiásticos. Interesa pues estudiar
tanto las principales innovaciones en la administración implementadas por Lissón como
los fundamentos de tan graves acusaciones.
3.1.1. Nacimiento y expansión del complejo empresarial propiedad de la
arquidiócesis de Lima (1918-1927)
Tal y como ya adelantamos, los tres proyectos centrales del arzobispo Lissón en el
ámbito económico fueron la puesta en marcha de un diario católico, La Tradición, la
fundación de La Auxiliar, como Caja de Ahorros y Monte de Piedad y la creación de
una sociedad inmobiliaria, The American Development Company. Objetivo de esta
última era la explotación de los bienes inmuebles propiedad, principalmente, tanto del
Seminario de Santo Toribio como de los monasterios de las congregaciones femeninas
de derecho diocesano de la arquidiócesis.
A los dos meses de asumir el cargo, Lissón rompía el contrato que lo ligaba al
diario La Unión y creaba otro, ahora propiedad de la arquidiócesis y de nombre La
Tradición. Con esta medida, Lissón modificaba la forma en que la Iglesia había
intervenido en la publicación de órganos de prensa favorables a la causa católica en
Lima, al menos, desde finales del siglo XIX. Fue entonces cuando había aparecido el
primer diario católico moderno en la capital, El Bien Social¸ al que posteriormente
sucedería el ya mencionado La Unión. Los antecesores de Lissón en la silla arzobispal
limeña sólo habían comprometido algunos fondos y colaborado en la captación de otros
que permitieran la fundación y publicación de los diarios católicos, generalmente
alentando a seglares y religiosos a que se hicieran suscriptores, pero dejando la
propiedad de éstos en manos privadas. Lissón, por el contrario, asumió la condición de
propietario y, por supuesto, los riesgos asociados que ello conllevaba, y anunció la
supervisión directa de lo publicado. La razón expuesta por el prelado a los potenciales
suscriptores para romper sus relaciones con La Unión era que esta publicación se había
apartado de «las normas que le trazó la Asamblea Episcopal» y por ello prometía que el
156
La gestión económica y la dimisión de Lissón
nuevo diario «bajo mi inmediata vigilancia sostendrá las ideas católicas, sujetándose a
las disposiciones impuestas por la Asamblea Episcopal».17
La Auxiliar es la siguiente iniciativa lissoniana, por orden cronológico, de la que
tenemos noticia. En opinión de Linares y según los informes remitidos al Administrador
Apostólico de la Arquidiócesis, Mariano Holguín,18 por la sociedad que administró la
compañía hasta principios de la década de 1930 -la constructora estadounidense Fred T.
Ley & Cia, Ltda (en adelante FT Ley)- Lissón creó La Auxiliar, inicialmente, como
Monte de Piedad con el objeto de contrarrestar la labor de las casas de empeño y, así,
combatir la usura. Aunque no disponemos de la escrituras de constitución de dicha
sociedad, Linares señala que en este proyecto el prelado se apoyó fundamentalmente en
José Manuel Patrón, quien ejercería el cargo de gerente de la compañía, y formaría parte
de su Directorio. Este estuvo también conformado por Luis Antonio Eguiguren, Juan
José Reinoso, Pedro Dávalos y Lissón y Juan C. Villa.19 Su balance económico en 1920,
donde constan las operaciones financieras realizadas en su primer año de actividad, nos
informa que La Auxiliar «De conformidad con sus Estatutos […] al dar comienzo a sus
operaciones, el 5 de enero de 1920, hizo la apertura en su mismo local del Monte de
Piedad nº1»20 con capital proveniente de la Sindicatura Eclesiástica. La necesidad de
capitales con los que operar impulsó a Lissón –quien además, según Fred T. Ley,
carecía de aquellos necesarios para la compra de las acciones de la sociedad que le
correspondían ̶
a convertir el Monte de Piedad en un pequeño banco de ahorros,
ofreciendo un 8% de interés sobre depósitos y cobrando entre un 12 y 15% a quienes
empeñaban las prendas. Así, si bien los estatutos de La Auxiliar no fueron aprobados
por el Supremo Gobierno hasta 1922, desde el principio operó como Caja de Ahorros y
Monte de Piedad directamente dependiente del arzobispado de Lima. Por un lado, la
sociedad captaba fondos, de tal forma que a los iniciales de la Sindicatura Eclesiástica
en breve se sumaron préstamos de entidades financieras y especialmente depósitos
provenientes tanto de particulares como de otras instituciones. Por otro, invertía en la
compra de cédulas de montepío y prestaba dinero a particulares con la garantía de
bienes no especificados.
17
En carta de Emilio Lissón al Sr. Cura de La Matriz-Callao, del 10 de setiembre de 1917, en ACBL.
Respectivamente, en Linares, 1933: 67; y “Memorandum sobre la Auxiliar de Fred T Ley a Mons.
Holguín”, del 20 de agosto de 1931, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139,
Fasc. 525, ff.155-158.
19
Linares, 1933: 68.
20
Explicación del balance de la Sociedad Anónima Limitada “La Auxiliar” a 31 de diciembre de 1920, en
AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
18
157
La gestión económica y la dimisión de Lissón
Los balances de los años 1920, 1922 y 1924 así como otros documentos, entre los
que destaca el informe de los movimientos de la cuenta corriente del arzobispo,
muestran que al comienzo de la década de 1920 La Auxiliar, primero, recibió un cada
vez mayor número de depósitos; segundo, incrementó los préstamos concedidos con
garantías no especificadas, que casi en su totalidad tenían como destinatario al
arzobispo; y tercero, invirtió en cupones mensuales sin pagar de Cédulas de Montepío,
poseedores de garantía de cobro de la Dirección General del Tesoro.21 A 31 de
diciembre de 1922, del total de préstamos, 20.588,053 Lp., 3.102,723, 15% sobre el
total, correspondían a la cuenta de Lissón y 6.868,93 a los boletos de montepío. Un año
más tarde, el total de préstamos ascendía a 24.846,077 Lp., de los cuales el arzobispo
adeudaba 5.381,465 Lp., es decir el porcentaje ahora alcanzaba el 21%.
Al menos hasta junio de 1924,22 los ingresos debidos al pago de intereses
cobrados a los prestatarios, ya fuera a través del Montepío o aquellos aprobados
directamente sobre la garantía de prendas, fueron superiores a los que se devengaban
tanto los titulares de depósitos como a los prestadores.23 Sin embargo, el ritmo al que se
incrementaba la deuda del arzobispo era perjudicial para la entidad y, además,
lamentablemente, no sabemos el destino asignado por el arzobispo a este capital.
La tercera pata del entramado financiero de Emilio Lissón en la arquidiócesis
fueron las sociedades inmobiliarias, The American Development Company (a partir de
ahora ADC) y The American Auxiliary Company (a partir de ahora AAC). El tortuoso
camino que llevó a Lissón a constituir ambas sociedades puede deducirse de cuatro
informes depositados en el Archivo Secreto Vaticano. Los dos primeros, sin fechar, de
carácter reservado y dirigidos por una mano anónima a Mons. Petrelli, nuncio entre
1921 y 1924 ̶ aunque muy probablemente redactados en 1922 por el padre agustino
Martínez Vélez–;24 el tercero, fechado el 12 de agosto de 1922, del nuncio Giuseppe
Petrelli al Cardenal Gasparri, secretario de Estado de S.S.25 Y el cuarto, fechado el 15
de febrero de 1929, de Mons. Cicognani, nuncio entre 1927 y 1936, también al cardenal
Gasparri, relativo a la situación económica general de la arquidiócesis y que incluye
diversa documentación –entre ella, el que hemos llamado Informe Eguiguren (en
21
Informe emitido por La Auxiliar, firmado por Patrón y el contable M. A. Zavala, del 31 de diciembre
de 1923, detallando los movimientos de dicha cuenta desde el 5 de agosto de 1921, en ACBL.
22
En ese año la sociedad obtenía unos beneficios de 500 Lp. “Sociedad Anónima Limitada “La Auxiliar”,
Balance General al 30 de junio de 1924”, en AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 263.
23
“Balance al 31 de diciembre de 1922 de la Sociedad Anónima Limitada “La Auxiliar”, en ACBL.
24
ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-1925) B. 116, Fasc. 437, ff.75-77 y 78-79,
respectivamente.
25
Ibíd. ff.61-68.
158
La gestión económica y la dimisión de Lissón
adelante IE), probablemente redactado por Luis Eguiguren, futuro alcalde de Lima y, en
esos momentos, abogado de la curia–.26
Si nos guiamos por las palabras de Lissón, la constitución de las sociedades ADC
y AAC respondió a su sentimiento de responsabilidad para con la Iglesia y la sociedad
peruana. Este le indujo a mejorar la administración económica de la arquidiócesis y
recuperar los bienes de la Iglesia, incluidos aquellos pertenecientes a las comunidades
de religiosas consagradas al Señor, desde el estado cercano a la ruina en el que se
encontraban, con el objeto de « […] poner estos inmuebles en condiciones tales que no
sólo sirvan de albergues contra las intemperies, sino de medios individual y socialmente
educativos».27 Fiel a dicho propósito, al poco de asumir el cargo y, a juicio de Petrelli,
sin que quedara claro con qué autoridad, Lissón creó un órgano supervisor de las
cuentas de la diócesis, el llamado Consejo de Administración General Diocesana, 28 y
otorgó a la Sindicatura Eclesiástica la gestión tanto de los bienes de la arquidiócesis,
entre ellos los del Seminario de Santo Toribio, como de aquellos pertenecientes a
congregaciones femeninas de derecho diocesano de la capital; lo que representó vaciar
de contenido los puestos de Síndicos de los Monasterios y que recayese en manos del
arzobispo tanto la responsabilidad fiduciaria como la vigilancia de dicha
administración.29
El nacimiento de una administración central diocesana y las nuevas
responsabilidades asumidas por la Sindicatura Eclesiástica tenían como propósito
incrementar los ingresos de la arquidiócesis, mediante la aplicación de una gestión más
profesionalizada y, sobre todo, reducir los gastos al considerar que dicha administración
era ajena a las camarillas de familiares e intereses que se habían formado con el
transcurrir de los años en torno a los Síndicos de los Monasterios y, al mismo tiempo,
26
Respectivamente en “Informe nº74” de Cicognani a Gasparri (secretario de Estado de la S.S.), del 15 de
febrero de 1929, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139, Fasc. 525, e “Informe
sobre la creación y actividades de la American Development Company”, en Ibíd. ff.222-252.
27
“Carta Pastoral que el Iltmo. y Rmo. Sr. Arzobispo de Lima dirige a los fieles de su arquidiócesis,
desde su residencia accidental de Brooklyng [sic] (New York)” en El Amigo del Clero MXLVII-VIII
(respectivamente, del 15 de noviembre y 1 de diciembre de 1923), pp.518-522 y 557-562.
28
En 1918, este órgano quedó integrado por los Síndicos de los monasterios de clausura y los siguientes
canónigos: Manuel Segundo Ballón (Deán y Vicario General), Eduardo Luque (Arcediano), Belisario A.
Philipps (Chantre) y José A. Valencia Pacheco (Tesorero). AAL, Comunicaciones, XLI, Fasc. 335.
29
La primera referencia a la que fue denominada Sindicatura y oficina de Contabilidad de los
Monasterios se remonta al 1 de abril de 1919. Esta es una comunicación de Manuel Segundo Ballón,
Vicario General de la Arquidiócesis, a Eduardo Luque, director de la Sindicatura, en la que le solicita
información de los arrendamientos que dicha oficina gestiona, con el fin de incrementar las rentas
percibidas. AAL, Archivo Intermedio. L272 (Comunicaciones del Arzobispado), N350.
159
La gestión económica y la dimisión de Lissón
por su capacidad de realizar compras de un volumen más elevado. Sin embargo, los
planes de Lissón iban más allá de una simple mejora en la gestión.
El prelado decidió apostar fuertemente por dos nuevas vías para elevar aún más
los ya cuantiosos ingresos de las propiedades que comenzaba a gestionar la Sindicatura.
Una, la construcción de edificios de viviendas y locales comerciales para el mercado de
alquiler en algunas fincas propiedad del arzobispado y de los monasterios de la capital.
Otra, el impulso de una serie de iniciativas con el objeto de mejorar y reducir los gastos
en alimentación y medicinas del clero secular y regular. Para llevar a cabo la primera de
ellas, Lissón firmó un contrato en 1919 con la constructora estadounidense Fred T. Ley,
que más tarde desarrollaría otras importantes obras en la capital.30 Mientras que la
segunda incluyó la creación de una Cooperativa Conventual, encargada de repartir
víveres y artículos alimenticios de primera necesidad a todos los conventos y
monasterios;31 y, además, una vaquería, una botica y un horno, este último instalado en
el Seminario de Santo Toribio. Finalmente, para la puesta en marcha de ambas vías, el
prelado contrató varios préstamos con particulares con la garantía de varias fincas del
arzobispado. Estas hipotecas, según el IE, fueron solicitadas por Lissón y discutidas con
los directores de la Sindicatura Eclesiástica, Mons. Eduardo Luque y Valencia Pacheco,
con el rector del Seminario, Dr. José Sánchez Díaz y con el Párroco de la parroquia de
los Huérfanos, Dr. Chiriboga; al parecer, las escrituras expresan el permiso del Cabildo
para realizar dichos préstamos.
Desafortunadamente, el estrepitoso fracaso y cierre de las segundas, cuyas deudas
tuvo que asumir el arzobispado, y las desorbitantes necesidades de capital del proyecto
constructivo obligaron al arzobispo a solicitar continuamente cuantiosos préstamos, con
el consiguiente rápido y grave endeudamiento de la arquidiócesis. A la altura de 1920,
tras agotar los créditos obtenidos en Lima y ante las crecientes dificultades para
conseguir financiación adicional en la capital,32 Lissón dirigió su atención a los Estados
30
Por la memoria de la Sociedad de la Beneficencia Pública del año 1921, sabemos que ésta firmó un
contrato con la FT Ley para la edificación del Hospital “Arzobispo Loayza”; cuya ejecución sufrió varios
retrasos y estuvo envuelta en una fuerte polémica debido al fuerte incremento que se produjo en el costo
total previamente acordado. Boletín de la Sociedad de la Beneficencia Pública (Diciembre de 1921), p.5.
31
Según el IE, la cooperativa, que había incurrido en fuertes gastos para la compra de útiles de labranza o
el arriendo de una o dos chacras, finalmente fracasó por su nefasta gestión y por ir contra los intereses
creados.
32
Contratados en condiciones poco ventajosas y mayoritariamente a particulares –entre ellos, Miguel
Echenique, Paolo Casinelli, Carlos Larco Herrera, Carlos Valle Riestra, Fernando Astero Aspillaga y
Lorenzo Dapello ̶ tenemos constancia de que en 1929 el arzobispado aún debía las siguientes cantidades:
17.000 libras esterlinas al Sr. Echenique; 15.000 Lp. al Sr. Dapello, 2.500 Lp. al Sr Planas y 5.200 Lp al
Sr. Cabrerizo. IE, ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139, Fasc. 525, ff. 222-252.
160
La gestión económica y la dimisión de Lissón
Unidos de donde recibió el inestimable consejo de la constructora FT Ley. En este
sentido, la descripción del intercambio epistolar entre el prelado limeño y los directivos
de FT Ley contenido en las fuentes consultadas, además de mostrar las dificultades del
primero para enviar los capitales reclamados por la constructora, indica la ayuda que
ésta comenzó a prestar al arzobispo en el mercado financiero neoyorquino; vemos, por
ejemplo, que a finales de ese año, la compañía FT Ley, a través del antiguo
representante de la compañía en Lima, Sr. Spaulding, confirmaba al prelado que podría
obtener préstamos en Estados Unidos con la garantía de los bienes de la Iglesia. Sin
embargo, toda cantidad económica y seguridad hipotecaria aportada por Lissón, y
sostenida únicamente con los bienes del arzobispado, resultarían insuficientes.
Las estimaciones incluidas en el informe Vélez señalan que, hasta mediados del
año 1921, Lissón llevaba invertidos en sus distintas iniciativas 171.673,912 Lp.33
provenientes de préstamos a particulares y entidades financieras, y 60.551,716 Lp., 34 de
la anterior administración y de la venta varios terrenos; mientras que las pérdidas sólo
de las iniciativas alimentarias y el diario La Tradición ascendían a 21.655,947 Lp.35
Además, lejos de tener las necesidades de capital cubiertas, poco después de confirmar
la obtención de préstamos en Nueva York por valor de 3500 Lp., Spaulding comunicaba
a Lissón que la finalización de las obras requería 62.000 Lp adicionales. Ante esta
situación, y tras lograr enviar 12.400 Lp. a Spaulding, Lissón encontró la manera de
enfrentar su escasez de capital y, en consecuencia, continuar con su ambicioso proyecto
financiero-propagandístico. La vía fue la creación de una sociedad inmobiliaria,
propietaria de los bienes administrados por la Sindicatura Central, para que, con la
garantía de algunas de sus fincas, el prelado pudiera obtener los recursos necesarios para
la compleción de los proyectos en marcha.
Por supuesto, Lissón no ignoraba las dificultades que debía superar para lograr su
objetivo y, entre ellas, especialmente el hecho de que las congregaciones femeninas eran
33
Entre ellos destacan los préstamos al Sr. Echenique, con hipoteca de la casa Minería, por 60.000 Lp.,
Sr. Casinelli, por 12.000 Lp., al Banco del Perú y Londres por 4.000 Lp. y a los “Banqueros de Nueva
York” por un importe de 50.000 Lp. ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1917-1925) B. 116, Fasc.
437, f.88.
34
En esta cantidad consta la cantidad de 30.000 obtenida de la venta al Sr. Echenique de unos terrenos
propiedad del Monasterio de las Nazarenas. Compraventa realizada, a decir del autor del informe, sin el
consentimiento de sus propietarias. Ibídem.
35
Para que el lector se haga una idea del escalofriante salto que ejecutó Lissón, y pese a las cautelas que
deben aplicarse a lo apuntado por el IE, la deuda total (en Lp.) que heredó el arzobispo de su predecesor,
García Naranjo, no llegaba a 20.000; y, concretamente, las principales instituciones deudoras eran las
siguientes: Seminario de Santo Toribio (12.000), Monasterio de la Encarnación (1.000), Monasterio de
Santa Rosa (800). IE, ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139, Fasc. 525, ff.231236.
161
La gestión económica y la dimisión de Lissón
las legítimas propietarias de todas las fincas propiedad de los monasterios. Precisamente
por ello, en nuestra opinión, el prelado no buscó el apoyo de la curia a su proyecto
constructivo en base a la escasez de fondos del arzobispado o la necesidad de hipotecar
propiedades de las congregaciones religiosas, sino que expuso otro motivo. La razón
aducida fue la necesidad de poner a salvo los bienes de los monasterios ante una
eventual nacionalización de los mismos; especialmente temida en aplicación de la ley
que establecía que cuando un convento no tenía un mínimo de seis religiosas profesas
sus bienes pasaban a poder del Estado.
Afortunadamente para los intereses del arzobispo, en el contexto del inicio del
segundo mandato de Leguía (1919-1930), el temor de la jerarquía católica a dicha
nacionalización facilitó el rápido respaldo a su proyecto de los abogados y consejeros de
la curia Luis Eguiguren y Carlos Arenas y Loayza; de Mons. Philipps,36 y del nuncio
Mons. Lauri. Lissón no tuvo que exponer al resto de prelados su acuciante necesidad
económica y éstos se mostraron favorables a la creación de una sociedad inmobiliaria en
Estados Unidos que fuera propietaria de los bienes de las congregaciones monásticas y
de la arquidiócesis con la única condición de que las acciones de la nueva sociedad
quedaran en manos de los propietarios de esos bienes. Significativamente, las fuentes
consultadas no hacen mención a que las legítimas propietarias del mayor número de
bienes de la futura sociedad, las congregaciones de religiosas, fueran consultadas al
respecto.
Fortalecido por el consenso conseguido en Lima, Lissón viajó a Roma en abril de
1921, allí explicó su proyecto y obtuvo autorización verbal del Vaticano para ponerlo en
marcha. Luego, en junio de ese año y como parada intermedia del viaje de retorno a
Lima, el prelado limeño hizo la primera de varias visitas a Nueva York; en el transcurso
de las cuales, durante los dos años siguientes y con la ayuda del Sr. George J. Gillespie,
abogado del Cardenal Hayes, arzobispo de Nueva York, dio forma definitiva a las dos
sociedades The American Development Company y The American Auxiliary
Company.37 Según el Informe Eguiguren, la ADC se crearía con el objeto de poseer los
36
Chantre en el Cabildo, nombrado en 1917 Vicario General en lo administrativo por Pedro Manuel
García Naranjo, mantuvo con Lissón responsabilidades en la administración económica de la
arquidiócesis. El nombramiento en Carta de Pedro Manuel García Naranjo al nuncio, Mons. Lauri, del 3
de septiembre de 1917, en AAL, Archivo Intermedio. L288 (Libro de Comunicaciones con la Delegación
Apostólica. Copiador (1898-1941), N198.
37
Concretamente Lissón llegó a Nueva York el 18 de abril y 4 de junio de 1921, el 23 de enero de 1922, y
el 18 de junio y 15 de septiembre de 1923. En los años 1921 y 1923, Lissón recaló en Nueva York como
puerto intermedio hacia Europa, mientras que en 1922 pudo ir expresamente a presentar documentación y
firmar el contrato de administración con la empresa FT Ley, del 9 de febrero de 1922. La información
162
La gestión económica y la dimisión de Lissón
edificios y locales comerciales de la arquidiócesis y de los monasterios, y la AAC con el
fin de poseer aquellos bienes, que no generaban rendimientos, pertenecientes a los
monasterios. Una vez constituidas, ambas compañías fueron inmediatamente adquiridas
por Lissón y constituido el directorio; la dirección del mismo fue ocupada por el
arzobispo de Nueva York, cardenal Patrick Hayes, siendo el tesorero, Sr. George J.
Gillespie. Posteriormente, con poderes delegados de las congregaciones, el arzobispo
vendió a ambas compañías las propiedades de los monasterios. Dado que ninguna de las
dos sociedades tenía apenas capital, la ADC y la AAC emitieron bonos por valor de 7 y
9 millones de dólares respectivamente, con los que adquirieron dichos bienes
monásticos; y, por lo tanto, deberían haber pasado a manos de los monasterios, en igual
proporción al patrimonio que les pertenecía del total enajenado.
Diversa documentación remitida al arzobispado por la delegación en Lima de la
constructora FT Ley, indica dos cuestiones. Una, que en 1921 la sociedad inmobiliaria
ADC poseía las propiedades entregadas anteriormente a la administración de la
Sindicatura Eclesiástica: la Parroquia de los Huérfanos, el Seminario de Santo Toribio,
el Beaterio de Copacabana, la Obra Pía de Alvarado; y aquellas pertenecientes a los
siguientes catorce monasterios de congregaciones femeninas de la capital: El Carmen,
Cocharcas, la Concepción, las Descalzas, Jesús María, las Mercedarias; las Nazarenas,
el Prado, Santa Clara, Santa Rosa, la Trinidad, Trinitarias, Santa Catalina y, por último,
la Encarnación. Dos, que los ingresos mensuales percibidos por la ADC de los
arrendamientos de sus fincas urbanas a fecha 31 de enero de 1922 ascendían a
4.359,933 libras peruanas (Lp.).38
Las fuentes consultadas por nosotros concuerdan en que, al mismo tiempo o poco
después de que fueran creadas dichas sociedades, Lissón subscribió un crédito con The
National City Bank por la cantidad aproximada de 25.000$,39 ampliada en los tres años
siguientes hasta totalizar 325.000$; como garantía del préstamo, el tesorero Sr. Gillespie
relativa a las estancias del prelado en Nueva York procede del “Original Ship Manifest del States
Inmigration Officer at Port of Arrival (NYC)”, en The Statue of Liberty-Ellis Island Foundation, Inc:
<http://www.libertyellisfoundation.org>, consultada el 28 de Julio de 2015. Aquella sobre el contrato de
administración en el Informe sobre la administración de la ADC de FT Ley a Mariano Holguín, del 27 de
marzo de 1931, en AAL, Comunicaciones N42 Fasc. 64b f.1.
38
En 1924, los salarios medios mensuales en libras peruanas (Lp.) de los trabajadores según los distintos
sectores eran los siguientes: Campo de Algodón 3,5; Campo de Azúcar 4,6; Campo de Arroz (en 1924)
5,7; Trapiche de Azúcar 5,9; Obreros Petróleo 6,5; Obreros Minería Metálica 6,6; Funcionarios, 7,3;
Industria Extractiva 16,3; Profesores, 23,2; Administradores del gobierno, 29,8. Cuadro 20 de Hunt,
1980: 123.
39
Es importante hacer notar que, en ese momento, el cambio era de 4$ por 1 Lp. Pastor, 2012: 9.
163
La gestión económica y la dimisión de Lissón
se quedó con la totalidad de los bonos emitidos.40 Así pues, las congregaciones
religiosas finalmente no recibieron dichos bonos, cuya posesión hubiera reafirmado sus
derechos sobre las compañías ADC y AAC, y aunque aquellas órdenes ignoraron por
mucho tiempo este hecho, con ese acto Lissón pasó a controlar el patrimonio
inmobiliario de los monasterios.
La transmisión de los bienes de los monasterios ejecutada por Lissón se vio
facilitada por dos factores. Uno, la discreción, o total falta de transparencia, con las que
operó el arzobispo; otro, el mantenimiento por la Sindicatura Eclesiástica de las
asignaciones, ordinarias y extraordinarias, que recibían los monasterios con anterioridad
a la transmisión de los bienes a la ADC. Sin embargo, cuando nuevos cambios
provocaron una merma en los recursos disponibles de las congregaciones, éstas se
movilizaron para enfrentar la situación. Como veremos a continuación, su influencia, de
acuerdo a su nivel de ingresos, les permitió defender sus derechos en el Congreso de la
República.
Según el IE, aunque la creación de la administración central fue una excelente
idea, no existió tino ni en la elección de su personal –dos ancianos canónigos, sin
experiencia, sin capacidad para administrar y sin carácter– ni en la de aquellos
designados para supervisar sus cuentas. Y, en consecuencia, durante su gestión, la ADC
y el resto de empresas propiedad del arzobispado padecieron un permanente desorden y
descontrol como se visibilizó claramente en sus cuentas. Consciente de esta situación,
en febrero de 1922 Lissón entregó la gestión de ADC a la delegación en Lima de la
compañía FT Ley, contratando para el control de esta última al ingeniero alemán Sr.
Apog.41
La nueva administración, interesada en un mayor control y reducción del gasto
que permitiera canalizar el mayor número de recursos hacia la actividad constructiva,
tomó la decisión de reducir las asignaciones de los monasterios, probablemente sin
calcular las consecuencias que se derivarían de la misma. Las congregaciones no
tardaron en reaccionar y la vía escogida para defender sus intereses fue promover un
debate en el Congreso de la República en el que se hicieran públicas sus dificultades
40
En “Summary of the relations between the American Development Company and the National City
Bank of New York”, enviado por el vicepresidente de la entidad en Nueva York, A. Reynolds, a su
oficina en Lima y de allí a Mons. Holguín, con fecha 19 de marzo de 1933, en ASV, NP. Monseñor
Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140, Fasc. 529, ff.109-115.
41
Comunicación, del 8 de agosto de 1922, de Emilio Lissón a Eduardo Luque, director de la sindicatura
eclesiástica, en la que le informa de la entrega de la administración de la ADC a la FT Ley, en AAL,
Archivo Intermedio, L272 (Comunicaciones del Arzobispado) N441.
164
La gestión económica y la dimisión de Lissón
económicas y, en base a ellas, se cuestionara el modo en que Lissón manejaba sus
bienes.
Las intervenciones parlamentarias se produjeron el día 23 de marzo de 1922. En
ellas, el diputado por Pachitea, Víctor M. Maurtua, expuso los padecimientos de las
congregaciones religiosas, y el canónigo y diputado, Dr. Mariano N. García,42 asumió la
defensa de la nueva administración implementada por Lissón. Requerida la opinión del
gobierno, el Ministro de Culto, Julio Ego Aguirre, zanjó el asunto declarando:
Hay una ley que da a las comunidades eclesiásticas la facultad de manejar sus bienes
en la forma que estimen conveniente. ¿Qué importancia puede tener que el arzobispo
maneje las rentas en tal o cual forma? Yo creo que no existe. ¿Qué importancia tiene
que el Arzobispo malverse o no las rentas de los monasterios? Yo creo que eso no
tiene importancia para el estado. Aunque me parece que eso no sucede.43
Los diarios de la capital se hicieron eco de la noticia y uno de ellos, La Tradición
señaló:
Que no es cierto que la Sindicatura eclesiástica haya sido extinguida [...] //Que no es
cierto que el Sr. Arzobispo haya dicho que la Santa Sede le ha concedido facultad
alguna extraordinaria para enagenar [sic] o gravar los bienes de los monasterios [...]
// Que no es cierto que los bienes de los monasterios estén hipotecados a entidades
extranjeras o nacionales [...] //Que la firma americana Fred T Ley&Cia sólo
administra los bienes de los monasterios a mérito de un contrato prorrogable [...]44
Luego, ante el apoyo gubernamental a la acción de Lissón, las congregaciones se
quejaron al nuncio Petrelli,45 quien respaldó sus reclamaciones.
Atendiendo a los informes enviados por Petrelli a Roma, entre agosto del año
1922 y febrero de 1924, el nuncio solicitó a Lissón, en numerosas ocasiones, copia de
diversos documentos; éstos fueron los balances de las cuentas de los monasterios, las
escrituras con las que se había efectuado el traspaso legal de los títulos de propiedad de
los bienes de los monasterios a favor de las sociedades inmobiliarias, e información
sobre la titularidad de las acciones de la compañía así como del lugar en el que éstas
habían sido depositadas.46 Petrelli recomendó al Vaticano que ordenara a Lissón la
42
Que a la postre, y debido a los cambios introducidos en la Constitución de 1920, fue el último
eclesiástico elegido por las provincias de Canas y Espinar, del departamento del Cuzco.
43
La Prensa (26 de marzo de 1922), p.7.
44
La Tradición (3 de abril de 1922), p.1.
45
Así lo atestiguan tres cartas de la abadesa del monasterio de las Carmelitas Descalzas, fechadas el 26 y
27 de febrero, y el 5 de marzo de 1923. Y las dirigidas, el 1 y 3 de marzo de 1923, respectivamente, por
sus homólogas de los monasterios de Santa Catalina y del Carmen, en ASV, NP. Monseñor Giuseppe
Petrelli (1917-1925) B. 116, Fasc. 437, ff.71-74.
46
Concretamente aquellos fechados el 12 de agosto de 1922, el 21 de mayo de 1923 y el 28 de diciembre
de 1923, en ASV, NP. Monseñor Giuseppe Petrelli (1917-1925) B. 116, Fasc. 437, respectivamente,
ff.61-68, 82-85 y 86-90.
165
La gestión económica y la dimisión de Lissón
supresión de la administración central y su sustitución por una Junta Administradora de
los bienes de los monasterios formada con representantes de la antiguas Sindicaturas y
vigilada por el diocesano. Entre las razones aducidas señaló la negativa de Lissón a
entregarle la documentación solicitada unida a los debates parlamentarios, las quejas de
los monasterios y al informe que sobre el asunto le remitió el padre agustino Martínez
Vélez; en el que se presentaba un escenario presente y futuro de las cuentas de la
diócesis poco esperanzador.
Petrelli nunca logró saber la finalidad y autoridad con la que la nueva
administración no reconocía más derechos a las congregaciones que el de recibir una
asignación mensual y otras de carácter extraordinario que requerían la previa
aprobación del arzobispo. Y, pese a la buena sintonía entre Lissón y Leguía o al hecho
de que la constitución de las sociedades hubiera contado con la aprobación de su
predecesor, Mons. Lauri, Petrelli mantuvo una posición firme y contraria a la gestión
económica del arzobispo limeño y recomendó encarecidamente a Roma que los
monasterios participaran en alguna medida en la gestión de sus bienes, para que
recuperaran la tranquilidad, garantizasen la incorporación de nuevas vocaciones y, en
consecuencia, su supervivencia.
Pese a la reiterada oposición del nuncio a la acción económica de Lissón, a los
trágicos sucesos con motivo del intento de consagración del Perú al Sagrado Corazón de
Jesús y tras su visita a Roma en 1923, el arzobispo obtuvo la autorización de la Sagrada
Congregación de Religiosos para obtener créditos con la garantía de los bienes de las
congregaciones religiosas por un valor máximo de 800.000 Lp.; este capital sería
fiscalizado por el Vaticano y debería utilizarse para realizar mejoras en los
monasterios.47 La autorización obtenida por el prelado limeño hizo evidente el respaldo
del Vaticano a Lissón en unos momentos especialmente delicados y dio validez a
decisiones previas del prelado al margen de las leyes canónicas. Se consolidó, entonces,
la apuesta de Lissón por la reparación y mejora de fincas pertenecientes a las
congregaciones religiosas y la construcción de viviendas y locales comerciales como vía
para incrementar las rentas percibidas; así como el papel central a ocupar por FT Ley en
la ejecución y administración del proyecto. Según el IE, pese al aumento de los gastos
47
El Decreto, firmado por el Cadenal Laurenti decía: «Summa mutuanda erit prout necessitas
postulaverit per annuas ratas, eaque ad summum octigenta millis libellarum peruvianarum attinget, quae
in spatio quincedim annorum erit reddenda per successivum interesse annuale duae annuatim sumentur
ad extinguendum principale, ita ut post quindecim annus integrum debitum erit solutum et propietates seu
bona erunt libera a quacumque obligatione», en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936)
B.139, Fasc. 525, f.2.
166
La gestión económica y la dimisión de Lissón
derivados de un proyecto constructivo demasiado ambicioso para los ingresos y
capacidad de endeudamiento de la compañía, en el periodo comprendido entre 1920 y
1924, la ADC acabó los edificios “Minería” y “Arica”, varias celdas nuevas en el
Seminario de Santo Toribio y comenzó a construir una residencia veraniega para los
seminaristas en Barranco.
Con todo, por una parte, tanto las bases como el contexto económico sobre el que
se desarrolló el proyecto no fueron los idóneos. Por ejemplo, el hecho de que, en el
primer acuerdo suscrito, la ejecución de las obras fuera encargada a la empresa FT Ley,
a su vez administradora de la ADC o, en otros términos, se adjudicara las obras a la
misma compañía que debía velar por los intereses de la ADC, favoreció el descontrol en
el gasto.48 Y aunque, posteriormente, dicho acuerdo fue modificado en beneficio de la
ADC,49 la operativa de la compañía no cambió y, por lo tanto, su situación financiera se
vio comprometida por los siguientes factores: el alza inmoderada de los precios durante
los años veinte; la gran cantidad de equipos que una vez adquirido no se empleó y con
los años quedó destruido; y finalmente, las compensaciones e indemnizaciones
económicas que hubo de pagar al personal cualificado, en su mayoría contratado en
Estados Unidos, al ser despedido con motivo de la paralización de las obras.50
Por otro lado, pese al respaldo del Vaticano, Lissón tuvo que continuar haciendo
frente a cierta polémica al respecto y explicar a sus feligreses las razones y objetivos de
su acción económica. Muestra de ello, fue la carta pastoral que redactó, a finales del año
1923, desde su residencia temporal en Nueva York, en la que decía:
[…] quede bien entendido que jamás nos hemos ocupado ni nos ocuparemos […] de
otros asuntos que los que se refieren directa o indirectamente al bien de la Iglesia
[…] y con entera sujeción a sus supremas autoridades [...] Bien sabéis que entre
nosotros las instituciones religiosas y particularmente las comunidades de vírgenes
consagradas al Señor, viven con el producto de algunas casas e inmuebles que han
formado su dote al integrar la vida religiosa, o han sido adquiridos por los medios
legales más justos y honestos. Estos inmuebles con el transcurso del tiempo, como
bien lo veis, están muchos de ellos cayendo en ruinas; es pues necesario pensar en su
reparación y reconstrucción para llenar los fines a que han sido destinados [...] se
48
Al gravoso para la ADC 12 % de comisión que, según dicho acuerdo, recibió la FT Ley de toda
construcción proyectada, se añadió el excesivo y costoso personal que esta última contrató en la ejecución
de las obras.
49
Gracias a la mediación de Luis Eguiguren, el 28 de enero de 1924 ADC y FT Ley subscribieron un
apéndice, al contrato celebrado el 9 de febrero de 1922 entre ambas, por el que se pactó una mejora en las
condiciones de prestación de servicios y, especialmente, una reducción de las comisiones que cobraba FT
Ley, estas pasaron del 12 al 10% del valor de los proyectos. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani
(1928-1936) B. 139, Fasc. 525, ff.61-62.
50
Informe, del 30 de noviembre de 1928, de FT Ley a Luis Pedemonte, Visitador General, en ASV, NP.
Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139, Fasc. 527, ff.124-125.
167
La gestión económica y la dimisión de Lissón
hace necesario contribuir con ellos al bienestar de la población, se hace necesario
poner estos inmuebles en condiciones tales que no sólo sirvan de albergues contra las
intemperies, sino también de medios individual y socialmente educativos. Para
realizar esta obra, que consideramos tan importante como las otras de ministerio
pastoral, es para lo que nos hemos visto precisados a sacrificar estos meses de viaje y
tendremos que sacrificar algunos días más.51
No disponemos de información detallada de la compañía para gran parte de la
década de 1920. Sin embargo, en 1933 y con motivo del relevo al frente de la
administración de la ADC y de la creación de una oficina de control externa a ella, esta
última elaboró un informe contable de la ADC a partir de datos proporcionados por la
FT Ley. Dicho informe, además de contener datos esenciales de ADC en el periodo
1928-1932, recoge la situación global de la compañía al iniciarse este periodo.52 Así,
sabemos que en 1927 el monto total de los préstamos que habían hecho posible su
ambicioso plan inmobiliario ascendía a 1.948.248,3 soles.53 Comparando, además, el
desglose de ingresos existentes en 1922 con el de 1928,54 todo parece indicar que, en
ese periodo, la ADC finalizó la construcción y puso en servicio los mencionados
“Minería” y “Arica”, el edificio que alojaría el colegio “Villa Maria Academy”, y las
Tiendas Paz Soldán, lo que unido a otros factores, como la inflación, supuso un
incremento de sus ingresos hasta los 7.270 Lp./mes en octubre de 1928, es decir, un
66,7% superior a lo percibido en 1922.55
3.1.2 Los problemas afloran
Tras el respaldo vaticano a Lissón en 1923, el último tramo del mandato de
Petrelli al frente de la nunciatura y el primer año de su sucesor, Mons Cimino,56 fue un
tiempo de transición y consolidación de la alianza entre el arzobispo y el presidente
Leguía; y, probablemente, fue también un tiempo de esperanza en el futuro para muchos
51
“Carta Pastoral que el Iltmo. y Rmo. Sr. Arzobispo de Lima dirige a los fieles de su arquidiócesis,
desde su residencia accidental de Brooklyng [sic] (New York)” en El Amigo del Clero MXLVII (15 de
noviembre de 1923), pp.518-519.
52
Informe titulado “Relación referente la revisión de la Contabilidad de la Sociedad Fred T. Ley y Cía,
Lima”, de febrero de 1933, en AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
53
En este monto total estaban incluidos el préstamo de The National City Bank, ya mencionado, por un
importe de 200.000$ (en torno a 500.000 soles en ese momento) y otro por valor de 300.000 soles
concedido por el Banco Italiano con fecha 15 de septiembre de 1924, con la garantía de fincas propiedad
del Monasterio de las Mercedarias. Ibídem.
54
AAL, Archivo Intermedio N187 (Registro de Propiedades American Development Company).
55
Según Linares, el “Edificio Minería”, primero de su clase en Lima, dedicado a oficinas y por el cual, el
Arzobispo obtuvo un premio, consistente en una medalla de plata, otorgada por la Municipalidad de
Lima; el Edificio “Arica”, también primero de su clase, dedicado a apartamentos modernos y las “Tiendas
Paz-Soldán”, consideradas como uno de los mejores negocios del arzobispado. Linares, 1933: 30-32.
56
Cimino ocupó el cargo desde abril de 1926 hasta su fallecimiento el 4 de mayo de 1928.
168
La gestión económica y la dimisión de Lissón
miembros de la Iglesia peruana. Los hechos que me permiten sostener tales
afirmaciones son los siguientes: El 28 de Julio de 1926, en el discurso de apertura de la
nueva legislatura, Leguía urgió a los diputados a finalizar los trabajos conducentes a la
firma de un Concordato con la Santa Sede, a partir del proyecto enviado por el gobierno
al congreso el 22 de setiembre de 1920; en setiembre de ese año, el reconocido católico
Pedro José Rada y Gamio fue nombrado ministro de AAEE; y en el mes de octubre se
logró la primera aprobación –la segunda y definitiva se realizaría en la siguiente
legislatura– del proyecto de ley sobre el método a seguir en la elección de arzobispo,
que retiraba dicha potestad al poder legislativo y se la entregaba al presidente de la
República.57
La situación de aparente estabilidad que atravesaba el arzobispado no fue más que
un momento de calma previo a la tormenta; ésta se desataría a partir de 1927 con el VIII
Concilio Provincial Limense. En verdad, dicho cónclave, celebrado entre el 30 de
agosto y el 12 de noviembre de 1927, demostró, por primera vez, al conjunto de la
jerarquía católica peruana, las debilidades, problemas y, a la postre, escasa capacidad de
liderazgo de Lissón en todos los ámbitos de su gestión, y especialmente en el
económico.58 Según la documentación consultada ̶ especialmente aquella relativa tanto
a las deliberaciones como a las votaciones del concilio– el arzobispo mantuvo
posiciones propias y alejadas de la mayoría del resto de prelados en relación a los
siguientes asuntos. Primero, sobre el modo de gestionar las rentas y bienes eclesiásticos;
segundo, sobre los modos adecuados de intervención de los católicos en la sociedad, y
en particular sobre la acción católica y su relación con la política; tercero, sobre un
proyecto de vida común del clero secular impulsado por el arzobispo;59 cuarto, sobre la
Universidad Católica;60 quinto y último, sobre las actividades del diario La Tradición,
57
En Informe de Cimino a Gasparri, secretario de Estado de SS, fechado el 1 de agosto de 1926,
Comunicación de Pedro José Rada y Gamio a Cimino, de 26 de setiembre de 1926 y Mensaje Cifrado de
Cimino a Gasparri, de 8 de octubre de 1926; todos ellos en ASV, NP. Monseñor Serafino Cimino (19261928) B. 119, Fasc. 459, respectivamente en f.6, f.36 y f.30.
58
Saranyana y Armas Asín, 2010: 162.
59
Esta propuesta supuestamente perseguía preservar a los sacerdotes de los peligros a los que se
enfrentaban en los primeros años de labor y su gestación, según Saranyana, se remontaba a la primera
década del siglo XX, aunque como él mismo sostiene el empeño infructuoso de Lissón por aprobarla de
forma literal a su redacción, le distanció de algunos de sus sufragáneos y le creó mal ambiente en algunos
sectores eclesiásticos. Al defender este sodalicio clerical, el arzobispo se ganó, además, la fama de ser
poco ducho en teología y cánones. Saranyana y Armas Asín, 2010: 179.
60
Según Lagui, en el transcurso del concilio Lissón volvió a manifestar sus reparos a la Universidad
Católica y a negarle su apoyo público por: Primero, considerar que su fundación fue innecesaria, y que lo
verdaderamente esencial era ganar la Universidad de San Marcos a la causa católica; segundo, desarrollar
su actividad con una elevado grado de independencia de la autoridad eclesiástica; tercero, no contar
169
La gestión económica y la dimisión de Lissón
propiedad de la Iglesia y dirigido por personal de confianza de Lissón, y, en general,
sobre el modo de gestionar la prensa católica.
Según el IE, una vez creada La Tradición, Lissón entregó su gestión, así como
una cantidad nada despreciable de fondos provenientes del empréstito estadounidense
(concretamente 3500 Lp.) a un tal Sr. Berrio, quien se comprometió pagar un 8% de
interés anual y devolver el capital vencido el contrato. Luego del fracaso de Berrio que
no pudo hacer frente a sus compromisos, Lissón rescindió su contrato por miedo a los
acreedores y el diario pasó, primero, a manos de Aquiles Giacome, recomendado por el
ministro Rada y Gamio, y más tarde a las de J. Patrón, administrador de La Auxiliar.
Ambos no pudieron enderezar el rumbo de la empresa y el último la dejó con una deuda
total de 8000 Lp. A mediados de la década de 1920, en fecha aún por determinar y pese
a la opinión contraria de Oscar Fritz, uno de los redactores más destacados, Lissón
entregó la administración de La Tradición a Luis Alberto Reed.
El Informe Eguiguren indica que Reed, quien obtuvo un préstamo de The Royal
Bank of Canada por 7000 Lp. para el reflote de la empresa, era un «Sujeto desconocido,
representaba el tipo de un extranjero, advenedizo. Muy hábil y locuaz, es el tipo de
embrollón, sin responsabilidad» sin ningún interés en que ganara el periódico y sólo
preocupado por vivir una vida relajada y cobrar un 25% de los ingresos netos».61 Fueron
muchas las voces que, desde la Iglesia, denunciaron ya en 1927 la inmoralidad del
director Reed y del diario; estas acusaciones y la importante deuda arrastrada por la
publicación fueron causa de encendido debate en el VIII Concilio Provincial Limense.
Según Mons. Lagui, oficial de la nunciatura a las órdenes del nuncio Serafino Cimino,
durante la asamblea se mantuvieron dos posiciones encontradas: por una parte, la
defendida por el arzobispo Lissón, que resultó vencedora, favorable a la confirmación
de Reed en la dirección del diario; por otro lado, la posición liderada por los obispos de
Cuzco y Arequipa, Mons. Farfán y Holguín respectivamente, quienes solicitaron
infructuosamente el relevo de Reed en favor de un director católico, Oscar Fritz, cuya
labor fuera supervisada por un comité de censura católico.62
En nuestra opinión, el cambio de tendencia o punto de inflexión en el liderazgo
ejercido hasta entonces por el arzobispo y que demostraron dichas posiciones
todavía con la aprobación definitiva de la Santa Sede. “VIII Concilio Provincial Limense” del ASV, NP.
Monseñor Serafino Cimino (1926-1928) B. 121 Fasc. 466.
61
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139, Fasc. 525, f.234.
62
Comunicación de Lagui a Pietro Gasparri, secretario de Estado de S. S., con fecha 5 de marzo de 1928,
en ASV, NP. Monseñor Serafino Cimino (1926-1928) B. 121, Fasc. 466.
170
La gestión económica y la dimisión de Lissón
encontradas se fundamentó tanto en diferencias de orden teológico-doctrinal como en la
deriva del proyecto financiero y propagandístico de Lissón, y particularmente en su
incesante búsqueda de fondos con que nutrirlo.63 En este sentido, resulta revelador:
primero, que Lissón sometiera a la aprobación de la asamblea un proyecto para emitir
bonos de deuda con la garantía de los bienes de la Iglesia; segundo, que monseñor Aldo
Lagui y el nuncio Gaetano Cicognani pensaran que el proyecto lissoniano relativo a la
vida en común de los clérigos seculares (sodalitas cleri saecularis o sodalicio clerical)
era el último intento de Lissón para controlar la administración económica de las
parroquias de la arquidiócesis, como han señalado Saranyana y Armas Asín;64 tercero,
que la asamblea se resistiera a aprobar ambos proyectos del primado. Y así, pese a la
excelente relación entre el presidente Leguía y Lissón ‒y que el prelado, probablemente,
buscara el apoyo de la asamblea sobre la base de la promesa presidencial de eliminar la
contribución eclesiástica y aumentar el sueldo de los canónigos capitulares–,65 la
emisión de bonos fue finalmente aplazada. Mientras tanto, el sodalicio clerical obtuvo el
respaldo del concilio solo tras varias votaciones y haber sufrido varias modificaciones y
retirada su obligatoriedad.
A partir de 1927 y hasta que, como veremos más adelante, el Vaticano retiró a
Lissón el gobierno de la arquidiócesis, tanto La Auxiliar como la ADC ampliaron
significativamente su actividad, en particular a través de la captación de nuevos
depósitos y la concesión de créditos la primera y, ambas, a través de la construcción de
edificios de oficinas y viviendas destinadas a alquiler. Prueba de esto último fue la
construcción por parte de La Auxiliar de un edificio de oficinas, que llevaría su nombre,
gracias al contrato de mutuo hipotecario y arrendamiento firmado entre dicha sociedad y
The Royal Bank of Canada el 15 de enero de 1927.66 De modo similar, entre 1928 y
63
Saranyana y Armas Asín, 2010: 176-177.
Al parecer, en el proyecto original figuraba que los clérigos, antes de recibir la ordenación, debían
renunciar en favor de una caja común, administrada por el arzobispo, a todos los emolumentos que
recibieran en el desarrollo de su labor. Ibíd.: 188-190.
65
Ibíd.: 166-167.
66
Dicho documento público indica que la Junta General de Accionistas de La Auxiliar estaba compuesta
por Emilio Lissón (916 acciones), Juan C. Villa (50), Esteban Massa (12), Tobías Riedner (320) y Manuel
Patrón (600). Y establecía los términos del contrato, concretamente la Auxiliar y The Royal Bank of
Canada se comprometían respectivamente: a devolver lo prestado (80.000 Lp.) más un 8%, el primero, y
arrendar la planta baja y sótano del edificio por un importe de 300 Lp. al mes por un plazo de 20 años, el
segundo (“Escritura pública de Mutuo Hipotecario i Arrendamiento The Royal Bank of Canada a La
Auxiliar”. Archivo General de la Nación Protocolo nº75 fol. 125.). Nosotros hemos consultado una copia
simple depositada en el ACBL.
64
171
La gestión económica y la dimisión de Lissón
1931, tenemos constancia de que la ADC vendió fincas; y obtuvo préstamos y letras; 67
dedicando el total obtenido a nuevas construcciones y reparaciones de las ya
existentes.68 Este afán constructor llevaría a ADC a poseer a finales del año 1931,
además de los edificios y tiendas ya mencionados, el edificio “San Pedro” (también
conocido como Banco Popular, por alojar las oficinas centrales de dicha entidad) y las
tiendas tanto en Payta y Chira como en la esquina Trinidad y Juan Pablo.69
Al término del concilio eclesiástico de 1927 no hubo cambios en la administración
de Lissón quien trató de evitar los problemas y zanjar los rumores, por un lado,
aceptando sin discusión los presupuestos ordinarios y extraordinarios de los
monasterios; por otro, consintiendo que los antiguos síndicos de los monasterios
(familiares y conocidos de las congregaciones) cobraran los cheques emitidos por la FT
Ley para el pago de dichos presupuestos, y recibieran un 4% de los importes como pago
de sus servicios. Sin embargo, después de esa fecha, diversa documentación muestra,
primero, la creciente inquietud de seglares y religiosos por el deterioro de la situación
financiera de la arquidiócesis;70 especialmente en lo relativo a las tres iniciativas
lissonianas: La Auxiliar, la ADC y La Tradición; y, luego, cómo el Vaticano finalmente
intervino en la resolución del problema, concretamente a raíz de las voces de alarma que
se alzaron nuevamente en relación a la última de ellas que alcanzaron a la ADC y
pusieron en peligro la economía arzobispal en su conjunto.
67
Según la siguiente relación (año, ventas, total de préstamos y letras): En 1928, la ADC obtuvo 18.360
soles en ventas y 657.000 soles en préstamos y letras. En 1929, 65.000 soles en ventas y 248.683 soles en
préstamos y letras. En 1930, 396.000 soles en ventas y 199.471 soles en préstamos y letras; En 1931,
100.000 soles en ventas y 73.549 soles en préstamos y letras. En 1928 tenemos constancia de que la ADC
subscribió, al menos, tres préstamos con el Banco de Perú y Londres. Dos de ellos garantizados con
fincas pertenecientes al Seminario de Santo Toribio, el primero por un importe de 250.000 soles, luego
ampliado a 360.000 soles, y el segundo de 140.000 soles; mientras que el tercero, de 21.673,49 soles,
tuvo la garantía de una finca perteneciente a la Parroquia de los Huérfanos. Relación de préstamos
reflejados en un informe de FT Ley de julio de 1933, en AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
68
En función de los años y con las cantidades empleadas en soles peruanos (años, soles gastados en
construcciones, soles gastados en reparaciones): en 1928, la ADC gastó 266.167 soles en construcciones y
102.000 en reparaciones; en 1929, 223.256 en construcciones y 248.683 en reparaciones; en 1930,
231.034 en construcciones y 214.000 en reparaciones; y en 1931, 268.511 en construcciones y 0 en
reparaciones.
69
“Relación referente la revisión de la Contabilidad de la Sociedad Fred T. Ley y Cía, Lima”, de febrero
de 1933, en AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
70
Destaca la comunicación de The Royal Bank of Canada, del 24 de agosto de 1928, a la Rvda. Madre
Abadesa del Convento de la Concepción de Lima por la que le confirma la deuda que carga sobre las
propiedades del convento por un préstamo concedido al arzobispo Lissón. También la de FT Ley a Luis
Pedemonte, Visitador General, con fecha 30 de noviembre de 1928 y 13 de diciembre de 1928, por la que
le informa del préstamo concedido por The National City Bank de Nueva York al arzobispo en los años
1920-21 y del uso que se hizo del mismo. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139,
Fasc. 527.
172
La gestión económica y la dimisión de Lissón
Según el nuncio Cicognani y el IE, el empeño de Lissón durante el concilio por
mantener a Reed en su cargo implicó el ascenso de este último a copropietario de La
Tradición, el cambio de la línea editorial del periódico ̶ que pasó a denominarse
“independiente” ̶ , y la desafección de los católicos por la publicación. La relación de
confianza entre Lissón y Reed fue tal que, en poco tiempo, urgido por las necesidades
financieras de sus múltiples proyectos, a principios del año 1928 el arzobispo otorgó a
Reed un poder general para negociar la concesión de un nuevo préstamo por valor de 7
millones de dólares en Estados Unidos, en las condiciones que creyere oportunas y con
la garantía de los bonos emitidos por ADC ̶ aquellos que Gillespie mantenía en depósito
como garantía del crédito del National City Bank de Nueva York–.71 Advertido por el
abogado de la curia, Luis Eguiguren, Gillespie dificultó la labor de Reed quien no sólo
no consiguió su objetivo sino que tiempo después (setiembre 1928) vio revocado su
poder.72 Pese a ello, según Cicognani, se supo –más tarde y extraoficialmente- que el
arzobispo habría solicitado finalmente 10.000 dólares al National City Bank y dado
instrucciones a Gillespie para que se los entregara a Reed con el propósito de que no
regresara al Perú –donde no hay registro de su vuelta, aunque si noticias de que, a
finales de la década de 1920, se habría dirigido a Londres con el propósito de obtener un
nuevo préstamo millonario en favor del arzobispado–.
Ya fuera por la escasa sino nula transparencia de Lissón en el manejo de sus
negocios o por los informes enviados al Vaticano ̶ entre otros, desde EE.UU, la
Nunciatura Apostólica en Perú y las congregaciones femeninas de la capital limeña–73
el caso es que, a mediados de 1928, el Vaticano tomó diversas iniciativas al respecto. En
agosto de ese año y antes de ingresar en Perú, el nuevo nuncio Cicognani consiguió que
Lissón postergara su proyectado y cercano viaje a Nueva York, donde el nuncio creía
que el prelado iba a solicitar nuevos empréstitos.74 Luego, con fecha 25 de octubre de
1928, Cicognani solicitó a Roma por mensaje cifrado la realización de un estudio de las
cuentas del arzobispado: «Giuntomi po il ven ordine di fare un’inchiesta
71
Además, el Poder General establecía que, en el caso de obtener dicha cantidad en préstamo, Reed
recibiría una comisión de 15.000 dólares estadounidenses. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani
(1928-1936) B. 139, Fasc. 525, ff.63-66.
72
La revocación en Ibíd. ff.67-68.
73
Nos consta que la abadesa del Monasterio de la Concepción protestó ante el Vaticano porque Lissón
había contratado, a sus espaldas y, por supuesto, sin su consentimiento, un préstamo el 21 de julio de
1928, por 7.000 Lp. con The Royal Bank of Canada, del que se enteró por comunicación de la entidad
fechada el 24 de agosto de 1928. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139 Fasc. 527,
f.166.
74
Así al menos es informado por la Nunciatura el 7 de agosto de 1928. Ibíd. f.143.
173
La gestión económica y la dimisión de Lissón
sull’amministrazione generale dei beni dell’Archidiocesi»75 y, seis días más tarde, el
secretario de Estado de S.S., Pietro Gasparri, retiraba cautelarmente a Lissón toda
facultad en lo que atañía a los bienes administrados por la FT Ley, es decir sobre la
ADC.
76
Esta resolución, que el nuncio tuvo que aclarar a Lissón en más de una
ocasión,77 sería ratificada por una comisión mixta de las Sagradas Congregaciones del
Concilio, de Religiosos y Seminarios reunida el 26 de julio de 1929.78
Con todo, a la vista de los balances de ADC y de documentación relativa a La
Auxiliar, hasta finales del año 1930, el Vaticano topó con diversos obstáculos en orden
a facilitar el control de las sociedades creadas por Lissón. Entre ellos, la escasa
colaboración del arzobispo y de sus inmediatos colaboradores y la afición del prelado
por
emprender
negocios
siguiendo
el
consejo
de
personas
«astutas»
o
malintencionadas.79 A este respecto, es relevante el informe remitido por FT Ley a
Belisario Philipps, miembro de la comisión encargada de la administración económica
de la arquidiócesis, en el que se dice:
No podemos dejar de señalar el hecho de que, mientras por una parte el Sr. Patrón
[gerente de La Auxiliar] desconoce la autoridad de la Comisión [nombrada por el
Vaticano] y obstaculiza el examen de su contabilidad, por la otra solicita de la
Comisión la ayuda pecuniaria que le es indispensable para hacer frente a sus
compromisos […] // No se ocultará a Ud. Monseñor, que conociendo, como
conocemos, el estado de los negocios de “La Auxiliar”, la forma irregular como se
ha manejado y continúan manejándose sus negocios y su gravísima situación
financiera […] un negocio que se encuentra en una situación precaria y que será
malo mientras esté manejado por una persona que no reúne las condiciones
necesarias.80
Ni siquiera la retirada de la administración económica de la arquidiócesis a Lissón
en agosto de 1930 ni la creación de la Junta Económica de la Arquidiócesis (en adelante
75
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B139, Fasc. 525, f.88.
Ver comunicación del nuncio Cicognani a Lissón, del 25 de julio de 1930, en ASV, NP. Monseñor
Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139 Fasc. 527, ff.59-60.
77
La primera de ellas mediante comunicación fechada el 14 de noviembre de 1928, donde el nuncio
aclara a Lissón que no era posible hacer la inscripción de las propiedades de los bienes de los monasterios
a favor de la ADC y menos aún contraer compromisos respecto a la administración que en esos momentos
llevaba la Fred T. Ley a favor de otra compañía o sobre la conversión de las deudas mediante empréstitos,
estando suspendido cualquier acto o cualquiera operación bancaria hasta que no se hubiera concluido el
estudio que estaban haciendo y elevado el relativo informe a la Santa Sede. Ibíd. ff.37-39.
78
Dicha ratificación fue emitida después de que el nuncio recibiera el consejo de Luis Pedemonte,
Visitador Apostólico, y Luis Eguiguren y, además, se reuniera con los administradores y gerentes de
algunas de las empresas, así como con el mismo Lissón. Decisión comunicada por la Sagrada
Congregación del Concilio con fecha 29 de agosto de 1929. Ibíd. ff. 13-16.
79
Así se desprende de la comunicación de Cicognani a Eugenio Pacelli, secretario de estado de S.S., de
25 de enero de 1931 en la que recapitula los últimos meses del mandato de Lissón. ASV, NP. Monseñor
Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140, Fasc. 528.
80
Fechado el 30 de septiembre de 1930. AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
76
174
La gestión económica y la dimisión de Lissón
JEA) para que se hiciera cargo de la misma, según señaló el nuncio, lograron impedir
que el arzobispo siguiera poniendo en riesgo la economía de la Iglesia peruana.81 De
hecho, en el momento del alzamiento revolucionario de Sánchez Cerro, el 22 de agosto
de 1930, Lissón estaba intentando recuperar para la Iglesia ciertos terrenos sitos en la
localidad de Ingenio.82 Y, una vez producida la caída del régimen leguiísta, sabemos
que el prelado solicitó un nuevo préstamo a una entidad financiera extranjera por un
importe de 1.500.000 dólares;83 y ofreció ayuda financiera al nuevo ejecutivo.84
3.1.3 ¿Mons. Lissón fue un pésimo administrador o malversador de los bienes
eclesiásticos?
Hasta aquí hemos presentado el surgimiento y desarrollo de los tres principales
proyectos empresariales de Lissón al frente del arzobispado limeño. Nos hemos
detenido en mostrar el endeudamiento en el que incurrió el arzobispado, los debates
que, en torno a su situación financiera, se suscitaron en el seno de la Iglesia y las
consecuencias que de ello se derivaron sobre Lissón. Sin embargo, por el momento no
podemos concluir que la situación financiera del arzobispado a finales de la década de
1920 fuera insostenible y la retirada de las competencias de Lissón en el ámbito
económico fuera justificada.85 Además, si consideramos que el trabajo citado de
Linares ̶ único consultado que aporta documentación de carácter económico en apoyo
de sus planteamientos– sostiene que la administración de Lissón ofrecía más ventajas
81
La medida fue presentada por Cicognani a Donato Sbarreti, Prefecto de la SC del Concilio, en fecha 25
de marzo de 1930, y en la misma se configuraba una comisión compuesta de los siguientes miembros,
algunos nombres iban acompañados de su ocupación: Belisario Philips, Víctor González Olaechea,
Carlos Arenas y Loayza, Eguiguren (abogado de la Curia de Lima), Eulogio Romero, Enrico Roggero
(empleado en el Banco Italiano), Guillermo Basombrío, Perez Aranibar (médico). Cicognani le comunicó
la decisión a Lissón el 4 de agosto de 1930. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139
Fasc. 528, ff.20-30 y B. 140 Fasc. 528, respectivamente.
82
Reclamación que, a decir de Cicognani, por las personas escogidas para realizar los trámites y el modo
en que se condujo Lissón, despertó una fuerte agitación en la zona. En comunicación de Cicognani a
Eugenio Pacelli, secretario de estado de S.S., de 25 de enero de 1931, donde se recapitulan los últimos
meses del mandato de Lissón. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140 Fasc. 528.
83
En relación al préstamo solicitado el 20 de octubre de 1930, G. Butler Sherwell, representante de A.
Iselin & Co., le comunicaba a Lissón el 30 de diciembre de 1930 que, debido a la mala situación por la
que atravesaba el mercado internacional, precisaba de un par de semanas para gestionar dicho préstamo
en el mercado de Amsterdam. ACBL.
84
Al menos así lo aseguraba Cicognani a Eugenio Pacelli, en carta fechada el 25 de enero de 1931, donde
además cifraba la ayuda ofrecida por Lissón en 2,5 millones de soles –por supuesto, a cuenta de embargar
los bienes de la arquidiócesis ̶ , y añadía que sólo gracias a la crisis ministerial que había llevado a
Manuel Augusto Olaechea al ministerio de finanzas la Iglesia peruana se libró de hacer frente a la misma.
Al parecer del nuncio, el recién nombrado ministro, buen católico y conocedor del estado financiero de la
arquidiócesis, finalmente optó por ignorar el ofrecimiento. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani
(1928-1936) B. 140 Fasc. 528.
85
En otras palabras, aún no podemos dar respuesta al encabezamiento de este apartado, extraído de la
obra de Linares y que da cumplida muestra de la polémica que suscitó la dimisión de Lissón entre sus
contemporáneos. Linares, 1933: 27.
175
La gestión económica y la dimisión de Lissón
que inconvenientes, la búsqueda de respuesta a la pregunta que encabeza este apartado
nos obliga a indagar y elaborar aún más la información contenida en las fuentes. 86 Por
ello, a continuación analizaremos la viabilidad económica de los tres proyectos
lissonianos; demostraremos que Lissón incrementó significativamente a lo largo de su
mandato los gastos del arzobispado, entre ellos los asociados al diario La Tradición; y
aportaremos pruebas de que para enfrentar todos estos gastos, el prelado utilizó todos
los fondos a su disposición, entre ellos los pertenecientes a las sociedades La Auxiliar y
la ADC, con el consiguiente perjuicio de dichas sociedades y de la situación financiera
de la arquidiócesis.
Aunque el Vaticano restringió paulatinamente las competencias de Lissón en la
gestión económica de la arquidiócesis desde julio de 1929, las dificultades encontradas
para la implementación de la medida y la autonomía con que operaban tales sociedades
hacen que nuestro análisis contemple no sólo el mandato del arzobispo, finalizado en
enero de 1931, sino que además asocie a su administración el estado de las finanzas
hasta finales de ese año. Lamentablemente, el hecho de que no hayamos podido
consultar los balances financieros de la ADC previos a 1927 y de La Auxiliar, de 1925
en adelante, limita el alcance de nuestras conclusiones.87
En primer lugar, demostraremos que la evolución de la situación financiera de la
ADC vino determinada tanto por la acción de sus gestores como por factores ajenos a la
misma, relativos a la modificación de los escenarios político peruano y económico
internacional. Recordando lo dicho, resulta obligado señalar que el responsable
principal de las decisiones y, por tanto, del rumbo de la ADC, fue el arzobispo Lissón.
Fue él quien creó la sociedad y entregó su administración a la FT Ley. Igualmente fue
suya la decisión de encargar a la división de construcción de FT Ley las obras de
reparación de los inmuebles propiedad de la ADC y la construcción de edificios y
tiendas comerciales, todas ellas a través de préstamos hipotecarios. Y, por último, fue a
Lissón al que, hasta su salida de la capital en julio de 1930, «le eran entregados en sus
propias manos» los balances y estado de cuenta mensuales.88
86
Ibíd.: 27-39.
Las fuentes principales sobre la que nos apoyaremos son el memorándum, de fecha 24 de marzo de
1931, enviado por FT Ley a Mariano Holguín con el objeto de mejorar la financiación de la ADC a
través de agrupar los préstamos existentes en 1931 y el citado informe “Relación referente la revisión de
la Contabilidad de la Sociedad Fred T. Ley y Cía, Lima”, de febrero de 1933; ambos en AAL,
Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
88
En comunicación de FT Ley a Mariano Holguín fechada el 27 de marzo de 1931. ACBL.
87
176
La gestión económica y la dimisión de Lissón
Con todo, de 1922 a 1927, en un periodo políticamente estable, aunque
ligeramente deflacionista,89 y en el que la tasa de cambio se mantuvo en torno a 4$ por 1
Lp., si bien la ADC se endeudó hasta una cifra cercana a las 200.000 Lp. con un interés
promedio aproximado del 7%,90 también incrementó sus ingresos de tal forma que podía
amortizar y hacer frente a los servicios de la deuda arrojando en 1927 un saldo positivo
aproximado entre ingresos y gastos de 10.000 Lp. Si, además, consideramos el
incremento patrimonial asociado a los trabajos de mejora y reparación efectuados así
como las fincas adquiridas en ese periodo, el modelo de negocio implementado por
Lissón para la gestión de los bienes de los monasterios y la arquidiócesis demostraba ser
beneficioso para los intereses de las congregaciones e Iglesia peruanas.91
A partir de ese año, sin embargo, la evolución de las cifras de ingresos, gastos y
deuda de la compañía se volvieron preocupantes. ¿Qué pudo provocar este drástico
cambio de escenario? Tal y como se muestra en la Gráfico 1, el origen del problema fue
la enorme brecha que se abrió a partir de 1928 entre los gastos y los ingresos de la
sociedad. La situación era tal que, a partir de ese año, los ingresos no eran suficientes
siquiera para pagar lo que denominaremos gastos propios, es decir los gastos de
administración, los presupuestos mensuales (ordinarios y extraordinarios) de los
monasterios, las operaciones de reparación y mantenimiento, y la amortización e
intereses de la deuda.
Aunque no tenemos datos concluyentes, todo parece indicar que las primeras
dificultades que atravesó la compañía se derivaron precisamente de sus elevados gastos
89
Según Hunt, en la ciudad de Lima, el coste de la vida se incrementó durante la Primera Guerra
Mundial, descendió en los primeros años de la década del 20, fue estable al final de la misma y declinante
en la depresión. Hunt, 1980: 119.
90
La evolución del tipo de cambio entre la libra peruana y el dólar estadounidense ha sido extraído de
Pastor, 2012: 9.
91
Pese al descontrol en el gasto y la pésima labor de los gestores de las diversas sociedades que
integraron el complejo empresarial del arzobispado, sorprende el número de proyectos que impulso
Lissón y el volumen del gasto total. Según el informe de FT Ley a Luis Pedemonte (Visitador General),
fechado el 13 de diciembre de 1928, hasta ese momento dicho gasto ascendía a 199.023,668 Lp. y sus
principales partidas (en Lp.) habían sido para: Edificio Minería (53.744), Edificio Belaochaga (67.771),
Edificio para el Seminario en Barranco (12.898), Trabajos en la Iglesia de la Visitación (3.854),
Reparaciones en el Seminario (2.479), Estudios de Ingeniería (1.360), Equipos y Maquinaria (10.080),
Intereses sobre hipotecas (10.114), Indemnizaciones personal (3.691), Muebles de oficina (693), Camión
Moreland y reparaciones (3.853), Honorarios al apoderado Sr. Apog (1.757), Muebles para la casa del Sr.
Spaulding (130), Gastos de la concesión de petróleo (303), Villa María Academy y traslado de las madres
americanas (973), Gastos para la constitución de la ADC (1.460), Intereses pagados al National City Bank
(7.347), Muebles para el Edificio Belachoaga (5.123), Perdida en el cambio del préstamo Echenique
(1.190), Gastos notariales de los préstamos (434) e Intereses pagados con fondos obtenidos con préstamos
(5.508). ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139, Fasc. 527, f.123.
177
La gestión económica y la dimisión de Lissón
propios, del alto porcentaje de alquileres impagados y del tamaño de su deuda. 92 Luego,
en los años siguientes, su condición se agravó considerablemente por las siguientes
razones: en primer lugar, por la huida hacia adelante emprendida con nuevos proyectos
como el edificio San Pedro, donde se alojaría el Banco Popular, las tiendas en Paita y
Chira, y un inmueble destinado a viviendas y locales comerciales en la esquina de
Trinidad y Juan Pablo. Proyectos que perseveraban en un modelo de negocio que,
atendiendo al informe ya citado de FT Ley a Mariano Holguín en 1931, demostraría ser
ruinoso:
Nos permitimos llamar la atención de S.I. al hecho de que acaso la mejor solución
del problema sería permitir que el Banco Hipotecario sacase a remate aquellas fincas
que como el edificio Minería significan gravamen para la Administración, pues sus
productos no alcanzan para cubrir el servicio de intereses y amortización, y menos
aún para pagar la contribución predial, alcabalas mantenimiento, etc...93
En segundo lugar, porque Lissón convirtió la ADC en el principal y,
probablemente, único soporte económico tanto del arzobispado como de sus otros
proyectos fallidos. En el periodo comprendido entre 1928 y finales de 1930, la ADC
invirtió 56.468,3 Lp. en nuevas construcciones, pagó por cuenta del arzobispado 22.771
Lp., inyectó fondos a la sociedad La Auxiliar por un importe de 5.000 Lp. y asumió las
6.000 Lp.94 que el diario La Tradición adeudaba a The Royal Bank of Canada.95
Mientras los ingresos de la compañía crecieron ligeramente hasta alcanzar el máximo
histórico anual de 88.049,2 Lp. en 1929, los gastos se dispararon hasta los 147.447,6 en
1928, 124.174,399 en 1929 y 141.261,4 Lp. en 1930. La venta de diversas fincas no
pudo frenar el desequilibrio entre gastos e ingresos de la sociedad que, finalmente,
92
Es importante señalar que, desde mediados de la década de 1920, además de los gastos habituales
(administración, agua y luz, presupuestos de los monasterios, etc…) la ADC tuvo que hacer frente a otros
inesperados, como la contribución predial y los arbitrios de pavimentación (tasas que pagaron los
propietarios de las fincas por el asfaltado de las vías públicas), que ascendían a 9.000 Lp. por año.
Mientras que el porcentaje de alquileres impagados ascendía en 1928 al 9%, al 8,4%, en 1929 y al 9% en
1930.
93
El énfasis es nuestro. El informe incluye un anexo donde se muestra el saldo negativo entre ingresos y
gastos (incluidos el pago de intereses y, para los edificios Minería y S. José y S. Toribio, amortización de
préstamos) de las dos construcciones ya mencionadas y del edificio Arica. Respectivamente, los balances
negativos alcanzan las 188.889, 47.342 y 43.970 Lp. mensuales. Memorándum de FT Ley a Holguín, de
fecha 24 de marzo de 1931, en AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
94
Deuda que, en diciembre de 1931, alcanzaba los 29.293,8 Lp. y que pudo generarse en la construcción
de la citada residencia veraniega para los seminaristas en Barranco.
95
Según Cicognani, una vez que se desembarazó de Reed en 1928, y con un agujero en las cuentas de
30.000 Lp., Lissón entregó la gestión del diario al redactor Oscar Fritz por la suma de 100 Lp. mensuales,
cuando sólo los intereses de la deuda cada ascendían a 250 Lp al mes; es decir, al margen de los
problemas que Fritz suscitó al usar las instalaciones para publicaciones no católicas, su trato era ruinoso
en lo económico. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139, Fasc. 525, f.124.
178
La gestión económica y la dimisión de Lissón
condujo a una escalada en la deuda de la compañía hasta alcanzar el máximo de
295.488,74 Lp. en marzo de 1931 y a sus consiguientes graves dificultades financieras.
Además de los errores cometidos en la gestión de la ADC, otros factores,
estrechamente relacionados con el Crack del 29, coadyuvaron en el agravamiento de su
situación económica. Estos fueron la depreciación del sol peruano frente al dólar
estadounidense;96 la desaceleración de la economía peruana y las dificultades
financieras del estado;97 y, finalmente, la exención por seis meses del pago del
arrendamiento a los locatarios de cuartos de callejones decretada por las nuevas
autoridades surgidas tras el movimiento revolucionario del comandante Sánchez Cerro
en agosto de 1930. De todos ellos, probablemente, la depreciación de la moneda fue el
factor más perjudicial, ya que una parte considerable de la deuda de la compañía a
finales de 1929 consistía en un préstamo por un importe aproximado de 345.000 dólares
con el banco estadounidense The National City Bank de Nueva York. Si antes del
jueves negro, el 22 de octubre de 1929, esta cantidad ascendía a 86.250 Lp., después de
esa fecha alcanzó las 124.200 Lp. Los factores restantes favorecieron la reducción de
los ingresos de la ADC en 1930 y 1931 hasta 82.138,5 y 74.911,845 Lp.,
respectivamente.
Hasta aquí hemos visto que el fuerte desequilibrio en las cuentas de la ADC a
finales de la década de 1920 debido al funcionamiento de la compañía se agravó
posteriormente con la crisis de 29. Hemos enfatizado, además, que la situación
financiera de la ADC se volvió crítica porque en ese periodo, además, la sociedad
asumió la deuda de la imprenta La Tradición,98 empezó a ayudar financieramente a La
Auxiliar e incrementó de forma notable sus préstamos al arzobispado. A continuación,
concluiremos este apartado presentando una estimación del tamaño de la deuda del
arzobispado con las compañías La Auxiliar y la ADC, y señalando algunos de los
proyectos en los que se invirtió este capital.
96
La paridad establecida en 1922 de 7,323 gramos de oro por libra peruana fue devaluada un 18% en
febrero de 1930 y un 30% adicional entre abril y mayo de 1931. Así, de un entorno de 2,5 soles por dólar
previo al colapso de Wall Street se pasó a 3,6 soles por dólar en 1931.
97
Recordamos que en este contexto el presidente Sánchez Cerro decretará una moratoria en el pago de los
servicios de la deuda externa en mayo de 1931. Pastor, 2012: 12.
98
Los problemas económicos del diario fueron un asunto recurrente en los informes enviados por el
nuncio Cicognani a Roma en los años sucesivos. Informes de Cicognani a Pietro Gasparri, Segretario de
Stato, y a Donato Sbarreti, Prefecto de la SC del Concilio, fechados respectivamente el 22 de julio de
1929 y el 25 de marzo de 1930. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139 Fasc. 527,
respectivamente, ff.7-12 y ff. 20-30.
179
La gestión económica y la dimisión de Lissón
Gráfico.1.
Evolución de varios indicadores de The American Development Company (en soles
peruanos).
Fuente: Elaboración propia a partir de la documentación citada del AAL y el ASV.
La creación de la ADC a principios de la década de 1920 y posterior cesión de la
administración de sus cuentas a la FT Ley hizo que la Sindicatura Eclesiástica (en
adelante SE), oficina encargada de controlar las cuentas de la arquidiócesis y los
monasterios, redujera drásticamente sus funciones.99 La información de la SE, en 1924,
1927 y 1928, indica que, por un lado, esta oficina sólo controló una finca del
arzobispado, la cual generaba unos ingresos en torno a los 720 Lp.; por otro, pese a la
escasez de fondos, el arzobispo aprobó préstamos y ayudas por importes elevados a
clérigos y asociaciones piadosas;100 por último, y consecuencia de lo anterior, la cuenta
del arzobispado gestionada por la SE estuvo en esos años permanentemente en números
rojos.101 Con todo y por desgracia para la situación financiera de la arquidiócesis, el
déficit acumulado en esta cuenta finalmente constituiría sólo una pequeña parte del total
del arzobispado. Efectivamente, tenemos datos para afirmar que la deuda que el
arzobispo mantenía con La Auxiliar fue aumentando con el transcurrir de la década,
99
Esta razón, además, fue la esgrimida por Emilio Lissón al comunicar, mediante carta fechada el 3 de
abril de 1923, al director de la Sindicatura Eclesiástica, Emilio Luque, su decisión de reducirles el salario,
a él y al revisor de la oficina. AAL, Archivo Intermedio, L272 (Comunicaciones del Arzobispado), N493.
100
En 1924 se aprueba un préstamo al Vicario General de la Diócesis, José Sánchez Díaz, por 150 Lp. y
en los años 1927 y 1928 se entregan 120 y 110 Lp. a la asociación de la Juventud Católica de Lima.
101
Los déficits en cada uno de estos años fueron, respectivamente, por un importe de 568,936, 924,299 y
588,991 Lp. Cuentas del arzobispado a 15 de enero de 1925, por el año 1927 y 1928. ACBL.
180
La gestión económica y la dimisión de Lissón
pasando de 5.381,465 Lp. en 1923 a 61.613,9 Lp. en 1931.102 Si a ésta le sumamos las
29.302 Lp. que el arzobispado debía a la ADC en octubre de 1931, el total aproximado
de la deuda con ambas compañías tras la gestión de Lissón habría alcanzado la cantidad
de 90.915,9 Lp.103 Y es que el arzobispo, una vez que se desembarazó del control de la
SE y pudo nutrirse financieramente, en un primer momento, de La Auxiliar y, más
adelante, de la ADC, empleó grandes cantidades de capital en proyectos dispares. Entre
ellos, la citada cooperativa conventual, la botica y panadería, la vaquería y un colegio
nocturno;104 el apoyo al diario católico La Tradición; y, por último, la obtención de
derechos de denuncia de terrenos de regadío y de yacimientos petrolíferos y auríferos en
suelo peruano.105 Desgraciadamente, tal y como ya indicamos, todos estos negocios
lícitos y honestos fracasaron, por lo que estas actividades finalmente representaron una
carga muy elevada para el arzobispado.
3.2 La polémica dimisión de Lissón y sus consecuencias en la
administración económica de la arquidiócesis de Lima
La correspondencia intercambiada entre Cicognani, Holguín y Lissón, así como la
que los tres mantuvieron con el Vaticano, indica que el nuncio empezó a preparar, en
secreto, el relevo del arzobispo, al menos desde setiembre de 1930. Ya entonces
recomendó el nombramiento de Mons. Holguín, por entonces obispo de Arequipa, como
administrador apostólico de la arquidiócesis106. Una vez que el Vaticano aprobó la
propuesta,107 y pese a sus reticencias a asumir dicha responsabilidad,108 Holguín hizo
los preparativos pertinentes e informó al nuncio de su situación financiera.109 El 11 de
102
Salida de capital en forma de préstamo detectada por la Inspección Fiscal de Bancos el 26 de febrero
de 1931. AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
103
Balance General de la ADC a 31 de Octubre de 1931, en AAL, Comunicaciones, XLIV, Fasc. 70.
104
En palabras de Linares, « […] Cooperativa Conventual encargada de repartir víveres y artículos
alimenticios de primera necesidad a todos los conventos y monasterios a precio de costo; […] panadería y
una botica, con el mismo objeto; la compra de un partida apreciable de ganado vacuno de óptima calidad
a fin de proveer a los mismos […] leche, que fuese fresca, pura nutritiva y abundante». Linares, 1933: 43.
105
Ibíd.: 52-54.
106
Telegrama Cifrado nº28 de Cicognani, creemos dirigido al secretario de Estado de S.S. Eugenio
Pacelli, de 25 de noviembre de 1930, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140,
Fasc. 529, f.4.
107
Comunicación de Pacelli a Cicognani de 27 de noviembre de 1930, en Ibíd. f.16.
108
Holguín y Cicognani intercambiaron numerosos telegramas y correspondencia en la que el primero se
oponía a su nombramiento y excusaba en razones como su edad avanzada (tenía 70 años), encontrarse
enfermo de diabetes, futura soledad en Lima, desconocimiento sobre finanzas, etc. Entre las cartas
destaca la fechada el 4 de diciembre de 1930, en Ibíd. ff.19-20.
109
Por cartas de 10 y 13 de diciembre de 1930, Holguín informaba al nuncio de que había agotado sus
recursos pecuniarios en la resolución de la crisis de “El Deber” –en la que había invertido de las rentas
devengadas de la Mitra la cantidad de 9.800 soles ̶ ; quedando aún 4.000 soles por saldar de otro desfalco
181
La gestión económica y la dimisión de Lissón
diciembre Cicognani confirmaba a Holguín su nombramiento, le sugería que tan pronto
asumiera la administración nombrara un Vicario General activo y le ordenaba viajar a la
mayor brevedad a Lima para entregarle en mano el nombramiento y tomar posesión
personalmente de la administración;110 y, ocho días más tarde, le instaba a hacer ver que
iba a Lima por asuntos particulares y que se alojara en el monasterio de San Francisco
hasta que en el momento adecuado recibiera la orden de trasladarse al Palacio
Arzobispal. Igualmente le comunicaba que no sabía que sería de Lissón, más allá de que
debería dirigirse a Roma al menos por unos meses; ni cuánto tiempo permanecería
Holguín en el cargo, aunque suponía que también sería unos meses, al menos hasta que
la situación se normalizara y probablemente no más allá de que la constituyente
comenzara sus trabajos, cuando el nuevo parlamento se hubiera instalado.111
Finalmente, a principios de 1931, el arzobispo Lissón recibió la orden de presentar
su renuncia y dirigirse a Roma. A juzgar por las palabras que Lissón dirigió al nuncio,
su obediencia al Vaticano estaba fuera de duda y sólo las dificultades financieras le
impedían cumplir con la orden:
Refiriéndome a nuestra última conversación sobre la renuncia al Arzobispado que
Ud. me pide debo decirle que en vista de las comunicaciones oficiales que VE crea
conveniente hacerme por escrito sobre la materia, determinaré lo que debo hacer, y si
es necesario presentar la renuncia al arzobispado, la presentaré cuanto antes en la
forma canónica. // Así mismo manifiesto a VE que, tanto en este asunto como en la
insinuación que me hizo hace tres meses, de dirigirme a Roma, he guardado
fielmente el secreto que VE me impuso y que si ambas cosas se han hecho públicas
no soy yo quien tiene la responsabilidad. // Por último reitero a VE la determinación
que tengo de marchar a Roma tan luego que la admón. me proporcione el dinero si es
que VE cree conveniente que me lo proporcione pues como sabe yo no tengo
dinero.112
Holguín y Cicognani, por el contrario, pensaban que Lissón sólo intentaba ganar
tiempo ya que, al principio, se mostró reacio a redactar su carta de dimisión, accediendo
a ello sólo cuando supo que la sugerencia inicial devendría una orden. Además el
prelado solicitó que su dimisión sólo fuera efectiva tras su arribo al Vaticano –y en
consecuencia, que se retrasara el nombramiento de su sucesor hasta ese momento–, o en
su defecto, en el momento que recibiera la aceptación por escrito del santo pontífice;
previo (del que no da más detalles pero sobre el que el nuncio tenía conocimiento). Ibíd., respectivamente
ff.21 y 22.
110
Ibíd. ff.25-26.
111
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B.140, Fasc. 529, f.27.
112
El énfasis es nuestro. Carta de Lissón al nuncio Cicognani de 3 de enero de 1931, en ASV, NP.
Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140, Fasc. 528.
182
La gestión económica y la dimisión de Lissón
probablemente Lissón esperaba que tras las debidas explicaciones, la Santa Sede
reconsideraría su posición y le mantendría en el cargo.113
La planificación del relevo de Lissón, la rápida aceptación de la renuncia –que
Cicognani comunicó al prelado en el momento de su embarque hacia Roma, en el
muelle del Callao, el 22 de enero– y el nombramiento de Mariano Holguín como
administrador apostólico de la Diócesis siete días más tarde,114 permiten sostener que el
Vaticano deseaba cerrar definitivamente la etapa de Lissón al frente de la Iglesia
peruana. Así informaba el nuncio al deán del Capítulo Metropolitano:
Cúmpleme manifestarle que con fecha de ayer he expresado el Decreto siguiente: //
DECRETO: Habiendo el Iltmo. y Revmo. Monseñor Emilio Lissón presentado
renuncia del Arzobispado de Lima con carta fecha 8 del mes en curso, enviada a la
Santa Sede por correo aéreo, via New-York, y habiendo sido aceptada, el Santo
Padre se ha dignado designar para Administrador Apostólico de la Arquidiócesis al
Iltmo. y Revmo. Monseñor Fray Mariano Holguín.115
En lo que se refiere a la decisión del Vaticano relativa al relevo de Lissón, los
informes enviados por el nuncio a sus superiores desde principios del año 1930
expusieron tres motivos fundamentales: primero, la poco ortodoxa concepción
teológico-doctrinal defendida por el arzobispo, especialmente en lo relativo a la acción
católica, y su discutido liderazgo al frente de la Iglesia peruana; segundo, el grave
perjuicio para la Iglesia derivado tanto de los ataques públicos dirigidos contra él, en
forma de manifestaciones y acusaciones en la prensa, como de la simple posibilidad de
que fuera juzgado por su estrecha relación con el caído régimen de Leguía; 116 tercero, la
grave situación financiera de la arquidiócesis, de la que se le hacía principal
responsable, y que, pese habérsele retirado la administración de los bienes eclesiásticos,
113
Prueba de ello es la carta de Cicognani a Holguín del 5 de enero de 1931, la de Lissón a Holguín del 9
de enero y la posterior de Holguín a Cicognani del 15 de ese mes; por último, la carta de Cicognani a
Eugenio Pacelli, del 25 de enero. Las tres primeras comunicaciones en ASV, NP. Monseñor Gaetano
Cicognani (1928-1936) B. 140, Fasc. 529, respectivamente en ff.31, 37 y 32; la última en ASV, NP.
Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140, Fasc. 528.
114
Ver el decreto de nombramiento de Mariano Holguín fechado el 29 de enero de 1931 en ASV, NP.
Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140, Fasc. 529, f.48. Dicha disposición fue publicada en El
Amigo del Clero CLXXVII (Mayo 1931), pp.60-61.
115
Carta de Cicognani a Monseñor Pedro Pablo Drinot y Piérola, Dean del Cabildo Metropolitano,
fechada el 30 de enero de 1931 y de la que una copia se guarda en el ACBL.
116
Según Cicognani, en el momento del movimiento revolucionario, Lissón tuvo la gran suerte de
encontrarse lejos de Lima y no asistió a las manifestaciones frente al palacio arzobispal y el Seminario,
con gritos de abajo y muerte; además, como señaló el nuncio, los diarios de la capital publicaron
numerosos artículos en los que se hacía referencia a la amistad del arzobispo con Leguía y solicitaron, en
algunos casos, que se le abrieran diversos procesos judiciales, algunos de ellos por delitos comunes. Carta
de Cicognani a Pacelli, del 25 de enero de 1931, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936)
B. 140 Fasc. 528.
183
La gestión económica y la dimisión de Lissón
era extraordinariamente difícil de superar mientras no abandonara el cargo.117 Con todo,
se dieron dos circunstancias que sugieren que este último fue el factor desencadenante
de la decisión papal; una fue la importancia otorgada por el nuncio a los graves riesgos
para la Iglesia peruana derivados de los malos hábitos de Lissón en el ámbito
económico, que se evidencia en el tono que empleaba al tratarlos y repetida aparición
del tema en sus informes a Roma; otra, que estos asuntos fueran los únicos mencionados
por el arzobispo en su carta de renuncia:
Juxta voluntatem sanctitatis vestrae, mihi, litteris adjunctis excellentissimi nuntii
apostolici, significatam, renuntiationem facio archiepiscopatus limiani. Deo et
Sanctitati vestrae veniam petens pro negligentiis a me in eo numere comissis.118
El mismo día y poco antes de asumir la administración de la arquidiócesis,
Holguín solicitó el concurso del padre Leonardo Badiola, ex provincial de la Provincia
Franciscana de San Francisco Solano, y del Dr. Carlos Arenas Loayza para convocar la
citada Junta Económica de la Arquidiócesis (JEA) y así conocer el estado de las
finanzas de la arquidiócesis.119 Ya en el cargo, Badiola y Arenas y Loayza se
incorporaron a la JEA conformada por el Dr. José Sánchez Díaz, Vicario General;
Belisario P. Philipps, Chantre del Coro Metropolitano; y el Dr. Vitaliano Berroa,
nombrado secretario canciller. Holguín no adoptaría ninguna resolución de importancia
sino de acuerdo con la mencionada junta.
Los informes emitidos los meses siguientes tanto por la JEA como por FT Ley
describían una realidad desoladora.120 A principios de 1931, éstos indicaban que las
diversas deudas del Seminario ascendían a una cantidad total de 145.571 Lp.; 121 que
Lissón, justo antes de su salida y en nombre del arzobispado, había reconocido una
deuda con La Auxiliar de 65.000 Lp;122 y que las propiedades de la ADC estaban
117
En este punto conviene recordar lo ya apuntado sobre la ayuda financiera que Lissón ofreció al nuevo
ejecutivo.
118
La cursiva y el énfasis es nuestro. Extraído de una copia de la carta de renuncia de Lissón dirigida
Papa y fechada el 8 de enero de 1931. ACBL.
119
En carta de Holguín a Cicognani de 29 de enero de 1931 en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani
(1928-1936) B. 140, Fasc. 529, f.35.
120
El primero de fecha 3 de febrero de 1931, firmado por José Sánchez Díaz, Belisario P. Philipps y
Aquiles Castañeda, evidencia que la JEA aún no había asumido el control de la situación, habiéndose
limitado hasta ese momento a tomar decisiones de emergencia para salvar de la quiebra a La Auxiliar.
Ibíd. f.177.
121
En comunicación de FT Ley a Cicognani, de 9 de marzo de 1931, en Ibíd. f.54.
122
Contrato, fechado el 31 de diciembre de 1930, entre La Auxiliar, Lissón y el Rector del Seminario de
Santo Toribio, Dr. José Sánchez Díaz, por el que el Seminario reconocía y se obligaba a pagar una deuda
de 617.000 soles con La Auxiliar, ofreciendo como garantía diversos inmuebles del Seminario. Dossier
sobre las deudas del Seminario depositado en Ibíd. ff.149-150.
184
La gestión económica y la dimisión de Lissón
gravadas por un importe total de 170.438 Lp.; 123 de las cuales, por impago de las cuotas
adeudadas, podían ser exigidas inmediatamente ̶ es decir, corrían el riesgo de provocar
la venta de las propiedades hipotecadas– 59.016 Lp. Luego, en la segunda mitad de ese
año y tras analizar su situación financiera, dichos informes confirmaban la necesidad de
liquidar La Auxiliar a la mayor brevedad posible, en base a lo siguiente: el déficit de
78.063 Lp que arrastraba la sociedad a 30 de junio de 1931, en su mayor parte derivado
de las 65.000 Lp. que le adeudaba el arzobispado, hacía que los gastos (intereses de la
deuda y gastos ordinarios) se disparasen hasta una cifra, entre 10.000 y 11.000 Lp./año,
imposible de generar mediante el negocio de la compañía.
No obstante la difícil situación económica descrita, había algunas razones
esperanzadoras como el hecho de que la ADC, principal soporte económico del
arzobispado, estaba demostrando ser económicamente viable. Aunque fuera con la venta
de varias propiedades, en el año 1931 la compañía arrojaba un balance positivo de
15.035 Lp. y las previsiones para el 1932, tras descontar los gastos fijos y los intereses
de la deuda así como las amortizaciones, preveían un saldo disponible de 6.100 Lp.
Diversa documentación de carácter económico de la arquidiócesis relativa al
periodo comprendido entre la salida de Lissón y el nombramiento de Pedro Pascual
Farfán como arzobispo de Lima en 1933 muestra que Mariano Holguín intentó
solventar la grave situación mediante la reducción de los gastos de los monasterios y la
prioridad concedida al servicio de la deuda. En este sentido, siguió el consejo de la Fred
T. Ley, administradora de la compañía, quien en los «[…] momentos actuales que no
son para fomentar el optimismo, sino más bien debemos esperar que la situación
empeore», con la recaudación cayendo y la amenaza del Banco Hipotecario de vender
en pública subasta aquellas fincas que fueran garantía de préstamos hipotecarios de los
que se adeudaran más de tres meses de intereses –situación que afectaba al menos a tres
inmuebles de la ADC ̶ , recomendó que ésta se desembarazase de las fincas, como el
edificio “Minería”, de difícil viabilidad económica; posteriormente y al contrario de lo
realizado hasta ese momento, recomendó que los ingresos de la sociedad se dedicaran al
pago de la deuda, gastos de mantenimiento y administración y, una vez descontado
123
En carta, fechada el 23 de abril de 1931, de Holguín a Eugenio Pacelli, secretario de Estado de SS., en
Ibíd. ff.51-53.
185
La gestión económica y la dimisión de Lissón
éstos, que los monasterios recibieran el restante de forma proporcional a la aportación al
total de ingresos derivada de sus propiedades.124
Holguín, en su calidad de administrador de la arquidiócesis, renegoció el pago de
la deuda con las entidades acreedoras de la Tradición,125 La Auxiliar y la ADC con el
objeto de frenar los remates de fincas por el impago de los intereses;126 cambió la
administración de la única fuente de ingresos de la misma, la ADC, y, para ello, no
dudó en rescindir el contrato a la FT Ley, y entregar dicha administración a una nueva
empresa, La Inmobiliaria Ltda. S.A. Finalmente, creó una Oficina de Control para que
supervisase la gestión de las fincas realizada por La Inmobiliaria y formulase los
presupuestos de los monasterios.127
Noticias dispersas contenidas en las fuentes sobre la marcha de las tres compañías
lissonianas indican que Oscar Fritz había empezado a gestionar la imprenta La
Tradición en 1928. Según Cicognani, este antiguo redactor del diario subscribió con
Lissón un contrato de administración de la imprenta con capital del Dr. Sebastián
Lorente, conocido psiquiatra masón peruano y, en ese momento, director de la
Dirección de Salubridad Pública del Ministerio de Fomento y Obras Públicas (tras la
salida de los norteamericanos Hanson y Wrighton).128 Además de las citadas ruinosas
estipulaciones económicas, el contrato facultaba a Fritz a publicar el diario La Tradición
sin censura previa, aunque con la condición de no imprimir publicaciones contrarias a la
moral y a la religión católica. Amparado por dichas clausulas, poco tiempo después de
asumir la gestión de la imprenta, desde las instalaciones de La Tradición, Fritz comenzó
a publicar el diario El Mundo, centrado en noticias deportivas; redujo la tirada de La
Tradición, que luego dejó en semanario dominical; e imprimió, siguiendo las
124
“Memorándum de Fred T. Ley a Mariano Holguín”, del 24 de marzo de 1931, en AAL,
Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
125
El proyecto editorial de Lissón terminó definitivamente el 6 de abril de 1931, con el arrendamiento de
su imprenta al Sr. Cazorla del periódico El Perú. Sin embargo, la deuda de ADC con The Royal Bank of
Canada, relativa a La Tradición, en 1932 aún ascendía a 58.045 soles. En Comunicación de la Secretaría
del Arzobispado a FT Ley, depositada en el Archivo de la Causa de Beatificación de Emilio Lissón en
Parroquia de la Medalla Milagrosa de Lima, se da cuenta del contrato de arrendamiento. La deuda se
refleja en una Comunicación, del 29 de marzo de 1932, enviada por FT Ley a Mariano Holguín,
administrador de la arquidiócesis, en AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc.64b.
126
Situación que, a principios de 1931, afectaba al menos a tres inmuebles de la ADC. Éstos eran el
edificio “Minería” hipotecado en 30.000 Lp., la finca San José y Santo Toribio, hipotecada en 36.000 Lp.
y la finca Ortiz y Belachoaga (más conocido como edificio Arica) hipotecada en 17.200 libras esterlinas.
127
Entre otras tareas, debía revisar las cuentas presentadas por La Inmobiliaria, formular los presupuestos
de las obras de reparación y mantenimiento, vigilar la ejecución de las obras y comprobar el estado de las
fincas desocupadas. En Comunicación de Vitaliano Berroa, en representación de la Oficina de Control, a
Mariano Holguín de 26 de julio de 1933, en ACBL.
128
Cueto, 1989: 150.
186
La gestión económica y la dimisión de Lissón
instrucciones de Lorente, tanto el Boletín de la Dirección de Salubridad Pública como
una revista de Medicina.129
Diversos indicios apuntan a que, con la caída del régimen Leguía, La Tradición
dejó de publicarse, el acuerdo entre Fritz y Lissón se deshizo, y este último entregó la
gestión de la imprenta a Gonzalo Herrera, quien publicaría un nuevo diario católico,
denominado Patria. Al inicio de la larga campaña que culminaría en las elecciones
presidenciales y de carácter constituyente de 1931, Gonzalo Herrera asumiría la
vicepresidencia del partido filo-católico Unión Popular y Patria se convertiría en el
órgano de prensa del mismo. Luego, lo último que sabemos en relación a la sociedad La
Tradición es que sus bienes estuvieron a punto de ser embargados por la quiebra del
diario Patria y que, desde febrero de 1933, pasó a ser gestionada por la Editorial
Alfama, propiedad de Ricardo Mariátegui Oliva y Luis Fábrega, bajo la supervisión de
J. Cargin Allison, miembro de la Comisión Arquidiocesana de Economía y ex director
del Semanario Verdades.
A finales de 1933, tras vender equipos y pagar las deudas contraídas por el diario
Patria con sus empleados, los gestores de La Tradición miraban con optimismo hacia el
futuro. En ese momento, tras pagar todos los gastos de reparación y con la
infraestructura suficiente como para imprimir dos diarios, los gestores consideraban
que, en breve, estarían en condiciones de abonar mensualmente a la sociedad La
Tradición alguna suma como alquiler de la imprenta; sobre la que aún pesaba una
hipoteca de 23.227,46 soles con The Royal Bank of Canada, que se debía cancelar a
razón de 1000 soles mensuales más el 8% de interés sobre los saldos.130
Por otro lado, sabemos que dos años antes, en 1931, ante las numerosas peticiones
de retirada de fondos de los depositantes y los insistentes rumores de quiebra, Holguín
no había dejado caer a la sociedad La Auxiliar. Efectivamente, el prelado había
solicitado, y obtenido, ayuda financiera de diversas instituciones religiosas131 además de
la comprensión de aquellas que, como el obispado de Huaraz, tenían depósitos en La
129
“Informe nº74” de Cicognani a Gasparri (secretario de Estado de la S.S.), del 15 de febrero de 1929, en
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 139, Fasc. 525, f.124.
130
Carta de J. Cargin Allisón (Director Gerente de La Tradición) a Mons. Holguín, del 29 de agosto de
1933, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140, Fasc. 529, ff.189-192.
131
Así, en carta de fecha 17 de mayo de 1932, Mariano Holguín administrador de la arquidiócesis
conmina a la madre superiora del convento de la Concepción a que le haga entrega de los 50.000 soles
que ha recibido de la venta de la finca del Portal de Botoneros para hacer frente a la grave situación
económica de La Auxiliar (concretamente para cancelar los depósitos de la Caja de Ahorros de dicha
sociedad) y en cuya solución habían aportado fondos El Seminario de Santo Toribio y el Cabildo
Catedral. En todo caso dicha aportación tendría la consideración de préstamo a retornar en la mejor
oportunidad posible. AAL, Comunicaciones, XLII, Fasc. 64b.
187
La gestión económica y la dimisión de Lissón
Auxiliar.132 En un primer momento, según cuenta el propio Holguín, las nefastas
consecuencias sobre la Iglesia que se hubieran derivado de dicha caída “conmovieron
las conciencias del cabildo metropolitano y de las comunidades de varones de la
capital”, lo que las llevó a aportar fondos al Seminario (hasta una cantidad de 136.730
Lp.) con los que saldó parte de la deuda que mantenía con La Auxiliar y ésta pudo así
cumplir con sus obligaciones para con los depositantes privados. Luego, tras superar
con éxito nuevas solicitudes de reembolso gracias a un nuevo préstamo por importe de
56.000 libras esterlinas con la Banca Comercial Italiana, 133 Holguín emprendió la
liquidación de La Auxiliar. Las últimas noticias que tenemos al respecto de la sociedad,
a finales de 1933, señalan que, en el curso de dicha liquidación y en representación de
sus principales accionistas,134 Holguín habría destituido al gerente, José Manuel Patrón,
para nombrar en su lugar un comité gestor, asesorado por Carlos Arenas y Loayza y
dirigido primero por Ricardo Bullen y luego por Juan Cargin Allison. Además, en esa
fecha el nuevo administrador de la diócesis estaba valorando que, a cambio de un
porcentaje del inmueble y para evitar su venta, el monasterio de la Concepción se
hiciera cargo de parte de la deuda de La Auxiliar, relativa al edificio de su propiedad del
mismo nombre, con The Royal Bank of Canada.135
Finalmente, el último balance completo de la ADC al que hemos tenido acceso, de
31 de agosto de 1932, evidencia que hasta esa fecha la sociedad no se desprendió de
ninguno de los edificios deficitarios lo que, unido a la caída de los ingresos y
132
El administrador tuvo que lidiar con solicitudes como la de Víctor A. León, en representación del
obispo de Huaraz, de los 15.000 soles oro que tenía el Seminario de Huaraz en La Auxiliar a Mons. J.
Vitaliano Berroa, Canciller del Arzobispado
133
Según Cicognani, este préstamo, suscrito a finales de 1931, establecía el pago de un 4% de interés y,
tras una cadencia de 4 años, una amortización del 3%; además, se realizó con la garantía hipotecaria del
“Edificio Arica”, propiedad del Seminario de santo Toribio, valorada en 530.000 soles; una finca del
Monasterio de las Descalzas valorada en 400.000 soles y una tercera, valorada en 620.000 soles, del
Monasterio de la Encarnación. Lamentablemente, añadía el nuncio, desde esa fecha en adelante la libra
paso de valer 14 a 23 soles, e incluso en algunos momentos alcanzó los 28 soles, sin que las condiciones
económicas del país (y los ingresos de la ADC) hubieran mejorado, sino más bien todo lo contrario. Si en
1931 (a 14 soles por libra) los 18.000 soles que la ADC cobraba al semestre eran más que suficientes para
pagar las 1.265,12 libras esterlinas que, en ese plazo, la arquidiócesis debía pagar a la banca italiana,
ahora (a 23 soles por libra) la deuda en libras se traducía en 29.108 soles, muy lejos de las posibilidades
de la compañía. “Informe nº263” de Cicogani a Eugenio Pacelli, del 7 de diciembre de 1933, en ASV,
NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 140, Fasc. 529, ff.86-98.
134
En junio de 1931, las acciones estaban repartidas de la siguiente manera: Lissón (456, Monasterio de
la Concepción 300, 5 los miembros del Directorio y 12 los Srs. Patrón, Villa, Massa, Dávalos, Eguiguren,
Bravo y Riedner. Ibíd. ff.155-158.
135
La deuda que, como vimos, originalmente ascendía a 800.000 soles, en ese momento alcanzaba los
861.422,18, lo que implicaba que sólo el servicio de la deuda fuera 68.900 soles/año. Como los ingresos
sumaban 60.000 soles/año, el déficit para intereses (8.900 soles /año) sumado al monto de amortización
anual (54.765) implicaba un déficit total anual de 63.665 soles. Comunicación de la Junta Liquidadora de
La Auxiliar (firmado por J. Cargin Allison) a Mariano Holguín, en Ibíd. ff.185-188.
188
La gestión económica y la dimisión de Lissón
devaluación del sol peruano frente al dólar, explicaría que, pese a las medidas tomadas,
la deuda de la compañía se viera incrementada al menos hasta el año 1933 (ver
Gráfico.1),136 y ésta no hubiera podido abordar la devolución del préstamo por 342.000
dólares estadounidenses que subscribiera a principios de la década de 1920 con The
National City Bank de Nueva York; tal y como informaba el nuncio Cicognani al
secretario de Estado de S.S. Pacelli, días después de que Holguín regresara de vuelta
Arequipa y el gobierno quedase en manos del Vicario General, Mons. Aquiles
Castañeda, hasta la llegada del nuevo arzobispo Pascual Farfán de los Godos.137
*************************************
El análisis de la evolución del proyecto propagandístico y financiero de Lissón en
el transcurso de la década de 1920 nos ha permitido demostrar que los errores que el
prelado limeño cometió en el desempeño de sus funciones –entre ellos, el impulso y
sostenimiento de proyectos deficitarios y el control deficiente tanto del gasto como de
los directivos de su confianza– hicieron fracasar todas sus iniciativas económicas; lo
que condujo a la arquidiócesis a una situación financiera extremadamente delicada y,
finalmente, determinó la remoción y traslado de Lissón por la autoridades vaticanas en
enero de 1931.
La falta de información económica relevante tal como la conformada por los
balances financieros de la ADC previos a 1927 y de La Auxiliar, de 1925 en adelante,
ha limitado el alcance de nuestras conclusiones, y ha dejado algunas cuestiones por
resolver, entre ellas ¿Cuáles fueron los medios de los que se valió el prelado limeño
136
Pese a que el abandono del patrón oro por los Estados Unidos suavizó la depreciación del sol peruano
frente al dólar, se pasó de un tipo de cambio de 3,6 soles por dólar en 1931 al entorno de 5 soles por dólar
en el periodo comprendido entre 1933 y 1937. Esto hizo que la deuda en dólares de la ADC, cifrada en
aproximadamente 345.000 dólares, pasara de 1.242.000, en 1931, a 1.625.000 soles peruanos, de 1933 en
adelante. Por otro lado, recordamos que los ingresos fueron cayendo desde 1929, en el que alcanzaron el
máximo de 88.049,2 Lp. En 1930 eran 82.138,5 Lp., el año siguiente 74.911,8 Lp. y en los años 1932 y
1933 se situaron en el entorno de 60.000 Lp. por año.
137
De hecho, según Cicogani, esa deuda era todavía la más preocupante, por su importe (al cambio más
de dos millones de soles) y porque pese a no haber sido legalizada por Lissón– ni se había pagado el
impuesto de transmisiones patrimoniales ni inscrito en el Registro de Propiedad ̶ , todos los asesores
consultados coincidían en que la arquidiócesis debía responder por ella. “Informe nº263” de Cicogani a
Eugenio Pacelli, del 7 de diciembre de 1933, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B.
140, Fasc. 529, ff.86-98.
189
La gestión económica y la dimisión de Lissón
para vencer la oposición de los Síndicos de los Monasterios y, posteriormente, controlar
las propiedades de las congregaciones femeninas? Con todo, la ingente documentación
atesorada en los archivos visitados, y sólo parcialmente explorados, nos invita a ser
optimistas y confiar en que nuevos hallazgos documentales permitan, por un lado,
resolver las dudas planteadas y, por otro, abordar la evolución de la situación financiera
de la arquidiócesis más allá del periodo aquí analizado.138
Una vez expuestas tanto las graves dificultades financieras que atravesó la
arquidiócesis de Lima como las diferencias en el seno de la jerarquía peruana y las
razones que motivaron el relevo de Emilio Lissón a finales de los años 20’ principios de
los 30’, a continuación retomaremos el análisis del Movimiento Católico peruano.
Concretamente, los siguientes capítulos analizarán la actividad católica seglar en Perú,
con especial atención a la arquidiócesis de Lima, entre 1920 y 1936; o, en otras
palabras, el caldo de cultivo del que surgió la organización Acción Católica Peruana así
como la evolución de las principales asociaciones que la integraron y su relación con los
gobiernos de Sánchez Cerro y del general Oscar R. Benavides, hasta el relevo de Mons.
Cicognani en la Nunciatura.
138
Delicada e interesante evolución, en cualquier caso, a tenor, en primer lugar, de la comunicación,
fechada el 24 de agosto de 1938, de Pedro Pascual Farfán, arzobispo de Lima entre 1933 y 1945, al
Cabildo Metropolitano, en la que el prelado reconocía la deuda de 500.000 dólares, heredada de la
gestión de Lissón en la década de 1920 y que la arquidiócesis aún mantenía con el National City Bank (en
AAL, Comunicaciones, XLVI, Fasc. 139.). En segundo lugar, de los comentarios al respecto de Imelda
Vega Centeno en los que ésta afirma: por un lado, «En enero de 1945 [Farfán] celebra sus bodas de oro
sacerdotales, en julio del mismo año logra dar solución a una difícil situación financiera de la
arquidiócesis, problema que lo consumió durante su arzobispado en Lima, finalmente muere en
setiembre del mismo año»; y por otro, « En julio de 1945, finalmente, logró la cancelación de las deudas
de la diócesis con el Estado y con empresas norteamericanas; el 27 de julio firmó los permisos
correspondientes…». Vega Centeno, 1993: 30 y 193, respectivamente.
190
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
4. ANTECEDENTES DE LA ACCIÓN CATÓLICA PERUANA EN
LA DÉCADA DE 1920
En el transcurso de la década de 1920 se dieron los últimos pasos en la
organización de la Acción Católica Peruana, como una asociación católica de ámbito
nacional con una clara vocación por aglutinar, coordinar, e integrar en el apostolado
jerárquico de la Iglesia todas las iniciativas seglares de carácter social-apostólico
existentes en la República. Esos pasos fueron la formulación del ideario y estructura
organizativa del movimiento y la puesta en marcha tanto de nuevas iniciativas seglares
como de oficinas específicas de promoción de la asociación proyectada. Sin embargo, la
ruptura del consenso en el seno de la Iglesia peruana, entre la jerarquía eclesiástica,
sobre la forma de concebir la realidad social y el papel de los católicos en la misma, y
las reticencias del arzobispo de Lima, Emilio Lissón, a la intervención de las
asociaciones católicas en el ámbito público, ralentizaron su fundación oficial; ésta se
produciría una vez recuperado el citado consenso a principios de la década de 1930.
En los capítulos precedentes hemos visto cómo nació el proyecto de constitución
de la Acción Católica peruana y analizado su vinculación con el despliegue significativo
de la categoría acción católica al interior de la jerarquía eclesiástica en Perú. A
continuación, fijaremos nuestra atención en las asociaciones católicas que intervinieron
en el ámbito público durante el régimen de Leguía, es decir entre los años 1919 y 1930.
Analizaremos sus orígenes, principales actividades, relación con la jerarquía eclesiástica
e integración en los dos primeros organismos de la Acción Católica peruana, la Acción
Católica de Damas Peruanas (ACDP) y la Junta Organizadora de la Acción Católica en
el Perú (JOACP). Demostraremos que la asociación ACDP fue el fruto principal del
interés compartido por la Santa Sede y ciertas congregaciones religiosas por organizar la
acción católica femenina en Perú; el que se sustentó en el tejido asociativo femenino
existente en Lima y, especialmente, en el de los centros educativos de las religiosas del
Sagrado Corazón. Y, finalmente, comprobaremos que la JOACP fue una iniciativa
impulsada por la asamblea episcopal peruana, por lo tanto de arriba abajo, en la que
participaron importantes miembros tanto del clero (regular y secular) como del
apostolado seglar, pero que careció del apoyo del arzobispo Lissón, lo que
irremediablemente la condenó al fracaso.
191
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Capital política, económica y religiosa de la República, sede tanto de la
Nunciatura en Perú como del Movimiento Católico, sabemos que Lima actuó como
puerto de llegada y centro difusor en Perú de las corrientes renovadoras en el seno de la
Iglesia a principios del siglo XX. Tenemos conocimiento de la existencia de
asociaciones católicas en provincias en la década de 1920, generalmente delegaciones
de aquellas existentes en la capital, por noticias como las transmitidas por Justo
Riquelme, vicario capitular de Puno, al nuncio Cicognani:
[...] gracias por enviarnos como curesme al Rdo. Padre Fr. Francisco S. Llorens
OFM. // El mencionado Padre ha trabajado como un verdadero apóstol, cosechando
los más óptimos frutos habiendo revivir la Fe en esta desgraciada ciudad pudiendo
asegurar a VER que después de muchos años se ha visto una cuaresma tan fructuosa.
// [...] ha logrado restablecer la Unión Católica de Señoras con un personal muy
activo y distinguido […]1
Sin embargo, guiados por nuestras fuentes, este capítulo aborda principalmente la
actividad seglar católica de la capital en la década de 1920, en particular la femenina
que condujo a la fundación de la Acción Católica de Damas Peruanas (ACDP).
Para desarrollar las hipótesis planteadas, este capítulo se divide en cuatro
apartados, divididos cronológica y temáticamente. El primero se dedica a analizar el
apostolado seglar existente en Lima a inicios de la década de 1920 así como dos
asociaciones masculinas católicas que, en el transcurso de dicha década, intentaron
romper con los modos de intervención de los católicos en la sociedad peruana hasta ese
momento. El segundo presenta las experiencias y el conglomerado de asociaciones de
mujeres católicas del que surgió la ACDP; y el tercero aborda el nacimiento y primeros
pasos de esta asociación. El cuarto y último presenta el nacimiento y conformación de la
Junta Organizadora de la Acción Católica en el Perú (JOACP).
4.1. El movimiento seglar al inicio de los ´20 y su intento de romper con
el pasado.
Recordemos que hasta el ascenso de Lissón al arzobispado de Lima el
movimiento católico peruano intervenía de forma organizada en todos los ámbitos de la
sociedad ̶ religioso, social-laboral y político– y las dos asociaciones más relevantes del
mismo, la Unión Católica del Perú y la Unión Católica de Señoras, trabajaban, desde
finales del siglo XIX, en el proyecto de constituir un frente católico en el que estuvieran
1
La cursiva es nuestra. Carta del 31 de marzo de 1920 enviada por Justo Riquelme (Vicario Capitular de
Puno) al nuncio Lauri, en ASV, NP. Monseñor Lorenzo Lauri (1917-1921) B. 92, Fasc. 329.
192
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
representadas todas las asociaciones católicas y que defendiera la causa de la Iglesia en
la sociedad peruana.
Toda vez que Lissón no creía conveniente la constitución de partidos y
organizaciones que se titularan católicas, el prelado censuró desde el inicio de su
mandato la intervención organizada de los católicos en política, favoreció aquellas
iniciativas que no hicieran de la religión católica su bandera de batalla y, en esta línea,
sugirió que aquellas asociaciones católicas de vocación distinta a la exclusivamente
religiosa desarrollaran su labor sin consiliarios religiosos o injerencia eclesiástica
alguna.
A pesar de la posición crítica del arzobispo a la labor de la UC del Perú, ésta y la
UC de Señoras continuaron al frente del Movimiento Católico durante gran parte de la
década de 1920. Buena muestra de ello la encontramos, por un lado, en la carta
mediante la que los dirigentes de la primera respondieron al nuncio sobre las críticas y
rumores sobre su disolución que circulaban entre la opinión pública a principios de
dicha década:
[...] ha llegado a nuestros oídos que la Unión católica se encuentra en receso [...] //
La institución que presido juzga que su labor, hoy por hoy, en el orden político y en
el orden público no debe ser colectiva sino individual. La influencia de sus
miembros, ejercida de este modo, inspirada en la más recta orientación católica, ha
producido en los últimos tiempos, los más halagadores resultados...Así se explica
que pertenezcan al Concejo Provincial varios miembros de esta institución, entre los
cuales me encuentro [...] que la ley más reciente de instrucción haya contemplado y
amparado el derecho de los católicos con respecto a la validez en los estudios
profesionales en la Universidad Católica [...] que las amenazas [...] en el seno del
parlamento nacional...no hayan llegado a ser realidad...que proyectos disolventes [...]
fueran materia del veto presidencial. //En el orden social, la Unión Católica ha
establecido y realiza periódicamente conferencias populares y ha fomentado con
particular interés la organización de círculos católicos obreros, tendentes al
mejoramiento intelectual, moral y religioso de las clases trabajadoras. // Injusto sería
desconocer la labor eficaz realizada por el Arzobispo para obtener estos resultados
[…] 2
En el mismo periodo, la UC de Señoras demostró su liderazgo al impulsar,
integrar y coordinar en Lima numerosas asociaciones de carácter religioso y benéficocaritativo. Estas fueron Propagación de la Fe en el Oriente Peruano, Escuelas
Dominicales (ED), Obra de San Francisco Regis (OSFR), Olla de los Pobres (OP) y el
Taller de Costura de Santa Juana Francisca de Chantal (TC).
2
Comunicación de la Unión Católica del Perú al nuncio Petrelli del 17 de agosto de 1922, en ASV, NP.
Monseñor Giuseppe Petrelli (1921-25) B. 110, Fasc. 413.
193
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Si nos regimos por lo descrito en la memoria de actividades de la UC de Señoras
en 1897, las asociaciones arriba mencionadas desarrollaron diversas actividades de
carácter religioso, educativo y benéfico-caritativo. Concretamente, las Escuelas
Dominicales impartían clases de primaria e instrucción religiosa en los colegios de San
Pedro y de Chorrillos (ambos de las religiosas del Sagrado Corazón), en el de Belén (de
las religiosas de los SSCC) y en las parroquias de San Andrés, Barraganes, La Milla,
Belaochaga, San Lorenzo y de Callao; el Taller de Costura confeccionaba ropa,
especialmente para alumnos becados que estudiaban en los salesianos; la Olla de los
Pobres repartía entre 2.000 y 3.000 raciones alimenticias mensuales entre mujeres y
familias desvalidas; la Obra de San Francisco Regis, ayudaba a legitimar matrimonios
haciéndose cargo de los gastos; y, por último, la obra Propagación de la Fe en el Oriente
Peruano recolectaba fondos para fomentar misiones ya establecidas y crear otras
nuevas.3
Además de las dos asociaciones principales antes dichas, entre el resto de
iniciativas seglares católicas que, desde finales del siglo XIX, operaron en estrecha
relación con la jerárquica eclesiástica, destacan las siguientes:4 La Unión Católica de
Caballeros, las Conferencias de Caballeros de San Vicente de Paúl (CCVP), el Centro
de la Juventud Católica (CJC), las Damas Catequistas (DC), las Conferencias de
Señoras de San Vicente de Paúl (CSVP), la Acción Católica de la Juventud (ACJ), el
Círculo de Obreros de San José (COSJ), la Obra de la Buena Prensa (OBP), la Obra de
los Tabernáculos (OT), la Obra de Nazareth (ON) y la Liga Eucarística de la Comunión
Semanal y Sagrado Viático (LE).5 Todas ellas operaron en Lima y tuvieron en su
estructura presidentes seglares y un religioso que desempeñaba las labores de teólogo
consultor, en el caso de las asociaciones masculinas, y de director, en las femeninas.6
Tras los luctuosos episodios derivados del intento de Consagración del Perú al
Sagrado Corazón de Jesús y coincidiendo con el periodo en que Lissón mostró una
3
Carpentier, 1897.
Ver la descripción del Estado de la arquidiócesis de lima en 1918 publicada en El Amigo del Clero
MCMXV (15 de enero de 1918), pp.28-33; MCMXVI (1 de febrero de 1918), pp.64-67; MCMXVII (15
de febrero de 1918), pp.75-77; y MCMXXIV (1 de junio de 1918), pp.252-64.
5
Esta liga resulta de especial interés por poseer una estructura organizativa muy similar a la que luego
presentaría la ACP, compuesta de un consejo central y otros situados en varias parroquias y
viceparroquias de la arquidiócesis ̶ las de Sagrario, San Sebastián, Santa Ana, San Marcelo, del Sagrado
Corazón
(Huérfanos), San Lázaro, Cercado, María Auxiliadora (viceparroquia), la Victoria
(viceparroquia) y Cocharcas (viceparroquia) –. Ibídem.
6
En el orden expuesto, los directores en 1918 eran los RRPP José María Álvarez, agustino, en las DC;
Francisco Lecoq, jesuita, en el CJC; Jorge Dinthilac, corazonista, en la ACJ; Benito Jaro, jesuita, en el
COSJ; Fr. Buenaventura Inchaurbe, en la OBP; Benito Jaro, jesuita, en la LE. Ibídem.
4
194
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
mayor fortaleza al frente de la arquidiócesis, se constituyeron en Lima las primeras
asociaciones católicas de vocación social no sujetas a la jerarquía eclesiástica, marcando
así una ruptura con el pasado. Según señalaría más tarde uno de sus promotores, Cesar
Arróspide de la Flor, su aparición, mediada la década de 1920 y en «…clara reacción
contra el catolicismo tradicional, configurado este por un insalvable clericalismo y un
medroso retraimiento hacia la sacristía», derivó de la toma de conciencia entre las
nuevas generaciones de «la necesidad de dar testimonio de fe al aire libre y en voz alta,
con un nuevo rostro, jubiloso, dinámico y juvenil».7
Los primeros frutos de este proceso de maduración en el seno del Movimiento
Católico fueron las asociaciones católicas masculinas Grupo Novecientos y Acción
Social de la Juventud (ASJ). Ambas se caracterizaron por difundir un mensaje social
católico renovado y, además, la segunda desarrolló iniciativas, especialmente de
carácter cultural y deportivo, nunca antes vistas en el activismo católico.
La primera de ellas, El Grupo Novecientos, fue creada en Lima, en torno a 1924,
por un grupo de estudiantes recién llegados a la universidad de San Marcos y, según sus
fundadores, tuvo como objetivo rescatar la jerarquía intelectual de la Iglesia católica.
Luego la ASJ, con parte de la dirigencia heredera de la asociación anterior, se propuso
movilizar a la juventud peruana para «realizar la solución de los problemas religiosos,
sociales y nacionales del Perú mediante la profesión y aplicación del catolicismo y el
cultivo del sentimiento de independencia nacional».8
Ambas carecieron de asesores eclesiásticos, pero solicitaron puntualmente el
consejo de reconocidos miembros del clero regular y secular y recibieron el apoyo del
Movimiento Católico. Su elevado grado de autonomía interna, sin embargo, no las hizo
inmunes a la influencia de la jerarquía. Como veremos a continuación, tenemos razones
para creer que tanto la elección del nombre como la acción de la segunda (ASJ)
estuvieron limitados por el arzobispo Lissón; éste favorecía la organización de
asociaciones con vocación social, inspiradas en el ideario católico, siempre que no se
titularan católicas, no fueran tuteladas o coordinadas por la jerarquía eclesiástica ni
hicieran un claro proselitismo religioso.9 Con todo, las dos fracasaron en sus objetivos.
7
Arróspide de la Flor, 1979: 7-20.
Ibíd.: 14.
9
«…el propósito [de la ASJ] era estimular la religiosidad pero discretamente, en vista de los prejuicios
existentes y sin forzar el proselitismo», en Ibíd.: 16.
8
195
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
La primera apenas se mantuvo activa un año,10 mientras que la segunda arrinconó
progresivamente su finalidad religiosa y social; lo que creó disensiones internas, la
renuncia de varios socios fundadores y finalmente su desaparición. Veamos a
continuación y con algo más de detalle, este último caso.
La Acción Social de la Juventud (ASJ) inició sus actividades en Lima a finales de
1926. Según Arróspide, a través de la misma, sus organizadores intentaron atraer «…a
la nueva generación de la clase media, no sólo a los jóvenes que salían de los colegios
particulares, sino también de los colegios nacionales» y para ello, procuraron
«…presentar una imagen alegre y positiva de la obra católica» y crearon un Club,11
promotor de actividades culturales y deportivas, que se erigió como alternativa católica
a la asociación juvenil protestante YMCA; la que llevaba operando en la capital desde el
año 1920.12 En breve, el local de la asociación organizó exposiciones de arte y
conciertos de música clásica, bajo el nombre de Ratos Musicales,13 con gran éxito de
público y crítica. Además, acogió la práctica de juegos de salón y de mesa, como el
billar, las damas y el ajedrez, y se convirtió en un prestigioso club deportivo, que de la
mano de Evaristo Gómez Sánchez, fundador de la Federación Peruana de Atletismo,
alcanzaría a tener mil quinientos miembros.
Pese al éxito de sus facetas lúdico-recreativa y deportiva, la ASJ no consiguió
movilizar a sus socios en favor de la causa católica; y, como ya indicamos, eso condujo
a su disolución. Significativamente, Valentín Sánchez14 ̶ quien había colaborado en la
redacción de sus estatutos y mantenido un estrecho contacto con la junta directiva de la
asociación– en una carta dirigida en 1929 al nuncio Cicognani, señalaría a Lissón como
principal responsable de lo sucedido. La principal razón de su fracaso, según Sánchez,
habría sido la permanente oposición del arzobispo a que la ASJ reconociera en su
denominación y programa su naturaleza católica e hiciera pública su disposición a
seguir las directrices vaticanas. Tras lamentarse del amargo final de la que podría haber
10
De ella, Arróspide indica que su principal éxito fue la publicación de una revista entre abril y octubre
de 1924 de acuerdo a un ideario de «…defensa de los valores cristianos frente a la acometida de la utopía
comunista», en Ibíd.: 10.
11
Ibíd.: 12.
12
Según Basadre, la asociación YMCA fue la verdadera precursora de la vida deportiva en Lima.
Introdujo deportes como el waterpolo y difundió otros como el baloncesto o el voleibol. Sus primeros
animadores fueron Carl H. Johnson y Jay C. Field y, en su opinión, no realizó proselitismo o propaganda
protestante. Basadre, 1983: vol. XI, 302.
13
El desglose de las actividades en Arróspide, 1979: 18. Los afiches que anuncian los actos musicales en
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607.
14
Jesuita nacido en España, Superior de la Misión Peruana y Rector del Colegio de la Inmaculada entre el
2 de agosto de 1920 y finales de 1927. Hasta su vuelta a España, en julio de 1928, Sánchez fue el
principal impulsor de la ACP en Lima.
196
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
constituido la primera iniciativa de la acción católica impulsada por la juventud
peruana, Valentín Sánchez, en apoyo de su tesis, adjuntaría el siguiente relato:
Sus fundadores [de la ASJ] al tratar de establecer su reglamento, me consultaron
sobre su declaración de catolicismo. Les aconsejé citándoles palabras textuales de
S.S. Pio X, que no ocultasen su título de católicos, Mons. Lissón, que, como es
sabido, no quiere que las obras de los católicos se llamen católicas, les aconsejó en
sentido contrario; más aún, les dijo que no deberían tener ningún trato con sotanas,
sino proceder con independencia de toda dirección sacerdotal. Con estos consejos la
asociación creció en pocos meses recibiendo jóvenes de todas las ideas: de 500
socios apenas 100 son verdaderos católicos. Claro que no se puede esperar acción
católica donde no existe unidad de fe y de aspiraciones católicas.15
4.2. El activismo católico de mujeres
Las iniciativas de las activistas católicas femeninas, lejos de las críticas vertidas
por el arzobispo Lissón a otras obras de la acción católica, recibieron su apoyo y
prosperaron en la década de 1920. A este respecto, la principal novedad y consecuencia
directa del VIII Concilio Provincial Limense celebrado en Lima en 1927 fue la
fundación de la llamada a ser principal asociación femenina católica en la República, la
Acción Católica de Damas Peruanas. Tal como narró una de sus fundadoras, esta se
efectuó el 6 de Febrero de 1928 en el colegio León de Andrade,16 respondiendo a una
invitación de las Religiosas del Sagrado Corazón y a requerimiento de Valentín
Sánchez, vice-provincial de los jesuitas. Pues bien, en este apartado, demostraremos que
los primeros antecedentes directos de la ACDP se remontan a la década de 1910; y que
Sánchez plantó la semilla de esta asociación en el tejido asociativo creado por las
religiosas del Sagrado Corazón en sus centros educativos y entregó las riendas de la
misma a aquellas activistas con reconocida experiencia en la asociación femenina de
mayor influencia en el ámbito público en la década de 1920, la organización
aconfesional Consejo Nacional del Mujeres del Perú.
4.2.1. El conglomerado de iniciativas relativas al apostolado seglar de mujeres
Los primeros antecedentes directos de la ACDP ̶ por integrantes y discurso
implicados– y, además, de naturaleza propia e independiente del resto de iniciativas
femeninas, los encontramos en Lima a mediados de la década de 1910. Estos fueron una
15
El subrayado en el original, la cursiva es nuestra. Carta de Valentín Sánchez a Cicognani, del 3 de julio
de 1928. “Allegato nº3 al Informe nº157 “Circa Azione Cattolica” de Cicognani a Pacelli, secretario de
Estado de S.S., en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, ff.39-40.
16
Sede inicial que a los pocos meses fue trasladada al Colegio del Sagrado Corazón (San Pedro), ya
desaparecido.
197
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
serie de conferencias dirigidas al público femenino por el obispo de Huánuco, Mons.
Pedro Pablo Drinot i Piérola, y el franciscano descalzo Francisco Aramburu. Estas
charlas versaron en torno a la solución católica de la cuestión social y el papel de la
mujer en la misma, y dieron pie a reuniones periódicas para tratar asuntos de índole
religiosa en el colegio de las religiosas de los Sagrados Corazones de Belén. Poco
tiempo después y relacionado con estas reuniones, se constituyó un grupo denominado
“Damas de Acción Social”, del que el diario católico La Unión pronosticó que surgiría
una “Asociación Nacional de Mujeres” con el objetivo de «Hacer el bien social, tener
injerencia directa en la educación de la mujer, propender por todos los medios al
mejoramiento de la condición de la raza indígena y, por fin, ser factor principal en todas
las cuestiones sociales....».17
En nuestra opinión, las conferencias y reuniones antes señaladas constituyeron la
primera vía mediante la que el nuevo mensaje social de la Iglesia alcanzó un público
femenino en Perú, concretamente el compuesto por activistas católicas veteranas y otras
jóvenes de clase media-alta, en su mayoría alumnas y exalumnas de instituciones
educativas regidas por dos congregaciones religiosas establecidas en la capital, la
Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús y la de los Sagrados Corazones.18
Ya en la década de 1920, el discurso social de la Iglesia alcanzó una mayor
difusión entre las mujeres gracias, en primer lugar, a los denominados Círculos
Femeninos; en segundo lugar, al Curso Superior de la Religión Católica impartido por
la Universidad Católica; y en tercer lugar, a la publicación y amplia distribución de
diversos folletos con licencia eclesiástica.
Los Círculos Femeninos fueron cursos gratuitos, generalmente de carácter
religioso, dirigidos a mujeres e impartidos por miembros del clero, congregaciones
religiosas o activistas católicos de reconocido prestigio. 19 Medio formativo extendido
por toda la República, sabemos que estos cursos llegaron a organizarse en zonas
alejadas de la capital por comunicaciones como la siguiente, de Alejandrina Maceda,
vicepresidenta del círculo femenino de Puno, al nuncio Lauri en 1920:
17
La Unión-Diario de la Mañana (14 de diciembre de 1914).
En la década de 1910, como veremos en detalle más adelante, estas religiosas dirigían la Escuela
Normal de Mujeres, donde se formaban las futuras maestras de primeras letras, establecida en un local de
la iglesia de San Pedro, antigua propiedad de los jesuitas, y dos colegios, el León de Andrade y el
conocido como Chalet de Chorrillos.
19
Comunicación de Alejandrina de Maceda a Mons. Lauri, del 15 de octubre de 1920, en ASV, NP.
Monseñor Lorenzo Lauri (1917-1921) B. 92, Fasc. 329.
18
198
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
[...] hace un año se fundó en esta localidad el Círculo Femenino con el único y
exclusivo objeto de fomentar la educación social y religiosa de la mujer puneña,
muy principalmente de las jóvenes [...] me dirijo a Ud. para que influya en quien
convenga se establezca en esta ciudad un Colegio Taller y de Instrucción Media de
Madres Franciscanas, que se hace muy necesario, por el penoso estado de atraso en
que se encuentra la educación femenina de este pueblo [...]
Por otro lado, si atendemos a los objetivos y razones expuestos por Drinot en la
Revista Universitaria, el Curso Superior Apologético de la Religión Católica fue creado
en 1921 con el interés de:
[…] quitar, atenuar siquiera, la palpable divergencia que en religión, existe entre el
hombre y la mujer de nuestras clases sociales dirigentes y, así, aprovechar para la
causa católica a aquellas mujeres cuya “ilustración primaria […] [era]
incontestablemente superior a la del hombre […][al poseer una] ilustración genérica
y la especial de Religión…notablemente más completa, más sólida, más homogénea
y mejor asimilada […]
En definitiva, con el objetivo final de:
Poner, pues, a la mujer culta de nuestros principales hogares, a las madres, hijas,
hermanas y esposas de nuestra sociedad dirigente, en condición de defender la fe y el
cristianismo de sus almas, y de las almas que ellas aman […] // […] a la mujer
ilustrada de nuestra capital [Lima], en aptitud de tomar parte en la defensa de los
Supremos intereses del Catolicismo, seriamente amenazados, en nuestra República,
por fuertes y enconados enemigos, dentro y fuera.20
Finalmente, entre los folletos publicados con licencia eclesiástica,21 cabe destacar
la hojita semanal Acción Católica Peruana; distribuida gratuitamente en las parroquias
de Lima, llegaría a convertirse en una herramienta fundamental de la acción católica
femenina a finales de la década de 1920.22 Ejemplo de la llamada por la Iglesia “Buena
Prensa” –aquella dedicada a difundir la verdad cristiana y contrarrestar la influencia de
la propaganda anticatólica– Acción Católica Peruana se caracterizó por contener tanto
instrucciones religiosas como prácticas recomendadas por la Iglesia a toda mujer
católica;23 y, además, por hacerse eco de reivindicaciones de la Iglesia así como de
logros y medidas aprobadas por el gobierno peruano de carácter social-moralizante. Por
20
El énfasis en el original. Drinot, 1921: 5-7.
El 1 de Enero de 1921, los Rvdos padres Atucha y Ferrando de la congregación de la Inmaculada
Corazón de María, Rector y Vicerector del Seminario de Santo Toribio, eran nombrados censores de la
hojita de propaganda de la doctrina católica "Acción Católica Peruana". AAL Comunicaciones, XLII
Fasc. 1.
22
De una extensión dos a cuatro carillas, de los primeros diez años de su publicación, sólo se conserva el
año 1922 completo y algunos números sueltos, todos en la Biblioteca Nacional del Perú.
23
Estas eran acudir a misa, practicar la meditación, el examen de conciencia, la visita al santísimo
sacramento del rosario rezado en familia, la lectura espiritual y la práctica frecuente de los sacramentos,
en Acción Católica Peruana (29 de octubre de 1922).
21
199
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
ejemplo, sus páginas recogerían la petición de varios directores (de colegios y escuelas
fiscales) al Honorable Concejo Provincial para que limitara el acceso de los menores de
14 años a las salas de cine24; y la aprobación de la ley, impulsada por Antonio Castro y
Carlos de Piérola, que impidió asistir al cine o al teatro a los menores de 18 años.25
La publicación Acción Católica Peruana, inicialmente, fue gestionada por el
Monte de Piedad integrado en La Auxiliar y tuvo una tirada de 32.000 ejemplares.26 Se
financió mediante anuncios publicitarios, las colectas y ayuda económica de
protectores;27 y las aportaciones regulares de asociaciones –entre ellas, la Obra de la
Buena Prensa de la Unión Católica de Señoras–28 y congregaciones religiosas,
particularmente las religiosas del Sagrado Corazón.29 En el transcurso de los años
veinte, la hojita mantuvo su línea editorial y su tirada fluctuó entre los 18.000 y 41.000
ejemplares. En 1925 su sede editorial se trasladó al Seminario de Santo Toribio y en su
portada aparecía tanto el escudo como el lema, Instaure Omnia in Christo,
pertenecientes a la Acción Social Católica. Finalmente, en 1928 la recién creada
asociación Acción Católica de Damas Peruanas se hizo cargo de ella, hizo de la misma
su órgano oficial de propaganda y, en adelante, atendiendo a sus palabras, fue publicada
por personal mayoritariamente femenino:
De la redacción y arreglo de las diversas crónicas y datos referentes al movimiento
del consejo se ocupan las secretarias, el trato con la imprenta y los empleados
encargados del reparto y de la cobranza de las suscripciones es ocupación de las
Tesoreras, además del contrato y publicación de los avisos. Recuento,
empaquetadura y rotulado es trabajo de todo el consejo.30
24
Concretamente solicitaron que los menores de 14 años sólo pudieran asistir al cine los festivos y
domingos por la a tarde y exclusivamente a aquellas películas que obtuvieran una calificación específica y
que, además, no acabaran más allá de las 6 de la tarde.
25
La solicitud y la aprobación de la ley fueron publicadas en Acción Católica Peruana el 3 y 17 de
diciembre de 1922.
26
Como referencia, en estos años, periódicos y revistas como Tiempo y Variedades tenían una tirada
semanal de 20.000 y 10.000 ejemplares, respectivamente.
27
Sus nombres eran publicados con cierta frecuencia; como ocurrió en el caso de Eleodoro Romero, José
Freundt, Rosario Meza, Margarita Salomón, E. Muelle de Roca, Susana Larrabure, Perpetua Burgos de
Iglesias, Pilar de Rivero, Julia A. de Rovina y Sofía Contreras. Acción Católica Peruana (25 de junio de
1922).
28
Entidad que costeó el número del 17 de Septiembre de 1922.
29
Así, entre los protectores de la hojita figuraban las Superioras de la Escuela Normal de San Pedro y del
colegio del Sagrado Corazón del Chalet de Chorrillos. Ibídem.
30
Acción Católica Peruana (14 de agosto de 1932).
200
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
4.2.2. Dos vías no confesionales, formativas y de intervención social de las
activistas católicas: la Sociedad de la Beneficencia Pública y el Consejo Nacional
de Mujeres del Perú
La información contenida en las fuentes consultadas nos hace descartar la
posibilidad de que, en la década de 1920, hubiera asociaciones católicas femeninas que
operasen con independencia de la jerarquía eclesiástica. Esta ausencia pudo deberse, en
primer lugar, a que la Unión Católica de Señoras, pese a intervenir en todos los ámbitos
de la sociedad y reconocer de forma explícita su confesionalidad, no recibió críticas del
arzobispo Lissón y continuó operando con normalidad; y, en segundo lugar, a que la
gran mayoría de las activistas católicas pudieron satisfacer sus nuevas inquietudes
sociales a través de su integración en la sociedad no confesional, Consejo Nacional de
Mujeres del Perú (en adelante CNMP); e incluso, una pequeña minoría, mediante su
participación en instituciones dependientes del gobierno, como la Sociedad de la
Beneficencia Pública. Siguiendo un orden cronológico analizaremos, primero, la
incorporación de la mujer en esta última institución; e inmediatamente después, la labor
del CNMP.
Sabemos que, al menos desde 1922, el Estado peruano solicitó la colaboración de
la mujer, principalmente de aquellas mujeres pertenecientes a la clase alta, las llamadas
“damas”, que en su práctica totalidad eran católicas, en varias iniciativas de carácter
educativo y asistencial. Significativamente, ese año –en el que, con motivo del vigésimo
quinto aniversario de la Cuna Maternal de Lima,31 se homenajeó a su fundadora, Juana
Alarco de Dammert ̶
el gobierno creó dos organismos abiertos a la participación
femenina: la Junta de Defensa de la Infancia y la Liga Antituberculosa de Damas,
dedicadas al estudio, dirección y solución de problemas relativos a la infancia, la
primera;32 y a la profilaxis de la tuberculosis en la ciudad de Lima y su entorno, la
segunda.33
31
Boletín de la Sociedad de Beneficencia Pública [de Lima] (abril de 1922), pp.110-111.
La Junta fue creada por el gobierno en abril de ese año y en sus estatutos, aprobados en el mes de
mayo, se establecía lo siguiente: «15º. La liga creará y organizará a su juicio, comités especiales de los
cuales pueden formar parte las señoras, a los cuales podrá encomendar el estudio, la solución y dirección
de determinados asuntos u obras de protección de la infancia». Boletín de la Sociedad de Beneficencia
Pública [de Lima] (junio de 1922), p.115.
33
Las primeras integrantes de la Junta fueron: Francisca Iturregui de Leguía y Martínez, Hortensia
Romaña de Romero, Sara Ricketts de Rada y Gamio, María Lavalle de Clement, Josefina Vela de Valle
Riestra, Josefa Tezanos Pinto de Oyanguren, María C. de Barros, Engracia de Freyer, Esther Oyanguren
de Palacio, Julia Cossío de Salinas, Rosa García Calderón de Solf y Muro, Mrs. Henry Hanson, Carmela
Higueras de Casanave, Constanza Puente Olavegoya de Valega, Zoila Hidalgo de Mimbela, y las
señoritas Matilde D’Aponte, María Josefa de Gamio, Cristina Oyague y Noel, Magdalena Oyague y de
32
201
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Además, en setiembre de ese año y por la ley nº4256, el gobierno autorizó a las
mujeres mayores de 30 años a pertenecer a las Sociedades Públicas de Beneficencia,
«[….] rigiendo también para ellas todas las disposiciones legales y reglamentarias
referentes a los miembros de dichas instituciones». Aunque, en el caso de que las
mujeres estuvieran casadas, la aceptación de cualquier cargo en dicha institución debía
estar firmada por los dos cónyuges.34
Con todo, pasaron más de tres años hasta que las primeras mujeres fueron
elegidas y quedaron integradas en el personal de la sociedad en Lima. Ese honor
finalmente lo compartieron María Lacroix de Olavegoya y Virgina Candamo de Puente,
en la sesión del 29 de diciembre de 1925, por votación específica para cubrir dos
vacantes. Según el citado Boletín, una obtuvo la plaza porque la sociedad no pudo
ofrecérsela a doña Juana Alarco de Dammert, por no reunir los requisitos que marcaba
la ley.35
A principios de 1926 la Sra. Candamo fue elegida inspectora de la sociedad en la
Escuela-Taller “Delgado” y la Sra. Lacroix en la Escuela-Taller de “San Andrés”,36 y en
diciembre de ese año se incorporó otra mujer, la Srta. Francisca Paz Soldán Valle
Riestra;37 quien al año siguiente pasaría a ejercer de inspectora en la Escuela-Taller
“San Andrés”.38 En 1929 nos consta que el número de mujeres en la sociedad ascendió a
cinco, pues junto a las mencionadas Candamo, Lacroix y Paz-Soldán se sumaron la Sra.
Mercedes Gallagher de Parks y la Srta. María Ferreyros Alayza; todas ellas ejercerían
de inspectoras en alguna institución a principios de 1930.39
La documentación consultada sugiere que no hubo grandes cambios en el número
e identidad de las mujeres que estuvieron integradas en la Sociedad de Beneficencia
Noel, Belén de Osma, Ada Swayne, Ana Ureta y Freyre y Laura Vázquez de Velasco. Boletín de la
Sociedad de Beneficencia Pública [de Lima] (junio de 1922), p.117.
34
Ver copia de la ley, de 23 de setiembre de 1922, remitida por G. U. Olaechea al director de la
Beneficencia de Lima en Boletín de la Sociedad de Beneficencia Pública [de Lima] (setiembre de 1922),
pp.161-162.
35
Ver Boletín de la Sociedad de Beneficencia Pública [de Lima] (diciembre de 1925), p.193.
36
Ver Boletín de la Sociedad de Beneficencia Pública [de Lima] (febrero de 1926), p.10.
37
Ver Boletín de la Sociedad de Beneficencia Pública [de Lima] (diciembre de 1926), p.193.
38
Fruto de la elección efectuada en ese momento, Candamo pasó a ejercer dicha función en el Colegio de
“Santa Rosa” de Candamo y Lacroix en el Hospicio de Lactantes. Boletín de la Sociedad de Beneficencia
Pública [de Lima] (mayo de 1927), pp.86-87.
39
En enero de 1930, Candamo era inspectora de la Escuela Nacional de Enfermería, Lacroix de la
cofradía “Santísimo”, Gallagher de la Escuela-Taller “Delgado”, Paz-Soldán de la Escuela Doméstica y
Ferreyros Alayza del Colegio de “Santa Rosa” de Candamo. Boletín de la Sociedad de Beneficencia
Pública [de Lima] (enero de 1930), pp.2-3.
202
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Pública [de Lima] desde principios de la década de 1930 y hasta el año 1943.40 De
hecho, entre 1938 y 1943, éstas siempre fueron: María Ferreyros Alayza, Mercedes
García Calderón, Belén de Osma, Francisca Paz Soldán, Virginia Candamo de la Puente
y Leonor Salaverry de Guerra; con la particularidad de que en dicho periodo la Srta.
Belén de Osma formó parte del comité directivo de la sociedad y ocupó la presidencia
del Comité Ejecutivo de Ramos Diversos.41
Por otro lado, el Consejo Nacional de Mujeres del Perú fue creado a raíz de la
visita a Lima de Carrie Chapman Catt, fundadora de la U.S. League of Women Voters,
en 1923 y se afilió al Consejo Internacional de Mujeres tres años más tarde.42 Desde el
principio, esta organización femenina laica de carácter maternalista43 acogió a mujeres
de distintas sensibilidades, incluidas las activistas católicas. Estas últimas, gracias a la
aprobación que recibieron del arzobispo Lissón, vieron satisfecha su necesidad de
intervenir, de forma más general, en la sociedad peruana.44
El CNMP se definía como «…un asociación civil, no lucrativa… [cuyas] normas
de acción y programas de trabajo se inspiran en los nobles principios y finalidades del
Consejo Internacional de Mujeres…»,45 y tenía como objetivos generales:
a) Procurar el mejoramiento individual y colectivo de la mujer peruana en todos los
órdenes, trabajando por el pleno, positivo y consciente ejercicio de sus derechos y
responsabilidades y por el cumplimiento cabal de sus deberes; // b) Fomentar el
mútuo [sic] conocimiento y solidaridad entre las mujeres peruanas y entre las
asociaciones femeninas que funcionan en la República para procurar una acción
coordinada y conjunta en bien de la comunidad, de la familia y del niño, sin
40
Aunque no hemos podido consultar los boletines de la sociedad entre los años 1932 y 1937, durante
todo el periodo de estudio, sólo hemos detectado una polémica que suscitara la renuncia temporal de una
socia. Esta se produjo a finales del año 1932 a raíz de que la Sociedad de Beneficencia aprobara el
establecimiento de un dispensario antituberculoso en el local que ocupaba el Colegio de Santa Rosa de
Candamo. Tras oponerse infructuosa y firmemente a dicha medida, la inspectora del colegio, María
Ferreyros Alayza, renunció a su cargo. Bien es cierto, que la volvemos a encontrar de nuevo integrada en
la sociedad de 1938 en adelante. Sobre la polémica consultar el semanario Verdades CX (26 de
noviembre de 1932), p.1.
41
Entre 1938 y 1942, la institución estuvo formada por 94 miembros; en 1943, pasaron a ser 93. Boletín
de la Sociedad de Beneficencia Pública [de Lima] (1938-1943).
42
Schipske, 1975: 436 y Zegarra, 2006: 508.
43
Es decir, en línea con la definición ya clásica de Koven y Mitchel, aquellas asociaciones que
«…exalted women´s capacity to mother and extended to society as a whole the values of care, nurturance,
and morality. Maternalism always operated on two levels; it extolled the private virtues of domesticity
while simultaneously legitimating women´s public relationships to politics and the state, to community,
workplace and marketplace». Koven y Mitchel, 1990: 1079.
44
La contraportada de los estatutos de la asociación recogía un párrafo de la constitución del Consejo
Internacional de Mujeres donde se decía «Nosotras, mujeres de todas las naciones, sinceramente
convencidas…nos unimos en una federación de todas las razas naciones, credos, y clases para procurar la
aplicación en la sociedad, en las costumbres y en las leyes, del Mandato Dorado del Evangelio: “HACED
POR EL PRÓJIMO LO QUE QUISIERAS QUE ESTE HICIERA POR VOSOTROS». En mayúsculas en
el original, la cursiva es nuestra. Consejo Nacional de Mujeres del Perú, [s.f.].
45
Artículo nº1, Consejo Nacional de Mujeres del Perú, [s.f.]: 3.
203
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
discriminaciones racial, religiosa, social, cultural, política y de cualquier otra
índole; // c) Trabajar por la supresión de toda desigualdad en perjuicio de la mujer;
// d) Promover, por medio de impresos, reuniones, conferencias, congresos, etc., la
recíproca consulta y colaboración con asociaciones femeninas nacionales para el
estudio y solución de los problemas que afecten a la mujer peruana en su condición
jurídica y social y en su actividad pública, profesional y económica; // e) Exaltar los
valores de la mujer peruana y su participación en la vida nacional; // f) Llevar la
representación de la mujer peruana a los congresos y conferencias internacionales
donde se debatan asuntos relacionados con los fines que se anuncian en el presente
artículo; // g) Cooperar en la obra que en el ámbito mundial lleva acabo el Consejo
Internacional de Mujeres en favor de la causa general de la mujer y preparar las
encuestas que ese Consejo acuerde realizar, proporcionando la información que
corresponda al Perú; y // h) Coordinar su acción con el Consejo Internacional de
Mujeres y los Consejos Nacionales de Mujeres de otros países del mundo a fin de
promover el bienestar de la humanidad y la consecución de la paz internacional. 46
Siguiendo los boletines que publicó entre los años 1926 y 1928, el CNMP impulsó
iniciativas de carácter benéfico-caritativo tales como la creación de un registro de
enfermeras con el objeto de proporcionar asistencia médica a gentes necesitadas o la
formación de una caja de auxilios para ancianas sin recursos; dirigió obras de tipo
laboral-educativo como escuelas de taquigrafía y mecanografía dirigidas a estudiantes y
trabajadoras; y fundó el Colegio Nacional de Mujeres con el objetivo de:
formar mujeres, en el amplio sentido de la palabra, capaces de afrontar la lucha por
la vida con nobleza y elevación capaces de amarse y respetarse a sí mismas, y honrar
el puesto que se les confíe; madres de familia, cuyo hogar merezca, en realidad, este
santo nombre, y profesionales que amen la carrera que se proponen seguir,
considerándola, no como portadora de un título símbolo de vanidad e inflamiento,
sino como signo de capacidad y amor al deber.47
El CNMP desarrolló, además, obras de inspiración moral, tendentes, en palabras
de sus afiliadas, al “saneamiento social”. Entre ellas, destacan aquellas dirigidas a las
obreras sin trabajo, a la eliminación de la mendicidad callejera, a la “moralización” del
cine y la prensa, a la prohibición de la venta de libros y objetos pornográficos y,
finalmente, a la creación de un patronato de protección de menores.
Con el objeto de reducir la publicación “escandalosa y hasta repugnante” en los
medios de comunicación, el CNMP se puso en contacto con los directores de los diarios
del Perú; participó en la Conferencia Panamericana de la Prensa celebrada en
Washington en 1926 –donde presentó una ponencia que, sorprendentemente, recibió la
aprobación de la mayoría y sobre la que se construyó una de las conclusiones del
46
Ibíd.: 3-4.
La cursiva en el original. Boletín del Consejo Nacional de Mujeres del Perú (Marzo de 1928), en ASV,
NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607.
47
204
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
congreso‒; e, incluso, logró que el gobierno promulgase un decreto contra la
distribución material pornográfico en la República.
Aunque, ciertamente, sus esfuerzos le valieron el respeto y el reconocimiento de
la opinión pública, el CNMP no consiguió reducir de forma significativa la publicación
innecesaria de crímenes y escándalos en diarios y periódicos; ni incrementar el control
sobre la distribución de artículos calificados por ellas como pornográficos. De hecho,
según la directiva del consejo, ante al escaso control y la falta de castigo a los
infractores, todo empeño fue vano y, así, lejos de reducirse, los contenidos dañinos
incrementaron su presencia en la prensa peruana.48
La influencia ganada por el CNMP, en cualquier caso, le permitió colaborar en la
organización y dirección de dos organismos de “saneamiento social” dependientes del
gobierno, éstos fueron la Junta de Censura de Películas y la Sociedad Especial de
Patronato de Menores. La primera, activa entre junio de 1926 y mayo de 1930, fue
creada con el objeto de revisar las películas cinematográficas, calificarlas -para adultos
o todos los públicos-, darles el pase o, de lo contrario, vetar su exhibición; y, en sus
inicios, estuvo compuesta por siete miembros, dos de los cuales fueron siempre mujeres
de la CNMP –probablemente la presidente y vicepresidenta de esta asociación–.49 La
segunda, formada por doce miembros escogidos por el CNMP y dependiente del
Consejo Local de Patronato (CLP),50 tuvo como finalidad atender a los niños detenidos
como delincuentes por la policía, examinarlos y redirigir a aquellos que fueran sólo
menores abandonados a un sanatorio, colegio o asilo, y al resto a la escuela
correccional.
En nuestra opinión, la conocida posición favorable de Lissón a las iniciativas
aconfesionales de carácter social-moralizante fue determinante para que las activistas
católicas colaboraran y ocuparan puestos directivos en el CNM del Perú.51 Así, por una
48
La ponencia al congreso de la prensa celebrado en Washington y el balance del CNMP se puede
consultar en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607.
49
Ver las memorias del CNMP antes citadas y la comunicación, del 30 de diciembre de 1932, “Historia
de la Junta Censora de Películas desde su creación” remitida por C. Tillit, censor accidental, al Ministro
de Justicia, Instrucción, Culto y Beneficencia, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B.
126, Fasc. 488.
50
Órgano gubernamental de existencia obligada por el Código Penal de 1924 en toda jurisdicción en la
que operase un Tribunal Correccional en la República y con las siguientes funciones: Administrar el
fondo para la indemnización de víctimas de crímenes, promover sociedades privadas de patronato de
reclusos, vigilar y proteger tanto a los prisioneros convictos como a aquellos en libertad condicional, y
tramitar la concesión de indultos. Salvatore, 2001: 347-348.
51
Y es que la colaboración de asociaciones católicas en una iniciativa aconfesional no estaba exenta de
cierta polémica. Al menos eso es lo que se deduce de la comunicación, del 26 de enero de 1927, de
Carmen García Loygorri, vocal de la Unión Internacional de Ligas Católicas Femeninas, al arzobispo
205
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
parte, entre el consejo directivo de esta asociación en 1926 se reconocen cuatro
destacadas activistas católicas;52 éstas son sus dos vicepresidentas, Luisa Dammert y
Virginia Candamo de la Puente, así como Francisca Paz Soldán y María Rosario
Araoz.53 Por otro lado, en las actas de las asambleas de la CNM de esos años aparecen
como afiliadas diversas asociaciones católicas como, por ejemplo, aquellas que hemos
señalado en cursiva en la siguiente acta de la asamblea de la asociación de enero de
1928:
[…] Dora Mayer de Zulen, por la Asociación de Mujeres Indígenas de Puno, Felícita
Cenarqué, por el Círculo de Enfermeras Diplomadas, Angelina Arce, por la Liga de
Maestras de auxilio y protección mutua, Luisa E. de Recavarren, por la Cuna
Maternal de Barranco [...] Mercedes Torres Balcazar por Catecismo dominical de
san Agustín [...] por la Sociedad Auxiliadora de la Infancia [...] por la liga de Caridad
Secreta [...] Inés Herrera por las Bibliotecas parroquiales...por el Feminismo
peruano [...] por la Evolución femenina [...] por la Asociación catequista de
Chorrillos [...] por la Biblioteca de la Buena Lectura de la Magdalena...por la
sociedad de Señoritas Empleadas del Comercio...por la Pía Unión de Madres
Cristianas [...] Comité Internacional de graduadas [...] Liga de maestras de Chiclayo
[...] Obra de Buena lectura de Barranco [...] Liga del bien Liceo Grau...Circulo
social de señoras y señoritas de Matucana [...] Liga de maestras de Chiclayo [...]
Liga de higiene y profilaxia social [...] Sociedad Bien del Hogar [...] Eva
Portocarrero, por la Liga de maestras de la escuela normal...numerosas sociedades
afiliadas como la Unión Católica de Señoras, la asociación de mujeres de Tacna,
Arica y Tarapacá. 54
Durante la mayor parte de la década de 1920, las activistas católicas siguieron
encuadradas en multitud de iniciativas independientes de carácter apostólico y benéficocaritativo, sobre las que la Unión Católica de Señoras ejercía cierta autoridad y que, en
algunos casos ya vistos, también coordinaba y ayudaba a financiar; y, además,
participaron activamente en el CNMP. Todo ello les permitió extender su influencia en
Lissón en la que critica la vinculación del CNMP con el Consejo Internacional de Mujeres, en AAL
Comunicaciones, XLIII, Fasc. 76.
52
Ver la ponencia dirigida por el Comité Nacional de Mujeres del Perú a la Confederación Panamericana
de la Prensa Convocada por la Unión Panamericana en la ciudad de Washington en Febrero de 1926, en
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607.
53
Las tres primeras fundarán, más tarde, la Acción Católica de Damas Peruanas y las tres últimas
ocuparán puestos de responsabilidad en la misma. Así, de Virginia Candamo de la Puente sabemos que
ocupó los cargos de presidenta del Consejo Central de ACDP en 1928 y consejera del Consejo Central en
1935; María Rosario Araoz ocupó los cargos de consejera de cuestiones sociales del consejo central en
1934, de propaganda en 1936, presidenta del consejo arquidiocesano en 1937 y delegada del consejo
arquidiocesano en el consejo central en 1938; Paz Soldán fue presidenta del consejo arquidiocesano en
1928 y 1932, y vicepresidenta del mismo consejo entre 1934 y 1937. De las fundadoras y algunos cargos
tenemos noticia por un informe titulado “Historia de la Rama de Mujeres de Acción Católica desde su
fundación en el año 1928 hasta el año 1935 en que se oficializó” redactado en 1959 por Julia Elmore de
Thorndike; el resto de la información por documentación diversa, entre la que destacan las Memorias de
Actividades de la ACDP, todo ello depositado en el Archivo de la Acción Católica Peruana de Lima (en
adelante AACPL).
54
Disponemos de las realizadas en octubre de 1927, enero y febrero de 1928, en ASV, NP. Monseñor
Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607.
206
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
la sociedad y desarrollar la categoría acción católica, presente de forma recurrente en el
discurso de la Iglesia peruana. A partir de estos ingredientes, la constitución de una
organización específica de la acción católica femenina precisaba sólo un último impulso
para hacerse realidad. Como en otras ocasiones en Perú, éste vino del exterior.
4.2.3. El tejido asociativo vinculado a las religiosas del Sagrado Corazón
Como vimos en los capítulos precedentes, uno de los principales frutos del VIII
Concilio Provincial Limense fue el Manual de “Acción Católica” dedicado al pueblo
peruano de Drinot i Pierola, publicado en 1928. Esta guía, cuya finalidad era orientar la
organización de la acción católica en Perú, contenía grandes alabanzas a labor
apostólica realizada por las mujeres y, además, un llamamiento a la Unión Católica de
Señoras para que liderase la rama femenina en dicha organización.55 Ese año y sin
aparente explicación, sin embargo, Valentín Sánchez –uno de los principales impulsores
de la acción católica en la República– optó por dirigir este ofrecimiento a otras
activistas; casi todas antiguas alumnas de los colegios regentados por las religiosas del
Sagrado Corazón y algunas con experiencia previa en la dirección del Consejo Nacional
de Mujeres del Perú. De todas ellas, finalmente treinta y siete aceptaron el reto y
fundaron la asociación Acción Católica de Damas Peruanas.56 ¿Quiénes eran estas
mujeres? ¿De dónde surgían con la suficiente fuerza como para que el Vaticano pusiera
en sus manos este ansiado proyecto en Perú? Estas son algunas de las cuestiones a
analizar antes de entrar a detallar la labor de esta nueva iniciativa seglar y, para ello,
deberemos prestar atención a la congregación que acogió la primera reunión de las
mujeres de la acción católica, las religiosas del Sagrado Corazón. Veremos, por un lado,
tanto el ideario por el que se regía dicha congregación como la dinámica que
establecieron en sus obras educativas; y, por otro, el papel que en todas estas
asociaciones asumieron las alumnas y exalumnas de sus centros educativos.
55
«…a esta corporación [la UC de Señoras] que por su carácter religioso-social, i por su actuación
corporativa, ha representado hasta hoy, entre nosotros el factor más eficiente de acción católica, le
corresponde en justicia, la preeminencia de la A.C. Femenina, que tratamos de organizar // Por estos
títulos y tales obras, por el derecho de antigüedad i otros prestigios que todos conocen, creemos que le
corresponde la presidencia i dirección, al menos alta i general, de la Acción Católica de Damas
Peruanas», en Drinot, 1928: 94-95.
56
Virginia Candamo de la Puente, Rebeca Bellido de Dammert, Carolina Elmore Cobian, Julia Elmore de
Thorndike, Luisa Elmore de Recavarren, Graciela Elmore de Rey, Victoria Thorndike de Wiesse,
Francisca Paz Soldán, María Harvey, María Santolalla, Ana Trou, Dora Vigors, Carmen Gallager,
Felicitas Cazorla, Manuela Ferreyros Alayza, Mercedes García Calderón, Isabel Bernos, Laura Elmore,
Isabel Matute, Mavilla Morales, Carmen Salaverry, Consuelo Harvey, Julia Buckley, Elvira Santolalla,
Rosa Odriozola, María Luisa pérez, Evangelina Gallagher, Consuelo Cazorla, Luisa Dammert, Adriana
Boza, Victoria Alfaro, Lily Elmore, Elena Alayza, Isabel Zapatero y Rosa Patrón.
207
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Entre los principales grupos de religiosas que llegaron al Perú a finales del siglo
XIX destacó la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, congregación femenina de
carácter educativo creada por Magdalena Sofía Barat en 1800. Su establecimiento en
Lima se derivó de las gestiones realizadas por el gobierno peruano desde 1871 y,
especialmente, de la solicitud enviada en 1876 por el presidente de la República,
Manuel Pardo, a la Superiora General, R.M. Lehon,57 para que dicha Sociedad fundara y
gestionase una institución educativa, sostenida económicamente por el Estado; en la que
se formasen las futuras maestras de primaria de la República.
Ese mismo año, las religiosas aceptaron el ofrecimiento presidencial y, en un
primer momento, abrieron un colegio privado para las niñas de la clase media-alta
limeña –instituciones a las que por entonces se conocía con el nombre de pensionado- y,
de forma paralela, una escuela gratuita para niñas de familias sin recursos. Poco tiempo
después y tras importantes reformas, concretamente el 19 de marzo de 1878, la
congregación inauguró –junto al presidente de la República, general Mariano Ignacio
Prado Ochoa y en el antiguo Colegio de San Pablo, situado en la misma cuadra que la
iglesia de San Pedro de los jesuitas ̶ la institución que durante cerca de cincuenta años
formaría al magisterio femenino peruano, la Escuela Normal de Preceptoras; más tarde
conocida como Instituto Pedagógico Nacional de Mujeres.58
Pese a que en 1903 la sociedad fundó otro colegio en la “Casa Chalet” de
Chorrillos, desde su llegada a Lima y hasta 1908 desarrolló el grueso de sus actividades
en el local de San Pedro; donde ya residía la escuela normal (con aspirantes becadas por
el Estado) y habían sido trasladados tanto el pensionado (con alumnas internas y
externas) como la escuela gratuita. En esta última fecha, sin embargo, la decisión
gubernamental de aumentar el número de becarias en la escuela normal provocó el
traslado de las habitaciones del pensionado y, finalmente, la fundación en la calle León
de Andrade del principal colegio del Sagrado Corazón; el que permaneció abierto hasta
1942,59 y que sería conocido, junto con el Colegio de los Sagrados Corazones de Belén,
por alojar en sus aulas a las hijas de las familias más influyentes de la República.60
57
Marie Adèle Lehon, era en esos momentos la tercera en ocupar dicho cargo tras Sofía Barat (18001865) y Josefina Coetz (1865-1874).
58
En el periodo analizado sus directoras fueron Cándida Echevarría (1907), Amelia Dupressis (1917),
Rosario de Echevarría (1927), Carmen Celada (1934) y Carmen Cubero (1947).
59
Información contenida en Klaiber, 1996: 219-222 y Escribens de Bello, 1926.
60
Según Klaiber, allí fueron educadas, por ejemplo, las hijas de los presidentes Manuel Pardo, Andrés
Cáceres y Manuel Candamo. Klaiber, 1996: 222.
208
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Así pues, a finales de la década de 1920 la sociedad del Sagrado Corazón
gestionaba tres centros educativos; uno situado en el llamado local de San Pedro ̶ donde
se encontraban la Escuela Normal de Preceptoras, la Escuela de Aplicación (externado
gratuito) y el colegio del S.C. San Pedro (externado privado)–; el Colegio del S.C Leon
de Andrade (internado y externado privado); y el Colegio-Chalet de Chorrillos
(externado e internado privado, en el que también se proyectaba construir un externado
gratuito).
El ideario transmitido por las madres del Sagrado Corazón a sus alumnas se
mantenía inextricablemente unido al establecido por su fundadora Sofía Barat en
Francia un siglo antes. Con motivo de la celebración en 1926 del cincuenta aniversario
de su establecimiento en Lima, las religiosas no dudaron en afirmar:
Se les enseñará a las niñas [como] dice la Madre Barat en sus Constituciones “todo
lo que necesitan saber para dirigir su vida y todo lo que existe el trato y cultura de
una buena sociedad” […] // [y] que la verdadera virtud consiste en el cumplimiento
de los deberes de su estado, y que toda piedad que no se funda en ese principio es
61
vana quimera, funesta ilusión.
Ahora bien, al mismo tiempo, los métodos educativos empleados por las
religiosas así como otros objetivos de sus centros educativos respondieron o fueron
expresión del proceso de modernización de la sociedad peruana. En líneas generales, las
religiosas reafirmaron su interés en formar mujeres, para su doble misión de esposa y
madre,62 con una tipología concreta ejemplificada en ser católicas, humildes, reflexivas,
emprendedoras, comprometidas con la sociedad, y con amor al estudio y al trabajo:
[…] no ha sido menor su fervor y celo [el de las religiosas del S.C.] en la confección
de su programa educativo…para que en ella [la futura mujer] se realice esa “armonía
de la vida”, ese orden en el bien que nos habla San Bernardo [...] donde la pasiones
se hallan dominadas por la razón; los intereses materiales por los morales; el bien
personal, por el colectivo; donde las enseñanzas todas están basadas en la Verdad
absoluta, y donde todos los conocimientos tienden a desarrollar en la joven el
espíritu de reflexión, el amor al estudio y al trabajo, que da al alma la conciencia de
su personalidad; que le muestra las fuerzas que posee, los dones de que carece y los
medios para adquirirlos. 63
Sin embargo, en línea con lo expresado por otros colegios femeninos de Lima en
1929,64 la finalidad explícita del Colegio del Sagrado Corazón, León de Andrade, fue
61
Escribens de Bello, 1926: 40.
Ibíd.: 35.
63
Ibíd.: 39.
64
He aquí algunos ejemplos contenidos en la presentación de las instituciones educativas recogidas por
Laos Cipriano: «…proporcionar a las niñas de todas las clases de la sociedad, una educación sólidamente
cristiana» (Colegio de las Misioneras Dominicas); «Las alumnas…reciben al par que conocimientos
62
209
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
más amplia, concretamente: «Inspirarles [a las alumnas] respeto y amor a la Religión,
formar sus corazones a la virtud, inclinándolas a la sencillez de las costumbres,
enriquecer su inteligencia con estudios útiles y agradables, dirigir su educación al
cumplimiento de los deberes de la familia y la sociedad». 65 Lo que nos conduce a las
siguientes cuestiones interrelacionadas que cabe responder: ¿Cuáles eran estas
obligaciones? y, en consecuencia, ¿Qué conocimientos tenían la consideración de
“útiles”?
En el periodo que nos ocupa, y particularmente en el contexto iberoamericano, la
Iglesia católica insistió mediante todos los medios a su disposición, tanto desde el
púlpito como mediante conferencias y publicaciones, en que la principal misión de las
mujeres se encontraba ligada a la maternidad. Entre estas últimas publicaciones, destacó
el ensayo del religioso Ricardo Delgado Capeáns titulado Deberes de la madre
Cristiana publicado en Quito en 1923.66 En la obra el autor afirmó la primacía de la
función formativa de las madres sobre cualquier otra que tuvieran la capacidad de
poseer, y particularmente sobre cualquier labor profesional que desempeñaran.67 En
apoyo de su posición, Capeáns esgrimió una concepción sobre la que existía un amplio
consenso en la sociedad de su tiempo, es decir, la de las madres como responsables de
«…formar, modelar y educar la inteligencia, la voluntad y el corazón de esa risueña
esperanza de los padres y de los pueblos…»,68 y, como consecuencia de ella, la del
científicos, los más nobles sentimientos que adornan el corazón de la mujer, y con ellos sintetizar el lema
sagrado: Dios, Patria y Virtud» (Colegio Santa Inés); «…tiene por objeto formar los corazones de las
niñas en la práctica de las virtudes cristianas, aunando la virtud al saber» (Colegio de Santa Eufrasia, de
las religiosas del Buen Pastor); «…se da a la educación un carácter eminentemente práctico, en razón de
desarrollar la capacidad moral, económica y artística de la mujer, poniéndola en aptitud para vivir por sí
misma», (Instituto Jansohn) ; «…la norma es crear en la mujer desde sus tiernos años las costumbres más
puras con relación a la moral y las más útiles con relación a la existencia, de allí que se dé una educación
moral y sólida instrucción», en el Instituto Molinares; «La acción pedagógica del plantel se contrae a
formar el verdadero espíritu de la mujer, dotándola de los conocimientos y orientaciones más útiles en las
ciencias y de las artes» (Instituto “Sacred Heart”); «La educación de los sentimientos es objeto de
primordial atención de parte de la Sra. Festini, habiendo organizado instituciones como la Liga de
Temperancia y a Liga del Bien, que tienden a tal fin. Ha suprimido las fiestas decorativas de fin de año,
reemplazándolas por manifestaciones de caridad. // Como una prueba de la provechosa labor realizada por
el plantel, bástenos decir que la mayoría de las profesionales mujeres que hay en Lima, hicieron sus
estudios primarios y secundarios en él» (Liceo Grau); «…su obra proteccionista al sexo femenino,
dándole la cultura necesaria para que pueda desempeñar debidamente el puesto que le corresponde»,
(Liceo Científico); «…con el objeto de inculcar en sus alumnas conocimientos sólidos y sistemados, en la
enseñanza de las materias necesarias para la prosecución de los estudios profesionales, o para las
ocupaciones de la vida» (Liceo de Nuestra Señoras de Belén). Laos Cipriano, 1929: 324-332.
65
Ibíd.: 324.
66
Delgado Capeans, 1923.
67
«…la sociedad, el mundo, puede vivir y marchar a las conquistas del progreso sin mujeres científicas,
sin médicas, sin consejeras de Estado, sin escritoras, sin jurisconsultas…, pero no puede vivir sin madres,
pero que sean buenas madres, madres de sacrificio, de abnegación, madres cristianas», en Ibíd.: 6.
68
Ibíd.: 4.
210
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
seno maternal como «…espíritu de los pueblos, sus costumbres, sus virtudes; en otros
términos, la civilización».69
Sin embargo, al mismo tiempo y en relación a la crianza de las niñas, Capeáns
calificó como erróneo que las madres educaran a su hijas como si el «…único fin de su
vida es [fuera] el matrimonio; que fuera de él, no tendrán [tuvieran] personalidad en la
sociedad, ni energía propias para la lucha por la vida».70 En otras palabras, emitió un
discurso religioso-docente claramente compatible con la cada vez mayor presencia
femenina en el ámbito público y que, en esta línea, alentaba a madres y educadoras a
formar a las niñas para su posible futura inserción laboral. En nuestra opinión,
precisamente dicha compatibilidad, aceptada por la Iglesia,71 fue uno de los pilares
sobre el que se sustentó el éxito de las obras educativas de las nuevas congregaciones
que se establecieron en el Perú desde finales del siglo XIX y cuyos ejemplos más
sobresalientes fueron los colegios de las madres del Sagrado Corazón y de los Sagrados
Corazones. Ambas alojaron a las niñas de las familias más influyentes de Lima,
compartieron dinámica e ideario,72 y se convirtieron en el ejemplo a seguir y origen de
nuevas instituciones docentes de iniciativa privada no confesional.73
En particular, junto a la religión católica como base y fundamento de la
enseñanza, las madres del Sagrado Corazón se enorgullecieron de aplicar las más
recientes teorías pedagógicas,74 y una instrucción que abarcaba «…las letras, lo mismo
69
Ibíd.: 3.
Ibíd.: 17.
71
En este sentido, nos interesa poner de relieve algunos extractos de un artículo, aparecido en el diario La
Tradición (propiedad de la arquidiócesis de Lima): «Se habrá observado que existe un enorme vacío en
todas las instituciones…es necesario difundir escuelas para ambos sexos…en países más adelantados que
el nuestro las mujeres desempeñan diversos cargos en las oficinas públicas y en las casas de comercio...la
educación que han recibido las hace aptas para desempeñar con entera satisfacción su cometido...cierto es
que en gran parte de las oficinas comerciales apelan ya al trabajo de la mujer, de preferencia en el ramo
de la contabilidad....es un hecho evidente que la rehabilitación de las mujeres va asociado...al progreso de
los pueblos, la unificación de las razas y la regularidad que se impone en las evoluciones de la especie
humana». “Por la instrucción de la mujer” en La Tradición (28 de agosto de 1920).
72
El ideario del Colegio de los SSCC de Belén comprendía «…educar cristianamente a las jóvenes,
inspirándoles una piedad sólida, el amor al cumplimiento del deber y la sencillez de costumbres, tanto en
la familia como en la sociedad», en Laos Cipriano, 1929: 325-327.
73
Algo evidente en el grado de semejanza entre los idearios de todas las instituciones educativas
femeninas de la capital, como el Colegio Peruano de los Sagrados Corazones donde «Se trata de
emancipar a la mujer por medio de una cultura amplia, hermana, útil, impregnada por un noble y
mensurado idealismo, combatiendo las trabas y abrumados prejuicios que limitan su actividad»; el
Colegio del “Corazón de Jesús” en el que «…la ciencia en manos de la mujer es una disciplina de realidad
y energía; el arte en manos de la mujer es una disciplina de ideales y la industria en sus manos, es una
fuerza de avance de la realidad social»; y el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús. Todos ellos ofrecían
Jardín de Infancia (llamado Kindergarten), instrucción primaria, secundaria y comercial, y decían seguir
las nuevas orientaciones de la pedagogía. Ibídem.
74
«Todas las teorías modernas que tanto entusiasman a los grandes educadores, han sido puestas allí [en
la obra educativa de las madres del Sagrado Corazón] en práctica desde su fundación, y con la elocuencia
70
211
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
que las ciencias que las letras y que los trabajos manuales».75 Además, las madres
prestaron especial atención a orientar a las recién graduadas en su ingreso al mundo
laboral. En definitiva, de forma similar a lo detectado por Fullana y Ostolaza para el
caso español,76 el nuevo modelo educativo y de gestión de la educación católica que la
Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús implementó en el Perú demostró, primero, su
gran adaptación a la sociedad liberal-burguesa; segundo, su capacidad de modernización
social, a través de la difusión de un imaginario de características desarrollistas y
positivistas, similar al detectado en los trabajos de Parker y Muñoz Cabrejo aunque en
este caso imbuido de los valores y creencias católicos;77 y también su capacidad de
movilización de nuevos agentes históricos.
Los ingredientes de la ACDP: la dinámica educativa y el tejido asociativo de la
Sociedad del Sagrado Corazón.
A partir del caldo de cultivo creado en sus centros educativos, las religiosas del
Sagrado Corazón organizaron un denso entramado societario de finalidad religiosa, pero
también educativa y laboral, que fue aprovechado por Valentín Sánchez para fundar la
acción católica femenina en Perú. En síntesis, esta base, primero, se forjó en la dinámica
o relación existente, por un lado, entre las alumnas de todas sus obras educativas
(colegio privado o pensionado, escuela gratuita y escuela normal); y por otro, al interior
de cinco asociaciones de exalumnas de los pensionados. Segundo, se vio influida por el
ejemplo cercano de las alumnas y maestras formadas en la Escuela Normal de Mujeres.
La congregación del Sagrado Corazón implicó a sus alumnas en labores
religiosas y educativas, estableció con ellas vínculos que, en muchos casos, perduraron
más allá de su graduación, y además, favoreció las relaciones de patronazgo de los
distintos pensionados hacia la escuela de aplicación. Esto lo consiguió, tal y como
reflejó Consuelo Harvey,78 ex pensionista de San Pedro, miembro del Patronato Escolar
y fundadora de la ACDP, a través de actividades y ceremonias conjuntas de todas sus
de ejemplo y con su abnegación sin límites, han conseguido las Religiosas del Sagrado Corazón llegar a
las profundidades del alma de la niña, obteniendo no sólo, su respeto, su cariño y su confianza, sino su
decidida cooperación en la labor emprendida», en Escribens de Bello, 1926: 40.
75
Ibídem.
76
A partir del análisis de los contextos guipuzcoano y mallorquín, Fullana y Ostolaza han demostrado que
la labor de las congregaciones católicas docentes tuvo como consecuencias principales, primero, «la
compatibilidad entre religión y modernización, o si se prefiere, entre el mantenimiento de la tradición y el
impulso al cambio social y educativo». En segundo lugar, la implantación progresiva de los valores
burgueses. Fullana y Ostolaza, 2005: 213.
77
Parker, 1998; y Muñoz Cabrejo, 2001.
78
Escribens de Bello, 1926: 17.
212
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
obras educativas; entre ellas, especialmente la entrega de presentes o ropa,
confeccionada por las pensionistas, a las alumnas de la escuela de aplicación.
Por otro lado, diversos indicios señalan que la mayoría de las primeras integrantes
de la ACDP provino de cinco asociaciones de ex pensionistas de los colegios de San
Pedro, Leon de Andrade y del chalet de Chorrillos.79 Estas asociaciones fueron,
primero, las respectivas congregaciones de Hijas de María del Sagrado Corazón y de
Consoladoras del Corazón de Jesús; segundo, aquellas antes referidas y denominadas
Escuelas Dominicales y Obra de los Tabernáculos; por último y de modo principal, el
Patronato Escolar del Sagrado Corazón de Jesús (PESC).
En el periodo que nos ocupa, las Hijas de María del Sagrado Corazón fue una
congregación mariana de carácter piadoso –es decir, realizaba ejercicios espirituales,
misas y reuniones periódicas– que, por un lado, perseguía conservar el vínculo que unía
a sus miembros con la Sociedad del Sagrado Corazón; y por otro, procurar los fines de
esta última. Las Consoladoras del Corazón de Jesús y la obra Escuelas Dominicales,
esta última establecida en la escuela de aplicación, ofrecían clases gratuitas de religión y
primeras letras para niñas sin recursos; y, finalmente, la Obra de los Tabernáculos,
proveía a las iglesias sin recursos de todo aquello necesario para el culto.
Como otras vinculadas al Movimiento Católico -o acción católica en el sentido
lato del término- peruano de finales del siglo XIX, las asociaciones de índole local
impulsadas por las religiosas del Sagrado Corazón constituyeron nuevos espacios de
sociabilidad y acción para las mujeres católicas que se caracterizaron por su elevada
piedad y autonomía; por aplicar una aproximación benéfico-caritativa de raíces
decimonónicas que hacía especial hincapié en la regeneración moral de las clases más
desfavorecidas; y por tener escaso impacto en el conjunto social.
Sin embargo, conforme transcurrió el primer cuarto del siglo XX, las afiliadas a
dichas sociedades modificaron notablemente su interpretación de la realidad social y,
como consecuencia de ello, extendieron su campo de acción al conjunto social, sus
objetivos se volvieron más ambiciosos y su labor adquirió mayor visibilidad. Algo
especialmente evidente en la numerosa incorporación de activistas católicas al Consejo
79
Por una parte, sabemos que las dos socias que ocuparon los puestos de mayor responsabilidad en la
nueva asociación, Virginia Candamo de la Puente y Francisca Paz Soldán, presidentas de los
Secretariados Central y Arquidiocesano de AC Damas Peruanas, habían promovido y liderado
respectivamente el Patronato Escolar del Sagrado Corazón desde su fundación en 1917. Por otro lado, de
las 37 fundadoras de la ACDP, 27 eran ex pensionistas de los colegios de las religiosas del Sagrado
Corazón y, en 1929, 15 de ellas pertenecían a dicho Patronato Escolar. Escribens de Bello, 1926; Laos
Cipriani, 1929: 262-264; y Elmore de Thorndike, 1959: 1-4.
213
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Nacional de Mujeres del Perú, desde su fundación en 1923; pero desenlace ya
anticipado en la creación en 1917 de una asociación abierta a la participación de
mujeres ajenas a los colegios de las religiosas,80 con una aproximación distinta y una
vocación social más amplia: esta fue el Patronato Escolar del Sagrado Corazón
(PESC).81
El PESC nació igualmente del caldo de cultivo creado por las religiosas del
Sagrado Corazón en sus centros de enseñanza. De hecho, fue concebido por una
destacada activista del mismo, Virginia Candamo, y tuvo como finalidad principal
educar e insertar laboralmente a jóvenes adolescentes. En la segunda mitad de la década
de 1920, el PESC se encargó de sostener un número de becas formativas, en escuelas
profesionales y colegios de segunda enseñanza, así como de conseguir una ocupación
“remunerada y digna” a alumnas de las escuelas fiscales; especialmente aquellas regidas
por normalistas. Además, en relación a su práctica e ideario, este patronato destacó
porque, mediante la incorporación obligada a la institución de toda mujer que se hubiera
beneficiado de sus atenciones, redujo la fuerte pendiente que había unido
tradicionalmente a los sujetos y objetos de la acción caritativa. Toda mujer que recibía
el soporte del patronato debía dedicar por un tiempo limitado una pequeña parte de su
salario a ayudar a otras en su misma situación inicial; lo que, desde otro punto de vista,
equivalía a reconocer la capacidad de cualquier mujer, sea cual fuere su origen o clase
social, para ascender en la escala social y pasar de objeto (pasivo) a sujeto (o agente)
religioso y social, mediante la formación intelectual o laboral.
La influencia de normalistas y maestras en el activismo femenino católico.
Aunque nuestras fuentes parecen indicar que las alumnas de la Escuela Normal
de Mujeres no participaron directa o activamente en la fundación de la ACDP, tanto su
ciclo formativo ̶ particularmente la labor que desarrollaban en la escuela de aplicación,
desde su condición de aspirantes a preceptoras–82 como posterior labor profesional ̶ al
frente de escuelas fiscales y a través de su participación en la asociación Sociedad de
Maestras, fundada en 1910 ̶ , muy probablemente sirvió de inspiración al activismo
seglar femenino, le reafirmó en su labor y en su apuesta por la educación como una vía
80
En 1929 el número de socias alcanzaba la cifra de 149; su labor y nombre completo en Laos Cipriani,
1929: 262-264.
81
Escribens de Bello, 1926: 22.
82
Las alumnas de la escuela normal desarrollaban sus prácticas docentes en la escuela de aplicación.
Ibíd.: 17.
214
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
eficaz de inserción laboral y, especialmente, de intervención y recristianización de la
sociedad.
En nuestra opinión, las preceptoras constituyeron un claro y cercano ejemplo de
vida para las hijas de las familias de clase media-alta. Gracias a que su labor poseía
cierta visibilidad pública, las maestras mostraron su capacidad para formar a las nuevas
generaciones y, más allá de las aulas, para acercar la civilización a los territorios más
inhóspitos de la República e influir benéficamente en toda la sociedad. La Sociedad de
Maestras, por ejemplo, favoreció la formación continua de sus socias,83 e intervino en la
sociedad a través de diversos medios, entre ellos: actuaciones literarias y artísticas y
conferencias tanto de carácter pedagógico –normalmente impartidas por reconocidos
intelectuales o las propias maestras– como con una finalidad social.84 Por otro lado, era
conocido que las directoras de escuelas fiscales más emprendedoras impartían
instrucción y clases nocturnas a familias humildes.
4.3. La Acción Católica de Damas Peruanas
El 6 de febrero de 1928 y como consecuencia de los acuerdos alcanzados en el
VIII Concilio Provincial Limense, el viceprovincial de los jesuitas Valentín Sánchez
encargó la creación de la primera asociación de la acción católica en la República, la
ACDP, a un grupo de activistas que los jesuitas conocían bien,85 y que habían
demostrado su valía en el pasado, especialmente a través de dos asociaciones: el
Patronato Escolar del Sagrado Corazón, de naturaleza confesional y vocación laboralformativa; y el Consejo Nacional de Mujeres, aconfesional, maternalista y con una
elevada visibilidad pública.
Según el testimonio de una de sus fundadoras, Julia Elmore de Thorndike,86 la
primera presidenta de la ACDP fue Virginia Candamo de Puente;87 y desde el principio,
83
Los padres jesuitas se encargaban generalmente de la instrucción social y religiosa de la Sociedad de
Maestras. Ibíd.: 14.
84
Tal es el caso de la 2ª Conferencia Panamericana de Mujeres celebrada en diciembre de 1924 en Lima o
de aquellas realizadas de forma periódica en el marco del Consejo Nacional de Mujeres del Perú.
85
Tal y como indicó Klaiber, los jesuitas habían estado tradicionalmente vinculados a las congregaciones
que llevaban el nombre de “Sagrado Corazón”. Más concretamente, por ejemplo, en el año 1918, las
asociaciones Escuelas Dominicales y Obra de los Tabernáculos habían tenido como directores,
respectivamente, a los jesuitas Próspero Malzieu e Ildefonso del Olmo. Y, más adelante, en 1926, los
jesuitas también habían impartido formación doctrinal a la Sociedad de Maestras y a la congregación de
Consoladoras del Sagrado Corazón. Klaiber, 1996: 212; Escribens de Bello, 1926:14 y17; y lo relativo a
1918 en El Amigo del Clero CMXV (15 de enero de 1918), p.33; y CMXVII (15 de febrero de 1918),
p.66.
86
Elmore de Thorndike, 1959: 2-3.
215
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
el ideario, la estructura y el régimen interno de la asociación se ajustaron al citado
Manual de Drinot i Piérola que, específicamente establecía que la asociación:
 Primero y en relación a sus fines,
[…] de conformidad con el plan i las recomendaciones de la V Asamblea Episcopal
[debía dedicar] preferente atención a las obras cuyo fin especial se refiera: 1º A la
defensa de la fe i propaganda católica; // 2º A la defensa del hogar católico, i los
fueros del gran sacramento del matrimonio; haciendo, por consiguiente suya, la
causa contra la proyectada lei [sic] del divorcio; // 3º Apoyar, cuanto pueda, las obras
en favor de los Seminarios i de las vocaciones sacerdotales; // 4º Incrementará, de
mui [sic] especial manera, la obra de San Juan Francisco Regis, para preservar a las
jóvenes del pueblo i regularizar la condición de sus hogares; // 5º Finalmente,
organizará con grande amor, la creación de un capital productivo para auxiliar, de
manera eficiente, las obras católicas de propaganda i caridad, incluidas en el
Programa de la AC en el Perú.88
 Segundo, quedaba encuadrada en otra de ámbito nacional y organizada
jerárquicamente, la Acción Católica Peruana; y, por lo tanto, su agenda vinculada
a la primera autoridad de esta última, la Asamblea Episcopal Peruana, o a sus
representantes, ya fuera el Asistente General de la Acción Católica ̶ cargo que en
esos momentos ostentaba Drinot i Piérola–, o el asesor específico de la rama
femenina. Inicialmente esta última labor recayó en Valentín Sánchez; y tras la
salida de este hacia España en julio de 1928, en su compañero Manuel Abreu.
Luego de la muerte de este último, acaecida el 6 de marzo de 1929, el cargo
recayó de forma transitoria en Drinot y Piérola, y nuevamente en otro jesuita, el
padre Benito Jaro. Con todo, como veremos más adelante, tanto la estructura y
dinámica interna de la Acción Católica Peruana como el hecho de que ésta
también estuviera en construcción otorgaron a las activistas un elevado grado de
autonomía en su labor diaria.
 Tercero, en relación al modo de alcanzar sus objetivos, debía aunar los esfuerzos
del máximo número de instituciones femeninas católicas que operaban en la
República, sin interferir en el funcionamiento interno de cada una de ellas.89 Y
para ello, debía regirse por un Consejo Central formado
87
En nuestra opinión, su nombramiento se derivó de su labor al frente tanto del Patronato Escolar del
Sagrado Corazón como del Consejo Nacional de Mujeres del Perú.
88
Drinot i Piérola, 1928: 97.
89
Originalmente en el proyecto de Drinot: « […] [a la UC de Señoras] le corresponde asumir la
presidencia i dirección […]; pero sin estorbar en lo menor, la autonomía i actuación corporativa de las
demás instituciones femeninas que, teniendo alguna finalidad social, quieran cooperar a los fines que se
propone la AC en el Perú», en Ibíd.: 95.
216
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
1º por las Presidentas o Directoras de las diversas obras que esta misma institución
[la UC de Señoras] tiene fundadas o favorece con su concurso; 2º por las Presidentes
de las otras instituciones federadas, o que en adelante lo fueren, a la AC Nacional; 3º
finalmente, este personal integrará el Consejo, eligiendo a algunas señoras o
señoritas, aunque no pertenezcan a ninguna institución, con que estén, prestigiadas
ante la sociedad católica de Lima i constituyan sólo un tercio sobre el total de
Consejales [sic]. 90
Aunque si nos guiamos por sus objetivos, la ACDP no se alejaba mucho del
referente del activismo femenino católico en la República hasta ese momento –es decir,
la Unión Católica de Señoras–, hubo dos características que mostraron desde el
principio las diferencias entre la nueva asociación y las iniciativas femeninas católicas
anteriores. Estas fueron, por un lado, su preocupación por la formación de las activistas;
y, por otro, su empeño por extender su ámbito de influencia a todo el país.
En relación al primero de los asuntos, las asociadas comenzaron a recibir
instrucción específica sobre la acción católica;91 primero por su asesor Valentín
Sánchez,92 y luego en el recién creado Centro de Estudios Apologéticos para mujeres
situado en el Colegio León de Andrade. Por otro lado, para favorecer su expansión, se
constituyeron los dos principales órganos de dirección, el Secretariado Central ̶ más
adelante llamado Consejo Central, Junta Nacional y finalmente Centro Nacional–93 y el
Consejo o Secretariado Arquidiocesano.94 El primero de ellos con la finalidad de
promover y, más tarde, coordinar la asociación en toda la República. El segundo, con el
objetivo de poner en marcha la acción católica en las parroquias de la arquidiócesis de
Lima; muchas de ellas creadas en la subdivisión (de las existentes) decretada por el
arzobispo Lissón a principios de los años veinte.
La organización Acción Católica de Damas Peruanas, tal y como fue impulsada a
finales de la década de 1920 por el arzobispo de Lima, Emilio Lissón, tenía en su base a
los Secretariados Parroquiales, autónomos en su funcionamiento aunque fieles a las
instrucciones generales dictadas por el Consejo Arquidiocesano de Lima o Diocesano
correspondiente; quienes a su vez rendían cuentas ante el Consejo Nacional o Central.
90
Drinot i Piérola, 1928: 96.
Según Elmore de Thorndike, la instrucción versó inicialmente sobre las encíclicas papales “Inmortale
Dei” y “Rerum Novarum” de Leon XIII e “Il fermo propósito” de Pio X, donde se subrayaba el deber de
todo cristiano a llevar el Reino de Cristo a las almas, la familia y la sociedad en su conjunto. Elmore de
Thorndike, 1959: 3.
92
Ver ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, p.57.
93
Las primeras integrantes del mismo fueron; Virginia Candamo de la Puente, presidenta. Carmela
Salaverry y María Harvey, secretarias. “Organización de la Acción Social Católica” en El Amigo del
Clero (11 de noviembre de 1928) p.775.
94
Sus primeras integrantes; Francisca Paz Soldán, presidenta. Consuelo Harvey, secretaria y Ana Trou y
Rosa Odriozola, auxiliares. Ibídem.
91
217
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Algunos párrocos se mostraron indiferentes o poco receptivos a las misivas
enviadas desde el consejo central y no organizaron los secretariados parroquiales. Las
activistas disculparon en parte estos comportamientos por la difícil,95 incluso precaria
situación en la que se encontraban numerosas parroquias. Pero allí donde encontraron
una base:
Sacudimos la fe de los hombres para que la mostraran sin respeto humano,
adiestramos a las jóvenes en el apostolado, cobijamos a los jóvenes en los Centros
Católicos, urgiéndolos a la vida de piedad, al trabajo entre los obreros, a vivir un
ideal y así formamos comunidades parroquiales, verdadera irradiación espiritual que
penetraba en toda la feligresía.96
Aunque en las primeras memorias de actividades se insistía, de forma recurrente y
siguiendo el Manual de Drinot, en el papel central que debían asumir los párrocos como
principales organizadores y directores de los secretariados parroquiales,97 la realidad
pudo ser bien distinta. Especialmente en provincias, donde la ACDP alojaba en su seno
a mujeres pertenecientes a las familias de mayor relevancia económica y social, el
párroco, generalmente de origen humilde o perteneciente a la clase media, pudo verse
marginado y menospreciado o, en el mejor de los casos, impotente para coger las
riendas de la asociación. En esta línea, resulta muy ilustrativo el relato de Medardo
Alduán, futuro asesor nacional de la Acción Católica en los años cincuenta, al ser
nombrado en 1932 director diocesano de la Acción Católica de Trujillo:
No llevo ni un año en el Perú, no conozco a nadie, no estoy penetrado del carácter y
modo de ser de las señoras que encuentro bastante diferentes de las que conocí y con
quien trabajé en Acción Católica en otros países. Sin ideales, sin desprendimiento y
sin ninguna consideración al sacerdote al cual miran como un sirviente que deba
hacer lo que ellas determinan. Me figuro que tienen tan poca idea del sacerdote que
no les es posible considerarlo en serio. Por otra parte, convierten las sesiones en
reuniones sociales, donde tomar el té [...] etc y las discusiones se cortan según los
distintos ofrecimientos. De otra manera no se reúnen. Cualquier pequeño esfuerzo
económico es considerado excesivo pese a que las reuniones se dan entre lo más
selecto de las familias católicas de Trujillo. He intervenido en la organización
nacional y he pertenecido siempre al directorio general de obras sociales, quizás por
eso me cueste más adaptarme al nuevo medio.98
95
«En Santa Liberata encontraron al Párroco trabajando como albañil; En mi parroquia no hay nada, les
dijo, tengo que labrar adobes para poder substistir. ¡Y eran manos consagradas las que labraban
adobes...», en Elmore de Thorndike, 1959: 6.
96
Ibídem.
97
Según dicho manual, los párrocos eran los encargados de coordinar y formar a las integrantes del
secretariado, nombrar a su presidenta y otros cargos como el de secretaria o tesorera, y, en definitiva,
conformar dichos organismos en verdaderas compañías apostólicas
98
Carta de Medardo Alduán al Secretariado Central de ACDP, del 4 de abril de 1932, en AACPL.
218
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Las primeras referencias que disponemos de la labor de los secretariados
confirman su alto grado de autonomía,99 muestran que éstos dieron cabida a
representantes de todas las asociaciones católicas femeninas activas en la parroquia,100 y
que desarrollaron dos tipos de actividades principales: Secretaría y Apostolado:
 Las labores de Apostolado en un primer momento englobaron: 1. La enseñanza
del Catecismo en la parroquia. Contribución al ropero del Consejo
Arquidiocesano o en la creación de uno propio. 2. El fomento, la creación de
fondos y posterior funcionamiento de las Bibliotecas Parroquiales. 3. La ayuda al
párroco en la visita a los pobres. 4. La celebración “con mucho esplendor” de la
festividad de Cristo Rey. 5. La organización de colectas, siempre autorizadas por
el ordinario y recomendadas por el Consejo Diocesano. Y, en algunas parroquias
de Lima, también incluyeron la constitución de una sección de propaganda
católica; la que, entre otras actividades, recogía y vendía sellos a coleccionistas
europeos; y, con lo obtenido, compraba recompensas catequísticas.101
 Las labores de Secretaría contemplaron todo lo relativo tanto a la estructura
organizativa de la asociación como a la puesta en marcha de Círculos de Estudio y
a la difusión de la “Buena Prensa”, especialmente de la hoja semanal Acción
Católica Peruana. Según las activistas, la necesidad de formación urgente de las
asociadas, y especialmente de la dirigencia del movimiento, motivó la temprana
organización de clases semanales; las que se centraron en el estudio de las
encíclicas “Inmortale Dei” de Leon XIII, sobre la constitución cristiana del Estado
y “Il Fermo Propósito”, de Pio XI, sobre la restauración de todas las cosas en
Cristo. Algunas socias -por ejemplo, las formadas en colegios católicos- poseían
ciertos conocimientos religiosos; sin embargo, la diversa procedencia y educación
del total, y la formación específica requerida, hicieron imprescindible prolongar
dichas clases y darles una forma más oficial y académica. Estas recibieron el
nombre de Círculos de Estudio, y consistieron en cursos y conferencias sobre
temas relacionados con la acción católica.
99
Acción Católica Peruana (3 de julio de 1932).
Entre otras, el Catecismo Parroquial, Conferencias de San Vicente de Paul, Liga Eucarística, el
Sagrado Viático (centrada en la visita a los enfermos), la Biblioteca Parroquial y la Obra de los
Tabernáculos (dedicada al cuidado de los ornamentos del culto).
101
Es decir, presentes que eran entregados a los catecúmenos como premio a su esfuerzo o al alcanzar sus
metas u objetivos.
100
219
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Gracias a la correspondencia intercambiada entre el Consejo Central y los
promotores de la asociación en provincias, sabemos que durante su primer año de
actividad, por un lado, el Consejo Arquidiocesano logró que se crearan Secretariados
Parroquiales en un gran número de parroquias de Lima y Balnearios –siendo los
primeros establecidos en Chorrillos, Magdalena del Mar, Miraflores y Sagrario–. Por
otro, el Secretariado Central solicitó la ayuda e impulso de los obispos ya que, según lo
acordado en el VIII Concilio Provincial Limense, ellos eran la primera autoridad de la
Acción Católica Peruana en sus respectivas diócesis y, por tanto, los encargados de
nombrar los titulares de los cargos de responsabilidad (presidentas, secretarias y
tesoreras de los consejos diocesanos) en la rama de mujeres. Fruto de esta labor
surgirían en los siguientes meses los Consejos Diocesanos de la Acción Católica de
Damas Peruanas en las diócesis de Trujillo, Huánuco, Chachapoyas, Huaraz, Cajamarca
y Ayacucho, y en los vicariatos apostólicos tanto de San León del Amazonas como de
Urubamba y Madre de Dios.102
Pese a que en Lima la ACDP y la Unión Católica de Señoras eran asociaciones
autónomas e independientes, los Consejos Diocesanos (de la ACDP) fuera de la capital
se organizaron habitualmente a partir de los centros ya existentes de la Unión Católica
de Señoras.103 Con todo, los comienzos no fueron fáciles y así, por ejemplo en el caso
de Arequipa, aunque su obispo, Mariano Holguín, facilitó el contacto entre el
Secretariado Central y Juan Guevara, fundador en 1925 de la Acción Social Católica de
Hombres en dicha diócesis, la creación de la rama de mujeres, bajo el nombre de
Acción Social Católica de Damas Peruanas, se retrasó hasta 1931. Por esas mismas
fechas, Carolino N. de Carvallo, misionero del Corazón de María, declaró que sus
problemas de salud y la inercia del elemento eclesiástico le habían impedido crear un
Secretario Diocesano (de la ACDP) en Cuzco. Y en Puno, su obispo, Fidel María
102
En Huánuco, Mons Ruben Berroa nombró director dicocesano de AC a Baltasar Cañellas, cura y
vicario foráneo de Tarma y a María Aurora Cipriani de Aza, presidenta de ACDP. En Chapapoyas,
presidenta, Rosa Rubio de Pizarro y director diocesano Ramon R. Reina. En Huaraz, presidenta Isabel H.
de Rizo Patrón y secretaria Hortencia Robles. En Cajamarca, presidenta Elvira Ibérico de Viva,
secretarias: Rosa del Verjel y Lucinda Pastor, director, Daniel Gamboa, OFM y secretario del obispo. En
Ayacucho, presidenta Elena Espinosa. En Iquitos, La Unión Católica de Señoras de Iquitos pasó a
llamarse Secretariado de Iquitos de la Acción Católica del Perú Rama de Mujeres. Su presidenta, Juana
Rosa Basagoitia de Pinillos. En Urubamba, Jose Mª Graín, superior de la Misión de Maldonado, fue
nombrado director de la AC, por el vicario apostólico de Urubamba y Madre de Dios, Sabas Sarasola.
Información contenida en diversa correspondencia entre los Secretariados Diocesanos y Central. AACPL.
103
Es el caso, por ejemplo, de Trujillo, donde Luciano Ll. Codina, designado por su obispo Fernando
Bravo para organizar la ACDP, con fecha 1 de Abril de 1929, al informar de sus progresos a Pedro Pablo
Drinot y Piérola, Director de la AC, le comunica que «...por ser reducido el personal de damas de
distinción, el Secretariado de ACDP. deberá ser considerado como órgano anexo de la Unión Católica de
Señoras». Comunicación al Secretariado Central depositada en AACPL.
220
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Cossío, sostuvo la imposibilidad de crear un Secretariado Diocesano (de ACDP) debido
al estado de abandono que por mucho tiempo había sufrido su diócesis.
Junto a las actividades formativas y esfuerzo por expandirse, la ACDP asumió en
breve un compromiso adicional, nunca antes requerido a una asociación femenina
católica.104 Este consistió en hacerse cargo de su recién nombrado órgano oficial de
propaganda, el folleto semanal Acción Católica Peruana, publicación semanal que, en
esos momentos, pertenecía a la Caja de Ahorros y Monte de Piedad La Auxiliar, y que
era impresa en los talleres de la empresa La Tradición.105
Tras aceptar el encargo, las dirigentes de la ACDP tomaron el control económico
de la publicación; es decir, negociaron el pago de la deuda que ésta tenía con La
Auxiliar,106 asumieron la búsqueda de fondos y subscripciones, desarrollaron una
intensa labor comercial para la contratación de avisos, y, además, supervisaron los
gastos de publicación y distribución de la misma. Bien es cierto que, tal y como
veremos más adelante, las responsabilidades editoriales aún se mantuvieron en manos
masculinas, concretamente en las de tres hombres nombrados por la JOACP.
Finalmente, los cuatro últimos aspectos que interesa subrayar de los primeros
pasos dados por la asociación son:
 En primer lugar, los directores y asesores del Centro de la Juventud Católica de
Lima (CJCL), dirigido por los jesuitas y decano del activismo juvenil seglar en
Perú, fueron igualmente los promotores y asesores de la ACDP;107 ello contribuyó
decisivamente a que dicha asociación católica masculina, que analizaremos más
adelante, se convirtiera en una clara referencia para la activistas femeninas.
 En segundo lugar, la ACDP impulsó iniciativas de carácter social-laboral; entre
ellas, la ya mencionada “La Protectora del Hogar”108como una cooperativa
104
Las activistas católicas se vincularon a la hojita semanal Acción Católica Peruana a solicitud del
arzobispo de Lima, Emilio Lissón. Sin embargo, este vínculo fue distinto del que habían mantenido con
otras publicaciones del Movimiento Católico en el pasado. En anteriores ocasiones, las asociaciones
femeninas, y especialmente la Unión Católica de Señoras, sólo les habían dado soporte económico ̶
generalmente, través de suscripciones o donaciones–; ahora el arzobispo requirió a la ACDP que
gestionara e hiciera de Acción Católica Peruana su órgano oficial de propaganda.
105
Recordamos que ambas compañías eran propiedad de la arquidiócesis de Lima.
106
Rescatado del Monte de Piedad por la Tesorera, Julia Elmore de Thorndike, gracias a la cotización de
trescientos soles que para la Buena Prensa daba generosamente la Unión Católica de Señoras, en dos años
aumentó en tamaño, saneó su economía e incrementó su tirada en casi el doble. Elmore de Thorndike,
1959: 5.
107
Recordamos que el padre Abreu, director del CJCL en la práctica totalidad de la década de 1920, fue
quien se hizo cargo de la ACDP desde la salida de Valentín Sánchez, en julio de 1928, y hasta su muerte,
acaecida en marzo de 1929.
108
Ver “Una obra de Acción Católica Recomendable” en El Amigo del Clero (21 de octubre de 1928).
221
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
popular de ahorro, crédito, consumo, producción y adquisición de hogar propio y
de formación de pequeños capitales, o modesta rentas en beneficio de las clases
humildes. Un proyecto en el que la ACDP se propuso involucrar a los poderes
públicos para llevar a la práctica el ideal económico-social de S.S. León XIII, y en
el que los Secretarios Parroquiales, bajo la dirección de los respectivos
Secretariados Diocesanos, debían ser quienes admitieran y expulsaran a los
socios, en función de su grado de cumplimiento de los deberes del hogar
cristianamente constituido.
 En tercer lugar, a la altura de 1929, el asociacionismo femenino católico había
crecido con rapidez. Tras un año de actividad, la ACDP sumaba un total de 37
obras, unas con finalidad específicamente religiosa y otras de perfil benéficocaritativo y social.109
 En cuarto lugar, de acuerdo a la dinámica establecida por sus homólogas
europeas, la ACDP se puso en contacto con otras asociaciones nacionales de
acción católica, y, en menor medida, colaboró en la coordinación y confección de
una agenda común a todas ellas.
La primera comunicación relevante de la ACDP con el exterior de la que tenemos
noticia se produjo en respuesta a una carta, del 15 de Octubre de 1928, de la
corresponsal de la Unión Internacional de Ligas Católicas Femeninas (UILCF) para
América del Sur y miembro de Junta Central de la Acción Católica de la Mujer en
España, Carmen García Loygorri. En la misma, García Loygorri invitó a la ACDP a
participar en el próximo Congreso de Ligas Femeninas Católicas Hispanoamericanas
(LFCH), programado en mayo-junio del año 1929 en Sevilla, y le solicitó dos informes
sobre “La acción femenina católica, neutra y anticatólica en el Perú y organismos que la
ejercen" y la "Condición legal de la mujer en el Perú", en nuestra opinión, con la
intención de que dieran pie a sendas ponencias al Congreso.
Aunque la respuesta sobre la legislación, probablemente redactada por un
abogado, no contiene información relevante para este estudio, aquella relativa a la
acción femenina demuestra que, a finales de la década de 1920, las dirigentes de la
109
Dicho recuento incluía todas las señaladas previamente en este trabajo y, además, algunas
congregaciones religiosas, como las “Hijas de Santa Rosa” (dedicada a la enseñanza en la diócesis de
Chachapoyas) y la “Congregación de la Cruz” (a las que denominan misioneras de la ciudad); e
iniciativas nuevas como “La Humanitaria” (que atendía presos y “mujeres caídas en desgracia”), “La
Industria Femenil” y “La Mutualidad Escolar” (establecida en el Cuzco y que integraba una Sociedad de
Maestros, gestionaba un Asilo para la infancia y una Taller de costura). Ver “Copia del trabajo enviado al
Congreso de Ligas Católicas Femeninas Católicas Hispano-Americanas celebrado en Sevilla en Junio de
1929”, ff.2-7, en AACPL.
222
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
ACDP consideraron que la llegada de la sociedad moderna había modificado
considerablemente la situación de la mujer en la sociedad; por ejemplo, «Si antes su
campo de acción era estrecho, hoy no tiene otros límites sino los que su capacidad y sus
aptitudes le señalen».110 Sin embargo, por el momento, mantuvieron que la apertura a
nuevos espacios de acción social y laboral se debía orientar hacia ciertas profesiones
“adecuadas”; por ejemplo, aquellas reiteradamente señaladas fueron las labores
educativas, las ligadas al comercio y al trabajo de oficina.111
Así pues, la ACDP, tal y como hemos visto, al poco de organizarse y de acuerdo a
los deseos de la Iglesia peruana, dirigió su acción, primero, a la defensa y propagación
de la fe católica y, segundo, a la defensa del hogar y del matrimonio cristiano. Aunque
dichos objetivos apenas se distinguieron de los mantenidos por la principal asociación
femenina católica hasta ese momento en Perú, la Unión Católica de Señoras, tanto los
medios de los que se sirvió para alcanzarlos –especialmente la formación de las
activistas, su apertura al exterior, la publicación del folleto Acción Católica Peruana o
su colaboración con la cooperativa La Protectora del Hogar ̶ como el reconocimiento de
las posibilidades que la sociedad moderna ofrecía a las mujeres en el ámbito religioso –
pero también en el social y laboral ̶ , en nuestra opinión, fueron las primeras muestras de
un cambio de rumbo significativo en el activismo femenino católico peruano; el que le
permitió contribuir a la modernización de la sociedad peruana.
4.4. La Junta Organizadora de la Acción Católica en el Perú
En las páginas precedentes vimos que la voluntad de la Santa Sede, y en particular
de Pio XI, por crear una asociación que coordinase todas las obras del apostolado seglar
y las pusiera al servicio de la Iglesia jerárquica provocaron que, con motivo de la
celebración del VIII Concilio Provincial Limense en 1927, se dieran dos pasos
fundamentales hacia la aparición de la asociación de índole nacional Acción Católica
Peruana (en adelante ACP). Estos fueron, primero, la puesta en marcha en Lima de la
Junta Organizadora de la Acción Católica en el Perú (JOACP); segundo, el encargo
110
Ibíd. f.2.
Así lo refleja por ejemplo el siguiente párrafo extraído de un artículo titulado “La mujer moderna”,
«…por eso honor a la joven moderna que sin renunciar a la feminidad ni a las dotes que más la
hermosean, el pudor y la piedad, sabe luchar en la vida para formarse un porvenir y sea trabajando en su
casa retirada, u honradamente entre los hombres en la oficina, en el comercio o en el teléfono, en la
enseñanza o en cualquier otra ocupación abierta a su actividad, sabe conservar en medio del trabajo, que
no la deshonra, sino la ennoblece, su dignidad de mujer honrada, cristiana y piadosa», en Florecillas de
San Antonio [publicación mensual del Convento de los Descalzos en el Rimac (Lima)] CCXVIII (13 de
febrero de 1930).
111
223
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
hecho por el concilio al director espiritual de la Junta, Pedro Pablo Drinot i Piérola, de
la redacción de las normas y régimen interno de la futura asociación Acción Católica
Peruana; fruto del encargo fue el Manual de “Acción Católica” dedicado al pueblo
peruano, ya citado, publicado en el año 1928.
A partir de diversas fuentes documentales, entre las que destaca el mencionado
informe del nuncio Cicognani al secretario de Estado, Eugenio Pacelli, titulado “Circa
Azione Cattolica”,112 una memoria de las actividades de la JOACP entre enero y
diciembre de 1928,113 así como diversa correspondencia entre los principales actores
involucrados, veremos la labor de dicho órgano y las principales asociaciones que
coordinó y, en algunos casos, promovió. Al parecer, la Junta se esmeró desde el
principio en implementar desde la capital el modelo de organización de acción católica
diseñado por Drinot en su Manual y para ello:
 Primero, realizó un censo de las asociaciones piadosas y catecismos existentes en
las parroquias e institutos religiosos de la República.
 Segundo, ordenó varias medidas conducentes a una mejor formación religiosa del
apostolado seglar, entre ellas: el apoyo a la labor de la Universidad Católica; el
establecimiento de Centros de Estudios Apologéticos para hombres y mujeres;114
la organización de Ejercicios Espirituales; la contratación de subscripciones a los
diarios L’Osservatore romano y El Universo, editados respectivamente en Roma
y París; y la creación tanto de una escuela normal para formar catequistas
diplomadas como de una biblioteca específica sobre la acción católica.
 Tercero y en estrecha relación tanto al punto anterior como a la difusión del
Movimiento Católico, encargó a la revista Estudios de la Universidad Católica la
defensa del dogma en el ámbito público; encomendó a un seglar y dos religiosos
de reconocido prestigio la edición del semanario Acción Católica Peruana;115 y
dispuso que este último fuera el órgano oficial de propaganda de la asociación.
 Cuarto, puso en marcha algunos de los órganos principales de la estructura
organizativa de la ACP, tanto los respectivos Consejos Centrales de Caballeros y
Damas como varios Secretariados Parroquiales, en Lima y Balnearios, de la
112
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, ff.3-23.
Ibíd. ff.57-62.
114
El de varones se localizó en el Colegio de la Inmaculada, dirigido por los jesuitas, y el femenino en el
colegio del Sagrado Corazón León de Andrade. Ibíd. f.57.
115
Estos eran el mencionado Manuel Abreu, el padre agustino Gorrochátegui y el Dr. Angel Ruíz. Ibíd.
f.61.
113
224
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Acción Católica de Damas Peruanas; los que, al año siguiente, se reunirían en la
Primera Asamblea de los Secretariados Parroquiales, celebrada el 24 de febrero de
1929.
 Quinto, dicho directorio extendió su influencia al ámbito político a través del
canal más efectivo con el gobierno en esos momentos, el arzobispo Lissón. Así,
por ejemplo, sabemos que la Junta solicitó a Lissón que intercediera ante el
presidente Leguía para que, por un lado, este último conjurase el peligro de una
posible tramitación del proyecto de ley sobre el divorcio; y, por otro lado, pusiera
remedio a la propaganda protestante de la clínica de Bellavista. Llamamiento que
resultó efectivo al no prosperar dicho proyecto de ley y ser clausurada la escuela
para enfermeras establecida en la citada clínica.116
 Sexto y último, apoyó el proyecto de cooperativa popular de ahorro, crédito y
consumo en beneficio de las clases humildes, que bajo el nombre “La Protectora
del Hogar” había sido ideado por el jesuita Manuel Abreu en base a la asociación
Acción Social Obrera. 117
A finales del año 1928 todos los obispos habían nombrado a los directores de la
Acción Católica de sus diócesis,118 y, paralelamente, se estaban formando los
respectivos Secretariados Diocesanos.119 Al año siguiente, la Junta comenzó a
desarrollar nuevas iniciativas relativas al asociacionismo seglar como las dirigidas a la
formación de la Asociación de Colegios Católicos, la Liga de Padres de Familia y la
Acción Catequística y organizó la Primera Asamblea de la Acción Católica en el Perú¸
con la presencia de los delegados tanto de los Consejos Centrales de Hombres y
Mujeres como de los Secretariados Parroquiales recién constituidos y de los obispos de
las distintas diócesis peruanas.
Sin embargo, 1929, año en que se debía haber logrado la consolidación y
expansión de la ACP fue precisamente aquel en el que la actuación de Lissón ‒ derivada
116
Ibíd. ff.57-58.
Esta obra, en la que Abreu invitó a colaborar a la asociación Acción Católica de Damas Peruanas
ligaba dos finalidades. Por una parte, la constitución de hogares cristianos y, por otra, la formación de
pequeños capitales, modestas rentas, y adquisición de hogar propio entre las clases humildes. “Una obra
de Acción Católica Recomendable” en El Amigo del Clero (21 de octubre de 1928), pp.728-729.
118
En Trujillo, el Dr. Fernando Bravo de la Fuente; Mons. Jerónimo Robles en Huarás; R.P. Baltasar
Cañellas en Huánuco; El secretario de Cámara y Comercio en Ayacucho; R.P. Ramón Reina en
Chachapoyas; M.R.P. Manuel C. Rodriguez en Cajamarca; R.P. Carolino Carvalho en Cuzco; Luis A.
León, canónigo, en Puno; Dr. Guevara en Arequipa. “Organización de la Acción Social Católica” en El
Amigo del Clero (11 de noviembre de 1928), p.775.
119
En Lima, la Acción Católica de Damas Peruanas ya contaba con un Consejo o Secretariado Central y
el correspondiente Secretariado Arquidiocesano.
117
225
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
de las insalvables diferencias sobre la intervención de los católicos en el ámbito público
que mantenía con la mayoría de la jerarquía y el activismo católico seglar– provocó
primero las protestas de varios dirigentes del Movimiento Católico ante el nuncio
Cicognani; y, más tarde, la práctica paralización de la Junta, finalmente escenificada en
la dimisión de su presidente seglar, Fernando Ortiz de Zevallos,120 aceptada por Drinot i
Piérola el 25 de marzo de 1930.121
Para entonces, en opinión de Cicognani y de destacados impulsores de la acción
católica en Lima, Lissón había impedido el desarrollo de la acción católica a través de
las siguientes medidas:
En primer lugar, en numerosas ocasiones el prelado había desautorizado a los
principales miembros de la Junta, entre ellos, al presidente seglar, Ortiz de Zevallos, y al
asesor eclesiástico, Drinot i Piérola. Ejemplo de ello es la siguiente cuestión suscitada
por Ortiz de Zevallos a Drinot, luego elevada por éste al nuncio:
[…] si el Asistente y la Junta organizadora de la “Acción Católica en el Perú” al
encargarle [al presidente seglar] la ejecución de los trabajos en que está empeñado,
lo hacen, por delegación del cuerpo Episcopal: o si su actuación ha de someterse
previamente, a la muy alta y respetada autoridad del Sr Arzobispo, a fin de evitar, en
adelante, desautorizaciones tan sorpresivas, bochornosas y, de suyo, tan expuestas a
muy perjudiciales comentarios [...] 122
En esta línea, a decir de Cicognani, Lissón también había sido responsable de
extender ese año (1929) el peligroso rumor de que Ortiz de Zevallos pretendía
organizar, mediante la movilización de los activistas católicos, un golpe revolucionario
contra el presidente Leguía en el que, además, estaría implicado Drinot i Piérola.
Después de que varios diarios de Lima recogieron en sus páginas la posible vinculación
de Drinot, este resolvió el asunto en privado con el presidente e informó al nuncio.123
En segundo lugar, Lissón había criticado abiertamente varias iniciativas seglares
impulsadas por la Junta ̶ entre ellas, la Asociación de Colegios Católicos y la Liga de
120
Es importante señalar que Ortiz de Zevallos había alcanzado la presidencia seglar de la JOAC, que
ocupó entre noviembre de 1928 y marzo de 1930, desde la presidencia de la UC del Perú.
121
Carta de dimisión de Ortiz de Zevallos dirigida a Drinot, fechada el 14 de marzo de 1930, en ASV,
NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, f.52.
122
El énfasis es nuestro. Ver la carta de Drinot a Cicognani, fechada el 18 de mayo de1929, donde el
primero califica como desacertados los intentos de Lissón por imponer su criterio y prescindir de la
opinión de los obispos sufragáneos sobre la acción católica, especialmente cuando el VIII Concilio
Limense, celebrado en 1927, había acordado que la primera autoridad de la Acción Católica Peruana
fuera el Cuerpo Episcopal, incluidos los Vicarios y Prefectos Apostólicos peruanos. ASV, NP. Monseñor
Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607.
123
Ver comunicaciones de Drinot al nuncio sobre el presidente seglar y el complot revolucionario,
respectivamente en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607; y ASV, NP.
Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 133, Fasc. 506.
226
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
Padres de Familia de los colegios católicos–
124
así como la labor de organizaciones
obreras de acción católica,125 particularmente La Acción Social Obrera;126 y, además,
había restringido la labor de otras asociaciones como La Acción Católica de la
Juventud ̶ impulsada por ex alumnos del Colegio de los Sagrados Corazones de la
Recoleta– a la vida interna de las instituciones educativas que las acogían;127 lo que, en
la práctica, implicó que la ASJ renunciara a contribuir en el mantenimiento y defensa de
los principios católicos en el conjunto de la sociedad peruana.
*************************************
A la altura de 1929, el Movimiento Católico peruano tenía pocas razones para ser
optimista de cara al futuro. Cada vez era más evidente la catastrófica situación
financiera de la arquidiócesis de Lima, apenas se sentía la influencia de los católicos en
la sociedad y, además, varias decisiones del arzobispo Lissón habían conducido a la
práctica parálisis de la Junta Organizadora de la Acción Católica en Perú. Estos negros
nubarrones, sin embargo, no podían ocultar el desarrollo esperanzador que había
cosechado la rama femenina de la ACP en la capital. Después de poco más de un año de
actividad, la ACDP sumaba un total de 37 obras, entre aquellas con una finalidad
específicamente religiosa y otras de perfil educativo, benéfico-caritativo y social;
124
En esta línea, ver la carta, fechada el 20 de abril de 1929, en la que Fernando Ortiz de Zevallos,
presidente de la JOACP, informaba al nuncio Cicognani de que Lissón no aprobaba la Asociación de
Colegios Católicos ni la Liga de Padres de Familia de los colegios católicos ya que el prelado limeño,
por una parte, estaba convencido de que ambas resultaban nocivas para la colaboración y buen
entendimiento que debía mantenerse con los institutos de enseñanza públicos; y por otra, consideraba que
ambas podían fomentar el nacimiento de una asociación y liga análogas y enfrentadas a estas, que
reuniese a los colegios estatales y a los protestantes. ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (19281936) B. 166, Fasc. 607, f.45.
125
Según Cicognani, estas obras impulsadas en su mayoría por el franciscano descalzo Francisco
Aramburu no recibieron el apoyo de Lissón por no poseer un carácter exclusivamente religioso y
parroquial o, en otras palabras, por no ajustarse al modelo de acción católica de base parroquial
establecido por el arzobispo. Ver “Informe nº157 “Circa Azione Cattolica” en ASV, NP. Monseñor
Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, f.8.
126
Según Cicognani, Lissón no aprobó de modo especial la publicación semanal que, con el mismo
nombre y con el fin de difundir las enseñanzas de la Iglesia sobre la cuestión obrera y advertir sobre los
peligros del socialismo y el comunismo en el Perú, editaba dicha asociación. Y es que, al parecer del
arzobispo, tratar dichas ideologías en sus páginas era hacer política y ésta estaba prohibida a los fieles por
los papas. Sobra decir que las críticas del arzobispo no ayudaron a la difusión de dicha publicación. Ibíd.
ff.8-9.
127
Ibíd. f.7.
227
Antecedentes de la Acción Católica Peruana
mantenía un contacto enriquecedor con sus homólogas americanas y europeas; e incluso
colaboraba en la confección de una agenda común a todas ellas.
Como veremos en las siguientes páginas, cuando finalmente se cumplieron
algunos de los más nefastos augurios, la ACDP no salió indemne. A principios de la
década siguiente, en un contexto de marcada inestabilidad social, cayeron Leguía y,
poco más tarde, Lissón; y, a consecuencia de ello, la acción católica femenina redujo al
mínimo su actividad. Con todo, el difícil contexto político en el que se desarrolló el
gobierno del sucesor de Leguía, el comandante Sánchez Cerro, sirvió de estímulo al
apostolado seglar. La ACDP despertó de su letargo al poco tiempo y de forma paralela a
la consolidación del sucesor de Lissón, Mariano Holguín, en el puesto de administrador
apostólico de la arquidiócesis de Lima. Y además, se vio favorecida por la firmeza de su
nuevo asesor eclesiástico, el jesuita Benito Jaro y por otros factores, entre los que
destacamos: uno, los actos de celebración, en mayo de 1931, del cuarenta aniversario de
la promulgación por Leon XIII de la encíclica “Rerum Novarum”; dos, la buena acogida
internacional que recibió la nueva encíclica promulgada por Pio XI ese año,
“Quadragésimo Anno”; tres, las dificultades que atravesó la acción católica en Italia;
cuatro, el fracaso en las elecciones constituyentes del partido político que defendía los
intereses católicos en Perú, Unión Popular; y, finalmente, el acercamiento inesperado
del gobierno de Sánchez Cerro, a ciertos sectores oligárquicos tradicionales y a la
Iglesia jerárquica en el transcurso del año 1932.
En un clima de entendimiento y colaboración entre la Iglesia y gobierno peruanos,
beneficiada de un cada vez mayor reconocimiento a su labor, desde finales de 1931 en
adelante la ACDP consiguió movilizar a un número creciente de mujeres de clase media
de la capital, y a erigirse como una de las más importantes asociaciones seglares de la
República. Fruto de ello fue el importante papel que la asociación ejerció en la
organización del Primer Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en Lima en 1935.
Precisamente, la evolución del Movimiento Católico hasta esa fecha será el objeto de
estudio en el siguiente capítulo.
228
El MC peruano al inicio de los años 30´
5. EL MOVIMIENTO CATÓLICO PERUANO AL INICIO DE LOS
AÑOS TREINTA (1930-1935)
Este capítulo analiza el apostolado seglar en Perú desde la caída del régimen de
Leguía hasta la convocatoria del Primer Congreso Eucarístico Nacional. Nuestra
principal hipótesis de trabajo es que, en dicho periodo, el laicado católico se caracterizó,
en un primer momento, por su elevada movilización e intervención en el ámbito público
y, luego, por su colaboración con los gobiernos democrático populista-conservador de
Sánchez Cerro y dictatorial de Benavides. Las notables diferencias en su naturaleza,
estructura y acción, nos han impelido a abordar de forma separada la evolución que
experimentaron en dicho periodo las asociaciones católicas masculinas y femeninas.
Previamente, sin embargo, repasaremos los principales acontecimientos políticos en
dicho periodo y las primeras consecuencias que éstos tuvieron en el Movimiento
Católico.
5.1. Las dificultades y reorganización en el frente católico derivadas de
la caída de Leguía
El 22 Agosto de 1930 el comandante Luis M. Sánchez Cerro lideró un
levantamiento militar en Arequipa y rápidamente consiguió extender el apoyo a su
movimiento insurgente hasta Lima, gracias principalmente a las masas populares y al
ejército; lo que evidenció la profunda desafección que, en ese momento, sentían grandes
sectores de la población hacia el gobierno de Leguía.1 La carta de presentación de los
insurgentes, el Manifiesto de Arequipa, construida sobre un discurso moralizante,
constitucional, descentralista y redistribucionista, despertó las simpatías de la opinión
pública y facilitó la caída de un régimen político muy desprestigiado por su carácter
dictatorial y elevada corrupción; y, además, en opinión de muchos, por su supuesto
entreguismo territorial y económico como se evidenciaba en su dependencia del capital
extranjero y la firma de tratados condescendientes respecto las ambiciones territoriales
de Colombia y Chile. Sin embargo, lejos de conducir pacíficamente al país hacia la
democracia, el golpe de Estado de Sánchez Cerro propició, según Basadre, una «…de
1
Basadre aporta información contradictoria sobre el rango militar de Sánchez Cerro. Por un lado, informa
que éste fue ascendido a teniente coronel en febrero de 1930; por otra, al analizar la Junta de Gobierno
que asume el poder tras la caída de Leguía señala que «Tres coroneles y un teniente coronel se
subordinaron a un comandante [Sánchez Cerro]», en Basadre, 1983: vol. X, 68 y 70.
229
El MC peruano al inicio de los años 30’
las etapas más llenas de incertidumbre e inestabilidad en la historia del Perú
Republicano».2
Sánchez Cerro fue nombrado presidente de la Junta de Gobierno que asumió el
gobierno de forma provisional el 2 de septiembre de 1930. Sin embargo, en poco
tiempo, su forma autoritaria de ejercer el poder le hizo perder progresivamente el apoyo
de la opinión pública. La primera etapa de Sánchez Cerro al frente del Estado apenas
duraría seis meses. Su decisión, el 6 de febrero de 1931, de convocar elecciones y
presentarse como candidato presidencial desde su posición al frente de la Junta de
Gobierno despertó una intensa oposición. Muchos vieron en este comportamiento el
retorno de las prácticas del ex dictador Leguía, concretamente de los procesos
electorales que le llevaron a la reelección en 1924 y 1929. Las reacciones a la autoelección de Sánchez Cerro no se hicieron esperar, la primera fue una campaña desde las
páginas del diario El Perú; a ésta le sucedieron el intento de asalto al Palacio de
Gobierno, la rebelión del Callao y el alzamiento generalizado de las guarniciones del sur
del país, todas ellas el 20 de febrero. Sin apenas apoyos en Lima y opuesto al
derramamiento de sangre, esta última rebelión finalmente provocó la dimisión de
Sánchez Cerro el 1 de marzo.
Restablecida la estabilidad gubernamental tras el nombramiento de David
Samanez Ocampo como presidente de la Junta Nacional de Gobierno el 11 de marzo de
1931, el nuevo ejecutivo guió hábilmente la economía del país y mantuvo el frágil
equilibrio político y social existente. Bajo su gestión se aprobó una ley electoral que,
por un lado, respondió a las demandas de los distintos partidos políticos, la prensa y las
agrupaciones representativas de las distintas regiones del país; por otro, estableció una
máxima autoridad electoral, llamada Jurado Nacional de Elecciones, ajena al poder
ejecutivo;3 finalmente, se desarrollaron unas elecciones pacíficas, quizá aquellas con las
mayores garantías democráticas de las efectuadas hasta entonces en el Perú.4
Los resultados de dichos comicios, celebrados el 11 de octubre de 1931 y
destinados a la elección del presidente de la República y del Congreso Constituyente,
2
«Desde el 22 de agosto de 1930 en que surgió el pronunciamiento del comandante Sánchez Cerro contra
Leguía hasta que el comandante Jiménez entró en el Palacio de Gobierno el 5 de marzo de 1931 hubo en
Lima, en menos de siete meses, seis movimientos de carácter político, y la insignia del poder presidencial
cambió cinco veces de poseedor (Leguía, Ponce, Sánchez Cerro, Elías, Jiménez) sin contar las horas que
estuvo encargada a Monseñor Holguín», en Ibíd.: 108.
3
Concretamente, según Basadre, dicho organismo estaba presidido por el Fiscal más antiguo de la Corte
Suprema y conformado por un delegado de cada una de las Universidades nacionales y cuatro delegados
de los Jurados Departamentales elegidos por sorteo. Ibíd.: 150.
4
Al menos eso es lo que se desprende del análisis de Basadre, en Ibíd.: 149-152 y 184-185
230
El MC peruano al inicio de los años 30´
dieron la victoria al comandante Sánchez Cerro,5 y al principal partido que lo apoyaba,
Unión Revolucionaria.6 Su tez cetrina y mestiza, sus modales rudos y campechanos así
como su lenguaje directo y sencillo convirtieron a Sánchez Cerro en una suerte de héroe
y líder popular, para muchos el único que podía rescatar el país de una situación política
sumamente crítica. Su mensaje y liderazgo arraigó en amplios sectores populares,
especialmente entre los obreros y aquellos dedicados al pequeño comercio, los sujetos a
empleos eventuales y los sumidos en la pobreza. Multitudes cargadas de religiosidad
popular depositaron su confianza en un caudillo de discurso patriótico y aspecto férreo e
inflexible. Otros, como la mayoría del bloque de poder económico, le apoyaron
acuciados por el temor que despertaban Haya de la Torre y su partido revolucionario
APRA. Con todo, el triunfo electoral del “comandante”, lejos de estabilizar el país,
desembocó en la práctica ilegalización del APRA, bajo la dictatorial “Ley de
emergencia” emitida el 9 Enero de 1932, y en el inicio del llamado “año de la barbarie”
que concluiría con el asesinato del presidente el 30 de Abril de 1933.7
Fallecido Sánchez Cerro, el Congreso Constituyente eligió como presidente de la
República al general Oscar R. Benavides, quien apenas hacía dos meses había sido
llamado a Lima y nombrado general en jefe de las fuerzas armadas. 8 Las primeras
medidas del nuevo presidente consiguieron reducir la tensión política e institucional a la
que estaba sometido el país. Entre ellas, las principales fueron la puesta en libertad de
Haya de la Torre y una amnistía general decretada en agosto, precedida por la firma de
un pacto secreto con el APRA, por el que extraoficialmente el gobierno permitió que,
dicho partido, reanudara sus actividades. Aunque, posteriormente, el giro conservador
del régimen en los años ´30 tuvo como consecuencia inmediata la vuelta del APRA a la
ilegalidad, ya no se repetirían los luctuosos episodios del principio de la década. La
5
Sánchez Cerro obtuvo 152.062 votos frente a los 106.007 de Víctor Raúl Haya de la Torre, 21.921 de
José María de la Jara y Ureta y los 19.653 de Arturo Osores. Ibíd.: 185.
6
Basadre nos informa de que la Asamblea Constituyente surgida de las elecciones estaba compuesta por
«sesentisiete votos de miembros de la Unión Revolucionaria y algunas fuerzas menores que […]
acompañaron al candidato triunfante […] un grupo […] de veintisiete apristas, otro algo menor de
descentralistas […] cuatro socialistas […] y unos cuantos independientes entre los que estaban Víctor
Andrés Belaunde y Manuel J. Bustamante de la Fuente». Si nos guiamos por la carta, fechada el 14 de
febrero de 1932, del nuncio Cicognani a Eugenio Pacelli, secretario de Estado de la S.S., la Asamblea
contaba con 63 miembros de la Unión Revolucionaria, 26 del APRA, 24 del partido Descentralista, 5
Nacional-Socialistas, 5 Socialistas y 8 Independientes. Ibíd.: 196; y ASV, NP. Monseñor Gaetano
Cicognani (1928-1936) B. 127, Fasc. 491.
7
En realidad el denominado por Guillermo Thorndike “año de la barbarie” duró dieciséis meses;
concretamente, la totalidad del segundo periodo de Sánchez Cerro al frente del Estado peruano.
Thorndike, 1969: 15.
8
Nombramiento efectuado el 11 de abril y ampliado el 17 del mismo mes, después de que, ante el riesgo
de conflicto bélico con Colombia, Sánchez Cerro invitara a Benavides a regresar al Perú desde su destino
como Ministro del Perú en Gran Bretaña. Basadre, 1983: 345.
231
El MC peruano al inicio de los años 30’
mejora en la coyuntura económica internacional así como varias medidas
implementadas por el gobierno a través del recién creado Ministerio de Salud Pública y
Asistencia Social, entre ellas el Seguro Social del Obrero, ayudarían a crear un clima de
cierta paz social en el país.9
Según Elmore de Thorndike, tanto la inestabilidad política y social asociada a la
abrupta caída del régimen de la Patria Nueva como las dificultades y desavenencias
internas en la Iglesia peruana, que desembocaron en la salida de Lissón del país,
provocaron que la ACDP atravesara momentos difíciles.10 Recordemos que antes del
golpe de Estado, la acción católica peruana se encontraba debilitada tanto por las
diferencias de los dirigentes de la Acción Católica Peruana con el arzobispo como por el
fallecimiento inesperado, en marzo de 1929, del asesor eclesiástico de la asociación,
Manuel Abreu. Después del alzamiento, en nuestra opinión, la labor diaria de la
asociación se resintió por los ataques públicos a Lissón.11
De poco valió la euforia inicial de las activistas, el apoyo explícito que la
asociación había recibido de los obispos sufragáneos o el profundo respeto que los
párrocos de provincias mostraban diariamente a las mujeres al frente de organismos
como el Consejo Central o los Consejos Diocesanos de la ACDP. Ante las nuevas
dificultades, la jerarquía y una parte del activismo seglar, entre la que destacó la rama
femenina de la ACP, decidió reducir su actividad pública y evitar todo enfrentamiento
con las nuevas autoridades.
Ejemplo de dicha actitud fue la escasa contestación que despertó la promulgación
de la ley del matrimonio civil y el divorcio absoluto por la Junta Militar en octubre de
1930. La disminución en el activismo femenino concuerda con lo sucedido a la
correspondencia entre el Consejo Central o Nacional y los distintos Consejos
Diocesanos de la ACDP, incluido el Consejo Arquidiocesano de Lima; la que se
suspendió a finales del año veintinueve, principios del año treinta, y reanudó, en los
casos más tempranos, a principios del año treinta y dos.12 Y, finalmente, el clima de
9
«La mejoría de la situación de la economía peruana y de las entradas del Estado posibilitaron la
consolidación. Entre 1933 y 1936 el comercio exterior casi se duplicó y las entradas estatales aumentaron
vertiginosamente. Esta favorable situación económica hizo posible que el gobierno mediante una política
de inspiración fascista en materia de previsión social disminuyera el descontento político de las masas»,
en Anderle, 1985: 290.
10
«Cómo podría la incipiente Acción Católica subsistir sin Asesor, sin Arzobispo, y afrontar las
tremendas pruebas que se cernían sobre el cielo de Perú», en Elmore de Thorndike, 1959: 7.
11
Ataques derivados, como ya vimos, de su supuesta complicidad con el depuesto régimen de Leguía.
12
La ausencia de correspondencia de la sede central con el Consejo Diocesano de Arequipa se prolonga
del 3 de noviembre de 1928 al 20 de noviembre de 1931; con Cajamarca del 7 de mayo de 1929 al 21 de
agosto de 1931; con Ayacucho del 10 de mayo de 1929 al 13 de febrero de 1932; con Huánuco del 12 de
232
El MC peruano al inicio de los años 30´
crispación se evidenció en las dificultades que atravesaron en dicho periodo
publicaciones afines a la Iglesia, entre ellas: el semanario Verdades (Diario de
Combate), y la hojita semanal Acción Católica Peruana, de las que apenas se han
conservado algunos números sueltos; el órgano oficial de la arquidiócesis de Lima, El
Amigo del Clero, cuya edición se interrumpió temporalmente;13 y el diario El Deber de
Arequipa.14
Las dificultades arriba expuestas relativas a la distribución de dichas
publicaciones pudieron estar relacionadas con el control del transporte y las
comunicaciones ejercido por los insurrectos; y a la animadversión que éstos
demostraron hacia el clero y todo aquello vinculado a la Iglesia jerárquica. Al menos
eso es lo que se deduce de las palabras de Francisco Cabré, director del Consejo
Diocesano de la Acción Social de Damas Peruanas de Arequipa, quien al quejarse de los
problemas del servicio postal en una fecha tan tardía como mediados de 1933, dice:
«Las oficinas de correos han estado una temporada en manos de los sanchezcerristas
[sic] hambrientos, y ahora ya vuelven a estar en poder de la Marconi».15
5.2. La ambición política y el posterior viraje social del MC peruano
Hasta aquí hemos visto que, poco antes y tras el alzamiento revolucionario de
Sánchez Cerro, la enconada oposición del arzobispo a la labor de la Junta Organizadora
de la Acción Católica en el Perú (JOACP) provocó la dimisión de su presidente seglar y
la congelación de la práctica totalidad de los proyectos que ésta tenía en marcha. Luego,
la ACDP, en esos momentos probablemente la asociación católica seglar más novedosa
y de mayor crecimiento en la República, redujo por un tiempo al mínimo su actividad y,
en alguna medida aunque sólo temporalmente, corrió una suerte pareja a la de su
valedor, el arzobispo. Por todo ello, en nuestra opinión, en el transcurso del año 1930
abril de 1929 al 29 de enero de 1935; con Cuzco del 17 de marzo de 1930 a 1932; con Chachapoyas del 1
de abril de 1929 al 1 de agosto de 1933; con Trujillo del 01 de abril de 1929 al 18 de febrero de 1932; con
Puno del 16 de marzo de 1930 al 10 de enero de 1935; con Huaraz, del 22 de octubre de 1929 al 13 de
marzo de 1935; con el del vicariato apostólico de Urubamba y Madre de Dios del 29 de enero de 1929 al
14 de noviembre de 1935; con el de San León del Amazonas (Iquitos) del 21 de mayo de 1929 al 25 de
enero de 1935. AACPL.
13
Coincidiendo con la salida de Lissón de Lima, la publicación dejo de publicarse a finales del mes de
enero de 1931 y reanudó su actividad, aunque disminuyendo su frecuencia, pasando ésta de quincenal a
mensual, en el mes de marzo de dicho año.
14
En 1930 y con motivo del golpe de Estado de Sánchez Cerro, las turbas revolucionarias arrasaron parte
de las instalaciones del diario, provocando unos daños estimados en 15.000 soles. Ver Verdades (6 de
Junio de 1933), p.4.
15
Ver carta de Francisco Cabré, del 7 de julio de 1933, al Consejo Central de la AC de Damas Peruanas,
en AACPL.
233
El MC peruano al inicio de los años 30’
otras asociaciones tomaron el relevo al frente del Movimiento Católico en Lima, algo
que ya constataron Arróspide y Klaiber;16 éstas fueron el Centro Fides y el Centro de la
Juventud Católica de Lima (CJCL).
Precisamente, este apartado se inicia con un análisis de las dos asociaciones
masculinas arriba mencionadas así como de la federación que ambas crearon;
posteriormente se estudiarán los factores que coadyuvaron al impulso renovado del
apostolado seglar y a su influencia política. Más adelante, se reflexionará sobre las
consecuencias derivadas de tal influencia, esto es, el apoyo de la Asamblea
Constituyente -reflejado en la Constitución de 1933- para mantener la relación entre la
Iglesia y el Estado, y la conformación de un Senado Funcional. Y, finalmente, se tratará
la evolución del activismo católico masculino hasta la celebración del Congreso Pax
Romana en 1933 y desde esa coyuntura hasta la celebración del Primer Congreso
Eucarístico Nacional.
5.2.1. Reflexión, renovación y compromiso de la juventud católica en torno a la
sociedad peruana: la Federación de la Juventud Católica de Lima
El Centro Fides fue creado en 1930 por varios miembros fundadores de Acción
Social de la Juventud, exitosa en el número de socios aunque incapaz de constituirse
como una asociación confesional católica promotora de la cultura y los intereses
católicos.17 El CJCL, en cambio, venía operando desde el siglo XIX en el Colegio de la
Inmaculada, regentado por los jesuitas, y había experimentado una profunda renovación
de su actividad e ideario de la mano del jesuita Manuel Abreu en 1921;18 ahora, a
inicios de los ’30, se adentraba en la madurez con el sucesor de éste, el padre Juan
Albacete.
Los medios de que se sirvieron ambas organizaciones para alcanzar sus objetivos
fueron diversos; el Centro Fides se centró en organizar charlas y conferencias, de clara
finalidad proselitista y generalmente relacionadas con la doctrina social de la Iglesia
católica. El CJCL, por su parte, fiel a su naturaleza de congregación mariana,19
16
Arróspide, 1979: 20-24; y Klaiber, 1996: 300-306.
En el capítulo anterior vimos cómo la reorientación de la ASJ hacia actividades lúdico-recreativas y
deportivas en detrimento de aquellas dirigidas a la promoción y defensa del ideario católico y,
posiblemente, la influencia de Lissón causaron, en un primer momento, la dimisión de varios de sus
dirigentes más comprometidos y, finalmente, condujeron a su disolución.
18
La asociación había sido fundada por el jesuita Manuel Fernández de Córdova el 12 de mayo de 1895.
Vélez Picasso, 1939: 5.
19
Asociación piadosa aprobada por la Iglesia Católica dirigida por un sacerdote y cuyos fines principales
son, primero, la santificación personal y, según lo permita su condición social, la de los demás; segundo,
la defensa de la Iglesia católica contra los ataques de los impíos.
17
234
El MC peruano al inicio de los años 30´
desarrolló una actividad más amplia. Gracias al Boletín, que empezó a publicar en
octubre de 1929, sabemos que ese año, en primer lugar, organizó visitas a enfermos –
especialmente a aquellos hospitalizados y/o encarcelados–, Círculos de Estudio y
ejercicios espirituales, cuyo fin era «…formar e instruir a los jóvenes en las cuestiones
que como a católicos y ciudadanos más les interesa» e instrucción doctrinal o catequesis
«…en uno de los nuevos barrios de Lima». En segundo lugar, promocionó dos
iniciativas, las Conferencias de San Vicente de Paúl y el Apostolado de la Oración, que
se dedicaban, respectivamente, a socorrer a familias humildes y a incentivar el
sacramento de la comunión; esta última, especialmente entre colectivos conflictivos,
como la población reclusa de la Penitenciaría de San Pedro. En tercer lugar, creó la
“Biblioteca Saulo”, con el objeto de difundir la lectura de «…libros y revistas acordes
con nuestros principios» e impulsó la “Buena Prensa” ya que, en opinión de sus socios,
«No [había] medio más a propósito para difundir la verdad que la prensa, que constituye
un gran poder»; en esta línea y desde finales de 1929, colaboró en el órgano oficial de
propaganda de la ACDP, Acción Católica Peruana. Finalmente, planificó la creación
tanto de una Universidad Popular Católica como de una Escuela Nocturna para obreros,
cuya finalidad fuese la de colaborar en la escuela de la Congregación de Artesanos de
San José para los hijos de los obreros.20
En el segundo semestre del año 1930, en un clima social y político revuelto por
los ajustes de cuentas de los alzados con los representantes del régimen depuesto, y a
diferencia de lo ocurrido con la ACDP que, como vimos, redujo considerablemente su
actividad, las juventudes católicas masculinas incrementaron su intervención en el
ámbito público, particularmente en dos líneas de actuación que comenzaron a
identificarse como propias del movimiento seglar en dicha década. Por una parte, en un
intento de dar una mayor dimensión a su labor, ambas asociaciones, a las que en ese
momento se sumó el joven Centro Católico de Miraflores (en adelante CCM), dieron un
paso hacia la coordinación de las obras católicas a través de la fundación de la
Federación de la Juventud Católica de Lima (FJCL), también conocida como
Federación Diocesana de la Juventud Católica de Lima.21 Por otro lado, las referidas
tres asociaciones acordaron colaborar en la publicación de un órgano de prensa propio
20
Vélez Picasso, 1939: 11-32.
El hecho de que otras asociaciones de jóvenes católicos, y especialmente entre ellas la reconocida
Acción Católica de la Juventud, asesorada por los padres de los Sagrados Corazones del Colegio la
Recoleta de Lima, no formaran parte de dicha federación pudo deberse a la oposición del arzobispo
Lissón a que las iniciativas confesionales operaran en el ámbito público.
21
235
El MC peruano al inicio de los años 30’
de la juventud católica masculina, con el título de Verdades; éste, desde su primer
número, a la venta el 25 de octubre de 1930, se caracterizaría por difundir el mensaje
social de la Iglesia católica y hacerse eco de las conferencias y Círculos de Estudio y
demás actividades promovidas desde el frente católico.
Precisamente las dificultades por las que atravesó la Iglesia peruana tras el
alzamiento revolucionario y, especialmente, la debilidad creciente de Lissón, quien
recordemos no regresó a la capital hasta el mes de octubre de 1930 y fue forzado a
dimitir en enero de 1931, pueden explicar el impulso renovado de unas asociaciones de
carácter tanto proselitista como beligerante en su defensa de la causa católica y que, por
su vocación e intervención en el ámbito público, no habían gozado del apoyo del
arzobispo.
Las memorias de actividades del CJCL pertenecientes a los años 1929 y 1930
confirman que durante el resquebrajamiento y posterior caída del régimen de Leguía la
juventud católica creyó necesario acompañar la fe con la acción y, en consecuencia,
organizar las fuerzas católicas y especialmente un partido político católico; incluso, se
llegó a calificar como errónea la posición contraria, recurrentemente defendida por
Lissón desde su ascenso al arzobispado. En palabras de los jóvenes católicos:
Esos hombres que olvidan que Cristo dijo: “Quien no está conmigo está contra mí”,
son los peores enemigos de nuestra organización. Esparcen la idea falsa de que no
hay necesidad de agruparnos alrededor de la Cruz y que en un país católico no hay
necesidad de partido político.// Ese error nos ha dominado y nos ha hecho perder
tiempo. Es la propaganda engañosa para que prospere la desorientación; y cuando no
hay rumbos fijos, las naves se pierden, así no las azoten tempestades.22
La primera campaña pública de la FJCL se centró en combatir la ley sobre el
matrimonio civil y el divorcio absoluto promulgada en octubre de 1930. De hecho,
como ya dijimos, destacados miembros de la federación, entre ellos Carlos Arenas y
Loayza y Guillermo Bassombrío, indignados por la escasa contestación de Lissón a
dicha ley, llegaron a solicitar su dimisión.
22
Vélez Picasso, 1939: 42.
236
El MC peruano al inicio de los años 30´
5.2.2. Hacia un escenario favorable al apostolado seglar
El nombramiento del obispo de Arequipa, Mariano Holguín23 como administrador
de la arquidiócesis de Lima en enero de 1931 -˗tras la dimisión y el exilio de Lissón˗˗
dio un impulso renovado al “movimiento católico”. A lo largo de ese año, además, hubo
otros factores que, primero, mantuvieron e incrementaron dicha inercia y, luego,
modularon y condicionaron al laicado católico. Principales factores fueron: uno, en
mayo, la buena acogida internacional que recibió la encíclica de Pio XI, “Quadragésimo
Anno” y los actos de celebración en Perú del cuarenta aniversario de la “Rerum
Novarum”; dos, a finales de dicho año, el fracaso en las elecciones constituyentes del
partido político que defendía los intereses católicos en Perú, Unión Popular; tres, las
dificultades que experimentó la acción católica en Italia y la reacción de la Santa Sede
ante las mismas; y cuatro, el acercamiento inesperado del gobierno de Sánchez Cerro a
ciertos sectores oligárquicos tradicionales y a la Iglesia jerárquica, cuestión que se
agudizaría a partir del año siguiente.24
El nuevo administrador de la arquidiócesis de Lima, Mariano Holguín tenía 70
años en el momento de asumir el cargo, padecía de diabetes y se mostraba reacio ante
una tarea complicada –en este punto, conviene recordar el estado lamentable en el que
se encontraban las finanzas eclesiásticas ̶ que, además, le apartaba de su ciudad natal,
en la que habitaba su familia, y le obligaba a trasladar su residencia a la capital de la
República, donde según sus propias palabras apenas conocía unas pocas personas.25
Sin embargo, Holguín supo sobreponerse a las adversidades y ganarse el respeto y
el cariño tanto de su feligresía como de las autoridades del país quienes parecieron
valorar primero, su vocación apostólica y social, especialmente hacia las clases más
humildes, que ya destacara El Amigo del Clero, órgano oficial de propaganda de la
arquidiócesis, en la breve reseña bibliográfica que dedicó al nuevo administrador al
poco de ser ascendido:
El [Mariano Holguín] se preocupó de la suerte del pobre y del humilde, y fundó
Círculos de Obreros Católicos, le abrió escuelas nocturnas, le dio prensa que le
ilustrara y defendiera sus ideales, le dio [sic] asociación de Socorros Mutuos, se
adelantó en una palabra a los acontecimientos y ̶ pese a reclamos de prioridad, la
23
Fraile franciscano nombrado obispo de Huaraz en 1904, fue ascendido a obispo de Arequipa en 1906,
tomando el relevo de Manuel segundo Ballón, en el cargo entre 1896 y 1905.
24
Belaunde, 1987: 216.
25
Carta de Holguín a Cicognani, del 4 de diciembre de 1930, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani
(1928-1936) B. 140, Fasc. 529, ff.19r-20r.
237
El MC peruano al inicio de los años 30’
tuvo indiscutiblemente sobre los que, diciéndose amigos del proletariado, agitaron
después, con fines no católicos, el tema de las reivindicaciones obreras.26
En segundo lugar y a diferencia de su predecesor, la feligresía valoró el apoyo de
Holguín a aquellas asociaciones de seglares comprometidas en la defensa pública del
ideario y de la Iglesia católicos, como la Unión Católica de Caballeros o la Acción
Social Católica de su ciudad natal; y su convicción de que los católicos debían colaborar
en la fundación de partidos políticos confesionales. De hecho, el nombramiento de
Holguín conseguiría restaurar el consenso, sobre la necesidad de intervención de los
católicos en todos los ámbitos de la sociedad, perdido con la muerte del arzobispo
Manuel García Naranjo en 1917.
Mariano Holguín no defraudó las expectativas puestas en él. Ya en su primera
alocución se dirigió al apostolado seglar de ambos sexos y les pidió ayuda en unos
«…tiempos presentes…calamitosos: [en los que] los enemigos de la Santa Iglesia ponen
en juego todos los recursos que les sugiere el infierno para perder las almas; la
propaganda del error y de la inmoralidad es cada día más intensa». 27 Curiosamente sin
embargo, el prelado sólo mencionó por su nombre a las asociaciones católicas
femeninas, concretamente a la Unión Católica de Señoras y a la Acción Social de
Damas Peruanas, quizá por ser las más volcadas en ayudar a las clases menesterosas así
como las únicas insertas propiamente en la acción católica impulsada desde el Vaticano:
Y vosotros, aguerridos soldados del Apostolado Seglar, retemplad vuestro ánimo
generoso, ved que las filas del sacerdocio están muy enrarecidas, acudid vosotros a
suplir esa deficiencia. // Y también las distinguidas socias de la “Unión Católica de
Señoras” de la “Acción Social de Damas Peruanas” y demás instituciones de Acción
Social Femenina, tienen amplio campo para ejercitar sus nobles actividades, en favor
de las clases menesterosas; su perseverancia invencible, su heroica intrepidez, en
defensa de los más importantes intereses sociales.28
Además, pese a colaborar en la creación de la Federación de Sociedades Obreras
Católicas, apoyar a la Acción Social de Damas Peruanas y ayudar puntualmente a
asociaciones como la Federación Diocesana de la Juventud Católica de Lima,29 no
tenemos constancia de que Holguín impulsara significativamente la organización de
26
“El nuevo Prelado de la Arquidiócesis” en El Amigo del Clero CLXXV-CLXXVI-CLXXVII (Mayo
1931), pp.53-54.
27
“ALOCUCIÓN. Que el Iltmo. y Rvmo. Mons Fr. Mariano Holguín, Obispo de Arequipa y
Administrador Apostólico de Lima, pronunció en la Basílica Metropolitana después de tomar posesión
del cargo” en Ibíd. pp.63-65.
28
Ibídem.
29
Por ejemplo, aprobando una colecta en la diócesis a su favor, por la meritoria labor que realizaban y
para la organización del próximo Congreso Iberoamericano de Estudiantes Católicos, programado para
finales del año 1933. El Amigo del Clero CLVXXXIX (Abril 1932).
238
El MC peruano al inicio de los años 30´
ámbito nacional Acción Católica Peruana. De hecho, sorprende que la carta pastoral
conjunta del episcopado peruano, emitida en octubre de 1931, sobre los graves
problemas de orden religioso y social que enfrentaba el Perú, no hiciera referencia a la
urgente necesidad de organizarla y, en cambio, afirmara que las únicas armas que podía
esgrimir la feligresía para enfrentar la grave situación en la que se encontraban la
religión y la Iglesia católicas en Perú eran la confianza y la oración.30
La prensa católica dedicó numerosas páginas a cubrir la noticia del cuarenta
aniversario de la promulgación de dicha encíclica, sancionada por León XIII en 1891, y
aprovechó esta oportunidad para exponer la doctrina social de la Iglesia católica.31 La
asociación de trabajadores católicos Círculo de Obreros de San José desarrolló
numerosos actos conmemorativos; y el Centro Fides, sobre el que daremos más detalles
en las páginas siguientes, organizó un ciclo de conferencias y una imponente ceremonia
religiosa en la basílica de la Merced el 14 de Mayo de 1931, fiesta de la Ascensión; a la
que asistieron el nuncio Cicognani, el presidente general de la Acción Católica en el
Perú, Mons. Drinot i Piérola, el rector de la Universidad Católica y otras autoridades.
Una vez que Lissón fue forzado a dimitir y abandonar el país por la Santa Sede, y
ante la convocatoria de elecciones a una Asamblea Constituyente por el gobierno de
Sánchez Cerro, el Movimiento Católico limeño, liderado por unos dirigentes
procedentes en su mayoría de las asociaciones juveniles, no dudó en organizar un
partido confesional que concurriera a las elecciones.
Tras dos décadas de dudas y debate, generalmente soterrado, en el seno de la
Iglesia sobre la necesidad de que los católicos intervinieran de forma organizada en la
vida pública,32 el partido Unión Popular finalmente vio la luz a iniciativa de Carlos
Arenas y Loayza a principios del año 1931; y al menos en Lima, llamó al electorado con
un manifiesto-programa inspirado en las enseñanzas sociales de la Iglesia católica
30
“Documentos Arquidiocesanos. Carta Pastoral del episcopado peruano a los Venerables Cabildos, clero
y fieles de la república sobre problemas de orden religioso social” en El Amigo del Clero CLXXXIV
(noviembre de 1931), pp.226-256.
31
Entre otros, en el ASV, Nunziatura Perù B126 F486 se guardan los siguientes recortes de prensa: “La
conmemoración del cuarenta aniversario de la Encíclica Rerum Novarum” en Verdades (Lima) de 2 y 16
de mayo de 1931, “El Quadragésimo aniversario de la Encíclica Rerum Novarum” en El Deber
(Arequipa) de 15 de mayo de 1931, “Voces Amigas” y “La Rerum Novarum en Ginebra” en La Colmena
(órgano de la Federación de los Obreros Católicos de Arequipa) del 2 y 30 de mayo de 1931, “Encíclica
del Papa Leon XIII sobre el estado actual de los obreros” El Heraldo (Puno) del 14 de mayo de 1931, y
“Los obreros y la iglesia” en La Sociedad (Huánuco) del 16 de mayo de 1931.
32
Y en el que, mientras Lissón fue arzobispo de Lima, había prevalecido la posición contraria a la
formación de un partido político católico.
239
El MC peruano al inicio de los años 30’
«…principalmente en Rerum Novarum…»;33 el que apareció simultáneamente, el día 31
de enero de 1931, en las ediciones del semanario Verdades y el diario El Comercio.
Según Planas Silva, la lista que subscribió dicho manifiesto fue verdaderamente
asombrosa para la época, especialmente por el elevado número de firmantes (248), y
estuvo compuesta, entre otros, por el citado Arenas y Loayza, César Arróspide de la
Flor, Gerardo Alarco, Cargin Allison, José Jiménez Borja, Carlos Gandolfo Gorbacho,
Ricardo Mariátegui Oliva, Jorge Velaochaga, José Manuel Patrón, José Manuel Vélez
Picasso y Gonzalo Herrera.34 Todos ellos eran dirigentes o exdirigentes de la Unión
Católica del Perú y, de modo más general, del Movimiento Católico.35 Entre ellos,
Klaiber ha destacado a los siguientes:
[…]Carlos Arenas y Loayza, abogado, vice-presidente de la Universidad Católica y
durante muchos años presidente de la Unión Católica; Gerardo Alarco y Cesar
Arróspide, ambos fundadores del Centro Fides y en 1931 de la Federación Diocesana
de la Juventud, base principal de la que surgiría la Acción Católica; Cargin Allison,
presidente del Centro de la Juventud Católica patrocinado por los padres jesuitas y
director de Verdades, semanario católico fundado en octubre de 1930; y Gonzalo
Herrera, fundador del otro periódico católico importante de la época, Patria, que fue
fundado como portavoz de la Unión Popular.36
El programa político inserto en el manifiesto, e identificado según Planas Silva
con los movimientos de corte social cristiano europeos más avanzados, insistía en la
necesidad de instalar un Estado corporativo que se basase en la representación
geográfica y gremial, con amplias competencias para expropiar la propiedad privada no
productiva o nacionalizar fuentes de producción. Y propugnaba un Estado que tuviera la
capacidad de poner en marcha un amplio abanico de reformas sociales; garantizara el
“salario vital”; que protegiera a las mujeres y niños frente a la explotación laboral; e
implementara en la República los seguros de enfermedad, accidente laboral, jubilación y
desempleo para los trabajadores.
Planas Silva ha afirmado que la similitud entre el manifiesto-programa de la
Unión Popular y los planteamientos contenidos en la obra La Realidad Nacional, ya
33
En las posteriores bases de Cuzco y especialmente Arequipa, de acuerdo a la documentación revisada
por Klaiber, el partido tuvo una orientación más tradicional o conservadora, ligada a los intereses de la
clase terrateniente provincial. Klaiber, 1983: 165-171.
34
Planas Silva, 1996: 62.
35
Meses más tarde, en el acto de inauguración de una nueva etapa de la organización, en el que por
cierto intervino Víctor Andrés Belaunde, la directiva de la Unión Católica del Perú quedaba como sigue:
Jorge Velaochaga, presidente; Alfredo Malatesta, primer vicepresidente; Carlos Solari, segundo
vicepresidente Javier Correa y Elías, secretario general; Max Huidrobo, tesorero; Gerardo Alarco,
tesorero; Juan G. Cargin Allison, Alfredo Koeclin y August Becerra y Cesar Arróspide, vocales . “Unión
Católica del Perú” en El Amigo del Clero CLXXVIII-CLXXIX (junio de1931), pp.93-94.
36
Klaiber, 1983: 161-162.
240
El MC peruano al inicio de los años 30´
citada, que Andrés Belaunde publicaría ese mismo año, respondió a que ambos textos
tuvieron la misma inspiración doctrinaria y a su compromiso con «…un reformismo
sincero que concilie justicia y libertad, individuo y sociedad, trabajo y capital, dentro de
un sano progreso económico en sus sectores más avanzados». 37 La correspondencia
intercambiada entre Cargin Allison, uno de los miembros fundadores del partido
católico, y Belaunde demuestra que este último ocupó, además, una posición de
autoridad sobre los firmantes del manifiesto que la Unión Popular publicó en enero de
1931.38
Con todo, antes y a lo largo de la campaña, se comprobó que la contienda
electoral no se decidiría en la lucha programática sino en la disputa entre dos líderes
carismáticos y antagónicos, Sánchez Cerro y Haya de la Torre. Como consecuencia de
ello, los partidos minoritarios, entre ellos Unión Popular, se vieron en la necesidad de
tomar partido por uno u otro contendiente y cifraron gran parte de sus posibilidades de
éxito en el carisma de líderes tales como Víctor Andrés Belaunde.
Los medios de prensa católicos difundieron el programa de la Unión Popular y
combatieron, a principios del mes de mayo de 1931, el anteproyecto de ley electoral que
negaba el derecho de sufragio a los miembros del clero.39 De hecho, gracias a ello,
consiguieron que el estatuto electoral finalmente aprobado por la junta de Gobierno
mediante el decreto ley (DL) nº7177 –luego ampliado por el DL 7287, del 28 de agosto
de 1931– sólo impidiera inscribirse en el registro electoral, y por tanto retirara la
ciudadanía política, a aquellos miembros del clero, regular o secular «…mientras se
encuentren al frente de las misiones propias de su ministerio eclesiástico».40
Fruto de la dialéctica bipartidista en la que se vio inmersa la campaña electoral y
de algunas diferencias en el seno del partido, la Unión Popular tuvo serias dificultades
para encontrar un candidato presidencial y finalmente optó por coaligarse, en el caso de
Lima, junto a los partidos Demócrata, Liberal y Progresista, formando la “Alianza
Nacional”; en el caso de provincias, como acaeció en Cuzco y Arequipa, por no
37
Planas Silva, 1996: 61.
En particular, destaca la carta, del 16 de enero de 1931, en la que Cargin Allison solicita a Belaunde
que revise el manifiesto del partido que será publicado dos días más tarde. Archivo del Instituto Riva
Agüero, Epistolario de Belaunde. VAB-E-0348.
39
Según el mismo, el clero se equipararía a aquellos que habían perdido la capacidad civil, a los
miembros de las fuerzas armadas en activo o a los que sufrían suspensión o pérdida de la ciudadanía. “El
anteproyecto de ley electoral y la opinión del clero” en El Amigo del Clero CLXXV-VII (5 de mayo de
1931), pp.73-75.
40
Ver Art. 7 del Estatuto Electoral, Decreto Ley nº7177, del 26 de mayo de 1931.
38
241
El MC peruano al inicio de los años 30’
presentar candidatos y respaldar listas de candidatos independientes. Al final, se
cosecharon unos discretos resultados electorales en el ámbito nacional.41
Según Klaiber,42 la derrota de la Unión Popular coadyuvó a que, tras los
infructuosos intentos por reorganizar dicho partido, «La “causa católica” ya no se
manifestara en partidos, sino en individuos aislados, como Belaunde en la
Constituyente…».43 En nuestra opinión, dicha derrota actuó como desencadenante de la
renuncia del apostolado y la Iglesia jerárquica peruanos a la organización de un partido
político católico, en línea con lo establecido por la Santa Sede para la Acción Católica
Italiana;44 o, desde otro punto de vista, del alineamiento del Movimiento Católico con la
posición de Víctor Andrés Belaunde, contrario en esta coyuntura a la creación de
partidos políticos confesionales, por considerar que la catolicidad era un elemento tan
arraigado en la realidad peruana que no se podía, ni se debía reducir a una causa
política.
A partir de los trabajos de Klaiber y Planas Silva, se podría afirmar que en el
transcurso del año 1931 Unión Popular pasó a convertirse en un bloque de opinión –
paradójicamente próximo a los planteamientos defendidos por el ex arzobispo Emilio
Lissón, y compartidos por Belaunde–, contrario a su misma naturaleza fundacional, es
decir contrario a soluciones de partido que, en opinión de Belaunde, «…convertiría una
41
Del total de escaños en liza, la Unión Revolucionaria obtuvo 83, el APRA 29 y los descentralistas e
independientes (grupo en el que se encontraban los candidatos apoyados por la Unión Popular) 33.
Klaiber, 1983: 165-172.
42
De dicha derrota, Klaiber ha dicho que «demostró la poca influencia que el episcopado había ejercido
sobre a conciencia de miles de peruanos de las clases media y popular que votaron en favor de Sánchez
Cerro o Haya de la Torre», en Klaiber, 1996: 318.
43
Ibíd.: 317.
44
En nuestra opinión, una de las razones que empujaron al Movimiento Católico a apartarse de la política
de partidos se derivó de la agria confrontación en relación a la acción católica que se produjo entre el
gobierno italiano y el Vaticano en el transcurso del año 1931. Aunque sea brevemente, merece la pena
recordarla. Todo comenzó, a principios de ese año, cuando el partido fascista italiano acusó a la acción
católica de intervenir en política. A estas acusaciones les siguieron varios ataques (entre abril y mayo)
contra los socios y locales de los círculos católicos y, finalmente, una orden gubernamental de disolución
tanto de las asociaciones de la juventud católica como de la federación de los universitarios católicos
(FUCI). Pese a que, poco tiempo después (el 4 de junio) el directorio del partido fascista proclamó su
respeto a la Iglesia, por otro lado confirmó sus acusaciones contra la Acción Católica; lo que provocó la
inmediata reacción del Vaticano. Pio XI intercambió numerosa correspondencia con el gobierno italiano,
ordenó la suspensión de las procesiones solemnes y publicó una encíclica específica para tratar el asunto,
denominada “Non Abbiamo Bisogno”; en la que, por un lado, declaró que la batalla que se estaba
librando era esencialmente moral y religiosa, y reafirmó los derechos naturales de la familia y los
sobrenaturales de la Iglesia (y por lo tanto los de la acción católica) en materia religiosa y educativa; y,
por otro, volvió a insistir en que la Acción Católica estaba fuera y sobre toda política de partido. “Carta
Encíclica de Su Santidad Pio XI, «Non Abbiamo Bisogno», en defensa de la Acción Católica”, del 29 de
Junio de 1931, en El Amigo del Clero CLXXXII y CXXXIII (setiembre y octubre de 1931),
respectivamente en pp.179-194 y 201-212.
242
El MC peruano al inicio de los años 30´
gran fuerza nacional de profundidad y de elevación, en un mero instrumento de
gobierno».45
Por otro lado, el fracaso en las urnas propició que tanto el Vaticano como la
mayoría de la jerarquía católica y del activismo seglar volvieran a sentir la necesidad de
formar convenientemente al laicado católico y lograr que éste interviniera en defensa
del ideario de la Iglesia en la sociedad peruana. Una necesidad que, como ya vimos,
había comenzado a ser sentida, al menos, desde principios de la década de 1920; que se
había reafirmado a raíz de los luctuosos episodios ocurridos en torno al intento de
consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús en 1923; y que se había vuelto
urgente tanto por la difícil situación en la que había quedado la Iglesia tras la caída de
Leguía como, en esos momentos, por los numerosos proyectos contrarios a la Iglesia
que comenzaron a debatirse por la Asamblea Constituyente surgida de las elecciones de
1931.46 Sin embargo y en aparente contradicción con sus posiciones más inmediatas, el
frente católico comenzó a construir un nuevo consenso sobre la naturaleza ideal de las
asociaciones católicas y, en el futuro, la Acción Católica peruanas: ésta debería ser
fundamentalmente religiosa y despojarse de su faceta política.47 En síntesis, la AC sólo
podría lograr sus objetivos si no participaba en la política partidaria.
Las disensiones internas del partido Unión Popular, sus malos resultados
electorales y, tras las elecciones, su conversión en bloque de opinión pudieron resultar
en beneficio de los intereses del Movimiento Católico. En primer lugar, el gobierno dejó
de considerarlo, si es que en algún momento lo hizo, como una alternativa de gobierno
o, en otras palabras, como una amenaza. Luego, el prestigio y acierto de los
planteamientos nacionalistas y la actividad política de reconocidos católicos ya
desligados de sus lealtades preelectorales,48 y la clara oposición del frente católico al
partido aprista facilitaron que el programa del extinto Unión Popular estuviera en
condiciones de influir en el gobierno salido de las elecciones.
45
Belaunde, 1987: 183.
A este respecto, destaca la “Carta Pastoral del episcopado peruano a los Venerables Cabildos, clero y
fieles de la República sobre los problemas de orden religioso social”, del 25 de octubre de 1931, en la que
se animaba a los católicos a presentar batalla frente a proyectos, entre otros, como el relativo a la
separación entre la Iglesia y el Estado, la libertad de enseñanza, el del matrimonio civil y divorcio
absoluto o sobre la incautación de los bienes eclesiásticos por el Estado. Publicada en El Amigo del Clero
CLIIIIV (noviembre de 1931), pp.226-256.
47
De nuevo en palabras de Klaiber «Este hecho [la derrota de la Unión Popular], sobre todo, subrayó la
urgencia de promover un laicado mejor formado y consciente de la división religiosa de sus deberes
cívicos y políticos», en Klaiber, 1996:318.
48
Concretamente nos referimos, respectivamente, a Víctor Andrés Belaunde y José de la Riva Agüero.
46
243
El MC peruano al inicio de los años 30’
La posición beligerante asumida por la acción católica frente al aprismo y al
comunismo y su apartamiento de la política activa fueron claves en el movimiento del
gobierno antes descrito que, por un lado, contradecía el anticlericalismo de los
dirigentes del partido con el que Sánchez Cerro había concurrido a las elecciones
presidenciales, Unión Revolucionaria; y que, por otro, era compatible con el proyecto
político del presidente. La agenda de Sánchez Cerro, conservadora, militarista y
autoritaria, se caracterizaría por tener algunos tintes fascistas y buscar tanto la sanción
ideológico-religiosa de la Iglesia como el apoyo financiero de la clase dirigente.49
En nuestra opinión, además, la capacidad de lobby puesta de manifiesto por el
Movimiento Católico fue vital en la consolidación de la influencia de su discurso social
en los gobiernos sucesivos.50 Este objetivo fue conseguido gracias al trabajo conjunto y
coordinado de la jerarquía católica junto a prestigiosos católicos; entre ellos, los ya
citados, Víctor Andrés de Belaunde, José de la Riva Agüero, Carlos Arenas y Loayza y,
en menor medida, Luis Eguiguren ̶ ex alcalde de Lima y, en esos momentos, presidente
de la asamblea constituyente–; y al apoyo, en un primer momento, de las asociaciones
juveniles católicas masculinas y, desde finales de 1931 en adelante, de la ACDP. Sin
embargo, dicho esfuerzo careció del apoyo de las masas trabajadoras; y ello pese a los
reiterados intentos del Movimiento Católico por involucrarlas a través, en primer lugar,
de su captación y formación mediante escuelas nocturnas para obreros y,
posteriormente, de la creación de asociaciones y federaciones de obreros católicos.
Si en algún ámbito social las propuestas del Movimiento Católico peruano
demostraron poseer escaso o nulo atractivo, éste fue el mundo obrero. Aunque la
escasez de fuentes documentales a nuestra disposición nos hace ser cautelosos, a partir
de lo que la investigación ha demostrado en otros casos como el español, nos atrevemos
a plantear, en forma hipotética, tres razones que pueden explicar la baja afiliación y
escaso impacto social de las organizaciones obreras católicas de esos años:51 una, la
organización de los sindicatos y federaciones obreras católicas no surgió de los propios
trabajadores, sino de laicos de clase media y miembros del clero regular; dos, sus
49
Este último indispensable para adquirir y hacer uso de las herramientas represivas que emplearía en su
empeño por solucionar, o más bien aplastar, la fuerte división política del país.
50
En líneas generales, estamos de acuerdo con la opinión de Paulo Drinot cuando afirma que durante el
periodo de estudio hubo dos discursos transnacionales que ejercieron una elevada influencia en aquellos
políticos que lideraron las reformas sociales en el Perú (y que nosotros extendemos al conjunto de la clase
política peruana); estos fueron el positivismo y el discurso social de la Iglesia católica; este último basado
tanto en la encíclica “Rerum Novarum” de Leon XIII como en otros influyentes textos posteriores como
el Código Social del cardenal Mercier. Drinot, 2011: 22-23.
51
Recogidas y sintetizadas por Callahan, 2003: 108-116.
244
El MC peruano al inicio de los años 30´
integrantes procedían en su gran mayoría de oficios artesanales y semiartesanales que,
por el tamaño de las empresas en las que trabajaban y la elevada divergencia en su
intereses, poseían una limitada capacidad de movilización; y tres, sus dirigentes
primaron los objetivos de carácter religioso sobre la reivindicación laboral, sindical o
profesional.
Todas las características señaladas las encontramos en las asociaciones católicas
existentes, en su mayoría herederas de los Círculos Obreros del siglo XIX, y en las
nuevas propuestas del Movimiento Católico dirigidas a los obreros a principios de la
década de 1930. Entre estas últimas, dichos rasgos son evidentes en proyectos tan
tardíos como la Federación de Sociedades Obreras Católicas (FSOC), impulsado en
1932 por Carlos Arenas y Loayza (futuro presidente de su comité organizador) y el
administrador apostólico de la arquidiócesis, Mariano Holguín.52 Las bases principales
de dicha asociación, tal como fueron presentadas inicialmente en El Amigo del Clero,
establecieron que:
[…]Las Asociaciones [que la integren] deben tener carácter católico [...] reconocen y
aceptan la autoridad eclesiástica [...] los afiliados deben ser de buena conducta moral
y religiosa [...] cumplir los preceptos festivos y pascual [...] la Federación es ajena a
la política [...] los afiliados deben obedecer a sus respectivos jefes inmediatos,
cumplir con las obligaciones de sus instituciones, contribuir con su cuota y concurrir
a las juntas […].53
Y luego quedaron plasmadas en sus estatutos, en la forma siguiente:
Art. 1. Bajo la denominación de Federación de Obreros Católicos, está constituida
una unión de Asociaciones Obreras Católicas.
Art. 2. El fin principal de la Federación es promover la consolidación, difusión,
actuación y defensa de los principios católicos en la vida individual, familiar y social
de la clase obrera; y además realizar una activa labor de asistencia moral y mútua
[sic] en favor de los afiliados.
Art. 3. Es objeto de la Federación reunir en su seno las Asociaciones existentes,
promover su florecimiento, estimular la fundación de nuevas, y coordinar la labor de
todas en un movimiento ordenado y disciplinado en armonía con el movimiento de la
Acción Católica. Además la Federación promoverá en la mejor forma posible la
instrucción cultural, moral y cívica de los adherentes; defenderá los intereses de la
clase dentro de las leyes y según los principios de la moral católica; establecerá o
protegerá las obras de asistencia que las circunstancias lo permitan; y por último,
promoverá otras iniciativas de carácter recreativo, conforme se estime conveniente y
útil a los Socios.
52
“Sesión inaugural de la Federación de Sociedades Obreras Católicas” en El Comercio (31 de agosto de
1932), p.6
53
Ver “Federación de Sociedades Obreras Católicas” en El Amigo del Clero CXCV (octubre 1932),
pp.245-247.
245
El MC peruano al inicio de los años 30’
Art. 4. La Federación es ajena a la política, así como las instituciones que de ella
dependen, lo cual no impide que en sus centros se estudien y defiendan los
problemas sociales, económicos, morales y religiosos que interesen a la causa
católica y a la clase obrera […]
Art. 6. La Federación y todos sus adherentes, como todas las Instituciones Católicas,
reconocen como Jefe Supremo al Sumo Pontífice, representado por los Prelados
Diocesanos, siguen sus direcciones, les profesan respeto y veneración, y procuran
defender la autoridad y la libertad de la Iglesia Católica.54
Todo ello, como ya anticipamos, en primer lugar, relegó la defensa de los
intereses de clase a un lugar secundario, equiparable al que asignaba a la instrucción
cultural, moral y cívica, al establecimiento de obras asistenciales o a la promoción de
iniciativas de carácter recreativo para los socios. En segundo lugar, convirtió a la
federación, como se observa en las organizaciones que asistieron a su sesión inaugural,
en una liga de carácter fundamentalmente piadoso y formativo-asistencial.55 Como
consecuencia de lo anterior, la FSOC limitó –por ejemplo, al no contemplar la afiliación
a la misma de asociaciones aconfesionales- en gran medida su crecimiento potencial y
redujo las posibilidades de éxito de sus reivindicaciones laborales.
5.2.3. La influencia social cristiana en la Asamblea Constituyente: la separación
entre la Iglesia y el Estado, y el Senado Funcional
La primera muestra del renovado influjo católico en la política peruana se produjo
a raíz del debate del Congreso Constituyente, salido de las elecciones de 1931, sobre el
artículo constitucional que debía fijar la relación entre la Iglesia y el Estado peruanos.
Según los informes del nuncio Cicognani a Roma,56 en el momento en el que el asunto
54
“Estatutos de la Federación de Obreros Católicos” en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (19281936) B. 166, Fasc. 607, pp.292-297.
55
Las asociaciones que acudieron a la llamada de la federación fueron las siguientes: Sociedad Mutua
Santa Catalina, Hermandad de Caballeros de Santa Catalina, Caballeros del Corazón de Jesús de Santa
Ana, Nuestro Amo de San Lázaro, Nuestro Amo de Santa Ana, Caballeros del Corazón de Jesús de la
parroquia de Santa Rosa (Callao), Centro Católico del Callao, Sociedad de San Luis Gonzaga de San
Pedro, Caballeros del Beato San Martín de Porres, Caballeros del Corazón de Jesús del Sagrario,
Sociedad Unión y Lealtad, Sociedad de Cargadores y Sahumadoras del Señor del Mar, Caballeros del
Corazón de Jesús de Monserrate, Sociedad de Nuestra Señora del Carmen de la Legua, Caballeros del
Apostolado de San Judas Tadeo, Obreros del Corazón de Jesús del Rimac, Club Santa Rosa, Junta
Parroquial de Caballeros de Mercedarias, Asociación de San José de Mercedarias, Asociación de
Trabajadores de San Isidro, Caballeros del Corazón de Jesús de San Lázaro. Obreros Hijos de María del
Buen Suceso, Sociedad del Corazón de Jesús de Santo Domingo, Caballeros de la Cruzada, Obreros del
Corazón de Jesús de Surquillo, Artesanos de San José de San Pedro, Sociedad del Corazón de Jesús de la
Victoria, Hermandad de Cargadores de Nuestra Señora del Carmen, Obreros del Corazón de Jesús de
Vitarte. Ver “Sesión inaugural de la Federación de Sociedades Obreras Católicas” en El Comercio (31 de
agosto de 1932), p.6.
56
Ver las cartas del nuncio Cicognani a Eugenio Pacelli, secretario de Estado del Vaticano, del 30 de
diciembre de 1931, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 134, Fasc. 508; del 14 de
febrero y 17 de setiembre de 1932, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 127, Fasc.
491, respectivamente en ff.3-13 y ff.18-39.
246
El MC peruano al inicio de los años 30´
pasó a debate, varias razones hacían presagiar un desenlace contrario a los intereses de
la Iglesia; destaquemos dos de ellas, por un lado la profunda ignorancia religiosa de los
miembros de dicha asamblea, que la hacía proclive a seguir en ese asunto la opinión del
partido aprista y de la mayoría de la prensa, ambos favorables a la separación IglesiaEstado; por otro, las recientes actuaciones de los “católicos” Sánchez Cerro y del
presidente de la asamblea, Luis Eguiguren, en las que habían contravenido los
postulados de la Iglesia.57
En este escenario, las numerosas comisiones parlamentarias que estudiaron el
asunto fueron proclives a la separación Iglesia-Estado, cuestión que, por otro lado,
Cicognani ya había dado por descontado. Lo que probablemente el nuncio no anticipó y,
en nuestra opinión, el hecho verdaderamente significativo, fue la creación de un frente
heterogéneo aunque compacto en torno a la idea de mantener la relación existente hasta
ese momento entre la Iglesia y el Estado peruanos.
Un consenso del que, desde el principio, formaron parte la Iglesia jerárquica, los
medios de prensa, los políticos y las asociaciones católicas mencionadas hasta la fecha,
entre estas últimas de forma especial la Federación Diocesana de la Juventud Católica
de Lima, la Unión Católica del Perú y la Acción Católica de Damas Peruanas. 58 Un
bloque al que se sumaron, más adelante, otros actores relevantes en la sociedad limeña
como los hermanos Miró Quesada (Antonio, Luis y Oscar) y su diario, El Comercio, e
incluso, aunque con matices, el conocido político reformista José Matías Manzanilla, y
el portavoz de la mayoría parlamentaria (compuesta principalmente por los congresistas
del partido Unión Revolucionara) Alfredo Herrera. Un frente en el que, de nuevo,
destacó la labor de Víctor Andrés Belaunde como agitador y portavoz de la Iglesia en la
Asamblea Constituyente, y que, pese a las reticencias antes dichas, consiguió que la
asamblea aprobara un texto constitucional que decía:
Respetando el sentimiento de la mayoría nacional, el Estado protege la religión
católica, apostólica, romana; las otras religiones tienen libertad para el ejercicio de
sus respectivos cultos. // El Estado ejerce el patronato nacional en conformidad de
57
Sánchez Cerro había declarado en numerosas ocasiones, especialmente durante la campaña, que era
católico y Eguiguren había sido en el pasado presidente de la Juventud Católica de Lima. Sin embargo,
esto no había sido óbice para que ambos aprobaran en octubre de 1930 el decreto del divorcio y el
matrimonio civil obligatorio y para que el segundo se hubiera batido recientemente en duelo.
58
Como veremos en detalle más adelante, ambas asociaciones tuvieron un papel destacado en el envío
desde las parroquias y asociaciones católicas de toda la República de firmas, telegramas y memoriales al
presidente y diputados de la asamblea constituyente, así como al presidente de la República, en los que se
insistía en la idea de que la inmensa mayoría de la población no deseaba que se modificase la armonía y
estrecho vínculo existente entre la Iglesia y el Estado.
247
El MC peruano al inicio de los años 30’
las prácticas vigentes// La relación entre la Iglesia Católica y el Estado será regulado
mediante un Concordato según las instrucciones dadas por el Congreso.59
Esto es, se permitió a la Iglesia mantener su siempre estimada y privilegiada
posición en la sociedad peruana; tal y como indicara Leon XIII a los franceses en 1882:
Los católicos deben guardarse muy bien de defender la separación de la Iglesia y el
Estado. Querer que el Estado se separe de la Iglesia, sería querer, por lógica
consecuencia, que la Iglesia quedase reducida a la libertad de vivir conforme al
derecho común de todos los ciudadanos.60
En nuestra opinión, la construcción y el éxito del bloque arriba descrito
escenificaron la renovación de los vínculos existentes entre el Estado e Iglesia peruanos,
una vez desaparecidos Leguía y Lissón. Renovación en cualquier caso que, en el
periodo de fuerte agitación política que sucedió a la caída de Leguía y que podríamos
calificar como pre-revolucionario, la mayoría de la clase dirigente peruana creyó
conveniente no modificar en su carácter general.
Así, por ejemplo, según Antonio Miró Quesada, propietario y redactor de El
Comercio, la separación no respondía a un sentimiento compartido por la mayoría,
sacudiría las costumbres y el espíritu devoto del pueblo y, en definitiva, iría en perjuicio
de los intereses del país;61 en palabras de José Matías Manzanilla: «…esta separación
se estimaría como hostilidad y habría de producir grandes perturbaciones en la
conciencia del país»;62 y, en opinión de Alfredo Herrera, dicha ruptura era
contraproducente no sólo por la admirable organización y defensa de los más altos
principios morales que realizaba la Iglesia, sino también por su destacado papel en la
contención del pensamiento comunista, especialmente por ejercer de contrapeso al
discurso que negaba la existencia de Dios y de la patria.63
En nuestra opinión, además, el éxito de la Iglesia en este asunto, se debió
fundamentalmente a la influencia que el Movimiento Católico peruano supo ejercer en
las más altas autoridades del Estado; y, muy especialmente, a la gran capacidad de
movilización del discurso católico, evidente en la semejanza de los argumentos
59
Extracto de la Constitución en el “Informe nº220” de Cicognani a Pacelli, del 17 de setiembre de 1932,
depositado en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 127, Fasc. 491, f.31.
60
Extracto incluido en “Carta Pastoral del episcopado peruano a los Venerables Cabildos, clero y fieles
de la república sobre los problemas de orden religioso social”, del 25 de octubre de 1931, en El Amigo del
Clero CLIIIIV (noviembre de 1931), p.232.
61
Ver carta del nuncio Cicognani a Eugenio Pacelli, secretario de Estado, del 17 de setiembre de 1932, en
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 127, Fasc. 491, f.21.
62
Ver “Sobre la relación iglesia-estado” en El Comercio (24 de agosto de 1932), p.3.
63
Ver Comunicación del nuncio Cicognani a Eugenio Pacelli, secretario de Estado, del 17 de setiembre
de 1932, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 127, Fasc. 491, f.34.
248
El MC peruano al inicio de los años 30´
esgrimidos por la jerarquía católica y el representante de la mayoría parlamentaria. No
fue fruto de la casualidad que las razones aducidas por este último en agosto de 1932 las
encontremos en la carta pastoral conjunta publicada por el episcopado peruano en
diciembre del año anterior en la que se había subrayado la naturaleza católica de la
nación peruana y los peligros para la supervivencia del Estado que suponían las ideas
disociadoras provenientes de Rusia. El Movimiento Católico supo convencer a la
mayoría parlamentaria de que la separación entre ambas instituciones constituía un paso
fundamental hacia el “Estado ateo” y de que éste atentaba contra los mismos
fundamentos de la nación ya que, mediante la negación del fin sobrenatural del hombre,
un Estado sin religión abría la puerta abierta a la comisión de delitos; sin fe, sin la
creencia en la otra vida y sin moral, el hombre se dejaría llevar de sus pasiones e
instintos bestiales. En palabras de los prelados:
La ola sectaria que rompió la unidad religiosa avanza en su obra demoledora y se
empeña en establecer el llamado «Estado ateo» o sea, sin religión, sin culto, sin
Dios, a semejanza del sovietismo ruso, espanto del mundo. // Rechazamos el ateísmo
oficial por ser el mayor absurdo de la inteligencia y la mayor aberración del corazón;
(6) y, por esto, reclamamos la subsistencia del artículo 5º. de la actual Carta política.
La Religión católica, apostólica y romana es el más poderoso elemento de vida y
bienestar de los pueblos, el lazo que congrega y une individuos y familias, la que
apaga los odios y rencores, la que predica el respeto a la autoridad, la gran
64
mantenedora de la civilización y la que favorece el reinado de la paz.
Con todo, pese al éxito del bloque de opinión arriba descrito, el escaso número de
voces que se alzaron en el parlamento en apoyo de la Iglesia y la indiferencia que la
mayoría de los católicos peruanos mostraron a este asunto, reafirmó al nuncio
Cicognani en la necesidad de perseverar en la promoción tanto de la Acción Católica
como de los medios de prensa católicos en la República:
Anche stavolta come allora l’assemblea Costituente avrebbe potuto fare ciò che
avesse voluto; anche stavolta [questa volta] come allora il Governo ha dimostrato
buona volontà, ma ha trovato pochissima collaborazione da parte dei deputati e poco
appoggio nella pubblica opinione. Di qui la necessità imprescindibile e
improrogabile di fomentare con ogni mezzo e con ogni sforzo l’azione cattolica e la
stampa cattolica.65
64
“Carta Pastoral del episcopado peruano a los Venerables Cabildos, clero y fieles de la república sobre
los problemas de orden religioso social” (25 de octubre de 1931) en El Amigo del Clero CLIIIIV
(noviembre de 1931), p.229-230.
65
Subrayado en el original. Ver carta de Cicognani a Eugenio Pacelli, secretario de Estado, del 17 de
setiembre de 1932, depositada en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 127, Fasc.
491, ff.37-38.
249
El MC peruano al inicio de los años 30’
Además del mantenimiento de la relación existente entre la Iglesia y el Estado,
aunque ahora de la mano de Víctor Andrés Belaunde, el bloque católico consiguió que
el texto constitucional aprobado incluyera otro elemento central del programa del
extinto partido Unión Popular. Este fue que el Estado debía regirse por un sistema
presidencialista bicameral, de doble origen, en el que, por una parte, el presidente y los
diputados, o representantes de las provincias serían elegidos por sufragio universal
(masculino); y, por otra, todos los organismos vitales del país (agricultura, comercio,
industria, obreros, empleados, profesionales liberales…) elegirían un Senado Funcional,
a quien correspondería ejercer la “representación de las funciones”.
5.2.4. El impulso renovado y la apertura al exterior del activismo juvenil católico
hasta el Congreso “Pax Romana”
Tras el fracaso de la Unión Popular en las elecciones presidenciales de 1931, las
asociaciones juveniles católicas incrementaron su actividad en pro de la difusión del
discurso social de la Iglesia católica. Para ello, en primer lugar, la Federación Diocesana
de la Juventud Católica de Lima comenzó a asumir las funciones de organización y
coordinación para las que había sido creada,66 y entabló contacto con sus homólogas de
la península ibérica y del subcontinente sudamericano. En segundo lugar, los centros
católicos existentes en la capital incrementaron y diversificaron sus actividades; éstos
eran el Centro Fides (CF), el Centro de la Juventud Católica de Lima (CJCL), y los
centros católicos de Miraflores (CCM), Barranco (CCB), Chorrillos (CCCH) y Callao
(CCC).67 En tercer lugar, algunos dirigentes católicos juveniles emprendieron giras
tanto de propaganda como para la formación de nuevos centros católicos en el centro y
sur de la República.
Este apartado dedica su primera parte a mostrar quiénes constituyeron la
dirigencia del laicado juvenil católico en Lima a principios de los años ´30. Luego,
aborda las vías, arriba indicadas, mediante las que ésta difundió el discurso social de la
Iglesia, y dos idearios que pudieron haber influido en su forma de concebir la realidad
peruana: el primero, aquel sobre la nación peruana contenido en las obras de Francisco
66
A principios del año 1932 los cargos directivos de la FDJCL eran: César Arróspide de la Flor
(presidente), Jorge Arce Mas (vicepresidente), Gerardo Alarco Larrabure (secretario de asuntos
exteriores), David Vega Christie (secretario Local), José Giménez Borja (secretario de Estudios), Carlos
Gandolfo (secretario de publicidad) y German Stiglich (tesorero). Verdades (21 de enero de 1932), p.4.
67
Gracias al semanario Verdades sabemos que, salvo el CJCL que fue fundado en 1895, el resto de
asociaciones juveniles se crearon entre los años 1929 y 1932. Concretamente, el CCM en enero de 1929,
al año siguiente el CCB y el CCCH, y en 1932 el Centro Católico “Labor” en Callao. Verdades (11 de
octubre de 1932 y 6 de octubre de 1934), p.4 y 5, respectivamente.
250
El MC peruano al inicio de los años 30´
García Calderón, especialmente en Le Pérou Contemporain; el segundo, el fascista. Y,
finalmente, analiza la experiencia de la visita a Europa de los delegados peruanos al
Congreso “Pax Romana” celebrado en Roma en diciembre de 1933.
Los miembros del clero y dirigentes de las asociaciones católicas apenas
cambiaron con los años. Los padres de la Compañía de Jesús fueron los principales
asesores de la juventud católica de Lima. Y entre ellos, especialmente Juan Albacete y
Amelio Plasencia, quienes ejercieron, durante todo el periodo analizado, los cargos de
asesores eclesiásticos de la FDJCL y el CCM, respectivamente. Con todo, en dicha
ciudad, hubo otras congregaciones que prestaron su apoyo a algunos centros, como los
maristas al CCB y los corazonistas al CCCH, o que colaboraron con ellos, como los
hermanos de la Salle.68
Por otro lado, liderando dichas asociaciones juveniles limeñas siempre estuvo un
grupo de jóvenes vinculados con la Universidad Católica; en su mayoría, nacidos a
finales de la primera década del siglo XX y exalumnos del Colegio de la Recoleta (de
los padres de los Sagrados Corazones) o de la Inmaculada (de los jesuitas).
Concretamente, estos fueron César Arróspide de la Flor, el mayor de todos ellos (nacido
en 1900), profesor de la Facultad de Letras de la Universidad Católica y primer
presidente de la FDJCL; David Vega Christie, estudiante de ingeniería en dicha
universidad y secretario local de la FDJCL y vicepresidente del CJCL en 1933; Cargin
Allison, director del semanario Verdades en 1933; Gerardo Alarco Larrabure, profesor
de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Católica, secretario de asuntos exteriores
de la FDJCL y presidente de FIDES en 1932, presidente de honor del CCC en 1933,
jefe de redacción del semanario Verdades en 1934 y director de dicha publicación en
1935; Ernesto Alayza Grundy, estudiante de derecho en la Universidad Católica y
presidente del CCM en 1933; Jorge Arce Más, vicepresidente de la FDJCL en 1932 y
presidente del CJCL en 1933; Carlos Gandolfo Gorbacho, secretario de publicidad de la
FDJCL en 1932; Raúl Ferrero Rebagliati, profesor de la Facultad de Letras de la
Universidad Católica, vocal de la FDJCL y presidente del CCB en 1932; José Miguel
Vélez Picasso, presidente del CJCL y vicepresidente de Fides en 1932.
Pese al creciente consenso en el seno de la Iglesia peruana, el optimismo de los
activistas y el apoyo de la jerarquía, la organización y actividad diaria de los centros
católicos no estuvo exenta de dificultades. Gracias a la autocrítica contenida en los
68
De entre ellos, especialmente los que estaban al frente del reformatorio de menores de Surco.
251
El MC peruano al inicio de los años 30’
discursos pronunciados por los dirigentes y asesores eclesiásticos católicos con motivo
de asambleas y actos públicos sabemos, por ejemplo, que el CCCH tuvo que abandonar
sus actividades al poco de haberse fundado en 1930 “por motivos insalvables”; y que las
iniciativas para atraer a la clase obrera, desarrolladas en centros como el CCM, en
muchos casos no dieron el fruto deseado.69 Continuando en esta línea, destacan las
palabras que pronunció David Vega Christie, con motivo de la Comunión Pascual y el
homenaje a los obispos del sur de la República que la FDJCL organizó en mayo de
1933. En ellas, Vega Christie alabó el reciente éxito de Enrique Echegaray del Solar al
fundar un centro de la juventud católica en el Cuzco; allí donde se había fracasado
reiteradamente ya que:
Cada vez que se pretendía hacerlo [fundar un centro católico en Cuzco], nuestro
excesivo personalismo, carente casi en absoluto de sentido social y de concepto de la
disciplina, y sobre todo nuestra inconstancia misma, hicieron peligrar siempre la
continuidad de la acción de los núcleos que se procuraba constituir.70
El deseo de la FDJCL por extender su acción a todo el país tuvo como
consecuencia inmediata la creación de una Confederación de Asociaciones de
Juventudes Católicas Peruanas (CAJCP) que aunara la acción de todas las asociaciones
juveniles masculinas católicas de índole religiosa, social, estudiantil o deportiva en la
República. Con los mismos ideales y plan de acción de la Junta Organizadora de la
Acción Católica Peruana (JOACP), la FDJCL consideró necesaria dicha unificación
para el triunfo de la Acción Católica.
Una de las pocas pruebas documentadas de dicho esfuerzo fue la confección por la
FDJCL de un proyecto de estatutos de la futura confederación. Según una copia, sin
fecha, conservada en el Archivo Secreto Vaticano, los estatutos de la CAJCP
establecieron la creación de un órgano central de toma de decisiones, llamado Consejo
Directivo, en el que tuvieran cabida aquellas obras establecidas en Lima así como los
representantes de los Consejos Regionales Directivos, resultado de la unificación de las
asociaciones juveniles católicas en cada una de las diócesis.71 En línea con los manuales
publicados hasta esa fecha sobre la organización de la acción católica, sin embargo,
69
«La labor de enseñanza al obrero ha sido y es la mira principal del Centro…Pero la carga era
demasiado pesada para tan pocos hombres, y las dificultades de todo género innume.as [sic]. Por estas
razones se tuvo que abandonar este primer intento de difusión doctrinaria». “Informe del Centro Católico
de Miraflores” en Verdades (6 de enero de 1934), p.4.
70
“Jóvenes y Juventudes. La Comunión Pascual de la Federación Diocesana de la Juventud Católica y el
Homenaje a los Obispos del Sur de la República” en Verdades (20 de diciembre de 1933), p.3.
71
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607, f.147.
252
El MC peruano al inicio de los años 30´
dichos estatutos garantizaron que las asociaciones integradas en la FJCL conservarían
gran parte de su autonomía.
En 1932 la FDJCL redactó las primeras bases para la erección de centros de
juventud católica en el territorio de la República. Durante el transcurso de ese año,
además, se crearon nuevos centros católicos en Callao, Huánuco y Arequipa. Y David
Vega Christie realizó una gira de propaganda por los departamentos de Junín y
Ayacucho, fruto de la cual nacieron los centros católicos de “Labor” en Cerro de Pasco,
los de Tarma y la Oroya; y, a finales de año, el de Chiclayo.
La FDJCL insistía por esas fechas en la necesidad de organizar grupos pequeños
de católicos comprometidos, una élite especialmente fervorosa, bien formada y que
pudiera orientar e intensificar la labor propagandística de otros grupos más extensos.
Para ello, la federación juvenil juzgaba conveniente la implementación de actividades
deportivas, excursiones y actuaciones literarias y artísticas que, eso sí, no debían
comprometer o poner en riesgo la labor doctrinaria ni convertirse en fines últimos de las
asociaciones juveniles. Y parece que alcanzó sus objetivos, o al menos así lo indicaría
tanto el número creciente de jóvenes que se incorporaron al Movimiento Católico –que
dieron pie a la creación de los nuevos centros católicos en Callao y Balnearios– como
la nómina de personajes ilustres que se integraron a la dirigencia de los centros católicos
fundados en provincias –fruto de ello, por ejemplo, el presidente y vicepresidente de la
asociación “Juventud Católica de Arequipa” fundada en 1932, fueron, respectivamente,
el Dr. José M. Bustamante y Rivero y José M. Soto de la Jara–.
El pensamiento sobre la Nación peruana contenido en las obras de Francisco
García Calderón Rey (1883-1853),72 creador y principal representante en Perú de la,
llamada por Karen Anderson, Tradición Latina, pudo influir y, desde luego, fue
compartido por el apostolado seglar masculino de principios de los años ´30. Este
discurso se caracterizó, en primer lugar, por estar inspirado en las ideas arielistas;73 en
72
Hijo del presidente de la República, Fernando García Calderón Landa (1834-1905), este abogado,
diplomático, periodista y escritor de la llamada “Generación del 900” desarrolló gran parte de su vida
profesional en Europa, adquirió cierta notoriedad con su obra Le Pérou Contemporain, publicada en Paris
en 1907, pero después cayó en un notable olvido.
73
El arielismo fue una corriente ideológica latinoamericana de principios del siglo XX derivada de la
obra del escritor uruguayo José Enrique Rodó Ariel, publicada en 1900 (y que muchos de los miembros
de la generación del novecientos peruana emplearon como libro de cabecera). Expresaba un mensaje
optimista, dirigido a las élites del continente y que, esencialmente, consistía en una combinación entre el
idealismo y el positivismo que subrayaba la inevitabilidad del progreso y, al mismo tiempo, la
superioridad de los valores espirituales, arielistas y latinos sobre los valores materiales y caníbales de
Norte América; sosteniendo a la vez que las dos tradiciones eran compatibles. Sanders, 1997: 249.
253
El MC peruano al inicio de los años 30’
segundo lugar, por asignar a la élite dirigente la responsabilidad de formar la identidad
de la nación, entre otras, a través de las siguientes medidas:
[…] la redención del indio, la protección a la clase media, el robustecimiento de la
pequeña propiedad, la industrialización que es un basamento de independencia
económica, el apoyo decidido a la cultura superior que forma las elites, el equilibrio
de influencias entre regiones, la división de las tierras no cultivadas, un código
completo del trabajo, la severidad en el orden suntuario, el saneamiento de la
hacienda nacional.74
En tercer lugar, por predicar, en palabras de Sanders:
[…] el robustecimiento de los vínculos de la América española con Europa y el
acercamiento entre sí de las repúblicas hispánicas afines por razones de historia,
influencia intelectual y relaciones comerciales, para crear alianzas y, con el tiempo,
federaciones de los poderes del Sur.75
En cuarto lugar, por proclamar, que «…la identidad y grandeza de América
residía en su latinidad y su fidelidad a las tradiciones derivadas de ella».76
Concretamente, en línea con dicho discurso, la dirigencia juvenil católica
proclamó la necesidad, en primer lugar, de promover la creación de una élite,
comprometida y bien formada, que guiase al resto de la militancia; en segundo lugar, de
agrupar y cohesionar las fuerzas católicas; en tercer lugar, de contrarrestar el
imperialismo capitalista y protestante; y, en cuarto lugar, de tender hacia un auténtico
iberoamericanismo entre las naciones del subcontinente sudamericano, unidas por
vínculos de fe, cultura y raza.
La primera referencia que disponemos de la participación de la juventud católica
peruana en encuentros católicos internacionales es de principios de la década de 1930.
Gracias al semanario Verdades, sabemos que la FDJCL envió representantes a la
Convención de Estudiantes Católicos Ibero-americanos que tuvo lugar en Méjico en
diciembre de 1931 y en la que se acordó realizar el Primer Congreso de Estudiantes
Ibero-Americanos en la ciudad de Lima durante el mes de marzo de 1933. Según se
desprende de la entrevista que realizó el semanario Verdades a David Vega Christie a
finales del año 1932,77 dicha convocatoria tuvo como primera consecuencia que la
FDJCL, a su vez, llamara a un Congreso de la Juventud Católica Peruana para los
74
Sanders, 1997: 265-266.
Ibíd.: 255.
76
Ibíd.: 260.
77
“La gira de David Vega Christie por los departamentos de Junín y Ayacucho-En su viaje el Delegado
de la Federación Diocesana de la Juventud Católica de Lima, ha fundado tres Centros Católicos y
auscultado el sentimiento religioso de esa región” en Verdades (20 de agosto de 1932), p.1.
75
254
El MC peruano al inicio de los años 30´
primeros meses de 1933 e, inmediatamente, intensificara la creación de nuevos centros
católicos en la República.
En octubre de 1932 se llevó a cabo la primera convención local de la FDJCL. A
ella acudieron representantes de todos los centros católicos de Lima, Callao y
Balnearios -término que se empleaba al referirse de forma conjunta a los nuevos barrios
de Miraflores, Barranco y Chorrillos- y se dedicó preferentemente al estudio y
cimentación de las bases constitutivas de la federación que serían publicadas al año
siguiente.78 Si nos atenemos a sus conclusiones finales, en el transcurso de la
convención la juventud masculina católica reafirmó su compromiso con la terna Piedad,
Estudio y Acción aconsejada por los sumos pontífices para la acción católica y, como
consecuencia de ello y con carácter general, insistió en la necesidad de que, por un lado,
la militancia participara y promoviera ejercicios espirituales, Círculos de Estudio, obras
de misericordia, propaganda oral y escrita; y por otro, la federación se acercara a las
clases obreras;79 y, por el contrario, se abstuviera de cualquier actividad política.80
Con carácter particular, otras conclusiones de la convención hicieron referencia a
los siguientes asuntos: uno, la labor que la juventud católica realizaba al frente del
semanario Verdades; dos, la pasada gira de propaganda de David Vega Christie por la
región norte; tres, la fundación de nuevos centros católicos en Lima y su entorno;
cuatro, el apoyo que la federación había prestado a la campaña de la Unión Católica del
Perú, en el año treinta, tendente al mantenimiento de la unión entre la Iglesia y el
Estado; cinco, las visitas que desde los centros se realizaban a cárceles y hospitales;
seis, la ayuda que prestaba la FDJCL a las clases humildes, por ejemplo organizando
desayunos y almuerzos gratuitos; siete, la formación que impartían a los obreros y sus
hijos. Finalmente, los jóvenes católicos hicieron especial hincapié en la organización, en
la que estaban ya inmersos, del Congreso Nacional de la Juventud Católica Peruana y
del Congreso Ibero-Americano de los Estudiantes Católicos, a realizarse en Lima en
julio de 1933, con el objeto, este último, de fundar la Confederación de Estudiantes
Católicos Ibero-americanos.
A principios del año 1933, tenemos noticia de otras dos giras propagandísticas. La
primera, en enero, fue encomendada por el secretariado de organización de los
78
Primer Congreso Nacional de la Juventud Católica Peruana, 1933.
“La Convención Local de Centros de Juventudes Católicas de Lima y su significación” en Verdades
(29 de octubre de 1932), p.5.
80
“Conclusiones de las Comisiones encargadas del estudio de las ponencias de la Convención Local de
la Juventud Católica de Lima, Callao y Balnearios” en Verdades (5 de noviembre de 1932), p.3
79
255
El MC peruano al inicio de los años 30’
congresos juveniles que se iban a celebrar en Lima ese año; cubrió la sierra central del
Perú -Huancayo, Tarma, Jauja y Huancavelica- y fue realizada por dos representantes de
la FDJCL, José Pareja Paz Soldán y José Castillo Miranda. Mientras que la segunda,
entre finales de febrero a principios de marzo, visitó las comarcas del sur peruano,
concretamente por Arequipa, Puno y Cuzco, y la llevaron a término José Jiménez Borja
y David Vega Christie.
A tenor de lo publicado en el semanario Verdades, los activistas arriba
mencionados recabaron información sobre la labor católica en las zonas visitadas, desde
la escasa actividad católica en Jauja a la influencia del semanario Verdades o al éxito de
la sociedad Unión Social Católica, establecida en Tarma con motivo de la anterior gira
de David Vega Christie en 1932; dictaron conferencias y, finalmente, se entrevistaron y
recibieron el apoyo de las autoridades locales. Sin embargo, el principal fruto de dichas
giras propagandísticas fue la fundación de nuevos centros o secciones católicas como el
centro de Huancavelica o la sección juvenil católica de Huancayo. Allí donde
encontraron núcleos de católicos comprometidos, las asociaciones visitadas accedieron
a participar en el Primer Congreso Nacional de la Juventud Católica Peruana. Por lo
general, estas giras fortalecieron los lazos existentes entre los activistas católicos al
interior de la República, especialmente entre las asociaciones de provincias y las de
Lima.
Los problemas fronterizos con Colombia que desembocaron en la toma de Leticia
por tropas peruanas, el 1 de septiembre de 1932, y el subsiguiente conflicto militar que
se produjo entre ambos países tuvieron como consecuencia inmediata que el activismo
católico peruano reaccionara subrayando el sentido patriótico de su labor y su
alineamiento con la postura beligerante del gobierno. La primera muestra de ello la
encontramos en las declaraciones del presidente del Centro Católico del Callao, Cesar
A. León, con motivo de la sesión de dicho centro al día siguiente de asistir a la
manifestación patriótica del 20 de enero de 1933. Bajo el lema «SOLO EL
PATRIOTISMO SALVARÁ EL PERÚ» y describiéndose «…como católicos de acción
y soldados amantes de la Paz, el Derecho y la Justicia, Cesar León declaró:
Que como católicos somos enemigos del derramamiento de sangre, pero cuando la
planta del invasor ha hollado nuestro suelo, llega el caso de marchar al sacrificio y
unidos todos como en la grandiosa manifestación patriótica, retemplando los
256
El MC peruano al inicio de los años 30´
corazones y enardeciendo al alma nacional con el más puro patriotismo,
conquistaremos el Laurel de la Victoria.81
A las declaraciones patrióticas del Movimiento Católico juvenil, se sumaron otras
en el mismo sentido como las del Consejo Nacional de Mujeres del Perú. En los meses
que duró el conflicto se celebraron actos, denominados patrióticos-religiosos,
organizados por los centros católicos y las damas de acción católica, donde en torno a
misas oficiadas por los asesores eclesiásticos del Movimiento, como el jesuita Amelio
Plasencia, se reunieron multitudes en las que no faltaban soldados pertenecientes a
regimientos regulares así como ciudadanos movilizados por el gobierno; y donde, en
definitiva, grupos numerosos exaltaron la inextricable unión entre “Dios y Patria”.
Fruto del ambiente bélico descrito y de la posición que el Movimiento Católico
juvenil decidió asumir en el mismo, fue la creación en mayo de 1933 de la sección “Los
legionarios de Berchmans”. Este grupo militar-deportivo fue fundado al interior de la
sección juvenil del Centro de la Juventud Católica de Lima, denominada Sección
Berchmans; la que estaba dedicada al reclutamiento y formación de estudiantes de los
últimos años de instrucción media del Colegio de la Inmaculada, regentado por los
jesuitas, y de otros colegios católicos de la capital.
A partir de la fundación de la sección, la labor de los jóvenes legionarios fue
cubierta por la prensa católica. Por ella sabemos de su vestuario militar y de las
ceremonias en las que juraban su código de honor, de los desfiles y excursiones que de
forma regular realizaban a diversos puntos de interés de Lima y sus alrededores, como
explotaciones ganaderas, la base de hidroaviones del Callao, la isla de San Lorenzo, etc.
Aunque el vestuario, los rituales, las ceremonias e incluso determinados
elementos del discurso de algunas secciones juveniles fueron similares a los empleados
por los grupos fascistas, como los camisas negras del partido Unión Revolucionaria,82 el
grueso de las actividades de los centros católicos y la clara censura a dicha ideología por
parte tanto de Víctor Andrés Belaunde ̶ hecha pública desde su conocido artículo en
81
“Sociedades e Instituciones. Centro Católico del Callao” en Verdades (4 de marzo de 1933), p.4.
Probablemente fueron dichas semejanzas las que indujeron a José Ignacio López Soria a afirmar que el
movimiento católico de esos años se regía por o defendía un tipo propio de ideología fascista que
denominó fascismo mesocrático, que se caracterizaba por: primero, dudar de la capacidad de liderazgo de
la clase dominante, y no aceptar soluciones populistas o socialistas en la resolución de los problemas de
índole social; segundo, defender los intereses de las clases medias urbanas y profesionalizadas; tercero,
hacer pivotar su discurso en torno a la oposición orden-anarquía ̶ donde a las clases medias les
correspondía luchar por el orden como freno ante la dispersión generada por el capitalismo competitivo y
como muro de contención frente al peligro de penetración comunista–; cuarto, considerar el catolicismo
como un elemento constituyente esencial de la nacionalidad. López Soria, 1981: 21-25.
82
257
El MC peruano al inicio de los años 30’
Mercurio Peruano de 1923–83 como de otros relevantes dirigentes juveniles católicos,
que veremos con más detalle a continuación,84 nos invita a pensar que la gran mayoría
del Movimiento Católico se caracterizó por su talante reformista social cristiano y, por
lo tanto, se mantuvo alejado de las posiciones nacional-socialistas.
Otra de las consecuencias relevantes en el desarrollo de la acción católica peruana
derivadas del conflicto armado entre Perú y Colombia fue el traslado de la sede del
Primer Congreso Iberoamericano de Estudiantes Católicos (CIEC). La coincidencia de
las fases más agudas del conflicto con los meses en los que se deberían haber realizado
tareas imprescindibles para su correcta celebración, tales como la propaganda pública
del evento y la obtención de financiación, obligó al FDJCL –en coordinación con el
Secretariado Iberoamericano de Estudiantes Católicos (SIDEC) con sede en México– a
cancelar la celebración del congreso en la ciudad de Lima.
Nada más descartada la sede limeña, el SIDEC tomó la determinación de trasladar
el congreso a Roma, haciéndolo coincidir con el Secretariado Internacional de
Estudiantes Católicos, mejor conocido por el nombre “Pax Romana”, programado para
el mes de octubre de ese año.85 Lo que seguramente no sospecharon al interior de la
FDJCL es la influencia que sobre el desarrollo de la acción católica peruana tendría
tanto dicha asamblea como especialmente el viaje que, al término de la misma, los
delegados peruanos emprendieron por el viejo continente y que les permitió conocer de
primera mano tanto la realidad social como la experiencia del catolicismo social en
varios países europeos.
El primer paso del camino a Roma, en cualquier caso, fue la elección de los
delegados que representarían a los estudiantes católicos peruanos. Así, en setiembre de
1933, un comité presidido por el administrador Mariano Holguín, y con representación
tanto de los asesores eclesiásticos como del elemento seglar de los distintos centros
asociados a la FDJCL, eligió a los representantes peruanos para dicho congreso. Estos
pertenecían al núcleo de dirigentes católicos presentados anteriormente, siendo los
elegidos Cesar Arróspide de la Flor, presidente de la delegación, Ernesto Alayza
Grundy, David Vega Christie, Raúl Ferrero Rebagliati, Gerardo Alarco Larrabure,
83
“Un año de fascismo” en Mercurio Peruano LXVI (Diciembre 1923), pp.250-256.
En este sentido, resulta claro el relato sobre la angustiosa situación política, social y religiosa de la
Alemania nazi que realizó Gerardo Alarco, delegado de la FDJCL al congreso Pax Romana, tras realizar
una corta visita a dicho país después del congreso que condensó en las siguientes palabras: « [el nacismo]
como movimiento histórico, significa el surgimiento de un nuevo paganismo que ha deificado a la Raza y
el Estado», en Verdades (5 de mayo de 1934), pp.4-5.
85
El fallecimiento del cardenal Cerreti, sin embargo, provocó que la fecha del CIEC se retrasase al mes
de diciembre de ese año.
84
258
El MC peruano al inicio de los años 30´
Enrique Cipriani Vargas y Manuel Vélez Picasso.86 Dos meses más tarde, sin embargo,
en el momento en que se embarcaban hacia Roma, se habían producido algunos
cambios en la delegación; y, así, en la pequeña reseña que el semanario Verdades
dedicó a cada uno de los delegados, comprobamos la ausencia de Manuel Vélez Picasso
y la incorporación de Gregorio Durand Flores, Francisco Mendoza Canaval y Manuel
García Calderón.87 Finalmente, en diciembre, ya sea en la foto de los asistentes al
congreso realizada en el Colegio Pio Latinoamericano o en la realizada con motivo de la
audiencia de Pio XI a los delegados peruanos, aparecerán sólo Raúl Ferrero Rebagliati,
Ernesto Alayza, Francisco Mendoza Canaval, David Vega Christie, Cesar Arróspide,
Enrique Cipriani y Gerardo Alarco.88
Más allá de las personas concretas que se desplazaron a Roma, interesa subrayar
el bagaje cultural y religioso que los delegados trajeron a su regreso a Lima meses más
tarde y al que Verdades dedicó varias páginas.89 Concretamente fueron Cesar Arróspide,
Gerardo Alarco, Ernesto Alayza y Enrique Cipriani quienes, a preguntas de dicho
semanario, trataron el origen y el sentido del encuentro al que habían acudido a Roma;
abordaron el contexto social y político europeo, y realizaron un análisis de las
asociaciones católicas que operaban en el mismo. Todo con el propósito principal de
extraer conocimientos y experiencias válidas para combatir la descristianización de la
sociedad peruana. Convencidos de que esta tarea requería organizar la Acción Católica,
los delegados aprovecharon la oportunidad que les brindaba Verdades para exponer la
forma específica que ésta (la AC) debía adoptar en Perú.
Los representantes peruanos, por un lado, reconocieron que el CIEC había
cumplido dos fines principales: uno, crear la Confederación Iberoamericana de
Estudiantes Católicos, entre aquellos llamados a liderar la sociedad del mañana; y dos,
poner de manifiesto clara y rotundamente la unidad iberoamericana y constituirse como
el primer y más decisivo paso en pro del acercamiento entre los países del subcontinente
sudamericano. Por otro lado, afirmaron que Europa estaba a la vanguardia cultural pero,
al mismo tiempo, que padecía una espantosa crisis, especialmente evidente en el caso
alemán. En opinión de Alarco, Alemania era el país más culto de Europa, pero donde se
86
“Primer Congreso Iberoamericano de Estudiantes Católicos” en Verdades (30 de setiembre de 1933),
p.3.
87
“Jóvenes y Juventudes. Hoy se embarcan los Delegados del Perú al Primer Congreso Iberoamericano
de Estudiantes Católicos de Roma” en Verdades (4 de noviembre de 1933), p.5.
88
“Una audiencia de su santidad” en Verdades (24 de febrero de 1934), p.3.
89
Verdades (5 de mayo de 1934) pp.1-13.
259
El MC peruano al inicio de los años 30’
evidenciaba un mayor tedio por el saber, existía un hastío generalizado hacia la misma
cultura; y, posiblemente como consecuencia de todo ello, el nazismo ejercía el poder.90
El grado de conocimiento que alcanzaron de las organizaciones y, en general, de
la actividad católica en el viejo continente, llevó a los delegados a calificar a Bélgica
como el país que marchaba a la cabeza del Movimiento Católico; y es que, en su
opinión, allí no había sector social en el que la idea católica no estuviera plasmada en un
organismo encargado de incorporarla a la vida de toda la nación. Sin embargo, según
Cipriani, el ejemplo a seguir en Perú era el de la Acción Católica Italiana por ser «…la
más adaptable a nuestra realidad social [peruana]…la que más se ajusta a nuestras
necesidades».91 Con todo, ya fuera en Alemania, Francia, Bélgica o Italia, los delegados
mostraron su asombro ante el número de afiliados de algunas asociaciones católicas;
entre ellas la Liga de Trabajadores Cristianos belga (con 350.000 miembros) o la
Acción Juvenil Obrera de París (con 700.000 afiliados).
Al describir las bases sobre las que se debía construir la Acción Católica Peruana
(ACP), los delegados hicieron especial hincapié en dos: una, el mundo obrero; y dos, la
autonomía de la asociación respecto a la jerarquía eclesiástica. Los delegados
consideraron imprescindible integrar en la ACP a la clase obrera a través de sindicatos
profesionales católicos y organizaciones juveniles católicas obreras, a la manera en que
éstas estaban organizadas en Bélgica o Francia, los conocidos como jocistas. En su
opinión, era necesario «…oponer al principio marxista de la lucha de clases el principio
cristiano de colaboración de clases inclinándose siempre al lado del trabajador
injustamente explotado hoy por la burguesía y las clases altas que viven adheridas a los
restos del decadente liberalismo del siglo pasado». 92
Los delegados demostraron poseer un talante abierto e inclusivo, y ser proclives a
la autonomía de las asociaciones que constituyeran la ACP respecto de la jerarquía
eclesiástica. En palabras de Cipriani:
En la campaña jocista, así como en todas las obras de la acción católica, y siguiendo
el pensamiento del Papa de la Acción Católica, S. Pio XI, es el individuo de la
misma clase, el elemento laico que hace la conquista y realiza el apostolado sin
intervención de la jerarquía eclesiástica que se […] a la formación de estos
propagandistas y a mantener el dogma y la moral en las diversas instituciones.93
90
Como ya indicamos, Alarco consideraba el Nazismo como «…un nuevo paganismo que ha deificado a
la Raza y al Estado». “La Iglesia Católica y el Régimen Nacional Socialista en Alemania” en Verdades (5
de mayo de 1934), p.5.
91
Ibíd. p.4.
92
Ibídem.
93
Ibídem.
260
El MC peruano al inicio de los años 30´
No deja de sorprender por avanzada, para el contexto peruano, la opinión del
mismo Cipriani quien, al llamar al establecimiento de ligas de padres de familia
siguiendo el ejemplo francés,94 recomendó la participación en las mismas de todo padre
de familia cualesquiera que fuesen sus convicciones religiosas.95
Finalmente, en línea con el interés creciente de la juventud católica hacia los
ámbitos laboral y social, los delegados hicieron mención a la ponencia que habían
presentado al CIEC, titulada Dictamen sobre el Problema Nacional Agrario; la que, tal
y como indicó hace unos años Planas Silva,96 contenía un diagnóstico serio del
problema y ofrecía soluciones al mismo inspiradas en los principios social cristianos.
5.2.5. El camino al Primer Congreso Eucarístico Nacional
En el transcurso de 1933, pese a la grave disrupción en el país que supuso el
asesinato del presidente Sánchez Cerro y a la posterior elección de un nuevo arzobispo,
Pedro Pascual Farfán de los Godos, hasta entonces obispo de Cuzco, la FDJCL no
cambió su rumbo. Es cierto que advertimos una intensificación en los ataques al
comunismo por parte de sus dirigentes, llegando éstos a decir que en esos «…momentos
no cabían situaciones intermedias, que sólo habían dos ciudades que se disputaban el
predominio del mundo, Roma y Moscú. Roma la Ciudad Eterna de la Paz y de la Fe,
Moscú, la ciudad negra del odio y del materialismo».97 Sin embargo, al menos en sus
declaraciones públicas, la dirigencia juvenil católica siguió manteniendo la misma
posición ideológica de su pasado reciente, que la alejaba de la derecha y del calificativo
conservador que algunos empleaban al referirse a ella. Tal y como afirmó Raúl Ferrero
Rebagliati, presidente del CCB, «Lejos del egoísmo de la derecha, la juventud católica
tiene como esencial preocupación procurar el advenimiento vecino de una justicia social
verificada dentro de los linderos cristianos».98
La información contenida en los artículos que dedicaba el semanario Verdades a
la actividad de los centros juveniles católicos indica que éstos celebraban
periódicamente misas y comuniones en grupo, reuniones semanales, y Círculos de
Estudio sobre asuntos sociales, apologéticos y relativos a la acción católica. Y, en
ocasiones, miembros destacados de la comunidad católica ofrecían formación reglada a
94
Recordamos que dichas ligas habían sido uno de los fallidos proyectos estrella de la Junta Organizadora
de la Acción Católica en Perú a finales de la década de 1920, aunque en ese momento sólo se pretendía
organizarlas en los colegios católicos.
95
“Enrique Cipriani” en Verdades (05 de mayo de 1934), p.13.
96
Planas Silva, 1996: 98-101.
97
“Centro Católico de Barranco” en Verdades (27 de mayo de 1933), p.4.
98
“En el centro “Fides” en Verdades (19 de agosto de 1933), p.4.
261
El MC peruano al inicio de los años 30’
la juventud masculina, como el curso de pedagogía impartido en el CJCL por el Dr.
Jiménez Borja en junio de 1933. La práctica totalidad de los centros continuaba
colaborando con las Conferencias de San Vicente de sus localidades respectivas y
algunos tenían a su cargo una escuela para familias de escasos recursos, y catecismos
dominicales, establecidos generalmente en las parroquias.99
Por otro lado, los centros juveniles católicos poseían una oferta análoga a los
clubs culturales o deportivos. A semejanza de estos últimos, todos ellos contaban o
tenían acceso a instalaciones para la práctica tanto deportiva -canchas de baloncesto o
mesas de ping-pong- como lúdica –mesas para la práctica del billar y el ajedrez-, y
algunos contenían bibliotecas propias, tal era el caso de Fides y los CJCL y CCB.
Verdades recogía habitualmente crónicas de contiendas deportivas entre las secciones
juveniles de los distintos centros o entre estos y equipos pertenecientes a otras
instituciones, como el Reformatorio de Menores de Surco. Finalmente, las secciones
juveniles de los centros católicos, como los Legionarios del Berchmans, organizaban
regularmente excursiones al campo y certámenes culturales y literarios.
En mayo de 1933, a resultas de la aprobación de una ley que ratificó los Decretos
Leyes 6889 y 6890 sobre divorcio absoluto y matrimonio civil obligatorio, e introdujo
el divorcio por mutuo disenso, la juventud católica se sumó a la infructuosa campaña
que el Movimiento Católico emprendió para que el presidente Oscar Benavides
observara dicha ley.100 Profundizando en esta línea, desde finales de ese año y
coincidiendo con el nombramiento de Farfán como arzobispo de Lima, vemos cómo la
juventud católica limeña progresivamente estrechó su relación y coordinó su acción con
otras asociaciones católicas al interior de la diócesis de Lima, concretamente con las
Juntas Parroquiales de la Acción Católica y la Acción Católica de Damas Peruanas, así
como con las juventudes católicas de algunas provincias, especialmente la de Arequipa.
En julio de ese año, finalmente, se celebró el Primer Congreso de la Juventud Católica
Peruana.
Con todo, un año más tarde, los informes remitidos al nuncio Cicognani por
destacados miembros de la jerarquía católica mostraron algunas luces y muchas
99
A la altura de 1933 el CCM sostenía una escuela nocturna en el barrio de Surquillo, el CJCL
colaboraba con varios profesores en una escuela gratuita en Tigre, sostenida por la Congregación de
Artesanos de San José y el CCCH enseñaba tenía un Catecismo Dominical en la parroquia de Chorrillos.
“Actividades de la Juventud Católica de Lima durante el mes de Mayo” en Verdades (17 de junio de
1933), pp.3-4.
100
“Memorial presentado al señor Presidente de la República por la Federación Diocesana de la Juventud
Católica y los Centros Afiliados con motivo de la Ratificación de los Decretos-Leyes 6889 y 6890” en
Verdades (13 de mayo de 1933), p.2.
262
El MC peruano al inicio de los años 30´
sombras en el Movimiento Católico peruano. Entre ellos, destacan, por un lado, el de
Juan Albacete, asesor eclesiástico del CJCL, quien en julio de 1934 afirmó, por una
parte, que la FDJCL había entrado en una calma claramente perjudicial para el interés
de la Iglesia; y, por otra, que el arzobispo Farfán mantenía ciertas reticencias hacia el
Centro de Extensión Católica -nueva asociación surgida de la fusión del Centro Fides
con un grupo de jóvenes universitarios de la universidad católica-.101 Por otro, el de
Juan G. Guevara, organizador de la Acción Católica en Arequipa quien, en febrero de
1935, reconoció el escaso desarrollo que hasta ese momento había alcanzado la acción
católica en la República. En apoyo de su tesis, este último afirmó que en la diócesis de
Puno no existía acción católica y en Cuzco existía sólo de nombre; que en Trujillo,
Huánuco y Ayacucho sólo había algunas organizaciones católicas dispersas y
desvinculadas entre sí; que en Lima no operaban asociaciones de acción católica
masculina ni de la juventud femenina; y que la diócesis de Arequipa, pese a ser la única
que contaba con organizaciones de acción católica masculina, femenina, de la juventud
católica masculina y con varias organizaciones católicas obreras, no disponía de la
correspondiente a la juventud femenina.102
Pese a la modernidad de algunos de los planteamientos de la juventud católica y
de su principal mentor, Víctor Andrés de Belaunde, y a los conflictos no resueltos con el
gobierno –en particular el relativo a la legislación sobre el matrimonio civil y el
divorcio– la consolidación de Benavides en el poder provocó que las organizaciones de
jóvenes católicos perdieran gran parte de su fuerza reivindicativa.
Con todo, la juventud católica continuó solicitando su derecho a ser escuchada por
representar «…una de las fuerzas vivas de la nacionalidad y porque tiene clara
conciencia de su misión histórica»;103 emitió declaraciones como las de Raúl Ferrero
Rebagliati, en las que éste afirmó la necesidad de reemplazar «…las ineptas oligarquías
adineradas que dominan el presente: las elites de la inteligencia»;104 y expuso tanto el
programa económico-social del catolicismo social, como su proyecto, antes citado, de
Reforma Agraria para Perú. Sin embargo, la juventud y, en general, el Movimiento
101
Comunicación de Juan Albacete a Cicognani, del 14 de julio de 1934, en ASV, NP. Monseñor Gaetano
Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607.
102
Comunicación de Juan G. Guevara a Cicognani, del 12 de febrero de 1935, en Ibíd.
103
“La juventud católica tiene derecho a ser escuchada porque representa una de las fuerzas vivas de la
nacionalidad y porque tiene clara conciencia de su misión histórica” en Verdades (24 de marzo de 1934),
p.7.
104
“La Universidad debe orientar las reivindicaciones de la clase trabajadora-Dijo Raúl Ferrero Rebagliati
en la reapertura de la Universidad Católica” en Verdades CLXXXIII (21 de abril de 1934), p.1.
263
El MC peruano al inicio de los años 30’
católicos se mantuvieron alejados de la política activa y abandonaron definitivamente su
antigua ambición por organizar un partido político.
De hecho, en las elecciones previstas para el 30 de setiembre de 1934 con el
objeto de cubrir las vacantes del congreso,105 el órgano de prensa de la juventud
católica, Verdades, se limitó a recordar a los ciudadanos su deber de dar el voto sólo a
aquellos candidatos que, con independencia de su orientación ideológica, garantizasen
respetar los derechos de la religión;106 y solicitó del gobierno que levantara las
restricciones que pesaban sobre el APRA, no sólo para que éstas no sirvieran como
excusa de un más que probable descalabro electoral de las izquierdas sino «…porque
nada sacamos con tener un parlamento de centro o de derecha, cuando en la conciencia
pública está que dicho parlamento no representa la opinión efectiva del país».107
Como veremos en el último capítulo de este trabajo, la desactivación política del
Movimiento Católico se vio favorecida por la voluntad del presidente Benavides de
estrechar los lazos entre la Iglesia y el Estado, y de incorporar a su programa de
gobierno la agenda del catolicismo social. Por el momento, baste decir que esto se
evidenció, en primer lugar, en el nombramiento de prominentes católicos en importantes
magistraturas del Estado;108 en segundo lugar, en las políticas sociales -particularmente
educación, trabajo y salud pública- impulsadas por el gobierno; en tercer lugar, en el
apoyo de éste al Primer Congreso Eucarístico nacional previsto para finales de 1935; y,
finalmente, en los esfuerzos del ejecutivo por firmar un Concordato entre el Estado y la
Santa Sede antes de las elecciones de 1936.
105
Dichas vacantes se produjeron por el apresamiento y deportación de 23 congresistas (pertenecientes al
APRA) en febrero de 1932 y se oficializaron en marzo de 1933 mediante la ley 7717.
106
En particular, Verdades apuntó los tres postulados que debía defender todo candidato católico:
primero, la conservación de las relaciones amistosas entre la Iglesia y el Estado por medio de un
concordato. Segundo, la conservación de la instrucción religiosa oficial dentro del horario de las clases.
Tercero, la rectificación de la ley del divorcio y matrimonio civil en los puntos que atacaban a la doctrina
católica. “Ciudadano Católico” en Verdades CCIII (8 de setiembre de 1934), p.1.
107
Ibídem.
108
Concretamente, los principales nombramientos fueron: uno, el del reconocido católico José de la Riva
Agüero como presidente del Consejo de Ministros y ministro de Justicia, Instrucción, Culto y
Beneficencia, en noviembre de 1933; dos, el de Belaunde, en un primer momento junto a Víctor Maurtua
y Alberto Ulloa Sotomayor, como delegado peruano en las conversaciones de Río de Janeiro (con
Colombia por el conflicto de Leticia); y, posteriormente, como Ministro Plenipotenciario en dicho país. Y
tres, el de Carlos Arenas y Loayza como Presidente del Consejo de Ministros en diciembre de 1934.
264
El MC peruano al inicio de los años 30´
5.3 El tránsito hacia la ACMP
La consulta de diversos tipos de fuentes, entre las que destacan seis memorias de
actividades del Consejo Arquidiocesano de Lima,109 la correspondencia interna e
internacional de éste, las actas de las asambleas de los secretariados parroquiales de la
arquidiócesis así como las memorias y algunos textos de carácter normativo de la
sección diocesana de Arequipa, nos ha permitido analizar la reactivación y
consolidación de la ACDP en el periodo comprendido entre fines del año 1931 y
diciembre de 1934, momento en el que la dicha asociación pasó a llamarse Acción
Católica de la Mujer Peruana (ACMP) que, en opinión de las activistas, «…siendo aquel
más general conviene a todas las clases sociales que con el tiempo han de unirse a
nuestro apostolado».110
5.3.1. El renacer de la ACDP
La ACDP, luego de ampliar su base y dirigir su actividad hacia el conjunto social,
disminuyó sustancialmente su actividad en el periodo de gran inestabilidad que siguió a
la caída de Leguía –más concretamente entre mediados de 1930 y finales de 1931– hasta
el punto de cesar la comunicación de los consejos diocesanos con la sede central en
Lima. Tenemos muy poca información de ese año y medio aunque según Elmore de
Thorndike, «Preocupadas desde el comienzo por fusionar las fuerzas católicas, puesto
que “la unión hace la fuerza”, [las activistas de ACDP] quisimos injertar nuestra
actividad en la Unión Católica de Señoras, que por tantos años habían mantenido en alto
el prestigio religioso de Lima». 111 Virginia Candamo se retiró del cargo en 1930, puesto
que le fue ofrecido a la presidenta de la Unión Católica de Señoras, Eugenia Rosas de
Porras, con la intención de unir las fuerzas de ambas entidades, aunque no se consiguió
hasta muchos años después.112 La unión no fue posible, según Elmore de Thorndike
109
En las fechas siguientes: la 5ª Asamblea el 21 de febrero de 1932, la 6ª el 31 de julio de 1932, la 7ª el
24 de octubre de 1932, la 8ª el 21 de mayo de 1933, la 9ª el 29 de octubre de 1933 y la 10ª en enero de
1934.
110
Ver carta del Secretariado Central a Sra. Carmen de Romaña, presidenta del SD de Arequipa, del 26 de
diciembre de 1934, en AACPL.
111
Elmore de Thorndike, 1959: 8.
112
Llegado ese momento, la decana de las asociaciones católicas femeninas fue disuelta y sus rentas
entregadas a la Acción Católica Peruana. Según registró Elmore de Thorndike: «Las instituciones tienen
un fin determinado, según las circunstancias, y la “eterna juventud de la Iglesia”, va evolucionando los
métodos de apostolado según las necesidades de la época. Comprendiéndolo así Su Eminencia el
Cardenal Guevara disolvió, muchos años después, la Unión Católica de Señoras y entregó sus rentas a la
Acción Católica, con estas memorables palabras: “Vosotras, señoras, habéis tenido la honra de ser las
265
El MC peruano al inicio de los años 30’
porque «El espíritu renovador de la Acción Católica no era suficientemente
comprendido» a finales de la década de 1920. Y es que pese a la colaboración puntual
de ambas entidades en campañas contra la promulgación de leyes contrarias a la Iglesia
había una serie de factores que no coadyuvaban a la fusión; entre otros, la distinta
procedencia de sus integrantes; sus diferencias tanto en la forma de concebir la realidad
social como de intervenir en ella; y, finalmente, su rivalidad por el liderazgo del
activismo femenino católico.
La asociación había despertado de su letargo paralelamente a la consolidación de
Mariano Holguín en el puesto de administrador apostólico de la arquidiócesis de Lima.
Reactivación que fue especialmente evidente después de la campaña electoral y
posterior victoria en las urnas de Sánchez Cerro en octubre de 1931; y que, en opinión
de Elmore de Thorndike, se produjo gracias a la firmeza de Monseñor Holguín y al
impulso del nuevo asesor eclesiástico de la asociación, el jesuita Benito Jaro.
Aunque en el transcurso del año 1931 tenemos nuevamente noticias de la marcha
de la asociación en Ayacucho, Chachapoyas y Trujillo, las principales bases del
renacimiento de la ACDP se localizaron en Lima y, en menor medida, Arequipa. Tras
salir del letargo, la ACDP concentró su actividad en tareas de carácter apostólicopropagandista y se mostró beligerante frente a los “enemigos de la Iglesia”. Esta actitud
fue evidente tanto en declaraciones de intenciones aparecidas en su órgano de
propaganda Acción Católica Peruana, que describía a las activistas «…cual ejército que
se aprestaba a luchar en el campo de batalla»113 como directamente en sus insignias, que
rezaban “Trabaja como buen soldado de Cristo”.
La ACDP, en un primer momento, se centró en extender su influencia y
organización a nuevas parroquias e incrementar la instrucción religiosa de sus afiliadas
a través de iniciativas de carácter técnico-formativo. Entre dichas iniciativas destacan la
publicación y difusión del folleto Acción Católica Peruana; la organización de Círculos
de Estudio y de conferencias -éstas impartidas por teólogos tales como Mons. Drinot y
Piérola, el padre Casimir de los Canónigos Regulares de la Inmaculada, sobre
Apologética, Liturgia, Historia de la Iglesia y Patrística-; la emisión de instrucciones
periódicas a los Secretariados Parroquiales y, finalmente, la creación de un Servicio de
Estadística con la misión de recabar, elaborar y presentar información de interés relativa
precursoras, como San Juan habéis preparado los caminos del Señor; Cristo ha llegado, hay que dejarle
paso», en Ibídem.
113
“Los Secretariados se caracterizan por su espíritu de conquista. Su misión es esencialmente apostólica.
¡Santa audacia!” en Acción Católica Peruana (21 de agosto de 1932).
266
El MC peruano al inicio de los años 30´
a la arquidiócesis. El primer proyecto de esta sección fue la confección de un catálogo
de las asociaciones católicas existentes en la arquidiócesis.114 Quiero concluir este punto
abordando el rol desempeñado por el Catecismo social en el ideario y agenda del
apostolado seglar femenino.
Tal y como se señala en la correspondencia e informes internos de la asociación,
uno de los principales textos de referencia de los Círculos de Estudio -organizados por
la ACDP tras la reanudación de sus actividades- fue el ensayo Catecismo Social,
publicado en España por el promotor y ex asesor de la Acción Católica Peruana, el
jesuita español Valentín Sánchez. De hecho, en nuestra opinión, dicha obra bien pudo
marcar la agenda de las activistas e, indirectamente, favorecer la creciente influencia de
la ACDP en la sociedad peruana.115
Ya fuera por el origen y prestigio de su autor, por el gran número de temas
tratados, por estar sólidamente asentada en la doctrina de la Iglesia –incluida aquella
más reciente–, por su clara voluntad didáctica116 o por las virtudes del texto,117 el caso
es que Catecismo Social fue una de las principales herramientas que la ACDP empleó
para consolidar sus bases ideológicas.118 Esta obra contribuyó a establecer la posición
de las activistas en relación a numerosos temas, siendo los principales entre ellos la
relación Iglesia-Estado, el papel de los católicos en política, la cuestión social, la acción
social y católica, el matrimonio y la educación. Con carácter general, Catecismo Social
facilitó a las activistas católicas parte de los “ladrillos” y un ideario, derivados ambos de
114
Ver “Memoria de las actividades del Consejo Arquidiocesano de la Acción Católica de Damas
Peruanas de mayo a octubre del presente año 1933”, p.3, en AACPL.
115
Sánchez, 1933.
116
Según Sánchez, la finalidad de la obra no era otra sino «Combatir este modernismo, jurídico y social,
que el Papa condena, vulgarizando las enseñanzas de los últimos Romanos Pontífices sobre el derecho
cristiano…[y] contribuir a la necesaria formación de la conciencia católica…» En cursiva y negrita en el
original. Sánchez, 1933: 9.
117
Derivadas de su escrupuloso orden expositivo, prosa sencilla y, especialmente, del uso del conocido
método socrático (de preguntas y respuestas) que encontramos frecuentemente en la literatura religiosa de
carácter educativo de la época. Entre la misma, un ejemplo es el Manual de la Doctrina Cristiana,
redactado y prescrito por Emilio Lissón como texto base para la instrucción primaria en la arquidiócesis
de Lima en 1922. Arzobispado de Lima, 1923.
118
Por supuesto no fue la única. Atendiendo a la correspondencia intercambiada entre el Consejo
Nacional y el Arquidiocesano de Lima la dirigencia consultó y distribuyó entre las activistas otras lecturas
consideradas indispensables, entre ellas: Noguer, 1929; Azpiazu, 1941, 1944; Mercier, [1910?]; González
García, 1908 y 1910; Vilariño, 193?; una Conferencia sobre la Acción Católica impartida por el entonces
párroco de Santa Ana ( y desde 1923 obispo de Huánuco) Mons. Vitaliano Berroa; y las encíclicas
“Rerum Novarum” de Leon XIII y “El Matrimonio cristiano”, “La educación de la juventud”, “Los
ejercicios Espirituales” y “Quadragesimo Anno” de Pio XI. Ver comunicación de Consuelo Harvey,
Secretaria del Consejo Arquidiocesano de ACDP, a Rosina D. de Cebrián, presidenta del consejo central
de la ACDP, del 22 de marzo de 1934, sobre el informe de las actividades de la ACDP en la
arquidiócesis, remitido en enero de ese año al nuevo arzobispo Farfán, y depositada en la sección relativa
a la Correspondencia entre el Consejo Nacional y el Consejo Arquidiocesano de la ACDP, en AACPL.
267
El MC peruano al inicio de los años 30’
las directrices pontificias, que éstas emplearon en la construcción de su identidad e
intereses; y, además, las conminó a impulsar e igualmente conformar su participación en
la acción católica peruana de acuerdo a unos objetivos concretos.
Catecismo Social afirmaba la diversa naturaleza de hombres y mujeres;119 y, en
razón de ella, su distinta función y obligación de complementarse tanto en la familia
como en el conjunto social.120 Describía la sociedad ideal como aquella formada por
familias en las que, primero, el padre percibiera un salario suficiente para «…su propia
sustentación y la de su familia»;121 segundo, se respetara la que denominaba jerarquía
del amor, es decir «…la primacía del varón sobre la mujer y los hijos, la sumisión de la
mujer y su rendida obediencia»; 122 tercero, se mantuvieran ámbitos de actuación
específicos para el hombre, “el gobierno”, y la mujer, “el amor”.123 Valentín Sánchez,
consideraba fundamental que todos los miembros de la familia contribuyesen a su
sostenimiento económico, sin embargo, partía de la premisa de que la mujer casada ¿quizá implícitamente todas?-, por mor de su “debilidad natural” y funciones a ella
encomendadas -entre las que destacaba la educación de sus hijos más pequeños-,124 se
debía al ámbito doméstico. Pese a lo anterior, lejos de sostener la sumisión
incondicional de la mujer a los dictados del marido,125 la obra afirmaba que la
obediencia debida al marido no suprimía la libertad de la mujer,126 no equiparaba a la
mujer a un menor, ni le negaba el ejercicio de sus derechos.127 Es más, reconocía la
igualdad de los esposos «…en los derechos y deberes de la persona y dignidad humana
y en los derechos y deberes conyugales»; 128 y, de acuerdo a «…las exigencias de los
tiempos», solicitaba que se avanzara también en la extensión de determinados derechos
119
«…al formar [Dios] los [a hombres y mujeres] desiguales en el organismo, en las inclinaciones y en
las aptitudes; todo en orden a los admirables designios del Creador», en Sánchez, 1933: 171.
120
«¿Qué destino les ha señalado Dios?//El de completarse recíprocamente en la familia y en la sociedad,
precisamente en virtud de su misma diversidad», en Ibídem.
121
Ibíd.: 109.
122
Ibíd.: 122.
123
Aunque no lo define explícitamente, en nuestra opinión, Sánchez sostiene la primacía moral de la
mujer y limita su campo de actuación a la salvaguarda tanto de la moral como de las costumbres
cristianas en la familia y, por extensión, en la sociedad.
124
En caso de necesidad «…es un crimen abusar de la edad infantil y de la debilidad de la mujer» y poco
más adelante, «…es gravísimo abuso, que debe con todo empeño ser extirpado, que la madre, a causa de
la escasez del sueldo del padre, se vea obligada a abandonar los quehaceres domésticos y, sobre todo, la
educación de sus pequeñuelos», en Ibíd.: 109.
125
«[La obedicencia] No la obliga a dar satisfacción a cualesquiera gustos del marido tal vez no muy
conformes con la razón o con la dignidad de la esposa», en Ibíd.: 122.
126
«En nada se opone a la libertad que en pleno derecho le compete, tanto por la dignidad de la persona
humana, como por sus nobilísimas funciones de esposa, madre y compañera del hombre», en Ibídem.
127
«No exige que la esposa haya de equipararse a un menor, a quien por falta de madurez de juicio o por
desconocimiento de los asuntos humanos, se le niega el ejercicio de sus derechos», en Ibídem.
128
Ibíd.: 135.
268
El MC peruano al inicio de los años 30´
civiles a las mujeres, según nuestro parecer, en clara referencia al derecho de
sufragio.129
Catecismo Social definía la acción católica como la participación de los seglares
católicos, de toda clase social, en el apostolado jerárquico de la Iglesia, con el fin de
extender y restaurar la civilización cristiana. Establecía que dicha participación debía
adoptar la forma de obras de carácter religioso y social;130 y, además, estar subordinada
a la autoridad de la Iglesia.131 Sobre los activistas, a los que denominaba milicia
espiritual,132 «linaje escogido, real sacerdocio, gente sana, pueblo de adquisición»,133
aconsejaba, en primer lugar, que fueran pocos y buenos, aptos «…para luchar en esta
espiritual milicia», y capaces de animar y dirigir a la muchedumbre. Y en segundo
lugar, que recibieran una sólida formación en la forma de «…cursos de ejercicios
particularmente reservados a las pacíficas legiones de estos valerosos soldados de
Cristo».134
En relación a la política, Catecismo Social insistía en que la acción católica debía
limitarse a «Preparar políticamente la conciencia de los ciudadanos», ya que su lugar
estaba fuera y por encima de todos los partidos:135 por un lado, porque su acción era
principalmente religiosa y dependiente de la jerarquía; por otro lado, porque debía
«…ser el terreno común donde colaboren los católicos de todos los partidos con unidad
de pensamiento y acción para la defensa de la Religión y de la civilización cristiana».136
Finalmente, Catecismo Social animaba a las mujeres a participar en la acción
católica y, en sintonía con su modelo identitario -hombres y mujeres-, les encargaba la
formación de la conciencia social, moral y religiosa de la sociedad.137 Más
concretamente, afirmaba que la juventud católica y la acción femenina católica debían
dedicar sus esfuerzos a la «formación, primeramente religiosa, y después moral,
intelectual, cultural y social» del pueblo, la primera,138 y «…contra la moda indecente y
contra tantos usos depravados que amenazan a la sociedad moderna con inevitable
129
«…a la autoridad pública toca acomodar los derechos civiles de la mujer a las exigencias de los
tiempos», en Ibíd.: 136.
130
Entendiendo por social cualquier «…acción benéfica a favor del pueblo, fundada sobre el derecho
natural y los preceptos del Evangelio (= justicia y caridad)», en Ibíd.: 107.
131
Ibíd.: 183-197.
132
Ibíd.: 188.
133
Ibíd.: 185.
134
Ibíd.: 190.
135
Ibíd.: 196.
136
Ibíd.: 195.
137
Ibíd.: 187.
138
Ibíd.: 192.
269
El MC peruano al inicio de los años 30’
ruina», la segunda.139 Como veremos a continuación, para los casos de Lima y
Arequipa, las recomendaciones expuestas se vieron claramente reflejadas en la labor de
la ACDP.
5.3.2. Expansión, propaganda y acción social católica del apostolado seglar
femenino en el transcurso de su consolidación (1931-1934)
Las principales actividades del apostolado seglar femenino en Perú entre 1931 y
1934 englobaron las denominadas por las activistas, Campañas de Saneamiento Moral y
Campañas Sociales, en defensa de los principios de la Iglesia en la sociedad; y otras
obras insertas en los ámbitos social, educativo y religioso; unas de características y
objetivos similares en todos los Consejos Diocesanos, y otras que respondieron a
intereses y particularidades propias del tejido asociativo existente en cada diócesis.
La Acción Católica de Damas Peruanas, al decir de las activistas, no pretendía
mermar las facultades de las asociaciones ya constituidas, sino que había nacido con el
objetivo de coordinar las organizaciones femeninas católicas, antiguas y modernas,
existentes; éstas podrían mantener su autonomía interna, ya fuera dentro de la Parroquia,
diócesis o arquidiócesis. Este apartado se dedica a la actividad y evolución de dicha
asociación en Lima y Arequipa, y analiza, en particular, las campañas arriba
mencionadas además del papel desempeñado por el Instituto Femenino de Estudios
Superiores que colaboró estrechamente con la ACDP.
A principios de 1932 detectamos el primer gran avance en el número de afiliadas
de la ACDP en Lima. La 5º asamblea de secretariados parroquiales de la arquidiócesis,
celebrada en el primer trimestre de ese año, contó con la participación del asesor
eclesiástico de la asociación, Benito Jaro, y de 139 delegadas de los 37 de secretariados
parroquiales erigidos en la arquidiócesis, de los cuales 15 tenían más de seis
miembros.140
A partir de ese año, además, sabemos que el Consejo Arquidiocesano se reunió y
emitió instrucciones a los secretariados parroquiales quincenalmente. Las Juntas, o
Secretariados Parroquiales y los Consejos Diocesanos se esforzaron en convertirse en
los lazos que debían unir a las distintas asociaciones o, en otras palabras, en los
instrumentos de coordinación que debían afianzar y profundizar dicha unión. Todas las
obras femeninas católicas estuvieron invitadas a participar en dichos organismos a
139
Ibíd.: 193.
Ver “Informe que eleva el Consejo Arquidiocesano al Consejo Central de las actividades en los meses
de Noviembre [de 1931] a Febrero 1932”, en AACPL.
140
270
El MC peruano al inicio de los años 30´
través de delegadas; entre ellas, los catecismos parroquiales, las Conferencias de San
Vicente, la Liga Eucarística o del Sagrado Viático, el servicio de estadística, las
bibliotecas, los roperos, la Buena Prensa, la propaganda católica, 141 los Círculos de
Estudio y la asistencia social.142
Las asambleas de los secretariados pasaron a celebrarse con una periodicidad de
entre cuatro y seis meses, y a ellas acudieron delegadas o representantes, normalmente
radicadas en la capital, de otros Consejos Diocesanos. Estas reuniones consistieron,
principalmente, en una puesta en común tanto de las actividades y proyectos de los
secretariados como de las respuestas a los cuestionarios que, en ocasiones, les eran
remitidos por el Consejo Arquidiocesano sobre temas diversos.143 En dichas reuniones,
además, se insistió en la necesidad de contar con un Centro de Estadística que
almacenara datos para su posterior tratamiento y profundizar en el sentido social de la
Acción Católica, definido como:
Reacción íntima y personal, espontánea de nuestro buen juicio y corazón ante las
miserias y necesidades de la sociedad humana. Además es una forma de hallar en la
asociación, en la mutualidad, en la cooperación, en el sindicato, es decir, en una
organización más perfecta de la sociedad, el remedio principal de los sufrimientos,
de la tortura: Forma de caridad social. El sentido social es cristiano y tan antiguo
como el cristianismo. Discernimiento prudente de lo que la justicia o la caridad
cristiana imponen o aconsejan a la sociedad o a nosotros mismos, en las relaciones
mutuas entre los hombres.144
En el transcurso de su consolidación, la ACDP desarrolló en Lima las referidas
Campañas de Saneamiento Moral y Campañas Sociales y, además, obras con el objeto
de regularizar ante la Iglesia la situación de parejas y familias; y catequizar colectivos
que requerían, en su opinión, especial atención, como el de las empleadas del hogar, los
niños, los soldados, los presos y los enfermos hospitalizados. Estas últimas incluían la
visita y enseñanza del catecismo en las parroquias, escuelas fiscales de ambos sexos,
141
En Julio de 1933 era creado un Servicio de Propaganda en la diócesis de Lima, distinto al de la Buena
Prensa, cuyas actividades eran la impresión de estampas, revistas, cuadritos, detentes, escapularios y
hojitas en número considerable para cárceles, hospitales y niños desvalidos, con el objeto de estimular su
asistencia a la doctrina. Ver Acción Católica Peruana (19 de noviembre de 1933).
142
Los Roperos, en general, fueron iniciativas dirigidas a repartir vestidos y ropa de abrigo entre las
clases humildes. Dicha ropa era adquirida mediante recursos obtenidos en colectas públicas, les era
entregada en donación o era fabricada por los mismos activistas. En los años analizados, la UCS primero
y luego la ACDP se esforzaron en organizar principalmente dos, con el objeto de que las clases humildes
tuvieran a su disposición vestuario adecuado para la celebración de bodas y comuniones. A finales de
1931 y a partir de un taller de costura del Colegio del Sagrado Corazón (San José), era constituido el
Primer Ropero de la Primera Comunión en Lima, el cual fue luego ampliado con una sección de novias.
143
Con especial referencia al cumplimiento de los objetivos expuestos en las reuniones anteriores se
detallaban las omisiones, triunfos y fracasos.
144
Extraído de “El Sentido Social” en Acción Católica Peruana (24 de abril de 1932).
271
El MC peruano al inicio de los años 30’
cuarteles, cárceles y hospitales, la administración de comuniones, la organización de
escuelas dominicales, bibliotecas para los catequistas y la creación de talleres de
confección y Roperos (específicos para trajes de primera comunión y de novia).145
Además, a través de su apoyo decidido a la conocida Obra de Nazareth, se dedicaron
también a la promoción de las vocaciones sacerdotales, especialmente entre las familias
humildes.
Por su parte, durante el mismo periodo, la sección diocesana de Arequipa se
centró en recabar financiación para el establecimiento de la congregación de Las Siervas
de María,146 de finalidad caritativo-asistencial y especializada en la asistencia de los
enfermos a domicilio; promoción de la actividad catequística –generalmente mediante el
reparto de obsequios con el objeto de estimular el esmero y la asistencia a misa de los
alumnos–; y fomento de la cultura religiosa mediante la organización de conferencias y
la creación de una biblioteca especializada en la acción católica.147
Finalmente, ambas secciones -Lima y Arequipa- se caracterizaron por extenderse
entre todas las clases sociales y por su elevado poder recaudatorio. Inicialmente, el
monto anual total que obtenían era el resultado de la suma, por un lado, de las
contribuciones efectuadas regularmente tanto por las socias activas como por aquellas,
denominadas protectoras, cuya principal (y, en muchos casos, única) aportación a la
asociación era de tipo económico; por otro, de tres colectas específicas aprobadas por la
asamblea episcopal peruana, éstas eran el día de la Acción Católica, que coincidía con la
festividad de Cristo Rey,148 y los dos últimos domingos de enero y julio. Con todo, era
tal la habilidad para recabar fondos de las activistas que varias organizaciones e
instituciones, como la Unión Católica de Caballeros o la Universidad Católica,
frecuentemente les solicitaban que fueran ellas las encargadas de realizar las colectas a
su favor aprobadas por los respectivos obispos diocesanos. Solicitudes a las que, en
algunos casos como los señalados, accedieron al entender que dicha labor caía de lleno
145
Dirigido a parroquias de escasos recursos, colegios y familias humildes, la finalidad del mismo era
proveer de ropa adecuada a quienes desearan celebrar el sacramento del matrimonio y la primera
comunión.
146
En dicha labor, recibieron la inestimable ayuda de la congregación de los Sagrados Corazones.
147
Entre 1931 y 1932 dichas conferencias fueron impartidas por Víctor Andrés Belaunde y los padres
descalzos Buenaventura Uriarte y Bernardino Izaguirre. Acción Social Católica de Damas Peruanas,
1932: 13.
148
Fiesta instituida por Pio XI el 11 de diciembre de 1925 y fijada para el domingo anterior a la festividad
de todos los santos.
272
El MC peruano al inicio de los años 30´
dentro del campo de acción propio de la acción social católica,149 pero que en la
mayoría de las ocasiones rechazaron; en palabras de las activistas, por «el injusto
recargo que con ello se origina a la labor de los Secretariados Parroquiales y la merma
consiguiente que para el mantenimiento de las parroquias pobres se deriva».150
Las Campañas de Saneamiento Social y las Campañas Morales emprendidas por
la ACDP y la ASCDP, respectivamente, en Lima y Arequipa, consistieron en
movilizaciones en respuesta, respectivamente, a prácticas sociales y proyectos
legislativos que no contaban con la aprobación de la Iglesia.151 Y, probablemente,
fueron las actividades que recibieron una mayor atención por los medios de prensa y, en
consecuencia, por la opinión pública peruana. A través de ellas, ambas asociaciones
obtuvieron el reconocimiento de las autoridades del Estado como interlocutoras
necesarias en la moralización de la sociedad peruana y, en varias ocasiones,
consiguieron sus objetivos más inmediatos.
Las primeras campañas tuvieron como objetivo principal la denuncia de la
promoción indebida de películas cinematográficas -concretamente, la efectuada por los
empresarios entre los escolares a la hora de salida de los colegios- o su proyección,
cuando estas contuvieran escenas que atentasen, en opinión de las activistas, contra la
moral. A éstas le siguieron otras que combatieron los proyectos relativos a la separación
de la Iglesia y el Estado, la ampliación de los decretos referentes al matrimonio civil y
el divorcio absoluto, y la nacionalización tanto de la enseñanza como de los bienes
eclesiásticos; medidas todas ellas debatidas por la asamblea constituyente surgida de las
elecciones generales de 1931.
Especialmente intensa fue la campaña del año 1932 contra la inclusión en la nueva
constitución de la separación entre la Iglesia y el Estado. En el transcurso de la misma,
se publicaron numerosos artículos en órganos de prensa católicos, especialmente en
Acción Católica Peruana, órgano de propaganda de la ACDP, y en el semanario
Verdades; y se enviaron memoriales a Mariano Holguín, en ese momento administrador
apostólico de la arquidiócesis, quien cumplidamente reenvió al presidente del Congreso
149
«…ya que [en el caso de la Universidad Católica] se trata de una obra que hace inmenso bien a la
juventud estudiosa y de mucha trascendencia para el futuro de la fe en nuestra Patria…», en Acción
Social Católica de Damas Peruanas, 1932: 15.
150
“Memoria de las actividades del Consejo Arquidiocesano de la AC de DP de mayo a octubre del
presente año 1933” p.9, en AACPL.
151
Sabemos que a dichas campañas normalmente se sumó la Unión Católica de Señoras.
273
El MC peruano al inicio de los años 30’
Constituyente, Luis Eguiguren.152 A decir del director de ASCDP en Arequipa,
Francisco Cabré, con motivo de dicha campaña:
[…] tuvimos que hacer un gasto bastante fuerte en telegramas al Presidente de la
República…Se pasaron circulares, se imprimieron hojas volantes […] emprendimos
el arduo trabajo de recoger firmas femeninas […] llegando a recoger en el plazo de
una semana ocho mil quinientas firmas en cada uno de los memoriales, solamente en
la ciudad [de Arequipa] y su contorno.153
Desde luego, como dijimos, los esfuerzos no fueron en vano ya que las activistas
consiguieron el reconocimiento de las autoridades y, en varias ocasiones, alcanzaron sus
objetivos. Una muestra del primero la obtuvieron cuando una comisión de damas
católicas, entre las que destacaban las representantes tanto de la Unión Católica de
Señoras como de la ACDP, se entrevistó con el presidente de la República al que
entregó un memorial en contra de la separación entre ambas instituciones. Luego, entre
los segundos, las mujeres católicas interpretaron como un éxito la redacción final de los
artículos concernientes a la religión contenidos en la nueva constitución de 1933. 154 En
Lima, la ACDP consiguió que las autoridades suprimieran las escenas que estaban
“reñidas con la moral” de dos películas, Adiós a las armas y Extraño Intervalo.155 Y, en
Arequipa, por un lado, logró que los propietarios de los cines desistieran de
determinadas prácticas comerciales dirigidas a los niños. En palabras del asesor
eclesiástico de la ASCDP:
Tuvo la ASC de DP noticia de que los empresarios de cinemas se apostaban en la
puerta de sus locales a la hora de salida de los colegios y hacían entrar a los niños a
la sala para pasarles cintas [...] Pasamos oficios a los señores Prefecto, Alcalde,
Inspector de Espectáculos y Comisionado Escolar, que nos contestaron de una
manera muy satisfactoria, y conseguimos poner término a un abuso tan perjudicial
para la niñez.156
152
Nos consta que Holguín envió dos comunicaciones a Eguiguren, fechadas el 18 de abril y el 22 de
junio de 1932, adjuntando respectivamente, 74 y 18 memoriales procedentes de todas las diócesis, en los
que se especificaban las parroquias firmantes (más de 100). ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani
(1928-1936), B. 127, Fasc. 491.
153
Acción Social Católica de Damas Peruanas, 1932: 10.
154
Finalmente el art. 232 de la nueva constitución quedó redactado en la forma siguiente «Respetando los
sentimientos de la mayoría nacional, el Estado protege la Religión Católica, Apostólica, Romana. Las
demás religiones gozan de libertad para el ejercicio de sus respectivos cultos» lo que llevó al director
eclesiástico de la sección a declarar «Tenemos la satisfacción de haber contribuido muy eficazmente al
relativo triunfo conseguido por la causa religiosa, pues en la nueva Constitución hay una implícita
profesión de fe y la seguridad de una amplia protección del Estado al catolicismo». Ibídem.
155
Ver carta del 4 de septiembre de 1933 enviada desde el Ministerio de Justicia, Instrucción, Culto y
Beneficencia a Francisca Paz Soldán y Rosina Dugenne de Cebrián, en Correspondencia del Consejo
Central y el Consejo Arquidiocesano de la ACMP, en AACPL.
156
Ibídem.
274
El MC peruano al inicio de los años 30´
Por otro, consiguió que la prensa local no cubriera la labor de los protestantes. De
nuevo en palabras de Cabré: «Como quiera que en dos diarios locales se secundaba la
labor nefasta de los protestantes…la ASC de DP tomó a su cargo evitar esta propaganda
y lo consiguió».157
Finalmente, cabe apuntar que el reconocimiento de las autoridades a la labor de la
ACDP se consolidó a partir de los trágicos sucesos de Trujillo.158 A título de ejemplo,
tenemos constancia de que, tras estos hechos, A. Bazo, presidente de la Junta de
Defensa Social -creada por el gobierno para combatir al APRA- solicitó la colaboración
del administrador Holguín, pero también de la ACDP. En una carta dirigida a esta
asociación, Bazo se interesó por el programa que iban a seguir las activistas católicas
para cumplir con los objetivos de la Junta e hizo hincapié en la clase de enemigo al que
se enfrentaban:
Que la horrible masacre llevada a cabo por los aprocomunistas de Trujillo,
asesinando bárbaramente a numerosos jefes, oficiales y soldados del Ejército y la
policía, conjuntamente con innumerables obreros y padres de familia demuestra los
criminales instintos de estas sectas internacionales.159
El empeño de las activistas católicas por proporcionar una adecuada formación
religiosa a distintos colectivos de mujeres se benefició de la creación en 1932 del
Instituto Femenino de Estudios Superiores (en adelante IFES) por la Universidad
Católica. De acuerdo a Hampe y a información contenida en el Archivo Central de la
Universidad Católica,160 dicho instituto nació con el propósito de brindar nociones de
cultura general a jóvenes con inquietudes intelectuales pero que no estaban atraídas por
157
Acción Social Católica de Damas Peruanas, 1932: 10-11.
El 7 de julio de 1932, masas apristas procedentes, según Basadre, de la hacienda Laredo e integradas
también por alumnos del Colegio Nacional San Juan, se apoderaron del cuartel O´ Donovan en Trujillo;
más tarde ese mismo día, gente del pueblo tomó el cuartel del Cuerpo de Seguridad y, finalmente, los
sublevados se hicieron con el control de dicha ciudad. La ciudad quedó en poder del pueblo y la cárcel de
los penados, y a resultas, especialmente de esto último, en la madrugada del 10 de julio se produjo el
horrible asesinato de catorce jefes, oficiales y soldados del ejército y veinte guardias civiles entre
oficiales, clases y guardas. La matanza de Trujillo, una de las páginas más abominables de la historia del
Perú, desencadenó una feroz represión por parte del gobierno y la escalada del conflicto. «En el Perú de
1932 hubo, por ambos bandos contendientes, un vasto derramar de sangre y de encono que anticipa el de
la guerra española de 1936 a 1939», en Basadre, 1983: vol. X, 239.
159
En la carta a Holguín, Bazo además sugería que de las tres direcciones generales creadas para la
realización del programa de la Junta, la Dirección de Propaganda Hablada, que se encontraba a cargo del
Dr. Gonzalo Herrera, ex director del diario católico Patria (desaparecido junto al partido Unión Popular),
debía ser la que más directamente estuviera en contacto con la Iglesia Nacional. Ver carta de Bazo a
Holguín, del 27 de agosto de 1932, en AACPL.
160
Entre la misma destaca un informe, del 15 de noviembre de 1959, remitido por Matilde Pérez Palacio,
durante muchos años secretaria y, luego directora del IFES, en la que trata la constitución y fines de dicho
instituto desde el momento de su creación en adelante. Archivo de la PUCP, Tomo Secretaría General,
años 1940-1964.
158
275
El MC peruano al inicio de los años 30’
seguir una carrera universitaria en sentido estricto.161 Sin embargo, diversas fuentes
indican que, a finales de 1934 y por razones que trataremos más adelante, al interés de
las jóvenes por ampliar los conocimientos adquiridos en el colegio, se sumó el
específico de las dirigentes católicas por recibir formación religiosa adecuada a sus
nuevos campos de actuación.162 Y, en consecuencia, el IFES se planteó como objetivos,
completar la formación cultural de la mujer y prepararla para el cumplimiento de los
nuevos deberes que exigía la vida moderna; y capacitarla para que pudiera cooperar
eficazmente en la Acción Católica, proporcionándole los conocimientos suficientes en
una serie de materias directamente vinculadas con dicho apostolado.
La corporación de la Universidad Católica, que en un primer momento había
asumido la dirección del Instituto, nombró a Beatriz Cisneros, primero directora, más
tarde consejera del Consejo Central de la Acción Católica de la Mujer Peruana y
vicepresidenta de la Acción Social del Magisterio Peruano,163 quien por unos años lo
manejaría con absoluta autonomía. A principios de 1935 el IFES impartía cursos de
Historia Literaria, Historia de la Cultura, Filosofía General, Filosofía de la Religión,
Estética, Cultura Religiosa, inglés y latín; formaba a futuras catequistas y contaba con
un servicio de información cultural, cuyo objetivo era poner en contacto a sus alumnas
con las actividades intelectuales y artísticas que se realizaban en Lima.
5.3.3. Situación de la ACDP previa al congreso eucarístico
La ACDP, favorecida por la mejora de las relaciones entre la Iglesia y gobierno
peruanos así como por un mayor reconocimiento de ambos a su labor,164 consiguió
movilizar a un número creciente de mujeres de la clase media limeña y erigirse en una
de las más importantes asociaciones seglares en la República; la entidad fue referente
para las miles de personas que acudían a misa semanalmente a sus respectivas
161
Hampe, 1989: 39.
Concretamente se han consultado los siguientes documentos: Tomos I y II del Archivo General
respectivamente de los años (1935-1941) y (1942-45); Tomo PUCP IFES Notas Finales (1934-5) y el
Tomo Secretaría General (IFES) Años (1940-1964); todos ellos depositados en el Archivo Central de la
PUCP.
163
Puestos que ocupó respectivamente en septiembre de 1934 y junio de 1935. Información extraída de
Elmore de Thorndike, 1959: 9; y de Acción Católica de la Mujer Peruana, 1935a: 184.
164
Que quedaría demostrado, para el primer caso, en el decreto emitido por Mariano Holguín mediante el
que se declaraba el último domingo del mes de octubre como “Día de la Acción Católica” y, además, se
aprobaba una colecta anual ese día en todas las iglesias de la arquidiócesis en favor de la Acción Católica;
la que sería organizada y gestionada por la asociación Acción Católica de Damas Peruanas en estrecha
colaboración con los párrocos y superiores de las iglesias. Ver “Decreto en pró [sic] de la “Acción
Católica” de Damas”, del 6 de octubre de 1931, en El Amigo del Clero CLXXXIII (octubre de 1931), pp.
212-213.
162
276
El MC peruano al inicio de los años 30´
parroquias y, por tanto, que tenían acceso a la hojita semanal Acción Católica Peruana,
distribuida y editada por manos femeninas. El despegue de la asociación se consolidó en
la arquidiócesis de lo que son indicadores tanto el aumento en el número de
secretariados parroquiales como en la frecuencia de sus asambleas. Desde su fundación
y hasta finales 1931 tenemos constancia que se celebraron cuatro; 165 posteriormente,
sabemos que tales reuniones tuvieron una periodicidad cuatrimestral o semestral, según
los años, y las memorias de actividad publicadas con motivo de las mismas, a las que
hemos tenido acceso en Archivo de la Acción Católica Peruana, reflejan el periodo de
gran vitalidad en que se adentró la asociación.166
A la altura de 1933, tenemos noticia de que la ACDP contaba con el importante
Consejo Arquidiocesano de Lima y los Consejos Diocesanos de Arequipa, Cuzco,
Ayacucho y Cajamarca; y, además, colaboraba en actos patrióticos y de apoyo al
gobierno, organizados por diversas asociaciones e instituciones a raíz del conflicto de
Leticia.167 A finales de ese año, gracias a un extenso artículo aparecido en Verdades,
sabemos que desde el Colegio de San Pedro de las religiosas del Sagrado Corazón, sede
que la vio nacer y que compartía con otras asociaciones católicas femeninas,168 la
ACDP se había extendido por la República.169 En la arquidiócesis de Lima la asociación
contaba con un 44 Secretariados Parroquiales, que habían celebrado 9 Asambleas
Generales de Secretariados hasta la fecha. Desde allí, la ACDP distribuía un órgano
oficial de propaganda, la hojita semanal Acción Católica Peruana; cuya tirada, según
las activistas, se dirigía a partes iguales a los templos de la arquidiócesis y, a través del
correo postal, al resto del país.
165
De las cuatro primeras asambleas – que se celebraron el 6 febrero y 1 de julio de 1928, y dos más en
1930, en fechas sin especificar– dio cuenta Elmore de Thorndike, 1959: 1, 4, 7 y 9.
166
La 5ª Asamblea se celebró el 6 de marzo de 1932, la 6ª el 31 de julio de 1932, la 7º, la 8º, la 9ª y la 10ª
respectivamente, los días 24 de octubre de 1932, 21 de mayo y 29 de octubre de 1933, y en enero de
1934. Memorias de las Asambleas de los Secretariados Parroquiales, en AACPL.
167
“Hoy, gran día Patriótico Femenino, hay un girón de nuestra Bandera en toda mujer que nació o vive
en el Perú-Feliz Iniciativa del Consejo Nacional de Mujeres del Perú” en Verdades CXXV (11 de marzo
de 1933), p.1.
168
En dicha sede, además de la ACDP, operaban el Patronato del Sagrado Corazón, la Sociedad de
Maestras, la Congregación de las Consoladoras del Sagrado Corazón y una Escuela Dominical organizada
por la Unión Católica de Señoras. Ver “La Acción Católica de la Mujer” en Verdades (8 de diciembre de
1933), pp.12-13.
169
El artículo hacía referencia explícita a la labor del Consejo Arquidiocesano de Lima, y los diocesanos
de Ayacucho, Arequipa y Cajamarca. Ibídem.
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El MC peruano al inicio de los años 30’
Al año siguiente y según la memoria de actividades de la X Asamblea de
Secretariados Parroquiales celebrada en enero de 1934,170 la ACDP contaba con 23
secretariados parroquiales en la capital. Además de intentar expandirse hacia otras
diócesis, las principales obras de la asociación en esos momentos continuaban siendo el
Ropero de Primera Comunión y de Novias, la publicación de la hoja dominical Acción
Católica Peruana, la preparación y celebración de Círculos de Estudio -en los que
tendría un especial protagonismo el ensayo Catecismo Social de Valentín Sánchez-, y
los servicios de Estadística Arquidiocesana y Propaganda Católica. Al decir de las
activistas, tanto los roperos como la misma asociación recibían visitas y solicitudes de
las parroquias, escuelas fiscales y aún de particulares. Misioneros y sacerdotes, que se
ocupaban de cárceles y hospitales, se acercaban a ella aunque con otro propósito: el de
proveerse de recursos y materiales de propaganda católica.
En 1934 la ACDP reconstruyó los puentes que la unían a la Unión Internacional
de Ligas Femeninas Católicas. Una delegación peruana, conformada por María Isabel
Ferreyros de Swayne, Mary Thorndike Ortiz de Zevallos y Marie Blanc, promovió el
ingreso oficial de la ACDP en la UILFC y asistió al congreso que dicha organización
celebró en Roma entre el 26 de marzo y el 8 de abril de ese año. Y el 20 de agosto, el
arzobispo de Lima, Mons. Pedro Pascual Farfán, aprobó ad experimentum -por tres
años- el reglamento de la asociación, redactado por Rebeca Bellido de Dammert
(Secretaria del Consejo Central) y previamente aprobado por el director eclesiástico de
la asociación, el jesuita Benito Jaro.171 Una vez impreso, el Consejo Nacional, envió el
reglamento a todas las diócesis peruanas y, de nuevo, conminó a las activistas a
establecer Consejos Diocesanos allí donde no los hubiere.
Dicho reglamento, por una parte, reafirmó la doble finalidad social y religiosa de
la acción católica femenina al definir el objeto de ésta como:
[…] todas las cosas que directa o indirectamente pertenecen al divino ministerio de
la Iglesia y se dirigen a restaurar la vida católica en la familia y en la sociedad:
“Instaure omnia in Christo” // La Acción Católica de la Mujer Peruana, ha de ejercer
la Acción Social en todo lo concerniente a la mujer y el niño, organizará campañas
contra los vicios sociales y cooperará a toda noble iniciativa en defensa de la religión
y de la patria.172
170
Memoria que se adjunta en la carta de Consuelo Harvey, Secretaria del Consejo Arquidiocesano, a
Rosina Dugenne de Cebrián, fechada el 22 de marzo de 1934 y depositada en la sección referida a la
correspondencia entre ambas oficinas del AACPL.
171
Acción Católica de la Mujer Peruana, 1935b.
172
Ibíd.: 4.
278
El MC peruano al inicio de los años 30´
Objetivo muy similar a la definición genérica de la acción católica contenida en la
obra Catecismo Social de Valentín Sánchez:
[…] participación de los seglares en el Apostolado Jerárquico, para la defensa de los
principios religiosos y morales, para el desarrollo de una saludable y benéfica acción
social, subordinada a la Jerarquía Eclesiástica fuera y por encima de todos los
partidos políticos.173
Por otra, mantuvo la estructura existente en la asociación -de base parroquial-,
compuesta por un Consejo Nacional,174 varios Consejos Diocesanos -entre ellos el
Consejo Arquidiocesano de Lima- y, por debajo de ellos, los Consejos Locales,175 los
Secretariados Parroquiales y los Secretariados Locales -oficinas intermedias para el caso
de parroquias extensas-. El reglamento contempló también la posibilidad de que otras
asociaciones católicas implantadas a nivel nacional se adhirieran a la ACDP -tal sería el
caso de Acción Social del Magisterio Peruano- e introdujo una importante novedad: la
creación de secciones definidas por áreas de actividad y en dependencia directa del
Consejo Nacional. En un primer momento, éstas fueron las siguientes: Secretaría,
Estadística, Formación (encargada de organizar la Biblioteca, conferencias, retiros, la
escuela de catequistas, etc.), Cuestiones sociales (que velara por los Patronatos, la
moralidad de los espectáculos, etc.), Propaganda (responsable de la difusión de
encíclicas y pastorales, radio, prensa, viajes, etc.), Tesorería y, de forma independiente,
la de Redacción y Administración del órgano de prensa de la asociación, Acción
Católica Peruana.
5.3.4. El impulso a nivel práctico e ideológico de Christine d´Hemptinne al
apostolado seglar femenino en Perú
Los contactos de la ACDP con la UILFC favorecieron la visita a Lima de
destacadas dirigentes católicas extranjeras y, a raíz de ésta, se produjeron una mejora
significativa en la formación de las dirigentes peruanas; y un indudable impulso a la
constitución oficial de la Acción Católica de la Mujer Peruana.
Al poco de finalizar el congreso de la UILFC en Roma, entre el 26 de marzo y el
8 de abril de 1934, la delegada de la ACDP al congreso, María Isabel Ferreyros, remitió
a Rosina Dugenne de Cebrián, presidenta de la ACDP, la memoria de actividades, las
173
Ibíd.: 3.
Formado por un Consiliario nombrado por el arzobispo, la Presidenta, la Vicepresidenta, tres o más
Consejeras, la Delegada de la Junta Nacional ante la Juventud Femenina, las Presidentas de Sección, y
representantes de los Consejos Diocesanos y Locales)
175
Oficinas creadas en las capitales de departamento de provincia cuando la extensión de la diócesis no
permitía al Consejo Diocesano vigilar de cerca a los Secretariados Parroquiales.
174
279
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medidas aprobadas en el congreso y las conclusiones del mismo.176 Además, Ferreyros
aprovechó la misiva para transmitir a Dugenne de Cebrián el deseo de la presidenta de
la UILFC, Mme. Steenberghe-Engering, por recalar durante unos días en Lima,177
después de que asistiera al Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires en
octubre de ese año.178 Aunque no tenemos constancia de que Steenberghe viajase a
Perú, en cambio sí poseemos abundante información de la visita de otra importante
dirigente femenina católica, que dejaría honda huella tras su paso por la capital; esto es,
de la visita de Christine d´Hemptinne, presidenta de la Liga Internacional Femenina de
la Juventud Católica, quien recaló en Lima entre el 15 de Noviembre y el 5 de
diciembre de 1934.
Información de origen diverso indica que Hemptinne desarrolló una intensa labor
en la capital peruana. En el transcurso de su estancia, esta líder católica impartió un
curso de acción católica dirigido a la juventud femenina en el Colegio León de Andrade,
de las religiosas del Corazón de Jesús; además, según Francisca Paz Soldán,
vicepresidenta del Consejo Arquidiocesano de la ACMP,179 dictó un total de 27
conferencias en diversos centros religiosos, culturales, estudiantiles y obreros.180
La preparación, carácter y cualidades pedagógicas de Hemptinne así como las
conferencias por ella impartidas durante su visita a Lima influirían decisivamente en la
favorable evolución de la acción católica femenina en Perú. En relación a sus cualidades
como docente, Francisca Paz Soldán, sostuvo que las dotes y conocimientos de
Hemptinne se encontraban a la altura de los de Belaunde o del primer impulsor de la
Acción Católica de Damas Peruanas, el jesuita Valentín Sánchez, y añadió:
176
Basadas en prolijos estudios sobre las prácticas hechas por las profesoras pertenecientes a la acción
católica a escala internacional y especialmente encaminadas a mejorar la educación católica en colegios,
universidades y diferentes centros de beneficencia.
177
La solicitud, que tenía el apoyo del Cardenal Dolci, antiguo delegado apostólico en Perú, hacía
hincapié en que lo único que debía proveer la ACDP era el pasaje de Steenberghe entre Valparaíso y
Lima y los gastos de permanencia en la ciudad, de diez a quince días. Carta de María Ferreyros a Rosina
Dugenne, del 28 de mayo de 1934, en AACPL.
178
Al que asistiría María Rosario Araoz como como delegada de la Acción Católica de la Mujer Peruana
179
Hemptinne, 1935: 8.
180
En un informe, sin fechar, sobre la visita de Hemptinne, depositado en el ASV se expone la siguiente
relación de charlas: dos conferencias en la Sociedad Entre Nous; una para religiosas educacionistas en el
Colegio del Sagrado Corazón (Chalet de Chorrillos); una para catequistas en el Colegio de las Esclavas;
una en el Colegio Belén; una en el Colegio Villa María; una en el “Hogar del trabajo” regentado por las
religiosas de las Hijas de María Inmaculada a la que asistieron 300 jóvenes, en su mayoría empleadas de
comercio y obreras; una en la Universidad Católica para universitarias y estudiantes de segunda
enseñanza; una en la escuela normal de estudiantes, para 150 alumnas y un grupo de maestras en
ejercicio; y, finalmente, dos conversaciones con dirigentes de la Juventud de Jóvenes Católicos. “Visita
della signorina contessa Chr. Hemptinne presineta della sezione giovani dell’unione internazionale delle
leghe femminili cattoliche”, en ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 166, Fasc. 607.
280
El MC peruano al inicio de los años 30´
Tiene un cerebro masculino, es una especie de ingeniero de asuntos de espiritualidad
formidable y aunque saturada de religiosidad no es absolutamente beata y nada
melosa, como tantas personas de las que viven en esta forma […] a pesar de ser
delegada pontificia, tiene unas credenciales formidables del Vaticano, es el colmo de
lo natural, se ríe a carcajadas y se le puede hablar de cualquier cosa [...] Ella habla
para todo el mundo inclusive religiosas y párrocos [...] desgraciadamente los de aquí,
algunos de ellos los pobres, apenas si entienden español […]181
Tras su salida de Lima rumbo Bogotá y en una carta dirigida a Andrés
Belaunde, en esos momentos, Ministro Plenipotenciario de Perú en Colombia,
Soldán insistió en que Hemptinne:
[…] trae unas credenciales sólidas y rotundas del Vaticano y tiene una envergadura,
una masculinidad mental, un dinamismo y un [elevado] dominio de la ciencia social
moderna [...] // Que tus chicas no pierdan una sola de sus lecciones, aparte de lo que
gozarán y como católicas, no tenemos el paladar muy bien acostumbrado en este
sentido, les hará un bien positivo, penetrante y permanente […]182
Varias de las charlas del curso de Hemptinne fueron publicadas, primero, junto a
noticias relativas a la visita por ella realizada en el semanario Verdades; más tarde,
todas las charlas fueron recopiladas, resumidas, traducidas y editadas de forma conjunta
por la que, desde el cambio de nombre de diciembre de 1934, pasó a llamarse ACMP,
bajo el título Curso de Acción Católica.183
Hasta ese momento, las socias de la ACDP habían sido instruidas, por miembros
destacados de la jerarquía católica y las congregaciones religiosas, en los principios
generales de la religión católica, y particularmente sobre la acción católica; como
veremos a continuación, el curso que Hemptinne dirigió a la juventud femenina católica
permitió a ésta, primero, acceder a la experiencia de las asociaciones femeninas
católicas más avanzadas radicadas en el viejo continente, y tratar los “retos y amenazas
inherentes al mundo moderno”; segundo, proveerse de herramientas y conocimientos
prácticos esenciales en su quehacer diario dentro de la asociación. Algo, esto último, de
lo que había carecido su formación hasta la fecha.
181
La referencia a las características masculinas de Hemptinne confirma la gran aceptación de o
consenso, al menos entre las clases cultas de principios del siglo XX, sobre la teoría de la intersexualidad,
directamente inspirada en Weininger; la que afirmaba que los seres humanos tenían caracteres femeninos
y masculinos, y que el predominio de uno u otros determinaba el sexo de cada ser. Vista la importancia de
nuestro cerebro en la construcción de nuestra personalidad, el comentario de Paz Soldán ponía en
cuestión la feminidad de Hemptinne. Carta de Francisca Paz Soldán a Ma. Grande, del 30 de noviembre
de 1934, depositada en el Archivo del Instituto Riva Agüero, Epistolario Belaunde, VAB-E-1477. En
relación a la intersexualidad y otras teorías científicas sobre el género desarrolladas en el primer tercio del
siglo XX, consultar Aresti, 1998.
182
Carta de Francisca Paz Soldán a Víctor Andrés Belaunde, del 7 de diciembre de 1934, depositada en el
Archivo del Instituto Riva Agüero, Epistolario Belaunde, VAB-E-1477.
183
Los trabajos descritos fueron realizados por María Santolalla Bernal, Secretaria del Centro Nacional.
281
El MC peruano al inicio de los años 30’
El curso de Hemptinne constaba de dos apartados, el primero dedicado a aspectos
generales de la acción católica -naturaleza, objeto y organización- y de sus “enemigos” el liberalismo, el socialismo, el comunismo, el ateísmo…- así como al análisis de las
distracciones ofrecidas por la vida moderna a los jóvenes, especialmente la prensa, el
cine y la radio.184 El segundo, por un lado, versaba sobre la metodología a aplicar en los
Círculos de Estudio dirigidos a las activistas, la catequesis –principalmente la de la
infancia– y la acción católica sobre las masas; y por otro, trataba los criterios a seguir en
la elección y formación de las dirigentes de la rama de mujeres de la Acción Católica
Peruana. Este último apartado, además, hacía referencia expresa a los deberes y
responsabilidades de los principales puestos directivos de la asociación, concretamente
los de presidenta nacional, tesorera, secretarias, vocales y propagandistas.
La primera parte del curso, la referida a la acción católica (AC), dedicaba unas
palabras a recordar los comienzos del activismo femenino juvenil católico; el que nació
en Italia. Describía las dudas de la primera activista, Armida Barelli; la encrucijada en la
que se encontró, «entre la repugnancia de actuar en público y el llamamiento de la
gracia y de su obispo»;185 y su resolución final:
[…] no basta ya la piedad oculta y pasiva en las obras de misericordia ejecutadas en
la sombra, es preciso lanzarse al apostolado, hacerse aptas para organizar la lucha
por la defensa del catolicismo y para la conquista de las almas, y surge entonces un
ejército disciplinado, ilustrado, profundamente piadoso…maravillosamente apto para
las necesidades del momento.
Luego, mediante una prosa amena y un lenguaje sencillo y claro, se exponían los
fundamentos básicos de la acción católica, haciendo especial incidencia en, primero, la
obligación de la AC de seguir los dictados de la jerarquía eclesiástica. Segundo, la
urgencia de sus miembros a cultivar una sólida piedad y recibir una formación doctrinal
adecuada. Tercero, trabajar para conseguir el fin principal de la AC que era la
penetración del espíritu cristiano en la sociedad mediante “grupos de élite”; aunque, de
forma secundaria, ésta podía desarrollar labores de carácter social, piadoso, laboral, etc.
Cuarto, la importancia de la actuación de las mujeres católicas en la AC, concretamente
mediante su contribución en tareas propagandísticas o apostólicas en favor de la Iglesia,
pero sobre todo y de forma general, en relación a cuestiones sociales y pedagógicas.
184
Al decir de Hemptinne, este último subapartado se derivó de las sesiones de estudio que se celebraron
con ocasión de la asamblea de la UILFC de Roma en abril de 1934.
185
Hemptinne, 1935:20.
282
El MC peruano al inicio de los años 30´
Por otro lado, el apartado dedicado a los Círculos de Estudio, la catequesis y a la
acción sobre las masas, era fundamentalmente una guía práctica que contenía
definiciones y directrices generales, consejos, recursos didácticos e incluso contenidos o
guías curriculares. Así, exponía tanto los pasos o las fases de como las tres dinámicas
principales a seguir en los Círculos de Estudio: la conferencia, la conversación dirigida,
y la conversación simplificada.186 Insistía en que la catequesis debía ser animada y viva,
e incluía métodos para capturar la atención de los niños; entre ellos, la narración de
historias y el uso de preguntas que dirigieran la conversación hacia los puntos que la
catequista deseara enseñar. Quizá por la naturaleza particular tanto de los participantes
como de los tutores de los catecismos,187 el curso contenía además un programa
formativo completo.188
El Curso de Acción Católica sostenía que la acción católica sobre la sociedad de
masas requería un diagnóstico adecuado de la situación y la correcta formación de las
activistas, especialmente de las dirigentes.189 Finalmente, defendía el acceso de la mujer
católica a la universidad y el importante papel que las universitarias estaban llamadas a
realizar en el seno de la acción católica. Las razones dadas para dicho acceso eran que
las tareas del hogar requerían una cada vez mejor instrucción; el hecho que la sociedad
había asignado nuevos cometidos sociales a la mujer que «…si las católicas no los
hacen serán únicamente las no católicas las que los efectúen»; y que las universitarias
186
La primera consistía en una exposición de principios seguida de una discusión. La segunda alternaba la
exposición de principios con el intercambio de ideas, de tal forma que ambas se mezclaban o confundían
entre sí. Y la tercera, especialmente indicada si los participantes carecían de la suficiente formación,
constaba de una exposición de principios y de una discusión en la que los asistentes sólo debían asentir a
las preguntas-respuesta del director. Adicionalmente, los recursos auxiliares, que perseguían incrementar
la participación de los asistentes a las sesiones, eran los siguientes: Uno, repartir una batería de preguntas
o encuesta como vía para preparar la siguiente sesión, y que podría responderse de forma anónima. Dos,
comenzar la sesión con una lectura vívida de un pasaje polémico o de interés. Ibídem.
187
Aunque sabemos de la existencia de catecismos de adultos, la gran mayoría de los participantes eran
niños. Por otro lado, las catequistas en muchos casos eran activistas con escasa preparación y nula
experiencia docente.
188
Éste estaba dividido en tres años: el primero se dedicaba a las cuatro verdades principales
(1.Existencia de Dios. 2. Misterio de la Santísima Trinidad. 3. Misterio de la Encarnación y la Redención.
4. Premio y Castigo Eternos), a la formación de la conciencia (Mandamientos de la Ley de Dios y de la
Iglesia y a los pecados original, venial y mortal; y a los sacramentos del Bautismo, Confesión y
Comunión. Y los dos siguientes a profundizar en el Credo, los Mandamientos, los Sacramentos y la
Oración.
189
Para ello, recomendaba la realización de encuestas o censos mediante los que se obtuviera información
sobre, por ejemplo, el cumplimiento de los deberes religiosos o las condiciones económicas de la
feligresía.
283
El MC peruano al inicio de los años 30’
católicas podían servir de punta de lanza de la acción católica en este colectivo
universitario.190
El Curso de Acción Católica indica que Hemptinne, y en general las activistas
católicas europeas, creían que la educación era la vía principal para adquirir los
conocimientos, las habilidades e, incluso, las cualidades necesarias para el ejercicio de
la acción católica.191 Y, en consecuencia, consideraban que era fundamental la
utilización de una metodología educativa y, al interior de ésta, dinámicas formativas que
primaban el trabajo colectivo, la colaboración y el intercambio de ideas entre los/las
formadores y asistentes a cualquier curso aunque éste tratara asuntos y fuera
encaminado hacia conclusiones, ambos controlados por su director.192
*************************************
La visita de Christine d´Hemptinne a Lima fue el preludio de la eclosión del
activismo femenino en Perú; la que se produjo al año siguiente y de forma paralela tanto
a la organización como a la celebración del Primer Congreso Eucarístico Nacional
(CEN). De hecho, ambos procesos interrelacionados son objeto de estudio en los dos
últimos capítulos de este trabajo: el primero estudia la planificación y el desarrollo de
dicho congreso así como el nacimiento de la asociación Acción Católica Peruana
(ACP); el segundo aborda, por un lado, el interés del gobierno de Benavides en
estrechar los vínculos entre el Estado y la Iglesia peruanas y, por otro, la evolución del
apostolado seglar, especialmente el femenino, durante los años 1935 y 1936.
Como veremos en los próximos capítulos, el apostolado seglar masculino, tal y
como ya había hecho en el pasado, intervino en la organización tanto del CEN como de
la ACP. Sin embargo, tras la fundación oficial de esta última, siguió operando
diariamente a través de los Centros Católicos analizados en este capítulo; y sólo de
190
Una vez constituido un núcleo universitario femenino católico, concluía Hemptinne, éste debía dotarse
de una federación y comité directivo propio e integrarse en las estructuras ya existentes de la acción
católica nacional.
191
Quizá por ello, el texto describía con cierto detalle las cualidades naturales (inteligencia, buen sentido,
voluntad, entusiasmo, sociabilidad, orden y capacidad de trabajo) y sobrenaturales (esencialmente el
espíritu sobrenatural) que debían poseer las dirigentes de la Acción Católica.
192
A quien Hemptinne siempre menciona en género masculino.
284
El MC peruano al inicio de los años 30´
forma puntual acudió a actos públicos, procesiones o eventos, formando parte de la
ACP. Dicho de otro modo, la integración de las asociaciones masculinas católicas en la
ACP tuvo un carácter meramente formal o nominal; y como consecuencia de ello, las
ramas masculina y de la juventud masculina no llegaron a constituirse como verdaderas
asociaciones.
Por otro lado, tanto la labor apostólica realizada hasta ese momento por las
activistas católicas como el protagonismo creciente de las mujeres en los ámbitos social
y educativo, facilitaron que el arzobispo de Lima les asignara la organización de
importantes y complejos eventos durante el citado Congreso Eucarístico. Entre ellos,
destacan la Cruzada Eucarística, el Tesoro Espiritual de los Niños y la Comunión
Pública dedicada a la infancia, en la que según diversas fuentes participaron más de
50.000 niños. En ese momento, Acción Católica de la Mujer Peruana -la rama más
identificada con el proyecto de la ACP- agrupaba a mil setecientas socias entre activas y
afiliadas, “cual ejército en orden de batalla a la voz del prelado”, repartidas en el
Congreso Arquidiocesano, diez Consejos Diocesanos, treinta y dos Secretariados
Parroquiales en la Arquidiócesis de Lima, y cuarenta y tres Secretariados Parroquiales
repartidos por el resto del país.
285
El Primer Congreso Eucarístico Nacional
6. EL PRIMER CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL Y EL
NACIMIENTO DE LA ACP
Una vez recuperado el consenso en su seno, gracias, en gran parte, a labor de
Monseñor Holguín desde la sede limeña, y tras el nombramiento de Pedro Pascual
Farfán de los Godos como arzobispo de Lima, la Iglesia peruana caminó con paso firme
hacia la organización de la Acción Católica Peruana.1 Buena muestra de ello fueron la
pastoral de Farfán y su convocatoria del Primer Congreso Eucarístico Nacional, a
celebrarse en la capital peruana entre el 23 y el 27 de octubre de 1935. Este capítulo se
centrará en demostrar la estrecha vinculación existente entre dicho congreso y la
reactivación de la acción católica, así como en analizar los primeros pasos y las
principales inquietudes de la Acción Católica Peruana.
Pedro Pascual Farfán de los Godos, desde la primera carta a los fieles emitida con
motivo de su toma de posesión del arzobispado, y como antaño hiciera Holguín,
subrayó la importancia del apostolado seglar y convocó a los laicos, cual soldados a la
lucha, a la defensa de los principios y de la causa católicos.2 Meses después, en junio de
1934, tras la difusión de la información relativa al Movimiento Católico en el viejo
continente y, en particular, de la participación de los delegados peruanos asistentes al
Congreso Iberoamericano de Estudiantes Católicos, celebrado en Roma, Farfán publicó
una extensa carta pastoral dedicada exclusivamente a la acción católica.3
En líneas generales, para los conocedores de la doctrina social católica heredera
de la “Rerum Novarum”, la carta pastoral de Farfán no ofreció sorpresa alguna. El texto,
que no analizaremos en detalle, estaba dividido en siete apartados – 1. Idea de la Acción
Católica (en adelante AC). 2. Objeto de la AC. 3. Extensión de la AC. 4. Principales
caracteres de la AC. 5. La vida cristiana y la AC. 6. Cultura Religiosa y Social y la AC.
6. Necesidad de la AC ̶ y se limitaba, en primer lugar, a informar de las razones que
motivaban la urgente necesidad de promover la AC en el orbe católico; y, en segundo
lugar, a exponer «…las declaraciones expresas de la Iglesia» o, en otras palabras, las
directrices sobre el tema emitidas por los Sagrados Pontífices, desde Leon XIII hasta
1
Gracias a El Amigo de Clero sabemos que el diario El Comercio informaba en su edición del 23 de
septiembre de 1933 que Pio XI había ascendido a Farfán a la sede limeña. El Amigo del Clero CCVI
(setiembre de 1933)
2
El Amigo del Clero CCIX (diciembre de 1933).
3
“Carta Pastoral sobre la Acción Católica // Que el Excmo. Sr. Arzobispo dirige al Clero y fieles de la
Arquidiócesis”, del 30 de junio de 1934, en El Amigo del Clero MCCCXXII (julio 1934), pp.11-40.
287
El Primer Congreso Eucarístico Nacional
Pio XI. Con todo, merece la pena destacar que Farfán exponía en el texto el relevante
papel reservado a los seglares en la misma, siempre bajo la dependencia de la jerarquía
eclesiástica. En palabras del prelado:
Si es un verdadero apostolado [la AC], en el sentido cristiano de la palabra; si sus
miembros son apóstoles auténticos, misioneros y enviados de Jesucristo, aunque no
sean más que en un lugar secundario y como delegados de quienes poseen el título
principal, debemos afirmar que no hay nada tan noble y honroso en la sociedad
cristiana, puesto que es lo que más se acerca a la misma dignidad y misión de
Jesucristo y de sus representantes sobre la tierra.4
Y más adelante:
En rigor, la función de propagar el Evangelio, de adoctrinar las gentes en las
verdades de nuestra santa fé [sic] pertenece por derecho propio a los Apóstoles y a
sus sucesores; es función privativa de la Sagrada Jerarquía [...] // Por consiguiente,
toda colaboración de los católicos seglares en el apostolado tiene que subordinarse
absolutamente a las direcciones de la jerarquía”.5
Posición que seguramente, tal como vimos en el apartado concerniente al
Congreso de la Pax Romana, no compartía la dirigencia de la juventud católica, más
proclive a la autonomía de las asociaciones nacionales de la acción católica en su labor
diaria.
Toda vez que Farfán mostró una mayor sensibilidad que Holguín en relación a la
acción católica -la que le llevó, al poco de llegar al cargo, a definir tanto el campo de
actuación como el modo de funcionamiento de la misma- no es de extrañar que, como
veremos a continuación, fuera él quien diera el impulso definitivo para la organización
de la Acción Católica Peruana a través de otra importante decisión. Esta fue la idea de
celebrar en Lima el Primer Congreso Eucarístico Nacional Peruano, probablemente, el
tipo de evento religioso más relevante en esos años en el occidente católico.
6.1. Naturaleza y organización del Primer Congreso Eucarístico
Nacional peruano
Los congresos eucarísticos internacionales empezaron a organizarse a finales del
siglo XIX. El primero tuvo lugar, a iniciativa de una activista católica, María Marta
Emilio Tamisier, en Lille (Francia) en 1881 y su trayectoria no se ha interrumpido hasta
la actualidad. Desde el principio se fueron celebrando anualmente y en poco tiempo
llegaron a movilizar grandes concentraciones humanas. Se consideró tales eventos como
uno de los principales espacios para que la feligresía católica encontrara respuestas a las
4
5
La cursiva es nuestra. Ibíd. p.13.
Ibíd. p.27.
288
El Primer Congreso Eucarístico Nacional
necesidades de la sociedad, en palabras de Gastón de Segur, primer obispo que se
involucró en su organización:
Los Congresos Eucarísticos internacionales persiguen un fin exclusivamente
religioso, es decir, se proponen, por medio de la oración y con el intercambio de
ideas, manifestar, acrecentar y propagar la vida católica, buscando en la glorificación
de la hostia sagrada, el remedio a las necesidades presentes de la Iglesia.6
Si bien, desde el inicio, se conformó y se ha mantenido hasta el presente, un
Comité Permanente -en la actualidad denominado Comité Pontificio- para la
celebración de los congresos eucarísticos internacionales -que hasta 1950 tuvo su sede
en Paris-, la preparación de éstos ha recaído tradicionalmente en asociaciones laicas
locales y, entre ellas, especialmente en aquellas dedicadas a las "obras eucarísticas",
relativas a las diversas formas de adoración del culto eucarístico.
Los congresos eucarísticos nacionales y diocesanos, que nacieron a continuación,
han perseguido, ante todo, profundizar y consolidar el mensaje de estos últimos. En
Latinoamérica, el Primer Congreso Eucarístico Nacional se desarrolló en Santiago de
Chile en 1904.7 En el Primer Congreso Social Católico de Santiago, celebrado años
después (1910) y, especialmente, en el Congreso Eucarístico nacional celebrado en
Chile en 1916, se estudiaron las consecuencias negativas para la “raza indígena”
derivadas de la integración de La Araucanía al territorio chileno en los años posteriores
a la Guerra del Pacífico. Mientras tanto, en Perú, con anterioridad al Congreso
Eucarístico Nacional de 1935, tenemos constancia de la celebración en Cuzco,
auspiciado por su entonces obispo, Farfán, del Congreso Eucarístico Diocesano entre el
7 y el 10 de junio de 1928. El Congreso Eucarístico de Cuzco en 1928, por ejemplo,
había dado comienzo con una procesión solemne de la Virgen de la Descención [sic] del
Triunfo de la Compañía, e incluyó sendas Asambleas Eucarísticas, para religiosas y
sacerdotes; en las que se trataron temas tales como los siguientes: “Medios prácticos de
promover la devoción a la Sagrada Eucaristía en las parroquias” y “Administración del
Santísimo Sacramento por comunión y Viático”. En el transcurso del mismo, además, se
organizaron una Comunión General de niños y niñas en la Catedral; una Misa
Comunión específica para mujeres; y una Misa Solemne en el templo de Sacsayhuamán
6
Palabras extractadas de “El Congreso Eucarístico de Buenos Aires” en Verdades (8 de septiembre de
1934), p.5.
7
Con motivo de los congresos eucarísticos nacionales se levantaron monumentos conmemorativos y de
culto, como el del Cristo Redentor y la imagen de la Inmaculada (en la cima del Cerro San Cristóbal) en
Chile, en los congresos de 1904 y 1908 respectivamente.
289
El Primer Congreso Eucarístico Nacional
(especialmente dedicada a la raza indígena). El congreso se clausuró con una Gran
Pontifical y Solemnísima procesión final.8
Durante el periodo analizado, el programa de los congresos eucarísticos
generalmente contenía la celebración de misas multitudinarias, la exposición de las
labores realizadas por las asociaciones eucarísticas y diversas conferencias sobre temas
eucarísticos. En el transcurso de los mismos, se registraban las comuniones repartidas
durante las celebraciones; por ejemplo en Viena en 1912, las asociaciones prepararon a
100.000 niños para la primera comunión; y en Buenos Aires en 1934 se repartieron
100.000 comuniones a niños, 400.000 a hombres y 700.000 a mujeres.9 El momento
culminante era la solemne procesión eucarística con la participación del pueblo y, a
menudo, de las autoridades civiles. Y en las ceremonias de clausura se emitían
promesas, denominadas votos, como la de comulgar frecuentemente en el caso de los
adultos, u otras especialmente dirigidas a los niños. Sin duda, la celebración de los
congresos eucarísticos internacionales tuvo un fuerte influjo sobre los decretos de Pío X
tanto de la comunión frecuente (“Sacra Tridentina Synodus” de 1905) como de la
comunión de los niños (“Quam singularis” de 1910).
Pio XI fue el primer pontífice que impulsó la celebración de congresos
internacionales en ámbitos extraeuropeos, lo que posibilitó que del 10 al 14 de octubre
de 1934 se celebrara el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires. Este
congreso, junto con el diocesano de Cuzco fueron las referencias principales del Primer
Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Perú al año siguiente.
Verdaderas y complejas demostraciones del poder de la Iglesia, los congresos
eucarísticos precisaban una preparación minuciosa; la que habitualmente se iniciaba con
más de un año de antelación. En el caso peruano, aunque las primeras comunicaciones
oficiales del arzobispo Farfán sobre la convocatoria del I Congreso Eucarístico nacional
peruano se registran en 1935, tenemos constancia de que el proyecto surgió el año
anterior, en el transcurso de las labores del grupo de trabajo constituido para organizar
los actos religiosos de celebración del aniversario de la fundación de la capital de la
República. Así, el denominado “Comité Arquidiocesano para la celebración del IV
Centenario de la Fundación de Lima” ̶ formado por los párrocos de Lima, Callao y
8
ASV, NP. Monseñor Gaetano Cicognani (1928-1936) B. 145, Fasc. 547, ff.129-138.
International
Eucharistic
Congresses,
“Experiences
and
traditions”,
http://www.vatican.va/roman_curia/pont_committees/eucharistcongr/documents/rc_committ_euchar_doc_20030429_experiences_en.html (consultada el 8 de abril de
2015).
9
290
El Primer Congreso Eucarístico Nacional
Balnearios, los directores de instituciones eucarísticas, superiores de órdenes y
congregaciones religiosas y presidentes de las principales agrupaciones de Acción
Católica–, que se reunía los primeros y terceros lunes de cada mes, fue el verdadero
artífice de la idea. Fue dicho comité –al que en adelante denominaremos CACE,
acrónimo de Comité Arquidiocesano organizador del Congreso Eucarístico- el que
diseñó el programa, repartió las tareas preparatorias principales entre diversos comités
y, finalmente, resolvió, con la aprobación del arzobispo, celebrar el Primer Congreso
Eucarístico Nacional Peruano.
La primera iniciativa preparatoria impulsada por el CACE fue la celebración de
Semanas Eucarísticas en Lima, Callao y Balnearios. Sus objetivos principales eran
fomentar la devoción y recabar financiación para el congreso. A la altura de septiembre
de 1934, dicho comité ya había organizado semanas eucarísticas en las iglesias de San
Agustín, San Lorenzo, La Concepción, San Lázaro, Cocharcas, La Merced, San
Sebastián, Las Descalzas, Santa Teresa y Bellavista.10 Y, probablemente a iniciativa del
mismo, ese mismo mes aparecía en Verdades un extenso artículo que presentaba el
congreso eucarístico internacional de Buenos Aires, especialmente hacía referencia a su
origen y objetivos; y que exponía los beneficios para Argentina derivados del mismo.
Al margen del valor moral o religioso del congreso, el artículo señalaba el ingente
número de visitantes que se aprestaba a recibir el país así como la importante entrada de
divisas extranjeras y el incremento de la actividad económica que éste generaría.11
Desde el mes de septiembre, y de forma paralela al seguimiento que realizaron a
la celebración del congreso eucarístico de Buenos Aires, los medios de prensa católicos
se hicieron eco de las resoluciones tomadas por el CACE. A la vez que despedía a los
integrantes de la peregrinación peruana al congreso de Buenos Aires, entre ellos el
arzobispo Farfán, el CACE creaba cuatro secciones principales, de estudio y debate, que
se reunirían en el transcurso del congreso. Estas fueron: 1. De Obras Eucarísticas; 2. De
Obras Sacerdotales; 3. De Acción Católica; y 4. De Educación y Enseñanza, y todas
ellas fueron divididas en subsecciones. Concretamente, la tercera de ellas, la relativa a la
Acción Católica, estaba integrada desde el principio por las subsecciones referidas a
Hombres, Mujeres, Juventud Masculina, Juventud Femenina y Acción Social Obrera;
10
“CRONICA LOCAL. El próximo Congreso Eucarístico Nacional” en El Amigo del Clero MCCCXXIX
(setiembre de 1934), pp.57-60.
11
«Supongamos que cada peregrino permanezca en Buenos Aires apenas diez días […] En diez días
gastará cien pesos […] Un millón de personas […] nos brinda un total de cien millones de pesos
nacionales. ¡Cien millones de pesos, que en plena crisis se transformarán para nosotros en un maná del
cielo! [...]». “El Congreso Eucarístico de Buenos Aires” en Verdades (8 de setiembre de 1934), p.5.
291
El Primer Congreso Eucarístico Nacional
por su parte, la sección de educación y enseñanza se conformó con las subsecciones
masculina y femenina.
La estrecha relación existente entre dichas secciones y ciertas congregaciones
religiosas se hizo evidente en la elección de los locales donde tendrían lugar las
asambleas sectoriales durante el congreso. Así, se dispuso que las asambleas de los
jóvenes de acción católica fueran en el Colegio de la Inmaculada de los jesuitas y las de
las jóvenes en el Colegio León de Andrade, regentado por las religiosas del Sagrado
Corazón. Mientras, la sección masculina de educación y enseñanza celebraría sus
reuniones en el local de la Universidad Católica y la sección femenina en el Instituto
Pedagógico Nacional, dirigido nuevamente por las madres del Sagrado Corazón.
La participación de las activistas católicas en la organización del congreso
eucarístico no se hizo esperar. A principios de 1935, a petición de Francisca de
Benavides y Benavides, esposa del presidente de la República, afiliada a la rebautizada
ACMP y miembro del CACE, Farfán aprobó el traslado de la fecha del congreso
eucarístico de junio a octubre atendiendo a los motivos expuestos por el recientemente
creado Comité Femenino Pro Congreso Eucarístico Nacional (en adelante CFCEN); las
razones esgrimidas fueron disponer de más tiempo para programar la comunión de los
niños y el previsible mejor clima en octubre, contrariamente a junio.
En febrero de 1935, el CACE delegó sus poderes en un grupo reducido de
dirigentes que pasó a denominarse Comité Ejecutivo Nacional (CEN) para la
celebración del Congreso Eucarístico Nacional y presidido por Belisario A. Philipps,
contando como secretario con Pablo Chávez Aguilar y, como vocales, a importantes
miembros del apostolado seglar: Carlos Lino Pérez, Benito Jaro, Francisca Benavides y
Benavides (presidenta del CFCEN), Clotilde Porras de Osma (presidenta de la
Comisión de Hacienda), Luisa Paz Soldán de Moreyra (presidenta de la Unión Católica
de Señoras), José de la Riva Agüero y Jorge Velaochaga (presidente de la Unión
Católica del Perú).
La asamblea episcopal, finalmente, publicó una carta pastoral conjunta el 19 de
marzo de 1935, convocando oficialmente al congreso nacional eucarístico peruano a
celebrarse entre el 23 y el 27 de octubre de dicho año en Lima. En la asamblea se habló
de la importancia de los congresos eucarísticos y se recordó la “inextricable” unión
existente entre la Iglesia católica y el pueblo peruano; la que se remontaba a la misma
fundación de ciudades como Lima, cuyo cuarto centenario se estaba celebrando en
aquellos momentos. Desde la imprescindible, reglamentada y, por lo tanto, sempiterna
292
El Primer Congreso Eucarístico Nacional
misa antes siquiera de levantarse la primera piedra de las ciudades del nuevo mundo, y
hasta en los difíciles momentos que les había tocado vivir, según los prelados peruanos,
el Perú había sido un pueblo eminentemente eucarístico.
El proyectado congreso eucarístico surgía, entonces, como una oportunidad para
renovar y superar, si cabe, el fervor y el compromiso de sus mayores con la eucaristía y,
en general, con la Iglesia católica. En este sentido y como era habitual en las
declaraciones de la jerarquía eclesiástica, además, la asamblea subrayaba el papel de
contrapeso que ejercía la Iglesia frente aquellos que negaban la existencia de Dios. En
opinión de los obispos, el congreso brindaba una oportunidad para acercar el pueblo a
Dios y de esta forma apartarlo de ideologías como «…el materialismo de la vida, el
egoísmo criminal, el laicismo ateo y el indiferentismo…que pretende destruir todo
orden y toda ley para establecer la tiranía más implacable que han visto los siglos».12
Algo que, por supuesto, se alineaba perfectamente con los intereses del gobierno
peruano.
La convocatoria congresual también contenía palabras de ánimo para quienes
estaban implicados activamente en la organización del evento, aquellos que habían
celebrado jornadas eucarísticas en las parroquias de la capital y que se encontraban
inmersos en el renacimiento del fervor católico, en fin, a todos los católicos del Perú a
quienes exhortaba al apostolado eucarístico. Quizá por ello, desde la convocatoria
oficial del congreso eucarístico por los obispos del Perú,13 atendemos a un incremento
significativo en los trabajos de preparación del mismo y, entre ellos, de forma
destacada, en los relativos a la comunión de los niños y a la campaña de propaganda del
congreso.
Sabemos que, en marzo, estaban operativos los comités y las comisiones
siguientes: el CFCEN, el Comité de Propaganda e Información, la Comisión de
Ingenieros -dedicada a los problemas de ubicación, a la confección de los planos y
posterior levantamiento de las instalaciones que acogerían el evento-, la Comisión de
Hacienda, la Comisión de Música, y la Comisión encargada de la concentración y
comunión de hombres; igualmente estaban trabajando las comisiones dedicadas a
preparar los trabajos referidos a la Sección Sacerdotal, Obras Eucarísticas, Acción
12
La cursiva es nuestra. Ver “CARTA PASTORAL. De los Excmos. y Rvdmos. Señores Arzobispo y
Obispos del Perú convocando al Congreso Eucarístico Nacional”, en AAL Primer Congreso Eucarístico
Nacional Legajo 1, Comunicaciones. Fasc. 27, f.4.
13
El Amigo del Clero MCCCXXXVI (marzo 1935).
293
El Primer Congreso Eucarístico Nacional
Católica y Obrera, y Educación y Enseñanza. A todas estas comisiones se sumó, en
mayo, la dedicada a preparar el ornato de las calles para la procesión eucarística.
En el mes de abril, el CEN encargó a la Unión Católica de Señoras la
organización de una comunión general de mujeres y solicitó a la Acción Católica de la
Mujer Peruana, núcleo del CFCEN, un plan preliminar para la comunión multitudinaria
de niños, ambas a realizarse durante el congreso eucarístico. Ese mismo mes, María
Rosario Araoz (secretaria del Comité Arquidiocesano de la ACMP) presentaba dicho
plan al CEN y quedaba establecido un comité mixto de hombres (especialmente
sacerdotes) y mujeres, que se reunirían regularmente para avanzar en su realización
práctica. Más adelante, coincidiendo con el nombramiento -a petición del CFCEN- por
Farfán, de Santa Rosa de Lima, como patrona y protectora del Congreso Eucarístico
Nacional, Rosario Araoz expuso ante el CEN los avances en la preparación de la
comunión de los niños que su labor (unida a la del Comité de sacerdotes) había obtenido
hasta la fecha:
Dijo que se habían celebrado tres asambleas generales, con la concurrencia de los
directores y maestros de las escuelas, plenas de entusiasmo y fervor, en las que se ha
echado las bases de la organización. Han celebrado dos reuniones con los sacerdotes
para estructurar el plan de acción. Se han formado siete comisiones para que visiten
los establecimientos de enseñanza y han comprometido ya ciento sesenta escuelas,
con un total de veintitrés mil niños, que comulgarán perfectamente uniformados.14
Por otro lado, el CEN publicó un calendario de las semanas eucarísticas -hasta un
total de 21- que se celebrarían en la arquidiócesis hasta el inicio del congreso;15
continuó animando a la participación en el mismo a las casas que las congregaciones
religiosas tenían establecidas fuera de Lima; y además, con la ayuda económica de la
Obra de Nazareth -dedicada a la promoción de las vocaciones sacerdotales- y la
colaboración del Seminario de Santo Toribio, facilitó que dos seminaristas de cada
diócesis se trasladaran a Lima para asistir al congreso.
También en el transcurso del mes de mayo, el Comité de Propaganda e
Información (en adelante CPI) estableció una Oficina de Propaganda y envió delegados
a todas las diócesis del Perú con el encargo de explicar el origen y los objetivos del
congreso, animar a participar; y repartir afiches y hojas de propaganda del mismo. A
14
La cursiva es nuestra. “ACTA de la sesión del Jueves 23 de mayo de 1935” en El Amigo del Clero
MCCCXXXVII (mayo de 1935), p.35.
15
Las semanas eucarísticas se programaron en los siguientes lugares, ordenados cronológicamente:
Basílica del Rosario, Nazarenas, Santa Ana, Santo Toribio, Basílica Metropolitana, San Sebastián,
Trinitarias, San Lorenzo, Santo Tomás, Recoleta, Carmen, San Francisco de Paula el Nuevo, Santa
Catalina, Descalzos, Parroquia de la Victoria, Parroquia de San Lázaro, La Visitación, Concepción, San
Agustín, Basílica de la Merced y San Pedro. El Amigo del Clero MCCCXXXVII (mayo 1935), p.34.
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El Primer Congreso Eucarístico Nacional
finales del mes de junio, en Chachapoyas, Cajamarca, Ica, Arequipa, Cuzco y en
muchas otras ciudades se habían realizado solemnes jornadas eucarísticas.
Los periódicos de Lima y provincias así como, superadas ciertas dificultades
iniciales, tres estaciones de radio de la capital -la Estación Radiodifusora Nacional
OAX4A, la Estación Difusora Universal Dusa, y la Grellaud y Weston- y una de
Arequipa comenzaron a colaborar de forma regular en la propaganda del congreso.
Todos estos medios publicaban y radiaban los boletines del Comité de Propaganda e
Información, y, además, OAX4A y Dusa, así como la estación radiofónica arequipeña,
dedicaban al congreso espacios semanales de entre quince y sesenta minutos. En el
transcurso de dicha colaboración, el CPI organizó un ciclo de conferencias eucarísticas,
también radiadas por OAX4A y Dusa, en el que participaron los principales dirigentes
del Movimiento Católico.16
El análisis de una parte significativa de dichas conferencias, concretamente y por
orden de aparición, las de Santiago Hermoza, Víctor Andrés Belaunde, José de la Riva
Agüero, Cesar Arróspide de la Flor, Enrique Cipriani y Beatriz Cisneros,17 confirma la
existencia de diversas sensibilidades y prioridades dentro del activismo católico peruano
que, sin embargo estaba unido por el objetivo principal del próximo congreso
eucarístico: reafirmar la fe católica del pueblo peruano y anunciar tanto el comienzo de
una etapa restauradora de la conciencia católica del país como el triunfo del catolicismo
sobre el paganismo en el mundo moderno.
Si bien hay oradores que no aportan información destacable sobre las diversas
sensibilidades como en el caso de la pronunciada por Santiago Hermoza, presidente del
CPI, quien se limita a informar de la marcha de cada una de las comisiones o comités
encargados de la preparación del congreso. Otros, en cambio, tratan aspectos que nos
permiten conocer el pensamiento del conferenciante, como es el caso de Riva Agüe