Breve historia de la profecía bíblica - Ciberteologia

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Breve historia de la profecía bíblica
Anderson de Oliveira Lima1
Introducción
El título que le dimos a este artículo resume bien nuestras intenciones con relación a
su composición, ya que queremos en las próximas páginas exponer la evolución de la
profecía bíblica a lo largo de las páginas del Antiguo Testamento. Pero también podemos
admitir que este mismo título presenta problemas, los cuales se deben mencionar desde
ahora. Sucede que es una paradoja el intento de contar la historia de la profecía bíblica de
manera breve. En verdad, la historia de la profecía bíblica no es nada breve, y sería
imposible que en estas pocas páginas que disponemos consiguiéramos desarrollarla de
manera satisfactoria. Por lo tanto, tenemos que delimitar nuestro objeto de investigación
dentro del gran tema que es la historia de la profecía bíblica.
En primer lugar, nosotros nos limitamos a la Biblia, pues es probable que alguien
interesado en profecía enseguida cuestione que nuestra exposición no lleva en
consideración las manifestaciones proféticas fuera del antiguo Israel y de la literatura
reunida en la Biblia. Quiere decir que nos ocupamos apenas de los registros de las
manifestaciones proféticas preservadas en las páginas de la Biblia, aunque el status de libro
canónico no tenga gran importancia en esta decisión. He aquí, entonces, nuestro primer
límite: sólo abordaremos la profecía que se puede encontrar entre los textos bíblicos.
En segundo lugar, nuestro abordaje no es tan “histórico” como se podría imaginar a
partir de nuestro título. No tenemos la intención de investigar con profundidad el origen de
1
El autor es máster en Ciencias de la Religión (Literatura y Religión en el Mundo Bíblico) por la
Universidad Metodista de São Paulo, especialista en Biblia (con énfasis en la tradición profética)
por la misma universidad, y licenciado en música (guitarra erudita) por la Universidad Cruzeiro do
Sul. Currículo Lattes disponible en: <http://lattes.cnpq.br/0893915454622475>.
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la profecía israelita ni todas las variantes de su desarrollo. En verdad, lo que buscamos es
identificar los aspectos esenciales de la profecía en Israel con base en algunas muestras
sacadas de la literatura preexilio, es decir, del siglo VIII a.C. Después, vamos a identificar
también las características de la profecía posterior, que de a poco va ganando contornos
apocalípticos. Veremos que en el período postexilio y en los días del Nuevo Testamento la
profecía se sustituyó prácticamente por el que fue su desarrollo, que es la literatura
apocalíptica. De este modo, queremos estudiar dos formas de profecía que están de cierta
manera relacionadas por la historia y que sin duda delinean la composición de gran parte
del Antiguo Testamento. Esperamos que tal análisis le proporcione al lector claves de
lectura para que tenga mejor acceso a los textos bíblicos que se relacionan a esta tradición
profética, y que este objetivo no sea sinónimo de divulgación de conocimiento histórico.
Por fin, vale mencionar abiertamente que no somos historiadores, sino biblistas, y que
en consecuencia de eso nuestro trabajo demostrará una preocupación exegética, dirigida
para la lectura de algunos pocos ejemplos sacados de la Biblia. No serán los hechos
históricos, los personajes, los grupos sociales o las cronologías que guiarán nuestro
raciocinio, sino la interpretación de los documentos literarios dejados por ellos, los pasajes
bíblicos que nos parecen capaces de demostrar, al menos parcialmente, como se dio el
proceso evolutivo de la práctica profética.
Profecía: el carisma en búsqueda de justicia
Los profetas propiamente dichos, aquellos que caracterizaron la porción de la Biblia
que nosotros llamamos “profetas”, actuaron principalmente a partir del siglo VIII a.C. Por
lo menos es en ese período en el que solemos fechar las actividades de los primeros
profetas literarios del Antiguo Testamento.2 Antes de ellos, personajes del Antiguo
Testamento que posteriormente se asociaron a la actividad profética eran conocidos como
“videntes”,3 carismáticos que supuestamente poseían un contacto especial con divinidades
y podían conocer y a veces incluso hacer cosas que los hombres comunes no conocían o
hacían. Ese parece ser el caso, por ejemplo, del influente Samuel, que marca un período de
2
3
Vea la división del canon hebraico y cuáles libros están entre los profetas posteriores o literarios en:
GABEL, J. B.; WHEELER, C. B. A Bíblia como literatura. p. 74.
GUNNEWEG, A. H. J. Teologia bíblica do Antigo Testamento. p. 236-237.
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transición bastante significativo para la historia de la profecía bíblica, pues coincide con su
actuación la institución de la monarquía en Israel.4
Ese cambio político (del tribalismo a la monarquía) influenciaría definitivamente el
lenguaje religioso nacional, pues fue de la crisis entre la fe y las prácticas políticas,
militares y económicas de los reyes que se forjó la profecía bíblica. Otros personajes
populares de ese nuevo momento en la historia de la profecía bíblica son Elías y Eliseo,
llamados por algunos biblistas de “profetas de acción” o incluso “magos”,5 pues,
diferentemente de los profetas que actuaron a partir del siglo VIII a.C., eran esencialmente
milagreros cuyos mensajes no fueron preservados en forma escrita, lo que sólo ocurrió
siglos después de sus muertes. La historia de esos profetas se preservó parcialmente a
través de la tradición oral, que atestiguaba de una generación a otra sus milagrosas
actuaciones, que, de manera “lúdica”, le hablaban al pueblo común y a los liderazgos
políticos y religiosos sobre las voluntades de Dios. Debido a esto, en el canon hebraico los
libros que registran los actos de Samuel, Elías y Eliseo no se consideran históricos (como
normalmente se clasifican hoy en día), sino que se los llama libros proféticos. Para
distinguir esos libros proféticos de los demás, decimos que ellos son “profetas
preliterarios”.
Fuertemente marcados por la realidad opresora impuesta por la administración de
una monarquía (que sacaba del pueblo común, dependiente casi completamente de la
agricultura o de la creación de animales, los recursos para abastecer su rica corte y su
ejército), el discurso profético pasa a ser cada vez más una fuerte crítica contra reyes y otras
autoridades. Los profetas de Israel rechazan el sistema monárquico como una manera
idólatra de conducir la nación y ven como ideal el retorno al sistema tribal, en el cual el
propio Javé los gobernaba y los libraba de los enemigos. Esa crítica al Estado se volvería la
principal característica de la profecía bíblica, inclusive mucho más presente que las
previsiones futuristas que hoy son tan destacadas por aquellos que hablan al respecto de los
libros proféticos de la Biblia.
4
5
En verdad, hasta el período de la dominación persa (después del 538 a.C.) el término profeta no era
usado para designar a ninguno de los personajes que hoy son llamados profetas. Amós mismo
rechaza el título en Am 7,14. Cf. SCHWANTES, M. Profecía y Estado:.... p. 107-110.
CROSSAN, J. D. O Jesus histórico;.... p. 173-177.
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La actividad profética, entonces, crece en la misma proporción que las antiguas
tradiciones y leyes religiosas que preservaban la familia y la subsistencia del campesino y
se deteriora bajo las exigencias del régimen monárquico. Profetas como Amós, Oseas e
Isaías nacen de un período de crisis intensa, que resultaría en la destrucción del país por las
manos de los asirios (Reino del Norte) y babilonios (Reino del Sur). El mensaje de esos
profetas preexílicos giraba en torno de la idolatría de los reyes, de la injusticia social
exacerbada, de la violencia contra los débiles y de la desintegración de la religión de los
antepasados. La victoria de los imperios enemigos sería interpretada por los profetas como
consecuencia de esos pecados, no por la superioridad militar evidente ni por los intereses
políticos de las naciones. Los profetas que, observando las circunstancias, predijeron la
destrucción adquieren prestigio, parte de sus palabras se registran por escrito y con el correr
del tiempo se convierten en sagradas entre el pueblo.
Pero debemos destacar que también durante el exilio babilónico la actividad profética
no cesó, como lo demuestran los libros de Jeremías y Ezequiel, por ejemplo. Ahora, como
ya no hay templo, reyes o ejércitos, las amenazas proféticas se dirigen contra la orgullosa
Babilonia. El discurso de los profetas se muestra versátil en ese período y vemos que,
además de apuntar errores y amenazar estructuras de poder, los profetas también transmiten
esperanza para los débiles israelitas. La fe en Javé, que previamente había estado
estrechamente vinculada a la rutina del templo en Jerusalén, se revisa, y son los profetas
que transmiten a los exiliados o miserables dejados en la devastada tierra natal la esperanza
de que un día su nación sería vengada y restaurada por un Dios justo, que no los había
abandonado, sino que los había castigado por causa de sus propios pecados.
Un asunto delicado que vamos a mencionar apenas de paso es el cumplimiento o no
de las profecías bíblicas. No se puede afirmar que todas las previsiones proféticas se
cumplieron con fidelidad, mostrando que el lenguaje profético, así como todo el lenguaje
religioso, se compone de elementos humanos y no solamente transcendentes. Es cierto que
hay lectores fundamentalistas que buscan demostrar la veracidad de cada profecía bíblica:
para eso fechan de manera equivocada los textos bíblicos,6 buscan eventos históricos que de
6
Un ejemplo es la mención a Ciro en el Segundo Isaías. Hoy, sabemos que el Libro de Isaías ha sido
compuesto en diferentes períodos, y que los textos que se refieren a Ciro en los capítulos 44-45 son
de una redacción tardía, cuando ya se conocía ese supuesto libertador. Por tanto, tales textos no son
originarios del profeta Isaías del siglo VIII a.C. y no pueden leerse como previsiones futurísticas.
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alguna manera puedan ser relacionados a los textos7 y postergan para el futuro aquellas
profecías que no encuentran ninguna realización.8 Por otro lado, los profetas también
predijeron verdades, y eventos – como el fin del exilio, la ascensión del Imperio MedoPersa, la reconstrucción de Jerusalén y de su templo, hechos que consolidaban cada vez
más la tradición profética en Israel y legaron a esa literatura el status canónico. Podríamos
decir que los profetas son hombres que se cometen equivocaciones, pero que poseen un
concepto elevado de la divinidad y una percepción fina del mundo, y la junción de esas
características les permite actuar como portavoces de Dios entre el pueblo.
La función de las profecías, por tanto, es religiosa, quiere transmitir esperanza, quiere
generar fe, quiere combatir la injusticia e instigar la reacción por parte de los más débiles.
Las discusiones sobre historicidad sólo nos alejan de los objetivos de esa literatura.
Una información importante es la de que el fin de la monarquía en Israel y Judá
coincide con el fin de aquella profecía clásica. Los tiempos cambiaron y con ellos también
cambió el lenguaje profético, como veremos más adelante. Sólo tenemos que resaltar, por
fin, la fuerte conexión que existe entre la profecía bíblica y el régimen monárquico, como
notó Milton Schwantes: “[...] la profecía y el reinado surgen juntos, están en conflicto
juntos y juntos desaparecen. Es como si la existencia de uno condicionase la del otro [...]”.9
Características de la profecía preexílica
Vamos a reflexionar brevemente, ahora, sobre un texto bíblico que sirve como
ejemplo para el estudio de las características de la profecía preexilio. Vamos a leer Am 3,912 haciendo algunos comentarios sobre el sentido del texto y, a seguir, podremos enumerar,
7
8
9
Lo que hacemos es exactamente lo que los evangelistas hicieron al interpretar las profecías
veterotestamentarias a través de Jesús. Los textos, en aquellos días, ya se interpretaban como si
estuviesen anunciando al Mesías, y entonces se crean narrativas ficticias en que Jesús cumple esas
profecías, pero hoy, al leerse con exigencias históricas, esos textos no están a la altura (por ejemplo:
Mt 2,13-18). En todas las generaciones, la historia se moldea, se narra de conformidad con nuestras
expectativas, y así todas las profecías se cumplen, muchas de ellas en diferentes eventos.
Nos referimos, aquí, a anuncios como el juzgamiento de las naciones, el día del Señor, el reino
milenario, las convulsiones cósmicas apocalípticas, la venida del Anticristo, el retorno de Jesús...
Todos esos anuncios se esperaban a la brevedad y no se cumplieron. Para no descartar las profecías,
nosotros simplemente atribuimos nuevas fechas para su cumplimiento, manteniendo la expectativa
y la esperanza de la transformación vivas por medio de ellas.
SCHWANTES, Profecía y Estado:..., p. 115.
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para facilitar la memorización del lector, cuales son las características esenciales de la
profecía bíblica:
(9)
Proclamad en los palacios de Asdod y en los palacios de la tierra de Egipto y decid:
Reuníos sobre los montes de Samaria y ved las muchas opresiones en medio de ella, y las
violencias cometidas en su medio.
(10)
Porque no saben hacer lo recto, dice el SEÑOR,
atesorando rapiña y despojo en sus palacios. (11) Por tanto, JEHOVÁ el Señor ha dicho así: Un
enemigo vendrá por todos lados de la tierra, y derribará tu fortaleza, y tus palacios serán
saqueados.
(12)
Así ha dicho el SEÑOR: De la manera que el pastor libra de la boca del león
las dos piernas, o la punta de una oreja, así escaparán los hijos de Israel que moran en
Samaria, en el rincón de una cama, y al lado de un lecho.10
El dicho profético en cuestión comienza con un vocativo, un llamado a los pueblos
extranjeros para que vean las injusticias que existen dentro de Samaria (v. 9). De hecho, tal
llamado es simbólico, porque el profeta menciona naciones consideradas enemigas e
idólatras para que se admiren de la maldad del pueblo de Israel. Irónicamente, los
pecadores deberían colocarse en los montes de Samaria, que servirían como gradas, para
ver, admirados, lo que ocurría exactamente en la capital del Reino del Norte. Las
injusticias, es bueno decir, no son ejecutadas por toda la nación, sino por las elites. La
acusación, entonces, es contra el rey, su corte, su ejército y los sacerdotes de Samaria, los
típicos habitantes de la minoritaria zona urbana.
¿Qué tipo de injusticias son esas de las que se está hablando? En el v. 9, vemos que
había personas oprimidas en Samaria y, en el v. 10, el profeta dice que había violencia y
destrucción acumuladas en los palacios. Si la clase opresora es la elite ya mencionada, los
campesinos sólo pueden ser la clase oprimida. Se trata del cobro de tributos de los campos
para alimentar las instituciones estatales; de la imposición de trabajos forzados para la
construcción de palacios, carreteras, puentes, murallas, templos, etc. Se trata de las
muchachas jóvenes sacadas de sus familias para servir como esclavas y en harenes, de los
acuerdos comerciales internacionales que aproximaban al pueblo de la idolatría y de los
casamientos interraciales, que desconsideraban la religiosidad popular por beneficios
10
Las traducciones bíblicas citadas a lo largo de este trabajo corresponden a la versión Almeida
revisada y corregida.
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extranjeros, etc. Así, la clase campesina era, por diferentes medios, explotada por la elite
monárquica, que, supuestamente, cuidaba los intereses de la nación.
Tales cosas no estaban ocurriendo solamente porque aquel rey era cruel o codicioso,
tales inhumanidades eran el precio de la monarquía. El sistema por sí mismo generaba
desigualdad e injusticia. Por hacer también parte de la clase campesina y por su propia
teología, Amós entendía que Dios no estaba de acuerdo con eso, y comenzaba a anunciar el
fin inevitable de ese sistema injusto. Para él, Dios no podría aceptar tales cosas y pronto
acabaría interviniendo en la historia, y ese era, en resumen, su dicho profético.
Notemos que el profeta no está, en este ejemplo, basado solamente en experiencias
extáticas. De veras, él prevé la caída del Reino del Norte con base en aquello que ve y en su
particular interpretación de la realidad. La destrucción no vendría por una lluvia de fuego
del cielo, sino a través de un enemigo, un ejército, para ser más claros. Obviamente, él ya
había oído hablar de Asiria y de su progreso como imperio, ya sabía cuán violenta era la
acción de ese imperio cuando invadía otras naciones, y hábilmente el profeta incluye todo
eso en su interpretación teológica del porvenir, como leemos en el v. 11. Su previsión es la
de que sobraría poco de aquella Samaria injusta; la caída de la ciudad sería un acto de
justicia divina, según Amós.
La profecía, de modo general, se cumplió cuando el ascendente Israel (Reino del
Norte) cayó bajo la invasión asiria en 522 a.C. Posiblemente, conocidos de Amós
preservaron sus visiones y dichos a través de la tradición oral y pequeños fragmentos de
arcilla, hasta que alguien letrado de una generación posterior juntó esas antiguas memorias
en un rolo. Con el fin del Reino del Norte, la profecía de Amós entró a la historia, y es a
partir de ese típico mensaje profético casi todo originado antes de la invasión de Asiria que
vamos a enumerar algunas de las características de la profecía del siglo VIII a.C.:
1)
La profecía es local, no prioriza en su palabra el mundo o todo el universo. En
realidad, su preocupación es la nación o, como máximo, los países vecinos. Como
bien escribió Milton Schwantes, “[...] la profecía tiene hora y lugar, no siendo
doctrinaria o eternizante, sino concreta y temporal”.11 En el ejemplo que leemos, el
profeta habla solamente de Samaria.
11
SCHWANTES, Profecía y Estado:..., p. 115.
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2)
La profecía nace de la oralidad, y el profeta anuncia las visiones y oráculos oralmente
al pueblo o a un grupo específico. Si tenemos profecía escrita, es porque después de
la actuación del profeta alguien conmovido por el mensaje la registró por escrito
(pero no sin darle al texto sus toques personales), como nos prueba un análisis más
cuidadoso de la redacción de libros como el de Amós.
3)
La preocupación de la profecía es principalmente social, es decir, lidia con la
pobreza, con la violencia, con la injusticia, y con base en el carácter de Dios, que es
justo, prevé una acción divina para alterar el rumbo de los acontecimientos y castigar
a los culpables en aquella región específica. En nuestro ejemplo, la monarquía,
conforme Jeroboam II la conducía en el Reino del Norte en aquellos días, es lo que
debería ser transformado en la opinión del profeta.12
El desarrollo de la profecía: la apocalíptica
Asiria devastó el Reino del Norte (Israel) en 522 a.C., que nunca más volvió a existir.
Después, Babilonia dominó el Reino del Sur (Judá) en 587 a.C., imponiendo a parte de su
población un exilio que perduró por décadas. En el período postexilio, Judá quedó bajo el
gobierno de imperios extranjeros, y profetas como Miqueas, Hageo y Malaquías actuaron
principalmente como motivadores, incentivando el pueblo en la reconstrucción del Reino
del Sur, no solamente de las ciudades, murallas y templos, sino también de la religión
nacional. La promesa de Hageo de que la gloria del segundo templo sería mayor que la del
primero (Ag 2,9) y la exhortación de Malaquías para que el pueblo volviera a la religión de
los antepasados al entregar los diezmos en el Templo de Jerusalén (Ml 3,7-12) pueden bien
ser interpretadas como señales del compromiso de algunos profetas del período postexilio
con la reconstrucción de un sistema religioso extinguido que sus antecesores condenaron.
Tales esperanzas sólo se explican cuando se mira debidamente a un pueblo que sufre debajo
de la dominación extranjera y que de manera nostálgica cree que sus antepasados eran más
felices por poseer al menos esa independencia.
Las circunstancias políticas realmente no fueron mejores para el pueblo de este
período de lo que habían sido para sus padres y, siguiendo la tradición, portavoces
12
Jeroboam II reinó en Israel entre 787 y 746 a.C., y en ese período hizo prosperar al reino
políticamente, como se lee en 2Rs 14,23-29, aunque en la óptica popular tal prosperidad fuese
opresión. Cf. SCHWANTES, M. La tierra no puede soportar sus palabras;.... p. 16.
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religiosos continuaron enfrentando la realidad con su mundo ideal y soñando con cambios.
Dios se mantiene en el foco de las expectativas, es aún el gran responsable por el fin de las
opresiones, pero la manera de actuar de Dios fue radicalmente transformada en esa nueva
fase de la religiosidad judía. La transformación milagrosa de la realidad opresora todavía se
da a partir de una intervención divina en el escenario político, pero ahora la transformación
no es local o nacional, sino que es universal. En aquellos días el pueblo no se sentía
oprimido por el propio rey, sino por un imperio cuya capital quedaba muy distante, por un
líder cuya cara desconocían, cuyo idioma ignoraban, cuya fuerza no eran capaces de medir,
y que por todo eso podía ser aun más temible. No era posible apuntar el dedo a este o a
aquel opresor como habían hecho los profetas del siglo VIII, ni sería posible llegar delante
del enemigo con sus reivindicaciones y oráculos: el enemigo, ahora, parecía dominar todo
el mundo y solamente el Dios Creador, a través de una intervención cosmológicamente
catastrófica, sería capaz de derrumbar a tal enemigo definitivamente.
Esos son algunos de los elementos fundantes de la nueva forma de profecía, la
llamada literatura apocalíptica. El fin de la monarquía simplemente imposibilitaba el
mantenimiento del lenguaje profético tradicional, y esas nuevas generaciones de
visionarios, como era de esperarse, comenzaban a transformar la antigua tradición de
acuerdo con un nuevo tiempo. Obviamente, la transición entre profecía y apocalíptica no se
dio de un momento a otro, sino que fue gradual y llegó al auge en el período llamado
“interbíblico”, que legó al Antiguo Testamento el más apocalíptico de todos sus libros, que
es el Libro de Daniel. Es bueno decir que el nombre “apocalíptica” sólo surgió mucho
después, a partir de la influencia del libro neotestamentario que llamamos “Apocalipsis de
Juan”, escrito entre el final del primero e inicio del segundo siglo d.C. O sea, fue el
Apocalipsis de Juan, el último libro de nuestro Nuevo Testamento, que dio nombre al
género literario que lo antecedía.13
Características de la literatura apocalíptica
Hasta el exilio, los profetas limitaban sus críticas y amenazas casi siempre a la propia
nación, y sus expectativas de futuro tenían más que ver con las revoluciones en el campo
político que con el destino de la humanidad. Además, los profetas clásicos generalmente
13
NOGUEIRA, P. A. de S. O que é apocalipse. p. 11-13.
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transmitían sus mensajes oralmente, eran predicadores de un mundo analfabeto, razón por
la cual los libros proféticos son en gran parte obras de las penas de los seguidores de los
profetas, que a veces sólo registraron sus memorias generaciones más tarde. El
apocalipsismo amplió los horizontes de la profecía y anunció el juzgamiento de Javé tanto a
Israel como a las demás naciones: era el fin catastrófico que alcanzaría tanto a justos como
a impíos, inaugurando una nueva era de justicia. Otra característica del apocalipsismo
bíblico es que los apocalípticos, en general, no eran oradores, sino escritores, y en sus obras
pasaron a hacer uso abundante de imágenes y lenguajes simbólicos que muchas veces eran
incomprensibles.
Leíamos, para ilustrar lo que estamos diciendo, la primera parte de Is 24, que es un
texto seguramente postexilio, es decir, escrito en un período muy posterior a la actuación
del profeta Isaías de Jerusalén, que dio nombre al libro. Sus primeros tres versículos son
ejemplo de cómo se daba la transición entre profecía y apocalíptica:14
(1)
He aquí que el SEÑOR vacía la tierra, y la devasta, y trastorna su faz, y dispersa a sus
moradores.
(2)
Y sucederá así como al pueblo, también al sacerdote; como al siervo, así a su
amo; como a la criada, así a su ama; como al que compra, al que vende; como al que presta,
al que toma prestado; como al acreedor, así también al deudor.
(3)
La tierra será totalmente
vaciada y enteramente saqueada, porque el SEÑOR ha pronunciado esta palabra.
Notemos como ahora no es Samaria ni Israel que pasará por un período de
transformación violenta. Toda la tierra será desolada, y todos sus moradores sufrirán las
consecuencias de esa transformación, tanto los opresores como los oprimidos. Tampoco es
Asiria o cualquier agente humano el instrumento de ese evento, sino un verdadero milagro,
un obrar propio de la divinidad.
14
El profeta Isaías actuó cerca de 740 a.C., pero a estos se unieron las palabras de otros escritores
hasta aproximadamente el año 400 a.C. En general, decimos que hay tres Isaías dentro de este libro:
el primero, de los capítulos 1-39, pertenece a los días del profeta de Jerusalén. Del período del
exilio proviene el Segundo, el Deutero-Isaías, de los capítulos 40-55. Los capítulos restantes (5666) son de un período postexilo, después de la repatriación de Judá según el decreto de Ciro, el
emperador persa, en 538 a.C. Se acordó llamar al autor del último bloque Tercero o Trito-Isaías.
Con todo, aun esa clasificación todavía es demasiado inocente para explicar la composición del gran
complejo literario que es este libro. Existen, incluso, diversos otros pasajes que claramente son
anexos posteriores, y los capítulos 24-27 están entre esos casos. Cf. CROATTO, J. S. Isaías vol I:
1-39;.... p. 147.
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Es verdad que aquí tenemos apenas algunos de los elementos que constituyen la
literatura apocalíptica, pues, como ya afirmamos, este es un texto que ejemplifica un
período transitorio del lenguaje religioso judío. Aun así, vamos a seguir enumerando las
principales características de la apocalíptica, tanto las ya aparentes en Is 24 como aquellas
que se iban a desarrollar:
1)
La apocalíptica es más textual que oral. Los apocalípticos ya escribían sus visiones y
no las divulgaban apenas oralmente, como os profetas, aunque ellos mismos aún
pudiesen considerarse profetas.
2)
La apocalíptica suele presentar viajes celestiales que los visionarios tienen en
momentos de éxtasis. O sea, lo que narran en los textos son supuestamente
revelaciones recibidas involuntariamente de cosas celestiales. Con todo, se discute
mucho si existe realmente un evento visionario por detrás de obras como el
Apocalipsis de Juan, pues hay muchas evidencias de que sea una obra literaria
planeada conscientemente por su redactor, y no el perfecto relato de un viaje celestial.
Aunque, negar cualquier evento extático por detrás de los apocalípticos es negarles
todo carácter de revelación en que se inspiran.
3)
La apocalíptica es universal, no local. Cuando Dios interviene apocalípticamente en
la historia, no cambia una nación, no cambia un gobierno, pero acaba con la tierra y
todos sus moradores, ya sean ellos buenos o malos. Eso es señal de un pesimismo en
relación al mundo. En la apocalíptica, los astros se sacuden, los elementos se
mezclan, en ese caos no hay como escapar. Es así que una total transformación se da,
pues la nueva creación es la única esperanza.15
4)
La apocalíptica se presenta en lenguaje simbólico, oculto. Hay siempre una especie
de “secreto apocalíptico” que no se puede revelar abiertamente, algo visto u oído
apenas por el visionario, el elegido, y que no se le permite repetir cuando vuelve al
mundo natural (vea Dn 12,4 y Ap 10,4). Las bestias, las misteriosas mujeres, los seres
de varias cabezas y cuernos, los números secretos, son todos símbolos que ya ocultan
el significado real del mensaje, y algunos de ellos, de veras, nunca se descubren.
15
GUNNEWEG, Teologia bíblica do Antigo Testamento, p. 338.
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5)
La apocalíptica es casi siempre “seudonímica”. Eso significa que los visionarios no
suelen revelar sus verdaderas identidades en sus escritos, antes, suelen atribuir sus
viajes celestiales a otros personajes célebres de la tradición judía, como Henoc,
Pedro, Moisés, Daniel,16 o incluso ocultan completamente la autoría del texto.
6)
La apocalíptica suele presentar una revelación progresiva, gradual. En el cielo, el
visionario visita varias etapas, varios templos, varios cielos, varios sellos, trompetas o
copas...17 En la Divina Comedia, Dante Alighieri, el poeta italiano de la Edad Media,
creó un viaje celestial en que visitó el inferno, el purgatorio y el cielo, demostrando
que comprendió esa característica progresiva de la apocalíptica judía y la aplicó a su
poesía en tono apocalíptico. Generalmente, sólo en la etapa más elevada el visionario
vislumbra la gloria de Dios.
7)
La apocalíptica suele contraponer la magnitud de la revelación a la debilidad del
visionario. Vea Ez 1,28, Dn 8,26-27 y Ap 1,17, donde los visionarios pierden las
fuerzas por haber vislumbrado cosas excesivamente sagradas. Así, podemos decir
que, en la apocalíptica judía, en general, quien recibe grandes revelaciones sufre
consecuencias en la propia carne, como la debilidad física o la pérdida de los
sentidos.
Apocalíptica en el Nuevo Testamento
Ya mencionamos el Libro neotestamentario del Apocalipsis de Juan y su importancia
para la tradición apocalíptica en general. Eso, por sí solo, nos muestra que la apocalíptica
judía no se limitó al Antiguo Testamento y a la producción extracanónica del período
interbíblico. En el Nuevo Testamento es posible identificar fácilmente los trazos de toda esa
larga historia del profetismo en Israel. Tenemos en Juan Batista, por ejemplo, a alguien que
se vinculaba a la tradición profética para hacer que su mensaje se recibiera de manera
eficaz. En la imaginación popular, ciertamente la visión de un profeta vestido de pelos de
camello, manteniendo una alimentación escasa, separado de la sociedad, viviendo en el
desierto y criticando arduamente las estructuras de poder de su tiempo aludía a personajes
como el libertador Moisés, el milagrero Elías, o el corajudo hombre del pueblo Amós. Mt
16
17
Ibid.
NOGUEIRA, O que é apocalipse, p. 87-91.
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90
24 es otro ejemplo inconfundible de cómo el apocalipsismo aún estaba presente en la
religión de la provincia de Palestina durante el primer siglo bajo la dominación romana.
Además de él, hay innumerables pasajes apocalípticos esparcidos por las cartas paulinas y
deuteropaulinas.
Con todo, si llevamos en cuenta que la literatura profética se convirtió en la mayor
fuente de esperanza y también de reivindicaciones de justicia social para el pueblo de
Israel, ¿será que no podemos identificar influencias de la tradición profética en casi todos
los libros neotestamentarios y también posteriores? ¿Será que apenas oráculos con anuncios
futuristas o textos llenos de imágenes de las regiones celestiales deben ser considerados
aquí? La verdad es que en los días de Jesús y también de la Iglesia cristiana primitiva la
tradición profética se había hecho parte de la cultura y no estaba más limitada a algunos
videntes que decían ser llamados por Javé para esa misión. En el siglo I, se podían
identificar características proféticas y apocalípticas en diversos movimientos populares de
resistencia a la dominación imperial, de entre los cuales el movimiento liderado por Juan
Batista y el de Jesús pueden ser incluidos. En las décadas que precedieron a la guerra judía
contra Roma en 66-70 d.C., por ejemplo, nacieron abundantes pretendientes mesiánicos o
incluso líderes bandidos que, reuniendo hombres que sufrían con la injusticia, manifestaban
su insatisfacción de manera pacífica o violenta siguiendo estándares heredados de la
apocalíptica judía. De todos modos, no se puede negar que los siglos marcados por la
actuación de los célebres profetas y apocalípticos del Antiguo Testamento dejaron marcas
permanentes en la cultura judía, y después, por medio de ella, en el lenguaje religioso
humano.
Paulo como visionario apocalíptico
El último texto a ser visto en esta muestra es 2Cor 12,1-10, un relato del viaje
celestial extático que Paulo hace en estilo apocalíptico para probar que no les debe nada a
sus rivales en cuanto a las experiencias sobrenaturales. Llamamos la atención para la
manera como el apóstol encuadró su palabra en las características de la literatura
apocalíptica, pues tal comprensión por parte del lector elimina una serie de problemas
interpretativos comunes al pasaje:
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(1)
Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del
Señor.
(2)
Conozco un hombre en Cristo que, hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si
fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), fue arrebatado hasta el tercer cielo. (3) Y conozco al
tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) (4) que fue arrebatado al
paraíso, donde oyó palabras indecibles que no le es dado al hombre expresar.
(5)
De tal
hombre me gloriaré, pero de mí mismo en nada me gloriaré, sino en mis debilidades.
(6)
Sin
embargo, si quisiera gloriarme, no sería insensato, porque diría la verdad; pero lo dejo, para
que nadie piense de mí más de lo que en mí ve, u oye de mí. (7) Y, para que la grandeza de las
revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un
mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera. (8) Respecto a
lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. (9) Y me ha dicho: Bástate mi gracia;
porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más
bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. (10) Por lo cual, por amor
a Cristo me gozo en las debilidades, en las afrentas, en necesidades, en persecuciones, en
angustias, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.
Aunque hayamos citado todo el texto, seguiremos destacando apenas los aspectos
más relevantes del mismo para nuestro propósito, que es identificar la influencia de la
tradición profética y apocalíptica en el Nuevo Testamento. Para comenzar, tenemos las
“visiones y revelaciones” mencionadas en el v. 1, que le apuntan al lector que a partir de
ese punto ya no son argumentos comunes los empleados, sino relatos oriundos de
experiencias transcendentales. Se trata de una transición en el lenguaje de la carta, de la
adopción de un género literario típico para expresar la experiencia religiosa.
En el v. 2, Paulo les presenta un problema a los lectores al escribir en tercera persona,
diciendo: “Conozco un hombre [...]”. La comprensión obvia es que él estaría ahora
hablando de otros, pero no es el caso. El contexto nos muestra que Paulo está hablando de
sí, gloriándose, y queda la duda sobre la razón de ese cambio de lenguaje. La explicación,
no obstante, no es tan difícil; vimos que los visionarios apocalípticos suelen omitir su
identidad, y es lo que Paulo hace aquí. Él no adopta otro personaje, no escribe un verdadero
relato seudoepigráfico, pero estamos seguros de que él habla en tercera persona por ser esta
una especie de convención literaria de todo texto legítimamente apocalíptico.18 Así como
18
Esta propuesta también fue colocada por Jonas Machado en el artículo “Paulo, o visionário:...”, p.
174.
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no se debe preguntar cómo los animales pueden hablar cuando se lee un cuento de hadas, ni
cómo es posible oír la voz de las brisas cuando se lee un poema, ni cómo el héroe no muere
aun después de que le peguen tanto en películas de acción, de la misma forma no se debe
preguntar por la identidad verdadera del visionario cuando se está delante de un relato
apocalíptico.
Incluso en el mismo versículo, Paulo habla de su viaje hasta el tercer cielo. No
precisamos preguntar si realmente existen varios cielos, y cómo sería cada uno de ellos. Esa
es una cuestión totalmente equivocada, pues esa graduación celestial es también
característica típica de la literatura apocalíptica, como ya vimos anteriormente. A Paulo no
le importan los otros cielos e incluso no va a intentar describirlos, pero ciertamente quiere
decir que fue al más alto de ellos, a la cima. En resumen: de esa información se debe
guardar que el visionario fue al paraíso, el lugar ideal donde todo lo que se puede ver es
perfecto.
Cuando el visionario finalmente parece que va a describir lo que vio u oyó en las
regiones celestiales, él nos decepciona al decir que eran “palabras indecibles”. He aquí el
llamado secreto apocalíptico, en que el visionario jamás revela todo lo que conoció. Como
observación, la palabra griega arretos debe ser traducida así, como indecible, algo que no
se puede decir. El problema es que muchas traducciones traen “inefable”, y somos llevados
a creer que Paulo vio algo que él no es capaz de describir. En efecto, el problema no es la
capacidad de Paulo para describir la experiencia, sino la prohibición de revelar lo que hay
en el cielo. En efecto, es en eso que consiste el secreto apocalíptico, no en cosas tan bellas o
maravillosas que no encontramos palabras para describir.
Por fin, existe el problemático tema del “aguijón en la carne”. En el v. 7, leemos que
tal “aguijón” se le dio “por causa de las visiones y revelaciones”. Ese detalle es relevante:
ese tal “aguijón” era una consecuencia de esas experiencias, no una cosa diferente,
separada, independiente. Paulo no tenía una enfermedad y una visión, sino que la visión le
trajo la enfermedad (esto si el aguijón es una enfermedad). Aunque él no diga lo que es
realmente ese aguijón, no tenemos dificultad en reconocer el lenguaje metafórico de Paulo,
que, al hablar de aguijón, alude probablemente a algún mal físico, algo metido en su cuerpo
que tal vez le causase constante dolor. Paulo, nuevamente uniéndose a la tradición
apocalíptica, en que todo visionario pierde su don y sufre de alguna debilidad física en
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consecuencia de su visión, une su mal a la visión, así como se lee en Dn 8,26-27.19 Tener
tal problema es la prueba de que Paulo realmente hizo tal viaje y vio la gloria de Dios. Él
no salió ileso de la presencia de Dios, consecuentemente el lector puede creer que él es un
verdadero visionario apocalíptico.
Conclusión
He aquí, pues, nuestra breve historia de la profecía bíblica, que ve el apocalipsismo
como un desarrollo de la profecía clásica de Israel. Nuestra intención fue darle al lector una
introducción general al lenguaje y la teología de todo el gran bloque profético del Antiguo
Testamento, así como de los textos extracanónicos del período interbíblico y de algunas
porciones del Nuevo Testamento. Tener esa información, de la capacidad de identificar las
características propias de la profecía y de la apocalíptica durante la exegesis, nos sirve
como instrumento imprescindible para fechar e interpretar la literatura bíblica debidamente.
Si hay convergencias entre los textos religiosos de ese gran período de la historia de
Israel, si hay una unidad teológica que une toda esa tradición literaria, diríamos que es
seguro de que Dios está esciente de todas las cosas y supervisa desde su morada el
desenrollar de la historia humana. Dios, para la tradición bíblica, es un ser perfecto, justo, y
espera que los hombres lo imiten en esos aspectos. Cuando la injusticia, la opresión, la
inhumanidad alcanza niveles insoportables, entonces los sensibles profetas, los
apocalípticos, buscan en su fe un mensaje de esperanza y ven a Dios interviniendo para
alterar las circunstancias. El obrar de Dios, siempre en favor del más débil, cambia de
acuerdo con la magnitud de los problemas a ser enfrentados, pero la fe de un nuevo tiempo
por parte del pueblo de fe permanece igual. La historia de la profecía bíblica es, en
resumen, una historia de perseverancia de un pueblo sufrido que se apoyó, de generación en
generación, en la fe en un Dios de carácter justo para, de este modo, no acomodarse a las
inhumanidades que les imponían, mantener sus esperanzas de liberación y continuar
viviendo un día después del otro.
Bibliografía
19
Otros detalles se mencionan en: MACHADO, Paulo, o visionário:..., p. 175-176.
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Traducción: Gilmar Saint’ Clair Ribeiro
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