revista Paralelo Sur nº 8 en pdf

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PARA
LELO
SUR
#8
ISSN1886-3930
ENERO 2011
122 PÁGINAS
106.625 PALABRAS
936.486 CARACTERES
42 IMÁGENES
7 POEMAS
7 SLAMS
13 RELATOS
2 ENSAYO
4 ENTREVISTAS
1 RESEÑAS
3 ITEMS INVISIBLES
“el mayor tesoro
se encuentra de vuelta
al punto de partida”...
Mircea Eliade
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&SUMARIO
ZOOMARIO
30
ENTREVISTA
Pedro Juan Gutiérrez
“la literatura es un ejercicio
del pensamiento y la reflexión, pero
con un tremendo sentido de la libertad
y de la responsabilidad individual”
27
54
72
Segunda entrega de nuestra visita a la
Francisco López Sacha
Marilyn Bobes
Cuba literaria de hoy. Una actualidad
“El público cubano llena las salas
“Existe una gran diversidad temática
que nos sorprende y merecía nuestra
de teatro, asiste a los Sábados del
y estilística. Con una narrativa
más cuidada y especial dedicación.
libro, abarrota los kioscos de la Feria
que apunta a una mayor presencia
Internacional del Libro de La Habana.
del sujeto, su intimidad, la referencia
(…) Tenemos un excelente público lector
cultural y la fuga hacia otros escenarios
que te reconoce por la calle y se siente
de la ficción...”
DOSSIER
ENTREVISTA ENSAYO
ENTREVISTA NARRATIVA
orgulloso de sus autores”.
16
SLAM
Payaso Manchego
“Cualquier autor con texto propio
38
58
de subir a un escenario, de pisar las
Roberto Manzano
Paradiso,
tablas, de mostrar al público su obra, sus
“Una personalidad bajo vocación es un
la arquitectura del absoluto
imán orientado: todo el cosmos viene
“Poeta de la metáfora y de la imagen,
en arcos convergentes hacia la extraña
Lezama Lima lo es de la carnalidad de
brújula de sus brazos.”
una y de otra. La imagen se presenta
puede participar en un Slam. Esa es su
principal virtud: la facilidad que ofrece
pensamientos. Lógicamente conlleva un
riesgo: la buena o mala puntuación, el
aplauso o el silencio.”
ENTREVISTA POESÍA
Roberto Méndez
como la “realidad del mundo invisible”;
la metáfora hecha de tensiones opuestas
lleva a las semejanzas.
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#8
FEBRERO
2011
5 6
EDITORIAL POESÍA
27
DOSSIER
18
SLAMERS
CUBA
SEGUNDA
MIRADA
A LA
LITERATURA
ACTUAL
Sabah Zouein
Nikola Madzirov
Joan de la Vega
Mateo Rello
¡1,2, SLAM…!
Entrevista a
El Payaso Manchego
Alma del Slam Poetry
Barcelona
y Red927.com
Payaso Manchego
Daniel Orviz
Maga Despistada
Oliver Grimball
Raquel Delgado
Marsal Font
Ana Reis
28
Presentación
30
ENTREVISTA
36
POESÍA
38
ENCUENTRO
42
POESÍA
Compartiendo
Yannis Lobaina
& Jordi Gol
a
Pedro Juan Gutiérrez
Las novias
de John Snake
Pedro Juan Gutiérrez
con
poetas cubanos.
Eliseo Altunaga
Basilia Papasmatíu
Mario Martínez Sobrino
Roberto Manzano
Anchy Obejas
Ricardo Alberto Pérez
Luis Yussef
54
ENCUENTRO
58
ENSAYO
62
ENSAYO
72
ENCUENTRO
76 - 80 - 82
NARRATIVA
con
ensayistas cubanos.
Ensayo Paradiso,
Arquitectura
del Absoluto
Memorias de la
primera cinemateca
en Cuba
con
narradores cubanos.
Verano
Maria Elena Llana
Fragmento
de Roberto Méndez
Martínez
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16
SLAM
Cero
Felipe Oliva
de Elizabeth Mirabal
& Carlos Velazco
Nadie llama de la
selva, Mirta Yáñez
84 - 88 - 96
NARRATIVA
98 - 104 - 106
NARRATIVA
108 - 110
NARRATIVA
116 - 120
INFANTIL
122
RESEÑA
Confesión
Nancy Alonso
Tía Enma,
Aida Bahr
Maldito Bresson
Arturo Soto
La isla y la nube
Ivette Vian
Nueve Narraciones
bien trabajadas
Por Ubaldo R. Olivero
Un día de Alí Kahn
Francisco López Sacha
Catorce,
Alberto Guerra
Compay Yukaoka
Enid Vian
El principio
y la senda
Marilyn Bobes
Los tiempos
de Diego,
Ubaldo R. Olivero
El Club
de los comemierdas
anónimos
Ernesto Pérez Castillo
Sobre el libro
Hay ciertas cosas
que una no puede hacer
descalza
de Margarita García
Robayo
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Paralelo Sur son:
STAFF
Edición:
Jordi Gol
www.paralelosur.com · info@paralelosur.com
Publicación: Paralelo Sur Ediciones · Sant
Iscle 12-14, 3º - 3ª · 08031 · Barcelona · NIF:
09426239B
Dirección: F. Javier Cubero
Portada: Diego Petrilli
Maquetación: Carlos Sainz Ochoa
Contraportada: García Bes
Consejo de redacción:
Fernando Clemot, Bernat Padró, Diego Petrilli,
José Luis Quintero, Raquel Delgado, Óscar Checa,
Eduardo Iriarte y Reinhard Huamán.
Colaboradores:
Isaac Rosa, Juan Aparicio Belmonte, Dante Oliva, Mercedes Cebrián, Unai Elorriaga, José Luis
Peixoto, Manuel Fernández Cuesta, Santiago Vaquera, Dante Oliva, Cristóbal Pagán, Félix Palma,
Juan Jacinto Muñoz Rengel, Benito del Pliego,
José María Pinilla, Noemí Montetes, Pilar López
Bedate, Alfredo Palacio, José Viñals, Noni Benegas, Rodolfo Franco, Ana Becciu, Mario Merlino,
José Pérez Olivares, Mario Campaña, Yulino
Dávila, Andrés Fischer, Milena Rodríguez, Julio
Espinosa, Eduardo Moga, Ubaldo R. Olivero, José
Ángel Gayol, Dulcia Espuny, Ignacio Sanz, Miguel
Ángel Muñoz, Juan Luis Calbarro. Especial Cuba:
Reynaldo González, Edel Morales, Yannis Lobaina, Enrique Pérez Díaz, Rogelio Riverón, Mylene
Fernández, Lina de Feria, Amhel Echevarría,
Luis Alfredo Vaillant, Daniel Díaz Mantilla, Ernesto Pérez Chang, J. A. Taboada, Sigfredo Ariel,
Francis Sánchez, Teresa Cárdenas, Zurelys López, Alberto Rodríguez Tosca, Miguel del Campo, Carlos Salem, Iván Humanes, Sergio Gaspar,
Álex Chico, Juan Salido-Vico, Santos Sanz Villanueva, Alberto Fernández Porta, Juan Antonio
Masoliver Ródenas. Nikola Madzirov, Sabah
Zouein, Roberto Méndez, Francisco López Sacha,
Pedro Juan Gutiérrez, Eliseo Altunaga, Roberto
Méndez, Achy Obejas, Roberto Manzano, Mario
Martínez Sobrino, Arturo Soto, Enid Vian, Nancy
Alonso, Basilia Papasmatiú, Aida Bahr, Marilyn
Bobes, María Elena Llana, Ivette Vian, Mateo Rello, Joan de la Vega, Payaso Manchego, Ana Reis,
Daniel Orviz, Maga despistada, Marsal Font, Oliver Grimball, Luis Yussef, Ricardo Alberto Pérez,
Alberto Guerra Naranjo, Elizabeth Mirabal, Carlos Velazco, Felipe Oliva, Ernesto Pérez Castillo,
Ubaldo R. Olivero, Mirta Yáñez.
Agradecimientos:
A Yannis Lobaina, Ivelyne Arencibia y Manolo
Mata, sin cuyo esfuerzo, cariño y dedicación,
este número especial de literatura cubana
no hubiera sido posible. Y a Jean-Yves Beirou, Martine Joulia, Marija Krstevska, Olvido
García Valdés y Luis Miguel Pérez Cañada,
por introducir en nuestra revista voces imprescindibles de otras lenguas.
Imprime: Publidisa
ISSN: 1886-3930
Depósito legal:
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EDITORIAL
Repetimos
Como anunciábamos en el número anterior, la riqueza de la literatura cubana, que nos dejó deslumbrados
en la Feria Internacional de Libro de La Habana 2009, es tan inabarcable, que el humilde intento
de acercar al lector español una pequeña parte, a modo de panorama o perspectiva,
precisaba de dos dossieres completos.
Pues bien, aquí está el segundo, cargado de agradables sorpresas y literatura fresca, vital, casi diría
que orgánica, muy apartada de las tendencias que actualmente copan el panorama europeo. ¿Endogamia?
¿Falta de referencias externas? ¿Un apego inquebrantable a la propia tradición? Tres entrevistas
(a poetas, a ensayistas y a narradores) nos desvelan las claves de la literatura cubana actual.
Un dossier que se ha ido literalmente ‘zampando’ la revista, ocupando una amplia mayoría de sus páginas,
porque es realmente difícil escoger entre el ingente número de propuestas de tanta calidad y originalidad
que, gracias a los buenos oficios de ese angelito de la guarda cubano que es nuestra amiga Yannis Lobaina
(promotora y productora cultural), llegaron a nuestra redacción.
Tres rasgos caracterizan este dossier: una importante presencia del ensayo, con dos artículos
de una calidad y una profundidad indiscutibles; la absoluta hegemonía de la narrativa que con 13 relatos
(sí ¡13!), deviene en una pequeña antología del cuento cubano actual; y la inclusión, frente al número
anterior, en el que tomaban protagonismo los escritores jóvenes, de un gran número de autores
de generaciones anteriores, aún en activo, y auténticos primeros espadas de la literatura cubana,
que nos permiten ampliar la perspectiva y ofrecer un panorama más completo de la realidad literaria
cubana en la actualidad.
Y, como guinda, una maravillosa entrevista a esa fiera de la literatura cubana que es Pedro Juan Gutiérrez;
entrevista en la que desentraña las claves de una narrativa que aúna el respeto y el éxito de público
y crítica, y que él ha querido acompañar con una pequeña muestra de su obra lírica, para sorpresa
y disfrute de nuestros lectores.
Sabemos que en el dossier (insuficiente tan poco espacio para albergar tanto talento) no están todos
los que son, pero indudablemente sí son todos los que están. Tal vez en futuros números tengamos ocasión
de ampliar nuestra nómina de autores cubanos. Es lo esperable, porque es insoslayable una mirada
cariñosa, amplia y crítica a una literatura singular y diversa, concentrada y universal, que es prácticamente
desconocida por los lectores españoles.
Pero como no sólo de dossier vive la revista, y teniendo en cuenta que la narrativa se hace dueña
de prácticamente la mitad de sus páginas, hemos querido dar presencia a la poesía fuera del dossier,
con varias propuestas interesantes y sorprendentes, como las del macedonio Nikola Madzirov
y la de la libanesa Sabah Zouein (para lo que hemos contado con la ayuda inestimable de Jean-Yves Beirou,
Martine Joulia, Olvido García Valdés y Luis Miguel Pérez Cañada). También contamos con los poemas
de jóvenes autores españoles como Mateo Rello y Joan de la Vega.
Y, para rematar esta fiesta poética, José Luis Cabeza nos ofrece una mirada de experto al mundo del Slam
-una manifestación literaria que cuenta cada vez con más autores y con más aceptación por parte
del público- a la que sigue una pequeña selección de textos de slamers acompañados de un enlace
para que el lector vea la puesta en escena de la obra.
En fin, diferentes miradas sobre diferentes tradiciones y estilos que conforman una revista
que a buen seguro no dejará a nadie indiferente. Esperamos que disfruten tanto leyéndola
como hemos disfrutado nosotros haciéndola.
Jordi Gol
Editor de Paralelo Sur
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POESIA [ Sabah Zouein
Sabah Zouein
Y porque tú corrías
Tu, niña
cómo trepas
al árbol y a las rocas blancas,
cómo escalas tantas letras escarpadas,
y todavía no te has muerto.
***
Te he visto correr
en los campos de trigo,
te he visto identificarte
con el oro de las espigas,
el oro del cielo.
Y te embriagas con la luz de la madrugada,
con una montaña azul y con el oro
del cielo,
te dispersas en el viento
en formas y nombres,
duermes en el centro
del vacío.
***
***
Te deslizas a gran velocidad.
Es la montaña en tus brazos,
y la pureza del agua,
surgiendo de tus piernas.
Te dispersas,
como agua de verano
y dispersas tus acuarelas
en salpicaduras
parecidas a sus ojos errantes,
aquellos ojos ausentes.
***
***
8
Te dispersas en chispas de luz
sobre las puertas antiguas.
Frágiles son
las piedras blancas,
allá donde duermes.
Si supieras,
si supieras
cómo resplandecían los rayos de sol
sobre tu rostro dolorido
***
***
Te sientas en el centro del sol,
y te inclinas sobre días azules,
sobre recuerdos también.
Sobre algún dolor te inclinas.
Tus manos han violado
el santuario de las palabras,
y sigues corriendo.
El tiempo de la palabra te viola.
***
***
PSUR
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Sabah Zouein ] POESIA
Tú, no dejas
este jardín,
ni las rosas que
han trepado por la pared de la casa vieja.
Te pierdes en el fondo
del tiempo que dejaron,
detrás tuyo.
***
Te inclinas demasiado
y tratas de morir.
El espejo se rompe,
o bien se inclina el espejo sobre rostros que no habías visto.
***
No dejas
de correr
entre los álamos
y las hojas del olvido.
***
Pero después vuelves
por la tarde
a la mesa del pan y a las paredes azules.
Y reúnes los colores
en tu mano abierta,
te dispersas en la profundidad del espacio.
***
Buscas las almendras
y las uvas
y toda clase de palabras.
Te dispersas en letras doradas,
te dispersas también en los campos azules.
***
Estos son los campos de luz,
Y en ellos nadas cuando se pone el sol.
En ellos te acuestas.
**********************
Sabah Zouein poeta libanesa (de madre
argentina y de abuelos maternos españoles),
es periodista literaria y traductora también. Ha
publicado 10 libros de poesía (el primer libro ha
sido publicado en el 1983). Conoce varios idiomas,
como el francés, el árabe, el castellano, el inglés,
el italiano y el alemán. Su poesía está publicada en
varias antologías mundiales, en varios idiomas.
Poema extracto del libro Es ella que, o azul en
medio de la ciudad (2009, ed. Dar Nelson, Beirut),
traducidos por la propia autora con la ayuda de Luis
Miguel Pérez Cañada.
PSUR
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9
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POESIA [ Nikola Madzirov
Nikola Madzirov
Las agujas del reloj
Hereda tu infancia
del álbum de fotos.
Transmite el silencio
que se extiende y estrecha como
el vuelo de una bandada de pájaros.
Guarda en tus manos
la irregular bola de nieve
y las gotas que bajan
por la línea de la vida.
Di la oración
con los labios cerrados:
las palabras son la semilla que cae en la maceta.
El silencio se aprende en las entrañas.
Trata de nacer
como la aguja grande después de medianoche
y los segundos te alcanzarán en seguida.
Nace la perfección
Quiero que alguien me hable de los mensajes
del agua a través de nuestros cuerpos,
del aire de ayer
en las cabinas de teléfono,
de los vuelos que se cancelan por
visibilidad reducida y a pesar de todos
los ángeles invisibles de los calendarios.
Del ventilador que llora por los vientos tropicales,
del incienso que huele maravillosamente mientras
desaparece - quiero que alguien me hable
de estas cosas.
Creo que cuando nace la perfección,
todas las formas y verdades
se agrietan como cáscara de huevo.
Sólo el suspiro de las despedidas suaves
puede rasgar la telaraña
y la perfección de los países imaginados
puede posponer la secreta
migración de las almas.
Y qué hago yo con mi cuerpo imperfecto:
voy y vuelvo, voy y vuelvo,
como una sandalia de plástico sobre las olas
en la orilla.
Luz y polvo
Te encontraré en un momento
entre las cuatro estaciones,
cuando llevan a los niños de paseo,
y las almas regresan
como platos sucios en
una cantina obrera.
No somos una religión
y nadie cree en nuestras
sagradas escrituras.
Nuestras miradas se esconden
en los pliegues de las cortinas,
que dejan pasar oraciones ajenas
y luz que cae.
¿Se tocarán nuestros ángeles
cuando nos abrazamos
en la oscuridad, alguien encenderá una vela
para proclamar un reino?
Somos la luz de una cerilla consumida
que se convierte en polvo
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Nikola Madzirov ] POESIA
Cuando el tiempo pare
Todo
Somos el residuo de otro siglo.
Todo es caricia.
La nieve cerraba sus alas
sobre las colinas, yo cerraba mis palmas
sobre tu cuerpo como cinta métrica
que se desenrolla sólo por la longitud
de otras cosas.
El universo existía
para que naciéramos en lugares diferentes
y nuestra patria fuera el arco iris
que une dos jardines
que no saben uno del otro.
Así pasaba el tiempo:
cultivábamos el miedo dentro de nosotros
mientras en los demás nacía la admiración.
Nuestras sombras se hundían
en pozos envenenados,
las palabras dichas por alguien
desaparecían y aparecían
como pedazos de vidrio en una playa de arena,
rotas y afiladas.
Todo es recuerdo.
El sueño estaba cerca,
lo remoto era lo que soñábamos.
Por eso no puedo hablar
de hogar, ni
de la muerte ni de previstos dolores.
Ningún excavador salvaje ha encontrado
hasta ahora las murallas que nos separan,
ni el frío en los huesos que dejan
los residuos de todos los siglos.
Cuando el tiempo se detenga, entonces
hablaremos de la verdad
y las luciérnagas formarán una constelación
sobre nuestras frentes.
Ningún falso profeta
había previsto la rotura de un vaso, ni
el contacto de dos palmas –dos
verdades grandes de las que surge
agua pura.
Somos el residuo de otro siglo.
Como lobos, a la vista de la culpa eterna,
nos retiramos
hacia paisajes de soledad domesticada.
El que escribe
Tú escribes. De las cosas que de veras existen.
Pero ellos dicen que estás inventando.
Te callas. Como una red lanzada
por pescadores furtivos. Como un ángel
que sabe qué traerá la noche.
Y viajas. Olvidas,
para poder regresar.
Escribes y no quieres recordar
la piedra, el mar, los creyentes
que duermen con las palmas separadas.
Nikola Madzirov (poeta, ensayista, traductor) nació en 1973 en
Strumica, Macedonia, como descendiente de los refugiados de las guerras
balcánicas del principio del siglo anterior. Su poesía ha sido traducida a unos
veinte idiomas y publicada en selecciones y antologías en Macedonia y en el
extranjero. Su más reciente poemario, Piedra Trasladada (2007) ganó el premio
de poesía europea “Hubert Burda” (con Peter Handke y Michael Krüger como
miembros del jurado), y el más prestigioso premio macedonio de poesía “Los
Hermanos Miladinovci”. Por su colección Encerrados en la ciudad (1999), recibió
el premio al mejor libro de debutante “Palabra de estudiante”, y por su libro En
alguna parte en ninguna parte ganó el premio “Aco Karamanov”. Fue redactor de
poesía de la revista de literatura y cultura Esplendor y es coordinador macedonio
de la red internacional de poesía “Lyrikline”. Ha participado en muchos festivales
internacionales de poesía y ha ganado varios premios y becas internacionales:
“International Writing Program (IWP)” en la Universidad de Ayowa en EE.UU.;
“Literarisches Tandem” en Berlín; la beca “KultuKontakt” en Viena, Austria;
“Internationales Haus der Autoren” en Graz; “Literatur Haus NÖ“ en Krems y la
beca “Villa Waldberta” de Münich, Alemania.
(traducido por Marija Krstevska)
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POESIA [ Joan de la Vega
JOAN DE LA VEGA
Como sílabas son las notas de este río sin nombre,
como palabras dictadas por una lengua extinguida.
Un pájaro desierto sobrevuela el curso del agua quebrando el valle sin nombres.
A un lado pacen ordenadas las artigas. Enfrente, la tersura infranqueable del
bosque. Al fondo del corredor flota una cima inmóvil.
Aún creo en los valles como madres con voz de estío.
Valle incandescente donde fluctúan los sueños sin retorno.
+++
Piedras silbantes que han enmudecido (o desgajado) sus nombres.
Cantos rodados que encienden un lenguaje inasible a golpes.
Una ráfaga condescendiente limpia los márgenes del río, aventa las gramíneas
caldeando su luz sin nombre. Todas las flores aquí rebosan, se inclinan sobre
una tierra inminente. En la ladera, un álamo pugna por hacerse un lugar entre
la espesura de los abetales, firmes en su dominio.
Aún creo en los agostos reverdecidos sin nieve.
Paisaje al vuelo donde se desmenuza el prodigio de la fugacidad.
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Joan de la Vega ] POESIA
Estany de l’Isla, 2.367m
Ves las cumbres
amanecer
sobre la corteza
terrestre.
Pides
misericordia
al silencio.
Extraña sensación
saber
que algún día
serás sólo
entre sus grietas
pura canción
de amor
petrificada.
Vall d’Incles
y allá en la cima el templo, guía y razón del viaje
Jordi Doce
Cuando
dé comienzo
la noche
y haya
culminado
nuestra voz
en su techo,
en su pavimento
de espinos
y silencio,
recuerda
la presencia
de este valle
(no su nombre),
el pulso firme
de este río
(no el poema),
que tome
tu mano
enlutada
y te regrese
a un lugar
más digno
que amar.
(poemas inéditos de La montaña efímera)
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POESIA [ Mateo Rello
MATEO RELLO
Los primeros ángeles
La música del mundo
Los primeros ángeles que viste
debieron parecerte buenos para jugar
y el cielo un sitio acorde con tu mundo de niña,
angelotes barrocos, amorcillos
de retablo perdido en un rincón del mundo,
en el pueblo minúsculo aupado entre los riscos,
donde el collazo abría su pequeña mole
a la cicatriz de la cantera.
Luego vendrían ángeles terribles
que habrían de seguirte hasta casi el final,
aves de presa que no proyectan sombra, pájaros
invisibles -no batir de plumas,
frotar de élitros-.
Contigo,
hasta casi el final,
picos curvos,
picos tenaces, picos
de la angustia.
“(…) Oía las risas de los chiquillos
entre el cañaveral. Era música”.
De una conversación con Joaquín Palacio
Veníais de la era, sucios de polvo y paja de la mies,
o del río, con cestos donde hervían los cangrejos,
las uñas de los pies azules.
Os exaltaba el aire luminoso
bajo un cielo infinito, las fragancias
de mayo en la Meseta, como si por primera vez
llegara mayo al pueblo.
Saltabais
los muretes de adobe,
restos de chozos arruinados,
una vez y otra vez;
os perseguíais
entre alpacas y arados.
Ritmos improvisados
con el cedazo acompasaban
la sinfonía de aquel gozo infantil:
tamizabais la sombra y el paisaje. Erais
la música del mundo.
Las ciudades no tenían nombre
ni estaban en sus mapas todavía,
¿En quién pensabas cuando, luego,
de dos en dos, subías
las escaleras de la casa?
MATEO RELLO (Badalona, 1968) es autor de los poemarios
Orilla sur (Ediciones del Grupo León Felipe, Barcelona, 2002),
Libro de cuentos (Paralelo sur Ediciones, Barcelona, 2009) y A
lomos de salamandra (La Garúa Libros, Sta. Coloma Gramanet,
2009). Participa en la antología Barcelona. 60 poemes des de la
ciutat (Eumo editorial, Vic, 2004), junto a poetas como Jaime Gil de
Biedma, José Agustín Goytisolo o José María Fonollosa.
Dirige Caravansari, revista de poesía contemporánea en lenguas
peninsulares y árabe. Ha participado en la VIII Bienal de Literatura
Mariano Picón Salas, organizada por la Fundación Casa de las
letras/ Mariano Picón Salas y la Universidad de Los Andes (Mérida,
Venezuela).
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Golfo de Adén
Mateo Rello ] POESIA
Un cielo generoso
sobre todos se comba, acoge
a todos por igual bajo su trama
de luminarias y distancia.
Habanera
Aquel escaparate abigarrado
daba el único indicio, la exclusiva
noticia del lejano mundo: bajo la advocación
de un mapamundi ingenuo que imagino
orlado en las esquinas por alegorías
de la navegación y del comercio, y enseñas patrióticas,
se amontonaban en desorden los escasos
productos de ultramar, útiles de tocador
ligeramente nacarados, abanicos
con estampas ya entonces anacrónicas,
y desvaídos cromos que anunciaban
atisbos de exuberantes
paraísos de cacao,
de aborígenes y faunas hostiles,
sin más refrendo, aunque por entonces suficiente,
que el famoso lagarto de la catedral,
polvoriento despojo de un saurio incongruente, nauta
varado por los siglos en las sombras
opresivas y frías de la nave
contra olas de cera y de incienso quemados.
Así que eso es el mundo, debías tú pensar,
satisfecha ante un orden de cuadros coloniales,
que, si bien intuías a veces melancólicos, te ofrecían a cambio
un aura heroica, ciertamente romántica
y encendida de fe. No sabías aún,
o eran parte de la misma leyenda,
de retratos de ausentes que, en algunas casas,
desmentían, cada día más pálidos y silenciosos,
tus glorias de soldados y de misioneros,
extrañas por demás en una niña
aunque cupieran en un verso de habanera,
aunque jamás quisieras admitir que fueron
un palacio de ámbar vulnerado.
(De Los primeros ángeles, inédito)
Ahora están tumbados en la duna,
hablan los dos amigos,
ven acaso algún dhow que viene abriendo
labios de espuma en el golfo de Adén.
El alba les convoca a la batalla,
una foto, tabaco y amuleto
en la placenta del bolsillo.
Quizá para esa hora estén ya muertos
los desterrados
que acechados y tensos
hoy han vuelto a encontrarse
en la ciudad tomada por el enemigo;
el sueño de las calles es un hermano hostil, un renegado
de anteriores vigilias ecuménicas
cuyos viejos fervores le persiguen aún;
los dos se abrazan con cuidado:
es tan primario
este detonador, y tan sensible.
Los que sin duda no verán amanecer,
consumidas estas horas finales
en la más que improbable evasión,
son esos dos que yacen
dentro de un basto uniforme rayado,
y a los pies del cráter humeante,
librados a su hechizo tras de ser tocados
por el dedo brutal,
el dedo agazapado de la mina,
tan lejos de su isla verde.
Idéntico aire ocre es el que aspira
el hombre de la cicatriz
tras disparar sobre el traidor y recordando
con un punto de tristeza y de avidez
las negrísimas cejas de la pálida
virgen del icono,
mientras le apuntan sus viejos aliados
y el sargento, muy, muy lejos de allí, está ordenando
salir de las trincheras a la carga:
silbo de balas y rasgar de carne
frente al golfo de Adén.
Sobre todos,
y para todos ellos,
el cielo se ha esforzado en su brisa de junio:
huele inequívocamente a verano,
les inflama
antes de la explosión.
(De Y la próxima carta, inédito)
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SLAM [ Payaso Manchego
¡1,2, SLAM…!
Primero fue la palabra, la palabra oral antes que la escrita, siempre existieron personajes en la historia de la humanidad,
enciclopedias humanas que recogían
episodios y leyendas de su día a día, de
su mundo: aedos, bardos, griots, juglares,
payadores, repentistas, etc. El manejo del
ritmo, del verso, de la pulsión, de la melodía, del escenario, del público, era su
base para obtener el aplauso.
Mi nombre es José Luis Cabeza, conocido en el mundo del Slam como Payaso
Manchego; es habitual entre los slammers,
término por el que somos conocidos los
artistas de Slam, tener un alter ego, que
en mi caso deriva de el poema que me
llevo a ser escuchado. Ser escuchado es
lo que desea cualquier artista. Escucha,
un artista requiere escucha, un artista requiere escena, escenario y ¿dónde se encuentran esos escenarios, en manos de
quién? ¿Qué hay que hacer para poder
participar en ellos? O, mejor dicho, ¿a
quién has de conocer?...
En KOSMOPOLIS 2006 participé por
primera vez en un Slam, lo primero que
me sorprendió fue la facilidad que me
ofrecieron para subirme a su escena;
lo segundo, que el público manifestase
abiertamente si le había gustado o no.
Si un artista no encuentra lugar en el
que presentar su obra, nunca podrá tener un buen directo, o su directo no será
tan bueno como podría llegar a ser, la
escena requiere de canchas de entrenamiento abiertas al público; por ello el
Slam, entre otras cosas, es un magnífico
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Payaso Manchego ] SLAM
campo de formación. La mayoría de los
slammers así lo utilizan, como lanzadera,
y con el tiempo pasan a otras modalidades en las que desarrollar su obra, teatro, música, Spoken Word, etc.
En Chicago, en 1985, Marc Kelly Smith sube al escenario del club de jazz
Get Me High Lounge, agarra un micro
y comienza a lanzar versos: serían los
primeros experimentos de lo que hoy
se denomina Slam Poetry. «Nada de
demostraciones narcisistas de poetas
leyendo a otros poetas», advierte Smith. En el Poetry Slam no sólo participan
poetas, no todo slammer es un poeta ni
lo pretende, pueden ser artistas performancers, actores, dramaturgos, mc’s o
simplemente personas que tienen algo
que contar.
Cualquier autor con texto propio puede
participar en un Slam. Esa es su principal virtud: la facilidad que ofrece de
subir a un escenario, de pisar las tablas,
de mostrar al público su obra, sus pensamientos. Lógicamente conlleva un
riesgo: la buena o mala puntuación, el
aplauso o el silencio.
Un sorteo, en el que están presentes todos los participantes, decide el orden
de aparición.
Al participante que abre un Slam se le
conoce como ‘el sacrificado del público’, porque normalmente la audiencia
aún está fría y suele puntuar por debajo
de la media.
Cada uno de los concursantes tiene un
máximo de tres minutos para mostrar
su número. Sólo hay dos normas: el texto ha de ser obra propia y no se puede
utilizar más que la palabra y el cuerpo
del propio autor. El jurado es elegido al
azar entre el respetable. Tras cada participación, cinco personas del público
alzan la pizarras en las que han anotado su puntuación: mínimo 0 puntos y
máximo 10; la nota más alta y la más
baja son eliminadas, para que los conocidos o amigos de artista no puedan
manipular el resultado (de momento, es
la fórmula más democrática que se ha
encontrado). Los cuatro mejor clasificados pasan a una ronda final de la cual
uno resultará ganador.
Hoy en día, existen puntos de Slam por
todo el mundo, se realizan talleres en
las escuelas de Alemania, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, etc. ¿Por qué?
Por algo sencillo: estamos hablando de
palabra, los jóvenes aprenden a plasmar su pensamiento, a comunicar lo
que quieren decir, a actuar en público,
a ordenar sus ideas para ser entendidos,
a mejorar su vocabulario, su comunicación… La mayoría de los países tienen
artistas que los representan en las competiciones internacionales y los números de los mejores slammers son reproducidos en Youtube millones de veces.
La primera muestra de Slam en España se pudo ver dentro del marco del
Festival Internacional de Literatura
KOSMOPOLIS 2005, en el CCCB
de Barcelona, la organizó Hipnotik
Faktory. En la edición del presente año
-KOSMOPOLIS 2011- tendrá lugar
el primer Campeonato Nacional, en
el que los diferentes puntos de Slam
españoles serán representados por sus
respectivos slammers.
En la actualidad existen cuatro ciudades
con un punto de Slam en España: Barcelona, Madrid, Jaén y Mallorca. La forma
más fácil para contactar con ellos, si te
interesa, es por medio de Facebook, canal que se utiliza en el Slam como principal medio de comunicación.
De alguna forma, el Slam ha conseguido
llegar a un público general: en las últimas exhibiciones realizadas durante las
fiestas de la Merçè de Barcelona, una
media de 400 personas escuchaban la
palabra, que al fin y al cabo es de lo que
se trata. Niños, ancianos, adultos, jóvenes, llega a todo el mundo y en estos
tiempos en los que la poesía tiene tan
poca repercusión en la sociedad, puede
convertirse en un buen camino para hacerla llegar a más gente, para concebir
formatos diferentes, para crear puntos
de debate, de crítica social, etc.
No hacen falta medios audiovisuales,
tecnología de última generación, macro
escenarios… simplemente un micro y
una historia, el resto lo decide el público: 1, 2, ¡Slam!
Payaso Manchego,
speaker de Poetry Slam de Barcelona
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SLAM [ Payaso Manchego
payaso manchego
El viejo rey de Babilonia
¿Por qué pisar las cimas más altas?
¿Por qué profanar sus nieves, el león de piedra, el árbol petrificado?
Los tejados observan los rezos del iniciado,
Los libros sagrados levantan sus muros,
El maestro besa sus nucas
Y mujeres de rostros cubiertos,
Cubren de besos candados
Que se niegan a ser abiertos,
Siega de besos,
Rituales machistas y el humo inquebrantable
De reliquias sagradas,
Cierran el camino de los que han de venir.
Tras el telón,
Un ejército de pájaros plateados,
Los soldados presentan armas en el muro de las lamentaciones.
Vehículos mutilados adoran el esqueleto del tanque
A orillas de la carretera.
Todos luchan por la gran fogata de nubes negras
Con los hijos de los otros, mientras que sus hijos
Acuden a los pícnic de las universidades más exclusivas,
Han de prepararse, han de relevar a sus padres.
Izquierda, Derecha, Arriba, Abajo.
¿Quién cierra la puerta de los hornos en la fábrica de huérfanos? ¿Quién?
Largos corredores, habitaciones vacías,
Zapatos abandonados, fotografías.
Izquierda, Derecha, Arriba, Abajo,
Izquierda, Derecha, Arriba, Abajo.
En el congreso de altas columnas
Hondea la bandera del pirata,
Él sale al balcón y saluda, mientras tú,
Mientras tú comes un plato precocinado de spaghetti,
Izquierda, Derecha, Arriba, Abajo,
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Payaso Manchego ] SLAM
Izquierda, Derecha, Arriba, Abajo.
Yo no soy más que la futura carroña,
Yo no soy más.
El viejo rey de Babilonia observa las ruinas
Desde el país del mar.
La selva sepulta la piedra tallada y en el manantial,
en el manantial donde nacían los besos, ya no mana maná.
Pero el viejo rey de Babilonia ha vuelto con su gran barba gris
Y él sabe, él sabe lo que debe hacer.
Primero limpiará la tierra de sol, broza y polvo,
¡Jardinero: prende la cuerda del madero!
Y los masais,
Los masais no dejan de saltar
Los masais no dejan de saltar
Los masais no dejan de saltar.
Yo no soy más que la futura carroña
que ha de alimentar a la vieja ballena gris,
Yo no soy más.
No bajes más escaleras, no desciendas más,
Yo no soy más que la futura carroña
que ha de alimentar el ojo de la vieja ballena gris.
Ballena, oigo tu canto.
¿Tú la oyes?
¿Por qué pisar las cimas más altas?
¿Por qué profanar sus nieves, el león de piedra, el árbol petrificado?
El poema interpretado por el autor en:
http://www.red927.com
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SLAM [ Daniel Orviz
Daniel Orviz
Flash
Puedo escuchar ramalazos de stress
en el vacío del gran tetra brick
en el que hago mi break
con este picnic de alquitrán y smog.
Bordeando parkings y clubs de top-less
he caminado, buscando el hat-trick
de un fugaz fuck & run
mas permanece aún vacío mi blog.
La sesión jam de la tarde es un hit
de drum n`bass remezclado con house
por un DJ hasta el culo de crack
y yo me quedo atascado en su beat
hasta que, en un cut en seco, el soundtrack
cambia de ritmo, convertido en trash,
y tú, vestida como barbie girl,
cual superstar invitada del film
te me apareces delante en un FLASH.
Tú, la más funky. La diosa más cool
la perfección del mejor video-clip
en widescreen y con dolby surround.
Catapultada a la cima del top,
como un big bang surges entre el spam
sin hacer caso a señales de stop.
Y eres volátil oasis de glam,
eres burbuja que estalla en un pop
en el juego del pang!
Y tiene tu relucir de jet-set
la suavidad de una bebida light
y el amargor transparente del gin
tintineando on the rocks.
Reflejas sobre el perfecto parket
el look más fresco, la rabia más teen.
Como un graffiti de miles de sprays
del artista más hot.
Mas , en segundos, deshaces el link
y ya te esfumas. Me dejas en shock.
Soy como el clown de un antiguo cartoon
congelado en un take.
Igual que el crack que va después del boom
Igual que el caddie que no encuentra el green.
Igual que un freak con delirios de hacker
que se traga un fake.
Oyendo risas como de sitcom,
sin ni siquiera haber pillado el gag
cual secundario de Cheers o de Friends,
totally fucked, y más off que on
Mientras la luz, serpenteando en un tag
sobre las nubes, escribe:
THE END.
El poema interpretado por el autor:
http://www.facebook.com/l/33c3aLPmKgGay5Zbd5SlLNAkDQg;www.youtube.com/watch?v=-D40fIK6E8k&feature=player_embedded
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Maga Despistada ] SLAM
maga despistada
Feniletilamina (la yonqui del amor)
La yonqui del amor pasea por sus prados sinápticos y realiza una
fotosíntesis indistinta ante el sol y la luna.
La yonqui del amor desfila con porte militar por un bosque de libros,
ansiosa y hambrienta como las lepismas ante las palabras esdrújulas.
La yonqui del amor es cleptómana de polvos y caricias.
La yonqui del amor embelesa a los mayordomos del Ritz con sus
pantalones a cuadros y sus dedos manchados de chocolate.
La yonqui del amor muere al pronunciarse, se desmelena por abajo y su
trasero es más elocuente que su dentadura.
La yonqui del amor es condenada por la Inquisición, es lapidada por los
académicos, es insultada por los que buscan en la literatura belleza inservible de
tópicos vertidos en la papiroflexia.
Por ello, la yonqui del amor es asesinada cada día en los telediarios,
es despreciada por los hombres decentes que lucen su corbata con ambigua
gallardía, es mutilada por los manuales de protocolo y jamás será publicada y
jamás le llamarán señorita, porque sus verdades son hirientes como los vertederos
escondidos, su contorsión provocaría otro Crack del 29, su mirada es un arma de
destrucción masiva y su coño, demasiado parecido a un OVNI, queda registrado
en los archivos secretos de la NASA.
El poema interpretado por la autora:
http://www.youtube.com/watch?v=M5GhYKdTwsM
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SLAM [ Oliver Grimball
oliver grimball
El Orden de la Belleza
¡El Orden Natural!
-Oliver Grimball
Respiro sin aliento en la belleza
por suerte encontré
una Alquimia recreativa
con los sensuales deseos
que esta belleza enciende
y esta belleza transformo
en Reliquias de Oro
Reliquias de Oro que vivirán siglos más allá de mi cuerpo
convertido en tierra molida
tras el golpe y la pulverización de Cronos.
¡Este cuerpo una vez tan fácilmente tentado por la estética
yace ahora en una caja de madera
una caja de madera
diseñada y creada una vez por un artesano de la belleza!
traducción de Mónica Caldeiro
El poema interpretado por el autor en:
http://vimeo.com/12131106
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Raquel Delgado ] SLAM
RAQUEL DELGADO
¿Será juego de azar o sino?
Algarabía babilónica
Paso a paso
la ciudad se reinventa
ante mi incredulidad,
me observa fascinada
por mi capacidad impresionista
y muestra su lado más sabroso
entre flirteos y susurros.
¿Será juego de azar o sino?
Tal vez disolución homogénea
De locura y alcohol.
Cientos de ojos me observan con descaro,
penetran el escudo cultural
que marca la frontera
entre el otro y yo,
alcanzan mi sistema nervioso
provocando un estímulo fugaz
que delata mi sonrisa.
Los colores iluminan el asfalto
rojo, más rojo,
verde que te quiero verde
me sumerjo en el azul del cielo
ya contagiada por los múltiples olores,
algunos reconocibles
otros exóticamente desconocidos.
Una vez más,
Te he descubierto abrazado a mi matriz,
Concebido en un período de castidad
Donde la esquizofrenia desnudó mis sentidos
Y un latir ajeno retumbó en silencio en mis entrañas,
Dejando su huella en un trozo de papel rasgado
Cubierto de carcoma.
Te escucho a pesar de tu ausencia
Y las frías sábanas que cubren mi lecho
Cobijan mi desnudez,
Mientras poco a poco se desvanece el perfume
Entre suspiros y gemidos.
Libo mi copa de Vodka con hielo,
Y enciendo un cigarrillo
Mientras acicalo vocablos
Que me vacilan, y tutean
Con psicodélica impertinencia.
Me detengo por un segundo para enfocar mi percepción
y al cerrar los ojos
despiertan mis oídos
fascinados por el ritmo que invade las calles,
ritmo sabroso y elocuente de lenguas bipolares,
axioma vivo que salta de lengua a lengua sin pudor.
Es inevitable seguir el ritmo
mis caderas enloquecen,
mi mente se dispara
mi lengua se suelta
y me uno a la danza del switch.
Exprimiré la botella
Y dejaré que se deslice por mi garganta
Hasta la última gota de alcohol
Fingiré que te abrazo con ternura
Y arrastraré tu recuerdo hasta el subconsciente,
El único lugar, donde penetras mis pupilas
Y me dices lo que calla tu boca.
switcheo pa’ delante y pa’trás
en español, inglés y catalán,
con guiños chicanos entre eses y esas
carnales y carnalas
simones y ajúas.
Mi cuerpo pequeño y saltarín
enloquece entre abrazos y jolgorio,
que corra el vino y la fiesta
que el chile no es chile si no pica
y entre pica pica y salsa bachata
me sumerjo en la ciudad
hasta que mi cuerpo corpúsculo se difumina
entre la multitud
y desaparezco nuevamente
para perderme
en la algarabía babilónica
que se reinventa cada día
ante mi incredulidad.
Ver algunos poemas recitados por la autora en:
http://santaspoken.blogspot.com/2010/10/raquel-delgado-la-pocha-catalana.html
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SLAM [ Marsal Font
marsal font
Sentencia de la expulsión de Adán o Veredicto del caso Sísifo.
Ahora vive.
Tú, que no sabes, que no entiendes, que no ignoras, que no dudas. Vive.
Toca estar. Ser.
Tú, que no eras, que no estabas, que no soñabas, que no sentías.
¡Siente ahora!
¡Duele!
¡Goza!
Ahora, habla.
Tú, que vibrabas la palabra última en un eco eterno.
Habla las lenguas de Babel.
Vivirás en la medina de Fez. Buscarás tu suerte en los desorientados
dirhems de turistas hambrientos de compasión. La hipocresía será
tu fuerza. Te harás el pobre. Lo serás.
Vivirás en la sombría Atenas moderna. A los dieciocho años todo el peso
de una desaliñada burocracia caerá en tu petate y la costumbre
cargará un fusil con tu nombre. Viajarás a los confines de la secuela
helénica y soñarás con subirte al carro de fuego de Cassidy para
compartir con él la odisea asfáltica.
Vivirás en Gibraltar. En la persistencia orgullosa del gran Imperio Británico.
Un pie en la pulcritud de los campos de Liverpool, otro en el
chabacanismo distraído de los puertos de Algeciras. Los alambres
regirán lo cotidiano y no los podrás odiar, pero aprenderás a
tiempo que habrán de caer ante la risa de los pueblos.
Vivirás en Barcelona. En una de tantas. Dormirás fuera muralla cada
noche. Suspirarás por perseguir quimeras dentro y negligirás en
los sueños simples de la luna de Valencia. Serás contorno de todo
y dueño de nada.
Serás polvo sobre el polvo con los zapatos prietos. Formularás tu patria allí
donde te encuentres bien y el clima moldeará tus tradiciones.
Gritarás.
Gritarás de puro ardor cuando esto no se cumpla.
Gritarás a tu manera:
labrando con fuerza duras tierras en los Urales,
sirviendo copas de martirio seco en Londres,
silbando en negro por las calles de Ciudad del Cabo,
soldando los esqueletos de metal de nuevos rascacielos neoyorquinos,
pilotando reactores por los puentes de aire internacional,
sorteando policías en Méjico, en Buenos Aires, en Estambul, en
Tiananmen...
Y lo harás bailando.
Bailando el impreciso ritmo de tu llama.
Bailando por encima de los cantos de sirena del camino.
Porque éste será el manifiesto más claro de tu lucha
y el mejor impulso para subir, una vez tras otra,
la piedra a la cima.
El poema interpretado por el autor en:
http://www.youtube.com/watch?v=r1suuDkVTJw
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Ana Reis ] SLAM
ANA REIS
Há margem
à margem
abraçam-me dois vizinhos
um deles mora ao lado
o outro é mar extenso oceano movente e terno
aqui estou à margem do tempo
à margem de um velho continente decadente
dizem-me sul e peninsular
mas também sou entre
unido pelas margens frescas de um estreito tangível
moura de coração quente e deserto
nação migrante e dissidente como as ondas que a pariu
há sempre rio onde paro e me deito
sou produto nacional transportado
eleito fruto marginal apátrida
deveras monumento matriarcal à margem
há margem para ser
Sumados
somos acumuladores acomodados
acumulando dados
acomodamo-nos ao que nos rodeia
longe de ser amados
andamos rodeados de ruído
roídos de inveja e esperanças cegas
à espera de encontros
entre paredes inertes
somos acomodadores
acumulados em divisões privadas
endividados pela vida
virados ao contrário
dormimos em pequenos quartos
onde partem sonhos
fragmentados pelo cansaço
de quartos de hora sumados
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SLAM [ Ana Reis
Densidade
passaram-se os dias numa tácita guerra interior
num fundo tormento
numa tempestade de eventos abstractos
e gestos dormentes
fala-se na idade da vontade com inocência de regresso
ao som da guitarra e vozes do oriente
as imagens que florescem em redor
evocam o vital do momento
acordamos desorientados no tempo
no mesmo espaço presente
sem véu nem máscara a esconder
o brilho das faces
percebe-se que o lugar é
diante do espelho embaciado do ritual quotidiano
coberta de névoa numa linha mediana
não espelha o reflexo
as faces tornam-se ausentes
a pele essa apela ao dever de se ver doce e lisa
não analisa
apenas se ouve o silêncio das teclas
o tom vibra com os dedos
na mão da cidade
as fontes
recolhem os corpos
refrescam os trocos
gastam a água
no banho de chão
o tapete deitado e as toalhas em monte
chamam ao prazer de sair
sem resposta
entre quatro paredes cobertas
pelo tecto tocam-se letras
num ecrã claro da luz
não mais distante que o espelho
ofereces-me o lago ao fundo os montes em frente
um barco a menos onde
eram onze quando os pés alcançaram o solo
a terra moveu-se como quem dança no espaço suspenso
da incerteza que alimenta o corpo frágil e tenso
erguido de gravidade
somos caixas
de olhos bem fechados bebem-se histórias
de um sonho e caravelas
é tarde mas a vela
ilumina a sala de memórias
errantes e passeantes caminham nos corredores
embalados de viajantes
sentados à mesa entre quatro paredes e janelas sem vista
uma voz desenha no espaço uma corrente eléctrica
que saliva de alívio numa torrente estática
à conquista
nesta densa insanidade
tiraste-me as palavras e eu
calei a dúvida
El poema interpretado por la autora en:
http://www.myspace.com/materialeyesound
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DOSSIER
Una segunda
mirada
sobre la
literatura
cubana
actual
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DOSSIER [ Jordi Gol & Yannis Lobaina
COMPARTIENDO
PRESENTACIÓN
Jordi Gol & Yannis Lobaina
12 de febrero de 2009. 18.00 h. La
Habana, Feria Internacional del
Libro en el recinto de San Carlos de la
Cabaña. Poco pensaba este “joven editor
español, con gorra azul de Industriales y
gran mochila a la espalda, cargada de libros y revistas para regalar” (en palabras
de Yannis Lobaina, editora de Unión,
productora, especialista en promoción
cultural y factotum de este dossier), que
le esperaba una gran aventura literaria
que le pondría en contacto con lo más
destacado de la literatura cubana actual.
Diez días pateando la hectárea escasa
del recinto y persiguiendo a escritores
(la majestuosa Habana al otro lado de la
bahía, requiriéndome infructuosamente),
hasta conocer cada rincón como la palma de la propia mano. Y disfrutando de
cada segundo.
Y es que la Feria Internacional del Libro
de La Habana no se parece a ninguna
otra: ríos de gentío inundado las calles y
los pasillos de la vieja fortaleza militar,
salas abarrotadas de gente a la espera
del último libro de su autor favorito,
ediciones agotadas apenas se han puesto
a la venta. Una gran fiesta popular a la
que contribuyen los puestos de comida
callejeros y las actuaciones y los conciertos que tienen lugar en el recinto ferial.
Y, ante todo, lectores; miles y miles de
lectores manoseando las ediciones recién
salidas de imprenta (algunas incluso demasiado recientes, que casi no llegan a
tiempo a los estantes), ojeando primicias,
comprando libros por docenas. Y también escritores, decenas de escritores que
se pasean por la feria presentando libros,
comentando novedades, compartiendo
lecturas, disfrutando del contacto directo
con su público. En definitiva, una feria
del libro para la gente, muy lejana de los
pasillos enmoquetados, flanqueados por
stands de diseño y pululados por personajes encorbatados negociando derechos
de autor que definen las ferias europeas.
Llevado del olfato de lectora insaciable
de Yannis y de su experiencia como editora, Paralelo Sur tuvo acceso a un grupo
significativo de autores, narradores y
poetas, algunos muy conocidos y otros
que recién despuntan en su andadura
creativa. Pudimos entablar contacto con
autores consagrados de la talla de Pedro
Juan Gutiérrez, Antón Arrufat, a Alberto Garrandés, Lina de Feria, Leonardo
Padura, Lorenzo Lunar… y con otros,
menos conocidos por el público español,
pero igualmente importantes, como Rogelio Riverón, Enrique Pérez Díaz, Ernesto Pérez Chan, Daniel Díaz Mantilla,
Luis Alfredo Vaillart, Yoss, Mylene Fernández, Ahmel Echevarría, Teresa Cárdenas, Sigfredo Ariel, Francis Sánchez,
Carlos Esquivel o Zurelys López.
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Jordi Gol & Yannis Lobaina ] DOSSIER
A pesar de sus múltiples compromisos
y de la agitada actividad de la Feria, un
nutrido grupo de ellos tuvo un momento
para hablar con nosotros y responder a
nuestras preguntas acerca de la situación
y las características que definen el panorama literario cubano en la actualidad.
El criterio, pues, de selección de los autores, obedece en parte a la oportunidad
–y, por qué no decirlo, a la buena suerte–, y en parte al deseo de no ceñirnos a
una poética o a una tendencia determinada, sino de intentar ofrecer un panorama lo más amplio posible acerca de
lo que se está cociendo actualmente en
los fogones literarios de la isla. También
ofrecer el testimonio de generaciones
distintas con diferentes modos de hacer
y de pensar. Diferentes visiones sobre
la literatura cubana, sobre el momento
literario actual y sobre la propia escritura
desde una pluralidad de voces que nos
hablan a través de entrevistas, pero también ­–y lo que es más importante– desde
su propia obra. En un próximo número
de Paralelo Sur trataremos de prestar
oídos a algunas de las voces que se nos
han quedado en el tintero y, por supuesto, a esa gran parte de la familia literaria
cubana que se encuentra fuera de las
fronteras de la Isla.
En definitiva, que no están todos los que
son, pero sí son todos los que están. O,
en palabras de la propia Yannis Lobaina
“Hemos intentado realizar un bosquejo
de un panorama literario con incontables
matices. Un menú surtido del quehacer
literario cubano contemporáneo, en la
voz de sus propios autores. Espero que
los lectores disfruten de este primer intento de acercamiento a una cultura que
trata de alcanzar la universalidad desde
sus propias raíces.”
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DOSSIER [ Pedro Juan Gutiérrez
Pedro Juan
Gutiérrez
Escritor.
En 1998 publicó Trilogía sucia de La Habana
ENTREVISTA
Por Yannis Lobaina
Conversar con Pedro Juan Gutiérrez es un acto
de aprendizaje… su aspecto parece el de un hombre duro, pero su dimensión humana es grande.
Reparte su tiempo entre la relectura de Lezama, Alejo Carpentier, Marilyn Bobes, Senel Paz
o Imeldo Álvarez; el ejercicio físico -Gutiérrez es,
como buen cubano, un hombre presumido-; su
familia, y a la preparación de los materiales del
libro que hace tiempo reescribe en su mente.
A raíz de la reciente aparición en Cuba de El rey
en la Habana (Ediciones Unión de la UNEAC), nos
concede en el patio Hurón Azul, emblema de la
UNEAC, una entrevista que discurre entre buena
energía, risas y amistad.
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Pedro Juan Gutiérrez ] DOSSIER
A menudo se ha atribuido a su estilo la etiqueta de realismo sucio.
Me considero un escritor realista, pero no
de realismo sucio porque, igual que en la
vida, no hay frontera entre lo sucio y lo
limpio. Si hablamos de la limpieza en los
franceses y la limpieza en los cubanos: lo
que para ellos es limpio para nosotros es
sucio, y viceversa. Eso es muy relativo, en
la vida y en la literatura. Lo que sucede es
que los editores, cuando necesitan lanzar
un autor nuevo, siempre tratan de buscar
comparaciones. En mi caso, en Anagrama (Barcelona), cuando lanzaron Trilogía sucia de La Habana (1998), tenían que
compararme con alguien, para poder presentar un escritor cubano desconocido.
Entonces me compararon con Bukowski
y con Henry Miller, el Bukowski cubano
y Henry Miller no sé qué cosa. Fue más
bien una etiqueta comercial, pero después
fue cuajando y los críticos la adoptaron.
¿Qué siente Pedro Juan Gutiérrez mientras las
escribe?
Mientras las escribo estoy muy concentrado en la técnica. La gente piensa que soy
muy cubano y yo, a veces, pienso que soy
muy alemán. Tengo una disciplina germánica en la escritura. Lo que sí disfruto
mucho es el proceso previo a la escritura.
Por lo regular todos mis personajes son
gente que conozco, mezclas de personas
conocidas. Y también vivo intensamente.
Para poder escribir un simple cuento de
dos o tres cuartillas necesito mucho tiempo; desde que tengo una idea, una imagen, hasta que puedo ir dándole la vuelta
para convertirla en un cuento, puede pasar mucho tiempo tengo que hacer muchas cosas a la vez y así se va mezclando
todo hasta que un día digo: ¡aahh! Éste es
el título. Empiezo por ahí y después escribo en unas pocas horas. Primero lo tengo
que armar en la cabeza y en una libreta de
apuntes, y ya voy organizando. Incluso, a
veces, aparece: escribo como una secuencia, explicándome a mí mismo; lo organizo como si fuera una película y así no me
es tan difícil la escritura.
Usted ha dicho: “Escribir es correr el riesgo,
no ser políticamente correcto. Hay que huir de
ser un autor mediático, aunque las tentaciones
sean muchas”. ¿Qué riesgos corre al escribir?
Bueno, sobre todo corro el riesgo de ser el
pesado de la familia, el pesado del barrio
y el pesado del país, porque a mí, desde
que era periodista, me interesaron siempre los temas más oscuros de la sociedad,
los temas que los demás periodistas evitaban. Por ejemplo, fui el primero que
escribió sobre el suicido en Cuba -está
publicado en la revista Bohemia-. Me costó mucho lograrlo porque no era habitual
escribir sobre eso. Descubrí que es la 6ª
o 7ª causa de muerte en Cuba y que hay
un programa nacional de prevención del
suicidio y preparé un reportaje que se publicó. Un escritor, por lo menos según el
concepto que tengo de lo que es la literatura, necesita hacer que el lector reflexione, que el lector piense; darle elementos
para analizar, más allá de lo que el periodismo, muy condicionado, puede ofrecer.
Eso te lleva pues a correr un riesgo. El
tema del suicidio me tiene muy traumatizado porque se me han suicidado dos o
tres amigos y gente muy cercana, y me
han dejado un vacío muy grande. Uno
de los grandes misterios de la vida es la
muerte y si tú, voluntariamente, llegas a la
muerte, el misterio aumenta. Tengo varios
temas constantes en mi literatura y uno de
ellos es la muerte, las diferentes forma de
la muerte: la pérdida, el vacío que origina
la muerte. Otros temas son el alcohol, el
sexo, que me gusta muchísimo, etc.
¿Se mete Pedro Juan en sus personajes?
Me meto demasiado en mis personajes.
El proceso de escritura, para mí, es casi
doloroso, porque necesito un compromiso emocional con los personajes. Es decir, no puedo trabajar en el aire. Por eso
no escribo tanto. Tuve una descarga muy
fuerte de muchos libros en pocos años:
entre el 1994 y el 2007 escribí como 14 libros. Pero ahora llevo dos años y pico sin
escribir nada porque necesito meterme
bajo la piel del personaje, creérmelo de
verdad. El rey de La Habana, por ejemplo,
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“la literatura es algo muy sagrado;
la literatura no se puede profanar.
Es un ejercicio del pensamiento y
la reflexión, pero con un tremendo
sentido de la libertad y de la responsabilidad individual”
para mí fue muy doloroso. Siempre digo
que no quisiera volver a leer mis libros
jamás en mi vida y espero no tenerlos que
leer de nuevo, ahora que hay una edición
cubana que ha salido en Ediciones Unión,
de la UNEAC. Te confieso que no me leí
las pruebas de galeras. Confío en que no
le hayan quitado ni una palabrita, que la
edición sea tal como la hizo Anagrama en
España (1999). Confío en Marilyn Bobes
(la editora). Pero parece que eso que me
comentas les sucede a muchos escritores.
Leí en Paris Review una entrevista al propio George Simenon en los años ochenta
donde decía una cosa que a mi me dejó
asombrado: que el médico le permitía escribir una novela cada seis meses, como
terapia. El problema es que el hombre se
disparaba, que escribía la novela en una
semana y terminaba con la presión alta.
Tenía que hacerse un chequeo médico y
entre el médico y su mujer no lo dejaban
escribir durante seis meses. Podía escribir
dos novelas al año. Simenon era mucho
más descontrolado que yo. Qué horror
ser así ¿no? Yo me altero mucho porque
realmente me creo los personajes y me
meto dentro de ellos. Voy llevando una
vida doble. Quizás por eso me gusta tanto
el cuento, porque estoy con él una semana, 15 días, no más. Desconectas a los 15
días y lo olvidas, pasas a otra cosa.
llegué a la casa lo que hice fue escribir lo
que había imaginado, un texto pequeñito, de 10 líneas. Entonces siempre tenía
la imaginación a millón. Así, ya después,
cuando vine para la Habana y me enfrenté a una realidad tan agresiva, tan brutal,
de gente tan desesperada, tanta confusión, la imaginación se va quedando a un
lado porque tienes que concentrar energía para enfrentar esa realidad y escribes
lo que tienes en tu mente y en tu espíritu:
esa realidad tan fuerte y esa necesidad de
sobrevivir.
¿Por qué han sido necesarios trece años para
sacar “Melancolía de los leones”?
Ese libro lo escribí en una etapa muy
aburrida de mi vida. Yo vivía en Pinar
del Río, era periodista y jefe de la corresponsalía de una agencia de noticias. Tenía una vida muy rutinaria, de reuniones,
horarios y todo eso. Quizás para sustituir
un poco aquella rutina - una vida matrimonial con dos niños, un perrito, una colección de cactus: una vida que a mí no
me gustaba en absoluto-, empecé a escribir esos cuentos que son muy gastados.
Son como pequeños truquitos de magia.
Por ejemplo, el de las gallinas, que me
sucedió realmente. Venía manejando por
la autopista entre Pinar del Río y La Habana y delante de mí iba el camión con
las cajas de gallinas. Entonces, en algún
momento, se asoma una mano. Cuando
¿Cuándo nace la conciencia de ser escritor?
A los 18 años me dije: yo lo que quiero
es ser escritor, y lo demás es para ganarme la vida. Pero la literatura es algo muy
sagrado, que no se puede profanar; un
ejercicio del pensamiento y la reflexión,
pero con un tremendo sentido de la libertad individual y de la responsabilidad del
escritor. Yo, por lo menos, veo así la literatura: no como un medio de subsistencia, como el periodismo o la arquitectura,
que también me apasionan. La literatura
es algo muy sagrado. A partir de esa edad
empecé a escribir ya con conciencia de
que lo que quería era escribir: cuento,
poesía, y sobre todo novela. De eso salió,
por ejemplo, Melancolía de los leones. O, en
algún momento de septiembre de 1994,
escribí un cuento brutal, muy fuerte, que
es el primero de Trilogía sucia de la Haba-
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na y digo: bueno, esto es lo que quiero
escribir; me siento bien escribiendo esto.
Sé que es un libro cruel, muy despiadado
con los personajes, pero estaba viviendo
una realidad con situaciones límite. Imagínate, me pasé tres años con él y terminé
medio loco (risas).
¿El periodismo le ayudó a conformar sus historias?
Sí, el periodismo fue fundamental. Hay
dos tipos de escritores: el que antes de ser
escritor fue periodista y el que antes de
ser escritor fue otra cosa, dramaturgo, o
bibliotecario o lo que sea. El escritor que
antes fue periodista escribe por lo regular
como Hemingway, como Truman Capote:
muy fuerte, se agarra mucho a la realidad
y escribe de una manera muy específica.
Lo podemos ver, por ejemplo, en Alejo
Carpentier y Lezama Lima. Lezama nunca hizo periodismo. Alejo Carpentier era
un poquito más periodista -nunca fue periodista del todo, más bien fue columnista, articulista, editorialista, pero no fue de
buscar noticias en la calle- y en su obra se
nota otra elaboración del material. A mí,
el periodismo, en primer lugar, me enseñó a trabajar con el idioma, a respetar el
idioma. El idioma tiene una función, no
debes estar decorándolo, maquillándolo;
no debe de servir para decir mentiras disfrazadas. El idioma hay que utilizarlo de
manera muy directa, frontal, muy funcional. Eso me lo enseñó el periodismo. Y
también la disciplina del trabajo. Si con
ideas no haces nada, siéntate y suda, ahí,
cuatro, cinco, seis horas. Escribiendo a
ver si sale o no sale. Con ideas, tomando
cerveza en la esquina, no vas a resolver
nada, tienes que sentarte a trabajar con
disciplina. Eso de enfrentarse a la página
en blanco es la imbecilidad más grande
que dicen los escritores: ¡Hay!¡Qué temor
tengo a la página en blanco! No seas estúpido, si te tienes que enfrentar a la página
en blanco, vete a hacer otra cosa. Cuando
tengas algo que escribir, entonces vienes
y te sientas y lo escribes tranquilamente.
No se puede estar esperando la inspiración. Tienes que organizar tu material,
trabajar, investigar, irte metiendo dentro
del material, hasta que al fin el propio material te dice “coge por aquí”. Te sientas y
escribes. Todo eso fue lo que aprendí del
periodismo.
¿Qué piensa del ‘Mercado Literario’?
En mi opinión, el Mercado Literario tiene
una parte buena y una parte mala: la parte buena es que se publica muchísimo, y
el lector tiene posibilidades para escoger,
porque hay libros de todo tipo. La parte
mala es que se repiten fórmulas que funcionan, como todos los libros epigonales
del Código da Vinci. Lo terrible es que no
haya mercado literario, porque entonces
el lector no tiene posibilidades de escoger.
Creo que es bueno que, por ejemplo, en
el Mercado Literario de Cuba estén Lezama Lima y Pedro Juan Gutiérrez, que
supuestamente son antagónicos, pero que
opino que son antagónicos complementarios porque equilibran el conocimiento de
la cultura cubana. Otra cosa es que en el
Mercado Literario, al no haber una visión
comercial, falten en las librerías los autores más importantes: Alejo Carpentier no
puede faltar en nuestras librerías, ni Lezama Lima, Eliseo Diego, Nicolás Guillén,
Guillermo Rosales -Boarding home, esa
novela no puede dejar de ser publicada
en Cuba, es excelente, profunda, desgarradora, y necesaria-; tampoco Carlos
Montenegro -Hombre sin mujer, que es un
libro fundamental, no aparece en ninguna
parte por algunos prejuicios políticos que
todavía persisten-; Wendy Guerra -Todos se
van no se puede publicar en Cuba. ¿Por
qué? Es una novela estupenda, muy bien
hecha, muy bien escrita-, Angelito Santiesteban -Los hijos que nadie quiso es un título que debe de estar permanentemente
en nuestras librerías-. Pero parece que no
hay análisis de catálogo, ni criterio comercial y el mercado editorial necesita eso,
una editorial necesita vender bastante de
estos escritores, que son bestsellers, para
poder publicar el poemario de fulanito de
tal que fue una exquisitez, pero del que sabemos que se van a vender 500 ejemplares. Eso es lo que hace por ejemplo Alba
Michel, mi editorial en Francia: publica a
King, al otro y al otro, que son súper bestsellers –por ejemplo, Amélie Nothomb que
vende 300.000 ejemplares- y entonces se
puede dar el lujo de publicarme a mí que
lo que vendo son 3 ó 4.000 ejemplares al
año, que para Francia no es nada.
¿Qué le parecen los talleres literarios?
Yo participé en talleres literarios cuando
era joven, tenía treinta y pico años; en
Matanzas y en Pinar del Río. A veces ayudan, a veces, no; eso depende de quién
los dirija. Imeldo Álvarez, por ejemplo
-un tipo maravilloso, amigo mío-, tiene
gran agudeza para analizar el texto de
un escritor joven sin ofender ni destruir.
Pero, por lo regular, las personas que dirigen los talleres literarios suelen ser personas muy destructivas. Creo que el taller
literario sí que puede ayudar cuando está
bien llevado.
¿En qué género se siente más libre?
Depende de mi estado de ánimo. Ayer
escribí tres poemas, uno detrás del otro.
Hacía muchas semanas que no escribía
ningún un poema y de pronto me salieron seguidos. A veces la poesía me sirve
para liberar un momento. Hago poemas
muy breves, y suelto lo que tengo dentro.
Pero el cuento, en general, lo disfruto mucho. Como proceso intelectual es maravilloso. Lo que más me gusta en el cuento es que puedo esconder muchas cosas
que se van dejando entre líneas, es decir,
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no escribir demasiado, no hablar demasiado, no subestimar al lector, que es tan
inteligente, tan sensible, tan agudo y tan
culto como yo o más. Lo que me gusta
es tachar. Escribo y después voy tachando; voy dejando cosas sobreentendidas,
y eso es lo maravilloso del cuento. En
la novela no es así, hay que extenderse;
está diseñada para extenderse, para dar
explicaciones, para armar un laberinto
y ahí ir buscando en todos los pasillos.
La novela funciona con el mecanismo
de la extensión. Yo, por naturaleza, soy
minimalista incluso en la vida. Me gusta
simplificar las cosas. Soy muy pragmático y me gusta ir directo al grano. Por eso
disfruto muchísimo el cuento.
¿Qué es lo que le inspira La Habana?
Escribí algunos cuentos en España, a
principios de este año, influenciado por
el ambiente de allí. Se respira otra tranquilidad, otro silencio, otra soledad, completamente diferente que la atmósfera de
Centro Habana. Antes sólo escribía en
Centro Habana. Me interesaba y todavía
me quedaba mucho material para seguir
indagando. Estos días he estado leyendo
unas entrevistas de Alejo Carpentier a
Carlos Fuentes, publicadas por París Review -traducida al español en Argentina
por el Ateneo-, unos libros que se llaman
Confesiones de escritores, maravillosos. Carlos Fuentes, Alejo Carpentier y García
Márquez coinciden en decir que en Latinoamérica faltan muchas cosas por decir.
Por eso hay tanto material para la literatura. En Europa ya escasea el material
y ellos lo saben: tienen que meterse en
retruécanos, en el laberinto de la personalidad de cada individuo, para poder
escribir algo. Pero nosotros tenemos una
realidad muy fuerte. Mis libros funcionan
en La Habana, pero podrían hacerlo también en Río, en Ciudad de México, en
Sao Paulo. Son ciudades que conozco y sé
que funcionan de la misma manera que
Centro Habana. Caminar por el barrio de
Gloria Botafogo, en Río, es caminar por
Centro Habana. Una vez estuve cinco
días en ese barrio, porque pensaba que
todo Río era Copacabana, e iba a presentar mis libros y la editorial me alojaba
en los hoteles de Copacabana; pero fui a
un Congreso de Literatura más modesto
y me quedé en un hotelito sencillito del
barrio de Gloria y entonces descubrí la
dimensión humana de Río. Creo que eso
sucede en todo el Continente, uno tiene
que escribir sobre lo que sucede allí; porque es un continente donde hay pobreza
y necesidades, donde la gente vive en situaciones límite todos los días, y eso produce mucho material para escribir. Cuando estás en Europa es más difícil.
Entonces, ¿ha superado lo de escribir solamente en su cuarto?
Sí. Antes era una cosa muy esquizofrénica
el tener que escribir allí; incluso con un
ritual de la máquina de escribir, utilizar
determinados tipo de papeles, escribir a
mano. Siempre escribo a mano, con tinta
negra de gel. Pero esos rituales los he ido
eliminando un poco y me he ido flexibilizando. El otro día hasta pasé un libro de
poesía yo mismo a la computadora, cuando antes siempre me lo hacía alguien. Yo
escribía a máquina, pero me puse y lo fui
trabajando en el Word: “No estoy tan viejo, dale, viejo, dale, flexibilízate”.
¿Qué piensa de la ‘diversidad cultural’, de la
que tanto se habla en Cuba?
Hay una cosa maravillosa que se llama
proceso civilizatorio -recomiendo los libros de Darci Riveiro, brasileño, que es-
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tán publicados en Cuba-. Hay que saber
en qué etapa del proceso civilizatorio está
Cuba. Siendo serios, hemos de reconocer que somos unos niños. No hemos llegado a la adolescencia respecto a Europa
o respecto a otras sociedades que tienen
mucha más historia. Es bueno hacerse
estos planteamientos, es maravilloso que
se empiece a hablar de respetar la sexualidad de cada uno, o el color de piel; si
es una persona inteligente y decente y
tiene una buena moral, una ética… me
da igual si es negro o es blanco. Yo tengo hijos mulatos, hijas mulatas, jabás,
de todos colores, porque no tengo esos
prejuicios; pero evidentemente vivimos
en una sociedad con muchos prejuicios:
nuestros negros hasta hace ciento veinte
años eran esclavos y eso lo perdemos de
vista. La sociedad se va desarrollando poquito a poco y, por suerte, tenemos una
sociedad muy dinámica y muy abierta.
Somos muy extrovertidos, hablamos con
mucha libertad de muchas cosas y eso
nos ayuda a evolucionar. Pero no porque
alguien diga en TV que hay que respetar a las mujeres, todo el mundo las va a
respetar. Pero esto también es parte del
proceso civilizatorio. En el caso de mi
literatura, elaboro un poquito la realidad
circundante, pero no tanto como la gente
se imagina. Hay cuentos en Trilogía sucia
de La Habana, en Insaciable hombre araña,
en Carne de perro, que narran las cosas tal
como sucedieron. Luego Archi me dice:
éste es un poco racista, éste va en contra
de las mujeres… Vivo en una sociedad
que es así, y no soy quien para enmendarle la plana. Otra cosa es que después,
como ciudadano común y corriente, te
diga que estoy a favor del feminismo. Yo
soy incapaz de darle un piñazo a una mujer, o de subestimarla. Pero cuando eres
escritor realista, la realidad es la realidad
y no hay quien pueda con ella.
¿Cómo ve el panorama literario cubano de la
actual generación? ¿Qué destacaría?
Yo leo muy poco, porque lo que hago es
releer mucho a los escritores que me interesan. A Cortázar, a Kafka, a Carpentier
-releo mucho los ensayos de Carpentier-.
Me actualizo poco respecto al los escrito-
res nuevos. Hay gente muy importante:
Ángel Santiesteban; Marilyn Bobes; la
poesía de Reina María, que sigue evolucionando maravillosamente; cada nuevo
libro de Leonardo es una maravilla; están
los cuentos de Arturo Arango; las cositas
que hace Senel Paz, que cada día escribe
menos. Hay una cosa interesantísima que
se produce en la literatura cubana, que a
la larga le dará más dinamismo, y es la
división que hay entre los escritores de
afuera y los de adentro, la llamada ‘diáspora’, que me parece algo maravilloso,
porque son dos mundos diferentes. Por
ejemplo entre lo mejor que se ha publicado en el exterior está Bording Home,
de Guillermo Rosales, una maravilla de
la literatura cubana. Hay quien dice que
son casi 3 millones los cubanos fuera de
Cuba, pues creo que eso a la larga beneficia al arte, no solo a la literatura, también
a la pintura, la fotografía, el cine; porque
ahora somos más haciendo cosas muy
diferentes, y estoy convencido de que llegará un momento en que lo mejor va a ir
llegando, se va a ir asimilando y se va a
ir fusionando.
para los niños, hay muñequitos (dibujos
animados). No en la cantidad ni la calidad
que debiera. Es preferible que publiquen
un poquito menos pero con las páginas
en colores, porque eso ayuda mucho al
niño. Yo adquirí mi hábito de lectura leyendo comics de Superman, de la pequeña
Lulú… A partir de los 6 ó 7 años los leía
por toneladas. Para algunos ensayistas y
estudiosos eso quizás me hizo daño, pero
me dio rapidez de lectura, hábitos de lectura. Y ya de ahí fui pasando a libros de
otro tipo. Si a los 20 ó 30 años no tienes
hábitos de lectura es dificilísimo que te
acostumbres a leer.
¿Cuál cree que es la mejor manera de contagiar
el gusto por la lectura?
Aprender a leer desde pequeñitos es fundamental. Si no se adquieren hábitos de
lectura cuando tienes 6 ó 7 años, no se lee
más tarde. Aquí por suerte, hay libritos
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DOSSIER [ Pedro Juan Gutiérrez
Pedro Juan Gutiérrez
Las novias de John Snake
usan collares de perlas
y se emborrachan
desde las 10 de la mañana/pero pierden
la compostura definitivamente por las tardes.
Entonces gritan desaforadas
por encima de los boleros
y las rancheras
de Paquita La Del Barrio.
Las gentiles señoritas
no soportan los latigazos
y otros abusos (sicológicos/corporales/anales/
y hasta telepáticos)
de John Snake/que se cuida mucho
y jamás menciona estas trifulcas infames
en sus memorias.
Sus atildados poemas/en cambio/
parecen escritos por esos poetas del sistema/seductores/
que usan traje y corbata
y cultivan amistades en las altas esferas.
Sus atildados poemas, decía,
sólo hablan de amores insoportables
largos/tediosos/aburridos/Y de señoritas inmortales
que se extienden románticas en el crepúsculo/
Johnny cree que engaña al respetable público
con sus máscaras y escapes imposibles
al mejor estilo Houdini.
Pero la realidad es otra:
cultivar el arte de la fuga
es una reiteración de la inutilidad,
querido Johnny.
Todos saben que eres un hijo-de-puta-másen-este-mundo-lleno-de-grandes-y-famosos-hastaheroicos-y-admirados-hijos-de-puta.
Ahh, John Snake,
si supieras
cómo te engañan tus novias.
Aunque las obligues a usar
collares de perlas y gruesos ajustadores de loneta
para evitar que se marquen sus pezones
en las blusas.
Nada es suficiente.
Ni un cinturón de castidad electrónico.
Nada, querido John.
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Son infieles
por el delicioso placer de ser infieles.
Y se ríen. A carcajadas.
Una simple burla/Rumberas de circo/Mulatas de fuego/
Y tú crees todo lo que te dicen
en el crepúsculo
cuando se emborrachan
y usan collares de perlas
y dan paseítos a lo largo de la casa
ansiosas y desesperadas/incapaces
de permanecer tranquilas
a tu lado
y escuchar esas monótonas
suites de Bach para cello
que tú oyes extasiado cada tarde
mientras deduces cómo
las habría escrito Mahler o Wagner
y tragas whisky como si fuera agua
y piensas que el mundo
es desastroso
pero sólido.
No, querido Johnny,
no te imaginas cómo todo se desmorona
y se hunde en mierda líquida.
Debajo del piso no hay solidez/Hay un pantano
de mierda
que hiede asquerosamente.
Las cucarachas
los gusanos apestosos
y tu Johnny
y tus novias infieles y sarcásticas
no tienen importancia.
Creo que te ahogarás en la mierda
y el pantano negro.
Ya no hay luz/y te hundirás
como un imbécil
perdido en esta isla
con crepúsculos dorados.
No tienes salvación.
Una vez más
te hundirás en la mierda del burdel
y las suites de Bach para cello
será el último ruido que irá contigo
hasta el fondo del pantano.
Adiós, Johnny,
querido Johnny.
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Encuentro
con poetas
cubanos
DOSSIER [
ENTREVISTA
Por Yannis Lobaina & Jordi Gol
INTRO
Cuba es un país de poetas. Se escribe, se
lee, se publica, se distribuye… un auténtico
lujo para los amantes de este género que
tienen un acceso amplio y diverso a las más
variadas propuestas. Hablamos con cuatro
poetas de renombre: Basilia Papastamatíu,
Mario Martínez Sobrino, Roberto Manzano
y Luis Manuel Pérez Boitel, que nos ofrecen
una mirada sobre el panorama de la poesía
cubana actual.
Basilia Papastamatíu (Buenos Aires,
1940) reside en La Habana desde 1969.
Ha publicado: El pensamiento común
(1966), Qué ensueños los envuelven
(1984), Paisaje habitual (1986), Allí donde (1996), Espectáculo privado (2003), y
Cuando ya el paisaje es otro (2008). Mario Martínez Sobrino (La Habana, 1931),
es poeta y autor de once poemarios. Obtuvo en 2004 el Premio de Poesía Nicolás
Guillén por Figuras de Tormenta. Roberto
Manzano (Ciego de Ávila, 1949) es poeta
y ensayista. Ha recibido los premios Nicolás Guillén (México, 2004), Nicolás Guillén
(Cuba, 2005), La Rosa Blanca (2005), y
Samuel Feijóo de Poesía y Medio Ambiente. Máster en Cultura Latinoamericana, es
profesor adjunto de la Universidad de La
Habana y trabaja como Jefe de Redacción
de Poesía en la Editorial Letras Cubanas.
Ha sido traducido al griego y al inglés. Luis
Manuel Pérez Boitel es abogado y poeta.
Ha obtenido premios como el XV Festival
Mundial de la Juventud y el de los Estudiantes, así como el ‘Màrius Sampere’ de
Santa Coloma de Gramenet (Barcelona).
Ha publicado en Chile, España, Brasil,
Puerto Rico, México, Estados Unidos y
Cuba y colabora con La Letra del Escriba
y El Caimán Barbudo.
Cada uno de estos escritores
se acerca a la poesía desde diferentes caminos y por diferentes motivaciones. Papastamatíu, directora de la
revista La letra del Escriba, alude razones
vocacionales: “Prefiero escribir poesía,
aunque también me interesan y me he
dedicado a la crítica, el periodismo cultural y la traducción. Y uno de los trabajos que más me gusta es hacer revistas
literarias.” También Roberto Manzano es
poeta nato: “Una personalidad bajo vocación es un imán orientado: todo el cosmos viene en arcos convergentes hacia la
extraña brújula de sus brazos.” Y define
los rasgos de su poética desde una doble
óptica: “la poesía en sentido amplio, que
es el desarrollo exponencial de la cultura,
y la poesía en sentido estrecho, que es el
cultivo del mundo interior a través de la
imagen inscripta en la palabra.” Para Boitel, la poesía es: “el espíritu de los pueblos”, y “la vida siempre es el leit motiv.”
Sin embargo, personalmente, la muerte
de su padre en 1998 fue el detonante de
su escritura: “fue esa prueba de fuego, un
gran árbol donde aferrarme, una razón
poderosa para apostar por el día venidero. Un lugar donde encontrar un país mayor, un mundo mayor, un océano mayor,
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pero también un silencio mayor.” Martínez Sobrino es un veterano de la poesía
en Cuba, ha escrito ya once poemarios
y participa y organiza múltiples actividades literarias, entre las que él destaca la
tertulia Aguas Varias, que pronto contará con una revista propia.
Cada uno tiene una visión diferente del panorama literario actual en la isla, aunque la diversidad
es un denominador común; diversidad
sorprendente, como apunta Manzano, si
se tiene en cuenta que la literatura cubana: “Apenas tiene dos siglos de verdadera
creación como una diferenciada entidad
histórica. Pero en ese breve lapso ha producido y acumulado un portentoso imaginario, y todo nuevo creador encuentra
al incorporarse un arca que recibe como
un usufructo dinámico.” Y apostilla que:
“El hilo de la poesía sube y baja, pero no
se adelgaza hasta desaparecer. (…) Su
principal rasgo es la diversidad, que parece derivar de la presencia de la filosofía
estética del posmodernismo.” Martínez
Sobrino hace hincapié en diversidad contemporánea, afirmando: “El panorama es
amplísimo, en relación con cualquier otra
etapa de la literatura y las artes en Cuba
desde su surgimiento en el siglo XVII.” Y
destaca: “que desde hace algo más de dos
décadas se incorpora mayoritariamente
la producción de autores con estudios y
títulos universitarios de carácter filológico. En comparación con lo que sería ‘mi
generación’ el autodidactismo ha disminuido mucho en esta heterogénea agrupación.” Papastamatíu se muestra de acuerdo en que: “se escribe mucho, se abordan
todos los géneros y desde visiones estéticas muy diversas.” Pero alerta: “hace
falta que las editoriales discriminen con
más rigor qué merece ser publicado y qué
no. Porque cuando aparecen demasiados
libros malos, eso produce la desconfianza
y el alejamiento de los lectores de lo que
se escribe en el país.” Boitel destaca la cubanidad dentro de la contemporaneidad
y universalidad de la poesía cubana, y lo
expresa de forma metafórica: “esa necesidad de ser el buscaluz del tiempo, esa
circularidad de escribir bajo el tremendo
calor de la isla, quizás cerca de una taza
con café, como único acompañante, con
la esperanza de que el amigo te traiga algunas hojas en blanco para continuar o
un buen libro que ya habías olvidado, de
esos que publican algunos cubanos fuera
de la isla y uno no lo logra encontrar.”
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DOSSIER [
Precisamente esa dificultad de
adquirir obras de autores extranjeros es vista a veces como ventaja y a veces como inconveniente. Para
Manzano esta limitación tiene una doble
vía: “Los poetas cubanos leen a poetas de
muchas partes y de muchas lenguas por
las más diversas vías, pero es verdad también que no sacian su curiosidad de saber: aspiran a estar más al día, aunque sea
materialmente tan difícil para un país pequeño y pobre cubrir el inmenso espectro
de búsquedas artísticas que reinan en el
mundo de hoy. Los poetas cubanos también aspiran a que se pulverice la limitación de acceso a sus obras que padecen
los lectores del exterior.” Martínez Sobrino se muestra de acuerdo con esta última
afirmación: “Pienso más en la dirección
contraria, o sea: el acceso a la literatura
cubana en el exterior. Son poquísimos
los autores de la isla editados más allá de
nuestras aguas. Ignorancia, promoción
y mercado creo que son factores de esa
ausencia; pero también la política, única
causa de las ediciones múltiples de una
narradora de tan baja calidad como Zoe
Valdés.” Boitel sí que cree que es una limitación, pero superable: “El creador es
un constante hacedor, es un individuo
que necesita de sus espacios, que busca
sus espacios. Y yo creo que es esa nece-
sidad de entregar la vida a una obra la
que hace que un creador supere cualquier
barrera, cualquier limitación.”
Hablarle a un poeta de la salud
de la poesía es destapar la caja
de los truenos, no obstante nos hemos arriesgado y las respuestas son sorprendentes (por lo positivas). Para Manzano: “la poesía cubana actual es una
de las manifestaciones más vivas de su
cultura. No hablo de una generación, de
un estilo, de una tendencia, de una temática, de los que escriben dentro o fuera:
pienso en el dinámico y derramado conjunto de su creación. La creación lírica
cubana de hoy vista así es un poliedro
disperso y desconocido de la compleja
sensibilidad nacional.” Basilia se muestra tajantemente de acuerdo: “la poesía
se encuentra en un muy buen momento
porque existe un número considerable
de buenos autores, incluso algunos muy
buenos; por lo que afirmo sin duda alguna que Cuba cuenta con uno de los movimientos poéticos más interesantes del
continente.” Martínez Sobrino destaca,
junto a la poesía, también el papel del
teatro como géneros que contribuyen
a: “La generación y dispersión de ideas,
hacer surgir o recrear un imaginario; en
suma, el acrecimiento del capital simbó-
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lico y su incesante novedad.” Boitel afirma que Cuba es: “un país de poetas, fundamentalmente. Hay pocos lectores de
teatro y muchos lectores de poesía. (…)
La gente no está habituada a leer teatro;
pero, además, ese teatro que se publica,
si el autor no tiene una compañía propia,
tampoco se lleva a escena. Y sin embargo
existen colecciones en varias editoriales
que siguen apostando por este género.”
Todos coinciden en la buena y
rica relación que hay entre los
autores y los lectores en Cuba. Papastamatíu lo atribuye a la existencia de:
“espacios que propician el acercamiento
de los autores y el público (…) como son
las mismas presentaciones de los libros en
instituciones, librerías o ferias o las tertulias o debates literarios que permanentemente se organizan.” Martínez Sobrino
va más allá y afirma que esta relación
es: “buena; en ocasiones muy buena.” Y
destaca: “En cuanto al riesgo, es el de la
innovación y el de la experimentación;
su asimilación por el público toma algún
tiempo, a veces mucho, y creo que en el
área de la poesía más que en cualquier
otro género.” Boitel también lo cree, pero
echa en falta: “más espacios en la televisión para la promoción de los escritores
o un noticiero de arte y literatura de una
hora de duración, o quizás un canal de
televisión sólo para ello.” Manzano cree
que el público cubano se arriesga y que
“el verdadero público de poesía tiene un
adiestramiento mayor y sabe que el riesgo
no es una categoría estética.”
ratura en la mayoría de las provincias del
país no tienen ni buena calidad editorial
ni buena calidad en sus artículos. Están
llenas de cuestiones muy provincianas y
no tienen la dinámica de las revistas de
vanguardia.”
La publicación del primer libro
no es tan difícil en Cuba como en
otros países. La razón para Manzano,
es que: “las editoriales cubanas publican
bastante poesía. Las revistas ayudan también mucho, pues difunden las primicias
de un libro de autor conocido o presentan
el quehacer de una nueva figura.” Papastamatíu concuerda: “me consta que, en la
actualidad, todo escritor verdaderamente
bueno logra ser publicado. Las revistas
sirven para promover la buena literatura
y en este sentido pueden hacer justicia
a los textos más valiosos.” Martínez Sobrino afina más y responsabiliza de esta
facilidad de publicación a: “la creación o
habilitación de las editoriales territoriales
en todas las provincias, incluida La Habana, con modernos medios de impresión
digital”. Algo con lo que coincide Boitel:
“Están funcionando las editoriales territoriales con propuestas para esos escritores
que permiten la publicación y el pago del
derecho de autor por ello.” Aunque se
queja de que: “las revistas de arte y lite-
El canon literario muestra similitudes y diferencias entre los entrevistados.
Para Papastamatíu y Manzano, son indiscutibles Raúl Hernández Novás y Ángel
Escobar (Manzano destaca también a
Luis Rogelio Nogueras). Boitel y Martínez Sobrino destacan ambos a Ileana Álvarez y Nelson Simón. Pero, salvo estas
coincidencias, ambos poetas muestran
diferentes preferencias. Boitel destaca
a: Carlos Augusto Alfonso, Juan Carlos
Flores, Javier Marimón, Damaris Calderón, Sigfredo Ariel, Pedro Llanes Delgado y Odette Alonso. Martínez Sobrino,
a su vez, opta por: Agnes Fong, Alberto Sicilia, Jesús David Curbelo y Oscar
Kessel. Este autor también destaca dentro de su canon a los ensayistas: Enrique
Saínz, Guillermo Rodríguez Rivera, Luís
E. Álvarez y Víctor Fowler. Papastamatíu
incluye también en sus preferencias a los
narradores: Ezequiel Vieta, Miguel Collazo y Guillermo Vidal.
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DOSSIER [ Eliseo Altunaga
Eliseo Altunaga
Idéntica
La mañana apacible ilumina las ventanas del cuarto
La señora del pantalón rojo espera en la esquina el carro de turismo que la lleva al trabajo
Los viejos hacen la cola del pan y los niños marchan a la escuela
A una casa cercana se le desplomó el techo pero no se reportaron víctimas fatales
La vecina me pide los cigarros que dan por la libreta y el vendedor de tamales oferta un queso fresco
Una fosa estallada hace correr el agua calle abajo
Una mañana más idéntica a la otra pero lloro frente al espejo y no dejo de llorar bajo la ducha
Viene el carro de la escuela porque empieza un taller
Los miro ya en el aula, expectantes, callados
Les digo no se puede contar historia alguna porque todas son el infinito
Miro por la ventana, las hojas verdes balancean los gajos del ocuje
Vuelan algunos pájaros y una nube deforme crea una sombra.
Por eso a la historia hay que trocearla y convertirla en un relato
que es el mismo relato con otros personajes y otros trajes
Pero siempre un relato, instantes que nos conmovieron, retazos de conversaciones, fugaces momentos de caricias, un cielo azul,
Las historias no se cuentan, se relatan, repito
Una alumna me mira y descubro dos lágrimas en sus ojos
Las hojas no se mueven, los pájaros no cantan el cielo es solo azul
58 rosas
He lanzado al río Ariguanabo cincuenta y ocho rosas amarillas
Se van con la corriente procelosa
Seguramente a donde te encuentras
Para hacer un collar de cumpleaños
Y sabrás que el campesino no las quiso cobrar
Y que el chofer lloraba
Y que la gente del pueblo me miraba
Y que el puente se sintió halagado
De que tu octubre fuese festejado
En las aguas del río Ariguanabo
Eliseo Altunaga (Camagüey, 1941). Escritor y guionistaes Director de la
Cátedra de guion de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de
los Baños. Ha realizado cientos de adaptaciones de obras literarias a la radio y escrito
cientos de programas originales. En su haber cuenta con largometrajes de cine, series
de televisión, y telenovelas. Entre sus obras publicadas destaca el libro de cuentos Todo
Mezclado (1984) y las novelas Canto de gemido (1988), A medianoche llegan los
muertos (1998), En la prisión de los Sueños (2003), Las negras brujas no vuelan
(2008). Su novela Canto de Gemido, ha sido publicada en España por la editorial Mono
Azul Editora, radicada en Sevilla.
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una m
o azul,
Eliseo Altunaga ] DOSSIER
Dime
De repente es cierto que te has ido
Y sólo me has dejado
La irrepetible huella de tu ausencia.
La tarde y los amaneceres
Son pura soledad.
Y qué hago, dime,
Con la luna, con el mar,
Con el lucero frente a la ventana
Y con este amor
Que te duplica en cada hora.
una mañana idéntica a la otra.
Qué hago con las caricias
Que deshojaba en las mañanas
En tus espaldas
Y esparcía en las noches
Entre tus piernas.
Qué hacer con los octubres
Y con las primaveras.
Un pájaro se sostiene en el aire
Sobre las olas en tropel
Y tú no dices nada.
Playa Matanza, Chile 2009.
Yo se que anda por ahí
Yo se que anda por ahí,
Interminable su imagen se desplaza
Por toda la ciudad
Si la ves tráela a la mesa
Donde esperan sus flores amarillas
Sus collares de ámbar, sus blusas de la India
No dejes de decirle que la espero en la arrasada noche
Con mi vida sentada en la ventana
Dile que de algún modo ya estoy muerto
Si abre el amanecer y no la encuentro
En una esquina cualquiera de la cama
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DOSSIER [ Basilia Papasmatíu
Basilia PAPASMATÍU
Indefiniciones
¿Somos el espejo involuntario de nuestro honor?
¿Los que no se resignan a desaparecer ni a regresar vencidos, ni a perdonar ni a pedir
y hacen de las columnas leyes?
¿O de los que tienen el rostro desfigurado por el miedo y esperan siempre un juicio adverso
fieles sin razón abandonados a su pensamiento sin límites?
¿O esa sombra en deuda con su fe
el que simboliza con los brazos abiertos
cuerpo anhelante que
por el camino de la duda
se articula con el dolor
haciendo estragos (¿por tu boca que seguirá siendo mía, o tu oído que será mi boca, o yo seré el ojo de tu vientre?)
¿Nuestros enemigos de hoy nos olvidarán mañana?
¿Dispararás por fin tus dardos para hacer gemir
tu alma culpable te hará bostezar? ¿La pequeñez intuida de tu cuerpo nos librará de su miseria moral?
¿o seremos el hueco de su mano la copa alzada del otro?
Siente cómo palpita tu mente, cómo nos descubre y nos reconoce
—no sola, no ajena, no esquiva—
¿podrá acaso salvarnos de la perversidad?
Pensando rehuir
Por qué
Tan bellos
en la conciencia de su disipación y en el
los esplendores del mundo
se dispersan por el mundo
reconocimiento de su verdadera naturaleza:
se dijo «mi espíritu está cautivo»
por qué no bajan
y rogó «que mi cuerpo vuele
y se preguntan cómo armarse de valor
rumores que se acumulan y se incrustan
al menos
si no están ni vivos ni muertos
en sinuosos códigos
y me arroje de sí
(harto)
si la tierra es un reino doloroso
pieles que se desgarran rozadas apenas
y son sólo sombras
por dedos de hierro
lejos de los estragos de la memoria»
sin aliento y en vano intento
el sufriente paisaje de cuerpos perplejos
por qué no decir que
desdoblados en su fealdad o en su belleza a quienes arrebataron y rindieron
razones tienen para llorar
y que perderán sin haberlos alcanzado nunca
dejando hacer a la espontaneidad de sus almas
apagados y adormecidos luego
(con su mirada de estar muertos)
Basilia Papasmatíu Poeta, crítica literaria, periodista y traductora. Nació en 1940, en Buenos Aires, pero
vive desde 1969 en La Habana. Ha publicado los libros de poesía El pensamiento común (1966), Qué ensueños
los envuelven (1984); Paisaje habitual (1986); Allí donde (1996); Dónde estábamos entonces (1998), Espectáculo
privado (2003), y Cuando ya el paisaje es otro (2008).
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Achy Obejas ] DOSSIER
Achy Obejas
Nací
Para M, en sus 26
Nací en Cuba,
en una tarde como cualquier otra
en La Habana.
Había sol y calor
y las calles explotaban
con las voces de ciudadanos
y extranjeros.
te quiero
te miro y te beso
me asombras
te beso te muerdo
me lames los dedos
te extraño
te extraño y te pierdo
me escribes
te gusto
me dices secretos
te extraño
te extraño y contesto
me dices mil cosas
me quieres
te quiero
cocinas y como
cocino
y te nutres
me faltas
me encuentro
misterio
me gritas
me dueles
me trago tus dedos
cosquilla
barriga
tu lengua
la extraño
un baño de pies
me gustas
te bebo
te ríes
te doblas
me empujas
restriegas
todo tu ser
me gustas
Nací aquí,
en ningún otro lugar.
No porque lo pedí porque en ese momento
me hubiera dado igual Madrid o Dakar.
Fue así porque era mi turno,
y no el de algún genio matemático o músico
que cayó ensangrentado en las manos
de una enfermera estéril en Berlín,
o en el anonimato pobre y puro de China.
Nací aquí porque me tocó,
y porque yo la hija perdida y privilegiada,
infeliz y dichosa a Cuba también le toco.
me gustas
te beso
y te beso
y te beso otra vez
me rindo
me tiro del techo
del cielo
de donde tu quieras
me quieres
me pinchas
pellizcas
me das
palmaditas
resisto
ajusto
te quiero otra vez
te duermes
despierto
te mojas
me mojo
te escondes
te encuentro
me aguantas
resisto
me agarras
resistes
me rindo
te tengo
te suelto
te celo
me celas
te antojas
te rindes
me besas
te quiero
me quieres
que rico que rico
Achy Obejas (La Habana, 1956). Periodista, traductora,
narradora, poeta. Publica regularmente en el Washington Post
sobre música latina, y en el In These Times, sobre literatura.
Ganadora de un premio Pulitzer por su participación en una
investigación en equipo para el Chicago Tribune, para el que
escribió durante diez años. Entre sus obras, traducidas al español, al alemán, al húngaro y al farsi se encuentran We came
all the way from Cuba so you could dress like this? (1994),
Memory Mambo (Premio Lambda a mejor ficción lésbica,
1997), Days of Awe (Premio Lambda, 2002), This is What
Happened in Our Other Life (2007) y Ruins (2009).
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DOSSIER [ Mario Martínez Sobrino
Mario Martínez Sobrino
Ella que tocaba a sus hijos con el violín de Ingres
Ella que me tenía entre sus brazos.
Ella que mordía mis lóbulos.
Ella que había plantado minúsculos galanes de noche
en mis cavidades. Ella que conocía el secreto
de inundar mis laberintos. Ella que vigilaba
el silencio para fundar nuevas, suyas, crispaciones
para lanzarse, imprecar, extenderse y gemir
que no la redimieran jamás,
que no hubiera nunca silencio, ni mar y sólo
mis órganos de adivinación. Ella
tan triste, tan simple, tan solitaria.
Ella que yo había encontrado en lugar evidente
sin asombro, sin pronóstico, sin abolir el azar. Ella
que no sabía qué hacer con las sensaciones del día
que navegaba entre aguas adversas al caer la tarde.
Ella azul, étnica, vaporosa y de pezones anchos. Ella
que le faltaba inventar la muerte y no tenía tiempo.
Ella que desamparaba sus ojos antes de abrirme
en canal y que era por su gracia indemne
a los huracanes de intensidad moderada. Ella
que tenía que morir, evacuar menstruaciones y capitular
constantemente.
Ella que decía saber del amor y tenía una casa.
Que tocaba a sus hijos con el violín de Ingres.
Ella y la casualidad y la ternura.
Ella desértica y selvática, tan a la moda
tan sobria en sus paseos, tan lejana de los animales,
rodeada de afiches, avisos y libros, adicta al cine
y al perdón, inepta, al borde de una hamaca
tejida en Venezuela. Ella
reptando en la cocina
entre algunos recuerdos de viaje, con el añejo y la soda.
Ella que gustaba de oír anécdotas con un anillo en el anular
derecho.
Ella con formación profesional suficiente
para juzgar sentencias de alta
fidelidad. Ella mástil y cera y sirena y Ulises, ella escondida
en mis gestos más vagos o en las palabras más incoherentes de mi
estado crepuscular.
Ella compendio y desconcierto, heredera y estéril
perito, desandador, profeta de un testamento perdido
y por lo demás carente de importancia. Ella que cerraba
las puertas oportunamente, que no la conmovían
las mentiras útiles, las verdades inútiles, ni los consejos
útiles e inútiles. Ella al fin
con Ítaca entre sus labios.
Ella que no conmueve al mundo,
que su muerte no cambiará los destinos de Cuba.
Ella que ha estado en Venecia y está limpia.
Ella que usa anticonceptivos y no intuye soluciones heroicas.
Ella que no lee versos.
Ella que es de carne y horror al vacío
que lleva en la cartera la libertad eterna.
Ella amante del jazz, del parque Víctor Hugo, tan joven ahora
tan clara ahora, tan cierta ahora, diciéndome que me ama
y yo fumando y sin saber a qué atenerme.
Mario Martínez Sobrino (La Habana, 1931). Poeta y traductor. Entre sus
poemarios publicados destacan: Poesía de un año y treinta y cinco (1978), Tarde, noche,
otro día (1982), Mientras (1992), Largo verano (1995), Cabellera de un relámpago (1998) y
A un lado de la noche. Poemas, traducciones, reseñas y crítica en revistas han aparecido en
diversas revistas como: Trabajo, Cuba, Revolución, La Gaceta de Cuba, Unión, Conjunto,
El Caimán Barbudo, Prisma, Conjunto, Casa de las Américas, Bohemia y Letras Cubanas,
Videncias, La letra del Escriba. Figura en antologías nacionales y extranjeras.
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Mario Martínez Sobrino ] DOSSIER
Muchacha andante con flor en la espalda
Cassandra, Cassandra, your eyes are like tigers
and nothing written on them
Ezra Pound
Ni ideas
Ni palabras
Ni mis huellas
Tocarán la sombra de los pétalos tatuados en tu cintura sin
En mí todo puede contaminarte
Quizás esta mirada de esperanza
Que fluyes contra todo lo visto y ya por ver
Contra todo estertor y vagido de quimeras
El orden de los sagrarios de piedra
Su prez sus escrituras
Interpretaciones de los polvos hacia los polvos
Esos ecos de los ecos que aún quieren ser voz
De tanto imperio
De imperar tanto
fijeza
Oh esta clamante y ahogada multitud que nos vive
Entre insomnio y gemir de frenéticos tambores
¡Ay festivales de fugas tras la fuente de los sueños
Piedad piedad no más que piedad!
Delirios
¡Ah pero esta mirada de esperanzas entre esas poblaciones
donde inútilmente musitan máscaras penantes!
¡Tú alegría que danzas por las calles de las ruinas y los bordes
de los abismos!
¡Alegría!
¡Alegría tatuada volverás tu rostro
Derretirás la sal de las piedras
Penetrarás las ciudades con selvas de frescura
Fragantes tus corolas reharán el aire!
Ah tierra de promisión el vértigo de tus oscuras espaldas
Cabellera dura fiera piel que deshaces alhajas nostálgicas
Acerado azul de tu poca blusa sin historias
Los dibujos de tus pasos desvanecen altas efigies
Tus piernas las más veloces la creación más profunda
Insurgente vibrar esparces la vida
¡Ah briosa belleza cuánta certidumbre radiará tu sombra
Cuando las luces de tus ojos de tigre incendien
Este lento libro del crimen y del error
Donde los crucificados sin nombre y sin número
Por ti aguardan!
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DOSSIER [ Roberto Manzano
Roberto Manzano
El discurso de Onán
El cuerpo, en lances de amor, es parte indispensable del alma.
Epicuro
No puedo vivir sin ti, oh compañera. No puedo sostener solo mis insignias contra el viento.
Me duele, como una mala encía, todo el destino cuando me falta tu calor voluptuoso y envolvente, tu compañía de fragancia y deseo.
Porque me han puesto en mi cuerpo aquello que es para ti, aquello que te busca en la noche, oh mujer.
Cargo con la carga sola del órgano para ti que está en mí, el órgano que te busca anheloso como un brazo pequeño que quiere
transfigurar tu cuerpo.
Sube una energía. Es una energía tremenda, obcecada, llena de furor que sube y se distribuye a través de todas mis venas.
Cuerpo mío, cuerpo mío afuera del mío, déjame colocar en ti esta energía que es tuya, pues tiene tu imagen.
Puerta blanda de mi destino, déjame entrar. Déjame entrar, umbral dulce de mi vida.
No me faltes ahora que la soledad es ancha como un desierto, abierta como una constelación baldía.
Mi sangre te reconoce, sabe dónde estás, dónde guardas la esencia anhelante de lo que busco.
Mi sangre, ciega y callada bajo mi piel para tantas cosas, para ti es vidente y lúcida, y conoce perfectamente tu nombre.
Tú te me acumulas con los días, vas sucediendo en los pisos del deseo, te agolpas cada día como una gana más honda y más alta.
Y llegado el momento estallas como una imagen cuyos fragmentos mis brazos procuran unir antes que se dispersen en la soledad
del mundo.
Pero, dime, ¿yo estoy solo en estos pensamientos? ¿Son míos nada más?
¿Estos gestos silenciosos sólo ocurren en mis venas, en mis glándulas, en mis huesos, en mi frente, en mis ojos profundos?
No me olvides, que yo te necesito para ver dentro de mi propio ser, para encarnar lo que estoy destinado a ser desde los gérmenes.
A la derecha, volteando el rostro, te veo que pasas de pronto, como una sombra fascinante.
A la izquierda, volteando el rostro, te veo que sucedes de súbito, como un espectro dulce.
Delante y detrás te veo, volteando el cuerpo. Te veo en todos los puntos, girando con el alma en el poliedro del recuerdo.
No hay nada como verte. No hay nada como ponerte las yemas encima. No hay nada como abarcarte con la mano.
No hay nada como entrar en ti, lentamente, como quien silabea una lengua de frutas invisibles.
Aunque tú tienes una estirpe, ¿cómo es que te me presentas sola sobre la tierra, sin orillas ni orígenes?
Y te me plantas delante, allegándote en la atmósfera que cimbra, como si vinieras del fondo de todo destinada en soledad hacia
mi soledad.
Así, en la soledad, cargado de tu deseo, de cuya ausencia sufro, pido no pensar en nada, renuncio a todo, como un asceta.
Pero no puedo, tu cuerpo se me multiplica en los ángulos de todo, como una loca poceta o como un espejo frenético.
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Roberto Manzano ] DOSSIER
A ti, que te he amado largamente, que te he conformado en mis visiones, vuelvo siempre, vuelves, desde el difumino agresivo de
la separación y la distancia.
¿Y tú lo sabes? ¿Te enteras de esos regresos tuyos que son enteramente míos?
Sagrada es la mujer desnuda, bien tendida o en posiciones de fascinación dulce, cuyos fragmentos corporales distribuye algún
geómetra divino.
¡Son trozos de constelaciones, firmamentos curvos que solicitan viaje, frondas insinuantes del árbol donde todo el saber comienza!
Tú, productivamente distribuida, que tienes tantos puntos hermosos donde carenar la nave, déjame que mi atributo te recorra y
penetre.
Bajaré a descubrir con mis labios la totalidad secreta de tus mundos y te perseguiré los abismos musitando palabras terribles.
Quiero que tu piel oiga, a través de toda su extensión y sus íntimas bordaduras, el mensaje de mi corazón entregándose.
Tu ausencia duele, como un hueso quebrado. Duele, como una sangre quemada. Duele, como una vida rota por el vacío.
¡Tu ausencia me corta en dos, me separa de mí mismo, y me echo a andar con el cuerpo deshecho, comprimido, rebanado!
A veces, bajo los dictados del órgano, se dispara el recuerdo. A veces, bajo el imperio drástico del cuerpo, la sangre me pide
serventía de mujer.
Arriba se van suscitando las visiones y una energía que sube desplaza todos los eslabones precedentes, y asienta con fuerza tu
vapor desnudo.
Mujer, luna abierta, con sólo separar un poco tus muslos, se organiza el universo bajo nuevas leyes.
Tu poder de abertura es inmenso: todo lo convocas y resurreccionas, y la sangre apetece desembocar en ti, como en una patria.
Ven, y no me esperes. Acércate, sin separarme jamás. Búscame tú misma, con el mismo impulso con que yo te busco.
Ven, oh abeja participante y deseosa, con tus danzas de rotación y búsqueda.
Sea la refracción de los impulsos, la devolución de los desbordes, todos mis avances en tu avance.
Éste es el amor que va hacia el amor que viene, ¡oh los dos amores del amor, sólo así, los dos hacia la unidad ardiente!
Amada mía, hecha de antiguas espumas, criatura loca del aire, sólo yo te veo en esta soledad de hoy, tan llena de recordada
compañía.
Tu cuerpo no puede ser comparado: no bastan las geografías, los vegetales, los animales voluptuosos.
¡Habría que inventar una lengua nueva para el amor, el esperanto del perfume y el fuego!
El amor está evolucionando delicadamente. Se está adueñando de zonas nuevas, y se está abriendo dentro de la frente como una
flor desconocida.
Roberto Manzano (Ciego de Ávila, Cuba, 1949). Poeta y ensayista. Premio Nicolás Guillén, de México, en el 2004, y Premio Nicolás Guillén, de
Cuba, en el 2005. Premio de Literatura Infantil La Rosa Blanca 2005. Premio Samuel Feijóo de Poesía y Medio Ambiente. Finalista en el Festival de Poesía
de Medellín, Colombia, 2007. Finalista en el Festival de la Lira, en Cuenca, Ecuador, 2007. Ha ofrecido recitales y conferencias en universidades de México,
Venezuela y Estados Unidos. Máster en Cultura Latinoamericana. Profesor adjunto de la Universidad de La Habana. Sus versos han sido traducidos al griego
y al inglés. Imparte diplomados para la formación de escritores. Tiene un gran número de libros publicados. Trabaja como Jefe de Redacción de Poesía en la
Editorial Letras Cubanas.
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DOSSIER [ Ricardo Alberto Pérez
de:
Ricardo Alberto Pérez
Arácnidos
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Ácaro de Polvo (fragmento)
El hombre era tan albino que ácaro rojo sintió repugnancia, le decían Escorpión del Sahara, durante
años se había despigmentado en la tierra árida de este desierto, ya sabía que sus coterráneos de África
solo necesitaban unos treinta segundos para liquidar a un perro y había aprendido a usar esa fuerza
letal de su especie, como modo de sobreponerse a las condiciones adversas que constantemente se
veía forzado a enfrentar. Aprendió a arquearse describiendo el ángulo exacto para perpetuar una
defensa eficaz. Se dice que cada cual encuentra la horma de sus zapatos; Escorpión Albino no fue
la excepción, una mañana tropezó con Mosca Escorpión, quien para acabar de conquistarlo una
semana después, le llevó un hermoso gato cazado en tejados de la barriada de Lawton, listo para ser
procesado, y comerse con la última reserva de vino búlgaro que había sobrevivido en una ciudad
literalmente arrasada.
De pronto, esa ciudad se vio copada por el espíritu de Kronoberg. Un grupo de hombres y mujeres
sin asociarse previamente a ninguna organización, de manera simultánea y espontánea, comenzaron
a sentir atracción por seres mutilados que usaban muletas u otros accesorios relacionados con la
violencia de uno o varios impactos, quemaduras producidas por el aceite caliente o la fricción
prolongada del cuerpo contra el asfalto; estas personas controlaban y dirigían sus deseos con
inteligencia inusual, bajo el pretexto de producir fantasías fundadas en el ingrediente grotesco que
obliga a colocar la línea del pensamiento mayoreando la línea del placer; subyugando de ese modo
la acostumbrada frivolidad a un complejo proceso de aprendizaje que hace saltar al cuerpo a un
nuevo estado de independencia. Puede parecer simple filosofía, pero cuando te atreves a desbordar
tu saliva sobre la quemadura que resplandece en la piel, indica una diferencia que al llegar a la
zona no afectada multiplica el disfrute, sin embargo regresas una y otra vez a resanarle el dolor con
más saliva, más excitación; es un vínculo ascendente, una coalición que se deriva de una colisión,
es decir, de muchas colisiones, momentos dramáticos de una ciudad tensa, seres que sobreviven
a lo innombrable, fuerzas o una desidia que desgarra los cimientos en sus variadas proposiciones,
así es como cojos, lisiados, y otros sobrevivientes del poli-trauma adquirieron un protagonismo
fascinante en el eros de un entorno que ensombreció de manera brutal sólo en el transcurso de
unos meses.
La lepra le había colocado una piedra enorme sobre la espalda, lo que se dice perfectamente
colocada, amarrada con un soga gruesa para impedir su movilidad, y facilitar el buen desplazamiento
de esta nueva especie de reptil que cientos de personas contemplarían, algunos pasmados del
asombro y otros con la mayor naturalidad; ya que creyendo en el ilimitado uso de la fe estarían
dispuestos a acciones similares. Se trataba de Ácaro de Polvo, con su redondez natural, de por sí
bastante repugnante en este pasaje mezcla de delirio y pobreza imaginativa.
Cada cual lleva su piedra, aquella que le toca, ajena a tu disposición de cargarla, tampoco decides el
lugar donde la llevarás y mucho menos el tamaño; de pronto sin pretenderlo la descubres, y si estás
preparado la asumes como un órgano más, sin el cual te sería bastante complicado seguir viviendo;
no me resulta adicionar otra piedra, otro objeto, un peso que adultera tu verdadera proporción en
Kg ante la amplia pradera de lo sagrado.
Pero ahí seguía nuestro panzudo, insistiendo en la recta final, enrojecido, la saliva escurriendo
por ambos contornos de la boca y la soga rozando la piel hasta quemarla, provocando un ardor
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Ricardo Alberto Pérez ] DOSSIER
definitivamente molesto, los codos y las rodillas visiblemente destruidas, sangrantes, matizando
con su coloración drástica una buena porción del suelo a través del trecho recorrido.
Un poco después entró victorioso en el santuario, la emoción fue tan grande que casi sintió ladrar
a los perros que comúnmente invierten su tiempo en lamer pasivamente las llagas en los pies del
santo. Las lágrimas se le salieron para mezclarse con el violeta de la hermosa capa que cubría a la
imagen motivo de la adoración. Ahora tenía que coronar todo el esfuerzo, lo que sería sin dudas
una proeza al incorporarse ante los perros y el santo con aquella enorme piedra amarrada a la
espalda, en un arranque de seguridad en sí mismo, comenzó el proceso, los músculos de la cara
se le pusieron tensos, y se podía escuchar el chirrido de los dientes a friccionar de modo tan atroz
los unos con los otros, mientras las piernas de Ácaro de Polvo se enderezaban y un tenue hilillo
de sangre corría por la zona trasera de su antebrazo, entonces pocos pudieron descubrir un hecho
escalofriante que consistía en una solitaria lágrima que corría por la cara del santo.
Ricardo Alberto Pérez (La Habana, 1963). Ha publicado los libros de poemas: Geanot (el otro ruido de la noche) (Ediciones
Abril, 1993); y Nietzsche dibuja a Cósima Wagner (Letras Cubanas, 1996). Con el libro Manía de Carcoma, obtuvo el VIII Premio de
Poesía La Gaceta de Cuba, 2003. Es miembro del proyecto de Escritura Alternativa DIASPORAS, y del consejo de redacción de la
revista, y del Parlamento Internacional de Escritores. Autor de las antologías El jardín de los símbolos -Antología de poesía cubana
(Santiago do Chile); Habana Medieval - Antología de Poesía Cubana (EDIUPF - Passo Fundo - Brasil).
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DOSSIER [ Luis Yuseff
Luis Yuseff
Balada del pájaro que llora
Lentos van sucediéndose los días
a Eddie
esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues
A.P
por esta vez el pájaro se ha vuelto jaula y
se ha ido donde el aire castiga su ser. este
pájaro llora, no sabe cómo hacer música con
las alas convertidas en hierro de prisiones,
no sabe, llora, sobre la tierra deja caer su
miedo incandescente, envaina tormentas que
baten contra el oleaje de su pecho, redobla
campanas, echa cerrojos a las puertas, a la
sangre, a las ventanas múltiples y estáticas.
cada jaula es un pájaro que llora, soledad
con alas, resonancia de metales y tristezas de
jueves santos, diana de los fuegos de la sed y
el fulgor.
señor, escucha, esta mujer es una jaula y la
jaula es un pájaro y ese pájaro no sabe qué
hacer con el miedo cuando una sombra pasea
sus perros, y los perros comienzan a ladrarle
al cielo, a la tierra y el pájaro que llora se va,
se queda como quien se va alguna vez, afila los
huesos con la lengua, trasmuta en hierro los
gemidos, duro hierro de prisiones, máquina
silenciosa de los puertos, hierro sobre el
canto, en las alas del pájaro llorador, vestido
con el resto de los fuegos del alba, yéndose
como si no se fuera alguna vez, quedándose
de espaldas a los cielos, caído sobre la tierra
tibia, con los peces de la sangre saltando en
la costa violácea del miedo, sin escucharme
cuando grito alejandra, alejandra.
en las múltiples estancias donde dura tu ausencia
ya ha comenzado
a tomar cuerpo la desmemoria
no en ti
sino en el salmo cotidiano
de tu sueño sobre la mesa tendida
en la flor
Jamás transcurre el día
sin que existan las cosas
que te pertenecen
en las múltiples estancias donde dura tu ausencia
ya ha comenzado a madurar el otoño
las extrañas claridades convertidas en mieles
derramadas de los cántaros que te invocan
lento fluyen de mí cuajan en mí me cubren
en mí
beben las mariposas
las mínimas barcas de luz
acodan
en mí
sobreviven estas aguas
hasta que en la garganta comienza a doler el silencio
y el silencio me devora.
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Luis Yuseff ] DOSSIER
Kodak paper I
Hay días en que me prohíbo tener amigos.
Sin embargo tengo amigos.
Los he amado con el ardor de la pólvora mojada en la
garganta.
Con el delirio del que está viviendo sus últimos días
y posee sólo algunos pájaros que alimenta entre las manos.
Cosas sin sentido: Tal vez porque no tienen ya sentido
las cosas. Y duele como si pegara el rostro al fuego de la
lámpara
donde ardía la mariposa de tus juegos nocturnos.
De tu llegada a deshora pidiendo un poco de conversación.
Palabras que sirvieron de consuelo
para que el deseo no terminara entristeciéndonos.
Soledad del tercero que podías ser tú. O yo.
Todo dependía de la habilidad conque desplazabas
las sombras sobre la cama.
Cosas que sólo entendemos los dos. Sabes cuánto oprimen.
Hubiera querido celebrar juntos el año del conejo.
Bebernos de un golpe las tristezas
como en los tangos de Contursi.
Tenerte por sabio y hermoso. Recibirte con la noche
rezumando en el cristal de la taza
donde bebías el primer café de la mañana.
Tenías peces. Cerámicas. Graffitis en las paredes.
Me imitabas. Uno termina pareciéndose a lo que ama
(recuerdas?)
Cómo temblaba tu voz.
El plomo de la traición cuajando. Y unas pocas palabras
para justificar. Palabras que terminaron por confundirnos
tratando de escribir el nombre de las ciudades
a las que soñabas (sueñas) partir algún día.
Groningen. Hamburg. Poznan. Países de hielo.
Versos que serán de agua entre tus manos.
Altas cumbres y tú que pedías un poema para el amor
que hace figuras de barro.
País de hielo. Miro la fotografía donde posas.
Llevas mi camisa negra.
Tratas de hurgar en la lujuria balcánica.
La punta del deseo.
El labio que escupa sobre las sábanas tu esperma.
País de hielo ya nada puedes hacer
para acabar con los días en que me prohíbo tener amigos.
Luis Yuseff (Holguín, Cuba, 1975). Miembro de
la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la
Asociación Hermanos Saíz (AHS).Tiene publicados El
traidor a las palomas (Eds. Holguín, 2002); Vals de los
cuerpos cortados (Eds. Holguín), Yo me llamaba Antonio
Boccardo (Eds. Almargen), Esquema de la impura
rosa (Eds. Vigía), y Golpear las ventanas (Ed. Letras
Cubanas), todos en el 2004; Salón de última espera
(Casa Editora Abril, 2007), Los silencios profundos
(Eds. Holguín, 2009) y La rosa en su jaula (Ed. Oriente,
2010). Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio
de la Ciudad de Holguín, Premio Alcorta, Premio Anual
de Poesía “América Bobia” y Pinos Nuevos, en el 2003;
Premio Calendario (2005), Premio Nacional de Poesía
“Adelaida del Mármol” (2008), Premio Oriente de Poesía
José Manuel Poveda; José Jacinto Milanés de Poesía y el
Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, todos en el 2009.
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Entrevista a
ensayistas
cubanos
DOSSIER [
ENTREVISTA
Por
Yannis Lobaina
& Jordi Gol
INTRO
El ensayo ha sido un género que ha marcado el pulso literario de Cuba desde ya
desde finales del siglo XIX. Cuba cuenta
con grandes ensayistas y el género goza
de gran aceptación entre el público. Paralelo Sur entrevista a tres ensayistas de
renombre Francisco López Sacha, Gertrudis Ortiz Carrero (Tula) y Roberto Méndez
Martínez, que nos cuentan el qué, el cómo
y el por qué del ensayo en la Cuba actual.
Francisco López Sacha (Manzanillo, 1950)
es narrador, ensayista, antólogo y profesor
de arte. Ha sido presidente de la Asociación
de Escritores de la (UNEAC), subdirector
del Taller de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y director de la revista Letras
Cubanas. Roberto José Méndez Martínez
(Camagüey, 1958), Premio Nacional de
Poesía “Nicolás Guillén” (2000), es poeta,
ensayista y crítico de arte. Posee la Distinción “Por la Cultura Nacional”. Gertrudis
Ortiz Carrero es escritora, narradora oral y
máster en Cultura Latinoamericana.
La diversidad y la complejidad
del panorama literario cubano
actual es algo en lo que los tres autores
coinciden. Para López Sacha: “la diversidad temática y estilística (…) es tan grande que parece imposible abarcarla de una
sola mirada”; aunque matiza que la nota
sobresaliente es “la narrativa, que se ha
convertido en un espacio crítico de confrontación social e ideológica, donde caben excelentes novelas generacionales (El
vuelo del gato, de Abel Prieto), novelas gay
(El paseante cándido, de Jorge Ángel Pérez)
o novelas teatrales (La noche del aguafiestas,
de Antón Arrufat). (…) el cuento sigue su
firme marcha hacia la desintegración anecdótica en los narradores más jóvenes, que
han asimilado en broma y en serio los
principios asimétricos de la escritura experimental y el fin de la escritura dramática.”
Tula coincide y afirma que: “lo más significativo de la escritura que se hace hoy es
como un sentido de irreverencia, el mirar y
reproducir artísticamente la realidad desde
el descreimiento, la ironía, el dolor.” Roberto Méndez destaca la complejidad, que
incluye no sólo “a los autores que escriben
en el interior de la Isla, sino a los que forman parte de esa gran ‘diáspora’ por el
mundo (…). Asimismo, incluye a autores
de muy variadas generaciones, por ejemplo, Fina García Marruz, miembro de Orígenes, (…) y la ‘generación de los años 50’
desde César López hasta Roberto Fernández Retamar. Entre ellos y los más jóvenes
hay al menos tres generaciones por medio
–los nacidos en los 60, en los 70, en los
80–. Comparten un espacio común pero
las poéticas son muy diversas. La generación actual –los autores que no rebasan la
treintena– (…) son más críticos en el plano
político social, poseen más información
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sobre lo que ocurre fuera de las fronteras del
país y eso quizá ayuda a que tengan una visión
más amplia de la cultura, (…) con el riesgo de
creer que todo nace con su tiempo.”
La dificultad de adquirir libros extranjeros (y de determinados autores extranjeros) es vista desde diversas perspectivas.
Para Tula: “Como quiera que se mire, es falta
de información, nos asombramos cuando los
libros de la literatura contemporánea llegan a
nosotros, estamos más detenidos en lo que fueron o son clásicos.” Roberto Martínez coincide:
“Ningún desconocimiento es bueno. De hecho
hoy se conoce más –gracias a la Internet, los
viajes, las ferias del libro– de lo que se hace en
el exterior que hace veinte o treinta años, pero
falta mucho para que tengamos la actualización
que respecto al mundo tenían en su tiempo
Mañach, Carpentier o Lezama. Pero esas carencias no creo que ‘afecten’ gravemente a un
autor realmente talentoso.” Para López Sacha,
sin embargo: “Si se refiere al tipo de literatura
que podemos consumir (los libros extranjeros
son muy caros en Cuba), esto no ha sido un
problema grave para los escritores, aunque sí
para los lectores.”
Respecto a la salud del teatro y la
poesía en Cuba, Tula afirma que: “el teatro
cubano actual tiene buenos exponentes, es polémico y esencialmente sugestivo, me refiero a
las obras originales.” Aunque matiza: “la reposición de clásicos, que aún se consideran paradigmas, indica un estadio de tradicionalidad, de
vuelta a la semilla; eso puede ser una limitación
o una defensa.” Roberto Méndez apuesta por
una “sana diversidad” de la poesía cubana actual y ofrece nombres generacionales: “autores
cuya obra comenzó a conocerse en los años
70 han seguido una notable evolución en su
expresión –Soleida Ríos, Reina María Rodríguez, Marilyn Bobes, Luis Lorente, son ejemplos de ello–. Otros, que eran hasta hace poco,
los enfants terribles hoy son poetas reconocidos:
Sigfredo Ariel, Omar Pérez, Ricardo Alberto
Pérez; y además, ya se encuentran en los concursos, o en las pequeñas editoriales, nombres
de autores todavía más jóvenes que ya dan a conocer cuadernos valiosos como son los casos de
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Luis Yusseff y Legna Rodríguez. Algunos
siguen encontrando una vena fecunda en
la tradición lírica cubana y sobre todo en
la persistente presencia del conversacionalismo entre nosotros, desde los años 50 del
pasado siglo; otros apuestan por una nueva ‘vanguardia’, vuelven al poema visual, a
lo performático, al happening y tienen una
actitud hipercrítica hacia lo que les parece
tradicional. Lo interesante es que unos y
otros pueden coexistir, madurar y hacer su
obra.” López Sacha nos ofrece una clase
magistral de historia de la literatura cubana: “El pulso de la literatura cubana, a fines del siglo XIX, por ejemplo, estaba en
la crítica y el ensayo. (…) El pulso a fines
del siglo XX estuvo en la narrativa, y sigue
estando allí. Desde Motivos del son (1930) de
Nicolás Guillén y Muerte de Narciso (1937)
de José Lezama Lima (…) hasta fines de los
80, la poesía trajo a la literatura los grandes conflictos, las grandes aperturas. (…)
Hoy, después de la revolución cuentística
iniciada en los 90 (…), ese lugar lo ocupa la
prosa, incluyendo el ensayo. (…) Noto en
ella (la poesía) una profunda dispersión, y
ya no constituye un movimiento coherente. (…) No me refiero a su calidad (…) sino
a su constancia, al sentimiento de apertura,
a las antenas que tuvo la poesía para captar
lo nuevo. En los 40 del siglo pasado surgió
el teatro moderno y también una nueva
dramática. Con Virgilio Piñera, Rolando
Ferrer y Carlos Felipe aparecieron casi
todas las combinaciones teatrales de van-
guardia, incluyendo el teatro del absurdo.
(…) Salvo el Quinquenio Gris (1971-1976)
que, en buen cubano, lo descojonó todo, el
teatro en Cuba tiene hoy una gran complejidad, una riqueza extraordinaria.”
La relación entre el autor y el público en Cuba es, según Roberto Méndez: “un asunto en el que creo que nadie
ha meditado demasiado.” Y añade que: “es
que es posible hacerse de un público más
o menos selecto para las presentaciones
públicas y publicar libros que tienen también un círculo de lectores no desdeñable.
Pero todo esto está en el terreno de ciertas
‘élites informadas’. El público en general
–¿existe tal cosa?– conoce apenas a autores
de literatura policial como Padura y Chavarría.” Para Tula también: “salvo en contadas excepciones, y muchas veces se trata
de popularidad, los lectores ‘machos’ son
todavía una cuestión intelectual, de élite.”
Sin embargo, López Sacha no se muestra
de acuerdo: “El público cubano llena las salas de teatro, asiste a los Sábados del libro,
abarrota los kioscos de la Feria Internacional del Libro de La Habana. (…) Tenemos
un excelente público lector que te reconoce por la calle y se siente orgulloso de sus
autores”. Y apostilla “Tal vez la tarea más
vasta en el orden educativo y cultural de la
revolución haya sido formar a un público
lector”. Aunque señala la falta de un verdadero suplemento literario en prensa, un
foro de debate permanente entre escritores,
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editores y críticos y un espacio televisivo de
diálogo. No obstante, afirma: “Por suerte,
todavía nuestra relación autor-público no
está mediada por el mercado.”
El acceso de los escritores noveles a la primer publicación,
no es tan difícil hoy, según López Sacha,
aunque: “todavía las ediciones territoriales
no se distribuyen lo suficientemente bien
por el país y a veces publicar el primer libro en ellas puede significar la caída en un
agujero negro.” Esa es también la opinión
de Roberto Méndez, que afirma que: “aunque se ha creado un sistema de editoriales
provinciales para los autores noveles, estas
tienen tiradas cortas, mal distribuidas fuera
del lugar donde se hacen y generalmente
con aspecto poco atractivo.” Sin embargo
Tula es de la opinión opuesta, ya que opina
que: “las editoriales provinciales, la proliferación de concursos, favorecen en mucho
la aparición de la ‘primera vez’. Las revistas, aunque son muchas, todavía no logran
dar un mapa total de toda la producción de
literatura en el país.”
recibir anticipos de libros que demorarán
en aparecer publicados” y añade la recién
creada Amnios a la lista.
canon literario cubano. Salvo López Sacha (que afirma aborrecer el Hit
Parade), los autores nos ofrecen un atisbo
de su canon: Tula destaca autores clásicos,
como José Martí, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Alejo Carpentier,
Reinaldo Arenas y Cabrera Infante; junto
con otros más contemporáneos como Reina María Rodríguez, Sigfredo Ariel, Soleida Ríos, Senel Paz, Ángel Escobar, Teresa
Cárdenas o Leonardo Padura. Este último
narrador, junto a la poeta Soleida Ríos,
forma también parte del canon de Roberto
Méndez, que también incluye, en la poesía, a Fina García Marruz, Lorenzo García Vega, José Kozer, Lina de Feria, Víctor
Rodríguez Nuñez o Teresa Melo; y en el
ensayo a Jorge Fornet y Margarita Mateo.
Aunque advierte: “faltan muchísimos, pero
creo que estos nos dan una idea de qué es
la literatura cubana actual.”
Respecto al papel de las revistas,
Lopez Sacha las señala como trampolín
del libro y destaca unas cuantas: La Gaceta de Cuba, Cauce, SiC, Casa de las Américas,
Unión y La Siempreviva. Roberto Méndez
se muestra de acuerdo: “Las revistas ayudan a dar a conocer a ciertos autores que
comienzan su carrera y además permiten
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Paradiso,
La Arquitectura Del
Absoluto
Fragmentos
Roberto Méndez Martínez
A primera vista, Paradiso pudiera ser calificada como una “novela de aprendizaje”, pero habría que convenir en ese caso en aplicarle el calificativo de “hipertélica”, porque en ella el camino
no va de la infancia a la adultez, ni de la ignorancia pueril a la madurez, sino que significa algo
mucho más ambicioso: el encuentro del hombre con la imagen, la recuperación del nexo trascendente que permite al hombre religarse al Cosmos y en ese sentido queda planteada la necesidad
de una teología nueva.
Aunque en una porción importante del texto el autor parecía contarnos la existencia de José
Cemí de modo más o menos lineal, el sobresalto se produce con la aparición de Oppiano Licario,
aquel que de modo indirecto propicia el encuentro del protagonista con la imago. Lo llamativo es
que no se trata de un pedagogo o mentor más o menos misterioso, sino de una figura elusiva, que
sólo se transparenta desde la muerte o sus proximidades, porque es un invitador a traspasar esa
frontera: primero aparece cerca del disoluto tío Alberto, luego en el hospital donde muere el Coronel, por último se manifiesta en su propia muerte. Su misión es la del mensajero de las tragedias
griegas: no importa por sí mismo, sino porque trae una indicación, una palabra, que hará resplandecer la verdad, con todas sus consecuencias.
Si el autor no hubiera incluido en la primera parte del capítulo XIV ese relato al parecer independiente: “Oppiano Licario”, que había sido publicado en Orígenes en 1953, su novela hubiera
quedado como un singular libro de memorias, como una paráfrasis poética de su recorrido vital;
es ese pasaje el que reconduce todo lo ocurrido hasta su finalidad y La Habana de las primeras
décadas de la República se convierte en el mundo absoluto de aquella casa presidida por el dios
Término, en la que dos bufones juegan al ajedrez, junto al parque de los tiovivos y la funeraria
donde están velando el cuerpo de Licario.
La escena final, en la que Cemí desciende a la cafetería subterránea, es también el hundirse en
el mundo de los muertos para recuperar la imagen y la semejanza: sin lugar a dudas hay aquí un
homenaje al mito de Orfeo en su viaje a la morada del Hades, pero más todavía al canto undécimo de la Odisea, donde el héroe ofrece su sacrificio en el Erebo y puede no sólo conversar con la
sombra de su madre Anticlea, sino escuchar las advertencias del adivino Tiresias. Cemí, que acaba
de recibir un sonetillo póstumo de Licario, no tiene que sacrificar como Odiseo reses para que los
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difuntos beban su sangre, sino que le basta con ese café con leche, de fuerte arraigo en la tradición
habanera: el tintineo de la cucharilla que lo agita, se cuaja en el dictado de Oppiano. Así como
Anticlea envía a su hijo de vuelta a la luz con un nuevo conocimiento, el maestro misterioso de
Cemí lo invita al ascenso y a un nuevo comienzo: “Impulsado por el tintineo, Cemí corporizó de
nuevo a Oppiano Licario. Las sílabas que oía eran ahora más lentas, pero también más claras y
evidentes. Era la misma voz, pero modulada en otro registro. Volvía a oír de nuevo: ritmo hesicástico, podemos empezar”1.
Como señala Ramón Xirau en su ensayo “Crisis del realismo”, la imagen en Lezama tiene un
fundamento teológico:
Poeta de la metáfora y de la imagen, Lezama Lima lo es de la carnalidad de una y de otra.
La imagen se presenta como la “realidad del mundo invisible”; la metáfora hecha de tensiones
opuestas lleva a las semejanzas. El mundo poético es un mundo hecho “a imagen y semejanza”; es también la creación de imágenes y de semejanzas. La poesía es así revelación de la
divinidad. ¿Cómo probar la verdad y la veracidad de las imágenes y de las “semejanzas” entre
el universo del hombre y Dios? Lezama Lima, más agustiniano que tomista, más patrístico
que aristotélico, renuncia a las pruebas. Hombre de fe, cercano a Tertuliano, Lezama sabe que
no hay más prueba que la rica carga de imágenes y semejanzas que el hombre ha construido y
edificado y que el hombre sigue edificando y construyendo de las eras fabulosas a las fábulas de
nuestra era.2
De ahí que en su novela “lo infernal, el mal del mundo, se trasmuta para poner en carne viva
la imagen de las resurrecciones. Paradiso es una de las grandes summas que Lezama buscaba en La
expresión americana”3.
Sin embargo, este volumen totalizador, colocado en la cima de su obra poética y ensayística
es también una gran sustitución: se trata de una lectura de una porción considerable de la historia
cubana para dotarla de sentido. Lo esencial de su obra se forja durante años particularmente críticos para la sociedad cubana, la corrupción moral, la pérdida de los paradigmas históricos, hacen
ver a la mayoría de los hombres de su tiempo a la República como una construcción sin sentido
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y sin futuro. Lezama y los que con él se nuclean en Orígenes buscan ofrecer una respuesta a estas
sinrazones desde la cultura, he ahí el núcleo de aquel editorial que no siempre ha sido bien interpretado: “un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros
cotos de mayor realeza. Y es más profundo, como que arranca de las fuentes mismas de la creación,
la actitud ética que se deriva de lo bello alcanzado”4. No se trata de evasión, ni de construcción
de un paraíso artificial, sino de ir a los manantiales iniciales de lo cubano para despertar, por una
ruta nueva, las potencialidades éticas del país. Como asegura en su polémica carta abierta a Jorge
Mañach, mientras muchos de la generación anterior renunciaban a sus actitudes de vanguardia y
aceptaban posiciones oficiales, ellos trabajaban en la soledad:
Pero de esa soledad y de esa lucha con la espantosa realidad de las circunstancias, surgió en
la sangre de todos nosotros la idea obsesionante de que podíamos al avanzar en el misterio de
nuestras expresiones poéticas trazar, dentro de las desventuras rodeantes, un nuevo y viejo diálogo
entre el hombre que penetra y la tierra que se le hace transparente.5
Aunque Paradiso no posea el “tablero de instrucciones” de su hermana Rayuela es un libro de
múltiples lecturas. Precisamente su grandeza estriba en su inagotable capacidad para retarnos: puede leerse como poema o como novela transgresora, disfrutarse como singular crónica de lo cubano
o mirarlo como una parodia de la Divina Comedia, donde el protagonista se acerca al Paraíso cristiano después de haber recorrido las más variadas y sombrías experiencias. A su modo singular es
un ensayo barroco sobre nuestro ser y la tentativa de fundar toda una literatura nueva – un empeño
que desde Heredia y Del Monte, cada cierto tiempo nos sobresalta. Las únicas miradas que esta
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escritura no acepta son la del bachiller normativista y la del falso ignorante que se espanta de la
riqueza que le rebasa. En fecha tan temprana como 1968, Emir Rodríguez Monegal nos advertía:
Para poder leer hondamente Paradiso habrá que esperar que pasen algunos años, que se recojan en libro y circulen por todo el mundo latinoamericano las obras anteriores de Lezama y las
posteriores que completan la novela, que se produzca esa contaminación de un orbe cultural aún
indiferente por todas esas esencias que el nombre de Lezama convoca y concentra. Entonces, será
posible empezar a leerlo en profundidad. Por ahora, lo único que podemos intentar es no leerlo tan
superficial, tan analfabéticamente. Por sí sola, esta ya es una tarea mayor y en el contexto actual de
la narrativa latinoamericana, imprescindible.6
Han pasado también más de cuatro décadas desde aquella tarde en que mi padre hizo descender del estante aquel ‘ladrillo cuneiforme’ y me lo ofreció, a pesar de que él vigilaba rigurosamente
mis lecturas: “Puedes leerlo...total, apenas entenderás nada”. Yo abrí el texto y leí: “La mano de
Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si
fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del
niño lleno de ronchas...” y comencé aquella lectura que me llevaría a la confección de una natilla
perfecta, a la muerte del violinista Andresito, a las aventuras fálicas de Farraluque y Leregas, al
ajedrez del tío Alberto. He leído Paradiso varias veces y todavía no me repongo del asombro de
la primera lectura. Quizá esos enigmas me impulsaron a intentar mi propia obra y, desde luego, a
redactar estas páginas.
1 José Lezama Lima: Paradiso. Edición crítica, Colección Archivos, ALLCA XX, 1997, p.459.
2 Ramón Xirau: “Crisis del realismo”, En: América Latina en su literatura.
Compilación de César Fernández Moreno, Siglo XXI Editores-UNESCO, 1972, p. 201.
3 Ibidem.
4 JLL: “Señales. La otra desintegración”. En: Imagen y posibilidad, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1992, p.207.
5 JLL: “Respuesta y nuevas interrogaciones. Carta abierta a Jorge Mañach”. En: Imagen y posibilidad, p. 200.
6 Emir Rodríguez Monegal en Recopilación de textos sobre JLL. Serie Valoración Múltiple, Casa de las Américas, La Habana, 1970, p.327.
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DOSSIER [ Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco
Memorias de la primera
Cinemateca de Cuba
(Capítulo del libro Sobre los pasos del cronista. El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera
Infante en Cuba hasta 1965, Premio UNEAC de Ensayo “Enrique José Varona” 2009)
Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco
El curso de cine de Valdés Rodríguez o la revelación de la alimaña
Cuando en el año 1948 Guillermo Cabrera Infante ingresó al curso “El Cine: Industria y Arte
de Nuestro Tiempo. Valoración Social y Estética del Cine” de la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana, el profesor José Manuel Valdés Rodríguez ya había graduado a seis
promociones y acababa de gestionar, bajo la anuencia del rector Clemente Inclán y el secretario general Ramón Miyar, que se habilitase el anfiteatro Varona de la Facultad de Educación
como una sala de cine por el impresionante precio de quince mil pesos.
Para convencer a las autoridades universitarias, Valdés Rodríguez había apelado a los resultados que desde el año 1942 venía obteniendo. Las doce lecciones teóricas y las doce prácticas, entiéndase en este último caso, la proyección de animados, noticiarios, documentales,
comedias, dramas, tragedias y hasta tragicomedias, gozaban de una popularidad más allá de
las fronteras de la institución universitaria, especialmente entre los jóvenes. Era hora de trascender aquellas proyecciones improvisadas de equipos portátiles en las salas de pruebas de
la RKO Radio. El interés por el séptimo arte convocaba, y la lista de ávidos sobrepasaba con
creces la limitada matrícula inicial de veinticinco o treinta espectadores sentados.
(…)
Graziella Pogolotti no duda en afirmar que las proyecciones organizadas por Valdés Rodríguez
en aquel entonces constituían una alternativa al cine comercial de la época, porque priorizaban las producciones que no encontraban un espacio público; y también reconoce que gracias
al curso de Apreciación Cinematográfica muchos de los miembros de su generación hicieron
lecturas teóricas sobre el tema y los primeros ejercicios prácticos de crítica.1
Desde el segundo curso, grandes productoras como la Fox Film de Cuba, y también J. Arthur
Rank, habían comenzado a otorgar diez becas para los mejores trabajos críticos sobre una película de proyección pública. Una de estas convocatorias, en específico una lanzada por la 20th
Century Fox para un concurso de crítica sobre El capitán de Castilla (Henry King), fue la oportunidad de los jóvenes Ricardo Vigón, Natividad González Freire, Rine Leal, Matías Montes
Huidobro y Guillermo Cabrera Infante para abandonar la barrial cinemateca de Consulado y
asistir al curso que ya hacía época.
Convocados a desarrollar un conocimiento sistemático del filme como hecho social y como
1 Conferencia de la doctora Graziella Pogolotti sobre el contexto cultural cubano en la década del cincuenta ofrecida
en el Centro Hispanoamericano de Cultura, La Habana, 20 de octubre de 2008. [Grabación de los autores.]
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Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco ] DOSSIER
fenómeno artístico, y potenciar el sentido crítico, aquellos muchachos de apenas diecinueve
años asistieron, durante julio y agosto de 1948, a los memorables estrenos privados de Donde
mueren las palabras (Hugo Fregonesse), Enrique V (Laurence Olivier), Iván el Terrible (Sergei Eisenstein), Monsieur Verdoux (Charles Chaplin), La Bella y la Bestia ( Jean Cocteau), Flor de Piedra
(Alexander Ptushko), Su mejor alumno (Lucas Demare), La Batalla del Riel (René Clément), La
Luz es para todos (Elia Kazan), La última puerta (Leopold Lindtberg), Grandes ilusiones (David
Lean) y El silencio es oro (René Clair).
Al anfiteatro-santo sanctórum del conocido decano de la crítica cinematográfica, arribaron los
iconoclastas y uno de ellos, desde muy pronto, se granjeó la animadversión de Valdés Rodríguez. Según Montes Huidobro, fue mutua la antipatía entre el reconocido profesor y Guillermo Cabrera Infante, que se empeñaba en desafiarlo secundado por sus amigos Ricardo Vigón
y Germán Puig, convencido de la caducidad de sus interpretaciones fílmicas. La enemistad se
extendió durante el tiempo suficiente para que aún hoy Walfredo Piñera, a pesar del embate
de sus años, recuerde con suma nitidez una frase que el prestigioso crítico solía repetir para
referirse a su anti-discípulo: «Solamente una alimaña se podía autodenominar Caín»2.
Ricardo Vigón, (…) en marzo de 1948, junto con otro entusiasmado por el cine, también ganador de la beca para el curso de Valdés Rodríguez de ese año, Germán Puig Paredes, se las
ingenió para ofrecer algunas proyecciones de películas norteamericanas y francesas en salitas
privadas, gracias a la colaboración de las conocidas distribuidoras que, tras incendios sucesivos, se habían mudado para un conjunto de edificios popularmente conocido como La Corea,
por haber sido construidos durante la guerra en ese país. (…) Bullía en su cabeza la necesidad
imperiosa de fundar nada más y nada menos que un cine-club, y por eso le escribe a Germán a
Nueva York sin conseguir ocultar la ansiedad de crear que lo embarga. Todo lo tiene pensado:
de cuatro funciones, los socios, que pagarán un peso al mes, tendrán derecho a dos, alquilarán
las sillas y con los cien dólares de ganancia podrán acceder al préstamo de cualquier película
2 En entrevista con los autores, 30 de abril de 2008.
Los días ajetreados, inocentes y perdidos del Cine-Club de La Habana que devino Cinemateca de Cuba.
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y todos podrán ver La Bella y la Bestia, Iván el Terrible y Las puertas de la noche.3 Se decide en los
inicios por el nombre de Pro-Arte Cinematográfico al tiempo que se preocupa por aunar a los
futuros socios.4
(…)
De leyenda calificaba Guillermo Cabrera Infante las privaciones que Vigón y Puig sufrirían
en su intento por crear el primer Cine-Club de La Habana «en el sofocante, exiguo local de la
Royal News»� primero y en los locales del Paseo del Prado, junto al cine Plaza después, mientras que Julio Matas rememoraba la feliz fecha en que las proyecciones de aquella agrupación
«encaminada a exhibir cintas cinematográficas consideradas material de arte y las ya clásicas
en la historia del cinema» comenzó a convocar, además de los pocos entusiastas estudiantes y
artistas del principio, entre ellos Néstor Almendros, Tomás Gutiérrez Alea, Ramón Álvarez y
el propio Guillermo Cabrera Infante, a «un público diverso, numeroso, que colmaba en 1951
la calurosa sala del Colegio de Arquitectos»5.
No sería hasta 1951 que el Cine-Club de La Habana deviniese Cinemateca de Cuba. Mas, para
ello tenían que producirse una serie de eventos indispensables y azarosos. Si en septiembre
de 1950 Raúl Roa, entonces director de Cultura del Ministerio de Educación, no le hubiese
otorgado a Germán Puig una beca para estudiar cine en París, si el aviso del Institut des Hautes Études Cinématographiques (IDHEC) en el cual pensaba inscribirse no hubiese llegado
a su casa con la noticia de que permanecería cerrado hasta el fin del curso 1950-1951 cuando
su barco ya había zarpado, si el 23 de octubre del mismo año Puig no arribase a la Ciudad
Luz, otra sería la historia y quizás a aquel joven cubano no se le hubiese ocurrido solicitar un
encuentro con Henri Langlois, el director de la Cinémathèque Française, en un desesperado
intento por pedir un préstamo de filmes para el Cine-Club de La Habana.
Néstor Almendros le escribe a Tomás Gutiérrez Alea, y este a su vez lo hace a Germán Puig
en marzo de 1951. Como si se desatasen las cintas de una caja china, es posible inferir que el
encuentro entre Langlois y el recién llegado a París había tenido unos resultados insospechados.
De misiva en misiva llegaba la alentadora noticia de Néstor: había visto una carta enviada por la
Cinemateca Francesa al Cine-Club de México, en la cual comunicaban que tenían dos peticiones de películas de La Habana: una de «un Personaje oficial muy desagradable» (en este punto
Gutiérrez Alea escribe «ya puedes suponer quien») y otra de unos muchachos jóvenes, y que
preferían enviárselas a estos últimos. No había que ser un sabio para suponer quienes eran «los
muchachos jóvenes» y dan por sentado que se trata de ellos mismos.6 El personaje «oficial muy
desagradable» era Valdés Rodríguez, el otrora profesor de los Cursos de Verano, devenido, desde
los primeros intentos de Vigón y Puig por fundar el Cine-Club, opositor tenaz de quienes fueran
sus alumnos.7
3 Ricardo Vigón: Carta a Germán Puig, 25 de mayo de 1948, citada por Emmanuel Vincenot en Germán Puig, Ricardo Vigón y Henri
Langlois, pioneros de la Cinemateca de Cuba, Universidad de Versalles St Quentin en Yvelines. Disponible en:
http://www.hermanpuig.com/version_espanol/historia.php#interesting_models#interesting_models
Fecha de consulta: 15 de febrero de 2009
4 Ricardo Vigón: Carta a Germán Puig, 27 de mayo de 1948, Ibíd.
5 Julio Matas: Carta dirigida al lector L. Scull el 2 de agosto de 1956 en Carteles, La Habana, no. 34, agosto 19, 1956, p. 44.
6 Tomás Gutiérrez Alea: Carta a Germán Puig, 30 de marzo de 1951. (Ver Emmanuel Vincenot: ob. cit.)
7 Da fe del comportamiento de Valdés Rodríguez una carta de Ricardo Vigón a Germán Puig del 23 de mayo de 1948, cuyos fragmentos
pueden consultarse en el artículo de Emmanuel Vincenot.
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Resulta todavía inexplicable que Langlois, como máximo representante de la Cinemateca
Francesa, haya optado por prestar las películas a unos jóvenes desprovistos de amparo institucional, y no a José Manuel Valdés Rodríguez, director del Departamento de Cinematografía de
la Universidad de La Habana, quien lo había visitado antes para hacerle la misma petición.
Germán Puig rememora aquel encuentro: «Mi primera entrevista con Langlois fue para pedirle películas para el Cine-Club. Y al preguntarme este por Valdés Rodríguez (a pesar de que
nos había cerrado la prensa y visitaba las salas de proyección para que no nos admitieran),
una voz interior me dijo que no se hablaba mal de un compatriota en el extranjero y di una
versión neutral de sus actividades. En medio de ello, Langlois me interrumpió: “¡Usted me
oculta algo!” Y después de decirle la verdad me anunció: “Las películas de la Cinémathèque
son para ustedes”. Langlois se había identificado con nosotros. Con los jóvenes puros. Comprendió hasta mi reticencia de decir la verdad, aunque me perjudicara.»�
(…)
A pesar de que Germán Puig había comenzado a gestionar con Héctor Ayala, el embajador de
Cuba en París, y con Raúl Roa cómo enviar las películas provinentes de la Cinemateca Francesa, Valdés Rodríguez se las arregla para que la Embajada de Francia le entregue las películas
a él. Gutiérrez Alea descubre en la mañana del 27 de mayo de 1951 un anuncio estremecedor:
El Cine de Arte de la Universidad se complace en anunciar su nueva serie de clásicos del cine Galo. Ese
mismo día le escribe a Puig confirmándole que las películas exhibidas en la Universidad eran
las de la Cinemateca Francesa. Por lo que él había podido averiguar, Valdés Rodríguez las
había conseguido por mediación de monsieur Beauvergais, el embajador de Francia en Cuba.
Terminaba Titón con una frase que resumía, magistralmente, todo lo sucedido: «Como ves estamos jodidos. Por lo menos supongo que algo habrás aprendido de estas cosas: TODO HAY
QUE HACERLO CON PAPELES […].»�
Germán Puig estaba sumamente presionado. Para hacer llegar a las manos de los miembros
del Cine-Club las disputadas cintas, dicha agrupación tenía que transformarse primero en una
cinemateca, dado que la institución encabezada por Langlois debía efectuar intercambios con
organismos de su misma categoría legal. Aunque en el mes de julio de 1951 ni Cabrera Infante
ni Gutiérrez Alea ni Almendros habían conseguido formalizar tal status, teniendo como modelo las disposiciones de la Cinemateca Francesa copiados por Puig, este último participa en
el Congreso de la Federación Internacional de Archivos de Filmes (FIAF) como representante
de una institución, desde el punto de vista legal, inexistente.8
Julio Matas, en breve recuento de esos momentos, escribía: «Fue precisamente ese año de 1951
que se adoptó el título de Cinemateca de Cuba para dicha agrupación: tal denominación fue escogida en virtud de sugerencia hecha por M. Henri Langlois-director de la Cinémathèque Française, de París- a nuestro Germán Puig, para que a nombre de la así llamada Cinemateca de Cuba
concurriese al Congreso de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF) celebrado
en Cambridge, Gran Bretaña, aquel año, a cuyo congreso asistió Puig con esa representación.»9
Tras algunos infortunios y no pocas peripecias, llegan de forma tardía las primeras películas
8 Cuba figura para esta fecha junto a la Unión Soviética, México, Argentina y Finlandia entre los países representados en congresos de la
FIAF, gracias a la participación de Puig, pero la Cinemateca no aparecía registrada en las categorías de Miembro Integrante, Provisional
o Corresponsal. (Ver Arturo Agramonte y Luciano Castillo: «Del Cine Club de La Habana a la primera Cinemateca de Cuba» en
Cronología del cine cubano (edición corregida y aumentada), Tomo II. [Inédito])
9 Julio Matas: ob. cit.
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a manos de sus verdaderos destinatarios. Según dejaba asentado Guillermo Cabrera Infante
años después, la Cinemateca de Cuba, con el consabido auspicio la Cinemateca Francesa, la
colaboración de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y el apoyo de la Dirección de Cultura,
exhibió en menos de un año, la primera comedia del cine El regador regado, los documentales
de los hermanos Lumière, los dibujos del pionero Emile Cohl, El perro andaluz de Buñuel y
Dalí, El sombrero de paja de Italia de René Clair, La calle sin alegría de Pabst y lo que califica
“esquirlas”, entiéndase fragmentos de El gabinete del doctor Caligari, El millón, Los proscriptos, La
brujería a través de las edades y Los Nibelungos.10
En enero de 1951, había surgido la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, alentada sobre todo
por un grupo de jóvenes músicos del Conservatorio de La Habana, entre ellos Juan Blanco,
Nilo Rodríguez, Argeliers León y Harold Gramatges. Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros y Tomás Gutiérrez Alea ingresan a esta nueva asociación y, por medio de un curioso
proceso de ósmosis, también integran a la todavía en ciernes Cinemateca de Cuba, en cuyo
proceso de creación ya venían laborando desde antes.11 Lisandro Otero confesaría las ventajas
de dichas sesiones cinematográficas en el edificio de la Asociación Artística Gallega Las noches del 28 y 29 de septiembre de ese año: «un éxito rotundo que vistió de pantalones largos
a Nuestro Tiempo».12 Pero esta unión resultaba problemática para Puig que todavía intentaba
desde Francia acelerar los trámites de constitución de la Cinemateca, por lo tanto, le advierte a Gutiérrez Alea que cuando ésta se establezca quedará «automáticamente» separada de
Nuestro Tiempo.13 Esta discrepancia quedaría definida al regreso de Germán Puig en mayo de
1952. De acuerdo con el testimonio de Fausto Canel, Puig y Ricardo Vigón hicieron valedera
esta separación «cuando se dieron cuenta que Nuestro Tiempo, creado como centro cultural
no-partidista, se había convertido en correa de transmisión de las posiciones políticas y culturales de Partido Socialista Popular (Comunista).»14
Tomás Gutiérrez Alea, quien hasta entonces había fungido como el principal interlocutor de
Puig en La Habana, se marcha en octubre de 1951 al Centro Sperimentale di Cinematografia
en Roma, donde coincidiría con Julio García Espinosa en pleno apogeo del neorralismo italiano para recibir lo que él mismo denominaría luego «barniz académico»�. Ante la ausencia
de Vigón, que viaja a París junto a Puig, es Néstor Almendros quien asume de algún modo
las labores de coordinación de la Cinemateca y el 2 de noviembre de 1951, además de comentarle a Puig que con la ayuda de su madre, María Cuyás, ha traducido los estatutos de la
Cinemateca Francesa, le informa la nueva disposición de los cargos: «Ya de acuerdo con los
estatutos de la Cinemateca las “elecciones” quedaron como sigue. Presidente: Germán Puig,
Vice: Guillermito [Cabrera Infante], Secretario: Juan Blanco, Vice: Rine [Leal], Tesorero: [Roberto] Branly, Propaganda: Lisandro Otero y por último a mí me dieron un cargo con un título
un poco raro: Director.»�
10 Guillermo Cabrera Infante: «Los clásicos del Museo de Arte Moderno» en Carteles, La Habana, no. 48, noviembre 27, 1955, p. 44.
11 En los programas de mano para las exhibiciones de Nuestro Tiempo-Cinemateca de Cuba en febrero de 1952, figuran en las notas las
iniciales de N. A. (Néstor Almendros), R. L. (Rine Leal) y G.C.I. (Guillermo Cabrera Infante). Este último escribiría los comentarios sobre
El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941) de John Huston y El enigma del collar (Murder, My Sweet, 1944) de Edward Dmytryk,
las dos películas presentadas el sábado 26 de octubre y el viernes 1º de noviembre del mismo año. (Ver Arturo Agramonte y Luciano
Castillo: ob. cit.)
12 Lisandro Otero: «Los años de Nuestro Tiempo» en Unión, La Habana, no. 17, 1994, p. 5.
13 Germán Puig: Carta a Tomás Gutiérrez Alea, 13 de octubre de 1951, citada por Emmanuel Vincenot: ob. cit.
14 En entrevista con los autores, 22 de febrero de 2009.
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Gutiérrez Alea no deja de mantenerse en contacto con Puig desde Roma y el 22 de noviembre
le menciona los filmes que ya atesoraban: «¿Sabes cuántas películas tiene ya la Cinemateca?:
El sombrero de paja de Italia; Jaque a la reina (El jugador de ajedrez) de R. Bernard; Chinerías, de
Charles Chase; una del gato Félix; varias corticas de Harold Lloyd, Max Linder, Harry Pollard, y no sé quién más (todas estas en nueve y medio milímetros), y además, creo, M, pues no
sé si está en buenas condiciones, ya que me parece que está en tu casa.»� Este último comentario confirma los problemas que para almacenar los filmes presentaba la incipiente Cinemateca
Cubana y que al final, darán al traste con la pérdida de adquisiciones como M y El sombrero de
paja de Italia, por no disponer de recursos para preservarlas.15
A finales de 1951, se produce un encuentro entre Valdés Rodríguez y la dirección de la Cinemateca, que de acuerdo con Vincenot, Cabrera Infante le refiere a Puig en una carta, de la
cual el autor francés no indica ni la fecha exacta ni la cita textual. Supuestamente, en la misma,
Guillermo explica que el profesor los acusó de haber montado una campaña en su contra y
robar el fichero del Cine-Club de la Universidad.
Posteriormente, Puig regresa a La Habana el 23 mayo de 1952 y presenta los estatutos de la Cinemateca, pero la situación política imperante en el país a raíz del golpe de Estado de Fulgencio
Batista el día 10 de marzo, unido a la imposibilidad de tener acceso a la divulgación cinematográfica y las nuevas acusaciones que les hiciera Valdés Rodríguez, terminaron por frustrar los
últimos esfuerzos y el 3 de noviembre de 1952 se cierra un angustioso capítulo con la proyección
de La pasión de Juana de Arco. Ellos también, a su modo, claro, morían en la hoguera. Terminaban
mientras el público contemplaba en silencio «una luminosa lección de religiosidad».16
¿La Cine-manteca de Cuba?
El 4 de septiembre de 1955, Guillermo Cabrera Infante hizo una advertencia casi imperceptible al comienzo de su sección de “Cine” en la revista Carteles: «Cuando estas críticas a LOS
ESTRENOS salgan a la luz, su redactor ha de andar por Nueva York mirando y criticando
más films. Las críticas de hoy, y las de las dos semanas sucesivas han de estar en manos de
otro redactor, cuya única esperanza es que no se note la ausencia y que el lector perdone los
errores si los hay y guste de las virtudes, si logra encontrarlas.»17
Apenas llegó después de un viaje de cuatro horas, se hizo con la revista Cue para informarse de
todos los programas de cine de la ciudad, el horario y el precio de cada una de las tandas. (…)
Pero ese viaje, además de permitirle escribir el 9 de octubre de 1955 que el cronista, ante la
tentación ejercida por Roma, París y Londres con sus programas de cine serio, se quedaba con
Nueva York porque allí podía verse buen cine si se deseaba; la ciudad estaba a poca distancia
de La Habana y más valía malo conocido…, fue la oportunidad para establecer contacto con
John Adams, assistant curator de la Film Library del Museum of Modern Art (Museo de Arte
Moderno, MoMA). Este gentil caballero le permitió deleitarse con Ugetsu (Cuentos de la luna
pálida y amarilla bajo la lluvia), la mejor cinta de posguerra de Japón y otras joyas de los diez
15 Guillermo Cabrera Infante: «Los clásicos del Museo de Arte Moderno» en Carteles, La Habana, no. 48, noviembre 27, 1955, p. 44.
16 El primer Boletín de la Cinemateca de Cuba había aparecido en septiembre de 1952. Incluía notas sobre Mack Sennett y una breve
historia del cine silente de Guillermo Cabrera Infante, director de esta publicación mensual. Rine Leal fungía como administrador y Néstor Almendros y Germán Puig Paredes como redactores. La impresión se realizó en los talleres Modas Magazine, en Monte no. 502, y
se vendió a un precio de 10 centavos el ejemplar. (Ver Arturo Agramonte y Luciano Castillo: ob. cit.)
17 Guillermo Cabrera Infante: «Advertencia» en Carteles, La Habana, no. 36, septiembre 4, 1955, p. 44.
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millones de pies de películas que resguardaba la dichosa Meca de archivos cinematográficos,
y fue el mismo a quien Cabrera Infante se dirigiera para obtener en calidad de préstamo, las
películas que servirían de aliento a la Cinemateca frustrada en 1952. Se reiniciaba la aventura
de proyectar en «un país pobre en toda la extensión de la palabra, las mejores películas del
Museo de Arte Moderno de Nueva York.»18
(…)
El servicio de Cabrera Infante se unía al que Germán Puig en compañía de Adrián GarcíaHernández realizarían luego entre los días 6 y 19 del mismo mes de octubre con míster Richard Griffith, curador de la filmoteca del prestigioso museo norteamericano, amparados en
que la Cinemateca de Cuba había participado en un congreso de la Federación Internacional
de Archivos de Filmes. Estas fueron las cartas de presentación con que lograron convencer a
Guillermo de Zéndegui, el entonces director del Instituto Nacional de Cultura, de realizar las
proyecciones en el Palacio de Bellas Artes.
«De Nueva York a La Habana. Los clásicos del Museo de Arte Moderno». He ahí el epígrafe
y el titular con que G. Caín daba a conocer el 27 de noviembre de 1955, que la renovada sociedad Cinemateca de Cuba19 exhibiría en el Palacio de Bellas Artes y bajo los auspicios del
Instituto Nacional de Cultura, un ciclo de seis meses en que se proyectarían dos veces al mes
durante la mitad de ese año, obras maestras del cine mudo y otras cintas importantes de la
cinematografía universal, muchas de ellas, nunca vistas en Cuba.20 No había preferencias, se
trataba de una proyección panorámica de la historia del cine.
(…)
Los avatares de la Cinemateca de Cuba no estaban exentos de los grandes sucesos políticos
del país. El 29 de abril de 1956 los jóvenes asaltantes del cuartel Goicuría de Matanzas son
asesinados ipso facto y la tensa situación nacional que este hecho genera, conlleva a que el 30
queden suspendidas las garantías constitucionales por un período de cuarenta y cinco días.
Por ello, algunos de los integrantes de la Cinemateca, entre los que se encontraban Adrián
García-Hernández, Jaime Soriano, Paulino (Paul) Villanueva y Roberto Branly, proponen
romper relaciones con el Instituto Nacional de Cultura arguyendo la precaria atención que
esta entidad les había brindado y la necesidad de oponerse al suceso del Goicuría. A decir de
Cabrera Infante, de «un grupo de directivos sugirió la idea de que Cinemateca de Cuba se
separase de Instituto de Cultura. No sólo por las causas señaladas, sino por la situación imperante en el país (corrían los primeros días de mayo y las garantías constitucionales acababan
de suprimirse) que era propicia a todo, menos a la contemplación apacible del arte. De esta
manera, se protestaba doblemente contra el Instituto: como organismo a la vez oficial y poco
amigo del cine. O mejor, de Cinemateca.»21
Como se deduce, la proposición provocó posturas divergentes y esa es la razón por la cual se
18 Fausto Canel: «Recuerdos de Ricardo» en Revolución, La Habana, abril 4, 1960, p. 30.
19 Refiriéndose a la Cinemateca de Cuba, María Eulalia Douglas ha dicho: «En ninguna parte puede quedar algo que nunca existió.» Y
agrega más adelante: «Tengo recogida mucha más información que corrobora la aseveración de que esa llamada “cinemateca” lo
fue sólo de nombre (la palabra no tiene copyrigth).» (Ver Arturo Sotto: «La memoria, “algo que tengo”» en Conversaciones al lado de
Cinecittá, Ediciones ICAIC, La Habana, 2009, p. 244.) Sin embargo, en carta dirigida al Gobernador Provincial de La Habana el 1º
de febrero de 1956, Julio Matas testifica el asentamiento de la Cinemateca de Cuba en el Registro Especial de Asociaciones de ese
Gobierno provincial, en el libro 25, f. 208, inciso no. 17051. (Ver Arturo Agramonte y Luciano Castillo: op. cit.)
20 Guillermo Cabrera Infante: «Los clásicos del Museo de Arte Moderno» en Carteles, La Habana, no. 48, noviembre 27, 1955, p. 44.
21 Guillermo Cabrera Infante: «Cartas con Respuesta al Dorso» en Carteles, La Habana, no. 32, agosto 5, 1956, p. 43.
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decide someterla a votación el 8 de mayo de 1956. En torno a este momento, las versiones son
disímiles. Guillermo Cabrera Infante escribe el 5 de agosto de 1956: «La votación fue ganada
por nosotros, por una escasa pero manifiesta mayoría. Pero no bien hubo terminado, ocurrió
un hecho significativo: el presidente y uno de los vocales –los principales defensores de la permanencia en el Palacio de Bellas Artes– abandonaron el local de la reunión precipitadamente,
con diferentes pretextos […]. En la búsqueda de un nuevo salón de proyección sorprendió
a la directiva de la Sociedad el aviso del Presidente de que no acataba la votación por determinados puntos técnicos que no se habían cumplido, entre otros el no haber hecho un acta
formal de la reunión. Cosa que por otra parte jamás se cumplía, pues las reuniones eran entre
amigos. Al menos así se creía.»� Continúa diciendo que se decidió entonces asentar en un acta
apropiada la reunión y se encargó al vicesecretario que actuaba en funciones, puesto que Julio
Matas, el secretario, estaba fuera de Cuba, ir en busca del libro de actas a casa de este, pero
el libro no estaba allí porque Germán Puig se había asesorado con un abogado para anular la
reunión a sabiendas de que si no constaba por escrito el resultado de la reunión y la votación,
legalmente era como si no hubiesen tenido lugar.»
(…)
Todo parece indicar, puesto que es un argumento que no rebate Matas en ningún momento,
que el Instituto Nacional de Cultura no apoyaba como debía a la Cinemateca de Cuba. El local
concedido en el Palacio de Bellas Artes jamás fue reacondicionado tal y como habían prometido
en un principio, carecían de un proyeccionista profesional debido a lo cual las funciones se interrumpían por desperfectos técnicos, la pantalla era una especie de engendro primitivo (según
Cabrera Infante, «dos pedazos de hule cosidos por el medio»); la acústica, pésima a causa de los
ruidos exteriores, el fonógrafo y proyector; las sillas, un pequeño potro de tortura; mientras que
los miembros de la sociedad eran de forma simultánea taquilleros, porteros y acomodadores.
Rodolfo Santovenia recuerda que ni siquiera podían contar con lo que ganaban en la taquilla
porque el precio era ínfimo en comparación con los gastos que cubrían de sus propios bolsillos,
como el transporte de las cintas, y asegura que el único apoyo de Bellas Artes, entiéndase a su
vez del Instituto Nacional de Cultura, era el local para las proyecciones.22
(…)
Lo único verdadero en toda esta historia es que De Zéndegui, tras el incidente, retiró el apoyo
a Puig, y por consiguiente el local en el Palacio de Bellas Artes. La diezmada Cinemateca de
Cuba (ya se habían retirado numerosos miembros de la junta directiva) tuvo que trasladarse
hacia el Lyceum Lawn Tennis Club. Santovenia cuenta sobre aquella etapa: «Lo que se recaudó no alcanzó, perdimos por ciento y pico de pesos los que nos quedamos, que fuimos el
presidente Germán Puig, Rine Leal, que en paz descanse, y yo. A las funciones nuestras, asistía
lo más selecto de la cultura en ese momento en la capital: bailarines, coreógrafos, escenógrafos, gente del Lyceum y del ballet de Alicia Alonso, gente interesada por la pintura. Porque
esa inquietud de la cinemateca la tenían personas con inclinaciones artísticas. En una de las
últimas funciones dijimos a sala llena: “Caballeros, esto se está terminando y tenemos pérdidas, afuera vamos a colocar un jarrón –un jarrón que estaba siempre allí– y por favor, el que
pueda dejar alguna ayuda económica, que lo haga, a ver si no tenemos que asumir todos los
gastos”. ¿Saben cuánto recaudamos?: Un peso, un billete, un Martí. Nunca supimos quien fue.
Uno dice: “¿Y para esto nos hemos esforzado, para que esta gente vea las películas? ¿Promo22 En entrevista con los autores, 22 de octubre de 2008.
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ver cultura, vale la pena?” Terminamos las funciones, se devolvieron las películas, cada uno
metió mano en el bolsillo: “¿Cuánto somos? Tantos. ¿A cómo tocamos? Tanto.” Y cerramos
con pérdidas.»23
A Julio Matas, como es de suponer, todo aquello le molestó mucho: «sobre todo, porque se
trataba de amigos, de quienes no esperaba trato tan infame.» Sin embargo, asegura que «la
polémica sobre la Cinemateca ha quedado olvidada, creo que por todos los participantes. Al
menos en lo que a mí toca. El tiempo no pasa en vano.» En 1957 se encontraría con Cabrera
Infante de forma casual: «y él se detuvo para decirme que le había parecido muy buena mi
puesta en escena de La soprano calva.»�
A pesar del optimismo de Matas, que terminaba con aquellas expresiones casi felices de «La
Cinemateca de Cuba existe. Su Presidente es Germán Puig Paredes, que persiste en su labor
iniciada hace ya bastantes años. Seguimos trabajando, como siempre»24, la ambigua maldición
de Cabrera Infante terminó imponiéndose: «Ahora este cronista sabe que el Presidente de la
ex Cinemateca o el ex Presidente de la verdadera Cinemateca de Cuba intenta organizar otro
ciclo de cine clásico –utilizando las conexiones de quien escribe– y lo exhibirá en una sociedad femenina habanera. Quizás tenga éxito –las cintas se lo merecen– quizás fracase –este
señor se lo merece.»25
No obstante las profundas diferencias existentes entre Cabrera Infante y Puig y el estado precario en que quedó la antigua amistad tras todos estos incidentes, Guillermo no dudaría en
rendirle homenaje a él y a las asociaciones que inspiró en más de una de sus obras posteriores.
En el prólogo a Un oficio del siglo XX no sólo reconoce que Puig y Vigón luchaban solos contra
la hidra de la indiferencia, el provincianismo y la incultura inspirados en su único dios, el
cine, sino que lo sitúa entre las tres personas que le se enseñaron a G. Caín todo lo que sabía
sobre el séptimo arte.26 En su novela La Habana para un infante difunto evoca los tiempos del
Cine-Club de La Habana como el instante propicio para asistir gratis a las proyecciones y en
Exorcismos de esti(l)o, con singular nostalgia, se deleita imaginando disparatadas anécdotas que
ocurrían durante «las noches cinemáticas inenarrables» de la cinemanteca que «proveía en cada
sesión una sorpresa imperecedera».27
Por su parte, Puig precisa: «No solo me reconcilié con Guillermo, sino que cuando se fue a
Londres por primera vez, albergué en mi casa de Madrid a su mujer Miriam Gómez y las dos
hijas de su primer matrimonio con Marta Calvo. Por eso nunca comprendí que cada vez que
publicaba un libro, se atribuyera la fundación de la Cinemateca de Cuba. Y tampoco que no
hubiera escrito unas líneas en la prensa que hubieran ayudado a superar mis dificultades aquí.
[…]. En cuanto a mí, nunca dejé de querer a mi amigo Guillermito hiciera lo que hiciera. Por
eso, me resulta difícil hablar de sus deslealtades, aunque sea en honor de la verdad.»�
Aquellos episodios comenzarían a integrar parte de la leyenda personal de sus protagonistas.
Rine Leal en la crítica a Un oficio del siglo XX los rescataba no sin cierto halo de romanticismo:
«Luego fueron Germán Puig y Ricardo Vigón y finalmente Néstor Almendros y vino el Cine
23 En entrevista con los autores, 22 de octubre de 2008.
24 Julio Matas: ob. cit.
25 Guillermo Cabrera Infante: «Cartas con Respuesta al Dorso» en Carteles, La Habana, no. 32, agosto 5, 1956, p. 43.
26 Guillermo Cabrera Infante: «Retrato del crítico cuando Caín» en Un oficio del siglo XX, Ediciones R, La Habana, 1963, pp. 28-29.
27 Guillermo Cabrera Infante: «En la cinemanteca de Cuba» en Exorcismo de esti(l)o, Punto de Lectura, Madrid, 2002, p. 39.
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] ENTREVISTA
Club de La Habana y más tarde la Cinemateca de Cuba. Sin saber cómo, estábamos todos
creando una nueva sensibilidad cinematográfica en el país, influyendo en los más jóvenes,
discutiendo con los más viejos y uniéndonos a los de nuestra generación. Yo era algo así como
un renegado entre ellos: no iba mucho al cine (me sigue aburriendo), dudaba que fuera un
arte (aún lo dudo a pesar de cuantos ejemplos en contrario se me citen) y mi interés fílmico no
era otra cosa que residuos del banquete homérico que Guillermo, Néstor, Germán y Ricardo
solían darse cada noche.»28
28 Rine Leal: «El oficio de Caín» en Unión, La Habana, no. 7, mayo-junio, 1963, p. 87.
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N
ENTREVISTA
Por
Yannis Lobaina
& Jordi Gol
Entrevista
narradores
cubanos
INTRO
A decir de López Sacha, uno de los intelectuales cubanos más destacados, la narrativa es el género más destacado del panorama literario cubano desde los 90 del siglo
pasado hasta la actualidad. Entrevistamos
a siete de sus miembros más destacados:
Alberto Guerra Garrido, Felipe Oliva, Antonio Armenteros, Marilyn Bobes, Ivette Vian,
Enid Vian y Roberto Estrada, para que nos
desentrañen las claves de la excelencia de
la narrativa cubana actual.
Alberto Guerra Naranjo (La Habana, 1963) es es Licenciado en Historia y
Ciencias Sociales, guionista de cine y narrador. Cuenta con tres libros de cuentos:
Disparos en el aula, (Extramuros, 1992),
Aporías de la Feria (Extramuros, 1994) y
Blasfemia del escriba (Letras Cubanas 2000
y 2002) y una novela La soledad del tiempo (Contemporáneos, 2010). Felipe Oliva
(l941) es narrador, dramaturgo, teatrólogo, guionista, poeta y músico. Ha sido recibido los Premios Ismaelillo (l98l y l99l)
en Literatura para Niños y Jóvenes, y el
Premio La Rosa Blanca de Crítica Infanto-juvenil de la UNEAC (1996). Antonio
Armenteros Álvarez (La Habana, 1963)
es poeta, narrador y crítico literario. Ha
colaborado El Caimán Barbudo, La Gaceta
de Cuba y Casa de Las Américas, y ha obtenido los premios Pinos Nuevos (1999) y
Razón de Ser (2003). Marilyn Bobes (La
Habana, 1955) es poeta, narradora y periodista. Es Premio Casa de las Américas
(Alguien tiene que llorar, 1995) y Premio
David (La aguja en el pajar, 1979). Ivette
Vian es una autora infantil clave en Cuba
y Latinoamérica. Su amplia producción
incluye El telescopio de David (1989),
Curundán y Busula (1992), Siete cuentinos
(1993), Cartas a Carmina (2002), Una vieja
redonda (2005), etc. Enid Vian (1948) es
narradora, poetisa y editora. Es autora de
libros infantil, con obras como Cuentos
de sol y luna (1977), EI libro de los oficios
y los juguetes (1979); Las historias de Juan
Yendo (1984); Che: miembro del río (1986);
etc. Premio Casa de las Américas de Literatura para niños (Cuba-1979). Roberto
Estrada (La Habana, 1950) es narrador,
miembro de la UNEAC. Ha recibido el
Premio del primer Concurso de Cuentos
de CF (1984). Finalista en el Premio UPC
de la Universidad Politécnica de Cataluña con la novela Bosque, en 1995.
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Cada uno ha tenido una forma
particular de acercarse a la literatura. Para Armenteros, su “actividad fundamental es la Literatura misma,
con mayúsculas. (…) Siempre he creído en
ella, le tengo una gran fe, y un sacerdocio
casi enfermizo.” Alberto Guerra llega a ella
desde la vocación de trascendencia: “Descubrí gracias a Octavio Paz que yo escribía para perdurar, o para no morirme, o,
como diría Pavese, para ordenar el caos.”
La “incomunicación con el Mundo” es la
razón de escribir de Felipe Oliva y la curiosidad la de Enid Vian: “De ser una curiosa
que siempre desea saber más, a leer, va un
paso; y de ser una gran lectora a iniciarse
como escritora, solo van dos.” Ivette Vian
se ve a sí misma como “un ‘canal’, que todavía no se ha cerrado…” y Estrada ironiza con que “el germen del deseo de escribir fue el hecho de que a veces me ponía a
imaginar finales diferentes para obras que
no acababan de gustarme.”
Respecto a la situación y el panorama de la narrativa cubana
actual, las opiniones difieren. Mientras para Estrada: “el panorama cubano
actual está lleno de autores interesantes”,
Alberto Guerra dice que: “No me gusta
el panorama literario cubano del momento. Creo que las estéticas nacionales
tienen crisis de originalidad y de riesgo
artístico. Observo facilismo, aplauso fácil, demasiado autocontrol en casi todas
las variantes artísticas actuales.” Armenteros le da la razón y apostilla: “en el ám-
bito literario/artístico nacional muchas
cosas deben ser cambiadas, reformadas,
adecuadas a los nuevos tiempos y circunstancias. Un ejemplito tan sólo: por
decisiones olímpicas es muy difícil ver/
apreciar el desarrollo literario mezclado,
fusionado con otros medios culturales,
los audiovisuales, la televisión, la radio,
el cine; a los escritores nos han relegado,
desestimado un tanto.” Felipe Oliva ironiza: “Es brillante, y casi siempre deprimente; y sin embargo, se mueve”. Marilyn Bobes destaca la “gran diversidad
temática y estilística.” Con una narrativa
que “apunta a una mayor presencia del
sujeto, su intimidad, la referencia cultural y la fuga hacia otros escenarios de la
ficción, bien sean espaciales o vinculados con lo fantástico. (…) Creo que, en
general, pudiera hablarse de una heterogeneidad rica en formas y contenidos,
lo que me parece muy alentador desde
todo punto de vista.” Desde el punto de
vista de la narrativa infantil (género que
goza de muy buena salud en Cuba, con
gran cantidad de propuestas, escritores
y lectores), Enid Vian afirma que “hay
en ella de todo. Excelentes, regulares y
malos escritores. No obstante, en los últimos tiempos muchos escritores se han
sumado a la modalidad de literatura
para niños con una visión muy amplia
de las temáticas y el lenguaje. Ninguna
representa tabú y se ajustan a la realidad
más cruda de nuestros tiempos. Algunos
lo hacen con verdadera eficacia. Hay un
amplio espectro de temáticas y estilos.”
La limitación de acceso a libros y
autores extranjeros no es un problema para Alberto Guerra, que afirma
“Ya no hay centro, con Internet y la revolución informática. (...) No creo que nada
ni nadie me pueda afectar, porque ningún
hombre tiene absoluto control cultural sobre otro, esté donde esté, y tenga el poder
que tenga.” Felipe Oliva se pregunta “si
no estaremos más afectados por nuestras
propias y miserables limitaciones.” Marilyn Bobes va más allá aún y afirma que:
“bien nos salva de una imitación pedestre
que a veces se percibe en los consumidores de best sellers y libros de moda.” Y
apostilla: “la limitación de acceso (…) me
parece un problema global y relacionado
con la dictadura del mercado que impone
preferencias y jerarquiza obras de dudosa
calidad. En Cuba se publican, sin embargo, libros de autores extranjeros que han
pasado la prueba de la trascendencia.”
Sin embargo, Estrada sí que ve cierta desventaja en la imposibilidad de acceder a
ciertas obras o autores: “No se trata de
marchar al paso de tal o cual corriente literaria que pueda estar en boga fuera de
nuestro país, pero sí existe la necesidad
de conocer de qué van las cosas. (…) La
interacción con el resto de la literatura
es imprescindible.” De la misma opinión
es Enid Vian que cree que: “es un derecho de cada ciudadano seleccionar sus
lecturas en cualquier lugar del mundo y
de todas partes, si así lo desea. Hay una
privación de conocimientos y disfrutes.”
También Ivette Vian opina algo parecido:
“no tenemos referencias globales, trabajamos ‘al tacto’, medio siglo como ciegos.
Sin embargo, quizás eso mismo nos impele a leer y estudiar todo lo que aparece,
de modo que aquí se dan autores eruditos,
hasta campesinos eruditos (como Samuel
Feijoo) y la producción literaria es ‘anacrónicamente’ rica, casi masiva. Estamos
poco informados pero ‘sabemos’ mucho.”
Armenteros también percibe esta desvenPSUR 73
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taja que: “Afecta a todos, a los actuales y
a los precedentes; pero es un deber de
cada generación luchar contra la desinformación, labrar su propio derrotero y
acercarse a la información más actual,
más vanguardista, más contemporánea,
venga de donde venga y duélale a quien
le duela.”
Respecto a la salud de la poesía
Armenteros opina que: “La poesía cubana
actual y desde siempre ha tenido el papel
de reforzar la espiritualidad de la nación
cubana, mostrar lo más intenso de nuestras esencias.” Sin embargo, Marilyn Bobes matiza: “La poesía me parece en estos
momentos un género demasiado pródigo.
Un bosque que no permite vislumbrar los
árboles.” Y Felipe Oliva vuelve a utilizar
un tono irónico para apostillar: “los poetas
y poetisas más renombrados y publicados
descansan casi en paz en los almacenes
de las librerías. Y, cosa curiosa, los líderes
(siempre hubo) de la poética no aparecen
por ninguna parte.” Alberto Guerra se reconcilia con la poesía y teatro, aunque con
cierto pesimismo: “Los poetas y los dramaturgos viven, crean y comparten los resultados de su creación entre ellos y los allegados, pero no llegan a vibrar casi nunca
junto a las grandes mayorías. Eso, para mí,
no tiene importancia, es así, casi siempre
ha sido así.” Más duro y pesimista se muestra Felipe Oliva: “El teatro, con consabidas
excepciones, se ha vuelto pura fanfarria,
circo de mala muerte, espectáculos para
élites amaneradas. Con el viejo pretexto
de descubrir la sopa de ajo se cercenan
obras dramáticas cuyos autores, clásicos
o no, no protestan, bien por pusilánimes,
por intereses creados, por ser los propios
directores de las puestas sus improvisados
o acomodados autores, o por estar los mismos desde hace siglos en ese Otro Mundo
del cual nadie sabe nada, pero donde, seguro, tampoco es preocupante ver buenas
puestas teatrales. Las obras que pudieran
ser portadoras de los intereses de las grandes masas no van a escena, ni siquiera víctimas de censuras de marca mayor. No van
porque, simplemente, no les ‘cuadra’ a los
que no solo se creen directores excepcionales sino que se erigen como ‘dueños del
negocio’”. Sin embargo, Marilyn Bobes
afirma que: “El teatro sí es una manifestación de vanguardia y con un nivel notable
de calidad.” Opinión que comparte Estrada, que cree: “que el teatro goza de muy
buena salud”.
LA interacción entre los autores
y su público en Cuba es, para algunos
autores como Alberto Guerra, buena:
“En Cuba existen numerosas tertulias y
reuniones de escritores jóvenes. (…) es un
fenómeno cultural tremendo y no es asunto de los universitarios solamente sino de
una buena mayoría de jóvenes y no tan
jóvenes. (…) hay un movimiento continuo que intercambia lecturas, vivencias
y resultados.” Sin embargo, otros, como
Estrada ven: “poca relación de los autores
con su público”. Marilyn Bobes matiza:
“No existen muchos estudios al respecto
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y creo que esa es una debilidad de la edición de libros en Cuba: no reparar demasiado en la demanda. No pudiera afirmar
que al público cubano le guste el riesgo
porque se compran muchos libros, pero
tengo mis dudas acerca de que sean leídos
realmente por sus compradores. Necesitaríamos una investigación seria al respecto
que ilumine el sector de la recepción.”
Casi todos coinciden en la dificultad de publicar la primera
obra, por diferentes razones. Para Estrada: “Es difícil por varias razones. Hay
limitaciones de presupuesto, planes de
publicación estrictos, limitaciones con el
papel, etc. No creo que haya una dificultad especial para la primera publicación
sino una dificultad general.” Marilyn Bobes echa en falta: “una gestión dirigida a
descubrir talentos. En Cuba se ha reemplazado la función del editor por la de los
concursos y creo que ello no es saludable
pues los premios pueden ser veleidosos.”
Alberto Guerra también cree que es difícil, aunque no tanto como en los 90, en
pleno Periodo Especial, cuando él empezó. Cree que ahora “existen planes especiales para facilitar el camino a los más
jóvenes. Cada provincia tiene un centro
del libro que se encarga de fomentar publicaciones con pequeñas tiradas y con
pago de derecho de autor. (…) la calidad
es el único rasero que interviene en que
ese joven demore o no su proceso de
publicación.” Enid Vian también está de
acuerdo en que: “Depende siempre de la
calidad de la obra. Las obras se evalúan y
solo a partir de criterios estéticos, literarios y de adecuación se publican o no en
las editoriales. En todo caso, creo que a
veces no se es lo suficientemente riguroso
y en otras, se dejan pasar buenos libros.”
La nota discordante la pone Ivette Vian,
que opina que: “no es difícil el acceso a
ellas ni a lograr la primera edición, al contrario, estimo que se publica demasiado.
Como no hay ningún criterio de mercado
en el país, pues prácticamente se le publica casi a todo el mundo que proponga
un libro. Esto resulta halagadoramente
socialista, pero conspira contra la calidad
en general.”
Las revistas son un trampolín
para la publicación. Para Alberto
Guerra: “Las revistas ayudan muchísimo”.
Él mismo se inició en una: “Ese cuento se
expandía y llegaba a los rincones menos
esperados y era leído por miles que poco
a poco reportaban esa resonancia cuando
pasaba el tiempo y me los encontraba en
algunos eventos o por las calles de cualquier ciudad. Eso es lo mejor que puede
pasarle a un escritor.” Estrada se queja de
que: “Las revistas pueden ayudar un poco,
pero quizá solo a los cuentistas y poetas, no
a los novelistas.” Y Enid Vian observa que:
“las revistas para niños actuales tienen una
relativa baja tirada y sería necesario ponerlas a funcionar mejor para divulgar, sobre
todo, a los que empiezan.”
en la literatura, entre otros vivos y muertos”. Estrada se centra en los narradores:
“Leonardo Padura, que demostró con
cuatro novelas magistrales que se puede
hacer policíaco serio en Cuba; Pedro Juan
Gutiérrez, que yo veo como un magnífico
autor de novela negra, muchas veces sin
crimen; Yoss ( José Miguel Sánchez), que
lleva años moviéndose entre la ciencia
ficción y el realismo con notable eficacia;
Julio Travieso Serrano, que retrata la realidad con precisión y sin estridencias; Daniel Chavarría, por razones evidentes de
maestría; Lorenzo Lunar, uno de los escritores de policíacos más sobresalientes de
la época actual; Amir Valle, por idénticas
razones que el anterior; Jorge Fornet, para
mí bastaría con Los nuevos paradigmas; Mayra Montero, por Son de Almendra; y Mylene Fernández Pintado, por la fuerza de su
narrativa.” Ivette Vian ofrece una lista en
que se mezclan los clásicos y los contemporáneos con algunas sorpresas (que no
aparecen en otros cánones): “José Martí,
Lezama Lima, Dulce María Loynaz, Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Leonardo Padura, Reynaldo González, Nersys Felipe,
Excilia Saldaña, David Chericián”.
El canon varía según cada escritor. Alberto Guerra no agrupa “por
fronteras convencionales a los escritores.
La patria de los escritores es una sola, la
ciudad letrada, y muchas veces ni la lengua de donde provienen interesa.” Cree
que la literatura es un diálogo y propone
como interlocutores: “Coetzee con Desgracia, Bolaño con Los detectives salvajes,
Guillermo Rosales con Boarding Home,
Stephen Vizinczey con Verdad y mentira
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DOSSIER [ María Elena Llana
Verano
María Elena Llana
El cliente salió con cara de haber visto visiones y el gerente, ojo avizor tras la puerta encristalada
de su despacho, cortó al punto la charla que sostenía por teléfono y trató de alcanzarlo... pero sólo
pudo ver cómo se alejaba el auto, tornando inútil su discreto servilismo empresarial.
Otra llamada lo retuvo hasta que, sin ocultar su contrariedad, se asomó a la oficina de la señorita
Águeda. Su torso emergía, como siempre, entre montoncitos bien ordenados de pagarés, cuentas
a cobrar, transferencias, recibos, cartas, memos, y las notitas de todo pelaje que en aquel buró disfrutaban del perfecto hábitat.
Ella le dirigió una mirada serena, la misma de los últimos diez años y siguió tecleando con armonía
en su máquina de carro largo, pues fue la única empleada que no aceptó la computadora. O–esacosa-o-yo, había dicho, inmune al hipnotismo tecnológico. Y su aval de eficiencia le permitió ganar la
partida.
Le pareció tan atareada que no tuvo coraje para increparla directamente, máxime porque se
quedó desconcertado ante su cabello húmedo; más que húmedo, mojado, con algunas gotas corriéndole por el tendinoso cuello. Esta mujer es tan rara que suda distinto, tal parece que acabara
de tomar un baño, se dijo, pero al punto miró hacia el acondicionador de aire y se sintió atrapado.
Allí estaba el culpable de tan copiosa sudoración. Seguía roto, seguía sin enfriar lo suficiente y,
por añadidura, dejaba escapar un pertinaz goteo que ya formaba un lagunato en la habitación. Le
extrañaron las salpicaduras en torno y pensó que el visitante había metido el pie allí. ¿Fue por eso
que se marchó en forma tan... tan poco convencional? No, algo más debía haberle ocurrido para
huir de esa manera.
No le quedaba más remedio que interrogar a la señorita Águeda, que como siempre, le contestaría
sin dejar de teclear.
–¿Vio al hombre?
–¿Qué hombre?
–Al comprador.
–(....) ¡Ah, sí!
–¿Y...?
–¿Qué quiere usted saber?
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María Elena Llana ] DOSSIER
Sus diez años de servicios eficientes, los ciento veinte meses de irrestricta y hermosa entrega a la
causa de la casa, hicieron que el gerente no contestara con violencia. Se limitó a ser acre.
–Sólo tenía que entregarle la copia del contrato, señorita Águeda.
–Llegó fuera de hora.
–Estimé que no tendría inconveniente en atenderlo.
–No lo tengo.
–¿Entonces...?
–Le dije que viniera mañana.
¿Qué le estaba ocurriendo a aquella máquina de escribir a máquina? ¿Es que había llegado la
rebelión de los robots? Porque, pese a ser refractaria a la electrónica, no otra cosa era una mujer sin
marido, sin hijos, sin dieta, sin manías, ambiciones ni aficiones. Sintió calor, volvió a mirar hacia el
agua empozada y decidió callar. Era mejor perder o posponer un negocio que molestar al mejor y
más económico instrumento multioficio que tenía la empresa.
–Mañana mismo instalarán un equipo nuevo – fue su despedida.
Y entonces ocurrió lo asombroso: la señorita Águeda se desentendió del trabajo y se volvió hacia
él, con algo parecido al temor reflejado en el rostro. Temor, sí. Su primera reacción humana en lo
próximo pasados tres mil seiscientos cincuenta y pico días.
–No se moleste, puede dejarlo así.
Quedó petrificado. La señorita Águeda se permitía ser mordaz. Lo estaba acusando de negligencia, le estaba echando en cara su estoicismo de empleada ejemplar, capaz de prescindir de un
servicio que, en un clima como éste, podía considerarse derecho laboral inalienable.
–¿Qué quiere usted decir? –fue lo único que logró balbucear.
–Eso. Que olvide el asunto.
¿Hablaba en serio? Decidió no insistir porque el instinto de conservación de un gerente suele ser
eficaz. Si sus superiores llegaban a saber que la señorita Águeda estaba tan enojada por algo de lo
cual él era responsable, su puesto estaba en peligro, pues bien sabía que ella era inamovible. Su
tenaz eficiencia la había convertido en la roca, el pilar, la viga mayor de la papelería de la firma,
incluso en memoria y agenda oral de sus funcionarios.
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DOSSIER [ María Elena Llana
–Mañana mismo el problema estará solucionado.
–Por favor, no lo haga.
Sin duda el calor lo estaba trastornando. ¿Había implorado? ¡Sí! Había implorado con las palabras
y con el tono de voz y con la expresión. Había implorado como cualquier ser humano en una situación difícil. Se echó a temblar. Algo tramaba aquel monstruo hembra. Sin atreverse a decir nada
más, abandonó el lugar con la mayor dignidad que pudo.
El suspiro de la señorita Águeda fue tan hondo que pareció desinflarla y abatirla sobre los papeles,
los únicos capaces de acogerla en un mal momento. Había cometido el error imperdonable de no
cerrar por dentro la puerta por la que el cliente asomó la cabeza. Pero ¿cómo iba a pensar que a esa
hora...? Entrecerró los ojos y se pasó por la frente una de sus delgadas manos, dignos colofones de sus
delgados brazos. Después se permitió acariciar con la mirada el ya familiar embalse y volvió el rostro
hacia el reloj de pared. No, a esta hora ya no entraría nadie más. Ningún otro osaría molestarla sin
previo aviso y, para curarse en salud, no sólo pasó la llave sino que desconectó el intercomunicador.
Entonces, reprimiendo apenas una placentera sonrisa que nadie le había visto jamás en los labios, se
levantó, desabotonó su vestido y se quedó completamente desnuda en medio de la pieza.
Como quien avanza hacia el mar, la señorita Águeda entró en el charco.
Poco después, flotando boca arriba con los brazos abiertos en cruz bajo la lámpara de neón sujeta
al techo, recordaba la tarde de mucho calor en la cual la queja porque el aire acondicionado no
enfriaba lo suficiente desató una reacción en cadena de lamentaciones: no trabajar en un local confortable, no haber disfrutado nunca unas verdaderas vacaciones de verano, ni sentido la necesidad
de hacerlo, de la misma forma que jamás pensó en viajes o automóviles, ni se propuso gritar, para
que la oyeran bien, que estaba harta de todo y de todos, porque... en realidad no lo estaba. Pero, eso
sí, lamentó ser sólo la señorita Águeda, con años y años de servicios impecables, capaz de teclear
documentos de todo tipo, organizarlos, archivarlos, identificarlos, recordarlos y estar pendiente de
cuanto se relacionaba con la sacrosanta misión de apuntalar el bienestar ajeno.
Siguió recordando que, en respuesta a sus cuitas, en aquel ahora lejano mediodía, el aparato
aumentó su desperfecto, sin duda erigido en caballero vengador de la rechazada computadora. Ya
no sólo enfriaba mal, sino que el salidero indicaba una maligna conexión con el manto freático
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de la ciudad, ante la cual los técnicos de apéame uno que contrataba el gerente, se encogían de
hombros y se marchaban.
Así ocurrió hasta que, exasperada por el irreductible pantano, se propuso en vez de secarlo una
y otra vez, ¡expandirlo! Y, sin pensarlo dos veces, saltó con furia dentro de su perímetro, para salpicar muebles y paredes, aún a costa de mojarse los siempre lustrosos mocasines.
Pero no fueron los zapatos los únicos afectados, sino todo su vestido, su rostro, sus cabellos, porque la señorita Águeda sintió que se hundía, que estaba cayendo a profundidades inimaginables.
Cuando pudo volver a la superficie, recordó con goce todo el frescor que el trópico reserva a sus
playas, solo experimentado en su lejana infancia, y que ahora acariciaba por primera vez su cuerpo
de mujer, comunicándole un regodeo hedonista como si al mismo tiempo estuviera conociendo el
abrazo del amado o el deleite de un paseo en auto por el malecón.
Desde entonces se reconcilió con su trabajo; es decir, con su vida, dejándose mecer, de cuando en
cuando, en su propio mare internum laxamente tendida, como ahora.
Ya relajada, la señorita Águeda chapoteó un poco, después nadó hasta la orilla y salió otra vez al
duro y pulido mosaico.
Tras secarse cuidadosamente, volvió a vestirse y puso a orear la toalla sobre la silla giratoria.
Mañana, temprano, cuando llegara antes que nadie, la doblaría bien para guardarla en la gaveta
R-S-T del archivo.
Después se sentó, renovada, a teclear un rato para dejar listo lo que había sufrido atraso con los
dimes y diretes de la tarde y para deshacer del todo, con su archiprobada terapia ocupacional, el
mal sabor que le dejara la intromisión del gerente.
A eso de las siete, la paradigmática empleada tomó su cartera y se dirigió a la puerta, desde cuyo
umbral miró con dulce pesadumbre el agua ya regresada a sus dimensiones de poceta plana.
Mientras iba hacia el elevador recordó la cara del cliente cuando entró en su oficina y se quedó
boquiabierto, como si nunca hubiera visto a nadie iniciar un clavado desde lo alto del librero.
La señorita Águeda dejó escapar otro suspiro.
Acababa de sentir la nostalgia anticipada que produce el último día de vacaciones.
María Elena Llana (Cienfuegos, 1936). Graduada de periodismo en la Escuela Profesional Manuel Márquez Sterling en 1958.
Es autora de libros de cuentoscomo La reja (1965) y Casa del Vedado (Premio de la Crítica en 1983), Castillo de naipes (1999) y
Apenas murmullos (2004).Trabajó en las redacciones de Revolución, La Calle y La Tarde, y los noticieros Radio Reloj y CMQ-TV.
Integró el equipo de periodistas de Prensa Latina. Fue corresponsal en China.
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DOSSIER [ Felipe Oliva
Cero.
Felipe Oliva
Estaba decidido: ya nunca más sería un cero a la izquierda. Así le costara la vida. A partir de ese
momento se convertiría en alguien a quien todos admirarían: un verdadero rey que sólo tendría
que decir: “Quiero esto o aquello”, o mejor, “Ordeno tal cosa”, para que, inmediatamente, sin
dudas ni rabietas, fuera complacido.
Sí, ése era su destino: mandar. Había nacido para ello. Y nadie podía venirle con cuentos.
El que nace para león no puede dejar de mostrar sus colmillos y, más que amor, los poderosos
necesitan ser temidos.
Eustaquio, su padre, no era mala persona, pero no servía para nada. Ni su mujer lo respetaba y, las
malas lenguas, decían que él, Reynaldo Reyes Reyes, a quien todos le decían Reycito, no tenía nada
que ver con el que le diera el apellido y, si se parecía a éste, era porque sus padres eran primos.
De ahí que el traumatizado niño soñara con llegar a ser todo un rey: quería mandar a ejecutar a todos los que se reían de su suerte y, por sí o por no, encerrar en un calabozo a su papá y a su mamá.
Quizás así llegaran a entenderse.
La cosa se le empezó a complicar a partir del principio de curso, con la primera bronca que tuvo
con un chiquito ahí, pesadísimo, que se hacía el gracioso y no paraba de darle cocotazos y lanzar
sus libretas al aire, y al cual no le había dicho ni pescado frito, pero que, fatalmente, pretendía a Felina, una niña de cejas enormes, mirada inquietante y pecho desarrollado que, aparte de su carácter
alegre, disfrutaba muchísimo el que los varones de la escuela se disputaran ser sus novios, por lo
que, casi todas las semanas, se producían encontronazos entre estos, mientras ella, adorada y ajena,
se comía la merienda que, con sumo gusto, los contendientes le ofrendaban.
A Reycito no le interesaba Felina y mucho menos estaba dispuesto a compartir su merienda con
alguien que, si bien enardecía a sus compañeritos, no dejaba que ninguno le pusiera un dedo encima, carcajeándose de lo lindo cuando ellos hacían papelazos con tal de agradarle.
Pablo no era un alumno inteligente. Tampoco era aplicado. Iba a clases porque no le quedaba más
remedio. Pero daba unas patadas de madre. Practicaba tae quon do y por eso creía que todos tenían
que rendirle. Le encantaba demostrar que era el mejor, o sea, el más malo de la clase y, si se antojaba de algo, había que complacerlo.
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Felipe Oliva ] DOSSIER
En cuanto empezó el curso, Pablo quiso cambiar de novia. Ya Yadira no le interesaba. Era una
boba que no se dejaba toquetear y a la que sólo había podido darle un besito.
Con Felina iba al segurete. Se veía que le encantaba el jueguito con los varones, y no le quitaba
los ojos de encima. Cada vez que la miraba, allí estaba ella, contemplándolo, como a un mueble,
sin pestañear siquiera, sin pena, descarada, para que él acabara de decidirse a decirle algo, muerta
de risa y alardosa, tratando de llamar la atención, su atención, “su atención, señores pasajeros. El
vuelo...”, como si lo hubiera visto en el aeropuerto, cuando tomó el avión con sus padres “rumbo
a lo desconocido”.
Felina, que todos decían que estaba buena y debía meter unos besos de película. Con sus ocho años
que parecían nueve, y aquella mirada fija, insolente, porfiada, retándolo, a él, el Uán del Segundo
Grado, el Super de la escuela.
Sí, no podía dejar de actuar. De los cobardes no se ha escrito nada, se dijo y, valiente siempre, le
salió al paso y “le descargó a lo cortico, para que llevara carta”.
Fue así que el mundo se le viró al revés.
“¡Ay, no, “mijito”, no! ¡Yo no estoy pa’ perder tiempo con uno que apenas sabe leer y presume de
mulo!”, le dijo la de la mirada jacarandosa en voz alta y una pila de muchachitas empezaron a reírse
de él y hasta Yadira se rió, y si sus “socitos” no se rieron fue por no buscarse un “titingó” con él,
pero se les veía en la cara que estaban felices de ver como aquella niña que se reía con cualquiera
y compartía con todos, ponía al Uán, en ridículo, “para que no se hiciera más el largo y entrara en
caja”, que tanto alarde ni la cabeza de un guanajo, porque ya lo había dicho Felina en una ocasión:
“para los gustos se habían hecho los colores y para las plantas, flores”.
Sorprendido, contrariado y con ganas de soltarle a la mentecata esa una sarta de barbaridades,
Pablo optó por no decirle nada y dejarla pasar.
Total, a él le sobraban muchachitas interesadas en ser sus novias. Ella, en un final, no estaba tan
buena ni tenía por qué rendirle. Ya caería por su propio peso. Y con una sonrisa ensayada mucho
antes en el espejo de la cómoda de su mamá, siguió su camino tarareando el último rap que estaba
componiendo.
Felipe Oliva Alicea (Villa Clara, 1941). Narrador, dramaturgo, teatrólogo, guionista, poeta y músico. Obtuvo mención en el Concurso
UNEAC, 1975, con la pieza teatral Un pelo en plena juventud, publicada por Ediciones UNION, Colección Manjuarí, 1978. En 1981
mereció el Premio Ismaelillo en prosa para niños con Algo para Olga, Ediciones UNION, 1984; y en el UNEAC de 1991, ganó el
Ismaelillo de novela. En 1992 resultó Finalista en el Premio Teatral “Tirso de Molina”, en su XXII Edición en Madrid, España.
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DOSSIER [ Mirta Yáñez
Nadie llama de la selva
Mirta Yáñez
El perro había quedado atrás. Quizás no se llamaba
Buck, aunque tampoco leía periódicos, así que no sospechó nada. La casa fue cerrada y el jardín se detuvo
tras una cerca de dos metros de altura, cubierta a tramos por una enredadera. El perro estaba de pie en el
portal, vigilante, con las orejas enhiestas y en actitud de
espera. Desde la calle no se le podía distinguir mucho.
Desde la ventanilla del ómnibus se veía no sólo al perro, sino el sello oficial que clausuraba la casa.
El perro era blanco, con algunos mechones oscuros en
el pecho y en el lomo, de pelo corto y lustroso, bien
cuidado. En los primeros días se afirmaba en las cuatro
patas con seguridad y altivez. No olfateaba el viento ni
se movía, simplemente esperaba. La casa era una de
esas añosas de El Vedado, ya despintada y con aires
de decadencia. Sin embargo, el jardín se notaba verdecido y daba muestras de haber sido podado en fechas
recientes. El soplo de abandono que se iría posesionando de todos sus recovecos todavía no había borrado la
memoria de las manos que una vez lo atendieron.
Al cabo de unos días, el perro continuaba en igual posición, al lado de la puerta principal. Sin duda no quería moverse para ser el primero en notar el regreso de
quienes él sabía que tenían derecho a entrar en la casa
y reanudar la vida, la única vida que el perro había
conocido. Se mantenía en su sitio, con la misma expresión orgullosa, confiada, aunque su bella estampa comenzaba a deteriorarse. Podría pensarse que estuviera
ya impaciente, había dejado de gustarle el juego, como
broma ya bastaba.
Una semana más tarde, el perro acusaba algún desconcierto. ¿Qué pasaba? ¿Qué podía haber hecho mal?
¿Por qué sus amos, sus dioses, no regresaban? Seguía
de pie y mirando fijamente hacia el punto exacto por
donde había visto a su familia por última vez, pero ya
con cierta inquietud y fatiga, con toda certeza también
hambre y sed. No le importaba mucho, en realidad, la
falta de alimento. Ni tan siquiera no poder entrar a su
cubil predilecto, hacerse un ovillo, suspirar y dormirse con el corazón en calma. Toda su pequeña cabeza
estaba concentrada en entender a qué se debía aquel
castigo que no creía merecer.
El perro no había oído hablar de Buck, así que no se
sentía un héroe. No había visto nunca nieves, ni trineos, ni ventisqueros, ni aquellas eran las heladas comarcas del Klondike. Nadie le había pegado nunca con
un palo. Cuando paseaba por el barrio lo llevaban con
unas cómodas correas que más bien lo hacían sentirse protegido y ni siquiera tenía idea de que otros perros como él podían matarse a mordidas. Esta era la
casa donde había vivido siempre desde que lo trajeron
como cachorro. Detrás de la puerta sellada quedaron
sus escondrijos, su pozuelo de agua y el cacharro de
comer. Aunque todo eso era lo de menos. ¿Por qué lo
habían abandonado?
Quince días después permanecía aún de pie, con resignación, como víctima de un error incomprensible.
Pero el agotamiento terminó por acorralarlo y se vio
obligado, a pesar suyo, a reclinarse contra la puerta. Se
le cerraron los ojos y soñó. Soñaba que la familia regresaba, la casa se llenaba de voces y ruidos conocidos, las
ventanas se abrían al sol de la mañana y se despertó
gozoso, dando un ladrido que se transformó en silencio y en jalones de ira. Se sintió engañado, furioso, de
nuevo estaba allí la pesadilla de la casa cerrada, del
jardín que se secaba como su propio cuerpo. Ya no se
preguntaba qué había hecho mal, sólo quería que el
castigo terminara.
Pasado un tiempo, tenía un aspecto miserable, aunque
se mantenía todavía mirando hacia al mismo lugar. Las
orejas alertas eran el único residuo que quedaba de su
prestancia de los primeros días. Tenía el cuerpo enjuto y consumido, el pelo viscoso y la mirada vidriosa.
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La espera estaba llegando a su fin y algo parecido a la
piedad, al perdón, entraba en su leal corazón de perro.
Ellos, sus dioses, sabrían por qué lo habían hecho.
Hortensia, la mamá de Julia, vivía en el último piso del
edificio vecino a la casa del perro. La escalera no tenía
bombillos y Hortensia había ido perdiendo la vista, así
que no salía nunca y sólo se sentaba en el balcón a
escuchar los sonidos de la calle. Hortensia, como Buck,
tampoco leía periódicos. Le hubiera gustado escuchar
la radio, sus novelones, como decía Julia, pero estaba
rota hacía mil años. Antes de que se muriera, Manchita
era su compañía. Hortensia le daba los buenos días,
la regañaba y, a veces, le conversaba sus problemas.
Con Manchita la existencia transcurría más entretenida. Hortensia la extrañaba tanto, qué se le iba a hacer,
si ya no podía ni con ella misma, dime tú, cómo cuidar
de otro perrito. La vecina que la ayudaba de vez en
cuando nunca hablaba mucho, tenía sus propias tribulaciones, y gracias que venía a airear la casa y a traerle
los mandados de la bodega. A Hortensia le daba hasta
vergüenza molestarla y pedirle que, por favor, le leyera
las cartas de la hija que, de tanto en tanto, llegaban de
la Argentina. Cuando Julia le mandaba uno de aquellos
paqueticos con jabones y la medicina para el corazón,
Hortensia le regalaba los jabones a la vecina. Le hubiera gustado también escuchar la voz de Julia, pero, Ave
María santísima, mira que las llamadas de ese lugar tan
lejano eran caras. Y pasaban los años, y seguían pasando los años, en espera de que vinieran tiempos mejores. Bendito sea el cielo que la medicina y los jabones
nunca le faltaban. Y, por suerte, estaba casi ciega, así
que no podía distinguir al perro.
Un mes más tarde el perro ya no estaba. No lo habían
vencido las nevadas, ni los lobos, ni el hambre, sino
aquella tristeza que le impedía hacer otra cosa que seguir cuidando la casa y esperar, solitario, el regreso.
MIRTA YÁÑEZ (La Habana, 1947), Doctora en Ciencias Filológicas.
Por su reconocida obra ha recibido en tres ocasiones el Premio de la Crítica, en sus ediciones de 1988, 1990 y 2005. Poetisa, ensayista, narradora,
autora de libros para niños, guionista, investigadora, profesora universitaria
y periodista, es autora de una veintena de libros, entre ellos: Las visitas
(poesía), Todos los negros tomamos café (cuento), Serafín y su aventura
con los caballitos (novela infantil), y El mundo literario hispánico (ensayo).
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Confesión
Nancy Alonso
El doctor Clemente daba consultas los miércoles por la mañana en el policlínico de San Francisco de Paula. El
pasillo de acceso a su cubículo se abarrotaba de personas antes de las 8:30 a.m., hora en que él llegaba con puntualidad.
Muchos de aquellos pacientes compartían la rivalidad por encabezar la cola para ser atendidos. Casi todos se conocían
de coincidir en esa espera, y algunos, los veteranos, se habían visto las caras con frecuencia durante los dos años que llevaba el doctor Clemente atendiendo esa localidad. Ese miércoles parecía que iba a ser como cualquier otro miércoles.
Julián había sido el primer paciente en entrar al policlínico. Se acomodó en un asiento cerca del extremo del pasillo,
una posición que le permitía vigilar la puerta por donde entraba el doctor Clemente. A medida que se incorporaban los
demás pacientes, Julián se encargó de organizar el orden de llegada.
Cuando ya no quedaban asientos vacíos y había varias personas de pie, Julián miró su reloj y anunció a los presentes:
–Las ocho y dos minutos con treinta segundos, hora exacta y quien lo dude que ponga Radio Reloj.
Félix no dejaba pasar la oportunidad de contradecir a Julián y en tono socarrón ripostó:
–Apuesto cualquier cosa a que ya son más de las ocho y dos minutos con treinta segundos.
Julián lo miró con rabia y dijo:
–No te hagas el sabelotodo. Claro que ya pasó esa hora. Yo no estoy loco como para pensar que el tiempo se detiene
–volvió a mirar su reloj antes de anunciar–: Ahora son las ocho y tres minutos con cuatro segundos y quien lo dude que
ponga Radio Reloj.
La enfermera auxiliar del doctor Clemente, cargada de historias clínicas, los escuchó e intervino:
–Dejen eso, lo importante es que de un momento a otro aparece por ahí el doctor y a él le gusta encontrarlos tranquilos, sin discusiones ni peleas.
Reinaldo la interceptó:
–Seño, dame las recetas que me tocan. Estoy aquí nada más por eso y si el doctor se demora o no viene…
–¿Que el doctor no viene? –exclamó Leopoldo y recriminó a su esposa–: Te lo dije, te lo dije, yo sabía que el doctor
no vendría hoy. Me estoy exponiendo sin sentido ninguno, vámonos rápido de aquí.
Ante la mirada suplicante de la esposa de Leopoldo, la enfermera le aclaró:
–El doctor sí viene, Leo, te lo puedo asegurar porque hablé con él hace unos minutos. Y tú, Reinaldo, tienes que
esperar. Sabes que en cuanto el doctor llega, lo primero que hace es firmar las recetas de los medicamentos y enseguida
yo se las entrego.
–Dámelas ahora mismo, mira que no he dormido –insistió Reinaldo.
–Reinaldo, tú eres viejo en esta plaza. Yo les entrego las recetas a ustedes, pero él es quien las firma. Siéntate y relájate
–Reinaldo la obedeció y ella entró a la consulta y cerró la puerta.
–La que no ha venido hoy es esa mujer con el hijo –dijo Julián.
–Ojalá no venga, verla me da picazón –fue el comentario de Félix.
Lola, una mujer menuda, inquieta, caminaba de un extremo a otro del pasillo, se alisaba constantemente los cabellos
con ambas manos y repetía la frase:
–Porque esta vida que llevo y tengo.
–Y en esa vida que llevas y tienes, ¿no llevas ni tienes cigarros? –le preguntó Evaristo a Lola.
–Porque esta vida que llevo y tengo –repitió Lola sin mirar a Evaristo ni dejar de caminar.
Gastón se levantó de su silla como un resorte y enfrentó a Evaristo:
–¡Aquí no se puede fumar! ¡Mira todos los carteles que dicen “Prohibido Fumar”! Cuidadito como yo te coja fumando en este local, a ti o a quien sea. Y para que lo sepan, en esta libreta llevo las incidencias de lo que ocurre aquí –como
prueba, blandió la libreta ajada que todos conocían–. El doctor Clemente me ha dado esa orientación.
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Gastón volvió a sentarse, se quitó sus espejuelos de fondo de botella y pegó sus ojos a la libreta. Cogió el lápiz con
la mano izquierda, lo colocó entre el dedo anular y el del medio, pasándolo por debajo de este último y por sobre el
índice, lo presionó con el pulgar y así, en esa rara posición, comenzó a escribir. Golpeaba tres veces la hoja con la punta
del lápiz antes de escribir cada palabra.
–Gastón chivatón –dijo Félix bajito y con la voz fingida.
–¿Quién dice que soy chivato? Yo soy el ayudante del doctor Clemente y es mi deber informarle lo sucedido durante
su ausencia –dijo Gastón con orgullo.
–Pero yo nunca he oído nada de eso por Radio Reloj –terció Julián.
–Muchas cosas no se dicen por Radio Reloj –comentó Elsa, quien se había mantenido callada hasta entonces–. Por
ejemplo, ¿acaso han dicho por esa emisora que hoy es mi última visita al doctor Clemente? Estoy curada y quiero darle
testimonio de mi sanación.
Félix se interesó:
–¿El mes pasado no dijiste lo mismo?
–Daré testimonio al doctor, no a ustedes –respondió Elsa.
Transcurrieron algunos minutos de calma. Evaristo comenzó a fumar con fruición un imaginario cigarro. Gastón
continuó con sus anotaciones. Lola paseaba esa vida que llevaba y tenía. Leopoldo no insistió en irse ni Reinaldo refunfuñó por las recetas. Félix dejó tranquilo a Julián con su reloj puntual. Elsa se puso a leer la Biblia. Los demás pacientes,
ensimismados en sus pensamientos, agradecieron la tregua.
Unos gritos, que clamaban por la presencia de médicos y enfermeras en el cuerpo de guardia, incitaron al nuevo
alboroto.
–¡Seño, seño! –vociferaba Reinaldo mientras golpeaba la puerta de la consulta.
La enfermera salió molesta y le dijo:
–Ya te he dicho que las recetas…
–¡La llaman del cuerpo de guardia! –dijeron varias voces.
Tras la enfermera salieron corriendo Reinaldo, Félix y Evaristo. Lola parecía no percatarse de nada y seguía diciendo:
–Porque esta vida que llevo y tengo.
Como a Gastón le costaba trabajo dejar una frase a medias, se quedó escribiendo los sucesos. Elsa no apartó sus ojos
de la Biblia, ni Julián los suyos de la puerta por donde, de un momento a otro, entraría el doctor Clemente. Leopoldo le
aseguró a Juana que aquello era un complot para abducirlo y le suplicó que lo sacara cuanto antes de allí.
Al rato, supieron el por qué de la gritería.
–Era un arrebatado que trajo la patrulla de la policía –comentó Félix, y Leopoldo se alarmó aún más cuando oyó
mencionar a la policía.
–A ese que acaba de llegar ya le pusieron su tríada, una inyección intramuscular de haloperidol, benadrilina y diazepán y todavía yo sigo esperando por mis recetas –se quejó Reinaldo.
–Y en este policlínico de mierda nadie me da un jodido cigarro –dijo Evaristo.
–Más respeto, por favor. Cuiden ese vocabulario –pidió Elsa.
–Ahí llega –informó Julián–. Ni se embullen, que no hablo del doctor Clemente, sino de la mujer esa con el manganzón de su hijo.
–Querrás decir la cochina y el cabrón ese. Miren que una madre acostarse con su propio hijo. Unos dicen que él la
obliga y ella se deja –comentó Félix.
–No levanten falsos testimonios contra esa mujer. Eviten el castigo divino –sentenció Elsa con la Biblia en sus manos.
–En todo caso es una infeliz y quién sabe si eso es verdad o pura invención –dijo Evaristo y continuó fumando el
inexistente cigarro.
Lucía llegó con su hijo Gonzalo. Los comentarios cesaron y ella preguntó:
–¿Quién es el último?
–Soy yo –respondió Elsa–, pero pasa delante de mí. Quiero darle testimonio al doctor y mejor me quedo de última.
–Gracias –le dijo Lucía y se quedó parada junto a su hijo cerca de la puerta con el cartel de “Psiquiatría”.
Gonzalo se movía constantemente. Flexionaba las piernas, los brazos y el torso como quien toma impulso para saltar. El
fino bozo y el acné en las mejillas permitían calcular su edad en unos diecinueve o veinte años. Lucía le dijo al oído:
–No te muevas de mi lado, Gonzalito.
–¡Ahora sí, ahí viene el doctor Clemente! –dijo con entusiasmo Julián–. Las ocho y veinticinco minutos con cuarenta
segundos y quien lo dude que ponga Radio Reloj. Nadie vaya a colarse, yo tengo el uno.
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La entrada del doctor Clemente provocó una baraúnda. Muchos de los pacientes le hablaron a la vez y levantaban
las voces para llamar su atención. Pero el doctor Clemente, inmutable, les dijo:
–Buenos días a todos. Ahora se me quedan tranquilitos que cada uno tendrá oportunidad de contarme sus problemas, de conversar lo que quiera conmigo. ¿Ya vino por aquí la enfermera?
–Sí, doctor, trajo las historias clínicas y está en el cuerpo de guardia atendiendo un caso –le informó Gastón.
–Entonces me esperan un momento a que yo vaya a buscarla. Tranquilidad, ¿eh?
–Más demora por culpa del arrebatado ese que trajo el patrullero –rezongó Reinaldo.
Con un movimiento saltarín, Gonzalo se desplazó rápidamente y tropezó con Félix sin que Lucía pudiera impedirlo.
–¡Me tocaste, cabrón, me tocaste! –dijo Félix enfurecido–. Y tú sabes que a mí no se me puede ni rozar. Me pongo
mal. Es más, no me gusta ni que me miren mucho.
Lucía se interpuso entre su hijo y Félix:
–Perdónalo, te lo ruego, lo hizo sin querer –su tono trataba de ser conciliador.
–Sin querer… A ese hijo tuyo le gusta mucho el toca-toca y parece que a ti también, así que toquetéense entre ustedes
y me dejan a mí fuera del jueguito.
–¿Que qué? –vociferó Lucía y le dio tal empujón a Félix por el pecho que lo tiró al piso.
–¡Me tocaste tú también, puta! –dijo Félix furibundo y sorprendido.
–¡Más puta es la madre que te parió! –respondió Lucía colérica.
El nerviosismo se apoderó del grupo, miraban asustados la escena. Gastón reaccionó y salió corriendo hacia el
cuerpo de guardia. Sólo Gonzalo y Lola seguían con sus rutinas. Gonzalo continuaba balanceándose y Lola caminaba
diciendo aquella letanía:
–Porque esta vida que llevo y tengo.
Félix se incorporó del piso y se alejó de Lucía quien dio unos pasos hacia él como el boxeador que busca el remate
del adversario.
–Aquí mucha gente dice que tú te acuestas con tu hijo porque él no encuentra con quien desahogarse –dijo Félix y se
dirigió a los otros–. A ver, tengan el valor de decírselo en su cara.
Lucía se detuvo en seco y los fue observando uno a uno, preguntándoles con su mirada si era cierto lo que había
dicho Félix. Evaristo hizo el gesto de quien apaga un cigarro y dijo:
–No nos metas en líos que quien anda regando ese chisme eres tú.
–Y mira que yo te lo advertí, la divina providencia castiga por levantar falsos testimonios –explicó Elsa.
Lucía dio un paso hacia Félix y éste retrocedió hasta chocar contra la pared.
–Pero, ¿qué está pasando aquí? –interrumpió con autoridad el doctor Clemente que llegó acompañado por Gastón
y la enfermera.
–Que esos dos me tocaron, doctor –respondió Félix y señaló hacia Gonzalo y Lucía–. Y yo no puedo permitir que
me toquen, mucho menos esos cochinos.
–Basta ya –dijo el doctor Clemente–. Ni una palabra más entre ustedes. Ahora voy a atender a Gonzalo y a Lucía y
después entrará Félix.
Julián protestó porque él era el uno en la cola y Reinaldo porque él necesitaba sus recetas.
–Dije quiénes serán los primeros y el que no quiera esperar puede irse y venir el miércoles próximo. Lucía, trae a
Gonzalo –el doctor Clemente se paró a la entrada de la consulta y le hizo un gesto de invitación a pasar.
Lucía se quedó inmóvil unos segundos, luego se acercó a Gonzalo, le puso un brazo alrededor de la cintura y cuando
todos creían que iba a entrar a la consulta le dijo al doctor Clemente:
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Nancy Alonso ] DOSSIER
–No, doctor, usted me va a perdonar, pero yo no voy a entrar.
–Lucía, por favor, ven acá –le pidió el doctor Clemente.
–Mire, doctor, después de lo que se ha dicho aquí yo necesito hablar en público, no a solas con usted, encerrados en
esa habitación –dijo Lucía con firmeza.
–Y yo considero, Lucía, que mejor hablamos en privado, como siempre –ripostó el doctor Clemente.
–Con todo respeto, doctor, ni usted ni nadie puede impedirme declarar ante los presentes que nunca he tenido relaciones sexuales con mi hijo, nunca, y usted puede dar fe de que digo la verdad y le pido que hable, yo lo autorizo a
romper eso que llaman el secreto profesional.
Alrededor de Lucía se había formado un coro que incluía, además de los pacientes de psiquiatría, a los de otras consultas, a enfermeras, empleados del policlínico y hasta a un médico.
El doctor Clemente dudó un momento antes de decir:
–Es cierto. Lucía me ha dicho que jamás ha tenido relaciones incestuosas con su hijo.
–Hay más, doctor, siga, diga todo lo que sabe –pidió Lucía.
–Basta, Lucía –dijo el doctor Clemente y avanzó hacia ella–. Enfermera, ayúdeme.
–Es inútil, doctor, si usted no lo dice, lo digo yo. Sepan que una vez quise acostarme con mi hijo, para hacerlo feliz,
me dolía, me duele que ninguna mujer lo quiera –las lágrimas le corrían por el rostro y entre sollozos Lucía continuó–.
Pero él no quiso hacerlo conmigo, ¿lo oyeron?, no quiso, prefiere irse con los animales, hacérselo él solo, pero no
conmigo. Ni el doctor Clemente ha podido explicarme por qué me rechazó. Y que conste, el doctor me hizo jurar que
nunca más yo lo intentaría. He cumplido esa promesa, aunque quiero confesar otra cosa –Lucía se había serenado y
con aplomo declaró–. Si alguna vez mi hijo me busca, yo lo voy a hacer, y esa sería la más grande prueba de amor que
jamás haya dado alguien.
Lucía tomó a Gonzalo del brazo y se encaminó hacia la salida del policlínico. Cuando pasaron junto a Lola, ésta
detuvo su andar y los miró. Lucía le pasó la mano por el pelo a Lola y le dijo:
–Ojalá que en esa vida que llevas y tienes, seas feliz.
Nancy Alonso (La Habana, 1949) es Licenciada en Ciencias Biológicas y publicó el conjunto de relatos Tirar la primera piedra en 1997, que mereció Mención
en el Concurso David de 1995. En 2008 publicó Desencuentro. Ha sido incluida en varias antologías, como Estatuas de sal (Unión, 1996), y Cubana, aparecida
en Boston, Estados Unidos, en 1997. Premio de Narrativa Femenina Alba de Céspedes 2002 por Cerrado por reparación.
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DOSSIER [ Francisco López Sacha
Un día de Alí Khan
Francisco López Sacha
Todos los días de Alí Khan fueron maravillosos.
Solía levantarse temprano, al amanecer, y asomarse a
los cristales transparentes de una de sus mansiones, envuelto en una bata de brocados, y mientras salía el sol
—entre la niebla, en Londres; sobre las dunas lejanas,
en El Cairo; entre almendros, naranjos, en Sevilla—, se
hacía llevar el servicio de té. Tomaba en silencio la infusión (fuerte, aromática) bajo la luz de ámbar, y cumplía con su primera rutina. Después se daba un baño —a
la europea, con agua tibia, sentado en una tina de nogal; o a la americana, un chorro restallante, denso, en
una bañadera con asas inmaculadamente blanca; o a la
eslava, de pie, pegándose en la espalda con un mazo
de berro; o a la oriental, con agua perfumada, rodeado
de pebeteros con incienso— y salía mojado, envuelto
en una bata de felpa, el rostro colorado y reluciente, el
cuerpo henchido, fresco, todavía firme, con pequeñas
oleadas de grasa en el vientre, caminando sobre alfombras mullidas si estaba en Nueva York, sobre losetas de
mármol si estaba en Nápoles, sobre una estera, si estaba en Rabat, Argel o Islamabad. Un espejo le devolvía
la imagen, mientras las gotas terminaban de caer. Tenía
ralo el cabello, de color castaño, la cara ancha, redonda, y una sincera y delicada sonrisa. Luego se peinaba,
se afeitaba, hacía sus abluciones y, siempre mirando
hacia el poniente, rezaba.
Más tarde, al promediar la mañana, solía conversar con alguno de sus invitados (un financiero inglés,
un príncipe jordano o magrebí, o uno de sus íntimos
amigos) de su cuadra de caballos pura sangre, de las
cotizaciones del petróleo en la bolsa, del clima o de su
última conquista (las mujeres orientales no contaban,
ni turcas, ni armenias, ni egipcias, ni sirias), y de pronto
se le encendían las pupilas, oscuras, muy oscuras hasta
entonces, y alzaba la voz al preguntar: ¿Qué tal si almorzamos en París? ¿Qué tal si almorzamos en Roma?
¿Qué tal una tarde en Estambul? Pedía el auto, o uno
de sus autos (Rolls Royce, Ferrari, Alfa Romeo) y salía
hacia el hangar más cercano —el hangar de una pista
privada—, donde un piloto y un navegante solícitos lo
conducían al avión, y cuatro o cinco horas después ya
estaba en el Maxim’s o en La Coupole o en su casa
de campo en Cerdeña, en la terraza, sobre un paisaje
marítimo de rocas, haciéndose servir un borgoña o un
coñac Napoleón.
Los días de Alí Khan eran distintos y, sobre todo,
auténticos. La ingravidez de las mañanas podía irse en
palabras, entre sorbos de té, rodeado de un servicio
de tacitas de porcelana de Sévres, tenacillas, tenedores
y cucharas de alpaca y portavasos de plata del Perú,
soltando el humo de un habano H. Upmann o un
Monterrey de las Vegas Robaina, y sacudiendo a ratos
la campanilla para hacerse servir pasteles de jengibre
y azafrán, como aquellos que comían los faraones en
sus barcas de junco y papiro. La mañana fluía hasta
las once, cuando ya la humedad de la hiedra se dejaba
evaporar por un sol tibio en Kensington Road. ¿Qué tal
—decía— si cenamos en Mónaco? ¿Qué tal sardinas a las
brasas en Portobello? ¿Qué tal un Chianti en la Liguria?
Entonces reía como un niño, con todo su cuerpo rotundo, mostraba sus fuertes dientes, sus encías sonrosadas,
las palmas de las manos abiertas hacia su interlocutor,
donde brillaba, con cierta opacidad, en el anular de
la mano derecha, el anillo bronceado y antiguo de la
larga dinastía de Ciro, rey de reyes.
Los días de Alí Khan, nunca interrumpidos por
huelgas, motines o cambios de gobierno, fueron maravillosos, auténticos, distintos. Cena en París, bajo los
candelabros (entrante de mariscos, un gourmandise para
limpiar el paladar). Desayuno en Sorrento, a la sombra de un toldo frente al mar. Una leve regata en el
Tirreno, al caer la tarde, con el sol dorado sobre sus
hombros. Un concierto de la Callas en Milán, cuya voz
de soprano rebotaba en el techo y la herradura de la
Scala y luego se derramaba abarcándolo todo. Su voz,
sin una sombra de rubatto, que terminaba de caer y se
confundía con la lluvia de aplausos al llegar a los rojos
y aterciopelados butacones de la sala, y al subir otra
vez, en resonancia, hacia los palcos, donde cientos de
elegantes, de pie, hacían sonar sus manos. Una visita
fugaz a Hollywood, un encuentro furtivo con Rita Hayworth en el set de La Dama de Shangai.
Días únicos, irrepetibles, en Lisboa, en Tánger, en
Palermo. Una larga rotación de la Tierra que lo encontraba debajo de una carpa, un mediodía, en la corte
del rey Farouk; en el Metropolitan Opera House, una
noche, en compañía de Jill Saint John; en Porto, en Madrid, a la media mañana; o en sus largos despachos
con su padre, el Aga Khan, después de correr un Ma-
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Francisco López Sacha ] DOSSIER
serati a ciento ochenta kilómetros por hora. Alí Khan,
el príncipe heredero, en su empaque real, con su voz
subyugante y su esmoquin de un sólo botón. Alí Khan,
detenido en la foto de la revista Bohemia, mientras la
Tierra seguía girando, frente al enorme pastel de bodas de su enlace con Rita Hayworth, un pastel de ocho
pisos y cuarenta capas, blanco, impoluto, ornado de
volutas y encajes de merengue, capas entrelazadas de
puro sabor con un relleno secreto de sémola de trigo,
crema de dátiles, licor de almendras, cacao, hachís y
frutas tropicales, y dos figuritas de cera que los reproducían, en la cúspide.
El día amaneció radiante sobre la cresta del malecón de La Habana. Parecía uno de esos días de Alí
Khan, sólo que diseñado por mí. En realidad, diseñado
por Carla, que me acercaba el desayuno a la cama en
una bandeja de metal plateado. Carla se movía desde
la puerta de la habitación con un ligero balanceo de sus
hombros huesudos, disimulados por la bata de seda, sus
largas piernas y sus pies descalzos, que hacían una leve
ondulación al pisar la alfombra. El servicio asomaba
entre sus manos con dos tazas de porcelana, blancas,
humeantes, una con té y otra con chocolate, un vaso
laqueado, opalescente y frío con jugo de ananás, unos
pasteles crocantes, recién horneados, unas tostadas y
una tártara con mermelada de frambuesa; exactamente
lo que había pedido.
Carla se acercó muy melosa, colocó la bandeja en
mi pecho y me echó encima su pelo rubio y denso,
oloroso a Pantene, rapado levemente en la nuca y recto en los costados; su pelo que rodaba hacia mi cara
más rápido que nunca, y me miró con alguna tristeza,
con sus ojos tan claros, verdes y algo carmelitosos. En
su boca de labios gruesos, marcada aún por los restos
del creyón, prevalecía su tono natural, rosáceo y pálido. Todavía tenía el olor de la noche impregnado a su
bata de seda, el olor a sudor de su piel, no tan intenso,
el olor resbaladizo a crema de tocador, a ron, a marrasquino, y el olor más fuerte y envolvente que venía de
abajo, de su oscura y tupida maleza que no se recortaba,
como tampoco se recortaba el pelo bajo las axilas. Eso
es para excitarte, amor mío, me había dicho en alguna
ocasión, con su voz meliflua de española de Cáceres.
Mira, me señaló de súbito, como ya te dije, hoy vamos
a hacer lo que tú quieras, y cuando acabe el día te tengo preparada una sorpresa. Dámela ahora, le respondí,
mientras sentía crecer bajo la sábana ese hormigueo intenso que me pone a latir en las horas del amanecer.
Me tomé el jugo —no atiné a más—, separé la bandeja
y casi la deslicé bajo la cama, y al voltearme hacia ella,
que me esperaba con las piernas abiertas y el cinturón
zafado, la coloqué bruscamente de espaldas y acaricié
su pelambrera oscura, que era siempre una extraña sorpresa en una mujer tan rubia, y luego acaricié sus muslos, de abajo hacia arriba. No pude contenerme. Me
puse encima, arrodillado, y la pasé tantas veces como
pude antes de penetrarla de una vez. En realidad debí
decir que estaba tan caliente que la puse de espaldas,
le acaricié los muslos, la pendejera, le dí brocha con
verdadera ansiedad y se la metí después. Pero si digo
eso no puedo describir la luz, ni la belleza del día, ni
compararme en sueños con la voz de los cronistas de
época que reseñaban delicadamente las historias galantes de Alí Khan, ni verme, como en las viejas películas
de Hollywood, rodando un convertible de color cereza
por Sunset Boulevard, mientras la hermosa actriz que
va a mi lado se suelta el pelo rubio que le golpea la cara
y abre los labios en púrpura profundo.
Así como ese sueño, la luz del día se reflejaba ahora en las persianas de cristal y Carla hundía en la almohada su rubia cabeza, que por momentos parecía
la de un efebo, aplastaba sus labios y cerraba los ojos
y elevaba el trasero a cada nuevo impulso de mi cuerpo. Carla también murmuraba y la bata de seda se
corría de un lado a otro y le hacía un contraste entre
la tela lisa y color vino, y la piel, blanca y porosa,
que se erizaba de pronto cada vez que yo entraba y
salía y le abría el orificio intocable con el índice y el
pulgar, amenazándola. El juego era ese y lo había descubierto en el viaje anterior, en un cuarto prestado, a
mediodía, en el cuarto de Tany, en Zanja y Manrique,
después de una nota con ron. Carla sabía lo que a mí
me gustaba y me daba ese gusto contra su voluntad,
si yo podía sorprenderla a tiempo. No es que me lo
negara, me lo ofrecía, y luego me jugaba cabeza. Primero procuraba abrirse bien, y pegarse a mi cuerpo,
y en esa posición deslizarse hacia atrás, para que yo
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me viniera enseguida, y después se insinuaba, como
si quisiera complacerme entonces, sabiendo que no
tenía energía suficiente para continuar. Era un juego
de azar en el que siempre podía perder, y perdía, tal
vez porque me calentaba demasiado. Hoy quería gozar profundamente, me alteraba ese grato orificio que
me apretaba duro con su calor fogoso, y seco, y me
quitaba el aliento.
En ese mismo juego su cuerpo se aproximaba al
mío y yo lo separaba. A veces me cubría por completo y a veces lograba zafarme, sujetándola por la cintura, mientras trataba de contraer los músculos para no
venirme. El calor me subía y me mojaba todo, y ella
murmuraba debajo de mí unas duras palabras en un
idioma erótico que ya no era el mío. Cuando estuve a
punto y ella creyó por mi ansiedad y mis movimientos bruscos que no podía soportar más tiempo, se la
saqué de golpe, y antes de que pudiera reaccionar y
negarse, se la hundí en el esfínter, el delicioso orificio
contráctil que cedió, primero estrechamente, y después suave, en dócil sobresalto, que me permitió acomodarme mejor, y ya con pleno dominio de su cuerpo escuché su quejido y un suspiro profundo de sus
labios, acompañado de un temblor, cuando la parte
más gruesa le llegaba hasta el fondo, con fuerza, con
cierta resistencia y cerrazón.
—Gracias por esta sorpresa, vida mía.
Después que nos duchamos —a la americana, con
un chorro percutiente y cálido que desprendía una
nube de vapor—-, y con el cuerpo elástico, limpio y
reposado, luego de haber desayunado bien, a gusto,
Carla se untó sus cremas sentada en la banqueta de
la cómoda, desnuda y todavía húmeda, junto al espejo enorme que la reflejaba por completo y que me
permitía verla, de espaldas y de frente, con toda la
maraña de su vello púbico y la hendidura abierta en
su triángulo oscuro, de un perfecto color rosa mate.
A veces sacudía la cabeza, que no se había secado,
y soltaba una lluvia finísima de gotas con su pelo en
vaivén, que le caía después en desorden. La veía, agachado, al borde de la cama, mientras me estrenaba
su último regalo, unos mocasines Flexi de color azul,
tocándose los senos y ladeando el cuello, mirando a
los pezones con un gesto de interrogación, o inclinando el torso para llegar a los pies, en posición ausente,
con la pierna derecha a la otomana, o acercando la
cara para maquillarse, con la boca entreabierta y los
dientes parejos y la punta de la lengua en suspenso, en
el amanecer ya despejado.
Si yo no estuviera enamorado de Tany, y de sus
suaves ademanes de puta, y de su cuerpo duro, de su
manera de sentarse en la taza y orinar sin pudor, y sobre todo, de su timbre de voz, de sus palabras, podría
entregarme plenamente a Carla, al disfrute hedonista
y solitario de una semana sin presiones (puede que
una quincena), con esa buena cantidad de verdes que
me ponía en las manos para gastos menudos o me
escondía con cierta agilidad en los bolsillos traseros
del blue jean, dándome una palmada, en la calle o en
esta habitación con vista al mar, alquilada por ella de
manera oficial (y después en secreto) luego de sobornar al portero y al ascensorista, una suite alfombrada en el noveno piso del Riviera desde la cual podía
contemplar el amanecer con todo su esplendor azul
cobalto, naranja, azul distante, azul tan luminoso y
enceguecedor.
Pero extrañaba a Tany, extrañaba sus noches conmigo, su olor a sudor, su aliento al levantarse, su pelo
oscuro y falsamente lacio, que podía apretar y estirar,
su risa, sus palabras calientes de habanera brusca, su
manera de entregarse de pronto, cuando yo quería, en
el hueco de la cocina o en la taza del baño, y de decirme allí, acuclillada, con cierto descaro, mientras fijaba
sus ojos en los míos y se secaba con el papel sanitario,
bueno, pero un poquito y ya.
Sin embargo; añoraba también esta vida, aunque
fuera por una semana, la vida sin presiones, sin apuro, con mucho dinero, la vida muelle que me merecía,
algo que Tany no me podía dar.
Rolen, cariño —la voz de Carla doblada al español
salía del espejo y se amplificaba desagradablemente en
el ámbito de la suite—, ¿damos en la mañana ese paseo
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en barco? Carla se refería al galeón, a la embarcación
antigua de maderas preciosas que habíamos visto la noche anterior, con sus jarcias, obenques y sogas, anclado
en el Muelle de Luz. Un galeón en divisas, para decirlo
de una vez, que inflaba su velamen todas las mañanas y
parecía un juguete de lujo cuando pasaba al pairo frente al Malecón. Un galeón de corsarios y piratas —idea
del Historiador de la Ciudad—.
Este era el segundo viaje de Carla a la Isla y todavía
no conocía nuestros sueños, nuestra visión idílica del
mundo, y ni siquiera nuestra imagen pueril del éxito
y la gloria. Tampoco nuestra ansiedad infinita de goce
y de placer. Más, siempre más, era nuestra divisa. Todavía Carla no nos imitaba, ni se reía de nosotros, ni
sabía pronunciar nagüe, nagüito, a pesar de que solía
repetir esas voces y las intercalaba cómicamente en la
conversación. (Azúcar, avanzando). Era su segundo
viaje de bojeo a Cuba y el primero en el que me decidía a decirle, porque no soportaba mentir (y porque
Carla me había visto a medianoche, cerca del Barrio
Chino, con Tany, un día antes de alquilar el Riviera),
frente a un vaso de cristal de roca relleno de whisky
hasta los bordes, que no tuviera sueños, que sólo quería disfrutar, pasarla ok, y de algún modo pertenecer
a Tany, claro —se lo pedí de golpe—, sin rabietas de
celo ni pataletas de mujer ofendida. Carla, que no la
conocía, aunque la vio de lejos, abrazada a mí, aceptó
el pacto, a partir de ese mismo momento, —los días
para ella, las noches para Tany—, un pacto que traté de
suavizar concediéndole los amaneceres, algo íntimo y
muy personal, en el fondo, lo más importante.
Estábamos en La Mina de Oro, en una de las mesas
de la calle Obispo, bajo el rumor de un trío de guaracheros pobres que nos ensordecía con las claves, y
Carla aceptó la verdad, esbozando una media sonrisa,
rápida y algo cruel, frente a su vaso mediado de ron
Havana Club, su favorito, pero con una condición, si
yo quería, si no resultaba lesivo para mí, la condición
de que le presentara a Tany, esa misma noche, que la
invitara a la Torre de Marfil. Yo incliné la cabeza, asintiendo (arrepentido de haber sido tan franco) y decidí
fumarme un Merrit mentolado, de los suyos, y mirar
tras el humo hacia la Plaza de Armas, al sol reverberante sobre los adoquines de madera, a los estantes
solitarios de los libreros viejos, llenos de mapas y revistas de antes y libros desplegados para los turistas,
donde mi puesto, al comenzar O’Reilly, estaba vacío.
Yo cumplí el compromiso por teléfono y Tany vino,
con su vestido de noche de flores estampadas, su boca
llena, roja, un poco desafiante y apocada a la vez, y
Carla se fijó en sus ojos, en su cara, en su cuerpo, en lo
quemado de su piel, comparándose, digo, y conversó
después con mucho desenfado y hasta pidió para ella
todo lo que quiso, le sonrió de veras como si fuera una
amiga y no mi amante, le habló de su vida en Cáceres
y de sus vacaciones en la Costa Brava, de sus gustos
por los vestidos caros y los perfumes de Nina Ricci,
y de las ostras con cerveza australiana que sólo podía consumir en Fulton Market, y hasta se sonrieron,
mostrando las encías, y Tany acabó por preguntarle,
después de tomarse dos copas de vino, con un ligero
y ansioso temblor, si en realidad ganaba mucho como
para costearse la gran vida.
Fueron juntas al baño, a retocarse, creo, y regresaron de lo más contentas (tan contentas), y yo asombrado, asombrado y aún sin comprender que se entendieran tanto, y Carla, antes de irnos, le regaló su pulso de
metal dorado con incrustaciones de marfil que había
comprado en Tiffany, el verano pasado. Toma, guapa.
Por supuesto, esa misma noche, Carla me premió por
mi sinceridad y mi buena conducta, ofreciéndome un
día de Alí Khan.
A las diez de la mañana tomamos un taxi a la entrada del hotel Riviera y nos bajamos en el Muelle de
Luz, frescos, henchidos. De pronto nos sentamos, en
el puente de proa, ante la inmensidad de la bahía, y
el galeón desplegó las velas y comenzó a navegar por
un agua más densa, aceitosa y sucia. Atrás quedaba el
edificio de la Aduana y comenzaba enfrente el muro
rocalloso de la fortaleza de La Cabaña. Pasamos el
Morro y el mar empezó a clarear, con un espeso azul,
y Carla pidió para mí whisky a la roca y para ella un
Havana Club. La brisa me golpeaba el rostro ahora
que el galeón bogaba por aguas más rizadas y profundas, mientras orzaba a estribor y podía contemplar a
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lo lejos los portales blanquecinos y calcáreos de las
casas, los carros diminutos y hasta los puntos móviles
de los pescadores en el muro. La vida se empequeñecía a medida que el galeón se alejaba de la costa y los
altos edificios del Vedado asomaban detrás, nimbados
por una luz violeta, que a veces los borraba. Alí Khan
tuvo una vida perfecta, pero no ésta, no la mía. Aunque envidio sus días, su dinero, no me importan los
caballos de raza, ni el Oriente Medio, ni la Tierra, a la
que no siento girar. Me importa el cielo, la grata compañía, el azul proceloso del mar, y esta vida que llevo,
sin destino. Carla, a mi lado, Tany, donde siempre,
La Habana rendida a mis pies, sin el tufo de alguna
de sus calles, ni las ruinas del solar donde vivo, ni el
olor a pergamino viejo de la bodega donde compro
el pan, ni las horas que paso con los labios resecos en
un punto de la Plaza de Armas ofreciendo la dudosa
mercancía de los libros de uso encuadernados por mí,
libros magros o de tapas gruesas, polvorientos y gastados, con el gris de la página casi invisible y las letras
bodoni, a cuatro, a cinco dólares, a diez, Cuba en la
mano, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Revista
Carteles, Revista Bohemia, El Monte, Cecilia Valdés, Sóngoro Cosongo, La fijeza, El reino de este mundo, Un rey en
el jardín, libros que van y vienen, rotos, enmohecidos,
saqueados de antiguos anaqueles y a veces de bibliotecas públicas, en este mare aperto donde soy un rey,
un príncipe, (un cabrón de la Vida), en el galeón de
oro que se aproxima a la curva del río Almendares,
a las primeras mansiones de Miramar, al reflejo de
un sol demasiado alto, con otro whisky doble, con el
pelo de Carla moviéndose en la brisa, golpeándole
la cara, cerca de mí, azorada ante tanta belleza, acodada en la borda frente al azul profano y las nubes
blanquísimas, en el vaivén y el chasquear de las olas y
el crujir del velamen inflado, todavía preguntándome
con timidez, como si no quisiera, con su sonrisa de
hacerse perdonar, de qué vivía Tany, qué hacía, a qué
se dedicaba, no, por nada, por preguntar.
El galeón dio la vuelta más allá de la curva del río,
ayudado por la brisa de tierra, y yo decidí almorzar en
El Aljibe, tenía ganas de un buen pollo al carbón y un
espeso potaje de frijoles colorados.
Tomamos un taxi en la Avenida del Puerto y abrí
la ventanilla, y recibí el soplo caliente del mediodía
habanero. Entonces vi de cerca las columnas cariadas
de las casas del Malecón (que pronto no serían columnas), los portales despintados y sucios, los bicitaxis en
sentido contrario, con sus negros sudados en el manubrio, negros en camisetas negras con sus gordos y
viejos turistas apoltronados detrás, cómodamente, sacando unas fotos Polaroid del camello que subía por
San Lázaro, a la altura del Parque Maceo. El Malecón
se abrió en la roca de la calle 23, con el ondear de una
bandera cubana, y Carla hizo una foto en la memoria,
porque así me lo dijo, de la mole imponente del Hotel
Nacional. Ahora nada me importaba, ni los grupos
ociosos que veía deambular, en fila, a un costado de
la Sección de Intereses, ni las casas más bajas y carcomidas por el salitre, ni las verjas herrumbrosas (que
pronto no serían verjas), ni los cristales opacos de la
Casa de las Américas, ni nada que no fuera la suave
embriaguez que volaba conmigo hacia el túnel de la
Quinta Avenida, en este mediodía tan pleno, y tan
mío, que saboreaba todavía más bajo el reflejo fugaz
de los almácigos y las palmas datileras de la calle 10,
en el oasis que verdeaba tan lejos, y tan cerca, una
semana o quince días al año, con Carla, que lo pagaba todo, y con Tany, que me ofrecía su cuerpo en el
sopor de las noches.
En El Aljibe no hacía mucho calor, quizás por el
rumor insistente de la brisa en su techo de guano, o la
disposición de sus amplios salones, o la cerveza Heineken, o por la fría servilleta que Carla me pasaba por
los pómulos y la barbilla. Ahora sí me sentía en mi
trono, besándola, tocándole las manos, acariciando su
rubia cabeza de animal pura sangre —a mí, que no me
importaban los caballos, aunque sí el delirante piafar
de las yeguas en celo antes de ser montadas por el
potro—, ahora sí, con el mareo del whisky y el picor de
la cerveza, suavemente en mi reino (El reino de este
mundo, un rey en el jardín) ante la masa de un muslo
de pollo asado al carbón y la fuente de potaje espeso
que desprendía tan riquísimo aroma, en el coro de
huríes que daban gracias al Todopoderoso y comían
con apetito junto a nosotros, en el espacio en dólares
que había construido desde el año anterior, vamos,
que había sabido construir.
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Comimos plenamente, con dos cervezas más, y Carla pidió marrasquino, su licor favorito, en la barra al
aire libre.
Carla saboreaba su licor y yo miraba. Cerca de nosotros, una putica sensual de piel muy tersa, ojos grandes, oscuros y pómulos marcados, con los hombros
desnudos, quemada por el sol, ceñida por un tope y
un short de mezclilla, terminaba su daiquiri. Carla la
recorrió de arriba abajo y luego se detuvo en sus ojos.
Se contemplaron largamente. Cuando yo la miré (algo
sutil me recordaba a Tany), bajó la vista, incómoda;
después se levantó y se fue.
La luz se mantenía quieta, candente, y la brisa comenzaba a disminuir, en el preludio de la siesta. Ahora me molestaba el olor a comida, el olor pegajoso y
grasiento que venía de los salones y de las mesas con
manteles de guinga. Le propuse fugarnos a Marina Hemingway, a tomar un mojito, u otra cosa, y a ver pasar
los yates por los canales de Barlovento. Lo que diga mi
rey, me dijo Carla, con un mohín de sus labios carnosos y la misma sonrisa, algo forzada, que revelaba sus
bruscas determinaciones.
Barlovento era una lámina fulgente a las tres de la
tarde. Unos yates que entraban y otros que salían, rizaban los canales, y a pesar del calor, o mejor, del sopor
que parecía evaporar el agua, sus jardines, sus casas de
dos plantas, y el fondeadero mismo, tenían la gratitud de
los oasis verdes, la dura transparencia del sol en un sitio
exclusivo alejado de todo, con algunos turistas en Audi
y otros que caminaban en grupo hacia El viejo y el mar
o hacia los muelles. Por mucho que quise avivarme, y
por mucho que Carla señalara hacia las últimas casas de
piedra, con ánimo de preguntar, mi día resbalaba sin remedio en esa hora difícil que sólo se podía atenuar en el
aire acondicionado. Pedí un mojito, que bebí con avidez,
y luego otro, y después un White Horse que me nubló
la vista y pensé que los días de príncipe oriental debían
tener reposo, un reposo previsto, y más cuando Carla
me pellizcaba duramente para que no me durmiera, y
dejaba entrever, áspera, celosa, con su pregunta hiriente,
si eso me ocurría también cuando estaba con Tany.
Realmente, elegí mal (y ya no supe si elegí mal ayer
o si debí esperar su reproche). Debí regresar al Riviera a dormir una siesta y prepararme después para la
noche, la noche ansiada en la cama de Tany, y sólo lo
insinué a las cuatro y media, cuando ya no pude soportar el cansancio y el estado de nota que me dejaba
exánime, indefenso.
Cuando salimos, abrazados, a paso muy lento, creí
escuchar hacia el final del muelle, o desde un yate
fondeado a lo lejos, una antigua canción de Steve
Lawrence, “Pretty blue eyes”, pero, curiosamente, en
español, en la versión de Danny Puga. Debía ser un
error, debía ser mi cabeza, que empezaba a dar vueltas en el panataxi con el sol calcinante y el extraño
resplandor de su luz, arrojado en los brazos de Tany,
en el cuarto de Zanja y Manrique, con la ventana
abierta, en medio del sofoco y el calor de la noche,
asfixiado por la brisa caliente del ventilador, sudando,
y apretándola mucho, con miedo a perderla, a Tany,
que me mordía el cuello y me besaba duro y se sentaba encima de mis piernas, desnuda, arqueada, con sus
nalgas poderosas y firmes.
Carla me despertó cuando llegamos al Riviera. Pagó
la cuenta y le dejó al chofer una propina más que generosa, que quise evitar. Me rogó que subiera solo, tenía
que ir al cajero automático. ¿A dónde?, al cajero automático. ¿A cuál?, al de Línea y A, el único que lee mi
tarjeta, a sacar el dinero de esta noche, el dinero para
bailar con NG La Banda en la Casa de la Música de
Miramar. ¿NG La Banda? ¿Por qué? Ya sabes, esta noche… Me dio un beso. La vi alejarse, en el parqueo de
la entrada, indeciso, un poco ido, incapaz de caminar
más, con el cuerpo inclinado hacia adelante, acosado
por el sueño, el calor y la presión de mis mocasines
nuevos, calzados sin medias, y el sudor que me corría
por la espalda. Pasé por la carpeta sigilosamente y esperé al ascensorista cómplice para que me subiera de
prisa, ahora me dolía la cabeza.
El atardecer ya estaba aquí, soberbio, con un dorado rosa, un rosa tenue, un brillo azul celeste, un color
imposible de describir. Pedí una cerveza, cualquiera,
al servicio de habitaciones, y un poco de hielo frappé
para acabar con la resaca.
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Me adormilé sobre la cama ancha, sin desvestirme,
esperando a Carla, con el silencio y el zumbido del aire
y el frescor de la toalla con hielo, y desperté a oscuras,
sobresaltado, solo. No pude comprender.
Empecé a sudar frío. Caminé a tientas por la suite,
escuchando el monótono crujir de mis zapatos, sin saber
qué hacer. Prendí el interruptor, miré hacia todas partes,
y revisé la mesita de noche, y las gavetas de la cómoda,
y el escritorio, y el recibidor, y luego fui hasta el closet,
y revisé los bolsillos traseros del Levi, y los bolsillos traseros del Lee, y todos los bolsillos del Docker’s. Deshice
la cama de un tirón, con una ira creciente, y acabé malhumorado y confuso frente al espejo del baño, mirando
mis ojos enrojecidos con un raro temor, pues mi Quantum de pulsera negra —regalo de Carla— marcaba en sus
agujas amarillas las nueve menos diez.
Sólo podía tener una respuesta, si Carla pasó por aquí,
no quiso despertarme y me dejó una nota. Su toalla estaba seca, toda su ropa en orden, y no encontré ningún
papel, ningún dato, ninguna señal, ni siquiera el dinero,
ni siquiera un aviso de que me dejaba, de que no podía
soportar que yo tuviera otra y se lo hubiera dicho.
A las diez menos cuarto tomé la decisión de buscarla, sin esperar más. Afuera corría el terral y todo
estaba en sombras, excepto el lobby del hotel y las ventanas más altas del Cohiba. Pedí un taxi. Me molestó,
además, en ese instante, tener que pagar una carrera.
Ahora los árboles de Miramar rodaban hacia atrás, en
plena oscuridad, y sólo podía observar a través del parabrisas unos focos dispersos, unas luces extrañas, unas
rígidas mansiones en silencio. Apenas pude ver las palmeras de la calle 10.
El chofer me cobró cuatro cincuenta, el portero
diez cañas de cover, y el ruido de la salsa me atronó
en los oídos, al atravesar el enorme portal, y me estremeció, al franquear la puerta, con el miedo de no
encontrarla allí, con el miedo de no saber nada, de no
poder preguntar, de no verla durante la noche, o de
verla bailando, despreocupada y feliz, cobrándose de
ese modo mi traición, entre los negros con cadenas
de oro, entre las negras vestidas de bambula, entre las
mulatas con cerquillo y pelo rubio que se daban un
aire a Beyoncé, entre los jóvenes y atléticos pingueros
con la gorra al revés, o entre los recios magnates con
gafas, de dril y gabardina, que merodeaban solos, lejos de la pista, mientras la banda soplaba los metales
con tal fuerza que el sonido brillaba, y los bailadores
giraban de prisa, sudando, tomándose al vuelo y lanzándose a marcar los pasos.
Pero la vi, a lo lejos, al fondo del salón, entre las
luces, muy cerca de la pista, y ella también me vio, y
avanzó sonriente, apartando los cuerpos que se le interponían, y sentí un raro alivio, y un tirón hacia abajo,
una rabia imprecisa a pesar del sofoco y el miedo que
empezó a diluirse mientras ella avanzaba con su cabeza
rubia, en vaivén, soltando unas chispas de agua, con
un vestido de seda de una pieza, que no le conocía,
un vestido azul prusia que refulgía a veces, y a veces
no, con su cuerpo ondulante, y sus piernas tan recias,
y sus sandalias anchas de cuero marroquí, y endurecí
el rostro, lo sentí endurecer cuando el miedo desapareció, y quise sacudirla por los hombros, y gritarle, pero
me puso sus manos en la boca, cariñosamente, y después me besó —un roce de los labios—, y me dejó caer
un brazo por la cintura, como antes, y no se disculpó,
más bien me sonrió y tan sólo me dijo, bajo el ruido
inmisericorde de las pailas, que este encuentro, así, de
esta manera, ya estaba pactado, era parte de la sorpresa
que me quería dar, al terminar el día, una sorpresa que
me esperaba allá, al borde de la pista, en la mesa de
atrás, al fondo, bajo el arco de luces, una sorpresa o
fulgor que crecía mientras nos acercábamos, un brillo
que se hacía insoportable, y cada vez mayor, al distinguir entre los bailadores, por las rendijas entre un
cuerpo y otro, el destello de un pulso de metal dorado
con incrustaciones de marfil, al descubrir a Tany, de
pie, con una blusa de seda de color violeta, que no le
conocía, un poco asustada, mirando a Carla sin comprender aún, para que yo pudiera recordar, de pronto,
que una vez fueron juntas al baño, a retocarse, creo, y
regresaron de lo más contentas (tan contentas), y decidí
apartar a Carla y caminar deprisa hacia la mesa, pero
Carla se me adelantó —en realidad estuvo siempre delante de mí— y la besó en los labios sin ningún pudor,
y la atrajo, y Tany se dejó atraer, no sé, como si fuera
suya, como si fuera suya desde siempre, desde que la
encontró, y entonces me detuve, al borde de las sillas,
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sudoroso y cansado, y empecé a comprender, con dolor, con hastío, que una distancia enorme que no podía
franquear me separaba de las dos, y pude vislumbrar,
con alguna tardanza, con alguna torpeza, que Tany me
abandonaba allí y el verdadero día de Alí Khan comenzaba ahora para ella.
Francisco López Sacha (Granma, 1950). Licenciado en Letras y
especialista en Teatrología. Narrador, ensayista y profesor de Arte. Ha
obtenido el Premio Razón de Ser, 1993, de la Fundación Alejo Carpentier;
Premio del Concurso Internacional de Cuentos Juan Rulfo y Premio Alejo
Carpentier, 2002. Ha publicado los libros de cuentos Descubrimiento
del azul (1987), La división de las aguas (1987), Análisis de la ternura
(1988), Dorado mundo (2005); las novelas El cumpleaños del fuego
(1986, 1990), Voy a escribir la eternidad y los libros de ensayo La nueva
cuentística cubana (1994) y Pastel flameante (2006). Es autor de las
antologías Fábula de ángeles (1994), de nuevos narradores cubanos y
La isla contada (1996), cuentos cubanos contemporáneos, publicada en
España, Portugal, Brasil e Italia. En 1996 publicó su antología personal
Figuras en el lienzo (UNAM, México).
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El principio y la senda
Marilyn Bobes
Mario me dijo: “no me gusta ese final, olvídate del concurso. Escribir no es cosa
de tres días. Piensa en Stevenson y en La caída de la Casa Usher; los grandes escritores se
toman su tiempo y por eso son grandes”.
Reaccioné con rabia, no tanto por sus observaciones, sino porque me anunció que
pensaba salir y yo sospechaba. Tal vez iría a encontrarse con alguna mujer. No se quedaría para ayudarme.
Le contesté con soberbia: “yo no quiero ser grande sino ganar un concurso para
ver si salimos a flote”. Y me tragué mis celos. Lo importante para mí aquella noche era
Pregúntaselo a Dios. Tenía la ilusión de acertar y conseguir dinero para la comida, y, sobre
todo, para retener a Mario, pues, ¿quién dejaría a una próspera triunfadora con tres mil
dólares en la cartera por alguna perdularia de nalguitas paradas y pechos abundantes en
medio de aquella crisis espantosa?
Mario y aquella crisis fueron los responsables de que mi imaginación y mi manía de
adulterarlo todo concibieran a Iluminada Peña, la protagonista del cuento cuyo final mi
marido rechazaba porque tenía (y no sé si todavía tiene) un concepto demasiado canónico de la literatura.
Lo cierto es que con la perreta conseguí que se quedara en la casa y corrigiera un poco
las cartas de Iluminada.
A las doce de la noche se le ocurrió “un final”. Acepté la sugerencia convencida del
gran talento de mi marido para rematar invenciones.
Gané el segundo lugar y gracias a ello viajé a Perú invitada por las mujeres del Centro
Flora Tristán, quienes habían librado la convocatoria.
Allí conocí al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro. Me lo presentó otro Mario:
Bellatín. Ribeyro había sido uno de los miembros del Jurado. Ya estaba muy enfermo.
Elogió la originalidad de mi argumento y afirmó no parecérsele a nada de lo proveniente
de la Isla que hubiera leido con anterioridad. “Los autores cubanos: siempre con sus
apologías”, se quejó. “Olvidan el lado oscuro, las manchas en el sol, los conflictos inevitables. En tu cuento hay todo eso”. Entonces yo le aseguré que mi texto recreaba una
historia real: “Las experiencias de una amiga. No pretendía mostrar ningún lado oscuro
ni ninguna mancha, sino contar algo interesante para ganarme el concurso.”.
Claro, esto pasó hace catorce años. Si hubiera ocurrido hoy lo impresionante para
Ribeyro hubiese sido que mi relato tocara algún aspecto luminoso, alguna de las muchísimas aristas dignas de encomio de la sociedad cubana. A veces siento nostalgia de las
apologías. Estoy un poco harta de tanta mancha.
Ribeyro tenía un lindo departamento en Barranco, con vista al Pacífico, en cuyo vestíbulo había una efigie de cartón de Humprey Bogart tamaño natural. Nos bebimos un
té y hablamos un poco de la peruana que había ganado el premio mayor. Creo que su
narración trataba sobre las fantasías eróticas de una monja del medioevo. No me acuerdo muy bien. Pero sí se me quedó grabado que era muy amiga de Ribeyro. Y con eso no
quiero restarle ningún mérito a su premio. Tendría que haber leído su cuento para saber
si era mejor que el de Iluminada.
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Marilyn Bobes ] DOSSIER
Marilyn Bobes (La Habana, 1955). Licenciada en Historia. Poeta, narradora, periodista y editora. Ha obtenido
diversos premios literarios nacionales e internacionales, entre los que se destacan el Premio David de Poesía de la
Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1979; Premio Edmundo Valdés del Concurso Latinoamericano de cuentos
del Instituto de Bellas Artes de México, Puebla, 1993; Premio Hispanoamericano de Cuento Magda Portal del Centro
Flora Tristán, Perú; Premio Casa de las Américas de cuento, 1995, La Habana; Premio Casa de las Américas de
Novela, 2005, La Habana. Ha publicado los libros La aguja en un pajar (1980), Hallar el Modo (1989), Revisitaciones
y Homenajes (1998) e Impresiones y Comentarios (2003) conforman su obra poética. Ha publicado dos libros de
cuentos Alguien tiene que llorar (1996) y Alguien tiene que llorar otra vez (1999). En 2005 publicó su novela Fiebre
de Invierno.
Yo estaba aturdida con mi pequeño triunfo. Lo percibía también como el de Mario.
No podía imaginar lo que me confirmó Julio Ramón en el zaguán, al final de la visita.
Cuando llegué de Lima, contenta y autorreafirmada, Mario ya había conocido a Maruchi. Lo supe por una de esas “buenas amigas” que entienden la lealtad como el deber
de proporcionar informaciones dolorosas justo cuando les confesamos lo felices que somos. Mario admitió la existencia de unos ojos intensos (“como los tuyos”, se apresuró en
añadir) y declaró haberlos descubierto en una fiesta a la que había sido invitado mientras
yo, jazmines en el pelo y rosas en la cara, airosa caminaba del puente a la Alameda.
Sin embargo, no le conté lo que me había dicho Ribeyro. No quería que Mario se
enterara. Ni siquiera podía cargar sola con la gloria de haber sido reconocida en un concurso iberoamericano de literatura. Así de lamentable era mi subordinación por aquel
entonces.
Únicamente yo sabía que, por su culpa, por la culpa de Mario, por aquel traido y
llevado final, no había ganado el primer premio en el concurso: en vez de tres mil, me
tocaron mil dólares. Eso fue lo que me aseguró Ribeyro en el zaguán, antes de que yo
tomara el ascensor y volviera desconcertada al apartamento de Miraflores donde unos
amigos me hospedaban.
Mario se mudó con Maruchi. Aún así no le dije nada. Nada sobre su final. Él recogió
sus cosas y yo me quedé sola con mis dólares.
Ha pasado mucho tiempo desde aquella tarde nefasta. Pero no quería entregar mi
libro a la editorial sin revelarle a Mario cuánto contribuyó a mi derrota. Lo subrayo en
esta oración: perdí el primer premio por su desastrosa intromisión en mis asuntos.
Necesitaba hacérselo saber, arrojarle a la cara: “Mario, tu final no era tan bueno
como creías”.
Quizás el mío, el que no pude darle, hubiera resultado más eficaz e Iluminada sería
un personaje distinto del que resultó. Ya no hay remedio.
Pasé años rumiando mi decepción, odiando a mi ex marido y creyendo a la vez que,
sin su ayuda, jamás podría volver a escribir nada que valiera la pena.
No obstante, escribí. Acepté a la Iluminada ajena, y traté de recomponer la mía por
pedazos.
No sé si las historias posteriores son mejores que la primera, pero al menos tienen mis
propios finales.
Lo único que me queda desde que Mario se fue es escribir. Tal vez escribir para demostrarle que no lo necesito, que soy capaz de sentarme completamente sola y relacionar como quiero mis palabras.
Stevenson y Poe hicieron cuentos perfectos. Y demoraron más en terminarlos. (Por
cierto, ¿cómo pudo saber Mario la cantidad de horas que invirtieron en concluirlos?)
No me importa. Nunca he querido ser tan grande porque no soy pretenciosa.
Aquí, Mario, te entrego este cuento. Si no te gusta cómo acaba, te recomiendo lo que
Companioni a su mujer perjura: encomiéndate a Dios.
Ya no podrás arrebatarme este, mi primerísimo lugar.
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Tia Enma
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Era una negra grande, vieja y gorda. Iba vestida de blanco, desde el pañuelo que le cubría las
pasas hasta los zapatos deformados. Llevaba un palo en la mano derecha y un saco en la izquierda.
Abuela la vio detenerse ante la ventana de la casa y quedarse en silencio, observando atentamente.
En ese momento recordó que tía Enma, que por entonces tenía cinco años, estaba sentada allí con
sus muñecas. Un mal presentimiento la hizo correr, llena de angustia. La negra ni siquiera saludó al
verla, le dijo: “Cuide mucho a esa niña, señora, es demasiado linda. Tanta belleza acaba siempre en
daño.” Y se alejó con pasos lentos, cansados, arrastrando el peso del saco. Sus palabras se quedaron
presas en la cabeza de la abuela y se convirtieron en una espina que llevó clavada en silencio por
muchos años. Lo vino a contar después que tía Enma se fue de la casa.
Estábamos las dos en la cocina cuando el trueno retumbó a los lejos y abuela se persignó asustada.
—Asómate al patio a ver si va a llover.
La orden fue una liberación. No había valido el estar confinada con ella en la cocina aunque mis
deseos eran explorar los rincones de la casa donde, por primera vez, me esta pasando el día sin
mis padres.
Sobre el patio el cielo brillaba azul e inocente, pero la escalera estaba apoyada contra la tapia y aproveché el permiso implícito en la orden de abuela para subirme en ella. Por supuesto que primero miré
los patios de las casas vecinas, tan diferentes de las fachadas por el desorden que había en ellos. La
luz fulguró violenta de pronto y no tuve que mirar siquiera; bajé a la carrera, un tropezón por cada
peldaño, segura de que por el oeste avanzaba hacia nosotros una masa negra y furiosa.
—¡Viene un ciclón! —entré gritando en la cocina.
—¡Jesús, María y José! —volvió a perseguirme abuela.
Luego tomó la escoba.
—Hay que barrer el patio para que las hojas no tupan el caño.
Traté de seguirla y ella me espantó hacia adentro.
—Despierta a Dionisio y cierren las ventanas.
Puede decirse que tía Enma se crió como si fuera hija única, porque tío Esteban y papá eran casi hombres cuando ella nació. Después de la muerte de abuelo, ella y abuela se quedaron solas en la casa,
hasta que tío Esteban trajo a Dionisio, cuatro años antes de que tía Enma decidiera seguir el camino
que escogió. Dionisio es hijo de tío Esteban, de cuando estudiaba en La Habana. Lo reconoció y le pasaba dinero. Pero cuando la madre abandonó al niño no lo pudo recoger, porque tía Matilde no quería
ni oír hablar de él; por eso Dionisio vino a vivir aquí, y aunque todos decían que era un muchacho
difícil, no les dio grandes problemas. La gente comentaba que no respetaba mucho a abuela, pero con
Enma era un cordero. Al irse ella era de suponer que abuela tendría dificultades con él, sin embargo
ya habían pasado dos meses y Dionisio apenas se dejaba sentir. Abuela por su parte estaba triste y desanimada, parecía que su vida hubiese terminado el día que la hija abandonó la casa. Por eso papá me
mandó a pasarme el día allá, para que le sirviera de distracción, y yo acepté encantada porque hasta
entonces sólo iba un rato los domingos y todo me parecía lleno de misterios. Incluso tía Enma.
Entré corriendo en el cuarto de Dionisio y salté sobre la cama. Debí darle un buen susto, aunque
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yo salí perdiendo pues me sacudió con un empujón que me lanzó al suelo. Tenía catorce años, pero
la fuerza de un hombre. Nos sentamos los dos a la vez: él en la cama restregándose los ojos y yo en
el suelo frotándome el golpe en la pierna.
—¿Te volviste loca?
Me levanté ofendida y salí. Desde el pasillo me volví para gritarle.
—Más vale que cierres las ventanas antes de que abuela vea que se mojan los muebles.
Decidí ocuparme de los ventanales de la sala. Me encantaban esas ventanas coloniales cuyas rejas
avanzaban sobre el corredor, formando un semicírculo tan amplio que me servía de corral de juego. Incluso entonces, cumplidos los diez años, me gusta sentarme a leer durante las visitas dominicales. No por el libro, sino por la oportunidad de lucir mis piernas; ya se había encargado la vecina
de al lado de hacer notar que eran idénticas a las de tía Enma y eso me llenaba de orgullo.
Mientras aseguraba las hojas de madera con los pestillos, escuché el golpe de las ventanas en los
cuartos y comprendí que Dionisio había decidido seguir mi recomendación. Al terminar corrí a
la cocina, a tiempo para encontrarme con abuela, que regresaba del patio sudorosa, despeinada,
con la escoba a rastras. Las primeras gotas sonaron sobre las tejas de zinc como balazos. Un nuevo
relámpago estalló sobre nuestras cabezas y abuela se encogió con un gesto casi de dolor. Entró
tambaleante en su cuarto, se dejó caer en la cama y se tapó la cabeza con una almohada. Yo la había
seguido y me quedé por un momento sin saber qué hacer; ella levantó la almohada y me dijo sin
abrir los ojos.
—Busca a Dionisio y tapen los espejos.
La casa la fabricó mi abuelo y la hizo con un puntal muy alto y estancias enormes. La llenó de muebles grandes y pesados. Cuando yo era niña chiquita rara vez pasaba de la sala. Tenía la impresión
de estar en un castillo y todo en él era amenazante. Puede que ese temor me lo transmitiera mamá,
que nunca se sintió a gusto allí y aceptó lo de la visita los domingos como una compensación a
que las fechas sonadas, como Nochebuena y fin de año las pasábamos con su familia. A mí sí me
gustaba ir, a causa de tía Enma, que solía sentarse conmigo en la ventana y me hacía cuentos fantásticos. Todo el que pasaba por la calle nos decía algo. Ella era tan linda. En cambio, no tenía suerte,
decían. Había tenido ya tres novios, uno en vida del abuelo, cuando ella acababa de cumplir quince
años, pero por una razón o por otra terminaban el compromiso. A tía Enma no parecía importarle,
siempre estaba de buen humor, sonriente; a veces se quedaba absorta y poco a poco se le dibujaba
una sonrisa en los labios, un gesto como si saboreara algo, hasta que despertaba y se reía y enseguida inventaba un nuevo juego, casi pidiendo disculpas por haberse olvidado de mí.
Encontré a Dionisio en el pasillo limpiándose las uñas.
—Dice abuela que tapemos los espejos.
—Ya sé —me dijo y en la voz se le sentía aún el mal humor.
Lo seguí hasta el cuarto de tía Enma. Abrió una gaveta y sacó varias toallas. Me dio algunas y de
pronto sonrió.
—Vamos a empezar por la sala.
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Nunca había advertido la cantidad de espejos que había en la casa; sólo en la sala había tres y uno
de ellos se llevó dos toallas para taparlo. En el cuarto de Dionisio había uno que ocupaba toda la
puerta del armario. Yo me preguntaba cómo haríamos en el momento en que él le echó encima el
cubrecama, con la naturalidad de quien ha hecho lo mismo muchas veces. En el cuarto de abuela,
con las toallas restantes cubrimos el espejo de la mesa de tocador y otro sobre una mesita de noche.
En el baño, Dionisio tapó el espejito sobre el lavabo con la misma toalla que estaba en uso para las
manos. Yo pensaba que habíamos terminado, cuando lo vi sonreírse de medio lado, como hacía
siempre que planificaba alguna maldad.
—Nos falta el cuarto de tía Enma.
Caí en la cuenta entonces de que era cierto, habíamos entrado a buscar las toallas, pero no tapamos
nada allí. Lo seguí curiosa y lo contemplé en silencio mientras quitaba el cubrecama para echarlo
sobre la cómoda. A punto de salir, su voz me detuvo.
—Falta uno.
Miré en derredor sin encontrarlo, entonces él empujó la puerta y la cerró. Casi di un grito de la
sorpresa. Toda la puerta estaba cubierta por detrás por un espejo, mayor incluso que el del armario
de Dionisio, pero además, al cerrar la puerta así, nuestras imágenes habían aparecido de repente y
fue como descubrir dos personas escondidas allí que nos miraban. Todavía estaba fascinada cuando
Dionisio se sentó en la cama con aire aburrido.
—¡Es tan grande! —le dije—. ¿Con qué vamos a taparlo?
El se encogió de hombros.
—¿Con qué lo has tapado antes?
—Ese siempre se queda así.
Parecía no tener ganas de hablar, y eso me impulsaba a hacerle preguntas.
—¿Por qué hay que cubrir los espejos?
—Para que no llamen a los rayos.
—¿Y por qué abuela le tiene tanto miedo a los rayos?
—Porque uno mató a abuelo.
La revelación me dejó electrizada. Demoré un poco reaccionar.
—¿Y estaba delante de un espejo?
—No. Venía cruzando la calle frente a la casa.
Los dos nos quedamos en silencio. Dionisio volvió a escarbarse las uñas. Yo no podía apartar la vista del espejo en que por primera vez me veía reflejada junto a todo mi alrededor. Era exactamente
como si me viese actuar en una película.
—Si es cierto que los espejos llaman a los rayos, éste debe ser el más peligroso de todos —dije al fin.
Dionisio me miró como un gato.
—Los rayos no se atreven con éste, porque es propiedad del diablo.
Me irritó que me tomara por una niñita boba.
—Estás inventando.
El movió la cabeza. Toda su atención parecía estar concentrada en las uñas. Ni siquiera me miró
al hablar.
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—Fue tía Enma quien lo descubrió.
—¿Cómo?
—Un día se dio cuenta de que el fondo del espejo siempre es negro y si uno se pega a él se siente
olor a azufre.
—Azogue —dije mecánicamente mientras una vaga sensación de miedo se me escurría por el estómago—. Es lo que le ponen a los espejos.
—Este huele a azufre.
Por supuesto que yo no iba a acercarme a comprobarlo; no quería ser víctima de las burlas de Dionisio me quedé mirándolo con atención y sí, el cuarto estaba oscuro con la ventana cerrada y la luz
apagada, pero era cierto que en el fondo-fondo del espejo parecía haber como una sombra negra
que se movía, líquida, por detrás de lo que se reflejaba. Dionisio terminó con sus uñas y se puso de
pie. Avanzó dos pasos hacia el espejo.
—Al principio tía Enma le tenía miedo, después se acostumbró. Se dio cuenta de que en ningún otro
espejo se veía tan linda como en éste.
Repentinamente se quitó el pantalón de la payama y se contempló en calzoncillos. Posó como
Tarzán y dio varias vueltas. Su cuerpo era trigueño y flaco, y a la vez duro, fuerte. Tenía un asomo
de vello negro en el pecho.
—Este es un espejo para mirarse el cuerpo, para conocerse bien. La cara no es lo único bonito.
—Mis piernas son más lindas que mi cara —se me escapó.
—A ver.
Me puse de pie. El mostró fastidio.
—Tienes que levantarte el vestido, la pierna nace desde arriba.
Me levanté la falda hasta el borde del elástico del blúmer. Él observó mis piernas, apreciativo. Me hizo
girar para verlas desde varios ángulos. Yo también las miraba en el espejo. Me parecieron perfectas.
—Sí —dijo al fin—, son como las de ella. ¿Sabes qué hacía? Se acostaba ahí, en la cama y se ponía en
poses, como si se tirara retratos.
Me pareció divertido. Me tiré en la cama y empecé a hacer monerías. Él corregía mis posturas y
comentaba que si parecía esto o lo otro. Con la risa yo había olvidado el aguacero. Un trueno espantoso me lo recordó y hundí la cabeza en el colchón, al tiempo que me tapaba los oídos.
—Es la luz la que mata —dijo Dionisio—, cuando oyes el trueno ya no hay peligro.
Yo asentí y me incorporé. El me miraba insistente.
—¿Por qué no te quitas el vestido?
Algo en mi interior anunció problemas.
—Todavía eres una niña. ¿Qué hay de malo en que te quites la ropa? No debes tener ni senos.
—Sí tengo —dije bajito—, me están saliendo.
Contempló mi pecho con aire crítico.
—No lo parece.
No supe qué decir. El aguacero había arreciado y parecía querer taladrar el techo. Se sentía la humedad en el aire, pesada, sofocante.
—Tía Enma tenía unos senos preciosos, blancos, muy parados, con los pezones rosados y grandes. Se
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los tocaba así, halándolos suavecito y las puntas se levantaban como si fueran a desprendérseles.
Parecía hipnotizado por el recuerdo.
—¿Por qué dices tenía? Tía Enma no se ha muerto.
Me miró como si no entendiera lo que había dicho. Ahora se veía ansioso, incluso había empezado
a sudar, aunque bien podía ser por el calor. Se apartó de la cama y fue a situarse junto al espejo.
—Quítate la ropa —rogó—. Yo no voy a moverme de aquí. Tía Enma me dejaba verla desnuda y yo
nunca la toqué, pero si ponía mi mano sobre su cuerpo en el espejo ella decía que sentía mis dedos
en su piel.
—Mentira —casi susurré.
—Ella decía eso. Prueba tú a ver si es verdad.
Yo tenía miedo, un miedo que no sabía explicar y a la vez sentía un deseo violento de obedecerle,
de asomarme a ese mundo desconocido. Quisiera poder decir que lo dudé mucho, que demoré
en tomar la decisión, pero en realidad Dionisio no tuvo ni que volver a decírmelo. Muy despacio,
eso sí, desprendí los broches del vestido y me lo saqué por la cabeza. Cuando miré de nuevo hacia
el espejo, Dionisio se había quitado el calzoncillo y estaba allí, de pie, completamente desnudo,
exhibiendo su sexo rodeado de un vello ralo, muy negro, que dejó en mí esa impresión imborrable
de las cosas que se ven por primera vez.
—Tienes que quitártelo todo —me dijo.
Me resistí y negué con la cabeza.
—No voy a moverme de aquí —me aseguró—. No te va a pasar nada. Yo también estoy desnudo.
Ese último argumento me convenció. Resulta estúpido, pero establecía un término de igualdad
o algo así. Él se volvió de espaldas para facilitarme las cosas; en realidad me miraba a través del
espejo; me di cuenta después, porque al principio él parecía estar mirando al piso. Cuando ya
estuve desnuda y tendida en la cama extendió las manos hacia el cristal y rozó el lugar donde se
reflejaba mi pecho. Sentí una cosquilla que probablemente nacía de adentro, un estremecimiento,
una sensación extraña en lo profundo del vientre. El siguió deslizando sus manos, suavemente,
acariciando la curva de mis costillas, la marca del ombligo, hasta que sus dedos se cerraron sobre
mi pubis y yo grité, grité porque sentí un halón, algo mitad dolor mitad placer, un tirón que me
cortaba el aire y quería penetrar en mí y de momento todo mi sexo picaba, pinchaba, ardía. Me
encogí y en plena desesperación agarré mi ropa y me tapé con ella, torpemente empecé a vestirme,
enredándome, trastabillando, hasta que lo conseguí y me senté en la cama; sólo entonces advertí
que Dionisio seguía de rodillas, frente al espejo, la cabeza reclinada contra él, los ojos cerrados, las
manos... Me arreglé el vestido y me puse de pie. No sé cuánto tiempo estuve mirándolo, sin saber
qué hacer. Finalmente él se dejó caer a un lado, se recostó a la pared aparentemente sin fuerzas y
yo aproveché y abrí apenas lo suficiente para escurrirme afuera. Encerrada en el baño lloré como
nunca, con los puños apretados contra la cara, golpeándome incluso con la pared algunas veces. El
aguacero había cedido y cuando logré calmarme ya casi no llovía. Me lavé la cara y fui al cuarto
de abuela. Seguía acostada, pero ya se había destapado la cabeza y miraba al techo en silencio. Me
senté junto a ella y le agarré la mano.
—¿Por qué tía Enma se metió a monja?
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Suspiró antes de responder.
—Sintió el llamado de Dios.
Nos quedamos en silencio. Ella apretaba mi mano. Al fin reuní el valor para hablar.
—Yo creo que tía Enma quería huir del diablo.
Me miró asustada y pensé que iba a decir algo, pero sólo suspiró y ladeó la cabeza.
—Abuela, ¿no es cierto que yo no soy tan linda como tía Enma?
Pareció estar a punto de echarse a llorar.
—Ella es más linda —dijo—. Pero no siempre la belleza da felicidad.
Nunca más volví a casa de abuela a pasarme el día. Cuando íbamos de visita me sentaba en la sala
y apenas si saludaba a Dionisio. Creí que bastaba con alejarme de él y del espejo.
AIDA BAHR (Holguín, 1958). Narradora y crítica. Dirige la Editorial Oriente y la revista SiC. Ha publicado los libros de cuentos Hay
un gato en la ventana (1984), Ellas, de noche (1989), Espejismos (1998) y Ofelias (2007, Premio de la Crítica); la novela Las voces y
los ecos (2006) y los ensayos Rafael Soler, una mirada al hombre (1995) y José Soler Puig, el narrador (2006). Cuentos suyos han
sido incluidos en numerosas antologías dentro y fuera de Cuba.
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Catorce.
Un premio literario.
Alberto Guerra Naranjo
[ Capítulo extraído de la novela La soledad del tiempo. ]
y la buena suerte existe, y la casualidad también existe, y este amplio salón,
y los funcionarios allá en la presidencia, y todo este público, y M.G junto a
su esposa, y el Ministro de Cultura, y algunos amigos, y yo sentado acá en lo
último, y la escritora con espejuelos en punta de nariz que va a leer el acta, y
el director de la revista, y algunos enemigos, y el agregado cultural de México,
y la mala suerte, y los buenos escritores, y el viaje a la Feria del Libro, y la
angustia, y Guadalajara en un llano, y la trampa, y el compañero del partido
provincial, y los chistes, y los regalos puestos sobre una mesita, y los concursos amarrados, y la compañera secretaria de la Unión de Jóvenes Comunistas,
y los prejuicios, y los jurados honestos, y México en una laguna, y la lluvia
allá afuera, y Emilio Varona pavoneante desde la presidencia, y la muchacha
que repartirá los regalos, y los jurados deshonestos, y las cajitas con pollo
que preparan los camareros, y los invitados especiales en la primera fila, y el
amiguismo, y el Presidente de la Asociación de Jóvenes Artistas, y el pasaje
gratis en mejicana de aviación, y el pandillerismo literario, y el carraspeo ante
el micrófono de la escritora que ya va a leer el acta, y los nervios de todos los
presentes, y el silencio cuando la escritora dice Acta, y las múltiples miradas a
los labios de la escritora que repite Acta, y los nervios, y sus labios que dicen
Han participado más de trescientos cuentos en este concurso, y los nervios, y
la alta calidad de los trabajos presentados según la escritora, y los nervios, y
los espejuelos a punto de caer de la nariz de la escritora, y las risas, y el silencio, y su voz, y mis nervios, y el micrófono ahora tiene problemas, y no se oye
bien, y alguien grita No se oye bien, y el operador de sonido se acerca, y el micrófono chilla, y la gente se ríe, y el operador se marcha, y la escritora vuelve
al micrófono, y vuelve el silencio, y los nervios, y la escritora ha dicho Sergio
Navarro, y Sergio Navarro soy yo, madre mía, y no lo puedo creer, y quién
lo puede creer, nadie lo puede creer, y aplauden, y cierro los ojos, y por fin
existo, y me toco, y no es un sueño, y me levanto, y me aplauden más fuerte, y
no sé qué hacer, y me dan palmadas cuando avanzo, y camino despacio, y mis
amigos me quieren, y tengo un nudo tremendo en la garganta, y mis enemigos
me odian, y me ha cambiado la vida, y me aplauden, y me sonríen, y camino,
y la buena suerte existe, y voy a montar un avión por primera vez, y la casu-
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alidad también existe, y mi bicicleta va a descansar de mí por un tiempo, y
el talento existe, y se me humedecen los ojos, y vale la pena el trabajo, y no
puedo llorar, y la honestidad, y no debo llorar, y mis nervios, y la mano del
Ministro, y felicidades, y las manos de todos, y mi mano en las de todos, y la
presidencia, y Emilio Varona hace un esfuerzo, y yo no esperaba esto, y nadie
lo esperaba, y el agregado cultural de México me llama a un lado, y me felicitan mucho, y soy un hombre con suerte, y me entregan mil pesos, y me ha
cambiado la vida, y se va a publicar muy rápido mi cuento, y me vienen muy
bien los mil pesos, y la escritora no ha terminado de leer el acta, y lo dice, y
todos hacen silencio, y yo estoy frente al público, y menciona otros nombres,
y también los aplauden, y se van acercando, y las muchachas me besan, y
mencionan a mi amigo M.G, y lo aplauden, y camina nervioso, y lo aplaudo,
y parecen felices los escritores finalistas, y abrazo a M.G, y saludo a los otros,
y veo triste a M.G, y siento pena por él, y la escritora abandona el micrófono,
y se acaba el acto, y los espejuelos caen finalmente, y se los recojo del piso, y
los cocineros reparten cajitas con pollo, y la escritora también me saluda, nos
gustó mucho tu cuento, me dice, y digo gracias, y vienen otros a hablarme, y
todos comen, todos charlan y comen, y ya no veo cocineros repartiendo cajitas, y yo aliento a M.G, y otros me llaman, y si me descuido pierdo mi cajita
con pollo, y mi amigo se me queda mirando, y la esposa de M.G me da un
beso, y me siento triste, y la vida es de madre, y alguien me trae la cajita con
pollo, y estoy feliz pero triste, y no traje a mi esposa porque no esperaba este
premio, y me siento nervioso, y no puedo comerme mi pollo, y me saludan,
todavía me saludan, y gracias al cuento que he escrito la vida me cambia, y
gracias a J.L por haberlo contado, y a M.G por escribirlo primero, y a mi por
poder escribirlo, y a mi esposa por saber soportarme, y a los muertos, y a mi
padre, y a los vivos, y a mi madre, y al país, y a mi abuelo Tiburcio Navarro, y
a mi barrio, y a mis hermanas, y a mis amigos, y a mis enemigos, y prefiero estar solo, y me marcho, y me encuentro en la calle, y no importa que aún llueva
con fuerza, y pedaleo veloz, y me mojo, y quiero llegar pronto a mi casa, y
despertar a mi esposa, y contar todo esto, y hacerle el amor como nunca, y
la buena suerte existe, y las calles con baches, y la casualidad, y aquel amplio
salón, y mi premio, y los jurados honestos, y yo.
Alberto Guerra Naranjo (La Habana. 1963). Licenciado en Historia y Ciencias Sociales. Ha obtenido
los premios Luis Rogelio Nogueras, en 1992, el segundo premio del concurso de cuentos de amor de Las
Tunas en 1996; y La Gaceta de Cuba en 1997 y 1999. Cuenta con tres libros de cuentos: Disparos en el
aula, (Extramuros, 1992), Aporías de la Feria (Extramuros, 1994) y Blasfemia del escriba (Letras Cubanas
2000 y 2002) y una novela, La soledad del tiempo (Contemporáneos, 2010).
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DOSSIER [ Ubaldo R. Olivero
Los tiempos de Diego
Ubaldo R. Olivero
Para Sol Astromujoff
Dale tiempo Diego, dale tiempo, le dije, porque si se lo daba el tiempo mismo curaría todo
eso, no se le rebelaría, le sustraería más de un
problema con justicia. Ese mequetrefe de Matos un día saldría de allí y ya no lo ampararía
ni el uniforme, y cuando le llegara el momento,
cuando le llegara su momento, sabría lo que era
valerse del uniforme para chantajear y medrar
a costilla de los que estábamos allí cumpliendo
condena. Y el día le llegó; hasta cierto punto yo
me alegré de que así fuera porque ese hijo de
puta se lo tenía merecido, se lo tenía merecido,
como aquel que dice.
Diego ya estaba trabajando en el puerto, a Diego todo eso de los barcos y los muelles le entusiasmaba, desde fiñe su fantasía era trabajar
en el puerto en uno de esos barcos que venían
a Lengua de Pájaro a buscar níquel y cobalto
para llevarlo a la Unión Soviética.
Esta tierra es de muchos minerales y los minerales nos han abierto muchas puertas, menos mal
porque el turismo escasea y no hay otras industrias por aquí tan ventajosas como la del níquel.
El trabajito le costó lo suyo porque eso de cargar
con el peso de los antecedentes penales era un
fastidio, no querían darte trabajo si habías estado
preso y si te lo daban cualquier cosa que saliera
mal uno era el culpable si había estado en la cana.
Esa prisión en la que nos pasamos unos buenos
años, y eso de buenos años es un decir, era un
nido de lleno de rabias y de malas energías. Había gente allí por boberías que si uno las contaba
a la gente de fuera le costaba creer que por esa
simplería te hubieran encadenado a la sombra,
pues así era, por el asunto más nimio te perdían
allí dentro y eso era una mala marca para toda la
vida, como aquel que dice.
A Diego le costó, pero gracias a que un amigo
de un primo suyo trabajaba de cocinero en el
puerto, le dieron ese chance y entró a currelar
como ayudante de mantenimiento de los barcos que venían de otros países. Ahí mismo fue
donde conoció a Kenia.
Kenia tenía un hermano trabajando en el puerto y Diego lo conoció en el comedor. Por aquel
decir de que uno cuando tiene de vecino al que
comparte su mesa se pusieron a conversar y
poco a poco fueron trabando amistad, y un día
el hermano de Kenia, que tenía una chalana, lo
invitó a pescar a las costas de Bahía de Carnerito. Se fueron a pescar y se lo pasaron por allá
fenomenal, me contó, y el tipo va y le dice,
“Oye Diego ¿porqué no te vienes este fin de
año a mi casa y te lo pasas con nosotros?”
Y como Diego no tenía familia y pasarse un
fin de año solo es una tristeza del carajo, pues
que sí, que encantado. Jaime sabía que no tenía familia y que estaba solo. Su padre se había
ido por el Mariel cuando el éxodo del 80, y su
madre se había muerto de un cáncer de mamá
cuando el estaba en Playa Manteca, parece que
los médicos no pudieron hacer nada. Y Diego
se quedó solo porque era hijo único, pero no
era un tipo triste ni te llenaba la cabeza de ideas
grises cuando te encontrabas con él por ahí, al
contrario, te alegraba verlo tan animoso y tan
dispuesto siempre.
Ese fin de año fue cuando conoció a Kenia,
aquello fue un arponazo, palabras de Diego, a
primera vista. Diego le contó la verdad, le dijo
todo lo que tuvo a bien decirle y a ella no pareció importarle ese pasado en las cárceles. Se
reía con él y le parecía un tipo interesante por
cómo Diego miraba y sentía las cosas. Kenia
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era una preciosura. A Diego le encandilaron
sus trenzas y el color azabache de sus ojos y la
forma del rostro, esa forma en la que se adivinaba, sin forzar mucho la imaginación, algún
antepasado del grupo de los taínos.
El ahorraba y ahorraba para poder casarse un
día en la iglesia de Mayarí, ese era otro sueño de Diego, y envejecer cerca del mar, con
la brisa del mar meciéndolo cada noche, decía.
Jaime consideraba que su cuñado era un poco
dado a las fantaseaderas, y Diego le contestaba que esa huella venía de cuando tenía que
pasarse noches y noches leyendo novelas para
no aburrirse, para espantar a las ideas malas y
peligrosamente caprichosas.
Esa casita en la que vivían era un primor, como
aquel que dice, daba gusto visitarles porque los
dos eran muy generosos y casi hasta podía decirse que dormían sin cerrar ninguna ventana,
ninguna puerta,
“¿Que me van a robar? Lo importante que uno
pueda tener no está fuera, está aquí dentro”, y
se tocaba el sitio por donde anda el corazón. Y
los que lo escuchábamos lo entendíamos, entendíamos bien lo que quería decir cuando se
tocaba por el sitio del corazón.
Aquella mañana, como tantas otras, se fue a
trabajar al puerto. Después de dejar a su hijo
Fabián en el colegio, fue a tomarse un café al
comedor del puerto, como muchas veces hacía.
Un hombre muy acicalado se le acercó y le preguntó que si el era Diego Pastor,
“Yo mismo soy ¿Algún problema se presenta?”
Y el hombre, después de enseñarle una placa de
poli secreta, le dijo que tenía que acompañarlo a
la comisaría de Mayarí, que tenían que hacerles
una preguntas, que no tuviera cuidado pues en
breve podía regresar al trabajo. Diego se fue al
mostrador, pagó el café y le dijo a Mercedes, la
cocinera, que la cantina del almuerzo del día anterior se la traería al otro día, que con los apuros
de llevar a su hijo al Calixto García y la pataleta
de si hija por un dolor de muelas, se le había
pasado, que mañana sin falta se la devolvería.
En Mayarí fue una invasión de preguntas y suspicacias que Diego nunca pudo entender. El no
sabía nada del teniente Matos desde que salió,
y las discusiones que habían tenido dentro del
penal de Playa Manteca, eran solo eso, discusiones que se pudrieron allí dentro sin mayores
destinos. Le preguntaron que cómo había conseguido ese trabajo en el muelle de Lengua de
Pájaro, que por qué desde que salió había faltado a dos trabajos voluntarios de Domingos Rojos
dos años atrás, que a fe de qué se reunía con un
grupito detrás del estadio de pelota si ese grupito no estaba bien considerado en el barrio, que
ese grupito no hacía nada por los valores de la
revolución y eran unos desagradecidos.
Tiempo después se preguntaba por qué tanta
fijación con él,
“No dejan que uno se haga su propio caminito
Duarte. Si esa gente que le hizo eso al teniente
Matos me hubiera pedido mi parecer, no sé si
me hubiera negado, tú sabes que yo no le tengo
miedo a nada, que no tengo miedo por lo que
me puedan hacer sino por lo que pueda hacer
yo, te juro que no me llegó ni un rumor de que
le estaban preparando esa cama a ese hijo de
puta. Se lo tiene bien merecido el hijo de puta
ese. Tú sabes todo el mal que nos hizo allí en
aquella cloaca de Playa Manteca”.
Y al recodar aquellos tiempos uno podía sentir
que todas las ventanas y las puertas de la casa
de Diego se tapiaban, como quien dice, y uno
se convertía en un extraño que no sabía cómo
tomarse un café con él sin que vieras al animal
herido velando por su gente y dispuesto a todo
por defender a su camada, a los suyos, como se
suele decir.
“Por eso me voy, Duarte. No aguanto más en
esta maldita isla. Cuando reúna un poco de plata me llevo a mi mujer y a mis dos hijos y no sé
si un día volveré. Me voy porque no sé si un día
me levante cansado y cometa una desgracia”.
Que lo comprendía y lo invité a salir a pescar ese
fin de semana en Bahía de Carnerito. El jueves
que viene cumple años y le tenemos preparada
una fiesta en la playa con lechón asado, debajo
de las uvas caletas. Le dio tiempo a las ideas de
largarse de aquí y el tiempo no lo traicionó.
Ubaldo R. Olivero (Nícaro, 1967) Escritor y crítico. En
1998 se le publicó un relato, “Un brindis por el flaco Baldrago”,
finalista del concurso de narraciones El Fungible. En el 2002 RBA
Editores le publicó Vigilia del cazador. Tiene un manuscrito acabado Un río nunca es traidor y dos novelas en crecimiento Collares de hielo y La trampa de los mitos. Ha colaborado en algunas
revistas literarias y ha sido coguionista de algunos cortos.
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DOSSIER [ Arturo Soto
Maldito Bresson
Arturo Soto
A la verdad, yo prefiero los carnavales de La Trocha. Allí se levanta el bastón y luego se pregunta
quién tiró el primer golpe. Prefiero el olor a ron, la cerveza sin fermentar, el puerco pasao’ y el orine
de borracho que baja por la cuneta con alguna que otra rata envenena’, no sé si por lo del orine o por
el sonido de la trompeta china que la obliga a salir de la alcantarilla. ¡Aquí hasta las ratas son bailadoras y fiesteras! En Santiago la gente es más normal, no anda con alardes de cultura y si rompen un
cristal ha de ser de alguna tienda o un puesto de comida, siempre algo importante, necesario. Y eso
yo lo entiendo y hasta me cuesta gritarles y empujarlos, pero si no lo haces te cogen la baja y al día
siguiente todo el mundo se entera que estuviste flojo, que se te montaron, que no pudiste organizar
una pendeja cola pa’ comprar jabones. ¡Pero romper cristales pa’ ver una película, eso sólo se ve en
La Habana! Hace como diez años que me mandan, todos los diciembres, al Festival de Cine; ¡y siempre es la misma cantaleta!: “que sepamos diferenciar al delincuente del estudiante; que si al Festival
vienen muchos extranjeros y están esperando la más mínima oportunidad pa’ criticar; que suponen
existan por los menos quinientas credenciales falsas y hay que chequear nombres contra carné de
identidad”; que si esto; que si lo otro. ¡Pero vamos a ver! ¿Cómo coño voy a poder diferenciar en medio de tanta gente? ¿Quién me iba a decir a mí que aquel moreno era un director de cine importante
en Estados Unidos? ¿O que el rubio que me saltó la soga era Pier Richar? ¡Oye, rubio pa’ atrás, pa’
atrás, ¿o tú no viste la cuerda?! Y el tipo se me ríe en la cara y con él todo el gentío. Después vienen
las quejas, que si los policías somos así o asao; por eso yo prefiero los carnavales de La Trocha, allí la
gente sale a bailar y a divertirse.
Todavía me acuerdo de cuando rompieron el cristal para ver El lado oscuro del corazón. Se matan por
ver una película y luego salen llorando del cine. ¡¿Esta gente es masoquista o está loca?! Total, pa’
ver a un tipo encuero con un corazón en un plato y un veterano bajándole un muela a una jeva,
¡en alemán y sin subtítulos! Ese filme me lo tuve que echar como cinco veces porque siempre hubo
bronca y jodedera.
El cine es un cabrón, parece que no pero se te va metiendo como un gusano que te come el cerebro. Y luego, en el albergue de la Unidad, cuando vuelves a estar a oscuras, acostado en la litera,
te pones a recordar lo que viste y a veces se te escapa una risota’ o una lágrima de pena. ¡Mira que
tuve que empujar maricones en la puerta del Yara porque querían ver Fresa y Chocolate! Y cuando
lo dejas todo organizado en la calle, entras a la sala como un rey y te pones a ver la película. Hora y
media después los miras con compasión, a la larga son seres humanos. ¡Porque en Cuba no se puede ser ni contrarrevolucionario ni maricón; olvídese, que ese siempre va a recibir palos! Por eso el
año que organizaron la retrospectiva del tal Almodóvar los deje entrar en paz sin que los otros guardias se dieran cuenta, porque si no la bronca se iba a armar en la Estación. ¡Diez años! se dice fácil
pero ya no puedo contar las películas que he visto en todo este tiempo y las acomodadoras que han
caído redonditas en mis brazos. Esas se aprenden las películas de memoria y cuando hacen el amor
te hablan en inglés, francés, polaco, o sabrá Dios qué. No hay nada como meterse en una cabina,
cuando el proyeccionista se va al baño, y mirar hacia la pantalla para amar a princesas, camareras,
vírgenes; mientras una simple acomodadora cubana te canta al oído Los paraguas de Cherburgo.
Pero esas aventuras ya no me interesan, prefiero sentarme en una esquina, cerrar los ojos, y pensar
en la abogada que no dejé pasar cuando la presión de la cola la empujó hacia mí. Sus senos pecosos
chocaron contra el uniforme y tuve que decirle como quien ve llover: “lo siento, cariño, no hay
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localidades.” Ella no lo sabe pero todos los diciembres le hago el amor. La conocí en primer año
de Derecho con una credencial falsifica’, con esos ojos de adolescente que levantan un muerto y la
voz dulce que implora no le quite ese pedazo de cartón, que el cine es su vida, que falta a la universidad para poder ver tres o cuatro películas al día, poniendo en riesgo su carrera porque le pueden
prohibir que vaya a exámenes con tantas ausencias injustificadas. Ella no se acuerda de mí y yo me
paso todo el año esperando diciembre para volver a La Habana y encontrarme con mi abogada. El
día que pusieron Tierra y Libertad, después de una buena matazón en la puerta, conseguí sentarme
muy cerca de ella junto a otros guardias, que como yo, esconden sus sueños. La película era larga
y densa, con una escena sobre la repartición de la tierra que estaba buena para un círculo político.
Ya casi al final, el protagonista toma el carné del Partido y empieza a romperlo con ganas; alguien
de la primera fila comenzó a aplaudir, sentí que era un buen momento para hacerme notar, para
que ella se volteara hacia mí, que yo de seguro estaría mirándola. “¡Te metes los aplausos en el culo,
hijoeputa!” Lo conseguí, me miró al instante y me lanzó un “¡Shhhhhhhh!” que se escuchó en toda
la sala. Mis compañeros me celebraron el arranque de valentía y fe en el Partido, pero aquello no
compensó la profunda tristeza que me mataba, la había perdido para siempre.
Con Ojos bien cerrados volvieron a estallar los cristales. Ella estaba en medio de la masa clavándome
la mirada, había descubierto una posibilidad, un guardia débil, enamorao’; alguien capaz de abrir
una puerta oculta, de inventarle un pasadizo que la lleve hasta la oscuridad luminosa de la sala.
¡¿Ahora te vas a fijar en mí, justo ahora, cabrona?! Todas las mujeres son iguales, en Santiago o en
La Habana, miran cuando necesitan algo, venden su mirada por un favor. No, mi abogada, hoy
no vas a entrar, hoy no va a entrar nadie. La rabia me cegó, los cristales rotos fueron mi excusa.
Empujé con todas mis fuerzas; empujé; grité; los traté como a bestias, como si aquellas gentes
fueran culpables de tanto despecho. Esa noche el Teniente me llamó a su oficina, querían hacerme
un consejo disciplinario por uso excesivo de la fuerza. Primero quieren que organice y luego me
exigen decencia, consideración, bondad y virtud, “ser un ejemplo”.
Este último diciembre me mandaron a un cine de barrio como castigo, allí sólo pasan viejas
películas de homenaje, le tocó a un tal Bresson. Vi como quemaron a Juana de Arco con cuatro
o cinco personas en la sala, pa’ colmo la acomodadora estaba vieja y medio loca. Me senté en el
centro de la platea a ver El Carterista; me la eché dos o tres veces, quería estudiar a los profesionales que se dedican a robar en trenes, guaguas o lugares públicos; una película que, al menos, tenía
que ver conmigo de una manera más práctica. A la salida del cine veo que se ha formado una
bronca en la esquina, justo frente a la puerta de un hotel cuatro tipos le pegan a uno que no atina
a defenderse. ¡Al fin, acción, ninguna formalidad, me da igual que sean intelectuales, obreros o
campesinos, se están fajando, alteran el orden público! “¡Policía!”, grita la gente. Corro hacia allá
y levanto el bastón, ya habrá tiempo de preguntar quién tiró el primer golpe, me siento como
en Santiago, soy un policía, no un simple ordenador de colas cultas. Alcanzo detener la paliza y
separar a los contrincantes. Me dicen que el hombre que está en el suelo es un carterista, que le
robó a uno de ellos y que los otros tres le habían caído arriba porque antes habían sido robados
y nunca encontraron a los ladrones. El carterista está tumbao’ en la acera, teme otra acción violenta de mi parte, ganas no me faltan, rata. Me mira con los ojos tristes llenos de pánico, tiene las
manos levantadas, no por temor a nuevos golpes sino porque quiere que alguien lo salve, es muy
joven, implora perdón. Yo pienso en Bresson, en la causas que pueden provocar la necesidad de
robar: la falta de empleo, la posibilidad de una madre enferma, la depresión social... ¡la puta que
lo parió!; me cogió comiendo mierda, pensando en las musarañas, y se mandó a correr, no hay
quien lo agarre, corre como el Diablo. Los cuatro tipos me dan la espalda, no me insultan en la
cara pero se van murmurando cosas.
El cine es un cabrón, por eso yo prefiero los carnavales de La Trocha.
Arturo Soto (La Habana 1967). Director de cine, guionista, dramaturgo y narrador. Es graduado de Licenciatura en Artes Escénicas en el Instituto Superior de Arte de La Habana, y de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños. Ha escrito
y dirigido obras teatrales como Escuadra a ras de sueño y Raíz de 4-1. Fundador el Festival de Teatro Elsinor.
Ha articipado en los festivales de Oberhausen, Sao Paulo, Viña del mar, Toronto, Biarritz, Salónica, Chicago, Washington, Valdivia,
Lima y Bruselas. Y como Jurado Internacional en el Festival de Cine de Cortometraje de Oberhausen, Alemania y en el Jurado de
Guión Inédito en el 22 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Entre su filmografía destaca: Pon tu pensamiento en
mí (1995), Amor Vertical (1997), La noche de los inocentes (2007), y los documentales Habana abierta (2003, Codirección con Jorge
Perugorría) y Bretón es un bebé (2008).
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DOSSIER [ Ernesto Pérez Castillo
El Club
de los
Comemierdas
Anónimos
Ernesto Pérez Castillo
Ay qué grande, ay qué grande,
ay que grande es mi penar
mi mamá me lo decía
no te metas
a policía...
Huckleberry Hound
A cada rato, y “a cada rato” podía ser una vez a la semana, o incluso más, El Chino aparecía en mi casa y me
jodía la tarde contándome otra vez su vida. A veces venía con Cartaya, que se sentaba a beberse el ron sin parar,
sin decir una palabra.
El Chino es lo que se dice un tipo jodío. Desde chama. No sé por qué soy su amigo. Será que también soy un
tipo jodío. Seguramente. Las mujeres siempre le pegan los tarros. A mí siempre me dejan y, según El Chino, seguro
primero me pegan los tarros, pero no me entero. Ya eso es una diferencia. El Chino escoge mujeres que a la legua
se les ve que son unas pegatarros. Se lo decimos siempre. Y él se ríe. Y siempre le pegan los tarros.
La última fue Marieta. La conoció en una funeraria. Era medio prima de un medio primo de El Chino, y estaba
haciendo la colecta para otra corona de flores que quería ponerle al muerto, y El Chino terminó pagando la corona
completa con su veintiúnico billete de veinte pesos.
Fue una confusión. El Chino sacó el billete, esperando que ella se lo cambiara, pero Marieta lo cogió y dijo:
–¡Ay mi chino, con este billete no tengo que seguir recogiendo!
Lo de “mi chino” mató al Chino –a mí me matan cuando me dicen “papi”– y dejó las cosas así, y se ofreció para
acompañarla a buscar la corona. Marieta se lo agradeció, y ya en la puerta de la funeraria le dijo “mi chino” otra
vez:
–Mira, mi chino, mejor vas tú solo, y yo me ocupo de conseguir café, y te guardo para cuando regreses...
El Chino terminó bajando solo por Belascoaín, y después subiendo con la corona al hombro, de vuelta. Cuando
encontró a Marieta, ella estaba con el termo en la mano, y le fue a servir, pero solo salieron tres gotas.
–Ay, se acabó... habrá que conseguir más... ¿me das un cigarrito, mi chino?
Así, Marieta también se fumó el último cigarro que le quedaba a El Chino. Pero le había dicho “mi chino” tres
veces. Luego El Chino supo que el muerto (pariente lejano de El Chino, como que medio primo de una media
prima de su mamá) había sido el último marido de Marieta. Pero eso lo supo después, cuando Marieta le pegó los
tarros con el hijo de un tío (tío político en verdad, de El Chino y de Marieta, que manejaba un almendrón, el hijo,
no el tío, o sea, el medio primo político de Marieta y El Chino) que también estaba esa noche en la funeraria, con
su Chevrolet del 53, y que llevó al Chino y a Marieta y a media familia hasta el cementerio de Colón.
Marieta era flaca, con las tetas chiquiticas, el pelo teñido de rojo y, según El Chino, siempre usa hilo dental. El
Chino es chino, es flaco, y es albañil. Y Marieta estaba terminando de arreglar su casa cuando se le murió el marido
(el pariente lejano de El Chino, el medio primo de la media prima de su mamá) y se lo dijo a El Chino cuando
salían a pie del cementerio. Le faltaba azulejar el baño, fundir una meseta en la cocina, y repellar completa la pared
del comedor.
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Ernesto Pérez Castillo ] DOSSIER
–¿Tú me ayudas, mi chino?
Le dijo Marieta, y a los dos días el baño estaba listo, y a los tres días Marieta le mamó la pinga, y El Chino terminó la pared del comedor y se singó por el culo a Marieta que le gritaba:
–¡Dame más, mi chino, dame más!
Y terminó de fundir la meseta en cuatro días, y al quinto día –cuando El Chino la volvió a escuchar gritando
“¡Dame más, mi chino, dame más!”–, era el hijo del tío político, el que maneja el almendrón, y que no es chino, el
que le estaba dando por el culo a Marieta.
–¡Clase de comemierda tú eres!
Le soltó Cartaya al Chino cuando terminó de contar aquello. Y El Chino le preguntó:
–¿Qué? ¿A ti nunca te han pegao los tarros?
Entonces Cartaya le aclaró que lo de comemierda no era por lo de los tarros, sino por todo lo demás.
Cartaya es así, simple y directo. Y feo como el coño de su madre. A los dieciocho años el padre de una mulatica
de pelo bueno del preuniversitario lo obligó a casarse porque Miladys (la mulatica de pelo bueno) dijo que la barriga
se la había hecho él. El niño salió adelantadito, blanquito, con el pelo mejor que su mamá. Pero Cartaya, además de
feo como el coño de su madre, es negro como el coño de su madre.
Al año Miladys se fue por el Mariel, y le dejó el chama a Cartaya, que lo crió hasta el ’94, cuando el chama tiró
una balsa en medio del malecón y después le mandó una postal a Cartaya desde la Yuma. Y desde entonces le
manda a cada rato un billete de cien dólares, y ese día nos metemos unas cervezas, y el mundo pinta mejor.
Aquel era uno de esos días. Después de tres cervezas por cabeza, Cartaya acaba de confesar que el hijo no es de
él. El Chino y yo nos miramos, miramos a Cartaya, y nos echamos a reír.
–¡Clase de comemierda tú eres! –le suelta a Cartaya El Chino esta vez.
–¡El Carta... eso lo sabe La Habana!
Cartaya sonríe, y declara:
–Ustedes no saben na’...
Y ahí viene la bomba. El chama no es de él, pero eso no es lo grave.
–Yo nunca me jamé a Miladys...
Cartaya es así, simple y directo. Y mucho más comemierda de lo que El Chino y yo podíamos calcular.
–Na’, me gustaba Miladys... y tenía esperanza... y le crié el chama quince años...
–¡El Carta... esa es tremenda carta..! –le digo.
–¡De pinga! –dice El Chino, y reparte tres cervezas más.
Entonces me pongo de pie, saco la pistola, y se la pego a El Carta en la frente, que me mira y me dice:
–¡No seas comemierda, Estéreo!
Era la quinta vez que la palabra comemierda caía en la conversación. Guarde la pistola en la cartuchera, volví a
sentarme, y para cambiar los ánimos comenté:
–Comemierda el tipo que arrollaron hoy en la esquina...
–¿Tú lo viste? –El Chino es un tipo jodío, es chino, es flaco, es albañil y es tremendo chismoso...
–Coño, si fue delante de mí, yo le acababa de pedir el carnet de identidad...
–¡De pinga! –El Chino, además de todo lo demás, siempre dice “¡De pinga!”.
–¡Cojones! –comenta Cartaya– Primero viene el comemierda este y le pide el carnet de identidad, y luego una
guagua le pasa por encima...
–¡De pinga!
–Pero es que el negrón estaba comiendo tremenda perra mierda...
–¡Ah, y encima era negro! –concluye Cartaya– ¡Tenía que ser negro, coño!
Aquí El Chino reparte cervezas otra vez, nos hace ponernos de pie, y propone un brindis:
–¡Caballeros, señores, compañeros, camaradas: esta cerveza va a la salud del Club de los Comemierdas Anónimos!
Muy pocas veces al Chino se le ocurren ideas que sirvan para algo. Esa, entonces, nos dio mucha risa a los tres.
Desde ahí, cada vez que queríamos vernos, decíamos: “Hoy hay sesión del CC”. Si era el caso de que El Carta había
recibido sus cien dólares, entonces era él quien convocaba: “Hoy hay sesión, extraordinaria, del CC”. Una sesión
extraordinaria del CC implicaba un montón de cervezas por cabeza.
El año que el chama de El Carta se fue pa’ la Yuma, fue el año en que yo recibí la distinción de Comemierda en
Jefe del CC. Fue una tarde en que El Chino y El Carta llegaron juntos y cuando les abrí la puerta se me quedaron
mirando, sin reconocerme, hasta que El Chino preguntó:
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–¿Qué pinga tú haces disfrazado de policía, asere?
No les había dicho nada. Dos meses atrás, en un mitin relámpago en la fábrica, metieron una muela de la defensa
de la patria socialista y las conquistas de la revolución, y al final preguntaron quiénes estarían dispuestos, si fuera necesario, a dar el paso al frente e integrar las gloriosas filas de la Policía Nacional Revolucionaria. Había que levantar
la mano. Yo siempre levanto la mano. Ese día levanté la mano. Yo y otro par de comemierdas más.
Al mes, fue necesario. Me movilizaron, y a los dos meses, convocada una sesión extraordinaria del CC, ahí
estaba yo, vestido de policía, con pito, tolete, y galones de suboficial.
–Bueno, pa ser chivatón de gratis... –me consoló El Carta, simple y directo– mejor que te paguen por chivatear...
Es un trabajo como otro cualquiera, me digo yo todos los días, frente al espejo, cuando termino de ponerme el
uniforme. Pero es mentira, y nadie lo sabe mejor que yo. Bueno, sí, lo sabe el otro montón de comemierdas que se
dicen lo mismo cada mañana. Pero la cosa tiene su swing y también su aventura, por qué no.
Por eso, quien debía ser policía es El Chino y no yo –El Chino es un tipo jodío, es chino, es flaco, es albañil, es
tremendo chismoso, y es la aventura en dos patas–, pues cada vez que nos reunimos quiere que le cuente, y disfruta
mis cuentos como una película del sábado. Claro que yo los cuentos se los adorno –a mí me matan cuando me dicen
“papi” y soy un tipo al que le gusta adornar las cosas–, porque en strike sí que no hay quien se los meta.
El Carta no. Cartaya es un tipo simple y directo, feo como el coño de su madre, y problemático. El Carta siempre tiene problemas con la policía. Yo soy el único policía que El Carta puede ver. Pero en la calle no, en la calle
ni me saluda. El Carta, además de simple, directo, feo como el coño de su madre, y problemático, es lo que se dice
un tipo de pinga
Bueno, esa es la pura verdad: Cartaya es un tipo de pinga. Un día lo confesó. Suerte que El Chino ese día estaba
borracho y yo estaba a millón, porque El Carta de pronto se levantó de la silla, nos miró a los dos y dijo:
–Mis ecobios, tengo que decirles que yo creo que soy maricón.
El Chino se empezó a reír, pensando que era una jodedera de El Carta. Pero no. El Carta es... en fin, El Carta es
cualquier cosa, pero no es un jodedor. El Carta hablaba en serio. El Carta siempre habla en serio.
–¿Maricón? –le pregunté.
–Sí, maricón.
El Chino estaba borracho, le dijo a El Carta que se sentara, que él era su hermano, podía ser lo que quisiera. Y
con la misma siguió:
–¡Clase de trío: un policía, un tarrú, y un maricón!
El Carta estaba serio esa tarde. El Carta siempre está serio. Y estaba borracho, y se abrió de patas:
–Yo creo que soy maricón: nunca me meto una jeva, no me hago ni una paja, me acuesto temprano, me gusta
la música romántica...
–Carta, por eso no se es maricón... –lo corté, pero El Carta siguió:
–... y porque en la pincha ayer un mariconcito que entró nuevo me regaló una flor, y me gustó.
–Carta, no jodas... –empecé a decirle, pero ahora fue El Chino quien me cortó.
–Oye, eres maricón y bien tronco de maricón.
El Carta miró a El Chino, y se sentó. El Chino esperó a que se sentara, se dio otro buche, miró de nuevo a El
Carta, y le preguntó:
–¿Y?
Ahí fue que Cartaya se soltó. El mariconcito era un mulato joven, de piel clara, y la flor se la regaló después de
almuerzo, porque El Carta lo estaba mirando desde que entró al comedor. Por la tarde el tipo pasó por donde él
trabajaba, preguntó cualquier basura, y se pusieron a hablar, y se pasaron la tarde hablando, y fue por eso que El
Carta nos citó.
–¿Y usaste condón? –preguntó de pronto El Chino...
El Carta miró a El Chino, luego me miró a mí, y respiró profundo antes de seguir:
–La cosa es que Arnaldo me invitó al cine, y no sé qué hacer...
–¿Arnaldo? –preguntó El Chino– ¡Hasta nombre de maricón tiene..!
Me di cuenta que El Carta estaba embarcado. Eso era típico de las mujeres, nunca saben si decir que sí o que no.
Nunca saben si lo que quieren les conviene. O sea, El Carta estaba actuando como cualquier jevita. O sea, El Carta
sí quería meterse al mulatico. O sea, El Carta sí era maricón.
Dos semanas después, en sesión ordinaria del CC comprobamos que al que nace para trajín, del cielo le caen
las patadas por el culo. Cartaya aceptó la invitación del mulatico, y llegó media hora tarde al Payret (típico, las mu112 PSUR
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jeres siempre llegan tarde), y no vio al mulatico por todo aquello, espero veinte minutos, y finalmente, despechado,
decidió entrar al cine, pues era una película romántica.
Cuando la vista se le adaptó a la oscuridad, vio que eran muy pocos los que habían entrado esa tarde, casi todos
hombres. Casi todos masturbándose entre sí. El Carta no sabía que aquel cine era un antro de bujarronería y mariconerismo. El Carta no sabe nada en esta vida.
Se levantó de su butaca, y ya casi al salir, reconoció al mulatico, mamándosela a un blanquito del montón.
Eso acabó de decepcionar a El Carta. No que se la estuviera mamando a otro. Que se la estuviera mamando a un
blanquito.
–¡Lo que faltaba! –protestó El Chino– ¡Cartaya racista!
–¿Racista con lo negro que yo soy? –se defendió Cartaya...
–¿Y qué? ¡Negro, racista y maricón!
Cartaya se levantó, le fue arriba a El Chino, y por poco se lo come. Fue la única vez que alguno de nosotros
no resistió una ofensa. Pero no supe nunca cual de las tres cosas –maricón, racista o negro– fue la que realmente
ofendió a El Carta.
Después de esa tarde, a veces, El Chino pasaba a verme. Y otras venía El Carta. Pero siempre les advertía que
no los recibiría por separado. Aquel lío sucedió por una comemierdá de El Chino –pero estaba claro que El Chino,
Cartaya y yo éramos unos comemierdas– y la comemierdá de El Chino la motivó una mariconería de El Carta –y
eso también era clarísimo, El Carta mismo nos confesó que era maricón– así que lo ocurrido, para mí, era normal
–ateniéndonos a nuestras propias y respectivas anormalidades– y la única manera de superar aquello era juntos
todos otra vez. Yo siempre quiero resolver las cosas así: en equipo. Por eso las mujeres me dejan.
La última fue Marisdaxis. Marisdaxis trabajaba conmigo en la fábrica. El día que levanté la mano para expresar
mi disposición de dar el paso al frente, Marisdaxis me clavó el tacón de su tiqui-tiqui en la punta del pie derecho. A
Marisdaxis le encantan los tacones, y siempre usa tiqui-tiquis. Yo tengo la punta del pie derecho hecha leña. Después
me dijo que si por casualidad yo terminaba de policía, iba a saber quién era ella.
Cuando me movilizaron, no sabía qué decirle. No quería saber quién era Marisdaxis. Le dije que faltaría dos
meses a la fábrica porque pasaría un curso de superación. Todos los fines de semana, cuando me daban pase, la iba
a visitar. Ella preguntaba cómo me iba en el curso, y yo me ponía a inventar. Yo soy muy bueno inventando.
Todo estuvo bien, hasta que al final del curso me tocó salir a patrullar en la calle, vestido de uniforme por primera
vez. Yo, vestido de policía, tengo tremenda cara de policía. Como si hubiera nacido para vestirme de azul. Y resultó
que, patrullando en la esquina de Zanja y Belascoaín, a los quince minutos de estar parado allí, pasó Marisdaxis.
La vi, y me viré de espaldas, para que no me fuera a ver, pero entonces me vio un comemierda del barrio y grito:
“¡Vaya, Estéreo se metió a policía!”.
Yo sentí el grito, e ipsofacto sentí un manotazo en la espalda. Me volví, y ahí tenía a Marisdaxis delante de mí.
–¡Te lo advertí, Seguro, te lo advertí!
Me dijo Marisdaxis, y allí mismo, en pleno Belascoaín, empezó a tirarme gaznatones a diestra y siniestra. Suerte
que en el Curso Emergente de Policía nos habían dado clases de defensa personal. Logré esquivar todos sus golpes,
sin tirarle ni uno yo. Y un bulto de gente se aglomeró a nuestro alrededor hasta que llegó el carro patrullero del jefe
del curso, y Marisdaxis volvió a decirme:
–¡Te lo advertí, Seguro, te lo advertí!
Y se fue entre la gente, sin mirar para atrás. El jefe del curso me hizo señas desde el patrullero y al acercarme,
me ordenó subir al carro.
Cuando llegamos a la unidad me hizo ir a su oficina, y allí se quitó la gorra, se quitó el zambrán con la pistola y
lo puso encima de la mesa, y me dijo:
–Combatiente, lo tengo que felicitar. Usted acaba de dar una excelente demostración de defensa personal, de
ecuanimidad y de profesionalidad. No se dejó provocar, aplicó las técnicas aprendidas y, lo más importante, mantuvo todo el tiempo el control. ¿Qué hubiera pasado si usted golpeaba a esa ciudadana?
Yo sé lo que hubiera pasado. Pero no lo voy a contar. El caso es que el día de la graduación, mientras todos los
compañeros se graduaban con grados de sargentos de tercera, yo me gradué con grados de suboficial.
No satisfecho, al salir de la unidad a disfrutar las merecidas vacaciones por haber terminado el Curso Emergente
de Policía, lo primero que hice fue ir a casa de Marisdaxis. Al abrir la puerta y verme me preguntó:
–¿Qué tú quieres?
–Hablar... –le contesté.
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–Habla... –me dijo.
Y ahí fue que metí la pata de verdad. Es que yo siempre quiero resolver las cosas en equipo. Le dije a Marisdaxis
que la amaba. Ella cruzó los brazos sobre el pecho (Marisdaxis tiene las tetas grandes, llenas, paraditas, y cuando
yo digo que cruza los brazos sobre el pecho en realidad lo que hace es que cruza los brazos por debajo de las tetas
y te apunta con ellas como si te fuera a matar). Le dije que quería que se mudara a vivir conmigo. Marisdaxis me
miró a los ojos (cuando Marisdaxis te mira a los ojos, los achica, se le convierten en una rayita). Le dije que hasta
nos podíamos casar. Marisdaxis abrió las piernas (cuando Marisdaxis abre las piernas lo que hace es exactamente
eso: abre las piernas). Le dije que podíamos mejorar mucho nuestra vida.
–¿Cómo podemos mejorar nuestra vida, con usted metido en el cuartel las veinticuatro horas del día, teniente
Estéreo Seguro?
Marisdaxis no tiene ni idea de los grados militares, pero eso no es lo que importa, lo que importa es que
ahí le dije:
–Es que podemos estar juntos... puedes pasar un curso, y entrar a la policía igual que yo.
Marisdaxis movió la pierna derecha para atrás, y después para adelante. Pero la movió a una muy alta velocidad.
Me dio una patada en los huevos que no hubo defensa personal que la pudiera esquivar. Yo, completamente sin aire,
me doblé hacia adelante, y entonces Marisdaxis, con la rodilla, me golpeó en la cara, y luego me siguió golpeando
media hora más hasta que la gente del barrio vio lo que estaba pasando y vino a salvarme la vida. Suerte que esa
vez el jefe del curso no me vio, porque ahí mismo me ascendía a general.
Pasé la semana de vacaciones encamado. El Carta, que es todo lo que ya dije y además es muy maternal, me
traía todos los días una sopa, le sacó el alambre a un cable de teléfono para hacerme un absorbente (yo de la inflamación que tenía en la cara no podía abrir la boca) y me cuidó hasta que me pude levantar. Y El Chino también
venía a verme, y siempre le preguntaba a El Carta si ya yo podía hablar, y cuando ya pude hablar, me dijo:
–Asere, llevo una semana esperando para que me cuentes en detalle la descojoná que te dieron...
Yo me empecé a reír. El Chino siempre me hacía reír. El Carta lo mandó a callar. Y eso es lo que más extraño,
reírme con las idioteces de El Chino, y ver a El Carta mandándolo a callar.
Ya no tiene remedio. La última vez que El Chino vino, volvió a venir solo. Le abrí la puerta, y le repetí que hasta
que no fuera a buscar a El Carta, le pidiera perdón, y vinieran juntos, no lo dejaría pasar. El Chino estaba serio. No
recuerdo haber visto a El Chino serio nunca antes. Me dijo:
–El que tiene que ir a buscar a Cartaya eres tú. Está preso. Por eso vine hasta aquí.
¡El Carta preso! ¿Por qué estaría preso El Carta? ¿A quién se le podía ocurrir algo así? ¡Si El Carta no mata ni
una mosca!
–Está preso por maricón... –soltó El Chino.
Alguien se lo contó a El Chino. La madrugada anterior la policía se había tirado para la calle –eso ya lo sabía yo,
yo mismo pasé la madrugada en la unidad, metiendo en el calabozo a malanga y al puesto de viandas: puticas de a
veinte pesos, jineteras de cien, traficantes de marihuana, taxistas ilegales, travestis, chupa-chupas...
–¡El Carta preso! ¿En qué pueden haberlo cogido? ¡Si El Carta no esta en na’!
–Por maricón –me repitió El Chino–, está preso por maricón.
–¿En qué unidad está? –le pregunté a El Chino, cuando terminé de ponerme el uniforme.
–En tu unidad.
–No puede ser, yo fui quien metí a la gente en el calabozo. Si hubieran llevado a El Carta, lo sacaba al momento.
–Te digo que está en tu unidad –insistió El Chino.
Cuando llegamos, El Chino me dijo él que no iba a entrar, que esperaría sentado en uno de los bancos del parquecito frente a la unidad.
Entré, y enseguida vi que la cosa estaba complicada. Todos los compañeros tenían la cara sería. Cuando me
acerqué al oficial de guardia y le pregunté en qué calabozo estaba Cartaya, tuve que repetirle el nombre:
–Eduardo Cartaya, Eduardo Cartaya...
–Ah, tú también... –me contestó finalmente el oficial– ve allá atrás, enseguida lo vas a encontrar.
Pero no lo encontré enseguida. No lo reconocía. Seguro lo mismo me pasó en la madrugada. Le crucé dos veces
por delante antes de darme cuenta de que era Cartaya. Llevaba tacones altos, una minifalda dorada, una blusa que
le dejaba la espalda descubierta, y la peluca rubia estaba caída en el suelo. El rostro si era su rostro, pero más feo
que nunca ahora, contraída la expresión en el ahogo de las panty medias de encaje con que se colgó de los barrotes
de la ventana del calabozo.
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Sí lo había visto en la madrugada. Y hasta bonita me pareció. Y se lo había dicho.
–Estás bonita, mami. Te voy a poner sola, para que no se revuelvan esos animales contigo allá atrás.
–Gracias, papi –me dijo– y mira, guárdame esto, para que me hagas el favor completo –y me metió en el bolsillo
de la camisa el billete de veinte dólares que todavía tengo ahí.
Cuando llegaron los de criminalística, y comenzaron a hacerle fotos al cadáver, no aguanté más. Fui a la oficina
del jefe, me saqué el zambrán con la pistola y se lo puse encima del buró, y le dejé también la chapa, y salí a buscar
a El Chino.
El Chino me vio salir solo de la unidad, y me fue encima gritándome:
–¡Ni pinga, aseré, ni pinga! ¡Tú tienes que sacarlo! ¡Cartaya es maricón, pero es mi hermano!
–Llegué muy tarde –le contesté a El Chino–, ayer hubiera podido hacer algo, cojones...
El Chino se me quedó mirando, y miraba para la unidad y me volvía a mirar. Saqué los veinte dólares del bolsillo, comprobé que no eran falsos, y le dije:
–Mira, vamos a tomarnos unas cervezas, que ya no se puede hacer más na’.
Ernesto Pérez Castillo (La Habana, 1968) Narrador, editor de libros y revistas y guionista de radio. Ha publicado la novela Últimas vacaciones
con el abuelo (Gente Nueva, 1996), ganadora del premio Pinos Nuevos, y el libro de minicuentos Filosofía barata (sed de Belleza, 2006), ganador
del premio Dador, en 1999. Su novela Haciendo las cosas mal (Unión, 2009), a la que pertenece este texto, ha sido galardonada con el Premio Cirilo
Valverde de novela.
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La isla y la nube
Ivette Vian Altarriba
Inédito
Al pintor Tomás Sanchez.
En una pequeña isla flotante, hacía mucho tiempo que vivía una niña indescriptible...
Dicen que antiguamente la isla tuvo raíces y que, entonces, no se movía del mismo centro de la
Laguna de la Leche. Pero hasta allí había llegado una familia de gordas y tetonas manatíes con sus
hijos, que gustaban masticar los nuditos y las hilachas de las raíces. De modo que al cabo del tiempo se las fueron comiendo todas, sin que ninguno de los pescadores de la laguna pudiera evitarlo.
Y una mañana descubrieron que la isla se iba sola, flotando, sin que nada la contuviera.
Desde ese momento se la vio vagar sobre las aguas, a veces velozmente en la corriente del Golfo,
otras subiendo y bajando sobre las olas del océano Atlántico, en ocasiones balanceándose suave en
un río y, de vez en cuando, hasta la han visto varada por algún tronco que le interrumpe el paso,
o encallada como una ballenita de arena entre los arrecifes. Pero siempre el viento del invierno, o
algún ciclón caribeño, la sacan del apuro y ella continúa su camino solitario.
Dicen también que, en ciertas ocasiones propicias, algunos pescadores han pisado esa isla, llegando
hasta allí en sus embarcaciones, o simplemente aprovechando una de sus paradas obligatorias y
saltando desde la orilla. Los pocos que lo han logrado, cuentan que en ella se siente una brisa con
olor a mamoncillo y una tranquilidad parecida a la madrugada. Eso es natural, porque en su centro
hay un grupito de árboles altos que siempre dan sombra y brisa.
Dos de los pescadores que estuvieron en esa isla —Benjamín, el que vive en Sabinal, y Andrés, el
capitán de Cayo Largo— dijeron algo más: que vieron a una niña que desaparecía. Ellos hacen ese
cuento cuando se sientan a esperar que los peces piquen la carnada.
—Pero ¿cómo es la niña...? ¿Y por qué no la llamaron, por qué la dejaron escapar? —eran las preguntas que siempre les hacían los demás pescadores que los escuchaban.
—Era rosada y calva, flaca, y se reía a carcajadas, la perseguí pero se esfumó ante mis ojos —explicaba Benjamín.
—No, era una niña negra y con trencitas, muy gorda, y lloraba mucho, le corrí detrás pero desapareció, se los juro... —decía por su parte Andrés.
En fin, que ninguno de los dos se puso de acuerdo nunca.
Sus amigos llegaron a pensar que estaban diciendo mentiras, pero tanto Benjamín como Andrés
eran pescadores de toda la vida, hombres de mar a los que se les respeta la palabra. De modo que
la gente se creyó el cuento y le llamaban “La historia de la Isla Flotante con su Niña Indescriptible”.
Y así, esa leyenda siguió pasando de boca en boca, de barco en barco, de mar en mar, hasta llegar a
este siglo, en el que un simple criador de gaviotas la escuchó y se propuso saber la verdad.
Buscó una lancha rápida con motor fuera de borda, un grueso y antiguo libro de leyendas marinas,
un gallito de los vientos, cámaras fotográficas, una brújula, una mochila repleta de paquetes de
chocolate, equipos de buceo, un telescopio y una caja con botellas de vino del siglo XVIII. Con
todo eso y sin despedirse de nadie, salió en busca de la isla flotante.
Recorrió mares, ríos y lagunas, siempre desplazando su larga mirada por el horizonte. Era un
hombre que tenía la paciencia de un chino y el coraje de un cosmonauta, así que ni las tormentas
del norte, ni los rabos de nube lo derrotaban; y continuó con su propósito durante mucho tiempo,
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tanto que en su país lo dieron por perdido, y hasta a un club de marineros le pusieron su nombre.
Mientras tanto, descubría estrellas nuevas con su telescopio, hizo la colección más completa de
fotografías de gaviotas reales, escribió leyendas marinas inventadas por él y, buceando en el Mar
Caribe, encontró un buque pirata hundido en el abismo submarino. No perdía el tiempo. Pero,
eso sí, tampoco olvidó ni un momento el propósito de su viaje. Mantenía la vigilancia, y en cada
cayo y en cada isleta con que se tropezaba, hacía un desembarco para asegurarse bien de si era o
no era la isla flotante. Muchas veces se confundió al vislumbrar a lo lejos alguna sombra de tierra,
algún brote de arena, o un grupito de árboles solitarios. Pero ninguno resultó lo que buscaba, todos
estaban bien sujetos en el fondo.
Una vez, tan solo una vez, se distrajo cuando navegaba sobre una barrera de arrecifes coralinos.
En esas zonas el agua es mansa y transparente, y desde el fondo se reflejan las profundas grietas
entre túneles y cuevas, las praderas de arena donde se deslizan los peces de colores fosforescentes,
las enormes esponjas de mil formas diferentes, los abanicos y las ramas de coral, las caracolas y las
madreperlas, el hocico amenazante de las anguilas, la marcha de los hipocampos, el baile continuo
de las anémonas, las ondulantes y moteadas mantas que atraviesan el paisaje... Todo eso él lo estaba
contemplando extasiado, inclinándose mucho sobre la borda, cuando de súbito sintió que chocaba
contra algo.
Rápidamente se enderezó y vio que su lancha estaba empujando una pequeña isla... Sí, porque
aquel pedazo de arena, con un montecito de árboles en el centro, avanzaba impulsado por la fuerza
del motor fuera de borda... ¡Era la isla flotante!
Así fue cómo la descubrió, casi por casualidad. Y hasta tuvo que perseguirla, pues la islita se adelantó con la corriente y fue alejándose, y si no se apura la hubiera perdido. Pero, finalmente, el criador
de gaviotas desembarcó en ella. Y en efecto, enseguida sintió una brisa con olor a mamoncillo y
una tranquilidad parecida a la madrugada. Aunque entonces fuera pleno mediodía y luego comprobara que los árboles no eran mamoncillos, sino siete majaguas, de esas cuyas flores cambian de
color a medida que avanza el día: rosadas en la mañana, después se vuelven amarillas, en la tarde
se ponen rojas... Ahora las majaguas brillaban como el sol.
Recorrer la isla por todos sus rincones y orillas le resultó fácil, pues era como del tamaño del Parque Central. Pero por ninguna parte vio niña alguna, ni la sintió reír ni llorar. Sin embargo, el hombre decidió instalarse a vivir bajo la sombra del montecito. Desde allí vigilaba su lancha rápida,
amarrada a uno de los troncos, y se dejaba llevar, viajando ahora sin rumbo al ritmo de las aguas.
Durante ese tiempo se tomó las últimas botellas de vino del siglo XVIII y leyó por tercera vez el
antiguo libro de leyendas marinas que tenía más de mil páginas. Pero ya cuando iba por el final, de
pronto observó una nube muy blanca y compacta que se había posado directamente sobre la isla.
Era una nube nada más, que podría confundirse con otras tantas, pero le llamó la atención porque
tenía forma de corazón y sus bordes parecían pintados. Entonces de la nube empezó a caer una
lluvia de gotas tibias como lágrimas, que descendían muy lento por las ramas de los árboles. El
criador de gaviotas nunca había visto nada semejante.
De repente, escuchó una risa infantil y se puso nervioso. Miró al cielo y vio que la nube se estaba
deshaciendo, hasta que desapareció ante sus ojos. Pero la risa continuaba, y él echó a correr hacia
el lugar de donde venía. Y al fin vio a la niña, flaca como una grulla, de piel muy rosada y cabeza
completamente calva, que en ese momento se lanzaba contra las olas espumosas y salía de ellas
riendo a carcajadas. El hombre fue acercándose poco a poco, con el fin de no asustarla, pero cuando la niña lo descubrió fue hasta él como si nada, y cogiéndolo de la mano lo obligó a mojarse junto
con ella en la playa, y él también comenzó a reírse.
—Mambrú, ¿y qué haces tú? —preguntó la niña de forma inesperada.
—¿Yo...? Pues, ¡crío gaviotas! —contestó, algo sorprendido.
—¿Y cuántas tienes, Jiménez? —continuó ella.
—Bueno, ¡casi todas las que existen en el Mar Caribe!
—Pero, Rodrigo, ¿no tienes ninguna que viva contigo?
—No, siempre quieren volar.
—¡Entonces, te sentirás muy solo, Bartolo!
—¿Por qué lo dices?
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—¡Ay, Vicente, porque ninguna te ha querido lo suficiente! —y diciendo esto, la niña salió corriendo
hacia la arboleda.
El hombre la siguió a toda la velocidad que le daban las piernas, pero al llegar y buscarla no encontró más que las siete majaguas, con sus flores relucientes en rojo como llamitas de fuego. La niña
había desaparecido. ¡Pero el espanto lo invadió de lleno cuando se pasó la mano por la cabeza y
pudo descubrir que estaba totalmente calvo!
Mambrú, Jiménez, Rodrigo, Bartolo, Vicente... Todos esos nombres le había dado la niña y ninguno era el suyo verdadero. Además, ahora se había quedado sin un solo pelo. Estos pensamientos
y otros más inteligentes tuvo el hombre esa noche en la isla flotante, pero él tenía coraje y los
misterios le fascinaban, así que ni le pasó por la mente huir en su lancha rápida. Se quedó bajo la
sombra de las majaguas azules. No se imaginaba qué más podría suceder. No esperaba nada más,
pero allí se quedó.
Y siguió viviendo entre el florecimiento multicolor y la perenne tranquilidad, contemplando el
cielo purísimamente azul y el mar infinito que lo rodeaba, siempre balanceado por el vaivén de la
isla que avanzaba no se sabía hacia dónde. Hasta que el hombre pensó: “Tengo que irme ya, no
puedo quedarme. Total, ya descubrí lo que buscaba...” Pero cuando iba a desamarrar su lancha, de
pronto vio la nube en forma de corazón, que se acercaba. Como no sospechaba tal regreso, empezó
a temblar por el miedo, o la emoción, no se sabe. Mientras, la nube volvió a posarse sobre la isla y
la misma lluvia tibia inició su lenta caída. Al mismo tiempo, el hombre escuchó el estallido de un
llanto infantil.
Sin pensarlo, echó a correr como un loco, extraviándose entre la orilla de la playa y las olas espumosas, hasta que puso atención y supo que esta vez la señal venía del montecito. Cuando llegó,
guiado por los sollozos, se tropezó con una niña negra de peinado trenzado, gorda, gorda como
una tortuguita y que, sin asustarse siquiera, abrió los brazos y se estrechó a él suspirando desconsoladamente.
Mucho trabajo le costó al criador de gaviotas que la niña dejara de llorar, incluso se subió a una
majagua para cogerle flores, que estaban rosadas, y colocárselas en el tejido de sus trenzas. Con esa
finura ella se calmó y entonces lo agarró por las dos manos para bailar, mientras le cantaba:
Cien corazones
suelen llegar,
tan solo uno
puede quedar…
Y si vas al monte,
lleva un candil.
Y si vas al pueblo,
llévame a mí…
Luego se sentaron sobre el colchón de hojas de la arboleda y en eso, para horror del hombre, la
niña le preguntó:
—Bubú, ¿y qué quieres tú?
—¿Yo? Pues, ¡descubrir un misterio!
—Y cuando lo descubras, Sabás, ¿qué harás?
—Pues buscaré más misterios.
—¡Qué bobo eres, Popobo!
—¿Y por qué me dices tal cosa?
—¡Emeterio, porque cuesta toda la vida descubrir un solo misterio!
—No entiendo bien, no entiendo...
—¡Nada, que si vas de misterio en misterio, al final nada sabrás, Nicolás! —y diciendo esto, la niña
se lanzó a correr hacia la playa.
Pero ya el criador de gaviotas sabía lo que iba a suceder y esta vez no se apuró, simplemente caminó despacio hasta que sus pies tocaron la espuma... por ahí había desaparecido la niña. Y entonces
él se sobresaltó al recordar su cabeza calva, y enseguida empezó a buscarse en el cuerpo alguna
nueva huella parecida, hasta que se dio cuenta de que su cintura se había ensanchado tanto, tanto,
que ahora él era gordo, gordo como un tortugón.
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Muchos otros nombres le había dado esta niña, y se había convertido, además, en un hombre calvo
y gordo. Entonces, ¿para qué quería más demostraciones...? Era cierto, en la isla flotante existían
niñas indescriptibles, y ya él había descubierto el misterio. Por lo tanto, nada tenía que hacer allí.
Pero ahora le surgió una duda: ¿volvería la nube en forma de corazón...? Y si regresaba, ¿cuál niña
aparecería...? ¿Y qué le diría, qué le preguntaría...?
Claro, el hombre no se marchó, se quedó vigilando el cielo. Paciente como un chino. Así pudo
esperar y esperar, hasta que la nube muy blanca y compacta, con sus bordes que parecían pintados,
apareció de nuevo acercándose desde el horizonte... Y deteniéndose otra vez sobre la isla, dejó caer
su lluvia como de lágrimas.
El criador de gaviotas estaba atento al aviso infantil de las carcajadas, o del llanto, pero lo que escuchó
entonces fue: «bum, bum, bum, bum...» Iba a salir corriendo, cuando vio venir hacia él a una niña diminuta, como del tamaño de un bebé, que saltaba sin cesar sobre la arena. Era una niña pelirroja, con
la piel llena de pecas anaranjadas. Y era simpatiquísima y cómica, pero no dejaba de saltar alrededor
del hombre, que al cabo no pudo soportar más el ruido que hacían aquellos piececitos traviesos. Agarrándola por sorpresa, la cargó en sus brazos, y ella enseguida le dio un beso y le dijo:
—¡Vamos a jugar!
Aquello fue lo de nunca acabar. Jugaron a todo lo que el hombre recordaba y a todo lo que la niña
inventaba, sin descansar. Cuando el criador de gaviotas creía que se iba a desmayar, la bebita le
gritaba:
—¡Otro juego!
Y él tenía que seguir saltando detrás de una pelota invisible, empinando un papalote imaginario,
meciendo una muñeca en el vacío... En fin, que él ya no podía más, cuando de pronto la niña se
dejó caer al suelo y señalándolo con su dedito, le preguntó:
—Landrú, ¿quién eres tú?
—Pues yo soy un habanero que tiene una casa antigua y un carro nuevo.
—¡No, Pérez, quiero saber quién eres!
—Ah, me gusta ir al gimnasio por las mañanas, comer pizzas y ver televisión los domingos.
—¿Eso eres tú solamente, Clemente?
—También sé manejar una computadora y tirarme de los trampolines.
—¿Nada más eso sabes de ti, Fofí?
—Bueno, es que... ¡ahora no me acuerdo!
—Entonces, Ramón, ¡tienes vacío el corazón! —y terminando de decir esto, la niña trepó por el tronco de una majagua y se esfumó entre las ramas, donde las flores enrojecían otra vez.
Enseguida el hombre se registró el cuerpo y... ¡Oh, mira qué cosa...! ¡Toda su piel se había cubierto
de pecas anaranjadas!
Ahora sí que el criador de gaviotas se quedó pasmado y sin ánimo ninguno de permanecer en la
isla flotante. Pero como ya estaba cayendo la noche, pensó que sería mejor descansar y salir al
amanecer.
Así lo hizo, y al día siguiente recogió sus cosas, lo colocó todo en su lancha rápida y se embarcó en
ella. Ya iba alejándose de la isla, cuando notó que había olvidado su libro de leyendas marinas y
regresó a buscarlo. Pero después de estar caminando un buen trecho hacia el montecito, descubrió
espantado que de nuevo la nube se acercaba... y rápidamente dio media vuelta y se lanzó sobre la
lancha, aferrándose a ella como un náufrago, y puso el motor a la velocidad máxima en el preciso
momento en que la lluvia empezaba a caer. Entonces pudo ver a una niña de crespos rubios parada
en la playa, que lo llamaba con sus manos y le gritaba:
—¡TOMÁS...! ¡TOMÁS...! ¡TOMÁS...!
El hombre se sintió maravillado, porque la niña lo había llamado por su verdadero nombre: Tomás.
Pero ya la lancha se alejaba demasiado y solo pudo vislumbrar la mancha rosada de las majaguas
florecidas... Hasta que la isla flotante se perdió de su vista.
El criador de gaviotas regresó a su ciudad, pero allí nadie lo reconoció. Y lo peor no fue eso, sino
que no pudo olvidar a las niñas, sobre todo a la de los crespos rubios... ¿Qué tendría que decirle
aquella...? Y cuentan que Tomás volvió a embarcarse en su lancha rápida, a buscar de nuevo la isla
flotante. ¡Y de eso hace ya muchísimo tiempo!
Ivette Vian Altarriba (Santiago de Cuba, 1944): Escritora tanto de
libros como de programas de televisión.
Ha merecido los más importantes premios literarios del país y ha publicado
una veintena de libros, entre los que se
encuentran Cartas a Carmina, Del abanico al zunzún, La Marcolina, Casa en
las nubes y Una vieja redonda (Unión,
2005). Creadora del programa televisivo
La Sombrilla Amarilla.
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DOSSIER [ Enid Vian
Compay Yukaoka
Enid Vian
No. No me crecen las uñas... No. No me crecen las uñas... No. No me crecen... Parece que me
trabé otra vez. Una vez me quedé trabado, como un disco rayado, y no hacía más que repetir: Soy
Yukaoka... no como chocolate ni trago sopa... Soy Yukaoka... Por suerte, Mamaique le dio a un
botón y pude hablar sin trabarme durante un buen rato. Ahora que preguntan les contesto que
no, no me tengo que bañar con jabón, ni me tengo que cambiar el uniforme. Tampoco voy a la
escuela. Escuela... escuela... Ah, creo que Mamaique va a tener que intervenir otra vez... otra vez,
otra vez…
La última vez que me encasquillé, Mamaique consultó el Manual del Robot y ajustó mi mecanismo
de lo más bien... Ajustó mi mecanismo de lo más bien... Ajustó...
Como decía, tampoco voy a la escuela, ni me tengo que levantar temprano. No. No me tapo con
frazada. Eso tengo que repetírselo a los niños del barrio un millón de veces. ¿Haces pis? ¿Cuántos
dientes tienes? ¿Tienes estómago? ¿Eres de metal todito? Claro que soy de metal. ¿No me ven? ¿Y
eso qué tiene? Les digo a los niños impertinentes, pero eso no les da derecho a decirme Charro
Chatarra. Me llamo Compay, Compay Yukaoka. Tengo un sonido extraño, sí, pero es un rumrum
melódico, como de pequeña maquinaria que trabaja.
Sí, sé muchas cosas. Me las programaron, o ¿qué creen? ¿Qué si soy frío? Bueno, comparado un
helado de chocolate doble... ¿Qué si estoy solo? ¿Qué si no pertenezco a ningún lugar? Nada de
eso... Nada de eso... Nada de eso... Es difícil que alguien pueda tener más nacionalidades que yo.
Soy japonés por parte de maquinaria, italiano por parte de cables, chino por aleaciones y cubano
por parte del sombrerito de yarey.
El sombrero de yarey un día Mamaique me lo amarró con una soga a la barbilla, quiero decir a la
lata, y desde ese día lo llevo puesto.
Creo que en Japón me programaron 0.000005 megabits de lágrimas, porque ese día los ojifocos se
me empañaron. Yo creo que no era aceite, era algo así como agua salada.
Pero bueno, como les decía. Soy un robot de aquí y de allá. Además, soy muy útil. Puedo limpiar,
coger recados, resolver pequeños problemas, recibir invitados, entre otras muchas cosas.
¿Trepar? No. ¿Empinar papalotes? No. Pero cuando riego las plantas les canto bajito en japonés.
Regando un día unas violetas fue que choqué con un objeto metálico y caí al suelo como una lata
gigante de aceite. Se me rompió una pieza importante y perdí varios tornillos de los zapatos.
Al principio Mamaique no le dio importancia a mis mataduras. Recogió el sombrero de yarey, lo
sacudió y me lo colocó de nuevo en la cabeza. Luego me levantó, me llevó hasta la sala y me colocó
apoyado en la mesa mientras ella examinaba de nuevo el manual que guardaba en una gaveta.
Después de observarme de arriba abajo y de abajo arriba, trató de volver a ponerme los tornillos de
los zapatos, pero no pudo. Yo di unos pasos, y mis pies empezaron a bailar solos y, cuando empecé
a hablar can-ca-neaba.
Esto no había pasado nunca, sobre todo porque a Mamaique no se le había ocurrido nunca programarme para bailar. Yo estaba hecho para responder a su voz suave y melodiosa y cada vez que
me daba una orden la cumplía, como si ella fuera coronela y yo un soldado inoxidable. Pero esta
vez, cuando me dijo “Quieto, Compay”, seguí bailando como si nada y, además, can-ca-nié más
de lo debido.
Yo digo que las caídas son muy malas, sobre todo entre violetas, porque nadie cumplía las indicaciones de Mamaique como yo.
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Enid Vian ] DOSSIER
–Compay, la losa, dale, Compay.
–Compay, sacude, dale, Compay.
–Compay, recibe a María Boquita, dale Compay.
Y allá iba yo sin perder un minuto ni escacharme. Lo hacía casi siempre chirriando, cosa que Mamaique agradecía con una buena aceitada. A veces, me quitaba el sombrero de yarey y me daba
besos en la calva metálica.
–Muá –sonaba Mamaique–. Muá, Muá.
Y esa fue una de las palabras que yo nunca llegué a entender. Conocía la palabra calva, aunque
nunca la utilizara; pero la palabra Muá no. Así es que cuando Mamaique dijo: “Muá”, busqué y
busqué entre lo que habían programado y no pude encontrar nada. ¿Que cómo resolví ese pequeño problema? Muy fácil, le zafé el moño a Mamaique, y le puse un Muá enorme en el centro de la
cabeza, cerca de donde tiene la peineta.
Mamaique se asustó un poco, pero luego me abrazó tanto, que por poco pierdo las tuercas.
Pero, como les decía, después de la caída seguí cumpliendo las órdenes de Mamaique, solo que las
cumplía bailando, y todo, todo, lo hacía al revés.
Los platos los colocaba en la lata de basura y los restregaba con papeles usados y restos de cajas
de jugos y salsa de tomate. Traía el polvo acumulado en los bancos y los carteles y lo echaba todito
sobre el sofá y en el resto de los muebles de la sala.
Le cerré la puerta en la nariz al mensajero, al cartero, a Horacio el carpintero, a Gertrudis Tris y
a María Boquita. Y todo eso lo hacía bailando, con los tornillos de los zapatos girando y girando
solos.
Cuando Dani se perdió, yo bailé; cuando María Boquita lloró, también bailé; cuando se acababan
los muñequitos en la tele, yo bailaba; y si no me engrasaban en muchos días, también.
La cosa se puso fea el día en que hubo un pequeño incendio en el bosquecito que rodea el parque.
Mamaique fue a ver qué ocurría y yo fui detrás. Cuando el fuego empezó a coger fuerza, Mamaique
me dijo:
–Apágalo, Compay.
Yo recogí hojas secas y haces de leña y, siempre bailando, las agregué a la fogata. El fuego se hizo
más fuerte y se extendió a todo el parque.
Por suerte, los bomberos lograron controlarlo; pero Mamaique estaba de lo más preocupada. Se
rompía la cabeza pensando quién había dejado la pieza de metal que había provocado mi caída.
Un día vio pasar una sombra lentamente hacia una pequeña habitación que ella tenía en el patio.
Como era de noche, cogió una linterna y fue a descubrir quién era la sombra. Yo, está de más decirlo, la seguí un poco temeroso, pero siempre bailando y can-ca-neando.
En cuanto Mamaique abrió la puerta, la sombra, que era nada menos que Marrero, el cerrajero
lento, salió de la habitación con los brazos en alto.
Como era tan, tan lento, el cerrajero al hablar, can-ca-neaba más que yo.
– Es-es-ta-ba-su-su-cio –decía, lentamente–, su-cio.
Mamaique, ni corta ni perezosa me ordenó que lo limpiara sin demora.
Yo cogí un poco de salsa de tomate y se la restregué por la espalda, luego lo pulí con polvo, cáscaras
de plátano y cajitas de cartón.
El cerrajero corrió despavorido. Y solo mucho después supimos que había venido a recoger una
herramienta que dejó en el patio, la misma con la que yo choqué accidentalmente.
–El martillo estaba sucio –aclaró Mamaique–. Si lo hubiera dicho antes...
Ya en casa, Mamaique le mandó un correo al vendedor japonés para que le indicara como arreglar
mis zapatos bailarines, mi trastoque y mi can-ca-neo repetitivo y cansón. Así es que prácticamente
estaré perfecto, prácticamente estaré perfecto, prácticamente estaré…
Enid Vian (1948) narradora, poetisa y editora. Es autora de libros representativos de la literatura para niños y jóvenes como Cuentos
de sol y luna (1977); EI libro de los oficios y los juguetes (1979); Las historias de Juan Yendo (1984); Che: miembro del río (1986);
La inmensa mujer, el hombrecito y la madreselva (1987); De las rastrirranas y las minocorras (1992); EI corredor de tardes y otros
cuentos casi contados. Premio Casa de las Américas de Literatura para niños (1979).
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CRÍTICA [ Ubaldo R. Olivero
Nueve narraciones
bien trabajadas
Hay ciertas cosas
que una no puede hacer descalza
de Margarita García Robayo
Destino, 2010, 120 páginas
Nueve narraciones bien trabajadas.
El libro de Margarita García Reboyo
Nueve minas que para conseguir implo-
(Cartagena, Colombia, 1980), periodista,
sionen, solo deberíamos dejarnos llevar
colaboradora para revistas como Trave-
por ciertos movimientos en la concien-
sías, Surcos, Gatopardo, fue publicado el
cia, y a veces acertaremos, otras veces no
año pasado en Buenos Aires y ahora sus
acertaremos, pero las minas no dejarán
nueve mujeres desembarcan en el puerto
de provocarnos para que completemos lo
de Ediciones Destino.
que las voces que componen Hay ciertas
cosas que una no puede hacer descalza, aban-
Rina, Julia, Mirian, Sofía, Susy, Diana,
donan a mitad de camino, pero no por pe-
Beatriz, Mary, Lili, (por orden de apari-
reza o hastío, no por descuido en revelar
ción) vienen con sus soledades, con sus
sin revelar, sino porque las historias de es-
manías de atarse frente a programas in-
tas mujeres, unas y otras, están destinadas
sulsos de la televisión, temen al aburri-
a encontrarse aunque no se reconozcan o
miento porque el aburrimiento les da
no les estimule hacerlo; están destinadas a
miedo. En el aburrimiento las ideas se
reconciliarse en algún punto de sus desa-
amotinan y pueden llevarnos por según
fíos circunstanciales aunque no se sepan
que peligrosos caminos. Otras temen al
llamadas a la misma guerra. Comparten
amor porque a veces el amor representa
sí, el mismo río con diferentes afluentes.
para ellas demasiado desafío y hay que
Y hasta una parte del mismo espacio que
¿rebajarse? para conseguir un crédito ¿Lo
las malgasta y las absorbe dentro de la
hará Beatriz? ¿No lo hará? Puede que sí,
sordidez de lo rutinario.
puede que no, ahí está ese cráter, al final,
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Ubaldo R. Olivero ] CRÍTICA
cuando Beatriz por fin se decide a com-
pocas muestras que ha lanzado la autora
mejor encuentro consigo misma, en un
prar “unos lindos tacones violeta” a ver
como semillas el campesino en la tierra. Y
pasadizo a mejores armonías en el amor y
qué pasa. Vienen con una carga de coti-
eso son estas nueve narraciones, semillas
que no dependan sus vitalidades, sólo de
dianidad que por momentos se vuelve
que van quedando dentro de uno como
la buena suerte o las acrobacias del azar.
intolerable, pues esas cotidianidades se
semillas que más tarde o más temprano
acercan demasiado al gris pasivo de unas
asomarán la cabeza para decirnos qué
Las historias de Hay ciertas cosas que una
vidas que no se viven, que se apagan sin
pasó con ese niño que respiraba emboba-
no puede hacer descalza tienen el tono del
rozar el nervio que ha de mantener en-
do día y noche con la televisión; o qué
contar en su equilibrio; el ritmo interno
cendida la llama para que la vida no sea
sucedió al fin con el miedo de la mujer
de las frases en su punto, ni más allá ni
un espejo minado por el rencor, por las
que teme al miedo de aburrirse; o si las
más acá; ¿los adjetivos? solo aquellos que
persecuciones del interior, ese que a toda
amigas vuelven a perdonarse las señales
no empequeñecen o malogran la fuerza
costa se intenta salvar. ¿Qué les agradece-
de mal agüero que cree ver una de ellas,
de una imagen que deba calmar el ham-
mos a las historias que quieren conseguir
cuando una de sus concursantes favoritas
bre de los ojos al pasar por su territorio; el
algo? Que poco a poco nos hechicen, que
no gana el premio que esperaba en el fa-
oído, por suerte, no se siente atacado con
detonante a detonante vayan avanzando,
moso concurso de Jimmy.
construcciones impertinentes y fuera de
su verdadero elemento. Lo recomiendo.
progresivamente, hasta persuadirnos de
que ahí, al final de ese viaje, pervive algo
Nueve mujeres en tiempos diferentes pero
Y ojalá tengan las historias de estas mu-
que no sabemos por qué no podemos
unidas todas por el afán de saltar, cuanto
jeres mucho más ecos que los ecos de sus
alcanzar cuando lo tenemos casi casi al
antes, a otra realidad menos opresiva, a
propias voces.
alcance de las manos. Entonces empieza
otra realidad que no les niegue un poco
el otro viaje. El viaje del lector o lectora
de esperanza para continuar creyendo en
que ha de trabajarse su historia con unas
algo, en una llamada de teléfono, en un
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Pan de pueblo
Marisa Checa
Colección Aquilón P05. Novela.
ISBN: 978-84-612-0947-7
Edición: febrero de 2008
Páginas: 255 · PVP: 15 €
Arriba de la cuesta
Francesc Serrano
Colección Aquilón P8. Novela.
ISBN: 978-84-612-5021-9
Edición: julio de 2008
Páginas: 228 · PVP. 15 €
De fuera vendrán
Francesc Santandreu
Colección Aquilón P9. Novela
ISBN. 978-84-612-4300-6
Edición: octubre de 2008
Páginas: 487 · PVP: 15 €
Estancos del Chiado
Fernando Clemot
Colección Aquilón. P09. Narrativa.
ISBN: 978-84-612-8548-8
Edición: febrero de 2009
Páginas: 198 · PVP: 10 €
Aproximaciones / microensayos
lúdicos de literatura comparada
Pedro Redondo Reyes
Colección Argestes P10. Ensayo
ISBN. 978-84-612-8547-1
Edición: febrero de 2009
Páginas: 340 · PVP: 16 €
La vida es una tómbola
Sergio Fidalgo
Colección Sirocco H1. Humor.
ISBN: 978-84-611-6235-2
Edición: abril del 2007
Páginas: 198 · PVP. 12 €
El sorpasso perico
Sergio Fidalgo
Colección Argestes A02. Ensayo
ISBN. 978-84-612-6207-6
Edición: noviembre de 2008
Páginas: 164 · PVP: 15 €
50 anys de la publicació
de Grande sertão: Veredas,
de João Guimarães Rosa
Varios Autores.
Colección Argestes A01. Ensayo.
Edición: septiembre del 2008
Páginas: 96
La sombra prestada
Pedro Luis Cano
Colección Harmatán P01. Poesía.
ISBN: 978-84-611-0210-5
Edición: marzo de 2006
Páginas: 160 · PVP: 12 €
Los cuentos de la laguna
de los hermosos sueños
José Luis Cabeza
Colección Harmatán P02. Poesía.
ISBN: 978-84-611-5565-1
Edición: febrero de 2007
Páginas: 98 · PVP: 10 €
El corazón del limo
Javier Cubero Egea
Colección Harmatán. P03. Poesía.
ISBN: 978-84-611-5564-4
Edición: febrero de 2007
Páginas: 96 · PVP: 10 €
El carnaval
de los hombres grises
Pedro Luis Cano
Colección Harmatán P04. Poesía.
ISBN:978-84-612-0949-1
Edición: junio del 2007
Páginas: 96 · PVP. 10 €
La noche no acaba
José Ignacio García Seguer
Colección Harmatán P06. Poesía.
ISBN: 978-84-612-0948-4
Edición: enero de 2008
Páginas: 80 · PVP: 10 €
Libro de cuentos
Mateo Rello
Colección harmatán P12. Poesía
ISBN. 978-84-613-0921-4
Edición: abril de 2008
Páginas: 120 · PVP: 12 €
La joguina d’un dia
tot just desemblicat
Josep Ballesteros
Colección Garbí A11. Poesía
ISBN. 978-84-613-0922Edición: noviembre de 2008
Páginas: 96 · PVP: 12 €
La margarita / La margarida
Montse Janer
Colección Mitja LLuna. Infantil.
ISBN: 978-84-612-5020-2
Edición: julio 2008
Páginas:36 · PVP: 15 €
Traduir Clarice Lispector
Varios Autores
Colección Argestes A03. Ensayo.
Edición: diciembre de 2008
Páginas: 120
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