Z. Seligmann_Naturaleza y gracia en la terapia de la

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NATURALEZA Y GRACIA EN LA TERAPIA DE LA CONFESIÓN
Dra. Zelmira Seligmann
Trataré de hacer algunas reflexiones de índole psicológico-práctica sobre el
sacramento de la confesión y su capacidad terapéutica, pero además analizaré algunos
componentes de la confesión, como la actitud penitencial, el perdón y la reconciliación que
tienen un valor curativo aún fuera del ámbito sacramental.
Quiero comenzar aclarando que el fundamento de este estudio será la afirmación de
Santo Tomás Gratia non tollit naturam, sed perficit eam (la gracia no quita/destruye/anula la
naturaleza sino que la perfecciona) y esto nos hará comprender no sólo el bien infinito de la
confesión sacramental en su aspecto sobrenatural, sino también cómo en la misma naturaleza
significa un perfeccionamiento, un equilibrio, un orden en la personalidad, o sea, tiene un
carácter terapéutico. Terapia no sólo significa curación sino también cuidado. Podría decirse
así que es una verdadera psicoterapia porque cura y cuida el progreso del alma.
Para comprender mejor lo que diremos más adelante, debemos tener en cuenta que el
pecado es un desorden que impide la vida virtuosa, sana y feliz. Es propiamente una
enfermedad, es la enfermedad del alma.
En los primeros siglos de la Iglesia ya se resaltaba el carácter medicinal de la
confesión y la penitencia. En la antropología cristiana oriental el pecado es ya en sí mismo
una enfermedad que debe ser curada. Laín Entralgo dice: “A mediados del siglo III el pecador
y el pecado son considerados como si se tratara de un enfermo y una enfermedad”1. Según la
Didascalia el obispo a quien incumbía en los primeros siglos oír la confesión y dar la
absolución, debía ser como un médico competente y comprensivo2. Hoy en día el sacerdote
debe ser también un médico idóneo que sepa orientar a la curación del alma y poder cerrar
verdaderamente las heridas con la aplicación del remedio correcto, además de ser capaz de dar
los consejos pertinentes para una vida sana. Por eso, más allá de que creemos firmemente que
en la absolución obra la gracia que ya es terapéutica porque ordena al fin último, los consejos
espirituales del sacerdote cumplen un papel importantísimo en este proceso de curación
psíquica.
1
LARCHET, J-C., Thérapeutique des maladies spirituelles, Cerf, Paris 20004, 321.
2
Ibid.
1
El psiquiatra católico Rudolf Allers3, contemporáneo de Freud y profesor de la
Universidad de Viena, escribió un artículo donde analiza algunos problemas en torno a la
confesión, en relación a la tarea del psiquiatra4. Dice que en la confesión el penitente
manifiesta “una parte de autobiografía crítica” ya que se habla de los pecados de un cierto
período de la vida. Pero ciertamente estos pecados y este tiempo limitado no pueden aislarse
de lo que es la vida de la persona en su totalidad. Un miembro enfermo involucra la totalidad
del organismo, la armonía y el equilibrio de todo el cuerpo. Así, el pecado grave y habitual es
una enfermedad enraizada en el alma que se expande a todos los niveles de la vida llegando a
hacer síntomas que se vuelven una carga pesada y difícil de llevar: angustias flotantes,
ansiedades vagas, sentimientos negativos, desvalorización de sí mismo y de los demás, falta
de percepción de la realidad, etc. Así se van formando cuadros patológicos que, por supuesto,
involucran toda la vida y el obrar de la persona.
El pecado grave –como separación de Dios y apego desordenado a las creaturas5 (CIC
1440)– siempre aísla, encierra en sí mismo llegando a veces hasta la desesperación por la
imposibilidad de ver una salida o de percibir concientemente dónde se encuentra la causa. El
desánimo y la depresión llevan a situaciones extremas cuando no se conoce suficientemente el
valor de la confesión como sacramento liberador y curativo. Aquí debo aclarar que ninguna
psicoterapia puede quitar propiamente el pecado, esto sólo lo hace realmente el sacramento de
la confesión. La psicoterapia puede quitar el sentimiento de culpa (esto es lo que
generalmente intenta el psicoanálisis, por ejemplo), pero esto es muy malo cuando hay una
verdadera culpa por hechos malos cometidos realmente y no sólo fantaseados. Sólo la
confesión o penitencia quita la culpa; “Sólo Dios perdona los pecados” afirma
categóricamente el Catecismo de la Iglesia Católica (1441)
Hay casos en que la persona se confiesa y “siente” aún el peso de sus pecados. Hay
que creer firmemente que esa culpa ya no está, ya no existe después de la absolución, porque
realmente ha sido borrada, aunque todavía se perciban sus efectos secundarios (que
ciertamente perduran), por el desequilibrio que se produjo en la personalidad debido el apego
desordenado a las creaturas. Esto deja un resto de disposiciones, inclinaciones y debilidades
que deben ser purificadas. Como muy bien señala el Catecismo de la Iglesia Católica (1473)
estas penas temporales que aún quedan, desaparecen con la oración, la penitencia, las obras de
misericordia y de caridad. Una forma importante también de sanar estas huellas o restos del
3
4
5
Su obra más importante es Naturaleza y educación del carácter, Labor, Barcelona 1950.
ALLERS, R., «Autour d’une psychologie de la confession», Études Carmélitaines (1949), 65-91.
Catecismo de la Iglesia Católica, en adelante: CIC.
2
pecado perdonado es la aceptación paciente de las cruces, no sólo de las que Dios nos manda
sino también de aquellos sufrimientos que están directamente relacionados con nuestro
pecado, de los que fuimos causa.
La penitencia es una terapéutica eficaz de muchas maneras y en varios niveles. Por eso
el sacerdote confesor deberá saber interpretar la vida en su totalidad y dar consejos que –
teniendo en cuenta el estado y el nivel espiritual del penitente– alienten a una “reorientación
radical de toda la vida” (CIC 1431). Por eso es aconsejable tener un confesor fijo para que
pueda darse este conocimiento más profundo y una ayuda eficaz.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos habla entonces de una re-orientación porque
ha considerado que el pecador se encuentra des-orientado, que ha perdido el verdadero
sentido de la vida, su dirección hacia el fin. Sin duda el penitente debe tener una actitud de
apertura, de escucha atenta, de deseo y resolución de cambiar de vida, dándole un giro que lo
llevará al despliegue sano de su personalidad; y con el convencimiento de que, aunque el salir
del pecado sea doloroso y a veces requiere un gran esfuerzo, siempre es un camino hacia una
vida mejor. El pecado generalmente ciega y oscurece la inteligencia fortaleciendo fines
ficticios que son los que estructuran las patologías, como bien lo ha demostrado el
psiquiatra de origen judío Alfred Adler6, también contemporáneo de Freud. Sometida al
pecado, la persona pierde cada vez más la objetividad en sus actos y hasta llega a querer
justificarlos y que los demás se los acepten, afianzando así esos fines artificiosos que dirigen
todas sus conductas, y forman un estilo de vida neurótico (como lo demostró Adler).
Generalmente se sufre en esta situación, pero hay personas que no están dispuestas a cambiar.
Los psicólogos nos encontramos muchas veces con estos pacientes que quieren que se les
busque una justificación a su estilo de vida para seguir adelante de la misma manera. Por
pereza y comodidad, o porque han encontrado en los síntomas neuróticos beneficios
secundarios.
Por eso el penitente debe poder abrir su alma al confesor y poder expresar con
humildad su estado, sus debilidades, sus imperfecciones, sus miserias. Dice Santo Tomás: “La
misericordia bien ordenada, exige que el hombre remedie por la penitencia las miserias en las
que incurre cuando peca”7
La confesión es terapéutica también en cuanto la persona empieza una vida más
razonable, obviamente esto significa en conformidad con los mandamientos, que pueden ser
comprendidos por la razón natural. Pues sólo cumpliendo con la ley natural puede afirmarse
6
ADLER, A., El carácter neurótico, Planeta-Agostini, Barcelona, 1994.
7
S Th III q 84 A 5 ad 2.
3
que una personalidad posee salud mental. Hay salud y orden psíquico cuando la persona obra
según su propio bien perfectivo, el bien de su naturaleza, y esto es lo que nos enseña el
Decálogo, que como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica nos muestra “la verdadera
humanidad del hombre” (CIC 2070). En su contenido primordial (sobre todo en los preceptos
negativos) son obligaciones graves porque valen siempre y en todas partes (CIC 2072).
Transgredir la ley natural enferma, desequilibra, desordena, aún cuando se haga sin plena
conciencia. Como afirma Aristóteles, para ser feliz hay que “dar en el blanco”, como el
arquero. Y muchos se equivocan.
Cuando obramos mal es el derecho natural el que le impone a uno hacer penitencia,
dolerse de sus faltas, y no el justificarlas o estar orgulloso de ellas. Algunas personas se
“casan” (por así decir) con sus pecados y sienten que sin ellos se privan de una parte
importante de su personalidad. No se pueden imaginar viviendo sin su pecado, sin su
capricho. Sin lugar a dudas el pecado es de uno, pero es algo violento para la naturaleza
humana y siempre hace daño aunque no seamos capaces de verlo.
Los pecados graves y habituales están generalmente enraizados en desórdenes
profundos de la personalidad, que suelen ser vicios capitales como soberbia, lujuria, pereza,
etc. Hay estudios que muestran la relación causal de la asedia respecto de la depresión, y
también la soberbia y la lujuria como patologías centrales de la psique8. Por eso se requiere,
además de la absolución sacramental, esta reorientación vital, una mentalidad capaz de ver
más allá de los deleites sensibles presentes, que pueda ver el fin de la vida, a Dios como fin
último que llama a la felicidad, y al menos tener la sana intención de poner los medios para
alcanzarlo. Como muy bien señala el Catecismo de la Iglesia Católica la vida cristiana es un
duro combate, una lucha constante para acatar el bien9, en la que –ayudados por la gracia– es
necesario caminar con la vista puesta en la vida eterna, a la que el Señor no deja de llamarnos
(CIC 1426; Lumen Gentium 40).
Los jóvenes (y los no tan jóvenes) inmersos en la cultura actual no son capaces de
poner su mirada en el fin, por eso escapan sistemáticamente de todo lo que los enfrente al
dolor y a la muerte. Viven el presente sin consideración de las consecuencias –premio o
castigo– de los propios actos. Sin duda nuestra cultura ha sido influenciada por la filosofía
moderna que niega la causa final, dándole centralidad a la causa eficiente y además, como
muy bien lo señala S.S. Benedicto XVI en su Encíclica Spes salvi, la ciencia moderna ha
8
Cfr. ECHAVARRIA, M., «La soberbia y la lujuria como patologías centrales de la psique según Alfred
Adler y Santo Tomás de Aquino», en I. ANDEREGGEN – Z. SELIGMANN, La psicología ante la gracia,
EDUCA, Buenos Aires 1997.
9
Cfr. Concilio Vaticano II en Gaudium et spes, n. 37.
4
alentado una esperanza irreal basada en la prolongación de la vida terrena, que luego se ve
frustrada. Por otro lado la impunidad con que vivimos habitualmente favorece en muchas
personas la falta de conciencia y responsabilidad sobre los propios actos. Considero que este
es un tema muy importante para profundizar porque creo que la conciencia sobre el bien y el
mal aún se conserva (y confirma la teoría de que nunca se borra totalmente) pero no hay
conciencia del daño que realmente causa el mal obrar. Y esto lleva al siguiente pensamiento:
“si no hago tanto daño, si no pasa nada, es porque no es tan malo lo que hago”. Obviamente
no es que no haya daño, sino que no es capaz de verlo. El pecado obnubila la percepción de la
realidad y el pecador se va endureciendo cada vez más. El Catecismo de la Iglesia Católica
(1472) nos enseña justamente esta doble y gravísima consecuencia del pecado: la pena eterna
(en la que desgraciadamente muchos hoy en día no creen, y esta es otra de las causas de la
impunidad) y el apego desordenado a las creaturas que impide la consecución de la felicidad y
la alta vocación a la que estamos llamados.
El Catecismo de la Iglesia Católica, nos dice que el confesor “debe amar la verdad”
(1466) y ciertamente debe hacer amar la verdad: la verdad sobre el ser, sobre la naturaleza
humana y sus bienes, sobre nuestros actos y sus graves consecuencias, sobre la muerte que
siempre y a todos nos llega, sobre el juicio al que seremos sometidos (y que este sacramento
es un anticipo según afirma el CIC 1470), sobre el final feliz para el que pelea el buen
combate. Considero que el sacerdote debe alentar para esta lucha, como lo hacemos muchas
veces los psicólogos, porque no hay que olvidar que el hombre está hecho para los bienes
arduos, y cuando no se usa esta capacidad para alcanzar el bien, se usa en otras cosas
secundarias como ganar dinero, lograr poder, posiciones y reconocimiento social, etc. Hay
estudios experimentales en los que se demuestra que esa capacidad para los bienes arduos mal
usada lleva a la agresión descontrolada y la violencia social. No hay términos medios, el alma
es dinámica, el hombre no puede vivir en la mediocridad absoluta, el que no crece decrece, y
el que no se eleva, se cae.
El mismo Catecismo indica que en la catequesis debe estar siempre presente la
enseñanza de los dos caminos: “El camino de Cristo lleva a la vida, un camino contrario lleva
a la perdición Mt 7,13” (CIC 1696) significando de esta manera la importancia de las
decisiones y acciones morales en la propia vida.
Respecto de las consecuencias el Catecismo de la Iglesia Católica (1459) dice con
mucha claridad que “la absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes
que el pecado causó”. Por eso es muy importante que se tome conciencia de las consecuencias
del pecado para que se dé una verdadera penitencia, satisfacción y reparación de todo lo que
5
se dañó. Porque el pecado grave además de destruir la relación con el fin último, desordena
psíquicamente, lesiona gravemente a los demás y las relaciones con las otras personas. Y esto
causa profundos desórdenes en la familia (que es el núcleo de la sociedad) y en la sociedad
misma.
Por eso si bien la penitencia es una virtud muy importante, porque es conforme a la
recta razón, considero que no puede darse si uno no es capaz de ver el daño producido por los
actos malos, porque se le resta importancia a ese mal que se ha hecho y se termina siendo
insensible con el prójimo, y hasta menospreciando el regalo de la gracia, la relación con Dios
y la Iglesia. Hay también una ingratitud muy grande cuando –con nuevos pecados– se
desprecian los beneficios de Dios y se mantiene el odio fraterno10.
Dice San Agustín11 que “consta que el pecado disgusta mucho a Dios, pues siempre
está presto a destruirlo, con el fin de que no se deshaga lo que creó ni se corrompa lo que
amó”.
Los Padres de la Iglesia ya veían en la penitencia un proceso de conversión donde se
pone el acento en el retorno a Dios. La visión positiva que ha tenido siempre la Iglesia de la
penitencia es porque le importa más el futuro, la salud, la unión con Dios, que el mismo
pecado y la enfermedad que lo separaba de Él. Partiendo de los pecados, el fin principal de la
penitencia es la voluntad de un cambio en la vida, renunciando a todo lo que nos aparte de
Dios.
Es necesaria la práctica del examen de conciencia para poder conocerse a sí mismo, y
la humildad para reconocerse enfermo y querer ser curado.
San Juan Clímaco define la penitencia como “La reconciliación con el Señor por la
práctica de las buenas obras contrarias al pecado en el cual se había caído”12.
San Francisco de Sales se expresa de la siguiente manera en su preciosa obra: Tratado
del amor de Dios:
“La perfecta penitencia obra dos efectos diferentes: en virtud de su dolor
eficaz nos separa del pecado y de la creatura a la que el deleite nos había unido; en
virtud del amor, de donde toma su origen, nos reconcilia y une con Dios, del que nos
había separado el menosprecio, de tal manera que, a medida que nos aleja de la culpa
por la compunción, nos aficiona a Dios por la caridad”13.
10
STh III q 88 a 2.
Citado en STh III q 84 a 10 ad 6.
12
Citado por Larchet, 357.
13
San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, Libro II cap XX.
11
6
La penitencia como dolor por las malas acciones cometidas es una virtud natural y
manifiesta la salud mental de una persona (como toda vida virtuosa); por supuesto, si uno se
duele de lo que debe dolerse, pero también es una gracia de Dios que nos lleva no sólo al
arrepentimiento por temor a la pena, sino al amor de Dios. La penitencia no hay que
confundirla con un sentimiento patológico de culpabilidad donde la persona se queda
encerrada en sus pecados y paralizada, mirándose y compadeciéndose de sí misma.
Dice Santo Tomás que en el arrepentimiento hay un desagrado y reprobación por lo
ocurrido en el pasado para eliminar las consecuencias14. Y no sólo debe haber una intención
de destruir el pecado sino también de reparar los daños cometidos.
Y esto lo podemos aplicar también a la psicología, una psicoterapia fundamentada en
una “sana” psicología como pide el Concilio Vaticano II15, debe ser un instrumento de la
gracia, un proceso en el que la persona empiece a ver su vida de una manera realista, evaluar
sus actos y las consecuencias, y buscar –si es católica (que en general lo son)– el camino
verdaderamente liberador de la confesión. La penitencia nos reconcilia con Dios, con los
demás y nos ayuda a progresar retornando a la auténtica vida. Es un camino de apertura a una
vida mejor y mentalmente más sana. Dice R. Allers que para salir de la neurosis es necesaria
una verdadera “metanoia”, un cambio radical donde la humildad substituya a la actitud
soberbia. Porque el pecado nos hace sentirnos dioses al darle prioridad a nuestra voluntad
despreciando la ley de Dios. Por eso también la confesión es terapéutica, porque nos “ubica”
aceptando nuestro lugar de creaturas sometidas a la ley. Afirma Allers que más allá de la
neurosis sólo que da el santo, y esto significa que neurosis y santidad se excluyen
mutuamente.
San Juan Damasceno dice que el arrepentimiento “es el retorno de lo que es contrario
a la naturaleza, hacia lo que le es propio”16.
La penitencia como virtud reside en la voluntad pero supone un conocimiento. Por eso
en ella encontramos una terapéutica fundamental de las facultades cognoscitivas por un
lado, porque el pecado enceguece respecto del conocimiento de la realidad, del fin, de sí
mismo, del valor de las propias obras. Pero por otro lado, al ser un acto de la voluntad,
porque uno concibe el dolor del propio mal hecho con la intención de hacerlo desaparecer, de
14
S. Th. q85 a 1 ad 3.
Optatam totius, 11.
16
LArchet, 363.
15
7
no hacerlo más17, entonces cura y fortalece la voluntad frente a las dificultades interiores y
exteriores, tendiendo a un sano autodominio.
Según los Padres de la Iglesia la penitencia es una vía de re-unificación de las
facultades humanas que se encuentran disociadas por el pecado, constituyendo una escisión
patológica18. En la enfermedad mental la personalidad se encuentra dividida, con la
consiguiente pérdida de energía y su debilidad para los actos propios, especialmente para
lograr la virtud. La personalidad sana es una unidad jerárquicamente ordenada.
Mucha gente concurre a la consulta con el sufrimiento de pensar en un determinismo
por el cual parecería que necesariamente se repiten siempre los mismos errores (conocido
popularmente por teorías psicológicas como el psicoanálisis por ejemplo). Por eso también en
la tarea del psicólogo –cuando hace psicoterapia– es importante valorar la penitencia como
virtud, para que se pueda ayudar al paciente a formar una actitud penitencial que desarrollará
un mejor y más claro conocimiento de sí mismo y una visión positiva del futuro, donde
pueda dirigir libremente su vida, conociendo sus fragilidades y los errores pasados de manera
de no volver a caer en ellos.
Pero no puede darse una verdadera penitencia y re-estructuración de la vida si no nos
abrimos al perdón. La confesión es el sacramento del perdón. La fórmula de la absolución
afirma que se nos concede “el perdón y la paz” (CIC 1449). Ciertamente el perdón va unido a
la paz, que es la “tranquilidad en el orden” según la célebre definición de San Agustín.
El perdón aparece –en las más modernas investigaciones psicológicas– como un tema
central para recuperar la salud mental. Robert Enright es un psicólogo que con un grupo de
profesionales de la salud, ha estado estudiando durante años el valor terapéutico del perdón, y
ha encontrado que es lo más efectivo para los casos traumáticos como consecuencia de la
violencia, abusos, injusticias graves, guerras, etc.
El tema del perdón como terapia puede estudiarse desde varios aspectos, porque no
sólo es necesario perdonar a los que nos han hecho daño como lo demuestran estas
investigaciones, sino también el saber pedir perdón como sucede en la confesión y en otras
situaciones, aceptando la propia culpabilidad, y el saber perdonarse a sí mismo,
reconociendo la propia debilidad.
Enright y su equipo que sólo se han ocupado de un aspecto, afirman que llegar a
perdonar a los que nos hicieron daño lleva su tiempo, porque es un camino doloroso, es
recorrer el camino de la Cruz. El Instituto del Perdón (que él y sus colaboradores han creado)
17
18
Cfr. STh III q 85 a 1; a 4.
LArchet, 366.
8
afirma que han podido curarse síntomas importantes como: ansiedad, depresión,
resentimientos, odios, desconfianzas, enojos excesivos, violencia familiar, drogadicción,
delincuencia, etc.
En esta terapia hay un aspecto de conocimiento de la realidad, es necesario reconocer
que esos males nos afectaron de una manera especial, y hay que entender qué significa el
perdón, que no es negación ni excusa del mal (como sucede a menudo en casos de maltrato
donde la persona llega a convencerse de que se lo merece). En esta etapa del perdón
cognitivo se les pide a los pacientes que tengan pensamientos buenos respecto de la persona
que ha sido injusta. Hay que pensar que todos tienen algún aspecto bueno como hijos de Dios.
El ser ya es un bien. Luego, hay un aspecto de la voluntad y de los afectos (lo llaman: el
perdón emocional) que es el paso más importante. En esta etapa debe haber una apertura de
compasión y amor hacia esa persona que ha hecho daño. Si bien el mismo Enrigth admite que
aquí es necesaria la gracia de Dios, también reconoce la limitación de la ciencia experimental
para explicarlo.
Podemos recordar aquí lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (2843) que:
“no está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que
se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria
transformando la ofensa en intercesión”.
Sin duda los que son cristianos comprenden más fácilmente este mensaje
esencialmente evangélico. Sin embargo Enright asegura haber visto ateos declarados que
estaban abiertos al misterio del perdón y lograron curarse con este método. Perdonar significa
aquí reducir el resentimiento, aumentar el amor y el deseo de bien hacia alguien que ha sido
injusto. Hay que pedirle a Dios que lo bendiga. Es una opción personal, un acto de la
voluntad. Es un querer cambiar la vida.
Más allá del perdón emocional, Enrigth asegura que está la difícil tarea de “soportar
el dolor” de lo sucedido; no es una negación del dolor y de la situación dolorosa, sino una
aceptación valiente del sufrimiento que nos identifica con Cristo que sufre por nuestros
pecados. Perdonar es entrar en el misterio de la Cruz de Cristo. Recordemos cuando Pedro
pregunta a Jesús cuántas veces debemos perdonar al que nos hace daño y Él responde: “hasta
setenta veces siete” o sea indefinidamente. (Mt. 18, 21)
Ciertamente es importante aquí la virtud de la penitencia de la que hemos estado
hablando, para poder ver que nosotros también hemos hecho daño muchas veces a los demás,
quizás no exactamente lo mismo que nos hicieron, pero no podemos negar que también
9
hemos ofendido a Dios y dañado al prójimo muchas veces. Por ejemplo algunas personas
dicen: “yo jamás hubiera hecho eso”. Y quizás sea cierto. Pero han hecho otras cosas que
también son males y causaron daño, y esto hay que saber reconocerlo. Y si no hemos hecho
peores cosas, es también por la gracia de Dios y esto hay que saber agradecerlo. De hecho
somos siempre deudores (CIC 2845) y San Pablo nos dice “Con nadie tengáis otra deuda que
la del mutuo amor” (Rom 13,8).
Esta nueva escuela psicológica da mucha importancia a la oración y la recepción de
los sacramentos (especialmente la confesión y la Eucaristía), con el convencimiento que es la
gracia de Dios la que cura nuestras heridas y nos acompaña providencialmente en todas las
circunstancias de la vida.
Al analizar la petición del Padrenuestro “perdona nuestras culpas como nosotros
perdonamos a nuestros deudores” el CIC nos dice que es una exigencia imposible para el
hombre, y sobre todo que llega hasta pedirnos el perdón de los enemigos, pero... “todo es
posible para Dios” (2841). El perdón es la “cumbre de la oración cristiana”. El perdón da
testimonio –en este mundo lleno de odios, guerras y violencia– de que “el amor es más fuerte
que el pecado” (CIC 2844).
Dice Juan Pablo II: “El perdón es la condición fundamental de la reconciliación (cfr.
2 Cor 5,18-21) de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí” (Cfr. Dives in
misericordia, 14). Y en esto reafirmamos que el sacramento de la confesión, sacramento de la
reconciliación por antonomasia (CIC 1424) es terapéutico, no sólo porque nos hace
nuevamente amigos de Dios que es lo principal, y nos devuelve a la comunidad eclesial (CIC
1445) sino que también como consecuencia nos permite reiniciar, renovar y reparar los
vínculos que se habían roto por el pecado. Porque decíamos que el pecado nos aparta de Dios,
divide interiormente y también nos separa de las personas que nos rodean.
S. S. Juan Pablo II define maravillosamente el alcance de esta reconciliación:
“El penitente perdonado se reconcilia consigo mismo en el fondo más íntimo
de su ser, en el que recupera la propia verdad interior; se reconcilia con los hermanos,
agredidos y lesionados por él de algún modo; se reconcilia con la Iglesia, se reconcilia
con toda la creación” (Reconciliatio et poenitentia, 31)19.
La vocación del hombre es a vivir en el amor, la vida de caridad es la felicidad que
todos buscamos, y esa falta de verdadero amor –que es primero amor a Dios– destruye las
19
Citado en CIC 1469.
10
relaciones humanas, las arruina desde su base. La falta del amor de caridad es la principal
causa de las enfermedades mentales porque es insoportable vivir sin el verdadero amor.
Cuando no hay caridad se buscan sucedáneos e imitaciones del amor, pero siempre al final se
forman vínculos degradantes. Por eso sólo las relaciones fundadas en la caridad son relaciones
plenamente humanas, y no habrá reconciliación y paz en el mundo si no evangelizamos. Esta
es la más urgente y principal tarea, y es responsabilidad de todos los cristianos.
Quiero terminar con las palabras de San León Magno que nos recuerda el Catecismo
de la Iglesia Católica (CIC 1691).
“Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza
divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza
perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del
poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios” (San León
Magno, Sermo 21, 3).
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