Multiculturismo y transculturismo Jorge Mendez - FHS-FCE-002

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Multiculturismo.
La multiculturalidad es un término que está sujeto a diversas interpretaciones. Puede
simplemente designar la coexistencia y cohesión social de diferentes culturas en el seno de
un mismo conjunto (un país, por ejemplo). Puede, asimismo, designar diferentes políticas
voluntaristas:
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Antidiscriminatorias, que tienden a asegurar un estatuto social igual a los
miembros de diversas culturas.
Identitarias, que tienden a favorecer la expresión de las particularidades de
diversas culturas.
Comunitarias, que permiten la existencia de estatutos (legales, administrativos)
específicos para los miembros de tal o cual comunidad cultural.
Con el adjetivo multicultural se suele aludir a la variedad que presentan las culturas en la
sociedad humana para resolver las mismas necesidades individuales cuando todas ellas
deberían poseer igualdad de posibilidades para desarrollarse social, económica y
políticamente con armonía según sus tradiciones étnicas, religiosas e ideológicas. Un
estado debería ser, pues, una comunidad multicultural.
Por otra parte, el multiculturalismo es también una teoría que busca comprender los
fundamentos culturales de cada una de las naciones caracterizadas por su gran diversidad
cultural.
Un estado se define como multicultural cuando en éste convive más de un pueblo; lo que
ya está sucediendo en casi todos los países. Por ejemplo, cuando murió Diana de Gales se
pudo observar que entre los "súbditos" había no sólo gente blanca sino también personas
de origen asiático y africano.
Transculturalismo.
El concepto de comunicación intercultural alude al trasvase de conocimientos entre
grupos sociales diferenciados. Las diferencias existen porque la vida crea condiciones
ambientales a las que no están expuestos todos los humanos de igual manera.
En cualquier sociedad organizada se comparten las experiencias vitales y se mantiene una
lonja de costumbres, conocimientos y comodidades de los que se nutren los miembros de
la colonia. Si el intercambio se produce en el interior de la colectividad, la correspondencia
se considera intracultural. Cuando se inicia un contacto con otro grupo distinto para
intercambiar activos, la acción recibe el nombre de comunicación intercultural.
La simple exhibición de una cultura frente a otra, sin ninguna voluntad de interacción, da
paso al cruce cultural. Este último fenómeno lleva con frecuencia al desencuentro o choque de
culturas, que por su carácter territorial puede acabar en la imposición de una sobre otra, no
tanto por la calidad de sus argumentos y contenidos cuanto por la fuerza bruta. El
movimiento compensatorio conocido como encuentro de culturas responde a la necesidad de
establecer un pacto que evite la mutua agresión.
Cuando los individuos se salen de su propio eje cultural y entran en una dimensión sin las
servidumbres de la herencia, abriendo puertas a la hibridación y la innovación, se está
hablando de transculturalismo. En la ciencia política se aplica un término parecido –
transnacionalismo- como ámbito cultural y político que excede el territorio particular.
Salvado el enredo terminológico, resulta más fácil abordar la cuestión de la esencia
cultural, su grado de importancia dentro y fuera del grupo y, sobre todo, la autenticidad
del depósito.
La materia de las cosas se transforma. Lo que permanece inalterable se ha convertido en
fósil. De esta forma, una cultura que se nutre de sí misma acaba siendo un panteón cuyos
únicos ocupantes están muertos. Aquella que permite la evolución, implanta anticuerpos
contra la endogamia y la decadencia. Por tal motivo asistimos hoy a una corriente
universal para la creación de espacios multiculturales, en oposición a esos otros uniculturales
cuyo destino parece ser la perpetuación del yo y nosotros frente a los demás.
Pero el pluralismo cultural no resuelve el problema de base. A veces se cae en el error de
considerar multicultural a una sociedad en la que crecen graneros culturales
independientes, sin ningún pasillo que permita la observación y el trasvase de los
contenidos entre sí. Tarde o temprano, en una sociedad pluricultural se crean áreas
hegemónicas que acaban engullendo a las más débiles. Puesto que la cultura es la
manifestación de un grupo, es inevitable hablar de relaciones interétnicas, que casi
siempre desembocan en razzias tribales.
Cada uno de los modelos comunicativos arriba mencionados es, como decía Saussure
(1916) acerca del signo lingüístico, arbitrario. No hay posibilidad de fijarlos con un
método científico que sirva no sólo para el propio modelo sino para todos y cada uno de lo
componentes del paradigma. En el País de Gales, donde mis amigos me consideran su
hermano español (por esa quimera que atribuye un lejano parentesco entre galeses y
españoles como descendientes de las mismas tribus célticas), en Estados Unidos o en las
calles de Estambul, Praga y Budapest, percibo lógicamente las diferencias respecto a lo
que entendemos como “mi tierra”; pero lo mismo me ocurre cuando salto de Valencia a
Girona, a Roncal o a Riomalo de Arriba.
Claro que el idioma, el dialecto y el acento son elementos distintivos, pero nunca he
sentido ese tirón étnico que me haría actuar con arreglo a una supuestas esencias patrias y
un patrón conductista predecible, como el que quiso ver Hess (1958) en sus patitos.
Cualquier arquetipo cultural es un espejismo. No encontramos nada categórico en ninguna
cultura sin caer en la fantasía. Nacemos indiferentes al mundo, ya que nuestros
antecesores no nos transmiten los marcadores de una estirpe cultural concreta. No hay
nada biológico en ser valenciano o aragonés. Para el orientalista palestino Edward Saïd la
identidad es un acto de voluntad política de subrayar las diferencias entre las familias
culturales. En todo momento predomina el componente personal, sicológico y sociológico.
Podemos probar distintas fuentes de alimentación, o seguir comiendo de la mesa étnica
hasta la tumba, esclavos de lo que el ruso M. Epstein (1995) denominó “auto deificación” y
“fetichismo” de los especialismos culturales.
Convendría reinterpretar los sistemas locales tradicionales, alejarnos de cualquier tipo de
jerarquía cultural, liberarnos de la encorsetante doctrina oficial, traspasar los límites de la
identidad nacional y obtener los beneficios de la conciliación transcultural. Si no hubiera
sido por el arrastre de los pueblos y la penetración cultural, la especie humana seguiría
puliendo las mismas hachas de piedra.
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