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Alcaldía
de Maracaibo
Rubén Darío
Poemas y obra selecta
Alcaldía de Maracaibo
-Poemas
-Cantos de vida y esperanza
- Azul
Rubén Dario
POEMAS
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LA BAILARINA DE LOS PIES DESNUDOS
Iba en un paso rítmico y felino
a avances dulces, ágiles o rudos,
con algo de animal y de divino,
la bailarina de los pies desnudos.
Su falda era la falda de las rosas,
en sus pechos había dos escudos...
Constelada de casos y de cosas....
La bailarina de los pies desnudos.
Bajaban mil deleites de los senos
hacia la perla hundida del ombligo,
e iniciaban propósitos obscenos
azúcares de fresa y miel de higo.
A un lado de la silla gestatoria
estabas mis bufones y mis mudos...
¡Y era toda Selene y Anactoria
la bailarina de los pies desnudos!
PEGASO
Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
y tembloroso, dije: "La vida es pura y bella".
Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella.
El cielo estaba azul, y yo estaba desnudo.
Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo,
y de Belerofonte logré seguir la huella.
Toda cima es ilustre si Pegaso la sella,
y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.
Yo soy el caballero de la humana energía
yo soy el que presenta su cabeza triunfante
coronada con el laurel del Rey del día;
domador del corcel de cascos de diamante,
voy en un gran volar, con la aurora por guía,
¡adelante en el vasto azur, siempre adelante!
1
+no es azul
A COLÓN (1892)
¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.
Un desastroso espíritu posee tu tierra;
donde la tribu unida blandió sus mazas,
hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra,
se hieren y destrozan las mismas razas.
Al ídolo de piedra reemplaza ahora
el ídolo de carne que se entroniza,
y cada día alumbra la blanca aurora
en los campos fraternos sangre y ceniza.
Desdeñando a los reyes nos dimos leyes
al son de los cañones y los clarines,
y hoy al favor siniestro de negros beyes
fraternizan los Judas con los Caínes.
Bebiendo la esparcida savia francesa
con nuestra boca indígena semiespañola
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar danzando la Carmañola.
Las ambiciones pérfidas no tienen diques,
soñadas libertades yacen deshechas:
¡Eso no hicieron nunca nuestros Caciques,
a quienes las montañas daban las flechas!
Ellos eran soberbios, leales y francos,
ceñidas las cabezas de raras plumas;
¡ojalá hubieran sido los hombres blancos
como los Atahualpas y Moctezumas!
Cuando en vientres de América cayó semilla
de la raza de hierro que fue de España,
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña.
¡Plugiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
2
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!
Libres como las águilas, vieran los montes
pasar los aborígenes por los boscajes,
persiguiendo los pumas y los bisontes
con el dardo certero de sus carcajes.
Que más valiera el jefe rudo y bizarro
que el soldado que en fango sus glorias finca,
que ha hecho gemir al Zipa bajo su carro
o temblar las heladas momias del Inca.
La cruz que nos llevaste padece mengua;
y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes y Calderones.
Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y las tierras del Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalonadas a las panteras.
Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!!
A FRANCIA
¡Los bárbaros, Francia! ¡Los bárbaros, cara Lutecia!
Bajo áurea rotonda reposa tu gran paladín.
Del cíclope al golpe ¿qué pueden las risas de Grecia?
¿Qué pueden las Gracias, si Herakles agita su crin?
En las locas faunalias no sientes el viento que arrecia,
el viento que arrecia del lado del férreo Berlín,
y allí, bajo el templo que tu alma pagana desprecia,
tu vate, hecho polvo, no puede sonar su clarín.
Suspende, Bizancio, tu fiesta mortal y divina,
¡oh Roma, suspende la fiesta divina y mortal!
Hay algo que viene como una invasión aquilina
que aguarda temblando la curva del Arco Triunfal.
¡Tannhauser! resuena la marcha marcial y argentina,
y vese a lo lejos la gloria de un casco imperial.
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YO SOY AQUEL (1904)
Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
El dueño fui de mi jardín de sueño
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;
y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.
Yo supe de dolor desde mi infancia,
mi juventud...¿fue juventud la mía?
Sus rosas aún me dejan la fragancia...
una fragancia de melancolía...
Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fue porque Dios es bueno.
En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó mármol y era carne viva;
un alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.
Y tímida ante el mundo, de manera
que encerrada en silencio no salía
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melancolía...
Hora de ocaso y de discreto beso:
hora crespuscular y de retiro:
hora de madrigal y de embeleso,
de "te adoro", de "¡ay!" y de suspiro.
Y entonces era en la dulzaina un juego
de misteriosas gamas cristalinas,
un renovar de notas del Pan griego
y un desgranar de músicas latinas,
con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían de repente
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en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.
Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana,
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;
todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura...
si hay un alma sincera, ésa es la mía.
La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.
Como la esponja que la sal satura
con el jugo del mar, fue el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.
Más, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte
Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.
¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!
Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y vive y Psíquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela
perla de ensueño y música amorosa,
en la cúpula en flor del laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.
Allí va el dios en celo tras la hembra,
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y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo.
El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:
así sueña, así vibra y así canta.
Vida, luz y verdad, tal triple llama
produce la interior llama infinita:
el Arte puro como Cristo exclama:
¡Ego sum lux et veritas et vita!
Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra.
Por eso, ser sincero es ser potente:
de desnuda que está brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
es la voz de cristal que fluye de ella.
Tal fue mi intento, hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura
y loco de crespúsculo y de aurora.
Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira,
bruma y tono menor -¡toda la flauta!,
y Aurora, hija del Sol -¡toda la lira!
Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.
La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén... ¡la caravana pasa!
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ELEGIA PAGANA
¿Sabéis? La rusa, la soberbia y blanca rusa
que danzó en Buenos Aires, feliz como una musa
enamorada, y sonrió mucho, y partió luego
a dar sol a sus rosas al Paraguay de fuego.
La rusa más hermosa de las rusas viajeras,
manzana matutina, flor de las primaveras,
diamante de los popes y perla de los zares;
la rusa que tenía su ramo de azahares
fresco para la fiesta nupcial, Mima, no existe...
Que Menalcas, llorando, rompa la flauta triste;
que en desagravio a Venus se maten mis palomas;
rómpase el vaso alegre y los frascos de aromas;
y vierta el dulce Véspero su elegía nocturna,
su elegía de oro dolorosa, en la urna
en que descansa aquella gentil carne divina.
No descansa. En el lago de la muerte patina
la regia rusa, brillan sus patines de plata
al halago lunar. Mágica serenata
hacer sonar un ruiseñor en lo invisible,
y Mima es ya princesa de un imperio imposible.
La llamaron las voces de un coro de rusalcas;
partió, y echó en olvido la flauta de Menalcas,
los azahares y las tórtolas sonoras.
¿Recuerdas aquel día, amante que la lloras,
en que gozosa y orgullosa fue mi rima
encadenada al libro con un guante de Mima?
Propiciatoriamente, yo invocaba a Himeneo...
Aún veo el libro todo blanco y oro. Aún veo
una noche a la eslava que tú adoraste ciego,
digna de amor latino, como de culto griego,
pues la petersburguesa, parisiense y latina
tuvo todas las gracias, y además, la argentina.
Como la Diana de Falguière, ella ha partido,
virgen a lanzar flechas al bosque del olvido.
Como la Diana de Falguiére, blanca y pura
a cazar imposibles entre la selva obscura.
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METEMPSICOSIS
Yo fui un soldado que durmió en el lecho
de Cleopatra la reina. Su blancura
y su mirada astral y omnipotente.
Eso fue todo.
¡Oh, mirada! ¡Oh, blancura! y ¡oh, aquel lecho
en que estaba radiante la blancura!
¡Oh, la rosa marmórea omnipotente!
Eso fue todo.
Y crujió su espinazo por mi brazo;
y yo, liberto, hice olvidar a Antonio
(¡oh, el lecho y la mirada y la blancura)
Eso fue todo.
Yo, Rufo Galo, fui soldado, y sangre
tuve de Galia, y la imperial becerra
me dio un minuto audaz de su capricho.
Eso fue todo.
¿Por qué en aquel espasmo las tenazas
de mis dedos de bronce no apretaron
el cuello de la blanca reina en broma?
Eso fue todo.
Yo fui llevado a Egipto. La cadena
tuve al pescuezo. Fui comido un día
por los perros. Mi nombre, Rufo Galo.
Eso fue todo.
LETANÍAS DE NUESTRO SEÑOR, DON QUIJOTE
Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.
Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencia
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y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad...
Caballero errante de los caballeros,
barón de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro ¡salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!
¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas, y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos
y teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!
Escucha, divino Rolando del sueño,
a un enamorado de tu Clavileño,
y cuyo Pegaso relincha hacia tí;
escucha los versos de estas letanías.
hechos con las cosas de todos lo días
y con otras que en lo misterioso ví.
¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol,
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español!
¡Ruega por nosotros que necesitamos
las mágicas rosas, los sublimes ramos
de laurel! Pro nobis ora, gran señor.
(Tiemblan las florestas de laurel del mundo,
y antes que tu hermano vago, Segismundo,
el pálido Hamlet te ofrece una flor).
Ruega generoso, piadoso, orgulloso;
ruega, casto, puro, celeste, animoso:
por nos intercede, suplica por nos
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.
De tantas tristezas, de dolores tantos,
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de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, señor!
De rudos malsines,
falsos paladines,
y espiritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, señor!
Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad....
Ora por nosotros, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
¡y la lanza en ristre, toda corazón!
NOCTURNO
Los que auscultásteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un eco vago, un ligero ruido...
En los instantes del silencio misterioso,
cuando surgen de su prisión los olvidados,
en la hora de los muertos, en la hora del reposo,
sabréis leer estos versos de amargor impregnados...
Como en un vaso vierto en ellos mis dolores
de lejanos recuerdos y desgracias funestas,
y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
y el duelo de mi corazón, triste de fiestas.
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Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido,
la pérdida del reino que estaba para mí,
el pensar que un instante, pude no haber nacido,
y el sueño que es mi vida desde que yo nací.
Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.
ANANKÉ
Y dijo la paloma:
- Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la poma
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas de rocío,
tengo mi hogar. Y vuelo
con mis anhelos de ave,
del amado árbol mío
hasta el bosque lejano,
cuando al himno jocundo
del despertar de Oriente,
sale el alba desnuda y muestra al mundo
el pudor de la luz sobre su frente,
Mi ala es blanca y sedosa;
la luz la dora y baña
y céfiro la peina;
son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulce reina
que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
está el alerce en que formé mi nido:
y tengo allí, bajo el follaje fresco,
un polluelo sin par, recién nacido.
Soy la promesa alada,
el juramento vivo;
soy quien lleva al recuerdo de la amada
para el enamorado pensativo;
yo soy la mensajera
de los tristes y ardientes soñadores,
que va a revolotear diciendo amores
junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
muestro de mi tesoro bello y rico
las preseas y galas:
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el arrullo en el pico,
la caricia en las alas.
Yo despierto a los pájaros parleros
y entonan sus melódicos cantares;
me poso en los floridos limoneros
y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las ansias del deseo.
Y me estremezco en la íntima ternura
de un roce, de un rumor, de un aleteo.
¡Oh, inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
das la lluvia y el sol siempre encendido;
porque siendo el palacio de la aurora,
también eres el techo de mi nido.
¡Oh, inmenso azul! Yo te adoro
tus celajes risueños
y esa niebla sutil de polvo de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Amo los velos tenues, vagarosos,
de las flotantes brumas,
donde tiendo a los aires cariñosos
el sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! Porque es mía la floresta
donde el misterio de los nidos se halla;
porque el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena,
calentar mis polluelos es mi orgullo;
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo;
porque no hay un rosa que no me ame,
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame.
- ¿Sí?- dijo entonces un gavilán infame,
y con furor se la metió en el buche.
Entonces el buen Dios, allá en su trono
(mientras Satán, por distraer su encono
aplaudía a aquel pájaro zahareño)
se puso a meditar. Arrugó el ceño,
y pensó, al recordar sus vastos planes,
y recorrer sus puntos y sus comas,
que cuando creó palomas
no debía haber creado gavilanes.
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VERSOS DE OTOÑO
Cuando mi pensamiento va hacia tí, se perfuma;
tu mirar es tan dulce, que se torna profundo.
Bajo tus pies desnudos aún hay blancor de espuma,
y en tus labios compendias la alegría del mundo.
El amor pasajero tiene el encanto breve,
y ofrece un igual término para el gozo y la pena.
Hace una hora que un nombre grabé en la nieve:
hace un minuto dije mi amor sobre la arena.
Las hojas amarillas caen en la alameda,
en donde vagan tantas parejas amorosas.
Y en la copa de Otoño un vago vino queda
en que han de deshojarse, Primavera, tus rosas.
SALUTACIÓN DEL OPTIMISTA (1905)
Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos; mágicas
ondas de vida van renaciendo de pronto:
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,
cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!
Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenásteis al noble entusiasmo,
ya veréis salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.
Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra:
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
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y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despierten entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia, ni Nínive enterrada en olvido y en polvo
ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,
tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.
Unanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos:
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco pristino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor de espigas que inicidó la labor triptolémica.
Un continente y otro renocando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.
La latina estirpe verá la gran alba futura,
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,
¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!
RESPONSO A VERLAINE (1896)
Padre y maestro mágico, liróforo celeste
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador;
¡Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste
hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste,
¡al son del sistro y del tambor!
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Que tu sepulcro cubra de flores Primavera,
que se humedezca el áspero hocico de la fiera,
de amor, si pasa por allí:
que el fúnebre recinto visite Pan bicorne;
que de sangrientas rosas el fresco abril te adorne
y de claveles de rubí.
Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo,
ahuyenten la negrura del pájaro protervo
el dulce canto de cristal
que Filomela vierta sobre tus tristes huesos,
o la armonía dulce de risas y de besos
de culto oculto y florestal.
Que púberes canéforas te ofrenden el acanto,
que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto,
sin rocío, vino, miel;
que el pámpano allí brote, las flores de Citeres,
¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres
bajo un simbólico laurel!
Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya,
en amorosos días, como en Virgilio, ensaya,
tu nombre ponga en la canción;
y que la virgen náyade cuando ese nombre escuche
con ansias y temores entre las linfas luche
llena de miedo y de pasión.
De noche en la montaña, en la negra montaña
de las Visiones, pase gigante sombra extraña,
sombra de un Sátiro espectral;
que ella al centauro adusto con su grandeza asuste;
de una extrahumana flauta la melodía ajuste
a la harmonía sideral
Y huya el tropel equino por la montaña vasta;
tu rostro de ultratumba bañe la luna casta
de compasiva y blanca luz;
y el Sátiro contemple sobre un lejano monte
una cruz que se eleve cubriendo el horizonte
¡y un resplandor sobre la cruz!
LA ROSA NIÑA
Cristal, oro y rosa. Alba en Palestina.
Salen los tres reyes de adorar al Rey,
flor de infancia llena de una luz divina
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que humaniza y dora la mula y el buey.
Baltasar medita, mirando la estrella
que guía en la altura. Gaspar sueña en
la visión sagrada. Melchor ve en aquella
visión, la llegada de un mágico bien.
Las cabalgaduras sacuden los cuellos
cubiertos de sedas y metales. Frío
matinal refresca belfos de camellos
húmedos de gracia, de azur y rocío.
Las meditaciones de la barba sabia
van acompasando los plumajes flavos,
los ágiles trotes de potros de Arabia
y las risas blancas de negros esclavos.
¿De dónde vinieron a la Epifanía?
¿De Persia? ¿De Egipto? ¿De la India? Es en vano
cavilar. Vinieron de la Luz, del Día,
del Amor. Inútil pensar, Tertuliano.
El fin anunciaban de un gran cautiverio
y el advenimiento de un raro tesoro.
Traían un símbolo de triple misterio
portando el incienso, la mirra y el oro.
En las cercanías de Belén se para
el cortejo. ¿A causa? A causa de que
una dulce niña de belleza rara
surge ante los magos, toda ensueño y fe.
- ¡Oh, Reyes! -les dice-. Yo soy una niña
que oyó a los vecinos pastores cantar,
y desde la próxima florida campiña
miró vuestro regio cortejo pasar.
Yo sé que ha nacido Jesús Nazareno,
que el mundo está lleno de gozo por Él,
y que es tan rosado, tan lindo y tan bueno,
que hace al sol más sol, y a la miel más miel.
Aún no llega el día...¿Dónde está el establo?
Prestadme la estrella para ir a Belén.
No tengáis cuidado que la apague el diablo,
con mis ojos puros la cuidaré bien.
Los magos quedaron silenciosos. Bella
de toda belleza, a Belén tornó
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la estrella; y la niña llevada por ella,
al establo, cuna de Jesús, entró.
Pero cuando estuvo junto a aquel infante,
en cuyas pupilas miró a Dios arder,
se quedó pasmada, pálido el semblante,
porque no tenía nada que ofrecer.
La Madre miraba su niño-lucero;
las dos bestias buenas daban su calor;
sonreía el santo viejo carpintero;
y la niña estaba temblando de amor.
Allí había oro en cajas reales,
perfumes en frascos de hechura oriental,
inciensos en copas de finos metales,
y quesos y flores, y miel de panal.
Se puso rosada, rosada, rosada...
ante la mirada del niño Jesús.
(Felizmente que era su madrina un hada,
de Anatole France o el doctor Mardrús).
¡Qué dar a ese niño, qué dar sino ella!
¿Qué dar a ese tierno, divino Señor?
Le hubiera ofrecido la mágica estrella,
la de Baltasar, Gaspar y Melchor...
Más a los influjos del hada amorosa,
que supo el secreto de aquel corazón,
se fue convirtiendo poco a poco en rosa,
en rosa más bella que las de Sarón.
La metamorfosis fue santa aquel día
(la sombra lejana de Ovidio aplaudía),
pues la dulce niña ofreció al Señor,
que le agradecía y le sonreía,
en la melodía de la Epifanía,
su cuerpo hecho pétalos y su alma hecha olor.
NOCTURNO
Quiero expresar mi angustia en versos que abolida
dirán mi juventud de rosas y de ensueños,
y la desfloración amarga de mi vida
por un vasto dolor y cuidados pequeños.
Y el viaje a un vago Oriente por entrevistos barcos,
y el grano de oraciones que floreció en blasfemia,
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y los azoramientos del cisne entre los charcos,
y el falso azul nocturno de inquerida bohemia.
Lejano clavicordio que en silencio y olvido
no diste nunca al sueño la sublime sonata,
huérfano esquife, árbol insigne, oscuro nido
que suavizó la noche de dulzura de plata...
Esperanza olorosa a hierbas frescas, trino
del ruiseños primaveral y matinal,
azucena tronchada por un fatal destino,
rebusca de la dicha, persecución del mal...
El ánfora funesta del divino veneno
que ha hacer por la vida la tortura interior,
la conciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror de sentirse pasajero, el horror
de ir a tientas en intermitentes espantos,
hacia lo inevitable desconocido y la
pesadilla brutal de este dormir de llantos
de la cual no hay más que Ella que nos despertará!
LA CANCIÓN DE LOS PINOS (1907)
Oh pinos, oh hermanos en tierra y ambiente,
yo os amo. Sois dulces, sois buenos, sois graves.
Diríase un árbol que piensa y que siente,
mimado de auroras, poetas y aves.
Tocó vuestra frente la alada sandalia;
habéis sido mástil, proscenio, curul,
¡oh pinos solares, oh pinos de Italia,
bañados de gracia, de gloria, de azul!
Sombríos, sin oro del sol, taciturnos,
en medio de brumas glaciales y en
montañas de ensueño, oh pinos nocturnos,
¡oh pinos del norte, sois bellos también!
Con gestos de estatuas, de mimos, de actores,
tendiendo a la dulce caricia del mar,
¡oh pinos de Nápoles, rodeados de flores!
¡oh pinos divinos, no os puedo olvidar!
18
Cuando en mis errantes pasos peregrinos,
la Isla Dorada me ha dado un rincón
do soñar mis sueños, encontré los pinos,
los pinos amados de mi corazón.
Amados por tristes, por blandos, por bellos,
por su aroma, aroma de una inmensa flor.
por su aire de monjes, sus largos cabellos,
sus savias, ruidos y nidos de amor.
¡Oh pinos antiguos que agitara el viento
de las epopeyas, amados del sol!
¡Oh líricos pinos del Renacimiento,
y de los jardines del suelo español!
Los brazos eolios se mueven al paso
del aire violento que forma al pasar
ruidos de pluma, ruidos de raso,
ruidos de agua y espumas de mar.
¡Oh noche en que trajo tu mano, Destino,
aquella amargura que aún hoy es dolor!
La luna argentaba lo negro de un pino,
y fuí consolado por un ruiseñor.
Románticos somos... ¿Quién que Es, no es romántico?
Aquel que no sienta ni amor ni dolor,
aquel que no sepa de beso y de cántico,
que se ahorque de un pino: será lo mejor...
Yo, no. Yo persisto. Pretéritas normas
confirman mi anhelo, mi ser, mi existir.
¡Yo soy el amante de ensueños y formas
que viene de lejos y va al porvenir!
LOS CISNES (1916)
¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?
Yo te saludo ahora como en versos latinos
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos ruiseñores te cantan los mismos trinos,
19
y en diferentes lenguas es la misma canción.
A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso vísteis, acaso, alguna vez...
Soy un hijo de América, soy un nieto de España...
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez.
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
den a las frentes pálidas sus caricias más puras
y alejan vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.
Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.
Nos predican la guerra con águilas feroces,
gerifaltes de antaño revienen a los puños,
mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,
ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.
Faltos de los alientos que dan las grandes cosas
¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?
A falta de laureles son muy dulces las rosas,
y a falta de victorias busquemos los halagos.
La América española como la España entera
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león...
... Y un cisne negro dijo: -"La noche anuncia el día".
Y uno blanco: - "La aurora es inmortal, la aurora
es inmortal!" ¡Oh tierras de sol y de armonía,
aún guarda la esperanza la caja de Pandora!
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CYRANO EN ESPAÑA
He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa
de un salto el Pirineo. Cyrano está en su casa.
¿No es España, acaso, la sangre vino y fuego?
Al gran gascón saluda y abraza el gran manchego.
¿No se hacen en España los más bellos castillos?
Roxanas encarnaron con rosas los Murillos,
y la hoja toledana que aquí Quevedo empuña
conócenla los bravos cadetes de Gascuña.
Cyrano hizo su viaje a la Luna; más antes,
ya el divino lunático de don Miguel Cervantes
pasaba entre las dulces estrellas de su sueño
jinete en el sublime pegaso Clavileño.
Y Cyrano ha leído la maravilla escrita,
y al pronunciar el nombre del Quijote, se quita
Bergerac el sombrero; Cyrano Balazote
siente que es lengua suya la lengua del Quijote.
Y la nariz heroica del gascón se diría
que husmea los dorados vinos de Andalucía.
Y la espada francesa, por él desenvainada,
brilla bien en la tierra de la capa y la espada.
¡Bien venido, Cyrano de Bergerac! Castilla
te da su idioma, y tu alma, como tu espada, brilla
al sol que allá en tus tiempos no se ocultó en España.
Tu nariz y penacho no están en tierra extraña,
pues vienes a la tierra de la Caballería.
Eres el noble huésped de Calderón. María
Roxana te demuestra que lucha la fragancia
de las rosas con las rosas de Francia;
y sus supremas gracias, y sus sonrisas únicas,
y sus miradas, astros que visten negras túnicas,
y la lira que vibra en su lengua sonora
21
te dan una Roxana de España, encantadora.
¡Oh poeta! Oh celeste poeta de la facha
grotesca! Bravo y noble y sin miedo y sin tacha,
príncipe de locuras, de sueños y de rimas:
tu penacho es hermano de las más altas cimas,
del nido de tu pecho una alondra se lanza,
un hada es tu madrina, y es la Deseperanza:
y en medio de la selva del duelo y del olvido
las nueve musas vendan tu corazón herido.
¿Allá en la Luna hallaste algún mágico prado
donde vaga el espíritu de Pierrot desolado?
¿Viste el palacio blanco de los locos del Arte?
¿Fue acaso la gran sombra de Píndaro a encontrarte?
¿Contemplaste la mancha roja que entre las rocas
albas, forma el castillo de las Vírgenes locas?
¿Y en un jardín fantástico de misteriosas flores
no oiste al melodioso Rey de los ruiseñores?
No juzgues mi curiosa demanda inoportuna,
pues todas esas cosas existen en la Luna.
¡Bien venido, Cyrano de Bergerac! Cyrano
de Bergerac, cadete y amante, y castellano
que traes los recuerdos que Durandal abona
al país en que aún brillan las luces de Tizona.
El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte
el que vence el espacio y el tiempo; su estandarte,
pueblos, es del espíritu el azul oriflama,
¿Qué elegido no corre si su trompeta llama?
Y a través de los siglos se contestan, oíd:
La Canción de Rolando y la Gesta del Cid.
Cyrano va marchando, poeta y caballero,
al redoblar sonoro del grave Romancero.
22
Su penacho soberbio tienes nuestra aureola.
Son sus espuelas finas de fábrica española.
Y cuando en su balada Rostand teje el envío,
creeríase a Quevedo rimando un desafío.
¡Bien venido, Cyrano de Bergerac! No seca
el tiempo el lauro: el viejo corral de la Pacheca
recibe al generoso embajador del fuerte
Molière. En copa gala Tirso su vino vierte.
Nosotros exprimimos las uvas de Champaña
para beber por Francia y en un cristal de España.
EPITALAMIO BÁRBARO
El alba aún no aparece en su gloria de oro.
Canta el mar con la música de sus ninfas en coro
y el aliento del campo se va cuajando en bruma.
Teje la náyade el encaje de su espuma
y el bosque inicia el himno de sus flautas de pluma.
Es el momento en que el salvaje caballero
se ve pasar. La tribu aúlla y el ligero
caballo es un relámpago, veloz como una idea.
A su paso, asustada, se para la marea;
la náyade interrumpe la labor que ejecuta
y el director del bosque detiene la batuta.
-¿Qué pasa?- desde el lecho pregunta Venus bella.
Y Apolo: - Es Sagitario que ha robado una estrella.
UN SONETO A CERVANTES
Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.
Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.
Cristiano y amoroso y caballero
23
parla como un arroyo cristalino.
Así le admiro y quiero,
viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino.
CARNE DE LA MUJER
¡Carne celeste carne de la mujer! ¡Arcilla!
- dijo Hugo-, ambrosía más bien, ¡oh maravilla!
La vida se soporta,
tan doliente y tan corta,
solamente por eso:
roce, mordisco o beso
en ese pan divino
para el cual nuestra sangre es nuestro vino!
En ella está la lira,
en ella está la rosa,
en ella está la ciencia armoniosa,
en ella se respira
el perfume vital de toda cosa.
Eva y Cipris concentran el misterio
del corazón del mundo.
Cuando el áureo Pegaso
en la victoria matinal se lanza
con el mágico ritmo de su paso
hacia la vida y hacia la esperanza,
si alza la crin y las narices hincha
y sobre las montañas pone el casco sonoro
y hacia la mar relincha,
y el espacio se llena
de un gran temblor de oro,
es que ha visto desnuda a Anadiomena.
Gloria, ¡oh Potente a quien las sombras temen!
¡Qué las más blancas tórtolas te inmolen!
¡Pues por ti la floresta está en el polen
y el pensamiento en el sagrado semen!
Gloria, ¡oh Sublime, que eres la existencia
por quien siempre hay futuros en el útero eterno!
Tu boca sabe al fruto del árbol de la Ciencia
¡y al torcer tus cabellos apagaste el infierno!
Inútil es el grito de la legión cobarde
del interés, inútil el progreso
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yankee, si te desdeña.
Si el progreso es de fuego, por tí arde.
Toda lucha del hombre va a tu beso,
por tí se combate o se sueña!
Pues en tí existe Primavera para el triste,
labor gozosa para el fuerte,
néctar, ánfora, dulzura amable.
Porque en tí existe
el placer de vivir, hasta la muerte
y ante la eternidad de lo probable!...
LOS TRES REYES MAGOS
- Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina Estrella!
- Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en lodo
¡y en el placer hay la melancolía!
- Soy Baltasar. Traigo el oro, Aseguro
que existe Dios. Él es grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.
- Gaspar, Melchor y Baltasar, calláos.
Triunfa el amor, y a su fiesta os convida.
Cristo resurge, hace la luz del caos
y tiene la corona de la Vida.
LEDA (1892)
El cisne en la sombra parece de nieve;
su pico es de ámbar del alba al trasluz;
el suave crepúsculo que pasa tan breve
las cándidas alas sonrosa de luz.
Y luego, en las ondas del lago azulado
después que la aurora perdió su arrebol,
las alas tendidas y el cuello enarcado,
el cisne es del plata, bañado de sol.
25
Tal es, cuando esponja las plumas de seda,
olímpico pájaro herido de amor,
y viola en las linfas sonoras a Leda,
buscando su pico los labios en flor.
Suspira la bella desnuda y vencida,
y en tanto que al aire sus quejas se van,
del fondo verdoso de fronda tupida
chispean turbados los ojos de Pan.
MELANCOLÍA
Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de ensueño y loco de armonía.
Ese es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía.
Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me parece que el camino es muy largo,
y a veces que es muy corto...
Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?
DIVAGACIÓN (Tigre Hotel, diciembre de 1894)
¿Vienes? Me llega aquí, pues que suspiras,
un soplo de las mágicas fragancias
que hicieron los delirios de las liras
en las Grecias, las Romas y las Francias.
¡Suspira así! Revuelen las abejas
al olor de la olímpica ambrosía
en los perfumes que en el aire dejas;
y el dios de piedra que despierte y ría.
Y el dios de piedra que despierte y cante
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la gloria de los tirsos florecientes
en el gesto ritual de la bacante
de rojos labios y nevados dientes;
en el gesto ritual que en las hermosas
ninfalias guía a la divina hoguera,
hoguera que hace llamear las rosas
en las manchadas pieles de pantera.
Y pues amas reir, ríe y la brisa
lleve el son de los líricos cristales
de tu reir, y haga temblar la risa
la barba de los Términos joviales.
Mira hacia el lado del boscaje, mira
blanquear el muslo de marfil de Diana,
y después de la Virgen, la Hetaíra
diosa, su blanca, rosa y rubia hermana,
pasa en busca de Adonis; sus aromas
deleitan a las rosas y los nardos:
síguela una pareja de palomas,
y hay tras ella una fuga de leopardos.
¿Te gusta amar en griego? Yo las fiestas
galantes busco, en donde se recuerde,
al suave son de rítmicas orquestas
la tierra de la luz y el mirto verde.
(Los abates refieren aventuras
a las rubias marquesas. Soñolientos
filósofos defienden las ternuras
del amor, con sutiles argumentos,
mientras que surge de la verde grama,
en la mano el acanto de Corinto,
una ninfa a quien puso un epigrama
Beuamarchais, sobre el mármol de su plinto.
Amo más que la Grecia de los griegos
la Grecia de la Francias, porque en Francia,
al eco de las Risas y los Juegos
su más dulce licor Venus escancia.
Demuestran más encantos y perfidias,
coronadas de flores y desnudas,
las diosas de Clodión que las de Fidias;
unas cantan francés, otras son mudas.
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Verlaine es más que Sócrates; y Arsenio
Houssaye supera al viejo Anacreonte.
En París reinan el Amor y el Genio:
ha perdido su imperio el dios bifronte.
Monsieur Prudhomme y Homais no saben nada.
Hay Chipres, Pafos, Tempes y Amatuntes,
donde al amor de mi madrina, un hada,
tus frescos labios a los míos juntes).
Sones de bandolín. El rojo vino
conduce un paje rojo. ¿Amas los sones
del bandolín y un amor florentino?
Serás la reina en los decamerones.
(Un coro de poetas y pintores
cuenta historias picantes. Con maligna
sonrisa alegre aprueban los señores
Clelia enrojece. Una dueña se signa).
¿O un amor alemán -que no han sentido
jamás los alemanes-? La celeste
Gretchen; claro de luna; el aria; el nido
del ruiseñor; y en una roca agreste,
la luz de nieve que del cielo llega
y baña a una hermosura que suspira
la queja vaga que a la noche entrega
Loreley en la lengua de la lira.
Y sobre el agua azul el caballero
Lohengrín; y su cisne, cual si fuese
un cincelado témpano viajero,
con su cuello enarcado en forma de S.
Y del divino Enrique Heine un canto,
a la orilla del Rhin; y del divino
Wolfang la larga cabellera, el manto;
y de la uva teutona, el blanco vino
O amor lleno de sol, amor de España
amor lleno de púrpuras y oros:
amor que da el clavel, la flor extraña
regada con la sangre de los toros;
flor de gitanas, flor que amor recela.
amor de sangre y luz, pasiones locas;
flor que trasciende a clavo y a canela,
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roja cual las heridas y las bocas.
¿Los amores exóticos acaso?...
Como rosa de Oriente me fascinas:
me deleitan la seda, el oro, el raso.
Gautier adoraba a las princesas chinas.
¡Oh bello amor de mil genuflexiones:
torres de kaolín, pies imposibles,
tazas de té, tortugas y dragones,
y verdes arrozales apacibles!
Ámame en chino, en el sonoro chino
de Li-Tai-Pe. Yo igualaré a los sabios
poetas que interpretan el destino;
madrigalizaré junto a tus labios.
Diré que eres más bella que la luna:
que el tesoro del cielo es menos rico
que el tesoro que vela la importuna
caricia de marfil de tu abanico.
Ámame, japonesa, japonesa
antigua, que no sepa de naciones
occidentales; tal una princesa
con las pupilas llenas de visiones,
que aun ignorase en la sagrada Kioto,
en su labrado camarín de plata
ornado al par de crisantemo y loto
la civilización de Yamagata.
O con amor hindú que alza sus llamas
en la visión suprema de los mitos,
y hace temblar en misteriosas bramas
la iniciación de los sagrados ritos,
en tanto mueren tigres y panteras
sus hierros, y en los fuertes elefantes
sueñan con ideales bayaderas
los rajahs, constelados de brillantes.
O negra, negra como la que canta
en su Jerusalén el rey hermoso,
negra que haga brotar bajo su planta
la rosa y la cicuta del reposo...
Amor, en fin, que todo diga y cante,
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amor que encante y deje sorprendida
a la serpiente de ojos de diamante
que está enroscada al árbol de la vida.
Ámame así, fatal cosmopolita,
universal, inmensa, única, sola
y todas; misteriosa y erudita:
ámame mar y nube, espuma y ola.
Sé mi reina de Saba, mi tesoro;
descansa en mis palacios solitarios.
Duerme. Yo encenderé los incensarios.
Y junto a mi unicornio cuerno de oro,
tendrán rosas y miel tus dromedarios.
ITE, MISSA EST
Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa,
virgen como la nieve y honda como la mar;
su espíritu es la hostia de mi amorosa misa,
y alzo al son de una dulce ira crepuscular.
Ojos de evocadora, gesto de profetisa,
en ella hay la sagrada frecuencia del altar;
su risa es la sonrisa suave de Monna Lisa;
sus labios son los únicos labios para besar.
Y he de besarla un día con rojo beso ardiente:
apoyada en mi brazo como convaleciente
mi mirará asombrada con íntimo pavor;
¡la enamorada esfinge quedará estupefacta;
apagaré la llama de la vestal intacta
y la faunesa antigua me rugirá de amor!
ERA UN AIRE SUAVE (1893)
Era un aire suave, de pausados giros;
el hada Armonía ritmaba sus vuelos,
e iban frases vagas y tenues suspiros
entre los sollozos de los violoncelos.
Sobre la terraza, junto a los ramajes,
diríase un trémolo de liras eolias
cuando acariciaban los sedosos trajes,
sobre el tallo erguidas, las blancas magnolias.
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La Marquesa Eulalia risas y desvíos
daba un tiempo mismo para dos rivales:
el vizconde rubio de los desafíos
y el abate joven de los madrigales.
Cerca, coronado con hojas de viña,
reía en su máscara Término barbudo,
y, como un efebo que fuese una niña,
mostraba una Diana su mármol desnudo.
Y bajo un boscaje del amor palestra,
sobre rico zócalo al modo de Jonia,
con un candelabro prendido en la diestra
volaba el Mercurio de Juan de Bolonia.
La orquesta perlaba sus mágicas notas;
un coro de sones alados se oía;
galantes pavanas, fugaces gavotas
cantaban los dulces violines de Hungría.
Al oir las quejas de sus caballeros,
ríe, ríe, ríe la divina Eulalia,
pues son su tesoro las flechas de Eros,
el cinto de Cipria, la rueca de Onfalia.
¡Ay de quien sus mieles y frases recoja!
¡Ay de quién del canto de su amor se fíe!
Con sus ojos lindos y su boca roja,
la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.
Tiene azules ojos, es maligna y bella;
cuando mira, vierte viva luz extraña;
se asoma a sus húmedas pupilas de estrella
el alma del rubio cristal de Champaña.
Es noche de fiesta, y el baile de trajes
ostenta su gloria de triunfos mundanos.
La divina Eulalia, vestida de encajes,
una flor destroza con sus tersas manos.
El teclado armónico de su risa fina
a la alegre música de un pájaro iguala.
Con los staccati de una bailarina
y las locas fugas de una colegiala.
¡Amoroso pájaro que trinos exhala
bajo el ala a veces ocultando el pico;
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que desdenes rudos lanza bajo el ala,
bajo el ala aleve del leve abanico!
Cuando a media noche sus notas arranque
y en arpegios áureos gima Filomela,
y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque,
como blanca góndola imprima su estela.
la marquesa alegre llegará al boscaje,
boscaje que cubre la amable glorieta
donde han de estrecharla los brazos de un paje,
que siendo su paje será su poeta.
Al compás de un canto de artista de Italia
que en la brisa errante la orquesta deslíe,
junto a los rivales, la divina Eulalia,
la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.
¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia
sol con corte de astros, en campos de azur,
cuando los alcázares llenó de fragancia
la regia y pomposa rosa Pompadour?
¿Fue cuando la bella su falda cogía
con dedos de ninfa, bailando al minué,
y de los compases el ritmo seguía
sobre el tacón rojo, lindo y leve el pie?
¿O cuando pastoras de floridos valles
ornaban con cintas sus albos corderos,
y oían, divinas Tirsis de Versalles,
las declaraciones de sus caballeros?
¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores,
de amantes princesas y tiernos galanes,
cuando entre sonrisas y perlas y flores
iban las casacas de los chambelanes?
¿Fue acaso en el Norte o en el Mediodía?
Yo el tiempo y el día y el país ignoro,
pero sé que Eulalia ríe todavía,
¡y es cruel y eterna su risa de oro!
32
COSAS DEL CID
Cuenta Barvey, en versos que valen bien su prosa,
una hazaña del Cid, fresca como una rosa,
pura como una perla. No se oyen en la hazaña
resonar en el viento las trompetas de España,
ni el azorado moro las tiendas abandona
al ver al sol el alma de acero de Tizona.
Babieca, descansando del huracán guerrero,
tranquilo pace, mientras el bravo caballero
sale a gozar del aire de la estación florida.
Ríe la primavera, y el vuelo de la vida
abre lirios y sueños en el jardín del mundo.
Rodrigo de Vivar pasa, meditabundo,
por una senda, en donde, bajo el sol glorioso,
tendiéndole la mano, le detiene un leproso.
Frente a frente, el soberbio príncipe del estrago
y la victoria, joven, bello como Santiago,
y el horror animado, la viviente carroña
que infecta los suburbios de hedor y de ponzoña.
Y al Cid tiende la mano el siniestro mendigo,
y su escarcela busca y no encuentra Rodrigo.
- ¡Oh, Cid, una limosna! -dice el precito.- Hermano,
te ofrezco la desnuda limosna de mi mano!dice el Cid; y, quitando su férreo guante, extiende
la diestra al miserable, que llora y que comprende.
Tal es el sucedido que el Condestable escancia
como un vino precioso en su copa de Francia.
Yo agregaré este sorbo de licor castellano:
Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano
el Cid, siguió su rumbo por la primaveral
senda. Un pájaro daba su nota de cristal
en un árbol. El cielo profundo desleía
un perfume de gracia en la gloria del día.
Las ermitas lanzaban en el aire sonoro
su melodiosa lluvia de tórtolas de oro;
el alma de las flores iba por los caminos
a unirse a la piadosa voz de los peregrinos,
y el gran Rodrigo Díaz de Vivar, satisfecho,
iba cual si llevase una estrella en el pecho.
Cuando de la campiña, aromada de esencia
sutil, salió una niña vestida de inocencia,
una niña que fuera una mujer, de franca
y angélica pupila, y muy dulce y muy blanca.
33
Una niña que fuera un hada o que surgiera
encarnación de la divina Primavera.
Y fue al Cid y le dijo: "Alma de amor y fuego,
por Jimena y por Dios un regalo te entrego,
esta rosa naciente y este fresco laurel".
Y el Cid sobre su yelmo las frescas hojas siente,
en su guante de hierro hay una flor naciente,
y en lo íntimo del alma como un dulzor de miel.
DE OTOÑO
Yo sé que hay quienes dicen: ¿Por qué no canta ahora
con aquella locura armoniosa de antaño?
Esos no ven la obra profunda de la hora,
la labor del minuto y el prodigio del año.
Yo, pobre árbol, produje, al amor de la brisa,
cuando empecé a crecer, un vago y dulce son.
Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:
¡Dejad al huracán mover mi corazón!
A GOYA
Poderoso visionario,
raro ingenio temerario,
por tí enciendo mi incensario.
Por tí, cuya gran paleta,
caprichosa, brusca, inquieta,
debe amar todo poeta;
por tus lóbregas visiones,
tus blancas irradiaciones,
tus negros y bermellones;
por tus colores dantescos,
por tus majos pintorescos,
y las glorias de tus frescos.
Porque entra en tu gran tesoro
el diestro que mata al toro,
la niña de rizos de oro,
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y con el bravo torero
el infante, el caballero,
la mantilla y el pandero.
Tu loca mano dibuja
la silueta de una bruja
que en la sombra se arrebuja,
y aprende un abracadabra
del diablo patas de cabra
que hace una mueca macabra.
Musa soberbia y confusa,
ángel, espectro, medusa:
tal aparece tu musa.
Tu pincel asombra, hechiza,
ya en sus claros electriza,
ya en sus sombras sinfoniza;
con las manolas amables,
los reyes los miserables,
o los Cristos lamentables.
En tu claroscuro brilla
la luz muerta y amarilla
de la horrenda pesadilla,
o hace encender tu pincel
los rojos labios de miel
o la sangre de un clavel.
Tienen ojos asesinos
en sus semblantes divinos
tus ángeles femeninos.
Tu caprichosa alegría
mezclaba la luz del día
con la noche oscura y fría:
Así es de ver y admirar
tu misteriosa y sin par
pintura crespuscular.
De lo que da testimonio:
por tus frescos, San Antonio;
por tus brujas, el demonio.
35
CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA
LOS CISNES Y OTROS POEMAS
(1905)
A. J. Enrique
Rodó
I
Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;
y muy siglo diez y ocho, y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Yerlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.
Yo supe de dolor desde mi infancia;
mi juventud..., ¿fue juventud la mía?,
sus rosas aún me dejan su fragancia,
una fragancia de melancolía...
Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fue porque Dios es bueno.
En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó mármol y era carne viva;
una alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.
Y tímida ante el mundo, de manera
que, encerrada, en silencio, no salía
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melodía...
36
Hora de ocaso y de discreto beso;
hora crepuscular y de retiro;
hora de madrigal y de embeleso,
de «te adoro», de «jay!», y de suspiro.
Y entonces era en la dulzaina un juego
de misteriosas gamas cristalinas,
un renovar de notas del Pan griego
y un desgranar de músicas latinas,
con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían de repente
en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.
Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana,
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;
todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura...:
si hay un alma sincera, esa es la mía.
La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.
Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fue el dulce y tierno,
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.
Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.
Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.
¡Oh, la selva sagrada! jOh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
37
fuente cuya virtud vence al destino!
Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela
perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor de laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.
Allí va el dios en celo tras la hembra
y la caña de Pan se alza del lodo:
la eterna vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo.
El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:
así suefia, así vibra y así canta.
Vida, luz y verdad, tal triple llama
produce la interior llama infinita;
el Arte puro como. Cristo exclama:
Ego sum lux et veritas et vital
Y la vida es misterio; la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
yel secreto ideal duerme en la sombra.
Por eso ser sincero es ser potente:
de desnuda que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz de cristal que fluye d’ella.
Tal fue mi intento, hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura
y loco de crepúsculo y de aurora.
Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira;
bruma y tono menor ––¡toda la flauta!
y Aurora, hija del Sol––¡toda la lira!
Pasó una piedra que lanzó una honda;
38
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.
La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén..., ¡la caravana pasa!
II
SALUTACION DEL OPTIMISTA
Inclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte,
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña,
y en la caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, riente,
cual pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!
Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis el salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abandonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita,
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.
Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despierten entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que al alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo
39
ni entre momias y piedras, reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que, tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,
tiene su coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.
Unanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos:
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco pristino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor de espigas que inició la labor triptolémica.
Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.
La latina estirpe verá la gran alba futura:
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros,
¡ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!
III
AL REY OSCAR
Le Roi de Suede et de Noruège, apres
avoir
visité Saint––Jean––de––Luz, s'est
rendu a Hen––
daye et a Fonterrabie. En arrivant sur
le sol
espagnol, il a crié: «Vive l’Espagne!»
(Le Figaro, mars 1899.)
Así, Sire, en el aire de la Francia nos llega
la paloma de plata de Suecia y de Noruega,
que trae en vez de olivo una rosa de fuego.
40
Un búcaro latino, un noble vaso griego
recibirá el regalo del país de la nieve.
Que a los reinos boreales el patrio viento lleve
otra rosa de sangre y de luz españolas;
pues sobre la sublime hermandad de las olas,
al brotar tu palabra, un saludo le envía
al sol de medianoche el sol de Mediodía.
Si Segismundo siente pesar, Hamlet se inquieta.
El Norte ama las palmas; y se junta el poeta
del fjord con el del carmen, porque el mismo oriflama
es de azur. Su divina cornucopia derrama,
sobre el polo y el trópico, la Paz; y,el orbe gira
en un ritmo uniforme por una propia lira:
el Amor. Allá surge Sigurd que al Cid se aúna;
cerca de Dulcinea brilla el rayo de luna;
y la musa de Bécquer del ensueño es esclava
bajo un celeste palio de luz escandinava.
Sire de ojos azules, gracias: por los laureles
de cien bravos vestidos de honor; por los claveles
de la tierra andaluza y la Alhambra del moro;
por la sangre solar de una raza de oro;
por la armadura antigua y el yelmo de la gesta;
por las lanzas que fueron una vasta floresta
de gloria y que pasaron Pirineos y Andes;
por Lepanto y Otumba; por el Perú, por Flandes;
por Isabel que cree, por Cristóbal que sueña
y Velázquez que pinta y Cortés que domeña;
por el país sagrado en que Herakles afianza
sus macizas columnas de fuerza y esperanza,
mientras Pan trae el ritmo con la egregia siringa
que no hay trueno que apague ni tempestad que extinga,
por el león simbólico y la Cruz, gracias, Sire.
¡Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire,
mientras la onda cordial alimente un ensueño,
mientras haya una viva pasión, un noble empeño,
un buscado imposible, una imposible hazaña,
una América oculta que hallar, vivirá España!
Y pues tras la tormenta vienes, de peregrino
real, a la morada que entristeció el destino,
la morada que viste luto sus puertas abra
al purpúreo y ardiente vibrar de tu palabra:
y que sonría, oh rey Oscar, por un instante,
y tiemble en la flor áurea el más puro brillante
para quien sobre brillos de corona y de nombre,
41
con labios de monarca lanza un grito de hombre!
IV
LOS TRES REYES MAGOS
––Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina Estrella!
––Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. El es la luz del día.
¡La blanca flor tiene sus pies en lodo
y en el placer hay la melancolía!
––Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. El es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.
––Gaspar, Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa el amor, ya su fiesta os convida.
¡Cristo resurge, hace la luz del caos
y tiene la corona de la Vida!
V
CYRANO EN ESPAÑA
He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa
de un salto el Pirineo. Cyrano está en su casa.
¿No es en España, acaso, la sangre vino y fuego?
Al gran Gascón saluda y abraza el gran Manchego.
¿No se hacen en España los más bellos castillos?
Roxanas encarnaron con rosas los Murillos,
y la hoja toledana que aquí Quevedo empuña
conócenla los bravos cadetes de Gascuña.
Cyrano hizo su viaje a la Luna; mas, antes,
ya el divino lunático de don Miguel Cervantes
pasaba entre las dulces estrellas de su sueño
jinete en el sublime pegaso Clavileño.
y Cyrano ha leído la maravilla escrita,
y al pronunciar el nombre del Quijote, se quita
Bergerac el sombrero: Cyrano Balazote
42
siente que es la lengua suya la lengua del Quijote.
y la nariz heroica del Gascón se diría
que husmea los dorados vinos de Andalucía.
y la espada francesa, por él desenvainada,
brilla bien en la tierra de la capa y la espada.
¡Bien venido, Cyrano de Bergerac! Castilla
te da su idioma; y tu alma, como tu espada, brilla
al sol que allá en sus tiempos no se ocultó en España.
Tu nariz y penacho no están en tierra extraña,
pues vienes a la tierra de la Caballería.
Eres el noble huésped de Calderón. María
Roxana te demuestra que lucha la fragancia
de las rosas de España con las rosas de Francia;
y sus supremas gracias, y sus sonrisas únicas,
y sus miradas, astros que visten negras túnicas,
y la lira que vibra en su lengua sonora,
te dan una Roxana de España, encantadora.
¡Oh poeta! ¡Oh celeste poeta de la facha
grotesca! Bravo y noble y sin miedo y sin tacha,
príncipe de locuras, de sueños y de rimas,
tu penacho es hermano de las más altas cimas,
del nido de tu pecho una alondra se lanza,
un hada es tu madrina, y es la Desesperanza;
y en medio de la selva del duelo y del olvido
las nueve musas vendan tu corazón herido.
¿Allá en la Luna hallaste algún mágico prado
donde vaga el espíritu de Pierrot desolado?
¿Viste el palacio blanco de los locos del Arte?
¿Fue acaso la gran sombra de Píndaro a encontrarte?
¿Contemplaste la mancha roja que entre las rocas
albas forma el castillo de las Vírgenes locas?
¿Y en un jardín fantástico de misteriosas flores
no oíste al melodioso Rey de los ruiseñores?
No juzgues mi curiosa demanda inoportuna,
pues todas esas cosas existen en la Luna.
¡Bíen venido, Cyrano de Bergerac! Cyrano
de Bergerac, cadete y amante y castellano,
que trae los recuerdos que Durandal abona
al país en que aún brillan las luces de Tizona.
El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte
el que vence el espacío y el tiempo; su estandarte,
pueblos, es del espíritu el azul oriflama.
¿Qué elegido no corre si su trompeta llama?
y a través de los siglos se contestan, oíd:
la Canción de Rolando y la Gesta del Cid.
Cyrano va marchando, poeta y caballero,
al redoblar sonoro del grave Romancero.
Su penacho soberbio tiene nuestra aureola.
43
Son sus espuelas finas de fábrica española.
Y cuando en su balada Rostand teje el envío,
creeríase a Quevedo rimando un desafío.
¡Bien venido, Cyrano de Bergerac! No seca
el tiempo el lauro; el viejo Corral de la Pacheca
recibe al generoso embajador del fuerte
Moliere. En copa gala Tirso su vino vierte.
Nosotros exprimimos las uvas de Champaña
para beber por Francia y en un cristal de España.
VI
SALUTACION A LEONARDO
Maestro: Pomona levanta su cesto. Tu estirpe
saluda la Aurora. ¡Tu aurora! Que extirpe
de la indiferencia la mancha; que gaste
la dura cadena de siglos; que aplaste
al sapo la piedra de su honda.
Sonrisa más dulce no sabe Gioconda
El verso su ala y el ritmo su onda
hermanan en una
dulzura de luna
que suave resbala
(el ritmo de la onda y el verso del ala
del mágico Cisne sobre la laguna)
sobre la laguna.
Y así, soberano maestro
del estro,
las vagas figuras
del sueño, se encarnan en líneas tan puras
que el sueño
recibe la sangre del mundo mortal,
y Psiquis consigue su empeño
de ser advertida a través del terrestre cristal.
(Los bufones
que hacen sonreír a Monna Lisa
saben canciones
que ha tiempo en los bosques de Grecia decía la risa
de la brisa.)
Pasa su Eminencia.
44
Como flor o pecado en su traje
rojo;
como flor o pecado, o conciencia
de sutil monseñor que a su paje
mira con vago recelo o enojo.
Nápoles deja a la abeja de oro
hacer su miel
en su fiesta de azul; y el sonoro
bandolín y el laurel
nos anuncian Florencia.
Maestro, si allá en Roma
quema el sol de Segor y Sodoma
la amarga ciencia
de purpúreas banderas, tu gesto
las palmas nos da redimidas,
bajo los arcos
de tu genio; San Marcos
y Partenón de luces y líneas y vidas.
(Tus bufones
que hacen la risa
de Monna Lisa
saben tan antiguas canciones.)
Los leones de Asuero
junto al trono para recibirte,
mientras sonríe el divino Monarca;
pero
hallarás la sirte,
la sirte para tu barca,
si partís en la lírica barca
con tu Gioconda...
La onda
y el viento
saben la tempestad para tu cargamento.
¡Maestro!
Pero tú en cabalgar y domar fuiste diestro,
pasiones e ilusiones;
a unas con el freno, a otras con el cabestro
las domaste, cebras o leones.
Y en la selva del Sol, prisionera
tuviste la fiera
de la luz; y esa loca fue casta
cuando dijiste: «Basta.»
Seis meses maceraste tu Ester en tus aromas.
De tus techos reales volaron las palomas.
45
Por tu cetro y tu gracia sensitiva,
por tu copa de oro en que sueñan las rosas,
en mi ciudad, que es tu cautiva,
tengo un jardín de mármol y de piedras preciosas
que custodia una esfinge viva.
VII
PEGASO
Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
y tembloroso, dije: «La vida es pura y bella.»
Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella.
El cielo estaba azul, y yo estaba desnudo.
Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo
y de Belerofonte logré seguir la huella.
Toda cima es ilustre si Pegas o la sella,
y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.
Yo soy el caballero de la humana energía,
yo soy el que presenta su cabeza triunfante
coronada con el laurel del Rey del día;
domador del corcel de cascos de diamante,
voy en un gran volar, con la aurora por guía,
adelante en el vasto azur, ¡siempre adelante!
VIII
A ROOSEVELT
Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría de llegar hasta ti, Cazador,
primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Wáshington y cuatro de Nemrod.
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla español.
Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de Energía
46
como dicen los locos de hoy.)
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción,
que en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.
Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant lo dijo: Las estrellas son vuestras.
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva-York.
Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del grande Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de amor,
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra, y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser, por Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.
Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!\
IX
¡Torres de Dios! ¡Poetas!
¡Pararrayos celestes
47
que resistís las duras tempestades,
como crestas escuetas,
como picos agrestes,
rompeolas de las eternidades!
La mágica esperanza anuncia un día
en que sobre la roca de armonía
expirará la pérfida sirena.
¡Esperad, esperemos todavía!
Esperad todavía.
El bestial elemento se solaza
en el odio a la sacra poesía
y se arroja baldón de raza a raza.
La insurrección de abajo
tiende a los Excelentes.
El caníbal codicia su tasajo
con roja encía y afilados dientes.
Torres, poned al pabellón sonrisa.
Poned, ante ese mal y ese recelo,
una soberbia insinuación de brisa
y una tranquilidad de mar y cielo...
X
CANTO DE ESPERANZA
Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.
¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
Se han sabido presagios, y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno del Cristo.
La tierra está preñada de dolor tan profundo
que el soñador, imperial meditabundo,
sufre con las angustias del corazón del mundo.
Verdugos de ideales afligieron la tierra,
en un pozo de sombras la humanidad se encierra
con los rudos molosos del odio y de la guerra.
¡Oh, Señor Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de luz sobre las fieras
48
y hacer brillar al sol tus divinas banderas?
Surge de pronto y vierte la esencia de la vida
sobre tanta alma loca, triste o empedernida,
que, amante de tinieblas, tu dulce aurora olvida.
Ven, Señor, para hacer la gloria de ti mismo,
ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
ven a traer amor y paz sobre el abismo.
Y tu caballo blanco, que miró al visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.
XI
Mientras tenéis, oh negros corazones,
conciliábulos de odio y de miseria,
el órgano de Amor riega sus sones.
Cantan. Oíd: «La vida es dulce y seria.»
Para ti, pensador meditabundo,
pálido de sentirte tan divino,
es más hostil la parte agria del mundo.
Pero tu carne es pan, tu sangre es vino.
Dejad pasar la noche de la cena
––¡oh Shakespeare pobre, y oh Cervantes manco!
y la pasión del vulgo que condena.
Un gran Apocalipsis horas futuras llena.
¡Ya surgirá vuestro Pegaso blanco!
XII
HELIOS
¡Oh rüido divino!
¡Oh rüido sonoro!
Lanzó la alondra matinal el trino,
y sobre ese preludio cristalino,
los caballos de oro
de que el Hiperionida
lleva la rienda asida,
al trotar forman música armoniosa,
un argentino trueno,
y en el azul sereno
49
con sus cascos de fuego dejan huellas de rosa.
Adelante, ¡oh cochero
celeste!, sobre Osa
y Pellon, sobre Titania viva.
Atrás se queda el trémulo matutino lucero,
y el universo el verso de su música activa.
Pasa, ¡oh dominador, oh conductor del carro
de la mágica ciencia! Pasa, pasa, ¡oh bizarro
manejador de la fatal cuadriga
que al pisar sobre el viento
despierta el instrumento
sacro! Tiemblan las cumbres
de los montes más altos
que en sus rítmicos saltos
tocó Pegaso. Giran muchedumbres
de águilas bajo el vuelo
de tu poder fecundo,
y si hay algo que iguale la alegria del cielo,
es el gozo que enciende las entrañas del mundo.
¡Helios!, tu triunfo es ése,
pese a las sombras, pese
a la noche, y al miedo, ya la lívida Envidia.
Tú pasas, y la sombra, y el daño y la desidia,
y la negra pereza, hermana de la muerte,
y el alacrán del odio que su ponzoña vierte,
y Satán todo, emperador de las tinieblas,
se hunden, caen. Y haces el alba rosa, y pueblas
de amor y de virtud las humanas conciencias,
riegas todas las artes, brindas todas las ciencias;
los castillos de duelo de la maldad derrumbas,
abres todos los nidos, cierras todas las tumbas,
y sobre los vapores del tenebroso Abismo,
pintas la Aurora, el Oriflama de Dios mismo.
¡Helios! Portaestandarte
de Dios, padre del Arte,
la paz es imposible, más el amor eterno.
Danos siempre el anhelo de la vida,
y una chispa sagrada de tu antorcha encendida,
con que esquivar podamos la entrada del Infierno.
Que sientan las naciones
el volar de tu carro; que hallen los corazones
humanos, en el brillo de tu carro, esperanza;
que el alma-Quijote y el cuerpo-Sancho Panza
vuele una psique cierta a la verdad del sueño;
50
que hallen las ansias grandes de este vivir pequeño
una realización invisible y suprema;
¡Helios! ¡Que no nos mate tu llama que nos quema!
Gloria hacia ti del corazón de las manzanas,
de los cálices blancos de los lirios,
y del amor que manas
hecho de dulces fuegos y divinos martirios,
y del volcán inmenso,
y del hueso minúsculo,
y del ritmo que pienso,
y del ritmo que vibra en el corpúsculo
y del Oriente intenso
y de la melodía del crepúsculo.
¡Oh rüido divino!
Pasa sobre la cruz del palacio que duerme,
y sobre el alma inerme
de quien no sabe nada. No turbes el destino.
¡Oh rüido sonoro!
El hombre, la nación, el continente, el mundo,
aguardan la virtud de tu carro fecundo,
¡cochero azul que riges los caballos de oro!
XIII
«SPES»
Jesús, incomparable perdonador de injurias,
óyeme; Sembrador de trigo, dame el tierno
pan de tus hostias; dame, contra el sañudo infierno
una gracia lustral de iras y lujurias.
Dime que este espantoso horror de la agonía
que me obsede, es no más de mi culpa nefanda;
que al morir hallará la luz de un nuevo día,
y que entonces oiré mi «¡Levántate y anda!»
XIV
MARCHA TRIUNFAL
¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.
51
Ya pasa, debajo los arcos ornados de blancas Minervas y
Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas
trompetas,
la gloria solemne de los estandartes
llevados por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha el rüido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren la tierra,
y los timbaleros
que el paso acompasan con ritmos marciales.
¡Tal pasan los fieros guerreros
debajo los arcos triunfales!
Los claros clarines de pronto levantan sus sones,
su canto sonoro,
su cálido coro,
que envuelve en un trueno de oro
la augusta soberbia de los pabellones.
El dice la lucha, la herida venganza,
las ásperas crines,
los rudos penachos, la pica, la lanza,
la sangre que riega de heroicos carmines
la tierra;
los negros mastines
que azuza la muerte, que rige la guerra.
Los áureos sonidos
anuncian el advenimiento
triunfal de la Gloria;
dejando el picacho que guarda sus nidos,
tendiendo sus alas enormes al viento,
los cóndores llegan. ¡Llegó la Victoria!
Ya pasa el cortejo.
Señala el abuelo los héroes al niño:
––ved cómo la barba del viejo
los bucles de oro circunda de armiño––.
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,
y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;
y la más hermosa
sonríe al más fiero de los vencedores.
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera;
honor al herido y honor a los fieles
soldados que muerte encontraron por mano extranjera!
¡Clarines! ¡Laureles!
52
Las nobles espadas de tiempos gloriosos,
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros:
––las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos,
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros––.
Las trompas guerreras resuenan;
de voces los aires se llenan...
A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encarnan las glorias pasadas...
¡Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros;
al que ama la insigna del suelo materno,
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos del gélido invierno,
la noche, la escarcha
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la
marcha
triunfal...
LOS CISNES
A Juan R.
Jiménez.
I
¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?
Yo te saludo ahora como en versos latinos
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos,
y en diferentes lenguas es la misma canción.
A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez...
Soy un hijo de América, soy un nieto de España...
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez.
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
den a las frentes pálidas sus caricias más puras,
y alejen vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras mentes tristes las ideas obscuras.
53
Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.
Nos predican la guerra con águilas feroces,
gerifaltes de antaño revienen a los puños,
mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,
ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.
Faltos de los alientos que dan las grandes cosas,
¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?
A falta de laureles son muy dulces las rosas,
ya falta de victorias busquemos los halagos.
La América española como la España entera
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león...
...Y un Cisne negro dijo: «La noche anuncia el día.»
Y uno blanco: «¡La aurora es inmortal, la aurora
es inmortal!» ¡Oh tierras de sol y de armonía,
aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!
II
EN LA MUERTE DE RAFAEL NUÑEZ
Que sais-je?
El pensador llegó a la barca negra;
y le vieron hundirse
en las brumas del lago del Misterio
los ojos de los Cisnes.
54
Su manto de poeta
reconocieron, los ilustres lises
y el laurel y la espina entremezclados
sobre la frente triste.
A lo lejos alzábanse los muros
de la ciudad teológica, en que vive
la sempiterna Paz. La negra barca
llegó a la ansiada costa y el sublime
espíritu gozó la suma gracia;
y, ¡oh Montaigne!, Núñez vio la cruz erguirse,
y halló al pie de la sacra Vencedora
el helado cadáver de la Esfinge.
III
Por un momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis anhelos
a los de tus dos alas que abrazaron a Leda,
y a mi maduro ensueño, aún vestido de seda,
dirás, por los Dioscuros, la gloria de los cielos.
Es el otoño. Ruedan de la flauta consuelos.
Por un instante, ¡oh Cisne!, en la obscura alameda
sorberé entre dos labios lo que el Pudor me veda,
y dejaré mordidos Escrúpulos y Celos.
Cisne, tendré tus alas blancas por un instante
y el corazón de rosa que hay en tu dulce pecho
palpitará en el mío con su sangre constante.
Amor será dichoso, pues estará vibrante
el júbilo que pone al gran Pan en acecho
mientras su ritmo esconde la fuente de diamante.
IV
¡Antes de todo, gloria a ti, Leda!
Tu dulce vientre cubrió de seda
el Dios. ¡Miel y oro sobre la brisa!
Sonaban alternativamente
flauta y cristales, Pan y la fuente.
¡Tierra era canto; Cielo, sonrisa!
Ante el celeste, supremo acto,
dioses y bestias hicieron pacto.
Se dio a la alondra la luz del día,
se dio a los búhos sabiduría,
55
y melodía al ruiseñor.
A los leones fue la victoria,
para las águilas toda la gloria,
y a las palomas todo el amor.
Pero vosotros sois los divinos
príncipes. Vagos como las naves,
inmaculados como los linos,
maravillosos como las aves.
En vuestros picos tenéis las prendas
que manifiestan corales puros.
Con vuestros pechos abrís las sendas
que arriba indican los Dioscuros.
Las dignidades de vuestros actos,
eternizadas en lo infinito,
hacen que sean ritmos exactos,
voces de ensueño, luces de mito.
De orgullo olímpico sois el resumen,
¡oh blancas urnas de la armonía!
Ebúrneas joyas que anima un numen
con su celeste melancolía.
¡Melancolía de haber amado,
junto a la fuente de la arboleda,
el luminoso cuello estirado
entre los blancos muslos de Leda!
OTROS POEMAS
Al doctor
Adolfo
Altamirano
I
RETRATOS
I
Don Gil, Don Juan, Don Lope, Don Carlos, Don Rodrigo,
¿cúya es esta cabeza soberbia? ¿Esa faz fuerte?
¿Esos ojos de jaspe? ¿Esa barba de trigo?
56
Este fue un caballero que persiguió a la Muerte.
Cien veces hizo cosas tan sonoras y grandes,
que de águilas poblaron el campo de su escudo,
y ante su rudo tercio de América o de Flandes
quedó el asombro ciego, quedó el espanto mudo.
La coraza revela fina labor; la espada
tiene la cruz que erige sobre su tumba el miedo;
y bajo el puño firme que da su luz dorada,
se afianza el rayo sólido del yunque de Toledo.
Tiene labios de Borgia, sangrientos labios dignos
de exquisitas calumnias, de rezar oraciones
y de decir blasfemias: rojos labios malignos
florecidos de anécdotas en cien Decamerones.
Y con todo, este hidalgo de un tiempo indefinido,
fue el abad solitario de un ignoto convento,
y dedicó en la muerte sus hechos: ¡Al olvido!
y el grito de su vida luciferina: ¡Al viento!
2
En la forma cordial de la boca, la fresa
solemniza su púrpura; y en el sutil dibujo
de óvalo del rostro de la blanca abadesa
la pura frente es ángel y el ojo negro es brujo.
Al marfil monacal de esa faz misteriosa
brota una dulce luz de un resplandor interno,
que enciende en sus mejillas un celeste rosa
en que su pincelada fatal puso el Infierno.
¡Oh, Sor María! ¡Oh, Sor María! ¡Oh, Sor María!
La mágica mirada y el continente regio,
¿no hicieron en un alma pecaminosa un día
brotar el encendido clavel del sacrílegio?
Y parece que el hondo mirar cosas dijera
especiosas y ungidas de miel y de veneno.
(Sor María murió condenada a la hoguera:
dos abejas volaron de las rosas del seno.)
57
II
POR EL INFLUJO DE LA PRIMAVERA
Sobre el jarrón de cristal
hay flores nuevas. Anoche
hubo una lluvia de besos.
Despertó un fauno bicorne
tras un alma sensitiva.
Dieron su olor muchas flores.
En la pasional siringa
brotaron las siete voces
que en siete carrizos puso
Pan.
Antiguos ritos paganos
se renovaron. La estrella
de Venus brilló más límpida
y diamantina. Las fresas
del bosque dieron su sangre.
El nido estuvo de fiesta.
Un ensueflo florentino
se enfloró de primavera,
de modo que en carne viva
renacieron ansias muertas.
Imaginaos un roble
que diera una rosa fresca;
un buen egipán latino
con una bacante griega
y parisiense. Una música
magnífica. Una suprema
inspiración primitiva,
llena de cosas modernas.
Un vasto orgullo viril
que aroma el odor di fémina;
un trono de roca en donde
descansa un lirio.
¡Divina Estación! ¡Divina
Estación! Sonríe el alba
más dulcemente. La cola
del pavo real exalta
su prestigio. El sol aumenta
su íntima influencia; y el arpa
de los nervios vibra sola.
¡Oh, Primavera sagrada!
¡Oh, gozo del don sagrado
de la vida! ¡Oh bella palma
58
sobre nuestras frentes! ¡Cuello
del cisne! ¡Paloma blanca!
¡Rosa roja! ¡Palio azul!
¡Y todo por ti, oh alma!
Y por ti, cuerpo, y por ti,
idea, que los enlazas.
¡Y por Ti, lo que buscamos
y no encontraremos nunca
jamás!
III
LA DULZURA DEL ANGELUS
La dulzura del ángelus matinal y divino
que diluyen ingenuas campanas provinciales,
en un aire inocente a fuerza de rosales,
de plegaria, de énsueño de virgen y de trino
de ruiseñor, opuesto todo al rudo destino
que no cree en Dios... El áureo ovillo vespertino
que la tarde devana tras opacos cristales
por tejer la inconsútil tela de nuestros males,
todos hechos de carne y aromados de vino...
y esta atroz amargura de no gustar de nada,
de no saber adónde dirigir nuestra prora,
mientras el pobre esquife en la noche cerrada
va en las hostiles olas huérfano de la aurora...
(¡Oh süaves campanas entre la madrugada!)
IV
TARDE DEL TROPICO
Es la tarde gris y triste.
Viste el mar de terciopelo
y el cielo profundo viste
de duelo.
Del abismo se levanta
la queja amarga y sonora.
La onda, cuando el viento canta,
llora.
Los violines de la bruma
saludan al sol que muere.
59
Salmodia la blanca espuma:
¡Miserere!
La armonía el cielo inunda,
y la brisa va a llevar
la canción triste y profunda
del mar.
Del clarín del horizonte
brota sinfonía rara,
como si la voz del monte
vibrara.
Cual si fuese lo invisible...
Cual si fuese el rudo son
que diese al viento un terrible
león.
V
NOCTURNO
Quiero expresar mi angustia en versos que abolida
dirán mi juventud de rosas y de ensueños,
y la desfloración amarga de mi vida
por un vasto dolor y cuidados pequeños.
Y el viaje a un vago Oriente por entrevistos barcos,
y el grano de oraciones que floreció en blasfemias,
y los azoramientos del cisne entre los charcos,
yel falso azul nocturno de inquerida bohemia.
Lejano clavicordio que en silencio y olvido
no diste nunca al suefio la sublime sonata,
huérfano esquife, árbol insigne, obscuro nido
que suavizó la noche de dulzura de plata...
Esperanza olorosa a hierbas frescas, trino
del ruisefior primaveral y matinal,
azucena tronchada por un fatal destino,
rebusca de la dicha, persecución del mal...
El ánfora funesta del divino veneno
que ha de hacer por la vida la tortura interior;
la conciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror de sentirse pasajero, el horror
de ir a tientas, en intermitentes espantos,
60
hacia lo inevitable desconocido, y la
pesadilla brutal de este dormir de llantos
¡de la cual no hay más que Ella que nos despertará!
VI
CANCION DE OTOÑO EN PRIMAVERA
AG. Martínez Sierra.
¡Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.
Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y aflicción.
Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.
Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver ...!
Cuando quiero llorar, no lloro,
ya veces lloro sin querer...
La otra fue más sensitiva,
y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
cual no pensé encontrar jamás.
Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...
En sus brazos tomó mi ensueño
61
y lo arrulló como a un bebé...
y le mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...
Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...
Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión
y que me roena, loca,
con sus dientes el corazón
poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad:
y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...
Juventud, divino tesoro,
ira te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
¡Y a veces lloro sin querer!
¡Y las demás!, en tantos climas,
en tantas tierras, siempre son,
si no pretexto de mis rimas,
fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Y no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris me acerco
a los rosales del jardín...
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!...
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...
62
¡Mas es mía el Alba de oro!
VII
TREBOL
I
DE DON LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE
A DON DIEGO DE SILVA VELÁZQUEZ
Mientras el brillo de tu gloria augura
ser en la eternidad sol sin poniente,
fénix de viva luz, fénix ardiente,
diamante parangón de la pintura,
de España está sobre la ves te obscura
tu nombre, como joya reluciente;
rompe la Envidia el fatigado diente,
y el Olvido lamenta su amargura.
Yo en equívoco altar, tú en sacro fuego,
miro a través de mi penumbra el día
en que al calor de tu amistad, Don Diego,
jugando de la luz con la armonía,
con la alma luz, de tu pincel el juego
el alma duplicó de la faz mía.
2
DE DON DIEGO DE SILVA VELÁZQUEZ
A DON LUIS DE GÓNGORA y ARGOTE
Alma de oro, fina voz de oro,
al venir hacia mí, ¿por qué suspiras?
Ya empieza el noble coro de las liras
a preludiar el himno a tu decoro;
ya al misterioso son del noble oro
calma al Centauro sus grotescas iras,
y con nueva pasión que les inspiras
tornan a amarse Angélica y Medoro.
A Teócrito y Poussin la Fama dote
63
con la corona de laurel supremo;
que en donde da Cervantes el Quijote
y yo las telas con mis luces gemo,
para Don Luis de Góngora y Argote
traerá una nueva palma Polifelilo.
3
En tanto pace estrellas el Pegaso divino,
y vela tu hipogrifo, Velázquez, la Fortuna,
en los celestes parques al Cisne gongorino
deshoja sus sutiles margaritas la Luna.
Tu castillo, Velázquez, se eleva en el camino
del Arte como torre que de águilas es cuna,
y tu castillo, Góngora, se alza al azul cual una
jaula de ruiseñores labrada en oro fino.
Gloriosa la peninsula que abriga tal colonia.
¡Aquí bronce corintio, y allá mármol de Jonia!
Las rosas a Velázquez, ya Góngora claveles.
De ruiseñores y águilas se pueblan las encinas,
y mientras pasa Angélica sonriendo a las Meninas,
salen las nueve Musas de un bosque de laureles.
VIII
«CHARITAS»
A Vicente de Paul, nuestro Rey Cristo
con dulce lengua dice:
-Hijo mío, tus labios
dignos son de imprimirse
en la herida que el ciego
en mi costado abrió. Tu amor sublime
tiene sublime premio: asciende y goza
del alto galardón que conseguiste.
El alma de Vicente llega al coro
de los alados Angeles que al triste
mortal custodian: eran más brillantes
que los celestes astros. Cristo: «Sigue»,
dijo al amado espíritu del Santo.
Ve entonces la región en donde existen
64
los augusto s Arcángeles, zodíaco
de diamantina nieve, indestructibles
ejércitos de luz y mensajeras
castas palomas o águilas insignes.
Luego la majestad esplendorosa
del coro de los Príncipes,
que las divinas órdenes realizan
y en el humano espíritu presiden;
el coro de las altas Potestades
que al torrente infernal levantan diques;
el coro de las místicas Virtudes,
las huellas de los mártires
y las intactas manos de las vírgenes;
el coro prestigioso
de las Dominaciones que dirigen
nuestras almas al bien, y el coro excelso
de los Tronos insignes,
que del Eterno el solio,
cariátides de luz indefinible,
sostienen por los siglos de los siglos;
y el coro de Quembes que compite
con la antorcha del sol.
Por fin, la gloria
de teológico fuego en que se erigen
las llamas vivas de inmortal esencia.
Cristo el Santo bendice
y así penetra el Serafín de Francia
al coro de los ígneos Serafines.
IX
NO OBSTANTE...
¡Oh terremoto mental!
Yo sentí un día en mi cráneo
como el caer subitáneo
de una Babel de cristal.
De Pascal miré al abismo,
y vi lo que pudo ver
cuando sintió Baudelaire
«el ala del idiotismo».
Hay, no obstante, que ser fuerte:
pasar todo precipicio
65
y ser vencedor del Vicio,
de la Locura y la Muerte.
X
El verso sutil que pasa o se posa
sobre la mujer o sobre la rosa,
beso puede ser, o ser mariposa.
En la fresca flor el verso sutil;
el triunfo de Amor en el mes de Abril:
Amor, verso y flor, la niña gentil.
Amor y dolor. Halagos y enojos.
Herodías ríe en los labios rojos.
Dos verdugos hay que están en los ojos.
¡Oh, saber amar es saber sufrir,
amar y sufrir, sufrir y sentir,
y el hacha besar que nos ha de herir!
Rosa de dolor, gracia femenina;
inocencia y luz, corola divina,
y aroma fatal y crüel espina...
Líbramos, Señor, de Abril y la flor,
y del cielo azul, y del ruiseñor;
de dolor y amor, libranos, Señor.
XI
FILOSOFIA
Saluda al sol, araña, no seas rencorosa.
Da tus gracias a Dios, oh sapo, pues que eres.
El peludo cangrejo tiene espinas de rosa
y los moluscos reminiscencias de mujeres.
Sabed ser lo que sois, enigmas, siendo formas;
dejad la responsabilidad a las Normas,
que a su vez la enviarán al Todopoderoso...
(Toca, grillo, a la luz de la luna, y dance el oso.)
66
XII
LEDA
El cisne en la sombra parece de nieve;
su pico es de ámbar, del alba al trasluz;
el suave crepúsculo que pasa tan breve
las cándidas alas sonrosa de luz.
Y luego, en las ondas del lago azulado,
después que la aurora perdió su arrebol,
las alas tendidas y el cuello enarcado,
el cisne es de plata, bailado de sol.
Tal es, cuando esponja las plumas de seda,
olímpico pájaro herido de amor,
y viola en las linfas sonoras a Leda,
buscando su pico los labios en flor.
Suspira la bella desnuda y vencida,
y en tanto que al aire sus quejas se van
del fondo verdoso de fronda tupida
chispean turbados los ojos de Pan.
XIII
DIVINA PSIQUIS
I
¡Divina Psiquis, dulce mariposa invisible
que desde los abismos has venido a ser todo
lo que en mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible
forma la chispa sacra de la estatua de lodo!
Te asomas por mis ojos a la luz de la tierra
y prisionera vives en mí de extraño dueño:
te reducen a esclava mis sentidos en guerra
y apenas vagas libre por el jardín del sueño.
Sabia a la Lujuria que sabes antiguas ciencias,
te sacudes a veces entre imposibles muros,
y más allá de todas las vulgares conciencias
exploras los recodos más terribles y obscuros.
Y encuentras sombra y duelo. Que sombra y duelo encuentres
bajo la viña en donde nace el vino del Diablo.
Te posas en los senos, te posas en los vientres
67
que hicieron a Juan loco e hicieron cuerdo a Pablo.
A Juan virgen, ya Pablo militar y violento;
a Juan que nunca supo del supremo contacto;
a Pablo el tempestuoso que halló a Cristo en el viento,
ya Juan ante quien Hugo se queda estupefacto.
2
Entre la catedral y las ruinas paganas
vuelas, ¡oh Psiquis, oh alma mía!,
-como decía
aquel celeste Edgardo,
que entró en el Paraíso entre un són de campanas
y un perfume de nardo-.
Entre la catedral
y las paganas ruinas
repartes tus dos alas de cristal,
tus dos alas divinas.
Y de la flor
que el ruiseñor
canta en su griego antiguo, de la rosa,
vuelas, ¡oh, Mariposa!,
a posarte en un clavo de Nuestro Señor.
XIV
EL SONETO DE TRECE VERSOS
De una juvenil inocencia,
¡qué conservar, sino el sutil
perfume, esencia de su Abril,
la más maravillosa esencia!
Por lamentar a mi conciencia
quedó de un sonoro marfil
un cuento que fue de las Mil
y una noches de mi existencia...
Scherezada se entredurmió...
El Visir quedó meditando...
Dinarzada el día olvidó...
Mas al pájaro azul volvió...
68
Pero...
No obstante...
Siempre...
Cuando...
XV
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
Es como el ala de la mariposa
nuestro brazo que deja el pensamiento escrito.
Nuestra infancia vale la rosa,
el relámpago nuestro mirar,
y el ritmo que en el pecho
nuestro corazón mueve,
es un ritmo de onda de mar,
o un caer de copo de nieve,
o el del cantar
del ruiseñor,
que dura lo que dura el perfumar
de su hermana la flor.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
El alma que se advierte sencilla y mira claramente la gracia pura de la luz cara a cara,
como el botón de rosa, como la coccinela,
esa alma es la que al fondo del infinito vuela.
El alma que ha olvidado la admiración, que sufre
en la melancolía agria, olorosa a azufre,
de envidiar malamente y duramente, anida
en un nido de topos. Es manca. Está tullida.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
XVI
A PHOCAS EL CAMPESINO
Phocás el campesino, hijo mío, que tienes
en apenas escasos meses de vida, tantos
dolores en tus ojos que esperan tantos llantos
por el fatal pensar que revelan tus sienes...
Tarda en venir a este dolor a donde vienes,
a este mundo terrible en duelos yen espantos;
duerme bajo los Angeles, sueña bajo los Santos,
que ya tendrás la Vida para que te envenenes...
69
Sueña, hijo mío, todavía, y cuando crezcas,
perdóname el fatal don de darte la vida
que yo hubiera querido de azul y rosas frescas;
pues tú eres la crisálida de mi alma entristecida,
y te he de ver en medio del triunfo que merezcas
renovando el fulgor de mi psique abolida.
XVII
¡Carne, celeste carne de la mujer! Arcilla,
-dijo Hugo-; ambrosía más bien, ¡ohmaravilla!
La vida se soporta,
tan doliente y tan corta,
solamente por eso:
roce, mordisco o beso
en ese pan divino
para el cual nuestra sangre es nuestro vino.
En ella está la lira,
en ella está la rosa,
en ella está la ciencia armoniosa,
en ella se respira
el perfume vital de toda cosa.
Eva y Cipris concentran el misterio
del corazón del mundo.
Cuando el áureo Pegaso
en la victoria matinal se lanza
con el mágico ritmo de su paso
hacia la vida y hacia la esperanza,
si alza la crin y las narices hincha
y sobre las montañas pone el casco sonoro
y hacia la mar relincha,
y el espacio se llena
de un gran temblor de oro,
es que ha visto desnuda a Anadiomena.
Gloria, ¡oh Potente a quien las sombras temen!
¡Que las más blancas tórtolas te inmolen,
pues por ti la floresta está en el polen
y el pensamiento en el sagrado semen!
Gloria, ¡oh Sublime, que eres la existencia
por quien siempre hay futuros en el útero eterno!
¡Tu boca sabe al fruto del árbol de la Ciencia
y al torcer tus cabellos apagaste el infierno!
70
Inútil es el grito de la legión cobarde
del interés, inútil el progreso
yankee, si te desdeña.
Si el progreso es de fuego, por ti arde.
¡Toda lucha del hombre va a tu beso,
por ti se combate o se sueña!
Pues en ti existe Primavera para el triste,
labor gozosa para el fuerte
néctar, ánfora, dulzura amable.
¡Porque en ti existe
el placer de vivir, hasta la muerte
y ante la eternidad de lo probable...!
XVIII
UN SONETO A CERVANTES
A Ricardo Calvo.
Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza
El es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.
Cristiano y amoroso caballero
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,
viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino!
71
XIX
MADRIGAL EXALTADO
A Mademoiselle
Villagrán.
Dies irae, dies illa!
Solvet saeclum in favilla
cuando quema esa pupila!
La tierra se vuelve loca,
el cielo a la tierra invoca
cuando sonríe esa boca.
Tiemblan los lirios tempranas
y los árboles lozanos
al contacto de esas manos.
El bosque se encuentra estrecho
el egipán en acecho
cuando respira ese pecho.
Sobre los senderos es
como una fiesta, después
que se han sentido esos pies,
y el Sol, sultán de orgullosas
rosas, dice a sus hermosas
cuando en primavera están:
¡Rosas, rosas, dadme rosas
para Adela Villagrán!
XX
MARINA
Mar armonioso,
mar maravilloso:
tu salada fragancia,
tus colores y músicas sonoras
me dan la sensación divina de mi infancia,
en que suaves las horas
venían en un paso de danza reposada
a dejarme un ensuefio o regalo de hada.
72
Mar armonioso,
mar maravilloso,
de arcadas de diamante en que se rompe en vuelos
rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,
espejo de mis vagas ciudades de los cielos
blanco y azul tumulto
de donde brota un canto
inextinguible:
mar paternal, mar santo:
mi alma siente la influencia de tu alma invisible.
Velas de los Colones
y velas de los Vascos,
hostigadas por odios de ciclones
ante la hostilidad de los peñascos:
o galeras de oro,
velas purpúreas de bajeles
que saludaron al mugir del toro
celeste, con Europa sobre el lomo
que salpicaba la revuelta espuma.
Magnífico y sonoro
se oye en las aguas como
un tropel de tropeles,
¡tropel de los tropeles de tritones!
Brazos salen de la onda, suenan vagas canciones,
brillan piedras preciosas,
mientras en las revueltas extensiones
Venus y el Sol hacen nacer mil rosas.
XXI
CLEOPOMPO Y HELIODEMO
A Vargas Vila.
Cleopompo y Heliodemo, cuya filosofía
es idéntica, gustan dialogar bajo el verde
patio del platanar. Allí Cleopompo muerde
la manzana epicúrea, y Hellodemo fía
al aire su confianza en la eterna armonía.
Mal haya quien las Parcas inhumano recuerde:
Si una sonora perla de la clepsidra pierde,
no volverá a ofrecerla la mano que la envía.
Una vaca aparece, crepuscular. Es hora
en que el grillo en su lira hace halagos a Flora,
73
y en el azul florece un diamante supremo;
y en la pupila enorme de la bestia apacible,
miran como que rueda en un ritmo invisible
la música del mundo, Cleopompo y Heliodemo.
XXII
«¡AY, TRISTE DEL QUE UN DIA...!»
¡Ay, triste del que un día en su esfinge interior
pone los ojos e interroga! Está perdido.
¡Ay del que pide eurekas al placer o al dolor!
Dos dioses hay, y son: Ignorancia y Olvido.
Lo que el árbol desea decir y dice al viento,
y lo que el animal manifiesta en su instinto,
cristalizamos en palabra y pensamiento.
Nada más que maneras expresan lo distinto.
XXIII
En el país de las Alegorías
Salomé siempre danza,
ante el tiarado Herodes,
eternamente;
y la cabeza de Juan el Bautista,
ante quien tiemblan los leones,
cae al hachazo. Sangre llueve.
Pues la rosa sexual
al entreabrirse
conmueve todo lo que existe,
con su efluvio carnal
y con su enigma espiritual.
XXIV
AUGURIOS
A E. Díaz Romero.
Hoy pasó un águila
sobre mi cabeza;
lleva en sus alas
74
la tormenta,
lleva en sus garras
el rayo que deslumbra y aterra.
¡Oh, águila!
Dame la fortaleza
de sentirme en el lodo humano
con alas y fuerzas
para resistir los embates
de las tempestades perversas,
y de arriba las cóleras
y de abajo las roedoras miserias.
Pasó un búho
sobre mi frente.
Yo pensé en Minerva
y en la noche solemne.
¡Oh, búho!
Dame tu silencio perenne,
y tus ojos profundos en la noche
y tu tranquilidad ante la muerte
Dame tu nocturno imperio
y tu sabiduria celeste,
y tu cabeza cual la de Jano,
que, siendo una, mira a Oriente y Occidente.
Pasó una paloma
que casi rozó con sus alas mis labios.
¡Oh, paloma!
Dame tu profundo encanto
de saber arrullar, y tu lascivia
en campo tornasol, y en campo
de luz tu prodigioso
ardor en el divino acto.
(Y dame la justicia en la naturaleza,
pues, en este caso,
tú serás la perversa
y el chivo será el casto.)
Pasó un gerifalte. ¡Oh, gerifalte!
Dame tus uñas largas
y tus ágiles alas cortadoras de viento,
y tus ágiles patas,
y tus uñas que bien se hunden
en las carnes de la caza.
Por mi cetrería
irás en jiras fantásticas,
y me traerás piezas famosas
y raras,
75
palpitantes ideas,
sangrientas almas.
Pasa el ruiseñor.
¡Ah, divino doctor!
No me des nada. Tengo tu veneno,
tu puesta de sol
y tu noche de luna y tu lira,
y tu lirico amor.
(Sin embargo, en secreto,
tu amigo soy,
pues más de una vez me has brindado
en la copa de mi dolor,
con el elixir de la luna
celestes gotas de Dios...)
Pasa un murciélago.
Pasa una mosca. Un moscardón.
Una abeja en el crepúsculo.
No pasa nada.
La muerte llegó.
XXV
MELANCOLIA
A Domingo Bolívar.
Hermano, tú que tienes la luz, díme la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de ensueño y loco de armonía.
Ese es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas crüentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía.
Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me parece que el camino es muy largo,
ya veces que es muy corto...
Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?
76
XXVI
¡ALELUYA!
A Manuel Machado.
Rosas rosadas y blancas, ramas verdes,
corolas frescas, y frescos
ramos, ¡Alegría!
Nidos en los tibios árboles,
huevos en los tibios nidos,
dulzura, ¡Alegría!
El beso de esa muchacha
rubia, y el de esa morena,
y el de esa negra, ¡Alegría!
Y el vientre de esa pequeña
de quince años, y sus brazos
armoniosos, ¡Alegría!
Y el aliento de la selva virgen,
y el de las vírgenes hembras,
y las dulces rimas de la Aurora,
¡Alegría, Alegría, Alegría!
XXVII
DE OTOÑO
Yo sé que hay quienes dicen: ¿Por qué no canta ahora
con aquella locura armoniosa de antaño?
Esos no ven la obra profunda de la hora,
la labor del minuto y el prodigio del año.
Yo, pobre árbol, produje, el amor de la brisa,
cuando empecé a crecer, un vago y dulce son.
Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:
¡dejad al huracán mover mi corazón!
77
XXVIII
A GOYA
Poderoso visionario,
raro ingenio temerario,
por ti enciendo mi incensario.
Por ti, cuya gran paleta,
caprichosa, brusca, inquieta,
debe amar todo poeta;
por tus lóbregas visiones,
tus blancas irradiaciones,
tus negros y bermellones;
por tus colores dantescos,
por tus majos pintorescos
y las glorias de tus frescos.
Porque entra en tu gran tesoro
el diestro que mata al toro,
la niña de rizos de oro,
y con el bravo torero,
el infante, el caballero,
la mantilla y el pandero.
Tu loca mano dibuja
la silueta de la bruja
que en la sombra se arrebuja,
y aprende una abracadabra
del diablo patas de cabra
que hace una mueca macabra.
Musa soberbia y confusa,
ángel, espectro, medusa:
tal aparece tu musa.
Tu pincel asombra, hechiza:
ya en sus claros electriza,
ya en sus sombras sinfoniza;
con las manolas amables,
los reyes, los miserables,
o los cristos lamentables.
78
En tu claroscuro brilla
la luz muerta y amarilla
de la horrenda pesadilla,
o hace encender tu pincel
los rojos labios de miel
o la sangre del clavel.
Tienen ojos asesinos
en sus semblantes divinos
tus ángeles femeninos.
Tu caprichosa alegría
mezclaba la luz del día
con la noche obscura y fría.
Así es de ver y admirar
tu misteriosa y sin par
pintura crepuscular.
De lo que da testimonio:
por tus frescos, San Antonio;
por tus brujas, el demonio.
XXIX
CARACOL
A Antonio Machado.
En la playa he encontrado un caracol de oro
macizo y recamado de las perlas más finas;
Europa le ha tocado con sus manos divinas
cuando cruzó las ondas sobre el celeste toro.
He llevado a mis labios el caracol sonoro
y he suscitado el eco de las dianas marinas;
le acerqué a mis oídos, y las azules minas
me han contado en voz baja su secreto tesoro.
Así la sal me llega de los vientos amargos
que en sus hinchadas velas sintió la nave Argos
cuando amaron los astros el sueño de Jasón;
y oigo un rumor de olas y un incógnito acento
y un profundo oleaje y un misterioso viento...
(El caracol la forma tiene de un corazón.)
79
XXX
AMO, AMAS...
Amar, amar, amar, amar siempre, con todo
el ser y con la tierra y con el cielo,
con lo claro del sol y lo obscuro del lodo:
amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.
Y cuando la montaña de la vida
nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,
amar la inmensidad que es de amor encendida
¡y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!
XXXI
SONETO AUTUMNAL,
AL MARQUES DE BRADOMIN
Marqués (como el Divino lo eres), te saludo.
Es el Otoño, y vengo de un Versalles doliente.
Había mucho frío y erraba vulgar gente.
El chorro de agua de Verlaine estaba mudo.
Me quedé pensativo ante un mármol desnudo,
cuando vi una paloma que pasó de repente,
y por caso de cerebración inconsciente
pensé en ti. Toda exégesis en este caso eludo.
Versalles otoñal; una paloma; un lindo
mármol; un vulgo errante, municipal y espeso;
anteriores lecturas de tus sutiles prosas;
la reciente impresión de tus triunfos... Prescindo
de más detalles para explicarte por eso
cómo, autumnal, te envió este ramo de rosas.
80
XXXII
NOCTURNO
A Mariano de Cavia.
Los que auscultasteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un eco vago, un ligero rüido...
En los instantes del silencio misterioso,
cuando surgen de su prisión los olvidados,
en la hora de los muertos, en la hora del reposo,
sabréis leer estos versos de amargor impregnados...
Como en un vaso vierto en ellos mis dolores
de lejanos recuerdos y desgracias funestas,
y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
y el duelo de mi corazón, triste de fiestas.
y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido,
la pérdida del reino que estaba para mí,
el pensar que un instante pude no haber nacido,
¡y el sueño que es mi vida desde que yo nací!
Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.
XXXIII
URNA VOTIVA
A Lamberti.
Sobre el caro despojo esta urna cincelo:
un amable frescor de inmortal siempreviva
que decore la greca de la urna votiva
en la copa que guarda rocío del cielo;
81
una alondra fugaz sorprendida en su vuelo
cuando fuese a cantar en la rama de oliva,
una estatua de Diana en la selva nativa
que la Musa Armonía envolviera en su velo.
Tal, si fuese escultor, con amor cincelara
en el mármol divino que me brinda Carrara,
coronando la obra una lira, una cruz;
y sería mi sueño, al nacer de la aurora,
contemplar, en la faz de una niña que llora,
una lágrima llena de amor y de luz.
XXXIV
PROGRAMA MATINAL
¡Claras horas de la mañana
en que mil clarines de oro
dicen la divina diana!
¡Salve al celeste Sol sonoro!
En la angustia de la ignorancia
de lo porvenir, saludemos
la barca llena de fragancia
que tiene de marfil los remos.
Epicúreos o soñadores,
amemos la gloriosa Vida,
siempre coronados de flores
¡Y siempre la antorcha encendida!
Exprimamos de los racimos
de nuestra vida transitoria
los placeres por que vivimos
y los champañas de la gloria.
Devanemos de amor los hilos,
hagamos, porque es bello, el bien,
y después durmamos tranquilos
y por siempre jamás. Amén.
82
XXXV
IBIS
Cuidadoso estoy siempre ante el Ibis de Ovidio,
enigma humano tan ponzoñoso y süave
que casi no pretende su condición de ave
cuando se ha conquistado sus terrores de ofidio.
XXXVI
THANATOS
En medio del camino de la vida...
dijo Dante. Su verso se convierte:
En medio del camino de la muerte.
Y no hay que aborrecer a la ignorada
emperatriz y reina de la Nada.
Por ella nuestra tela está tejida,
y ella en la copa de los sueños vierte
un contrario nepente: ¡ella no olvida!
XXXVII
OFRENDA
Bandera que aprisiona
el aliento de Abril,
corona
tu torre de marfil.
Cual princesa encantada,
eres mimada por
un hada
de rosado color.
Las rosas que tú pises
tu boca han de envidiar;
los lises,
tu pureza estelar.
Carrera de Atalanta
lleva tu dicha en flor;
83
y canta
tu nombre un ruiseñor.
Y si meditabunda
sientes pena fugaz,
inunda
luz celeste tu faz.
Ronsard, lira de Galia,
te daría un ron del;
Italia
te brindara el pincel,
para que la corona
tuviese, celestial
Madona,
en un lienzo inmortal.
Ten el laurel cariño,
hoy, cuando aspiro a que
vaya a ornar tu corpiño
mi rimado bouquet.
XXXVIII
PROPOSITO PRIMAVERAL
A Vargas Vila.
A saludar me ofrezco y a celebrar me obligo
tu triunfo, Amor, al beso de la estación que llega
mientras el blanco cisne del lago azul navega
en el mágico parque de mis triunfos testigo.
Amor, tu hoz de oro ha segado mi trigo;
por ti me halaga el suave son de la flauta griega,
y por ti Venus pródiga sus manzanas me entrega
y me brinda las perlas de las mieles del higo.
En el erecto término coloco una corona
en que de rosas frescas la púrpura detona;
y en tanto canta el agua bajo el boscaje obscuro,
junto a la adolescente que en el misterio inicio
apuraré, alternando con tu dulce ejercicio,
las ánforas de oro del divino Epicuro.
84
XXXIX
LETANIAS DE NUESTRO SEÑOR
DON QUIJOTE
A Navarro Ledesma.
Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alimentas y de ensueños vistes,
coronado de áureo y yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.
Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias,
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad...
Caballero errante de los caballeros,
barón de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro, ¡salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!
¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas, y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a arfeo, tienes a orfeón!
Escucha, divino Rolando del sueño,
a un enamorado de tu Clavileño,
y cuyo Pegas o relincha hacia ti;
escucha los versos de estas letanías,
hechas con las cosas de todos los días
y con otras que en lo misterioso vi.
¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol;
por advenedizas almas de manga ancha,
85
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español!
¡Ruega por nosotros, que necesitamos
las mágicas rosas, los sublimes ramos
de laurel! Pro nobis ora, gran señor.
(Tiemblan las florestas de laurel del mundo,
y antes que tu hermano vago, Segismundo,
el pálido Hámlet te ofrece una flor.)
Ruega generoso, piadoso, orgulloso;
ruega, casto, puro, celeste, animoso;
por nos intercede, suplica por nos,
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.
De tantas tristezas, de dolores tantos,
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, señor!
De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, señor!
Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad...
¡Ora por nosotros, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de sueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!
86
XL
ALLA LEJOS
Buey que vi en mi niñez echando vaho un día
bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,
en la hacienda fecunda, plena de la armonía
del trópico; paloma de los bosques sonoros
del viento, de las hachas, de pájaros y toros
salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía.
Pesado buey, tú evocas la dulce madrugada
que llamaba a la ordeña de la vaca lechera,
cuando era mi existencia toda blanca y rosada;
y tú, paloma arrulladora y montañera,
significas en mi primavera pasada
todo lo que hay en la divina Primavera.
XLI
LO FATAL
A René Pérez.
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésta ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos...!
87
AZUL
AL SR. D. FEDERICO VARELA
Gerón rey de Siracusa, inmortalizado e sonoros versos griegos, tenía un huerto privilejiado por
favor de los dioses, huerto de tierra ubérrima que fecundaba el gran sol. En él permitía a muchos
cultivadores que llegasen a sembrar sus granos y sus plantas.
Había laureles verdes y gloriosos, cedros fragantes, rosas encendidas, trigo de oro, sin faltar
yerbas pobres que arrostraban la paciencia de Gerón.
No sé que sembraría Teócrito, pero creo que fue un citiso y un rosal.
Señor, permitid que junto a una de las encinas de vuestro huerto, extienda mi enredadera de
campánulas.
R. D.
Prólogo
L'art c'est l'azur
Victor Hugo
I
¡Que cofre tan artístico! ¡Qué libro tan hermoso!
¿Quién me lo trajo?
¡Ah! La Musa joven de alas sonantes y corazón de fuego, la Musa de Nicaragua, la de las selvas
seculares que besa el sol de los trópicos y arrullan los océanos.
¡Qué hermosas pájinas de deliciosa lectura, con prosa como versos, con versos como música!
¡Qué brillo! todo luz, todo perfume, todo juventud y amor.
Es un regalo de hadas: es la obra de un poeta.
Pero, de un poeta verdadero, siempre inspirado, siempre artista, sea que suelte al aire las alas
azules de sus rimas, sea que talle en rubíes y diamantes las facetas de su prosa.
Rubén Darío es, en efecto, un poeta de esquisito temperamento artístico que aduna el vigor a la
gracia; de gusto fino y delicado, casi diría aristocrático; neurótico y por lo mismo original; lleno de
fosforescencias súbitas, de novedades y sorpresas; con la cabeza poblada de aladas fantasías,
quimeras y ensueños, y el corazón ávido de amor, siempre abierto a la esperanza.
88
Si el ala negra de la muerte antes no lo toca, si las fogosidades del numen no lo consumen o
despeñan, ¡Rubén Darío llegará a ser una gloria Americana, que tal es la fuerza y ley de su estro
juvenil!
En la portada de su libro, sobre la tapa de su cofre cincelado brilla la palabra AZUL... misteriosa
como es el océano, profunda como el cielo azul, soñadora como los ojos azul-cielo.
¡L'art c'est l'azur! Dijo el gran poeta.
Sí: pero aquel azul de las alturas que desprende un rayo de sol para dorar las espigas y las
naranjas, que redondea y sazona las pomas, que madura los racimos y colora las mejillas satinadas
de la niñez.
Sí, el arte es el azul, pero aquel azul de arriba que desprende un rayo de amor para encender los
corazones y ennoblecer el pensamiento y engendrar las acciones grandes y generosas.
Eso es el ideal, eso el Azul con irradiaciones inmortales, eso lo que contiene el cofre artístico
del poeta.
¿Y aquellas alas de mariposa azul de qué nos sirven? preguntarán los que nacieron sin alas. ¿De
qué nos sirve eso que flota en el vago azul de los sueños?
Contesta el poeta:
-Pour des certains êtres sublimes, planer c'est servir.
II
Abramos el cofre Azul de Rubén para examinar sus joyas, no con la balanza y las gafas del
judío, no con las minucias analíticas del gramático, sino para contemplarlas a la amplia luz de la
síntesis artística capaz de abracar en una mirada el conjunto de la obra, y de comprender la idea y el
sentimiento que inspiraron el autor.
El poeta más original y filosófico e España, -Campoamor,- dice: que, la obra poética se ha de
juzgar por la novedad del asunto, la regularidad del plan, el método con que se desarrolla y su
finalidad trascendente. Y agrega: «a un artista no se le puede pedir más que su idea y su estilo, y,
jeneralmente, para ser grande le basta sólo su estilo.»
No pensaron así los griegos. Para ellos el mérito de la obra estriba en el asunto, antes que en el
estilo, en la idea poética, no en su ropaje. La clámide no hace al hombre.
Eran adoradores de la bella obra; pero más de las justas proporciones, es decir, del plan y su
desarrollo.
El asunto, -que comprende el argumento y la acción,- es sin duda, lo primero. Dada la idea, la
poesía la reviste de un cuerpo, la humaniza, la hace interesante para todos los hombres, o, como
89
dice el padre de las Doloras: -la idea se convierte en imagen hay en seguida que darle carácter
humano, y después, universalizarla, si es posible.
Creemos además, que la poesía debe cultivarse como medio de mejorar, deleitando el espíritu y
elevándolo, y entonces, las brillantes fruslerías de los versos, las alas azules de mariposa, se
convertirán en estrella que guía, en alas de águila que levantan.
La regla sería: -la ficción para hacer resaltar la verdad; el esplendor de la imaginación propia
alumbrando la razón ajena y avivando la conciencia, la imagen para esculpir el pensamiento que
inclina a la virtud y eleva la inteligencia.
He aquí en pocas palabras las miras de nuestra poética., y a ellas ajustamos nuestro criterio.
Quien quiera aceptarlas, aplíquelas, si le agrada, al libro que le presentamos. El libro saldrá airoso
de la prueba.
Apuntamos estas bases de criterio para los jóvenes estudiosos que quieran comprender este libro
en su valor artístico: no las aplicamos, porque no es nuestro objeto, ni el lugar de hacerlo.
III
Pero, estas reglas no son por cierto, para los lindos ojos de las curiosas, astros errantes que
recorrerán gozosos las poéticas pájinas del Azul...
Yo les enseñaré a juzgar de las obras de arte con el corazón, como a ellas les gusta y acomoda.
¿Queréis saber como, lindas curiosas? -Oíd.
Si la lectura del libro, -o la contemplación del lienzo y del mármol- os produce una sensación de
agrado, o de alegría; si involuntariamente exclamáis, ¡qué lindo! Tened por seguro que la obra es
bella y, por tanto, poética. Si no podéis abandonar el drama o la novela, y vuestros dedos de marfil
y rosa vuelven y vuelven una pájina tras otra para que las devoren los ojos hechizados, ¡ah!
entonces, el autor acertó a ser interesante, lo que es un gran mérito y un triunfo. Si el corazón os
late más deprisa, si un suspiro se os escapa, si una lágrima rueda sobre el libro, si lo cerráis y os
quedáis pensativa, ¡ah! entonces, bella lectora, no os quepa duda, por allí ha pasado un alma
poética derramando el nardo penetrante de su sentimiento.
La obra que, deleitando, consiga dar a luz a la mente y palpitaciones al corazón helado, si aviva
la conciencia, si mueve a las acciones nobles y generosas, si enciende el entusiasmo por lo bueno,
lo bello y lo verdadero, si se indigna contra las deformidades del vicio y las injusticias sociales y
hace que nos interesemos por todos los que sufren, decid que es obra elocuente y eminentemente
poética.
Bajo las apariencias graciosas de la ficción suele ocultarse la fuerza de estas grandes
enseñanzas, y entonces la obra llega a las altas cimbres del arte.
Aplicad, lindas lectoras, aplicad estas reglas del sentimiento a las armoniosas Azules de Rubén
Darío, y vuestro juicio será certero. Vuestros ojos, lo sé, derramarán más de una lágrima, vuestros
90
labios gozosos dirán ¡qué lindo! ¡qué lindo!... y luego os quedaréis pensativas, como traspuestas,
como flotando en el país encantado de los sueños azules.
IV
Dejadme hacer un poco como vosotras. Pues que se trata de un poeta y no de un filósofo,
queden a un lado la escuadra y el compás del retórico. Quiero estimar por su aroma a la flor, al
astro por su luz, al ave por su canto.
Venid conmigo, palomas blancas y garzas morenas; para vosotras hablo ahora.
Nada de filosofías, nada de finalidades trascendentes, ni de abstracciones sensibilizadas,
humanizadas y universalizadas. Eso, estoy seguro, hiere vuestros tímpanos delicados hechos para la
música y el amor.
Conversemos del poeta; pero, sin murmurar si es posible. Escuchadme.
Rubén Darío es de la escuela de Victor Hugo; mas, tiene a veces el aticismo y la riqueza
ornamental de Paul de St. Victor, y la atrayente ingenuidad del italiano d'Amiens, tan llena de aire
y de sol. Describe los bohemios del talento como lo haría Alphonse Dandet, y pinta la naturaleza
con la unción el colorido y frescura de los cantores de Pablo y Virginia y de la criolla María.
Os sonreís pensando, ¿qué tienen de común Victor Hugo, el relámpago y el trueno, con los
idilios americanos de St. Pierre y de Isaacs, y con las escenas parisienses del autor de Sapho?
Son en verdad, estilos y temperamentos mui diversos, mas nuestro autor de todos ellos tiene
rasgos, y no es ninguno de ellos. Ahí precisamente está su originalidad. Aquellos ingenios diversos,
aquellos estilos, todos aquellos colores y armonías, se aúnan y funden en la paleta del escritor
centro-americano, y producen una nota nueva, una tinta suya, un rayo genial y distintivo que es el
sello del poeta. De aquellos diferentes metales que hierven juntos en la hornalla de su cerebro, y en
que él ha arrojado su propio corazón, al fin se ha formado el bronce de sus Azules.
Su originalidad incontestable está en que todo lo amalgama, lo funde y lo armoniza en un estilo
suyo, nervioso, delicado, pintoresco, lleno de resplandores súbitos y de graciosas sorpresas, de
giros inesperados, de imágenes seductoras, de metáforas atrevidas, de epítetos relevantes y
oportunismos y de palabras bizarras, exóticas aún, mas siempre bien sonantes.
V
Acaso se apega demasiado a la forma; pero, esa es su marca; y, luego que él no descuida el
fondo. Acaso...
¡Chit!... Acercáos más, lindas muchachas, estrechad vuestra rueda como las ninfas campestres
en torno al viejo Anacreonte, y escuchadme.
91
¿Sabéis? ¡Su hermosa Musa tiene un defecto!
-¿Cuál? ¿Cuál?
-El de ser demasiado hermosa.
-¡Ah!... ¡Oh!... ¡Bah! ¡Bah!...
-¡Dejadme concluir: y presumida!... ¿Qué diríais de la muchacha que untara de bermellón sus
mejillas frescas y rozagantes? ¿Qué, de la niña que vistiera perpetuamente de baile por parecer
mejor?
-Y eso, ¿a qué viene?
-Vais a ver. El poeta tiene su flaco: esmalta y enflora demasiado sus bellísimos conceptos, abusa
del colorete, del polvo de oro, de las perlas irisadas, de los abejeos azules... y sin necesidad;
mientras más sobrio de luces y colores, más natural y es más encantador. Siempre el estilo ático fue
más estimado que el estilo rodio por los hombres de buen gusto. La elegancia no consiste en el
exceso de adornos, ni en la profusión de alhajas.
Pero, ¡eso es nada! Él sabe hacer elegante su riqueza y aceptable su colorete: el peligro es para
sus imitadores, que creen tener sus vuelos, porque salpican sus salzas literarias con el áureo polvo,
y su estro, porque se recargan de falsa pedrería como serafines de aldea.
Sigamos murmurando, como los críticos... ¿Sabéis?...
-¿Qué más, maestro?
-El poeta tiene otro flaco... ¡Os reís!... ¡Eh! callaré...
-¡No! ¡no! ¡Hablad, por favor!...
Darío adora a Víctor Hugo y también a Cátulo Mendes. Junto al gran anciano, leader un día de
los románticos, coloca en su afecto a la secta moderna de los simbolistas y decadentes, esos
idólatras del espejo en la frase, de la palabra rehumbrosa y de las aliteraciones bizantinas.
Víctor Hugo tenía el soplo gigantesco de Homero y de Isaías. El torbellino de su inspiración
producía su pensamiento exhuberante, que no podía vaciarse en los moldes estrechos de la
Academia, y él, entonces, impelido por necesidad imperiosa, se creaba su propia lengua, con la
audacia del genio. Para derramar su pensamiento fulgurante tomaba cuanto hallaba a mano: sonido,
color, letra, palabra, suspiro, desgarramiento, no importa qué; cuantos acentos e inflecciones toman
la voz humana y la magna voz de la naturaleza entera, bosque, nube, océano; cuantas
combinaciones alcancen a idearse, todo era bueno para él, todo era suyo, todo elemento de su
lengua, y todo se plegaba dócilmente a su pensamiento y obedecía a su voluntad soberana.
Eso pudo Víctor Hugo, porque suyo era el verbo creador, porque él era el genio. El verbo puede
crearse su propia carne, como el caracol su concha: pero la carne sola jamás creará al verbo, y
como la estatua existirá sin alma.
92
La luz produce los colores: los colores no encienden la luz.
Los poetas neuróticos de París que se llaman los decadentes, quieren hacer como Víctor Hugo, y
torturan la lengua, la sacan de quicio, la retuercen y la dan extrañas formas y giros; pero, poco se
curan del pensamiento. ¡No bajará para ellos el espíritu en forma de lenguas de fuego!
Darío tiene bastante talento para escapar a la Sirena de la moda que lo atrae al escollo... Pero,
¡cuidado! Góngora también tenía talento...
En sus poéticas pájinas, en prosa y en verso, el pensamiento relampaguea a cada paso; pues él
quiere más, y las palabras desplegadas en guerrilla, avanzan a fogonazos.
No se abandona a su talento, busca el efecto, busca el éxito en la novedad, y el relámpago se
asocia al polvorazo, lo grande natural a lo pequeño artificial, Víctor Hugo a Verlain, la Leyenda de
los siglos a los Poemas Saturninos.
He aquí el bermellón, como si el colorete en algo favoreciera las rosas de la juventud.
¡Fuera el oropel! ¡fuera lo artificial, oh, jóvenes, y soplará una aire sano sobre las letras como
sobre las flores del campo!
VI
-¡Cierto!... Mas, ¿quiénes son esos decadentes de que habláis? ¿Cómo es que nuestro poeta
sacrifica en sus altares?
-Os lo diré. Las letras, como las flores, como las frutas, como los pueblos, suelen sufrir
epidemias que las devastan y desfiguran.
Comprendo bien que el pensamiento debe ajustarse a su forma y armonizar con ella. Alma bella
en cuerpo bello, es ideal.
Pues bien, hai ocasiones en que el exajerado amor a la forma ha perjudicado al pensamiento, y
producido esas deformidades epidémicas en la literatura, que suelen encontrar fervorosos
partidarios y hasta imponerse a un pueblo y a una época entera. Pasada la moda se la encuentra
ridícula, y nadie comprende cómo vino ni que ceguera a hizo aceptable.
Y si no, ahí están para probarlo aquellas fiebres que han invadido las literaturas europeas,
comenzando por el euphuismo, introducido por John Lilly en la corte de Isabel de Inglaterra; el
marinismo que invade la Italia con sus concetti, al mismo tiempo que el gongorismo hace estragos
en las letras castellanas, y la lengua preciosa en las francesas. Ni la sesuda Alemania escapó a
aquellas plagas, pues el poeta Lohenstein les llevó el contajio poco después. El Hotel Rambouillet,
centro culto y perfumado, creó el «estilo galante» [XII] que dejeneró en el preciosismo, y de su
Salón Azul, donde por primera vez se unían la aristocracia de cuna y la de talento, salió también el
Adonis de Marini, aquel terrible decadente llamado a Francia por María de Médicis.
93
Nacen estas plagas del prurito de crear nuevos dialectos poéticos, que no corresponden a nuevas
ideas ni a nuevos sentimientos; nacen de sobreponer por moda, lo ficticio a lo natural, lo
convencional a lo verdadero, la factura del mosaico paciente a los esplendores del genio.
En Francia, tras de los románticos, -emancipadores, exajerados e lo convencional clásico, que
reinaba desde los días de Ronsard y su pléyade,- brotaron los parnasianos, simbolistas y
decadentes. Los románticos tienen razón de ser: representan la revolución en las letras. Con el
chaleco dorado en reemplazo del gorro frigio, marcharon contra la tiranía de Boileau y de La
Harpe, y dieron a las letras un rumbo más humano y más propio de nuestro tiempo y de nuestra
civilización. Pero, ¿qué buscan los decadentes? ¿qué nos traen de nuevo? ¿Cuál es su razón de ser?
¿Queréis conocerlos? Os los voi a presentar.
No se sabe a punto fijo de dónde vienen, ni creo que ellos sepan mejor a donde van, y en esto se
parecen un poco a los gitanos.
¿Vienen de los hermanos Goncourt? ¿Nacieron de las Flores del Mal de Beaudelaire? ¿O acaso
son imitadores bastardos de Víctor Hugo, que a falta de genio quieren parecérsele por las rarezas
del lenguaje? ¿Descenderían, por ventura, estos zíngaros, de Ramsés el Grande? ¡Todo puede ser!
Sea como fuere, ello es que la escuela modernísima de los decadentes busca con demasiado
empeño el valor musical de las palabras y descuida su valor ideológico. Sacrifica las ideas a los
sonidos y se consagran, como dicen sus adeptos, a la instrumentación poética.
Los decadentes no sólo olvidan el significad recto de los vocablos, sino que los enlazan sin
sometimiento a ninguna lei sintáxica, con tal que de ello resulte alguna belleza a su manera, la cual
bien puede ser alguna algarabía para los no iniciados en sus gustos.
A los que así proceden los llamó decadentes el buen sentido público, y ellos, como pasa tantas
veces, del apodo hicieron una divisa.
Los poetas neuróticos de esta secta hacen vida de noctámbulos y ocurren a los excitantes y
narcóticos para enloquecer sus nervios y así procurarse visiones y armonías y ensueños poéticos.
Acuden a la ginebra y el ajenjo, al opio y a la morfina, como Poe y Musset, como los turcos y los
chinos. El deseo de singularizarse es su motor, la neurosis su medio.
¡Tales son los decadentes, los de la instrumentación poética! ¡Divina locura! ¡Caso curioso de la
patolojía literaria!...
En estos neuróticos debe operarse cierta inversión de los sentidos, pues que en su vocabulario
especial confunden los sonidos con los colores y los sabores, como pasa bajo el ingenio de la
sugestión hipnótica.
Comprendo que la chispa eléctrica sea luz azuleja para el ojo, crepitación para el oído, escozor
para la mano, acidez para el paladar, y aun concibo que tenga olor, si se la hace caer en los nervios
del olfato. Comprendo que el alma, libre del fardo de la materia, tenga una noción única, y, por
tanto, más perfecta, de la chispa eléctrica, aunando las cinco nociones elementales diversas que los
sentidos le proporcionan, tal como de la fusión de los colores del espectro resulta el rayo de luz.
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Comprendo que las sensaciones recibidas por los sentidos tengan grandes analojías y estrechas
relaciones entre sí, desde que todas no son más que modos de movimiento, y sólo se diferencian en
la rapidez de las vibraciones. Pero, ¡lo que no comprendo es que, hombres despiertos y metidos en
el estuche de su cuerpo vivo, me digan: que, el clarín suena rojo; que llega a herir su tímpano el
aroma azul de las violetas, que ven con el paladar, y que oyen por la nariz!... ¡Y menos comprendo
todavía ni admito la necesidad de amoldar la lengua a tan extravagante discordia de los sentidos a
nombre de la divina instrumentación!
Y no creáis, mis señoras, que exajero. Los decadentes no son desprevenidos y tienen su Código.
Han ya reducido a preceptos las incoherencias de sus sueños morfinizados en el Tratado del Verbo.
Establéese allí que cada letra tiene un color, cada color corresponde a un instrumento músico y
cada instrumento simboliza una pasión o un modo de ser. Así, por ejemplo:
La A es negra, lo negro es el órgano; el órgano expresa la duda, la monotonía y la simpleza.
(Sic.)
La E es blanca, lo blanco es el harpa; el harpa es la serenidad, etc., etc.
De las combinaciones de letras, según ellos, nacen los diversos matices del sonido, del coloro y
del sentimiento. He aquí pues la cábala judía aplicada a las bellas letras.
Como el niño que juega inocente al borde del precipicio, así estos poetas decadentes sonríen
junto al abismo, en aquella triste penumbra vaga que separa la razón de la demencia.
Las aliteraciones, las combinaciones de letras y sonidos que ellos miran como nuevas, en su
parte racional eran conocidos por el viejo Homero y usadas por Virgilio. Las armonías que ellos
buscan con tan raro ahínco, otros las encontraron ya sin salir de lo razonable, y es lo que los
retóricos, desde Aristóteles hasta hoy, comprenden en la armonía de los sonidos musicales, la
armonía imitativa y la armonía que establece el acuerdo entre la idea y las palabras con que se la da
expresión.
No hay pues tal novedad.
VII
Es Rubén Darío decadente.
Él lo cree así; yo lo niego.
Él lo cree, porque poetiza la nueva escuela; porque siente las atracciones de la forma, como
todas las imaginaciones tropicales; porque tiene fiebre de originalidad.
Yo lo niego, porque ni le encuentro las extravagancias características de la escuela decadente,
por más que tenga las inclinaciones. Lo niego, porque él no ensarta palabras para aparentar ideas,
sino que tiene el divino numen que lo salva de las atracciones del abismo, como las alas del águila.
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¡Ay de los incautos que pretendan seguirlo!
La poética decadente de Darío es al Tratado del Verbo de lo que el hombre al mono. Ella está
consignada en un hermoso estudio que consagró a Catulo Mendes, donde él mismo se pinta de
cuerpo entero y descubre los procedimientos que emplea.
Dice allí en son de reproche, que «Julio Janin consideraba un absurdo, una locura, pretender
pintar el color de un sonido, el perfume de un astro, algo como aprisionar el ama de las cosas.»
Otros encuentran que «hay un exceso de arte, un abandono del fondo, del verbo, por la envoltura
opulenta...» (¡Oíd!)... «¡Ah! Y esos desbordamientos de oro, esas frases kaleidoscópicas, esas
combinaciones armoniosas en periodos rítmicos, ese abarcar un pensamiento en engastes
luminosos, ¡todo eso es sencillamente admirable!»
¡Sí, admirable, mientras el gusto sano la vivifique, mientras el grande arte de la palabra no
dejenere en neuróticas orquestaciones!Darío va en busca «de lo bello, del encaje, del polvo áureo», quiere juntar la grandeza a los
esplendores de la idea en el cerco burilado de una buena combinación de letras»... quiere, «poner
luz y color en un engaste, aprisionar el secreto e la música en la trampa de plata de la retórica,
hacer rosas artificiales que huelan a primavera...» Y todo eso, en efecto.
De él diremos, como él de Catulo Mendes, que es un poeta de esquisito temperamento artístico,
delicadísimo y bizarro; que escribe en prosa y casi rima; admirable fraseador que esmalta y enflora
sus cuentos, y que para distinguirse tiene el sello de su estilo, de su manera de escribir como
burilando en oro, como en seda, como en luz.
Va más lejos aún, y elogia en Méndes «el instinto que tiene de encontrar el valor hermoso de
una consonante que martillea sonoramente a una vocal, y su gusto por la raíz griega, por la base
exótica, siempre que sea vibrante, expresiva, melodiosa.»
Catulo Méndes como Goutier, su suegro, es un parnasiano, pero con ribetes de simbolista
decadente.
Darío es un poeta sui generis, con más facetas que el Ko-hi-noor de la India, y con más nervios
y caprichos que Sara Bernhardt.
Su admiración por los primores y rarezas de la frase, su inclinación y gusto por los pequeños
secretos del colorido de las palabras y armonías literales, han hecho, sin duda, que él se crea
decadente.
No lo es dijimos, porque no tiene las estravagancias de la escuela. Sus mismas sorpresas,
novedades, rarezas de forma, son tan delicadas, tan hijas del talento, que se las perdonarían hasta
los más empecinados hablistas. Suele haber raíces exóticas en su vocabulario, suelen deslizarse
algunos graciosos galicismos; pero, es correcto, y si anda siempre a caza de novedades, jamás
olvida el buen sentido, ni pierde le instinto de la rica lengua de Castilla al amoldar las palabras a su
orquestación poética. No así en las cláusulas de su florido lenguaje. Ellas tienen más el corte
96
francés moderno, brusco, breve, nervioso, que el desarrollo grave, amplio, majestuoso de la frase
castellana.
Sus bizarrerías, como él suele decir, hijas lejítimas son de una organización nerviosa, de las
sangre juvenil, y sobre todo de la viveza y esmalte de estas imajinaciones maduradas en los climas
ardientes.
Sin embargo, no se puede desconocer su tendencia a los decadentes. Veo que tiene un pie sobre
ese plano inclinado: si eso se hace de moda, temeré que la moda lo empuje y lo precipite.
¡Ah! ¡la Moda!... Conocéis sus caprichos locos y su imperio. Por culpa de ella ahí tenéis a
nuestro poeta lírico enflautado en su larga levita y en el tubo lustroso de su sombrero, en vez de
llevar flotando a la espalda el blanco albornoz de los beduinos, de holgados pliegues, airoso y
elegante. El Yemen lo creería su hijo; el camello lo reconocería; tañería la guzla mora adornada con
flores de granado, y las mujeres de ojos negros arrojarían jazmines a sus plantas.
¡Quiera Alhá, que no caiga en el abismo!
Lo que es por hoi, este bellísimo libro Azul, con arabescos como los de la Alhambra, proclama
la estirpe de su autor, y prueba que no es él un decadente.
Si él lo dice, ¡no se lo creáis! ¡Pura bizarrería! ¡pura orquestación poética!
Vale más que eso. -Él es él, el poeta de Nicaragua, el que baña su frente en un nimbo de oro
cuando sueña sus azules, y conversa con las hadas cuando modula sus rimas y canciones.
-Ecce homo!...
VIII
-¡Veamos ahora!
Allá en el fondo del Ática, cuando del viejo coro relijioso de las fiestas dionisíacas comenzaba a
desprenderse la trajedia, cuando Esquilo meditaba su Prometeo, el pueblo murmuraba en torno del
altar del dios, un poco olvidado: -¡Nada por Dionisio! ¡Nada para Dionisio!...
Como el pueblo ateniense dirá acaso, mi buen amigo Rubén, al ver que dejo correr la pluma
charladora por donde menos pensaba, y para nada me ocupo de su nuevo libro.
Ciertamente, darlo a conocer era mi intención al sentarme a escribir este Prólogo; pero, ¡me
acontece como a un buen amigo mío, improvisador sin fin ni fondo, que se sentó a escribir una
décima y le salió comedia!... Mas, pues tengo aún dos cuartillas blancas sobe la mesa, hagamos
algo por Dionisio para que el pueblo no murmure.
Recorramos la reducida, pero rica galería de sus lienzos y acuarelas, de sus mosaicos y
camafeos, de sus bronces y filigranas.
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Venid, bellas ninfas, adornadas del arte; venid y admirad conmigo sobre el Azul joyante de esta
prosa, el divino centelleo del Año Lírico, Lira de brillantes sobe mullido cojín de raso azul. ¡Entrad!
IX
¿Queréis ver y palpar lo que el viejo autor de las doloras llama la universalidad de una idea?
Aquí tenéis estos tres cuadros, -una pequeña trilogía:-El rei burgués, El velo de la reina Mab,
La Canción del Oro. Miradlos bien.
¿Veis? -El protagonista es el Poeta, siempre el Poeta, solo, desconocido, abandonado,
hambriento, casi un mendigo, y, sin embargo, como Colón lleva un mundo a la cabeza. ¡El burgués
hecho rey, dueño del oro y del mando, ve al poeta y lo coloca más abajo que sus lacayos, allá, entre
sus pájaros, donde dará vuelta sin cesar al manubrio de un organillo!... Es noche de crudo invierno;
la sala del festín arde como una ascua de oro, por sus ventanas salen bocanadas de luz y esplosiones
de alegría; ¡ahí se goza y se ríe; ahí se aplauden locamente las hinchadas necedades de un
retórico!... Y afuera ¡oh sarcasmo! la nieve, el hambre, la desesperación... el Poeta que muere a la
luz de las estrellas melancólicas.
¿Habéis comprendido? Ese poeta, ese genio que pasa desconocido al lado de los grandes de su
tiempo, que vive sufriendo y muere de pena y de frío, tiene muchos nombres, se llama Homero,
Camoens, Taso, Shakespeare, Miguel Cervantes... -¡Comparad estas frentes humildes tocadas por
el dedo de Dios, con las altivas testas coronadas por mano del hombre o del capricho!...
Ahí tenéis la eterna historia del oro burgués aplastando al talento, y, del estro encadenado a la
miseria; ahí tenéis la universalización de la idea expresada poéticamente.
Este viejo cuento, narrado con gracia nueva y encantadora, es una tela que merece marco de oro.
¿No es verdad, hermosa lectora? -Pero, ¡qué diantre!... ¡Os quedáis pensativa! ¿Vuestra frente
delicada se dobla al peso de graves pensamientos?... ¡Ah! ¡es que eso nace del fondo mismo del
cuadro, que el autor, por una amarga ironía, ha llamado cuento alegre!
Campoamor quiere que la idea poética se haga imagen para que la veamos, y en seguida se
humanice para que la sintamos. La imagen es el cuento mismo, y, no me tengáis por viejo
murmurador si os agrego, que, aquí esa humanización es... ¡nuestro poeta en persona!... ¡Chit!...
Sólo para vosotras... ¡Imaginadlo enjaulado en el pandemonium de la Aduana de Valparaíso,
tratando de fardos, contando barricas, alineando números en negras columnas! ¡Imposible! ¡Y hai
sin embargo, que dar vuelta al manubrio!... ¡Ah! ¡creedme, yo lo comprendo... pero, al menos, él,
lleno de juventud, lleva en el pecho la esperanza...!
¡La Esperanza! Sí, esa es la ninfa ilusión que él vio en su Cuento parisiense, tan sabroso, tan
graciosamente bello como la ninfa misma que allí veis, esa que surje del cristal tembloroso de las
aguas con una sonrisa picaresca. Pero no divaguemos.
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Volvamos a nuestro Poeta muerto de pena y de frío; vamos a verlo resucitar en el cielo de la
fantasía.
¿Conocéis a la diminuta reina Mab, aquella que Shakespeare pasea por el país de los sueños y de
los enamorados, donde vagan Romeo y Julieta? Ella, -el hada gentil que baja por un rayo de sol, en
su pequeño carro hecho de una sola perla y tirado por cuatro coleópteros empenachados, de
bruñidos capacetes y trasparentes alas,- ella, ella será la que emancipe al Poeta. Al menos
conseguirá siquiera adormecerlo, engañará su dolor, lo hará olvidar sus penas. ¿Sabéis cómo?
Mirad el lienzo; allí la veis; compasiva y tierna envuelve al Poeta en su velo azul, casi impalpable y
tan tenue como la sombra de una ilusión. Ese velo encantado trae consigo los dulces sueños, y hace
ver la vida color de rosa. ¿Comprendéis ahora?
Dante borró la esperanza y creó el infierno, ¡Lasciate ogni speranza!... Arrojad la divina
esperanza sobre la noche y tendréis el día.
Eso hizo la reina Mab.
Desgraciadamente, ese velo delicado se rompe y se evapora al soplo brutal de la realidad, fría y
dura y tremenda.
La hora de los desengaños no tarda. -El harapiento con trazas de mendigo, el peregrino, el poeta,
despierta bruscamente al sentir que le escupe al rostro el desprecio e los palacios, llenos de lacayos
galoneados, y el crujir insolente de la seda meretricia.
Y, aquella especie de mendigo sonríe y se hiergue. ¡Sobre su frente dantesca se amontonan las
sombras como las nubes en torno de la montaña, y brillan sus ojos con los relámpagos de la
indignación, y su lengua, como la de Juvenal, estalla al fin en rayos vengadores! Ésa es la sátira
acerada contra las corrupciones de la riqueza, ésa la Canción del Oro, mezcla de gemido, ditirambo
y carcajada, que el porta da al viento de la noche, y que en ecos quejumbrosos prolongan las
tinieblas sobrecogidas.
Mas, por desgracia, estas voces vengadoras no llegan al oído sordo de los poderosos, ni a su
corazón, más duro que el bronce, más duro que la bóveda del Banco, y a prueba de generosas
compasiones.
¿Qué se hizo el poeta? ¡Ya no está la reina Mab!... El velo azul no existe,... la Canción del Oro
fue dispersada al viento del olvido... ¿Acaso no habrá algún epílogo para nuestra trilogía?
Recorramos la galería... ¡Ah!... ¡Ah!... ¡sí lo hay!... El poeta se ha hecho bohemio, y hoi vive en la
vieja Lutecia, en ese París que aspira a ser el cerebro del mundo porque es su corazón. Ahí está. Le
conozco a pesar de su metamorfosis.
Del país de las hadas hemos pasado, pues, a la prosa de la vida, y nos hallamos en le café
Plombier, en plena bohemia, bock en mano y la pipa en la boca... Allí se agitan revueltos, grupos
de estudiantes y artistas, de perdidos y pensadores, cabezas fosforescentes donde hai algo, frentes
juveniles que buscan afanosas el viejo laurel verde.
Allí está aquel Garcín, querido entre todos, triste, soñador, buen bebedor de ajenjo, bravo
improvisador, y, como bohemio, un Bayardo sin miedo ni tacha. Ya lo veis, ha cambiado de traje y
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de escenario, pero es el mismo poeta anónimo a quien el rei burgués dejó morirse de hambre, a
quien Mab envolvió en su velo, el mendigo que lanzó a los aires como una saeta de fuego, su
estridente Canción del Oro.
La bohemia lo llama el Pájaro Azul. Él hace madrigales y coge violetas silvestres para Nini, su
linda vecina.
Mas, el idilio candoroso y dulce es bruscamente interrumpido por la muerte de Nini.
Garcín sonríe tristemente, se despide de sus amigos como en broma, pero con palabras
misteriosas, y, en seguida, pone fin al idilio saltándose los sesos.
Así, pues, el epílogo de esta lucha trágica del genio con el destino, remata en el suicidio,
¡heroica cobardía, sublime necedad! El oro y la ceguera humana lo combaten, la esperanza lo
consuela, el amor lo levanta, pero, al fin, como el epicureano Lucrecio, corta las amarras de la
negra barca y se engolfa meditabundo en el piélago de la eternidad.
Aguardad, que hai algo aún más sombrío y más humano en esta galería d'èlite; algo digno del
lápiz de Goya. Se diría que es un episodio caído de la cartera de Víctor Hugo, algo como una pájina
de los Miserables o de los Trabajadores del Mar, suavizada por la pluma de d'Amicis.
-Mostradnos, pues, el pequeño prodijio.
-Ahí lo tenéis. Se intitula El Fardo. ¿No es verdad que esa tela hace estremecer el alma? Es
hermosamente sombría, tiene los sacudimientos de la trajedia, y llena los ojos de lágrimas
silenciosas.
Baja la tarde; a orillas del mar azul y pérfido, un viejo jornalero inválido cuenta la triste suerte
de su hijo, uno de los hércules anónimos de nuestras playas. Él era el sustento el pobre rancho; él
trabajaba sin descanso al sol y al viento, a veces con el agua a la cintura, para llevar un mendrugo a
su madre anciana y para algo más... para enriquecer a los ricos. Él se reía de la muerte y desafiaba
el peligro, mas un día la muerte lo cogió en su trampa horrible y lo aplastó. -¿Cómo? -Un fardo
pesadísimo se balanceaba pendiente del brazo colosal de un pescante que lo alzaba sobre el abismo.
¡De repente cruje la madera, las cadenas rechinan, estallan las gruesas cuerdas con estrépito, y
aquella masa brutal cae y aplasta al hombre del trabajo como a un vil gusano!... ¡Sombría imagen
del pueblo, víctima del fardo ajeno y sufriendo siempre en silencio!
¿Lloráis?... Pasemos a otra cosa...
¡Aire de primavera; olor a rosas; cuadro de amor, señoritas!...
El pintor lo llama, Palomas blancas y garzas morenas... Yo le daría otro nombre...
-¿Cuál? ¿Cuál?... ¡Veamos!
-Claro de luna y rayo de sol.
Nada más fresco ni más delicado, nada más humano ni más divinamente escrito.
100
Ese par de acuarelas entrelazadas en un medallón y que se completan y armonizan, ese poema
del primer amor sentido por un niño y expresado por un hombre, por sí solo bastaría a formar una
reputación literaria.
¡Qué!... ¡muchacha coqueta, con que te tapas lo ojos para no ver, y atisbas a hurtadillas por entre
los dedos!...
¡Eh! ¡Dejad a los clérigos del Estandarte la gloria de tejer fajas púdicas para la Venus de Milo,
y buscar desvíos místicos para las sanas palpitaciones de la madre naturaleza!...
Lo bello, lo verdadero y lo bueno, son las tres hipótesis de la santa trinidad del arte, tres colores
distintos producido por un solo rayo de luz divina. Lo bello tiene que ser verdadero; no puede dejar
de ser bueno.
¿Creeríais hacer buena obra condenando la verdad de esta belleza? ¡Condenad entones la
naturaleza misma!
El cuadro del primer beso forma artísticamente la transición natural de los Cuentos al Año lírico,
de la prosa elegante y cadenciosa a los versos de divina estirpe.
Pero, un momento más; echad aún un vistazo sobre estas otras pinturas. Aquí está la niña
clorótica que se muere sin saber de qué, arrebatada por una hada benéfica al palacio del Sol, donde
encuentra sus colores perdidos y recobra la alegría.
Ved más allá aquellos pequeños gnomos fornidos, de luengas barbas grises, con el hacha al
cinto y caperuzas encarnadas. ¿Mundo fantástico, mundo alemán de Kobolt y Níquel?, de gnomos
que conocen el secreto de las montañas, y saben en qué entraña de la tierra está escondido el tesoro
de los Nibelungos. Ajitado y revuelto hierve ese submundo de los pigmeos, porque el hombre, en
su audacia creciente ha osado sacar de sus crisoles el zafiro y los rubíes, que ellos custodian noche
y día en sus yacimientos seculares. ¿Queréis saber la leyenda del rojo rubí, de ése brillante como el
ojo sanguinolento de una divinidad infernal? -Escuchad al viejo gnomo; él os va a contar...
*
Nos provocan al pasar, estas dos panoplias, como han dado nuestros pintores en llamar a las
colecciones de esbozos y bocetos que encuadran en un mismo marco, o en algún madero
acuartelado, a la manera e los viejos escudos de armas.
Este es EL ÁLBUM PORTEÑO, la otra el SANTIAGUINO.
Aquí tenéis a Ricardo; en busaca de impresiones y panoramas sube a los cerros de este Valle del
Paraíso, que no es paraíso ni es valle. Sigue una vía tortuosa de casas trepantes, escalonadas del pie
del cerro a la cumbre, graciosas, alegres, pintorescas, unas como blancos palomares entre la
verdura, otras como castillos aéreos asomadas al abismo.
Mientras más se sube, como pasa en la vida, mayores horizontes se abarcan, más crece el cielo y
más el mar. Y en las calles ascendentes del Cerro Alegre y en la estéril soledad del Camino de
101
Cintura, Ricardo ve, medita, y escribe después, lo que pocos ven, menos meditan y ninguno ha
escrito.
Veamos lo que él ha visto.
En el jardín de esa casita inglesa, ahí tenéis a Mary cojiendo flores de la mañana, rubia aérea y
fresca... creación delicadísima hecha de una feliz pincelada y digna de tentar a un Fortuny. Luego,
al lado de esa acuarela sonrosada y lila, un paisage chileno a lo Rugendas, representando al huaso
de nuestros campos y su buey; gordo éste, resignado, paciente y rumiando filosóficamente su pasto
y su destino. Más allá, al rojizo resplandor de la fragua, los cíclopes de delantal de cuero, que
forjan el hierro incandescente al compas de sus martillos. -¡Ah! acá tenéis la Virgen de la Paloma,
creación murillesca, con su niño en los brazos. El bambino ajita las manecitas y las piernas rollizas
y muestra en sus movimientos, «querer asir la blanca paloma, bajo la cúpula inmensa del cielo
azul»... Ahí tenéis, en el rincón, en el último término, esa cabeza que asoma a medio bosquejar:
bajo sus sienes artísticas se siente palpitar el pensamiento, y se ve algo como el aleteo de millares
de mariposas prontas a derramarse por los aires. Es un autoretrato; está al fin ahí como una firma.
Recorramos ahora el Album Santiagués; mas no creáis, extraviados por el nombre, que el artista
fue en romería a Santiago de Compostela en busca de sus cuadros. No, nada de eso; se trata de
nuestras vistas santiaguinas, de nuestra alameda de Santiago de Chile, con su sin par Cordillera de
pórfidos abigarrados y de nieve, blanca a la mañana, rosicler a la tarde; con sus árboles, sus
palacios, sus fuentes y sus estatuas; con sus filas interminables de lujosos carruajes charolados; con
sus paseantes ajustados al último corte parisiense, y su exhibición dominguera de lindas mujeres
ávidas de mirar y de ser miradas. Tras de esta vista de conjunto, aquel segundo cartón del panneaux
nos introduce al misterioso retrete de una dama santiaguina. Delante de su tocador ensaya un trage
Pompadour a la manera de las marquesitas empolvadas de Watteau, y ensaya al mismo tiempo las
armas de su gracia conquistadora. Va al baile de fantasía... Estará irresistible...
Aquí tenéis una naturaleza muerta; allá, un estudio al carbón, una dama misteriosa con el manto
a los ojos, orando en la penumbra del templo, más allá un risueño paisaje de la Quinta Normal, con
sauce confidente, y a su amparo una feliz pareja, -¡acaso una cita!- y luego, un capricho e luz, un
rayo de luna que resbala sobre la frente pálida del soñador incorregible y va a perderse en la bruma
nocturna.
Tal es el Azul a vuelo de pájaro.
X
Estoi cansado; sentémonos un momento.
¿Cuál creéis que es la prenda más sobresaliente del autor de estos cuentos?
-¡Su inspiración!...
-¡Su fantasía!...
102
-¡Su originalidad!...
-¡Su elegancia!...
-¡Eh! me refiero a otra cosa.
Rubén Darío tiene el don d ela armonía bajo todas sus formas. Ya es la armonía imitativa, que
nace como sabéis, de la acertada combinación de las palabras, cual aquella «agua glauca y oscura
que chapoteaba musicalmente bajo el viejo muelle», y, «el raso y el moaré que con su roce ríen»...
Cito de memoria, por no darme el trabajo de la elección donde a cada paso brotan espontáneas las
preciosas onomatopeyas.
Fuera de la armonía imitativa hai aquí en grado supremo, aquella otra, que convierte la lengua
en una flauta suave y sonora; y hai la gran armonía, la más artística de todas, la que consiste ne le
perfecto acuerdo entre la idea y su expresión, de manera que parezcan ambas nacidas a la par y la
una para la otra.
Agregad a estas tres faces de la armonía, las melodías del lenguaje sometido a la lei del metro y
el ritmo, y sabréis en qué nuestro poeta es maestro como pocos. El don de la armonía es uno de los
secretos que tiene para encantarnos.
XI
En el Año lírico hai pocas, pero escojidas composiciones.
Nada más delicado que su canto de Primavera; nada más espléndido que su Estival.
En la Primaveral, suelto y gracioso romance que huele a rosas, es notable la armonía entre el
tema desarrollado y las imágenes, figuras, tropos, epítetos y combinaciones de sonidos que se
emplean. Corre por toda la composición un aire fresco y embalsamado de primavera y juventud que
alegra el alma y templa los nervios, como si realmente nos halláramos en la estación florida de los
rimeros amores.
Pocas, muy pocas composiciones del género ha producido la Musa juvenil de América que a
ésta se igualen.
Yo, apenas sí retocaría un solo veros para dar mejor colocación a los acentos, y diría:
Dame que aprieten mis manos
las tuyas de rosa y seda,
y ríe, y muestren tus labios
su húmeda púrpura fresca
103
Así, éste octosílabo dactílico llevaría sus acentos, como es debido, en las sílabas 1ª, 4ª y 7ª.
Tras los toques de aroma y color campestres, propios de la savia que sube, y las yemas que
revientan, y los botones que se abren, y del amor que germina en nidos y corazones; tras del dulce
reclamo a la amada, propio del mes de flores y de un alma de un poeta, viene aquel final espléndido
de perfil griego, que hace rematar tan elegante composición en una anacreóntica perfecta.
¡Oh, y la ESTIVAL! ¡Qué nervio y que estro! ¡Qué admirable talento pictórico!... No trepido en
afirmar que éste es uno de los más bellos trozos descriptivos del Parnaso Castellano.
El estío está simbolizado en los amores de dos tigres de Bengala. La real hembra aparece sola en
escena «con su lustrosa piel manchada a trechos». Una sensación extraña la agita...
Salta de los repechos
de un ribazo, al tupido
carrizal de un bambú; luego, a la roca
que se yergue a la entrada de su gruta.
Allí lanza un rujido,
se agita como loca
y eriza de placer su piel hirsuta.
La fiera virgen ama.
Es el mes del ardor. Parece el suelo
rescoldo; y en el cielo
el sol inmensa llama.
....................................
Siéntense vahos de horno,
y la selva africana
104
en alas del bochorno
lanza, bajo el sereno
cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
respira a pulmón lleno,
y al verse hermosa, altiva, soberana,
le late el corazón, se le hincha el seno.
Ésta es la introducción, éste el medio ambiente encendido en que la escena va atener lugar.
Las coqueterías felinas de aquella fiera que ensaya las uñas de marfil en la roca, que se lame y
repule, que ajita nerviosa el inquieto y felpudo rabo, que husmea, busca, va... y exhala como un
suspiro salvaje, no son por cierto, perdidas. Sus efluvios vuelan, y luego,
un rujido callado
escucho. Con presteza
volvió la vista de uno y otro lado.
Y chispeó su ojo verde y dilatado
cuando miró de un tigre la cabeza
surjir sobre la cima de un collado.
El tigre se acercaba.
Era mui bello.
Gigantesca la talla, el pelo fino,
apretado el hijar, robusto el cuello.
......................................................
Al caminar se vía
su cuerpo ondear con garbo y bizarría.
Se miraban los músculos hinchados
105
debajo de la piel y se diría,
ser aquella alimaña
un rudo gladiador de la montaña.
.................................................
Pero, a este paso tendría que citarlo todo. Leedlo, leedlo y encontraréis razón a mi entusiasmo.
La pintura del tigre es a la manera de Leconte de l'Isle, como lo es el encuentro de las dos fieras, y
la legada inesperada del príncipe de Gales que va de caza. Detiénese al ver aquellas fieras terribles
que se acarician sin sentir lo que pasa a su lado; avanza, apunta, hace fuego, y al estruendo
El tigre sale huyendo
y la hembra queda, el vientre desagarrado.
¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta,
chorreando sangre por la herida abierta
con ojo dolorido
miró a aquel cazador, lanzó un gemido
como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.
Aquí cierra naturalmente el cuadro, y siempre nos parecerá pegadizo el trozo final.
Por la propiedad quisiéramos que la escena pasara en la India, cuna de tigres bengaleses, y soto
de caza de los Príncipes de Inglaterra, y no en la selva africana, elejida por error. Por la misma
razón suprimiríamos aquel kanguro, que salta huyendo por el ramaje oscuro, llevado a tierra de
tigres reales por la sola atracción del consonante.
Pero, éstos son lunares fáciles de remediar, y en nada amenguan el mérito de la obra.
Los cantos que Darío consagra al Otoño y al Invierno están cuajados de bellezas como nuestro
cielo austral de estrellas. Renuncio a contarlas.
El Pensamiento de Armand Silvestre es a las otras composiciones lo que la hoja a los pétalos, y
Abatkh, -no se si griego o japonés,- es la oda más delicada y bella a la paloma que pueda darse,
deslucida por un final desgraciado, que debe suprimirse sin vacilar.
Si el autor quiere después del canto de felicidad completar su idea, si quiere pintarnos la
desgracia asechando al que sonríe, si quiere encarnar el gavilán devorando a la paloma imagen de
la fatalidad (que es lo que anatké significan) maneje de otra manera su conclusión.
106
A él no le es lícito dejar de ser artista, ni un solo momento.
Anagké comienza así:
Y dijo la paloma:Yo soi feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la poma
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas de rocío,
tengo mi hogar...
......................................................
¡Soi feliz! porque es mía la floresta,
donde el misterio de los nidos se halla;
por que el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, por que de dulces ansias llena
calentar mis polluelos es mi orgullo;
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo.
Porque no hai una rosa que no me ame,
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame.
-¿Sí? dijo entonce un gavilán infame.
Y con furor se la metió en el buche.
107
Este último es un verso plebeyo que desdice de los demás, tan donosos y bien nacidos. Al
menos, me hace mal efecto. Pero, lo que sí debo confesar que encuentro inadmisible bajo todo
punto de vista, es el siguiente desgraciadísimo final, que puede y debe suprimirse, por innecesario a
la obra, por antiartístico y por blasfemo.
Sí; notadlo bien, señoritas, yo, libre-pensador, yo, a quien sin conocer llaman ateo las buenas
monjas de Dos Corazones, no acepto estas intemperancias dañinas al arte.
Continúa el poeta:
Entonces el buen Dios allá en su trono,
(mientras Satán, para distraer su encono
aplaudía a aquel pájaro zahareño),se puso a meditar. Arrugó el ceño,
y pensó, al recorrer sus vastos planes,
y recorrer sus puntos y sus comas,
que cuando crió palomas
no debía haber criado gavilanes.
¿A propósito de esto, me permitís, amigas mías, una última digresión antes de despedirnos?- ¡Sea!
Habéis de saber que don Alfonso el Sabio, rey mui dado a la astronomía, como que escribió las
Tablas Alfonsíes que de los astros tratan, ofuscado por los errores a que lo indujo el sistema de
Tolomeo, culpaba al Creador de los desórdenes e incongruencias que creía encontrar en el
mecanismo del universo. La crítica que el buen rey creía hacer al Autor de los cielos, en realidad la
hacía a Tolomeo, a quien él seguía, como los árabes sus maestros. Así quienes lo culpan del
aparente desorden moral e injusticias de esta baja tierra, lo que en realidad condenan es su propia,
falsa concepción de las cosas.
No sabemos explicarnos por qué el halcón devora a la paloma, y nuestra ignorancia se retuerce
contra el Creador del Cielo y de la tierra, origen de la justicia y fuente de todo bien.
Admiremos la obra, amenos a su Autor. Sin eso no hai arte. Lo bello, lo verdadero, lo bueno
brotan del seno de la naturaleza, como la luz, el calor y la vida brotan del sol. L'art c'est d'azur.
[XXXIV]
¿Sois poetas? ¿amáis el arte?- Dónde hallaréis mejor modelo ni mejor maestro que en esa santa
y buena y sabia naturaleza, siempre bella, siempre riente, siempre productora, siempre virgen y
madre, de cuyo seno nace el arte griego como Venus de las espumas, como Minerva del cerebro de
Jove.
108
Buscad en la naturaleza el secreto de la poesía. Ella os dará los elementos inertes y los
elementos vivos de los afectos. Ella es cielo, aire y tierra: ella es hombre y mujer, luz y amor,
ciencia y virtud, color y armonía... escala misteriosa que remata en Dios.
Por favor, lindas lectoras, suprimid ese desgraciado final. Si el autor no lo hace, suprimidlo por
él, en prueba de cariño y de agradecimiento por el goce estético que os habrá producido la lectura
de tan lindo libro; por los ensueños que os habrá producido la contemplación del precioso cofre
artístico que lleva grabado en la tapa como un misterio la palabra Azul... y guarda dentro las joyas
regias del Año lírico.
Y decidme ahora, corazones sensibles, capaces de sentir las nobles emociones del arte, ¿no es
verdad que el autor de este pequeño libro es un gran poeta?
La envidia se pondrá pálida: Nicaragua se encojerá de hombros, que nadie es profeta en su
tierra; pero, el porvenir triunfante se encargará de coronarlo.
Vosotras que me creéis, porque sabéis sentir y presentir, saludad al poeta a su paso, como las
vírgenes Sulamitas a David el cantor, y no temáis engañaros, que él lleva consigo las tres palabras
de pase para el templo de la inmortalidad:
Eros -Lumen -Numen,
E. DE LA BARRA.
C. E. de la Real Academia Española
Cuentos en prosa
El Rei
Burgués
Cuento Alegre
¡Amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Un cuento alegre... así como para distraer
las brumosas y grises melancolías, helo aquí:
***
Había en una ciudad inmensa y brillante un rei mui poderoso, que tenía trajes caprichosos y
ricos, esclavas desnudas, blancas y negras, caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos
rápidos, y monteros con cuernos de bronce que llenaban el viento con sus fanfarrias. ¿Era un rei
poeta? No, amigo mío: era el Rei Burgués.
***
109
Era mui aficionado a las artes el soberano, y favorecía con gran largueza a sus músicos, a sus
hacedores de ditirambos, pintores, escultores, boticarios, barberos y maestros de esgrima.
Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, hacía improvisar a sus
profesores de retórica, canciones alusivas; los criados llenaban las copas del vino de oro que hierve,
y las mujeres batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rei sol, en su Babilonia
llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba
de caza atronando el bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves asustadas, y el
vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. Los perros de patas elásticas iban
rompiendo la maleza en la carrera, y los cazadores inclinados sobre el pescuezo de los caballos,
hacían ondear los mantos purpúreos y llevaban las caras encendidas y las cabelleras al viento.
***
El rei tenía un palacio soberbio donde había acumulado riquezas y objetos de arte maravillosos.
Llegaba a él por entre grupos de lilas y estensos estanques, siendo saludado por los cisnes de
cuellos blancos, antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera llena de
columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados leones de mármol como los de los
tronos salomónicos. Refinamiento. A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de
la armonía, del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu, leyendo novelas de M.
Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor
acérrimo de la corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; ¡alma sublime amante
de la lija y de la ortografía!
***
¡Japonerías!¡Chinerías! por moda y nada más. Bien podía darse el placer de un salón digno del
gusto de un Goncourt y de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas y
las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de Kioto con incrustaciones de
hojas y ramas de una flora monstruosa, y animales de una fauna desconocida; mariposas de raros
abanicos junto a las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de jestos infernales y con ojos
como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y empuñaduras con dragones devorando
flores de loto; y en conchas de huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña,
sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, porcelanas de muchos siglos, de
aquellas en que hai guerreros tártaros con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan
arcos estirados y manojos de flechas.
Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, ninfas y sátiros; el saló n
de los tiempos galantes, con cuadros del gran Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¿cuántos
salones?
Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, el vientre feliz y la
corona en la cabeza, como un rei de naipe.
***
Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se hallaba rodeado de
cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación y de baile.
110
-¿Qué es eso? preguntó.
-Señor, es un poeta.
El rei tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la pajarera: un poeta era algo
nuevo y estraño. -Dejadle aquí.
Y el poeta:
-Señor, no he comido.
Y el rei:
-Habla y comerás.
Comenzó:
***
-Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis alas al huracán; he nacido
en el tiempo de la aurora; busco la raza escojida que debe esperar con el himno en la boca y la lira
en la mano, la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad malsana, la alcoba
llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma de pequeñez y el rostro de polvos de arroz.
He roto el arpa adulona de las cuerdas débiles, contra las copas de Bohemia y las jarras donde
espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que me hacía parecer histrión,
o mujer, y he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva,
donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera del mar
áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, como un ánjel soberbio, o como un
semidiós olímpico, he ensayado el yambo dando al olvido el madrigal.
He acariciado a la gran naturaleza, y he buscado al calor del ideal, el verso que está en el astro
en el fondo del cielo, y el que está en la perla en lo profundo del océano. ¡He querido ser pujante!
Porque viene el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo ajitación y
potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que sea arco triunfal, de estrofas de acero, de
estrofas de oro, de estrofas de amor.
¡Señor, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los cuadros lamidos, ni en el
excelente señor Ohnet! ¡Señor! el arte no viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos
en todas las íes. Él es augusto, tiene mantos de oro o de llamas, o anda desnudo, y amasa la greda
con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes de ala como las águilas, o zarpazos como los
leones. Señor, entre un Apolo y un ganso, preferid el Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida y el
otro de marfil.
¡Oh, la Poesía!
¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de la mujeres, y se fabrican jarabes
poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis endecasílabos, y el señor profesor de farmacia
pone puntos y comas a mi inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el ideal...
111
El rei interrumpió:
-Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
Y un filósofo al uso:
-Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; podemos colocarle en el
jardín, cerca de los cisnes, para cuando os paseéis.
-Sí, -dijo el rei,- y dirijiéndose al poeta: -Daréis vueltas a un manubrio. Cerraréis la boca. Haréis
sonar una caja de música que toca valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de
hambre. Pieza de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas, ni de ideales. Id.
***
Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes, al poeta hambriento que daba
vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín... ¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rei por
las cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago? ¡Tiririrín! Todo entre las burlas
de los pájaros libres, que llegaban a beber rocío en las lilas floridas; entre el zumbido de las abejas,
que le picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas, ¡tiririrín...! ¡lágrimas amargas que
rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y su cerebro estaba como
petrificado, y los grandes himnos estaban en el olvido, y el poeta de la montaña coronada de
águilas, no era sino un pobre diablo que daba vueltas al manubrio, tiririrín.
Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él, el rei y sus vasallos; a los pájaros se les abrigó, y a él
se le dejó al aire glacial que le mordía las carnes y le azotaba el rostro, ¡tiririrín!
Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas cristalizadas, en el palacio había
festín, y la luz de las arañas reía alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los
mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los brindis del señor profesor de
retórica, cuajados de dáctilos, de anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía
el champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de fiesta! Y el infeliz
cubierto de nieve, cerca del estanque, daba vueltas al manubrio para calentarse ¡tiririrín, tiririrín!
tembloroso y aterido, insultado por el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche
sombría, haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las galopas y cuadrillas; y se
quedó muerto, tiririrín... pensando en que nacería el sol del día venidero, y con él el ideal,
tiririrín..., y en que el arte no vestiría pantalones sino manto de llamas, o de oro... Hasta que al día
siguiente, lo hallaron el rei y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como gorrión que mata el
hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y todavía con la mano en el manubrio.
***
¡Oh, mi amigo! el cielo está opaco, el aire frío, el día triste. Flotan brumosas y grises
melancolías...
Pero ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! ¡Hasta la vista!
112
La Ninfa
CUENTO PARISIENSE
En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que
tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis
amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como niña golosa, un
terrón de azúcar húmedo, blanco entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en
los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y la luz de los candelabros se
descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro
hirviente del champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.
Se hablaba con el entusiasmo de artistas de buena pasta, tras una buena comida. Éramos todos
artistas, quien más, quien menos, y aún había un sabio obeso que ostentaba en la albura de una
pechera inmaculada, el gran nudo de una corbata monstruosa.
Alguien dijo: -¡Ah, sí, Fremiet!- Y de Fremiet se pasó a sus animales, a su cincel maestro, a dos
perros de bronce que, cerca de nosotros, uno buscaba la pista de la pieza, y otro como mirando al
cazador alzaba el pescuezo y arbolaba la delgadez de su cola tiesa y erecta. ¿Quién habló de
Mirón? El sabio, que recitó en griego el epigrama de Anacreonte: Pastor, lleva a pastar más lejos tu
boyada, no sea que creyendo que respira la vaca de Mirón, la quieras llevar contigo.
Lesbia acabó de chupar su azúcar, y con una carcajada arjentina:
-¡Bah! Para mí, los sátiros. Yo quisiera dar vida a mis bronces, y si esto fuese posible, mi
amante sería uno de esos velludos semi-dioses. Os advierto que más que a los sátiros adoro a los
centauros; y que me dejaría robar por uno de esos monstruos robustos, sólo por oír las quejas del
engañado, que tocaría su flauta lleno de tristeza.
El sabio interrumpió:
-¡Bien! Los sátiros y los faunos, los hipocentauros y las sirenas, han existido, como las
salamandras y el ave Fénix.
Todos reímos; pero entre el coro de carcajadas, se oía irresistible, encantadora, la de Lesbia,
cuyo rostro encendido, de mujer hermosa, estaba como resplandeciente de placer.
***
-Sí, -continuó el sabio:- ¿con qué derecho negamos los modernos, hechos que afirman los
antiguos? El perro jigantesco que vio Alejandro, alto como un hombre, es tan real, como la araña
Kraken que vive en el fondo de los mares. San Antonio Abad, de edad de noventa años fue en
busca del viejo ermitaño Pablo que vivía en una cueva. Lesbia, no te rías. Iba el santo por el yermo,
apoyado en su báculo, sin saber dónde encontrar a quien buscaba. A mucho andar, ¿sabéis quién le
dio las señas del camino que debía seguir? Un centauro, medio hombre y medio caballo, -dice un
autor,- hablaba como enojado; huyó tan velozmente que presto le perdió de vista el santo; así iba
galopando el monstruo, cabellos al aire y vientre a tierra.
113
En ese mismo viaje San Antonio vio un sátiro «hombrecillo de estraña figura, estaba junto a un
arroyuelo, tenía las narices corvas, frente áspera y arrugada, y la última parte de su contrahecho
cuerpo remataba con pies de cabra».
-¡Ni más ni menos -dijo Lesbia- M. de Cocureau, futuro miembro del Instituto!
Siguió el sabio:
-Afirma San Jerónimo que en tiempo de Constantino Magno se condujo a Alejandría un sátiro
vivo, siendo conservado su cuerpo cuando murió.
Además, viole el emperador en Antioquía.
Lesbia había vuelto a llenar su copa de menta, y humedecía la lengua en el licor verde como lo
haría un animal felino.
-Dice Alberto Magno que en su tiempo cogieron a dos sátiros en los montes de Sajonia. Enrico
Zormano asegura que en tierras de Tartaria había hombres con sólo un pie, y sólo un brazo en el
pecho. Vincencio vio en su época un monstruo que trajeron al rei de Francia; tenía cabeza de perro;
(Lesbia reía) los muslos, brazos y manos tan sin vello como los nuestros; (Lesbia se ajitaba como
una chicuela a quien hiciesen cosquillas) comía carne cocida y bebía vino con todas ganas.
-¡Colombine! -gritó Lesbia-. Y llegó Colombine, una falderilla que parecía un copo de algodón.
Tomola su ama, y entre las explosiones de risa de todos:
-¡Toma, el monstruo que tenía tu cara!
Y le dio un beso en la boca, mientras el animal se extremecía e inflaba las naricitas como lleno
de voluptuosidad.
-Y Filegón Traliano -concluyó el sabio elegantemente- afirma la existencia de dos clases de
hipocentauros: una de ellas come elefantes. Además...
-Basta de sabiduría -dijo Lesbia. Y acabó de beber la menta.
Yo estaba feliz. No había desplegado mis labios. -¡Oh -exclamé- para mí, las ninfas! Yo
desearía contemplar esas desnudeces de los bosques y de las fuentes, aunque como Acteón, fuese
despedazado por los perros. Pero las ninfas no existen.
Concluyó aquel concierto alegre, con una gran fuga de risas, y de personas.
-Y ¡qué! -me dijo Lesbia, quemándome con sus ojos de faunesa y con voz callada como para
que sólo yo la oyera- ¡las ninfas existen, tú las verás!
***
Era un día primaveral. Yo vagaba por el parque del castillo, con el aire de un soñador
empedernido. Los gorriones chillaban sobre las lilas nuevas y atacaban a los escarabajos que se
114
defendían de los picotazos con sus corazas de esmeralda, con sus petos de oro y acero. En las rosas
el carmín, el vermellón, la onda penetrante de perfumes dulces; más allá las violetas, en grandes
grupos, con su color apacible y su olor a virjen. Después, los altos árboles, los ramajes tupidos
llenos de mil abejeos, las estatuas en la penumbra, los discóbolos de bronce, los gladiadores
musculosos en sus soberbias posturas gímnicas, las glorietas perfumadas cubiertas de enredaderas,
los pórticos, bellas imitaciones jónicas, cariátides todas blancas y lascivas, y vigorosos telamones
del orden atlántico, con anchas espaldas y muslos jigantescos. Vagaba por el laberinto de tales
encantos cuando oí un ruido, allá en lo oscuro de la arboleda, en el estanque donde hai cisnes
blancos como cincelados en alabastro y otros que tienen la mitad del cuello del color del ébano,
como una pierna alba con media negra.
Llegué más cerca. ¿Soñaba? ¡Oh Numa! Yo sentí lo que tú, cuando viste en su gruta por primera
vez a Egeria.
Estaba en el centro del estanque, entre la inquietud de los cisnes espantados, una ninfa, una
verdadera ninfa, que hundía su carne de rosa en el agua cristalina. La cadera a flor de espuma
parecía a veces como dorada por la luz opaca que alcanzaba a llegar por las brechas de las hojas.
¡Ah! yo vi lirios, rosas, nieve, oro; vi un ideal con vida y forma y oí entre el burbujeo sonoro de la
linfa herida, como una risa burlesca y armoniosa, que me encendía la sangre.
De pronto huyó la visión, surgió la ninfa del estanque, semejante a Citerea en su onda, y
recogiendo sus cabellos que goteaban brillantes, corrió por los rosales tras las lilas y violetas, más
allá de los tupidos arbolares, hasta ocultarse a mi vista, hasta perderse, ai, por un recodo; y quedé
yo, poeta lírico, fauno burlado, viendo a las grandes aves alabastrinas como mofándose de mí,
tendiéndome sus largos cuellos en cuyo estremo brillaba bruñida el ágata de sus picos.
***
Después, almorzábamos juntos aquellos amigos de la noche pasada, entre todos, triunfante, con
su pechera y su gran corbata oscura, el sabio obeso, futuro miembro del Instituto.
Y de repente, mientras todos charlaban de la última obra de Fremiet en el salón, esclamó Lesbia
con su alegre voz parisiense.
-¡Té! como dice Tartarín: ¡el poeta ha visto ninfas!... -La contemplaron todos asombrados, y ella
me miraba, me miraba como una gata, y se reía, se reía, como una chicuela a quien se le hiciesen
cosquillas.
El Fardo
Allá lejos, en la línea como trazada con un lápiz azul, que separa las aguas y los cielos, se iba
hundiendo el sol, con sus polvos de oro y sus torbellinos de chispas purpuradas, como un gran
disco de hierro candente. Ya el muelle fiscal iba quedando en quietud; los guardas pasaban de un
punto a otro, las gorras metidas hasta las cejas, dando aquí y allá sus vistazos. Inmóvil el enorme
brazo de los pescantes, los jornaleros se encaminaban a las casas. El agua murmuraba debajo del
muelle, y el húmedo viento salado que sopla de mar afuera a la hora en que la noche sube, mantenía
las lanchas cercanas en un continuo cabeceo.
115
***
Todos los lancheros se habían ido ya; solamente el viejo tío Lucas, que por la mañana se
estropeara un pie al subir una barrica a un carretón, y que, aunque cojín cojeando, había trabajado
todo el día, estaba sentado en una piedra, y, con la pipa en la boca, veía triste el mar.
-Eh, tío Lucas, ¿se descansa?
-Sí, pues, patroncito.
Y empezó la charla, esa charla agradable y suelta que me place entablar con los bravos hombres
toscos que viven la vida del trabajo fortificante, la que da la buena salud y la fuerza del músculo, y
se nutre con el grano del poroto y la sangre hirviendo de la viña.
Yo veía con cariño a aquel rudo viejo, y le oía con interés sus relaciones, así, todas cortadas,
todas como de hombre basto, pero de pecho ingenuo. ¡Ah, conque fue militar! ¡Conque de mozo
fue soldado de Bulnes! ¡Conque todavía tuvo resistencias para ir con su rifle hasta Miraflores! Y es
casado, y tuvo un hijo, y...
Y aquí el tío Lucas:
-Sí, patrón, ¡hace dos años que se me murió!
Aquellos ojos, chicos y relumbrantes bajo las cejas grises y peludas, se humedecieron entonces.
-¿Que cómo se me murió? En el oficio, por darnos de comer a todos; a mi mujer, a los chiquitos
y a mí, patrón, que entonces me hallaba enfermo.
Y todo me lo refirió, al comenzar aquella noche, mientras las olas se cubrían de brumas y la
ciudad encendía sus luces; él, en la piedra que le servía de asiento, después de apagar su negra pipa
y de colocársela en la oreja y de estirar y cruzar sus piernas flacas y musculosas, cubiertas por los
sucios pantalones arremangados hasta el tobillo.
***
El muchacho era mui honrado y mui de trabajo. Se quiso ponerlo a la escuela desde grandecito;
¡pero los miserables no deben aprender a leer cuando se llora de hambre en el cuartucho!
El tío Lucas era casado, tenía muchos hijos.
Su mujer llevaba la maldición del vientre de las pobres: la fecundidad. Había, pues, mucha boca
abierta que pedía pan, mucho chico sucio que se revolcaba en la basura, mucho cuerpo magro que
temblaba de frío; era preciso ir a llevar qué comer, a buscar harapos, y para eso, quedar sin alientos
y trabajar como un buei. Cuando el hijo creció, ayudó al padre. Un vecino, el herrero, quiso
enseñarle su industria; pero como entonces era tan débil, casi una armazón de huesos, y en el fuelle
tenía que echar el bofe, se puso enfermo, y volvió al conventillo. ¡Ah, estuvo mui enfermo! Pero no
murió. ¡No murió! Y eso que vivían en uno de esos hacinamientos humanos, entre cuatro paredes
destartaladas, viejas, feas, en la callejuela inmunda de las mujeres perdidas, hedionda a todas horas,
116
alumbrada de noche por escasos faroles, y donde resuenan en perpetua llamada a las zambras de
echacorvería, las arpas y los acordeones, y el ruido de los marineros que llegan al burdel,
desesperados con la castidad de las largas travesías, a emborracharse como cubas y a gritar y
patalear como condenados. ¡Sí! entre la podredumbre, al estrépito de las fiestas tunantescas, el
chico vivió, y pronto estuvo sano y en pie.
Luego, llegaron después sus quince años.
***
El tío Lucas había logrado, tras mil privaciones, comprar una canoa. Se hizo pescador.
Al venir el alba, iba con su mocetón al agua, llevando los enseres de la pesca. El uno remaba, el
otro ponía en los anzuelos la carnada. Volvían a la costa con buena esperanza de vender lo hallado,
entre la brisa fría y las opacidades de la neblina, cantando en baja voz alguna triste, y enhiesto el
remo triunfante que chorreaba espuma.
Si había buena venta, otra salida por la tarde.
Una de invierno había temporal. Padre e hijo, en la pequeña embarcación, sufrían en el mar la
locura de la ola y del viento. Difícil era llegar a tierra. Pesca y todo se fue al agua, y se pensó en
librar el pellejo. Luchaban como desesperados por ganar la playa. Cerca de ella estaban; pero una
racha maldita les empujó contra una roca, y la canoa se hizo astillas. Ellos salieron sólo
magullados, gracias a Dios! como decía el tío Lucas al narrarlo. Después, ya son ambos lancheros.
***
¡Sí! lancheros; sobre las grandes embarcaciones chatas y negras; colgándose de la cadena que
rechina pendiente como una sierpe de hierro del macizo pescante que semeja una horca; remando
de pie y a compás; yendo con la lancha del muelle al vapor y del vapor al muelle; gritando:
¡hiiooeep! cuando se empujaban los pesados bultos para engancharlos en la uña potente que los
levanta balanceándolos como un péndulo, ¡sí! lancheros; el viejo y el muchacho, el padre y el hijo;
ambos a horcajadas sobre un cajón, ambos forcejeando, ambos ganando su jornal, para ellos y para
sus queridas sanguijuelas del conventillo.
Íbanse todos los días al trabajo, vestidos de viejo, fajadas las cinturas con sendas bandas
coloradas, y haciendo sonar a una sus zapatos groseros y pesados que se quitaban, al comenzar la
tarea, tirándolos en un rincón de la lancha. Empezaba el trajín, el cargar y el descargar. El padre era
cuidadoso: -¡Muchacho, que te rompes la cabeza! ¡Que te coge la mano el chicote! Que vas a
perder una canilla! -Y enseñaba, adiestraba, dirigía al hijo, con su modo, con sus bruscas palabras
de roto viejo y de padre encariñado.
***
Hasta que un día el tío Lucas no pudo moverse de la cama, porque el reumatismo le hinchaba las
coyunturas y le taladraba los huesos.
¡Oh! Y había que comprar medicinas y alimentos: eso sí.
117
-Hijo, al trabajo, a buscar plata; hoi es sábado.
Y se fue el hijo, solo, casi corriendo, sin desayunarse, a la faena diaria.
Era un bello día de luz clara, de sol de oro. En el muelle rodaban los carros sobre sus rieles,
crujían las poleas, chocaban las cadenas. Era la gran confusión del trabajo que da vértigo, el son del
hierro; traqueteos por doquiera, y el viento pasando por el bosque de árboles y jarcias de los navíos
en grupo.
Debajo de uno de los pescantes del muelle estaba el hijo del tío Lucas con otros lancheros,
descargando a toda prisa. Había que vaciar la lancha repleta de fardos. De tiempo en tiempo bajaba
la larga cadena que remata en un garfio, sonando como una matraca al correr con la roldana; los
mozos amarraban los bultos con una cuerda doblada en dos, los enganchaban en el garfio, y
entonces éstos subían a la manera de un pez en un anzuelo, o del plomo de una sonda, ya quietos,
ya agitándose de un lado a otro, como un badajo, en el vacío.
La carga estaba amontonada. La ola movía pausadamente de cuando en cuando la embarcación
colmada de fardos. Éstos formaban una a modo de pirámide en el centro. Había uno mui pesado,
mui pesado. Era el más grande de todos, ancho, gordo y oloroso a brea. Venía en el fondo de la
lancha. Un hombre de pie sobre él, era pequeña figura para el grueso zócalo.
Era algo como todos los prosaísmos de la importación envueltos en lona y fajados con correas
de hierro. Sobre sus costados, en medio de líneas y de triángulos negros, había letras que miraban
como ojos. -Letras «en diamante» -decía el tío Lucas. Sus cintas de hierro estaban apretadas con
clavos cabezudos y ásperos; y en las entrañas tendría el monstruo, cuando menos, linones y
percales.
***
Sólo él faltaba.
-¡Se va el bruto! -dijo uno de los lancheros.
-¡El barrigón! -agregó otro.
Y el hijo del tío Lucas, que estaba ansioso de acabar pronto, se alistaba para ir a cobrar y a
desayunarse, anudándose un pañuelo de cuadros al pescuezo.
Bajo la cadena danzando en el aire. Se amarró un gran lazo al fardo, se probó si estaba bien
seguro, y se gritó: ¡Iza! Mientas la cadena tiraba de la masa chirriando y levantándola en vilo.
Los lancheros, de pie, miraban subir el enorme peso, y se preparaban para ir a tierra, cuando se
vio una cosa horrible. El fardo, el grueso fardo, se zafó del lazo como de un collar holgado saca un
perro la cabeza; y cayó sobre el hijo del tío Lucas, que entre el filo de la lancha y el gran bulto,
quedó con los riñones rotos, el espinazo desencajado y echando sangre negra por la boca.
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Aquel día, no hubo pan ni medicinas en casa del tío Lucas, sino el muchacho destrozado al que
se abrazaba llorando el reumático, entre la gritería de la mujer y de los chicos, cuando llevaban el
cadáver a Playa-Ancha.
***
Me despedí del viejo lanchero, y a pasos elásticos dejé el muelle, tomando el camino de la casa,
y haciendo filosofía con toda la cachaza de una puerta, en tanto que una brisa glacial que venía del
mar afuera pellizcaba tenazmente las narices y las orejas.
El Velo de la
Reina Mab
La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos
dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una
buhardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como
unos desdichados.
Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las
varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros unas espigas
maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que hacían
ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quienes cabelleras espesas y músculos
de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro encendido; y a quienes talones fuertes y
piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienen las crines
en la carrera.
Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera, al otro el iris, al
otro el ritmo, al otro el cielo azul.
***
La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero: -¡Y bien! ¡Heme aquí en la gran lucha de mis
sueños de mármol! Yo he arrancado el bloque y tengo el cincel. Todos tenéis, unos el oro, otros la
armonía, otros la luz; yo pienso en la blanca y divina Venus que muestra su desnudez bajo el
plafond color de cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica; y que circule por
las venas de la estatua una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en
el cerebro, y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh Fidias! Tú
eres para mí soberbio y augusto como un semi-dios, en el recinto de la eterna belleza, rey ante un
ejército de hermosuras que a tus ojos arrojan el magnífico chitón, mostrando la esplendidez de la
forma, en sus cuerpos de rosa y de nieve. Tú golpeas, hieres y domas el mármol, y suena el golpe
armónico como un verso, y te adula la cigarra, amante del sol, oculta entre los pámpanos de la viña
virgen. Para ti son los Apolos rubios y luminosos, las Minervas severas y soberanas. Tú, como un
mago, conviertes la roca en simulacro y el colmillo del elefante en copa del festín. Y al ver tu
grandeza siento el martirio de mi pequeñez. Porque pasaron los tiempos gloriosos. Porque tiemblo
119
ante las miradas de hoy. Porque contemplo el ideal inmenso y las fuerzas exhaustas. Porque a
medida que cincelo el bloque me ataraza el desaliento.
***
Y decía el otro: -Lo que es hoi romperé mis pinceles. ¿Para qué quiero el iris, y esta gran paleta
del campo florido, si a la postre mi cuadro no será admitido en el salón? ¿Qué abordaré? He
recorrido todas las escuelas, todas las inspiraciones artísticas. He pintado el torso de Diana y el
rostro de la Madona. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a
una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus
magnificencias, con los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en
mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines. ¡Ah, pero siempre el terrible
desencanto! ¡El porvenir! ¡Vender una Cleopatra en dos pesetas para poder almorzar!
¡Y yo, que podría en el estremecimiento de mi inspiración, trazar el gran cuadro que tengo aquí
adentro...!
***
Y decía el otro: -Perdida mi alma en la gran ilusión de mis sinfonías, temo todas las
decepciones. Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías
orquestales de Wagner. Mis ideales, brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la
percepción del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos
los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas.
La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón. Desde el ruido de
la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia. Entre
tanto, no diviso sino la muchedumbre que befa y la celda del manicomio.
***
Y el último: -Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flota en el azul; y
para que los espíritus gocen de su luz suprema, es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es
de miel y el que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume:
tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos
inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar
consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces
si veis mi alma, conoceréis a mi Musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico
que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos;
los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a
verbena y a tomillo, y al sano aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; mas
me abruma un porvenir de miseria y de hambre...
***
Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi
impalpable, como formado de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo
era el velo de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él
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envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes,
porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad,
que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas.
Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde flota el sueño azul, se
piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan estrañas
farandolas al rededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento
manuscrito.
La Canción
del Oro
Aquel día, un harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizás un poeta, llegó,
bajo la sombra de los altos álamos, a la gran calle de los palacios, donde hai desafíos de soberbia
entre el ónix y el pórfido, el ágata y el mármol; en donde las altas columnas, los hermosos frisos,
las cúpulas doradas, reciben la caricia pálida del sol moribundo.
Había tras los vidrios de las ventanas, en los vastos edificios de la riqueza, rostros de mujeres
gallardas y de niños encantadores. Tras las rejas se adivinaban estensos jardines, grandes verdores
salpicados de rosas y ramas que se balanceaban acompasada y blandamente como bajo la ley de un
ritmo. Y allá en los grandes salones, debía de estar el tapiz purpurado y lleno de oro, la blanca
estatua, el bronce chino, el tibor cubierto de campos azules y de arrozales tupidos, la gran cortina
recogida como una falda, ornada de flores opulentas, donde el ocre oriental hace vibrar la luz en la
seda que resplandece. Luego las lunas venecianas, los palisandros y los cedros, los nácares y los
ébanos, y el piano negro y abierto, que ríe mostrando sus teclas como una linda dentadura; y las
arañas cristalinas, donde alzan las velas profusas la aristocracia de su blanca cera. ¡Oh, y más allá!
Más allá el cuadro valioso dorado por el tiempo, el retrato que firma Durand o Bonnat, y las
preciosas acuarelas en que el tono rosado parece que emerge de un cielo puro y envuelve en una
onda dulce desde el lejano horizonte hasta la yerba trémula y humilde. Y más allá...
***
(Muere la tarde.
Llega a las puertas del palacio un break flamante y charolado, negro y rojo. Baja una pareja y
entra con tal soberbia en la mansión, que el mendigo piensa: decididamente: el aguilucho y su
hembra van al nido. El tronco, ruidoso y azogado, a un golpe de fusta arrastra el carruaje
haciendo relampaguear las piedras. Noche.)
***
Entonces, en aquel cerebro de loco, que ocultaba un sombrero raído, brotó como el germen de
una idea que pasó al pecho y fue opresión y llegó a la boca hecho himno que le encendía la lengua
y hacía entrechocar los dientes. Fue la visión de todos los mendigos, de todos los desamparados, de
todos los miserables, de todos los suicidas, de todos los borrachos, del harapo y de la llaga, de
121
todos los que viven, ¡Dios mío! en perpetua noche, tanteando la sombra, cayendo al abismo, por no
tener un mendrugo para llenar el estómago. Y después la turba feliz, el lecho blando, la trufa y el
áureo vino que hierve, el raso y el moiré que con su roce ríen; el novio rubio y la novia morena
cubierta de pedrería y blonda; y el gran reloj que la suerte tiene para medir la vida de los felices
opulentos, que en vez de granos de arena, deja caer escudos de oro.
***
Aquella especie de poeta sonrió: pero su faz tenía aire dantesco. Sacó de su bolsillo un pan
moreno, comió, y dio al viento su himno. Nada más cruel que aquel canto tras el mordisco.
***
¡Cantemos el oro!
Cantemos el oro, rey del mundo, que lleva dicha y luz por donde va, como los fragmentos de un
sol despedazado.
Cantemos el oro, que nace del vientre fecundo de la madre tierra; inmenso tesoro, leche rubia de
esa ubre gigantesca.
Cantemos el oro, río caudaloso, fuente de la vida, que hace jóvenes y bellos a los que se bañan
en sus corrientes maravillosas, y envejece a aquellos que no gozan de sus raudales.
Cantemos el oro, porque de él se hacen las tiaras de los pontífices, las coronas de los reyes y los
cetros imperiales; y porque se derrama por los mantos como un fuego sólido, e inunda las capas de
los arzobispos, y refulge en los altares y sostiene al Dios eterno en las custodias radiantes.
Cantemos el oro, porque podemos ser unos perdidos, y él nos pone mamparas para cubrir las
locuras abyectas de la taberna, y las vergüenzas de las alcobas adúlteras.
Cantemos el oro, porque al saltar del cuño lleva en su disco el perfil soberbio de los césares; y
va a repletar las cajas de sus vastos templos, los bancos, y mueve las máquinas y da la vida y hace
engordar los tocinos privilejiados.
Cantemos el oro, porque él da los palacios y los carruajes, los vestidos a la moda, y los frescos
senos de las mujeres garridas; y las genuflexiones de espinazos aduladores y las muecas de los
labios eternamente sonrientes.
Cantemos el oro, padre del pan.
Cantemos el oro, porque es en las orejas de las lindas damas, sostenedor del rocío del diamante,
al estremo de tan sonrosado y bello caracol; porque en los pechos siente el latido de los corazones,
y en las manos a veces es símbolo de amor y de santa promesa.
Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las manos que nos amenazan, y
pone vendas a los pillos que nos sirven.
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Cantemos el oro, porque su voz es una música encantada; porque es heroico y luce en las
corazas de los héroes homéricos, y en las sandalias de las diosas y en los coturnos trágicos y en las
manzanas del jardín de las Hespérides.
Cantemos el oro, porque de él son las cuerdas de las grandes liras, la cabellera de las más tiernas
amadas, los granos de la espiga y el peplo que al levantarse viste la olímpica aurora.
Cantemos el oro, premio y gloria del trabajador y pasto del bandido.
Cantemos el oro, que cruza por el carnaval del mundo, disfrazado de papel, de plata, de cobre y
hasta de plomo.
Cantemos el oro, amarillo como la muerte.
Cantemos el oro, calificado de vil por los hambrientos; hermano del carbón, oro negro que
incuba el diamante; rey de la mina, donde el hombre lucha y la roca se desgarra; poderoso en el
poniente, donde se tiñe en sangre; carne de ídolo, tela de que Fidias hace el trage de Minerva.
Cantemos el oro, en el arnés del caballo, en el carro de guerra, en el puño de la espada, en el
lauro que ciñe cabezas luminosas, en la copa del festín dionisíaco, en el alfiler que hiere el seno de
la esclava, en el rayo del astro y en el champaña que burbujea, como una disolución de topacios
hirvientes.
Cantemos el oro, porque nos hace gentiles, educados y pulcros.
Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad.
Cantemos el oro, purificado por el fuego, como el hombre por el sufrimiento; mordido por la
lima, como el hombre por la envidia; golpeado por el martillo, como el hombre por la necesidad;
realzado por el estuche de seda, como el hombre por el palacio de mármol.
Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Gerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado por
Macario, humillado por Hilarión, maldecido por Pablo el Hermitaño, quien tenía por alcázar una
cueva bronca y por amigos las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y
salvages del yermo.
Cantemos el oro, dios becerro, tuétano de roca, misterioso y callado en su entraña, y bullicioso
cuando brota a pleno sol y a toda vida, sonante como un coro de tímpanos; feto de astros, residuo
de luz, encarnación de éter.
Cantemos el oro, hecho sol, enamorado de la noche, cuya camisa de crespón riega de estrellas
brillantes, después del último beso, como una gran muchedumbre de libras esterlinas.
123
¡Eh, miserables, beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, vagos, rateros, bandidos,
pordioseros, peregrinos, y vosotros los desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo,
vosotros, oh poetas!
Unámonos a los felices, a los poderoso, a los banqueros, a los semi-dioses de la tierra!
¡Cantemos el oro!
***
Y el eco se llevó aquel himno, mezcla de gemido, ditirambo y carcajada; y como ya la noche
oscura y fría había entrado, el eco resonaba en las tinieblas.
Pasó una vieja y pidió limosna.
Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizás un
poeta, le dio su último mendrugo de pan petrificado, y se marchó por la terrible sombra,
rezongando entre dientes.
El Rubí
-¡Ah! ¡Con que es cierto! Con que ese sabio parisiense ha logrado sacar del fondo de sus
retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina de que están incrustados los muros de mi palacio! Y
al decir esto el pequeño gnomo iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda cueva
que le servía de morada; y hacía temblar su larga barba y el cascabel de su gorro azul y puntiagudo.
En efecto, un amigo del centenario Chevreul -cuasi Althotas-, el químico Fremy, acababa de
descubrir la manera de hacer rubíes y zafiros.
Agitado, conmovido, el gnomo -que era sabidor y de genio harto vivaz- seguía monologando.
-¡Ah, sabios de la edad media! ¡Ah Alberto el Grande, Averroes, Raimundo Lulio! Vosotros no
pudisteis ver brillar el gran sol de la piedra filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas
aristotélicas, sin saber cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimo nono a formar a la
luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos! ¡Pues el conjuro! fusión por veinte
días, de una mezcla de sílice y de aluminato de plomo: coloración con bicromato de potasa, o con
óxido de cobalto. Palabras en verdad, que parecen lengua diabólica.
Risa.
Luego se detuvo.
124
***
El cuerpo del delito estaba ahí, en el centro de la gruta, sobre una gran roca de oro; un pequeño
rubí, redondo, un tanto reluciente, como un grano de granda al sol.
El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y el eco resonó por las vastas
concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una algazara. Todos los gnomos habían llegado.
Era la cueva ancha, y había en ella una claridad extraña y blanca. Era la claridad de los
carbunclos que en el techo de piedra centelleaban, incrustados, hundidos, apiñados, en focos
múltiples; una dulce luz lo iluminaba todo.
A aquellos resplandores, podía verse la maravillosa mansión en todo su esplendor. En los
muros, sobre pedazos de plata y oro, entre venas de lapizlázuli, formaban caprichosos dibujos,
como los arabescos de una mezquita, gran muchedumbre de piedras preciosas. Los diamantes,
blancos y limpios como gotas de agua, emergían los iris de sus cristalizaciones; cerca de
calcedonias colgantes en estalacticas, las esmeraldas esparcían sus resplandores verdes, y los
zafiros, en amontonamientos raros, en ramilletes que pendían del cuarzo, semejaban grandes flores
azules y temblorosas.
Los topacios dorados, las amatistas, circundaban en franjas el recinto; y en el pavimento,
cuajado de ópalos, sobre la pulida crisofasia y el ágata, brotaba de trecho en trecho un hilo de agua,
que caía con una dulzura musical, a gotas armónicas, como las de una flauta metálica soplada mui
levemente.
Puck se había entrometido en el asunto, ¡el pícaro Puck! Él había llevado el cuerpo del delito, el
rubí falsificado, el que estaba ahí, sobre la roca de oro, como una profanación entre el centelleo de
todo aquel encanto.
Cuando los gnomos estuvieron juntos, unos con sus martillos y cortas hachas en las manos,
otros de gala, con caperuzas flamantes y encarnadas, llenas de pedrería, todos curiosos, Puck dijo
así:
-Me habéis pedido que os trajese una muestra de la nueva falsificación humana, y he satisfecho
esos deseos.
Los gnomos, sentados a la turca, se tiraban de los bigotes; daban las gracias a Puck, con una
pausada inclinación de cabeza; y los más cercanos a él examinaban con gesto de asombro, las
lindas alas, semejantes a las de un hipsipilo.
Continuó:
-¡Oh Tierra! ¡Oh mujer! Desde el tiempo en que veía a Titania no he sido sino un esclavo de la
una, un adorador casi místico de la otra.
Y luego, como si hablase en el placer de un sueño:
125
-¡Esos rubíes! En la gran ciudad de París, volando invisible, los vi por todas partes. Brillaban en
los collares de las cortesanas, en las condecoraciones exóticas de los rastquers, en los anillos de los
príncipes italianos y en los brazaletes de las primadonas.
Y con pícara sonrisa siempre:
-Yo me colé hasta cierto gabinete rosado mui en boga... Había una hermosa mujer dormida. Del
cuellos le arranqué un medallón y del medallón el rubí. Ahí lo tenéis.
Todos soltaron la carcajada. ¡Qué cascabelco!
-¡Eh, amigo Puck!
¡ Y dieron su opinión después, acerca de aquella piedra falsa, obra de hombre o de sabio, que es
peor!
-¡Vidrio!
-¡Maleficio!
-¡Ponzoña y cábala!
-¡Química!
-Pretender imitar un fragmento del iris!
-El tesoro rubicundo de lo hondo del globo!
-Hecho de rayos del poniente solidificados!
El gnomo más viejo, andando con sus piernas torcidas, su gran barba nevada, su aspecto de
patriarca hecho pasa, su cara llena de arrugas:
-¡Señores! -dijo- ¡que no sabéis lo que habláis!
Todos escucharon.
-Yo, yo que soy el más viejo de vosotros, puesto que apenas sirvo ya para martillar las facetas
de los diamantes; yo, que he visto formarse estos hondos alcázares; que he cincelado los huesos de
la tierra, que he amasado el oro, que he dado un día un puñetazo a un muro de piedra, y caí a un
lago donde violé a una ninfa; yo el viejo, os referiré de cómo se hizo el rubí.
Oíd.
***
126
Puck sonreía curioso. Todos los gnomos rodearon al anciano cuyas canas palidecían a los
resplandores de la pedrería, y cuyas manos estendían su movible sombra en los muros, cubiertos de
piedras preciosas, como un lienzo lleno de miel donde se arrojasen granos de arroz.
-Un día, nosotros, los escuadrones que tenemos a nuestro cargo las minas de diamantes, tuvimos
una huelga que conmovió toda la tierra, y salimos en fuga por los cráteres de los volcanes.
El mundo estaba alegre, todo era vigor y juventud; y las rosas, y las hojas verdes y frescas, y los
pájaros en cuyos buches entra el grano y brota el gorgeo, y el campo todo, saludaban al sol y a la
primavera fragante.
Estaba el monte armónico y florido, lleno de trinos y de abejas; era una grande y santa nupcia la
que celebraba la luz; y en el árbol la savia ardía profundamente, y en el animal todo era
estremecimiento o balido o cántico, y en el gnomo había risa y placer.
Yo había salido por un cráter apagado. Ante mis ojos había un campo extenso. De un salto me
puse sobre un gran árbol, una encina añeja. Luego, bajé al tronco, y me hallé cerca de un arroyo, un
río pequeño y claro donde las aguas charlaban diciéndose bromas cristalinas. Yo tenía sed. Quise
beber ahí... Ahora, oíd mejor.
Brazos, espaldas, senos desnudos, azucenas, rosas, panecillos de marfil coronados de cerezas;
ecos de risa áureas, festivas; y allá, entre las espumas, entre las linfas rotas, bajo las verdes ramas...
-¿Ninfas?
-No, mujeres.
***
-Yo sabía cuál era mi gruta. Con dar una patada en el suelo, abría la arena negra y llegaba a mi
dominio. Vosotros, pobrecillos, gnomos jóvenes, tenéis mucho que aprender!
Bajo los retoños de unos helechos nuevos me escurrí, sobre unas piedras deslavadas por la
corriente espumosa y parlante; y a ella, a la hermosa, a la mujer la agarré de la cintura, con este
brazo antes tan musculoso; gritó, golpeé el suelo; descendimos. Arriba quedó el asombro; abajo el
gnomo soberbio y vencedor.
Un día yo martillaba un trozo de diamantes inmenso que brillaba como un astro y que al golpe
de mi maza se hacía pedazos.
El pavimento de mi taller se asemejaba a los restos de un sol hecho trizas. La mujer amada
descansaba a un lado, rosa de carne entre maceteros de zafir, emperatriz del oro, en un lecho de
cristal de roca, toda desnuda y espléndida como una diosa.
Pero en el fondo de mis dominios, mi reina, mi querida, mi bella, me engañaba. Cuando el
hombre ama de veras, su pasión lo penetra todo y es capaz de traspasar la tierra.
127
Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. Estos pasaban los poros de
la corteza terrestre y llegaban a él; y él, amándola también, besaba las rosas de cierto jardín; y ella,
la enamorada, tenía -yo lo notaba- convulsiones súbitas en que estiraba sus labios rosados y frescos
como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se sentían? Con ser quien soy, no lo sé.
***
Había acabado yo mi trabajo; un gran montón de diamantes hechos en un día; la tierra abría sus
grietas de granito como labios con sed, esperando el brillante despedazamiento del rico cristal. Al
fin de la faena, cansado, di un martillazo que rompió una roca y me dormí.
Desperté al rato al oír algo como un gemido.
De su lecho, de su mansión más luminosa y rica que las de todas las reinas de Oriente, había
volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la mujer robada. ¡Ay! y queriendo huir por el agujero
abierto por mi masa de granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave como de azahar
y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus costados, chorreaba la sangre; los
quejidos eran conmovedores hasta las lágrimas. ¡Oh, dolor!
Yo desperté, la tomé en mis brazos, le di mis besos más ardientes; mas la sangre corría
inundando el recinto, y la gran masa diamantina, se teñía de grana.
Me pareció que sentía, al darla un beso, un perfume salido de aquella boca encendida; el alma el
cuerpo quedó inerte.
Cuando el gran patriarca nuestro, el centenario semi-dios de las entrañas terrestres pasó por allí,
encontró aquella muchedumbre de diamantes rojos...
***
Pausa.
-¿Habéis comprendido?
Los gnomos mui graves se levantaron. Examinaron más de cerca la piedra falsa, hechura del
sabio.
-¡Mirad, no tiene facetas!
-¡Brilla pálidamente!
-¡Impostura!
-¡Es redonda como la coraza de un escarabajo!
Y en ronda, uno por aquí, otro por allá, fueron a arrancar de los muros pedazos de arabesco,
rubíes grandes como una naranja, rojos y chispeantes como un diamante hecho sangre; y decían: ¡He aquí! ¡He aquí lo nuestro, oh madre Tierra!
128
Aquella era una orgía de brillo y de color.
Y lanzaban al aire las gigantescas piedras luminosas y reían.
De pronto, con toda la dignidad de un gnomo:
-¡Y bien! el desprecio.
Se comprendieron todos. Tomaron el rubí falso, lo despedazaron y arrojaron los fragmentos, con desdén terrible- a un hoyo que abajo daba a una antiquísima selva carbonizada.
Después, sobre sus rubíes, sobre sus ópalos, entre aquellas paredes resplandecientes, empezaron
a bailar asidos de las manos una farandola loca y sonora.
¡Y celebraban con risas, el verse grandes en la sombra!
***
Ya Puck volaba afuera, en el abejeo del alba recién nacida, camino de una pradera en flor. Y
murmuraba -siempre con su sonrisa sonrosada!- Tierra... Mujer... ¡Por qué tú, oh madre Tierra! eres
grande, fecunda, de seno inextinguible y sacro; y de tu vientre moreno brota la savia de los troncos
robustos, y el oro y el agua diamantina, y la casta flor de lis. ¡Lo puro, lo fuerte, lo infalsificable!
¡Y tú Mujer! eres -espíritu y carne- toda Amor.
El Palacio
del Sol
A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia, la historia de Berta, la niña de
los ojos color de aceituna, fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.
Ya veréis, sanas y respetables señoras, que hai algo mejor que el arsénico y el fierro, para
encender la púrpura de las lindas megillas virginales; y, que es preciso abrir la puerta de su jaula a
vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo de la primavera y hay ardor en
las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejean en los jardines, como un enjambre de oro
sobre las rosas entreabiertas.
***
Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecer, en tanto que sus ojos llameantes se
rodeaban de orejas melancólicas. -Berta, te he comprado dos muñecas... -No las quiero mamá... -He
hecho traer los Nocturnos... -Me duelen los dedos mamá... -Entonces... -Estoy triste mamá... -Pues
que se llame al doctor.
129
Y llegaron las antiparras de aros de carey, los guantes negros, la calva ilustre y el cruzado
levitón.
Ello era natural. El desarrollo, la edad... síntomas claros, falta de apetito, algo como una
opresión en el pecho, tristeza, punzadas a veces en las sienes, palpitación... Ya sabéis; dad a vuestra
niña glóbulos de arseniato de hierro, luego, duchas. ¡El tratamiento!...
Y empezó a curar su melancolía, con glóbulos y duchas, al comenzar la primavera, Berta, la
niña de los ojos color de aceituna, que llegó a estar fresca como una rama de durazno en flor,
luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento azul.
***
A pesar de todo las ojeras persistieron, la tristeza continuó, y Berta, pálida como un precioso
marfil, llegó un día a las puertas de la muerte. Todos lloraban por ella en el palacio, y la sana y
sentimental mamá hubo de pensar en las palmas blancas del atahud de las doncellas. Hasta que una
mañana la lánguida anémica, bajó al jardín, sola, y siempre con su vaga atonía melancólica, a la
hora en que el alba ríe. Suspirando erraba sin rumbo, aquí, allá; y las flores estaban tristes de verla.
Se apoyó en el zócalo de un fauno soberbio y bizarro, cincelado por Plaza, que húmedos de rocío
sus cabellos de mármol, bañaba en luz su torso espléndido y desnudo. Vio un lirio que erguía al
azul la pureza de su cáliz blanco, y estiró la mano para cojerlo. No bien había... Sí, un cuento de
hadas, señoras mías, pero que ya veréis sus aplicaciones en una querida realidad, -no bien había
tocado el cáliz de la flor, cuando de él surgió de súbito una hada, en su carro áureo y diminuto,
vestida de hilos brillantísimos e impalpables, con su aderezo de rocío, su diadema de perlas y su
varita de plata.
¿Creis que Berta se amedró? Nada de eso. Batió palmas alegre, se reanimó como por encanto, y
dijo al hada: -¿Tú eres la que me quiere tanto en sueños? -Sube -respondió el hada. Y como si Berta
se hubiese empequeñecido, de tal modo cupo en la concha del carro de oro, que hubiera estado
holgada sobre el ala corva de un cisne a flor de agua. Y las flores, el fauno orgulloso, la luz del día,
vieron cómo en el carro del hada iba por el viento, plácida y sonriendo al sol, Berta, la niña de los
ojos color de aceituna, fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.
***
Todos exclamaron: -¡Aleluya! ¡Gloria! ¡Hosanna al rei de los Esculapios! ¡Fama eterna a los
glóbulos de ácido arsenioso y a la duchas triunfales! Y mientras Berta corrió a su retrete a vestir sus
más ricos brocados, se enviaron presentes al viejo de las antiparras de aros de carey, de los guantes
negros, de la calva ilustre y del cruzado levitón. Y ahora, oíd vosotras, madres de las muchachas
anémicas, cómo hai algo mejor que el arsénico y el fierro, para eso de encender la púrpura de las
lindas megillas virginales. Y sabréis cómo no, no fueron los glóbulos, no, no fueron las duchas, no,
no fue el farmacéutico, quien devolvió salud y vida a Berta, la niña de los ojos color de aceituna,
alegre y fresca como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa
de un cuento azul.
***
130
Así que Berta se vio en el carro del hada, la preguntó: -¿Y a dónde me llevas? -Al palacio del
sol. Y desde luego sintió la niña que sus manos se tornaban ardientes, y que su corazoncito le
saltaba como henchido de sangre impetuosa. -Oye -siguió el hada- yo soy la buena hada de los
sueños de las niñas adolescentes; yo soy la que curo a las cloróticas con sólo llevarlas en mi carro
de oro al palacio del sol, adonde vas tú. Mira, chiquita, cuida de no beber tanto el néctar de la
danza, y de no desvanecerte en las primeras rápidas alegrías. Ya llegamos. Pronto volverás a tu
morada. Un minuto en el palacio del sol, deja en los cuerpos y en las almas, años de fuego, niña
mía.
En verdad, estaban en un lindo palacio encantado, donde parecí sentirse el sol en el ambiente.
¡Oh, qué luz! ¡qué incendios!- Sintió Berta que se le llenaban los pulmones de aire de campo y de
mar, y las venas de fuego; sintió en el cerebro esparcimientos de armonía, y como que el alma se le
ensanchaba, y como que se ponía más elástica y tersa su delicada carne de mujer. Luego vio, vio
sueños reales, y oyó, oyó músicas embriagantes. En vastas galerías deslumbradoras, llenas de
claridades y de aromas, de sederías y de mármoles, vio un torbellino de parejas, arrebatadas por las
ondas invisibles y dominantes de un vals. Vio que otras tantas anémicas como ella, llegaban pálidas
y entristecidas, respiraban aquel aire, y luego se arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y
esbeltos, cuyos bozos de oro y finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban con ellos,
en una ardiente estrechez, oyendo requiebros misteriosos que iban al alma, respirando de tanto en
tanto como hálitos impregnados de vainilla, de haba de Tonka, de violeta, de canela, hasta que con
fiebre, jadeantes, rendidas, como palomas fatigadas de un largo vuelo, caían sobre cogines de seda,
los senos palpitantes, las gargantas sonrosadas, y así soñando, soñando en cosas embriagadoras...¡Y ella también! cayó al remolino, al maelstrón atrayente, y bailó, giró, pasó, entre los espasmos de
un placer agitado; y recordaba entonces que no debía embriagarse tanto con el vino de la danza,
aunque no cesaba de mirar al hermoso compañero, con sus grandes ojos de mirada primaveral. Y él
la arrastraba por las vastas galerías, ciñendo su talle, y hablándola al oído, en la lengua amorosa y
rítmica de los vocablos apacibles, de las frases irisadas y olorosas, de los períodos cristalinos y
orientales.
Y entonces ella sintió que su cuerpo y su alma se llenaban de sol, de efluvios poderosos y de
vida. ¡No, no esperéis más!
***
El hada la volvió al jardín de su palacio, al jardín, donde cortaba flores envuelta en una oleada
de perfumes, que subía místicamente a las ramas trémulas, para flotar como el alma errante de los
cálices muertos.
¡Así fue Berta a vestir sus más ricos brocados, para honra de los glóbulos y duchas triunfales,
llevando rosas en las faldas y en las megillas!
***
¡Madres de las muchachas anémicas! os felicito por la victoria de los arseniatos e hipofosfitos
del señor doctor. Pero, en verdad os digo: es preciso, en provecho de las lindas megillas virginales,
abrir la puerta de su jaula a vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, en el tiempo de la
primavera, cuando hay ardor en las venas y en las savias, y mil átomos de sol abejean en los
jardines como un enjambre de oro sobre las rosas entreabiertas. Para vuestras cloróticas, el sol en
131
los cuerpos y en las almas. Sí, al palacio del sol, de donde vuelven las niñas como Berta, la de los
ojos color de aceituna, frescas como una rama de durazno en flor, luminosas como un alba, gentiles
como la princesa de un cuento azul.
El Pájaro
Azul
París es teatro divertido y terrible. Entre los concursantes al café Plombier, buenos y decididos
muchachos -pintores, escultores, escritores, poetas- sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde!
ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador
que nunca se emborrachaban, y, como bohemio intachable, bravo improvisador.
En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso de las paredes,
entre los esbozos y rasgos de futuros Clays, versos, estrofas enteras escritas en la letra echada y
gruesa de nuestro amado pájaro azul.
El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamaba así? Nosotros le bautizamos
con ese nombre.
Ello no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino triste. Cuando le
preguntábamos porqué cuando todos reíamos como insensatos o como chicuelos, él arrugaba el
ceño y miraba fijamente el cielo raso, nos respondía sonriendo con cierta amargura.
-Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro, por consiguiente...
Sucedía también que gustaba de ir a las campiñas nuevas, al entrar la primavera. El aire del
bosque hacía bien a sus pulmones, según nos decía el poeta.
De sus excursiones solía traer ramos de violetas y gruesos cuadernillos de madrigales, escritos al
ruido de las hojas y bajo el ancho cielo sin nubes. Las violetas eran para Nini, su vecina, una
muchacha fresca y rosada que tenía los ojos mui azules.
Los versos eran para nosotros. Nosotros los leíamos y los aplaudíamos. Todos teníamos una
alabanza para Garcín. Era un ingenio que debía brillar. El tiempo vendría. Oh, el pájaro azul volaría
muy alto. ¡Bravo!, ¡bien! ¡Eh, mozo, más ajenjo!
Principios de Garcín:
132
De las flores las lindas campánulas.
Entre las piedras preciosas, el zafiro.
De las inmensidades, el cielo y el amor; es decir, las pupilas de Nini.
Y repetía el poeta: Creo que siempre es preferible la neurosis a la imbecilidad.
***
A veces Garcín estaba más triste que de costumbre.
Andaba por los boulevares; veía pasar indiferente los lujosos carruajes, los elegantes, las
hermosas mujeres. Frente al escaparate de un joyero sonreía; pero cuando pasaba cerca de un
almacén de libros, se llegaba a las vidrieras, husmeaba, y al ver las lujosas ediciones , se declaraba
decididamente envidioso, arrugaba la frente, para desahogarse volvía el rostro hacia el cielo y
suspiraba. Corría al café en busca de nosotros, conmovido, exaltado, casi llorando, pedía su vaso de
ajenjo y nos decía:
-Sí, dentro de la jaula de mi cerebro está preso un pájaro azul que quiere su libertad...
***
Hubo algunos que llegaron a creer en un descalabro de razón.
Un alienista a quien se le dio noticia de lo que pasaba, calificó el caso como una monomanía
especial. Sus estadios patológicos no dejaban lugar a duda.
Decididamente, el desgraciado Garcín estaba loco.
Un día recibió de su padre, un viejo provinciano de Normandía, comerciante en trapos, una carta
que decía lo siguiente poco más o menos:
«Sé tus locuras en París. -mientras permanezcas de ese modo, no tendrás de mí un solo sou. Ven
a llevar los libros de mi almacén, y cuando hayas quemado, gandul, tus manuscritos de tonterías,
tendrás mi dinero.»
Esta carta se leyó en el café Plombier.
-¿Y te irás?
-¿No te irás?
¿Aceptas?
¿Desdeñas?
133
¡Bravo Garcín! Rompió la carta y soltando el trapo a la vena, improvisó unas cuantas estrofas,
que acababan, si mal no recuerdo:
Si seré siempre un gandul,
lo cual aplaudo y celebro,
mientras sea mi cerebro
jaula del pájaro azul!
Desde entonces Garcín cambió de carácter. Se volvió charlador, se dio un baño de alegría,
compró levita nueva, y comenzó un poema en tercetos titulado, pues es claro: El pájaro azul.
Cada noche se leía en nuestra tertulia algo nuevo de la obra. Aquello era excelente, sublime,
disparatado.
Allí había un cielo muy hermoso, una campaña mui fresca, países brotados como por la magia
del pincel de Corot, rostros de niños asomados entre flores; los ojos de Nini húmedos y grandes; y
por añadidura, el buen Dios que envía volando, volando, sobre todo aquello, un pájaro azul que sin
saber cómo ni cuándo, anida dentro del cerebro del poeta, en donde queda aprisionado. Cuando el
pájaro canta, se hacen versos alegres y rosados. Cuando el pájaro quiere volar y abre las alas y se
da contra las paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe ajenjo con
poca agua, fumando además, por remate, un cigarrillo de papel.
He ahí el poema.
Una noche llegó Garcín riendo mucho y, sin embargo, muy triste.
***
La bella vecina había sido conducida al cementerio.
-¡Una noticia!, ¡una noticia! Canto último de mi poema. Nini ha muerto. Viene la primavera y
Nini se va. Ahorro de violetas para la campiña. Ahora falta el epílogo del poema. Los editores no se
dignan siquiera leer mis versos, vosotros muy pronto tendréis que dispersaros. Ley del tiempo. El
epílogo debe titularse así: «De cómo el pájaro azul alza el vuelo al cielo azul.»
***
¡Plena primavera! Los árboles florecidos, las nubes rosadas en el alba y pálidas por la tarde; ¡el
aire suave que mueve las hojas y hace aletear las cintas de los sombreros de paja con especial
ruido! Garcín no ha ido al campo.
Hele ahí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier, pálido, con una sonrisa triste.
134
-Amigos míos, ¡un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós, con todo el corazón,
con toda el alma... El pájaro azul vuela...
Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas sus fuerzas y se fue.
Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo normando.- musas, adiós,
adiós, Gracias. ¡Nuestro poeta se decide a medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín!
***
Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente, todos los parroquianos del Café Plombier que
metíamos tanta bulla en aquel cuartucho destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín.
El estaba en su lecho, sobrelas sábanas ensangrentadas,, con el cráneo roto de un balazo. Sobre la
almohada había fragmentos de masa cerebral. ¡Que horrible!
Cuando repuestos de la primera impresión, pudimos llorar ante el cadáver de nuestro amigo,
encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la última pájina había escritas estas palabras:
Hoi, en plena primavera, dejo abierta la puerta de la jaula al pobre pájaro azul.
***
¡Ay, Garcín!, ¡cuantos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!
Palomas
Blancas y
Garzas
Morenas
Mi prima Inés era rubia como una alemana. Fuimos criados juntos, desde muy niños, en casa de
la buena abuelita que nos amaba mucho y nos hacía vernos como hermanos, vijilándonos
cuidadosamente, viendo que no riñésemos. ¡Adorable, la viejecita, con sus trajes agrandes flores, y
sus cabellos crespos y recogidos como una vieja marquesa de Boucher!
***
Inés era un poco mayor que yo. No obstante, yo aprendí a leer antes que ella; y comprendía -lo
recuerdo muy bien- lo que ella recitaba de memoria, maquinalmente, en una pastorela, donde
bailaba y cantaba delante del niño Jesús, la hermosa María y el señor San José; todo con el gozo de
las sencillas personas mayores de la familia, que reían con risa de miel, alabando el talento de la
actrizuela.
Inés crecía. Yo también, pero no tanto como ella. Yo debía entrar a un colegio, en internado
terrible y triste, a dedicarme a los áridos estudios del bachillerato, a comer los platos clásicos de los
estudiantes, a no ver el mundo -¡mi mundo e mozo!- y mi casa, mi abuela, mi prima, mi gato, -un
excelente romano que se restregaba cariñosamente en mis piernas y me llenaba los trajes negros de
pelos blancos.
135
Partí.
Allá en el colegio mi adolescencia se despertó por completo. Mi voz tomó timbres aflautados y
roncos; llegué al período ridículo del niño que pasa a joven. Entonces, por un fenómeno especial,
en vez de preocuparme de mi profesor de matemáticas, que no logró nunca hacer que yo
comprendiese el binomio de Newton, pensé, -todavía vaga y misteriosamente,- en mi prima Inés.
Luego tuve revelaciones profundas. Supe muchas cosas. Entre ellas, que los besos eran un
placer exquisito.
Tiempo.
Leí Pablo y Virginia. Llegó un fin de año escolar, y salí, en vacaciones, rápido como una saeta,
camino de mi casa. ¡Libertad!
***
Mi prima, -pero, ¡Dios santo, en tan poco tiempo!- se había hecho una mujer completa. Yo
delante de ella me hallaba como avergonzado, un tanto serio. Cuando me dirigía la palabra, me
ponía sonreírle con una sonrisa simple.
Ya tenía quince años y medio Inés. La cabellera, dorada y luminosa al sol, era un tesoro. Blanca
y levemente amapolada, su cara era una creación murillesca, si veía de frente. A veces,
contemplando su perfil, pensaba en una soberbia medalla siracusana, en un rostro de princesa. El
traje, corto antes, había descendido. El seno, firme y esponjado, era un ensueño oculto y supremo;
la voz clara y vibrante, las pupilas azules, inefables; la boca llena de fragancia de vida y de color de
púrpura. ¡Sana y virginal primavera!
La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a abrazarme, me tendió la mano.
Después, no me atreví a invitarla a los juegos de antes. Me sentía tímido. ¡Y qué!, ella debía sentir
algo de lo que yo. ¡Yo amaba a mi prima!
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.
Mi dormitorio estaba vecino al de ellas. Cuando cantaban los campanarios su sonora llamada
matinal, ya estaba yo despierto.
Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta veía salir la pareja que hablaba
en voz alta. Cerca de mí pasaba el frufú de las polleras antiguas de mi abuela, y del traje de Inés,
coqueto, ajustado, para mí siempre revelador.
¡Oh, Eros!
***
-Inés...
¿...?
136
¡Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, una bella luna de aquellas del país de
Nicaragua!
La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las palabras, ya rápidas, ya
contenidas, febril, temeroso. ¡Sí! se lo dije todo: las agitaciones sordas y extrañas que en mi
experimentaba cerca de ellas, el amor, el ansia; los tristes insomnios del deseo; mis ideas fijas en
ella, allá en mis meditaciones del colegio; y repetía como una oración sagrada la gran palabra: ¡el
amor! ¡Oh!, ella debía recibir gozosa mi adoración. Creceríamos más. Seríamos marido y mujer...
Esperé.
La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba perfumes tibios que a mí se
me imajinaban propios para los fogosos amores. Cabellos áureos, ojos paradisíaco, labios
encendidos y entreabiertos!
De repente, y con un mohín:
-¡Ve! la tontería...
Y corrió, como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela, rezando a la callada sus
rosarios y responsorios.
Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:
-¡Eh, abuelita! me dijo...
¡Ellas, pues, ya sabían que yo debía «decir!»
Con su reír interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa acariciando las cuentas de
su camándula. Y yo que todo lo veía, a la husma, de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, ¡las
primeras de mis desengaños de hombre!
***
Los cambios fisiolójicos que en mí se sucedían, y las agitaciones de mi espíritu me conmovían
hondamente. ¡Dios mío! Soñador, un pequeño poeta como me creía, al comenzarme el bozo, sentía
llenos de ilusiones la cabeza, de versos los labios, y mi alma y mi cuerpo de púber tenían sed de
amor. ¿Cuándo llegaría el momento soberano en que alumbraría una celeste mirada el fondo de mi
ser, y aquel en que se rasgaría el velo del enigma atrayente?
Un día, a pleno sol, Inés estaba en el jardín, regando trigo, entre los arbustos y las flores, a las
que llamaba sus amigas: unas palomas albas, arrulladoras, con sus buches níveos y amorosamente
musicales. Llevaba un traje -siempre que con ella he soñado la he visto con el mismo,- gris
azulado, de anchas mangas, que dejaban ver casi por entero los satinados brazos alabastrinos, los
cabellos los tenía recogidos y húmedos, y el vello alborotado de su nuca blanca y rosa, era para mí
como luz crespa. Las aves andaban a su alrededor currucuqueando, e imprimían en el suelo oscuro
la estrella acarminada de sus patas.
137
Hacía calor. Yo estaba oculto tras los ramajes de unos jasmineros. La devoraba con los ojos.
¡Por fin se acercó por mi escondite, la prima gentil! Me vio trémulo, enrogecida la faz, en mis ojos
una llama viva y rara, y acariciante, y se puso a reír cruelmente, terriblemente. ¡Y bien! ¡Oh!,
aquello no era posible. Me lancé con rapidez frente a ella. Audaz, formidable debía de estar,
cuando ella retrocedió como asustada, un paso.
-¡Te amo!
Entonces tornó a reír. Una paloma voló a uno de sus brazos. Ella la mimó dándole granos de
trigo entre las perlas de su boca fresca y sensual. Me acerqué más. Mi rostro estaba junto al suyo.
Los cándidos animales nos rodeaban. Me turbaba el cerebro una onda invisible y fuerte de aroma
femenil. Se me antojaba Inés una paloma hermosa y humana, blanca y sublime; y al propio tiempo
llena de fuego, de ardor, un tesoro de dichas. No dije más. La tomé la cabeza y la di un beso en una
mejilla, un beso rápido, quemante de pasión furiosa. Ella un tanto enojada, salió en fuga. Las
palomas se asustaron y alzaron el vuelo, formando un opaco ruido de alas sobre los arbustos
temblorosos. Yo abrumado, quedé inmóvil.
***
Al poco tiempo partía a otra ciudad. La paloma blanca y rubia no había, ¡ay! mostrado a mis
ojos el soñado paraíso del misterioso deleite.
***
Musa ardiente y sacra para mi alma, el día había de llegar! Elena, la graciosa, la alegre, ella fue
el nuevo amor. ¡Bendita sea aquella boca, que murmuró por primera vez cerca de mí las inefables
palabras!
Era allá, en una ciudad que está a la orilla de un lago de mi tierra, un lago encantador, lleno de
islas floridas, con pájaros de colores.
Los dos solos estábamos cogidos de las manos, sentados en el viejo muelle, debajo del cual el
agua glauca y oscura chapoteaba musicalmente. Había un crepúsculo acariciador, de aquellos que
son la delicia de los enamorados tropicales. En el cielo opalino se veía una diafanidad apacible que
disminuía hasta cambiarse en tonos de violeta oscuro, por la parte del oriente, y aumentaba
convirtiéndose en oro sonrosado en el horizonte profundo, donde vibraban oblicuos, rojos y
desfallecientes los últimos rayos solares. Arrastrada por el deseo, me miraba la adorada mía y
nuestros ojos se decían cosas ardorosas y extrañas. En el fondo de nuestras almas cantaban un
unísono embriagador como dos invisible y divinas filomelas.
Yo extasiado veía a la mujer tierna y ardiente; con su cabellera castaña que acariciaba con mis
manos, su rostro color de canela y rosa, su boca cleopatrina, su cuerpo gallardo y virginal, y oía su
voz queda, muy queda, que me decía frases cariñosas, tan bajo, como que solo eran para mí,
temerosa quizás de que se las llevase el viento vespertino. Fija en mí, me inundaban de felicidad
sus ojos de minerva, ojos verdes, ojos que deben siempre gustar a los poetas. Luego, erraban
nuestras miradas por el lago, todavía lleno de vaga claridad. Cerca de la orilla, se detuvo un gran
grupo de garzas morenas de esas que cuando el día caliente, llegan a las riberas a espantar a los
cocodrilos, que con las anchas mandíbulas abiertas beben sol sobre las rocas negras. ¡Bellas garzas!
138
algunas ocultaban los largos cuellos en la onda o bajo el ala, y semejaban grandes manchas de
flores vivas y sonrosadas, móviles y apacibles. A veces una, sobre una pata, se alisaba con el pico
las plumas, o permanecía inmóvil, escultural o hieráticamente, o varias daban un corto vuelo,
formando en el fondo de la ribera llena de verde, o en el cielo, caprichosos dibujos, como las
bandadas de grullas de un parasol chino.
Me imaginaba junto a mi amada, que de aquel país de la altura, me traerían las garzas muchos
versos desconocidos y soñadores. Las garzas blancas las encontraba más puras y más voluptuosas,
con la pureza de la paloma y la voluptuosidad del cisne, garridas con sus cuellos reales, parecidos a
los de las damas inglesas que junto a los pajecillos rizados se ven en aquel cuadro en que
Shakespeare recita en la corte de Londres. Sus alas, delicadas y albas, hacen pensar en
desfallecientes sueños nupciales, todas, -bien dice un poeta,- como cinceladas en jaspe.
¡Ah, pero las otras, tenían algo de más encantador para mí! Mi Elena se me antojaba como
semejante a ellas, con su color de canela y de rosa, gallarda y gentil.
Ya el sol desaparecía arrastrando toda su púrpura opulenta del rey oriental. Yo había halagado a
la amada tiernamente con mis juramentos y frases melifluas y cálidas, y juntos seguíamos en un
lánguido dúo de pasión inmensa. Habíamos sido hasta ahí dos amantes soñadores, consagrados
místicamente uno a otro.
De pronto, y como atraídos por una fuerza secreta, en un momento inexplicable, nos besamos en
la boca, todos trémulos, con un beso para mí sacratísimo y supremo: el primer beso recibido de
labios de mujer. ¡Oh, Salomón, bíblico y real poeta! tú lo dijiste como nadie: Mel et lac sub lingua
tua!
Aquel día no soñamos más.
***
¡Ah, mi adorable, mi bella, mi querida garza morena! Tú tienes en los recuerdos profundos que
en mi alma forman lo más alto y sublime, una luz inmortal.
Porque tú me revelaste el secreto de las delicias divinas, en el inefable primer instante del amor!
139
En Chile
Álbum
Porteño
I
EN BUSCA DE CUADROS
Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico incorregible, huyendo de las
agitaciones y turbulencias, de las máquinas y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y el
chocar de las herraduras de los caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras; de las
carreras de los corredores frente a la Bolsa, del tropel de los comerciantes; del grito de los
vendedores de diarios; del incesante bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca de
impresiones y de cuadros, subió al cerro Alegre que, gallardo como una gran roca florecida, luce
sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas risueñas escalonadas en la altura, rodeadas
de jardines, con ondeantes cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas vistosas
y niños rubios de caras angélicas.
Abajo estaban las techumbres de Valparaíso que hace transacciones, que anda a pie como una
ráfaga, que puebla los almacenes e invade los bancos, que viste por la mañana torno crema o
plomizo, a cuadros, con sombrero de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con lustroso
sombrero de copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a la luz que brota de las vidrieras, los
lindos rostros de las mujeres que pasan.
Más allá, el mar acerado, brumoso, los barcos en grupo, el horizonte azul y lejano. Arriba, entre
opacidades, el sol.
Donde estaba el soñador empedernido, casi en lo más alto del cerro, apenas si se sentían los
extremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo del Camino de Cintura e iba pensando en idilios,
con toda la augusta desfachatez de un poeta que fuera millonario.
Había allí aire fresco para sus pulmones, casas sobre cumbres, como nidos al viento, donde bien
podía darse el gusto de colocar parejas enamoradas, y tenía además, el inmenso espacio azul, del
cual, -él lo sabía perfectamente, los que hacen los salmos y los himnos pueden disponer como les
vengan en antojo.
De pronto escuchó: -«¡Mary! ¡Mary!» Y él, que andaba a caza de impresiones y en busca de
cuadros, volvió la vista.
140
II
ACUARELA
Había cerca un bello jardín, con más rosas que azules y más violetas que rosas. Un bello y
pequeño jardín, con jarrones, pero sin estatuas, con una pita blanca, pero sin surtidores, cerca de
una casita como hecha para un cuento dulce y feliz.
En la pita un cisne chapuzaba revolviendo el agua, sacudiendo las alas de un blancor de nieve,
enarcando el cuello en la forma del brazo de una tira o del ansa de una ánfora, y moviendo el pico
húmedo y con tal lustre como si fuese labrado en una ágata de color de rosa.
En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens , estaba una de esas viejas
inglesas, únicas, solas, clásicas. Con la cofia encintada, los anteojos sobre la nariz, el cuerpo
encorvado, las mejillas arrugadas, más con color de manzana madura y salud rica. Sobre la saya
oscura, el delantal.
Llamaba:
-¡Mary!
El poeta vio llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, triunfal, sonriente; y no quiso
tener tiempo sino para meditar en que son adorables los cabellos dorados, cuando flotan sobre las
nucas marmóreas, y en que hay rostros que valen bien por un alba.
Luego, todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas: -quince años, sí, los estaban
pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno apenas erguido, una frescura primaveral, y una
falda hasta el tobillo que dejaba ver el comienzo turbador de una media de color carne;- aquellos
rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes, aquellos, durazneros con sus ramilletes
alegres donde se detenían al paso las mariposas errantes llenas de polvo de oro, y las libélulas de
alas cristalinas e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjando el alabastro de sus plumas, y
zabulléndose entre espumajeos y burbujas, con voluptuosidad, en la transparencia del agua; la
casita limpia, pintada, apacible, de donde emergía como una onda de felicidad; y en la puerta la
anciana, un invierno, en medio de toda aquella vida, cerca de Mary, una virginidad en flor.
Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí con la satisfacción de un goloso
que paladea cosas esquisitas.
Y la anciana y la joven:
-¿Qué traes?
-Flores.
Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía con una de sus manos
gráciles de ninfa, mientras sonriendo su linda boca purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban
ver un color de lapizlázuli y una humedad radiosa.
141
El poeta siguió adelante.
III
PAISAJE
A poco andar se detuvo.
El sol había roto el velo opaco de las nubes y bañaba de claridad áurea y perlada un recodo de
camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus cabelleras hasta rozar el césped. En el fondo se
divisaban altos barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes como vidrios. Bajo
los sauce agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas filosóficas -¡oh, gran maestro Hugo!- unos
asnos; y cerca de ellos un buey, gordo, con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde
ruedan miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos, mascaba despacioso y con cierta
pereza la pastura. Sobre todo, flotaba un vaho cálido, y el grato olor campestre de las yerbas
pisadas. Veíase en lo profundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de esos fuertes campesinos,
toscos hércules que detienen un toro, apareció de pronto en lo más alto de los barrancos. Tenía tras
de sí el vasto cielo. Las piernas, todas músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus brazos traía
una cuerda gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro de nutria, sus cabellos enmarañados,
tupidos, salvages.
Llegose al buey en seguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él. Un perro con la lengua
de fuera, acezando, movía el rabo y daba brincos.
-¡Bien! -dijo Ricardo.
Y pasó.
IV
AGUA FUERTE
Pero ¿para donde diablos iba?
Y se entró en una casa cercana de donde salía un ruido metálico y acompasado.
En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy negras, trabajaban unos
hombres en la forja. Uno movía el fuelle que resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando
torbellinos de chispas y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al brillo
del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los rostros de los obreros con un
reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados en toscos armazones resistían el batir de los machos que
aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas
142
de lana de cuellos abiertos, y largos delantales de enero. Alcanzábaseles a ver el pescuezo gordo y
el principio del pecho velludo; y salían de las mangas holgadas los brazos gigantescos, donde,
como en los de Amico, parecían los músculos redondas piedras de las que deslavan y pulen los
torrentes. En aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de cíclopes.
A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de sol. A la entrada de la forja, como
en un marco oscuro, una muchacha blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón,
sus hombros delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su bello color de lis, con un
casi imperceptible tono dorado.
Ricardo pensaba:
-Decididamente, una escursión feliz al país del arte...
V
LA VIRGEN DE LA PALOMA
Anduvo, anduvo.
Volvía ya a su morada. Dirigíase el ascensor cuando oyó una risa infantil, armónica, y él, poeta
incorregible, buscó los labios de donde brotaba aquella risa.
Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros floridos, estaba una mujer
pálida, augusta, madre, con un niño tierno y risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo
tenía en alto, y en la mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus pichones
de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de virgen, y abriendo el pico de donde brota
la dulce música de su caricia.
La madre mostraba al niño la paloma, y el niño en su afán de cogerla, abría los ojos, estiraba los
bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía como un nimbo; y la madre con la tierna beatitud de
sus miradas, con su esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el beso
en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena de gracia, irradiando la luz de
un candor inefable. El niño Jesús, real como un dios infante, precioso como un querubín
paradisíaco, quería asir aquella paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.
Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.
143
VI
LA CABEZA
Por la noche, sonando aún en sus oídos la música del Odeón, y los parlamentos de Astol; de
vuelta de las calles donde escuchara el ruido de los coches y la triste melopea de los tortilleros,
aquel soñador se encontraba en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas estaban
esperando las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres de los ojos ardientes.
¡Uf!...
¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de colores y de sonidos.
Resonaban en las concavidades de aquel cerebro martilleos de cíclopes, himnos al son de tímpanos
sonoros, fanfarrias bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y estallar de besos,
todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores agrupados, estaban como pétalos de capullos
distintos confundidos en una bandeja, o como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de
un pintor...
Además...
Álbum
Santiagués
I
ACUARELA
Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus cálices pálidos bajo el oro
del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas
opulentas y purpuradas emperatrices; ya el jasmín, flor sencilla, tachona los tupidos ramajes, como
una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas elegantes visten sus trajes claros, dando al
olvido las pieles y los abrigos invernales. Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una
claridad suave, junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres resplandecientes en un
polvo de luz, su esbeltez solemne y sus hojas nuevas, bulle un enjambre ajeno a ruido de música, de
cuchicheos vagos y de palabras fugaces.
He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que explende y quiebra los
últimos reflejos solares, los caballos orgullosos con el brillo de sus arneces, y con sus cuellos
estirados e inmóviles de brutos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de indiferentes,
luciendo sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en el fondo de los carruajes,
reclinadas como odaliscas, erguidas como reinas, las mujeres rubias de los ojos soñadores, las que
tienen cabelleras negras y rostros pálidos, las rosadas adolescentes que ríen con alegría de pájaro
primaveral, bellezas lánguidas, hermosuras audaces, castos lirios albos y tentaciones ardientes.
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En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de un querubín, por aquélla
ha salido una mano enguantada que se dijera de niño, y es de morena tal que llama los corazones,
más allá se alcanza a ver un pie de Cenicienta con un zapatito oscuro y media lila, y acullá, gentil
con sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado, su cuello real y la corona de su
cabellera, está la Venus de Milo, no manca, sino con dos brazos, gruesos como los muslos de un
querubín de Murillo, y vestida a la última moda de París, con ricas telas de Prá.
Más allá está el oleaje de los que van y vienen: parejas de enamorados, hermanos y hermanas,
grupos de caballeritos irreprochables; todo en la confusión de los rostros, de las miradas, de los
colorines, de los vestidos, de las capotas: resaltando a veces en el fondo negro y aceitoso de los
elegantes dumas, una cara blanca de mujer, un sombrero de paja adornado de colibríes, de cintas o
de plumas, y el inflado globo rojo, de goma, que pendiente de un hilo lleva un niño risueño, de
medias azules, zapatos charolados y holgado cuello a la marinera.
En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en las que los álamos
erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo trémulo y desfalleciente de la tarde fugitiva.
II
UN RETRATO DE WATTEAU
Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa, esas manos diminutas
que empolvan el haz de rizos rubios de la cabellera espléndida. La araña de luces opacas derrama la
languidez de su girándula por todo el recinto. Y he aquí que al volverse ese rostro, soñamos en los
buenos tiempos pasados. Una marquesa, contemporánea de madama de Maintenon, solitaria en su
gabinete, da las últimas manos a su tocado.
Todo está correcto, los cabellos que tienen todo el Oriente en sus hebras, empolvados y crespos,
el cuello del corpiño, ancho y en forma de corazón, hasta dejar ver principio del seno firme y
pulido; las mangas abiertas que muestran blancuras incitantes; el talle ceñido, que se balancea, y el
rico faldellín de largos vuelos, y el pie pequeño en el zapato de tacones rojos.
Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con una sonrisa enigmática
de esfinge, quizá en recuerdo del amor galante, del madrigal recitado junto al tapiz de figuras
pastoriles o mitológicas, o del beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la penumbra.
Vese la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el efecto de la mirada, del
andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable que agitará el viento de la danza en su nuca fragante
y sonrosada. Y piensa, y suspira, y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma femenino
que hay en un tocador de mujer.
Entretanto la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza irresistible y desnuda
sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro de bronce que sostiene entre los pámpanos de su
cabeza un candelabro; y en el ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los
brazos y los pechos una sirena con la cola corva y brillante de escamas argentinas, mientras en el
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plafond en forma de óvalo, va por el fondo inmenso y azulado sobre el lomo de un toro robusto y
divino, la bella Europa, entre delfines áureos y tritones corpulentos que sobre el vasto ruido de las
ondas, hacen vibrar el ronco estrépito de sus resonantes caracoles.
La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las manos en seda, ya rápida se
dirige a la puerta donde el carruaje espera y el tronco piafa. Y hela ahí, vanidosa y gentil, a esa
aristocrática santiaguesa que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran Watteau le
dedicaría sus pinceles.
III
NATURALEZA MUERTA
He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas, sobre un trípode. Por
fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y opulentos, que hacen pensar en los mantos de los
príncipes orientales. Las lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color apacible, junto a los
pétalos esponjados de las rosas té.
Junto al tiesto, en una copa de laca ordenada con ibis de oro incrustados, incitaban a la gula
manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la fruta nueva y la sabrosa carne hinchada
que toca el deseo; peras doradas y apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo, y como
esperando el cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y un ramillete de uvas negras,
hasta con el polvillo ceniciento de los racimos acabados de arrancar de la viña.
Acérqueme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las manzanas y las peras de
mármol pintado, y las uvas de cristal.
¡Naturaleza muerta!
IV
AL CARBÓN
Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la antífona, llenando la nave
con su armonía gloriosa. Los cirios ardían goteando sus lágrimas de cera entre la nube de incienso
que inundaba los ámbitos del templo con su aroma sagrado; y allá en el altar el sacerdote, todo
resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de pedrería, bendiciendo a la muchedumbre
arrodillada.
De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo de sombra. Había una mujer que
oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por
fondo la vaga oscuridad de un confesionario. Era una bella faz de ángel, con la plegaria en los ojos
146
y en los labios. Había en su frente una palidez de flor de lis; y en la negrura de su manto resaltaban
juntas, pequeñas, las manos blancas y adorables. Las luces se iban extinguiendo, y a cada momento
aumentaba lo oscuro del fondo, y entonces como por un ofuscamiento, me parecía ver aquella faz
iluminarse con una luz blanca y misteriosa, como la que debe de haber en la región de los coros
prosternados y de los querubines ardientes; luz alba, polvo de nieve, claridad celeste, onda santa
que baña los ramos de lirio de los bienaventurados.
Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la noche, en aquel rincón de
sombra, habría sido un tema admirable para un estudio al carbón.
V
PAISAJE
Hay allá, en las orillas de la laguna de la Quinta, un sauce melancólico que moja de continuo su
cabellera verde, en el agua que refleja el cielo y los ramajes, como si tuviese en su fondo un país
encantado.
Al viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es donde escuché una tarde,
cuando del sol quedaba apenas en el cielo un tinte violeta que se esfumaba por ondas, y sobre el
gran Andes nevado un decreciente color de rosa que era como una tímida caricia de la luz
enamorada, un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo en la cumbre.
Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo del sauce. Al frente, se
extendía la laguna tranquila, con su puente enarcado y los árboles temblorosos de la ribera; y más
allá se alzaba entre el verdor de las hojas la fachada del palacio de la Exposición, con sus cóndores
de bronce en actitud de volar.
La dama era hermosa, él un gentil muchacho, que le acariciaba con los dedos y los labios, los
cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.
Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos, cuchicheaban en lengua rítmica
y alada las dos aves. Y arriba el cielo con su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro,
alas de fuego, vellones de púrpura, fondos azules, flordelisados de ópalo, derramaba la
magnificiencia de su pompa, la soberbia de su grandeza augusta.
Bajo las aguas se agitaban como en un remolino de sangre viva los peces veloces de aletas
doradas.
Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una polvareda de sol
tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos amantes, él moreno, gallardo, vigoroso, con una
barba fina y sedosa, de esas que gustan de tocar las mujeres; ella rubia, -¡un verso de Goethe!vestida con un traje gris lustroso, y en el pecho una rosa fresca, como su boca roja que pedía el
beso.
147
VI
EL IDEAL
Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien enamorar... Pasó, la vi como
quien viera un alba, huyente, rápida, implacable.
Era una estatua antigua con un alma que se asomaba a los ojos, ojos angelicales, todos ternura,
todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su belleza, y me vio como
una reina y como una paloma. Pero pasó arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra.
Y yo, el pobre pintor de la naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos aéreos, vi el
vestido luminoso de la hada, la estrella de su diadema, y pensé en la promesa ansiada del amor
hermoso. Más de aquel rayo supremo y fatal, sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de
mujer, un sueño azul...
El año lírico
Primaveral
Mes de rosas. Van mis rimas
en ronda, a la vasta selva,
y recoger miel y aromas
en las flores entreabiertas.
Amada, ven. El gran bosque
es nuestro templo: allí ondea
y flota un santo perfume
de amor. El pájaro vuela
de un árbol a otro y saluda
la frente rosada y bella
como a un alba; y las encinas
robustas, altas, soberbias,
cuando tú pasas agitan
sus hojas verdes y trémulas,
y enarcan sus ramas como
para que pase una reina.
¡Oh amada mía! Es el dulce
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15
tiempo de la primavera.
*
Mira: en tus ojos, los míos;
da al viento la cabellera,
y que bañe el sol ese oro
de luz salvaje y espléndida.
Dame que aprieten mis manos
las tuyas de rosa y seda,
y ríe, y muestra tus labios
su púrpura húmeda y fresca.
Yo voy a decirte rimas,
tú vas a escuchar risueña;
si acaso algún ruiseñor
viniese a posarse cerca,
y a contar alguna historia
de ninfas, rosas o estrellas,
tú no oirás notas ni trinos,
sino enamorada y regia,
escucharás mis canciones
fija en mis labios que tiemblan.
¡Oh amada mía! Es el dulce
tiempo de la primavera.
*
Allá hay una clara fuente
que brota de una caverna,
donde se bañan desnudas
las blancas ninfas que juegan.
Ríen al son de la espuma,
hienden la linfa serena;
entre polvo cristalino
esponjan sus cabelleras,
y saben himnos de amores
en hermosa lengua griega,
que en glorioso tiempo antiguo
pan inventó en las florestas.
Amada, pondré en mis rimas
la palabra más soberbia
de las frases de los versos
de los himnos de esa lengua;
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y te diré esa palabra
empapada en miel hiblea...
¡oh amada mía! en el dulce
tiempo de la primavera.
*
Van en sus grupos vibrantes
revolando las abejas
como un áureo torbellino
que la blanca luz alegra,
y sobre el agua sonora
pasan radiantes, ligeras,
con sus alas cristalinas
las irisadas libélulas.
Oye: canta la cigarra
porque ama al sol, que en la selva
su polvo de oro tamiza
entre las hojas espesas.
Su aliento nos da en un soplo
fecundo la madre tierra,
con el alma de los cálices
y el aroma de las yerbas.
*
¿Ves aquel nido? Hay un ave.
Son dos: el macho y la hembra.
Ella tiene el buche blanco,
él tiene las plumas negras.
En la garganta el gorjeo,
las alas blandas y trémulas;
y los picos que se chocan
como labios que se besan.
El nido es cántico. El ave
incuba el trino, ¡oh poetas!
De la lira universal
el ave pulsa una cuerda.
Bendito el calor sagrado
que hizo reventar las yemas,
¡oh amada mía, ¡en el dulce
tiempo de la primavera!
*
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Mi dulce musa Delicia
me trajo un ánfora griega
cincelada en alabastro,
de vino de Naxos llena;
y una hermosa copa de oro,
la base henchida de perlas,
para que bebiese el vino
que es propicio a los poetas.
En la ánfora está Diana,
real, orgullosa y esbelta,
con su desnudez divina
y en su actitud cinegética.
Y en la copa luminosa
está Venus Citerea
tendida cerca de Adonis
que sus caricias desdeña.
No quiero el vino de Naxos
ni el ánfora de ansas bellas,
ni la copa donde Cipria
al gallardo Adonis ruega.
Quiero beber el amor
sólo en tu boca bermeja
¡oh amada mía! en el dulce
tiempo de la primavera.
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Estival
I
La tigre de Bengala,
con su lustrosa piel manchada a trechos,
está alegre y gentil, está de gala.
Salta de los repechos
de un ribazo, al tupido
carrizal de un bambú; luego, a la roca
que se yergue a la entrada de su gruta.
Allí lanza un rugido,
se agita como loca
y eriza de placer su piel hirsuta.
*
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10
La fiera virgen ama.
Es el mes del ardor. Parece el suelo
rescoldo; y en el cielo
el sol, inmensa llama.
Por el ramaje oscuro
salta huyendo el kanguro.
El boa se infla, duerme, se calienta
a la tórrida lumbre;
el pájaro se sienta
a reposar sobre la verde cumbre.
*
Siéntense vahos de horno;
y la selva africana
en alas del bochorno,
laza, bajo el sereno
cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
respira a pulmón lleno,
y al verse hermosa, altiva, soberana,
le late el corazón, se le hincha el seno.
*
Contempla su gran zarpa, en ella la uña
de marfil; luego toca
al filo de una roca,
y prueba, y lo rasguña.
Mírase luego el flanco
que azota con el rabo puntiagudo
de color negro y blanco,
y móvil y felpudo;
luego el vientre. En seguida
abre las anchas fauces, altanera
como reina que exige vasallaje;
después husmea, busca, va. La fiera
exhala algo a manera
de un suspiro salvaje.
Un rugido callado
escuchó. Con presteza
volvió la vista de uno y otro lado.
Y chispeó su ojo verde y dilatado,
cuando miró de un tigre la cabeza
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surgir sobre la cima de un collado.
El tigre se acercaba.
*
Era muy bello.
Gigantesca la talla, el pelo fino,
apretado el hijar, robusto el cuello,
era un don Juan felino
en el bosque. Anda a trancos
callados; ve a la tigre inquieta, sola,
y le muestra los blancos
dientes, y luego arbola
con donaire la cola.
Al caminar se vía
su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.
Se miraban los músculos hinchados
debajo de la piel. Y se diría
ser aquella alimaña
un rudo gladiador de la montaña.
Los pelos erizados
del labio relamía. Cuando andaba,
con su peso chafaba
la yerba verde y muelle;
y el ruido de su aliento semejaba
el resollar de un fuelle.
Él es, él es el rey. Cetro de oro
no, sino la ancha garra
que se hinca recia en el testuz del toro
y las carnes desgarra.
La negra águila enorme, de pupilas
de fuego y corvo pico relumbrante,
tiene a Aquilón; las hondas y tranquilas
aguas el gran caimán; el elefante
la cañada y la estepa;
la víbora, los juncos por do trepa;
y su caliente nido
del árbol suspendido,
el ave dulce y tierna
que ama la primer luz.
Él, la caverna.
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*
No envidia al león la crin, ni al potro rudo
el casco, ni al membrado
hipopótamo el lomo corpulento,
quien bajo los ramajes del copudo
baobab, ruge al viento.
*
Así va el orgulloso, llega, halaga;
corresponde la tigre que le espera,
y con caricias las caricias paga
en su salvaje ardor, la carnicera.
*
Después, el misterioso
tacto, las impulsivas
fuerzas que arrastran con poder pasmoso;
y ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
bajo las vastas selvas primitivas.
No el de las musas de las blandas horas,
suaves, expresivas,
en las rientes auroras
y las azules noches pensativas;
sino el que todo enciende, anima, exalta,
polen, savia, calor, nervio, corteza,
y en torrente de vida brota y salta
del seno de la gran naturaleza.
*
IV
El príncipe de Gales, va de caza
por bosques y por cerros,
con su gran servidumbre, y con sus perros
de la más fina raza.
*
Acallando el tropel de los vasallos,
deteniendo trahíllas y caballos,
con la mirada inquieta,
contempla a los dos tigre, de la gruta
a la entrada. Requiere la escopeta,
y avanza, y no se inmuta.
*
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115
Las fieras se acarician. No han oído
tropel de cazadores.
A esos terribles seres,
embriagados de amores,
con cadenas de flores
se les hubiera uncido
a la nevada concha de Citeres
o al carro de Cupido.
*
El príncipe atrevido
adelanta, se acerca, y se para;
ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;
ya del arma el estruendo
por el espeso bosque ha resonado.
El tigre sale huyendo,
y la hembra queda, el vientre desgarrado.
*
¡Oh, va a morir!... Poco antes, débil, yerta,
chorreando sangre por la herida abierta,
con ojo dolorido,
miró a aquel cazador; lanzó un gemido
como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.
V
Aquel macho que huyó, bravo y zahareño,
a los rayos ardiente
del sol, en su cubil después dormía.
Entonces tuvo un sueño:
que enterraba las garras y los dientes
en vientres sonrosados
y pechos de mujer; y que engullía
por postres delicados
de comidas y cenas,
-como tigre goloso entre golososunas cuantas docenas
de niños tiernos, rubios y sabrosos.
Autumnal
Eros, vita, lumen
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En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!
*
En las pálidas tardes
me cuenta un hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía;
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas,
lo que sueñan las niñas.
*
Una vez sentí el ansia
de una sed infinita.
Dije al hada amorosa:
-Quiero en el alma mía
tener la inspiración honda, profunda,
inmensa: luz, calor, aroma, vida.
Ella me dijo: -¡Ven! Con el acento
con que hablaría un arpa. En él había
un divino idioma de esperanza.
¡Oh sed del ideal!
*
Sobre la cima
de un monte, a media noche,
me mostró las estrellas encendidas.
Era un jardín de oro
con pétalos de llama que titilan.
Exclamé: -¡Más!...
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*
La aurora
vino después. La aurora sonreía,
con la luz en la frente,
como la joven tímida
que abre la reja, y la sorprenden luego
ciertas curiosas, mágicas pupilas.
Y dije: -¡Más!... Sonriendo
la celeste hada amiga
prorrumpió: -¡Y bien!... ¡Las flores!
*
Y las flores
estaban frescas, lindas,
empapadas de olor: la rosa virgen,
la blanca margarita,
la azucena gentil, y las volúbilis
que cuelgan de la rama extremecida.
Y dije: -¡Más!...
*
El viento
arrastraba rumores, ecos, risas,
murmullos misteriosos, aleteos,
músicas nunca oídas.
El hada entonces me llevó hasta el velo
que nos cubre las ansias infinitas,
la inspiración profunda,
y el alma de las liras.
Y lo rasgó. ¡Y allí todo era aurora!
En el fondo se vía
un bello rostro de mujer.
*
¡Oh, nunca
Piérides, diréis las sacras dichas
que en el alma sintiera!
Con su vaga sonrisa:
-¿Más?... dijo el hada. Y yo tenía entonces
clavadas las pupilas
en el azul; y en mis ardientes manos
se posó mi cabeza pensativa...
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Invernal
Noche. Este viento vagabundo lleva
las alas entumidas
y heladas. El gran Andes
yergue al inmenso azul su blanca cima.
La nieve cae en copos,
sus rosas trasparentes cristaliza;
en la ciudad, los delicados hombros
y gargantas se abrigan;
ruedan y van los coches,
suenan alegres pianos, el gas brilla;
y, si no hay un fogón que le caliente,
el que es pobre tirita.
*
Yo estoy con mis radiantes ilusiones
y mis nostalgias íntimas,
junto a la chimenea
bien harta de tizones que crepitan.
Y me pongo a pensar:
¡Oh! ¡Si estuviese
ella, la de mis ansias infinitas,
la de mis sueños locos,
y mis azules noches pensativas!
¿Cómo? Mirad:
De la apacibles estancia
en la extensión tranquila,
vertería la lámpara reflejos
de luces opalinas.
Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría,
el golpe de la lluvia en los cristales,
y el vendedor que grita
su monótona y triste melopea
a las glaciales brisas;
dentro, la ronda de mis mil delirios,
las canciones de notas cristalinas,
unas manos que toquen mis cabellos,
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un aliento que roce mis mejillas,
un perfume de amor, mil conmociones,
mil ardientes caricias;
ella y yo; los dos juntos, los dos solos;
la amada y el amado, ¡oh Poesía!,
los besos de sus labios,
la música triunfante de mis rimas,
y en la negra y cercana chimenea
el tueco brillador que estalla en chispas.
*
¡Oh! ¡Bien haya el brasero
lleno de pedrería!
Topacios y carbunclos,
rubíes y amatistas
en la ancha copa etrusca
repleta de ceniza.
Los lechos abrigados,
las almohadas mullidas,
las pieles de Astrakán, ¡los besos cálidos
que dan las bocas húmedas y tibias!
¡Oh, viejo Invierno, salve!
Puesto que traes con las nieves frígidas
el amor embriagante
y el vino del placer en tu mochila.
*
Sí, estaría a mi lado,
dándome sus sonrisas,
ella, la que hace falta a mis estrofas,
ésa que mi cerebro se imagina;
la que, si estoi en sueños,
se acerca y me visita;
ella que, hermosa, tiene
una carne ideal, grandes pupilas,
algo del mármol, blanca luz de estrella:
nerviosas, sensitiva,
muestra el cuello gentil y delicado
de las Hebes antiguas,
bellos gestos de diosa,
tersos brazos de ninfa,
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lustrosa cabellera
en la nuca encrespada y recogida,
y ojeras que denuncian
ansias profundas y pasiones vivas.
¡Ah, por verla encarnada,
por gozar sus caricias,
por sentir en mis labios
los besos de su amor, diera la vida!
Entre tanto hace frío.
Yo contemplo las llamas que se agitan,
cantando alegres con sus lenguas de oro,
móviles, caprichosas e intranquilas,
en la negra y cercana chimenea
do el tuero brillador estalla en chispas.
*
Luego pienso en el coro
de las alegres liras,
en la copa labrada el vino negro,
la copa hirviente cuyos bordes brillan
con iris temblorosos y cambiantes
como un collar de prismas;
el vino negro que la sangre enciende
y pone el corazón con alegría,
y hace escribir a los poetas locos
sonetos áureos y flamantes silvas.
El Invierno es beodo.
Cuando soplan sus brisas,
brotan las viejas cubas
la sangre de las viñas.
Sí, yo pintara su cabeza cana
con corona de pámpanos guarnida.
El Invierno es galeoto,
porque en las noches frías
Paolo besa a Francesca
en la boca encendida,
mientras su sangre como fuego corre
y el corazón ardiendo le palpita.
¡Oh, crudo Invierno, salve!
¡Puesto que traes con las nieves frígidas
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el amor embriagante
y el vino del placer en tu mochila!
*
Ardor adolescente,
miradas y caricias;
¡cómo estaría trémula en mis brazos
la dulce amada mía,
dándome con sus ojos luz sagrada,
con su aroma de flor, sabia divina!
En la alcoba la lámpara
derramando sus luces opalinas;
oyéndose tan sólo
suspiros, ecos, risas,
el ruido de los besos,
la música triunfante de mis rimas
y en la negra y cercana chimenea
el tuero brillador que estalla chispas.
¡Dentro, el amor que abrasa;
fuera, la noche fría!
Pensamiento
de otoño
De Armand Silvestre
Huye el año a su término
como arroyo que pasa,
llevando del poniente
luz fugitiva y pálida.
Y así como el del pájaro
que triste tiende el ala,
el vuelo del recuerdo
que al espacio se lanza
languidece en lo inmenso
del azul por do vaga.
Huye el año a su término
como arroyo que pasa.
*
Un algo de alma aún yerra
por lo cálices muertos
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de las tardas volúbilis
y los rosales trémulos.
Y, de luces lejanas
al hondo firmamento,
en las alas del perfume
aun se remonta un sueño.
Un algo de alma aún yerra
por los cálices muertos.
*
Canción de despedida
fingen las fuentes túrbidas.
Si te place, amor mío,
volvamos a la ruta
que allá en la primavera
ambos, las mano juntas,
seguimos embriagados
de amor y de ternura
por los gratos senderos
de sus ramas columpian
olientes avenidas
que las flores perfuman.
Canción de despedida
fingen las fuentes túrbidas.
*
Un cántico de amores
brota mi pecho ardiente
que eterno abril fecundo
de juventud florece.
¡Que mueran en buen hora
los bellos días! Llegue
otra vez el invierno;
renazca áspero y fuerte.
Del viento entre el quejido
cual mágico himno alegre
un cántico de amores
brota mi pecho ardiente.
*
Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
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mujer, eterno estío,
¡primavera inmortal!
Hermana del ígneo astro
que por la inmensidad
en toda estación vierte
fecundo, sin cesar,
de su luz esplendente
el dorado raudal.
Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
mujer, ¡eterno estío!,
¡primavera inmortal!
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Anagkh
Y dijo la paloma:
-Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo,
en el árbol en flor, junto a la poma
llena de miel, junto al retoño suave
y húmedo por las gotas del rocío,
tengo mi hogar. Y vuelo
con mis anhelos de ave,
del amado árbol mío
hasta el bosque lejano,
cuando, al himno jocundo
del despertar de Oriente,
sale el alba desnuda, y muestra al mundo
el pudor de la luz sobre su frente.
Mi ala es blanca y sedosa.
La luz la dora y baña,
y céfiro la peina.
Son mis pies como pétalos de rosa.
Yo soy la dulce reina
que arrulla a su palomo en la montaña.
En el fondo del bosque pintoresco
está el alerce en que formé mi nido:
y tengo allí, bajo el follaje fresco
un polluelo sin par, recién nacido.
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Soy la promesa alada,
el juramento vivo;
soy quien lleva el recuerdo de la amada
para el enamorado pensativo.
Yo soy la mensagera
de los tristes y ardientes sonadores,
que va a revolotear diciendo amores
junto a una perfumada cabellera.
Soy el lirio del viento.
Bajo el azul del hondo firmamento
muestro de mi tesoro bello y rico,
las preseas y galas:
el arrullo en el pico,
la caricia en las alas.
Yo despierto a los pájaros parleros
y entonan sus melódicos cantares;
me poso en los floridos limoneros
y derramo una lluvia de azahares.
Yo soy toda inocente, toda pura.
Yo me esponjo en las ansias del deseo,
y me extremezco en la íntima ternura
de un roce, de un rumor, de un aleteo.
¡Oh inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora
das la lluvia y el sol siempre encendido;
porque siendo el palacio de la aurora
también eres el techo de mi nido.
¡Oh inmenso azul! Yo adoro
tus celajes risueños,
y esa niebla sutil de polvo de oro
donde van los perfumes y los sueños.
Amo los velos tenues, vagorosos,
de las flotantes brumas,
donde tiendo a los aires cariñosos
el sedeño abanico de mis plumas.
¡Soy feliz! Porque es mía la floresta,
donde el misterio de los nidos se halla;
porque el alba es mi fiesta
y el amor mi ejercicio y mi batalla.
Feliz, porque de dulces ansias llena
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calentar mis polluelos es mi orgullo;
porque en las selvas vírgenes resuena
la música celeste de mi arrullo.
Porque no hay una rosa que no me ame
ni pájaro gentil que no me escuche,
ni garrido cantor que no me llame.
-¿Si? Dijo entonces un gavilán infame.
Y con furor se la metió en la buche.
Entonces el buen Dios allá en su trono,
-mientras Satán, para distraer su encono
aplaudía aquel pájaro zahareño,se puso a meditar.
Arrugó el ceño,
y pensó al contemplar sus vastos planes
y al recorrer sus puntos y sus comas,
que cuando creó palomas
no debía haber creado gavilanes.
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