BEATIFICACIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

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BEATIFICACIÓN DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
VIGILIA DE ORACIÓN EN EL CIRCO MÁXIMO
ANTES DE LA BEATIFICACIÓN DEL PAPA
JUAN PABLO II
La vigilia en el Circo Máximo revela aspectos desconocidos de Juan Pablo II
Intervenciones de sor Marie Simon-Pierre, Navarro-Valls, y el cardenal Dziwisz
ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Las doscientas mil personas que
participaron durante la noche de este sábado en la vigilia de preparación para la
beatificación de Juan Pablo II descubrieron aspectos desconocidos de su vida, gracias a los
testimonios de sus más cercanos colaboradores.
Pero la intervención más esperada, seguida también por canales de televisión de más
de cien países, fue la de sor Marie Simon-Pierre, religiosa de las Maternidades Católicas,
cuya curación de Parkinson ha sido el fenómeno científicamente inexplicable que permitió el
reconocimiento de su beatificación.
"Juan Pablo II os está mirando desde el cielo, y sonríe", dijo la religiosa que narró
detalles sobre el sufrimiento que le había provocado la misma enfermedad que vivió Juan
Pablo II y confesó: "Me ha impresionado el hecho de que mi experiencia ha contribuido a la
beatificación de Juan Pablo II y el que pueda testimoniarlo aquí" (Cf. Marie Simon-Pierre, el
milagro de Juan Pablo II).
Navarro-Valls: se confesaba todas las semanas
Joaquín Navarro Valls, quien fue portavoz de Juan Pablo II durante 21 años, explicó
que para comprender a Juan Pablo II hay que entender qué es la Divina Misericordia, y
reveló que el papa "se confesaba todas las semanas", "pues sabía que nosotros, seres
humanos, no podemos hacernos bellos, puros, por nosotros mismos. Tenemos necesidad de
la ayuda que procede de Dios a través de los sacramentos".
"Para un cristiano rezar es un deber y también el resultado de una convicción; para él
era una necesidad, no podía vivir sin rezar", añadió. "Verle rezar era ver a una persona que
está en conversación con Dios".
Navarro-Valls recordó que con frecuencia le veía en su capilla privada, de rodillas, con
pedazos de papel, que leía y que después en encomendaba en la oración. Eran intenciones
de oración que las personas de todo el mundo le confiaban en sus cartas.
Las dos veces en que se enfadó
Luego le tocó el turno al cardenal Stanisław Dziwisz, arzobispo de Cracovia, quien fue
su secretario personal durante más de 40 años.
Tomó la palabra para recordar que los dos amores de su vida fueron "Dios (Jesucristo),
y el hombre, sobre todo los jóvenes".
Y luego reveló cuáles son las dos ocasiones en las que vio a Juan Pablo II
"verdaderamente enfadado". Aunque matizó: "había un motivo".
La primera vez, dijo, fue en Agrigento, en Sicilia, el 9 de mayo de 1993, cuando
"levantó la voz contra la mafia. Y nos asustamos todos", recordó.
La otra ocasión, añadió el secretario de Karol Wojtyla, fue durante el Ángelus, antes de
la guerra en Irak, cuando gritó con fuerza: "No a la guerra, la guerra no resuelve nada. Yo he
vivido la guerra; sé lo que es la guerra".
"Envió a un cardenal a Washington y otro a Bagdad para decir: '¡no tratéis de resolver
los problemas con la guerra!'. Y tuvo razón. La guerra existe todavía y no ha resuelto nada".
Al final, el cardenal Dziwisz confesó también la gran satisfacción de su vida: "al inicio le
llamaban 'el papa polaco'", recordó. "Pero después todos le han llamado 'nuestro papa',
incluso muchos que no son cristianos. Pero mañana le llamaremos: 'Juan Pablo II, beato'",
reconoció conmovido, arrancando aplausos.
Un Rosario mundial
Concluyó así la primera parte de la vigilia, la Celebración de la Memoria a través de los
testimonios. La segunda se convirtió en un Rosario mundial, que unió en cada uno de los
cinco misterios luminosos a Roma con grandes santuarios de diferentes continentes.
Desde Lagniewniki, en Cracovia, se rezó por la juventud; desde Kawekamo-Bugando
(Tanzania) por la familia; desde Nuestra Señora del Líbano-Harissa por la evangelización,
desde la basílica de Santa María de Guadalupe, en México, por la paz entre las naciones, y
desde Fátima por la Iglesia.
El acto concluyó en torno a las 22.30 con la oración final y bendición que Benedicto XVI
impartió desde el Palacio Apostólico del Vaticano gracias a la conexión televisiva.
Vigilia en el Circo Máximo: Juan Pablo II nuevamente entre los jóvenes
Desde México, Polonia, Rumanía o Italia, atraídos por su santidad
ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Cuando la vigilia de preparación a la
beatificación de Juan Pablo II, en el Circo Máximo de Roma, se conectó por satélite con el
Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, las misioneras del Santísimo Sacramento,
mezcladas entre los peregrinos, agitaron sus pañuelos para atraer la atención de sus
compatriotas.
Son siete, y vienen de Nuevo León. "Juan Pablo II fue un padre para nosotras --afirma
la hermana Adela de la Rosa en esta noche del sábado--. Siempre cercano a la gente, unido a
Cristo, un testigo con toda su vida".
Impactaba su capacidad para entablar un contacto con la gente: "en su vista a México,
la gente le esperó en la calle durante horas y horas con la esperanza de verle un momento,
de poderle tocar".
Las hermanas tenían previsto ir del Circo Máximo de Roma a la plaza de San Pdro y
esperar a que las 5.30 de la madrugada se abran los ingresos para poder participar en la
beatificación.
El suelo está húmedo, pues durante el día ha llovido.
"Y, ¿si vuelve a llover?", les preguntamos. "No importa --responden--, abriremos los
paraguas".
Del Este de Europa
Junto a ellas enarbolan banderas blancas y rojas diecinueve muchachos polacos que
han viajado durante tres días para llegar a Roma desde Gdansk.
No sienten el cansancio. "Es más, para nosotros --afirma Magda Batachowska-- es un
sueño poder estar aquí con motivo de la beatificación de Juan Pablo II".
Como polaco, "fue de manera particular 'nuestro' papa, un padre para todos y ahora
un santo al que podemos encomendarnos".
¿Qué palabras se han quedado más grabadas en el corazón? "No tengáis miedo -responde con seguridad Magda--: así es, nada malo puede sucederle a quien cree".
"Nu và temeti!", es el eslogan impreso en las camisetas de la Acción Católica de
Rumanía. Salieron en un autobús el jueves pasado desde Cluj, e hicieron etapa en Padua,
Asís, y en Roma, donde son acogidos en la parroquia de San Bernabé, con sacos de dormir.
"El papa venía del Este de Europa --afirma Oana Tuduce--. Sabía comprender nuestra
situación, pues él mismo la había vivido, y esto nos daba aliento".
"Su lección fundamental -añade Oana-- fue la confianza en la verdad, pues la verdad
nos hace libres: si en nuestros países hubiera más valentía para afrontar los errores del
pasado, la situación actual mejoraría".
Misionero con el sufrimiento
Un largo viaje en autobús, en la noche, han tenido que afrontar también los scouts de
Misterbianco, en la provincia italiana de Catania.
Giuseppe Scuderi tenía 16 años cuando falleció Karol Wojtyla, pero reconoce: "Le veía
en la televisión y lo sentía cerca de los jóvenes, cariñoso con los pequeños".
Alfredo Murabito añade: "No se comprendía muy bien cuando hablaba en los últimos
tiempos de su vida, pero transmitía emociones: al escucharle, uno se sentía mejor".
Estos muchachos también han previsto una "noche blanca", sin dormir, entre el Circo
Máximo y la plaza de San Pedro: "no hemos traído ni siquiera los sacos de dormir --explican--.
Hubiera sido un peso inútil".
Vidas cambiadas en pocos segundos
El hermano Fabian, de la Comunidad de San Juan, en Austria, que une vida activa y
contemplativa, recuerda un momento particular ligado a Juan Pablo II: "Tenía 19 años y él
visitó Paderborn, en Alemania del Norte, de camino hacia Berlín. Iba en el papamóvil y al
pasar a mi lado me cruzó la mirada, se me quedó mirando: fue un momento decisivo para
mí".
"Hoy la Iglesia nos alienta a encomendarnos a su intercesión y su beatificación es como
un sello de lo que ya llevábamos en el corazón", añade.
Con motivo de la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, Costança Andrade, de
Lisboa, vino a Roma para perderse entre la muchedumbre de peregrinos que festejaba los 25
años de pontificado de Juan Pablo II.
En la noche, habían programado fuegos artificiales: "la plaza de San Pedro estaba a
oscuras --recuerda Costança-- y el Papa se asomó a la ventana. Entonamos el canto de la
Virgen de Fátima y de repente Juan Pablo II dijo 'buenas noches' en portugués. Es un
recuerdo imborrable".
Santidad cercana
¿Por qué le queremos? "Porque abrió la Iglesia a la gente, porque es un santo para
nuestro tiempo", afirma Benedetto Coccia, presidente de la Acción Católica de Roma.
"Juan Pablo II acercó el concepto de santidad a los jóvenes, haciendo que se
derrumbara el prejuicio de la lejanía de la vida cotidiana que teníamos".
Muchos jóvenes de la asociación, con motivo de la beatificación, se han comprometido
como voluntarios: "es una forma de servicio --afirma Benedetto--, pero también una manera
de dar las gracias al Papa, que nos enseñó a ser Iglesia".
Alegría neocatecumenal
En torno a un canto religioso se encontraban reunidos en un área del Circo Máximo
jóvenes de las comunidades del Camino Neocatecumenal, procedentes de toda Europa,
bailando al ritmo del tambor bíblico.
Gianfranco Tata, de la comunidad neocatecumenal de la parroquia de san Jerónimo
Emiliano de Roma es un veterano de las Jornadas Mundiales de la Juventud, comenzando
por la de Santiago de Compostela, en 1989, pasando por Denver, París, Roma, Toronto,
hasta concluir con la de Colonia, en 2005, presidida por Benedicto XVI.
"He visto a Juan Pablo II muchas veces --cuenta--. Creo que evangelizó al mundo con su
sufrimiento, trastocando la lógica del mundo que no acepta a quien no está en perfectas
condiciones".
"Le veía con frecuencia en al televisión, el domingo --afirma Achille Ascione de
Nápoles--; su sufrimiento me impresionaba, sufría con él. Créeme, hablo de corazón".
Achille no ha venido al Circo Máximo como peregrino, sino para vender imanes con la
imagen sonriente de Juan Pablo II mientras bendice. Es uno de las oficios que improvisa para
ganarse la vida.
"Presente, presente, el Papa está presente", repiten mientras tanto en coro, los fieles
desde el Santuario de Guadalupe, contagiando de alegría a los doscientos mil peregrinos
congregados en Roma. Y se escucha nuevamente el famoso grito: "Juan Pablo, segundo, te
quiere todo el mundo".
En su testimonio en el palco, seguido por más de cien países gracias a la televisión, el
cardenal Stanislaw Dziwisz, fiel secretario de Karol Wojtyla durante más de 40 años, asegura:
"en esta noche, en el Circo Máximo, Juan Pablo II está más presente que nunca".
Juan Pablo II, el apóstol de la Divina Misericordia
La fecha de su beatificación recoge su legado espiritual
CIUDAD DEL VATICANO, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- La elección de
Benedicto XVI para la fecha de la beatificación de Juan Pablo II, el 1 de mayo, que en este
año coincide con el domingo de la Divina Misericordia, no es una casualidad.
En varias ocasiones, pero en particular en los funerales de Karol Wojtyla, el cardenal
Joseph Ratzinger ha mostrado cómo la herencia más original de ese papa a la Iglesia fue
precisamente su contribución a la comprensión del mal provocado por el ser humano a la luz
del límite que pone la Divina Misericordia.
El entonces decano del colegio cardenalicio, ante el cuerpo de Juan Pablo II, explicaba
este legado así: "Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha conferido un nuevo sentido al
sufrimiento; lo ha introducido en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es
el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor, y obtiene también del
pecado un multiforme florecimiento de bien" (Cf. Homilía del cardenal Joseph Ratzinger en
las exequias de Juan Pablo II).
El misterio del mal ético
Karol Wojtyla sufrió los dos totalitarismos del siglo XX, el comunismo y el nazismo, y se
preguntaba cómo fue posible que Dios permitiera dramas tan terribles.
Muchos han utilizado estos males como razones para negar la existencia de Dios, o
incluso para afirmar que Dios no es bueno. Juan Pablo II, en cambio, se valió de ellos para
reflexionar sobre lo que Dios enseña, al permitir que sucedan tragedias, a causa de la libre
cooperación de los hombres.
Y encontró la respuesta a la cuestión del mal ético en la perspectiva de la Divina
Misericordia, la enseñanza de la religiosa y mística polaca santa Faustina Kowalska (19051938).
San Agustín explica que Dios nunca permite el mal: Él no lo causa; lo permite. El mal no
es una cosa. Al crear al ser humano con libertad, Dios aceptó la existencia del mal. ¿Hubiera
sido mejor que Dios no creara al hombre? ¿Habría sido mejor no crearlo libre? No. Pero,
entonces -se preguntaba el joven polaco-, ¿cuál es el límite del mal para que no tenga la
última palabra?
Juan Pablo II comprendió que los límites del mal los delimita la Divina Misericordia.
Esto no implica que todo el mundo se salve automáticamente por la Divina Misericordia,
disculpando así todo pecado, sino que Dios perdonará a todo pecador que acepte ser
perdonado. Por eso, el perdón, la superación del mal, pasa por el arrepentimiento.
Y si el perdón constituye el límite al mal (¡cuántas lecciones se podrían sacar de esta
verdad para superar los conflictos armados!), la libertad condiciona, en cierto modo, a la
Divina Misericordia. Dios, en efecto, arriesgó mucho al crear al hombre libre. Arriesgó que
rechace su amor y que sea capaz, negando en realidad la verdad más honda de su libertad,
de matar y pisotear a su hermano. Y pagó el precio más terrible, el sacrificio de su único Hijo.
Somos el riesgo de Dios. Pero un riesgo que se supera con el poder infinito de la Divina
Misericordia.
Su mensaje póstumo
Juan Pablo II había preparado una alocución para el Domingo de la Divina Misericordia,
que no pudo pronunciar, pues la víspera fue llamado a la Casa del Padre.
Sin embargo, quiso que ese texto se leyera y publicara como su mensaje póstumo: "A
la Humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo
y del miedo, el Señor resucitado le ofrece, como don, su amor que perdona, reconcilia y
suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta
necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!" (Cf. Regina Cæli,
3 de abril de 2005).
Como recuerdo perenne de este mensaje, Juan Pablo II introdujo en el calendario
litúrgico la solemnidad de la Divina Misericordia, una semana tras el domingo de Pascua.
Por este motivo, el monseñor Guido Marini, maestro de las Celebraciones Litúrgicas
Pontificias, ha anunciado que la beatificación de Juan Pablo II comenzará en la plaza de san
Pedro del Vaticano con una novedad.
Los centenares de miles de peregrinos se prepararán a la celebración recitando, en
diferentes idiomas, la coronilla de la Divina Misericordia, práctica de devoción que promovió
sor Faustina.
La imagen de Divina Misericordia, traída de la Iglesia del Espíritu Santo en Sassia, muy
cerca del Vaticano estará presente en la parte elevada de plaza, frente a la Basílica hasta el
comienzo de la Santa Misa.
Juan Pablo II visto por Benedicto XVI
Comentario del padre Lombardi para el semanario televisivo “Octava Dies”
CIUDAD DEL VATICANO, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Benedicto XVI tenía
una alta opinión de su predecesor, Juan Pablo II, afirma el director de la Sala de Prensa de la
Santa Sede, padre Federico Lombardi.
En su editorial para el semanario informativo Octava Dies, del Centro Televisivo
Vaticano, Lombardi afirma que Benedicto XVI “es el primer Papa de los tiempos modernos
que puede proclamar beato a su predecesor, de quien fue durante más de dos décadas uno
de sus principales colaboradores”.
Entre las muchas voces que en estos días ofrecen su testimonio sobre Juan Pablo II,
afirma el portavoz vaticano, “es justo escuchar en particular la suya”, recordando la
entrevista que concedió el Papa Benedicto a la Televisión Polaca en octubre de 2005.
Lombardi recuerda en el editorial algunas de las frases que pronunció el Pontífice
sobre su predecesor durante aquella entrevista, que ZENIT publicó en su servicio del 16 de
octubre de 2005 (ver www.zenit.org/article-17145?l=spanish) .
“Respecto al mundo, creó una nueva sensibilidad hacia los valores morales, hacia la
importancia de la religión en el mundo”, decía el Papa Benedicto. “Todos los cristianos han
reconocido --no obstante las diferencias -- que él es el portavoz de la cristiandad. También
para los no cristianos y para las otras religiones, él fue el portavoz de los grandes valores de
la humanidad”.
Y también “supo entusiasmar a la juventud con Cristo. Que la juventud se haya
entusiasmado por Cristo y por la Iglesia y también por valores difíciles sólo podía conseguirlo
una personalidad con ese carisma; sólo él podía movilizar a la juventud del mundo por la
causa de Dios y por el amor de Cristo”.
Finalmente, decía el Papa en aquella ocasión, “era el hombre del Concilio. Nos ayuda a
ser verdaderamente Iglesia de nuestro tiempo y del tiempo venidero”.
“Dios, Jesucristo, la unidad de los cristianos, el diálogo entre las religiones por el bien
de la persona y de toda la humanidad: son desde el primer día de Pontificado las prioridades
del Papa Benedicto”, subraya Federico Lombardi.
“Es la herencia que recoge de su Predecesor. No sólo como indicación operativa, sino
como poderosa inspiración espiritual, que surge de su testimonio y de su viva y continua
presencia espiritual en el camino del Pueblo de Dios”, concluye”.
Un anticipo de la JMJ en la beatificación de Wojtyla
La Jornada de la Juventud, en las pantallas del Circo Máximo durante la vigilia de
oración
ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Un anticipo de España en este sábado
italiano: durante la vigilia de oración de hoy en el Circo Máximo, los jóvenes de la Jornada
Mundial de la Juventud 2011 – que se celebrará en Madrid del 16 al 21 de agosto – llegaron
a Roma para participar en la ceremonia que proclamará Beato precisamente a Juan Pablo II,
el inventor de las JMJ.
A partir de hoy, será posible encontrar en la Ciudad Eterna cuatro puntos informativos,
colocados en sitios estratégicos, meta de los peregrinos en viaje hacia la capital italiana. Dos
de los stand de la JMJ serán colocados en el Corso Vittorio Emanuele II, uno en Piazza di
Spagna y otro en Piazza del Popolo. A los cerca de 100 voluntarios comprometidos en los
puntos de información será posible pedir información sobre la cita madrileña, conocer el
calendario de los acontecimientos e informaciones, más en general, sobre la acogida en
España.
“Nuestro objetivo – explica María Gil-Casares, responsable de la promoción de la JMJ
2011 – es el de renovar la invitación a participar en la JMJ. Auguramos que pueda ser la
ocasión para sensibilizar al público para que se acerquen a esta gran celebración de la fe”.
Esta noche, el césped hospeda la Vigilia de oración en preparación de la beatificación
de Juan Pablo II. Durante la velada se proyectan en las pantallas cinco vídeos promocionales
– ya disponibles en Youtube – recordando el vínculo especial que Wojtyla supo establecer
con los jóvenes de todo el mundo. Madrid, por su parte, en la escenografía del Teatro
Fernán Gómez de Plaza de Colón, acogerá la mayor parte de las iniciativas ligadas al nuevo
beato.
En particular, se estrenará un musical en portugués que narra las historias de
personajes cuyas vidas se cruzaron con la de Juan Pablo II. Historias que hablan de vidas
cambiadas o que muestran el lado más divertido – hecho de humor – del papa polaco.
Después estará la exposición “La teología del cuerpo en la Capilla Sixtina”, realizada
con la colaboración de los Museos Vaticanos y del Instituto Juan Pablo II, para dar a los
jóvenes la oportunidad de comprender y descubrir la belleza de la vocación al amor presente
en el cuerpo humano. En paneles gigantes se reproducirán escenas de la Capilla Sixtina, obra
maestra de Miguel Ángel, junto a los textos de la teología del cuerpo de Juan Pablo II, el
llorado pontífice que vio Madrid en su última visita de 2003, cuando se despidió del país con
un “Adiós, España, tierra de María, adiós”.
Karol Wojtyla, bajo cuyo pontificado tuvieron inicio, en 1985, las Jornadas Mundiales
de la Juventud, fue elegido por los organizadores como patrón de la décima edición de
Madrid inmediatamente después de saberse, el pasado enero, su inminente beatificación.
La razón de esta elección es sencilla: los jóvenes han visto, y siguen viendo, en el papa
“venido del Este” un modelo de generosidad y dedicación.
“La JMJ se confiará a aquel que fue llamado 'amigo de los jóvenes'. Él nos precede con
su ejemplo – concluye Javier Cremades, responsable de las actividades centrales de la JMJ –,
porque no sólo predicó el bien, sino que intentó ser su actor principal, recorriendo en su
juventud un camino de vida comprometido.
El último día de Juan Pablo II
Testimonio de la enfermera que asistió al papa hasta su muerte
ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- “Me llamaron a última hora de la
mañana. Corrí, tenía miedo de no llegar a tiempo. En cambio, él me esperaba. 'Buenos días,
Santidad, hoy luce el sol' le dije en seguida, porque era la noticia que en el hospital le
alegraba”.
Así recuerda Rita Megliorin, ex enfermera jefe del servicio de reanimación en el
Policlínico Gemelli, la mañana del 2 de abril, cuando fue llamada al apartamento pontificio, a
la cabecera de Juan Pablo II, el papa agonizante.
“No creí que me reconociese. Él me miró. No con esa mirada inquisitiva que usaba
para entender en seguida cómo iba su salud. Era una mirada dulce, que me conmovió”,
añade la mujer.
“Sentí la necesidad de apoyar la cabeza sobre su mano, me permití el lujo de tomar su
última caricia posando su mano si fuerzas sobre mi rostro mientras él miraba fijamente el
cuadro del Cristo sufriente que estaba colgado en la pared frente a su cama”.
Mientras tanto, oyendo desde la plaza los cantos, las oraciones, las aclamaciones de
los jóvenes que se hacían cada vez más fuertes, la mujer preguntó al cardenal Dziwisz, si esas
voces no importunaban acaso al papa. “Pero él, llevándome a la ventana, me dijo: 'Rita,
estos son los hijos que han venido a despedir al padre'”.
Se conocieron en enero de 2005, cuando las condiciones de salud de Wojtyla se habían
agravado. Megliorin explica que en aquellos días de comienzo de año, llegando al hospital
para entrar en servicio e ignorando que el papa hubiera sido ingresado, se le dijo que se
diera prisa, que fuese a la décima planta porque allí había “un huésped especial”.
“Pensad – dice la mujer – en un lugar donde no existe el espacio y donde no existe el
tiempo, y pensad sólo en mucha luz”. La misma luz que acompañó las jornadas del pontífice.
“En aquellos meses, cada mañana entraba en su habitación encontrándole ya
despierto, porque rezaba ya desde las 3. Yo abría las persianas y dirigiéndome a él decía:
'Buenos días, Santidad, hoy luce el sol'. Me acercaba y él me bendecía. Arrodillándome, él
me acariciaba el rostro”.
Este era el ritual que daba inicio a las jornadas de Wojtyla. “Por lo demás yo era una
enfermera inflexible y él un enfermo inflexible. Quería estar al corriente de todo, de la
enfermedad, de su gravedad. Si no entendía, me miraba como pidiendo que le explicara
mejor”.
“Nunca dejó de estudiar los problemas del hombre. Recuerdo los libros de genética,
por ejemplo, que él consultaba y estudiaba con atención, incluso en aquellas condiciones”.
Ese no querer rendirse, ese querer vivir la gracia de la vida recibida: “Cada día nos decíamos
que 'todo problema tiene solución'”.
Y el papa lo decía también, y sobre todo, a las personas que encontraba, por las que
sentía un amor paternal. “Y como todo padre, sentía una predilección por los más débiles.
Por ejemplo, en la JMJ de Tor Vergata, en Roma, saludó a los jóvenes que estaban al fondo,
pensando que no habrían podido ver mucho. También en el hospital, se entretenía con los
más humildes y no con los grandes profesores, les preguntaba por sus familias, si tenían
niños en casa”.
Recordando en cambio los últimos ingresos, la ex jefa de planta añade: “El papa vivió
los momentos quizás más difíciles en el Policlínico”, pero “asistir a los enfermos es un don, al
menos para quien cree en Dios. Y con todo, también para quienes no tienen fe es una
experiencia única”.
Para quien comprende plenamente el sentido de lo que entiende Megliorin, resultan
estridentes las preguntas de tantos periodistas, reunidos en la Universidad Pontificia de la
Santa Cruz para escuchar, en un encuentro con los medios de comunicación, el testimonio
de la enfermera.
Hay quien pregunta si una película sobre la vida de Wojtyla se corresponde con la
verdad, sobre todo el fragmento en que la película cuenta que el Papa tuvo espasmos en el
momento de su muerte. Preguntas estrafalarias, a veces inoportunas si no fuesen de dudoso
gusto. Y de hecho, la enfermera pregunta cuantas personas de la sala han asistido a la
pérdida de un progenitor en los propios brazos: “No puedo responder – explica a
regañadientes –. Quien no lo ha vivido no lo puede entender”.
Entonces, “¿la muerte fue un alivio?”, insiste otro. “La muerte nunca es un alivio –
replica la mujer –. Como enfermera digo sólo que hay un límite en el tratamiento, más allá
del cual esta se convierte en un tratamiento médico agresivo”. El morbo de saber si Wojtyla
se ahogaba o tragaba, si tenía fuerzas para comer, beber o respirar, todo esto es una
violación de la intimidad de un cuerpo, la sacralidad de una vida que ya no está. Su
pensamiento vuelve a las palabras de Wojtyla que sin embargo, ha “restituido la dignidad al
enfermo”, recuerda Megliorin.
En la Carta Apostólica Salvifici doloris de 1984, Juan Pablo II escribe que el dolor “es un
tema universal que acompaña al hombre en todos los grados de la longitud y de la latitud
geográfica: es decir que coexiste con él en el mundo”. También escribe el Papa, “el
sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia del hombre: es uno de esos puntos, en lo
que el hombre parece, en cierto sentido, 'destinado' a superarse a sí mismo, y llega a esto
llamado de un modo misterioso”.
Juan Pablo II “en el último momento de su vida terrena – concluye Rita Megliorin –
rescató su cruz, haciéndose cargo no sólo de la suya propia, sino también de todos los que
sufren. Lo hizo con la alegría que nace de la esperanza de creer en un mañana mejor. Incluso
creo que él tenía la esperanza de un hoy mejor”.
México: Guadalupe sigue en directo la beatificación de
Juan Pablo II
Miles de jóvenes se unirán con Roma en el rezo del Rosario
CIUDAD DE MÉXICO, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org – El Observador).- El día de
hoy, en la Basílica de Guadalupe, el santuario más visitado del mundo, con 15 millones de
visitantes cada año, miles de jóvenes participarán en la velada para festejar la beatificación
del Papa Juan Pablo II y enlazarse vía satélite con cinco naciones para el rezo del Rosario.
Al anunciar los festejos con motivo de la beatificación del “Papa mexicano”, como se le
llamó cariñosamente a Juan Pablo II por sus constantes visitas al país (cinco durante su
pontificado), el rector del santuario mariano, monseñor Enrique Glennie, exhortó a los fieles
a realizar una manifestación de cariño y de paz para recordar a quien en esta misma Basílica
–durante su última visita al suelo azteca—canonizó al indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
vidente de las apariciones de la Virgen de Guadalupe.
Juan Pablo II, destacó monseñor Glennie, “siempre mostró un amor especial por los
mexicanos y por la Virgen de Guadalupe, por eso se ha organizado la vigilia aquí, y los
jóvenes reflexionarán sobre el testimonio de vida del Pontífice”. En México ha crecido un
movimiento no oficial pero sí muy nutrido de jóvenes que se hace llamar la “generación Juan
Pablo II”.
Dado que existen muchos testimonios de intervenciones tanto en vida como ya
fallecido de Juan Pablo II para obrar milagros entre los fieles mexicanos, la rectoría de la
Basílica propuso que en el transcurso de la vigilia se colocará un buzón donde los fieles
depositarán los favores recibidos por el futuro beato.
Los festejos del sábado 30 de abril a las 13,00 horas con el Rosario Mundial, al cual
también se enlazarán grupos de jóvenes en oración de Polonia, Líbano, Portugal y Tanzania.
A México le tocará el rezo en el cuarto misterio y será Armando Colín, obispo auxiliar de la
arquidiócesis de México, el que lo presida.
La vigilia concluirá con cantos a cargo del coro de la Basílica. Antes de la vigilia, a las
16,30 horas, se dará la bendición a la plazoleta dedicada Juan Pablo II y se develará una
placa conmemorativa por las multitudinarias visitas que el Pontífice llevó a cabo en México y
que culminaron con aquel “me voy pero me quedo” que tantas lágrimas arrancó del pueblo
mexicano.
Posteriormente a las 16,45 horas se inaugurará la exposición de las reliquias de Karol
Wojtyla, entre las que se encuentra una sotana, zapatos, escapulario, vela, rosario y uno de
los Papamóvil.
Desde las 21,00 h. de este sábado iniciará la velada juvenil, donde habrá testimonios,
oraciones y canto, la cual se interrumpirá para la transmisión vía satélite, en pantallas
gigantes, de la ceremonia de beatificación a las 3,00 h., tiempo del centro de México y
concluirá a las 5 de la mañana, doce del día tiempo de Roma. Las pantallas gigantes se
colocarán en el atrio y la explanada de la Basílica de Guadalupe.
El domingo 1 de mayo a las 12,00 horas el nuncio apostólico de Su Santidad Benedicto
XVI en México, monseñor Christophe Pierre, presidirá la misa de acción de gracias por la
beatificación de Juan Pablo II. Por su parte, el encargado de los festejos, el padre Pedro
Agustín Rivera, informó que en todos los templos de la Ciudad de México replicarán las
campanas a las 12,00 horas en honor a la beatificación del Papa los domingos 1,8, 15 y 22 de
mayo.
Beato Juan Pablo II:
Oración leída por el Papa Benedicto XVI
Durante la Vigilia de Oración en el Circo Máximo
ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la oración
que leyó hoy el Papa Benedicto XVI, en conexión en directo con la Vigilia de Oración
celebrada hoy en el Circo Máximo de Roma. La oración fue compuesta por Juan Pablo II,
originalmente para la Virgen de Lourdes.
Ave María, Mujer pobre y humilde, ¡Bendita del Altísimo! Virgen de la esperanza,
profecía de los tiempos nuevos, nosotros nos asociamos a tu canto de alabanza para
celebrar las misericordias del Señor, para anunciar la venida del Reino y la plena liberación
del hombre.
Ave María, humilde sierva del Señor, ¡ gloriosa Madre de Cristo! Virgen fiel, morada
santa del Verbo, enséñanos a perseverar en la escucha de la Palabra, a ser dóciles a la voz
del Espíritu, atentos a sus llamados en la intimidad de la conciencia y a sus manifestaciones
en los acontecimientos de la historia.
Ave María, Mujer del dolor, ¡ Madre de los vivientes! Virgen esposa ante la Cruz,
nueva Eva, sé nuestra guía por los caminos del mundo, enséñanos a vivir y a difundir el
amor de Cristo, a permanecer contigo junto a las innumerables cruces sobre las cuales tu
Hijo está aún crucificado.
Ave María, Mujer fiel, ¡ Primera discípula! Virgen Madre de la Iglesia, ayúdanos a dar
siempre razón de la esperanza que está en nosotros confiando en la bondad del hombre y
en el amor del Padre.
Enséñanos a construir el mundo desde dentro: en la profundidad del silencio y la
oración, en la alegría del amor fraterno, en la fecundidad insustituible de la cruz.
Santa María, Madre de los creyentes, Ruega por nosotros. Amén.
Beato Juan Pablo II: Testimonio del cardenal
vicario de Roma
El cardenal Agostino Vallini, en la Vigilia del Circo Máximo
ROMA, sábado 30 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el
testimonio del cardenal Agostino Vallini, vicario de Roma, durante la Vigilia de Oración
celebrada hoy por la noche en el Circo Máximo de Roma, con motivo de la beatificación del
papa Juan Pablo II.
¡Queridos hermanos y hermanas!
La Providencia nos da esta tarde la alegría de vivir una gran experiencia de gracia y de
luz. Con esta vigilia de oración mariana queremos prepararnos a la celebración de mañana,
la solemne beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II. Seis años después de la
muerte de este gran Papa sigue siendo muy fuerte en la Iglesia y en el mundo el recuerdo de
quien fue durante 27 años Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal. Sentimos por el
amado pontífice veneración, afecto, admiración y profunda gratitud.
De su vida, aprendemos, en primer lugar, el testimonio de la fe: una fe arraigada y
fuerte, libre de miedos y de compromisos, coherente hasta el último aliento, forjada por las
pruebas, la fatiga y la enfermedad, cuya benéfica influencia se ha difundido en toda la Iglesia,
más aún, en todo el mundo; un testimonio acogido en todos los lugares, en sus viajes
apostólicos, por millones de hombres y mujeres de todas las razas y culturas.
Vivió para Dios, se entregó por completo a Él para servir a la Iglesia como una ofrenda
sacrificial. Solía repetir esta invocación: "Jesús, Pontífice, que te entregaste a Dios como
ofrenda y víctima, ten misericordia de nosotros". Era su gran deseo ser cada vez más una
sola cosa con Cristo Sacerdote mediante el sacrificio eucarístico, que le daba fuerza y valor
para su incansable actividad apostólica. Cristo era el principio, el centro y la cima de cada
uno de sus días. Cristo era el sentido y la finalidad de su acción; de Cristo sacaba energías y
plenitud de humanidad. Así se explica la necesidad y el deseo que tenía de rezar: todos los
días dedicaba largas horas a la oración, y su trabajo estaba imbuido y atravesado por la
oración.
Gracias a esa fe, vivida hasta lo más profundo de su ser, comprendemos el misterio del
sufrimiento, que lo marcó desde joven y lo purificó como el oro se prueba con el fuego (cf. 1
P 1, 7). Todos estábamos admirados por la docilidad de espíritu con que afrontó la
peregrinación de la enfermedad, hasta la agonía y la muerte.
Testigo de la época trágica de las grandes ideologías, de los regímenes totalitarios y de
su ocaso, Juan Pablo II intuyó con antelación el trabajoso pasaje, marcado por tensiones y
contradicciones, de la época moderna hacia una nueva fase de la historia, mostrando una
atención constante para que su protagonista fuese la persona humana. Del hombre fue
defensor firme y creíble ante los Estados e Instituciones internacionales que lo respetaban y
le rendían homenaje reconociéndolo como mensajero de justicia y paz.
Con la mirada fija en Cristo, Redentor del hombre, ha creído en el hombre y le ha
mostrado apertura, confianza, cercanía. Ha amado al hombre y le ha impulsado a desarrollar
dentro de sí el potencial de la fe para vivir como una persona libre y cooperar en la
realización de una humanidad más justa y solidaria, como operador de paz y constructor de
esperanza. Convencido de que sólo la experiencia espiritual puede colmar al hombre, decía:
"el destino de cada hombre y de los pueblos están ligados a Cristo, único liberador y
salvador".
En su primera encíclica escribió: "El hombre no puede vivir sin amor... Su vida está
privada de sentido si no se le revela el amor... Cristo Redentor... revela plenamente el
hombre al mismo hombre...". Y la palabra vibrante con la que comenzó su pontificado: "¡No
tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! ... Cristo conoce lo que hay dentro
del hombre. ¡Sólo El lo conoce!" demuestra que para él el amor de Dios es inseparable del
amor por el hombre y por su salvación.
En su extraordinario impulso de amor por la humanidad, ha amado, con un amor
tierno, a todos los "heridos por la vida" - como llamaba a los pobres, enfermos, los sin
nombre, los excluidos a priori-, pero con un amor muy singular ha amado a la gente joven.
Las convocaciones de las Jornadas Mundiales de la Juventud tenían como fin que los jóvenes
fueran protagonistas de su futuro, convirtiéndose en constructores de la historia. Los
jóvenes -decía-, son la riqueza de la Iglesia y de la sociedad. Y les invitaba a prepararse para
las grandes decisiones, a mirar hacia adelante con confianza, confiando en las propias
capacidades y siguiendo a Cristo y el Evangelio.
Queridos hermanos y hermanas, todos conocemos la singular devoción de Juan Pablo
II a la Virgen. El lema del escudo de su pontificado, Totus tuus, resume su vida totalmente
orientada a Cristo por medio de María: "ad Iesum de Mariam". Como el discípulo Juan, el
"discípulo amado", bajo la cruz, a la hora de la muerte del Redentor, acogió a María en su
casa (Jn 19: 26-27), Juan Pablo II quiso a María místicamente siempre a su lado, haciéndola
partícipe de su vida y de su ministerio y se sintió acogido y amado por Ella.
El recuerdo del amado Pontífice, profeta de esperanza, no debe significar para
nosotros un regreso al pasado, sino que aprovechando su patrimonio humano y espiritual,
sea un impulso para mirar hacia adelante. Resuenan en nuestro corazón esta noche las
palabras que escribió en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", al final del Gran
Jubileo del Año 2000: "¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia
como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo.
El Hijo de Dios, ... realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre
todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos".
La Virgen María, Madre de la Iglesia, que ahora invocamos con la oración del Rosario,
que tanto le gustaba a Juan Pablo II, nos ayude a ser en todas las circunstancias, testigos de
Cristo y anunciadores del amor de Dios en el mundo. Amén.
Beatificación de Juan Pablo II:
Breve Biografía
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación
el breve extracto biográfico oficial ofrecido en el Libreto de la Celebración editado por la
Santa Sede para la ceremonia de hoy, y que, con algunas variaciones, fue leída por el
cardenal Agostino Vallini, Vicario General para la diócesis de Roma, durante el rito de
beatificación.
Karol Józef WoJtyła nació en Wadowice (Polonia), el 18 de mayo de 1920.
Fue el segundo de los dos hijos de Karol Wojtyła y de Emilia Kaczorowska, que murió
en 1929. Su hermano mayor Edmund, de profesión médico, murió en 1932 y su padre,
suboficial del ejército, en 1941.
A los nueve años recibió la Primera Comunión y a los dieciocho el sacramento de la
Confirmación. Terminados los estudios en la escuela media de Wadowice, en 1938 se
matriculó en la Universi­dad Jagellónica de Cracovia.
Cuando las fuerzas de la ocupación nazi cerraron la Universidad en 1939, el joven Karol
trabajó (1940-1944) en una cantera y en una fábrica química de Solvay para poder
mantenerse y evitar la deportación a Alemania.
Sintiendo la llamada al sacerdocio, a partir de 1942 siguió los cursos de formación en el
seminario mayor clandestino de Cracovia, dirigido por el Card. Arzobispo Adam Stefan
Sapieha. Al mismo tiempo, fue uno de los promotores del "Teatro Rapsódico", también éste
clandestino.
Después de la guerra, continuó sus estudios en el seminario mayor de Cracovia,
nuevamente abierto, y en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica, hasta su
ordenación sacerdotal, que tuvo lugar en Cracovia el 1 de noviembre de 1946.
Seguidamente, fue enviado por el Card. Sapieha a Roma, donde obtuvo el doctorado en
teología (1948) con una tesis sobre el tema de la fe en las obras de san Juan de la Cruz. En
este período -durante las vacaciones- ejerció el ministerio pastoral entre los emigrantes
polacos en Francia, Bélgica y Holanda.
En 1948, regresó a Polonia y fue coadjutor, primero, en la parroquia de Niegowić, en
los alrededores de Cracovia, y después en la de San Florián, en la ciudad, donde fue también
capellán de los universitarios hasta 1951, cuando retomó sus estudios filosóficos y teológicos.
En 1953, presentó en la Universidad Católica de Lublín una tesis sobre la posibilidad de
fundamentar una ética cristiana a partir del sistema ético de Max Scheler. Más tarde, fue
profesor de Teología Moral y Ética en el seminario mayor de Cracovia y en la Facultad de
Teología de Lublín.
El 4 de julio de 1958, el Papa Pío XII lo nombró Obispo Auxiliar de Cracovia y titular de
Ombi. Recibió la ordenación episcopal el 28 de septiembre de 1958, en la catedral de Wawel
(Cracovia), de manos del Arzobispo Eugeniusz Baziak.
El 13 de enero de 1964, fue nombrado Arzobispo de Cracovia por Pablo VI, que lo
crearía Cardenal el 26 de junio 1967.
Participó en el Concilio Vaticano II (1962-65) dando una importante contribución a la
elaboración de la constitución Gaudium et spes. El Cardenal Wojtyła participó también en las
cinco asambleas del Sínodo de los Obispos, anteriores a su Pontificado.
Fue elegido sucesor de San Pedro, con el nombre de Juan Pablo II, el 16 de octubre de
1978, y el 22 de octubre inició su ministerio de Pastor universal de la Iglesia.
El Papa Juan Pablo II realizó 146 visitas pastorales en Italia y, como Obispo de Roma,
visitó 317 de las 332 actuales parroquias romanas. Los viajes apostólicos por el mundo expresión de la constante solicitud pastoral del Sucesor de Pedro por todas las Iglesias- han
sido 104.
Entre sus documentos principales, se encuentran 14 Encíclicas, 15 Exhortaciones
apostólicas, 11 Constituciones apostólicas y 45 Cartas apostólicas. Al Papa Juan Pablo II se le
atribuyen también 5 libros: "Cruzando el umbral de la esperanza" (octubre 1994); "Don y
misterio: en el cincuenta aniversario de mi sacerdocio" (noviembre 1996); "Tríptico
romano", meditaciones en forma di poesía (marzo 2003); "¡Levantaos, vamos!" (mayo 2004)
y "Memoria e Identidad" (febrero 2005).
El Papa Juan Pablo celebró 147 ritos de beatificación -en los cuales proclamó 1338
beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Tuvo 9 consistorios, en los que creó
231 (+ 1 in pectore) Cardenales. Presidió también 6 reuniones plenarias del Colegio
Cardenalicio.
Desde 1978, convocó 15 asambleas del Sínodo de los Obispos: 6 generales ordinarias
(1980, 1983, 1987, 1990, 1994 y 2001), 1 asamblea general extraordinaria (1985) y 8
asambleas especiales (1980, 1991, 1994, 1995, 1997, 1998 [2] y 1999).
El 13 de mayo de 1981 sufrió un grave atentado en la plaza de San Pedro. Salvado por
la mano maternal de la Madre de Dios, después de una larga hospitalización y convalecencia,
perdonó a su agresor y, consciente de haber recibido una nueva vida, intensificó sus
compromisos pastorales con heroica generosidad.
En efecto, su solicitud de Pastor encontró además expresión en la erección de
numerosas diócesis y circunscripciones eclesiásticas, en la promulgación de los Códigos de
derecho canónico latino y de las iglesias orientales, en la promulgación del Catecismo de la
Iglesia Católica. Proponiendo al Pueblo de Dios momentos de particular intensidad espiritual,
convocó el Año de la Redención, el Año Mariano y el Año de la Eucaristía, además del Gran
Jubileo de 2000. Se acercó a las nuevas generaciones con las celebraciones de la Jornada
Mundial de la Juventud.
Ningún otro Papa ha encontrado a tantas personas como Juan Pablo II: en las
Audiencias Generales de los miércoles (más de 1.160) han participado más de 17 millones y
medio de peregrinos, sin contar todas las demás audiencias especiales y las ceremonias
religiosas (más de 8 millones de peregrinos sólo durante el Gran Jubileo del año 2000), y los
millones de fieles con los que se encontró durante las visitas pastorales en Italia y en el
mundo; numerosas también las personalidades políticas recibidas en audiencia: se pueden
recordar a título de ejemplo las 38 visitas oficiales y las 738 audiencias o encuentros con
Jefes de Estado, e incluso las 246 audiencias con Primeros Ministros.
Murió en Roma, en el Palacio Apostólico Vaticano, el sábado 2 de abril de 2005 a las
21.37 h., en la vigilia del Domingo in Albis y de la Divina Misericordia, instituida esta última
por él. Los solemnes funerales en la Plaza de San Pedro y su sepultura en las Grutas
Vaticanas fueron celebrados el 8 de abril.
Beato Juan Pablo II: Rito de la Beatificación de Juan Pablo II
Minuto a minuto, todas las palabras y gestos
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación
una traducción española realizada por ZENIT del rito de beatificación de Juan Pablo II, que
tuvo lugar al principio del rito inicial, antes del Gloria y de la Oración Colecta.
En San Pedro, en el transcurso de la Misa, a las 10,37 horas se acercó a la sede del
Santo Padre el cardenal Agostino Vallini, vicario general de Su Santidad para la diócesis de
Roma, con el postulador, para pedir al Papa que se proceda a la beatificación del siervo de
Dios Juan Pablo II.
El cardenal Agostino Vallini: Beatísimo Padre, el Vicario General de Vuestra Santidad
para la Diócesis de Roma pide humildemente a Vuestra Santidad que inscriba en el número
de los Beatos al Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, papa.
Inmediatamente después, el cardenal Vallini leyó una breve biografía de Karol Wojtyla.
Tras ello, todos se pusieron de pie.
El Santo Padre: Nos, acogiendo el deseo de Nuestro Hermano Agostino cardenal Vallini,
Nuestro Vicario General para la Diócesis de Roma, de muchos otros Hermanos en el
Episcopado y de muchos fieles, tras haber recibido el parecer de la Congregación para las
Causas de los Santos, con Nuestra Autoridad Apostólica concedemos que el Venerable Siervo
de Dios Juan Pablo II, papa, de ahora en adelante sea llamado Beato y que se pueda celebrar
su fiesta en los lugares y según las reglas establecidas por el derecho, cada año el 22 de
octubre. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Prorrumpió inmediatamente un larguísimo aplauso de la muchedumbre; aplauso que
duró muchos minutos.
Mientras el Coro cantaba el amén, se colocaron en el altar las reliquias de Juan Pablo II.
El cardenal Agostino Vallini: Beatísimo Padre, el Vicario general de Vuestra Santidad
para la diócesis de Roma da las gracias a Vuestra Santidad por haber hoy proclamado Beato
al Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, papa.
El cardenal Vallini, el postulador monseñor Oder y el Papa se intercambiaron un abrazo
de paz. Acto seguido, se entonó el Gloria y prosiguió la celebración.
Beato Juan Pablo II:
Homilía de Benedicto XVI
En la ceremonia de beatificación
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 1 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación
la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la ceremonia de beatificación de
Juan Pablo II, en la Plaza de San Pedro.
Queridos hermanos y hermanas.
Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa
Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido
de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda
la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en
aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas
maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la
normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he
aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor:
Juan Pablo II es beato.
Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el
mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los
patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio,
delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo
extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.
Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina
Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor,
gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la
vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es
también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra
oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En
cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay
un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos
sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.
«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús
pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo
particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más
aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a
confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa,
apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo
de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está
en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el
Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que
Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el
gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y
«Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también
Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.
Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio
precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que
acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído,
porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene
su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga
lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe,
sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores,
especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece
en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas
partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad.
De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido
registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy
y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de
la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en
medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).
También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro
quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones
de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su
Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en
efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y
creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de
vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una
nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el
Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los
ojos de la fe.
Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz
espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre
se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de
pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana,
a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los
miembros del Pueblo de Dios –Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos,
religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen
María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol
Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en
el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la
Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para
todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan
Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una
visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un
icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el
escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme»
abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san
Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental
para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe
mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María;
préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).
El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978,
el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan
Wyszyński, me dijo: "La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer
milenio"». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don
del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con
todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo
aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos
ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día
hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados
a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al
servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es
esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza
de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par
en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo
llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y
económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una
tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor
apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca
ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de
pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de
la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la
fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el
tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.
Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la
confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue
éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este
mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios
el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer
Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a
través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una
renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia,
pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se
le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el
Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia
con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo,
plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.
Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me
concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes
había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a
Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude
estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza
de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha
impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las
múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor
lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una
«roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo,
le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente,
precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo
extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que
cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.
En el texto de la homilía: ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te
rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. [E improvisando,
Benedicto XVI añadió:] Tantas veces nos has bendecido desde esta plaza. Santo Padre, hoy
te pedimos, bendícenos. Amén.
Homilía del cardenal Tarcisio Bertone en la Plaza de San
Pedro
En la Misa de Acción de Gracias por la Beatificación de Juan Pablo II
CIUDAD DEL VATICANO, lunes 2 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a
continuación la homilía que pronunció hoy el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado
vaticano, durante la Misa de Acción de Gracias por la beatificación de Juan Pablo II,
celebrada por la mañana en la Plaza de San Pedro.
*****
“Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? (…) Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero”
(Jn 21,17). Este es el diálogo entre Jesús Resucitado y Pedro. Es el diálogo precede al
mandamiento: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21,17), pero es un diálogo que primero escruta la
vida del hombre. ¿No son estas, quizás, la pregunta y la repuesta que marcaron la vida y la
misión del Beato Juan Pablo II? El mismo lo dijo en Cracovia, en 1999, afirmando: “Hoy me
siento llamado en un modo particular a dar gracias a esta comunidad milenaria de pastores
de Cristo, clérigos y laicos, porque gracias al testimonio de su santidad, gracias a este
ambiente de fe, que durante diez siglos formaron y forman en Cracovia, ha sido posible que
al final de este milenio, en las mismas orillas del Vístula, a los pies de la catedral de Wawel,
llegue la exhortación de Cristo: 'Pedro, apacienta mis ovejas' (Jn 21,17). Ha sido posible que
la debilidad del hombre se apoye sobre el poder de la eterna fe, esperanza y caridad de esta
tierra y diese la respuesta: 'En la obediencia de la fe ante Cristo mi Señor, confiándome a la
Madre de Cristo y de la Iglesia -consciente de las grandes dificultades- acepto'”.
Sí, es este diálogo de amor entre Cristo y el hombre que ha marcado toda la vida de
Karol Wojtyla y lo ha conducido no sólo al fiel servicio a la Iglesia, sino también a su personal
y total dedicación a Dios y a los hombres que ha caracterizado su camino de santidad.
Todos recordamos como el día de los funerales, durante la ceremonia, en un cierto
momento el viento cerró dulcemente el Evangelio colocado sobre el féretro. Era como si el
viento del Espíritu hubiese querido señalar el fin de la aventura humana y espiritual de Karol
Wojtyla, toda iluminada por el Evangelio de Cristo. Desde este Libro, descubrió los planes de
Dios para la humanidad, para sí mismo, pero sobre todo conoció a Cristo, su rostro, su amor,
que para Karol fue siempre una llamada a la responsabilidad. A la luz del Evangelio leyó la
historia de la humanidad y la de cada hombre y cada mujer que el Señor puso en su camino.
De aquí, del encuentro con Cristo en el Evangelio, brotaba su fe.
Era un hombre de fe, un hombre de Dios, que vivía de Dios. Su vida era una oración
continua, constante, una oración que abrazaba con amor a cada uno de los habitantes del
planeta Tierra, creado a la imagen y semejanza de Dios, y por esto digno de todo respeto;
redimido con la muerte y resurrección de Cristo, y por esto convertido verdaderamente en
gloria viva de Dios (Gloria Dei Vivens Homo- San Ireneo). Gracias a la fe que expresaba sobre
todo en su oración, Juan Pablo II era un auténtico defensor de la dignidad de todo ser
humano y no un mero luchador por ideologías político-sociales. Para él, toda mujer, todo
hombre, era una hija, un hijo de Dios, independientemente de la raza, del color de la piel, de
la proveniencia geográfica y cultural, y finalmente del credo religioso. Su relación con cada
persona se sintetiza con la estupenda frase que él escribió: “El otro me pertenece”.
Pero su oración era también una constante intercesión por toda la familia humana, por
la Iglesia, por toda la comunidad de los creyentes, en toda la tierra -tanto más eficaz, cuanto
más señalada por el sufrimiento que marcó varias fases de su existencia. ¿No es quizás de
aquí -de la oración vinculada a sus muchos acontecimiento dolorosos y de los demás- de
donde nacía su preocupación por la paz en el mundo, por la pacífica convivencia entre los
pueblos y de las naciones? Hemos oído en la primera lectura del profeta Isaías: “¡Qué
hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama
la paz” (Is 52, 7).
Hoy damos las gracias al Señor por habernos dado un Pastor como él. Un Pastor que
sabía leer los signos de la presencia de Dios en la historia humana y que anunciaba después
Sus grandes obras en todo el mundo y en todas las lenguas. Un Pastor que había enraizado
en sí mismo el sentido de la misión, del compromiso de evangelizar, de anunciar la Palabra
de Dios por todas partes, gritarla desde los tejados... “¡Qué hermosos son sobre las
montañas los pasos (...) del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación, y dice a
Sión: '¡Tu Dios reina!'”(ibid).
Hoy le damos gracias a Dios por habernos dado un Testigo como él, tan creíble, tan
transparente, que nos ha enseñado como se debe vivir la fe y defender los valores cristianos,
a comenzar la vida, sin complejos, sin miedos; como se debe testimoniar la fe con valentía y
coherencia, adaptando las Bienaventuranzas a la experiencia cotidiana. La vida, el
sufrimiento, la muerte y la santidad de Juan Pablo II son un testimonio de ello y una
confirmación tangible y cierta.
Le damos gracias al Señor por habernos dado un Papa que ha sabido dar a la Iglesia
Católica no sólo una proyección universal y una autoridad moral a nivel mundial que antes
no se había dado, pero también, especialmente con la celebración del Gran Jubileo del 2000,
una visión más espiritual, más bíblica, más centrada en la Palabra de Dios. Una Iglesia que ha
sabido renovarse, lanzando “una nueva evangelización”, intensificando los lazos ecuménicos
e interreligiosos, y encontrar los caminos para un diálogo fructífero con las nuevas
generaciones.
Y finalmente damos las gracias al Señor por habernos dado un Santo como él. Todos
hemos tenido el modo – algunos de cerca, otros de lejos – de comprobar como eran de
coherentes, su humanidad, sus palabras y su vida. Era un hombre verdadero porque estaba
inseparablemente ligado a Aquel que es la Verdad. Siguiendo a Aquel que es el Camino, era
un hombre siempre en camino, siempre esforzándose el en bien para todas las personas,
para la Iglesia, para el mundo y hacia la meta que para todo creyente es la gloria de Dios
Padre. Era un hombre vivo, porque estaba lleno de la Vida que es Cristo, siempre abierto a
su gracia y a todos los dones del Espíritu Santo.
Cómo se han verificado en su vida las palabras que hemos oído en el Evangelio de hoy:
“Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando
seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras” (Jn 21, 18).
Todos hemos visto como se le fue quitando todo lo que humanamente podía impresionar; la
fuerza física, la expresión del cuerpo, la posibilidad de moverse y hasta la palabra. Y
entonces, más que nunca, él le confío su vida y su misión a Cristo, porque sólo Cristo puede
salvar al mundo. Sabía que su debilidad corporal hacía presente todavía más claramente a
Cristo que obra en la historia. Y ofreciéndole sus sufrimientos a Él y a su Iglesia, nos dio a
todos nosotros una última gran lección de humanidad y de abandono en los brazos de Dios.
“Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, hombres de toda la tierra.
Cantad al Señor, bendecid su nombre”.
Cantamos al Señor un canto de gloria, por el don de este gran Papa: hombre de fe y de
oración, Pastor y Testigo, Guía en el cambio entre los dos milenios. Este canto ilumina
nuestra vida, para que no sólo veneremos al nuevo Beato, sino que, con la ayuda de la
Gracia de Dios, sigamos sus enseñanzas y su ejemplo.
Mientras dirigimos un pensamiento de gratitud al Papa Benedicto XVI, que ha querido
elevar a su gran Predecesor a la gloria de los altares, me complace concluir con las palabras
que el mismo, nuestro querido Papa Benedicto XVI, pronunció en el primer aniversario de la
desaparición del nuevo Beato. Dijo: “Queridos hermanos y hermanas, (…) nuestro
pensamiento vuelve con emoción al momento de la muerte de nuestro amado Pontífice,
pero al mismo tiempo nuestro corazón es empujado a mirar hacia delante. Oímos resonar en
el ánimo sus invitaciones repetidas a avanzar sin miedo sobre el camino de la fidelidad al
Evangelio para ser heraldos y testigos de Cristo en el tercer milenio. Nos vuelven a la mente
sus incesantes exhortaciones a cooperar generosamente en la creación de una humanidad
más justa y solidaria, a ser constructores paz y de esperanza. Quede siempre fija nuestra
mirada en Cristo 'Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre” (Heb 13, 8), que
guía firmemente a su Iglesia. Nosotros hemos creído en su amor y es el encuentro con Él
'que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva' (cfr Deus caritas
est, 1).
Que la fuerza del Espíritu de Jesús sea para todos, queridos hermanos y hermanas,
como lo fue para el Papa Juan Pablo II, fuente de paz y de alegría. Y la Virgen María, Madre
de la Iglesia, nos ayude a ser en toda circunstancia, como él, apóstoles incansables de su
Divino Hijo y profetas de su amor misericordioso”. ¡Amén!”
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