Andrés Martínez

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Andrés Martínez
La memoria del frío
(Divagaciones sobre la poesía de María Maizkurrena)
Para muchos lectores de poesía (es decir, para unos cuantos cientos de
habitantes de ese pequeño pueblo en armas contra la soledad glosado por
el inolvidable Javier Egea) la primera noticia de María Maizkurrena fue la
publicación en 1990 de Una temporada en el invierno. El libro, publicado por la editorial Adonais, fue una revelación. Los deslumbrantes versos
heladores de aquel libro, escritos por una joven y desconocida poeta vasca
nacida en Londres y residente en Bilbao desde los siete años, nos dejaron
perplejos y un sí es no es intrigados. No se avenían bien con la resaca neosurrealista que por aquel entonces mareaba a no pocos editores (incluidos
los editores de Adonais, con el éxito de Blanca Andreu todavía reciente y
una legión de epígonos aporreando las puertas del Parnaso), pero tampoco se plegaba a los vientos de la nueva sentimentalidad que, muy pronto,
devendría huracán de la experiencia.
Más tarde, en una antología publicada en Barcelona, Maizkurrena contaba cómo pasó su adolescencia “aislada en una ciudad poéticamente aislada del exterior, en una provincia cultural casi inmóvil”. Aquel doble asilamiento, al igual que a otros poetas (y me viene ahora mismo a la memoria el nombre de Antonio Gamoneda) no le fue mal en todo caso a la autora bilbaína. Llegó tarde -cuenta- a los novísimos, pero se encontró a tiempo con Gil Albert y asimiló la influencia (que aún perdura) de los poetas
simbolistas franceses y del romanticismo, de Cernuda y de Antonio
Machado, de la generación del 27 y las vanguardias. Luego vendrían otras,
pero siempre atemperadas por la propia voz, capaz de conciliar y aun de
hermanar elementos contrarios: clasicismo y modernidad (Gilgamesh y
Kortatu), trabajo ordenador de la razón y absurdo existencial.
En su ciudad del norte, Maizkurrena evitó el meritoriaje literario y no
se dejó embaucar por el camelo de la poesía de género. Había en aquel
libro cuyo título remitía a Rimbaud no sólo una evidente exigencia formal,
sino una subterránea exigencia moral que con el tiempo iría desvelándose.
Definitivamente, a pesar de la nieve que cubría su reino de palabras, no
estábamos ante una diosa blanca. Estábamos ante una seria y honda y brillante poeta que nos hablaba desde el corazón del frío; que nos contaba su
memoria del frío (del frío de vivir) con versos encendidos; que alumbraba
desolados territorios que a veces recordaban la geografía borgiana.
Luego supimos que antes de los poemas de Una temporada en el
invierno, María Maizkurrena había publicado dos libros, Los otros reinos
(en edición ignota, creo que jesuítica) y Los cantos del Dios oscuro (Laida,
1989). Este último poemario era el perfecto antecedente o, si se quiere, la
parte extraviada del díptico. Pocas veces la niebla de los trenes, la lluvia
que corta el cielo de la ciudad o las huellas de un mendigo en la nieve eran
descritas con tanta precisión y belleza en la última poesía española. Casas
vacías y ciudades abandonadas. Un mundo envuelto en bruma (importada
quizás de su Londrés natal) pero descrito con meridiana claridad. En Los
cantos del Dios oscuro papitaba la misma blancura inhóspita que en los
versos de Una temporada en el invierno.
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Y, sin embargo, la gran protagonista -la única protagonista- de aquella
poesía era la vida. Aquello sí era auténtica poesía de la experiencia, porque, precisamente, de lo que nos hablaban en el fondo los poemas, desde
su frialdad y su desvalimiento, era de una presencia convertida en ausencia (o al revés). La experiencia (bastante más real que las ficticias farras,
desencantos de atrezzo y amores fou de tantos y jaleados poetas jóvenes)
de una joven aislada en la ciudad traspasaba los versos de María
Maizkurrena de parte a parte. ¿Dónde estaba la vida? Eso era lo que se
preguntaban (lo que nos preguntaban) una y otra vez los poemas. Y la vida
llegaba como un eco, como una lenta ausencia, como una luz dudosa que,
al paso de los años (lo veríamos), se iría haciendo más fuerte y alcanzando
el corazón de hielo del poema hasta al fin derretirlo. El mundo, lentamente, dejaría de ser aquella “desolada realidad” de sus primeros libros.
“No he perdido afición al símbolo”, escribía Maizkurrena en 1994,
“pero he tomado buena nota de que el poema por sí concede una dimensión simbólica a todo aquello con lo que entra en contacto. (…) Así he evolucionado hacia una poética más realista, el tipo de poética que nos impide oscurecer tanto el mensaje que éste se vuelva incomunicable”.
Seis años más tarde aparecía Tiempo, libro avalado por el Premio
Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza y publicado por
Hiperión. Parecía que el hielo se había derretido en los poemas y que la
niebla se había disipado. El deseo del mundo había terminado traspasando
las puertas de la ciudad de invierno, pero en sus calles permanecía aún,
agazapada, la memoria del frío.
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