Pendejos - EspaPdf

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Todos los cuentos de Pendejos
tienen como protagonistas a chicos
o jóvenes que han cometido
crímenes
violentos.
Pibes
marginales o de clase media; pibes
abandonados o de buenas familias;
pibes que conviven con armas, pibes
ganados por el paco, que viven en
un eterno presente, breve y fugaz,
donde la vida vale menos que nada.
Un chico dispara contra su padre en
el momento en que éste abusa de
su hermana. Un adolescente traza
un círculo en un plano para
determinar el coto de caza de sus
presas humanas. Otro decide usar
en la escuela el arma de su padre.
Una jovencita lidera una banda que
se dedica a los secuestros express.
Otra organiza una masacre familiar.
Da lo mismo que se trate de un
barrio rico, de una villa, de Fuerte
Apache o de alguna ciudad del Sur:
la violencia se impone en cualquier
escenario.
Reynaldo Sietecase
Pendejos
ePub r1.0
lenny 25.02.14
Título original: Pendejos
Reynaldo Sietecase, 2007
Diseño de portada: Adriana Yoel
Fotografía de portada: Latinstock
Editor digital: lenny
ePub base r1.0
Cuando yo nací
un ángel loco muy loco
vino a leer en mi mano
no era un ángel barroco
era un ángel muy loco, torcido
con alas de avión
y ese ángel me dijo
apretando mi mano
con una sonrisa entre dientes
vas bicho a desafinar
el coro de los contentos
vas bicho a desafinar
el coro de los contentos
let’s play that.
TORQUATO NETO, Let’s play that
BELLA LUZ DE LA
NOCHE
—Lucifer, así se va a llamar. Bella
luz de la noche, Malito. Sí, Malito se va
a llamar…
Silvita habla como si escupiera las
palabras. Masticando rencor con cada
sílaba. Tiene el cabello teñido de
violeta. Corto, bien arreglado. Si no
fuera por los ojos enrojecidos, la piel
pálida, los moretones en los brazos, la
delgadez extrema, daría el tipo de esas
colegialas que concurren a las escuelas
privadas de Barrio Norte, cerca de mi
consultorio.
Su nariz levemente
respingada le da un toque francés. Se
parece a la actriz de la película Amelie
pero más pequeña, mucho más pequeña.
A pesar de su aspecto, brilla cuando
sonríe.
La celadora la observa espantada. A
diferencia de la chica, ella es cuadrada
y maciza como una heladera. Se levanta
y descorre las cortinas del cuarto. Por
primera vez reparo en sus zapatos
acordonados que parecen recién
lustrados.
—Así se ve mejor —dice, y se
queda parada al lado del ventanal, en
actitud vigilante. Detrás de los cristales
se destacan las rejas y, más atrás, es
posible adivinar el cielo limpio del
mediodía—. Le quedan diez minutos,
doctor —me apura.
El rumbo que tomó la charla la
irrita. Lleva el pelo recogido en la nuca,
bien tirante y en su cara de sargento se
destaca un desagradable lunar junto a la
nariz. Imagino que superaría con
facilidad el casting para encontrar a la
celadora modelo.
Silvita vuelve a ser el centro de mi
atención. Se incorpora de golpe y hace
caer la silla que ocupó durante la hora y
media que duró el test de evaluación
psicológica que me ordenó hacerle el
juez de menores. Me mira desafiante,
parece intuir una agresión en cada gesto
que se hace a su alrededor. Acaba de
cumplir quince años y está furiosa. Todo
porque le pregunté por su embarazo.
—¿Te da miedo, cagón? ¡A mí qué
mierda me importa! Es mi hijo,
¿entendés? ¡Es mi hijo! ¡Va a nacer y le
voy a poner el nombre que se me cante
el culo!
Silvita grita histérica. Trato de
decirle que ella tiene derecho a hacer lo
que quiera y que los nombres son apenas
etiquetas que heredamos. No sé por qué
pienso en Romeo intentando arrancarse
el apellido que le impedía el amor.
Silvita grita más fuerte. Qué absurdo
traer a Shakespeare a esta habitación de
internado. ¿Absurdo? Ahora ella suelta
las compuertas del llanto y por primera
vez parece lo que es: una niña
desvalida. Quiero calmarla, hasta
abrazarla con palabras quiero, pero de
inmediato comprendo que toda la
psiquiatría del mundo se derrite como
hielo al sol ante su desamparo. Ahora
chilla como si la estuviesen por matar.
—¡Si no me dejan tener a mi bebé,
me mato!
Grita y grita sin parar hasta que la
celadora gorda se decide a intervenir y
la desparrama por el suelo con una
rotunda bofetada. Presiento que
esperaba este desenlace.
—La panza no, la panza no… —
gime Silvita sentada en el piso. Con las
dos manos se agarra la barriga chata. Su
declarado embarazo parece por ahora el
producto de alguna de sus alucinaciones.
No sé por cuál de las infinitas
variantes de mi cobardía quedo clavado
a la silla que me sostiene. La gorda ni
me mira, se acomoda el delantal y
presiona un timbre que está junto a la
puerta. El Instituto Virgen de Itatí es un
establecimiento semiabierto, destinado a
menores delincuentes. Es menos hostil
que la Brigada, pero el trato con los
internos no siempre es el más adecuado.
Según el informe del juzgado que me
encargó las pericias, desde que tenía
doce años Silvita se escapó cuatro
veces de institutos similares.
—Acá te queremos ayudar… pero
vos no querés… vos no querés, pendeja.
Sos una burra… un animalito que no
quiere entender —la celadora parece
más triste que enojada—. Habla como
una tía aburrida de las travesuras
reiteradas de su sobrina preferida.
La chica no dice nada, sólo se
revuelve por el piso tomándose la
panza. Cuando otras dos preceptoras se
la llevan a su cuarto parece una muñeca
rota. Los brazos le cuelgan y arrastra las
piernas mientras la trasladan. La sigo.
Pido permiso para observarla por la
ventanita de la habitación. Durante
varias horas se quedará en el lugar
donde la depositaron. Acostada boca
arriba, con los ojos abiertos. Imagino
que vuelven a pasar por su cabeza las
memorias dulces, cuando sus padres
vivían todavía y la cuidaban, y sus
peores salvajadas. Tal vez no piensa en
nada.
Amalia Costa la besaba en la nariz.
Eso le daba mucha cosquilla. A Silvita
no le gustaba reírse porque sí. «No,
Mamalia, no me hagas eso, no me lo
hagas»,
decía
como
preámbulo
innecesario al regocijo que le
ocasionaba el mimo de su madre.
Esperaba ese beso con ansiedad. Era el
beso de dormir. El beso que borraba los
contornos sórdidos de la casilla que
habitaban en el corazón de Villa Casale.
Mamalia, como la llamaba Silvita,
había nacido en Asunción del Paraguay
y se vino a Buenos Aires en busca de
trabajo en plena euforia económica, a
principios de los noventa. Argentina
entonces era el Primer Mundo y un peso
era un dólar aunque no lo tuvieras.
La mamá de Silvita trabajó de
empleada doméstica hasta romperse los
riñones. Después se embarazó. Su
pareja, Benjamín Luna, un cordobés
cantante de cumbia y adicto a cuanta
sustancia ilegal le pasara cerca, le
terminó contagiando el virus del sida.
En pocos años pasaron de las noches de
fiesta a las madrugadas de dolor.
Murieron casi al mismo tiempo,
cruzándose reproches. «Nunca confíes
en nadie. Nunca le creas a un hombre,
porque siempre te terminan cagando», le
repetía Mamalia. Silvita tiene que hacer
un esfuerzo para recordarlos juntos y
alegres. En el cajón de la mesa conserva
una foto donde están los tres en el
zoológico de Palermo. La madre tiene un
pañuelo en la cabeza y el padre una
campera marrón de corderoy. Silvia está
entre los dos, tomada de sus manos.
Todos sonríen.
Cuando sus padres murieron tenía
apenas seis años y quedó al cuidado del
único pariente que le quedaba vivo: el
tío Hugo, un buen tipo, conductor de un
camión de recolección de residuos.
«Tengo un puesto importante —se
vanagloriaba—. Yo no levanto la mugre,
yo manejo la mugre, la administro.»
Durante un tiempo fueron un remedo de
familia. Dos soledades que se cruzaban
de noche ante un plato de sopa, y por la
mañana ante el mate cocido del
desayuno.
Silvita creció en la calle. Su escuela
fueron los pasillos de la villa. Sus
maestros, los atorrantes del boliche de
Paco: ladrones, merqueros, narcos,
cafishos y travestis. Sus amigos de
infancia fueron los pibes chorros del
barrio, los rateritos. Cuando el hermano
de su madre murió en un accidente,
Silvita había cumplido los doce pero su
vida acumulaba más frustraciones que la
de una prostituta a los sesenta. Las había
pasado muy feas, y las hubiera pasado
peor si no fuera por los arranques
violentos que tenía cuando alguien la
molestaba. A los diez años, le rompió
con un ladrillo el parabrisa a un
patrullero en medio de una razzia
policial en el asentamiento. Meses
después, al tipo que la desvirgó le clavó
un cuchillo de cocina en la espalda.
Poco a poco logró ganarse el respeto de
todos.
Se puso de novia varias veces.
Siempre con chicos del barrio.
Aprendió a sobrevivir a los codazos. En
apenas un año robó una decena de
negocios pequeños por encargo de los
capangas del asentamiento. Al poco
tiempo armó su propio grupo. Aunque
todos eran más grandes que ella, era
Silvita la que tomaba las decisiones. A
los quince ya había participado de ocho
secuestros. Se colaban en los autos de
sus víctimas y los llevaban a la villa.
Desde allí, pedían un rescate módico y
que pudiera reunirse rápido. Cuando la
familia pagaba, soltaban al tipo en algún
sitio alejado de la Capital y
abandonaban los vehículos en el interior
de la provincia. A partir de los
testimonios de las víctimas, que daban
cuenta de la edad de los presuntos
implicados, los diarios comenzaron a
hablar de «La banda de los Pibes».
A Silvita también le atribuyen la
muerte de un secuestrado aunque en el
Juzgado de Menores opinan que es
altamente
improbable
que
haya
asesinado a alguien.
Fue Juano Toloza, él último de sus
novios, el que contó la historia en el
juzgado y luego la desmintió por
sugerencia de su abogado.
—Se lo merecía, el chabón ese se lo
merecía. La sobró todo el tiempo y eso
no se hace con Silvita. La llamaba
nenita. Le decía «Mirá, turrita, si no me
sueltan pronto, en algún momento los
voy a venir a buscar para convertirlos
en peluches». Eso decía: «Los voy a
hacer peluches». Nosotros al principio,
nos asustamos un poco porque el tipo
parecía muy pesado.
Silvita por entonces tenía el pelo
color verde. Un verde oscuro, tipo
militar. Según Juano, siempre le gustó
teñirse el pelo de colores. Ese día tenía
el pelo verde, media docena de pastillas
encima y una pistola nueve milímetros
que le habían robado, una semana atrás,
a un guardia privado que custodiaba el
depósito de un supermercado.
—Silvita no dijo nada —contó
Juano—. Lo escuchó, lo escuchó un rato
largo. La voz del tipo salía entre sobona
y amenazante por debajo de la bolsa
negra que le habíamos puesto en la
cabeza para que no nos reconociera. Le
hablaba sólo a ella, como si fuera la
única de nosotros con la que valía la
pena conversar. «Dale, nenita, te
conviene, dejame ahora, antes que
empiecen los problemas. Si la seguís
complicando, todos se van a arrepentir.»
Ninguno de nosotros se movía, había
logrado confundirnos. Al rato, Pancho lo
quería soltar. «Para qué nos vamos a
meter en un quilombo, mirá si es
servilleta», dijo. Silvita se levantó de la
cama, estaba desnuda de la cintura para
arriba. Me acuerdo perfecto. Se le
notaba la piel de gallina y los pezones
chiquitos y parados. Sacó la pistola que
guardábamos debajo de la almohada y
se acercó despacio a la silla que estaba
en medio del cuarto. El tipo empezó a
mover la cabeza, inquieto, como si
intuyera algo malo, y forcejeó un
instante con las cuerdas que le ataban
las manos al respaldar. Yo pensé que
Silvita iba a asustarlo, que lo haría
cagar en las patas y listo… pero no. Se
paró justo detrás del hombre con las
piernas separadas, le apoyó el caño en
la nuca y, sin decir una palabra, apretó
el gatillo. Así nomás, apretó el gatillo.
Como te lo digo, apretó el gatillo. La
bolsa negra estalló como un globo.
Cuando la detuvieron en un
espectacular operativo policial, que
incluyó fuerzas combinadas de la
Policía Bonaerense y de la Federal, en
el juzgado no podían creer que tuviera la
edad que decía tener entre insultos y
mordiscos. Al punto que mandaron a una
comisión a buscar una copia de su
partida de nacimiento.
—¡Rati puto! ¡No me toqués o te
juro que cuando salga te hago mierda!
Las frases salían de un cuerpito tan
frágil que contradecía la convicción con
la que soltaba maldiciones y amenazas.
—¡No me toqués, cagón, no ves que
estoy embarazada…!
Ese día le tiraron del pelo y la
patearon. Le dieron duro con un palo y
duro también con una soga. Recibió
trompadas en la espalda y la cabeza. A
su novio de turno, el Lito, también lo
cagaron a golpes. El chabón era al revés
de la nena. Tenía diecisiete pero parecía
de treinta. Le dieron tantas piñas que
cada vez que Silvita se acuerda se pone
a llorar. Ahora está preso, pero no le
dijeron dónde. La cana les tendió una
cama. Hacía varias semanas que los
venían vigilando. Cuando cobraron el
último de los rescates ya estaban
cocinados. Los dejaron llegar a la vieja
casa del tío Hugo, una prefabricada que
se levanta sobre el borde exterior de la
villa, y después de un par de horas los
entraron a buscar.
Cuando reventaron la puerta, Silvita
y Lito estaban en la cama, desnudos. Los
cuerpos brillantes de sudor se
revolvieron impotentes ante la irrupción
de la policía.
—¡Dame la ropa, cagón…! —
alcanzó a decir Silvita antes que le
soltaran el primer bastonazo.
Es jueves y llueve. Es la segunda
vez que voy a visitarla. Ayer Silvita tuvo
un aborto espontáneo. Aunque el juez de
menores no me lo pidió, volví al
Instituto para verla. Tiene fiebre y no
quiere salir de la cama. Le pregunté a
una de las celadoras si la había visto un
médico y me dijo que no, que recién por
la tarde vendría una enfermera para
evaluarla. Que tal vez el útero se le
infectó pero que no es nada grave. Que
me quede tranquilo. Que cualquier cosa
la llevarán de urgencia al hospital. Eso
me dijo.
—¿Para qué querés que viva,
doctor? ¿Para acostarme de noche y que
nadie me venga a dar un beso? Si estoy
nadando en la mierda. Todos los que yo
quiero están muertos. Mi novio está
preso. Ya no me voy a poder casar.
¿Para qué querés que viva? Encima
estas brujas no me dejan teñir el pelo.
LAS COSAS POR SU
NOMBRE
Alberto Álvarez era un nombrador. Le
gustaba ponerle nombre a todo. Era una
costumbre que arrastraba desde niño.
Estaba convencido de que nombrar
permitía apropiarse de las cosas. Un
amigo le contó que en los Estados
Unidos había gente que vivía de eso, de
encontrarle
títulos
a
empresas,
productos y proyectos. Por internet se
enteró de que ese fenómeno se
denominaba naming y que algunos
nombradores se hicieron ricos gracias a
esa habilidad. A pesar de tener el don,
Alberto había amasado una pequeña
fortuna con algo más concreto: manejaba
una agencia de lotería que funcionaba en
el centro de San Isidro bajo el nombre
de Avaricia. Detrás de esa fachada
legal, se escondía una de las
organizaciones de juego clandestino más
importantes de Buenos Aires.
Alberto Álvarez tenía un pasado que
evitaba mencionar. Su padre lo había
abandonado cuando él era muy pequeño.
Casi no recordaba su cara, apenas
retenía la vaga referencia de unas viejas
fotos en blanco y negro. Según le contó
una tía, su viejo se enamoró de una
vecina y, simplemente, se fue de la casa
sin dar ninguna explicación. María
Olgado, su madre, lo había criado en
soledad, con mucho sacrificio. Limpió
casas ajenas y lavó ropa por encargo.
Durante mucho tiempo la pasaron mal,
muy mal. Alberto no conoció el hambre
pero sí la miseria. Sin embargo, como si
mantuviera un pacto secreto con su
madre, ninguno de los dos aceptaba
hablar de esos días de angustia. Y menos
ahora que el pasado de privaciones
había quedado sepultado por un presente
de lujos.
A los cincuenta años, Alberto se
había tomado revancha. Se sentía un
hombre afortunado. Poseía casi todos
los bienes materiales que alguien de su
origen social podía desear. Había
logrado formar una familia «como Dios
manda»: esposa, cuatro hijos y un perro.
Y además estaba orgulloso de su
aspecto. Era un tipo pintón; no había
perdido el pelo, como muchos de sus
amigos; se mantenía en buen estado
físico y se preciaba de tener éxito con
las mujeres. «El día que las minas no me
den más bola, me mato», decía.
En la proa de su yate, Álvarez pintó
la palabra Lujuria. Los nombres de los
pecados capitales estaban entre sus
preferidos. La ceremonia de bautizo se
hizo en la Marina del Delta. El barco
era sencillo, pero la celebración en el
club fue espectacular. No faltaron ni la
buena bebida ni las mujeres fáciles. La
convocatoria estuvo reservada sólo a
los hombres. Los amigos de Alberto
todavía le agradecen el festejo. Cristina,
su esposa, apenas protestó por la
exclusión. Ya estaba acostumbrada a
quedarse afuera de las fiestas que
organizaba Alberto. No sólo en sus
negocios el agenciero llevaba una doble
vida, y ella lo aceptaba con resignación.
A su auto preferido, un Porsche
Carretera, Alberto lo denominó Envidia.
Él decía que era exactamente eso lo que
provocaba cada vez que salía del garage
de su casa o cuando entraba al club de
campo para jugar al tenis. Los otros tres
autos de la familia —un Fiat Palio, una
4x4 y un Twingo— no tenían nombre.
Para qué, Antonio los consideraba
utilitarios, autos para que maneje
cualquiera. Su hija mayor, Aldana, que
había cumplido los diecinueve, solía
conducirlos indistintamente. Ella y el
más chico eran sus consentidos. Martín
tenía doce y compartía con su padre la
pasión por el fútbol. Los dos eran
fanáticos de River y no se perdían
ningún partido en el Monumental.
Cuando el equipo de sus amores jugaba
de visitante, lo miraban juntos por la
tele. Era como una ceremonia.
Sus otros dos hijos, Juan y Gastón,
eran mellizos. Tenían diecisiete años y
un increíble parecido físico. Alberto los
maltrataba por igual, aunque era Juan el
que más lo irritaba. Cuando surgía
alguna discusión con su esposa, el
agenciero le reprochaba que se los
hubiera arrancado. «Arrancado», ésa era
la palabra que usaba: «arrancado».
La abuela María, intentando
justificar las actitudes violentas de su
hijo ante los mellizos, llegó a
explicarles que habían sido concebidos
en un momento en que Alberto
consideraba seriamente la posibilidad
de separarse. En una de las idas y
vueltas de la pareja, que parecían el
prólogo de una ruptura definitiva,
Cristina quedó embarazada por partida
doble.
—Por eso Albertito no la perdona
—contó la abuela.
—Si es verdad, es horrible… —
atinó a decir Juan.
—No, querido. Hay que tratar de
entender la situación. De todas maneras,
después se arreglaron y ahora vivimos
todos juntos y felices —intentó
tranquilizarlo la mujer.
—Pero nosotros no tenemos la culpa
—susurró Juan, mirando a su hermano.
Gastón no dijo nada. Aunque en el
momento de la revelación de su abuela
ya había cumplido quince años, se fue a
llorar a su habitación como cuando era
un niño.
Si bien nunca habían sido chicos
dóciles, desde ese día los mellizos
dejaron por completo de obedecer las
indicaciones paternas. Con cualquier
excusa evadían los encuentros familiares
y cada vez que podían faltaban a la
escuela. Pasaban las horas en un cíber
frente a las computadoras o fumando en
la plaza.
La familia Álvarez tenía un octavo
integrante. Un perro bravo pero bastante
dormilón al que Alberto llamó Pereza.
Era un doberman entrenado, buen
guardián
y
agresivo
con
los
desconocidos. Pereza podía destrozarle
los huesos de la pierna a cualquiera con
una dentellada certera. Solía esperar a
su dueño, durante horas, acostado en el
umbral de la casa. Cuando llegó la
policía tuvieron que llamar a un
veterinario de la zona para que lo
dopara, ya que el animal no permitía que
nadie se acercara a su amo. Cada tanto,
empujaba con su hocico el cuerpo inerte
y se quedaba a la espera de una caricia
imposible. Después gruñía desafiante y
mostraba los dientes.
A su esposa, Cristina Sandoval, la
llamaba Gula. Lo hacía sólo para
mortificarla. Aunque no era gorda, para
Alberto su mujer tenía la rara habilidad
de «comerse» casi todo el dinero que
ingresaba a la casa. Se habían conocido
veintitrés años atrás en un baile de
carnaval en San Pedro. Cristina siempre
le aceptó todo a su marido, su único
objetivo era casarse y tener hijos. Con
paciencia y perseverancia lo había
logrado. Por esa razón no le importaban
ni las amantes, ni las fiestas, ni los
comentarios de los vecinos, ni las
objeciones de sus amigas, ni de dónde
venía la plata que los había
transformado en una familia respetable.
No pensaba en nada de esto cuando
la bala le ingresó en la garganta. Estaba
a punto de gritar pero no llegó a hacerlo.
A Cristina siempre le costaba entender
las cosas. Eso le decía Alberto cada vez
que se enojaba. Esta vez sólo tardó unos
segundos en comprender que iban a
dispararle. Cuando su cuerpo se
desparramó sobre el parqué, ya estaba
muerta. La sangre arruinó el piso que
todavía no había tenido tiempo de
mandar a plastificar.
A su madre, Alberto le había
reservado el mote de Soberbia. Desde
que se había instalado en la casa, el día
en que nacieron los mellizos, María
Olgado manejaba obsesivamente la
organización familiar. Aunque tenía
setenta y seis años, se sentía fuerte y
vital. Se metía en todo y no admitía que
se tomaran decisiones vinculadas a la
casa sin consultarla. Jamás aceptaba
críticas y siempre justificaba con pasión
los errores de su hijo. Para ella,
Albertito nunca tomaba decisiones
equivocadas.
Esa noche, la abuela estaba
planchando un vestido que Aldana se
quería poner para ir a una fiesta cuando
escuchó el estruendo. Pensó que había
explotado el tubo de la tele o que se
había caído la estantería donde estaba la
vajilla fina. Salió del lavadero rumbo al
living y, por el apuro, casi tropieza con
su nuera. Intentó ayudarla a levantarse
pero no pudo. El primer disparo le
ingresó por el estómago y la lanzó un
metro hacia atrás. El segundo balazo le
partió la frente y detuvo el mecanismo
de su razonamiento: no podía estar
herida ya que no había escuchado ningún
estampido, sin embargo en el centro del
batón le crecía una mancha roja.
En el cajón de la mesa de luz del
dormitorio, Alberto guardaba una
pistola Bersa calibre 22 con silenciador.
No era la única arma que existía en la
casa de los Álvarez; colgada en una
pared del comedor principal, sobre la
chimenea y al alcance de la mano, se
lucía una escopeta de caza calibre 16.
Cuando le preguntaban por qué tenía
esas armas, simplemente respondía que
con tanta inseguridad él quería estar
preparado.
El argumento con el que defendía la
compra del silenciador era más
sorprendente: «Si matás a alguien en una
ventana o en el jardín, lo tenés que
entrar a la casa antes de llamar a la
policía. Con esa acción evitás
problemas.
Cualquier
juez
lo
considerará defensa propia». Además,
como no le gustaban las rejas sostenía
que era bueno que en el barrio supieran
que tenía «ferretería pesada». De esa
manera, según Álvarez, los potenciales
ladrones lo pensarían dos veces. La
escopeta no había merecido el honor de
contar con un título otorgado por
Alberto, pero la pistola Bersa se había
ganado un nombre propio: Ira.
El día de la masacre, Alberto
Álvarez había decidido cambiar su vida.
Tenía dinero suficiente como para que a
sus hijos no les faltara nada y estaba
decidido a dejar a su mujer. Esta vez iba
en serio. Hacía exactamente un año que
había conocido a Teresa Ferrer en un
bar del Bajo. Era entrerriana y había
llegado a la Capital Federal para ser
bailarina. Ni el talento ni la edad —
tenía más de treinta— iban a permitirle
cumplir su sueño. Pero eso ya no era
importante. Alberto se iba a encargar de
hacerla feliz con otras cosas. Imaginaba
que podían vivir lejos de Buenos Aires,
tal vez en Mar del Plata. Hacía dos
meses que había logrado abrir una
agencia de juego en esa ciudad a través
de un testaferro. Bautizó el local con el
nombre de Destino y compró un
departamento con vista al mar. Hasta
pensó seriamente en la posibilidad de
abandonar los negocios clandestinos.
Teresa y el mar podían ser una buena
manera de recomenzar.
Su familia hacía rato que no
funcionaba como tal y estaba seguro de
que nadie echaría de menos su ausencia.
La casa de estilo californiano que
habitaban desde hacía una década, se
había convertido en una cáscara vacía.
La familia no se reunía ni para almorzar
ni para cenar y cada uno hacía su
historia.
—Esto parece un hotel —se quejaba
el agenciero.
—Es tu culpa, los chicos hacen
cualquier cosa y tu mujer no es capaz de
decirles nada —lo censuraba su madre
con tono de general prusiano.
Al principio le molestaba ese
descalabro, pero después él también
terminó por acostumbrarse y sacar
provecho de los desencuentros para
estar más tiempo con Teresa. Además,
estaba harto de los mellizos. Hacía unos
meses que lo único que hacían era
desafiarlo. Primero descubrió que se
drogaban. Y aunque él también lo hacía
de vez en cuando, la sola idea le resultó
intolerable. Comprendió también que el
vicio de sus hijos era el origen de las
pequeñas rapiñas que sufría en la caja
de la Agencia. Intuyó, incluso, alguna
complicidad materna. No les dijo nada,
ubicó al dealer y lo amenazó con
romperle las piernas si les seguía
vendiendo. Se enteró de que los pibes le
compraban cocaína y pastillas de
éxtasis.
Álvarez estaba furioso. Él jamás
había faltado a su trabajo y nunca dejó
de ganar la diaria para sostener los
gustos de todos. Los mellizos, en
cambio, no querían saber nada con
trabajar, sólo pasaban un rato por la
Agencia cuando él los amenazaba con
cortarles el dinero de la mensualidad
que les daba para sus gastos. Además
estaban por ser expulsados del colegio.
El director de la escuela que lo convocó
de urgencia, hasta se dio el lujo de darle
un consejo:
—Le
recomiendo
vigilar
la
sexualidad de sus pibes.
Era el colmo.
—Gastón no. Pero estoy seguro de
que Juan es puto. Además de drogón,
¡marica! —le gritó a su esposa cuando
volvió de la reunión en el colegio—.
Ella lloraba pidiéndole una clemencia
que no llegaría nunca.
Esa noche los esperó hasta las tres
de la mañana, sentado solo en la
oscuridad de la cocina. Cuando Juan
entró sigiloso a buscar un vaso de agua,
recibió el primer golpe sobre la oreja
derecha. La mano de su padre era
pesada aun abierta. Después vinieron
otros golpes y una lluvia de insultos. No
se defendió. Acaparar la bronca paterna
le dio tiempo a Gastón para llegar al
cuarto. Ninguno de los dos mencionó
jamás el incidente.
Ese sábado Juan se despertó cerca
del mediodía. Se desperezó durante
algunos minutos. Nadie que hubiese
podido verlo, enredado entre las
sábanas, desplegando su cuerpo en
medio de largos bostezos, podría haber
imaginado que esa noche sus manos
desatarían una tragedia.
Salió de la cama como pudo, le
dolía la cabeza y tenía los ojos
hinchados. Se había acostado a las cinco
de la mañana con varios litros de
cerveza encima. Pero le había asegurado
a su hermano que iba a acompañarlo al
cine y nunca le fallaba en un
compromiso. Después de la ducha, ya se
sentía mejor. Fue a buscar algo para
comer, pero su madre ni siquiera le dio
tiempo para abrir la alacena.
—Tengo algo importante que
contarte —le dijo y lo obligó a sentarse
junto a la mesa.
—¿Discutiste con papá? —preguntó
Juan, imaginando la respuesta.
—Sí, pero hay algo más… Se va,
nos deja.
—No puede ser. Debe ser la
calentura del momento, ya se le va a
pasar —quiso calmarla.
—No, esta vez es en serio. Tiene
otra mujer y se va para siempre.
Cristina hablaba entre un aluvión de
llantos y mocos. Juan se desembarazó de
su abrazo y le prometió que eso no iba a
pasar. Le dijo que se quedara tranquila.
Después de todo, su padre siempre
había estado con mujeres y no por eso se
había ido de la casa. Acompañó a su
madre a la habitación y la obligó a
tomar un calmante. Luego pasó a buscar
a Gastón y se fueron al cine. La película
lo hizo lagrimear en varias escenas pero
logró disimularlo. Su hermano en
cambio parecía de piedra, sólo las
peleas familiares lograban conmoverlo.
Cuando volvieron a la casa, Alberto
estaba en la hamaca paraguaya del
jardín. Gastón lo saludó de lejos y él se
acercó para conversar. A boca de jarro
le contó la conversación con su madre y
trató de disuadirlo.
—No me jodas, Juan, si esto es una
parodia de familia —le dijo.
Cuando su hijo insistió, pidiéndole
que se quedara en la casa, que pensara
en la familia, Alberto no tuvo piedad:
—¿Vos me pedís que piense en la
familia? ¿Vos, drogadicto de mierda, me
lo pedís…? Tomátelas…
El partido de River empezó
puntualmente a las 21. Como hacían
siempre que los millonarios jugaban de
visitante, Alberto y su hijo menor se
sentaron en el sillón del living frente al
televisor. El agenciero se sirvió un
coñac y Martín una Coca-Cola. Su
esposa estaba en la cocina, había
prometido hacer su especialidad:
canelones de verdura y ricota. Parecía
como si la crisis matrimonial que la
había llenado de angustia durante todo el
día no hubiese ocurrido nunca. La
abuela María estaba en el lavadero
planchando y Aldana en el baño de la
planta alta preparándose para salir.
Desde que habían vuelto del cine, los
mellizos permanecían encerrados en la
habitación que compartían.
Gastón quiso animar a Juan, pero no
había caso. Finalmente lo convenció de
salir otra vez.
—Vamos al cíber, salgamos de acá
—le propuso.
—Bueno, andá vos que yo te alcanzo
enseguida.
Gastón se puso una campera y bajó
la escalera a los saltos. Apenas saludó a
su madre con un gesto y pasó por detrás
del sillón que ocupaban su padre y su
hermano casi sin que lo advirtieran.
Según el parte de los peritos
forenses, Juan bajó apenas cinco
minutos después, aproximadamente a las
21.20. Entró en la habitación de sus
padres, abrió el cajón de la mesita de
luz y sacó la pistola Bersa. Comprobó
que estaba cargada. Luego le montó el
silenciador, como había visto que lo
hacía su papá. Sopesó el arma en su
mano derecha. Caminó despacio hasta el
living. Alberto ni se enteró. Sus ojos
pasaron del verde luminoso del césped
por donde se deslizaba el balón a la
oscuridad total. Juan apenas le rozó el
cabello de la nuca con la punta del
silenciador y apretó el gatillo sin decir
nada. Su hermanito giró la cabeza; el
cimbronazo que había doblado el cuerpo
de su padre sobre la mesita ratona donde
estaban las copas lo había sorprendido.
Juan volvió a disparar. El pibe tenía
puesta la camiseta de River. Recién en
ese instante Juan se dio cuenta de que él
también era de River.
En ese momento entró su madre y
unos segundos después su abuela.
Cuando terminó con ellas, subió hasta la
planta alta en busca de su hermana. Fue
lo más fácil, porque ni tuvo que mirarla.
Le apuntó a través de la cortina de la
ducha. Aldana tampoco pudo ver los
ojos llorosos de Juan ni el rictus
descompuesto de su cara porque se
estaba quitando el champú de la cabeza.
Sólo sintió un chicotazo a la altura de la
cintura, como una quemadura donde le
nacía la espalda. Intentó aferrarse a la
cortina para no caer pero se derrumbó
enseguida. Durante unos segundos, Juan
se quedó escuchando el sonido del agua
golpeando en la loza de la bañadera.
Cuando escuchó el primer gemido, se
acercó y volvió a disparar. Después
regresó a la habitación de sus papás y
dejó la pistola en el cajón de la mesita
de luz, donde siempre estaba. Bajó la
escalera despacio, como si no quisiera
despertar a nadie con sus pasos, abrió la
puerta de calle y, al salir, dejó entrar al
perro. Nunca había entendido por qué
razón dejaban que ese animal durmiera
afuera.
DIARIO DEL
CAZADOR
31 de julio de 2006
«Le pido a la señora jueza que
comprenda la real dimensión de estos
crímenes. Es evidente que detrás de
cada ataque se manifiesta un claro
impulso de perversidad brutal. La
destrucción de la vida es para el
acusado una fuente de goce. Es como un
chacal, ese animal es el único que no
mata para alimentarse, mata por
placer… Por eso solicito que considere
todos los agravantes que contempla el
Código Penal a la hora de evaluar los
aberrantes actos provocados por el
acusado.»
El fiscal no entiende nada.
El cazador no es un asesino.
El cazador es un cazador.
12 de enero de 2000
Fue un regalo de mi papá.
«Marcos, tengo una sorpresa», me
dijo. Yo estaba tomando la chocolatada
en la cocina. La leche chocolatada
acompañada con vainillas es mi
merienda favorita. La masa se hincha
despacio al menor contacto con el
líquido y hay que soltar el mordisco
antes que se deshaga por su propio peso.
«Apurate que salimos enseguida», dijo
mi papá y me guiñó un ojo. El derecho,
siempre guiña el ojo derecho. A mí
nunca me salió hacerlo tan rápido como
él. Pero lo intenté. Le guiñé el ojo
derecho por sobre la taza.
Ni siquiera en el auto me quiso decir
adónde me llevaba. Pensé que tal vez
íbamos a ver una película en algún cine
del centro o a la cancha, aunque él nunca
me llevó a ver un partido de fútbol. «Es
peligroso, Marquitos», me explicaba,
«mejor lo miramos por la tele.» De
todas maneras a mí nunca me gustaron
mucho los deportes. Salvo disparar. Allí
no hay equipos, ni entrenador, ni golpes,
ni compañeros molestos, ni barras
bravas.
Cuando entramos, yo no podía
contener mi asombro. El Tiro Federal es
un lugar maravilloso. Mi papá tuvo que
firmar varios papeles para que me
autorizaran a ingresar. Se hizo cargo de
todo. Desde el mediodía, ya no soy un
espectador más, un pendejo que se
asombra con los disparos de los otros.
Yo, Marcos López, soy un tirador.
«El pibe puede», dijo mi papá como
para despejar cualquier duda. «El pibe
sabe; me hago responsable plenamente»,
agregó con aire de director de escuela.
«Quiero un permiso completo: para que
pueda practicar tiro con armas largas y
cortas.» Así dijo mi daddy, levantando
un poco la voz y guiñándome el ojo
derecho.
Era lo que yo siempre había soñado.
Nunca antes quise tanto a mi papá.
4 de octubre de 2004
Siempre quise comprar una pistola
así.
Desde que comencé a cazar tuve
distintas armas pero nunca me sentí tan
pleno como con esta belleza. La Bersa
380 es un arma amable. Ideal para llevar
encima sin que nadie lo note. Con la
Bersa tiré cerca de mil tiros en dos años
y lo único que tuve que pedir en la
armería fue que le cambiaran los
resortes de los cargadores. Y una
ventaja complementaria: a la Bersa le
podés colocar miras regulables,
indispensables para poder cazar en la
calle.
Hacemos una gran pareja.
Casi no puedo separarme de esta
máquina tibia. Por eso decidí dejar de
lado la idea de estudiar Ciencias
Veterinarias. Además, del vasto mundo
animal sólo me importan los felinos.
También algunas variedades de aves,
unos pocos anfibios. En el centro de mi
interés están los predadores. Los
sobrevivientes de este mundo en guerra.
Para qué perder el tiempo en la
Universidad.
La Bersa va conmigo a todos lados.
De compras, cuando acompaño a mi
mamá. En los paseos al centro, con mi
padre. El resto del día, cuando leo en mi
cuarto, acostado bocarriba, la guardo
debajo del calzoncillo, sobre la panza.
Sintiendo su peso, repaso las historias
imaginadas para mí por James Cain,
Nicholas Blake, Edgar Allan Poe.
A veces lloro con Poe.
A veces lloro por Poe.
Lloro y acaricio mi pistola.
17 de marzo de 2005
La sorpresa es lo más importante. La
sorpresa y el entrenamiento.
Conviene comenzar con animales
grandes. La primera incursión debe ser
exitosa para que la moral del cazador no
decaiga. La primera vez que alguien sale
de cacería no debe fallar.
Un tren de pasajeros, un ómnibus, un
bar a las cinco de la tarde son las
mejores opciones.
Disparar contra un tren en
movimiento es como atacar a un saurio,
hay que acertar en el lugar preciso. Su
coraza de hierro le da un aspecto
imponente y es necesario atravesarla.
Después
de
estudiarlo
muy
cuidadosamente, elegí la estación
Colegiales. Es un sitio ubicado dentro
de mi coto de caza, dentro del círculo
que tracé en un mapa alrededor de mi
casa con un compás del colegio. Los
planos que utilizo son sencillos. El que
llevo siempre conmigo es uno que
arranqué de la guía telefónica. Mi idea
es ir ampliando el radio de cacería en
función de mi capacidad operativa.
Durante toda la semana me paré en
la intersección de las vías y la avenida
Federico Lacroze. Siempre a la misma
hora: las nueve de la noche. Justo detrás
del quiosco de diarios. A las 21.10 pasa
el tren que viene de Retiro. A veces
llega con unos diez u once minutos de
demora. En su vientre viaja lo peor de
cada casa. Tipos aburridos; mujeres
agrias; viejos frustrados; estudiantes que
todavía conservan la esperanza de un
futuro distinto; jubilados rabiosos;
algunos desocupados, más vencidos que
cuando salieron a comerse el mundo en
la mañana; vendedores ambulantes
contando sus monedas; guardias
oficiando de guardias por dos pesos;
niños insoportables… Todos unidos en
el cansancio del regreso, saben que los
aguarda una forma más refinada de la
monotonía: la vida familiar, la cena
copada por la tele, las charlas donde no
se dice nada, el cruce de rencores.
Con su carga de desesperanza, el
animal cruza la avenida con paso
soberbio y moroso. Raro en un bicho de
sus dimensiones, camina sin temor ni
cautela, lanzando berridos metálicos.
Merece su destino.
Una vez seleccionado el día y la
hora, una vez establecidas las
coordenadas de distancia y velocidad,
hay que actuar. Elegir la posición de tiro
que mejor se ajuste a la presa. Mi
preferida es la llamada postura
californiana: piernas abiertas, torso
erguido, los brazos extendidos, la
pistola como prolongación de la mano.
Jalé el gatillo en el preciso momento en
que el animal comenzó a moverse. Unodos-tres, hay que vaciar todo el
cargador sobre el cuerpo para estar
seguros.
Luego ejecuté lo que había
preparado tantas veces. Una salida
limpia y silenciosa. No se trató de una
fuga. Fue una operación tan estudiada
como el ataque mismo.
Hay que desaparecer del lugar como
si nada. Sin apurar el paso, haciendo
caso omiso a los gritos y corridas del
resto de la fauna espantada por los
estampidos. No hay que detenerse por
nada del mundo. Recién a las dos o tres
cuadras me permití el primer aullido de
victoria. Ya estaba hecho lo que había
que hacer.
El monstruo agonizó en mitad de la
calle durante varias horas.
No fue necesario volver la vista
atrás para comprobarlo.
22 de mayo de 2005
Nunca me enamoré.
No tuve amigas íntimas ni novias.
Ni siquiera una amigovia.
Nunca di mi primer beso.
En realidad nunca di un beso.
En la escuela primaria, si me decían
que una chica gustaba de mí, era capaz
de no hablarle más. Hasta la esquivaba
en los recreos. La única mujer que se me
acerca es mi mamá. A ella sí la
acompaño a todos lados. Al mercado, a
la peluquería, a las clases de yoga, a
tomar el té con sus amigas. Mi mamá no
me deja solo ni un segundo.
Tuve una vecina con la que me
hubiese gustado hablar. Se llamaba
Alicia. Vivíamos en el mismo edificio.
Yo solía verla cuando volvía de la
escuela. Me quedaba en el balcón
esperando que regresara de sus clases
de inglés sólo para verla unos segundos.
Me fascinaba poder seguir el breve
trayecto que recorría desde el Fiat
Fiesta de su madre hasta la puerta del
edificio. Al principio no notó mi
espionaje, pero después se dio cuenta.
Cuando levantaba la cabeza antes de
entrar al pallier para sorprenderme
espiando, yo corría a esconderme. Me
moría de ganas de hablarle pero nunca
me animé a decirle nada. Recuerdo todo
esto ahora que por fin me decidí a
matarla.
En realidad no sé si se trata de ella.
Pero se viste de la misma manera
desfachatada, y camina igual, con los
hombros para atrás y el mentón en alto,
orgullosa de su figura.
Todos los martes y jueves, a las seis
de la tarde, se encuentra con su novio en
el bar de Triunvirato y Meléndez. El
tipo es más grande que ella, por lo
menos tres o cuatro años. Piden dos
cafés con leche y un tostado de jamón y
queso, que comparten. Siempre lo
mismo.
Esta vez fui con la bicicleta. Me
paré en la vereda de enfrente y asumí la
posición de tiro, la misma que usa Nick
Nolte en las películas, pero con la bici
entre las piernas. Me hubiese gustado
decirle algo. Puta, traidora, qué se yo,
cagadora, malvada. Pero no valía la
pena. Tal vez ni me recordaba. Una vieja
que cruzaba por Triunvirato alcanzó a
gritarme algo que no alcancé a entender.
Fue justo un segundo antes de que
comenzara a disparar. Uno-dos-tres,
todo el cargador. El blindex de la
ventana se deshizo por los impactos.
Guardé la Bersa en la campera y me
asomé. El mozo gritaba. Ella se
revolcaba por el piso. La sangre le
manchaba la falda azul y la remera
turquesa. La sangre le decoraba la
panza, justo debajo de las tetas.
Comencé a pedalear rumbo a casa.
22 de enero de 2002
Mis padres no quisieron tener otro
hijo. Imagino que conmigo tuvieron
suficiente. Sólo les traigo problemas.
Eso dicen. Aunque cuando se los
recuerdo, dolorido, ellos lo desmienten.
Ahora ya no estudio y tampoco trabajo.
Soy una carga, pero ellos insisten en
negarlo. No tengo amigos. No salgo. No
voy a fiestas ni reuniones. Prefiero
quedarme solo en mi cuarto, leyendo
durante horas.
Me banco los prejuicios más
injustos.
Cuando estaba en el secundario me
condenaron para todo el viaje por un
error. Fui a comprar fumo para venderle
a algunos compañeros del curso y me
detuvo la policía. No era tan grave. Un
poco de marihuana, casi nada, para
armar unos porritos. Qué tiene de malo.
O acaso ellos nunca fumaron. Mi vieja
dice que no, mi viejo no dice nada. El
juez me la dejó pasar. Era más piola que
ellos dos juntos. Fue el único que se dio
cuenta de que lo mío no era nada. A lo
sumo una boludez de pendejo inexperto.
En el colegio igual me quemaron
para siempre. Desde ese día me dicen
Frula. «El Frula», y mamá se pone
verde.
21 de junio de 2006
Seguir la intuición. Confiar en el
instinto a la hora de elegir el blanco.
Hay algo de magia en esa selección. A
éste sí, a éste no. Esto lo aprendí de los
francotiradores serbios. Hay que dejarse
llevar por el momento. En la guerra de
los Balcanes, los tipos se apostaban
durante horas parapetados en el mismo
sitio, desde donde mataban a gusto. A
veces a un miliciano; otras a una gorda
que se animaba a salir a buscar comida
para su familia; otras a un niño. Aunque
los nenes son los más difíciles, porque
siempre se están moviendo y salen
caminando o corriendo para lados
impredecibles. Pero no había azar en
esas elecciones. Por algo pasaban por
allí en el momento justo. Por alguna
misteriosa razón se paraban delante de
la mira telescópica. Tal vez un gesto
casual los salvaba: una sonrisa tonta, un
guiño, la forma de acomodarse el pelo.
De la misma manera, otro gesto
cualquiera podía mandarlos al infierno.
Por lo menos eso es lo que cuenta
Faulques, el fotógrafo que pasó días
enteros retratando a esos cazadores
perfectos, y yo le creo.
7 de julio de 2006
Me
gusta
leer
revistas
especializadas en armas. Y también
consultar los foros de internet. Ahí
aprendí a preparar las balas. Se pueden
comprar prefragmentadas, pero no es lo
mismo. Ahuecar la punta de una bala es
una experiencia intransferible. Imagino
que los indios tendrían la misma
sensación cuando embebían sus flechas
en veneno. Es un gesto bello. Es pensar
en la presa antes de salir de cacería.
Pocos lo valoran de esta manera.
Preparar las balas es una tarea que
realizo a conciencia. Cuando las balas
están bien preparadas causan heridas
más anchas y contundentes. Al impactar
el proyectil se aplasta, la punta se
expande y se detiene dentro del cuerpo.
27 de noviembre de 1998
Hoy disparé con el rifle de aire
comprimido que mi papá me regaló para
el cumpleaños. Parece de juguete, pero
no lo es. Lleva unos balines pequeños
de metal blando, son como los
taponcitos de atrás de las biromes.
Tengo que poner uno por vez. El rifle se
abre por la mitad con un crac que lo
hace más imponente todavía. Mi daddy
es capaz de acertarle a una moneda a
cincuenta metros. Esta mañana, antes de
irse para el trabajo, me lo demostró.
Tomó un pan de jabón y le clavó tres
monedas. Luego colocó el jabón sobre
un ladrillo en el fondo de casa. Subimos
juntos a la terraza y desde allí comenzó
a disparar. Las monedas casi ni se veían
desde allí, pero en tres tiros las hizo
volar por el aire.
Yo también me puse a practicar. Me
encanta dispararle a los muñecos de
felpa, tengo una colección que fue
creciendo desde cuando era un bebé.
Son gatos, perritos, osos, conejos, una
jirafa. Me gusta la forma en la que se
desparraman cuando el balín les
atraviesa el corazón de tela.
19 de febrero de 1999
Maté.
No es tan difícil.
Le apunté durante una hora al loro de
doña Tina, la vieja que atiende la
verdulería que está enfrente de mi casa.
Esperé que su cabeza desagradable se
ajustara a la mira. Fallé el primer tiro
porque el pajarraco se movió
inesperadamente cuando pasó un auto.
El balín pegó contra la pared. La vieja
salió a la calle pero no entendió lo que
estaba pasando. Esperé que volviera a
entrar al negocio. Volví a cargar el rifle
de aire comprimido. Ya no había
posibilidad de fallar. La cabeza le
estalló como una bombita de luz.
Cuando crucé con mi mamá a
comprar fruta, doña Tina todavía
lloraba.
16 de julio de 2006
Llegó el día. Será a suerte y verdad.
Una pistola y dos cargadores. La idea es
bajar en medio de la manada y
sorprenderlos. Elegí el sitio con
cuidado. Una avenida ancha y transitada
dentro de la circunferencia que rodea mi
casa.
Media tarde. Bajé del ómnibus. Me
di vuelta la gorra para que la visera no
me molestara y adopté, como siempre, la
posición californiana. Piernas abiertas,
brazos extendidos, una mano en la culata
y la otra sosteniendo el pulso firme. Tres
pibes venían caminando de frente, a
unos cien metros. Le apunté al del
medio. Un disparo en la cabeza. Y
mientras se doblaba, dos más para
asegurar lo seguro. Y seguí. Le pegué en
el tórax a una chica que gritaba. También
estoy seguro de haberle dado a un
hombre de campera marrón que ni se dio
cuenta del ataque. Y alcancé a disparar
cuatro o cinco veces más pero al bulto.
Después, guardé la 380 y me acerqué a
la esquina. Justo pasaba el 132, le hice
señas y me subí. Tenía las monedas
justas para pagar el boleto.
2 de agosto de 2006
El cazador beneficia a la presa con
su precisión, con su destreza.
El felino que salta en el momento
exacto y suelta la dentellada que mata al
instante no es culpable de su naturaleza.
El cazador ejerce un oficio
ancestral, responde sin defraudar a su
carga genética. Cuando hunde sus
colmillos en la carne caliente, completa
su parte en el ciclo vital.
El fiscal no entiende nada. Sólo
atina en la comparación. «Es un chacal»,
dijo. Y es verdad, tengo la impaciencia
del chacal, su decisión, sus maneras.
Pero es falso que sienta placer al matar.
No hay una pizca de perversión en mis
actos. Simplemente hago mi tarea.
Cumplo mi misión.
El chacal es un animal perfecto:
veloz, ágil, astuto, resuelto. Anubis era
un chacal y vigilaba atento el sendero de
los muertos. Nadie escapaba a su
destino de sombras.
«Un chacal», dijo el fiscal y su
insulto suena dulce.
LOS ÁNGELES
BAILAN CUMBIA
—Corré, guachín…
Eso le gritaron.
El hombre dudó un momento. Tenía
unos sesenta años, vestía un traje
italiano de los caros. Ya no tenía el
Rolex de oro que lucía en la muñeca
izquierda cuando salió de su casa a la
mañana, bien temprano, ni el anillo de
sello con sus iniciales, ni la cadena con
la imagen de Jesús de Nazareth. No
conservaba ninguno de sus objetos más
queridos, pero no le importaba. Lo
único que no deseaba perder todavía
estaba en su poder.
El grito rebotó en la noche como un
látigo. Otra vez.
—Corré, guachín…
Un sonido corto y seco, como las
órdenes que se les dan a los perros.
Entonces sí, el tipo comenzó a
moverse. Primero despacio, como si sus
piernas estuvieran presas de algún
extraño pudor, y después más rápido,
acelerando el ritmo con cada paso. Por
unos instantes creyó realmente que lo
iban a dejar escapar, que la pesadilla
terminaría allí. Se metió por uno de los
pasillos que tenía más cerca pensando
que tal vez podía encontrar la salida si
lograba perderlos. Intentó vislumbrar las
luces de alguna avenida, pero fue en
vano. La villa es un verdadero laberinto
para quien no la conoce. De noche ni
siquiera la policía se atreve a entrar a El
Peligro.
Tito le dio una profunda chupada a
la pipa de aluminio que acababa de
encender y cerró los ojos. «La mezcla
está de diez», dijo y lo miró al Tripa con
admiración. Esta vez la combinación
estaba perfecta: pasta base de cocaína,
polvo de limpieza para estirar la dosis,
una pizca de vidrio de tubo fluorescente
bien molido y un poco de marihuana, el
toque maestro del Tripa. «Él mezclará
bien, pero el que consiguió la pasta fui
yo», se quejó Nenu. Tito no le dio bola.
Ninguno de los tres tendría más de
dieciséis años. Aunque eran muy
distintos tenían algo en común, parecían
miembros de la misma familia. Estaban
desarreglados pero limpios. Lucían
zapatillas de marca y buenas remeras.
Durante unos minutos se pasaron la pipa
con rigor democrático, en realidad se
trataba de un artefacto armado con un
pedazo de antena de televisor. Cuando la
ronda terminó, a una orden de Tito
sacaron los fierros y fueron a buscar al
hombre que acababan de liberar.
Lo mejor que tiene la pasta base es
que se llama igual que yo: Francisco,
Paco para todo el mundo. La sensación
que provoca el paco es breve. Pero es
sabido que lo bueno y breve, dos veces
bueno. Dura hasta dos o tres minutos
casi siempre y llega a cinco o seis sólo
las primeras veces. Hay que considerar
que un orgasmo también es fugaz, más
breve que el flash que provoca la pasta
base de la cocaína, pero a quién no le
gusta. Además el efecto es veloz como
una bala. Una inhalación sólo demora
segundos en expandir el placer.
Enseguida estallan en el cerebro
bengalas de colores.
Eso sí, es tremendamente adictivo.
Por eso aunque la dosis cueste apenas
unos pesos, los que se inician en el
consumo se quedan delirados con el
primero y ya no pueden parar. Es como
sacar un ticket al paraíso por dos
mangos, por unas monedas locas. Tito es
muy capaz de clavarse una docena en
una noche. En ese caso, lo barato sale
caro. Con la cocaína, en cambio, una vez
que se paga ya está. Eso dice Tito
cuando anda seco y enojado. Y agrega:
«No hay que comprar el verso de que es
una droga barata, te juro que podés
llegar a perder todo por ella».
Los tres pibes trabajan para mí.
Nada más cierto. Se podría decir que
laburan para Paco y por el paco. Me
gustaría que no hagan juicios morales. Y
si van a hacerlos prefiero que no me
escuchen más. Me hacen acordar a los
boludos que critican a la cumbia villera
y después la piden a los gritos para
bailar en sus fiestas. Cuando se tiene el
estómago lleno y el cuerpo caliente,
criticar es muy fácil. Esto es una guerra
y si ustedes, los neutrales, no se dieron
cuenta, lo lamento mucho. Pero la
ignorancia no los pone a salvo. Tampoco
los hace menos responsables. Como
dice la Santa Biblia: «Al tibio lo
vomitaré». Me encanta esa frase.
Mientras ustedes se rascan el higo,
estafan o despiden obreros, yo trato de
sobremorir. También me gusta esa
palabra: «sobremorir», porque en el
barrio ya no se puede hablar de
sobrevivir. Por lo menos a estos chicos
los saqué de la calle. Hice una especie
de justicia social. Los pibes andaban
locos por la pasta antes de que yo los
reclutara. Eran lo que se llama «muertos
vivos». No aguantaban ni media hora sin
fumar. La pasta base no tiene ni un cinco
por ciento de cocaína pero es barata y
por eso se hizo popular.
La mayoría de los que fuman son
pendejos. Usan unos cañitos de metal
huecos. En el fondo del tubo ponen
tabaco quemado o marihuana para poder
encender y mantener el calor, y así el
«polvo mágico» se volatiliza bien. El
paco es una mujer fatal. Un solo beso y
sos suyo para siempre, le pertenecés.
Provoca una compulsión insoportable.
Altera el cerebro de tal manera que no
se puede parar. He visto a nenitas de
escuela primaria prostituirse por dos
pesos y a chicos de pantalón corto
tirarse debajo de un tren en crisis de
abstinencia. Pero todo tiene su lado
positivo. Aunque nunca hubiesen
conocido el paco, ninguno de esos
mártires modernos hubiese llegado a la
mayoría de edad. Convengamos algo: la
policía mata más que la cocaína. Como
decía antes, lo breve y bueno, dos veces
breve.
Cuando los rescaté, Tito, Nenu y el
Tripa estaban en cualquiera. Tito
llevaba casi una semana sin dormir,
paraba en Constitución, en la estación de
trenes, y me contó que hasta llegó a
hacer asquerosidades sólo para que le
habilitaran una dosis. Nenu tenía delirio
persecutorio, lloraba todo el tiempo y
decía que la cana lo buscaba para
matarlo. Y el Tripa para lo único que se
levantaba de la cama era para afanar.
Después quemaba la plata en su cañito
de antena. Los encontré durante una
noche de reviente después de uno de los
recitales de Dama Negra. La Dama es
mi grupo de cumbia. Porque eso soy yo,
un negro cien por ciento cumbiero. Un
tipo que zafó por la música. La cumbia
me ayudó a salir de la miseria primero y
del paco después.
Yo también estuve hasta las manos
de pasta. Al principio sólo tomaba de la
buena, pero un día, alguien de la banda
trajo paco y me fumé dos. Me pegó
fuerte, quedé superpila, duro, entero.
Tocamos toda la noche y yo estaba como
para comerme a un león. Después
empezaron los problemas. Esto hay que
tenerlo claro: al final siempre te
descontrolás. Nunca termina bien. Es
como querer frenar un Fórmula 1 que
viene a 300 kilómetros por hora en
cinco metros. Seguro te la ponés. Llegué
a gastarme cien mangos por noche en esa
mierda. Iba por el camino previsible:
hospital, cárcel, cementerio. Pero
después salí. Claro que tuve que hacer
varios tratamientos. Mi vieja me ayudó,
me ayudó mucho. Ahora mismo vivo con
ella. Y la cumbia también hizo lo suyo.
La cumbia te puede salvar la vida.
Así como me ven estoy limpio.
Aunque a veces tengo alguna recaída,
estoy limpio. Sigo viviendo en El
Peligro, pero tomé mis precauciones.
Armé una especie de fortaleza en mi
casa. Elevé la altura de las paredes del
fondo como dos metros, puse vidrios
incrustados en el cemento para que los
que quieran trepar se corten los dedos, y
rejas por todos lados. También instalé
cámaras afuera para saber quién se
acerca, quién toca el timbre, quién viene
de buena onda y quién viene a buscar
bardo. En la casa armé una salita para
hacer música. Ahí tengo la computadora
con el Pro Tools y equipos de válvula
para grabar la voz, el bajo y la
percusión. Y pensar que yo empecé a
tocar con un teclado que parecía de
juguete, comprado por izquierda. Hasta
los dieciocho no tuve uno legal. Ahora
cuando vienen los vagos de la Dama no
lo pueden creer. No se quieren ir. Nos
quedamos tocando hasta cualquier hora
o jugando con la Playstation.
La vida podría haber seguido así
hasta el final de los tiempos. Componer,
grabar, tocar en vivo, subir chicas a la
4x4, aceptar alguna entrevista para la
tele pero sólo para cagarme en los
estúpidos que te ponen cartelitos a su
antojo, y fuckear a los que dicen que mis
letras hacen apología del delito. Si serán
boludos, yo vivo en el delito y cuento lo
que veo. No entienden nada. No importa.
Lo que quería contar es que la vida
podría haber seguido así hasta que
urbanizaran el barrio, es decir hasta
nunca jamás de los jamases. Pero nada
dura en la villa, y menos si es algo
bueno.
Cuando empezó la pelea entre las
bandas se me ocurrió adoptar a los
angelitos. Así los llamaba, por aquello
de «los angelitos de la guarda». Mi
abuela hablaba de espíritus puros que te
cuidan cuando sos chiquito. Los
angelitos evitan que te caigas de un
árbol o te dan un empujoncito para que
no te pise un auto. Eso decía mi abuela
Delia. Y eso era lo que yo necesitaba, en
especial después que mataron al Tano
Rizzo.
El Tano era nuestro manager, el
primer chabón que se dio cuenta de que
nosotros hacíamos algo diferente de
todo. El Tano entendió que el sonido de
la Dama Negra no sólo era cumbia, era
canción testimonial, grito de revancha,
rencor concentrado. ¿Por qué mierda
habré nacido aquí? ¿Por qué no puedo ir
a la escuela? ¿Por qué los ratis me
persiguen? ¿Por qué me pegan? ¿Por qué
tengo que ir a cirujear? ¿Por qué me
violan? Porqués de todos los colores, en
especial negros. Y después, cuando las
preguntas sin respuesta se asientan en el
fondo del corazón, es posible levantar el
orgullo de origen y hacer música. Eso
habíamos inventado, lo que después la
gilada llamó cumbia villera y se
extendió como fuego sobre la paja seca.
Y fue el Tano el que se avivó antes que
nadie.
De la pelea de las barras que hacen
el aguante en los recitales compartidos a
los cruces entre los músicos no pasó ni
una semana. La bronca más grande se
daba con Flor de Cardo, una banda de
Ensenada, que sonaba bien pero sin
tanto contenido en las canciones. El
Tano los había cagado feo cuando logró
que nosotros firmáramos por tres años
con el sello discográfico con
exclusividad y agregó una condición
genial: en el año de lanzamiento de cada
cedé de la Dama, las otras bandas se
tenían que callar, es decir no podían
grabar. Después de todo, nosotros
éramos la versión original. Por un
instante, imaginé la bronca que iba a
levantar, pero nunca pensé que llegarían
a boletearlo por eso. Lo emboscaron en
el microcentro. Me contaron que el Tano
salió tranquilo de un banco y que cuando
vio la moto que se le venía de
contramano pensó que lo iban a afanar.
Pero no, el tipo que venía detrás del
conductor sacó un arma y le pegó un tiro
en la cabeza. No lo bolsiquearon ni le
llevaron la billetera ni nada.
Juro que lo lloré como si fuera mi
papá. El Tano Rizzo me había inventado.
Me había sacado de la mugre. Después
que lo enterraron ni siquiera lo consulté
con los muchachos, no quería explicar
nada
y
temía
que
intentaran
convencerme. Entonces llamé a los
angelitos. Los pibes eran mis espíritus
puros. Tito, Nenu y el Tripa ahora
comían todos los días, tenían ropa
limpia, un refugio decente y todo lo que
podían necesitar. Pero tenía que
utilizarlos pronto porque la adicción les
había puesto fecha de vencimiento. Esa
misma noche el productor de la Flor
apareció muerto en uno de los pasillos
de la villa. A diferencia de lo que había
pasado con el Tano, le habían afanado
hasta los zapatos.
Con ese crimen empezó una historia
de muerte que debíamos cortar de alguna
manera. La pelea nos estaba jodiendo a
todos. Se suspendieron presentaciones y
en las radios censuraban nuestros temas;
en los diarios pasamos de la sección de
Espectáculos a la de Policiales; hubo
redadas en la villa y la compañía
suspendió la grabación de un cedé que
estaba contratado. Nosotros metemos
cinco mil personas por presentación,
imagínense. Yo no puedo parar, lo único
que sé hacer es cumbia. Si paro me hago
pelota, vuelvo a la merca, al paco, caigo
y no me levanto más. Y no lo digo sólo
por mí: la gente de las luces, los de la
organización, los músicos y sus familias,
ellos tampoco pueden parar. Por eso
llamé a los chicos otra vez.
Tito, Nenu y el Tripa no parecen
peligrosos y eso me fascina. Son
flaquitos, pequeños, casi insignificantes.
Cuando uno los ve juntos, dan la
sensación de que se los podría ahuyentar
de un cachetazo, como se espanta a las
moscas. Son perfectos. Los cité en mi
casa y les expliqué la situación con la
mayor claridad que pude. Les dije que si
la guerra no terminaba todo se iba a la
mierda. Que si la cosa no volvía a ser
como antes, ellos mismos acabarían otra
vez durmiendo en la estación de trenes,
afanando o prostituyéndose por una
dosis. Tito me pidió permiso para
prender la pipita de antena: «Eso no va
a pasar, nosotros lo vamo’ a arreglar»,
dijo, «esos tipos no vuelven a cantar».
No hizo falta decir más. Les preparé un
bolso con paco y plata como para un año
y les dije que no quería verlos nunca
más, que de esta manera quedábamos a
mano. Nos abrazamos con fuerza y para
espantar la tristeza nos tomamos unas
cervezas.
Tito, Nenu y el Tripa llegaron al
cumpleaños cerca de la medianoche del
4 de febrero. Entraron sin problemas, la
fiesta era en una casa del barrio Tubio,
en Laferrere, y las puertas estaban
abiertas a todo el mundo. La hermana
del cantante de Flor de Cardo festejaba
sus quince años en un fondo con piso de
tierra, árboles frutales y una pileta a
medio terminar. La banda entera estaba
allí y, más allá del baile desenfrenado,
del vino y la porquería que corría como
un río desbordado, la expectativa estaba
puesta en los músicos. Hacía un par de
meses que no tocaban en vivo y nadie
dudaba de que ese era el mejor regalo
que podían hacerle a la homenajeada,
una gordita de tetas grandes y mirada
pícara.
Después del vals que enseguida
devino en cumbia, la gente empezó a
ponerse impaciente: «¡Flor, Flor, Flor!»,
empezaron a alentar. A una seña
invisible para el resto de los presentes,
unos plomos comenzaron a instalar los
equipos de sonido y acomodaron los
instrumentos. Tito vio cómo los cuatro
músicos del grupo se metieron en una de
las habitaciones, tal vez para cambiarse.
En general ellos utilizaban la misma
ropa en cada show, siempre con tonos
verdes y una estética de púas y pinchos.
A Paco le parecía un horror pero al
Tripa le gustaba ese look lineal y
agresivo. Lo entendía. Los angelitos se
miraron y comenzaron a atravesar la
maraña de invitados hasta alcanzar el
living de la casa. En unos minutos
quedaron frente a la puerta de la
habitación. Una rubia teñida les dijo que
si querían autógrafos tendrían que
esperar a que la banda terminara de
tocar. Los chicos asintieron tímidamente
y le sonrieron. Cuando la mujer se fue
hacia el patio, a un gesto de Tito sacaron
los fierros, las tres pistolas nueve
milímetros que alguna vez pertenecieron
a la policía los hacían más pequeños
todavía. Nenu abrió la puerta de una
patada.
La prensa llegó a preguntarle a Paco
por la matanza en el cumpleaños de
Laferrere y el músico aseguró que
estaba espantado. Luego para distender
salió con una de sus muletillas:
—Yo, Johnny. Ya no me llamo Paco.
El paco es malo para todos. Ahora soy
Johnny. Yo ni me meto. Sólo hago
cumbia.
PELUSA DUERME
EN EL SILLÓN
Pelusa duerme en el sillón. Le gustaría
tener una habitación para ella sola. Le
gustaría por lo menos tener una cama
para ella sola. A los quince años, le
gustaría tener algo para ella sola. Pero
le tocó ese sofá que durante el día
funciona como trampolín para los saltos
de sus hermanitos. Tiene tres. Los
mellizos, que ahora duermen en un
colchón junto a la ventana y son como
dos monitos. Entre sueños, cada tanto se
intercambian un manotazo o una patada y
durante el día ríen o lloran por nada,
pero siempre juntos y al mismo tiempo.
Todavía no cumplieron los dos años. Y
está Claudio, que tiene doce. Claudio,
que siempre la está mirando. Como en
este instante, en la penumbra del
departamento de dos ambientes. Él se
acomoda en una bolsa de dormir, cerca
de la puerta. Y la mira. Desde que Pelu
tiene memoria, Claudio no se pierde
ninguno de sus movimientos.
En el otro cuarto duerme su madre.
Se llama María Rosa. A ella también le
pusieron Rosa, pero todos le dicen
Pelusa. Le contaron que cuando era bebé
tenía poquito cabello, apenas una
pelusita y le quedó Pelusa, la Pelu. A
Rosa no le gusta el apodo pero sabe que
hay cosas que no puede cambiar aunque
quiera.
—Clau, ¿qué te pasa? ¿No podés
dormir?
Su hermanito sólo le devuelve
silencio. La Pelu insiste.
—¿Tenés miedo?
—No, mirá si voy a tener miedo.
La voz sale desde adentro de la
bolsa de dormir.
Recostada en el sillón, Rosa apenas
puede distinguir los mechones del pelo
de Claudio, pero adivina sus ojos negros
abiertos y fijos.
—¿Querés que te cuente el cuento de
la buena pipa? —propone Pelu.
—No me jodas con eso…
—Yo no te dije «no me jodas con
eso», te pregunté si querés que te cuente
el cuento de la buena pipa…
—Pelu, por favor…
—Yo no te dije «Pelu, por favor», te
pregunté si querés que te cuente el
cuento…
Su hermano resopla fastidiado y por
eso se detiene.
—Bueno, no te enojes…
Rosa sabe que es difícil hacer reír a
Claudio. Además a la noche, cuando su
madre los obliga a apagar la luz, parece
otra persona. Es como si en la sombra
anidaran temores incomprensibles para
ella.
—Hay fantasmas acá… —la voz
contiene un dejo de resignación.
—No seas idiota, Claudio, los
fantasmas no existen.
La conversación se repite dos o tres
noches por semana.
—No te digo en este departamento,
pero en el complejo hay fantasmas. Yo
vi a uno en el nudo 6. Es un gordo
pelado que anda en pijama…
La Pelu contiene la carcajada como
puede, no quiere que su hermano se
enoje.
—Acá hay de todo menos fantasmas.
Tenemos chorros, drogones, putas,
travestis y vos te asustás de los
fantasmas.
—Hoy lo vi otra vez. Estaba sentado
en la escalera. Me apuntó con la mano
como si fuera a dispararme y dijo:
«Bang, Bang… estás muerto». Entonces
salí corriendo…
—¿Querés venir acá conmigo?
La invitación hace que el chico salga
disparado de la bolsa y de un salto
termine abrazado a su hermana. La
escena se reitera tan seguido como la
conversación sobre los fantasmas. El
final también es similar: después de
defender la veracidad de sus visiones,
Claudio se duerme enseguida.
Los miedos de su hermanito se
habían disparado con la llegada a
Buenos Aires, hacía tres años. En
Pergamino, donde habían nacido, no
sabían de terrores ni de hacinamiento
aunque también vivían con lo justo. De
una casa de material con fondo de tierra,
limoneros y gallinas, habían pasado a un
pequeño departamento en el barrio
Ejército de los Andes, el sitio al que
todos llaman Fuerte Apache por su
parecido con el Far West.
El barrio fue rebautizado por un
periodista después de cubrir un
espectacular tiroteo entre policías y
ladrones. Está situado en el partido de
Tres de Febrero, en Ciudadela Norte.
Formó parte de un plan destinado a la
erradicación de villas miseria. Fue
diseñado y construido por la dictadura
de Onganía en un terreno de 26
hectáreas que el Ejército le donó al
Estado
Nacional.
Originalmente
constaba
de
veintidós
edificios
distribuidos en tiras de planta baja y tres
pisos. Después vinieron sesenta y cuatro
más. Las torres más altas, de diez pisos,
conforman los denominados «nudos»,
que están unidos entre sí por pasarelas.
Estaba previsto para veintidós mil
personas pero viven noventa mil.
Los primeros vecinos llegaron de la
Villa 31. Apenas se instalaron,
comenzaron a llamar al complejo Barrio
Padre Mugica. Era un homenaje al
llamado sacerdote de los pobres, un
cura que trabajó con ellos en el
asentamiento de Retiro hasta que lo
asesinaron los militares, pero el nombre
no quedó. Padre Mugica no pudo contra
Fuerte Apache. Todo esto se lo contó a
Pelusa la señorita Doris, su maestra de
la escuela Nº 2 de Villa Real. Muchos
pibes del barrio iban a esa escuela
ubicada del lado de la Capital Federal,
cruzando la avenida General Paz.
Incluso algunos de sus compañeros de
curso mentían cuando les preguntaban en
qué barrio vivían. «No hay que
culparlos, también los pobres son
prejuiciosos», le decía la señorita
Doris.
Cuando recién llegaron al complejo
todo era alegría para la familia Medina.
Todavía no habían nacido los mellizos, y
para Pelusa y Claudio el departamento
parecía un palacio. Su madre limpiaba
casas y su padre había conseguido un
aumento de sueldo con el traslado a una
comisaría de Vicente López. Pelusa no
recuerda cuándo cambió todo. Con la
crisis de 2001, su mamá conseguía cada
vez menos trabajo y a su padre tampoco
le fue mejor. Tuvo problemas con un
chico baleado en un enfrentamiento y
durante varios meses estuvo suspendido.
«Me colgaron un muerto», decía. «Esos
hijos de puta me colgaron un muerto.» A
Pelu le costaba entender esa frase,
lanzada con odio por su padre.
Enseguida pensaba en alguien colgado
por el cuello a la rama de un árbol,
como se ve en las películas del Lejano
Oeste. Tal vez en el Fuerte eso fuese
posible.
—¿Por qué te creés que estoy en este
puesto, Medina?
—No sé, comisario…
—Hacé un esfuerzo… pensá,
boludo, pensá…
—Porque hace las cosas bien…
—Ahí me gusta más. Hacer las cosas
bien, ese es el secreto de este laburo,
Medina. O vos te creés que nunca me
tuve que ensuciar las manos. Que nunca
maté a nadie. Claro que lo hice. Y en
situaciones más confusas que las del
operativo que hicieron ustedes en Tigre.
Pero tomé mis precauciones, Medina.
Cada vez que tuve que meter las manos
en la mermelada, me las limpié con
mucho cuidado. Me cubrí el culo,
¿entendés? Eso es lo que no hicieron
ustedes…
—Pero el pendejo nos había
mejicaneado, jefe…
—¡Parece que no entendés nada,
negro de mierda! Te estoy explicando
que el problema es la forma en que se
cargaron al tipo, no que lo hayan
boleteado.
Medina se quedó en silencio,
avergonzado. La Bonaerense había sido
su vida durante veinte años y él siempre
había cumplido ese código no escrito
que aventaba problemas.
—Ahora hay que esperar. No creo
que por esto se queden afuera de la
Fuerza pero hay que cumplir el
reglamento. Hay muchas presiones del
gobierno. Por ahora están en
disponibilidad y se la tienen que comer
doblada.
El suboficial Medina siempre había
tomado mucho, pero desde el problema
con el muerto no podía salir de su casa
sin unas copas en el cuerpo. Por lo
menos un par de días por semana no
volvía a dormir al departamento de
Fuerte Apache. Decía que no soportaba
estar allí y que tenía que viajar a
Pergamino, donde pensaba abrir un
negocio. Varias veces llegó a golpear a
su mujer a la vuelta de alguna
borrachera. Claudio y los mellizos se
ponían a llorar cuando empezaban los
gritos y la Pelu los ubicaba a todos en su
sillón y los tapaba con una frazada hasta
que terminaba la pelea. Su padre parecía
otra persona. Cuando volvió al trabajo
la vida de todos mejoró, pero sólo por
un tiempo. Medina igual pasaba la mitad
de la semana fuera de la casa. Una tarde
Claudio lo siguió. Era un pibito, pero
conocía la calle mejor que la mayoría de
los chicos de su edad. Pagó el pasaje
con sus ahorros y tomó el micro en
Retiro, justo después de que lo hiciera
su papá.
—Tiene otra casa…
Estaban acostados. La voz de su
hermano, como siempre, brotaba de la
bolsa de dormir.
—Claudio, no digas boludeces —
trató de disuadirlo.
—Tiene otra mujer y un hijito, yo los
vi —insistió Claudio.
—Sí, y pasean en pijama por el nudo
6…
Claudio permaneció en silencio. Fue
su hermana la que volvió a hablar.
—Está bien, perdoná. ¿Cómo lo
sabés?
—Fui a Pergamino. Tiene una casa
cerca de las vías. Va todas las semanas,
cuando no viene acá.
Pelu permaneció callada un rato
largo y después intentó tranquilizarlo.
—Tal vez sea mejor. Cuando no
viene todos estamos mejor… ¿o no?
Su hermano no respondió y Pelu
pensó que se había dormido.
La primera vez que Claudio vio al
gordo pelado, fue un día de lluvia en el
quiosco que está ubicado en la entrada
del nudo 14. Pidió veinticinco centavos
de caramelos masticables y cuando se
dio vuelta, el tipo estaba parado allí,
rascándose la cabeza y mirando los
paquetes de cigarrillos como si
estuviese a punto de pedir uno. Claudio
esperó unos minutos y se dirigió al
quiosquero.
—Don Juan, ¿no lo atiende al
señor…?
—¿A qué señor, pibe?
No dijo nada más y giró la cabeza
despacio. El gordo ya no estaba detrás
de él. Se alejaba por el pasillo
arrastrando los pies. Estaba en pantuflas
y pijama.
Otro día se lo cruzó en una de las
escaleras. El ascensor no funcionaba y
se decidió a subir hasta su piso a la
carrera. El corazón casi le dio un vuelco
cuando se topó con el tipo en uno de los
descansos.
—¿Viste a mi hijo? —le preguntó el
hombre.
—No, no sé quién es su hijo —
respondió Claudio, cuando pudo
sobreponerse del susto.
—Le dispararon —dijo el hombre
—, le dispararon por la espalda,
pobrecito.
Claudio se disculpó por no tener
ningún dato para darle y salió corriendo
escaleras arriba. Los días siguientes le
preguntó a varios de sus amigos por el
gordo pelado, pero nadie sabía nada.
Ramón, el cartero que vive en el quinto
B del nudo 6, le dio una pista.
—El único gordo pelado que vivía
por acá era Santiago Roncaglia, pero se
murió hace dos meses. Le dio un ataque
al corazón cuando le avisaron que a su
hijo lo había matado la policía. Tenía
dieciséis años el pibe. Como era viudo
se quedó solo y ya no pudo reponerse.
Se dejó estar. Algunos días ni se podía
levantar de la cama. Hasta abandonó su
puesto en la fábrica. Para mí que se
murió de pena.
Cuando Antonio Medina se deja
ganar por la ginebra, se vuelve violento
e imprevisible. En esos días es mejor
que no esté en ninguna de sus dos casas.
La mano se le pone fácil y el sexo
ardiente. Necesita demostrar quien
manda. Necesita demostrar que controla
su suerte. Tiene una sed que ningún
alcohol logra saciar. Pelusa lo sabe más
que nadie. En esas noches, entra al
departamento tratando de no hacer ruido.
Se mete en el baño y al rato la llama,
suavemente.
—Rosita, vení —susurra.
La Pelu no se hace esperar.
Abandona el sillón de inmediato
tratando de no despertar a sus hermanos.
Su padre ya está bajo la ducha.
—Traeme una toalla —le indica,
mientras termina de bañarse.
La Pelu va hasta el armario de la
habitación y comprueba que su madre
duerme o finge dormir para evitar una
nueva pelea. Toma un toallón y vuelve al
baño. Su padre está desnudo, parado
frente al espejo. Parece cansado. Tiene
los ojos enrojecidos y aliento a vino.
—Secame —le pide.
El ruego suena como una orden. La
Pelu comienza la tarea que ya hizo otras
veces. Le seca el cabello, la espalda, el
pecho, la barriga, las nalgas y las
piernas con un cuidado propio de María
Magdalena ante la figura de Jesús. Trata
de no hacer ruido. Sabe que la tarea
tendrá el resultado de siempre. Su
padre, el suboficial Antonio Medina,
tendrá una erección. A pesar de la
borrachera que le nubla el corazón y la
cabeza, tendrá una erección. Y ella se
dejará dar vuelta. Levantar la camiseta,
bajar la bombachita rosa que su madre
le compró en la Feria de La Salada y se
dejará penetrar, llorando bajito,
procurando que nadie escuche los
gemidos de su padre.
—Es como si se me metiera el
diablo en la sangre, hermano, pierdo
totalmente el control —dice Medina, y
llora—. Llora con hipos. Llora como si
fuera un chiquillo arrepentido.
—Tenés que comprar el Manto de la
Salvación y venir el próximo sábado a
la ceremonia del Perdón. Es la única
manera de que puedas recuperar a tu
familia, hermano…
La voz resuena en el templo vacío
con un tono solemne. Fernando Arantes
Da Silva nació en un pueblo del interior
del Estado de Santa Catarina. Durante
veinte años vendió chucherías en las
calles de Río de Janeiro, hasta que Dios
y la Iglesia de la Salvación le cambiaron
la vida. Llegó a la Argentina con el
rango de reverendo hace diez años.
Desde entonces, se convirtió en el
principal guía espiritual de las
atormentadas almas de Fuerte Apache.
—Aquí estaré —promete Medina,
mientras saca del bolsillo del uniforme
algunos billetes arrugados y los deja
sobre la silla.
No sabe bien qué lo despertó. Si el
ruido de la puerta del baño al cerrarse o
las voces que salían de allí. Enseguida
le pareció reconocer el llanto de su
hermana. Para Claudio, la bolsa de
dormir es un refugio. Una casa dentro de
la casa. El único lugar más apacible que
ése son los brazos de Pelusa. Ahí no
tiene miedo. Cuando era más pequeño,
ante cualquier susto corría a la cama de
su mamá, pero eso fue hace mucho,
cuando la habitación de sus padres no se
había convertido en un campo de
batalla.
Sacó la cabeza para escuchar mejor.
Sobre la mesa pudo ver la gorra de su
padre y la pistola reglamentaria
enfundada en la cartuchera de cuero.
Miró hacia el baño y vio cómo la luz
encendida se colaba por el marco de la
puerta mal cerrada. Se incorporó de un
salto y caminó descalzo hasta la mesa.
Tomó el arma y le quitó el seguro. Había
visto muchas veces cómo su padre
liberaba la pistola de su encierro. Se
acercó al baño. Parado junto a la puerta,
pudo escuchar mejor.
—No es nada, chiquita, no es nada,
no llores…
Empujó la madera con el caño de la
nueve milímetros, que sostenía con las
dos manos. Cuando la puerta se abrió,
jaló el gatillo una, dos, tres veces. El
suboficial Medina no alcanzó a
sorprenderse. Los primeros impactos lo
arrojaron contra los azulejos.
La Pelu salió del baño gritando.
Claudio se acercó al cuerpo que se
desangraba abrazado al inodoro y siguió
disparando.
ESTA BOCA ES MÍA
La operación no tiene ningún misterio.
Hay que pasar el hilo de afuera hacia
adentro atravesando el labio inferior y
de adentro hacia afuera por el labio
superior. Es como coser cualquier tela.
Luego a las dos puntas se les da una
vueltita o se las ata. Conviene suturar
por la mucosa. Coser el interior de la
boca es menos doloroso que perforar la
piel. Tres puntos son suficientes. Uno
sobre cada costado y el otro en el
medio. Hay que dejar un espacio para
que entre la bombilla del mate. Por esa
vía se puede hidratar el cuerpo cuando
pasen los días. Ahora bien, si la medida
de protesta es extrema, lo mejor es dar
cinco puntadas. Cinco puntadas o seis,
y a otra cosa.
—Por fin tapaste la cloaca, pendejo.
—Con los labios así fruncidos,
parecés un dibujito animado.
Eso le dicen los guardias a Ricardo
Daniel Villegas, alias el Perro,
diecisiete años recién cumplidos,
cincuenta kilos distribuidos en un cuerpo
largo y delgado.
—La próxima vez, si querés ver al
juez, te vas a tener que zurcir el culo,
maricón.
Eso le dicen los guardias. Y más.
Cada dos o tres frases le sueltan un
«negro de mierda», también. Como para
que no olvide su origen ni su destino. Es
curioso. Por el color de la piel,
levemente
aceitunada,
los
ojos
marrones, el pelo negro y lacio, los
tipos podrían ser sus primos. Parientes o
no,
lo
insultan
sin
ninguna
contemplación. Se burlan y golpean con
sus bastones la puerta de la celda. No
parecen impresionados por la decisión
tomada por el Perro. Han visto el
resultado de esa operación artesanal
muchas veces. En la Casa de Piedra, la
cárcel más violenta de la Argentina, se
la conoce como la señal de los
desesperados.
El chico permanece sentado en el
piso. Mira a los guardiacárceles sin
hacer el menor gesto. Sus labios
sellados
son
una
obviedad
sanguinolenta. Los fusila con los ojos.
Desde niño, la mirada del Perro fue el
mejor vehículo para su rencor. De esa
manera, odiosa y desafiante, miró al
presidente del Tribunal Penal de
Menores que lo condenó a prisión
perpetua por nueve delitos graves, entre
ellos los asesinatos de un policía y de un
repartidor de cerveza.
Reclusión perpetua. La frase le
quedó sonando en la cabeza. A los
miembros del juzgado no les importó su
edad, su físico de alfeñique al que
cualquiera se le animaría, el llanto de su
madre en la sala de audiencias, los
planteos de la defensa.
—Es
inmaduro,
con
rasgos
psicopáticos, impulsivo y agresivo. Es
un poliadicto con baja tolerancia a la
frustración. No se muestra arrepentido
de sus actos. En pocos meses se ha
convertido en el exponente más violento
de una generación de delincuentes
juveniles. Para garantizar la tranquilidad
social y por su propio bien, es necesario
mantenerlo alejado de la sociedad —
había dicho el fiscal.
Y otra vez la frase del juez rebotó en
su cabeza como la piedra de un
sonajero. Reclusión perpetua.
Al Perro no le gusta hablar de las
dos muertes que carga. Las menciona
como si le fueran ajenas. Lo del policía
siempre lo rechazó de plano. «No fui yo
quien disparó», repetía, con la mirada
perdida. Sólo en confidencia y para sus
íntimos, llegó a señalar al matador: Juan
Simón. La Negra Simón era un rufián del
barrio San Martín con el que alguna vez
formaron equipo. A Simón le decían la
Negra por el color de su piel y los
rasgos finos de su cara. El cabello largo
hasta la cintura, que solía acomodar en
una trenza, proponía una ambigüedad
sexual que se disipaba sólo al
escucharlo hablar. La Negra tenía una
voz áspera que le otorgaba la
masculinidad que le negaba su aspecto
delicado. Además tenía un modo
desalmado de actuar, era osado y
violento.
La Negra y el Perro entraron al
delito juntos y casi jugando. Desde los
trece años rapiñaban comercios e
inhalaban pegamento hasta caer
desmayados. Entre los dos levantaban
autos que terminaban desguazados y
organizaban arrebatos en la peatonal
mendocina. Nunca se separaban. Es
difícil precisar por qué razón, apenas
unos años después de aquellas
aventuras, se convirtieron en enemigos
acérrimos. Tal vez un vuelto mal
repartido o la disputa por una mujer que
no debieron compartir. Con todo, el
Perro nunca acusó a la Negra. «Que te
encanen por uno o por dos muertes es la
misma
mierda»,
decía,
para
desesperación de su abogado.
Recordar el otro asesinato sí lo
amargaba: «Lo del repartidor fue una
boludez, el comienzo de mi desgracia»,
decía. La frase «el comienzo de mi
desgracia», parecía salida de un
culebrón mexicano. Pero en el caso de
Villegas era una afirmación irrefutable.
Cuando se arruinó con esa muerte, tenía
quince años y todavía no le decían el
Perro. El apodo vino después, cuando lo
detuvieron por primera vez y casi le
arranca un dedo a un policía con una
dentellada furiosa.
El repartidor tenía veinticuatro años
y dos hijos pequeños. Eso el Perro lo
supo después, al otro día del robo. El
diario decía que había empezado como
ayudante en la distribuidora de bebidas,
pero en apenas unos meses le habían
dado un aumento y la conducción del
camión de reparto.
Lo que el Perro sí tenía bien
estudiado era que dos veces por semana
el tipo pasaba por el barrio justo a las
tres de la tarde y paraba en el
supermercado chino para entregar las
botellas. Trabajaba solo. Estacionaba
frente al local, bajaba de la cabina de un
salto, descolgaba una pequeña carretilla
y cargaba cuatro o cinco cajones con
cerveza. Casi siempre usaba una camisa
azul y un pantalón vaquero muy gastado.
El Perro había controlado el tiempo.
El tipo demoraba unos cuatro minutos
entre que llevaba los cajones hasta el
costado de las cajas registradoras,
cobraba y volvía a salir con los envases
vacíos. Además le habían dado un dato
de oro. El flaco, aunque bajaba con una
billetera que sobresalía del bolsillo
delantero de su camisa, iba dejando la
plata grande, los billetes de cien y de
cincuenta, escondidos en la guantera del
camión. Parece que tenía miedo de que
lo afanaran adentro de algún boliche.
El Perro no dudó. Era pan comido.
Sólo había que subirse al vehículo
cuando el chofer bajara, abrir la
guantera, levantar la plata y salir
disparado en dirección a la villa. Para
no compartir un botín tan dulce, no le
dijo a la Negra que saldría a la pesca
esa tarde. Además ya habían comenzado
los
cortocircuitos
entre
ellos,
provocados por la muerte del policía, y
la ruptura de la sociedad era inminente.
En general, el Perro se movía con
una navaja. Un arma pequeña y fácil de
ocultar debajo del cinturón o en las
medias. La había heredado de su tío. El
viejo la usaba para afeitarse y el Perro
decía que la tenía siempre encima para
afeitar a los giles. El que andaba
siempre calzado era su compañero: la
Negra prefería la ferretería.
Cosas del destino. Dos días antes
del golpe al repartidor, al Perro le
entregaron una Browning nueve
milímetros que él mismo había mandado
a robar. Era su primera pistola de
verdad. Una máquina tremenda a la que
sólo podía dominar con las dos manos.
Se pasó toda una tarde disparándole a
cualquier cosa en una chacra
abandonada, en las afueras de la ciudad.
Era como tener un cañón justo al final
del brazo. Aunque su puntería no era la
mejor y todavía no se había
acostumbrado a su peso, el día del robo
decidió llevarla encima.
Todo pasó demasiado rápido. El tipo
llegó al local y se bajó del camión como
siempre. Viernes, hora de la siesta. En la
calle no había nadie. El Perro salió
disparado en dirección al vehículo.
Trepó a la cabina por la puerta del
conductor como si fuera un gesto que
hiciera todos los días. Abrió la guantera
y no encontró más que una radio portátil,
los documentos del auto, una libreta con
el detalle del reparto y una estampita de
San Cayetano que se guardó en el
bolsillo de la camisa. Siguió buscando
durante unos segundos y nada. Comenzó
a desesperarse. Revisó el cubresol y no
encontró más que unos recibos de la
patente. Estaba por bajarse con las
manos vacías, cuando se le ocurrió
fijarse debajo del asiento. Allí encontró
el premio buscado: un sobre de papel
madera con cuatro billetes de cien y uno
de cincuenta. Esperaba un poco más,
pero tampoco estaba mal. Se guardó los
billetes y dejó el sobre en el lugar en
que lo había encontrado. Cuando estaba
por bajarse escuchó el grito:
—¡Dejá eso, hijo de puta!
Levantó la cabeza en el mismo
momento en que el repartidor alcanzaba
a abrir la puerta del acompañante con la
cara desencajada por la bronca.
Mientras termina de sellarse los
labios con cuidado de abuela, el Perro
todavía se pregunta por qué no escapó.
Con el buen tranco que tenía por
entonces, nunca lo hubieran alcanzado.
Es más, ahora recuerda que ni siquiera
lo pensó. En ningún momento dudó
sobre lo que tenía que hacer. Sacó la
nueve milímetros del bolsillo de la
campera y apuntó. El flaco hizo una
mueca extraña con la boca, también
frunció un poco la nariz, tal vez intentó
decir algo, pero no pudo. El disparo le
impactó en el pecho. El cuerpo del
repartidor voló hacia atrás y quedó
tendido boca arriba en la vereda. El
Perro ni lo miró, bajó del camión y se
fue a la carrera. Lo último que escuchó
fueron los gritos del chino. Pero al chino
del mercado nunca se le entendía nada
de lo que decía.
Con una aguja es más fácil. Se
puede utilizar cualquier tipo de aguja.
No hace falta asaltar la enfermería,
con la ayuda de un familiar o de un
amigo alcanza. ¿Quién no tiene una
aguja en la casa? Sólo tienen que
hacerla entrar al penal. Y si nadie te
consigue una, la podés inventar. Se
puede fabricar con cualquier pedacito
de alambre. Hay que aplanarle la punta
con algunos golpes y después, al
extremo que quedó chato, le hacés un
agujero con un clavo. Luego hay que
limar otra vez el extremo aplanado
para que recupere su forma original.
Claro que ahora tendrá un ojo en el
medio por donde pasar el hilo o el
alambre.
El Perro se fugó una vez pero ahora
es imposible. De la Casa de Piedra se
sale por la puerta principal, ésa que
tiene un cartel que dice Penitenciaría, o
«con las patas para adelante». Eso
cuentan los presos más antiguos y saben
de qué hablan. En dos años, entre
suicidios y asesinatos, murieron
dieciséis reclusos. El penal fue
construido en 1905 y está rodeado por
un muro de piedra de 6 metros de alto
por 70 centímetros de espesor.
El Perro se fugó una vez, pero de
una comisaría, la 5ª. Todavía hoy
algunos botones se lo quieren cobrar. Y
se escapó sólo porque los policías
mendocinos son como de película
cómica. Lo habían detenido de una
forma estúpida, en una razzia de rutina
en un cabaret. Lo levantó una patrulla de
Moralidad porque era menor. Cuando
llegaron a la seccional y lo
identificaron, los agentes se pusieron
como locos. Al otro día, el jefe de la
policía provincial llamó a una
conferencia de prensa. «El delincuente
juvenil más peligroso del país está
preso. Fue detenido en un espectacular
operativo de fuerzas combinadas»,
anunciaron por la tele.
Dos horas antes de la reunión de
prensa que iba a garantizar por lo menos
media docena de ascensos, el Perro se
fugó de la comisaría de una manera
insólita. Como no lo podían meter en el
calabozo porque era menor de edad, lo
dejaron esposado a un radiador de la
calefacción. El Perro jugó con la cadena
hasta que logró desengancharla de la
estufa. Lo cierto es que cuando lo fueron
a buscar para trasladarlo al Penal de
Menores ya no estaba. Al comisario de
la 5ª lo relevaron ese mismo día y hubo
sumarios para todo el mundo. Nunca le
perdonaron esa fuga.
El problema de las agujas caseras
es que las heridas casi siempre se
infectan. Por más que las laves siempre
arrastran alguna porquería. Lo mejor
es hervirlas o meterlas en lavandina.
Pero a veces no se puede.
Por eso el Perro siempre la pasó
muy mal adentro. Lo tenían confinado a
una celda de 1,30 por 2 metros, con una
ventanita desde donde sólo se podía ver
un pedacito de cielo. Se quedaba allí
adentro casi todo el día. Las dos veces
que intentó salir al patio para fumar y
caminar, otros presos lo agredieron.
Primero fue una paliza y luego un
puntazo en el estómago. Durante un
tiempo estuvo cargando una bolsita con
sus excrementos. Su abogado defensor
sospechaba de la policía, pero las
autoridades del penal argumentaron que
las peleas eran producto de algún ajuste
de cuentas entre delincuentes. Decían
que el Perro había robado a familiares
de otros detenidos cuando estuvo libre.
Que no tenía códigos.
Después lo pasaron a un pabellón de
adultos. Fue una locura, allí no podía ni
moverse. Desconfiaba de todo el mundo.
Además los guardias no le respetaban la
dieta ordenada por los médicos del
hospital y se le agravaron los problemas
intestinales. Salvo cuando había
inspecciones y se esmeraban un poco, la
comida era un asco. El Perro contó que
una vez encontró la cabeza de una rata
en el guiso. En tres meses bajó diez
kilos.
Cuando se tienen agujas de verdad,
se puede utilizar cualquier tipo de hilo.
Puede ser de nailon o de envolver. Lo
ideal es contar con hilo de sutura
médica. En estos casos ni siquiera
quedan cicatrices. Pero lo ideal no
existe en la cárcel. Cuando no hay hilo,
lo que funciona bien es el alambre
finito de las escobas.
Sus familiares pidieron el traslado
inmediato, pero nadie los escuchó. A
sugerencia del abogado, el Perro mandó
cartas a la prensa y exigió ver al juez.
Ricardo Daniel Villegas nunca en su
vida había pedido nada, pero esa vez
rogó por su suerte. «Señor juez, si me
deja acá adentro me van a matar»,
explicó. Ante el silencio de la justicia y
por consejo de Juan Fortuna, el único
preso de los viejos con el que hablaba,
decidió comenzar con la huelga de
hambre que lo llevó a la enfermería.
—Esta boca es mía y hago lo que
quiero —le dijo al médico—. Si total no
me dejan hablar. No puedo defenderme.
Cuando grito nadie me da bola…
—Pensalo bien, no hagás una
tontería, pibe. Esas cosas terminan mal,
te vas a infectar…
—Yo ya estoy infectado, tordo. De
chiquito estoy infectado.
El doctor Raúl Bortoloni trabaja con
presos desde hace veinte años. «Soy
conserje sanitario en el infierno», suele
afirmar. Dice que está más curtido que
muchos de los condenados a los que
atiende. Sin embargo, ese día sintió una
pena profunda por ese chico que lloraba
sentado en la camilla de la enfermería.
Asegura que trató de disuadirlo, pero
fue en vano.
Cuando lo ves, es impresionante
pero te aseguro que no duele. Te juro
que no duele. Más duele el alma por el
encierro, más duelen las humillaciones
de cada día, los recuerdos de la
infancia, las vejaciones a las que te
someten los guardias. La aguja no
duele. Y si lo hacés con cuidado, los
labios ni siquiera sangran.
Diez días estuvo el Perro con la
boca cosida y sin comer. Parecía que
tenía los huesos dibujados en la piel.
Para peor, la huelga fue un fracaso. El
juez se negó a darle una audiencia y la
prensa no publicó una sola línea sobre
la protesta. No consiguió nada. Nada de
nada, salvo otra temporada en el
hospital.
—No aceptamos presiones. Yo acá
vi de todo. A veces se ponen como locos
y hacen barbaridades: se tragan hojitas
de afeitar, se inyectan mierda en los
pulmones, se cortan los brazos y se
cosen la boca. Si les damos bola es
peor, porque después hacen algo más
grave para llamar la atención y pueden
terminar mal. Y antes que nada, señora
Villegas,
nosotros
tenemos
que
preservar la vida de los detenidos.
Marcelo Pando, el director del
penal, fue el encargado de explicarle la
situación a Cristina, la mamá del Perro.
Cuando se enteró de la huelga, la mujer
lo esperó dieciocho horas en la puerta
del penal hasta que aceptó recibirla.
Cerrarse la boca es como cerrar el
corazón. Hay que saber en qué
momento hacerlo. Cuando no te queda
ninguna esperanza, cuando no te queda
ni la más remota posibilidad de una
salida. Entonces sí.
Cuando volvió a su celda, después
de un mes en el hospital, el Perro era un
espectro. Caminaba muy lentamente. En
el cuello llevaba un rosario blanco, de
plástico, en lugar del colgante tumbero
que se había hecho con el cráneo de la
rata. Ni la noticia de que su caso iba a
ser revisado por la Corte Interamericana
de Derechos Humanos logró insuflarle
algo de alegría.
Por la noche le pidió al oficial de
turno que le devolvieran sus cosas. Se
las habían sacado mientras estaba
internado. No era casi nada: una
cadenita de plata con una cruz de
Caravaca, que según decía tenía el
poder de librarlo de las balas y de todo
mal; un llaverito con la cara de
Maradona y una fotografía donde estaba
junto a su mamá. La foto era lo que más
le interesaba: su madre estaba hermosa,
tenía un vestido floreado y el pelo
recogido; ella lo miraba con una sonrisa,
mientras él, muy serio, miraba hacia la
cámara. Le costaba reconocerse en ese
niño con delantal blanco, temeroso,
parado junto a la puerta de la escuela
municipal a la que concurrió apenas
cuatro años. De todos modos adoraba
esa imagen, era como la pista de una
vida que podía haber sido y se esfumó.
Pateó la puerta con las fuerzas que le
quedaban. Como no le dieron bola, se
puso como un loco.
—No jodas más, las cosas te las
hizo alguno de tus compañeros —le
gritó el guardia.
Desde las celdas cercanas lo
escucharon insultar hasta muy entrada la
madrugada.
Por la mañana, con la primera
requisa de rutina, el cuerpo flaquito de
Ricardo Daniel Villegas apareció
colgado de los barrotes de la pequeña
ventana de la celda. Tenía un cinturón
anudado al cuello.
Juan Fortuna estaba convencido de
que lo habían matado. «De dónde iba a
sacar el pibe un cinturón», protestó. Y lo
callaron de un bastonazo.
El oficial que bajó el cuerpo dijo
que había que alegrarse: que muerto el
perro se acabó la rabia.
EL PRECIO DEL
AMOR
Jesús Hernández Pelaiés ya no
despertará. Su cuerpo desnudo está
cubierto de sangre seca. Tiene el pecho
pintado de rojo. Justo sobre la tetilla
izquierda luce un agujero negruzco de
forma triangular. Posiblemente el rastro
mortal de un cuchillo de cocina o de una
navaja. Tiene los ojos cerrados. Quizá
su asesino se permitió un último gesto
de piedad después de haberle
atravesado el corazón con un puntazo.
Tal vez no quiso que lo mirara más con
esa mueca espantada. La cabeza está
apenas torcida hacia la ventana. Uno de
los brazos cuelga por fuera de la cama,
parece la extremidad de un muñeco. Las
piernas estiradas y abiertas dejan ver el
colgajo de su pene oscuro y encogido.
Las sábanas en el piso son un amasijo de
tela, una bandera en la derrota. La tele
todavía está encendida en el canal
Venus. Desde allí, dos mujeres de
grandes tetas se besan entre gemidos.
Afuera, sobre las terrazas de Buenos
Aires, manda el sol.
Lo peor es cuando acabás. Porque
llegar hasta ese momento no es tan
difícil. Enterrás la nariz un par de veces
en la blanca y listo. El tipo tiene de la
buena. Con él todo es de lujo. La vida es
de lujo. Tiene un plasma que parece la
pantalla de un cine. Como mil
compactos, tiene. Ordenados por el
nombre de las bandas, cubren por entero
un mueble blanco. Rock and roll, tango,
folclore, de todo tiene. Y desde que le
dije que me gustaba el Potro Rodrigo,
prometió
comprar
la
colección
completa. Hay unos cuadros inmensos
de colores brillantes y una alfombra
peluda, alucinante, que te acaricia los
pies cuando caminás. El depto es muy
grande. Ni te imaginás lo grande que es.
En el living podés meter la casilla
donde vive tu familia y queda lugar. Y
tiene un balcón desde donde se ve el río
y, antes del río, un poco más acá, los
trenes que llegan y salen de Retiro. Al
costado, se ve una parte de la villa 31,
donde viven Marilú y el Zorrito. Al
principio me daba miedo asomarme. Es
un piso 20, una locura. Es como estar
colgado del cielo. Pero después se me
pasó. Te acostumbrás a la altura. Poco a
poco te acostumbrás a todo.
¿Por qué otra cosa viviría de esta
manera? ¿Por qué otra cosa me
humillaría y suplicaría como un
mendigo? Por amor, por amor, por amor.
¿Es tan complicado de entender? He
pasado toda la vida buscando eso.
Desde chaval trabajo duramente para
conseguir lo mismo, caricias, ternura, un
abrazo que calme esta ansiedad
tremenda que no me permite dormir, ni
pensar, ni nada. Lo que a los héteros les
resulta fácil y natural, a nosotros nos
cuesta mucho. Es una carga pesada.
Calmar el deseo se convierte en una
obsesión. Y si el amor no llega por los
caminos normales, pues hay que
procurarlo de otra manera ¿O tú no has
pagado nunca? Yo soy reiterativo en esa
búsqueda.
Y
persistente,
muy
persistente. Pero no hay que confundir el
Mediterráneo con el Guadalquivir, no se
trata sólo de sexo. Vivo pendiente de
una droga que no sólo está hecha de
carne humana.
La primera vez que vi a Chus fue
hace dos años. Él estaba cenando con
dos personas más en el restaurante
Gardelito, ése que está sobre la avenida
Libertador y se llena de turistas. En una
distracción del mozo, entramos con el
Rana a vender unos encendedores
Dupont. Eran más truchos que un dólar
azul y los teníamos que liquidar esa
noche. Cuando escuché el acento gallego
que volaba por sobre las carcajadas,
desde una mesa de atrás, me les fui al
humo. Chus me clavó la vista de una
manera extraña, pensé que se había
molestado por mi manera torpe de
interrumpir la charla con sus amigos,
pero no me importaba nada. Sólo quería
venderles. Arranqué enseguida con el
verso: la venta a un precio inmejorable
de estos originales aparatos de
precisión. Siempre uso esa frase,
«originales aparatos de precisión a un
precio inmejorable». No importa si se
trata de relojes, linternas o radios
digitales. Chus no dejaba de mirarme.
Comprendí que no estaba enojado
cuando paró en seco al mozo que
amenazaba con sacarme a patadas del
local. «Por favor, déjelo unos minutos»,
dijo,
«estoy interesado
en la
mercadería.» Y era verdad, después de
elogiar la imitación, compró los tres
encendedores que quedaban en la caja.
Hasta me preguntó el nombre y la edad.
«Javier, Javier Lencina», le dije, «tengo
dieciséis años». No sé por qué no le
mentí esa noche. Acostumbrado a la
policía, siempre digo más años de los
que tengo en realidad. Salí del
restaurante sintiendo cómo sus ojos
seguían clavados en mi espalda.
Javier es flaco, pero sus brazos y
piernas se revelan fuertes y fibrosos.
Alguna vez pensó que podía salvarse
como jugador de fútbol y hasta se
cuidaba. Pero enseguida tuvo que salir a
hacer changas para ayudar con los
gastos de la casa. Además, aunque la
movía bien, tampoco era Carlitos Tevez.
Su viejo se había borrado antes de su
llegada al mundo y su madre no daba
abasto con los trabajos de doméstica
para mantenerlo a él y a sus tres
hermanas. Desde los ocho años Javier
camina la calle vendiendo chucherías
falsificadas o mendigando. Al momento
de la detención estaba bien vestido, con
un jean caro y una camisa de marca.
Lucía el pelo corto, pero desflecado en
la nuca y con reflejos rubios, con esa
onda que le dan ahora en las peluquerías
de moda. Cuando responde se demora en
cada palabra, luego espera la pregunta
siguiente mordiéndose el labio inferior.
Su cara adquiere así un aire de
preocupación que parece estudiado.
Tiene rasgos delicados, de niño, y en su
piel morena se destacan sus ojos verdes,
ligeramente achinados. Javier siempre
fue lindo, afirma su madre y llora, llora.
Jesús Hernández Pelaiés siempre
cuidó su figura. A los cincuenta años
pregona a los cuatro vientos las
bondades de su estado físico. Cuando
vivía en Madrid iba todas las tardes al
gimnasio después de la oficina. Pero
desde que llegó a Buenos Aires
abandonó esa rutina por una vida más
relajada. Apenas un par de sesiones de
tenis por semana. Igual está satisfecho
con su imagen. No se le cayó el cabello
como a varios de sus amigos. Las
cremas que trajo de Europa defienden
decorosamente su piel contra el paso del
tiempo. La única parte de su cuerpo que
se revela insumisa es la barriga. Ya no
se entusiasma con las dietas que le
pasan sus compañeras de la empresa. Es
una batalla que decidió resignar. O por
lo menos eso dice, y asegura que ahora
sólo trata de cargar los kilos que le
sobran con cierta dignidad.
Hasta que encontró a Javier, la vida
de Chus en Buenos Aires se parecía a
una cárcel de lujo. Mucho trabajo
durante el día y por la noche cenas en
restaurantes caros con epílogo de copas
hasta la madrugada. Al otro día, a las
ocho, el despertador lo volvía al mundo
real. Recién cuando comprendió que en
la pérdida de su familia había también
una liberación, logró acomodarse mejor
a la nueva ciudad. Llamaba por teléfono
dos o tres veces por semana a su hija,
que cursaba por entonces un posgrado
de Literatura en Londres y, aunque con
menor frecuencia, también hablaba con
su ex mujer. Si bien sus ausencias no le
provocaban pesar, reconocía ante sus
amigos más cercanos que algo le faltaba.
Con el correr de los días descubrió que
no podría establecer ninguna relación si
no lograba romper con el estereotipo de
gerente de multinacional que cargaba en
su traje como un distintivo. Por esa
razón se decidió a pagar para
desahogarse. Necesitaba calmar su sed
esencial, como él mismo la llamaba. Por
seguridad desechó las ofertas callejeras,
aunque había observado apetecibles
figuras en sus paseos por la avenida
Alvear. Terminó apelando a los avisos
clasificados de los diarios y a los
anuncios en internet. Un par de veces a
la semana algún taxi boy lo atendía. Por
cincuenta euros conseguía más de lo
imaginable. Prefería ser generoso,
aunque sabía bien que por la mitad de
ese dinero cualquiera de esos cabrones
haría cualquier cosa. Con todo, no
lograba espantar definitivamente la
angustia que le provocaba su
departamento,
tan
vacío
como
confortable. Chus quería enamorarse.
Volví al restaurante al otro día y al
otro, pero no lo encontré. Tenía unas
radios AM/FM made in China
espectaculares. El tipo era el cliente
ideal. Además yo le había caído bien,
estaba seguro. Nadie te compra tres
productos porque le salió la Red
Solidaria del bolsillo. Pasé por
Gardelito dos noches más y nada. Pensé
que era un turista al que había
descubierto demasiado tarde, justo antes
de que se rajase a Europa, y me
desentendí.
El sábado siguiente a la tardecita,
mientras estaba sentado en uno de los
bancos de la plaza San Martín
esperándolo al Ranita, escuché un
chistido. Cuando me di vuelta, lo veo al
gallego que me hace señas desde la
calle Santa Fe. Llevaba unas bolsas,
como si hubiese salido de compras.
Crucé al toque. Me preguntó qué andaba
haciendo y le ofrecí una radio a precio
inmejorable, un aparato de precisión
oriental de los que ya no se consiguen en
el mercado. «Te voy a comprar dos», me
dijo. No lo podía creer, dos. El tipo era
un fenómeno. Ante mi asombro, se reía
con toda la cara, como se ríen los pibes
cuando ganan al fútbol. Me pidió que lo
ayudara a llevar las bolsas hasta su
casa. Ahí me avivé. No parecía, pero
por primera vez pensé que podía ser un
trolebús porque lo que cargaba no era
tan pesado. Igual me dieron ganas de
acompañarlo. El tipo tenía onda y plata.
Además olía bien, como a limón.
«Vamos», dije. Y fuimos.
Tal vez si le hubiese hecho caso a mi
madre, ahora sería cura y no me
mortificaría tanto lo que hice todos estos
años. Tal vez si me hubiese dedicado al
teatro no tendría que mentir y todo el
mundo me aceptaría sin problema.
Recuerdo cómo me divertía recorrer los
pueblos de España recitando los textos
de Federico García Lorca. Por esos
años nadie lo criticaba a uno por nada.
Sólo nos ocupábamos de reír, actuar y
gozar. Pero me gustaba la Economía y la
ropa cara y la buena vida. Y para ser
ejecutivo de una gran empresa conviene
guardar las formas, casarse con la mujer
adecuada, concurrir a cócteles, no
cuestionar órdenes superiores y rechazar
el deseo aunque no pare de crecer desde
el estómago a la boca como una
llamarada. Pero eso no podía durar y no
duró. De la fachada de mentiras sólo me
quedó el puesto en la compañía
telefónica. Para evitar el escándalo
acepté el traslado a Buenos Aires.
El departamento de Jesús Hernández
Pelaiés se abrió para Javier Lencina
como un útero desconocido y amable. El
ejecutivo lo invitó a tomar un café con
leche. Le sirvió vainillas y magdalenas.
Lo atendía como si fuera un pariente y,
lo que más le gustaba a Javier, no
preguntaba demasiado. El chico estaba
feliz. Pidió permiso para jugar con una
pequeña canilla que había en la puerta
de la heladera y que permitía cargar
agua fresca con sólo apoyar la copa en
una manija de plástico. Después Jesús le
mostró el balcón, la computadora y la
inmensa pantalla de la tele frente a la
cama de dos plazas. La encendió. Javier
vio a los periodistas en la previa del
fútbol y preguntó la hora. A las nueve
jugaba Boca. «¿Lo quieres ver acá?»,
invitó Chus. Y claro que quería.
Jesús Hernández Pelaiés fue a
ducharse. Necesitaba pensar. Y pensar,
en su caso, era dialogar con el propio
cuerpo y con el cuerpo deseado. El
chaval ese lo perturbaba como nadie
nunca. Ahí estaba, sentado en su cama
mirando al Boca Junior, con sus manos
de dedos largos y finos, con su piel
suave y su mirada dura, con su boca
pequeña como una invitación. No pudo
evitar una erección que logró dominar
pensando en su madre, mientras el agua
caliente rebotaba contra su espalda. Se
secó lentamente. Acomodó su cabello
con estúpida dedicación. Se dio valor
con un toque de cocaína, luego esparció
perfume por su cuello. El aroma a
cítricos lo reconfortó. Envuelto en una
bata de seda color beige, salió del baño
casi una hora después de haber entrado.
Caminó hasta el cuarto conteniendo la
respiración, temía que Javier se hubiese
esfumado en su ausencia. Pero no, el
chico estaba allí, iluminado apenas por
la luz de la tele. Boca ganaba 2 a 0. Se
sirvió un brandy y le trajo una cerveza a
Javier, sin siquiera preguntarle qué
quería tomar. Luego lo invitó a sacarse
las zapatillas. El chico obedeció. Hasta
el final del partido bebieron y charlaron
de fútbol. Lo que siguió fue vertiginoso
y estudiado. Con un toque en el control
remoto, en la pantalla surgieron otros
cuerpos transpirados por un traqueteo
menos competitivo. Sin que Javier
supiera de qué manera, Chus activó el
equipo de audio.
—¿Te gusta esta música? —
interrogó—. Es de un tío increíble
llamado Camarón de la Isla…
—No. No me gusta.
Ya lo hice otras veces. No es tan
difícil. Tengo amigos que viven
haciéndolo. Algunos levantan hasta tres
lucas por mes. ¿Escuchaste bien? Tres
lucas. Y los que laburan por su cuenta se
llevan hasta el doble. No es tan difícil.
Cuando llega el momento, te agarrás de
cualquier cosa y se te para. Parece que
no, pero al final se te para. Un recuerdo,
una idea, una sensación de otra noche,
un pedazo de cuerpo, hasta en la plata
podés pensar. Además el tipo no era
desagradable. Entre bromas me acarició
la cabeza. Me dijo que le caía bien, que
nunca le había pasado algo así.
Estuvimos unos minutos en silencio.
Después pidió permiso para tocarme.
No se puede creer que alguien te pida
permiso todavía. Me prometió de todo,
ayuda, laburo, apoyo para que volviera
a estudiar. Yo le dije que si me quería
ayudar me diera plata. Así de corta se la
hice. No me gustan las personas que
prometen cosas todo el tiempo. Tampoco
me gustan los que piden perdón. Fue
hasta el living y volvió con quinientos
pesos. Los movía como un abanico. No
esperaba tanto. Cinco billetes de cien.
Me los puso en el bolsillo de la camisa,
sin decir nada, mirándome a los ojos.
Después me pidió por favor que me
desvistiera. No tardé nada en
desnudarme. Me dejé abrazar. Parecía
emocionado.
En
serio,
parecía
emocionado. Todo estuvo bien hasta que
me quiso besar. Casi le pego una
trompada pero sólo lo empujé con fuerza
para atrás y me paré como para irme.
«Yo no beso», le dije, «nunca beso». Se
disculpó y lentamente empezó a
acariciarme desde las rodillas hasta la
cintura. Despacio. Por momentos se
detenía y me apretaba las nalgas. Me
hizo gracia. En esos momentos, lo mejor
es cerrar los ojos y colgarse del primer
recuerdo que aparezca, llamado por las
caricias. Me la empezó a lamer, de
abajo para arriba, como si fuera un
helado. Recién cuando estuvo bien
erguida se la metió en la boca. Toda. No
es una proeza, yo no la tengo muy
grande. Cuando nos medíamos las pijas
en la villa, algunos pibes me cargaban.
Después de un rato me la devolvió y con
un suspiro profundo, se dio vuelta.
Yo consumo mucho taxi boy. ¿Qué
tiene de malo? A algunos desprevenidos
les puede parecer extraño, hasta
perverso. A otros, los más intelectuales,
una lucha estéril contra el tiempo y la
soledad. No me importa. ¿O acaso tú
nunca has pagado por placer? ¿No es lo
mismo que ir de compras? ¿O pagarle a
una puta está bien visto y pagarle a un
tío no? Joder, qué hipócritas. Son
patrañas que sea peligroso. Es un riesgo
necesario. Si tienes pupila, calle como
dicen los porteños, nada puede
ocurrirte.
Lo peor es cuando acabás. Porque
llegar hasta ese momento no es tan
difícil. Cuando terminás, no querés
verlo más. Te querés olvidar de lo que
hiciste. Viene la vergüenza. Yo siempre
salto al baño y me visto lo más rápido
posible. Pero hay tipos que creen que
con plata te pueden comprar el cuerpo,
la vida. Esos tipos me dan asco, sabés.
—No trates de salir porque eché la
llave —la advertencia de Chus salió de
la habitación como un latigazo.
—Abrime la puerta, no te pongás
pesado —le pidió Javier con la mano
aferrada al picaporte.
—Con lo que te he pagado, creo
merecer algo más… una noche entera…
—Decime dónde dejaste la llave —
suplicó Javier, mientras la bronca le
trepó desde el estómago como una
arcada—. Alguna vez lo obligaron a
hacerlo pero ya no. Fueron dos travestis
en los bosques de Palermo. Uno era
amigo de su tío. Él recién había
empezado. Todavía recuerda cómo se
reían. Los hubiera matado. Desde hacía
tiempo nadie lo forzaba a nada.
—¿Por qué tanta prisa? Si lo que
necesitas es dinero, te puedo dar más…
—¡Me quiero ir ya!
Su propio grito lo sorprendió.
—Un poco más… necesito que te
quedes, y te vas a quedar… —la voz de
Chus sonó melosa pero imperativa, y se
abrió paso como un abrazo invisible a
través de la penumbra del departamento.
Javier no respondió. Antes de volver
a la habitación, decidió pasar por la
cocina. Allí, sobre la mesada de
mármol, había un pequeño cuchillo de
cocina. Era un Tramontina, made in
Brasil, mango de madera, ideal para
cortar
carnes
rojas,
diecisiete
centímetros
de
excelente
acero
inoxidable, un original aparato de
precisión doméstica apto para cualquier
uso.
—Ven, por favor… —rogó Chus.
Y fue lo último que pidió.
EL PRÓXIMO HIJO
DE PUTA
Next motherfucker gonna get my
metal… pum, pum, pum. Le meto trece
tiros. Le vacío el cargador en los
huevos. El próximo maldito que se meta
conmigo, la va a pagar muy caro. Break
it down. Manson tiene razón. Voy a
derribarlo. Break it down. Me sopla al
oído, el muy puto diablo me sostiene.
Next motherfucker gonna get my
metal… pum, pum, pum. No me dejo
más, no me dejo. Estoy alimentando el
miedo con rabia, la humillación con
desprecio.
El próximo hijo de puta va a probar
mi metal. Mi padre guarda la nueve
milímetros en el cajón de arriba del
ropero. A veces ni se la lleva al trabajo.
Es milico, es de la Prefectura Naval. La
gloriosa Prefectura Naval, la llama él.
Un tipo duro, mi viejo. Me enseñó a usar
la nueve en el polígono municipal. Fue
su regalo de cumpleaños. «Los trece son
una buena edad», me dijo. El cargador
tiene trece balas. Doce y una en la
recámara. «Me gusta el trece.» Eso dijo
mi viejo. Y fuimos a tirar.
San Marcos es una ciudad pequeña.
Fue fundada a mediados del siglo XIX,
como cabecera de playa para lanzar la
Campaña del Desierto. Allí comenzaba
la Patagonia, los territorios a conquistar.
Y para eso era necesario exterminar a
los indios. La civilización por entonces
se imponía a los tiros. San Marcos tiene
ahora 30 mil habitantes, siete iglesias,
dos cines, tres clubes de fútbol, una base
de la Prefectura y media docena de
escuelas secundarias. No hay mucho
para hacer en este rincón del mundo,
demasiado lejos de la Capital y
demasiado cerca del aburrimiento
permanente. San Marcos es una ciudad
pequeña donde nunca pasa nada.
—Dale, Carmiña, apurate o te
dejamos acá. ¿No te gusta cambiarte con
nosotros?
No respondo a los insultos. A veces
pienso que ni siquiera los escucho.
—No te enojés, Hernán, pero sos
medio pelotudo.
No los escucho. No los escucho,
pero el coro de carcajadas rebota en los
azulejos del vestuario y se me mete en el
cuerpo por los ojos. Los miro y sus
dientes se comen mis pupilas. Carmiña
era la heroína de una telenovela de los
años setenta. Eso me dijeron. Es un gran
insulto. Suena a niña, a nombre de
maricón. Martín se cree muy piola. Él
me puso ese apodo. Sólo porque no me
gusta desnudarme con todos cuando
vamos a jugar al fútbol y no me baño
hasta que se vayan. Descubrí además
que les jode que no les conteste, que no
reaccione. Hace tiempo que decidí no
hablarles más. No hace falta hablar.
Podés andar por la vida moviendo la
cabeza, señalando. Como hacen los
extranjeros. Una vez, en el bar de Tico
vi a dos marineros noruegos pedir la
comida con señas. Y se les entendía
todo. Marcaban con el dedo, apuntaban
con la cabeza. Por eso decidí no
hablarles más. Además me gustan las
manos, el lenguaje de las manos. Soy
arquero. Y de alguna manera los tengo
agarrados de las bolas. Me gusta que
dependan de mí. Si yo quiero, podemos
perder. Todos podemos perder.
Alta en el cielo, un águila guerrera/
audaz se eleva, en vuelo triunfal… Ni
siquiera muevo los labios. Repaso la
letra con la mente. Es una linda canción,
pero no se puede cantar a las siete y
media de la mañana con dos grados bajo
cero, por más bandera, por más patria,
por más águila convocada para saludar.
A veces pienso que la escuela es una
forma de tortura. Si alguien sabe dónde
está la felicidad que me avise. Yo no la
encuentro en ningún lado. Toda persona
lúcida debería salir por la puerta
grande, volándose la cabeza. Azul un
ala, del color del cielo/ azul un ala, del
color del mar…/ Es la bandera… Eso
pienso.
Quisiera ser un fantasma para poder
estar al lado de ella todo el tiempo sin
que le moleste mi presencia. Quisiera
deslumbrarla. El que no asombra está
muerto. Y sin embargo, son los muertos
los que asombran. A la única que no
dejé de hablarle nunca es a María. Ella
es tan distinta de los demás. No se ríe de
las burlas. No dice boludeces. Es linda
sin saberlo. Hace tres meses que
imagino la manera de poder contarle lo
que siento. Hasta ahora sólo llegué a
saludarla y, una vez, le pregunté si le
gustaba el rock. «Algunas cosas», me
dijo. «Sólo me gustan algunas cosas.» Y
yo me quedé callado y mudo, mientras
veía cómo sus amigas se la llevaban del
brazo hacia el centro del patio. En este
pueblo las chicas bailan cumbia, a lo
sumo Shakira. I wanna be a big rock
and roll star. Quiero crecer y quiero ser
una estrella de rock, así nadie más me
joderá.
Mi viejo estuvo en la guerra. «En
esos días te podían matar en cualquier
lado. Tenías que dormir con los ojos
abiertos como los tiburones. Con el
arma cerca», cuenta. Ahora la guarda en
el cajón más alto del ropero y muchos
días ni siquiera se la lleva a trabajar.
«Hay que hacerse respetar, Hernán»,
dice mi viejo. Y tiene razón. Por eso yo
nunca lloro en la escuela. Si me
jodieron, si me humillaron, me la
aguanto. Vuelvo a mi casa despacito
como si no me importara nada y cuando
cierro la puerta, ahí lloro. Si no hay
nadie, mejor. Porque entonces lloro con
todo el cuerpo, me salen mocos y pateo
los sillones del living y le doy puñetazos
a la pared del fondo. Después me siento
mejor. Mi mamá dice que hace años que
no me ve llorar. Que soy un chico
valiente y bueno. Mi mamá no me
conoce.
—Los problemas empezaron cuando
tuvo que cambiar de colegio. A
principio de año. Ahí empezó a vestirse
de negro y a escuchar todo el día rock
pesado. No se pudo integrar al nuevo
curso. Noveno año representa un cambio
difícil para cualquier adolescente.
—Los pibes lo cargaban por todo.
Por la ropa, porque no le gustaba el sol
ni ir a bailar.
—Era tímido, introvertido, pero no
muy distinto de los demás. No sé qué le
pudo haber pasado.
—No, no era mal alumno. La semana
pasada se sacó la mejor nota del curso
en una clase especial sobre Derechos
Humanos.
—Escribía cosas en inglés y hacía
dibujos satánicos en el pupitre. Cruces
invertidas y esas cosas. Todavía están
ahí. Todos las pueden ver. Ahora lo
quieren pintar como un chico normal
para no hacerse cargo de lo que pasó.
Mi padre cree en la disciplina. Cada
familia tiene que ser una unidad. Cada
noche antes de dormir hay que contar lo
que hicimos en el día. Todos, hasta mi
madre. Y no se puede mentir. El que
miente rompe el equilibrio de la unidad
y tiene que ser sancionado. También
tiene castigo el que no cumple con su
tarea, el que trae malas notas o contesta
mal o llega tarde o no cumple su
palabra. Mi padre tiene un cinturón
blanco con una hebilla de metal. En la
hebilla está el escudo de la armada. A
veces sueño con el cinturón de mi papá.
Pero hay sanciones que duelen más.
Mucho más, y no dejan ninguna marca en
la piel. El año pasado no me dejó jugar
la final del torneo intercolegial por un
aplazo en Matemática. María y el resto
de las chicas iban a hacer de hinchada.
Hizo bien mi papá.
«¿Quién te creés que sos? ¿Brad
Pitt?» La curtida de Martín desató una
ola de risas. Estábamos en el patio de la
escuela. Hernán se puso rojo. María
también se reía. La verdad es que estaba
muy gracioso, se había puesto una
campera verde que le quedaba enorme.
Cuando entramos al aula, ya nos
habíamos olvidado de la broma, pero él
no. Yo me sentaba justo detrás de él. Le
pregunté si sabía qué había de tarea y
me contestó: «Son todos unos idiotas y
me la van a pagar». Le dije que no era
para tanto, que no se enojara por
cualquier cosa. Entonces me advirtió:
«Mariela, mañana no vengas a la
escuela». Ojalá lo hubiese tomado en
serio.
Al otro día, después del izamiento
de la bandera, los cuatrocientos alumnos
de la Escuela Julio Argentino Roca de
San Marcos comenzaron a ingresar a sus
respectivos salones como todos los días.
A mí me tocaba dar clase en la primera
hora, pero me demoré unos minutos en la
sala de profesores. Desde allí vi cómo
Hernán entraba y salía del baño. Tenía
un camperón de nailon y las manos en
los bolsillos. Entró al curso unos
minutos antes que yo.
Next motherfucker gonna get my
metal… pum, pum, pum.
No hay sensación más agradable que
la que produce una Browning en el
bolsillo. Eso pensé al sacarle el seguro.
Antes de entrar ya tenía el aula en la
cabeza. Sabía la posición de cada uno.
Hay dieciséis pupitres dobles. Por eso
traje dos cargadores más. Somos treinta
y dos alumnos en el primero B. Me
parece que María pensó que era una
broma. «¿Es de juguete?», alcanzó a
preguntarme. No le contesté. Cayó de
espaldas, le di en medio del pecho.
Cuando estaba en el suelo le gatillé otra
vez en el estómago. Tenía los ojos bien
abiertos. Martín estaba en su banco, al
lado de la ventana. Tenía un libro en la
mano, tal vez lo estaba leyendo mientras
esperaba al profesor. Le disparé tres
veces. Se desarmó como un muñeco.
Giré un poco a la izquierda. Álvarez me
gritó algo y le apunté al corazón. Fue el
único que murió en el acto. Cuando
volví a mirar hacia el fondo del aula
todos estaban por el suelo. Descargué el
arma al voleo. Le pegué a Mariela
Pérez. Ella no debería haber estado allí,
era la única a la que le había avisado.
También le di al Ruso Berto y a la
imbécil de la Fernández. Tenía que
recargar. Había disparado trece tiros y
acertado once. Pero no tuve tiempo.
Cuando Maxi entró al salón, le apoyé la
nueve en el pecho y volví a jalar del
gatillo. Pero la bala no salió. Alguien
me empujó y caí de rodillas. Solté la
pistola y recién ahí escuché los llantos y
los gritos.
María había festejado hacía un mes
sus quince años. Fue una celebración
modesta organizada por sus abuelos. Esa
noche ella había imaginado el fin de sus
penas. Así lo escribió en su diario:
«Esta noche terminó la tristeza». Su
madre la había abandonado al nacer y su
padre había muerto hacía tres años. Pero
estaba feliz con la escuela y había
decidido que sería maestra jardinera. Le
gustaba ir a bailar todos los fines de
semana.
Martín era un pibe bárbaro. Eso
dicen sus papás. Para mí era un pedante,
un jodido. El viejo es remisero y Martín
muchas veces después de la escuela lo
acompañaba a hacer los últimos
recorridos. «Estábamos muy unidos»,
cuenta el papá. Y le dice a los
periodistas que era fanático de
Independiente. Y que su sueño era ir a
ver un partido de su equipo en Buenos
Aires. Quería conocer el estadio de
Avellaneda. No irá.
La flaca Fernández era hija única.
«Dorita, comé; Dorita, comé», le decía
su mamá. Mirá de qué boludez se
acuerda ahora. Dorita quería ser médica
como su tía Perla, que trabaja en el
hospital regional de San Marcos. No le
gustaba mucho ir a bailar, pero sí salir
con sus amigas. Desde que empezó el
año jodía con que había que empezar a
juntar plata para el viaje de estudios.
Menos mal que no le hicimos caso.
Roberto Álvarez estaba por cumplir
los dieciséis. Había repetido un año en
la primaria y por eso era el más grande
del curso. Sin embargo tenía algunas
actitudes de más chico. Juntaba stickers
de fútbol y se la pasaba todo el día en
los videojuegos. En el colegio se decía
que el padre lo había llevado a debutar
con Rita, una de las putas más conocidas
de la ciudad. No lo sabremos nunca.
Todo pasó muy rápido, no me
acuerdo de nada.
No quiero ver a nadie.
No hice nada malo.
I wanna be a big rock and roll star.
LO MATÉ SIN
QUERER
Lo maté sin querer. ¿Por qué no lo
entienden? Una vez hice lo mismo con
un gatito que me había regalado la tía
Nélida para mi cumpleaños de diez. Era
negro y no tenía nombre. Yo lo llamaba
Gato y me acuerdo que todos en la casa
se reían. Lo tiré desde la terraza del
club para que cayera parado y se murió.
El gato puto se murió. Rebotó como una
pelota una sola vez y ahí quedó, una
mancha gris y roja en el pavimento. No
sé qué pasó. Me gustaba el bicho, no lo
quería matar. Fue sin querer. Igual que
ahora.
Mario Serra no sabe leer y apenas
puede dibujar su nombre cuando le
piden una firma. Hace un garabato en un
movimiento rápido de la mano y suelta
la lapicera con fastidio, como si
espantara una mosca. Por más que los
psicólogos insisten, no logran que cuente
por qué razón, en lugar de asistir a la
escuela de La Matanza, a la que fueron
sus cinco hermanos, él se quedaba
vagando por el barrio. Para José
Quinteros, Pepe, el verdulero de
Laferrere donde Mario creció, no hay
ningún misterio: la calle y las malas
compañías le cagaron la vida al pibe.
Así con esa simpleza lo cuenta, y por lo
que se ve en sus ojos parece que lo
lamentara de verdad. Durante algunos
meses el chico lo ayudó en el negocio,
pero había que madrugar para ir al
mercado y alguien que no duerme de
noche no puede ser verdulero. Eso dice
Quinteros con una mueca de resignación.
Eso dice. Pepe tiene cara redonda, ojos
achinados, labios gruesos disimulados
por un bigote tupido. Con su delantal
blanco parece un lavarropas. Tiene la
piel de las manos más oscura que la del
resto del cuerpo, como si las tuviera
sucias, pero no. No es mugre. A muchos
verduleros les pasa. Es por la papa. Con
los años la tierra se te va metiendo
adentro de los poros. Eso cuenta.
A Mario no le gustaba cargar
cajones. Además, en los barrios pobres
del Gran Buenos Aires hay otros
negocios más rentables que vender
frutas y hortalizas. Mario pronto se
convirtió en distribuidor de otro tipo de
mercadería. Al principio se limitó a
hacer algunos traslados. Luego él mismo
vendía la droga y hacía la cobranza. Lo
conchabó el Turco Amed, un operador
mayorista de La Matanza que contaba
con la protección de la policía. Dicen en
el barrio que cuando Marito cayó preso,
acusado por el asesinato de un taxista, el
Pepe Quinteros fue derechito a buscar al
hijo de puta que le encargaba los
mandados. Tenía tanta bronca acumulada
que lo hubiera destrozado con sus manos
si lo agarraba. Eso dicen los vecinos.
Pero con el quilombo que se armó por el
homicidio, el tipo desapareció.
La idea de andar calzado fue del
propio Mario. De eso se enteraron
después. Tal vez por esas boludeces que
piensan los pibes: creen que un fierro
los hace más pesados, que andar con el
caño en la cintura los vuelve más
hombres. No entienden nada y por eso
terminan muertos o en cana. Juan, el
mejor amigo de Mario, habla pausado
mirando el grabador, como si recordara
una travesura de infancia. De las tantas
que hacían en La Matanza: afanar
gaseosas a los camiones repartidores o
romper a gomerazos los vidrios de la
fábrica abandonada donde laburó su
padre.
Mario tiene diecisiete años pero
aparenta más. Le cortaron el pelo al ras,
sin ninguna consideración estética, pero
lejos de afearlo la cabeza rapada
permite que los rasgos de su cara se
destaquen. Los ojos marrones, los labios
finos, la nariz aguileña le dan un aspecto
de fiereza que desmiente a su cuerpo
delgado y pequeño. Confiesa que desde
que está preso, la noche del martes 21
de setiembre de 2002 vuelve a su cabeza
una y otra vez. Era el Día de la
Primavera, había sol y la ciudad estaba
invadida por grupos de estudiantes, y
aunque él nunca le había dado bola a
esas cosas, esa vez le había prometido a
su novia un paseo distinto, con cine en el
centro y pizza en algún boliche. Todo se
complicó por el fulbito.
«Como un boludo me enganché en un
picado, no podía arrugar», explica con
un hilo de voz. Parece una
simplificación pero quién sabe. Jugar a
la pelota era lo que más le gustaba en el
mundo y se le hizo tarde para repartir la
diaria. «Para colmo perdimos tres a dos
y erré un penal.» Entonces, en lugar de
hacer el recorrido en bondi y a la luz del
día, como le había enseñado el Turco,
decidió hacerse de un taxi. «La mejor
manera de pasar desapercibido es viajar
en un transporte nacional y popular»,
explicaba el Cotur con aire de profesor,
«quién va a cargar la pasta de esa
manera». Y tenía razón, era tan simple
que se transformaba en seguro por
insólito. Pero ya estaba decidido, con un
auto ganaría el tiempo que se le había
escapado entre patadas y gambetas.
Además hacía dos días que había
comprado por 500 mangos una Italo Gra
calibre 32, sin numeración y en
impecable estado. Estaba loco por
probar su poder de disuasión. Una
semana antes, dos vagos de una villa del
Bajo Flores lo habían afanado y se tuvo
que volver descalzo a su casa. Esa
noche juró por la memoria de su vieja
que ésa sería la última vez que alguien
iba a sorprenderlo. Mario lo cuenta
ahora con tranquilidad, como si en esa
explicación estuviese escondido el
secreto de su inocencia.
Salió del barrio a eso de las nueve
de la noche, fue hasta Caballito para
hacer
la primera entrega. Un
departamento del cuarto piso de un
edificio sobre la calle Acoyte. Una mina
de unos cuarenta años lo atendió en traje
deportivo. Entregó y cobró casi en un
mismo gesto. Miró el reloj y
comprendió que no llegaría a tiempo
para buscar a Betty. Su novia no lo
perdonaría. Estaba cerca de Primera
Junta, a poca distancia de la boca del
subte A. Fue en ese momento cuando se
le ocurrió lo del taxi. Dejó pasar un
Peugeot 504 todo destartalado. «Es
increíble que esos autos sigan
funcionando», se enoja todavía, «son
horribles y la mayoría están a la miseria.
Con la excusa de la crisis, el gremio de
los taxistas presionó y el gobierno los
sigue
permitiendo.
Habría
que
quemarlos a todos en la Plaza de
Mayo», dice tan convencido como un
político en campaña electoral.
Tomó un Fiat Duna que venía atrás.
El conductor del Peugeot lo miró con
cara de odio. «El gil pensó que se
perdía un viaje», recuerda Mario. Para
el chofer del Fiat, en cambio, el nuevo
pasajero traería cualquier cosa menos
fortuna. Jorge Calgari había trabajado
bien esa tarde. Se pasó las horas
llevando a grupos de jóvenes a los
distintos picnic del Día del Estudiante y
por esa razón decidió prolongar un par
de horas su jornada habitual. Tenía
sesenta años y ningún apuro, hacía
tiempo que su esposa no lo esperaba
para cenar. Mario le dijo que tenía que
llegar lo antes posible a Mataderos, que
allí levantaría unas cosas y seguiría
viaje hasta Villa Celina. El destino del
viaje parecía una señal, pero el chofer
no podía comprenderla.
Todo estuvo bien hasta que Calgari
se negó a cruzar a la provincia de
Buenos Aires. Hoy todavía son muchos
los taxistas que toman esa decisión
argumentando razones de seguridad. Allí
se producen la mayoría de los atracos.
Incluso
algunos
conductores
de
radiotaxis, suelen pedir documentos al
pasajero y sólo después de que pasan
los datos a la central de radio acceden a
internarse en el «Lejano Oeste», como
llaman despectivamente a algunas zonas
del conurbano bonaerense.
Ante la negativa, Mario no dudó:
sacó la Italo y le apoyó el caño en las
costillas. El chofer se puso nervioso y le
ofreció la plata de la recaudación.
Marito tuvo que explicarle que no se
trataba de un robo. No quería el auto ni
la plata. Necesitaba el taxi para hacer un
recorrido que no demoraría más de un
par de horas. «Quedate piola que no
pasa nada», dice que le dijo.
Es difícil saber qué le pasó a Jorge
Calgari en los minutos siguientes, si se
asustó o subestimó al chico que lo
apuntaba y quiso zafar como un héroe.
Hasta ese momento la escena parecía
corresponderse con un robo más, uno de
los tantos que ocurren en las noches sin
paz de una ciudad violenta como Buenos
Aires. Lo cierto es que de golpe se dio
vuelta y soltó el brazo derecho del
volante. Fue un gesto raro, innecesario,
absurdo. El pasajero imaginó una
trompada y gatilló.
En su primera declaración ante la
policía, Mario dijo que el arma se
disparó accidentalmente. «Lo maté sin
querer. El viejo pelotudo se asustó y me
asustó. No sé bien qué mierda quiso
hacer, pero me asustó y el revólver se
disparó solo. Para qué lo iba a querer
matar, si lo único que tenía que hacer
era pasearme un rato repartiendo la
merca. Después se iba a su casa y yo de
fiesta.»
«¿Qué hiciste, flaco? Me tiraste,
estás loco, me tiraste.» Mario no se
inmutó ante el rostro desencajado por el
horror y la sorpresa. Estaba seguro de
que no era nada grave. Calgari se tomó
el costado y el auto frenó. La camisa se
le llenó de sangre entre la axila y la
cintura, el cuerpo se inclinó lentamente
hacia el asiento del acompañante. Mario
empezó a gritarle: «No es nada, no es
nada, no seas maricón, ¡levantate!».
Pero el chofer no se movía. Mario miró
para todos lados y comprobó que no
había testigos de la escena. Guardó el
arma en la campera y después, con
mucho esfuerzo, pasó el cuerpo del
taxista al asiento de atrás. Se ubicó
frente al volante y dirigió el vehículo
hacia la provincia. Antes de entrar en
Villa Celina volvió a apuntarle al chofer
con la Italo. El tipo lloraba y
pronunciaba frases en un idioma que
parecía italiano. «Bajate», le ordenó.
Estaban sobre la Avenida San
Martín, cerca de una comisaría. Jorge
Calgari, semiacostado en el asiento de
atrás, se incorporó como pudo. Casi no
podía respirar. El dolor que le nacía en
el costado le atravesaba el pecho hasta
el corazón. Mario le abrió la puerta y el
hombre consiguió bajar, caminó tres
pasos, tambaleándose como si estuviese
borracho, y luego se desplomó. Quedó
tirado boca abajo sobre el asfalto. Una
mancha gris y roja en el pavimento.
Parecía un dibujo de historieta.
El taxi arrancó haciendo chirriar las
ruedas traseras. Una mujer que estaba en
la parada de colectivos alcanzó a
gritarle que parara, que detuviera el
auto, que su pasajero se había
descompuesto. La testigo aseguró
después que, como toda respuesta, el
joven la miró y le sonrió. «Todavía
recuerdo esa mueca y me espanto»,
aseguró la señora Rodríguez ante el
tribunal. Minutos después, llegó la
policía y una ambulancia del SAME, pero
el taxista ya no los necesitaba.
Una vez que cruzó a la provincia,
Mario detuvo el auto. Abrió una de las
bolsitas que llevaba pegadas al forro de
la campera, hundió el dedo meñique y se
lo metió profundo en el agujero
izquierdo de la nariz. El cerebro se le
destapó con un estallido de luz. Repitió
la operación en el otro orificio nasal.
Estaba seguro de que el tipo ya estaría
en el hospital. Se bajó y abrió el baúl, la
calle estaba desierta. Encontró lo que
buscaba: un trapo sucio y una franela de
las que se utilizan para lustrar el tablero.
Limpió la sangre de los asientos, el
tapizado de cuerina facilitó la
operación. Más tarde tiraría los trapos
en algún lado. Volvió a encender el
motor del Duna y retomó la distribución.
Le quedaban cuatro entregas. No tenía
mucho tiempo, en un par de horas la yuta
estaría buscando el auto y no quería
arriesgarse. Hizo las paradas que tenía
pautadas, las dos últimas en Ciudad
Evita, y pasada la medianoche fue a
buscar a Betty. Esa pendeja se había
convertido en una obsesión.
Existió una conducta dolosa —
sostuvo el fiscal, mirándolo a los ojos
—. El acusado afirma que el arma se le
disparó y que la muerte del taxista fue
producto de que su dedo accionó
accidentalmente la cola del disparador.
Eso es falso. Les recuerdo que, después
de dispararle a quemarropa, el acusado
dejó a su víctima sobre el pavimento, en
medio de una avenida de doble mano en
plena noche. De milagro ese cuerpo no
fue arrollado por un camión. También
hizo caso omiso a los llamados de una
testigo. No hay duda de que se trata de
un homicidio ejecutado fríamente, en
concurso real con robo de vehículo. El
objetivo fue matar para lograr
impunidad, robar un auto y repartir la
droga. Por esa razón pido para este
delito aberrante el máximo rigor: prisión
perpetua.
Betty se puso como loca cuando me
vio llegar con el Duna. Le dije que me
lo había prestado un amigo y no
preguntó más. Ni siquiera estaba
enojada por la tardanza. A veces me
parece que no le importa nada. Ni la
ropa, ni los autos ni nada de lo que le
digo. Esa noche estaba encaprichada:
nada de cine y pizza, quería ir a Luján.
Estaba superenganchada con la Virgen
de Luján y necesitaba hacerle una
promesa. Yo tenía decidido dejar el auto
y salir a disfrutar la plata que me había
ganado, pero nunca le puedo decir que
no a Betty. Me dio como cien besos.
Tiene una boca dulce Betty, con un gusto
rico, a Coca-Cola, a mate cocido, a
flores. Sabés una cosa: acá adentro
sueño con su boca.
A Mario Serra también le gusta la
doctora Zárate. Es la abogada que le
designó el Estado. Es alta, morocha,
tiene la boca roja, como dibujada, los
ojos negros y una voz firme y profunda.
Luce un vestido distinto en cada sesión
del Tribunal. Cuando entra a la sala
todos la recorren de arriba abajo con la
vista. La doctora Zárate lo defiende. «Es
un niño», dice la abogada y a él le
encanta esa frase aunque sabe que nunca
lo fue. Los niños tienen papás, juegos,
escuela, abrazos. «Ustedes están
violando la Constitución Nacional y la
Convención de los Derechos del Niño»,
dice la abogada. «No se puede imponer
prisión perpetua a menores», dice. Y a
Mario le parece que la abogada dice
bien, aunque de nada sirvan sus palabras
y la condena sea inevitable.
Mario y Betty fueron a curtir cumbia
hasta que amaneció. A eso de las seis
llegaron a Luján. Era la primera vez que
Mario entraba en una iglesia. Realmente
estaba impresionado, tenía los ojos
repletos de imágenes. La Basílica
parece un castillo. Y el silencio es como
un colchón de aire que hay que atravesar
para acercarse al altar.
Mario nunca rezó. Por eso cuando
Betty se arrodilla y comienza a
murmurar, él se queda mirando los
grandes ventanales con esas imágenes
que parecen dibujitos inmóviles. Hay
escenas de familia, encuentros en el
campo. Mario se queda colgado de los
vitrales hasta que su novia le aferra el
brazo y le dice «ya está». Entonces
quiere besarla, pero ella lo detiene.
«Esperá que salgamos», le susurra en el
oído. Cuando Betty le habla en el oído
siempre se estremece. Mario la abraza,
está feliz. Antes de irse, detiene su
mirada en la Virgen. Trata de arrancar
del fondo de su corazón algún ruego, una
palabra amable para dejar flotando por
el aire, pero no le sale nada. Espanta la
imagen con una media vuelta y sale del
recinto pensando en cosas concretas: un
buen desayuno, el resto del día que
pasará protegido entre las piernas de su
novia.
Cuando atraviesan tomados de la
mano la imponente puerta de la Basílica,
dos policías se les tiran encima. Betty
grita primero y patea después. Llora y
putea. Vienen otros agentes que los
reducen enseguida. Mario no se resiste.
Piensa en la señora del manto celeste a
la que no le pidió nada y los deja hacer.
¿ACASO NO MATAN
A LOS CERDOS?
—¡Matala de una vez!
El grito sacudió al Colorado Báez.
Estaba sentado sobre la espalda de
la mujer que lloraba y gemía como un
cerdo. Bajo su peso, acostada boca
abajo en la cama, Patricia Hirsch parece
estampada en las sábanas revueltas.
Cuando entró a la habitación, ella se
despertó sobresaltada por el ruido y le
tuvo que pegar una trompada. Ahora casi
no oponía resistencia. Igual le mantenía
los brazos inmovilizados con sus
piernas. Pensó que si la hija no estuviera
allí, dirigiéndolo todo, loca de furia
como estaba, hasta se divertiría un poco.
La mujer tenía unos cuarenta años, la
piel suave y el culo firme.
—¡Qué mierda esperás! ¡Matala!
La chica parecía poseída. Estaba
parada detrás de él y se movía
impaciente dando gritos histéricos como
si fuera el sargento de un grupo
comando.
Marcelo Báez había nacido en Villa
Gobernador Gálvez, al sur de Santa Fe,
y muchas veces había matado cerdos en
el campo. Desde los trece años, uno por
cada Navidad, hasta que se fue de su
casa para probar suerte en la Capital. En
la quinta donde vivía, la matanza de fin
de año era una fiesta. Su familia
preparaba todo desde el día anterior:
afilaban los cuchillos; dejaban listo el
condimento, las especias eran el
verdadero secreto de los embutidos; el
molinillo de la carne aceitado y las ollas
para cocer las morcillas limpias y
cuidadosamente ordenadas sobre la
mesada del patio.
La mujer se revolvió debajo de sus
piernas. Los cerdos no son como las
vacas, que se dejan matar mansamente;
los cerdos intentan rebelarse a su
destino. No es una tarea que pueda hacer
cualquiera. Hay que saber. Muchas
veces hay que lidiar con ciento
cincuenta
kilos
enloquecidos
y
resbalosos. La mujer lanzó un gemido
lastimero. Los cerdos también chillan.
Báez está convencido de que chillan
como ningún otro animal en la tierra.
Chillan aun después de que el cuchillo
les abre la garganta. Ahora mismo
recuerda que la primera vez que lo hizo
no pudo dormir en toda la noche. «¡No
sea cagón, chango, éntrele sin miedo!»
Su viejo siempre lo animaba desde
algún sitio cerca del chiquero. Y lo
logró.
—¡Matala! ¡Matala!
Otra vez la orden sonó como un
estampido. Con la mano izquierda, el
Colorado sujetó la cabeza de la mujer
tomándola por el cabello y la separó del
colchón. Ella dijo algo que no entendió.
Piedad o tal vez perdón o por favor,
pero qué importaba. Él trataba de
concentrarse en la operación. Metió la
faca tumbera, que empuñaba en la mano
derecha, justo por debajo del cuello, y
con un movimiento rápido la degolló.
Parece cruel, pero sólo así los cerdos se
desangran por completo.
Melisa se acercó un poco, lo
suficiente como para ver por sobre el
hombro de Báez cómo las sábanas
primero y el cubrecama celeste después
se fueron tiñendo de rojo.
—¿Dónde está la guita?
El Colo soltó la pregunta con
naturalidad, como si la faena realizada
no lo hubiese afectado en lo más
mínimo. Eran cerca de las tres de la
mañana y hacía apenas media hora que
había ingresado a la casa por la puerta
de atrás. Como Melisa había prometido,
el camino estuvo despejado: el ovejero
alemán gruñía atado y la alarma había
sido oportunamente desconectada. Sus
dos hermanitas estaban en la casa de los
abuelos, en las Sierras de Córdoba.
—Mi viejo es el que sabe y ya debe
estar por llegar, tenés que esperarlo
abajo.
Melisa tampoco parecía alterada.
Encendió un cigarrillo y lo convidó.
Después se sentó en el borde de la cama
matrimonial y prendió el televisor.
El primer viernes de cada mes el
contador Néstor Salinas tiene una cita
obligada con sus amigos del club. Hace
diez años que el programa es el mismo.
Asado, torneo de truco y después un
whisky para matizar la charla final, en
algún bar del Bajo. Bebía con
tranquilidad porque desde hacía meses
había tomado la decisión de no
concurrir en auto a esas celebraciones
tan bien regadas con alcoholes de todo
tipo. Además nunca faltaba el amigo
dispuesto a acercarlo a su casa.
Esta madrugada, como todas las
otras, unos minutos después de las
cuatro colocó la llave en la cerradura.
Miró su reloj y calculó que podría
dormir cinco o seis horas. Como no
trabajaba los sábados, solía dedicar
parte de la mañana a arreglar el jardín.
El Colo lo esperaba junto a la
puerta. Salinas demoró un instante en
ingresar al chalet. Le extrañó no
escuchar el bip reiterativo de la alarma,
era evidente que estaba desconectada.
Pero no vaciló, lo atribuyó a un
descuido de su esposa y avanzó hacia el
interior. En el piso de arriba alcanzó a
distinguir las voces de la tele. Caminó
unos pasos en la oscuridad y en el
preciso momento en que extendió la
mano hacia el interruptor de la luz,
recibió un tremendo golpe en la cabeza.
Cuando despertó, ayudado por un
baldazo de agua, estaba atado a una silla
de la cocina. Tenía los ojos vendados y
el cuerpo dolorido. En el equipo de
audio sonaba bajito una de las bandas de
heavy metal que le gustaban a su hija y a
él lo sacaban de quicio. Apenas tuvo
tiempo para comprender que se trataba
de un robo.
—¿Dónde está la guita?
—No sé de qué me estás hablando…
—intentó defenderse el contador.
El Colo esta vez utilizó un cuchillo
de cocina, uno de los grandes, esos que
sirven para trozar el pollo. Pasó el filo
por el muslo derecho de Salinas de
arriba hacia abajo, como si fuera a
dividirlo en dos mitades. Salinas sintió
un fuego en la pierna y al instante
comprendió la conexión entre el intenso
dolor y la sangre que le empapaba la
media.
—¿Dónde están mi mujer y mi hija?
—preguntó, sin poder contener el llanto.
—Si no me decís dónde está la pasta
te voy a cortar en pedazos y a ellas dos
las voy a matar…
La voz sonaba juvenil y tranquila. Si
no hubiese sido por la puntada en la
cabeza y el dolor en la pierna, habría
pensado que se trataba de una broma de
mal gusto. Pero no. Enseguida, a través
de la tela del pantalón, sintió la hoja de
la cuchilla acariciar su muslo sano.
—No,
esperá…
esperá…
tranquilizate. Está en el freezer adentro
de una bolsa azul… atrás de todo…
fijate… te lo juro.
El Colo fue hasta la heladera bajo la
atenta mirada de Melisa. Ella estaba
ahora sentada en el sofá del living.
Mel cerró los ojos y pensó en Anita,
en sus manos diestras, en su boca sabia
y generosa. Luego volvió la atención
sobre el hombre que estaba atado a la
silla, cagado de miedo. No lo reconoció.
No era nadie. Hacía tiempo que su padre
la había abandonado.
Báez nunca había visto tanta plata
junta. Se había comido dos años en la
cárcel de Devoto por robar un mercadito
de donde sólo se había llevado mil
doscientos pesos. Los fajos con los
dólares
estaban
fríos.
Parecían
golosinas heladas. No lo podía creer.
Melisa caminó hasta situarse justo
delante de la silla sobre la cual su padre
temblaba y se retorcía de dolor. Salinas
empezó a mover la cabeza hacia ambos
lados, como si intuyera que alguien lo
rondaba. El Colorado también se acercó
pero por detrás.
—Ya está… ya tenés lo que
querías… ahora andate… andate… por
favor —suplicó el hombre.
Antes de que el metal le cortara el
cuello, la última cosa que escuchó
Salinas fue la voz de su hija.
—Si te gustan los chicos y las
chicas, tenés menos posibilidades de
dormir sola un sábado.
Eso le dijo Anita el día que se
conocieron. La frase era demasiado
buena para que se le hubiese ocurrido a
ella. Pero desde el mismo momento en
que se cayó de la boca carnosa y roja de
su nueva amiga, pasó a formar parte del
universo de ideas que conmovían a
Melisa. Era de esas frases que hacen
reír y pensar.
Anita la sedujo hablando. No era
linda, pero sabía acariciar el verdadero
punto G de las mujeres sensibles: el
oído. Además, tenía veinticuatro años,
trabajaba en una oficina, se mantenía
sola y su conversación parecía un
aluvión de caricias amables. Melisa
estaba entregada antes de empezar. A los
dieciséis años era la primera vez que
estaba en un bar gay. Apoyada en la
barra de la Estrella Roja de San Telmo,
Ana acaparaba todas las miradas.
Cuando Melisa entró con la excusa
de la curiosidad, también le entregó los
ojos a esa mujer de cabello largo y un
tanto enrulado que le recordaba la tapa
de uno de los cedés de su papá. Después
comprobó que la cantante a la que había
asociado con Ana se llamaba María
Bethania. Días después escuchó el
compacto durante toda una noche y
también se enamoró de esa presencia
desconocida a través de su voz.
Se ubicó en una mesa del fondo y
pidió una Coca-Cola. Aunque era
flaquita, Melisa tampoco pasaba
desapercibida: tenía el pelo negro
decorado con mechones violetas que
sobresalían en la nuca, jean ajustados,
una remera mínima y borceguíes. Eran
las siete de la tarde y Anita, que no
quería dejar semejante bocado para
otros tiburones, la abordó con facilidad.
Fue hasta su mesa y se sentó con ella.
Durante un par de horas hablaron de
todo. De música, tatuajes, zapatos,
maquillaje, batallas de familia y hasta
de la escuela, que Melisa odiaba con
una intensidad conmovedora.
—¿Qué viniste a buscar acá?
La pregunta inevitable le dolió
menos de lo esperado. Melisa dejó que
sus ojos bajaran hasta la punta de sus
borcegos gastados. Con ellos dispersó
una legión de cáscaras de maní que se
acumulaban debajo de la mesa y después
de unos segundos contestó:
—No sé.
Ana le respondió con una carcajada
y con esa frase que ahora es casi una
consigna en su cabeza. Después se puso
seria:
—¿Y
desde
cuándo
estás
confundida?
—Tal vez desde que nací. En el
jardín de infantes, cuando me querían
poner el delantal rosa de las nenas,
lloraba y gritaba como una loca. Para
calmarme me terminaban dando el azul.
No te rías.
—¿Cómo te acordás de esas
cosas…?
—No sé si me acuerdo o es que me
lo contaron tantas veces que lo aprendí
de memoria. Pero no supe qué
significaba hasta hace muy poco. Es
curioso como para un mismo grupo de
personas un recuerdo divertido puede
convertirse en algo vergonzante. Estos
años no la pasé bien, ¿sabés?
La familia de Melisa es muy
católica. Su padre, Néstor Salinas es
contador público, y su madre, Patricia
Hirsch, trabaja en una inmobiliaria. Ella
le contó a Mel que cuando era joven
quería ser monja pero que «no tuvo la
vocación suficiente y que después
apareció Néstor y que el amor a Dios
fue por otro camino». Melisa tiene dos
hermanas: Camila, de doce años y
Mariela, de nueve. La familia nunca
falta a la misa del domingo y mantiene
una activa participación en la parroquia
del barrio.
Fue justamente en la iglesia donde
Mel —así la llaman en su casa—
conoció a una chica de la que se
enamoró. No podía explicarlo y de
hecho nadie se enteró jamás, y menos
ella, que era la coordinadora de su
grupo de catecismo. Melisa se las
ingeniaba para sentarse cerca de ella en
la misa de modo que en el momento en
que todos se desean la paz y se saludan,
le diera un beso en la mejilla. Soñaba
con sus abrazos casi todas las noches.
Melisa también le contó a Ana que
una vez estuvo con un chico, pero que
fue casi por obligación. «Fuimos novios
porque él me lo pidió», se avergüenza
ahora. La relación duró muy poco. Más
tarde, a los quince, llegó a darse unos
besos con su mejor amiga en una noche
de campamento escolar, pero nada más.
Y ahora estaba allí, solemne y
decidida, para saber cómo era.
Ana volvió a reír con ganas. Para
ella todo es un juego. Cree que cada
cosa que ocurre, por importante que
parezca, es algo pasajero. Convenció a
Melisa para que la acompañara hasta la
pensión donde vivía, sobre la avenida
Independencia. Apenas entraron a su
cuarto, Ana la tomó de la mano y la
llevó hasta la cama de una plaza. Melisa
se plantó de golpe en medio de la
habitación. Por un instante pareció que
saldría corriendo.
—Ahora no tengas miedo, dejame
ayudarte… dejame por favor… —
insistió Ana, en un susurro.
Como Melisa no respondió, María
Bethania la empujó suavemente sobre el
colchón y comenzó su tarea de amor. La
desvistió muy despacio mientras la
besaba en el cuello y le decía cosas
lindas. Palabras dulces que nadie le
había dicho nunca. Mucho tiempo
después, todavía Melisa no podía
entender cómo Ana era capaz de hablar
sobre el aroma de la piel o elogiarle la
suavidad de su cabello en momentos así.
Con hábiles movimientos, Ana sólo la
dejó con la bombacha pequeña y blanca.
Primero le acarició el vientre, como si
fuera un masaje de madre. Una suerte de
sana-sana. Después las caricias
subieron. Melisa primero puso el cuerpo
a la defensiva, se revolvió y por unos
minutos mantuvo los músculos en
tensión. Pero enseguida se relajó, el
placer se imponía a todas sus
prevenciones. Cuando las manos de
María Bethania se posaron en sus tetas
pequeñas, los pezones erguidos dieron
los últimos permisos.
—Siempre
quise
tener
tetas
grandes… —se disculpó.
Ana comenzó a besarle los senos de
todas las maneras posibles. La sintió
vibrar en la boca. Luego la siguió
besando hacia abajo. Con el pie le bajó
la tanguita hasta los tobillos y le pasó la
lengua por cada milímetro del cuerpo
entre el ombligo y la entrepierna.
Comenzó entonces a lamerle el pubis
lentamente, como si fuera la actividad
más delicada del mundo. Como si
estuviese operando el corazón de un
bebé, como si estuviese desarmando una
bomba. Melisa contenía los gemidos
como podía. Cuando se vino por fin, a
María Bethania le pareció que Melisa
tenía ganas de llorar y a ella también se
le llenaron los ojos de lágrimas.
—Nadie como yo sabe lo que le
gusta a una mujer —le dijo Ana, y se
durmieron abrazadas.
Esa noche, de regreso en su casa,
casi no pudo dormir. Era como si
hubiese nacido de nuevo. Su iniciación
fue como el revés de un parto. No podía
dejar de pensar en María Bethania.
Durante dos meses la visitó a
escondidas. Sobre fin de año y en medio
de una discusión con su madre por las
pésimas notas que había traído del
colegio, Melisa nombró a «la única
persona que la entendía en el mundo».
Patricia Hirsch estalló lanzando una
batería de reproches, pero Melisa
duplicó la apuesta. No sólo le contó a
los gritos que le gustaban las mujeres, le
dijo también que estaba enamorada. La
reacción fue violenta. Una cachetada y
los gritos de puta y tortillera la llevaron
a refugiarse en su habitación. Durante
una hora escuchó el llanto de su madre,
matizado por citas bíblicas y
maldiciones. No salió de allí en toda la
tarde. Arrepentida de su confesión,
deseó con todo el corazón que su mamá
no se lo contara a su padre.
A la hora de cenar, como nadie la
venía a buscar, decidió enfrentar la
situación y salió de su refugio rumbo al
comedor. Cuando entró, vio que en la
mesa sólo había cuatro platos. Su lugar
estaba ocupado por la panera.
—Nos traicionaste. Estás afuera de
esta familia hasta que te recuperes —le
dijo su padre señalándole con la cabeza
el taper donde le habían guardado su
parte de la cena—. Quiso protestar, pero
la furia contenida en la mirada de su
papá la disuadió. Muchas veces se había
enojado con ella. No le gustaban sus
amistades, ni la música que escuchaba,
ni su look, pero nunca la había mirado
así, con tanto rencor y desprecio. Tomó
su ración y volvió al cuarto en silencio.
Desde entonces, la vida de Melisa
se convirtió en un infierno. La llevaron a
un terapeuta para que la tratara por su
desviación sexual. En su casa estaban
convencidos de que tenía una
enfermedad mental. Le prohibieron
hablar con sus hermanitas y la obligaron
a realizar un retiro espiritual durante una
semana. Pero hubo un castigo más duro,
le prohibieron ver a Ana. Es más, su
padre fue a verla al Estrella Roja y la
amenazó con meterla presa por
corrupción de menores. Pero de todos
modos era difícil contener a Melisa.
Sólo la negativa sistemática de la propia
María Bethania la alejó del bar de San
Telmo.
Ahora, ante la psicóloga del Juzgado
de Menores, Melisa no recuerda el
momento exacto en que decidió matar a
sus padres.
—En realidad no quería matarlos —
aclara—. Deseaba que murieran en un
accidente. Volver un día a mi casa y
encontrar a un policía en la puerta con la
noticia. Quería que desaparecieran de
mi vida. Los odiaba.
Melisa les declaró la guerra a todos.
También a sus compañeros de colegio,
para los que hacía rato era «una torta».
Y eso que ni sabían de su historia con
María Bethania. Sólo dos de sus amigas
más cercanas la seguían apoyando. Pero
prefería estar sola. En su casa, decidió
no hablar más con su madre. Era su
castigo personal. Sin embargo, aun
cuando los silencios se tornaban
insoportables, la ofendida siempre
parecía ella. Con su padre no cortó la
comunicación pero hacía todas las cosas
que a él le molestaban, se pintaba las
uñas de negro y se hizo un piercing en la
ceja izquierda.
Todas las tardes después de
almorzar sola y en su habitación,
aprovechando que sus padres salían a
trabajar se iba un par de horas al bar de
la estación de servicio de Independencia
y Cerrito. Allí conoció al Colorado
Báez. El pibe tenía cinco o seis años
más que ella y se ganaban la diaria
limpiando los vidrios de los autos que
paraban en el semáforo de la avenida.
Siempre estaba buscando plata para sus
vicios y no dudaba en vender cosas
robadas o apelar al arrebato cuando la
necesidad lo apremiaba. Desde el
mismo momento en que lo conoció,
Melisa estuvo convencida de que estaba
ante el hombre que podía ayudarla en su
liberación.
Una tarde, después de varias
cervezas, le contó que sus padres
guardaban cincuenta mil dólares en la
casa. Que después del corralito
financiero su viejo ya no confiaba en los
bancos y que por esa razón tenía todo el
dinero acumulado por la familia en
algún lugar de su habitación. La
propuesta era simple y Báez se
entusiasmó. Ella desconectaría la alarma
y lo haría entrar al chalet donde vivían.
Sólo le puso una condición.
NOTA DEL AUTOR
Los crímenes narrados en este libro
tienen correspondencia con hechos
reales. Sin embargo, todos los
personajes, escenas, fechas y lugares
pertenecen al mundo de la ficción.
Mi reconocimiento a UNICEF, y a
Emilio García Méndez, Laura Musa y
todas aquellas personas que trabajan por
la creación de un sistema de
responsabilidad penal para menores que
garantice sus derechos.
Mi profundo agradecimiento a
Claudia Vieder por su apoyo sin
restricciones. A Santiago y Luciano por
el amor que me dan a pesar de mis
ausencias y errores. A Lardi Vignoli por
su confianza. A José León Pace por su
colaboración periodística. A Fernando
Esteves, Julia Saltzmann, Patricia
Somoza, Mariela Asensio y Pablo
Robledo por la lectura del original y sus
sugerencias.
REYNALDO SIETECASE. Nació en
Rosario, Argentina, el 12 de octubre de
1961. Es poeta, narrador y periodista.
Publicó su primera revista al terminar el
colegio secundario. Fue uno de los
fundadores del grupo literario El Poeta
Manco. Ejerce el periodismo en medios
gráficos, radiales y televisivos de la
Argentina. Por su trabajo en radio fue
distinguido con el premio Martín Fierro
en 2006 y con el premio Éter a la mejor
labor periodística en 2008 y 2009. Su
programa Lado Salvaje fue galardonado
con el premio Martín Fierro al mejor
programa periodístico de televisión por
cable en 2006 y 2008.
Es autor de los libros de poesía Y
las cárceles vuelan (1987), Cierta
curiosidad por las tetas (1989),
Instrucciones para la noche de bodas
(1992), Fiesta rara (1996), Pintura
negra (2000), Hay que besarse más
(2005) y Mapas para perderse (2010).
La antología Los poemas (2011)
recopila parte de su producción poética.
Publicó las novelas Un crimen
argentino (2002) y A cuántos hay que
matar (2010), el volumen de relatos
Pendejos (2007) y dos libros de
crónicas: El viajero que huye (1993) y
Bares (1997).
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