Abrir - Raúl Pérez Torres

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El tiempo, esa pluma
Textos y Pretextos
Raúl Pérez Torres
1
CONTRATAPA
Dicen que cuando aún estaba en el vientre de su madre, ya daba coces a fin de salir lo más pronto.
Nadie sabe para qué, quizá para dar cabezazos a la vida. Alcanzó entonces a nacer en Mayo que es
el mes de los toros y el año 41 que es el año de la abstracción en el calendario Maya. A lo largo de
su vida ha tenido muchos padres, pero el verdadero se le murió cuando apenas tenía cinco años. Esa
muerte le matriculó en la Literatura, porque de allí en adelante se tuvo pena y trató, con la palabra,
de llegar a ser padre de sí mismo, olvidando así esa carencia. Por allí, y porque siempre hay un
diablo que vela por los escritores –rara especie autista-, encontró otros padres que le dieron su
ración de latigazos: Dostoievsky, Sartre, Marx, Onetti, Sábato, Cortázar, Joyce, Vallejo, Van Gogh,
Palacio, De la Cuadra, Rulfo, Mozart, la Yourcenar, esta última madre y mujer, otra obsesión, desde
el día en que en la más remota infancia su padre le descubrió acariciando la bella pierna de su
madre y al increparlo, sus tres años alcanzaron a decir: “le estoy dando acariciando nomás…”
Con el tiempo buscó otras trampas que le alejaran de esa enfermedad –la literatura- y se hizo
futbolista, amante, marido, empleado público, militante comunista, universitario, pero en nada
perseveró, a no ser en el vacío del que se hizo experto.
Con el tiempo ha ido amontonando libros para esconderse.
Muchos dicen que tiene miedo, nadie sabe de qué.
Cuando está amargo, él asegura que Cortázar le escribió su epitafio, desde luego sin conocerle y que
ese epitafio dice así
“Por haber mentido mucho ganó un cielo / mezquino, a rehacer todos los días. / Por ser traidor
hasta con la traición, lo amaban / las gentes honorables, / Exigía virtudes que no daba / y sonreía
para que olvidaran. / No vivió. Lo vivían, un cuerpo despiadado / y una perra sedienta inteligencia
/ Por no creer más que en lo bello / fue basura entre basuras / pero miraba todavía el cielo. / Está
muerto, por suerte. / Ya andará algún otro como él…”
Ha declarado públicamente que todo lo que es, se lo debe a su madre y a su hermano Lenin, pero
que nos les guarda rencor…
2
NOCTURNO DEL PADRE FELIZ
Cuando yo era niño tenía una pelota de fútbol y dos ositas de peluche, que mi madre las había
cosido y rellenado de lanas mil veces para mí, presintiendo quizá que varios años después me
convertiría en el marido de la señora de las lanas. Pero en ese tiempo quería ser futbolista y me
dormía acariciando el balón, asombrado por su circularidad perfecta. Mi padre cometió el único
error de su vida cuando yo tenía cinco años: se murió. Esa carencia me hizo introvertido y triste y
amigo íntimo de las lágrimas. Mi madre me decía que yo lloraba por lo que volaba un mosco, pero
ella no se daba cuenta que ese mosco volaba en mi corazón, y muchas veces dentro de mi cabeza.
Y como no tenía padre, quise serlo. Y a los quince años, entre la asfixia de mi primer cigarrillo y un
bolero de Leo Marini, vislumbré la figura del amor eterno (el bolero era “mil violines” y el
cigarrillo “progreso dorado”). Me volqué entonces, con toda dedicación, a buscar a través del
cuerpo de ese amor eterno, el padre potencial que mi padre no fue. Cuatro años después me casé
con la esperanza de tener un hijo que se llamara Raskolnikoff, como el personaje de Dostoyevski
(de quien, a los 19 años, ya había leído casi todo, por esa oscura obsesión de mi hermano mayor, de
darle un ambiente más basto a mi melancolía). Pero luego de la angustiosa espera, no nos resultó
hombre, ni se llamaría Raskolnikoff. Quemé las camisitas bordadas con su nombre y desde ese
instante volvía a insistir para que el segundo fuera varón, aunque no ingresara en la historia de la
literatura universal.
Tampoco el segundo fue varón. Pero a la mitad del camino de su gestación, yo había ya saboreado,
en mi primera hija, la maravilla de mi autorretrato femenino, y he sido el único padre en el mundo
que ha podido volver a su infancia disfrazado de mujer, bella, mejorada, delineados sus gestos
(míos) con el lápiz finísimo e indeleble, de su madre, y ya me había paseado orgulloso por el barrio
América, llevando esa muñeca de cuarzo sobre mis hombros. “Qué raro el flaco” –comentaban los
del barrio- “¿por qué le vestirá de negro?” “Y ese nombre” –decían otros-, “¿de dónde se sacaría?”.
Cuando nació la segunda, las enfermeras no sabían si era una mota de algodón o una flor amarilla
que habían traído las visitas, o la mariposa que le faltaba a García Márquez para empezar su novela;
yo la confundí con un gusanito de seda, pero no estaba muy descaminado, porque eso es lo que ha
sido ella en mi existencia, la seda, la ternura, la filigrana.
Desde entonces a esta parte, no he desperdiciado un minuto de mi vida y he aprovechado cada
instante en aprender y aprehender de ese par de preciosas sabidurías extrañas, que solamente
pueden provenir de un Dios demasiado generoso. He aprendido a leer, a jugar, a reflexionar, a
escribir, a escuchar la voz del corazón, a enamorarme. Hasta ahora, en que por fin tenemos la
misma edad, y hemos hecho de nuestra relación, una especie de altar, en el que su madre oficia la
liturgia de la inteligencia, la solidaridad y la libertad.
He perdido la pelota de fútbol. También las ganas de ser futbolista. Pero tengo a mi lado en mi
cama, las ositas de peluche. Se llaman Vilky y Nilka.
3
CULTURA Y LIBERTAD
A mi hermano Lenin Edmundo, in memoriam.
Buenas noches con todos. Ahora voy a hablar a mis amigos y a mis amigas, despojados de
autoridad y de títulos, con su sensibilidad a flor de piel. Y por el profundo dolor que estamos
atravesando en mi familia, en mi familia más cercana, pues la otra son todos ustedes, quiero
reivindicar aquella frase popular que dice: lo que no nos mata, nos hace más fuertes.
Ha muerto mi hermano. Mi hermano Lenin Edmundo. El que me enseñó todo: la certeza y la duda.
Ha muerto aquel hombre que siempre se me adelantó. El que se me adelantó a ocupar el vientre de
mi madre, el que se me adelantó en el amor de mi padre, el que llegó primero a la inteligencia y a
Dios, el que encontró primero esa profunda bohemia existencial, él, el que se me adelantó a los
libros y a la literatura, al coraje y a la lucha colectiva, el que se me adelantó a la tristeza y a la
memoria, esa memoria que como dicen, sólo son las grietas del olvido. Se me adelantó mi hermano
mayor. Se me adelantó en la vida y ahora en la muerte. Su designio fue ser un adelantado.
Protegerme. Yo he sido su padre y su hijo. Su primogénito como me dijo Fabián, su verdadero hijo.
No me entristece su muerte, la muerte como la vida es pasajera. Me alegra su muerte, como me
alegró su vida. Me alegra su muerte, digna, precisa, en su hogar, al lado de la mujer que amó toda
su vida, de sus libros queridos, de las paredes de su dormitorio, que recogieron la mirada más triste
y más serena de la historia. Ha pasado de los brazos maravillosos de Lucía, su compañera, a los
brazos eternos de Dios. Se me adelantó a la muerte para que yo dure un poco más y dignifique
nuestro paso por la tierra. Paz en su tumba y en su casa.
Y ahora, para hablarles de otra Casa, que también contiene su sombra, su alegría y su nostalgia,
digo unas palabras que algún día dijo Mahatma Gandhi:
“No quiero que mi casa quede totalmente rodeada de murallas, ni que mis ventanas sean tapadas.
Quiero que la cultura de todos los países sople sobre mi casa tan libremente como sea posible. Pero
no acepto ser derribado por ninguna ráfaga”.
Eso yo digo de nuestra Casa de la Cultura Ecuatoriana, pero antes quiero hacer una paráfrasis de mi
primer mensaje cultural a la patria:
Un ogro que no tiene nada de filantrópico, un monstruo de mil cabezas avanza lentamente por el
más oscuro pozo de las relaciones humanas, un monstruo que a su paso todo lo aniquila y lo
envenena, que ha destrozado el comportamiento social y ético, un monstruo que se engorda de la
acumulación del capital como aliento primero y último, un monstruo que ha inutilizado la moral
personal y la trascendencia cultural de nuestro pueblo y que va ahondando la desigualdad en el
espíritu y en la economía.
Un monstruo anda suelto en nuestro país: el monstruo de la corrupción.
El anterior gobierno ecuatoriano ha legitimado a este animalejo. Sus instituciones más dignas y más
sabias de otro tiempo, han fertilizado el lugar pantanoso, facilista y mediocre en el que repta
indiferente.
Su enorme cuerpo se asienta en el utilitarismo y el individualismo, dos garras perversas de la
política neoliberal. Monstruo que muerde la ganancia como único alimento, como única moral; la
acumulación incesante, el control clientelar que ha modificado la ética del pueblo y que ha gestado

Discurso pronunciado el 9 de agosto de 2000, al asumir la Presidencia de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín
Carrión”.
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una cultura de la resignación, de la fatalidad y el mercadeo, pero también de la degeneración y la
violencia.
De su vientre pútrido ha nacido un nuevo Ecuador. Un Ecuador sin Dios ni ley, o más bien con un
Dios único que ha empezado también a anular nuestra soberanía, nuestro pasado histórico, nuestra
identidad, un poder reordenado bajo la depravación de la economía dolarizada y que ha dado el tiro
de gracia a nuestras ya hambreadas formas de existencia social, donde por lo menos
simbólicamente, aunque en muchos sectores invisible, la moneda graduaba el recuerdo querido de
una gesta libertaria protagonizada por Antonio José de Sucre.
Deshechas las relaciones sociales por la ambición de los poderosos, por esa trilogía vil de la
arbitrariedad, la ilegalidad y la impunidad, es hora de empezar a reconstruir el espíritu de América,
de escuchar el clamor de los ríos subterráneos de la Patria, de plantear otros objetivos de vida,
nuevos y fraternales, que den continuidad a una sociedad civil entrañable, combativa, solidaria y
dignificada por la historia; esa religión cívica que nos permita el diálogo profundo de inteligencias y
culturales ancestrales, con una modernidad que afiance la condición humana y la revalorice. No
acumulación de bienes, sino de virtudes espirituales y éticas.
Un monstruo anda suelto por nuestro país. Es necesario darle caza y eliminar sus mil cabezas
venenosas.
Frente a esta crisis de identidad, es necesario volver a lo que planteaba Benjamín Carrión, aquello
de crear una gran patria de cultura, pero yo digo, antes una gran patria de justicia, una gran patria
de libertad, una patria que ponga en el tapete de su sociedad civil la discusión prioritaria sobre la
fatalidad de la injusticia.
La patria no es una sino dos que están en guerra, dice el poeta, es decir, una de apariencia legal
conducida por la clase dominante y otra real, multirracial y policultural de llagas, humillaciones y
olvidos.
Las experiencias históricas, la médula de los procesos culturales, nunca han sido comunes ni
unificadores en nuestro país, porque la armonía de la clase dominante nunca ha sido la armonía de
nuestros pueblos, y, mal que les pese, es en el quehacer colectivo, en la equilibrada relación del
hombre con los demás, del hombre consigo mismo y del hombre con la naturaleza, en su solidaridad
y su humanismo, en su carga ancestral y en sus luchas reivindicativas, donde nace esa conciencia
nacional que es la forma más elaborada de la cultura.
La cultura de nuestro pueblo es la comunidad de su proceso espiritual y material, es la carga de
manifestaciones mágicas, lúdicas, religiosas, políticas, económicas; es la portadora, la generadora
de valores insustituibles, identificables, de tradiciones sobrellevadas con amor, con sacrificio, con
denuedo, a través de los siglos, para completar la humanidad, para hacerla digna de la vida, de su
maravilla y su tragedia. Contra la cultura nada puede el olvido. Cultura es lo que queda cuando se
ha olvidado todo. Cultura es todo lo que se ha agregado a la naturaleza. Cultura es toda la
producción de la tierra. La cultura es más grande, más magnífica y más profunda que cualquier
definición. Igual que la poesía. Las definiciones la limitan.
En nuestra cultura la imaginación es parte de lo real, su alimento y su verdad profunda. El pueblo
corajudo y generoso, confiado y siempre traicionado, inventado a la par los sueños y las utopías,
verdades subyacentes a golpes de tambor y cosmogonías, verbo nuevo, palabras fundadoras de un
más acá, que quizá no se lo ve, no se lo entiende, pero que está omnipresente, iluminando la
continuidad de nuestro quehacer cultural. Baste pensar en Eugenio Espejo, Manuela Sáenz, Juan
Montalvo, Juan de Velasco, José de la Cuadra, Jorge Icaza, Pablo Palacio, Demetrio Aguilera,
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Guayasamín, Kingman, Endara, César Dávila, Pedro Jorge Vera, Adoum, Agustín Cueva, Alicia
Yánez. Lenguajes de libertad, porque la libertad es imaginación, y la imaginación está cargada de
ese lenguaje en el que soñaban ya nuestros viejos taitas.
¿Cómo te llamas? ¿Quiénes fueron tu padre y tu madre? ¿Cómo se llamó antes esta montaña? ¿Y
cómo se llama ahora este río? ¿Cuáles son tus palabras? ¿Cómo hablas? ¿Quién habla por ti? ¿Para
quién trabajas? ¿Qué recuerdas? ¿Qué deseas? ¿Qué sueñas?
Estas preguntas angustiadas, a pesar de su aparente serenidad, se las hacía Carlos Fuentes a esa
sociedad civil que es la portadora de la cultura (y que en nuestro país está desapareciendo bajo un
individualismo deshumanizado y globalizador de la miseria). Sociedad civil que tiene que buscar,
desde el pensamiento y la creatividad, caminos colectivos de desarrollo integral, nuevos y propios,
que no sean producto de un recetario ajeno, y que contengan la soberanía y la solidaridad como
conceptos espirituales y políticos.
Rescatar nuestra cultura, ecuatorianizarla, como alguna vez dijo Hernán Malo en relación a la
universidad ecuatoriana, es decir, ir a sus fuentes primigenias, articularla al pensamiento moderno,
donde se escucha esas voces, antes inaudibles, esas presencias antes invisibles, de la mujer, de los
indígenas, del entorno natural, enriquecer nuestra sabiduría y nuestra dignidad intelectual con el
estudio de las ciencias humanas, la antropología, la etnología, la historia, la ecología, la magia de
las fuentes artesanales, y todas aquellas gormas de conocimiento que preserven nuestras entidades
regionales y nacionales, y que nos den luces para respetar esa diversidad que finalmente será
nuestra identidad más precisa y unificadora. No una abstracta identidad de pueblos, sino una
concreta y dialéctica unidad de diversidades, del mismo modo que una orquesta no se crea con
idénticos instrumentos sino con instrumentos de timbre diferente, para tocar así una hermosa
partitura. (Sábato)
Por otro lado, ya se sabe que la cultura es una superestructura que depende finalmente de la
estructura económica de la sociedad, pero por ello mismo, los trabajadores de la cultura debemos
buscar la forma de socializar la política en beneficio del pueblo, combatir esa cultura de la
corrupción que es también la cultura de la perversidad neoliberal, del marketing, de la violencia y la
marginación del racismo, de la inflación y el desempleo, del narcotráfico y la deuda eterna, de la
desnutrición y la miseria. Quizás sea ese uno de los frentes de lucha más importantes de los
intelectuales, humanizar la política para humanizar la economía y humanizarlas desde la cultura,
desde la crítica y la discusión permanente, desde la defensa de los derechos humanos.
A este respecto, un gran escritor mexicano se preguntaba: ¿Podemos trasladar a la vida política la
fuerza de la vida cultural y, entre ambas, crear modelos de desarrollo más consonantes con nuestra
experiencia, con nuestro ser, con nuestra proyección probable en el mundo por venir? Y esa otra
pregunta también ¿Por qué han tenido tanta imaginación nuestros escritores y artistas y tan poca
imaginación nuestros hombres políticos?
Un ejemplo lo estamos viendo hoy mismo, en esa otra casa carcomida de rencores e individualismo:
el Congreso Nacional.
Pero hoy vamos a cambiar la historia de nuestro país. Vamos a devolverle el rumbo de dignidad y
de orgullo que perdió, vamos a darle vida a un país agónico, a un país desencantado, a un país que
también ha perdido su referente ético, su moral colectiva, vamos a diseñar una política cultural que
contenga la integración nacional, el concepto de la paz y de la solidaridad latinoamericana, la
internacionalización de nuestras virtualidades más ricas y más sabias. Y para ello vamos a caminar
juntos, con otras instituciones que aún no están rotas y deshechas, con hombres que las están
iluminando de ese temple y esa sensibilidad que necesitamos para levantar el espíritu desencantado
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y humillado de la Patria. Amigos como Paco Moncayo y Ramiro González, de quienes he recibido
ya su apoyo y su solidaridad, para no repetir o multiplicar dineros y esfuerzos, sino ir por un solo y
único camino que nos integre y nos dignifique.
Quienes nos dejaron en la miseria, quienes robaron el dinero de los pobres para dar a los ricos,
Robin Hoods al revés, especializados en Harvard, quienes denigraron el honor de la Patria dando un
voto humillante contra Cuba, los mismos que permitieron que se clavara como una araña en nuestro
país la Base de Manta, para monitorear la droga de la cual son los primeros consumistas (igual que
si nosotros instaláramos una base militar en Washington para monitorear la criminalidad, la
perversidad y la delincuencia diaria que se genera en los Estados Unidos para el mundo). Ellos, los
que nos han metido en una guerra entre países fraternos, los que nos han dejado sin padres, sin
hijos, cuyos familiares destrozados el corazón , se aferran diariamente a las alambradas del
aeropuerto, para dar su adiós incierto a los que se van a aumentar la servidumbre latinoamericana en
Europa. Ellos, los ladrones que nos han gobernado, los que nos han destruido psíquica y
moralmente, esos no son de nuestra cultura, de nuestra sangre, de nuestros ancestros.
Ellos son de afuera, de Harvard y de Miami. Que se queden no más allá. Ni siquiera las cárceles
ecuatorianas deberían recibirlos.
Recuerdo que Antonio Machado, en un momento crítico de la madre España, decía: Aquí no hay
manera de ser bien nacido sin estar del lado del pueblo, porque de él hemos aprendido cuanto
sabemos y menos de lo que él sabe.
Quizá por eso he aceptado la Presidencia con gusto, para tratar de estructurar, fortalecer y
multiplicar, desde una Casa entrañable, como la casa de cada uno, desde una dirección colectiva,
son los presidentes de todas las provincias de la Patria, las mil formas de pensamiento popular, para
diseñar y promover prácticas culturales nuevas, diferentes, democráticas y libres, que atraigan al
pueblo, lo convoquen y lo incentiven a desarrollar sus propias virtualidades y sus iniciativas, para
que el presente no se nos muera en las manos y el futuro nos dignifique por igual; para que la Patria
sea repensada y revalorizada desde su pasado, para que en cualquier lugar del mundo, se pueda
decir aquello, que en su tiempo lo dijo ese gran crítico español, Guillermo de Torre: nombrar al
Ecuador en cualquier lugar de América, es tanto como decir Casa de la Cultura.
Entendamos todos, que trabajar por la cultura en nuestro país es un voluntariado, es trabajar por la
vida, (a muchas personas he oído, en los términos macroeconómicos y demagógicos que hay que
elevar el nivel económico de la población, su calidad de vida, pero nunca se habla de su vida
espiritual. Necesitamos pan, leche, ternura, fraternidad, carne, libros, danza, teatro, música).
Voluntariado de la cultura porque allí no ganaremos dinero sino fortaleza anímica. Desde este punto
de vista, mi mujer estará a mi lado, sin un centavo de sueldo, desde luego, para ayudarme con otras
mujeres de mi Patria, ayudarme a volver más visible aquel pensamiento y aquel coraje de la mujer
ecuatoriana, que en el plano de la cultura, es lo más extraordinario que está sucediendo y que
mucho tiempo permaneció invisible. Mi mujer no como la primera dama de los burgueses, sino
como la primera compañera de trabajo, como la primera servidora.
La cultura es una actitud viva, permanente, dialéctica, una llama que cada uno de nosotros soplamos
para agitarla, para mantener su fuego.
Yo busco agitar esa llama, busco mantenerla prendida y para ello todos los alientos son necesarios,
especialmente aquellos con los que se fundan los pueblos, alientos de dignidad, de lealtad, y de
amor.
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Ahora, al salir de la Universidad Católica, leí un graffiti que decía: No les creo nada, vuelvan a
nacer.
Bueno, pues hemos vuelto a nacer. Desde la cultura conduciremos la marcha hacia un nuevo
espíritu nacional.
Y si mis amigos del alma me fallan, y si me fallan los trabajadores, los economistas, los
administradores, y si me fallan los contactos políticos, los contactos internacionales, y si me falla el
Gobierno Nacional, dentro de mi espíritu tengo un administrador que no me ha fallado nunca: Dios.
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LOS OJOS MÁS TRISTES DE LA TIERRA
“Regreso desde los cerros, donde moríamos a la luz del frío.
Desde los ríos, donde moríamos en cuadrillas.
Desde las minas, donde moríamos en rosarios.
Desde la muerte, donde moríamos en grupo”.
Pienso que tu rostro es el cuadro más patético de la Edad de la Ira -le digo mientras miro sus
grandes manos temblorosas que permanecen absortas cuando no pintan- Sí -dice- es un
cuadro pintado por el tiempo, por el hambre y el frío. La hija de Chagall me dijo que ha visto
en mí los ojos más tristes de la tierra. Vengo del despojo, de una miseria espantosa. Las dos
familias no querían que mi padre y mi madre unieran su amor. No querían que un indio se
casara con una mujer de la ciudad y tampoco que la niña de la ciudad se casara con un indio.
Entonces empiezan de la nada. Es decir del todo. Empiezan del amor. Nazco. Yo soy el
primer hijo de ese matrimonio. Recuerdo que vivíamos en socavones o amontonados en un
cuarto de las calles Cuenca y Mideros. Cada año, el cordonazo de San Francisco arrojaba
nuestros colchones a la calle. Yo miraba absorto como las cosas queridas, el reverbero, la
silla coja, las canastas, se iban nadando en el agua. Mi madre me regalaba entonces los
papeles brillantes de los caramelos que vendía, para que se me pasara la pena. Desde allí
vengo. Desde esos papeles finos que más tarde serían collares, aretes, prendedores, que mis
manos tejían para María, la patojita de la esquina.
Sí. No es el hombre millonario, vanidoso, vilipendiado por aquellos que siempre fueron
inferiores a su empeño. No es el hombre feliz que vive rodeado de mujeres, sus mayordomos
y sus perros. No es el artista glorioso que mira desde su altar la podredumbre humana. Sigue
siendo aquel niño descalzo que en la guerra de los cuatro días se topó de bruces con la muerte
en el cementerio de San Diego, aquel niño lleno de estupor mirando todavía el cadáver de
Manjarrez, su compañero del cebollar, con el que había ido tantas veces al Pichincha para ver
como construían sus edificaciones las hormigas, con el que había llorado en la biblioteca
leyendo hace tantos años Retratos de un artista adolescente. No podía concebir -dice- que la
muerte sea eso, ese montón de carne sencilla y humilde, hecha pedazos. Hay que renunciar a
la inteligencia para alcanzar la bondad. Desde aquel día se conmovió todo mi mundo interior.
Dios dejó de ser aquel padre amantísimo que vela por nosotros.
“¡Vuelvo, Álzome!
¡Levántome después del Tercer Siglo, de entre los muertos!
¡Con los muertos, vengo!
La tumba India se retuerce con todas sus caderas,
Sus mamas y sus vientres”.
Sus cejas se enarcan, sus pómulos se tuercen, sus cabellos se erizan. Desde el fondo nos
miran Caspicaras heridos, Goyas fantasmales, Picassos con su pie en el hombro. Cuando
empiezo a salir de esa mierda -dice- es cuando siento lo que ha pasado conmigo mismo.
Porque mientras vivo en la miseria, en la putrefacción de los olvidados, pienso que la mierda
es el olor normal de todos nosotros, de todo el medio en que vivía. Pero luego veo que ese no
ha sido el olor permanente de las cosas y ahora soy mucho más sensible a la pobreza, a la
miseria y hago lo que está a mi alcance para que esto cambie. He paseado el desgarramiento
de mis antepasados, por todo el mundo, muchas veces he visto en los museos de Europa a la
gente llorando ante mis cuadros. Desmayándose ante el color de la rebeldía.
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Siempre estuve con los movimientos de izquierda. Desde los quince años tengo una idea
bastante clara de mi posición política que a la vez es el resultado de toda mi vida.
El Marxismo no se aprende en los libros. Se aprende en las calles, con los ojos desencajados
por el hambre, porque así también se aprende la esperanza, y la esperanza es el socialismo en
el mundo. Por eso estoy en contra de la intervención norteamericana en Centro América. Por
eso siempre me he pronunciado en contra de la prepotencia de los EE.UU., en su afán
empedernido de destruir los movimientos de liberación de nuestros pueblos. Por eso mi voz
se ha alzado para defender a los pueblos que como Nicaragua, Granada, Cuba, El Salvador,
luchan por la reivindicación de su destino. Por eso encuentro en el combate, en la libertad y el
sufrimiento, el tema principal del artista de nuestro mundo. Por eso no soy un buscador de
temas. Mi tema es uno solo y está tejido con mi piel. Sigo pintando lo que concebí cuando
era niño. Es la manera más limpia, más directa de reflejar mi contexto. No soy Picasso.
Picasso es como una especie de mancha de aceite puesta encima de un papel, que va
extendiéndose y va absorbiendo a su medida genial. Yo soy una especie de clavo en un
mismo sitio. Cada vez (como si alguien golpeará ese clavo con indeclinable tortura) voy
ahondando más y más dentro de mí mismo, dentro de mi grupo humano, dentro de este
continente, dentro de la tradición de ocho o diez mil años que tenemos. Esta es la fuerza
interior. Está es la raíz donde nace el árbol. Es decir la raíz no es lo que se ve, no es este
oropel con el que cubro mi angustia. Es Huacayñán, por ejemplo, serie de cuadros sobre
indios, negros, mestizos; cuando la expuse en Guayaquil en 1938. los intelectuales de esa
ciudad me insultaron en forma brutal, a tal punto que mi mujer tuvo que abofetear a uno de
ellos. Su tesis era que yo debía haber vivido con los campesinos, con los negros, con los
indios, no aceptaban mi casa llena de luz. No aceptaban que ahora pudiera dejar volar mi
imaginación.
Se le hincha la vena en la frente. Grandes surcos a los lados, surcos de tierra y viento. Sus
manos piensan. Cada uno de sus dedos piensan y van más allá, al recuerdo. La muerte es un
recuerdo constante. La muerte y la vida, dialéctica implacable.
En el sesenta y tres -dice-, el mismo día que se instauró la Junta Militar más ignorante, fui
sacado de mi casa de una manera brutal, me sacaron de mi casa donde ahora es el museo, esa
callecita no es la que hoy existe, era un chaquiñán abandonado y trataron de matarme en el
camino. Habían siete personas ( sus ojos se achican y se agrandan intermitentes, siempre vive
el momento, siempre esta torturado por su material volcánico ), me dijeron que el jeep estaba
en la puerta, pero no estaba.
Eran las tres o cuatro de la mañana. Habían ya dos o tres muertos en la ciudad. En un
momento, en la parte más oscura de la calle, los tres militares que venían atrás y los cuatro
pesquisas se pusieron a mi lado y los tres rastrillaron el fusil a mi espalda, pensaban
seguramente que iba a huir, no sé de qué cántaro se alimentó mi serenidad, empecé a contar
uno, dos, tres, cuando conté cuatro supe que ya no me matarían.
La cobardía no tiene tiempo de reflexionar. La cobardía está perdiendo sus mejores hombres
en nuestra América, pienso en Nicaragua, en Cuba, en El Salvador, en Granada. América está
naciendo con gente limpia, está lo más importante de la creación artística a todo nivel, los más
grandes literatos, los más grandes pintores y escultores, los más grandes músicos. Aquí
mismo, en nuestro país la plástica y las letras se renuevan sin cesar. En Cuba la enseñanza
que están experimentando tiene un valor tremendo, esto de hacer un mural en conjunto, de
pintar cosas dos o tres artistas, es un retomar de la esencia misma de la creación, es decir
devolver al hombre lo que ha concebido el hombre, el hombre para su provecho y su alegría.
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Así sucedió en México con el muralismo que es producto de la izquierda combativa. Así vi a
Orozco - que me enseño a pintar al fresco - desarrollar con alegría sus grandes murales
didácticos donde quedaba lacerante y eterna la historia de su patria. Lo conmocional de la
creación debe estar ligado siempre a una cosa esencial en el hombre mismo y en su sociedad,
porque solamente es artista el que es capaz de interpretar el inconsciente colectivo.
“Y a un Cristo, adrede, tan trujeron,
Entre lanzas, banderas y caballos.
Y a su nombre, hiciéronme agradecer el hambre,
La sed, los azotes diarios, los servicios de iglesia,
La muerte y la desraza de mi raza.
(Así avisa al mundo, Amigo de mi angustia.
Así, avisa. Di. Da diciendo Dios te pague)”.
Cae la tarde. A través de una ventana miro un pájaro que se posa sobre una escultura de
Delfín. Un perro ladra en el jardín inmenso. La soledad es mucho más patética cuando los
techos son altos. Pienso en el Poema de Vallejo: “Si supieras hasta cuándo son cuatro estas
paredes./ Y ni lloras, di, libertadora./ Guayasamín cautivo. Esclavo de colores, de fantasmas,
de formas. Guayasamín roca esculpida a martillazos. Trigo en sus ojos. En su cuerpo
mazorcas. De dónde viene esa fuerza que espanta. Esa fuerza que le permite coger la
espátula como si fuera pala, el pincel como azadón. Prende otro cigarrillo, tose, ruge y habla:
Yo soy indio, soy un mestizo aindiado, mi madre mestiza, mi padre indio, quizá de allí surja
esta violencia para pintar mis cuadros. Cuadros de gran tamaño son pintados en dos o tres
días, un retrato en dos o tres horas. Cuando veo la obra terminada soy el primer sorprendido,
nunca sé quién lo ha hecho, no sé si ha salido de mis manos o de... no quiero hablar de trance,
no quiero hablar de duendes que me empujan.
Le miro. Su inteligencia es mineral. Pienso que sus pinturas son, a veces, más producto de la
intuición que de la reflexión, más de la voluntad que de la destreza. Así le digo con el tercer
coñac que me calienta el alma. No, no es verdad -dice- para hacer un cuadro o un mural o el
grupo de cuadros de la Edad de la Ira, he realizado por lo menos unos cinco o seis mil dibujos
donde está planeándose totalmente todo el proceso de los cuadros, de color, de forma, de
contenido, es decir para cada cuadro hay doscientos o trescientos bocetos, acuarelas; ahora es
verdad que cuando esto lo pongo en la pared y empiezo la obra definitiva, algo pasa, se me va
de las manos, la mano obedece otras sensaciones, entro a un túnel donde el destello más
preciso parecería la magia. Y sin embargo todo ha sido reflexionado, lucubrado y medido.
Para pintar Huacayñán (el camino del llanto) me tardé más de veinte años y todavía no está
terminado.
Es decir que cuando tú planteas una obra a realizar en veinte años, cada minuto del día te
vuelve a la cabeza, te punza, no te suelta, te obliga a razonar y a vivir junto a su mensaje.
Para esto debes tener un orden interior. Un orden en mi estudio, un orden preciso, un orden
mental. Todo esto debe reflejarse en mis cuadros. Hay una parte donde uno pone toda la
creación, toda la fuerza volcánica de la que uno es capaz, pero también esto de cierta manera
es controlado. Hay, desde luego, una parte que a veces es el noventa por ciento y otras el diez
por ciento. No importa. Cuando hago un retrato busco hacer la pincelada perfecta,
instantánea, espontánea. Vuelvo a pintar y vuelvo a raspar hasta que parezca hecho al
instante, hasta que parezca de carne, quiero decir de espíritu.
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El pájaro se ha ido y la niebla empieza a caer. Desde la ventana miramos sus Quitos llenos de
huesos fosforescentes. Luego del Camino del Llanto viene la Edad de la Ira -le digo- y
pienso que sus últimas figuras tienen lágrimas secas. No tienen lágrimas. Parecería que el
sufrimiento contemporáneo ya no tuviera lágrimas. / Así es / dice -mientras el preludio del
llanto le hace toser-, esto es una cosa casi personal, las lágrimas se han vuelto de piedra o de
hueso, ya no chorrean, son cuerpos sólidos, son pequeñas sutilezas (el ademán de sus manos
regresa a las maravillas del papel celofán de su niñez), donde quiero expresar montones de
cosas. Quiero hacer lágrimas que no lloren ¡carajo! Hacer rostros que vayan hasta el tuétano,
hacer manos ¡mierda¡. Como Dios manda. Jamás han habido grandes pintores que hagan
manos. El Greco tal vez, en “Los Profetas”, cuando con dos pinceladas hace unas manos que
son verdaderamente pavorosas, maravillosas. Ese fue mi primer reto, hacer manos que hablen,
que arañen, que busquen, que reclamen. El rostro y las manos, su relación es íntima. Para
llegar al rostro hay que enfrentar la calavera, hay que hacer abstracción de lo perecedero, de lo
mutante. La carne es solamente el relleno de lo eterno. Es lo que el tiempo carcome, lo que la
soledad desdibuja. La mano es la ejecutante del pensamiento. El arma. Verle escribir un verso
a Neruda, en su tinta verde casi dibujada, muy aireada, es una cosa maravillosa. El frío de las
imprentas la rebaja. La pintura es la única creación artística directa sin intermediario, yo
pongo la pincelada como quiero. Digo directamente lo que quiero en el lienzo. Soy, de mis
manos al cuadro.
“A Melchor Pumaluisa, hijo de guápulo,
en medio patio de hacienda, con cuchillo de abrir chanchos,
cortáronle testes.
Y, pateándole, a caminar delante de nuestros ojos llenos de lágrimas”.
Somos privilegiados -dice- mirando las luces de la ciudad que empiezan a encenderse. Estas
montañas, estas profundidades, la lluvia, el sol, la nieve, los volcanes, son fuerzas telúricas de
una potencia tremenda. Por eso hablo en contra de los jóvenes pintores de nuestros países que
quieren limitar su obra a las formas europeas, al cubismo francés, al abstraccionismo. Cómo
es posible frente al Pichincha, al Chimborazo, al Cotopaxi, frente a un paisaje tan brutal, tan
nítido, cómo es posible hacer abstracción. ¿Cómo puedes abstraer esas cosas?; ¿Cómo puedes
abstraer al hombre que trabaja esta tierra, que la araña y la muerde? ¿Cómo puedes abstraer
esto? Le escucho hablar así y pienso en el barroco maravilloso de Carpentier, y sin embargo
en sus cuadros hay una intensidad dramática, patética que está manejada con poquísimos
recursos, sin ornamentos, con una simbología exacta. Espero que se aquiete, que deje de
sentirse él mismo la montaña, él mismo el risco y la quebrada y luego le hago notar la
desnudez de sus figuras. Sí -dice-, es la parte más indígena de mi ancestro. He suprimido todo
lo que no sea el hueso y la lágrima. Jamás he hecho la vestimenta del indígena, sino al
hombre, el dolor de un hombre es el dolor de todos los hombres. No hay ornamentos en mi
pintura, no hay folclor. Yo no tengo respeto a los gritos sino al silencio. No me atraen las
ramas del ciprés sino su olor.
Y después del hueso y la lágrima ¿qué? Pregunto. He pintado ahora alrededor de veinte
cuadros y una cantidad de dibujos sobre la ternura, el título de esos cuadros va a ser “Mientras
vivo siempre te recuerdo” es un homenaje a mi madre y a todo lo femenino, a la mujer en la
tierra. No estoy tomando a la ternura como una cosa de boca humedecida, de lengua floja,
sino de la defensa de la madre a la vida de su pueblo recién nacido, a la defensa de los
derechos humanos. Por eso estos cuadros están pintados con amor y con desgarramiento,
porque el dolor de la mujer me toca en todas partes, porque las madres de la Plaza de Mayo
me pinchan con todo su valor. Por esos creo que pintar es como sacarse la piel, es tan doloroso
como empezar a arrancarse la piel.
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Ahora sí, una lágrima brilla en sus ojos. No es de piedra esta lágrima, es de agua y viene del
frío de los páramos. Es del hombre famoso, del no querido, del azotado. Es una lágrima que
en un parte me produce alegría, porque comprendo que el hombre está más allá de cualquier
obra, de cualquier bagatela, de cualquier pedazo de oro. Aprovecho entonces para ejercer mi
ternura malévola y dejo caer mis palabras desde arriba: ¿Te preocupa la muerte? La muerte no
-dice mientras piensa que sí- lo que tengo miedo es a la forma de morir. La muerte no, desde
que nacemos vamos hacia esa meta. Además la cosa indígena en esto es muy patético, muy
bello, muy esperado. Volver a ser semilla que después florece.
¿De qué sientes nostalgia?
De todo. De todo el pasado por no haber estado presente. Nostalgia del porvenir porque ya no
veré ni el amor ni el odio.
¿Qué habrías querido ser?
¿Nada pues? Si no hubiera sido pintor ya me hubiera muerto de borracho. El hombre nace
para cumplir su papel sobre la tierra. Piensa en Fidel Castro, el más grande genio de este siglo.
Piensa en Ernesto Cardenal, poeta entrañable, lleno de una ternura inmensa, combatiente,
poeta lanzado a la defensa de su pueblo. Piensa en el Che. Este mismo momento en Daniel
Ortega, hombre indeclinable y absoluto. El hombre tiene el tamaño de su sacrificio, el tamaño
de su voluntad. El hombre está en la tierra para cumplir un mandato de amor. No importa el
campo. La genialidad es el poder de trabajo. No concibo que un pintor que haya pintado tres
cuadros en su vida, sea genial; la capacidad es la capacidad de imaginación creadora. Ahora
yo trabajo más con mis sesenta y pico de años que cuando tenía treinta.
¿Te queda tiempo para amar?
Claro. Pienso que hacer el amor es la forma más clara de amar. Es más importante que pintar,
engendrar es más hermoso que pintar. Es mantener la vida del hombre sobre la tierra. Es
manejar las cosas vivas.
“Regreso
Regresamos ¡Pachacamac!
Yo soy Juan Atampam ¡Yo tam!
Yo soy Marcos Guamán ¡Yo tam!
Yo soy Roque Jagan ¡Yo tam!
Es la noche cerrada. El cenicero lleno de cigarrillos muertos. La botella de coñac también
muerta. El hombre sigue hablando empujado por la maldad de la memoria: Mis noches llenas
de pesadillas, de gente latigueándome, pegándome, de colores subiendo por mi piel, de
dolores como hormigas. Hormigas, aquellas hormigas amadas por mi compañero muerto. Es
de noche y sin embargo hace calor en el salón inmenso. Desde alguna parte se va llenando de
sus palabras y del humo de mis preguntas. Hay palabras tiradas por aquí y por allí. No las
recogerá esta entrevista, pero sí mi corazón. Y para siempre.
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EL SEÑOR DE LOS GATOS
Por los albores de los años sesenta, yo era quizá más feliz e indocumentado que ahora, y me gustaba
ir de asombro en asombro, buscando en los demás los vericuetos de la inteligencia por donde se me
había perdido mi padre.
El azar que rige el destino de los escritores, y quizá también la amistad que me unía a escritores
colombianos como Isaías Peña Gutiérrez, Álvarez Gardeazábal, los hermanos Pardo, los Dadaístas
como J. Mario y Gonzalo Arango; Andrés Caicedo, el bebé maldito, sirvieron para que, con mi
incipiente obra literaria de esos años, se me invitara al primer encuentro de Literatura a realizarse en
Colombia. Allí estarían Vargas Llosa, Soriano, Edmundo Valadez, Pedro Jorge Vera y otras
estrellas del firmamento que yo quería tocar con mis manos.
Lo que nunca imaginé, es que ese viaje proporcionaría mi encuentro con alguien a quien yo, sin
conocer personalmente, ya lo había asumido como padre: Ángel Felicísimo Rojas.
Sus obras: Banca, Un Idilio Bobo, La Novela Ecuatoriana, El Éxodo de Yangana, me las había
bebido en un par de meses, urgido por la férrea disciplina que me imponía mi hermano mayor. Me
quedó para siempre aquel leve y maravilloso ritornelo, tan leve y tan profundo y que, sin embargo,
hacía estremecer la tierra:
Allí marchan, vienen…
Vienen los hermanos Mendieta
Viene la Virgen del Higuerón
Viene Fermín López, el hombre perseguido por el fuego
Viene Josefina Luna, la más gorda de la caravana…
Vienen…
Ese toque de epifanía, esa sensación de los primeros días del mundo, ese delicado deslizamiento del
lenguaje, era lo que yo buscaba y que han buscado tantos escritores como ítalo Calvino, cuando
decía “he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he
tratado sobre todo de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje”.
Nos encontramos en el aeropuerto de Quito y desde allí empezaría una amistad que no terminará
nunca y que me ha brindado a mí las satisfacciones más grandes, los consejos más sabios, y el
ejemplo más digno a seguir.
Macerado en las ideas socialistas, templado en la lucha popular, Secretario General de ese partido
en 1941, año de turbulencias y de angustias, Secretario de Alianza Democrática cuando el
derrocamiento del régimen nefasto de Arroyo del Río, preso político en el Panóptico, donde
escribiría su última novela “Curipamba”, profesor universitario, Contralor de la Nación, periodista,
jurisconsulto de nota, crítico y hombre de letras. Era ésta la recia personalidad que yo tenía frente a
mí. Su charla viva, profunda, entrañable, sería una compañía inolvidable para esos años de
descubrimientos y combate.
Y ya desde el aeropuerto empecé a receptar esa sabiduría en cámara lenta, que emanaba de su
palabra y de sus gestos. En aquella vez nos acompañaban nuestras esposas, lo que daba una calidez
mayor a la tertulia, al repaso de los grandes nombres y de los grandes hombres de la literatura
universal. Su compañera Maruja, bella como un amanecer, iba filtrando anécdotas que definían el
carácter de Ángel Felicísimo, su ironía cáustica, su bondad, sus dudas con respecto a la vocación
literaria, su faceta de niño y de sabio. Y claro, su misteriosa vinculación con los gatos. Nos decía
que en cualquier parte donde hubiera un gato, inmediatamente percibiría la presencia del escritor y
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se le subiría sin el más mínimo respeto, sin esperar ningún consentimiento, a sus rodillas.
Estupefactos mi mujer y yo lo pudimos comprobar minutos después, al llegar al aeropuerto de
Pasto, en la cafetería, mientras yo fumaba cigarrillos y expectativas, un gato, que seguramente era
gata al juzgar por su parsimonia y magnetismo, avanzó digna y majestuosa, como si fuera una
fragata entrando al puerto luego de la victoria, y de un salto se acomodó en el regazo de Ángel
Felicísimo, quien, sin inmutarse lo más mínimo, empezó a acariciar su pelambre, mientras nos decía
con una serenidad parsimoniosa y grata, que El Éxodo de Yangana era la visión de un pueblo en
busca de su último destino, de un pueblo acosado por la desesperanza y la esperanza, un pueblo
donde el pasado y el futuro corrían, olfateándose, oliscándose, buscándose, prodigándose al abrazo
estremecido de tiempo, de fe, de voluntad, de un pueblo acosado que aún besaba la tierra, que aún
ponía su oído en la tierra para escuchar su más liviana, su más profunda, pulsación interna, su
mensaje, su prodigioso beso de protección, de mama grande.
Los gatos, la gatería, la forma elástica, el salto, el gesto perezoso o felino, la cadencia, el ritmo, una
épica que venía de la piel, de un más allá profano y primigenio, eso era, claro. Era que en sus
palabras también habitaban los gatos, que su palabra misma era un gato agazapado para dar el salto
el momento exacto, un gato de terciopelo, con los ojos de cuarzo como son los ojos del lenguaje
preciso, con fulgores que nunca se olvidan, lo único que hacían es reconocer, oler en Ángel
Felicísimo, a alguien de su estirpe, de su familia, de su condición, quien sabe ellos también, en
alguna otra vida, en alguna transmutación, fueron escritores, vivieron en aquel recinto, “El
Plateado”, cercano a Loja, corretearon por ese tiempo, con los cholos y los indios por los potreros,
por las canchas, por los chamizales, y aprendieron a deletrear de labios de su madre Ágata, las
primeras sílabas que terminarían alargándose en el tiempo, hasta llegar a ser Un Idilio Bobo, Banca,
Curipamba y quizá el mismo Éxodo, que, como se sabe, es el terreno más apreciado por los gatos.
Sino, que lo digan la noche o los tejados…
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ARRABAL AMARGO METIDO EN MI VIDA
En Guayaquil, en la Plaza del Centenario, desde una ventana apolillada y ennegrecida por el
tiempo, un niño descalzo, presenciaba atónito, la masacre militar ordenada por un gobierno
mediocre, contra la primera insurgencia proletaria. La fecha: 15 de noviembre de 1922. El
niño: Pedro Jorge Vera, niño que por esa fecha cumplía ochenta años de golpe, como ahora en
que festejamos sus primeros ocho.
Era ese niño, entonces, el que luego nos daría tantos dolores de cabeza a propios y extraños.
Quizá porque esa primera visión inflamó su espíritu y grabó con sangre aquella frase de Martí,
que hasta ahora Pedrito la canta desde que amanece el día:
“Con los pobres de la tierra/quiero yo mi suerte echar.”
Bueno, desde que amanece el día, es un decir, porque antes de cantar a las cinco de la mañana,
prefiere despertarnos por teléfono, con su voz arrabalera, a los amigos que tanto le queremos,
pero que pensamos absurdamente que la vida empieza un poco más tarde.
Especie de gallo multicolor que anuncia el alba. Gallo en todo sentido, inclusive en el que lo
daba José de la Cuadra, su ñaño del alma, cuando le preguntaban que porque escribía
solamente cuento y no novela y el respondía con una sonrisa amplia y satisfecha: “Yo soy
como los gallos: acabo pronto”.
Perdonen esta falta de solemnidad, pero sería una actitud fascista ser solemne cuando se dirige
a un niño, que es eso ahora mi padre Pedro Jorge, cansado un poco de ser hombre infatigable
toda la vida.
Lo que pasa es que mi palabra escrita, pocas veces se ha llenado de alegría, como en esta vez,
en que miro de cuerpo entero lo que la inteligencia y el coraje pueden hacer con nuestro
tiempo, porqué, quién como él puede decir, mientras fuma su pipa, molesta con sus
interminables pistachos, riega la ceniza y el ron en la alfombra: “ Me siento orgulloso de
haberme mantenido en mis trece, de no haber claudicado jamás, ni cuando la miseria material
me ha mostrado su espantoso rostro. Orgulloso de mi compañera y de los cuatro hijos que he
procreado. Les lego el ejemplo de una existencia pobre y tormentosa, pero limpia, pero digna,
pero plena de humanismo.
Llegar a eso es suficiente para una vida, así haya cometido ciertos pecadillos capitales, no
capitalistas (¿capitales o veniales?) como aquel de haber sido velasquista, en la Gloriosa del
44, aquel 28 de mayo cuando Pedro Saad viejo corría por las calles de Guayaquil, emulando a
Lenin, y gritando: “todo el poder para Velasco” porque los Soviets sabios ya habían ganado su
batalla, o aquél otro pecadillo de dejarse apadrinar por Velasco en su primer matrimonio,
quizá con la secreta esperanza de él también llegar a cinco, sin pensar que con Eugenia Viteri
le llegaría la dictadura, una dictadura preciosa, inteligente, solidaria, que duraría hasta hoy,
dictadura por cierto, desconocida en nuestra América.
Las lenguas viperinas dicen que por una mala lectura de Nietzche, suprimió a Dios, pero que
por alguna razón apologética o misteriosa logró quedarse con su túnica de humildad, de
justicia y de ternura y que así lo miraron las gentes de Guayaquil cuando apenas a sus 19 años,
luego de una huelga estudiantil, era conducido por las calles, esposado, cuarenta cuadras,
hasta llegar al lecho tibio de la cárcel. Tibio, porque toda cárcel es un alivio si las ideas salen
de paseo.
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Seguramente, desde ese tiempo Joaquín Gallegos, era el culpable. Joaquín Gallegos, a quién
nuestro Pedro - que no es el carpintero de la Biblia- lo cargaba en sus espaldas por las calles
de Guayaquil, solo para escuchar su sabiduría milagrosa. Joaquín Gallegos ese suscitador que
algún día le mintió con un cariño revolucionario y hablo de la poesía Horaciana de Pedro
Jorge Vera, sólo para descubrirle esa permanente voluntad y obsesión que exige la literatura.
Joaquín Gallegos, aquel hermano mayor a quien, enfermo, en estado de coma, los generosos
gringos le negaron la visa. Menos mal, porque capaz que se nos moría por allá.
Pedro Jorge sin Dios, pero hombre que ha cumplido los mandamientos de la ley del hombre:
ser insurgente, ser libre, ser bueno, ser justo. Quizá por ello la vida le protegía y hasta cuando
le ponían bombas, los represores se equivocaban y desgraciadamente explotaban en la casa de
al lado.
Cuando editaba la revista La Calle con Alejandro Carrión - el bueno- y había escrito una
diatriba contra el Conde Manuel Jijón Flores, llegaron a la Revista dos caballeros
almibarados, que notificaron a Carrón del duelo al que le desafiaba su patrón. Carrión,
eludiendo semejante bulto - ya se sabe que los escritores sólo aceptan duelo con la muerte les comunicó que el autor del artículo no era él sino Pedro Jorge. Los caballeros volvieron
apesadumbrados después de unas horas a comunicarle al asustado Alejandro que: “De todas
maneras el señor Conde va a tenerse que batir con usted, ya que no puede hacerlo con el
señor Vera por ser este descendiente de esclavos”.
Es obvio, hay un Dios particular que le ha protegido a Pedro para nosotros, para que podamos
decirle ahora cuánto le queremos y cuánto le debemos. Tanto que una vez me atreví a
profanar un tango de Jorge Luis Borges, una noche de vino y rosas, una noche en que los
tangos que Pedro ponía obsesivamente en su vieja radiola, aún no modernizada, eran más
inteligentes e importantes que las obras completas de Gorky, Mariategui y Balzac juntos. Le
canté entonces, modificada por mi bohemia y mi cariño, aquél tango, así:
Esa ráfaga, el tango, esa diablura
Los atareados años desafía.
Hecho de polvo y tiempo, Pedro dura
Mucho más que la liviana melodía.
Sí. Pedro Jorge Vera nos durará mucho más. Nos durará como la campana, y siempre será
eterna su melodía.
Y ahora, permítanme hablar de su obra. Su obra es él, y él es quizá todos nosotros.
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DE LAS MANOS DEL PUEBLO
LAS MANOS DE KINGMAN
Salgo de su casa y es como, si saliera de un gran abrazo. Me quedo con el olor a espiga, a pan
fresco, a aquellas tahonas que apenas están en el recuerdo.
Pienso que Lewis Carrol llevó de la mano a Alicia por todos estos rincones del pintor, la hizo
golpear el campanario, entrar por esa puerta diminuta que la conduciría de golpe al alma del artista
ecuatoriano, a su voz pequeña que dice desde la buganvilla: la belleza es una magia espiritual y el
hombre puede o no captarla, sugerir es el camino del pintor.
Pienso que la condujo al dormitorio de Soledad (más soledad sin ella), al colorido alegre, vivo,
tierno de sus paredes, a aquellos cuartos de minucias y detalles sutiles como la vida, de
reminiscencias y voces, de presencias y ausencias, a ese comedor donde hay un confesionario para
mejores utilidades, a esos patios donde la mirada se triza como papel celofán. Alicia acariciaría
entonces la sencillez que como un gato da brincos por toda la casa, esa presencia pura, diáfana,
cordial que no tiene rostro, ni manos, ni ojos y que sin embargo nos toca por sobre el hombro, nos
mira, nos alumbra, y luego de ese contacto estremecido, se metería por el túnel de la charla con
aquel viejo que piensa a colores y miraría a sus cuadros donde permanece viva la sensibilidad
prodigiosa, la actitud diaria, cotidiana de la gente sencilla de nuestros pueblos, ese figurativismo
cuyo trazo fuerte, ágil, mineral, capta la esencia del espíritu, su actitud más profunda, su hermandad
con la tierra y los elementos naturales.
Cuadros que son como atravesar el espejo para llegar por fin a lo que somos, cuadros que parecen
alumbrados por aquello que diría Martí a los pintores mexicanos:
“...Copien la luz en el Xinancatecatl y el dolor en el rostro de Cuauhtemotzin, hay grandeza y
originalidad en nuestra historia: haya vida original y potente en nuestra escuela de pintura”.
Kingman entonces, buceador de nuestra serranía, poeta de las manos que se sacuden y gritan, de los
rostros aindiados y bronceados por el sol del mestizaje, pintor de la ideología que define al hombre,
viejo trabajador sencillo como el agua o como aquel panadero que le legó su casa.
Porque también, y más que todo, el artista es su casa y es su patria.
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PRÓLOGO PABLO PALACIO
El siglo XX nace con los mejores augurios para el Ecuador. Corren los tiempos en que Eloy Alfaro,
al mando de sus montoneras proletarias, deja huellas victoriosas en todos los campos de batalla. La
revolución Liberal triunfa en 1895 y con ella un nuevo período histórico hace resurgir la esperanza
de un pueblo que hasta entonces vivía dominado por la tiranía del encomendero español, primero, y
luego del terrateniente criollo y conservador. El ambiente es de euforia, de renovación, de combate,
los decretos reivindicativos están al orden del día: libertad de cultos, democratización de la cultura,
educación laica, enseñanza gratuita; se incorpora la mujer al trabajo, se delimita el poder de la
iglesia al separarse del Estado. Es el cambio, el vuelco, la libertad.
Bajo este contexto de positivos presagios, nace en la ciudad de Loja, Ecuador, en 1906 Pablo
Palacio.
Por aquel mismo año y como refrendando estos nobles auspicios, nacerían los tres mejores poetas
ecuatorianos: Jorge Carrera Andrade, Gonzalo Escudero y Alfredo Gangotena.
Palacio a la manera de Edgar A. Poe, solamente tendrá una imagen fugaz de su madre, a la que
pierde a los dos años. Esa imagen perdida buscará luego en la literatura y en la vida con la misma
obsesión y el mismo temblor del ciego que no acierta con sus pasos. A su padre no lo conocerá
nunca. Un niño solitario, de juegos solitarios, apenas cuidado de alguna mucama vieja, y digo
apenas porque a los tres años y en un descuido de ella, lavandera del río, Palacio cae a un arroyo.
Sus aguas turbulentas, medio kilómetro más lejos, devuelven al niño con la cabeza destrozada; esta
caída afectaría más tarde su equilibrio mental basta abrigarlo en las tinieblas de la locura.
Apenas adolescente, sorprende a los jurados de un concurso literario, con un cuento de magnífica y
extraña factura (uno de los jurados es Benjamín Carrión, el suscitador ecuatoriano) y se decide darle
el premio. Pablo Palacio, el más joven de los participantes, debe recibirlo en gran asamblea,
arrodillándose frente a la reina de estos juegos florales y besar su mano, pero el escritor en ciernes
se niega rotundamente y sale por las mismas, dejando a reina, jurados y público con un palmo de
narices.
Por aquella época el "viejo luchador" Eloy Alfaro, ha sido quemado en "la hoguera bárbara" por las
huestes más reaccionarias del país. La revolución toca a su fín. El banco Comercial y Agrícola de
Guayaquil hace y deshace de los destinos del pueblo impone candidatos, viola las leyes y se
enriquece cada vez más con los dineros que produce el cacao. Es la decadencia de la revolución, es
su error primigenio al no haber tocado el régimen de la propiedad agrícola privada. El liberalismo
radical se transforma en un liberalismo de papel, institucional y demagógico. Su ala más
reaccionaria pacta con la iglesia y los terratenientes conservadores. La burguesía tiene en sus manos
todo el poder, pero hay ya una incipiente industria lo que permite el desarrollo del proletariado y
como dice Agustín Cueva
"aquellos grupos que, gracias a la democratización cultural impulsada por el liberalismo, habían
logrado acceso a la educación media y superior, emergieron también por la misma fecha como
embrión social independiente, desligado de los grupos de poder y hasta en pugna con ellos.
Integrado básicamente por intelectuales y profesionales, tal núcleo devino en corifeo de las ideas
socialistas y en promotor de la insurgencia y la protesta".
La clase obrera, bajo la égida de la Confederación Obrera del Guayas, asume la dirección del
movimiento reivindicatorio y el 15 de noviembre de 1922 recibe su primer bautismo de sangre
luego de la matanza más feroz registrada en nuestro país, las calles se llenan de cadáveres de niños,
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mujeres, jóvenes y ancianos, que luego "en la noche y en la niebla" serían arrojados por camiones a
la ría (cada año el pueblo, en homenaje a sus caídos, arroja cruces de madera en este río). De esa
desastrosa secuencia histórica nacería una de las novelas más firmes escritas en el Ecuador: Las
cruces sobre el agua, de Joaquín Gallegos Lara, militante comunista.
La historia entonces se vuelve convulsiva, los buenos auspicios con los que nació se han
transformado en un período de matanzas, se suceden incontables gobiernos y la vida social, política
y económica es un caos. Adviene entonces la Revolución Juliana en 1925. Revolución de la clase
media en pleno ascenso, revolución realizada por los militares de baja graduación y que perseguía
según un historiador de la época "la igualdad de todos y la protección del hombre proletario".
Pablo Palacio, por entonces radicado en Quito, escribe su primer libro. Un hombre muerto a
puntapiés. Tiene veinticuatro años y milita en el Partido Socialista que se había fundado un año
antes, es decir, en 1926.
Este libro es un puntapié a la conciencia pacata, "municipal y espesa" de la sociedad provinciana.
Se compone de nueve cuentos, entre los que sobresale con luz nueva (no solamente en el país sino
en América Latina) el cuento que da nombre al libro. Un cuento de reminiscencias misteriosas
(muchos de nuestros críticos han percibido en Palacio algo de Kafka, de Pirandello, de Eca de
Queiroz) pero ante todo han percibido de Palacio, un adelantado de la época cuyo bisturí subjetivo
dejaba ver los huesos horripilantes del hecho cotidiano. Es eso lo que pretende Palacio: aguijonear
la realidad, sacarla de sus casillas, de su guarida llena de telarañas, faltarla al respeto, zarandearla,
tomar el hecho cotidiano y hurgar entre sus vísceras. No es Kafka porque Kafka, al decir de un
crítico, soñaba sus obras con su exacto realismo onírico, su lógica onírica y aún su arquitectura y su
trama oníricas, y no es Proust porque su estilete no es la voluta siempre mejorada del recuerdo, sino
el filo de la realidad, del hecho cotidiano, su arista más espantosa, más esperpéntica. Muy difícil
será que cualquiera que lea este cuento pueda olvidarse del sonido de aquellos puntapiés:
"Como el aplastarse de una naranja arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un
paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose, como el romperse de una nuez entre los dedos;
¡O mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!
Así:
¡Chaj! }
¡Chaj! }
con un gran espacio sabroso
¡Chaj! }
El sonido está allí, pero también acá, ahora, lacónico, permanente, cruel. Con ese humor que
alguien ha definido “negro" seguramente por lo fino y profundo. Y ese humor cruel, arma y llama
con la que Palacio deambula por todos sus cuentos (ver "El antropófago", "Luz lateral', "La doble
y única mujer" "Mujer y luego pollo frito") se punza en los personajes, dando una categoría
subterránea a esos títeres demacrados, que mediante su pluma salen a tomar el sol completamente
desnudos.
Pero es que Palacio quiere desacreditar la realidad, sorprenderla en su importancia efímera, en su
máscara-persona, mostrar su placa microscópica y es quizá por eso que en su momento no se lo
entiende. Es la hora "de los que se van", aquel grupo de Guayaquil que lo integran Gallegos Lara,
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Gil Gilbert y Aguilera Malta. Ellos escriben también sobre la realidad y en magnífica forma, pero la
transcriben, la copian en toda su crudeza, la trasplantan grotesca y dura. Palacio toma radiografías,
analiza y pincha de manera diferente y esto me recuerda lo que dice Pirandello "el autor
verdaderamente original no sabe en absoluto que lo es. Lo es porque ve el mundo y la vida con ojos
nuevos; y como lo ve lo dice y lo escribe: dice y escribe palabras nuevas, palabras suyas y no
ajenas", y es quizá por esto que frente a una critica de Gallegos Lara, quien soslayaba la existencia
de una visión política socialista en la literatura de Palacio (corrían los tiempos del realismo social)
éste siente la necesidad de aclarar su punto de vista y escribe una carta a un amigo suyo, carta que
es muy reveladora de su secreto afán. Dice así:
"Yo entiendo que hay dos literaturas que siguen el criterio materialístico: una de lucha, de
combate, y otra que puede ser simplemente expositiva. Respecto a la primera está bien todo lo que
él dice (Gallegos): pero respecto a la segunda, rotundamente, no. Si la literatura es un fenómeno
real, reflejo fiel de las condiciones materiales de vida, de las condiciones económicas de un
momento histórico, es preciso que en la obra se refleje fielmente lo que es y no el concepto
romántico o aspirativo del autor. De este punto de vista, vivimos en momentos de crisis, en
momento decadentista, que debe ser expuesto a secas, sin comentario. Dos actitudes, pues, existen
para mí en el escritor: la del encauzador, la del conductor y reformador (no en el sentido
acomodaticio y oportunista) y la del expositor simplemente, y este último punto de vista es el que
me corresponde: el descrédito de las realidades presentes, descrédito que Gallegos mismo
encuentra a medias administrativo a medias repelente, porque esto es justamente lo que quería:
invitar al asco de nuestra verdad actual".
Es el año de 1933. Apenas han dejado de sonar los tiros de la Guerra de los Cuatro Días, donde
también liberales y conservadores han masacrado al pueblo por la hegemonía del poder, y Palacio
ha terminado su trilogía luminosa, es decir: Un hombre muerto a puntapiés, Débora y Vida del
ahorcado. De aquí en adelante su inteligencia se debatiría en la misma vorágine desequilibrada de
sus contemporáneos Roberto Arlt y Macedonio Fernández.
La claridad de Palacio es interior, al igual que su antiromanticismo. Su psicologuismo profundo lo
lleva a iluminar toda presencia y hace recordar las palabras de Jacques Mercanton cuando habla
sobre el Ulises de Joyce y dice que en tanto un hombre no sale de sí mismo, no crea nada: pero en
tanto que no ha regresado profundamente a su propio interior, en tanto que no se ha sentido solo
ante el caos de la vida, en tanto que él deje, no importa qué cosa exterior, arrogarse un derecho
sobre su yo más desnudo, no es libre para crear. No se atreve a decido todo. ¡Y hay que decirlo
todo!
Entonces el lirismo de Palacio, su tremendo juego irónico, su cáustica mirada nace de la soledad
(que no es de la nada) y también de un desgarramiento que es producido por el contexto, por el caos
reinante en el período que le tocó vivir y testimoniar de una manera penosa pero genuina.
Su audacia y su libertad frente al relato tiene también una intención dignificante, una necesidad de
rebelión, una angustia exacerbada por mostrar los defectos de la sociedad, su sistema alienante, su
caos demagógico. Frente a la verborrea exterior su laconismo punzante, frente a la mediocridad y a
la superficialidad su humorismo cruel, frente a ]a vaciedad de los conceptos su psicología incisiva,
frente a un aparente ordenamiento burgués su burla permanente a los procesos lógicos.
Es la hora de las vanguardias en Europa, es la hora de Ezra Pound, de Eliot, de Anatole France, de
Faulkner, de Proust, de Kafka, de Picasso, de Freud y en América es la hora de Güiraldes, de Onetti,
de Vallejo, de Quiroga y más que todo de Darío, quien devolverá a España, a cambio de su
explotación, la belleza de la palabra americana. Pero también es la hora de Mussolini, de Franco y
de Hitler.
21
Y la obra de Palacio es la respuesta a esta hora, una respuesta dura, desgarrante, hilvanada con una
extraña sabiduría propensa a la genialidad. Palacio es una isla en nuestro país, se ha dicho, pero una
isla fascinante, desde luego frondosa, llena de serpientes.
Es el año de 1938 y la Segunda Guerra Mundial teje sus malabares ante los ojos atónitos y
espantados del mundo. Palacio empieza a ser víctima de esas coordenadas misteriosas que van de la
inteligencia suprema a la locura total. Nunca más se recobrará.
Al igual que Kafka, su hermano lejano, muere en un sanatorio luego de ocho años de intensos
sufrimientos, pero sin poder decir (porque su inteligencia ya no le pertenece) aquellas palabras
últimas que diría el genio de Praga al doctor KIopstok: "máteme, si no, es un asesino".
Ahora ya ni su alucinamiento le pertenecía.
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EL OTRO PABLO
Quiero entenebrecer la alegría de alguien.
Quiero turbar la paz del que esté tranquilo.
Quiero deslizarme calladamente en lo tuyo para que no tengas sosiego; justamente como el parásito
que ha tenido el acierto de localizarse en tu cerebro y que te congestionará uno de estos días, sin
anuncio ni remordimiento.
¡He! ¡he!
¿Quién dice eso? ¿Quién me llama desde esas frases con una ternura despiadada, de hórrida belleza,
de abrumadoras resonancias? ¿Quién me pone con su palabra helada, al borde del abismo? ¿Quién
me ha colocado al filo de una sintaxis despiadada y me produce vértigo? ¿Quién galopa en mi
interior con sus cascos de luz? Eres tú, potrillo tierno, perturbado vigilante de la multitud anónima,
que va olisqueando en la palabra los huesos podridos del frío cotidiano.
Pero, ¿quién eres tú, diseñador de rostros deformes, multiformes, adelantado de la angustia, bicéfalo
de la soledad? ¿Eres el otro Pablo? ¿Eres el delirium tremens del otro Pablo? ¿Eres su doble? ¿Eres
la pesadilla de ti mismo? ¿de tu Patria? "Yo es otro" dirías, ''yo es otro", recordando a tu hermano, y
reirías con todos tus dientes irónicos y abstractos.
Francamente no comprendo mi emoción.
El cuentista es otro maniático. Todos somos maniáticos, los que no, son animales raros.
Pero vamos por partes, diría el descuartizador, si el descuartizador fueras tú o Julio o Poe o Kafka, o
cualquiera de tu singular familia literaria. Aunque en ti la parte es el todo, y el todo es esa lupa, ese
lente de aumento con el que examinaste el hueso de la realidad, su blanda médula que es el
verdadero material de la pesadilla, es decir, la yegua de la noche, lupa y escoba con que nos
permitiste sacudirnos el polvo de oro viejo del romanticismo, del modernismo, del realismo social.
¡Oh! Esto es una maravilla.
Recuerdo hace más de cuarenta años, temblando del desasosiego y la duda que produce la creación,
leyendo estremecido tus deslices, con Iván, con Marco Antonio, con Abdón éramos esos niños
seriotes y pálidos en cuyas caras heladas aparecía congelado el espanto, la maravilla de la luz lateral
que iba entrando en nosotros como un puñal, con esa seducción demoníaca que quizá no tenía que
ver nada con tu calor absoluto, pero sí con la turbulencia de tu mismidad, con esa corriente
subterránea de sugestión, de la que nos hablaba Poe, absortos de comprender los bofetones que
dabas a la razón y a la lógica, a la burguesía adormilada en sus viejas lecturas de la literatura y de la
vida, admirando tu semántica revolucionaria y cuestionadora que lanzaba sus dardos subterráneos
hacia un pasado bobalicón y sonso.
Pero ¿desde qué coordenadas misteriosas coincidiste con Kafka en este porvenir que ya es pasado,
en este porvenir estafado? ¿Desde qué ironía, desde qué lucidez?, porque Max Brod, el amigo que
no tuviste, nos entregó los diarios de Kafka en 1934, cuando su cuerpo había muerto, pero ¿y tú?, en
1932 ya dabas a luz esa Vida del ahorcado con el cordón umbilical de la lucidez y la marginalidad.
En este sentido, poco sabemos los mortales sobre las coordenadas misteriosas de las inteligencias,
que se tienden y se identifican a través del tiempo y el espacio.
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Cuando se sabe, poco hay que inducir. Induzca, joven lector, porque ahora voy a jugar con la
geografía, el tiempo y el aparente azar de las palabras.
Extraño, misterioso, tal vez peligroso, tal vez redentor consuelo de escribir: salir de la fila de los
asesinos, observar los hechos. Observación de los' hechos en cuanto se crea una especie superior
de observación de los hechos, superior, no ya aguda; y es tanto más superior cuanto más
inalcanzable resulta partiendo de la fila. (Franz Kafka)
Y ahora vamos a Palacio:
En otro tiempo aquel sueño lo habría aceptado con una especie de placer, que su realidad
modificaría totalmente mi vida, dándome un carácter en esencia nuevo, colocándome en un plano
distinto de los demás hombres; una como especie de superioridad entrañada en el peligro que
representaría para los otros y que les obligaría a mirarme, con un temblor curioso parecido a la
atracción de los abismos.
Entonces, dentro de este largo y singular proceso de la otra coherencia, algo nos desubicaba, nos
desajustaba, nos proponía una nueva mirada, esa misma mirada múltiple con la que ya veíamos los
cuadros de Picasso o Braque, esa especial voltereta del pensamiento, algo como un extravío de
ideas, como las del endemoniado Stavroguín de Dostoievski. ¡Hombre! Donde fantasmas intrusos,
cucarachas cotidianas, se inmiscuyen en la filosofía del texto, en su sacra uniformidad, y a punta de
risa nos va empujando al precipicio en el que nos hemos instalado desde hace tiempo sin que nos
hayamos dado cuenta. Rotura del texto, dislocación del discurso, actos entrometidos en la
linealidad. Es que, cuando más extrañas son dos cosas entre sí, más luz brota de su contacto, esto al
menos lo dijo otro endemoniado de nuestro tiempo, Kundera, cincuenta años después. Entonces,
cuando te leo, Pablo, soy como un mono en un árbol, estoy aquí y estoy allá, en esta rama y en ese
tronco, asediado por tu poética exasperada, por tus personajes marginales, gibosos, despiadados y
feroces; por esa cínica primera persona que me acerca siniestramente a lo que yo he ocultado, a lo
que yo he negado, a lo que he escondido, a lo que he tenido en secreto para no sonrojar mi espíritu.
Y voy junto a ti, bañándome en el río de Heráclito, a veces breve, a veces turbulento y largo, o te
miro como un piloto ciego que va arrasando con las normales barreras de nuestras expectativas, del
orden, la autoridad y la cultura de una sociedad petrificada. Pero también siento cómo vas arrasando
las teorías del cuento, los manuales de perfectos cuentistas, y esa clave del relato; la síntesis,
preconizada por Poe, Chejov, o Maupassant, se topa de bruces con una eficacia que surge de su
opuesto: la divagación; es decir, que en el momento preciso de optar por la brevedad, el texto se
desvía y se dispersa, y se alarga como una horripilante gelatina llena de ambigüedad y espinas, ante
lo cual el lector, nervioso y anormalizado, opta también ya no por la comprensión, sino por la sensación: ¡comprenderla o sentirla! He aquí el dilema, como en algunos trilces de Vallejo, o de
Macedonio o Roberto Arlt, o Huidobro. Como lo dije algún día en Cuba: frente a la verborrea
exterior, tu laconismo punzante; frente a la mediocridad y a la superficialidad, tu humorismo cruel;
frente a la vaciedad de los conceptos, tu psicología incisiva; frente a un aparente ordenamiento
burgués, tu burla permanente a los procesos lógicos:
¡Eh! ¿Quién dice ahí que crea?
El problema del arte es un problema de traslados. Descomposición y ordenación de formas, de
sonidos y de pensamientos. Las cosas y las ideas se van volviendo viejas. Te queda sólo el poder de
babosearlas.
¡Eh! ¿Quién dice ahí que crea?
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¿Y la realidad, entonces? Pues empieza a ser aquel hombre que despierta convertido en un
escarabajo, o aquella doble y única mujer, o aquel antropófago, casi alegre, apenas demoníaco,
devorando a uno de sus hijos, porque de lo que se trata es de entrarle a patadas a una realidad
escurridiza e innoble, desprestigiarla y denigrarla, ponerla en la picota. Así lo entendía otro escritor
de mi generación, Vladimiro Rivas, cuando nos decía timorato que
"en este empeño por desacreditar la realidad, Palacio la puso en cuestión; descubrió por su propia
cuenta algo muy aproximado al monólogo interior y a la fantasía de la conducta. Opuso a una
sedicente realidad previamente dada, la realidad del mundo de su escritura; defendió con la
atmósfera enrarecida, casi expresionista de sus obras, la especificidad y autonomía de la literatura
frente a la mera crónica de los hechos y frente al realismo que practicaban sus contemporáneos".
Realidad de la literatura, el cuchillo de la otra realidad, el evanescente espectro que se va formando
con las palabras salidas de sus casillas, con esa disgregación patológica del pensamiento, con esos
elementos desencadenantes de la esquizofrenia, con esa cuerda frágil que va de la lucidez intensa a
la locura total, con ese eco que resuena en el texto como si escucháramos una carcajada en un
castillo deshabitado, porque quizá esa es la maestría que nos abruma en sus cuentos; la perseverancia tencional con sus fantasmas
Y los fantasmas se pasean por tus libros, persiguiendo el rostro esfumado de tu madre, ese que no
pudiste asirlo ni en las palabras ni en la vida, rostro tristísimo de abandono y de culpa, cara de humo
que cuando se mira al espejo el azogue devuelve solamente soledad.
Y cuando la muerte estaba aún patas arriba, esperando que se durmiera el cancerbero de tu
inteligencia, cuando aún dabas dentelladas -antropófago tú mismo de la cotidianidad-, sin recordar
que dejar de ser nos cura la fatiga, ocurrió que te inundó el lado sesgo de la luz, su abrumadora
iridiscencia.
No es verdad que el alma tenga ventanas, o estén siempre corridos sus visillos, dijiste, Pablo, antes
de abrirlos y emprender tu viaje al fin de la noche cargado con el chorro de día de las lámparas,
entregado a ese soliloquio desvariado y sin embargo certero, donde te ríes de ti mismo y de nosotros
desde hace tantos años, mientras miro tu retrato ocre, amarillado por el tiempo y recuerdo aquel
retrato que plasmó de ti, en frases de fuego, ese otro poeta de la literatura subterránea,
contemporáneo tuyo, Gonzalo Escudero:
...el hombre, escurrido, óseo, longitudinal como descendiente del Greco... Un sujeto que no podía
llamarse Pablo Palacio. Un hombre bidimensional, hombre sin volumen ni profundidad. Un
hombre vertebrado como pocos, que posee dos ojos de habitante acuático, una nariz de halcón, una
epidermis de excelente pergamino para encuadernar toda una biblioteca prohibida, una quijada
protuberante a manera de proa de su obscura personalidad, dos tibias como dos bastos de leñador,
su sonrisa de azufre -amarilla pálida- que tienen desde la nariz hasta las comisuras de la boca,
siete arrugas parecidas a siete líneas telegráficas perfectamente paralelas.
Es increíble de qué manera ese retrato hablado sobre tu rostro físico va mezclándose y articulándose
en tu obra, sumergiéndose en esa estela fantasmagórica, quizá siniestra, que iba gestándose con tu
palabra, como un ectoplasma donde aparecía borroso el rostro de la verdad descarnada, de la
realidad deshumanizada, grotesca, burlona, perturbada.
Y es desde allí, desde esa búsqueda inmisericorde y obsesiva, alucinada y metafísica, desde donde
marcarías los derroteros de casi toda la literatura posterior, especialmente la de mi generación, que
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se alimentó de tu rotura, de tu risotada interior que todavía muerde nuestra creación con sus dientes
afilados.
Así debes haber entrado finalmente a la locura, ese otro espacio de la vida y de la muerte, donde
luego acompañaste tantos años a tu cadáver lleno de fosforescencias.
Ya andará otro como tú...
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LA ESCOBA DE LA BRUJA
Como diría nuestro Nico querido, buenas noches dioses, semidioses y astronautas, un saludo
fraterno a todos los que han venido ahora (curiosos como siempre), a ver, escuchar, palpar, a este
quiteño maravilloso, que por pura bondad nació en Loja, para que Benjamín Carrión no se resienta.
Y a propósito de Benjamín Carrión, y recordando que ahora estamos cuidando su casa y su
memoria, no puedo dejar de repetir sus palabras, tan llanas y de tan delicada ironía, (que es como el
agua bautismal de los lojanos), en el pórtico de su libro: “Comida para locos”, esa comida que
ahora se nos ha vuelto diaria, sin que nadie diga nada. Benjamín dice:
“A la falta de memoria habitual que padecemos en la grey dislocada de los hombres de letras, ha
contribuido Nicolás Kingman, con un abandono total del oficio durante ¿veinte? ¿treinta? O quien
sabe cuántos años. Resultado: que los cofrades, que los lectores en general, que él mismo, nos
habíamos olvidado que fue en su juventud un cuentista de talento. Un cuentista de los que
prometen. De los que prometen… y no cumplen, como les había pasado, cosa curiosa, a varios de
los coterráneos del último rincón del mundo. De mi Loja, que ha dado dos de los más grandes
narradores de nuestra historia literaria… Pablo Palacio y Ángel F. Rojas”.
Fue en su juventud un cuentista de talento, dice Benjamín, y en eso se equivoca, en las dos cosas.
Su juventud es eterna. Él es el más joven de todos nosotros (reunidos), su espíritu es más alegre y
joven que el de la mayoría de cuentistas de talento, y su cuerpo todavía recibe esas descargas de
tabaco y ron, que ya quisiera soportarlo un adolescente cubano. Y de su talento hemos disfrutado
tanto y de tan diferentes maneras, que yo lo considero como una cantera inagotable. Aprender es
recordar, decía Platón.
Rulfo nos enseñó a escribir poco, pero templado, o Rimbaud, o Albert Camus, yo conozco muchas
novelas de doscientas o trescientas páginas, cuyo mérito es la habilidad de no decir nada en tantas
hojas acumuladas.
Reacio a publicar, austero y riguroso en lo que se refiere a las letras (no sé en lo demás), primero
fue Comida para locos, en el 74, y luego la novela Dioses, Semidioses y Astronautas, en 1982.
Premio José Mejía Lequerica, y ahora: La escoba de la bruja, justo la que estamos necesitando para
que les barra de una vez por todas a los grandes cacaos de la patria.
Novela corta, lineal, transparente, que nos trae a la memoria viejas historias, (la novela es la única
mentira que es verdad, Sábato), del tiempo del cacao, novela donde la ironía, la agudeza verbal, la
sencillez, es toda una metáfora de lo que en esencia ha sido Nico: ese gran conversador con quien
uno se puede pasar noches enteras sin sentir el rubor de la culpa. Una novela breve, porque es un
tema breve, donde los personajes son impregnados para siempre de un solo plumazo, como lo
hacían los más breves y más profundos de la generación del treinta, como José de la Cuadra o el
propio Palacio, de quien, de paso Nico nos ha contado tantas anécdotas maravillosas, tamizadas por
su recuerdo, su sarcasmo y su tristura. Como esa generación, a quienes Nico conoció de guagua, o
quizá de maltoncito, y cuya huella se nota en su escobazo, y en sus otros libros, nada complicados,
“simples como un anillo, claros como una lámpara” como los ojos de la amada de Neruda. Novela
de personajes identificables, que sólo por complicarnos, el Nico no les pone los nombres propios,
ciudades o pueblos identificables donde los condes de afrecho querían eternizar la visión de París.
Ahora serían otros condes, condenados, es decir su descendencia (pero ya no París sino Miami, o
Panamá), pero que a pesar de esa delicadeza malévola por ocultarlos, están allí, los conocemos y los
sufrimos. Nico se niega a poner los verdaderos nombres, pero es pródigo en sus apodos: el Veneno
Ledesma, el Cristo Apolillado, el Ladrón de Levita, el Culo con Sueño, perdonará la imagen tan
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clara y tan legislativa; y todos ellos con sus inseparables compañeras: La Pava Ardiente, la Chancho
en Bandeja, la Bello Animal, y sobre todo la Gusano de Seda, que al conde idolatraba, idolatraba, es
decir que sólo ido le soportaba.
Una francesa cocó, por lo chanel, recogida en algún prostíbulo de Monmartre, que deslumbra al
hacendado Méndez a tal punto que le pide en matrimonio, se compra un título de Conde, realmente
el título sale de un chiste para ridiculizar su actitud. Se compra un título de esos que ahora dicen que
entregan en Harvard, la trae al pueblito que ha prometido transformarlo en un París chiquito para
que la Rachel de su alma no extrañe ni la Torre Eiffel, ni la Plaza de la Concorde, ni menos aún el
Obelisco. Una trama limpia, el conde, sus amigos y sus enemigos, los celos, las pasiones perversas,
y a propósito de perversidad, también el periodista, el gigoló, el matón a sueldo, la lagartera para
arrojar la inmundicia humana, el sentido de lo burdo, de lo prosaico, de lo kitch, es decir de la
deformación del gusto, la sorna, el pueblo vulgarizado como cuando dice por ahí Leonardo de
Vinces, u Honorato de Balzar. Cholos afrancesados, hacendados que constituyeron la poderosa y
patética élite económica y social en el primer tercio de 1900.
Y en el libro, los dibujos de Pilar Bustos, como un descanso, con esa fría línea que entra y sale del
corazón. No estoy aquí para contarles la novela. Ni para presentarles un sesudo análisis sintáctico,
semántico o estructural o semiológico; zapatero a tus zapatos, estoy aquí para dar la bienvenida a La
escoba de la bruja, invitarlos a ustedes a que se suban en ella, para arremeter contra los canallas, y
darle mi profundo agradecimiento a Nicolás Kingman, solamente por vivir, solamente por escribir
para sacarnos tiernamente una reflexión y desde luego, una sonrisa.
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VENTURAS Y DESVENTURAS DEL PODER
Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial,
destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo
estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos…
Así empieza García Márquez su largo poema sobre la soledad del Poder, y nosotros podríamos
continuar y decir, en la madrugada de aquel lunes, un hombre joven demacrado y triste por las
secretas pulciones de la noche, acuciado por los fantasmas que durante cuatro años le asediaron en
los dinteles y entre los cortinajes y las gavetas de los pulcros escritorios del Palacio, se dispone a
escribir el testimonio y la memoria de un hombre herido desde niño por el principio de la libertad,
la justicia y la dignidad humana.
Pero antes de seguir con esta historia, quiero decir a ustedes algo que ya lo saben, los caminos del
azar nos llegan al corazón desde vericuetos insospechados, maravillosos, como esta noche en que
confluyen en mi espíritu, dos profundos cariños. Rodrigo Rancles, amigo entrañable de estudios,
con quien interrumpimos nuestra educación para ingresar a la Universidad Central, periodismo por
más señas, y Rodrigo Borja Cevallos, nuestro profesor, quien nos enseñaría a los dos, durante varios
años, el mito y la magia de la tenacidad, de la honestidad y la inteligencia. ¡Quién lo hubiera creído!
Esta frase había repetido, extrañado y lleno de orgullo, Pablo Cabascango, viví trabajando en los
páramos, abrazado con unito que iba a ser el “Presidente de toditos los ecuatorianos”. Su primera
enamorada fue el tractor. Me insistía que le enseñe a manejar y yo me oponía hasta que decidí darle
gusto, pero a escondidas de los patrones. El patrón Luis Felipe decía: “Me va a salir trabajador” y la
patrona, poco a poco iba aceptando lo irremediable y decía:
“Me va a salir como el papá. Después, le mandaban a dejar el portaviandas de comida. El comía
hasta la mitad la sopa, hasta la mitad el seco y hasta la mitad el dulcesito y la otra mitad me daba
a mí. Repartía igualito. Si a él le tocaban dos pedazos de carne, a mí también y, así, todo igual.
Otras veces regalaba la parte de él a los peones y se sentaba a comer con ellos habas, tostadito,
mote o cualquier cosita que llevaba de cucayo…”
Quizá, comenzaría en los tiempos de esa anécdota, a cincelarle en su espíritu, aquella frase, que
muchos años más tarde, en 1988, nos diría lleno de emoción y de angustia, a todos los ecuatorianos:
“Vengo con las manos libres como el viento de los páramos”.
Y quizá, por aquel tiempo, unos años más tarde, a sus trece, cuando madrugaba a remar en la laguna
de la Alameda, auxiliado por el eterno “Almirante Sola, mi padre, Luis Felipe, le pagaba una
mensualidad y yo tenía las llaves de la cadena de la flotilla…” quizá por ese tiempo, digo, bajo la
quietud de esas aguas y esos árboles, y ese viento frío de las seis de la mañana, ya se estaría
incubando en él, sus singulares pensamientos sobre nuestro suelo:
“La Patria y la libertad son dos grandes valores que están llamados a defender los soldados
ecuatorianos. La patria es algo más que los ríos, montañas y valles; es nuestra vinculación a esta
tierra, el amor a lo nuestro, son nuestras tumbas y la defensa de nuestros valores nacionales… La
libertad no solo entendida como la posibilidad de movernos sin limitaciones, expresar sin trabas
nuestras opiniones, vivir bajo el imperio de las normas jurídicas, sino vistas también desde la
dimensión económica, porque en la medida que nuestro pueblo siga siendo pobre, no podrá ser
enteramente libre, aunque así digan las leyes. La libertad que debemos defender civiles y militares
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es la de poder ser libres en todo sentido: libres para expresarnos, para vivir sin restricciones,
libres para realizar nuestras aspiraciones vitales como seres humanos…”
Es así, como en este libro de Rodrigo Rancles, periodista con una profunda vocación para la
amistad y la solidaridad, se va desarrollando una vida que involucra la historia, que es parte esencial
de nuestra historia, que constituye una lección de ética, de filosofía, de Teoría Política, y de algo
que va más allá y que se llama premonición, o adelantamiento como aquella dicha en la Asamblea
General de las Naciones Unidas, ante todos los pueblos de la tierra:
“Propongo al Perú –dijo pausado y sereno en su improvisada oración ante un auditorio absorto y
silente- vivir en paz y trabajar juntos a favor del desarrollo, la justicia social y el mejoramiento de
la calidad de vida de nuestros pueblos; le convoco a disminuir nuestros gastos militares, a dirigir
lo mejor de nuestros esfuerzos, nuestras energías y nuestros recursos financieros hacia las tareas
productivas; exhorto al Jefe de Estado del Perú y a los jefes de Estado de todos los países
sudamericanos a que declaremos solemnemente, zona de paz a nuestra región… eso lo propongo
en nombre del derecho, de la justicia y de la paz, que son otros tantos valores de la convivencia
civilizada de los hombres…”
En los tiempos en que se veía venir la Perestroika, cayó el muro de Berlín, Polonia y Hungría se
agitaban, los regímenes socialistas se derrumbaban, Rumania había arrojado a Ceauscescu al tacho
de los desperdicios, en una conversación con Tomás Borge, el hombre que se agita en este libro que
hoy presentamos, había dicho:
“Gorbachov es un visionario, es un hombre que está más allá de su tiempo, y la Perestroika es el
cumplimiento cabal de la dialéctica histórica, en el sentido que todo está en permanente
movimiento, que nada permanece en reposo. El Marxismo es una ideología para ángeles y no para
seres humanos. El marxismo parte de una bondad, altruismo, solidaridad social hasta aquí
desconocidos en la naturaleza humana. Si el hombre tuviera esas condiciones, el marxismo sería la
mejor doctrina política posible. Desgraciadamente cayó en la utopía, imaginó al hombre como
debe ser y no al hombre como es”.
Este es un libro de secretos, un libro entrañable, un testimonio no sólo de primera mano, sino de
primera inteligencia, o de una inteligencia de primera, donde vemos desfilar conceptos tan llenos de
verdad, de dolor u optimismo, que parecen dichos para ahora y para siempre, tiempos en los que la
corrupción ha formado su propia cultura, con sus códigos, sus usos y sus jerarquías, con sus honores
y su distinción social, tiempos en que lo único que tenemos organizado es el caos y la depravación.
Un libro de donde se desprende también la imagen feminista y categórica de Carmen Calisto de
Borja y de sus hijos, un libro en el que vemos pasar los pormenores de una vida entregada a los
demás de una actividad incansable donde se trata la droga, la burocracia, la política internacional, el
movimiento Indígena, los derechos humanos, los niños. Y a propósito de niños, esos hombrecitos
alegres que fueron los únicos privilegiados de esta etapa, no puedo dejar de leerles cinco líneas de
una carta, que en relación a los hermanos Restrepo, esos mártires de la insania y la delincuencia,
escribiera una niñita de cinco años:
Santa Fe de Bogotá, 8 de septiembre de 1991.
Señor Presidente Rodrigo Borja
Vi en las noticias que mataron a niños en su país.
Gracias presidente por hacer justicia.
Los niños somos débiles.
Queremos vivir.
La vida es linda.
Estoy triste por ellos.
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Te quiero mucho presidente.
Te regalo mi foto. Tengo cinco años.
Diana Carolina Carrillo Botero
Bueno, ruego que me perdonen, he querido hablar de un libro. Venturas y desventuras del Poder de
Rodrigo Rancles Lara, y he terminado hablando de un hombre-niño, que le gustaba apagar
incendios, pilotear submarinos, manejar helicópteros, conducir tanques, y que hubiera sido capaz de
jugarse en un partido de Tenis con George Bush, la deuda externa latinoamericana, y desde luego,
perder; de un hombre niño que merece muchos libros, tan cálidos como éste.
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RECOVECOS DE LA HISTORIA
Buenas noches con todos los que en esta Casa nuestra, se han dado cita para escuchar las palabras
del tiempo y de la historia.
Mi saludo de bienvenida a Miguel Rojas Mix, ese intelectual enorme que en España me dio las
lecciones más profundas de inteligencia activa, y que expatriado de su Chile (que dejó de ser en el
tiempo de Pinochet), anda ahora por el mundo regando sabiduría por las tierras de las europas y de
las Américas.
Suerte de la vida, llamo yo, a esto que al cabo de los años, me ha sucedido sin yo merecerlo. Poder
decir unas palabras de fraternidad y cariño a quién en mis primeros años universitarios fuera mi
profesor de dignidad, de coraje y también de Código Civil (en realidad, no todo puede ser perfecto).
Debo decirles ante todo que yo soy un escritor, no un crítico, ni un político, es decir que soy una
persona que distorsiona los hechos, que recupera la anécdota cotidiana, lo ficcional de nuestras
vidas, lo que pasa desapercibido, el milagro del hecho cotidiano, la sensibilidad de los momentos
perfectos, la respiración de la poesía de las cosas, el abrazo, la sonrisa y el beso, de la amistad y del
amor. Ya André Gide decía: escribir es poner algo al resguardo de la muerte. Poner algo de
nosotros, digo yo, "dado como está el mundo, ya es mucho tener algo de autobiografía". Pero peor
aún si nos ponemos a pensar un momento en la obsesión y la lujuria intelectual que puede asaltar a
un hombre como Rodrigo Borja, para realizar lo que no ha realizado nadie en el mundo, escribir una
enciclopedia él solo. Él y su alma. Homo Digitalis, con su pequeña computadora en los parques, en
los trenes, en los aviones, en los grandes hoteles, en los modestos albergues, en los baños donde la
placidez intelectual es mayor. Vicioso de escritura, recordándome a Lobo Antunes, ese gran escritor
portugués cuando decía: "Escribir es como drogarse, se empieza por puro placer, y acabas
organizando tu vida como los drogados, en torno a tu vicio. Y esa es mi vida –dice Lobo-. Hasta
cuando sufro lo vivo como un desdoblamiento: el hombre está sufriendo, y el escritor está pensando
en como aprovechar este sufrimiento para su trabajo".
Así que vamos con el cuento:
Antes, muchísimos años antes de que por las calles de este Quito, ahora globalizado y
neoliberalizado, que es lo mismo pero al revés, apareciera un inocente grafitti que decía: "Por
cambio de oficio vendo uniformes de aviador, submarinista, tanquista, tractorista y tenista.
Informes: Palacio de Gobierno". Mucho antes de esto, un niño de siete años lidiaba con caballos,
toros y ganado, en las mañanas frías del páramo del Cajas, mientras su padre, Luis Felipe Borja, no
desperdiciaba oportunidad de aplicarle inyecciones contra el miedo que le inmunizarían para
siempre. El mismo niño que en las noches alimentaba su espíritu romántico escuchando ya las
malintencionadas canciones de Leo Marini, Daniel Santos o Pedro Vargas. El mismo niño que a los
diez años montara el potro de hierro de un tractor de orugas INTERNATIONAL, sensación
maravillosa que luego le sirvió para subirse a todo lo que se movía; niño que después de una
larguísima faena junto a los campesinos, iba con su padre a disfrutar los helados de paila de Doña
Rosalía. Esos helados que empezaban a enfriarse en Cayambe, se congelaban en Otavalo, para
finalmente licuarse en esa ciudad blanca que aún tiene las huellas de mi padre. Ibarra.
Ese niño ni siquiera pensaba todavía en escribir por melancolía, por saudade, esta dulce tristeza por
las cosas que se fueron, es más, todavía no sabía escribir y ante la mirada rigurosa y magnífica de su
padre, prefería cabalgar asustadísimo con un caballo desbocado por la Avenida Amazonas, o el
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Hotel Quito, o cualquiera de esos lugares famosos (que por suerte aún no existían) antes de dar una
pequeña señal del pánico que sacudía sus entrañas.
Pero como todo lo malo tiene su edad y su proceso, tuvo que ingresar a la escuela. Quizá al
pensionado Pedro Pablo Borja, primera prisión donde el cura rector lo castigaba diariamente por
asistir a misa en mangas de camisa. El cura no sabía que no era falta de fe sino falta de chaqueta.
Corrían los años de 1942, su padre había ya perdido sus trece caballos de carrera (ni como
aconsejarle que no fueran trece) y su fortuna se esfumó entre el Hipódromo de La Carolina, el
frustrado asalto al Palacio junto a Leonidas Plaza, para derrocar a Arroyo del Río (quijotesca actitud
que nos recuerda al Moncada), y su duro exilio de dos años en Lima.
Pero junto a ellos, invisible como siempre, estaba una mujer que, saliendo de algún libro de García
Márquez que aún no se escribía Aurelia, madre y maestra de la vida, empezó con sencillez y
nobleza, a multiplicar los panes como si simplemente estuviera elevándose en la sábana de
Remedios La Bella, para practicar su epifanía.
Duros años, y por eso bellos. Rodrigo estaba ya empezando a hacer honor al grafitti del principio:
pasó con pasión por jockey; locutor; tractorista; mal empresario de toros en la vieja Plaza Arenas
(La placita se llenaba y los toros no llegaban nunca); corrector de pruebas; pasapapeles en el
Congreso (donde le picó el bichito); corredor de carreras; terrorista por un día, cuando cortó los
cables de Radio Tarqui, para que no se le escuchara a mi inefable doctor Velasco Ibarra; gran
motociclista, especie de Marlon Brando para las novias tropicales, especialmente por una caleña
(Cali, donde todos íbamos en las vacaciones del colegio, nadie sabe por qué); Rodrigo era capaz de
viajar doce horas en su Triump 650, con una pequeña parada en Pasto para echar aguas, a fin de
verla y decirle las mentiras de siempre.
"No hay duda" dice Rodrigo muy serio en el libro "de que los grandes instintos que mueven a la
humanidad son el Eros y el Tánatos". A veces un poquito más el primero, digo yo, porque al
Tánatos no lo he conocido.
No hay duda, que como él nos lo recuerda "La magia de la lengua es el más peligroso de los
encantos", y eso, quizá lo perdió a él para la bohemia, pero lo ganó para la vida.
Era agosto de 1961, y un amigo le llevaba raudo al aeropuerto para que volara a Costa Rica, a dar
otro de sus 1.700 discursos y conferencias, cuando de pronto apareció. A pesar, de la velocidad que
llevaba por el atraso. Ella apareció. Era una muchacha bella como las vírgenes del Medio Evo.
Cruzaba la calle como si levitara. Era Carmen. Carmen Calisto. Le obligó entonces a su compañero
a que la siguiera para conocer la casa.
Ya luego lo otro sería una operación de alta inteligencia. Pedro José Arteta, su entrañable amigo,
quedaría en Quito para averiguar provincia, ciudad y calle, de una muchacha delgada, alta, ojos
grandes, labios abultados, tez blanca, cabello negro. Bueno, con todas esas señas, hasta Pedriles
podía dar. Luego vino la difícil conquista propiamente dicha, y el primer día que le subieron el
sueldo a 5.000 amados sucres, le pidió en matrimonio. Palabra flor, que retoñó en cuatro hijos y
nietos. Bien dice Cernuda: "Leve es la parte de la vida, que como dioses rescatan los poetas" y
cuántas trampas nos propone el azar. Rodrigo tenía un pacto secreto con su abuela Leticia (fijesen
los nombres macondianos). Su afán de siempre fue estudiar Ingeniería Mecánica, por esa gran
habilidad que tenía para trastocar los tornillos, pero para ello los recursos no alcanzaban. Pero su
abuela se lo prometió, luego de que terminara el colegio. Por desgracia la abuela Leticia enfermó
gravemente, irrecuperablemente, y la promesa no se cumplió. Ella es la culpable, o quizá la
salvadora, de que Rodrigo no se hiciera Ingeniero Mecánico como aquel otro señor a quién el
marketing “le desordenaba la melena para darle la apariencia de hombre feroz de té bailable”
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(palabras textuales). Ya luego la política y la Jurisprudencia le permitirían a lo largo de su vida,
enfrentar y oponerse a todos los gobiernos ecuatorianos, menos a dos: al suyo, porque no podía por
más que quisiera, y al de Clemente Yerovi.
Digno de resaltar en este libro, que es como una colcha tejida por nuestras viejas abuelas, una
colcha multicolor, es el sentido del humor, ese maravilloso humor que sentenció Cervantes: irónico,
suspicaz, profundo. Ya del Quijote se decía que era el libro de humor más triste de la tierra, pero
aquí, en estos recovecos, hay algo digno de repetirlo al pié de la letra dice:
"En alguna ocasión, la cámara alta había aprobado que los senadores que faltasen a las sesiones
debían presentar un certificado médico para justificar su ausencia y así poder cobrar las dietas.
Faltó por varios días el voluminoso y velasquista senador Julio Teodoro Salem y, al reintegrarse al
recinto, pidió que por secretaría se leyese un certificado médico que acreditaba una aguda diabetes
y señalaba elevadas dosis de azúcar en la sangre. Pidió la palabra el senador Alfredo Pérez
Chiriboga, mejor conocido como el Piñufla Pérez, dotado de un fino sentido del humor:
- Señor Presidente, perdone pero debe haber algún error en ese certificado médico, porque no es
concebible tanta azúcar en tan poco ingenio…”
Y muchas otras cosas, como aquella de no poder enseñarle la Dialéctica a su pequeña hija, cuando
él explicaba a Carmen (catedrático al fin) que el contenido del proceso dialéctico era aquello de que
nada está en reposo, nada permanece inmóvil, todo se mueve, todo fluye. La quietud no existe en la
naturaleza ni en los fenómenos del hombre, de la sociedad y la cultura, etc. etc. De pronto su hija
Gabriela (7 años) le preguntó: papá ¿y las estatuas se mueven? Pregunta ante la cual Rodrigo quedó
estático y no dialéctico.
Es tan bello este libro, está tan cargado de ternura y de lealtad, que yo me salto a propósito los
grandes hombres y los grandes nombres que enriquecieron su vida: príncipes y reyes, mendigos y
villanos, gobernantes y gobernados, y los otros, los que la atormentaron: Franco, Stalin, Hitler,
Musollini, Trujillo, Pinochet, Videla, Somoza, Batista y otros ensangrentados; porque el libro es
como subirse a la vieja furgoneta Chevrolet de William Triviño, camioneta milagrosa que le
acompañó en sus tres campañas: 78 – 84 – 88, e ir de viaje por el mundo, recorriendo palacios y
cabañas, universidades y chozas, tragedias y alegrías, a veces acompañado y a veces solo, como
cuando iba a París, y pedía a Juan Cueva, quién habla francés mejor que Madamme Pompadour,
que le sirviera de traductor.
Querido y calumniado como lo es siempre un hombre de honor, su frontalidad no ha conocido
límites y la mentira no ha entrado a su vocabulario, ni siquiera a su monumental enciclopedia.
Recuerdo un pasaje cuando el Presidente Bush, el más perverso de la dinastía, le preguntó:
Presidente Borja, ¿ha traído usted su raqueta? Y Rodrigo le contestó riéndose: Si, Presidente,
muchas veces traigo a mi mujer, pero a la raqueta siempre. Desde luego, jugaron dobles y
apostaron la deuda externa, por eso es que todavía no la acabamos de pagar, y peor sabiendo que su
compañero de dobles era Menem, argentino, con todo respeto.
Pero la jugarreta no quedó allí, porque para aliviarse del sudor, el tal Bush quiso saber la opinión de
Rodrigo sobre Fidel Castro ese gran amigo de la familia Borja Calisto, -que sabía que en las cenas
Rodrigo robaba los helados de coco del compañero de al lado – sobre Fidel y sobre Cuba, a lo que
Rodrigo le contestó textualmente:
“depende del punto de vista, presidente Bush. Ciertamente que no puede compararse, con la
cubana, la situación del grupo bien ubicado en el escalafón social de cualquiera de los países
latinoamericanos. Para mí, por ejemplo, a pesar de que no soy propiamente un hombre rico, vivir
en Cuba significaría una disminución de mi estatus económico. Yo vivo mejor en Ecuador que lo
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que vive un profesional de clase media en Cuba. Mi nivel de consumo es infinitamente superior. ¡Y
qué decir de la gente adinerada! Pero, en cambio, si usted compara las capas pobres de nuestros
países con las cubanas, verá que la situación de éstas es enormemente superior porque al menos
tienen la seguridad de que no les faltará trabajo, educación, vivienda, atención médica y servicios
básicos. En cambio, nuestra gente vive en la más absoluta inseguridad: hoy, mal o bien, tiene algo
pero no sabe si lo tendrá mañana.
El presidente Bush suscitó el tema de la permanencia del régimen cubano. Le dije que, en mi
opinión, éste se mantendrá mientras viva su líder y que, pese a todo lo que se dice, la salud de Fidel
parece buena. Se sonrió y me dijo que los días del castrismo estaban contados. Lo cual viene a mi
memoria porque hoy –octubre 10 de 2003, en vísperas de enviar estos originales a la editorial – he
visto en el noticiario de la CNN que el presidente George Bush júnior, para tratar de justificar la
agudización del infame bloqueo comercial y financiero a la isla, ha expresado exactamente lo
mismo que trece años antes me dijo su padre. Y lo irónico es que en este lapso el líder cubano ha
visto desfilar por la Casa Blanca tres presidentes: George Bush padre, Bill Clinton y George Bush
hijo, y diez desde que asumió el poder en enero de 1959”.
Desde luego, hay que saber que Rodrigo en sus mocedades escribía poesía, pero después ya se
mejoró, se mejoró tanto que en 1984, luego de perder las elecciones "por una cabeza" –en la
acepción hípica de la palabra, y no en referencia a la inteligencia de nadie- como Rodrigo se esmera
en dejar dicho, en 1988 fue Presidente Constitucional del Ecuador. Oficio y profesión mil veces
más dura que el de tractorista porque a veces se ara en el mar. Oficio tan duro que alguna vez obligó
a Ernesto Samper a preguntarle: Oye Rodrigo ¿Cómo hacer para ser ex presidente, y tener todos
esos privilegios, pero sin tener que ser Presidente?
Cuántos hombres, cuántas mujeres, extraordinarios y de los otros, desfilan por este libro. De todos
ellos se ocupa la historia, no la literatura, aunque algunos tiranos ya tienen su historia en la
literatura. Pero hay que terminar, eso es un consejo para todos, sólo quiero recordar que también
esta Casa que fue y es suya, conoció de su pistola, cuando en 1964, actuando de Secretario, otros
compañeros de izquierda se habían tomado las instalaciones de la Casa de la Cultura, para darle más
vida y esperanza, faltaron al respeto su cargo y pretendieron silenciarlo. Oswaldo Guayasamín salió
al paso, porque sino, es posible que esta noche no estuviéramos entrándonos a estos maravillosos
recovecos de la historia.
Locuras, también, muchas locuras. Tanto que una señorita (pagada, por supuesto, por el que
sabemos) echó a rodar primero en España y luego aquí, el rumor de que Rodrigo estaba loco, bolas
ecuatorianas que van creciendo como la nieve, hasta que un día que volvía de viajar tranquilamente
por el mar Egeo, en el aeropuerto de Quito, los periodistas le preguntaron sobre la cuestión de su
locura, Rodrigo les contestó un poquito acalorado:
-Vean señores, no estoy loco. Si estuviera loco. ¿Por qué lo negaría? Es decir que como él dice: "lo
compuse peor".
Pasando a las cosas serias, en septiembre del 2003, Miguel Rojas Mix, este gran hombre de
pensamiento y acción que ahora nos visita, y que también fue luchador y alzador de pesas en sus
tiempos mozos, lo invitó en Badajoz a una tertulia con un tema increíble: ¿Qué pasó en el mundo
entre los dos ominosos días 11 de septiembre: aquel que llevó al suicidio al Presidente Allende y el
que derrumbó las Torres Gemelas de Nueva York?
Rodrigo dice: ocurrieron muchas cosas. Varias de ellas narradas en este libro.
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Ahora, retirado a sus cuarteles de invierno, yo, su alumno, deseo que en su hogar, con su mujer, sus
hijos, sus nietos, sus libros... no sea invierno, sea siempre primavera.
Como ya he ocupado mucho tiempo, me da pena no poder contarles su lance con Ava Garner, pero
si quieren saberlo, curiosos, compren el libro.
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EL OBISPO DE LOS POBRES
Señor doctor Stalin Alvear, Presidente Casa de la Cultura Ecuatoriana; Monseñor Luis Alberto
Luna Tobar, Obispo de los Pobres; señoras y señores.
Un poco estremecido por el concepto, pienso que el azar, esa otra cara de Dios, rige muchas veces
el destino de los hombres.
Por eso, esta noche me asalta una sensación metafísica de que no es casual el accidente sufrido por
Carlos Julio. Dios le ha castigado por algún pecadillo antiguo, y a este humilde escritor le ha
premiado con la oportunidad de decir unas palabras sobre Luis Alberto Luna Tobar, un hombre que
tiene las misteriosas virtudes de la iniciación, del diálogo con la eternidad, y que por ello mismo, ha
podido bajar de las alturas, las palabras de Jesús, y regarlas entre nosotros, entre los pobres, entre
los explotados, entre los humillados y ofendidos de nuestros pueblos.
Grandes ejemplos de esta actitud cristiana, nos ha dado la historia en estos últimos treinta años,
quizá desde aquella reunión de toda la iglesia del continente, de Agosto de 1.968, en Medellín,
cuando se formó el CELAM, el Consejo Episcopal Latino Americano, y se decidió defender a la luz
de una nueva reflexión del Evangelio, a los pueblos de América sumidos en la opresión y la miseria.
Sencillos, humildes, y por eso grandes, varios hombres y mujeres de la Iglesia han seguido este
camino. Basta pensar en Camilo Torres, Helder Cámara, el Obispo Rojo, Manuel Larraín, Leónidas
Proaño, y Monseñor Alberto Luna Tobar, que, como digo, ha podido traer a Jesús nuevamente para
que se pasee entre nosotros y acaricie el rostro desencantado de nuestro pueblo. Lo acaricie y lo
aliente, lo acaricie y lo revele, lo acaricie y le devuelva ese poder contestatario, revolucionario,
contra la injusticia.
Recuerdo en aquella década maravillosa y desgarrante de América Latina, la carta que seiscientos
clérigos de todas partes de nuestra América, hicieron llegar a la conferencia de sus obispos,
reunidos en Medellín, y que influidos quizá por las propias encíclicas de Juan XXIII, y por sus
'vivencias en los pueblos olvidados, se revelaron contra un orden injusto y anticristiano. Algunos
párrafos de esta carta decían:
"Nos encontramos con la obligación de afirmar ante nuestros obispos y, eventualmente, delante del
mundo, el resultado de nuestras reflexiones pastorales: América Latina, desde hace varios siglos,
es un continente de violencia.
Se trata de la violencia que ejerce una minoría de privilegiados, desde los tiempos de la
colonización, contra la inmensa mayoría de un pueblo explotado. Es la violencia del hambre, del
desarraigo y del subdesarrollo; la violencia de la persecución, de la opresión y la ignorancia; la
violencia de la prostitución organizada, de la esclavitud legal pero efectiva, de la discriminación
social, intelectual y económica...
Llamamos a esto "violencia" porque no se trata de la consecuencia fatal e inevitable de un
problema técnico insoluble, antes al contrario, es el fruto injusto de una situación mantenida
voluntariamente.
Estamos cada vez más convencidos de que la causa de los grandes problemas humanos que sufre el
continente latinoamericano se halla fundamentalmente en el sistema político, económico y social
que rige en la casi totalidad de nuestros países. Sistema basado sobre (el beneficio como motor
esencial del progreso económico, la competencia como ley suprema de la economía, la propiedad
de los medios de producción como un derecho absoluto, que Paulo VI denunciaba en la
"Populorum Progressio”…
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"Que los ricos y los poderosos no se aprovechen de la posición pacífica de la Iglesia para oponerse
a las transformaciones necesarias. Si quieren conservar ávidamente sus privilegios y, sobre todo, si
se defienden empleando métodos violentos, son responsables ante la historia de provocar las
revoluciones explosivas de la desesperación...."
Como Helder Cámara, el Obispo Rojo de Pernambuco, Monseñor Luna Tobar, ha permanecido a un
paso a la izquierda del Vaticano... Su defensa de los humildes, su constancia por protegerlos, su
tenacidad para luchar en contra del decaimiento moral y la indiferencia, (a propósito, los antiguos
teólogos pensaban que podemos precisar la influencia del diablo en nosotros mismos, por la
presencia del hastío y la indiferencia) ese amparo, esa protección ese abrigo, esa luz que ha
derramado entre los pobres de nuestra patria, a pesar y en contra del poder, nos llena de fe, nos
alienta a pensar en que para el ser humano nada está perdido, y que quizá, lo que nos parece maldad
sólo es tormento, y talvez otra cara de la tristeza y la desolación. La maldad. Pienso en tantas
infamias cometidas en nuestros pueblos, pienso en las infamias permanentes contra los indígenas,
contra los niños, contra las mujeres y recuerdo una frase que podría ser de Ghandi o de Martín
Luther King, o del Che Guevara o de la Madre Teresa de Calcuta o de Luna Tobar: "Ni en el cielo,
ni en la mitad del mar, ni en las grietas más hondas de las montañas, hay un sitio en que el hombre
pueda librarse de una acción malvada”.
Vale traer aquí, en este momento en que la Casa de la Cultura y el pueblo ecuatoriano, rinde
homenaje de admiración y amor a su Obispo rebelde, las palabras de Fidel Castro en su discurso de
bienvenida al Papa:
"En su largo peregrinaje por el mundo "le decía" usted ha podido ver con sus propios ojos mucha
injusticia, desigualdad, pobreza, campos sin cultivar y campesinos sin alimentos y sin tierra,
desempleo, hambre, enfermedades, vidas que podrían salvarse y se pierden por unos centavos,
analfabetismo, prostitución infantil, niños trabajando desde los seis años o pidiendo limosnas para
poder vivir, barrios marginales donde viven cientos de millones en condiciones infrahumanas,
discriminación por razones de raza o sexo, etnias enteras desalojadas de sus tierras y abandonadas
a su suerte, xenofobia, desprecio a otros pueblos, culturas destruidas o en destrucción,
subdesarrollo, préstamos usuarios, deudas incobrables e impagables, intercambio desigual,
monstruosas e improductivas especulaciones financieras, un medio ambiente que es destrozado sin
piedad y tal vez sin remedio, comercio inescrupuloso de armas con repugnantes fines mercantiles,
guerras, violencia, masacres, corrupción generalizada, drogas, vicios y comunismo enajenante que
se impone como modelo idílico a todos los pueblos. Ha crecido la humanidad, sólo en este siglo,
casi cuatro veces. Son miles de millones los que padecen de hambre y sed de justicia, la lista de
calamidades económicas y sociales del hombre es interminable"
Y le decía:
De eso usted ha estado consciente Monseñor Luna, contra esas calamidades humanas y naturales
usted se ha batido a brazo partido. Contra esa corrupción, contra esa violencia usted ha presentado
su rostro limpio en el que habita Dios. Usted es Obispo de todos, y todos los Obispos deberían ser
usted, por ello hablo de Helder Cámara, porque también hablar de él es hablar de usted. El decía lo
que usted siempre ha pensado:
Nadie se escandalice cuando me vea frecuentando a personas tenidas como indígentes o pecadoras.
¿Quién no es pecador? ¿Quién puede lanzar la primera piedra? Nuestro señor, acusado de
reunirse con publícanos y comer con pecadores, respondió que son justamente los enfermos
quienes necesitan de médico.
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Nadie se espante de verme con criaturas tenidas como comprometedoras o peligrosas, de izquierda
o derecha, de la legalidad o la oposición, antireformistas o reformistas, antirevolucionarías o
revolucionarias, de buena o mala fe.
Nadie pretenda ligarme a un grupo, a un partido, hacerme tener como amigos a sus amigos o
adoptar sus enemistades.
Mi puerta y mi corazón estarán abiertos para todos, absolutamente para todos. Cristo murió por
todos los hombres: a nadie debo excluir del diálogo fraterno.
Claro que, amando a todos, debo tener, a ejemplo de Cristo, un amor especial por los pobres. En el
juicio final, todos seremos juzgados por el trato que hayamos dado a Cristo, a Cristo en la persona
de quienes tienen hambre, sed, que están sucios, ofendidos y oprimidos.
Personalmente Monseñor, quiero hacerle una confesión pública. Mis encuentros con Jesús han sido
azarosos y definitivos. Cuando tenía 10 años, una noche fantasmagórica me desperté gritando "Mi
pañuelo, devuélveme mi pañuelo" Mi madre me serenó. Había soñado en que Jesús se detenía en su
camino al calvario y me entregaba el pañuelo de su rostro con sangre. Cuando tenía 15 años, mi
hermano Lenin me llevó a los ejercicios de San Agustín, con aquel maravilloso padre español,
Vásquez, a ver si enderezaba mi rebeldía. En la misa de las cinco de la mañana, en Machachi,
cuando el padre levantaba la hostia, ella se me vino, como un disco lanzado de manera violenta, a la
mitad de mi frente y caí desmayado. En mi último libro, como epígrafe, he puesto unas palabras de
Corintios 13 que usted las sabe de memoria y las ha practicado como nadie:
"Sí yo hablara la lengua de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que
bronce que resuena y campana que toca...”
Por ultimo bajo el ejemplo de usted, bajo su aliento de defensa de los derechos humanos, bajo su
comportamiento frente a las causas populares, bajo su rebeldía frente a la perversidad humana,
escribí un poema dedicado en memoria de Luz Arismendi, madre de los hermanos Restrepo, en
cuyo metal encontré también a Jesús. El poema dice:
LUZ HELENA
Señora de la luz total
Te estoy mirando desde esta cárcel
Que tanto abominaste,
Y dijo a las otras, que son los que te amamos:
"Miradle, está sentada en ese campo de trigo,
Es dorada su voz, y sus hijos yacen a su lado
Y le prodigan besos y promesas de leche,
Son sus hijos los que ahora juegan con las espigas,
Y le hacen cosquillas en la nariz y en las orejas,
Y es ella la que ríe dichosa,
La que solloza dichosa,
Y es ella la que muere en sus caricias,
Al fin dichosa
Besada por los dioses de la tenacidad
Premiada por los dioses de la tenacidad
Protegida por los dioses de la tenacidad
Bendecida por los dioses de la tenacidad.
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Miradla, es ella la que acaricia sus cabecitas
Y a los dos que son uno
Les va diciendo los proverbios
Como si los fuera cantando,
Como si les estuviera dando
Jarabe de miel contra la enfermedad del mundo:
"No entres por la vereda de los limpios,
Ni vayas por el camino de los malos,
Apártate de ella, pasa,
Porque no duermen ellos si no han hecho mal,
Y pierden el sueño si no han hecho caer a alguno,
Porqué comen pan de maldad,
Y beben vino de robos.
Más la senda de los justos
Es como la luz de la aurora
Y el camino de los justos es como la oscuridad
Así estás diciendo Luz Helena,
Yo te escucho madre mía, madre de todos,
Y también te escuchan los asesinos.
Los que no descansarán jamás.
Como le decía anteriormente Monseñor Luna, no he querido hacer un panegírico de su vida, no he
querido resaltar sus virtudes más dulces y más sabias, no he querido hacer una apología puntual de
su obra. Por un lado, todos la conocen, y por otro, temo herir su maravillosa humildad. Ni siquiera
he hecho referencia a sus datos biográficos, a su lugar de nacimiento. Qué más da que haya nacido
en la ciudad de las cúpulas azules. Cuenca, o en esta ciudad, maría, campanario. Qué más da. Usted
está naciendo siempre y para siempre. Estoy seguro que en algunas de sus vidas debe haber sido un
cervatillo, un arupo, una luciérnaga, o quizá el terrible lobo de San Francisco de Asís.
Usted por sí sólo contiene las tres preguntas y las tres respuestas teologales.
¿Quienes somos?: Somos Dios.
¿De dónde venimos?: De Dios
¿Y hacia dónde vamos?: Hacia Dios.
Por ello, sea él, quien le bendiga para siempre
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MORAL INDIVIDUAL
Buenas noches, queridísimo y admirado doctor Ramiro Borja y Borja. Quién más que usted, último
representante de un mundo ético, respetable y generoso, podía presentar un libro que nace de la
ternura, del amor y de la gratitud a las cosas buenas de este mundo, un libro de un hombre de su
estatura, moldeado en esa maravillosa arcilla, que parece que ya no se fábrica, pues el Imperialismo
la ha hecho estallar en mil pedazos. Gracias por venir. Su sola presencia ilumina el libro de mi tío.
Fíjese cómo es el destino, en su círculo mágico e implacable, da las vueltas. Usted ha prologado
este libro, escrito hace muchísimos años, libro para conducir y orientar los pequeños espíritus de
niños y jóvenes, con la sabiduría de lecturas de hombres y mujeres que escribieron la verdadera
historia del mundo, no la de la guerra y la perversidad, sino la de la esperanza y la felicidad. Aquí,
en este libro, está Juan Montalvo y Gabriela Mistral, José Enrique Rodó y Jacinto Benavente, León
Tolstoi y Edmundo de Amicis, ese Corazón que mis hijas siempre llevaban bajo el brazo, y está
aquel jardinero del alma, Rabrindanath Tagore, de donde salió Neruda, y está Amado Nervo, y
claro, Pérez Guerrero, aquél hombre que concebía el derecho tal como usted, no como en el tango o
en el Ecuador, como un derecho viejo, sino como una Biblia para orientar y organizar la actividad
humana. Dije el destino porque ese cariño que usted ha sentido siempre por Alfredo Pérez Guerrero,
lo he sentido yo también por usted, y por ello, a la vuelta del tiempo, cuando fui Presidente de la
Casa de la Cultura Ecuatoriana, maravillado por el trabajo y la perseverancia de más de diez tomos
originales, de su sapiencia jurídica, que usted me los presentó, yo procedí a publicarlos, creo que
alcancé a editar cinco de ellos, sintiendo el alivio que se siente cuando correspondemos al amor con
la misma intensidad.
Mi saludo siempre fraterno y solidario al doctor Jorge Enríquez Páez, Rector de la Universidad
Alfredo Pérez Guerrero. Él, permanentemente, al paso de su vida, nos va dando una de las lecciones
que aprendió de Pérez Guerrero, y que la mayoría de nosotros hemos olvidado: la gratitud. En
mucho, se debe a él aquello de que el pensamiento, del hermano de mi padre, continúe dándonos
nuevas visiones en cada lectura. Así es lo clásico. Para mí, el Quijote es otro libro cada día, no
entiendo cómo tan diversa y nueva sabiduría pueda ir creciendo en un libro de mil páginas. Sí, lo
clásico es como para llenar el mundo, porque se renueva conforme la mediocridad de los hombres
alcanza, como ahora, su punto máximo. Jorge Enríquez, entonces, incansable, generoso, sencillo
como el agua, rindiéndole homenaje diario a quien le enseñó a caminar con dulzura y serenidad por
las piedras filosas de la vanidad y el egoísmo. Jorge ha creado desde hace cinco años esta
Universidad, pero con la visión moderna de introducir el arte, la cultura, es decir, la sensibilidad en
los estudiantes. Yo le he dicho a Jorge, siempre será mejor un ingeniero, o un economista, o un
comunicador que haya leído a Dostoievsky o a Icaza o a Vallejo, o haya escuchado a Mozart o
mirado una obra a Van Gogh o Guayasamín, siempre será mejor, digo, a un ingeniero, economista o
comunicador que no lo haya hecho. El arte nos sensibiliza, nos hace más buenos y más justos, nos
permite respetar y escuchar al otro. Ese es nuestro deber moral ahora. Por eso yo estoy junto a él.
Hay que saber que en América Latina, más del setenta por ciento de universidades son privadas, y
en muchos países, como por ejemplo en Norteamérica, la educación es especializada. No existe el
profesional integral o como diría Gramsi, el intelectual orgánico. Alguien que perciba el mundo
como un todo, que sea capaz de analizar la política, la economía, también desde su lado humano.
Humanizar la política, humanizar la economía no es lograr, si la meta al final de nuestros años de
estudio radica en el éxito económico, en el prestigio, en el estatus y otras sandeces postmodernistas.
¿Cómo hacen los países como Cuba para enviar a los lugares más recónditos de la tierra, en Brasil,
en la Amazonía, en Ecuador, en África, médicos, enfermeros, alfabetizadores, profesores,
trabajando en las circunstancias más duras, sacrificando su familia y a veces su vida, para entregar
lo que el pueblo le ha dado. Ustedes han escuchado que un profesional de Harvard o de Berkeley,
haya ido a aplicar su conocimiento a algún lugar de Orellana o de Nueva Loja. Yo no. Lo que sí he
visto en cambio es que un gran alumno de Harvard, sumió al país en la miseria y el dolor. Quizá por
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allí esté la diferencia entre una educación humanista y una Business Educación Para ello, el punto
de vista de la Universidad Ecuatoriana, cada vez más Light, cada vez más comida por el marketing
y el triunfalismo burgués, debe cambiar, debe convertirse en cantera de seres humanos generosos,
comprometidos con su pueblo, con las necesidades de los demás, hombres y mujeres dispuestos a
entregar su sabiduría donde más se lo necesita, donde no conocen a un médico sino por las
telenovelas, donde jamás les ha llegado una aspirina. Eso es los que tiene que hacer una
Universidad Latinoamericana, formar profesionales en humanidad primero y antes que todo, atacar
el virus que crece en la Universidad burguesa que finalmente servirá para engrosar las filas de los
grandes líderes corrompidos que terminan reuniéndose en Miami y derrochando el dinero del
pueblo en los casinos, viviendo una permanente prostitución del espíritu, llena de lujo, eso sí, y de
mujeres y hombres hermosos.
Para ello, entonces, la moral individual. Si cada uno de nosotros, aprendices de todo, no tenemos
una moral personal, una ideología de comportamiento, desde luego no tendremos nada qué dar a los
demás, peor aún a los pobres. El nuevo grito que he escuchado en Chicago, ahora que está
produciéndose el derrumbe ideológico y económico del país más violento de la tierra, del pueblo
más asustado de la tierra, es “sálvese quién pueda, pero primero yo”. Es bueno leer a Chomsky o a
Gordon Thomas, para no leer mentiras mediáticas, mentiras de todos los medios de comunicación,
medios, al fin y al cabo, medios, nunca enteros.
Y hablando de aquello que los poetas llamamos azar o destino, y que Borges persistía en negarlo,
nuestro saludo fraterno también a la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Es bueno tener
un lugar apropiado para que circulen las ideas.
Pero fíjense ustedes que las ideas alcanzan en cualquier lugar. La FLACSO nació en una pequeña
casita alquilada, por el Doctor Jorge Enríquez Páez y el licenciado Gonzalo Abad, en Bellavista, en
el año 1974 y las primeras aulas se construyeron con estructuras metálicas y material donado por el
Consejo Provincial de Pichincha, presidido por el arquitecto Agustín Patiño, hijastro de Alfredo
Pérez Guerrero y, nuevamente, con la participación de Jorge Enríquez Páez, a la sazón,
Viceprefecto.
Qué coincidencia más alentadora. Quien inauguró el primer cuartito de la FLACSO, está ahora
aquí, asombrado de este bello edificio. Es como ver crecer una planta, o los ojos de la mujer que se
ama.
Mucho tiempo ha pasado desde entonces, pero el tiempo es una pluma, y las buenas
administraciones como la de Fernando Carrión o Adrián Bonilla, mantiene esa singular rigurosidad,
esa fe, esa mística, para que el pensamiento latinoamericano tenga su sitio de anclaje, para que
desde aquí, como desde la Universidad Alfredo Pérez Guerrero, renazca un nuevo sentido de patria,
esa patria bolivariana que la sintió Bolívar, Martí, Alfaro, nuestras Manuelas, el Che, Fidel, porque
otro mundo es posible solamente desde la cultura, es decir, desde el amor, desde la verdad, desde la
probidad, desde la honestidad, desde la generosidad, desde todos estos temas que ahora nos
convocan, y que están reunidos en este libro, que como El Principio es fundamental para niños de
todas las edades.
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LA CÁTEDRA ETERNA
Alguna vez, a finales de los años cincuenta, quizá inquieto por la rotunda frase de Ortega y Gasset
que decía “yo soy yo y mis circunstancias”, Alfredo Pérez Guerrero reflexionaba y pensaba en la
aventura de quien no tiene grandes hazañas, ni triunfos, ni batallas qué contar, pero qué encontró en
su labor de labriego el milagro del trigo o del fruto o de la flor. O que en su errante andar por dentro
de sí mismo halló –como él dice- el éxtasis de cumbres luminosas o el espanto de sombríos
abismos, y que, muchas veces, perdido en la selva salvaje y sin senderos, pudo salir de ella guiado
por la brújula de su voluntad y de su fe.
Esa es la brújula que nos ha guiado a nosotros para, desde la Universidad Alfredo Pérez Guerrero,
tratar de levantar el cadáver de la patria, con la única forma en la que se le podría decir ahora:
Levántate y anda. Desde la lección de sabiduría, de amor, de sencillez, de los maestros que nos
dejaron solos, cada vez más solos y angustiados, en este valle, no de lágrimas sino de corrupción, de
prepotencia y de codicia.
El empobrecimiento intelectual, la liviandad del pensamiento ecuatoriano contemporáneo, el
monstruo de nuestro tiempo: la corrupción, el olvido de los valores morales y espirituales de
nuestras culturas ancestrales, la brutalidad de un tiempo infame que ha arrasado con las más simples
virtudes de nuestro comportamiento social, la sorda y torpe prepotencia de los gobiernos de turnos,
a los que montalvinamente mi madre les llamaba mequetrefes, el olvido del Estado en relación a la
formación del espíritu, las empresas privadas y especulativas en que se han convertido los partidos
políticos de izquierda y de derecha, el silencio de las universidades ultrajadas por dentro,
intervenidas por dentro, silenciadas por dentro, repartiendo títulos al portador, fábricas de
salchichas que deberán integrarse al masterado de un sistema corrupto, con los ojos vendados y los
bolsillos llenos, la tristeza de las ideas de vanguardia, las cátedras repetitivas y somnolientas, el
inhumano agringamiento de las profesiones que reafirman la individualidad y desechan el bien
colectivo. Tal parecería que en nuestro tiempo, que ya no es el del sesenta, ya ni siquiera se
requieren juntas militares para intervenir en nuestras universidades. La mediocridad ambiente tiene
su propio dictadorzuelo, y ese dictadorzuelo de la mediocridad ha asesinado la sabiduría, la
esperanza, la insurgencia colectiva, y ha reivindicado el silencio, el queminportismo, el
individualismo y el mercadeo chatarrero. Desde luego, hay excepciones, pero están allí sólo para
confirmar la regla. No es solamente cuestión de profesores y alumnos, de currículos, de
organización elemental. Es algo más. Algo como el estado de ánimo humillado de un país ofendido
por todas partes.
Algunas ocasiones, en el Centro Cultural de nuestra Universidad, en el Rectorado, en un evento
social frente a un vino, nos hemos sentado con Jorge Enríquez, con Patricio Herrera, con Boris
Enríquez, con Patricio Moncayo y otros valiosos profesores, con Vinicio Baquero, Presidente del
Conesup (a quien agradezco su presencia, su amistad y su valioso aporte en este proyecto) y nos
hemos preguntado: Qué nos pasa, qué pasa con la Universidad Ecuatoriana, porque se ha dejado
estar, porque se ha dejado comer por la polilla de la cotidiana parálisis, porqué ya no discutimos,
porqué no polemizamos, porqué no orientamos, porqué no carajeamos a esta realidad denigrante,
porqué no gritamos y peleamos y agitamos contra este fantasma anodino, gris, mediocre, impuesto,
vulgar, miserable, de cada día. Y entonces surgió la idea de volver a los pensadores que en su
momento orientaron la patria, de volver a escuchar a esos catedráticos a tiempo completo –ya diré
lo que esto significa para mí- de dar a nuestros alumnos las alas de ese pensamiento que les
permitirá salir del hueco existencial y volar hacia el centro del humanismo. Entonces repasamos las
lecciones de muchos de ellos.
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Por ahora en esta colección Ecuación y Libertad serán doce: Alfredo Pérez Guerrero, Cátedra al
viento; Antonio Parra Velasco, Una doctrina Internacional y otros Escritos; Carlos Cueva Tamariz,
La Pasión por la Universidad; José Rafael Bustamante, De la Filosofía y otros Ensayos; Alberto
Luna Tobar, Desde el Evangelio a la Comunidad; Leopoldo Benítez Vinueza, Pensamiento Crítico;
Pío Jaramillo Alvarado, El Indio Ecuatoriano; Aurelio Espinoza Pólit, Temas Ecuatorianos;
Manuel Medina Castro, País Soberano; Edmundo Rivadeneira, Arte y Sociedad; Manuel Agustín
Aguirre, Ensayos Escogidos y Gabriel Cevallos García, Arte, Historia y Filosofía.
Pero seguiremos con otro hombres y mujeres, más cercanos a nuestro tiempo –aunque el
pensamiento no tiene tiempo- otros como Agustín Cueva, Alejandro Moreano, Alberto Acosta,
Fernando Tinajero, Patricio Moncayo, Cecilia Ansaldo, Alicia Ortega, Hernán Malo, Ernesto
Albán, Luis Romo Saltos, Fernando Carrión, Raquel Verdesoto, Plutarco Naranjo.
Así nació esta colección que no queremos que se acabe nunca. Y así ahora presentamos a los tres
primeros, estos tres rectores sensibles, rigurosos y sabios, a los que yo digo Catedráticos a tiempo
completo, es decir que no lo fueron únicamente en el aula, sino en la casa, sino en la calle, en el
trabajo, prodigando su sabiduría y el ejemplo de su humildad y de su cotidiana bondad, a su
compañera, a sus hijos, a sus amigos, a los trabajadores, a los enemigos, poniendo su palabra
refrescante y tibia, allí donde el frío y la angustia se ensaña en mostrarnos la mala cara de la vida.
Pienso que Pascal tenía razón: “el corazón es uno de los órganos fundamentales del pensamiento”.
Y a ese corazón sencillo, el del rector de nuestra universidad, doctor Jorge Enríquez Páez, apelamos
un día, y en la charla cotidiana, con una voz que me recuerda mucho al agua que bajaba por la
acequia de Cruz Loma, cerca de la Universidad Central, nos decía:
“si de algo me siento orgulloso es el hecho de que haya existido con el doctor Alfredo Pérez
Guerrero un parentesco familiar y espiritual. Mi madre, Hortensia Páez Páez viene desde un
mismo tronco familiar que Alfredo Pérez. Su madre fue María Isabel Guerrero Páez; entre ellos
fueron primos en grado segundo y ambos guardaron un afecto entrañable; él siempre estuvo atento
a todas las necesidades y requerimientos de mi madre, pues recordaba con mucha gratitud que ella
donó su sangre para salvar la vida de su madre.
Espiritualmente me sentía vinculado por el hecho de ser mi padrino de bautizo; siempre recordaré
del afecto y el cariño que me prodigaba.
A la muerte de mi padre y teniendo que afrontar todos los problemas de la casa, Alfredo Pérez
Guerrero, conociendo la situación económica en la que quedaba mi madre y mis seis hermanos, me
dio la oportunidad de trabajar en la Universidad como guardián nocturno: apenas tenía 16 años de
edad y estudiaba en cuarto curso del Colegio Mejía”.
Vida privada sí, pero que yo la hago pública porque conlleva una enseñanza de dignidad, de
fortaleza y de humanidad, que son los elementos con los que se templó el acero. Yo no hubiera
podido mentalizar este proyecto, si no es desde el cariño, del afecto, del respeto mutuo que hemos
sentido con Jorge y su entrañable familia, para honrar la memoria de mi tío, el hermano de mi
padre.
Eso es cátedra a tiempo completo y también lo es aquellas palabras de Benjamín Carrión sobre
Pérez Guerrero:
“Un cierto sentimiento de pudor, de altivez, un poco exagerada, hizo que durante las épocas de
gloria de Alfredo Pérez Guerrero, no nos acercáramos a él. Su bondad ingénita permitió que un
enjambre de avispas chupadoras lo rodearan e impidiera el acceso de los amigos desinteresados.
El defecto de Pérez Guerrero –pecata minuta- fue el de la ingenuidad que daba crédito al coro de
aduladores y exaltadores que sacaban provecho al máximo del generoso y benévolo Rector. Esos
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mismos que, luego “de si te vi ya no me acuerdo”… Todas las causas buenas, las causas de los
desposeídos, de los explotados, de los débiles, le interesaban. Y, naturalmente, todas las causas que
algo tenían que hacer con la libertad de los hombres y con sus derechos esenciales”.
Eso es cátedra a tiempo completo. Y si queremos escuchar de la propia voz del profesor Pérez
Guerrero, y si queremos ascender a su espíritu dolorido con la muerte de su primera esposa Laura
Patiño, le oiremos dar esta cátedra de tristura:
“En un día de sol, del mismo sol que hoy alumbra, te tronchaste como se troncha una rosa. Tu
corazón se detuvo. Calló la música de tu sangre y se hizo el silencio definitivo dentro de tu cuerpo.
Todo quedó inmóvil de repente: la caravana tumultuosa de las células y la caravana de los
pensamientos, de las ilusiones, de las esperanzas. Los caminos de las venas quedaron cerrados y ya
ningún deseo transitará por los senderos del alma.
El torrente de la vida se paralizó frente al dique sin límites. Dejaste de ser, tú que fuiste tanto:
Vida, Amor, Dolor, Religión, Alma. Una gotita de sangre espesa no pudo pasar por la senda de una
arteria.
Y por eso ¿por una gota de sangre espesa?, se disolvió la vida y el Alma en la Nada… ¿cómo es
posible? ¿cómo es posible?...”
Perdón que no hable de la ciencia de estos grandes hombres, esa la encontrarán en los libros, allí
están por ejemplo la doctrina solidaria, el patriotismo, la rectitud ideológica de un internacionalista
como Antonio Parra Velasco, no tengo yo que hablarles de su sapiencia jurídica, y de su paciencia
pedagógica, basta con conversarles lo que dijo su hijo, ex canciller desgraciadamente en este
tiempo, Antonio Parra Gil; el nos decía:
“Hay una antigua canción irlandesa cuya letra dice: “los viejos soldados no mueren. Se esfuman”,
y he recordado esos versos porque pienso que Antonio Parra Velasco tampoco morirá jamás. Que
cuando él lo decida se esfumará como los viejos soldados de la canción, escapándose de la
envoltura frágil y vil de la arcilla humana para volar, en pureza de espíritu, a alguna galaxia no
descubierta todavía, desde la cual podrá contemplar el mundo y los sucesos de los futuros siglos.
El “viejo león”, como lo llamamos sus hijos, terminó su existencia física en Guayaquil, el 28 de
octubre de 1994”.
Eso también es cátedra de vida, eso también nos hace extrañar esas virtudes perdidas del respeto,
del amor, de la consideración, porque eso no es cantidad de conocimientos sino calidad. Nuestra
patria está como está justamente por eso, por falta de calidad. Nuestra patria está como está
justamente por eso, por falta de calidad humana en los conocimientos. Los profesores modernos
saben igual o quizá más que estos que amamos y cuyo pensamiento estamos multiplicando, pero la
dignidad de la enseñanza, el don de la pedagogía, la delicadeza para enseñar como si se estuviera
aprendiendo, eso es quizá lo diferente.
Por eso también hemos escogido a ese maestro cuencano, que llenó su vida y la de quienes le
rodeaban, de una gran pasión por la universidad, Carlos Cueva Tamariz, que decía con vehemencia:
“el universitario es, a la vez que espíritu que se modela por la educación superior, ciudadano de su
patria, conciencia alerta de su pueblo, hombre que vibra con las palpitaciones del mundo, que
lucha contra la injusticia, contra el despotismo, contra la fuerza…”.
Juan Cueva, su hijo, nuestro querido amigo aquí presente, nos recuerda también la cátedra familiar
de este gran hombre nos dice con su inigualable humor:
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“Mi padre era un hombre distinto a los demás. Leía mucho y hablaba poco. Tenía algunas reglas
de conducta inviolables. Por ejemplo decía que todo mal que a uno le hacen, hay que responder
siempre con el bien. Un día llegó un militar a Cuenca como Jefe Civil y Militar de la plaza. Era –
claro está- época de dictadura. Este militar, vaya usted a saber por qué, le tomó antipatía a mi
padre que, en ese entonces, era Rector de la Universidad de Cuenca. Le hizo todos los males
posibles, hablaba mal de él, le acusaba de subversivo, decía que era un revolucionario peligroso
que complotaba contra el orden establecido. (¿Será malo eso, me pregunto yo?). Feroz era el
Coronel Jefe Civil y Militar de la Plaza de Cuenca. Tenía apellido de cítrico, me parece que
Naranjo. El Coronel Naranjo, pero más parecía limón por su agrura.
Un buen día el pueblo de Cuenca se rebeló contra la dictadura. La multitud indignada se tomó las
calles y en pleno Parque Calderón, se aprestaba a linchar al Coronel Naranjo. Allí apareció mi
padre que en tono alto y fuerte dijo:
¡Dejen al Coronel Naranjo. No hay que ser bárbaros. Que responda ante la justicia, pero nada de
hacerse justicia por mano propia!”
Desde luego, a estos tres hombres universitarios ejemplares no solamente les unió la profunda
amistad, la inteligencia, sino que los tres, uno de Quito, otro de Guayaquil y otro de Cuenca fueron
defenestrados por la Junta Militar de 1963, la Junta Militar más ignorante (habrá alguna dictadura
que no lo sea). Ellos expulsados. Y otros presos, vejados, golpeados por defender los ideales de la
patria. Entre ellos, estudiantes como Jaime Roldós Aguilera, Francisco Huerta Montalvo,
Washington Bonilla y profesores como Jorge Zavala Baquerizo, Benjamín Carrión, Manuel Agustín
Aguirre. ¿Dónde están? ¿Dónde están sus seguidores? ¿Dónde están ahora los intelectuales que
desde cualquier campo defendían con su sangre el ideal? Dónde están las revistas, los libros, los
periódicos, que nos den cuenta del acontecer cultural. Si los periódicos este año se rediseñan para
peor y llenan el cortito espacio cultural con importantísimas noticias intelectuales como estas:
“Playboy se adueña de la niña de la mochila azul” o este otro aún más profundo: “la chilindrina se
recupera en un hospital”, desde luego yo ya no leo los periódicos ni veo los noticieros de
televisión.
Estarán por allí, ya aparecerán, quizá los grandes hombres y mujeres de este tiempo, quizá se están
alimentando de los ríos subterráneos de la patria, de su fuerza telúrica, del dolor de la Pachamama,
de la miseria de los afligidos, de la desdicha de los pobres, quizá ya están ahora mismo recordando
el evangelio subversivo de Monseñor Proaño. Porque Alberto Luna Tobar, otro monseñor, otro
escogido, el único con vida de esta colección de redivivos, el día que la Universidad Alfredo Pérez
Guerrero le concedió el doctorado Honoris Causa, nos recordaba a Mateo y decía: “Gracias, Padre,
porque los sabios y entendidos no comprenden lo que los simples y sencillos lo saben”. Con eso
nos quería hablar de una universidad para el pueblo y un pueblo en la universidad.
Por eso esta colección. Para recuperar la Patria. Para volver a leerla, para conmoverla, para entregar
a la juventud divino tesoro de Rubén Darío su alimento revolucionario.
Muchas gracias a todos los familiares aquí presentes, de estos grandes hombres. Quizá Martita
Pérez, hija de Alfredo Pérez Guerrero, Juan Cueva, hijo de Juan Cueva Tamariz o la sobrina nieta
de Antonio Parra Velasco, nos puedan decir unas palabras, en las que seguramente seguirá latiendo
esa cátedra inacabable y eterna.
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BUSCANDO UN LUGAR BENDITO
Para Paco Moncayo
Tiene un año más que yo, pero su vida ha pasado por todos los filtros del rigor, de la disciplina y de
la inteligencia. Desde los cuatro puntos cardinales de la patria, vestido de militar, de campesino, de
obrero o de montubio. Vestido de soltero, de casado, de hijo, de padre o de abuelo, de bohemio u
hombre serio, su actividad, su palabra, su mirada que siempre veía más allá, como si estuviera
subido en los hombros del tiempo, fue dignificando su vida, colmándola de honores y de glorias,
acumulando batallas llenas de triunfos y dolores, abrazado por la fiebre que tenía ya un antecedente
en el Monte Sacro donde el joven Bolívar juró la libertad de América. Templado en el Poema
Pedagógico, en la dura fortaleza de los otros, en el pan de los libros que le hicieron robusto y
afinaron las alas de su vuelo, espada al cinto a veces, metal que alerta a los tiranos, los vigila o los
disuelve, claro, sencillo y constante como el caer de una cascada. La vida, su vida ha llegado hasta
acá, a esta capilla, donde siempre está prendida una luz para mirar los inconmensurables rostros de
la patria que dibujó Oswaldo Guayasamín.
Muy feliz de poder hablar de mi amigo y su ejemplo, siento como si yo fuera toda la sociedad civil,
como si por ello mismo, tuviera todo el derecho de preguntarle por mera curiosidad. ¿Cómo se hace
para seducir a una ciudad? Esto no ha estado contemplado en mi manual peregrino, seducirla y
amarla, tratarla como a una reina, adornarla, peinarla, acariciar sus pies? ¿Cómo de buenas a
primeras, puedes transformar a una reina en sugestiva, sensual, sensitiva? ¿Cómo se la puede volver
a su edad prístina, reverdecerla, embellecer su rostro con el polvo de la historia, permitir a sus
fanáticos que vuelvan, pecho en alto, a orar por ella en sus magníficas iglesias, a mojarse en sus
ríos, a soñar en el laberinto borgeano de sus calles tortuosas, de sus montes, a subirse, felices,
infantiles, al columpio milagroso de sus avenidas de vértigo?
Ahora, y por culpa de mi General Paco Moncayo, (ya no mi sino nuestro), desandando el entramado
de las calles quiteñas, su portentoso laberinto secreto, recuerdo y añoro a mi madre. Tomado de su
mano de azúcar, de su mano sufrida ya por mi falta de padre, íbamos todos los días, enamorados de
la persistencia, fieles al ritual de Dios, íbamos por esas calles con su corazón a pie, y llenos de un
amor sobrehumano caminábamos por San Juan, bajábamos por la García Moreno, íbamos de visita
a la Junín y Flores , cruzábamos la Recoleta , yo la halaba con tino al café con nata de los
champineros, a las colaciones blancas que guardaban una perla de maní, hasta llegar a mirar
extasiados el Gallo de la Catedral, el oloroso árbol de magnolias que tiene el olor de Quito, los
viejos discutidores de la Plaza, que aún sueñan en Espejos y en Alfaros, que aún maldicen del mal
gobierno, y miran a hurtadillas cómo la vida se les va entre flores y nostalgias, para terminar como
siempre, como todos los días en el milagro barroco de la Compañía, donde ella me espantaba con el
cuadro del Infierno, con el pago a los pecados de la gula y la lujuria mientras yo miraba asustado,
las torturas que sufrían los traidores y habladores, quiero decir los políticos de ese tiempo, que
recibían plomo ardiendo desde un embudo conectado a sus fauces agotadas. Me imagino que yo
solamente rezaba a Dios para que un día hubiera un Alcalde en Quito que desapareciera ese cuadro
de la vista de los niños. Recuerdo a veces que era la madrugada y por las calles empedradas ya
rodaba la poesía de Arturo Borja que decía:
El viejo Campanario
Toca para el Rosario
Las viejecitas una a una
Van desfilando hacia el santuario
Y se diría un milenario
Coro de brujas
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A la luna...
Pero ahuyentemos la nostalgia y la tristeza, porque esta noche es una noche de homenaje a la
alegría, al trabajo, a la honradez, a la lealtad, a la rectitud de un hombre que se tomó muy a pecho
(en ese pecho la UNESCO va a colocarle su insignia imborrable), la transformación de la ciudad, la
transformación del Distrito, la transformación de la vida de los quiteños, de su comportamiento
social y ético, de su salud y educación, de su cultura y recreación, de humanizar el espacio donde
ocurre la vida. Con su carta de navegación bajo el brazo, con su voz serena y firme le he oído decir:
“Si queremos que Quito sea la ciudad de la palabra; la ciudad de la razón y de lo razonable; la
ciudad en que sea posible la solidaridad, la inclusión y la gobernabilidad democrática,
comencemos por debatir estos que son nuestros grandes temas y seamos capaces de establecer con
serenidad la ruta hacia el futuro de grandeza y prosperidad que merecemos... Quiero que se
redescubra la cultura de Quito, el empoderamiento ciudadano, la diversidad, activar un proceso de
desarrollo humano sustentable para crear condiciones de equidad e inclusión, ampliación y
universalización de las oportunidades y mejoramiento sostenido de la calidad de vida de la
población para conseguir el bienestar, la plena realización y la convivencia armónica de la
comunidad”.
Yo amo los refranes populares, los que nacen de la esencia, de la raíz profunda del pensamiento
ancestral, nadie sabe de donde vienen, vienen de la sabiduría, vienen de la verdad. Ahora pienso en
uno, quizá nunca más apropiado y más lleno de verdad, ese refrán que parece dicho por el
carpintero padre de Jesús: De tal palo tal astilla. ¿Qué otra persona podíamos esperar entonces, que
surgiera de un padre como el Dr. Paco Moncayo Altamirano y de una madre como Aída Gallegos
de Moncayo. Maestra ejemplar a la que con todo el merecimiento del mundo y con toda la alegría
de saberla todavía junto a nosotros, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, de mis manos, la condecoró
pocos días antes de su muerte, con la máxima presea al Mérito Cultural, esa medalla y ese acuerdo
que se lo entregué en nombre de todos los niños y jóvenes, que somos nosotros, a los que nos dio la
fortaleza de las primeras enseñanzas, el manantial vivo de su cariño, de su ternura y de su bondad.
De tal palo tal astilla, Paco, porque en cada una de tus acciones, palpita el ángel de la guarda de su
corazón, el abecedario de su sangre, las venas abiertas de su patriotismo y su dignidad, heroína ella
también, trastocando el refrán que también podría decir: de tal hijo tal madre.
Desgraciadamente, tengo que saltarme las medallas, los títulos, los honores, los grados, las
charreteras refulgentes de estrellas, los uniformes, las batallas, ruego que se me perdone, yo no sé
mucho de escalafón militar, sólo sé que en este caso, al final de los honores, encuentro al hombre de
honor, junto a sus permanentes medallas vivas, su mujer y sus hijos.
Y ahora, subido en este teleférico espiritual, mirando hacia abajo, desde Cruz Loma o el Panecillo,
viendo los arrabales 'de Quito, el Cotacachi, el Pichincha, los Illinizas, la Casa de los siete patios,
San Francisco, Las cajoneras, las señas que me hacen la Torera, Evaristo, El Chulla quiteño que
nunca necesitó a Marx, oyendo en el aire la voz de Carlota Jaramillo, mirando su casita de Calacalí,
su retrato, su dulce trajinar en el recuerdo de nosotros. Ahora digo, me siento bien, en mi Quito, en
su ombligo desde donde nazco, desde donde me empiezo a sentir un poquito vanidoso, dueño de
todo digamos, de sus casas, sus iglesias, de sus pompas y sus obras, como si fuera un gamonal o un
cura español de la noche colonial.
Me hubiera gustado que ahora despertara Juan Bautista Aguirre, doscientos cincuenta años después,
para que escribiera otro breve diseño de la ciudad de Quito, porque el que escribió en décimas,
medio en serio, medio en broma, a su cuñado don Jerónimo Mendiola, entre otras perlas tomadas al
azar, dice así:
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Buscando un lugar maldito
A que echarme su rigor,
Y no encontrando otro peor,
Me vino a botar a Quito;
A Quito otra vez repito
Que entre toscos, nada menos,
Varios diversos terrenos,
Siguiendo, hermano, su norma,
Es un lugar de esta forma,
Disparate más o menos.
Es su situación tan mala,
Que por una y otra cuesta
La una mitad se recuesta,
La otra mitad se resbala;
Ella se sube y se cala
Por cerros, por quebradones
Por guaicos y por rincones,
Y en andar así escondida
Bien nos muestra que es guarida
De un enjambre de ladrones.
Tan empinado es el talle
Del sitio sobre que estriba,
Que se hace muy cuesta arriba
Al andar por cualquier calle;
No hay hombre que no se halle
La vista en tierra clavada,
Porque es cosa averiguada
Que el que anda sin atención
Cae, si no es tentación,
En una cosa privada.
Hacen a Quito muy hondo
Una y otra rajadura,
Y teniendo tanta hondura,
Es ciudad de ningún fondo,
Aquí hay desdicha ahondo,
Aquí el hambre y la sed se aúnan
Y a todos nos importunan;
Aquí en fin, ¡raros enojos!
Los que comen son los piojos,
Los demás todos ayunan.
Mienten con grande desvelo,
Miente el niño, miente el hombre,
Y, para que más te asombre,
Aún sabe mentir el cielo;
Pues vestido de azul velo
Nos promete mil bonanzas
Y muy luego, sin tardanzas,
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Junta unas nubes rateras,
Y nos moja muy de veras
El buen cielo con sus chanzas.
No sigo porque quizá en ese tiempo el dauleño (sin culpa, claro) tenía razón, prefiero con mi
corazón, volverme Bautista Aguirre y tratar de intentar unas décimas del 2004, dedicadas al hombre
que ha hecho posible reconocernos y queremos en un espacio que se va pareciendo al paraíso.
Buscando un lugar bendito
Donde poder descansar
De su vida militar
Del Cenepa vino a Quito,
Fuerte, sensible, guambrito,
Carta de navegación en mano
Proyectos, dignidad de plano
Con sapiencia natural
Trocó a Quito en cultural
Y al enemigo en hermano.
Feliz con el arabesco
De su ciudad soñada,
Nos levantó la mirada
Nuevo Quito, dulce, fresco,
Patrimonio de la UNESCO,
Trabajador sin desmayo
Hizo de Quito un ensayo
Símbolo de identidad
Gracias por su lealtad
General Paco Moncayo
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LA MARAVILLOSA LEVEDAD DEL FÚTBOL
Esto no es un libro. Es un pavo real de múltiples colores, es un colage de tiempo y de memoria, es
aquella cobija remendada que nos ponía la abuela para cuidarnos del frío, es la red multicolor que
me tejía mi hermana para guardar la pelota de fútbol, para guardar ese tesoro, es la caja de pandora,
es el cofre del pirata. No es un libro de fútbol, es un libro de vida. Un libro de vida y muerte. Es el
dribling metafísico, la gambeta sabia o necia, que vamos intentando desde que nacemos hasta que
llegamos al otro arco, al otro arcano. Este no es un libro, mi querido Galo. Es una maldad redonda
para jugar con la cabeza de nuestra melancolía, es el pase largo, la finta, el bailecito, el chiche, la
cascarita, que aprendemos para ser menos desdichados.
Sólo que tú lo dices más técnicamente, como el capitán de una selección de escritores. Dices, un
poco asombrado de que así sea, dices: "Al abrir los bargueños memoriales encontramos añicos de
palabras que se reconstruyen y vuelan con el aventador del tiempo y las serpentinas morosas del
silencio…"
Fíjate, cada palabra pasa como un pedazo de pan en la garganta:
Bargueño: esa pobreza llena de cajones donde íbamos acumulando solamente las gratas presencias
de los otros, el humo de los primeros dolores, las fotos de los amores eternos, especialmente el
último, los guijarros, los botones, los tillos, los caos, los miedos, los secretos esenciales.
Añicos: esos pedacitos de miniternura, palabras llenas de pininos, como si la frase recién estuviera
aprendiendo a caminar, como si fuera papel picado para rendir un homenaje a no se sabe quién.
Aventador: juguete de la infancia que la madre utilizaba para ahuyentar su tristeza, arma liviana
para alejarnos de la "probadita", mano de paja que nos acariciaba en el castigo, extensión del viento,
dios soplón de la sabiduría gastronómica, pequeñísimo huracán para levantar nuestra memoria del
hogar.
Serpentina: culebra instalada en la cabeza del autor. En otras partes se llama Saudade. Se usa para
ahorcar el tiempo y para festejar con tristísima alegría los años que se nos van tras la pelota del
mundo.
Este no es un libro, es varios libros. Aquí vienen a dar todos los vientos de la inteligencia universal,
todos los nombres, y los rostros, todos los escritores y músicos, y hombres de pensamiento, que
agitaron el pasado, el presente y el porvenir de Galo, de la generación, de la provincia, de la patria.
Esta es la historia de un gran rompecabezas, es el horno donde se templó el acero, es el proceso
fraterno, a veces angustiado, a veces esperanzado de poner las piezas en su lugar, es el libre albedrío
de un espíritu abierto a todas las manifestaciones de la vida. Es una forma de vivir, porque vivir es
escribir con todo el cuerpo. Y aquí Galo escribe con todo el cuerpo, patea con ambas, es arquero
para tapar las dudas y las deudas, mediocampista para atajar los recuerdos, delantero señalando la
ruta de la reflexión. Galo es un equipo. Un dirigente más bien que a convocado a Freud y Borges, a
Rilke y Pablo Palacio, a Marx y Octavio Paz, a Cortázar (ese goleador) y al cholo Vallejo, al
peluquero de la esquina y al Subcomandante Marcos. Al Che y a Remedios La bella, a Silvio y a
Rulfo, a Nabokov y a las lolitas que patean al corazón. Y que les ha convocado para no darles
respiro, para agitarles ante nuestros ojos, para compartirnos su profundidad, para dejarnos entrever
ese corazón militante de la inteligencia, buscador de epifanías, sembrador de utopías, para decirnos
que el olvido no existe, que todo libro, toda palabra, toda lectura, toda arte, se oponen al olvido. Y
yo, haciendo una paráfrasis con alguna anécdota que nos cuenta en este cofre, le preguntaría.
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¿Tienes acaso mil corazones?
Y estoy seguro que él me contestaría, diáfano y feliz:
-No, solamente dos… como todo el mundo.
Puedo decir de este libro, lo que decía alguien del Quijote. Me ha deparado la alegría más triste de
la historia, porque a mi edad, luego de viajar en el corcel del lenguaje y memoria de Galo Mora,
fervorosamente apesadumbrado por el fantasma del tiempo que no lo he sentido pasar a mi lado,
puedo repetir, lo que dice Horacio Salas desde este libro:
Enarbolo la pipa sobre el labio
Vuelvo a decir que sí de mala gana
Me angustio, resoplo, dramatizo,
A veces nombro a Sartre, a Dios, a San Filipo
De vez en cuando vuelvo a leer a Borges.
Con paciencia repito al acostarme
La delantera de Boca en el cincuenta
O lo escucho a Gardel contra el silencio…
Quizá, le aumentaría un verso:
Pienso en Polo Carrera y me imagino
Jugando en el infierno con Galo,
Con Bertochi, y, por qué no, conmigo…
Aquí, en este estadio, la pelota de fútbol toca todos los temas, los más álgidos, los más crueles, los
más finos, y el rompecabezas se va delineando y estructurando con el tiempo. Aquí hay una
ideología. Un punto de vista sobre el mundo. Libro contestatario, multifacético, pero del que se
desprende ese ejercicio permanente de Galo Mora de trabajar por las causas populares, por la
defensa de nuestra identidad, por los principios básicos de soberanía, de igualdad, por un trabajo
constante en defensa de la paz y los derechos humanos, por un canto constante, junto a sus
hermanos de Pueblo Nuevo, de reivindicación social, de servicio al otro. Por ello, con muchas
palabras, con muchas anécdotas, con distintos pensamientos de la gente que hace la cultura
universal, Galo va ilustrando e iluminando su propio espíritu. Un ejemplo basta, cuando habla de
nuestro amigo Luis Eduardo Aute, que hace poco le tuvimos en la Casa de la Cultura. Aute, desde
este libro, y con respecto a la política estatal de España en relación a la migración, dice:
"Con todo lo que debemos a América latina… es una falta a la moral olvidar que fuimos pobres y
desamparados y sin embargo la gente de América no nos abandonó jamás…"
Entonces, con mano sabia está tejida esta red. Todos los espacios están cubiertos. Todos los temas
se convierten en un tema. Todas las jugadas van a dar al gol. Y el gol es la vida, y el gol es la
libertad, y el gol es la dignidad. Y el gol es, más que todo, aquello que a Galo Mora le sobra: la
alegría, ese humor corrosivo, magnífico, que parece la jugada de Maradona frente a Inglaterra, o
que parece el pasatiempo favorito de los magníficos vagos del país de Loja.
Me da tanta tristeza acabar esto. Pero menos de la que tuve cuando terminé el libro, estos libros
deberían ser más largos, por lo menos como aquellos de En busca del tiempo perdido de Marcel
Proust. Eso mismo es este libro: en busca del tiempo perdido. Lo bueno es que Galo, una vez
empezado el campeonato, ya no podrá dar marcha atrás. Ya se sabe que la literatura es un amor
desdichado que fatalmente presagia otros.
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Por eso, pidiendo auxilio a sus propias palabras para irme al descanso digo.
"Ahora debo salir hacia el trabajo, toco mi cabeza y froto el mismo empeine que el peluquero Meza
me tatúo en el cogote. Al mirar mi rostro en el espejo observo al que fui y al que no pude ser. Uno
de los dos se ríe. En los pliegos del agua se hicieron las primeras fotografías de la tierra. Camino y
silbo preguntándome: ¿Quién enlodó el charco en el que con mi madre nos miramos por primera
vez?”
Mi querido Galo, recibe el pase y devuelve. Porque somos hermanos y bien podemos seguir
jugando todavía con ese pájaro redondo que se ha posado tranquilo en nuestra edad.
53
MEMORIAS COMPARTIDAS
Aunque ustedes no lo crean, estas memorias compartidas con toda la buena fe, por Pepé Carrión,
ésta charla preciosa, amena y sencilla, que parecen contadas en la mesita de piedra que mi abuelo
(lugarteniente del viejo luchador, conversador empedernido) hizo construir en el patio interior de su
casa de la Junín, para reunirse en las noches con sus hermanas y mis tías, y fundar esas maravillosas
noches de tertulia, donde yo, invisible por la edad y por la noche, pude ir conociendo los increíbles
chismes de Eloy Alfaro, del Zambo Satírico, Juan Montalvo, del cucurucho de San Agustín, del
Santo del Patíbulo, García Moreno, del guasicama, de los barrenderos, de los borrachos del barrio,
de la viuda del Manuel Pachano, y de la Paquita Ortega, adelanta a la vida alegre para bien del
erotismo y la pasión. Estas memorias compartidas, digo, me han traído pequeñas discusiones con mi
entorno familiar. Mi mujer, por ejemplo, que es de sangre azul de Riobamba, luego de leerlas me ha
dicho que ahora que soy Presidente de la Casa de la Cultura, debería mirarme en el espejo de
Benjamín Carrión y ser, lo que un hombre común y corriente no puede ser nunca: es decir, ser
Diplomático, ser fiel, ser Eguiguren, o aunque sea lojano.
Por otro lado, tengo dos hijas, una malita y otra buena, la mala, hace unos días, cuando terminó de
leer estas memorias, me dijo: “papá, tendrás que hacer méritos si quieres que yo te escriba un libro
así”.
Claro que dicho tan de frente, esto puede desmoralizar a cualquiera, más que todo a mí que todos
los días me despierto seis de la mañana, para trabajar en los misterios de la cultura, pero en
desquite, yo le contesté con una frase que Benjamín Carrión, utilizaba para los envidiosos y que
siempre me ayuda a entristecerme menos por la ingratitud. Él decía, cuando le salían por todos
lados enemigos gratuitos: ¿Pero por qué se ha vuelto mi enemigo, si yo no le he hecho ningún
favor?.
Pero, bueno, en todo caso, en el fondo, parece que de alguna manera surrealista, como la máquina
de cocer en la mesa de operaciones, hicimos algún pacto: yo tenía la obligación moral de ser más
bueno, más generoso, más aventurero, inteligente, sabio, comprensivo, gestor, viajero incansable,
seductor, sabio, amoroso, abogado, y ella entonces me dedicaría los maravillosos recuerdos que
desmadeje su memoria.
Pero desde luego, el pacto se deshizo a los pocos días, porque llegamos a la conclusión de que, por
mi parte yo no podría ser nunca como Benjamín (la ciudad, la honestidad, la magia, el honor, la
calidad humana, se había derrumbado como ciertas torres empujadas por un tal Iván) y ella tampoco
podría escribir un libro así, porque le gustaba más el cine.
Llegamos entonces a un acuerdo: Yo solamente sería un hombre bueno, un cuentero, y ella
cambiaría la historia del cine en este país.
Ninguno de los dos hemos cumplido, pero ahora conocemos mejor nuestras falencias y nuestras
limitaciones.
Mi otra hijita, la buena, que cree que tengo cien años, Luego de leer estas memorias, me reprochó
bravísima, el que yo no haya sido amigo de Miguel de Unamuno, de Gabriela Mistral, del Alfonso
Reyes, o por lo menos de Gonzalo Escudero, Gonzalo Zaldumbide o Galo Plaza –como me dijoyo que en ese tiempo ya había perdido a mi padre (tenía 5 años) y sólo conocía al profesor Bejarano
de la Escuela Espejo y que apenas viajaba con mucho miedo, alrededor de mi propio terreno, cerca
de la quebrada de Miraflores, en el barrio América.
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Es decir, como verán, que por culpa de la despiadada memoria de la muñeca, de la poupeé de la
Pepé (única niña traviesa que se impuso su nombre a sí misma) no como la pobre niñita de Balzar,
cuyo padre le bautizó con el nombre de “Autoridad Portuaria Calahorrano”, seguramente por los
favores oscuros que él había recibido de semejante institución, que por su culpa digo, que por culpa
de este librito, hemos todos llegado a querernos más, si esto fuera posible, y a entender el milagro
de la sencillez, de la humildad y del amor. Especialmente del amor de Aguedita, que como un ángel
atraviesa este libro.
Porque en este libro, habitado por fantasmas buenos, una muchacha menudita y frágil, bella y
luminosa como la primavera, me habla al oído desde las primeras páginas, cometiendo el doble
pecado de la sencillez y la sinceridad. Y me habla de un hombre bueno, de un hombre tierno y puro
que aprendió a amar a la patria en la cotidiana batalla de los días.
Su relato, lleno de nervio y pasión, como el recorrido de su primera bicicleta: sinuoso y titubeante al
principio, libre y pertinaz luego, desafiante y con la cabellera al viento finalmente, me va dibujando
la línea del corazón de un padre único que ha llegado a ser de todos.
Es que esta niñita inquieta, viaja por las palabras con amor, recogiendo los pasos del tiempo en su
memoria, delineando otra vez las huellas de la caricia de un hombre irrepetible, de un hombre que
la amó, que la cuidó de los duendes que en ese tiempo perseguían a las niñas de ojos bellos, que la
protegió de la vanidad del mundo, que la guardó de la tos ferina, la mediocridad y los malos
augurios, de ese Quijote que soñó siempre con dejar instalada a su niña, en una patria de
inteligencia y dignidad, que verdaderamente no es ésta.
La Casa de la Cultura Ecuatoriana, iluminada por este padre generoso, acoge, para bien del
Ecuador, esta cajita china de Pepé Carrión, donde duerme en carne y hueso, la aventura de una vida
que bien pudo empezar así: “En lugar de la mancha, del cual no quiero acordarme…”
Yo digo, qué suerte de Rodrigo Pallares, que al principio entraba camuflado a la hacienda de los
Carrión a regar semillas de “nomeolvides”, que luego, después de mucho batallar, siendo amante de
la arquitectura, del arte, de los secretos de la antropología y de la magia ancestral, pudo acceder a
Pepé y vivir toda la vida junto a ella, junto a esa familia, que es como la pieza más preciada de
nuestro patrimonio cultural.
Gracias Pepé, porque en esta hora de estupidez guerrerista, nos has revelado el milagro del amor
cotidiano, nos has entregado el leve rumor de la memoria enredado en ese Quito ya perdido, nos has
alimentado con el candor de una inocencia que se parece a la sonrisa del agua (Gabriela Mistral, tu
Gabriela, tu madrina, decía: recuerdo gestos de criatura y eran gestos de darme el agua).
Yo leo tus recuerdos, Pepé, y son gestos de darme el agua.
Un último chisme y un deseo: El chisme: ella en verdad se llama María Rosa, y el deseo: yo le
hubiera querido conocer cuado se vestía de charro mexicano.
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A LA SOMBRA DE MANUELA
Los que estuvimos anoche en la Capilla del Hombre, comunicados con la luz permanente de
Oswaldo Guayasamín, esa luz que siempre le espera como él pidió, nos decíamos, éste es un lugar
mágico y tiene un oficiante eterno. Yo, al menos, estoy seguro que el maestro salió un momento de
su insondable tristeza y vino a depositar su beso bondadoso, profundo, en el rostro bello, también
eternizado por el fantasma persistente del amor, de Marujita Monteverde. Mujer única, única mujer
que ha guardado temblorosa el olor de todos los rosales en flor, como escribió Oswaldo alguna
vez…
Y digo que este lugar está lleno de presencias invisibles, porque ayer, sin que mediara todavía la
palabra de ese otro amor desdichado y maravilloso, como todo amor, sin que mediara la evocación
que ahora nos convoca, de esa amable loca que nos enseñó a ser hombres, de esa Manuela tan
arraigada en nuestro corazón y en nuestras carencias, luego de que Roberto Passailague hiciera una
panorámica de dos vidas emblemáticas del arte, que nos legaron este espacio y este espíritu, llegó la
hora de la música, y los famosos Olimareños empezaron con aquella canción que dice: Simón
Bolívar, Simón, Caraqueño Americano…
Hasta ahora la escucho y quisiera insertarla en este fino libro de Tania Roura: Manuela Sáenz, Una
Historia mal dicha. Desde luego no estoy de acuerdo en que sea mal dicha, porque está escrita con
la pasión, la vehemencia, la solidaridad, de alguien que al adentrarse en la irrefrenable vida de la
libertadora del libertador, quedó marcada, como marca el fuego, como la huella implacable del
tiempo, marcada y desgarrada, asimilando las horas de gloria, de dolor, de deseo y sensualidad,
viviéndolo desde esa grafía tormentosa y amarga que es la escritura. Es difícil hablar de personajes
extraordinarios, escribir sobre ellos, si en alguna partecita, inconsciente, escondida, de nosotros
mismos, no sentimos agitarse la misma llama, la misma rebeldía, la misma eroticidad de las noches
del tibio despertar de Manuela en los brazos del Libertador. Abrazada ella. No protegida, sino
protectora.
En este libro de Tania, se siente no solamente la personalidad guerrera, lúcida, llena de coraje y
temeridad de Manuela, sino que es un libro desde donde se divisa el conjuro del amor, un libro
como la mirada y la flor que Manuela le lanzó a Bolívar desde el balcón, sabiendo que ésa era la
mirada de la historia y a la historia. Esa mirada como un primer abrazo, como un dulce coito que se
lo llevaría el viento y el tiempo.
Manuela la dura, la tenaz, la bruja, la orgullosa, la temible, reservaba sus momentos de ternura para
suavizar la dura vida del Alejandro Magno del nuevo mundo. Se sacaba su casaca de Caballeresa
del Sol, preparaba pastel de mortiños y natas y se lo enviaba con un ramito de flores silvestres, con
una nota que decía: Tregua, mi General. Aún merece paladear los dulces que prepara su Manuela
y buscar en el monte fiel lo que guardan sus amigos. Que tenga un feliz cumpleaños. Siempre
suya. Manuela.
Que pena, digo yo, que el doctor Thorne, su marido, con la desgracia helada de ser inglés, haya en
algún momento tocado el filo de su abanico. Mujer extraordinaria, destinada a un hombre
extraordinario, para caminar juntos, para batallar juntos, en igualdad de condiciones, sin treguas de
género, a más de aquellas que impone el tempestuoso amor. Sin treguas, a más de la tregua de la
muerte. Simón se le adelantó luego de aquel ataque de melancolía, que hasta ahora nos resuena
como una cábala, como una verdad dedicada a la perversidad de los poderosos, de los ambiciosos y
corruptos que pueblan nuestra América, imitando a la otra, la del Norte, la que a sangre y fuego a
destrozado la cultura fundacional del mundo, a masacrado pueblos, ha cambiado sangre por
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petróleo. Ataque de melancolía, digo, que le hizo repetir en el viento, aquella frase tristísimo como
el ocaso: he arado en el mar…
Manuela, solísima, sintió su ausencia, y la llevó desde entonces como una capa. Tania, en el libro
nos cuenta que la Coronela del Ejército Libertador dijo en algún momento:
“La venganza desatada desde la muerte de Simón, parecía no saciarse. Llevaba más de dos años de
peregrinaje desde que fui expulsada de Colombia en el año 34, a los pocos meses de que Santander
asumió la Presidencia. Para sobrevivir en Bogotá fui vendiendo una a una mis joyas, los muebles,
los espejos, hasta las finas sábanas bordadas. Mis vestidos achicados, acortados o añadidos se
lucieron en otros talles, renovados. De las tantas cosas que aprendí de niña: bordar, cocinar, hacer
helados a la paila, todas me sirvieron. Como sirvieron para mantenernos las pócimas curativas de
Nathan y los filtros de amor que inventaba Jonatan”.
Y dice Tania que la chismografía era tal como esto:
- ¡Ña Fernandina! ¿Ha visto cómo la forastera y sus dos criadas negras andan vendiendo dulces a
los soldados?
- ¡Póngale cuidado mijita! Que si ella anda cerca de los cuarteles… otra revolución se nos avecina.
¿Por qué será que muchos hombres tienen pavor a una mujer inteligente, y muchas mujeres envidia?
Ya no necesitaba filtros, quizá se cansó de desafiar, quería refugiarse de la mediocridad ambiente,
que ahora crece y crece, ya no pensar en Catahuango, ni en el internado donde aprendió a fumar, es
decir a desafiar, ni en Jonatan, ni en Lima, ni en la Gran Colombia deshojada. No pensar, ya no
pensar porque pensar se había vuelto una maldición.
Pero Tania ha asumido el reto, ha asumido el desafío de insistir en su vida, de multiplicar su
ejemplo. Desafiar, ser inconforme, vibrar ante la injusticia, esa es la sabiduría que necesita nuestra
patria dormida.
Voy pegado a mi muerte / como un pájaro al cielo, dice el epígrafe de Huidobro con el que Tania
Roura hecha a volar su imaginación y su certeza, delineando un Bolívar más grande que el
horizonte. ¿Qué importa la historia y qué la imaginación? Reflexiono mientras yo también,
obsesivo, asombrado, casi violento, voy pasando las páginas de esta novela, buscándola, oliéndola,
casi tocando ese cuerpo maravilloso de Manuela, que supo ofrendarse por la libertad de su patria y
por el amor a un hombre fuera de serie.
Con qué pasión, con qué entrega, Tania Roura, encarna en Manuela, en su novela… va formando el
rompecabezas, de una mujer, de una época, de soldadotes y miserables, de traidores y vencedores,
de batallas ganadas y perdidas, de amores errabundos o peligrosos, ligeros o clandestinos, hasta
visualizar la figura magnífica de la Caballeresa del Sol, aquella libertadora de la noche septembrina,
aquel fuego y llamarada, aquel volcán y ceniza.
Esta novela de Tania Roura teje con sencillez y ternura, la palabrería y el recuerdo con el que
Manuela finalmente fabrica dulces para existir en la dolorosa y solitaria noche de Paita…
Gracias Tania, que como la otra, la guerrillera, nos has recordado que en nuestra patria existen
mujeres y hombres, que juntos con amor y coraje, han sabido luchar por la libertad… esa mala
palabra…
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TEATRO DE MONSTUOS
La noche se perdió. Ha desaparecido la noche, pero a pesar de ello, su manto negro, su cinismo,
nos envuelve a todos.
A pesar de que no pasó nada, de que no pasó sino lo intrascendente, lo burdo, lo prosaico. Inútil
darle vueltas o entusiasmarse con el frío de todas estas sinrazones.
La Melba se extravió en un pobre laberinto de espejos múltiples. Daniela se perdió entre los
piolines, entre las ramas de este desbarajuste; se rindió al murmullo de las olas, a su vivo desvarío.
Los demás, cada cual asimiló las enseñanzas del cangrejo, sus patitas peludas hacia atrás. Todos
entraron a la noche como pesados fantasmas, títeres de un juego cuyos hilos se rompieron en mitad
de la escena.
Inútil andar suelto. Inútil representar suelto la borracha algarabía. Entonces hablemos de ellos
para dejar marcado, para entender la causa, el punto, el centro, donde se adormiló nuestro
destartalado corazón.
Así empezaba yo mi novela hace 20 años, novela donde sufrí el alboroza y la tragedia de mi
generación, esos fervientes, desdichados, luminosos años setenta. Porque la novela es una
liberación, lo dijo Shopenhauer, de todo el arte. Liberación de obsesiones, de monstruos, de
pesadillas, de dolores. Novela sillón del sicoanalista, bastón del ciego, vaso del bebedor. Archivo de
vida y muerte. El que escribe solo es el amanuense de su desmesura y de su soledad y de su
tragedia. Más aún cuando no puede hacer lo que aconsejaba Flaubert: arrancarse el cáncer lírico,
cuando insistimos en que el corazón es uno de los órganos del conocimiento, como decía Pascal.
Ahora le ha tocado a Viviana, talento multifacético y doloroso, decir su palabra, su versión, su
testimonio, de los años ochenta y noventa. Tarea tan difícil si pensamos que no hay qué testimoniar,
a no ser la ambigüedad y el absurdo, a no ser el vacío, a no ser el desencanto de la
deshumanización, a no ser esta postguerra fría, esta postmodernidad, este abismo, este abismo ya
previsto por Kafka y por Onetti y por Rulfo.
O sea, el vacío no es original. La originalidad consiste en ponerse el sombrero de la abuela decía
Proust. Originales son Dios y los malos poetas. Es la memoria, esa perra que yace a nuestros pies y
que no se desprende, la que termina arruinándonos, siempre. Novela de la memoria, esa úlcera del
espíritu, novela del vacío de una generación perdida en el cool de la nada. Qué duro ha trabajado
Viviana la palabra, qué tormentoso esculpir la palabra en el viento, qué difícil escribir con humo
sobre el humo. Aquí cabe lo que decía Ezequiel Martínez Estrada, cuando hablaba del gran Buenos
Aires: “Mucha ciudad, poca historia, pero cuánta ausencia…” parecía un tango lo que en realidad
es un pasillo. Ciudad maldita. Ciudad María, campanario, metida en cosas de mayores. A Quito –
dice un personaje de Viviana- nunca se llega a tener temporalmente. Se llega para siempre. Como a
una tumba. El novelista no debe tener ideas, las ideas son de los personajes.
Y aquí hay personajes, y están vivos, y están llenos de sangre, no de literatura. Ya se sabe que, en
materia de literatura, la buena literatura es la que carece de literatura. Personajes desertores.
Personajes ya del 2000, es decir, anónimos desechables. Ciudades desechables, esperanzas
desechables, utopías desechables, amores desechables. Ilusiones perdidas de una clase media
perdida, media reaccionaria, media triste. Sólo se puede superar la imitación (made in USA) o la
fatalidad provinciana, mediante la crítica. Y criticar es también verse al espejo y reventarse las
espinillas.
En la cueva están los dueños de este círculo. No pueden salir de la cueva. No hay puertas, no hay
ventanas. No habita la luz. A lo lejos suena un Rock and Roll tocado en el infierno, y Electra, ese
vestigio de griega desdichada como la tragedia, está diciendo atropelladamente: siempre tengo
miedo, siempre tengo frío. Siempre tengo frío, siempre tengo miedo. Electra, Raúl, Milena, Sinatra,
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el Galgo, filudas aristas de la noche, esperpentos de una danza casi macabra, títeres de un teatro de
monstruos. Novela escrita con lo único que se puede escribir una novela: con sangre y llaga.
Lo que no comprendo es por qué Viviana nos ha convocado a Ulises Estrella, a Pedro Saad y a mí.
Esta suerte de trilogía generacional, que vivió el desencanto, que participó en el sonido y la furia,
que se alimentó de utopías, que dio los primeros pasos del amor libre, que acumuló vicios y
virtudes, y que puso unos ladrillitos en el muro de la decadencia. ¿Será para culparnos
públicamente?
Es todo caso y para terminar, quiero desquitarme de esto dedicándole un poema a Viviana, que tiene
algo que ver con su descarnada novela – guión cinematográfico.
DEL BOCHORNO
Con mis propias uñas
He despellejado al animal de la noche.
Despierto agotado por el viaje
Y apenas he dormido una hora,
Escasa hora en la fría madrugada.
(El tiempo de la pesadilla
No encaja en tu reloj)
Créeme tú,
Créeme por el amor de esta oquedad
Por el vicio a esta oquedad:
Siento el vacío como una sanguijuela
Pegarse a la piel escamosa de la noche.
La ciudad duerme hace diez años impares
¿Qué nos pasa?
¿Qué ha cambiado?
¿Qué erosión va minando, imperceptible,
El afán de la lucha que tuvimos?
II
La duda, el vampiro de la inercia
Va entrando en la ciudad
Como en un hospicio desolado
Donde el único loco he sido yo.
Me acuerdo en el setenta:
Tu codo digno
(Bisagra del poema de ese tiempo)
Alertaba mi tristura nocturnal y decía:
“Los gendarmes llegarán a media noche,
Hay que esperar por ellos…”
…
Ahora sólo siento la noche boquiabierta
Esperando que le asfixie
La mosca de la nada.
¿Quién está espiando mi infortunio?
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¿Quién hay ahí?
¡Quién va!
Rompe con tus narices
El espejo del poema.
Eso es todo Viviana. Tu novela es también un bofetón en el rostro de este tiempo.
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LOBA TRISTE
Antes de entrar a esa selva milagrosa de la poesía de María Fernanda Espinosa, dejemos todavía
que descanse la loba triste en los pliegues del viento y sus rincones acústicos, que descanse esa
palabra que huele a sauce recién cortado, a eucalipto y menta, a ese sudor apenas pervertido con el
que se moja la memoria del jaguar.
Porque quiero en primer lugar, darle la bienvenida a este bienamado poeta del mundo, Thiago de
mello, los encuentros en él han sido fortuitos y azarosos como son los caminos de la poesía: Cuba,
Chile, Ecuador. Con orgullo y con un poquito de vanidad recuerdo alguna dedicatoria suya que me
la escribió en su libro De una vez por todas, decía así: Raúl: sólo con los últimos hijos del bolero,
ya eras uno de mis predilectos. Guarda el respeto y el abrazo de tu hermano Thiago”.
Al saludarlo a nombre de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, a nombre de nuestro país, y el mío
propio, en su homenaje quiero recordar un soneto casi inédito, que Pablo Neruda escribió una tarde
de vino y rosas, en su casa de La Chascona, en la contratapa de un xilograbado de Santos Chávez,
jugando con las palabras, con su tinta verde y con los nombres de Thiago y Santiago, la ciudad
chilena, en 1963. Una proeza de carpintería poética, como luego dijera nuestro poeta aquí presente.
Dice así:
Thiago, A Santiago, como un vago mago,
Has encantado en canto y poesía.
Sin San, has hecho de Santiago, Thiago,
Un volantín de tu pajarería.
Al Este y al oeste de Santiago
Diste el norte y el sur de tu alegría.
Muchos dones nos diste, un solo estrago:
Llevaste el corazón de Anamaría.
Te perdonamos porque con tu bella,
De rosa en rosa y de estrella en estrella,
Te llamará el Brasil a su desfile.
Te irás, hermano, con la que elegiste,
Tendrás razón, pero estaremos tristes.
Qué hará Santiago sin Thiago de Chile.
Bueno pero ahora, entremos de puntillas a la selva. El miedo y la angustia de esta expedición, me
obliga a pedirle a mi padre Borges, que me acompañe. Él me tranquiliza y me dice:
Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
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Eso María Fernanda, eso has ido entendiendo a fuego lento: No importa tu ventura o tu desventura,
el poema está allí, enrollado en tu cuerpo como primera piel. Pellejo tu poesía, limpia de la sangre
de los otros magia menor. Desde el lenguaje, no me digas que no te ha ayudado el Chamán del
desconsuelo y de la algarabía. Él te ha de haber dicho -ciego como es- “solo podemos dar lo que ya
hemos dado. Sólo podemos dar lo que ya es del otro”.
Hace diez años, nosotros te ayudamos a Caymar, porque tus tatuajes de selva ya los veía todo el
mundo, en ellos ya estaba impregnada a fuego, a palabra encendida –que es el peor fuego-, Matilde,
tu nodriza mágica, que por su libre albedrío se va convirtiendo en estas páginas en Isadora, aquella
que bailaba agitada por las llamas, o en Manuela, la que liberó cinco naciones de tu cuerpo, o en
Frida que caló con sus huesos fríos la tibies de tu poesía, o en Mercedes –Sosa por más señas- esa
voz que tiene el agua de los pueblos.
Siempre lo he repetido que la poesía es renacer, es buscar ese orden lingüístico que nos permite
atrapar lo que está escondido allá en la apariencia, en el bloque informe, en el pedazo de mármol o
de bronce, donde apaciblemente duerme el centauro hasta que una mano piadosa y endiablada la
descubre. Porque la poesía es llenar de carne a la nada, al hueso de la memoria, a esa realidad
ontológica que no nos llega por la inteligencia, sino por otras sensaciones, por aquellos misteriosos
recovecos de la palabra, que busca a tientas y a las locas atrapar lo que atrapó Eliot en la oscuridad,
como si fuera una lagartija de oro o una paloma japonesa de esas que sirven para calentarse en el
invierno; lo que atrapó Eliot, es decir la plenitud de la fórmula verbal. Poesía estallido, bomba de
tiempo, bomba de efecto retardado, balazo lingüístico que atraviesa el misterio, poesía subversiva
en sí, rompedora de la paz interior, poesía que se escribe con todo el cuerpo y para todo el cuerpo,
que deshecha la espuma y el encaje (la poesía es el arte de desechar) porque esos poetas como
María Fernanda saben que aquello que sobra en literatura, mata lo que queda.
Poesía que nos arrastra al corazón del hombre como si nos estuviera alejando del horror cotidiano o
proponiéndonos una nueva mirada. Y en relación a aquello de que María Fernanda es culpable de
un misterioso erotismo, alguna vez, hace un tiempo una compañera artista, angustiada porque las
formas sensuales de su arcilla no despedían ese olor erótico que ella quería develar, pegó en las
paredes de su taller cada uno de los poemas del libro Tatuaje de Selva, de María Fernanda, quizá
para que obrara como talismán, como espejo, como vertiente. No sé si lo logró, el erotismo es el
encaje de la sensualidad o para decirlo con Bataille “el erotismo está allí, donde el vestido se abre”,
donde la desnudez se esconde, donde la palabra crece al menor contacto.
Tenía razón Michelle: Hay que inventarse un sueño para que el infinito no nos haga llorar.
Aristóteles dice en su poética que no se debe escribir las cosas como son, sino como tendrían que
ser. Así es tu selva, así es la telaraña que te habita, fina, delgada, perfecta en su geometría, esa
geometría que nos acerca a Dios, a su trinidad, esa liviana arcilla amasada de humillaciones y
fracasos, de venturas y desventuras, de carencias y de olvidos, de hondas cicatrices, pero yo te digo:
¡qué más cicatriz que la ostra marina, y mira dónde yace y lo que guarda! Guacha tu poesía, guacha
quiere decir huérfana, pero tú nos has dicho que en otras lenguas guacha es un río enorme que sella
el infinito. Eso es entonces, leyéndote, caymándote, siento que voy a dar con el quid de la poesía.
Las palabras son eternas, infinitas, las palabras son las piedras, tan sólo hay que frotar la piedras,
una contra otra, la chispa que salga, la chispa que salte, esa es la poesía. Y cuando a Matilde (tu
nodriza campesina, la loba que te amamantó de ternura y por cierto del dulce erotismo que tienen
las libélulas), le dedicas un largo poema, estás dedicando a todas las mujeres del mundo, te estás
quejando mujer, gacela, sueño africano, ojo japonés, Río Níger, te estás quejando, dices entonces,
encolerizada por tu propia voz, asediada por la insoportable levedad del ser, le dices a la Matilde
que es también el universo:
Tengo una joroba de demonios por dentro
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Demonios con antifaz y piernas de cadmio
Cúrame
Cúbreme de flores como a Ofelia
Hazme peso pluma
Pluma del canario que te crecía en las manos
Cántaro con grietas tus manos
Riégame té de pasiflora o valeriana
Sóplame agua de tilo
Tengo cristales de cuarzo en los ojos
No veo
Los frailejones
Los pencos de hoja ancha
Ya no están
El páramo se devoró a sí mismo
Decías que el páramo no come a su yunta
Pero sí
Tampoco están los lagos
Que se tragan las garzas
O los mirlos desplumados
Quiero ver
Ponme colirio de aguas de azahar
De flor de mandarino
Ponme saliva de lince quiero verte
Es que la miopía es como la amnesia
Un cuarto sepia con filos borrosos
Un saco de arena con gusanos
De eso sufren muchos por aquí
Pájaros coronados
Hormigas con cabeza roja
Tigres reales
Toda la fauna de este corral
Olvidar es no ser
Me enseñaste que la memoria es como andamio
Como canasta de vigas que nos sostiene.
Para qué decir más. Ya vendrá el poeta a alegrar de la loba su tristura. Yo sólo sé que en este libro
está la poesía, páginas mojadas por el deseo o la memoria, páginas que tiemblan de homenajes al
género que nos hace felices con su boca de cuarzo, páginas agitadas por el viento del amor hacia
una naturaleza espléndida, feliz de haber sido semilla o pedazo de tierra, o guagua tigre o jabalí. La
palabra de María Fernanda crea la vida, crea el hombre, ese librepensador fatigado de miserias.
Algún momento le pregunté a mi mujer, qué le parecía el libro de María Fernanda y me contestó un
poco absorta, “es bello, todo eso está en el Eclesiastés” y me leyó esto: “Todo hombre es como la
hierba. La hierba se seca y la flor se cae, pero la palabra divina permanece para siempre”.
Y para finalmente recoger lo que tú ya has recogido en tu libro, haciéndolo una paráfrasis te digo.
Es cierto que no tengo demasiado para darte en mi escritura. Ahogarme eso es lo que te doy.
Te doy mi ahogarme.
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REQUIEM PARA PEDRO NAVAJA
“1931 oirán bien, decía la Tránsito, últimos meses del gobierno de Isidro Ayora, llegaron soldados
a impedir que hagamos el Primer Congreso Nacional de Indios en Cayambe, pero ni el cura ni el
gobierno ni los terratenientes pudieron detenernos. Y años después, oirán bien, 26 viajes a pie
hasta Quito, saliendo a la madrugada, a la madrugada oscura, con los luceros como lágrimas
listas a evaporarse con la salida del sol, dejando a la buena de Dios, el desnabe, el zarandeo, el
rascadillo, el lavado de la quinua y hasta el ordeño. Como fugitivos caminábamos sin parar, hasta
la entrada de Pambamarca ya en plena montaña. Al medio día, después de cruzar el río
Guayllabamba con un sol de plomo, nos deteníamos en un tambo para comer compartiendo el
largo mantel de los chochos, las habas y los pedazos de cuy. Recuperábamos fuerzas y nos
mirábamos seguros bajo las alas grandes de la mama Dolores. Dolores Cacuango, la loca le decía
yo. Ahí estábamos con la Angelita Andrango, la Rosa Cachipuendo, la Rosa Alba, el Virgilio
Lechón, el Juan Albamocho, el Florentino Nepas, el Benjamín Campuez, el rondador y la flauta de
mi primer marido, alma bendita. Todavía me parece oír, como se alejaba el torrentoso trajinar del
río mientras sudábamos la cuesta eterna hasta llegar a Calderón. Allí, en el patio de la casa de un
camarada que no me acuerdo en nombre, nos acomodábamos a dormir en la tarde caída, para
estar listos a la madrugada y avanzar a Quito”.
Estas maravillosas palabras, estas palabras profundas, palabras errantes de nuestra historia, se las
pone Fausto Jarrín Zambrano, con la delicadeza de un joyero, de un filigranero, en los labios de
Tránsito Amaguaña, la heredera de mamá Dolores, de esa Dolores Cacuango en cuyo rostro se
templó el acero. Oirán bien, como diría ella, para que en el viaje por las páginas de este libro, no
vayamos a caer en el desaliento, en el desencanto o en la trampa de creer que sólo se trata de un
secuestro, del comportamiento social y psicológico de unos actores en una circunstancia especial. O
ten sólo de la historia política ecuatoriana y su salamandra, su parábola dialéctica. La historia sólo
es la metáfora de la realidad. Nos ayuda a soportarla.
No, esta novela va mucho más allá. Y que bueno que se la presente en estas fechas, cuando se está
celebrando los cuatrocientos años del Quijote. Porque estas aventuras de Pedro Navaja y los otros,
también suceden en un lugar de la Mancha, del cual no quiero acordarme. Porque la Mancha es el
trayecto universal de esa aventura que el hombre la repite eternamente, ese idealismo quijotesco que
da sentido a nuestras vidas, esa ansia de libertad, de solidaridad, de coraje. Esa desazón y esa
esperanza que vive el hombre común y el militante, ese sueño que no acabará sino cuando se acabe
la humanidad, de búsqueda de un destino más alto, de lucha contra el poder. Contra la injusticia y la
explotación.
Novelas como ésta, solamente se puede escribir desde la memoria, quizá desde la edad, solitarios ya
del taita partido, recordando con nostalgia y talvez con un poco de desesperanza, de acabamiento,
de nostalgia, a aquellos intelectuales en servicio activo, a lo Trosky, como dice Fausto Jarrín, que en
su momento reivindicaron las luchas populares, se afanaron por dar un sentido a su existencia,
construyeron castillos de espejos, columnas de aire, donde arrimarse para poder vivir.
El viaje interminable de la militancia, la efervescencia de la militancia, los mandatos del partido
como mandamientos, los viajes obligados a buscar nuestra identidad en otras partes, El periplo que
un comunista respetable debía hacer con su adarga al brazo, Moscú, Berlín, Nicaragua, Bolivia,
Cuba, Colombia, ganado la batalla contra el olvido, con ese amor insistente, enfermizo, pero
voluptuoso, por las causas perdidas, cruzando, como batallas, como espinas, la Perestroika, la
Glasnot, el Muro de Berlín, Praga, Breshnev, Krushov, la Guerra fría, Viet Nam, Guantánamo, esas
guerras perdidas por los supermanes; pero también, con el permiso del Sagrado Comité Central,
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Daniel Santos, Zitarrosa, Julio Jaramillo, Serrat, Víctor Jara, Quilapayun, la negra Sosa, Chabuca
Granda, Silvio Rodríguez y para atravesar la noche, María Félix, Brigite Bardot, Julieta Greco.
Toda novela es un universo. Esa es la diferencia fundamental con el cuento o con la poesía. Y este
viaje de Pedro Navaja, de Juan Carlos, de Don Carlos el secuestrado, de Alma Patricia, de Rubén,
de Niulka en la novela, es un viaje de Fausto Jarrín Zambrano, en busca del tiempo perdido. No del
tiempo de Proust, sino del nuestro. Tiempo recorrido de Quito a Lago Agrio y de allí a la Casa
Verde, ese hogar de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, donde los guerrilleros
todavía tenían la enfermedad del Quijote, antes de que la Globalización, el neoliberalismo o el
mercantilismo, desfigure ese corazón puro que a partir del 59, con más fuerza, viajaba por los
caminos de Montiel, es decir de Nuestra América, llevando en sus manos firmes y en sus espíritus
rigurosos y a la vez románticos, la imagen del Che, ese hombre nuevo que se nos perdió en las
selvas de Bolivia y que todavía no lo encontramos, a pesar de que está vivo.
Todo lo que constituya un abuso, una agresión, una humillación, un dolor, nos revela y nos indigna.
El secuestro es eso. Es la oscura trama de la perversidad. Es el laberinto de la hipocresía, el
recoveco de la cobardía.
Uno debe sentirse impotente hacia esa suerte de noche canalla, donde todos sufren sin saber porqué,
forzamiento de la voluntad, violencia llevada al límite porque se ejerce desde la oscuridad y el
silencio. Y aquí, en esta novela, eso también nos estremece, como nos estremece el constante
acabamiento del ideal, el derrumbe del castillo de naipes, el hundimiento violento del piso donde
asentábamos nuestra fortaleza, nuestro espejismo, nuestra razón de ser. Pero a la par, por
contradicción, esta novela también nos permite tejer otra historia, esa historia que en el subsuelo se
va tejiendo en Nuestra América, porque nos retrotrae al tiempo en que vivimos, este ciclo estelar
para la humanidad, donde día a día vemos derrumbarse por su brutalidad y su ignorancia al país más
poderoso de la tierra, al gobierno más belicoso de la tierra, al estado más sanguinario que haya
existido jamás. Cuando estamos viendo que el fascismo norteamericano ha quedado al desnudo y
descubierto en su extrema perversidad, cuando van cayendo poco a poco todas las artimañas que el
imperialismo ha tejido contra los pueblos dignos del mundo, especialmente contra Cuba, cuando los
asustados títeres europeos y las instituciones corruptas y mañosas van perdiendo el prestigio y el
honor, tal el caso de la OEA o de la Asamblea de las Naciones Unidas o el Fondo Monetario
Internacional, el TLC o el Banco Mundial, el ALCA, o esos tristes desvergonzados representantes
de los derechos humanos en Ginebra, que cierran los ojos ante la verdad por un plato de lentejas,
cuando todos vemos que existe un pueblo como el norteamericano, enfermo de pánico, maniatado
y entontecido por el bombardeo de la propaganda mediática neo-nazi, miedo represado y a punto de
explotar, cuando constatamos que cada día crece más la estatura, la profundidad, la verdad y el
coraje de un estadista como el Comandante Fidel Castro, ejemplo vivo para el siglo XX y el siglo
XXI, cuando vemos que ni siquiera los grandes trust informativos han sido capaces de acallar la
inflamada esperanza de niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres, cuyo abrazo por la paz y la
solidaridad del mundo, se hace patente todos los días, en cada marcha, en cada encuentro, cuando
pensamos que en Ecuador, mi país, el dictadorzuelo mejor amigo de los Estados Unidos, huyó
despavorido, luego de la marcha de mujeres y niños, jóvenes y viejos, amas de casa y trabajadores,
que no lanzaron ni siquiera una piedra, es una singular y creativa protesta de dignidad; cuando
comprobamos que existe una fortaleza inexpugnable en el espíritu de los cinco patriotas cubanos,
condenados por su lucha contra el terrorismo y por su ejemplar amor a su patria y a Nuestra
América, cuando vemos cómo esta patria grande que soñó Martí va transformándose y creando,
justamente ahora el Año de la Alternativa Bolivariana para las Américas, dejando circular las ideas,
la esperanza, desde Venezuela, Brasil, Uruguay, Argentina, quizá Bolivia, ojalá, Ecuador,
cambiando el mapa geopolítico e ideológico, con esa necesidad indetenible de una integración
latinoamericana que de paso a la solidaridad y a la fortaleza para poder vivir en un mundo más
humano, de economía solidaria, de política solidaria, libre de analfabetismo, de desnutrición
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infantil, de falta de vivienda o de trabajo, con una educación para todos, bebiendo el agua magnífica
de nuestras culturas ancestrales, respetando la historia de nuestros antepasados, su entorno
ecológico y natural, abriendo el abanico multifacético y maravilloso de nuestra diversidad cultural.
Qué especial y azaroso que esta novela nos llegue precisamente en el momento oportuno, el
momento en el que vivimos quizá la crisis política más aguda, el vacío existencial, la mediocridad
como norma, la corrupción como espejo, la globalización neoliberal como herramienta para arrasar
con las culturas, la fuerza unipolar de un gobierno violento, criminal, deshumanizado, que masacra
pueblos y ha destrozado la cultura fundacional del mundo, que en la Mesopotamia ha destruido
usurpado la historia donde nació el libro, el alfabeto, el Código de Ammurabi, el registro de las
leyes del mundo, las tablillas de arcilla de la escritura, y hasta los sueños de las mil y un noche
prostituidas por un poco más de petróleo para sus máquinas de guerra.
Como en esta novela, en esta ficción, todos los partidos de izquierda y de derecha han mostrado su
debilidad, han sido cruzados por la corrupción y la ambición individual, al final, en la meta de la
politiquería actual, solamente hay un signo de dólares y aquella frase con la que ese sabio
norteamericano de hoy Noam Chomsky, ha retratado nuestro tiempo: “Sálvese quien pueda, pero
primero yo” partidos totalmente, partidos, rotos, quebrados, líderes ambiciosos, y ridículos que han
alejado para siempre, de su pecho eso que reclama Fausto Jarrín, “el fermento de la uvas de la ira”.
Como estremecidamente dice Fausto Jarrín Zambrano en su novela. “Pero más allá de ese poder y
más allá incluso de lo que escriban historiadores y sociólogos, la vigencia de la injusticia siempre
hallará una respuesta insurgente en el corazón de los hombres” esa respuesta la dieron en su
momento los forajidos, y aún no se entiende el mensaje. Eso es lo que me ha producido esta nueva
memoria del Quijote, este viaje por Lago Agrio, Ibagué, Armenia, Tiro Fijo y su eternidad, Bogotá,
amistad, desengaño, viaje por la historia con pies de plomo, viaje como todos, al abanico
multifacético del corazón del hombre, a su azar y a su certeza, a su angustia y a su soledad, a su
alegría y su esperanza, porque ya sabemos que hay otros mundos pero están en este, pero también
sabemos que otro mundo es posible.
Por eso mi querido Fausto, quiero robarte las palabras para decirte “que tengas por siempre buen
viento y buena mar, para que jamás puerto alguno sea hogar de tus anclas, y tengas agua por
delante para navegar. Hay una patria dormida, que, sin el permiso del Comité Central, te extraña y
te espera”.
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LISETE LANTIGUA
La vida, toda vida camina hacia el silencio, y el silencio es a veces la poesía recuperada del olvido.
Es la voz innumerable y secreta. La voz prohibida. La música extendida entre la vida y la muerte.
La poesía es esa vertiginosa epifanía, esa revelación mística que nos despierta con la premura del
golpe en el costado, la sensación con la que despertaba Verónica (esa máscara) de vivir con la
palabra entera todavía, Bajo el Célico Gris, el perfecto cielo, el delicioso cielo de la palabra.
Toda gran poesía camina hacia el silencio, así camina esta poética de Lisete Lantigua, que desde
Cuba nos trae esas reminiscencias de la memoria, donde habitan los ángeles, el profundo mar, las
aguas tumultuosas que agitaron la poesía de Paúl Valery, la luciérnaga del tiempo que aún mueven
sus alas en La Habana, el viento atormentado del recuerdo, esa eroticidad de alas de mariposa de la
que hablaba nuestro Gangotena: después de tu cuerpo solo el viento es cuerpo…
Hay un tiempo para el hallazgo, dice el Eclesiastés, y es éste, esta poesía escrita en susurros, como
si estuviera espiando por las rendijas de la memoria, olfateando como Argos, el perro de Ulises, la
carne inasible del recuerdo o de la muerte.
Poemas escritos en un papel de seda, que se va chamuscando con el fuego del tiempo que se ha ido.
Poesía escrita desde la torre, vigilante perpetua de la inocencia, del monstruo, del paso silencioso de
la madre, del caminar pertinaz del padre sobre las aguas, del viento helado que prescribe la muerte.
Libre su poesía, soneto o décima, apenas encarcelada en la camisa de fuerza de lo que fue. Y sin
embargo, tristemente serena, como para decir al final de su lectura “¡Qué calma ser la hierva de
este sueño tan breve!”
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EL HURACÁN ROXANA
No se trata del huracán Katrina, ni del huracán Wilma. Felizmente no se trata de un desastre de esos
que en los últimos tiempos nos tiene acostumbrados la Pachamama, resentida por la inconciencia y
la ambición del hombre. Esta vez se trata de un vendaval hermoso y apasionado que sopla con
obsesión y persistencia por las calles, los parques, las plazas de nuestro país, dejando su huella
imperecedera en el espíritu de las gentes.
Roxana Iturralde es este singular huracán que por octava vez ha decidido volver a luchar contra los
molinos de viento de la burocracia, de la pereza mental, de la falta de una política cultural moderna,
subversiva, experimental. Ella y un grupo de mujeres como Tanya Benítez, Graciela Viteri, Vilky
Pérez, han asumido el reto de sacudir la conciencia ciudadana, municipal y espesa, para entregarnos
un nuevo festival internacional de Teatro, con ciento cincuenta artistas del mundo entero, que
llenarán los espacios por los que transita nuestra ambigua existencia, llenándolos de sutilezas, de
verdor, de reflexión profunda, atrapando desde sus cuerpos, desde sus gestos, desde sus palabras,
los imaginarios colectivos e individuales que yacen en nuestra conciencia y que esperan el rayo de
la inteligencia para despertar.
De Perú, de Colombia, de España, de Ecuador, de Dinamarca, de Japón, de Chile, de Italia, de
Bolivia, de Argentina, vienen a Quito los artistas de teatro y danza para decirnos que la única
globalización efectiva, en la que el respeto a esa diversidad que por medio del arte, nos permite
encontrarnos, identificarnos, abrazarnos.
Mirando al sur
El encuentro este año tiene otro componente, nos dice Roxana, feliz como una forajida que también
se ha tomado la calle, la réplica de este evento en el Sur de la ciudad de Quito. Más de setecientos
mil habitantes de este sector, demandan actividades que respondan a sus propias expectativas;
productores, gestores culturales y artistas del Sur asumen esta tarea de integrarse al diálogo y al
debate, a participar en los talleres y las conferencias, a apropiarse de los espacios públicos, a probar
la eficacia y la validez de lo experimental, es decir aquellas locuras que a pesar de estar
fundamentadas en la experiencia, ensayan nuevas formas, proponen nuevas miradas, retan al
espectador conformista, juegan y se divierten asombrados de toparse manos a boca con una nueva
forma de comunicación, alternativa, efectiva, profunda, donde el espectador es uno más y todos de
esta nueva verdad, de esta nueva realidad producida por la imaginación, es decir, la real realidad
como la estructura de los sueños.
Nos solidarizamos con el huracán Roxana, por haber realizado lo imposible, es decir sensibilizar a
instituciones públicas y privadas, para que cumplan con su deber cívico de apoyar las expresiones
culturales que por unos días nos harán olvidar la mediocridad ambiente.
Pensar con el cuerpo
Nada más experimental que la inauguración de este festival internacional, donde el grupo Gran
Reyneta de Chile y Francia, presentaron en la plaza del Quinde, una asombrosa caricatura escénica
del manejo de una telenovela. Todo novedoso, la riqueza artesanal de los elementos, la creatividad
de los efectos, lluvia, nieve, selva, autos incendiados, cabezas cercenadas, dobles suicidas,
parlamentos precisos de un riguroso humos irónico, escenografía casi espontánea, libre y actrices y
actores de un histrionismo y un manejo corporal exacto como una fotografía.
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Pero el desborde de ese manejo y de esa inteligencia que guarda el cuerpo, lo pudimos apreciar al
otro día, en el Teatro Sucre, cuando el grupo Alta Realitat de España, presentó la obra “Olelés”,
especie de esgrima metafísica de los cuerpos, duelo apasionado entre dos hombres que se rechazan
y se abrazan, que se eluden y se enfrentan, que se odian y se aman, mientras la perversa danza del
amanecer va naciendo como un testigo, como una acusación. Asesinar con el beso. Acariciar con el
dolor. Doblegar al cuerpo para doblegar a la pasión. Teatro para danzar. Danza para exorcizar.
Ha comenzado con pie derecho este Festival. Ya hablaremos de Tadashi Endo, de Japón, Odín
Teatre de Dinamarca; Compagnia Pippo Delbono de Italia; el Periférico de Objetos, de Argentina;
Ensamblaje, de Colombia; y todos los demás grupos que vienen precedidos de un gran cartel
internacional, y cuya visita nos demuestra la perseverancia y el trabajo efectivo de las organizadores
del evento.
Del Ecuador también seis grupos con trabajos de sala y dos con trabajo de calle, nos representarán
en este evento. Me extraña, eso sí, que no estén presentes grupos como el de Patricio Vallejo,
Patricio Estrella, Guido Navarro o María Beatriz Vergara, cuya calidad ha sido reconocida
internacionalmente. O el Comité de Selección no va al teatro o alguna cláusula se los impedía. De
todas maneras, debemos seguir asistiendo al Festival, hasta saber cuáles son las Tres Preguntas del
Diablo Enamorado.
69
II
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LA FOTO SALIO MOVIDA
Todos estamos esperando en la sala, (con caras para la foto y un silencio lúgubre o lóbrego) la
aparición del mayor cronopio de los años sesenta. Yo al menos me escondo tras de una columna
para que ni se le ocurra ver de frente mi desolación, pero mientras le miro a hurtadillas pienso que
la foto salió movida, que no es Cortázar quién ha entrado sino un tristísimo basquetero argentino,
con apenas quince años a cuestas, alguien que está creciendo para abajo. Entonces pienso que el
mundo se ha desplazado de golpe y que en verdad no estamos en una sala sino en un coliseo y que
Javier Ponce no es Javier Ponce sino un libro de Poma de Ayala, y que a lo mejor yo mismo no soy
yo sino esa columna que no me permite jugar a la Rayuela, cosa que estoy intentándolo desde 1963.
Es el momento en que Iván Egüez, asustado de sentirse un bloque de hielo, se pone la Bufanda del
Sol al cuello y le pregunta al che de Bruselas sobre aquellas palabritas que por aquel tiempo nos las
pasábamos de boca en boca como el beso clandestino: compromiso y revolución. El cronopio, ya
convertido en Julio Denis por .eso de su crecimiento al revés, saca su estilete que tiene algo de
prelógico y mágico, y suelta su voz llena de gargarismos, como si fueran pucheros que hace el nene
al sentirse de repente abandonado de la tía Cora, su garganta atravesada por la r (como por un
algodón) tiene un sonido de máscara griega y dice, como si hablara para veinte años después: "la
verdadera tarea revolucionaria del escritor es ir lo más posible adelante de sí mismo y de su
tiempo. Hay escritores precursores que despiertan la atención de las masas, y hay una conciencia
en las masas, que despierta la conciencia de los escritores", recuerdo que esto lo dijo clavando sus
ojos tristes en Ulises Estrella que de inmediato se transformó en un ensayista búlgaro. Al escuchar
eso, y por mi vocación desviada de comprobarlo todo, me salgo por un momento de la reunión y
vengo volando al día de hoy, a diez años de su muerte, y compruebo que sí, que es verdad, que
Cortázar se ha adelantado a sí mismo y a su tiempo y que se está esperando, fantástico, lírico y
lúdico, sentado en compañía de Roberto Arlt y alguien parecido a Borges (pero que no es Borges)
desembarazados de la edad, contemporáneos todos, asiendo por los cabellos a ese animal que
siempre les atormentó: el tiempo.
Por allí Freddy Elhers, liviano como una pluma, le lanza la naranjagria de los malabarismos del
"boom". Es el año 28 de nuestra existencia, 73 de los estados. Julio Cortázar se levanta el cabello
que le cae sobre el ojo derecho, y con sonrisa zen, lista para el despiste, para lo insólito, dice como
si musitara un tango: "de pequeño fabricaba laberintos en el jardín de mi casa... ", pero
inmediatamente se asusta de nuestro asombro y entra otra vez en la circunstancia formal y, muy
tímido, como cualquier Virgo (nació en agosto, su planeta Mercurio) recita: "La primera cosa triste
es que se ha llamado "boom", como palabra proviene del inglés, alguien por lo menos podía haber
inventado una palabra española para calificar este fenómeno, che, en todo caso lo más importante
es que el "boom" no lo hicieron los escritores, lo hicieron los lectores. Para ellos una serie de
libros significaron nuevas experiencias. Esto determinó que a partir de la década del 50, una serie
de países separados por esta gran balcanización latinoamericana empiecen a comunicarse.
Entonces, de golpe los lectores latinoamericanos, en una especie de violento contagio,
descubrieron tres, cuatro, cinco o seis escritores que no les resolvía nada, pero les daban por
primera vez una especie de sentimiento de estar en lo suyo, de estar por fin, leyendo una cosa
hecha en casa, como se dice de los pasteles, que son buenos cuando están hechos en casa; entonces
el editor llega después. El editor es un capitalista que está allí para ganar dinero por todos los
medios que pueda, es perfectamente natural que cuando el editor descubrió que lectores
latinoamericanos se entusiasmaban por un joven escritor hasta ese momento desconocido, él,
Mario Vargas Llosa, por ejemplo, tuvo, una posibilidad inmediata de una gran tirada de
ejemplares de su libro.
71
Treinta mil ejemplares de un libro es, en mi opinión, uno de los fenómenos más positivos y más
extraordinarios para nuestra causa común. Este es un aspecto eminentemente positivo para nuestro
autodescubrimiento como escritores latinoamericanos y lectores, esa especie de comunión, de
contacto inmediato que se produjo. Ahora bien, este fenómeno llamado "boom", ha sido visto como
una especie de sociedad secreta, no tanto por el hecho de encerarnos o aislarnos sino, porque en
realidad se da entre nosotros un conocimiento, un acercamiento de tipo personal. Con un intercambio de cartas de México a París, yo conocí a Carlos Fuentes, creándose un tipo de amistad que
ahora suele ser presentada como una especie de sociedad secreta, eso me hace gracia, recuerdo
aquella expresión de Jean Cocteau que dice que nosotros miramos las constelaciones, pero las
estrellas que la forman no saben que son parte de las constelaciones. Personalmente me siento muy
sorprendido cada vez que me veo atrapado en la terminología del "boom", porque íntimamente no
tengo el sentimiento de formar parte de ninguna constelación; he sido, soy y creo que seguiré
siendo un tipo muy, muy solitario, que hace su obra con la máxima libertad de acción, sin dejarse
coaccionar ni por nada, ni por nadie.
Entonces, mi conexión con el “'boom", más bien la han hecho ustedes, en tanto lectores que
decidieron emitir o tener algún interés y que luego el mecanismo editorial, ni corto ni perezoso,
armó con eso un sistema de ganancias que le ha dado inmensos beneficios.
Es el momento en que Moreano, ni corto ni perezoso, empieza a hablar de la novela latinoamericana
y yo en esas alas que dibujan sus palabras, me enalo para Cuba, año 1964 y; le escucho a Lezama
Lima, (buda paradisíaco), decir que frente a la novelística wagneriana, es decir Joyce, Proust,
Thomas Mann y Hesse, Cortázar propone un juego, una nueva alegría semántica, una dislocación de
lo cotidiano, yo me quedo un poco absorto en la puerta de Casa de las Américas y el cronopio se
acerca a mi oído y me dice sonreído: “el Juego consiste en recobrar tan solo lo insignificante, lo
inostentoso, lo perecido", es cuando Fernández Retamar, ese Quijote del lado de allá, mete la pata y
dice que para nosotros los latinoamericanos, Rayuela de Cortázar es tan importante como el Ulysses
para los escritores en lengua inglesa. Regreso entonces a parapetarme tras aquella columna de la
que hablaba al principio, que me libra de ver frente a frente la inteligencia de este mundo, es decir
cronopios, famas y esperanzas reunidas, y sólo escucho la pregunta que le hace una bufanda llena
de pelusas, como debe de ser ya que se trata de Cortázar:
Dijiste que algo había fallado en las raíces de la cultura de Occidente, algo que había determinado la
marcha, a un callejón sin salida de la civilización occidental...
-Bueno, eso en realidad yo creo que está dicho en "Rayuela". En definitiva, la búsqueda central del
personaje con todas sus limitaciones y sus imposibilidades, en esa especie de búsqueda del centro,
ese volver a ser para volver a comenzar, se basa un poco en esa noción del fracaso de la civilización occidental. Este es un problema que me atormentaba mucho en la época en que escribí
"Rayuela"; la amenaza de la bomba atómica (para citar un hecho concreto, era cotidiano). Es
curioso que en el momento actual, por razones de estrategia, la gente tiende a olvidarse el hecho de
que hay un montón de dedos apoyados en unos tantos botones y que bastaría un calambre en uno
de esos dedos para que la bomba salte. La ley del olvido juega. El problema de la posibilidad de
una guerra nuclear entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, era entonces un problema que
angustiaba y torturaba a la gente de Europa y América Latina. El 57 al 63 eran los años en que yo
escribía el libro y me decía" Cómo es posible que la civilización judeo cristiana desemboque en
una bomba atómica para destruir y que esa especie de coronamiento tecnológico que es la bomba
atómica (especie de prodigio monstruoso) sea la flor de una civilización que ha necesitado miles de
años para llegar a esa flor que va a caer así sobre la misma civilización. Era una posición llena de
inquietud, pero no era pesimista. No era pesimista porque en el mismo libro se dice que nada está
perdido, que lo que pasa es que hay que echarse hacia atrás y buscar el punto en donde algo
anduvo mal y donde nos metimos en un camino equivocado y que necesita encontrar nuevas sendas.
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Pero el libro, como ustedes saben muy bien, no da solución. Yo soy perfectamente incapaz de dar
una solución, pero sí considero que era una incitación a que cada lector pensara en que está
embarcado en una civilización extraordinaria en muchos sentidos, pero que está llegando a un
borde en donde se destruye a sí misma por una especie de autosuicidio total.
Me quedo absorto y otra vez pienso que se ha adelantado a sí mismo, y a su tiempo y para
alcanzarle regreso a París, al barrio 15, a esa casita caja de fósforos parada, repleta de libros y
cuadros y chucherías recogidas por la Maga, donde lo veo frente a su escritorio, mirando con
curiosidad las postales, los recortes de periódico, las frases insólitas, que él mismo ha pegado con
alfileres, leyendo con júbilo aquel cuento que Monterroso todavía no escribe y que dice: "Cuando
despertó, el dinosaurio aún esta allí...", y tengo ganas de librarle de la realidad y ofrecerle un
cigarrillo o un disco de Coleman Hawkins o por lo menos una página de Alfred Jarry, para que Julio
entonces me dé la mano y en ese apretujón sienta que hay un orden más secreto y que como decía
Hamlet (ese cronopio adelantado), más cosas hay en la tierra Horacio de las que sueña tu filosofía.
Luego se habla de muchas cosas, del humor, de su lenguaje jubiloso, de su barrio de Banfield, de
los vicios porteños, de sus amores, Keats, Lautramont, Dickens, Borges, del Jazz y el tango, (nunca
he podido luchar contra la ternura, soy un romántico acabado) del hombre nuevo: El hombre
nuevo -dice su voz de seda- será aquel que haga desaparecer tantos tabúes que hacen de nosotros
seres incompletos y desdichados.
Oliveira se siente fatigado, tiene aún cosas qué hacer. Una especialmente visitar en la cárcel a Jaime
Galarza, y estrechar su mano combativa y solidaria.
Se levanta y es como si se levantara Goliat con el rostro de David.
-Eres un niño- le digo de lejos, como si fuera ya una despedida.
-Dime un hombre que no lo sea- me contesta con una sonrisa exacta a la de mi nieto Camilo, que,
cortazareanemente, aún no nace...
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JUAN BOSCH: Maestro del cuento latinoamericano
Fue un honor conocerle en Cuba, hace muchos años. Y es un honor para mí poder hablar esta noche
de ese gran escritor y político dominicano, que aportó tanto no solamente a la literatura del
continente, sino también a la teoría literaria y específicamente a ese arte misterioso de escribir
cuentos.
En alguna charla de café, en la que estaban presentes Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet
y varios jóvenes de ese tiempo, escuchábamos absortos y enajenados su palabra fresca y sencilla,
sabia y directa; aquellas experiencias ante la página en blanco, que nos ha permitido a nosotros,
aprendices de brujo, dar saltos espectaculares para llegar al meollo de ese material insólito que se
llamará cuento.
Grandes escritores de todos los continentes han aportado a la definición de esta experiencia: Chejov,
Poe, Kipling, Maupassant, Quiroga, Cortázar, Borges y la palabra luminosa de cada uno de ellos,
han ido dando al cuento una categoría especial, diferente y autónoma, específica y otra con respecto
a la novela y a cualquier otro género literario. Han defendido su estirpe y su condición innata de
agudizamiento y tensión de todos los sentidos.
Siempre ha sido muy difícil la explicación teórica sobre lo que es el cuento; su técnica, su ambiente,
sus temas. Yo, frente a este imposible empuje que nos obliga a explicamos de alguna manera el
trabajo que tan obsesivamente nos ha llevado la vida, he tratado de literaturizar sobre su esencia y
he pensado que el cuento es muchas cosas, pero ninguna de olas que dice la teoría literaria, el
cuento es una garrapata que nos camina en el corazón, en los intestinos, es la manera desdichada
que tenemos de afianzar la melancolía de un instante. Contiene la duración de una lágrima, de un
beso, de una bala. Es la mala pasada que nos hace la memoria, el hijo legitimo del recuerdo que ha
dejado huella; es sacarse el escarabajo de la espalda, es como el bolsillo del payaso o el sombrero
del mago, o la cartera de la mujer amada, donde siempre cabe algo que te sorprenderá. El cuento es
un rayo, un deslumbramiento, una flecha encendida en la noche, una flecha que parte rauda hacia el
corazón de la inteligencia. En el cuento podemos atrapar el espacio y el tiempo de un sólo
manotazo, en una cohesión donde cada palabra tiene el deber de ser inteligente, cada final una
descarga eléctrica, buscando lo que buscaba Eliot, la plenitud de la formula verbal.
Pero todo esto, lo he dicho antes eludiendo de alguna manera la responsabilidad de poner en claro la
esencialidad del cuento, como en el Decálogo de Quiroga, que luego ha sido rebatido por muchos
escritores, que han considerado insuficiente esa larga y profunda definición.
Pero ya es sabido que las definiciones y los conceptos auténticos nos llegan con la vida, luego de
bregar día tras día, buscando el fantasma que habita en el bloque de piedra de la página en blanco, y
a eso llegó nuestro Juan Bosch, luego de su lucha constante y obsesiva que le permitió conocer
todos los vericuetos del espíritu humano, sus carencias y apetencias, su singularidad y sus
propuestas colectivas, sus caídas y sus grandes esperanzas, porque él lo vivió todo, dueño de una
ideología y un punto de vista que fulguró siempre en su vida política y en su vida literaria.
De su pensamiento, fortalecido por las luchas populares y por su trabajo impecable e implacable,
desglosaré algunos puntos que nos han ayudado a proseguir con nuestra tarea literaria, de una
manera más segura Y apropiada:
l.- El cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un
maestro de
emociones y de ideas. Esto lo dice tomando en cuenta que este género, desde la antigüedad, ha
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tenido una enorme influencia en el desarrollo de la sensibilidad popular y en el inconsciente
colectivo.
2.- Lo primero que debe aclararse una persona que se inclina a escribir cuentos, es
la
intensidad de su vocación. Nadie que no sienta esa intensidad en su espíritu podrá dar a luz buenos
cuentos. Es decir, no sólo la intensidad que se desarrollará en el tema tratado, sino la intensidad que
ponga para plasmarlo, la intensidad de su sangre y de su inteligencia.
3.- Un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. Pero se refiere, no a
la importancia del tema tratado, sino a la forma convincente y única en que debe llegar a los
lectores. Importancia -según Bosch- no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento
singular, sino veracidad literaria, cualidad de escogitamiento del tema, capacidad de imprimirle su
vida única e irrepetible.
4.- La técnica se adquiere con la práctica más que con el estudio. Es decir, la técnica se
aprende con el tiempo, pero hay que llegar a dominarla, inclusive para reformarla o cuestionarla o
enriquecerla (Picasso).
5.- Cuento quiere decir llevar la cuenta de un hecho (latín: cómputos). Esa es quizá
su
esencialidad. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es
cuentista,
dice
Bosch porque una vez adquirida esa técnica, el cuentista es capaz de imprimirle su sello, su estilo,
su propio camino, oscuro o claro, trágico o humorístico, diáfano o hermético. Sin olvidar que el
género, reconocido como el más difícil de todos los idiomas, no tolera innovaciones, sino de los
autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.
La novela es extensa, el cuento es intenso. Esta idea, tan conocida ya por los escritores, tiene que
ver con el mundo novelado donde a veces el autor se encuentra ante fuerzas imprevistas que
emergen de los personajes, de sus psicologías, que modifican el plan del autor, porque de alguna
manera la novela es un universo, en comparación al cuento que es parte de ese universo. En ese
sentido, el cuentista es dictador de sus criaturas, es la mano férrea que no permite deslices, que
convoca a una sola y exclusiva armazón. De allí que Bosch diga que esa voluntad de predominio del
cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión y por tanto en intensidad.
Como se verá, únicamente estoy glosando ideas pensadas y multiplicadas por el hombre
extraordinario que nos convoca esta noche, porque siempre vuelvo a su libro Teoría del Cuento,
donde se recogen tres textos esenciales sobre este tema, y que me han ayudado profundamente, no
sólo a aclararme en esta maldita profesión de cuentero, sino a soportarla y compartirla con los
talleristas en diferentes épocas: Cuando un concepto está definido y dicho de una manera clara y
precisa, solamente nos quedan dos cosas: acogerla o discutirla. O ambas. Y eso es justamente lo que
se hace en los talleres, para luego proceder a difundirlo con la misma generosidad y amplitud con
que la hizo Juan, desde el año de 1933.
Así que en ese sentido, esta especie de plagio es solamente la necesidad de compartir con ustedes
estos apuntes sobre el arte de escribir cuentos, como tan sencillamente lo decía Bosch.
En relación a la intensidad, por ejemplo, mucha gente la ha confundido con su necesaria extensión
corta, pero la intensidad no es producto de ello sino de la voluntad sostenida con que el cuentista
trabaja su obra. Para ello, y allí la dificultad, el cuentista será el primer cuestionador, el primer
controlador de este tren hacia el paraíso insospechado. Disciplina mental y emocional: he ahí la
arcilla de su trabajo.
Vamos a otra:
75
El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema. Quiere decir que,
desde alguna fisura de su pensamiento, de su vivencia, de su imaginación, el cuento ya pasó, el
cuento ya está escrito, el cuento empieza a ser la misma cucaracha que tenemos que sacarnos de la
espalda, es decir del cerebro, de la máscara, (forma en que los griegos disimulaban a la persona).
No importa el final sorprendente, importa que la sorpresa sea continua, atrapadora, que no le
permita al lector un desvío, un descanso, una tregua. En ese sentido yo muchas veces he pensado
que soy un terrorista, que envío al lector no un material literario sino una bomba de tiempo que
debe explotar ante sÍ, porque si no lo hace, es fallida. Si el lector se desvía, si entrega esa bomba a
su cansancio, a su pereza mental, o a su aburrimiento, no detonará nunca, y de eso, obviamente yo
seré el culpable.
A este respecto, y dándome la razón -perdonen la falta de humildad-, Bosch dice que el cuento debe
iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero en acción, para que el lector no se
canse, y pueda leer de "una sentada" o que podría producirle una parada, aunque sea de los pelos.
En alguna otra parte dice: Saber empezar un cuento es tan importante como saber terminar/o. Yo
digo, eso sucede en el cuento tanto como en el amor, o en la pasión. Empezar es casi terminar. El
hechizo empieza en la primera palabra, en el primer beso, en la primera frase, en la primera caricia.
Pero ¿Qué es lo que sucede cuando hemos terminado de hacer el amor con la mujer que amamos?
La tensión sigue por un tiempo, y luego la sensación, y luego el olor, y luego el recuerdo, y luego la
nostalgia, ese reverso de la felicidad.
Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un
desvío, he ahí en pocas palabras la técnica del cuento. Sí, esto Sherezada lo sabía, y quizá más su
Rey. Ella ahuyentaba su muerte y el Rey ahuyentaba su vida. Los dos se salvaron por la literatura.
Es un decir. Nadie se libra por nada. Y las palabras son la nada que tiene la carne.
Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia
realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la
vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la
sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y
para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para
escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se
afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado.
El también puede lograrlo.
76
NERUDA Y EL AMOR
Difícil o fácil hablar de Neruda y el Amor. Pero, si todo lo que ha pasado en América es un viaje al
corazón de Neruda. Primero nació en Parral y se llamaba Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto,
parece que en ese nombre largo como un abrazo estaba ya el amor, quizá el amor de su padre,
ferroviario y hombre, agricultor y hombre, obrero de Talcahuano y hombre, o quizá fue su madre
Rosa, que quiso alargar su amor, su madre, a la que nunca conoció, profesora ella, como la Gabriela
de "yo no quiero que a mi niña golondrina me la vuelven", su madre Rosa que murió de
tuberculosis, sin saber que su hijo, 16 años más tarde escribiría Crepusculario, y a los veinte años de
salido de su vientre, entregaría al mundo veinte poemas de amor y una canción desesperada, veinte
poemas que primero fueron doce, y luego uno de ellos, el poema 16, le acarrearía grandes críticas y
grandes enemistades. Neruda fue acusado de plagiar ese texto de El Jardinero de Rabindranath
Tagore. Veamos:
El poema 30 de Tagore decía:
Tú eres la nube crepuscular del cielo de mis fantasías. Tu color y tu forma son los anhelos de mi
amor. Eres mía, eres mía y vives en mis sueños, infinitos.
Y Neruda decía:
En mi cielo al crepúsculo eres como una nube
Y tu color y forma son como yo los quiero,
Eres mía, eres mía, mujer de labios dulces,
Y viven en tu vida mis infinitos sueños.
Neruda cuenta así esta malhadada situación:
"El poema 16 tiene una humilde historia que después hizo un poco de escándalo. Aquella
muchacha de Temuco era una gran lectora de Rabindranath Tagore y me mandaba un viejo
volumen de El Jardinero que tenía todo marcado de crucecitas, rayas, estrellitas y suspiros. Me
propuso hacer una paráfrasis poniendo en verso uno de aquellos poemas en prosa, agregándole mi
propia sustancia. Lo hice como un juego. Se lo mandé con su libro. Cuando en el mes de mayo de
1924 estaban imprimiendo ya los Veinte poemas en la Editorial Nacimiento, adonde fueron
recomendados por Eduardo Barrios, iba yo una noche con Joaquín Cifuentes Sepúlveda, muy
alegres y despreocupados, cuando de pronto recordé que este poema no llevaba una nota
explicativa. Lleno de preocupación le rogué a Joaquín que me recordara al día siguiente, para
pasar a la imprenta juntos y escribir la nota. Joaquín reacciono en el acto": No seas tonto, Pablo.
Lo acusarán de plagio en El Mercurio y ¡se venderá el libro!" Los libros de poesía escasamente
llegaban a los escaparates. Se quedaban en las bodegas: Seguí el consejo lleno de grandes dudas,
que luego disipamos alegremente. Pasó el tiempo y allí siguió el poema sin advertencia”.
Pero otros monstruos de la poesía no lo pensaban tan candorosamente. Monstruos como Pablo de
Rocka y Vicente Huidobro. De Rocka escribirá Esquema del Plagiario y Huidobro El poeta de los
versos ajenos.
Pero así y todo, desde 1924 sus veinte poemas se han multiplicado en el corazón de todos los
hombres que tuvimos 20 años y que desesperados sin canción tuvimos que repetirla en el oído de
nuestra amada:
77
Para mi corazón basta tu pecho
Para tu libertad bastan mis alas
Desde mi boca llegará hasta el cielo
Lo que estaba dormido sobre tu alma…
Y a propósito de los Huidobros, ayer Volodia o quizá Raúl Zurita, decían en la Casa de la Cultura
aquella verdad de la gran humanidad de Neruda, de esta fuerza cósmica que le permitía inclusive
escribir con amor sobre sus enemigos. Yo no lo creo. Repasemos lo que Jorge Enrique Adoum nos
recuerda en de cerca y de memoria su extraordinario libro de la fraternidad, de la amistad y el
olvido; oigamos al Neruda lleno de amor furioso:
Tengo lleno de pétalos de luz los testículos,
Tengo lleno de pájaros el pelo,
Tengo poesía y vapores,
Cementerios y casas, gente que se ahoga,
Incendio en mis veinte poemas,
En mis semanas y en mis caballerías
Y me cago en la puta que os mal parió,
Derrotas, patíbulos, virobos
Y aunque escribáis en francés con el retrato de Picasso en las
verijas
Y aunque a menudo robéis espejos y llevéis a la venta
El retrato de vuestras hermanas,
A mí no me alcanzáis ni con anónimos,
Ni con saliva.
…
De nada vale vuestro nombre de pila traducido al francés
Como convinche al Judas cursi,
De nada vale venir de Talca dispuestos a ser genios,
Os mato,
Os mato con espumas y sacrificios,
Os meo, envidiosos ladrones,
Hijos del hijo de la suegra de la puta. . .
Pero no todos tenemos el deber y la melancolía de presentar la otra mejilla. Si Neruda bebió de
Rubén Darío y le siguió como un niño, si sintió la serenidad y la admiración de santa Gabriela
Mistral, quien le prestaba libros de Dostoievsky y Chéjov, para que se enterneciera, cómo no ser el
poeta del amor. El poeta mineral, el poeta cuya palabra olía a madera y a piedra de su Chile, el
poeta que apenas balbuceaba canciones de amor para Trinidad Candía Marverde, su mamadre,
(nunca pude decir madrastra, decía), el poeta que nos hizo oler el mar, y la montaña, y el cuerpo de
la mujer amada, la leche de sus senos, el té limpio de su vientre, que nos hizo saborear el misterio
del café, y de los labios de la amada, y de las piernas sinuosas de la bruja. Poeta total, poeta
musical, poeta de soledades y de fiestas. Así dice Jaime Quezada:
"Cartas de amor escritas a una colegiala, o a muchachas que vivían frente a su casa de Temuco que de continuo le lanzaban miradas que lo ruborizaban-, marcan las pasiones iniciales de Neruda.
A cambio de estas obras literarias primeras, el poeta recibía membrillos olorosos a huerto, nidos
de pájaros silvestres, insectos que tenían el color de la madera. Así amor y naturaleza fueron desde
muy temprano los yacimientos de su poesía. Lo que nace como una circunstancia, en apariencia
78
anecdótica, va a tener significación y relieve a través de toda la obra nerudiana. El amor será
motivación y búsqueda permanente, desbordada pasión de vivir”.
Pasión de vivir, pasión por Matilde Urrutia, mujer mapa, mujer geografía, mujer ideología, mujer
para cien sonetos de amor, como éste:
XXV
Antes de amarte, amor, nada era mío:
Vacilé por las calles y las cosas:
Nada contaba ni tenía nombre:
El mundo era del aire que esperaba.
Yo conocí salones cenicientos,
Túneles habitados por la luna,
Hangares crueles que se despedían,
Preguntas que insistían en la arena.
Todo estaba vacío, muerto y mudo,
Caído, abandonado y decaído,
Todo era inalienablemente ajeno,
Todo era de los otros y de nadie,
Hasta que tu belleza y tu pobreza
Llenaron el otoño de regalos.
Poeta del amor, el que nos hizo oler y palpar y sangrar, otro 11 de septiembre, no el de las torres
gemelas, un 11 de septiembre del 2001 que quizá lo llevó a la muerte también a él, sin soltarle,
desmadejando su corazón. Es que Neruda, como el otro, como mi amado Vallejo, murió de tristeza,
y murió de España, y fue muriendo de amor total, de ese amor que ayer en la Casa de la Cultura,
alguien reclamaba, ese amor del artista, que le compromete con las causas de la justicia y de la
solidaridad, que agranda su humanidad para que sirva de ejemplo, de paradigma. Por eso, hago un
esguince en esto del amor, para, aprovechando el amor total recordarles los cánticos de gesta de
Chile y su 11 de septiembre de 2001, trágico y fatal, segó la vida de seis mil personas en el atentado
contra las Torres Gemelas de Nueva y York. Aquella ciudad, capaz de acunar lo más altivo del
pensamiento académico y creativo del universo sufrió, en carne propia, el espanto provocado por el
terrorismo. Nada ni nadie podrá justificar jamás aquella pavura instaurada en el centro cultural de
los Estados Unidos de Norteamérica, pero aquella fecha con el dolor arracimado, nos recuerda otra
similar, oculta e invisibilizada por la historia contemporánea: el 11 de septiembre de 1973. En el
que Neruda murió más.
Aquella ocasión fue Chile, patria y matria de la poesía, la que padeció uno de los cataclismos
sociales más terribles de la historia reciente de América Latina. La gran democracia de América, la
que dio a luz el aristocrático creacionismo de Vicente Huidobro, la altanera ternura de Gabriela
Mistral o al Midas Pablo Neruda que convertía cualquier vocablo en llama (soy sólo pueblo, puerta
escondida, pan oscuro, decía), fue sometido a la crueldad y la ignominia.
La Unidad Popular, himno solidario y coral del viento, había accedido al poder en 1970, de la mano
de la coalición de los partidos de la izquierda chilena. Neruda, candidato presidencial comunista,
cedió un legítimo derecho partidista para dar paso a la ilusión unitaria, finalmente vencedora en las
elecciones bajo la égida de Salvador Allende.
79
Conquistas aspiradas por décadas fueron parte instrumental de la acción socialista de Allende que
basaba su programa de gobierno en los anhelos de la mayoría siempre postergada. La
nacionalización del cobre fue enaltecida por los pobladores: "Has nacido para el bien de los
chilenos, ya no seremos pobres”, cantaba, quizá cándido, el hombre al mineral.
La patria llama, vamos con ella, hacia la libertad, decían los cánticos que acompañaban el jornal
esperanzado de los trabajadores de las minas, de los voceadores del futuro, de los condenados de las
callampas. Una especie de fraternidad invisible volaba por los rincones chilenses. En lugar de
vecina se decía compañera, los cabros chicos jugaban rondas solidarias y las parejas pololeaban
futuros de promesas, casas nuevas, mesas compartidas. Allí jugueteaba el amor de Neruda.
El encantamiento empezó a desvanecerse a raíz de las tramoyas urdidas por una oposición
beligerante, cuyo rol principal estaba forjándose, precisamente, en los Estados Unidos. Ahora, que
parece que la vergüenza ha desaparecido y se han desclasificado miles de documentos de la central
de Inteligencia Americana, podemos comprobar la selva de conspiraciones, sabotajes y complots
tramados desde Washington, en natural contubernio con las fuerzas oscurantistas, que proyectaban
su mezquina sombra sobre el Palacio de La Moneda.
Allí estaba, el amor de Neruda, recordándonos los versos de Miguel Hernández, que con el pastoral
iluminado de sus Vientos del Pueblo había advertido sobre la monstruosidad de la Guerra Civil
Española, el cantor popular Víctor Jara, entonaba, profético y dolorido:
De nuevo quieren manchar
Mi patria con sangre obrera
Los que hablan de libertad
Y tienen las manos negras.
Muertos, desaparecidos, torturados. El Palacio Presidencial arrasado por las bombas de la Fuerza
Aérea. La casa de Neruda violentada por el espectro fascista, la casa del amor y de las cosas
pequeñas. Víctor Jara asesinado en el estadio Chile. Cientos de miles de exiliados rondando la
esquina de la patria vencida. Libros incendiados siguiendo el ejemplo, Fahrenheit 451, de la
degradación hitleriana. Pero el canto vivo, seguía latiendo en los confines del planeta. De
Estocolmo a San José, desde Estambul hasta Quito, se escuchaban plegarias al labrador, bandas del
pueblo unido, latigazos y estertores que aún gritaban Venceremos, y, en el miedo del alma, la
bandera del compañero Presidente:
Salvador crucificado, Allende en la cordillera,
Por ti el sol desespera y está de luto cerrado
Y el lucero desolado de tu incendiada bandera
Este septiembre no espera su 18, como siempre
Porque un 11 de septiembre mataron la primavera.
La historia reciente, la que ya no usa videntes a fuerza de aglomerar televidentes, nos mostraba el
canallesco rostro del dictador, de ese Augusto Pinochet Ugarte, sometido, por lo menos, al vituperio
de las democracias occidentales y al desprecio de quienes nos ufanamos de seguir siendo humanos.
La huella profunda de Chile, la herida jamás cicatrizada, no será lágrima ni tormenta. Hoy, más que
ayer, debemos apostar porque el olvido no lave las manos sanguinarias, porque la amnesia social no
deje indemnes a torturadores y verdugos. Y. aunque sigamos, ilusos, jugando y soñando a la utopía,
leyendo los veinte poemas de amor, aún resuenan, con ecos cobrizos y poéticos, aquellas últimas
palabras del Compañero Salvador Allende, aquella mañana sombría, hace treinta años:
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“Mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre
construyendo para siempre su libertad”.
Eso era también Neruda, cantándole a Matilde y a Chile, a su espacioso cielo azul, a su piel catarata
y vértigo. Por eso hay un país Neruda que habita en nuestra América, ese país dice:
Cuando yo decidí quedarme claro
Y buscar mano a mano la desdicha
Para jugar a los dados,
Encontré la mujer que me acompañara
A troche y moche y noche,
A nube y a silencio.
Matilde es ésta,
Ésta se llama así
Desde Chillán,
Y llueva
O truene o salga
El día con su pelo azul
O la noche delgada,
Ella,
Déle que déle,
Lista para mi piel,
Para mi espacio,
Abriendo todas las ventanas del mar
Para que vuele la palabra escrita,
Para que se llenen los muebles
De signos silenciosos,
De fuego verde..
Por allí va Neruda y el amor. Por allí va rodando. Claro como una lámpara, simple como un anillo.
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Patria es Humanidad
MARTÍ Y ALFARO EN LA HISTORIA
Hoy vamos a hablar de lnternacionalismo:
Ese internacionalismo que dejó su sangre en los campos de batalla y dignificó nuestras patrias, las
llenó de esperaza y de ejemplo, y que constituyó una herencia histórica y humana que palpitará y
resurgirá siempre en el espíritu. Ecuador y Cuba hermanados más allá de la fraternidad.
Hermanados en la búsqueda incansable de esa estrella huidiza y refulgente: la libertad.
Tras ella fuimos juntos, los dos pueblos, solidarios en la lucha anticolonialista, firmes en la
organización de los pobres del mundo, heroicos en el combate antiimperialista. Cuba y Ecuador
fecundando con su sangre la independencia americana para derrotar al imperio español primero.
Fibra cubana en los combatientes ecuatorianos, cubanos los padres de Antonio José de Sucre,
cubana la sangre heredada en las venas de Abdón Calderón, el Héroe Niño.
Ecuatoriano el coraje y el pensamiento de Vicente Rocafuerte que defendió la libertad de Cuba
contra la tesis reaccionaria de "la justa adhesión y gratitud a la madre patria", Rocafuerte, que
recibió en Cuba la venia de Bolívar por su trabajo tenaz para la independencia americana.
Ecuatoriano Eloy Alfaro, el General de las Victorias, el más alto reformador de la historia de
nuestro país, el primer internacionalista, el primer latinoamericano que desde su gobierno convocó a
un congreso americano en 1896 que debía fortalecer el derecho público de nuestra América. El
mismo que en 1895 pidió a la reina María Cristina de España, la independencia de Cuba y alistó sus
tropas de montoneros para que fueran a luchar por la libertad de la Perla de las Antillas.
Grandes internacionalistas, padres de América, fecundadores sabios de la solidaridad de nuestros
pueblos: Máximo Gómez, jefe del ejército libertador de Cuba, dominicano de nacimiento, Antonio
Maceo que igual que José Martí, ese otro genio del pensamiento y del coraje, encontró la muerte en
los campos de batalla, que en América han sido los campos de la gloria, campos de la tea
encendida, campos de la hoguera bárbara.
Estaba prendida, pues, la visión latinoamericanista, liberal y revolucionaria que se expresó en el
Pacto de Amapala, suscrito por el ecuatoriano Eloy Alfaro, por el venezolano Joaquín Crespo, el
nicaragüense José Santos Zelaya y el colombiano Juan de Dios Uribe. Ya en el destierro, Alfaro se
entrevistó con José Martí y Antonio Maceo, a quienes participó la necesidad de integrar
destacamentos de voluntarios liberales de los países latinoamericanos. La fiebre revolucionaria de
Martí, no aceptó esa propuesta porque la consideró "lenta y vasta", a él le urgía la libertad
inmediata de su patria, sin embargo dijo para siempre que Alfaro era un gran luchador, "uno de los
pocos americanos de creación", Maceo también alentó la bravura del viejo luchador, y por el mismo
tiempo, el cubano Rafael María Merchán, le expresaría en una carta: "Si yo no le conociera a usted,
mi buen Alfaro descubriría toda su alma en estas magníficas líneas, que será uno de sus mejores
derechos, y tiene usted muchos, con que pasar a la inmortalidad como uno de los americanos más
ilustres y más dignos de veneración". El "eterno insurrecto", nunca renunció a luchar por la
autodeterminación e independencia de Cuba. Como símbolo, como gesto de un noble
internacionalista, Alfaro entregó de sus recursos personales, una letra de cambio por dos mil sucres,
para que los revolucionarios cubanos siguieran con su febril empresa.
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Por muchas de estas razones, el Ayuntamiento de la Habana, en 1928, acordó designar con su
nombre a la Plaza de la Calle Menocal y erigir un busto en su honor, allí el sentimiento del pueblo
cubano escribe lo siguiente: "A quien supo levantar su voz en horas de tristeza para nuestra Patria,
pidiendo justicia a las aspiraciones legítimas de este pueblo, Cuba agradecida consagra este
monumento para perpetuar su memoria".
Así también, en este flujo de sangre de patriotas cubanos y ecuatorianos, hay que recordar al cubano
Miguel Alburquerque, ese gran patriota que fue el primer vocal de la Junta Revolucionaria Cubana
creada por Martí en el exilio, que batalló junto a Maceo y que luego, exiliado en Guayaquil, ciego y
enfermo, promovió y organizó la Confederación Obrera del Guayas, y tuvo una participación
incansable a favor de la clase obrera de nuestro país.
Y hay que recordar al periodista ecuatoriano Carlos Bastidas Arguello, mártir de la Revolución
Cubana, que con su nombre de guerra Atahualpa Recio, combatió desde la Sierra Maestra, junto a
Fidel, la infamia batistiana.
Cuando la política imperialista del gobierno de los Estados Unidos (no de su pueblo), se asustó de
ver la trascendencia de la Revolución Cubana, cuando comprendió la fuerza del ejemplo
multiplicador de "patria o muerte", cuando asimiló que se trataba de la primera revolución
americana que permitía que el socialismo hable en castellano, ordenaron furiosos a los países
títeres, la ruptura de relaciones diplomáticas y económicas con Cuba, hecho consumado en nuestro
país a espaldas del pueblo. La CIA de adentro y de afuera, con la ayuda de estos gobiernos,
vendieron su patria y su soberanía por unos cuantos dólares. Tiempos duros de represión y muerte,
sin embargo, la bandera de Cuba quedó para su custodia en buenas manos, en manos de una
ecuatoriana ejemplar: Nela Martínez.
Siempre, durante todo el proceso de Cuba libertaria, el movimiento popular ecuatoriano ha
dignificado el derecho de ese pueblo a la autodeterminación y soberanía. Siempre ha luchado por
exigir el cese del genocida bloqueo económico. Sus más grandes pensadores se han sumado a esta
cruzada de honor, desde Manuel J. Calle y Benjamín Carrión, hasta Manuel A. Aguirre, Jorge Icaza
o Agustín Cueva. Por eso nos llena de vergüenza, como dije ya en otra oportunidad, que en el
desgobierno de Jamil Mahuad, quienes no dejaron en la miseria, quienes robaron a los pobres para
dar a los ricos, Robin Hoods al revés, especializados en Harvard, los mismo que permitieron que se
clavara como una araña en nuestro país la Base de Manta, para monitorear la droga de la cual son
los primeros consumistas ( igual que si nosotros instaláramos una base militar en Washington, para
monitorear la criminalidad, la perversidad y la delincuencia diaria que se genera en los Estos
Unidos para el mundo). Ellos, los que nos han metido en una guerra entre países fraternos, los que
nos han dejado sin padres, sin hijos, cuyos familiares destrozados el corazón, se aferran diariamente
a las alambradas del aeropuerto, para dar su adiós incierto a los que se van a aumentar la
servidumbre latinoamericana en Europa. Ellos, los ladrones que nos han gobernado, los que nos han
destruido psíquica y moralmente, son los mismos que denigraron el honor del Ecuador, dando un
voto humillante contra Cuba en la 55 CDH, de la Asamblea General de las Naciones Unidas, voto
que para mayor vergüenza nuestra, definía el conteo y aceptaba la manipulación gringa, y que a
pesar de todo, concluyó con 21 votos contra Cuba y 20 a favor de ese pueblo ejemplar. Inútiles han
sido luego las suspicacias utilizadas por el gobierno de los Estados Unidas, potencia de ínfima
moral para juzgar la situación de los derechos humanos en cualquier parte del mundo.
En la última votación de la resolución anticubana, en Ginebra, realizada el 18 de abril del año
anterior, nuestro país fue en parte consecuente con todo el proceso histórico que nos vincula y nos
hermana. Ecuador votó por la abstención, y esto nos alienta a creer que dentro del proceso lógico en
el que se han desarrollado nuestras relaciones, la próxima votación de nuestro pueblo, será, desde
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luego, a favor de la Revolución Cubana. En todo caso en esa ocasión, Cuba logró el voto del 33%
de la Comisión: uno de cada tres países se atrevieron a decir NO al imperio a pesar de las presiones
y el chantaje. Si a esto se suman los 14 miembros que se abstuvieron, resulta entonces que la
mayoría estuvo en contra de la resolución anticubana.
Dentro de este contexto convocamos a los trabajadores profesionales, a las organizaciones
populares y a estudiantes, a los hombres y mujeres del pueblo ecuatoriano para que permanezcan
atentos y en pie de lucha, frente a las trafacías del imperio que pretende desvirtuar y manchar la
moral revolucionaria del pueblo más altivo de nuestra América.
Y este monstruo ha inventado más de 20 disposiciones legislativas para destruir Cuba, ha aprobado
las leyes Torricelli y Helms-Burton, la tenebrosa Ley de Ajuste Cubano, que alienta la emigración
ilegal e inhumana, ha negado visas, ha enviado cartas de advertencia para intimidar a empresarios
extranjeros con inversiones en Cuba, ha fabricado listas negras de los que comercian con su pueblo,
se ha negado licencias para operar vuelos a Cuba, se han prohibido exportaciones de equipos
médicos y medicinas a un país que tiene miles de galenos realizando su trabajo internacionalista en
los lugares más pobres de la tierra.
Deberíamos preguntamos ¿Cuándo un pueblo bloqueado y asediado durante cuarenta años, casi sin
recursos, ha sido capaz de anular el analfabetismo, de tener una niñez, un magisterio y una
infraestructura de las mejores del mundo? ¿Una atención médica completa y ejemplar? Los
jubilados y los ancianos totalmente protegidos. Las mujeres con igualdad de derechos y deberes.
Los discapacitados con las mismas posibilidades de trabajar y estudiar. Ninguna persona
abandonada a su suerte; vivienda, alimentación, trabajo y salud solucionados con igualdad para
todos. Ninguna persona asesinada, torturada o desaparecida como sucede en tantos países de la
tierra.
En relación a esto Fidel Castro, ese arquetipo universal que nace cada cien años, le decía
noblemente al Papa Santo de Roma en su visita a la isla: "Santidad, la tierra que usted acaba de
besar, se honra con su presencia... en su largo peregrinaje por el mundo, usted ha podido ver con
sus propios ojos mucha injusticia, desigualdad, pobreza, campos sin cultivar y campesinos sin
alimentos y sin tierra, desempleo, hambre, enfermedades, vidas que podrían salvarse y se pierden
por unos centavos, analfabetismo, prostitución infantil, niños trabajando desde los seis años o
pidiendo limosna para poder vivir, barrios marginales donde viven cientos de millones en
condiciones infrahumanas, discriminación por razones de raza o de sexo, etnias enteras
desalojadas de sus tierras y abandonadas a su suerte, xenofobia, desprecio a otros pueblos,
culturas destruidas o en destrucción, subdesarrollo, préstamos usurarios, deudas incobrables e
impagables, intercambio desigual, monstruosas e improductivas especulaciones financieras, un
medio ambiente que es destrozado sin piedad y tal vez sin remedio, comercio inescrupuloso de
armas con repugnantes fines mercantiles, guerras, violencia, masacres, corrupción generalizada,
drogas, vicios y consumismo enajenante que se impone como modelo idílico a todos los pueblos.
Ha crecido la humanidad, solo en este siglo, casi cuatro veces. Son miles de millones. Los que
padecen de hambre y sed de justicia. La lista de calamidades económicas y sociales del hombre es
interminable".
Allí Fidel habló por el mundo, habló por nuestra América, habló por nuestro pueblo.
Es ya un hecho histórico, Ecuador y Cuba van de la mano. Hablo de sus pueblos, de su continuidad
histórica, de aquellos hombres y mujeres que forman el jardín de la Patria, hablo de su coraje y su
suprema virtualidad: la rebeldía; hablo de la necesidad de encontrar juntos, con nuestro sacrificio y
en nuestra propia lucha, aquel sistema humano internacionalista, soñado por Bolívar, por Martí y
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por Alfaro, de defensa de nuestra identidad, nuestra cultura y nuestra soberanía. Habló de aquella
maravillosa utopía que en la hermana República de Cuba es ya una certeza, porque la utopía es una
forma de negación del presente y un proyecto de transformación hacia el futuro. Hablo de un futuro
que destierre de nuestras patrias la deshumanización de un neoliberalismo criminal e individualista,
la globalización de la humillación y la tristeza, desterrarlos como lo ha hecho Cuba, a sangre, sudor
y lágrimas, a pesar de cuarenta años de criminal bloqueo, o quizá por eso mismo, ya que en esos
hornos de sacrificio y dolor, se ha fundido el acero con el que vamos a levantar nuestra América.
Por eso, concientes de los lazos fraternos con que estos dos pueblos han escrito su historia,
alentamos y llamamos a la conciencia ética y lógica de sus representantes, para que en la próxima
resolución, nuestro voto sea a favor de Cuba consecuente con la actitud de los grandes hombres y
mujeres que han dignificado los pueblos, y que han dado su sangre por fortalecer y defender nuestra
identidad y nuestra independencia.
Como decía un entrañable amigo de las dos Patrias: "En este proceso no habrá herencias ni
privilegios para nuestros hijos: solo ejemplos".
Cuba y Ecuador, Ecuador y Cuba, siempre en un sí frente de lealtad, solidaridad y coraje.
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GUERRILLERO DEL TIEMPO
Perdurará todo el cedro, sus raíces, su tronco, ramas y hojas; su olor, su sombra y su voz.
Perdurará todo el tiempo de los cedros.
A mi padre le gustaba plantar cedros –dijo Fidel aquél día de regreso a Birán, el l5 de agosto de
l.966. Lo dijo como un susurro, como quien conversa consigo mismo y disfruta recordar un detalle
íntimo de alguien tan querido y especial como su padre, don Ángel María Bautista Castro Argiz.
Las palabras de Fidel, del cedro, y su resonancia poética inspiran y recorren el alma de estas
páginas.
Así termina Katiuska Blanco este documento extraordinario del paisaje familiar de Fidel Castro
Ruz, que en sí mismo contiene el olor, la magneficiencia, la grandeza, la sencillez y la bondad de
ese árbol cedro que llegó a convertirse en el estadista más brillante del siglo XX y del siglo XXI, y
cuyas hondas raíces permanecerán para siempre bifurcándose en toda nuestra América.
Al terminar el libro, al mirar esas fotografías embrujadas por la pátina del tiempo, al ver a Fidel en
una de ellas, a los tres o cuatro años, elegantísimo, con su vestido repleto de la ternura y el amor de
su madre, su libro bajo el brazo, con el destino del Quijote ya, mirando con sus ojos asombrados esa
lejanía llena de los molinos de viento de la infamia, al terminar el libro, digo, mi corazón saltaba, mi
corazón pedía más, por ello busqué otras páginas y no encontré, miré la portada, la contraportada, el
sello editorial, busqué algo más como si se tratara de una caja de música, volví sobre sus páginas, y
si, descubrí que lo que estaba leyendo era una caja de música, una música que sonaba dentro de mi
espíritu con la misma sonoridad de la vitrola RCA Victor, que al decir de Katiuska, guardaba
silencio en la sala de la Casona de Birán, la noche del 24 de diciembre de l.929, cuando hasta el aire
estaba de luto por la ausencia de Antonia Ruz , y ya ni siquiera se escuchaba la fantástica voz del
gran Caruso. Y hojeaba el libro como un maniático para volver a leer por ejemplo algo como esto:
“Aún permanecían en vela los rumoreos de la manigua y estaba por agotarse la luz de los candiles
cuando a las dos en punto de la madrugada del l3 de Agosto de l.926, nació Fidel Alejandro Castro
Ruz, un niño vigoroso de doce libras de peso, que ensanchó sus pulmones a la primera bocanada del
aire de los pinares y se dispuso a empezar sus días con la misma vehemencia de vida, pasión de
hacer, y exuberancia natural que lo rodearon cuando los ahitianitos del batey se apresuraron en la
maleza por hojas de yagruma y verbena con que enjuagarlo a esas horas, para la tersura de la piel y
los buenos augurios”
Claro, era la caja de música de una vida extraordinaria, la que sonaba en mi corazón, había
empezado a despertarse el que nace cada cien años, como diría Neruda, cuando despierta el pueblo.
Había nacido por fin “ el que debe vivir” como muchos años después sus compañeros en las
montañas, bajo un juramento perdurable, se propondrían a costa de su vidas, cuidar y defender
como sea, a ese hombre que un trece de agosto había nacido para orientar y defender a su patria y al
mundo.
Entonces, Katiuska, febril, obsesiva, luego de una visita en la que Fidel invitaría a Gabriel García
Márquez y otras personalidades, a la Finca de Birán, donde Fidel junto a su familia, transcurrió su
feliz infancia, ella como periodista del Gramma, iba anotando hasta el movimiento de las hojas y
anotaba tanto que el Gabo la miró con una sonrisa Macondeana y le dijo, niña, deja pasar el viento,
eso no lo anotes. Katiuska quizá ya sabía en qué Odisea se iba metiendo y por ello mismo su fiebre
y su tenacidad. En algún momento, quizá para calmarse, escribió un opúsculo de ese viaje, pero la
vida le pedía más, y tuvo que pasar la magia del azar, como sucede cuando uno quiere escribir y no
escribir la gran obra, viene un mandato desde el fondo de uno mismo, y los días, las cosas, los libros
que se ponen al alcance de la mano, el amigo que te infunde serenidad, el político que te aconseja,
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el esposo que desde el amor respeta en silencio tu sueño y tu desazón, van disponiéndose como
fichas de ajedrez e impeliéndote, ordenándote casi, a que asumas la tarea, esa que nadie puede
asumir por ti, más aún si un día, el guerrillero eterno, el gigante del tiempo, pone su mano dulce, su
mano sabia, su mano enérgica, sobre tu cabeza (como lo hizo Fidel con Katiuska) y te dice
cualquier palabra del cariño, cualquier palabra que son todas las palabras, porque de ese simple
gesto se desprende toda la energía del mundo, esa sabiduría que se va acumulando en la sangre y en
la piel, cuando esa sangre y esa piel ha sido ha sido curtida y regada por el amor a los demás, por el
amor a la patria, por el amor a la libertad y a la justicia.
Después de esa caricia de Fidel, Katiuska o quedaba loca o escribía el libro, gracias a Ulises decidió
lo segundo, y digo a Ulises porque es el Dios que vela por las personas cuyo norte es la utopía, por
aquellas personas que se imponen grandes retos, grandes aventuras, a costa de todo, sacrificando
todo, casa, familia y caudales, como decía el poeta español, con tal de sacar adelante su proyecto.
Ya le miro a Katiuska en Birán, escuchándole hablar a Fidel, oyéndole rememorar a Lina, su madre
amada y pródiga, a Ángel, ese padre que le enseño lo único que hay que saber: la dignidad y la
bondad, enseñándoles la escuelita rural mixta No l5 donde aprendió el abc, los campos donde se
dedicaba a cazar junto a sus hermanos, esos hermanos solidarios y juguetones que ya reconocían en
él al líder de los juegos peligrosos, a Angelita, Ramón, Enma, Agustina, la tía María Julia, Raúl, y
esos otros niños que fueron sus compañeros de infancia, los campesinos del Batey, lo que le
enseñaron la sabiduría de la tierra, esa vecindad maravillosamente ingenua, bondadosa como las
piedras para descansar, como la fruta para disfrutar, como el sol y como la luna, que a su tiempo
viven en nuestro interior y nos alumbran para siempre. Y luego el éxodo, la separación, el Colegio
La Salle en Santiago de Cuba, la leyenda que va creciendo por su prodigiosa memoria que le
permitía aprenderse libros enteros, la meticulosidad de su aprendizaje, el ejemplo, la facilidad en el
deporte, la autocrítica y la exigencia permanente, su liderazgo innato, la universidad, la política, los
primeros amores, las primeras infamias, los primeros cigarros que luego fueron su defensa frente al
exagerado entusiasmo de los amigos rusos. A propósito de los tabacos, también a ellos llegó Fidel
como ganándose el derecho. Así dice Katiuska; “El padre de Fidel le demostró su consideración
cuando el joven tenía quince años. Como una deferencia delicada y una prueba de amistad, le
sirvió vino y después de la humeante taza de café amargo, le brindó tabacos de sus estuches
olorosos de corteza de cedro, un gesto que le estrenaría en el ceremonioso hábito de las
humaredas”.
La Cárcel. La escuela de la cárcel para templar el ánimo, para templar el acero. Tiempo completo
para recibir la visita permanente de Martí, del inspirador de la revolución, tiempo corto para su
obsesión de aprender, para su locura por descubrir los resortes del poder, para analizar los
problemas de Cuba, para desmenuzar la atrabiliaria personalidad de Batista, para dedicar el tiempo
que le restaba a enseñar a sus compañeros, a crear, a discutir, a polemizar, a poner en tela de duda
todas las cosas de dios y el diablo. Sin tiempo para nada, allí donde todos perdemos el tiempo,
recordando a otro trabajador impulsivo como Miguel Ángel, que desesperado porque el día dure tan
poco, alguna vez exclamó: “Es hora de dormir y es tan temprano, que es como morirse de
antemano, con la palabra entera todavía”
Y luego la lucha, la montaña, la guerrilla. Todo el tiempo de los cedros venían entonces a parar acá,
a ese lugar donde se fue forjando ya el documento para mañana, ese documento que en la cárcel,
cuando decidió defenderse él mismo, quedaría para la posteridad, para una posteridad que todavía
no llega, ese futuro que seguirá repitiendo aquello de “la historia me absolverá”
El niño se había transformado en el conductor, el mismo niño que a los doce años, deslumbrado por
el prestigio de Franklin D. Roosevelt , como benefactor (cosas de los curas) le había escrito una
carta en inglés a Roosevelt en términos quizá surrealistas y que dice así: “ Tengo doce años de edad,
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soy un niño y pienso mucho. Yo no pienso que le estoy escribiendo al Presidente de los EE.UU. Yo
no sé mucho inglés, pero sé mucho español, y supongo que usted no sabe mucho español; pero sabe
mucho inglés porque usted es americano, pero yo no soy americano” Parece que en el subtexto ya
presentía que Nuestra América no era esa América, y que nuestro norte es el sur.
Por eso ahora ya se que el título de este libro es excelente, porque la vida de Fidel, antes de él y
después de él, huele y olerá a Cedro. En este árbol, en este libro están todas las ramas, las De Martí
y las de Antonio Maceo, las de Máximo Gómez y Calixto García, las de Ignacio Agramonte y el
Che Guevara, las de Camilo Cien fuegos y las de Eloy Alfaro, las de Abel Santamaría y Melba
Hernández , las de Aydee Santamaría y las de nuestras Manuelas, las de Raúl y el comandante
Marcos, y por si fuera poco, también están las huellas de Max Shmelling, ese boxeador alemán de
quien hablaba Curzio Malaparte para mandarle una seña a Katiuska y está también el Bombardero
de Chocolate, Joe Luis, de quien la autora no sabía nada, pero por su empecinamiento terminó
siendo especialista en boxeo.
Es que es el árbol de la vida. Es el libro de la vida. Es el libro que justifica una vida y que Katiuska,
como un perrito sabueso lo ha ido olfateando por todos los rincones de Cuba, para traérnoslo acá,
para que nosotros también podamos disfrutar y contagiarnos de la ráfaga que ha pasado por el
mundo, zaga de una familia de la cual, cada uno de nosotros quisiera ser hijo, padre, madre, o al
menos la nieta menor.
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UN HOMBRE EN LA CAPILLA DEL HOMBRE
Morir es seguir viaje, le había dicho Fidel a su amigo Oswaldo Guayasamín, en uno de sus
singulares encuentros que a lo largo de treinta y cinco años, sellaron una amistad profunda y
solidaria, y el gran pintor le respondió con la euforia que le caracterizaba y recordando los miles y
millones de indígenas muertos a lo largo de la conquista, “ya no morimos, Comandante, ya no
morimos”.
Y eso es lo que yo sentía al subir, dichoso junto a mi mujer, la larga cuesta de Bellavista para llegar
a la Capilla del Hombre, donde se producirían dos milagros; las palabras de Fidel para el futuro y la
presencia casi tangible del pintor que, ya muerto, recibía el homenaje de esa llama permanente, de
esa lámpara que él necesitaba saberla siempre prendida, para volver. Como ahora, en que mientras
Fidel decía: “Guayasamín fue tal vez la persona más notable, transparente y humana que he
conocido, creaba a la velocidad de la luz, y su dimensión como ser humano no tenía límites”, un
enjambre de pintores cubanos, cineastas, artistas, escritores, delineaban en el viento esa solidaridad
de las dos patrias, esa grafía misteriosa que nos llenó de dignidad y coraje y alimentó durante
mucho tiempo nuestra esperanza.
Era el mes de noviembre del año 2002. Una mañana fresca. Un viento amable corría como
acariciando nuestros cuerpos, el sol en todo su esplendor, cosa rara en ese mes, aunque la brisa
refrescaba dulcemente y desacomodaba apenas los sombreros de las mujeres, sus vestidos tenues,
sus ojos atentos, la compostura de Adolfo Pérez Esquivel, la rotunda presencia del Presidente Hugo
Chávez, la diáfana calidez de Danielle Mitterrand, la inquietante tropicalía de Evelyn Morataya,
bella de Guatemala, y la nuestra, la de los ecuatorianos, que nos mirábamos unos otros,
reconociéndonos, queriéndonos bajo ese hilo conductor, a través de esa cascada, de la palabra de
Fidel, entendiendo el pensamiento de Guayasamín que al decirle al Comandante “ya no morimos”
se refería a la eternidad, a la eternidad de las ideas, a la eternidad de la creación, a la eternidad
verdadera de todos los pueblos de la tierra, es decir a la búsqueda incansable de la libertad, de la
belleza, de la justicia.
Un hombre en la Capilla del Hombre, así se inauguraba este lugar. Con esa energía ancestral que
venía del fondo de la tierra. Con un hombre que significaba todos los hombres y mujeres de Nuestra
América, un hombre que traía en su voz y en su presencia el legado del mar y la montaña, de Martí
y de Manuela, de Alfaro y de Bolívar, un hombre que el destino cuidó siempre, desde el asalto al
Cuartel Moncada, en Oriente, cuando todos, Dios, el azar, la magia, los campesinos, los soldados,
los enemigos, los combatientes, la montaña, sabían que era “el que debe vivir”, ese que ahora le
teníamos frente a nuestros ojos y le escuchábamos hablar con su generosidad de flor de piel, cuando
decía: “Guayasamín, hijo del Ecuador, que nació en Quito hace 83 años, de padre indio y de
madre mestiza, en casa pobre, el primero de diez hijos de una familia que vivía en la miseria, en el
barrio de La Tola, aprendió en la legendaria ciudad rodeada de montañas y volcanes, a ser lo que
fue: un genio de las artes plásticas, un gladiador de la dignidad humana y un profeta del
porvenir”.
Eso nos decía este profeta del porvenir, mientras yo recordaba un pasaje del libro Todo el tiempo de
los cedros, y de la sana envidia que sentía por su autora, Katiuska Blanco, por su trabajo donde
también se narra la infancia de Fidel, tanto que alguna vez escribí: Yo le miro a Katiuska en Birán,
escuchándole hablar a Fidel, oyéndole rememorar a Lina, su madre amada y pródiga, a Ángel, ese
padre que le enseño lo único que hay que saber: la dignidad y la bondad, enseñándoles la escuelita
rural mixta No. 15 donde aprendió el abc, los campos donde se dedicaba a cazar junto a sus
hermanos, esos hermanos solidarios y juguetones que ya reconocían en él al líder de los juegos
peligrosos, a Angelita, Ramón, Enma, Agustina, la tía María Julia, Raúl, y esos otros niños que
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fueron sus compañeros de infancia, los campesinos del Batey, lo que le enseñaron la sabiduría de la
tierra, esa vecindad maravillosamente ingenua, bondadosa como las piedras para descansar, como la
fruta para disfrutar, como el sol y como la luna, que a su tiempo viven en nuestro interior y nos
alumbran para siempre. Y luego el éxodo, la separación, el Colegio La Salle en Santiago de Cuba,
la leyenda que va creciendo por su prodigiosa memoria que le permitía aprenderse libros enteros, la
meticulosidad de su aprendizaje, el ejemplo, la facilidad en el deporte, la autocrítica y la exigencia
permanente, su liderazgo innato, la universidad, la política, los primeros amores, las primeras
infamias, los primeros cigarros que luego fueron su defensa frente al exagerado entusiasmo de los
amigos rusos.
Con este hombre en la Capilla del Hombre, quedaba inaugurado ese templo que soñó Guayasamín,
para que todos las mujeres y los hombres que sienten el dolor de la injusticia, la prepotencia de la
perversidad, la desesperanza frente a la ambición y la codicia, vengan aquí, a esta Capilla, a recoger
las huellas, a llenarse de fuerza y de coraje para seguir viviendo, para seguir buscando la libertad...
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CHE
No lo conocí. Y no haberlo conocido es como si me faltara algo, como si mi vida, ya para siempre,
se hubiera resignado a esa carencia, sintiendo ese dolor misterioso que siente el hombre mutilado,
del miembro que no tiene.
Hubiera querido estrechar su mano, sentirla dentro de la mía como un pájaro o una pistola, sentir
sus palabras duras, tiernas, ejemplares, fidedignas, para que alumbraran este desmadejado corazón
de enajenado contemporáneo, mirar sus ojos visionarios, llenos de Martí y Bolívar y del mismo,
candelas para el enemigo, brisa fresca para el combatiente.
No lo conocí y ese pesar me abruma. Debí haber caminado en romería, con los pies descalzos, tras
su huella magnífica, debí haber atravesado montes y ciudades, tiempo y espacio, “auroras y
ponientes”, hasta dar con el hombre y saber con mis ojos, con mis manos, del material que estaba
hecho, material de bronce, de pueblo, quizá de esa perseverancia como la de la tempestad o el
viento huracanado.
Martí, movido por esa ola, seguro de que más tarde Fidel, El Che, y los pueblos del mundo lo
leerían, decía a su madre, casi al oído:
El amor, madre, a la patria (…)
Es el odio invencible a quien la oprime,
Es el rencor eterno a quien la ataca
Para luego insistir en ese credo que el cachorro asesinado se lo aprendió con su sangre: nuestra
patria es una, empieza en el río Grande y va a parar en los montes fangosos de la patagonia.
Mientras haya en América una nación esclava, la libertad de todas las demás corre peligro.
No lo conocí, pero es como si lo hubiera conocido, porque ahora, en esta hora de infortunio, de
duelo para la dignidad del hombre, en esta hora de perversidad y corrupción siento sus pasos, como
si mi corazón fuera Santa Clara, las calles de La Habana o la selva boliviana, que eternizo su sonrisa
ante la muerte.
No lo conocí, aunque todos los días de mi vida me acuso y me propongo. Y sin embargo sigo con
mi pequeña, inservible, dosis de cariño cotidiano, aunque todos los días de mi vida siento sus
hachazos de amor en mi cabeza, esos golpes parecidos a los del cholo Vallejo, que el regaba entre
sus hijos guerrilleros: “Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario
verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un
revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizá sea uno de los grandes dramas del dirigente; este
debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se
contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los
pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su
pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita”.
Ahora yo, desecho de contemporaneidad, desazonado, humillado, vaciado y angustiado por el
tiempo, globalizado por la miseria y la injusticia, impotente frente a la prepotencia, individualizado
y golpeado por la mediocridad, la ambición y la codicia general, tus palabras CHE, son pájaros de
dobles alas, que en su vertiginoso aletear me van diciendo: “En cualquier lugar que nos sorprenda
la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído
receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a
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entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de
victoria…”
No te conocí, hombre de América, “hombre con todo”, por eso ahora, salgo a buscarte…
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VÍCTOR IVANOVICH
Como se trata de rendir homenaje a Jorge Luis Borges, a través de este libro, de nuestro amigo tan
querido, Víctor Ivanovich, permítanme empezar con un canto del extraordinario escritor argentino,
que define su poética y su destino, y que tanto se nos parece:
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
No fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No sui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.
La Casa de la Cultura Ecuatoriana acogió con mucho beneplácito, la publicación de “El mundo de
la nueva narrativa hispanoamericana” porque dentro de la filosofía que anima a la Institución, está
el afán editorial de dar a conocer lo mejor de la poesía y la narrativa latinoamericana, más aun en
este caso, en que el estudio sistemático y profundo de escritores de esta parte de América, ha sido
realizado con los ojos y el espíritu de un escritor del otro lado del mundo, de la lejana Rumania, de
la lejana… pero siempre cercana Grecia.
Este libro no agota la narrativa latinoamericana, rica y diversa, pero con sus estudios alrededor de
escritores como Carpentier, Borges, Octavio Paz, García Márquez, Cortazar, quizá los más
representativos de nuestro tiempo, nos conduce y nos abre caminos luminosos para el cabal
entendimiento del Phatos, del espíritu literario que los anima, desbrozando sus categorías estéticas,
aludiendo a una pedagogía metafísica que nos permite introducirnos en ese país de leyendas donde
habitan los fantasmas, los mitos, y en ese purgatorio cotidiano que los hombres llamamos realidad.
Convencido de que el crítico literario debe concebir la historia como aquello que ha sido y no ha
dejado de serlo desde el principio del mundo, a saber, una narración mediante la cual el escritor
interpreta el devenir histórico: lo refleja y lo exorciza, Víctor va desmenuzando, con esa
profesionalidad metodológica y puntual (que a muchos nos causan horror porque no lo sabemos
manejar) procedentes del estructuralismo, la semiología, la semántica, los secretos escondidos en
los textos de estos grandes escritores de nuestra América.
Partiendo de esa acertada fórmula preconizada por Octavio Paz sobre la “tradición de la ruptura”,
es decir, en palabras de Víctor, aquello que supone dos tradiciones: “una, de la que los autores en
cuestión se desprenden y, otra, la que inventan”, asistimos a un gran mural conceptual que pasa por
el barroco, el surrealismo, desemboca y profundiza en lo fantástico, y en el gran escenario de los
años sesenta donde estalla (digo eso para no decir boom) la gran literatura contemporánea.
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Lo fantástico y sus diversos matices, lo extraño puro, lo fantástico extraño, lo fantástico
maravilloso, lo maravilloso puso, escalas donde anida como fundamento estructural el mito, y desde
donde Víctor va desentrañando la madeja de ese Borges irónico y a veces irreal.
Libro para aprender y aprehender, cuando habla de aquella veta explotada por García Márquez y
nos dice rotundo y un poquito bélico que ya Massimo Bontempelli, en la década de los años veinte
batalló a favor de una poética del realismo mágico y que constituye el primer esfuerzo de
reconsideración global de la problemática de lo fantástico desde la perspectiva de la vanguardia
literaria y artística interbélica, especie de “inventor” del término, Bontempelli desarrollo su teoría
desde la Revista Romana 900, de la cual fue su fundador. Luego, según Víctor, se reinventará el
término “Realismo Mágico”, a propósito de la publicación de Hombre de Maíz de Miguel Ángel
Asturias, en 1949, sin tomar en cuenta (ni nombrar) el aporte de Bontempelli.
Con un ligero tono de rabia ante una injusticia literaria, Víctor dice:
“No me preocupa aquí si la obra de Asturias, o una parte de ella corresponde o no a los standards
de uno u otro “realismo mágico”, ni si las dos nociones homónimas convergen o no (la una desde
lo fantástico, la otra desde el realismo) a un terreno común. Lo que me interesa resaltar es,
primero, que la crítica hispánica – y la hispanística-, ignora por completo el aporte teórico de la
vanguardia italiana; hasta tal punto que un estudioso alemán, refiriéndose a la “prehistoria” del
“realismo mágico” la remite al cubano José Martí. Segundo, y por consiguiente, carece de
cualquier fundamento y es además arbitrario utilizar la expresión “realismo mágico” para
referirnos al método artístico de un García Márquez, Jorge Amado, José María Arguëdas y otros,
como acostumbran los hispanistas, dentro y fuera del ámbito hispánico: en tales casos más
correcto sería invocar la teoría del cubano Alejo Carpentier sobre lo “real maravilloso”. Tercero,
y considerando lo anterior, si queremos formular una opinión exacta sobre dicho asunto, debemos
restablecer la verdad histórica y la coherencia teórica del concepto”.
Personalmente pienso que la apropiación del término es una cosa y otra su concepción literaria. Si
no pensemos en Gargantúa y Pantagruel, o en los Sangurimas de José de la Cuadra o, en La doble y
única mujer de Pablo Palacio, para no ir muy lejos, ni en la distancia ni en el tiempo, porque quizá
ya en Dante encontramos esos esguinces fantásticos y mágicos.
Me parece que los más importante de este libro no solamente radica en su espíritu, hasta cierto
punto polémico, o en el descubrimiento de nuevos causes de comprensión de la obra de nuestros
escritores, sino en el hecho de que a pesar de estar escrito por un especialista en esos métodos de la
ciencia literaria, áridos y fatigosos para mi vehemencia, su estilo y sus planteamientos son
completamente claros y contundentes y totalmente asequibles a los neófitos como yo. La realidad
entonces aparece con todos sus guiños, así como la ficción, así como la Poética, cuya reflexión
teórico – práctica se sirve de textos de Borges, García Márquez y Octavio Paz, donde se desmenuza
escrupulosa, lógicamente, el significado de la ficción de Borges, el rompecabezas de García
Márquez y su ciclo narrativo de Macondo, y el poema –ensayo de Octavio Paz-, El Mono
Gramático.
Nuevas lecturas que nos acercan a los personajes que se han hecho famosos por la literatura o en la
literatura: el personaje serial en Cien años de soledad, Borges y el Mito, García Márquez y el Mito
Etiológico, El Mito como Rito, Alejo Carpentier y el Mito como lectura de la historia, o el reino de
los signos motivados en la foto salido movida de Julio Cortázar.
Por fin y para no destruir algo tan claro y tan preciso como lo que se presenta en esta obra clave,
diré que también al final del libro nos aguarda una sorpresa, el conocimiento de un autor (de
aquellos raros o marginales, como nuestro Pablo Palacio), un escritor rumano: Urmuz, cuyos textos,
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en traducción de la ecuatoriana Susana Vásquez, esposa de Víctor y gran amiga nuestra, nos
sorprenden y descolocan por su misteriosa lucidez. Aunque también Víctor, a propósito de Urmuz,
desarrolla una serie de acercamientos o especulaciones hasta el punto de considerar un universo
narrativo unitario que se daría entre las obras Historia de Cronopios y de Famas de Cortázar y las
Páginas estrafalarias del rumano Urmuz, ya que quizá, como dice Víctor, “los rangos específicos
de cada uno, representan grados y modos de una misma estrategia narrativa regida por la
categoría del absurdo”. Aunque en Cortázar el desplazamiento es mínimo y no llega hasta la
ruptura, su absurdo tiene un matiz maravilloso y no corta el cordón umbilical que una la ficción a la
realidad. Con vehemencia –quizá juvenil- hace referencia a que Cortázar, lector de Lautreamont, del
Surrealismo y de Kafka, “representa no obstante ello, el polo de un absurdo tímido e incipiente”.
Para Urmuz en cambio el desplazamiento, reviste el aspecto de un salto de un nivel a otro, salto
mucho más radical, angustioso y deformante. Es decir a una singularidad aterradora.
Para mi forma de pensar, Cortázar es más fino, el universo de su absurdo busca un paraíso, no un
infierno, su descoloque es maravilloso y tiene que ver con la sedosa filosofía del ser y la nada, pero
también del placer y de la agudeza de la percepción. El absurdo de Urmuz es más patético, más
propositivo, totalmente negativo. Negación como bandera, quizá como obsesión, como trastorno
psíquico. Tortura que talvez, a nosotros nos permita entrever la absurdidad de la vida, y a él le llevó
a destaparse los sesos de un disparo, cosa que no le sucedió a ningún cronopio de Cortázar.
Todavía.
Bueno, para salir rápidamente del absurdo que siempre me acompaña, a nombre de la Casa de la
Cultura Ecuatoriana y en el mío propio, felicito a Víctor Ivanovich por su profunda dedicación al
estudio de las letras hispanoamericanas y le conmino a seguir tras sus huellas, para que enriquezca
nuestras lecturas de otros escritores que amamos, como Vallejo, Rulfo, Onetti, Palacio, De la
Cuadra…
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TODO SOBRE SU MADRE
En estos tiempos de Postmodernismo y Globalización todo está permitido. La Globalización
permite y muele con sus aspas locas el todo y la nada. Permite el exceso y permite su dispersión, su
desaparición. Ya no hay categorización, todo se mantiene ahora en un plano de generalización. La
especificidad, la esencialidad ha terminado. Todo es nada. Braudillard, en su libro La
Transparencia del mal, libro que hay que leer para atravesar el mundo de Almodóvar, dice:
“Cuando todo es político, ya nada es político, y la palabra carece de sentido. Cuando todo es
sexual, ya nada es sexual, y el sexo pierde cualquier determinación. Cuando todo es estético, ya
nada es bello ni feo, y el mismo arte desaparece”.
Glosando a Braudillard, parecería que la hora de las anticipaciones ha terminado, la hora de las
vanguardias y de la revolución ha eclosionado las críticas radicales a la sexualidad, a la libertad de
las formas, a la política, se han llenado de polvo y olvido.
Quizá lo que ahora vemos como post moderno, no sea más que un pastiche, unas formas licuadas,
una crítica nada radical sino ambigua, permisiva, en fin, un reciclaje, una misma figura
transpolítica, transexual, tansestética, Indiferencia, banalidad, pérdida de la utopía desilusión de la
metáfora.
Y todo este pastiche para qué. No sé. Me ha venido a la cabeza luego de ver una película de
Almodóvar. Esa donde se insiste una y otra vez en introducir a manera de colage, esa maravillosa
obra de Un tranvía llamado deseo. Ese tranvía que ya pasó y que quizá ya lo perdimos.
No sé si Almodóvar sea España. Lo que sí se es que la España Posmoderna está en Almodóvar, y
desde luego la antigua, aquella España que Ramón del Valle Inclan, a principios de siglo, la
retrataba en los “esperpentos”, especie de burla, sátiras, críticas, llenas de humor negro y de una
acidez desde donde emergía la conciencia social.
Almodóvar es el paradigma de las pasiones, el grado extremo de las pasiones, el exceso, el pastiche,
el kitch tan característico de la Postmodernidad.
Pero también lleva en sus venas históricas, el estigma de la fatalidad, o quizá el estigma de la
realidad solamente, porque en esta época de globalización la realidad es mucho más mágica y
diversa que la ficción. Cortazar lo sabía, y García Márquez, nuestro José de la Cuadra. Fatalidad y
realidad van de la mano, es ese el mundo de Almodóvar, poner en el tapete, abiertamente,
melodramáticamente, los filos canallescos o puros del espíritu humano, sus obsesiones y sus
aberraciones, sus flaquezas y sus dudas, los aspavientos de los estados de ánimo, la simplicidad del
crimen o de la perversión, lo permisible de los extremos, es decir, la forma alegórica y sencilla de
presentarlos al espectador para que los acepte y los asuma. Rodaje, dirección, artistas, guión,
imágenes perfectas para que resulten creíbles y fidedignas las anécdotas, de la misma manera que
cuando leemos en García Márquez la ascensión de Remedios la Bella junto con la sábana, ni por un
momento pensamos que es ficción, sino que nos elevamos junto a ella y contemplamos con ella su
horizonte.
“Yo tematizo la solidaridad y la tolerancia frente a la Naturaleza Humana –nos dijo alguna vez
Almodóvar – Yo no me paso la vida analizando por qué aparecen unos personajes y otros no.
Simplemente forman parte de mi mundo. Pero cuando decido que aparezcan en mis películas,
tienen un efecto tan insólito y cómico porque los dejo actuar como si fueran gente de lo más
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normal. Los coloco en situaciones y relaciones de la vida diaria, doméstica. Tengo un gran respeto
a la pluralidad”.
El mundo almodovariano tiene sus propias divas y sus propios divos, que mezclan sabiamente un
cóctel simple: un poco de tragedia, un poco de comedia, un melodrama con estados de ánimo en
ebullición, un poco de la fauna humana que persevera en las calles de Madrid o Barcelona, una
carga de memoria de la fatigada cultura y entonces está dicho todo sobre su madre. ¿Quién es su
madre? No es Cecilia Roth, desde luego, es él mismo, en el sentido en que nos recuerda la respuesta
de Flaubert cuando le preguntaban sobre la Bobary y él contestaba “Madame Bobary soy yo…”
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LA CARMEN
La Carmen. Chilena universal. Cuando estuvo en Quito nos dejó profundas enseñanzas. Líneas
atormentadas y sabias que se extienden y perduran hasta ahora en nuestros mejores dibujantes y
pintores como Víver, Pilar Bustos, Jaime Zapata. Líneas, manchas, espacios, palpitaciones, de una
manera de ver diferente.
Ojo avisor que desnuda con la misma insistencia ya sea al objeto o al ser humano, para llegar a su
esencia, a su síntesis, a esa misteriosa uva que yace en el vino poético de otros chilenos del mundo:
Pablo de Rocka, La Gabriela, Huidobro, el Neruda de la Canción desesperada. O en la iconoclastia
de Roberto Matta.
La Carmen. Nuevamente aquí, entre nosotros. En su casa. Dueña de tantas puertas y tantas llaves,
con su habladito fraterno, lleno también de colores y sombras, lleno de humanidad y coraje,
alertándonos, difundiendo, agitando, conduciendo, formando la cromática permanente de las
grandes causas sociales, de los derechos humanos, de esa solidaridad entrañable donde uno se
siente, por fin, otra vez un ser vivo.
En sus clases, abiertas, diáfanas, sencillas como el agua, parecía desentrañar el misterio de la
pintura, diciendo palabras tan inocentes como aquellas del niñito de cinco años, que en París ganó
un premio mundial de dibujo, el dijo, para alucinar a los periodistas: “Yo solamente pienso, y luego
trazo una raya sobre mi pensamiento”. Raya que en ella no terminará nunca. Raya que ha cruzado
la Cordillera de los Andes, raya que esta viva, bifurcada, nueva, en cada uno de sus pupilos, raya
que personalmente me conmueve y me asombra, porque me trae al recuerdo, esos espejos
atormentadores, en los que mi cuerpo reflejaba una figura de Egon Shiele, un girasol del desorejado,
o un enigma de Trilce, al mismo tiempo.
La Carmen. Volviendo a los 17 después de vivir un siglo. Con sus alas desplegadas, finísimas y
firmes, agitándolas otra vez, para recordarnos que el arte es pasión, es abrazo, pero es ante todo
subversiva.
La Carmen. En su Casa. En la de la Cultura. Con sus paredes nuevamente iluminadas de su
desasosiego, de su esperanza y su rebeldía. Pololeando a la vida.
Bienvenida la Carmen, que nunca se fue.
98
POEMAS SIN PASAPORTE
Dándome las vueltas por este extraño universo de la poesía de Aiter Arjol Bermejo, llego siempre a
ese sencillo y perfecto consejo del arte poético que nos dejó Huidobro y que decía: “Que el verso
sea como una llave / Que abra mil puertas / Una hoja cae; algo pasa volando / Cuanto miren los ojos
creado sea, / y el alma del oyente quede temblando”. Desde Bilbao, ese país Vasco que todos
llevamos en el corazón, emergen sus textos, livianos, metálicos, a veces temblorosos, poesía que
todo lo olfatea y asimila, palabra que se muerde la cola, que va de rama en rama, como el quinde
que en nuestra serranía, en Mindo suele detener su vuelo, pararse perfectamente en el aire, y desde
allí otear el horizonte, mirar el paisaje, descubrir la tierra, el bello rostro que oculta la naturaleza, o
ver cómo duermen esos dulces ancianos de nombres ancestrales, el Cotopaxi o el Cayambe con sus
sombreros blancos.
Poemas sin pasaporte, libres para viajar de un lado a otro, casi dichosos de poder contener y
aprisionar a la bruja de la memoria, tan leve, tan huidiza, tan inconstante. Memoria que se ocupa de
guardar en la caja del poema, los instantes de amor, del vértigo de la luz, de las barbas solidarias,
del rostro inolvidable, del viaje infinito por el cuerpo y la sangre de la mujer que se ama, del
tiempo, ese vertiginoso moscardón azul que si nos descuidamos ya no está.
Yo digo, los olvidos son apenas los descansos que pide la nostalgia. Toda poesía está repleta de
memoria. Por ello mismo toda poesía entraña un viaje misterioso hacia el silencio, hacia el interior,
hacia la soledad. Aitor Ardor en este libro primero Nere Exialdean, siente el rumor de ese silencio,
por ello quizá su verso es telegráfico, muchas veces enumerativo, tembloroso, cortado, a veces
sensual, casi siempre sensitivo, irónico, casi fino bajo el influjo de Jaime Sabines, o Roque Dalton o
el otro, el fisgón, el que mete sus palabras en las medias negras de una canción: Jaime Sabines.
La poesía es el testimonio de los sentidos. Octavio Paz lo sabía y decía que la poesía nos hace tocar
lo impalpable y escuchar la marea del silencio cubriendo un paisaje devastado por el insomnio. El
testimonio poético nos revela otro mundo dentro de este mundo, el mundo otro que es este mundo.
Así es de multiforme el texto literario, y bien puede el autor hablar de Itaca y los regresos, de
Otavalo, el Pululahua, el Panecillo, Buenos Aires, una guitarra o un vagón en camisón blanco,
siempre el testimonio estará allí presente, para no permitirnos la infamia del olvido.
Alguna vez decía yo que la poesía entraña un breve estallido, golpe que dos piedras propician para
crear el fuego, el fuego sensual, el fuego erótico, el fuego de la palabra, eso que Eliot llamaba “la
plenitud de la fórmula verbal”.
Poesía esta, de Aitor Arjol, que comienza recién a ascender el camino lleno de espinas y de rosas de
la literatura, poesía nacida en el vértigo de la luz. Que poco a poco irá delineándose, puliéndose,
limpiándose de aquella hojarasca que solamente va cayendo con el tiempo, la humildad y la
perseverancia.
99
III
100
¿TÚ ERES FEMINISTA?
Bueno, ante todo debo decir que me siento completamente gustoso de poder realizar una breve
reflexión nada teórica sobre una ponencia auténticamente feminista, que nos devela las
preocupaciones éticas y estéticas, contenidas en la obra de dos reconocidas escritoras ecuatorianas:
Alicia Yánez Cocíos y Violeta Luna. Mi posición, también feminista, me aligera la comprensión de
esta ponencia escrita con diáfana claridad por Fanny Carrión de Fierro, quien está llamada por su
responsabilidad histórica, a multiplicar su quehacer crítico literario para ahondar, profundizar,
redescubrir la nueva mentalidad, la nueva energía creadora, la nueva perspectiva de la mujer
ecuatoriana.
Habría que empezar recordando que la novela Yo vendo unos ojos negros, objeto de este estudio, de
Alicia Yánez, fue publicada en 1979, como un llamado, como una advertencia, como un manifiesto
alrededor de la problemática de la mujer en nuestra sociedad y la incidencia del comportamiento
social en su desarrollo.
Pienso que ahora ya nadie cree que la desigualdad entre hombre y mujer sea natural, es decir
incuestionable. Me parece que aquella ideología oficial que nos viene desde las sociedades agrarias,
y que interioriza la condición de la mujer, ha pasado a mejor vida, y ya ninguna persona seria cree
que los roles sexuales de nuestra sociedad sean el producto de la biología, sino de la organización
social. Igual que en la historia, en la ficción de esta novela se nos demuestra las mil maneras en que
la mujer ha sido oprimida en la familia, en la cultura, en la sexualidad, en el amor, en el trabajo, etc.
Hay que recordar de paso, que hasta hace poco, una izquierda en silla de ruedas, nos mantenía en la
idea de que la lucha por los derechos de la mujer, debía hacer un alto, hasta que venga el triunfo de
la revolución obrera y la abolición de la propiedad privada. Lo contrario era tachado de
divisionismo o ligerezas pequeño burguesas. El problema de la mujer devenía secundario y
obviamente subordinado al problema de las clases sociales. Nunca pensó la izquierda, ninguna
izquierda a nivel mundial, que se debía afrontar las desigualdades de clase y de género
simultáneamente. Desde este punto de vista, creo que casi todas las revoluciones han traicionado a
sus mujeres.
Dentro de este esquema se han desarrollado las luchas del movimiento feminista, que cada vez toma
más cuerpo y más adeptos en América latina y el mundo, hasta el punto de que sus preocupaciones
buscan un asidero científico que las exprese. Ya lo decía Geovana Mérola en su estudio Feminismo:
Un movimiento: “El feminismo debe ser una ciencia, debe ser materialista desde el momento en
que denuncia y estudia el carácter histórico y no natural de la mujer, de su opresión”.
En relación a la ponencia que nos ocupa, me parece que Fanny empieza su ponencia desde un
pequeño prejuicio que expresa que la crítica profesional ha sido nula, un tanto paternalista y
condescendiente con la literatura escrita por mujeres.
Si es paternalista, parece que quisiera decir que está hecha por hombres, y si la toma en cuenta de
esta manera, aparecería como que es la única posible. Por ellos parece prudente acotar que la
historia del movimiento feminista a nivel mundial y de su literatura, está escrita por mujeres
historiadores, antropólogas, lingüistas, sociólogas, por eso decía al principio que Fanny Carrión
debía multiplicar su quehacer crítico, a fin de que este punto de vista, el de las escritoras
ecuatorianas, cargado de una cultura femenina, de una simbología especial, de una subjetividad
específica, de una psicología diferente, de una autonomía, se multiplique y traspase, rompa aquella
conciencia masculina llena de deformaciones y formas de comportamiento con prejuicios sexistas.
Hay pues, también como decía, un llamado a la conciencia masculina y que emerge desde la bondad
de la propia obra, desde su validez, desde su genialidad, sin intermediarios. Pienso en Sor Juana
101
Inés, en Virginia Wolf, en Margarett Yourcenar, en Julia Kristeva, en Isabel Allende, en Alicia
Yánez. Escritoras que han combatido la manipulación de la que hablamos desde sus propios
valores, desde su propia y auténtica concepción del mundo; me parece que todas ellas vivieron bajo
una sola pasión: La Literatura, y a esa pasión no se entregaron a medias sino que comprendieron
que la literatura es excluyente de todo lo demás. Ellas desecharon el síndrome de la queja, para
entregarse con pasión a dignificar el mundo con su visión personal y peculiar que luego se ha
regado como pólvora en la conciencia del hombre y de la mujer de nuestro tiempo.
Bajo esta perspectiva creo que ya no hay razón valedera para dejar que el hombre sea el único
árbitro de las definiciones y las apreciaciones. En todas partes de América Latina, la mujer está
develando sus propias virtualidades de una manera tenaz y permanente. A veces, y desde luego por
deformaciones de una educación alienante, la mujer se convierte en el primer obstáculo hacia una
nueva definición, recuerdo a este respecto, algo que contaba Ana Vásquez en su libro Dudas y
contradicciones, cuando una periodista argentina le hizo una entrevista lo cuenta así:
-
¿Tú eres feminista?
Estábamos en una radio y fue la primera pregunta que me hizo:
Porque a mí me cargan las feministas –prosiguió antes de que pudiera responderle, la miré
desconcertada- una periodista joven, buenamoza, con una gran sonrisa alegre. De esas mujeres en
principio tendrían que sentirse interpretadas por el feminismo, “nuestro feminismo”, el de los años
setenta.
-
¿por qué te cargan? –le pregunté
Me gustan los hombres –me contestó. Ni siquiera vaciló en responderme. Como si una cosa
excluyera la otra y ser feminista fuera sinónimo de monja o lesbiana.
Bueno, para no desviarme del tema, esta ponencia de Fanny Carrión imbrica, articula, señala varios
postulados del deconstructivismo con la cuestión feminista, en relación a la literatura, y a aquellos
dos paradigmas de la conducta humana el del Intercambio y el de la Ofrenda donación. Paradigmas
que han servido en otras oportunidades para el estudio de las relaciones económicas de las
sociedades.
Fanny, en esta ponencia, nombra a Genevieve Vaughman quien parafrasea la tesis de Lewis Hyde
sobre el intercambio y la donación en las relaciones económicas para demostrarnos que se trata de
dos maneras muy antiguas de relacionarse entre los sexos y las generaciones. Para ello identifica el
paradigma del Intercambio con la cultura masculina y el de la Ofrenda con la femenina. Es decir:
Paradigma del Intercambio: dar algo a cambio de algo. Ámbito masculino. Prestigiado. Visible.
Público.
Paradigma de la Ofrenda donación: darse, brindarse, ofrendarse. Ámbito femenino. Invisible.
Devaluado. Privado.
Esta apreciación, un tanto ligera por su rotunda generalización, sirve de marco para una
profundización de los textos buscando como conclusión aquello de que la oposición masculino
femenino no es sino una invención del pensamiento masculino occidental.
Me parece acertada la utilización de postulados del deconstructivismo, para señalar aspectos de la
escritura femenina. Esta teoría apuntalada en Francia por Jacques Derrida, toma en muchos aspectos
la experiencia y el síntoma peculiar del nuevo pensamiento científico y social, para anunciarse
102
como reivindicadora de lo femenino, en razón de que tanto el deconstructivismo y el nuevo
pensamiento científico, especialmente en la física, desafían loa cánones establecidos, el
razonamiento lógico y las verdades eternas.
En este sentido, una estudiosa del deconstuctivismo, Zaulma Nelly Martínez, nos aclara que “lo que
últimamente se ha reprimido, y lo que debe liberarse, es La energía creadora que desde los abismos
de la realidad (los abismos de la mente, del lenguaje y la materia) permanentemente busca
transformar el mundo o, en las palabras de Derrida, perennemente busca, persigue deconstruirlo y
reconstruirlo.
“Depositaria de la irracionalidad del mundo –dice Zulma- y por ende su no representabilidad o
innombrabilidad, la mujer ha sido sistemáticamente excluida de la tarea de nombrar y devaluar la
esencia de lo real: es evidente que el aparato conceptual de occidente, así como los sistemas
sígnicos y simbólicos (el lenguaje es masculino) que lo representan son creaciones eminentemente
masculinas”.
“Desde siempre el hombre ha desposeído a la mujer de su facultad de interpretar y por ende de
crear el mundo”
Pero esa facultad ahora está latente en la creadora ecuatoriana; perfectos ejemplos son los que
Fanny trae a estudio y que a mí me han permitido divagar y reflexionar: Alicia Yánez y Violeta
Luna. La primera con un grito desgarrado, valiente, frontal, en donde no encuentro por más que
quiero aquella “premisa deconstructivista de trascender la polarización de los sexos”, pues tengo
la sensación de que esta novela está habitada únicamente por mujeres y caníbales, bajo un solo
punto de vista, sin la multiplicidad interpretativa sin la posibilidad de una profundización
psicológica de los personajes masculinos. Aquí el hombre es el invisible. El hombre es el
devaluado. El hombre no es el de la entrega de aquellos valores libertarios, valores del amor
auténtico que están implícitos en el paradigma de la Ofrenda Donación.
Quizá el hombre de esta novela no existe, quizá está oculto en la sombra y tiene razón la autora
narradora en buscarlo con la lámpara de Diógenes. En todo caso, a mí me produce una desazón.
La segunda escritora estudiada aquí, Violeta Luna, con dos maravillosos poemas que trascienden
aquella polarización en la misma medida en que buscan la libertad, que se ofrendan y donan con la
fuerza, la ternura y la certeza de una palabra estremecida, nos da ya aquel pensamiento del
acoplamiento, de una complicidad nueva y complementaria. Una fusión donde lo femenino no es lo
que se opone a lo masculino, sino lo que lo seduce, en su término más amplio, y que debe recogerlo
el hombre y mantenerlo vivo dentro de su corazón.
Felicito muy efusivamente a Fanny Carrión, porque sus puntos de vista, tan claros y precisos,
servirán para que tantos críticos, escritoras y aludidos, no sólo releamos las obras literarias
femeninas, bajo un nuevo código, bajo una nueva luz, sino pensemos con Julia Kristeva que “en la
mujer hay algo que no puede representarse, algo que no se deja decir y que trasciende las
nomenclaturas y las ideologías…”
Esta ponencia nos ayudará a encontrar ese algo. Nos ayudará a evocarlo y comprenderlo en su
significación más profunda.
103
MUJER DE PALABRA
Yo soy feminista. Soy feminista porque me envuelve y me asombra su lucha por la libertad, su
lucha contra todo, incluido sociedad, código, sexo y lenguaje. Soy feminista porque pienso que la
desigualdad entre hombre y mujer no tiene nada de natural, y que ella misma ha denunciado el
carácter histórico y social de esa opresión. Soy feminista porque su palabra es viva y otra, porque
su nuevo pensamiento y su nuevo gesto, ha venido a completar el mundo, porque ahora aprecio las
cosas desde otro sonido, desde una perspectiva que nos hace más sabios y más plenos. Soy
feminista porque su energía creadora me ha permitido alumbrar rincones oscuros y amargos de mi
propia creación, me ha permitido interpretar y, por ello mismo, recrear un mundo lleno de otras
fibras y otras musicalidades. Soy feminista, y busco incansablemente en la mujer ese algo –que al
decir de Julia Kristeva- no puede representarse, algo que no se deja decir y que trasciende las
nomenclaturas y las ideologías.
Por eso, junto a ellas, hemos decidido crear dentro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, otra casa,
una casa sencilla, dulce y sabia, que contenga la nueva palabra de mujer, dicha por la mujer de
palabra de nuestro país y de América, para que nos proteja y nos alumbre, y nos libre de ese vicio
de ser incompletos y desdichados.
104
HÉROES BLANCOS PARA UN CONTINENTE MESTIZO
Decía el Principito, aquel niño que nos enseñó a mirar lo invisible de las cosas: “Los adultos son
gente muy extraña”. Y creo que en realidad, de una u otra manera, los ciento cincuenta millones de
niños de Nuestra América, deberán tener una idea parecida.
Cada vez con mayor patetismo vamos viendo cómo los medios de comunicación colectiva que
dependen de las grandes empresas transnacionales han centrado sutilmente su punto de vista en la
“Educación” infantil, a fin de desarrollar en el niño la aceptación de valores del sistema y toda su
secuela de humillación e injusticia para la sociedad latinoamericana. Esta línea educativa
debidamente programada parte desde hace muchos años y utiliza de trasfondo la fundación Dord, la
Fundación Carnegie y todos los aparatos oficiales y propagandistas del capitalismo.
La infancia y la adolescencia constituyen los períodos básicos de formación del individuo. Es en
este período donde la sensibilidad humana y cultural se alimenta y desarrolla las aptitudes, virtudes
o defectos que con el pasar del tiempo irán marcando el comportamiento del hombre frente a los
demás, frente a la sociedad.
La avalancha de programas de televisión, cassets, discos, videos, comics, etc. que nos viene del
norte, aparentemente parece que ha ahogado cualquier otra alternativa propia, una alternativa que
nazca de nuestros pueblos para nuestros niños. Hemos sido invadidos, como dice Pastor Vega, por
una serie de héroes blancos para nuestro continente mestizo. Nuestros niños quieren ser Supermán,
aquel héroe hermafrodita llegado de otro planeta, que todo lo puede y todo lo realiza con el fin de
defender el sistema capitalista y que en un momento dado, bajo la falacia del engaño y del
encubrimiento se transforma en el hombre mediocre, tímido y conforme con su suerte, esteriotipo
del verdadero norteamericano: Clark kent.
Es decir venden a nuestros niños menesterosas, tristes, subalimentados, la posibilidad de soñarse
fuertes, sanos, poderosos. Y nuestros niños quieren ser Tarzán, aquel blanco ejemplar que todo lo
sabe, rodeado de negros sucios e ignorantes y que, a pesar de ser un entrometido en la selva, conoce
el lenguaje de los animales, vuela de liana en liana, “defiende” a los pobladores de la selva, y les
enseña los secretos de su propia selva, de la misma manera como permanentemente ese país trata de
ayudar y defender a Latinoamérica y a Centro América. Y también nuestros niños, sin alternativas
diferentes, sin tener sus propios héroes, sin enraizarse en su historia, quieren ser los monitos de
Walt Disney y sus historietas nos han enseñado, por sobre todas las cosas, el amor a los animales y
al capitalismo (aunque amar al capitalismo nos signifique vivir como los animales).
Hay pues una discriminación total para el niño, una falta de preocupación absoluta. No se diga
dentro del campesinado o el sector rural, o en los diferentes sitios multiculturales, donde realmente
no se cuenta ni con la más elemental infraestructura para una adecuada atención al niño, a pesar de
la labor por demás sacrificada de los profesores que atiende estos sectores.
Muchas veces de lo único que el maestro, el padre, la madre, se han preocupado es de prohibirle.
Una cantidad de prohibiciones sin darle nada a cambio, ningún entretenimiento que ayude a
desarrollar su imaginación. Todos los entretenimientos vienen de afuera y cada uno de ellos está
cargado de ideología y contienen patrones de comportamiento que no tiene nada que ver con
nuestras raíces, con nuestra idiosincrasia. Mayra Villacís, experta cinematográfica, dice al respecto
que sin duda el niño latinoamericano ha sido tradicionalmente discriminado como consumidor de
literatura y de cine. La literatura mercantilizada que se le ofrece –ni hablar siquiera del cine que se
le impone- tiene una característica común: su pésima calidad (independiente de que su factura sea
“muy profesional”). Si a la ausencia de buen cine y de buena literatura para los niños de este
continente sumamos la avalancha de fotonovelas, comics, filmes “enlatados” y seriales televisivos
105
importados, no podemos menos que asumir una actitud agresiva para protegerlos. La primera sería
esa, precisamente: cerrar filas en una posición de rechazo ante estas seudomanifestaciones
deformantes del arte y de la literatura que, como cineastas y escritores, nos restan posibilidades de
incidir en un público tan acogedor. Y la segunda sería determinante: actuar como cineastas y
escritores.
Actuar como escritores. Eso exactamente, es decir utilizar el arma que manejamos de la mejor
manera, para darle al niño la posibilidad de refinar su gusto estético y también su formación ética. A
menudo me he topado con libros escritos por ecuatorianos y latinoamericanos donde realmente a
más de la buena intención no existe nada que valga la pena. Parecería que parten de una idea falsa
acerca de la inteligencia, la perspectiva, el vuelo imaginativo del niño, empiezan escribiendo como
padres bondadosos, en medio libro se convierten en curas moralistas cuyos consejos no convences a
nadie, y terminan cayendo en facilismos desastrosos como si se estuvieran dirigiendo a tarados
mentales a quienes hay que explicar “las cosas de la vida” para que no se descarrillen. Relatos y
cuentos donde la acción y el diálogo (dos puntos esenciales en el cuento infantil) no asoman por
ningún lado y si asoman son tan falsos, tan llenos de retórica o de chabacanería que producen
sueño. Desde luego hay excepciones.
Quienes queremos escribir para este público tan difícil, tan importante e imprevisible, debemos
hacerlo no solamente tomando en cuenta la necesidad de su formación integral, valores éticos,
libertad, justicia, bondad, belleza, etc., sino admitiendo definitivamente el concepto de la literatura
como entretenimiento, como juego. Hay que jugar literariamente con el niño. La acción, el diálogo,
el sonido, el color, la sucesión de imágenes, son la dinámica de la literatura infantil, pero el juego es
su verdadero puente. El niño se comunica a través del juego y el juego en es verdad su espejo. “El
juego del niño invade toda su vida, dice Stefanini, como precisamente con toda su alma trabaja el
artista”. Entonces si a la vez que jugamos con el niño, vamos creando el hábito por la lectura,
vamos cooperando a su formación ideológica y estética como quería Martí (no hay que olvidar su
maravillosa revista La edad de oro), “este auxilio los crea defensas contra las múltiples ofensas de
la vida y verdaderos anticuerpos para el choque inevitable con la mediocridad, la hipocresía y la
vulgaridad cotidianos”. Así dice Elizagaray parafraseando a un escritor checo dice “Considero que
la literatura para niños y jóvenes debe ser como una vacuna preventiva contra la sequedad de
espíritu, la insensibilidad y la disminución de las facultades sensitivas de la belleza. Una vacuna
para que el futuro hombre moldeado por la Técnica no se le asemeje tanto”.
Entonces, y tomando en cuenta estos factores, si hemos de escribir literatura para niños, deberemos
hacerlo imbuidos del mismo espíritu infantil, cambiando de piel, con la misma llaneza e
imaginación que pone el niño en sus juegos y en el descubrimiento de la realidad. Tendremos que
hacerlo sin afectación y sin creer que ya estamos a la vuelta de todos los conceptos, porque el
hombre no es más que un ex – niño. Tendremos que escribir con especial ternura y preocupación,
buscando aquel mensaje que mediante la diversión y el entretenimiento, llegue al niño con un
profundo contenido ético. No de otra manera han sido escritos los libros clásicos de la literatura
infantil; así está escrito Oliver Twist o Tom Sawer, así también Corazón de Edmundo Amisis o La
Isla del Tesoro, y así también están escritos los grandes libros folklóricos o tradiciones dirigidos a
los niños, por ejemplo Perrault o los Hermanos Grima o Andersen, y así está escrito
fundamentalmente cada una de las entregas de la Edad de Oro, en la cual José Martí dice:
“Para eso se publica la Edad de Oro, para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes y
se vive hoy, en América, y en las demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro,
y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica, para que cuando el niño vea
una piedra de color sepa por qué tiene colores de piedra, y qué quiera decir cada color, para que
el niño conozca los libros famosos donde se cuentas las batallas y las religiones de los pueblos
antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras e
interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad, más linda que la otra, y les
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diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra, y les contaremos cuentos de
risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran
descansar. Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños
son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como cosa de su corazón…”
Los grandes pasos que ha dado la ciencia, la psicología, la técnica, deberían servirnos para
alimentar de la mejor manera la necesidad espiritual e imaginativa del niño, a quien deberemos
presentarle un libro acabado, donde no se descuida, a más del contenido, la ilustración, el colorido,
el tipo de papel, y cualquier otro rasgo que lo haga tan atractivo como una pelota de fútbol, y
deberemos, como existen en otros países, especializar “Cuenteros”, es decir, aquellas personas que
cuentan el cuento a los niños, que pueden hipnotizar ese auditorio valiéndose del teatro, la
pantomima, los títeres, etc., y dedicar en las bibliotecas públicas y privadas “La hora del cuento”,
que tan buenos resultados ha dado en otras partes.
El niño percibe la realidad de otra manera. Su comportamiento está lleno de contrastes, y es en el
juego donde van desarrollando sus aptitudes y su visión del mundo. Me parece importante anotar
aquí lo que dice Lugli sobre este punto y que está contenido en el libro El poder de la Literatura
para niños y jóvenes:
“Los niños no caminan: saltan, corren, bailan, hacen piruetas. Los niños no hablan; gritan,
alborotan, cantan cuando les parece, ríen por cualquier cosa y con facilidad llegan al sollozo. Se
pelean entre sí y de inmediato hacen las paces; entablan amistades apasionadas e intensas y en
cinco minutos las deshacen. Les atrae todo: un objeto coloreado los conquista; se vuelven locos
por los animalitos, pero los miman y torturan indistintamente. Los niños juegan con las imágenes
de su fantasía con clara lógica y con despiadado racionalismo: lógica y racionalismo infantiles.
Los adultos, que han perdido el recuerdo de aquella maravillosa época de vuelos e imaginaciones,
miran, se conmueven, se divierten por el juego de los contrastes, de las personificaciones, por los
acontecimientos ingenuos de recuerdos y de ideas que realizan los niños, como si éstos fueran
habitantes de otro mundo.
El psicólogo, a su vez, investiga, clasifica, enumera: separa los buenos frutos de los malos, pone de
manifiesto las ventajas y los peligros de la imaginación infantil. Sobre todo considera que la
imaginación favorece el desarrollo de la actividad mental del niño, como si fuera una gimnasia
voluntaria progresiva, y la compara con la actividad física intensa de los primeros años de vida,
que favorece el desarrollo muscular del cuerpo. Y también reconoce en la imaginación un
instrumento de conocimiento de sí mismo y del mundo que le rodea (…) la fantasía infantil no
conoce frenos: acá acepta el mundo tal y como es, allá lo rehúsa, en otra parte lo transforma (…)
En este mundo que gira alrededor de la personalidad infantil, las reglas son aburridas o
superfluas, el orden, el decoro, la consideración para los demás, pensamientos secundarios de
adultos”.
Otra de las experiencias que aún no hemos puesto en práctica en nuestro país, sería los talleres de
literatura infantil. Talleres que se podrían implementar en la Casa de la Cultura o en alguna otra
Institución afín, en cada una de las escuelas. Estos talleres deberían ser tanto prácticos como
teóricos, donde pueda ofrecerse al niño no sólo la oportunidad para se ponga a escribir lo…………..
107
IV
108
¿LIBRE COMERCIO EN LA CULTURA?
Está claro. La mayoría de la población latinoamericana se ha pronunciado en contra del ALCA y
del TLC. Los sabios mercadólogos, economistas casi siempre de Harvard y Oxford dicen que los
que se oponen a este saqueo, lo hacen sin exponer argumentos objetivos y movidos únicamente por
una pasión ideológica malsana. Que no firmar rápidamente es un gran suicidio del Estado. Que nos
quedaremos en la miseria más grande ¡como si ya no lo estuviéramos! Y que en definitiva nos
bajaríamos al vuelo del vertiginoso carro de la historia.
La idea de nuestros pueblos es no tomar ese carro. Así lo han expresado desde los días de Québec
hasta ahora. En todos los foros a los que he podido asistir –no como experto en economía de
mercado, sino como un simple escritor- ya sea en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, el
plebiscito popular de Brasil, las jornadas de resistencia en Quito, los foros sociales de Argentina,
Uruguay, México.
Tomar otro carro, en el que queremos ir untos todos los pueblos de América Latina y el Caribe, en
un destino común que no responde a los intereses del capital transnacional. Ese capital sólo persigue
la absoluta liberación del comercio de bienes y servicios. Debemos ir juntos en la lucha contra la
miseria y la exclusión social, es decir, aceptando un libre comercio que en primer lugar tenga en
cuenta al ser humano y sus necesidades prioritarias como la educación, los bienes culturales, la
seguridad social, la soberanía, la defensa del ecosistema, el patrimonio cultural, el reconocimiento
de los derechos intelectuales colectivos, ancestrales, la cosmovisión indígena. Qué bella razón la del
poeta chino Chiang-Seu cuando dice: “ser pobre es carecer de bienes; pero ser miserable es no
poder poner en práctica el propio saber. Yo soy pobre pero no miserable”.
Frente a la propiedad privada estamos por la propiedad colectiva del conocimiento. Así lo reconoce
la propia Constitución Política del Ecuador, pero, desde luego, el ALCA, y el TLC inventan un
marco jurídico supranacional que busca únicamente sobreproteger a la inversión extranjera y al
capital internacional, y que hecha por tierra cualquier elemento jurídico que se lo contraponga. Ya
existen muchos reclamos jurídicos por parte de los EE.UU. en contra de los Estados soberanos de
México y Canadá, porque se creen capaces hasta del derecho de privatizar el paisaje, el agua, los
ríos, el aire. Se ha dicho que una empresa internacional que se sienta afectada por una decisión
soberana (como podría suceder en el caso de la Oxi en nuestro país), podrá demandarlo sin tomar en
cuenta los poderes judiciales del país. Imaginémoslo que podría suceder en un pueblo cuyo
Gobierno es corrupto, débil y timorato.
Tontos útiles
Pero ¿De qué se trata en realidad, por qué el apuro y la desesperación de los gringos para que
nuestros gobiernitos digan acobardados ¿dónde hay que firmar?, ¿será por ese corazón bondadoso
que tienen los asesinos de Irak, por ese sentido humanitario tan conocido, de dar una mano a los
pueblos de Nuestra América? ¿De liberarlo de las trabas arancelarias y de permitir un crecimiento
económico que tenga como principio fundamental al ser humano, su esencia, su cultura?
Vamos por partes –como diría el descuartizador-. No somos socios, somos tontos útiles. No quieren
compartir los beneficios de la libre inversión de capital, sino succionar a América Latina para
alivianar su déficit de 500 mil millones de dólares, tirados en parte en sus proyectos guerreristas
como los de Irak o Afganistán y los que se aproximan. Rambo tiene temor del presente y más aún
de su futuro. Basta señalar los continuos escándalos de corrupción, quiebra de empresas,
desempleo, fiebre belicista, constante pánico de la población, estrategia para tenerla sometida.
Oswaldo Martínez, Director del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial lo expresa así:
109
“El interés del Gobierno de los Estados Unidos no es compartir los beneficios de una idílica
liberación comercial en el ALCA, sino penetrar los mercados arrasando con los productos
nacionales para compensar su gigantesco y creciente déficit comercial. América Latina es la región
donde el apetito del imperio se excita con los mercados por controlar, las esferas de inversión de
capital por dominar, las empresas públicas por privatizar, los lucrativos sectores de servicios por
someter y la barata fuerza de trabajo por explotar”.
No somos socios, somos tontos útiles (así al menos lo creen ellos). ¿Sabían ustedes que en 10 años
se agotan las reservas petroleras norteamericanas, por la liberalidad y la perversidad con que las
manejan? ¿Sabían de la maravillosa riqueza y biodiversidad que guarda América Latina? ¿Sabían
que el 40% de las especias animales y vegetales del mundo se encuentran es América Latina? ¿No
resulta obvio lo que buscan? ¿Dónde existe esa diversidad, dónde hay petróleo, agua? ¿Dónde están
los espacios geoestratégicos para montar una red de bases militares? Sí señores, tienen razón. A
partir de los años 80 en que aparece el monstruo del neoliberalismo, hay más pobreza, mayor
desigualdad e injusticia en la distribución del ingreso en Nuestra América. En 10 años, un millón de
millones de dólares nos robaron los predestinados por la divinidad.
Sin embrago, todavía hay expertos que se ufanan de que el 50% de los pepinos que se consumen en
EE.UU. son mexicanos, 9 de cada 10 limones son mexicanos, una de cada de dos berenjenas son
mexicanas. ¿Será verdad? No será que podemos exportar más, pero cada vez esas exportaciones nos
pertenecen menos. ¿No será que seguimos comprando fuera más de lo que vendemos fuera? Las
promesas son las de la canción, han desaparecido. México y Canadá que firmaron el acuerdo están
peor cada día, no hay crecimiento de la economía, deterioro de empleos y salarios donde, desde
luego, las mujeres y los niños son los más perjudicados, existe una degradación ambiental aguda y
trágica, las voraces transnacionales farmacéuticas han aplastado los conocimientos tradicionales.
Han fracasado los mitos de la eficiencia y la racionalidad entendida “como el ordenamiento de los
medio en función de los fines”.
Pero, como nuestros mercados son pequeños, nos dicen, hay que ingresar quiera que no en el mayor
mercado del mundo, ya sea para vender libros o plátanos. “Omiten que nuestros mercados no son
pequeños per se” –dice Oswaldo Martínez, “sino por la pobreza y por la más inequitativa
distribución del ingreso en el mundo. Y les falta explicar cómo ingresar al mercado mayor del
mundo, del cual nos separa el sistema de subsidios mayor y más sofisticado del mundo y unas
diferencias de productividad que en las condiciones de pureza neoliberal de mercado, lejos de
desaparecer se ahondan y generan un intercambio desigual arrasador para las economías más
débiles”.
¿Y de la Cultura qué?
Pero si de eso estoy ablando. Algunos marxistas han olvidado a Marx, sus conceptos
fundamentales. Cultura es toda la producción de la tierra. Todo lo que se agrega a la naturaleza.
Todo lo que el ser humano crea. El milagro contra el olvido. La acumulación de la experiencia. El
fin último de la cultura es la felicidad del hombre y de la mujer. Su libertad y su esperanza. ¿Será
entonces que estos instrumentos de saqueo global en beneficio de unos pocos, están dirigidos a la
búsqueda de la felicidad del hombre? Dejémonos de pavadas. El ALCA, el TLC, son instrumentos
de poder. Proyectos estratégicos para volver a colonizarnos, para absorber nuestras riquezas, para
simplemente anexarnos. 240 millones de pobres y 90 millones de indigentes de América Latina lo
saben y lo expresan como pueden, inclusive desde su intuición que no necesita pepinos, porque no
saben lo que es el TLC, ya que la información es un secreto de los mercaderes, pero sienten los
estragos de la globalización de su miseria.
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Francisco Sandoval, de la Universidad de Guatemala, nos habla de la diversificación de la
dependencia y dice: “La globalización hace que asistamos a la instrumentalización dolarizada de
la cultura. Tendrá vigencia futura la expresión o rasgo que se dolaricen, persistirá la cofradía que
haga espectáculo para la fotografía, la canción que se convierta en disco, el traje que le diga algo
al primer mundo y la vivienda que sea funcional”. Nada es más importante que el derecho de los
inversionistas, los pueblos que esperen. Los productos culturales son mercancías. No hay nada que
agregar. No tienen un valor agregado, no sirven para nada dentro del desarrollo social, estorban la
formación homogénea de la ciudadanía, no tienen una significación social, según ellos. ¿Para qué el
diálogo de las culturas si ya tenemos una cultura hegemónica de la hamburguesa, el Mac Donals y
la esquizofrenia hollywoodense. Ya lo dice Subercaseaux: “las culturas populares y las culturas de
los pueblos originarios son prácticamente inexistentes, porque para la lógica del mercado que rige
estas producciones el espesor y la diversidad cultural no cuentan”.
No queremos firmar ningún tratado. Las asimetrías son abusivas. Más aún en materia cultural. Las
industrias culturales de uno y otro lado no pueden competir en igualdad de condiciones. El cine, la
radio, el libro, las editoriales, las revista, la televisión, el Patrimonio Cultural, el conocimiento
colectivo, las lenguas, todo esto entraría a formar parte de la ambigua “industria del
entretenimiento”, sería de preguntarse “del entretenimiento de quién”. ¿Podremos competir en el
cine? En el Ecuador se estrenan una o dos películas nacionales y 300 norteamericanas. El 77% de
las películas que se distribuyen en Iberoamérica son producidas y distribuidas por los Estados
Unidos, igual o más en la TV. Las cuotas de pantalla sirven solamente para poner en evidencia la
homogenización de los contenidos y el acceso desigual y asimétrico a sus mensajes y a su
creatividad. El 94% de señales de cable vienen del país de la violencia, la droga y el hot-dog. La
política de “excepción cultural” es una farsa, una comedia donde participan el niño contra el gigante
y quieren hacernos creer que gana el niño. No hay cómo luchar contra una trasnacional cuyo único
fin es el enriquecimiento, la codicia, la obsesión de hacer privado lo que debe ser público. Por ello
debemos rechazar estos acuerdos y juntarnos en esa alternativa bolivariana para América Latina y el
Caribe (ALBA) que es una propuesta de integración diferente, que considera prioritaria la lucha
contra la pobreza y la exclusión social y que defiende todos los aspectos de la cultura, la salud, la
educación, la seguridad social, el deporte, el términos de equidad y justicia.
Un mercadólogo o un economista cultural (nuevas especializaciones del comercio internacional)
diría: ¿Cuál ha sido el aporte de Jorge Icaza, José de la Cuadra, Oswaldo Guayasamín, Camilo
Luzuriaga, al producto interno bruto? El que no sabe o es muy bruto o es comunista.
Por ello, volvamos a reflexionar en aquellas palabras sabias de Martí, antes de participar de las
migajas en esta invitación:
“Cuando un pueblo es invitado a unión por otro, podría hacerlo con prisa el estadista ignorante y
deslumbrado, podrá celebrarlo sin juicio la juventud prendada de las bellas idea, podría recibirlo
como una merced el político venal o demente, y glorificarlo con palabras serviles; pero el que
siente en su corazón la angustia de la patria, el que vigila y prevé, ha de inquirir y ha de decir qué
elementos componen el carácter del pueblo que convida y el del convidado, y si están predispuestos
a la obra común por antecedentes y hábitos comunes, y si es probable o no que los elementos
temibles del pueblo invitante se desarrollen en la unión que pretende, con peligro del invitado; ha
de inquirir cuáles son las fuerzas políticas del país que le convida, y los intereses de sus partidos, y
los intereses de sus hombres, en el momento de la invitación. Y el que resuelva sin investigar, o
desee la unión sin conocer, o la recomiende por mera frase y deslumbramiento, o la defienda por la
poquedad del alma aldeana, hará mal a América”
Palabras sabias, para gobiernos serviles.
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VOLUNTARIOS DEL MUNDO
Para gran parte del mundo, Estados Unidos es considerado como un Estado criminal y el
mayor peligro para su existencia, así lo dijo Samuel Huntington, periodista norteamericano de
la más destacada revista del establishment.
Noam Chomsky, el gran intelectual
norteamericano dijo en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, que los Estados Unidos era la
nación “más fundamentalista del mundo”, y luego hablando de Aznar repitió indignado que
ese hombre “prefiere alienarse con el capo de la mafia que con el 85% de su población”.
Estados Unidos, Inglaterra, España, pueblos extraordinarios que dieron a luz a Benjamín
Franklin, a Walt Whitman, a Poe, a Faulkner, a Shakespeare y a Cervantes, pueblos
atemorizados por un gobierno desquiciado y enfermo, que para aterrorizar al mundo primero
lo atrofia con una propaganda masiva que inyecta el miedo irracional y la angustia cotidiana.
Pueblos que van despertando y sintiendo el abrazo universal contra la guerra. Un abrazo
inédito. Un abrazo solidario que no se ha dado nunca, porque todas las invasiones yankis han
pasado por la propaganda manipulada y el silencio.
Un abrazo de todos los voluntarios del mundo, de sus artistas y de sus obreros, de los niños y
los jóvenes, de las mujeres y de los hombres. Abrazo planetario contra la guerra, contra el
imperio que para siempre perdió la paz.
En Madrid, donde el grito unánime es “vamos a desAznar España” la Alianza de intelectuales
antifascistas, hizo circular un manifiesto firmado por Saramago, Juan Madrid, Rosa Regas
(quien nos visitará próximamente), Juan Antonio Bardem, y muchos otros, con el nombre de
“Contra la Barbarie”.
Es bueno que este editorial rescate una parte de él:
“El imperio ha declarado la guerra a quienes nos oponemos a sus planes de expolio y
exterminio. Y tenemos que resistir con nuestra unión y contraatacar con nuestros
instrumentos de trabajo: las ideas, las palabras, las imágenes..... La guerra total
desencadenada por el gobierno de los Estados Unidos y sus aliados se libra en muchos
frentes, en todos los frentes, y uno de los más importantes es el lingüístico.
Si quienes hemos hecho del pensamiento nuestra herramienta y nuestra arma, no salimos al
paso de los que pretenden detener el flujo de las ideas y convertir las palabras en instrumento
de opresión, ¿quién lo hará?
Bush lo ha dicho en forma inequívoca: “Quién no está con nosotros, está contra nosotros”. Y
su declaración de guerra puede y debe convertirse en nuestra propia consigna sin más que
invertir el orden de los términos: quién no está contra ellos, está con ellos. Quién no se
opone abiertamente a sus actos criminales y a sus falsas palabras, los apoya con su silencio.
Y el silencio es la cobardía de los intelectuales. Cobardía que en circunstancias como las
actuales se convierte en imperdonable vileza, en alta traición a la cultura y a la humanidad.
Nuestro enemigo, el enemigo de los pueblos del mundo, tiene la segunda arma más poderosa:
el dinero. Pero nosotros tenemos la primera: la razón”.
Nosotros nos suscribimos a ese Manifiesto.
Desde esa razón, desde ese abrazo cósmico, voluntarios del mundo, surgirá la paz.
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EL PARLAMENTO ESTÁ EN LAS CALLES
Si la estupidez y la mediocridad en nombre de Dios, produce asombro, eso es lo que me ha sucedido
a mí, luego de escuchar las torpes llamadas de Pat Roberson, telepredicador evangelista, ex –
candidato a la Presidencia de Estados Unidos por el partido republicano e íntimo amigo de Bush, un
llamado desesperado para que se asesine al Presidente de la República hermana de Venezuela,
Hugo Chávez, y recibiendo como respuestas, una más firme y solidaria voluntad del pueblo
venezolano, que se ha lanzado a las calles a defender a su presidente por mandato democrático,
intuyendo como intuye el pueblo, que fuera de las organizaciones de masas, no se creará nada que
pueda resistir la fuerza del tiempo, de la verdad y del honor.
La campechana ignorancia de este ultraderechista, demostrada en sus ideas cavernarias sobre la
contracepción, el aborto, la homosexualidad, difundidas por el Club 700 y la CBN, me recuerdan
esa otra ignorancia del presidente norteamericano actual, que cuando le preguntaron sobre los
talibanes, él estaba seguro de que se trataba de un grupo de Rock, lo que no le impidió después de
unos años, llamar a la guerra contra Irak en nombre de la divina voluntad de la mentira y del poder
de las armas.
Parecería que el Presidente Hugo Chávez se ha vuelto una papa caliente en sus manos. Su presencia
política, su coraje al enfrentarse junto al verdadero pueblo, a doscientos años de historia manipulada
por la clase alta, de enfrentarse al poder de la oligarquía y desafiar al imperialismo, es más de lo que
pueden soportar los amos del mundo. Chávez lo sabe y también ese pueblo olvidado durante tanto
tiempo, por eso lo cuida y lo protege. Así me lo dijo él mismo, cuando fui invitado en nombre del
Ecuador, como miembro fundador del TELESUR, esa extraordinaria alternativa comunicacional,
que nos unirá a toda Nuestra América y nos hará querernos y respetarnos desde nuestras raíces y
nuestras propias ideas. Cuando le hablé sobre el temor de que lo asesinaran, me dijo “no te
preocupes, el parlamento está en las calles, él me defenderá”.
Alan Woods, frente a la problemática Venezolana dice que los enemigos de Chávez no pueden
entenderlo porque son orgánicamente incapaces de comprender la dinámica de una revolución. La
clase dominante –dice- y sus prostitutas intelectuales nunca aceptan que las masas tengan una mente
y personalidad propias, que son una fuerza tremendamente creativa, capaz no sólo de cambiar la
sociedad, sino también administrarla. Nunca pueden admitir tal cosa porque si lo hacen, admitirían
su propia bancarrota y delataría que no son los indispensables dotados de un derecho divino para
gobernar, sino que son una clase parasitaria y superflua, un obstáculo reaccionario para el progreso.
Es obvio, que frente a la crisis del capitalismo, el mundo está cambiando, los antiguos países
coloniales como África, Asia, América Latina, están en ebullición, buscando una luz al final del
túnel, callejón sin salida donde se expresan las llagas y los síntomas de la desigualdad social y de la
globalización de la miseria, guerras, terrorismo, violencia, manipuleo, mentiras. Todos los
gobiernos burgueses de América Latina están convulsionados porque sus pueblos ya no aguantan
más, quieren otro mundo, un mundo más humano donde la política, la economía, la ciencia, la
cultura, estén al servicio del ser humano y no en su contra.
Y es eso justamente lo que está sucediendo ahora en Venezuela. Muchos escritores y artistas del
mundo han dado fe de este trascendental cambio. Ignacio Ramonet el Director de Le monde
Diplomatic, que también estuvo presente para inaugurar TELESUR, le pidió un ejemplo sobre el
comportamiento político anterior y Hugo Chávez le dijo que Venezuela había recibido, desde 1960
hasta 1998, en ingresos de divisas por venta de petróleo, el equivalente de unos 15 planes Marshall.
Con un único Plan Marshall –le decía- se pudo reconstruir toda Europa destruida por la Segunda
Guerra Mundial. Y con 15 planes Marshall, en Venezuela, sólo se ha conseguido que unos cuantos
113
corruptos hayan amasado algunas de las mayores fortunas del mundo, mientras la mayoría de la
población yace en la miseria. Este era un ejemplo suficiente que luego se articuló con los diversos
cambios que íbamos viendo, en la salud, en la educación, en las expresiones culturales, ejemplos
que le permitieron escribir a Ernesto Cardenal, el gran poeta nicaragüense que nos acompañaba, lo
siguiente:
“La educación ha incorporado a millones que estaban excluidos de ella. Los planes de educación
empiezan con los niños de un año. Las escuelas Bolivarianas, en las que no se paga nada, son para
los niños que antes no podían pagar matrícula escolar. Son unas escuelas de educación integral,
con almuerzo y meriendas, y con cultura y deportes además de la educación básica; y ya no son
escuelas separadas de la comunidad como antes sino que son ellas mismas un centro en que se
realizan tareas comunales. La Universidad Bolivariana, también gratis, es para todos aquellos que
no podían pagar universidad. Hay también un contingente grande de estudiantes en Cuba, muy
bien escogidos, con la prohibición de pertenecer a partidos políticos y que se están formando para
realizar en el futuro tareas de gobierno. Y otra cosa que supe en Venezuela es que el Presidente
Chávez ha renunciado a su sueldo, el cual es destinado a pagar becas de estudiantes”.
Mucho tendremos que hablar de la presencia de Hugo Chávez en Venezuela y América Latina.
Alguna vez se escribió un libro que se llamaba “El que debe vivir”, en relación a Fidel Castro.
Ahora ya sabemos que los que deben vivir son dos, junto a sus pueblos, cuyo eco indefectiblemente
se multiplicará en nuestra América.
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ASALTO AL CIELO
Asalto al cielo, decía Julio Cortázar cuando hablaba del asalto al cuartel Moncada, y Benjamín
Carrión decía “lucha heroica, entre todas, esta de los cubanos. Con su jefe, casi providencial, y tan
humano al mismo tiempo: Fidel Castro”.
Eso hace cincuenta años. Pero ahora, no voy a hablar de ese asalto glorioso. Tengo urgencia de
decir otras cosas. Estuve hace veinte días en La Habana y tuve la oportunidad de ver alucinado,
asombrado, desfilar a un millón de cubanos frente a las embajadas de España y de Italia. El día
anterior se había llamado a una marcha por la dignidad cubana, frente al ominoso entreguismo de
los gobiernos de Europa, que osaban juzgarla desde sus insolentes parámetros.
Y mirando ese desfile de un millón de hombres, mujeres y niños, no puede contener las lágrimas.
Su dignidad estaba herida. Los mediocres gobiernos de Europa (no sus pueblos asombrados) la
habían ofendido.
Y a la tarde tuve la oportunidad de dirigirme, junto a Volodia Teitelboim y Abel Prieto, a más de
tres mil compañeros que participaban del encuentro de Cultura y Sociedad, y, entre otras cosas dije
esto:
Todo podrán acechar contra Cuba, menos su dignidad. Cuba no es Irak, Cuba es el mundo, Cuba es
el único freno que tiene el Asno de Aznar, el lobo de Bush, el paje de Blair, el burdo de Berlusconni
para que no se propague la esclavitud completa en el universo. Es lo único que tenemos, el único
referente de dignidad, de amor, de solidaridad y combate. Y este ejemplo de millones de cubanos,
tocados en su dignidad, nos lleva a pensar que existe en el mundo un nuevo parlamento, ese de las
calles, el que se expresa en las calles, se abraza contra la muerte y la perversidad, junta las manos en
Quebec, en New York, en Madrid, en Roma, en América.
¿Habrá mayor ejemplo de diversidad cultural que la búsqueda de la libertad?
Gandhi, ese profundo revolucionario del ideal, decía: “no quiero que mi casa quede totalmente
rodeada de murallas, ni que mis ventanas sean tapadas. Quiero que la cultura de todos los países
sople mi casa tan libremente como sea posible. Pero no acepto ser derribado por ninguna ráfaga”.
Quizá este pensamiento extraordinario llevaba muchas latencias interiores, pero hablaba también de
ese diálogo intercultural, como el de este Encuentro, esa necesidad respetuosa y humana de sentir la
diversidad, de comprenderla y defender sus esencias, de que todos los vientos la penetren y la
fecunde. Una sola flor cuyos distintos pétalos nos entregan el aroma total; un pavo real cuyas
plumas de colores diferentes nos entreguen una sola armonía, una sola belleza, una sola vida
multicolor y diáfana. Fraterna y hermana. Igual que el violín de mi viejo profesor que tenía cuerdas
de diferente sonido, pero una sola caja de resonancia.
El ladrón de Bagdad ha renacido 2000 años después, este ladrón narrado por una Sherezada
prostituida por el mercado, se ha robado el petróleo, las riquezas naturales, y para ello ha arrasado
con el pensamiento fundacional del mundo, ha destrozado las tablillas de arcilla, el hebreo de la
Biblia, el Código de Amurabi y se ha dispuesto a regar por el mundo ese analfabetismo obligatorio,
espejo en el que hacen nuevas muecas los gobiernos títeres de Europa.
La vergüenza que sentía y siente nuestro compañero español Jaime Lozada, él que vive en una
España nuevamente franquista, donde ya no le proporcionarán dinero para seguir por el mundo
haciéndole cantar a Federico García Lorca, porque según Aznar, se eliminarán los fondos de
ayudada a la cultura, esa vergüenza digo yo, también la sentimos nosotros, esa vergüenza es parte
de nuestra diversidad, esa vergüenza nos une y la gente en Granada ya no canta esa canción de
Daniel Viglietti… A Desalambrar. Ahora cantan a desaznar España.
115
A veces resultan provechosos los gestos infame, porque cae la máscara y encontramos un rostro sin
ojos humanos. Cuba no es Irak. Cuba somos todos nosotros. Cuba es el mundo. Cuba es el retazo
que nos queda para ir tejiendo y formando la alfombra mágica de nuestro orgullo, de nuestra
felicidad, de nuestra condición humana.
Abel decía alguna vez (sin pensar en los Caínes del Norte) que si existieran las olimpiadas
mundiales de cultura, nuestra América las ganaría.
Ese es nuestro poder, esas son nuestras armas, esa es nuestra diversidad. Diversidad es cultura, pero
cultura es dignidad. Nuestra diversidad está cobijada por Bolívar, por Martí, por Montalvo, por
Alfaro, por Manuela, por el Che, por Fidel, pro eso será imposible que los mercaderes se afanen en
su templo; el látigo de la verdad, de la dignidad, de la felicidad, caerá en algún momento sobre sus
rostros asquerosos y perversos.
Y dije ese momento:
… para no terminar mi discurso con la fatalidad y el malagüero de esos rostros, voy a decir una
décima, que acaba de escribirla mi amigo ecuatoriano, José Vicente Regato.
Por la cultura creciente
nos encontramos aquí,
en la tierra de Martí
debatiendo francamente.
Desde el sur del continente
con emoción lo declaro
acá donde brilla el faro,
mi canto torne en clavel,
para el pueblo de Fidel,
en voz del pueblo de Alfaro.
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TODA CANCHA PASADA FUE MEJOR
Así decía mi amigo mexicano Juan Villoro, lleno de nostalgia, como si estuviera disponiéndose para
bailar un tango y no para escribir un texto
sobre el fútbol, toda cancha pasada fue mejor. Y en
esa frase sintetizaba no solamente la tristura y la nostalgia de la vieja escuela del fútbol, cuando la
camiseta era el barrio, la familia, la patria, la vida, y el equipo, el club, era aquella amante perpetua
que nos mantendría para siempre pendientes, obsesivos, fieles, visitándola domingo a domingo,
mirando por sus ojos de fantasía, militando ciegos en su ideología de colores únicos, haciéndole
fintas a la vida, amagando la pobreza de los días lunes, driblando juntos a ese destino cada vez más
duro, cada vez más extraño, cada vez más ingrato, perdonando los errores de esta amante
imprevisible, sus faltas, olvidando la derrota del último fin de semana, recordando hasta la saciedad
el triunfo, de esos muchachos nuestros, del mismo barro, de la misma estirpe, de cuyos pies
dependía el mundo.
Toda cancha pasada fue mejor, decía, y suspiraba: ¡ Hay de un club que no cultiva santas
nostalgias! recordando a su equipo, aludiendo a la memoria , esa herramienta de la escritura que nos
permite volver a vivir lo que ya se ha ido, especialmente los momentos más importantes de nuestra
infancia, y de nuestra juventud, y de nuestra madurez, es decir el fútbol, esa magia circular que
rodaba como un sol para calentarnos, para darnos vida, para permitirnos olvidar por unas horas –
como en el sueño- aquella realidad dura, perversa, injusta, que nos esperaba filuda y venenosa a la
salida del estadio. Cuánta razón tenía aquel extraordinario escritor argelino que “ a medio camino
entre el sol y la indigencia”, acuciado por su angustia existencial, decía sencillamente “no hay lugar
en el mundo donde un hombre pueda sentirse más contento que en un estadio de fútbol”. Se trataba
de Albert Camus, el premio Nóbel que era golero de un equipo de segunda.
Es que en ese tiempo, el fútbol no era asunto de vida o muerte sino algo más importante, como dijo
alguien que no puedo recordar, y el barrio era ese pedazo entrañable del trajinar diario, esa vecindad
fraterna, ese universo simbólico de calles laberínticas y secretas, con sus propios mitos y sus
propias leyendas, de iglesia, bares y cantinas para ejercer la bohemia junto a Julio Jaramillo o
Daniel Santos o la inolvidable Carlota Jaramillo, laberinto de conocidos perros callejeros y de bellas
muchachas a las que defendíamos a capa y espada de cualquier extraño, extraño al barrio, aunque
ellas no quisieran ser defendidas, y sabíamos de cada una su nombre y apellido, el lugar de sus
lunares, la medida de su cintura de avispa, el color de sus ojos y el grosor de sus pestañas, el apodo,
el vestido del domingo y las enaguas de sus días regulares, protegíamos a la novia del flaco, a la
enamorada del chino, a la pretendiente del patitas, relaciones sagradas a las que solapábamos
cuando era necesario, alcahueteábamos un poco, les hacíamos el plan, les protegíamos de las beatas,
del chisme y la maledicencia que caminaba invisible por los tápiales, por los muros y tejados, por la
misa del domingo, por las cañerías y las tiendas, bellas muchachas nuestras a las que les
encargábamos que nos tejieran las redes para los balones, que nos tuvieran agüita para luego del
partido, les nombrábamos reinas de nuestro club, les entregábamos flores robadas del jardín de don
Gabela, y les pedíamos también su protección y su solidaridad cuando los vidrios rotos, cuando los
zapatos del colegio destrozados, cuando las malas notas, pero especialmente cuando la pelota caía
en el patio de la casa de doña Chavela Rivera, viuda amargada que reventaba los balones que caían
en sus manos , con las mismas agujetas con las que tejía escarpines para vender donde las cachas
(cacharreras para cualquier despistado), malévola y gritona, me recordaba lo que decía Sergio
Ranieri nostalgíando quizá el potrero donde hizo sus primeras fintas: “ el más peligroso de todos era
ese oscuro personaje de la geopolítica barrial: la vieja de al lado…”
Cuántas nuevas amistades, cuántos amoríos, cuántos matrimonios, cuántos divorcios, cuántos
enemigos, cuántas trompadas, cuántas discusiones nos deparó el fútbol. Cuántos sacrificios, cuántas
sesiones (aunque quizá menos que las del partido comunista al cual ingresé por ese tiempo), cuánta
canilla rota, rodilla destrozada, ojo amoratado, para nomás de crear una realidad otra, que nos
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encumbre al cielo, para nomás de aprender a patear al sol, para nomás de manejar la naranja de la
pelota, gajo a gajo, acariciando su circularidad perfecta, esperando su eterno retorno, su infinita
redondez de muchacha gorda, su misteriosa dialéctica que se enredaba en los pies de todos nosotros
y sin embargo salía siempre limpia, nítida, al lugar donde le esperaba el más hábil, el más fino, el
más ligero, para encaminarla al gol, con la misma tensión de vida o muerte que sentimos segundos
antes del orgasmo, de la entrega total.
Pero, la vida se encargaría de jugarnos sus gambetas extrañas y muchos de nosotros, a pesar de
nuestro compromiso militante, de nuestro camino hacia un futuro incierto, de las distintas brujerías
económicas que a cada uno tocaba con su varita mágica para empobrecernos más o enriquecernos,
pese a todo, ya no abandonaríamos nunca esa “religión laica de la clase obrera” y a pesar del
asombro y la extrañeza de nuestra familia, de nuestros amigos intelectuales, escritores formados, de
los líderes de izquierda que pensaban que eran dueños de nuestro tiempo, de la profesión que exigía
una constante alienación, una especialización reaccionaria y a tiempo completo, de nuestros hogares
serios donde no se por qué estaba prohibido el espacio lúdico, el lugar del sueño de abiertos ojos,
nunca dejamos de asistir al estadio, al campo de juego, a ese ritual maravilloso que nos devolvía la
niñez perdida en el tráfago de la sordidez y la tristura, campo de juego donde ninguna prohibición
valía la pena y el tiempo se volvía eterno, donde podíamos desgañitarnos (dentro del campo o fuera)
y gritar, llorar y reír, sin complejos, sin la hipócrita corbata de qué dirán, sin la camisa de fuerza y el
comportamiento almidonado de una sociedad pacata y mediocre, berreando por nuestro equipo,
bailando en el mismo puesto, inventándonos una impronta gestual, un código de sensaciones,
poniéndonos de pie como resortes, en el paroxismo del delirio ante una jugada genial de Polo
Carrera o del Pibe Bolaños, y pidiéndoles, rogándoles ( con esa prepotente arrogancia dirigida a los
otros), abriendo los brazos, ¡ Basta Maestro¡, pero sabiendo en el fondo que todavía queríamos más,
más fintas, más cascaritas, más túneles, más chalacas, más chilenas, para que de una vez por todas
supieran los contrarios quién era quién.
Mi hermano Lénin, un abogado de prosapia, el recuerdo de mi padre con la herencia de cinco libros
encima y un pensamiento fulgurante, mi hermana diosa del ballet y de las matemáticas, no
entendían. Nadie entendía al energúmeno que tenían al lado cuando por casualidad se hablaba de
fútbol, como un descanso obligado que yo metía como quien no quiere la cosa, entre tanto
Dostoievsky y tanto Chejov. Como dice Samper Pizano en otro contexto: “con esa gente no era
posible discutir. Como no es posible cantarle una cumbia a un noruego”.
Años más tarde, cuando me contagié de esa enfermedad terminal de la intelectualidad, agradecí
desde mi corazón de niño, que aún pervive, las palabras de Jorge Valdano que decían: “El fútbol:
trivial, sospechoso y de indiscutible peso social, fue siempre utilizado y manoseado. La respuesta de
los intelectuales a esta fuerza popular es parcelable. Un buen número cree que mancha. Por
perjuicios culturales (juegos para analfabetos), políticos (trampa capitalista), prejuicios sexuales (un
mundo de hombres), o por el comprensible espanto que les produce hacer soluble a la
individualidad a la gran masa. Lo cierto es que entre este tipo de sabios y el fútbol hay una relación
frustrada en el origen, un divorcio prematrimonial con dos efectos: unos lo ignoran y otros lo
desprecian. Simpática hostilidad era la de Jorge Luis Borges, quien el día del debut de la selección
argentina en el Mundial 78 dictó una conferencia en Buenos Aires a la misma hora del partido.
Trataba sobre la inmortalidad”.
Y eso lo dicía un gambeteador lúcido del fútbol y las letras, que sabía por experiencia todos los
manoseos a los que estaba expuesto tanto el gran jugador como el gran equipo. Maltratado quizá
por los dos polos ideológicos, la izquierda que despreciaba esa inútil concentración de masas y la
derecha que las utilizaba. (Ni qué hablar ahora de la promiscuidad mediática y el marketing). Pero
en las barriadas, en el pueblo, el único polo al que se rendía pleitesía era al Polo Carrera, nuevo
Walt Disney latinoamericano, que al decir de muchos hinchas maliciosos “hacia bailar a los
118
animales”. Y, ya sea en San Juan, en Lomas de Sargentillo, en San Roque, en el barrio de la Tola,
en Cotocollao, en el barrio América, la pelota rodaba más esplendorosa y auténtica que la política,
olvidados de las injusticias, de las desigualdades, de la corrupción y la perversidad ambiente, de los
rencores y las ingratitudes, hombres, mujeres, niños, viejos, se arremolinaba en el estadio, en la
cancha de fútbol, en el potrero de la esquina, en las calles recién asfaltadas, para gritar su alegría o
su tristeza, su inconformismo o su desaliento, su frustración o su esperanza, y a veces, ya al final de
la cerveza o del paico, siempre, ese permanente y nostálgico alarido, que salía justamente de la
frustración, de la rebeldía y el dolor, ese ¡Viva Alfaro, Carajo¡ que refrendaba la victoria o la
derrota del papá Aucas o del Barcelona.
Cuanta razón tiene Fernando Carrión cuando, en su artículo “¿Qué le puede dar el fútbol al país?”
dice: “Hoy el Ecuador es más respetado por su fútbol que por su política. El cambio constante de
gobiernos, la corrupción imperante, la ausencia de moneda propia, los políticos cantores y los
presidentes en el exilio son objeto de constantes burlas y risas, mientras que la prensa especializada,
los deportistas y la gente común reconoce que el fútbol ecuatoriano ha evolucionado
favorablemente. El imaginario del Ecuador en el exterior es, por decir lo menos, paradójico: lo que
daña la política lo enmienda el fútbol…”.
Obviamente, ningún ecuatoriano en sus cabales, esté en Murcia, en Génova o en Malchinguí,
pondrá en duda de quienes han representado el honor de la patria con dignidad y coraje, Alberto
Spencer o Abdalá Bucaram, Alex Aguinaga o Yamil Mahuad, la Selección Ecuatoriana de fútbol o
el Congreso Nacional, el Bolillo Gómez o cualquiera de los bailarines a los que se refiere Carrión.
La comparación no es pertinente sino para develar los imaginarios de nuestro pueblo. El de aquí y el
del lado de allá (como diría Cortázar), para denotar esa integración simbólica que olvida la
canallesca forma de parcelar o fragmentar el Ecuador de acuerdo a sus intereses, con el
regionalismo, o la raza, el género o la clase social, manipulaciones en las que los políticos
ecuatorianos son expertos, comparación para ahondar esa tragedia que sufren cada familia nuestra,
al verse separado de su hermano, de su hijo, de su esposa, de su madre, al ir a estrellarse contra esas
otras alambradas, ya no la de nuestros viejos estadios amados, sino las de los aeropuertos
ecuatorianos, para dar el último adiós a nuestro ser querido, imposibilitado de trabajar en su propio
país, expulsado, asqueado de la codicia y la corrupción, de la mediocridad y la falta de perspectivas,
impotente ante tanto quemimportismo y tanto engaño.
Pero aún así, en todo el mundo, una sola camiseta, estemos donde estemos, reconociéndonos,
olfateándonos, sonriéndonos, abrazándonos frente a un mismo ideal que inclusive deja de ser lúdico
para tornarse identitario, solidario, cívico. Porque hay una verdad profunda y digna de desentrañarla
y estudiarla desde el punto de vista sociológico y antropológico, no solamente aquello de Maturana,
como juegas vives, sino que cada país tiene el fútbol que se merece o que le merece, por ejemplo el
chichesito brasilero a ritmo de zamba, que tiene una pertenencia con sus playas llenas de sol, arena
y mujeres ronaldiñas; o el fútbol argentino, individualista, “tocando su propia partitura”, bailando
casi en soledad, como en el tango, o el español con un estilo tan sin estilo, que para definirlo
tendríamos que conocer la identidad de todas sus autonomías, o el fútbol inglés, tan calculador
como Churchil y así de frío y neblinoso.
Recuerdo siempre lo que escribía mi amigo Juan Carlos Morales en su
“Historia de Pelotudos”,
refiriéndose a esto, el decía que el mejor deporte en el Ecuador, era dispararle al que va adelante.
Yo estoy de acuerdo con esa metáfora, pero en lo que respecta a su fútbol, cada vez, como si recién
estuviéramos conociendo las escondidas maravillas de sus regiones, vamos llenándonos de
jugadores hábiles, guerreros, desacomplejados, llenos de autoestima, con físicos envidiables y con
un nuevo sentido de responsabilidad y de dignidad. En el fútbol ecuatoriano hay intrincada selva y
elevadas montañas, nieve y sol, valles y acantilados, playas y bosques, geografía humana que se
asemeja a un pavo real y que tiene todos los matices para hacerle un gol al arco iris.
119
Las dos clasificaciones al Mundial (Japón y Alemania) nos han permitido pensar en otro Ecuador,
en mirarnos con una nueva familiaridad, en integrarnos bajo una sola geografía multidiversa y una
sola historia, que bien puede nacer en el Estero Salado, atravesar los Andes como Bolívar, cruzar el
Valle del Chota, abrazarse en los suburbios de Guayaquil y rodar como una hermosa pelota de trapo
de mil colores que cubrirá los vacíos dolorosos de la otra realidad, o de la realidad de los otros, de
los mentecatos poderosos, de los que no tienen tiempo de entender las connotaciones simbólicas de
ese ritual esférico que siempre da la vuelta.
Ya se ha dicho que el fútbol es la dramatización de la sociedad, allí está presente el lenguaje diario
del espíritu, la lucha eterna, el amor y el dolor, y hasta la muerte. Cuántas veces, al mirar una finta,
un tiro al arco, una volada espectacular, no recordamos a Gonzalo Pozo, Pocito, a César Garníca, al
Chalmeta Pérez, fantasmas que junto a los consagrados, todavía salen a la cancha, Gen Rivadeneira
con su uniforme de frac y de crack, Pablo Ansaldo con el coraje en las manos, el Pibe Bolaños con
sus piernas chuecas a lo Garrincha, jugando todavía en nuestra mirada y en nuestro recuerdo, esos
muertos redivivos en la literatura y en la memoria, esos inolvidables muertos, héroes de gestas
llenas de polvo, de polvo de oro, jugadores muertos, hinchas muertos. “Morí el 17 de mayo de
l.987” decía Michel Platiní, “a la edad de 32 años, día en que me retiré del fútbol.”. Y mi amigo
Juan Villoro, mexicano contagiado seguramente por el fantasma de Juan Rulfo, decía “Quién haya
escuchado el furor de un estadio lleno sabe que hay más voces que espectadores: los fantasmas
acudieron a la cita…” pero no queda allí su maravillosa aprehensión del aliento de los muertos sino
que nos cuenta que: “Nelson Rodrigues, el cronista que bautizó a Pele como Rey, sabía que toda
pasión tiene sus pioneros y que en las grandes gestas se requiere de un apoyo mortal. Entre los
gritos de guerra y los delirantes festejos que integran su antología de artículos A sombra das
chuteiras inmortais destaca una impecable invitación necrológica: “Nadie puede faltar al Maracaná
el domingo, e incluyo a los fantasmas en la convocatoria: la muerte no exime a nadie de sus deberes
con el club”.
Si, queridos lectores, los estadios de fútbol están siempre llenos, los vivos, los muertos, la memoria,
están allí. Y una muestra, quizá la más dolorosa, la más profunda, la más revolucionaria, la que nos
hará pensar en que el pueblo nunca olvida, es la carta que Claudio Morresi (jugador de River Plate,
compañero de Francescoli) publicó en La Prensa de Argentina, el 25 de marzo de l.996, en el 20
aniversario del golpe de estado. Su hermano había sido asesinado durante la sangrienta dictadura
militar que llenó de cadáveres y desaparecidos a la Argentina. Morales la recogió para su antología.
Sería imposible para mí reducirla e impensable que ustedes no la lean, especialmente para los
ecuatorianos que no olvidan, para los que están en contra de toda tiranía, por ello la transcribo aquí,
cuan larga es, cuan profunda es, cuan ejemplar y dolorosa es. Dice así:
“...30.000 personas van a concurrir a la cancha. Los jugadores, al ir por el túnel, esperan
encontrar un estadio repleto.
Cuando en el centro del campo los equipos levantan la vista para saludar a las hinchadas, notan
que las tribunas están totalmente vacías.
En ese momento recuerdan que hoy es 24 de marzo y se cumplen 20 años del golpe militar que
institucionalizó el terrorismo de Estado.
En la tribuna sur, que alberga a miles de personas, faltan los hinchas de Boca y River, que fueron
secuestrados de sus domicilios o lugares de trabajo, alojados en centros clandestinos de detención
y luego de varias sesiones de tortura, arrojados desde aviones al mar.
En la tribuna norte no se encuentran los hinchas de Racing e Independiente, que luego de pasar
por el mismo calvario del secuestro y la tortura, fueron acribillados a balazos y sus cadáveres
esparcidos por descampados.
En la tribuna este no figuran los hinchas de Huracán y San Lorenzo, encontrados años después en
fosas comunes. Exterminados de las formas más perversas. En la tribuna oeste no están los hinchas
120
de Rosario y Newell’s que antes de matarlos esperaron que parieran para quedarse con sus hijos
como botín de guerra.
En esas épocas, los familiares de los desaparecidos buscaron una respuesta por la suerte de sus
seres queridos. Los que se adjudicaron ser lo dueños de la vida y de la muerte, ocultaron toda
información.
Fue tanta la barbarie, tantas las atrocidades cometidas que siguen escondiendo el verdadero final
de sus víctimas.
El 24 de marzo de 1976 comenzaba la masacre más feroz, cobarde y sangrienta de la historia
argentina.
Veinte años después se juega otra fecha del campeonato.
Los que vayamos a la cancha, los que escuchemos el partido por radio o los que veamos a la noche
los goles por tevé, no podremos olvidar lo que pasó en Argentina.
En nuestra memoria tiene que estar presente todo lo ocurrido. Transmitirlo a las generaciones que
vienen, con el nombre y el apellido de los culpables, entendiendo que es la última forma de justicia
que nos queda. Sabiendo que es lo único que garantizará que no vuelva a ocurrir nunca más. En el
estadio vacío el partido está por comenzar.
Los jugadores empiezan a sentir cómo baja de las tribunas desiertas el aliento de las hinchadas.
Son 30.000 voces que no paran de cantar”.
Alguna vez, luego de la primera clasificación ecuatoriana al Mundial del Japón yo escribía que en
un país desencantado, triste y humillado por los poderes públicos, por los líderes políticos
deshonestos por una gobernabilidad corrupta, por un ejemplo permanente de perversidad y
violencia, por una comunicación que prioriza lo truculento y lo infame, algo ha pasado, una varita
mágica la ha tocado por fin. Una buena estrella se reafirma en su horizonte. Once muchachos,
humildes de todos los colores, de distintas regiones de la Patria, de las más olvidadas, de las más
saqueadas, han decidido, junto a su entrenador, junto a su líder, darnos quizá el ejemplo preciso que
el Ecuador necesita para encontrar el rumbo, para modificar su comportamiento, acomplejado y
enfermizo por el dolor y la miseria. Y esto lo ha conseguido mediante la única forma en la que se
puede modificar una relación social, un compromiso humano, es decir, mediante la cultura.
Bolillo nos ha conversado la manera cómo encontró a este grupo deportivo: depresivo, sin ganas,
desarticulado, enemistados unos con otros, afectados por una vanidad y una superficialidad
desalentadora, sin el menor respeto al comportamiento colectivo, y ha empezado por allí, por la
educación, por la necesidad de transmitirles rasgos de amor, de ternura, de solidaridad y respeto,
por leerles páginas de nuestra historia, por enseñarles el valor de un libro, de una obra de arte, de
una película, por rescatar junto a ellos aquella herencia de dignidad y combatividad, por enseñarles
el valor que tiene un sentimiento colectivo, una meta donde solamente está el nombre de la Patria,
donde no hay estrellas ni dioses, sino solo el trabajo tenaz, sencillo, diario, bajo ese lema profundo,
que quiera que no, se va a convertir en un lema psicológico en todos los ecuatorianos. “Si se
puede”.
Si se puede, si se puede rescatar la identidad, a pesar de esta globalización neoliberal que trata de
uniformar nuestro pensamiento, nuestra moral y nuestros sentimientos. A pesar de los terroristas
ecuatorianos invisibles que se pasean por Miami o Panamá, jugando a la ruleta con el resto de sus
atracos. Si se puede cuando lo hacemos juntos, cuando gritamos juntos, cuando nuestra energía es
colectiva para levantar la voz.
Nuestros muchachos, todos los que participaron en esta contienda de honor, empezando con sus
orientadores talentosos y profundos como Bolillo o Aguinaga, nos han demostrado que sólo la
honradez , sólo el sentido de Patria, puede desempolvar esa palabra perdida, o quizá solamente
olvidada: la esperanza.
121
Con la tricolor en el corazón y en la mente si podemos ser mejores profesionales, mejores lideres
políticos, mejores obreros, mejores periodistas, mejores artistas, mejores deportistas, mejores
gobernantes. Desde la psicología, esta clasificación a un mundial de fútbol, significa que un pueblo
se ha liberado de muchos traumas sociales, que se ha devuelto su autoestima, y que se puede poner
a prueba su inteligencia, su tenacidad, y su magia, frente a cualquier otro país del mundo.
Y hace poco, luego de la clasificación para el Mundial de Alemania me permití enviarles un
mensaje a los muchachos de la selección en la que decía: Nuevamente el Tin a tocado el Tim...bre
para que todos los ecuatorianos nos dispongamos a salir a la alegría del recreo. Y esta vez, el recreo
será en Alemania; hasta allá les seguiremos, contagiados por esa sonrisa de ébano que presagia
milagros.
Muchachos de la dignidad. Otra vez su esfuerzo y su ejemplo nos devuelven la fe en la Patria, nos
obliga a pensar que el Ecuador no es ese país fragmentado y corrupto de los politiqueros, que no
debemos reflejarnos en ese espejo cínico y terrible de aquellos gobernantes, empresarios, diputados,
ministros, leguleyos, que han destruido la Patria, sino que debemos permanecer unidos y fraternos,
defendiendo nuestra soberanía y nuestra identidad, buscando juntos en fin último de la cultura, es
decir la felicidad y la alegría de los ciudadanos. Ustedes son nuestro espejo, en ustedes crecen las
virtudes más ricas y más profundas de nuestro ser colectivo, porque ustedes son el pueblo y el
pueblo es generoso, solidario, ingenuo, fresco, aguerrido, patriota, honrado, sencillo.
Con cuanta razón, viéndoles triunfar a cada paso, algún poeta amigo decía: La Patria no es una /
sino dos que están en guerra. Sí, una la de los corruptos que ejercen el poder y otra, la de la gente
digna, excluida, trabajadora, que día a día, en cualquier tarea que la vida la impone, deja su huella
de fe, de sacrificio, y de dignidad, ese ejemplo que con su comportamiento diario, ustedes han
dejado en las canchas y en el espíritu de doce millones de ecuatorianos abrumados por el dolor, la
miseria y la injusticia en la que nos han sumido los traficantes del poder.
Ustedes vuelven a unir aquello que está roto, ustedes representan la metáfora que nos devuelve la
esperanza, ustedes son el referente de la Patria profunda, verdadera. Cada uno de ustedes, como
nuestros grandes poetas, nuestros grandes artistas, son el paradigma, el mundo sensible, que nos
devuelve nuestra propia esencia. He allí su responsabilidad: Alentarnos desde su ejemplo lúdico a
seguir viviendo con la alegría y la inocencia de los niños.
Con ustedes, en Ecuador, ¡si se puede!
Como este partido se va terminando, pasemos a algo más ligero. “ Los reglamentos del fútbol son
muy reglamentarios”, así le dijo un niño a José María Firpo, ese profesor de primaria que se pasó
cuarenta años de su vida recogiendo esas boutades de los niños y que luego los trasladó a ese libro
único que se llama “!Qué porquería es el glóbulo¡”. Cuanta verdad entraña esa expresión, por lo
menos para mí, que he sido un jugador de la calle, del barrio, del Colegio Mejía, del corazón
amateur. Si el fútbol es el símbolo de la modernidad, el reglamento es su refrigeradora. Allí queda
helándose la dinámica de lo imprevisto, la creatividad que entraña la improvisación, la temperatura
del juego. El reglamento, el mercado, los “pies de obra”, la tortura mediática, ha destruido ese
sistema de lealtades que era la base del fútbol al que me llevaba mi tío Raúl en el estadio del
Arbolito. Cada vez es más triste entusiasmarse, jugarse la vida por una camiseta, el cambio de
camiseta empieza a ser tan constante en el fútbol como en la política, y el asombro, la euforia, han
encontrado su pereza mental en la televisión o en la radio. Ya no vamos al fútbol, lo vemos o lo
escuchamos acostados en la cama, comiendo pop corn y pidiendo a gritos una limonada. No nos
damos cuenta que los locutores nos engañan, que estamos viendo otro partido, que se han inventado
un metalenguaje que no tiene nada que ver ni con la magia de la mirada, ni con ese rumor que viene
de la vida, ni con esa sonrisa ancha como una ola que se riega por la gramilla, por el césped, ni con
122
esa pelota que rueda cantando y bailando de pie a cabeza, de rodilla a pecho. La televisión nos saca
del partido para decirnos que todo va mejor con coca cola. Tenía razón Tulio Savastano cuando
explicaba que en este tiempo “no hay score ni cuadros ni partidos. Lo estadios ya son demoliciones
que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los
locutores ¿nunca los llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta
capital (Buenos Aires) el 24 de junio del 37. Desde aquél preciso momento, el fútbol, al igual que la
vasta gama de los deportes, es un género dramático a cargo de un solo hombre en una cabina o de
actores con camiseta ante el cameraman.”
Ver y tocar a los jugadores, esos hombres de mármol o de ébano, “perfumados en sudor”. Contar
sus hazañas, escribir su leyenda, cantar su gloria, pintar su derrota, bailar su destreza, teatralizar sus
acrobacias, esculpir sus gestos, filmar su parábola, eso es lo que debemos hacer los escritores y
artistas. Es decir, ser gratos con el pequeño espacio de felicidad que nos han dado, con esa
autoestima antes tan alicaída y que es como una segunda piel, desembarazarnos de ese
comportamiento tan almidonado, dejar surgir el rincón del niño que todos tenemos guardado en el
cuarto oscuro de nuestra edad, permitir que fluya en todas sus manifestaciones la emoción y el
asombro que nos produce la vida trasladada a un estadio, retratarla tal como es, con su sabiduría y
su violencia, con su fuerza y su delicadeza, con su agilidad de vértigo y su tierna serenidad.
En todo caso, adaptados ya (quiera o no) a la modernidad, a la tecnología, a la globalización, sigo
pensando y con mayor razón, que la frase de Maturana es pertinente. Como se juega se vive, y
como se vive se escribe. Mucho tiempo jugamos mal y escribimos mal. Poco a poco hemos
aprendido a jugar, a vivir y a escribir. Hay muy poca literatura sobre fútbol, pero van apareciendo
nuevos cultores, nuevos gambeteadores de la palabra. En este libro los recojo como si fuera un solo
equipo, como si fuera una sola camiseta, la del fútbol. Aquí encontraremos arqueros, defensas y
delanteros, titulares y suplentes como se requiere en cualquier equipo que se respete. Hasta un
director técnico, sociólogo por supuesto, futbolistas y exfutbolistas, periodistas y economistas, y,
claro, poetas. Todos ecuatorianos. Por eso, para empezar este partido, este libro, he dividido el
campo de lectura en pequeños espacios, el primero repite lo que algún locutor ecuatoriano no se
cansa de decir: Y el árbitro dijo…, que corresponde a esta introducción desordenada y nerviosa
como todo partido que empieza; luego viene Área de candela, en la que hemos antologado cuentos
y capítulos de novela, es decir ficción, de los pocos escritores ecuatorianos que se han ocupado del
fútbol como tema literario. Luego viene el capítulo La barra brava, que no alude a ninguna
simpatía de los autores por algún equipo, sino donde consta narrativa y memoria, es decir aquellos
textos, quizá indelebles, que narran cosas pasadas en la realidad real, puntos de vista, homenajes,
pasiones, recuerdos, asombros, escritos por personalidades de nuestra vida intelectual y política de
diferentes épocas; luego viene Fuera de juego, una zona en el que los jugadores despejan la pelota
de la palabra al viento, vaya donde vaya, sea que caiga ésta en un género lírico, en una entrevista
que retrotrae el tiempo, un pase lleno de humor, una condolencia, o un sesudo tiro de esquina sobre
la práctica de la identidad colectiva, para luego cerrar el libro como es de esperarse, con el Pitazo
final, un bello poema que nos recuerda a ese inolvidable número 10 ecuatoriano, que ahora juega
cascaritas con los ángeles.
Entonces, a la cancha…
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¿QUÉ ES EL MUNDIAL SIN MARADONA?
Esa frase lo dijo consternada Carmen Lucía, artista cubana que lamentaba el retiro intempestivo del
astro argentino, quien había prometido a Fidel, su amigo personal, y a todo el pueblo cubano, visitar
ese país con el trofeo de la copa del mundo, para pasearlo por las calles de la Habana.
Imponderables de la conducta humana, de la obsesión, y la vehemencia, no han permitido que esto
se haga realidad, porque al contrario de lo que piensan “los sabios” comentaristas deportivos, a mí
me parece que Argentina no será la misma sin la presencia de este genio del fútbol, porque no
solamente su influencia estaba dada por la magia de sus piernas, sino por otra serie de factores que
tienen que ver con una personalidad magnética y poderosa, que distribuía su energía vital en el
campo del juego.
“Me han cortado las piernas, y se las han cortado a mis hijas y a mi familia” ha dicho Maradona,
con rostro compungido por el llanto, asombrado quizá de que la vida sea tan cruelmente injusta con
un hijo del pueblo, que ha tenido la posibilidad de pasearse por el cielo y el infierno, lleno de una
voluntad ejemplar que le permitió resurgir como el ave Fénix y demostrarle al mundo, lo
equivocado de sus apreciaciones ligeras cuando echando por tierra todo lo que él había significado,
decidieron enterrarlo bajo las palabras y los conceptos más denigrantes.
Me han cortado las piernas dijo, mientras hacía puchero para no llorar, y esto pasaría como una
más de las perversidades cotidianas sucedidas en el inefable país del norte, si no fuera porque esas
piernas representan las ilusiones de una cantidad inmensa de gente, de jóvenes y niños de un pueblo
en definitiva, que ha encontrado en él, el mejor paliativo para olvidarse de una guerra sucia que
lesionó para siempre el espíritu argentino. Hemos dicho muchas veces, con ese humor típico de los
latinos, que el EGO significa aquel argentino que todos llevamos en el alma, pero ahora pienso que
cada vez ese ego se va volviendo más triste, menos altivo, más desencantado, aunque quizá también
estas experiencias se constituyan en lecciones de humildad y respeto a los demás.
El niño que soñaba con la camiseta del Boca Junior, se ha topado de bruces con el diablo. El diablo,
la sociedad de consumo que quiso hacer de él una empresa para explotarlo, no un ser humano, al
que se le exigió y le presionó hasta límites increíbles. El pibe del barrio que se las pasaba haciendo
cascaritas para olvidarse del hambre, se ha topado con la frialdad post-moderna, con el Terminator
creado por una sociedad vacía de calidad humana, su pelota de trapo se ha convertido en pelota de
oro y le ha golpeado la cabeza. Es quizá el último jugador humano, el que se equivocaba, el que se
divertía, el que lloraba y volvía arrepentido, el genial y el minusválido, el preponderante, y el
humilde, el hombre en definitiva, el hombre de Vallejo, considerado en frío, imparcialmente, el
mismo que ahora, con los brazos caídos, derrotado, se ha entregado a la sonrisa de los buitres.
Este mundial nos va enseñando muchas cosas. El realismo maravilloso de Colombia que en este
campeonato escribió una pésima novela, ¿por qué? Porque para escribir una buena novela se
requiere una gran dosis de humildad, de perseverancia, de voluntad, y parece que a ellos se les
olvidó estos instrumentos en la pretemporada, se les confundió entre la esplendorosa cabellera del
pibe Valderrama. Un amigo que me llamó desde Estados Unidos me decía que los jugadores de
Colombia, cuando caminaban por la calle, necesitaban dos veredas, una para ellos y otra para su
ego. Otra lección. Lección para ellos, para los periodistas especializados en fabricar dioses de
pacotilla para un pueblo al que García Márquez le devolvió su magia y Asprilla se la quitó.
En un poema a la muerte de Julio Jaramillo mi amigo guayaquileño Fernando Artieda decía
doliente: “…ahora sólo nos queda Barcelona” emulándolo diría yo, “ahora sólo nos queda Brasil”.
Es posible que los dos nos equivoquemos, porque Barcelona ya ha pasado por el proceso del barro y
124
Brasil no ha demostrado más que la mitad de aquel embrujo que se encuentra en la zamba, la garota
y la caipiriña. Romario es ese bello Walt Disney que con cámara en los pies ha filmado en la cancha
“la dama y el vagabundo”. Jugador inesperado, a veces duerme durante 80 minutos, pero cuando
despierta, se despierta el mundo. Bebeto también parecería que cuando juega, no juega si no que
acuna a un niño. Quizá se está acunando a sí mismo o a esa doña Bella que se llama Brasil.
De los europeos prefiero no hablar. Son tan fríos y tan metódicos que hasta las palabras se
congelan. Nunca he conocido un futbolista alemán (por ejemplo) que sonría, y si sonríe, su gesto es
tan trágico y solemne, que yo prefiero el llanto.
¿Y los africanos? Gamos, gacelas y leopardos que están preparándose para después, para regar con
su colorido y fuerza los escenarios del mundo, para dar el gran salto, el salto del tigre que lleva en sí
la inteligencia y la fuerza, la astucia y la acrobacia, pero además el humor, la alegría, esos rasgos
tan olvidados por el ser humano.
Pero ¿Qué es el mundial sin Maradona? Yo por lo menos, voy a apagar el televisor y mi corazón
futbolero para volverlo a prender dentro de cincuenta años, que es lo que se tendría que esperar
hasta que un nuevo Maradona vaya a entregar a Cuba, su más digno tesoro.
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YO JUGUÉ EN UNA LIGA DE FANTASÍA
(Perfil de Carlos Ríos)
Yo bajaba con Iván Egüez, después de clases, todos los días a los entrenamientos de la Liga
Deportiva Universitaria, para estar al lado del Mariscal Ocampo, para escucharle, para aprender de
su maravillosa sencillez, que luego nos serviría en la literatura. Corría el año de 1968, año en el que
José María Ocampo tomó como cosa personal el entrenamiento de nuestro mejor jugador de todas
las épocas (esto es para que los lectores no olviden que están leyendo a un hincha compulsivo):
Polo Carrera Velasteguí, quien iría en pocas semanas a Peñarol de Montevideo, a codearse con
aquellos bicampeones del mundo, cuyos nombres cubrían nuestros sueños: Spencer,
Mazurkiewiecz, Elías Figueroa, Rocha, Joya, Abadie, Matosas, etc.
Polo, que siempre huía de la gimnasia como de la magnesia, que era el último de la fila, que
siempre pretextaba algo para evadirse de los ejercicios, en ese tiempo obedecía al Mariscal con la
cabeza gacha y el ojo luminoso. Una vez, delante de algunos de nosotros, entre ellos recuerdo a
Tito Larrea, Mikey Salazar, Enrique Portilla, el Mariscal le dijo estas palabras: “Escuche Polo, para
mi concepto usted es uno de los diez mejores jugadores del mundo. Depende únicamente de usted
llegar a ser el número uno” luego lo mandó a que subiera y bajara cincuenta veces las gradas del
estadio de la Universidad. Era el tiempo en que Polo se iba, y de Peñarol nos mandaban otro crack:
El Tano Bertocchi.
Pero no es de ellos de quienes voy a escribir ahora, sino de otro uruguayo que venía de esa cantera
donde Spencer ponía la cabeza; un “rabito” de 19 años, que desde los 17 ya se había dado el lujo de
alternar con aquellos grandes: Carlitos Ríos Roux quien, de paso, me cuenta que días antes de venir,
en Montevideo se jugaba el partido Peñarol - Liverpool, y todo el estadio coreaba enfebrecido el
nombre de Polo... Polo, ante el imán de su zurda portentosa.
Ríos Roux llegó para Liga, trayendo en la mochila un título de Magisterio y la esperanza de ser
Arquitecto. Y eso es lo que empezó a ser en el equipo de 1969. Guiado por Gómez Nogueira,
jugando al lado de Bertocchi y Tito Larrea, se fue convirtiendo en el conductor, con un juego
preciosista, técnico, depurado, veloz, un “jogo bonito” como decía su entrenador, un juego
imparable que no se contenía en los pies, sino en la actitud, en la mística que se desprendía desde el
espíritu de su Presidente, el Ing. Telmo Ponce, hasta cada uno de sus jugadores, a saber: Solimando
(Muerto ya hace algunos años a causa de una patada recibida, quedó paralítico y luego le sobrevino
el cáncer) Iván Noboa, Eduardo Zambrano (el eterno), Enrique Portilla (hasta ahora “enyesado”)
Ramiro “tronco” Tobar, Santiago Alé (el jugador más sereno del mundo). Jorge Tapia (no era de
carne sino de hierro) Mikey Salazar (siempre creían que en las fotos estaba agachado, pero no,
estaba parado) Carlitos Ríos y Tano Bertocchi (que jugaban de memoria, como si estuvieran en un
colegio de monjas) y Armando Tito Larrea (el mismo que se tiró una chilena delante de cincuenta
mil espectadores. Obviamente fue gol, y fue en el estadio de Santiago).
Bueno, no hay que olvidar que antes de tener ese equipo de ensueño, ya habíamos sido campeones
en los años 54-58-60-61-66-67, como locales y 69 como nacionales, pero apuntábamos ya a los
campeonatos del 74-75 y 90. y no hay que olvidar tampoco a ese maravilloso equipo del
bicampeonato. Liga había descendido en 1973, por esos imponderables errores de la vida, pero
desde allí, y bajo la magia del Polo Carrera, el equipo logró dos campeonatos más. Allí estaban:
Bolaños, Moreno, Villena, De Carlos, Guevarita, “Carita” Gómez, Sussman, Jorge y Gustavo Tapia,
Oscar Subia (mi hija moría por él, hasta ahora tiene un álbum completo) Patricio Maldonado,
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Hernán Vaca, Maesso, Ramiro del Pozo, Polo Carrera y J.J. Pérez (que desgraciadamente no es el
que esto escribe) y estaban también otros universitarios: Patricio Pintado, Ramiro Aguirre, Garzón,
Humbolt de la Torre, González, y junto a todos ellos, claro, Rubén Montoya.
Siempre correcto, alegre, emocionado, el arquitecto Carlos Ríos me cuenta que jamás le expulsaron,
solamente en el 69, cuando Liga pasó a la segunda etapa de la Copa Libertadores de América.
Jugaban en Paraguay contra Guaraní y Tito Larrea estaba endiablado, los paraguas le pegaron y
Eduardo Zambrano y Carlitos Ríos se lanzaron contra los agresores del niño. Resultado: dos
expulsados y un empate. Liga quedó segundo. Luego de Peñarol.
Y desde el recuerdo otra anécdota: Un partido en Manta. Liga gana 3 a 0; un montubio samuray
(como el que sabemos) corría loco por el filo de la cancha, con un machete al viento, quería matar
al árbitro. “Empezamos a jugar todos por el centro de la cancha. Cuando acabó el partido lo
metimos al arbitro dentro del arco y nos pusimos al frente para defenderlo”. El árbitro era René
Torres. Tiempos que los ambateños nunca olvidarán, porque también a ellos se los goleó 11 a 0, con
8 goles de Bertocchi (rompió la marca de Pelé). Tiempos en que se le ganó a Gornik, equipo base
de la selección de Polonia que luego quedaría tercero en el mundial de Alemania 70. Tiempos en los
que Carlos Ríos daba cátedra, de buen jugador, y entre partido y partido dibujaba para arquitectos,
estudiaba y empezaba a dirigir las inferiores de Liga, de donde iban a salir jugadores como
“superchiri”, Samaniego, “muñeco” Mina. José Moreno, Porras y muchos otros.
Pero como nadie puede ser perfecto, Carlitos Ríos pasó a jugar en el Deportivo Quito en 1973. Allí
enfermó con flebitis y embolía pulmonar y abandonó el fútbol; luego puso un restaurante con el
recordado “loco Bataine” y con Alberto Lavie, donde íbamos a comer parrilladas a la Uruguaya,
todos los que queríamos sentirnos jóvenes; se llamaba “Vilcabamba”. Y para enmendar el error de
haber jugado en el Quito, se casó con Patricia Touma, hija del médico de L.D.U. Dr. Marcelo
Touma y de golpe tuvo cuatro bellas hijas, una de ellas estudia ingeniería electrónica, las otras
sueñan con jugar en Liga, mientras su padre alterna entre la arquitectura social, la cátedra, escribe
sobre la recreación del deporte y hasta hace poco era coordinador técnico del equipo de sus amores.
Liga Deportiva Universitaria.
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AQUÍ YACE UN HOMBRE BUENO
Al fin el maestro, el Mariscal José María Ocampo, ha decidido depositar en un libro toda su
sabiduría, todas aquellas virtudes éticas y estéticas, que tanto nos han beneficiado a todos los que
hemos permanecido cerca de él. Esa es la razón de este libro, que sale a la luz a instancias de sus
pupilos agradecidos, para multiplicar su pensamiento, para poner al alcance de todos; jóvenes y
viejos, esos consejos sabios que no solamente sirven para formar técnicamente a un futbolista, sino
que van más allá, es decir a su formación integral, a tratar de fundir en un solo pensamiento
armónico lo físico y lo espiritual.
Cada uno de los temas tratados por el Mariscal, ha pasado por su diaria experiencia, por su reflexión
continua, por su inagotable necesidad de dar la mano al que llega, de aportar con su bondad y su
sencillez para que el hombre se reconozca en sí mismo y pueda sacar a flote el tesoro de su voluntad
y de su fuerza.
Eso es lo que tenemos ahora en esta páginas, un manual de comportamiento, una visión total sobre
las distintas fases que se deben superar para llegar a ser un crak y de la misma manera un hombre de
bien.
Muchos años le hemos tenido a este paraguayo ecuatoriano, entre nosotros, por eso su voz tiene la
autoridad del conocimiento, él ha estado siempre cerca de nuestra juventud, conoce su idiosincrasia,
su psicología sus manifestaciones intrínsecas, sus aspiraciones, y es ahora; cuando ha cumplido un
ciclo vital al servicio de los demás, que nos entrega su patrimonio intelectual acumulado en toda su
vida, una vida atravesada por el amor y la solidaridad. Su cabello es ahora blanco. Su cuerpo de
abedul un poco azotado por el viento, sus manos gesticulan con pasión, su mirada por momentos se
llena de peces vivos, su voz sigue dirigiéndose a mí, como hace veinte y siete años, voz de padre,
voz de campana y sortilegio.
Sonríe entonces, un poco acusadoramente y me dice: “Ehaa, Pérez, usted ha sido el futbolista más
bohemio que he tenido” y nos deslizamos serenamente por el túnel del recuerdo y la nostalgia, para
salir a entrenar, llenos de optimismo y de fe, en aquel maravilloso equipo de Liga Deportiva
Universitaria de 1967, que conoció la brujería de Polo Carrera, la ubicuidad de Tito Larrea, la
música de los hermanos Zambrano, la piel de ébano de los Tapia, la singularidad de Portilla, el
carisma de Ramiro Tobar, las diabluras de Mikey Salazar, el compañerismo de Carlitos Ríos, la
filigrana de Capacho Jiménez, la garra y la solidaridad de tantos y tantos futbolistas que con el
Mariscal Ocampo, aprendimos algo que no siempre se aprende en una cancha de fútbol: a ser
hombres de bien.
La primera vez que pisó suelo ecuatoriano fue en el sudamericano del 47, en Guayaquil, con la
selección de Paraguay. Amor a primera vista, a pesar de que salió campeón el equipo de Argentina
y como no ser campeón, si era un equipo que tenía de suplentes a Néstor Raúl Rossi y Alfredo Di
Stéfano. Saldo de aquello: Paraguay Vicecampeón y un nuevo sentimiento de hermandad.
Mediocampista consumado, es decir conductor, líder. En el 49 lo contrataría Racing y en el 50
pasaría a ese maravilloso equipo de Boca Junior de Cali, lleno de estrellas rutilantes como
Centurión, Arce, Atilio López, Solano Patiño, Cañete. ¿Quién de los que en aquel tiempo ya
jugábamos con pelota de trapo, no los recuerda? Si hasta los teníamos coleccionados en “los caos”
que guardábamos religiosamente en el libro de Lugar Natal.
11 de noviembre de 1951. Inauguración del Estadio Olímpico. Cúcuta y Boca para la inauguración.
José Ricardo Chiriboga Villagómez y Galo Plaza, festejan desde la tribuna, y la ciudad chiquita se
128
viste de blanco. Muchos años después, en 1983, en una gran homenaje rendido a este Mariscal de
las canchas, Galo Plaza diría: “Usted, maestro, es el único que ha logrado unir a los ecuatorianos”.
1955. El Mariscal Ocampo es contratado para LDU como entrenador y jugador. Con su ojo de lince
mira corretear tras la pelota a los guambras de “Las Mallas”, Mario Zambrano con sus diecisiete
años, con su cara de niño dios, Pepe Morillo, Clemente Rodríguez, Gen Rivadeneira, ese caballero
que jugaba con smoking, Eduardo Zambrano, el Potrito Stacey, que obviamente no se separaba del
engramado, y el inefable Capacho con su camisa a cuadros y sus brazos de chimpancé. Equipo para
15 años. Equipo que llenó de azucenas nuestros sueños.
Vagabundo de fútbol, buscador incansable de nuevas voluntades, junto con el coronel Caupolicán
Marín y el capitán Enderica, sellarían entonces el pacto de formar un nuevo equipo, el Mariscal
Sucre, semillero y antecedentes del actual equipo El Nacional.
Luego, aquel gran hombre del deporte: Milton Rodríguez Coll, le llamaría a que entrenara el equipo
de sus amores: Atlanta de Chimbacalle. No había dinero para pagarle, pero los habitantes de ese
barrio decidieron contribuir con un sucre para pagar sus honorarios.
El gran señor paraguayo nunca les cobró. “Soy del sucre de Chimbacalle” dice orgulloso. Luego
vendría la gran amistad y solidaridad con Gonzalo Benavidez, y que ha perdurado hasta ahora. Pasa
luego a relatarme su entristecido regreso al Paraguay, años setenta. Enferma su esposa. Su
compañera de sueños y nostalgias. Y enferma de algo grave, irreversible: Síndrome de Renault.
Empezaría entonces aquella única prueba para la que nunca estuvo preparado; el lento
desmoronamiento de una vida que le dio cuatro hijos, y los momentos irrepetibles y mágicos de la
cotidianidad. Veinte y cinco años de enfermedad, 28 operaciones, gangrena, y siempre la sonrisa,
siempre el consejo oportuno, siempre la mano cariñosa.
Vuelve a nuestro país, cargado de luto y de tristeza, pero el país lo recibe con los brazos abiertos.
Polo Carrera le está esperando en el aeropuerto para ofrecerle un departamento de su propiedad. Es
el gesto noble de un hijo hacia su padre que se lo dio todo. El Mariscal lo rechaza agradecidamente.
En los campos de Liga reverdece la esperanza y es ese hombre maravilloso el que ahora
nuevamente está regando la semilla entre los niños y jóvenes. Semilla que ha dado a LDU, en el año
que acaba de terminar, cuatro campeonatos invictos y un vicecampeonato, en las categorías de 12,
14, 16, 18 y 20 años.
Y es ese mismo hombre maravilloso el que al despedirse me ha dicho: “No he regresado a esta
patria para ganar plata, sino a pagar lo que debo a los ecuatorianos; para volver solamente he pedido
comida y techo, quiero morir en esta tierra y que en mi tumba simplemente se diga aquello que fue
un pensamiento de mi mujer: “Aquí yace un hombre bueno”.
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DE CHINA, CON AMOR
Un saludo fraterno y cariñosos para mi querido amigo Embajador de la República Popular China y
para todos sus representantes.
Hace algunos días he venido de China, invitado por su gobierno, dentro del Programa Cultural
Bilateral de la República Popular China y Ecuador. Acompañado de dos ecuatorianos ilustres, los
Embajadores Luis Gallegos, Vicecanciller, y Juan Leoro, Director de Cultura de la Cancillería.
China, con sus más de 1400 millones de habitantes, con sus 56 etnias, y con la conducción del
partido comunista, ha sabido en estos últimos 52 años (hoy aniversario de su fundación) ponerse a
la cabeza del mundo en muchos aspectos.
Varias veces he comentado la necesidad que tenemos, tanto en nuestro país carcomido por la
corrupción y la politiquería, como en todos los países de América Latina, que es necesario
humanizar la política, humanizar la economía, para humanizar la vida. Es esto exactamente, lo que
un socialismo bien conducido ha hecho en China, bajo peculiaridades especiales y soportando
profundos cambios que ha conllevado enormes sacrificios, fracasos, sufrimientos, desde el periodo
de los reinos combatientes (muchos antes) desde el esclavismo, pasando por el feudalismo, por la
guerra del opio, (guerra de usurpación como siempre de un país capitalista, en esta caso Inglaterra)
la revolución del reino celestial en 1814, donde se dio el más grande movimiento revolucionario
campesino de la historia china, para luego dar término a una monarquía que había durado más de
dos mil años.
Pueblo luchador, pueblo heroico que supo también asimilar las enseñanzas de la revolución de
octubre liderada por Lenin, en 1917. Quizá bajo ese impacto floreció en china el Movimientos 4 de
mayo, antiimperialista y antifeudal. Ese movimiento daría un viraje a una revolución de nueva
democracia. Mao Zedong a la cabeza, condujo esa nueva china, esa nueva esperanza: y en la Sesión
Plenaria del Pueblo Chino el programa común que daba nacimiento a la fundación oficial de la
República Popular China, Mao y Zhou Enlai proclaman, en la plaza de Tiananmen, nuestra plaza
grande, esta orgullosa fundación.
De ese tiempo para acá, mucha agua ha pasado por el río, agua tan dura y tan difícil como por
ejemplo el equívoco de la “Revolución Cultural” que durante diez años de 1966 – 1976, llenó de
fracasos esta Revolución. Errores del partido comunista de China y zancadillas de las burguesías
revisionistas y contrarrevolucionarias.
En octubre de 1976, destruida por completo esta camarilla contrarrevolucionaria de Jian Quing,
China asimilada y enfrenta una nueva historia de la mano de Deng Xiaoping, historia de progreso y
modernidad de imprescindibles horizontes.
La actual Constitución, aprobada en Asamblea popular nacional en 1982 (y esto es importante
escuchar por lo que ahora está pasando en el Mundo) dice explícitamente: “China, ateniéndose
firmemente a su política exterior independiente y a los cinco principios, a saber, respeto mutuo a la
soberanía y a la integridad territorial, no agresión, no intervención de uno en los asuntos internos
de otro, igualdad y beneficio recíproco y coexistencia pacífica, desarrolla sus relaciones
diplomáticas e intercambios económicos y culturales con los demás países; persiste en la lucha
contra el imperialismo, el hegemonismo y el colonialismo, fortalece su unidad con los otros
pueblos del mundo, apoya a las naciones oprimidas y a los países en vías de desarrollo en justa
lucha por la conquista y la salvaguardia de la independencia nacional y por el fomento de la
economía nacional, y trabaja para defender la paz mundial y promover el progreso de la
humanidad”.
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China es un sueño, cualquier noche podría ser parte de las Mil y una noches. El veneciano Marco
Polo, en el siglo XV quedó enfebrecido de lo que sus ojos veían: fabricación de papel, la imprenta,
la brújula, la pólvora. Es que china, con más de siete mil años de historia tiene más de 4000 años de
historia ESCRITA. Sabios como Confucio o Lao Zi, libros misteriosos como el I Chin, donde está
rodando nuestro tembloroso destino.
Nada, absolutamente nada, de lo que he leído sobre esta milenaria cultura, se compara a lo que mis
ojos han visto, he pasado de la alegría a la tristeza, de la duda a la esperanza, de la impotencia a la
pasión, de la envidia al coraje.
He visitado las ciudades mágicas de Shangai, Hangzhou, Xian y Beijing. En la Muralla China
(agotado ante esta desproporcionada defensa contra la agresión), pensaba que el mundo no debería
tener murallas.
En el Palacio Celestial Templo del Cielo, donde el gran emperador vivía rodeado de miles de
concubinas, escogidas desde los doce años, yo pensaba con envidia ¿Y este emperador a qué tiempo
gobernaba?, él por ejemplo, no habría podido ser Presidente de la Casa de la Cultura (o quizá sus
Eunucos lo tenía ocupados en sus bellos menesteres, para ocuparse ellos del poder). Allí pensé en
García Márquez, y vi descrita la ruta de la seda, me di cuenta que aquí estuvo Alessandro Baricco,
para escribir su famosa novela Seda, y me dije, un poco vanidoso: así conociendo esto, cualquiera
puede.
Cuando estuve en el palacio de las Nueve Armonías pensé con rabia, por qué las confundió tanto y
tan mal, nuestro malhadado presidente Mahuad, que es su discurso de posesión sólo escribió (o le
dieron escribiendo) siete armonías, y con esa siete nos dio en la cabeza para aturdirnos y huir.
En el Museo de Terracota, guerreros, armas y caballos, tamaño natural miles de ellos encontrados
en posición de defensa, debajo de la tierra, cuidan el mausoleo del emperador. Muchos han dicho
que este museo es la octava maravilla del mundo. No estoy de acuerdo. La octava maravilla son los
700 mil obreros que se emplearon en este trabajo. La octava maravilla y la primera es el ser
humano, su sensibilidad y su fe.
Y la ciudad secreta, prohibida para el pueblo, y sin embargo, levantada por el pueblo, construida
infatigablemente, como se construyen los sueños, respetada por el pueblo, y ahora en esta nueva
China, ciudad para el Pueblo.
De China con Amor, sólo eso puede decir quien la conoce. Una china y dos sistemas, donde se
respeta también la globalización y sus diablos, donde se ha llegado a una comprensión con otras
regiones como Taiwán, Hong Kong o Macao, pero todo dentro de ese unidad férrea que significa
una solo China Popular y fraterna.
Pero, hablando de globalización, quizá una sola cosa me ha molestado en esta luna de miel mía con
la historia fecunda de este país inconmensurable: La cantidad de Pollos Fritos Kentucky y la
cantidad de Mc. Donals (será porque no los puedo ver). Preferiré siempre un fresco y crudo pescado
mandarían en aceite, o un licor de arroz con pasteles de Fujian.
131
V
132
PASEN, ENTREN
Una casa es el cúmulo de nuestros afectos, la explosión de la ternura y el respeto, el conocimiento
profundo de nuestros errores y nuestras virtudes, es el amor al padre, a la madre, a los hijos, a los
nietos, es la comprensión de sus pensamientos, es la orientación, el testimonio y la crítica, es la
conceptualización de lo múltiple, de lo diferente, es la inclusión y no la exclusión. Eso es también
esta Casa, y desde su matriz, es decir desde su centro, desde su vientre profundo y multifacético, les
da la bienvenida, les acoge y les pide que expresen su pensamiento. El pensamiento es una cantidad
de pájaros volando en la inmensidad de la patria. Es lo que completa el paisaje, el pensamiento, la
inteligencia de cada uno, es un pequeño retazo de la colcha que nos cobija a todos. Para ser más,
debemos ser unidos, para decir no, debemos estar unidos, para revolucionar nuestra esencia
debemos estar unidos, para combatir, para polemizar, para dudar, para acusar, debemos estar
unidos, la patria es un papagayo de colores vistosos, es un arcoiris donde al final está el recipiente
de oro de nuestra identidad, es un pavo real de plumas diferentes y diversas, la patria es el aire que
todos respiramos, es la lluvia que nos moja, es la pachamama que nos protege y nos alimenta, es la
tristeza de la noche y la alegría del amanecer, es el sol y la luna que nos ilumina. La patria somos.
La patria estamos.
Esta Casa ahora les ha llamado para que se encienda la chispa, para que brote la energía, para que
aparezca Dios, para que de las diversas piedras de nuestro corazón, frotándolas, raspándolas, salte
esa llama que nos ilumine y nos integre. Tenemos que ser uno para ser millones. Tenemos que ser
uno para desafiar a los sinvergüenzas, tenemos que ser uno, para decir basta.
Para eso estamos aquí, para que la interculturalidad nos refresque, para que la diversidad nos
enriquezca. Hay que ser como todo el mundo para no ser como nadie, se ha dicho. Venga acá el
diferente, venga el indiferente, venga el sabio de la comunidad, venga el intelectual, venga el
ambicioso, venga el generoso, venga el tocado por la serenidad, el tocado por la violencia o por la
gracia. Vengan todos. Ayúdennos a descifrar esa filosofía de nuestros viejos taitas. Ama quilla, ama
shua, ama llulla, (no mentir, no robar, no ser ociosos).
Que el pájaro vivo de esta patria humillada, despliegue sus alas primorosas y varias, que cada uno
de ustedes se sienta un a pluma, solo así, aprenderemos a volar… este encuentro es para volar
juntos, para rasgar el viento de la libertad.
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¿TIENE CORAZÓN ESTE CAMINO?
Buenos días con todos; Autoridades, Embajadores y amigos profundos de Ecuador, Perú, de nuestra
América y el mundo.
Buenos días señor doctor Alejandro Toledo, Presidente de nuestro país hermano, el Perú.
Qué importante para la Casa de la Cultura Ecuatoriana, ahora que brilla el INTI esta mañana, que
nos visite usted. Aunque usted ya estaba aquí antes de entrar, porque aquí está Mariátegui y está
Ciro Alegría, y está González Prada y Argüedas, hermanos de Benjamín Carrión; y está Santos
Chocano, y está, desde luego, Flora Tristán y Magda Portal, y muy cerquita nuestro Oquendo de
Amat con sus diez metros de poesía, Javier Heraud, el niño sacrificado por la infamia, y está Cesar
Calvo y Scorza, y Salazar Bondy y la locura lírica de Toñito Cisneros, y están en esta sala, en esta
Casa, volando los pájaros fantásticos de Víctor Delfín a quién, hace unos días he llamado al Perú
para que viniera montado en uno de ellos.
Por eso estaba usted aquí, antes de entrar, señor Presidente, y por eso cuando se vaya, tampoco se
habrá ido. Porque aquí, en nuestro corazón habita TUPAC AMARU, y habita el otro cholo, ese
cholo peruano en el Perú, (perdonen la tristeza), con el que nuestra generación aprendió que poesía
es andar de puntillas por la vida.
Nosotros queremos saludarle con profundo cariño. Usted, antes de ser Presidente, cuando visitó esta
casa, quedó impresionado de su sencillez y de su grandeza, y me dijo, nos dijo: "Si yo llego a ser
Presidente, voy a construir una Casa de la Cultura igual a esta…" Eso nos dijo sabiendo que una
Casa es quien la habita, y aquí habita, bulle, se transfigura y multiplica, crece en su magia
dialéctica: la cultura. Ya lo he dicho alguna vez: La cultura de nuestro pueblo, es la comunidad de
su proceso espiritual y material, es la carga de manifestaciones mágicas, lúdicas, religiosas,
políticas, económicas; es la portadora, la generadora de valores insustituibles, identificables, de
tradiciones sobrellevadas con amor, con sacrificio, con denuedo, a través de los siglos, para
completar la humanidad, para hacerla digna de la vida, de su maravilla y su tragedia. Contra la
cultura nada puede el olvido. Cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo. Cultura es todo lo
que se ha agregado a la naturaleza, y es la naturaleza misma. Cultura es toda la producción de la
tierra. Cultura es el espacio que el hombre va creando para reconocer el mundo, para reconocer su
mundo, para reconocerse en él. La cultura es más grande, más magnífica y más profunda que
cualquier definición. Igual que la poesía. Las definiciones la limitan.
En nuestra cultura la imaginación es parte de lo real, su alimento y su verdad profunda; es decir,
cultura es también la magia. El pueblo corajudo y generoso, confiado y siempre traicionado,
inventando a la par los sueños y las utopías, verdades subyacentes a golpes de tambor y
cosmogonías, verbo nuevo, palabras fundadoras de un más acá, que quizá no se lo ve, no se lo
entiende, pero que está omnipresente, iluminando la continuidad de nuestro quehacer cultural.
Ahora, usted es parte esencial de esa continuidad, por ello le auguramos un camino lleno de luz, es
decir el camino que viene del pueblo. Quizá habría que preguntarse lo que le preguntaba Don Juan a
Castaneda: ¿Tiene corazón este camino? Si tiene, es bueno. Si no tiene, de nada sirve. Ningún
camino lleva a ninguna parte, pero el uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje, el
otro te hará maldecir tu vida.
Eso es lo que necesitamos Alejandro, para nuestra América, caminos con corazón, ahora más que
nunca que el guerrerismo, el pánico y la prepotencia es el alimento diario de los imperios. Esto es lo
que nuestra Casa tiene que decirle Presidente de la paz, que estamos en contra del terrorismo,
porque el terrorismo es cobardía y perversidad.
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En contra de todo terrorismo.
Del terrorismo económico que pone explosivos en el corazón de nuestros pueblos. Del terrorismo
informativo que nos hace creer que hay tres personas distintas y un solo Superman verdadero. Del
terrorismo de la corrupción que como una peste bacteriológica va asolando las ciudades y
desbaratando su riqueza y su dignidad. Del terrorismo que, enfermo de su propio terror, bombardea
pueblos enteros que durante cuarenta años sólo conocieron la dinamita de la tristeza y de la miseria.
Del terrorismo que corta en flor la inocencia del niño, que troncha su sueño de llegar a ser padre o,
quién te dice, abuelo. Del terrorismo de esa cajita de violencia, la TV, que con tanto amor
instalamos en nuestras casas, para aprender reunidos y en familia, cómo se serrucha la cabeza a la
madre, cómo se practica asesinatos en serie, cómo un sólo Rambo bondadosísimo, a duras penas
con su dulce ametralladora y su cintillo, nos protege de la maldad del mundo.
Triste, muy triste, Bertrand Russell decía que la clase criminal está incluida en la clase hombre.
Ahora, en el demente juego del ajedrez del mundo, dos torres han caído, pero nunca olvidemos
cuántos peones, en Hiroshima, en Vietnam, en África, en Medio Oriente, en Centro América, en
Cuba, en Chile, en Nicaragua, en nuestra América, también han caído muertos de pura inocencia.
Nuestra solidaridad para los pueblos que sufren esta cobardía. Mirando estas infamias de un mundo
globalizado, neoliberalizado, ultrasofisticado para la muerte, nuestros pueblos deben, no solamente
reducir los gastos militares como usted lo ha propuesto, sino, anularlos para siempre.
Todo terrorismo es inhumano.
Hay que estar solamente a favor del hombre, del ser humano, por ello, para rendirle homenaje al
hombre, en esta hora de dolor, para rendirle homenaje de solidaridad a usted y en usted al Perú,
quiero recordarle un poema de ese cholo adelantado del que hablé hace un momento: César Vallejo.
Dice así:
Al fin de la batalla,
Y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
Y le dijo: ¡No mueras, te amo tanto!
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
No nos dejes ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien mil, quinientos mil,
Clamando, ¡tanto amor y no poder nada contra la muerte!
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
Con un ruego común: ¡Quédate hermano!
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces, todos los hombres de la tierra
Le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
Incorporose lentamente,
Abrazó al primer hombre; echose a andar…
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Y ahora, la medalla y el Acuerdo, que todos los trabajadores de esta Casa, que todos los
trabajadores de la cultura y de la paz, que todos los ecuatorianos, le entregamos a usted, para que
usted nos recuerde el día de la inauguración de la primera piedra de la Casa de la Cultura del Perú, a
la cual entraremos, como usted lo ha dicho en esta: como si fuera nuestra.
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EN TRAJE DE CAMPAÑA
Con singular aprecio y respeto, permítame decirle que su presencia profundiza la dignidad de esta
Casa. Pocos presidentes la han visitado, pero el pensamiento de la patria está impregnado en sus
paredes y tenía que ser usted, hombre formado en las brazas de Espejo y Montalvo, quien vendría a
darnos su voz de aliento, aponerse a la cabeza de esta Campaña del Libro y la Lectura. Campaña es,
Señor Presidente, usted lo sabe, que miles de voluntades salgan, en traje de campaña, en actitud de
campaña, en corazón de campaña, en busca de la utopía, del sueño, del ideal. Un ideal sencillo y
noble como un libro: volver a pensar la patria. Volver a amarla desde las palabras de todos los
ecuatorianos que la pensaron, la forjaron y la amaron. Minga de voluntades para reconocernos, para
no perdernos en el torbellino de una globalización neoliberal perversa que pretende aplastar nuestra
identidad.
Pienso, señor Presidente, que nuestra identidad es como el cuento que uno se cuenta a sí mismo,
mientras lo escribe con su vida y con la vida de los demás. Yo decía alguna vez que la identidad es
el olor, el lugar, el sexo, la edad, la lengua, la historia. Mi identidad son mis manos, todo lo que
ellas tejen, tocan, los ojos de mi espíritu que me obligan a mirar la imagen de mí mismo en el espejo
de todos los días, en el espejo de todas las costumbres y las circunstancias diarias.
Tras de esa identidad, tras de esa cosmogonía queremos ir porque pensamos que la hemos perdido.
Por eso esta Campaña. Porque es una Campaña de valores, una Campaña que debe elevar el nivel
cultural y ético, enriquecer y afirmar nuestra lenguas, fortalecer la unidad nacional, humanizar la
política y humanizar la economía para humanizar la vida, mejorar la democracia, hacernos más
fraternos y más generosos. La Cultura es lo que el hombre inventa para ser menos desdichado, para
buscar la felicidad.
Y usted, señor Presidente, ha tenido el acierto de nombrar a dos Juanes para el ejercicio y la
orientación de estos afanes. Juan Cordero, Ministro de Educación y Juan Valdano, Subsecretario de
Cultura. Con ellos estamos delineando esta campaña, que deberá constituirse en una política de
Estado. Su sistematización va del 2002 al 2009, porque creemos que es necesario que le niño, el
joven, el adulto, vuelvan a tomar el libro en sus manos, vuelvan a descubrir sus tesoros, vuelvan a
mirarse en ese maravilloso retrato de la inteligencia que les entregará el verdadero rostro de la
patria. Los ecuatorianos debemos volver a leer, sacudirnos de la violencia empaquetada que nos
llega de la televisión, volver a los clásicos ecuatorianos, clásicos quiere decir también que en cada
nueva lectura, descubrimos algo nuevo, una perla nueva escondida en la ostra llamada libro.
Un libro es un abrazo, es el gesto de cariño que nos hace la historia, es la fiesta fraterna en la que
nos volvemos a juntar con Eloy Alfaro y Manuela Sáenz, con Atahualpa y Juan Montalvo, con
Carrera Andrade y Benjamín Carrión que creó esta Casa para que ahora nosotros, señor Presidente,
bajo la sombra tutelar de Eugenio Espejo estemos juntos sembrando nuevamente las semilla que
ellos sembraros en su tiempo, para darle a nuestro país un destino de libertad, un destino de
soberanía, un destino de dignidad.
La Casa de la Cultura Ecuatoriana, promotora de esta cruzada, es el espacio de intermediación
ciudadana que convoca al sector público y privado a unir esfuerzos en bien del país.
Por razones que tienen que ver, básicamente, con la pérdida de valores cívicos y éticos, el país ha
terminado el siglo desconfiando de sí mismo, aferrándose a lo que nos separa y no a lo que nos une.
Por ello, la Campaña ha sido concebida también bajo el principio del fortalecimiento de la unidad
nacional.
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Por ello, con su participación señor Presidente, multiplicaremos por miles aquellos libros
fundamentales que deben ser leídos por todos, que deben iluminar con su presencia todas las casas
ecuatorianas. Nosotros esperamos de la Campaña muchas cosas, entre ellas:
Capacitar a 100.000 profesores que se convertirán en expertos en motivación a la lectura;
Esperamos que se eleve a un primer plano en tema de la lectura y el libro en los escenarios políticos
y medios de comunicación, al tiempo que abogue por una política de Estado sobro el libro y la
lectura;
Que afirme comportamientos lectores en todas las edades, en especial en niños y jóvenes;
Que promueva acciones por la lectura en la familia, en centros de trabajo y otros escenarios de
convivencia;
Que sea un refuerzo para el sistema educativo y contribuya a la formación integral de maestros y
estudiantes;
Que ponga en manos de los lectores productos adecuados y accesibles, en colecciones masivas, y en
otras de variados tirajes, géneros, temas, y para diversas edades;
Que dichos libros cuenten con acercamientos y guías de lectura que faciliten su comprensión;
Que contribuya a desarrollar el sector gráfico, editorial bibliotecológico, librero y autoral del país;
Que provea de libros ecuatorianos a nuestras embajadas y proyecte una imagen positiva del Ecuador
y sus instituciones;
Que promueva a primer plano a la Biblioteca Nacional, el mayor acervo de la cultura escrita de
nuestro país;
Que organice y desarrolle la Biblioteca Nacional Digital y la inserte en la Biblioteca Digital
Iberoamericana y Caribeña;
Que promueva el afecto de padres y docentes hacia los niños y jóvenes, como el elemento propicio
para hacer fecunda la enseñanza inicial y los comportamientos lectores;
Para todo esto, están en primera línea: Usted, señor Presidente; la Fuerzas Armadas, la Conferencia
Episcopal Ecuatoriana, la Unión Nacional de Educadores, la Comisión Anticorrupción, el
Honorable Consejo Provincial de Pichincha, el Ilustre Municipio de Quito, los Organismo de
Cooperación Internacional como el CERLALC o la Asociación Mundial de Lectura; la
Organización de estados Iberoamericanos.
Finalmente, permítame decirle que esta Casa es una fiesta, que todos los días se escribe, se canta, se
baila, se pinta, que tenemos un proyecto magnífico donde los niños, doscientos cincuenta niños en
saturación de riesgo, se acercan asombrados a los misterios del arte, y cambian para bien el rumbo
de sus vidas. Para ello hemos acudido a la empresa privada, pero sabemos que algún día, con su
ejemplo, los gobernantes se darán cuenta en verdad de que la cultura es la más importante estrategia
del desarrollo, y que hay que asimilarla de mejor manera. Estoy seguro que usted señor Presidente,
destinará una asignación permanente de inversión social para la Casa de la Cultura Ecuatoriana.
Somos 22 núcleos en todas las provincias de la patria, es decir, especie de chasquis que llevamos a
la población desencantada y humillada, la buena nueva del arte y la cultura, la buena nueva de
138
nuestra memoria anterior, llevamos los libros como una sagrada llama, porque un libro se lee para
recuperarnos del olvido, porque contiene la memoria pasada y futura, así, al reforzar usted esta
Campaña, señor Presidente, está ayudando a mantener la memoria de sus antepasados, esa es su
obligación histórica. Por ello nosotros no le exigimos, ni le pedimos nada. Le invitamos a este viaje
lúdico y maravilloso, al final del cual, nos encontraremos por fin, con nosotros mismos.
Dinero que se invierte en la cultura es dinero que se invierte en el espíritu. Es recurso para alentar la
vida, para festejar su maravillosa alegría.
Esta Campaña señor Presidente, para hacer una pequeña metáfora, será nuestro Malecón 2001,
porque la cultura saldrá de paseo a integrarse con las masas y a fortalecerse en ella. Y al Estado
quizá le costará mucho menos que el motor de un helicóptero subjetivo, y desde luego le dará más
réditos intangibles.
No puedo dejar pasar esta oportunidad para felicitarle públicamente, porque la dignidad de la patria
en Ginebra, la semana anterior ha sido recuperada. El voto ecuatoriano definido por usted, de
profundo respeto a la soberanía de la Revolución Cubana, nos limpia de la afrenta que el gobierno
anterior del señor Jamil Mahuad, nos dejara como herencia.
Los mandatarios tienen que ser el reflejo de sus pueblos, su voz y su orgullo.
Usted, cada día nos lo va demostrando.
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JORNADAS CULTURALES POR LA PAZ
Señor Prefecto de la Provincia de Pichincha, Ramiro González, amigo fraterno de ideales y de
luchas, muchas gracias por esa colaboración que nos permite tener en Quito, en su territorio, a los
pensadores más lúcidos de América Latina y el Caribe. La Casa de la Cultura Ecuatoriana y el
Consejo Provincial de Pichincha son dos albergues que contienen y de donde se desprenden la
sabiduría de nuestros viejos taitas: José de la Cuadra, Demetrio Aguilera Malta, Pareja Diezcanseco,
Pablo Palacio, César Dávila Andrade…
Muchas gracias a Luis Brito García, que hoy en la mañana nos deslumbró con su sencilla en
inmensa profundidad sobre la ética y la estética de los movimientos culturales y contraculturales del
siglo pasado. Saludo en él a Venezuela, el país de Bolívar, y mi personal sentimiento de solidaridad
con Hugo Chávez y su significación en este momento histórico de locura neoliberal.
Saludo a Jorge Boccanera, gran poeta de una argentina desolada y terrible; a Arturo Corcuera,
hermano peruano en el Perú que también ha sufrido las inclemencias de la rapiña y la desvergüenza
estatal. A Fanny Buitrago y Juan Manuel Roca de Colombia; de Fanny hay mucho qué decir y más
aún de su país, atormentado por agitados vendavales. Saludos a Carlos Villagra, ese pensador
multifacético del Paraguay, que con la misma sapiencia nos hablaría de la seda de Benares, de la
comida misteriosa de Antofagasta, o de un verso enorme de Leopardi. Saludo emocionado a
Ambrosio Fornet, a su esposa Silvia Gil (casi dueña de Casa de las Américas), a Lisandro Otero que
acaba de ganar el Premio Nacional de Literatura en Cuba; a Nara Araujo, doctora en Ciencias
Filológicas, autora de ese bellísimo libro de Viajeras al Caribe, o El alfiler y la Mariposa. A ellos,
cubanos de la revolución, intelectuales que dan la cara porque se han templado en el fuego, no fuera
de él.
A ellos, al pueblo cubano que ha sufrido y sigue sufriendo el bloqueo inmisericorde de cuarenta y
cuatro años, las calumnias más grandes de las transnacionales de la comunicación. A ellos quiero
decirles que esta Casa, sus escritores, sus artistas están junto a ese pueblo, están en contra del
imperialismo y su juego perverso. Estamos de acuerdo en defender y en luchar por sus decisiones y
su libre albedrío.
Ayer alguien me decía: “…pero allí se ha fusilado a tres personas” y yo únicamente he respondido
“… a tres delincuentes, a tres traidores y bajo un régimen de derecho” y en algún periódico de
aquí de Quito, ayer o antes de ayer he leído, “…cuatro delincuentes fueron abatidos por la
policía”. Qué es esto. ¿Existe aquí la pena de muerte? ¿Hubo algún tipo de juzgamiento? De los 51
Estados de los Estados Unidos, en los 48 hay pena de muerte. ¿Alguna vez han dado cuenta de sus
actos a alguien los todopoderosos? 7 secuestros en 7 meses. 44 años que el imperialismo ha estado
preparando las mejores condiciones de intervención militar a la Isla.
Será que Fidel, el estratega y el analista más profundo de los últimos cincuenta años, que ha sufrido
más de 600 atentados de muerte, se ha equivocado en aceptar una decisión del Tribunal Supremo en
un juicio sumario que contemplan las leyes. Habrá que reflexionar sobre ese costo político, porque
ésta es una decisión de rupturas, no de alianzas, porque tiene que haber un mensaje diferente en un
tiempo indiferente. Porque el mensaje de EE.UU. en la masacre de Irak, y en la irrespetuosa forma
de decir “castigaremos a Francia” bajo su justicia divina, es el mensaje del amo del mundo,
porque las palabras del más torpe de los Bush, que dijo “…hemos triunfado en Irak, ahora le toca a
Cuba”, es un mensaje de Súperman, porque las palabras de Colin Powell al decir que el régimen
cubano “…es una aberración en el hemisferio occidental”, son cínicas, y porque hay respuestas a
esas palabras como la de Jorge Enrique Adoum que ante esto dijo: “lo es… es decir, es una
aberración a juicio de los EE.UU. desde cuando le declaró la guerra hace más de cuarenta años:
140
el largo bloqueo económico, el bombardeo ideológico por Radio Martí, la subvención a los
terroristas de Miami, para asesinar a Fidel Castro, pasando por la fracasa aventura de Playa
Girón, primera derrota militar de EE.UU. en América: ¿No son actos de guerra para imponer la
economía de mercado? Más amenazada que nunca, cuba defiende como puede, con sus armas y sus
leyes, porque también a ella se la ha condenado a muerte. Y dice Adoum “de paso, asombra que
quienes, con razón se oponen a la pena capital, invoquen solo el derecho a la vida de los
individuos, por delincuentes que sean, y no el derecho a vivir de los pueblos, por pequeños que
sean, que se niegan a ser súbditos del imperio”.
Por eso pienso que hay otro mensaje explicito: cuba no es Irak.
Quizá me he excedido en este tema, pero quiero dar la tónica de que en estas Jornadas por la paz, no
hablamos con caretas ni con hipocresías. Peor eso digo lo que pienso, y quizá pienso lo que digo.
Todo se nos han llevado los corruptos de nuestros respectivos países latinoamericanos y del Caribe.
Lo único que no han podido llevarse a los Bancos de Miami, es nuestra riqueza espiritual. Lo he
dicho anteriormente: aunque el avance de la actitud guerrerista, aunque el avance de las modernas
técnicas satelitales de comunicación, la realidad virtual, la globalización y la política neoliberal, nos
desintegren como región y nos absorban como polvo cósmico a un sólo centro de desarrollo y de
poder, siempre la literatura y el arte estarán allí para contradecir, para polemizar, para subvertir,
para buscar nuevos caminos, nuevas opciones sociales, más justas y más fraternas, para revalorizar
la vida humana.
Por ello también mi agradecimiento a los escritores ecuatorianos que participan en este encuentro.
Ellos son los adelantados de una palabra mágica que crece incontenible dentro de los caudalosos
ríos subterráneos de nuestra patria.
Finalmente, agradezco al equipo humano que está junto a mí. Que no tiene nada de Suizo, pero que
trabaja como un reloj.
141
VI
142
EL OFICIO DEL ESCRITOR
Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y se le diera una flor como prueba de que había
estado allí, y si al despertar encontrara esa flor… ¿Entonces qué? Esta frase citada por Borges en
boca de Coleridge, ¿no es quizá lo que más nos acerca a ese misterioso, tortuoso y desesperante
oficio de escribir?
A mí al menos me sucede que muchos cuentos, muchos pasajes de novela han salido de mis
manos justamente como en sueños, para encontrarme al otro día con esa flor (el texto) cuyos
pétalos me impresionan por eso, porque era una flor percibida en sueños y que luego le
encontraba tangible, viva, palpitante.
Particularmente nunca he podido organizar esquemas, teorías y todas esas cosas terriblemente
serias y especializadas alrededor de la literatura, inclusive la crítica estructuralista la he sentido en
ciertos momentos, como una autopsia sobre un muerto.
El escritor, como todo ser humano, es una contradicción viva, permanente, y son quizá esas
contradicciones las que me obligan a escribir, a dar palabras de ciego con las palabras, a buscarme
y buscar mi conexión, mi comunicación con el mundo, que en la vida real se da cada vez más
tenue y desorientada, tal vez por efectos de un sistema que nos aliena e individualiza hasta el
punto de hacernos olvidar el ser social que llevamos dentro, aunque esta alineación también
alimente de alguna manera, consciente o inconscientemente el trabajo del escritor, más aún si
sabemos que todo arte se desprende del contexto social e histórico en el que se desarrolla.
Creo que empecé a escribir por temor. Por el miedo que sentía al quedarme solo en mí dormitorio
frente a una noche larga, eterna, poblada de fantasmas y de sombras. Allí comencé a planificar
otros mundos, a leer e inmiscuirme en otras aventuras, a sentirme un gran titiritero que manejaba
los hilos del mundo, de un mundo creado por mí y para mí, un mundo que quizá me alejaba
dulcemente de lo prosaico, lo vulgar, lo agresivo, del mundo que encontraba al salir de mi cuarto,
y que además me daba un pequeño poder porque me permitía manejar la vida (la vida literaria) a
mi antojo.
Más aun si se considera que había de por medio un carácter completamente introvertido, tímido,
neurótico y hasta cobarde. Empecé a escribir entonces, a forjar historias en las cuales yo era
siempre el héroe o el mártir, un juego que a falta de amigos, me proporcionaba el placer de
tenerlos y hacer de ellos lo que me viniera en gana. Luego, sin darme cuenta, (como sucede con
cualquier otro vicio), esa droga, la literatura, se fue metiendo en mí de tal manera que ahora,
cuando de alguna forma he derrotado al miedo y a la soledad rellenándola de jeroglíficos, cuando
me he dado cuenta que la escritura es también una acto de solidaridad humana, un acto que nos
lleva por laberintos oscuros al centro del hombre, que es un juego donde se potencializa la
sensibilidad y el asombro, donde se produce como en un caleidoscopio el color de los pueblos y
de los hombres, cuando he reflexionado sobre todo esto, digo, el miedo subsiste, pero es un miedo
que se parece mucho al miedo que se siente cuando por primera vez vamos a hacer el amor.
Miedo a que salga mal, a que no conectemos con el duende de la palabra, a que no seamos
capaces en el terreno (es decir en la hoja de papel, en el otro cuerpo) de demostrar y experimentar
lo que tan claramente tenemos delineado en el cerebro y en el corazón. Porque la escritura como
cualquier manifestación de arte, es principalmente un acto de amor, y ese acto de amor se da en
las transgresiones, ese terreno hermoso del erotismo, donde aparece la muerte y la continuidad
con una dialéctica obsesiva, donde se va sintiendo la voluptuosidad de la palabra, su poder de
sugestión y de abrazo.
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En ese sentido, el acto de escribir es también un gesto de completa libertad, una libertad que
como toda libertad tiene sus derechos y sus deberes, una libertad donde participa lo subjetivo y lo
aparentemente extraño, pero todo dentro de una estructura que empieza siendo misteriosa
(inclusive para el autor) y que luego se ensambla, se constituye, se resuelve, se revela bajo un
código de sensaciones múltiples. Así, salgo de mi casa sin salir, convoco, construyo y afino
personajes, que quizá no existen en la vida real, que apenas están construidos de ideas, pero que a
la par han nacido de una experiencia real, que únicamente han sido restituidos a la realidad
literaria (exagerada, enfermiza, qué sé yo) y que se va conformando como en un rompecabezas,
tomando los ojos de Daniela, el gesto lúbrico de Marcela, la ternura de María, la combatividad de
Quijano, la rebeldía de Fico o la desazón de Manuel; doy a esos personajes, aliento, contradicción
y zozobra, hasta que en un momento caminan por si solos, me atrapan en su dialéctica tenaz y me
siento uno más y todos, en el mismo juego de espejos que reproduce nuestra imagen con
deformaciones distintas (madame Bovary soy yo, decía Flaubert) y es posible que vaya
encontrando incoherencias como las que se desprenden de los sueños, pero que quizá bien
mirando no es incoherencia, sino la otra coherencia, la coherencia del texto literario que cada vez
pide más sangre, más alimento para su cuerpo sofocado. Y lo mismo el personaje puede acostarse
en una pensión de la Avenida 24 de mayo en Quito y despertarse bajo el puente donde Horacio
Oliveira bebía sidra junto a Clochard, en París, que sentir auténticamente un dolor de muelas en el
corazón, o hablar cara a cara con el espectro del padre de Hamlet que reclama venganza. Esa es
una de las cosas más bellas de la literatura, su ruptura lógica, su poder de ubicuidad, su visión
totalizadora, su imagen de dios omnipotente. Por ello también me parece que la literatura es una
de las formas que tiene la historia para ensamblar la memoria, la memoria del hombre, la
memoria de los pueblos.
Ya lo decía alguien: cuando la realidad parece estar muriendo social e históricamente, es cuando
surge esa necesidad de representaciones verbales de la realidad.
Uno escribe en la excitación, en el miedo que produce no solamente el ir en busca de la belleza,
del amor o el desgarramiento, sino en el miedo que produce una soledad llena de multitudes, una
soledad hecha de humo, de papeles blancos, donde los animalitos de las letras te pinchan y
aprisionan con su inagotable impaciencia. Si, uno escribe en la excitación y esta excitación se
parece mucho al amor de Dafnis y Cloe, quienes solamente conocieron la excitación que hacía
más eterna, más fosforescente, más dinámica, más obsesionante esa relación, y es allí donde
empieza el secreto de los cuentos de Borges y que él mismo se encargo de descifrar: en la
literatura debe temblar la inminencia de una revelación que no se produce.
La naturaleza es un diccionario, corresponde al artista lo demás, decía Declaroix, nos corresponde
desentrañarla, producir con la palabra una naturaleza humanizada, palabra como palabra y no
como sustituto, palabra electrizada, en la cual la magia del verbo clave la idea, la afiance, la
eternice, porque lo bello, ya se sabe, es la forma sensible de la idea.
Muchas veces me he sentido bloqueado frente a la máquina de escribir, con unas ganas locas de
que suene el teléfono, de que mi mujer me busque, de que se incendie la casa, absorto frente a la
máquina, en ese estado de estupor alcohólico donde la mente es más blanca que el papel y donde
la única cosa que te acomete obsesiva es el pavor a la locura, al otro lado, a la “otredad ”, pero
con la ayuda del diablo que vela por los escritores he ido saliendo, de la estupidez como se sale
del agua, y una palabra me ha reconfortado, una línea me ha dado el preciso ritmo, una frase me
ha sugerido e tono y el concepto, me ha revelado aquello de que yo estoy en el mundo para
escribir, para testimoniar mi época, para incidir y buscar la identidad de lo que ocurre, para
hacerme digno de la vida y su alborozo, y su tragedia. Entonces empiezan ha hablar mis órganos,
habla mi nariz y mi frente, mi vientre y mis manos, y me lleno de una literatura que obra en mí
como el suero en el intoxicado, porque también esa literatura que se va formando se convierte en
el sillón del psicoanalista, en el vaso del bebedor, en el bastón del ciego, y el texto va creciendo
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por si mismo, adquiere sus alas propias, empieza a ser inteligible casi sin necesidad de reflexión,
es decir sin una reflexión fría o calculadora, y uno es el primer sorprendido de ver que la obra se
ha desarrollado con una estructura autónoma y una economía interna que los críticos llaman nivel
sincrónico.
Aunque escribir es también, a veces, asqueroso, te llenas de una asquerosa ternura, de un
asqueroso pesimismo, de una asquerosa maldad, de una experiencia vergonzante de la que sin
embargo casi siempre sales purificado, por que su alegoría te transforma. Y a mí me sucede una
cosa que quizá sea melodramática y hasta cursi, pero que la digo porque está dentro de mi
experiencia. Necesito sentirme bueno. Conmigo y con los demás. Todos los días que voy a
escribir, empiezo por darme un paseo por los alrededores de mi casa, pienso en mi vida, me tomo
cuentas, hago un balance, y en la desesperación frente a una maldad que siempre está en acecho,
que siempre duerme a los pies del hombre, busco la cara de Dios, clamo porque la tierra me
entregue su energía, por que el agua y el aire, el sol y la noche me transmitan su sencillez
prodigiosa, y luego llego a mi escritorio, todavía nervioso, con un dolor punzante en el pecho,
acomodo la máquina, afilo los lápices, dispongo las hojas, busco los cigarrillos, los fósforos, el
café, cierro la puerta de mi estudio, desconectó el teléfono, y al revés de Bacon, ya inmiscuido en
la soledad de la creación que he escogido para siempre, mi instinto se prende, y necesito escuchar
a mi mujer en los otros cuartos canturreando su trabajo cotidiano, porque su actividad, su voz
sencilla y desmistificadora me serena, pone una caricia sobre mi exaltación.
Nos ha contado que Ingres lloraba durante horas antes de empezar a pintar.
Alguna vez escribí figuradamente sobre las cosas que yo necesito para escribir, pero en realidad
no se trataba de las cosas que allí enumeraba, se trataba únicamente de ejemplificar el miedo
frente al oficio, el miedo y el embrujo, algo como el vértigo, como el crimen, como el salto en
paracaídas.
Un escribidor joven me salió al paso luego de la lectura de ese texto y dijo que eso era una
fantochada, que lo único que él necesitaba para escribir era papel y tinta. Tenía tanta razón (pero
tan burda) que en homenaje a é y con riesgo de plagiarme le reproduzco aquí. Mi texto decía lo
siguiente:
“...¡Mierda!, lo que yo necesito es una infraestructura para escribir, ¡Maldita sea, una
infraestructura¡ Necesito un gran escritorio y una silla blanda, papel blanco que no tenga
arrugas, que no tenga manchas, y muchos lápices de puntas afiladas, y necesito caminar sobre la
lluvia sin mojarme, y encerrarme en el cuarto escuchando la música de Julio Jaramillo, lejana,
vaga, necesito que mis pies estén calientes todo el tiempo y que la taza de café humee expresando
su presencia. Necesito kilómetros de cigarrillos encendidos y que los fósforos al caer al cenicero
no dejen su huella malévola, su cábala implacable, necesito que la máquina sea negra y que la
letra T quede justo a la altura del corazón, y también que al levantarme medio sonámbulo e
idiota por la escritura secreta de la noche, asiente primero el pie izquierdo y no en aquella tabla
diferente, necesito no mirarme al espejo sino después de la primera página para apreciar la
huella que va dejando la grafía, no tocar el agua ni el fuego ni el aire ni la tierra: Necesito el
silencio más absoluto (con la música de Julio como un recurso, como un pasado) paredes de
corcho para que amortigüen las pisadas y las voces, necesito aire tibio que no permita
filtraciones de ruidos, necesito oler ajonjolí o amapola o por lo menos cartucho, y que sean tres,
o cinco, o siete los besos que me has dado al dejarme, necesito no recordad tu perfil, Laura, ni tu
voz, ni tu epidermis, necesito que mi mente esté en blanco, que no haya estrellas en el horizonte,
ni luna, que no suene el teléfono ni la cadena del baño, necesito haber dormido (es un decir) toda
la noche boca abajo y con las manos en el pecho, necesito recordar la última pesadilla,
asegurarme de que era literaria, necesito que ningún bicho me pique en la pierna ni en el brazo
145
ni en la espalda, necesito ver los cuadros de la pieza bien dispuestos, más que todo el de Van
Gogh que siempre le da por amanecer chueco, que las cobijas al dejarlas no se asemejen a los
mantos del Greco, es decir que la realidad no copie del arte sus gestos solitarios, necesito
recordar lo que pasará mañana, tres palabras necesito para empezar, o cinco, o siete, también
que me duela un poco la cabeza, y el estómago, necesito fumar mucho, empezar a temblar, que el
cerebro se me embote con el humo, que haya alguna planta cerca de mis ojos pero que no se le
ocurra retoñar el momento que la estoy mirando fijamente lelo, necesito plantas que no tengan
hijos, que crezcan autónomas como las barbas de Quijano, necesito ponerme la camisa que en
Cruz Loma le cayó un poco de jugo de mango, como aquel del conocimiento de Daniela,
necesito un escritorio grande y una silla blanda, papel blanco que no tenga arrugas, que no
tenga manchas, necesito tres palabras, necesito..”
Hasta aquí el artículo, que mal interpretado y todo, incluí en uno de mis libros.
En cuanto a las formas, a los pequeños presagios, a las cábalas, tengo muchas y con ellas me bato
desde que amanece. Prefiero escribir en las mañanas. La noche y el sueño obran como un filtro
que cierne la imagen y la idea de una situación significante por obra y gracia de la literatura. Y
de igual manera siempre preferiría escribir en verano, aunque en el invierno hay algo que no se ha
dicho nunca como lo observa aquel poeta argentino enorme, casi desconocido en América,
Mazzechi.
En cuanto a los géneros, he incursionado en algunos de ellos, novela, teatro, poesía, a pesar de
que piense que cada vez se van borrando más los limites impuestos por una preceptiva
trasnochada y caduca, en todo caso quizás el género que nos escoge tenga mucho que ver con el
carácter, con la idiosincrasia, con el temperamento. Siempre será ejemplificador lo que decía
nuestro José de la Cuadra, uno de los mejores cuentistas de América: cuando le preguntaban
porqué había escogido el cuento, el respondía: “yo soy como los gallos, acabo pronto”. Sí, acabar
pronto, decir las cosas como en un ataque, como en una convulsión, como en un abrazo, como en
un espasmo. Es en el cuento donde mejor me siento, en el relato, en la historia corta. Allí mi
espíritu se tensa como una cuerda de violín (a propósito siempre recuerdo un símil de que nos
hablaba un viejo profesor. El nos decía que la literatura es como un violín, las palabras son las
cuerdas del violín, pero es una sola la caja de resonancia). El cuento es muchas cosas pero
ninguna de las que dice la teoría literaria, el cuento es una garrapata que nos camina en el
corazón, en los intestinos, es la manera desdichada que tenemos de afianzar la melancolía de un
instante. Contiene la duración de una lágrima, de un beso, de una bala. Es la mala pasada que
nos hace la memoria, el hijo ilegítimo del recuerdo que ha dejado huella, es sacarse el escarabajo
de la espalda, es como el bolsillo del payaso o el sombrero del mago, o la cartera de la mujer
amada, donde siempre cabe algo que te sorprenderá. El cuento es un rayo, un deslumbramiento,
una flecha encendida en la noche, una fecha que parte rauda hacía el corazón de la inteligencia.
En el cuento pretendemos atrapar el especio y el tiempo de un solo manotazo, en una cohesión
donde cada palabra tiene el deber de ser inteligente, cada final una descarga eléctrica, buscando lo
que buscaba Eliot, la plenitud de la fórmula verbal. Si la novela es extensa, el cuento es intenso.
Quizá por ello amo también la poesía, por su breve estallido, por ese orden lingüístico que define
el misterio escondido en los hombres y las cosas, por su carácter subversivo, verídico, sin
apariencia, porque rompe la paz interior, porque se escribe con todo el cuerpo, no a los lados, ni al
contorno sino en profundidad, porque es el ejercicio de la excitación de la inteligencia, de la
vigilia de la inteligencia, porque agudiza (y a veces quiebra) todos los sentidos. Porque uno
siente la muerte y la vida como en la culminación del coito, de su deslumbramiento.
146
Y luego el trabajo artesanal, el trabajo de orfebre, la necesidad de pulir y repulir la palabra no solo
con insistencia sino con humildad, con la sencillez que practica el carpintero para hacer una silla,
tratando de buscar la entonación, el ritmo adecuado, la respiración del texto, a fin de que llegue al
lector, ese monstruo de mil ojos, de la manera más directa, más sugestiva. Porque un libro
empieza su circulación vital solamente cuando alguien lo lee.
Desde luego el escritor es un insatisfecho, un contestario, un vampiro nocturno que muchas veces
se alimenta de su propia sangre. Su deseo no se colma, su obsesión no se serena, su
desgarramiento no se precisa. A menudo lleva la culpa del mundo sobre sus hombros, y también
la esperanza, esa forma que tiene el hombre de aligerar la condena.
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BREVES APUNTES SOBRE LA LITERATURA ECUATORIANA
¿De dónde vengo? Vengo del ombligo del mundo. Del centro del mundo. Mi país tiene un nombre
que no define la historia, sino el azar: Ecuador. Si alguien toma el diccionario para saber algo de él,
se encontrará con que Ecuador es el círculo máximo de la Tierra, perpendicular a la línea de los
polos.
Y ecuatorial es aquel aparato que se compone de un anteojo móvil y sirve para medir las
ascensiones y declinaciones de los astros. Entonces soy del país de la mitad, país que por secuencia
histórica debió llamarse Quito, porque antes de que pomposamente empezáramos a tener vida
propia como república independiente, nuestro pedacito entrañable de tierra se llamaba Gobernación
Independiente de Quito y luego Audiencia y Presidencia de Quito.
Pero dejemos de lado este nombre “geográfico y geométrico”, y digamos que, como dice algún
historiador, “para vivir a 2850 metros sobre el nivel del mar –altura de Quito- todos los hombres
de todas las razas del globo tienen que ensanchar el perímetro del tórax”.
Ante todo no hay porqué asustarse. En algunos países creen que por haber nacido nosotros bajo la
línea ecuatorial, somos unos bárbaros de taparrabo y lanza que comemos carne humana, y que bajo
un sol abrasador celebramos rituales de orgía y sangre. Otros creen que estamos situados en el
África o en América Central (por aquello de la mitad), No, estamos en Sudamérica y somos
hermanos de límites con Perú y Colombia.
Nacidos entonces bajo la línea ecuatorial, sería atinado decir que la geografía nos desune, nos
dispersa, no nos permite una uniformidad, somos selva y trópico pero también montañas y nieve,
maravillosa fusión de cosmogonías y sangre, negros, indios, cholos, mulatos, mestizos, blancos,
desde donde ha salido un arte y una literatura múltiple que ahora paso a narrarles:
De una manera vacilante, indecisa, como cuando el niño empieza a caminar la literatura ecuatoriana
inicia su camino a pie, pero bajo la sombra tutelar, libertaria, polemista, del indio quiteño Eugenio
Espejo, quien, desde 1770, en panfletos, libros y periódicos, asumió su valiente actitud
anticolonialista, que finalmente le constaría la vida. Conspirador e inspirador de la Independencia.
Luego, en el último cuarto del siglo XIX, la literatura ecuatoriana empezará a caminar bajo un
optimismo racionalista, un mundo inconmovible, prefigurado, quieto, ordenado, feudal y
conservador. En el cuento no se va más allá del relato de costumbres, de la tradición o la leyenda y
los temas estarán vinculados a un realismo chato y luego a un romanticismo dulzón y desabrido,
cuyos padres putativos serían Chateaubriand, Lamartine, Víctor Hugo, Walter Scott, etc.
En todo caso, los personajes de esta literatura “son cacasenos del pueblo, y el escritor desde una
esfera superior muchas veces se burla de ellos, los ridiculiza” (Juan Valdano). El humor concebido
aquí como el trasfondo de una conciencia de clase privilegiada que desprecia lo popular. “La
jerarquía de clases es clara y debe mantenerse tanto en la literatura como en la vida” (Juan
Valdano). Todo parte de lo clásico, de lo verosímil, de lo realista. Estamos en las primeras décadas
del siglo XIX y los escritores apuntalan con sus sueños, un poder omnímodo y que respira quietud y
vida sana.
Las características de esta literatura estarían dadas por el punto de vista. El narrador es el Dios de
los hombres y circunstancias, está en todas partes (y en ninguna se lo puede ver), por ello se utiliza
la tercera persona, que prefigura la cosmovisión y el desarrollo de todo el contenido. Se detalla el
paisaje y se describen los ambientes, el lenguaje es “academicista, rancio, convencional, es decir el
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instrumento adecuado para interpretar la burguesía decimonónica, pureza, casticismo, corrección
formal, moderación expresiva, pudor, idealismo, amaneramiento” (Juan Valdano).
Pero hay alguien, fuera del cuento y de la novela, que distará mucho de esa moderación y ese
optimismo, y que fustigará con su pluma a los dictadores y a los poderosos, un hombre ecuatoriano
que fue exaltado por José Enrique Rodó, por Rubén Darío y por Miguel de Unamuno: Juan
Montalvo, aquel escritor de un casticismo irreprochable cuya pluma no tembló cuando se decidió a
escribir los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes. Empezaba entonces la confrontación
ideológica entre dos corrientes representadas en las letras por Juan León Mera (conservador) y Juan
Montalvo (liberal). En poesía, y luego de la gran poesía épica de José Joaquín Olmedo (que igual
cantaba las hazañas del Libertador Simón Bolívar, como las del dictador Juan José Flores), el
modernismo, al decir de Jorge Enrique Adoum, aparece “como la expresión más cabal y más
lograda de la frustración de la burguesía y el gamonalismo”. Cuatro poetas trágicos irrumpen con
sus cantos donde se huele la huella dolorosa de Baudelaire y Verlaine. Los cuatro terminarían con
su vida por su propia mano, razón por la que fueron bautizados por un escritor ecuatoriano, Raúl
Andrade, como la Generación decapitada. Magníficos poetas, sus obras son perlas de tristeza,
exactas, puras, de donde no emerge nada que no sea melancolía. Sus nombres: Medardo Ángel
Silva, Humberto Fierro, Ernesto Noboa y Caamaño, y Arturo Borja.
Las luchas independistas han llegado a su fin. Se comienza a sentir la necesidad de asumir un
compromiso y fijar los cimientos de una literatura nacional y popular. El liberalismo asume el poder
en 1895 y allí mismo aparece la novela de ese movimiento: A la costa, de Luis A. Martínez (1906).
El siglo XX se abre maravillosamente para nuestra América, para América Latina, con ese gran
cuentista argentino Horacio Quiroga y en nuestro país empiezan a reafirmarse, a delimitarse, dos
caminos del realismo: el realismo social y el realismo sicológico, esas dos vertientes copan la
literatura de los albores del siglo. En nuestro país aparece un libro de alguien que a la postre moriría
loco en un sanatorio para enfermos mentales, Pablo Palacio: Un hombre muerto a puntapiés (1927).
Ese libro marcaría los derroteros de casi toda la literatura posterior. Los otros escritores
significativos de la famosa generación de los treinta, se adscribirían al realismo social por la
necesidad de denunciar las injusticias sociales, de mostrar la realidad del campo, de la tiranía
feudal, En la poesía, a partir de 1925, aparecían las obras de tres grandes líricos de nuestra
literatura: Jorge Carrera Andrade, Alfredo Gangotena y Gonzalo Escudero. Recojo aquí algunos de
los contextos internos y externos que marcaron esa literatura y que lo he tomado de algunos
investigadores de mi país.
Contextos internos: Crecimiento de las ciudades, industrialización naciente, formación de un
proletariado urbano, desencanto por la traición a los movimientos revolucionarios del pasado y
comienzos del presente. De 1920 a 1940 tenemos veinte presidentes, casi uno por año, inestabilidad
política, búsqueda y agitación.
Contextos externos: 1914, año de la barbarie de la Primera Guerra Mundial. Desengaño de la
civilización europea. Constantes intervenciones del imperialismo norteamericano en América
Latina. Crisis económica de 1929.
Revitalización del marxismo. Hechizo de las nuevas ideas de Marx y Freud. Se funda el partido
socialista y el partido comunista en nuestro país.
Corrían los años en que todo vestigio liberal de la revolución de 1895 se había quemado en la
misma Hoguera Bárbara en la que asesinaron y quemaron al líder máximo de este movimiento
liberador: Eloy Alfaro, quien prefigura con sus derrotas y sus victorias al Coronel Aureliano
149
Buendía, de García Márquez. Se vive el caos, la explotación y la miseria; empieza a vislumbrase el
fantasma pavoroso de la Segunda Guerra Mundial.
En noviembre de 1922 la incipiente clase obrera, que había empezado a generarse a través de una
naciente industria dependiente o privada, recibe su bautismo de sangre en la más inmisericorde
matanza que se haya registrado en nuestro país. De esta dolorosa experiencia histórica saldrá la obra
más firme escrita por un militante comunista ecuatoriano: hablo de Las cruces sobre el agua, de
Joaquín Gallegos Lasa (el pueblo de Guayaquil cada año arroja cruces de madera o flores al río en
recuerdo de los obreros asesinados y tirados al agua, el 15 de noviembre de 1922).
En 1925, le revolución juliana que apenas quedó en un tenue reformismo, llevada adelante por
militares de baja graduación en beneficio de la clase media en ascenso, claudicaría más tarde frente
a la presión oligárquica feudal. De igual manera, la Guerra de los Cuatro Días en 1932, sirvió para
masacrar al pueblo en la lucha fratricida de liberales y conservadores por la hegemonía del poder.
La depresión consiguiente a la Primera Guerra Mundial se hace patente en el mercado agrícola
ecuatoriano.
El movimiento de los años treinta (cuyas figuras máximas son Alfredo Pareja, Enrique Gil, José De
la Cuadra, Demetrio Aguilera, Joaquín Gallegos, Pablo Palacio y Jorge Icaza) se fortaleció dentro
de un proceso y una coyuntura social específica, porque todo hecho artístico recibe de su contexto
social la savia que lo nutre.
Enrique Gil Gilbert, escribe su mejor obra en 1940, Nuestro pan, que recibe el segundo premio en el
concurso que ganó El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría. Demetrio Aguilera Malta es el alter
ego del cholo de la Costa y en sus novelas Don Goyo y La Isla Virgen, sus cualidades sociológicas
son impresionantes. José De la Cuadra fue quizás el mejor escritor de cuentos de su época, tanto en
Ecuador como en América Latina. Sagaz, lúcido, de un poder de síntesis altísimo, el realismo
mágico aparece de su pluma con Los Sangurimas, novela corta que prefigura con varios años a Cien
años de soledad.
Nuestros escritores de los años treinta enfrentaban esta época de una manera consecuente con los
intereses del pueblo y con su política reivindicativa. Todos ellos militan en organizaciones de
izquierda, y su obra es crítica, realista y demoledora.
De los inclaudicables escritores de los años treinta de nuestro país, diremos también lo que varios
críticos literarios han encontrado en sus libros: descarnado verismo. Crudeza. Revelación de la
realidad, situaciones extraordinarias, no cotidianas. Violencia, crimen, sexo. Relaciones de
injusticia social. Una literatura que no divierte sino advierte, que no enuncia sino denuncia. Del
tono informativo pasa al subversivo. Se encuentra incorporado el elemento mágico (el fondo de lo
popular). Hiperboliza la realidad del montubio. Los personajes son proletarios, o es la comunidad
entera, se reivindica lo autóctono, y como dice Diego Araujo, llegan al diseño de personajes
prototípicos: el indio explotado, el patrón, el mayordomo, el cura, etc. Por otro lado, no se olvida el
sermón proselitista y la innovación técnica. Se reinventa el lenguaje. Encontramos una habla fresca
y realista; uno de ellos, quizá el más experimental y auténtico, José De la Cuadra, decía: “fotografía
y fonografía de la realidad, eso es lo que buscamos”.
Nos encontramos en los años cincuenta, hasta cierto punto, estériles y de una calma bonachona,
década, empero, que se abre con una gran novela: El éxodo de Yangana de Ángel Felicísimo Rojas,
uno de los textos literarios más novedosos, atrayentes, denunciativos y bellos de la historia literaria
ecuatoriana. Todavía la bronca literaria se da entre los dos realismos. En el uno supervive Jorge
Icaza, creador de la novela que mayor fama ha tenido en el Ecuador y en el mundo entero
Huasipungo, algunos cuentos de Gallegos Lara, Pedro Jorge Vera, Alfredo Pareja, Adalberto Ortiz,
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con su deslumbrante novela Juyungo “historia de un negro, una isla y otros negros”, y en el otro,
en el realismo psicológico, empiezan a aparecer muchos escritores que tienen ya una obra de
consideración: César Dávila, Rafael Díaz Icaza, Jorge Enrique Adoum, etc.
Finalmente hace algunos años, en nuestro país, sintomáticamente a partir de la revolución cubana y
los distintos movimientos de liberación con su significación dentro de América Latina, fueron
surgiendo grupos, movimientos, talleres o escritores individuales que consideraron ya a la literatura
dentro de su especificidad como un factor necesario de cambio, de orientación y de testimonio.
Dentro de los diferentes géneros literarios, el cuento en nuestro país ha ido adquiriendo una mayor
resonancia, proporcional al rigor, a la disciplina y a los objetivos que el escritor contemporáneo se
propone, en un mundo donde la desubicación, la desorientación y la ambigüedad son los
instrumentos diarios y alienantes con que nos regala el contexto mundial.
En uno de los manifiestos del Frente Cultural, decíamos que el desarrollo del capitalismo en el
Ecuador, el surgimiento de la clase obrera, la constitución de organizaciones políticas que
reivindicaban los intereses proletarios, fueron, entre otros, los elementos fundamentales que
determinaron la conformación de núcleos de intelectuales del sector medio que ya no respondían a
los intereses de las clases dominantes. Hasta la década de los años sesenta aparecen intelectuales
progresistas que, al asumir su compromiso político con la historia, devinieron en militantes de las
organizaciones de izquierda.
Las décadas de los años sesenta y setenta se caracterizan por el emerger de movimientos
iconoclastas, agrupados alrededor de programas inmediatistas que, aunque mecánicos y románticos,
se asumen dentro de la concepción sartreana del compromiso intelectual, y plantean una ruptura
total con el oficialismo cultural. Una muestra de esto es el grupo Tzántzico y su revista Pucuna, que
significativamente asumen la necesidad de “reducir cabezas” consagradas, es decir, el parricidio.
Esto, que fue más una actitud que una praxis real, logró sin embargo romper un lastre acumulado
por el conformismo, y llevó a alguno de esos grupos a plantearse su quehacer bajo una intención
política, que finalmente redundaría en una mejor aprehensión de la realidad cultural del país.
Dentro de este contexto –decía también el manifiesto- la historia y la dirección que ésta toma,
impulsada por la clase trabajadora, hoy va demostrando que la única posibilidad de ser realmente un
intelectual es ir generando prácticas culturales insurgentes. Como esta práctica no se da en campo
neutro sino en la historia real, caracterizada por la lucha de clases, el intelectual –como agente
reproductor de ideología- debía estar vinculado a los frentes de masas y asumir de este modo su
función de intelectual orgánico, tal como lo conceptualiza Gramsci. El proceso de transformación
conducido por las clases explotadas exigía nuestra participación en el sentido de investigar,
aprehender, divulgar y desarrollar la cultura del pueblo.
En estas circunstancias, reformulamos la cultura como la interrelación de las diversas
manifestaciones del pueblo, y esta interrelación en permanente contradicción con las
manifestaciones ajenas a él. Uno de los símbolos inequívocos de esa literatura es justamente el de
tomar el hecho artístico como una vocación, como una dedicación, como una profesión rigurosa y
diaria. No era obra y gracia de la inspiración o de las musas, era un hecho real, que requería
investigación desde diferentes puntos de vista, investigación de la forma y del fondo, de lo que se
dice y de cómo decirlo, del lenguaje y de su profundidad conceptual. Entonces lo aparentemente
insignificante se llenaba de significado, lo cotidiano estaba lleno de latencias, de reflejos interiores,
la persona que pasaba por la calle, su actitud frente a un niño, frente a una mujer, su manera de
sentarse en el parque, las palabras, adquirían otros significados.
Por otro lado, la necesidad de sentir la ciudad, de redescubrir y amarla, de ahondar en nuestras
raíces históricas, de dónde venimos, a dónde vamos, era otro síntoma de nuestra literatura joven.
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Veremos a Iván Egüez (La Linares, Pájara la memoria) fantaseando irónicamente en sus conventos
y cúpulas, dándole al personaje cotidiano un carácter épico, atacando el lenguaje, llenándolo de
aliento, volviendo a crearlo, encarnándolo; a Abdón Ubidia (Ciudad de invierno) en uno de sus
cuentos, rastreando la ciudad, acometiéndola, buscándola desde diferentes aristas, tratando de
provocarla, de quitarle sus velos, de explicarla y por su medio explicarse, pensando quizá en que es
su clima delicado el que nos tiene melancólicos, o que es su arquitectura la que nos brinda los
chispazos barrocos de nuestro lenguaje. A Jorge Velasco (Como gato en tempestad) reinventando
ese lenguaje popular guayaquileño que emerge de sus calles, de los que no tienen voz; a Eliécer
Cárdenas (Polvo y Ceniza) buscando las coordenadas misteriosas del bandolerismo criollo en la
imagen de Naum Briones; a Jorge Dávila (María Joaquina en la vida y en la muerte) analizando y
pormenorizando los rasgos existenciales y alienantes de la beatería provinciana; a Francisco Proaño
(Historias de disecadores) aprehendiendo los ademanes histriónicos y fantasmales de aquel
personaje que durante cuarenta años fustigó con su dedo y su oratoria el alma de la patria; a Jorge
Rivadeneira (Las tierras del Nuaymas) a la caza de su guerrilla perdida; veremos a Vladimiro
Rivas (los Bienes) buceando entre los recuerdos familiares, recordándonos a todos nuestra abuela y
sus peripecias; a Marco Antonio Rodríguez (Historia de un intruso) atormentado por la
trascendencia del hombre común, de su devenir y de su metamorfosis psíquica frente a una sociedad
vacía de valores; veremos a Raúl Vallejo (Máscaras para un concierto) convirtiendo en personaje
real al que un día fue poeta de los decapitados; a Javier Vásconez (Ciudad lejana) desmembrando
los huesos de una aristocracia sin meta y sin salida; es decir, a todos nosotros frente a una misma
situación crítica y comprometida, utilizando una de las armas del hombre, el pensamiento, la
literatura, para atacar desde diversos ángulos el armatoste del mal del siglo, la corrupción.
Vendrían entonces los maravillosos, encantados, desencantados, apabullantes, libres,
esquizofrénicos, trágicos, luminosos años sesenta, pero ya que hemos llegado hasta aquí, bajo esas
dos realidades de nuestros escritores de los años treinta –el realismo social y el realismo
psicológico- es hora de preguntarme (ya empiezo a estar involucrado) de qué realidad hablo.
“La realidad no existe. Al menos no como la entiendes tú Sancho”, diría el Quijote. La realidad
para nosotros, los de los años sesenta, es una trampa. Y en literatura, la realidad es apariencia. El
escritor únicamente entiende “la realidad” si va así, entre comillas. Vladimir Nabokov, Franz Kafka
y Faulkner lo sabían. Pero vamos por partes, como diría el descuartizador, si el descuartizador fuera
Cortázar.
Muchas realidades se inmiscuyeron y acicatearon nuestra agitada propuesta literaria de los años
sesenta, propuesta de identidad y de lenguaje, propuesta de una nueva simbología y un nuevo
“viaje” al interior del hombre, propuesta que dejara a un lado el optimismo racionalista de los
doctos, el maniqueísmo posterior, la mirada exterior, el realismo chato y unidimensional, el
automatismo y objetivismo externizante, el tratamiento manipulador de un lector tibio, inocente e
ingenuo, propuesta, en fin, que nos comprometía y nos convertía en sujetos vivos de un conflicto
social, ético y estético.
La “edad de oro” de nuestras letras (1925 – 1945) había pasado, y nosotros con gusto les dimos
todo el oro que merecían y nos quedamos sin nada. Pero fueron otras “realidades” maravillosas y
desgarradoras, internas y extremas, las que modificaron, nutrieron, apuntalaron nuestra necesidad
de convertirnos en escribientes, en oráculos, en chamanes de una conciencia nueva, subversiva,
caótica, violenta, ambigua, que contenía el hombre planetario, al hombre en sí y a su circunstancia.
Pienso que ya no se trataba de matar a nuestros inmediatos padres de los cincuenta, padres que no
merecían la muerte de manos nuestras, porque ya la llevaban implícita en un porfiado realismo
social a ultranza (excepción hecha de dos entrañables padres putativos que más tenían de
hermanos: Jorge Enrique Adoum y César Dávila). Se trataba de mirar a nuestros abuelos de los años
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treinta con mayor detenimiento, de saldar cuentas, de acumular y decantar su experiencia, su
empuje, su vigor, retomar los rasgos espirituales del paisito, y seguir adelante, contemporanizando
más bien con los tíos de más allá del charco, es decir, Juan Carlos Onetti, Gabriel García Márquez,
Julio Cortázar, Alejo Carpentier y Juan Rulfo, quienes filtraban para ellos y para nosotros las sabias
enseñanzas de Maupassant, Poe, Faulkner, Hemingway y Quiroga, en una dialéctica de circulación
sanguínea.
La vertiginosidad de la vida en esa década nos imponía otros códigos y otros rostros espirituales. La
realidad para nosotros empezaba a ser lo que siempre es: una epifanía. Una revelación inesperada.
Un entrañable escritor amigo, de mi generación, decía que la obra de los escritores ecuatorianos de
la generación de los años treinta era simplemente insuperable. Eso lo decía completamente
convencido, un escritor que se desangra diariamente buscando la perla que yace en el fondo de la
ostra, y que ha dado grandes muestras en sus libros de una, no insuperable, pero nueva actitud frente
al mundo, actitud que en esencia deviene en estilo.
Ya se sabe que a veces de tanto repetir una afirmación cualquiera, se vuelve indiscutible, peor aún
en nuestro país donde ningún concepto pasa por el análisis sino por la crítica deportiva. Pero
entonces qué significan en nuestra vida intelectual novelas como Entre Marx y una mujer desnuda,
lucidísimo collage de lo que somos, de lo que buscamos, viaje estremecedor al corazón de la
inteligencia, evocación multiforme de un escritor de los años treinta (Gallegos Lara), con los
recursos sicológicos, lingüísticos y humanos de los setenta. Y qué significa Pájara la memoria, ese
permanente homenaje a la lengua y a la vida, y qué significan Polvo y ceniza, Bruna Soroche y los
tíos, y qué hacen allí los cuentos finos y profundos de Ubidia, Velasco Makenzie, Vásconez, Dávila
Vásquez, Proaño Arandy, y qué decir de aquella palabra secreta de Humberto Vinueza, Euler
Granda, Javier Ponce, Jara Idrobo, Carlos Eduardo Jaramillo, etc. O el aporte sustancial de aquellos
pensadores como Agustín Cueva, Fernando Tinajero o Alejandro Moreano que buscaron darle
organicidad a nuestra propuesta.
Es una verdad que nuestra generación ha sido de ruptura y aporte. Quizás esa ruptura y ese aporte se
manifestaron luego de una tenaz asimilación y estudio de la obra fecunda de los escritores de los
años treinta, especialmente del Pablo Palacio, pero es posible también que, como dice Vladimiro
Rivas, “Nuestra adhesión a la obra de Palacio debe entenderse como un síntoma de desamparo, de
ausencia de padres”, de ausencia de vasos comunicantes. Innegables, por otro lado, son las virtudes
literarias, políticas, ideológicas y sociales que, dentro de un contexto específico, desarrollaron
nuestros escritores de los años treinta, pero pienso que suficientes romerías se han realizado hacia
sus libros y es peligroso que de tanto mirarlos, se nos convierta en espejismo. Parecería que nos ha
dolido crecer huérfanos. Y quizá por ello habremos contraído los vicios del huérfano. Pero nuestro
crecimiento ha sido vertiginoso, solidario, en las calles, al aire libre.
Vuelvo al libro Desciframiento y complicidades de Vladimiro Rivas (cuyas virtudes como ensayista
son innegables, no así su narrativa que tiene deudas literarias demasiado obvias, especialmente con
el clan borgeano) quien dice, refiriéndose a nuestra generación: “...a esta generación le ha costado
mucho tiempo descubrir el mundo que le rodeaba y descubrirse. Trabajosamente y no sin sacrificio
llega a la madurez literaria, esto es, a entender lo que es una novela y cómo se vive su escritura. El
mismo Adoum llegó tarde a la novela. Publicó Entre Marx y una mujer desnuda a los cincuenta
años de edad. Pero Adoum ya había dicho su palabra en la poesía. Estaba de por medio el vacío
generacional de los cincuenta. Nos costó entender que no se escribe para cumplir un deber cívico
sino por razones más íntimas, que acaban finalmente tendiéndole la mano al imperativo social”.
Es decir, las nuevas realidades necesitan nuevas formas, nuevos lenguajes, nuevos desafíos. Y
cuáles eran esas realidades que impulsaron y modificaron nuestra expresión, que desempantanaron
una literatura que ya olía a sahumerio, que le dieron una actitud vital bajo un nuevo realismo más
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profundo y complejo. Veamos a vuelo de pájaro: nacimos en el centro de un cacareado sentimiento
de derrota, por la guerra con el Perú. Todo lo que tocábamos se convertía en derrota. Empezamos a
acumular una formidable vocación para la derrota. Y para el sufrimiento. Soportamos una larga,
mediocre y folclórica época de populismo y militarismo. Más tarde, la fragmentación de la
izquierda y sus luchas intestinas, que se dieron también entre nosotros y nos tornaron enemigo del
amigo y viceversa.
Varios compañeros de entonces, eligieron un radicalismo vehemente, a otros –como diría
Hemingway- el marxismo les estropeó el estilo. Y más cercano a nosotros, toda aquella avalancha
de vida, de esperanza y tragedia que se generó en la década del setenta. Pero, ¿qué es lo que no
pasó en aquella década? El mundo bullía por todas partes, la gente estaba viva, las cosas estaban
vivas, la naturaleza estaba viva. Momentos maravillosos donde salieron a flote las virtudes más
profundas del ser humano, y, obviamente, su contrapartida. Se empiezan a generar en nuestra
América grupos literarios iconoclastas y vagabundos como el Nadaísmo, Tzantzismo, etc. Auge del
petróleo en el país, nos encaramamos en una modernidad postiza, que a duras penas nos convirtió
en consumidores y nos “elevó” al status del jean y el rock and roll. La epopeya de Cuba. Fidel. El
Che. Las luchas de liberación latinoamericana. Los Tupamaros. Los Montoneros. Nuestra frustrada
y también folclórica guerrilla de Toachi. La tenaz y ejemplarizadora lucha de la mujer por la
reivindicación de sus derechos. La juventud del mundo contra el monstruo de mil cabezas: el poder.
La teología de la liberación. Los movimientos Beat (especialmente en poesía) y Pop (en pintura).
Los Beatles y su profundo Let it be. Mayo del ’68, la Revolución de los muros, es decir aquella
“expansión de las posibilidades” como le explicaba a Sartre aquel jovencito judío alemán que
encendió París con sus graffitis Dany Con-Bendit. Recordemos de paso cómo hablaban las paredes
de Nanterre en ese entonces:
Tenemos una izquierda prehistórica
La imaginación al poder
Exagerar es el arma
Hablen con sus vecinos
Estamos tranquilos, dos más dos ya no es cuatro
Prohibido prohibir
Francia para los franceses
Es un slogan fascista.
Sartre, Marcusse, Debray, Evtuchenko, Althusser, Roland Barthes, Angela Davis, Julio Cortázar, y
muchos otros aireaban la política, la filosofía y la literatura. Se dio entonces una liberación de los
comportamientos, una búsqueda de autenticidad en los afectos, una apertura de la mente, de sus
posibilidades infinitas. Había una tendencia a un acercamiento a la naturaleza que desechaba lo
plástico y daba nuevos contenidos a los sentimientos, los deseos, las necesidades. Se buscaba una
espontaneidad descontrolada que se multiplicaba en toda la hermandad latinoamericana. Estaba
representada por los mochileros, los hippies, verdaderos chasquis de nuestro tiempo, que traían en
su barba descuidada la noticia de la nueva vida, del nuevo deslumbramiento, que le hizo decir a
Cortázar aquello de que se estaba viviendo un siglo de oro, independientemente de cuánto duraría.
Vendría luego la guerra de Vietnam. Nunca olvidaré la despedida de los familiares de aquellos
soldados, especialmente portorriqueños, latinos, negros, en el aeropuerto de Chicago, con la
perplejidad de la muerte rondando ya en sus rostros, con la indescifrable angustia de no saber a
dónde iban, ni para qué, ni qué defendían, ni por qué. Y mucho más tarde, la Perestroika, la caída
del muro de Berlín, la Guerra del Golfo, los sucesos de Nicaragua, el desangre vertiginoso de la
revolución cubana, su espantosa soledad y aislamiento.
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La tecnificación acelerada, la deshumanización, la robotización del ser, la vergüenza de ser humano
en esta humanidad. La manipulada post-modernidad y su interesado fin de las ideologías, el
descalabro del comunismo y por si fuera poco el Sida.
Estas y mil más han sido las realidades que han constituido nuestro marco sociopolítico y espiritual
en el que ha crecido y se ha desarrollado nuestra literatura; una literatura de la ambigüedad, de la
angustia, de la incertidumbre, del desencanto del hombre y sus instituciones; una literatura que, sin
embargo, busca la identidad perdida, la inocencia, el gesto, el otro rostro de una existencia
urbanizada y encementada, literatura que fluye de la conciencia, que interioriza en los eslabones
rotos del ser humano que desquicia lo cotidiano que revela su secreto, que envuelve, alumbra y
oscurece la identidad del hombre común, que se olvida de la anécdota para ir vertiginosamente a la
esencia existencial de un gesto, una palabra, una lágrima; una literatura hasta cierto punto secreta,
con el áurea de un diario íntimo, donde el antihéroe sin ornamentos se mira al espejo, hace muecas,
grita a la conciencia del lector para juntos empezar siempre una faena lúdica y trágica de búsqueda
de la dignidad, de la libertad, del amor extraviado.
Es una literatura de crisis que se fortaleció dentro de la misma crisis, sin olvidar el punto de vista
crítico, mordaz, incisivo, a la sociedad de la cual se desprendía, y sin olvidar tampoco la autocrítica
despiadada y la polémica sobre el objeto y el objetivo estético. Generación que todavía tiene mucho
que decir, quizá algo menos estentóreo y espectacular, pero más reflexivo y sabio.
En todo caso, y recordando a T.S. Eliot (otro padre putativo) “las palabras del año pasado
pertenecen al año pasado, las palabras del año que viene aguardan nueva voz”. Pero las palabras de
esos años pasados eran palabras que escenificaban un mundo que se iba poco a poco desencantando
de un idealismo ilusorio, de la confraternidad y la esperanza iría pasando poco a poco al
individualismo, la soledad, la derrota y la duda. Grenada había sido invadida, Goliat contra David.
Vietnam era la tremenda guerra que todos llevábamos en el corazón, y que quizá no la entendimos
nunca; los artistas e intelectuales empezarían a enfermar de desencanto y melancolía. La gran
generación o degeneración Beat no llegaría a los años sesenta; con la muerte de Jack Kerouac,
Louis Althuser, al decir de Javier Ponce el periodista ecuatoriano “Seguía recorriendo sanatorios, y
marcando, con su vida personal, el tránsito del marxismo intelectual a la tragedia personal, que
culminaría más tarde con el asesinato de su mujer, Helene, y su locura terminal”. Roland Barthes
moriría bajo las ruedas de un camión luego de decir desesperanzado “Soy un hombre disperso” y
Sartre, moriría vomitando solo Dans les toilettes, mientras miraba el rostro de Dios. Ezra Pound
exilado y amargado en Venecia, diría mientras le enterraban: “Yo ya no sé nada. He llegado
demasiado tarde a la incertidumbre total. Es algo a lo que he llegado por el sufrimiento. No existe
un hombre contemporáneo. Existe solamente un hombre que puede tener una mayor conciencia de
los errores. Toda mi vida creí que sabía algo. Después llegó un día extraño y me di cuenta que no
sabía nada. Y las palabras se han vaciado del sentido...”
Con su música, Bob Dylan, Joan Baez, Jimi Hendrix o Miles Davis, matizarían esta angustia. Y en
nuestra América, asesinaban al Hombre nuevo, moría el Che Guevara, masacraban a Salvador
Allende, se instalaban las dictaduras más sanguinarias y crueles, pero poetas y pensadores no
dejaban de cantar: Ernesto Cardenal, Juan Gelman, Roberto Fernández Retamar, Lezama Lima,
Silvio y Pablo, Cintio Vitier, Mariano Azuela, Mario Benedetti, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti,
Jorge Enrique Adoum, Juan Rulfo. Como corolario, en los Estados Unidos, Richard Rodees, que
salió de la banda de Tom Wolfe y de Richard West, del nuevo periodismo literario, diría también
con profunda melancolía: “El siglo XX ha perfeccionado una máquina total de muerte. Producir
cadáveres es nuestra mejor tecnología”.
Pensemos con Nieztche que “hace falta tener un caos dentro de ti, para dar a luz una estrella
bailadora”, y aunque el avance de las modernas técnicas satelitales de comunicación, la realidad
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virtual, esa otra realidad enmascarada, la globalización y la política neoliberal, nos desintegran
como región (hablo de América Latina) y nos absorba como polvo cósmico a un solo centro de
desarrollo y de poder, siempre la literatura y el arte estará allí para contradecir, para polemizar, para
subvertir, para revalorizar la dignidad humana.
En mi país, de igual manera, están creciendo poetas, desde las alcantarillas, desde las mazmorras,
salen de los árboles, de los arupos y los jacarandás, de las montañas y la selva, de los suburbios, de
las iglesias, y hasta de los confesionarios.
Por mi parte, he decidido concentrar mi vida en la literatura y a veces pienso que más vivo cuando
escribo que cuando vivo realmente. El arte es una especie de suero para el intoxicado, de bastón
para el ciego, de sillón del sicoanalista para el extraviado. Recuerdo que Alberto Einstein, cuando
escuchó tocar el violín al gran artista Yehudi Menuhín, exclamó: “Ahora sé que hay un Dios”. Sin
embargo, a este músico cuando tenía nueve años su profesor de francés le traumatizó y le dijo:
“mientras haya hombres habrá guerras”. Desde aquél día Menuhín no ha dejado de utilizar su
arco y su violín como arma de paz: “estoy convencido que la música puede acercar a los hombres y
curarlos”, ha dicho.
Quizá sea eso lo que yo he querido decirles. Quizá sea eso lo que yo busco con mi literatura. La
paz y la solidaridad. El deslumbrante camino a la esencia del hombre.
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