siglo xix romanticismo y realismo

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SIGLO XIX:
ROMANTICISMO Y REALISMO
PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX: REALISMO
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La nueva sensibilidad romántica
El Romanticismo es un movimiento literario que alcanza su esplendor en la primera mitad del siglo
XIX. Se gesta durante los últimos años de la centuria anterior en Inglaterra y, sobre todo, en Alemania,
donde fue puesto en marcha por el grupo Sturm und Drang («Tormenta e ímpetu»). Pronto se propagó por
toda Europa. Tres de sus rasgos esenciales son la proclamación de la libertad, la exaltación del yo y la
valorización de la sensibilidad. Ahora el epicentro de la vida y el arte es el sentimiento, que reemplaza a
la razón como principio explicativo y guía de la realidad humana.
Pero el Romanticismo no es solo una corriente literaria, sino un amplio movimiento cultural, espiritual
e ideológico que afecta a todos los órdenes de la vida. El romántico es un hombre que se siente perdido
en medio de un mundo que, tras la Revolución francesa, atraviesa graves problemas y tensiones: política
expansiva de Napoleón, guerras, reacción de las monarquías que intentan imponer los ideales del Antiguo
Régimen, enfrentamiento entre absolutistas y liberales. La burguesía ha aumentado más su poder político
y se convierte en la clase dominante. Insatisfechos con los nuevos valores del mundo burgués, los
románticos protestan y se rebelan contra la realidad que les ha tocado vivir, rechazando cualquier norma
que no surja de su propia individualidad. El aprecio por lo individual se traduce también en un interés
por lo particular y específico de cada nación, de cada pueblo. Frente al espíritu universalista de los
ilustrados, los románticos revalorizan la historia, las costumbres, las tradiciones, la cultura y la lengua de
cada nación, exaltando la patria y lo popular. El rechazo a la sociedad burguesa y materialista suscita en el
artista romántico un deseo de evasión que se concreta en la recreación de mundos fantásticos, de épocas
pasadas (Edad Media) o de países lejanos (Oriente, países nórdicos y, para muchos románticos europeos,
también España). La huida de la realidad y la afirmación del yo también conducen al romántico al refugio
en sí mismo y a la soledad, lo que justifica la preferencia por lugares apartados como castillos,
cementerios, acantilados, ruinas... La naturaleza es un espejo que refleja su estado de ánimo y se adapta
a los sentimiento del autor (nostalgia, tristeza, angustia existencial), de ahí el gusto por los paisajes
sombríos y crepusculares (el atardecer, la noche, el claro de luna) o por los que se corresponden mejor
con su alma agitada y atormentada (el mar embravecido, la tempestad). El desengaño que sienten al
chocar sus ideales y ansia de absoluto con la gris realidad también los aboca al tedio y hastío vital, incluso
a veces al suicidio. En el ámbito estético se rechazarán las formas neoclásicas, basadas en la armonía, el
equilibrio y el orden; ahora predomina la intensidad expresiva, la fuerza del sentimiento y el dinamismo.
La sensibilidad, la inspiración, la intuición y la imaginación del artista romántico, portador del genio
creador, está por encima de cualquier norma que aprisione la afirmación y expresión de su yo íntimo y su
libertad creativa.
El Romanticismo literario en nuestro país fue tardío y efímero. No triunfa hasta que muere el rey
absolutista Fernando VII (1833), momento en el que regresan los exiliados liberales y comienzan a
publicarse las obras de Larra, Espronceda, Rivas y Zorrilla, los principales autores románticos. El estreno
de la obra del duque de Rivas Don Álvaro o la fuerza del sino, en 1835, marca la fecha de inicio; diez
años después el Romanticismo se modera y se abre un período de transición en el que aparece una nueva
corriente literaria: el Realismo. En España, igual que en Europa, se observan dos tendencias ideológicas
dentro del Romanticismo: el conservador, que pretende restaurar los valores tradicionales y religiosos (el
Trono, la Patria y Dios son los valores supremos), y el liberal, que encarna los valores progresistas y
revolucionarios, proclamando la libertad por encima de todo. Rivas y Zorrilla son los máximos
representantes de la primera tendencia; Larra y Espronceda, de la segunda.
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La poesía romántica
Los poemas de los románticos españoles se caracterizan por la libertad métrica, la fuerte expresividad
sentimental y la sonoridad. Se distinguen dos tipos de poesía: la lírica y la narrativa. La primera fue la
más adecuada para expresar la nueva actitud romántica: libertad, rebeldía, expresión sin pudor del yo
íntimo... La poesía narrativa tiene un tono heroico y se basa en la narración de leyendas y hechos
históricos. En este tipo de poesía destacaron dos autores: el duque de Rivas, que escribe numerosos
romances (el más interesante es Un castellano leal) y el poema narrativo El moro expósito (1834), cuyo
tema gira en tono a los Infantes de Lara; y José Zorrilla, autor de largos poemas narrativos sobre sucesos
históricos o tradiciones populares, como el conocido A buen juez, mejor testigo, inspirado en una leyenda
toledana, o Granada, en el que se exalta la civilización árabe de la España medieval.
Los poetas líricos más sobresalientes son Espronceda, Bécquer y Rosalía de Castro. Los últimos
surgen hacia 1860, mucho tiempo después de la década histórica en la que triunfa el Romanticismo
español (1834-1844). A diferencia de muchos poetas románticos de ese decenio, a veces excesivamente
apasionados y efectistas, Bécquer y Rosalía siguen la corriente del lirismo intismista y sentimental, que se
caracteriza por su sencillez y sinceridad.
José de Espronceda
Es el poeta por excelencia del Romanticismo español. Su vida y su producción poética se caracterizan
por la exaltación y la pasión. Muchos de sus poemas líricos tratan sobre temas políticos, patrióticos y
sociales. Los más valiosos son A la patria y A la muerte de Torrijos, en los que critica el absolutismo, y
otros célebres como La canción del pirata, Canto del cosaco, El mendigo, El verdugo y El reo de muerte,
dedicados a seres marginados y rebeldes con los que se identifica. Estos poemas demuestran el rechazo
romántico a los convencionalismos sociales y su aspiración a la libertad total, imposible de satisfacer en
la realidad. Compuso dos extensos poemas narrativos: El estudiante de Salamanca y El diablo mundo. El
primero narra las peripecias del arrogante Félix de Montemar, un seductor al estilo de don Juan, vividor y
rebelde. Conquista a doña Elvira pero pronto se cansa y la abandona, lo que provoca que esta muera de
pena y dolor. Poco después el protagonista contempla su propia muerte rodeado de esqueletos; en la
escena final celebra en una cripta sus desposorios con el fantasma de doña Elvira, que lo arrastra a los
infiernos. Las mejores cualidades de su poesía están presentes en esta obra: riqueza imaginativa, fuerza
plástica, musicalidad, fuertes contrastes, dramatismo intenso, variada versificación. El diablo mundo es
un ambicioso e inconcluso poema narrativo en el que el autor, de modo simbólico, toca problemas
existenciales referidos a Dios, el hombre, el sentido de la vida y de la muerte, la verdad, etc. El
pesimismo, el sufrimiento y el desengaño son los temas fundamentales del libro, que describe el mundo
como un lugar hostil y negativo. En la obra se incluye el famoso Canto a Teresa, una emocionada elegía
que evoca el amor turbulento del poeta con Teresa Mancha: ilusión y pasión inicial, choque con la cruda
realidad y desencanto, muerte de la amada y recuerdo doloroso.
Gustavo Adolfo Bécquer
Está considerado el primer poeta moderno y es una de las figuras cimeras de la poesía española de
todos los tiempos. Junto a Rosalía de Castro, representa la culminación del Romanticismo intimista,
aunque los dos escriben en la etapa histórica que pertenece al Realismo. Toda su obra poética se recoge en
un único libro titulado Rimas. Son setenta y nueve poemas breves, de unas tres o cuatro estrofas cada
uno, rima asonante y una rica variedad métrica. Sus temas básicos son tres: a) la poesía como algo
inexplicable y maravilloso, la naturaleza del poeta, su función, su tarea y su destino; b) las mujeres y su
belleza, el amor con sus goces, sus traiciones y sus desengaños, y el papel de la mujer en la inspiración
del poeta; c) el destino último del hombre, el sueño y la realidad, la muerte, la inmortalidad del alma, las
regiones celestes, la fe, Dios. Los poemas de las Rimas suelen agruparse en cuatro series: I-XI versan
sobre la poesía y el poeta; XII-XXIX tratan el amor esperanzado; XXX-LI expresan la tristeza y la
desilusión por el amor perdido; LII-LXXIX abordan la soledad y la desesperación. Aunque sus
contemporáneos apenas valoraron su producción, la poesía Bécquer fue importantísima para autores
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posteriores, como Juan Ramón Jiménez, Machado y poetas de la generación del 27, especialmente Salinas
y Cernuda.
Sus dos obras en prosa más importantes son Cartas desde mi celda, donde combina la confesión
íntima y la descripción paisajística con los cuadros de costumbres, y las Leyendas, colección de una
veintena de narraciones fantásticas ambientadas casi siempre en la época medieval. En ellas aparecen
muchos temas de la imaginería romántica: el misterio de la épocas remotas, el gusto por lo sobrenatural,
la descripción de paisajes solitarios, crepusculares, nocturnos, etc. Algunas de las más destacadas son, por
ejemplo, El Monte de las Ánimas, donde se narra la muerte de un hombre por el capricho de su amante,
El rayo de luna, que tiene por tema la búsqueda de la mujer ideal, y La ajorca de oro, sobre un robo
sacrílego que comete un enamorado para satisfacer el deseo de su bella y extravagante amada.
Rosalía de Castro
Su poesía es sencilla, íntima y diáfana. Escribió en gallego (fue precursora del llamado Rexurdimento
galego) y en castellano. En esta lengua, su libro principal es En las orillas del Sar (1884). La melancolía,
la tristeza, el pesimismo, el cansancio, la soledad, el sufrimiento y la desolación son los sentimientos
habituales de sus poemas, provocados casi siempre por la búsqueda del amor, el anhelo de Dios y el
desosiego espiritual. Sus composiciones tienen un fuerte carácter simbólico y expresan la íntima
correspondencia entre paisaje y estado de ánimo. Usa, al igual que Bécquer, la rima asonante y crea
nuevas estrofas.
La prosa romántica
En la prosa romántica destacan dos géneros: la novela histórica, casi siempre ambientada en la época
medieval (El señor de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco, es la mejor de este género), y el artículo o
cuadro de costumbres, con el que se describen en tono gracioso, nostálgico o satírico tipos populares y
la realidad cotidiana: ambientes, costumbres, fiestas, tradiciones, oficios o modos de vivir de una región.
El costumbrismo tiene su origen en el Romanticismo, pero luego se distanció de él por sus excesos. En
esta época está estrechamente relacionado con el periodismo, de muchos artículos de costumbres se
publicaron en revistas. Con el paso del tiempo el costumbrismo llega a influir en el desarrollo de la
novela realista. Los dos autores más importantes son Mesonero Romanos (Escenas y tipos matritenses) y
Estébanez Calderón (Escenas andaluzas). Pero será Larra quien cultivará este género de modo
magistral.
Mariano José de Larra
Por sus artículos periodísticos está considerado el mejor prosista español de la primera mitad del siglo
XIX. También es autor de la novela histórica El doncel don Enrique el Doliente y el drama romántico
Macías. Es el primer escritor moderno que vive de sus artículos, aunque para evitar la censura escribe
bajo seudónimos como Fígaro, El pobrecito hablador, El duende satírico y otros. A diferencia de
Mesoneros Romanos o Estébanez Calderón, no pretende reflejar de modo pintoresco y amable las
costumbres y tipos populares, sino evidenciar, denunciar y corregir comportamientos sociales. Larra
analiza con lucidez y profundidad la realidad con la intención de mejorar la sociedad y conseguir un país
moderno y libre. En sus artículos de costumbres suele partir de anécdotas o hechos cotidianos en los que
aplica la ironía y el sarcasmo para criticar y satirizar irónicamente vicios nacionales que le irritan: la
hipocresía, la pereza, la brutalidad, la desidia burocrática, la desorganización social, la falta de
instrucción, la suciedad de los espacios públicos, la vanidad, la ignorancia... Algunos de los más famosos
son El café, Vuelva usted mañana, El castellano viejo, Un reo de muerte, El día de difuntos de 1836 y La
Nochebuena de 1836. Los artículos de tema político, como Nadie pase sin hablar con el portero, Los
viajeros, Dos liberales o lo que es entenderse, también constituyen una amarga crítica contra la
degeneración social y política de nuestro país, del que dijo: «Escribir en España es llorar». Criticó a los
carlistas, partidarios del absolutismo, pero también a los liberales moderados. Además de los de
costumbres y políticos, escribió artículos literarios, entre los que destaca el titulado Yo quiero ser cómico.
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Son casi siempre críticas teatrales en la que vuelca sus ideas estéticas y políticas. Al principio admira el
teatro neoclásico de Calderón, pero luego se muestra firme defensor de las obras románticas. Para Larra,
«la literatura es el termómetro del estado de la civilización de un pueblo». Su pesimismo y amargura por
la lamentable realidad del país fue en aumento. La decepción por la situación política y un desengaño
amoroso lo condujeron al suicidio en 1836.
El teatro romántico
El drama, junto a la poesía, es el género por excelencia del Romanticismo. La obra de Francisco
Martínez de la Rosa La conjuración de Venecia (1834), cuyo tema es la revolución sin violencia para
evitar la tiranía opresora, es el primer éxito del teatro romántico, pero el triunfo del nuevo movimiento y
la ruptura total con el teatro neoclásico se da con Don Álvaro o la fuerza del sino. Otras obras destacadas
son Los amantes de Teruel, de Juan Eugenio Hartzenbusch, Macías, de Larra, El trovador, de García
Gutiérrez, y Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Se ignora la intención didáctica y moralizante del teatro
neoclásico anterior; ahora el escenario se llena de efectismos y contrastes que tratan de sorprender y
conmover al espectador. El amor, la libertad y la fatalidad son los temas más importantes. También lo es
el tiempo, concretamente el cumplimiento de un plazo; no respetarlo desencadena la tragedia, por
ejemplo, en Los amantes de Teruel. El protagonista suele ser un héroe enamorado de una dama que le
corresponde, pero el final suele ser trágico porque las convenciones sociales, el destino o fuerzas
desconocidas e incontrolables impiden su felicidad. Nos detendremos en los dos dramas románticos más
importantes.
Duque de Rivas: Don Álvaro o la fueza del sino
Escrita por Ángel Saavedra, duque de Rivas, al regresar a España tras su exilio por Francia, Inglaterra
e Italia, fue la primera obra que rompió tajantemente con los principios del teatro neoclásico. Como
dijimos arriba, su estreno en 1835 significó el triunfo definitivo del espíritu romántico en España,
abriendo el camino a otros géneros y artes. El protagonista es el apasionado don Álvaro, héroe romántico
por excelencia, de origen exótico y misterioso, que desea casarse con Leonor. Luchará sin éxito contra la
fatalidad y los prejuicios sociales del padre de su amada, el marqués de Calatrava, y sus dos hermanos,
que se oponen a la boda. Don Álvaro mata al marqués por un disparo accidental de su pistola y huye a
Italia. Allí lo persigue, para vengar la muerte del padre, uno de los hermanos de su amada, al que mata en
duelo. Más tarde morirá Leonor a manos de su segundo hermano, don Alfonso, quien la creía cómplice de
don Álvaro. En la escena final, el protagonista, desesperado ante tanta desgracia, se suicida. El sino fatal
lo ha empujado implacablemente a su angustiosa destrucción. La acción es rápida y espectacular, muy del
gusto romántico: persecuciones, desafíos, tormentas, casualidades extraordinarias, violentos arrebatos y
contrastes. El amor, la pasión, la venganza, el honor y la lucha infructuosa de la pareja protagonista ante
el destino aciago son también elementos típicos de otros dramas románticos.
José Zorrilla: Don Juan Tenorio
Esta pieza teatral, estrenada en 1844, fue la más popular del siglo y la que ha dado fama universal a su
autor. Zorrilla recrea y reelabora el mito de don Juan, prototipo de galán y empedernido seductor. El
personaje fue creado por Tirso de Molina dos siglos antes en El burlador de Sevilla y convidado de
piedra. Si en la obra barroca aparece como un conquistador fanfarrón y odioso, un ser demoníaco y
despreciable que rompe con el orden moral y la organización social, el drama romántico de Zorrilla está
orientado hacia la conversión de don Juan en un héroe desenfadado y casi encantador. En virtud de la
simpatía romántica por los personajes rebeldes, asistimos al perdón y salvación de don Juan, quien
escondía tras su aparente inmoralidad un sentimiento positivo: el amor. La joven y virginal doña Inés es la
figura femenina, virtuosa y angelical, que ha conseguido enamorar al libertino y redimirlo. Don Juan
desoye en un primer momento los avisos sobrenaturales que piden su arrepentimiento por asesinar a don
Luis Mejía y a don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés, que le había negado la mano de su hija; pero en
la última escena, en la que recrea el mito del convidado de piedra, el protagonista se arrepiente y salva su
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alma gracias a la intervención amorosa del espíritu de doña Inés. Muchos teatros continúan la tradición de
representar esta obra la noche del Día de Todos los Santos.
Una de las últimas piezas teatrales de José Zorrilla es Traidor, inconfeso y mártir (1849), cuyo
argumento se centra en la figura de Gabriel Espinosa, un pastelero de quien se sospecha que puede ser el
rey don Sebastián de Portugal o bien un impostor, por lo cual es perseguido por la justicia. Obra menos
popular que la anterior, pero mejor construida, representa la culminación del drama histórico de
orientación nacional. También la psicología de los personajes está más cuidada, a diferencia de la mayoría
de los dramas románticos.
SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX: REALISMO Y NATURALISMO
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Realismo y Naturalismo
El Realismo como movimiento literario surge como reacción contra la evasión, el intimismo y los
excesos sentimentales de los románticos. Los escritores realistas abordarán la vida tal como es utilizando
para ello la novela como principal género literario. Frente a la extrema subjetividad romántica y su
tendencia a lo abstracto y lo soñado, los realistas aspiran a ofrecer un relato riguroso y objetivo de la
realidad circundante que observan. Comienza a desarrollarse en Francia hacia 1830, pero no será hasta
mitad de siglo cuando triunfe con escritores como Flaubert y Balzac. Se extenderá por otros países
europeos hasta la última década del siglo XIX.
La época realista en Europa triunfa con la revolución obrera de 1848. A partir de entonces los
movimientos revolucionarios van adquiriendo cada vez más relevancia, mientras que la burguesía
consolida su poder y deriva hacia posiciones más conservadoras. El interés de los realistas por reflejar los
problemas de su época lleva a que los personajes que pueblan las novelas pertenezcan a la burguesía y al
proletariado, aunque la carga social y crítica dependerá de cada país y autor. En general, la literatura
realista se hará eco de las transformaciones sociales y tensiones de la época (crecimiento poblacional y su
concentración en núcleos urbanos, industrialización, progreso técnico, guerras, desigualdades...) y los
problemas que en el individuo origina la nueva sociedad burguesa. Es el gran momento de la novela, que
empieza a ser considerada por el público burgués, que es el que las compra y las lee, como la literatura
por excelencia. La novela realista se convirtió en el lugar ideal para ofrecer, como un gran espejo, una
visión general y totalizadora de toda la sociedad contemporánea, así como un análisis profundo de toda
clase de personajes.
Hacia 1871, impulsado por el novelista Émile Zola, se desarrolla en Francia el Naturalismo, una
corriente que supone la culminación del Realismo. Se caracteriza por considerar que el comportamiento
humano está marcado por la herencia biológica, el ambiente familiar y las circunstancias sociales que
rodean al individuo. Zola defiende que el novelista debe experimentar con los personajes, con sus
pasiones y con los hechos como un científico. Como consecuencia, en las novelas se muestran personajes
enfermos, locos, borrachos o marginados que suelen vivir en un ambiente sórdido y triste. Para el escritor
naturalista, la realidad más desagradable (miseria, corrupción, degeneración, corrupción...) también se
convierte en materia novelable.
El Realismo y el Naturalismo europeos inspirarán a todo un grupo de escritores que se conoce como la
generación de 1868, compuesta por figuras como Valera, Galdós, Pereda, Pardo Bazán o Clarín. Nos
detendremos en ellos en el último epígrafe.
La novela realista y naturalista
Tras el estreno en 1844 de Don Juan Tenorio, el Romanticismo se modera en nuestro país y poco a
poco se va diluyendo. Fernán Caballero, seudónimo masculino de Cecilia Böll de Faber, publica ese año
La gaviota, primera novela prerrealista. Su mérito consiste en haber hilvanado por primera vez en una
trama novelesca las aisladas y esquemáticas escenas costumbristas. El Prerrealismo convive con
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elementos posrománticos y costumbristas hasta la década de 1870, momento en el que se desarrolla el
Realismo, cuyas primeras manifestaciones son las obras iniciales de Galdós (La fontana de oro, 1870; El
audaz, 1871) y de Valera (Pepita Jiménez, 1874). Es la época de la revolución de 1868, conocida como
La Gloriosa, que tuvo como consecuencia el abandono del trono por parte de Isabel II y provocó un punto
máximo de incidencia de la burguesía en la vida social y cultural del país. Tras un sexenio democrático y
revolucionario, que no consiguió crear un orden social estable, vendría la Restauración, en 1875, de la
monarquía borbónica en la persona de Alfonso XII. Se instauró entonces un sistema político bipartidista
basado en la alternancia en el poder de conservadores y liberales (se prolonga hasta las primeras décadas
del siglo XX). Las transformaciones políticas y sociales, así como las tensiones y conflictos entre la
sociedad y el individuo, se verán reflejadas en la ficción. Con la Restauración, la nueva escuela realista
está plenamente forjada. Sus modelos literarios son, al principio, insignes novelistas extranjeros como
Stendhal, Balzac y Dickens; poco después influirá Zola (máximo exponente del Naturalismo francés) y
Tolstoi (con él, la novela realista se impregna de una orientación espiritualista).
Los dos grandes narradores españoles del movimiento realista son Galdós y Clarín. En un segundo
plano se sitúan Valera, Pereda, Alarcón, Pardo Bazán y Blasco Ibáñez. Casi todos ellos, a partir de 1881,
reciben la influencia naturalista, que reflejarán en mayor o menor grado (como veremos enseguida).
Benito Pérez Galdós
Es el máximo representante del Realismo español y uno de los grandes novelistas españoles de todos
los tiempos. Nació en Canarias pero vivió desde los 19 años en Madrid, ciudad donde ambienta la
mayoría de sus novelas. Hombre progresista, abierto y tolerante, defendió la modernización de España
frente al sector tradicionalista, siempre hostil a cualquier cambio. Su vasta producción novelística,
constituida por unas ochenta novelas, suele ser clasificada en dos grandes grupos: los Episodios
nacionales y el resto de novelas, que se pueden dividir en varias etapas en las que se observa una
evolución.
Los primeros títulos corresponden a las novelas de tesis, llamadas así porque exponen conflictos entre
dos ideologías: la conservadora y la liberal. Los personajes y las tramas reflejan las ideas del autor,
carecen de complejidad psicología y caen en el maniqueísmo de buenos y malos. Galdós insiste en atacar
al sector tradicional por su rigidez y falsa religiosidad, negadora de los valores auténticamente cristianos.
Los dos títulos más interesantes son Doña Perfecta (1876) y La familia de León Roch (1878), cuyo final
trágico en ambos casos se desencadena por culpa de la intransigencia y el fanatismo religioso. Novela
destacada de esta etapa, pero alejada de la tendenciosidad ideológica, es Marianela, historia triste y
sentimental que tiene como tema principal el desengaño amoroso.
Entre 1881 y 1889 publica veinticuatro «novelas españolas contemporáneas» (como él las llamó) en
las que el Galdós describe la sociedad de su tiempo, centrándose sobre todo en la clase media madrileña,
aunque también hay personajes que pertenecen a las altas esferas y al pueblo bajo. No renuncia a su
espíritu progresista, pero se muestra más imparcial y retrata a los personajes con mayor profundidad y
complejidad. Inicia esta serie con La desheredada (1881), novela con la que introduce en España el
Naturalismo y sirve para denunciar la inclinación de los españoles al despilfarro y el horror al trabajo. El
tema del dinero aparece en otras novelas cercanas al Naturalismo, como El amigo Manso, Lo prohibido,
Tormento, La de Bringas. La novela maestra de este período y de toda su producción es Fortunata y
Jacinta (1887), que trata el tema del adulterio y de la maternidad frustrada. Narra la relación amorosa
entre Juanito Santa Cruz, que es rico, con una joven de clase baja, Fortunata. Jacinta es la esposa de
Juanito, al que ama y siempre perdona, pero se siente frustrada por no tener hijos. El triángulo amoroso
sirve para describir de modo magistral situaciones, ambientes, sentimientos (envidia, ambición,
hipocresía, ostentación, etc.) y personajes de la alta sociedad burguesa y del pueblo llano madrileño.
Galdós alcanza la plenitud en todos los aspectos: caracterización psicológica, ambientación cotidiana,
diálogo vivo, ágil, expresivo... Otra novela interesante de esta época es Miau (1888), que trata sobre las
penalidades de un funcionario cesante cuya falta de previsión lo aboca al suicidio.
En la última etapa predominan en su producción las novelas simbólicas y espirituales. Influye en
Galdós la corriente de espiritualidad que se extendió por Europa en el último decenio del siglo XIX. Tres
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títulos destacados son Tristana (1892), Nazarín (1895) y Misericorida (1897). Se centran en temas como
la exaltación de la justicia, el amor al prójimo, la denuncia del egoísmo, la insolidaridad y la mezquindad.
Si Galdós exaltó al principio a la pequeña burguesía por defender el progreso, en las novelas de esta etapa
ataca a esa clase social por haberse hecho conservadora y esclava de las apariencias.
Galdós escribió los Episodios nacionales a lo largo de casi cuarenta años. Se trata de cuarenta y seis
novelas de carácter histórico agrupadas en cinco series. En su conjunto constituyen una recreación, a
modo de crónica novelada, de los conflictos que marcaron la historia de España desde la batalla de
Trafalgar en 1808 hasta los comienzos de la Restauración en 1875. Con estas novelas Galdós intenta
explicar la realidad social y política de su tiempo indagando en las causas que desde principios de siglo
han provocado la división de la sociedad española y la han sembrado de conflictos. En las dos primeras
predomina el mismo dualismo: la libertad, la verdad y la virtud siempre están del lado liberal, mientras
que la intolerancia, la hipocresía y otros defectos pertenecen al sector conservador y tradicional. Uno de
los méritos de los Episodios es haber superado los modelos de la novela histórica romántica gracias a que
funde perfectamente el plano histórico con el novelesco: entremezcla con pericia personajes reales con
inventados y hechos ficticios con sucesos reales.
Leopoldo Alas, Clarín
Su obra cumbre es La Regenta (1884-1885), considerada la gran novela española del siglo XIX. Se
desarrolla en una capital de provincias llamada Vetusta (trasunto de Oviedo), ciudad estancada en el
tiempo y encerrada en la mediocridad. La protagonista, la joven y sensual Ana Ozores, es la esposa del
regente de la ciudad, un hombre bondadoso, pero mucho mayor que ella. Insatisfecha con su matrimonio
y abrumada por el tedio vital, siente atracción espiritual hacia su confesor don Fermín de Pas, que acaba
enamorándose de ella. Pero más fuerte es la atracción física hacia don Álvaro Mesía, el dirigente liberal
de la provincia, que la persigue sin descanso para aumentar su prestigio como donjuán irresistible. Ana, la
única mujer virtuosa que no se ha rendido a sus pies, lucha entre sus inclinaciones amorosas y el
cumplimiento de su deber apoyándose en la religión y los consejos de don Fermín para defender su
castidad, pero al final cae en los brazos del frívolo y vanidoso don Álvaro, lo que desencadenará la
tragedia. Su marido muere tras batirse en duelo con don Álvaro, que huye a Madrid, y ella se queda sola,
atormentada por los remordimientos y despreciada por todos los habitantes de la ciudad. Es magistral la
caracterización psicológica de los dos protagonistas principales: Ana, que del misticismo cae en el
adulterio, y de su confesor, don Fermín de Pas, un hombre culto, elegante e inteligente que encarna la
ambición por el poder. En el fondo, la auténtica protagonista es Vetusta, en la que está representada toda
la sociedad española de la Restauración. Con ironía crítica, el autor disecciona todos los ambientes,
comportamientos y actividades de los distintos estamentos sociales de la ciudad, donde reinan la
hipocresía, la ambición, la corrupción, la ignorancia y la inmoralidad. La influencia del medio sobre los
personajes ha llevado a algunos críticos a señalar el carácter naturalista de la novela. Junto a Madame
Bovary, de Flaubert, y Ana Karenina, de Tolstoi, La Regenta es una de las grandes novelas europeas del
XIX que tratan el tema del adulterio. Si Flaubert se muestra despiadado con Emma Bovary, en Clarín se
entrevé cierta simpatía por Ana, ejemplo de mujer romántica e idealista que cae en desgracia al no
adaptarse a una sociedad mediocre, hipócrita y estúpida.
Clarín sigue la orientación espiritualista en su segunda novela, titulada Su único hijo, protagonizada
por un hombre mediocre e insatisfecho que desea tener un hijo para alcanzar la inmortalidad a través de
él. Escribió también tres novelas cortas y más de setenta cuentos. El más famoso, y quizá el mejor de la
época, es ¡Adiós, Cordera!, relato sentimental en el que se exalta la vida rural.
Pedro Antonio de Alarcón
Su obra representa la evolución del estilo romántico (El final de Norma), con influencia del
costumbrismo (El sombrero de tres picos), al realista. Con su novela El clavo introdujo el relato policial
en nuestro país al estilo de Edgar Allan Poe. Se hizo famoso con las crónicas objetivas y críticas que
escribió como periodista en la guerra de África. El escándalo (1875) y El niño de la bola (1878) son
novelas de tesis en las que defiende planteamientos ideológicos propios de la moral tradicionalista.
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Juan Valera
Aristócrata liberal y partidario del progreso, fue un refinado narrador interesado por la espiritualidad y
partidario del «arte por el arte». Logró su máximo triunfo literario con su primera novela, Pepita
Jiménez, publicada por entregas en 1874. El protagonista, Luis de Vargas, es un seminarista que se
enamora de la prometida de su padre, una joven viuda de gran belleza. La primera parte, escrita en género
epistolar, muestra la lucha interna del protagonista entre sus principios religiosos y su pasión amorosa,
que al final se impone a su vocación sacerdotal. El interés por el relato psicológico, la tolerancia liberal,
la trama sentimental y la obra bien hecha están presentes en sus novelas siguientes: Las ilusiones del
doctor Faustino, Doña Luz, Juanita la Larga. Esta última narra con humor e ironía un tema clásico: el
amor entre un hombre mayor y una joven. Elimina de sus novelas tanto cualquier aspecto sórdido y crudo
de la realidad como la defensa de cualquier tesis o ideología.
Jose María Pereda
Su trayectoria literaria ejemplifica el tránsito del costumbrismo a la novela realista. En sus inicios
escribió numerosos cuadros costumbristas (Escenas montañesas, Tipos y paisajes); después, novelas de
tesis como El buey suelto y De tal palo tal astilla, que se encuadran dentro de la tendencia conservadora
o tradicional; y, finalmente, novelas regionales, como Sotileza (1884) y Peñas arriba (1895), ambas
situadas en su tierra natal, Cantabria. En ellas alaba la idílica vida de aldea en detrimento del progreso
urbano y muestra su gran habilidad en la descripción de paisajes.
Emilia Pardo Bazán
Fue una de las figuras más importantes de la vida intelectual de su tiempo y una de las máximas
defensoras de Zola en su ensayo La cuestión palpitante (1883), aunque no acepta todas las bases del
Naturalismo, del que aplica en sus novelas algunos rasgos, por ejemplo, el objetivismo narrativo y la
descripción minuciosa de la realidad, pero refrena la importancia del determinismo, el pesimismo y la
complacencia en lo feo y grosero de la realidad. Su novela La tribuna, que narra una huelga en una
fábrica bajo el afán documentalista característico del Naturalismo, es la primera novela española que
describe el mundo obrero. Amores fatalistas y pasiones violentas se describen en Los pazos de Ulloa y La
madre Naturaleza. Algunos de sus personajes aparecen determinados por el ambiente, pero la influencia
naturalista es atenuada por sus creencias religiosas y solo afecta a lo estilístico y externo: ambientes
degradados, escenas escabrosas, crudas descripciones, episodios violentos, personajes brutales... Tras
estas dos novelas, situadas en tierras gallegas, se interesará más por el análisis psicológico en su
producción posterior. Fue la primera gran feminista española, como se advierte en su novela Insolación
(1889), donde trata asuntos como la distinta moral sexual para hombres y mujeres. Influida por Tolstoi, en
su etapa final se orienta hacia el espiritualismo y el simbolismo en novelas como Una cristiana, La
prueba, La quimera y La sirena negra. Pardo Bazán también es una brillante escritora de cuentos. A lo
largo de su vida escribió más de quinientos sobre los más variados temas: Cuentos de Marineda, Cuentos
de amor, Cuentos trágicos...
Vicente Blasco Ibáñez
Su producción novelística no es fácilmente clasificable. Fue naturalista (se le llamó «el Zola español»)
en sus novelas valencianas, escritas entre 1894 y 1903: La barraca, Flor de mayo, Cañas y barro, Arroz
y tartana. En ellas plasma la vida, los tipos, las costumbres y el paisaje valenciano, junto la carácter
rudimentario y primitivo de personajes marcados por el odio, la venganza y la fatalidad. Tras esta primera
etapa, publicará novelas de temática revolucionaria y anticlerical (La catedral, La horda, etc.). Se hizo
famoso en todo el mundo con narraciones (algunas fueron llevadas al cine) como Sangre y arena,
ambientada en el mundo de los toros, y otras cuya temática giraba en torno a la Primera Guerra Mundial:
Los cuatro jinetes del Apocalipsis y Mare Nostrum.
Literatura del siglo XIX: Romanticismo y Realismo
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