Lecturas y reflexiones sobre el cine y el mundo

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Lecturas y reflexiones sobre el cine y el mundo
Francisco Javier Gómez Tarín / Agustín Rubio Alcover
CERRANDO EL CÍRCULO
Las elecciones municipales y autonómicas (en las comunidades en las que
correspondía que se celebraran) han
pasado, y la principal noticia ha consistido en que sus resultados, a diferencia de lo que ocurrió unas semanas
antes en Gran Bretaña, confirmaron lo
que apuntaban las encuestas: una gran
fragmentación (aunque no exactamente el fin del bipartidismo); una
caída más que notable del Partido Popular; un descenso también pronunciado del PSOE, dulcificado por la
posibilidad de recuperar el gobierno
de autonomías y consistorios merced
a los pactos; y la consolidación tanto
de Podemos como de Ciudadanos, con
porcentajes en torno al 15%, en un
papel secundario pero decisivo. Cuando escribimos estas líneas, los pactos
andan cerrándose y todavía no contamos con una visión global.
El panorama que se dibuja a partir de
los comicios, y que en casi todas partes
va a depender de los citados acuerdos,
está, quince días después del 25-M, todavía muy abierto; y es que, salvo
donde el resultado deja poco margen a
la creatividad (los ayuntamientos de
Madrid y Barcelona, en los que con to -
da probabilidad se habrán hecho con
la alcaldía Manuela Carmena, de Ahora Madrid, y Ada Colau, de Barcelona
en Comú), hay varias combinaciones
posibles, las negociaciones están en
marcha (con reuniones a todos los
niveles que condicionan a los directamente interesados: resulta significativo que en pocos días se hayan
producido los primeros encuentros
oficiales entre Mariano Rajoy y Albert
Rivera, este y Pedro Sánchez quien, a
su vez, lo ha hecho con Pablo Iglesias...).
La gobernabilidad va a ser compliEl Viejo Topo 330-331 / julio/agosto 2015 / 99
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cada, unas alianzas nos gustarán más
que otras, y solo el tiempo podrá decir
cuáles funcionan y cuáles no. En todo
caso, y a priori, se antojan buenas noticias tanto la alternancia (que en el
caso de la Comunidad Valenciana y la
alcaldía de Valencia, que nos tocan de
cerca, suponen el relevo de Alberto
Fabra, de Rita Barberá y de sus séquitos) como el ocaso de unas mayorías
absolutas que están en buena medida
en el origen del desastre (la corrupción
que hemos padecido, y de la que han
seguido goteando casos, los últimos de
los cuales han forzado la dimisión de
los consejeros madrileños Salvador
Victoria y Lucía Figar, guarda relación
con la perpetuación en el poder ejercido de manera absoluta, sin apenas
controles; y ahí está el escándalo que
sacude la FIFA, y que ha motivado la
grotesca marcha de Joseph Blatter
cuatro días después de su reelección,
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Madrid le ha pasado una factura difícil
de pagar, el tiempo dirá) y su sustitución efectiva por una fuerza crecientemente equívoca: cuando Pablo Iglesias
pronunció en plena campaña las palabras mágicas (“me da igual que seáis
de izquierdas que de derechas, bienvenidos al cambio”), estaba cerrando un
círculo que aquellos a quienes nos llamaron agoreros pronosticaron en su
día. Juan Carlos Monedero, tan pretendidamente autocrítico él hasta ahora
con respecto a las contradicciones y las
concesiones, ha aseverado que “Ciudadanos es pijo y Podemos un poco
hipster” (sic). Resulta inquietante que
haya que señalarle algo tan obvio
como que el hipsterismo es una forma
de pijerío que no osa decir su nombre,
y constituye, como tal, un fenómeno
característico de la sociedad de consumo (¡vade retro!).
En todo caso, y a seis meses de las elec-
Güeros
para demostrarlo en otro ámbito).
Lamentamos, por el contrario, el hundimiento de Izquierda Unida (seamos
sensatos, la situación de la coalición en
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ciones generales –esas en las que todos
los partidos andan pensando, aunque
se les llene la boca con otros propósitos más o menos virtuosos–, se ha
abierto un nuevo ciclo, que se entrevé
tan complicado como apasionante, y
en el que convendrá seguir atentos.
Precisamente esa atención casi plena
a lo de casa ha propiciado que quedara
en un segundo plano la votación de los
mandatarios europeos sobre el TTIP,
un asunto de extrema gravedad, llevado con cierto secretismo y que, tenga o no elementos positivos, intenta
consagrar la legitimidad supranacional de los mercados financieros y de
las grandes corporaciones multinacionales (al tiempo).
En observación (y, nos tememos, con
pronóstico reservado) hemos tenido
este último mes al cine, que, tal y como
nos temíamos, nos ha deparado, con
honrosas excepciones, saldos de temporada. Hasta las películas más interesantes que se estrenan en este periodo
son títulos de difícil encaje entre el público; las más no son sino productos
fallidos, cuando no directamente petardos, que
buscan un hueco en las
desguarnecidas cartele ras para tratar de recuperar la inversión (¡caramba, qué coincidencia con
el mundo político!).
Vayamos, primero, con
los films más relevantes
de cuantos hemos podido
ver: It Follows (David Robert Mitchell, 2014) hibrida de forma sorprendente
el terror juvenil y el cine
inde pen dien te esta do unidense, con un estilo
elíptico que recuerda a
John Carpenter; a pesar
de un tramo final que no
está a la altura (pero que se justifica
intertextualmente), constituye uno
de los descubrimientos más estimulantes en el género de los últimos
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años. La mexicana Güeros (Alonso Ruizpalacios,
2014) aborda la formación política y sentimental de una generación:
recuerda al cine cuasimilitante de los setenta y,
aunque se presenta como
una road movie, parece
beber de las fuentes de
Jose Maria Nunes y el nue vo cine de Barcelona extra gauche divine; con
todos sus altibajos, su honestidad, apasionamiento, radicalismo y lucidez
re sultan en todo caso agradecibles.
Más limitada, aunque todavía valiosa, es Una nueva amiga
(Une mouvelle amie, François Ozon,
2014): alegato a favor de la libertad individual para configurar su identidad,
tan extremo y socarrón como cabía esperar de su director, puede desagradar
profundamente a los espectadores
más tradicionales; es superficial, sí,
pero consigue conmover, y su fórmula
Hitchcock + Chabrol + Almodóvar funciona. También digna es Suite Francesa (Suite Française, Saul Dibb, 2014),
una adaptación académica de la novela homónima de Irene Nemirovski
tan pre- visible como correctamente
narrada, en la que se echa en falta, quizás, algo de originalidad, si bien, en su
género, resulta agradable de ver.
Maggie (Henry Hobson, 2015) cuenta
un drama familiar de estructura y
estilo clásicos, sobre el proceso de
transformación de la hija mayor de
un matrimonio bien avenido en muerto viviente, con un Schwarzeneg ger
avejentado pero correcto. En este senti do, la película, lenta y un poco pesada,
añade un matiz a ese mito, ya que su
punto de vista se sitúa en la intersec-
El camí més llarg per tornar a casa
ción entre el universo del padre y el de
la hija y su deseo/necesidad de morir;
planteamiento este novedoso y humanista, a tono con el espíritu contemporáneo de final de época.
Y, hablando del fin de los tiempos, en
el terreno del gran espectáculo, han
destacado por encima de todos los
demás Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road, George
Miller, 2015) y Tomorrowland. El mundo del mañana (Tomorrowland, Brad
Bird, 2015). La primera está muy
brillantemente filmada, pero en el
plano dramático está hinchada (y sobrevalorada): de haber sido una película sin más pretensiones que mostrar
carreras violentas y fuegos artificiales, habría cumplido los objetivos,
pues su ritmo trepidante no decae en
ningún momento; pero el falaz progresismo feminista que finge contener convierte en conservador y vomitivo aquello que no pasaba de ser
un disparate visual; al final lo que
consigue es recuperar la esencia de la
primera entrega: la nada o la gratuidad (algunos dirían que el espíritu
fascista y la casquería sanguinolienta). En cuanto a la cinta del director
de Los increíbles (The Incredibles,
2004) y Ratatouille (2007), es una
amalgama de estilos que, a pesar de
ciertos elementos que nos retrotraen
a estéticas entrañables, como al Joe
Dante ochentero, y de lo desconcertante que resulta ver la Ciudad de las
Artes y las Ciencias de Valencia en
una superproducción futurista procedente de Hollywood, se trata de una
película en conjunto aburrida, más
bien insustancial y con una pretenciosidad bastante molesta.
En todo caso, nada comparable a los
dos grandes bluffs del mes: Nuestro último verano en Escocia (What We Did
in Our Holiday, Andy Hamilton y Guy
Jenkin, 2014), una comedia familiar
británica pensada para el gran público
que, lamentablemente, queda siempre
muy por debajo de lo que promete, en
gran medida por el empeño de sus directores por agradar en todo momento; y Caza al asesino (The Gunman,
Pierre Morel, 2015), un thriller descacharrante de puro malo en coproduc-
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ción entre Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y España, con unos actores
que rozan lo patético y un desenlace de
una bizarría delirante. De lo peor del
año, quizás de la década… y con ello
empezamos el repaso a la copiosa lista
de películas de producción total o parcialmente nacional que han visto la luz
en las últimas fechas.
Por si fuera poco, rescatando de aquí
y de allá materiales, nos hemos autosentenciado con un cúmulo de rarezas, como el telefilm australiano
sobre una investigación policial The
Killing Field (Samantha Lang, 2014):
con buen ritmo, es convencional, pero
está bien realizado. A Girl Walks Home
Alone at Night (Ana Lily Amirpour,
2014) constituye una extraña película
en blanco y negro, visualmente magnífica y con una trama sin altibajos,
aunque excesivamente repetitiva y
amorfa, sobre una mujer-vampiro en
un mundo que vampiriza a sus ciudadanos (no estamos en el tiempo ni
en el espacio: se desarrolla en algún
lugar occidental, de religión musulmana, en decadencia). Bitva za Sevastopol (Sergey Mokritskiy, 2015) es una
película épica con héroes singulares
(una francotiradora), de la que se sigue un discurso violento, que no deja
de tener cierto interés, compensado
por la irrelevancia de la trama amorosa y por una realización plana y
aséptica.
Just Before I Go (Courteney Cox, 2014)
plantea el ajuste de cuentas consigo
mismo de un hombre de mediana
edad que ha decidido suicidarse, visto
el vacío de su vida, sin darse cuenta
del amor que le rodea (sic): un cúmulo de buenas intenciones y sentimientos que se sufre con agrado,
porque hay algo intangible que se espera hasta el último momento aunque no llega a cuajar; se agradece, eso
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sí, el tono de humor general, a veces
un tanto escatológico. Eliza Graves
(Stonehearst Asylum, Brad Anderson,
2014) tiene una buena puesta en escena, pero una trama pobre que deja
muy de lado a Allan Poe y se decanta
por el convencionalismo, para arrojar
como resultado un híbrido sin demasiado interés y con un doble o triple
final que intenta sorprender y solamente consigue irritar.
Más exasperantes aún resultan Kurtlar
Vadisi Filistin (Valley of the Wolves: Palestine, Zübeyr Sasmaz, 2011), cuyos
héroes de pacotilla, revestidos de la
fuerza de la venganza palestina, protagonizan un panfleto belicista, rebosante de violencia gratuita; y La gran
noticia (Les grandes ondes (a louest),
Lionel Baier, 2013), comedia con bastante mala sombra por los estereotipos
que pone en juego, para narrar las
aventuras de un equipo de la radio
suiza en medio de la revolución de los
claveles; salvo algún momento inspirado, carece de ritmo, y ni tan siquiera
despierta una sonrisa, a pesar del interés intrínseco de la idea.
Afortunadamente, y para variar, la ley
que rige para el común de las películas no es válida para el cine español,
que aprovecha los meses que las grandes distribuidoras internacionales
desprecian para colocar sus productos. Es así que hemos tenido ocasión
de disfrutar de algunos films menores
pero de una cierta calidad, como por
ejemplo Sicarius. La noche y el silencio (Javier Muñoz, 2015), otro thriller,
por fortuna este sí absorbente, sobre
la cuenta atrás de un sicario que debe
de identificar y asesinar a todos aquellos que han participado en un encargo que se niega a cumplir: con ecos
del Michael Mann de Collateral y discurso de fondo podémico, constituye
un debut muy estiloso, que merece ser
tenido muy en cuenta. Igualmente al
molde genérico se acoge Sweet Home
(Rafa Martínez, 2015), un modélico
slasher español de bajo presupuesto,
pensado para el mercado internacional: como ejercicio de estilo es brillantísimo, aunque molesta y duele
ver el coste que se paga (la voz de la
protagonista, Ingrid García-Jonsson,
es doblada por una actriz de acento
neutro).
Aunque sus virtudes sean diametralmente opuestas, nos ha impresionado
mucho también El camí més llarg per
tornar a casa (Sergi Pérez, 2014), drama observacional sobre las andanzas
de un personaje devastado por una
tragedia personal, en la línea de La
herida (Fernando Franco, 2013): se
trata de una película exigente y dura
en todos los sentidos, pero que vale la
pena ver.
Y nos ha dejado buen sabor de boca
otra coproducción, esta con Estados
Unidos y Perú, La deuda (Oliver’s
Deal, Barney Elliot, 2015), sobre los
manejos de las multinacionales para
hacerse con el control de los recursos
de los países del tercer mundo. Se asemeja a Iñárritu, pero con la demiurgia
y el doctrinarismo contenidos. En
cambio, nos decepcionó la por lo
demás bienintencionada y ambiciosa
Tiempo sin aire (Samuel Martín Mateos y Andrés Luque, 2015), sobre las
secuelas psicológicas del conflicto en
Colombia entre guerrilla, Estado y paramilitares: a pesar de unas loables
interpretaciones femeninas, se hunde
por un final tan rebuscado como absurdo.
Este mes, atando cabos en el círculo
España-Alemania, nos ocuparemos de
Requisitos para ser una persona normal (Leticia Dolera, 2015) y Phoenix
(Christian Petzold, 2014)
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Requisitos para ser una persona normal
PARAFILIA EMOCIONAL:
REQUISITOS PARA SER UNA PERSONA NORMAL
Agustín Rubio Alcover
Uno de los géneros que la crisis ha
alumbrado es la feel good movie, que,
traducido (con licencia cheli), quiere
decir “película de buen rollo”. Y es que
ya se sabe que a mal tiempo… La mo dalidad no es en modo alguno original,
sino que, de hecho, se trata ni más ni
menos que de un subgénero o derivación de la comedia clásica, casi siempre
en su variable romántica, con una pincelada de psicologismo (de andar por
casa).
Requisitos para ser una persona normal supone el debut tras las cámaras
de Leticia Dolera –para su marido, el
también realizador Paco Plaza (El segundo nombre, 2002; Romasanta, la
caza de la bestia, 2004; [REC] –con
Jaume Balagueró–, 2007; [REC]2 –id.–,
2009; [REC]3: Génesis, 2012), representa su puesta de largo como productor. Cuenta las peripecias de María de
las Montañas (Dolera herself), una
treintañera que se siente, por emplear
la expresión que consagró hace tres
lustros un libro tristemente célebre,
como si le hubieran robado el queso y
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Requisitos para ser una persona normal
no supiera quién, dónde, cuándo, cómo
ni por qué, y que cifra la ansiada normalidad en la consecución de siete metas,
a saber: trabajo, casa, pareja, vida social,
aficiones, vida familiar y ser feliz; exactamente y por ese orden. Durante una
visita a IKEA, conoce a Borja (Manuel
Burque), un dependiente pelirrojo y
obeso con el que se vuelve a topar al
poco en una librería a la que han acudido a comprar, respectivamente, libros
de autoayuda y de trucos para adelgazar. Con la excusa de un quid pro quo, en
virtud del cual él la convertirá en una
mujer corriente y ella le guiará por la
senda de la delgadez, nace entre ellos
una relación equívoca, entre la amistad
y la atracción mutua.
Con más encanto interpretativo que cinematográfico –a pesar de su relativa
voluntad de estilo, a base de la superposición de leyendas a las imágenes (en
algún caso muy acertadas: véase el momento en que la obsesión de la protagonista por etiquetarlo todo la lleva a
interpretar las conversaciones de los
viandantes con los que se cruza como
referencias a los ítems que componen
su decálogo de normalidad, o aquel otro
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en que, bajo los efectos del alcohol,
María de las Montañas tiene una epifanía al comprobar que una chica con la
que se cruza solo reúne dos de las condiciones y, sin embargo, es feliz) y montajes de imágenes estáticas al hilo de la
voz over de la protagonista o de la banda
sonora, compuesta por canciones poperas–, el film posterga el relato a favor de
la anécdota pretendidamente reveladora. Por eso, la galería de personajes es
tan amplia, los unos representativos de
una extravagancia asumida, bien o mal
llevada (el hermano síndrome de down
gay, Álex [Jordi Llodrà]; la madre maltratada, ahora viuda y reconvertida en
vendedora de Thermomix, Bárbara [Silvia Munt]), los otros de ese horizonte
vital al que la protagonista aspira (Cristina Pi [Alexandra Jiménez], excompañera del colegio casada y con hijos;
Gustavo [Miki Esparbé], el amigo para
quien organiza una cita a ciegas con
María de las Montañas), rehenes de
todos los tics más odiosamente gilipollescos de la cultura (es un decir) actual,
del Facebook a los gintonics pasando
por el pádel y los babyshowers.
Retrato de una generación que se de-
bate entre la anorexia y la bulimia, entre
el cinismo hacia la pareja y una necesidad acuciante de tenerla, entre el pansexualismo y una aversión al contacto
carnal que prima, en cambio, la emotividad y las prácticas desplazadas (en su
aparente trivialidad, el gag del horno
holandés bajo la colcha encubre todo un
sombrío diagnóstico a este respecto; y
como tal lo filma Dolera, con toda intención, con la cámara pegada a los personajes, compartiendo ese instante de
máxima intimidad. Y hay que ver el juego que le dan los pedos a nuestro cine:
ahí hay un objeto de tesis...), Requisitos
para ser una persona normal tiene una
cualidad que los más indulgentes llamarán homeopática, y los más lúcidos contradictoria, por querer combatir la
autoayuda con autoayuda –buena prue ba de ello es la lista corregida de requisitos para ser una persona, a secas, que
acompaña a los créditos del final, a
modo de happy end.
Huelga decir que la antinomia que plantea es falsa y, con toda lógica, al equivocado concepto de normalidad que tiene
María de las Montañas le corresponde la
atribución de esa cualidad (discutible,
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ciertamente) a personajes que no son
sino un montón de pijos, a cuál más irritante, con toda la confusión y todo el
sufrimiento consiguientes, del todo innecesarios.
La película se presta, en este sentido, a
una reflexión sociológica de un interés
insospechado: a una (est) ética domi-
nante que brilla por su necedad y miseria, ¿no será el hipsterismo una reacción infantil y estéril? Seguramente,
en fin, debería de haberse titulado
“Requisitos para ser una persona formal”, o (para mayor precisión) “Re quisitos para integrarse en la burguesía cool”. Se comprende que Dolera y
los productores quisieran comerse un
colín y evitaran una diatriba tan claramente política, anacrónica y disuasoria para la taquilla; pero, entre unos y
otros, a la postre la que ha acabado pagando los platos rotos ha sido la normalidad. La pobre, qué mal habrá
hecho ella…
AJUSTE DE CUENTAS CON LA HISTORIA:
PHOENIX
Francisco Javier Gómez Tarín
Phoenix
Las pruebas generales que nos da el
cine alemán, en general, y Petzold, en
particular, sobre su ajuste de cuentas
con la historia transita desde los posicionamientos individuales hasta los
colectivos y no duda en abrir las candentes heridas para permitir al espectador afrontar su responsabilidad
(directa o heredada) ante los hechos
que tuvieron lugar en un momento en
que la dictadura nazi y la guerra, así
como el Holocausto, e hicieron de ese
momento del relato histórico uno de
los más crueles y despiadados que la
humanidad ha conocido.
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Phoenix
Phoenix, como título, proporciona una
de las claves hermenéuticas del film
porque conlleva una doble interpretación: es el rótulo que marca la llamada
luminosa de un night club y es, a su vez,
la metafórica posibilidad del renacimiento, de la reconstrucción. En ambos casos, el físico y el metafórico, no se
puede obviar la esencia de lo falso, de
la mentira, de la representación. En la
sala de fiestas tienen lugar representaciones (musicales, teatrales, humanas
–los “ligues” de los soldados, el estraperlo…), en la supuesta reconstrucción
de la Alemania de postguerra hay una
base terrorífica, construida también
sobre la mentira: la responsabilidad de
quienes apoyaron al régimen nazi, la de
los que miraron hacia otro lado, la de los
que lo permitieron y la de los que medraron con él, incluso la de los que delataron y traicionaron a sus convecinos.
La mano de Harun Farocki en el guion
tampoco puede ser ignorada, pues contribuye, junto a Petzold, a edificar un
discurso aparentemente frío, estética-
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mente oscuro, que toma como punto
de partida el saber del espectador sobre
obras cinematográficas relevantes
como Ojos sin rostro (Les yeux sans visage, Georges Franju) o De entre los
muertos (Vértigo, Alfred Hitchcock,
1958) para introducir un plus de sentido y radicar en el propio film la concreción de una grave sentencia: ante
los crímenes contra la humanidad, no
hay redención posible… el camino es la
muerte (el que toma la amiga de la protagonista al ver que su ansia de venganza no será saciada: evidentemente,
con una maestría singular, el cineasta
nos lo hará elíptico –nos basta con el
recuerdo evidente de Alemania, año
cero [Germania, anno zero, Roberto
Rossellini], 1948) y no necesitamos ver,
como allí, porque es más fuerte la imagen cultural retenida en nuestra
mente.
La culpa arrastrada por un pueblo corrompido por el periodo nazi no será
representada por grandes epopeyas
sino por un minimalismo envidiable
que siempre pone en
valor los aspectos metonímicos y, así, el traidor
querrá recuperar con
una mentira los frutos de
su pasado; la protagonista intentará engañar se a sí misma y deberá
asumir precisamente
que no hay liberación
posible sin afrontar la
realidad (el escape a Palestina es un viaje a ninguna parte); y el cúmulo
de “acompañantes” pa ra toda esta parodia de
la vida en clara descomposición, será relegado
al silencio, a la presencia fantasmal, porque no
consigue ninguno de
ellos ubicarse en el espacio en el que la
vida les ha situado.
Así pues, Phoenix dice tanto más por lo
que sugiere que por lo que muestra. Se
convierte en un ejercicio analítico que
nos propone lecturas múltiples, pero
siempre manteniendo en primer término la bofetada a la historia y, sobre
todo, a aquellos que la han pervertido.
Vista desde nuestra cómoda distancia
(también falsa, porque nuestro ajuste
no se ha producido y hay mucho interés en mantenerlo sumido en el olvido)
la película nos produce una enorme
envidia por lo que muchas veces desearíamos fuera nuestro cine y comprobamos lo mucho e importante que no
llega a afrontar en sus argumentos. Evidentemente, nadie podrá hacerlo por
nosotros.
Francisco Javier Gómez Tarín y Agustín
Rubio Alcover son profesores de Comunicación Audiovisual en el Departamento de
Ciencias de la Comunicación de la Universitat Jaume I de Castellón.
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