Homilía del 24 de Enero de 2016 - 1

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Homilía del 24 de Enero de 2016
Todos nosotros hemos sido equipados con los dones del Espíritu Santo y llamados por el
Espíritu Santo para proclamar la Buena Nueva del Reino de Dios. Cada Domingo nosotros
los Católicos profesamos nuestra fe en las palabras de un credo antiguo que fue aprobado en
el Primer Concilio de Nicea, y así ya que 325 A.C., los Católicos han proclamado: «Creo
en el Espíritu Santo». En el año 381, las palabras fueron añadidas y desde ese momento
decimos: «Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». Creencia en el Espíritu Santo
tenía implicaciones profundas para Jesús y contiene implicaciones profundas para
nosotros. Las lecturas de hoy nos recuerdan que era el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo,
que convocó a Jesús como el Mesías. Las lecturas de hoy nos revelan el conocimiento
profundo de San Pablo del Espíritu Santo y las implicaciones de ese conocimiento para la
Iglesia en su día y la Iglesia en nuestros días. Estas lecturas nos recuerden que, como Jesús,
los Corintios y nosotros somos convocados, no para que cada uno pueda ir por su propio
camino, pero convocados como un cuerpo por el único Espíritu Santo, a trabajar juntos al
unísono en Cristo.
En la lectura del Evangelio oímos a Jesús proclamar: «El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva . . .». Según las cuentas del
Evangelio Jesús vivió en Nazaret durante treinta años de su vida, donde era conocido como
el hijo del carpintero. Entonces Jesús oyó a Juan el Bautista predicar al lado del Rio Jordán
y fue bautizado por Juan. En su bautismo San Lucas nos dice que el Espíritu Santo
descendió sobre Jesús “en forma sensible, como de una paloma» y una voz del cielo declaró,
«Tu eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco».
Inmediatamente después de su baptismo, San Lucas nos dice, «Jesús volvió de las orillas del
Jordán lleno del Espíritu Santo y se dejó guiar por el Espíritu a través del desierto, donde
fue tentado por el demonio . . .» (San Lucas 4:1-2ª). Después de este período de la tentación,
el Evangelio nos dice, «Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu,» (4:14) y a su casa
en Nazaret, donde hizo una declaración directa y sorprendente en la sinagoga: «El Espíritu
del Señor está sobre mí». Jesús sabía que Dios lo había elegido, como Dios eligió al profeta
Isaías,
para predicar el mensaje de Dios a su pueblo sufriendo. Así, «[guidado] por el Espíritu»
con “el Espíritu del Señor . . . sobre [él]», Jesús comenzó su ministerio de proclamar «la
Buena Nueva del Reino de Dios» (San Lucas 4:43).
También nosotros somos preparados por el Espíritu Santo, quien nos da dones espirituales a
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Homilía del 24 de Enero de 2016
fin de hacer las obras del Espíritu. La semana pasada en nuestra segunda lectura
escuchamos un pasaje del 1 Corintios que se centra en los dones del Espíritu Santo. San
Pablo les dice a ellos y a nosotros que tenemos diferentes dones espirituales, «pero el
Espíritu es el mismo», el Dios es el mismo «que hace todo en todos». «[Y] es uno solo y el
mismo Espíritu el que hace todo [esos dones], distribuyendo a cada uno sus dones, según su
voluntad» (12:4-11). Y como escuchamos en la segunda lectura de hoy es este mismo
Espíritu que nos hace uno con Cristo y uno con el otro. Todos nosotros los Cristianos
juntos formamos el cuerpo de Cristo, por así decirlo, algunos de nosotros una pierna,
algunos un brazo, algunos un ojo, algunos un meñique; pero todos nosotros somos uno en
Cristo.
Ya que el Espíritu nos ha equipado con sus dones, todos nosotros, todos en nuestra propia
manera, somos llamados para proclamar la Buena Nueva del Reino. Como escribió San
Francisco de Asís: No todos son llamados a predicar con palabras, pero todos nosotros
debemos predicar por nuestras obras (Vean la Primera Regla de los Hermanos Menores,
Regla 17). Todos nosotros somos llamados para servir uno al otro en varios papeles, o
caminos, todos llamados por la misma fuente–el Espíritu Santo:
Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos
sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos
se nos ha dado a beber del mismo Espíritu».
Así cuando reconozcamos que cada uno de nosotros tiene dones singulares que el Espíritu
Santo nos ha dado y a sólo nosotros, la pregunta viene a todos nosotros, ¿qué le daré a Dios
para el bien de todos?
El espíritu del Señor está sobre [cada uno de nosotros],
porque [nos] ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva,
para anunciar la liberación a los cautivos
y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos
y proclamar el año de gracia del Señor.
Que respondamos como hizo Jesús: «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura
que acaban de oír».
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