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Burgos Cantor, directo y de frente
En el siguiente diálogo, el escritor cartagenero Roberto Burgos Cantor revela
sus orígenes como novelista, habla de la importancia de la memoria y del
descuido que existe sobre nuestra propia realidad.
Franklyn Molano Gaona
Su cabellera ceniza sobresale a la distancia por encima
de decenas de estudiantes que lo rodean y piden firmar
ejemplares de su obra. Roberto Burgos Cantor lanza
sobre el papel su nombre mientras da declaraciones y
posa al lado de una niña de falda a cuadros y blusa
blanca, quien le pide tomarse una foto.
“Estoy muy complacido de estar en Pereira”, dijo con voz
pausada en medio de jóvenes que lo esperaban en la
biblioteca Otto Morales Benítez de la Fundación
Universitaria del Área Andina, donde por espacio de una
hora habló de literatura, historia y memoria.
El autor de novelas como La Ceiba de la memoria, El
vuelo de la paloma y Señas particulares, ocupan hoy un
lugar destacado en la literatura nacional. Sus obras son reconocidas por construir un
universo propio y un estilo auténtico de narrar historias. Aquí su testimonio y su
pensamiento.
¿Cómo son sus primeros encuentros con la escritura y quién lo conduce por ese
camino?
Tengo unos primeros recuerdos cuando estaba en el colegio y de pronto empecé a
escribir sin ningún orden, sin ningún propósito. Lo que tengo claro de esa etapa es que
se escribe por necesidad, porque nada explica que uno de niño deje el juego de
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basket, o ese juego elemental en el Caribe, que es el juego de tapitas, para ponerse a
escribir.
Entonces hay una relación de necesidad que lo lleva a uno a escribir. No he indagado
mayor cosa del por qué ocurría eso, pero allí estaba escribiendo, hasta que me vi
metido en la revista de Manuel Zapata Olivella (Lorica, 1920. Primer autor que exaltó
en sus obras la identidad negra colombiana) y me vi sumergido en ese bello lío que es
la literatura.
¿Qué fue lo primero que escribió: cuento corto, ensayo o poemas?
Nunca he entendido por qué muchos escritores empezamos por un género que es de
mucha exigencia, que es el cuento. Escribía cuentos. Con los años he llegado a la
idea de que el cuento protege moralmente al escritor, porque cuando un cuento no
funciona, uno lo nota de manera rápida. Uno lo descubre a las tres o a las cinco líneas
y sabe que el cuento no funciona.
Con una novela, se da uno cuenta muy tarde y botar 50 o 60 páginas, creo que al
escritor cachorro lo desmoraliza, lo destruye, lo
desestimula…y por eso empezamos por el cuento. No
sé si sea esa la explicación del por qué empezamos
muchos por el cuento, pero creo que tiene que ver con
que el cuento es una manera de autoprotección.
Hábleme un poco de sus hábitos como escritor,
¿escribe en las mañanas, en las tardes, o a qué
hora le resulta más cómodo?
Siempre escribo cuando puedo. Cuando he tenido
épocas de laboriosidad, como todos que trabajamos
durante el día, escribo por la noche. Pero mi horario
preferido es empezar en la mañana y seguir hasta las
cuatro o cinco de la tarde sin parar. Ese horario me
gusta, me estimula, me exige… y en estos tiempos en
que tengo obligaciones laborales en la tarde, escribo en el horario de la mañana. Pero
siempre hay que arreglárselas para tener el tiempo de escribir.
Usted tiene una vocación clara con la memoria, se percibe en su obra literaria,
¿para usted cuál es la importancia histórica de la memoria?
Creo que hemos sido de alguna manera unos seres descuidados con nosotros
mismos. Descuidados con nuestra propia realidad. Acobardados ante nuestros
conflictos y apelar a la memoria es una manera de saber que se tuvo, de la huella que
se deja, de la que dejaron los otros y de buscar caminos para seguir…
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Usted es un escritor de gran aliento que se lee fuera del país, que se lee en
Paris. ¿Qué siente que su obra haya trascendido las fronteras?
Ese es un hecho fortuito. Recuerde que alguna vez le
preguntaron a William Faulkner (Nobel de Literatura
en 1950. Autor, entre otros, de la novela El ruido y la
furia) sobre qué se necesita para escribir y el viejo
zorro decía: 90 por ciento de transpiración y se
reservó un pequeño porcentaje destinado a tener un
poquito de suerte, que no le hace mal al escritor, y
eso es lo fortuito.
Aprecio la lectura de lo mío porque de alguna manera
la literatura es universal y también da un poco de
aliento tener lectores distantes para ver si alguna vez
terminamos de conocernos más.
¿Cómo ha hecho usted para mantenerse distante
y no dejarse seducir por los medios de
comunicación?
Cuidando el tiempo de escribir. El tiempo de escribir es tan exigente y lo que hay que
escribir es tanto, que si uno se dedica a promocionar lo que escribe, deja de escribir.
¿Cuando escribe, se corrige y se relee mucho lo que escribe?
Ese fue un consejo solidario y generoso que nos dio Gabriel García Márquez a Luis
Fayad (Bogotá, 1945. Uno de los mejores narradores latinoamericanos de la segunda
mitad del siglo XX) y a mí. Nos dijo: a qué no saben lo que les voy a decir, lo descubrí
en estos días: hay que escribir siempre en limpio. No se pare de su trabajo sin haber
corregido: una línea que se escribe una línea que se corrige. Pero no acumule porque
después es peor, es como volver a empezar.
Veo también que usted y su obra tienen recibo entre los jóvenes, ¿qué les dice a
ellos?
Alienta mucho que esa distancia de años, de época y de lecturas, permita y tenga un
lugar para lo que escribo. Eso por supuesto me enaltece, me reta y me propone
alcanzar metas más complicadas.
¿Qué reflexión hace sobre las bajas cifras de lectura que hay en el país?
Creo que en los temas de la lectura debemos hacer un esfuerzo entre todos. Las
políticas públicas han estado un poco desencaminadas. Se gastan muchas sumas de
dinero cuando quizá habría que proponer otra vez colecciones de libros que estén al
alcance de los niños y de los jóvenes. Tener más aprecio por nosotros mismos.
Veo lo que hacen las editoriales mexicanas, donde las bibliotecas públicas tienen el
deber legal de comprar cierto número de ejemplares de los autores nacionales.
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Uno mira lo que ocurre en Venezuela con la colección Ayacucho, que es una
maravilla. Entonces aquí hay unos esfuerzos como perdidos: la Biblioteca familiar de la
Presidencia de la República, las colecciones del Instituto Colombiano de Cultura,
cuando así se llamaba…
Entonces hay que hacer un esfuerzo, quizá un pacto moral entre maestros,
bibliotecarios, gestores culturales y nosotros los escritores, que estamos participando
en este esfuerzo de construir lo público.
¿Cómo ve la nueva generación de escritores
nacionales?
Hay un grupo estupendo. Uno de ellos es un escritor
nuevo antioqueño, Pablo Montoya, que tiene una
novela que se llama Los derrotados, quien años atrás
escribió Lejos de Roma, que es un trabajo interesante.
Hay autores como Juan Esteban Constaín que me
interesa; Juan David Correa, que luego de escribir su
novela hizo un reportaje sobre Armero riguroso y muy
conmovedor. Hay un poeta como Rómulo Bustos en
Cartagena y la poesía de Lucía Estrada en Medellín.
Los muchachos están haciendo un esfuerzo y están
ocurriendo cosas. Hay un deseo de escribir sin
someterse al requerimiento comercial que está tan de moda y que es tan tirano en
estos días.
Fotos: Franklyn Molano Gaona.
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