MODALIDADES DEL VÍNCULO MADRE-BEBÉ EN LA

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MODALIDADES DEL VÍNCULO MADRE-BEBÉ EN LA CONSULTA
PEDIÁTRICA. OBSERVACIONES EN PACIENTES CON REFLUJO GASTROESOFÁGICO.
Dra. Esperanza Pérez
de Plá
Psic. Iveth Salazar
Hernández
La conformación psíquica del infante tiene en el vínculo materno-infantil más
temprano una de sus bases más determinantes. Desde hace algunas décadas ha crecido
el interés por estudiar los procesos implicados en el establecimiento de dicho vínculo,
así como por buscar indicadores de riesgo que hablen de la emergencia o instalación
de una psicopatología vincular y personal, para finalmente llevar a cabo
intervenciones tempranas que favorezcan la evolución de estos bebés. Este trabajo se
ocupará del segundo punto.
Existen diversos aspectos que pueden considerarse una situación de riesgo para el
vínculo madre-hijo pero nos enfocaremos en esta ocasión a aquel representado por la
presencia en el bebé de la enfermedad por reflujo gastro-esofágico (ERGE). Esto se
hará a partir de las observaciones realizadas en el Hospital Infantil de México
“Federico Gómez” con este tipo de pacientes y sus madres por un equipo de seis
investigadores de orientación analítica del que forman parte las autoras. La elección
de este tema tiene varias razones: las características del cuadro clínico, su aparición
en los antecedentes de numerosos niños con trastornos del desarrollo y su creciente
incidencia sin causa claramente determinada aún.
La ERGE se refiere a una condición patológica provocada por el regreso del material
gástrico al esófago de forma frecuente y prolongada. En los bebés los síntomas
principales incluyen: vómitos y regurgitaciones, falla en el crecimiento acompañado o
no por retraso en el desarrollo, irritabilidad y problemas en el sueño debidos
principalmente al dolor y ardor retroesternales El pronóstico no implica en general
riesgos vitales pero sí ocasiona trastornos en la crianza y los síntomas digestivos
pueden cronificarse o acarrear complicaciones como esofagitis y problemas
respiratorios. En nuestro medio médico y en la bibliografía más frecuente, su abordaje
es casi exclusivamente orgánico y las explicaciones etiológicas se refieren a
problemas anátomo-fisiológicos del tracto digestivo, a infecciones o a problemas
neurológicos. Queremos enfatizar que si bien una minoría de los casos de ERGE, no
incluidos en nuestra investigación, son complicaciones de daños neurológicos, la
mayor parte no lo son y los especialistas hablan de una vagamente denominada
“inmadurez”.
Es una postura general no prestar atención a los factores psicológicos. Una notable
excepción es el Dr. Fleisher, profesor de la Escuela de Medicina de Missouri, quien en
1995 plantea que dado que más del 80% de los bebés aumentan de peso
adecuadamente a pesar de tener vómitos muy frecuentes e intensos, habría que pensar
en otros factores para explicar este hecho. Fleisher cree que un factor esencial es el
stress y que éste se relaciona directamente con las distorsiones en la diada. Según su
hipótesis serían estas fallas vinculares las que favorecen la aparición de síntomas
comúnmente asociados al reflujo, como son los vómitos y la falla en el crecimiento.
Sin duda, es en los autores psicoanalíticos que hemos encontrado el mayor eco y
apoyo teórico para nuestra investigación aunque hoy en día es la ERGE un
padecimiento en que la teoría psicosomática es aún poco considerada.
Por nuestra parte, coincidiendo con las ideas de Gutton (1983) sobre la libidinización
de los síntomas y sin afirmar una psicogénesis del reflujo como factor exclusivo,
planteamos como hipótesis inicial que esta enfermedad se inmiscuye en la vivencia y
el funcionamiento de la relación materno-infantil de tal manera que la alteración
vincular, a su vez, puede favorecer la permanencia de la enfermedad y algunas de sus
complicaciones. Una segunda hipótesis, basada en el hallazgo de antecedentes de
reflujo en un alto porcentaje de nuestros pacientes con trastornos severos del
desarrollo, plantea la existencia de distorsiones persistentes del vínculo maternoinfantil en muchos casos de ERGE que alteran el futuro desarrollo físico y psíquico
del bebé. Nuestras intervenciones tempranas sobre el vínculo tendrían una doble
finalidad: en lo inmediato colaborar en la mejoría del padecimiento orgánico y a
mediano y largo plazo prevenir y tratar sus secuelas psicofísicas.
Luego de tres años de trabajo podemos afirmar en esta patología la existencia de una
elevada frecuencia de disfunciones en la interacción madre-bebé, y describirlas
tomando como punto de referencia la clasificación propuesta por Kreisler (1989). Para
el diagnóstico de cada una de las modalidades se toma en cuenta el predominio de
actitudes, tanto de la madre como del bebé y el tono afectivo de la relación que se
manifiesta tanto en el comportamiento interactivo como en distintos elementos del
discurso materno (vivencia y vicisitudes del embarazo, significados y proyecciones
sobre el hijo, significado del síntoma). Otro aspecto esencial se refiere a las
particularidades de los vínculos intergeneracionales que tiene efectos sobre este bebé
y sus padres. Es nuestro interés exponer el aspecto clínico y la vertiente cualitativa de
nuestro trabajo mediante la exposición y comentario de dos viñetas, por lo que nos
limitaremos a resumir en la siguiente figura los aspectos cuantitativos:
Disfunc.Discontinuidad
40%
Si bien en este trabajo nos enfocaremos en las dos modalidades que hemos encontrado
con mayor frecuencia, es decir la discontinuidad y la sobrecarga, debemos hacer
algunas puntualizaciones. Las interacciones consideradas como funcionales se
caracterizan por una adecuada conexión y respuesta materna hacia las necesidades
físicas y afectivas del bebé. Esto se puede observar en la forma como envuelven a su
bebé cuando lo sostienen, en la forma eficaz de consolarlos y alimentarlos y en
general en un mayor contacto a través de miradas o palabras. En el grupo de las
interacciones disfuncionales por insuficiencia encontramos madres con rasgos
depresivos e intercambios pobres con sus hijos tanto en términos cuantitativos como
cualitativos.
Carlos. Disfunción vincular por sobrecarga o exceso
Carlos, de un año de edad, viene en brazos de su madre cuando entran por primera
ocasión al consultorio. Es un niño lindo, de ojos grandes y tez blanca y aparentemente
de peso normal. La madre se llama María y es una mujer joven (26 años), delgada y
con el cabello lacio y largo, es agradable aunque su rostro denota preocupación. Al
preguntarle sobre el estado de Carlos, María responde “está mucho mejor, ya no
vomita” y explica que tiene un mes con medicamento el cual ha tenido buenos
resultados. Mientras habla de esto,Carlos se inquieta un poco, María lo interpreta
inmediatamente como “tiene hambre” y comienza a darle pecho. Continúa diciendo
que hasta hace un mes ella estaba sumamente angustiada por el padecimiento del niño
ya que los vómitos eran muy frecuentes y estaba desnutrido. No obstante, nosotras
notamos en ella una gran necesidad de ser escuchada, su cara preocupada y su
frotamiento de manos transmiten una gran ansiedad. Su relato nos confirma esta
observación.
Desde el embarazo tuvo problemas, este no fue planeado y tuvo algunas amenazas de
aborto debido a un padecimiento renal.. Lo pasó muy angustiada y bajo estricto
control médico. Carlos nació de 38 semanas y ante la sospecha de una hipoxia
neonatal permaneció en observación. Desde entonces María notó los vómitos del niño.
Según dice, el equipo médico no le hizo mucho caso a su observación y sólo le
recomendaron algunas medidas posturales. Los vómitos no mejoraron e incluso
empeoraron cuando ella introdujo papillas en la alimentación.
Nos cuenta que su otro hijo, de 5 años, padeció asma hasta los 4. Estas enfermedades
en sus hijos han hecho que ella casi no descanse y un poco resignada dice “siento que
he envejecido”. Recuerda que “antes no dormía” pues siempre estaba preocupada por
Carlos y su vómito, incluso su esposo le decía “tú te preocupas demasiado”. Desde
una ocasión en que Carlos vomitó mientras dormía en su cuna, se desencadenó en ella
un gran temor de que el niño se ahogue; por eso el pequeño duerme en la cama de los
padres en donde lo vigila todo el tiempo. Ha sido un niño muy llorón y difícil de
tranquilizar y asegura que anteriormente, cuando se irritaba, se metía el dedo a la
boca como para provocarse el vómito. Añade que no puede dejarlo ni un minuto solo
porque llora, “está muy pegado a mí”, dice. Mientras ella habla notamos que Carlos
no mama sino que juega con el pezón. Al señalar esto, María asiente diciendo que ya
quiere quitarle el pecho pues algunas veces incluso la lastima, pero que lo quiere
hacer paulatinamente.
Carlos presenta un leve retraso en el desarrollo por lo que acude a rehabilitación.
Curiosamente, María confundió este diagnóstico y pensó que su hijo tenía un “retraso
mental”. Al preguntarle qué significa para ella retraso mental dice “que mi hijo no va
a aprender a caminar, ni a hablar”. Se le explica la diferencia entre ambos
diagnósticos. Mientras tanto Carlos está explorando el consultorio, gateando, María
no lo mira casi, está absorta relatándonos las muchas complicaciones del niño y
paradójicamente no se percata cuando el niño mete el dedo en el tomacorriente hasta
que nosotros lo señalamos.
Paloma. Disfunción vincular por discontinuidad.
La primera vez que Paloma llega a nuestra consulta tiene 11 meses de edad aunque
aparenta menos de 6. Es triste y delgada, de ojos muy pequeños y llorosos, de rostro
pálido y cabello escaso y seco. Toda ella se ve carenciada y desvalida. La madre,
Ana, tiene 24 años, es morena, fuerte, de ojos grandes y vivos y con frecuencia deja
ver una mueca de enfado. Se dedica al hogar y también realiza labores de costura en
un taller. Proviene de una familia campesina y es producto de una segunda relación de
su madre que había tenido 4 hijos de un primer matrimonio de los cuales fallecieron
3. La madre de Ana vive en la misma casa y la relación con ella es muy ambivalente:
dice quererla pero la desvaloriza ,“es una persona muy buena pero temerosa y nada
inteligente. Paloma “es idéntica a ella.” Esta abuela se encarga de la bebé mientras
Ana trabaja.
La ambivalencia y desconexión afectiva de Ana con su hija es evidente desde el
principio. Cuando entran por primera vez al consultorio nos llama la atención el
descuido con que sostiene a la niña. Al tomar asiento, pone a Paloma sobre su regazo,
con la cara hacia el frente como si procurara mantenerla alejada de su cuerpo. Al
alimentarla lo hace descuidadamente, cargándola en una posición incómoda, de forma
tal que las piernas de la niña cuelgan como trapo y parece que en cualquier instante
caerá. Por su parte la bebé también parece “desconectada”: permanece rígida, seria y
poco expresiva, sin mostrar mayor respuesta hacia el ambiente.
Desde el nacimiento, Paloma presentó vómitos dando lugar a una desnutrición. El
diagnóstico de reflujo se hizo poco después y desde entonces toma medicamentos y
sigue una dieta. Los vómitos cesaron a los 7 meses, aunque ahora tiene cuadros
gripales recurrentes. Ana se queja de que su hija exige muchos cuidados y es
demandante; “no es una niña normal”, presenta un “retraso” y “como que tiene algo
por dentro”, no sabe bien qué. Más que preocuparle, su hija le desespera y fastidia
pues se enferma constantemente y además “llora mucho, es berrinchuda y enojona”.
La falta de identificación con la niña le hace pensar que el llanto de esta es caprichoso
e inmotivado y por consiguiente le cuesta mucho tranquilizarla incluso algunas veces
la deja llorar y gritar hasta que se duerme. En ocasiones su desesperación le lleva a
decirle a su madre, la abuela de Paloma, “échala para afuera” o simplemente la deja a
su cuidado.
Intervenimos preguntando: “¿No será que tiene dolor?” Ana exclama muy
sorprendida: “Ah, le duele?! Nunca me lo habían dicho”. En ese momento, por
primera vez durante toda aquella entrevista, Paloma parece reaccionar y comienza a
dar palmaditas y al ver que nos agrada, sonríe breve y descoloridamente. Incluso, más
adelante, se anima a tomar algunos juguetes. Nuevamente sorprendida, Ana nos dice
con su misma mueca de enfado que es muy raro que la niña sonría con alguien.
El embarazo no fue planeado ni deseado pues Ana ya tenía un hijo y había decidido
no tener más y seguir estudiando. Frecuentemente compara su experiencia con este
hijo y con Paloma, aquel fue un hijo deseado, no tuvo complicaciones en el embarazo,
tuvo un desarrollo normal y en general fue un niño muy sano. Por el contrario,
recuerda sin culpa ni aflicción que en su segundo embarazo lo pasó bastante mal y que
quizás el no haber deseado a la niña haya provocado su reflujo, pues según dice “los
niños sienten desde que están en el vientre materno” y se les puede afectar
“psicológicamente”. Paloma parece reaccionar a estas palabras de su madre, se
inquieta, se retuerce un poco y lanza un chillido; Ana dice, inexplicablemente ya que
hace frío, “tiene calor” y le quita su abrigo. Ni el dolor ni el hambre de la bebé son
interpretados adecuadamente por la madre.
El retraso en el desarrollo, especialmente en las áreas de lenguaje y motora, es severo
y alarmante. Casi no balbucea y sus piernas, son tan débiles y delgadas, que se doblan
cual muñeca de trapo. Esta hipotonía contrasta con cierta hipertonía y movilidad
mayor de la parte superior del cuerpo. Ana atribuye esto a que su esposo y en especial
su madre la cargan casi todo el tiempo y le dan las cosas en la mano. Sin embargo,
nosotras notamos que Ana es muy contradictoria pues por una parte quiere e incluso
exige que la niña progrese, pero cuando Paloma mueve sus piernas en señal de
emoción, le dice enfadada “no me des patadas” o cuando establece un juego de meter
y sacar o de aventar cosas le dice “todo tiras, todo riegas”. Parece como si cada acción
de Paloma estuviera destinada a fastidiarla a ella, a Ana.
Dada esta falla grave en la resonancia afectiva entre la madre y la niña, sumada a la
ausencia de placer en los intercambios madre-hija nos parece primordial explorar en
Ana estos aspectos. Es indispensable comenzar a darle un lugar al cuerpo de Paloma,
ese cuerpo que porta el parecido con la abuela y que en cierta medida parece estar
incompleto en la mente materna.
El efecto de estas intervenciones se evidencia en los meses siguientes, pues al
transcurrir las consultas, Paloma progresa mucho: hace más sonidos, aplaude, sonríe
más e incluso nos reconoce y también a los juguetes del consultorio, lo cual es un
índice claro de evolución positiva. Nosotros lo notamos cada vez, sin embargo Ana
no parece ver esos avances ni mucho menos regocijarse con ellos. Nunca es
suficiente, pues exige que la niña realice cosas que aún no puede; dice: “quisiera verla
corriendo” cuando la niña apenas comienza a tomar fuerza y movilidad en sus piernas.
Además, inicialmente cumple las indicaciones pero mecánicamente porque “lo tiene
que hacer”, no logra darle el sentido de juego a las acciones de ésta ni se nota un
placer en la interacción. Puede pasar largos ratos sin mirarla ni hablarle.
Citamos al padre quien concurre a una consulta en la que también habla de la
sobreprotección de la abuela hacia Paloma, pero ni él ni su esposa intervienen en esto,
ni se plantean impedirlo. Ana nos explica que quizás su madre teme que la niña muera
como lo hicieron sus tres hermanos, miedo que ella también ha sentido. Nos
limitamos a oír considerando que ha descubierto algo importante. Paloma continúa
progresando pero a Ana aun la desespera la “lentitud” del desarrollo y manifiesta
elevadas expectativas que nunca son cubiertas. Ana cambia progresivamente y
también Paloma. Sonríe y juega, pero aún no emerge el lenguaje. Un progreso muy
importante se da a los ocho meses de tratamiento cuando Ana reconoce que no es por
flojera sino por miedo por lo que Paloma no camina, y que necesita su apoyo para
desarrollarse.
Una prolongada ausencia de la abuela materna y la dedicación mayor de Ana tiene
claros efectos benéficos en la evolución de la niña y del vínculo. Al fin cuando
Paloma tiene 1 año 9 meses de edad adquiere la marcha y Ana demuestra orgullo,
ante este logro e incluso aplaude espontáneamente algún juego que la niña realiza
durante la consulta. Paloma ha crecido aunque continúa siendo delgada, se le ve más
sonriente e interesada por moverse
Estos casos ejemplifican cómo la presencia de una enfermedad de origen físico puede
alterar o agravar el vínculo, conformando un riesgo para el desarrollo íntegro del
bebé. En la primera viñeta, aun cuando se trata de una primera consulta, se puede
apreciar a través del discurso y de la observación, la carga excesiva de ansiedad en la
madre. Cuando Kreisler (1989) habla de las disfunciones por sobrecarga o exceso
menciona como características principales una sobreestimulación y una excitación
excesivas las cuales se encuentran claramente en el caso de Carlos (ansiedad y
cuidados exagerados de la madre). María parece tener esta actitud muy
sobreprotectora como defensa a sentimientos ambivalentes hacia su hijo que se
manifiestan en su temor constante de que este se ahogue. Sin embargo, es importante
notar como esta ambivalencia se manifiesta en situaciones peligrosas para Carlos
como la del tomacorriente. Madre e hijo permanecen dentro de un vínculo muy
simbiótico situación que también se corresponde con las observaciones de Kreisler en
esta modalidad de vínculo. Cualquier intento de separación provoca reacciones de
angustia tanto en Carlos como en María, quizás esto explique el agravamiento de los
vómitos una vez que la madre introduce otros alimentos distintos del pecho materno o
la “necesaria estancia” del niño en la cama de los padres. Otro elemento esencial en
esta modalidad es la inmediata satisfacción de la necesidad por parte de la madre.
Parece que la ansiedad es un ingrediente muy común en las relaciones en esta familia
y en especial en María. Es notable cómo el asma (padecimiento que también se
relaciona con las disfunciones por exceso) del hijo mayor desaparece ni bien nace
Carlos quien se convierte en el centro total de atención y de los cuidados de la madre.
El caso de Paloma, mucho más grave que el de Carlos, plantea una situación de
desconexión afectiva de la madre con la niña en donde se mezclan elementos
fantasmáticos con dificultades propias de la enfermedad. Los aspectos históricos y
transgeneracionales son centrales ya que con base en el discurso materno y en lo
observado, podemos pensar que esta enfermedad vino a exacerbar una situación que la
precede (vínculos rotos o conflictivos con los padres, no deseo de embarazo). Es
como si el reflujo fuera la situación “ideal” para que todos esos conflictos emerjan.
Kreisler (1989) ejemplifica la discontinuidad con la presencia de “incoherencias
cualitativas o cuantitativas de la investidura” lo cual se aprecia claramente en este
caso. La fuerte y manifiesta ambivalencia de Ana hacia esta hija no deseada, enferma
y que tanto se parece a su madre, le dificulta identificarse, comprender su dolor, su
angustia o sus necesidades. Sus mensajes hacia Paloma son contradictorios: le exige
moverse pero al mismo tiempo percibe sus movimientos como agresivos y molestos;
cuando la niña llora por disgusto la madre lo atañe al clima; si juega se convierte en
una “niña tremenda” que “todo tira”; si ríe no se le regresa una sonrisa sino una cara
de asombro. Ana puede brindar cuidados de tipo operatorio a la niña en lo
concerniente a los medicamentos, la constancia en las consultas y en los ejercicios de
rehabilitación, sin embargo puede encontrar como una “tarea muy fastidiosa” este
intercambio con su hija; es lo que Gutton denomina carencia de actividades
libidinales. Por su parte, Paloma invadida por esta ambivalencia se retrae e inhibe sus
movimientos instalándose un círculo vicioso patógeno. Nuestra intervención provoca
una reacción en la bebé (sonrisas, juego) lo cual nos muestra que esta es una niña que
responde cuando su dolor, sus actividades y sus necesidades son percibidas y
aceptadas. La detección de estas fallas y la necesaria intervención a modo de una
psicoterapia madre-bebé han permitido movilizar esos aspectos patológicos en la
relación y de ahí en el desarrollo de Paloma.
A través de nuestras observaciones creemos haber mostrado el gran interés y la
importancia de ampliar cada vez más nuestro conocimiento en este campo y en otros
similares y el valor de la intervención temprana sobre el vínculo materno - infantil. La
investigación continúa y consideramos que su buen desarrollo traerá también mejores
herramientas para la implementación de programas de prevención primaria.
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