Ámbar lee Alejandra Villega Jardín de Infantes N º 911, San Martín

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Memoria Pedagógica e Innovación Educativa en el Nivel Inicial
Ámbar lee
Alejandra Villega
Jardín de Infantes N º 911, San Martín
Coordinadora: Lucía Guarino
A principios de año, en el jardín 911 de San Martín me dijeron que iba tener la sala de
cinco con 27 chicos. Entre ellos estaba Ámbar.
Para mí ese momento fue una verdadera incógnita, ya que me habían hablado mucho
de ella. Me comentaron que no prestaba atención, que no hablaba con sus
compañeros, que tenía problemas para relacionarse y que casi no se percibía su
presencia dentro de la sala. La verdad es que no le di mayor importancia, quería sacar
mis propias conclusiones a partir de la experiencia.
Algo de todo lo que me habían dicho me rondaba en la cabeza: no sabía bien qué
reacciones tendría ella. ¿Cómo entablar un vínculo afectivo?, ¿cómo lograr su
atención si no miraba a la cara?, ¿cómo tendríamos una conversación si casi no
hablaba y supuestamente cuando lo hacía no se le entendía?, ¿cómo iba a darme
cuenta si aprendía? Era todo un planteo que me movilizaba a pensar en qué recursos
utilizaría, pero antes que nada era consciente de que debía observarla. Realmente
sentí curiosidad de conocerla.
Y llego el día. Creo que estaba muy ansiosa porque jamás había tenido una sala de
cinco años en ese jardín. Si bien conocía de vista a la gran mayoría de los niños, a ella
no la había visto jamás. Sólo había hecho la entrevista inicial a la mamá, que me
explicó brevemente la situación de su hija.
Entré primero que ellos, que fueron ingresando uno a uno a la sala. Los hice colgar las
mochilas, sacar los cuadernos de comunicados y sentarse en ronda. Todos fueron
presentándose uno a uno, con los nervios del primer día, y cuando llegó el turno de
Ámbar, su mirada parecía perdida, jugaba con sus manos y no me pareció que me
registrara. Casi todo el tiempo hablaba sola y jugaba con las manos impulsivamente.
Su actitud fue desde el principio la misma: no miraba a los ojos, no hablaba con nadie,
jamás demostraba contento o descontento. Sólo cuando se le daban pautas
breves hacía lo que se le pedía muy tímidamente.
Opté por acercarla a compañeros más desenvueltos y sociables. Al principio el grupo
tenía cierta resistencia, ya que su lenguaje era muy escaso y poco claro, pero poco a
poco fueron aceptándola. Sus compañeros fueron de vital importancia a la hora de
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compartir la mesa, armar equipos, ir al pizarrón a escribir o pegar carteles o invitarla a
compartir juegos de mesa. A pesar de que no había una comunicación verbal explícita,
sino que predominaba lo gestual.
Fue pasando el tiempo y, aunque fue desenvolviéndose en las distintas actividades,
seguía sin relacionarse fluidamente con sus compañeros. Su compañera Mili ponía en
palabras algunas cosas que ella supuestamente quería. Por mi parte también trataba
de jugar con ella y de conversar, ponía en palabras lo que quizás ella quería decir.
Sin embargo, podían sacarle de la mano un juguete y Ámbar no decía nada.
Realmente me preocupaba, así que comencé a aplaudir cerca de su rostro, a buscar
su mirada para saber si me estaba prestando atención. Le decía: “Ámbar mírame a los
ojos” y trataba de no perder oportunidad de acercarme a ella.
Durante un tiempo, busqué situaciones en las que ella quedara lista para dar una
respuesta de agrado o desagrado. Hacía todo lo posible para crear un vínculo y, sin
darme cuenta, había logrado que me mirara sostenidamente, obvio que por un tiempo
breve, pero para mí fue el primer paso. Era lo que tanto había deseado y en ese
momento sólo atiné a decir: “te quiero”, porque no me salió otra cosa.
Cuando comencé la unidad de biblioteca, una de las propuestas era poder mirar y
elegir libros. Como los que teníamos en el sector estaban bastante deteriorados,
comenzamos mirando en qué condiciones estaban, si estaban rotos o rayados,
arrugados, etc... Opté por poner unos piloncitos en cada mesa y que ellos se
encargaran de ver cuáles estaban en condiciones y cuáles no. Ámbar sólo miraba los
libros que tenían imágenes muy coloridas pero no pasaba de la simple exploración.
Una vez separados los libros, nos sentamos en ronda y conversamos. Comencé
preguntado qué deberíamos hacer para tener los libros en condiciones y cómo
deberíamos usarlos. Ella sólo atinó a escuchar, asentir y gesticular cuando algo no era
de su agrado. Miramos los libros en las mesas, los hojeamos con suavidad y los
ordenamos. La actividad culminó con la creación de un reglamento en forma conjunta,
con el fin de mejorar el cuidado de la biblioteca de la sala y adquirir hábitos de lectura.
Al día siguiente fuimos a la biblioteca del jardín y le pedimos un libro a la preceptora
que también es bibliotecaria. Ella nos dio uno y nos mostró cómo era la biblioteca, qué
cosas había allí y cómo utilizarla.
Ese día puse en el piso una alfombra y paneles alrededor en la biblioteca institucional.
Había variedades de libros por todos lados, bien ordenados. Ámbar miró todo. No
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parecía estar entusiasmada, pero atinó a tomar varios a la vez. Creo que quería verlos
todos: los tomó y los aferró fuerte a su pecho como un tesoro. Sus compañeros se
acercaron a ella y le dijeron que sólo tenía que elegir uno a la vez, pero ella no quería
soltarlos. Entonces me senté a su lado, la miré a los ojos y le expliqué que si agarraba
muchos sus compañeros no podrían elegir ninguno y que si los mirábamos de a uno
iba a ser más fácil porque podríamos mirarlos con más comodidad. Pero no los
soltaba.
Mili insistía en que quería ver uno de los libros que tenía Ámbar. Al oír el pedido, su
amiga muy dulcemente soltó poco a poco los libros hasta que se quedó con uno,
justamente el que le gustaba a Mili. Así que propuse que lo miráramos entre las tres.
Lo miramos y lo hojeamos suavemente; conversamos sobre qué veían, qué colores e
imágenes había y les pregunté si sólo había dibujos. Les leí el título y los nombres del
autor y del ilustrador.
Ámbar miraba y señalaba con el dedo lo que le gustaba: sólo se detenía en las
imágenes. Mili, sin embargo, se fascinaba no sólo por los dibujos sino también por las
letras y las palabras escritas. A medida que iba leyendo me preguntaba: “¿dónde dice
tal cosa?”. Ámbar la miraba a los ojos y luego observaba atentamente lo que le
señalaba su compañera. A medida que yo iba leyendo, preguntaba: “¿qué dirá aquí?,
¿qué estará haciendo este personaje?, ¿cómo es?, ¿qué ven?, ¿qué habrá hecho?,
¿y por qué?”. Ámbar respondió que veía una gallina que tenía un huevo. Entonces Mili
la ayudaba y le decía: “¡Mirá, es marrón. Las gallinas no tienen los huevos tan
oscuros!”. A medida que fue pasando la historia, Ámbar gesticulaba y conversaba con
su compañerita y conmigo.
Desde ese viernes en adelante, tenemos una cita con los libros y nos acompaña
también Alicia, su maestra integradora, que la ayuda en esos pequeños grandes
detalles. Ámbar ya va a la biblioteca con mucha euforia, suele elegir más de un texto,
los mira en compañía de sus compañeras o sola, pide que se los lean y, en ocasiones,
hace que lee. Para lograr su atención y concentración durante el relato uso muchas
onomatopeyas, diferentes tonos de voz y exclamaciones, entre otras cosas.
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