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Hijos del trueno
Fernando Riquelme
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© 2012, Fernando Rodríguez Riquelme
© 2012, Ediciones Robinbook, s. l., Barcelona
Diseño de cubierta: Regina Richling
Ilustración de cubierta: iStockphoto
Diseño interior: Igor Molina Montes
ISBN: 978-84-9917-301-6
Depósito legal: B-28.832-2012
Impreso por Sagrafic, Plaza Urquinaona, 14 7º 3ª, 08010 Barcelona
Impreso en España - Printed in Spain
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,
salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos
Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento
de esta obra.»
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Y Jesús formó un grupo de doce apóstoles para que
estuvieran con él y para enviarlos a predicar por el mundo
con el poder de expulsar a los demonios.
Escogió a los doce: a Simón a quien llamó Pedro; a Santiago,
el de Zebedeo, y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por
nombre Boanergues, es decir: «Hijos del trueno»...
Marcos 3: 14-17.
Jesús llamó a los hermanos Zebedeo: «Hijos del trueno»,
por ser luchadores y por su carácter decidido
y ardorosamente entusiasta.
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A Piluca Vega, sin la que no hubiera
sido posible escribir este libro.
A mis hijos Pati y Alex y a María Montagut.
A mis padres, Emilio y María,
a mi hermana Marisa y a Ramón Aznar.
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Índice
Primera parte: Madrid, abril de 2014 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Segunda parte: Alicante, noviembre de 2011 . . . . . . . . . . . . . 27
Tercera parte: Madrid, marzo de 2014 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 81
Cuarta parte: Londres, octubre de 2018 . . . . . . . . . . . . . . . . . 129
Quinta parte: Madrid, noviembre de 2011 . . . . . . . . . . . . . . 179
Sexta parte: Madrid, abril de 2014 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 201
Séptima parte: Port de la Selva, noviembre de 2018 . . . . . . 259
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Primera parte:
Madrid, abril de 2014
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CAPÍTULO 1
La noche en que lo iban a matar, Evaristo Gutiérrez Cuatro-Vientos
estaba en el punto más alto de su carrera periodística. Le quedaban
apenas unos minutos de vida pero ni él lo sabía ni ninguno de los que
le rodeaban lo hubiera podido en absoluto sospechar al verlo caminar
por la calle tan circunspecto y tan a su aire. Su pensamiento volaba
hacia la culminación de sus proyectos profesionales, se sentía vencedor y con la clara conciencia de que nada ni nadie podría detenerlo.
Salía de casa de Lucía, su amante desde hacía unos meses, y decidió
acelerar el paso hasta su coche para no llegar tarde a su casa a cenar.
Se había observado en el espejo de la pared del recibidor antes de salir
y se cercioró de que no quedara ninguna señal en su rostro de la impaciencia del deseo cumplido, primero acelerado con las prisas de la
excitación y, más tarde, culminado al restregar su cuerpo sobre el
cuerpo de ella entre las sábanas. Luego, Lucía le besó en la boca con
un beso rápido, casi de rutina, y le recomendó ir con cuidado.
La noche en que lo iban a matar, su mujer y su hijo lo esperaban
en casa porque él había impuesto una norma, si no llamaba para anularlo, se cenaba a las nueve en punto. Sin excepciones. Aquella iba a
ser la última excepción a su regla y ni él iba a llamar para avisar ni
tampoco llegaría a tiempo para la cena. Evaristo Gutiérrez CuatroVientos, el famoso locutor de radio y televisión, era un hombre ocupado y no daba jamás explicaciones a su esposa de sus horarios pero
también era un personaje popular, alguien podía reconocerlo y debía
ir con cuidado. Su chofer aparcaba siempre a unas tres manzanas de
distancia, en el interior de un parking para no llamar la atención ni
interrumpir el tráfico en un barrio tan poblado como la Latina, de
calles demasiado estrechas y angostas. Inclinó la cabeza ligeramente
hacia el suelo, un gesto que él odiaba especialmente y caminó decidido hacia delante.
En su fuero interno estaba muy satisfecho, la vida se portaba muy
bien con él y sentía que ya le tocaba aprovecharse. Le habían pro15
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metido el cargo de portavoz de los medios de comunicación del Gobierno en cuanto subiera el nuevo Gabinete. «De hecho, me lo
deben», pensó. Y era cierto. Evaristo ponía toda la carne al asador
para forzar el anticipo de las elecciones y la sustitución en su partido
del candidato a Presidente. Las encuestas les daban como ganadores
si es que conseguían unificar las fuerzas de la derecha alrededor de
un líder duro que inspirara confianza. Él apostó y, por fin parecía
que iba recoger los frutos de su esfuerzo y, aunque tuviera ese cierto
cosquilleo en el estómago de la mala conciencia por lo de su amante
—«¡Qué carajo de mala conciencia...! Mala conciencia, ¿de qué?»—,
estaba seguro de merecerse lo que el futuro y Dios le ofrecían como
recompensa a su tenacidad y a su talento.
La noche en la que lo iban a matar, Evaristo Gutiérrez ni se dio
cuenta de que era una de las primeras noches de abril de 2014, algo
más de las ocho y media de la tarde y en su Madrid querido, la temperatura se mantenía suave, la tarde estupenda y el cielo despejado.
La crisis profunda dejaba sus huellas en la población y Evaristo se
cruzó con un grupo de obreros desempleados que salían de un bar y
se habían agrupado en un corrillo tapando la calle. Muchos ya no cobraban subsidios y todos aquellos corros eran la semilla de movimientos subversivos contra el Poder Estatal. Los sindicatos y las
asociaciones ciudadanas estaban contra aquel Gobierno que no aportaba soluciones y que tan sólo recortaba los gastos sociales y subía
los impuestos. Evaristo los sorteó y lo observaron al pasar, él bajó
aún más la cabeza hacia el suelo e intentó pasar desapercibido. Uno
le reconoció, lo comentó en voz alta, lo señalaron y, entre unos y
otros, le lanzaron una piedra desde lejos que le dio en el hombro.
«Cabrón de mierda», le gritaron y parecieron perseguirle durante
algunos metros. Evaristo siguió caminando sin mirar atrás, ya estaba
acostumbrado a esos lances callejeros, se metió en unas viejas galerías comerciales y salió huyendo por la calle de encima. «Le alquilaré
un piso a Lucía en un barrio más residencial —se dijo después del
susto—, aunque no quiero que viva cerca de mi casa. ¡Eso jamás!».
Insistió acelerando el paso, mirando hacia atrás y cerciorándose de
que nadie le seguía, «mi familia es sagrada, ¡por Dios!».
Bajó de la acera y cruzó una calle estrecha, dobló la esquina y tuvo
que desplazarse a causa de las obras de una pequeña plaza metiéndose en un callejón oscuro y solitario. Justo al entrar en él se topó
con tres mujeres jóvenes que venían en silencio en sentido contrario,
caras tristes, movimientos lentos y cólera contenida. Una chica rubia
y delgada, otra pelirroja y de huesos grandes y, la tercera, pequeña y
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morena. Su cuerpo chocó de frente contra una de ellas, la de su izquierda, la morena, y se miraron a los ojos, dudaron por un instante
y él intentó apartarse de ellas sin conseguirlo. Ese fue el segundo
error de Evaristo en aquel día, el encontrarse con ellas en un lugar
solitario junto a unas obras. El primero había sido su comentario en
las noticias de la mañana, cuando criticó e insultó abiertamente a
David Delgado, un chico de veinticuatro años, compañero de ellas,
que había sido abatido a tiros por unos desconocidos. Su tercer y último error, a punto de realizarlo en ese momento, fue ponerse violento y sacar su pistola ante la rabia destapada de las tres mujeres.
Evaristo Gutiérrez Cuatro-Vientos tenía cincuenta y cinco años
y vivía en el ático soleado de un viejo edificio de ladrillo visto del
barrio de Salamanca, uno de los exclusivos barrios que comenzaba a
tener seguridad privada en sus calles. Empezaban a ser necesarios los
guardias jurados privados en los barrios ricos debido al incremento
de robos y hurtos y a la falta de seguridad. Eso, Evaristo Gutiérrez
lo había predicho por los medios de comunicación en los que trabajaba y hasta lo habían llamado agorero y aguafiestas. Ahora, sus
compañeros de partido veían que tenía razón y, como era influyente,
le hacían una cara por delante y otra por detrás. Evaristo era metódico y voluntarioso, testarudo y machacón, algo rechoncho y con la
cabeza pequeña en proporción al cuerpo, ojos saltones, rictus de brujo
y con el orgullo de dibujar a todas horas una sonrisa cínica que él
creía inteligente. Dirigía un programa semanal de televisión, otro en
una emisora de radio y escribía artículos en una columna fija en el
periódico más importante del Grupo Espejo de Comunicación.
Había conducido el día anterior un programa especial de televisión de cinco horas dedicado a retransmitir en directo la gran manifestación popular de protesta contra el atentado en el Hospital
Materno Infantil del Gregorio Marañón que se había cobrado cientos de muertos. La situación de crisis hacía que la gente estuviera
muy nerviosa. Por un lado, los movimientos de indignados acampaban intermitentemente en las ciudades, había manifestaciones,
huelgas, altercados, violencia callejera e inestabilidad social. Por otro,
el Gobierno apretaba las tuercas y aún se esperaban más medidas
de endurecimiento de las leyes, represión de los ciudadanos y disminución de los derechos y libertades. La gente estaba indignada y
la espiral de violencia iba en aumento. En ese sentido, unos días
antes habían explosionado varias bombas en el Hospital Infantil del
Gregorio Marañón y aún se desconocía la autoría del atentado aunque se sospechaba de grupos terroristas que luchaban contra la in17
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eficacia del Gobierno. El ambiente estaba muy cargado y Evaristo
Gutiérrez, cogiendo la bandera de la ira contra los que él creía los
culpables, aún sin confirmación oficial, atacó de forma despiadada
la debilidad de un Gobierno de nenazas, según dijo, la hipocresía de
una oposición de pacotilla y la impasibilidad de una gente que no
tenía los cojones necesarios para decir: «basta». Había que reaccionar y hacerlo ya. Desde su programa profetizaba una única solución,
la llegada al poder de un partido fuerte y duro que diera la vuelta a
la situación de estancamiento moral y de crisis económica por la
que se pasaba. La facción más extrema del partido conservador, encabezada según él por el propio Aznar, el antiguo ex presidente del
Gobierno, debía coger las riendas del país e imponerse de forma inmediata. Un giro totalitario impuesto por una ley marcial debería
anular la sensación de relativismo moral y de que todo era posible
por la que se pasaba.
—¿Así que es usted el cabrón de la tele? —le preguntó la chica morena con la que se había dado de bruces al girar la esquina observando
hacia atrás—. ¿Acostumbra a no contrastar sus informaciones?
Evaristo Gutiérrez Cuatro-Vientos no supo de qué le estaba hablando aquella chica pequeña y cascarrabias.
—¿Recuerda a David Delgado, lo recuerda bien? —le preguntó la
chica mas fuerte de las tres, la del cabello pelirrojo oscuro cogiéndole
de la solapa.
—Sepa que no era un terrorista ni un maricón de mierda ni un
asqueroso comunista como usted ha dicho esta mañana —le inquirió
la chica rubia de su lado, una joven alta y delgada con una explosión
de rabia—. Me da usted asco, señor.
David Delgado había viajado con una de ellas desde Barcelona
para asistir a la manifestación pero él era de Madrid. La gente se
había manifestado para mostrar su rechazo a la violencia y para forzar al Gobierno a que solucionara la situación de una manera justa
y equitativa. David se tenía que quedar a dormir en casa de sus padres pero unos desconocidos que lo seguían fueron a por él y le dispararon a quemarropa en la cara. Las tres amigas venían precisamente
de velar el cadáver. No podían comprender que unos individuos desalmados y sin identificar lo hubieran seguido por la calle y lo hubieran matado disparándole a sangre fría. Tampoco era comprensible
que un locutor de pacotilla lo insultara en público sin saber absolutamente nada de él.
Evaristo se repuso de aquella primera embestida y las apartó de
su lado.
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—Yo soy periodista, no asesino —les contestó malhumorado comenzando a andar—. Tengo prisa, déjenme en paz. Su amigo sabrá
lo que hizo para que lo asesinaran...
—¿Lo que hizo? —le preguntó chillando la rubia delgada—. ¿Lo
que hizo? Él no hizo nada, se lo hicieron los otros, ¿comprende?
Y las tres chicas lo arrinconaron contra la pared.
—Déjenme de una vez —les suplicó Evaristo intentando desembarazarse.
Y, en esto la suerte actuó en su contra y en contra también de la
vida futura de las tres chicas.
Evaristo Gutiérrez se puso nervioso. Forcejearon y se resbaló. Al
caer, le dio un fuerte manotazo en la cara a la más alta y pelirroja
encendiéndola aún más.
Un fuerte dolor le recorrió la columna vertebral cuando dio con
su culo en el suelo.
Se oyó un crack y se asustó.
Los rostros de las tres mujeres le rodearon vigilantes sin dejarle
ver el cielo de la noche.
—No os mováis y dejadme en paz de una vez —les ordenó Evaristo sacándose su pistola del bolsillo y apuntándoles temblando.
Se hizo el silencio.
Evaristo Gutiérrez tenía permiso de armas porque había recibido
múltiples amenazas de muerte y su forma de ejercer el periodismo
no le hacía ganar amigos. Al contrario, insultaba, amenazaba e injuriaba a todos los que consideraba sus enemigos, que era casi todo el
mundo. Se consideraba liberal y demócrata y era más conservador
que los conservadores y más totalitario que los fascistas. Sus discursos eran considerados por algunos como pura apología del terrorismo. Sus enemigos mantenían que si había personas que pensaran
como él y políticos que actuaran según su filosofía incitando a la violencia contra los oprimidos, hasta parecía de justicia actuar como un
Robin Hood defendiendo a los que él atacaba. Decían que sus discursos favorecían la confrontación y exacerbaban los ánimos en contra de los más desfavorecidos.
Se levantó apoyándose en la pared y le puso contra la boca el
cañón de la pistola a la morena.
—Apártate, puta —le gritó levantando el percutor y poniendo
cara de ser capaz de disparar—. Lo vais a pagar bien caro.
Fue un visto y no visto.
La chica morena que era muy ágil le pegó una patada en los cojones y Evaristo pareció tambalearse. Se enderezó como pudo sa19
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cando fuerzas de flaqueza y levantó la mano dispuesto a disparar su
pistola.
Entonces fue cuando recibió el duro golpe de una gran piedra en
la sien. La chica rubia y delgada se había agachado y cogió una piedra
de las muchas que habían en el suelo por las obras de la plaza. La
piedra se deshizo en arenisca al golpear la cabeza del susodicho y ella
se quedó con la piedra en su mano mientras se iba deshaciendo.
Se le cayó la pistola pero intentó no caerse al suelo.
Entonces recibió el impacto en el cuello de otra gran piedra empujada con rabia contra él y, al desplomarse, recibió el golpe de gracia
en la nuca de una piedra más estrecha y afilada que le clavaron por
detrás.
Las tres mujeres observaron cómo el cadáver de Evaristo Gutiérrez Cuatro-Vientos se iba rodeando de un gran charco de sangre
oscuro y granate. Se miraron las tres y respiraron profundamente,
habían vengado la muerte de su amigo pero ellas habían destrozado
su vida para siempre. Aquello no tenía salida. Iba a ser un secreto
que las ligaría de por vida y de la que no se podrían escapar.
Salieron corriendo del callejón sin que nadie a simple vista las reconociera. Al contrario, la policía y los medios de comunicación iban a
imputar esa muerte al recién formado grupo internacional: «Sons of
Thunder» o Hijos del trueno, cuyo objetivo era atentar contra personas
poderosas del mundo Occidental desde el silencio y el anonimato.
Los miembros de los «hijos del trueno» utilizaban Internet para
conectarse entre ellos y no formaban una estructura piramidal ni jerárquica sino corpuscular e independiente. Lo formaban personas
desencantadas de grupos de indignados, antiglobalización y antisistema que constataron la falta de resultados de su lucha por la justicia
y los abusos de poder y no quisieron aceptar su derrota y se integraron individualmente de forma anónima en ese colectivo que actuaba enmascarado en la nube anónima de Internet.
Así fue como comenzó todo.
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CAPÍTULO 2
Julia Muñoz era, de las tres amigas, la más alta y delgada. Caminaba
por la calle decidida y absorta en sus cosas. «No conseguirán doblegarme», pensó, y cruzó la Gran Vía jugándose el tipo sorteando a los
coches. «Voy a ser una anónima», se repitió una y otra vez, «no podrán conmigo». Eran las once de la mañana del día siguiente al altercado con Evaristo Gutiérrez y Julia Muñoz no había podido dormir
en toda la noche. De hecho, ninguna de las tres pudo hacerlo. Iba al
encuentro de su amigo, el periodista Sergio Carrasco, con el que había
trabajado de becaria a sus órdenes en el diario El Mundo al acabar la
carrera de periodismo. Habían quedado en un bar que estaba junto a
un cibercafé y, después, iban a entrar juntos en el portal cibernético
de los Hijos del trueno para implicarse al máximo en ese grupo. «Está
decidido», pensó. «Ya no hay marcha atrás.»
Julia tenía treinta años y era de Barcelona aunque ahora estaba en
Madrid por unos días para poder ir a la manifestación convocada como
jornada de lucha. Todo se había truncado de pronto, su amigo David
había muerto y ella era una asesina. Nadie la buscaba pero su vida había
cambiado de repente. Nada iba a ser igual y ni ella era ya la misma.
Venía de Bremen, Alemania, de hacerle una entrevista en secreto
a Susanne Albrecht, miembro de la segunda generación de la banda
alemana de los Baader Meinhof o facción del ejército rojo. A Julia
siempre le había atraído esa mujer, era hija de un afamado abogado
de Hamburgo y tuvo, como ella, una infancia acomodada, estudió
Sociología en la Universidad y se rebeló, como ella, contra lo establecido y la hipocresía de la moral burguesa que carcomía a la sociedad. Participó en el asesinato de su padrino, el banquero Jürgen
Ponto, cuando lo intentaron secuestrar y él se resistió y fue tiroteado
por los otros componentes del comando. A la justicia alemana le
costó dar con ella y estuvo con una falsa identidad en Alemania del
Este desde 1977 a 1990. Fue condenada en ese año tan sólo a doce
años de cárcel y fue la única del grupo que salió a mitad de la condena
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en libertad condicional, otros se suicidaron a la vez en cárceles distintas en un acto muy sospechoso y otros aún seguían en prisión
después de más de treinta años. En esos momentos trabajaba como
profesora de alemán para niños inmigrantes bajo un nombre supuesto. Todo esos datos convertían a Susanne Albrecht a los ojos de
Julia en un personaje muy atractivo, casi mágico y de leyenda, como
un Ché Guevara femenino, que era casi una mujer extraordinaria.
Le había costado mucho encontrarla y por fin lo consiguió cuando
pensaba que le iba a resultar imposible. Fue varias veces a Bremen,
dio con ella, primero no quiso recibirla y, tras insistir y quedarse largas horas de pie frente a la puerta de su casa, consiguió que transigiera a hablarle. Estuvieron charlando durante más de cuatro horas,
dos tés, tres cervezas y un vaso de ginebra y, al final, Susanne le prohibió que publicara la entrevista. Para Julia fue como una conversación entre amigas y, en cierta manera, se sintió su cómplice y su
compañera de armas.
Un hombre trajeado se giró al verla pasar. Julia se observó después
en el espejo roto de un escaparate y sonrió. Su larga melena lacia y
rubia llamaba la atención así como su falda corta, su cazadora ajustada
de piel y su boina inclinada de tela pero Julia no estaba en ese momento para esas cosas, bastantes problemas tenía ya como para eso.
Además, el sexo para ella nunca había sido un problema. Era bisexual
y, si quería follar, follaba, y si se quería enamorar se enamoraba, así
de sencillo. Aunque tampoco le salía siempre bien lo de estar enamorada pero eso era una cuestión distinta que no venía al caso.
Pasó frente a un ambulatorio. Una larga cola de gente vestida
muy sencilla se agolpaban a la puerta de emergencia formando una
fila muy larga que daba la vuelta a la manzana.
Suspiró y siguió caminando.
«Parece imposible… —pensó—, colas para alimentos, filas interminables para medicinas, subsidios que se acaban…, ¿hasta
cuándo?»
Madrid estaba muy sucia, había una huelga de basureros y en las
calles había restos de basura en las esquinas, contenedores rebosantes, algunos volcados sobre las aceras y papeles tirados por el suelo,
bolsas de plástico reventadas, fruta madura y mal olor.
El abuelo de Julia había sido general de brigada y había luchado
en la Guerra Civil al lado de Franco. Luego, el Régimen lo recompensó y ella se enteró de que habían confiscado fincas y dinero a
los republicanos tras darles muerte y se había enriquecido gracias
al estraperlo y al robo. Nunca se lo perdonó a su familia y ella, en
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cierta forma, se sentía marcada por esa vergüenza de haber vivido
bien a costa de la miseria de los demás. Eso la hizo reaccionar y tuvo
una juventud rebelde y agresiva. Su madre era una joven engreída
y soberbia que se casó con un hombre atractivo de buena familia
venida a menos, borracho y jugador y, al final, sin poder ya soportarlo lo aguantaba sólo por el qué dirán. Él fue un desgraciado toda
su vida y aguantó por el dinero de la familia de su mujer que lo
compró hasta su muerte. Julia amaba sobre todo a su padre que permitió que su educación fuese la rígida educación de una señorita
bien de la Cataluña burguesa de la época. «¡Cómo odiaba ser una
pija!» Y, además, su padre no contaba para nada, casi no hablaba y
cada vez estaba más autista y cascarrabias. Ya desde muy joven, fue
la hija única y rebelde de una casa de «buenas costumbres» de Barcelona que daba el escandalito de turno cada temporada para «hacerse notar». Su abuelo militar impuso sus ideas y, un buen día, la
puso de patitas en la calle con escándalo y drama familiar incluido.
Ella renegó públicamente de él, que mantenía a una querida muy
conocida además de dar famosos discursos de moral cristiana por
todas partes. Ella por rabia y por gusto y por provocar el escándalo
en la sociedad de la época, se fugó con un músico marroquí, luego
con una fotógrafa andaluza, con un mecánico de Pueblo Nuevo,
vivió en una comuna de Vallvidrera y abortó en Londres. Cuando
murieron el abuelo y su padre, Julia se reconcilió con su madre y
heredó la finca de Port de la Selva y toda la riqueza de la familia. Le
daba una enorme tristeza ser una «Muñoz» y encontrarse a conocidos en los lugares más insospechados.
—El mal ya está hecho —le dijo Julia a Sergio Carrasco después
de pedir un café con leche al camarero—. El bautismo de sangre me
ha abierto los ojos y no pienso quedarme a las puertas de nada.
Sergio acabó su cortado.
—Tranquila, ¿eh?
—Estoy decidida, Carrasco. Sólo me faltaba la excusa que ya
tengo. El pistoletazo de salida ya se ha disparado y yo no me pienso
permitir el seguir sin hacer nada.
Sergio tenía treinta y nueve años y era un periodista muy obstinado, pequeño, con el cabello ralo y muy hablador. Su labor en el
diario El Mundo se había centrado en la realización de reportajes
sobre escándalos de corrupción política y económica y, gracias a la
casualidad de un caso que él resolvió, su nombre empezaba a sonar
entre los profesionales de más prestigio en el ambientillo periodístico. Eso era bueno y malo a la vez. Por otro lado, a los dueños de los
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medios de comunicación les interesaban periodistas buenos y maleables. A los solamente buenos, sólo les daban una oportunidad de ser
maleables y a Sergio Carrasco aún le tenían que poner ante esa
prueba. Mientras tanto, todos alababan su labor.
—Lo hemos hablado muchas veces y también yo estoy decidido
a entrar —le contestó cogiéndola del brazo. Se habían acostando juntos alguna vez cuando ella era su becaria pero enseguida lo dejaron
estar. Sergio la consideraba una mujer superior a él en energía y en
aplomo e iba con cuidado con ella. Ser su amigo ya era mucho—.
¿Sabes que puede ser un camino sin retorno? —le preguntó para dar
a entender que ponderaba todas las variables posibles.
—No me machaques, Carrasco. Si quieres entramos juntos. Y si
no, pues entro yo sola y en paz. No pienso pedirte permiso para nada.
—Bueno, me necesitas para enseñarte la web y el portal —le dijo
Sergio sonriendo.
—Indignaos, Comprometeos, Reacciona, Actúa… ¿No te suenan
a excusas burguesas todos esos movimientos? —le preguntó Julia
sin esperar respuesta refiriéndose a los libros publicados con relación
a la postura ciudadana ante la crisis—. Hacer algo significa hacerlo
y nada más. Lo demás son rollos de hipócritas. ¿De qué sirve hablar
y hablar? ¿Nos ha servido de algo alguna vez? El 15M, los indignados, los movimientos pacifistas, la hostia en vinagre, Carrasco. Ya
está bien, hay que hacer algo de una vez.
Sergio la observó y sonrió:
—Venga, vamos —le dijo levantándose y tirando de la manga de
su cazadora de piel hacia la calle.
Entraron en el cibercafé, sacaron el tíquet sin tener que dar su
identificación y se sentaron frente a un ordenador lateral que no
tenía a nadie al lado.
Sergio sacó un pequeño aparato del bolsillo con puerto USB y lo
introdujo en la torre.
—Es para complicar la localización del lugar —le dijo a Julia.
Localizaron un portal de venta por catálogo, escogieron un producto concreto, una bicicleta, y siguieron el proceso de compra
hasta el final. En lugar del número de la tarjeta de crédito, Sergio
sacó un papel de su bolsillo y copió el código formado por números
y letras.
—Ten, cópialo —le ordenó a Julia alargándole el papel—. Mejor
apréndetelo de memoria, aunque lo van cambiando.
Tecleó el código y la pantalla les llevó a un usuario y una contraseña. Sergio los puso de memoria.
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—Luego nos darán otros —le dijo a Julia.
Y entraron en la página web.
Allí se abrieron una personalidad inventada, indicando lugar y
condiciones personales y el sistema les dio las contraseñas y los accesos de entrada.
—¿No tenemos que darles nuestro correo? —le preguntó Julia a
Sergio inquieta por si perdían el contacto.
—No —le contestó Sergio—. Es mejor que no tengan nada de
nosotros. Es la norma. Nosotros entramos y consultamos los mensajes que nos dejan y actuamos, siempre desde cibercafés públicos que
no pidan identificación y con este aparatito —y le entregó uno—, durante el menor tiempo posible y procurando no repetir el lugar desde
donde nos conectamos.
—Entendido.
Salieron de allí siendo miembros activos de los Hijos del trueno.
El engranaje se había puesto en marcha.
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